© Libro N° 4025. Solo En Berlín. Segunda Parte. Fallada, Hans. Colección E.O. Julio
29 de 2017.
Título
original: © Solo En Berlín. Segunda
Parte. Hans Fallada
Versión Original: © Solo En Berlín. Segunda
Parte. Hans Fallada
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SOLO EN BERLÍN
SEGUNDA PARTE
Hans Fallada
SEGUNDA PARTE
La Gestapo
Capítulo 20
EL CAMINO DE LAS POSTALES
El actor Max Harteisen, según solía decir su amigo y
abogado Toll, aún tenía muy mala conciencia por la época anterior al nazismo.
Había participado en películas dirigidas por directores ju díos, en películas
pacifistas, y uno de sus papeles principales en el teatro había sido el de
aquel maldito personaje sin carácter, el príncipe de Homburg, al que cualquier
verdadero nacionalsocialista escupiría a la cara. Así pues, Max Harteisen tenía
sobrados motivos para ser prudente; durante una temporada se dudó incluso de que
pudiera interpretar siquiera estando los señores pardos en el poder.
Pero al final el asunto se solucionó. Como es natural, el
chico tuvo que practicar cierta discreción y, para empezar, ceder la
preferencia a actores pardos de verdadero tinte pardo, aunque no estaban ni de
lejos tan capacitados como él. Pero lo que no había escatimado era precisamente
discreción; la interpretación del joven, sin embargo, había llegado a llamar la
atención del ministro Goebbels. Es más, el ministro incluso se había
encaprichado con él. Y hasta un niño sabía de sobra lo que suponían esas preferencias
del ministro, porque no existía persona más caprichosa e imprevisible que el
doctor Joseph Goebbels.
Al principio todo había sido alegría y esplendor sin
reservas, porque cuando el ministro tenía a bien admirar a alguien, no
establecía diferencia alguna entre hombre o mujer. El doctor Goebbels
telefoneaba todas las mañanas al actor Harteisen como si fuese una amante, le
preguntaba por su sueño, le enviaba flores y bombones igual que a una diva, y
no transcurría día sin que el dignatario se reuniera con Harteisen al menos un
ratito. Es más, incluso se llevó al artista a Núremberg a la asamblea general del
Partido, le explicó «como es debido» el nacionalsocialismo y Harteisen entendió
todo lo que tenía que entender.
Lo único que no entendió es que el auténtico
nacionalsocialismo prescribía que un sencillo compatriota no debe contradecir a
un ministro. Porque un ministro, por el mero hecho de serlo, es diez veces más
inteligente que el otro. En alguna cuestión cinematográfica por completo
irrelevante Harteisen contradijo a su ministro y casi afirmó que lo que había
dicho el señor Goebbels era una tontería. No está claro si la cuestión
cinematográfica realmente irrelevante y encima meramente teórica enfureció al
artista o si sencillamente estaba harto de la adoración excesiva del ministro,
por lo que deseaba una ruptura. En cualquier caso, pese a ciertas advertencias,
no se apeó de su afirmación de que era una tontería y seguiría siéndolo, fuese
ministro o no.
¡Oh, cómo cambió entonces el mundo para Max Harteisen! Se
acabaron las preguntas matinales por la bondad de su sueño, los bombones, las
flores, las visitas a casa del doctor Goebbels y también las enseñanzas del
auténtico nacionalsocialismo. Ay, todo eso aún habría sido soportable, es más,
incluso deseado, pero de repente Harteisen se quedó sin trabajo, los contratos
cinematográficos casi cerrados se rompieron, las giras se quedaron en agua de
borrajas, el actor Harteisen ya no tenía trabajo.
Dado que Harteisen, amén de valorar su profesión por el
dinero que se ganaba, era un verdadero actor cuya vida hallaba su culminación
sobre el escenario, ante la cámara, esa inactividad forzosa lo condujo al borde
de la desesperación. No podía ni quería creer que el ministro, que durante año
y medio había sido su mejor amigo, se hubiera convertido ahora en un enemigo
tan carente de escrúpulos, incluso tan malvado, que aprovechase su poderosa
posición para arrebatar a otro la alegría de vivir por un desacuerdo. (En 1940
el bueno de Harteisen aún no había comprendido que cualquier nazi estaba
dispuesto en todo momento a arrebatar a cualquier alemán que mantuviera una
opinión diferente a la suya no sólo la alegría de vivir, sino incluso la vida
misma.)
Pero cuando pasó el tiempo y no se presentaron
oportunidades de trabajo, Max Harteisen tuvo que creérselo. Los amigos le
informaron de que el ministro había declarado en un congreso cinematográfico
que el Führer no quería ver nunca más en la pantalla a ese actor vistiendo el
uniforme de un oficial. Poco después se decía que el Führer no quería ver a ese
actor ni en pintura, y después se declaró oficialmente al actor Harteisen
«persona non grata». Adiós, querido, se acabó, en la lista negra a los treinta
y seis años... ¡y para un Reich de mil años!
Ahora sí que el actor Harteisen tenía de verdad muy mala
conciencia. Pero él no cejó, insistió y preguntó, quería averiguar a todo
trance si esos juicios aniquiladores partían de verdad del Führer o se los
había inventado ese hombre estrecho de miras para liquidar a un enemigo. Y
aquel lunes Harteisen irrumpió totalmente seguro de su victoria en el despacho
de su abogado Toll y exclamó:
—¡Ya lo tengo, ya lo tengo, Erwin! Ese miserable ha
mentido. El Führer ni siquiera ha visto la película en la que interpreto al
oficial prusiano, y no ha pronunciado jamás una palabra sobre mí.
Y le contó con vehemencia que esa noticia era de todo
punto cierta, porque procedía del propio Göring. Una amiga de su mujer tenía
una tía, cuya prima había sido invitada a Carinhall a casa de Göring. Entonces
ella mencionó el caso y Göring, como ya se ha dicho, lo contó.
El abogado miró con cierta sorna al excitado visitante.
—Bueno, Max, ¿qué cambia eso?
El actor murmuró, completamente perplejo:
—¡Pero Goebbels ha mentido, Erwin!
—¿Y qué? ¿Te habías creído que todo lo que dice Patitacoja
es verdad?
—No, claro que no. Pero si se lleva el caso ante el
Führer... ¡Porque él ha abusado del nombre del Führer!
—¡Claro, y por haberlo hecho, el Führer expulsará a un
viejo compañero del Partido que es un pez gordo tan sólo porque ha disgustado a
Harteisen!
El actor miró al sarcástico y prepotente abogado
implorando ayuda.
—¡Pero debemos solucionar mi problema, Erwin! —exclamó—.
Quiero trabajar. Y Goebbels me lo impide de manera injusta.
—Sí —admitió el abogado—. Sí —y volvió a callar. Y al
comprobar que Harteisen lo miraba esperanzado, agregó—: Eres un niño, Max, un
verdadero niño grande.
El actor, que siempre se había considerado un hombre de
mundo, echó la cabeza hacia atrás, malhumorado.
—Aquí estamos en confianza, Max —prosiguió el abogado—,
esa puerta está bien acolchada, así que podemos hablar con absoluta franqueza.
Tú también sabías, al menos hasta cierto punto, cuántas injusticias sangrantes,
desgarradoras, que claman al cielo, ocurren hoy en Alemania, sin que nadie les
preste la menor atención. Al contrario, ellos incluso se vanaglorian
públicamente de su infamia. Pero el actor Harteisen tiene un pequeñísimo
encontronazo y de pronto ha descubierto que en el mundo ocurren injusticias y
grita pidiendo justicia. ¡Max!
Harteisen repuso afligido:
—¿Qué debo hacer entonces, Erwin? ¡Hay que hacer algo!
—¿Sí? ¿Qué? ¡Está clarísimo, hombre! Retírate con tu mujer
a un bonito pueblo en el campo y mantén la boca bien cerrada. Sobre todo
olvídate de una vez de tus insensatas habladurías sobre «tu» ministro y
abstente de difundir la entrevista de Göring. O puede que entonces el ministro
te haga algo muy diferente.
—¿Cuánto tiempo tengo que pasarme en el campo cruzado de
brazos?
—Los caprichos de un ministro vienen y van. También se
van, Max, tenlo por seguro. Un buen día volverás a brillar y a estar en el
candelero.
El actor se estremeció.
—¡Eso, no! —rogó—. ¡Todo menos eso! —se levantó—. ¿Y crees
de veras que no puedes hacer nada en mi caso?
—Ni lo más mínimo —comentó el abogado sonriendo—. A no ser
que desees ir a un campo de concentración como mártir por tu ministro.
Tres minutos después el actor Max Harteisen se encontraba
en la escalera del edificio de oficinas sosteniendo, desconcertado, una postal
en la mano: «Madre: el Führer ha matado a mi hijo...».
¡Cielo santo!, pensó. ¿Quién escribe una cosa así? ¡Debe
de estar loco! Ha firmado su sentencia de muerte. Sin darse cuenta dio la
vuelta a la postal. Pero allí no figuraba remitente o destinatario, sino:
«¡Pasad esta postal para que la lean muchos! No donéis nada a la Organización
de Ayuda Invernal. Trabajad despacio, más despacio todavía. Echad arena a las
máquinas. Cada trabajo no realizado contribuye a terminar antes esta guerra».
El actor alzó la vista. El ascensor pasó a su lado con un
derroche de luz. Tuvo la sensación de que numerosos ojos lo miraban.
Rápidamente se guardó la postal en el bolsillo, y con
mayor rapidez aún la sacó. Se disponía a dejarla sobre el antepecho de la
ventana cuando le asaltaron las dudas. A lo mejor los del ascensor lo habían
visto allí parado con la postal en la mano; muchos conocían su cara.
Encontrarían la postal y algunos jurarían que él la había dejado allí. Y desde
luego él la había depositado, de nuevo para ser exactos. ¿Pero quién le
creería, justo ahora que tenía ese conflicto con el ministro? ¡Con el problemón
que tenía encima, y ahora esto!
Su frente se cubrió de sudor, de pronto comprendió que
tanto el autor de la postal como él estaban en inminente peligro de muerte, él
quizá más. Su mano se contraía convulsa; quería dejar la postal, después
prefería llevársela, deseaba hacerla pedazos allí mismo... Pero ¿no habría
alguien en lo alto de la escalera observándolo? En los últimos días le había
asaltado un par de veces la sensación de que lo vigilaban, lo había achacado al
nerviosismo producido por la hostilidad del ministro Goebbels...
¿No sería todo una trampa de ese hombre, urdida para
hacerle caer en ella sin remisión? ¿Para demostrar al mundo entero cuánta razón
tenía el ministro al condenar al actor Harteisen? ¡Ay, Dios, ya se había vuelto
loco, veía fantasmas! ¡Eso no lo hace un ministro! ¿O sí?
Pero no podía quedarse quieto para siempre. Tenía que
decidirse; ya no debía pensar en Goebbels, sino únicamente en sí mismo.
Vuelve a subir como una tromba el tramo de escaleras, allí
no hay nadie observándolo. Toca el timbre del abogado Toll. Pasa lanzado ante
la secretaria, planta la postal sobre la mesa del abogado y exclama:
—¡Mira lo que acabo de encontrar en la escalera!
El abogado se limita a lanzar un breve vistazo a la
postal. Después se levanta y cierra con cuidado la puerta doble de su despacho,
que el alterado visitante ha dejado abierta. Regresa a su puesto junto al
escritorio. Vuelve a coger la postal y la lee lenta y cuidadosamente, mientras
Harteisen camina de un lado a otro lanzándole miradas de impaciencia.
Toll aparta la postal y pregunta:
—¿Dónde has dicho que la has encontrado?
—Aquí, en la escalera, un tramo más abajo.
—¿En la escalera? ¿Es decir, encima de los escalones?
—¡No seas tan meticuloso, Erwin! Encima de los escalones,
no, sobre el antepecho de la ventana.
—¿Y puedo preguntarte por qué se te ha ocurrido traer a mi
despacho este atractivo presente?
La voz del abogado se endurece y el actor dice suplicante:
—¿Qué podía hacer? La postal estaba ahí, la he recogido
con un gesto completamente maquinal.
—¿Y por qué no la has dejado allí? ¡Habría sido lo más
lógico!
—Mientras leía, el ascensor ha pasado a mi lado. Me he
sentido vigilado. Mi cara es conocida.
—¡Mejor aún! —exclamó el abogado con acritud—. Así que
entonces corriste hasta aquí arriba, seguramente con la postal en la mano.
El actor asintió con aire sombrío.
—No, amigo mío —dijo Toll muy resuelto, devolviéndole la
postal—, llévatela de nuevo, por favor. No quiero tener nada que ver con esto.
Que quede claro que no tengo nada que ver. No he visto nunca esta postal.
¡Llévatela de una vez!
Harteisen, pálido, miró fijamente a su amigo.
—Creo que no eres sólo mi amigo, sino también mi abogado,
y salvaguardas mis intereses —repuso.
—Esto no. O, mejor dicho: nunca más. Eres un cenizo,
tienes un talento increíble para enredarte en las peores historias. Y
arrastrarás a otros a la desgracia. ¡Así que coge de una vez tu postal! —Se la
tendió de nuevo.
Pero Harteisen seguía inmóvil, la cara pálida, las manos
hundidas en los bolsillos.
Tras un largo silencio dijo en voz baja:
—No me atrevo. En los últimos días he tenido varias veces
la sensación de que me observaban. Por favor, rompe la postal. Tírala en tu
papelera, debajo de todo lo demás.
—Demasiado peligroso, querido. El ordenanza de la oficina
o una limpiadora cotilla, y estaría aviado.
—¡Quémala!
—Olvidas que aquí tenemos calefacción central.
—Coge una cerilla, quémala en el cenicero. Nadie se
enteraría.
—Tú sí.
Se miraban muy pálidos. Eran viejos amigos desde el
colegio, pero ahora el miedo se había interpuesto entre ellos, trayendo consigo
la desconfianza. Se observaban en silencio.
Es un actor, pensaba el abogado. A lo mejor ha estado
interpretando, y quiere meterme en un lío. Le han encargado poner a prueba mi
fiabilidad. Hace poco, en esa desdichada defensa ante el Tribunal del Pueblo,
logré librarme por los pelos. Pero desde entonces desconfían de mí...
En realidad ¿hasta qué punto es Erwin mi abogado?, se
preguntaba entretanto el actor. No quiere ayudarme en el asunto del ministro, y
ahora pretende incluso faltar a la verdad y declarar que no ha visto jamás la
postal. No defiende mis intereses. Actúa contra mí. Quien sabe si esta
postal... por todas partes se oye hablar de las trampas que le ponen a la
gente. Pero, qué disparate, él ha sido siempre mi amigo, es una persona de toda
confianza...
Y los dos recobraron la cordura, se miraron y se echaron a
reír.
—Hemos estado locos al desconfiar el uno del otro.
—¡Nosotros, que nos conocemos desde hace más de veinte
años!
—¡Todo el colegio juntos!
—Sí, la verdad es que hemos llegado lejos, muy lejos.
—¿Cómo hemos quedado? El hijo denuncia a la madre, la
hermana al hermano, el novio a la novia...
—¡Pero nosotros no nos denunciaremos!
—Pensemos qué es lo mejor que podemos hacer con esa
postal. Sería un auténtico despropósito que salieras a la calle con ella en el
bolsillo, dado que te sientes observado.
—Puede ser producto del nerviosismo. Dame la postal, ya
encontraré el modo de deshacerme de ella.
—¡Tú y tu funesta tendencia a las imprudencias! ¡Ni
hablar, la postal se queda aquí!
—Tienes mujer y dos niños, Edwin. Quizá no todo el
personal de tu despacho sea digno de confianza. ¿Quién es digno de confianza
hoy en día? Dame la postal. Te llamaré dentro de un cuarto de hora para
comunicarte que ha desaparecido.
—¡Dios mío! ¡Otra vez vuelves a ser tú, Max! ¡Mantener una
conversación telefónica sobre eso! ¿Por qué no telefoneas directamente a
Himmler? ¡Entonces todo iría más rápido!
Se miran de nuevo, reconfortados por no estar
completamente solos, por contar todavía con un amigo de confianza.
De repente el abogado golpea con furia la postal.
—¿En qué estaría pensando ese idiota cuando escribió esto
y lo depositó en nuestra escalera? ¡En llevar a otras personas al patíbulo!
—¿Y por qué? ¿Qué escribe en realidad? Nada que no sepa ya
cada uno de nosotros. ¡Debe tratarse de un loco!
—Este pueblo se ha convertido en un pueblo de locos, nos
vamos contagiando unos a otros.
—Si pillasen al tipo ése que pone en tales dificultades a
los demás, me alegraría...
—¡Qué va! Seguro que no te alegrarías de otra muerte.
¿Pero cómo vamos a sortear estas dificultades?
El abogado volvió a mirar pensativo la postal. Después
descolgó el teléfono.
—En el edificio tenemos a no sé qué dirigente político
—explicó a su amigo—. Voy a entregarle oficialmente la postal, expondré las
circunstancias tal como se han producido, pero sin darle al asunto excesiva
relevancia. ¿Estás seguro de tu declaración?
—Por completo.
—¿Y de tus nervios?
—Totalmente, amigo mío. Jamás he sentido miedo sobre el
escenario. ¡Antes, siempre! ¿Qué tipo de hombre es ese dirigente político?
—Ni idea. No recuerdo haberlo visto nunca. Seguramente uno
de esos pequeños popes. De todos modos voy a telefonearlo ahora mismo.
Pero el hombrecillo que acudió no tenía mucha pinta de
pope, más bien de zorro, y se sintió muy halagado al conocer al famoso actor
que con tanta frecuencia había visto en el cine. Sin pensárselo dos veces
mencionó seis películas; el actor no había intervenido en ninguna. Max
Harteisen alabó la memoria del hombrecillo, y después fueron directamente al
grano.
El zorrito leyó la postal sin que su rostro reflejase lo
que le pasaba por la cabeza. Era astuto. Después escuchó el informe del
hallazgo de la postal, de su entrega allí, en el despacho.
—Muy bien, muy correcto —alabó el dirigente—. ¿Y eso
cuándo ha sido, más o menos?
Durante un instante el abogado se desconcertó, lanzó una
mirada rápida a su amigo. Mejor no mentir, pensó. Lo habían visto entrar muy
agitado con la postal en la mano.
—Hará cosa de media hora —dijo el abogado.
El hombrecillo enarcó las cejas.
—¿Tanto? —preguntó con ligero asombro.
—Teníamos otros asuntos que tratar —se justificó el
abogado—. No le dimos mucha importancia al asunto. ¿Es importante?
—Todo es importante. Importante habría sido atrapar al que
dejó la postal. Pero ahora, después de media hora, ya es demasiado tarde.
Cada una de sus palabras traslucía un ligero reproche por
ese «demasiado tarde».
—Lamento ese retraso —se disculpó el actor Harteisen con
voz enérgica—. Ha sido culpa mía. Di más importancia a mis asuntos que a
esta... mamarrachada.
—Yo habría debido estar mejor informado —adujo el abogado.
El zorrito sonrió conciliador.
—Bueno, caballeros, lo que es demasiado tarde, seguirá
siendo demasiado tarde. Sea como fuere, me alegra haber tenido la satisfacción
de conocer al señor Harteisen en persona. ¡Heil Hitler!
Con gran energía, poniéndose en pie de un salto:
—¡Heil Hitler!
Cuando se cerró la puerta tras él, los dos amigos se
miraron.
—Gracias a Dios que nos hemos librado de esa maldita
postal.
—Y no sospecha nada de nosotros.
—Por la postal, no. Pero hemos vacilado entre entregarla o
no entregarla, y eso lo ha captado a la perfección.
—¿Crees que este asunto traerá cola?
—No, a decir verdad, no. En el peor de los casos una toma
de declaración sin importancia, dónde, cuándo y cómo encontraste la postal. Y
ahí no hay nada que ocultar.
—Sabes, Erwin, en el fondo me alegro mucho de abandonar
esta ciudad durante una temporada.
—¿Lo ves?
—Aquí uno se pone malo.
—¡No se pone malo! ¡Ya lo es! ¡Y mucho!
Mientras tanto el zorrito ha acudido a su agrupación.
Ahora un camisa parda sostenía en su mano la postal.
—Esto es cosa de la Gestapo —dijo el camisa parda—. Es
mejor que la lleves tú mismo, Heinz. Espera, te adjuntaré unas líneas. ¿Y los
dos caballeros?
—¡Completamente descartados! Aunque, desde luego, ninguno
de ellos es de confianza desde el punto de vista político. Te aseguro que
sudaron tinta cuando tuvieron que denunciarlo.
—Dicen que Harteisen ha caído en desgracia ante Goebbels
—comentó el camisa parda, meditabundo.
—¡A pesar de todo! —repuso el zorrito—. Nunca se atrevería
a hacer algo así. Tiene demasiado miedo. Le mencioné en su cara seis películas
en las que nunca ha actuado y alabé su interpretación magistral. Él hacía una
reverencia detrás de otra y se mostraba radiante de agradecimiento. Pero yo
olía el sudor del miedo.
—Todos tienen miedo —decidió, despectivo, el de camisa
parda—. ¿Por qué, en realidad? Si para ellos es la mar de sencillo, les basta
con hacer lo que les decimos.
—Eso es porque la gente no puede dejar de pensar. Siempre
creen que pensando avanzan.
—Pues sólo tienen que obedecer. De pensar ya se encarga el
Führer.
El camisa parda dio unos golpecitos a la postal.
—¿Y éste de aquí? ¿Qué piensas de éste, Heinz?
—¿Qué quieres que te diga? Seguramente habrá perdido de
verdad a su hijo...
—¡Y un cuerno! Los que hacen y escriben estas cosas son
siempre meros agitadores. Quieren conseguir algo para ellos. Los hijos y
Alemania entera les traen sin cuidado. Será algún viejo socialista o
comunista...
—Ni lo creo ni lo creeré jamás. Esos no pueden prescindir
de sus palabras rimbombantes, fascismo y reacción y solidaridad y
proletariado... pero en la postal no figura ninguna de esas consignas. ¡Qué va,
a un socialista o a un comunista los huelo yo a diez kilómetros y contra el
viento!
—Pues yo sigo creyéndolo. Todos esos ahora se han
camuflado...
Pero los de la Gestapo tampoco compartieron la opinión del
camisa parda. Dicho sea de paso, recibieron el informe del zorrito con
tranquila hilaridad. Ya estaban acostumbrados a esas cosas.
—Bueno —dijeron—. Listo. Ya veremos. Si quiere usted
molestarse en ir a ver al comisario Escherich, nosotros se lo notificaremos por
teléfono, él se encargará del asunto. Proporciónele un informe exacto sobre el
comportamiento de los dos caballeros. Como es natural, de momento no
procederemos contra ellos, algo así sólo puede ser útil como material para
posibles casos futuros, ¿lo entiende...?
El comisario Escherich, un hombre alto, desgarbado, con un
fino bigotito color arena —todo en ese hombre era tan incoloro que bien podía
considerársele un engendro del polvo de los legajos—, el comisario Escherich,
pues, giró la tarjeta entre sus manos.
—Un disco nuevo —comentó al fin—. Éste todavía no figura
en mi colección. Una mano torpe, no ha escrito mucho en su vida, siempre ha
trabajado con las manos.
—¿Un comunista? —preguntó el zorrito.
El comisario Escherich soltó una risita:
—¡Déjese de chistes, caballero! ¡Qué tiene que ver esto
con un comunista! Mire, si tuviéramos una policía como es debido y el asunto
mereciera la pena, en veinticuatro horas este escritor estaría entre rejas.
—¿Cómo lo conseguiría?
—¡Es sencillísimo! Mandaría investigar en todo Berlín
quién ha perdido un hijo en las últimas dos o tres semanas, hijo único, por
supuesto, pues el autor sólo tenía uno.
—¿Cómo lo sabe?
—¡Elemental! En la primera frase, cuando habla de sí
mismo, lo dice así. En la segunda, cuando se dirige a otros, habla de hijos.
Así que dedicaría mi atención a los que respondiesen a esta descripción —no
pueden ser muchos en Berlín—, y ya tendría al autor en el saco.
—¿Y por qué no lo hace?
—Ya se lo he dicho, porque no tenemos el aparato para ello
y porque el asunto no merece la pena. Fíjese, hay dos posibilidades. Que
escriba dos o tres postales más, y después se harte. Porque le cueste mucho
esfuerzo o porque el riesgo se le antoje excesivo. Entonces no habrá causado
mucho daño, pero tampoco habrá dado mucho trabajo.
—¿Cree usted que entregarán todas las postales aquí?
—Todas, no, pero la mayoría sí. El pueblo alemán es muy
digno de confianza...
—Porque todos tienen miedo.
—No, yo no he dicho eso. No creo, por ejemplo, que este
hombre... —Golpeó la postal con los nudillos— tenga miedo. Me parece más
plausible la segunda posibilidad: el hombre seguirá escribiendo. Déjalo, cuanto
más escriba, más se delatará. Ahora ha revelado muy poco de sí mismo, en
concreto que ha perdido un hijo. Pero con cada postal irá revelándome un poco
más sobre su persona. No necesito hacer mucho al respecto. Me basta quedarme
aquí sentado, prestar un poco de atención y... ¡zas!... ¡le echaré el guante!
Aquí, en nuestro departamento, es preciso tener paciencia. A veces se tarda un
año, otras más, pero al final siempre atrapamos a todos. O a casi todos.
—Y después, ¿qué?
El de color polvoriento sacó un plano de Berlín, lo fijó a
la pared y clavó una banderita roja justo donde se encontraba el edificio de
oficinas de la calle König.
—Fíjese, esto es todo lo que puedo hacer por ahora. Sin
embargo, en las próximas semanas se irán añadiendo cada vez más banderitas, y
allí donde más se concentren, estará mi duendecillo. Porque con el tiempo se
irá volviendo abúlico y ya no le compensará recorrer un largo camino por una
postal. Ya ve, el Duende no piensa en esa postal. ¡Y sin embargo es tan
sencillo! En ese momento ¡zas!, le echaré el guante.
—¿Y entonces, qué? —preguntó el zorrito impelido por una
curiosidad malsana.
El comisario Escherich lo miró con cierta sorna.
—¿Tanto le gusta escuchar? Bueno, le complaceré: Tribunal
del Pueblo y a otra cosa, mariposa. ¿A mí qué me importa? ¿Qué obliga al tipo a
escribir una postal tan estúpida que nadie lee ni quiere leer? Nooo, eso a mí
no me importa. Yo cobro mi salario, y a cambio me da completamente igual vender
sellos que pinchar banderitas. Pero pensaré en usted, no olvidaré que me trajo
el primer informe, y cuando haya atrapado a ese tipo y llegue el momento, le
enviaré una invitación para asistir a su ejecución.
—Nooo, gracias, de verdad. ¡No lo decía con esa intención!
—Claro que lo decía con esa intención. ¿Por qué se
avergüenza ante mí? Nadie debe avergonzarse ante mí, yo conozco a las personas.
Si aquí no lo supiéramos, ¿quién iba a saberlo? ¡Ni siquiera el buen Dios! Así
que, acordado, le enviaré una tarjeta para la ejecución. ¡Heil Hitler!
—¡Heil Hitler! ¡Y que no se le olvide!
Capítulo 21
MEDIO AÑO DESPUÉS: LOS QUANGEL
Medio año después, para los Quangel escribir las postales
los domingos se había convertido ya en costumbre, una costumbre sagrada, desde
luego, que constituía una parte esencial de su vida cotidiana al igual que el
profundo silencio que los rodeaba, o el ahorro férreo hasta el último céntimo.
Cuando estaban juntos los domingos, ella en el rincón del sofá, ocupada con
alguna labor de remiendo o zurcido, él muy tieso en su silla junto a la mesa,
la pluma en su mano grande, trazando despacio las palabras, eran las horas más
bonitas de la semana.
Quangel había duplicado su rendimiento inicial de una
postal por semana. Es más, en domingos buenos llegaba incluso a confeccionar
tres. Pero nunca escribía dos postales con idéntico contenido. Los Quangel
descubrieron que cuánto más escribían, más fallos descubrían en el Führer y en
su Partido. Cosas que en su momento apenas habían considerado censurables, como
la represión de los demás partidos, o que sólo habían condenado por ir
demasiado lejos y haberse llevado a cabo con excesiva brutalidad, como las persecuciones
de judíos (pues, como la mayoría de los alemanes, los Quangel en su fuero
interno no eran amigos de los judíos, es decir, que estaban de acuerdo con esas
medidas), ahora que se habían convertido en enemigos del Führer esas cosas
adquirían un aspecto y una relevancia completamente diferentes. Les demostraban
la mendacidad del Partido y de sus dirigentes. Y al igual que los recién
conversos, les movía el afán de convertir a otros, de manera que el tono con el
que redactaban esas postales nunca era monótono, y los temas no escaseaban
precisamente.
Anna Quangel, que había abandonado tiempo atrás su callado
puesto de oyente, se sentaba animadamente en el sofá, tomaba parte en la
conversación, proponía temas e inventaba frases. Trabajaban en la más perfecta
unión, y esa profunda unión interna que no habían conocido hasta entonces
después de un matrimonio tan largo, se convirtió para ellos en una enorme dicha
que iluminaba toda la semana. Se miraban, sonreían, cada uno sabía que ahora el
otro había pensado en la próxima postal o en el efecto que causaban las
postales, en el número continuamente creciente de sus seguidores y en el ansia
con que esperaba las próximas noticias suyas.
Los Quangel no dudaban ni un instante de que sus postales
pasaban a escondidas de mano en mano en las empresas, que Berlín comenzaba a
hablar de esos luchadores. Tenían la certidumbre de que parte de las postales
caía en manos de la policía, pero suponían que sería a lo sumo una de cada
cinco o seis. Habían pensado con tanta frecuencia en ese efecto y hablado de él
que la difusión de sus noticias, la atención que despertaban, les parecía algo
de lo más natural, un hecho incontrovertible.
Sin embargo, los Quangel no tenían el menor indicio
objetivo de eso. Tanto si Anna Quangel estaba haciendo cola delante de una
tienda de comestibles, como si el jefe de taller se situaba mudo con sus ojos
perspicaces junto a un grupo de charlatanes, provocando el cese de la
conversación con su mera presencia..., jamás escucharon ni una palabra del
nuevo combatiente contra el Führer, ni de los mensajes que enviaba al mundo.
Pero este silencio sobre su actividad no podía disuadirlos de la firme
convicción de que se hablaba de las postales, de que surtían efecto. Berlín era
una ciudad muy grande y la distribución de las postales abarcaba una zona muy
extensa, requería tiempo que el conocimiento se infiltrase por todos los
rincones. En suma, a los Quangel les sucedía como a todo el mundo: creían en su
esperanza.
De las medidas de seguridad que Quangel había considerado
necesarias al inicio de su actividad sólo había abandonado los guantes.
Concienzudas reflexiones lo habían convencido de que esas prendas molestas que
ralentizaban tanto su trabajo no servían para nada. Sus postales, antes de que
alguna fuera a parar a la policía, debían de pasar por tantas manos que ni
siquiera el funcionario de policía más experimentado acertaría a distinguir
cuáles eran las huellas del autor. Como es natural, Quangel siguió observando
la mayor de las cautelas. Antes de escribir se lavaba siempre las manos, cogía
las postales con suavidad y por el borde, y al escribir siempre colocaba un
papel secante debajo de la mano que escribía.
En cuanto a la operación de dejar las postales en los
grandes edificios de oficinas, había perdido hacía mucho el atractivo de la
novedad. Esta operación, que al principio les había parecido tan peligrosa, se
había revelado con el tiempo la parte más sencilla de su labor. Uno entraba en
uno de esos edificios tan animados, esperaba el momento propicio y bajaba de
nuevo las escaleras, más aliviado, liberado de una presión en la zona del
estómago, pensando: «Otra vez ha salido bien», sin especial nerviosismo.
Al principio Quangel había depositado solo esas postales,
le había parecido inoportuno que Anna lo acompañase. Pero después también su
esposa se convirtió en una colaboradora eficaz. Quangel procuraba
escrupulosamente que las postales, tanto si había escrito una, dos o incluso
tres, salieran siempre de casa al día siguiente. Sin embargo, a veces le
costaba caminar debido a sus piernas martirizadas por dolores reumáticos; por
otro lado, la precaución exigía que las postales se distribuyesen en zonas de la
ciudad muy distantes entre sí. Esto requería largos viajes en tranvía difíciles
de realizar para una persona en una mañana.
Así pues, Anna Quangel comenzó a participar también en
este trabajo. Para su sorpresa descubrió que era mucho más emocionante y
enervante estar delante de un edificio esperando al marido, que depositar las
postales en persona. Entonces era siempre la calma personificada. Apenas se
adentraba en uno de esos edificios, se sentía segura en medio del tráfago de
los que subían y bajaban por las escaleras y esperaba con paciencia su
oportunidad para dejar las postales deprisa. Estaba completamente segura de que
nunca la habían visto hacerlo, de que nadie podría recordarla y ofrecer una
descripción de su persona. En verdad era mucho menos llamativa que su marido,
con su dura cara de pájaro. Era una mujer pequeñoburguesa, que enseguida acudía
al médico.
Sólo una vez molestaron a los Quangel durante su escritura
dominical. Pero tampoco esta perturbación desencadenó la menor agitación ni
confusión. Como ya lo habían hablado muchas veces, al oír el timbre Anna
Quangel se acercó sigilosa a la puerta de entrada y escudriñó a los visitantes
por la mirilla. Mientras tanto, Otto Quangel había retirado los útiles de
escribir e introducido en un libro la postal iniciada. En ella figuraban por el
momento las palabras: «¡Führer, ordena, nosotros obedecemos! Sí, obedecemos,
nos hemos convertido en un rebaño de ovejas que nuestro Führer puede conducir
al matadero. Hemos renunciado a pensar...».
Otto Quangel había colocado la postal con esas frases en
un libro de fabricación y reparación de aparatos de radio de su hijo caído, y
cuando Anna Quangel entró con los dos visitantes, un hombre bajo y jorobado y
una mujer morena, alta y fatigada, Otto se dedicaba a tallar el busto del
chico, ya muy avanzado, y que, en opinión de Anna, se parecía cada vez más a su
marido. Resultó que el jorobado bajito era un hermano de Anna; los hermanos
llevaban casi treinta años sin verse. El pequeño jorobado había trabajado
siempre en una fábrica de material óptico de Rathenow y hacía poco había sido
trasladado a Berlín para trabajar como especialista en una empresa que
fabricaba no sé qué aparato para submarinos. La mujer morena y fatigada era su
cuñada, a la que Anna nunca había visto. Hasta ese día Otto Quangel no conocía
a esos parientes.
Ese domingo ya no escribió nada más, la postal iniciada
quedó inconclusa en el libro de fabricación y reparación de aparatos de radio
del pequeño Otto. Por muy reacios que fueran los Quangel a las visitas de
amigos y parientes, porque deseaban vivir tranquilos, este hermano y su esposa
que inopinadamente les habían caído del cielo no les desagradaron. A su modo,
los Heffke también eran personas serenas, pertenecientes a alguna secta
religiosa que, según dedujeron por una insinuación, era perseguida por los nazis.
Pero apenas hablaban de ello, pues en general se evitaba con temor todo lo
relacionado con la política.
Quangel, sin embargo, presenció, asombrado, cómo Anna y su
hermano Ulrich Heffke intercambiaban recuerdos infantiles. Oyó por primera vez
que Anna, en su infancia, había sido una niña de alegría desbordante, traviesa
y dada a las bromas. Él había conocido a su mujer siendo una chica mayor; nunca
había pensado que en el pasado, antes de su vida de empleada doméstica, de
matarse a trabajar sin alegría, que tantas fuerzas y esperanzas le robaba,
había sido completamente distinta.
Ahora, mientras los hermanos charlaban entre sí, se
imaginaba el pequeño pueblo de la Marca de Brandeburgo; oyó que ella tenía que
cuidar de los gansos, que siempre se escondía para eludir el odiado trabajo de
recoger patatas y cuántos palos había recibido por ello, y supo que había sido
muy apreciada en el pueblo porque, rebelde y valiente, protestaba contra todo
lo que le parecía inicuo. Incluso le tiró tres veces seguidas el sombrero de la
cabeza a un maestro injusto con una bola de nieve... y nunca descubrieron que
había sido ella. Sólo ella y Ulrich lo sabían, pero Ulrich jamás se chivó.
No, no fue una visita desagradable, a pesar de que
escribieron dos postales menos que de costumbre. Además, los Quangel fueron muy
sinceros cuando al despedirse prometieron devolver la visita a los Heffke. Y
cumplieron su promesa. Cinco o seis semanas después visitaron a los Heffke en
una pequeña vivienda provisional que les habían facilitado en las inmediaciones
de la plaza Nollendorf. Los Quangel aprovecharon dicha visita para depositar
por fin una postal en el oeste; a pesar de que era domingo y el edificio de
oficinas estaba poco concurrido, todo fue bien.
A partir de entonces las visitas mutuas se sucedieron a
intervalos de unas seis semanas. No eran muy emocionantes, pero aportaban una
bocanada de aire fresco a la vida de los Quangel. Casi siempre Otto y su cuñada
se sentaban callados a la mesa para escuchar la tranquila conversación de ambos
hermanos, que no se cansaban de charlar sobre su infancia. A Quangel le
complacía conocer a esa otra Anna; sin embargo, nunca encontró un puente entre
la mujer que vivía a su lado y aquella niña que conocía el trabajo del campo,
hacía bromas audaces y a pesar de todo la consideraban la mejor alumna de la
pequeña escuela rural.
Supieron que los padres de Anna aún vivían en su pueblo
natal, muy ancianos ya, y el cuñado mencionó como de pasada que todos los meses
les enviaba diez marcos. Anna Quangel estaba a punto de decirle a su hermano
que a partir de entonces ellos harían lo mismo, pero al captar a tiempo una
mirada de advertencia de su marido, calló.
Durante el camino de vuelta él dijo:
—No, mejor no, Anna. ¿Para qué malcriar a gente tan mayor?
Tienen su jubilación, y además tu hermano manda diez marcos todos los meses,
con eso basta.
—¡Pero nosotros tenemos mucho dinero en la cartilla de
ahorros! —exclamó Anna—. Nunca lo gastaremos. Antes pensábamos que algún día
sería para Otto, pero ahora... ¡Hagámoslo, Otto! ¡Aunque sólo sean cinco marcos
todos los meses!
Otto Quangel contestó impasible:
—Ahora que estamos metidos en un asunto de tanta
envergadura, no sabemos para qué podemos necesitar un día nuestro dinero. Tal
vez nos haga falta hasta el último marco, Anna. Los viejos han vivido hasta
ahora sin nosotros, ¿por qué no seguir así?
Su esposa calló, un poco ofendida, quizá no tanto por su
amor a los padres, pues apenas pensaba en los dos viejos y les escribía una
sola carta al año, en Navidad y por sentido del deber. Pero se sintió ridícula
y miserable ante su hermano. Éste no debía pensar que ellos no podían hacer lo
mismo.
Anna insistió tozuda:
—Ulrich pensará que no podemos, Otto. Pensará mal de tu
trabajo por cobrar tan poco.
—Y qué más da lo que otros piensen de mí —replicó
Quangel—. No pienso sacar dinero de la caja para eso.
Anna se percató de que esa última frase era irrevocable.
