© Libro N° 4024. Solo En Berlín. Primera Parte. Fallada, Hans. Colección E.O. Julio
29 de 2017.
Título
original: © Solo En Berlín. Primera
Parte. Hans Fallada
Versión Original: © Solo En Berlín. Primera
Parte. Hans Fallada
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SOLO EN BERLÍN
PRIMERA PARTE
Hans Fallada
Berlín, 1940, la ciudad está dominada por el miedo. Cuando
la cartera Eva Kluge llega a casa de los Quangel en el número 55 de la calle
Jablonski, con una carta que les anuncia la muerte de su único hijo en un campo
de batalla francés, el golpe es terrible, insoportable. Es el principio de la
Segunda Guerra Mundial y toda la ciudad, todo el país y pronto media Europa,
vive bajo el yugo del régimen de Hitler. Otto y Anna Quangel se plantean
entonces si están haciendo todo lo que está en sus manos para luchar contra el
Tercer Reich. Sí, son gente corriente, sin ninguna posibilidad frente al
régimen nazi, pero ¿realmente se pueden quedar de brazos cruzados cuando la
barbarie se ha llevado a lo que más amaban en el mundo? ¿Pueden compartir el
mismo silencio cómplice que la inmensa mayoría de la población? Empieza
entonces un acto de heroicidad que llevará a Otto a distribuir tarjetas
postales de denuncia a Hitler por todo Berlín; y a perseguir al ambicioso
inspector de la Gestapo Escherich. Muy probablemente constituye un acto suicida
y también un peligroso juego en el que, sea quien sea quien pierda, lo pagará
con su propia vida.
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
SEGUNDA PARTE
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
TERCERA PARTE
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
CUARTA PARTE
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
APÉNDICES
DATOS BIOGRÁFICOS
NOTA DEL AUTOR
EPÍLOGO
GLOSARIO
SOBRE ESTA EDICIÓN
notes
PRIMERA PARTE
Los Quangel
Capítulo 1
EL CORREO TRAE MALAS NOTICIAS
La cartera Eva Kluge sube despacio los peldaños de la
escalera del número 55 de la calle Jablonski. Su lentitud no se debe sólo a que
la caminata del reparto la ha fatigado, sino también a que su cartera contiene
una de esas cartas que odia entregar y tiene que hacerlo dentro de un momento,
dos tramos de escaleras más arriba, en el hogar de los Quangel. Seguro que la
mujer la aguarda con impaciencia, desde hace más de dos semanas espera recibir
una carta oficial del Ejército.
Antes de que la cartera Kluge entregue la carta
mecanografiada de los militares, tiene que entregar el Völkischer Beobachter en
el piso de los Persicke. Él es funcionario del Partido, dirigente político o
algo por el estilo, Eva Kluge aún confunde todos esos cargos. Sea como fuere,
en casa de los Persicke hay que saludar diciendo «¡Heil Hitler!» y tener mucho
cuidado con lo que uno dice. Bueno, la verdad es que hay que tenerlo en todas
partes, es raro que haya una persona a la que Eva Kluge pueda decir lo que
piensa de verdad. Ella no siente el menor interés por la política, es una mujer
sencilla y como tal piensa que no hay que traer hijos al mundo para que los
maten de un tiro. Un hogar sin un hombre tampoco vale nada; por el momento ella
ya no tiene nada: ni a sus dos hijos ni a su marido. En su lugar debe mantener
la boca cerrada, ir con pies de plomo y entregar asquerosas cartas de los
militares que no han sido escritas a mano sino a máquina, y cuyo remitente es
un oficial del regimiento.
Toca el timbre de los Persicke, dice «¡Heil Hitler!» y
entrega su Völkischer al viejo borracho que luce en la solapa los emblemas del
Partido y del Estado.
—¿Qué hay de nuevo? —pregunta.
Ella contesta con cautela:
—Y yo qué sé. Creo que Francia ha capitulado. —Y añade
deprisa—: ¿Hay alguien en casa de los Quangel?
Persicke no presta atención a su pregunta y abre
bruscamente el periódico.
—Aquí lo dice: Francia ha capitulado. ¡Demonios, señorita,
y usted me lo suelta como si estuviera vendiendo panecillos! ¡Tiene que
soltarlo con más brío! ¡Tiene que decírselo a todos los que no tienen radio,
eso convencerá a los últimos derrotistas! ¡También ganaremos la segunda guerra
relámpago, y en un santiamén nos plantaremos en Inglaterra! ¡Los Tommy s serán
liquidados en tres meses, y entonces verán la vida que nos depara nuestro
Führer! ¡Entonces sangrarán los otros y nosotros seremos los amos del mundo!
¡Pasa, muchacha, toma un aguardiente conmigo! ¡Amalie, Erna, August, Adolf,
Baldur, venid todos! ¡Hoy haremos fiesta, hoy no se trabaja! ¡Para empezar nos
remojaremos el gaznate, y esta tarde haremos una visita a la vieja judía del
cuarto, y esa cerda tendrá que darnos café y pastel! ¡Os digo que la vieja lo
hará, ahora que Francia ha mordido el polvo, ahora ya no tendré compasión!
¡Ahora somos los amos del mundo y todos tienen que inclinarse ante nosotros!
Mientras el señor Persicke, rodeado de su familia, se
desfoga con declaraciones cada vez más excitadas y se echa al coleto las
primeras copas, la cartera sube al piso de arriba y toca el timbre de los
Quangel. Lleva la carta en la mano, dispuesta a marcharse en el acto. Pero
tiene suerte; no abre la mujer, que casi siempre cruza unas palabras amables
con ella, sino el marido, de rostro severo, parecido a un pájaro, boca de
labios delgados y ojos fríos. Recoge la carta sin decir palabra y le da con la
puerta en las narices, como si fuera una ladrona frente a la cual es preciso
tomar precauciones.
Pero Eva Kluge se limita a encogerse de hombros y vuelve a
bajar la escalera. Algunas personas son así; en el tiempo que lleva repartiendo
el correo en la calle Jablonski, el hombre todavía no le ha dicho ni una sola
palabra, ni siquiera «Heil Hitler» o «Buenos días», a pesar de que también él,
ella lo sabe, tiene un cargo en el Frente del Trabajo. Bueno, qué más da, ella
no puede cambiarlo, si ni siquiera ha podido cambiar a su propio marido, que
malgasta su dinero en las tabernas y en las apuestas y que sólo se deja caer
por casa cuando está sin blanca.
Con la agitación, en el piso de los Persicke han dejado la
puerta abierta, de la vivienda sale ruido de copas y alboroto de los que
celebran el triunfo. La cartera cierra la puerta con cuidado y continúa el
descenso mientras piensa que, en el fondo, eso es una buena noticia, pues con
la rápida victoria sobre Francia la paz está más cerca. Llegado ese momento,
sus dos chicos regresarán.
Pero la inquietante sensación de que entonces mandarán
personas como los Persicke enturbia esas esperanzas. Tener a ese tipo de gente
como amos y verse uno obligado a mantener siempre la boca cerrada, a no poder
decir nunca lo que sientes, tampoco le parece correcto.
De pasada recuerda también al hombre de fría cara de
buitre al que acaba de entregar el correo del Ejército, y a la vieja judía
Rosenthal del cuarto piso, a cuyo marido se llevó la Gestapo hace dos semanas.
Qué pena le da esa mujer. Antes los Rosenthal tenían una lencería en la avenida
Prenzlauer. Después la tienda fue «arianizada»1 y ahora se han llevado al
marido, que debe de rondar los setenta años. Seguro que los dos viejos nunca
han hecho mal a nadie, siempre fiaban, incluso a Eva Kluge cuando no tenía
dinero para la ropa de los niños, y el género de los Rosenthal tampoco era peor
o más caro que el de otras tiendas. No, a Eva Kluge no le cabe en la cabeza que
un hombre como Rosenthal sea peor que los Persicke únicamente por ser judío. Y
ahora esa anciana de arriba está en su piso más sola que la una y ya no se
atreve a salir a la calle. Sólo cuando oscurece hace sus compras luciendo la
estrella judía, seguramente pasa hambre. No, piensa Eva Kluge, aunque venzamos
diez veces a Francia, la situación entre nosotros no es justa...
Ya ha llegado al próximo edificio donde continuará la
entrega.
Entretanto el jefe de taller Otto Quangel ha entrado en la
salita con la carta de los militares y la ha depositado encima de la máquina de
coser.
—Aquí tienes —se limita a decir.
Siempre cede a su mujer el privilegio de abrir esas
cartas, porque sabe el apego que siente por Otto, su único hijo. Ahora él está
delante de ella, con el delgado labio inferior entre los dientes, esperando ver
ese resplandor de alegría en el rostro femenino. Siente un amor lacónico,
callado, exento de ternura, por esa mujer.
Ella abre deprisa la carta y durante un instante su rostro
resplandece, pero en cuanto ve el texto escrito a máquina se apaga. Su
expresión se torna medrosa, lee más despacio, como si tuviera miedo de la
palabra siguiente. El hombre se inclina hacia delante y saca las manos de los
bolsillos. Ahora sus dientes presionan con fuerza el labio inferior, presiente
la desgracia. En la habitación reina un silencio completo. De improviso, la
respiración de la mujer se torna jadeante.
De repente profiere un grito suave, un sonido que su
marido jamás ha oído. Su cabeza se desploma hacia delante, golpea primero
contra los carretes de la máquina de coser y se hunde entre los pliegues de la
labor de costura, ocultando la funesta misiva.
En dos zancadas Quangel se sitúa detrás de ella. Con una
celeridad poco usual en él, coloca sobre la espalda femenina su mano grande,
deformada por el trabajo. Nota que a su mujer le tiembla todo el cuerpo.
—¡Anna! —exclama—. ¡Anna, por favor! —espera un momento y
después se atreve a añadir—: ¿Le ha pasado algo a Otto? ¿Está herido? ¿Es
grave?
El cuerpo de la mujer continúa temblando, pero ningún
sonido brota de sus labios. No hace ademán de levantar la cabeza y mirarlo.
Él baja la vista hacia la raya del pelo de su mujer, que
tan rala se ha vuelto en los años que llevan casados. Ahora son viejos; si a su
hijo Otto le ha sucedido algo, ella ya no tendrá a nadie a quien querer, salvo
a él, y siempre siente que no hay mucho digno de amar en él. Nunca es capaz de
decirle con palabras lo mucho que la quiere. Incluso ahora es incapaz de
acariciarla, de manifestarle una leve muestra de ternura, de consolarla. Se
limita a colocarle su pesada mano sobre la raya del pelo que clarea, la obliga
suavemente a alzar la cabeza hacia su rostro, y pregunta a media voz:
—¿Qué dicen esos, me lo cuentas, Anna?
Pero a pesar de que los ojos de la mujer están cerca de
los suyos, ella no lo mira, sino que los mantiene cerrados con fuerza. Su
rostro ostenta una palidez amarillenta, su sempiterna frescura ha desaparecido.
También la carne sobre los huesos parece completamente consumida, es como si
estuviera contemplando una calavera. Sólo las mejillas y la boca tiemblan,
igual que el resto del cuerpo, sacudido por un misterioso temblor interno.
Mientras Quangel contempla ese rostro familiar, ahora tan
desconocido, mientras siente que su corazón late cada vez con más fuerza,
mientras percibe su total incapacidad para brindarle un poco de consuelo, le
invade un hondo temor. En realidad, un temor ridículo ante el profundo dolor de
su mujer, el temor a que ella empiece a gritar, mucho más alto y salvaje de lo
que acaba de hacer. A él siempre le ha gustado el silencio, nadie del edificio
debía enterarse de nada sobre los Quangel. Y mucho menos expresar sentimientos:
¡no! Incluso aterrado, el hombre sólo es capaz de repetir la frase que acaba de
pronunciar: «¿Qué dicen esos, me lo cuentas, Anna?».
La carta está abierta, pero él no se atreve a cogerla. Eso
le exigiría soltar la cabeza de su mujer, y sabe que esa cabeza, cuya frente
luce ya dos manchas de sangre, volvería a caer golpeándose contra la máquina.
Sobreponiéndose, pregunta de nuevo:
—¿Qué le ha pasado a Ottito?
Es como si ese apelativo cariñoso, raramente utilizado por
el hombre, devolviera a la mujer a esta vida desde su mundo de dolor. Traga
saliva un par de veces, incluso abre los ojos, siempre tan azules y ahora
descoloridos.
—¿A Ottito? —susurra ella—. ¿Qué va a haberle pasado?
Nada, ya no existe Ottito, ¡eso es todo!
«¡Oh!», se limita a decir el hombre, un «¡oh!» profundo
procedente de los abismos de su corazón. Sin darse cuenta, suelta la cabeza de
su mujer y coge la carta. Sus ojos contemplan fijamente las líneas sin
conseguir leerlas todavía.
Entonces su mujer le arranca la misiva de la mano. Su voz
cambia bruscamente, enfurecida la rompe en pedazos, en pedacitos, en trocitos,
mientras le reprocha de manera atropellada:
—¿Es que encima piensas leer esa mierda, esas asquerosas
mentiras que les escriben a todos? ¿Que ha muerto como un héroe, por su Führer
y por su patria? ¿Que fue un soldado y un camarada modélico? ¿Vas a dejar que
te cuenten todo eso cuando los dos sabemos que lo que más le gustaba a Ottito
era manipular su radio y que lloró cuando lo obligaron a alistarse? ¡Cuántas
veces me dijo durante su época de recluta lo malos que eran allí, y que
preferiría perder su mano derecha con tal de librarse de ellos! ¡Y ahora es un
soldado modelo que ha muerto como un héroe! ¡Mentiras, todo mentiras! ¡Pero eso
lo habéis provocado vosotros con vuestra guerra de mierda, tú y tu Führer!
Se ha colocado delante de él, es más baja, pero sus ojos
relampaguean de ira.
—¿Yo y mi Führer? —murmura el hombre abrumado por el
ataque—. ¿Cómo es que de pronto es mi Führer? Si ni siquiera estoy en el
Partido, sólo en el Frente del Trabajo, y ahí la afiliación es obligatoria. Y
votarlo lo hemos votado siempre los dos, y tú también tienes un puesto en la
Organización de Mujeres.
Él es lento y prolijo hablando, no tanto para defenderse
como para esclarecer los hechos. Aún no comprende cómo su mujer ha descargado
ese súbito ataque contra él. Si siempre han estado de acuerdo en todo...
Pero ella dice con tono acalorado:
—¿Para qué eres el hombre de la casa y decides todo, y
todo tiene que ser como tú crees, y cuando quiero tener tan sólo un simple
trozo del sótano para las patatas de invierno resulta que tiene que ser como tú
quieres y no como quiero yo? ¿Y en un asunto tan importante decidiste mal?
Claro, tú eres una mosquita muerta, sólo deseas estar tranquilo y no llamar la
atención. Hiciste lo que todos hacían y cuando gritaron: «¡Führer, ordena y
nosotros obedeceremos!», tu corriste detrás como un borrego. ¡Y no sotros
tuvimos que seguirte! Pero ahora mi Ottito está muerto y ni tú ni ningún Führer
del mundo volveréis a traerlo conmigo.
Él escucha sin interrumpirla. Nunca ha sido hombre de
discusiones, y además percibe que el dolor habla por su boca. Casi se alegra de
que se enfade con él, de que aún no dé rienda suelta a su pena. Como respuesta
a esas acusaciones se limita a decir:
—Alguien tendrá que decírselo a Trudel.
Trudel es la novia de Otto, casi su prometida; Trudel
llama a sus futuros suegros papá y mamá. Por la tarde los visita con
frecuencia, incluso ahora que Otto está ausente, y charla con ellos. Durante el
día trabaja en una fábrica de uniformes.
La mención de Trudel suscita inmediatamente en Anna
Quangel otros pensamientos. Tras una mirada al reluciente reloj de pared,
pregunta:
—¿Llegarás antes de que empiece tu turno?
—Hoy me toca de una a once —le informa—. Llegaré.
—Bien —contesta su mujer—. Entonces, ve, pero dile
solamente que se pase esta tarde por aquí, no le digas nada de Ottito. Quiero
contárselo yo misma. Tu comida estará lista a las doce.
—Bien, le diré que pase esta tarde por casa —dice, pero no
se marcha todavía, sino que escudriña su cara enferma, de una palidez
amarillenta.
Ella le devuelve la mirada, y durante un momento ambos se
observan en silencio, dos personas que llevan juntas casi treinta años, siempre
en armonía, él taciturno y callado, ella infundiendo un soplo de vida a la
casa.
Pero por mucho que se miren, no tienen nada que decirse.
Así que se despide con una inclinación de cabeza y se marcha.
Ella oye cerrarse la puerta de entrada. Y en cuanto tiene
la certeza de que se ha marchado, retorna a la máquina de coser y recopila los
trocitos de la funesta carta de los militares. Intenta recomponerla, pero
enseguida comprende que eso requeriría demasiado tiempo; ante todo tiene que
preparar la comida para su marido. Así que guarda con sumo cuidado los trocitos
en el sobre, y lo mete en su misal. Por la tarde, cuando Otto se haya marchado
de verdad, tendrá tiempo de ordenar y pegar los trocitos. Aunque no se trate
más que de estúpidas, asquerosas mentiras, es lo último que queda de Ottito.
Ella lo conservará a pesar de todo y se lo enseñará a Trudel. Quizá entonces
pueda llorar, ahora su corazón aún es pasto de las llamas. ¡Qué bueno sería
poder llorar!
Sacude furiosa la cabeza y se encamina hacia el fogón.
Capítulo 2
LO QUE BALDUR PERSICKE TENÍA QUE DECIR
Cuando Otto Quangel pasó frente a la vivienda de los
Persicke, brotaban de ella clamorosos aplausos mezclados con gritos de «Sieg
Heil». Quangel apresuró el paso para no tener que toparse con ninguno de ellos.
Llevaban diez años viviendo en el mismo edificio, pero Quangel había procurado
desde siempre no coincidir jamás con los Persicke, incluso cuando éste era
todavía un modesto tabernero sin blanca. Ahora se habían convertido en gente
importante, el viejo tenía un sinfín de cargos en el Partido y los dos hijos
mayores pertenecían a las SS; al dinero parecían no darle la menor importancia.
Mayor motivo para mostrarse precavido con ellos, porque
todos los que estaban en la misma situación tenían que conservar sus simpatías
en el Partido, y eso sólo era posible trabajando para el Partido. Pero trabajar
significaba delatar a otros, por ejemplo comunicar: Fulano o Mengano ha
escuchado una emisora extranjera. Por eso Quangel habría preferido embalar hace
mucho las radios del cuarto de Otto y depositarlas en el sótano. En estos
tiempos en que todos se espiaban, cualquier precaución era poca, la Gestapo
mantenía su mano encima de todos, el campo de concentración de Sachsenhausen
cada vez era más grande y la guillotina de la prisión de Plötzensee tenía
trabajo todos los días.Quangel no necesitaba radio, pero su mujer se opuso a
retirarla.Opinaba que aún tenía validez el viejo dicho: una conciencia limpia
es la mejor almohada. Todo eso hacía ya mucho que carecía de valor, si es que
alguna vez lo había tenido.
Así pues, Quangel, sumido en estos pensamientos, bajó más
deprisa las escaleras y, tras cruzar el patio, salió a la calle.
En casa de los Persicke gritaban tanto porque Baldur, la
lumbrera de la familia, que ahora iba al instituto y que, si su padre lo
conseguía con sus relaciones, incluso ingresaría en una Napola,2 ha encontrado
una foto en el Völkischer Beobachter. En ella aparecen el Führer y Göring, el
mariscal del Reich, y debajo se lee: «Recibiendo la noticia de la capitulación
de Francia.» Y así es como se ve a los dos en la foto: Göring exhibe una
sonrisa de oreja a oreja en su cara obesa, y el Führer se palmea los muslos de
satisfacción.
Los Persicke también se alegran y ríen como los de la
imagen, pero Baldur, el lumbreras, pregunta:
—¿Es que no veis nada especial en esa fotografía?
Los demás lo miran expectantes, tan convencidos están de
la superioridad intelectual de ese chico de dieciséis años que ninguno se
atreve a aventurar la menor suposición.
—¡Vamos! —exclama Baldur—. ¡Pensad un poquito! La foto la
ha hecho un fotógrafo de prensa. ¿Acaso él estaba presente cuando llegó la
noticia de la capitulación? Ésta debió de llegar por teléfono o por un correo o
quizá incluso a través de un general francés, y la imagen no trasluce nada de
eso. Los dos están completamente solos en el jardín muy alegres...
Los padres y los hermanos de Baldur siguen sentados en
silencio, mirándolo fijamente. Sus rostros casi parecen alelados por la
atención tensa. Lo que más le gustaría ahora al viejo Persicke es echar otro
trago de aguardiente, pero mientras Baldur esté hablando no se atreve. Sabe por
experiencia que Baldur puede volverse muy desagradable cuando no se brinda la
debida atención a sus disertaciones políticas.
El hijo, entretanto, continúa:
—Así que la foto está preparada, no se ha tomado cuando
llegó la noticia de la capitulación, sino unas horas antes o quizá incluso el
día siguiente. Y ahora, fijaos en la alegría del Führer, hasta se palmea los
muslos de alegría. ¿Creeis que un gran hombre como el Führer seguiría
alegrándose tanto de una noticia así al día siguiente? Ése lleva ya mucho
tiempo pensando en Inglaterra y en cómo engañar a los Tommy s. Noo, la foto es
una pantomima de principio a fin, empezando por la toma hasta las palmadas. ¡Es
decir, ha engañado a los tontos con falsas apariencias!
Ahora los suyos miran a Baldur como si ellos fueran los
tontos y los engañados. De no haberlo hecho Baldur, habrían denunciado ante la
Gestapo a cualquiera por ese comentario.
Pero Baldur prosigue:
—¿Lo veis? Esto es lo grande de nuestro Führer: no deja
que nadie adivine sus planes. Ahora todos piensan que se alegra de su victoria
en Francia y, sin embargo, quizá ya está reuniendo los barcos para invadir la
isla. ¿Lo veis? Eso es lo que tenemos que aprender de nuestro Führer: ¡no
necesitamos revelar a todo el mundo quiénes somos y qué nos proponemos! —Los
demás asienten con vehemencia con la cabeza; por fin creen haber com prendido
adónde quiere llegar Baldur—. Sí, sí, vosotros asentís —continúa Baldur
irritado—, pero os comportáis de manera completamente distinta. No hace ni
media hora he oído decir a papá delante de la cartera que la vieja Rosenthal,
la que vive arriba, nos tendrá que invitar a café y pastel...
—¡Y qué, esa vieja cerda judía! —replica su padre, pero
con un tono de disculpa en la voz.
—Bueno, sí —reconoce el hijo—, si alguna vez le sucede
algo, no harán mucho ruido por ella. Pero ¿para qué contárselo a la gente? La
seguridad es la seguridad. Fíjate en el hombre que vive encima de nosotros, ese
tal Quangel. A él no le sacarás una sola palabra y, sin embargo, estoy seguro
de que ve y oye todo, y de que tendrá un lugar donde notificarlo. Como ése
denuncie algún día que los Persicke no pueden mantener la boca cerrada, que no
te puedes fiar de ellos, que no son de confianza, estamos perdidos. Tú al
menos, padre, seguro, y yo no moveré un dedo para sacarte del campo de
concentración, de las cárceles de Moabit o de Plötze o de dondequiera que
estés.
Todos callan, y hasta una persona tan engreída como Baldur
se percata de que ese silencio no significa aprobación unánime. Así que añade
rápidamente para ganarse al menos a sus hermanos:
—Todos queremos llegar un poco más alto que papá, y ¿cómo
lo conseguiremos? ¡Gracias al Partido! Por eso tenemos que comportarnos igual
que el Führer: engañar a los tontos con falsas apariencias, simular que somos
amables y después, en secreto, cuando nadie sospeche nada, asunto liquidado y a
esfumarse. En el Partido tienen que decir: ¡Con los Persicke se puede contar
para todo, para todo!
Contempla de nuevo la foto con Göring y Hitler riendo,
hace una breve inclinación de cabeza y sirve aguardiente, en señal de que su
disertación política ha terminado.
—No te pongas de morros, papá, sólo porque te haya dicho
cuatro verdades —arguye.
—Sólo tienes dieciséis años y eres mi hijo —empieza a
decir el viejo, todavía ofendido.
—Y tú eres mi viejo, te he visto borracho demasiadas veces
como para que sigas infundiéndome respeto —contesta deprisa Baldur Persicke
ganándose con ello a todos, incluso a su madre, continuamente atemorizada—.
Nooo, papá, déjalo, algún día viajaremos en coche propio y tú podrás beber
champán a diario hasta que revientes.
El padre intenta replicar, esta vez contra el champán, que
no aprecia tanto como su aguardiente de trigo. Pero Baldur baja la voz y
continúa deprisa:
—Tú no tienes tan malas ideas, padre, aunque no deberías
discutirlas con nadie, salvo con nosotros. Con la Rosenthal quizá se pueda
hacer algo, y más que café y pastel. Déjame pensarlo, hay que manejar el asunto
con cuidado. A lo mejor también otros se huelen la tostada, y puede que gocen
de más simpatías que nosotros.
Su voz baja de tono hasta volverse casi inaudible. Baldur
Persicke ha vuelto a conseguirlo, se ha ganado a todos, incluso al padre, que
al principio estaba amoscado. Así que exclama:
—¡Brindo por la capitulación de Francia! —Y como al mismo
tiempo ríe y se palmea los muslos, los demás se dan cuenta de que en realidad
se refiere a algo muy distinto, concretamente a la vieja Rosenthal.
Todos alborotan a la vez y brindan y trasiegan bastantes
copas de aguardiente, una detrás de otra. Pero el viejo tabernero y sus hijos
también resisten lo suyo.
Capítulo 3
UN HOMBRE LLAMADO BARKHAUSEN
El jefe de taller Quangel sale a la calle y delante del
portal se topa con Emil Barkhausen. Por lo visto, la única profesión de Emil
Barkhausen consiste en pararse siempre en cualquier sitio donde haya algo que
ver u oír. La guerra, que ha impuesto en todas partes el servicio y el trabajo
obligatorios, no ha cambiado un ápice esta situación: Emil Barkhausen continúa
ocioso.
Allí está, una figura alta y flaca con un traje muy raído,
mirando malhumorado la calle Jablonski, casi vacía de gente a esa hora. Al
divisar a Quangel, se pone en marcha y se aproxima a él con la mano tendida.
—¿Adónde va, Quangel? —pregunta—. Porque ésta no es su
hora de ir a la fábrica, ¿verdad?
Quangel pasa por alto la mano del otro y murmura casi
incomprensiblemente:
—Tengo prisa.
Sigue caminando hacia la avenida Prenzlauer. ¡Menudo
pesado! ¡Lo que le faltaba!
Pero éste no se da por vencido tan fácilmente. Con una
risita exclama:
—¡Pues llevamos el mismo camino, Quangel! —Y cuando el
otro, mirando empecinado hacia delante, reanuda la marcha, añade—: Es que el
doctor me ha prescrito ejercicio contra el estreñimiento, y andar sin más de un
lado para otro me aburre.
Entonces comienza a describir con todo detalle todo lo que
ha hecho para combatir su estreñimiento. Quangel no le presta atención. Le
preocupan dos ideas que se suceden alternativamente: que ha perdido a su hijo y
que Anna le ha espetado: tú y tu Führer. Quangel lo reconoce: él nunca ha
querido al chico como un padre debe querer a su hijo. Desde su nacimiento
consideró al niño un estorbo que perturbaba su tranquilidad y sus relaciones
con su esposa. Si ahora siente dolor, es porque piensa con preocupación en
Anna, en cómo asumirá esa muerte, en todos los cambios que implicará. ¡Anna ya
le ha soltado: tú y tu Führer!
No es verdad. Hitler no es su Führer, o al menos no más de
lo que lo es de Anna. Cuando su pequeño taller de carpintería quebró en 1930,
ellos siempre estuvieron de acuerdo en que el Führer había arreglado las cosas.
Después de cuatro años de paro, en 1934 se había convertido en jefe de taller
de una gran fábrica de muebles y ahora traía a casa cuarenta marcos semanales.
Con eso se las apañaban bien. Eso había ocurrido gracias al Führer, él había
vuelto a poner en marcha la economía. Ellos siempre habían estado de acuerdo en
eso.
Aún así no habían ingresado en el Partido. En primer
lugar, les pesaba la cuota, a uno ya lo sangraban por los cuatro costados,
había que dar para la Organización de Ayuda Invernal, para todas las colectas
habidas y por haber, para el Frente del Trabajo. Sí, en el Frente del Trabajo
también le habían asignado un pe queño cargo en la fábrica, y precisamente ésa
era la otra razón por la que ninguno de los dos había ingresado en el Partido.
Porque él veía cada dos por tres cómo ellos establecían continuas diferencias
entre los compatriotas y los miembros del Partido. Para ellos incluso el peor
miembro del Partido valía más que el mejor compatriota. Una vez afiliado,
podías permitírtelo todo: era difícil que te pasase algo. Ellos lo denominaban:
lealtad por lealtad.
Pero el jefe de taller Otto Quangel era partidario de la
justicia. Para él todas las personas eran iguales, con independencia de que
estuviesen en el Partido o no. Continuamente tenía que presenciar en el taller
cómo a uno le hacían pagar muy duro un pequeño error en una pieza mientras que
a otro le permitían entregar una chapuza tras otra, lo cual reavivaba siempre
su furia. Colocaba los dientes sobre el labio inferior y lo mordía iracundo...
¡si hubiera podido, hace mucho que se habría librado también de ese puestecito
en el Frente del Trabajo!
Anna lo sabía de sobra, por eso no habría debido
pronunciar nunca esas palabras: tú y tu Führer. Además para Anna todo había
sido muy diferente, ella había asumido de manera totalmente voluntaria su
puesto en la Organización de Mujeres, no se había visto obligada como él. Por
Dios, sí, él comprendía bien cómo ella había llegado a eso. Durante una parte
de su vida había sido sirvienta, primero en el campo, después allí, en la
ciudad, durante una parte de su vida había tenido que sudar y obedecer órdenes.
En su matrimonio tampoco había tenido mucho que decir, no porque él fuera un
tirano, sino porque todo tenía que girar en torno a él, que era el que ganaba
el dinero.
Pero ahora ella tenía ese puesto en la Organización de
Mujeres, y aunque también allí recibía sus órdenes de arriba, tenía un montón
de chicas, mujeres y hasta damas por debajo de ella, a las que ahora daba
órdenes. Sencillamente le gustaba cuando descubría a una de esas holgazanas
inútiles con las uñas pintadas de rojo y podía enviarla a una fábrica. Si de
alguno de los Quangel podía de cirse una palabra como «tú y tu Führer», era en
primer lugar de Anna.
Claro, claro, también ella había encontrado pegas hacía
mucho, y se había dado cuenta, por ejemplo, de que a alguna de esas
señoritingas elegantes no se las podía enviar sin más a trabajar, porque tenían
amigos demasiado buenos en las alturas. O la enfadaba que en el reparto de ropa
interior caliente siempre les tocase el turno a los mismos, que eran
precisamente los del carné del Partido. Anna también opinaba que los Rosenthal
eran personas decentes que no se habían merecido un destino semejante, pero no
por ello se le pasaba por la cabeza renunciar a su puesto. Hacía poco había
dicho que el Führer no tenía ni idea de las marranadas que cometía su gente ahí
abajo. El Führer no podía saberlo todo y su gente simplemente le mentía.
Pero ahora acaban de comunicarles la muerte de Ottito, y
Otto Quangel percibe con inquietud la profunda alteración que eso iba a
provocar de ahora en adelante.
Ve ante él el rostro descompuesto de su mujer, de una
palidez amarillenta, y vuelve a escuchar la acusación que le hizo. Va por la
calle a una hora completamente desacostumbrada, con el tal Barkhausen al lado,
esta noche Trudel vendrá a verlos, habrá lágrimas, conversaciones
interminables... y a él, Otto Quangel, le encanta la vida en armonía, una
jornada siempre rutinaria que a ser posible no traiga sobresaltos especiales.
Para él los domingos constituyen casi una molestia. Y ahora todo se confundirá
durante un tiempo y seguramente Anna no volverá a ser nunca la que fue. Ese «tú
y tu Führer» había brotado de lo más hondo de ella. Eso había sonado a odio.
Tiene que meditar todo eso con detenimiento, pero
Barkhausen se lo impide. Ahora ese tipo dice:
—Al parecer han recibido una carta del Ejército que por lo
visto no ha sido escrita por su Otto.
Quangel clava en el otro sus penetrantes ojos oscuros y
masculla:
—¡Chismoso!
Pero como no quiere discutir con nadie, ni siquiera con un
don nadie como el inútil de Barkhausen, añade medio a disgusto:
—La gente chismorrea demasiado.
Emil Barkhausen no se siente ofendido, a él no se le
ofende tan fácilmente, y asiente solícito:
—¡Cuánta razón tiene, Quangel! ¿Por qué la tal Kluge, esa
cartera mosquita muerta, no puede mantener el pico cerrado? Pues no señor,
enseguida tiene que contárselo a todos: Los Quangel han recibido del frente una
carta escrita a máquina. ¡Si basta con que cuente que Francia ha capitulado!
—hace una pequeña pausa, y después, bajando la voz y en un tono completamente
desacostumbrado, compasivo, añade—: ¿Está herido, desaparecido o...?
Enmudece. Pero Quangel —tras una prolongado silencio—
responde sólo de manera indirecta a la pregunta del otro:
—¿Así que Francia ha capitulado? Bueno, ojalá lo hubieran
hecho un día antes, pues en ese caso mi Otto aún viviría...
Barkhausen responde con animación ostentosa:
—Sin embargo, Francia se ha rendido tan deprisa gracias a
la muerte como héroes de millares y millares de hombres. Por eso siguen ahora
con vida muchos millones. ¡Como padre debe sentirse orgulloso de semejante
sacrificio!
—¿Los suyos todavía son demasiado pequeños para ir al
frente, vecino? —pregunta Quangel.
Barkhausen replica casi ofendido:
—¡De sobra lo sabe usted, Quangel! Pero si todos murieran
a la vez, por una bomba o algo así, yo me sentiría orgulloso de eso. ¿Acaso no
me cree, Quangel?
Pero el jefe de taller, en lugar de responder a esa
pregunta, piensa: yo no seré un buen padre ni habré querido a Otto todo lo que
debía... pero para ti tus chavales no son más que una carga. ¡Por supuesto que
pienso que te alegrarías de librarte de todos a la vez por una bomba, lo creo a
pie juntillas!
Pero se lo calla, y Barkhausen, harto ya de esperar una
respuesta, dice:
—Piénselo, Quangel, primero los Sudetes, Checoslovaquia y
Austria, ahora Polonia y Francia... ¡vamos a ser el pueblo más rico del mundo!
¿Qué importan unos cientos de miles de muertos? ¡Todos seremos ricos!
Quangel responde con inusual rapidez:
—¿Y qué haremos con la riqueza? ¿Es comestible? ¿Dormiré
mejor cuando sea rico? ¿Dejaré de ir a la fábrica cuando sea un hombre rico?
¿Qué haré entonces todo el día? Nooo, Barkhausen, yo no quiero ser rico, y de
este modo menos aún. ¡Esa riqueza no vale un solo muerto!
Entonces Barkhausen agarra a Quangel por el brazo, sus
ojos echan chispas y lo sacude mientras susurra a toda prisa:
—¿Cómo puedes hablar así, Quangel? ¿Sabes que por esta
crítica puedo mandarte al campo de concentración? ¡Acabas de ofender gravemente
a nuestro Führer! ¿Qué pasaría si yo fuera uno de esos soplones y te
denunciase...?
Quangel se asusta de sus propias palabras. Ese asunto de
Otto y Anna ha debido de sacarlo de sus casillas mucho más de lo que pensaba,
de otro modo no habría abandonado su cautela innata, siempre vigilante. Pero el
otro no percibe su temor. Con sus fuertes manos de obrero, Quangel libera su
brazo de la floja presa del hombre mientras replica con lentitud e
indiferencia:
—¿A qué viene tanta agitación, Barkhausen? ¿Qué he dicho
que usted pueda denunciar? No he dicho nada de nada. Estoy triste porque mi
hijo Otto ha caído y mi mujer está muy apenada. ¡Puede usted denunciarlo cuando
se le antoje, hágalo si quiere! Lo acompañaré ahora mismo y confirmaré sus
palabras.
Pero mientras Quangel habla con tan inusual elocuencia, en
su fuero interno se dice: ¡Me juego el cuello a que este Barkhausen es un
soplón! Otro más con el que hay que andarse con cuidado. ¿Y con quién no?
Tampoco sé cómo acabará Anna...
Entretanto, han llegado a la puerta de la fábrica.
Quangel, sin tenderle la mano a Barkhausen, se despide:
—Bueno, adiós. —Y se dispone a entrar.
Pero Barkhausen lo retiene, agarrándolo por la chaqueta, y
susurra:
—Vecino, no volveremos a hablar de lo sucedido. No soy un
confidente ni quiero provocar la desgracia de nadie. Pero ahora hazme un favor:
he de darle algo de dinero para comida a mi mujer y no llevo en el bolsillo ni
un céntimo. Los niños aún no han comido nada hoy. Préstame diez marcos, te
aseguro que te los devolveré el viernes que viene, ¡palabra!
Quangel vuelve a liberarse de la presa del otro igual que
antes. ¡De modo que eres de esos, así es como te ganas tu dinero!, se dice. No
pienso darle ni un marco, o creerá que le tengo miedo y no me soltará nunca
más.
—Sólo llevo a casa treinta marcos semanales y necesito
hasta el último céntimo —contesta en voz alta—. No puedo darte dinero.
Y sin una palabra o una mirada más cruza la puerta del
patio de la fábrica. El portero lo conoce y lo deja pasar sin más preguntas.
Barkhausen, en la calle, lo mira de hito en hito mientras
medita sus próximos pasos. Lo que más le gustaría es denunciar a Quangel ante
la Gestapo, por eso simplemente le caerían unos cuantos cigarrillos. Pero será
mejor que no lo haga. Hoy ha actuado con demasiada ligereza, habría debido
dejar que Quangel se desahogase con libertad; tras la muerte de su hijo, el
hombre estaba en el estado de ánimo apropiado para ello.
Se ha equivocado al juzgar a Quangel, ése no se deja
apabullar. Hoy en día la mayoría de la gente tiene miedo, en realidad todos,
porque todos hacen algo prohibido alguna vez y temen que alguien se entere.
Sólo hay que sorprenderlos en el momento adecuado para tenerlos en el bote y
que paguen. Pero Quangel, el hombre con esa cara tan penetrante de ave rapaz,
no es así. Seguramente no le tiene miedo a nada, y menos aún se dejará
sorprender. No, renunciará al hombre, a lo mejor en los próximos días puede sacarle
algo a la mujer. ¡A una madre la muerte de su único hijo le hace perder la
serenidad! Entonces esas mujeres empiezan a hablar como cotorras.
Así que en los próximos días lo intentará con la mujer,
aunque ahora ¿qué? La verdad es que tiene que dar dinero a Otti, esta mañana
temprano se ha comido a escondidas el último pan de la alacena. Pero está sin
blanca. ¿De dónde sacará dinero con rapidez? Su mujer es una hiena, muy capaz
de convertir su vida en un infierno. Antes hacía la calle en la avenida
Schönhauser y a veces podía mostrarse muy simpática y cariñosa. Ahora tiene
cinco críos con ella, bueno, la mayoría es difícil que sean suyos, y ella jura
como un carretero. Esa bestia también reparte estopa entre los niños, y cuando
le toca a él, entonces se organiza una pequeña bronca en la que ella siempre se
lleva la peor parte, pero eso no la vuelve más sensata.
No, no puede presentarse ante Otti sin dinero. De pronto
recuerda a la vieja Rosenthal, que vive sola y sin protección en el cuarto piso
del número 55 de la calle Jablonski. ¡Mira que no haberse acordado antes de la
vieja judía, ésa es un negocio más rentable que el viejo buitre de Quangel! Es
una mujer bondadosa, lo recuerda de antaño, cuando aún tenían su lencería.
Primero lo intentará por las buenas. ¡Pero si se niega, le arreará sin más en
la cabeza! Seguro que encontrará algo, una joya, o dinero, o algo de comida,
cualquier cosa que amanse a Otti.
Mientras Barkhausen desgrana estos pensamientos,
imaginándose una y otra vez lo que encontrará —porque los judíos todavía son
dueños de todo, aunque lo ocultan a los alemanes, a quienes se lo robaron—,
Barkhausen retrocede cada vez más deprisa hacia la calle Jablonski. Cuando
llega al arranque de la escalera, escucha largo rato. No le gustaría que le
viera alguien allí, en la zona que da a la calle, porque él vive en el edificio
de atrás, en lo que se denomina despectivamente la caseta, en el sótano, o sea,
para decirlo sin rodeos, que vive en una cueva. A él no le importa, aunque a
veces le resulta penoso por la gente.
Barkhausen no capta el menor movimiento en la escalera, de
manera que empieza a subir los escalones deprisa, pero con sigilo. Del piso de
los Persicke sale un tumultuoso alboroto, voces y carcajadas, están otra vez de
celebración. Tendría que intentar relacionarse con gente como los Persicke, que
tienen los contactos adecuados, y entonces también él saldría adelante. Pero
claro, esos ni miran a un chivato ocasional como él; sobre todo los chicos que
están en las SS y Baldur son increíblemente orgullosos. El viejo es otra cosa,
en ocasiones, cuando está bebido le regala cinco marcos...
El piso de los Quangel está en completo silencio y un
tramo de escalera más arriba, en casa de la Rosenthal, tampoco oye ruido
alguno, por más que apoya la oreja contra la puerta. Así que llama al timbre
deprisa y con cara de tedio, como lo haría, por ejemplo, el cartero apurado por
continuar su quehacer.
Pero nada se mueve, y al cabo de uno o dos minutos de
espera, Barkhausen se decide a llamar al timbre por segunda y por tercera vez.
Entretanto escucha, no oye nada, pero por el agujero de la cerradura susurra:
—¡Señora Rosenthal, abra! ¡Le traigo noticias de su
marido! ¡Deprisa, antes de que me vea alguien! ¡La estoy oyendo, señora
Rosenthal, abra de una vez!
Entretanto no para de tocar el timbre, pero sin éxito. Al
final lo invade la ira. De allí no puede marcharse derrotado, Otti le montará
una bronca de mil demonios. ¡La vieja judía tiene que soltarle lo que le ha
robado! Llama al timbre loco de rabia, mientras vocifera por el agujero de la
cerradura:
—¡Abre de una vez, vieja cerda judía, o te voy a sacudir
tal sarta de bofetadas que te dejaré hecha un cristo! ¡Como no abras, te
mandaré hoy mismo al campo de concentración, maldita judía!
Si en ese momento llevase gasolina, prendería fuego a la
puerta de esa asquerosa.
De repente, Barkhausen enmudece. Ha oído abrirse más abajo
la puerta de una vivienda, se pega mucho a la pared. Nadie debe verlo allí.
Lógicamente se dispondrán a bajar a la calle, ahora tiene que guardar silencio.
Pero los pasos suben hacia arriba, incesantes, aunque
lentos y a trompicones. Es uno de los Persicke, y un Persicke borracho es justo
lo que le faltaba ahora a Barkhausen. Por supuesto, querría ir al desván, pero
el desván está asegurado por una puerta de hierro cerrada con llave, ahí no hay
escondite que valga. No le queda más que una esperanza: que el borracho pase a
su lado sin verlo; si es el viejo Persicke, puede suceder.
