© Libro N° 4023. El Morador De Las Tinieblas. El Horror Oculto. El Horror De Red Hook.
Lovecraft, H. P. Colección E.O. Julio 29
de 2017.
Título
original: © El Morador De Las
Tinieblas. El Horror Oculto. El Horror
De Red Hook. H. P. Lovecraft
Versión Original: © El Morador De Las Tinieblas.
El Horror Oculto. El Horror De
Red Hook. H. P. Lovecraft
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
-EL
MORADOR DE LAS TINIEBLAS
-EL
HORROR OCULTO
-EL
HORROR DE RED HOOK
H. P. Lovecraft
CONTENIDO
-EL
MORADOR DE LAS TINIEBLAS
-EL
HORROR OCULTO
-EL
HORROR DE RED HOOK
EL MORADOR DE LAS
TINIEBLAS
(Dedicado a Robert Bloch)
Yo he visto abrirse el
tenebroso universo
Donde giran sin rumbo los
negros planetas,
Donde giran en su horror
ignorado
Sin orden, sin brillo y sin
nombre.
Némesis
Las personas prudentes
dudarán antes de poner en tela de juicio la extendida opinión de que a Robert
Blake lo mató un rayo, o un shock nervioso producido por una descarga
eléctrica. Es cierto que la ventana ante la cual se encontraba permanecía
intacta, pero la naturaleza se ha manifestado a menudo capaz de hazañas aún más
caprichosas. Es muy posible que la expresión de su rostro haya sido ocasionada
por contracciones musculares sin relación alguna con lo que tuviera ante sus
ojos; en cuanto a las anotaciones de su diario, no cabe duda de que son
producto de una imaginación fantástica, excitada por ciertas supersticiones
locales y ciertos descubrimientos llevados a cabo por él. En lo que respecta a
las extrañas circunstancias que concurrían en la abandonada iglesia de Federal
Hill, el investigador sagaz no tardará en atribuirlas al charlatanismo
consciente o inconsciente de Blake, quien estuvo relacionado secretamente con
determinados círculos esotéricos.
Porque después de todo, la
víctima era un escritor y pintor consagrado por entero al campo de la
mitología, de los sueños, del terror y la superstición, ávido en buscar
escenarios y efectos extraños y espectrales. Su primera estancia en Providence
-con objeto de visitar a un viejo extravagante, tan profundamente entregado a
las ciencias ocultas como él[*]- había acabado en muerte y llamas. Sin duda fue
algún instinto morboso lo que le indujo a abandonar nuevamente su casa de
Milwaukee para venir a Providence, o tal vez conocía de antemano las viejas
leyendas, a pesar de negarlo en su diario, en cuyo caso su muerte malogró
probablemente una formidable superchería destinada a preparar un éxito
literario.
No obstante, entre los que
han examinado y contrastado todas las circunstancias del asunto, hay quienes se
adhieren a teorías menos racionales y comunes. Estos se inclinan a dar crédito
a lo constatado en el diario de Blake y señalan la importancia significativa de
ciertos hechos, tales como la indudable autenticidad del documento hallado en
la vieja iglesia, la existencia real de una secta heterodoxa llamada «Sabiduría
de las Estrellas» antes de 1877, la desaparición en 1893 de cierto periodista
demasiado curioso llamado Edwin M. Lillibridge, y -sobre todo- el temor
monstruoso y transfigurador que reflejaba el rostro del joven escritor en el
momento de morir. Fue uno de éstos el que, movido por un extremado fanatismo,
arrojó a la bahía la piedra de ángulos extraños con su estuche metálico de
singulares adornos, hallada en el chapitel de la iglesia, en el negro chapitel
sin ventanas ni aberturas, y no en la torre, como afirma el diario. Aunque
criticado oficial y públicamente, este individuo -hombre intachable, con cierta
afición a las tradiciones raras- dijo que acababa de liberar a la tierra de
algo demasiado peligroso para dejarlo al alcance de cualquiera.
El lector puede escoger por
sí mismo entre estas dos opiniones diversas. Los periódicos han expuesto los
detalles más palpables desde un punto de vista escéptico, dejando que otros
reconstruyan la escena, tal como Robert Blake la vio, o creyó verla, o pretendió
haberla visto. Ahora, después de estudiar su diario detenidamente, sin
apasionamientos ni prisa alguna, nos hallamos en condiciones de resumir la
concatenación de los hechos desde el punto de vista de su actor principal.
El joven Blake volvió a
Providence en el invierno de 1934-35, y alquiló el piso superior de una
venerable residencia situada frente a una plaza cubierta de césped, cerca de
College Street, en lo alto de la gran colina -College Hill- inmediata al campus
de la Brown University, a espaldas de la Biblioteca John Hay. Era un sitio
cómodo y fascinante, con un jardín remansado, lleno de gatos lustrosos que
tomaban el sol pacíficamente. El edificio era de estilo georgiano: tenía
mirador, portal clásico con escalinatas laterales, vidrieras con trazado de
rombos, y todas las demás características de principios del siglo XIX. En el
interior había puertas de seis cuerpos, grandes entarimados, una escalera
colonial de amplia curva, blancas chimeneas del período Aram, y una serie de
habitaciones traseras situadas unos tres peldaños por debajo del resto de la
casa.
El estudio de Blake era una
pieza espaciosa que daba por un lado a la pared delantera del jardín; por el
otro, sus ventanas -ante una de las cuales había instalado su mesa de
escritorio- miraban a occidente, hacia la cresta de la colina. Desde allí se dominaba
una vista espléndida de tejados pintorescos y místicos crepúsculos. En el
lejano horizonte se extendían las violáceas laderas campestres. Contra ellas, a
unos tres o cuatro kilómetros de distancia, se recortaba la joroba espectral de
Federal Hill erizada de tejados y campanarios que se arracimaban en lejanos
perfiles y adoptaban siluetas fantásticas, cuando los envolvía el humo de la
ciudad. Blake tenía la curiosa sensación de asomarse a un mundo desconocido y
etéreo, capaz de desvanecerse como un sueño si intentara ir en su busca para
penetrar en él.
Después de haberse traído de
su casa la mayor parte de sus libros, Blake compró algunos muebles antiguos, en
consonancia con su vivienda, y la arreglo para dedicarse a escribir y pintar.
Vivía solo y se hacía él mismo las sencillas faenas domésticas. Instaló su
estudio en una habitación del ático orientada al norte y muy bien iluminada por
un amplio mirador. Durante el primer invierno que pasó allí, escribió cinco de
sus relatos más conocidos -El Socavador, La Escalera de la Cripta, Shaggai, En
el Valle de Pnath y El Devorador de las Estrellas- y pintó siete telas sobre
temas de monstruos infrahumanos y paisajes extraterrestres profundamente
extraños.
Cuando llegaba el atardecer,
se sentaba a su mesa y contemplaba soñadoramente el panorama de poniente: las
torres sombrías de Memorial Hall que se alzaban al pie de la colina donde
vivía, el torreón del palacio de Justicia, las elevadas agujas del barrio
céntrico de la población, y sobre todo, la distante silueta de Federal Hill,
cuyas cúpulas resplandecientes, puntiagudas buhardillas y calles ignoradas
tanto excitaban su fantasía. Por las pocas personas que conocía en la localidad
se enteró de que en dicha colina había un barrio italiano, aunque la mayoría de
los edificios databan de los viejos tiempos de los yanquis y los irlandeses. De
cuando en cuando paseaba sus prismáticos por aquel mundo espectral,
inalcanzable tras la neblina vaporosa; a veces los detenía en un tejado, o en
una chimenea, o en un campanario, y divagaba sobre los extraños misterios que
podía albergar. A pesar de los prismáticos, Federal Hill le seguía pareciendo
un mundo extraño y fabuloso que encajaba asombrosamente con lo que él describía
en sus cuentos y pintaba en sus cuadros. Esta sensación persistía mucho después
de que el cerro se hubiera difuminado en un atardecer azul salpicado de
lucecitas, y se encendieran los proyectores del palacio de Justicia y los focos
rojos del Trust Industrial dándole efectos grotescos a la noche.
De todos los lejanos
edificios de Federal Hill, el que más fascinaba a Blake era una iglesia sombría
y enorme que se distinguía con especial claridad a determinadas horas del día.
