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Emancipación N° 1048: Neofacismo, resistencia y ciencia

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© Libro N° 4024. Solo En Berlín. Primera Parte. Fallada, Hans. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Solo En Berlín. Primera Parte. Hans Fallada

 

Versión Original: © Solo En Berlín. Primera Parte. Hans Fallada

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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SOLO EN BERLÍN

PRIMERA PARTE

Hans Fallada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Berlín, 1940, la ciudad está dominada por el miedo. Cuando la cartera Eva Kluge llega a casa de los Quangel en el número 55 de la calle Jablonski, con una carta que les anuncia la muerte de su único hijo en un campo de batalla francés, el golpe es terrible, insoportable. Es el principio de la Segunda Guerra Mundial y toda la ciudad, todo el país y pronto media Europa, vive bajo el yugo del régimen de Hitler. Otto y Anna Quangel se plantean entonces si están haciendo todo lo que está en sus manos para luchar contra el Tercer Reich. Sí, son gente corriente, sin ninguna posibilidad frente al régimen nazi, pero ¿realmente se pueden quedar de brazos cruzados cuando la barbarie se ha llevado a lo que más amaban en el mundo? ¿Pueden compartir el mismo silencio cómplice que la inmensa mayoría de la población? Empieza entonces un acto de heroicidad que llevará a Otto a distribuir tarjetas postales de denuncia a Hitler por todo Berlín; y a perseguir al ambicioso inspector de la Gestapo Escherich. Muy probablemente constituye un acto suicida y también un peligroso juego en el que, sea quien sea quien pierda, lo pagará con su propia vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

SEGUNDA PARTE

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

TERCERA PARTE

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

CUARTA PARTE

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

APÉNDICES

DATOS BIOGRÁFICOS

NOTA DEL AUTOR

EPÍLOGO

GLOSARIO

SOBRE ESTA EDICIÓN

notes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

Los Quangel

 

Capítulo 1

EL CORREO TRAE MALAS NOTICIAS

 

 

La cartera Eva Kluge sube despacio los peldaños de la escalera del número 55 de la calle Jablonski. Su lentitud no se debe sólo a que la caminata del reparto la ha fatigado, sino también a que su cartera contiene una de esas cartas que odia entregar y tiene que hacerlo dentro de un momento, dos tramos de escaleras más arriba, en el hogar de los Quangel. Seguro que la mujer la aguarda con impaciencia, desde hace más de dos semanas espera recibir una carta oficial del Ejército.

Antes de que la cartera Kluge entregue la carta mecanografiada de los militares, tiene que entregar el Völkischer Beobachter en el piso de los Persicke. Él es funcionario del Partido, dirigente político o algo por el estilo, Eva Kluge aún confunde todos esos cargos. Sea como fuere, en casa de los Persicke hay que saludar diciendo «¡Heil Hitler!» y tener mucho cuidado con lo que uno dice. Bueno, la verdad es que hay que tenerlo en todas partes, es raro que haya una persona a la que Eva Kluge pueda decir lo que piensa de verdad. Ella no siente el menor interés por la política, es una mujer sencilla y como tal piensa que no hay que traer hijos al mundo para que los maten de un tiro. Un hogar sin un hombre tampoco vale nada; por el momento ella ya no tiene nada: ni a sus dos hijos ni a su marido. En su lugar debe mantener la boca cerrada, ir con pies de plomo y entregar asquerosas cartas de los militares que no han sido escritas a mano sino a máquina, y cuyo remitente es un oficial del regimiento.

Toca el timbre de los Persicke, dice «¡Heil Hitler!» y entrega su Völkischer al viejo borracho que luce en la solapa los emblemas del Partido y del Estado.

—¿Qué hay de nuevo? —pregunta.

Ella contesta con cautela:

—Y yo qué sé. Creo que Francia ha capitulado. —Y añade deprisa—: ¿Hay alguien en casa de los Quangel?

Persicke no presta atención a su pregunta y abre bruscamente el periódico.

—Aquí lo dice: Francia ha capitulado. ¡Demonios, señorita, y usted me lo suelta como si estuviera vendiendo panecillos! ¡Tiene que soltarlo con más brío! ¡Tiene que decírselo a todos los que no tienen radio, eso convencerá a los últimos derrotistas! ¡También ganaremos la segunda guerra relámpago, y en un santiamén nos plantaremos en Inglaterra! ¡Los Tommy s serán liquidados en tres meses, y entonces verán la vida que nos depara nuestro Führer! ¡Entonces sangrarán los otros y nosotros seremos los amos del mundo! ¡Pasa, muchacha, toma un aguardiente conmigo! ¡Amalie, Erna, August, Adolf, Baldur, venid todos! ¡Hoy haremos fiesta, hoy no se trabaja! ¡Para empezar nos remojaremos el gaznate, y esta tarde haremos una visita a la vieja judía del cuarto, y esa cerda tendrá que darnos café y pastel! ¡Os digo que la vieja lo hará, ahora que Francia ha mordido el polvo, ahora ya no tendré compasión! ¡Ahora somos los amos del mundo y todos tienen que inclinarse ante nosotros!

Mientras el señor Persicke, rodeado de su familia, se desfoga con declaraciones cada vez más excitadas y se echa al coleto las primeras copas, la cartera sube al piso de arriba y toca el timbre de los Quangel. Lleva la carta en la mano, dispuesta a marcharse en el acto. Pero tiene suerte; no abre la mujer, que casi siempre cruza unas palabras amables con ella, sino el marido, de rostro severo, parecido a un pájaro, boca de labios delgados y ojos fríos. Recoge la carta sin decir palabra y le da con la puerta en las narices, como si fuera una ladrona frente a la cual es preciso tomar precauciones.

Pero Eva Kluge se limita a encogerse de hombros y vuelve a bajar la escalera. Algunas personas son así; en el tiempo que lleva repartiendo el correo en la calle Jablonski, el hombre todavía no le ha dicho ni una sola palabra, ni siquiera «Heil Hitler» o «Buenos días», a pesar de que también él, ella lo sabe, tiene un cargo en el Frente del Trabajo. Bueno, qué más da, ella no puede cambiarlo, si ni siquiera ha podido cambiar a su propio marido, que malgasta su dinero en las tabernas y en las apuestas y que sólo se deja caer por casa cuando está sin blanca.

Con la agitación, en el piso de los Persicke han dejado la puerta abierta, de la vivienda sale ruido de copas y alboroto de los que celebran el triunfo. La cartera cierra la puerta con cuidado y continúa el descenso mientras piensa que, en el fondo, eso es una buena noticia, pues con la rápida victoria sobre Francia la paz está más cerca. Llegado ese momento, sus dos chicos regresarán.

Pero la inquietante sensación de que entonces mandarán personas como los Persicke enturbia esas esperanzas. Tener a ese tipo de gente como amos y verse uno obligado a mantener siempre la boca cerrada, a no poder decir nunca lo que sientes, tampoco le parece correcto.

De pasada recuerda también al hombre de fría cara de buitre al que acaba de entregar el correo del Ejército, y a la vieja judía Rosenthal del cuarto piso, a cuyo marido se llevó la Gestapo hace dos semanas. Qué pena le da esa mujer. Antes los Rosenthal tenían una lencería en la avenida Prenzlauer. Después la tienda fue «arianizada»1 y ahora se han llevado al marido, que debe de rondar los setenta años. Seguro que los dos viejos nunca han hecho mal a nadie, siempre fiaban, incluso a Eva Kluge cuando no tenía dinero para la ropa de los niños, y el género de los Rosenthal tampoco era peor o más caro que el de otras tiendas. No, a Eva Kluge no le cabe en la cabeza que un hombre como Rosenthal sea peor que los Persicke únicamente por ser judío. Y ahora esa anciana de arriba está en su piso más sola que la una y ya no se atreve a salir a la calle. Sólo cuando oscurece hace sus compras luciendo la estrella judía, seguramente pasa hambre. No, piensa Eva Kluge, aunque venzamos diez veces a Francia, la situación entre nosotros no es justa...

Ya ha llegado al próximo edificio donde continuará la entrega.

Entretanto el jefe de taller Otto Quangel ha entrado en la salita con la carta de los militares y la ha depositado encima de la máquina de coser.

—Aquí tienes —se limita a decir.

Siempre cede a su mujer el privilegio de abrir esas cartas, porque sabe el apego que siente por Otto, su único hijo. Ahora él está delante de ella, con el delgado labio inferior entre los dientes, esperando ver ese resplandor de alegría en el rostro femenino. Siente un amor lacónico, callado, exento de ternura, por esa mujer.

Ella abre deprisa la carta y durante un instante su rostro resplandece, pero en cuanto ve el texto escrito a máquina se apaga. Su expresión se torna medrosa, lee más despacio, como si tuviera miedo de la palabra siguiente. El hombre se inclina hacia delante y saca las manos de los bolsillos. Ahora sus dientes presionan con fuerza el labio inferior, presiente la desgracia. En la habitación reina un silencio completo. De improviso, la respiración de la mujer se torna jadeante.

De repente profiere un grito suave, un sonido que su marido jamás ha oído. Su cabeza se desploma hacia delante, golpea primero contra los carretes de la máquina de coser y se hunde entre los pliegues de la labor de costura, ocultando la funesta misiva.

En dos zancadas Quangel se sitúa detrás de ella. Con una celeridad poco usual en él, coloca sobre la espalda femenina su mano grande, deformada por el trabajo. Nota que a su mujer le tiembla todo el cuerpo.

—¡Anna! —exclama—. ¡Anna, por favor! —espera un momento y después se atreve a añadir—: ¿Le ha pasado algo a Otto? ¿Está herido? ¿Es grave?

El cuerpo de la mujer continúa temblando, pero ningún sonido brota de sus labios. No hace ademán de levantar la cabeza y mirarlo.

Él baja la vista hacia la raya del pelo de su mujer, que tan rala se ha vuelto en los años que llevan casados. Ahora son viejos; si a su hijo Otto le ha sucedido algo, ella ya no tendrá a nadie a quien querer, salvo a él, y siempre siente que no hay mucho digno de amar en él. Nunca es capaz de decirle con palabras lo mucho que la quiere. Incluso ahora es incapaz de acariciarla, de manifestarle una leve muestra de ternura, de consolarla. Se limita a colocarle su pesada mano sobre la raya del pelo que clarea, la obliga suavemente a alzar la cabeza hacia su rostro, y pregunta a media voz:

—¿Qué dicen esos, me lo cuentas, Anna?

Pero a pesar de que los ojos de la mujer están cerca de los suyos, ella no lo mira, sino que los mantiene cerrados con fuerza. Su rostro ostenta una palidez amarillenta, su sempiterna frescura ha desaparecido. También la carne sobre los huesos parece completamente consumida, es como si estuviera contemplando una calavera. Sólo las mejillas y la boca tiemblan, igual que el resto del cuerpo, sacudido por un misterioso temblor interno.

Mientras Quangel contempla ese rostro familiar, ahora tan desconocido, mientras siente que su corazón late cada vez con más fuerza, mientras percibe su total incapacidad para brindarle un poco de consuelo, le invade un hondo temor. En realidad, un temor ridículo ante el profundo dolor de su mujer, el temor a que ella empiece a gritar, mucho más alto y salvaje de lo que acaba de hacer. A él siempre le ha gustado el silencio, nadie del edificio debía enterarse de nada sobre los Quangel. Y mucho menos expresar sentimientos: ¡no! Incluso aterrado, el hombre sólo es capaz de repetir la frase que acaba de pronunciar: «¿Qué dicen esos, me lo cuentas, Anna?».

La carta está abierta, pero él no se atreve a cogerla. Eso le exigiría soltar la cabeza de su mujer, y sabe que esa cabeza, cuya frente luce ya dos manchas de sangre, volvería a caer golpeándose contra la máquina. Sobreponiéndose, pregunta de nuevo:

—¿Qué le ha pasado a Ottito?

Es como si ese apelativo cariñoso, raramente utilizado por el hombre, devolviera a la mujer a esta vida desde su mundo de dolor. Traga saliva un par de veces, incluso abre los ojos, siempre tan azules y ahora descoloridos.

—¿A Ottito? —susurra ella—. ¿Qué va a haberle pasado? Nada, ya no existe Ottito, ¡eso es todo!

«¡Oh!», se limita a decir el hombre, un «¡oh!» profundo procedente de los abismos de su corazón. Sin darse cuenta, suelta la cabeza de su mujer y coge la carta. Sus ojos contemplan fijamente las líneas sin conseguir leerlas todavía.

Entonces su mujer le arranca la misiva de la mano. Su voz cambia bruscamente, enfurecida la rompe en pedazos, en pedacitos, en trocitos, mientras le reprocha de manera atropellada:

—¿Es que encima piensas leer esa mierda, esas asquerosas mentiras que les escriben a todos? ¿Que ha muerto como un héroe, por su Führer y por su patria? ¿Que fue un soldado y un camarada modélico? ¿Vas a dejar que te cuenten todo eso cuando los dos sabemos que lo que más le gustaba a Ottito era manipular su radio y que lloró cuando lo obligaron a alistarse? ¡Cuántas veces me dijo durante su época de recluta lo malos que eran allí, y que preferiría perder su mano derecha con tal de librarse de ellos! ¡Y ahora es un soldado modelo que ha muerto como un héroe! ¡Mentiras, todo mentiras! ¡Pero eso lo habéis provocado vosotros con vuestra guerra de mierda, tú y tu Führer!

Se ha colocado delante de él, es más baja, pero sus ojos relampaguean de ira.

—¿Yo y mi Führer? —murmura el hombre abrumado por el ataque—. ¿Cómo es que de pronto es mi Führer? Si ni siquiera estoy en el Partido, sólo en el Frente del Trabajo, y ahí la afiliación es obligatoria. Y votarlo lo hemos votado siempre los dos, y tú también tienes un puesto en la Organización de Mujeres.

Él es lento y prolijo hablando, no tanto para defenderse como para esclarecer los hechos. Aún no comprende cómo su mujer ha descargado ese súbito ataque contra él. Si siempre han estado de acuerdo en todo...

Pero ella dice con tono acalorado:

—¿Para qué eres el hombre de la casa y decides todo, y todo tiene que ser como tú crees, y cuando quiero tener tan sólo un simple trozo del sótano para las patatas de invierno resulta que tiene que ser como tú quieres y no como quiero yo? ¿Y en un asunto tan importante decidiste mal? Claro, tú eres una mosquita muerta, sólo deseas estar tranquilo y no llamar la atención. Hiciste lo que todos hacían y cuando gritaron: «¡Führer, ordena y nosotros obedeceremos!», tu corriste detrás como un borrego. ¡Y no sotros tuvimos que seguirte! Pero ahora mi Ottito está muerto y ni tú ni ningún Führer del mundo volveréis a traerlo conmigo.

Él escucha sin interrumpirla. Nunca ha sido hombre de discusiones, y además percibe que el dolor habla por su boca. Casi se alegra de que se enfade con él, de que aún no dé rienda suelta a su pena. Como respuesta a esas acusaciones se limita a decir:

—Alguien tendrá que decírselo a Trudel.

Trudel es la novia de Otto, casi su prometida; Trudel llama a sus futuros suegros papá y mamá. Por la tarde los visita con frecuencia, incluso ahora que Otto está ausente, y charla con ellos. Durante el día trabaja en una fábrica de uniformes.

La mención de Trudel suscita inmediatamente en Anna Quangel otros pensamientos. Tras una mirada al reluciente reloj de pared, pregunta:

—¿Llegarás antes de que empiece tu turno?

—Hoy me toca de una a once —le informa—. Llegaré.

—Bien —contesta su mujer—. Entonces, ve, pero dile solamente que se pase esta tarde por aquí, no le digas nada de Ottito. Quiero contárselo yo misma. Tu comida estará lista a las doce.

—Bien, le diré que pase esta tarde por casa —dice, pero no se marcha todavía, sino que escudriña su cara enferma, de una palidez amarillenta.

Ella le devuelve la mirada, y durante un momento ambos se observan en silencio, dos personas que llevan juntas casi treinta años, siempre en armonía, él taciturno y callado, ella infundiendo un soplo de vida a la casa.

Pero por mucho que se miren, no tienen nada que decirse. Así que se despide con una inclinación de cabeza y se marcha.

Ella oye cerrarse la puerta de entrada. Y en cuanto tiene la certeza de que se ha marchado, retorna a la máquina de coser y recopila los trocitos de la funesta carta de los militares. Intenta recomponerla, pero enseguida comprende que eso requeriría demasiado tiempo; ante todo tiene que preparar la comida para su marido. Así que guarda con sumo cuidado los trocitos en el sobre, y lo mete en su misal. Por la tarde, cuando Otto se haya marchado de verdad, tendrá tiempo de ordenar y pegar los trocitos. Aunque no se trate más que de estúpidas, asquerosas mentiras, es lo último que queda de Ottito. Ella lo conservará a pesar de todo y se lo enseñará a Trudel. Quizá entonces pueda llorar, ahora su corazón aún es pasto de las llamas. ¡Qué bueno sería poder llorar!

Sacude furiosa la cabeza y se encamina hacia el fogón.

 

Capítulo 2

LO QUE BALDUR PERSICKE TENÍA QUE DECIR

 

 

Cuando Otto Quangel pasó frente a la vivienda de los Persicke, brotaban de ella clamorosos aplausos mezclados con gritos de «Sieg Heil». Quangel apresuró el paso para no tener que toparse con ninguno de ellos. Llevaban diez años viviendo en el mismo edificio, pero Quangel había procurado desde siempre no coincidir jamás con los Persicke, incluso cuando éste era todavía un modesto tabernero sin blanca. Ahora se habían convertido en gente importante, el viejo tenía un sinfín de cargos en el Partido y los dos hijos mayores pertenecían a las SS; al dinero parecían no darle la menor importancia.

Mayor motivo para mostrarse precavido con ellos, porque todos los que estaban en la misma situación tenían que conservar sus simpatías en el Partido, y eso sólo era posible trabajando para el Partido. Pero trabajar significaba delatar a otros, por ejemplo comunicar: Fulano o Mengano ha escuchado una emisora extranjera. Por eso Quangel habría preferido embalar hace mucho las radios del cuarto de Otto y depositarlas en el sótano. En estos tiempos en que todos se espiaban, cualquier precaución era poca, la Gestapo mantenía su mano encima de todos, el campo de concentración de Sachsenhausen cada vez era más grande y la guillotina de la prisión de Plötzensee tenía trabajo todos los días.Quangel no necesitaba radio, pero su mujer se opuso a retirarla.Opinaba que aún tenía validez el viejo dicho: una conciencia limpia es la mejor almohada. Todo eso hacía ya mucho que carecía de valor, si es que alguna vez lo había tenido.

Así pues, Quangel, sumido en estos pensamientos, bajó más deprisa las escaleras y, tras cruzar el patio, salió a la calle.

En casa de los Persicke gritaban tanto porque Baldur, la lumbrera de la familia, que ahora iba al instituto y que, si su padre lo conseguía con sus relaciones, incluso ingresaría en una Napola,2 ha encontrado una foto en el Völkischer Beobachter. En ella aparecen el Führer y Göring, el mariscal del Reich, y debajo se lee: «Recibiendo la noticia de la capitulación de Francia.» Y así es como se ve a los dos en la foto: Göring exhibe una sonrisa de oreja a oreja en su cara obesa, y el Führer se palmea los muslos de satisfacción.

Los Persicke también se alegran y ríen como los de la imagen, pero Baldur, el lumbreras, pregunta:

—¿Es que no veis nada especial en esa fotografía?

Los demás lo miran expectantes, tan convencidos están de la superioridad intelectual de ese chico de dieciséis años que ninguno se atreve a aventurar la menor suposición.

—¡Vamos! —exclama Baldur—. ¡Pensad un poquito! La foto la ha hecho un fotógrafo de prensa. ¿Acaso él estaba presente cuando llegó la noticia de la capitulación? Ésta debió de llegar por teléfono o por un correo o quizá incluso a través de un general francés, y la imagen no trasluce nada de eso. Los dos están completamente solos en el jardín muy alegres...

Los padres y los hermanos de Baldur siguen sentados en silencio, mirándolo fijamente. Sus rostros casi parecen alelados por la atención tensa. Lo que más le gustaría ahora al viejo Persicke es echar otro trago de aguardiente, pero mientras Baldur esté hablando no se atreve. Sabe por experiencia que Baldur puede volverse muy desagradable cuando no se brinda la debida atención a sus disertaciones políticas.

El hijo, entretanto, continúa:

—Así que la foto está preparada, no se ha tomado cuando llegó la noticia de la capitulación, sino unas horas antes o quizá incluso el día siguiente. Y ahora, fijaos en la alegría del Führer, hasta se palmea los muslos de alegría. ¿Creeis que un gran hombre como el Führer seguiría alegrándose tanto de una noticia así al día siguiente? Ése lleva ya mucho tiempo pensando en Inglaterra y en cómo engañar a los Tommy s. Noo, la foto es una pantomima de principio a fin, empezando por la toma hasta las palmadas. ¡Es decir, ha engañado a los tontos con falsas apariencias!

Ahora los suyos miran a Baldur como si ellos fueran los tontos y los engañados. De no haberlo hecho Baldur, habrían denunciado ante la Gestapo a cualquiera por ese comentario.

Pero Baldur prosigue:

—¿Lo veis? Esto es lo grande de nuestro Führer: no deja que nadie adivine sus planes. Ahora todos piensan que se alegra de su victoria en Francia y, sin embargo, quizá ya está reuniendo los barcos para invadir la isla. ¿Lo veis? Eso es lo que tenemos que aprender de nuestro Führer: ¡no necesitamos revelar a todo el mundo quiénes somos y qué nos proponemos! —Los demás asienten con vehemencia con la cabeza; por fin creen haber com prendido adónde quiere llegar Baldur—. Sí, sí, vosotros asentís —continúa Baldur irritado—, pero os comportáis de manera completamente distinta. No hace ni media hora he oído decir a papá delante de la cartera que la vieja Rosenthal, la que vive arriba, nos tendrá que invitar a café y pastel...

—¡Y qué, esa vieja cerda judía! —replica su padre, pero con un tono de disculpa en la voz.

—Bueno, sí —reconoce el hijo—, si alguna vez le sucede algo, no harán mucho ruido por ella. Pero ¿para qué contárselo a la gente? La seguridad es la seguridad. Fíjate en el hombre que vive encima de nosotros, ese tal Quangel. A él no le sacarás una sola palabra y, sin embargo, estoy seguro de que ve y oye todo, y de que tendrá un lugar donde notificarlo. Como ése denuncie algún día que los Persicke no pueden mantener la boca cerrada, que no te puedes fiar de ellos, que no son de confianza, estamos perdidos. Tú al menos, padre, seguro, y yo no moveré un dedo para sacarte del campo de concentración, de las cárceles de Moabit o de Plötze o de dondequiera que estés.

Todos callan, y hasta una persona tan engreída como Baldur se percata de que ese silencio no significa aprobación unánime. Así que añade rápidamente para ganarse al menos a sus hermanos:

—Todos queremos llegar un poco más alto que papá, y ¿cómo lo conseguiremos? ¡Gracias al Partido! Por eso tenemos que comportarnos igual que el Führer: engañar a los tontos con falsas apariencias, simular que somos amables y después, en secreto, cuando nadie sospeche nada, asunto liquidado y a esfumarse. En el Partido tienen que decir: ¡Con los Persicke se puede contar para todo, para todo!

Contempla de nuevo la foto con Göring y Hitler riendo, hace una breve inclinación de cabeza y sirve aguardiente, en señal de que su disertación política ha terminado.

—No te pongas de morros, papá, sólo porque te haya dicho cuatro verdades —arguye.

—Sólo tienes dieciséis años y eres mi hijo —empieza a decir el viejo, todavía ofendido.

—Y tú eres mi viejo, te he visto borracho demasiadas veces como para que sigas infundiéndome respeto —contesta deprisa Baldur Persicke ganándose con ello a todos, incluso a su madre, continuamente atemorizada—. Nooo, papá, déjalo, algún día viajaremos en coche propio y tú podrás beber champán a diario hasta que revientes.

El padre intenta replicar, esta vez contra el champán, que no aprecia tanto como su aguardiente de trigo. Pero Baldur baja la voz y continúa deprisa:

—Tú no tienes tan malas ideas, padre, aunque no deberías discutirlas con nadie, salvo con nosotros. Con la Rosenthal quizá se pueda hacer algo, y más que café y pastel. Déjame pensarlo, hay que manejar el asunto con cuidado. A lo mejor también otros se huelen la tostada, y puede que gocen de más simpatías que nosotros.

Su voz baja de tono hasta volverse casi inaudible. Baldur Persicke ha vuelto a conseguirlo, se ha ganado a todos, incluso al padre, que al principio estaba amoscado. Así que exclama:

—¡Brindo por la capitulación de Francia! —Y como al mismo tiempo ríe y se palmea los muslos, los demás se dan cuenta de que en realidad se refiere a algo muy distinto, concretamente a la vieja Rosenthal.

Todos alborotan a la vez y brindan y trasiegan bastantes copas de aguardiente, una detrás de otra. Pero el viejo tabernero y sus hijos también resisten lo suyo.

 

Capítulo 3

UN HOMBRE LLAMADO BARKHAUSEN

 

 

El jefe de taller Quangel sale a la calle y delante del portal se topa con Emil Barkhausen. Por lo visto, la única profesión de Emil Barkhausen consiste en pararse siempre en cualquier sitio donde haya algo que ver u oír. La guerra, que ha impuesto en todas partes el servicio y el trabajo obligatorios, no ha cambiado un ápice esta situación: Emil Barkhausen continúa ocioso.

Allí está, una figura alta y flaca con un traje muy raído, mirando malhumorado la calle Jablonski, casi vacía de gente a esa hora. Al divisar a Quangel, se pone en marcha y se aproxima a él con la mano tendida.

—¿Adónde va, Quangel? —pregunta—. Porque ésta no es su hora de ir a la fábrica, ¿verdad?

Quangel pasa por alto la mano del otro y murmura casi incomprensiblemente:

—Tengo prisa.

Sigue caminando hacia la avenida Prenzlauer. ¡Menudo pesado! ¡Lo que le faltaba!

Pero éste no se da por vencido tan fácilmente. Con una risita exclama:

—¡Pues llevamos el mismo camino, Quangel! —Y cuando el otro, mirando empecinado hacia delante, reanuda la marcha, añade—: Es que el doctor me ha prescrito ejercicio contra el estreñimiento, y andar sin más de un lado para otro me aburre.

Entonces comienza a describir con todo detalle todo lo que ha hecho para combatir su estreñimiento. Quangel no le presta atención. Le preocupan dos ideas que se suceden alternativamente: que ha perdido a su hijo y que Anna le ha espetado: tú y tu Führer. Quangel lo reconoce: él nunca ha querido al chico como un padre debe querer a su hijo. Desde su nacimiento consideró al niño un estorbo que perturbaba su tranquilidad y sus relaciones con su esposa. Si ahora siente dolor, es porque piensa con preocupación en Anna, en cómo asumirá esa muerte, en todos los cambios que implicará. ¡Anna ya le ha soltado: tú y tu Führer!

No es verdad. Hitler no es su Führer, o al menos no más de lo que lo es de Anna. Cuando su pequeño taller de carpintería quebró en 1930, ellos siempre estuvieron de acuerdo en que el Führer había arreglado las cosas. Después de cuatro años de paro, en 1934 se había convertido en jefe de taller de una gran fábrica de muebles y ahora traía a casa cuarenta marcos semanales. Con eso se las apañaban bien. Eso había ocurrido gracias al Führer, él había vuelto a poner en marcha la economía. Ellos siempre habían estado de acuerdo en eso.

Aún así no habían ingresado en el Partido. En primer lugar, les pesaba la cuota, a uno ya lo sangraban por los cuatro costados, había que dar para la Organización de Ayuda Invernal, para todas las colectas habidas y por haber, para el Frente del Trabajo. Sí, en el Frente del Trabajo también le habían asignado un pe queño cargo en la fábrica, y precisamente ésa era la otra razón por la que ninguno de los dos había ingresado en el Partido. Porque él veía cada dos por tres cómo ellos establecían continuas diferencias entre los compatriotas y los miembros del Partido. Para ellos incluso el peor miembro del Partido valía más que el mejor compatriota. Una vez afiliado, podías permitírtelo todo: era difícil que te pasase algo. Ellos lo denominaban: lealtad por lealtad.

Pero el jefe de taller Otto Quangel era partidario de la justicia. Para él todas las personas eran iguales, con independencia de que estuviesen en el Partido o no. Continuamente tenía que presenciar en el taller cómo a uno le hacían pagar muy duro un pequeño error en una pieza mientras que a otro le permitían entregar una chapuza tras otra, lo cual reavivaba siempre su furia. Colocaba los dientes sobre el labio inferior y lo mordía iracundo... ¡si hubiera podido, hace mucho que se habría librado también de ese puestecito en el Frente del Trabajo!

Anna lo sabía de sobra, por eso no habría debido pronunciar nunca esas palabras: tú y tu Führer. Además para Anna todo había sido muy diferente, ella había asumido de manera totalmente voluntaria su puesto en la Organización de Mujeres, no se había visto obligada como él. Por Dios, sí, él comprendía bien cómo ella había llegado a eso. Durante una parte de su vida había sido sirvienta, primero en el campo, después allí, en la ciudad, durante una parte de su vida había tenido que sudar y obedecer órdenes. En su matrimonio tampoco había tenido mucho que decir, no porque él fuera un tirano, sino porque todo tenía que girar en torno a él, que era el que ganaba el dinero.

Pero ahora ella tenía ese puesto en la Organización de Mujeres, y aunque también allí recibía sus órdenes de arriba, tenía un montón de chicas, mujeres y hasta damas por debajo de ella, a las que ahora daba órdenes. Sencillamente le gustaba cuando descubría a una de esas holgazanas inútiles con las uñas pintadas de rojo y podía enviarla a una fábrica. Si de alguno de los Quangel podía de cirse una palabra como «tú y tu Führer», era en primer lugar de Anna.

Claro, claro, también ella había encontrado pegas hacía mucho, y se había dado cuenta, por ejemplo, de que a alguna de esas señoritingas elegantes no se las podía enviar sin más a trabajar, porque tenían amigos demasiado buenos en las alturas. O la enfadaba que en el reparto de ropa interior caliente siempre les tocase el turno a los mismos, que eran precisamente los del carné del Partido. Anna también opinaba que los Rosenthal eran personas decentes que no se habían merecido un destino semejante, pero no por ello se le pasaba por la cabeza renunciar a su puesto. Hacía poco había dicho que el Führer no tenía ni idea de las marranadas que cometía su gente ahí abajo. El Führer no podía saberlo todo y su gente simplemente le mentía.

Pero ahora acaban de comunicarles la muerte de Ottito, y Otto Quangel percibe con inquietud la profunda alteración que eso iba a provocar de ahora en adelante.

Ve ante él el rostro descompuesto de su mujer, de una palidez amarillenta, y vuelve a escuchar la acusación que le hizo. Va por la calle a una hora completamente desacostumbrada, con el tal Barkhausen al lado, esta noche Trudel vendrá a verlos, habrá lágrimas, conversaciones interminables... y a él, Otto Quangel, le encanta la vida en armonía, una jornada siempre rutinaria que a ser posible no traiga sobresaltos especiales. Para él los domingos constituyen casi una molestia. Y ahora todo se confundirá durante un tiempo y seguramente Anna no volverá a ser nunca la que fue. Ese «tú y tu Führer» había brotado de lo más hondo de ella. Eso había sonado a odio.

Tiene que meditar todo eso con detenimiento, pero Barkhausen se lo impide. Ahora ese tipo dice:

—Al parecer han recibido una carta del Ejército que por lo visto no ha sido escrita por su Otto.

Quangel clava en el otro sus penetrantes ojos oscuros y masculla:

—¡Chismoso!

Pero como no quiere discutir con nadie, ni siquiera con un don nadie como el inútil de Barkhausen, añade medio a disgusto:

—La gente chismorrea demasiado.

Emil Barkhausen no se siente ofendido, a él no se le ofende tan fácilmente, y asiente solícito:

—¡Cuánta razón tiene, Quangel! ¿Por qué la tal Kluge, esa cartera mosquita muerta, no puede mantener el pico cerrado? Pues no señor, enseguida tiene que contárselo a todos: Los Quangel han recibido del frente una carta escrita a máquina. ¡Si basta con que cuente que Francia ha capitulado! —hace una pequeña pausa, y después, bajando la voz y en un tono completamente desacostumbrado, compasivo, añade—: ¿Está herido, desaparecido o...?

Enmudece. Pero Quangel —tras una prolongado silencio— responde sólo de manera indirecta a la pregunta del otro:

—¿Así que Francia ha capitulado? Bueno, ojalá lo hubieran hecho un día antes, pues en ese caso mi Otto aún viviría...

Barkhausen responde con animación ostentosa:

—Sin embargo, Francia se ha rendido tan deprisa gracias a la muerte como héroes de millares y millares de hombres. Por eso siguen ahora con vida muchos millones. ¡Como padre debe sentirse orgulloso de semejante sacrificio!

—¿Los suyos todavía son demasiado pequeños para ir al frente, vecino? —pregunta Quangel.

Barkhausen replica casi ofendido:

—¡De sobra lo sabe usted, Quangel! Pero si todos murieran a la vez, por una bomba o algo así, yo me sentiría orgulloso de eso. ¿Acaso no me cree, Quangel?

Pero el jefe de taller, en lugar de responder a esa pregunta, piensa: yo no seré un buen padre ni habré querido a Otto todo lo que debía... pero para ti tus chavales no son más que una carga. ¡Por supuesto que pienso que te alegrarías de librarte de todos a la vez por una bomba, lo creo a pie juntillas!

Pero se lo calla, y Barkhausen, harto ya de esperar una respuesta, dice:

—Piénselo, Quangel, primero los Sudetes, Checoslovaquia y Austria, ahora Polonia y Francia... ¡vamos a ser el pueblo más rico del mundo! ¿Qué importan unos cientos de miles de muertos? ¡Todos seremos ricos!

Quangel responde con inusual rapidez:

—¿Y qué haremos con la riqueza? ¿Es comestible? ¿Dormiré mejor cuando sea rico? ¿Dejaré de ir a la fábrica cuando sea un hombre rico? ¿Qué haré entonces todo el día? Nooo, Barkhausen, yo no quiero ser rico, y de este modo menos aún. ¡Esa riqueza no vale un solo muerto!

Entonces Barkhausen agarra a Quangel por el brazo, sus ojos echan chispas y lo sacude mientras susurra a toda prisa:

—¿Cómo puedes hablar así, Quangel? ¿Sabes que por esta crítica puedo mandarte al campo de concentración? ¡Acabas de ofender gravemente a nuestro Führer! ¿Qué pasaría si yo fuera uno de esos soplones y te denunciase...?

Quangel se asusta de sus propias palabras. Ese asunto de Otto y Anna ha debido de sacarlo de sus casillas mucho más de lo que pensaba, de otro modo no habría abandonado su cautela innata, siempre vigilante. Pero el otro no percibe su temor. Con sus fuertes manos de obrero, Quangel libera su brazo de la floja presa del hombre mientras replica con lentitud e indiferencia:

—¿A qué viene tanta agitación, Barkhausen? ¿Qué he dicho que usted pueda denunciar? No he dicho nada de nada. Estoy triste porque mi hijo Otto ha caído y mi mujer está muy apenada. ¡Puede usted denunciarlo cuando se le antoje, hágalo si quiere! Lo acompañaré ahora mismo y confirmaré sus palabras.

Pero mientras Quangel habla con tan inusual elocuencia, en su fuero interno se dice: ¡Me juego el cuello a que este Barkhausen es un soplón! Otro más con el que hay que andarse con cuidado. ¿Y con quién no? Tampoco sé cómo acabará Anna...

Entretanto, han llegado a la puerta de la fábrica. Quangel, sin tenderle la mano a Barkhausen, se despide:

—Bueno, adiós. —Y se dispone a entrar.

Pero Barkhausen lo retiene, agarrándolo por la chaqueta, y susurra:

—Vecino, no volveremos a hablar de lo sucedido. No soy un confidente ni quiero provocar la desgracia de nadie. Pero ahora hazme un favor: he de darle algo de dinero para comida a mi mujer y no llevo en el bolsillo ni un céntimo. Los niños aún no han comido nada hoy. Préstame diez marcos, te aseguro que te los devolveré el viernes que viene, ¡palabra!

Quangel vuelve a liberarse de la presa del otro igual que antes. ¡De modo que eres de esos, así es como te ganas tu dinero!, se dice. No pienso darle ni un marco, o creerá que le tengo miedo y no me soltará nunca más.

—Sólo llevo a casa treinta marcos semanales y necesito hasta el último céntimo —contesta en voz alta—. No puedo darte dinero.

Y sin una palabra o una mirada más cruza la puerta del patio de la fábrica. El portero lo conoce y lo deja pasar sin más preguntas.

Barkhausen, en la calle, lo mira de hito en hito mientras medita sus próximos pasos. Lo que más le gustaría es denunciar a Quangel ante la Gestapo, por eso simplemente le caerían unos cuantos cigarrillos. Pero será mejor que no lo haga. Hoy ha actuado con demasiada ligereza, habría debido dejar que Quangel se desahogase con libertad; tras la muerte de su hijo, el hombre estaba en el estado de ánimo apropiado para ello.

Se ha equivocado al juzgar a Quangel, ése no se deja apabullar. Hoy en día la mayoría de la gente tiene miedo, en realidad todos, porque todos hacen algo prohibido alguna vez y temen que alguien se entere. Sólo hay que sorprenderlos en el momento adecuado para tenerlos en el bote y que paguen. Pero Quangel, el hombre con esa cara tan penetrante de ave rapaz, no es así. Seguramente no le tiene miedo a nada, y menos aún se dejará sorprender. No, renunciará al hombre, a lo mejor en los próximos días puede sacarle algo a la mujer. ¡A una madre la muerte de su único hijo le hace perder la serenidad! Entonces esas mujeres empiezan a hablar como cotorras.

Así que en los próximos días lo intentará con la mujer, aunque ahora ¿qué? La verdad es que tiene que dar dinero a Otti, esta mañana temprano se ha comido a escondidas el último pan de la alacena. Pero está sin blanca. ¿De dónde sacará dinero con rapidez? Su mujer es una hiena, muy capaz de convertir su vida en un infierno. Antes hacía la calle en la avenida Schönhauser y a veces podía mostrarse muy simpática y cariñosa. Ahora tiene cinco críos con ella, bueno, la mayoría es difícil que sean suyos, y ella jura como un carretero. Esa bestia también reparte estopa entre los niños, y cuando le toca a él, entonces se organiza una pequeña bronca en la que ella siempre se lleva la peor parte, pero eso no la vuelve más sensata.

No, no puede presentarse ante Otti sin dinero. De pronto recuerda a la vieja Rosenthal, que vive sola y sin protección en el cuarto piso del número 55 de la calle Jablonski. ¡Mira que no haberse acordado antes de la vieja judía, ésa es un negocio más rentable que el viejo buitre de Quangel! Es una mujer bondadosa, lo recuerda de antaño, cuando aún tenían su lencería. Primero lo intentará por las buenas. ¡Pero si se niega, le arreará sin más en la cabeza! Seguro que encontrará algo, una joya, o dinero, o algo de comida, cualquier cosa que amanse a Otti.

Mientras Barkhausen desgrana estos pensamientos, imaginándose una y otra vez lo que encontrará —porque los judíos todavía son dueños de todo, aunque lo ocultan a los alemanes, a quienes se lo robaron—, Barkhausen retrocede cada vez más deprisa hacia la calle Jablonski. Cuando llega al arranque de la escalera, escucha largo rato. No le gustaría que le viera alguien allí, en la zona que da a la calle, porque él vive en el edificio de atrás, en lo que se denomina despectivamente la caseta, en el sótano, o sea, para decirlo sin rodeos, que vive en una cueva. A él no le importa, aunque a veces le resulta penoso por la gente.

Barkhausen no capta el menor movimiento en la escalera, de manera que empieza a subir los escalones deprisa, pero con sigilo. Del piso de los Persicke sale un tumultuoso alboroto, voces y carcajadas, están otra vez de celebración. Tendría que intentar relacionarse con gente como los Persicke, que tienen los contactos adecuados, y entonces también él saldría adelante. Pero claro, esos ni miran a un chivato ocasional como él; sobre todo los chicos que están en las SS y Baldur son increíblemente orgullosos. El viejo es otra cosa, en ocasiones, cuando está bebido le regala cinco marcos...

El piso de los Quangel está en completo silencio y un tramo de escalera más arriba, en casa de la Rosenthal, tampoco oye ruido alguno, por más que apoya la oreja contra la puerta. Así que llama al timbre deprisa y con cara de tedio, como lo haría, por ejemplo, el cartero apurado por continuar su quehacer.

Pero nada se mueve, y al cabo de uno o dos minutos de espera, Barkhausen se decide a llamar al timbre por segunda y por tercera vez. Entretanto escucha, no oye nada, pero por el agujero de la cerradura susurra:

—¡Señora Rosenthal, abra! ¡Le traigo noticias de su marido! ¡Deprisa, antes de que me vea alguien! ¡La estoy oyendo, señora Rosenthal, abra de una vez!

Entretanto no para de tocar el timbre, pero sin éxito. Al final lo invade la ira. De allí no puede marcharse derrotado, Otti le montará una bronca de mil demonios. ¡La vieja judía tiene que soltarle lo que le ha robado! Llama al timbre loco de rabia, mientras vocifera por el agujero de la cerradura:

—¡Abre de una vez, vieja cerda judía, o te voy a sacudir tal sarta de bofetadas que te dejaré hecha un cristo! ¡Como no abras, te mandaré hoy mismo al campo de concentración, maldita judía!

Si en ese momento llevase gasolina, prendería fuego a la puerta de esa asquerosa.

De repente, Barkhausen enmudece. Ha oído abrirse más abajo la puerta de una vivienda, se pega mucho a la pared. Nadie debe verlo allí. Lógicamente se dispondrán a bajar a la calle, ahora tiene que guardar silencio.

Pero los pasos suben hacia arriba, incesantes, aunque lentos y a trompicones. Es uno de los Persicke, y un Persicke borracho es justo lo que le faltaba ahora a Barkhausen. Por supuesto, querría ir al desván, pero el desván está asegurado por una puerta de hierro cerrada con llave, ahí no hay escondite que valga. No le queda más que una esperanza: que el borracho pase a su lado sin verlo; si es el viejo Persicke, puede suceder.