¡Pero no es el viejo Persicke, sino ese crío asqueroso,
Bruno o Baldur, el peor de toda la banda! Anda siempre por ahí con su uniforme
de dirigente de las Juventudes Hitlerianas esperando que tú lo saludes primero,
a pesar de que es un auténtico don nadie. Baldur sube despacio los últimos
escalones, agarrándose a la barandilla de lo borracho que está. A pesar de sus
ojos vidriosos, hace rato que ha visto a Barkhausen pegado a la pared, pero no
le habla hasta llegar justo ante él:
—¿Qué andas fisgoneando en el edificio? ¡No pienso
consentirlo, lárgate ahora mismo al sótano con tu puta! ¡Marchando, largo de
aquí!
Y levanta el pie con la bota claveteada, pero desiste
enseguida: se tambalea demasiado para soltar una patada.
Barkhausen no puede enfrentarse a ese tono. Cuando lo
tratan con tanta grosería, se arruga como un trapo.
—¡Perdone, señor Persicke! ¡Sólo quería divertirme un poco
con la vieja judía! —susurra, rastrero.
Baldur frunce el ceño mientras reflexiona con esfuerzo. Al
cabo de un rato dice:
—Lo que querías es robar, cerdo, esa es tu diversión con
la vieja judía. ¡Vamos, tú delante!
Por groseras que sean sus palabras, ahora sin duda parecen
más benévolas; Barkhausen tiene un oído muy fino para esas cosas. Así que,
pidiendo disculpas por el chiste con una sonrisa, replica:
—Yo no robo, señor Persicke, sólo afano un poco de vez en
cuando.
Baldur Persicke no le devuelve la sonrisa. Con ese tipo de
gente no admite familiaridades, aunque a veces pueda resultar útil. Baja con
cautela las escaleras detrás de Barkhausen.
Los dos hombres van tan enfrascados en sus pensamientos
que no advierten que la puerta del piso de los Quangel sólo está entornada. Y
vuelve a abrirse inmediatamente en cuanto ambos han pasado. Anna Quangel se
acerca, sigilosa, a la barandilla de la escalera y aguza el oído.
Delante de la puerta de entrada de los Persicke,
Barkhausen se cuadra levantando la mano para el «Saludo Alemán»:
—¡Heil Hitler, señor Persicke! ¡Y muchas gracias por todo!
Ni él mismo sabe por qué le da las gracias. Quizá porque
el dirigente de las Juventudes Hitlerianas no le ha pegado una patada en el
culo tirándolo escaleras abajo. Y no le habría quedado más remedio que
aceptarlo, teniendo en cuenta que es un paria.
Baldur Persicke, en lugar de responder al saludo, mira
fijamente al otro con sus ojos vidriosos y consigue que éste comience a
parpadear y baje la vista hacia el suelo.
—De modo que querías divertirte un poco con la vieja
Rosenthal, ¿eh? —pregunta Baldur.
—Sí —contesta Barkhausen en voz baja con la mirada gacha.
—¿Y qué diversión era ésa? —prosigue—. ¿De la empresa
Ladrón y Cía.?
Barkhausen arriesga una sonrisa furtiva mientras examina
el rostro de su interlocutor.
—¡Quiá! —dice—. También le habría arreado un par de
hostias.
—Ya —se limita a responder Baldur—. Ya.
Durante un momento permanecen quietos y silenciosos.
Barkhausen se pregunta si puede marcharse, pero todavía no ha recibido la orden
de retirarse. Así que sigue esperando mudo y con la vista gacha.
—Entra un momento —suelta Persicke de pronto con la lengua
muy estropajosa. Con el dedo estirado señala la puerta abierta del piso de los
Persicke.
—A lo mejor tengo que decirte algo más. ¡Ya veremos!
Barkhausen, obedeciendo la señal, penetra en la vivienda
de los Persicke sin decir ni una palabra. Baldur Persicke lo sigue
tambaleándose un poco, pero con postura marcial. La puerta se cierra de golpe
detrás de ambos.
Arriba, la señora Anna Quangel se aparta de la barandilla
y se desliza, sigilosa, dentro de su vivienda, cuya puerta cierra con suavidad.
No sabe por qué ha espiado la conversación de esos dos, primero arriba, delante
del piso de la señora Rosenthal, después abajo, ante la puerta de los Persicke.
Habitualmente sigue la costumbre de su marido: los vecinos pueden hacer lo que
les venga en gana. La cara de Anna aún ostenta una blancura enfermiza, y sus
párpados se contraen con irritación. En un par de ocasiones le habría gustado
sentarse y llorar, pero no puede hacerlo. Por su cabeza pasan frases hechas
como: «Se me parte el corazón», o: «Menudo golpe me han dado», o: «Tengo un
nudo en la garganta». Todo eso forma parte de sus vivencias, pero también esto:
«No quedarán sin castigo después de haberme matado a mi hijo. Yo también puedo
ser distinta...».
De nuevo desconoce a qué se refiere con lo de ser
distinta, pero ese espionaje de hace un momento quizá haya sido únicamente el
comienzo. Otto ya no podrá decidirlo todo él solito, le pasa por la mente. Yo
también podré hacer a veces lo que se me antoje, aunque no le guste.
Se dispone a terminar de preparar la comida con
diligencia. La mayoría de los alimentos que consigue con las cartillas son para
él. Ya no es joven y tiene que deslomarse a trabajar; ella puede pasar mucho
tiempo sentada dedicada a labores de costura, así que ese reparto cae por su
propio peso.
Mientras manipula las cacerolas, Barkhausen vuelve a salir
del piso de los Persicke. En cuanto baja la escalera, abandona la postura de
servilismo que mostraba ante ellos. Al cruzar el patio camina erguido, nota en
su estómago el agradable calorcillo provocado por las dos copas de aguardiente
y en el bolsillo lleva dos billetes de diez marcos, uno de los cuales aplacará
el malhumor de Otti.
Cuando entra en la habitación del sótano, Otti no está de
malhumor. Sobre la mesa hay un mantel blanco, y Otti está sentada en el sofá
con un hombre desconocido para Barkhausen. El extraño, que no viste nada mal,
retira a toda prisa el brazo que rodea los hombros de Otti. Pero no tenía
ninguna necesidad de hacerlo, Barkhausen jamás ha sido quisquilloso al
respecto.
¡Fíjate, la vieja pelleja también echa el anzuelo a esos!
Éste será por lo menos empleado de banca o maestro..., piensa.
En la cocina, los niños lloran y gritan. Barkhausen les da
a cada uno una gruesa rebanada del pan depositado sobre la mesa. Después
comienza a desayunar, porque además de pan hay salchicha y aguardiente. ¡Todo
es bueno para un cliente así! Mira, complacido, al hombre del sofá, que no
parece sentirse tan bien como Barkhausen.
En cuanto ha comido un poco, Barkhausen se marcha. ¡Todo
menos asustar al cliente! Lo bueno es que ahora puede quedarse los veinte
marcos para él. Barkhausen se encamina hacia la calle Roller; ha oído hablar de
una tasca donde la gente habla con mucha ligereza. A lo mejor puede sacar algo
en limpio. Ahora en Berlín se puede pescar en cualquier parte. Si no de día, de
noche.
Al pensar en la noche, el bigote caído de Barkhausen
vuelve a estremecerse de risa. ¡Menuda panda forman el tal Baldur Persicke y
los demás! ¡Pero que no se les ocurra tomarlo por tonto, a él, no! ¡Que no se
crean que se lo han ganado con veinte marcos y dos copas de aguardiente! A lo
mejor llega un tiempo en el que pueda meterse en el bolsillo a todos los
Persicke. Ahora sólo tiene que ser listo.
Entonces Barkhausen recuerda que ha de encontrar a un tal
Enno antes de que anochezca. Enno quizá sea el hombre adecuado para esa
empresa. No hay que temer, ya lo encontrará. Enno hace su ronda por tres o
cuatro locales frecuentados por corredores de apuestas de poca monta.
Barkhausen no sabe cómo se llama en realidad el tal Enno. Sólo lo conoce de ese
puñado de locales donde todos le llaman así. Ya lo encontrará, y a lo mejor
incluso es el hombre adecuado.
Capítulo 4
TRUDEL BAUMANN REVELA UN SECRETO
A Otto Quangel le costó conseguir que avisasen a Trudel
Baumann para que saliera a reunirse con él; en cambio, le resultó fácil entrar
en la fábrica. Porque allí —dicho sea de paso, igual que en la fábrica de
Quangel— no sólo trabajan a destajo, sino que cada equipo tiene que conseguir
un determinado cupo de trabajo, así que a menudo cada minuto es importante.
Otto Quangel tiene éxito, al fin y al cabo el otro es jefe
de taller, como él mismo. Es difícil denegar algo así a un colega, sobre todo
cuando su hijo acaba de caer. Porque Quangel ha tenido que contarlo para poder
ver a Trudel. En consecuencia, también tendrá que decírselo a ella, en contra
del ruego de su mujer, pues de lo contrario se enteraría por el jefe de taller.
Ojalá no haya gritos ni desmayos. En realidad el comportamiento de Anna ha sido
milagroso... en fin, Trudel también es una mujer fuerte.
Ahí llega por fin y Quangel, que jamás ha mantenido otra
relación salvo con su mujer, tiene que reconocer que la joven, con su cabeza de
cabellos oscuros rizados, alborotados, su rostro redondo al que ningún trabajo
fabril ha podido arrebatar sus frescos colores, sus ojos risueños y el pecho
erguido, es una preciosidad. Incluso ahora que, debido al trabajo, viste largos
pantalones azules y un viejo suéter muy remendado cubierto de restos de hilo,
resulta atractiva. Pero lo más bonito en ella es quizá su forma de moverse,
llena de vida, parece complacerse en cada paso: rebosa alegría de vivir.
En realidad, parece un milagro, piensa de pasada Otto
Quangel, que un soseras como Otto, un hijito tan mimado por su mamá,
consiguiera una chica tan maravillosa. Pero, se corrige al instante, ¿qué sé yo
de Otto? Nunca me fijé mucho en él. Tiene que haber sido completamente distinto
a lo que yo pensaba. Y de radios la verdad es que sabía un montón, todos los
jefes se lo disputaban.
—Hola, Trudel —saluda tendiéndole la mano en la que ella,
con un ademán rápido y vigoroso, desliza la suya, cálida y suave.
—Hola, padre —contesta—. Bueno, ¿qué es lo que pasa? ¿Es
que mamá tiene otra vez nostalgia de mí o ha escrito Otto? Procuraré ir a veros
lo antes posible.
—Tiene que ser esta misma tarde, Trudel —precisa Otto
Quangel—. La verdad es que...
Pero no acaba la frase. Con rapidez, a su modo, Trudel
mete la mano en el bolsillo del pantalón azul y saca una agenda de bolsillo que
hojea. Sólo escucha a medias, no es el momento adecuado para decírselo. Así que
Quangel espera, impaciente, a que ella haya encontrado lo que busca.
El encuentro entre ambos se desarrolla en un largo pasillo
con corrientes de aire y paredes enlucidas completamente cubiertas de carteles.
Sin darse cuenta, la mirada de Quangel cae sobre uno que cuelga torcido detrás
de Trudel. Lee unas palabras, el titular impreso en letras muy gordas: «En
nombre del pueblo alemán», después tres nombres y: «Han sido condenados a la
horca por crimen de alta traición y sedición. La ejecución se ha llevado a cabo
esta mañana en la prisión de Plötzensee».
Sin darse cuenta, agarra a Trudel con las dos manos y la
aparta hasta que ya no está delante del cartel.
—¿Qué pasa? —pregunta, sorprendida.
Después sus ojos siguen la dirección de su mirada y
también ella lee el cartel. Hace un ruido que puede significar cualquier cosa:
protesta contra lo leído, rechazo al comportamiento de Quangel, indiferencia,
pero de todos modos no regresa a su posición anterior. Mientras se guarda de
nuevo la agenda en el bolsillo, dice:
—Esta tarde es imposible, padre, pero mañana a eso de las
ocho me pasaré por vuestra casa.
—¡Tiene que ser esta tarde, Trudel! —insiste Otto
Quangel—. Han llegado noticias de Otto. —Su mirada se vuelve más penetrante
todavía, ve cómo la sonrisa desaparece del rostro de la joven—. Otto ha caído,
Trudel.
Es extraño: del pecho de Trudel se escapa ahora el mismo
sonido que profirió Otto Quangel al recibir la noticia, un profundo «¡Oh...!».
Durante un instante mira al hombre con los ojos llenos de lágrimas y los labios
temblorosos; después gira la cara hacia la pared, apoya la frente contra ella.
Llora en silencio. Quangel ve el temblor de sus hombros, pero no oye sonido
alguno.
¡Muchacha valiente!, piensa. ¡Hay que ver lo que quería a
Otto! Éste también fue valiente a su modo, jamás colaboró con esos mierdas, no
dejó que las Juventudes Hitlerianas lo azuzaran contra sus padres, siempre se
opuso a jugar a soldados y a la guerra. ¡Esta maldita guerra!
Se detiene, asustado por lo que acaba de pensar. ¿Será que
también está cambiando él? Porque eso ha sido casi igual que lo de «tú y tu
Hitler» de Anna.
Entonces ve que Trudel apoya la frente en el cartel del
que acaba de apartarla hace un momento. Por encima de su cabeza se lee en
negrita: «En nombre del pueblo alemán», su frente tapa los nombres de los tres
ahorcados...
Y en su fuero interno surge una visión: un día podría
colgar en las paredes un cartel parecido con los nombres de Anna, Trudel y el
suyo. Sacude la cabeza, disgustado. Él es un simple obrero que únicamente desea
tranquilidad, que no quiere saber nada de política, Anna sólo se ocupa de su
casa y una chica tan preciosa como Trudel seguro que no tardará en encontrar
otro novio...
La visión, sin embargo, es tenaz, persistente. Nuestros
nombres en la pared, piensa él completamente confundido. ¿Y por qué no? Colgar
de la horca tampoco es peor que caer destrozado por una granada o reventar de
un tiro en la barriga. Todo eso carece de importancia. Lo único importante es:
Tengo que averiguar qué ocurre con Hitler. Un momento antes todo parecía ser
bueno, y ahora de repente todo es malo. De repente sólo veo represión y odio y
coacción y dolor, tanto dolor... Unos miles, dijo ese espía cobarde, el tal
Barkhausen. ¡Como si el número fuera lo principal! Si una sola persona sufre
injustamente y yo, pudiendo evitarlo, no lo hago por cobardía y porque amo
demasiado mi tranquilidad, entonces...
Llegado a este punto ya no se atreve a seguir pensando. Le
da miedo, auténtico miedo, adónde puede conducirlo esa idea. ¡Tendría que
cambiar toda su vida!
En lugar de eso vuelve a mirar a la chica encima de cuya
cabeza se lee: «En nombre del pueblo alemán». No debería llorar apoyada
precisamente en ese cartel, gira sus hombros para alejarla de la pared y dice
lo más suavemente que puede:
—Vamos, Trudel, apoyada en ese cartel no...
Durante un instante ella observa las palabras impresas sin
comprender. Sus ojos están secos de nuevo, sus hombros ya no tiemblan. La vida
retorna a su mirada, la cual ya no despide el antiguo brillo alegre con el que
ha entrado en el pasillo, sino un fulgor oscuro. Coloca su mano con firmeza y
también con ternura sobre la palabra «ahorcados».
—Jamás olvidaré, padre —dice—, que he llorado por Otto
justo delante de un cartel así. A lo mejor... no me gustaría... pero tal vez
algún día también figure mi nombre en un papelucho de estos.
Lo mira de hito en hito. Él tiene la impresión de que no
sabe bien lo que dice.
—¡Muchacha! —exclama asustado—. ¡Vuelve en ti! ¿Cómo vas
tú, y en semejante cartel...? Eres joven, tienes toda la vida por delante.
Volverás a reír, tendrás hijos...
Ella niega, tozuda, con la cabeza.
—No tendré hijos mientras no sepa con seguridad que no me
los van a matar de un tiro. Mientras cualquier general pueda decir: ¡Marcha y
revienta! Padre —continúa mientras estrecha con fuerza la mano de él entre las
suyas—, padre, ¿de verdad puedes seguir viviendo igual que hasta hoy ahora que
han matado a tiros a tu Otto?
La muchacha le dirige una mirada penetrante, y de nuevo
intenta resistirse contra ese algo desconocido que se va infiltrando en él.
—Los franceses... —murmura.
—¡Los franceses! —exclama ella furiosa—. ¿Es que vas a
recurrir a una disculpa así? ¿Y quién invadió a los franceses? ¿Quién fue,
padre? ¡Responde!
—Pero ¿qué podemos hacer nosotros? —Otto Quangel se
defiende, desesperado, de esa presión—. Nosotros apenas somos unos pocos y
ellos tienen muchos millones a su favor, y ahora, después de la victoria contra
Francia, todavía más. ¡No podemos hacer absolutamente nada!
—Podemos hacer mucho —susurra—. Podemos sabotear las
máquinas, podemos trabajar despacio y mal, podemos arrancar sus carteles y
pegar otros en los que digamos a la gente cómo la engañan y le mienten —baja
aún más la voz—. Pero lo principal es que nosotros seamos distintos a ellos,
que nunca consintamos en ser como ellos, en pensar como ellos. ¡Nosotros no
seremos nazis aunque ellos pongan el mundo entero a sus pies!
—¿Y qué conseguiremos con eso, Trudel? —pregunta Otto
Quangel en voz baja—. No veo qué vamos a conseguir con eso.
—Padre —replica la joven—, al principio yo tampoco lo
entendía, y aún sigo sin entenderlo del todo. Pero, sabes, aquí, en la fábrica,
hemos formado en secreto una célula comunista, muy pequeña, tres hombres y yo.
Con nosotros hay uno que ha intentado explicármelo. Somos, dice él, como la
buena semilla en un sembrado lleno de mala hierba. Si no fuera por la buena
semilla todo el sembrado estaría invadido por la mala hierba. Pero la buena
semilla puede extenderse...
Se detiene bruscamente, como si acabaran de darle un susto
de muerte.
—¿Qué ocurre, Trudel? —le pregunta—. Lo de la buena
semilla no es una mala idea. Meditaré sobre el asunto, tengo tanto que meditar
en los próximos tiempos.
Ella dice, llena de vergüenza y arrepentimiento:
—Es que se me ha escapado lo de la célula y había jurado
solemnemente no revelárselo a nadie.
—No te preocupes por eso, Trudel —contesta Otto Quangel, y
sin querer contagia su serenidad a esa criatura atormentada. A Otto Quangel
esas cosas le entran por un oído y le salen por el otro—. Ya lo he olvidado.
—Dirige una mirada decidida y enconada al cartel—. Aunque viniera toda la
Gestapo, no recordaría nada. Y si quieres y te tranquiliza —añade—, a partir de
este momento tú ya no nos conoces de nada. Tampoco tienes que venir esta tarde
a ver a Anna, ya se lo explicaré yo de algún modo, sin necesidad de palabras.
—No —responde Trudel, recuperando la seguridad—. No, esta
tarde me pasaré a ver a madre. Pero tendré que decirles a los demás que me he
ido de la lengua, y a lo mejor alguno intenta sonsacarte para comprobar si tú
también eres de confianza.
—¡Que vengan si se atreven! —replica Otto Quangel con tono
amenazador—. Yo no sé nada. Nunca he tenido nada que ver con la política, en
toda mi vida. Adiós, Trudel. Hoy ya no te veré, porque casi nunca regreso del
trabajo antes de las doce.
Ella le da la mano y regresa por el corredor al interior
de la fábrica. Ya no rebosa de vida, pero sigue pletórica de fuerza. ¡Buena
chica!, piensa Quangel. ¡Muchacha valiente!
Después Quangel se queda solo en el corredor con sus
carteles, que crujen suavemente por la continua corriente de aire. Se dispone a
marcharse. Pero antes hace algo que lo sorprende a él mismo: saluda con una
inclinación de cabeza al cartel contra el que ha llorado Trudel... con una
resolución enconada.
Momentos después se avergüenza de su acción. ¡Es una
arrogancia estúpida! Luego se apresura a regresar a casa. El tiempo apremia,
tendrá incluso que coger el tranvía, cosa que aborrece por su sentido del
ahorro, rayano a veces en la avaricia.
Capítulo 5
EL ASTUTO REGRESO DE ENNO
La cartera Eva Kluge terminó su reparto hacia las dos de
la tarde. Estuvo muy ocupada con la liquidación de sus cheques y giros postales
hasta eso de las cuatro: como estaba muy cansada, se le embrollaban los números
y se equivocaba continuamente. Emprendió el regreso a casa con los pies
ardiendo y un doloroso vacío en la cabeza; no quería ni pensar en lo que le
quedaba por hacer antes de poder irse por fin a la cama. Durante el camino de
vuelta hizo la compra con las cartillas de racionamiento; en la carnicería tuvo
que guardar cola un buen rato, y casi eran las seis cuando subía poco a poco
los peldaños de su vivienda en Friedrichshain.
En el descansillo, delante de su puerta, ve a un hombre
bajo con abrigo claro y gorra deportiva. Tiene el rostro descolorido y carente
de toda expresión, los párpados un poco inflamados, los ojos pálidos, es uno de
esos rostros que se olvidan al momento.
—¿Tú, Enno? —exclama ella asustada aferrando sin darse
cuenta la llave en su mano con más fuerza—. ¿Qué buscas aquí? No tengo dinero
ni comida y tampoco pienso dejarte entrar en casa.
El hombre bajo hace un gesto tranquilizador.
—¿Por qué te alteras tanto, Eva? ¿A qué viene esa
hostilidad? Yo sólo quería saludarte, Eva. ¡Buenas tardes, Eva!
—Buenas tardes, Enno —responde a regañadientes, porque
conoce a su marido desde hace muchos años. Tras unos momentos, suelta una risa
breve y furiosa—. Ya nos hemos saludado como querías, Enno, así que ya puedes
largarte. Pero, según veo, no te vas, ¿qué es lo que deseas realmente?
—Lo ves, Evita —le contesta él, siempre con tono
persuasivo—. Eres una mujer razonable, contigo se puede hablar... —y empieza a
contarle con todo lujo de detalles que el seguro de enfermedad ya no le paga
porque han transcurrido las veintiséis semanas de enfermedad. Tiene que volver
a trabajar o lo enviarán de vuelta al Ejército, que lo ha dejado a disposición
de su fábrica porque es mecánico de precisión y la gente de ese oficio
escasea—. Así son las cosas. Total —concluye sus explicaciones— que en los próximos
días debo tener un domicilio fijo. Y he pensado que...
Ella niega enérgicamente con la cabeza. Se cae de sueño y
se muere de ganas por entrar en casa, donde le espera mucho trabajo. Pero no lo
dejará entrar, aunque tenga que pasarse allí la mitad de la noche.
Él dice deprisa, pero con un tono que sigue sonando igual
de insulso:
—No me digas que no, Evita, aún no he terminado de hablar.
Te juro que no quiero nada de ti, ni dinero, ni comida. Déjame dormir en el
sofá. Tampoco necesito ropa de cama. No te daré trabajo.
La mujer vuelve a negar con la cabeza. Si al menos dejara
de hablar, tiene que saber que ella no cree ni una palabra. Porque jamás ha
cumplido sus promesas.
—¿Por qué no recurres a una de tus amiguitas? —le espeta—.
¡Con lo buenas que son contigo en según qué cosas!
Éste niega con un gesto.
—He terminado con las mujeres, Evita, no pienso dedicarme
más a ellas, me he hartado. Pensándolo bien, tú siempre has sido la mejor de
todas, Evita. Pasamos unos años buenos entonces, cuando los chicos eran
pequeños...
De modo inconsciente el rostro de ella se ilumina al
recordar sus primeros años de matrimonio. Fueron realmente buenos, entonces él
aún trabajaba como mecánico de precisión, llevaba todas las semanas sus sesenta
marcos a casa y no sabía lo que era la pereza.
Enno Kluge se apercibe en el acto de su ventaja.
—Lo ves, Evita, todavía me quieres un poco, y por eso me
dejarás dormir en el sofá. Te prometo que despacharé muy deprisa lo del
trabajo, a mí también me importa un pimiento esa majadería. Sólo hasta que
vuelva a recibir el subsidio de enfermedad y no tenga que volver al Ejército.
¡En diez días conseguiré que vuelvan a darme la baja!
Hace una pausa y la mira expectante. La mujer ya no menea
la cabeza, pero su rostro es impenetrable. Así que prosigue:
—Esta vez no pienso recurrir a las hemorragias gástricas,
porque entonces no te dan nada de comer en los hospitales. Esta vez probaré con
cólicos hepáticos. Así ellos no podrán comprobar nada, sólo hacerme una
radiografía, y para los cólicos no es necesario tener piedras. Se pueden tener
sin más. Me he informado con todo detalle. Funcionará. Pero primero he de
trabajar esos diez días.
Ella guarda silencio y él continúa su perorata, convencido
de que hablando sin parar se puede convencer a la gente, de que al final ceden
si uno lo intenta con la suficiente insistencia.
—También tengo la dirección de un médico judío en la
avenida Frankfurter que si lo deseas te da la baja, sólo para evitarse
problemas con la gente. Con ése lo conseguiré: dentro de diez días estaré de
nuevo en el hospital y tú te habrás librado de mí, Evita.
Ésta dice, harta de tanta palabrería:
—Ni aunque hables hasta la medianoche volveré a acogerte,
Enno. No lo haré nunca más, digas lo que digas y hagas lo que hagas. No
permitiré que vuelvas a destrozarme la vida, tú y tu pereza y tus apuestas y
tus mujerzuelas. Ya lo he vivido tres veces y cuatro y otra y una más, y se me
ha acabado la paciencia, se terminó. Me sentaré aquí, en la escalera, porque
estoy cansada, llevo en pie desde las seis de la mañana. Si quieres, siéntate
conmigo. Si te apetece, habla; si no, cierra la boca, a mí todo me da igual.
¡Pero en mi casa no entras!
Y se sienta en la escalera, en el mismo peldaño donde
antes esperaba él. Y sus palabras traslucen tal decisión que él se da cuenta de
que esta vez no servirá de nada hablar. Así que ladeando un poco su gorra de
jockey dice:
—Pues nada, Evita, si te niegas a todo trance, si ni
siquiera quieres hacerme un favor tan pequeño, sabiendo lo apurado que está tu
marido, con el que has tenido cinco hijos, tres de los cuales yacen en el
cementerio y dos luchan por su Führer y su patria... —se interrumpe, ha hablado
de manera maquinal, porque por las tabernas se ha acostumbrado a hablar por los
codos, a pesar de que ha comprendido que ahora las palabras son inútiles—. En
fin, Evita, me marcho. Que sepas que no te lo tomo a mal, eso ya lo sabes, seré
como sea, pero no te reprocho nada.
—Porque, salvo tus apuestas, todo te importa un bledo
—replica ella—. Porque no te interesa otra cosa en el mundo, porque no puedes
querer a nada ni a nadie, ni siquiera a ti mismo, Enno. —Vuelve a interrumpirse
en el acto, es inútil hablar con ese hombre. Tras esperar un instante, añade—:
Creía que pensabas marcharte.
—Ya me voy, Evita —dice él para su sorpresa—. Que te vaya
bien. No te guardo rencor. ¡Heil Hitler, Evita!
—¡Heil Hitler! —contesta ella de forma mecánica, todavía
firmemente convencida de que esa despedida es una artimaña, una mera
introducción a otra charla interminable. Pero para su infinita sorpresa, no
dice nada más y empieza a bajar la escalera.
Durante uno, dos minutos, se queda sentada en el peldaño
estupefacta, aún no acierta a creer en su victoria. Después se levanta de un
salto y aguza los oídos. Oye con claridad sus pasos en el último tramo de
escaleras, no se ha escondido, ¡se va de verdad! En ese momento la puerta de la
calle se cierra. Con mano temblorosa abre la puerta; está tan nerviosa que al
principio no logra encontrar el agujero de la cerradura. Una vez dentro, echa
la cadena y se desploma en una silla de la cocina. Sus miembros cuelgan
desmadejados, el combate de momentos antes le ha arrebatado sus últimas
fuerzas. Ya no le quedaban energías, cualquiera habría podido empujarla con un
dedo para que resbalase sin más de la silla.
Pero poco a poco, allí sentada, vuelve a recuperar la
fuerza y la vida. Así que lo ha conseguido, su voluntad ha vencido la terca
tenacidad de él. Ha conservado su casa para ella, para ella sola. No volverá a
estar ahí sentado, hablando sin parar de sus caballos y robándole cada marco y
cada mendrugo de pan que pueda pillar.
Se levanta de un salto, infundida de nuevo ánimo. Le ha
quedado un vestigio de vida. Tras el interminable trabajo en Correos necesita
esas pocas horas para ella sola. El reparto le resulta duro, muy duro, cada vez
más. Ya había tenido antes problemas abdominales, no en vano yacían en el
cementerio sus tres hijos menores: todos prematuros. Las piernas tampoco le
responden bien. Y es que no era una mujer para la vida laboral, sino una
auténtica ama de casa. Pero cuando su marido dejó de trabajar de repente, no le
quedó más remedio que ganarse la vida. Por entonces los dos chicos aún eran
pequeños. Ella los había sacado adelante, había conseguido esa vivienda:
cocina, comedor y dormitorio. Y encima había cargado con el marido cuando no
estaba alojado en casa de alguna de sus amantes.
Lógicamente habría tenido que divorciarse hacía tiempo,
porque él no disimulaba sus adulterios. Pero el divorcio no habría cambiado
nada; divorciado o no, Enno habría seguido aferrándose a ella. A él todo le
daba igual, no le quedaba ni una pizca de honor en el cuerpo.
No lo echó definitivamente de su casa hasta que los dos
chicos se fueron a la guerra. Hasta entonces aún se creía obligada a mantener
al menos la apariencia de una vida familiar, a pesar de que los dos mozos
mayores estaban al cabo de todo. A ella le daba vergüenza que otras personas
notasen sus desavenencias. Si le preguntaban por su marido, contestaba siempre
que estaba fuera por trabajos de montaje. Incluso ahora visitaba ocasionalmente
a los padres de Enno, les llevaba algo de comer o unos marcos, en cierto modo
como compensación por el dinero que el hijo birlaba de vez en cuando de la
paupérrima pensión de sus padres.
Pero en su interior había terminado definitivamente con
ese hombre. Aunque hubiera sido capaz de cambiar y trabajar de nuevo y
comportarse como en los primeros años de su matrimonio, no habría vuelto a
darle cobijo. No es que lo odiara, era una completa insignificancia, ni
siquiera podía odiarlo, simplemente le repugnaba, igual que las arañas y las
serpientes. ¡Que la dejara en paz, lo único que quería era no verlo, con eso ya
se daba por satisfecha!
Eva Kluge pensaba todo esto mientras colocaba su comida
sobre la llama del gas y recogía la cocina; el dormitorio y la cama los
ordenaba siempre a primera hora de la mañana. Mientras oía borbotear el caldo y
su aroma comenzaba a extenderse por toda la cocina, se puso con la cesta de
zurcir. Las medias eran un dolor permanente, muchas veces rompía durante la
jornada más de las que era capaz de arreglar. Mas no por ello le irritaba ese
trabajo, amaba esa tranquila media hora antes de cenar, cuando se sentaba cómodamente
en la silla de mimbre, con sus blandas zapatillas de fieltro, los pies
doloridos bien estirados y un poco girados hacia dentro, en esa postura era
como mejor descansaba.
Después de cenar pensaba escribir a su preferido, al
mayor, a su Karl, que estaba en Polonia. No estaba nada de acuerdo con él, y
menos aún desde que se hizo de las SS. En los últimos tiempos se oían muchas
cosas malas de las SS, al parecer eran malvados, sobre todo con los judíos.
Pero ella no creía que su hijo, al que llevaba en su corazón, fuese capaz de
violar primero a chicas judías e inmediatamente después matarlas de un tiro.
¡Eso no podía hacerlo su Karl! ¿De quién lo había aprendido? Nunca había sido
dura ni grosera, y el padre era un guiñapo. Pero ella procuraría insinuar en su
carta que debía seguir siendo decente. Como es natural, la insinuación había
que hacerla con suma cautela, para que sólo la entendiera su Karl, porque si la
carta caía en manos del censor le traería problemas. Bueno, ya se le ocurriría
algo, a lo mejor le recordaba un suceso de la infancia, la vez que él le robó
dos marcos y se compró caramelos o, mejor todavía, cuando ya con trece años se
lio con Walli, que no era más que una zorra. Cuántos problemas le había
ocasionado por entonces separarlo de aquella mujer... ¡y es que a veces su Karl
tenía un genio terrible!
Pero sonríe al recordar esas dificultades. Hoy todo lo
relacionado con la infancia del muchacho le parece bonito. Por aquel entonces
aún le quedaban fuerzas, habría defendido a sus chiquillos frente al mundo
entero y trabajado día y noche para no privarlos de nada que recibieran otros
niños con un padre como es debido. Pero en los últimos años sus fuerzas han ido
decayendo, sobre todo desde que los dos tuvieron que marcharse a la guerra.
No, esa guerra no habría debido producirse; si el Führer
era de verdad tan gran hombre, habría debido evitarla. Esa minucia de Danzig y
el estrecho corredor, poniendo a diario en peligro de muerte a millones de
personas, ¡eso no lo hace un hombre verdaderamente grande!
Por cierto, que la gente contaba que al parecer era hijo
ilegítimo. Entonces seguro que nunca tuvo una madre que se preocupase de verdad
por él. Y así tampoco podía saber cómo se sienten las madres que padecen ese
miedo permanente e interminable. Después de una carta oficial estabas mejor uno
o dos días, luego calculabas cuánto tiempo había transcurrido desde que había
sido enviada y el miedo te asaltaba de nuevo.
Hace un buen rato que ha dejado caer la media, sumiéndose
en sus ensoñaciones. Ahora se levanta mecánicamente, traslada el caldo de la
llama fuerte a la más débil y coloca la cazuela con las patatas sobre el mejor
fuego. Mientras lo hace, suena el timbre. En el acto se queda paralizada.
¡Enno!, piensa, ¡Enno!
Coloca la cazuela sin hacer ruido y se desliza sigilosa
sobre sus suelas de fieltro hasta la puerta de entrada. Su corazón vuelve a
calmarse: delante de la puerta, un poco apartada de forma que se la pueda ver
bien, está su vecina, la señora Gesch. Seguro que quiere pedirle algo prestado,
harina o un poco de manteca, que siempre olvida devolver. A pesar de todo, la
desconfianza de Eva Kluge no desaparece. Inspecciona el descansillo de la
escalera hasta donde le permite la mirilla de la puerta y aguza los oídos para
escuchar cualquier ruido. Pero todo está en orden, sólo la señora Gesch mueve a
veces los pies con impaciencia o mira hacia la mirilla.
Eva Kluge se decide. Abre la puerta lo que le permite la
cadena, y pregunta:
—¿Qué se le ofrece, señora Gesch?
En el acto la señora Gesch, una mujer extenuada, que se
desloma a trabajar mientras sus hijas se pegan una buena vida a costa de la
madre, la inunda con un torrente de quejas por el interminable lavado, por lavar
siempre la ropa sucia de otras personas y no hartarse de comer jamás, y por
Emmi y Lilli que no hacen nada de nada. Después de cenar se marchan sin más ni
más, dejando que su madre friegue los platos.
—Bueno, señora Kluge, venía a pedirle un favor, es que
tengo algo en la espalda, creo que es un forúnculo o algo que supura. Sólo
tenemos un espejo y tengo tan mal los ojos. Si quisiera echarle un vistazo, no
puedo ir al médico por algo así, ¿de dónde voy a sacar tiempo para ir al
médico? Pero a lo mejor usted puede incluso explotármelo, si no le da asco, a
cierta gente le dan asco esas cosas...
Mientras la señora Gesch prosigue su charla quejumbrosa,
Eva Kluge quita mecánicamente la cadena y la mujer entra en la cocina. Eva
Kluge intenta volver a cerrar la puerta, pero un pie se interpone y Enno Kluge
irrumpe en su vivienda. Su rostro es tan inexpresivo como siempre, pero ella
nota que está algo alterado porque sus párpados casi sin pestañas tiemblan
mucho.
Eva Kluge se queda con los brazos colgando, sus rodillas
tiemblan tanto que le gustaría desplomarse al suelo. El torrente de palabras de
la señora Gesch ha cesado de repente, contempla los rostros de ambos sin abrir
la boca. En la cocina reina un silencio sepulcral, sólo la cazuela del caldo
desprende un suave borboteo.
Finalmente la señora Gesch dice:
—Bueno, ya le he hecho a usted el favor, señor Kluge. Pero
se lo digo claramente: una y no más. Y si no cumple su promesa y empieza de
nuevo a holgazanear, a ir a la taberna y a apostar en las carreras... —se
interrumpe al ver la expresión de la señora Kluge y añade—: Y si he metido la
pata, la ayudaré ahora mismo a echar fuera a este hombrecito, señora Kluge.
¡Entre las dos no nos costará esfuerzo!
Eva Kluge hace un ademán de rechazo.
—¡Bah, déjelo, señora Gesch, qué más da!
Camina despacio y con cuidado hacia la silla de mimbre y
se deja caer en ella. Vuelve a tomar en sus manos la media que zurcía, pero la
mira fijamente como si no supiera qué es.
La señora Gesch dice un tanto ofendida:
—Vaya, pues entonces buenas noches o Heil Hitler... como
prefieran los señores.
Enno Kluge responde a toda prisa:
—¡Heil Hitler!
Eva Kluge contesta despacio, como si despertara de un
sueño:
—Buenas noches, señora Gesch —y volviendo en sí, añade—:
Si de verdad le pasa algo en la espalda...
—No, no —contesta apresuradamente la señora Gesch, ya en
la puerta—. No me pasa nada en la espalda, lo he dicho por decir. Pero seguro
que no me vuelvo a meter en camisa de once varas. Ya veo que nunca me lo
agradecerán.
Tras estas palabras, sale por la puerta; se alegra de
perder de vista a esas dos personas silenciosas, le remuerde un poco la
conciencia.
En cuanto se cierra la puerta, el hombre bajito se pone en
movi miento. Con toda naturalidad abre el armario, deja libre una percha
colgando dos vestidos de su mujer uno encima de otro, y coloca en ella su
abrigo. Pone la gorra deportiva encima del armario. Siempre trata sus cosas con
mucho cuidado, odia ir mal vestido y sabe que no puede comprarse nada nuevo.
Se frota las manos con un placentero «¡vaya vaya!», se
aproxima a la cocina de gas y olfatea las cazuelas.
—¡Qué rico! —exclama—. Patatas guisadas con carne de
vaca... ¡rico rico!
Hace una pausa, la mujer está sentada inmóvil, dándole la
espalda. Vuelve a depositar sin ruido la tapa sobre la cazuela, se sitúa a su
lado y desde arriba le dice:
—¡Bueno, Eva, no te quedes como si fueras una estatua de
mármol! ¡No es para tanto! Durante un par de días volverás a tener un hombre en
casa, no pienso causarte el menor trastorno. Y mantengo mi promesa. Tampoco
quiero patatas guisadas, a lo sumo unas cucharadas, si sobran. Y sólo si me las
das voluntariamente, yo no te lo pediré.
La mujer no contesta. Vuelve a colocar en el armario la
cesta de zurcir, pone un plato hondo sobre la mesa, lo llena con el contenido
de la cazuela y comienza a comer despacio. El hombre se sienta al otro lado de
la mesa, saca del bolsillo unos periódicos deportivos y toma notas en una
gruesa libreta mugrienta. Al mismo tiempo lanza de cuando en cuando una rápida
ojeada a la mujer mientras come. Ella lo hace muy despacio, pero ya se ha
servido dos veces, seguro que no sobrará mucho para él, y tiene un hambre
canina. Lleva todo el día, no, desde la noche anterior, sin probar bocado. El
marido de Lotte, que regresó de un permiso militar, lo echó a golpes de la cama
sin la menor consideración por su desayuno.
Pero no se atreve a hablar de su hambre a Eva, esa mujer
silenciosa le da miedo. Antes de que pueda volver a sentirse allí realmente en
casa, tendrán que pasar muchas cosas. Ese momento llegará, no le cabe la menor
duda: se puede persuadir a cualquier mujer, sólo es preciso ser insistente y
tener mucho aguante. Al final, casi siempre de improviso, ellas ceden,
sencillamente porque se han hartado de resistirse.
Eva Kluge rasca las sobras de las cazuelas. Lo ha
conseguido, se ha comido en una noche la comida de dos días, pero ahora él ya
no podrá mendigarle las sobras. Después friega deprisa los escasos cacharros y
comienza un gran traslado. Ante los ojos del hombre transporta al dormitorio
todo lo que tiene algo de valor. El dormitorio dispone de cerradura, él nunca
ha entrado allí. Lleva las provisiones de comida, sus vestidos buenos y
abrigos, los zapatos, los cojines del sofá, incluso la foto de los dos hijos...
todo delante de sus ojos. A ella le da completamente igual lo que él piense o
diga. Ha entrado con argucias en el piso, pero no sacará mucho de allí.
Después cierra la puerta del dormitorio y lleva a la mesa
los útiles de escribir. Está muerta de sueño, le encantaría tumbarse en la
cama, pero se ha propuesto escribir esta noche a su Karl, así que lo hace. No
sólo puede ser dura con su marido, sino también consigo misma.
Apenas ha escrito unas frases, el hombre se inclina sobre
la mesa y pregunta:
—¿A quién escribes, Evita?
Ella le contesta sin querer, a pesar de que se había
propuesto firmemente no hablarle más.
—A Karl.
—Vaya —dice él, dejando los periódicos—. Vaya, así que a
él le escribes y seguramente hasta le envías paquetitos, pero no tienes ni
siquiera una patata ni un bocado de carne para su padre, hambriento como está.
Su voz ha perdido parte de su indiferencia, parece como si
el hombre estuviera ahora seriamente ofendido y herido en su derecho, porque
ella da al hijo algo que escatima al padre.
—Déjalo, Enno —replica, muy tranquila—. Esto es asunto
mío, Karl es un chico muy bueno...
—¡Vaya! —exclama—. ¡Vaya! Y, claro, tú has olvidado por
completo cómo se portaba con sus padres cuando lo nombraron sargento, ¿verdad?
Cómo tú ya no podías contentarle y él se burlaba de nosotros llamándonos viejos
burgueses idiotas... ¿todo olvidado, verdad, Evita? ¡Un buen chico, desde
luego, nuestro Karl!
—¡De mí no se burló jamás! —se defiende ella con voz
débil.
—¡Nooo, claro que no! —se mofa el hombre—. Y, claro,
también habrás olvidado que no conocía a su propia madre cuando pasaba por la
avenida Prenzlauer cargada con la pesada cartera del correo, ¿verdad? ¡Cómo
miraba para otro lado mientras se quedaba allí con su novia, el finolis ése!
—Eso no se le puede reprochar a un joven —responde Eva—.
Quieren parecer lo más finos posible delante de sus damas, todos son iguales.
Eso cambiará más adelante, y regresará con su madre, que lo tuvo junto a su
pecho.
Él la mira vacilante un instante, dudando si decírselo. La
verdad es que no suele ser rencoroso, pero esta vez lo ha ofendido demasiado,
primero por no darle nada de comer, después por trasladar abiertamente todas
sus pertenencias de valor a su cuarto. Así que dice:
—Si yo fuera madre, no querría estrechar nunca más entre
mis brazos a semejante hijo, al cerdo en que se ha convertido. —Observa los
ojos de su mujer dilatados por el miedo, se lo suelta, despiadado, a la cara,
pálida como la cera—. En el último permiso me enseñó una foto suya tomada por
un compañero. Encima se jactaba de la foto. En ella se veía a tu Karl sujetando
por la pierna a un niño judío de unos tres años y golpeando su cabeza contra el
parachoques del coche...
—¡No, no! —grita ella—. ¡Eso es mentira! ¡Te lo has
inventado por venganza, porque no te he dado de comer! ¡Mi Karl no haría algo
así!
—¿Y cómo podría habérmelo inventado? —inquiere él, ya más
tranquilo tras haberle asestado el golpe—. ¡No tengo cabeza para inventarme
algo así! Además, si no me crees, puedes ir a la taberna de Senftenberg, allí
enseñó la foto a todos. El gordo Senftenberg y su mujer también la vieron...