Calló, cedió como siempre que Otto pronunciaba ese tipo de frases, pero un poco
ofendida porque su marido nunca tuviera en consideración sus sentimientos. No
obstante, Anna Quangel olvidó pronto esa ofensa al continuar con el trabajo de
la gran obra.
Capítulo 22
MEDIO AÑO DESPUÉS: EL COMISARIO ESCHERICH
Medio año después de recibir la primera carta, el
comisario Escherich, acariciándose su bigote color arena, estaba ante el mapa
de Berlín en el que había marcado con banderitas rojas los lugares donde se
habían hallado las postales de Quangel. El mapa ostenta ahora cuarenta y cuatro
banderitas; de las cuarenta y ocho postales que los Quangel habían escrito y
repartido en ese medio año, sólo cuatro no habían caído en poder de la Gestapo.
Y seguramente esas cuatro tampoco habrían pasado de mano en mano en las
empresas, como esperaban los Quangel, sino que apenas leídas, las habrían roto,
arrojado al agua o quemado con mucho miedo.
Se abre la puerta y entra el superior de Escherich, el
Obergruppenführer6 Prall:
—¡Heil Hitler, Escherich! Bueno, ¿por qué anda usted
mordiéndose el bigote?
—¡Heil Hitler, mi Obergruppenführer! Es el escritor de
postales, el Duende, como yo lo llamo.
—¿Y eso? ¿Por qué duende?
—No lo sé. Se me ocurrió. A lo mejor porque quiere asustar
a la gente.
—¿Y progresamos en eso, Escherich?
—¡Psé! —respondió el comisario arrastrando la voz. Volvió
a inspeccionar el mapa, pensativo—: A juzgar por la difusión, tiene que vivir
en alguna parte al norte de la plaza Alexander, allí ha aparecido la mayoría.
Pero también están bien surtidos el este y el centro. El sur, nada. En el
oeste, algo al sur de la plaza Nollendorf, han aparecido dos... ahí debe de
desarrollar alguna actividad ocasional.
—Digámoslo sin rodeos: del mapa todavía no se deduce nada.
¡No hemos avanzado ni un paso!
—Hay que esperar. Dentro de seis meses, si para entonces
mi Duende no comete ningún otro error, el mapa nos proporcionará mucha más
información.
—¡Medio año! ¡Es usted glorioso, Escherich! ¡Pretende
dejar hozar y gruñir a ese cerdo durante medio año todavía sin hacer nada más
que clavar sus banderitas con absoluta tranquilidad!
—En nuestro trabajo hay que tener paciencia, mi
Obergruppenführer. Esto es igual que cuando usted está al acecho esperando al
corzo. Tiene que esperar. No puede disparar antes de que venga. Pero cuando
venga, yo dispararé, ¡tenga la seguridad!
—¡Siempre oigo hablar de paciencia! ¿Cree usted que los de
arriba tienen tanta paciencia? Temo que pronto nos endosarán a uno que será
duro de pelar. Tenga en cuenta que cuarenta y cuatro postales en medio año
suponen casi dos postales por semana, las que nos llegan. Y eso lo ven también
los de arriba. Y entonces me preguntarán: Bueno, ¿qué? ¿Todavía no lo han
atrapado? ¿Se puede saber por qué? ¿A qué demonios os dedicáis? ¿A clavar
banderitas y rascaros la barriga? Y me echarán la bronca y me ordenarán atrapar
a ese hombre en dos semanas.
El comisario Escherich sonrió bajo su bigote color arena.
—Y entonces usted, mi Obergruppenführer, me echará una
bronca y me ordenará oficialmente atrapar a ese hombre en una semana.
—No se ría como un idiota, Escherich. Un caso como éste,
si llega por ejemplo a oídos de Himmler, puede destrozar la mejor carrera, y
quizá un día, en el campo de concentración de Sachsenhausen, pensemos los dos
muy apenados en lo buenos que eran los tiempos en que aún podíamos clavar
banderitas rojas.
—¡No tema, mi Obergruppenführer! Soy perro viejo de la
Brigada de Investigación Criminal y sé que nadie puede hacer nada mejor que lo
que hacemos nosotros: esperar. Que nos propongan un método mejor, esos
listillos, para descubrir al Duende. Pero claro, ellos tampoco lo conocen.
—Tenga en cuenta, Escherich, que si hasta nosotros han
llegado cuarenta y cuatro postales, quizá hoy circulen por Berlín más de cien.
Quien siembra el descontento, propugna el sabotaje. ¡No podemos presenciarlo
cruzados de brazos!
—Cien postales circulando —Escherich rio—. ¿Tiene usted
idea de cómo es el pueblo alemán, mi Obergruppenführer? Mil disculpas, mi
Obergruppenführer, no quería decir eso, se me ha escapado. Por supuesto que
usted, mi Obergruppenführer, tiene una idea cabal de cómo es el pueblo alemán,
más que yo probablemente, ¡pero es que ahora la gente tiene muchísimo miedo!
Las entregan... ¡seguro que no circulan más de diez postales!
Tras una mirada furibunda por la ofensiva exclamación de
Escherich (¡esa gente que procedía de la policía era bastante imbécil y se
tomaba demasiadas confianzas!), después, por tanto, de que el Obergruppenführer
Prall hubiera censurado la ofensiva exclamación de Escherich con una mirada
furibunda y un iracundo alzamiento del brazo hacia delante en ademán
admonitorio, el Obergruppenführer gritó:
—¡Incluso diez son demasiadas! ¡Hasta una es demasiado!
¡No debe circular absolutamente ninguna! ¡Tiene que atrapar a ese individuo,
Escherich... y deprisita!
El comisario enmudeció. No levantaba la vista de las
brillantes punteras de las botas del Obergruppenführer, se acariciaba
meditabundo el bigote, encerrado en un silencio obstinado.
—¡Sí, ahí está usted bien callado! —exclamó Prall,
irritado—. Sé lo que piensa. Ahora mismo está pensando que yo soy otro de esos
listillos que echan broncas pero no proponen nada mejor.
Hacía ya mucho tiempo que el comisario Escherich no se
ponía colorado, pero en ese momento en que adivinaron justo su pensamiento
secreto, estuvo a punto de sonrojarse. Y también se quedó abochornado, lo que
no le sucedía desde tiempos inmemoriales.
El Obergruppenführer Prall se dio perfecta cuenta de ello.
Y dijo, contento:
—Bien, le aseguro que no deseo ponerlo en un aprieto,
Escherich, se lo garantizo. Tampoco pretendo darle un buen consejo. Usted sabe
que no soy un criminalista, sólo me han confiado el mando de este puesto. Pero
póngame al corriente. En los próximos días seguro que tendré que informar sobre
este caso y me gustaría estar al tanto. ¿Nunca han visto a ese hombre
depositando las postales?
—Jamás.
—¿Y no se ha manifestado ninguna sospecha en los edificios
donde fueron halladas las postales?
—¿Sospechas? ¡A montones! Las sospechas abundan. Pero
detrás no hay nada más que un pequeño enfado con el vecino, chivateo, frenesí
denunciador. ¡No, eso no nos proporciona ninguna pista!
—¿Y los que las encontraron? ¿No hay sospechosos?
—¿Sospechosos? —Escherich torció el gesto—. Ay, Dios, mi
Obergruppenführer, hoy en día no hay nadie que esté libre de sospecha. —Y tras
una rápida mirada al rostro de su superior—: O lo son todos. Sin embargo, aquí
hemos cribado y vuelto a cribar a todos los que las encontraron. Ninguno tiene
nada que ver con el autor de las postales.
El Obergruppenführer suspiró.
—Habría debido hacerse cura, Escherich. ¡Reconfortar se le
da divinamente! —exclamó—. Así que sólo quedan las postales. ¿Qué indicios
aportan?
—Escasos. Muy escasos —contestó Escherich—. ¡No, eso de
cura, mejor no, pero le diré la verdad, mi Obergruppenführer! Tras el primer
fallo que cometió con lo del hijo único, pensé que él mismo se pondría la soga
al cuello. Pero es listo.
—Oiga, Escherich —intervino Prall—, ¿se le ha ocurrido
pensar que también podría tratarse de una mujer? Acaba de ocurrírseme hace un
momento, cuando usted ha hablado del hijo único.
El comisario, sorprendido, miró un momento a su superior.
Reflexionó. Después, meneando la cabeza pesaroso, dijo:
—No, eso tampoco nos conduce a nada, mi Obergruppenführer.
Ése es más bien uno de los puntos que considero absolutamente seguros. Mi
Duende es viudo o al menos un hombre que vive solo. Si hubiera una mujer metida
en el asunto, habría habido hace tiempo algún chismorreo. Recuerde que ha
transcurrido medio año, ¡una mujer no es capaz de mantener la boca cerrada
tanto tiempo!
—¿Y una mujer que haya perdido a su único hijo?
—Tampoco. ¡Ésa menos aún! —decidió Escherich—. El que
sufre desea ser consolado, y para recibir consuelo es preciso hablar. No,
seguro que no hay una mujer metida en el ajo. Éste sólo lo conoce uno, y sabe
callar.
—Como ya he dicho: ¡cura! ¿Qué más indicios tenemos?
—Escasos, mi Obergruppenführer, muy escasos. Es bastante
seguro que el hombre es avaro o ha tenido alguna vez desavenencias con la
Organización de Ayuda Invernal, porque en las postales puede poner lo que sea,
pero ni una sola vez ha olvidado la recomendación: «No donéis nada a la
Organización de Ayuda Invernal».
—Pues como tengamos que buscar en Berlín a alguien a quien
no le gustan los donativos a la Organización de Ayuda Invernal, estamos
apañados, Escherich...
—Ya digo, mi Obergruppenführer. Muy poco. Muy escaso.
—¿Algo más?
El comisario se encogió de hombros.
—Poco, nada —contestó—. Tal vez podamos suponer con
bastante certidumbre que el autor de las postales carece de empleo fijo, porque
las postales se han encontrado a todas horas del día, entre las ocho de la
mañana y las nueve de la noche. Y dado que las escaleras que utiliza mi Duende
están muy concurridas, hemos de suponer que cada postal ha sido encontrada al
poco de su colocación. ¿Qué más? Se trata de un obrero que ha escrito poco
durante su vida, pero con una cierta formación escolar, pues apenas comete
faltas de ortografía y se expresa con cierta soltura...
Escherich calló, ambos guardaron silencio durante bastante
rato, mientras contemplaban absortos el mapa con las banderitas rojas.
Después el Obergruppenführer Prall dijo:
—Un hueso duro de roer, Escherich. Duro para ambos.
El comisario comentó, consolador:
—No existen huesos tan duros... al final siempre se
rompen.
—¡Pero a alguno que otro le cuestan un diente, Escherich!
—¡Paciencia, mi Obergruppenführer, un poco de paciencia!
—Con tal de que la tengan los de arriba; eso no depende de
mí, Escherich. En fin, martirice un poco su cabecita, Escherich, a lo mejor se
le ocurre algo mejor que esta estúpida espera. ¡Heil Hitler!
—¡Heil Hitler, mi Obergruppenführer!
Una vez solo, el comisario Escherich permaneció un rato
delante del mapa, acariciándose, meditabundo, su bigote claro. La situación no
era exactamente la que había querido hacer creer a su superior. En este caso él
no era tan sólo el criminalista curtido al que ya nada es capaz de alterar. Le
interesaba ese mudo escritor de postales, por desgracia todavía desconocido por
completo para él, que con tanta desconsideración y tanta cautela había
emprendido un combate casi desesperado. El caso Duende había sido al principio
uno de tantos. Después le había entusiasmado. Tenía que encontrar a ese hombre
que estaba con él debajo de los diez mil tejados de Berlín, tenía que ver cara
a cara al que con la regularidad de una máquina enviaba todas las semanas al
escritorio del comisario dos, tres postales la noche del lunes, como muy tarde
la mañana del martes.
Escherich estaba muy lejos de poseer esa paciencia que
acababa de recomendar tan encarecidamente al Obergruppenführer. Escherich
cazaba... ese viejo criminalista era un verdadero cazador. Lo llevaba en la
sangre. Cazaba personas igual que otros cazan jabalíes. Que los jabalíes y las
personas tuvieran que morir al finalizar la cacería no lo conmovía. El jabalí
estaba destinado a morir de ese modo, igual que las personas que escribían esas
postales. Llevaba mucho tiempo rompiéndose la cabeza para averiguar cómo podría
acercarse más deprisa al Duende, no hacía falta que el Obergruppenführer Prall
se lo recordase. Pero no hallaba el modo, porque sólo servía la paciencia. Por
algo tan irrelevante no se podía poner en marcha a todo el aparato policial,
registrar todas las viviendas de Berlín... aparte de que él no podía provocar
semejante alarma en la ciudad. Debía seguir teniendo paciencia...
Y cuando uno tenía suficiente paciencia, entonces de
repente sucedía: casi siempre sucedía algo. El delincuente cometía un error o
la casualidad le jugaba una mala pasada. Había que esperar una de estas dos
cosas: la casualidad o el error. Siempre o casi siempre se producía una de
ellas. Escherich confiaba que en este caso no fuera «casi siempre». Estaba
interesado, oh, sí, muy interesado. En el fondo le importaba un pimiento
impedir que el criminal continuase o no con su actividad. Escherich, ya se ha dicho,
era un cazador. No por la carne de la pieza, sino por el placer de la caza.
Sabía que en el preciso momento en que la pieza fuera abatida, el delincuente
apresado y sus delitos fehacientemente probados... en ese preciso momento el
interés de Escherich por el caso concluiría. La pieza había sido abatida, el
hombre estaría en prisión preventiva... la caza había terminado. ¡Hasta la
próxima!
Escherich ha apartado del mapa su mirada incolora. Ahora
está sentado a su escritorio comiendo despacio y meditabundo su bocadillo del
desayuno. Cuando suena el teléfono, lo descuelga titubeando. Escucha el aviso
con absoluta indiferencia:
—Aquí el distrito de policía de la avenida Frankfurter.
¿El comisario Escherich?
—Al aparato.
—¿Está usted trabajando en el caso de las postales
desconocidas?
—Sí. ¿Qué hay? ¡Dese prisa!
—Hemos capturado con bastante seguridad al que reparte
dichas postales.
—¿Durante el reparto?
—Casi. Como es natural, lo niega.
—¿Dónde está?
—Aquí, en el distrito.
—Manténgalo ahí, llegaré con mi coche dentro de diez
minutos. ¡No sigan interrogándolo! ¡Deje tranquilo a ese hombre! Quiero hablar
personalmente con él. ¿Entendido?
—A sus órdenes, comisario.
—Allá voy.
Durante un instante el comisario Escherich se quedó casi
inmóvil encima del teléfono. ¡La casualidad... la misericordiosa, buena
casualidad! ¡Sabía que había que tener paciencia!
Y se apresuró para efectuar el primer interrogatorio del
repartidor de postales.
Capítulo 23
MEDIO AÑO DESPUÉS: ENNO KLUGE
Medio año después, el mecánico de precisión Enno Kluge
esperaba con impaciencia en la antesala del médico. Estaba sentado junto con
otros treinta o cuarenta pacientes. Una auxiliar de clínica siempre irritada
acababa de llamar al número 18, pero Enno tenía el 29. Tendría que esperar más
de una hora y en la tasca Los Rezagados ya lo esperaban.
Enno Kluge fue incapaz de resistir más tiempo sentado.
Sabía de sobra que no podía irse antes de que el médico le diera la baja, o
habría bronca en la fábrica. Pero la verdad es que no podía esperar más, o se
le haría demasiado tarde para cerrar sus apuestas.
A Enno le gustaría recorrer de un lado a otro la sala de
espera, pero está demasiado llena, le bufarían. Se retira, pues, al pasillo, y
cuando la auxiliar lo descubre y le ordena, muy enfadada, que regrese a la sala
de espera, le pregunta por el retrete.
Ella se lo indica muy reacia, y se dispone a esperar a que
el hombre salga de nuevo. Pero de pronto suena un par de veces el tim bre de la
entrada y se ve obligada a recibir a los pacientes 43 y 44, anotar sus datos
personales, rellenar sus fichas, sellar los volantes de asistencia médica.
Así transcurre su jornada desde primera hora de la mañana
hasta bien entrada la noche. La auxiliar está medio muerta, el médico también,
pero a ella ya no la abandona ese desdichado estado de continua irritación que
padece desde hace semanas. La consecuencia es que ella ha proyectado un
auténtico odio contra el torrente de enfermos que fluye cada vez más caudaloso,
que no la deja descansar jamás, que desde las ocho de la mañana, su hora de
llegada, esperan pacientes junto a la puerta y que a las diez de la noche aún
permanecen sentados en la sala de espera, inundándola con sus malos olores:
todos se escaquean del trabajo, del frente, son personas que con un certificado
médico quieren obtener de manera subrepticia más y mejores alimentos. Toda esa
gente pretende eludir sus obligaciones, pero ella no puede hacerlo. Ella tiene
que aguantar allí, no puede enfermar (¿qué haría el doctor sin ella?), tiene
que ser amable con esos comediantes que lo ensucian todo, llenándolo de flemas,
de vómitos. El lavabo está siempre lleno de ceniza de cigarrillos.
Entonces recuerda al mosquita muerta al que antes ha
tenido que indicar la ubicación del retrete. Seguro que continúa allí fumando
como una chimenea. Se levanta de un salto, sale corriendo, sacude la puerta.
—¡Ocupado! —exclaman desde dentro.
—¡Haga el favor de salir ahora mismo! —Comienza a
despotricar, impulsada por la ira—. ¿Cree que puede pasarse ahí metido horas y
horas? ¡Otras personas desean utilizar el lavabo!
Mientras Kluge pasa despacio a su lado, le dice
enfurecida:
—¡Todo lleno de humo, naturalmente! ¡Pienso contarle al
doctor lo enfermo que está usted! ¡Se va a enterar de lo que es bueno!
Desanimado, Enno Kluge se apoya en la pared de la sala de
espera, pues han ocupado su asiento. El médico va por el número 22. Seguramente
es absurdo prolongar la espera. Ese bicho de ahí fuera es capaz de azuzar al
médico para que no le dé la baja. ¿Y entonces, qué? ¡Saltarán chispas en la
fábrica! Vuelve a faltar un día de cada cuatro; esos están capacitados para
hacerlo y acabarán enviándolo de verdad a un batallón de castigo o a un campo
de concentración... ¡esos camaradas son capaces de eso! Sí, hoy tiene que
conseguir su volante de baja, y lo más inteligente es que siga esperando, dado
que lleva haciéndolo ya tanto rato. La consulta de otro médico estará igual de
abarrotada, tendrá que esperar hasta la noche, y al menos ha oído decir que
éste da la baja con facilidad. Así que esa noche no apostará a los caballos,
tendrán que arreglárselas sin Enno, no queda más remedio...
Con una ligera tosecita se apoya contra la pared, es un
flojucho. Mejor dicho, una nulidad. No ha podido recuperarse por completo de la
paliza que le propinó el Persicke de las SS. Sí, después con el trabajo mejoró
en unos días, a pesar de que sus manos ya no recobraron la antigua destreza.
Ahora llegaba por los pelos a ser un trabajador medio. Nunca más recuperaría su
antigua habilidad manual, nunca se convertiría en un hombre respetado en su
oficio.
Quizá fue eso lo que le hizo encarar el trabajo con tanta
indiferencia, pero a lo mejor también se debió a que a la larga ya no le
gustaba trabajar. Ya no comprendía bien el sentido del trabajo. ¿Para qué
esforzarse tanto si se podía vivir bien sin trabajar? ¿Para la guerra? ¡Que
librasen tranquilamente ellos solos su guerra de mierda, a él le importaba un
rábano. ¡Si algún día enviaban al frente a todos sus orondos jefes, la guerra
se acabaría enseguida!
Pero no, tampoco era la cuestión del sentido de su trabajo
lo que le hacía odiosa cualquier actividad, sino el hecho de que ahora Enno
podía vivir sin trabajar. Sí, había sido débil, lo reconocía, había vuelto a
frecuentar mujeres, primero a Tutti, después a Lotte, y éstas se mostraron
dispuestas a mantener durante una temporada a ese hombre menudo y acomodaticio.
Y en cuanto te liabas con mujeres, fin del trabajo reglado. Ellas despotricaban
ya desde la mañana, cuando él pedía a las seis el café y el desayuno, ¿qué se
había figurado? A esas horas dormía todo el mundo, y él también lo necesitaría,
¿no? ¡Que volviera a meterse tranquilamente en la cama calentita!
Bueno, una o dos veces salías airoso de una escaramuza
similar si te llamabas Enno Kluge claro, pero tres no. Cedías, te metías con la
mujer en la cama y te volvías a dormir una, dos o incluso tres horas.
Cuando se hacía tarde, ya no ibas a la fábrica, dejabas de
trabajabar ese día. Y si era más temprano, llegabas un poco tarde al tajo con
alguna excusa trivial, te echaban una bronca (pero a eso ya estabas
acostumbrado hacía mucho, ya ni siquiera escuchabas), hacías algo durante un
par de horas y regresabas a casa, donde volvían a recibirte con improperios:
¿Para qué tener en casa un hombre, si se pasaba el día entero fuera? ¡Y todo
por unos míseros marcos! ¡Seguro que podrían ganarse de una manera más fácil!
No, si tenía que trabajar, mejor habría hecho quedándose en su reducida
habitación de hotel, las mujeres y el trabajo eran incompatibles. Con una sí,
con Eva... y por supuesto Enno Kluge había vuelto a intentar refugiarse en casa
de su mujer, la cartera. Pero allí se enteró por la señora Gesch de que Eva
había salido de viaje. La señora Gesch había recibido una carta suya: estaba en
algún lugar de la región de Ruppin en casa de unos parientes. Sí, la señora
Gesch tenía las llaves del piso, pero ni se le pasaba por las mientes
entregárselas a Enno Kluge. ¿Quién enviaba con regularidad el dinero del
alquiler: él o su mujer? Pues entonces la vivienda le pertenecía a ella, no a
él. Bastantes molestias había sufrido ya por su culpa, no tenía la menor
intención de dejarlo entrar en el piso.
Por otra parte, si de verdad quería hacer algo por su
mujer, podía pasarse por Correos. Ellos ya habían mandado a buscar un par de
veces a la señora Kluge, y hacía poco había llegado una citación de algún
tribunal del Partido; la señora Gesch la había devuelto simplemente con la nota
«destinatario ausente con domicilio desconocido». Pero lo de Correos bien podía
arreglarlo él. Seguro que su mujer aún tenía allí ciertos derechos.
Lo de los derechos lo espoleó; al fin y al cabo él podía
acreditar su condición de esposo legal, los derechos de Eva eran también los
suyos. Pero era una vía equivocada, porque en Correos lo pusieron en un
verdadero aprieto. Eva tenía que haber cometido algún disparate en el Partido,
porque estaban furiosos con ella. Él ya no tenía prisa por acreditarse como
marido legítimo de Eva... al contrario, se esforzó al máximo por demostrar que
llevaba mucho tiempo separado de ella y no tenía ni idea de sus ocupaciones.
Al final lo dejaron marchar. ¿Qué iban a sacar de ese
hombrecillo canijo, siempre a punto de echarse a llorar y que empezaba a
temblar a la menor bronca? Podía irse, largo de allí, y si volvía a ver a su
mujer, debía enviarla inmediatamente a esa dirección. O mejor aún: debía
decirles dónde vivía ella, del resto ya se encargarían ellos.
En el trayecto de vuelta a casa de Lotte, Enno Kluge
exhibía una sonrisa irónica. Así que la eficaz Eva también se encontraba en
aprietos, se había largado a la región de Ruppin con sus parientes y no se
atrevía a dejarse ver por Berlín. Como es natural, Enno no había sido tan tonto
como para revelar a la gente de Correos adónde había viajado Eva; él era tan
listo como la señora Gesch. Le quedaba una última posibilidad: si alguna vez
las cosas le iban muy mal allí, en Berlín, siempre podía presentarse donde Eva,
a lo mejor le daba cobijo. Eva también se avergonzaría de enfrentarse con
demasiada dureza a él delante de los parientes. Eva aún concedía cierta
importancia al prestigio y a la buena fama. Y a fin de cuentas él la tenía en
sus manos por los hechos heroicos de su Karl; jamás permitiría que se lo
contase a sus parientes, antes preferiría aguantarlo.
Una última salida si todo iba rematadamente mal. De
momento aún contaba con su Lotte. Y la verdad es que ésta era muy simpática,
aunque no era capaz de mantener cerrado el pico ni un segundo, y tenía la
maldita costumbre de traer continuamente hombres a casa. Entonces tenía que
pasarse la mitad de la noche, a veces incluso la noche entera, en la cocina...
y al día siguiente el trabajo volvía a irse al garete.
El trabajo ya nunca más volvería a ser lo que fue, eso lo
sabía. Pero a lo mejor esa guerra terminaba antes de lo que se pensaba, y él
conseguía darle largas hasta entonces. Así, poco a poco volvieron las juergas y
las ausencias del trabajo. El jefe enrojecía de ira sólo con verlo. Después le
soltaron una segunda reprimenda en dirección, pero esta vez él no había dado
demasiadas explicaciones. Porque Enno Kluge también se daba cuenta de lo que
allí estaba en juego: necesitaban trabajadores a diario, de modo que ¡no lo
echarían tan fácilmente!
Después transcurrieron muy deprisa tres días seguidos sin
dar ni golpe. Había conocido a una viuda atractiva, ya no muy joven, algo
ajada, pero sin duda mejor que sus anteriores mujeres. ¡Poseía una tienda de
animales cerca de la puerta König que marchaba muy bien! Vendía pájaros y peces
y perros, pienso y collares y arena y galletas para perro y gusanos de la
harina. Tenía tortugas, ranas de san Antonio, salamandras, gatos... Una tienda
muy rentable, y ella una mujer eficaz, una auténtica mujer de negocios.
Se había hecho pasar por viudo, también la había hecho
creer que Enno era su apellido, ella lo llamaba Hänschen. Tenía posibilidades
con esa mujer, lo había comprobado durante los tres días ociosos en los que la
ayudó en su tienda. Un hombrecillo que demandase un poco de ternura era justo
lo que a ella le apetecía. Estaba en esos años en los que una mujer se
pregunta, temerosa, si podrá conseguir un hombre para los días de la vejez.
Como es natural, a ella le gustaría casarse con él, pero eso también lo
solucionaría del modo más conveniente. Al fin y al cabo ahora había matrimonios
de guerra donde la documentación no se examinaba con demasiada diligencia, y
por Eva no tenía por qué preocuparse. ¡Se alegraría de librarse de él para
siempre, mantendría la boca cerrada!
Entonces, de repente, surgió en su interior el deseo
abrasador de liberarse completamente de la fábrica como primera medida. De
todos modos, tenía que fingirse enfermo, ya había faltado tres días sin
justificación. ¡Así que quería estar enfermo de verdad! Y durante esa
enfermedad remataría el asunto con la viuda Hete Häberle como es debido. Ahora
le asqueaba estar con Lotte; ya no podía soportar más tiempo ese desorden, ni
su hablar sin ton ni son, ni sus hombres, y menos sus ternezas cuando se
emborrachaba. ¡No, dentro de tres o cuatro semanas quería estar casado y tener
una economía saneada! Para eso tenía que echarle una mano el médico.
Sólo el número 24, aún tardaría media hora en tocarle el
turno a Enno. De manera mecánica pasa por encima de los pies ajenos y vuelve a
salir al pasillo. Mal que le pese a la arisca auxiliar del médico, se fumará
otro cigarrillo en el retrete. Tiene suerte, alcanza el lavabo sin ser visto,
pero apenas ha dado las primeras caladas, esa fiera está sacudiendo de nuevo la
puerta.
—¡Ya está usted otra vez en el lavabo! ¡Y encima fumando!
—vocifera—. ¡Sé perfectamente que es usted! Haga el favor de salir, ¿o tendré
que ir a buscar al doctor?
¡Cómo grita, que asquerosa! Así que prefiere ceder,
siempre prefiere ceder a oponerse. Deja que lo persiga hasta la sala de espera,
sin mascullar ni una palabra de disculpa. Una vez allí espera a que le toque el
turno apoyado contra la pared. ¡Seguro que esa maldita víbora lo denuncia al
médico!
La auxiliar de la consulta ha perseguido al pequeño Enno
Kluge hasta su sitio, y regresa por el pasillo. ¡Pero a ése ya le ha leído la
cartilla!
Entonces ve una postal caída en el suelo, algo alejada de
la ranura del buzón. Hace cinco minutos, cuando le abrió la puerta al último
paciente, la postal no estaba, lo sabe perfectamente. Y no han llamado al
timbre, aparte de que no es la hora de repartir el correo.
La auxiliar ha pensado deprisa todo eso mientras se agacha
a recoger la postal, y más tarde sabe también perfectamente que, antes de
tomarla en sus manos, antes de haber visto lo que pasaba con ella, le ha dado
la impresión de que ese hombre bajo y furtivo tenía algo que ver con el asunto.
Echa un vistazo al texto, lee unas palabras y muy alterada
se precipita dentro de la consulta del médico.
—¡Doctor, doctor! ¡Mire lo que acabo de encontrar en el
pasillo!
Interrumpe la consulta, consigue que el paciente medio
desnudo pase a una habitación contigua, y entrega al médico la postal para que
la lea. Ella, incapaz de esperar a que termine, le revela sus sospechas:
—¡Seguro que ha sido ese canijo que parece una mosquita
muerta! ¡Me ha resultado antipático desde el primer momento con esa mirada
asustadiza! ¡Y eso significa mala conciencia, no ha podido estarse quieto ni un
momento, siempre saliendo al pasillo, he tenido que sacarlo dos veces del
retrete! ¡Y la segunda ha dejado la postal en el pasillo! No pueden haberla
echado desde fuera, la ranura del buzón está demasiado lejos. ¡Llame ahora
mismo a la policía, doctor, antes de que ese tipo se largue! ¡Ay, Dios mío, ahora
ya se habrá ido, tengo que ir a ver enseguida...!
Y tras estas palabras sale de la consulta como un rayo,
dejando la puerta abierta de par en par.
El médico mantiene la tarjeta entre sus manos. Le resulta
muy desagradable que haya sucedido algo así precisamente en su consulta.
Gracias a Dios que la postal la encontró la auxiliar y que él puede demostrar
que lleva dos horas sin salir de su despacho, ni siquiera para ir al retrete.
La chica tiene razón, lo mejor es llamar ahora mismo a la policía. Comienza a
buscar en la guía el número de la comisaría del distrito.
La chica espía por la puerta que ha quedado abierta.
—¡Aún sigue ahí, doctor! —susurra—. Es evidente que piensa
que así puede alejar las sospechas de sí mismo. Pero estoy completamente segura
de...
—Está bien —interrumpe el médico a la agitada mujer—. Por
favor, cierre la puerta. Ahora hablaré con la policía.
Transmite su aviso, recibe la indicación de retener a todo
trance al hombre hasta que llegue alguien de la comisaría, comunica esa
indicación a la auxiliar, le dice que lo avise de inmediato si el hombre se
dispone a marcharse y vuelve a sentarse en la silla ante su escritorio. No,
ahora no puede continuar atendiendo a los pacientes, está demasiado nervioso.
Que haya tenido que pasarle algo así, ¿por qué precisamente a él? ¡Un tipo sin
conciencia, el escritor de postales ése, en menudo compromiso pone a la gente!
¿Acaso no piensa en los problemas que les causa con su maldita postal?
¡Verdaderamente esa postal era justo lo que le faltaba al
médico! Ahora la policía se encamina hacia allí, quizá acabe siendo sospechoso,
registrarán su domicilio, y aunque la sospecha resulte infundada, encontrarían
atrás, en la habitación del servicio...
El médico se levantó, por lo menos tenía que avisarla...
Pero volvió a sentarse. ¿Cómo podía él resultar
sospechoso? Además, aunque la encontrasen, ella era su ama de llaves, según
demostraba su documentación. Todo eso había sido pensado y discutido cientos de
veces desde que hacía cosa de un año había tenido que divorciarse de su mujer,
una judía, por la presión de los nazis. Lo había hecho porque ella se lo había
rogado, para garantizar al menos el futuro de los hijos. Más tarde, después de
cambiar de domicilio, había traído de vuelta a su antigua esposa en calidad de
ama de llaves con documentación falsa. En realidad, no podía suceder nada, no
tenía pinta de judía...
¡Esa infausta postal! ¡Que tuviera que tocarle
precisamente a él! Pero sin duda despertaba miedo y temor en cualquier lugar.
¡En esos tiempos todo el mundo tenía algo que ocultar!
¿No sería la finalidad de esa postal provocar miedo y
pavor? A lo mejor la repartían con diabólica premeditación entre los
sospechosos para comprobar su reacción. ¿Estaría sometido a vigilancia desde
hace tiempo, y éste sería sólo uno de los medios para comprobar si el
sospechoso se descubría?
De todos modos, su comportamiento había sido correcto.
Había avisado a la policía cinco minutos después de encontrar la postal.
Incluso podía presentarle un sospechoso, quizá un pobre diablo que no guardaba
relación con el asunto. ¡Bueno, en eso no podía ayudarlo, que intentase
arreglárselas para salir del aprieto! Lo principal era que él quedase fuera de
peligro.
A pesar de que estas consideraciones han tranquilizado al
médico, se levanta y con gesto rápido y seguro se pone una pequeña inyección de
morfina que le permitirá recibir a esos caballeros que se dirigen a su consulta
con tranquilidad e incluso cierto tedio. Esa pequeña inyección es el recurso en
el que el médico se refugia cada vez con más frecuencia desde la vergüenza de
su divorcio, como denomina la medida en su fuero interno. No es un morfinómano,
ni mucho menos, a veces aguanta cinco o seis días sin morfina, pero cuando
aparecen problemas en su vida, y ahora, en plena guerra, se amontonan cada vez
más, se inyecta morfina. Eso lo ayuda, sin esa ayuda artificial pierde los
nervios. ¡No, él todavía no es morfinómano! Pero está en el mejor camino para
convertirse en ello. Ay, ¡ojalá hubiera acabado esta guerra y pudiera abandonar
ese infame país! Fuera, en el extranjero, se daría por satisfecho con el más
ínfimo puesto de médico auxiliar.
Unos minutos después un médico pálido, algo cansado,
recibe a los dos policías de la comisaría. Uno es un agente de uniforme,
enviado para vigilar la puerta de entrada. Inmediatamente ocupa el puesto de la
auxiliar.
El otro es un civil, el ayudante Schröder; el médico le
entrega la postal en su despacho. ¿Tiene algo que declarar? Pues la verdad es
que no, lleva más de dos horas atendiendo sin interrupción a los pacientes,
unos veinte o veinticinco seguidos. Pero ahora mismo llamará a la auxiliar.
Ésta viene, y ella sí que tiene mucho que decir.
Muchísimo. Describe a ese mosquita muerta, como ella lo llama, con un odio
absolutamente incomprensible por dos inofensivos fumeteos en el lavabo. El
médico observa con atención cómo declara, alterada, con una voz que se le
quiebra a menudo. Y piensa: Tengo que procurar que de verdad haga algo en serio
contra su enfermedad de Basedow. Cada vez está peor. Se altera tanto que en
realidad ya no es plenamente responsable de sus actos.
El ayudante parece pensar algo parecido. Con un breve:
—Gracias. De momento ya sé lo suficiente —interrumpe sus
declaraciones—. Ahora, señorita, enséñeme en qué lugar del pasillo estaba la
postal. Pero, por favor, sea lo más precisa posible.
La señorita, es decir, la auxiliar, coloca la postal en un
lugar que desde la ranura del buzón parece imposible de alcanzar. Pero el
ayudante, ayudado por el agente, prueba a lanzar la postal hasta que casi queda
tirada en el lugar indicado por la auxiliar. Casi; faltan unos diez
centímetros...
—¿Podría haber estado también aquí? —pregunta el ayudante.
La auxiliar de clínica está visiblemente enojada de que al
asistente le haya salido bien ese experimento.
—¡No, la postal no estaba tan cerca de la puerta! —declara
con tono decidido—. Estaba más dentro del pasillo de lo que he señalado antes.
Ahora creo que yacía aquí, justo al lado de la silla. —Y se ñala un lugar medio
metro más alejado de la ranura—. Estoy casi se gura de que al recogerla choqué
con esta silla.
—Ya, ya —dice el asistente con una gélida mirada a la
iracunda mujer.
En su interior borra todas sus declaraciones. Es una
histérica, piensa. Claro, le falta un hombre. Ahora están todos en campaña, y
encima ella no parece muy atractiva.
Y dirigiéndose al médico dice en voz alta:
—Ahora desearía esperar tres minutos en la sala de espera
como un paciente cualquiera para examinar primero al acusado, sin que él sepa
quién soy. ¿Es posible?
—Pues claro que sí —declara la auxiliar irritada—. ¡Ese no
se sienta! Prefiere andar pisando los pies a los demás. ¡Su mala conciencia no
lo deja tranquilo! Ese rastrero...
—Bueno, ¿dónde está? —vuelve a interrumpirla el ayudante
con tono no demasiado cortés.
—Antes estaba junto al espejo que hay al lado de la
ventana —le contesta ella, ofendida—. ¡Pero, claro, cualquiera sabe dónde se
encontrará ahora, con lo inquieto que es!
—Yo lo encontraré —asegura el ayudante Schröder—. Usted me
lo ha descrito.
Y se encamina a la sala de espera.
Allí reina cierta agitación. Desde hace más de veinte
minutos no ha sido llamado ningún paciente a consulta. ¿Cuánto tiempo les
tocará esperar aún? ¡Porque tienen otras cosas que hacer! Seguramente el doctor
está atendiendo a pacientes privados que pagan bien, mientras los del seguro se
quedan allí esperando hasta el día del juicio. ¡Pero así se comportan todos
estos médicos, amigo mío, vaya donde vaya! ¡El dinero tiene preferencia en
todas partes!
Mientras los comentarios sobre la venalidad de los médicos
van subiendo cada vez más de tono, el ayudante examina en silencio a su hombre.
Lo ha reconocido en el acto. El individuo no es ni tan inquieto ni tan rastrero
como lo ha descrito la auxiliar. Permanece de pie tan tranquilo junto al
espejo, sin intervenir en la conversación de los demás. Ni siquiera parece
escuchar sus palabras, y eso se suele hacer con gusto para acortar el aburrido
tiempo de espera. Mira con aire apático y cierto temor. Un obrero corriente,
decide el ayudante. Nooo, un poco mejor, las manos parecen hábiles, con huellas
de trabajo manual, pero no un trabajo duro... traje y abrigo conservados con
gran cuidado, a pesar de lo que no pueden ocultar su aspecto raído. En
conjunto, nada del hombre que uno se imagina por el tono de la postal. Éste
escribe con un estilo muy vigoroso, y este conejo receloso...
Pero el ayudante hace tiempo que aprendió que a menudo las
personas no son lo que parecen. A fin de cuentas ese hombre está tan seriamente
incriminado por la declaración de la testigo, que al menos habrá que
comprobarlo. Ese escritor de postales tiene que haber puesto un poco nerviosos
a los de arriba, hace poco que recibieron otra orden con el rótulo «¡Alto
secreto!» para que en lo tocante a ese asunto se investigara hasta la pista más
nimia.
¡Sería estupendo cosechar un éxito!, piensa el ayudante.
Ya va siendo hora de conseguir un pequeño ascenso.