Al atardecer, la gran torre rematada por un afilado chapitel se recortaba tremenda
contra un cielo incendiado. La iglesia estaba construida sin duda sobre alguna
elevación del terreno, ya que su fachada sucia y la vertiente del tejado, así
como sus grandes ventanas ojivales, descollaban por encima de la maraña de
tejados y chimeneas que la rodeaban. Era un edificio melancólico y severo,
construido con sillares de piedra, muy maltratado por el humo y las
inclemencias del tiempo, al parecer. Su estilo, según se podía apreciar con los
prismáticos, correspondía a los primeros intentos de reinstauración del Gótico
y debía datar, por lo tanto, del 1810 ó 1815.
A medida que pasaban los
meses, Blake contemplaba aquel edificio lejano y prohibido con un creciente
interés. Nunca veía iluminados los inmensos ventanales, por lo que dedujo que
el edificio debía de estar abandonado. Cuanto más lo contemplaba, más vueltas
le daba a la imaginación. y más cosas raras se figuraba. Llegó a parecerle que
se cernía sobre él un aura de desolación y que incluso las palomas y las
golondrinas evitaban sus aleros. Con sus prismáticos distinguía grandes
bandadas de pájaros en torno a las demás torres y campanarios, pero allí no se
detenían jamás. Al menos, así lo creyó él y así lo constató en su diario. Más
de una vez preguntó a sus amigos, pero ninguno había estado nunca en Federal
Hill, ni tenían la más remota idea de lo que esa iglesia pudiera ser.
En primavera, Blake se
sintió dominado por un vivo desasosiego. Había comenzado una novela larga
basada en la supuesta supervivencia de unos cultos paganos en Maine, pero
incomprensiblemente, se había atascado y su trabajo no progresaba. Cada vez
pasaba más tiempo sentado ante la ventana de poniente, contemplando el cerro
distante y el negro campanario que los pájaros evitaban. Cuando las delicadas
hojas vistieron los ramajes del jardín, el mundo se colmó de una belleza nueva,
pero las inquietudes de Blake aumentaron más aún. Entonces se le ocurrió por
primera vez, atravesar la ciudad y subir por aquella ladera fabulosa que
conducía al brumoso mundo de ensueños.
A últimos de abril, poco
antes de la fecha sombría de Walpurgis, Blake hizo su primera incursión al
reino desconocido. Después de recorrer un sinfín de calles y avenidas en la
parte baja, y de plazas ruinosas y desiertas que bordeaban el pie del cerro, llegó
finalmente a una calle en cuesta, flanqueada de gastadas escalinatas, de
torcidos porches dóricos y cúpulas de cristales empañados. Aquella calle
parecía conducir hasta un mundo inalcanzable más allá de la neblina. Los
deteriorados letreros con los nombres de las calles no le decían nada. Luego
reparó en los rostros atezados y extraños de los transeúntes, en los anuncios
en idiomas extranjeros que campeaban en las tiendas abiertas al pie de añosos
edificios. En parte alguna pudo encontrar los rincones y detalles que viera con
los prismáticos, de modo que una vez más, imaginó que la Federal Hill que él
contemplaba desde sus ventanas era un mundo de ensueño en el que jamás
entrarían los seres humanos de esta vida.
De cuando en cuando, descubría
la fachada derruida de alguna iglesia o algún desmoronado chapitel, pero nunca
la ennegrecida mole que buscaba. Al preguntarle a un tendero por la gran
iglesia de piedra, el hombre sonrió y negó con la cabeza, a pesar de que
hablaba correctamente inglés. A medida que Blake se internaba en el laberinto
de callejones sombríos y amenazadores, el paraje le resultaba más y más
extraño. Cruzó dos o tres avenidas, y una de las veces le pareció vislumbrar
una torre conocida. De nuevo preguntó a un comerciante por la iglesia de
piedra, y esta vez habría jurado que fingía su ignorancia, porque su rostro
moreno reflejó un temor que trató en vano de ocultar. Al despedirse, Blake le
sorprendió haciendo un signo extraño con la mano derecha.
Poco después vio
súbitamente, a su izquierda una aguja negra que destacaba sobre el cielo
nuboso, por encima de las filas de oscuros tejados. Blake lo reconoció
inmediatamente y se adentró por sórdidas callejuelas que subían desde la
avenida. Dos veces se perdió, pero, por alguna razón, no se atrevió a
preguntarles a los venerables ancianos y obesas matronas que charlaban sentados
en los portales de sus casas, ni a los chiquillos que alborotaban jugando en el
barro de los oscuros callejones.
Por último, descubrió la
torre junto a una inmensa mole de piedra que se alzaba al final de la calle. El
se encontraba en ese momento en una plaza empedrada de forma singular, en cuyo
extremo se alzaba una enorme plataforma rematada por un muro de piedra y
rodeada por una barandilla de hierro. Allí finalizó su búsqueda, porque en el
centro de la plataforma, en aquel pequeño mundo elevado sobre el nivel de las
calles adyacentes, se erguía, rodeada de yerbajos y zarzas, una masa titánica y
lúgubre sobre cuya identidad, aun viéndola de cerca, no podía equivocarse.
La iglesia se encontraba en
un avanzado estado de ruina. Algunos de sus contrafuertes se habían derrumbado
y varios de sus delicados pináculos se veían esparcidos por entre la maleza.
Las denegridas ventanas ojivales estaban intactas en su mayoría, aunque en
muchas faltaba el ajimez de piedra. Lo que más le sorprendió fue que las
vidrieras no estuviesen rotas, habida cuenta de las destructoras costumbres de
la chiquillería. Las sólidas puertas permanecían firmemente cerradas. La verja
que rodeaba la plataforma tenía una cancela -cerrada con candado- a la que se
llegaba desde la plaza por un tramo de escalera, y desde ella hasta el pórtico
se extendía un sendero enteramente cubierto de maleza. La desolación y la ruina
envolvían el lugar como una mortaja; y en los aleros sin pájaros, y en los
muros desnudos de yedra, veía Blake un toque siniestro imposible de definir.
Había muy poca gente en la
plaza. Blake vio en un extremo a un guardia municipal, y se dirigió a él con el
fin de hacerle unas preguntas sobre la iglesia. Para asombro suyo, aquel
irlandés fuerte y sano se limitó a santiguarse y a murmurar entre dientes que
la gente no mentaba jamás aquel edificio. Al insistirle, contestó
atropelladamente que los sacerdotes italianos prevenían a todo el mundo contra
dicho templo, y afirmaban que una maldad monstruosa había habitado allí en
tiempos, y había dejado su huella indeleble. El mismo había oído algunas
oscuras insinuaciones por boca de su padre, quien recordaba ciertos rumores que
circularon en la época de su niñez.
Una secta se había albergado
allí, en aquellos tiempos, que invocaba a unos seres que procedían de los
abismos ignorados de la noche. Fue necesaria la valentía de un buen sacerdote
para exorcizar la iglesia, pero hubo quienes afirmaron después que para ello
habría bastado simplemente la luz. Si el padre O'Malley viviera, podría
aclararnos muchos misterios de este templo. Pero ahora, lo mejor era dejarlo en
paz. A nadie hacía daño, y sus antiguos moradores habían muerto y desaparecido.
Huyeron a la desbandada, como ratas, en el año 77, cuando las autoridades
empezaron a inquietarse por la forma en que desaparecían los vecinos y hablaron
de intervenir. Algún día, a falta de herederos, el Municipio tomaría posesión
del viejo templo, pero más valdría dejarlo en paz y esperar a que se viniera
abajo por sí solo, no fuera que despertasen ciertas cosas que debían descansar
eternamente en los negros abismos de la noche.
Después de marcharse el
guardia, Blake permaneció allí, contemplando la tétrica aguja del campanario.
El hecho de que el edificio resultara tan siniestro para los demás como para él
le llenó de una extraña excitación. ¿Qué habría de verdad en las viejas patrañas
que acababa de contarle el policía? Seguramente no eran más que fábulas
suscitadas por el lúgubre aspecto del templo. Pero aun así, era como si cobrase
vida uno de sus propios relatos.
El sol de la tarde salió de
entre las nubes sin fuerza para iluminar los sucios, los tiznados muros de la
vieja iglesia. Era extraño que el verde jugoso de la primavera no se hubiese
extendido por su patio, que aún conservaba una vegetación seca y agostada.