¡Pero no es el viejo Persicke, sino ese crío asqueroso, Bruno o Baldur, el peor de toda la banda! Anda siempre por ahí con su uniforme de dirigente de las Juventudes Hitlerianas esperando que tú lo saludes primero, a pesar de que es un auténtico don nadie. Baldur sube despacio los últimos escalones, agarrándose a la barandilla de lo borracho que está. A pesar de sus ojos vidriosos, hace rato que ha visto a Barkhausen pegado a la pared, pero no le habla hasta llegar justo ante él:

—¿Qué andas fisgoneando en el edificio? ¡No pienso consentirlo, lárgate ahora mismo al sótano con tu puta! ¡Marchando, largo de aquí!

Y levanta el pie con la bota claveteada, pero desiste enseguida: se tambalea demasiado para soltar una patada.

Barkhausen no puede enfrentarse a ese tono. Cuando lo tratan con tanta grosería, se arruga como un trapo.

—¡Perdone, señor Persicke! ¡Sólo quería divertirme un poco con la vieja judía! —susurra, rastrero.

Baldur frunce el ceño mientras reflexiona con esfuerzo. Al cabo de un rato dice:

—Lo que querías es robar, cerdo, esa es tu diversión con la vieja judía. ¡Vamos, tú delante!

Por groseras que sean sus palabras, ahora sin duda parecen más benévolas; Barkhausen tiene un oído muy fino para esas cosas. Así que, pidiendo disculpas por el chiste con una sonrisa, replica:

—Yo no robo, señor Persicke, sólo afano un poco de vez en cuando.

Baldur Persicke no le devuelve la sonrisa. Con ese tipo de gente no admite familiaridades, aunque a veces pueda resultar útil. Baja con cautela las escaleras detrás de Barkhausen.

Los dos hombres van tan enfrascados en sus pensamientos que no advierten que la puerta del piso de los Quangel sólo está entornada. Y vuelve a abrirse inmediatamente en cuanto ambos han pasado. Anna Quangel se acerca, sigilosa, a la barandilla de la escalera y aguza el oído.

Delante de la puerta de entrada de los Persicke, Barkhausen se cuadra levantando la mano para el «Saludo Alemán»:

—¡Heil Hitler, señor Persicke! ¡Y muchas gracias por todo!

Ni él mismo sabe por qué le da las gracias. Quizá porque el dirigente de las Juventudes Hitlerianas no le ha pegado una patada en el culo tirándolo escaleras abajo. Y no le habría quedado más remedio que aceptarlo, teniendo en cuenta que es un paria.

Baldur Persicke, en lugar de responder al saludo, mira fijamente al otro con sus ojos vidriosos y consigue que éste comience a parpadear y baje la vista hacia el suelo.

—De modo que querías divertirte un poco con la vieja Rosenthal, ¿eh? —pregunta Baldur.

—Sí —contesta Barkhausen en voz baja con la mirada gacha.

—¿Y qué diversión era ésa? —prosigue—. ¿De la empresa Ladrón y Cía.?

Barkhausen arriesga una sonrisa furtiva mientras examina el rostro de su interlocutor.

—¡Quiá! —dice—. También le habría arreado un par de hostias.

—Ya —se limita a responder Baldur—. Ya.

Durante un momento permanecen quietos y silenciosos. Barkhausen se pregunta si puede marcharse, pero todavía no ha recibido la orden de retirarse. Así que sigue esperando mudo y con la vista gacha.

—Entra un momento —suelta Persicke de pronto con la lengua muy estropajosa. Con el dedo estirado señala la puerta abierta del piso de los Persicke.

—A lo mejor tengo que decirte algo más. ¡Ya veremos!

Barkhausen, obedeciendo la señal, penetra en la vivienda de los Persicke sin decir ni una palabra. Baldur Persicke lo sigue tambaleándose un poco, pero con postura marcial. La puerta se cierra de golpe detrás de ambos.

Arriba, la señora Anna Quangel se aparta de la barandilla y se desliza, sigilosa, dentro de su vivienda, cuya puerta cierra con suavidad. No sabe por qué ha espiado la conversación de esos dos, primero arriba, delante del piso de la señora Rosenthal, después abajo, ante la puerta de los Persicke. Habitualmente sigue la costumbre de su marido: los vecinos pueden hacer lo que les venga en gana. La cara de Anna aún ostenta una blancura enfermiza, y sus párpados se contraen con irritación. En un par de ocasiones le habría gustado sentarse y llorar, pero no puede hacerlo. Por su cabeza pasan frases hechas como: «Se me parte el corazón», o: «Menudo golpe me han dado», o: «Tengo un nudo en la garganta». Todo eso forma parte de sus vivencias, pero también esto: «No quedarán sin castigo después de haberme matado a mi hijo. Yo también puedo ser distinta...».

De nuevo desconoce a qué se refiere con lo de ser distinta, pero ese espionaje de hace un momento quizá haya sido únicamente el comienzo. Otto ya no podrá decidirlo todo él solito, le pasa por la mente. Yo también podré hacer a veces lo que se me antoje, aunque no le guste.

Se dispone a terminar de preparar la comida con diligencia. La mayoría de los alimentos que consigue con las cartillas son para él. Ya no es joven y tiene que deslomarse a trabajar; ella puede pasar mucho tiempo sentada dedicada a labores de costura, así que ese reparto cae por su propio peso.

Mientras manipula las cacerolas, Barkhausen vuelve a salir del piso de los Persicke. En cuanto baja la escalera, abandona la postura de servilismo que mostraba ante ellos. Al cruzar el patio camina erguido, nota en su estómago el agradable calorcillo provocado por las dos copas de aguardiente y en el bolsillo lleva dos billetes de diez marcos, uno de los cuales aplacará el malhumor de Otti.

Cuando entra en la habitación del sótano, Otti no está de malhumor. Sobre la mesa hay un mantel blanco, y Otti está sentada en el sofá con un hombre desconocido para Barkhausen. El extraño, que no viste nada mal, retira a toda prisa el brazo que rodea los hombros de Otti. Pero no tenía ninguna necesidad de hacerlo, Barkhausen jamás ha sido quisquilloso al respecto.

¡Fíjate, la vieja pelleja también echa el anzuelo a esos! Éste será por lo menos empleado de banca o maestro..., piensa.

En la cocina, los niños lloran y gritan. Barkhausen les da a cada uno una gruesa rebanada del pan depositado sobre la mesa. Después comienza a desayunar, porque además de pan hay salchicha y aguardiente. ¡Todo es bueno para un cliente así! Mira, complacido, al hombre del sofá, que no parece sentirse tan bien como Barkhausen.

En cuanto ha comido un poco, Barkhausen se marcha. ¡Todo menos asustar al cliente! Lo bueno es que ahora puede quedarse los veinte marcos para él. Barkhausen se encamina hacia la calle Roller; ha oído hablar de una tasca donde la gente habla con mucha ligereza. A lo mejor puede sacar algo en limpio. Ahora en Berlín se puede pescar en cualquier parte. Si no de día, de noche.

Al pensar en la noche, el bigote caído de Barkhausen vuelve a estremecerse de risa. ¡Menuda panda forman el tal Baldur Persicke y los demás! ¡Pero que no se les ocurra tomarlo por tonto, a él, no! ¡Que no se crean que se lo han ganado con veinte marcos y dos copas de aguardiente! A lo mejor llega un tiempo en el que pueda meterse en el bolsillo a todos los Persicke. Ahora sólo tiene que ser listo.

Entonces Barkhausen recuerda que ha de encontrar a un tal Enno antes de que anochezca. Enno quizá sea el hombre adecuado para esa empresa. No hay que temer, ya lo encontrará. Enno hace su ronda por tres o cuatro locales frecuentados por corredores de apuestas de poca monta. Barkhausen no sabe cómo se llama en realidad el tal Enno. Sólo lo conoce de ese puñado de locales donde todos le llaman así. Ya lo encontrará, y a lo mejor incluso es el hombre adecuado.

 

Capítulo 4

TRUDEL BAUMANN REVELA UN SECRETO

 

 

A Otto Quangel le costó conseguir que avisasen a Trudel Baumann para que saliera a reunirse con él; en cambio, le resultó fácil entrar en la fábrica. Porque allí —dicho sea de paso, igual que en la fábrica de Quangel— no sólo trabajan a destajo, sino que cada equipo tiene que conseguir un determinado cupo de trabajo, así que a menudo cada minuto es importante.

Otto Quangel tiene éxito, al fin y al cabo el otro es jefe de taller, como él mismo. Es difícil denegar algo así a un colega, sobre todo cuando su hijo acaba de caer. Porque Quangel ha tenido que contarlo para poder ver a Trudel. En consecuencia, también tendrá que decírselo a ella, en contra del ruego de su mujer, pues de lo contrario se enteraría por el jefe de taller. Ojalá no haya gritos ni desmayos. En realidad el comportamiento de Anna ha sido milagroso... en fin, Trudel también es una mujer fuerte.

Ahí llega por fin y Quangel, que jamás ha mantenido otra relación salvo con su mujer, tiene que reconocer que la joven, con su cabeza de cabellos oscuros rizados, alborotados, su rostro redondo al que ningún trabajo fabril ha podido arrebatar sus frescos colores, sus ojos risueños y el pecho erguido, es una preciosidad. Incluso ahora que, debido al trabajo, viste largos pantalones azules y un viejo suéter muy remendado cubierto de restos de hilo, resulta atractiva. Pero lo más bonito en ella es quizá su forma de moverse, llena de vida, parece complacerse en cada paso: rebosa alegría de vivir.

En realidad, parece un milagro, piensa de pasada Otto Quangel, que un soseras como Otto, un hijito tan mimado por su mamá, consiguiera una chica tan maravillosa. Pero, se corrige al instante, ¿qué sé yo de Otto? Nunca me fijé mucho en él. Tiene que haber sido completamente distinto a lo que yo pensaba. Y de radios la verdad es que sabía un montón, todos los jefes se lo disputaban.

—Hola, Trudel —saluda tendiéndole la mano en la que ella, con un ademán rápido y vigoroso, desliza la suya, cálida y suave.

—Hola, padre —contesta—. Bueno, ¿qué es lo que pasa? ¿Es que mamá tiene otra vez nostalgia de mí o ha escrito Otto? Procuraré ir a veros lo antes posible.

—Tiene que ser esta misma tarde, Trudel —precisa Otto Quangel—. La verdad es que...

Pero no acaba la frase. Con rapidez, a su modo, Trudel mete la mano en el bolsillo del pantalón azul y saca una agenda de bolsillo que hojea. Sólo escucha a medias, no es el momento adecuado para decírselo. Así que Quangel espera, impaciente, a que ella haya encontrado lo que busca.

El encuentro entre ambos se desarrolla en un largo pasillo con corrientes de aire y paredes enlucidas completamente cubiertas de carteles. Sin darse cuenta, la mirada de Quangel cae sobre uno que cuelga torcido detrás de Trudel. Lee unas palabras, el titular impreso en letras muy gordas: «En nombre del pueblo alemán», después tres nombres y: «Han sido condenados a la horca por crimen de alta traición y sedición. La ejecución se ha llevado a cabo esta mañana en la prisión de Plötzensee».

Sin darse cuenta, agarra a Trudel con las dos manos y la aparta hasta que ya no está delante del cartel.

—¿Qué pasa? —pregunta, sorprendida.

Después sus ojos siguen la dirección de su mirada y también ella lee el cartel. Hace un ruido que puede significar cualquier cosa: protesta contra lo leído, rechazo al comportamiento de Quangel, indiferencia, pero de todos modos no regresa a su posición anterior. Mientras se guarda de nuevo la agenda en el bolsillo, dice:

—Esta tarde es imposible, padre, pero mañana a eso de las ocho me pasaré por vuestra casa.

—¡Tiene que ser esta tarde, Trudel! —insiste Otto Quangel—. Han llegado noticias de Otto. —Su mirada se vuelve más penetrante todavía, ve cómo la sonrisa desaparece del rostro de la joven—. Otto ha caído, Trudel.

Es extraño: del pecho de Trudel se escapa ahora el mismo sonido que profirió Otto Quangel al recibir la noticia, un profundo «¡Oh...!». Durante un instante mira al hombre con los ojos llenos de lágrimas y los labios temblorosos; después gira la cara hacia la pared, apoya la frente contra ella. Llora en silencio. Quangel ve el temblor de sus hombros, pero no oye sonido alguno.

¡Muchacha valiente!, piensa. ¡Hay que ver lo que quería a Otto! Éste también fue valiente a su modo, jamás colaboró con esos mierdas, no dejó que las Juventudes Hitlerianas lo azuzaran contra sus padres, siempre se opuso a jugar a soldados y a la guerra. ¡Esta maldita guerra!

Se detiene, asustado por lo que acaba de pensar. ¿Será que también está cambiando él? Porque eso ha sido casi igual que lo de «tú y tu Hitler» de Anna.

Entonces ve que Trudel apoya la frente en el cartel del que acaba de apartarla hace un momento. Por encima de su cabeza se lee en negrita: «En nombre del pueblo alemán», su frente tapa los nombres de los tres ahorcados...

Y en su fuero interno surge una visión: un día podría colgar en las paredes un cartel parecido con los nombres de Anna, Trudel y el suyo. Sacude la cabeza, disgustado. Él es un simple obrero que únicamente desea tranquilidad, que no quiere saber nada de política, Anna sólo se ocupa de su casa y una chica tan preciosa como Trudel seguro que no tardará en encontrar otro novio...

La visión, sin embargo, es tenaz, persistente. Nuestros nombres en la pared, piensa él completamente confundido. ¿Y por qué no? Colgar de la horca tampoco es peor que caer destrozado por una granada o reventar de un tiro en la barriga. Todo eso carece de importancia. Lo único importante es: Tengo que averiguar qué ocurre con Hitler. Un momento antes todo parecía ser bueno, y ahora de repente todo es malo. De repente sólo veo represión y odio y coacción y dolor, tanto dolor... Unos miles, dijo ese espía cobarde, el tal Barkhausen. ¡Como si el número fuera lo principal! Si una sola persona sufre injustamente y yo, pudiendo evitarlo, no lo hago por cobardía y porque amo demasiado mi tranquilidad, entonces...

Llegado a este punto ya no se atreve a seguir pensando. Le da miedo, auténtico miedo, adónde puede conducirlo esa idea. ¡Tendría que cambiar toda su vida!

En lugar de eso vuelve a mirar a la chica encima de cuya cabeza se lee: «En nombre del pueblo alemán». No debería llorar apoyada precisamente en ese cartel, gira sus hombros para alejarla de la pared y dice lo más suavemente que puede:

—Vamos, Trudel, apoyada en ese cartel no...

Durante un instante ella observa las palabras impresas sin comprender. Sus ojos están secos de nuevo, sus hombros ya no tiemblan. La vida retorna a su mirada, la cual ya no despide el antiguo brillo alegre con el que ha entrado en el pasillo, sino un fulgor oscuro. Coloca su mano con firmeza y también con ternura sobre la palabra «ahorcados».

—Jamás olvidaré, padre —dice—, que he llorado por Otto justo delante de un cartel así. A lo mejor... no me gustaría... pero tal vez algún día también figure mi nombre en un papelucho de estos.

Lo mira de hito en hito. Él tiene la impresión de que no sabe bien lo que dice.

—¡Muchacha! —exclama asustado—. ¡Vuelve en ti! ¿Cómo vas tú, y en semejante cartel...? Eres joven, tienes toda la vida por delante. Volverás a reír, tendrás hijos...

Ella niega, tozuda, con la cabeza.

—No tendré hijos mientras no sepa con seguridad que no me los van a matar de un tiro. Mientras cualquier general pueda decir: ¡Marcha y revienta! Padre —continúa mientras estrecha con fuerza la mano de él entre las suyas—, padre, ¿de verdad puedes seguir viviendo igual que hasta hoy ahora que han matado a tiros a tu Otto?

La muchacha le dirige una mirada penetrante, y de nuevo intenta resistirse contra ese algo desconocido que se va infiltrando en él.

—Los franceses... —murmura.

—¡Los franceses! —exclama ella furiosa—. ¿Es que vas a recurrir a una disculpa así? ¿Y quién invadió a los franceses? ¿Quién fue, padre? ¡Responde!

—Pero ¿qué podemos hacer nosotros? —Otto Quangel se defiende, desesperado, de esa presión—. Nosotros apenas somos unos pocos y ellos tienen muchos millones a su favor, y ahora, después de la victoria contra Francia, todavía más. ¡No podemos hacer absolutamente nada!

—Podemos hacer mucho —susurra—. Podemos sabotear las máquinas, podemos trabajar despacio y mal, podemos arrancar sus carteles y pegar otros en los que digamos a la gente cómo la engañan y le mienten —baja aún más la voz—. Pero lo principal es que nosotros seamos distintos a ellos, que nunca consintamos en ser como ellos, en pensar como ellos. ¡Nosotros no seremos nazis aunque ellos pongan el mundo entero a sus pies!

—¿Y qué conseguiremos con eso, Trudel? —pregunta Otto Quangel en voz baja—. No veo qué vamos a conseguir con eso.

—Padre —replica la joven—, al principio yo tampoco lo entendía, y aún sigo sin entenderlo del todo. Pero, sabes, aquí, en la fábrica, hemos formado en secreto una célula comunista, muy pequeña, tres hombres y yo. Con nosotros hay uno que ha intentado explicármelo. Somos, dice él, como la buena semilla en un sembrado lleno de mala hierba. Si no fuera por la buena semilla todo el sembrado estaría invadido por la mala hierba. Pero la buena semilla puede extenderse...

Se detiene bruscamente, como si acabaran de darle un susto de muerte.

—¿Qué ocurre, Trudel? —le pregunta—. Lo de la buena semilla no es una mala idea. Meditaré sobre el asunto, tengo tanto que meditar en los próximos tiempos.

Ella dice, llena de vergüenza y arrepentimiento:

—Es que se me ha escapado lo de la célula y había jurado solemnemente no revelárselo a nadie.

—No te preocupes por eso, Trudel —contesta Otto Quangel, y sin querer contagia su serenidad a esa criatura atormentada. A Otto Quangel esas cosas le entran por un oído y le salen por el otro—. Ya lo he olvidado. —Dirige una mirada decidida y enconada al cartel—. Aunque viniera toda la Gestapo, no recordaría nada. Y si quieres y te tranquiliza —añade—, a partir de este momento tú ya no nos conoces de nada. Tampoco tienes que venir esta tarde a ver a Anna, ya se lo explicaré yo de algún modo, sin necesidad de palabras.

—No —responde Trudel, recuperando la seguridad—. No, esta tarde me pasaré a ver a madre. Pero tendré que decirles a los demás que me he ido de la lengua, y a lo mejor alguno intenta sonsacarte para comprobar si tú también eres de confianza.

—¡Que vengan si se atreven! —replica Otto Quangel con tono amenazador—. Yo no sé nada. Nunca he tenido nada que ver con la política, en toda mi vida. Adiós, Trudel. Hoy ya no te veré, porque casi nunca regreso del trabajo antes de las doce.

Ella le da la mano y regresa por el corredor al interior de la fábrica. Ya no rebosa de vida, pero sigue pletórica de fuerza. ¡Buena chica!, piensa Quangel. ¡Muchacha valiente!

Después Quangel se queda solo en el corredor con sus carteles, que crujen suavemente por la continua corriente de aire. Se dispone a marcharse. Pero antes hace algo que lo sorprende a él mismo: saluda con una inclinación de cabeza al cartel contra el que ha llorado Trudel... con una resolución enconada.

Momentos después se avergüenza de su acción. ¡Es una arrogancia estúpida! Luego se apresura a regresar a casa. El tiempo apremia, tendrá incluso que coger el tranvía, cosa que aborrece por su sentido del ahorro, rayano a veces en la avaricia.

 

Capítulo 5

EL ASTUTO REGRESO DE ENNO

 

 

La cartera Eva Kluge terminó su reparto hacia las dos de la tarde. Estuvo muy ocupada con la liquidación de sus cheques y giros postales hasta eso de las cuatro: como estaba muy cansada, se le embrollaban los números y se equivocaba continuamente. Emprendió el regreso a casa con los pies ardiendo y un doloroso vacío en la cabeza; no quería ni pensar en lo que le quedaba por hacer antes de poder irse por fin a la cama. Durante el camino de vuelta hizo la compra con las cartillas de racionamiento; en la carnicería tuvo que guardar cola un buen rato, y casi eran las seis cuando subía poco a poco los peldaños de su vivienda en Friedrichshain.

En el descansillo, delante de su puerta, ve a un hombre bajo con abrigo claro y gorra deportiva. Tiene el rostro descolorido y carente de toda expresión, los párpados un poco inflamados, los ojos pálidos, es uno de esos rostros que se olvidan al momento.

—¿Tú, Enno? —exclama ella asustada aferrando sin darse cuenta la llave en su mano con más fuerza—. ¿Qué buscas aquí? No tengo dinero ni comida y tampoco pienso dejarte entrar en casa.

El hombre bajo hace un gesto tranquilizador.

—¿Por qué te alteras tanto, Eva? ¿A qué viene esa hostilidad? Yo sólo quería saludarte, Eva. ¡Buenas tardes, Eva!

—Buenas tardes, Enno —responde a regañadientes, porque conoce a su marido desde hace muchos años. Tras unos momentos, suelta una risa breve y furiosa—. Ya nos hemos saludado como querías, Enno, así que ya puedes largarte. Pero, según veo, no te vas, ¿qué es lo que deseas realmente?

—Lo ves, Evita —le contesta él, siempre con tono persuasivo—. Eres una mujer razonable, contigo se puede hablar... —y empieza a contarle con todo lujo de detalles que el seguro de enfermedad ya no le paga porque han transcurrido las veintiséis semanas de enfermedad. Tiene que volver a trabajar o lo enviarán de vuelta al Ejército, que lo ha dejado a disposición de su fábrica porque es mecánico de precisión y la gente de ese oficio escasea—. Así son las cosas. Total —concluye sus explicaciones— que en los próximos días debo tener un domicilio fijo. Y he pensado que...

Ella niega enérgicamente con la cabeza. Se cae de sueño y se muere de ganas por entrar en casa, donde le espera mucho trabajo. Pero no lo dejará entrar, aunque tenga que pasarse allí la mitad de la noche.

Él dice deprisa, pero con un tono que sigue sonando igual de insulso:

—No me digas que no, Evita, aún no he terminado de hablar. Te juro que no quiero nada de ti, ni dinero, ni comida. Déjame dormir en el sofá. Tampoco necesito ropa de cama. No te daré trabajo.

La mujer vuelve a negar con la cabeza. Si al menos dejara de hablar, tiene que saber que ella no cree ni una palabra. Porque jamás ha cumplido sus promesas.

—¿Por qué no recurres a una de tus amiguitas? —le espeta—. ¡Con lo buenas que son contigo en según qué cosas!

Éste niega con un gesto.

—He terminado con las mujeres, Evita, no pienso dedicarme más a ellas, me he hartado. Pensándolo bien, tú siempre has sido la mejor de todas, Evita. Pasamos unos años buenos entonces, cuando los chicos eran pequeños...

De modo inconsciente el rostro de ella se ilumina al recordar sus primeros años de matrimonio. Fueron realmente buenos, entonces él aún trabajaba como mecánico de precisión, llevaba todas las semanas sus sesenta marcos a casa y no sabía lo que era la pereza.

Enno Kluge se apercibe en el acto de su ventaja.

—Lo ves, Evita, todavía me quieres un poco, y por eso me dejarás dormir en el sofá. Te prometo que despacharé muy deprisa lo del trabajo, a mí también me importa un pimiento esa majadería. Sólo hasta que vuelva a recibir el subsidio de enfermedad y no tenga que volver al Ejército. ¡En diez días conseguiré que vuelvan a darme la baja!

Hace una pausa y la mira expectante. La mujer ya no menea la cabeza, pero su rostro es impenetrable. Así que prosigue:

—Esta vez no pienso recurrir a las hemorragias gástricas, porque entonces no te dan nada de comer en los hospitales. Esta vez probaré con cólicos hepáticos. Así ellos no podrán comprobar nada, sólo hacerme una radiografía, y para los cólicos no es necesario tener piedras. Se pueden tener sin más. Me he informado con todo detalle. Funcionará. Pero primero he de trabajar esos diez días.

Ella guarda silencio y él continúa su perorata, convencido de que hablando sin parar se puede convencer a la gente, de que al final ceden si uno lo intenta con la suficiente insistencia.

—También tengo la dirección de un médico judío en la avenida Frankfurter que si lo deseas te da la baja, sólo para evitarse problemas con la gente. Con ése lo conseguiré: dentro de diez días estaré de nuevo en el hospital y tú te habrás librado de mí, Evita.

Ésta dice, harta de tanta palabrería:

—Ni aunque hables hasta la medianoche volveré a acogerte, Enno. No lo haré nunca más, digas lo que digas y hagas lo que hagas. No permitiré que vuelvas a destrozarme la vida, tú y tu pereza y tus apuestas y tus mujerzuelas. Ya lo he vivido tres veces y cuatro y otra y una más, y se me ha acabado la paciencia, se terminó. Me sentaré aquí, en la escalera, porque estoy cansada, llevo en pie desde las seis de la mañana. Si quieres, siéntate conmigo. Si te apetece, habla; si no, cierra la boca, a mí todo me da igual. ¡Pero en mi casa no entras!

Y se sienta en la escalera, en el mismo peldaño donde antes esperaba él. Y sus palabras traslucen tal decisión que él se da cuenta de que esta vez no servirá de nada hablar. Así que ladeando un poco su gorra de jockey dice:

—Pues nada, Evita, si te niegas a todo trance, si ni siquiera quieres hacerme un favor tan pequeño, sabiendo lo apurado que está tu marido, con el que has tenido cinco hijos, tres de los cuales yacen en el cementerio y dos luchan por su Führer y su patria... —se interrumpe, ha hablado de manera maquinal, porque por las tabernas se ha acostumbrado a hablar por los codos, a pesar de que ha comprendido que ahora las palabras son inútiles—. En fin, Evita, me marcho. Que sepas que no te lo tomo a mal, eso ya lo sabes, seré como sea, pero no te reprocho nada.

—Porque, salvo tus apuestas, todo te importa un bledo —replica ella—. Porque no te interesa otra cosa en el mundo, porque no puedes querer a nada ni a nadie, ni siquiera a ti mismo, Enno. —Vuelve a interrumpirse en el acto, es inútil hablar con ese hombre. Tras esperar un instante, añade—: Creía que pensabas marcharte.

—Ya me voy, Evita —dice él para su sorpresa—. Que te vaya bien. No te guardo rencor. ¡Heil Hitler, Evita!

—¡Heil Hitler! —contesta ella de forma mecánica, todavía firmemente convencida de que esa despedida es una artimaña, una mera introducción a otra charla interminable. Pero para su infinita sorpresa, no dice nada más y empieza a bajar la escalera.

Durante uno, dos minutos, se queda sentada en el peldaño estupefacta, aún no acierta a creer en su victoria. Después se levanta de un salto y aguza los oídos. Oye con claridad sus pasos en el último tramo de escaleras, no se ha escondido, ¡se va de verdad! En ese momento la puerta de la calle se cierra. Con mano temblorosa abre la puerta; está tan nerviosa que al principio no logra encontrar el agujero de la cerradura. Una vez dentro, echa la cadena y se desploma en una silla de la cocina. Sus miembros cuelgan desmadejados, el combate de momentos antes le ha arrebatado sus últimas fuerzas. Ya no le quedaban energías, cualquiera habría podido empujarla con un dedo para que resbalase sin más de la silla.

Pero poco a poco, allí sentada, vuelve a recuperar la fuerza y la vida. Así que lo ha conseguido, su voluntad ha vencido la terca tenacidad de él. Ha conservado su casa para ella, para ella sola. No volverá a estar ahí sentado, hablando sin parar de sus caballos y robándole cada marco y cada mendrugo de pan que pueda pillar.

Se levanta de un salto, infundida de nuevo ánimo. Le ha quedado un vestigio de vida. Tras el interminable trabajo en Correos necesita esas pocas horas para ella sola. El reparto le resulta duro, muy duro, cada vez más. Ya había tenido antes problemas abdominales, no en vano yacían en el cementerio sus tres hijos menores: todos prematuros. Las piernas tampoco le responden bien. Y es que no era una mujer para la vida laboral, sino una auténtica ama de casa. Pero cuando su marido dejó de trabajar de repente, no le quedó más remedio que ganarse la vida. Por entonces los dos chicos aún eran pequeños. Ella los había sacado adelante, había conseguido esa vivienda: cocina, comedor y dormitorio. Y encima había cargado con el marido cuando no estaba alojado en casa de alguna de sus amantes.

Lógicamente habría tenido que divorciarse hacía tiempo, porque él no disimulaba sus adulterios. Pero el divorcio no habría cambiado nada; divorciado o no, Enno habría seguido aferrándose a ella. A él todo le daba igual, no le quedaba ni una pizca de honor en el cuerpo.

No lo echó definitivamente de su casa hasta que los dos chicos se fueron a la guerra. Hasta entonces aún se creía obligada a mantener al menos la apariencia de una vida familiar, a pesar de que los dos mozos mayores estaban al cabo de todo. A ella le daba vergüenza que otras personas notasen sus desavenencias. Si le preguntaban por su marido, contestaba siempre que estaba fuera por trabajos de montaje. Incluso ahora visitaba ocasionalmente a los padres de Enno, les llevaba algo de comer o unos marcos, en cierto modo como compensación por el dinero que el hijo birlaba de vez en cuando de la paupérrima pensión de sus padres.

Pero en su interior había terminado definitivamente con ese hombre. Aunque hubiera sido capaz de cambiar y trabajar de nuevo y comportarse como en los primeros años de su matrimonio, no habría vuelto a darle cobijo. No es que lo odiara, era una completa insignificancia, ni siquiera podía odiarlo, simplemente le repugnaba, igual que las arañas y las serpientes. ¡Que la dejara en paz, lo único que quería era no verlo, con eso ya se daba por satisfecha!

Eva Kluge pensaba todo esto mientras colocaba su comida sobre la llama del gas y recogía la cocina; el dormitorio y la cama los ordenaba siempre a primera hora de la mañana. Mientras oía borbotear el caldo y su aroma comenzaba a extenderse por toda la cocina, se puso con la cesta de zurcir. Las medias eran un dolor permanente, muchas veces rompía durante la jornada más de las que era capaz de arreglar. Mas no por ello le irritaba ese trabajo, amaba esa tranquila media hora antes de cenar, cuando se sentaba cómodamente en la silla de mimbre, con sus blandas zapatillas de fieltro, los pies doloridos bien estirados y un poco girados hacia dentro, en esa postura era como mejor descansaba.

Después de cenar pensaba escribir a su preferido, al mayor, a su Karl, que estaba en Polonia. No estaba nada de acuerdo con él, y menos aún desde que se hizo de las SS. En los últimos tiempos se oían muchas cosas malas de las SS, al parecer eran malvados, sobre todo con los judíos. Pero ella no creía que su hijo, al que llevaba en su corazón, fuese capaz de violar primero a chicas judías e inmediatamente después matarlas de un tiro. ¡Eso no podía hacerlo su Karl! ¿De quién lo había aprendido? Nunca había sido dura ni grosera, y el padre era un guiñapo. Pero ella procuraría insinuar en su carta que debía seguir siendo decente. Como es natural, la insinuación había que hacerla con suma cautela, para que sólo la entendiera su Karl, porque si la carta caía en manos del censor le traería problemas. Bueno, ya se le ocurriría algo, a lo mejor le recordaba un suceso de la infancia, la vez que él le robó dos marcos y se compró caramelos o, mejor todavía, cuando ya con trece años se lio con Walli, que no era más que una zorra. Cuántos problemas le había ocasionado por entonces separarlo de aquella mujer... ¡y es que a veces su Karl tenía un genio terrible!

Pero sonríe al recordar esas dificultades. Hoy todo lo relacionado con la infancia del muchacho le parece bonito. Por aquel entonces aún le quedaban fuerzas, habría defendido a sus chiquillos frente al mundo entero y trabajado día y noche para no privarlos de nada que recibieran otros niños con un padre como es debido. Pero en los últimos años sus fuerzas han ido decayendo, sobre todo desde que los dos tuvieron que marcharse a la guerra.

No, esa guerra no habría debido producirse; si el Führer era de verdad tan gran hombre, habría debido evitarla. Esa minucia de Danzig y el estrecho corredor, poniendo a diario en peligro de muerte a millones de personas, ¡eso no lo hace un hombre verdaderamente grande!

Por cierto, que la gente contaba que al parecer era hijo ilegítimo. Entonces seguro que nunca tuvo una madre que se preocupase de verdad por él. Y así tampoco podía saber cómo se sienten las madres que padecen ese miedo permanente e interminable. Después de una carta oficial estabas mejor uno o dos días, luego calculabas cuánto tiempo había transcurrido desde que había sido enviada y el miedo te asaltaba de nuevo.

Hace un buen rato que ha dejado caer la media, sumiéndose en sus ensoñaciones. Ahora se levanta mecánicamente, traslada el caldo de la llama fuerte a la más débil y coloca la cazuela con las patatas sobre el mejor fuego. Mientras lo hace, suena el timbre. En el acto se queda paralizada. ¡Enno!, piensa, ¡Enno!

Coloca la cazuela sin hacer ruido y se desliza sigilosa sobre sus suelas de fieltro hasta la puerta de entrada. Su corazón vuelve a calmarse: delante de la puerta, un poco apartada de forma que se la pueda ver bien, está su vecina, la señora Gesch. Seguro que quiere pedirle algo prestado, harina o un poco de manteca, que siempre olvida devolver. A pesar de todo, la desconfianza de Eva Kluge no desaparece. Inspecciona el descansillo de la escalera hasta donde le permite la mirilla de la puerta y aguza los oídos para escuchar cualquier ruido. Pero todo está en orden, sólo la señora Gesch mueve a veces los pies con impaciencia o mira hacia la mirilla.

Eva Kluge se decide. Abre la puerta lo que le permite la cadena, y pregunta:

—¿Qué se le ofrece, señora Gesch?

En el acto la señora Gesch, una mujer extenuada, que se desloma a trabajar mientras sus hijas se pegan una buena vida a costa de la madre, la inunda con un torrente de quejas por el interminable lavado, por lavar siempre la ropa sucia de otras personas y no hartarse de comer jamás, y por Emmi y Lilli que no hacen nada de nada. Después de cenar se marchan sin más ni más, dejando que su madre friegue los platos.

—Bueno, señora Kluge, venía a pedirle un favor, es que tengo algo en la espalda, creo que es un forúnculo o algo que supura. Sólo tenemos un espejo y tengo tan mal los ojos. Si quisiera echarle un vistazo, no puedo ir al médico por algo así, ¿de dónde voy a sacar tiempo para ir al médico? Pero a lo mejor usted puede incluso explotármelo, si no le da asco, a cierta gente le dan asco esas cosas...

Mientras la señora Gesch prosigue su charla quejumbrosa, Eva Kluge quita mecánicamente la cadena y la mujer entra en la cocina. Eva Kluge intenta volver a cerrar la puerta, pero un pie se interpone y Enno Kluge irrumpe en su vivienda. Su rostro es tan inexpresivo como siempre, pero ella nota que está algo alterado porque sus párpados casi sin pestañas tiemblan mucho.

Eva Kluge se queda con los brazos colgando, sus rodillas tiemblan tanto que le gustaría desplomarse al suelo. El torrente de palabras de la señora Gesch ha cesado de repente, contempla los rostros de ambos sin abrir la boca. En la cocina reina un silencio sepulcral, sólo la cazuela del caldo desprende un suave borboteo.

Finalmente la señora Gesch dice:

—Bueno, ya le he hecho a usted el favor, señor Kluge. Pero se lo digo claramente: una y no más. Y si no cumple su promesa y empieza de nuevo a holgazanear, a ir a la taberna y a apostar en las carreras... —se interrumpe al ver la expresión de la señora Kluge y añade—: Y si he metido la pata, la ayudaré ahora mismo a echar fuera a este hombrecito, señora Kluge. ¡Entre las dos no nos costará esfuerzo!

Eva Kluge hace un ademán de rechazo.

—¡Bah, déjelo, señora Gesch, qué más da!

Camina despacio y con cuidado hacia la silla de mimbre y se deja caer en ella. Vuelve a tomar en sus manos la media que zurcía, pero la mira fijamente como si no supiera qué es.

La señora Gesch dice un tanto ofendida:

—Vaya, pues entonces buenas noches o Heil Hitler... como prefieran los señores.

Enno Kluge responde a toda prisa:

—¡Heil Hitler!

Eva Kluge contesta despacio, como si despertara de un sueño:

—Buenas noches, señora Gesch —y volviendo en sí, añade—: Si de verdad le pasa algo en la espalda...

—No, no —contesta apresuradamente la señora Gesch, ya en la puerta—. No me pasa nada en la espalda, lo he dicho por decir. Pero seguro que no me vuelvo a meter en camisa de once varas. Ya veo que nunca me lo agradecerán.

Tras estas palabras, sale por la puerta; se alegra de perder de vista a esas dos personas silenciosas, le remuerde un poco la conciencia.

En cuanto se cierra la puerta, el hombre bajito se pone en movi miento. Con toda naturalidad abre el armario, deja libre una percha colgando dos vestidos de su mujer uno encima de otro, y coloca en ella su abrigo. Pone la gorra deportiva encima del armario. Siempre trata sus cosas con mucho cuidado, odia ir mal vestido y sabe que no puede comprarse nada nuevo.

Se frota las manos con un placentero «¡vaya vaya!», se aproxima a la cocina de gas y olfatea las cazuelas.

—¡Qué rico! —exclama—. Patatas guisadas con carne de vaca... ¡rico rico!

Hace una pausa, la mujer está sentada inmóvil, dándole la espalda. Vuelve a depositar sin ruido la tapa sobre la cazuela, se sitúa a su lado y desde arriba le dice:

—¡Bueno, Eva, no te quedes como si fueras una estatua de mármol! ¡No es para tanto! Durante un par de días volverás a tener un hombre en casa, no pienso causarte el menor trastorno. Y mantengo mi promesa. Tampoco quiero patatas guisadas, a lo sumo unas cucharadas, si sobran. Y sólo si me las das voluntariamente, yo no te lo pediré.

La mujer no contesta. Vuelve a colocar en el armario la cesta de zurcir, pone un plato hondo sobre la mesa, lo llena con el contenido de la cazuela y comienza a comer despacio. El hombre se sienta al otro lado de la mesa, saca del bolsillo unos periódicos deportivos y toma notas en una gruesa libreta mugrienta. Al mismo tiempo lanza de cuando en cuando una rápida ojeada a la mujer mientras come. Ella lo hace muy despacio, pero ya se ha servido dos veces, seguro que no sobrará mucho para él, y tiene un hambre canina. Lleva todo el día, no, desde la noche anterior, sin probar bocado. El marido de Lotte, que regresó de un permiso militar, lo echó a golpes de la cama sin la menor consideración por su desayuno.

Pero no se atreve a hablar de su hambre a Eva, esa mujer silenciosa le da miedo. Antes de que pueda volver a sentirse allí realmente en casa, tendrán que pasar muchas cosas. Ese momento llegará, no le cabe la menor duda: se puede persuadir a cualquier mujer, sólo es preciso ser insistente y tener mucho aguante. Al final, casi siempre de improviso, ellas ceden, sencillamente porque se han hartado de resistirse.

Eva Kluge rasca las sobras de las cazuelas. Lo ha conseguido, se ha comido en una noche la comida de dos días, pero ahora él ya no podrá mendigarle las sobras. Después friega deprisa los escasos cacharros y comienza un gran traslado. Ante los ojos del hombre transporta al dormitorio todo lo que tiene algo de valor. El dormitorio dispone de cerradura, él nunca ha entrado allí. Lleva las provisiones de comida, sus vestidos buenos y abrigos, los zapatos, los cojines del sofá, incluso la foto de los dos hijos... todo delante de sus ojos. A ella le da completamente igual lo que él piense o diga. Ha entrado con argucias en el piso, pero no sacará mucho de allí.

Después cierra la puerta del dormitorio y lleva a la mesa los útiles de escribir. Está muerta de sueño, le encantaría tumbarse en la cama, pero se ha propuesto escribir esta noche a su Karl, así que lo hace. No sólo puede ser dura con su marido, sino también consigo misma.

Apenas ha escrito unas frases, el hombre se inclina sobre la mesa y pregunta:

—¿A quién escribes, Evita?

Ella le contesta sin querer, a pesar de que se había propuesto firmemente no hablarle más.

—A Karl.

—Vaya —dice él, dejando los periódicos—. Vaya, así que a él le escribes y seguramente hasta le envías paquetitos, pero no tienes ni siquiera una patata ni un bocado de carne para su padre, hambriento como está.

Su voz ha perdido parte de su indiferencia, parece como si el hombre estuviera ahora seriamente ofendido y herido en su derecho, porque ella da al hijo algo que escatima al padre.

—Déjalo, Enno —replica, muy tranquila—. Esto es asunto mío, Karl es un chico muy bueno...

—¡Vaya! —exclama—. ¡Vaya! Y, claro, tú has olvidado por completo cómo se portaba con sus padres cuando lo nombraron sargento, ¿verdad? Cómo tú ya no podías contentarle y él se burlaba de nosotros llamándonos viejos burgueses idiotas... ¿todo olvidado, verdad, Evita? ¡Un buen chico, desde luego, nuestro Karl!

—¡De mí no se burló jamás! —se defiende ella con voz débil.

—¡Nooo, claro que no! —se mofa el hombre—. Y, claro, también habrás olvidado que no conocía a su propia madre cuando pasaba por la avenida Prenzlauer cargada con la pesada cartera del correo, ¿verdad? ¡Cómo miraba para otro lado mientras se quedaba allí con su novia, el finolis ése!

—Eso no se le puede reprochar a un joven —responde Eva—. Quieren parecer lo más finos posible delante de sus damas, todos son iguales. Eso cambiará más adelante, y regresará con su madre, que lo tuvo junto a su pecho.

Él la mira vacilante un instante, dudando si decírselo. La verdad es que no suele ser rencoroso, pero esta vez lo ha ofendido demasiado, primero por no darle nada de comer, después por trasladar abiertamente todas sus pertenencias de valor a su cuarto. Así que dice:

—Si yo fuera madre, no querría estrechar nunca más entre mis brazos a semejante hijo, al cerdo en que se ha convertido. —Observa los ojos de su mujer dilatados por el miedo, se lo suelta, despiadado, a la cara, pálida como la cera—. En el último permiso me enseñó una foto suya tomada por un compañero. Encima se jactaba de la foto. En ella se veía a tu Karl sujetando por la pierna a un niño judío de unos tres años y golpeando su cabeza contra el parachoques del coche...

—¡No, no! —grita ella—. ¡Eso es mentira! ¡Te lo has inventado por venganza, porque no te he dado de comer! ¡Mi Karl no haría algo así!

—¿Y cómo podría habérmelo inventado? —inquiere él, ya más tranquilo tras haberle asestado el golpe—. ¡No tengo cabeza para inventarme algo así! Además, si no me crees, puedes ir a la taberna de Senftenberg, allí enseñó la foto a todos. El gordo Senftenberg y su mujer también la vieron...