Entre los improperios generalizados, se acerca casi sin
ser visto al hombre bajito situado junto al espejo, le da un golpecito en el
hombro y le dice:
—Salga usted un momento al pasillo. Quiero hacerle unas
preguntas.
Enno Kluge obedece sumiso, igual que cualquier otra orden.
Pero mientras camina detrás del desconocido, lo invade el temor: ¿Qué significa
esto? ¿Qué querrá éste de mí? Parece un poli, y de hecho habla como un poli.
¿Qué tengo yo que ver con la policía...? ¡Si yo no he hecho nada!
En ese mismo momento recuerda el robo en casa de los
Rosenthal. No hay duda, Barkhausen se ha enfadado y lo ha denunciado. Y el
miedo crece cada vez más en su interior, porque ha jurado no decir nada, y como
se vaya de la lengua, el tipo ese de las SS volverá a echarle la bronca y a
apalearlo, y esta vez saldrá peor parado. No debe decir nada, pero si se calla,
este poli la emprenderá con él, y entonces hablará. Aquí mal y allí mal... ¡Oh,
qué miedo!
Al salir al pasillo, cuatro rostros lo miran expectantes,
pero él no los ve, sólo tiene ojos para el agente de policía uniformado,
sabedor de que su miedo era certero, de que se encuentra en verdad entre la
espada y la pared.
Y ese miedo confiere a Enno Kluge cualidades que por lo
demás no posee, en concreto capacidad de decisión, fuerza y rapidez. Empuja
contra el agente de policía al sorprendido ayudante, que jamás habría esperado
eso del bajito debilucho, abre de par en par la puerta y sale a la escalera...
Pero detrás de él resuena el silbato del agente, y la
velocidad de Enno no puede rivalizar con la de ese hombre joven de piernas
largas. Lo alcanza en el tramo inferior de la escalera, el agente le propina un
golpe que lo derriba sobre los escalones y cuando logra ver de nuevo entre
soles que giran y círculos de fuego, el agente le dice con sonrisa amable:
—¡Venga, alarga tu bonita zarpa! Te voy a regalar una
pulsera. Y la próxima vez daremos un paseo juntos, ¿eh?
Las esposas tintinean en torno a su muñeca, y vuelve a
subir las escaleras entre el policía silencioso de mirada sombría y el agente
que sonríe satisfecho, porque ese pequeño fugitivo le hace gracia.
Arriba, los pacientes están ahora en el pasillo sin el
menor enfado por la larga espera para ver a su médico, porque una detención
siempre es interesante y, como ha dicho la auxiliar de la consulta, ese hombre
es incluso un político, un comunista, y a esos fulanos les está bien
empleado... así que una vez arriba pasa delante de todos esos rostros hasta el
despacho del médico. El ayu dante manda salir en el acto a la señorita Kiesow,
pero permite al médico asistir al interrogatorio y oye decir al ayudante:
—Bien, hijo mío, de momento siéntate en esta silla y
descansa de tu carrera. ¡La verdad es que pareces realmente agotado! Agente,
quítele las esposas a este hombre. Estoy seguro de que no volverá a intentar
escapar... ¿me equivoco?
—No, no —asegura Enno Kluge desesperado, mientras las
lágrimas ruedan por su rostro.
—¡Yo no te lo aconsejaría! La próxima vez dispararé, y
tengo buena puntería, hijo. —El ayudante continúa llamando «hijo» a Kluge, unos
veinte años mayor que él—. ¡Pero bueno, no llores así! Tampoco habrá sido tan
grave lo que has hecho, digo yo.
—No he hecho nada —balbucea entre lágrimas Enno Kluge—.
¡Nada en absoluto!
—Claro que no, hijo —coincide el ayudante—. ¡Por eso sales
corriendo como una liebre en cuanto ves un uniforme de policía! Doctor, ¿no
tendrá usted por aquí algo con lo que podamos reanimar un poco a este paño de
lágrimas?
El médico nota que el peligro se ha alejado de su propia
cabeza y contempla con franca compasión a ese desdichado hombrecillo. También
es uno de esos golpeados por la vida a los que trastorna cualquier
contratiempo. El doctor se siente tentado a ponerle también al bajito una
inyección de morfina, con una dosis más suave. Pero no se atreve por el
funcionario de la Brigada de Investigación Criminal. Mejor un poco de bromo...
Pero mientras disuelve en agua la sal de bromo, Enno Kluge
dice:
—No necesito nada. No quiero tomar nada. No me dejaré
envenenar. Prefiero declarar...
—¡Claro que sí! —dice el funcionario policial—. Sabía que
serías razonable, hijo. Entonces, cuenta...
Enno Kluge se enjuga las lágrimas de las mejillas y
comienza su relato...
Porque cuando empezó a llorar, sus lágrimas eran
auténticas, sencillamente porque sus nervios lo dejaron en la estacada. Pero
aunque eran auténticas, Enno sabe desde hace mucho por su trato con las
mujeres, que el llanto te permite pensar de maravilla. Y al pensar ha caído en
la cuenta de que es muy improbable que lo detengan en la consulta de un médico
por un robo. Si lo hubieran seguido, podrían haberlo detenido en la calle o en
la escalera, no había por qué dejarlo dos horas en la sala de espera...
No, seguramente el asunto no tiene nada que ver con el
robo en casa de la señora Rosenthal. Seguramente la detención es fruto de un
error, y Enno Kluge intuye que tiene algo que ver con la maligna auxiliar de la
consulta.
Pero ha puesto pies en polvorosa, y jamás logrará
convencer a un poli de que ha salido corriendo por puro nerviosismo,
simplemente porque la visión de un uniforme le hace perder el juicio. Eso jamás
se lo creería un poli. Así que tiene que confesar algo verosímil, comprobable,
y sabe lo que será, lo sabe en seguida. Es malo hablar de ello, y las
consecuencias son imprevisibles, pero entre dos males, esa confesión es sin
duda el menor.
Así que cuando lo invitan a hablar, se seca las lágrimas y
comienza a hablar con voz más firme de su labor como mecánico de precisión y lo
enfermo que ha estado, y el enfado que los jefes han cogido con él, hasta el
punto de que ahora quieren mandarlo a un campo de concentración o a un batallón
de castigo. Como es lógico, Enno Kluge no menciona su aversión al trabajo, pero
piensa que el poli se percatará de todo.
Y no le falta razón, el poli se da perfecta cuenta de que
el tal Enno Kluge es un pájaro de cuidado.
—Sí, señor comisario, y cuando lo he visto ahí, y he visto
el uniforme del señor agente, yo estaba justo en la consulta del doctor para
que me diera la baja, pues pensé, ha llegado el momento, ahora te llevarán al
campo de concentración, y entonces he echado a correr...
—Ya, ya —dice el ayudante—. Ya, ya. —Medita un instante, y
agrega—: Pero tengo la impresión, hijo, de que tú no crees que estemos aquí por
eso.
—Pues no, lo cierto es que no —admite Kluge.
—¿Y por qué no, hijo?
—Porque usted podría detenerme mucho más fácilmente en la
fábrica o en mi domicilio.
—¡Vaya! ¿Así que también tienes domicilio, hijo?
—Claro que sí, señor comisario. Mi mujer trabaja en
Correos, estoy casado como Dios manda. Mis dos hijos están en campaña, uno en Polonia
con las SS. Yo también llevo documentos, puedo demostrarle todo lo que he
dicho, lo del domicilio y lo de mi puesto de trabajo.
Y Enno Kluge saca su cartera sobada y raída y empieza a
rebuscar.
—De momento guárdate tus papeles, hijo —rechaza el
ayudante—. Más tarde tendremos tiempo para eso...
Se sume en sus meditaciones. Todos callan.
Detrás de su escritorio, el médico comienza a escribir a
toda prisa. A lo mejor tiene ocasión de entregarle a escondidas el volante de
baja a ese hombrecillo muerto de miedo. Ha hablado de que sufre de la bilis,
pues vale. Estos son tiempos en los que hay que ayudar a los demás siempre que
sea posible.
—¿Qué está escribiendo, doctor? —pregunta el ayudante,
saliendo de repente de su ensimismamiento.
—Historiales médicos —explica el médico—. Quiero
aprovechar un poco el tiempo, tengo un montón de personas esperando en la sala.
—Es cierto, doctor —reconoce el ayudante, levantándose. Ha
tomado una decisión—: En ese caso, no le retrasaremos más.
La historia del tal Kluge puede ser cierta, más aún,
incluso es muy probable que lo sea, pero el ayudante no consigue librarse de la
sensación de que detrás de todo eso hay algo más, de que aún no ha escuchado
toda la historia.
—Venga, hijo, vámonos. ¿Querras acompañarnos un trecho?
Oh, no, hasta la plaza Alexander, no, sólo aquí cerca, a nuestra comisaría. Me
apetece mucho charlar un rato contigo, hijo, siendo un muchacho tan espabilado.
No debemos retrasar más al doctor. —Y dirigiéndose al agente, añade—: No, nada
de esposas. Es muy buenecito y nos acompañará, es un niño muy listo. ¡Heil
Hitler, doctor, y muchas gracias por todo!
Ya están junto a la puerta, todo hace suponer que se
disponen a marcharse. Pero entonces el ayudante se saca del bolsillo la postal,
la postal de Quangel, y se la coloca delante de las narices mientras dice con
toda dureza al sorprendido Enno Kluge:
—Vamos, léenos esto en voz alta, hijo. Pero muy deprisa,
sin atascarte ni tartamudear.
Habla con el estilo típico de un policía.
Pero cuando ve cómo coge Kluge la postal, cómo sus ojos
espantados revelan una total incomprensión, cómo Kluge comienza a leer
balbuciendo:
—Alemán, no lo olvides. Empezó con la anexión de Austria.
Siguieron los Sudetes y Checoslovaquia. Polonia fue invadida, Bélgica,
Holanda...
Para entonces el ayudante tiene prácticamente la certeza
de que ese hombre no ha tenido nunca la postal en sus manos, jamás ha leído su
contenido, y mucho menos ha podido escribirla. ¡Es demasiado estúpido para algo
así!
Y, malhumorado, arrebata con brusquedad la postal de las
manos de Enno Kluge.
—¡Heil Hitler! —saluda antes de abandonar la consulta
junto con el agente y su detenido.
El médico rompe despacio el volante preparado para Enno
Kluge. No ha tenido oportunidad de entregárselo a escondidas. ¡Lástima! Pero
seguramente no le habría servido de nada, seguramente ese hombre que no parecía
estar a la altura de las dificultades del presente estaba condenado de antemano
al fracaso. Seguramente ninguna ayuda externa le serviría, porque no había nada
firme dentro de él.
Lástima...
Capítulo 24
EL INTERROGATORIO
Si a pesar de su firme convicción de que Enno Kluge no era
ni el autor ni el difusor de las postales, si a pesar de eso el ayudante dejó
entrever en su comunicación telefónica con el comisario Escherich que Kluge era
el difusor de esos panfletos, lo hizo porque un subordinado astuto jamás debe
anticiparse a las opiniones de su superior. Contra Kluge existía una denuncia
en firme de la señorita Kiesow, la auxiliar de la consulta, y el señor
comisario debía averiguar en persona si ésta estaba fundada o no.
Si tenía fundamento, el ayudante sería un hombre capaz y
podría contar con el favor del comisario. Pero si era infundada, el comisario
sería más inteligente que el ayudante, y esta mayor inteligencia de un superior
suele ser más provechosa para el subordinado que cualquier otra capacidad.
—¿Y bien? —dijo el alto y gris Escherich entrando a
grandes zancadas en la comisaría—. ¿Y bien, colega Schröder? ¿Dónde está su
presa?
—En la última celda a la izquierda, señor comisario.
—¿Ha confesado el Duende?
—¿Quién? ¿El Duende? ¡Ah, ya entiendo! No, señor
comisario, como es natural, después de nuestra conversación telefónica he
ordenado que lo apresasen inmediatamente.
—Bien hecho —alabó Escherich—. ¿Y qué sabe él de las
postales?
—Le he obligado a leer en voz alta la postal hallada
—contestó su ayudante con cautela—. El principio, quiero decir.
—¿Impresión?
—No quisiera anticiparme, señor comisario —contestó
cauteloso el ayudante.
—¡No sea tan temeroso, colega Schröder! ¿Impresión?
—Me parece improbable que sea el autor de esa postal.
—¿Por qué?
—No es muy listo. Además está terriblemente asustado.
El comisario Escherich se acarició su bigote color arena
con expresión de descontento.
—No muy listo. Terriblemente asustado —repitió—. Bueno, mi
Duende es listo y seguro que no está asustado. ¿Y por qué cree haber dado con
el autor? ¡Informe de una vez!
El ayudante Schröder obedeció. Sobre todo repitió mucho
las acusaciones de la auxiliar de la consulta y recalcó también el intento de
fuga.
—No pude hacer otra cosa, señor comisario. De acuerdo con
las órdenes dadas, me vi obligado a detenerlo.
—Correcto, colega Schröder. Ha actuado muy bien. Yo no lo
habría hecho mejor.
Ese informe había fortalecido un poco el ánimo de
Escherich. Sonaba mejor que «no muy listo» y «terriblemente asustado». A lo
mejor era un repartidor de postales, a pesar de que hasta entonces el comisario
había supuesto sin duda alguna que el Duende no tenía cómplices.
—¿Ha revisado ya sus papeles?
—Aquí están. Confirman en general todo lo que cuenta.
Tengo la impresión, señor comisario, de que es uno de esos holgazanes con miedo
al frente, sin ganas de trabajar, y también apuesta a los caballos, llevaba
encima un gran fajo de periódicos de carreras y cuentas. Y además, bastantes
cartas habituales de un determinado tipo de mujeres, es uno de esos pájaros...
¿me entiende, señor comisario? Sin embargo, frisa ya la cincuentena.
—Excelente, excelente —aprobó el comisario, aunque no se
lo parecía.
Ni el autor de las postales ni un eventual repartidor
podía tener mucho que ver con mujeres. Para él no había duda. Su esperanza, que
acababa de reanimarse, comenzó a debilitarse de nuevo. Pero después Escherich
pensó en su feje, el Obergruppenführer Prall, y en los superiores de mayor
rango todavía hasta llegar a Himmler. Si no aparecía ninguna pista, le
amargarían la vida en los tiempos venideros. Pero contaba con una pista, al
menos con acusaciones sólidas y una conducta sospechosa. Se podía seguir esa pista,
aunque en lo más recóndito de su ser no lo considerase del todo acertado. Se
ganaba tiempo para seguir esperando con paciencia. No causaría daño a nadie.
¡Al fin y al cabo qué importaba semejante pieza!
Escherich se levantó.
—Iré a las celdas del fondo, Schröder. Deme la nueva
postal y espere aquí.
El comisario caminó sin hacer ruido, sosteniendo con
fuerza las llaves en la mano para que no tintineasen. Con sumo cuidado
descorrió la tapa de la mirilla y escudriñó la celda.
El detenido, sentado en una banqueta y con la cabeza
apoyada en las manos, dirigía sus ojos hacia la puerta. Parecía que el hombre
miraba directamente los ojos acechantes del comisario. Pero la expresión del
rostro de Kluge revelaba que no veía nada. El hombre no se había sobresaltado
cuando habían movido la puerta, su rostro tampoco denotaba tensión, como
siempre le sucede al que se siente observado.
Miraba ensimismado, sumido en sus pensamientos, más bien
absorto, lleno de presentimientos sombríos.
El comisario, emplazado junto a la mirilla, lo supo
entonces con certeza: ése no era ni el Duende ni un cómplice. Era un simple
error, dijeran lo que dijesen las acusaciones y por sospechoso que hubiera sido
su comportamiento.
Pero Escherich, al recordar a sus superiores, se mordió el
bigote y meditó cómo alargar mucho ese asunto hasta que se descubriese que era
un error. Además, no podía quedar en ridículo.
Abrió la celda de golpe y entró. El detenido dio un
respingo al oír el tintineo de la cerradura, miró confundido al que entraba y
después intentó levantarse.
Pero Escherich con una presión lo obligó a volver a la
banqueta.
—No se levante, señor Kluge, no se levante. A nuestra edad
ya empieza a pesarnos el trasero.
Rio, y el tal Kluge esbozó otra sonrisa por pura cortesía,
una sonrisa un tanto lastimosa.
El comisario abrió la cama de la pared y se sentó encima.
—Bien, señor Kluge —comenzó escudriñando el rostro pálido
de mentón débil, curiosa boca roja de labios gruesos y ojos claros que
parpadeaban sin cesar—. Bien, señor Kluge, ahora cuénteme qué es lo que oprime
su corazón. Soy el comisario Escherich de la Gestapo. —Y cuando la mención de
esta palabra provocó un sobresalto en su interlocutor, añadió con suavidad—: No
debe tener miedo. No nos comemos a los niños pequeños. Y usted no es más que un
niño pequeño, ya me doy cuenta...
El interés que despertaron estas palabras hizo que los
ojos de Kluge volvieran a llenarse de lágrimas, su rostro se contrajo, los
músculos de los carrillos trabajaban espasmódicamente.
—Vamos, vamos —agregó Escherich colocando su mano sobre la
del hombrecillo—. No será tan grave la cosa, digo yo. ¿O sí?
—¡Todo se ha ido al garete! —exclamó Enno Kluge,
desesperado—. ¡Estoy perdido! No tengo volante de baja médica, y tendría que
estar trabajando. Pero estoy aquí retenido, y ellos me enviarán al campo de
concentración, aprisita, ¡y no aguantaré allí ni siquiera quince días!
—Vamos, vamos —repitió el comisario como si hablara con un
niño—. Lo de su fábrica ya se arreglará. Cuando detenemos a alguien y resulta
que es un hombre como es debido, nos encargamos también de que su detención no
le cause el menor perjuicio. Porque usted, señor Kluge, es un hombre como es
debido... ¿verdad?
La cara del detenido se contorsionó de nuevo, después
Kluge optó por hacer una confesión parcial a ese hombre tan simpático.
—Ellos creen que no trabajo lo suficiente.
—Y usted, señor Kluge ¿qué opina? ¿Cree que trabaja lo
suficiente o no?
Kluge reflexionó unos instantes.
—Enfermo con mucha frecuencia —explicó al fin con voz
quejumbrosa—. Pero ellos se limitan a decir que ahora no es momento de
enfermar.
—Pero ¿no estará siempre enfermo? Cuando no está enfermo y
trabaja... ¿trabaja bastante? ¿Qué piensa al respecto, señor Kluge?
El aludido se decidió a contestar.
—¡Ay, señor comisario, me persiguen tanto las mujeres! —se
lamentó.
Sus palabras sonaron tan lastimeras como vanidosas.
El comisario sacudió la cabeza, compasivo, como si eso
fuera realmente malo.
—Eso no es bueno, señor Kluge —comentó—. A nuestra edad no
nos gusta dejar escapar nada, ¿verdad?
Kluge lo miró con una leve sonrisa, contento de haber
hallado comprensión en él.
—Claro —añadió el comisario—. ¿Y cómo andan las finanzas?
—A veces apuesto algo —reconoció Kluge—. No mucho, ni
grandes cantidades, señor comisario. Nunca más de cinco marcos, cuando un
pronóstico es completamente seguro. ¡Se lo juro, señor comisario!
—¿Y con qué paga todo eso, señor Kluge, las mujeres, las
apuestas, si no trabaja usted mucho?
—¡Pero es que a mí me pagan las mujeres, señor comisario!
—informó Kluge, un poco ofendido por tanta incomprensión, y con una sonrisa de
vanidad añadió—: ¡Por lo capaz que soy!
En ese momento el comisario Escherich archivó
definitivamente la acusación de que el tal Enno Kluge tuviese algo que ver con
la redacción o distribución de las postales. El tal Kluge era sencillamente
incapaz de algo así, le faltaban cualidades para ello. Pero tenía que
interrogarlo sobre el asunto, porque debía redactar un informe sobre ese
interrogatorio, para los jefes, para que se calmasen por el momento, un informe
que siguiera manteniendo bajo sospecha a Kluge, que justificase las medidas
contra él...
Así que sacó la postal del bolsillo, la colocó delante de
Kluge y dijo con absoluta indiferencia:
—¿Conoce esta postal, señor Kluge?
—Sí —contestó Enno Kluge sin pensar, pero,
sobresaltándose, se corrigió—. Es decir, no, por supuesto. La he tenido que
leer antes en voz alta, o sea, el principio. ¡Pero no sé nada más de la postal!
¡Se lo juro por lo más sagrado, señor comisario!
—¡Ya, ya! —repuso Escherich dubitativo—. En fin, señor
Kluge, ahora que hemos aclarado un asunto tan importante como su trabajo y el
campo de concentración, y que sabe que acudiré en persona a ver a sus jefes
para arreglar el asunto, supongo que llegaremos a un acuerdo en un asunto tan
baladí como esta postal.
—No tengo nada que ver con ello, señor comisario, nada en
absoluto.
—Yo no voy tan lejos como mi colega, señor Kluge —continuó
el comisario con indiferencia ante semejantes protestas de inocencia—, yo no
voy tan lejos como él, que lo considera el autor de las postales y está
empeñado en llevarlo a todo trance ante el Tribunal del Pueblo... y entonces,
despídase de su cabeza, señor Kluge.
El hombrecillo tembló y su cara adoptó un tono ceniciento.
—No —prosiguió el comisario tranquilizador volviendo a
depositar su mano sobre la del otro—. No, no lo considero el autor de esas
postales. Pero teniendo en cuenta que la postal estaba en el pasillo de la
consulta, donde usted pasó un tiempo sospechosamente largo, amén de su
agitación y su huida... De todo ello hay testigos fiables... No, señor Kluge,
es mejor que me cuente la verdad. No me gustaría que usted mismo se abocase a
la desgracia.
—La postal tuvieron que introducirla desde fuera, señor
comisario. ¡Yo no tengo nada que ver, es la pura verdad, señor comisario!
—Por el lugar donde cayó es imposible que la echasen desde
fuera. Y cinco minutos antes no estaba allí, eso lo jurará la auxiliar del
médico. Pero en el ínterin usted estuvo en el lavabo. ¿O afirma que alguien más
salió de la sala de espera para ir al retrete?
—No, creo que no, señor comisario. No, seguro que no. Si
se trata de cinco minutos, seguro que no. Porque yo llevaba ya un buen rato
deseando fumar, y por eso presté mucha atención por si alguien iba al lavabo.
—¡Eso es! —exclamó el comisario, al parecer muy
satisfecho—. Usted mismo lo acaba de decir: sólo usted, únicamente usted, puede
haber dejado la postal en ese lugar.
Kluge lo miraba con los ojos muy abiertos, aterrado.
—Así que después de haberlo confesado...
—¡Yo no he confesado nada, nada en absoluto! ¡Sólo he
dicho que en los últimos cinco minutos nadie fue al baño antes que yo! —Kluge
casi gritaba.
—¡Vamos, vamos! —dijo el comisario sacudiendo la cabeza
con tono de desaprobación—. No pretenderá usted retractarse de su reciente
confesión, es usted un hombre demasiado sensato para eso. Me obligaría a
incluir también su retractación en el expediente, y eso nunca queda bien.
Kluge lo miraba desesperado.
—Pero si no he confesado nada... —musitó con un hilo de
voz.
—Ya nos pondremos de acuerdo sobre ese particular —comentó
Escherich tranquilizador—. Ahora, para empezar, contésteme: ¿Quién le entregó
la postal para que la colocase allí? ¿Un conocido, un amigo, o se lo pidió
alguien en la calle dándole unos marcos a cambio?
—¡No, no! —volvió a gritar Kluge—. No he tenido la postal
en las manos, ni siquiera la vi hasta que me la entregó su colega.
—Pero, señor Kluge, si acaba de confesar que dejó la
postal en el pasillo usted mismo...
—¡No he confesado nada! ¡Yo nunca he dicho eso!
—No —repuso Escherich, acariciándose la barba para ocultar
una sonrisa. Le divertía sobremanera hacer bailar un poco a ese perro cobarde y
quejumbroso. Le quedaría un expediente primoroso con una poderosa sospecha...
para los superiores—. No —repitió—. Usted no lo ha dicho de esa manera. Usted
se ha limitado a confesar que allí no estuvo nadie salvo usted, lo cual es muy
significativo.
Enno lo miraba fijamente con los ojos muy abiertos.
Entonces comentó con repentino cabreo:
—Eso tampoco lo he dicho. Porque también pueden haber ido
al lavabo otras personas, no sólo las de la sala de espera.
Volvió a sentarse. La excitación anterior y las falsas
acusaciones le habían hecho levantarse de un salto.
—Pero ya no voy a declarar ni una palabra más. Exijo un
abogado. Y tampoco firmaré la declaración.
—Vamos, vamos —lo apaciguó Escherich—. ¿Acaso le he pedido
que la firme, señor Kluge? ¿He tomado siquiera una nota de lo que usted ha
declarado? Estamos aquí sentados como dos viejos amigos, lo que hablamos no le
interesa a nadie.
Se levantó y abrió de par en par la puerta de la celda.
—¿Lo ve? En el pasillo no hay nadie escuchando. ¿Y me
sigue causando usted tantos problemas por una ridícula postal? Sepa que no le
concedo ningún valor a dicha postal. ¡El que la ha escrito es un imbécil! Pero
como la auxiliar de la consulta y mi colega han armado tanto ruido, he de
tratar de esclarecer el asunto. No sea gallina, señor Kluge, dígame
sencillamente: Me la entregó un hombre en la avenida Frankfurter, diciendo que
quería gastarle una pequeña broma al médico. Y le pagó diez marcos por ello.
Usted llevaba un billete nuevo de diez marcos en el bolsillo, lo he visto. Vea,
si me cuenta eso, es usted mi hombre. No me traerá problemas y podré marcharme
a casa tranquilo.
—¿Y yo? ¿Adónde iré yo? ¡A la cárcel de Plötzensee! ¡Y me
habré jugado la cabeza! ¡Nooo, señor comisario, no pienso declarar eso jamás!
—Y usted, ¿adónde irá cuando yo me marche a casa? También
a casa, hombre, ¿es que no lo ha comprendido todavía? ¡Es usted libre, de un
modo u otro lo dejaré marchar...!
—¿De verdad, señor comisario, de verdad de la buena?
¿Puedo irme sin declarar, sin firmar nada?
—Claro que puede irse, caramba. En este preciso instante.
Pero antes, reflexione un poco... —dijo dando unos toquecitos en el hombro a
Kluge, quien, muy alterado, se había levantado de un salto y se giraba ya hacia
la puerta—. Oiga, yo arreglaré lo de su fábrica, le haré ese favor. Se lo he
prometido y yo cumplo mi palabra. Pero ahora piense un poco en mí, señor Kluge.
Piense en los grandes problemas que me causará mi colega si lo dejo marchar.
Irá con el cuento a mis superiores y eso me causaría serias dificultades. Sería
realmente decente por su parte, señor Kluge, que me firmara lo del hombre en la
avenida Frankfurter, eso no supondría riesgo alguno para usted. ¡Porque ese
hombre jamás será hallado! ¿Qué me dice, señor Kluge?
La verdad es que Enno Kluge nunca en su vida había
afrontado una persuasión tan insistente y suave. Dudaba. La libertad atraía y
además, si no se enfrentaba a ese hombre, en la fábrica se solucionaría todo.
Tenía un miedo atroz a enfrentarse a ese hombre. Porque en ese caso el poli
seguiría trabajando en el caso, y un buen día le haría confesar incluso el robo
en casa de la Rosenthal. Entonces Enno Kluge estaría perdido, porque el
Persicke de las SS...
La verdad es que bien podía hacerle ese favor al
comisario... ¿qué importaba? Era una postal ridícula, un asunto político, con
el que jamás había tenido nada que ver y que no entendía. Y era cierto, jamás
encontrarían al hombre de la avenida Frankfurter porque sencillamente no
existía. Sí, le haría el favor al comisario y firmaría.
Pero entonces su cautela innata, su pusilanimidad, volvió
a prevenirlo.
—Claro —dijo—, y en cuanto haya firmado, no me dejará
libre.
—¡Vamos, vamos! —exclamó el comisario Escherich viendo ya
el juego prácticamente ganado—. ¿Por esa postal inmunda y pudiendo hacerme
usted un favor? Señor Kluge, como comisario y como hombre le doy a usted mi
palabra de honor de que en cuanto haya firmado la declaración, quedará en
libertad.
—¿Y si no la firmo?
—También quedará libre, por supuesto.
Enno Kluge se decidió.
—De acuerdo, señor comisario, firmaré para evitarle
contrariedades, y también para hacerle un favor. Pero ¿no se olvidará de lo de
mi fábrica?
—Quedará resuelto hoy mismo, señor Kluge. ¡Hoy mismo!
Mañana déjese caer por allí, y olvídese de esas ridículas bajas médicas. Por no
ir a trabajar de vez en cuando, digamos una vez por semana, nadie volverá a
decirle ni una palabra después de que yo haya hablado con ellos. ¿Le parece
bien, señor Kluge?
—¡Claro que sí! Le estoy muy agradecido, señor comisario.
En el curso de la conversación habían vuelto a acceder por
la galería de las celdas a la habitación donde se sentaba su ayudante Schröder
esperando con impaciencia el resultado del interrogatorio, y resignándose de
antemano a su destino si le venía impuesto. Al entrar los dos, se levantó de un
salto.
—Bueno, Schröder —dijo sonriente el comisario señalando
con la cabeza a Kluge, que estaba a su lado, pequeño y temeroso porque ese poli
volvía a dedicarle una mirada aterradora—. Aquí tiene a nuestro amigo. Me acaba
de confesar que dejó la postal en el pasillo de la consulta, se la entregó un
hombre en la avenida Frankfurter...
Del pecho del ayudante salió un sonido similar a un
gemido.
—¡Truenos! —exclamó—. Pero él no puede...
—Y ahora —prosiguió impávido el comisario—, ahora
redactaremos los dos aquí un breve informe, y luego el señor Kluge se irá a
casa. Está libre. ¿Es cierto, señor Kluge, o no lo es?
—Sí —contestó Kluge, pero muy bajito, porque la presencia
del poli reavivaba siempre sus dudas y temores.
El ayudante estaba allí con cara de pasmo. El tal Kluge no
había colocado la postal, qué va, de eso estaba seguro. Y ahora el tipo estaba
dispuesto a firmar lo contrario.
¡Menudo zorro estaba hecho el tal Escherich! ¿Cómo lo
habría conseguido? Schröder —no sin envidia— reconoció que Escherich era muy
superior a él. ¡Y después, tras semejante confesión, dejar de nuevo libre a ese
tipo! ¡No entendía nada, no adivinaba nada! En fin, que por listo que se
creyera, siempre había personas más listas aún.
—Escuche, colega —dijo Escherich, que ya había disfrutado
bastante del desconcierto de su ayudante—, podría usted ir en mi lugar a la
Jefatura ahora mismo?
—A sus órdenes, señor comisario.
—Ya sabe que tengo allí ese caso... ¿cómo se llamaba?...
ah, sí, el caso del Duende. ¿Lo recordará usted, verdad?
Los ojos de ambos se cruzaron y se entendieron.
—Bien, señor Schröder, irá en mi lugar a Jefatura y le
dirá a mi colega Linke..., pero siéntese usted, señor Kluge, y disculpe, sólo
quiero decirle unas palabras a mi colega.
Se encaminó hacia la puerta en compañía de su ayudante.
—Solicite allí dos agentes —susurró—. Que vengan
inmediatamente hombres expertos en tareas de vigilancia. Kluge debe ser
vigilado sin interrupción desde que salga de la comisaría. Quiero un informe
telefónico a mí y a la Gestapo de todas sus acciones cada dos o tres horas,
según sea posible. Palabra clave: Duende. Enseñe el hombre a los dos agentes y
que se releven. Regrese cuando ambos agentes estén dispuestos. Entonces
permitiré que la liebrecilla inicie su carrera.
—Se hará como usted dice, comisario. ¡Heil Hitler!
La puerta se cerró, el policía se había ido. El comisario,
sentándose al lado de Enno Kluge, dijo:
—¡Ya nos hemos librado de él! ¿No le cae muy bien, verdad
señor Kluge?
—No tan bien como usted, señor comisario.
—¿Ha visto la cara que ha puesto cuando oyó que le dejo en
libertad? ¡Menuda rabia le estará corroyendo las entrañas! Por eso lo he
enviado fuera, no me hace ninguna falta para nuestro informe. Habría estado
interrumpiéndonos continuamente. No pienso llamar a una mecanógrafa, prefiero
escribir de mi puño y letra ese par de líneas. Porque tan sólo es un acuerdo
entre nosotros, para guardarme un poco las espaldas ante mis superiores por su
liberación.
Y después de haber tranquilizado al pequeño cagueta, cogió
la pluma y se puso a escribir. A veces decía en voz alta y clara lo que
escribía (cuando escribía lo que decía en alto, lo que ni siquiera era del todo
seguro en un comisario tan ducho como Escherich), otras se limitaba a murmurar.
Kluge no lograba entender bien lo que decía.
Él veía solamente que no eran un par de líneas, sino que
el informe se alargó tres o cuatro páginas. Pero por el momento lo que más le
interesaba a Kluge no era eso, sino si de verdad lo pondrían en libertad.
Miraba hacia la puerta. Con rápida decisión se levantó, se aproximó y la
entreabrió...
—¡Kluge! —llamó el otro a sus espaldas, pero no en tono
imperioso—. ¡Señor Kluge, por favor!
—¿Qué? —contestó éste lanzando la vista atrás—. ¿Es que no
puedo irme? —sonrió temeroso.
El comisario, con la pluma en la mano, lo miró sonriente.
—¿Así que vuelve a arrepentirse de lo que habíamos
hablado, señor Kluge? ¿De lo que me había prometido? ¡De acuerdo, he escrito
estos disparates para nada! —Apartó la pluma con energía—. Pero váyase,
Kluge... ciertamente ahora me doy cuenta de que no es usted un hombre de
palabra. Váyase de una vez, sé de sobra que no firmará. Y por mí, vale...
De ese modo el comisario consiguió que Enno Kluge firmase
la declaración. Es más, Kluge ni siquiera exigió que antes se la leyera en voz
alta y clara. Firmó sin sospechar nada.
—¿Puedo irme ya, señor comisario?
—Pues claro. Y muchas gracias, señor Kluge, ha actuado
bien. Hasta la vista. Bueno, mejor que sea en otro lugar, aquí no. Oh, un
momento, señor Kluge...
—¿Es que aún no puedo irme?
La cara de Kluge volvía a temblar.
—¡Desde luego que sí! ¿Sigue sin confiar en mí? ¡Es usted
un hombre muy desconfiado, señor Kluge! Pero supongo que querrá llevarse su
documentación y su dinero, ¿me equivoco? ¿Lo ve? Así que vamos a comprobar si
todo sigue ahí, señor Kluge...
Y comenzaron a comparar: libreta de trabajo, cartilla
militar, partida de nacimiento, libro de familia...
—¿Y para qué lleva usted consigo todos estos documentos?
¡Anda, que como se le pierdan!
... notificación policial, cuatro nóminas del salario...
—¡Pues no gana usted mucho dinero, señor Kluge! Ah, claro,
ya veo, sólo ha trabajado tres o cuatro días por semana. ¡Menudo holgazán está
usted hecho!
... tres cartas...
—Nooo, déjelo, no me interesan nada.
... 37 marcos del Reich en billetes y 65 pfennig en
monedas...
—Mire, aquí tenemos el billete de diez marcos que le dio
ese hombre, será mejor que lo adjunte al expediente. Pero, espere, no quiero
causarle ningún perjuicio, le daré diez marcos míos como compensación...
Y el comisario continuó así hasta que volvió a entrar su
ayudante Schröder:
—Orden cumplida, señor comisario. Y debo comunicarle que
el comisario Linke también querría hablarle del caso Duende.
—Bien, bien. Muchas gracias, colega. Ya hemos terminado.
Adiós, señor Kluge. Schröder, muestre el camino al señor Kluge. Bueno, el señor
Schröder lo acompañará por la comisaría. Adiós de nuevo, señor Kluge. No me
olvidaré de lo de la fábrica, se lo aseguro. ¡Heil Hitler!
—Bueno, señor Kluge, pelillos a la mar —dijo Schröder, ya
en la avenida Frankfurter, tendiéndole la mano—. Ya sabe, el trabajo es el
trabajo y a veces tenemos que proceder con cierta rudeza. Pero enseguida volví
a quitarle las esposas. ¿Le molesta todavía el golpe que le propinó el agente?
—No, nada. Lo comprendo... Perdone las molestias que le he
ocasionado, señor comisario.
—Pues nada, lo dicho, ¡Heil Hitler, señor Kluge!
—¡Heil Hitler, señor comisario!
Y el pequeño y delgado Enno Kluge echó a andar. Caminaba
por la avenida Frankfurter a trote lento entre la gente, mientras el ayudante
Schröder lo seguía con la vista. En cuanto se convenció de que los dos hombres
asignados salían tras sus pasos, hizo una inclinación de cabeza y regresó a la
comisaría.
Capítulo 25
EL COMISARIO ESCHERICH TRABAJA
EN EL CASO DUENDE
—¡Lea esto! —exclamó el comisario Escherich a su ayudante
Schröder entregándole el expediente.
—Vaya —contestó Schröder, devolviéndole los pliegos—. Así
que lo ha confesado y está listo para el Tribunal del Pueblo y el verdugo. No
lo habría creído. —Y añadió meditabundo—: Y alguien así camina libre por la
calle.
—En efecto —dijo el comisario colocando el expediente en
una carpeta y guardando ésta en su cartera de cuero—. En efecto, alguien así
camina libre por la calle... pero supongo que vigilado como es debido por
nuestros hombres ¿no?
—Por supuesto —se apresuró a corroborar Schröder—. Yo
mismo me he asegurado de eso. Los dos seguían su pista correctamente.
—Y él anda por ahí —continuó el comisario Escherich
mientras se acariciaba la barba, pensativo—, anda que te anda, y nuestra gente
siempre tras él. Y un buen día, hoy o dentro de una semana o dentro de medio
año, nuestro pequeño y repugnante señor Kluge irá hasta su escritor de
postales, hasta el hombre que le encargó: Deposítalas aquí y allá. Nos
conducirá hasta él tan cierto como hay Dios. Y, ¡zas!, los atraparé, y sólo
entonces estarán los dos realmente listos para ir de cabeza a la trena.
—Señor comisario —repuso el ayudante Schröder—, todavía no
acierto a creer del todo que Kluge haya dejado la postal. ¡Cuando se la puse en
la mano me di cuenta de que no sabía nada de ella! Todo eso se lo ha inventado
esa histérica, la auxiliar de la consulta.
—Pero la declaración afirma que él la depositó —adujo el
comisario como de pasada—. Dicho sea de paso, le aconsejaría que no mencionase
nada sobre una histérica en su informe. No quiero ideas preconcebidas, todo
puramente objetivo. Si lo desea, puede preguntar al médico por la credibilidad
de su auxiliar. Bah, no, será mejor que no lo haga. Porque eso implicaría otro
juicio personal, dejemos que el juez de instrucción valore las distintas
declaraciones. Nosotros sólo trabajamos con circunstancias objetivas, ¿no es
cierto, Schröder?, sin ideas preconcebidas.
—Por supuesto, señor comisario.
—Si hay una declaración, pues hay una declaración, y a
ella nos atenemos. Cómo y por qué se hizo es algo que nos trae sin cuidado. No
somos psicólogos, sino policías. El crimen, el delito, Schröder, sólo eso nos
interesa. Y si alguien confiesa haber cometido un delito, con eso nos basta.