Blake se dio cuenta de que había ido acercándose y de que observaba el muro y
su verja herrumbrosa con idea de entrar. En efecto, de aquel edificio parecía
desprenderse un influjo terrible al que no había forma de resistir. La cancela
estaba cerrada, pero en la parte norte de la verja faltaban algunos barrotes.
Subió los escalones y avanzó por el estrecho reborde exterior hasta llegar al
boquete. Si era verdad que la gente miraba con tanta aversión el lugar, no
tropezaría con dificultades.
Recorrió el reborde de
piedra. Antes de que nadie hubiera reparado en él, se encontraba ante el
boquete. Entonces miró atrás y vio que las pocas personas de la plaza se
alejaban recelosas y hacían con la mano derecha el mismo signo que el
comerciante de la avenida. Varias ventanas se cerraron de golpe, y una mujer
gorda salió disparada a la calle, recogió a unos cuantos niños que había por
allí y los hizo entrar en un portal desconchado y miserable. El boquete era lo
bastante ancho y Blake no tardó en hallarse en medio de la maleza podrida y
enmarañada del patio desierto. A juzgar por algunas lápidas que asomaban
erosionadas entre las yerbas, debió de servir de cementerio en otro tiempo.
Vista de cerca, la enhiesta mole de la iglesia resultaba opresiva. Sin embargo,
venció su aprensión y probó las tres grandes puertas de la fachada. Estaban
firmemente cerradas las tres, así que comenzó a dar la vuelta del edificio en
busca de alguna abertura más accesible. Ni aun entonces estaba seguro de querer
entrar en aquella madriguera de sombras y desolación, aunque se sentía
arrastrado como por un hechizo insoslayable.
En la parte posterior
encontró un tragaluz abierto y sin rejas que proporcionaba el acceso necesario.
Blake se asomó y vio que correspondía a un sótano lleno de telarañas y polvo,
apenas iluminado por los rayos del sol poniente. Escombros, barriles viejos,
cajones rotos, muebles… de todo había allí; y encima descansaba un sudario de
polvo que suavizaba los ángulos de sus siluetas. Los restos enmohecidos de una
caldera de calefacción mostraban que el edificio había sido utilizado y
mantenido por lo menos hasta finales del siglo pasado.
Obedeciendo a un impulso
casi inconsciente, Blake se introdujo por el tragaluz y se dejó caer sobre la
capa de polvo y los escombros esparcidos en el suelo. Era un sótano abovedado,
inmenso, sin tabiques. A lo lejos, en un rincón, y sumido en una densa oscuridad,
descubrió un arco que evidentemente conducía arriba. Un extraño sentimiento de
ahogo le invadió al saberse dentro de aquel templo espectral, pero lo desechó y
siguió explorando minuciosamente el lugar. Halló un barril intacto aún, en
medio del polvo, y lo rodó hasta colocarlo al pie del tragaluz para cuando
tuviera que salir. Luego, haciendo acopio de valor, cruzó el amplio sótano
plagado de telarañas y se dirigió al arco del otro extremo. Medio sofocado por
el polvo omnipresente y cubierto de suciedad, empezó a subir los gastados
peldaños que se perdían en la negrura. No llevaba luz alguna, por lo que
avanzaba a tientas, con mucha precaución. Después de un recodo repentino, notó
ante sí una puerta cerrada; inmediatamente descubrió su viejo picaporte. Al
abrirlo, vio ante sí un corredor iluminado débilmente, revestido de madera
corroída por la carcoma.
Una vez arriba, Blake
comenzó a inspeccionar rápidamente. Ninguna de las puertas interiores estaba
cerrada con cerrojo, de modo que podía pasar libremente de una estancia a otra.
La nave central era de enormes proporciones y sobrecogía por las montañas de
polvo acumulado sobre los bancos, el altar, el púlpito y el órgano, y las
inmensas colgaduras de telaraña que se desplegaban entre los arcos apuntados
del triforio. Sobre esta muda desolación se derramaba una desagradable luz
plomiza que provenía de las vidrieras ennegrecidas del ábside, sobre las cuales
incidían los rayos del sol agonizante.
Aquellas vidrieras estaban
tan sucias de hollín que a Blake le costó un gran esfuerzo descifrar lo que
representaban. Y lo poco que distinguió no le gustó en absoluto. Los dibujos
eran emblemáticos, y sus conocimientos sobre simbolismos esotéricos le permitieron
interpretar ciertos signos que aparecían en ellos. En cambio había escasez de
santos, y los pocos representados mostraban además expresiones abiertamente
censurables. Una de las vidrieras representaba únicamente, al parecer, un fondo
oscuro sembrado de espirales luminosas. Al alejarse de los ventanales observó
que la cruz que coronaba el altar mayor era nada menos que la antiquísima ankh
o crux ansata del antiguo Egipto.
En una sacristía posterior
contigua al ábside encontró Blake un escritorio deteriorado y unas estanterías
repletas de libros mohosos, casi desintegrados. Aquí sufrió por primera vez un
sobresalto de verdadero horror, ya que los títulos de aquellos libros eran
suficientemente elocuentes para él. Todos ellos trataban de materias atroces y
prohibidas, de las que el mundo no había oído hablar jamás, a no ser a través
de veladas alusiones. Aquellos volúmenes eran terribles recopilaciones de
secretos y fórmulas inmemoriales que el tiempo ha ido sedimentando desde los
albores de la humanidad, y aun desde los oscuros días que precedieron a la
aparición del hombre. El propio Blake había leído algunos de ellos: una versión
latina del execrable Necronomicon, el siniestro Liber Ivonis, el abominable
Cultes des Goules del conde d'Erlette, el Unaussprechlichen Kulten de von
Junzt, el infernal tratado De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn. Había otros
muchos, además; unos los conocía de oídas y otros le eran totalmente desconocidos,
como los Manuscritos Pnakóticos, el Libro de Dzyan, y un tomo escrito en
caracteres completamente incomprensibles, que contenía, sin embargo, ciertos
símbolos y diagramas de claro sentido para todo aquel que estuviera versado en
las ciencias ocultas. No cabía duda de que los rumores del pueblo no mentían.
Este lugar había sido foco de un Mal más antiguo que el hombre y más vasto que
el universo conocido.
Sobre la desvencijada mesa
de escritorio había un cuaderno de piel lleno de anotaciones tomadas a mano en
un curioso lenguaje cifrado. Este lenguaje estaba compuesto de símbolos
tradicionales empleados hoy corrientemente en astronomía, y en alquimia, astrología,
y otras artes equívocas en la antigüedad -símbolos del sol, de la luna, de los
planetas, aspectos de los astros y signos del zodíaco-, y aparecían agrupados
en frases y apartes como nuestros párrafos, lo que daba la impresión de que
cada símbolo correspondía a una letra de nuestro alfabeto.
Con la esperanza de
descifrar más adelante el criptograma, Blake se metió el libro en el bolsillo.
Muchos de aquellos enormes volúmenes que se hacinaban en los estantes le
atraían irresistiblemente. Se sentía tentado a llevárselos. No se explicaba
cómo habían estado allí durante tanto tiempo sin que nadie les echara mano.
¿Acaso era el, el primero en superar aquel miedo que había defendido este lugar
abandonado durante más de sesenta años contra toda intrusión?
Una vez explorada toda la
planta baja, Blake atravesó de nuevo la nave hasta llegar al vestíbulo donde
había visto antes una puerta y una escalera que probablemente conducía a la
torre del campanario, tan familiar para el desde su ventana. La subida fue muy
trabajosa; la capa de polvo era aquí más espesa, y las arañas habían tejido
redes aún más tupidas, en este angosto lugar. Se trataba de una escalera de
caracol con unos escalones de madera altos y estrechos. De cuando en cuando,
Blake pasaba por delante de unas ventanas desde las que se contemplaba un
panorama vertiginoso. Aunque hasta el momento no había visto ninguna cuerda,
pensó que sin duda habría campanas en lo alto de aquella torre cuyas
puntiagudas ventanas superiores, protegidas por densas celosías, había
examinado tan a menudo con sus prismáticos. Pero le esperaba una decepción: la
escalera desembocaba en una cámara desprovista de campanas y dedicada, según
todas las trazas, a fines totalmente diversos.
La estancia era espaciosa y
estaba iluminada por una luz apagada que provenía de cuatro ventanas ojivales,
una en cada pared, protegidas por fuera con unas celosías muy estropeadas.