Enmudece. Carece de sentido seguir hablando con esa mujer. Sentada, la cabeza encima de la mesa, llora. Se lo tiene merecido, y además ella, como empleada de Correos, también está en el Partido y en su día juró por el Führer y por todos sus actos. Así que no puede asombrarse de que su hijo se haya vuelto así.

Durante un momento Enno Kluge se queda de pie mirando hacia el sofá, ¡sin cojines ni mantas! ¡Menuda noche le espera! Pero ¿no habrá llegado el momento de arriesgarse? Duda, mira hacia la puerta cerrada de la habitación y se decide. Introduce sin más la mano en el bolsillo del delantal de la mujer que llora sin rebozo, y saca la llave. Abre la puerta y empieza a registrar la estancia, sin hacer ruido...

Eva Kluge, la cartera deslomada, agotada, también lo oye; sabe que le está robando, pero le da igual. Su mundo se ha roto, nunca más podrá recomponerlo. ¿Para qué vivir en este mundo, para qué ha parido hijos, se ha alegrado con sus sonrisas, sus juegos, si después se convierten en bestias? Ay, su Karl... ¡era un niño rubito tan precioso! Cuando lo llevaba al Circo Busch y los caballos tenían que tumbarse a lo largo en la arena, ¡qué pena le daban los pobres caballitos! ¿Estarían enfermos? Ella tenía que tranquilizarlo diciéndole que sólo estaban dormidos.

¡Y ahora él le hacía eso a los hijos de otras madres! Eva Kluge no dudó ni un segundo de que lo de la foto fuera verdad, Enno era realmente incapaz de inventarse algo así. No, ahora había perdido también a su hijo. Era mucho peor que si hubiera muerto, pues entonces al menos habría podido llorar su muerte. Ahora ya no podría volver a abrazarlo, tendría que mantener su hogar cerrado también para él.

Entretanto, el hombre que registraba la habitación ha encontrado todo lo que suponía desde hacia tiempo en posesión de su mujer: una libreta de ahorros de la Caja Postal. Con 632 marcos, una mujer trabajadora, pero ¿para qué tanto trabajo? Se jubilará algún día, y todo lo que haya ahorrado... De momento mañana mismo apostará veinte marcos a Adobar y a lo mejor otros diez a Amílcar... Sigue hojeando la libreta: además de trabajadora, es una mujer ordenada. Todo está allí: detrás, en la libreta figura la contraseña y el talonario de cheques.

Cuando se dispone a guardarse la libreta en el bolsillo, su mujer se planta a su lado. Le quita la libreta de la mano y la tira sobre la cama.

—¡Fuera! —exclama—. ¡Fuera!

Y él, que momentos antes creía tener la victoria en sus manos, sale del cuarto ante sus ojos de furia. Con manos temblorosas, sin atreverse a decir ni una sola palabra, saca el abrigo y la gorra del armario, pasa a su lado sin decir palabra y cruza la puerta abierta para salir a la oscura escalera. La puerta se cierra con llave, él enciende la luz de la esalera y baja por los escalones. Gracias a Dios alguien ha dejado abierta la puerta del portal. Irá a su taberna habitual; en caso de apuro, si no encuentra a nadie, Budiker lo dejará dormir en el sofá que hay allí. Echa a andar, resignado a su destino, acostumbrado a encajar golpes. A la mujer de arriba ya casi la ha olvidado.

Ella está junto a la ventana contemplando la oscuridad de la noche. Bueno. Malo. Su Karl también se ha perdido. Lo intentará con Max, el hijo menor. Max siempre ha sido más insulso, más parecido al padre que su brillante hermano. A lo mejor puede ganarse un hijo con Max. Y en caso contrario, qué se le va a hacer, vivirá para ella sola. Pero conservará la decencia. Entonces su logro en la vida habrá sido no perder la decencia. Mañana mismo empezará a averiguar discretamente cómo salir del Partido sin que la metan en un campo de concentración. Será difícil, pero a lo mejor lo consigue. Y si es inevitable, irá al campo de concentración. En cierto modo eso constituirá una pequeña reparación por lo que ha hecho su hijo Karl.

Arruga la carta para su hijo mayor, que han mojado sus lágrimas. Coloca otra hoja y empieza a escribir:

 

«Querido hijo Max: te escribo una breve misiva. Me encuentro bien, y espero que tú también lo estés. Acaba de estar aquí tu padre, lo he puesto de patitas en la calle, sólo quería exprimirme. También he renegado de tu hermano Karl, por las atrocidades que ha cometido. Ahora eres mi único hijo. Te pido que mantengas siempre la decencia. Yo también haré por ti todo lo que pueda. Escríbeme pronto alguna cartita. Besos y abrazos,

tu madre.»

 

Capítulo 6

OTTO QUANGEL PIERDE SU CARGO

 

 

El taller de la fábrica de muebles que dirigía Otto Quangel en calidad de jefe de taller contaba con unos ochenta trabajadores y trabajadoras, y hasta el estallido de la guerra sólo había fabricado piezas únicas según diseño, mientras que el resto de los departamentos de la fábrica ya sólo producía muebles en serie. Cuando comenzó la contienda, reorganizaron la empresa para dedicarla a la fabricación de efectos para el Ejército, y al taller de Quangel le asignaron la tarea de fabricar determinadas cajas, muy pesadas y grandes, que, según se decía, servían para transportar bombas.

Por lo que se refería a Otto Quangel, a él le daba completamente igual el uso que se diera a las cajas; consideraba su nueva labor trivial, indigna de él y desdeñable. Él era un verdadero ebanista, al que las vetas de la madera, la fabricación de un hermoso armario tallado, llenaban de honda satisfacción. Ese trabajo le había proporcionado mucha felicidad, toda la que puede sentir un hombre de carácter tan frío. Ahora lo habían convertido en un mero capataz y vigilante cuya única misión consistía en velar para que su taller cumpliese el cupo asignado y a ser posible lo superase. Pero según su estilo, nunca había dicho una palabra sobre esos sentimientos, y su rostro duro, parecido al de un pájaro, jamás había dejado traslucir el desprecio que le inspiraba ese lamentable trabajo de madera de picea. Si alguien lo hubiera observado con más atención, habría reparado en que ahora el poco hablador Quangel ya no hablaba nada y que ese sistema de trabajo a destajo le inducía más bien a no detenerse en los detalles.

Pero ¿quién iba a fijarse en un hombre tan seco y tan hermético como Otto Quangel? Durante toda su vida parecía haber sido una mula de carga sin ningún otro interés salvo cumplir con su cometido. Jamás había tenido allí amigos, nunca había dirigido una palabra amable a nadie. ¡Trabajar, trabajar, daba lo mismo personas que máquinas con tal de que hicieran su trabajo!

No obstante, debía reconocerse que, a pesar de que controlaba el taller y tenía que espolear a los trabajadores, gozaba de no escasas simpatías. Jamás regañaba, jamás denunció a nadie ante los de arriba. Cuando creía que el trabajo no progresaba como es debido en algún sitio, iba allí y, sin decir palabra, eliminaba con sus manos hábiles el impedimento. O se situaba junto a los chismosos y, sin apartar sus ojos oscuros de los charlatanes, permanecía a su lado hasta que se les pasaban las ganas de seguir hablando. Difundía continuamente a su alrededor una sensación de frialdad. En las breves pausas para el descanso, los obreros intentaban sentarse lo más lejos posible de él, por lo que disfrutaba del respeto que le tributaban con naturalidad absoluta, un respeto que cualquier otra persona no habría conseguido por mucho que hablase y estimulase.

La dirección de la fábrica también conocía la valía de Otto Quangel. Su taller obtenía siempre los rendimientos más elevados, nunca tenía problemas con la gente y Quangel era dócil. De haberse decidido a ingresar en el Partido, habría ascendido tiempo atrás. Pero siempre rechazó esa posibilidad.

—No me sobra dinero para esas cosas —aducía—. Necesito hasta el último marco que gano, tengo una familia que alimentar.

Se reían en secreto de lo que denominaban su inmunda avaricia. El tal Quangel parecía morirse de pena por cada céntimo que tenía que donar para una colecta. No le pasaba por la cabeza que ingresando en el Partido aumentaría mucho más su sueldo que el desembolso que supondría pagar la cuota del Partido. En suma, que desde el punto de vista político, este eficiente jefe de taller era un caso desesperado, por lo que tampoco tenían inconveniente en mantenerlo en ese pequeño puesto dirigente a pesar de no ser miembro del Partido.

La verdad es que no era la avaricia de Otto Quangel la que le impedía afiliarse. Sin duda, era muy meticuloso en asuntos económicos y al cabo de semanas aún era capaz de enfadarse por unos céntimos gastados de manera irreflexiva. Pero precisamente porque era meticuloso consigo mismo lo era también con los demás, y el Partido no le parecía precisamente meticuloso a la hora de poner en práctica sus principios. Lo que había visto en la educación de su hijo en la escuela y en las Juventudes Hitlerianas, lo que había oído decir a Anna, lo que él mismo había presenciado de que todos los puestos bien pagados de la fábrica eran cubiertos por miembros del Partido, ante los que tenían siempre que ceder los que no pertenecían a él aunque fueran más eficaces, todo eso fortalecía su convicción de que el Partido no era meticuloso, o lo que es lo mismo, no era justo, de manera que no quería tener nada que ver con algo así.

Por eso lo había mortificado tanto la frase que Anna había pronunciado esa mañana, «tú y tu Führer». Sin duda, hasta entonces había creído en la voluntad honrada del Führer, en su grandeza y en sus buenas intenciones. Bastaría con alejar de su entorno a todos esos moscones y aprovechados que sólo se interesaban por amasar dinero y vivir a cuerpo de rey para que todo mejorase. Pero hasta que llegase ese momento, él no colaboraría, desde luego que no, y eso lo sabía de sobra Anna, la única con la que hablaba de verdad. En fin, la suya había sido una reacción acalorada, Quangel lo olvidaría con el tiempo, nunca le guardaría rencor.

Todavía tenía que reflexionar detenidamente sobre todo lo relativo al Führer y a esa guerra. Pero eso era un proceso lento en su interior. A otros las experiencias inesperadas les impresionaban en el acto y empezaban a hablar o a gritar y hacían cualquier cosa; en él el efecto duraba mucho, mucho tiempo.

Y sumergido en el ajetreo y estruendo de su taller, la cabeza algo levantada y dejando vagar despacio la vista por la cepilladora y por la sierra de cinta, por los que clavetean, perforan y cargan tablas, se da cuenta de cómo la noticia de la muerte de Otto y sobre todo el comportamiento de Anna y Trudel cada vez surten más efecto en su interior. En realidad no está reflexionando, más bien sabe perfectamente que ese chapucero, el carpintero Dollfuss, ha abandonado el taller hace siete minutos y en su fila el trabajo se retrasa porque siempre tiene que fumarse un cigarrillo en la puerta de salida o enzarzarse en peroratas. Le dará tres minutos más, después lo hará volver, ¡él en persona!

Mientras, sus ojos se deslizan por la manecilla del reloj de pared y comprueba que en efecto dentro de tres minutos hará diez que Dollfuss se ha escaqueado, le viene a la cabeza ese odioso cartel encima de la cabeza de Trudel, y reflexiona en lo que es crimen de alta traición y sedición y dónde se entera uno de lo que eso supone; también piensa que en el bolsillo de la chaqueta lleva la carta que le ha entregado el portero en la que se ordena sin más preámbulos al jefe de taller Quangel que se presente a las cinco en punto en la cantina del personal administrativo.

No es que esa carta lo haya alterado o molestado. Antes, cuando todavía se dedicaban a la fabricación de muebles, tenía que acudir con frecuencia a dirección para tratar sobre la fabricación de un mueble. La cantina del personal administrativo es algo nuevo, pero eso le da igual. Lo que le preocupa es que faltan únicamente seis minutos para las cinco, y para entonces querría tener al carpintero Dollfuss en su sierra. Así que sale a buscarlo un minuto antes de lo previsto.

Pero no lo encuentra: ni en los retretes, ni en los pasillos, ni en los talleres contiguos, y cuando regresa al taller el reloj marca las cinco menos un minuto, y ya va siendo hora de salir, si no desea ser impuntual. Se sacude deprisa de la chaqueta el serrín más grueso y luego cruza presuroso hacia el edificio de Administración, en cuya planta baja se ubica la cantina del personal administrativo.

Ésta evidentemente ha sido preparada para una conferencia, han instalado una tribuna de oradores, una larga mesa para los jefes y toda la sala está llena de hileras de sillas. Él conoce esas cosas por las reuniones en el Frente del Trabajo, en las que ha tenido que participar con frecuencia, sólo que estas reuniones se celebraban siempre enfrente, en la cantina de los obreros. La única diferencia es que allí había bancos toscos de madera en lugar de las sillas de mimbre de aquí, y además, la mayoría vestía ropa de trabajo, mientras que aquí se ven sobre todo uniformes pardos y grises, entre los que se difuminan los empleados vestidos de civil.

Quangel se ha sentado en una silla muy próxima a la puerta para poder regresar cuanto antes a su taller apenas finalice el discurso. La sala ya está muy llena cuando llega Quangel, parte de los caballeros ocupan las sillas, otros permanecen en los pasillos y en grupitos junto a la pared, hablando entre ellos.

Todos los que se han congregado allí llevan la cruz gamada. Quangel parece ser el único sin el distintivo del Partido (aparte, lógicamente, de los uniformes de la Wehrmacht, que ostentan las insignias pertinentes). Sin duda lo han invitado por error. Quangel, atento, gira la cabeza de un lado a otro. Reconoce algunas caras. Ese gordo pálido de allí sentado a la mesa de la junta directiva es Schröder, el director general, lo conoce de vista. Y el bajito de nariz afilada con quevedos es el cajero que, sábado tras sábado, le entrega el jornal y con el que ya ha discutido enérgicamente un par de veces por las elevadas retenciones. ¡Qué raro, cuando está en la caja no lleva nunca el emblema del Partido!, piensa Quangel de pasada.

Pero la mayoría de las caras le resultan desconocidas por completo, los de aquí deben de ser casi todos señores de las oficinas. De pronto la mirada de Quangel se vuelve dura y punzante: en un grupo ha descubierto al hombre al que antes ha buscado en vano en el retrete, el carpintero Dollfuss. Pero éste, en lugar de la ropa de trabajo, viste un elegante traje de domingo y habla con dos caballeros con uniforme del Partido como si fueran sus iguales. ¡Y ahora el carpintero Dollfuss, ese hombre que ya le ha llamado la atención en el taller por su atolondrada verborrea, luce también la cruz gamada! ¡De modo que es eso!, piensa Quangel. Así que es un espía. Seguramente no es carpintero de verdad ni tampoco se llama Dollfuss. ¿No era Dollfuss un canciller austríaco al que ellos asesinaron? ¡Todo mentira y yo, tonto de mí, sin darme cuenta de nada!

Y empieza a cavilar si Dollfuss estaba ya en su taller cuando fueron sustituidos Ladendorf y Tritsch y todos murmuraban que habían ido a parar a un campo de concentración.

Quangel se pone tenso. ¡Atención!, le advierte una voz en su interior. ¡Estoy aquí sentado entre asesinos, como quien dice! Más tarde se dice: Tampoco me dejaré embaucar por estos camaradas. No soy más que un jefe de taller viejo y mentecato, no entiendo de nada. Pero colaborar, nooo, eso no lo haré. Esta mañana he comprobado el disgusto que se ha llevado Anna y después Trudel; no colaboraré en algo así. No quiero que destruyan a una madre o a una novia por mi causa. Que esta gente me deje fuera de sus asuntos...

Así piensa. Mientras tanto, la sala se ha llenado hasta el último asiento. La mesa presidencial está completamente ocupada por uniformes pardos y chaquetas negras, y en el atril de los oradores un comandante o un coronel (Quangel no ha aprendido a diferenciar los uniformes y los distintivos) habla sobre la situación bélica.

Como es natural, es magnífica, la victoria sobre Francia se celebra como es debido, y sólo será cuestión de unas semanas hacer morder el polvo a la misma Inglaterra. Después el orador se va aproximando poco a poco al punto que es importante para él: si en el frente se logran tan grandes éxitos, se espera que también en la patria cumplan con su deber. Lo que sigue a continuación suena casi como si el señor mayor (o coronel o capitán) viniera directamente del cuartel general para comunicar de parte del Führer al personal de la fábrica de muebles Krause & Co. que deben incrementar la producción a toda costa. El Führer espera que en tres meses la fábrica incremente la producción en un cincuenta por ciento, y en medio año la doble. Se aceptarán de buen grado propuestas de la concurrencia para lograr dicho objetivo. Pero quien no colabore, será considerado un saboteador y tratado en consecuencia.

Mientras el orador pronuncia un «Siegheil» por el Führer, Otto Quangel piensa: ¡Son bobos, unos bobos de mierda! Dentro de unas semanas Inglaterra habrá mordido el polvo, la guerra habrá terminado y nosotros incrementaremos en medio año la producción en un cincuenta por ciento. ¿Quién se va a tragar eso?

Sin embargo, corea con los demás como es debido el «Siegheil», vuelve a sentarse y mira al siguiente orador que sube al estrado con el uniforme pardo, el pecho adornado con profusión de medallas, condecoraciones y distintivos. Ese orador del Partido es un tipo de hombre completamente distinto a su predecesor militar. Desde el principio habla con voz dura y cortante de la ideología malsana que reina todavía en las empresas, a pesar de los espléndidos éxitos del Führer y de la Wehrmacht. Habla con tal dureza y un tono tan cortante que comienza a gritar y no se muerde la lengua al referirse a los derrotistas y críticos. ¡Serán exterminados hasta el último de ellos, los machacarán, les hincharán los morros para que nunca vuelvan a abrir la boca! Suum cuique ponía en las hebillas de los cinturones en la Primera Guerra Mundial. ¡A cada uno lo suyo, se lee ahora encima de las puertas de los campos de concentración! Allí se les enseñará lo que es bueno, y quien se encargue de que entren en ellos individuos o mujeres semejantes, habrá prestado un servicio inestimable al pueblo alemán y será un hombre del Führer.

—¡Pero a todos vosotros, los aquí reunidos —vocifera el orador para terminar—, a vosotros, jefes de taller, directores de departamento, gerentes, a vosotros os hago personalmente responsables de que vuestra empresa esté limpia! ¡Y limpieza implica ideas nacionalsocialistas! ¡Sólo eso! El que sea flojo y blando y no denuncie, aunque sea una minucia, irá volando al campo de concentración. ¡De eso respondo personalmente, ya seais directores o maestros de taller, os enderezaré aunque tenga que quitaros del cuerpo la flojera a patada limpia con mis botas!

El orador se detiene un momento, con las manos contraídas de rabia y alzadas, la cara de un rojo azulado. Tras ese estallido, los congregados se sumen en un silencio total, con expresión de enorme consternación, ellos, que de manera tan repentina y directa han pasado a ser espías de sus compañeros. Después, el orador baja del atril con paso marcial haciendo tintinear suavemente las condecoraciones en su pecho y a continuación se levanta el pálido director general Schröder y pregunta con voz suave y tenue si alguien desea pedir la palabra.

La concurrencia suelta un suspiro de alivo, se relaja, como si hubiera finalizado un mal sueño y el día volviera a recuperar sus derechos. Parece que no hay nadie que quiera hablar, todos deben de estar deseando abandonar la sala lo antes posible y cuando el director general se dispone a concluir la reunión con un «Heil Hitler», de improviso al fondo se levanta un hombre con una camisa de trabajo azul y dice que por lo que se refiere al incremento de la producción en su taller, será cosa de coser y cantar. Bastará con montar tal y cual máquina, que enumera y explica cómo han de montarse. Sí, y además habría que echar a seis u ocho personas de su taller, holgazanes e incompetentes. Entonces él lograría en tres meses lo del cien por cien.

Quangel se mantiene frío y tranquilo, ha aceptado el envite. Nota cómo todos lo miran de hito en hito, él es un sencillo trabajador que no encaja entre caballeros tan elegantes. Pero nunca le ha preocupado nada la gente, le da igual que lo miren. Ahora que ha terminado de hablar, los de la mesa presidencial cuchichean. Los oradores preguntan quién es ese hombre de camisa azul. Entonces el comandante o coronel se levanta y le dice a Quangel que la dirección técnica hablará con él sobre las máquinas, pero ¿a qué se refería con lo de las seis u ocho personas que tenían que abandonar su taller?

Quangel contesta despacio, obstinado:

—Hay personas que no saben trabajar, pero otras no quieren hacerlo. ¡Ahí se sienta uno de ellos! —Y con el índice tieso señala sin contemplaciones al carpintero Dollfuss, que está unas filas por delante de él.

Algunos sueltan una carcajada, y entre los que ríen figura el propio Dollfuss, que ha girado la cabeza hacia él y lo mira riendo.

Quangel, sin embargo, añade frío y sin torcer el gesto:

—Sí, Dollfuss, hablar sin ton ni son, fumar cigarrillos en el retrete y descuidar el trabajo se te da muy bien.

En la mesa presidencial cuchichean de nuevo sobre ese tipo chiflado. Pero ahora no hay nada que detenga al orador del uniforme pardo, se levanta de un salto y vocifera:

—No estás en el Partido. ¿Por qué no estás en el Partido?

A esa pregunta Quangel contesta lo mismo que siempre:

—Porque necesito hasta el último céntimo, porque tengo familia, por eso no puedo permitírmelo.

El del uniforme pardo aúlla:

—¡Porque eres un perro avariento! ¡Porque no te sobra nada para tu Führer y tu pueblo! ¿Cuántos sois de familia?

Quangel contesta con tono gélido:

—¡No me hable hoy de mi familia, amigo mío! Acabo de recibir la noticia de que mi hijo ha caído.

Durante un instante reina en la sala un silencio sepulcral, por encima de las filas de sillas el jefazo del Partido y el viejo jefe de taller se miran fijamente. Después Otto Quangel se sienta de repente, como si ahora todo hubiera finalizado, y poco después el del uniforme pardo hace otro tanto. El director general Schröder se levanta de nuevo y pronuncia el «Siegheil» por el Führer. Suena algo flojo. La asamblea ha concluido.

Cinco minutos después Quangel regresa a su taller; con la cabeza un poco levantada deja resbalar la vista por la cepilladora, por la sierra de cinta, por los que clavetean, perforan, cargan tablas... Pero ya no es el viejo Quangel el que está allí. Intuye, sabe, que ha vencido en astucia a todos. A lo mejor de un modo feo, pues se ha aprovechado de la muerte de su hijo, pero ¿acaso hay que ser honrado con semejantes canallas? ¡Nooo!, se responde casi en voz alta. Nooo, Quangel, nunca volverás a ser el de antes. Siento curiosidad por ver qué dirá Anna de todo esto. Y Dollfuss ¿no volverá nunca al trabajo? En ese caso tendré que reclamar otro trabajador hoy mismo. Vamos retrasados...

Pero no hay cuidado, Dollfuss se presenta. Viene incluso acompañado por un director de departamento, y al jefe de taller Otto Quangel le comunican que conservará la dirección técnica de ese taller, pero que tiene que ceder su cargo en el Frente del Trabajo al señor Dollfuss y no debe volver a ocuparse de la política.

—¿Entendido?

—¡Vaya si lo he entendido! Me alegro de que me quites el cargo, Dollfuss. Mi oído es cada vez peor y escuchar, en el sentido que le daba el caballero de antes, me es del todo imposible aquí, con el ruido que hay.

Dollfuss asiente brevemente y añade deprisa:

—Y ni una palabra a nadie de lo que usted acaba de ver y oír, o...

Quangel responde, casi ofendido:

—¿Con quién voy a hablar, Dollfuss? ¿Me has visto hablar alguna vez con alguien? Eso no me interesa, a mí sólo me interesa mi trabajo y sé que hoy llevamos mucho retraso. Ya va siendo hora de que te sitúes junto a tu máquina —Y tras echar un vistazo al reloj—: Has perdido una hora y treinta y siete minutos.

Instantes después el carpintero Dollfuss se coloca junto a su sierra, y a la velocidad del rayo, nadie sabe cómo, se difunde por el taller el rumor de que a Dollfuss le han echado un buen rapapolvo por andar siempre fumando y charlando.

Sin embargo, el jefe de taller Otto Quangel va muy atento de máquina en máquina, interviene, mira de vez en cuando fijamente a algún charlatán y piensa: Me he librado de estos... ¡para siempre jamás! ¡Y no tienen la menor sospecha, para ellos no soy más que un viejo imbécil! ¡Haber tratado al del uniforme pardo de «querido amigo» les ha asestado el golpe mortal! Ahora sólo siento curiosidad por ver lo que hago. Porque algo haré, lo sé. Lo único que desconozco todavía es qué...

 

Capítulo 7

ROBO EN LA NOCHE

 

 

A última hora de la tarde, en realidad ya es de noche y demasiado tarde para lo acordado, el señor Emil Barkhausen ha encontrado a su Enno en el restaurante Los Rezagados. Eso es lo que ha conseguido además la cartera Eva Kluge con su ira sacrosanta. Los caballeros se han sentado a una mesa ubicada en un rincón con un vaso de cerveza y allí han susurrado largo tiempo —con un vaso de cerveza—, hasta que el tabernero les ha recordado que ya ha anunciado tres veces la hora de cierre y va siendo hora de que se marchen de una vez a reunirse con sus mujeres.

En la calle, ambos prosiguen su conversación; primero caminan un trecho hacia la avenida Prenzlauer, y después Enno intenta volver, porque le ha venido a la mente que quizá sería mejor probar con una con la que estuvo enrollado y a la que llaman Tutti. Tutti, el Babuino. Sería mejor que esos asuntos turbios...

Emil Barkhausen casi explota de ira por tanta incomprensión. Le ha asegurado a Enno por décima, por centésima vez, que no cabe hablar de asuntos turbios. Más bien se trata de una incautación —casi legal—, que se lleva a cabo bajo la protección de las SS en casa de una vieja judía por la que nadie se preocupará. Ellos dos harán su agosto para una temporada, la policía y la justicia no tienen nada que ver con eso.

Enno vuelve a contestar: No, no, él nunca se ha metido en asuntos de esa índole, no entiende nada de eso. De mujeres, sí, y de apuestas en las carreras también, pero él jamás ha negociado con pescado podrido. Tutti se había mostrado siempre muy bondadosa y, a pesar de que la llaman «el Babuino», seguro que ya no se acordará de que en su día lo ayudó sin saberlo con algo de dinero y cartillas de racionamiento.

Ya han llegado a la avenida Prenzlauer.

Barkhausen, un hombre que oscila siempre entre el servilismo y la amenaza, dice irritado, tirándose de su bigote ralo y descuidado:

—¿Quién demonios te ha pedido que entiendas algo del asunto? Ya me las apañaré yo solo, por mí puedes quedarte con las manos en los bolsillos. ¡Si quieres, hasta te haré las maletas! Entiéndelo de una vez, Enno: sólo te llevo conmigo para protegerme de una jugarreta de las SS, como testigo en cierto modo, de que el reparto se hace correctamente. ¡Piensa en todo lo que se puede sacar a una comerciante judía tan rica, aunque la Gestapo en su día, cuando fue a buscar al marido, también se llevó lo suyo!

De pronto Enno Kluge accede sin más resistencia, sin el menor escrúpulo, sin transición. Ahora se muere de impaciencia por llegar cuanto antes a la calle Jablonski. Pero lo que le ha decidido a superar su miedo y a dar un sí tan incondicional no ha sido la palabrería de Barkhausen, ni la perspectiva de un suculento botín, sino lisa y llanamente el hambre. De repente, sin poderlo evitar, ha pensado en la despensa de la Rosenthal, y de que nada en la vida le ha sabido tan rico como un cuello de ganso relleno al que un día lo invitó un rico ropavejero judío.

Y preso de sus fantasías de hambriento, se le ha metido en la cabeza que en la despensa de la Rosenthal encontrará un cuello de ganso relleno igual. Ha visto con toda claridad ante él la fuente de porcelana con el cuello colocado sobre la salsa con la grasa solidificada, bien relleno y atado en sus dos extremos con un hilo. Cogerá la fuente y lo calentará todo en la llama de gas, el resto le trae sin cuidado. Barkhausen que haga lo que le apetezca, eso carece de interés para él. Mojará pan en la salsa caliente, grasienta, muy especiada, y se comerá el cuello de ganso con la mano mientras la grasa chorrea ruidosamente en todas direcciones.

—Aprieta el paso, Emil, que tengo prisa.

—¿Por qué? —pregunta Barkhausen, pero en realidad le parece bien y, solícito, aprieta el paso.

Él también se alegrará cuando haya concluido el asunto, que tampoco es de su especialidad. No teme a la policía ni a la vieja judía —¿qué podía pasarle por «arianizar» sus propiedades?—, sino a los Persicke. Son una maldita banda de canallas tan traicionera que incluso los cree capaces de la bajeza de jugar una mala pasada a un compinche. Sólo por los Persicke se ha llevado con él a ese cretino de Enno, es un testigo al que no conocen, él los frenará.

Luego, en la calle Jablonski todo va como una seda. Serían más o menos las diez y media cuando abren la puerta de la calle con una llave legal. Después, aguzan el oído en la escalera, y al no oír el menor movimiento, encienden la luz y a su resplandor se descalzan, porque:

—Hemos de ser considerados con el descanso nocturno de los inquilinos —dice Barkhausen con una risita sarcástica.

Cuando vuelve a apagarse la luz se deslizan sigilosos y raudos escaleras arriba, y todo transcurre sin contratiempos. No cometen ninguno de esos errores de principiante, como chocar ruidosamente contra algo o perder un zapato con estrépito, no, ascienden con absoluto sigilo los cuatro pisos. O sea, que han hecho una buena parte del trabajo en la escalera, a pesar de que ninguno de los dos es un auténtico malhechor y a pesar de que se encuentran bastante nerviosos, uno por el cuello de ganso relleno y el otro por el botín y los Persicke.

Barkhausen se había imaginado cien veces más difícil lo de la puerta de la Rosenthal, sólo está encajado el resbalón, es facilísima de abrir, ni siquiera estaba cerrada con llave. ¡Qué mujer tan im pruden te, y eso que debería ser especialmente cuidadosa por su condición de judía! Total, que los dos entran en el piso, no saben ni cómo, tan rápido ha sido.

Después Barkhausen enciende la luz de la entrada y con absoluta desenvoltura dice:

—Si esa vieja cerda judía chilla, sacúdele sin más en la cabeza —proclama, lo mismo que le ha dicho esa mañana a Baldur Persicke.

Pero ella no chilla. Primero revisan con tranquilidad la pequeña entrada, atestada de muebles, maletas y cajas. Claro, los Rosenthal poseían una casa enorme junto a su tienda, y cuando uno tiene que salir de ahí repentinamente y sólo consigue dos habitaciones con alcoba y cocina, todo queda bastante amontonado, ¿verdad? Es comprensible.

Sienten un hormigueo en los dedos por empezar ahora mismo a registrar, rebuscar y cargar, pero Barkhausen prefiere buscar primero a la Rosenthal y taparle la boca con un pañuelo para evitar problemas. Una de las habitaciones está tan atestada que casi impide moverse; comprenden entonces que lo que allí hay no conseguirán llevárselo ni en diez noches, deben limitarse a escoger lo mejor. La otra habitación está igual, y también la alcoba. Lo único que no encuentran es a la Rosenthal, la cama está intacta. Por respetar el orden, Barkhausen revisa además la cocina y el cuarto de baño, pero la mujer ha desaparecido, y eso es lo que él llama una chiripa, porque ahorra molestias y facilita mucho el trabajo.

Barkhausen retorna a la primera habitación y empieza a revolver. Ni se da cuenta de que ha perdido a su compinche. Enno está en la despensa, amargamente decepcionado por no encontrar allí un cuello de ganso relleno, sino tan sólo unas cebollas y medio pan. Pero empieza a comer, corta las cebollas en rodajas y las coloca sobre el pan, y también eso le sabe bien y aplaca su hambre.

Mientras Enno Kluge mastica, sus ojos caen sobre la parte inferior del estante, y de repente se da cuenta de que los Rosenthal no tienen comida, pero sí bebida. Porque abajo, en el estante, se ven botellas y más botellas, de vino y también de aguardiente. Enno, que a fin de cuentas es una persona morigerada cuando no se trata de apostar en las carreras de caballos, agarra una botella de vino dulce y comienza a regar de vez en cuando sus bocadillos de cebolla. Dios sabe cómo sucede, pero el caso es que de repente ese brebaje insulso repugna a Enno, que habitualmente es capaz de pasarse tres horas con el mismo vaso de cerveza. Ahora abre una botella de coñac y da muy deprisa varios tragos seguidos, en cinco minutos vacía la mitad de la botella. Igual ha sido el hambre o la excitación lo que le ha cambiado tanto. Ha renunciado por completo a la comida.

Después también deja de interesarle el aguardiente, y se marcha a buscar a Barkhausen. Éste sigue revolviendo el cuarto grande y, tras abrir los armarios y las maletas, arroja al suelo su contenido en busca siempre de algo mejor.

—¡Chico, chico, esos debieron de llevarse consigo toda su tienda de lencería! —exclama Enno abrumado.

—¡Deja de hablar y echa una mano! —replica Barkhausen—. Seguro que aquí hay todavía joyas escondidas y dinero... estos, los Rosenthal, antes eran gente rica, millonarios... ¡y tú, cenutrio, hablas de asuntos turbios!

Durante un rato trabajan en silencio, arrojando cada vez más cosas al suelo, cubierto ya de prendas de ropa y lencería y trastos, que pisan con sus zapatos. Entonces Enno, completamente mareado por el aguardiente, dice:

—Estoy que no veo. Primero tengo que echar un trago para despejarme. Tráeme un poco de coñac de la despensa, Emil.

Barkhausen obedece sin rechistar y regresa con dos botellas de licor. Acto seguido se sientan juntos en buena armonía encima de la ropa, beben un trago después de otro y discuten el caso con seriedad y detenimiento.

—Barkhausen, está más claro que el agua que no vamos a conseguir llevarnos tan deprisa todos estos trastos, y tampoco podemos quedarnos aquí mucho rato. Creo que cada uno debe coger dos maletas, y para empezar nos largamos con eso. ¡Mañana será otro día!

—Tienes razón, Enno, no quiero quedarme aquí mucho tiempo, aunque sólo sea por los Persicke.

—¿Quiénes son esos?

—Pues gente... Pero cuando pienso que me largo de aquí con dos maletas llenas de ropa, dejando una maleta de dinero y joyas, me arrancaría la cabeza de un mordisco. Habría que seguir buscando un rato más. ¡Salud, Enno!

—¡Salud, Emil! ¿Y por qué no buscas un poco más? La noche es larga y nosotros no pagamos la factura de la luz. Pero quería preguntarte una cosa: ¿dónde piensas llevar tus maletas?

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir, Enno?

—Que adónde piensas llevarlas. ¿A tu casa?

—¿Qué te figuras, que voy a llevarlas a la oficina de objetos perdidos? Pues claro que me las llevaré a casa, con mi Otti. Y mañana temprano las transportaré a la calle Münz y venderé todo el botín a precio de saldo, para que el pajarito vuelva a trinar.

Enno frota ruidosamente el corcho contra el cuello de la botella.

—¡Escucha mejor cómo trina este pájaro! ¡Salud, Emil! Pero si yo fuera tú, no lo llevaría a casa y menos con tu mujer... ¿qué necesita saber tu mujer de tus ingresos adicionales? No, si yo fuera tú, haría lo que yo, llevar las maletas a la estación Stettiner, a consigna, y enviarme a mí mismo el resguardo, pero a una lista de correo. Así nunca me encontrarían nada ni podrían probar nada.

—No está mal pensado, Enno —replica Barkhausen con tono lisonjero—. ¿Y cuándo volverás a por los trastos?

—¡Pues cuando no haya moros en la costa, Emil, es evidente!

—¿Y de qué vivirás mientras tanto?

—Ya te lo he dicho, me iré a casa de Tutti. En cuanto le cuente el asunto que tengo entre manos, me acogerá cariñosa con una sonrisa de oreja a oreja.

—Bien, muy bien —Barkhausen asiente—. Y cuando vayas a Stettiner, yo iré a la estación Anhalter. Eso llama menos la atención, ¿sabes?

—¡Tampoco está mal pensado, Emil, tú también tienes muy buena cabeza!

—Uno se relaciona con gente —responde Barkhausen, humilde—. Uno escucha esto y aquello. Las personas son como las vacas, siempre aprenden algo nuevo.

—¡Cuánta razón tienes! ¡Salud, Emil!

—¡Salud, Enno!

Durante un rato se miran en silencio satisfechos, y de vez en cuando echan un trago. Entonces dice Barkhausen:

—Si te vuelves, Enno, aunque no tiene por qué ser ahora, verás detrás de ti una radio que tiene como mínimo diez tubos. Me gustaría mucho llevármela.

—¡Entonces no te lo pienses dos veces, Emil! Una radio siempre es buena, para quedársela y para venderla. Una radio siempre es buena.

—En ese caso intentemos meter ese chisme en una maleta y luego rellenaremos todo alrededor con ropa.

—¿Tiene que ser ahora mismo o echamos antes otro traguito?

—Aún podemos permitírnoslo, Enno. ¡Pero sólo uno!

Así que se permiten otro trago, y dos y tres, y después se ponen de pie muy despacio y se esfuerzan por meter un gran aparato de radio de diez tubos en una maleta apenas apta para un receptor popular.3 Al cabo de un rato de duro trabajo, Enno exclama:

—¡Que no cabe, que no cabe! Olvídate de esta vieja radio de mierda, Emil, es mejor que te lleves una maleta llena de trajes.

—Pero es que a mi Otti le gusta escuchar la radio.

—Creía que no pensabas contarle nada de este asunto a tu costilla. ¡Estás borracho, Emil!

—¿Y tú y tu Tutti? ¡Vosotros dos sí que estáis borrachos! ¿Dónde tienes a tu Tutti?

—¡Está pimplando! ¡Y de qué manera! —Y vuelve a frotar el gollete con el corcho mojado—. ¡Echemos otro trago!

—¡Salud, Enno!

Beben, y Barkhausen prosigue:

—Pero me gustaría llevarme la radio. Si el maldito cacharro no quiere entrar en la maleta, me colgaré la caja al cuello con una cuerda. Eso me permitirá tener las manos libres.

—¡Hazlo, hombre! Bueno, en ese caso vamos a empaquetarlo todo.

—Eso, manos a la obra. ¡Ya va siendo hora!

Pero se quedan parados con una sonrisa estúpida en la boca.

—Bien pensado —comienza a decir Barkhausen—, la vida es bella. Mira todas estas cosas buenas —asiente con una inclinación de cabeza—, y nosotros podemos coger lo que se nos antoje, y encima hacemos una buena obra quitándoselo a una judía que lo ha conseguido todo robando...

—Qué razón tienes, Emil... hacemos una buena obra, para el pueblo alemán y para nuestro Führer. Son los buenos tiempos que él nos prometió.

—¡Y nuestro Führer cumple su palabra, Enno, vaya si la cumple!

Se miran conmovidos, con lágrimas en los ojos.

—¿Qué estáis haciendo aquí vosotros dos? —inquiere una voz dura desde la puerta.

Los dos hombres se sobresaltan y ven a un muchacho menudo con uniforme pardo.

Entonces Barkhausen hace a Enno una señal de asentimiento lenta y triste.

—Ése es el señor Baldur Persicke, del que ya te hablé, Enno. ¡Ahora empiezan los problemas!

 

Capítulo 8

PEQUEÑAS SORPRESAS

 

 

Mientras los dos borrachos hablan entre ellos, toda la facción masculina de la familia Persicke se ha congregado en la habitación. Muy cerca de Enno y Emil está el bajo y nervudo Baldur, los ojos echando chispas detrás de las lentes muy pulidas, un poco más atrás los dos hermanos con sus uniformes negros de las SS, pero sin gorras, y cerca de la puerta, como si desconfiase, el viejo ex tabernero Persicke. También la familia Persicke está alcoholizada, pero en ella el licor ha ejercido un efecto radicalmente distinto que sobre los dos ladrones. Ellos no se han vuelto sentimentales, estúpidos y olvidadizos, sino que su dureza, avidez y brutalidad naturales han aumentado aún más.

Baldur Persicke pregunta con tono rudo:

—¡Vamos, que es para hoy! ¿Qué estáis haciendo aquí vosotros dos? ¿O es que acaso es vuestra vivienda?

—¡Pero, señor Persicke! —exclama Barkhausen con voz atribulada.

Baldur simula no haber reconocido al hombre hasta ese momento.

—¡Caramba, pero si es Barkhausen, el del sótano interior! —exclama muy asombrado dirigiéndose a sus hermanos—. ¿Qué está haciendo aquí, señor Barkhausen? —Su asombro se transforma en burla—. ¿No sería mejor que se ocupara un poco —sobre todo en plena noche— de su mujer, la buena de Otti? He oído que se celebran fiestas con hombres de mucha categoría, y que al parecer sus hijos van haciendo eses por el patio hasta muy entrada la noche. ¡Lleve a sus hijos a la cama, Barkhausen!

—¡Problemas! —murmura éste—. Lo supe nada más ver a esta serpiente con gafas: problemas —y vuelve a asentir apesadumbrado mirando a Enno.

Enno Kluge parece un idiota. Se tambalea suavemente sobre sus pies, sostiene la botella de coñac en la mano, que cuelga floja, y no entiende ni una palabra de la conversación.

Barkhausen se dirige de nuevo a Baldur Persicke. Su tono ya no es tan apesadumbrado sino un tanto acusador, de repente se siente muy ofendido.

—Si mi esposa hace algo que no está bien, yo respondo de ello, señor Persicke —afirma—. Soy el marido y padre... según la ley. ¡Y si mis hijos están borrachos, usted también lo está, y usted también es un niño todavía, sí señor, eso es usted, caramba!

Mira enfadado a Baldur, y éste le devuelve una mirada relampagueante. Después hace una seña imperceptible a sus hermanos para que estén preparados.

—¿Y qué hace aquí, en el piso de la Rosenthal? —pregunta con voz acerada el Persicke más joven.

—¡Pero si es justo lo que acordamos! —asegura ahora afanoso Barkhausen—. Todo según lo acordado. Yo y mi amigo nos vamos ahora mismo. La verdad es que ya nos íbamos. Él a la estación de Stettin, yo a la de Anhalter. Dos maletas cada uno, queda de sobra para ustedes.

Farfulla las últimas palabras, medio adormilado.

Baldur lo observa con atención. Quizá no sea necesario recurrir a la violencia, pues esos dos tipos están borrachos como cubas. Pero su cautela le previene. Agarra a Barkhausen por el hombro y pregunta sin contemplaciones:

—¿Quién es este hombre? ¿Cómo se llama?