Enmudece. Carece de sentido seguir hablando con esa mujer.
Sentada, la cabeza encima de la mesa, llora. Se lo tiene merecido, y además
ella, como empleada de Correos, también está en el Partido y en su día juró por
el Führer y por todos sus actos. Así que no puede asombrarse de que su hijo se
haya vuelto así.
Durante un momento Enno Kluge se queda de pie mirando
hacia el sofá, ¡sin cojines ni mantas! ¡Menuda noche le espera! Pero ¿no habrá
llegado el momento de arriesgarse? Duda, mira hacia la puerta cerrada de la
habitación y se decide. Introduce sin más la mano en el bolsillo del delantal
de la mujer que llora sin rebozo, y saca la llave. Abre la puerta y empieza a
registrar la estancia, sin hacer ruido...
Eva Kluge, la cartera deslomada, agotada, también lo oye;
sabe que le está robando, pero le da igual. Su mundo se ha roto, nunca más
podrá recomponerlo. ¿Para qué vivir en este mundo, para qué ha parido hijos, se
ha alegrado con sus sonrisas, sus juegos, si después se convierten en bestias?
Ay, su Karl... ¡era un niño rubito tan precioso! Cuando lo llevaba al Circo
Busch y los caballos tenían que tumbarse a lo largo en la arena, ¡qué pena le
daban los pobres caballitos! ¿Estarían enfermos? Ella tenía que tranquilizarlo
diciéndole que sólo estaban dormidos.
¡Y ahora él le hacía eso a los hijos de otras madres! Eva
Kluge no dudó ni un segundo de que lo de la foto fuera verdad, Enno era
realmente incapaz de inventarse algo así. No, ahora había perdido también a su
hijo. Era mucho peor que si hubiera muerto, pues entonces al menos habría
podido llorar su muerte. Ahora ya no podría volver a abrazarlo, tendría que
mantener su hogar cerrado también para él.
Entretanto, el hombre que registraba la habitación ha
encontrado todo lo que suponía desde hacia tiempo en posesión de su mujer: una
libreta de ahorros de la Caja Postal. Con 632 marcos, una mujer trabajadora,
pero ¿para qué tanto trabajo? Se jubilará algún día, y todo lo que haya
ahorrado... De momento mañana mismo apostará veinte marcos a Adobar y a lo
mejor otros diez a Amílcar... Sigue hojeando la libreta: además de trabajadora,
es una mujer ordenada. Todo está allí: detrás, en la libreta figura la contraseña
y el talonario de cheques.
Cuando se dispone a guardarse la libreta en el bolsillo,
su mujer se planta a su lado. Le quita la libreta de la mano y la tira sobre la
cama.
—¡Fuera! —exclama—. ¡Fuera!
Y él, que momentos antes creía tener la victoria en sus
manos, sale del cuarto ante sus ojos de furia. Con manos temblorosas, sin
atreverse a decir ni una sola palabra, saca el abrigo y la gorra del armario,
pasa a su lado sin decir palabra y cruza la puerta abierta para salir a la
oscura escalera. La puerta se cierra con llave, él enciende la luz de la
esalera y baja por los escalones. Gracias a Dios alguien ha dejado abierta la
puerta del portal. Irá a su taberna habitual; en caso de apuro, si no encuentra
a nadie, Budiker lo dejará dormir en el sofá que hay allí. Echa a andar,
resignado a su destino, acostumbrado a encajar golpes. A la mujer de arriba ya
casi la ha olvidado.
Ella está junto a la ventana contemplando la oscuridad de
la noche. Bueno. Malo. Su Karl también se ha perdido. Lo intentará con Max, el
hijo menor. Max siempre ha sido más insulso, más parecido al padre que su
brillante hermano. A lo mejor puede ganarse un hijo con Max. Y en caso
contrario, qué se le va a hacer, vivirá para ella sola. Pero conservará la
decencia. Entonces su logro en la vida habrá sido no perder la decencia. Mañana
mismo empezará a averiguar discretamente cómo salir del Partido sin que la metan
en un campo de concentración. Será difícil, pero a lo mejor lo consigue. Y si
es inevitable, irá al campo de concentración. En cierto modo eso constituirá
una pequeña reparación por lo que ha hecho su hijo Karl.
Arruga la carta para su hijo mayor, que han mojado sus
lágrimas. Coloca otra hoja y empieza a escribir:
«Querido hijo Max: te escribo una breve misiva. Me
encuentro bien, y espero que tú también lo estés. Acaba de estar aquí tu padre,
lo he puesto de patitas en la calle, sólo quería exprimirme. También he
renegado de tu hermano Karl, por las atrocidades que ha cometido. Ahora eres mi
único hijo. Te pido que mantengas siempre la decencia. Yo también haré por ti
todo lo que pueda. Escríbeme pronto alguna cartita. Besos y abrazos,
tu madre.»
Capítulo 6
OTTO QUANGEL PIERDE SU CARGO
El taller de la fábrica de muebles que dirigía Otto
Quangel en calidad de jefe de taller contaba con unos ochenta trabajadores y
trabajadoras, y hasta el estallido de la guerra sólo había fabricado piezas
únicas según diseño, mientras que el resto de los departamentos de la fábrica
ya sólo producía muebles en serie. Cuando comenzó la contienda, reorganizaron
la empresa para dedicarla a la fabricación de efectos para el Ejército, y al
taller de Quangel le asignaron la tarea de fabricar determinadas cajas, muy
pesadas y grandes, que, según se decía, servían para transportar bombas.
Por lo que se refería a Otto Quangel, a él le daba
completamente igual el uso que se diera a las cajas; consideraba su nueva labor
trivial, indigna de él y desdeñable. Él era un verdadero ebanista, al que las
vetas de la madera, la fabricación de un hermoso armario tallado, llenaban de
honda satisfacción. Ese trabajo le había proporcionado mucha felicidad, toda la
que puede sentir un hombre de carácter tan frío. Ahora lo habían convertido en
un mero capataz y vigilante cuya única misión consistía en velar para que su
taller cumpliese el cupo asignado y a ser posible lo superase. Pero según su
estilo, nunca había dicho una palabra sobre esos sentimientos, y su rostro
duro, parecido al de un pájaro, jamás había dejado traslucir el desprecio que
le inspiraba ese lamentable trabajo de madera de picea. Si alguien lo hubiera
observado con más atención, habría reparado en que ahora el poco hablador
Quangel ya no hablaba nada y que ese sistema de trabajo a destajo le inducía
más bien a no detenerse en los detalles.
Pero ¿quién iba a fijarse en un hombre tan seco y tan
hermético como Otto Quangel? Durante toda su vida parecía haber sido una mula
de carga sin ningún otro interés salvo cumplir con su cometido. Jamás había
tenido allí amigos, nunca había dirigido una palabra amable a nadie. ¡Trabajar,
trabajar, daba lo mismo personas que máquinas con tal de que hicieran su
trabajo!
No obstante, debía reconocerse que, a pesar de que
controlaba el taller y tenía que espolear a los trabajadores, gozaba de no
escasas simpatías. Jamás regañaba, jamás denunció a nadie ante los de arriba.
Cuando creía que el trabajo no progresaba como es debido en algún sitio, iba
allí y, sin decir palabra, eliminaba con sus manos hábiles el impedimento. O se
situaba junto a los chismosos y, sin apartar sus ojos oscuros de los
charlatanes, permanecía a su lado hasta que se les pasaban las ganas de seguir
hablando. Difundía continuamente a su alrededor una sensación de frialdad. En
las breves pausas para el descanso, los obreros intentaban sentarse lo más
lejos posible de él, por lo que disfrutaba del respeto que le tributaban con
naturalidad absoluta, un respeto que cualquier otra persona no habría
conseguido por mucho que hablase y estimulase.
La dirección de la fábrica también conocía la valía de
Otto Quangel. Su taller obtenía siempre los rendimientos más elevados, nunca
tenía problemas con la gente y Quangel era dócil. De haberse decidido a
ingresar en el Partido, habría ascendido tiempo atrás. Pero siempre rechazó esa
posibilidad.
—No me sobra dinero para esas cosas —aducía—. Necesito
hasta el último marco que gano, tengo una familia que alimentar.
Se reían en secreto de lo que denominaban su inmunda
avaricia. El tal Quangel parecía morirse de pena por cada céntimo que tenía que
donar para una colecta. No le pasaba por la cabeza que ingresando en el Partido
aumentaría mucho más su sueldo que el desembolso que supondría pagar la cuota
del Partido. En suma, que desde el punto de vista político, este eficiente jefe
de taller era un caso desesperado, por lo que tampoco tenían inconveniente en
mantenerlo en ese pequeño puesto dirigente a pesar de no ser miembro del
Partido.
La verdad es que no era la avaricia de Otto Quangel la que
le impedía afiliarse. Sin duda, era muy meticuloso en asuntos económicos y al
cabo de semanas aún era capaz de enfadarse por unos céntimos gastados de manera
irreflexiva. Pero precisamente porque era meticuloso consigo mismo lo era
también con los demás, y el Partido no le parecía precisamente meticuloso a la
hora de poner en práctica sus principios. Lo que había visto en la educación de
su hijo en la escuela y en las Juventudes Hitlerianas, lo que había oído decir
a Anna, lo que él mismo había presenciado de que todos los puestos bien pagados
de la fábrica eran cubiertos por miembros del Partido, ante los que tenían
siempre que ceder los que no pertenecían a él aunque fueran más eficaces, todo
eso fortalecía su convicción de que el Partido no era meticuloso, o lo que es
lo mismo, no era justo, de manera que no quería tener nada que ver con algo
así.
Por eso lo había mortificado tanto la frase que Anna había
pronunciado esa mañana, «tú y tu Führer». Sin duda, hasta entonces había creído
en la voluntad honrada del Führer, en su grandeza y en sus buenas intenciones.
Bastaría con alejar de su entorno a todos esos moscones y aprovechados que sólo
se interesaban por amasar dinero y vivir a cuerpo de rey para que todo
mejorase. Pero hasta que llegase ese momento, él no colaboraría, desde luego
que no, y eso lo sabía de sobra Anna, la única con la que hablaba de verdad. En
fin, la suya había sido una reacción acalorada, Quangel lo olvidaría con el
tiempo, nunca le guardaría rencor.
Todavía tenía que reflexionar detenidamente sobre todo lo
relativo al Führer y a esa guerra. Pero eso era un proceso lento en su
interior. A otros las experiencias inesperadas les impresionaban en el acto y
empezaban a hablar o a gritar y hacían cualquier cosa; en él el efecto duraba
mucho, mucho tiempo.
Y sumergido en el ajetreo y estruendo de su taller, la
cabeza algo levantada y dejando vagar despacio la vista por la cepilladora y
por la sierra de cinta, por los que clavetean, perforan y cargan tablas, se da
cuenta de cómo la noticia de la muerte de Otto y sobre todo el comportamiento
de Anna y Trudel cada vez surten más efecto en su interior. En realidad no está
reflexionando, más bien sabe perfectamente que ese chapucero, el carpintero
Dollfuss, ha abandonado el taller hace siete minutos y en su fila el trabajo se
retrasa porque siempre tiene que fumarse un cigarrillo en la puerta de salida o
enzarzarse en peroratas. Le dará tres minutos más, después lo hará volver, ¡él
en persona!
Mientras, sus ojos se deslizan por la manecilla del reloj
de pared y comprueba que en efecto dentro de tres minutos hará diez que
Dollfuss se ha escaqueado, le viene a la cabeza ese odioso cartel encima de la
cabeza de Trudel, y reflexiona en lo que es crimen de alta traición y sedición
y dónde se entera uno de lo que eso supone; también piensa que en el bolsillo
de la chaqueta lleva la carta que le ha entregado el portero en la que se
ordena sin más preámbulos al jefe de taller Quangel que se presente a las cinco
en punto en la cantina del personal administrativo.
No es que esa carta lo haya alterado o molestado. Antes,
cuando todavía se dedicaban a la fabricación de muebles, tenía que acudir con
frecuencia a dirección para tratar sobre la fabricación de un mueble. La
cantina del personal administrativo es algo nuevo, pero eso le da igual. Lo que
le preocupa es que faltan únicamente seis minutos para las cinco, y para
entonces querría tener al carpintero Dollfuss en su sierra. Así que sale a
buscarlo un minuto antes de lo previsto.
Pero no lo encuentra: ni en los retretes, ni en los
pasillos, ni en los talleres contiguos, y cuando regresa al taller el reloj
marca las cinco menos un minuto, y ya va siendo hora de salir, si no desea ser
impuntual. Se sacude deprisa de la chaqueta el serrín más grueso y luego cruza
presuroso hacia el edificio de Administración, en cuya planta baja se ubica la
cantina del personal administrativo.
Ésta evidentemente ha sido preparada para una conferencia,
han instalado una tribuna de oradores, una larga mesa para los jefes y toda la
sala está llena de hileras de sillas. Él conoce esas cosas por las reuniones en
el Frente del Trabajo, en las que ha tenido que participar con frecuencia, sólo
que estas reuniones se celebraban siempre enfrente, en la cantina de los
obreros. La única diferencia es que allí había bancos toscos de madera en lugar
de las sillas de mimbre de aquí, y además, la mayoría vestía ropa de trabajo,
mientras que aquí se ven sobre todo uniformes pardos y grises, entre los que se
difuminan los empleados vestidos de civil.
Quangel se ha sentado en una silla muy próxima a la puerta
para poder regresar cuanto antes a su taller apenas finalice el discurso. La
sala ya está muy llena cuando llega Quangel, parte de los caballeros ocupan las
sillas, otros permanecen en los pasillos y en grupitos junto a la pared,
hablando entre ellos.
Todos los que se han congregado allí llevan la cruz
gamada. Quangel parece ser el único sin el distintivo del Partido (aparte,
lógicamente, de los uniformes de la Wehrmacht, que ostentan las insignias
pertinentes). Sin duda lo han invitado por error. Quangel, atento, gira la
cabeza de un lado a otro. Reconoce algunas caras. Ese gordo pálido de allí
sentado a la mesa de la junta directiva es Schröder, el director general, lo
conoce de vista. Y el bajito de nariz afilada con quevedos es el cajero que,
sábado tras sábado, le entrega el jornal y con el que ya ha discutido
enérgicamente un par de veces por las elevadas retenciones. ¡Qué raro, cuando
está en la caja no lleva nunca el emblema del Partido!, piensa Quangel de
pasada.
Pero la mayoría de las caras le resultan desconocidas por
completo, los de aquí deben de ser casi todos señores de las oficinas. De
pronto la mirada de Quangel se vuelve dura y punzante: en un grupo ha
descubierto al hombre al que antes ha buscado en vano en el retrete, el
carpintero Dollfuss. Pero éste, en lugar de la ropa de trabajo, viste un
elegante traje de domingo y habla con dos caballeros con uniforme del Partido
como si fueran sus iguales. ¡Y ahora el carpintero Dollfuss, ese hombre que ya
le ha llamado la atención en el taller por su atolondrada verborrea, luce
también la cruz gamada! ¡De modo que es eso!, piensa Quangel. Así que es un
espía. Seguramente no es carpintero de verdad ni tampoco se llama Dollfuss. ¿No
era Dollfuss un canciller austríaco al que ellos asesinaron? ¡Todo mentira y
yo, tonto de mí, sin darme cuenta de nada!
Y empieza a cavilar si Dollfuss estaba ya en su taller
cuando fueron sustituidos Ladendorf y Tritsch y todos murmuraban que habían ido
a parar a un campo de concentración.
Quangel se pone tenso. ¡Atención!, le advierte una voz en
su interior. ¡Estoy aquí sentado entre asesinos, como quien dice! Más tarde se
dice: Tampoco me dejaré embaucar por estos camaradas. No soy más que un jefe de
taller viejo y mentecato, no entiendo de nada. Pero colaborar, nooo, eso no lo
haré. Esta mañana he comprobado el disgusto que se ha llevado Anna y después
Trudel; no colaboraré en algo así. No quiero que destruyan a una madre o a una
novia por mi causa. Que esta gente me deje fuera de sus asuntos...
Así piensa. Mientras tanto, la sala se ha llenado hasta el
último asiento. La mesa presidencial está completamente ocupada por uniformes
pardos y chaquetas negras, y en el atril de los oradores un comandante o un
coronel (Quangel no ha aprendido a diferenciar los uniformes y los distintivos)
habla sobre la situación bélica.
Como es natural, es magnífica, la victoria sobre Francia
se celebra como es debido, y sólo será cuestión de unas semanas hacer morder el
polvo a la misma Inglaterra. Después el orador se va aproximando poco a poco al
punto que es importante para él: si en el frente se logran tan grandes éxitos,
se espera que también en la patria cumplan con su deber. Lo que sigue a
continuación suena casi como si el señor mayor (o coronel o capitán) viniera
directamente del cuartel general para comunicar de parte del Führer al personal
de la fábrica de muebles Krause & Co. que deben incrementar la producción a
toda costa. El Führer espera que en tres meses la fábrica incremente la
producción en un cincuenta por ciento, y en medio año la doble. Se aceptarán de
buen grado propuestas de la concurrencia para lograr dicho objetivo. Pero quien
no colabore, será considerado un saboteador y tratado en consecuencia.
Mientras el orador pronuncia un «Siegheil» por el Führer,
Otto Quangel piensa: ¡Son bobos, unos bobos de mierda! Dentro de unas semanas
Inglaterra habrá mordido el polvo, la guerra habrá terminado y nosotros
incrementaremos en medio año la producción en un cincuenta por ciento. ¿Quién
se va a tragar eso?
Sin embargo, corea con los demás como es debido el
«Siegheil», vuelve a sentarse y mira al siguiente orador que sube al estrado
con el uniforme pardo, el pecho adornado con profusión de medallas,
condecoraciones y distintivos. Ese orador del Partido es un tipo de hombre
completamente distinto a su predecesor militar. Desde el principio habla con
voz dura y cortante de la ideología malsana que reina todavía en las empresas,
a pesar de los espléndidos éxitos del Führer y de la Wehrmacht. Habla con tal
dureza y un tono tan cortante que comienza a gritar y no se muerde la lengua al
referirse a los derrotistas y críticos. ¡Serán exterminados hasta el último de
ellos, los machacarán, les hincharán los morros para que nunca vuelvan a abrir
la boca! Suum cuique ponía en las hebillas de los cinturones en la Primera
Guerra Mundial. ¡A cada uno lo suyo, se lee ahora encima de las puertas de los
campos de concentración! Allí se les enseñará lo que es bueno, y quien se
encargue de que entren en ellos individuos o mujeres semejantes, habrá prestado
un servicio inestimable al pueblo alemán y será un hombre del Führer.
—¡Pero a todos vosotros, los aquí reunidos —vocifera el
orador para terminar—, a vosotros, jefes de taller, directores de departamento,
gerentes, a vosotros os hago personalmente responsables de que vuestra empresa
esté limpia! ¡Y limpieza implica ideas nacionalsocialistas! ¡Sólo eso! El que
sea flojo y blando y no denuncie, aunque sea una minucia, irá volando al campo
de concentración. ¡De eso respondo personalmente, ya seais directores o
maestros de taller, os enderezaré aunque tenga que quitaros del cuerpo la
flojera a patada limpia con mis botas!
El orador se detiene un momento, con las manos contraídas
de rabia y alzadas, la cara de un rojo azulado. Tras ese estallido, los
congregados se sumen en un silencio total, con expresión de enorme
consternación, ellos, que de manera tan repentina y directa han pasado a ser
espías de sus compañeros. Después, el orador baja del atril con paso marcial
haciendo tintinear suavemente las condecoraciones en su pecho y a continuación
se levanta el pálido director general Schröder y pregunta con voz suave y tenue
si alguien desea pedir la palabra.
La concurrencia suelta un suspiro de alivo, se relaja,
como si hubiera finalizado un mal sueño y el día volviera a recuperar sus
derechos. Parece que no hay nadie que quiera hablar, todos deben de estar
deseando abandonar la sala lo antes posible y cuando el director general se
dispone a concluir la reunión con un «Heil Hitler», de improviso al fondo se
levanta un hombre con una camisa de trabajo azul y dice que por lo que se
refiere al incremento de la producción en su taller, será cosa de coser y cantar.
Bastará con montar tal y cual máquina, que enumera y explica cómo han de
montarse. Sí, y además habría que echar a seis u ocho personas de su taller,
holgazanes e incompetentes. Entonces él lograría en tres meses lo del cien por
cien.
Quangel se mantiene frío y tranquilo, ha aceptado el
envite. Nota cómo todos lo miran de hito en hito, él es un sencillo trabajador
que no encaja entre caballeros tan elegantes. Pero nunca le ha preocupado nada
la gente, le da igual que lo miren. Ahora que ha terminado de hablar, los de la
mesa presidencial cuchichean. Los oradores preguntan quién es ese hombre de
camisa azul. Entonces el comandante o coronel se levanta y le dice a Quangel
que la dirección técnica hablará con él sobre las máquinas, pero ¿a qué se
refería con lo de las seis u ocho personas que tenían que abandonar su taller?
Quangel contesta despacio, obstinado:
—Hay personas que no saben trabajar, pero otras no quieren
hacerlo. ¡Ahí se sienta uno de ellos! —Y con el índice tieso señala sin
contemplaciones al carpintero Dollfuss, que está unas filas por delante de él.
Algunos sueltan una carcajada, y entre los que ríen figura
el propio Dollfuss, que ha girado la cabeza hacia él y lo mira riendo.
Quangel, sin embargo, añade frío y sin torcer el gesto:
—Sí, Dollfuss, hablar sin ton ni son, fumar cigarrillos en
el retrete y descuidar el trabajo se te da muy bien.
En la mesa presidencial cuchichean de nuevo sobre ese tipo
chiflado. Pero ahora no hay nada que detenga al orador del uniforme pardo, se
levanta de un salto y vocifera:
—No estás en el Partido. ¿Por qué no estás en el Partido?
A esa pregunta Quangel contesta lo mismo que siempre:
—Porque necesito hasta el último céntimo, porque tengo
familia, por eso no puedo permitírmelo.
El del uniforme pardo aúlla:
—¡Porque eres un perro avariento! ¡Porque no te sobra nada
para tu Führer y tu pueblo! ¿Cuántos sois de familia?
Quangel contesta con tono gélido:
—¡No me hable hoy de mi familia, amigo mío! Acabo de
recibir la noticia de que mi hijo ha caído.
Durante un instante reina en la sala un silencio
sepulcral, por encima de las filas de sillas el jefazo del Partido y el viejo
jefe de taller se miran fijamente. Después Otto Quangel se sienta de repente,
como si ahora todo hubiera finalizado, y poco después el del uniforme pardo
hace otro tanto. El director general Schröder se levanta de nuevo y pronuncia
el «Siegheil» por el Führer. Suena algo flojo. La asamblea ha concluido.
Cinco minutos después Quangel regresa a su taller; con la
cabeza un poco levantada deja resbalar la vista por la cepilladora, por la
sierra de cinta, por los que clavetean, perforan, cargan tablas... Pero ya no
es el viejo Quangel el que está allí. Intuye, sabe, que ha vencido en astucia a
todos. A lo mejor de un modo feo, pues se ha aprovechado de la muerte de su
hijo, pero ¿acaso hay que ser honrado con semejantes canallas? ¡Nooo!, se
responde casi en voz alta. Nooo, Quangel, nunca volverás a ser el de antes.
Siento curiosidad por ver qué dirá Anna de todo esto. Y Dollfuss ¿no volverá
nunca al trabajo? En ese caso tendré que reclamar otro trabajador hoy mismo.
Vamos retrasados...
Pero no hay cuidado, Dollfuss se presenta. Viene incluso
acompañado por un director de departamento, y al jefe de taller Otto Quangel le
comunican que conservará la dirección técnica de ese taller, pero que tiene que
ceder su cargo en el Frente del Trabajo al señor Dollfuss y no debe volver a
ocuparse de la política.
—¿Entendido?
—¡Vaya si lo he entendido! Me alegro de que me quites el
cargo, Dollfuss. Mi oído es cada vez peor y escuchar, en el sentido que le daba
el caballero de antes, me es del todo imposible aquí, con el ruido que hay.
Dollfuss asiente brevemente y añade deprisa:
—Y ni una palabra a nadie de lo que usted acaba de ver y
oír, o...
Quangel responde, casi ofendido:
—¿Con quién voy a hablar, Dollfuss? ¿Me has visto hablar
alguna vez con alguien? Eso no me interesa, a mí sólo me interesa mi trabajo y
sé que hoy llevamos mucho retraso. Ya va siendo hora de que te sitúes junto a
tu máquina —Y tras echar un vistazo al reloj—: Has perdido una hora y treinta y
siete minutos.
Instantes después el carpintero Dollfuss se coloca junto a
su sierra, y a la velocidad del rayo, nadie sabe cómo, se difunde por el taller
el rumor de que a Dollfuss le han echado un buen rapapolvo por andar siempre
fumando y charlando.
Sin embargo, el jefe de taller Otto Quangel va muy atento
de máquina en máquina, interviene, mira de vez en cuando fijamente a algún
charlatán y piensa: Me he librado de estos... ¡para siempre jamás! ¡Y no tienen
la menor sospecha, para ellos no soy más que un viejo imbécil! ¡Haber tratado
al del uniforme pardo de «querido amigo» les ha asestado el golpe mortal! Ahora
sólo siento curiosidad por ver lo que hago. Porque algo haré, lo sé. Lo único
que desconozco todavía es qué...
Capítulo 7
ROBO EN LA NOCHE
A última hora de la tarde, en realidad ya es de noche y
demasiado tarde para lo acordado, el señor Emil Barkhausen ha encontrado a su
Enno en el restaurante Los Rezagados. Eso es lo que ha conseguido además la
cartera Eva Kluge con su ira sacrosanta. Los caballeros se han sentado a una
mesa ubicada en un rincón con un vaso de cerveza y allí han susurrado largo
tiempo —con un vaso de cerveza—, hasta que el tabernero les ha recordado que ya
ha anunciado tres veces la hora de cierre y va siendo hora de que se marchen de
una vez a reunirse con sus mujeres.
En la calle, ambos prosiguen su conversación; primero
caminan un trecho hacia la avenida Prenzlauer, y después Enno intenta volver,
porque le ha venido a la mente que quizá sería mejor probar con una con la que
estuvo enrollado y a la que llaman Tutti. Tutti, el Babuino. Sería mejor que
esos asuntos turbios...
Emil Barkhausen casi explota de ira por tanta
incomprensión. Le ha asegurado a Enno por décima, por centésima vez, que no
cabe hablar de asuntos turbios. Más bien se trata de una incautación —casi
legal—, que se lleva a cabo bajo la protección de las SS en casa de una vieja
judía por la que nadie se preocupará. Ellos dos harán su agosto para una
temporada, la policía y la justicia no tienen nada que ver con eso.
Enno vuelve a contestar: No, no, él nunca se ha metido en
asuntos de esa índole, no entiende nada de eso. De mujeres, sí, y de apuestas
en las carreras también, pero él jamás ha negociado con pescado podrido. Tutti
se había mostrado siempre muy bondadosa y, a pesar de que la llaman «el
Babuino», seguro que ya no se acordará de que en su día lo ayudó sin saberlo
con algo de dinero y cartillas de racionamiento.
Ya han llegado a la avenida Prenzlauer.
Barkhausen, un hombre que oscila siempre entre el
servilismo y la amenaza, dice irritado, tirándose de su bigote ralo y
descuidado:
—¿Quién demonios te ha pedido que entiendas algo del
asunto? Ya me las apañaré yo solo, por mí puedes quedarte con las manos en los
bolsillos. ¡Si quieres, hasta te haré las maletas! Entiéndelo de una vez, Enno:
sólo te llevo conmigo para protegerme de una jugarreta de las SS, como testigo
en cierto modo, de que el reparto se hace correctamente. ¡Piensa en todo lo que
se puede sacar a una comerciante judía tan rica, aunque la Gestapo en su día,
cuando fue a buscar al marido, también se llevó lo suyo!
De pronto Enno Kluge accede sin más resistencia, sin el
menor escrúpulo, sin transición. Ahora se muere de impaciencia por llegar
cuanto antes a la calle Jablonski. Pero lo que le ha decidido a superar su
miedo y a dar un sí tan incondicional no ha sido la palabrería de Barkhausen,
ni la perspectiva de un suculento botín, sino lisa y llanamente el hambre. De
repente, sin poderlo evitar, ha pensado en la despensa de la Rosenthal, y de
que nada en la vida le ha sabido tan rico como un cuello de ganso relleno al
que un día lo invitó un rico ropavejero judío.
Y preso de sus fantasías de hambriento, se le ha metido en
la cabeza que en la despensa de la Rosenthal encontrará un cuello de ganso
relleno igual. Ha visto con toda claridad ante él la fuente de porcelana con el
cuello colocado sobre la salsa con la grasa solidificada, bien relleno y atado
en sus dos extremos con un hilo. Cogerá la fuente y lo calentará todo en la
llama de gas, el resto le trae sin cuidado. Barkhausen que haga lo que le
apetezca, eso carece de interés para él. Mojará pan en la salsa caliente,
grasienta, muy especiada, y se comerá el cuello de ganso con la mano mientras
la grasa chorrea ruidosamente en todas direcciones.
—Aprieta el paso, Emil, que tengo prisa.
—¿Por qué? —pregunta Barkhausen, pero en realidad le
parece bien y, solícito, aprieta el paso.
Él también se alegrará cuando haya concluido el asunto,
que tampoco es de su especialidad. No teme a la policía ni a la vieja judía
—¿qué podía pasarle por «arianizar» sus propiedades?—, sino a los Persicke. Son
una maldita banda de canallas tan traicionera que incluso los cree capaces de
la bajeza de jugar una mala pasada a un compinche. Sólo por los Persicke se ha
llevado con él a ese cretino de Enno, es un testigo al que no conocen, él los
frenará.
Luego, en la calle Jablonski todo va como una seda. Serían
más o menos las diez y media cuando abren la puerta de la calle con una llave
legal. Después, aguzan el oído en la escalera, y al no oír el menor movimiento,
encienden la luz y a su resplandor se descalzan, porque:
—Hemos de ser considerados con el descanso nocturno de los
inquilinos —dice Barkhausen con una risita sarcástica.
Cuando vuelve a apagarse la luz se deslizan sigilosos y
raudos escaleras arriba, y todo transcurre sin contratiempos. No cometen
ninguno de esos errores de principiante, como chocar ruidosamente contra algo o
perder un zapato con estrépito, no, ascienden con absoluto sigilo los cuatro
pisos. O sea, que han hecho una buena parte del trabajo en la escalera, a pesar
de que ninguno de los dos es un auténtico malhechor y a pesar de que se
encuentran bastante nerviosos, uno por el cuello de ganso relleno y el otro por
el botín y los Persicke.
Barkhausen se había imaginado cien veces más difícil lo de
la puerta de la Rosenthal, sólo está encajado el resbalón, es facilísima de
abrir, ni siquiera estaba cerrada con llave. ¡Qué mujer tan im pruden te, y eso
que debería ser especialmente cuidadosa por su condición de judía! Total, que
los dos entran en el piso, no saben ni cómo, tan rápido ha sido.
Después Barkhausen enciende la luz de la entrada y con
absoluta desenvoltura dice:
—Si esa vieja cerda judía chilla, sacúdele sin más en la
cabeza —proclama, lo mismo que le ha dicho esa mañana a Baldur Persicke.
Pero ella no chilla. Primero revisan con tranquilidad la
pequeña entrada, atestada de muebles, maletas y cajas. Claro, los Rosenthal
poseían una casa enorme junto a su tienda, y cuando uno tiene que salir de ahí
repentinamente y sólo consigue dos habitaciones con alcoba y cocina, todo queda
bastante amontonado, ¿verdad? Es comprensible.
Sienten un hormigueo en los dedos por empezar ahora mismo
a registrar, rebuscar y cargar, pero Barkhausen prefiere buscar primero a la
Rosenthal y taparle la boca con un pañuelo para evitar problemas. Una de las
habitaciones está tan atestada que casi impide moverse; comprenden entonces que
lo que allí hay no conseguirán llevárselo ni en diez noches, deben limitarse a
escoger lo mejor. La otra habitación está igual, y también la alcoba. Lo único
que no encuentran es a la Rosenthal, la cama está intacta. Por respetar el
orden, Barkhausen revisa además la cocina y el cuarto de baño, pero la mujer ha
desaparecido, y eso es lo que él llama una chiripa, porque ahorra molestias y
facilita mucho el trabajo.
Barkhausen retorna a la primera habitación y empieza a
revolver. Ni se da cuenta de que ha perdido a su compinche. Enno está en la
despensa, amargamente decepcionado por no encontrar allí un cuello de ganso
relleno, sino tan sólo unas cebollas y medio pan. Pero empieza a comer, corta
las cebollas en rodajas y las coloca sobre el pan, y también eso le sabe bien y
aplaca su hambre.
Mientras Enno Kluge mastica, sus ojos caen sobre la parte
inferior del estante, y de repente se da cuenta de que los Rosenthal no tienen
comida, pero sí bebida. Porque abajo, en el estante, se ven botellas y más
botellas, de vino y también de aguardiente. Enno, que a fin de cuentas es una
persona morigerada cuando no se trata de apostar en las carreras de caballos,
agarra una botella de vino dulce y comienza a regar de vez en cuando sus
bocadillos de cebolla. Dios sabe cómo sucede, pero el caso es que de repente
ese brebaje insulso repugna a Enno, que habitualmente es capaz de pasarse tres
horas con el mismo vaso de cerveza. Ahora abre una botella de coñac y da muy
deprisa varios tragos seguidos, en cinco minutos vacía la mitad de la botella.
Igual ha sido el hambre o la excitación lo que le ha cambiado tanto. Ha
renunciado por completo a la comida.
Después también deja de interesarle el aguardiente, y se
marcha a buscar a Barkhausen. Éste sigue revolviendo el cuarto grande y, tras
abrir los armarios y las maletas, arroja al suelo su contenido en busca siempre
de algo mejor.
—¡Chico, chico, esos debieron de llevarse consigo toda su
tienda de lencería! —exclama Enno abrumado.
—¡Deja de hablar y echa una mano! —replica Barkhausen—.
Seguro que aquí hay todavía joyas escondidas y dinero... estos, los Rosenthal,
antes eran gente rica, millonarios... ¡y tú, cenutrio, hablas de asuntos
turbios!
Durante un rato trabajan en silencio, arrojando cada vez
más cosas al suelo, cubierto ya de prendas de ropa y lencería y trastos, que
pisan con sus zapatos. Entonces Enno, completamente mareado por el aguardiente,
dice:
—Estoy que no veo. Primero tengo que echar un trago para
despejarme. Tráeme un poco de coñac de la despensa, Emil.
Barkhausen obedece sin rechistar y regresa con dos
botellas de licor. Acto seguido se sientan juntos en buena armonía encima de la
ropa, beben un trago después de otro y discuten el caso con seriedad y
detenimiento.
—Barkhausen, está más claro que el agua que no vamos a
conseguir llevarnos tan deprisa todos estos trastos, y tampoco podemos
quedarnos aquí mucho rato. Creo que cada uno debe coger dos maletas, y para
empezar nos largamos con eso. ¡Mañana será otro día!
—Tienes razón, Enno, no quiero quedarme aquí mucho tiempo,
aunque sólo sea por los Persicke.
—¿Quiénes son esos?
—Pues gente... Pero cuando pienso que me largo de aquí con
dos maletas llenas de ropa, dejando una maleta de dinero y joyas, me arrancaría
la cabeza de un mordisco. Habría que seguir buscando un rato más. ¡Salud, Enno!
—¡Salud, Emil! ¿Y por qué no buscas un poco más? La noche
es larga y nosotros no pagamos la factura de la luz. Pero quería preguntarte
una cosa: ¿dónde piensas llevar tus maletas?
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir, Enno?
—Que adónde piensas llevarlas. ¿A tu casa?
—¿Qué te figuras, que voy a llevarlas a la oficina de
objetos perdidos? Pues claro que me las llevaré a casa, con mi Otti. Y mañana
temprano las transportaré a la calle Münz y venderé todo el botín a precio de
saldo, para que el pajarito vuelva a trinar.
Enno frota ruidosamente el corcho contra el cuello de la
botella.
—¡Escucha mejor cómo trina este pájaro! ¡Salud, Emil! Pero
si yo fuera tú, no lo llevaría a casa y menos con tu mujer... ¿qué necesita
saber tu mujer de tus ingresos adicionales? No, si yo fuera tú, haría lo que
yo, llevar las maletas a la estación Stettiner, a consigna, y enviarme a mí
mismo el resguardo, pero a una lista de correo. Así nunca me encontrarían nada
ni podrían probar nada.
—No está mal pensado, Enno —replica Barkhausen con tono
lisonjero—. ¿Y cuándo volverás a por los trastos?
—¡Pues cuando no haya moros en la costa, Emil, es
evidente!
—¿Y de qué vivirás mientras tanto?
—Ya te lo he dicho, me iré a casa de Tutti. En cuanto le
cuente el asunto que tengo entre manos, me acogerá cariñosa con una sonrisa de
oreja a oreja.
—Bien, muy bien —Barkhausen asiente—. Y cuando vayas a
Stettiner, yo iré a la estación Anhalter. Eso llama menos la atención, ¿sabes?
—¡Tampoco está mal pensado, Emil, tú también tienes muy
buena cabeza!
—Uno se relaciona con gente —responde Barkhausen,
humilde—. Uno escucha esto y aquello. Las personas son como las vacas, siempre
aprenden algo nuevo.
—¡Cuánta razón tienes! ¡Salud, Emil!
—¡Salud, Enno!
Durante un rato se miran en silencio satisfechos, y de vez
en cuando echan un trago. Entonces dice Barkhausen:
—Si te vuelves, Enno, aunque no tiene por qué ser ahora,
verás detrás de ti una radio que tiene como mínimo diez tubos. Me gustaría
mucho llevármela.
—¡Entonces no te lo pienses dos veces, Emil! Una radio
siempre es buena, para quedársela y para venderla. Una radio siempre es buena.
—En ese caso intentemos meter ese chisme en una maleta y
luego rellenaremos todo alrededor con ropa.
—¿Tiene que ser ahora mismo o echamos antes otro traguito?
—Aún podemos permitírnoslo, Enno. ¡Pero sólo uno!
Así que se permiten otro trago, y dos y tres, y después se
ponen de pie muy despacio y se esfuerzan por meter un gran aparato de radio de
diez tubos en una maleta apenas apta para un receptor popular.3 Al cabo de un
rato de duro trabajo, Enno exclama:
—¡Que no cabe, que no cabe! Olvídate de esta vieja radio
de mierda, Emil, es mejor que te lleves una maleta llena de trajes.
—Pero es que a mi Otti le gusta escuchar la radio.
—Creía que no pensabas contarle nada de este asunto a tu
costilla. ¡Estás borracho, Emil!
—¿Y tú y tu Tutti? ¡Vosotros dos sí que estáis borrachos!
¿Dónde tienes a tu Tutti?
—¡Está pimplando! ¡Y de qué manera! —Y vuelve a frotar el
gollete con el corcho mojado—. ¡Echemos otro trago!
—¡Salud, Enno!
Beben, y Barkhausen prosigue:
—Pero me gustaría llevarme la radio. Si el maldito
cacharro no quiere entrar en la maleta, me colgaré la caja al cuello con una
cuerda. Eso me permitirá tener las manos libres.
—¡Hazlo, hombre! Bueno, en ese caso vamos a empaquetarlo
todo.
—Eso, manos a la obra. ¡Ya va siendo hora!
Pero se quedan parados con una sonrisa estúpida en la
boca.
—Bien pensado —comienza a decir Barkhausen—, la vida es
bella. Mira todas estas cosas buenas —asiente con una inclinación de cabeza—, y
nosotros podemos coger lo que se nos antoje, y encima hacemos una buena obra
quitándoselo a una judía que lo ha conseguido todo robando...
—Qué razón tienes, Emil... hacemos una buena obra, para el
pueblo alemán y para nuestro Führer. Son los buenos tiempos que él nos
prometió.
—¡Y nuestro Führer cumple su palabra, Enno, vaya si la
cumple!
Se miran conmovidos, con lágrimas en los ojos.
—¿Qué estáis haciendo aquí vosotros dos? —inquiere una voz
dura desde la puerta.
Los dos hombres se sobresaltan y ven a un muchacho menudo
con uniforme pardo.
Entonces Barkhausen hace a Enno una señal de asentimiento
lenta y triste.
—Ése es el señor Baldur Persicke, del que ya te hablé,
Enno. ¡Ahora empiezan los problemas!
Capítulo 8
PEQUEÑAS SORPRESAS
Mientras los dos borrachos hablan entre ellos, toda la
facción masculina de la familia Persicke se ha congregado en la habitación. Muy
cerca de Enno y Emil está el bajo y nervudo Baldur, los ojos echando chispas
detrás de las lentes muy pulidas, un poco más atrás los dos hermanos con sus
uniformes negros de las SS, pero sin gorras, y cerca de la puerta, como si
desconfiase, el viejo ex tabernero Persicke. También la familia Persicke está
alcoholizada, pero en ella el licor ha ejercido un efecto radicalmente distinto
que sobre los dos ladrones. Ellos no se han vuelto sentimentales, estúpidos y
olvidadizos, sino que su dureza, avidez y brutalidad naturales han aumentado
aún más.
Baldur Persicke pregunta con tono rudo:
—¡Vamos, que es para hoy! ¿Qué estáis haciendo aquí
vosotros dos? ¿O es que acaso es vuestra vivienda?
—¡Pero, señor Persicke! —exclama Barkhausen con voz
atribulada.
Baldur simula no haber reconocido al hombre hasta ese
momento.
—¡Caramba, pero si es Barkhausen, el del sótano interior!
—exclama muy asombrado dirigiéndose a sus hermanos—. ¿Qué está haciendo aquí,
señor Barkhausen? —Su asombro se transforma en burla—. ¿No sería mejor que se
ocupara un poco —sobre todo en plena noche— de su mujer, la buena de Otti? He
oído que se celebran fiestas con hombres de mucha categoría, y que al parecer
sus hijos van haciendo eses por el patio hasta muy entrada la noche. ¡Lleve a
sus hijos a la cama, Barkhausen!
—¡Problemas! —murmura éste—. Lo supe nada más ver a esta
serpiente con gafas: problemas —y vuelve a asentir apesadumbrado mirando a
Enno.
Enno Kluge parece un idiota. Se tambalea suavemente sobre
sus pies, sostiene la botella de coñac en la mano, que cuelga floja, y no
entiende ni una palabra de la conversación.
Barkhausen se dirige de nuevo a Baldur Persicke. Su tono
ya no es tan apesadumbrado sino un tanto acusador, de repente se siente muy
ofendido.
—Si mi esposa hace algo que no está bien, yo respondo de
ello, señor Persicke —afirma—. Soy el marido y padre... según la ley. ¡Y si mis
hijos están borrachos, usted también lo está, y usted también es un niño
todavía, sí señor, eso es usted, caramba!
Mira enfadado a Baldur, y éste le devuelve una mirada
relampagueante. Después hace una seña imperceptible a sus hermanos para que
estén preparados.
—¿Y qué hace aquí, en el piso de la Rosenthal? —pregunta
con voz acerada el Persicke más joven.
—¡Pero si es justo lo que acordamos! —asegura ahora
afanoso Barkhausen—. Todo según lo acordado. Yo y mi amigo nos vamos ahora
mismo. La verdad es que ya nos íbamos. Él a la estación de Stettin, yo a la de
Anhalter. Dos maletas cada uno, queda de sobra para ustedes.
Farfulla las últimas palabras, medio adormilado.
Baldur lo observa con atención. Quizá no sea necesario
recurrir a la violencia, pues esos dos tipos están borrachos como cubas. Pero
su cautela le previene. Agarra a Barkhausen por el hombro y pregunta sin contemplaciones:
—¿Quién es este hombre? ¿Cómo se llama?