Después se ve que las reforzaron con sólidas pantallas, que sin embargo,
presentaban ahora un estado lamentable. En el centro del recinto, cubierta de
polvo, se alzaba una columna de metro y medio de altura y como medio metro de
grosor. Este pilar estaba cubierto de extraños jeroglíficos toscamente
tallados, y en su cara superior, como en un altar, había una caja metálica de
forma asimétrica con la tapa abierta. En su interior, cubierto de polvo, había
un objeto ovoide de unos diez centímetros de largo. Formando círculo alrededor
del pilar central, había siete sitiales góticos de alto respaldo, todavía en
buen estado, y tras ellos, siete imágenes colosales de escayola pintada de
negro, casi enteramente destrozadas. Estas imágenes tenían un singular parecido
con los misteriosos megalitos de la Isla de Pascua. En un rincón de la cámara
había una escala de hierro adosada en el muro que subía hasta el techo, donde
se veía una trampa cerrada que daba acceso al chapitel desprovisto de ventanas.
Una vez acostumbrado a la
escasa luz del interior, Blake se dio cuenta de que aquella caja de metal
amarillento estaba cubierta de extraños bajorrelieves. Se acercó, le quitó el
polvo con las manos y el pañuelo, y descubrió que las figurillas representaban
unas criaturas monstruosas que parecían no tener relación alguna con las formas
de vida conocidas en nuestro planeta. El objeto ovoide de su interior resultó
ser un poliedro casi negro surcado de estrías rojas que presentaba numerosas
caras, todas ellas irregulares. Quizá se tratase de un cuerpo de cristalización
desconocida o tal vez de algún raro mineral, tallado y pulido artificialmente.
No tocaba el fondo de la caja, sino que estaba sostenido por una especie de aro
metálico fijo mediante siete soportes horizontales -curiosamente diseñados- a
los ángulos interiores del estuche, cerca de su abertura. Esta piedra, una vez
limpia, ejerció sobre Blake un hechizo alarmante. No podía apartar los ojos de
ella, y al contemplar sus caras resplandecientes, casi parecía que era
translúcida, y que en su interior tomaban cuerpo unos mundos prodigiosos. En su
mente flotaban imágenes de paisajes exóticos y grandes torres de piedra, y
titánicas montañas sin vestigio de vida alguna, y espacios aún más remotos,
donde sólo una agitación entre tinieblas indistintas delataba la presencia de
una conciencia y una voluntad.
Al desviar la mirada reparó
en un sorprendente montón de polvo que había en un rincón, al pie de la escala
de hierro. No sabía bien por qué le resultaba sorprendente, pero el caso es que
sus contornos le sugerían algo que no lograba determinar. Se dirigió a él
apartando a manotadas las telarañas que obstaculizaban su paso, y en efecto, lo
que allí había le causó una honda impresión. Una vez más echó mano del pañuelo,
y no tardó en poner al descubierto la verdad; Blake abrió la boca sobrecogido
por la emoción. Era un esqueleto humano, y debía de estar allí desde hacía
muchísimo tiempo. Las ropas estaban deshechas; a juzgar por algunos botones y
trozos de tela, se trataba de un traje gris de caballero. También había otros
indicios: zapatos, broches de metal, gemelos de camisa, un alfiler de corbata,
una insignia de periodista con el nombre del extinguido Providence Telegram, y
una cartera de piel muy estropeada. Blake examinó la cartera con atención. En
ella encontró varios billetes antiguos, un pequeño calendario de anuncio
correspondiente al año 1893, algunas tarjetas a nombre de Edwin M. Lillibridge,
y una cuartilla llena de anotaciones.
Esta cuartilla era sumamente
enigmática. Blake la leyó con atención acercándose a la ventana para aprovechar
los últimos rayos de sol. Decía así:
El Prof. Enoch Bowen regresa
de Egipto, mayo l844. Compra vieja iglesia Federal Hill en julio. Muy conocido
por sus trabajos arqueológicos y estudios esotéricos.
El Dr. Drowe, anabaptista,
exhorta contra la «Sabiduría de las Estrellas» en el sermón del 29 de diciembre
de 1844.
97 fieles a finales de 1845.
1846: 3 desapariciones;.
primera mención del Trapezoedro Resplandeciente.
7 desapariciones en 1848.
Comienzo de rumores sobre sacrificios de sangre.
La investigación de 1853 no
conduce a nada; sólo ruidos sospechosos.
El padre O'Malley habla del
culto al demonio mediante caja hallada en las ruinas egipcias. Afirma invocan
algo que no puede soportar la luz. Rehuye la luz suave y desaparece ante una
luz fuerte. En este caso tiene que ser invocado otra vez. Probablemente lo sabe
por la confesión de Francis X. Feeney en su lecho de muerte, que ingresó en la
«Sabiduría de las Estrellas» en 1849. Esta gente afirma que el Trapezoedro
Resplandeciente les muestra el cielo y los demás mundos, y que el Morador de
las Tinieblas les revela ciertos secretos.
Relato de Orrin B. Eddy;
1857: Invocan mirando al cristal y tienen un lenguaje secreto particular.
Reun. de 200 ó más en 1863;
sin contar a los que han marchado al frente.
Muchachos irlandeses atacan
la iglesia en 1869, después de la desaparición de Patrick Regan.
Artículo velado en J. el 14
de marzo de. 1872; pero pasa inadvertido.
6 desapariciones en 1876: la
junta secreta recurre al Mayor Doyle.
Febrero 1877: se toman
medidas; y se cierra la iglesia en abril.
En mayo; una banda de
muchachos de Federal Hill amenaza al Dr… y demás miembros.
181 personas huyen de la
ciudad antes de finalizar el año 77. No se citan nombres.
Cuentos de fantasmas
comienzan alrededor de 1880. Indagar si es verdad que ningún ser humano ha
penetrado en la iglesia desde 1877
Pedir a Lanigan fotografía
de iglesia tomada en 1851.
Guardó el papel en la
cartera y se la metió en el bolsillo interior de su chaqueta. Luego se inclinó
a examinar el esqueleto que yacía en el polvo. El significado de aquellas
anotaciones estaba claro. No cabía duda de que este hombre había venido al edificio
abandonado, cincuenta años atrás, en busca de una noticia sensacional, cosa que
nadie se había atrevido a intentar. Quizá no había dado a conocer a nadie sus
propósitos. ¡Quién sabe! De todos modos, lo cierto es que no volvió más a su
periódico. ¿Se había visto sorprendido por un terror insuperable y repentino
que le ocasionó un fallo del corazón? Blake se agachó y observó el peculiar
estado de los huesos. Unos estaban esparcidos en desorden, otros parecían como
desintegrados en sus extremos, y otros habían adquirido el extraño matiz
amarillento de hueso calcinado o quemado. Algunos jirones de ropa estaban
chamuscados también. El cráneo se encontraba en un estado verdaderamente
singular: manchado del mismo color amarillento y con una abertura de bordes carbonizados
en su parte superior, como si un ácido poderoso hubiera corroído el espesor del
hueso. A Blake no se le ocurrió qué podía haberle pasado al esqueleto aquel
durante sus cuarenta años de reposo entre polvo y silencio.
Antes de darse cuenta de lo
que hacía, se puso a mirar la piedra otra vez, permitiendo que su influjo
suscitase imágenes confusas en su mente. Vio cortejos de evanescentes figuras
encapuchadas, cuyas siluetas no eran humanas, y contempló inmensos desiertos en
los que se alineaban unas filas interminables de monolitos que parecían llegar
hasta el cielo. Y vio torres y murallas en las tenebrosas regiones submarinas,
y vórtices del espacio en donde flotaban jirones de bruma negra sobre un fondo
de purpúrea y helada neblina. Y a una distancia incalculable, detrás de todo,
percibió un abismo infinito de tinieblas en cuyo seno se adivinaba, por sus
etéreas agitaciones, unas presencias inmensas, tal vez consistentes o
semisólidas. Una urdimbre de fuerzas oscuras parecía imponer un orden en aquel
caos, ofreciendo a un tiempo la clave de todas las paradojas y arcanos de los
mundos que conocemos.