—Enno —contesta Barkhausen con la lengua estropajosa—. Es mi amigo Enno...

—¿Y dónde vive tu amigo Enno?

—No lo sé, señor Persicke. Es sólo de la taberna. Un amigo de barra. Del local Los Rezagados.

Baldur ha tomado una decisión. De repente golpea con el puño el pecho de Barkhausen y éste cae de espaldas sobre los muebles y la ropa con un leve grito.

—¡Maldito cerdo! —vocifera—. ¿Cómo te atreves a llamarme serpiente con gafas? ¡Yo te enseñaré lo niño que soy!

Pero sus insultos carecen de sentido, esos dos ya no lo oyen. Los hermanos de las SS se han abalanzado sobre ellos y han noqueado a ambos con un golpe brutal.

—Bien —dice Baldur complacido—. Dentro de una horita entregaremos a la policía a estos dos ladrones que hemos pillado con las manos en la masa. Entretanto bajaremos todo lo que podamos necesitar. ¡Pero nada de hacer ruido por la escalera! He estado escuchando, pero no he oído que el viejo Quangel haya regresado a casa después de su turno de tarde.

Los dos hermanos asienten. Baldur observa primero a las víctimas inconscientes y ensangrentadas, después las maletas, la ropa, la radio. De repente sonríe. Se gira hacia su padre:

—¿Qué, padre, cómo he manejado el asunto? ¡Tú y tu eterno miedo! Ves cómo...

Pero se interrumpe. En la puerta no está, como esperaba, su padre, pues ha desaparecido sin dejar rastro. Su lugar lo ocupa el jefe de taller Quangel, ese hombre de perspicaz y fría cara de pájaro, que lo observa en silencio con sus ojos oscuros.

Cuando Otto Quangel volvió a casa de su turno de tarde —a pesar de que se había hecho muy tarde por culpa del retraso, no había cogido el tranvía, podía ahorrarse esos céntimos—, al llegar delante del edificio vio que pese a la orden de oscurecimiento la casa de la señora Rosenthal tenía la luz encendida. Al fijarse con más detenimiento comprobó que también había luz en casa de los Persicke y debajo, en el piso de Fromm, porque brillaba en los bordes de las persianas. En el piso del juez del Tribunal Cameral Fromm, del que no se sabía con exactitud si se había jubilado en 1933 por edad o por los nazis, siempre permanecía la luz encendida durante la mitad de la noche, en él no era raro. Y los Persicke debían de estar celebrando todavía la victoria sobre Francia. Pero el hecho de que la vieja Rosenthal tuviera la luz encendida y además en todas las ventanas, no encajaba. La vieja señora era tan miedosa y estaba tan aterrorizada que jamás iluminaría así su casa.

¡Aquí hay gato encerrado!, pensó Otto Quangel mientras abría con llave la puerta del portal y comenzaba a subir las escaleras despacio. Como de costumbre, no encendió la luz, él no sólo era ahorrativo, es decir, cuidadoso, consigo mismo, sino con todos, incluido el casero. ¡Aquí hay gato encerrado! Pero ¿a mí qué me importa? ¡La gente me trae sin cuidado! Vivo para mí solo. Con Anna. Sólo nosotros dos. Además, a lo mejor la Gestapo está ahora ahí arriba, registrando el domicilio. ¡Menuda gracia tendría presentarme de improviso! No, me voy a la cama...

Pero su sentido de la precisión, que casi cabría denominar ya sentido de la justicia, tan potenciado por el reproche «tú y tu Hitler», juzgó muy mezquino ese resultado de sus reflexiones. Ahora estaba esperando, llave en mano, delante de la puerta de su casa, la cabeza levantada. La puerta tenía que estar abierta, había una claridad crepuscular allí arriba, también escuchó una voz dura. Una anciana completamente sola, pensó con sorpresa súbita. Sin protección. Sin compasión...

Fue en ese momento cuando una mano de hombre pequeña, pero fuerte, salió de la oscuridad cogiéndolo del pecho y girándolo hacia la escalera. Una voz educada, muy cortés, explicó:

—Por favor, vaya usted delante, señor Quangel. Yo lo seguiré y apareceré en el momento adecuado.

Quangel ascendió por la escalera sin vacilar, tal era la fuerza de convicción que residía en esa mano y en esa voz. Sólo puede haber sido el viejo consejero Fromm, pensó. Qué sigiloso. Creo que en todos los años que llevo viviendo aquí no lo he visto de día ni veinte veces, ¡y ahora resulta que le gusta deslizarse por la escalera en plena noche!

Mientras pensaba esto, subió las escaleras sin vacilar y llegó al piso de la Rosenthal. Vio cómo ante su aparición una figura gruesa —con toda seguridad el viejo Persicke— se retiraba precipitadamente a la cocina, también tuvo ocasión de oír las últimas palabras de Baldur sobre el manejo del asunto, y que no se podía tener miedo eternamente... Ahora estaban en silencio frente a frente los dos, Baldur y Quangel.

Durante un instante el propio Baldur Persicke creyó que todo estaba perdido. Pero después recordó uno de sus máximas vitales: el descaro vence, de modo que dijo con tono desafiante:

—Se ha quedado pasmado, ¿eh? Pero ha llegado un poco tarde, señor Quangel, ya hemos pillado y capturado a los ladrones. —Hace una pausa, pero Quangel calla. Algo más débilmente, Baldur prosigue—: Por cierto, parece que uno de los dos cuervos es Barkhausen, el que consiente aquí, en el patio de nuestra casa, un burdel.

La mirada de Quangel sigue el dedo acusador de Baldur.

—Sí —contesta muy seco—, uno de los cuervos es Barkhausen.

—Pero, vamos a ver —inesperadamente se escucha la voz de Adolf Persicke, el hermano de las SS—. ¿Qué hace usted aquí plantado mirando como un pasmarote? Sería mejor que fuese a denunciar el robo en comisaría, Quangel, para que vengan a buscar a estos dos pájaros. Mientras tanto nosotros vigilaremos.

—¡Cállate, Adolf! —sisea Baldur, irritado—. ¡Deja de darle órdenes a Quangel! El señor Quangel sabe de sobra lo que tiene que hacer.

Pero en ese momento Quangel ignora justamente eso. De haber estado solo, habría tomado en el acto una decisión. Pero había notado esa mano en su pecho, esa cortés voz masculina; él no se imaginaba lo que se proponía el antiguo juez del Tribunal Cameral. No quería estropearle su juego. Ojalá supiera...

Pero en ese preciso instante aparece en escena el viejo caballero, no a su lado, como esperaba Quangel, sino procedente del interior de la vivienda. De repente surge entre ellos como una aparición espectral, pegándole a los Persicke otro susto aún mayor.

Dicho sea de paso, el anciano tenía un aspecto de lo más raro. Su figura delicada, de mediana estatura, iba completamente envuelta en una bata de seda negro azulada, con los bordes ribeteados en seda roja y cerrada con grandes botones de madera rojos. El viejo señor lucía una perilla canosa y un bigote blanco muy recortado sobre el labio superior. Su cabello, muy ralo y todavía castaño, estaba cuidadosamente peinado sobre el cráneo pálido aunque no lograba ocultar del todo su desnudez. Detrás de las gafas estrechas con montura de oro, en medio de mil arruguitas, relucían unos ojos satisfechos y burlones.

—No, caballeros —dijo con soltura, pareciendo reanudar una conversación iniciada hacía mucho y muy satisfactoria para todos—. No, caballeros, la señora Rosenthal no está en la vivienda. Pero quizá uno de los jóvenes señores Persicke no tenga inconveniente en acudir al baño. Su padre no parece encontrarse muy bien. Al menos no para de intentar ahorcarse allí con una toalla. No he logrado disuadirle de tal proceder...

El juez del Tribunal Cameral sonríe, pero los dos Persicke mayores abandonan la habitación con tanta precipitación que casi resulta gracioso. El joven Persicke, sin embargo, se ha quedado muy pálido y muy sereno. El anciano que acaba de entrar en la habitación y que se expresa con tal ironía es un hombre cuya superioridad reconoce sin ambages hasta Baldur. No se las da de superior, lo es de verdad. Baldur Persicke dice casi suplicante:

—Comprenda usted, señor juez del Tribunal Cameral, mi padre, reconozcámoslo sin rodeos, está completamente bebido. La capitulación de Francia...

—Lo comprendo, lo comprendo perfectamente —asiente el antiguo juez con un ademán tranquilizador—. Todos somos humanos, sólo que no todos nos ahorcamos cuando nos embriagamos. —Calla un instante y con una sonrisa añade—: Como es natural, también ha hablado por los codos, pero ¿quién hace caso de la verborrea de un borracho? —sonríe de nuevo.

—¡Señor consejero! —exclama suplicante Baldur Persicke—. ¡Se lo ruego, tome este asunto en sus manos! Ha sido usted juez, sabe lo que hay que hacer...

—No, no —rechaza el juez con tono decidido—. Soy un anciano enfermo. —Aunque no lo parece en absoluto. Al contrario: su aspecto es rozagante—. Además, llevo una vida completamente retirada, apenas mantengo relación con el mundo. Pero usted, señor Persicke, y su familia son los que han sorprendido a los dos ladrones. Ustedes los entregarán a la policía y pondrán a buen recaudo los bienes de esta vivienda. En mi rápida ronda me he formado una pequeña idea. Por ejemplo, he contado diecisiete maletas y veintiuna cajas. Y otras cosas más. Y otras cosas más...

Habla cada vez más despacio. Con más lentitud. En ese momento agrega con ligereza:

—No me extrañaría nada que la captura de ambos ladrones les acarrease fama y honor a usted y a su familia.

El consejero calla. Baldur está muy pensativo. Sí, también existe esa posibilidad... ¡menudo viejo zorro está hecho este Fromm! Sin duda lo sabe todo, seguro que su padre se ha ido de la lengua, pero no quiere líos, no quiere saber nada del asunto. No supone el menor peligro. ¿Y Quangel, el viejo jefe de taller? Éste no se ha ocupado jamás de ningún vecino de la casa, nunca ha saludado a nadie, jamás ha cruzado una palabra con nadie. Quangel es un auténtico trabajador viejo, extenuado, agotado, ya sin ideas propias en la cabeza. Seguro que no causará molestias innecesarias. Es completamente inofensivo.

Quedan los dos imbéciles borrachos que están ahí tirados. Como es natural, es posible entregarlos a la policía y negar todo lo que Barkhausen pueda contar sobre instigación. Seguro que no le prestarán el menor crédito si declara en contra de miembros del Partido, de las SS, de las Juventudes Hitlerianas. Y después habrá que denunciar el caso a la Gestapo. Entonces acaso les entreguen de manera del todo legal parte de esas cosas de las que sería ilegal y peligroso apoderarse en ese momento. Y encima merecerían reconocimiento.

Un camino tentador. Pero quizá sea preferible dejar correr el asunto por el momento. Poner unos esparadrapos a Barkhausen y al tal Enno y despedirlos con unos marcos. Seguro que no hablarán. Cerrar el piso tal como está, tanto si la Rosenthal regresa como si no. A lo mejor es posible hacer algo más adelante... Tiene la impresión y casi la certeza de que las medidas contra los judíos se endurecerán más todavía. Aguardar y tomarse un té. Dentro de medio año quizá se puedan hacer cosas que hoy son imposibles. Ellos, los Persicke, han mostrado su punto flaco en demasía. No es que vayan a actuar contra ellos, pero en el Partido andarán en boca de todo el mundo. Ya no serán de fiar.

Baldur Persicke dice:

—Estoy por dejar a estos dos tipos que se vayan. Me dan pena, señor juez, no son más que dos pequeños granujas de tres al cuarto.

Mira a su alrededor, está solo. Tanto el juez del Tribunal Cameral como el jefe de taller han desaparecido. Tal como había pensado: no quieren tener nada que ver con el asunto. Es la postura más astuta. Baldur hará lo mismo, por mucho que despotriquen sus hermanos.

Con un profundo suspiro dedicado a todas esas cosas bonitas a las que se ve obligado a renunciar, Baldur se dirige a la cocina para intentar que su padre recupere el juicio y sus hermanos renuncien a lo ya conseguido.

Entretanto, en la escalera, el juez del Tribunal Cameral le dice al jefe de taller Quangel, que lo ha seguido en silencio:

—Y si tiene usted dificultades debido a la señora Rosenthal, señor Quangel, diríjase a mí. Buenas noches.

—¿Qué me importa a mí la señora Rosenthal? ¡No la conozco de nada! —protesta Quangel.

—En ese caso ¡buenas noches, señor Quangel! —Y el consejero desaparece por la escalera abajo.

Otto Quangel abre la puerta de su oscuro piso.

 

Capítulo 9

CONVERSACIÓN NOCTURNA EN CASA DE LOS QUANGEL

 

 

Apenas ha abierto Quangel la puerta del dormitorio, Anna, su mujer, le dice asustada:

—¡No enciendas la luz, papá! Trudel está durmiendo en tu cama. Te he hecho la cama en el sofá del salón.

—Está bien, Anna —contesta Quangel, asombrado por la novedad de que Trudel tenga que dormir en su cama como sea. Siempre se ha acostado en el sofá.

Pero no vuelve a decir nada hasta que, ya desnudo, yace en el sofá debajo de la manta.

—¿Quieres dormir, Anna, o te apetece conversar? —pregunta.

Ella vacila un instante, después contesta desde la alcoba por la puerta abierta:

—Estoy tan cansada y rota, Otto...

Así que continúa enfadada conmigo, ¿por qué?, se pregunta Otto Quangel, pero dice imperturbable:

—Entonces duerme, Anna. Buenas noches.

Y desde la cama de ella llega esta respuesta:

—Buenas noches, Otto.

También Trudel susurra bajito:

—Buenas noches, padre.

—Buenas noches, Trudel —contesta y se tumba de lado deseando dormirse lo antes posible, porque está muy cansado. Demasiado, por lo visto. Al igual que el que está excesivamente hambriento, el sueño huye de él. Ha transcurrido un día largo con incesantes acontecimientos, un día como no ha habido otro en la vida de Otto.

Pero no un día como habría deseado. Aparte de que todos los sucesos han sido desagradables, excepto el relevo de su cargo en el Frente del Trabajo. Quangel odia todo ese alboroto, esa obligación de hablar con un sinfín de personas que en conjunto se le antojan insoportables. Y piensa en la carta oficial que le ha entregado la señora Kluge, en el espía Barkhausen que ha intentado engañarlo tan torpemente, en el pasillo de la fábrica de uniformes con los carteles ondeando en la corriente de aire contra los que Trudel apoyó la cabeza. Piensa en el carpintero encubierto Dollfuss, ese eterno fumador de cigarrillos, las medallas y condecoraciones vuelven a tintinear sobre el pecho del orador vestido de pardo, ahora lo aferra, surgiendo de la oscuridad, la mano pequeña y firme de Fromm, el consejero retirado del Tribunal Cameral, empujándolo hacia la escalera. Ahí está el joven Persicke con sus botas relucientes encima de la ropa, palideciendo cada vez más, y en el suelo se oye la respiración ronca y los gemidos de los dos borrachos ensangrentados.

Vuelve a incorporarse, ha estado a punto de dormirse. Pero otra cosa lo perturba ese día, algo que ha oído con toda exactitud y ha vuelto a olvidar. Se sienta en el sofá y escucha largo rato con extrema atención. Es verdad, no ha oído mal. En tono imperioso llama:

—¡Anna!

La contestación es quejumbrosa, poco propia del estilo de su mujer:

—¿Por qué vuelves a molestarme, Otto? ¿Es que no voy a poder descansar? ¡Ya te he dicho que no me apetece hablar!

—¿Por qué tengo que dormir en el sofá si Trudel está durmiendo contigo en tu cama? —prosigue—. ¿Entonces mi cama sigue libre?

Durante un momento enfrente reina un profundo silencio, después la mujer contesta casi suplicante:

—Papá, Trudel está durmiendo en tu cama, de veras. Yo estoy acostada sola, además me duele todo el cuerpo...

Él la interrumpe:

—No me mientas, Anna. En vuestro cuarto se oyen tres respiraciones, lo he oído perfectamente. ¿Quién está durmiendo en mi cama?

Silencio, un largo silencio. Luego la mujer responde con voz firme:

—No preguntes tanto. Ojos que no ven, corazón que no siente. Es mejor que te calles, Otto.

Y él, inflexible:

—Aquí mando yo. En esta casa no hay secretos para mí. Porque soy el responsable de todo, por eso. ¿Quién está durmiendo en mi cama?

Largo silencio, muy largo. Después una voz vieja y profunda de mujer dice:

—Yo, señor Quangel, la señora Rosenthal. Su mujer y usted no tendrán ningún problema por mi culpa. Voy a vestirme. Enseguida regresaré arriba.

—Ahora no puede subir a su casa, señora Rosenthal. Están allí los Persicke y un par de tipos más. Quédese acostada en mi cama. Y mañana a primera hora, muy temprano, a las seis o las siete, vaya a ver al antiguo juez Fromm y llame a su puerta, en el entresuelo. Él la ayudará, me lo ha dicho.

—Muchas gracias, señor Quangel.

—Déselas al consejero, no a mí. Yo me limito a echarla de mi casa. Bien, y ahora te llega el turno a ti, Trudel...

—¿Yo también tengo que marcharme, padre?

—Sí. Ésta ha sido la última visita que nos haces, y sabes de sobra por qué. Es posible que Anna vaya a visitarte alguna vez, aunque no lo creo. En cuanto recobre el juicio y yo haya hablado con ella como es debido...

La mujer replica casi a gritos:

—No pienso tolerar eso, entonces me iré también yo. ¡Y puedes quedarte solo en tu casa! No piensas más que en tu tranquilidad...

—¡Así es! —la interrumpe él con dureza—. La inseguridad no me gusta, y sobre todo no quiero verme arrastrado por las historias inciertas de otros. Si tengo que jugarme la cabeza, no pienso hacerlo por cualquier descuido ajeno, sino por propia voluntad. No digo que vaya a hacerlo. Pero si lo hago, lo haré exclusivamente contigo, con nadie más, aunque sea una chica tan amable como Trudel o una anciana desamparada como usted, señora Rosenthal. No afirmo que lo que hago esté bien. Pero no puedo comportarme de otra manera. Soy así y no quiero ser de otro modo. Bueno, y ahora deseo dormir.

Dicho esto, Otto Quangel vuelve a tumbarse. En el dormitorio todavía cuchichean en voz baja, pero no le molesta. Sabe que se cumplirá su voluntad. Mañana temprano su casa volverá a estar impoluta, y Anna también cederá. Ninguna historia clandestina más. Y él, solo. Él, solo. ¡Solamente él!

Se queda dormido, y quien pudiera verlo dormir en ese instante contemplaría su sonrisa, una sonrisa furiosa en esa cara de pájaro dura, seca, una sonrisa furiosa, combativa, pero no malvada.

 

Capítulo 10

LO QUE SUCEDIÓ EL MIÉRCOLES POR LA MAÑANA

 

 

Todos los acontecimientos antes referidos ocurrieron un martes. La mañana del miércoles siguiente, muy temprano, entre las cinco y las seis, la señora Rosenthal, acompañada por Trudel Baumann, abandonó la vivienda de los Quangel. Otto Quangel aún dormía profundamente. Trudel condujo a la desvalida y aterrada señora Rosenthal con la estrella amarilla en el pecho casi hasta la puerta del piso de Fromm. Después se retiró un tramo de escaleras más arriba, firmemente decidida a defender a la mujer, aunque fuera con su propia vida y su propio honor, contra cualquier Persicke que bajara.

Trudel observó cómo la señora Rosenthal tocaba el timbre. La puerta se abrió casi en el acto, como si alguien estuviera esperando al otro lado. Tras cruzar unas palabras en voz baja, la señora Rosenthal entró, la puerta se cerró y Trudel pasó ante ella en dirección a la calle. El edificio ya estaba abierto.

Las dos mujeres habían tenido suerte. Por temprano que fuera y por más que el madrugar contraviniese las costumbres de los Persicke, los dos hombres de las SS habían bajado por la escalera apenas cinco minutos antes. Por cinco minutos se había evitado un encuentro que con la terca estupidez y brutalidad de ambos jóvenes habría tenido un desenlace funesto, al menos para la señora Rosenthal.

Tampoco los dos SS iban solos. Su hermano Baldur les había ordenado sacar del edificio a Barkhausen y Enno Kluge y llevarlos con sus mujeres (Baldur había revisado entretanto su documentación). Los dos ladrones aficionados seguían casi comple tamente obnubilados por el exceso de alcohol consumido y los golpes recibidos. No obstante, Baldur Persicke había logrado hacerles comprender que se habían comportado como unos cerdos y debían agradecer a la inmensa caridad de los Persicke no haber sido entregados en el acto a la policía, pero cualquier chismorreo los conduciría de forma inevitable allí. Además, no tenían que dejarse ver nunca más en casa de los Persicke ni reconocer jamás a ninguno de ellos. Pero si tenían la osadía de regresar alguna vez a la vivienda de la Rosenthal, serían entregados sin remisión a la Gestapo.

Baldur repitió todo esto tantas veces y con tantas amenazas e insultos que quedó grabado a fuego en sus cerebros embrutecidos. Habían estado sentados uno frente a otro en la mesa de los Persicke, en penumbra, con Baldur en medio hablando, amenazando y echando pestes sin parar. Los dos SS se habían repanchingado en el sofá, unas figuras amenazadoras y siniestras a pesar de su fumeteo constante. Tenían la sensación incierta de estar ante un tribunal esperando la sentencia, de que les amenazaba la muerte. Se tambaleaban de un lado a otro en sus sillas intentando entender. Mientras tanto se adormilaban hasta que un doloroso puñetazo de Baldur los arrancaba del sueño. Todo lo que habían planeado, hecho, padecido, les parecía un sueño irreal, sólo anhelaban dormir y olvidar.

Finalmente Baldur les ordenó marcharse con sus hermanos. En los bolsillos, tanto Barkhausen como Kluge llevaban, sin saberlo, unos cincuenta marcos en billetes pequeños. Baldur había decidido ese nuevo y doloroso sacrificio que por el momento convertía a la empresa Rosenthal en un negocio deficitario para los Persicke. Pero se dijo que si los hombres regresaban junto a sus mujeres sin blanca, molidos a golpes e imposibilitados para el trabajo, éstas provocarían mucho más griterío y preguntas que si esos borrachos les llevaban algo de dinero. Y daban por sentado que ellas, dado el estado de los hombres, encontrarían el dinero.

El primogénito de los Persicke, que tenía que llevar a casa a Barkhausen, terminó su tarea en diez minutos, período en el que la señora Rosenthal llegó al piso de Fromm y Trudel Baumann salió a la calle. Tras agarrar por el cuello a Barkhausen, casi incapaz de andar, lo había arrastrado por el patio, depositándolo en el suelo ante su vivienda y despertando a su mujer con fuertes puñetazos en la puerta. Cuando ella retrocedió asustada ante la siniestra figura amenazadora, gritó:

—¡Aquí te traigo a tu hombre, vieja cerda! ¡Echa al cliente que tienes en la cama y mete en ella a tu hombre! ¡Mira que estar tirado borracho en nuestra escalera y ponerlo todo perdido de vómitos...!

Dicho esto se fue dejando al otro a cargo de Otti. A esta le costó lo suyo desnudar a Emil y llevarlo a la cama; al distinguido caballero entrado en años que aún estaba convidado en su casa no le quedó más remedio que echar una mano. Después se lo quitó de encima a pesar de lo temprano de la hora. Además, le prohibió el regreso, a lo mejor podían encontrarse alguna vez en un café, pero allí no, nunca más.

Porque a Otti le había sobrevenido un ataque de pánico al divisar al Persicke de las SS junto a su puerta. Conocía a alguna colega que había sido utilizada por esos caballeros negros, pero en lugar de recibir un pago había sido enviada a un campo de concentración por asocial y holgazana. Pensaba que llevaba una existencia totalmente discreta en su sótano oscuro, pero ahora se había percatado de que la espiaban sin cesar —como a todos en esos tiempos—. ¡Si Persicke hasta sabía que tenía a un desconocido en la cama! No, por el momento Ottita no quería volver a relacionarse con caballeros desconocidos. Por enésima vez en su vida prometió seriamente enmendarse.

Los cuarenta y ocho marcos que encontró en el bolsillo de Emil facilitaron esa decisión. Tras guardarse el dinero en la media, decidió esperar a que Emil le relatase su experiencia, ¡ella desde luego no sabría nada del dinero!

La tarea del segundo Persicke fue notablemente más difícil, sobre todo porque el camino que debía recorrer era mucho más largo, pues los Kluge vivían más allá del distrito berlinés de Friedrichshain. Enno, al igual que Barkhausen, tampoco podía andar, pero el joven Persicke no podía arrastrarlo por la calle cogido del cuello o del brazo. Además, le resultaba penoso que lo vieran en compañía de ese hombre apaleado, borracho, pues cuanto menos pensaba en su propio honor y en el de sus semejantes, más valoraba el honor de su uniforme.

También era inútil ordenar a Kluge que caminara delante de él, pues tenía tendencia a sentarse en el suelo, a tropezar, a agarrarse a los árboles y paredes o a rozar a los transeúntes. Cualquier puñetazo, cualquier orden, por dura que fuese, serían inútiles: el cuerpo sencillamente se negaba a colaborar y las calles estaban ya demasiado animadas para propinarle una soberana paliza que quizá le hubiera devuelto la sobriedad. Persicke tenía la frente cubierta de sudor, los músculos de sus mandíbulas se movían convulsivamente debido a la ira y se juró a sí mismo que algún día le contaría con detalle a esa pequeña víbora venenosa de Baldur lo que pensaba de sus encargos.

Tenía que evitar las calles principales, dar rodeos por calles laterales más tranquilas. Entonces agarraba a Kluge por debajo del brazo y lo arrastraba dos o tres esquinas más allá, hasta que no podía más. Durante un rato también le molestó bastante un policía que había reparado en ese traslado violento y tempranero y que lo siguió por todo el distrito, obligando a Persicke a mostrarse suave y solícito.

Cuando al fin llegaron a Friedrichshain, se tomó cumplida venganza. Sentó a Kluge en un banco detrás de unos arbustos y le propinó tal paliza que el hombre se quedó tirado inconsciente durante diez minutos. Ese pequeño apostador a las carreras, para el que todo en el mundo carecía de interés salvo los caballos, que por cierto durante toda su vida sólo había visto en los periódicos, esa criatura incapaz de sentir ni amor ni odio, ese holgazán que había dedicado todas las circunvoluciones de su penoso cerebro a pensar cómo librarse del verdadero esfuerzo, ese hombre, Enno Kluge, pálido, insulso, de pocas pretensiones, conservó de ese encuentro con los Persicke un pánico, cerval tal a cualquier uniforme del Partido que en lo sucesivo paralizaría su alma y su espíritu apenas entraba en contacto con ellos, como más adelante volvería a ponerse de manifiesto.

Unas patadas en las costillas lo despertaron de su desmayo, unos golpes en la espalda lo pusieron en marcha y de esa manera, con la cobardía de un perro apaleado, trotó delante de su torturador hasta llegar a la vivienda de su mujer. La puerta, sin embargo, estaba cerrada: la cartera Eva Kluge, que por la noche se había desesperado por su hijo y por su vida, había reemprendido su trajín cotidiano, la carta para su hijo Max en el bolsillo, pero con muy poca esperanza y fe en el corazón. Repartió el correo como lo había hecho desde hacía años, siempre era mucho mejor que quedarse en casa cruzada de brazos y torturada por pensamientos tristes.

Después de haberse convencido de que la mujer no estaba en casa, Persicke llamó al timbre de la puerta vecina, casualmente la de la señora Gesch, la misma que la noche anterior, con una mentira, había ayudado a Enno a entrar en el piso de su mujer. Persicke se limitó a echarle a ese eccehomo en los brazos diciendo:

—¡Aquí tiene! Ocúpese de este tipo, por lo visto vive aquí.

Y se marchó.

La señora Gesch estaba firmemente decidida a no meterse nunca más en los asuntos de los Kluge. Pero el poder de un miembro de las SS y el miedo de cualquier compatriota ante él eran tan grandes que recibió en su casa a Kluge sin oponerse, lo sentó a la mesa de la cocina y le sirvió café y pan. Su marido ya había salido a trabajar. La señora Gesch se percató de lo extenuado que estaba el menudo Kluge y vio en su cara, en la camisa rota, en el abrigo manchado, las huellas de un maltrato prolongado. Pero como Kluge había sido entregado por un hombre de las SS, se guardó de hacer preguntas. Más aún, antes lo habría echado a la calle que escuchar una descripción de lo que le había sucedido. No quería saber nada. Si no sabía nada, tampoco podría contar nada, irse de la lengua, chismorrear, es decir, tampoco se pondría en peligro.

Kluge comió el pan masticando despacio y bebió el café. Mientras tanto, gruesas lágrimas de dolor y agotamiento corrían por su cara. La señora Gesch de vez en cuando lo escrutaba con la mirada. Luego, cuando terminó, le preguntó:

—¿Y ‘ónde piensa ir ahora? Porque su mujer no vuelve a meterlo en casa, garantizao.

Él no contestó, se limitaba a mirar abstraído.

—Y en mi casa tampoco se pué quedar. Primero, no lo consentirá el Gustav y además, no me apetece tener que cerrarlo todo con llave. Así que ¿dónde piensa ir?

Kluge siguió mudo.

La señora Gesch exclamó muy acalorada:

—¡Entonces ya lo estoy poniendo de patitas en la calle! ¡Ahora mismito! ¿O qué?

—Tutti... una vieja amiga... —articuló con esfuerzo antes de echarse de nuevo a llorar.

—Válgame Dios, está usté hecho un guiñapo —dijo despectiva la señora Gesch—. ¡Si yo me derrumbase en cuanto me fueran mal las cosas...! Bueno, ¿cómo se llama de verdad la tal Tutti y dónde vive?

Tras muchas preguntas y amenazas, se enteró de que Enno Kluge no conocía el verdadero nombre de Tutti, pero confiaba en encontrar su vivienda.

—¡Entonces no se hable más! —zanjó la señora Gesch—. Pero no pué usté irse solo, lo detendrá cualquier policía. Yo lo acompañaré. Pero como la casa esté equivocada, le dejaré plantao en la calle. No tengo tiempo pa búsquedas, tengo que trabajar.

Kluge suplicó:

—Déjeme dormir sólo un ratito.

Tras una breve vacilación, ella se decidió.

—Pero sólo una hora. Dentro de una hora hay que largarse. Ande, échese en el sofá, yo lo taparé.

Antes de llegar con la manta a su lado, el hombre ya se había quedado profundamente dormido.

Fromm, el antiguo juez del Tribunal Cameral, abrió en persona la puerta a la señora Rosenthal. La condujo a su despacho, cuyas paredes estaban cubiertas de libros de arriba abajo, y la invitó a tomar asiento en un sillón. Estaba encendida una lámpara de lectura, un libro reposaba abierto sobre la mesa. El anciano caballero trajo una bandeja con una tetera y una taza, azúcar y dos finas rebanadas de pan, y dijo a la atemorizada mujer:

—Primero desayune, señora Rosenthal, ya hablaremos después.

Y cuando ella intentó pronunciar al menos una palabra de gratitud, Fromm comentó con amabilidad:

—No, por favor, primero desayune. ¡Espero que se sienta como en su casa, al menos ése es mi deseo!

Y tomando de nuevo el libro situado bajo la lámpara, comenzó a leer, mientras su mano izquierda libre acariciaba una y otra vez de arriba abajo su perilla canosa con gesto mecánico. Parecía haberse olvidado por completo de su visitante.

La anciana y aterrorizada judía recuperó poco a poco parte de su confianza. Desde hacía meses había vivido sumida en el temor y en el desorden, entre objetos empaquetados, aguardando de continuo el asalto más brutal. Desde hacía meses no conocía hogar, ni tranquilidad, ni paz, ni contento. Y ahora estaba allí en casa de un señor anciano al que apenas había visto antes en la escalera; en las paredes destacaban las encuadernaciones en piel de color marrón claro y oscuro de numerosos libros, junto a la ventana un gran escritorio de caoba, muebles como los que ella misma había poseído en la primera época de su matrimonio, en el suelo una alfombra de Zwickau, algo desgastada por el uso. Ese anciano caballero que leía se acariciaba sin cesar su barbita de chivo, una barbita igual que las que llevaban, complacidos, muchos judíos, a lo que había que añadir esa larga bata que guardaba una ligera semejanza con el caftán de su padre.

Era como si por arte de magia hubiera desaparecido del mundo la suciedad, la sangre y las lágrimas, y ella viviera de nuevo en la época en que ellos eran todavía personas consideradas, respetadas, no sabandijas acosadas a las que hay que exterminar.

Sin darse cuenta se acarició el cabello, de manera espontánea su rostro adoptó otra expresión. Así que aún había paz en el mundo, incluso allí, en Berlín.

—Le estoy muy agradecida, señor juez del Tribunal Cameral —dijo. Hasta su voz sonaba diferente, más segura.

Él alzó los ojos de su libro.

—Por favor, bébase el té antes de que se le enfríe y cómase el pan. Tenemos mucho tiempo, no nos perdemos nada.

Y se enfrascó de nuevo en la lectura. La mujer, obediente, se bebió el té y se comió el pan, a pesar de que hubiera preferido con creces hablar con el anciano caballero. Pero quería obedecerlo en todo, no quería perturbar la paz de su domicilio. Volvió a mirar a su alrededor. No, todo esto tenía que permanecer como hasta ahora. No lo pondría en peligro. (Tres años después una mina explosiva reduciría ese hogar a escombros y el refinado anciano moriría en el sótano, tras una lenta y dolorosa agonía...)

Depositando de nuevo la taza vacía sobre la bandeja, añadió:

—Es usted muy bondadoso conmigo, señor consejero, y muy valiente. Pero no quiero ponerlo inútilmente en peligro a usted ni su hogar. Todo esto no sirve de nada. Regresaré a mi casa.

El anciano caballero la observó con atención mientras hablaba, ahora conducía de nuevo hacia su sillón a la mujer, que ya se había levantado.

—Por favor, siéntese un momento, señora Rosenthal.

La anciana obedeció a regañadientes.

—De veras, señor consejero, se lo digo en serio.

—Escúcheme, se lo ruego. Lo que voy a decirle también se lo digo en serio. Primero, en lo tocante al peligro en que usted me pone, sepa que durante toda mi vida, desde que me dedico a mi profesión, he estado en peligro. Siempre he sido juez, y en ciertos círculos me llamaban el sangriento Fromm o el verdugo Fromm. —Sonrió al ver el estremecimiento de ella—. Siempre he sido una persona tranquila y apacible, pero el destino me ha impuesto que a lo largo de mi carrera tuviera que pronunciar o confirmar veintiún penas de muerte. Tengo una señora a la que he de obedecer, que me gobierna a mí y al mundo, incluso al mundo actual de ahí fuera, y esa señora es la justicia. En ella he creído siempre y sigo creyendo todavía hoy, la justicia es la pauta que guía mis actos...

Mientras hablaba, recorría sigiloso la habitación de acá para allá, las manos a la espalda, sin salir del campo visual de la señora Rosenthal. Las palabras brotaban serenas y desapasionadas de sus labios, hablaba de sí mismo como de un hombre desaparecido, que en realidad ya no existía. La señora Rosenthal lo escuchaba expectante.

—Mas —prosiguió el consejero—, hablo de mí en lugar de hablar de usted, una mala costumbre de todos lo que llevamos una vida muy solitaria. Perdóneme, dediquemos unas palabras al peligro. Durante diez, veinte, treinta años recibí cartas amenazadoras, me han atacado por sorpresa, me han disparado... Pues bien, señora Rosenthal, aquí estoy leyendo a mi Plutarco, soy un hombre que ha alcanzado la vejez. El peligro no significa nada para mí, no me asusta, no invade jamás mi cerebro ni mi corazón. No me hable de peligros, señora Rosenthal...

—Pero las de hoy son personas distintas —rebatió la señora Rosenthal.

—¿Y si le digo que esas amenazas procedían de malhechores y sus cómplices? ¡Dejémoslo! —sonrió levemente—. No son personas distintas. Son algo más numerosas y los demás se han vuelto más cobardes, pero la justicia sigue siendo la misma, y yo confío en que ambos lleguemos a presenciar su victoria. —Durante un instante se mantuvo inmóvil, muy erguido, a continuación reanudó sus paseos—. Y la victoria de la justicia no será la victoria de este pueblo alemán —añadió en voz baja.

Calló unos instantes antes de comenzar de nuevo en un tono más ligero:

—No, no puede usted regresar a su casa. Los Persicke han estado allí esta noche, esa gente del Partido que vive en el piso encima del mío, ya sabe. Poseen las llaves de la vivienda y ahora someterán a su hogar a vigilancia continua. Allí sí que se expondría usted a un peligro del todo inútil.

—Pero debo estar allí cuando regrese mi marido —suplicó la señora Rosenthal.

—Su marido... no puede visitarla por el momento —precisó el juez Fromm tranquilizándola con amabilidad—. Se encuentra en prisión preventiva en Moabit, acusado de haber ocultado cierta cantidad de moneda extranjera. Así que mientras se mantenga despierto el interés de la fiscalía y de hacienda en este procedimiento, estará a salvo.

El viejo consejero esabozó una leve sonrisa, dirigió una mirada de ánimo a la señora Rosenthal y reanudó sus paseos.

—¿Y usted cómo lo sabe? —inquirió la mujer.

El anciano hizo un ademán tranquilizador.

—Un viejo juez siempre escucha esto y aquello aunque ya no desempeñe el cargo —explicó—. También le interesará saber que su marido tiene un abogado eficiente y que lo tratan relativamente bien. No le diré el nombre ni la dirección del abogado, él no desea visitas sobre este particular...

—¡Pero a lo mejor puedo visitar a mi marido en la cárcel de Moabit! —exclamó la señora Rosenthal excitada—. Podría llevarle ropa limpia... ¿quién se ocupa allí de su ropa? Y útiles de aseo, y quizá algo de comida...

—Querida señora Rosenthal —dijo el consejero retirado colocando con firmeza sobre los hombros de ella su mano manchada por la edad y con gruesas venas azules—, no puede usted visitar a su marido ni él a usted. Esa visita no le serviría de nada, pues no llegaría hasta él y sólo le perjudicaría a usted.

La miró.

De pronto sus ojos dejaron de sonreír y su voz se tornó severa. Ella comprendió que ese hombre bajo, suave, bondadoso había sido llamado un día el sangriento Fromm, el verdugo Fromm, que obedecía a una ley inexorable, seguramente a esa justicia de la que había hablado.

—Señora Rosenthal —agregó en voz baja ese sangriento Fromm—, es usted mi huésped... mientras respete las leyes de la hospitalidad sobre las que voy a decirle unas palabras: en cuanto usted actúe de manera arbitraria, en cuanto se cierre detrás de usted una vez, una sola vez, la puerta de esta casa, jamás volverá a abrirse y su nombre y el de su marido se borrarán para siempre de mi mente. ¿Me ha comprendido?

Él se rozaba la frente con suavidad mientras le dirigía una mirada penetrante.

La mujer susurró muy bajo «sí».

Sólo entonces retiró él la mano de sus hombros. Sus ojos, que se habían oscurecido con las serias palabras que había pronunciado, volvieron a aclararse y lentamente reanudó sus paseos.

—Le ruego —continuó con más ligereza— que no abandone durante el día el cuarto que voy a enseñarle, y que una vez en él tampoco se acerque a la ventana. Mi sirvienta es de confianza, pero... —Se interrumpió malhumorado, echó un vistazo al libro situado bajo la lámpara, y prosiguió—: Intente, al igual que yo, convertir la noche en día. Le mandaré a diario un somnífero. Le daré de comer durante la noche. ¿Quiere seguirme, por favor?

La anciana obedeció, saliendo al pasillo. Ahora volvía a sentir cierta confusión y temor, su anfitrión había cambiado por completo. Pero se dijo muy certeramente que el anciano amaba su tranquilidad por encima de todo y estaba poco acostumbrado a tratar con personas. Ahora se había cansado de ella, añoraba volver a su Plutarco, fuera quien fuera éste.

El consejero abrió una puerta precediéndola, encendió la luz.

—Las persianas están cerradas —informó—. La habitación también está en penumbra, déjelo así, pues podría verla alguien de los pisos traseros. Creo que aquí hallará todo lo que necesite.

La dejó contemplar un momento esa habitación clara y alegre con muebles de madera de abedul, un tocador de patas altas completamente ocupado y una cama con dosel de cretona. Él examinaba la habitación como si llevara mucho tiempo sin verla y acabase de reconocerla. Después dijo con honda seriedad:

—Es la habitación de mi hija. Murió en 1933, ¡no, aquí no, aquí no! ¡No se asuste!

Le tendió la mano deprisa.

—No cerraré la puerta con llave, señora Rosenthal —le comunicó—, pero le ruego que eche el pestillo de inmediato. ¿Tiene reloj? ¡Bien! A las diez de la noche llamaré a la puerta. Buenas noches.

Se marchó. En la puerta se volvió de nuevo.

—En los próximos días estará usted muy sola, señora Rosenthal. Intente acostumbrarse. La soledad puede ser muy buena. Y no lo olvide: ¡cada superviviente importa, incluyéndola a usted, precisamente a usted! No olvide echar el pestillo.

Se fue de manera tan silenciosa, cerró con tal sigilo la puerta que ella se dio cuenta demasiado tarde de que no le había dado las gracias ni las buenas noches. Se acercó rápidamente a la puerta, pero mientras caminaba lo recordó. Se limitó a echar el pestillo, después se dejó caer en la silla más próxima, le temblaban las piernas. Desde el espejo del tocador la miraba una cara pálida, hinchada por las lágrimas y la vigilia. Saludó a esa cara con una inclinación de cabeza.

Esa eres tú, Sara, dijo en su interior. Lore, ahora llamada Sara. Fuiste una excelente comerciante, siempre activa. Has tenido cinco hijos, uno vive en Dinamarca, otro en Inglaterra, dos en Estados Unidos y uno yace aquí en el cementerio judío de la avenida Schönhauser. No me enfado cuando me llaman Sara. Lore se ha convertido cada vez más en Sara; sin quererlo ellos, me han convertido en una hija de mi pueblo, sólo en su hija. Él es un caballero bueno y refinado, pero tan extraño, tan raro...Nunca podré hablar a gusto con él, como lo hacía con Siegfried. Creo que es frío. A pesar de su bondad, es frío. Hasta su bondad es fría. Eso es fruto de la ley a la que obedece, la de esa justicia. Yo he obedecido siempre a una sola ley: amar a mis hijos y a mi marido, y ayudarlos a progresar en la vida. Y ahora estoy aquí, en casa de este anciano, y todo lo que soy me ha abandonado. Esta es la soledad de la que él hablaba. Apenas son las seis y media de la mañana y no volveré a verlo hasta las diez de la noche. Quince horas y media de absoluta soledad... ¿qué averiguaré de mí que todavía no sepa? ¡Tengo miedo, mucho miedo! Creo que gritaré, que incluso dormida gritaré de miedo. ¡Quince horas y media! La media hora bien podría haberla pasado conmigo. Pero estaba empeñado en continuar la lectura de su viejo libro. Pese a su bondad, las personas no significan nada para él, sólo le importa su justicia. Lo hace porque ella se lo exige, no por mí. Yo sólo valoraría eso si lo hiciera por mí.