—Enno —contesta Barkhausen con la lengua estropajosa—. Es
mi amigo Enno...
—¿Y dónde vive tu amigo Enno?
—No lo sé, señor Persicke. Es sólo de la taberna. Un amigo
de barra. Del local Los Rezagados.
Baldur ha tomado una decisión. De repente golpea con el
puño el pecho de Barkhausen y éste cae de espaldas sobre los muebles y la ropa
con un leve grito.
—¡Maldito cerdo! —vocifera—. ¿Cómo te atreves a llamarme
serpiente con gafas? ¡Yo te enseñaré lo niño que soy!
Pero sus insultos carecen de sentido, esos dos ya no lo
oyen. Los hermanos de las SS se han abalanzado sobre ellos y han noqueado a
ambos con un golpe brutal.
—Bien —dice Baldur complacido—. Dentro de una horita
entregaremos a la policía a estos dos ladrones que hemos pillado con las manos
en la masa. Entretanto bajaremos todo lo que podamos necesitar. ¡Pero nada de
hacer ruido por la escalera! He estado escuchando, pero no he oído que el viejo
Quangel haya regresado a casa después de su turno de tarde.
Los dos hermanos asienten. Baldur observa primero a las
víctimas inconscientes y ensangrentadas, después las maletas, la ropa, la
radio. De repente sonríe. Se gira hacia su padre:
—¿Qué, padre, cómo he manejado el asunto? ¡Tú y tu eterno
miedo! Ves cómo...
Pero se interrumpe. En la puerta no está, como esperaba,
su padre, pues ha desaparecido sin dejar rastro. Su lugar lo ocupa el jefe de
taller Quangel, ese hombre de perspicaz y fría cara de pájaro, que lo observa
en silencio con sus ojos oscuros.
Cuando Otto Quangel volvió a casa de su turno de tarde —a
pesar de que se había hecho muy tarde por culpa del retraso, no había cogido el
tranvía, podía ahorrarse esos céntimos—, al llegar delante del edificio vio que
pese a la orden de oscurecimiento la casa de la señora Rosenthal tenía la luz
encendida. Al fijarse con más detenimiento comprobó que también había luz en
casa de los Persicke y debajo, en el piso de Fromm, porque brillaba en los
bordes de las persianas. En el piso del juez del Tribunal Cameral Fromm, del
que no se sabía con exactitud si se había jubilado en 1933 por edad o por los
nazis, siempre permanecía la luz encendida durante la mitad de la noche, en él
no era raro. Y los Persicke debían de estar celebrando todavía la victoria
sobre Francia. Pero el hecho de que la vieja Rosenthal tuviera la luz encendida
y además en todas las ventanas, no encajaba. La vieja señora era tan miedosa y
estaba tan aterrorizada que jamás iluminaría así su casa.
¡Aquí hay gato encerrado!, pensó Otto Quangel mientras
abría con llave la puerta del portal y comenzaba a subir las escaleras
despacio. Como de costumbre, no encendió la luz, él no sólo era ahorrativo, es
decir, cuidadoso, consigo mismo, sino con todos, incluido el casero. ¡Aquí hay
gato encerrado! Pero ¿a mí qué me importa? ¡La gente me trae sin cuidado! Vivo
para mí solo. Con Anna. Sólo nosotros dos. Además, a lo mejor la Gestapo está
ahora ahí arriba, registrando el domicilio. ¡Menuda gracia tendría presentarme
de improviso! No, me voy a la cama...
Pero su sentido de la precisión, que casi cabría denominar
ya sentido de la justicia, tan potenciado por el reproche «tú y tu Hitler»,
juzgó muy mezquino ese resultado de sus reflexiones. Ahora estaba esperando,
llave en mano, delante de la puerta de su casa, la cabeza levantada. La puerta
tenía que estar abierta, había una claridad crepuscular allí arriba, también
escuchó una voz dura. Una anciana completamente sola, pensó con sorpresa
súbita. Sin protección. Sin compasión...
Fue en ese momento cuando una mano de hombre pequeña, pero
fuerte, salió de la oscuridad cogiéndolo del pecho y girándolo hacia la
escalera. Una voz educada, muy cortés, explicó:
—Por favor, vaya usted delante, señor Quangel. Yo lo
seguiré y apareceré en el momento adecuado.
Quangel ascendió por la escalera sin vacilar, tal era la
fuerza de convicción que residía en esa mano y en esa voz. Sólo puede haber
sido el viejo consejero Fromm, pensó. Qué sigiloso. Creo que en todos los años
que llevo viviendo aquí no lo he visto de día ni veinte veces, ¡y ahora resulta
que le gusta deslizarse por la escalera en plena noche!
Mientras pensaba esto, subió las escaleras sin vacilar y
llegó al piso de la Rosenthal. Vio cómo ante su aparición una figura gruesa
—con toda seguridad el viejo Persicke— se retiraba precipitadamente a la
cocina, también tuvo ocasión de oír las últimas palabras de Baldur sobre el
manejo del asunto, y que no se podía tener miedo eternamente... Ahora estaban
en silencio frente a frente los dos, Baldur y Quangel.
Durante un instante el propio Baldur Persicke creyó que
todo estaba perdido. Pero después recordó uno de sus máximas vitales: el
descaro vence, de modo que dijo con tono desafiante:
—Se ha quedado pasmado, ¿eh? Pero ha llegado un poco
tarde, señor Quangel, ya hemos pillado y capturado a los ladrones. —Hace una
pausa, pero Quangel calla. Algo más débilmente, Baldur prosigue—: Por cierto,
parece que uno de los dos cuervos es Barkhausen, el que consiente aquí, en el
patio de nuestra casa, un burdel.
La mirada de Quangel sigue el dedo acusador de Baldur.
—Sí —contesta muy seco—, uno de los cuervos es Barkhausen.
—Pero, vamos a ver —inesperadamente se escucha la voz de
Adolf Persicke, el hermano de las SS—. ¿Qué hace usted aquí plantado mirando
como un pasmarote? Sería mejor que fuese a denunciar el robo en comisaría,
Quangel, para que vengan a buscar a estos dos pájaros. Mientras tanto nosotros
vigilaremos.
—¡Cállate, Adolf! —sisea Baldur, irritado—. ¡Deja de darle
órdenes a Quangel! El señor Quangel sabe de sobra lo que tiene que hacer.
Pero en ese momento Quangel ignora justamente eso. De
haber estado solo, habría tomado en el acto una decisión. Pero había notado esa
mano en su pecho, esa cortés voz masculina; él no se imaginaba lo que se
proponía el antiguo juez del Tribunal Cameral. No quería estropearle su juego.
Ojalá supiera...
Pero en ese preciso instante aparece en escena el viejo
caballero, no a su lado, como esperaba Quangel, sino procedente del interior de
la vivienda. De repente surge entre ellos como una aparición espectral,
pegándole a los Persicke otro susto aún mayor.
Dicho sea de paso, el anciano tenía un aspecto de lo más
raro. Su figura delicada, de mediana estatura, iba completamente envuelta en
una bata de seda negro azulada, con los bordes ribeteados en seda roja y
cerrada con grandes botones de madera rojos. El viejo señor lucía una perilla
canosa y un bigote blanco muy recortado sobre el labio superior. Su cabello,
muy ralo y todavía castaño, estaba cuidadosamente peinado sobre el cráneo
pálido aunque no lograba ocultar del todo su desnudez. Detrás de las gafas estrechas
con montura de oro, en medio de mil arruguitas, relucían unos ojos satisfechos
y burlones.
—No, caballeros —dijo con soltura, pareciendo reanudar una
conversación iniciada hacía mucho y muy satisfactoria para todos—. No,
caballeros, la señora Rosenthal no está en la vivienda. Pero quizá uno de los
jóvenes señores Persicke no tenga inconveniente en acudir al baño. Su padre no
parece encontrarse muy bien. Al menos no para de intentar ahorcarse allí con
una toalla. No he logrado disuadirle de tal proceder...
El juez del Tribunal Cameral sonríe, pero los dos Persicke
mayores abandonan la habitación con tanta precipitación que casi resulta
gracioso. El joven Persicke, sin embargo, se ha quedado muy pálido y muy
sereno. El anciano que acaba de entrar en la habitación y que se expresa con
tal ironía es un hombre cuya superioridad reconoce sin ambages hasta Baldur. No
se las da de superior, lo es de verdad. Baldur Persicke dice casi suplicante:
—Comprenda usted, señor juez del Tribunal Cameral, mi
padre, reconozcámoslo sin rodeos, está completamente bebido. La capitulación de
Francia...
—Lo comprendo, lo comprendo perfectamente —asiente el
antiguo juez con un ademán tranquilizador—. Todos somos humanos, sólo que no
todos nos ahorcamos cuando nos embriagamos. —Calla un instante y con una
sonrisa añade—: Como es natural, también ha hablado por los codos, pero ¿quién
hace caso de la verborrea de un borracho? —sonríe de nuevo.
—¡Señor consejero! —exclama suplicante Baldur Persicke—.
¡Se lo ruego, tome este asunto en sus manos! Ha sido usted juez, sabe lo que
hay que hacer...
—No, no —rechaza el juez con tono decidido—. Soy un
anciano enfermo. —Aunque no lo parece en absoluto. Al contrario: su aspecto es
rozagante—. Además, llevo una vida completamente retirada, apenas mantengo
relación con el mundo. Pero usted, señor Persicke, y su familia son los que han
sorprendido a los dos ladrones. Ustedes los entregarán a la policía y pondrán a
buen recaudo los bienes de esta vivienda. En mi rápida ronda me he formado una
pequeña idea. Por ejemplo, he contado diecisiete maletas y veintiuna cajas. Y
otras cosas más. Y otras cosas más...
Habla cada vez más despacio. Con más lentitud. En ese
momento agrega con ligereza:
—No me extrañaría nada que la captura de ambos ladrones
les acarrease fama y honor a usted y a su familia.
El consejero calla. Baldur está muy pensativo. Sí, también
existe esa posibilidad... ¡menudo viejo zorro está hecho este Fromm! Sin duda
lo sabe todo, seguro que su padre se ha ido de la lengua, pero no quiere líos,
no quiere saber nada del asunto. No supone el menor peligro. ¿Y Quangel, el
viejo jefe de taller? Éste no se ha ocupado jamás de ningún vecino de la casa,
nunca ha saludado a nadie, jamás ha cruzado una palabra con nadie. Quangel es
un auténtico trabajador viejo, extenuado, agotado, ya sin ideas propias en la
cabeza. Seguro que no causará molestias innecesarias. Es completamente
inofensivo.
Quedan los dos imbéciles borrachos que están ahí tirados.
Como es natural, es posible entregarlos a la policía y negar todo lo que
Barkhausen pueda contar sobre instigación. Seguro que no le prestarán el menor
crédito si declara en contra de miembros del Partido, de las SS, de las
Juventudes Hitlerianas. Y después habrá que denunciar el caso a la Gestapo.
Entonces acaso les entreguen de manera del todo legal parte de esas cosas de
las que sería ilegal y peligroso apoderarse en ese momento. Y encima merecerían
reconocimiento.
Un camino tentador. Pero quizá sea preferible dejar correr
el asunto por el momento. Poner unos esparadrapos a Barkhausen y al tal Enno y
despedirlos con unos marcos. Seguro que no hablarán. Cerrar el piso tal como
está, tanto si la Rosenthal regresa como si no. A lo mejor es posible hacer
algo más adelante... Tiene la impresión y casi la certeza de que las medidas
contra los judíos se endurecerán más todavía. Aguardar y tomarse un té. Dentro
de medio año quizá se puedan hacer cosas que hoy son imposibles. Ellos, los
Persicke, han mostrado su punto flaco en demasía. No es que vayan a actuar
contra ellos, pero en el Partido andarán en boca de todo el mundo. Ya no serán
de fiar.
Baldur Persicke dice:
—Estoy por dejar a estos dos tipos que se vayan. Me dan
pena, señor juez, no son más que dos pequeños granujas de tres al cuarto.
Mira a su alrededor, está solo. Tanto el juez del Tribunal
Cameral como el jefe de taller han desaparecido. Tal como había pensado: no
quieren tener nada que ver con el asunto. Es la postura más astuta. Baldur hará
lo mismo, por mucho que despotriquen sus hermanos.
Con un profundo suspiro dedicado a todas esas cosas
bonitas a las que se ve obligado a renunciar, Baldur se dirige a la cocina para
intentar que su padre recupere el juicio y sus hermanos renuncien a lo ya
conseguido.
Entretanto, en la escalera, el juez del Tribunal Cameral
le dice al jefe de taller Quangel, que lo ha seguido en silencio:
—Y si tiene usted dificultades debido a la señora
Rosenthal, señor Quangel, diríjase a mí. Buenas noches.
—¿Qué me importa a mí la señora Rosenthal? ¡No la conozco
de nada! —protesta Quangel.
—En ese caso ¡buenas noches, señor Quangel! —Y el
consejero desaparece por la escalera abajo.
Otto Quangel abre la puerta de su oscuro piso.
Capítulo 9
CONVERSACIÓN NOCTURNA EN CASA DE LOS QUANGEL
Apenas ha abierto Quangel la puerta del dormitorio, Anna,
su mujer, le dice asustada:
—¡No enciendas la luz, papá! Trudel está durmiendo en tu
cama. Te he hecho la cama en el sofá del salón.
—Está bien, Anna —contesta Quangel, asombrado por la
novedad de que Trudel tenga que dormir en su cama como sea. Siempre se ha
acostado en el sofá.
Pero no vuelve a decir nada hasta que, ya desnudo, yace en
el sofá debajo de la manta.
—¿Quieres dormir, Anna, o te apetece conversar? —pregunta.
Ella vacila un instante, después contesta desde la alcoba
por la puerta abierta:
—Estoy tan cansada y rota, Otto...
Así que continúa enfadada conmigo, ¿por qué?, se pregunta
Otto Quangel, pero dice imperturbable:
—Entonces duerme, Anna. Buenas noches.
Y desde la cama de ella llega esta respuesta:
—Buenas noches, Otto.
También Trudel susurra bajito:
—Buenas noches, padre.
—Buenas noches, Trudel —contesta y se tumba de lado
deseando dormirse lo antes posible, porque está muy cansado. Demasiado, por lo
visto. Al igual que el que está excesivamente hambriento, el sueño huye de él.
Ha transcurrido un día largo con incesantes acontecimientos, un día como no ha
habido otro en la vida de Otto.
Pero no un día como habría deseado. Aparte de que todos
los sucesos han sido desagradables, excepto el relevo de su cargo en el Frente
del Trabajo. Quangel odia todo ese alboroto, esa obligación de hablar con un
sinfín de personas que en conjunto se le antojan insoportables. Y piensa en la
carta oficial que le ha entregado la señora Kluge, en el espía Barkhausen que
ha intentado engañarlo tan torpemente, en el pasillo de la fábrica de uniformes
con los carteles ondeando en la corriente de aire contra los que Trudel apoyó
la cabeza. Piensa en el carpintero encubierto Dollfuss, ese eterno fumador de
cigarrillos, las medallas y condecoraciones vuelven a tintinear sobre el pecho
del orador vestido de pardo, ahora lo aferra, surgiendo de la oscuridad, la
mano pequeña y firme de Fromm, el consejero retirado del Tribunal Cameral,
empujándolo hacia la escalera. Ahí está el joven Persicke con sus botas
relucientes encima de la ropa, palideciendo cada vez más, y en el suelo se oye
la respiración ronca y los gemidos de los dos borrachos ensangrentados.
Vuelve a incorporarse, ha estado a punto de dormirse. Pero
otra cosa lo perturba ese día, algo que ha oído con toda exactitud y ha vuelto
a olvidar. Se sienta en el sofá y escucha largo rato con extrema atención. Es
verdad, no ha oído mal. En tono imperioso llama:
—¡Anna!
La contestación es quejumbrosa, poco propia del estilo de
su mujer:
—¿Por qué vuelves a molestarme, Otto? ¿Es que no voy a
poder descansar? ¡Ya te he dicho que no me apetece hablar!
—¿Por qué tengo que dormir en el sofá si Trudel está
durmiendo contigo en tu cama? —prosigue—. ¿Entonces mi cama sigue libre?
Durante un momento enfrente reina un profundo silencio,
después la mujer contesta casi suplicante:
—Papá, Trudel está durmiendo en tu cama, de veras. Yo
estoy acostada sola, además me duele todo el cuerpo...
Él la interrumpe:
—No me mientas, Anna. En vuestro cuarto se oyen tres
respiraciones, lo he oído perfectamente. ¿Quién está durmiendo en mi cama?
Silencio, un largo silencio. Luego la mujer responde con
voz firme:
—No preguntes tanto. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Es mejor que te calles, Otto.
Y él, inflexible:
—Aquí mando yo. En esta casa no hay secretos para mí.
Porque soy el responsable de todo, por eso. ¿Quién está durmiendo en mi cama?
Largo silencio, muy largo. Después una voz vieja y
profunda de mujer dice:
—Yo, señor Quangel, la señora Rosenthal. Su mujer y usted
no tendrán ningún problema por mi culpa. Voy a vestirme. Enseguida regresaré
arriba.
—Ahora no puede subir a su casa, señora Rosenthal. Están
allí los Persicke y un par de tipos más. Quédese acostada en mi cama. Y mañana
a primera hora, muy temprano, a las seis o las siete, vaya a ver al antiguo
juez Fromm y llame a su puerta, en el entresuelo. Él la ayudará, me lo ha
dicho.
—Muchas gracias, señor Quangel.
—Déselas al consejero, no a mí. Yo me limito a echarla de
mi casa. Bien, y ahora te llega el turno a ti, Trudel...
—¿Yo también tengo que marcharme, padre?
—Sí. Ésta ha sido la última visita que nos haces, y sabes
de sobra por qué. Es posible que Anna vaya a visitarte alguna vez, aunque no lo
creo. En cuanto recobre el juicio y yo haya hablado con ella como es debido...
La mujer replica casi a gritos:
—No pienso tolerar eso, entonces me iré también yo. ¡Y
puedes quedarte solo en tu casa! No piensas más que en tu tranquilidad...
—¡Así es! —la interrumpe él con dureza—. La inseguridad no
me gusta, y sobre todo no quiero verme arrastrado por las historias inciertas
de otros. Si tengo que jugarme la cabeza, no pienso hacerlo por cualquier
descuido ajeno, sino por propia voluntad. No digo que vaya a hacerlo. Pero si
lo hago, lo haré exclusivamente contigo, con nadie más, aunque sea una chica
tan amable como Trudel o una anciana desamparada como usted, señora Rosenthal.
No afirmo que lo que hago esté bien. Pero no puedo comportarme de otra manera.
Soy así y no quiero ser de otro modo. Bueno, y ahora deseo dormir.
Dicho esto, Otto Quangel vuelve a tumbarse. En el
dormitorio todavía cuchichean en voz baja, pero no le molesta. Sabe que se
cumplirá su voluntad. Mañana temprano su casa volverá a estar impoluta, y Anna
también cederá. Ninguna historia clandestina más. Y él, solo. Él, solo.
¡Solamente él!
Se queda dormido, y quien pudiera verlo dormir en ese
instante contemplaría su sonrisa, una sonrisa furiosa en esa cara de pájaro
dura, seca, una sonrisa furiosa, combativa, pero no malvada.
Capítulo 10
LO QUE SUCEDIÓ EL MIÉRCOLES POR LA MAÑANA
Todos los acontecimientos antes referidos ocurrieron un
martes. La mañana del miércoles siguiente, muy temprano, entre las cinco y las
seis, la señora Rosenthal, acompañada por Trudel Baumann, abandonó la vivienda
de los Quangel. Otto Quangel aún dormía profundamente. Trudel condujo a la
desvalida y aterrada señora Rosenthal con la estrella amarilla en el pecho casi
hasta la puerta del piso de Fromm. Después se retiró un tramo de escaleras más
arriba, firmemente decidida a defender a la mujer, aunque fuera con su propia
vida y su propio honor, contra cualquier Persicke que bajara.
Trudel observó cómo la señora Rosenthal tocaba el timbre.
La puerta se abrió casi en el acto, como si alguien estuviera esperando al otro
lado. Tras cruzar unas palabras en voz baja, la señora Rosenthal entró, la
puerta se cerró y Trudel pasó ante ella en dirección a la calle. El edificio ya
estaba abierto.
Las dos mujeres habían tenido suerte. Por temprano que
fuera y por más que el madrugar contraviniese las costumbres de los Persicke,
los dos hombres de las SS habían bajado por la escalera apenas cinco minutos
antes. Por cinco minutos se había evitado un encuentro que con la terca
estupidez y brutalidad de ambos jóvenes habría tenido un desenlace funesto, al
menos para la señora Rosenthal.
Tampoco los dos SS iban solos. Su hermano Baldur les había
ordenado sacar del edificio a Barkhausen y Enno Kluge y llevarlos con sus
mujeres (Baldur había revisado entretanto su documentación). Los dos ladrones
aficionados seguían casi comple tamente obnubilados por el exceso de alcohol
consumido y los golpes recibidos. No obstante, Baldur Persicke había logrado
hacerles comprender que se habían comportado como unos cerdos y debían
agradecer a la inmensa caridad de los Persicke no haber sido entregados en el
acto a la policía, pero cualquier chismorreo los conduciría de forma inevitable
allí. Además, no tenían que dejarse ver nunca más en casa de los Persicke ni
reconocer jamás a ninguno de ellos. Pero si tenían la osadía de regresar alguna
vez a la vivienda de la Rosenthal, serían entregados sin remisión a la Gestapo.
Baldur repitió todo esto tantas veces y con tantas
amenazas e insultos que quedó grabado a fuego en sus cerebros embrutecidos.
Habían estado sentados uno frente a otro en la mesa de los Persicke, en
penumbra, con Baldur en medio hablando, amenazando y echando pestes sin parar.
Los dos SS se habían repanchingado en el sofá, unas figuras amenazadoras y
siniestras a pesar de su fumeteo constante. Tenían la sensación incierta de
estar ante un tribunal esperando la sentencia, de que les amenazaba la muerte. Se
tambaleaban de un lado a otro en sus sillas intentando entender. Mientras tanto
se adormilaban hasta que un doloroso puñetazo de Baldur los arrancaba del
sueño. Todo lo que habían planeado, hecho, padecido, les parecía un sueño
irreal, sólo anhelaban dormir y olvidar.
Finalmente Baldur les ordenó marcharse con sus hermanos.
En los bolsillos, tanto Barkhausen como Kluge llevaban, sin saberlo, unos
cincuenta marcos en billetes pequeños. Baldur había decidido ese nuevo y
doloroso sacrificio que por el momento convertía a la empresa Rosenthal en un
negocio deficitario para los Persicke. Pero se dijo que si los hombres
regresaban junto a sus mujeres sin blanca, molidos a golpes e imposibilitados
para el trabajo, éstas provocarían mucho más griterío y preguntas que si esos
borrachos les llevaban algo de dinero. Y daban por sentado que ellas, dado el
estado de los hombres, encontrarían el dinero.
El primogénito de los Persicke, que tenía que llevar a
casa a Barkhausen, terminó su tarea en diez minutos, período en el que la
señora Rosenthal llegó al piso de Fromm y Trudel Baumann salió a la calle. Tras
agarrar por el cuello a Barkhausen, casi incapaz de andar, lo había arrastrado
por el patio, depositándolo en el suelo ante su vivienda y despertando a su
mujer con fuertes puñetazos en la puerta. Cuando ella retrocedió asustada ante
la siniestra figura amenazadora, gritó:
—¡Aquí te traigo a tu hombre, vieja cerda! ¡Echa al
cliente que tienes en la cama y mete en ella a tu hombre! ¡Mira que estar
tirado borracho en nuestra escalera y ponerlo todo perdido de vómitos...!
Dicho esto se fue dejando al otro a cargo de Otti. A esta
le costó lo suyo desnudar a Emil y llevarlo a la cama; al distinguido caballero
entrado en años que aún estaba convidado en su casa no le quedó más remedio que
echar una mano. Después se lo quitó de encima a pesar de lo temprano de la
hora. Además, le prohibió el regreso, a lo mejor podían encontrarse alguna vez
en un café, pero allí no, nunca más.
Porque a Otti le había sobrevenido un ataque de pánico al
divisar al Persicke de las SS junto a su puerta. Conocía a alguna colega que
había sido utilizada por esos caballeros negros, pero en lugar de recibir un
pago había sido enviada a un campo de concentración por asocial y holgazana.
Pensaba que llevaba una existencia totalmente discreta en su sótano oscuro,
pero ahora se había percatado de que la espiaban sin cesar —como a todos en
esos tiempos—. ¡Si Persicke hasta sabía que tenía a un desconocido en la cama!
No, por el momento Ottita no quería volver a relacionarse con caballeros
desconocidos. Por enésima vez en su vida prometió seriamente enmendarse.
Los cuarenta y ocho marcos que encontró en el bolsillo de
Emil facilitaron esa decisión. Tras guardarse el dinero en la media, decidió
esperar a que Emil le relatase su experiencia, ¡ella desde luego no sabría nada
del dinero!
La tarea del segundo Persicke fue notablemente más
difícil, sobre todo porque el camino que debía recorrer era mucho más largo,
pues los Kluge vivían más allá del distrito berlinés de Friedrichshain. Enno,
al igual que Barkhausen, tampoco podía andar, pero el joven Persicke no podía
arrastrarlo por la calle cogido del cuello o del brazo. Además, le resultaba
penoso que lo vieran en compañía de ese hombre apaleado, borracho, pues cuanto
menos pensaba en su propio honor y en el de sus semejantes, más valoraba el
honor de su uniforme.
También era inútil ordenar a Kluge que caminara delante de
él, pues tenía tendencia a sentarse en el suelo, a tropezar, a agarrarse a los
árboles y paredes o a rozar a los transeúntes. Cualquier puñetazo, cualquier
orden, por dura que fuese, serían inútiles: el cuerpo sencillamente se negaba a
colaborar y las calles estaban ya demasiado animadas para propinarle una
soberana paliza que quizá le hubiera devuelto la sobriedad. Persicke tenía la
frente cubierta de sudor, los músculos de sus mandíbulas se movían
convulsivamente debido a la ira y se juró a sí mismo que algún día le contaría
con detalle a esa pequeña víbora venenosa de Baldur lo que pensaba de sus
encargos.
Tenía que evitar las calles principales, dar rodeos por
calles laterales más tranquilas. Entonces agarraba a Kluge por debajo del brazo
y lo arrastraba dos o tres esquinas más allá, hasta que no podía más. Durante
un rato también le molestó bastante un policía que había reparado en ese
traslado violento y tempranero y que lo siguió por todo el distrito, obligando
a Persicke a mostrarse suave y solícito.
Cuando al fin llegaron a Friedrichshain, se tomó cumplida
venganza. Sentó a Kluge en un banco detrás de unos arbustos y le propinó tal
paliza que el hombre se quedó tirado inconsciente durante diez minutos. Ese
pequeño apostador a las carreras, para el que todo en el mundo carecía de
interés salvo los caballos, que por cierto durante toda su vida sólo había
visto en los periódicos, esa criatura incapaz de sentir ni amor ni odio, ese
holgazán que había dedicado todas las circunvoluciones de su penoso cerebro a
pensar cómo librarse del verdadero esfuerzo, ese hombre, Enno Kluge, pálido,
insulso, de pocas pretensiones, conservó de ese encuentro con los Persicke un
pánico, cerval tal a cualquier uniforme del Partido que en lo sucesivo
paralizaría su alma y su espíritu apenas entraba en contacto con ellos, como
más adelante volvería a ponerse de manifiesto.
Unas patadas en las costillas lo despertaron de su
desmayo, unos golpes en la espalda lo pusieron en marcha y de esa manera, con
la cobardía de un perro apaleado, trotó delante de su torturador hasta llegar a
la vivienda de su mujer. La puerta, sin embargo, estaba cerrada: la cartera Eva
Kluge, que por la noche se había desesperado por su hijo y por su vida, había
reemprendido su trajín cotidiano, la carta para su hijo Max en el bolsillo,
pero con muy poca esperanza y fe en el corazón. Repartió el correo como lo
había hecho desde hacía años, siempre era mucho mejor que quedarse en casa
cruzada de brazos y torturada por pensamientos tristes.
Después de haberse convencido de que la mujer no estaba en
casa, Persicke llamó al timbre de la puerta vecina, casualmente la de la señora
Gesch, la misma que la noche anterior, con una mentira, había ayudado a Enno a
entrar en el piso de su mujer. Persicke se limitó a echarle a ese eccehomo en
los brazos diciendo:
—¡Aquí tiene! Ocúpese de este tipo, por lo visto vive
aquí.
Y se marchó.
La señora Gesch estaba firmemente decidida a no meterse
nunca más en los asuntos de los Kluge. Pero el poder de un miembro de las SS y
el miedo de cualquier compatriota ante él eran tan grandes que recibió en su
casa a Kluge sin oponerse, lo sentó a la mesa de la cocina y le sirvió café y
pan. Su marido ya había salido a trabajar. La señora Gesch se percató de lo
extenuado que estaba el menudo Kluge y vio en su cara, en la camisa rota, en el
abrigo manchado, las huellas de un maltrato prolongado. Pero como Kluge había
sido entregado por un hombre de las SS, se guardó de hacer preguntas. Más aún,
antes lo habría echado a la calle que escuchar una descripción de lo que le
había sucedido. No quería saber nada. Si no sabía nada, tampoco podría contar
nada, irse de la lengua, chismorrear, es decir, tampoco se pondría en peligro.
Kluge comió el pan masticando despacio y bebió el café.
Mientras tanto, gruesas lágrimas de dolor y agotamiento corrían por su cara. La
señora Gesch de vez en cuando lo escrutaba con la mirada. Luego, cuando
terminó, le preguntó:
—¿Y ‘ónde piensa ir ahora? Porque su mujer no vuelve a
meterlo en casa, garantizao.
Él no contestó, se limitaba a mirar abstraído.
—Y en mi casa tampoco se pué quedar. Primero, no lo
consentirá el Gustav y además, no me apetece tener que cerrarlo todo con llave.
Así que ¿dónde piensa ir?
Kluge siguió mudo.
La señora Gesch exclamó muy acalorada:
—¡Entonces ya lo estoy poniendo de patitas en la calle!
¡Ahora mismito! ¿O qué?
—Tutti... una vieja amiga... —articuló con esfuerzo antes
de echarse de nuevo a llorar.
—Válgame Dios, está usté hecho un guiñapo —dijo despectiva
la señora Gesch—. ¡Si yo me derrumbase en cuanto me fueran mal las cosas...!
Bueno, ¿cómo se llama de verdad la tal Tutti y dónde vive?
Tras muchas preguntas y amenazas, se enteró de que Enno
Kluge no conocía el verdadero nombre de Tutti, pero confiaba en encontrar su
vivienda.
—¡Entonces no se hable más! —zanjó la señora Gesch—. Pero
no pué usté irse solo, lo detendrá cualquier policía. Yo lo acompañaré. Pero
como la casa esté equivocada, le dejaré plantao en la calle. No tengo tiempo pa
búsquedas, tengo que trabajar.
Kluge suplicó:
—Déjeme dormir sólo un ratito.
Tras una breve vacilación, ella se decidió.
—Pero sólo una hora. Dentro de una hora hay que largarse.
Ande, échese en el sofá, yo lo taparé.
Antes de llegar con la manta a su lado, el hombre ya se
había quedado profundamente dormido.
Fromm, el antiguo juez del Tribunal Cameral, abrió en
persona la puerta a la señora Rosenthal. La condujo a su despacho, cuyas
paredes estaban cubiertas de libros de arriba abajo, y la invitó a tomar
asiento en un sillón. Estaba encendida una lámpara de lectura, un libro
reposaba abierto sobre la mesa. El anciano caballero trajo una bandeja con una
tetera y una taza, azúcar y dos finas rebanadas de pan, y dijo a la atemorizada
mujer:
—Primero desayune, señora Rosenthal, ya hablaremos
después.
Y cuando ella intentó pronunciar al menos una palabra de
gratitud, Fromm comentó con amabilidad:
—No, por favor, primero desayune. ¡Espero que se sienta
como en su casa, al menos ése es mi deseo!
Y tomando de nuevo el libro situado bajo la lámpara,
comenzó a leer, mientras su mano izquierda libre acariciaba una y otra vez de
arriba abajo su perilla canosa con gesto mecánico. Parecía haberse olvidado por
completo de su visitante.
La anciana y aterrorizada judía recuperó poco a poco parte
de su confianza. Desde hacía meses había vivido sumida en el temor y en el
desorden, entre objetos empaquetados, aguardando de continuo el asalto más
brutal. Desde hacía meses no conocía hogar, ni tranquilidad, ni paz, ni
contento. Y ahora estaba allí en casa de un señor anciano al que apenas había
visto antes en la escalera; en las paredes destacaban las encuadernaciones en
piel de color marrón claro y oscuro de numerosos libros, junto a la ventana un
gran escritorio de caoba, muebles como los que ella misma había poseído en la
primera época de su matrimonio, en el suelo una alfombra de Zwickau, algo
desgastada por el uso. Ese anciano caballero que leía se acariciaba sin cesar
su barbita de chivo, una barbita igual que las que llevaban, complacidos,
muchos judíos, a lo que había que añadir esa larga bata que guardaba una ligera
semejanza con el caftán de su padre.
Era como si por arte de magia hubiera desaparecido del
mundo la suciedad, la sangre y las lágrimas, y ella viviera de nuevo en la
época en que ellos eran todavía personas consideradas, respetadas, no
sabandijas acosadas a las que hay que exterminar.
Sin darse cuenta se acarició el cabello, de manera
espontánea su rostro adoptó otra expresión. Así que aún había paz en el mundo,
incluso allí, en Berlín.
—Le estoy muy agradecida, señor juez del Tribunal Cameral
—dijo. Hasta su voz sonaba diferente, más segura.
Él alzó los ojos de su libro.
—Por favor, bébase el té antes de que se le enfríe y
cómase el pan. Tenemos mucho tiempo, no nos perdemos nada.
Y se enfrascó de nuevo en la lectura. La mujer, obediente,
se bebió el té y se comió el pan, a pesar de que hubiera preferido con creces
hablar con el anciano caballero. Pero quería obedecerlo en todo, no quería
perturbar la paz de su domicilio. Volvió a mirar a su alrededor. No, todo esto
tenía que permanecer como hasta ahora. No lo pondría en peligro. (Tres años
después una mina explosiva reduciría ese hogar a escombros y el refinado
anciano moriría en el sótano, tras una lenta y dolorosa agonía...)
Depositando de nuevo la taza vacía sobre la bandeja,
añadió:
—Es usted muy bondadoso conmigo, señor consejero, y muy
valiente. Pero no quiero ponerlo inútilmente en peligro a usted ni su hogar.
Todo esto no sirve de nada. Regresaré a mi casa.
El anciano caballero la observó con atención mientras
hablaba, ahora conducía de nuevo hacia su sillón a la mujer, que ya se había
levantado.
—Por favor, siéntese un momento, señora Rosenthal.
La anciana obedeció a regañadientes.
—De veras, señor consejero, se lo digo en serio.
—Escúcheme, se lo ruego. Lo que voy a decirle también se
lo digo en serio. Primero, en lo tocante al peligro en que usted me pone, sepa
que durante toda mi vida, desde que me dedico a mi profesión, he estado en
peligro. Siempre he sido juez, y en ciertos círculos me llamaban el sangriento
Fromm o el verdugo Fromm. —Sonrió al ver el estremecimiento de ella—. Siempre
he sido una persona tranquila y apacible, pero el destino me ha impuesto que a
lo largo de mi carrera tuviera que pronunciar o confirmar veintiún penas de
muerte. Tengo una señora a la que he de obedecer, que me gobierna a mí y al
mundo, incluso al mundo actual de ahí fuera, y esa señora es la justicia. En
ella he creído siempre y sigo creyendo todavía hoy, la justicia es la pauta que
guía mis actos...
Mientras hablaba, recorría sigiloso la habitación de acá
para allá, las manos a la espalda, sin salir del campo visual de la señora
Rosenthal. Las palabras brotaban serenas y desapasionadas de sus labios,
hablaba de sí mismo como de un hombre desaparecido, que en realidad ya no
existía. La señora Rosenthal lo escuchaba expectante.
—Mas —prosiguió el consejero—, hablo de mí en lugar de
hablar de usted, una mala costumbre de todos lo que llevamos una vida muy
solitaria. Perdóneme, dediquemos unas palabras al peligro. Durante diez,
veinte, treinta años recibí cartas amenazadoras, me han atacado por sorpresa,
me han disparado... Pues bien, señora Rosenthal, aquí estoy leyendo a mi
Plutarco, soy un hombre que ha alcanzado la vejez. El peligro no significa nada
para mí, no me asusta, no invade jamás mi cerebro ni mi corazón. No me hable de
peligros, señora Rosenthal...
—Pero las de hoy son personas distintas —rebatió la señora
Rosenthal.
—¿Y si le digo que esas amenazas procedían de malhechores
y sus cómplices? ¡Dejémoslo! —sonrió levemente—. No son personas distintas. Son
algo más numerosas y los demás se han vuelto más cobardes, pero la justicia
sigue siendo la misma, y yo confío en que ambos lleguemos a presenciar su
victoria. —Durante un instante se mantuvo inmóvil, muy erguido, a continuación
reanudó sus paseos—. Y la victoria de la justicia no será la victoria de este
pueblo alemán —añadió en voz baja.
Calló unos instantes antes de comenzar de nuevo en un tono
más ligero:
—No, no puede usted regresar a su casa. Los Persicke han
estado allí esta noche, esa gente del Partido que vive en el piso encima del
mío, ya sabe. Poseen las llaves de la vivienda y ahora someterán a su hogar a
vigilancia continua. Allí sí que se expondría usted a un peligro del todo
inútil.
—Pero debo estar allí cuando regrese mi marido —suplicó la
señora Rosenthal.
—Su marido... no puede visitarla por el momento —precisó
el juez Fromm tranquilizándola con amabilidad—. Se encuentra en prisión
preventiva en Moabit, acusado de haber ocultado cierta cantidad de moneda
extranjera. Así que mientras se mantenga despierto el interés de la fiscalía y
de hacienda en este procedimiento, estará a salvo.
El viejo consejero esabozó una leve sonrisa, dirigió una
mirada de ánimo a la señora Rosenthal y reanudó sus paseos.
—¿Y usted cómo lo sabe? —inquirió la mujer.
El anciano hizo un ademán tranquilizador.
—Un viejo juez siempre escucha esto y aquello aunque ya no
desempeñe el cargo —explicó—. También le interesará saber que su marido tiene
un abogado eficiente y que lo tratan relativamente bien. No le diré el nombre
ni la dirección del abogado, él no desea visitas sobre este particular...
—¡Pero a lo mejor puedo visitar a mi marido en la cárcel
de Moabit! —exclamó la señora Rosenthal excitada—. Podría llevarle ropa
limpia... ¿quién se ocupa allí de su ropa? Y útiles de aseo, y quizá algo de
comida...
—Querida señora Rosenthal —dijo el consejero retirado
colocando con firmeza sobre los hombros de ella su mano manchada por la edad y
con gruesas venas azules—, no puede usted visitar a su marido ni él a usted.
Esa visita no le serviría de nada, pues no llegaría hasta él y sólo le
perjudicaría a usted.
La miró.
De pronto sus ojos dejaron de sonreír y su voz se tornó
severa. Ella comprendió que ese hombre bajo, suave, bondadoso había sido
llamado un día el sangriento Fromm, el verdugo Fromm, que obedecía a una ley
inexorable, seguramente a esa justicia de la que había hablado.
—Señora Rosenthal —agregó en voz baja ese sangriento
Fromm—, es usted mi huésped... mientras respete las leyes de la hospitalidad
sobre las que voy a decirle unas palabras: en cuanto usted actúe de manera
arbitraria, en cuanto se cierre detrás de usted una vez, una sola vez, la
puerta de esta casa, jamás volverá a abrirse y su nombre y el de su marido se
borrarán para siempre de mi mente. ¿Me ha comprendido?
Él se rozaba la frente con suavidad mientras le dirigía
una mirada penetrante.
La mujer susurró muy bajo «sí».
Sólo entonces retiró él la mano de sus hombros. Sus ojos,
que se habían oscurecido con las serias palabras que había pronunciado,
volvieron a aclararse y lentamente reanudó sus paseos.
—Le ruego —continuó con más ligereza— que no abandone
durante el día el cuarto que voy a enseñarle, y que una vez en él tampoco se
acerque a la ventana. Mi sirvienta es de confianza, pero... —Se interrumpió
malhumorado, echó un vistazo al libro situado bajo la lámpara, y prosiguió—:
Intente, al igual que yo, convertir la noche en día. Le mandaré a diario un
somnífero. Le daré de comer durante la noche. ¿Quiere seguirme, por favor?
La anciana obedeció, saliendo al pasillo. Ahora volvía a
sentir cierta confusión y temor, su anfitrión había cambiado por completo. Pero
se dijo muy certeramente que el anciano amaba su tranquilidad por encima de
todo y estaba poco acostumbrado a tratar con personas. Ahora se había cansado
de ella, añoraba volver a su Plutarco, fuera quien fuera éste.
El consejero abrió una puerta precediéndola, encendió la
luz.
—Las persianas están cerradas —informó—. La habitación
también está en penumbra, déjelo así, pues podría verla alguien de los pisos
traseros. Creo que aquí hallará todo lo que necesite.
La dejó contemplar un momento esa habitación clara y
alegre con muebles de madera de abedul, un tocador de patas altas completamente
ocupado y una cama con dosel de cretona. Él examinaba la habitación como si
llevara mucho tiempo sin verla y acabase de reconocerla. Después dijo con honda
seriedad:
—Es la habitación de mi hija. Murió en 1933, ¡no, aquí no,
aquí no! ¡No se asuste!
Le tendió la mano deprisa.
—No cerraré la puerta con llave, señora Rosenthal —le
comunicó—, pero le ruego que eche el pestillo de inmediato. ¿Tiene reloj?
¡Bien! A las diez de la noche llamaré a la puerta. Buenas noches.
Se marchó. En la puerta se volvió de nuevo.
—En los próximos días estará usted muy sola, señora
Rosenthal. Intente acostumbrarse. La soledad puede ser muy buena. Y no lo
olvide: ¡cada superviviente importa, incluyéndola a usted, precisamente a
usted! No olvide echar el pestillo.
Se fue de manera tan silenciosa, cerró con tal sigilo la
puerta que ella se dio cuenta demasiado tarde de que no le había dado las
gracias ni las buenas noches. Se acercó rápidamente a la puerta, pero mientras
caminaba lo recordó. Se limitó a echar el pestillo, después se dejó caer en la
silla más próxima, le temblaban las piernas. Desde el espejo del tocador la
miraba una cara pálida, hinchada por las lágrimas y la vigilia. Saludó a esa
cara con una inclinación de cabeza.
Esa eres tú, Sara, dijo en su interior. Lore, ahora
llamada Sara. Fuiste una excelente comerciante, siempre activa. Has tenido
cinco hijos, uno vive en Dinamarca, otro en Inglaterra, dos en Estados Unidos y
uno yace aquí en el cementerio judío de la avenida Schönhauser. No me enfado
cuando me llaman Sara. Lore se ha convertido cada vez más en Sara; sin quererlo
ellos, me han convertido en una hija de mi pueblo, sólo en su hija. Él es un
caballero bueno y refinado, pero tan extraño, tan raro...Nunca podré hablar a
gusto con él, como lo hacía con Siegfried. Creo que es frío. A pesar de su
bondad, es frío. Hasta su bondad es fría. Eso es fruto de la ley a la que
obedece, la de esa justicia. Yo he obedecido siempre a una sola ley: amar a mis
hijos y a mi marido, y ayudarlos a progresar en la vida. Y ahora estoy aquí, en
casa de este anciano, y todo lo que soy me ha abandonado. Esta es la soledad de
la que él hablaba. Apenas son las seis y media de la mañana y no volveré a
verlo hasta las diez de la noche. Quince horas y media de absoluta soledad...