Ésta es mi opinión al respecto, Schröder, ¿piensa usted de otra manera?
—Claro que no, señor comisario —respondió su ayudante.
Sonó como si le aterrorizase la idea de interpretar algo de manera distinta a
su superior—. Es justo lo que yo pienso. ¡Siempre contra el delito!
—Lo sabía —repuso el comisario Escherich acariciándose la
barba—. Los viejos policías como nosotros siempre somos de la misma opinión.
Sabe usted, Schröder, ahora en nuestra profesión trabajan muchos advenedizos,
pero nosotros siempre obramos de común acuerdo, y de eso también sacamos
algunas cosas buenas. En fin, Schröder —y esto es puramente oficial—, hoy
espero su informe sobre la detención de Kluge y el expediente con las
declaraciones de la auxiliar de la consulta y del médico. Sí, cierto, usted también
llevaba consigo a un agente...
—El sargento Dubberke de esta comisaría...
—No lo conozco. Pero que redacte otro informe sobre la
huida de Kluge. Breve, objetivo, nada de palabrería, y sin juicios personales,
¿entendido, señor Schröder?
—Como usted mande, señor comisario.
—Pues nada más, Schröder. Cuando haya entregado los
informes, ya no tendrá que ocuparse más de este asunto, a lo sumo alguna
declaración ante un juez o con nosotros, en la Gestapo... —Contempló pensativo
a su subordinado—. ¿Cuánto tiempo lleva usted siendo mi ayudante, señor
Schröder?
—Tres años y medio ya, señor comisario.
La mirada del «poli», que ahora se posaba en el comisario,
tenía algo conmovedor.
Sin embargo, el comisario se limitó a decir:
—Sí, entonces ya va siendo hora. —Y abandonó la comisaría.
En la calle Prinz-Albrecht pidió inmediatamente ser
recibido por Prall, su superior inmediato y Obergruppenführer de las SS. Tuvo
que esperar casi una hora; no es que Prall estuviera muy ocupado en ese
momento, bueno sí, estaba muy ocupado. Escherich oyó el tintineo de vasos, los
taponazos al descorchar botellas, carcajadas y gritos: se trataba de una de las
frecuentes reuniones de los altos jerifaltes. Vida social, francachela, alegre
desenvoltura, descanso después del pesado esfuerzo de torturar a semejantes y
conducirlos al patíbulo.
El comisario esperó paciente, a pesar de que ese día tenía
mucho que hacer. Conocía a los jefazos en general y a éste en particular. No
servía de nada apremiar, aunque medio Berlín estuviera en llamas: si ése quería
empinar el codo, primero lo empinaría. ¡Así eran las cosas!
Al cabo de una horita hicieron pasar por fin a Escherich.
La habitación, con huellas evidentes de una bacanal, estaba en completo
desorden, y el señor Prall, con la tez brillante y de un color rojo oscuro por
el armañac, también ofrecía un aspecto muy desordenado. Pero dijo muy
campechano:
—¡Tome, Escherich! ¡Sírvase una copa! Son los frutos de
nuestra victoria sobre Francia: armañac auténtico, diez veces mejor que el
coñac. ¿Diez veces? ¡Cien veces! ¿Por qué no bebe usted?
—Le pido disculpas, mi Obergruppenführer, hoy tengo
bastante que hacer y me gustaría mantener la cabeza despejada. Además, ya no
estoy acostumbrado a la bebida.
—¿Que no está acostumbrado? ¡Pamplinas! ¡Cabeza despejada,
bobadas! ¿Para qué necesita usted una cabeza despejada? Mande a otro a hacer su
trabajo y duerma a pierna suelta. ¡Salud, Escherich, por nuestro Führer!
Escherich brindó con él, pues no le quedaba otro remedio.
Brindó también por segunda vez, y por tercera, mientras pensaba cuánto había
cambiado ese hombre por la compañía de sus camaradas y el alcohol. En realidad
Prall había sido siempre muy soportable, ni la mitad de malo que cientos de
otros tipos que merodeaban con sus uniformes negros por ese edificio. Era más
bien algo escéptico, un «mandado», como él decía en ocasiones, no un convencido
del todo.
Sin embargo, bajo la influencia de los camaradas y el
alcohol se volvió igual que ellos: imprevisible, brutal, impulsivo y dispuesto
a extirpar de raíz cualquier otra opinión, aunque versase sobre el aguardiente.
Si Escherich se hubiera negado en redondo a brindar, habría estado tan perdido
como si hubiera dejado escapar al peor criminal. Sí, en realidad algo así
habría sido aún más imperdonable, pues el hecho de que el subordinado no brindase
tanto y con la frecuencia que su superior deseaba suponía casi una ofensa
personal.
Así que Escherich brindó varias veces y bebió con él.
—¿Qué hay de nuevo, Escherich? —inquirió entonces Prall,
procurando mantenerse lo más derecho posible en su escritorio—. ¿Qué tiene ahí?
—Un informe —explicó Escherich—. Redactado por mí sobre mi
Duende. Le seguirán otro par de informes y expedientes, pero éste es el más
importante. Tenga, mi Obergruppenführer.
—¿Duende? —preguntó Prall, perspicaz—. Ése es el tipo de
las postales. ¿Es que se le ha ocurrido algo, tal como le ordené, Escherich?
—A sus órdenes, mi Obergruppenführer. Si mi
Obergruppenführer tuviera a bien leer el expediente...
—¿Leer? Nooo, ahora no. Quizá más tarde. ¡Léamelo en voz
alta, Escherich!
Pero al cabo de las tres primeras frases volvió a
interrumpir la lectura.
—Echemos otro trago. ¡Salud, Escherich! ¡Heil Hitler!
—¡Heil Hitler, mi Obergruppenführer!
Y tras vaciar su copa, Escherich reanudó la lectura.
Pero ahora al alcoholizado Prall se le había ocurrido un
juego guasón. En cuanto Escherich había leído tres o cuatro frases, le
interrumpía con un «¡salud!» y Escherich, después de haber brindado también,
tenía que reanudar la lectura desde el principio. Prall nunca le permitía pasar
de la primera página, pues le interrumpía con otro «¡salud!». Pese a su
borrachera, comprendía a la perfección el efecto que causaba en el hombre, la
repugnancia que le provocaba la fuerte bebida, hasta el punto de que diez veces
tuvo ganas de dejar el expediente y marcharse (¡vete a tomar por culo!), pero
no se atrevía a hacerlo porque el otro era su superior, y tenía que agachar la
cabeza y no dejar que se le notase el enfado...
—¡Salud, Escherich!
—¡Gracias, mi Obergruppenführer! ¡Salud!
—Bien, ¡siga leyendo, Escherich! O mejor no, vuelva a
empezar por el principio. Hay un pasaje que no termino de entender. Siempre he
sido lento de entendederas...
Y Escherich leía. Sí, ahora lo atormentaban igual que dos
horas antes había atormentado él al débil Kluge, y al igual que éste, también a
él lo corroía el deseo de salir por la puerta. Sin embargo, tenía que leer,
leer y beber, beber y leer, mientras eso agradara al otro. Ya sentía que se le
nublaba la cabeza... ¡Adiós a su estupendo trabajo! ¡Maldita disciplina!
—¡Salud, Escherich!
—¡Salud, mi Obergruppenführer!
—Vamos, lea desde el principio.
De repente ese juego aburrió a Prall y dijo con tono
grosero:
—¡Bah, olvide esa estúpida lectura! Ya ve que estoy
borracho, ¿cómo voy a entender todo eso? Quiere pavonearse con su brillante
informe, ¿verdad? ¡Le seguirán otros, pero no tan importantes como el de
Escherich, el gran criminalista! ¡Lo que hay que oír! Termine de una vez: ¿ha
atrapado al autor de las pos tales?
—A sus órdenes, mi Obergruppenführer. Pero...
—Entonces ¿por qué viene a verme? ¿Por qué me roba mi
valioso tiempo y se ventila mi excelente armañac? —Ahora eran ya auténticos
gritos—. ¿Es que se ha vuelto loco, señor mío? Pero con usted voy a hablar
ahora en un tono muy diferente. He sido demasiado indulgente, le he permitido
ser demasiado descarado, ¿entendido?
—A sus órdenes, mi Obergruppenführer. —Y rápidamente,
antes de que se iniciaran las voces, Escherich balbuceó—: Pero he atrapado a
alguien que ha repartido las postales. Eso creo al menos.
La noticia apaciguó un poco a Prall. Tras clavar la mirada
en el comisario, ordenó:
—¡Haga pasar a ese hombre! Me va a decir quién le dio las
postales. ¡Le apretaré las tuercas... tengo el ánimo preciso para ello!
Escherich vaciló un instante. Habría podido aducir que el hombre
aún no estaba en la calle Prinz-Albrecht, que lo mandaría traer... y ahora de
verdad, de la calle o de su domicilio, con ayuda de sus espías. O esperaría
tranquilamente lejos a que el Obergruppenführer hubiera dormido la mona.
Entonces seguro que lo habría olvidado todo.
Pero como Escherich era Escherich, es decir, un
investigador pertinaz, valiente en lugar de cobarde, su valor lo indujo a decir
(y que pasara lo que tuviera que pasar):
—¡He vuelto a poner al hombre en libertad, mi
Obergruppenführer!
¡Voces... no, cielo santo, era un griterío bestial! Prall,
el en otras ocasiones bien educado alto dirigente, perdió la compostura hasta
el punto de agarrar por el pecho a su comisario y zarandearlo de acá para allá
mientras gritaba:
—¿En libertad? ¿En libertad? ¿Sabes lo que voy a hacer
contigo, cerdo? ¡Te voy a empapelar, te voy a meter preso! Te colgaré una
lámpara de mil watios delante de tu bigote que parece mierda de perro, y cuando
te quedes dormido mandaré que te despierten a golpes, puerco...
Continuó así durante un buen rato. Escherich, que se
dejaba zarandear e insultar, mantuvo un completo silencio. A lo mejor ahora
estaba muy bien que hubiera tomado alcohol. Aturdido por el armañac, percibía
todo lo que estaba sucediendo con cierta confusión, como si fuera más bien un
sueño.
¡Grita lo que te apetezca!, pensaba. Cuanto más grites,
antes te quedarás ronco. Sigue así, cántale las cuarenta al viejo Escherich.
Y en efecto, después de haber gritado hasta enronquecer,
Prall soltó a su subordinado. Se sirvió otra copa de armañac, observó furioso a
Escherich y graznó:
—¡Y ahora haga el favor de contarme por qué ha cometido
tamaña estupidez!
—Ante todo me gustaría mencionar —contestó Escherich en
voz baja— que ese hombre está siendo vigilado continuamente por dos de nuestros
mejores hombres de Jefatura. Creo que antes o después irá a ver a su cliente,
el autor de las postales. Ahora niega conocerlo. El conocido gran desconocido.
—Yo ya le habría sacado el nombre a la fuerza. Vigílalo...
espero que no se les ocurra perderlo.
—Esos, no. Son los hombres más eficaces de la plaza
Alexander.
—¡Bueno, bueno! —Prall volvía a animarse a ojos vistas—.
Ya sabe que a mí no me gustan esas arbitrariedades. Preferiría tener a ese tipo
en mis manos.
Eso querrías tú, pensaba Escherich. Y en media hora
averiguarías que no tiene nada que ver con las postales, y empezarías a
azuzarme de nuevo...
Sin embargo, en voz alta añadió:
—Es un pobre hombrecillo atemorizado, mi
Obergruppenführer. Para decirlo con sinceridad: es un cobarde del carajo. Si le
aprieta las tuercas, soltará mentira tras mentira, le dirá lo que usted desee,
y nosotros correríamos detrás de mil mentiras. De este modo nos conducirá sin
rodeos hasta el autor de las postales.
El Obergruppenführer rio.
—¡Bien, bien, es usted un zorro viejo, vamos, echemos otro
trago!
Bebieron.
El Obergruppenführer miró, inquisitivo, al comisario. Era
evidente que su estallido de rabia le había sentado bien, devolviéndole en
parte la sobriedad.
Tras una breve reflexión dijo:
—De ese expediente de ahí, ya sabe...
—A sus órdenes, mi Obergruppenführer.
—... de ese expediente me hará un par de copias. Guárdese
de nuevo su inteligente chapuza. —Ambos sonrieron irónicos—. Si la deja aquí,
igual termina todavía en el armañac...
Escherich volvió a guardar el expediente en la carpeta y
ésta en la cartera.
Entretanto su superior había rebuscado en un cajón del
escritorio y regresaba con la mano a la espalda.
—Oiga, Escherich, ¿tiene ya la Cruz al Mérito Militar?
—No, mi Obergruppenführer.
—¡Un error, Escherich! ¡Aquí la tiene! —Y extendió por
sorpresa la mano oculta hasta entonces, descubriendo la cruz sobre la palma.
El comisario se sentía tan abrumado que sólo acertaba a
tartamudear palabras sueltas.
—Pero, mi Obergruppenführer. No la merezco... no encuentro
palabras...
Durante la bronca de cinco minutos antes esperaba de todo,
incluso unos días con sus noches en el búnker se le habrían antojado posibles,
pero que inmediatamente después le fuese concedida la Cruz al Mérito Militar...
—... En cualquier caso, gracias, siempre a sus órdenes...
El Obergruppenführer se regocijaba con la sorpresa del
condecorado.
—En fin, Escherich —añadió—, ya sabe que yo no soy así. Al
fin y al cabo usted es un funcionario muy eficiente. Sólo hay que hacerlo sudar
un poco de vez en cuando, o se me duerme como un lirón. Venga, tomemos otra.
¡Salud, Escherich, por su cruz!
—¡Salud, mi Obergruppenführer! ¡Y reciba mi más rendida
gratitud!
El Obergruppenführer comenzó su charla.
—Lo cierto es que la cruz no iba destinada a usted,
Escherich. En realidad debía recibirla su colega, Rusch, por un asunto muy
vidrioso con una vieja judía. Pero usted ha llegado antes.
Siguió parloteando un rato y después encendió la luz roja
encima de su puerta, que significaba «Entrevista importante. No molesten», y se
tumbó a dormir en un sofá.
Cuando Escherich, con la Cruz al Mérito todavía en la
mano, entró en su oficina, su sustituto, sentado al aparato, decía:
—¿Cómo dice? ¿Caso Duende? ¿No será un error? ¡Aquí no hay
ningún caso Duende!
—¡Deme eso! —ordenó Escherich alargando la mano hacia el
auricular—. Y esfúmese a toda prisa. —Y hablando por el teléfono—: ¡Sí, aquí el
comisario Escherich! ¿Qué hay del Duende? ¿Quieren dar parte?
—A sus órdenes, mi comisario. Le comunico que
desgraciadamente hemos perdido al hombre, pues...
—¿Que han hecho qué? —Escherich estuvo a punto de sufrir
un estallido de ira como el que había padecido un cuarto de hora antes su
superior, pero se controló—. ¿Cómo ha podido suceder? Lo tenía por un hombre
eficaz y están siguiendo a un pobre hombrecillo.
—Sí, eso es lo que usted dice, comisario, pero es ágil
como una comadreja y de repente ha desaparecido entre el gentío de la estación
de metro de la plaza Alexander. Ha debido de darse cuenta de que lo seguíamos.
—¡Lo que faltaba! —se quejó Escherich—. ¡Se ha dado
cuenta! ¡Habéis echado a perder mi película, idiotas! Ahora ya no puedo
enviaros a vosotros, porque os conoce. Y los nuevos no lo conocen a él
—reflexionó—. Regresad a Jefatura lo más deprisa posible. Cada uno de vosotros
dos se llevará un relevo. Y uno se apostará lo más cerca posible de su
vivienda, pero muy a cubierto, ¿entendido? ¡Que no se os vuelva a escapar!
Vuestra única tarea es enseñar a Kluge a vuestros sustitutos, a continuación os
esfumáis. El otro irá a la fábrica donde trabaja y se presentará en Dirección.
¡Espere un momento, gran héroe, primero tengo que darle las señas de su casa!
—Las buscó y se las comunicó—. ¡Bien, ahora deprisa a sus puestos! Ah, el
relevo puede ir solo a la fábrica, pero mañana por la mañana. Ellos le
indicarán quién es Kluge. Yo los avisaré. Dentro de una hora llegaré a su
domicilio.
Sin embargo, tuvo tanto que dictar y telefonear que no
llegó a la vivienda de Eva Kluge hasta mucho tiempo después. Al no ver a sus
hombres, llamó al timbre, pero en vano. Así que tuvo que recurrir a la vecina,
la señora Gesch.
—¿Kluge? ¿Se refiere a él? Nooo, ya no vive aquí. Aquí
sólo vive su mujer, que hace mucho que no lo deja entrar en casa. Pero ha salío
de viaje. ¿Que dónde vive? ¿Cómo quié que lo sepa, señor? Ése vive siempre a
salto de mata, siempre con mujeres. Al menos eso es lo que he oído decir, pero
yo no he dicho nada. Bastantes reproches me hizo ya la mujer por haberlo ayudao
a entrar en su piso en cierta ocasión.
—Escuche, señora Gesch —dijo Escherich, que había entrado
en el pasillo de la vivienda cuando ella se disponía a darle con la puerta en
las narices—. Ahora cuénteme absolutamente todo lo que sepa de los Kluge.
—¿Cómo voy a hacer eso, señor mío? Además, ¿cómo se le
ocurre meterse por las buenas en mi casa...?
—Porque soy el comisario Escherich de la Gestapo, si
quiere ver mi placa...
—¡Noo, nooo! —rechazó la mujer que, asustada, había
retrocedido hasta la pared de la cocina—. ¡No quiero ver ni oír nada! ¡Y de los
Kluge ya l’he contado to lo que sé!
—En fin, señora Gesch, yo que usted me lo pensaría mejor,
porque si no quiere contarme nada aquí, me vería obligado a invitarla a la
calle Prinz-Albrecht, sede de la Gestapo, para interrogarla como es debido. Le
garantizo que no le haría ninguna gracia. Aquí sólo charlaríamos cómodamente un
ratito, sin anotar nada...
—Sí, claro, claro, señor comisario, pero es que no tengo
nada más que contar, en serio. No sé nada de esa gente.
—Como desee, señora Gesch. Prepárese, tengo abajo a dos
agentes, puede venirse ahora mismo. Y déjele a su marido... porque tiene
marido, ¿verdad? ¡Claro que lo tiene! Bueno, pues déjele a su marido una nota:
«Estoy en la Gestapo. Regreso indeterminado». Vamos, señora Gesch, escriba la
nota.
La mujer palideció, sus miembros temblaban, los dientes le
castañeteaban.
—Pero, señor, por favor, no será capaz de hacer algo así
—suplicó.
—Por supuesto que lo haré —respondió él con fingida
aspereza— si continúa negándome una información obvia. Así que sea razonable,
siéntese y cuénteme todo lo que sepa de los Kluge. ¿Cómo es la mujer?
Como es lógico, la señora Gesch fue razonable. Además, en
el fondo ese hombre de la Gestapo era un señor muy amable, muy distinto de la
imagen que se había formado de esos hombres. Y así, el comisario Escherich se
enteró de todo lo que sabía la señora Gesch. Supo incluso del pequeño Karl, el
miembro de las SS, porque lo que sabían en la tasca de la esquina, también lo
sabía la señora Gesch. Le contó que a la trabajadora ex cartera Eva Kluge le
había roto el corazón saber que ella y su antiguo preferido Karl andaban en
boca de la gente.
Cuando el comisario Escherich se despidió de la Gesch,
además de regalarle unos cigarrillos para su marido, había ganado para la
Gestapo una espía diligente, no remunerada e impagable. Además de vigilar
continuamente la vivienda de los Kluge, acecharía por todo el edificio y en las
colas de los comercios y telefonearía en el acto al comisario si se enteraba de
algo que pudiera serle útil.
Tras esta entrevista, el comisario Escherich retiró a sus
hombres. La probabilidad de pescar a Kluge en la vivienda de su mujer era muy
reducida; además, la señora Gesch vigilaba la vivienda. Después el comisario
Escherich se acercó a Correos y a la oficina del Partido para recabar más
informes sobre la tal señora Kluge. Nunca se sabía si eso podía ser útil.
Escherich habría podido informar en Correos y en el
Partido de que creía que existía una relación entre la salida del Partido de la
señora Kluge y las vilezas de su hijo en Polonia. También habría podido revelar
la dirección de la señora Kluge en Ruppin, pues había anotado las señas de la
carta que la señora Kluge envió a su vecina cuando mandó la llave. Pero no lo
hizo; planteó abundantes preguntas, pero no proporcionó información. Es verdad
que se trataba del Partido y de Correos, es decir, organismos oficiales, pero
la misión de la Gestapo no consistía en ayudar a otros en sus asuntos. Era
demasiado buena para eso, y en este punto al menos, Escherich compartía
plenamente la vanidad generalizada de este cuerpo policial.
De esto tuvieron que enterarse por narices los directivos
de la fábrica. Vestían uniforme, y por su rango y también por su sueldo,
estaban sin duda mucho más arriba que el gris comisario. Pero él no cejó.
—No, caballeros, lo que hay contra Kluge es asunto
exclusivo de la Gestapo. No diré una palabra al respecto. Me limito a
comunicarles que tienen que permitir a Kluge ir y venir adonde le venga en gana
sin el menor reparo, que no habrá más broncas ni intimidaciones y que
permitirán acceso libre a su empresa al agente que envié, facilitando su
trabajo en la medida de lo posible. ¿Entendido?
—¡Exijo una confirmación por escrito de estas
disposiciones! —exclamó el oficial—. ¡Y hoy mismo!
—¿Hoy mismo? Es un poco tarde para eso. Quizá mañana.
Kluge seguro que no volverá antes. ¡Suponiendo que vuelva! Bien, esto es todo.
¡Heil Hitler, caballeros!
—¡Maldición! —rechinó el oficial—. ¡Estos tipos son cada
vez más arrogantes! ¡Que el demonio se lleve a toda la Gestapo! Piensan que les
está permitido todo porque pueden detener a cualquier alemán. Pero soy un
oficial, un oficial de carrera...
—Otra cosa más... —La cabeza de Escherich reapareció por
la abertura de la puerta—, ¿es posible que ese hombre guarde aquí documentos,
cartas, algo de su propiedad?
—Eso debe preguntárselo a su jefe de taller. Él tiene la
llave de su taquilla.
—De acuerdo —repuso Escherich, sentándose en una silla—.
Entonces haga el favor de preguntárselo al jefe, teniente. Pero si no es mucho
pedir, dese prisa, por favor.
Las miradas de ambos se cruzaron un instante. Los ojos del
burlón e insulso Escherich y los oscuros y airados del teniente libraron un
combate. Después el oficial entrechocó los talones y abandonó la estancia
presuroso para pedir el informe solicitado.
—¡Qué tipo tan ridículo! —Comunicó Escherich al jefazo del
Partido que de repente se afanaba en su escritorio—. Desea que a la Gestapo se
la lleve el diablo. Me gustaría saber cuánto tiempo seguiríais aquí sentados si
no fuera por nosotros. En última instancia, la Gestapo es el corazón del
Estado. Sin nosotros, todo se desplomaría... ¡y el diablo se os llevaría a
todos vosotros!
Capítulo 26
HETE DECIDE
El comisario Escherich y sus dos espías de la plaza
Alexander se habrían extrañado muchísimo de saber que el pequeño Enno Kluge ni
se había imaginado que lo seguían. Desde el instante en que el ayudante
Schröder le había puesto por fin en libertad sólo había tenido un pensamiento:
alejarse de allí cuanto antes y dirigirse a casa de Hete.
Caminaba por las calles y no veía personas, no adivinaba
quién estaba detrás de él y a su lado. Tampoco levantaba la vista, sólo
pensaba: ¡A casa de Hete!
La boca del metro lo engulló. Montó en un vagón y por esa
vez se libró del comisario Escherich, de los señores de la plaza Alexander y de
toda la Gestapo.
Enno Kluge se había decidido: primero iría a casa de Lotte
a recoger sus cosas. Quería presentarse en casa de Hete con su maleta, entonces
comprobaría si ella lo quería de verdad, y él le demostraría que quería poner
fin a su antigua vida.
Así fue como sus seguidores lo perdieron de vista entre el
gentío y la luz mortecina del metro. ¡Ese flaco Enno era en verdad una sombra!
Pero si se hubiera dirigido en derechura a casa de Hete —y desde la plaza
Alexander podía perfectamente ir andando hasta la puerta König—, ellos no lo
habrían perdido y en la pequeña tienda de animales habrían tenido siempre un
punto de partida para sus observaciones.
Tuvo suerte con Lotte. No estaba en casa, de modo que
empaquetó a toda prisa en la maleta las cuatro cosas que poseía. Resistió
incluso la tentación de registrar los objetos de ella para ver si encontraba
algo útil que llevarse... no, esta vez tenía que ser diferente. Nunca más debía
suceder lo mismo de entonces, cuando se trasladó a la reducida habitación de
aquel pequeño hotel, no, esta vez quería cambiar de vida de verdad... si Hete
lo aceptaba.
Cuanto más se acercaba a la tienda, más despacio caminaba.
Dejaba la maleta en el suelo cada vez con más frecuencia, aunque no pesaba
mucho. Se limpiaba el sudor de la frente sin cesar, y eso que tampoco hacía
tanto calor.
Cuando llegó ante la tienda, atisbó hacia el interior a
través de los brillantes barrotes de las jaulas de pájaros: sí, Hete estaba
trabajando. En ese momento atendía a los cuatro o cinco clientes que se
encontraban dentro. Situándose junto a ellos, Kluge observó orgulloso pero con
el corazón estremecido con qué habilidad despachaba a los clientes, con cuánta
cortesía les hablaba.
—Ya no hay mijo indio, señora. Debería saberlo, puesto que
la India pertenece al Imperio británico. Pero me queda mijo búlgaro, que es
mucho mejor.
E interrumpiendo su tarea, agregó:
—Ah, Enno, es muy amable al venir a echarme una mano. Lo
mejor será que deje la maleta en la habitación. Y después haga el favor de
traerme del sótano arena para pájaros. También necesito arena para gatos. Y
larvas de hormiga...
Y mientras él estaba completamente ocupado con esos y
otros menesteres, pensaba: me ha visto enseguida, y se ha dado cuenta en el
acto de que traía una maleta. Que me permita dejarla en la habitación es una
buena señal. Pero seguro que antes me interrogará, es muy meticulosa. Ya le
contaré cualquier historia.
Y ese hombre que rondaba los cincuenta, ese trasnochador,
holgazán y mujeriego rezaba como un niño de escuela: ¡Por favor, Dios mío, haz
que tenga suerte otra vez, sólo esta vez! Te prometo que quiero comenzar una
nueva vida, haz que Hete me acoja.
Tal era su plegaria, su súplica. Y al mismo tiempo deseaba
que todavía quedase mucho tiempo hasta el cierre de la tienda, hasta esa
entrevista detallada y su confesión, porque era obvio que algo tenía que contar
a Hete. ¡Cómo si no iba a hacerle comprender por qué se había presentado allí
con armas y bagajes, y encima con unas armas y bagajes tan escasos! Él siempre
se había dado aires de grandeza.
Y llegó el momento. La puerta de la tienda llevaba mucho
tiempo cerrada, después costó otra hora y media proveer a todos sus moradores
de agua fresca y comida y ordenar la tienda. Ahora estaban sentados a la mesa
frente a frente, habían comido, charlado un poco, rehuyendo siempre con temor
el tema principal, y de repente esa mujer fofa, marchita, levantó la cabeza y
preguntó:
—Bueno, Hans, ¿qué sucede? ¿Qué te ha ocurrido?
Apenas pronunció esas palabras en un tono de preocupación
muy maternal, las lágrimas de Enno comenzaron a fluir; primero despacio, y
después cada vez más abundantes se derramaban por su rostro flaco, incoloro,
cuya nariz parecía volverse más puntiaguda cada vez.
—¡Ay, Hete, ya no puedo más! ¡Es demasiado terrible! Me ha
interrogado la Gestapo... —gimió.
Y en medio de ruidosos sollozos ocultó la cabeza junto a
su generoso pecho maternal.
Al oír estas palabras la señora Hete Häberle enderezó la
cabeza, y un brillo duro asomó a sus ojos, su nuca se tensó y preguntó casi con
brusquedad:
—¿Y qué querían de ti?
El insignificante Enno Kluge —con seguridad de
sonámbulohabía acertado con sus palabras. Con ninguna de sus otras historias
para implorar su compasión o su amor habría tenido tanto éxito como con la
palabra Gestapo. Porque la viuda Hete Häberle odiaba el desorden, y jamás
habría aceptado en su casa ni en sus brazos maternales a un hombre de mal vivir
y vago. Pero la palabra Gestapo le franqueó todas las puertas de su corazón
maternal, un perseguido por la Gestapo podía contar de antemano con su compasión
y su ayuda.
Porque a su primer marido, un modesto funcionario
comunista, se lo había llevado la Gestapo en 1934 a un campo de concentración,
y ella nunca más había vuelto a ver ni oír nada de él, excepto un paquete que
contenía algunos de sus efectos personales, rotos y sucios. Encima estaba el
certificado de defunción, emitido por el Registro Civil II, Oranienburg, causa
de la muerte: pulmonía. Pero ella había sabido más tarde por otros prisioneros
que habían sido puestos en libertad lo que entendían por pulmonía en Oranienburg
y en el cercano campo de concentración de Sachsenhausen.
Y ahora volvía a tener a un hombre en sus brazos, un
hombre por el que antes ya había sentido simpatía debido a su carácter tímido,
adaptable, necesitado de cariño, otro perseguido por la Gestapo.
—Tranquilízate, Hans —lo serenó consoladora—. Cuéntamelo
todo. ¡Cualquier perseguido por la Gestapo puede contar con todo mi apoyo!
Estas palabras fueron un bálsamo para los oídos de Enno
Kluge, y no habría sido un experto en mujeres si no hubiera aprovechado su
oportunidad. Lo que refirió entre abundantes sollozos y lágrimas fue desde
luego una extraña mezcla de verdades y mentiras: incluso logró meter de
contrabando en sus últimas aventuras la paliza que le había propinado el
Persicke de las SS.
Pero para Hete Häberle el odio a la Gestapo ocultaba
cualquier asomo de inverosimilitud que pudiera encerrar esa narración. Su amor
comenzó ya a tejer un esplendor brillante en torno al inútil que tenía junto a
su pecho y dijo:
—Así que firmaste la declaración para encubrir al autor.
Hans, has sido muy valiente, te admiro. De diez hombres, apenas uno se habría
atrevido a tanto. Ya sabes que si te pillan, lo pasarás mal, porque está más
claro que el agua que con ese expediente te tienen cogido en la trampa para
siempre.
Él dijo, ya más animado:
—Oh, si cuento con tu apoyo no me pillarán jamás.
Ella sacudió la cabeza con suavidad mientras reflexionaba.
—No comprendo por qué han vuelto a soltarte. —De pronto se
le ocurrió una idea terrible—: Ay, Dios mío, ¿y si te han seguido, y si sólo
quisieran saber adónde vas?
—No lo creo, Hete —negó sacudiendo la cabeza—. He estado
primero en... bueno, he estado primero en otro sitio, recogiendo mis cosas. Si
alguien me hubiera seguido, me habría dado cuenta. Además, ¿para qué? En ese
caso no me habrían soltado.
Pero ella ya tenía preparada la respuesta.
—Ellos creen que conoces al autor de las postales y que
los pondrás sobre su pista. Y a lo mejor lo conoces de verdad y depositaste
allí la postal. ¡Pero no quiero saberlo, no debes decírmelo jamás!
—Inclinándose hacia él, susurró—: Voy a salir una media hora, Hans, y observaré
la casa para averiguar si hay algún espía cerca. ¿Verdad que te quedarás en
este cuarto muy quietecito?
Kluge le aseguró que su intento era completamente inútil,
que nadie lo había seguido, seguro que no.
Pero ella tenía un recuerdo demasiado espantoso de cómo un
día habían sacado a un hombre de su vivienda y, en consecuencia, de su vida. No
soportaba la inquietud, tenía que levantarse y salir a ver.
Y mientras rodeaba despacio el bloque —se ha llevado
también a Blacky, un precioso scottish terrier, atado a una correa y gracias al
can ese paseo vespertino parece completamente inofensivo—, mientras camina
despacio de arriba abajo por la seguridad de él, en apariencia sólo ocupada con
el perro, pero con ojos y oídos siempre vigilantes... Enno, con manos
cuidadosas, efectúa un apresurado primer inventario de su habitación. Es por
fuerza muy superficial, además casi todos los muebles están cerrados con llave.
Pero ya ese primer examen le revela que en toda su vida ha tenido una mujer
así, ¡una mujer con cuenta en un banco, e incluso con una cuenta de cheques
postales con su nombre impreso en todos los formularios!
Y Enno Kluge decide comenzar de veras una nueva vida,
portarse siempre con corrección en esa vivienda y no incautarse de nada que su
dueña no le dé voluntariamente.
Esta regresa y dice:
—No, no he observado nada raro. Pero a lo mejor te han
visto entrar aquí y no regresan hasta mañana temprano. Volveré a salir mañana,
pondré el despertador a las seis.
—No es necesario, Hete —insiste él—. Seguro que no me ha
seguido nadie.
Después ella le prepara la cama en el sofá, y se acuesta
en su cama. Pero deja abierta la puerta entre ambas habitaciones y lo escucha
dar vueltas de un lado a otro, gemir y removerse inquieto hasta que al fin se
queda dormido. Después, ella acaba adormilándose, pero vuelve a despertarse al
oír su llanto. Esté dormido o despierto, llora. Hete percibe claramente su
rostro en la oscuridad, ese rostro que pese a sus cincuenta años aún tiene
rasgos infantiles... quizá el mentón débil y la boca de labios llenos, muy
rojos.
Durante un rato escucha en silencio ese llanto, que
continúa sin queja a través de la noche, como si la propia noche se afligiera
por la cantidad de penas que existen en el mundo.
Entonces la señora Häberle se decide, se levanta y llega a
tientas hasta el sofá.
—No llores, Hans. Estás seguro, estás conmigo. Tu Hete te
ayudará...
Le habla con voz consoladora, y cuando a pesar de todo no
cesa su llanto, se inclina sobre él, desliza su brazo debajo de sus hombros y
conduce al plañidero hasta su lecho, donde lo toma entre sus brazos,
estrechándolo contra su pecho...
Una mujer madura, un hombre maduro, tan necesitado de
cariño como un niño, un poco de consuelo, un poco de pasión, un pequeño nimbo
alrededor de la cabeza del amado... ni siquiera a Hete se le ocurre explicarse
cómo ese ser inconsistente, lloriqueante, encaja en el papel de luchador y
héroe.
—Ahora todo va bien, ¿verdad, Hans?
Pero no, esa sencilla pregunta hace fluir de nuevo el
torrente de lágrimas que se acababa de secar, él se estremece entre los brazos
femeninos.
—¿Pero qué te sucede, Hans? ¿Tienes otras preocupaciones
de las que no me has hablado?
Ese es el momento para el que lleva trabajando desde hace
horas ese viejo cazador de mujeres, porque ha tomado la decisión de que es
demasiado peligroso, amén de imposible a la larga, silenciar su verdadero
nombre y su matrimonio. Puesto ya a confesar, pues bien, confesará también eso,
ella lo aceptará, no lo querrá menos por eso. No lo pondrá de patitas en la
calle justo ahora que acaba de tomarlo entre sus brazos.
Ella ha preguntado a su Hans si tiene otras preocupaciones
de las que no le ha hablado. Este, llorando desesperado, confiesa que no se
llama Hans Enno, sino Enno Kluge, que es un hombre casado, con dos hijos
mayores. Sí, es un canalla, ha querido mentirla y engañarla, pero ya no tiene
valor para hacerlo después de lo bien que se ha portado con él.
Como siempre, su confesión es parcial, una verdad a medias
mezclada con abundantes mentiras. Dibuja el retrato de su mujer, una nazi dura
y malvada, funcionaria de Correos, que se niega a admitir en casa a su marido
porque se opone a ingresar en el Partido. Esa mujer, que obligó a su hijo mayor
a ingresar en las SS... e informa de las crueldades del pequeño Karl. Proyecta
una imagen de ese matrimonio malo, desigual, de un marido tranquilo, paciente,
que lo soporta todo y una mujer malvada, ambiciosa, nazi. Ellos no pueden vivir
juntos, tienen que odiarse mutuamente. ¡Y ahora ella lo ha echado de casa! Así
que él ha mentido a su Hete, por cobardía, porque la ama demasiado, porque no
quería causarle ningún dolor.
Pero ahora se ha liberado. No, ya no llorará más. Se
levantará, recogerá sus cosas y se irá de su lado... saldrá a ese mundo cruel.
Ya se ocultará de la Gestapo en algún lugar, y si a pesar de todo lo atrapan,
tampoco importa mucho. ¡Y menos ahora que ha perdido el amor de Hete, la única
mujer que ha amado de verdad en el mundo!
Sí, el tal Enno Kluge es un viejo y muy experto seductor
de mujeres. Sabe cómo hay que manejarlas: con amor y mentiras, todo en uno.
Sólo tiene que haber algo de verdad entremedias, ella sólo tiene que creer un
poco de todo lo que le cuenta, y sobre todo hay que mantener las lágrimas y el
desamparo siempre a punto...
Esta vez Hete ha escuchado su confesion con verdadero
sobresalto. ¿Por qué le ha mentido así? ¡Si cuando se conocieron no había
motivo alguno para tales mentiras! ¿Es que él ya tenía por entonces
pretensiones con ella? Pero en ese caso sólo pueden haber sido malas
pretensiones si motivaron semejantes mentiras.
Su instinto le dice que tiene que dejarlo, que un hombre
capaz de engañar desde el principio a una mujer con semejante falta de
escrúpulos también estará dispuesto a mentirle más tarde. Y ella es incapaz de
vivir con un mentiroso. Llevó siempre una existencia limpia con su primer
marido, y el par de pequeñas historias que hubo desde su muerte, eso, en una
mujer con experiencia, mueve a risa.
No, lo dejaría marchar... si con ello no lo empujase a los
brazos del enemigo, la odiada Gestapo. Porque está convencida de que lo hará si
le dice que se marche. Se toma en serio esa persecución de la Gestapo desde que
se la contó por la noche. Ni siquiera se le ocurre dudar de su veracidad, a
pesar de que acaba de comprobar que es un mentiroso.
Y además está esa mujer... No es posible que todo lo que
le ha contado sea mentira. No hay nadie capaz de inventarse algo así, tiene que
haber algo de verdad en ello. Ella cree conocer al hombre que tiene al lado,
una criatura débil, un niño, en realidad bueno: se le puede dirigir con un par
de palabras amables. Pero esa mujer dura, ambiciosa, esa nazi ansiosa por
ascender en el Partido, es lógico que considere una nulidad a un hombre así, un
hombre que odia al Partido, que quizá trabaja en secreto contra él, un hombre
que se niega a ingresar en el Partido.
¿Puede echarlo de nuevo en brazos de esa mujer? ¿En brazos
de la Gestapo?
No puede, y tampoco debe.
Se enciende la luz. Él ya está de pie al lado de su cama,
con una camisita azul demasiado corta, lágrimas silenciosas recorren su cara
pálida. Inclinándose sobre ella, susurra:
—Adiós, Hete. Has sido demasiado buena conmigo, pero no lo
merezco, soy una mala persona. Adiós. Me marcho...