La anciana asiente despacio hacia ese rostro de Sara deformado por la pesadumbre que ve en el espejo. Mira a su alrededor buscando la cama. La habitación de mi hija. Murió en 1933. ¡Aquí no! ¡Aquí no!, le pasa por la cabeza. Se estremece. De qué modo lo ha dicho. Seguro que la hija también murió por culpa de ellos, pero jamás hablará de eso y yo tampoco osaré preguntar. No, yo no puedo dormir en esta habitación, es espantoso, inhumano. Que me dé el cuarto de su sirvienta, una cama todavía caliente por el cuerpo de la persona de carne y hueso que ha dormido en ella. Nunca podré dormir aquí. Sólo podré gritar...

Toca con la punta de los dedos los botecitos y las cajitas del tocador. Cremas resecas, polvos desmigajados, barras de labios mohosas... y ella lleva muerta desde 1933. Siete años. Tengo que hacer algo. Me siento acosada por dentro, eso es el miedo. Ahora que he llegado a esta isla de paz, aparece el miedo. Tengo que hacer algo. No debo estar tan sola conmigo misma.

Rebuscó en su bolso. Encontró papel y lápiz. Escribiré a los niños, a Gerda en Copenhague, a Eva en Ilford, a Bernhard y Stefan en Brooklyn. Pero no tiene sentido, ya no hay correo, estamos en guerra. Escribiré a Siegfried, ya conseguiré de un modo u otro pasar a escondidas la carta a Moabit. Si esa vieja sirvienta es realmente de confianza. El consejero no tiene por qué enterarse, y yo puedo darle a ella dinero o joyas. Aún poseo bastante...

Lo sacó de su bolso, colocando delante de ella el dinero en fajos y las joyas. Tomó una pulsera en la mano. Me la regaló Siegfried cuando tuve a Eva. Fue mi primer parto, sufrí mucho. ¡Cómo se rio al ver a la nena! Le temblaba la barriga de la risa. Todos se reían cuando veían al bebé con sus rizos negros por toda la cabeza y sus labios gruesos. Es una negrita blanca, decían. A mí Eva me parecía guapa. Entonces me regaló la pulsera. Costó una gran suma; dio por ella todo el dinero que había ganado en la Semana Blanca. Yo me sentía muy orgullosa de ser madre. La pulsera no me importaba nada. Ahora Eva ya tiene tres niñas, y su Harriet ha cumplido nueve años. Cuantas veces pensará en mí, allá en Ilford. Pero piense lo que piense, nunca se imaginará a su madre metida aquí, en la habitación de una muerta en casa del sangriento Fromm, que sólo obedece a la justicia. Completamente a solas consigo misma...

Dejó la pulsera y tomó un anillo. Se pasó el día entero sentada delante de sus cosas, murmurando, aferrándose a su pasado, no quería pensar en quién era hoy.

Entremedias se sucedían estallidos de terror salvaje. Una vez llegó junto a la puerta y se dijo: Si tan sólo supiera que no te atormentan mucho tiempo, que lo hacen deprisa y sin dolor, me iría con ellos. Ya no soporto esta espera, a buen seguro del todo inútil. Un buen día me pillarán. ¿Qué es eso de que importa cada superviviente, qué es eso de que precisamente yo? Los niños pensarán poco en mí, y los nietos nada. No comprendo qué quiso decir con eso el juez del Tribunal Cameral, tengo que preguntárselo esta noche. Pero seguro que se limitará a sonreír y a decir algo que no me servirá de nada, porque yo soy una persona de verdad, de carne y hueso, incluso hoy, una Sara envejecida.

Con la mano apoyada sobre el tocador, contempló su rostro sombrío cubierto por una red de arruguitas. Arruguitas producidas por la preocupación, el miedo, el odio y el amor. Después regresó a su mesa, junto a sus joyas. Para pasar el rato contó y recontó los billetes; más tarde intentó ordenarlos por series y números. De vez en cuando escribía una frase en la carta a su marido. Pero ésta no se convirtió en una misiva sino en una colección de preguntas: ¿Cómo estaba instalado? ¿Qué le daban de comer? ¿No podría ella encargarse de su ropa? Preguntas insignificantes y triviales. Y: Ella se encontraba bien. Estaba a salvo.

No, no era una carta, sino palabrería absurda, innecesaria, y encima insincera. No estaba a salvo. Nunca en esos últimos y espantosos meses se había sentido tan en peligro como en esa habitación silenciosa. Sabía que allí tenía que cambiar, que no podría escaparse. Y le aterrorizaba pensar en qué podía convertirse. A lo mejor entonces aún tendría que sufrir y soportar algo más terrible todavía, ella, que sin quererlo había pasado a convertirse de Lore en Sara. Ella no quería, tenía miedo.

Pero más tarde se tumbó en la cama, y cuando su anfitrión llamó a su puerta a eso de las diez, dormía tan profundamente que ni siquiera lo oyó. El juez abrió con cuidado la puerta con una llave que descorrió el cerrojo y al divisar a la durmiente, sonrió asintiendo con una inclinación de cabeza. Trajo una bandeja con comida, la depositó sobre la mesa y cuando al hacerlo apartó las joyas y el dinero, volvió a inclinar la cabeza asintiendo mientras sonreía. Abandonó la habitación sin hacer ruido, volvió a cerrar el pestillo, dejándola dormir...

Así fue como la señora Rosenthal no vio a una sola persona en los tres primeros días de su «prisión preventiva». Siempre se pasaba la noche durmiendo, para despertar a un día espantoso, atormentado por el miedo. Luego, el cuarto día, medio enloquecida, hizo algo...

 

Capítulo 11

TODAVÍA ES MIÉRCOLES

 

 

Al cabo de una hora, la señora Gesch aún no se había decidido a despertar al hombre menudo que yacía en su sofá. Tenía un aspecto tan deplorable, ahí tendido en su sueño extenuado, ahora las manchas de su cara empezaban a amoratarse.

Tenía adelantado el labio inferior igual que un niño triste, a veces sus párpados temblaban y su pecho se elevaba en un profundo suspiro, como si quisiera romper a llorar en pleno sueño.

Cuando terminó de preparar la comida, lo despertó y le dio de comer. Él murmuró algo parecido a un gracias. Comía como un lobo mientras la miraba, pero no refirió una palabra de lo sucedido.

Al final, ella dijo:

—Bueno, ya no puedo darle más o no quedará suficiente para Gustav. Ahora túmbese en el sofá y duerma un rato. Yo iré a hablar con su mujer...

Él volvió a murmurar algo imposible de identificar como aprobación o rechazo. Pero se dirigió obediente al sofá y un minuto después dormía como un tronco.

Cuando a última hora de la tarde la señora Gesch oyó la puerta de su vecina, se deslizó hasta allí y llamó. Eva Kluge abrió en el acto, pero situándose en la puerta de manera que impedía la entrada.

—¿Qué hay? —preguntó con hostilidad.

—Disculpe, señora Kluge —comenzó la señora Gesch— que vuelva a molestarla. Pero tengo a su marido acostao en mi casa. Esta mañana temprano lo ha traído a rastras uno de esos polis de las SS poco después de marcharse usted.

Eva Kluge mantuvo un silencio hostil, y la señora Gesch continuó:

—Lo han dejado hecho un cristo, le han sacudido por todo el cuerpo. Su marido será como sea, pero así no pue usté echarlo. ¡Al menos venga a verlo, señora Kluge!

Ésta contestó inflexible:

—Yo ya no tengo marido, señora Gesch. Ya le dije que no quería oír nada más al respecto.

Y se dispuso a entrar de nuevo en su casa. Pero la señora Gesch dijo, solícita:

—No tenga tanta prisa, señora Kluge. Al fin y al cabo es su marido. Usté ha tenido hijos con él...

—¡De eso estoy la mar de orgullosa, señora Gesch, de eso sobre todo!

—También se pué ser inhumano, señora Kluge, y lo que usté va a hacer es inhumano. Ese hombre no pué salir así a la calle.

—¿Fue humano acaso lo que ha hecho él conmigo durante todos estos años? Me ha atormentado, ha arruinado mi vida y para terminar encima me ha arrebatado a mi hijo predilecto. ¿Y con alguien así tengo que ser humana sólo porque las SS le hayan propinado una paliza? ¡Ni se me pasa por las mientes! ¡Ni el doble de palos cambiaría a ése!

Tras esas violentas y furiosas palabras la señora Kluge se limitó a dar con la puerta en las narices a su vecina, cortando de raíz cualquier réplica. Sencillamente era incapaz de soportar más comentarios. Porque bien podía ser que para librarse de ellos hubiera vuelto a acoger en casa a su marido, para después lamentarlo eternamente.

Sentada en una silla de la cocina, clavó los ojos en la llama azulada del gas y rememoró ese día. Palabrería, nada más que palabrería. Desde que había comunicado al jefe de la oficina que quería darse de baja en el Partido y además en el acto, no había habido más que palabrería. Por de pronto la liberaron del reparto, pero a cambio la habían interrogado sin parar; deseaban sobre todo que les dijera por qué quería abandonar el Partido. Qué motivos tenía. Ella había contestado una y otra vez:

—Eso a nadie le importa. No pienso hablar de mis motivos. ¡Y quiero hacerlo hoy mismo!

Pero cuánto más se negaba, más tozudos se mostraban ellos. Todo lo demás no parecía interesarles, sólo querían averiguar el «porqué». A eso del mediodía se presentaron dos civiles con carteras y la interrogaron. Tuvo que relatar toda su vida, sus padres, sus hermanos, su matrimonio...

Al principio se había mostrado muy complaciente, contenta de librarse de las preguntas interminables sobre las razones de su abandono del Partido. Pero después, cuando tuvo que informar sobre su matrimonio, se cerró en banda. Después del matrimonio le tocaría el turno a los hijos y ella no podría hablar de su Karl sin que esos dos zorros avispados se dieran cuenta de que algo no encajaba.

No, tampoco dijo nada sobre eso. Eso también era privado. Su marido y sus hijos no le interesaban a nadie.

Pero esos tipos eran tenaces. Conocían muchos métodos. Uno metió la mano en su cartera y comenzó a leer un documento. A Eva Kluge le habría encantado saber lo que decía. La Gestapo no podía tener un documento así de ella (para entonces ya se había dado cuenta de que esos dos civiles eran policías).

Después reanudaron el interrogatorio, y entonces se puso de manifiesto que el documento debía de decir algo sobre Enno, porque ahora le preguntaron por él, por sus enfermedades, por su holgazanería, por su pasión por las apuestas y por las mujeres. Todo comenzó de una forma muy inocente, pero después de repente se percató del peligro, cerró con fuerza la boca y no dijo nada más. No, eso también era privado. Y no le importaba a nadie. Lo que ella tuviera con su marido era cosa suya. Además, estaba separada de él.

Ahí volvieron a pillarla. ¿Desde cuándo se habían separado? ¿Cuándo lo había visto por última vez? ¿Su deseo de abandonar el Partido estaba acaso relacionado con su marido?

Se limitó a negar con la cabeza. Pero pensaba, horrorizada, que seguramente tomarían declaración a Enno, ¡y a ese flojo le sacarían todo en media hora! Y entonces quedaría desnuda y su deshonra, que antes sólo conocía ella, a la vista de todos. Entonces quién sabe lo que escribirían sobre ella, y en el Partido cotillearían sin parar de la madre que había parido a un hijo semejante.

—¡Privado! ¡Eso es completamente privado!

La cartera, que sumida en sus pensamientos ha observado el temblor y la oscilación de la llamita azul del gas, se sobresalta. Antes ha cometido una grave equivocación, bastaba con darle a Enno dinero para unas semanas y recomendarle que se escondiera en casa de una de sus amiguitas.

Llama al timbre de la señora Gesch.

—Oiga, señora Gesch, lo he pensado mejor, me gustaría hablar con mi marido.

Ahora que la otra cumple su voluntad, la señora Gesch se enfada.

—Pues tendría que haberlo pensao antes. Su marido se ha marchado ya, hará cosa de veinte minutos. ¡Llega usté demasiado tarde!

—¿Y adónde ha ido?

—¿Cómo voy a saberlo? ¡Usté lo ha echado! ¡Seguramente a casa de alguna de sus mujeres!

—¿Y no sabrá usted cuál? Por favor, dígamelo, señora Gesch. De veras, es muy importante...

—¡Sí, de repente! —Y la señora Gesch añade a regañadientes—: Dijo algo de una tal Tutti...

—¿Tutti? —inquiere—. Eso debe de significar Trude, Gertrud... ¿No sabe usted el apellido?

—¡Ni él mismo lo sabía! Ni siquiera sabía bien dónde vive, sólo pensaba que la encontraría. Pero en el estao en que se encuentra su marido...

—A lo mejor regresa —opina Eva Kluge meditabunda—. Si es así, mándemelo a casa. De todos modos, muchas gracias, señora Gesch. Y buenas noches.

Pero la señora Gesch, en lugar de devolverle el saludo, cierra la puerta de un portazo. Todavía no ha olvidado que la otra le dio con ella en las narices hace un rato. Y no está nada claro que vaya a mandarle al hombre si reaparece por allí. Una mujer así tiene que reflexionar en el momento oportuno, después a veces es demasiado tarde.

La señora Kluge ha regresado a su cocina. Es extraño: a pesar de que la conversación que acaba de mantener con la señora Gesch no ha dado resultado, se siente aliviada. Los acontecimientos deben seguir su curso. Ella ha hecho lo que ha podido, mantenerse limpia. Ha renunciado tanto al padre como al hijo, los extirpará de su corazón. Ha solicitado darse de baja en el Partido. Ahora que suceda lo que tenga que suceder. No puede cambiarlo, ni siquiera lo peor la asusta, después de todo lo que ha sufrido.

Tampoco la atemorizó demasiado que los dos hombres de paisano que la interrogaban pasaran de las preguntas inútiles a las amenazas. ¿Sabía que el abandono del Partido podía costarle su puesto en Correos? ¡Y muchas cosas más: si abandonaba el Partido negándose a exponer los motivos, sería políticamente dudosa y los campos de concentración eran para gente así! Había oído hablar de ellos, ¿no? Allí las personas políticamente dudosas se convertían enseguida en dignas de confianza, vamos, que se volvían dignas de confianza para siempre. ¡Ella ya entendía!

La señora Kluge no sintió el menor temor. Se atuvo a que lo privado era privado, y ella no hablaba de asuntos privados. Al final la dejaron ir. No, por el momento su salida del Partido no ha sido aceptada, ya tendrá noticias al respecto. Pero está suspendida cautelarmente del servicio de Correos. Aunque debe mantenerse a disposición en su domicilio...

Mientras Eva Kluge coloca por fin sobre la llama del gas la cazuela de sopa que ha olvidado mientras tanto, decide súbitamente que tampoco obedecerá en ese punto. No piensa pasarse toda la eternidad metida en casa sin hacer nada, esperando las vejaciones de esos señores. No, mañana temprano tomará el tren de las seis a Ruppin, para visitar a su hermana. Allí puede vivir sin comunicarlo dos o tres semanas, ellos le darán de comer. Tienen vacas y cerdos y sembrados de patatas. Ella trabajará, en el establo y en el campo. Eso le hará bien, mejor que ese eterno reparto del correo: ¡siempre a la carrera!

Desde que ha decidido irse al pueblo sus movimientos se han animado. Saca una maleta y empieza a hacerla. Durante un instante se pregunta si debe decir a la señora Gesch que se va de viaje, pues el destino no tiene por qué comunicárselo. Pero decide que no, prefiere no decir nada. Todo lo que haga a continuación, lo hará completamente sola. No quiere mezclar en eso a nadie más. Tampoco se lo contará a su hermana ni a su cuñado. Ahora vivirá más sola que nunca. Hasta entonces siempre había habido alguien de quien cuidar: sus padres, su marido, sus hijos. Ahora está sola. De momento le parece muy probable que esa soledad le guste. A lo mejor, si está completamente sola, todavía consigue algo, ahora que por fin dispone de tiempo para sí misma, que no es preciso olvidarse de una misma por los demás.

Esa noche, cuya soledad tanto asusta a la señora Rosenthal, la cartera Kluge vuelve a sonreír en sueños por primera vez. Sueña que está en un enorme sembrado de patatas, azada en mano. Hasta donde alcanza la vista sólo se ven patatas y en medio, ella sola: tiene que cavar para limpiar el sembrado. Sonríe, levanta la azada, al golpear una piedra resuena un crujido metálico, un tallo de armuelle cae al suelo, pero continúa cavando y cavando.

 

Capítulo 12

ENNO Y EMIL DESPUÉS DEL SHOCK

 

 

El menudo Enno Kluge ha salido mucho peor librado que su «colega» Emil Barkhausen, al que tras los sucesos de esa noche una mujer, fuera ésta lo que fuese, ha metido en la cama, aunque inmediatamente después le haya robado. El endeble apostador también ha recibido muchos más golpes que el alto y huesudo espía ocasional. No, a Enno le han jugado una muy mala pasada.

Y mientras camina por las calles buscando, muerto de miedo, a su Tutti, Barkhausen se levanta de la cama, busca algo de comida en la cocina y se harta de comer, huraño y meditabundo. Luego descubre en el ropero una cajetilla de cigarrillos, enciende uno, se guarda la cajetilla en el bolsillo y vuelve a sentarse pensativo a la mesa, la cabeza apoyada en la mano.

Así lo encuentra su Otti cuando termina de hacer los recados. Como es natural repara de inmediato en que ha comido, sabe también que cuando ella se fue, él no llevaba cigarrillos en el bolsillo y descubre en el acto el robo de su ropero. Al momento provoca un altercado, pese a lo asustada que está.

—¡Sí, señor, eso me gusta, un tipo que se come mi comida y me roba mis cigarrillos! ¡Pues ya estás devolviéndomelos, dámelos ahora mismo! ¡O págamelos! ¡Suelta la pasta, Emil!

Ella espera, tensa, su respuesta, pero está bastante segura de lo que hace. Casi se ha gastado ya los cuarenta y ocho marcos, la verdad es que él ya no puede hacer mucho más.

Y por su respuesta, tan airada, se da cuenta de que el hombre no sabe nada del dinero. Se siente muy superior a ese cretino, lo ha desplumado y el muy majadero ni siquiera se ha dado cuenta.

—¡Cierra el pico! —se limita a gruñir Barkhausen sin levantar la cabeza—. ¡Y lárgate de la habitación o te parto a golpes todos los huesos del cuerpo!

Desde la puerta de la cocina, y simplemente porque siempre tiene que decir la última palabra y por lo superior que se siente (aunque ahora también le da miedo), la mujer grita:

—¡Más vale que cuides tú de que las SS no te rompan a ti todos los huesos! ¡Te ha faltado poco!

Y dicho esto, entra en la cocina y desahoga su enfado por ese destierro con los críos.

El hombre, no obstante, sigue sentado en el salón, cavilando. No recuerda mucho de los sucesos de esa noche, pero con lo poco que sabe le basta y le sobra. Y piensa en que allí arriba está el piso de la Rosenthal, con toda seguridad desvalijado ya por los Persicke, y él habría podido llevarse un montón de cosas. ¡Pero lo ha fastidiado todo con su propia cogorza!

No, la culpa fue de Enno, fue Enno el que empezó con el aguardiente, Enno se emborrachó desde el principio. Sin Enno él tendría ahora un montón de cosas, lencería y trajes; también recuerda vagamente un aparato de radio. Si tuviera ahora aquí a Enno, le rompería los huesos a ese cobarde debilucho que le ha chafado el negocio.

Sin embargo, un instante después Barkhausen vuelve a encogerse de hombros. A fin de cuentas, ¿quién es el tal Enno? Una garrapata cobarde que vive de chupar la sangre a las mujeres. ¡No, el verdadero culpable es Baldur Persicke! Desde el primer momento ese granuja, ese dirigente en ciernes de las Juventudes Hitlerianas tuvo la intención de embaucarlo. ¡Todo fue preparado para conseguir un culpable y adueñarse del botín sin recibir castigo! ¡Eso lo maquinó muy bien esa serpiente venenosa de gafas de cristales relucientes! ¡Mira que engañarlo de ese modo, maldito mocoso!

Barkhausen no acaba de entender por qué no está en una celda de la Gestapo en la plaza Alexander, sino en su salón. Esos han debido sufrir algún contratiempo. Recuerda de forma muy vaga dos figuras, pero en su aturdimiento no acertó a comprender quiénes eran y qué hacían allí, y ahora sí que lo ignora por completo.

Sólo sabe una cosa: que jamás perdonará a Baldur Persicke. Por mucho que ascienda en la escala de simpatías del Partido, Barkhausen permanecerá atento. Barkhausen puede esperar. Barkhausen no olvida. ¡Menudo granuja... pero algún día se las pagará, cuando esté hundido en el fango! Mucho más hundido que Barkhausen, y jamás volverá a levantarse. ¿Traicionar a un colega? ¡No, eso no se perdona ni se olvida jamás! Los bonitos objetos de la vivienda de la Rosenthal, maletas y cajas y radio, ¡todo eso habría podido ser suyo!

Barkhausen continúa con sus cavilaciones, siempre las mismas, y entretanto coge a escondidas el espejo de mano de plata de Otti, último recuerdo de un cliente generoso, y contempla y palpa su cara.

Mientras, también el menudo Enno Kluge ha descubierto en el espejo de una tienda de modas el aspecto de su rostro. Eso lo ha asustado aún más, haciéndole perder la cabeza por completo. No se atreve a mirar a nadie, pero presiente que todos lo miran. Desaparece por calles laterales, la búsqueda de Tutti se torna cada vez más disparatada, ya no sabe dónde vivía ella, pero tampoco dónde se encuentra ahora él mismo. A pesar de todo entra en cada oscuro portal abierto y en los patios traseros levanta la vista hacia las ventanas. Tutti... Tutti...

A cada minuto que pasa oscurece más deprisa, y necesita encontrar alojamiento antes de la noche o lo detendrá la policía, y cuando vean en qué estado se encuentra, le harán picadillo hasta que lo confiese todo. Y si cuenta lo de los Persicke, y con su miedo seguro que se irá de la lengua, los Persicke lo matarán a golpes.

Camina sin rumbo cada vez más lejos, cada vez más lejos...

Hasta que ya no puede más. Se sienta en un banco y se acurruca, incapaz de seguir andando y de trazar algún plan. Al fin comienza a registrar sus bolsillos con gesto mecánico en busca de algo que fumar; un cigarrillo volvería a animarlo.

No encuentra cigarrillos en sus bolsillos, pero sí algo que seguro que no esperaba: dinero. Cuarenta y seis marcos. La señora Gesch habría podido comunicarle hace horas que tenía dinero en el bolsillo, habría aumentado la seguridad de ese hombre menudo, atemorizado en su búsqueda de un lugar donde cobijarse. Pero claro, la señora Gesch no ha querido revelar que le ha registrado los bolsillos mientras dormía. La señora Gesch es una mujer decente, ella —aunque tras una breve reflexión— le devolvió el dinero. Si se lo hubiera encontrado a su Gustav, se lo habría quedado, pero a un hombre ajeno, no, ¡ella no es así! La señora Gesch había cogido tres marcos de los cuarenta y nueve que había encontrado. Pero eso no era un robo, sino el pago por la comida que le había dado a Kluge. También le habría dado de comer sin dinero, pero ¿cómo iba a dar de comer de balde a un extraño con dinero? Ella tampoco era así.

En cualquier caso, los cuarenta y seis marcos reconfortan sobremanera al atemorizado Enno Kluge, porque ahora sabe que en cualquier momento puede pagar un alojamiento nocturno. También su memoria comienza a funcionar de nuevo. Aunque sigue sin acordarse del domicilio de Tutti, de pronto recuerda que la conoció en un pequeño café que ella suele frecuentar. A lo mejor allí conocen su domicilio.

Se levanta, reanuda la marcha. Se orienta para averiguar dónde se encuentra y al divisar un tranvía que lo dejará cerca de su destino, se atreve a subir a la oscura plataforma delantera del primer vagón. Está tan oscura y repleta que nadie se fijará mucho en su cara. Después entra en el café. No, no quiere tomar nada, se encamina en el acto al mostrador y pregunta a la camarera si sabe dónde está Tutti, o si Tutti sigue yendo por allí.

La camarera pregunta con voz dura, estridente, audible en todo el local, a qué Tutti se refiere. ¡Hay un montón de Tuttis en Berlín!

El hombrecillo, pusilánime, pregunta con timidez:

—Pues a la Tutti que siempre venía por aquí. Una de pelo oscuro, algo gorda...

¡Ah, se refería a esa! ¡Pues no, allí ya no querían saber nada de esa Tutti! ¡Que no se atreviera a volver por allí! ¡De ésa no querían oír ni una palabra!

Y tras esta información, la mujer se aparta enfadada de Enno. Kluge murmura unas palabras de disculpa y se apresura a abandonar el local. Se detiene, indeciso, en la calle nocturna pensando qué hacer, cuando sale del café otro señor, un hombre de cierta edad que a Enno le parece bastante desharrapado. Ese hombre se dirige vacilante hacia Enno, luego cobra ánimos, se quita el sombrero y pregunta si es el caballero que hace un momento ha preguntado en el café por una tal Tutti.

—Quizá —responde Enno, cauteloso, y que por qué lo pregunta.

—Por nada en especial. Es que yo podría decirle dónde vive. Y también conducirlo hasta su casa, aunque a cambio tendría que hacerme un pequeño favor.

—¿Cuál? —pregunta Enno más cauteloso aún—. No sé qué favor puedo hacerle. No lo conozco de nada.

—Bah, acabemos de una vez —exclama el hombre avejentado—. Si vamos en esta dirección, no daremos ningún rodeo. Lo cierto es que Tutti tiene una maleta con cosas mías. A lo mejor mañana por la mañana temprano puede sacarme la maleta rápidamente mientras Tutti duerme o sale a algún recado. ¿Qué le parece?

El hombre mayor parece dar por sentado que Enno pasará la noche en casa de Tutti.

—No —contesta Enno—. No lo haré. Yo no me meto en esos líos, lo siento.

—Pero puedo revelarle el contenido de la maleta con exactitud. ¡Le aseguro que es mía!

—Entonces ¿por qué no se la pide a la propia Tutti?

—Si habla así —contesta el hombre, ofendido— es que no conoce a Tutti. ¡Tendría que saber la clase de mujer que es! ¡No tiene precisamente pelos en la lengua, es más, tiene la lengua cubierta de cerdas de erizo! ¡Muerde y escupe como un babuino...! ¡Precisamente por eso la llaman así!

Y mientras el viejo pergeña esa amable descripción de Tutti, Enno Kluge cae en la cuenta, asustado, de que Tutti es realmente así y que la última vez él desapareció con su monedero y sus cartillas de racionamiento. La verdad es que cuando se enfurece, Tutti muerde y escupe como un babuino, y con toda seguridad descargará toda su furia sobre Enno en cuanto llegue. El cobijo nocturno en su casa que se figuraba era eso, figuraciones suyas...

Y de pronto, sin pensárselo dos veces, Enno Kluge decide cambiar de vida desde ese preciso instante: se acabaron las historias de mujeres, los pequeños hurtos y también las apuestas. Lleva cuarenta y seis marcos en el bolsillo, que le permitirán vivir hasta el próximo día de paga. Mañana se regalará un día de indulgencia, por lo quebrantado que está, y pasado comenzará de nuevo a trabajar como es debido. Ya verán ellos lo productivo que les resulta, seguro que no vuelven a enviarlo al frente. La verdad es que tras los acontecimientos vividos en las últimas veinticuatro horas no puede arriesgarse a un recibimiento de babuino en casa de Tutti.

—Sí —reconoce Enno Kluge, meditabundo, al hombre entrado en años—. Eso es cierto: Tutti es así. Y por eso acabo de decidir no ir a verla. Pasaré la noche en ese hotelito de ahí. Buenas noches, señor, lo siento, pero...

Y dicho esto se marcha precavido con sus huesos doloridos y, pese a su aspecto maltrecho y a su total carencia de equipaje, consigue a fuerza de ruegos que el criado harapiento le deje una cama por tres marcos. Se mete en la cama de ese agujero oscuro y maloliente, cuyas sábanas han servido ya a muchos antes que él; se estira y se dice: A partir de ahora viviré de otra manera. He sido un asqueroso canalla, sobre todo con Eva, pero desde este mismo instante cambiaré. Me han dado una paliza con razón, pero a partir de ahora cambiaré...

Yace muy silencioso en la cama estrecha, las manos, como quien dice, junto a la costura del pantalón, con la vista clavada en el techo. Tirita de frío, de agotamiento, de dolor. Pero no lo nota. Piensa en el obrero respetado y apreciado que era antes, y en el tipejo andrajoso al que todos desprecian que es ahora. No, a él los golpes lo han ayudado, pero ahora todo cambiará. E imaginando ese cambio se queda dormido.

A esa hora también duermen los Persicke, y la señora Gesch y la señora Kluge, y el matrimonio Barkhausen; éste ha autorizado sin palabras a Otti a meterse con él en la cama.

La señora Rosenthal duerme asustada, respirando pesadamente. También la pequeña Trudel Baumann duerme. Por la tarde ha logrado cuchichear a uno de sus conjurados que tiene que comunicarle algo sin falta y que todos ellos tienen que encontrarse la tarde siguiente en el Elíseo, con la mayor discreción posible. Tiene miedo porque tendrá que confesar su indiscreción, pero ahora duerme.

La señora Anna Quangel yace en la cama a oscuras, mientras su marido, como siempre a esa hora de la noche, está en el taller, siguiendo con suma atención el proceso de trabajo. No lo han llamado para ocupar la dirección técnica para la mejora de la fabricación. ¡Mejor!

Anna Quangel, que yace en la cama incapaz de conciliar el sueño, sigue considerando a su marido un ser frío y sin corazón. Cómo recibió la noticia de la muerte de Otto, cómo echó de casa a la pobre Trudel y a la señora Rosenthal: frío, insensible, un hombre que únicamente piensa en sí mismo. Nunca podrá volver a quererlo como antes, cuando pensaba que al menos él sentía cierto cariño por ella. Eso ya lo ha comprobado. Sólo ofendido por el comentario pronunciado tan a la ligera «tú y tu Führer», sólo agraviado. Pues descuida, que no volverá a ofenderlo, ni hablará con él tan fácilmente. Hoy no han cruzado ni una palabra entre ellos, ni siquiera se han dado los buenos días.

Fromm, el juez retirado del Tribunal Cameral, permanece en vela y, como siempre, se mantiene así durante la noche. Escribe con su pequeña y pulcra caligrafía una carta cuyo encabezamiento reza: «Estimado letrado del Reich...».

Debajo de la lámpara de mesa lo aguarda, abierto, su Plutarco.

 

Capítulo 13

BAILE DE LA VICTORIA EN EL ELÍSEO

 

 

El Elíseo, el gran salón de baile situado al norte de Berlín, ofrecía esa noche de viernes una imagen que debía de alegrar los ojos de cualquier alemán normal: uniformes y más uniformes. No era tanto la Wehrmacht, cuyo gris o verde proporcionaba el vigoroso fondo a esa imagen de vistoso colorido, sino en mucha mayor medida los uniformes del Partido y sus secciones los que hacían tan llamativo el conjunto con el pardo, marrón claro, pardo dorado, pardo oscuro y negro. Allí, junto a las camisas pardas de las SA, se veían otras mucho más claras de las Juventudes Hitlerianas, la Organización Todt estaba tan representada como el Servicio de Trabajo del Reich, se veían los uniformes más amarillos de los oficiales especialistas, denominados los «faisanes dorados», se veía a líderes políticos del Partido junto a miembros de la defensa antiaérea. Y no sólo los hombres iban ataviados de un modo tan alentador, también muchas chicas jóvenes llevaban uniforme; la Asociación de Jóvenes Alemanas, el Servicio de Trabajo, la Organización Todt, todas ellas parecían haber enviado allí a sus jefes, subjefes y afiliados de a pie.

Los escasos paisanos se perdían por completo entre ese gentío, resultaban insignificantes, aburridos entre tantos uniformes, al igual que el pueblo llano de fuera, en las calles y en las fábricas, jamás había tenido importancia frente al Partido. El Partido lo era todo, y el pueblo, nada.

Así que tampoco se prestó casi atención a una mesa situada en el borde de la sala, a la que se sentaban una muchacha y tres hombres jóvenes. Ninguna de esas cuatro personas llevaba uniforme, ni siquiera una insignia del Partido.

Primero había llegado una pareja, la chica joven y uno de los hombres; más tarde otro joven había pedido permiso para sentarse, y por último un cuarto hombre de paisano había solicitado idéntico permiso. La pareja joven había intentado en una ocasión bailar en medio de tanto barullo. Durante ese tiempo los otros dos hombres entablaron conversación, una conversación en la que también participaba ocasionalmente la pareja, que regresó estrujada y acalorada.

Uno de los hombres, de treinta y pocos años, frente despejada y pelo ya algo ralo, había estado un rato observando en silencio el trajín de la pista de baile y de las mesas vecinas reclinado mucho en su silla. En ese momento, sin mirar apenas a los otros, dijo:

—Un lugar de reunión mal elegido. Somos casi la única mesa de la sala ocupada por civiles. Llamamos la atención.

El acompañante de la chica joven sonrió diciéndole a ésta, aunque sus palabras iban destinadas al de la frente despejada:

—Al contrario, Grigoleit, no nos dispensan la menor atención, a lo sumo, desprecio. Estos señores sólo piensan en que la susodicha victoria sobre Francia les ha proporcionado permiso para bailar durante un par de semanas.

—¡Nada de nombres! ¡Bajo ningún concepto! —reconvino con dureza el hombre de la frente despejada.

Durante un instante todos callaron. La joven dibujaba con el índice algo sobre la mesa, sin levantar la vista aunque se daba cuenta de que atraía todas las miradas.

—En cualquier caso, Trudel —dijo el tercer hombre, que tenía la cara inocente de un bebé crecido—, ahora es el momento adecuado para que nos digas eso tan importante. ¿Qué sucede? Las mesas vecinas están casi todas desocupadas, todo el mundo baila. ¡Habla!

El silencio de los otros dos hombres sólo podía significar conformidad. Trudel Baumann soltó atropelladamente, sin alzar la vista:

—Creo que he cometido un desliz. En cualquier caso no he mantenido mi palabra. A mis ojos ciertamente no es un fallo...

—¡Oh, cállate ya! —exclamó el hombre de la frente despejada con tono despectivo—. ¿Es que quieres caer ahora en las costumbres de los gansos? Deja de graznar, cuenta sin rodeos lo sucedido.

La joven alzó la vista. Miró despacio, uno tras otro, a los tres hombres que, se le antojaba, la miraban con cruel frialdad. Tenía dos lágrimas en los ojos. Quería hablar, mas no podía. Buscó su pañuelo...

El de la frente alta se reclinó en la silla. Soltó un silbido atenuado.

—¿Que no grazne? ¡Pues ya lo ha hecho! No hay más que verla.

El caballero al lado de Trudel lo contradijo deprisa:

—¡Imposible! ¡Trudel es legal! Vamos, Trudel, diles que no te has ido de la lengua. —Y le estrechó la mano para darle ánimos.

Bebé, a la expectativa, concentró sus ojos redondos, muy azules, casi inexpresivos, en la joven. El alto de frente despejada sonreía, despectivo. Tras apagar su cigarrillo en el cenicero, dijo sarcástico:

—¿Y bien, señorita?

Trudel, ya más tranquila, susurró valiente:

—Sí, tiene razón. Me he ido de la lengua. Mi suegro me trajo la noticia de la muerte de Otto. Eso, no sé cómo, me trastornó. Le dije que trabajo en una célula comunista.

—¿Mencionaste algún nombre? —Nadie habría supuesto que el inocente Bebé pudiera preguntar con tanta dureza.

—Claro que no. No dije absolutamente nada más. Y mi suegro es un viejo trabajador, jamás contará una palabra.

—Tu suegro es capítulo aparte, pero el primero eres tú. Dices que no mencionaste ningún nombre...

—¡Y tú me creerás, Grigoleit! Yo no miento. He confesado voluntariamente.

—Pues acaba usted de mencionar otro nombre, señorita Baumann.

Bebé dijo:

—¿Pero no comprendéis que da completamente igual que haya mencionado nombres o no? Ha dicho que trabaja en una célula. Se ha ido de la lengua una vez y volverá a hacerlo. Si los caballeros en cuestión le ponen la mano encima, la torturan un poco, hablará, y da igual lo que haya revelado hasta entonces.

—¡Yo nunca les diré nada, aunque me maten! —exclamó Trudel con las mejillas arreboladas.

—¡Oh! —exclamó el de la frente despejada—. Morir es muy fácil, señorita Baumann, pero a veces suceden cosas muy desagradables antes de la muerte.

—Sois despiadados —repuso la joven—. He cometido un error, pero...

—Yo opino lo mismo —comentó el hombre sentado en el sofá al lado de Trudel—. Estudiaremos a su suegro, y si es digno de confianza...

—Si caes en manos de esa gente, no hay confianza que valga —precisó Grigoleit.

—Trudel —dijo Bebé sonriendo con suavidad—, Trudel, acabas de decir que no mencionaste ningún nombre, ¿verdad?

—¡Y no lo hice!

—Y has afirmado que estarías dispuesta a morir antes de hacerlo.

—¡Sí, sí, sí! —exclamó la muchacha con fervor.

—Entonces —añadió Bebé esbozando una sonrisa cautivadora—, entonces, Trudel, ¿qué te parecería morir esta noche, antes de irte más de la lengua? Eso nos proporcionaría cierta seguridad y nos ahorraría un montón de trabajo...

Se hizo un silencio sepulcral entre los cuatro. El rostro de la joven estaba blanco como la cal. Su acompañante dijo «No» y colocó con suavidad su mano sobre la de ella. Pero la retiró al momento.

Entonces los bailarines regresaron a sus mesas, impidiendo de momento proseguir la conversación.

El de la frente despejada encendió otro cigarrillo, Bebé esbozó una sonrisa imperceptible al ver cómo le temblaba la mano al otro. Entonces le dijo al moreno, sentado junto a la joven pálida y silenciosa:

—Dice usted que no. Pero en realidad ¿por qué? Es una solución casi satisfactoria, que, por lo que he entendido, ha sido propuesta personalmente por su acompañante.

—La solución no es satisfactoria —contestó el moreno despacio—. Ya hay demasiados muertos. No estamos aquí para incrementarlos.

—Espero —repuso el de la frente despejada— que recuerde esa frase el día que el Tribunal del Pueblo se encargue de usted, de mí y de estos...

—¡Silencio! —exclamó Bebé—. Salgan un rato a bailar. Parece una pieza muy bonita. Entretanto pueden ustedes deliberar, mientras nosotros lo hacemos aquí...

El moreno se levantó a regañadientes e hizo una ligera reverencia a su dama. Ella colocó su mano sobre el brazo de él y ambos se dirigieron, pálidos, a la pista de baile. Bailaron serios, callados, a él le parecía como si bailase con una muerta. El hombre sentía escalofríos. A su alrededor los uniformes, los brazaletes con la cruz gamada, las banderas rojas como la sangre en las paredes con el odiado emblema, la foto del Führer adornada con hojas verdes, los sonidos rítmicos del swing.

—No lo hagas, Trudel —dijo—. Es una locura exigir algo así. Prométeme...

Bailaban casi sin moverse del sitio entre el gentío cada vez más apretujado. A lo mejor ella no hablaba porque estaban en contacto continuo con otras parejas.

—Trudel —rogó de nuevo—. ¡Prométemelo! Puedes irte a otra fábrica, trabajar allí, para que ellos te pierdan de vista. Prométeme que...

Intentaba que lo mirase, pero los ojos femeninos se perdían, obstinados, por encima de sus hombros.

—Eres la mejor de nosotros —soltó él de repente—. Eres humana. Él sólo es dogmático. ¡Tienes que seguir viva, no accedas a su deseo!

La joven sacudió la cabeza, gesto que podía significar tanto sí como no.

—Me gustaría regresar a la mesa —comentó—. Ya no me apetece bailar.

—Trudel —dijo deprisa Karl Hergesell cuando se separaron de los bailarines—, Otto ha muerto, recibiste la noticia ayer. Es demasiado pronto. Pero sabes que siempre te he querido. Nunca he esperado nada de ti, pero ahora confío al menos en que vivas. ¡No para mí, eso no, pero sí que vivas!

La muchacha se limitó a mover la cabeza, de nuevo quedó en el aire lo que ella opinaba sobre su amor, sobre su deseo de verla con vida. Habían llegado a la mesa.

—¿Qué? —preguntó Grigoleit, el de la frente despejada—. ¿Qué tal el baile? Está un poco abarrotado, ¿verdad?

La joven no había vuelto a sentarse.

—Me voy —se despidió—. Que os vaya bien. Me habría gustado trabajar con vosotros...

Se dio la vuelta para irse.

Pero ahora el gordo e inofensivo Bebé fue el primero en ir tras ella y la agarró por la muñeca.

—¡Un momento, por favor! —habló con cortesía exquisita, pero su mirada era amenazadora.

Regresaron a la mesa. Se sentaron de nuevo.

—Trudel, ¿he entendido bien el significado de tu despedida? —preguntó Bebé.

—Lo has entendido perfectamente —respondió la joven mirándolo con dureza.

—Entonces te ruego que me permitas acompañarte durante el resto de la noche.

Ella hizo un movimiento de rechazo horrorizado.

El hombre añadió muy cortés:

—No quiero resultar insistente, pero he de mencionar que en la ejecución de semejante propósito podría incurrirse en nuevas equivocaciones. —Y añadió en un susurro amenazador—: No tengo el menor interés en que algún idiota te rescate del agua o en que mañana yazgas en un hospital después de haberte salvado la vida tras intentar suicidarte con veneno. ¡Quiero estar presente!

—¡Cierto! —exclamó el de la frente despejada—. Estoy de acuerdo. Es la única garantía de que...

—Me propongo quedarme a su lado hoy y mañana, y todos los días sucesivos —anunció el moreno—. Pienso hacer todo lo posible para impedir este propósito. ¡Si me obligáis, pediré ayuda incluso a la policía si hace falta!

El de la frente despejada soltó otro silbido largo, dilatado, quedo y furioso.