Luego, de pronto, su hechizo
se resolvió en un acceso de terror pánico. Blake sintió que se ahogaba y se
apartó de la piedra, consciente de una presencia extraña y sin forma que le
vigilaba intensamente. Se sentía acechado por algo que no fluía de la piedra,
pero que le había mirado a través de ella; algo que le seguiría y le espiaría
incesantemente, pese a carecer de un sentido físico de la vista. Pero pensó
que, sencillamente, el lugar le estaba poniendo nervioso, lo cual no era de
extrañar teniendo en cuenta su macabro descubrimiento. La luz se estaba yendo
además, y puesto que no había traído linterna, decidió marcharse en seguida.
Fue entonces, en la agonía
del crepúsculo, cuando creyó distinguir una vaga luminosidad en la
desconcertante piedra de extraños ángulos. Intentó apartar la mirada, pero era
como si una fuerza oculta le obligara a clavar los ojos en ella. ¿Sería
fosforescente o radiactiva? ¿No aludían las anotaciones del periodista a cierto
Trapezoedro Resplandeciente? ¿Qué cósmica malignidad había tenido lugar en este
templo? ¿Y qué podía acechar aún en estas ruinas sombrías que los pájaros
evitaban? En aquel mismo instante notó que muy cerca de él acababa de
desprenderse una ligera tufarada de fétido olor, aunque no logró determinar de
dónde procedía. Blake cogió la tapa de la caja y la cerró de golpe sobre la
piedra que en ese momento relucía de manera inequívoca.
A continuación le pareció
notar un movimiento blando como de algo que se agitaba en la eterna negrura del
chapitel, al que daba acceso la trampa del techo. Ratas seguramente, porque
hasta ahora habían sido las únicas criaturas que se habían atrevido a manifestar
su presencia en este edificio condenado. Y no obstante, aquella agitación de
arriba le sobrecogió hasta tal extremo que se arrojó precipitadamente escaleras
abajo, cruzó la horrible nave, el sótano, la plaza oscura y desierta, y
atravesó los inquietantes callejones de Federal Hill hasta desembocar en las
tranquilas calles del centro que conducían al barrio universitario donde
habitaba.
Durante los días siguientes,
Blake no contó a nadie su expedición y se dedicó a leer detenidamente ciertos
libros, a revisar periódicos atrasados en la hemeroteca local, y a intentar
traducir el criptograma que había encontrado en la sacristía. No tardó en darse
cuenta de que la clave no era sencilla ni mucho menos. La lengua que ocultaban
aquellos signos no era inglés, latín, griego, francés, español ni alemán. No
tendría más remedio que echar mano de todos sus conocimientos sobre las
ciencias ocultas.
Por las tardes, como
siempre, sentía la necesidad de sentarse a contemplar el paisaje de poniente y
la negra aguja que sobresalía entre las erizadas techumbres de aquel mundo
distante y casi fabuloso. Pero ahora se añadía una nota de horror. Blake sabía ya
que allí se ocultaban secretos prohibidos. Además, la vista empezaba a jugarle
malas pasadas. Los pájaros de la primavera habían regresado, y al contemplar
sus vuelos en el atardecer, le pareció que evitaban más que antes la aguja
negra y afilada. Cuando una bandada de aves se acercaba a ella, le parecía que
daba la vuelta y cada una se escabullía despavorida, en completa confusión… y
aun adivinaba los gorjeos aterrados que no podía percibir en la distancia.
Fue en el mes de julio
cuando Blake, según declara él mismo en su diario, logró descifrar el
criptograma. El texto estaba en aklo*, oscuro lenguaje empleado en ciertos
cultos diabólicos de la antigüedad, y que él conocía muy someramente por sus
estudios anteriores. Sobre el contenido de ese texto, el propio Blake se
muestra muy reservado, aunque es evidente que le debió causar un horror sin
límites. El diario alude a cierto Morador de las Tinieblas, que despierta
cuando alguien contempla fijamente el Trapezoedro Resplandeciente, y aventura
una serie de hipótesis descabelladas sobre los negros abismos del caos de donde
procede aquél. Cuando se refiere a este ser, presupone que es omnisciente y que
exige sacrificios monstruosos. Algunas anotaciones de Blake revelan un miedo
atroz a que esa criatura, invocada acaso por haber mirado la piedra sin
saberlo, irrumpa en nuestro mundo. Sin embargo, añade que la simple iluminación
de las calles constituye una barrera infranqueable para él.
En cambio se refiere con
frecuencia al Trapezoedro Resplandeciente, al que califica de ventana abierta
al tiempo y al espacio, y esboza su historia en líneas generales desde los días
en que fue tallado en el enigmático Yuggoth, muchísimo antes de que los
Primordiales lo trajeran a la tierra. Al parecer, fue colocado en aquella
extraña caja por los seres crinoideos de la Antártida, quienes lo custodiaron
celosamente; fue salvado de las ruinas de este imperio por los
hombres-serpientes de Valusia, y millones de años más tarde, fue descubierto
por los primeros seres humanos. A partir de entonces atravesó tierras exóticas
y extraños mares, y se hundió con la Atlántida, antes de que un pescador de
Minos lo atrapara en su red y lo vendiera a los cobrizos mercaderes del
tenebroso país de Khem. El faraón Nefrén-Ka edificó un templo con una cripta
sin ventanas donde alojar la piedra, y cometió tales horrores que su nombre ha
sido borrado de todas las crónicas y monumentos. Luego la joya descansó entre
las ruinas de aquel templo maligno, que fue destruido por los sacerdotes y el
nuevo faraón. Más tarde, la azada del excavador lo devolvió al mundo para
maldición del género humano.
A primeros de julio los
periódicos locales publicaron ciertas noticias que, según escribe Blake,
justificaban plenamente sus temores. Sin embargo, aparecieron de una manera tan
breve y casual, que sólo él debió de captar su significado. En sí, parecían bastante
triviales: por Federal Hill se había extendido una nueva ola de temor con
motivo de haber penetrado un desconocido en la iglesia maldita. Los italianos
afirmaban que en la aguja sin ventanas se oían ruidos extraños, golpes y
movimientos sordos, y habían acudido a sus sacerdotes para que ahuyentasen a
ese ser monstruoso que convertía sus sueños en pesadillas insoportables.
Asimismo, hablaban de una puerta, tras la cual había algo que acechaba
constantemente en espera de que la oscuridad se hiciese lo bastante densa para
permitirle salir al exterior. Los periodistas se limitaban a comentar la tenaz
persistencia de las supersticiones locales, pero no pasaban de ahí. Era
evidente que los jóvenes periodistas de nuestros días no sentían el menor
entusiasmo por los antecedentes históricos del asunto. Al referir todas estas
cosas en su diario, Blake expresa un curioso remordimiento y habla del
imperioso deber de enterrar el Trapezoedro Resplandeciente y de ahuyentar al
ser demoníaco que había sido invocado, permitiendo que la luz del día penetrase
en el enhiesto chapitel. Al mismo tiempo, no obstante, pone de relieve la
magnitud de su fascinación al confesar que aun en sueños sentía un morboso
deseo de visitar la torre maldita para asomarse nuevamente a los secretos
cósmicos de la piedra luminosa.
En la mañana del 17 de
julio, el Journal publicó un artículo que le provocó a Blake una verdadera
crisis de horror. Se trataba simplemente de una de las muchas reseñas de los
sucesos de Federal Hill. Como todas, estaba escrita en un tono bastante jocoso,
aunque Blake no le encontró la gracia. Por la noche se había desencadenado una
tormenta que había dejado a la ciudad sin luz durante más de una hora. En el
tiempo que duró el apagón, los italianos casi enloquecieron de terror. Los
vecinos de la iglesia maldita juraban que la bestia de la aguja se había
aprovechado de la ausencia de luz en las calles y había bajado a la nave de la
iglesia, donde se habían oído unos torpes aleteos, como de un cuerpo inmenso y
viscoso. Poco antes de volver la luz, había ascendido de nuevo a la torre,
donde se oyeron ruidos de cristales rotos. Podía moverse hasta donde alcanzaban
las tinieblas, pero la luz la obligaba invariablemente a retirarse.
Cuando volvieron a
iluminarse todas las calles, hubo una espantosa conmoción en la torre, ya que
el menor resplandor que se filtrara por las ennegrecidas ventanas y las rotas
celosías era excesivo para la bestia aquella que había huido a su refugio tenebroso.