Ella lo sujeta.
—No, te quedas conmigo —musita—. Te lo he prometido y
cumpliré mi promesa. No, no digas nada. Ahora, por favor, vuelve al sofá e
intenta dormir un poco. Pensaré el modo de arreglar todo de la mejor manera
posible.
Él menea lenta y tristemente la cabeza.
—Eres demasiado buena para mí, Hete. Haré todo lo que
digas, pero de verdad, Hete, es mejor que me dejes marchar.
Mas no se marcha. Se deja convencer para quedarse,
faltaría más. Ella pensará y lo arreglará todo. Y por supuesto, también con
sigue que el destierro al sofá se revoque y regrese a la cama con ella. Rodeado
enteramente por su calor maternal, se queda dormido enseguida, esta vez sin
llantos.
Ella, sin embargo, yace despierta mucho tiempo. A decir
verdad, toda la noche. Escucha la respiración de él, es hermoso volver a
escuchar a un hombre respirar a su lado, tenerlo tan cerca en el lecho. Ha
estado tanto tiempo sola... Ahora vuelve a tener a alguien a quien cuidar. Su
vida ya no estará vacía de contenido. Oh, sí, él acaso le ocasione más
preocupaciones de lo razonable. Pero esas preo cupaciones, causadas por la
persona a la que se ama, son buenas.
Hete decide ser fuerte por los dos. Decide protegerlo de
todos los peligros que lo amenazan procedentes de la Gestapo. Hete decide
educarlo y convertirlo en un hombre sincero. Hete decide rescatar a su Hans,
ay, no, ahora se llama Enno... Hete decide rescatar a Enno de esa otra mujer,
la nazi. Hete decide traer orden y limpieza a ese ser que ahora yace junto a
ella.
Pero Hete no tiene ni idea de que ese hombre débil que
tiene a su lado será lo bastante fuerte para traer a su vida desorden,
sufrimiento, reproches, lágrimas, peligro. Hete no tiene ni idea de que toda su
fuerza se ha convertido en nada en el mismo momento en que ha decidido mantener
a su lado a Enno Kluge y defenderlo contra el mundo entero. Hete no tiene ni
idea de que su persona y el pequeño reino que se ha construido corren el mayor
de los peligros.
Capítulo 27
MIEDO Y PAVOR
Desde esa noche han transcurrido dos semanas. A Hete y a
Enno Kluge la estrecha convivencia les ha servido para conocerse mejor el uno
al otro. Porque el hombre no podía salir de casa por el miedo a la Gestapo.
Vivían como en una isla, sólo ellos dos. No podían evitarse, cambiar de aires
con otras personas. Dependían por completo el uno del otro.
Los primeros días ella ni siquiera permitió a Enno
ayudarla en la tienda, en esos primeros días en que aún no tenía la absoluta
certeza de que algún agente de la Gestapo rondara la casa. Le había dicho que
tenía que permanecer muy callado en la habitación. Que no debía permitir que
nadie lo viera. Se quedó un poco sorprendida al ver con qué tranquilidad se
tomaba esa declaración; a ella le habría resultado terrible verse condenada a
permanecer inactiva en esa angosta habitación. Pero él se había limitado a decir:
—Bueno, entonces me cuidaré un poco.
—¿Y qué harás, Enno? —le había preguntado—. El día así se
hace eterno, y yo no puedo ocuparme mucho de ti. Además, darle vueltas a la
cabeza no conduce a nada.
—¿Hacer? —había preguntado muy asombrado—. ¿Qué quieres
decir? ¿Ah, te refieres a trabajar? —Tenía ya en la punta de la lengua que en
su opinión ya había trabajado lo suficiente para una larga temporada, pero aún
se mostraba muy cauteloso con ella y por eso añadió—: Claro que me gustaría
trabajar. ¿Pero qué puedo hacer en esta habitación? Si dispusiera aquí de un
torno... —Y se echó a reír.
—¡Pues yo tengo un trabajo para ti! Mira, Enno.
Hete trajo a la habitación una caja grande abarrotada de
todo tipo de semillas. Luego colocó delante de él un tablero, uno de esos de
contar monedas como los que se encuentran sobre muchos mostradores de tienda. Y
cogió una pluma con el plumín colocado al revés y utilizando esta pluma a modo
de pala, comenzó a clasificar las distintas variedades de un puñado de semillas
que había vertido sobre el tablero. La pluma iba de un lado a otro con rapidez
y habilidad, separando, empujándolo a una esquina, volviendo a separar,
mientras explicaba:
—Todo esto son restos de pienso, barridos de los rincones,
de bolsas explotadas, lo he reunido desde hace años. Ahora que el pienso es tan
escaso me viene muy bien. Lo selecciono...
—¿Y por qué lo seleccionas? ¡Es un trabajo tremendo!
Dáselo así a los pájaros, ya se encargarán ellos de seleccionarlo.
—¿Desperdiciando tres cuartas partes del pienso? Además,
puede que comieran pienso que no les sentara bien y muriesen. No, es preciso
realizar este pequeño trabajo. Yo lo hacía casi siempre al anochecer y los
domingos, en cuanto disponía de tiempo. Un domingo seleccioné casi cinco libras
además de efectuar los quehaceres domésticos. Bueno, ahora veremos si bates mi
récord. Dispones de mucho tiempo y mientras tanto se puede pensar muy bien.
Seguro que tienes mucho que pensar. ¡Inténtalo, Enno!
Le puso en la mano la pequeña palita y observó cómo
empezaba a trabajar.
—No eres nada torpe —alabó—. Tienes manos hábiles.
Y un instante después:
—Pero has de prestar más atención, Hans, no, quiero decir
Enno. ¡Tengo que acostumbrarme! Mira, ese grano brillante y picudo es mijo, y
ese romo, negro y redondo es colza. No debes mezclarlos. Las semillas de
girasol es mejor que las saques primero con los dedos, es más rápido que con la
pluma. Espera, te traeré recipientes para que coloques lo que termines de
seleccionar.
Estaba empeñada en darle trabajo para esos días tediosos.
Entonces sonó por primera vez el timbre de la tienda, y desde ese momento ya no
se acabaron los clientes, de modo que sólo podía visitarlo unos instantes.
Entonces lo encontraba soñando delante de su tablero con las semillas. Peor era
cuando él, sobresaltado por el ruido de la puerta, se deslizaba furtivo a su
puesto de trabajo igual que un niño sorprendido mientras holgazanea.
La mujer comprendió enseguida que él nunca batiría su
récord de las cinco libras, que ni siquiera llegaría a las tres. Y que éstas
tendría que volver a revisarlas ella, tan chapucera era su labor.
Hete se sentía un poco desilusionada, pero le dio la razón
cuando él dijo:
—No estás muy satisfecha, ¿verdad, Hete? —sonrió con
timidez—. Es que éste no es trabajo para un hombre. Dame un auténtico trabajo
de hombre, y verás lo que es bueno.
Él tenía razón, claro, y al día siguiente ella no le puso
la tabla con las semillas.
—Tendrás que ver cómo pasas el día, pobrecillo —le dijo
para consolarlo—. Debe de ser terrible para ti. ¿Por qué no lees un poco? En
ese armario tengo muchos libros de mi marido. Espera, voy a abrirlo.
Kluge se hallaba a su espalda mientras ella examinaba las
filas.
—Era funcionario del Partido Comunista. Mira, ese Lenin lo
salvé por los pelos durante un registro domiciliario. Lo metí dentro de la
estufa, y cuando un hombre de las SA estaba a punto de abrir la puerta, le di
un cigarrillo y se olvidó. —Lo miró a la cara—. Pero estos libros no son para
ti, querido. He de confesarte que yo apenas los he mirado desde la muerte de mi
marido. A lo mejor es un error, todos deberíamos preocuparnos por la política.
Si todos nosotros lo hubiéramos hecho a su debido tiempo, no habría sucedido lo
de los nazis, Walter siempre lo decía. Pero yo sólo soy una mujer... —Se
interrumpió al darse cuenta de que no la escuchaba—. Ahí abajo hay unas novelas
mías.
—Lo que más me gustaría es una auténtica novela de
detectives, algo de delitos y de crímenes —explicó Enno.
—Creo que no hay nada de eso. Pero aquí tengo un libro
realmente bonito, lo he leído una y otra vez. Raabe, Crónica de la calle
Sperling. Intenta leerlo, te gustará...
Sin embargo, cuando entraba en la habitación, veía que no
estaba leyendo. El libro yacía abierto sobre la mesa, más tarde lo apartó a un
lado.
—¿No te gusta?
—Pues no sé... es que, ¿sabes?, todas esas personas son
tan buenas que resulta aburrido. Es un libro realmente piadoso. No es libro
para un hombre. A nosotros nos gusta algo más emocionante, ¿entiendes...?
—Lástima —dijo ella—. Lástima. —Y volvió a colocar el
libro en el armario.
La irritaba entrar ahora en la habitación y ver al hombre
sentado, siempre en la misma postura desmadejada, sin pensar en nada. O también
dormido, la cabeza apoyada en la mesa. O junto a la ventana, mirando el patio y
silbando entre dientes la misma melodía. La irritaba mucho. Siempre había sido
una mujer activa, lo era todavía, la vida sin trabajo le habría parecido un sinsentido.
Lo que más le gustaba era tener la tienda llena de clientes, momentos en que le
habría encantado multiplicarse por diez.
Y ahora ese hombre pasaba diez, doce, catorce horas al día
de pie, sentado, acurrucado, tumbado, sin hacer nada, nada en absoluto. ¿Qué le
ocurría? Dormía bastante, comía con apetito, no le faltaba de nada, ¡pero no
trabajaba! En una ocasión perdió la paciencia y le soltó, irritada:
—¡Deja de silbar siempre la misma melodía, Enno! Llevas
seis u ocho horas silbando: «Las niñas pequeñas tienen que irse a dormir...».
Él esbozó una tímida sonrisa.
—¿Te molestan mis silbidos? Bueno, puedo cambiar de tema.
¿Quieres que te silbe la canción de Horst Wessel? Y comenzó: «¡La bandera en
alto! Prietas las filas...».
Ella regresó a la tienda sin decir palabra. Esta vez,
además de irritarla, la había ofendido gravemente.
Pero eso pasó. No era rencorosa, y además él también se
había dado cuenta de que había cometido un error, y para darle una sorpresa le
hizo una lámpara nueva para colocarla encima de la cama. Sí, se le daban bien
esas cosas; cuando quería era muy mañoso, pero casi nunca quería.
Por otra parte, los días de destierro en la habitación
transcurrieron deprisa. La señora Hete se convenció pronto de que ningún espía
rondaba el edificio, y Enno pudo echarle una mano en la tienda. Por el momento
no podía salir a la calle, pues siempre podía verlo algún conocido. Pero ayudar
en la tienda sí que podía, tarea en la que reveló su utilidad y su destreza.
Pronto se dio cuenta de que un trabajo monótono realizado durante cierto tiempo
le fatigaba, así que ahora le encargaba primero esto, luego aquello.
Pronto lo dejó también atender a la clientela. Se las
apañaba bien, era cortés, listo, a veces incluso gracioso a su manera, aunque
un poco flojo.
—Ha tenido usted suerte con ese hombre, señora Häberle
—decían los clientes antiguos—. ¿Es un pariente?
—Sí, un primo mío —mentía Hete, feliz por la alabanza que
tributaban a Enno.
Un día le dijo:
—Enno, hoy quisiera viajar a Dahlem. Ya sabes que la
tienda de animales de allí va a cerrar, porque la Wehrmacht ha movilizado al
dueño. Puedo comprar sus existencias. Tiene mucho género, sería una gran ayuda
para nosotros ahora que la mercancía escasea cada vez. ¿Podrás arreglártelas
solo con la tienda?
—¡Por supuesto, Hete, por supuesto! Sin problemas. ¿Cuánto
tiempo estarás fuera?
—Saldré nada más comer, pero no creo que regrese antes de
la hora de cierre. Porque además me gustaría pasarme por mi modista...
—Hazlo, Hete. Por mí tienes permiso hasta medianoche. Y no
te preocupes por la tienda, la atenderé de maravilla.
La acompañó hasta el metro. Era el descanso de la comida,
la tienda estaba cerrada.
Hete sonreía cuando el vagón se puso en marcha. ¡La vida
de pareja era otra vida! Era hermoso trabajar en compañía de alguien. Sólo
entonces sentías de noche verdadera satisfacción. Y él se esforzaba, y de qué
manera, por contentarla. Hacía lo que podía. Sin duda no era un hombre enérgico
o al menos trabajador, lo reconocía. Cuando había tenido que correr mucho le
gustaba retirarse a la habitación, por llena que estuviera la tienda, dejándola
sola con la clientela. O después de estar mucho tiempo llamándolo en vano, lo
encontraba en el sótano, sentado en el borde de la caja de arena, adormilado,
con el cubito medio lleno de arena ante él... ¡y ella llevaba diez minutos
esperándolo!
Él se sobresaltaba cuando ella le gritaba con un punto de
dureza:
—¿Dónde te has metido, Enno? ¡Estoy hasta las narices de
esperar!
Kluge se levantaba de un salto como un escolar asustado.
—Me he dormido un poco —murmuraba con timidez y comenzaba
a palear despacio—. En seguida voy, jefa, no volverá a ocurrir.
Intentaba aplacarla con esos pequeños chistes.
No, Enno no era una lumbrera en ningún sentido, lo
reconocía, pero hacía lo que podía. Además era agradable, cortés, de trato
amable, complaciente, sin vicios visibles. Que fumase algunos cigarrillos de
más, eso se lo disculpaba. También a ella le gustaba fumarse uno cuando se
relajaba...
Pero aquel día la señora Häberle tuvo mala suerte con sus
recados. La tienda de Löbe en Dahlem estaba cerrada cuando llegó, tampoco
acertaron a decirle cuándo regresaría el dueño. No, todavía no había sido
llamado a filas, pero seguramente ahora tenía muchos trámites que hacer debido
a su movilización. La tienda siempre abría por la mañana a partir de las diez,
¿por qué no lo intentaba de nuevo al día siguiente?
Ella dio las gracias y se fue a su modista. Pero delante
de la casa se detuvo asustada. Por la noche había caído una bomba, el edificio
era un montón de ruinas. La gente pasaba por delante a toda prisa, algunos
giraban deliberadamente la cabeza para no ver el horror de la destrucción o por
miedo a no ser capaces de ocultar su amargura, otros muy despacio (la policía
se encargaba de que nadie se detuviera), con rostros curiosos que sonreían
despreocupados o examinaban la devastación con una mirada sombría, casi
amenazadora.
Sí, ahora Berlín entero se refugiaba cada vez más en los
sótanos y las bombas, también las temidas bombas incendiarias, caían cada vez
con mayor frecuencia. Ahora se citaba cada vez más la frase de Göring: si un
bombardero enemigo alcanzaba el Ruhr podrían llamarlo Meier. La noche anterior
también Hete había bajado al sótano, sola, porque no quería que Enno fuera
considerado su novio oficial con el que convivía. Había oído por encima de ella
el zumbido de los aviones, ese ruido que le destrozaba los nervios, igual que
cuando un mosquito zumba sin parar. No había oído el ruido de los impactos, su
zona no se había visto afectada hasta entonces. La gente decía que los ingleses
no querían hacer daño a los trabajadores, sino liquidar a las familias
elegantes del oeste...
La modista no era rica, pero ahora le había tocado a ella.
La señora Hete Häberle intentó averiguar por un guardia municipal el paradero
de la modista, si le había sucedido algo. El guardia lamentó no poder
proporcionarle información. Le sugirió que acudiese a la comisaría o preguntase
en el siguiente puesto de la Liga de Defensa Aérea.
Pero ahora Hete carecía de sosiego para eso. Por pena que
le diera la modista y por mucho que le hubiera gustado conocer su estado, Hete
tenía prisa por llegar a casa. Necesitaba convencerse en el acto de que todo
iba bien. Era una bobada, ya lo sabía, pero a pesar de todo era así. Tenía que
convencerse con sus propios ojos de que allí no había sucedido nada.
Mas por desgracia en la pequeña tienda de animales de la
puerta König sí que había sucedido algo. Nada trágico, desde luego, aunque
causó una profunda impresión en la señora Häberle, mayor que cualquier otro
incidente en muchos años. La señora Häberle encontró bajada la persiana de la
tienda, y en ella había un cartel, un cartel con la estúpida inscripción que
tanto la irritaba: «Vuelvo enseguida». Y debajo: «Señora Hedwig Häberle».
Que al pie de esa nota figurase encima su nombre, que ella
tuviera que ocultar con su buen nombre esa negligencia y olvido del deber, le
causó una ofensa tan honda como el abuso de confianza cometido por Enno. Se
había marchado furtivamente a sus espaldas, y a sus espaldas habría vuelto a
abrir sin advertirle de que le había mentido. Además, qué estúpido, qué
tremendamente estúpido, porque era casi seguro que una de sus clientas
habituales le preguntaría: «¿Cerró ayer por la tarde? ¿Estuvo fuera, señora Häberle?».
Entra en su vivienda por el edificio. Después levanta la
persiana de su tienda, abre la puerta. Espera hasta que entre el primer
cliente, no, ahora no le apetece que entre nadie. Una traición así a sus
espaldas... en todo su matrimonio con Walter jamás sucedió algo parecido.
Siempre confiaron plenamente el uno en el otro, y jamás ninguno de los dos
traicionó la confianza del otro. ¡Y ahora, esto! ¡Y sin que ella le hubiera
dado el menor motivo!
Llega la primera clienta, la atiende; pero cuando Hete se
dispone a cambiarle un billete de veinte marcos y abre la caja, la encuentra
vacía. Había bastante cambio en la caja cuando se marchó, cerca de cien marcos.
Se contiene, saca dinero de su monedero, entrega el cambio, ¡listo! Suena la
campanilla de la puerta de la tienda.
Sí, ahora le gustaría cerrar y quedarse completamente a
solas. Mientras sigue atendiendo a los clientes cae en la cuenta de que en los
últimos días en un par de ocasiones le pareció que la caja no cuadraba, que el
rendimiento diario debería ser más alto. Entonces ahuyentó, malhumorada, tales
pensamientos. Además ¿qué iba a hacer Enno con el dinero? Si no podía salir de
casa, si lo tenía siempre a la vista.
Ahora, sin embargo, piensa que el lavabo está a mitad de
la escalera y que ha fumado muchos más cigarrillos de los que puede haber
traído en su maletita. Sin duda ha encontrado en el edificio a alguien que se
los proporciona, comprados en el mercado negro, sin cartilla, a sus espaldas.
¡Cuán cínico y denigrante! ¡Ella le habría proporcionado de mil amores
cigarrillos con sólo abrir la boca!
Durante esa hora y media hasta la reaparición de Enno, la
señora Häberle libra una dura batalla consigo misma. En los últimos días se ha
acostumbrado a tener un hombre en casa, a no estar sola, a cuidar de alguien,
alguien a quien quiere. Pero si ese hombre es como ahora parece, tiene que
erradicar ese cariño de su corazón. Mejor sola que vivir con esa eterna
desconfianza y un miedo tan atroz. ¡Ya no podrá doblar la esquina para ir a la
verdulería, aterrorizada por la posibilidad de que vuelva a engañarla!
Y entonces Hete recuerda que también tuvo la impresión de
que sus cosas no estaban colocadas como siempre en el ropero. No, tiene que
hacerlo, tiene que echarlo, hoy mismo, por duro que le resulte. Más adelante
aún le costaría más.
Pero entonces piensa que es una mujer entrada en años, que
ésta quizá sea su última oportunidad de escapar de un ocaso de la vida
solitario. Tras esta experiencia con Enno le costará mucho decidirse a
intentarlo de nuevo con otro hombre. ¡Tras esta terrible y devastadora
experiencia con Enno!
—Sí, vuelve a haber gusanos de la harina. ¿Cuánto quiere,
señora?
Enno se presenta media hora antes del cierre. Es
significativo del estado de ánimo de Hete que sólo ahora piense que él no debía
dejarse ver en la calle, dado el peligro tan grande que corría debido a la
Gestapo. Hasta ahora no ha podido pensar en eso, tan ocupada estaba con su
traición. ¿Pero de qué sirven todas las medidas de precaución si él se marcha
sin más ni más durante su ausencia? ¡Quién sabe si lo de la Gestapo no será
también otro engaño... ¡Tratándose de ese hombre, todo es posible!
Naturalmente, él ya ha visto por la persiana levantada que
ella está de nuevo en la tienda. Entra desde la calle, con cuidado y delicadeza
serpentea entre los clientes, la sonríe como si nada hubiera pasado, y dice
desapareciendo en el cuarto:
—Enseguida vengo a echar una mano, jefa.
Y la verdad es que vuelve enseguida, y obligada a guardar
las apariencias delante de los clientes, tiene que hablar con él, darle
instrucciones, comportarse como si nada hubiera ocurrido... y sin embargo ¡su
mundo se ha venido abajo! Pero no deja que se le note, incluso responde a sus
chistecitos endebles de los que hoy tiene abundante provisión, y sólo cuando
quiere ir a la caja, le advierte con dureza:
—Perdón, de la caja me encargo yo.
Se sobresalta un poco, la mira de reojo con timidez, igual
que un perro apaleado, sí, exactamente igual que un perro apaleado, piensa.
Pero después se lleva la mano al bolsillo, una sonrisa asoma a su cara, él ha
vuelto a superar el golpe.
—¡A sus órdenes, jefa! —grazna, entrechocando los tacones.
Los clientes se ríen de ese hombrecillo ridículo que
pretende dárselas de soldado, pero ella no tiene ganas de reír.
Después se cierra la tienda. Trabajan juntos con ahínco
durante hora y cuarto, completamente ocupados en dar de comer y beber y
limpiar, al final casi mudos ambos, sin que ella reaccione a los chistes que
intenta contarle una y otra vez.
En la cocina Hete prepara la cena. Ha frito en la sartén
patatas con tocino, auténticas y deliciosas patatas salteadas. El tocino se lo
cambió a una clienta por un queso de leche agria. Se alegra de sorprenderlo con
una cena tan rica, porque a él le gusta comer bien. Las patatas están
adquiriendo un hermoso tono amarillo dorado.
Pero de pronto apaga la llama de gas de debajo de la
sartén, incapaz de esperar más las explicaciones. Va a la habitación, se apoya,
oscura y maciza, con la espalda contra la estufa y pregunta con un tono casi
amenazador:
—¿Y bien?
Kluge está sentado a la mesa, poniendo el servicio para la
cena para los dos, mientras silba ensimismado según su costumbre.
Ante ese «y bien» amenazador, el hombre da un respingo, se
levanta y mira hacia la oscura figura de enfrente.
—¿Qué, Hete? —inquiere—. ¿Falta mucho para la cena? Tengo
un hambre canina.
De la rabia, le gustaría pegar a ese hombre que la cree
dispuesta a sufrir en silencio semejante traición. ¡Se siente muy seguro ese
caballero por haber dormido con ella en la misma cama! Dominada por una furia
completamente inusual, le encantaría sacudir y golpear a ese tipo, una y otra
vez.
Pero se controla y repite su «¿y bien?», con tono más
amenazador todavía.
—Ah, ya —contesta—. Te refieres a lo del dinero. —Mete la
mano en el bolsillo y saca un montón de billetes—. Toma, Hete, son 210 marcos y
yo he cogido 92 de la caja. —Ríe con cierta timidez—. Para que yo también
aporte algo a la economía doméstica.
—¿Y cómo has conseguido tanto dinero?
—Hoy por la tarde se celebraba la gran carrera de caballos
de Karlshorst. He llegado justo a tiempo de apostar por Adebar. Adebar,
victoria. Porque me gusta apostar a los caballos. Es que entiendo mucho de
carreras, Hete —dice con un orgullo poco común en él—. No he apostado los 92
marcos, solamente 50. La cuota era...
—¿Y qué habrías hecho si el caballo no hubiera ganado?
—Pero es que Adebar tenía que ganar... no cabía otra
posibilidad.
—¿Y si no hubiera ganado?
Ahora es él quien se siente superior a la mujer.
—Oye, Hete, tú no entiendes nada de carreras, pero yo sí
—dice sonriendo—. Y si digo que Adebar gana, y apuesto encima 50 marcos...
Ella lo interrumpe.
—Has arriesgado mi dinero —replica con dureza—. Eso no lo
tolero. Si necesitas dinero, dímelo, no tienes que trabajar conmigo sólo por la
manutención. Pero sin mi permiso no cogerás de la caja ni un céntimo,
¿entendido?
Ante ese tono de inusitada dureza, vuele a sentirse
completamente inseguro. Atribulado (ella sabe que está a punto de echarse a
llorar, y se asusta ya de sus lágrimas), replica:
—Pero ¿por qué me hablas así, Hete? Como si sólo fuese un
trabajador tuyo. Pues claro que no volveré a coger dinero de la caja. Pensaba
que te daría una alegría ganando tanto dinero. ¡Cuando además la victoria
estaba cantada!
La mujer no entra en la conversación. Para ella el dinero
siempre ha sido algo secundario, lo importante es que había defraudado su
confianza. Enno cree que está furiosa por el dinero, ¡qué imbécil!
—¿Y por esas apuestas en las carreras has cerrado la
tienda sin más? —le pregunta Hete.
—Sí —contesta—. Tú también habrías tenido que cerrarla si
yo no hubiera estado aquí.
—Y cuando yo me fui, ¿sabías ya que querías cerrar?
—Sí —responde como un bobo. Y se corrige deprisa—: No,
claro que no, o te habría pedido permiso. No se me ocurrió hasta que pasé por
el pequeño local de apuestas de la calle Neue König, ya sabes. Al pasar leí los
pronósticos, y cuando vi a Adebar tan solo, me decidí.
—Ya —dice ella.
No le cree. Eso ya se lo había propuesto antes de dejarla
a ella en el metro. Recuerda que esa mañana temprano se había pasado mucho rato
haciendo crujir el periódico y después haciendo cálculos en un papel, cuando
los primeros clientes ya habían entrado en la tienda.
—Ya —repite—. Y entonces te vas sencillamente a pasear por
la ciudad, cuando habíamos quedado en que te dejarías ver por la calle lo menos
posible por culpa de la Gestapo, ¿verdad?
—Tú también permitiste que te acompañase hasta el metro.
—Entonces estábamos juntos. Y yo había dicho expresamente
que era una prueba. Eso no significa que te pases medio día zascandileando por
la ciudad. ¿Dónde has estado?
—En un pequeño local conocido de antaño, eso es todo. Allí
no entra nunca nadie de la Gestapo, sólo lo frecuentan corredores de apuestas y
apostadores.
—¡Todos los cuales te conocen! Y contarán por todas
partes: ¡Hemos visto a Enno Kluge en tal y tal sitio!
—Pero la Gestapo también sabe que tengo que estar en
alguna parte, aunque ignora dónde. El local está muy lejos de aquí, en Wedding.
¡Y allí no había ningún conocido que pudiera delatarme!
Habla con fervor y bondad; de creerle, parece tener toda
la razón. Él no entiende hasta qué punto ha traicionado la confianza de la
mujer, ni qué lucha libra consigo misma por su culpa. Cogerle dinero... para
darle una alegría. La tienda cerrada... ella también lo habría hecho. Se fue a
un local... estaba muy lejos, en Wedding. ¡Pero que ella se hubiera asustado
por amor, de eso Kluge no entendía nada, eso no le cabía en la cabeza!
—Bueno, Enno, ¿eso es todo lo que tienes que decir? ¿O no?
—le pregunta.
—¿Qué más quieres que diga, Hete? Veo que estás muy
descontenta de mí, pero la verdad es que no creo haber hecho tantas cosas mal.
—Llegaron las temidas lágrimas—. ¡Ay, Hete, por favor, vuelve a ser buena
conmigo! ¡Te aseguro que te lo preguntaré todo antes! Pero vuelve a ser buena
conmigo. Esto no lo resisto...
Pero esta vez ni las lágrimas ni los ruegos surtieron
efecto. Algo en ellos sonaba a falso. Casi sentía asco por ese hombre
lloriqueante.
—Primero tengo que pensarlo muy bien, Enno —le comunicó
con tono de rechazo—. Tú no pareces entender la profunda decepción que ha
sufrido mi confianza.
Y pasó a su lado en dirección a la cocina, a seguir
friendo las patatas. Así que ya le había ofrecido una explicación. ¿Y qué le
había aportado? ¿Había aclarado la situación, propiciado una decisión?
¡Qué va! Sólo había probado que ese hombre no sentía el
menor asomo de culpabilidad. Que mentía sin escrúpulos cuando la situación
parecía exigirlo, sin importarle un pimiento a quién mentía.
No, ese hombre no era el hombre adecuado para ella. Tenía
que terminar con él. Aunque una cosa estaba clara, esa noche ya no podía
ponerlo en la calle. Ni siquiera era consciente de haber hecho nada malo. Era
como un perro joven que muerde un par de zapatos y no comprende por qué le pega
su amo.
No, tenía que darle uno o dos días de tiempo para buscar
otro alojamiento. Si mientras tanto caía en manos de la Gestapo... correría ese
riesgo. Él también lo corre... ¡por apostar a una carrera de caballos! No,
tiene que librarse de él, jamás podrá volver a confiar en él. Tiene que vivir
sólo para ella, desde ahora hasta el día de su muerte. Y este pensamiento la
aterroriza.
Pero pese a su miedo, después de cenar le dice:
—Enno, he estado reflexionando y debemos separarnos. Eres
un hombre simpático y cariñoso, pero tú ves el mundo con ojos muy distintos a
los míos, a la larga no nos llevaríamos bien.
Él la mira fijamente mientra ella, para corroborar sus
palabras, le prepara la cama en el sofá. Al principio no da crédito a sus
oídos, después empieza a llorar:
—¡Ay, Dios mío, no puedes hablar en serio, Hete! ¡Con lo
que nos queremos! ¡No puedes desear echarme a la calle y en brazos de la
Gestapo!
—¡Vamos! —replica Hete intentando tranquilizarse—. Lo de
la Gestapo no será ni la mitad de terrible, o no te habrías pasado media
jornada caminando por la ciudad.
Él cae de rodillas. De veras, se desliza hacia ella de
rodillas. El miedo le ha hecho perder el juicio.
—¡Hete, Hete! —grita y solloza—. ¿Pretendes matarme?
¡Tienes que dejar que me quede aquí! ¿Adónde voy a ir? Ay, Hete, quiéreme un
poquito, soy tan desgraciado...
Sollozos y gritos, un perrillo dando gañidos de miedo.
Quiere rodear sus piernas, intenta coger sus manos. Ella
huye a su dormitorio, corre el cerrojo de la puerta. Pero durante toda la noche
lo oye empujar la puerta, probar el picaporte, lloriquear, suplicar...
La mujer yace en completo silencio, haciendo acopio de
toda su fuerza para no ceder, para no dejarse ablandar por su propio corazón y
por los ruegos de ahí fuera. Se mantiene firme en su decisión de no continuar
viviendo con él.
Durante el desayuno se sientan uno enfrente del otro con
la cara pálida, faltos de sueño. Apenas cruzan una palabra. Se comportan como
si esa disputa no hubiera existido jamás.
Sabe a qué atenerse, piensa ella, y si hoy no se busca
habitación, mañana por la noche tendrá que abandonar mi casa. Mañana a mediodía
se lo repetiré. ¡Tenemos que separarnos!
Oh, sí, la señora Hete Häberle es una mujer valiente y
honrada. Y si a pesar de todo no pone en práctica su decisión, si no echa a
Enno de su lado, no se debe a ella, sino a personas que todavía no conoce. Por
ejemplo, al comisario Escherich y al señor Barkhausen.
Capítulo 28
EMIL BARKHAUSEN HACE ALGO DE PROVECHO
Mientras Enno Kluge y la señora Häberle acordaban una
convivencia que se rompió tan deprisa, el comisario Escherich había atravesado
una época muy dura. Se había negado a ocultar a Prall, su superior, que Enno
Kluge había vuelto a escapar de sus secuaces sin dejar rastro, sumergiéndose en
el océano de la gran ciudad.
El comisario Escherich había aceptado resignado la
granizada de insultos por esa confesión: era un idiota, un incompetente, lo
meterían en la cárcel, un vago que en casi un año no había sido capaz de
atrapar a un estúpido escritor de postales.
¡Y cuando da con el rastro, vuelve a dejar al tipo en
libertad, menudo imbécil! En realidad el comisario Escherich había sido
cómplice de alta traición, y si en el plazo de una semana no presentaba al tal
Enno Kluge ante el Obergruppenführer, también procederían contra él.
Sí, el comisario Escherich escuchó resignado esos
insultos. Pero ejercieron un extraño efecto sobre él: a pesar de que sabía de
sobra que el tal Enno Kluge no tenía que ver lo más mínimo con las postales,
que no podía ayudarlo a detener al verdadero autor, a pesar de eso el interés
del comisario se concentró casi exclusivamente en la detención del pequeño e
insignificante Enno. La verdad es que también le resultaba demasiado irritante
que esa garrapata, con la que había querido entretener a sus superiores, se le
hubiera escurrido de entre los dedos. Esa semana el Duende había sido de lo más
aplicado: tres postales suyas habían acabado en el escritorio del comisario.
Pero, por primera vez desde que investigaba ese caso, a Escherich no le
importaban nada las postales ni su autor. Olvidó incluso marcar con banderitas
en el plano de Berlín los lugares del hallazgo.
No, primero quería tener en su poder al tal Enno Kluge, y
lo cierto es que el comisario Escherich hacía esfuerzos inusitados por capturar
a ese hombre. Viajó incluso a Ruppin, para entrevistarse con Eva Kluge,
equipado para cualquier eventualidad con una orden de detención contra ambos.
Pero no tardó en comprender que esa mujer ya había roto con él y sabía muy poco
de su vida durante el último año.
Contó al comisario lo que sabía, ni muy complaciente ni
reacia, con absoluto desinterés. A esa mujer le resultaba a todas luces
indiferente el destino de ese hombre, lo que hubiera hecho o dejado de hacer.
El comisario se enteró por ella de los nombres de dos o tres locales que Enno
Kluge frecuentaba antes, supo de su pasión por las apuestas a las carreras y
conoció la dirección de una tal Tutti Hebekreuz, de la que en cierta ocasión
llegó una carta a su domicilio. En ella acusaba a Enno de haberle robado dinero
y cartillas de racionamiento. No, la última vez que vio a ese hombre la señora
Kluge no le entregó la carta ni le habló de ella. Sólo memorizó las señas por
casualidad, como cartera tenía una memoria excelente para las direcciones.
El comisario Escherich regresó a Berlín equipado con estos
nuevos datos. Fiel a su máxima de hacer preguntas pero no contestar a ninguna,
de no transmitir información de ningún tipo, fiel a su máxima, pues, se guardó
de mencionar a la señora Eva Kluge el procedimiento que se había iniciado
contra ella en Berlín. Eso a él le importaba un bledo. Así pues, aunque no se
trajo mucho a casa, sí que había conseguido la pista de una pista por así
decirlo... y podía demostrar a Prall que actuaba, que no se limitaba a esperar.
Eso era lo único que les importaba a los mandamases, que se hiciera algo,
aunque fuera equivocado, como en todo el caso Kluge. Pero los jefazos no
soportaban la espera.
Las pesquisas sobre la Hebekreuz no dieron el menor fruto.
Había conocido a Kluge en un café, sabía dónde trabajaba. Durante unas semanas
se había alojado en dos ocasiones en su casa, sí, era cierto, lo había
denunciado por apoderarse de dinero y de cartillas de racionamiento. Pero Enno
lo había aclarado en su segunda visita: las había robado otro inquilino, no él.
Después volvió a largarse sin decir palabra, seguramente a
casa de alguna mujer, así vivía Enno. No, ella nunca había tenido nada con él,
faltaría más. No, no tenía ni idea de adónde se había ido. Pero allí, en esa
zona, seguro que no estaba, pues de lo contrario hacía mucho que habría tenido
noticias suyas.
En las dos tabernas lo conocían por el nombre de Enno, sí.
Estuvo mucho tiempo sin dejarse ver, pero siempre volvía. Sí, señor comisario,
no haremos el menor comentario. Somos me soneros respetables, a nuestro
establecimiento sólo acude gente decente interesada por el noble deporte
ecuestre. Lo avisaremos inme diatamente en cuanto aparezca por aquí. ¡Heil
Hitler, señor comisario!
El comisario Escherich encargó a diez hombres que
preguntasen por Enno Kluge a todos los corredores de apuestas y taberneros del
norte y del este de Berlín. Y mientras Escherich esperaba los resultados de
esta medida, le aconteció la segunda cosa notable: de repente le pareció que no
había que descartar que el tal Enno Kluge tuviera algo que ver con las
postales. En torno a ese individuo erraban como fantasmas demasiados hechos
extraños y conectados entre sí: la postal encontrada en la consulta del médico,
y luego la mujer, primero nazi fervorosa y después con esa súbita prisa por
abandonar el Partido, seguramente porque la conducta del hijo en las SS no
gustaba a la madre. Todo lo que rodeaba a ese tipo terminaba de algún modo en
lo político, y justamente a él. Escherich lo había considerado hasta hace poco
un hombre al que la política le resultaba completamente indiferente. A lo mejor
Enno Kluge era mucho más taimado de lo que el comisario pensaba, a lo mejor
tenía otras cosas que ocultar además de esa postal, pero parecía casi seguro
que algo ocultaba.
Así lo confirmó también el ayudante Schröder, con quien el
comisario volvió a analizar el caso despacio y con absoluta minuciosidad para
refrescar su memoria. También Schröder había tenido la impresión de que algo no
encajaba en Kluge, que escondía algo. Bueno, ya se vería, en ese asunto pronto
habría novedades. El comisario lo presentía, y en esas ocasiones su olfato
pocas veces lo engañaba.
Y en esta tampoco lo engañó. En esos días de amenaza y
disgustos comunicaron al comisario que un tal Barkhausen solicitaba hablar con
él.
¿Barkhausen?, se preguntó el comisario Escherich.
¿Barkhausen? ¿Quién demonios es ese Barkhausen? Ah, sí, ya sé, ese soplón de
tres al cuarto que denunciaría a su madre por cuatro perras.
Y en voz alta:
—Que pase.
Cuando entró Barkhausen, le soltó:
—Si quiere hablarme de los Persicke, ya puede dar media
vuelta.
Barkhausen clavó los ojos en el comisario y calló. Se
comportó como si a pesar de todo se propusiera hablar de los Persicke.
—¡Vamos! —exclamó el comisario—. ¿Por qué no da media
vuelta, Barkhausen?
—Persicke robó la radio de la señora Rosenthal, señor
comisario —dijo con tono de reproche—. Ahora lo sé con certeza, he...
—¿La señora Rosenthal? —preguntó Escherich—. Ésa es la
vieja judía que se tiró por la ventana en la calle Jablonski, ¿verdad?
—Así es —confirmó Barkhausen—. Y él le robó la radio,
mejor dicho, ella ya estaba muerta, pero de la vivienda...
—Le diré una cosa, Barkhausen —explicó Escherich—. He
discutido este caso con el comisario Rusch. Si no deja usted de intrigar contra
los Persicke, lo trataremos a patadas. No queremos oír ni una palabra más de
esta historia... ¡y de usted menos todavía! Es usted la última persona que
debería hurgar en este asunto. ¡Sí, usted, Barkhausen!