¿qué averiguaré de mí que todavía no sepa? ¡Tengo miedo, mucho miedo! Creo que
gritaré, que incluso dormida gritaré de miedo. ¡Quince horas y media! La media
hora bien podría haberla pasado conmigo. Pero estaba empeñado en continuar la
lectura de su viejo libro. Pese a su bondad, las personas no significan nada
para él, sólo le importa su justicia. Lo hace porque ella se lo exige, no por
mí. Yo sólo valoraría eso si lo hiciera por mí.
La anciana asiente despacio hacia ese rostro de Sara
deformado por la pesadumbre que ve en el espejo. Mira a su alrededor buscando
la cama. La habitación de mi hija. Murió en 1933. ¡Aquí no! ¡Aquí no!, le pasa
por la cabeza. Se estremece. De qué modo lo ha dicho. Seguro que la hija
también murió por culpa de ellos, pero jamás hablará de eso y yo tampoco osaré
preguntar. No, yo no puedo dormir en esta habitación, es espantoso, inhumano.
Que me dé el cuarto de su sirvienta, una cama todavía caliente por el cuerpo de
la persona de carne y hueso que ha dormido en ella. Nunca podré dormir aquí.
Sólo podré gritar...
Toca con la punta de los dedos los botecitos y las cajitas
del tocador. Cremas resecas, polvos desmigajados, barras de labios mohosas... y
ella lleva muerta desde 1933. Siete años. Tengo que hacer algo. Me siento
acosada por dentro, eso es el miedo. Ahora que he llegado a esta isla de paz,
aparece el miedo. Tengo que hacer algo. No debo estar tan sola conmigo misma.
Rebuscó en su bolso. Encontró papel y lápiz. Escribiré a
los niños, a Gerda en Copenhague, a Eva en Ilford, a Bernhard y Stefan en
Brooklyn. Pero no tiene sentido, ya no hay correo, estamos en guerra. Escribiré
a Siegfried, ya conseguiré de un modo u otro pasar a escondidas la carta a
Moabit. Si esa vieja sirvienta es realmente de confianza. El consejero no tiene
por qué enterarse, y yo puedo darle a ella dinero o joyas. Aún poseo
bastante...
Lo sacó de su bolso, colocando delante de ella el dinero
en fajos y las joyas. Tomó una pulsera en la mano. Me la regaló Siegfried
cuando tuve a Eva. Fue mi primer parto, sufrí mucho. ¡Cómo se rio al ver a la
nena! Le temblaba la barriga de la risa. Todos se reían cuando veían al bebé
con sus rizos negros por toda la cabeza y sus labios gruesos. Es una negrita
blanca, decían. A mí Eva me parecía guapa. Entonces me regaló la pulsera. Costó
una gran suma; dio por ella todo el dinero que había ganado en la Semana
Blanca. Yo me sentía muy orgullosa de ser madre. La pulsera no me importaba
nada. Ahora Eva ya tiene tres niñas, y su Harriet ha cumplido nueve años.
Cuantas veces pensará en mí, allá en Ilford. Pero piense lo que piense, nunca
se imaginará a su madre metida aquí, en la habitación de una muerta en casa del
sangriento Fromm, que sólo obedece a la justicia. Completamente a solas consigo
misma...
Dejó la pulsera y tomó un anillo. Se pasó el día entero
sentada delante de sus cosas, murmurando, aferrándose a su pasado, no quería
pensar en quién era hoy.
Entremedias se sucedían estallidos de terror salvaje. Una
vez llegó junto a la puerta y se dijo: Si tan sólo supiera que no te atormentan
mucho tiempo, que lo hacen deprisa y sin dolor, me iría con ellos. Ya no
soporto esta espera, a buen seguro del todo inútil. Un buen día me pillarán.
¿Qué es eso de que importa cada superviviente, qué es eso de que precisamente
yo? Los niños pensarán poco en mí, y los nietos nada. No comprendo qué quiso
decir con eso el juez del Tribunal Cameral, tengo que preguntárselo esta noche.
Pero seguro que se limitará a sonreír y a decir algo que no me servirá de nada,
porque yo soy una persona de verdad, de carne y hueso, incluso hoy, una Sara
envejecida.
Con la mano apoyada sobre el tocador, contempló su rostro
sombrío cubierto por una red de arruguitas. Arruguitas producidas por la
preocupación, el miedo, el odio y el amor. Después regresó a su mesa, junto a
sus joyas. Para pasar el rato contó y recontó los billetes; más tarde intentó
ordenarlos por series y números. De vez en cuando escribía una frase en la
carta a su marido. Pero ésta no se convirtió en una misiva sino en una
colección de preguntas: ¿Cómo estaba instalado? ¿Qué le daban de comer? ¿No podría
ella encargarse de su ropa? Preguntas insignificantes y triviales. Y: Ella se
encontraba bien. Estaba a salvo.
No, no era una carta, sino palabrería absurda,
innecesaria, y encima insincera. No estaba a salvo. Nunca en esos últimos y
espantosos meses se había sentido tan en peligro como en esa habitación
silenciosa. Sabía que allí tenía que cambiar, que no podría escaparse. Y le
aterrorizaba pensar en qué podía convertirse. A lo mejor entonces aún tendría
que sufrir y soportar algo más terrible todavía, ella, que sin quererlo había
pasado a convertirse de Lore en Sara. Ella no quería, tenía miedo.
Pero más tarde se tumbó en la cama, y cuando su anfitrión
llamó a su puerta a eso de las diez, dormía tan profundamente que ni siquiera
lo oyó. El juez abrió con cuidado la puerta con una llave que descorrió el
cerrojo y al divisar a la durmiente, sonrió asintiendo con una inclinación de
cabeza. Trajo una bandeja con comida, la depositó sobre la mesa y cuando al
hacerlo apartó las joyas y el dinero, volvió a inclinar la cabeza asintiendo
mientras sonreía. Abandonó la habitación sin hacer ruido, volvió a cerrar el
pestillo, dejándola dormir...
Así fue como la señora Rosenthal no vio a una sola persona
en los tres primeros días de su «prisión preventiva». Siempre se pasaba la
noche durmiendo, para despertar a un día espantoso, atormentado por el miedo.
Luego, el cuarto día, medio enloquecida, hizo algo...
Capítulo 11
TODAVÍA ES MIÉRCOLES
Al cabo de una hora, la señora Gesch aún no se había
decidido a despertar al hombre menudo que yacía en su sofá. Tenía un aspecto
tan deplorable, ahí tendido en su sueño extenuado, ahora las manchas de su cara
empezaban a amoratarse.
Tenía adelantado el labio inferior igual que un niño
triste, a veces sus párpados temblaban y su pecho se elevaba en un profundo
suspiro, como si quisiera romper a llorar en pleno sueño.
Cuando terminó de preparar la comida, lo despertó y le dio
de comer. Él murmuró algo parecido a un gracias. Comía como un lobo mientras la
miraba, pero no refirió una palabra de lo sucedido.
Al final, ella dijo:
—Bueno, ya no puedo darle más o no quedará suficiente para
Gustav. Ahora túmbese en el sofá y duerma un rato. Yo iré a hablar con su
mujer...
Él volvió a murmurar algo imposible de identificar como
aprobación o rechazo. Pero se dirigió obediente al sofá y un minuto después
dormía como un tronco.
Cuando a última hora de la tarde la señora Gesch oyó la
puerta de su vecina, se deslizó hasta allí y llamó. Eva Kluge abrió en el acto,
pero situándose en la puerta de manera que impedía la entrada.
—¿Qué hay? —preguntó con hostilidad.
—Disculpe, señora Kluge —comenzó la señora Gesch— que vuelva
a molestarla. Pero tengo a su marido acostao en mi casa. Esta mañana temprano
lo ha traído a rastras uno de esos polis de las SS poco después de marcharse
usted.
Eva Kluge mantuvo un silencio hostil, y la señora Gesch
continuó:
—Lo han dejado hecho un cristo, le han sacudido por todo
el cuerpo. Su marido será como sea, pero así no pue usté echarlo. ¡Al menos
venga a verlo, señora Kluge!
Ésta contestó inflexible:
—Yo ya no tengo marido, señora Gesch. Ya le dije que no
quería oír nada más al respecto.
Y se dispuso a entrar de nuevo en su casa. Pero la señora
Gesch dijo, solícita:
—No tenga tanta prisa, señora Kluge. Al fin y al cabo es
su marido. Usté ha tenido hijos con él...
—¡De eso estoy la mar de orgullosa, señora Gesch, de eso
sobre todo!
—También se pué ser inhumano, señora Kluge, y lo que usté
va a hacer es inhumano. Ese hombre no pué salir así a la calle.
—¿Fue humano acaso lo que ha hecho él conmigo durante
todos estos años? Me ha atormentado, ha arruinado mi vida y para terminar
encima me ha arrebatado a mi hijo predilecto. ¿Y con alguien así tengo que ser
humana sólo porque las SS le hayan propinado una paliza? ¡Ni se me pasa por las
mientes! ¡Ni el doble de palos cambiaría a ése!
Tras esas violentas y furiosas palabras la señora Kluge se
limitó a dar con la puerta en las narices a su vecina, cortando de raíz
cualquier réplica. Sencillamente era incapaz de soportar más comentarios.
Porque bien podía ser que para librarse de ellos hubiera vuelto a acoger en
casa a su marido, para después lamentarlo eternamente.
Sentada en una silla de la cocina, clavó los ojos en la
llama azulada del gas y rememoró ese día. Palabrería, nada más que palabrería.
Desde que había comunicado al jefe de la oficina que quería darse de baja en el
Partido y además en el acto, no había habido más que palabrería. Por de pronto
la liberaron del reparto, pero a cambio la habían interrogado sin parar;
deseaban sobre todo que les dijera por qué quería abandonar el Partido. Qué
motivos tenía. Ella había contestado una y otra vez:
—Eso a nadie le importa. No pienso hablar de mis motivos.
¡Y quiero hacerlo hoy mismo!
Pero cuánto más se negaba, más tozudos se mostraban ellos.
Todo lo demás no parecía interesarles, sólo querían averiguar el «porqué». A
eso del mediodía se presentaron dos civiles con carteras y la interrogaron.
Tuvo que relatar toda su vida, sus padres, sus hermanos, su matrimonio...
Al principio se había mostrado muy complaciente, contenta
de librarse de las preguntas interminables sobre las razones de su abandono del
Partido. Pero después, cuando tuvo que informar sobre su matrimonio, se cerró
en banda. Después del matrimonio le tocaría el turno a los hijos y ella no
podría hablar de su Karl sin que esos dos zorros avispados se dieran cuenta de
que algo no encajaba.
No, tampoco dijo nada sobre eso. Eso también era privado.
Su marido y sus hijos no le interesaban a nadie.
Pero esos tipos eran tenaces. Conocían muchos métodos. Uno
metió la mano en su cartera y comenzó a leer un documento. A Eva Kluge le
habría encantado saber lo que decía. La Gestapo no podía tener un documento así
de ella (para entonces ya se había dado cuenta de que esos dos civiles eran
policías).
Después reanudaron el interrogatorio, y entonces se puso
de manifiesto que el documento debía de decir algo sobre Enno, porque ahora le
preguntaron por él, por sus enfermedades, por su holgazanería, por su pasión
por las apuestas y por las mujeres. Todo comenzó de una forma muy inocente,
pero después de repente se percató del peligro, cerró con fuerza la boca y no
dijo nada más. No, eso también era privado. Y no le importaba a nadie. Lo que
ella tuviera con su marido era cosa suya. Además, estaba separada de él.
Ahí volvieron a pillarla. ¿Desde cuándo se habían
separado? ¿Cuándo lo había visto por última vez? ¿Su deseo de abandonar el
Partido estaba acaso relacionado con su marido?
Se limitó a negar con la cabeza. Pero pensaba,
horrorizada, que seguramente tomarían declaración a Enno, ¡y a ese flojo le
sacarían todo en media hora! Y entonces quedaría desnuda y su deshonra, que
antes sólo conocía ella, a la vista de todos. Entonces quién sabe lo que
escribirían sobre ella, y en el Partido cotillearían sin parar de la madre que
había parido a un hijo semejante.
—¡Privado! ¡Eso es completamente privado!
La cartera, que sumida en sus pensamientos ha observado el
temblor y la oscilación de la llamita azul del gas, se sobresalta. Antes ha
cometido una grave equivocación, bastaba con darle a Enno dinero para unas
semanas y recomendarle que se escondiera en casa de una de sus amiguitas.
Llama al timbre de la señora Gesch.
—Oiga, señora Gesch, lo he pensado mejor, me gustaría
hablar con mi marido.
Ahora que la otra cumple su voluntad, la señora Gesch se
enfada.
—Pues tendría que haberlo pensao antes. Su marido se ha
marchado ya, hará cosa de veinte minutos. ¡Llega usté demasiado tarde!
—¿Y adónde ha ido?
—¿Cómo voy a saberlo? ¡Usté lo ha echado! ¡Seguramente a
casa de alguna de sus mujeres!
—¿Y no sabrá usted cuál? Por favor, dígamelo, señora
Gesch. De veras, es muy importante...
—¡Sí, de repente! —Y la señora Gesch añade a
regañadientes—: Dijo algo de una tal Tutti...
—¿Tutti? —inquiere—. Eso debe de significar Trude,
Gertrud... ¿No sabe usted el apellido?
—¡Ni él mismo lo sabía! Ni siquiera sabía bien dónde vive,
sólo pensaba que la encontraría. Pero en el estao en que se encuentra su
marido...
—A lo mejor regresa —opina Eva Kluge meditabunda—. Si es
así, mándemelo a casa. De todos modos, muchas gracias, señora Gesch. Y buenas
noches.
Pero la señora Gesch, en lugar de devolverle el saludo,
cierra la puerta de un portazo. Todavía no ha olvidado que la otra le dio con
ella en las narices hace un rato. Y no está nada claro que vaya a mandarle al
hombre si reaparece por allí. Una mujer así tiene que reflexionar en el momento
oportuno, después a veces es demasiado tarde.
La señora Kluge ha regresado a su cocina. Es extraño: a
pesar de que la conversación que acaba de mantener con la señora Gesch no ha
dado resultado, se siente aliviada. Los acontecimientos deben seguir su curso.
Ella ha hecho lo que ha podido, mantenerse limpia. Ha renunciado tanto al padre
como al hijo, los extirpará de su corazón. Ha solicitado darse de baja en el
Partido. Ahora que suceda lo que tenga que suceder. No puede cambiarlo, ni
siquiera lo peor la asusta, después de todo lo que ha sufrido.
Tampoco la atemorizó demasiado que los dos hombres de
paisano que la interrogaban pasaran de las preguntas inútiles a las amenazas.
¿Sabía que el abandono del Partido podía costarle su puesto en Correos? ¡Y
muchas cosas más: si abandonaba el Partido negándose a exponer los motivos,
sería políticamente dudosa y los campos de concentración eran para gente así!
Había oído hablar de ellos, ¿no? Allí las personas políticamente dudosas se
convertían enseguida en dignas de confianza, vamos, que se volvían dignas de
confianza para siempre. ¡Ella ya entendía!
La señora Kluge no sintió el menor temor. Se atuvo a que
lo privado era privado, y ella no hablaba de asuntos privados. Al final la
dejaron ir. No, por el momento su salida del Partido no ha sido aceptada, ya
tendrá noticias al respecto. Pero está suspendida cautelarmente del servicio de
Correos. Aunque debe mantenerse a disposición en su domicilio...
Mientras Eva Kluge coloca por fin sobre la llama del gas
la cazuela de sopa que ha olvidado mientras tanto, decide súbitamente que
tampoco obedecerá en ese punto. No piensa pasarse toda la eternidad metida en
casa sin hacer nada, esperando las vejaciones de esos señores. No, mañana
temprano tomará el tren de las seis a Ruppin, para visitar a su hermana. Allí
puede vivir sin comunicarlo dos o tres semanas, ellos le darán de comer. Tienen
vacas y cerdos y sembrados de patatas. Ella trabajará, en el establo y en el
campo. Eso le hará bien, mejor que ese eterno reparto del correo: ¡siempre a la
carrera!
Desde que ha decidido irse al pueblo sus movimientos se
han animado. Saca una maleta y empieza a hacerla. Durante un instante se
pregunta si debe decir a la señora Gesch que se va de viaje, pues el destino no
tiene por qué comunicárselo. Pero decide que no, prefiere no decir nada. Todo
lo que haga a continuación, lo hará completamente sola. No quiere mezclar en
eso a nadie más. Tampoco se lo contará a su hermana ni a su cuñado. Ahora
vivirá más sola que nunca. Hasta entonces siempre había habido alguien de quien
cuidar: sus padres, su marido, sus hijos. Ahora está sola. De momento le parece
muy probable que esa soledad le guste. A lo mejor, si está completamente sola,
todavía consigue algo, ahora que por fin dispone de tiempo para sí misma, que
no es preciso olvidarse de una misma por los demás.
Esa noche, cuya soledad tanto asusta a la señora
Rosenthal, la cartera Kluge vuelve a sonreír en sueños por primera vez. Sueña
que está en un enorme sembrado de patatas, azada en mano. Hasta donde alcanza
la vista sólo se ven patatas y en medio, ella sola: tiene que cavar para
limpiar el sembrado. Sonríe, levanta la azada, al golpear una piedra resuena un
crujido metálico, un tallo de armuelle cae al suelo, pero continúa cavando y
cavando.
Capítulo 12
ENNO Y EMIL DESPUÉS DEL SHOCK
El menudo Enno Kluge ha salido mucho peor librado que su
«colega» Emil Barkhausen, al que tras los sucesos de esa noche una mujer, fuera
ésta lo que fuese, ha metido en la cama, aunque inmediatamente después le haya
robado. El endeble apostador también ha recibido muchos más golpes que el alto
y huesudo espía ocasional. No, a Enno le han jugado una muy mala pasada.
Y mientras camina por las calles buscando, muerto de
miedo, a su Tutti, Barkhausen se levanta de la cama, busca algo de comida en la
cocina y se harta de comer, huraño y meditabundo. Luego descubre en el ropero
una cajetilla de cigarrillos, enciende uno, se guarda la cajetilla en el
bolsillo y vuelve a sentarse pensativo a la mesa, la cabeza apoyada en la mano.
Así lo encuentra su Otti cuando termina de hacer los
recados. Como es natural repara de inmediato en que ha comido, sabe también que
cuando ella se fue, él no llevaba cigarrillos en el bolsillo y descubre en el
acto el robo de su ropero. Al momento provoca un altercado, pese a lo asustada
que está.
—¡Sí, señor, eso me gusta, un tipo que se come mi comida y
me roba mis cigarrillos! ¡Pues ya estás devolviéndomelos, dámelos ahora mismo!
¡O págamelos! ¡Suelta la pasta, Emil!
Ella espera, tensa, su respuesta, pero está bastante
segura de lo que hace. Casi se ha gastado ya los cuarenta y ocho marcos, la
verdad es que él ya no puede hacer mucho más.
Y por su respuesta, tan airada, se da cuenta de que el
hombre no sabe nada del dinero. Se siente muy superior a ese cretino, lo ha
desplumado y el muy majadero ni siquiera se ha dado cuenta.
—¡Cierra el pico! —se limita a gruñir Barkhausen sin
levantar la cabeza—. ¡Y lárgate de la habitación o te parto a golpes todos los
huesos del cuerpo!
Desde la puerta de la cocina, y simplemente porque siempre
tiene que decir la última palabra y por lo superior que se siente (aunque ahora
también le da miedo), la mujer grita:
—¡Más vale que cuides tú de que las SS no te rompan a ti
todos los huesos! ¡Te ha faltado poco!
Y dicho esto, entra en la cocina y desahoga su enfado por
ese destierro con los críos.
El hombre, no obstante, sigue sentado en el salón,
cavilando. No recuerda mucho de los sucesos de esa noche, pero con lo poco que
sabe le basta y le sobra. Y piensa en que allí arriba está el piso de la
Rosenthal, con toda seguridad desvalijado ya por los Persicke, y él habría
podido llevarse un montón de cosas. ¡Pero lo ha fastidiado todo con su propia
cogorza!
No, la culpa fue de Enno, fue Enno el que empezó con el
aguardiente, Enno se emborrachó desde el principio. Sin Enno él tendría ahora
un montón de cosas, lencería y trajes; también recuerda vagamente un aparato de
radio. Si tuviera ahora aquí a Enno, le rompería los huesos a ese cobarde
debilucho que le ha chafado el negocio.
Sin embargo, un instante después Barkhausen vuelve a
encogerse de hombros. A fin de cuentas, ¿quién es el tal Enno? Una garrapata
cobarde que vive de chupar la sangre a las mujeres. ¡No, el verdadero culpable
es Baldur Persicke! Desde el primer momento ese granuja, ese dirigente en
ciernes de las Juventudes Hitlerianas tuvo la intención de embaucarlo. ¡Todo
fue preparado para conseguir un culpable y adueñarse del botín sin recibir
castigo! ¡Eso lo maquinó muy bien esa serpiente venenosa de gafas de cristales
relucientes! ¡Mira que engañarlo de ese modo, maldito mocoso!
Barkhausen no acaba de entender por qué no está en una
celda de la Gestapo en la plaza Alexander, sino en su salón. Esos han debido
sufrir algún contratiempo. Recuerda de forma muy vaga dos figuras, pero en su
aturdimiento no acertó a comprender quiénes eran y qué hacían allí, y ahora sí
que lo ignora por completo.
Sólo sabe una cosa: que jamás perdonará a Baldur Persicke.
Por mucho que ascienda en la escala de simpatías del Partido, Barkhausen
permanecerá atento. Barkhausen puede esperar. Barkhausen no olvida. ¡Menudo
granuja... pero algún día se las pagará, cuando esté hundido en el fango! Mucho
más hundido que Barkhausen, y jamás volverá a levantarse. ¿Traicionar a un
colega? ¡No, eso no se perdona ni se olvida jamás! Los bonitos objetos de la
vivienda de la Rosenthal, maletas y cajas y radio, ¡todo eso habría podido ser
suyo!
Barkhausen continúa con sus cavilaciones, siempre las
mismas, y entretanto coge a escondidas el espejo de mano de plata de Otti,
último recuerdo de un cliente generoso, y contempla y palpa su cara.
Mientras, también el menudo Enno Kluge ha descubierto en
el espejo de una tienda de modas el aspecto de su rostro. Eso lo ha asustado
aún más, haciéndole perder la cabeza por completo. No se atreve a mirar a
nadie, pero presiente que todos lo miran. Desaparece por calles laterales, la
búsqueda de Tutti se torna cada vez más disparatada, ya no sabe dónde vivía
ella, pero tampoco dónde se encuentra ahora él mismo. A pesar de todo entra en
cada oscuro portal abierto y en los patios traseros levanta la vista hacia las
ventanas. Tutti... Tutti...
A cada minuto que pasa oscurece más deprisa, y necesita
encontrar alojamiento antes de la noche o lo detendrá la policía, y cuando vean
en qué estado se encuentra, le harán picadillo hasta que lo confiese todo. Y si
cuenta lo de los Persicke, y con su miedo seguro que se irá de la lengua, los
Persicke lo matarán a golpes.
Camina sin rumbo cada vez más lejos, cada vez más lejos...
Hasta que ya no puede más. Se sienta en un banco y se
acurruca, incapaz de seguir andando y de trazar algún plan. Al fin comienza a
registrar sus bolsillos con gesto mecánico en busca de algo que fumar; un
cigarrillo volvería a animarlo.
No encuentra cigarrillos en sus bolsillos, pero sí algo
que seguro que no esperaba: dinero. Cuarenta y seis marcos. La señora Gesch
habría podido comunicarle hace horas que tenía dinero en el bolsillo, habría
aumentado la seguridad de ese hombre menudo, atemorizado en su búsqueda de un
lugar donde cobijarse. Pero claro, la señora Gesch no ha querido revelar que le
ha registrado los bolsillos mientras dormía. La señora Gesch es una mujer
decente, ella —aunque tras una breve reflexión— le devolvió el dinero. Si se lo
hubiera encontrado a su Gustav, se lo habría quedado, pero a un hombre ajeno,
no, ¡ella no es así! La señora Gesch había cogido tres marcos de los cuarenta y
nueve que había encontrado. Pero eso no era un robo, sino el pago por la comida
que le había dado a Kluge. También le habría dado de comer sin dinero, pero
¿cómo iba a dar de comer de balde a un extraño con dinero? Ella tampoco era
así.
En cualquier caso, los cuarenta y seis marcos reconfortan
sobremanera al atemorizado Enno Kluge, porque ahora sabe que en cualquier
momento puede pagar un alojamiento nocturno. También su memoria comienza a
funcionar de nuevo. Aunque sigue sin acordarse del domicilio de Tutti, de
pronto recuerda que la conoció en un pequeño café que ella suele frecuentar. A
lo mejor allí conocen su domicilio.
Se levanta, reanuda la marcha. Se orienta para averiguar
dónde se encuentra y al divisar un tranvía que lo dejará cerca de su destino,
se atreve a subir a la oscura plataforma delantera del primer vagón. Está tan
oscura y repleta que nadie se fijará mucho en su cara. Después entra en el
café. No, no quiere tomar nada, se encamina en el acto al mostrador y pregunta
a la camarera si sabe dónde está Tutti, o si Tutti sigue yendo por allí.
La camarera pregunta con voz dura, estridente, audible en
todo el local, a qué Tutti se refiere. ¡Hay un montón de Tuttis en Berlín!
El hombrecillo, pusilánime, pregunta con timidez:
—Pues a la Tutti que siempre venía por aquí. Una de pelo
oscuro, algo gorda...
¡Ah, se refería a esa! ¡Pues no, allí ya no querían saber
nada de esa Tutti! ¡Que no se atreviera a volver por allí! ¡De ésa no querían
oír ni una palabra!
Y tras esta información, la mujer se aparta enfadada de
Enno. Kluge murmura unas palabras de disculpa y se apresura a abandonar el
local. Se detiene, indeciso, en la calle nocturna pensando qué hacer, cuando
sale del café otro señor, un hombre de cierta edad que a Enno le parece
bastante desharrapado. Ese hombre se dirige vacilante hacia Enno, luego cobra
ánimos, se quita el sombrero y pregunta si es el caballero que hace un momento
ha preguntado en el café por una tal Tutti.
—Quizá —responde Enno, cauteloso, y que por qué lo
pregunta.
—Por nada en especial. Es que yo podría decirle dónde
vive. Y también conducirlo hasta su casa, aunque a cambio tendría que hacerme
un pequeño favor.
—¿Cuál? —pregunta Enno más cauteloso aún—. No sé qué favor
puedo hacerle. No lo conozco de nada.
—Bah, acabemos de una vez —exclama el hombre avejentado—.
Si vamos en esta dirección, no daremos ningún rodeo. Lo cierto es que Tutti
tiene una maleta con cosas mías. A lo mejor mañana por la mañana temprano puede
sacarme la maleta rápidamente mientras Tutti duerme o sale a algún recado. ¿Qué
le parece?
El hombre mayor parece dar por sentado que Enno pasará la
noche en casa de Tutti.
—No —contesta Enno—. No lo haré. Yo no me meto en esos
líos, lo siento.
—Pero puedo revelarle el contenido de la maleta con
exactitud. ¡Le aseguro que es mía!
—Entonces ¿por qué no se la pide a la propia Tutti?
—Si habla así —contesta el hombre, ofendido— es que no
conoce a Tutti. ¡Tendría que saber la clase de mujer que es! ¡No tiene
precisamente pelos en la lengua, es más, tiene la lengua cubierta de cerdas de
erizo! ¡Muerde y escupe como un babuino...! ¡Precisamente por eso la llaman
así!
Y mientras el viejo pergeña esa amable descripción de
Tutti, Enno Kluge cae en la cuenta, asustado, de que Tutti es realmente así y
que la última vez él desapareció con su monedero y sus cartillas de
racionamiento. La verdad es que cuando se enfurece, Tutti muerde y escupe como
un babuino, y con toda seguridad descargará toda su furia sobre Enno en cuanto
llegue. El cobijo nocturno en su casa que se figuraba era eso, figuraciones
suyas...
Y de pronto, sin pensárselo dos veces, Enno Kluge decide
cambiar de vida desde ese preciso instante: se acabaron las historias de
mujeres, los pequeños hurtos y también las apuestas. Lleva cuarenta y seis
marcos en el bolsillo, que le permitirán vivir hasta el próximo día de paga.
Mañana se regalará un día de indulgencia, por lo quebrantado que está, y pasado
comenzará de nuevo a trabajar como es debido. Ya verán ellos lo productivo que
les resulta, seguro que no vuelven a enviarlo al frente. La verdad es que tras
los acontecimientos vividos en las últimas veinticuatro horas no puede
arriesgarse a un recibimiento de babuino en casa de Tutti.
—Sí —reconoce Enno Kluge, meditabundo, al hombre entrado
en años—. Eso es cierto: Tutti es así. Y por eso acabo de decidir no ir a
verla. Pasaré la noche en ese hotelito de ahí. Buenas noches, señor, lo siento,
pero...
Y dicho esto se marcha precavido con sus huesos doloridos
y, pese a su aspecto maltrecho y a su total carencia de equipaje, consigue a
fuerza de ruegos que el criado harapiento le deje una cama por tres marcos. Se
mete en la cama de ese agujero oscuro y maloliente, cuyas sábanas han servido
ya a muchos antes que él; se estira y se dice: A partir de ahora viviré de otra
manera. He sido un asqueroso canalla, sobre todo con Eva, pero desde este mismo
instante cambiaré. Me han dado una paliza con razón, pero a partir de ahora
cambiaré...
Yace muy silencioso en la cama estrecha, las manos, como
quien dice, junto a la costura del pantalón, con la vista clavada en el techo.
Tirita de frío, de agotamiento, de dolor. Pero no lo nota. Piensa en el obrero
respetado y apreciado que era antes, y en el tipejo andrajoso al que todos
desprecian que es ahora. No, a él los golpes lo han ayudado, pero ahora todo
cambiará. E imaginando ese cambio se queda dormido.
A esa hora también duermen los Persicke, y la señora Gesch
y la señora Kluge, y el matrimonio Barkhausen; éste ha autorizado sin palabras
a Otti a meterse con él en la cama.
La señora Rosenthal duerme asustada, respirando
pesadamente. También la pequeña Trudel Baumann duerme. Por la tarde ha logrado
cuchichear a uno de sus conjurados que tiene que comunicarle algo sin falta y
que todos ellos tienen que encontrarse la tarde siguiente en el Elíseo, con la
mayor discreción posible. Tiene miedo porque tendrá que confesar su
indiscreción, pero ahora duerme.
La señora Anna Quangel yace en la cama a oscuras, mientras
su marido, como siempre a esa hora de la noche, está en el taller, siguiendo
con suma atención el proceso de trabajo. No lo han llamado para ocupar la
dirección técnica para la mejora de la fabricación. ¡Mejor!
Anna Quangel, que yace en la cama incapaz de conciliar el
sueño, sigue considerando a su marido un ser frío y sin corazón. Cómo recibió
la noticia de la muerte de Otto, cómo echó de casa a la pobre Trudel y a la
señora Rosenthal: frío, insensible, un hombre que únicamente piensa en sí
mismo. Nunca podrá volver a quererlo como antes, cuando pensaba que al menos él
sentía cierto cariño por ella. Eso ya lo ha comprobado. Sólo ofendido por el
comentario pronunciado tan a la ligera «tú y tu Führer», sólo agraviado. Pues
descuida, que no volverá a ofenderlo, ni hablará con él tan fácilmente. Hoy no
han cruzado ni una palabra entre ellos, ni siquiera se han dado los buenos
días.
Fromm, el juez retirado del Tribunal Cameral, permanece en
vela y, como siempre, se mantiene así durante la noche. Escribe con su pequeña
y pulcra caligrafía una carta cuyo encabezamiento reza: «Estimado letrado del
Reich...».
Debajo de la lámpara de mesa lo aguarda, abierto, su
Plutarco.
Capítulo 13
BAILE DE LA VICTORIA EN EL ELÍSEO
El Elíseo, el gran salón de baile situado al norte de
Berlín, ofrecía esa noche de viernes una imagen que debía de alegrar los ojos
de cualquier alemán normal: uniformes y más uniformes. No era tanto la
Wehrmacht, cuyo gris o verde proporcionaba el vigoroso fondo a esa imagen de
vistoso colorido, sino en mucha mayor medida los uniformes del Partido y sus
secciones los que hacían tan llamativo el conjunto con el pardo, marrón claro,
pardo dorado, pardo oscuro y negro. Allí, junto a las camisas pardas de las SA,
se veían otras mucho más claras de las Juventudes Hitlerianas, la Organización
Todt estaba tan representada como el Servicio de Trabajo del Reich, se veían
los uniformes más amarillos de los oficiales especialistas, denominados los
«faisanes dorados», se veía a líderes políticos del Partido junto a miembros de
la defensa antiaérea. Y no sólo los hombres iban ataviados de un modo tan
alentador, también muchas chicas jóvenes llevaban uniforme; la Asociación de
Jóvenes Alemanas, el Servicio de Trabajo, la Organización Todt, todas ellas
parecían haber enviado allí a sus jefes, subjefes y afiliados de a pie.
Los escasos paisanos se perdían por completo entre ese
gentío, resultaban insignificantes, aburridos entre tantos uniformes, al igual
que el pueblo llano de fuera, en las calles y en las fábricas, jamás había
tenido importancia frente al Partido. El Partido lo era todo, y el pueblo,
nada.
Así que tampoco se prestó casi atención a una mesa situada
en el borde de la sala, a la que se sentaban una muchacha y tres hombres
jóvenes. Ninguna de esas cuatro personas llevaba uniforme, ni siquiera una
insignia del Partido.
Primero había llegado una pareja, la chica joven y uno de
los hombres; más tarde otro joven había pedido permiso para sentarse, y por
último un cuarto hombre de paisano había solicitado idéntico permiso. La pareja
joven había intentado en una ocasión bailar en medio de tanto barullo. Durante
ese tiempo los otros dos hombres entablaron conversación, una conversación en
la que también participaba ocasionalmente la pareja, que regresó estrujada y
acalorada.
Uno de los hombres, de treinta y pocos años, frente
despejada y pelo ya algo ralo, había estado un rato observando en silencio el
trajín de la pista de baile y de las mesas vecinas reclinado mucho en su silla.
En ese momento, sin mirar apenas a los otros, dijo:
—Un lugar de reunión mal elegido. Somos casi la única mesa
de la sala ocupada por civiles. Llamamos la atención.
El acompañante de la chica joven sonrió diciéndole a ésta,
aunque sus palabras iban destinadas al de la frente despejada:
—Al contrario, Grigoleit, no nos dispensan la menor
atención, a lo sumo, desprecio. Estos señores sólo piensan en que la susodicha
victoria sobre Francia les ha proporcionado permiso para bailar durante un par
de semanas.
—¡Nada de nombres! ¡Bajo ningún concepto! —reconvino con
dureza el hombre de la frente despejada.
Durante un instante todos callaron. La joven dibujaba con
el índice algo sobre la mesa, sin levantar la vista aunque se daba cuenta de
que atraía todas las miradas.
—En cualquier caso, Trudel —dijo el tercer hombre, que
tenía la cara inocente de un bebé crecido—, ahora es el momento adecuado para
que nos digas eso tan importante. ¿Qué sucede? Las mesas vecinas están casi
todas desocupadas, todo el mundo baila. ¡Habla!
El silencio de los otros dos hombres sólo podía significar
conformidad. Trudel Baumann soltó atropelladamente, sin alzar la vista:
—Creo que he cometido un desliz. En cualquier caso no he
mantenido mi palabra. A mis ojos ciertamente no es un fallo...
—¡Oh, cállate ya! —exclamó el hombre de la frente
despejada con tono despectivo—. ¿Es que quieres caer ahora en las costumbres de
los gansos? Deja de graznar, cuenta sin rodeos lo sucedido.
La joven alzó la vista. Miró despacio, uno tras otro, a
los tres hombres que, se le antojaba, la miraban con cruel frialdad. Tenía dos
lágrimas en los ojos. Quería hablar, mas no podía. Buscó su pañuelo...
El de la frente alta se reclinó en la silla. Soltó un
silbido atenuado.
—¿Que no grazne? ¡Pues ya lo ha hecho! No hay más que
verla.
El caballero al lado de Trudel lo contradijo deprisa:
—¡Imposible! ¡Trudel es legal! Vamos, Trudel, diles que no
te has ido de la lengua. —Y le estrechó la mano para darle ánimos.
Bebé, a la expectativa, concentró sus ojos redondos, muy
azules, casi inexpresivos, en la joven. El alto de frente despejada sonreía,
despectivo. Tras apagar su cigarrillo en el cenicero, dijo sarcástico:
—¿Y bien, señorita?
Trudel, ya más tranquila, susurró valiente:
—Sí, tiene razón. Me he ido de la lengua. Mi suegro me
trajo la noticia de la muerte de Otto. Eso, no sé cómo, me trastornó. Le dije
que trabajo en una célula comunista.
—¿Mencionaste algún nombre? —Nadie habría supuesto que el
inocente Bebé pudiera preguntar con tanta dureza.
—Claro que no. No dije absolutamente nada más. Y mi suegro
es un viejo trabajador, jamás contará una palabra.
—Tu suegro es capítulo aparte, pero el primero eres tú.
Dices que no mencionaste ningún nombre...
—¡Y tú me creerás, Grigoleit! Yo no miento. He confesado
voluntariamente.
—Pues acaba usted de mencionar otro nombre, señorita
Baumann.
Bebé dijo:
—¿Pero no comprendéis que da completamente igual que haya
mencionado nombres o no? Ha dicho que trabaja en una célula. Se ha ido de la
lengua una vez y volverá a hacerlo. Si los caballeros en cuestión le ponen la
mano encima, la torturan un poco, hablará, y da igual lo que haya revelado
hasta entonces.
—¡Yo nunca les diré nada, aunque me maten! —exclamó Trudel
con las mejillas arreboladas.
—¡Oh! —exclamó el de la frente despejada—. Morir es muy
fácil, señorita Baumann, pero a veces suceden cosas muy desagradables antes de
la muerte.
—Sois despiadados —repuso la joven—. He cometido un error,
pero...
—Yo opino lo mismo —comentó el hombre sentado en el sofá
al lado de Trudel—. Estudiaremos a su suegro, y si es digno de confianza...
—Si caes en manos de esa gente, no hay confianza que valga
—precisó Grigoleit.
—Trudel —dijo Bebé sonriendo con suavidad—, Trudel, acabas
de decir que no mencionaste ningún nombre, ¿verdad?
—¡Y no lo hice!
—Y has afirmado que estarías dispuesta a morir antes de
hacerlo.
—¡Sí, sí, sí! —exclamó la muchacha con fervor.
—Entonces —añadió Bebé esbozando una sonrisa cautivadora—,
entonces, Trudel, ¿qué te parecería morir esta noche, antes de irte más de la
lengua? Eso nos proporcionaría cierta seguridad y nos ahorraría un montón de
trabajo...
Se hizo un silencio sepulcral entre los cuatro. El rostro
de la joven estaba blanco como la cal. Su acompañante dijo «No» y colocó con
suavidad su mano sobre la de ella. Pero la retiró al momento.
Entonces los bailarines regresaron a sus mesas, impidiendo
de momento proseguir la conversación.
El de la frente despejada encendió otro cigarrillo, Bebé
esbozó una sonrisa imperceptible al ver cómo le temblaba la mano al otro.
Entonces le dijo al moreno, sentado junto a la joven pálida y silenciosa:
—Dice usted que no. Pero en realidad ¿por qué? Es una
solución casi satisfactoria, que, por lo que he entendido, ha sido propuesta
personalmente por su acompañante.
—La solución no es satisfactoria —contestó el moreno
despacio—. Ya hay demasiados muertos. No estamos aquí para incrementarlos.
—Espero —repuso el de la frente despejada— que recuerde
esa frase el día que el Tribunal del Pueblo se encargue de usted, de mí y de
estos...
—¡Silencio! —exclamó Bebé—. Salgan un rato a bailar.
Parece una pieza muy bonita. Entretanto pueden ustedes deliberar, mientras
nosotros lo hacemos aquí...
El moreno se levantó a regañadientes e hizo una ligera
reverencia a su dama. Ella colocó su mano sobre el brazo de él y ambos se
dirigieron, pálidos, a la pista de baile. Bailaron serios, callados, a él le
parecía como si bailase con una muerta. El hombre sentía escalofríos. A su
alrededor los uniformes, los brazaletes con la cruz gamada, las banderas rojas
como la sangre en las paredes con el odiado emblema, la foto del Führer
adornada con hojas verdes, los sonidos rítmicos del swing.
—No lo hagas, Trudel —dijo—. Es una locura exigir algo
así. Prométeme...
Bailaban casi sin moverse del sitio entre el gentío cada
vez más apretujado. A lo mejor ella no hablaba porque estaban en contacto
continuo con otras parejas.
—Trudel —rogó de nuevo—. ¡Prométemelo! Puedes irte a otra
fábrica, trabajar allí, para que ellos te pierdan de vista. Prométeme que...
Intentaba que lo mirase, pero los ojos femeninos se
perdían, obstinados, por encima de sus hombros.
—Eres la mejor de nosotros —soltó él de repente—. Eres
humana. Él sólo es dogmático. ¡Tienes que seguir viva, no accedas a su deseo!
La joven sacudió la cabeza, gesto que podía significar
tanto sí como no.
—Me gustaría regresar a la mesa —comentó—. Ya no me
apetece bailar.
—Trudel —dijo deprisa Karl Hergesell cuando se separaron
de los bailarines—, Otto ha muerto, recibiste la noticia ayer. Es demasiado
pronto. Pero sabes que siempre te he querido. Nunca he esperado nada de ti,
pero ahora confío al menos en que vivas. ¡No para mí, eso no, pero sí que
vivas!
La muchacha se limitó a mover la cabeza, de nuevo quedó en
el aire lo que ella opinaba sobre su amor, sobre su deseo de verla con vida.
Habían llegado a la mesa.
—¿Qué? —preguntó Grigoleit, el de la frente despejada—.
¿Qué tal el baile? Está un poco abarrotado, ¿verdad?
La joven no había vuelto a sentarse.
—Me voy —se despidió—. Que os vaya bien. Me habría gustado
trabajar con vosotros...
Se dio la vuelta para irse.
Pero ahora el gordo e inofensivo Bebé fue el primero en ir
tras ella y la agarró por la muñeca.
—¡Un momento, por favor! —habló con cortesía exquisita,
pero su mirada era amenazadora.
Regresaron a la mesa. Se sentaron de nuevo.
—Trudel, ¿he entendido bien el significado de tu
despedida? —preguntó Bebé.
—Lo has entendido perfectamente —respondió la joven
mirándolo con dureza.
—Entonces te ruego que me permitas acompañarte durante el
resto de la noche.
Ella hizo un movimiento de rechazo horrorizado.
El hombre añadió muy cortés:
—No quiero resultar insistente, pero he de mencionar que
en la ejecución de semejante propósito podría incurrirse en nuevas
equivocaciones. —Y añadió en un susurro amenazador—: No tengo el menor interés
en que algún idiota te rescate del agua o en que mañana yazgas en un hospital
después de haberte salvado la vida tras intentar suicidarte con veneno. ¡Quiero
estar presente!
—¡Cierto! —exclamó el de la frente despejada—. Estoy de
acuerdo. Es la única garantía de que...
—Me propongo quedarme a su lado hoy y mañana, y todos los
días sucesivos —anunció el moreno—. Pienso hacer todo lo posible para impedir
este propósito. ¡Si me obligáis, pediré ayuda incluso a la policía si hace
falta!
El de la frente despejada soltó otro silbido largo,
dilatado, quedo y furioso.