Efectivamente, una larga exposición a la luz la habría devuelto a los abismos
de donde el desconocido visitante la había hecho salir. Durante la hora que
duró el apagón las multitudes se apiñaron alrededor de la iglesia a orar bajo
la lluvia, con cirios y lámparas encendidas que protegían con paraguas y
papeles formando una barrera de luz que protegiera a la ciudad de la pesadilla
que acechaba en las tinieblas. Los que se encontraban más cerca de la iglesia
declararon que hubo un momento en que oyeron crujir la puerta exterior.
Y lo peor no era esto.
Aquella noche leyó Blake en el Bulletin lo que los periodistas habían
descubierto. Percatados al fin del gran valor periodístico del suceso, un par
de ellos habían decidido desafiar a la muchedumbre de italianos enloquecidos y
se habían introducido en el templo por el tragaluz, después de haber intentado
inútilmente abrir las puertas. En el polvo del vestíbulo y la nave espectral
observaron señales muy extrañas. El suelo estaba cubierto de viejos cojines
desechos y fundas de bancos, todo esparcido en desorden. Reinaba un olor
desagradable, y de cuando en cuando encontraron manchas amarillentas parecidas
a quemaduras y restos de objetos carbonizados. Abrieron la puerta de la torre y
se detuvieron un momento a escuchar, porque les parecía haber oído como si
arañaran arriba. Al subir, observaron que la escalera estaba como aventada y
barrida.
La cámara de la torre estaba
igual que la escalera. En su reseña, los periodistas hablaban de la columna
heptagonal, los sitiales góticos y las extrañas figuras de yeso. En cambio,
cosa extraordinaria, no citaban para nada la caja metálica ni el esqueleto
mutilado. Lo que más inquietó a Blake -aparte las alusiones a las manchas,
chamuscaduras y malos olores- fue el detalle final que explicaba la rotura de
los cristales. Eran los de las estrechas ventanas ojivales. En dos de ellas
habían saltando en pedazos al ser taponadas precipitadamente a base de remeter
fundas de bancos y crin de relleno de los cojines en las rendijas de las
celosías. Había trozos de raso y montones de crin esparcidos por el suelo
barrido, como si alguien hubiera interrumpido súbitamente su tarea de
restablecer en la torre la absoluta oscuridad de que gozó en otro tiempo.
Las mismas quemaduras y
manchas amarillentas se encontraban en la escalera de hierro que subía al
chapitel de la torre. Por allí trepó uno de los periodistas, abrió la trampa
deslizándola horizontalmente, pero al alumbrar con su linterna el fétido y
negro recinto no descubrió más que una masa informe de detritus cerca de la
abertura. Todo se reducía, pues, a puro charlatanismo. Alguien había gastado
una broma a los supersticiosos habitantes del barrio. También pudo ser que
algún fanático hubiera intentado tapar todo aquello en beneficio del vecindario,
o que algunos estudiantes hubieran montado esta farsa para atraer la atención
de los periodistas. La aventura tuvo un epílogo muy divertido, cuando el
comisario de policía quiso enviar a un agente para comprobar las declaraciones
de los periódicos. Tres hombres, uno tras otro, encontraron la manera de
soslayar la misión que se les quería encomendar; el cuarto fue de muy mala
gana, y volvió casi inmediatamente sin cosa alguna que añadir al informe de los
dos periodistas.
De aquí en adelante, el
diario de Blake revela un creciente temor y aprensión. Continuamente se
reprocha a sí mismo su pasividad y se hace mil reflexiones fantásticas sobre
las consecuencias que podría acarrear otro corte de luz. Se ha comprobado que
en tres ocasiones -durante las tormentas- telefoneó a la compañía eléctrica con
los nervios desechos y suplicó desesperadamente que tomaran todas las
precauciones posibles para evitar un nuevo corte. De cuando en cuando, sus
anotaciones hacen referencia al hecho de no haber hallado los periodistas la
caja de metal ni el esqueleto mutilado, cuando registraron la cámara de la
torre. Vagamente presentía quién o qué había intervenido en su desaparición.
Pero lo que más le horrorizaba era cierta especie de diabólica relación
psíquica que parecía haberse establecido entre él y aquel horror que se agitaba
en la aguja distante, aquella bestia monstruosa de la noche que su temeridad
había hecho surgir de los tenebrosos abismos del caos. Sentía él como una
fuerza que absorbía constantemente su voluntad, y los que le visitaron en esa
época recuerdan cómo se pasaba el tiempo sentado ante la ventana, contemplando
absorto la silueta de la colina que se elevaba a lo lejos por encima del humo
de la ciudad. En su diario refiere continuamente las pesadillas que sufría por
esas fechas y señala que el influjo de aquel extraño ser de la torre le
aumentaba notablemente durante el sueño. Cuenta que una noche se despertó en la
calle, completamente vestido, y caminando automáticamente hacia Federal Hill.
Insiste una y otra vez en que la criatura aquella sabía dónde encontrarle.
En la semana que siguió al
30 de julio, Blake sufrió su primera crisis depresiva. Pasó varios días sin
salir de casa ni vestirse, encargando la comida por teléfono. Sus amistades
observaron que tenía varias cuerdas junto a la cama, y él explicó que padecía
de sonambulismo y que se había visto forzado a atarse los tobillos durante la
noche.
En su diario refiere la
terrible experiencia que le provocó la crisis. La noche del 30 de julio,
después de acostarse, se encontró de pronto caminando a tientas por un sitio
casi completamente oscuro. Sólo distinguía en las tinieblas unas rayas
horizontales y tenues de luz azulada. Notaba.también una insoportable fetidez y
oía, por encima de él, unos ruidos blandos y furtivos. En cuanto se movía
tropezaba con algo, y cada vez que hacía ruido, le respondía arriba un rebullir
confuso al que se mezclaba como un roce cauteloso de una madera sobre otra.
Llegó un momento en que sus
manos tropezaron con una columna de piedra, sobre la que no había nada. Un
instante. después, se agarraba a los barrotes de una escala de hierro y
comenzaba a ascender hacia un punto donde el hedor se hacía aún más intenso. De
pronto sintió un soplo de aire caliente y reseco. Ante sus ojos desfilaron
imágenes caleidoscópicas y fantasmales que se diluían en el cuadro de un vasto
abismo de insondable negrura, en donde giraban astros y mundos aún más
tenebrosos. Pensó en las antiguas leyendas sobre el Caos Esencial, en cuyo
centro habita un dios ciego e idiota -Azathoth, Señor de Todas las Cosas-
circundado por una horda de danzarines amorfos y estúpidos, arrullado por el
silbo monótono de una flauta manejada por dedos demoníacos.
Entonces, un vivo estímulo
del mundo exterior le despertó del estupor que lo embargaba y le reveló su
espantosa situación. Jamás llegó a saber qué había sido. Tal vez el estampido
de los fuegos artificiales que durante todo el verano disparaban los vecinos de
Federal Hill en honor de los santos patronos de sus pueblecitos natales de
Italia. Sea como fuere, dejó escapar un grito, se soltó de la escala loco de
pavor, yendo a parar a una estancia sumida en la más negra oscuridad.
En el acto se dio cuenta de
dónde estaba. Se arrojó por la angosta escalera de caracol, chocando y
tropezando a cada paso. Fue como una pesadilla: huyó a través de la nave
invadida de inmensas telarañas, flanqueada de altísimos arcos que se perdían en
las sombras del techo. Atravesó a ciegas el sótano, trepó por el tragaluz,
salió al exterior y echó a correr atropelladamente por las calles silenciosas,
entre las negras torres y las casas dormidas, hasta el portal de su propio
domicilio.
Al recobrar el conocimiento,
a la mañana siguiente, se vio caído en el suelo de su cuarto de estudio,
completamente vestido. Estaba cubierto de suciedad y telarañas, y le dolía su
cuerpo tremendamente magullado. Al mirarse en el espejo, observó que tenía el
pelo chamuscado. Y notó además que su ropa exterior estaba impregnada de un
olor desagradable. Entonces le sobrevino un ataque de nervios. Después, vencido
por el agotamiento, se encerró en casa, envuelto en una bata, y se limitó a
mirar por la ventana de poniente. Así pasó varios días, temblando siempre que
amenazaba tormenta y haciendo anotaciones horribles en su diario.
La gran tempestad se
desencadeno el 18 de agosto, poco antes de media noche. Cayeron numerosos rayos
en toda la ciudad, dos de ellos excepcionalmente aparatosos. La lluvia era
torrencial, y la continua sucesión de truenos impidió dormir a casi todos los habitantes.