—Pero es que él robó la radio —insistió Barkhausen con esa
tozuda obstinación que confiere el puro odio—. Y yo puedo demostrarlo de manera
fehaciente...
—¡Fuera de aquí, Barkhausen, o haré que lo conduzcan al
sótano!
—Entonces iré a la plaza Alexander, a Jefatura —anunció
Barkhausen profundamente ofendido—. Lo que es de justicia, es de justicia, y un
robo es un robo...
Pero Escherich estaba pensando en otra cosa, en concreto
en el caso Duende, que ocupaba casi de continuo sus pensamientos. Ya no
prestaba atención a ese idiota.
—Dígame, Barkhausen, usted conocerá a un montón de gente y
frecuentará mucho las tabernas, ¿no? ¿No conocerá por casualidad a un tal Enno
Kluge?
Barkhausen, que olfateaba un buen negocio, contestó
todavía malhumorado:
—Conozco a un tal Enno. Si se apellida Kluge, lo
desconozco. En realidad, siempre pensé que Enno era su apellido.
—¿Un hombre bajo, delgado, pálido, silencioso y tímido?
—Ése podría coincidir con el mío, señor comisario.
—¿Gabán claro, gorra deportiva con grandes cuadros
marrones?
—Ese es su aspecto.
—¿Eternamente enredado en historias con mujeres?
—Al mío no le conozco historias con mujeres. El lugar
donde lo he visto no lo frecuentan mujeres.
—Apostador a los caballos.
—Cierto, señor comisario.
—Locales: Los Rezagados y Antes de la Salida?
—El mismo, señor comisario. ¡Su Enno Kluge es el que yo
conozco como Enno!
—¡Tiene que encontrarlo para mí, Barkhausen! ¡Olvídese de
todo ese estúpido lío de los Persicke, que acabará costándole su ingreso en un
campo de concentración! ¡Averigüe dónde se oculta Enno Kluge!
—¡Pero ése no es presa para usted, señor comisario!
—exclamó Barkhausen con desdén—. Es un don nadie. ¡Un desgraciado, eso es lo
que es! ¿Qué va a hacer con semejante idiota, señor comisario?
—¡Deje que yo me ocupe de eso, Barkhausen! ¡Si agarro a
Enno Kluge por mediación suya, se habrá ganado quinientos marcos!
—¿Quinientos marcos, señor comisario? ¡Ni diez Ennos de
los míos valen esa suma! Eso debe de ser un error.
—Es posible que se trate de un error, pero eso no le
incumbe, Barkhausen. Usted recibirá sus quinientos... ¡sea lo que sea!
—Entonces de acuerdo. Si usted lo dice, intentaré
localizar a Enno. Pero sólo le mostraré al hombre, no lo traeré aquí. Yo no
hablo con tipos como ése...
—¿Qué os traéis los dos entre manos? Porque tú no eres tan
melindroso, Barkhausen. Seguro que os habéis comido juntos algún marrón. Pero
no quiero inmiscuirme en vuestros delicados secretos, lárgate, Barkhausen, y
encuéntrame a Kluge.
—Quisiera pedirle un pequeño anticipo, señor comisario.
No, un anticipo, no —se corrigió—, dinero para mis gastos.
—¿Y qué gastos tienes tú, Barkhausen? Me gustaría saberlo.
—Tendré que coger el metro, recorrer todas las tabernas
habidas y por haber, pagar una cerveza aquí, una ronda allá, y eso cuesta
dinero, señor comisario. Creo que con cincuenta marcos bastará.
—Claro, hombre. Cuando el poderoso Barkhausen sale de
paseo, todo el mundo espera que invite a algo. Toma, te daré diez marcos, y
ahora lárgate de una vez. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer que hablar
contigo?
Lo cierto es que Barkhausen opinaba que un comisario no
tenía otra cosa que hacer que tirar de la lengua a la gente y ordenar a otros
que trabajen para él. Pero se guardó muy mucho de comentarlo. Y mientras se
dirigía hacia la puerta, dijo:
—Pero si le consigo a Kluge, tendrá usted que ayudarme
también con los Persicke. Esos hermanos me han cabreado demasiado...
Escherich se puso de un salto detrás de él, lo agarró por
el hombro y le puso el puño debajo de la nariz.
—¿Ves esto? —gritó iracundo—. ¿Quieres tragarte esto,
perro asqueroso? Una palabra más sobre los Persicke y te mando al búnker,
aunque todos los Enno Kluge del mundo correteen libres por ahí.
Y lo sorprendió propinándole un golpe en el trasero con la
rodilla, de forma que salió disparado al pasillo como una bala de cañón y se
chocó con un ordenanza de las SS que le propinó otra enérgica patada...
El ruido que provocaron los dos golpes llamó la atención
de dos guardianes de las SS apostados en el rellano de la escalera. Estos
recibieron al tambaleante Barkhausen y lo tiraron escaleras abajo, igual que un
saco de patatas, sin importarles adónde iba a parar.
Y cuando Barkhausen se quedó tumbado abajo gimiendo y
sangrando un poco, pero sólo un poco, completamente atontado por la caída, el
guardia siguiente lo agarró por el cuello chillando:
—¿Oye, cerdo, es que quieres ponernos perdido este hermoso
suelo? —Y arrastrándolo hacia la salida, lo echó a la calle.
El comisario Escherich contempló, complacido, el comienzo
de esa caída, hasta que la escalera la ocultó de su vista.
Los que pasaban por la calle Prinz-Albrecht, temerosos,
evitaban mirar al desgraciado que yacía en medio de la suciedad, conocedores de
qué peligroso edificio había sido expulsado. Quizá fuera ya delito mirar de
manera compasiva a ese accidentado, y desde luego cualquier posible ayuda era
impensable. Pero el guardián que, arrastrando los pies, reapareció ahora en la
salida, advirtió:
—Como dentro de tres minutos sigas deshonrando nuestra
fachada, te voy a meter prisa, cerdo, y ¡te vas a enterar!
Eso bastó. Barkhausen se levantó con esfuerzo y, con los
miembros pesados y doloridos, se dirigió tambaleándose hacia su casa. Pero por
dentro ardía de rabia, de odio y de impotencia, y ese odio lo quemaba más de lo
que le dolían sus heridas. Estaba firmemente decidido a no mover un dedo para
ese canalla de comisario. ¡Que buscase solo a su Enno Kluge!
Al día siguiente, sin embargo, cuando la ira se había
mitigado un poco y comenzó a escuchar de nuevo la voz de la razón, se dijo que,
primero, había recibido diez marcos del comisario Escherich, por lo que estaba
obligado a trabajar por ellos o recibiría sin falta una denuncia por fraude. Y
segundo, no era nada bueno enemistarse con gente tan importante. Ellos
ostentaban el poder, y los seres vulgares tenían que doblegarse. Al fin y al
cabo lo de la expulsión del día anterior había acaecido de un modo fortuito. Si
no hubiera chocado contra el ordenanza, todo habría transcurrido de manera
apacible. Ellos debieron de considerarlo un chiste, y si Barkhausen hubiera
visto que trataban así a otra persona, se habría reído a mandíbula batiente,
por ejemplo de cierto Enno Kluge expulsado de idéntica manera.
Sí, esa era la tercera razón por la que Barkhausen
prefería cumplir el encargo: le permitiría jugarle una mala pasada a Enno
Kluge, que con su estúpida borrachera le había chafado un buen negocio.
Así que Barkhausen, con los huesos doloridos, pero
rebosante de buenas intenciones, se encaminó a esos dos locales que también
había visitado el comisario Escherich, y a unos cuantos más. No preguntó por
Enno a los taberneros, se limitó a permanecer repanchigado, tomando despacio,
en más de una hora, una cerveza, hablando también de caballos, de los que,
gracias a mantener siempre los oídos bien abiertos, sabía algo (aunque la
pasión por las apuestas le resultaba ajena), y después se dirigió al siguiente
local para hacer lo mismo. Le sobraba paciencia, Barkhausen podía pasarse así
días enteros, no le importaba.
Pero no necesitó tener mucha paciencia, porque al segundo
día vio a Enno en el local Los Rezagados. Presenció el triunfo del esmirriado
con el caballo Adebar y sintió una intensa envidia por la potra que tenía
semejante idiota. Además lo asombró el billete de cincuenta marcos que Kluge
había entregado al corredor de apuestas. Barkhausen se olió en el acto que no
lo había conseguido trabajando. ¡Ese mosquita muerta tenía que haberse montado
una vida muy cómoda!
Como es natural, los señores Barkhausen y Kluge no se
reconocieron, ni siquiera se miraron.
Menos lógico fue que el dueño del local no telefonease al
comisario Escherich a pesar de su firme promesa. Y es que así eran las cosas,
la gente temía a la Gestapo y vivía en un miedo permanente, pero prestarle
apoyo era harina de otro costal. No, por otro lado tampoco fue tan lejos como
para prevenir a Enno Kluge, pero al menos no lo delató.
El comisario Escherich, sin embargo, no olvidó esa llamada
no realizada. Dio parte de ello a determinado departamento, tras lo cual al
tabernero se le abrió una ficha en la que figuraban las palabras «indigno de
confianza». Un día, tarde o temprano, el tabernero sabría lo que significaba
que la Gestapo no te considerase digno de confianza.
De ambos caballeros, Barkhausen fue el primero en
abandonar el local. Pero no fue lejos, pues se plantó detrás de una columna
anunciadora, donde esperó con total tranquilidad la salida del alfeñique.
Barkhausen era un espía que no perdía de vista a su víctima tan fácilmente, y a
Kluge menos todavía. Logró incluso apretujarse en el metro en el mismo vagón
que él, y a pesar de la altura de Barkhausen, Enno Kluge no lo vio.
Enno Kluge pensaba en su triunfo con Adebar, en el dinero
que por fin volvía a llenar su bolsillo, y después pensó en Hete, con quien se
daba tan buena vida. Con cariño y emoción recordó a la bondadosa mujer madura,
pero no pensó que le había mentido y robado pocas horas antes.
Desde luego, cuando llegó a la tienda y vio que la
persiana estaba levantada y que ella estaba trabajando de nuevo en la tienda, y
que seguramente se había tomado a mal su escapada, su buen humor se esfumó. Sin
embargo, entró en la tienda con el fatalismo con que la gente de su condición
se somete incluso a la mayor adversidad, y afrontó el rapapolvo que se le venía
encima. A nadie puede asombrar que, enfrascado en tales pensamientos, no
prestase demasiada atención al hombre que le pisaba los talones.
Barkhausen vio a Kluge desaparecer en el interior de la
tienda. Se mantenía a distancia prudencial en un portón, porque supuso que
Kluge quería comprar algo y no tardaría en salir. Pero los clientes iban y
venían, entraban y salían, y Barkhausen empezó a ponerse nerviosísimo. ¡Anda
que como se le hubiera pasado por alto la salida de Kluge... ya sentía
completamente seguros los quinientos pavos en su bolsillo, esa misma noche!
En ese momento la persiana descendió con gran estrépito, y
tuvo la certeza de que Enno se había escaqueado de algún modo. A lo mejor se
había dado cuenta de que lo seguían, había entrado con cualquier pretexto en la
vivienda a través de la tienda y había vuelto a salir por la puerta del
edificio. Barkhausen maldijo su estupidez por no haber vigilado también la
puerta de la casa. ¡No había dejado de clavar los ojos en la puerta de la
tienda, qué imbécil había sido!
Bueno, aún quedaba la posibilidad de volver a encontrar en
el local a Enno al día siguiente o al otro. Ahora que había hecho su agosto
gracias a Adebar, su obsesión por las apuestas no le daría tregua. Acudiría a
diario y apostaría hasta gastarse todo el dinero. Un penco como Adebar no
corría todas las semanas, y cuando corría no apostaban por él. Enno no tardaría
en perder hasta el último céntimo.
De camino hacia su casa, Barkhausen pasó cerca de la
pequeña tienda de animales. Entonces a través del escaparate (únicamente estaba
bajada la persiana de la puerta de la tienda) vio de repente que en la tienda
permanecía encendida una luz solitaria y, aplastando la nariz contra el cristal
y atisbando por encima de los acuarios y entre las pajareras, divisó a dos
figuras que continuaban trabajando en el interior: una vieja que parecía un
enorme pudin y, según una certera estimación, en la edad más peligrosa, y con
ella su amigo Enno. Este, en mangas de camisa y con un delantal azul, llenaba
laboriosamente escudillas de comida, vertía agua y limpiaba a un scotch.
¡Pero qué suerte tenía el idiota de Enno! ¿Qué veían las
mujeres en él? Él, Barkhausen, estaba empantanado con la Otti y cinco
arrapiezos, y un vejestorio como ése conseguía instalarse en toda una tienda de
animales al completo, con una mujer, peces y pájaros.
Barkhausen escupió con desprecio. ¿Qué mundo asqueroso era
ése que privaba de todo lo bueno a Barkhausen para regalárselo a semejante
cretino?
Pero cuánto más miraba Barkhausen, más claramente
comprendía que la pareja de ahí dentro no estaba viviendo un idilio amoroso.
Apenas hablaban entre ellos, casi no se miraban y era muy posible que el
pequeño Enno Kluge fuera un simple empleado que ayudaba a la mujer a ordenar la
tienda. En ese caso debería salir de la vivienda sin excesiva tardanza.
Barkhausen volvió a retirarse a su puesto de observación
en el portón. Como la persiana enrollable estaba bajada, Kluge saldría por la
puerta del edificio, así que Barkhausen la vigiló. Pero la luz de la tienda se
había apagado y Kluge seguía sin aparecer. Entonces Barkhausen optó por
arriesgarse. A pesar del peligro de encontrarse a Enno en la escalera, se
deslizó al interior de la casa.
Barkhausen anotó primero en su cerebro el nombre «H.
Häberle» y después salió al patio. Y mira, tuvo suerte, ya habían encendido la
luz a pesar de que apenas había oscurecido, y mirando por un estor que colgaba
torcido Barkhausen consiguió abarcar a la perfección toda la estancia. Pero lo
que vio le sorprendió tanto que casi se asustó.
Porque su amigo Enno, arrodillado en el suelo, se
arrastraba de rodillas detrás de la mujer gorda que retrocedía paso a paso
levantándose ligeramente las faldas con temor. El pequeñín de Enno tenía los
bracitos levantados y parecía llorar y proferir voces lastimeras.
¡Menuda parejita!, pensó Barkhausen, que, entusiasmado,
bailoteaba, inquieto, en su puesto de observación. ¡Menuda parejita; si así es
como abrís el apetito para la noche, estamos listos, pedazo de ridículos! En
ese caso me quedaré complacido media noche observándoos.
Pero entonces la puerta se cerró de golpe detrás de la
vieja, y Enno se quedó delante de ella, subiendo y bajando el picaporte sin
dejar de lloriquear y suplicar.
A lo mejor se trata de un pequeño preludio festivo para la
noche, pensó Barkhausen. A lo mejor se han peleado, o Enno quiere algo que ella
no le da, o quizá la mujer ya no quiere saber nada de ese viejo gallo
enamorado... ¿A mí qué me importa? En cualquier caso se quedará aquí esta
noche, ¿para qué si no le habrían preparado una camita tan blanda en el sofá?
Enno Kluge se encontraba justo delante de la camita de
marras. Barkhausen percibía con total claridad la cara de su antiguo compinche.
Su expresión era asombrosa. Momentos antes lloros y lamentos, y ahora ese
hombre sonreía con sarcasmo, contemplaba la puerta, volvía a sonreír...
¡Así que estaba haciendo teatro ante la vieja! ¡Bueno,
chico, en ese caso, que tengas suerte! Pero me temo que Escherich te escupirá
en la sopa.
Kluge encendió un cigarrillo y se dirigió directamente
hacia la ventana por la que espiaba Barkhausen. Éste se apartó asustado... la
persiana de la ventana bajó, y Barkhausen pudo abandonar con tranquilidad su
puesto de observación esa noche. Ya no cabía esperar grandes emociones, al
menos ya no podría presenciarlas. Pero por esa noche tenía seguro a Enno...
En realidad había acordado con el comisario Escherich que
Barkhausen lo llamaría en cuanto descubriera a Enno Kluge, fuera de día o de
noche. Pero a medida que Barkhausen se alejaba de la puerta König, cada vez lo
asaltaban más dudas sobre si una llamada inmediata era lo más indicado y lo más
beneficioso, para Barkhausen, claro. Se le había ocurrido que ese asunto se
componía de dos partes, y por tanto podía sacar beneficio de ambas.
Tenía seguro el dinero de Escherich, así que ¿por qué no
intentar obtener también algo de Enno Kluge? Ese chavalote había tenido en la
mano un billete de cincuenta marcos que se había convertido en más de
doscientos gracias a la victoria de Adebar... ¿Por qué no podía quedarse
Barkhausen también con esa suma? Eso no perjudicaría a Escherich, que tendría a
su Enno a pesar de todo, ni tampoco a Enno, porque los de la Gestapo le
quitarían la pasta de todos modos. ¿Entonces?
Y luego estaba esa gorda detrás de la que Enno se había
arrastrado de rodillas de un modo tan ridículo. Seguro que tenía dinero, quizá
incluso mucho. La tienda parecía buena, contenía aún mercancía abundante y no
parecían faltarle clientes. No, esos lloriqueos y ese arrastrarse de Kluge no
indicaban precisamente que los dos estuvieran de acuerdo en todo, eso no, pero
¿quién entrega un amante a la Gestapo, aunque lo haya mandado a paseo? El hecho
de que la vieja cobijase todavía en su casa a Enno, pese al rechazo, de que le
hubiese preparado un lecho para pasar la noche en el sofá, demostraba que aún
sentía algo por él. Y si todavía sentía algo por ese viejo canoso, pagaría,
puede que no mucho, pero algo sí. Y Barkhausen no estaba dispuesto a dejar
escapar ese algo.
Cuando los pensamientos de Barkhausen llegaron a este
punto —y durante su camino de regreso a casa y de noche, acostado al lado de
Otti, fueron más lejos todavía—, le invadió un ligero temor, pues cayó en la
cuenta de que se proponía emprender un juego muy peligroso. Sin duda el tal
Escherich no era hombre que tolerase arbitrariedades, esos jefes de la Gestapo
no eran así, y para él enviar a un hombre al campo de concentración era la cosa
más sencilla del mundo. Y Barkhausen tenía pánico al campo de concentración.
De todos modos, estaba tan contaminado por esas ideas
delictivas y su moral, que se dijo con tozudez que si un asunto podía dar mucho
juego, tenía que darlo, así eran las cosas. Y no había duda de que ese asunto
de Enno podía dar juego. Barkhausen decidió consultarlo con la almohada. A la
mañana siguiente sabría si acudir enseguida a ver a Escherich o si se pasaba
antes a echar un vistazo a Kluge. Ahora, a dormir...
Pero en lugar de dormir, pensó que esa empresa requería
más de una persona. Necesitaba disponer de cierto margen de acción. Si iba a
ver a Escherich, por ejemplo, dejaría a Enno sin vigilancia. O mientras
apretaba las tuercas a la gorda, era probable que se le escapase Enno. No, uno
era demasiado poco. Pero no había otro en quien pudiera confiar, aparte de que
ese otro exigiría su parte en el negocio. Y Barkhausen no estaba para repartos.
Al final se le ocurrió que entre sus cinco mocosos
figuraba un chaval de trece años, que tal vez incluso fuera suyo. Siempre había
tenido la sensación de que ese crío con el distinguido nombre de Kuno-Dieter
podría ser suyo, a pesar de que Otti siempre había afirmado que era de un
conde, un terrateniente de Pomerania. Pero Otti siempre había sido una
fanfarrona, como demostraba el mero nombre del chico, copiado de su supuesto
padre.
Con un profundo suspiro Barkhausen decidió llevarse al
chico como espía de reserva. Eso sólo le costaría una pequeña bronca con Otti y
unos marcos para el chico. Entonces los pensamientos de Barkhausen comenzaron
de nuevo a girar sobre todo ese asunto y poco a poco se fueron tornando cada
vez más confusos hasta que se quedó dormido.
Capítulo 29
UN BONITO CHANTAJE
Ya hemos dicho que la señora Hete Häberle y Enno Kluge
desayunaron aquella mañana casi sin cruzar palabra y trabajaron en la tienda,
pálidos ambos por una noche pasada casi en vela y muy enfrascados en sus
pensamientos. La señora Häberle pensaba que Enno tenía que abandonar a todo
trance su casa al día siguiente; Enno, que por nada del mundo permitiría que lo
echase.
En ese silencio entró el primer cliente, un hombre alto
que dijo a la señora Häberle:
—Perdone, tiene usted unos periquitos en el escaparate.
¿Cuánto costaría una pareja? Pero tiene que ser una parejita, a mí siempre me
han gustado las parejitas... —Y Barkhausen giró la cabeza, y con fingido
asombro, con asombro deliberadamente mal fingido, llamó a Kluge que en ese
momento pretendía desaparecer a la chita callando en la trastienda—. ¡Pero si
eres tú, Enno! ¡Demonios! ¡Hombre, hablo, miro, pienso, ése no puede ser Enno!
¿Qué va a hacer Enno en un zoo tan pequeño como éste? ¡Y resulta que eres tú,
compañero! ¿Cómo va esa vida, colega?
Enno, con el picaporte en la mano, se ha quedado
petrificado en el sitio, incapaz de escapar y de responder.
Hete, sin embargo, mira con los ojos como platos a ese
hombre alto que habla a Enno con tanta amabilidad, sus labios empiezan a
temblar y se le aflojan las rodillas. Así que ese era el peligro, así que no
todo lo que había contado Enno sobre el acoso al que lo sometía la Gestapo era
mentira. Porque no duda ni un segundo que ese hombre de rostro tan cobarde como
brutal es un espía de la Gestapo.
Pero ahora que ese peligro se ha materializado, sólo
tiembla el cuerpo de Hete. Su mente serena le dice: Ahora, en este peligro, no
puedes de ningún modo dejar a Enno en la estacada, sea él como sea.
Y a ese hombre de mirada penetrante que vaga por todas
partes, que parece un auténtico soplón, Hete le pregunta:
—¿Desea tomar una taza de café con nosotros, señor... cuál
es su nombre?
—Barkhausen. Emil Barkhausen —se presentó el espía—. Soy
un viejo amigo de Enno, un amigo del deporte. Señora Häberle, ¿qué me dice del
magnífico golpe que dio Enno ayer con Adebar? Nos vimos en la taberna... ¿acaso
no se lo dijo?
Hete lanzó una mirada fugaz a Enno. Allí seguía, con la
mano encima del picaporte, igual que cuando lo había sorprendido la familiar
perorata de Barkhausen. Un hombre desvalido, atemorizado. No, no le había
contado nada del encuentro con ese viejo conocido, había comentado incluso que
no había visto a ningún conocido. Así que le había mentido nuevamente... y lo
había hecho en su propio perjuicio, porque ahora estaba claro que ese espía
había encontrado el refugio que tenía en su casa. Si anoche le hubiera hablado
de ese conocido, aún habría podido sacarlo de allí...
Pero no era el momento adecuado para reñir con Enno Kluge
o reprocharle sus mentiras. Era el momento de actuar. Así que insistió:
—Vamos, tomemos una taza de café, señor Barkhausen. Ahora
no acude mucha clientela. Enno, tú vigila la tienda. Primero deseo hablar un
rato con tu amigo...
La señora Hete había superado ya el temblor de su cuerpo.
Solamente pensaba en lo que le había sucedido en su día a su Walter, y esos
recuerdos le daban fuerza. Sabía que frente a esas personas los temblores, los
lamentos, las peticiones de compasión eran inútiles, esos verdugos de la horca
de Hitler y Himmler no tenían corazón. Lo que servía era el valor, no demostrar
nunca cobardía, ni temor. Esos creían que todos los alemanes eran tan cobardes
como Enno; pero ella, Hete, la viuda Häberle, no lo era.
Con su aire tranquilo, consiguió que los dos hombres se
aviniesen sin rechistar. Al dirigirse a la habitación añadió:
—¡Y nada de tonterías, Enno! ¡Nada de huidas absurdas!
Piensa que tu abrigo está colgado en la habitación y que apenas llevas dinero
en el bolsillo.
—Es usted una mujer inteligente —dijo Barkhausen
sentándose a la mesa y mirándola mientras servía el café—. Y también enérgica,
no se me habría ocurrido pensarlo cuando la vi anoche.
Sus miradas se encontraron.
—Bueno —añadió entonces deprisa Barkhausen—, en realidad
también fue usted enérgica anoche, cuando él se arrastraba de rodillas y usted
le dio con la puerta en las narices. Supongo que no volvería a abrir durante la
noche... ¿o sí?
Ante esta alusión desvergonzada, el rubor retornó a las
mejillas de la señora Hete, así que la vergonzosa, la repugnante escena de la
noche anterior había tenido un testigo, ¡y encima asqueroso! Pero ella se
sobrepuso enseguida.
—Supongo que usted será un hombre inteligente, señor
Barkhausen, pues ahora no vamos a hablar de fruslerías, sino de negocios.
Porque supongo que podremos hacer negocios, ¿eh?
—Quizá, quizá, seguro... —se apresuró a afirmar
Barkhausen, intimidado a su pesar por el ritmo que le marcaba esa mujer.
—Así que desea comprar una pareja de periquitos —prosiguió
Hete—. Supongo que para echarlos a volar después. Porque, si continúan en la
jaula, los periquitos no obtendrán beneficio alguno...
Barkhausen se rascó la cabeza.
—Señora Häberle, esto es muy complicado para mí. Yo soy
sólo un hombre sencillo, sin duda usted es más lista que yo. Espero que no me
engañe.
—¡Ni usted a mí!
—¡Ni se me pasa por la cabeza! Le hablaré con absoluta
franqueza, nada de periquitos y tal. Le contaré las cosas como son, la pura
verdad. La Gestapo, el comisario Escherich, por si usted lo conoce —Hete negó
con la cabeza—, me ha encargado averiguar el paradero de Enno. Nada más. No
tengo ni idea de por qué ni para qué. Deseo decirle una cosa, señora Häberle,
yo soy un hombre muy sencillo y sincero...
Se inclinó hacia Hete y ésta lo miró a los ojos, que eran
penetrantes. Él apartó la mirada, una mirada de persona sencilla, sincera.
—Lo cierto es que el encargo me asombró, señora Häberle,
se lo digo de verdad. Porque ambos sabemos qué tipo de persona es Enno,
concretamente un don nadie que sólo lleva en la cabeza apuestas y líos con
mujeres. Y ahora la Gestapo va detrás de él, es más, lo persigue el mismísimo
Departamento Político, donde todo se convierte en alta traición y cabezas
cortadas. No lo comprendo... ¿y usted? —La miró esperanzado. Sus ojos se
encontraron de nuevo y sucedió lo de antes: él no pudo mantener la mirada.
—Continúe, señor Barkhausen —lo animó ella—. Lo escucho...
—¡Una mujer inteligente! —afirmó Barkhausen con una
inclinación de cabeza—. Una mujer tremendamente inteligente y enérgica. Ese
arrastrarse de rodillas de anoche...
—Sólo queremos hablar de negocios, señor Barkhausen...
—¡Por supuesto! Dado que soy un buen alemán, sincero de
verdad, es posible que a usted le asombre que pertenezca a la Gestapo. Quizá lo
piense. Pues no, señora Häberle, no estoy en la Gestapo, sólo trabajo a veces
para ella. Hay que vivir, ¿no le parece?, y yo tengo en casa cinco criaturas,
el mayor de trece años recién cumplidos. Tengo que alimentarlos a todos...
—¡Al grano, señor Barkhausen!
—Noo, señora Häberle, no estoy en la Gestapo, soy un
hombre honrado. Y cuando oí que esos buscaban a mi amigo Enno e incluso fijaban
elevadas recompensas por él, y conociendo yo de antes a Enno y siendo su
verdadero amigo... pues pensé, señora Häberle: Mira tú, están buscando a Enno.
A ese pequeño inútil. Si lo encontrara yo, pensé, ¿me entiende usted, señora
Häberle?, se me ocurrió que podría advertirle para que se largara mientras esté
a tiempo. Y le dije al comisario Escherich: «No se preocupe por Enno, yo se lo
entregaré, porque es un viejo amigo mío». Y entonces recibí el encargo y mi
dinero para gastos, y ahora estoy aquí sentado con usted, señora Häberle, y
Enno se encarga de atender la tienda, y la verdad es que todo marcha a las mil
maravillas...
Se quedaron callaron un instante, Barkhausen esperando, la
señora Häberle pensando.
Luego la mujer dijo:
—¿Así que la Gestapo todavía no ha recibido noticias
suyas?
—¡Y un cuerno! Con esos no tengo ninguna prisa, no vaya a
ser que me echen a perder el negocio. Primero deseaba avisar a mi viejo amigo
Enno... —se corrigió.
Callaron de nuevo. Y la señora Hete preguntó al fin:
—¿Y qué recompensa le ha prometido la Gestapo?
—¡Mil marcos! Es un dineral por semejante don nadie,
señora Häberle. Yo mismo me quedé completamente sorprendido. Pero el comisario
Escherich me dijo: «Tráigame a Kluge y le pagaré mil marcos». Eso me dijo
Escherich. Y me entregó cien marcos para gastos, que ya he recibido, además de
los mil marcos de la recompensa.
Se quedaron largo rato sentados y meditabundos.
Entonces Hete comenzó a hablar de nuevo.
—Eso de antes, lo de los periquitos, fue intencionado,
señor Barkhausen. Porque si le pago ahora mil marcos...
—Dos mil, señora Häberle. Entre amigos siempre dos mil
marcos. A los que habría que añadir otros cien para gastos...
—Bueno, aunque le pagase esa cantidad, y usted sabe de
sobra que el señor Kluge no tiene dinero, y que a mí nada me ata a él...
—Vamos, vamos, señora Häberle. ¡Usted, una señora tan
decente! ¿No pensará entregar a la Gestapo a su amigo, que se ha arrastrado de
rodillas ante usted, por un poco de dinero? ¿Habiéndole dicho, por añadidura,
que allí pasa de todo, denuncias de alta traición y guillotina? ¡Usted no hará
eso, señora Häberle!
Esta habría podido argumentar que él, el alemán sencillo y
honrado, estaba haciendo justo lo que ella no debía hacer por nada del mundo al
ser una mujer muy decente, que era vender a un amigo. Pero sabía que ese tipo
de comentarios carecían de sentido, a esos tipos no les interesaba algo así.
Así que dijo:
—Bien, entonces si yo misma pagase los dos mil cien,
¿quién me garantiza que los periquitos no se quedarán en la jaula? —Y al ver
que volvía a rascarse la cabeza aturullado, optó por mostrar un completo
descaro—: Bueno, ¿quién me garantiza que usted no cogerá mis dos mil cien y
luego acudirá a Escherich a reclamar sus otros mil?
—¡Se lo garantizo, señora Häberle! Le doy mi palabra; soy
una persona sencilla, sincera, y cuando prometo algo, lo cumplo. Ya ha visto
que me he apresurado a ver a Enno y avisarlo, corriendo el peligro de que se
largue de la tienda con viento fresco. Entonces se habría echado a perder todo
el negocio.
La señora Häberle lo miró con una leve sonrisa.
—Todo eso está muy bien, señor Barkhausen. Pero
precisamente por ser usted tan buen amigo de Enno, comprenderá que necesito
tener la absoluta seguridad. Suponiendo que pueda reunir el dinero.
Barkhausen hizo un gesto tranquilizador que quería indicar
que eso era fácil para una mujer como ella.
—No, señor Barkhausen —agregó Hete al comprender que no
era sensible a la ironía, que tenía que hablarle con total franqueza—, ¿quién
me garantiza que usted no coge ahora mi dinero...
Barkhausen se alteró muchísimo al pensar que pudiera
obtener a continuación la enorme e inédita suma de dos mil marcos...
—... y aparece luego delante de la puerta un agente de la
Gestapo y detiene a Enno? ¡Necesito más garantías!
—¡Le juro, señora Häberle, que no hay nadie delante de la
puerta! ¡Soy un hombre honrado! ¿Para qué iba a mentirle? He venido
directamente desde mi casa, puede preguntárselo también a mi Otti.
Ella interrumpió al excitado caballero.
—Piense qué garantía puede ofrecerme aparte de su palabra.
—¡Pues ninguna! Éste es un negocio basado únicamente en la
confianza. ¿Confiará usted en mí, señora Häberle, después de haberle hablado
con tanta franqueza?
—Ay, la confianza... —contestó la señora Häberle
distraída, y después se sumieron ambos en un prolongado silencio, él esperando
su decisión, ella rompiéndose la cabeza para conseguir al menos un mínimo de
seguridad.
Entretanto, Enno Kluge atendía la tienda. Servía a la
clientela, ahora más nutrida, con rapidez y soltura, incluso se atrevía a
hacerpequeños chistes. El susto inicial provocado por la visión de Barkhausen
se había disipado. Hete estaba en la habitación hablando con Barkhausen, ella
se encargaría de arreglar el asunto. Pero eso demostraba que la amenaza de
echarlo de casa no iba en serio. Así que ahora se sentía aliviado, y por eso
contaba chistes.
Al fondo, en la habitación, la señora Häberle interrumpió
el largo silencio.
—Veamos, señor Barkhausen —dijo decidida—, he pensado lo
siguiente. Haré el negocio con usted con las siguientes condiciones...
—¿Sí? ¡Vamos, suéltelo! —la apremió Barkhausen, ávido. Ya
veía próxima su recompensa.
—Le daré dos mil marcos, pero no aquí, sino en Múnich.
—¿En Múnich? —La miró alucinado—. ¡Si yo nunca voy a
Múnich! ¿Qué demonios voy a hacer en Múnich?
—Ahora iremos juntos a Correos —continuó—, y le enviaré a
Múnich un giro postal de dos mil marcos. Luego lo llevaré a la estación, usted
tomará el próximo tren a Múnich, donde cobrará el dinero. En el andén de la
estación le entregaré otros doscientos marcos para el viaje además del
billete...
—¡Nooo! —exclamó Barkhausen exasperado—. ¡De eso, ni
hablar! ¡Eso es inaceptable! Si viajo a Múnich, usted irá a Correos a buscar su
giro.
—En el andén le entregaré el resguardo, sin él me será
imposible reclamarlo.
—¿Múnich? —inquirió él—. ¿Por qué Múnich? ¡Somos personas
honradas! ¿Por qué no aquí y ahora, en la tienda, y asunto resuelto? Ir a
Múnich y volver requerirá al menos dos días y una noche, y entretanto Enno,
lógicamente, se habrá largado.
—¡Pero, señor Barkhausen, eso es lo que hemos acordado,
por eso le doy el dinero! El periquito no debe quedarse en su jaula. Quiero
decir que hay que dar a Enno la posibilidad de esconderse, por eso le pago los
dos mil marcos.
Barkhausen, que no supo replicar nada acertado, dijo
refunfuñando:
—¡Y me dará otros cien marcos para gastos!
—Los tendrá. En metálico. En el andén.
Pero tampoco esa promesa mejoró el humor de Barkhausen.
Seguía enfurruñado.
—¡Múnich, en mi vida he oído semejante tontería! Habría
sido todo facilísimo, y ahora... a Múnich. ¡Precisamente a Múnich! ¿Por qué no
ha dicho Londres...? ¡Después de la guerra puedo viajar hasta allí! ¡Y todo
echado a perder! ¡Podría ser tan sencillo, pero nooo, hay que complicarlo! ¿Y
por qué? Porque no tiene confianza en su prójimo, porque usted, señora Häberle,
es una desconfiada. Con lo honesto que he sido con usted...
—¡Y yo con usted! ¡Este negocio se hará así y punto!
—¡Vale! —repuso—. Entonces me marcho. —Se levantó y cogió
su gorra de visera, pero no se fue—. Múnich queda completamente descartado...
—Será un viaje muy interesante para usted —trató de
persuadirlo la señora Häberle—. El trayecto es precioso, y en Múnich dicen que
se come y se bebe de maravilla. Y la cerveza es mucho más fuerte que la
nuestra.
—A mí no me interesa la bebida —insistió, ya menos
enfurruñado y pensativo.
Hete se daba cuenta de que se estaba rompiendo la cabeza
pensando en una salida para coger el dinero y denunciar a Enno a pesar de todo.
Ella volvió a analizar su propuesta. Le pareció buena. Quitaba de en medio a
Barkhausen al menos durante dos días, y si la casa no estaba vigilada (no
tardaría en cerciorarse de eso), dispondrían de tiempo suficiente para llevar
mientras tanto a Enno a otro lugar.
—Bien —dijo al fin Barkhausen mirándola—. ¿No cambiará de
idea, señora Häberle?
—No —contestó Hete—. Estas son mis condiciones, y me
atendré a ellas.
—Entonces tendré que aceptarlas —repuso Barkhausen—. No
puedo despreciar por las buenas dos mil del ala.
Esto lo dijo más para sus adentros, para justificarse ante
sí mismo.
—Viajaré a Múnich. Y usted me acompañará ahora mismo a
Correos.
—Enseguida —repuso, pensativa, la señora Häberle.
Ahora que había aceptado, seguía sin sentirse satisfecha.
Estaba completamente convencida de que maquinaba jugarle una mala pasada. Tenía
que averiguar cuál...
—Sí, enseguida —repitió ella—. Es decir: primero tengo que
arreglarme un poco y cerrar la tienda.
Él adujo a renglón seguido:
—¿Para qué cerrar la tienda? Si se queda Enno...
—Enno vendrá con nosotros —replicó la mujer.
—¿Y eso por qué? ¡Enno no tiene nada que ver con este
asunto!
—Porque yo lo quiero así. Pues de lo contrario podría
ocurrir —añadió— que detengan a Enno mientras yo estoy ingresando el dinero
para usted. Esos descuidos son posibles, señor Barkhausen.
—¿Y quién va a detenerlo, eh?
—Pues por ejemplo el espía que está delante de la
puerta...
—¡Pero si no hay ningún espía delante de la puerta! —Ella
sonrió—. Convénzase, señora Häberle. Dé una vuelta, observe a todo el mundo.
¡No hay ningún espía delante de la puerta! Soy una persona honrada...
Hete insistió, obstinada:
—Quiero que Enno me acompañe. Es más seguro.
—¡Es usted más tozuda que una mula vieja! —gritó,
iracundo—. Bien, vale, que nos acompañe también Enno. ¡Pero ahora dese prisa!
—No tenemos tanta prisa —repuso ella—. El tren de Múnich
no sale hasta cerca de las doce. Tenemos todo el tiempo del mundo. Y ahora
discúlpeme un cuarto de hora, quisiera arreglarme un poco. —Lo miró
inquisitiva, sentado a la mesa, con el ojo siempre atento dirigido al cristal
que permitía observar la tienda—. Y un ruego más, señor Barkhausen. No hable
ahora con Enno, bastante quehacer tiene en la tienda, además...
—¡Qué voy a hablar yo con ese idiota! —replicó furioso
Barkhausen—. ¡A semejante cretino no le dirijo la palabra!
Pero, obediente, se sentó de otra manera: ahora tenía ante
sus ojos la puerta de su alcoba y la ventana del patio.