Bebé dijo:
—¡Ajá, ya tenemos al segundo deslenguado de la mesa.
Enamorado, ¿eh? Siempre me lo imaginé. Vámonos, Grigoleit, la célula está
disuelta. Ya no existe. ¡Y a esto llamáis disciplina, sois unos blandengues!
—¡No, no! —negó la chica—. ¡No le hagas caso! Es verdad,
él me quiere. Pero yo no. Me iré con vosotros esta noche y...
—¡No! —replicó Bebé, ahora furioso de veras—. Es que no
veis que ya no podéis hacer nada, que él... —Hizo un movimiento de cabeza hacia
el moreno—. ¡Bah! ¡Se acabó! —concluyó luego—. Vamos, Grigoleit.
El de la frente despejada ya se había levantado. Se
dirigieron juntos hacia la salida. Pero de repente, una mano se posó en el
brazo de Bebé. Éste se encontró delante la cara lisa, redonda, de un hombre que
vestía el uniforme pardo.
—Un momento, por favor. ¿Qué es lo que decía hace un
momento sobre una célula disuelta? Me interesaría mucho...
Bebé liberó su brazo con brutalidad.
—¡Déjeme en paz! —exclamó a gritos—. ¡Si quiere saber lo
que hemos hablado, pregunte a esa chica de ahí! Su novio cayó ayer mismo, y hoy
ya tiene a otro en el bote... ¡Malditas mujeres!
Se había ido abriendo paso hacia la salida, que Grigoleit
ya había alcanzado. Él también salió. El gordo lo siguió un momento con la
vista. Después se volvió hacia la mesa a la que todavía se sentaban, muy
pálidos, la chica y el hombre moreno. Eso lo tranquilizó. A lo mejor no he
cometido ninguna falta al dejarle marchar. Me ha cogido por sorpresa. Pero...
—¿Me permiten tomar asiento un momento con ustedes y
hacerles unas preguntas? —inquirió con tono cortés.
Trudel Baumann contestó:
—No puedo decirle más que lo que acaba de contar ese
caballero. Ayer recibí la noticia de la muerte de mi prometido, y hoy este
caballero pretende salir conmigo.
Su voz sonó firme y segura. Ahora que el peligro se
sentaba a su mesa, el miedo y el desasosiego se habían desvanecido.
—¿Le importaría decirme el nombre de su novio caído? ¿Y su
unidad?
Ella lo hizo.
—¿Y ahora su propio nombre? ¿Su dirección? ¿Su puesto de
trabajo? ¿Lleva encima documentación? Muchas gracias. Y ahora, usted,
caballero.
—Trabajo en la misma empresa. Me llamo Karl Hergesell.
Aquí tiene mi cartilla de trabajo.
—¿Y los otros dos señores?
—No los conocemos de nada. Se han sentado a nuestra mesa y
de repente se han entrometido en nuestra discusión.
—¿Y por qué discutían?
—Yo no lo quiero.
—¿Y por qué estaba ese hombre tan enfadado con usted, si
no lo quiere?
—¿Qué sé yo? A lo mejor no ha creído en mis palabras.
También le ha cabreado que bailase con él.
—Está bien —repuso el gordo, cerrando su libro de notas y
mirando a ambos.
La verdad es que parecían más unos enamorados enfadados
que unos delincuentes pillados con las manos en la masa. Ya el temor con que
evitaban mirarse... Sin embargo, sus manos reposaban sobre la mesa, a punto de
tocarse.
—Está bien. Comprobaremos sus datos, faltaría más, pero
creo que... Esta velada puede tener una continuación mejor...
—¡Yo no! —exclamó la joven—. ¡Yo no! —Se levantó al mismo
tiempo que ellos—. Me voy a casa.
—Te acompaño.
—No, gracias, prefiero ir sola.
—¡Trudel! ¡Déjame hablar contigo! —rogó.
El uniformado, sonriendo, los miraba alternativamente.
Unos auténticos enamorados. Una comprobación superficial de los datos bastaría.
De pronto, ella se decidió.
—De acuerdo, pero sólo dos minutos.
Se marcharon. Al fin habían abandonado esa sala espantosa,
ese ambiente de discrepancia y odio. Miraron a su alrededor.
—Se han ido.
—No volveremos a verlos.
—Y tú podrás vivir. ¡No, ahora tienes que vivir, Trudel!
Un paso irreflexivo por tu parte pondría en peligro a los demás, a otros
muchos... ¡recuérdalo siempre, Trudel!
—Sí —contestó—, ahora tengo que vivir. —Y con rápida
decisión—: Adiós, Karl.
Se apoyó un instante en su pecho, su boca rozó la de él.
Antes de que el hombre se decidiera, la joven cruzaba la calle hacia un tranvía
que acababa de detenerse. El vehículo se puso en marcha.
Él intentó seguirla. Pero cambió de parecer.
La veré en la fábrica de vez en cuando, pensó. Tenemos
toda la vida por delante. Tengo tiempo. Ahora sé que me quiere.
Capítulo 14
SÁBADO: AGITACIÓN EN CASA DE LOS QUANGEL
Los Quangel tampoco cruzaron palabra durante todo el
viernes... tres días de silencio entre ellos, ni siquiera saludarse, jamás
había sucedido algo parecido en todo su matrimonio. Por parco en palabras que
fuera Quangel, de vez en cuando siempre soltaba alguna frase sobre algún
trabajador del taller, o sobre el tiempo, o sobre lo mucho que le había gustado
la comida de ese día. ¡Y ahora, nada!
A medida que pasaba el tiempo, Anna Quangel percibía con
más fuerza que el profundo dolor que sentía por su hijo caído comenzaba a
disiparse ante la inquietud por los cambios que estaba sufriendo su marido.
Sólo quería pensar en el chico, pero al observar a ese hombre, a Otto Quangel,
su esposo durante tanto tiempo, al fin y al cabo el hombre al que había
dedicado los más numerosos y mejores años de su vida, le resultaba imposible.
¿Qué mosca le había picado? ¿Qué le pasaba? ¿Por qué había cambiado tanto?
El viernes a mediodía la ira de Anna Quangel y los
reproches contra Otto se habían desvanecido. De haber tenido garantías de
éxito, por pequeñas que fueran, le habría pedido perdón por su irreflexivo
comentario «tú y tu Führer». Pero era obvio que Quangel ya no pensaba en ese
reproche; es más, al parecer tampoco pensaba en ella. Sus ojos pasaban de
largo, veía a través de ella, se situaba junto a la ventana, las manos en los
bolsillos de su chaqueta de trabajo y silbaba despacio ensimismado, meditabundo,
con grandes pausas, cosa que no había hecho nunca.
¿En qué pensaba su marido? ¿Qué le afectaba tanto? Le puso
la comida en la mesa y él comenzó a tomarla a cucharadas. Durante un momento lo
observó desde la cocina. Inclinaba sobre el plato su rostro enérgico, pero se
llevaba la cuchara a la boca con gesto completamente mecánico, sus ojos oscuros
miraban algo que no estaba allí.
La mujer se metió en la cocina a calentar unos restos de
repollo. A él le gustaba comer repollo recalentado. Estaba firmemente decidida
a hablarle ahora mismo, nada más entrar con la verdura. Por muy dura que fuese
su respuesta, tenía que romper ese silencio funesto.
Pero cuando llegó a la sala con el repollo caliente, Otto
se había ido, el plato reposaba sobre la mesa medio vacío. O Quangel se había
dado cuenta de sus intenciones y se había marchado a escondidas como un niño
que quiere seguir de morros, o simplemente lo que tanto lo inquietaba por
dentro le había hecho olvidar la comida. Fuera como fuese, se había ido, y ella
tendría que esperarlo hasta la noche.
Pero la noche del viernes al sábado Otto llegó tan tarde
de trabajar que a pesar de todos sus buenos propósitos, ya se había dormido
cuando él se metió en la cama. No se despertó hasta más tarde, al oírlo toser.
—Otto, ¿duermes? —preguntó, cautelosa.
La tos cesó, él yacía en completo silencio. Ella volvió a
preguntar:
—Otto, ¿duermes?
Nada, ninguna respuesta. Ambos permanecieron un buen rato
en silencio. Cada uno sabía que el otro no dormía. No se atrevían a cambiar de
postura para no delatarse. Al final ambos se durmieron.
El comienzo del sábado fue aún peor. Otto Quangel se había
levantado a una hora inusualmente temprana. Antes de que pudiera ponerle su
café de malta en la mesa, él había emprendido ya uno de esos presurosos e
incomprensibles paseos que antes nunca había dado. Regresó, desde la cocina lo
oyó recorrer el salón de un lado a otro. Cuando entró con el café, él dobló con
cuidado una hoja blanca grande que había estado leyendo junto a la ventana y se
la guardó.
Anna estaba segura de que no era un periódico. Había
demasiado espacio en blanco en la hoja y las letras eran más grandes que las de
un periódico. ¿Qué podía haber estado leyendo ese hombre?
Volvió a enfadarse con él, por su secretismo, por todos
esos cambios que provocaban tanta inquietud y más preocupaciones añadidas a las
antiguas, que ya eran más que suficientes. A pesar de todo, dijo:
—¡Otto, el café!
Al escuchar su voz, giró la cara y la miró como si
estuviera asombrado de no estar solo en esa vivienda, asombrado de que alguien
le hablase. La miró sin verla. No era su esposa Anna Quangel a quien miraba,
sino alguien a quien había conocido un día y de quien debía acordarse con
esfuerzo. Su rostro, sus ojos, exhibían una sonrisa; por su cara se extendía
esa sonrisa que ella nunca había visto. Estuvo a punto de gritar: ¡Otto, ay,
Otto, ahora no te me vayas tú también!
Pero antes de que se decidiera a hacerlo, él pasó a su
lado y abandonó la vivienda. De nuevo sin tomar café, de nuevo tuvo que
llevárselo a la cocina para calentarlo. Mientras tanto, sollozaba suavemente.
¡Menudo marido! ¿Iría ella a quedarse sin nada? Después del hijo, ¿perdería
también al padre?
Entretanto Quangel se dirigía presuroso a la avenida Prenzlauer.
Se le había ocurrido que era mejor examinar antes uno de esos edificios para
comprobar si su idea sobre ellos era acertada. De no ser así, tendría que
ocurrírsele otra.
En la avenida Prenzlauer aminoró el paso, sus ojos
recorrían los letreros de las puertas de las casas como si buscase algo
concreto. En un edificio que hacía esquina vio los letreros de dos abogados y
un médico al lado de otros muchos negocios.
Empujó la puerta del portal. Se abrió en el acto. Su idea
era acertada: en un edificio tan frecuentado no había portero. Subió despacio,
la mano en la barandilla, los peldaños de la escalera, una escalera antes «muy
elegante» de madera de roble a la que el uso excesivo y la guerra habían
arrebatado cualquier vestigio de elegancia. Ahora parecía sucia y desgastada,
las alfombras habían desaparecido hacía mucho tiempo, seguramente las habían
recogido al estallar la guerra.
Otto Quangel pasó ante el letrero de un abogado en el
entresuelo, asintió con la cabeza, prosiguió su lenta ascensión. No es que
utilizase él solo las escaleras, qué va, personas presurosas se cruzaban con él
sin interrupción, bien yendo hacia él o adelantándolo. No paraba de oír
repiqueteo de timbres, golpeteo de puertas, teléfonos sonando, tableteo de
máquinas de escribir, ruido de voces.
Pero entremedias siempre había un momento en que Otto
Quangel tenía la escalera para él solo o al menos su tramo de escalera, un
momento en que toda la vida parecía haberse refugiado en el interior de las
oficinas. Ése habría sido el momento adecuado para hacerlo. En general su plan
era acertado, como había pensado. Gentes apresuradas que no se miraban a la
cara, ventanas de cristales sucios por los que sólo se filtraba la grisácea luz
diurna, sin portero, sin que absolutamente nadie se interesase por los demás.
Cuando Otto Quangel hubo leído en el primer piso el
letrero del segundo abogado y una mano le señaló que el médico vivía una
escalera más arriba, asintió satisfecho. Dio media vuelta, como si regresase de
ver al abogado y salió del edificio. Ya no era necesario continuar el examen,
era justo el edificio que él necesitaba y había miles similares en Berlín.
El jefe de taller Otto Quangel está de nuevo en la calle.
Un hombre moreno de tez muy blanca se dirige a él.
—¿El señor Quangel? —pregunta—. ¿Es usted el señor Otto
Quangel de la calle Jablonski?
Quangel responde con un gruñido expectante, un «¿Y?» que
puede significar tanto asentimiento como negación.
El joven lo considera asentimiento.
—Tengo que pedirle de parte de Trudel Baumann que se
olvide por completo de ella —le comunica—. Trudel tampoco volverá a visitar a
su esposa. No es necesario, señor Quangel, que...
—Informe usted —replica Otto Quangel— que no conozco a
ninguna Trudel Baumann y que no deseo que me vengan con necedades...
Su puño alcanza en pleno mentón al hombre joven, que se
desploma como un trapo. Quangel echa a andar despreocupado entre la gente que
comienza a arremolinarse, pasa justo al lado de un policía y se dirige a la
parada del tranvía. Cuando llega, sube y viaja dos paradas. Después regresa en
dirección contraria, esta vez en la plataforma delantera del vagón. Es como
imaginaba: la mayor parte de la gente se ha dispersado mientras tanto, pero
quedan diez o doce curiosos delante de un café al que seguramente han llevado
al agredido.
Éste ha vuelto a recuperar el conocimiento. Karl Hergesell
tiene que identificarse ante la autoridad por segunda vez en el plazo de dos
horas.
—No ha sido nada, de veras, señor agente —asegura—. He
debido de darle un pisotón sin querer, y me ha soltado un puñezato. No tengo ni
idea de quién es, ni siquiera le había presentado mis disculpas, cuando me ha
golpeado.
Karl Hergesell puede marcharse en paz de nuevo, no existen
sospechas contra él. Sin embargo, sabe de sobra que no puede seguir poniendo a
prueba su suerte. Además, ha ido a ver a ese ex suegro únicamente para
garantizar la seguridad de Trudel. Bueno, por lo que respecta a Otto Quangel,
no hay por qué preocuparse. Un tipo duro, y además furioso. Y seguro que nada
locuaz, a pesar de su enorme boca ganchuda. ¡Con qué rapidez y rabia le ha
pegado!
Habían azuzado a Trudel casi hasta la muerte por si acaso
una persona como él se iba de la lengua. ¡Ése no se iría de la lengua jamás...
ni siquiera ante esos! Y tampoco se preocuparía por Trudel, parecía no querer
saber nada de ella. ¡Qué deprisa puede aclarar a veces las cosas un gancho en
la mandíbula!
Karl Hergesell se dirige a la fábrica completamente
tranquilo, y cuando con preguntas cautelosas averigua que Grigoleit y Bebé se
han despedido, respira aliviado. Ahora todo está seguro. Ya no hay célula, pero
no lo lamenta demasiado. ¡A cambio Trudel vivirá!
En el fondo a él nunca le ha interesado mucho ese trabajo
político, pero sí Trudel.
Quangel regresa a su casa en tranvía, pero en lugar de
apearse en la calle Jablonski pasa de largo. La seguridad ante todo, y si le
pisa los talones algún perseguidor, se enfrentará a él sólo, no lo conducirá
hasta su casa. Anna no se encuentra en las condiciones adecuadas para afrontar
una sorpresa desagradable. Primero tiene que hablar con ella. Y seguro que lo
hará, Anna desempeña un gran papel en sus propósitos. Pero antes tiene que
resolver otros asuntos.
Quangel ha decidido que ese día regresará a su casa antes
de ir a trabajar. Renunciará al café y a la comida. Anna se sentirá un poco
inquieta, pero esperará sin tomar decisiones precipitadas. Tiene que ultimar
algo ese día. Al siguiente es domingo y todo tiene que estar listo para
entonces.
Vuelve a cambiar de tranvía para dirigirse al centro de la
ciudad. No, a Quangel no le preocupa lo más mínimo ese joven al que ha cerrado
la boca con un súbito puñetazo. Tampoco cree que existan otros perseguidores,
sino que piensa que ese hombre venía de verdad de parte de Trudel. Ella ya
había insinuado que tendría que confesar que había roto su juramento. A
continuación ellos lógicamente le habían prohibido cualquier trato con él, y
habían enviado a ese joven como mensajero. Un asunto del todo inofensivo. Era
una mera chiquillada, niños que se habían aventurado en un juego que no
entendían. Otto Quangel entiende un poco más. Sabe en qué se va a meter. Pero
no jugará ese juego como un niño, meditará cada una de sus jugadas.
Vuelve a ver a Trudel ante él, apoyada en el cartel del
Tribunal del Pueblo en ese corredor donde había corriente, sin sospechar nada.
Vuelve a notar esa sensación de intranquilidad cuando ve la cabeza de la joven
coronada por el encabezamiento «En nombre del pueblo alemán», vuelve a leer su
propio nombre en lugar de otros ajenos... no, no, este asunto es para él solo.
Y para Anna también, claro. ¡Ya le enseñará quién es «su» Führer!
Una vez en el centro, Quangel hace unas compras. Por una
cuantía escasa, apenas unos pfennig, postales, un portaplumas, un par de
plumillas de acero, un frasquito de tinta. Además, distribuye esas compras
entre unos grandes almacenes, una sucursal de Woolworth y una papelería. Al
final, tras prolongada reflexión, compra además unos guantes de tela muy
sencillos, finos, que obtiene sin entregar ningún cupón.
Después se sienta en una de las grandes cervecerías de la
plaza Alexander, bebe un vaso de cerveza y come algo de venta libre. Estamos en
1940, ha comenzado el saqueo de los países invadidos, el pueblo alemán no tiene
que soportar grandes privaciones. En realidad, se consigue casi todo, y ni
siquiera a un precio excesivamente caro.
Y respecto a la propia guerra, ésta se libra en países
extranjeros, lejos de Berlín. Cierto, de vez en cuando los aviones británicos
sobrevuelan la ciudad, sueltan un par de bombas y la población emprende al día
siguiente caminatas para examinar los estragos. La mayoría dice riendo:
—Pues como piensen terminar así con nosotros, necesitarán
cientos de años, y ni siquiera entonces se notará mucho. Mientras tanto,
nosotros borraremos sus ciudades de la faz de la Tierra.
Eso dice la gente, y desde que Francia ha pedido el
armisticio ha aumentado el número de los que así opinan. La mayoría corre
detrás del éxito. Los hombres como Otto Quangel, que en pleno éxito abandonan
la fila, son una excepción.
Se queda sentado. Aún dispone de tiempo, todavía no tiene
que acudir a la fábrica. Pero ahora la inquietud de los últimos días ha
desaparecido. Desde que inspeccionó ese edificio, desde que ha efectuado esas
pequeñas compras, la suerte está echada. Ya ni siquiera necesita darle muchas
vueltas a lo que queda por hacer. Y lo hará, el camino se abre, claro, ante sus
ojos. Basta con recorrerlo, ya ha dado los primeros pasos, decisivos para
adentrarse en él.
Después, cuando llega su hora, paga y emprende el camino
hacia la fábrica. Pese a que es un largo trayecto desde la plaza Alexander, lo
recorre a pie. Ya ha gastado bastante dinero ese día, en tranvías, en las
compras, en comida. ¿Bastante? ¡Una barbaridad! A pesar de que Quangel ha
decidido cambiar radicalmente de vida, mantendrá sus costumbres anteriores.
Continuará siendo ahorrativo y mantendrá a la gente a distancia.
Finalmente vuelve a estar en su taller, atento y
vigilante, mudo y distante, igual que siempre. Sin dejar traslucir lo que ha
sucedido en su interior. Un fumador de cigarrillos como ese falso carpintero
Dollfuss jamás le notará nada. Para ése su imagen es firme: un vejestorio,
poseído por una sucia ambición, sólo interesado en su trabajo. Ésa es la imagen
y así debe continuar.
Capítulo 15
ENNO KLUGE VUELVE AL TRABAJO
Cuando Otto Quangel comenzó su trabajo en el taller de
carpintería, Enno Kluge llevaba ya seis horas junto al torno. Sí, el pobre
hombre no ha aguantado más en su cama, y a pesar de su debilidad y de sus
dolores ha acudido a la fábrica. Ciertamente la acogida no ha sido muy amable,
pero ¿qué otra cosa cabía esperar?
—¿Qué, otra vez de visita, Enno? —le preguntó el capataz—.
¿Cuánto tiempo piensas aguantar esta vez, ¿una semana? ¿Dos?
—Estoy completamente curado, maestro —aseguró Enno Kluge
con vehemencia—. Puedo volver a trabajar, y lo haré, ya lo verás.
—No me digas —comentó con bastante incredulidad el
capataz, disponiéndose a irse. Pero se detuvo, contempló pensativo la cara de
Enno y preguntó—: ¿Y qué has hecho con tu facha, Enno? Parece que te han
apretado las tuercas, ¿eh?
Enno inclina la cabeza hacia la pieza en la que trabaja, y
sin mirar al capataz contesta al fin:
—Sí, capataz, me han apretado las tuercas...
El capataz se queda parado ante él, pensativo, y sigue
observándolo. Al final se cree capaz de extraer su propia conclusión y dice:
—¡Pues a lo mejor ha sido útil, a lo mejor ahora sientes
verdadero afán por el trabajo, Enno!
Y dicho esto, el capataz se fue y Enno Kluge se alegró de
que hubiera interpretado los golpes así. ¡Que pensara que le habían propinado
la paliza por su pereza, tanto mejor! Eso no quería discutirlo con nadie. Y si
allí pensaban así, no lo acribillarían a preguntas. A lo sumo se reirían a su
espalda, y además podían hacerlo sin problemas, a él le daba igual. ¡Ahora
quería trabajar, los iba a dejar con la boca abierta!
Con una sonrisa tímida y no exenta de orgullo, Enno Kluge
se apuntó para el turno de trabajo voluntario del domingo. Un par de colegas
mayores que lo conocían de antes hicieron comentarios sarcásticos. Se rio con
ellos y comprobó, complacido, que también el maestro sonreía.
Dicho sea de paso, la suposición equivocada del maestro de
que había recibido los golpes por su holgazanería, también le resultó
provechosa. Lo llamaron justo después de la hora del almuerzo. Y allí se
presentó él, igual que un acusado, y el hecho de que uno de sus jueces vistiera
un uniforme de la Wehrmacht, otro de las SA y sólo uno fuera de paisano, aunque
también adornado con insignias, no hizo sino incrementar su miedo.
El oficial de la Wehrmacht hojeaba un documento y reprochó
a Enno Kluge sus pecados con una voz tan indiferente como asqueada. Licenciado
del Ejército tal y tal día para destinarlo a la industria armamentística, en
tal y tal fecha se presenta en la empresa asignada, trabaja once días, baja por
enfermedad debido a hemorragias gástricas, visita de tres médicos, dos
hospitales. En tal y tal fecha recibe el alta, cinco días trabajados, tres días
ausente, un día trabajado, nuevas hemorragias gástricas, etcétera, etcétera.
El oficial dejó a un lado el documento, miró asqueado a
Kluge, mejor dicho, dirigió su mirada más o menos al botón superior de la
chaqueta de Enno y dijo alzando la voz:
—Pero ¿qué te figurabas, cerdo? —de repente gritaba, pero
se notaba que lo hacía por costumbre, sin la menor excitación interna—. ¿Crees
que puedes engañar a una sola persona con tus estúpidas hemorragias? ¡Voy a
enviarte a un batallón de castigo, allí te arrancarán del cuerpo tus apestosos
intestinos, entonces aprenderás lo que son hemorragias gástricas!
El oficial vociferó durante un buen rato. Enno estaba
acostumbrado a ello desde el Ejército, no lo asustaba mucho. Escuchó el
rapapolvo con las manos colocadas reglamentariamente junto a la costura de su
pantalón de civil, los ojos siguiendo con atención al que le increpaba. Cuando
el oficial tenía que coger aire, Enno decía con el tono debido, claro y nítido,
ni sumiso ni descarado, objetivo:
—¡Sí, mi teniente! ¡A sus órdenes, mi teniente!
Hubo un momento en el que incluso consiguió, ciertamente
sin ningún efecto visible, deslizar la frase:
—Estoy sano, a sus órdenes, mi teniente. Me presento para
servirle, trabajaré.
El oficial dejó de gritar tan repentinamente como había
comenzado. Cerró la boca, apartó la vista del botón superior de la chaqueta de
Kluge, y la dirigió hacia su vecino de uniforme pardo.
—¿Alguna cosa más? —preguntó asqueado.
Desde luego que sí, también ese caballero tenía algo que
decir o más bien que gritar; todos esos jefes parecían gritar a sus
subordinados. Éste habló a voces de la traición al pueblo y de sabotaje, del
Führer, que no toleraba traidores en las propia filas, y de los campos de
concentración, donde se haría justicia.
—¿Y cómo te presentas ante nosotros? —gritó de repente el
de uniforme pardo—. ¿Cómo estás en ese estado, cerdo? ¿Con esa cara te
presentas al trabajo? ¡Has estado putañeando con mujeres, putero asqueroso! ¿En
eso te dejas las fuerzas y nosotros tenemos que pagarte aquí? ¿Dónde has
estado, chulo indecente, dónde te han puesto así?
—Me han apretado las tuercas —refiere Enno, intimidado por
la mirada del otro.
—¿Quién te ha maltratado así, quién? ¡Quiero saberlo!
—gritó el de la camisa parda agitando el puño en las narices de Enno y pateando
el suelo.
En ese momento la mente de Enno se quedó en blanco. Bajo
la amenaza de nuevos golpes, sus propósitos y su cautela se esfumaron y susurró
aterrorizado:
—A sus órdenes, las SS me han maltratado así.
El miedo irracional de ese hombre tenía algo tan
convincente, que los tres hombres sentados a la mesa le dieron crédito en el
acto. Una sonrisa comprensiva, de aprobación, se dibujó en sus rostros. El de
pardo gritó:
—¿Maltratado dices? Eso se llama castigar, castigar con
razón. ¿Cómo se llama eso?
—A sus órdenes, se llama: castigado con razón.
—Bien, espero que no lo olvides. La próxima vez no saldrás
tan bien parado. ¡Retírate!
Media hora después Enno Kluge aún temblaba tanto que era
incapaz de trabajar en el torno. Permaneció en el retrete, donde al final lo
descubrió el maestro, que lo envió al trabajo entre improperios. Después éste
se situó a su lado y despotricando observó cómo Enno Kluge estropeaba una pieza
detrás de otra. Todo se mezclaba en la cabeza del hombrecillo: la regañina del
maestro, las burlas de los compañeros, la amenaza del campo de concentración y
del batallón de castigo, impidiéndole ver con claridad. Las manos, siempre tan
hábiles, se negaban a obedecerlo. No podía, y sin embargo debía, o estaría
perdido sin remedio.
Al final hasta el propio maestro comprendió que no se
enfrentaba a mala voluntad ni a holgazanería.
—Si no acabaras de estar enfermo, te aconsejaría que te
pasaras un par de días en la cama hasta curarte. —Con estas palabras lo
abandonó el maestro, no sin antes añadir—: Pero ya sabes lo que te sucedería
entonces.
Claro que lo sabía. Y continuó con el trabajo, intentando
no pensar en los dolores, en la insoportable presión que sentía en su cabeza.
Durante un rato el brillante hierro que giraba lo atrajo como un talismán.
Bastaría con meter los dedos en medio para obtener paz, iría a parar a una
cama, podría estar acostado, descansar, dormir, olvidar. Pero enseguida pensó
que quien se mutilaba adrede era castigado con la muerte, y su mano retrocedió
convulsa...
Y así era: muerte en el batallón de castigo, muerte en un
campo de concentración, muerte en el patio de una cárcel, esas eran las cosas
con que lo amenazaban a diario y que tenía que conjurar. Y tenía tan poca
energía...
De algún modo pasó esa tarde, de algún modo se encontró
poco después de las cinco entre el raudal de los que retornaban a casa. Cuánto
había añorado el descanso y el sueño; pero cuando se encontró en su propio
cuartito del hotel, no consiguió acostarse. Volvió a salir y compró algo de
comida.
De nuevo en la habitación, la comida en la mesa ante él,
la cama a su lado... mas no podía permanecer allí. Estaba atormentado, no
soportaba esa habitación. Tenía que comprar útiles de aseo e intentar adquirir
un blusón azul en algún ropavejero.
Volvió a salir, y cuando estaba en una droguería, recordó
que tenía una maleta muy pesada con todas sus pertenencias en casa de Lotte, de
donde lo había echado con tanta rudeza su marido tras regresar de permiso.
Salió corriendo de la droguería, tomó el tranvía; se arriesgó, iría a casa de
ella por las buenas. ¡No podía renunciar a todas sus cosas! Temía que le dieran
una paliza, pero sentía un intenso deseo, necesitaba ver a Lotte.
Tuvo suerte, pues la encontró en casa, el marido no
estaba.
—¿Tus cosas, Enno? —inquirió la mujer—. Las llevé
inmediatamente al sótano, para que no las encontrase. Espera, voy a por la
llave.
Pero la mantuvo abrazada, apoyó la cabeza contra el pecho
poderoso de la mujer. Los esfuerzos de las últimas semanas lo habían
sobrepasado y se echó a llorar sin más.
—¡Ay, Lotte, no soporto estar sin ti! ¡Te echo tanto de
menos!
Su cuerpo se estremecía con los sollozos. Se asustó mucho.
Estaba acostumbrada a tratar con hombres lloriqueantes, pero borrachos,
mientras que éste estaba sobrio... Y después esa palabrería de que la echaba de
menos y que no podía vivir sin ella. ¡Hacía una eternidad que nadie le decía
algo así, si es que alguna vez se lo llegó a decir alguien!
Lo tranquilizó lo mejor que pudo.
—Sólo se quedará tres semanas de permiso, luego podrás
volver, Enno. ¡Cálmate, hombre, coge tus cosas antes de que venga! ¡Ya sabes!
¡Oh, vaya si lo sabía, con qué exactitud conocía las
amenazas que se cernían sobre él!
Lo acompañó al tranvía y lo ayudó con la maleta.
Enno Kluge regresó a su hotel, un poco más aliviado. Sólo
tres semanas, de las que ya habían transcurrido cuatro días. Después el marido
retornaría al frente y él podría meterse en su cama. Enno se imaginaba que
resistiría sin mujeres, pero era imposible, sencillamente no era capaz.
Mientras tanto, se pasaría otra vez a ver a Tutti; ahora se daba cuenta de que
bastaba con lloriquear un poco para que dejasen de ser tan malas. ¡Y te
ayudaban enseguida! A lo mejor podía quedarse en casa de Tutti durante esas tres
semanas, la habitación solitaria del hotel le parecía demasiado terrible.
Sin embargo, a pesar de las mujeres trabajaría,
trabajaría, trabajaría. No volvería a hacer tonterías nunca más. ¡Estaba
curado!
Capítulo 16
EL FINAL DE LA SEÑORA ROSENTHAL
El domingo por la mañana la señora Rosenthal despertó de
un profundo sueño con un grito de pánico. Había soñado la misma pesadilla que
ahora la asaltaba casi todas las noches: huía con Siegfried. Se escondían, los
perseguidores pasaban a su lado mientras parecían burlarse por el rabillo del
ojos de los que tan mal se habían escondido.
De repente Siegfried echaba a correr, ella lo seguía. No
podía correr tan deprisa como él. «¡No tan deprisa, Siegfried! —gritaba—. ¡No
te alcanzo! ¡No me dejes sola!».
Él se levantaba por encima del suelo, volaba. Primero
sobre el empedrado, después fue elevándose cada vez más hasta desaparecer por
encima de los tejados. Ella estaba sola en la calle Greifswalder. Las lágrimas
corrían por su rostro. Una mano grande y maloliente cubrió su cara sofocándola,
una voz susurró a su oído: «¡Vieja cerda judía, al fin te tengo!».
Miró las ventanas oscurecidas, la luz del día se filtraba
por las rendijas. Los terrores nocturnos retrocedían ante los del día que se
avecinaba. ¡Era de día! ¡Otra vez se había levantado más tarde que el juez del
Tribunal Cameral, la única persona con la que podía hablar! ¡Se había propuesto
firmemente permanecer despierta, y había vuelto a dormirse! ¡Otro día sola,
doce, quince horas! ¡Oh, ya no podía soportarlo más! Las paredes de esa
habitación se le caían encima, siempre la misma cara pálida en el espejo,
siempre el mismo dinero que contar... no, no podía seguir así. Nada había peor
que ese encierro inactivo.
La señora Rosenthal se viste apresuradamente. Luego se
aproxima a la puerta, corre el pestillo, abre sin hacer ruido y atisba el
pasillo. La vivienda está en silencio y el edificio también. Los niños todavía
no alborotan en la calle, debe de ser muy temprano aún. ¿Estará el juez en su
cuarto de los libros? A lo mejor puede darle los buenos días, cruzar con él dos
o tres frases que le den ánimos para soportar otra jornada interminable.
Se atreve, desobedeciendo su prohibición se atreve. Camina
deprisa por el pasillo y entra en su habitación. Retrocede un poco asustada por
la claridad que penetra a raudales por las ventanas abiertas, ante la calle,
ante la notoriedad que reina ahora allí junto con ese aire. Pero se asusta más
todavía ante una mujer que, armada con un cepillo de rodillo, limpia la
alfombra de Zwi ckau. Es una mujer flaca, entrada en años; el pañuelo atado
alre dedor de la cabeza y el cepillo demuestran que es la señora de la
limpieza.
Al entrar la señora Rosenthal, la mujer interrumpe su
labor. Primero mira fijamente un momento a la inesperada visitante, parpadeando
deprisa un par de veces, como si no diera crédito a sus ojos. Después apoya el
cepillo contra la mesa y empieza a hacer con manos y brazos unos movimientos de
rechazo, profiriendo de cuando en cuando un duro «¡Shh, shh!», como si
espantase a las gallinas.
La señora Rosenthal, ya en retirada, pregunta suplicante:
—¿Dónde está el juez? Tengo que hablar con él un momento.
La mujer cierra los labios con fuerza y sacude la cabeza
con violencia. Después repite sus movimientos ahuyentadores y el «¡Shh, shh!»
hasta que la señora Rosenthal retrocede hasta su habitación. Allí, mientras la
asistenta cierra la puerta sin hacer ruido, se desploma en la butaca situada
junto a la mesa y rompe a llorar, desconsolada. ¡Todo en vano! ¡Otro día
condenada a una espera solitaria y sin sentido! En el mundo están ocurriendo
muchas cosas, a lo mejor ahora mismo está muriendo Siegfried, o una bomba
alemana está matando a su Eva... mientras ella tiene que seguir allí sentada a
oscuras, cruzada de brazos.
Sacude la cabeza indignada: no piensa soportarlo más
tiempo. ¡No lo aguantará más! Si tiene que ser desgraciada, si tiene que vivir
para siempre acosada y atemorizada, lo hará a su modo. No podrá impedir que esa
puerta se cierre para siempre tras ella. La hospitalidad ha sido
bienintencionada, pero a ella no le sienta bien.
De nuevo junto a la puerta, se controla. Regresa a la mesa
y coge la gruesa pulsera de oro con los zafiros. A lo mejor...
Pero la mujer ya no está en el despacho, las ventanas ya
están cerradas. La señora Rosenthal se queda esperando en el pasillo, cerca de
la puerta de entrada. Entonces oye trajín de platos y sigue ese sonido hasta
que encuentra a la mujer en la cocina, fregando los cacharros.
Le tiende, suplicante, la pulsera y dice con voz
entrecortada:
—¡De verdad, necesito hablar con el juez! ¡Por favor, se
lo ruego!
La criada ha fruncido el ceño ante esa nueva molestia y se
limita a echar una ojeada a la pulsera que le ofrecen. Entonces comienza de
nuevo a espantarla, agitando los brazos y diciendo «¡Shh, shh!», y ante
semejantes aspavientos la señora Rosenthal huye a su habitación, se acerca a su
mesilla de noche y saca del cajón los somníferos que le ha prescrito el
consejero.
Nunca ha utilizado ese medicamento hasta entonces. Vierte
todas las pastillas, son doce o catorce, en el hueco de su mano, va al tocador
y se las traga con un vaso de agua. Hoy tiene que dormir, hoy quiere pasar el
día dormida... Después, por la noche, hablará con el consejero para saber lo
que hay que hacer. Se tumba en la cama vestida, cubriéndose un poco con la
manta. Tendida en silencio de espaldas, los ojos dirigidos al techo, espera el
sueño.
Y el sueño llega. Los pensamientos torturadores, las
atroces imágenes, siempre idénticas, que el miedo hace brotar en su cerebro, se
difuminan. Cierra los ojos, sus miembros se relajan, se desmadejan, casi se ha
salvado a punto de entrar en su sueño...
Entonces es como si en el umbral de ese sueño una mano la
empujase hacia atrás obligándola a despertarse. Se ha sobresaltado, tal empujón
le ha dado. Su cuerpo se ha estremecido como si hubiera sufrido una convulsión
repentina...
Y de nuevo yace de espaldas, mirando al techo, el mismo
molino siempre idéntico hace girar en su interior los pensamientos torturadores
siempre idénticos y las imágenes pavorosas. De improviso, poco a poco, todo se
debilita, los ojos se cierran, el sueño se acerca. Y de nuevo en el umbral, el
golpe, el empujón, la convulsión que contrae todo su cuerpo. Una vez más la
expulsan de la tranquilidad, de la paz, del olvido...
Cuando esto se ha repetido tres o cuatro veces, renuncia a
esperar el sueño. Se levanta, camina despacio, tambaleándose un poco, con los
miembros flojos, hacia la mesa y se sienta. Mira fijamente ante sí. Por la
blancura que tiene ante ella reconoce la carta a Siegfried que comenzó hace
tres días y de la que sólo ha escrito las primeras líneas. Prosigue su
inspección: distingue los billetes, las joyas. Allí detrás está asimismo la
bandeja con su comida. En otras ocasiones por la mañana se lanzaba sobre ella
completamente hambrienta, ahora la mira con indiferencia. No le apetece
comer...
Mientras permanece sentada, comprende de un modo vago que
los somníferos han provocado un cambio: aunque no han sido capaces de propiciar
el sueño, al menos le han arrebatado la agitación incesante de la mañana. Ahora
se sienta sin más, a veces incluso está a punto de dar una cabezada en el
sillón, pero vuelve a levantarse. Ha transcurrido cierto tiempo, no sabe si
mucho o poco, pero parte de ese día espantoso ha transcurrido...
Más tarde oye unos pasos en la escalera. Se sobresalta; en
un instante de introspección intenta comprender si desde esa habitación puede
oír a alguien que esté en la escalera. Pero ese minuto crítico ya ha pasado y
sólo escucha, expectante, los pasos en la escalera, los pasos de una persona
que sube con esfuerzo, deteniéndose una y otra vez, y después, tras una
tosecita, reanuda la ascensión agarrándose a la barandilla.
Ahora no sólo oye, sino que también ve. Ve con toda
claridad a Siegfried, subiendo sigiloso hacia su casa por la escalera del
edificio todavía en silencio. Han vuelto a maltratarlo, lleva la cabeza
envuelta en vendas colocadas apresuradamente, empapadas en sangre, y tiene el
rostro herido y lleno de cardenales por sus puñetazos. Siegfried se arrastra
con dificultad escalera arriba. Su pecho, ese pecho herido por sus patadas,
grazna y ruge. Ve a Siegfried desaparecer por el descansillo de la escalera...
Durante un momento continúa sentada. Seguro que no piensa
en nada, ni en el consejero ni en lo acordado con él. Sino en que tiene que
subir a su vivienda... ¿qué pensará Siegfried cuando la encuentre vacía?
Pero está tan horriblemente cansada, y le resulta casi
imposible levantarse del sillón.
Sin embargo, acaba levantándose. Saca el llavero de su
bolso, coge la pulsera de zafiros como si fuese un talismán capaz de
protegerla... y abandona la vivienda despacio y tambaleándose. La puerta se
cierra tras ella.
El juez del Tribunal Cameral, alertado al fin por su
asistenta tras largas reflexiones, llega demasiado tarde para disuadir a su
huésped de emprender esa excursión a un mundo harto peligroso.
El consejero se queda quieto un momento en la puerta que
ha vuelto a abrir sin ruido, aguza los oídos. No oye nada, ni arriba, ni abajo.
Después, cuando sí que capta algo, el ruido rápido y enérgico de unas botas, se
retira de nuevo al interior de su piso. Pero no abandona la vigilancia junto a
la puerta. Si existiera una posibilidad de salvar a esa desdichada, abriría su
puerta a pesar del peligro.
La señora Rosenthal no se ha dado cuenta de que se ha
cruzado con alguien en la escalera. Sólo la guía un pensamiento: llegar lo más
deprisa posible a su piso con Siegfried. El dirigente de las Juventudes
Hitlerianas Baldur Persicke, que se dispone a acudir a una revista matinal, se
queda parado en la escalera boquiabierto, completamente perplejo, cuando esa
mujer pasa a su lado y está a punto de empujarlo. La señora Rosenthal, la
durante tantos días desaparecida señora Rosenthal, de paseo en esa mañana de domingo,
con una blusa oscura bordada,sin la estrella de David, con un llavero y una
pulsera en una mano mientras con la otra se aferra con esfuerzo a la
barandilla... ¡Qué borracha está esa mujer! ¡Qué borracha, y a primera hora de
la mañana del domingo!
Durante un instante Baldur se queda inmóvil, sumido en una
estupefacción total. Pero cuando la señora Rosenthal desaparece al doblar la
escalera, su mente recupera la lucidez y su boca se cierra. ¡Se da cuenta de
que ha llegado el momento adecuado, ya no puede dar un paso en falso! No, esta
vez despachará el asunto él sólo, ni sus hermanos, ni su padre, ni otro
Barkhausen lo echarán a perder.
Baldur espera hasta estar seguro de que la señora
Rosenthal ha llegado al piso de los Quangel, entonces entra sin hacer ruido en
la vivienda de sus padres. Allí todos duermen todavía, y el teléfono está
colgado en el pasillo. Levanta el auricular y gira el disco, después pide que
le pongan con un número concreto. Tiene suerte: a pesar de ser domingo contacta
con el hombre correcto. Dice brevemente lo que hay que decir; después acerca
una silla a la puerta de entrada, la entreabre un poco y se dispone a montar
guardia con paciencia durante media hora, o tal vez durante una hora, para
evitar que el pájaro vuelva a levantar el vuelo.
En casa de los Quangel sólo está despierta Anna, que
arregla la casa en silencio. Mientras, echa un vistazo a Otto, que duerme
profundamente. Parece cansado y atormentado incluso dormido. Como si algo no lo
dejara en paz. Contempla pensativa el rostro del hombre con el que ha vivido
día tras día a lo largo de casi tres décadas. Hace mucho que se ha acostumbrado
a esa cara, el perfil duro como el de un pájaro, la boca fina, casi siempre
cerrada... eso ya no la asusta. Así es el hombre al que ha consagrado su vida.
Lo importante no es el aspecto...
Esa mañana, sin embargo, le parece que el rostro se ha
endurecido más, la boca se ha hecho más fina y las arrugas que salen de la
nariz, más profundas. Tiene preocupaciones, graves preocupaciones, y ella no ha
hablado a tiempo sobre el asunto, no lo ha ayudado a soportar esa carga. Esa
mañana de domingo, cuatro días después de haber recibido la noticia de la
muerte de su hijo, Anna Quangel no sólo tiene el firme convencimiento de que
debe permanecer al lado de ese hombre como hasta entonces, sino tambien de que
no ha tenido razón al iniciar esa riña. Tendría que haberlo conocido mejor: él
prefiere callar antes que hablar. Siempre ha tenido que animarlo, tirarle de la
lengua... ese hombre jamás ha hablado espontáneamente.
Bien, pues hoy lo hará. Se lo prometió esa noche, a su
regreso del trabajo. Para entonces Anna había pasado un mal día. Cuando él se
marchó sin desayunar, lo esperó en vano durante horas; cuando tampoco se
presentó a la hora de comer y comprendió que ya habría empezado a trabajar y
seguro que no volvería, la desesperación se apoderó de ella.