Blake, completamente loco de terror ante la posibilidad de que hubiera
restricciones, trató de telefonear a la compañía a eso de la una, pero la línea
estaba cortada temporalmente como medida de seguridad. Todo lo iba apuntando en
su diario. Su caligrafía grande, nerviosa y a menudo indescifrable, refleja en
esos pasajes el frenesí y la desesperación que le iban dominando de manera
incontenible.
Tenía que mantener la casa a
oscuras para poder ver por la ventana, y parece que debió pasar la mayor parte
del tiempo sentado a su mesa, escudriñando ansiosamente -a través de la lluvia
y por encima de los relucientes tejados del centro- la lejana constelación de
luces de Federal Hill. De cuando en cuando garabateaba torpemente algunas
frases: «No deben apagarse las luces», «sabe dónde estoy», «debo destruirlo»,
«me está llamando, pero esta vez no me hará daño»… Hay dos páginas de su diario
que llenó con frases de esta naturaleza.
Por último, a las 2,12
exactamente, según los registros de la compañía de fluido eléctrico, las luces
se apagaron en toda la ciudad. El diario de Blake no constata la hora en que
esto sucedió. Sólo figura esta anotación: «Las luces se han apagado. Dios tenga
piedad de mí.» En Federal Hill había también muchas personas tan expectantes y
angustiadas como él; en la plaza y los callejones vecinos al templo maligno se
fueron congregando numerosos grupos de hombres, empapados por la lluvia,
portadores de velas encendidas bajo sus paraguas, linternas, lámparas de
petróleo, crucifijos, y toda clase de amuletos habituales en el sur de Italia.
Bendecían cada relámpago y hacían enigmáticos signos de temor con la mano
derecha cada vez que el aparato eléctrico de la tormenta parecía disminuir.
Finalmente cesaron los relámpagos y se levantó un fuerte viento que les apagó
la mayoría de las velas, dé forma que las calles quedaron amenazadoramente a
oscuras. Alguien avisó al padre Meruzzo de la iglesia del Espíritu Santo, el cual
se presentó inmediatamente en la plaza y pronunció las palabras de aliento que
le vinieron a la cabeza. Era imposible seguir dudando de que en la torre se
oían ruidos extraños.
Sobre lo que aconteció a las
2,35 tenemos numerosos testimonios: el del propio sacerdote, que es joven,
inteligente y culto; el del policía de servicio, William J. Monohan, de la
Comisaría Central, hombre de toda confianza, que se había detenido durante su
ronda para vigilar a la multitud, y el de la mayoría de los setenta y ocho
italianos que se habían reunido cerca del muro que ciñe la plataforma donde se
levanta la iglesia -muy especialmente, el de aquellos que estaban frente a la
fachada oriental-. Desde luego, lo que sucedió puede explicarse por causas
naturales. Nunca se sabe con certeza qué procesos químicos pueden producirse en
un edificio enorme, antiguo, mal aireado y abandonado tanto tiempo:
exhalaciones pestilentes, combustiones espontáneas, explosión de los gases
desprendidos por la putrefacción… cualquiera de estas causas puede explicar el
hecho. Tampoco cabe excluir un elemento mayor o menor de charlatanismo
consciente. En sí, el fenómeno no tuvo nada de extraordinario. Apenas duró más
de tres minutos. El padre Meruzzo, siempre minucioso y detallista, consultó su
reloj varias veces.
Empezó con un marcado
aumento del torpe rebullir que se oía en el interior de la torre. Ya habían
notado que de la iglesia emanaba un olor desagradable, pero entonces se hizo
más denso y penetrante. Por último, se oyó un estampido de maderas astilladas y
un objeto grande y pesado fue a estrellarse en el patio de la iglesia, al pie
de su fachada oriental. No se veía la torre en la oscuridad, pero la gente se
dio cuenta de que lo que había caído era la celosía de la ventana oriental de
la torre.
Inmediatamente después, de
las invisibles alturas descendió un hedor tan insoportable, que muchas de las
personas que rodeaban la iglesia se sintieron mal y algunas estuvieron a punto
de marearse. A la vez, el aire se estremeció como en un batir de alas inmensas,
y se levantó un viento fuerte y repentino con más violencia que antes,
arrancando los sombreros y paraguas chorreantes de la multitud. Nada concreto
llegó a distinguirse en las tinieblas, aunque algunos creyeron ver desparramada
por el cielo una enorme sombra aún más negra que la noche, una nube informe de
humo que desapareció hacia el Este a una velocidad de meteoro.
Eso fue todo. Los
espectadores, medio paralizados de horror y malestar, no sabían qué hacer, ni
si había que hacer algo en realidad. Ignorantes de lo sucedido, no abandonaron
su vigilancia: y un momento después elevaban una jaculatoria en acción de gracias
por el fogonazo de un relámpago tardío que, seguido de un estampido
ensordecedor, desgarró la bóveda del cielo. Media hora más tarde escampó, y al
cabo de quince minutos se encendieron de nuevo las luces de la calle. Los
hombres se retiraron a sus casas cansados y sucios, pero considerablemente
aliviados.
Los periódicos del día
siguiente, al informar sobre la tormenta, concedieron escasa importancia a
estos incidentes. Parece ser que el último relámpago y la explosión
ensordecedora que le siguió habían sido aún más tremendos por el Este que en
Federal Hill. El fenómeno se manifestó con mayor intensidad en el barrio
universitario, donde también notaron una tufarada de insoportable fetidez. El
estallido del trueno despertó al vecindario, lo que dio lugar a que más tarde
se expresaran las opiniones más diversas. Las pocas personas que estaban
despiertas a esas horas vieron una llamarada irregular en la cumbre de College
Hill y notaron la inexplicable manga de viento que casi dejó los árboles
despojados de hojas y marchitas las plantas de los jardines. Estas personas
opinaban que aquel último rayo imprevisto había caído en algún lugar del
barrio, aunque no pudieron hallar después sus efectos. A un joven del colegio
mayor Tau Omega le pareció ver en el aire una masa de humo grotesca y
espantosa, justamente cuando estalló el fogonazo; pero su observación no ha
sido comprobada. Los escasos testigos coinciden, no obstante, en que la
violenta ráfaga de viento procedía del Oeste. Por otra parte, todos notaron el
insoportable hedor que se extendió justo antes del trueno rezagado. Igualmente
estaban de acuerdo sobre cierto olor a quemado que se percibía después en el
aire.
Todos estos detalles se
tomaron en cuenta por su posible relación con la muerte de Robert Blake. Los
estudiantes de la residencia Psi Delta, cuyas ventanas traseras daban enfrente
del estudio de Blake, observaron, en la mañana del día nueve, su rostro asomado
a la ventana occidental, intensamente pálido y con una expresión muy rara.
Cuando por la tarde volvieron a ver aquel rostro en la misma posición,
empezaron a preocuparse y esperaron a ver si se encendían las luces de su
apartamento. Más tarde, como el piso permaneciese a oscuras, llamaron al timbre
y, finalmente, avisaron a la policía para que forzara la puerta.
El cuerpo estaba sentado muy
tieso ante la mesa de su escritorio, junto a la ventana. Cuando vieron sus ojos
vidriosos y desorbitados y la expresión de loco terror del semblante, los
policías apartaron la vista horrorizados. Poco después el médico forense
exploró el cadáver y, a pesar de estar intacta la ventana, declaró que había
muerto a consecuencia de una descarga eléctrica o por el choque nervioso
provocado por dicha descarga. Apenas prestó atención a la horrible expresión;
se limitó a decir que sin duda se debía al profundo shock que experimentó una
persona tan imaginativa y desequilibrada como era la víctima. Dedujo todo esto
por los libros, pinturas y manuscritos que hallaron en el apartamento, y por
las anotaciones garabateadas a ciegas en su diario. Blake había seguido
escribiendo frenéticamente hasta el final. Su mano derecha aún empuñaba
rígidamente el lápiz, cuya punta se había debido romper en una última
contracción espasmódica.
Las anotaciones efectuadas
después del apagón apenas resultaban legibles. Ciertos investigadores han
sacado, sin embargo, conclusiones que difieren radicalmente del veredicto
oficial, pero no es probable que el público dé crédito a tales especulaciones. La
hipótesis de estos teóricos no se ha visto favorecida precisamente por la
intervención del supersticioso doctor Dexter, que arrojó al canal más profundo
de la Bahía de Narragansett la extraña caja y la piedra resplandeciente que
encontraron en el oscuro recinto del chapitel. La excesiva imaginación y el
desequilibrio nervioso de Blake agravados por su descubrimiento de un culto
satánico ya desaparecido, son sin duda las causas del delirio que turbó sus
últimos momentos. He aquí sus anotaciones postreras, o al menos, lo que de
ellas se ha podido descifrar:
La luz todavía no ha vuelto.