Capítulo 30
LA EXPULSIÓN DE ENNO
Dos horas después todo había concluido. El rápido de
Múnich había partido del andén de la estación de Anhalt con Barkhausen en un
compartimento de segunda clase, un Barkhausen ridículamente fanfarrón y
presuntuoso que utilizaba por primera vez en su vida un compartimento de
segunda. Sí, la señora Häberle, que también podía darse aires de gran señora,
había comprado a petición de ese espía de tres al cuarto un billete de segunda
clase, para mantenerlo de buen humor, o también porque ella misma se alegraba
de haberse librado de ese tipo al menos durante dos días.
Cuando los demás compañeros de viaje se apiñaban para
pasar despacio por la barrera, le dijo a Enno en voz baja:
—Espera, Enno, nos sentaremos un momento en la sala de
espera mientras pensamos nuestros próximos pasos.
Se sentaron con la puerta de entrada a la vista. La sala
de espera estaba ocupada a medias, tras ellos no entró nadie más durante largo
rato.
—¿Te has fijado en lo que te he dicho, Enno? ¿Crees que
nos vigilan? —preguntó Hete.
Y Enno Kluge, con su habitual irreflexión, apenas había
pasado el peligro más apremiante:
—¿Vigilarnos? ¡Qué va! ¿Crees que alguien obedecería a un
idiota como Barkhausen? ¡Ni borracho! ¡No existe nadie tan imbécil!
Ella estuvo a punto de decirle que el tal Barkhausen, con
su recelosa zorrería, le parecía mucho más inteligente que el pequeño, cobarde
e irreflexivo hombre que tenía al lado. Pero se lo calló. Esa mañana temprano,
mientras se cambiaba de ropa, había jurado que acabarían los reproches. Ahora
su única tarea era poner a salvo a Enno Kluge. En cuanto estuviera concluida,
no quería volver a verlo nunca más.
Este, abandonando los pensamientos que lo torturaban desde
hacía una hora, dijo rebosante de envidia:
—Si yo fuera tú, jamás le habría pagado a ese tipo dos mil
cien marcos. Y encima doscientos cincuenta para gastos de viaje. Y además los
billetes. ¡Le has dado a ese tipo más de dos mil quinientos marcos, a un cerdo!
¡Yo no lo habría hecho jamás!
—¿Y qué habría sido de ti si yo no lo hubiera hecho?
—inquirió.
—Si me hubieras dado los dos mil quinientos marcos a mí,
habrías visto lo bien que habría solucionado yo el asunto. ¡Créeme, Barkhausen
se habría contentado con quinientos!
—¡La Gestapo ya le había ofrecido mil!
—¡Mil... voy a morirme de risa! ¡Como si los de la Gestapo
se dedicaran a tirar el dinero! Y encima a un pequeño soplón como Barkhausen. A
ése no tienen más que darle órdenes... para que haga lo que ellos quieran, ¡por
cinco marcos al día! Mil, dos mil quinientos... ¡te ha desplumado a conciencia,
Hete!
Rio sarcástico.
Su ingratitud dolió a la mujer. Pero no tenía ganas de
entrar en más explicaciones y dijo con cierta dureza:
—¡No quiero hablar más del asunto! ¡No quiero, a ver si lo
entiendes! —Y le dedicó una mirada enérgica hasta que él bajó sus pálidos
ojos—. Ahora será mejor que pensemos en lo que vamos a hacer contigo.
—Bah, para eso hay tiempo todavía —dijo Enno—. No volverá
antes de pasado mañana. Ahora regresemos a la tienda, que de aquí a pasado
mañana ya se nos ocurrirá algo.
—Pues no sé, no me gustaría que me acompañases a la
tienda, como mucho únicamente para recoger tus cosas. Me siento tan inquieta...
¿no nos habrán espiado?
—¡Te digo que no, mujer! ¡De eso entiendo más que tú! Y el
tal Barkhausen no puede permitirse pagar a un espía, nunca tiene dinero.
—Pero la Gestapo puede facilitarle uno.
—¡Y el espía de la Gestapo contempla cómo Barkhausen se
marcha a Múnich y yo lo acompaño al tren! ¡No digas disparates, Hete!
Esta se vio obligada a admitir que su objeción era
razonable. Pero su intranquilidad no cedía.
—¿No te has fijado en lo de los cigarrillos? —le preguntó.
Él ya no lo recordaba. Y ella tuvo que referirle cómo
Barkhausen, nada más salir de casa, comenzó a buscar cigarrillos por todas
partes, tenía que conseguirlos a toda costa. También se los había pedido a Hete
y a Enno. Pero ellos tampoco tenían, Enno se los había fumado todos durante la
noche. Sin embargo, Barkhausen había insistido tanto aduciendo que tenía que
conseguirlos, que no aguantaba más, que por las mañanas estaba acostumbrado a
fumarse uno, que enseguida le pidió «prestados» veinte marcos a Hete y llamó a
un chico crecidito que jugaba ruidosamente en la calle.
—¡Eh, tú, chaval, ¿no conocerás a alguien por aquí que
venda cigarrillos? ¡Pero sin cartilla de tabaco!
—A lo mejor sé de alguien. ¿Tiene pasta?
Barkhausen había interpelado a un chico muy rubio, de ojos
azules, vestido con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas; un rubio
auténtico de cosecha berlinesa.
—Vale, deme esos veinte, iré a ver...
—¿Y de volver, qué? Noo, chaval, te acompañaré. Un
momento, señora Häberle.
Y los dos habían entrado en una casa. Al cabo de un rato
Barkhausen regresó solo y devolvió a Hete los veinte marcos sin habérselos
pedido.
—No tenían. Ese mocoso sólo pretendía birlarme los veinte
marcos. Pero le he sacudido tal torta, que aún está tirado en el patio.
Caminaban hacia Correos, a la oficina de viajes.
—¿Y qué hay de raro en eso, Hete? Le sacudió una torta,
eso será verdad.
—Por casualidad ¿no será ese chico nuestro espía?
Enno Kluge se quedó momentáneamente desconcertado. Pero
después dijo con su acostumbrada despreocupación:
—¡Hay que ver qué imaginación la tuya! ¡Para mí quisiera
yo tus preocupaciones!
Ella calló. Pero su inquietud interna no se desvanecía,
por eso insistió en que ahora sólo entrarían un instante en la tienda para
recoger las cosas de Enno. A continuación pensaba alojarlo, con todas las
precauciones imaginables, en casa de una amiga.
A él no le gustaba nada el plan. Lo notaba: ella quería
deshacerse de él, pero él no quería irse. Había hallado en ella seguridad y
buena comida, y no más trabajo del que le apeteciera. Y cariño, y calor, y
consuelo. Además, era una vaca de primera. Barkhausen acababa de ordeñarla por
valor de dos mil quinientos marcos. ¡Ahora le tocaba a él!
—¡Tu amiga! —exclamó, descontento—. ¿Y qué mujer es ésa?
No me gusta ir a casa de gente desconocida.
Hete habría podido contarle que era una antigua
colaboradora de su marido, que continuaba actuando en absoluto secreto y que
cualquier persona perseguida encontraba refugio en su casa. Pero ahora
desconfiaba de Enno, ya había percibido su cobardía un par de veces, no debía
saber demasiado.
—¿Mi amiga? —preguntó—. Es una mujer como yo. De mi edad.
Quizá unos años más joven.
—¿Y qué hace? ¿De qué vive? —siguió indagando Kluge.
—No lo sé muy bien. Es secretaria no sé dónde. Y soltera,
dicho sea de paso.
—Pues si lo es a tu edad, ya va siendo hora de que se case
—repuso, sarcástico.
Ella dio un respingo, pero no contestó.
—No, Hete —insistió el hombre imprimiendo a su voz un deje
de ternura—. ¿Qué voy a hacer yo con tu amiga? Nosotros dos solos, eso es lo
más bonito. Déjame quedarme contigo, Barkhausen no regresará hasta pasado
mañana... ¡eso por lo menos!
—No, Enno —contestó—. Quisiera que ahora hagas lo que te
diga. Iré sola a mi casa y prepararé la maleta. Entretanto puedes esperarme en
un bar. Después iremos juntos a casa de mi amiga.
Él albergaba numerosas objeciones, pero al final cedió
cuando Hete, haciendo sus cálculos, le dijo:
—Necesitarás dinero. Te lo meteré en la parte superior de
tu maleta, lo suficiente para que no pases apuros durante la primera época.
La perspectiva de hallar pronto dinero en su maleta (¡y
era imposible que ella le diera menos de lo que le había entregado a
Barkhausen!) lo atrajo, lo convenció. Si se quedaba con ella hasta pasado
mañana, no dispondría de dinero hasta entonces. Pero él deseaba saber
inmediatamente qué cantidad pensaba darle.
Hete comprendió con tristeza lo que le había inducido a
ceder. Él mismo se encargaba de destruir el último vestigio femenino de respeto
y amor. Pero la mujer lo aceptó sin quejas. Sabía desde hacía mucho que en la
vida había que pagar por todo, y por la mayoría, más de lo que valía. Lo
importante era que la obedeciera.
Cuando Hete Häberle se aproximaba a su domicilio, volvió a
ver al chico rubio de ojos azules de antes, alborotando en la calle con una
pandilla. Se sobresaltó. Le hizo una seña para que se acercase:
—¿Qué haces aquí todavía? —preguntó—. ¿Por qué te dedicas
a escandalizar precisamente aquí?
—¡Porque vivo aquí! —contestó—. ¿Dónde si no voy a
alborotar?
Buscó la huella de una bofetada en su cara, pero no
consiguió ver nada. Era evidente que el chico no la había reconocido, mientras
hablaba con Barkhausen sin duda no se fijó en ella. Era una prueba en contra
del espionaje.
—¿Que vives aquí? Pues nunca te había visto en esta calle.
—¿Y qué culpa tengo yo de que esté ciega? —replicó con
descaro. Metiéndose un dedo en la boca, emitió un penetrante silbido como un
golfillo, y gritó hacia lo alto del edificio—: ¡Madre, asómate! Aquí hay una
mujer que no quié creer que estás bizca. ¡Madre, échale un ojo, anda!
Hete entró riendo en su tienda, ya completamente
convencida de que en lo referente a ese chico había visto fantasmas.
Pero al preparar la maleta volvió a ponerse seria. Se
preguntó si hacía bien en llevar a Enno a casa de su amiga Anne Schönlein. No
cabía la menor duda de que Anne arriesgaba a diario la vida por cualquier
desconocido al que brindaba refugio. Pero Hete tenía la sensación de que con
Enno Kluge le estaba metiendo a Anne el enemigo en casa. Es verdad que Enno
parecía un delincuente político, no común, y eso lo había confirmado hasta
Barkhausen, pero...
Era tan despreocupado, no tanto por imprudencia como por
su absoluta indiferencia por el destino de sus semejantes. A él le importaba un
bledo lo que les sucediera. Sólo pensaba en sí mismo, y era capaz de ir dos
veces al día a verla, con el pretexto de que la echaba de menos, atrayendo así
todo el peligro sobre Anna. Hete tenía autoridad sobre él, pero Anna no.
Con un profundo suspiro Hete Häberle introdujo trescientos
marcos en un sobre que colocó en la parte superior de la maleta. Ese día había
gastado más dinero del que había ahorrado en dos años. Pero haría un sacrificio
adicional, prometería a Enno cien marcos por cada día que no saliera de la
vivienda de su amiga. Por desgracia, su manera de ser le permite plantearle esa
oferta: no se sentirá ofendido, a lo sumo fingirá estarlo en un primer momento.
Pero eso lo mantendrá en casa, él tiene avidez por el dinero.
Hete sale de casa con la maleta en la mano. El chico rubio
ya no está jugando en la calle, a lo mejor ahora está con su madre bizca. Hete
se dirige a la taberna de la plaza Alexander donde se reunirá con Enno.
Capítulo 31
EMIL BARKHAUSEN Y SU HIJO KUNO-DIETER
Sí, Barkhausen se había sentido muy bien en el distinguido
compartimento de segunda clase de ese tren tan elegante, con oficiales y
generales y damas que olían de maravilla. A él no le molestaba en absoluto no
ser elegante, ni oler bien, ni que sus compañeros de viaje no le dirigieran
miradas amables. Barkhausen estaba acostumbrado a que lo mirasen con
hostilidad. En toda su lamentable vida casi ninguno de sus semejantes le había
dedicado una mirada amable.
Barkhausen paladeó su breve dicha, porque fue corta. No se
prolongó hasta Múnich, ni siquiera hasta Leipzig, como temía en un principio,
sino únicamente hasta Lichterfelde, porque ese tren hacía otra parada en
Lichterfelde. Ese fue el error de cálculo de la señora Häberle. Para recibir
dinero en Múnich, no era necesario viajar en el acto hasta allí. Se podía hacer
más tarde, una vez resueltos los asuntos más urgentes en la ciudad de Berlín. Y
el asunto más urgente era denunciar a Enno a Escherich y embolsarse quinientos
marcos. Dicho sea de paso, quizá ni siquiera fuera necesario viajar a Múnich,
sólo era preciso escribir a Correos para que le remitiesen el dinero a Berlín y
cobrarlo allí. En cualquier caso el viaje inmediato a Múnich quedaba
descartado.
Así que Emil Barkhausen —no sin sentir un leve pesar— se
apeó en Lichterfelde. Todavía mantuvo un breve pero acalorado debate con el
subjefe de estación, que se negaba a comprender que en el trayecto entre la
estación de Anhalt y Lichterfelde uno pudiera cambiar de idea sobre un viaje a
Múnich. En resumen, que Barkhausen le pareció sumamente sospechoso a ese
hombre.
Pero Barkhausen se mantuvo firme.
—Telefonee a la Gestapo, al comisario Escherich, y
comprobará quién tiene razón, señor jefe de estación. Pero ya verá en qué lío
se mete, porque estoy de servicio.
Al final el de la gorra roja, encogiéndose de hombros,
ordenó que le devolvieran el dinero del billete, a él le daba igual. Hoy en día
todo era posible, por ejemplo que esos personajes sospechosos deambularan por
ahí por encargo de la Gestapo. ¡Tanto peor!
Emil Barkhausen emprendió la búsqueda de su hijo.
Pero no lo encontró delante de la tienda de animales de
Hete Häberle, a pesar de que el comercio estaba abierto y entraban y salían
clientes. Oculto detrás de una columna anunciadora, Barkhausen, sin apartar los
ojos de la puerta de la tienda, pensó qué podía haber ocurrido. ¿Había
abandonado Kuno-Dieter su puesto por simple aburrimiento? ¿Se había marchado
Enno... quizá de nuevo a Los Rezagados? ¿O el hombrecillo había acabado
marchándose y la mujer trabajaba sola en la tienda?
Emil Barkhausen se preguntaba en ese momento si debía
volver a presentarse con total desvergüenza ante la burlada Häberle para
exigirle información, cuando un golfillo de unos nueve años le soltó:
—¡Eh, usté, oiga! ¿Es usté el padre del Kuno?
—Sí. ¿Qué pasa?
—Tiene usté que darme un marco.
—¿Para qué?
—Pa que le diga lo que sé.
Barkhausen alargó rápido la mano hacia el chico, diciendo:
—¡Primero la mercancía, luego el dinero!
Pero el chico fue más rápido que él, se escurrió por
debajo de su brazo y gritó:
—¡Pues entonces, nada! Quédese usté con su marco. —Y se
reunió de nuevo con sus compañeros de juegos, que alborotaban en la calzada
justo delante de la tienda.
Barkhausen no podía seguirlo hasta allí, prefería no
dejarse ver. Gritó y silbó llamando al chico, mientras al mismo tiempo maldecía
por su inoportuna parsimonia. Pero el chico no se dejaba engañar ni atraer con
tanta facilidad; más de un cuarto de hora después reapareció delante de
Barkhausen, se situó cauteloso a cierta distancia del hombre iracundo y
proclamó con todo descaro:
—¡Ahora le costará dos marcos!
Barkhausen habría preferido agarrar al golfillo y zurrarle
la badana, pero ¿qué iba a hacer? Estaba en sus manos, no podía salir corriendo
tras él.
—Te daré un marco —anunció con voz sombría.
—¡Noo! ¡Dos!
—Vale, tendrás tus dos marcos.
Barkhausen sacó un fajo de billetes del bolsillo, encontró
uno de dos marcos, se guardó los demás billetes y le tendió el dinero al chico.
Éste negó con la cabeza.
—¡A usté ya le conozco! Cuando coja el dinero, me
agarrará. Nooo, déjelo ahí, en el empedrao.
Ceñudo, Barkhausen hizo lo que le ordenaba el chico sin
decir palabra.
—¿Y bien? —dijo luego incorporándose y retrocediendo un
paso.
El chico se acercó al billete despacio y con precaución,
sus ojos vigilantes siempre posados en el hombre. Cuando se agachó a recoger el
dinero, Barkhausen tuvo que resistir la tentación de agarrar a ese pequeño
buitre y darle una zurra. Habría podido atraparlo, pero a lo mejor entonces no
le proporcionaba ninguna información, y el crío gritaría y gritaría hasta
alborotar a todo el vecindario.
—¿Y bien? —preguntó de nuevo, esta vez con tono de
amenaza.
El chico contestó:
—Ahora podría ser un carroñero y pedirle a usté más
dinero, y más, y más. Pero no soy de esos. Sé de sobra que hace un momento
quería usté atizarme, pero yo no soy un buitre como otros. —Y tras haber
manifestado tan debidamente su superioridad moral sobre Barkhausen, añadió
deprisa—: ¡Tié que esperar en su casa a que le avise el Kuno! —Y el chico
desapareció.
Las dos horas largas que Barkhausen se vio obligado a
aguardar en su vivienda del subsuelo a que Kuno diera señales de vida no
atenuaron su cólera, qué va, sino que la aumentaron todavía más. Los críos
berreaban, Otti no paraba de darle la tabarra con sus comentarios mordaces
sobre los cerdos holgazanes que se pasaban el día sentados sin otra cosa que
hacer que fumar como una chimenea y dejar todo el trabajo a la mujer.
Habría podido sacar un billete de diez o de cincuenta
marcos, convirtiendo de ese modo el humor de perros de Otti en la más hermosa
primavera, pero se negó. No quería volver a regalar dinero, momentos antes
había dado dos marcos por una noticia estúpida que habría podido deducir por sí
mismo. ¡Le invadía tal furia hacia Kuno-Dieter, que le había echado encima a
semejante pequeño canalla y que seguro que había metido la pata! Kuno-Dieter,
Barkhausen ya lo había decidido, se llevaría la zurra de la que se había
librado el pequeño.
Entonces llamaron a la puerta, y en lugar del esperado
recado de Kuno-Dieter apareció un tipo vestido de paisano al que se le notaba
de lejos su condición de antiguo sargento.
—¿Es usted Barkhausen?
—Sí, ¿qué hay?
—Tiene que venir a ver al comisario Escherich. Prepárese,
yo lo llevaré.
—Ahora es imposible —arguyó Barkhausen—. Estoy esperando
un recado. Dígale al comisario que he atrapado al pez.
—Tengo que llevarlo ante el comisario —repitió, contumaz,
el antiguo sargento.
—¡Ahora, no! ¡No voy a permitir que me echen a perder el
negocio! ¡Y menos, vosotros! —Barkhausen estaba furioso, pero se dominó—.
Dígale al comisario que ya tengo al pájaro y que hoy mismo pasaré a verle.
—Déjese de rollos y acompáñeme —insistió con terquedad el
otro.
—¡Parece que se lo ha aprendido de memoria! ¿Sabe usted
decir otra cosa aparte de ese continuo «acompáñeme»? —gritó Barkhausen—. ¿Es
que no entiendes lo que te digo? ¡Y dale que te pego con lo de «acompáñeme»!
¡Está claro que no entiendes que tengo que esperar aquí, que no puedo moverme o
se me escapará la liebre! ¡Debe de ser muy complicado para ti! —Miró a su
interlocutor un poco sofocado, después añadió enfurruñado—: La liebre que tengo
que atrapar es para el comisario, ¿comprende?
El antiguo sargento dijo inconmovible:
—No sé nada de todo eso. El comisario me ha dicho:
«Fritsche, trae a Barkhausen». ¡Así que acompáñeme de una vez!
—No —replicó Barkhausen—, me pareces demasiado idiota. Me
quedo... ¿o vas a detenerme? —Se le veía en la cara que no podía hacerlo—.
¡Bueno, lárgate de una vez! —gritó dándole con la puerta en las narices.
Tres minutos después vio al antiguo sargento largarse por
el patio, se había pensado mejor eso de «acompáñeme».
En cuanto el hombre desapareció por la puerta cochera del
edificio delantero, a Barkhausen le entró miedo por las consecuencias que podía
desencadenar el descaro que había mostrado frente al mensajero del todopoderoso
comisario. Sólo la ira contra Kuno-Dieter le había impelido a ello. Era una
desvergüenza hacer esperar horas y horas a tu padre, seguramente hasta bien
entrada la noche. ¡Por todas partes había chiquillos, en cualquier esquina
había alguien a quien poder mandar a un recado! Ya le enseñaría a Kuno la
opinión que le merecía su comportamiento, ¡no pensaba tolerar esas bromitas sin
castigo!
Barkhausen se solazó abandonándose a las fantasías de cómo
iba a moler a palos al muchacho. Se veía golpeando ese cuerpo infantil, y una
sonrisa se extendía por su rostro, mas no una sonrisa de furia decreciente...
Lo oía chillar, y le ponía una mano sobre la boca que gritaba mientras seguía
atizándole con la otra, y seguía pegándole hasta que el chico sólo temblaba y
gemía...
Barkhausen no se cansaba de imaginarse semejantes escenas.
Al mismo tiempo se tendió en su sofá con un gemido de placer.
El chico, el mensajero de Kuno-Dieter que acababa de
llamar a la puerta, casi lo molestó.
—¿Qué pasa? —preguntó escueto.
—Tengo que llevarlo con Kuno. —Esta vez era un chico
mayor, de catorce o quince años, con camisa de las Juventudes Hitlerianas—.
Pero primero deme cinco marcos.
—¡Cinco marcos! —gruñó Barkhausen, sin atreverse a
oponerse abiertamente a ese chaval alto de camisa parda—. ¡Cinco marcos! ¡Hay
que ver la maña que os dais los jóvenes para andar tirando por ahí mi dinero!
—Rebuscó entre sus billetes.
El chico de las Juventudes Hitlerianas observaba,
impaciente, el fajo de dinero en la mano del hombre.
—Me he pagado el transporte —adujo—. Y además, ¿cuánto
tiempo cree que he perdido para llegar hasta aquí desde el oeste de la ciudad,
eh?
—Y tu tiempo cuesta mucho dinero, claro. —Barkhausen aún
no había encontrado el billete—. ¡Y hablas del oeste, así, sin más, pero creo
que eso del oeste no puede ser verdad! ¡A saber lo que tú llamas oeste! ¡A lo
mejor te refieres al centro de la ciudad, eso sería más probable!
—¡Pues si la calle Ansbacher no está en el oeste...!
El chico se dio cuenta demasiado tarde de que había metido
la pata. Barkhausen ya se había guardado los billetes.
—Gracias —repuso con una risa burlona—. Ya no tienes que
seguir perdiendo tu valioso tiempo. Lo encontraré yo solo. Lo mejor será que
tome el metro hasta la plaza Viktoria-Luise, ¿no crees?
—¡A mí no me hará usted esto! ¡Claro que no! —replicó el
joven avanzando hacia el hombre con los puños cerrados—. He pagado el
transporte, he...
—Has perdido tu valioso tiempo, ya lo sé. —Barkhausen
rio—. ¡Lárgate de una vez, hijo, la estupidez siempre cuesta dinero! —De pronto
volvió a dominarlo la ira—. ¿Qué demonios haces todavía en mi habitación? ¿Es
que piensas pegarme en mi propia casa? ¡Sal de aquí ahora mismo o te haré
gritar de dolor!
Y empujó sin miramientos al chico furioso fuera de la
habitación, cerrándole la puerta en las narices. Durante todo el camino, hasta
que se apearon del metro de la plaza Viktoria-Luise, dedicó comentarios
sarcásticos y coléricos alternativamente a ese granuja que no se apartaba de su
lado pero que —a pesar de estar lívido de rabia— no volvió a contestar a
ninguna de sus invectivas.
Arriba, en la plaza, saliendo por la boca de metro, el
chico se puso de pronto al trote y se adelantó un buen trecho. Barkhausen optó
por seguirlo tan deprisa como pudo: no quería que esos dos granujas hablaran
mucho rato entre ellos. No estaba seguro de si Kuno-Dieter optaría por su padre
o por ese perro.
Los dos se encontraban efectivamente delante de un
edificio de la calle Ansbacher. El chico de las Juventudes Hitlerianas hablaba
con insistencia a Kuno-Dieter, que lo escuchaba con la cabeza inclinada. Cuando
se acercó Barkhausen, el recadero se alejó unos diez pasos y dejó que ambos
hablaran entre ellos.
—¿Pero en qué demonios piensas, Kuno-Dieter —comenzó a
decir, enfurecido, Barkhausen—, para mandarme a estos tipos, a estos granujas
desvergonzados que siempre me piden dinero por anticipado?
—Sin dinero nadie hace ná, papa —contestó Kuno-Dieter con
indiferencia—. De sobra lo sabes. Y yo también quiero saber qué voy a sacar de
este negocio, he gastao pasta en transporte...
—¡Siempre la misma monserga, ya se os podía ocurrir otra
cosa! No, Kuno-Dieter , ahora le contarás primero a tu padre lo que está
pasando aquí, en Ansbacher, y después verás lo que tu padre hace por ti. ¡Tu
padre no es así, tu padre no tolera tanta insistencia!
—Ni hablar, padre —replicó Kuno-Dieter —. Me da miedo que
luego te olvides del pago... del dinero, naturalmente. Seguro que bofetadas sí
que tienes para pagar. Has ganado un montón de pasta con este asunto y creo que
piensas sacar todavía más. Yo llevo todo el día de acá para allá por ti, sin
comer, así que también quiero ver mi dinero. He pensado que cincuenta marcos...
—¡Cincuenta marcos! —Barkhausen casi se quedó sin aliento
al escuchar esa exigencia desvergonzada—. Yo te diré lo que te voy a dar. Te
daré cinco marcos, justo los cinco marcos que me pidió ese grandullón de ahí,
¡y alégrate de que te los dé! Yo no soy...
—Que no, padre —repuso Kuno-Dieter mirando con rebeldía a
Barkhausen con sus ojos azules—. Vas a ganar un montón de pasta con este
negocio, yo no te voy a sacar las castañas del fuego para que luego me
despaches con cinco marcos, ni que fuera tonto, para eso no te digo nada.
—¿Qué cosa tan importante pretendes contarme? —Barkhausen
rio sarcástico—. ¿Que el alfeñique está en ese edificio? Eso ya lo sé. Y el
resto lo averiguaré solo. Nooo, vete a casa y que tu madre te dé algo de comer.
¡No creas que tu padre es tan majadero! ¡Vaya par de héroes!
—Entonces voy a subir —repuso Kuno-Dieter con decisión— y
le diré al pequeñajo que lo estás vigilando. Pienso delatarte, padre.
—¡Maldito mocoso! —gritó Barkhausen, lanzando un golpe a
su hijo.
Pero éste entraba ya corriendo por la entrada lateral del
edificio. Barkhausen salió tras él, lo siguió cruzando el patio y lo alcanzó en
la escalera del fondo del edificio trasero. Tras derribarlo de un golpe,
comenzó a moler a patadas al caído. Era casi como lo que se había imaginado en
el sofá, sólo que Kuno-Dieter en lugar de gritar se defendía con rabia
encarnizada. Eso aumentó la cólera de Barkhausen. Con total deliberación golpeó
al chico en la cara e intentó patearle el estómago.
—Te voy a enseñar lo que es bueno, asqueroso —jadeaba,
mientras una niebla roja flotaba delante de sus ojos.
De pronto notó que lo agarraban por detrás: alguien le
sujetaba el brazo, otro tiraba de una de sus piernas y un tercero de la otra.
Se volvió a mirar deprisa: era el chaval de las Juventudes Hitlerianas, era
toda una pandilla de golfos, de gamberros, cuatro o cinco chicos, los que se
habían lanzado sobre él. Tuvo que soltar a Kuno-Dieter , tenía que defenderse
de esos chicos a los que habría podido derribar uno a uno con una sola mano,
pero que juntos podían ser muy peligrosos para él.
—¡Maldita chusma de cobardes! —vociferó, intentando
librarse del muchacho que tenía encima de la espalda apretándolo contra la
pared. Pero tiraron de sus piernas y lo derribaron.
—¡Kuno! —gritó—. Ayuda a tu padre. Estos cobardes...
Pero Kuno no lo ayudó. Ahora se había incorporado y fue él
quien propinó a Barkhausen el primer golpe en la cara.
Del pecho del hombre brotó un gruñido de protesta, un
profundo gemido. Después rodó por el suelo con los chicos, esforzándose siempre
por empujar contra paredes y escalones a los que colgaban de él, por
aplastarlos, por volver a ponerse de pie.
Ahora ya sólo se oían las quejas jadeantes de los
combatientes, ruido de golpes, arrastrar de pies... Luchaban en silencio, con
saña salvaje.
Una anciana que bajaba por las escaleras, se detuvo,
horrorizada, al contemplar la lucha feroz que libraban a sus pies. Aferrándose
a la barandilla, chilló desvalida:
—¡Pero... oh, no! ¡En nuestro magnífico edificio!
Su capa se agitó. Después se decidió y profirió un
tremendo grito de pánico.
Los chicos se soltaron de Barkhausen y se largaron. El
hombre se incorporó y miró a la anciana, iracundo.
—¡Menuda panda! —resolló—. Querían apalear a un viejo, y
mi propio hijo estaba entre ellos.
Al grito de la anciana se habían abierto algunas puertas,
un par de vecinos salieron atemorizados y cuchichearon entre ellos, mientras
contemplaban al hombre sentado.
—Se estaban pegando —dijo con un hilo de voz la anciana de
color violeta—. ¡Se estaban pegando en nuestro magnífico edificio!
Barkhausen volvió en sí. Si Enno Kluge vivía ahora allí,
había llegado la hora de desaparecer. Porque él también podría presentarse en
cualquier momento, deseoso de averiguar el significado de ese barullo.
—Solamente le he zurrado un poco a mi chico —explicó,
sonriendo, a los inquilinos que lo miraban fijamente en silencio—. No tengo
nada qué decir. Todo va bien. Aquí no ha pasado nada.
Se levantó y, cruzando el patio trasero, volvió a salir a
la calle por el «jardín» mientras se sacudía la ropa y se anudaba de nuevo la
corbata. De los chicos, como es lógico, no se veía ni rastro. ¡Espera y verás,
esa noche el desgraciado de Kuno-Dieter se iba a enterar de quién era su padre!
Luchar contra su propio padre, pegarle en la cara el primero. No había Otti en
el mundo que pudiera interponerse para protegerle. Noo, igual se llevaba
también ella una buena zurra por haberle metido esa oveja negra en el redil.
Mientras Barkhausen mantiene el edificio bajo vigilancia,
su furia contra Kuno-Dieter crece cada vez más. Pero casi se desmaya al
descubrir que durante la pelea esos sinvergüenzas le han robado del bolsillo el
fajo de billetes. Sólo le han dejado unos marcos sueltos en el bolsillo del
chaleco. ¡Cerdos, maldita sea vuestra estampa, mira que pegársela así! Su único
deseo es lanzarse en pos de ellos sin tardanza, encontrarlos, hacerlos
picadillo y recuperar su dinero.
¡Y se lanza a por ellos!
Pero recupera el juicio: ¡no puede irse de allí! Tiene que
permanecer en su puesto, o también se quedará sin los quinientos marcos
restantes. Está más claro que el agua: esos golfos nunca le devolverán su
dinero, así que intentará al menos salvar los quinientos.
Completamente devastado por una furia corrosiva, se dirige
a un pequeño café y telefonea desde allí al comisario Escherich. Después
regresa a su puesto de observación y espera con impaciencia la llegada de
Escherich. ¡Ay, qué triste se siente! ¡Con el esfuerzo que le ha dedicado... y
siempre tiene todo en su contra! Otros consiguen todo lo que tocan, hasta un
pequeño canalla como Enno consigue a una mujer con mucho dinero, una bonita
tienda, semejante apuesta inútil a un único caballo, ¡y gana! Mientras que
él... haga lo que haga, siempre fracasa en todo. Con lo que se esforzó con la
tal Häberle, con lo que se alegró de tener algo de dinero en el bolsillo, y
ahora... ha desaparecido. La pulsera de la señora Rosenthal... también ha
desaparecido. Un buen robo, toda una tienda de ropa... ¡a la mierda! Toque lo
que toque, nada le sale a derechas.
¡Soy un jodido cenizo, eso es lo que soy!, se dice lleno
de amargura. Si al menos el comisario trajera los quinientos marcos. ¡Y a Kuno
lo mataré a golpes! Pienso torturarlo, lo dejaré sin comer hasta que reviente.
¡No se lo perdonaré jamás!
Barkhausen dijo por teléfono al comisario que trajese el
dinero.
—Ya veremos —contestó el comisario.
¿Qué demonios significará eso? ¿Querrá pegársela también
ése? ¡No, de eso ni hablar!
De todo ese asunto únicamente le interesa el dinero. En
cuanto lo consiga, se largará con viento fresco, y de Enno que sea lo que Dios
quiera. ¡Ése ya no le interesa! Y entonces a lo mejor sí que viaja a Múnich.
¡Está más que harto de todo lo de aquí! Ya no aguanta más. Y Kuno... mira que
sacudirle en la cara y robarle el dinero... ¡es lo nunca visto, tu propio hijo!
No, la señora Häberle tiene razón: se irá a Múnich.
Suponiendo que Escherich traiga el dinero, pues de lo contrario no podrá
comprar el billete. Pero un comisario que no cumple su palabra... ¡eso no puede
suceder! ¿O sí?
Capítulo 32
UNA VISITA A LA SEÑORITA ANNE SCHÖNLEIN
La llamada telefónica de Barkhausen comunicando que había
descubierto a Enno Kluge en Berlín oeste sumió al comisario Escherich en una
tremenda perplejidad.
—Sí, allá voy. ¡Enseguida! —contestó sin pensárselo dos
veces.
Pero cuando estaba dispuesto para salir, volvieron a
acometerle las dudas.
Sí, señor, así que ya lo tenía, al tan ardientemente
deseado, al perseguido desde hacía días. Ya lo tenía, bastaría con ponerle la
mano encima para tener a ese muchachote. En el curso de las pesquisas
esforzadas, impacientes, sólo había pensado en el instante en que lo
capturaría; había ahuyentado con energía cualquier otro pensamiento sobre lo
que había que hacer con él una vez que lo hubiese atrapado.
Pero el momento había llegado. Y se planteó la pregunta:
¿qué hacer en realidad con Enno? Porque él lo sabía, y ahora lo reconocía con
claridad meridiana: Enno Kluge no era el autor de las postales, lo sabía con
absoluta certeza. Durante la búsqueda había podido enmascararlo, había
comentado incluso con su ayudante Schröder que Kluge ocultaba sin duda alguna
otra fechoría.
Pues sí, alguna otra cosa puede, pero no ésa, ¡él no había
escrito las postales! ¡De ninguna manera! Si lo detenía, si lo traía allí, a la
calle Prinz-Albrecht, nadie conseguiría disuadir al Obergruppenführer de
interrogar en persona a Kluge, y estaba claro que entonces todo saldría a
relucir, o sea, nada de postales pero sí una declaración firmada con engaños!
¡No, imposible llevar allí a Kluge!
Pero también era imposible dejarlo suelto, aunque
estuviera sometido a continua vigilancia, Prall jamás lo toleraría. Y tampoco
se dejaría entretener mucho más tiempo con falsas promesas, aunque Escherich le
ocultase de momento el hallazgo de Kluge. Ya en un par de ocasiones había
insinuado con mucha firmeza que pensaba poner el caso Duende en otras manos,
unas manos un poco más astutas. Y el comisario no podía permitirse quedar en
ridículo... Además el caso le interesaba sobremanera, había cobrado importancia
para él.
Escherich, sentado ante su escritorio, mira abstraído,
mordiéndose su amado bigote de color arena. Un maldito callejón sin salida, se
dice. ¡Me he metido en un maldito callejón sin salida! ¡Haga lo que haga,
estará mal, y si me cruzo de brazos, será todavía peor. ¡Maldito callejón sin
salida!
Se queda sentado, cavilando. Transcurre el tiempo y el
comisario sigue sentado, cavilando. ¡Barkhausen...! ¡Al diablo con Barkhausen!
¡Que continúe allí, vigilando el edificio! ¡Le sobra tiempo para eso! ¡Y como
pierda a Enno mientras tanto, le sacará las tripas! ¡Le pide quinientos marcos
y que los lleve en el acto! ¡Me cago en él y en sus quinientos marcos! ¡Un
Enno, cien Ennos, no valen quinientos marcos! ¡Le sacudirá bien fuerte en los
morros a Barkhausen, ese perro imbécil! ¿Qué le importa Kluge a él? ¡Al que
necesita es al autor de las postales!
Pero luego, mientras está sentado en silencio sin dejar de
pensar, el comisario Escherich cambia de opinión en el caso Barkhausen. Se
levanta y va hacia la caja. Manda que le entreguen quinientos marcos («más
tarde arreglaremos la cuenta») y regresa a su despacho. Había pensado en
acercarse a la calle Ansbacher en el coche oficial, acompañado por dos de sus
hombres... pero ahora revoca la orden, no necesita coche ni escolta.
A lo mejor Escherich no sólo ha cambiado de opinión en lo
que respecta a Barkhausen, a lo mejor también se le ha ocurrido algo sobre el
caso Enno Kluge. Sea como fuere, saca del bolsillo del pantalón su revólver
oficial, la pipa, y lo sustituye por una pistola ligera procedente de una
incautación efectuada hace poco. Ya la ha probado, ese chisme pequeño se adapta
de maravilla a la mano y dispara bien.
Bueno, en marcha. En el umbral de su despacho, el
comisario se detiene, se vuelve de nuevo. Ocurre algo extraño: sin quererlo,
hace un movimiento de saludo, de despedida a esa habitación. Adiós... un
sentimiento oscuro, un presentimiento, de esos que casi lo avergüenzan, de que
ya no volverá a ver ese cuarto tal como la abandona ahora. Hasta entonces el
comisario Escherich era un funcionario que cazaba personas igual que otros
venden sellos: con método, con laboriosidad, de acuerdo con las ordenanzas.
Pero cuando hoy o incluso mañana temprano regrese a ese
despacho, acaso ya no sea el mismo. Tendrá algo que reprocharse, algo que no
podrá olvidar. Algo que quizá sólo él sepa, pero tanto peor: lo sabrá y nunca
podrá liberarse contándolo.
Así que Escherich saluda a su despacho y se marcha
avergonzado por ese saludo de despedida. Ya veremos, se dice para
tranquilizarse. Puede que todo suceda de otra manera. Primero he de hablar con
Kluge...
También utiliza el metro y cuando llega a la calle
Ansbacher está anocheciendo.
—¡Menudo plantón me ha dado! —gruñe Barkhausen al verlo,
enfurecido—. ¡Todo el día sin comer! ¿Ha traído mi dinero, señor comisario!
—¡Cierra el pico! —grita el comisario, y Barkhausen
acierta al considerarlo una respuesta afirmativa. Su corazón comienza a latir
más ligero: ¡dinero a la vista!
—¿Dónde vive Kluge? —le pregunta el comisario.