¿Qué le había ocurrido a ese hombre desde que ella
pronunció esas palabras precipitadas, irreflexivas? ¿Qué lo tenía deambulando
sin descanso de acá para allá? Lo conocía: desde que ella había dicho eso, él
sólo pensaba en demostrarle que aquel no era «su» Führer. ¡Como si hubiera
hablado en serio! Habría debido decirle que esas palabras eran fruto del primer
ataque de furia y de dolor. También habría podido decir cosas muy diferentes
sobre esos criminales que le habían arrebatado de un modo tan in sensato a su
hijo... ¡pero se le escaparon precisamente esas palabras!
Sí, las había pronunciado y ahora él iba por ahí
metiéndose en todos los peligros posibles para tener razón, para demostrarle de
manera palpable la injusticia que había cometido con él. Seguramente nunca
volvería. Había dicho o hecho algo que despertaría el interés de la dirección
de la fábrica o de la Gestapo... ¡a lo mejor ya lo habían detenido! ¡Tan
intranquilo como estaba a primera hora de la mañana ese hombre tranquilo!
Anna Quangel no lo resiste más, no puede seguir
esperándolo sin hacer nada. Prepara unos bocadillos y emprende el camino de la
fábrica. También en esto es su fiel esposa, de manera que ni siquiera ahora,
cuando cada minuto es importante, utiliza el tranvía. No, camina a pie...
ahorra hasta el último céntimo, igual que él.
Se entera por el portero de la fábrica de que el jefe de
taller Quangel ha llegado a su puesto de trabajo con la puntualidad
acostumbrada. Ella le envía los bocadillos «olvidados» con un recadero y espera
su regreso.
—Bueno, ¿qué ha dicho?
—¿Qué iba a decir? ¡Nunca dice nada!
Ahora, más tranquila, puede regresar a casa. Aún no ha
pasado nada, pese a toda su preocupación durante la mañana. Y esa noche hablará
con él...
Él llega cuando ya ha anochecido. La mujer ve el cansancio
reflejado en su rostro.
—Otto, no hablaba en serio —le dice con tono suplicante—.
Se me escapó en el primer sobresalto. ¡No te enfades!
—¿Yo... enfadado... contigo? ¿Por algo así? ¡Nunca!
—¡Pero tú estás tramando algo, lo noto! ¡No lo hagas,
Otto, no te busques una desgracia! ¡No podría perdonármelo nunca!
La mira un instante, casi risueño. Después le coloca
deprisa ambas manos sobre los hombros. Pero vuelve a retirarlas rápidamente,
como si se avergonzase de esa súbita muestra de ternura.
—¿Qué es lo que voy a hacer? ¡Dormir! Y mañana te contaré
lo que haremos nosotros.
La mañana ya ha llegado y Quangel sigue durmiendo. Pero
ahora media hora más o menos carece de importancia. Está con ella, no puede
hacer nada peligroso, duerme.
Se aleja de su cama, se enfrasca de nuevo en las tareas
domésticas cotidianas.
Mientras tanto, la señora Rosenthal ha llegado hace mucho
a la puerta de su piso, a pesar de la lentitud con la que ha subido la
escalera. No le sorprende encontrar la puerta cerrada con llave, la abre. Una
vez dentro de la vivienda tampoco busca o llama a Siegfried. Ni se fija en el
tremendo desorden, en realidad ha olvidado que ha entrado en la casa siguiendo
los pasos de su marido.
Su obnubilación va creciendo, lenta e incontenible. No se
puede decir que duerma, pero tampoco está en vela. Mueve con lentitud y torpeza
los miembros, que se han vuelto pesados porque están entumecidos, hasta su
cerebro parece entumecido. A su mente acuden imágenes borrosas que se
desvanecen antes de que pueda percibirlas con claridad. Está sentada en la
esquina del sofá, los pies sobre la ropa blanca sucia, dirige a su entorno una
mirada lenta y apática. Todavía sostiene en la mano las llaves y la pulsera de
zafiros que le regaló Siegfried cuando nació Eva. Las ganancias de una Semana
Blanca entera... Sonríe levemente.
Entonces oye cómo se abre con cuidado la puerta de
entrada, y lo sabe: ése es Siegfried. Ya viene. Por eso he subido aquí. Voy a
salir a su encuentro.
Pero se queda sentada, la sonrisa desplegada por toda su
cara gris. Lo recibirá allí sentada, como si nunca se hubiera ausentado, como
si siempre hubiera estado esperando allí para darle la bienvenida.
Cuando al fin se abre la puerta, en lugar del esperado
Siegfried aparecen tres hombres en el umbral. En cuanto capta entre los tres un
odiado uniforme pardo, cae en la cuenta: no es Siegfried, Siegfried no está. El
miedo intenta agitarse en su interior, pero realmente es minúsculo. ¡Por fin ha
llegado el momento!
La sonrisa se borra despacio de su rostro, que pasa del
gris al amarillo verdoso.
Los tres se encuentran ahora justo delante de ella. Oye
decir a un hombre alto y pesado, vestido con un abrigo negro:
—No está borracha, jovencito. Seguramente intoxicada con
somníferos. Vamos a tratar de sonsacarle cuanto antes lo que se pueda. Dígame:
¿es usted la señora Rosenthal?
Ella asiente.
—Sí, caballeros. Soy Lore, o más exactamente Sara
Rosenthal. Mi marido está en Moabit, tengo dos hijos en Estados Unidos, una
hija en Dinamarca, otra casada en Inglaterra...
—¿Y cuánto dinero les ha enviado? —pregunta a renglón
seguido el comisario de policía Rusch.
—¿Dinero? ¿Para qué? ¡A todos ellos les sobra! ¿Para qué
voy a mandarles dinero?
La mujer asiente con gesto adusto. Todos sus hijos llevan
una existencia acomodada. Podrían mantener a sus padres sin esfuerzo. De
repente se le ocurre algo que tiene que contar a toda costa a esos señores:
—Es culpa mía —se disculpa torpemente con la lengua
pesada; habla cada vez con más dificultad, comienza a balbucear—, es todo culpa
mía. Siegfried quiso marcharse hace tiempo de Alemania. Pero yo le dije: «¿Por
qué vamos a dejar aquí, vendiéndolas por cuatro perras, todas las cosas bellas,
nuestra buena tienda? Nosotros nunca hemos hecho nada a nadie y tampoco nos
harán nada a nosotros». Yo lo convencí, pues de lo contrario nos habríamos
marchado hace mucho.
—¿Y dónde guarda usted el dinero? —pregunta el comisario,
un poco impaciente.
—¿El dinero?
Intenta recordar. La verdad es que aún quedaba algo.
¿Dónde habrá ido a parar? Pero pensar le cuesta esfuerzo, a cambio se le ocurre
otra cosa. Ofrece al comisario la pulsera de zafiros.
—Tenga —dice sencillamente—. Tenga.
El comisario Rusch lanza una rápida ojeada a la joya,
después gira la cabeza hacia sus dos acompañantes, el brioso dirigente de las
Juventudes Hitlerianas y su sempiterno acólito, Friedrich, un tarugo con pinta
de aprendiz de verdugo. Ve que los dos lo miran expectantes. Así que de un
empujón impaciente aparta la mano con la pulsera, agarra a la pesada mujer por
los hombros y la sacude con energía.
—¡Despierte de una vez, señora Rosenthal! ¡Se lo ordeno!
¡Despierte!
Luego la suelta: la cabeza de la mujer se proyecta hacia
atrás y choca con el respaldo del sofá, su cuerpo se desploma, sus labios
balbucean algo incomprensible. La forma de despertarla parece no haber sido del
todo acertada. Durante unos instantes los tres contemplan en silencio a la
anciana, derrumbada y encogida, que no parece recobrar la conciencia.
El comisario susurra de repente en voz muy baja:
—¡Llévatela ahí detrás, a la cocina, y encárgate de
despertarla!
Friedrich, el aprendiz de verdugo, se limita a asentir con
un gesto. Coge a la pesada mujer en brazos como si fuera un niño y con mucho
cuidado sortea con ella los obstáculos esparcidos por el suelo.
Cuando está en la puerta, el comisario le espeta:
—¡Encárgate de que no grite! No quiero escándalos un
domingo por la mañana en una casa de vecindad. Si no, lo haremos en el cuartel
de la calle Prinz-Albrecht. De todos modos pienso llevármela allí.
La puerta se cierra detrás de los dos, el comisario y el
dirigente de las Juventudes Hitlerianas se quedan solos.
El comisario Rusch contempla la calle desde la ventana.
—Un sitio tranquilo —comenta—. Un auténtico terreno de
juegos para los niños, ¿eh?
Baldur Persicke confirma que la calle Jablonski es una
calle tranquila.
El comisario se nota un poco nervioso, no por lo que
Friedrich está haciendo en la cocina con la vieja judía. Qué va, esas cosas y
otras aún más demenciales se corresponden con su naturaleza. Rusch es un
estudiante de derecho fracasado que encontró su camino en la policía criminal.
Ésta lo cedió más tarde a la Gestapo. Él trabaja a gusto. Habría realizado de
buen grado cualquier servicio para cualquier gobierno, pero los métodos
enérgicos del actual le complacen sobremanera.
—Sobre todo, nada de sensiblerías —advierte en ocasiones a
algún novato—. Nosotros sólo cumplimos con nuestro deber si logramos nuestro
objetivo. El camino para conseguirlo es indiferente.
No, al comisario no le preocupa lo más mínimo la vieja
judía, está realmente exento de toda sensiblería.
Sin embargo, este chico, Persicke, el dirigente de las
Juventudes Hitlerianas, no le acaba de gustar. Prefiere que la gente ajena no
participe en asuntos como ese, uno nunca sabe cómo se lo van a tomar. La verdad
es que éste parece idóneo, pero es después cuando uno lo sabe con certeza.
—¿Se ha fijado usted, señor comisario? —pregunta,
diligente, Baldur Persicke. Ahora sencillamente no desea escuchar lo que sucede
en la cocina, ¡no es asunto suyo!—. ¿Se ha fijado en que no llevaba la estrella
judía?
—Me he fijado en más cosas —dice el comisario pensativo—.
Por ejemplo, que la mujer llevaba los zapatos limpios, y fuera hace un tiempo
asqueroso.
—Sí —afirma Baldur Persicke sin comprender.
—Así que ha tenido que esconderla alguien de este
edificio, desde el miércoles, suponiendo que, como afirmas, lleve desde
entonces ausente de su domicilio.
—Estoy casi seguro de ello —comenta Baldur Persicke, algo
confundido por esa mirada penetrante que no se aparta de él.
—Casi seguro no es nada, chico —comenta, despectivo, el
comisario—. ¡Casi seguro es inaceptable!
—Estoy completamente seguro —rectifica Baldur deprisa—.
Puedo jurar que la señora Rosenthal falta de su domicilio desde el miércoles.
—Bien, bien —replica el comisario con ligereza—. Como es
natural, sabe que es imposible que haya podido vigilar usted solo la vivienda
desde el miércoles. Ningún juez aceptaría eso.
—Tengo dos hermanos en las SS —replica Baldur Persicke con
vehemencia.
—Vale, vale. —El comisario Rusch se da por satisfecho—.
Pasará lo que tenga que pasar. Por cierto, he de comunicarte que no podré venir
a registrar la vivienda hasta última hora de la tarde. ¿Puedes seguir
vigilándola hasta entonces? Tendrás llave, ¿no?
Baldur Persicke asegura, muy satisfecho, que lo hará
encantado. Sus ojos traslucen una profunda alegría. ¡Acabáramos, esa es la
forma de hacer las cosas, lo sabía, y de manera completamente legal!
—Sería muy conveniente —añade el comisario, aburrido,
mientras vuelve a mirar por la ventana— que entonces todo siguiera igual que
está ahora. Por supuesto, no puedes responder de lo que está dentro de los
armarios y maletas, pero de lo demás...
Antes de que Baldur acierte a contestar, en el interior de
la vivienda resuena un estridente y agudo grito de angustia.
—¡Maldita sea! —masculla el comisario, sin dar ni un paso.
Pálido, con la nariz puntiaguda, Baldur lo mira de hito en
hito, con las rodillas temblorosas.
El grito de angustia se extingue en el acto, sólo se oye
maldecir a Friedrich.
—Lo que quería decir... —Vuelve a empezar despacio el
comisario.
Pero, mientras escucha, deja de hablar. De repente se oyen
en la cocina unos ruidosos improperios, pasos rápidos, fuertes pisadas de un
lado a otro. Y Friedrich vocifera:
—¡Habla ya! ¡Hazlo!
Se oye un grito muy fuerte. Más maldiciones escandalosas.
Entonces se abre violentamente una puerta, unos pasos pesados en el pasillo y
al entrar en la habitación Friedrich grita:
—¿Y ahora qué, comisario? Estaba a punto de conseguir que
hablase y esa carroña se ha tirado por la ventana.
El comisario lo abofetea, iracundo:
—¡Maldito imbécil, te voy a sacar las tripas! ¡Vamos,
deprisa!
Y abandonando como una tromba de la habitación, corre
escalera abajo...
—¡Pero ha sido al patio! —grita Friedrich suplicante
mientras corre detrás—. Se ha caído al patio, no a la calle. No llamará la
atención, señor comisario.
No recibe respuesta. Los tres bajan corriendo por la
escalera, esforzándose por hacer el menor ruido posible en el edificio, sumido
en el silencio dominical. El último, a medio tramo de escalera de distancia, es
Baldur Persicke. No ha olvidado cerrar con llave la puerta de la vivienda de
los Rosenthal. Con el susto aún metido en el cuerpo, sabe que ahora el
responsable de todas esas hermosuras de allí dentro es él. ¡No puede
desaparecer nada!
Los tres cruzan corriendo por delante del edificio de los
Quangel, de los Persicke, del juez jubilado del Tribunal Cameral Fromm. Sólo
dos tramos de escaleras más y estarán en el patio.
Mientras tanto, Otto Quangel se había levantado, aseado y
observaba a su mujer que preparaba el desayuno en la cocina. Hablarían después
del desayuno, de momento sólo se habían dado los buenos días, pero con
amabilidad.
De repente ambos se sobresaltan. En la cocina de arriba se
oyen gritos, se miran, expectantes y preocupados, mientras escuchan. De pronto
la ventana de la cocina se oscurece durante unos segundos, algo pesado parece
pasar precipitándose... y a continuación oyen un golpe sordo en el patio. Abajo
alguien grita... un hombre. Luego, silencio sepulcral.
Otto Quangel abre de par en par la ventana de la cocina,
pero retrocede bruscamente al oír alboroto en la escalera.
—Asómate tú, Anna. Mira a ver si puedes distinguir algo.
En situaciones como esta una mujer llama menos la atención. —La coge por los
hombros y la aprieta muy fuerte—. No grites —ordena—. ¡No puedes gritar! ¡Bien,
ahora cierra la ventana!
—¡Dios mío, Otto! —gime la señora Quangel mirando a su
marido blanca como la cera—. La señora Rosenthal se ha caído por la ventana.
Está tirada abajo, en el patio. Barkhausen está a su lado y...
—¡Silencio! —exclama—. ¡Ahora, a callar! Nosotros no
sabemos nada. No hemos visto ni oído nada. Lleva el café a la sala.
Y una vez dentro repite con insistencia:
—Nosotros no sabemos nada, Anna. A la señora Rosenthal
casi nunca la veíamos. Y ahora, come. Come, te digo. ¡Y bébete el café! Si
alguien viene, no debe notar nada.
El consejero Fromm, desde su puesto de observación, ha
visto subir por la escalera a dos hombres de paisano y ahora son tres los que
bajan en tromba, el joven Persicke entre ellos. Así que ha sucedido algo, y su
criada le trae entonces desde la cocina la noticia de que la señora Rosenthal
acababa de caerse al patio. Él clava los ojos en ella, asustado.
Durante un instante se queda muy callado. Después asiente
lentamente un par de veces.
—Sí, Liese —dice—. Así son las cosas. No basta con querer
salvar a alguien. El otro también tiene que estar realmente de acuerdo en ser
salvado. —Y después, muy deprisa, añade—: ¿Está cerrada la ventana de la
cocina? —Liese asiente—. Deprisa, Liese, vuelve a ordenar el cuarto de la
señorita; nadie debe notar que ha sido utilizado. ¡Retira los platos! ¡Saca la
ropa!
Liese asiente en silencio.
Luego pregunta:
—¿Y el dinero y las joyas que hay encima de la mesa, señor
consejero?
Durante un momento se queda indeciso, da lástima ver esa
sonrisa desconcertada en sus labios.
—Sí, Liese —asiente al fin—, eso será difícil. Seguro que
no se presentan herederos. Y para nosotros no es más que una carga...
—Lo meteré en el cubo de la basura —propone Liese.
El anciano niega con la cabeza.
—Para el cubo de la basura ellos son muy listos, Liese
—aduce—. ¡Rebuscar en la basura, eso se les da a las mil maravillas! Bueno, ya
veré qué hago con eso. ¡Ahora ordena deprisa el cuarto! ¡Pueden venir en
cualquier momento!
De momento aún seguían en el patio, y Barkhausen con
ellos.
Éste era el primero que se había llevado el susto, y
además el susto más fuerte. Vagabundeaba por el patio desde primera hora de la
mañana, atormentado por su odio hacia los Persicke y su avidez por los objetos
perdidos. Deseaba saber al menos... y por eso observaba continuamente la
escalera del edificio, las ventanas del edificio delantero...
De repente algo se precipitó justo a su lado, tan cerca y
desde tanta altura, que lo rozó. Se le metió tal susto en el cuerpo que se
apoyó en la pared del patio, y después tuvo que sentarse en el suelo porque se
le nubló la vista.
Luego volvió a levantarse de golpe al precatarse de
repente de que estaba sentado en el patio al lado de la señora Rosenthal. Dios
mío, así que la anciana se había tirado por la ventana, y él sabía de sobra
quién era el culpable.
Barkhausen se dio cuenta enseguida de que la mujer estaba
muerta. Le había salido un hilito de sangre por la boca, pero eso apenas la
desfiguraba. Tenía una expresión de tan profunda paz que el despreciable espía
de tres al cuarto se vio obligado a apartar la vista. Al hacerlo sus ojos
cayeron sobre las manos femeninas y vio que en una de ellas sostenía algo, una
joya cuyas piedras brillaban.
Barkhausen lanzó una mirada recelosa a su alrededor. Si
quería hacer algo, tenía que actuar deprisa. Se agachó; desviando la vista de
la muerta para no tener que verle la cara, le arrancó de la mano la pulsera de
zafiros haciéndola desaparecer en el bolsillo de su pantalón. Nueva mirada de
desconfianza a su alrededor. Tenía la impresión de que en casa de los Quangel
acababan de cerrar la ventana de la cocina con sumo cuidado.
Pero en ese momento ya cruzaban el patio corriendo tres
hombres y comprendió en el acto quiénes eran los otros dos. Ahora lo importante
era actuar bien desde el principio.
—La señora Rosenthal acaba de precipitarse por la ventana,
señor comisario —dijo como si comunicase un acontecimiento totalmente
cotidiano—. Por poco me cae encima de la cabeza.
—¿Y usted de qué me conoce? —preguntó de pasada el
comisario, mientras se inclinaba con Friedrich sobre la fallecida.
—No lo conozco, señor comisario —contestó Barkhausen—.
Solamente me lo he figurado, porque a veces hago algún trabajo para el señor
comisario Escherich.
—¡Ya! —se limitó a contestar el policía—. Bien, entonces
quédese aquí un momento. Usted, joven —añadió volviéndose hacia Persicke—,
vigile un poco, no sea que se nos pierda este mozo. Friedrich, encárgate de que
no salga nadie al patio. Avisa al conductor de que esté atento en la puerta
cochera. Yo subo un momento al domicilio a hacer una llamada telefónica.
Cuando el comisario Rusch volvió al patio tras telefonear,
la situación había cambiado. Las ventanas del edificio trasero estaban llenas
de caras, y había algunas personas en el patio, pero lejos. Ahora el cadáver
estaba tapado con una sábana, corta, pues las piernas de la señora Rosenthal
asomaban desde la rodilla.
El señor Barkhausen tenía la cara amarilla y llevaba
puestas las esposas. Su mujer y sus cinco hijos lo observaban en silencio desde
un lateral del patio.
—¡Señor comisario, protesto! —gritó Barkhausen
desconsolado—. Le aseguro que yo no he tirado la pulsera por el tragaluz del
sótano. El joven Persicke me odia...
Así salió a relucir que Friedrich, nada más regresar de
cumplir sus encargos, había empezado a buscar la pulsera. La señora Rosenthal
la sostenía en su mano en la cocina, y era precisamente esa pulsera que ella se
negaba a soltar la que había provocado el enfado de Friedrich. Y con ese enfado
se había descuidado, y la mujer consiguió jugarle la mala pasada de tirarse por
la ventana. De modo que la pulsera tenía que estar en algún rincón del patio.
Cuando Friedrich empezó a buscar, Barkhausen estaba
apoyado en la pared del edificio. De repente Baldur Persicke vio brillar algo y
a continuación sonó un ruido en el tragaluz del sótano. Fue a ver y —¡fíjate!—
allí estaba la pulsera.
—Le aseguro que yo no la he tirado, señor comisario
—afirmaba Barkhausen muerto de miedo—. ¡Se le debió de caer a la señora
Rosenthal dentro de la abertura del sótano.
—¡Vaya! —exclamó el comisario Rusch—. ¡Menudo pájaro estás
hecho! Así que un granuja como tú trabaja para mi colega Escherich! ¡Pues te
aseguro que mi colega se alegrará muchísimo cuando se entere de lo sucedido!
Pero mientras el comisario hablaba entre dientes tan
tranquilo, su mirada pasaba una y otra vez de Barkhausen a Baldur Persicke.
Entonces, Rusch añadió:
—Supongo que no tendrás nada que oponer si te pido que nos
acompañes a dar un paseíto, ¿verdad?
—Claro que no —aseguró Barkhausen, pero temblaba, y su
rostro se puso más macilento aún—. Tendré mucho gusto en acompañarlos, faltaría
más. ¡Soy el más interesado en que todo se aclare, señor comisario!
—Me alegro de veras —contestó con tono seco el policía. Y,
tras dirigir una mirada rápida a Persicke—: Friedrich, quítale las esposas a
este hombre. Nos acompañará igualmente, ¿me equivoco?
—Claro que los acompañaré. ¡Por supuesto que sí, con mucho
gusto! —afirmó Barkhausen con vehemencia—. No voy a escaparme. Y si lo
hiciera... ¡usted me atraparía enseguida, señor comisario!
—¡Cierto! —volvió a responder éste con idéntica sequedad—.
¡A un pájaro como tú lo atraparíamos en cualquier parte! —Se interrumpió—.
Vaya, ahí está la ambulancia. Y la policía. Bien, vamos a procurar resolver
todo este lío con prontitud. Esta mañana tengo muchas cosas que hacer.
Más tarde, cuando «resolvieron todo este lío con
prontitud», el comisario Rusch y el joven Persicke volvieron a subir por la
escalera hacia la vivienda de los Rosenthal.
—Únicamente para cerrar la ventana de la cocina —había
advertido el comisario.
El joven Persicke se detuvo de repente.
—¿No se ha fijado en una cosa, señor comisario? —preguntó
en susurros.
—Me he fijado en varias —repuso el comisario Rusch—. Pero
veamos en qué te has fijado tú, chico.
—¿No se ha dado cuenta de lo tranquilo que está el
edificio delantero? ¿No ha visto que en el edificio delantero no se ha asomado
nadie a la ventana, mientras que en el trasero estaban todos asomados? Eso es
sospechoso. Aquí, en el edificio delantero, tienen que haber visto algo. Sólo
que simulan no haber visto nada. En realidad, creo que ahora debería registrar
sus domicilios, señor comisario.
—Y empezaría por los Persicke —contestó el comisario
mientras seguía subiendo con tranquilidad las escaleras—. Porque en su casa
tampoco se ha asomado nadie a la ventana.
Baldur rio con timidez.
—Mis hermanos de las SS —explicó después—, se cogieron
ayer una borrachera tan grande que...
—Mira, hijo —prosiguió el comisario como si no hubiera
escuchado—. Lo que yo hago es asunto mío, y lo que hagas tú, asunto tuyo. No te
he pedido consejo. Me parece que estás todavía muy verde para eso.
—Secretamente regocijado, contempló por encima del hombro el rostro turbado del
joven—. Mira, chico, si no hago aquí ningún registro domiciliario es porque han
tenido tiempo de sobra para eliminar todo lo que podría inculparlos. Además, ¿a
qué viene tanto teatro por una judía muerta? Tengo trabajo de sobra con las
vivas.
Entretanto habían llegado al domicilio de los Rosenthal.
Baldur abrió la puerta. En la cocina, cerraron la ventana y levantaron una
silla caída.
—Bien —comentó el comisario, escudriñando a su alrededor—.
Todo está a pedir de boca.
Se adelantó a la sala y se sentó en el sofá, justo en el
sitio en que una hora antes había zarandeado a la anciana señora Rosenthal
hasta hacerla perder el conocimiento. Se estiró cómodamente y dijo:
—Bueno, hijo, ahora ve a por una botella de coñac y dos
copas.
Baldur, fue, regresó y sirvió el coñac. Brindaron.
—Bien, hijo —dijo el comisario satisfecho, encendiendo un
cigarrillo—, y ahora cuéntame lo que pretendíais hacer aquí arriba Barkhausen y
tú.
Y, al observar el movimiento furioso del joven Baldur
Persicke, añadió más deprisa:
—Piénsalo bien, hijo. Si me engañan con mucha
desvergüenza, puedo llevarme a la calle Prinz-Albrecht incluso a un dirigente
de las Juventudes Hitlerianas. Piensa si no prefieres decir la verdad. Es
posible que la verdad quede entre nosotros, ya veremos lo que tienes que
contar. —Y al percatarse de la vacilación de Baldur—: Yo también he observado
un par de cosas. Nosotros lo llamamos hacer observaciones. Por ejemplo, he
visto las suelas de tus botas ahí detrás, encima de la ropa. Y hoy no te has
acercado a ese rincón. ¿Y cómo te has enterado tan deprisa de que aquí había
coñac y dónde estaba? ¿Te figuras lo que me contará el miedoso de Barkhausen?
Nooo, chico, ¿crees que necesito estar aquí sentado dejando que me cuentes
mentiras? ¡Para eso aún estás muy verde!
Baldur también lo comprendió así y desembuchó.
—Bien —dijo al final el comisario—. Bien. En fin, cada
cual hace lo que puede. Los tontos, tonterías, y los listos a menudo, tonterías
mayores aún. Pero, en fin, hijo, al final has acabado por ser listo y no has
mentido a papá Rusch. Eso merece un premio. ¿Qué te gustaría poseer de aquí?
Los ojos de Baldur relucieron. Momentos antes estaba
totalmente desanimado, pero ahora volvía a ver la luz.
—La radio con tocadiscos y los discos, señor comisario
—susurró ávido.
—¡De acuerdo! —respondió el comisario, magnánimo—. Ya te
he dicho que no regresaré por aquí hasta las seis. ¿Alguna cosa más?
—A lo mejor una o dos maletas con ropa blanca —pidió
Baldur—. Mi madre siempre anda escasa de ella.
—¡Dios, qué conmovedor! —se burló el comisario—. ¡Qué hijo
tan conmovedor! ¡Un verdadero y conmovedor hijito de mamá! ¡Bien, por mí no hay
inconveniente! ¡Pero con eso, se acabó! ¡De todo lo demás, responderás ante mí!
Y tengo una memoria excelente para la disposición de las cosas, ¡a mí no me
tomarás el pelo tan fácilmente! Y como ya te he dicho, en caso de duda registro
del domicilio de los Persicke. En el peor de los casos, encontraría una radio
con tocadiscos y dos maletas de ropa. Pero no temas, hijo, mientras tú seas
formal yo también lo seré.
Se dirigió hacia la puerta. Y hablando por encima del
hombro añadió:
—Dicho sea de paso, si el tal Barkhausen reaparece por
aquí, no quiero riñas con él. No me gustan esas cosas, ¿entendido?
—Sí, señor comisario —contestó, obediente, Baldur
Persicke, tras lo cual los dos caballeros se separaron... después de una mañana
tan fructífera.
Capítulo 17
TAMBIÉN ANNA QUANGEL SE LIBERA
Para los Quangel la mañana no fue tan fructífera, al menos
las explicaciones tan ansiadas por Anna no llegaron.
—Nooo —dijo Quangel contestando a sus ruegos—. Nooo, mamá,
hoy no. El día ha empezado mal, en un día así no puedo hacer lo que de verdad
me apetece. Y si no puedo hacerlo, tampoco deseo hablar de ello. Quizá otro
domingo. ¿Lo oyes? Ya vuelve a deslizarse por la escalera uno de los Persicke.
Bueno, que lo haga. ¡Con tal de que nos dejen en paz!
Ese domingo, sin embargo, Otto Quangel mostraba una
ternura inusual. Anna pudo hablar de su hijo caído todo lo que quiso, no le
prohibió hacerlo. Incluso repasó con ella las escasas fotos que tenía del hijo,
y cuando volvió a echarse a llorar, le pasó la mano por los hombros y la
consoló.
—Déjalo, mamá, déjalo. Quién sabe si no ha sido para bien,
con todo lo que se va a ahorrar.
Así que ese domingo, incluso sin charla, fue bueno. Hacía
tiempo que Anna no veía a su marido tan tierno, era como si el sol brillase
otra vez, la última, sobre la tierra antes de la llegada del invierno, que
ocultaba la vida bajo una capa de hielo y nieve. En los meses siguientes la
frialdad y el laconismo de Quangel aumentaron y ella recordó con frecuencia ese
domingo, que constituía al mismo tiempo su consuelo y su estímulo.
Comenzó otra semana laboral, una más de tantas siempre
iguales, que se parecían unas a otras ya floreciesen las flores o nevase en el
exterior. El trabajo era siempre el mismo, y también las personas seguían
siendo como eran.
Otto Quangel sólo tuvo un incidente menor en esa semana
laboral. Cuando se dirigía a la fábrica, salió a su encuentro en la calle
Jablonski el consejero Fromm. Quangel lo habría saludado, pero recelaba de los
Persicke. Tampoco quería que Barkhausen, de quien Anna le había contado que se
lo había llevado la Gestapo, viera algo. Porque Barkhausen ya había regresado,
si es que se había ido alguna vez, y rondaba por delante del edificio.
Total, que Quangel pasó caminando con expresión hosca
junto al juez del Tribunal Cameral, sin mirarlo. Éste no debía de sentir tantos
escrúpulos, pues levantó ligeramente su sombrero ante su vecino y entró en el
edificio con los ojos risueños.
¡Qué oportuno!, pensó Quangel. Quien lo haya visto, se
dirá: Quangel será siempre el mismo patán grosero y el juez un hombre educado.
Pero no pensará que ambos mantenemos una relación mutua.
Esa semana Anna Quangel tuvo que ejecutar una tarea
difícil. El domingo, al acostarse, su marido le dijo:
—Procura abandonar la Organización de Mujeres. Pero hazlo
sin llamar la atención. Yo también he abandonado mi cargo en el Frente del
Trabajo.
—¡Ay, Dios! —exclamó ella—. ¿Cómo lo has conseguido, Otto?
¿Y te han dejado marchar?
—Por estupidez congénita —contestó Quangel con
desacostumbrada jovialidad concluyendo la conversación.
Pero ahora a Anna Quangel le esperaba su tarea. Por
estúpida jamás la dejarían marchar, la conocían demasiado bien como para eso,
se le tendría que ocurrir algo distinto. Anna Quangel se pasó el lunes y el
martes cavilando, y por fin el miércoles creyó tener la solución. En su caso no
surtiría efecto dárselas de boba, pero puede que sí de sabihonda. Ser una
sabihonda, saber demasiado, pasarse de lista, les desagradaba aún más que una
pizca de estupidez. Y si a dárselas de sabihonda se le unía el exceso de celo,
seguro que funcionaría.
Así pues, Anna Quangel, ni corta ni perezosa, se puso en
camino. Quería solucionar el asunto cuanto antes; le gustaría, si era posible,
anunciar esa misma noche a Otto que ella también había conseguido caer en
desgracia en el Partido igual que él, es decir, sin llamar la atención. Tenía
que convencerlos de una vez por todas de que se olvidaran de ella. Esos, nada
más pensar en la Quangel, tenían que pensar: ¡Bah, con ésa no se puede contar
para algo así!, fuera lo que fuese ese algo.
Una de las principales labores de Anna Quangel en aquellos
días, cuando la importación de trabajadores forzados todavía no funcionaba bien
y el Führer aún no había nombrado un delegado especial con rango de ministro
para dirigir ese negocio esclavista, una de sus principales labores consistía,
pues, en descubrir cuáles de sus compatriotas alemanas se escaqueaban del
trabajo en las empresas de armamento, convirtiéndose con ello, según la
terminología del Partido al uso, en traidoras al Führer y a su propio pueblo.
Justo hacía poco el ministrillo Goebbels había aludido con sorna en un artículo
a esas damiselas maquilladas cuyas uñas pintadas de rojo no las eximían ni
mucho menos de trabajar para el pueblo —y no sólo en labores de oficina.
Ciertamente en otro artículo el ministro, a buen seguro
forzado por las damas de su propio círculo, se había apresurado a añadir que
las uñas pintadas de rojo y el aspecto exterior cuidado no caracterizaban de
por sí a una mujer asocial y reacia al trabajo. ¡Él prevenía encarecidamente de
cometer tal atropello por esos simples motivos! El Partido, en su justicia,
comprobaría cada caso que se le notificase, con lo que abrió las puertas a una
avalancha de denuncias seguramente deliberada.
Pero como había ocurrido tantas veces antes y ocurriría
después, el ministro, con su primer artículo, despertó los más bajos instintos
del populacho. Anna Quangel se dio cuenta de que se le había abierto una
posibilidad. Es verdad que la mayoría de los vecinos de su barrio eran personas
sencillas, pero ella conocía a una dama a la que la descripción del ministro le
venía como anillo al dedo. Anna Quangel sonrió por anticipado al imaginar el
efecto que causaría su visita. La dama a la que iba a visitar residía en una
gran casa en Friedrichshain, y la señora Quangel dijo con rudeza a la doncella
que salió a abrir, para disimular la inseguridad que la acometió de repente:
—¡Déjate de consultar a la distinguida señora si puede
recibirme! Vengo de la Organización de Mujeres y necesito hablar con ella, ¡y
desde luego, hablaré! Por cierto, señorita —añadió bajando la voz—, ¿a qué
viene eso de «distinguida señora»? ¡Eso ya no existe en el Tercer Reich! ¡Todos
nosotros trabajamos para nuestro amado Führer... cada cual en su puesto!
¡Quiero hablar con la señora Gerich!
Se desconoce si la señora Gerich recibió a la enviada de
la Organización de Mujeres por sentirse ligeramente inquieta por el informe de
la doncella o por puro aburrimiento, para gastar media hora de una tarde
tediosa. En cualquier caso, recibió a la señora Quangel. Con una amable sonrisa
avanzó hacia ella hasta situarse en el centro de su lujoso salón y, de una
simple ojeada, la señora Quangel constató que la señora Gerich era realmente la
criatura que iba buscando: una rubia de piernas largas, acicalada y perfumada,
sobre la frente una alta estructura de bucles y ricitos. ¡Artificiales la mitad
de ellos!, sentenció en el acto Anna Quangel. Esta constatación le devolvió
parte de su seguridad, que había disminuido un poco al contemplar esa
habitación lujosa, justo es decirlo, con alfombras de seda, sofás, sillones y
silloncitos, mesas y mesitas, tapices y un sinnúmero de arañas
resplandecientes, que Anna no había visto en su vida, ni siquiera en la
residencia de los distinguidos señores a los que había servido hacía más de
veinte años.
La dama hizo el saludo preceptivo a Anna Quangel, pero
levantando el brazo con indolencia.
—¡Heil Hitler!
Anna Quangel, seria y puntillosa, corrigió esa indolencia
con un enérgico «¡Heil Hitler!».
—Así que, según me han dicho, viene usted de la
Organización de Mujeres, ¿verdad, señora...? —La dama esperó un instante, pero,
al no obtener respuesta, añadió con una imperceptible sonrisa—: Pero, tome
asiento, por favor. Sin duda se trata de una colecta. A mí me agrada contribuir
siempre que me sea posible.
—¡No se trata de una colecta! —replicó Anna Quangel casi
con rabia.
De pronto sintió una aversión profunda hacia esa hermosa
criatura que, sin embargo, era una simple mujercita que jamás se convertiría en
la mujer y madre que había sido y seguía siendo Anna Quangel. Esta odiaba y
despreciaba a la otra porque jamás reconocería los vínculos que a ella siempre
le habían parecido sagrados e inviolables. Para su interlocutora era todo un
simple juego, era completamente incapaz de amor verdadero, y sólo valoraba esas
relaciones que a Anna en su matrimonio con Otto Quangel le habían parecido
siempre una parte completamente irrelevante de su relación.
—¡No, nada de colectas! —balbució de nuevo con
impaciencia—. Se trata de...
La interrumpió de nuevo.
—Pero ¡se lo ruego, tome asiento! No puedo permanecer
sentada viéndola de pie, y usted, como es mayor...
—¡No tengo tiempo! —repuso Anna Quangel—. Si le apetece,
siga de pie, o quédese sentada tranquilamente. A mí no me importa.
La señora Gerich entrecerró los ojos y examinó, asombrada,
a esa honrada mujer del pueblo que se comportaba con ella con semejante
brutalidad. Tras un leve encogimiento de hombros, dijo con tono todavía amable,
pero más desabrido:
—Como guste. Siendo así, me sentaré. Quería usted
decirme...
—Lo que quiero —replicó la señora Quangel con tono
decidido— es preguntarle por qué no trabaja. Seguramente habrá leído los
llamamientos para que todo aquel que no tenga todavía ocupación trabaje en la
industria de armamento, ¿verdad? ¿Por qué no trabaja usted? ¿Qué motivos tiene?
—Uno muy bueno —contestó la señora Gerich con
impasibilidad divertida, contemplando, no sin burla, las manos trabajadas,
teñidas de limpiar verdura, de su interlocutora—: en mi vida he realizado un
trabajo físico. No soy en modo alguno apta para dicha tarea.
—¿Lo ha intentado alguna vez?
—No se me pasa por la cabeza enfermar por intentarlo. En
cualquier momento puedo presentar un certificado médico de que...
—¡Ya lo creo! —la interrumpió Anna Quangel—. ¡Un
certificado por diez o veinte marcos! Pero en esta cuestión los certificados de
médicos privados complacientes carecen de validez y su aptitud para el trabajo
la decidirá el médico de empresa de la fábrica a la que será asignada.
La señora Gerich contempló un instante el rostro iracundo
de la otra. Después se encogió de hombros.
—¡Muy bien, pues asígneme a cualquier fábrica! ¡Ya verá lo
que consigue con eso!
—¡Usted misma lo comprobará! —Anna Quangel sacó un
cuaderno, uno de esos cuadernos con tapas de hule como los que usan los
escolares. Se acercó a una mesita, apartó irritada un plato con dibujo de
flores y, antes de empezar a escribir, humedeció el lápiz con la punta de la
lengua. Lo hizo con plena consciencia, para provocar a la otra; no podía
considerar concluida esa visita antes de haber hecho trizas la indiferencia
burlona de su interlocutora y haberla sacado de sus casillas.
¿Profesión del padre? Maestro carpintero, vaya... ¡y no
había realizado un trabajo físico en toda su vida! Bueno, ya veremos. ¿Número
de miembros de la casa? ¿Tres personas? ¿Incluida la doncella? Entonces dos en
realidad...
—¿De verdad no puede atender sola a su marido? ¡Otra
persona más arrebatada a la industria armamentística! ¡Lo anotaré también! ¿No
tiene hijos, eh?
La sangre afluyó a las mejillas de su interlocutora, pero
sólo se notaba en las sienes, tan maquillada iba. Sin embargo, la vena que
cruzaba la frente hacia el nacimiento de la nariz comenzó a hincharse y a
latir.
—¡No, claro que no tengo hijos! —respondió la señora
Gerich con tono ya muy desabrido—. Pero consigne que tengo dos perros.
Anna Quangel se incorporó muy tiesa y la miró con unos
ojos que fulguraban sombríos. (En ese momento había olvidado por completo el
motivo de su visita.)
—¡Oiga! —exclamó, imprimiendo deliberadamente a su voz el
tono de siempre—. ¿Pretende acaso burlarse de mí y de la Organización de
Mujeres? ¿Quiere reírse de las disposiciones laborales y de nuestro Führer? ¡Se
lo advierto!
—¡Yo también se lo advierto! —gritó la señora Gerich—. Por
lo visto ignora con quién está hablando. ¡Burlarme yo de una disposición! ¡Mi
marido es Obersturmbannführer!4
—¡Ah, ya! —contestó Anna Quangel—. ¡Vaya! —De repente su
voz se calmó por completo—. Bueno, tengo sus datos, ya recibirá usted noticias.
¿O desea mencionar algo más? ¿Quizá que cuida de una madre enferma?
La señora Gerich se limitó a encogerse de hombros con
desprecio.
—Antes de que se vaya —anunció— me gustaría ver su
credencial. Yo también desearía anotar su nombre.
—Mírela —repuso la señora Quangel mostrando su
identificación—. Ahí está todo apuntado. Por desgracia no tengo tarjetas de
visita.
Dos minutos después la señora Quangel se marchó, y apenas
tres minutos más tarde una criatura desconsolada, hecha un mar de lágrimas,
telefoneó al Obersturmbannführer Gerich y, entre sollozos y con ocasionales
patadas de rabia al suelo, le refirió la inaudita ofensa que acababa de hacerle
una enviada de la Organización de Mujeres.
—No, no, no —logró intercalar al fin, apaciguador, el
Obersturmbannführer—. Por supuesto que lo comprobaremos por medio del Partido.
No obstante, ten en cuenta que las comprobaciones son siempre necesarias. Como
es natural, ha sido una estupidez comportarse contigo como se ha comportado.
¡Me encargaré personalmente de que no vuelva a repetirse!
—¡No, Ernst! —gritaron al otro extremo de la línea—. ¡No
lo hagas, encárgate de que esa mujer me pida perdón! ¡Aunque sólo sea por el
tono en que me ha hablado! «¿No tiene hijos, eh?», me ha dicho. Con esas
palabras también te ha ofendido a ti, Ernst... ¿no te das cuenta?
Finalmente el Obersturmbannführer se percató y le prometió
el oro y el moro a su «dulce Claire» para tranquilizarla. Sí, le pedirían
perdón, faltaría más, y ese mismo día. Claro que compraría entradas para la
Ópera Nacional y después ¿podían quizá ir al Femina para que ella se distrajese
y se calmase un poco? Sí, reservaría ahora mismo una mesa para ambos, y ella
podía invitar por teléfono a un par de amigas y amigos.
Después de haber proporcionado a su mujer una ocupación
tan entretenida, ordenó que le pusieran con la dirección de la Organización de
Mujeres y con el tono más agrio denunció la ofensa que le habían hecho. ¿Es que
no podían emplear en semejantes tareas a nadie mejor que esa clase de mujeres
infames? ¡El asunto requería muy probablemente una comprobación minuciosa! ¡Por
supuesto, la tal Quangel o Quingel o Quuungel tenía que disculparse ante su
mujer! ¡Y solicitaba encarecidamente que lo hiciera esa misma tarde! ¡Además
exigía un informe inmediato de todo lo acontecido!
Al colgar, el Obersturmbannführer tenía el rostro
congestionado, pero estaba firmemente convencido de que había sufrido una
ofensa grave e imperdonable. Telefoneó en el acto a su dulce Claire, pero tuvo
que hacer diez intentos por lo menos antes de conseguir contactar con ella,
pues estaba contando a sus amigas el ultraje sufrido con pelos y señales.