Bebé dijo:

—¡Ajá, ya tenemos al segundo deslenguado de la mesa. Enamorado, ¿eh? Siempre me lo imaginé. Vámonos, Grigoleit, la célula está disuelta. Ya no existe. ¡Y a esto llamáis disciplina, sois unos blandengues!

—¡No, no! —negó la chica—. ¡No le hagas caso! Es verdad, él me quiere. Pero yo no. Me iré con vosotros esta noche y...

—¡No! —replicó Bebé, ahora furioso de veras—. Es que no veis que ya no podéis hacer nada, que él... —Hizo un movimiento de cabeza hacia el moreno—. ¡Bah! ¡Se acabó! —concluyó luego—. Vamos, Grigoleit.

El de la frente despejada ya se había levantado. Se dirigieron juntos hacia la salida. Pero de repente, una mano se posó en el brazo de Bebé. Éste se encontró delante la cara lisa, redonda, de un hombre que vestía el uniforme pardo.

—Un momento, por favor. ¿Qué es lo que decía hace un momento sobre una célula disuelta? Me interesaría mucho...

Bebé liberó su brazo con brutalidad.

—¡Déjeme en paz! —exclamó a gritos—. ¡Si quiere saber lo que hemos hablado, pregunte a esa chica de ahí! Su novio cayó ayer mismo, y hoy ya tiene a otro en el bote... ¡Malditas mujeres!

Se había ido abriendo paso hacia la salida, que Grigoleit ya había alcanzado. Él también salió. El gordo lo siguió un momento con la vista. Después se volvió hacia la mesa a la que todavía se sentaban, muy pálidos, la chica y el hombre moreno. Eso lo tranquilizó. A lo mejor no he cometido ninguna falta al dejarle marchar. Me ha cogido por sorpresa. Pero...

—¿Me permiten tomar asiento un momento con ustedes y hacerles unas preguntas? —inquirió con tono cortés.

Trudel Baumann contestó:

—No puedo decirle más que lo que acaba de contar ese caballero. Ayer recibí la noticia de la muerte de mi prometido, y hoy este caballero pretende salir conmigo.

Su voz sonó firme y segura. Ahora que el peligro se sentaba a su mesa, el miedo y el desasosiego se habían desvanecido.

—¿Le importaría decirme el nombre de su novio caído? ¿Y su unidad?

Ella lo hizo.

—¿Y ahora su propio nombre? ¿Su dirección? ¿Su puesto de trabajo? ¿Lleva encima documentación? Muchas gracias. Y ahora, usted, caballero.

—Trabajo en la misma empresa. Me llamo Karl Hergesell. Aquí tiene mi cartilla de trabajo.

—¿Y los otros dos señores?

—No los conocemos de nada. Se han sentado a nuestra mesa y de repente se han entrometido en nuestra discusión.

—¿Y por qué discutían?

—Yo no lo quiero.

—¿Y por qué estaba ese hombre tan enfadado con usted, si no lo quiere?

—¿Qué sé yo? A lo mejor no ha creído en mis palabras. También le ha cabreado que bailase con él.

—Está bien —repuso el gordo, cerrando su libro de notas y mirando a ambos.

La verdad es que parecían más unos enamorados enfadados que unos delincuentes pillados con las manos en la masa. Ya el temor con que evitaban mirarse... Sin embargo, sus manos reposaban sobre la mesa, a punto de tocarse.

—Está bien. Comprobaremos sus datos, faltaría más, pero creo que... Esta velada puede tener una continuación mejor...

—¡Yo no! —exclamó la joven—. ¡Yo no! —Se levantó al mismo tiempo que ellos—. Me voy a casa.

—Te acompaño.

—No, gracias, prefiero ir sola.

—¡Trudel! ¡Déjame hablar contigo! —rogó.

El uniformado, sonriendo, los miraba alternativamente. Unos auténticos enamorados. Una comprobación superficial de los datos bastaría.

De pronto, ella se decidió.

—De acuerdo, pero sólo dos minutos.

Se marcharon. Al fin habían abandonado esa sala espantosa, ese ambiente de discrepancia y odio. Miraron a su alrededor.

—Se han ido.

—No volveremos a verlos.

—Y tú podrás vivir. ¡No, ahora tienes que vivir, Trudel! Un paso irreflexivo por tu parte pondría en peligro a los demás, a otros muchos... ¡recuérdalo siempre, Trudel!

—Sí —contestó—, ahora tengo que vivir. —Y con rápida decisión—: Adiós, Karl.

Se apoyó un instante en su pecho, su boca rozó la de él. Antes de que el hombre se decidiera, la joven cruzaba la calle hacia un tranvía que acababa de detenerse. El vehículo se puso en marcha.

Él intentó seguirla. Pero cambió de parecer.

La veré en la fábrica de vez en cuando, pensó. Tenemos toda la vida por delante. Tengo tiempo. Ahora sé que me quiere.

 

Capítulo 14

SÁBADO: AGITACIÓN EN CASA DE LOS QUANGEL

 

 

Los Quangel tampoco cruzaron palabra durante todo el viernes... tres días de silencio entre ellos, ni siquiera saludarse, jamás había sucedido algo parecido en todo su matrimonio. Por parco en palabras que fuera Quangel, de vez en cuando siempre soltaba alguna frase sobre algún trabajador del taller, o sobre el tiempo, o sobre lo mucho que le había gustado la comida de ese día. ¡Y ahora, nada!

A medida que pasaba el tiempo, Anna Quangel percibía con más fuerza que el profundo dolor que sentía por su hijo caído comenzaba a disiparse ante la inquietud por los cambios que estaba sufriendo su marido. Sólo quería pensar en el chico, pero al observar a ese hombre, a Otto Quangel, su esposo durante tanto tiempo, al fin y al cabo el hombre al que había dedicado los más numerosos y mejores años de su vida, le resultaba imposible. ¿Qué mosca le había picado? ¿Qué le pasaba? ¿Por qué había cambiado tanto?

El viernes a mediodía la ira de Anna Quangel y los reproches contra Otto se habían desvanecido. De haber tenido garantías de éxito, por pequeñas que fueran, le habría pedido perdón por su irreflexivo comentario «tú y tu Führer». Pero era obvio que Quangel ya no pensaba en ese reproche; es más, al parecer tampoco pensaba en ella. Sus ojos pasaban de largo, veía a través de ella, se situaba junto a la ventana, las manos en los bolsillos de su chaqueta de trabajo y silbaba despacio ensimismado, meditabundo, con grandes pausas, cosa que no había hecho nunca.

¿En qué pensaba su marido? ¿Qué le afectaba tanto? Le puso la comida en la mesa y él comenzó a tomarla a cucharadas. Durante un momento lo observó desde la cocina. Inclinaba sobre el plato su rostro enérgico, pero se llevaba la cuchara a la boca con gesto completamente mecánico, sus ojos oscuros miraban algo que no estaba allí.

La mujer se metió en la cocina a calentar unos restos de repollo. A él le gustaba comer repollo recalentado. Estaba firmemente decidida a hablarle ahora mismo, nada más entrar con la verdura. Por muy dura que fuese su respuesta, tenía que romper ese silencio funesto.

Pero cuando llegó a la sala con el repollo caliente, Otto se había ido, el plato reposaba sobre la mesa medio vacío. O Quangel se había dado cuenta de sus intenciones y se había marchado a escondidas como un niño que quiere seguir de morros, o simplemente lo que tanto lo inquietaba por dentro le había hecho olvidar la comida. Fuera como fuese, se había ido, y ella tendría que esperarlo hasta la noche.

Pero la noche del viernes al sábado Otto llegó tan tarde de trabajar que a pesar de todos sus buenos propósitos, ya se había dormido cuando él se metió en la cama. No se despertó hasta más tarde, al oírlo toser.

—Otto, ¿duermes? —preguntó, cautelosa.

La tos cesó, él yacía en completo silencio. Ella volvió a preguntar:

—Otto, ¿duermes?

Nada, ninguna respuesta. Ambos permanecieron un buen rato en silencio. Cada uno sabía que el otro no dormía. No se atrevían a cambiar de postura para no delatarse. Al final ambos se durmieron.

El comienzo del sábado fue aún peor. Otto Quangel se había levantado a una hora inusualmente temprana. Antes de que pudiera ponerle su café de malta en la mesa, él había emprendido ya uno de esos presurosos e incomprensibles paseos que antes nunca había dado. Regresó, desde la cocina lo oyó recorrer el salón de un lado a otro. Cuando entró con el café, él dobló con cuidado una hoja blanca grande que había estado leyendo junto a la ventana y se la guardó.

Anna estaba segura de que no era un periódico. Había demasiado espacio en blanco en la hoja y las letras eran más grandes que las de un periódico. ¿Qué podía haber estado leyendo ese hombre?

Volvió a enfadarse con él, por su secretismo, por todos esos cambios que provocaban tanta inquietud y más preocupaciones añadidas a las antiguas, que ya eran más que suficientes. A pesar de todo, dijo:

—¡Otto, el café!

Al escuchar su voz, giró la cara y la miró como si estuviera asombrado de no estar solo en esa vivienda, asombrado de que alguien le hablase. La miró sin verla. No era su esposa Anna Quangel a quien miraba, sino alguien a quien había conocido un día y de quien debía acordarse con esfuerzo. Su rostro, sus ojos, exhibían una sonrisa; por su cara se extendía esa sonrisa que ella nunca había visto. Estuvo a punto de gritar: ¡Otto, ay, Otto, ahora no te me vayas tú también!

Pero antes de que se decidiera a hacerlo, él pasó a su lado y abandonó la vivienda. De nuevo sin tomar café, de nuevo tuvo que llevárselo a la cocina para calentarlo. Mientras tanto, sollozaba suavemente. ¡Menudo marido! ¿Iría ella a quedarse sin nada? Después del hijo, ¿perdería también al padre?

Entretanto Quangel se dirigía presuroso a la avenida Prenzlauer. Se le había ocurrido que era mejor examinar antes uno de esos edificios para comprobar si su idea sobre ellos era acertada. De no ser así, tendría que ocurrírsele otra.

En la avenida Prenzlauer aminoró el paso, sus ojos recorrían los letreros de las puertas de las casas como si buscase algo concreto. En un edificio que hacía esquina vio los letreros de dos abogados y un médico al lado de otros muchos negocios.

Empujó la puerta del portal. Se abrió en el acto. Su idea era acertada: en un edificio tan frecuentado no había portero. Subió despacio, la mano en la barandilla, los peldaños de la escalera, una escalera antes «muy elegante» de madera de roble a la que el uso excesivo y la guerra habían arrebatado cualquier vestigio de elegancia. Ahora parecía sucia y desgastada, las alfombras habían desaparecido hacía mucho tiempo, seguramente las habían recogido al estallar la guerra.

Otto Quangel pasó ante el letrero de un abogado en el entresuelo, asintió con la cabeza, prosiguió su lenta ascensión. No es que utilizase él solo las escaleras, qué va, personas presurosas se cruzaban con él sin interrupción, bien yendo hacia él o adelantándolo. No paraba de oír repiqueteo de timbres, golpeteo de puertas, teléfonos sonando, tableteo de máquinas de escribir, ruido de voces.

Pero entremedias siempre había un momento en que Otto Quangel tenía la escalera para él solo o al menos su tramo de escalera, un momento en que toda la vida parecía haberse refugiado en el interior de las oficinas. Ése habría sido el momento adecuado para hacerlo. En general su plan era acertado, como había pensado. Gentes apresuradas que no se miraban a la cara, ventanas de cristales sucios por los que sólo se filtraba la grisácea luz diurna, sin portero, sin que absolutamente nadie se interesase por los demás.

Cuando Otto Quangel hubo leído en el primer piso el letrero del segundo abogado y una mano le señaló que el médico vivía una escalera más arriba, asintió satisfecho. Dio media vuelta, como si regresase de ver al abogado y salió del edificio. Ya no era necesario continuar el examen, era justo el edificio que él necesitaba y había miles similares en Berlín.

El jefe de taller Otto Quangel está de nuevo en la calle. Un hombre moreno de tez muy blanca se dirige a él.

—¿El señor Quangel? —pregunta—. ¿Es usted el señor Otto Quangel de la calle Jablonski?

Quangel responde con un gruñido expectante, un «¿Y?» que puede significar tanto asentimiento como negación.

El joven lo considera asentimiento.

—Tengo que pedirle de parte de Trudel Baumann que se olvide por completo de ella —le comunica—. Trudel tampoco volverá a visitar a su esposa. No es necesario, señor Quangel, que...

—Informe usted —replica Otto Quangel— que no conozco a ninguna Trudel Baumann y que no deseo que me vengan con necedades...

Su puño alcanza en pleno mentón al hombre joven, que se desploma como un trapo. Quangel echa a andar despreocupado entre la gente que comienza a arremolinarse, pasa justo al lado de un policía y se dirige a la parada del tranvía. Cuando llega, sube y viaja dos paradas. Después regresa en dirección contraria, esta vez en la plataforma delantera del vagón. Es como imaginaba: la mayor parte de la gente se ha dispersado mientras tanto, pero quedan diez o doce curiosos delante de un café al que seguramente han llevado al agredido.

Éste ha vuelto a recuperar el conocimiento. Karl Hergesell tiene que identificarse ante la autoridad por segunda vez en el plazo de dos horas.

—No ha sido nada, de veras, señor agente —asegura—. He debido de darle un pisotón sin querer, y me ha soltado un puñezato. No tengo ni idea de quién es, ni siquiera le había presentado mis disculpas, cuando me ha golpeado.

Karl Hergesell puede marcharse en paz de nuevo, no existen sospechas contra él. Sin embargo, sabe de sobra que no puede seguir poniendo a prueba su suerte. Además, ha ido a ver a ese ex suegro únicamente para garantizar la seguridad de Trudel. Bueno, por lo que respecta a Otto Quangel, no hay por qué preocuparse. Un tipo duro, y además furioso. Y seguro que nada locuaz, a pesar de su enorme boca ganchuda. ¡Con qué rapidez y rabia le ha pegado!

Habían azuzado a Trudel casi hasta la muerte por si acaso una persona como él se iba de la lengua. ¡Ése no se iría de la lengua jamás... ni siquiera ante esos! Y tampoco se preocuparía por Trudel, parecía no querer saber nada de ella. ¡Qué deprisa puede aclarar a veces las cosas un gancho en la mandíbula!

Karl Hergesell se dirige a la fábrica completamente tranquilo, y cuando con preguntas cautelosas averigua que Grigoleit y Bebé se han despedido, respira aliviado. Ahora todo está seguro. Ya no hay célula, pero no lo lamenta demasiado. ¡A cambio Trudel vivirá!

En el fondo a él nunca le ha interesado mucho ese trabajo político, pero sí Trudel.

Quangel regresa a su casa en tranvía, pero en lugar de apearse en la calle Jablonski pasa de largo. La seguridad ante todo, y si le pisa los talones algún perseguidor, se enfrentará a él sólo, no lo conducirá hasta su casa. Anna no se encuentra en las condiciones adecuadas para afrontar una sorpresa desagradable. Primero tiene que hablar con ella. Y seguro que lo hará, Anna desempeña un gran papel en sus propósitos. Pero antes tiene que resolver otros asuntos.

Quangel ha decidido que ese día regresará a su casa antes de ir a trabajar. Renunciará al café y a la comida. Anna se sentirá un poco inquieta, pero esperará sin tomar decisiones precipitadas. Tiene que ultimar algo ese día. Al siguiente es domingo y todo tiene que estar listo para entonces.

Vuelve a cambiar de tranvía para dirigirse al centro de la ciudad. No, a Quangel no le preocupa lo más mínimo ese joven al que ha cerrado la boca con un súbito puñetazo. Tampoco cree que existan otros perseguidores, sino que piensa que ese hombre venía de verdad de parte de Trudel. Ella ya había insinuado que tendría que confesar que había roto su juramento. A continuación ellos lógicamente le habían prohibido cualquier trato con él, y habían enviado a ese joven como mensajero. Un asunto del todo inofensivo. Era una mera chiquillada, niños que se habían aventurado en un juego que no entendían. Otto Quangel entiende un poco más. Sabe en qué se va a meter. Pero no jugará ese juego como un niño, meditará cada una de sus jugadas.

Vuelve a ver a Trudel ante él, apoyada en el cartel del Tribunal del Pueblo en ese corredor donde había corriente, sin sospechar nada. Vuelve a notar esa sensación de intranquilidad cuando ve la cabeza de la joven coronada por el encabezamiento «En nombre del pueblo alemán», vuelve a leer su propio nombre en lugar de otros ajenos... no, no, este asunto es para él solo. Y para Anna también, claro. ¡Ya le enseñará quién es «su» Führer!

Una vez en el centro, Quangel hace unas compras. Por una cuantía escasa, apenas unos pfennig, postales, un portaplumas, un par de plumillas de acero, un frasquito de tinta. Además, distribuye esas compras entre unos grandes almacenes, una sucursal de Woolworth y una papelería. Al final, tras prolongada reflexión, compra además unos guantes de tela muy sencillos, finos, que obtiene sin entregar ningún cupón.

Después se sienta en una de las grandes cervecerías de la plaza Alexander, bebe un vaso de cerveza y come algo de venta libre. Estamos en 1940, ha comenzado el saqueo de los países invadidos, el pueblo alemán no tiene que soportar grandes privaciones. En realidad, se consigue casi todo, y ni siquiera a un precio excesivamente caro.

Y respecto a la propia guerra, ésta se libra en países extranjeros, lejos de Berlín. Cierto, de vez en cuando los aviones británicos sobrevuelan la ciudad, sueltan un par de bombas y la población emprende al día siguiente caminatas para examinar los estragos. La mayoría dice riendo:

—Pues como piensen terminar así con nosotros, necesitarán cientos de años, y ni siquiera entonces se notará mucho. Mientras tanto, nosotros borraremos sus ciudades de la faz de la Tierra.

Eso dice la gente, y desde que Francia ha pedido el armisticio ha aumentado el número de los que así opinan. La mayoría corre detrás del éxito. Los hombres como Otto Quangel, que en pleno éxito abandonan la fila, son una excepción.

Se queda sentado. Aún dispone de tiempo, todavía no tiene que acudir a la fábrica. Pero ahora la inquietud de los últimos días ha desaparecido. Desde que inspeccionó ese edificio, desde que ha efectuado esas pequeñas compras, la suerte está echada. Ya ni siquiera necesita darle muchas vueltas a lo que queda por hacer. Y lo hará, el camino se abre, claro, ante sus ojos. Basta con recorrerlo, ya ha dado los primeros pasos, decisivos para adentrarse en él.

Después, cuando llega su hora, paga y emprende el camino hacia la fábrica. Pese a que es un largo trayecto desde la plaza Alexander, lo recorre a pie. Ya ha gastado bastante dinero ese día, en tranvías, en las compras, en comida. ¿Bastante? ¡Una barbaridad! A pesar de que Quangel ha decidido cambiar radicalmente de vida, mantendrá sus costumbres anteriores. Continuará siendo ahorrativo y mantendrá a la gente a distancia.

Finalmente vuelve a estar en su taller, atento y vigilante, mudo y distante, igual que siempre. Sin dejar traslucir lo que ha sucedido en su interior. Un fumador de cigarrillos como ese falso carpintero Dollfuss jamás le notará nada. Para ése su imagen es firme: un vejestorio, poseído por una sucia ambición, sólo interesado en su trabajo. Ésa es la imagen y así debe continuar.

 

Capítulo 15

ENNO KLUGE VUELVE AL TRABAJO

 

 

Cuando Otto Quangel comenzó su trabajo en el taller de carpintería, Enno Kluge llevaba ya seis horas junto al torno. Sí, el pobre hombre no ha aguantado más en su cama, y a pesar de su debilidad y de sus dolores ha acudido a la fábrica. Ciertamente la acogida no ha sido muy amable, pero ¿qué otra cosa cabía esperar?

—¿Qué, otra vez de visita, Enno? —le preguntó el capataz—. ¿Cuánto tiempo piensas aguantar esta vez, ¿una semana? ¿Dos?

—Estoy completamente curado, maestro —aseguró Enno Kluge con vehemencia—. Puedo volver a trabajar, y lo haré, ya lo verás.

—No me digas —comentó con bastante incredulidad el capataz, disponiéndose a irse. Pero se detuvo, contempló pensativo la cara de Enno y preguntó—: ¿Y qué has hecho con tu facha, Enno? Parece que te han apretado las tuercas, ¿eh?

Enno inclina la cabeza hacia la pieza en la que trabaja, y sin mirar al capataz contesta al fin:

—Sí, capataz, me han apretado las tuercas...

El capataz se queda parado ante él, pensativo, y sigue observándolo. Al final se cree capaz de extraer su propia conclusión y dice:

—¡Pues a lo mejor ha sido útil, a lo mejor ahora sientes verdadero afán por el trabajo, Enno!

Y dicho esto, el capataz se fue y Enno Kluge se alegró de que hubiera interpretado los golpes así. ¡Que pensara que le habían propinado la paliza por su pereza, tanto mejor! Eso no quería discutirlo con nadie. Y si allí pensaban así, no lo acribillarían a preguntas. A lo sumo se reirían a su espalda, y además podían hacerlo sin problemas, a él le daba igual. ¡Ahora quería trabajar, los iba a dejar con la boca abierta!

Con una sonrisa tímida y no exenta de orgullo, Enno Kluge se apuntó para el turno de trabajo voluntario del domingo. Un par de colegas mayores que lo conocían de antes hicieron comentarios sarcásticos. Se rio con ellos y comprobó, complacido, que también el maestro sonreía.

Dicho sea de paso, la suposición equivocada del maestro de que había recibido los golpes por su holgazanería, también le resultó provechosa. Lo llamaron justo después de la hora del almuerzo. Y allí se presentó él, igual que un acusado, y el hecho de que uno de sus jueces vistiera un uniforme de la Wehrmacht, otro de las SA y sólo uno fuera de paisano, aunque también adornado con insignias, no hizo sino incrementar su miedo.

El oficial de la Wehrmacht hojeaba un documento y reprochó a Enno Kluge sus pecados con una voz tan indiferente como asqueada. Licenciado del Ejército tal y tal día para destinarlo a la industria armamentística, en tal y tal fecha se presenta en la empresa asignada, trabaja once días, baja por enfermedad debido a hemorragias gástricas, visita de tres médicos, dos hospitales. En tal y tal fecha recibe el alta, cinco días trabajados, tres días ausente, un día trabajado, nuevas hemorragias gástricas, etcétera, etcétera.

El oficial dejó a un lado el documento, miró asqueado a Kluge, mejor dicho, dirigió su mirada más o menos al botón superior de la chaqueta de Enno y dijo alzando la voz:

—Pero ¿qué te figurabas, cerdo? —de repente gritaba, pero se notaba que lo hacía por costumbre, sin la menor excitación interna—. ¿Crees que puedes engañar a una sola persona con tus estúpidas hemorragias? ¡Voy a enviarte a un batallón de castigo, allí te arrancarán del cuerpo tus apestosos intestinos, entonces aprenderás lo que son hemorragias gástricas!

El oficial vociferó durante un buen rato. Enno estaba acostumbrado a ello desde el Ejército, no lo asustaba mucho. Escuchó el rapapolvo con las manos colocadas reglamentariamente junto a la costura de su pantalón de civil, los ojos siguiendo con atención al que le increpaba. Cuando el oficial tenía que coger aire, Enno decía con el tono debido, claro y nítido, ni sumiso ni descarado, objetivo:

—¡Sí, mi teniente! ¡A sus órdenes, mi teniente!

Hubo un momento en el que incluso consiguió, ciertamente sin ningún efecto visible, deslizar la frase:

—Estoy sano, a sus órdenes, mi teniente. Me presento para servirle, trabajaré.

El oficial dejó de gritar tan repentinamente como había comenzado. Cerró la boca, apartó la vista del botón superior de la chaqueta de Kluge, y la dirigió hacia su vecino de uniforme pardo.

—¿Alguna cosa más? —preguntó asqueado.

Desde luego que sí, también ese caballero tenía algo que decir o más bien que gritar; todos esos jefes parecían gritar a sus subordinados. Éste habló a voces de la traición al pueblo y de sabotaje, del Führer, que no toleraba traidores en las propia filas, y de los campos de concentración, donde se haría justicia.

—¿Y cómo te presentas ante nosotros? —gritó de repente el de uniforme pardo—. ¿Cómo estás en ese estado, cerdo? ¿Con esa cara te presentas al trabajo? ¡Has estado putañeando con mujeres, putero asqueroso! ¿En eso te dejas las fuerzas y nosotros tenemos que pagarte aquí? ¿Dónde has estado, chulo indecente, dónde te han puesto así?

—Me han apretado las tuercas —refiere Enno, intimidado por la mirada del otro.

—¿Quién te ha maltratado así, quién? ¡Quiero saberlo! —gritó el de la camisa parda agitando el puño en las narices de Enno y pateando el suelo.

En ese momento la mente de Enno se quedó en blanco. Bajo la amenaza de nuevos golpes, sus propósitos y su cautela se esfumaron y susurró aterrorizado:

—A sus órdenes, las SS me han maltratado así.

El miedo irracional de ese hombre tenía algo tan convincente, que los tres hombres sentados a la mesa le dieron crédito en el acto. Una sonrisa comprensiva, de aprobación, se dibujó en sus rostros. El de pardo gritó:

—¿Maltratado dices? Eso se llama castigar, castigar con razón. ¿Cómo se llama eso?

—A sus órdenes, se llama: castigado con razón.

—Bien, espero que no lo olvides. La próxima vez no saldrás tan bien parado. ¡Retírate!

Media hora después Enno Kluge aún temblaba tanto que era incapaz de trabajar en el torno. Permaneció en el retrete, donde al final lo descubrió el maestro, que lo envió al trabajo entre improperios. Después éste se situó a su lado y despotricando observó cómo Enno Kluge estropeaba una pieza detrás de otra. Todo se mezclaba en la cabeza del hombrecillo: la regañina del maestro, las burlas de los compañeros, la amenaza del campo de concentración y del batallón de castigo, impidiéndole ver con claridad. Las manos, siempre tan hábiles, se negaban a obedecerlo. No podía, y sin embargo debía, o estaría perdido sin remedio.

Al final hasta el propio maestro comprendió que no se enfrentaba a mala voluntad ni a holgazanería.

—Si no acabaras de estar enfermo, te aconsejaría que te pasaras un par de días en la cama hasta curarte. —Con estas palabras lo abandonó el maestro, no sin antes añadir—: Pero ya sabes lo que te sucedería entonces.

Claro que lo sabía. Y continuó con el trabajo, intentando no pensar en los dolores, en la insoportable presión que sentía en su cabeza. Durante un rato el brillante hierro que giraba lo atrajo como un talismán. Bastaría con meter los dedos en medio para obtener paz, iría a parar a una cama, podría estar acostado, descansar, dormir, olvidar. Pero enseguida pensó que quien se mutilaba adrede era castigado con la muerte, y su mano retrocedió convulsa...

Y así era: muerte en el batallón de castigo, muerte en un campo de concentración, muerte en el patio de una cárcel, esas eran las cosas con que lo amenazaban a diario y que tenía que conjurar. Y tenía tan poca energía...

De algún modo pasó esa tarde, de algún modo se encontró poco después de las cinco entre el raudal de los que retornaban a casa. Cuánto había añorado el descanso y el sueño; pero cuando se encontró en su propio cuartito del hotel, no consiguió acostarse. Volvió a salir y compró algo de comida.

De nuevo en la habitación, la comida en la mesa ante él, la cama a su lado... mas no podía permanecer allí. Estaba atormentado, no soportaba esa habitación. Tenía que comprar útiles de aseo e intentar adquirir un blusón azul en algún ropavejero.

Volvió a salir, y cuando estaba en una droguería, recordó que tenía una maleta muy pesada con todas sus pertenencias en casa de Lotte, de donde lo había echado con tanta rudeza su marido tras regresar de permiso. Salió corriendo de la droguería, tomó el tranvía; se arriesgó, iría a casa de ella por las buenas. ¡No podía renunciar a todas sus cosas! Temía que le dieran una paliza, pero sentía un intenso deseo, necesitaba ver a Lotte.

Tuvo suerte, pues la encontró en casa, el marido no estaba.

—¿Tus cosas, Enno? —inquirió la mujer—. Las llevé inmediatamente al sótano, para que no las encontrase. Espera, voy a por la llave.

Pero la mantuvo abrazada, apoyó la cabeza contra el pecho poderoso de la mujer. Los esfuerzos de las últimas semanas lo habían sobrepasado y se echó a llorar sin más.

—¡Ay, Lotte, no soporto estar sin ti! ¡Te echo tanto de menos!

Su cuerpo se estremecía con los sollozos. Se asustó mucho. Estaba acostumbrada a tratar con hombres lloriqueantes, pero borrachos, mientras que éste estaba sobrio... Y después esa palabrería de que la echaba de menos y que no podía vivir sin ella. ¡Hacía una eternidad que nadie le decía algo así, si es que alguna vez se lo llegó a decir alguien!

Lo tranquilizó lo mejor que pudo.

—Sólo se quedará tres semanas de permiso, luego podrás volver, Enno. ¡Cálmate, hombre, coge tus cosas antes de que venga! ¡Ya sabes!

¡Oh, vaya si lo sabía, con qué exactitud conocía las amenazas que se cernían sobre él!

Lo acompañó al tranvía y lo ayudó con la maleta.

Enno Kluge regresó a su hotel, un poco más aliviado. Sólo tres semanas, de las que ya habían transcurrido cuatro días. Después el marido retornaría al frente y él podría meterse en su cama. Enno se imaginaba que resistiría sin mujeres, pero era imposible, sencillamente no era capaz. Mientras tanto, se pasaría otra vez a ver a Tutti; ahora se daba cuenta de que bastaba con lloriquear un poco para que dejasen de ser tan malas. ¡Y te ayudaban enseguida! A lo mejor podía quedarse en casa de Tutti durante esas tres semanas, la habitación solitaria del hotel le parecía demasiado terrible.

Sin embargo, a pesar de las mujeres trabajaría, trabajaría, trabajaría. No volvería a hacer tonterías nunca más. ¡Estaba curado!

 

Capítulo 16

EL FINAL DE LA SEÑORA ROSENTHAL

 

 

El domingo por la mañana la señora Rosenthal despertó de un profundo sueño con un grito de pánico. Había soñado la misma pesadilla que ahora la asaltaba casi todas las noches: huía con Siegfried. Se escondían, los perseguidores pasaban a su lado mientras parecían burlarse por el rabillo del ojos de los que tan mal se habían escondido.

De repente Siegfried echaba a correr, ella lo seguía. No podía correr tan deprisa como él. «¡No tan deprisa, Siegfried! —gritaba—. ¡No te alcanzo! ¡No me dejes sola!».

Él se levantaba por encima del suelo, volaba. Primero sobre el empedrado, después fue elevándose cada vez más hasta desaparecer por encima de los tejados. Ella estaba sola en la calle Greifswalder. Las lágrimas corrían por su rostro. Una mano grande y maloliente cubrió su cara sofocándola, una voz susurró a su oído: «¡Vieja cerda judía, al fin te tengo!».

Miró las ventanas oscurecidas, la luz del día se filtraba por las rendijas. Los terrores nocturnos retrocedían ante los del día que se avecinaba. ¡Era de día! ¡Otra vez se había levantado más tarde que el juez del Tribunal Cameral, la única persona con la que podía hablar! ¡Se había propuesto firmemente permanecer despierta, y había vuelto a dormirse! ¡Otro día sola, doce, quince horas! ¡Oh, ya no podía soportarlo más! Las paredes de esa habitación se le caían encima, siempre la misma cara pálida en el espejo, siempre el mismo dinero que contar... no, no podía seguir así. Nada había peor que ese encierro inactivo.

La señora Rosenthal se viste apresuradamente. Luego se aproxima a la puerta, corre el pestillo, abre sin hacer ruido y atisba el pasillo. La vivienda está en silencio y el edificio también. Los niños todavía no alborotan en la calle, debe de ser muy temprano aún. ¿Estará el juez en su cuarto de los libros? A lo mejor puede darle los buenos días, cruzar con él dos o tres frases que le den ánimos para soportar otra jornada interminable.

Se atreve, desobedeciendo su prohibición se atreve. Camina deprisa por el pasillo y entra en su habitación. Retrocede un poco asustada por la claridad que penetra a raudales por las ventanas abiertas, ante la calle, ante la notoriedad que reina ahora allí junto con ese aire. Pero se asusta más todavía ante una mujer que, armada con un cepillo de rodillo, limpia la alfombra de Zwi ckau. Es una mujer flaca, entrada en años; el pañuelo atado alre dedor de la cabeza y el cepillo demuestran que es la señora de la limpieza.

Al entrar la señora Rosenthal, la mujer interrumpe su labor. Primero mira fijamente un momento a la inesperada visitante, parpadeando deprisa un par de veces, como si no diera crédito a sus ojos. Después apoya el cepillo contra la mesa y empieza a hacer con manos y brazos unos movimientos de rechazo, profiriendo de cuando en cuando un duro «¡Shh, shh!», como si espantase a las gallinas.

La señora Rosenthal, ya en retirada, pregunta suplicante:

—¿Dónde está el juez? Tengo que hablar con él un momento.

La mujer cierra los labios con fuerza y sacude la cabeza con violencia. Después repite sus movimientos ahuyentadores y el «¡Shh, shh!» hasta que la señora Rosenthal retrocede hasta su habitación. Allí, mientras la asistenta cierra la puerta sin hacer ruido, se desploma en la butaca situada junto a la mesa y rompe a llorar, desconsolada. ¡Todo en vano! ¡Otro día condenada a una espera solitaria y sin sentido! En el mundo están ocurriendo muchas cosas, a lo mejor ahora mismo está muriendo Siegfried, o una bomba alemana está matando a su Eva... mientras ella tiene que seguir allí sentada a oscuras, cruzada de brazos.

Sacude la cabeza indignada: no piensa soportarlo más tiempo. ¡No lo aguantará más! Si tiene que ser desgraciada, si tiene que vivir para siempre acosada y atemorizada, lo hará a su modo. No podrá impedir que esa puerta se cierre para siempre tras ella. La hospitalidad ha sido bienintencionada, pero a ella no le sienta bien.

De nuevo junto a la puerta, se controla. Regresa a la mesa y coge la gruesa pulsera de oro con los zafiros. A lo mejor...

Pero la mujer ya no está en el despacho, las ventanas ya están cerradas. La señora Rosenthal se queda esperando en el pasillo, cerca de la puerta de entrada. Entonces oye trajín de platos y sigue ese sonido hasta que encuentra a la mujer en la cocina, fregando los cacharros.

Le tiende, suplicante, la pulsera y dice con voz entrecortada:

—¡De verdad, necesito hablar con el juez! ¡Por favor, se lo ruego!

La criada ha fruncido el ceño ante esa nueva molestia y se limita a echar una ojeada a la pulsera que le ofrecen. Entonces comienza de nuevo a espantarla, agitando los brazos y diciendo «¡Shh, shh!», y ante semejantes aspavientos la señora Rosenthal huye a su habitación, se acerca a su mesilla de noche y saca del cajón los somníferos que le ha prescrito el consejero.

Nunca ha utilizado ese medicamento hasta entonces. Vierte todas las pastillas, son doce o catorce, en el hueco de su mano, va al tocador y se las traga con un vaso de agua. Hoy tiene que dormir, hoy quiere pasar el día dormida... Después, por la noche, hablará con el consejero para saber lo que hay que hacer. Se tumba en la cama vestida, cubriéndose un poco con la manta. Tendida en silencio de espaldas, los ojos dirigidos al techo, espera el sueño.

Y el sueño llega. Los pensamientos torturadores, las atroces imágenes, siempre idénticas, que el miedo hace brotar en su cerebro, se difuminan. Cierra los ojos, sus miembros se relajan, se desmadejan, casi se ha salvado a punto de entrar en su sueño...

Entonces es como si en el umbral de ese sueño una mano la empujase hacia atrás obligándola a despertarse. Se ha sobresaltado, tal empujón le ha dado. Su cuerpo se ha estremecido como si hubiera sufrido una convulsión repentina...

Y de nuevo yace de espaldas, mirando al techo, el mismo molino siempre idéntico hace girar en su interior los pensamientos torturadores siempre idénticos y las imágenes pavorosas. De improviso, poco a poco, todo se debilita, los ojos se cierran, el sueño se acerca. Y de nuevo en el umbral, el golpe, el empujón, la convulsión que contrae todo su cuerpo. Una vez más la expulsan de la tranquilidad, de la paz, del olvido...

Cuando esto se ha repetido tres o cuatro veces, renuncia a esperar el sueño. Se levanta, camina despacio, tambaleándose un poco, con los miembros flojos, hacia la mesa y se sienta. Mira fijamente ante sí. Por la blancura que tiene ante ella reconoce la carta a Siegfried que comenzó hace tres días y de la que sólo ha escrito las primeras líneas. Prosigue su inspección: distingue los billetes, las joyas. Allí detrás está asimismo la bandeja con su comida. En otras ocasiones por la mañana se lanzaba sobre ella completamente hambrienta, ahora la mira con indiferencia. No le apetece comer...

Mientras permanece sentada, comprende de un modo vago que los somníferos han provocado un cambio: aunque no han sido capaces de propiciar el sueño, al menos le han arrebatado la agitación incesante de la mañana. Ahora se sienta sin más, a veces incluso está a punto de dar una cabezada en el sillón, pero vuelve a levantarse. Ha transcurrido cierto tiempo, no sabe si mucho o poco, pero parte de ese día espantoso ha transcurrido...

Más tarde oye unos pasos en la escalera. Se sobresalta; en un instante de introspección intenta comprender si desde esa habitación puede oír a alguien que esté en la escalera. Pero ese minuto crítico ya ha pasado y sólo escucha, expectante, los pasos en la escalera, los pasos de una persona que sube con esfuerzo, deteniéndose una y otra vez, y después, tras una tosecita, reanuda la ascensión agarrándose a la barandilla.

Ahora no sólo oye, sino que también ve. Ve con toda claridad a Siegfried, subiendo sigiloso hacia su casa por la escalera del edificio todavía en silencio. Han vuelto a maltratarlo, lleva la cabeza envuelta en vendas colocadas apresuradamente, empapadas en sangre, y tiene el rostro herido y lleno de cardenales por sus puñetazos. Siegfried se arrastra con dificultad escalera arriba. Su pecho, ese pecho herido por sus patadas, grazna y ruge. Ve a Siegfried desaparecer por el descansillo de la escalera...

Durante un momento continúa sentada. Seguro que no piensa en nada, ni en el consejero ni en lo acordado con él. Sino en que tiene que subir a su vivienda... ¿qué pensará Siegfried cuando la encuentre vacía?

Pero está tan horriblemente cansada, y le resulta casi imposible levantarse del sillón.

Sin embargo, acaba levantándose. Saca el llavero de su bolso, coge la pulsera de zafiros como si fuese un talismán capaz de protegerla... y abandona la vivienda despacio y tambaleándose. La puerta se cierra tras ella.

El juez del Tribunal Cameral, alertado al fin por su asistenta tras largas reflexiones, llega demasiado tarde para disuadir a su huésped de emprender esa excursión a un mundo harto peligroso.

El consejero se queda quieto un momento en la puerta que ha vuelto a abrir sin ruido, aguza los oídos. No oye nada, ni arriba, ni abajo. Después, cuando sí que capta algo, el ruido rápido y enérgico de unas botas, se retira de nuevo al interior de su piso. Pero no abandona la vigilancia junto a la puerta. Si existiera una posibilidad de salvar a esa desdichada, abriría su puerta a pesar del peligro.

La señora Rosenthal no se ha dado cuenta de que se ha cruzado con alguien en la escalera. Sólo la guía un pensamiento: llegar lo más deprisa posible a su piso con Siegfried. El dirigente de las Juventudes Hitlerianas Baldur Persicke, que se dispone a acudir a una revista matinal, se queda parado en la escalera boquiabierto, completamente perplejo, cuando esa mujer pasa a su lado y está a punto de empujarlo. La señora Rosenthal, la durante tantos días desaparecida señora Rosenthal, de paseo en esa mañana de domingo, con una blusa oscura bordada,sin la estrella de David, con un llavero y una pulsera en una mano mientras con la otra se aferra con esfuerzo a la barandilla... ¡Qué borracha está esa mujer! ¡Qué borracha, y a primera hora de la mañana del domingo!

Durante un instante Baldur se queda inmóvil, sumido en una estupefacción total. Pero cuando la señora Rosenthal desaparece al doblar la escalera, su mente recupera la lucidez y su boca se cierra. ¡Se da cuenta de que ha llegado el momento adecuado, ya no puede dar un paso en falso! No, esta vez despachará el asunto él sólo, ni sus hermanos, ni su padre, ni otro Barkhausen lo echarán a perder.

Baldur espera hasta estar seguro de que la señora Rosenthal ha llegado al piso de los Quangel, entonces entra sin hacer ruido en la vivienda de sus padres. Allí todos duermen todavía, y el teléfono está colgado en el pasillo. Levanta el auricular y gira el disco, después pide que le pongan con un número concreto. Tiene suerte: a pesar de ser domingo contacta con el hombre correcto. Dice brevemente lo que hay que decir; después acerca una silla a la puerta de entrada, la entreabre un poco y se dispone a montar guardia con paciencia durante media hora, o tal vez durante una hora, para evitar que el pájaro vuelva a levantar el vuelo.

En casa de los Quangel sólo está despierta Anna, que arregla la casa en silencio. Mientras, echa un vistazo a Otto, que duerme profundamente. Parece cansado y atormentado incluso dormido. Como si algo no lo dejara en paz. Contempla pensativa el rostro del hombre con el que ha vivido día tras día a lo largo de casi tres décadas. Hace mucho que se ha acostumbrado a esa cara, el perfil duro como el de un pájaro, la boca fina, casi siempre cerrada... eso ya no la asusta. Así es el hombre al que ha consagrado su vida. Lo importante no es el aspecto...

Esa mañana, sin embargo, le parece que el rostro se ha endurecido más, la boca se ha hecho más fina y las arrugas que salen de la nariz, más profundas. Tiene preocupaciones, graves preocupaciones, y ella no ha hablado a tiempo sobre el asunto, no lo ha ayudado a soportar esa carga. Esa mañana de domingo, cuatro días después de haber recibido la noticia de la muerte de su hijo, Anna Quangel no sólo tiene el firme convencimiento de que debe permanecer al lado de ese hombre como hasta entonces, sino tambien de que no ha tenido razón al iniciar esa riña. Tendría que haberlo conocido mejor: él prefiere callar antes que hablar. Siempre ha tenido que animarlo, tirarle de la lengua... ese hombre jamás ha hablado espontáneamente.

Bien, pues hoy lo hará. Se lo prometió esa noche, a su regreso del trabajo. Para entonces Anna había pasado un mal día. Cuando él se marchó sin desayunar, lo esperó en vano durante horas; cuando tampoco se presentó a la hora de comer y comprendió que ya habría empezado a trabajar y seguro que no volvería, la desesperación se apoderó de ella.