—¡Ni idea! —contesta Barkhausen, ofendido, para
anticiparse a posibles reproches—. No puedo entrar en el edificio y preguntar
por él, conociéndome de antes como me conoce. Nooo, pero seguramente vivirá en
el edificio trasero, eso lo averiguará usted mismo, señor comisario. Yo he
cumplido con mi trabajo, ahora quisiera mi dinero.
Escherich, sin hacerle caso, pregunta a Barkhausen por qué
Enno vive ahora en el oeste, y cómo ha descubierto su paradero.
Barkhausen le informa del asunto con detalle y el
comisario toma notas sobre la señora Hete Häberle, la tienda de animales, la
escena nocturna de rodillas: esta vez el comisario lo apunta todo. Como es
natural, el informe de Barkhausen no es exhaustivo, pero tampoco se le puede
reprochar. Nadie puede exigirle a un hombre que reconozca su propio fracaso.
Porque si Barkhausen refiere cómo llegó a obtener el dinero de la Häberle,
también tendría que contar cómo lo perdió. Y seguramente tendría que hablar asimismo
de los dos mil marcos del ala que ahora van camino de Múnich. ¡Nooo, nadie
puede exigirle eso!
Si Escherich hubiera estado más en forma, le habrían
llamado la atención algunas incongruencias del informe de su soplón. Pero el
comisario continúa muy ocupado en su fuero interno con otras cosas, lo que más
le gustaría sería despedir a Barkhausen. Pero todavía lo necesita un rato, así
que le ordena:
—Espere aquí. —Y entra en el edificio.
Pero no se dirige enseguida al edificio trasero, sino que
se detiene en la portería del edificio principal y pide informes. Después,
acompañado por el portero, entra en el inmueble trasero y comienza a ascender
despacio por las escaleras hasta el cuarto piso.
El portero no ha podido confirmarle que Enno Kluge se
encuentre en el edificio. El portero sólo está para los señores del edificio
exterior, no para la gente del bloque interior. Pero como es natural, por el
mero hecho de estar encargado del reparto de las cartillas de racionamiento
conoce a todos los que viven allí. A algunos bien, a otros no tanto. Por
ejemplo, a la señorita Anna Schönlein del cuarto, de la que se sospecha que
recibe a algún hombre que otro. El portero no puede verla ni en pintura, todas las
noches pernocta en su casa una chusma de lo más variopinta, y el vecino de
abajo, un funcionario de Correos que vive en el tercero, afirma sin ningún
género de duda que ella también escucha por la noche emisoras extranjeras. Sólo
que el funcionario no puede confirmarlo, aunque piensa seguir esmerándose en
aguzar los oídos. Sí, el portero ya había querido hablar en alguna ocasión con
el jefe de bloque sobre la tal Schönlein, según le comentaba en ese momento al
señor comisario. Éste debía preguntar primero en casa de la Schönlein, y sólo
si resultaba que el hombre no estaba allí, podrían indagar en los demás pisos.
Porque en general en el edificio trasero vivían personas decentes.
—Aquí es —susurra el portero.
—Quédese aquí, para que se le vea por la mirilla —le
indica en voz muy baja el comisario—. Diga cualquier cosa sobre el motivo de su
venida, que es para pedir el maldito pienso para la Asistencia Social
Nacionalsocialista o para la Organización de Ayuda Invernal.
—Eso está hecho —contesta el portero tocando el timbre.
Durante un momento no sucede nada, el portero llama por
segunda y por tercera vez. Pero la vivienda permanece en completo silencio.
—¿No está en casa? —susurra el comisario.
—No lo sé —responde el portero—. Hoy todavía no he visto
por la calle a la señora Schönlein.
Y llama al timbre por cuarta vez.
De repente se abre la puerta, ninguno de los dos ha oído
el menor ruido procedente de la vivienda. Ante ellos aparece una mujer alta y
delgada. Lleva unos pantalones de deporte deformados y descoloridos, y un
jersey amarillo canario con botones rojos. Tiene un rostro flaco de líneas
marcadas y con manchas rojas, de esas que con tanta frecuencia ostenta el
rostro de los tuberculosos. Sus ojos brillan como si tuviera fiebre.
—¿Qué desean? —pregunta sin revelar el menor temor cuando
el comisario se sitúa tan cerca de la puerta que impide que se cierre.
—Desearía charlar un ratito con usted, señorita Schönlein.
Soy el comisario Escherich de la Gestapo.
Ni el menor sobresalto; la mujer continúa mirándolo con
sus ojos brillantes. Después dice deprisa:
—Venga conmigo. —Y lo precede al interior de la vivienda.
—Usted quédese aquí, en la puerta —susurra el comisario al
portero—. Y si alguien quiere entrar o salir, avíseme.
La habitación a la que conducen al comisario está algo
descuidada y polvorienta. Viejísimos muebles afelpados con columnas y bolas de
los tiempos de Maricastaña. Cortinas de terciopelo. Un caballete con el cuadro
de un hombre barbudo, una gran fotografía coloreada. En el aire flota olor a
cigarrillos, el cenicero contiene un par de colillas.
—¿Qué desea? —vuelve a preguntar la señorita Schönlein.
Se ha quedado quieta junto a la mesa, sin invitar al
comisario a tomar asiento.
A pesar de todo el comisario se sienta, saca del bolsillo
una cajetilla de cigarrillos y señala el cuadro.
—¿Quién es? —inquiere.
—Mi padre —contesta la mujer. Y pregunta a su vez—: ¿Qué
desea?
—Me gustaría preguntarle varias cosas, señorita Schönlein
—dice el comisario ofreciéndole un cigarrillo—. Pero siéntese, por favor, y
acepte un pitillo.
—No fumo —responde la mujer.
—Uno, dos, tres, cuatro —Escherich cuenta las colillas del
cenicero—. Y humo de tabaco en la habitación. ¿Tiene usted visita, señorita
Schönlein?
Ella lo miró sin asomo de temor.
—Nunca reconozco que fumo —responde—, porque el médico me
ha prohibido el tabaco por mis pulmones.
—¿Así que no tiene usted visita?
—Pues no, no tengo visita.
—Voy a echar una rápida ojeada a su casa —explica el
comisario levantándose—. No, por favor, no se moleste. Ya encontraré el camino.
Recorre deprisa las otras dos habitaciones, repletas de
sofás, aparadores, armarios, sillones y columnas. En una ocasión se detiene y
escucha sonriente, con la cara vuelta hacia un armario. Después regresa con la
señorita Schönlein. Ella permanece en la misma posición en que la ha dejado, de
pie junto a la mesa.
—Me han comunicado —dice el policía volviendo a
sentarseque recibe usted muchas visitas, visitas que casi siempre permanecen en
su casa un par de noches, pero que nunca se comunican oficialmente. ¿Conoce
usted la normativa sobre el registro obligatorio de personas?
—Mis visitantes son casi siempre sobrinos y sobrinas que
nunca permanecen conmigo más de dos noches a lo sumo. Creo que la obligación de
registro comienza con la cuarta pernocta.
—Debe de tener usted una familia muy numerosa, señorita
Schönlein —le advierte el comisario pensativo—. Casi todas las noches pernoctan
aquí una, dos, y a veces hasta tres personas.
—Eso es una tremenda exageración. Dicho sea de paso, tengo
en efecto una familia muy numerosa. Seis hermanos, todos casados con muchos
hijos.
—¡Y muy dignos y ancianos caballeros y damas entre sus
sobrinos y sobrinas!
—Sus padres, como es natural, también me visitan de vez en
cuando.
—Una familia muy extensa y aficionada a viajar... Por
cierto, desearía preguntarle otra cosa: ¿dónde tiene usted su aparato de radio,
señorita Schönlein? No he visto ninguno.
—No poseo aparato de radio —contesta ella apretando los
labios.
—Seguro que sí —replica el comisario—. ¡Seguro! Igual que
usted nunca reconocerá que fuma cigarrillos. Pero la música de la radio no es
mala para los pulmones.
—Pero sí para las convicciones políticas —dice ella con un
ligero tono burlón—. No, no tengo aparato de radio. Si han oído música
procedente de mi casa, se trata de un gramófono portátil que está a su espalda,
encima de un estante.
—Y que habla en lenguas extranjeras —añade el comisario.
—Tengo muchos discos de baile extranjeros. No considero
ningún delito ponérselos ocasionalmente a mis visitantes ni siquiera ahora, en
tiempo de guerra.
—¿A sus sobrinos y sobrinas? No, eso realmente no sería
delito.
Él se levanta con las manos en los bolsillos. De repente
abandona el sarcasmo y dice con voz brutal:
—¿Qué cree usted que pasará si yo me la llevo ahora mismo,
señorita Schönlein, y emplazo aquí, en su vivienda, a un policía secreto? Él
recibiría a sus visitantes y examinaría con más atención la documentación de
sus sobrinos y sobrinas. ¡A lo mejor alguno de ellos trae un aparato de radio!
¿Qué le parece?
—Creo que usted tenía de antemano el propósito de
detenerme —contesta impávida la señorita Schönlein—. Así que sobra cualquier
cosa que diga. ¡Vámonos! Me permitirá ponerme rápidamente un vestido en lugar
de estos pantalones de deporte, ¿no?
—¡Un momento, señorita Schönlein! —advierte el comisario
mientras ella se aleja.
Ella se detiene y, con la mano en el picaporte, se vuelve
hacia el hombre.
—¡Un momento! Desde luego, me parece muy bien que antes de
nuestra marcha libere usted al caballero que está dentro de su ropero. Ya
antes, cuando he andado por su dormitorio, me ha parecido que sufría una grave
escasez de aire. Seguramente el armario contiene demasiado polvo
antipolillas...
En ese momento las manchas rojas del rostro de la mujer
desaparecen, lo mira de hito en hito, blanca como la tiza.
Él menea la cabeza.
—¡Criaturas! ¡Criaturas! —exclama con sarcástica
desaprobación—. ¡Qué fácil nos lo ponéis! ¿Y pretendéis ser conspiradores?
¿Pretendéis combatir a este Estado con vuestros manejos infantiles? ¡Sólo os
perjudicáis a vosotros mismos!
La mujer sigue mirándolo de hito en hito. Tiene la boca
firmemente cerrada, los ojos brillan febriles, la mano continúa encima del
picaporte.
—Bueno, tiene usted suerte, señorita Schönlein —continúa
el comisario siempre con tono de ligera y despectiva superioridad—, puesto que
hoy por hoy usted carece de interés para mí. Hoy sólo me interesa el caballero
que está dentro de su ropero. Puede que en mi despacho, cuando analice más
detenidamente su caso, me sienta obligado a dar parte de usted a la instancia
competente. Puede, digo, aún no lo sé. A lo mejor entonces su caso me parece
demasiado anodino... sobre todo teniendo en cuenta su afección pulmonar...
De pronto ella estalla:
—¡No os pido clemencia! ¡Odio vuestra compasión! ¡Mi caso
no es anodino! ¡Sí, he ofrecido alojamiento con regularidad a perseguidos
políticos! ¡He escuchado emisoras extranjeras! ¡Ahora ya lo sabe! ¡Ahora ya no
puede ser indulgente conmigo... pese a mis pulmones!
—¡Pero, chica —replica burlón el policía, mirando casi con
compasión a esa extraña solterona de pantalones deportivos y jersey amarillo de
botones rojos—, a usted no sólo le fallan los pulmones, sino también los
nervios! Media hora de interrogatorio con nosotros y se asombraría del
vociferante, lastimoso montón de basura que es su cuerpo. Es muy desagradable
descubrirlo en uno mismo, algunos no superan nunca esa humillación de la
dignidad personal y después se ahorcan.
Tras mirarla de nuevo, asiente, pensativo.
—¡Y que una persona así se considere un conspirador...!
—dice con desprecio.
Ella se sobresalta como si la hubiera alcanzado un
latigazo, pero no contesta.
—Pero con nuestra amena conversación nos estamos olvidan
do de su visitante del ropero —añade el policía—. ¡Venga usted, señorita
Schönlein! Si no lo liberamos rápidamente, morirá.
Y la verdad es que cuando Escherich lo saca del armario,
Enno Kluge estaba a punto de asfixiarse. El comisario tumba al hombrecillo en
un diván y mueve un par de veces sus brazos arriba y abajo para ventilar sus
pulmones.
—Y ahora —dice el comisario mirando a la mujer que
permanece callada en la habitación—, y ahora, señorita Schönlein, déjeme un
cuarto de hora a solas con el señor Kluge. Métase en la cocina, es la
habitación menos propicia para escuchar.
—¡Yo nunca escucho!
—No, y tampoco fuma cigarrillos, y sólo entretiene a
sobrinos y sobrinas con música de discos. No, será mejor que se meta en la
cocina. Si la necesito, la llamaré.
Él hace otro gesto de asentimiento y se cerciora de que se
ha ido de verdad a la cocina. Después se gira hacia el señor Kluge que, sentado
en el sofá, mira fija y temerosamente al comisario con sus ojos incoloros. Las
lágrimas empiezan a correr por su cara.
—Vamos, vamos, señor Kluge —dice el comisario
tranquilizador—. ¿Tanto se alegra de volver a ver al viejo comisario Escherich?
¿Así que me ha echado de menos? Para ser sincero, yo también lo he echado de
menos a usted, y me alegro de haberlo encontrado. ¡Ya no nos separaremos así
como así, querido señor Kluge!
Las lágrimas de Enno corren a raudales. Solloza a toda
prisa.
—¡Ay, señor comisario, pero usted me prometió solemnemente
que me dejaría en libertad!
—¿Y acaso no lo hice? —pregunta el comisario asombrado—.
Pero eso no excluye que vuelva a detenerlo siempre que lo eche de menos. A lo
mejor tengo una nueva declaración que firmar, ¿comprende, señor Kluge? Y usted
como buen amigo mío no me negará ese pequeño favor, ¿eh?
Enno se estremece bajo la mirada de esos ojos sardónicos y
despiadados. Sabe que esos ojos le sonsacarán todo, que se lo contará todo al
momento y entonces estará perdido para siempre, de una manera u otra...
Capítulo 33
ESCHERICH Y KLUGE SALEN DE PASEO
Había oscurecido por completo cuando el comisario
Escherich abandonó con Enno Kluge el edificio interior de la calle Ansbach. No,
el comisario no podía juzgar anodino el caso de la señorita Anna Schönlein, a
pesar de sus pulmones. Porque esa vieja solterona parecía acoger en su casa al
buen tuntún a cualquier delincuente, sin conocer siquiera su historia. A Enno
Kluge, por ejemplo, no le había preguntado ni su nombre, lo había escondido
únicamente porque una amiga lo había traído a su casa.
También investigaría con más detenimiento a la tal señora
Häberle. ¡Ese pueblo era un dolor! Ahora que se estaba librando la mayor guerra
por un futuro feliz, incluso ahora seguía siendo rebelde. Por dondequiera que
olías, apestaba. El comisario Escherich estaba firmemente convencido de que
casi en cada casa alemana hallaría un montón similar de secretos y mentiras.
Casi nadie tenía la conciencia limpia... excepto los camaradas del Partido, por
supuesto. Por otra parte él se guardaría muy mucho de efectuar en casa de los
camaradas del Partido una inspección como la que acababa de realizar en el
domicilio de la Schönlein.
Bien, de todos modos había encomendado al portero la
vigilancia de la vivienda. Parecía un tipo de absoluta confianza, además de
miembro del Partido; había que intentar facilitarle algún puestecillo bien
remunerado. Eso alegraba a ese tipo de gente y aguzaba su vista y su oído.
Premiar y castigar, ésa era la mejor forma de gobernar.
El comisario, con Enno Kluge cogido del brazo, se dirige
hacia la columna anunciadora detrás de la que se encuentra Barkhausen. A éste
no le apetece nada ver a su antiguo compinche; para evitar verlo, rodea la
columna. Pero el comisario, que ha dado media vuelta, lo sorprende y Emil y
Enno se encuentran frente a frente.
—¡Buenas, Enno! —saluda Barkhausen alargando la mano.
Pero Kluge no se la estrecha. Incluso esa criatura
lastimosa manifiesta ahora cierto enfado. Odia a Barkhausen, que lo convenció
para llevar a cabo un robo donde sólo hubo golpes y que esta mañana ha obtenido
mediante chantaje miles de marcos, a pesar de lo cual lo ha traicionado.
—Señor comisario —dice Kluge vehemente—, ¿no le ha contado
Barkhausen que esta mañana temprano ha chantajeado a mi novia, la señora
Häberle, y le ha sacado dos mil quinientos marcos? Después iba a dejarme
marchar, y ahora me ha...
El comisario sólo había ido a buscar a Barkhausen para
darle su dinero y mandarlo a casa. Pero ahora suelta el paquetito de dinero
dentro de su bolsillo y escucha, divertido, cómo Barkhausen contesta con voz
grosera:
—¿Y acaso no te he dejado marchar, Enno? Yo no tengo la
culpa de que seas un cenutrio y te dejes atrapar al momento. Yo he cumplido mi
promesa.
El comisario dice:
—Bueno, ya volveremos a hablar de eso, Barkhausen. Ahora,
váyase a su casa.
—Pero antes quiero mi dinero, señor comisario —exige
Barkhausen—. Me prometió usted quinientos si le entregaba a Enno. Ya lo lleva
del brazo, así que, afloje la mosca.
—¡No se le pagará dos veces por lo mismo, Barkhausen!
—rechaza el comisario—. ¡Ya ha recibido usted dos mil quinientos!
—¡Pero es que todavía no tengo ese dinero! —protesta casi
a gritos el nuevamente decepcionado Barkhausen—. Ella lo ha enviado a Múnich a
lista de Correos para que yo no me encontrase aquí con usted.
—Una mujer inteligente —alaba el comisario—. ¿O fue idea
suya, señor Kluge?
—Está mintiendo otra vez —grita Enno furioso—. A Múnich
sólo se enviaron dos mil. Quinientos, y más incluso, los recibió en metálico.
Registre sus bolsillos, señor comisario.
—¡Me los han robado! Una banda de gamberros me ha asaltado
y robado todo el dinero. Puede usted registrarme de arriba abajo, señor
comisario, sólo llevo encima unos marcos que guardaba por casualidad en el
chaleco.
—Barkhausen, a usted no se le puede confiar dinero
—advierte el comisario meneando la cabeza—. No sabe qué hacer con él. Mira que
dejarse robar por unos gamberros, ¡un hombre hecho y derecho!
Barkhausen empieza de nuevo a suplicar, a exigir, a
persuadir, pero el comisario, apenas han llegado a la plaza Viktoria Luise,
ordena:
—Ahora mismito se irá a casa, Barkhausen.
—Señor comisario, me prometió solemnemente...
—Como no entre ahora mismo en el metro, lo entregaré a ese
policía de ahí. ¡Y lo detendrá por extorsión!
Dicho esto, el comisario se dirige al agente de policía y
Barkhausen, el iracundo Barkhausen, ese delincuente de tres al cuarto al que
siempre arrebatan las ganancias justo antes de la victoria, se apresura a
desaparecer de la plaza Viktoria Luise. (¡Espera a que llegue a casa,
Kuno-Dieter !)
El comisario habla, en efecto, con el policía, se
identifica y le encarga que detenga a la señorita Anna Schönlein y la retenga
en comisaría.
—Por el momento, digamos que por escuchar emisoras
enemigas —arguye—. Nada de interrogatorios, se lo advierto. Mañana irá uno de
los nuestros a llevarse a esa mujer. Buenas noches, agente.
—¡Heil Hitler, señor comisario!
—Bien —dice el comisario reanudando la marcha por la calle
Motz en dirección a la plaza Nollendorf—, ¿qué hacemos ahora? Tengo hambre, es
mi hora de cenar. ¿Sabe una cosa?, lo invito a cenar. Supongo que no tendrá
demasiada prisa por venir a visitarnos a la Gestapo. Me temo que nuestra comida
deja mucho que desear y la gente es tan olvidadiza, a veces durante dos o tres
días no reciben nada. Ni siquiera agua. Mala organización. Bueno, ¿qué me dice,
señor Kluge?
Con esta conversación u otra parecida, el comisario
conduce al desconcertado Kluge a una pequeña tasca donde parecen conocerlo. El
comisario come opíparamente, la comida es excelente y abundante, con vino y
copitas de aguardiente, amén de café, tarta y cigarrillos. Al mismo tiempo,
Escherich explica sin ningún pudor:
—¡No crea que pago yo, Kluge! Todo esto es por cuenta de
Barkhausen. Porque lo pagaré con el dinero que habría debido recibir él. Me
agrada que usted se llene la panza con el premio fijado por su captura.
Justicia distributiva...
El comisario habla y habla, pero a lo mejor no se siente
tan superior como aparenta. Ha comido muy deprisa y ha bebido mucho. Acaso
sienta cierta inquietud, pues manifiesta un nerviosismo desacostumbrado en él.
A veces juega con bolitas de pan y luego se lleva de repente la mano al
bolsillo trasero del pantalón, en el que lleva la pistola ligera, mientras
dirige una rápida ojeada a Kluge.
Enno presencia todo esto con bastante apatía. Ha comido
mucho, pero apenas ha bebido. Sigue totalmente desconcertado, no sabe qué
pensar del comisario. ¿Está detenido o no lo está? No entiende una palabra.
Escherich se lo explica en ese preciso instante.
—Ahí está usted, señor Kluge —le dice— asombrándose de mí.
Desde luego, he mentido, no tenía tanta hambre, sólo quiero matar el tiempo
hasta después de las diez. Porque tenemos que dar un paseíto, y entonces verá
lo que quiero hacer con usted. Sí... entonces... verá...
El comisario ha hablado cada vez más bajo, meditabundo y
lento, y Enno Kluge le dirige una mirada recelosa. Sin duda ese paseíto después
de las diez de la noche obedece a alguna idea diabólica oculta. Pero ¿cuál?
¿Cómo puede escapar? Escherich vigila como un demonio, Kluge ni siquiera puede
ir solo al baño.
El comisario prosigue.
—El asunto es que no me reuniré con mi hombre hasta
después de las diez. Vive en las afueras, en Schlachtensee, ¿comprende, señor
Kluge? Eso es lo que yo llamo un paseíto.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso? ¿Conozco a ese hombre?
¡No conozco a nadie en Schlachtensee! Siempre he vivido en los alrededores de
Friedrichshain...
—Tal vez lo conozca. Me gustaría que lo viera.
—Y cuando lo haya visto y compruebe que no lo conozco,
¿qué? ¿Qué pasará conmigo?
El comisario esboza un gesto de indiferencia.
—Ya veremos. Creo que conocerá a ese hombre.
Ambos callan. De repente Enno Kluge pregunta:
—¿Tiene esto algo que ver con la maldita historia de las
postales? Desearía no haber firmado jamás esa declaración. No debí hacerle ese
favor, comisario.
—¿De veras? Casi creo que tiene razón, habría sido mejor
para usted y para mí. ¡Ojalá no hubiera firmado, señor Kluge! —Y dirige a su
interlocutor una mirada tan sombría que Enno Kluge se lleva un nuevo susto. El
comisario se percata de ello—. Vamos, vamos —agrega tranquilizador—, eso ya se
verá. Creo que tomaremos otro aguardiente y nos marcharemos. Me gustaría llegar
a tiempo de tomar el último tren de regreso a la ciudad.
Kluge lo mira horrorizado.
—¿Y yo? —pregunta con labios temblorosos—. ¿Tengo que
quedarme allí fuera?
—¿Usted? —El comisario ríe—. Como es natural viajará
conmigo, señor Kluge. ¿Por qué me mira tan horrorizado? No he dicho nada que
pueda asustarlo. Por supuesto que regresaremos juntos a la ciudad. Ahí viene el
camarero con nuestro aguardiente. Camarero, espere un momento, le daremos las
copas para cambiarlas.
Poco después caminaban hacia la estación de Zoo. Viajaron
en el ferrocarril metropolitano, y cuando se apearon en Schlachtensee la noche
era tan oscura que en un primer momento se quedaron en la plaza de la estación
sin saber qué hacer. Debido al oscurecimiento para prevenir los ataques aéreos
no se veía luz por ninguna parte.
—Con esta oscuridad jamás encontraremos el camino —se
quejó Kluge muerto de miedo—. Señor comisario, por favor, regresemos. ¡Se lo
ruego! Prefiero pasar la noche con usted en la Gestapo a...
—¡Déjese de estupideces, Kluge! —lo interrumpió
brutalmente el comisario, agarrando con fuerza el brazo del alfeñique—. ¿Se
figura que vengo aquí a pasear con usted en plena noche para dar media vuelta
un cuarto de hora antes de llegar a mi destino? —Y prosiguió con tono más
suave—: Yo veo muy bien. Si tomamos ese camino lateral, llegaremos antes al
lago...
Echaron a andar en silencio, tanteando con cuidado con los
pies en busca de obstáculos invisibles.
Tras recorrer un tramo del camino, el aire ante ellos
pareció aclararse.
—Lo ve, Kluge —dijo el comisario—, ya sabía yo que podía
fiarme de mi sentido de la orientación. Ahí está el lago.
Kluge calló, y continuaron andando en silencio.
Era una noche sin un soplo de viento, todo estaba
tranquilo. No se toparon con persona alguna. El agua lisa del lago, que más que
ver intuían, parecía exhalar una claridad gris, como si devolviera el
debilísimo resplandor luminoso captado durante el día.
El comisario carraspeó como si fuese a hablar, pero siguió
callado.
De repente, Enno Kluge se detuvo. De un tirón liberó su
brazo del de su acompañante.
—¡No pienso dar un paso más! —exclamó casi a gritos—. Si
quiere hacerme algo, es tan buen momento ahora como dentro de un cuarto de
hora. Nadie acudirá en mi ayuda. Debe de ser medianoche.
Como para confirmar esas palabras un reloj comenzó de
pronto a dar la hora. El sonido resonaba sorprendentemente cercano y fuerte en
la noche oscura. Los hombres contaron las campanadas sin darse cuenta.
—¡Once! —exclamó el comisario—. Son las once. Todavía
falta una hora hasta medianoche. Vamos, Kluge, aún nos quedan cinco minutos de
trayecto. —Y agarró de nuevo al otro por el brazo.
Kluge, sin embargo, se soltó con una energía sorprendente.
—He dicho que no daré ni un paso más, y así lo haré.
Se le escapó un gallo por el miedo, tan fuerte gritaba. Un
pájaro acuático alzó el vuelo, asustado, entre los juncos y se alejó volando
con torpeza.
—¡No grite de ese modo! —le ordenó, irritado, el
comisario—. ¡Va a sublevar usted a todo el lago!
Después cambió de opinión.
—De acuerdo, descanse un momento. Ya entrará en razón.
¿Quiere que nos sentemos aquí? —Y alargó nuevamente la mano hacia el brazo de
Kluge.
Enno golpeó la mano que lo agarraba.
—¡No permitiré que me toque! Haga conmigo lo que quiera,
pero no me toque.
El comisario repuso con dureza:
—¡No me hable en ese tono, Kluge! ¿Quién demonios se ha
creído que es? ¡Un perro cobarde, pequeño y mugriento!
También el comisario comenzaba a perder los nervios.
—¿Y usted, qué? —volvió a gritar Kluge—. ¿Qué es usted?
¡Un asesino traicionero!
Él mismo se asustó de sus propias palabras.
—Ay, perdone, señor comisario, no quería decir eso...
—murmuró.
—Son los nervios —se disculpó el comisario—. Tendría que
cambiar de vida, Kluge, sus nervios no soportan la existencia que lleva. Vamos,
sentémonos ahí, en el embarcadero. No tema, no volveré a agarrarlo, ya que me
tiene tanto miedo.
Se encaminaron hacia el embarcadero. La madera crujió al
pisarla.
—Unos metros más —lo animó Escherich—. Lo mejor será que
nos sentemos en la punta. Me gusta acomodarme en uno de estos chismes, sólo
rodeado de agua.
Kluge volvió a negarse. De improviso, él, que un momento
antes había mostrado un asomo de resolución y de valor, comenzó a lloriquear.
—No quiero seguir. ¡Oh, tenga piedad de mí, señor
comisario! ¡No me ahogue! No sé nadar, se lo digo sin rodeos. Siempre he tenido
un pánico terrible al agua. Le firmaré todas las declaraciones que desee.
¡Socorro! ¡Socorro! ¡Soc...!
El comisario agarró al hombrecillo y lo arrastró
pataleando hasta el final del embarcadero. Apretaba con fuerza el rostro de
Enno contra su pecho, con tanta fuerza que le impidió continuar sus gritos. Así
lo condujo hasta el final del embarcadero y una vez allí lo mantuvo muy cerca
del agua.
—¡Perro, como vuelvas a gritar otra vez, te tiro dentro!
Un profundo sollozo brotó de la garganta de Enno.
—No gritaré —repuso en susurros—. ¡Bah, ya estoy muerto,
tíreme de una vez! Ya no aguanto más...
El comisario lo depositó sobre el embarcadero y tomó
asiento a su lado.
—Bueno —comenzó—. Después de haber comprobado que podía
haberte tirado al lago y no lo he hecho, ¿comprendes al fin que no soy un
asesino, Kluge?
Éste murmuró algo incomprensible. Sus dientes
castañeteaban ruidosamente.
—Y ahora, escucha. Tengo algo que decirte. Lo del hombre
al que tenías que identificar aquí en Schlachtensee es una mentira, por
supuesto.
—Entonces ¿por qué...?
—Aguarda. Sé que no tienes nada que ver con el autor de
las postales; creí que lo de la declaración era una buena idea, pues al menos
tendría una pista para mis superiores hasta capturar al verdadero autor. Pero
no fue buena. Ahora los jefazos de las SS te quieren a ti, Kluge, y desean
interrogarte a su manera. Creen en tu declaración, te consideran el autor o al
menos el distribuidor. Y te exprimirán a fondo, te exprimirán todo lo que
quieran en sus interrogatorios, te exprimirán como un limón y después te
matarán a golpes o te llevarán ante el Tribunal del Pueblo, y el final será el
mismo, sólo que el tormento se prolongará durante unas semanas más.
El comisario hizo una pausa y Enno, completamente
aterrorizado, se arrimaba ahora mucho al que acababa de llamar «asesino», como
si le pidiera ayuda.
—¡Usted sabe que no he sido yo! —balbució—. ¡Es la pura
verdad! No puede llevarme con ellos, no lo resistiré, gritaré...
—Seguro que gritarás —corroboró el comisario con
indiferencia—. Claro que lo harás. Pero eso a ellos no les preocupa, sólo les
divierte. Sabes, Kluge, te sentarán en un taburete y colocarán justo delante de
tu cara un foco muy intenso, y tú tendrás que mirar continuamente la luz y te
morirás de calor y de claridad. Mientras tanto te interrogarán, hora tras hora,
ellos se relevarán, pero a ti no te relevará nadie, por exhausto que estés. Y
cuando te desplomes de agotamiento, te obligarán a levantarte a patadas y a
latigazos, y te darán de beber agua salada, y cuando todo eso ya no sirva de
nada, te retorcerán una a una las articulaciones de los dedos. Verterán ácido
sobre tus pies...
—¡Basta, por favor, basta, no puedo escucharlo...!
—No sólo lo escucharás, tendrás que soportarlo, Kluge, un
día, dos, tres, cinco... siempre, día y noche, y además te harán pasar hambre
hasta que tu estómago se contraiga como una habichuela, hasta que te creas al
borde de la tumba por dentro y por fuera debido a los dolores. Pero no
perecerás; ellos no sueltan tan fácilmente al que cae en sus garras. Sino que
te...
—No, no, no —gritó el menudo Enno tapándose los oídos—.
¡No quiero oír nada más! ¡Ni una palabra más! ¡Prefiero morirme ahora mismo!
—Estoy de acuerdo —confirmó el comisario—. Yo preferiría
morir ahora mismo.
Durante un rato reinó un profundo silencio entre ambos. De
repente el pequeño Enno Kluge dijo estremeciéndose:
—Pero no quiero ir al agua...
—No, no —repuso el comisario con afecto tratando de
convencerlo—. Eso tampoco debe hacerlo, Kluge. Fíjese, he traído otra cosa,
observe qué bonita y pequeña pistola. Basta con apretarla contra la frente, no
tema, yo sostendré su mano para que no tiemble, y a continuación doblar el dedo
un poquito... No sentirá dolor, de repente todos estos tormentos y
persecuciones habrán desaparecido y hallará por fin paz y descanso...
—¡Y la libertad! —exclamó, meditabundo, el pequeño Enno
Kluge—. Esto es exactamente igual, señor comisario, que cuando me convenció de
lo de la declaración, también entonces me prometió la libertad. ¿Será verdad
esta vez? ¿Tú que crees?
—Claro que sí, Kluge. Esta es la única libertad verdadera
que existe para nosotros, los humanos. Entonces no podrán volver a capturarte y
atemorizarte y torturarte de nuevo. Nadie más podrá hacerlo. Te reirás de todos
nosotros...
—¿Y qué vendrá luego, después de la calma y la libertad?
¿Habrá algo más detrás? ¿Tú qué crees?
—No creo que después haya nada más, ni tribunales ni
infierno. Sólo tranquilidad y libertad.
—¿Y para qué he vivido? ¿Para qué he tenido que soportar
tanto aquí? No he hecho nada, no he vivido para satisfacción de nadie, nunca he
querido de verdad a nadie.
—Psé, no has sido un gran héroe, Kluge —comentó el
comisario—. Y en cierto modo tampoco has sido útil. Pero ¿por qué se te ocurre
meditar ahora sobre esto? En cualquier caso, ya es demasiado tarde, tanto si
haces lo que te propongo, como si me acompañas a la Gestapo. Te aseguro, Kluge,
que en la primera media hora caerás de rodillas suplicando una bala. Pero la
tortura durará muchas muchas horas hasta que mueras...
—No, no —rechazó Enno Kluge—. Yo con esos no voy. Ponme la
pistola en la mano... ¿la estoy sujetando bien así?
—Sí.
—¿Y dónde tengo que apoyarla? ¿Aquí, junto a la sien?
—Sí.
—Y ahora, colocar el dedo en el gatillo... Lo haré con
cuidado, todavía no ha llegado el momento... Me gustaría charlar un rato
contigo...
—No temas, la pistola aún tiene el seguro puesto.
—¿Te das cuenta, Escherich, de que eres la última persona
con la que hablo? Después ya sólo habrá paz, nunca más podré volver a hablar
con nadie —se estremeció—. Hace un momento, cuando me he puesto la pistola en
la sien, estaba fría. Así de helados deben de ser el descanso y la libertad que
me esperan después.
Se inclinó acercándose al comisario y susurró:
—¿Me prometes solemnemente una cosa, Escherich?
—Sí. ¿De qué se trata?
—Pero tienes que mantener tu promesa.
—Si puedo, lo haré.
—Cuando esté muerto, no me dejes caer al agua. El agua me
da miedo. Déjame aquí arriba, sobre el embarcadero seco.
—Claro que sí. Te lo prometo.
—Bien, entonces dame la mano, Escherich.
—Aquí la tienes.
—¿No me engañarás, Escherich? Ya ves que no soy más que un
pequeño y miserable canalla, no importa mucho que me engañen o no. Pero tú no
lo harás, ¿verdad?
—Te lo garantizo, Kluge.
—Dame otra vez la pistola, Escherich... ¿le has quitado el
seguro?
—No, todavía no. Lo haré cuando tú quieras.
—¿He apuntado bien así? Ahora apenas noto la frialdad del
cañón, estoy tan frío como el cañón. ¿Sabes que tengo mujer e hijos?
—He hablado con tu mujer, Kluge.
—¡Oh! —El hombrecillo estaba tan interesado, que apartó la
pistola en el acto—. ¿Está aquí, en Berlín? Me gustaría volver a hablar con
ella.
—No, no está en Berlín —contestó el comisario
maldiciéndose por haber infringido su máxima de no proporcionar información—.
Sigue en Ruppin con sus parientes. Y es mejor que no hables con ella, Kluge.
—¿Me guarda rencor?
—No, qué va, sólo está enfadada contigo.
—Lástima —repuso el pequeño—. Lástima. La verdad es que es
curioso, Escherich. Soy una auténtica nulidad y nadie puede amarme. Pero
odiarme, eso sí que lo hacen muchos.
—No sé si lo de tu mujer es odio, creo que únicamente
desea disfrutar de un poco de tranquilidad. Tú la molestas...
—¿La pistola tiene el seguro puesto, comisario?
—Sí —contestó el policía, asombrado de que Kluge, que la
última media hora se había tranquilizado del todo, volviese a preguntar
impelido por un súbito nerviosismo—. Sí, lo tiene... ¿Qué demonios?
El fogonazo de la pistola pasó tan cerca de sus ojos, que
cayó de espaldas en el embarcadero gimiendo; se apretaba las manos delante de
los ojos con la sensación de haberse quedado ciego.
Kluge le susurraba al oído:
—¡Sabía que no tenía puesto el seguro! ¡Otra vez querías
engañarme! Y ahora estás en mis manos, ahora puedo proporcionarte tranquilidad
y libertad... —Colocó el cañón de la pistola contra la frente del quejumbroso
policía, soltó una risita—: ¿Notas lo fría que está? Esto es la tranquilidad y
la paz, es el hielo en el que estaremos enterrados por los siglos de los
siglos...
El comisario se incorporó, quejándose.
—¿Lo has hecho a propósito, Kluge? —preguntó con tono
severo y se levantó de golpe los párpados escocidos de sus ojos doloridos. El
otro, a su lado, le parecía una masa más negra en medio de la oscuridad de la
noche.
—Pues claro. —El pequeño rio.
—¡Ha sido un intento de asesinato! —exclamó el comisario.
—¡Pero tú has dicho que el arma tenía el seguro puesto.
Ahora el comisario tenía la certeza plena de que a sus
ojos no les había ocurrido nada.
—¡Voy a tirarte al agua, cabrón! ¡Y habrá sido en defensa
propia! —Y agarró al hombrecillo por el hombro.
—¡No, no, por favor, no! ¡Eso no, por favor! ¡Te aseguro
que haré lo que quieras! ¡Pero al agua, no! Me lo has prometido...
El comisario lo había agarrado por el hombro.
—¡Ni hablar! ¡Deja de lloriquear! ¡Nunca tendrás valor
para hacerlo! ¡Al agua...!
Se oyeron dos disparos muy seguidos. El comisario notó
cómo el hombre que tenía entre sus manos se desplomaba y caía sin remedio. Por
un momento, Escherich se movilizó al ver al muerto deslizándose al agua por
encima del borde del embarcadero. Intentó sujetarlo con las manos.
El comisario, encogiéndose de hombros, contempló cómo el
pe sado cuerpo chocaba con el agua y al instante desaparecía.
¡Mejor así!, se dijo, humedeciéndose los labios secos. Un
sospechoso menos.
Durante unos instantes vaciló, pensando si tirar o no al
agua la pistola caída en el embarcadero. Al final la dejó allí. Se alejó
despacio del embarcadero, subió la pendiente de la orilla y se encaminó hacia
la estación.
Estaba cerrada, el último tren ya había partido. El
comisario se dispuso a emprender con indiferencia la larga caminata hasta
Berlín.
En ese momento comenzaron a sonar de nuevo las campanadas
del reloj.
Medianoche, pensó el comisario. Lo ha conseguido.
Medianoche. Siento curiosidad por saber qué le parecerá su paz, verdadera
curiosidad. ¿Volverá a sentirse engañado? ¡Canalla, pequeño canalla llorica!


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