Sin embargo, la conversación telefónica mantenida por su
marido se infiltró en la red de Berlín, extendiéndose por aquí, por allá y por
acullá, exigiendo informes, haciendo preguntas, con susurros de la más estricta
confidencialidad. A veces la conversación parecía desviarse de su objetivo
original, pero gracias a la excelencia e infalibilidad del sistema automático
de conmutación siempre reencontraba su camino hasta que al fin, convertida ya
en avalancha, encontró la pequeña oficina de la Organización de Mujeres de la
que dependía Anna Quangel. En ese momento prestaban allí servicio (no
retribuido) dos señoras, una flaca y de pelo blanco, adornada con la Cruz de la
Madre,5 la otra, regordeta y aún joven, con el pelo cortado a lo garçon y el
emblema del Partido sobre su pecho turgente.
Le tocó a la canosa, pues fue la primera en coger el
teléfono y sobre ella se precipitó la avalancha. Totalmente cubierta por ella,
braceaba desamparada y lanzaba miradas suplicantes a la rolliza mientras
intentaba intercalar pequeños comentarios:
—Pero la Quangel... una mujer de toda confianza. La
conozco desde hace años...
¡En vano, nada pudo salvarla! No se anduvieron con
tapujos, tampoco en la Organización de Mujeres, y le dejaron bien claro la
porquería de organización que reinaba en su oficina. Podría darse por
satisfecha si lograba salir del asunto limpia de polvo y paja. Pero en lo que
respecta a la tal Quangel... había que destituirla para siempre jamás y que
pidiera disculpas ese mismo día, sin falta. ¡Sí, claro, Heil Hitler!
En cuanto la canosa colgó y, con un temblor en todos sus miembros,
comenzó a informar a la regordeta, se oyó un nuevo y estridente repiqueteo del
teléfono y otro departamento de mayor rango se sintió asimismo impelido a
gritar, regañar y amenazar.
Esta vez le tocó a la rolliza. Ella también flaqueó y
tembló ante el embate, porque, aunque era miembro del Partido, su marido estaba
considerado dudoso desde el punto de vista político, pues era abogado y antes
de 1933 había defendido con frecuencia a «rojos» ante la justicia. Una cosa así
podía costarles el cuello. Ella recurrió a la humildad, a la buena voluntad, a
la más rendida devoción.
—Claro que sí, una equivocación imperdonable... Esa mujer
debe de haberse vuelto loca... Por supuesto, se hará todo esta misma tarde, sin
falta. Yo misma iré...
¡En vano, todo en vano! Fue como si el infierno se hubiera
abatido sobre ellas. Las llamadas se sucedían tan deprisa que apenas conseguían
recuperar el aliento. Al final huyeron de aquella oficina, incapaces de
continuar escuchando los improperios que se repetían sin cesar. Al cerrar la
puerta, aún escucharon gritos por el teléfono en demanda de una nueva víctima,
pero no desistieron. ¡Ellas no, ni por todo el oro del mundo! ¡Tenían las
necesidades cubiertas, hoy, mañana, los próximos años!
Durante un rato caminaron silenciosas hacia su objetivo,
la vivienda de los Quangel.
—¡A ésa le voy a cantar las cuarenta, mira que causarnos
tantos problemas! —dijo una.
Y la del emblema del Partido:
—¡Ya te digo! ¡La Quangel nos trae sin cuidado! Pero usted
sabe de sobra que bastantes problemas tiene una ya...
—Claro —respondió la de la Cruz de la Madre pensando en su
hijo, que había combatido en España, pero en el bando equivocado, es decir en
el rojo.
No obstante, la entrevista con la señora Anna Quangel
transcurrió de forma muy distinta a lo que ambas esperaban. La señora Quangel
no permitió que le gritaran ni que la intimidaran.
—Primero explíquenme qué es lo que he hecho mal. Aquí
están mis notas. La señora Gerich está sometida a la ley del Servicio de
Trabajo Obligatorio...
—Pero, hija de mi vida —intervino la regordeta—, aquí no
se trata de eso. Su marido es Obersturmbannführer..., ¿es que no lo entiende?
—¡No! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Dónde está escrito que las
mujeres de los altos dirigentes estén exentas? ¡No sé nada de eso!
—No sea usted tan dura de mollera —replicó en tono muy
severo la del pelo blanco—. Como esposa de un alto dirigente la señora Gerich
tiene obligaciones más importantes. Ella ha de atender a su marido,
sobrecargado de trabajo.
—Yo también.
—Ella tiene grandes obligaciones de representación.
—¿Y eso qué es?
No hay nada que hacer con esa mujer, es inútil, ella no
comprende su culpa. Sencillamente se niega a entender que los altos dirigentes
y todos sus parientes están exentos de todas sus obligaciones hacia el Estado y
la comunidad.
La regordeta de la cruz gamada cree vislumbrar la
verdadera razón de la obstinación de la señora Quangel al descubrir en la pared
la foto de un joven pálido, con pinta de desnutrido, adornada con una corona y
un lazo de luto.
—¿Su hijo? —pregunta.
—Sí —es la respuesta escueta y malhumorada de Anna
Quangel.
—Su único hijo... ¿ha caído?
—Sí.
La canosa con la Cruz de la Madre dice con indulgencia:
—Es que no hay que traer un solo hijo al mundo.
Anna Quangel tiene una rápida réplica en la punta de la
lengua, pero la reprime. No quiere estropearlo todo.
Las dos mujeres cruzan una mirada. Para ellas todo está
claro. Esta mujer ha perdido a su único hijo y entonces se encuentra con una de
esas mujeres distinguidas que cree que desean escaquearse de una pequeña
obligación y no hacen ni el menor sacrificio... Eso no podía acabar bien.
—No se negará usted a presentar una pequeña disculpa, ¿eh?
—inquiere la regordeta.
—En cuanto ustedes me demuestren que estoy equivocada.
Y la canosa:
—¡Pero si se lo he demostrado!
—Entonces no lo habré comprendido. Debo de ser muy tonta
para eso.
—De acuerdo. Entonces tendremos que intentarlo nosotras
solas. Será un camino duro para las dos.
—¡Yo no se lo pido!
—Y además, señora Quangel, ante todo debe pensar en
cuidarse. Siempre escaleras arriba y abajo y ahora esta pena. Ha sido usted una
de nuestras afiliadas más trabajadoras.
—¡Así que me expulsan! —constató Anna Quangel—. Porque le
he dicho a una dama de esas la verdad.
—¡No, por Dios, no se lo tome así! Por el momento disfrute
usted de un permiso para reponerse. Ya volveremos a llamarla...
Las dos señoras recorrieron en silencio el camino hasta
Friedrichshain. Iban completamente sumidas en sus pensamientos. Deberían
haberse mostrado mucho más duras con la Quangel, gritarle, y fulminarla con la
mirada. Pero por desgracia eso no les ha sido dado... ellas son de las que
siempre se someten, están indefensas. Y como lo saben, se convierten en felpudo
para todo aquel que sepa gritar. Ojalá que ahora todo vaya bien en su visita a
la distinguida señora, ojalá que (aunque no las acompaña la principal culpable)
regresen a casa con una experiencia relativamente favorable.
Pero tienen suerte. Porque ahora —entre tantas llamadas
telefónicas, gritos y visitas— se ha hecho muy tarde. La distinguida señora
está vistiéndose, pues se dispone a asistir a la ópera. Ellas tienen que
esperar sentadas en dos taburetes del vestíbulo.
Al cabo de un cuarto de hora, una doncella les pregunta
qué desean. Tras informar a la empleada con susurros pesarosos, les contesta
que deben seguir esperando.
Pero a decir verdad, todo ese asunto apenas interesa ya a
la esposa del Obersturmbannführer Gerich. Se ha pasado tres horas hablando por
teléfono con sus amigas, se ha bañado, la Ópera Nacional la espera, después una
velada en el Femina... ¿qué interés puede despertar ahora una de esas mujeres
del pueblo para una dama de la alta sociedad? Así que Claire, al cabo de otro
cuarto de hora, le dice a su Ernst:
—¡Anda, ve y grítales un poco a esas mujeres y diles que
se vayan! No quiero que me estropee la noche algo así.
El Obersturmbannführer se acerca al vestíbulo y grita a
las visitantes. Mientras lo hace no sabe que ninguna de ellas es la auténtica
culpable. Eso le da completamente igual, vocifera y después las echa. El caso
ha quedado definitivamente zanjado.
Las dos mujeres se marchan a casa.
—La verdad es que a veces entiendo perfectamente a una
mujer como la Quangel —dice la regordeta.
La del pelo blanco piensa en su hijo y aprieta los labios.
La regordeta prosigue:
—A veces desearía de veras ser una sencilla trabajadora,
desaparecer en medio de la masa. Este continuo andarse con cuidado, este miedo
que nunca se mitiga acaba contigo...
La de la Cruz de la Madre menea la cabeza.
—Yo no hablaría así —replica, escueta. Y cuando la otra
calla, ofendida, añade—: De todos modos hemos resuelto lo mejor posible el
asunto, aun sin la Quangel. Él ha dicho expresamente que el caso está zanjado,
y eso es lo que informaremos a los de arriba.
—Y que la Quangel ha sido destituida.
—¡Eso también, por supuesto! ¡No quiero volver a verla
jamás en nuestra oficina!
Y lo cierto es que nunca volverán a verla por allí. Pero
Anna Quangel pudo contar a su marido que había tenido éxito, y aunque él la
sometió a un minucioso interrogatorio, no dejó de ser un verdadero éxito. Los
Quangel se habían librado de sus cargos, sin riesgo.
Capítulo 18
SE ESCRIBE LA PRIMERA POSTAL
El resto de la semana transcurrió sin acontecimientos
relevantes y así llegó otro domingo, ese domingo en el que Anna Quangel
esperaba mantener con Otto la conversación tan ansiosamente esperada y tan
largamente demorada sobre los planes de éste. Él se había levantado tarde, pero
se mostraba de buen humor y tranquilo. A veces ella le lanzaba una rápida
ojeada de soslayo, estimulándolo, pero parecía no darse cuenta, comía el pan
masticando despacio mientras removía el café.
A Anna le costó retirar los platos. Pero esta vez no le
tocaba a ella iniciar la conversación. Él le había prometido que esa
conversación tendría lugar el domingo y mantendría su palabra, cualquier
presión por su parte habría parecido apremiante.
Así que se levantó con un ligero suspiro y llevó las tazas
y los platos a la cocina. Cuando regresó a por la cestita del pan y la
cafetera, su marido, arrodillado delante de un cajón de la cómoda, rebuscaba en
su interior. Anna Quangel no lograba recordar su contenido. No podía ser más
que trastos viejos olvidados hacía mucho tiempo.
—¿Buscas algo concreto, Otto? —preguntó con el típico
gracejo berlinés.
Él se limitó a proferir un gruñido, así que la mujer se
retiró a la cocina a fregar los platos y preparar la comida. Él se negaba.
¡Otra negativa más! Estaba más convencida que nunca de que maquinaba algo y
ella lo ignoraba por completo, pero tenía que saberlo.
Más tarde, cuando volvió a entrar en la sala para sentarse
a su lado a pelar patatas, lo encontró sentado a la mesa despojada del mantel,
el tablero estaba lleno de cuchillos de tallador y pequeñas virutas cubrían ya
el suelo a su alrededor.
—Pero ¿qué estás haciendo, Otto? —preguntó estupefacta.
—Comprobar si aún sé tallar —respondió.
Ella sentía una cierta irritación. Aunque Otto no era un
gran conocedor del alma humana, debía de tener una ligera idea de en qué estado
se encontraba, con cuánta impaciencia esperaba cualquier comunicación suya. Y
ahora había sacado el cuchillo de tallar de sus primeros años de matrimonio y
se dedicaba a labrar la madera igual que entonces, cuando su eterno silencio la
sumía en la desesperación. Entonces todavía no estaba tan acostumbrada a su
mutismo como en la actualidad, pero hoy, precisamente hoy, habituada ya, le
resultaba totalmente insoportable. ¡Tallar, cielo santo, eso era todo lo que se
le ocurría a ese hombre después de tales experiencias! Si tallando en silencio
durante horas pretendía recuperar su silencio tan celosamente preservado... no,
eso le causaría a ella una profunda decepción. Y le había causado hondas
decepciones muchas veces, pero en esta ocasión no lo sufriría tan callada.
Mientras meditaba sobre todo esto, llena de inquietud y
desesperación, contemplaba con cierta curiosidad el grueso y alargado trozo de
madera que él giraba, meditabundo, entre sus grandes manos, al que de vez en
cuando arrancaba una viruta más grande. No, esta vez no se convertiría en un
arcón para la ropa, desde luego que no.
—¿Qué estás haciendo, Otto? —preguntó a regañadientes.
Se le había ocurrido la extraña idea de que estaba
tallando alguna pieza, quizá un elemento del detonador de una bomba. Pero
semejante pensamiento era un disparate... ¿qué tenía que ver Otto con bombas?
Además, seguro que en las bombas no se podía utilizar madera. Por eso había
preguntado a regañadientes: «¿Qué estás haciendo, Otto?».
Al principio intentó contestar con un simple gruñido, pero
tal vez cayese en la cuenta de que esa mañana ya se había pasado un poco con su
esposa, o acaso se mostró dispuesto sin más a proporcionarle información.
—Una cabeza —contestó—. Quiero comprobar si todavía sé
tallar una cabeza. Antaño ya tallé muchas cazoletas de pipa en forma de cabeza.
Y continuó con los giros y la talla.
¡Cazoletas de pipa! Anna profirió un sonido de enfado.
Acto seguido dijo muy furiosa:
—¡Cazoletas! ¡Pero, Otto, vuelve en ti! ¡El mundo se hunde
y tú pensando en cazoletas de pipa! ¿Qué estás diciendo?
Él no pareció prestar mucha atención ni a su enfado ni a
sus palabras.
—Esto, evidentemente, no será una cazoleta de pipa
—reconoció—. Quiero averiguar si soy capaz de tallar a nuestro pequeño Otto tal
como era.
La disposición de ánimo de Anna cambió en el acto. Así que
pensaba en Otto, y si pensaba en Otto y quería tallar su cabeza, pensaba
también en ella y deseaba darle una alegría. Se levantó de la silla y, dejando
a un lado las patatas, dijo:
—Espera, Otto, te traeré las fotos para que recuerdes el
aspecto real de nuestro Otto.
Su marido negó con un movimiento de cabeza.
—No quiero ver ninguna foto —le comunicó—. Quiero tallar a
Otto tal como lo llevo aquí dentro. —Se dio unos golpecitos en su frente
despejada y tras una pausa, añadió—: ¡Si es que puedo!
Ella volvió a conmoverse. Así que Otto también estaba
dentro de él, tenía una imagen inalterable del muchacho. Ahora Anna sentía
curiosidad por el aspecto que tendría esa cabeza.
—Seguro que lo consigues, Otto —lo animó.
—¡Ya veremos! —se limitó a contestar, pero su respuesta
dejaba traslucir más certezas que dudas.
Con esto finalizó por el momento la conversación entre
ambos. Anna tuvo que regresar a la cocina para dedicarse a la comida, y lo dejó
en la mesa, mientras giraba despacio entre sus dedos el tarugo de madera de
tilo, sacando con una paciencia muda y cuidadosa virutitas y más virutitas.
Pero después se quedó muy sorprendida cuando, al regresar
para poner la mesa poco antes de comer, se la encontró despejada y adornada con
su mantel. Quangel, desde la ventana, contemplaba la calle Jablonski, donde
alborotaban los niños jugando.
—¿Qué, Otto? —le preguntó—, ¿ya has terminado de tallar?
—Por hoy sí —contestó.
Y en ese mismo momento supo que la conversación ya estaba
muy próxima, que Otto, ese hombre de inconcebible perseverancia al que nada
podía inducir a comportarse con precipitación, que siempre esperaba al momento
correcto, se proponía algo.
Comieron en silencio. Después ella volvió a la cocina a
recoger, y lo dejó sentado en su rincón del sofá, inmóvil y ensimismado.
A su regreso, media hora después, continuaba igual. Pero
ahora Anna ya no quería esperar hasta que su marido se decidiera; la paciencia
de él y su propia impaciencia la enervaban. ¡Seguramente a las cuatro
continuaría ahí sentado, y también después de la cena!
—Bueno, Otto, ¿qué sucede? —preguntó—. ¿No va a haber hoy
siesta como todos los domingos?
—Hoy no es un domingo cualquiera. Lo de «todos los
domingos» se acabó para siempre. —Y tras levantarse súbitamente, abandonó la
sala.
Pero ese día ella no estaba dispuesta a dejarlo marchar
sin más para emprender uno de sus misteriosos paseos de los que nunca se
enteraba de nada. Corrió tras él.
—Otto... —empezó a decir.
Él estaba en la puerta del piso cuya cadena había echado
momentos antes. Había levantado la mano para pedir silencio y atisbaba hacia la
escalera. Después inclinó la cabeza asintiendo y, pasando junto a ella, se
dirigió de nuevo al cuarto de estar. Cuando su esposa se reunió con él, ocupaba
su sitio en el sofá, y se sentó a su lado.
—Si llaman al timbre, Anna, no abras antes de que yo...
—¿Pero quién va a llamar al timbre, Otto? —preguntó con
impaciencia—. ¿Quién va a venir a vernos? ¡Dime de una vez lo que tengas que
decir!
—Te lo diré, Anna —contestó con desacostumbrada ternura—.
Pero atosigándome sólo lo complicas más.
Ella rozó brevemente la mano de ese hombre al que siempre
le costaba contar lo que sucedía en su interior.
—No te atosigaré, Otto —lo tranquilizó—. Tómate el tiempo
que necesites.
Sin embargo, comenzó a hablar inmediatamente durante casi
cinco minutos seguidos, con frases lentas, a trompicones, muy meditadas, y
después de cada una cerraba con fuerza su boca de la bios finos, como si
hubiera finalizado. Mientras hablaba, dirigía la vista hacia algo situado en la
estancia a un lado y detrás de Anna.
Mientras su marido hablaba, Anna Quangel mantuvo los ojos
clavados en su rostro y casi se sintió agradecida de que no la mirase, tan
difícil le resultaba ocultar la decepción que se iba apoderando de ella cada
vez con más fuerza. ¡Dios mío, lo que había maquinado ese hombre! Se había
imaginado grandes hazañas (y también se había asustado de ellas), un atentado
contra el Führer, o al menos una lucha activa contra los mandamases y el
Partido.
¿Y qué pretendía hacer él? Nada, una ridiculez, algo muy
en su estilo, algo tranquilo, inusual, que preservase su tranquilidad. Quería
escribir postales. Postales con soflamas contra el Führer y el Partido, contra
la guerra, para instruir a sus conciudadanos, eso era todo. Y esas postales no
deseaba enviarlas a personas concretas o pegarlas en las paredes a modo de
carteles, qué va, quería depositarlas en las escaleras de edificios muy
transitados, dejarlas allí abandonadas a su suerte, quedando completamente al
arbitrio del que las recogiera ser pisoteadas o rotas en el acto... Todo en
ella se indignaba contra esa guerra segura desde la oscuridad. ¡Anhelaba
actividad, hacer algo cuyos frutos se vieran!
Después de haber terminado de hablar, Quangel no parecía
esperar contestación alguna de su mujer, que luchando consigo misma permanecía
sentada en silencio en su rincón del sofá. ¿No sería mejor que ella le dijese
algo?
El hombre se levantó y se acercó a la puerta de entrada a
escuchar. Cuando volvió, retiró el mantel de la mesa, lo dobló y lo colgó con
mucho cuidado del respaldo de la silla. Después se acercó al viejo secreter de
caoba, sacó el manojo de llaves del bolsillo y lo abrió.
Mientras rebuscaba en el mueble, Anna se decidió.
—¿No es una nimiedad lo que pretendes, Otto? —inquirió con
tono vacilante.
Él se detuvo en su búsqueda y, todavía agachado, giró la
cabeza hacia su mujer.
—Sea poco o mucho, Anna —repuso—, como nos pillen, nos
costará la cabeza...
Latía una convicción tan espantosa en esas palabras, en la
oscura, insondable mirada de pájaro que el hombre le dedicó durante ese minuto,
que Anna se estremeció. Y durante un instante se imaginó claramente el patio
gris y pétreo de la cárcel, la guillotina levantada, a la luz grisácea del alba
su acero carecía de brillantez, era una amenaza muda.
Anna Quangel notó que temblaba. Después volvió a mirar
brevemente a Otto. Quizá tuviera razón, fuera poco o mucho, nadie podía
arriesgar más que la vida. Cada uno según sus fuerzas y su disposición, lo
importante era oponerse.
Quangel la miraba en silencio, como si contemplase la
lucha que se libraba en su interior. Luego su mirada se aclaró, retiró las
manos del secreter, se levantó y dijo, casi sonriendo:
—Pero no nos pillarán tan fácilmente. Si ellos son listos,
nosotros también podemos serlo. Listos y precavidos. Precavidos, Anna, siempre
en guardia... cuanto más tiempo luchemos, mayores efectos provocaremos. Una
muerte prematura no sirve de nada. Nosotros deseamos vivir, llegar a presenciar
su caída. ¡Entonces diremos que nosotros también participamos, Anna!
Pronunció esas palabras con ligereza, casi bromeando.
Ahora, mientras rebuscaba de nuevo, la mujer se reclinó en el sofá aliviada. Le
había quitado un peso de encima, ahora también ella estaba convencida de que
Otto se proponía algo grande.
Su marido trasladó a la mesa su frasquito de tinta, las
postales guardadas en un sobre, los gigantescos guantes blancos. Destapó el
tapón del frasco, calentó el plumín con una cerilla y lo hundió en la tinta. Se
oyó un suave siseo, examinó el plumín con atención y luego asintió. Acto
seguido se puso con todo detenimiento los guantes, sacó una postal del sobre,
la colocó delante de él y dedicó a Anna una lenta inclinación de cabeza en
señal de aprobación. Ella había seguido con ojos atentos cada una de esas cuidadosas
maniobras, largamente preparadas. Entonces él señaló los guantes, aduciendo:
—Es por las huellas dactilares... ya sabes.
Después tomó la pluma y dijo en voz baja, pero con
énfasis:
—La primera frase de nuestra primera postal dirá: «Madre:
El Führer ha matado a mi hijo...».
Anna volvió a estremecerse. Había algo tan infausto, tan
tétrico, tan decidido en esas palabras que Otto acababa de pronunciar... En ese
instante comprendió que con esa primera frase él había declarado una guerra
eterna y comprendió también de manera confusa lo que eso significaba: guerra
entre ellos dos, unos pobres, pequeños, insignificantes trabajadores que con
una palabra podían ser borrados para siempre, y al otro lado el Führer, el
Partido, con su enorme aparato de poder y su esplendor y tres cuartas partes,
incluso cuatro quintas partes del pueblo alemán detrás. ¡Y ellos dos allí
solos, en esa reducida habitación de la calle Jablonski!
Mira hacia el hombre. Mientras ella piensa todo eso, él ha
llegado a la tercera palabra de la primera frase. Traza con infinita paciencia
la «F» de Führer.
—¡Déjame escribir a mí, Otto! —le ruega—. Lo haré mucho
más deprisa.
Primero él suelta un gruñido. Pero luego se lo explica.
—Tu letra —le dice—. Más tarde o más temprano nos
pillarían por tu letra. Ésta es una escritura caligráfica, son caracteres
lapidarios... lo ves, una especie de letras de imprenta...
Vuelve a enmudecer, continúa escribiendo. Sí, así se lo
había imaginado. No cree haber olvidado nada. Conocía esa escritura caligráfica
por los diseños de muebles de los interioristas, nadie notará en una letra así
de quién procede. Como es natural, con las manos de Otto Quangel, poco
acostumbradas a escribir, sale muy basta y maciza. Pero no importa, no lo
delatará. Es más bien algo bueno, porque así la postal adquiere una cualidad de
cartel que llama inmediatamente la atención. El hombre prosigue su labor con
paciencia.
Anna también se ha armado de paciencia. Comienza a hacerse
a la idea de que será una guerra larga. Ahora se ha calmado en su interior,
Otto lo ha pensado todo, Otto es de fiar, siempre, siempre. ¡Qué bien lo ha
pensado! La primera postal de esa guerra tiene su origen en el hijo caído,
habla de él. Un día tuvieron un hijo, el Führer lo ha asesinado y ahora
escriben postales. Un nuevo período de la vida. Exteriormente nada ha cambiado.
Tranquilidad en el hogar de los Quangel. Por dentro todo ha sufrido cambios
radicales, ha empezado una guerra...
Saca su cesto de costura y empieza a zurcir calcetines. De
vez en cuando mira a Otto, que pinta sus letras despacio, sin acelerar nunca el
ritmo. Casi después de cada letra estira el brazo, coloca la postal ante sus
ojos y la contempla con los ojos entornados. Luego asiente.
Por fin le enseña la primera frase terminada. Muy grande,
ocupa una línea y media de la postal.
—¡No te cabrá mucho en una postal así! —comenta ella.
—¡Lo mismo da! ¡Pienso escribir todavía muchas postales
como ésta! —le contesta.
—Una postal de esas requiere mucho tiempo.
—Escribiré una, más adelante quizá dos cada domingo. La
guerra todavía no ha terminado, los asesinatos no tienen fin.
Es imposible hacerlo desistir. Ha tomado una decisión y
actuará de acuerdo con ella. Nada puede anularlo, nadie apartará a Otto Quangel
de su camino.
Dice:
—La segunda frase: «Madre: el Führer también asesinará a
tus hijos, no se detendrá ni siquiera cuando haya llevado el luto a todos los
hogares de la Tierra...».
—«Madre: el Führer también asesinará a tus hijos» —repite
ella.
Piensa en la integrante de la junta directiva de la
Organización de Mujeres, la del pelo blanco con la Cruz de la Madre, que le
dijo que no había que tener un solo hijo, sino muchos. Había tenido en la punta
de la lengua la fulminante respuesta: «¿Para que me rompan el corazón pedazo a
pedazo, verdad? Pues no, prefiero perderlo todo de una vez». Sin embargo,
reprimió esa respuesta y ahora es Otto el que la da: «Madre: el Führer también
asesinará a tus hijos».
Luego asiente.
—Escribe eso. —Y tras una breve reflexión, añade—: Habría
que colocar esta postal en los lugares adonde acuden mujeres.
Quangel reflexiona, luego sacude la cabeza.
—No. Con las mujeres que se llevan un susto nunca se sabe
cómo reaccionarán. Un hombre se meterá deprisa en el bolsillo la postal, en la
escalera. Más tarde la leerá detenidamente. Además, todos los hombres son hijos
de una madre.
Se calla y comienza de nuevo a escribir. Transcurre la
tarde, no piensan en la merienda. Al final, ya de noche, concluye la postal.
Otto se levanta. Vuelve a examinarla.
—Bueno —dice—. Hecho. El próximo domingo, la segunda.
Ella asiente.
—¿Cuándo la llevarás? —le susurra.
El hombre la mira.
—Mañana por la mañana.
—Déjame estar presente la primera vez —le ruega.
—No —contesta sacudiendo la cabeza—. La primera vez
precisamente, no. Primero he de comprobar cómo va todo.
—¡Que sí! —insiste Anna—. ¡Es mi postal! ¡Es la postal de
una madre!
—De acuerdo —acepta por fin—. Ven conmigo. Pero sólo hasta
el edificio. Dentro quiero estar solo.
—Me parece bien.
Después guardan con cuidado la postal dentro de un libro,
ponen a buen recaudo los objetos de escribir, meten los guantes en su chaqueta.
Cenan, apenas hablan. Pero no se dan cuenta de lo callados
que están, Anna tampoco. Ambos están cansados, como si acabaran de realizar un
trabajo duro o un largo viaje.
—Voy a acostarme enseguida —dice él, levantándose de la
mesa.
—Pues yo voy a recoger la cocina. Después también iré.
Dios mío, qué cansada estoy, y eso que todavía no hemos hecho nada.
Él la mira esbozando una media sonrisa, después se va
deprisa al dormitorio y comienza a desnudarse.
Más tarde, cuando ambos están acostados en la oscuridad,
ninguno puede conciliar el sueño. Cambian de postura, escuchan la respiración
del otro, y al final empiezan a hablar. A oscuras se habla mejor.
—¿Qué crees que pasará con nuestras postales? —pregunta
Anna.
—Al principio todos se llevarán un susto cuando las vean
tiradas y lean las primeras palabras. Porque en la actualidad todos tienen
miedo.
—Sí —asiente su mujer—. Todos...
Pero ella los exceptúa a ambos, a los Quangel. Casi todos
tienen miedo, piensa. Nosotros, no.
—Los que la encuentren —él repite lo que ha pensado cien
veces—, tendrán miedo de haber sido observados en la escalera. Se guardarán
deprisa la postal y saldrán pitando. O la dejarán nuevamente y escurrirán el
bulto, y llegará el siguiente...
—Así será —dice Anna, viendo ante ella la escalera,
cualquiera de esas escaleras berlinesas mal iluminadas, y todo el que tenga en
la mano una postal de esa índole se sentirá de pronto un criminal. Porque en
realidad todos piensan lo mismo que el autor de la postal y, sin embargo, no
pueden pensarlo, porque ese pensamiento se castiga con la muerte...
—Algunos —prosigue Quangel—, entregarán inmediatamente la
postal al vigilante del bloque o a la policía: ¡hay que deshacerse de ella
cuanto antes! Pero eso tampoco importa, sean miembros del Partido o no, sean
dirigentes políticos o policías, todos leerán la postal, y surtirá efecto en
ellos. Aunque sólo sea tomar conciencia de que todavía queda oposición, de que
no todos siguen a ese Führer...
—No —contesta ella—. Todos, no. Nosotros, no.
—Y serán más, Anna. Gracias a nosotros aumentarán. A lo
mejor sugerimos a otros la idea de escribir postales, igual que hago yo. Al
final docenas, centenares, se sentarán a escribir. Inundaremos Berlín de
postales, entorpeceremos el funcionamiento de las máquinas, derribaremos al
Führer, pondremos fin a la guerra...
Se detiene, sorprendido por sus propias palabras, por esos
sueños que tan tarde visitan su frío corazón.
Y Anna Quangel, entusiasmada por esa visión, exclama:
—¡Y nosotros habremos sido los primeros! ¡Nadie lo sabrá,
excepto nosotros!
Su marido dice de pronto con tono desapasionado:
—A lo mejor muchos piensan igual que nosotros, deben de
haber caído millares de hombres. A lo mejor ya existen escritores de postales.
¡Pero eso da igual, Anna! ¿Qué nos importa? ¡Nosotros nos encargaremos de eso!
—Sí —contesta la mujer.
Y él, cautivado de nuevo por las perspectivas de la
empresa iniciada:
—Y movilizaremos a la policía, a la Gestapo, a las SS, a
las SA. Por todas partes se hablará del misterioso escritor de postales y ellos
buscarán, sospecharán, observarán, harán registros domiciliarios... ¡en vano!
¡Nosotros seguiremos escribiendo, cada vez más!
—A lo mejor hasta se las enseñan al propio Führer y las
leerá, nosotros lo acusamos. ¡Se pondrá hecho una furia! Según dicen, siempre
se enfurece en cuanto algo no sale de acuerdo con su voluntad. ¡Ordenará que
nos encuentren, y ellos no nos encontrarán! Tendrá que seguir leyendo nuestras
denuncias.
Los dos callan, deslumbrados por semejante perspectiva.
¿Qué eran momentos antes? Unos desconocidos; ellos pululaban también en el
enorme y oscuro hervidero de gente. Ahora los dos están completamente solos,
separados, realzados ante los demás, imposible que los confundan con el resto.
A su alrededor se percibe un frío glacial de lo solos que están.
Y Quangel se ve en el taller, como siempre con el mismo
trajín, animoso y animando, la cabeza atenta, girándola a intervalos para pasar
de máquina en máquina. Para ellos será siempre el viejo y estúpido Quangel, un
hombre poseído por el trabajo y una sucia avaricia. Pero en su cabeza alberga
ideas que no tienen ninguno de ellos. Todos ellos se morirían de miedo si los
asaltaran semejantes pensamientos. Pero él, el viejo imbécil de Quangel, los
tiene. Está ahí engañándolos a todos.
Anna Quangel, sin embargo, piensa ahora en el camino que
recorrerán juntos mañana para llevar la primera postal. Se siente un tanto
descontenta consigo misma por no haber insistido en entrar con Quangel en el
edificio. Se pregunta si debe pedírselo una vez más. Quizá sí. En general a su
marido las súplicas no le hacen cambiar de opinión. Pero ¿y esa noche que
parece estar de un humor tan inusualmente alegre? ¿Y ahora mismo?
No obstante, ha tardado demasiado en decidirse. Se da
cuenta de que Quangel ya se ha dormido. Y ella se dispone también a dormirse,
ya veremos si mañana tiene ocasión. Si tiene ocasión, se lo preguntará, seguro.
Y a continuación también se duerme ella.
Capítulo 19
SE DEPOSITA LA PRIMERA POSTAL
Otto se mantuvo tan silencioso esa mañana, que ella no se
atrevió a hablar del asunto hasta estar en la calle.
—¿Dónde piensas dejar la postal, Otto?
—No hables ahora de eso —responde malhumorado—. Aquí, en
la calle, no.
Luego añade a regañadientes:
—He escogido un edificio de la calle Greifswalder.
—No —replica muy decidida—. No, Otto, no hagas eso. ¡Es un
tremendo error!
—¡Vamos! —suelta furioso porque ella se ha parado—. ¡Ya te
he dicho que aquí, en la calle, no!
El hombre reanuda la marcha y su esposa lo sigue,
insistiendo en su derecho a opinar.
—Tan cerca de nuestra casa no —subraya ella—. Si esa cosa
cae en sus manos, sospecharán al instante en la gente de los alrededores.
Bajemos hasta la plaza Alexander...
Él reflexiona. Quizá, no, seguro que su mujer tiene razón.
Hay que tener en cuenta todo. Sin embargo, ese repentino cambio de planes no le
gusta. Si ahora caminan hasta la plaza Alexander, irán muy justos de tiempo y
tiene que llegar puntual a su trabajo. Tampoco conoce ningún edificio adecuado
en la plaza Alexander. Sin duda habrá muchos, pero primero hay que buscar el
más apropiado, y eso prefiere hacerlo solo antes que con su mujer, que le
molesta.
Entonces, súbitamente, se decide.
—De acuerdo —asiente—. Tienes razón, Anna. Vamos a la
plaza Alexander.
Ella lo mira de soslayo, agradecida. Se siente feliz
porque ha aceptado un consejo suyo al menos una vez. Y como acaba de hacerla
tan feliz, ya no le apetece pedirle que le permita entrar con él en el
edificio. Vale, que vaya solo. Se sentirá algo atemorizada mientras espera su
regreso, pero en realidad ¿por qué? No duda ni un instante de que regresará. Es
tan tranquilo, tan frío, que no lo pillarán desprevenido. Incluso estando en
manos de ellos no se delataría y lucharía por su libertad.
Mientras camina en compañía del hombre silencioso sumida
en estas reflexiones, se adentran en la calle König por Greifswalder. Ella va
tan enfrascada en sus pensamientos que no se ha fijado en cómo los ojos de Otto
Quangel examinan los edificios. De pronto se detiene —aún les queda un buen
trecho hasta la plaza Alexander— y dice:
—Anda, ve a mirar ese escaparate, vuelvo enseguida.
Y cruza la calle hacia un edificio de oficinas grande y
luminoso.
El corazón de Anna empieza a latir con fuerza. Le gustaría
llamarlo para que volviera: «¡No, no, quedamos en que sería en la plaza
Alexander! Permanezcamos juntos hasta entonces». «Por lo menos dime adiós.»
Pero la puerta ya se ha cerrado tras él.
Con un hondo suspiro se vuelve hacia el escaparate. Pero
no ve nada de lo que se expone. Apoya la frente contra el frío cristal, se le
nubla la vista. Su corazón late con tal fuerza que casi le impide respirar,
toda la sangre parece subírsele a la cabeza.
Así que tengo miedo, piensa. ¡Dios mío, jamás debe notar
que tengo miedo! O nunca más me traerá con él. Pero tampoco siento verdadero
temor, sigue pensando. No temo por mí, sino por él. ¡Mira que si no vuelve!
No puede evitar volverse hacia el edificio de oficinas. La
puerta se abre de golpe, entran y salen personas. ¿Por qué no viene Quangel?
Debe de haberse ido hace cinco, no, diez minutos. ¿Por qué corre de ese modo el
hombre que acaba de salir del edificio? ¿Irá a llamar a la policía? ¿Habrán
cogido a Quangel a la primera?
¡Oh, no lo aguanto más! ¿Qué es lo que se propone? ¡Y yo
que pensaba que era una minucia! Todas las semanas una vez, y cuando escriba
dos postales, dos veces por semana en peligro de muerte. ¡Y no querrá que lo
acompañe! Ya lo he notado esta mañana, no le ha gustado nada que vaya con él.
Irá solo, llevará las postales y desde allí se marchará a la fábrica (¡o no
volverá jamás!), y yo estaré en casa esperándolo muerta de miedo. Siento que
ese miedo no cesará jamás, nunca me acostumbraré a él. ¡Ahí viene Otto! ¡Al
fin! No, no es él. ¡Y ése otro tampoco! ¡Voy a buscarlo, que se enfade todo lo
que quiera! Seguro que ha sucedido algo, seguro que se ha ido hace ya un cuarto
de hora, es imposible que le cueste tanto. ¡Voy a buscarlo ahora mismo!
Da tres pasos en dirección al edificio... y se da la
vuelta. Se sitúa ante el escaparate. Clava los ojos en él.
No, no lo seguiré, no iré a buscarlo. No puedo fracasar a
las primeras de cambio. Sólo me imagino que ha sucedido algo; la gente entra y sale
del edificio como de costumbre. Seguro que Otto todavía no lleva un cuarto de
hora ausente. Ahora voy a mirar lo que hay en este escaparate: sostenes,
cinturones...
Mientras tanto, Quangel ha entrado en el edificio. Se ha
decidido tan rápido porque tenía a su mujer a su lado. Le ponía nervioso, a
cada momento podía volver a empezar a hablar de «eso». No quería pasarse mucho
rato buscando en su presencia. Seguro que empezaría otra vez a hablar del
asunto, a proponer ese edificio, a rechazar aquel. ¡No, se acabó! Para eso
prefería entrar en el primero, aunque fuese el peor.
Y lo fue. Era un edificio de oficinas luminoso y moderno,
con muchas empresas, sí, pero también con un portero de uniforme gris. Quangel
pasa a su lado mirándolo con indiferencia. Ha previsto que le pregunten adónde
va, se ha fijado en que el abogado Toll tiene su despacho en el cuarto piso.
Pero el portero no le pregunta nada, está hablando con un caballero. Se limita
a dirigir una mirada fugaz e indiferente al hombre que pasa a su lado. Quangel
se dirige a la izquierda, se dispone a subir por la escalera, cuando oye el
zumbido de un ascensor. Vaya, hombre, no contaba con que un edificio tan
moderno como ése tuviera ascensores, por lo que las escaleras apenas se
utilizaban.
No obstante, Quangel prosigue la ascensión. El
ascensorista pensará: Es un hombre viejo, desconfía de los ascensores. O creerá
que sólo quiere ir al primer piso. O no pensará nada. Sea como fuere, las
escaleras apenas se utilizan. Ya está en la segunda y hasta ahora no se ha
cruzado más que con un botones de oficina, que baja presuroso con un fajo de
cartas en la mano. Ni siquiera se ha fijado en Quangel. Éste podría depositar
en cualquier parte su postal, pero no olvida ni un instante la presencia del ascensor,
a través de cuyos cristales relucientes pueden observarlo en todo momento.
Tiene que subir más arriba, y el ascensor debe estar abajo del todo, entonces
lo hará.
Se detiene junto a una de las altas ventanas situadas
entre dos pisos y echa un vistazo a la calle. Mientras tanto, bien oculto a las
miradas, saca uno de los guantes del bolsillo y se lo pone en la mano derecha.
Vuelve a introducir en el bolsillo la diestra, que se desliza cuidadosa junto a
la postal preparada, con tiento, para no arrugarla. La coge con dos dedos...
Mientras Otto Quangel hace todo esto, se ha percatado de
que Anna no está en su puesto junto al escaparate, sino junto al bordillo de la
acera observando con la cara muy pálida el edificio de oficinas. Su mujer no
alza los ojos hasta donde él está, con toda seguridad fija la vista en las
puertas de la planta baja. Sacude la cabeza disgustado, firmemente decidido a
no llevar jamás a su mujer en semejante trance. Teme por él, claro. Pero ¿por
qué? Debería temer por sí misma, tan equivocado es su comportamiento. ¡Es ella
la que pone a ambos en peligro!
Vuelve a subir escalera arriba. Cuando pasa junto a la
ventana siguiente, echa una ojeada a la calle: Anna mira de nuevo el
escaparate. Bien, muy bien, ha controlado su miedo. Es una mujer valiente. No
le dirá nada. Y de repente, Quangel coge la postal, la coloca con mucho cuidado
sobre el antepecho de la ventana, se quita, ya andando, el guante de la mano y
se lo mete en el bolsillo.
Mientras baja los primeros peldaños lanza la vista atrás.
Allí está a la clara luz del día, desde allí todavía distingue cómo unas letras
grandes y nítidas cubren su primera postal. ¡Todos podrán leerla! ¡Y
entenderla! Quangel sonríe con rabia.
Pero al mismo tiempo oye abrirse una puerta en el piso
superior. El ascensor ha bajado hace un minuto. Si al de ahí arriba, que acaba
de salir de una oficina, le resulta demasiado aburrido esperar el retorno del
ascensor, si baja por la escalera, encontrará la postal. Quangel apenas está un
tramo de escalera más abajo. Si el hombre corre, aún puede pillar a Quangel, a
lo mejor abajo del todo, pero podría alcanzarlo, porque Quangel no puede
correr. Un hombre viejo bajando las escaleras como si fuera un escolar... no,
eso llamaría la atención. Y no debe llamar la atención, nadie debe recordar
haber visto siquiera en ese edificio a un hombre de tal y cual aspecto...
Con todo, desciende con bastante rapidez los peldaños de
piedra, y en medio del ruido que producen sus propios pasos, aguza el oído para
comprobar si el hombre ha utilizado la escalera. En ese caso habrá visto la
postal, es imposible pasarla por alto. Pero Quangel no está seguro. En una
ocasión cree oír pasos. Pero ahora ya no oye nada. Está demasiado abajo para
poder oír algo. El ascensor pasa a su lado, resplandeciente, dirigiéndose hacia
arriba.
Quangel se encamina hacia la salida. Justo en ese momento
viene del patio un gran grupo de personas, trabajadores de alguna fábrica y
Quangel se mezcla con ellos. Esta vez está completamente seguro de que el
portero ni lo ha mirado.
Cruza la calle y se sitúa al lado de Anna.
—¡Hecho! —exclama.
Y al ver el brillo de sus ojos, el temblor de sus labios,
añade:
—No me ha visto nadie. —Y agrega—: Anda, vámonos. Tengo el
tiempo justo para llegar andando a la fábrica.
Se marchan. Pero mientras caminan, dirigen una mirada a
ese edificio de oficinas en el que la primera postal de Quangel acaba de
emprender su camino hacia el mundo. Inclinan la cabeza hacia el inmueble, en
cierto modo como si se despidieran. Es un buen edificio, y por muchos edificios
que visiten en los próximos meses y años con idéntico propósito... nunca se
olvidarán de éste.
A Anna Quangel le gustaría acariciar fugazmente la mano de
su marido, pero no se atreve. Se limita a rozarla como por casualidad y dice
asustada:
—¡Disculpa, Otto!
Él la mira de reojo, asombrado, pero calla.
Siguen andando.


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