¿Qué le había ocurrido a ese hombre desde que ella pronunció esas palabras precipitadas, irreflexivas? ¿Qué lo tenía deambulando sin descanso de acá para allá? Lo conocía: desde que ella había dicho eso, él sólo pensaba en demostrarle que aquel no era «su» Führer. ¡Como si hubiera hablado en serio! Habría debido decirle que esas palabras eran fruto del primer ataque de furia y de dolor. También habría podido decir cosas muy diferentes sobre esos criminales que le habían arrebatado de un modo tan in sensato a su hijo... ¡pero se le escaparon precisamente esas palabras!

Sí, las había pronunciado y ahora él iba por ahí metiéndose en todos los peligros posibles para tener razón, para demostrarle de manera palpable la injusticia que había cometido con él. Seguramente nunca volvería. Había dicho o hecho algo que despertaría el interés de la dirección de la fábrica o de la Gestapo... ¡a lo mejor ya lo habían detenido! ¡Tan intranquilo como estaba a primera hora de la mañana ese hombre tranquilo!

Anna Quangel no lo resiste más, no puede seguir esperándolo sin hacer nada. Prepara unos bocadillos y emprende el camino de la fábrica. También en esto es su fiel esposa, de manera que ni siquiera ahora, cuando cada minuto es importante, utiliza el tranvía. No, camina a pie... ahorra hasta el último céntimo, igual que él.

Se entera por el portero de la fábrica de que el jefe de taller Quangel ha llegado a su puesto de trabajo con la puntualidad acostumbrada. Ella le envía los bocadillos «olvidados» con un recadero y espera su regreso.

—Bueno, ¿qué ha dicho?

—¿Qué iba a decir? ¡Nunca dice nada!

Ahora, más tranquila, puede regresar a casa. Aún no ha pasado nada, pese a toda su preocupación durante la mañana. Y esa noche hablará con él...

Él llega cuando ya ha anochecido. La mujer ve el cansancio reflejado en su rostro.

—Otto, no hablaba en serio —le dice con tono suplicante—. Se me escapó en el primer sobresalto. ¡No te enfades!

—¿Yo... enfadado... contigo? ¿Por algo así? ¡Nunca!

—¡Pero tú estás tramando algo, lo noto! ¡No lo hagas, Otto, no te busques una desgracia! ¡No podría perdonármelo nunca!

La mira un instante, casi risueño. Después le coloca deprisa ambas manos sobre los hombros. Pero vuelve a retirarlas rápidamente, como si se avergonzase de esa súbita muestra de ternura.

—¿Qué es lo que voy a hacer? ¡Dormir! Y mañana te contaré lo que haremos nosotros.

La mañana ya ha llegado y Quangel sigue durmiendo. Pero ahora media hora más o menos carece de importancia. Está con ella, no puede hacer nada peligroso, duerme.

Se aleja de su cama, se enfrasca de nuevo en las tareas domésticas cotidianas.

Mientras tanto, la señora Rosenthal ha llegado hace mucho a la puerta de su piso, a pesar de la lentitud con la que ha subido la escalera. No le sorprende encontrar la puerta cerrada con llave, la abre. Una vez dentro de la vivienda tampoco busca o llama a Siegfried. Ni se fija en el tremendo desorden, en realidad ha olvidado que ha entrado en la casa siguiendo los pasos de su marido.

Su obnubilación va creciendo, lenta e incontenible. No se puede decir que duerma, pero tampoco está en vela. Mueve con lentitud y torpeza los miembros, que se han vuelto pesados porque están entumecidos, hasta su cerebro parece entumecido. A su mente acuden imágenes borrosas que se desvanecen antes de que pueda percibirlas con claridad. Está sentada en la esquina del sofá, los pies sobre la ropa blanca sucia, dirige a su entorno una mirada lenta y apática. Todavía sostiene en la mano las llaves y la pulsera de zafiros que le regaló Siegfried cuando nació Eva. Las ganancias de una Semana Blanca entera... Sonríe levemente.

Entonces oye cómo se abre con cuidado la puerta de entrada, y lo sabe: ése es Siegfried. Ya viene. Por eso he subido aquí. Voy a salir a su encuentro.

Pero se queda sentada, la sonrisa desplegada por toda su cara gris. Lo recibirá allí sentada, como si nunca se hubiera ausentado, como si siempre hubiera estado esperando allí para darle la bienvenida.

Cuando al fin se abre la puerta, en lugar del esperado Siegfried aparecen tres hombres en el umbral. En cuanto capta entre los tres un odiado uniforme pardo, cae en la cuenta: no es Siegfried, Siegfried no está. El miedo intenta agitarse en su interior, pero realmente es minúsculo. ¡Por fin ha llegado el momento!

La sonrisa se borra despacio de su rostro, que pasa del gris al amarillo verdoso.

Los tres se encuentran ahora justo delante de ella. Oye decir a un hombre alto y pesado, vestido con un abrigo negro:

—No está borracha, jovencito. Seguramente intoxicada con somníferos. Vamos a tratar de sonsacarle cuanto antes lo que se pueda. Dígame: ¿es usted la señora Rosenthal?

Ella asiente.

—Sí, caballeros. Soy Lore, o más exactamente Sara Rosenthal. Mi marido está en Moabit, tengo dos hijos en Estados Unidos, una hija en Dinamarca, otra casada en Inglaterra...

—¿Y cuánto dinero les ha enviado? —pregunta a renglón seguido el comisario de policía Rusch.

—¿Dinero? ¿Para qué? ¡A todos ellos les sobra! ¿Para qué voy a mandarles dinero?

La mujer asiente con gesto adusto. Todos sus hijos llevan una existencia acomodada. Podrían mantener a sus padres sin esfuerzo. De repente se le ocurre algo que tiene que contar a toda costa a esos señores:

—Es culpa mía —se disculpa torpemente con la lengua pesada; habla cada vez con más dificultad, comienza a balbucear—, es todo culpa mía. Siegfried quiso marcharse hace tiempo de Alemania. Pero yo le dije: «¿Por qué vamos a dejar aquí, vendiéndolas por cuatro perras, todas las cosas bellas, nuestra buena tienda? Nosotros nunca hemos hecho nada a nadie y tampoco nos harán nada a nosotros». Yo lo convencí, pues de lo contrario nos habríamos marchado hace mucho.

—¿Y dónde guarda usted el dinero? —pregunta el comisario, un poco impaciente.

—¿El dinero?

Intenta recordar. La verdad es que aún quedaba algo. ¿Dónde habrá ido a parar? Pero pensar le cuesta esfuerzo, a cambio se le ocurre otra cosa. Ofrece al comisario la pulsera de zafiros.

—Tenga —dice sencillamente—. Tenga.

El comisario Rusch lanza una rápida ojeada a la joya, después gira la cabeza hacia sus dos acompañantes, el brioso dirigente de las Juventudes Hitlerianas y su sempiterno acólito, Friedrich, un tarugo con pinta de aprendiz de verdugo. Ve que los dos lo miran expectantes. Así que de un empujón impaciente aparta la mano con la pulsera, agarra a la pesada mujer por los hombros y la sacude con energía.

—¡Despierte de una vez, señora Rosenthal! ¡Se lo ordeno! ¡Despierte!

Luego la suelta: la cabeza de la mujer se proyecta hacia atrás y choca con el respaldo del sofá, su cuerpo se desploma, sus labios balbucean algo incomprensible. La forma de despertarla parece no haber sido del todo acertada. Durante unos instantes los tres contemplan en silencio a la anciana, derrumbada y encogida, que no parece recobrar la conciencia.

El comisario susurra de repente en voz muy baja:

—¡Llévatela ahí detrás, a la cocina, y encárgate de despertarla!

Friedrich, el aprendiz de verdugo, se limita a asentir con un gesto. Coge a la pesada mujer en brazos como si fuera un niño y con mucho cuidado sortea con ella los obstáculos esparcidos por el suelo.

Cuando está en la puerta, el comisario le espeta:

—¡Encárgate de que no grite! No quiero escándalos un domingo por la mañana en una casa de vecindad. Si no, lo haremos en el cuartel de la calle Prinz-Albrecht. De todos modos pienso llevármela allí.

La puerta se cierra detrás de los dos, el comisario y el dirigente de las Juventudes Hitlerianas se quedan solos.

El comisario Rusch contempla la calle desde la ventana.

—Un sitio tranquilo —comenta—. Un auténtico terreno de juegos para los niños, ¿eh?

Baldur Persicke confirma que la calle Jablonski es una calle tranquila.

El comisario se nota un poco nervioso, no por lo que Friedrich está haciendo en la cocina con la vieja judía. Qué va, esas cosas y otras aún más demenciales se corresponden con su naturaleza. Rusch es un estudiante de derecho fracasado que encontró su camino en la policía criminal. Ésta lo cedió más tarde a la Gestapo. Él trabaja a gusto. Habría realizado de buen grado cualquier servicio para cualquier gobierno, pero los métodos enérgicos del actual le complacen sobremanera.

—Sobre todo, nada de sensiblerías —advierte en ocasiones a algún novato—. Nosotros sólo cumplimos con nuestro deber si logramos nuestro objetivo. El camino para conseguirlo es indiferente.

No, al comisario no le preocupa lo más mínimo la vieja judía, está realmente exento de toda sensiblería.

Sin embargo, este chico, Persicke, el dirigente de las Juventudes Hitlerianas, no le acaba de gustar. Prefiere que la gente ajena no participe en asuntos como ese, uno nunca sabe cómo se lo van a tomar. La verdad es que éste parece idóneo, pero es después cuando uno lo sabe con certeza.

—¿Se ha fijado usted, señor comisario? —pregunta, diligente, Baldur Persicke. Ahora sencillamente no desea escuchar lo que sucede en la cocina, ¡no es asunto suyo!—. ¿Se ha fijado en que no llevaba la estrella judía?

—Me he fijado en más cosas —dice el comisario pensativo—. Por ejemplo, que la mujer llevaba los zapatos limpios, y fuera hace un tiempo asqueroso.

—Sí —afirma Baldur Persicke sin comprender.

—Así que ha tenido que esconderla alguien de este edificio, desde el miércoles, suponiendo que, como afirmas, lleve desde entonces ausente de su domicilio.

—Estoy casi seguro de ello —comenta Baldur Persicke, algo confundido por esa mirada penetrante que no se aparta de él.

—Casi seguro no es nada, chico —comenta, despectivo, el comisario—. ¡Casi seguro es inaceptable!

—Estoy completamente seguro —rectifica Baldur deprisa—. Puedo jurar que la señora Rosenthal falta de su domicilio desde el miércoles.

—Bien, bien —replica el comisario con ligereza—. Como es natural, sabe que es imposible que haya podido vigilar usted solo la vivienda desde el miércoles. Ningún juez aceptaría eso.

—Tengo dos hermanos en las SS —replica Baldur Persicke con vehemencia.

—Vale, vale. —El comisario Rusch se da por satisfecho—. Pasará lo que tenga que pasar. Por cierto, he de comunicarte que no podré venir a registrar la vivienda hasta última hora de la tarde. ¿Puedes seguir vigilándola hasta entonces? Tendrás llave, ¿no?

Baldur Persicke asegura, muy satisfecho, que lo hará encantado. Sus ojos traslucen una profunda alegría. ¡Acabáramos, esa es la forma de hacer las cosas, lo sabía, y de manera completamente legal!

—Sería muy conveniente —añade el comisario, aburrido, mientras vuelve a mirar por la ventana— que entonces todo siguiera igual que está ahora. Por supuesto, no puedes responder de lo que está dentro de los armarios y maletas, pero de lo demás...

Antes de que Baldur acierte a contestar, en el interior de la vivienda resuena un estridente y agudo grito de angustia.

—¡Maldita sea! —masculla el comisario, sin dar ni un paso.

Pálido, con la nariz puntiaguda, Baldur lo mira de hito en hito, con las rodillas temblorosas.

El grito de angustia se extingue en el acto, sólo se oye maldecir a Friedrich.

—Lo que quería decir... —Vuelve a empezar despacio el comisario.

Pero, mientras escucha, deja de hablar. De repente se oyen en la cocina unos ruidosos improperios, pasos rápidos, fuertes pisadas de un lado a otro. Y Friedrich vocifera:

—¡Habla ya! ¡Hazlo!

Se oye un grito muy fuerte. Más maldiciones escandalosas. Entonces se abre violentamente una puerta, unos pasos pesados en el pasillo y al entrar en la habitación Friedrich grita:

—¿Y ahora qué, comisario? Estaba a punto de conseguir que hablase y esa carroña se ha tirado por la ventana.

El comisario lo abofetea, iracundo:

—¡Maldito imbécil, te voy a sacar las tripas! ¡Vamos, deprisa!

Y abandonando como una tromba de la habitación, corre escalera abajo...

—¡Pero ha sido al patio! —grita Friedrich suplicante mientras corre detrás—. Se ha caído al patio, no a la calle. No llamará la atención, señor comisario.

No recibe respuesta. Los tres bajan corriendo por la escalera, esforzándose por hacer el menor ruido posible en el edificio, sumido en el silencio dominical. El último, a medio tramo de escalera de distancia, es Baldur Persicke. No ha olvidado cerrar con llave la puerta de la vivienda de los Rosenthal. Con el susto aún metido en el cuerpo, sabe que ahora el responsable de todas esas hermosuras de allí dentro es él. ¡No puede desaparecer nada!

Los tres cruzan corriendo por delante del edificio de los Quangel, de los Persicke, del juez jubilado del Tribunal Cameral Fromm. Sólo dos tramos de escaleras más y estarán en el patio.

Mientras tanto, Otto Quangel se había levantado, aseado y observaba a su mujer que preparaba el desayuno en la cocina. Hablarían después del desayuno, de momento sólo se habían dado los buenos días, pero con amabilidad.

De repente ambos se sobresaltan. En la cocina de arriba se oyen gritos, se miran, expectantes y preocupados, mientras escuchan. De pronto la ventana de la cocina se oscurece durante unos segundos, algo pesado parece pasar precipitándose... y a continuación oyen un golpe sordo en el patio. Abajo alguien grita... un hombre. Luego, silencio sepulcral.

Otto Quangel abre de par en par la ventana de la cocina, pero retrocede bruscamente al oír alboroto en la escalera.

—Asómate tú, Anna. Mira a ver si puedes distinguir algo. En situaciones como esta una mujer llama menos la atención. —La coge por los hombros y la aprieta muy fuerte—. No grites —ordena—. ¡No puedes gritar! ¡Bien, ahora cierra la ventana!

—¡Dios mío, Otto! —gime la señora Quangel mirando a su marido blanca como la cera—. La señora Rosenthal se ha caído por la ventana. Está tirada abajo, en el patio. Barkhausen está a su lado y...

—¡Silencio! —exclama—. ¡Ahora, a callar! Nosotros no sabemos nada. No hemos visto ni oído nada. Lleva el café a la sala.

Y una vez dentro repite con insistencia:

—Nosotros no sabemos nada, Anna. A la señora Rosenthal casi nunca la veíamos. Y ahora, come. Come, te digo. ¡Y bébete el café! Si alguien viene, no debe notar nada.

El consejero Fromm, desde su puesto de observación, ha visto subir por la escalera a dos hombres de paisano y ahora son tres los que bajan en tromba, el joven Persicke entre ellos. Así que ha sucedido algo, y su criada le trae entonces desde la cocina la noticia de que la señora Rosenthal acababa de caerse al patio. Él clava los ojos en ella, asustado.

Durante un instante se queda muy callado. Después asiente lentamente un par de veces.

—Sí, Liese —dice—. Así son las cosas. No basta con querer salvar a alguien. El otro también tiene que estar realmente de acuerdo en ser salvado. —Y después, muy deprisa, añade—: ¿Está cerrada la ventana de la cocina? —Liese asiente—. Deprisa, Liese, vuelve a ordenar el cuarto de la señorita; nadie debe notar que ha sido utilizado. ¡Retira los platos! ¡Saca la ropa!

Liese asiente en silencio.

Luego pregunta:

—¿Y el dinero y las joyas que hay encima de la mesa, señor consejero?

Durante un momento se queda indeciso, da lástima ver esa sonrisa desconcertada en sus labios.

—Sí, Liese —asiente al fin—, eso será difícil. Seguro que no se presentan herederos. Y para nosotros no es más que una carga...

—Lo meteré en el cubo de la basura —propone Liese.

El anciano niega con la cabeza.

—Para el cubo de la basura ellos son muy listos, Liese —aduce—. ¡Rebuscar en la basura, eso se les da a las mil maravillas! Bueno, ya veré qué hago con eso. ¡Ahora ordena deprisa el cuarto! ¡Pueden venir en cualquier momento!

De momento aún seguían en el patio, y Barkhausen con ellos.

Éste era el primero que se había llevado el susto, y además el susto más fuerte. Vagabundeaba por el patio desde primera hora de la mañana, atormentado por su odio hacia los Persicke y su avidez por los objetos perdidos. Deseaba saber al menos... y por eso observaba continuamente la escalera del edificio, las ventanas del edificio delantero...

De repente algo se precipitó justo a su lado, tan cerca y desde tanta altura, que lo rozó. Se le metió tal susto en el cuerpo que se apoyó en la pared del patio, y después tuvo que sentarse en el suelo porque se le nubló la vista.

Luego volvió a levantarse de golpe al precatarse de repente de que estaba sentado en el patio al lado de la señora Rosenthal. Dios mío, así que la anciana se había tirado por la ventana, y él sabía de sobra quién era el culpable.

Barkhausen se dio cuenta enseguida de que la mujer estaba muerta. Le había salido un hilito de sangre por la boca, pero eso apenas la desfiguraba. Tenía una expresión de tan profunda paz que el despreciable espía de tres al cuarto se vio obligado a apartar la vista. Al hacerlo sus ojos cayeron sobre las manos femeninas y vio que en una de ellas sostenía algo, una joya cuyas piedras brillaban.

Barkhausen lanzó una mirada recelosa a su alrededor. Si quería hacer algo, tenía que actuar deprisa. Se agachó; desviando la vista de la muerta para no tener que verle la cara, le arrancó de la mano la pulsera de zafiros haciéndola desaparecer en el bolsillo de su pantalón. Nueva mirada de desconfianza a su alrededor. Tenía la impresión de que en casa de los Quangel acababan de cerrar la ventana de la cocina con sumo cuidado.

Pero en ese momento ya cruzaban el patio corriendo tres hombres y comprendió en el acto quiénes eran los otros dos. Ahora lo importante era actuar bien desde el principio.

—La señora Rosenthal acaba de precipitarse por la ventana, señor comisario —dijo como si comunicase un acontecimiento totalmente cotidiano—. Por poco me cae encima de la cabeza.

—¿Y usted de qué me conoce? —preguntó de pasada el comisario, mientras se inclinaba con Friedrich sobre la fallecida.

—No lo conozco, señor comisario —contestó Barkhausen—. Solamente me lo he figurado, porque a veces hago algún trabajo para el señor comisario Escherich.

—¡Ya! —se limitó a contestar el policía—. Bien, entonces quédese aquí un momento. Usted, joven —añadió volviéndose hacia Persicke—, vigile un poco, no sea que se nos pierda este mozo. Friedrich, encárgate de que no salga nadie al patio. Avisa al conductor de que esté atento en la puerta cochera. Yo subo un momento al domicilio a hacer una llamada telefónica.

Cuando el comisario Rusch volvió al patio tras telefonear, la situación había cambiado. Las ventanas del edificio trasero estaban llenas de caras, y había algunas personas en el patio, pero lejos. Ahora el cadáver estaba tapado con una sábana, corta, pues las piernas de la señora Rosenthal asomaban desde la rodilla.

El señor Barkhausen tenía la cara amarilla y llevaba puestas las esposas. Su mujer y sus cinco hijos lo observaban en silencio desde un lateral del patio.

—¡Señor comisario, protesto! —gritó Barkhausen desconsolado—. Le aseguro que yo no he tirado la pulsera por el tragaluz del sótano. El joven Persicke me odia...

Así salió a relucir que Friedrich, nada más regresar de cumplir sus encargos, había empezado a buscar la pulsera. La señora Rosenthal la sostenía en su mano en la cocina, y era precisamente esa pulsera que ella se negaba a soltar la que había provocado el enfado de Friedrich. Y con ese enfado se había descuidado, y la mujer consiguió jugarle la mala pasada de tirarse por la ventana. De modo que la pulsera tenía que estar en algún rincón del patio.

Cuando Friedrich empezó a buscar, Barkhausen estaba apoyado en la pared del edificio. De repente Baldur Persicke vio brillar algo y a continuación sonó un ruido en el tragaluz del sótano. Fue a ver y —¡fíjate!— allí estaba la pulsera.

—Le aseguro que yo no la he tirado, señor comisario —afirmaba Barkhausen muerto de miedo—. ¡Se le debió de caer a la señora Rosenthal dentro de la abertura del sótano.

—¡Vaya! —exclamó el comisario Rusch—. ¡Menudo pájaro estás hecho! Así que un granuja como tú trabaja para mi colega Escherich! ¡Pues te aseguro que mi colega se alegrará muchísimo cuando se entere de lo sucedido!

Pero mientras el comisario hablaba entre dientes tan tranquilo, su mirada pasaba una y otra vez de Barkhausen a Baldur Persicke. Entonces, Rusch añadió:

—Supongo que no tendrás nada que oponer si te pido que nos acompañes a dar un paseíto, ¿verdad?

—Claro que no —aseguró Barkhausen, pero temblaba, y su rostro se puso más macilento aún—. Tendré mucho gusto en acompañarlos, faltaría más. ¡Soy el más interesado en que todo se aclare, señor comisario!

—Me alegro de veras —contestó con tono seco el policía. Y, tras dirigir una mirada rápida a Persicke—: Friedrich, quítale las esposas a este hombre. Nos acompañará igualmente, ¿me equivoco?

—Claro que los acompañaré. ¡Por supuesto que sí, con mucho gusto! —afirmó Barkhausen con vehemencia—. No voy a escaparme. Y si lo hiciera... ¡usted me atraparía enseguida, señor comisario!

—¡Cierto! —volvió a responder éste con idéntica sequedad—. ¡A un pájaro como tú lo atraparíamos en cualquier parte! —Se interrumpió—. Vaya, ahí está la ambulancia. Y la policía. Bien, vamos a procurar resolver todo este lío con prontitud. Esta mañana tengo muchas cosas que hacer.

Más tarde, cuando «resolvieron todo este lío con prontitud», el comisario Rusch y el joven Persicke volvieron a subir por la escalera hacia la vivienda de los Rosenthal.

—Únicamente para cerrar la ventana de la cocina —había advertido el comisario.

El joven Persicke se detuvo de repente.

—¿No se ha fijado en una cosa, señor comisario? —preguntó en susurros.

—Me he fijado en varias —repuso el comisario Rusch—. Pero veamos en qué te has fijado tú, chico.

—¿No se ha dado cuenta de lo tranquilo que está el edificio delantero? ¿No ha visto que en el edificio delantero no se ha asomado nadie a la ventana, mientras que en el trasero estaban todos asomados? Eso es sospechoso. Aquí, en el edificio delantero, tienen que haber visto algo. Sólo que simulan no haber visto nada. En realidad, creo que ahora debería registrar sus domicilios, señor comisario.

—Y empezaría por los Persicke —contestó el comisario mientras seguía subiendo con tranquilidad las escaleras—. Porque en su casa tampoco se ha asomado nadie a la ventana.

Baldur rio con timidez.

—Mis hermanos de las SS —explicó después—, se cogieron ayer una borrachera tan grande que...

—Mira, hijo —prosiguió el comisario como si no hubiera escuchado—. Lo que yo hago es asunto mío, y lo que hagas tú, asunto tuyo. No te he pedido consejo. Me parece que estás todavía muy verde para eso. —Secretamente regocijado, contempló por encima del hombro el rostro turbado del joven—. Mira, chico, si no hago aquí ningún registro domiciliario es porque han tenido tiempo de sobra para eliminar todo lo que podría inculparlos. Además, ¿a qué viene tanto teatro por una judía muerta? Tengo trabajo de sobra con las vivas.

Entretanto habían llegado al domicilio de los Rosenthal. Baldur abrió la puerta. En la cocina, cerraron la ventana y levantaron una silla caída.

—Bien —comentó el comisario, escudriñando a su alrededor—. Todo está a pedir de boca.

Se adelantó a la sala y se sentó en el sofá, justo en el sitio en que una hora antes había zarandeado a la anciana señora Rosenthal hasta hacerla perder el conocimiento. Se estiró cómodamente y dijo:

—Bueno, hijo, ahora ve a por una botella de coñac y dos copas.

Baldur, fue, regresó y sirvió el coñac. Brindaron.

—Bien, hijo —dijo el comisario satisfecho, encendiendo un cigarrillo—, y ahora cuéntame lo que pretendíais hacer aquí arriba Barkhausen y tú.

Y, al observar el movimiento furioso del joven Baldur Persicke, añadió más deprisa:

—Piénsalo bien, hijo. Si me engañan con mucha desvergüenza, puedo llevarme a la calle Prinz-Albrecht incluso a un dirigente de las Juventudes Hitlerianas. Piensa si no prefieres decir la verdad. Es posible que la verdad quede entre nosotros, ya veremos lo que tienes que contar. —Y al percatarse de la vacilación de Baldur—: Yo también he observado un par de cosas. Nosotros lo llamamos hacer observaciones. Por ejemplo, he visto las suelas de tus botas ahí detrás, encima de la ropa. Y hoy no te has acercado a ese rincón. ¿Y cómo te has enterado tan deprisa de que aquí había coñac y dónde estaba? ¿Te figuras lo que me contará el miedoso de Barkhausen? Nooo, chico, ¿crees que necesito estar aquí sentado dejando que me cuentes mentiras? ¡Para eso aún estás muy verde!

Baldur también lo comprendió así y desembuchó.

—Bien —dijo al final el comisario—. Bien. En fin, cada cual hace lo que puede. Los tontos, tonterías, y los listos a menudo, tonterías mayores aún. Pero, en fin, hijo, al final has acabado por ser listo y no has mentido a papá Rusch. Eso merece un premio. ¿Qué te gustaría poseer de aquí?

Los ojos de Baldur relucieron. Momentos antes estaba totalmente desanimado, pero ahora volvía a ver la luz.

—La radio con tocadiscos y los discos, señor comisario —susurró ávido.

—¡De acuerdo! —respondió el comisario, magnánimo—. Ya te he dicho que no regresaré por aquí hasta las seis. ¿Alguna cosa más?

—A lo mejor una o dos maletas con ropa blanca —pidió Baldur—. Mi madre siempre anda escasa de ella.

—¡Dios, qué conmovedor! —se burló el comisario—. ¡Qué hijo tan conmovedor! ¡Un verdadero y conmovedor hijito de mamá! ¡Bien, por mí no hay inconveniente! ¡Pero con eso, se acabó! ¡De todo lo demás, responderás ante mí! Y tengo una memoria excelente para la disposición de las cosas, ¡a mí no me tomarás el pelo tan fácilmente! Y como ya te he dicho, en caso de duda registro del domicilio de los Persicke. En el peor de los casos, encontraría una radio con tocadiscos y dos maletas de ropa. Pero no temas, hijo, mientras tú seas formal yo también lo seré.

Se dirigió hacia la puerta. Y hablando por encima del hombro añadió:

—Dicho sea de paso, si el tal Barkhausen reaparece por aquí, no quiero riñas con él. No me gustan esas cosas, ¿entendido?

—Sí, señor comisario —contestó, obediente, Baldur Persicke, tras lo cual los dos caballeros se separaron... después de una mañana tan fructífera.

 

Capítulo 17

TAMBIÉN ANNA QUANGEL SE LIBERA

 

 

Para los Quangel la mañana no fue tan fructífera, al menos las explicaciones tan ansiadas por Anna no llegaron.

—Nooo —dijo Quangel contestando a sus ruegos—. Nooo, mamá, hoy no. El día ha empezado mal, en un día así no puedo hacer lo que de verdad me apetece. Y si no puedo hacerlo, tampoco deseo hablar de ello. Quizá otro domingo. ¿Lo oyes? Ya vuelve a deslizarse por la escalera uno de los Persicke. Bueno, que lo haga. ¡Con tal de que nos dejen en paz!

Ese domingo, sin embargo, Otto Quangel mostraba una ternura inusual. Anna pudo hablar de su hijo caído todo lo que quiso, no le prohibió hacerlo. Incluso repasó con ella las escasas fotos que tenía del hijo, y cuando volvió a echarse a llorar, le pasó la mano por los hombros y la consoló.

—Déjalo, mamá, déjalo. Quién sabe si no ha sido para bien, con todo lo que se va a ahorrar.

Así que ese domingo, incluso sin charla, fue bueno. Hacía tiempo que Anna no veía a su marido tan tierno, era como si el sol brillase otra vez, la última, sobre la tierra antes de la llegada del invierno, que ocultaba la vida bajo una capa de hielo y nieve. En los meses siguientes la frialdad y el laconismo de Quangel aumentaron y ella recordó con frecuencia ese domingo, que constituía al mismo tiempo su consuelo y su estímulo.

Comenzó otra semana laboral, una más de tantas siempre iguales, que se parecían unas a otras ya floreciesen las flores o nevase en el exterior. El trabajo era siempre el mismo, y también las personas seguían siendo como eran.

Otto Quangel sólo tuvo un incidente menor en esa semana laboral. Cuando se dirigía a la fábrica, salió a su encuentro en la calle Jablonski el consejero Fromm. Quangel lo habría saludado, pero recelaba de los Persicke. Tampoco quería que Barkhausen, de quien Anna le había contado que se lo había llevado la Gestapo, viera algo. Porque Barkhausen ya había regresado, si es que se había ido alguna vez, y rondaba por delante del edificio.

Total, que Quangel pasó caminando con expresión hosca junto al juez del Tribunal Cameral, sin mirarlo. Éste no debía de sentir tantos escrúpulos, pues levantó ligeramente su sombrero ante su vecino y entró en el edificio con los ojos risueños.

¡Qué oportuno!, pensó Quangel. Quien lo haya visto, se dirá: Quangel será siempre el mismo patán grosero y el juez un hombre educado. Pero no pensará que ambos mantenemos una relación mutua.

Esa semana Anna Quangel tuvo que ejecutar una tarea difícil. El domingo, al acostarse, su marido le dijo:

—Procura abandonar la Organización de Mujeres. Pero hazlo sin llamar la atención. Yo también he abandonado mi cargo en el Frente del Trabajo.

—¡Ay, Dios! —exclamó ella—. ¿Cómo lo has conseguido, Otto? ¿Y te han dejado marchar?

—Por estupidez congénita —contestó Quangel con desacostumbrada jovialidad concluyendo la conversación.

Pero ahora a Anna Quangel le esperaba su tarea. Por estúpida jamás la dejarían marchar, la conocían demasiado bien como para eso, se le tendría que ocurrir algo distinto. Anna Quangel se pasó el lunes y el martes cavilando, y por fin el miércoles creyó tener la solución. En su caso no surtiría efecto dárselas de boba, pero puede que sí de sabihonda. Ser una sabihonda, saber demasiado, pasarse de lista, les desagradaba aún más que una pizca de estupidez. Y si a dárselas de sabihonda se le unía el exceso de celo, seguro que funcionaría.

Así pues, Anna Quangel, ni corta ni perezosa, se puso en camino. Quería solucionar el asunto cuanto antes; le gustaría, si era posible, anunciar esa misma noche a Otto que ella también había conseguido caer en desgracia en el Partido igual que él, es decir, sin llamar la atención. Tenía que convencerlos de una vez por todas de que se olvidaran de ella. Esos, nada más pensar en la Quangel, tenían que pensar: ¡Bah, con ésa no se puede contar para algo así!, fuera lo que fuese ese algo.

Una de las principales labores de Anna Quangel en aquellos días, cuando la importación de trabajadores forzados todavía no funcionaba bien y el Führer aún no había nombrado un delegado especial con rango de ministro para dirigir ese negocio esclavista, una de sus principales labores consistía, pues, en descubrir cuáles de sus compatriotas alemanas se escaqueaban del trabajo en las empresas de armamento, convirtiéndose con ello, según la terminología del Partido al uso, en traidoras al Führer y a su propio pueblo. Justo hacía poco el ministrillo Goebbels había aludido con sorna en un artículo a esas damiselas maquilladas cuyas uñas pintadas de rojo no las eximían ni mucho menos de trabajar para el pueblo —y no sólo en labores de oficina.

Ciertamente en otro artículo el ministro, a buen seguro forzado por las damas de su propio círculo, se había apresurado a añadir que las uñas pintadas de rojo y el aspecto exterior cuidado no caracterizaban de por sí a una mujer asocial y reacia al trabajo. ¡Él prevenía encarecidamente de cometer tal atropello por esos simples motivos! El Partido, en su justicia, comprobaría cada caso que se le notificase, con lo que abrió las puertas a una avalancha de denuncias seguramente deliberada.

Pero como había ocurrido tantas veces antes y ocurriría después, el ministro, con su primer artículo, despertó los más bajos instintos del populacho. Anna Quangel se dio cuenta de que se le había abierto una posibilidad. Es verdad que la mayoría de los vecinos de su barrio eran personas sencillas, pero ella conocía a una dama a la que la descripción del ministro le venía como anillo al dedo. Anna Quangel sonrió por anticipado al imaginar el efecto que causaría su visita. La dama a la que iba a visitar residía en una gran casa en Friedrichshain, y la señora Quangel dijo con rudeza a la doncella que salió a abrir, para disimular la inseguridad que la acometió de repente:

—¡Déjate de consultar a la distinguida señora si puede recibirme! Vengo de la Organización de Mujeres y necesito hablar con ella, ¡y desde luego, hablaré! Por cierto, señorita —añadió bajando la voz—, ¿a qué viene eso de «distinguida señora»? ¡Eso ya no existe en el Tercer Reich! ¡Todos nosotros trabajamos para nuestro amado Führer... cada cual en su puesto! ¡Quiero hablar con la señora Gerich!

Se desconoce si la señora Gerich recibió a la enviada de la Organización de Mujeres por sentirse ligeramente inquieta por el informe de la doncella o por puro aburrimiento, para gastar media hora de una tarde tediosa. En cualquier caso, recibió a la señora Quangel. Con una amable sonrisa avanzó hacia ella hasta situarse en el centro de su lujoso salón y, de una simple ojeada, la señora Quangel constató que la señora Gerich era realmente la criatura que iba buscando: una rubia de piernas largas, acicalada y perfumada, sobre la frente una alta estructura de bucles y ricitos. ¡Artificiales la mitad de ellos!, sentenció en el acto Anna Quangel. Esta constatación le devolvió parte de su seguridad, que había disminuido un poco al contemplar esa habitación lujosa, justo es decirlo, con alfombras de seda, sofás, sillones y silloncitos, mesas y mesitas, tapices y un sinnúmero de arañas resplandecientes, que Anna no había visto en su vida, ni siquiera en la residencia de los distinguidos señores a los que había servido hacía más de veinte años.

La dama hizo el saludo preceptivo a Anna Quangel, pero levantando el brazo con indolencia.

—¡Heil Hitler!

Anna Quangel, seria y puntillosa, corrigió esa indolencia con un enérgico «¡Heil Hitler!».

—Así que, según me han dicho, viene usted de la Organización de Mujeres, ¿verdad, señora...? —La dama esperó un instante, pero, al no obtener respuesta, añadió con una imperceptible sonrisa—: Pero, tome asiento, por favor. Sin duda se trata de una colecta. A mí me agrada contribuir siempre que me sea posible.

—¡No se trata de una colecta! —replicó Anna Quangel casi con rabia.

De pronto sintió una aversión profunda hacia esa hermosa criatura que, sin embargo, era una simple mujercita que jamás se convertiría en la mujer y madre que había sido y seguía siendo Anna Quangel. Esta odiaba y despreciaba a la otra porque jamás reconocería los vínculos que a ella siempre le habían parecido sagrados e inviolables. Para su interlocutora era todo un simple juego, era completamente incapaz de amor verdadero, y sólo valoraba esas relaciones que a Anna en su matrimonio con Otto Quangel le habían parecido siempre una parte completamente irrelevante de su relación.

—¡No, nada de colectas! —balbució de nuevo con impaciencia—. Se trata de...

La interrumpió de nuevo.

—Pero ¡se lo ruego, tome asiento! No puedo permanecer sentada viéndola de pie, y usted, como es mayor...

—¡No tengo tiempo! —repuso Anna Quangel—. Si le apetece, siga de pie, o quédese sentada tranquilamente. A mí no me importa.

La señora Gerich entrecerró los ojos y examinó, asombrada, a esa honrada mujer del pueblo que se comportaba con ella con semejante brutalidad. Tras un leve encogimiento de hombros, dijo con tono todavía amable, pero más desabrido:

—Como guste. Siendo así, me sentaré. Quería usted decirme...

—Lo que quiero —replicó la señora Quangel con tono decidido— es preguntarle por qué no trabaja. Seguramente habrá leído los llamamientos para que todo aquel que no tenga todavía ocupación trabaje en la industria de armamento, ¿verdad? ¿Por qué no trabaja usted? ¿Qué motivos tiene?

—Uno muy bueno —contestó la señora Gerich con impasibilidad divertida, contemplando, no sin burla, las manos trabajadas, teñidas de limpiar verdura, de su interlocutora—: en mi vida he realizado un trabajo físico. No soy en modo alguno apta para dicha tarea.

—¿Lo ha intentado alguna vez?

—No se me pasa por la cabeza enfermar por intentarlo. En cualquier momento puedo presentar un certificado médico de que...

—¡Ya lo creo! —la interrumpió Anna Quangel—. ¡Un certificado por diez o veinte marcos! Pero en esta cuestión los certificados de médicos privados complacientes carecen de validez y su aptitud para el trabajo la decidirá el médico de empresa de la fábrica a la que será asignada.

La señora Gerich contempló un instante el rostro iracundo de la otra. Después se encogió de hombros.

—¡Muy bien, pues asígneme a cualquier fábrica! ¡Ya verá lo que consigue con eso!

—¡Usted misma lo comprobará! —Anna Quangel sacó un cuaderno, uno de esos cuadernos con tapas de hule como los que usan los escolares. Se acercó a una mesita, apartó irritada un plato con dibujo de flores y, antes de empezar a escribir, humedeció el lápiz con la punta de la lengua. Lo hizo con plena consciencia, para provocar a la otra; no podía considerar concluida esa visita antes de haber hecho trizas la indiferencia burlona de su interlocutora y haberla sacado de sus casillas.

¿Profesión del padre? Maestro carpintero, vaya... ¡y no había realizado un trabajo físico en toda su vida! Bueno, ya veremos. ¿Número de miembros de la casa? ¿Tres personas? ¿Incluida la doncella? Entonces dos en realidad...

—¿De verdad no puede atender sola a su marido? ¡Otra persona más arrebatada a la industria armamentística! ¡Lo anotaré también! ¿No tiene hijos, eh?

La sangre afluyó a las mejillas de su interlocutora, pero sólo se notaba en las sienes, tan maquillada iba. Sin embargo, la vena que cruzaba la frente hacia el nacimiento de la nariz comenzó a hincharse y a latir.

—¡No, claro que no tengo hijos! —respondió la señora Gerich con tono ya muy desabrido—. Pero consigne que tengo dos perros.

Anna Quangel se incorporó muy tiesa y la miró con unos ojos que fulguraban sombríos. (En ese momento había olvidado por completo el motivo de su visita.)

—¡Oiga! —exclamó, imprimiendo deliberadamente a su voz el tono de siempre—. ¿Pretende acaso burlarse de mí y de la Organización de Mujeres? ¿Quiere reírse de las disposiciones laborales y de nuestro Führer? ¡Se lo advierto!

—¡Yo también se lo advierto! —gritó la señora Gerich—. Por lo visto ignora con quién está hablando. ¡Burlarme yo de una disposición! ¡Mi marido es Obersturmbannführer!4

—¡Ah, ya! —contestó Anna Quangel—. ¡Vaya! —De repente su voz se calmó por completo—. Bueno, tengo sus datos, ya recibirá usted noticias. ¿O desea mencionar algo más? ¿Quizá que cuida de una madre enferma?

La señora Gerich se limitó a encogerse de hombros con desprecio.

—Antes de que se vaya —anunció— me gustaría ver su credencial. Yo también desearía anotar su nombre.

—Mírela —repuso la señora Quangel mostrando su identificación—. Ahí está todo apuntado. Por desgracia no tengo tarjetas de visita.

Dos minutos después la señora Quangel se marchó, y apenas tres minutos más tarde una criatura desconsolada, hecha un mar de lágrimas, telefoneó al Obersturmbannführer Gerich y, entre sollozos y con ocasionales patadas de rabia al suelo, le refirió la inaudita ofensa que acababa de hacerle una enviada de la Organización de Mujeres.

—No, no, no —logró intercalar al fin, apaciguador, el Obersturmbannführer—. Por supuesto que lo comprobaremos por medio del Partido. No obstante, ten en cuenta que las comprobaciones son siempre necesarias. Como es natural, ha sido una estupidez comportarse contigo como se ha comportado. ¡Me encargaré personalmente de que no vuelva a repetirse!

—¡No, Ernst! —gritaron al otro extremo de la línea—. ¡No lo hagas, encárgate de que esa mujer me pida perdón! ¡Aunque sólo sea por el tono en que me ha hablado! «¿No tiene hijos, eh?», me ha dicho. Con esas palabras también te ha ofendido a ti, Ernst... ¿no te das cuenta?

Finalmente el Obersturmbannführer se percató y le prometió el oro y el moro a su «dulce Claire» para tranquilizarla. Sí, le pedirían perdón, faltaría más, y ese mismo día. Claro que compraría entradas para la Ópera Nacional y después ¿podían quizá ir al Femina para que ella se distrajese y se calmase un poco? Sí, reservaría ahora mismo una mesa para ambos, y ella podía invitar por teléfono a un par de amigas y amigos.

Después de haber proporcionado a su mujer una ocupación tan entretenida, ordenó que le pusieran con la dirección de la Organización de Mujeres y con el tono más agrio denunció la ofensa que le habían hecho. ¿Es que no podían emplear en semejantes tareas a nadie mejor que esa clase de mujeres infames? ¡El asunto requería muy probablemente una comprobación minuciosa! ¡Por supuesto, la tal Quangel o Quingel o Quuungel tenía que disculparse ante su mujer! ¡Y solicitaba encarecidamente que lo hiciera esa misma tarde! ¡Además exigía un informe inmediato de todo lo acontecido!

Al colgar, el Obersturmbannführer tenía el rostro congestionado, pero estaba firmemente convencido de que había sufrido una ofensa grave e imperdonable. Telefoneó en el acto a su dulce Claire, pero tuvo que hacer diez intentos por lo menos antes de conseguir contactar con ella, pues estaba contando a sus amigas el ultraje sufrido con pelos y señales.

Sin embargo, la conversación telefónica mantenida por su marido se infiltró en la red de Berlín, extendiéndose por aquí, por allá y por acullá, exigiendo informes, haciendo preguntas, con susurros de la más estricta confidencialidad. A veces la conversación parecía desviarse de su objetivo original, pero gracias a la excelencia e infalibilidad del sistema automático de conmutación siempre reencontraba su camino hasta que al fin, convertida ya en avalancha, encontró la pequeña oficina de la Organización de Mujeres de la que dependía Anna Quangel. En ese momento prestaban allí servicio (no retribuido) dos señoras, una flaca y de pelo blanco, adornada con la Cruz de la Madre,5 la otra, regordeta y aún joven, con el pelo cortado a lo garçon y el emblema del Partido sobre su pecho turgente.

Le tocó a la canosa, pues fue la primera en coger el teléfono y sobre ella se precipitó la avalancha. Totalmente cubierta por ella, braceaba desamparada y lanzaba miradas suplicantes a la rolliza mientras intentaba intercalar pequeños comentarios:

—Pero la Quangel... una mujer de toda confianza. La conozco desde hace años...

¡En vano, nada pudo salvarla! No se anduvieron con tapujos, tampoco en la Organización de Mujeres, y le dejaron bien claro la porquería de organización que reinaba en su oficina. Podría darse por satisfecha si lograba salir del asunto limpia de polvo y paja. Pero en lo que respecta a la tal Quangel... había que destituirla para siempre jamás y que pidiera disculpas ese mismo día, sin falta. ¡Sí, claro, Heil Hitler!

En cuanto la canosa colgó y, con un temblor en todos sus miembros, comenzó a informar a la regordeta, se oyó un nuevo y estridente repiqueteo del teléfono y otro departamento de mayor rango se sintió asimismo impelido a gritar, regañar y amenazar.

Esta vez le tocó a la rolliza. Ella también flaqueó y tembló ante el embate, porque, aunque era miembro del Partido, su marido estaba considerado dudoso desde el punto de vista político, pues era abogado y antes de 1933 había defendido con frecuencia a «rojos» ante la justicia. Una cosa así podía costarles el cuello. Ella recurrió a la humildad, a la buena voluntad, a la más rendida devoción.

—Claro que sí, una equivocación imperdonable... Esa mujer debe de haberse vuelto loca... Por supuesto, se hará todo esta misma tarde, sin falta. Yo misma iré...

¡En vano, todo en vano! Fue como si el infierno se hubiera abatido sobre ellas. Las llamadas se sucedían tan deprisa que apenas conseguían recuperar el aliento. Al final huyeron de aquella oficina, incapaces de continuar escuchando los improperios que se repetían sin cesar. Al cerrar la puerta, aún escucharon gritos por el teléfono en demanda de una nueva víctima, pero no desistieron. ¡Ellas no, ni por todo el oro del mundo! ¡Tenían las necesidades cubiertas, hoy, mañana, los próximos años!

Durante un rato caminaron silenciosas hacia su objetivo, la vivienda de los Quangel.

—¡A ésa le voy a cantar las cuarenta, mira que causarnos tantos problemas! —dijo una.

Y la del emblema del Partido:

—¡Ya te digo! ¡La Quangel nos trae sin cuidado! Pero usted sabe de sobra que bastantes problemas tiene una ya...

—Claro —respondió la de la Cruz de la Madre pensando en su hijo, que había combatido en España, pero en el bando equivocado, es decir en el rojo.

No obstante, la entrevista con la señora Anna Quangel transcurrió de forma muy distinta a lo que ambas esperaban. La señora Quangel no permitió que le gritaran ni que la intimidaran.

—Primero explíquenme qué es lo que he hecho mal. Aquí están mis notas. La señora Gerich está sometida a la ley del Servicio de Trabajo Obligatorio...

—Pero, hija de mi vida —intervino la regordeta—, aquí no se trata de eso. Su marido es Obersturmbannführer..., ¿es que no lo entiende?

—¡No! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Dónde está escrito que las mujeres de los altos dirigentes estén exentas? ¡No sé nada de eso!

—No sea usted tan dura de mollera —replicó en tono muy severo la del pelo blanco—. Como esposa de un alto dirigente la señora Gerich tiene obligaciones más importantes. Ella ha de atender a su marido, sobrecargado de trabajo.

—Yo también.

—Ella tiene grandes obligaciones de representación.

—¿Y eso qué es?

No hay nada que hacer con esa mujer, es inútil, ella no comprende su culpa. Sencillamente se niega a entender que los altos dirigentes y todos sus parientes están exentos de todas sus obligaciones hacia el Estado y la comunidad.

La regordeta de la cruz gamada cree vislumbrar la verdadera razón de la obstinación de la señora Quangel al descubrir en la pared la foto de un joven pálido, con pinta de desnutrido, adornada con una corona y un lazo de luto.

—¿Su hijo? —pregunta.

—Sí —es la respuesta escueta y malhumorada de Anna Quangel.

—Su único hijo... ¿ha caído?

—Sí.

La canosa con la Cruz de la Madre dice con indulgencia:

—Es que no hay que traer un solo hijo al mundo.

Anna Quangel tiene una rápida réplica en la punta de la lengua, pero la reprime. No quiere estropearlo todo.

Las dos mujeres cruzan una mirada. Para ellas todo está claro. Esta mujer ha perdido a su único hijo y entonces se encuentra con una de esas mujeres distinguidas que cree que desean escaquearse de una pequeña obligación y no hacen ni el menor sacrificio... Eso no podía acabar bien.

—No se negará usted a presentar una pequeña disculpa, ¿eh? —inquiere la regordeta.

—En cuanto ustedes me demuestren que estoy equivocada.

Y la canosa:

—¡Pero si se lo he demostrado!

—Entonces no lo habré comprendido. Debo de ser muy tonta para eso.

—De acuerdo. Entonces tendremos que intentarlo nosotras solas. Será un camino duro para las dos.

—¡Yo no se lo pido!

—Y además, señora Quangel, ante todo debe pensar en cuidarse. Siempre escaleras arriba y abajo y ahora esta pena. Ha sido usted una de nuestras afiliadas más trabajadoras.

—¡Así que me expulsan! —constató Anna Quangel—. Porque le he dicho a una dama de esas la verdad.

—¡No, por Dios, no se lo tome así! Por el momento disfrute usted de un permiso para reponerse. Ya volveremos a llamarla...

Las dos señoras recorrieron en silencio el camino hasta Friedrichshain. Iban completamente sumidas en sus pensamientos. Deberían haberse mostrado mucho más duras con la Quangel, gritarle, y fulminarla con la mirada. Pero por desgracia eso no les ha sido dado... ellas son de las que siempre se someten, están indefensas. Y como lo saben, se convierten en felpudo para todo aquel que sepa gritar. Ojalá que ahora todo vaya bien en su visita a la distinguida señora, ojalá que (aunque no las acompaña la principal culpable) regresen a casa con una experiencia relativamente favorable.

Pero tienen suerte. Porque ahora —entre tantas llamadas telefónicas, gritos y visitas— se ha hecho muy tarde. La distinguida señora está vistiéndose, pues se dispone a asistir a la ópera. Ellas tienen que esperar sentadas en dos taburetes del vestíbulo.

Al cabo de un cuarto de hora, una doncella les pregunta qué desean. Tras informar a la empleada con susurros pesarosos, les contesta que deben seguir esperando.

Pero a decir verdad, todo ese asunto apenas interesa ya a la esposa del Obersturmbannführer Gerich. Se ha pasado tres horas hablando por teléfono con sus amigas, se ha bañado, la Ópera Nacional la espera, después una velada en el Femina... ¿qué interés puede despertar ahora una de esas mujeres del pueblo para una dama de la alta sociedad? Así que Claire, al cabo de otro cuarto de hora, le dice a su Ernst:

—¡Anda, ve y grítales un poco a esas mujeres y diles que se vayan! No quiero que me estropee la noche algo así.

El Obersturmbannführer se acerca al vestíbulo y grita a las visitantes. Mientras lo hace no sabe que ninguna de ellas es la auténtica culpable. Eso le da completamente igual, vocifera y después las echa. El caso ha quedado definitivamente zanjado.

Las dos mujeres se marchan a casa.

—La verdad es que a veces entiendo perfectamente a una mujer como la Quangel —dice la regordeta.

La del pelo blanco piensa en su hijo y aprieta los labios.

La regordeta prosigue:

—A veces desearía de veras ser una sencilla trabajadora, desaparecer en medio de la masa. Este continuo andarse con cuidado, este miedo que nunca se mitiga acaba contigo...

La de la Cruz de la Madre menea la cabeza.

—Yo no hablaría así —replica, escueta. Y cuando la otra calla, ofendida, añade—: De todos modos hemos resuelto lo mejor posible el asunto, aun sin la Quangel. Él ha dicho expresamente que el caso está zanjado, y eso es lo que informaremos a los de arriba.

—Y que la Quangel ha sido destituida.

—¡Eso también, por supuesto! ¡No quiero volver a verla jamás en nuestra oficina!

Y lo cierto es que nunca volverán a verla por allí. Pero Anna Quangel pudo contar a su marido que había tenido éxito, y aunque él la sometió a un minucioso interrogatorio, no dejó de ser un verdadero éxito. Los Quangel se habían librado de sus cargos, sin riesgo.

 

Capítulo 18

SE ESCRIBE LA PRIMERA POSTAL

 

 

El resto de la semana transcurrió sin acontecimientos relevantes y así llegó otro domingo, ese domingo en el que Anna Quangel esperaba mantener con Otto la conversación tan ansiosamente esperada y tan largamente demorada sobre los planes de éste. Él se había levantado tarde, pero se mostraba de buen humor y tranquilo. A veces ella le lanzaba una rápida ojeada de soslayo, estimulándolo, pero parecía no darse cuenta, comía el pan masticando despacio mientras removía el café.

A Anna le costó retirar los platos. Pero esta vez no le tocaba a ella iniciar la conversación. Él le había prometido que esa conversación tendría lugar el domingo y mantendría su palabra, cualquier presión por su parte habría parecido apremiante.

Así que se levantó con un ligero suspiro y llevó las tazas y los platos a la cocina. Cuando regresó a por la cestita del pan y la cafetera, su marido, arrodillado delante de un cajón de la cómoda, rebuscaba en su interior. Anna Quangel no lograba recordar su contenido. No podía ser más que trastos viejos olvidados hacía mucho tiempo.

—¿Buscas algo concreto, Otto? —preguntó con el típico gracejo berlinés.

Él se limitó a proferir un gruñido, así que la mujer se retiró a la cocina a fregar los platos y preparar la comida. Él se negaba. ¡Otra negativa más! Estaba más convencida que nunca de que maquinaba algo y ella lo ignoraba por completo, pero tenía que saberlo.

Más tarde, cuando volvió a entrar en la sala para sentarse a su lado a pelar patatas, lo encontró sentado a la mesa despojada del mantel, el tablero estaba lleno de cuchillos de tallador y pequeñas virutas cubrían ya el suelo a su alrededor.

—Pero ¿qué estás haciendo, Otto? —preguntó estupefacta.

—Comprobar si aún sé tallar —respondió.

Ella sentía una cierta irritación. Aunque Otto no era un gran conocedor del alma humana, debía de tener una ligera idea de en qué estado se encontraba, con cuánta impaciencia esperaba cualquier comunicación suya. Y ahora había sacado el cuchillo de tallar de sus primeros años de matrimonio y se dedicaba a labrar la madera igual que entonces, cuando su eterno silencio la sumía en la desesperación. Entonces todavía no estaba tan acostumbrada a su mutismo como en la actualidad, pero hoy, precisamente hoy, habituada ya, le resultaba totalmente insoportable. ¡Tallar, cielo santo, eso era todo lo que se le ocurría a ese hombre después de tales experiencias! Si tallando en silencio durante horas pretendía recuperar su silencio tan celosamente preservado... no, eso le causaría a ella una profunda decepción. Y le había causado hondas decepciones muchas veces, pero en esta ocasión no lo sufriría tan callada.

Mientras meditaba sobre todo esto, llena de inquietud y desesperación, contemplaba con cierta curiosidad el grueso y alargado trozo de madera que él giraba, meditabundo, entre sus grandes manos, al que de vez en cuando arrancaba una viruta más grande. No, esta vez no se convertiría en un arcón para la ropa, desde luego que no.

—¿Qué estás haciendo, Otto? —preguntó a regañadientes.

Se le había ocurrido la extraña idea de que estaba tallando alguna pieza, quizá un elemento del detonador de una bomba. Pero semejante pensamiento era un disparate... ¿qué tenía que ver Otto con bombas? Además, seguro que en las bombas no se podía utilizar madera. Por eso había preguntado a regañadientes: «¿Qué estás haciendo, Otto?».

Al principio intentó contestar con un simple gruñido, pero tal vez cayese en la cuenta de que esa mañana ya se había pasado un poco con su esposa, o acaso se mostró dispuesto sin más a proporcionarle información.

—Una cabeza —contestó—. Quiero comprobar si todavía sé tallar una cabeza. Antaño ya tallé muchas cazoletas de pipa en forma de cabeza.

Y continuó con los giros y la talla.

¡Cazoletas de pipa! Anna profirió un sonido de enfado. Acto seguido dijo muy furiosa:

—¡Cazoletas! ¡Pero, Otto, vuelve en ti! ¡El mundo se hunde y tú pensando en cazoletas de pipa! ¿Qué estás diciendo?

Él no pareció prestar mucha atención ni a su enfado ni a sus palabras.

—Esto, evidentemente, no será una cazoleta de pipa —reconoció—. Quiero averiguar si soy capaz de tallar a nuestro pequeño Otto tal como era.

La disposición de ánimo de Anna cambió en el acto. Así que pensaba en Otto, y si pensaba en Otto y quería tallar su cabeza, pensaba también en ella y deseaba darle una alegría. Se levantó de la silla y, dejando a un lado las patatas, dijo:

—Espera, Otto, te traeré las fotos para que recuerdes el aspecto real de nuestro Otto.

Su marido negó con un movimiento de cabeza.

—No quiero ver ninguna foto —le comunicó—. Quiero tallar a Otto tal como lo llevo aquí dentro. —Se dio unos golpecitos en su frente despejada y tras una pausa, añadió—: ¡Si es que puedo!

Ella volvió a conmoverse. Así que Otto también estaba dentro de él, tenía una imagen inalterable del muchacho. Ahora Anna sentía curiosidad por el aspecto que tendría esa cabeza.

—Seguro que lo consigues, Otto —lo animó.

—¡Ya veremos! —se limitó a contestar, pero su respuesta dejaba traslucir más certezas que dudas.

Con esto finalizó por el momento la conversación entre ambos. Anna tuvo que regresar a la cocina para dedicarse a la comida, y lo dejó en la mesa, mientras giraba despacio entre sus dedos el tarugo de madera de tilo, sacando con una paciencia muda y cuidadosa virutitas y más virutitas.

Pero después se quedó muy sorprendida cuando, al regresar para poner la mesa poco antes de comer, se la encontró despejada y adornada con su mantel. Quangel, desde la ventana, contemplaba la calle Jablonski, donde alborotaban los niños jugando.

—¿Qué, Otto? —le preguntó—, ¿ya has terminado de tallar?

—Por hoy sí —contestó.

Y en ese mismo momento supo que la conversación ya estaba muy próxima, que Otto, ese hombre de inconcebible perseverancia al que nada podía inducir a comportarse con precipitación, que siempre esperaba al momento correcto, se proponía algo.

Comieron en silencio. Después ella volvió a la cocina a recoger, y lo dejó sentado en su rincón del sofá, inmóvil y ensimismado.

A su regreso, media hora después, continuaba igual. Pero ahora Anna ya no quería esperar hasta que su marido se decidiera; la paciencia de él y su propia impaciencia la enervaban. ¡Seguramente a las cuatro continuaría ahí sentado, y también después de la cena!

—Bueno, Otto, ¿qué sucede? —preguntó—. ¿No va a haber hoy siesta como todos los domingos?

—Hoy no es un domingo cualquiera. Lo de «todos los domingos» se acabó para siempre. —Y tras levantarse súbitamente, abandonó la sala.

Pero ese día ella no estaba dispuesta a dejarlo marchar sin más para emprender uno de sus misteriosos paseos de los que nunca se enteraba de nada. Corrió tras él.

—Otto... —empezó a decir.

Él estaba en la puerta del piso cuya cadena había echado momentos antes. Había levantado la mano para pedir silencio y atisbaba hacia la escalera. Después inclinó la cabeza asintiendo y, pasando junto a ella, se dirigió de nuevo al cuarto de estar. Cuando su esposa se reunió con él, ocupaba su sitio en el sofá, y se sentó a su lado.

—Si llaman al timbre, Anna, no abras antes de que yo...

—¿Pero quién va a llamar al timbre, Otto? —preguntó con impaciencia—. ¿Quién va a venir a vernos? ¡Dime de una vez lo que tengas que decir!

—Te lo diré, Anna —contestó con desacostumbrada ternura—. Pero atosigándome sólo lo complicas más.

Ella rozó brevemente la mano de ese hombre al que siempre le costaba contar lo que sucedía en su interior.

—No te atosigaré, Otto —lo tranquilizó—. Tómate el tiempo que necesites.

Sin embargo, comenzó a hablar inmediatamente durante casi cinco minutos seguidos, con frases lentas, a trompicones, muy meditadas, y después de cada una cerraba con fuerza su boca de la bios finos, como si hubiera finalizado. Mientras hablaba, dirigía la vista hacia algo situado en la estancia a un lado y detrás de Anna.

Mientras su marido hablaba, Anna Quangel mantuvo los ojos clavados en su rostro y casi se sintió agradecida de que no la mirase, tan difícil le resultaba ocultar la decepción que se iba apoderando de ella cada vez con más fuerza. ¡Dios mío, lo que había maquinado ese hombre! Se había imaginado grandes hazañas (y también se había asustado de ellas), un atentado contra el Führer, o al menos una lucha activa contra los mandamases y el Partido.

¿Y qué pretendía hacer él? Nada, una ridiculez, algo muy en su estilo, algo tranquilo, inusual, que preservase su tranquilidad. Quería escribir postales. Postales con soflamas contra el Führer y el Partido, contra la guerra, para instruir a sus conciudadanos, eso era todo. Y esas postales no deseaba enviarlas a personas concretas o pegarlas en las paredes a modo de carteles, qué va, quería depositarlas en las escaleras de edificios muy transitados, dejarlas allí abandonadas a su suerte, quedando completamente al arbitrio del que las recogiera ser pisoteadas o rotas en el acto... Todo en ella se indignaba contra esa guerra segura desde la oscuridad. ¡Anhelaba actividad, hacer algo cuyos frutos se vieran!

Después de haber terminado de hablar, Quangel no parecía esperar contestación alguna de su mujer, que luchando consigo misma permanecía sentada en silencio en su rincón del sofá. ¿No sería mejor que ella le dijese algo?

El hombre se levantó y se acercó a la puerta de entrada a escuchar. Cuando volvió, retiró el mantel de la mesa, lo dobló y lo colgó con mucho cuidado del respaldo de la silla. Después se acercó al viejo secreter de caoba, sacó el manojo de llaves del bolsillo y lo abrió.

Mientras rebuscaba en el mueble, Anna se decidió.

—¿No es una nimiedad lo que pretendes, Otto? —inquirió con tono vacilante.

Él se detuvo en su búsqueda y, todavía agachado, giró la cabeza hacia su mujer.

—Sea poco o mucho, Anna —repuso—, como nos pillen, nos costará la cabeza...

Latía una convicción tan espantosa en esas palabras, en la oscura, insondable mirada de pájaro que el hombre le dedicó durante ese minuto, que Anna se estremeció. Y durante un instante se imaginó claramente el patio gris y pétreo de la cárcel, la guillotina levantada, a la luz grisácea del alba su acero carecía de brillantez, era una amenaza muda.

Anna Quangel notó que temblaba. Después volvió a mirar brevemente a Otto. Quizá tuviera razón, fuera poco o mucho, nadie podía arriesgar más que la vida. Cada uno según sus fuerzas y su disposición, lo importante era oponerse.

Quangel la miraba en silencio, como si contemplase la lucha que se libraba en su interior. Luego su mirada se aclaró, retiró las manos del secreter, se levantó y dijo, casi sonriendo:

—Pero no nos pillarán tan fácilmente. Si ellos son listos, nosotros también podemos serlo. Listos y precavidos. Precavidos, Anna, siempre en guardia... cuanto más tiempo luchemos, mayores efectos provocaremos. Una muerte prematura no sirve de nada. Nosotros deseamos vivir, llegar a presenciar su caída. ¡Entonces diremos que nosotros también participamos, Anna!

Pronunció esas palabras con ligereza, casi bromeando. Ahora, mientras rebuscaba de nuevo, la mujer se reclinó en el sofá aliviada. Le había quitado un peso de encima, ahora también ella estaba convencida de que Otto se proponía algo grande.

Su marido trasladó a la mesa su frasquito de tinta, las postales guardadas en un sobre, los gigantescos guantes blancos. Destapó el tapón del frasco, calentó el plumín con una cerilla y lo hundió en la tinta. Se oyó un suave siseo, examinó el plumín con atención y luego asintió. Acto seguido se puso con todo detenimiento los guantes, sacó una postal del sobre, la colocó delante de él y dedicó a Anna una lenta inclinación de cabeza en señal de aprobación. Ella había seguido con ojos atentos cada una de esas cuidadosas maniobras, largamente preparadas. Entonces él señaló los guantes, aduciendo:

—Es por las huellas dactilares... ya sabes.

Después tomó la pluma y dijo en voz baja, pero con énfasis:

—La primera frase de nuestra primera postal dirá: «Madre: El Führer ha matado a mi hijo...».

Anna volvió a estremecerse. Había algo tan infausto, tan tétrico, tan decidido en esas palabras que Otto acababa de pronunciar... En ese instante comprendió que con esa primera frase él había declarado una guerra eterna y comprendió también de manera confusa lo que eso significaba: guerra entre ellos dos, unos pobres, pequeños, insignificantes trabajadores que con una palabra podían ser borrados para siempre, y al otro lado el Führer, el Partido, con su enorme aparato de poder y su esplendor y tres cuartas partes, incluso cuatro quintas partes del pueblo alemán detrás. ¡Y ellos dos allí solos, en esa reducida habitación de la calle Jablonski!

Mira hacia el hombre. Mientras ella piensa todo eso, él ha llegado a la tercera palabra de la primera frase. Traza con infinita paciencia la «F» de Führer.

—¡Déjame escribir a mí, Otto! —le ruega—. Lo haré mucho más deprisa.

Primero él suelta un gruñido. Pero luego se lo explica.

—Tu letra —le dice—. Más tarde o más temprano nos pillarían por tu letra. Ésta es una escritura caligráfica, son caracteres lapidarios... lo ves, una especie de letras de imprenta...

Vuelve a enmudecer, continúa escribiendo. Sí, así se lo había imaginado. No cree haber olvidado nada. Conocía esa escritura caligráfica por los diseños de muebles de los interioristas, nadie notará en una letra así de quién procede. Como es natural, con las manos de Otto Quangel, poco acostumbradas a escribir, sale muy basta y maciza. Pero no importa, no lo delatará. Es más bien algo bueno, porque así la postal adquiere una cualidad de cartel que llama inmediatamente la atención. El hombre prosigue su labor con paciencia.

Anna también se ha armado de paciencia. Comienza a hacerse a la idea de que será una guerra larga. Ahora se ha calmado en su interior, Otto lo ha pensado todo, Otto es de fiar, siempre, siempre. ¡Qué bien lo ha pensado! La primera postal de esa guerra tiene su origen en el hijo caído, habla de él. Un día tuvieron un hijo, el Führer lo ha asesinado y ahora escriben postales. Un nuevo período de la vida. Exteriormente nada ha cambiado. Tranquilidad en el hogar de los Quangel. Por dentro todo ha sufrido cambios radicales, ha empezado una guerra...

Saca su cesto de costura y empieza a zurcir calcetines. De vez en cuando mira a Otto, que pinta sus letras despacio, sin acelerar nunca el ritmo. Casi después de cada letra estira el brazo, coloca la postal ante sus ojos y la contempla con los ojos entornados. Luego asiente.

Por fin le enseña la primera frase terminada. Muy grande, ocupa una línea y media de la postal.

—¡No te cabrá mucho en una postal así! —comenta ella.

—¡Lo mismo da! ¡Pienso escribir todavía muchas postales como ésta! —le contesta.

—Una postal de esas requiere mucho tiempo.

—Escribiré una, más adelante quizá dos cada domingo. La guerra todavía no ha terminado, los asesinatos no tienen fin.

Es imposible hacerlo desistir. Ha tomado una decisión y actuará de acuerdo con ella. Nada puede anularlo, nadie apartará a Otto Quangel de su camino.

Dice:

—La segunda frase: «Madre: el Führer también asesinará a tus hijos, no se detendrá ni siquiera cuando haya llevado el luto a todos los hogares de la Tierra...».

—«Madre: el Führer también asesinará a tus hijos» —repite ella.

Piensa en la integrante de la junta directiva de la Organización de Mujeres, la del pelo blanco con la Cruz de la Madre, que le dijo que no había que tener un solo hijo, sino muchos. Había tenido en la punta de la lengua la fulminante respuesta: «¿Para que me rompan el corazón pedazo a pedazo, verdad? Pues no, prefiero perderlo todo de una vez». Sin embargo, reprimió esa respuesta y ahora es Otto el que la da: «Madre: el Führer también asesinará a tus hijos».

Luego asiente.

—Escribe eso. —Y tras una breve reflexión, añade—: Habría que colocar esta postal en los lugares adonde acuden mujeres.

Quangel reflexiona, luego sacude la cabeza.

—No. Con las mujeres que se llevan un susto nunca se sabe cómo reaccionarán. Un hombre se meterá deprisa en el bolsillo la postal, en la escalera. Más tarde la leerá detenidamente. Además, todos los hombres son hijos de una madre.

Se calla y comienza de nuevo a escribir. Transcurre la tarde, no piensan en la merienda. Al final, ya de noche, concluye la postal. Otto se levanta. Vuelve a examinarla.

—Bueno —dice—. Hecho. El próximo domingo, la segunda.

Ella asiente.

—¿Cuándo la llevarás? —le susurra.

El hombre la mira.

—Mañana por la mañana.

—Déjame estar presente la primera vez —le ruega.

—No —contesta sacudiendo la cabeza—. La primera vez precisamente, no. Primero he de comprobar cómo va todo.

—¡Que sí! —insiste Anna—. ¡Es mi postal! ¡Es la postal de una madre!

—De acuerdo —acepta por fin—. Ven conmigo. Pero sólo hasta el edificio. Dentro quiero estar solo.

—Me parece bien.

Después guardan con cuidado la postal dentro de un libro, ponen a buen recaudo los objetos de escribir, meten los guantes en su chaqueta.

Cenan, apenas hablan. Pero no se dan cuenta de lo callados que están, Anna tampoco. Ambos están cansados, como si acabaran de realizar un trabajo duro o un largo viaje.

—Voy a acostarme enseguida —dice él, levantándose de la mesa.

—Pues yo voy a recoger la cocina. Después también iré. Dios mío, qué cansada estoy, y eso que todavía no hemos hecho nada.

Él la mira esbozando una media sonrisa, después se va deprisa al dormitorio y comienza a desnudarse.

Más tarde, cuando ambos están acostados en la oscuridad, ninguno puede conciliar el sueño. Cambian de postura, escuchan la respiración del otro, y al final empiezan a hablar. A oscuras se habla mejor.

—¿Qué crees que pasará con nuestras postales? —pregunta Anna.

—Al principio todos se llevarán un susto cuando las vean tiradas y lean las primeras palabras. Porque en la actualidad todos tienen miedo.

—Sí —asiente su mujer—. Todos...

Pero ella los exceptúa a ambos, a los Quangel. Casi todos tienen miedo, piensa. Nosotros, no.

—Los que la encuentren —él repite lo que ha pensado cien veces—, tendrán miedo de haber sido observados en la escalera. Se guardarán deprisa la postal y saldrán pitando. O la dejarán nuevamente y escurrirán el bulto, y llegará el siguiente...

—Así será —dice Anna, viendo ante ella la escalera, cualquiera de esas escaleras berlinesas mal iluminadas, y todo el que tenga en la mano una postal de esa índole se sentirá de pronto un criminal. Porque en realidad todos piensan lo mismo que el autor de la postal y, sin embargo, no pueden pensarlo, porque ese pensamiento se castiga con la muerte...

—Algunos —prosigue Quangel—, entregarán inmediatamente la postal al vigilante del bloque o a la policía: ¡hay que deshacerse de ella cuanto antes! Pero eso tampoco importa, sean miembros del Partido o no, sean dirigentes políticos o policías, todos leerán la postal, y surtirá efecto en ellos. Aunque sólo sea tomar conciencia de que todavía queda oposición, de que no todos siguen a ese Führer...

—No —contesta ella—. Todos, no. Nosotros, no.

—Y serán más, Anna. Gracias a nosotros aumentarán. A lo mejor sugerimos a otros la idea de escribir postales, igual que hago yo. Al final docenas, centenares, se sentarán a escribir. Inundaremos Berlín de postales, entorpeceremos el funcionamiento de las máquinas, derribaremos al Führer, pondremos fin a la guerra...

Se detiene, sorprendido por sus propias palabras, por esos sueños que tan tarde visitan su frío corazón.

Y Anna Quangel, entusiasmada por esa visión, exclama:

—¡Y nosotros habremos sido los primeros! ¡Nadie lo sabrá, excepto nosotros!

Su marido dice de pronto con tono desapasionado:

—A lo mejor muchos piensan igual que nosotros, deben de haber caído millares de hombres. A lo mejor ya existen escritores de postales. ¡Pero eso da igual, Anna! ¿Qué nos importa? ¡Nosotros nos encargaremos de eso!

—Sí —contesta la mujer.

Y él, cautivado de nuevo por las perspectivas de la empresa iniciada:

—Y movilizaremos a la policía, a la Gestapo, a las SS, a las SA. Por todas partes se hablará del misterioso escritor de postales y ellos buscarán, sospecharán, observarán, harán registros domiciliarios... ¡en vano! ¡Nosotros seguiremos escribiendo, cada vez más!

—A lo mejor hasta se las enseñan al propio Führer y las leerá, nosotros lo acusamos. ¡Se pondrá hecho una furia! Según dicen, siempre se enfurece en cuanto algo no sale de acuerdo con su voluntad. ¡Ordenará que nos encuentren, y ellos no nos encontrarán! Tendrá que seguir leyendo nuestras denuncias.

Los dos callan, deslumbrados por semejante perspectiva. ¿Qué eran momentos antes? Unos desconocidos; ellos pululaban también en el enorme y oscuro hervidero de gente. Ahora los dos están completamente solos, separados, realzados ante los demás, imposible que los confundan con el resto. A su alrededor se percibe un frío glacial de lo solos que están.

Y Quangel se ve en el taller, como siempre con el mismo trajín, animoso y animando, la cabeza atenta, girándola a intervalos para pasar de máquina en máquina. Para ellos será siempre el viejo y estúpido Quangel, un hombre poseído por el trabajo y una sucia avaricia. Pero en su cabeza alberga ideas que no tienen ninguno de ellos. Todos ellos se morirían de miedo si los asaltaran semejantes pensamientos. Pero él, el viejo imbécil de Quangel, los tiene. Está ahí engañándolos a todos.

Anna Quangel, sin embargo, piensa ahora en el camino que recorrerán juntos mañana para llevar la primera postal. Se siente un tanto descontenta consigo misma por no haber insistido en entrar con Quangel en el edificio. Se pregunta si debe pedírselo una vez más. Quizá sí. En general a su marido las súplicas no le hacen cambiar de opinión. Pero ¿y esa noche que parece estar de un humor tan inusualmente alegre? ¿Y ahora mismo?

No obstante, ha tardado demasiado en decidirse. Se da cuenta de que Quangel ya se ha dormido. Y ella se dispone también a dormirse, ya veremos si mañana tiene ocasión. Si tiene ocasión, se lo preguntará, seguro.

Y a continuación también se duerme ella.

 

Capítulo 19

SE DEPOSITA LA PRIMERA POSTAL

 

 

Otto se mantuvo tan silencioso esa mañana, que ella no se atrevió a hablar del asunto hasta estar en la calle.

—¿Dónde piensas dejar la postal, Otto?

—No hables ahora de eso —responde malhumorado—. Aquí, en la calle, no.

Luego añade a regañadientes:

—He escogido un edificio de la calle Greifswalder.

—No —replica muy decidida—. No, Otto, no hagas eso. ¡Es un tremendo error!

—¡Vamos! —suelta furioso porque ella se ha parado—. ¡Ya te he dicho que aquí, en la calle, no!

El hombre reanuda la marcha y su esposa lo sigue, insistiendo en su derecho a opinar.

—Tan cerca de nuestra casa no —subraya ella—. Si esa cosa cae en sus manos, sospecharán al instante en la gente de los alrededores. Bajemos hasta la plaza Alexander...

Él reflexiona. Quizá, no, seguro que su mujer tiene razón. Hay que tener en cuenta todo. Sin embargo, ese repentino cambio de planes no le gusta. Si ahora caminan hasta la plaza Alexander, irán muy justos de tiempo y tiene que llegar puntual a su trabajo. Tampoco conoce ningún edificio adecuado en la plaza Alexander. Sin duda habrá muchos, pero primero hay que buscar el más apropiado, y eso prefiere hacerlo solo antes que con su mujer, que le molesta.

Entonces, súbitamente, se decide.

—De acuerdo —asiente—. Tienes razón, Anna. Vamos a la plaza Alexander.

Ella lo mira de soslayo, agradecida. Se siente feliz porque ha aceptado un consejo suyo al menos una vez. Y como acaba de hacerla tan feliz, ya no le apetece pedirle que le permita entrar con él en el edificio. Vale, que vaya solo. Se sentirá algo atemorizada mientras espera su regreso, pero en realidad ¿por qué? No duda ni un instante de que regresará. Es tan tranquilo, tan frío, que no lo pillarán desprevenido. Incluso estando en manos de ellos no se delataría y lucharía por su libertad.

Mientras camina en compañía del hombre silencioso sumida en estas reflexiones, se adentran en la calle König por Greifswalder. Ella va tan enfrascada en sus pensamientos que no se ha fijado en cómo los ojos de Otto Quangel examinan los edificios. De pronto se detiene —aún les queda un buen trecho hasta la plaza Alexander— y dice:

—Anda, ve a mirar ese escaparate, vuelvo enseguida.

Y cruza la calle hacia un edificio de oficinas grande y luminoso.

El corazón de Anna empieza a latir con fuerza. Le gustaría llamarlo para que volviera: «¡No, no, quedamos en que sería en la plaza Alexander! Permanezcamos juntos hasta entonces». «Por lo menos dime adiós.» Pero la puerta ya se ha cerrado tras él.

Con un hondo suspiro se vuelve hacia el escaparate. Pero no ve nada de lo que se expone. Apoya la frente contra el frío cristal, se le nubla la vista. Su corazón late con tal fuerza que casi le impide respirar, toda la sangre parece subírsele a la cabeza.

Así que tengo miedo, piensa. ¡Dios mío, jamás debe notar que tengo miedo! O nunca más me traerá con él. Pero tampoco siento verdadero temor, sigue pensando. No temo por mí, sino por él. ¡Mira que si no vuelve!

No puede evitar volverse hacia el edificio de oficinas. La puerta se abre de golpe, entran y salen personas. ¿Por qué no viene Quangel? Debe de haberse ido hace cinco, no, diez minutos. ¿Por qué corre de ese modo el hombre que acaba de salir del edificio? ¿Irá a llamar a la policía? ¿Habrán cogido a Quangel a la primera?

¡Oh, no lo aguanto más! ¿Qué es lo que se propone? ¡Y yo que pensaba que era una minucia! Todas las semanas una vez, y cuando escriba dos postales, dos veces por semana en peligro de muerte. ¡Y no querrá que lo acompañe! Ya lo he notado esta mañana, no le ha gustado nada que vaya con él. Irá solo, llevará las postales y desde allí se marchará a la fábrica (¡o no volverá jamás!), y yo estaré en casa esperándolo muerta de miedo. Siento que ese miedo no cesará jamás, nunca me acostumbraré a él. ¡Ahí viene Otto! ¡Al fin! No, no es él. ¡Y ése otro tampoco! ¡Voy a buscarlo, que se enfade todo lo que quiera! Seguro que ha sucedido algo, seguro que se ha ido hace ya un cuarto de hora, es imposible que le cueste tanto. ¡Voy a buscarlo ahora mismo!

Da tres pasos en dirección al edificio... y se da la vuelta. Se sitúa ante el escaparate. Clava los ojos en él.

No, no lo seguiré, no iré a buscarlo. No puedo fracasar a las primeras de cambio. Sólo me imagino que ha sucedido algo; la gente entra y sale del edificio como de costumbre. Seguro que Otto todavía no lleva un cuarto de hora ausente. Ahora voy a mirar lo que hay en este escaparate: sostenes, cinturones...

Mientras tanto, Quangel ha entrado en el edificio. Se ha decidido tan rápido porque tenía a su mujer a su lado. Le ponía nervioso, a cada momento podía volver a empezar a hablar de «eso». No quería pasarse mucho rato buscando en su presencia. Seguro que empezaría otra vez a hablar del asunto, a proponer ese edificio, a rechazar aquel. ¡No, se acabó! Para eso prefería entrar en el primero, aunque fuese el peor.

Y lo fue. Era un edificio de oficinas luminoso y moderno, con muchas empresas, sí, pero también con un portero de uniforme gris. Quangel pasa a su lado mirándolo con indiferencia. Ha previsto que le pregunten adónde va, se ha fijado en que el abogado Toll tiene su despacho en el cuarto piso. Pero el portero no le pregunta nada, está hablando con un caballero. Se limita a dirigir una mirada fugaz e indiferente al hombre que pasa a su lado. Quangel se dirige a la izquierda, se dispone a subir por la escalera, cuando oye el zumbido de un ascensor. Vaya, hombre, no contaba con que un edificio tan moderno como ése tuviera ascensores, por lo que las escaleras apenas se utilizaban.

No obstante, Quangel prosigue la ascensión. El ascensorista pensará: Es un hombre viejo, desconfía de los ascensores. O creerá que sólo quiere ir al primer piso. O no pensará nada. Sea como fuere, las escaleras apenas se utilizan. Ya está en la segunda y hasta ahora no se ha cruzado más que con un botones de oficina, que baja presuroso con un fajo de cartas en la mano. Ni siquiera se ha fijado en Quangel. Éste podría depositar en cualquier parte su postal, pero no olvida ni un instante la presencia del ascensor, a través de cuyos cristales relucientes pueden observarlo en todo momento. Tiene que subir más arriba, y el ascensor debe estar abajo del todo, entonces lo hará.

Se detiene junto a una de las altas ventanas situadas entre dos pisos y echa un vistazo a la calle. Mientras tanto, bien oculto a las miradas, saca uno de los guantes del bolsillo y se lo pone en la mano derecha. Vuelve a introducir en el bolsillo la diestra, que se desliza cuidadosa junto a la postal preparada, con tiento, para no arrugarla. La coge con dos dedos...

Mientras Otto Quangel hace todo esto, se ha percatado de que Anna no está en su puesto junto al escaparate, sino junto al bordillo de la acera observando con la cara muy pálida el edificio de oficinas. Su mujer no alza los ojos hasta donde él está, con toda seguridad fija la vista en las puertas de la planta baja. Sacude la cabeza disgustado, firmemente decidido a no llevar jamás a su mujer en semejante trance. Teme por él, claro. Pero ¿por qué? Debería temer por sí misma, tan equivocado es su comportamiento. ¡Es ella la que pone a ambos en peligro!

Vuelve a subir escalera arriba. Cuando pasa junto a la ventana siguiente, echa una ojeada a la calle: Anna mira de nuevo el escaparate. Bien, muy bien, ha controlado su miedo. Es una mujer valiente. No le dirá nada. Y de repente, Quangel coge la postal, la coloca con mucho cuidado sobre el antepecho de la ventana, se quita, ya andando, el guante de la mano y se lo mete en el bolsillo.

Mientras baja los primeros peldaños lanza la vista atrás. Allí está a la clara luz del día, desde allí todavía distingue cómo unas letras grandes y nítidas cubren su primera postal. ¡Todos podrán leerla! ¡Y entenderla! Quangel sonríe con rabia.

Pero al mismo tiempo oye abrirse una puerta en el piso superior. El ascensor ha bajado hace un minuto. Si al de ahí arriba, que acaba de salir de una oficina, le resulta demasiado aburrido esperar el retorno del ascensor, si baja por la escalera, encontrará la postal. Quangel apenas está un tramo de escalera más abajo. Si el hombre corre, aún puede pillar a Quangel, a lo mejor abajo del todo, pero podría alcanzarlo, porque Quangel no puede correr. Un hombre viejo bajando las escaleras como si fuera un escolar... no, eso llamaría la atención. Y no debe llamar la atención, nadie debe recordar haber visto siquiera en ese edificio a un hombre de tal y cual aspecto...

Con todo, desciende con bastante rapidez los peldaños de piedra, y en medio del ruido que producen sus propios pasos, aguza el oído para comprobar si el hombre ha utilizado la escalera. En ese caso habrá visto la postal, es imposible pasarla por alto. Pero Quangel no está seguro. En una ocasión cree oír pasos. Pero ahora ya no oye nada. Está demasiado abajo para poder oír algo. El ascensor pasa a su lado, resplandeciente, dirigiéndose hacia arriba.

Quangel se encamina hacia la salida. Justo en ese momento viene del patio un gran grupo de personas, trabajadores de alguna fábrica y Quangel se mezcla con ellos. Esta vez está completamente seguro de que el portero ni lo ha mirado.

Cruza la calle y se sitúa al lado de Anna.

—¡Hecho! —exclama.

Y al ver el brillo de sus ojos, el temblor de sus labios, añade:

—No me ha visto nadie. —Y agrega—: Anda, vámonos. Tengo el tiempo justo para llegar andando a la fábrica.

Se marchan. Pero mientras caminan, dirigen una mirada a ese edificio de oficinas en el que la primera postal de Quangel acaba de emprender su camino hacia el mundo. Inclinan la cabeza hacia el inmueble, en cierto modo como si se despidieran. Es un buen edificio, y por muchos edificios que visiten en los próximos meses y años con idéntico propósito... nunca se olvidarán de éste.

A Anna Quangel le gustaría acariciar fugazmente la mano de su marido, pero no se atreve. Se limita a rozarla como por casualidad y dice asustada:

—¡Disculpa, Otto!

Él la mira de reojo, asombrado, pero calla.

Siguen andando.

 

 

 

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