Deben de haber pasado cinco minutos. Todo depende de los relámpagos. ¡Ojalá
Yaddith haga que continúen! A pesar de ellos, noto el influjo maligno. La
lluvia y los truenos son ensordecedores. Ya se está apoderando de mi mente.
Trastornos de la memoria.
Recuerdo cosas que no he visto nunca: otros mundos, otras galaxias. Oscuridad.
Los relámpagos me parecen tinieblas Y las tinieblas, luz.
A pesar de la oscuridad
total, veo la colina y la iglesia, pero no puede ser verdad. Debe ser una
impresión de la retina, por el deslumbramiento de los relámpagos. ¡Quiera Dios
que los italianos salgan con sus cirios, si paran los relámpagos!
¿De qué tengo miedo? ¿No es
acaso una encarnación de Nyarlathotep, que en el antiguo y misterioso Khem tomó
incluso forma de hombre? Recuerdo Yuggoth, y Shaggai, aún más lejos, y un vacío
de planetas negros al final.
Largo vuelo a través del
vacío. Imposible cruzar el universo de luz. Recreado por los pensamientos
apresados en Trapezoedro Resplandeciente. Enviado a través de horribles abismos
de luz.
Soy Blake: Robert Harrison
Blake. Calle East Knapp, 620; Milwaukee, Wisconsin. Soy de este planeta.
¡Azathoth, ten piedad! ya no
relampaguea horrible puedo verlo todo con un sentido que no es la vista la luz
es tinieblas y las tinieblas luz esas gentes de la colina vigilancia cirios y
amuletos sus sacerdotes
Pierdo el sentido de la
distancia lo lejano está cerca y lo cercano lejos no hay luz no cristal veo la
aguja la torre la ventana ruidos Roderick Usher estoy loco o me estoy volviendo
ya se agita y aletea en la torre somos uno quiero salir debo salir y unificar
mis fuerzas sabe dónde estoy
Soy Robert Blake, pero veo
la torre en la oscuridad. Hay un olor horrible sentidos transfigurados saltan
las tablas de la torre y abre paso Iä ngai ygg
Lo veo viene hacia acá
viento infernal sombra titánica negras alas Yog-Sothoth, sálvame tú, ojo
ardiente de tres lóbulos
[*] Véase El Vampiro
Estelar, de Robert Bloch
* Aklo: mítico lenguaje
inventado por Arthur Machen en El Pueblo Blanco.
EL HORROR OCULTO
I. La sombra en la chimenea
Los truenos estremecían el
aire la noche que fui a la mansión deshabitada, en lo alto de la Montaña de las
Tempestades, a buscar el horror oculto. No iba solo, porque la temeridad no
formaba parte entonces de ese amor a lo grotesco y lo terrible que ha adoptado
por carrera la búsqueda de horrores extraños en la literatura y en la vida.
Venían conmigo dos hombres fieles y musculosos a quienes había mandado llamar
cuando llegó el momento; hombres que desde hacía mucho tiempo me acompañaban en
mis horribles exploraciones por sus aptitudes singulares.
Salimos del pueblo
secretamente a fin de evitar a los periodistas que aún quedaban, después del
tremendo pánico del mes anterior: la muerte solapada y pesadillesca. Más tarde,
pensé, podrían ayudarme; pero en ese momento no les quería a mi alrededor. Ojalá
me hubiese impulsado Dios a dejarles compartir esa búsqueda conmigo, para no
haber tenido que soportar solo el secreto tanto tiempo, por temor a que el
mundo me creyese loco, o enloqueciese todo él ante las demoniacas implicaciones
del caso. Ahora que me he decidido a contarlo, no sea que el rumiarlo en
silencio me convierta en un maníaco, quisiera no haberlo ocultado jamás. Porque
yo, sólo yo, sé qué clase de horror se ocultaba en esa montaña espectral y
desolada.
Recorrimos en un pequeño
automóvil millas de montes y bosques primordiales, hasta que nos detuvo la
boscosa ladera. El campo tenía un aspecto más siniestro de lo habitual, de
noche y sin la acostumbrada multitud de investigadores, así que a menudo nos sentíamos
tentados de utilizar las lámparas de acetileno, pese a que podían llamar la
atención. No resultaba un paisaje saludable a oscuras; creo que habría notado
su morbosidad aun cuando hubiese ignorado el terror que allí acechaba. No había
animales salvajes: son prudentes cuando la muerte anda cerca. Los viejos
arboles marcados por los rayos parecían anormalmente grandes y retorcidos, y
prodigiosamente espeso y febril el resto de la vegetación, mientras que unos
extraños montículos y pequeñas elevaciones en tierra cubierta de maleza y
fulgurita me hacían pensar en serpientes y cráneos humanos hinchados y de
proporciones gigantescas.
El horror había estado
oculto en la Montaña de las Tempestades durante mal de un siglo. De esto me
enteré en seguida por las noticias de los periódicos sobre la catástrofe que
había hecho que el mundo se fijara en esta región. Se trata de una remota y solitaria
elevación de esa parte de Catskills donde la civilización holandesa penetró
débil y transitoriamente en otro tiempo, dejando al retroceder unas cuantas
mansiones ruinosas y una población degenerada de colonos advenedizos que
crearon míseras aldeas en las aisladas laderas. Raramente era visitada esta
zona por la gente normal, hasta que se constituyó la policía estatal; y aún
ahora la policía montada se limita a pasar de tarde en tarde. El horror, sin
embargo, goza de antigua tradición en todos los pueblos vecinos; y es el
principal tema de conversación en las tertulias de los pobres mestizos que a
veces abandonan sus valles para ir a cambiar sus cestos artesanales por
artículos de primera necesidad, ya que no pueden cazar, criar ganado ni
cultivar la tierra.
El horror oculto moraba en
la desierta y apartada mansión Martense, la cual coronaba la elevada pero
gradual eminencia cuya propensión a las frecuentes tormentas le valió el nombre
de Montaña de las Tempestades. Pues durante un centenar de años, la antigua
casa de piedra, rodeada de árboles, había sido tema de historias increiblemente
descabelladas y monstruosamente horrendas; historias sobre una muerte sigilosa,
solapada, colosal que emergía al exterior en verano. Con gimoteante
insistencia, los colonos advenedizos contaban historias sobre un demonio que
cogía a los caminantes solitarios, después del anochecer, y se los llevaba o
los abandonaba en un espantoso estado de semidevorado desmembramiento, mientras
que otras veces hablaban de rastros de sangre que conducían a la lejana
mansión. Algunos decían que los truenos sacaban al horror oculto de su morada,
y otros que el trueno era su voz Fuera de esta apartada región, nadie creía en
estas consejas contradictorias y dispares, con sus incoherentes y extravagantes
descripciones de un
demonio vislumbrado; sin
embargo, ningún campesino ni aldeano dudaba que la mansión Martense daba cobijo
a una macabra entidad. La historia local impedía semejante duda; sin embargo,
cuando corría entre los aldeanos algún rumor especialmente dramático, los que
iban a inspeccionar el edificio no encontraban nunca nada. Las abuelas contaban
extrañas consejas sobre el espectro Martense; consejas concernientes a la
propia familia Martense, a la extraña disimilitud hereditaria de sus ojos, a
sus monstruosos y antiguos anales, y al asesinato que había ocasionado su
maldición. –
El terror que me había
llevado a mí al lugar era la súbita y portentosa confirmación de las leyendas
más delirantes de los montañeses. Una noche de verano, tras una tormenta de una
violencia sin precedentes, la comarca se despertó con una desbandada de colonos
advenedizos que ninguna ilusión podría haber originado. La horda miserable de
nativos chillaba y contaba gimoteando que un horror indescriptible se había
abatido sobre ellos, cosa que nadie puso en duda. No lo habían visto, pero
habían oído tales alaridos en una de las aldeas, que inmediatamente supieron
que la muerte reptante la había visitado.
Por la mañana, los
ciudadanos y la policía estatal siguieron a los sobrecogidos montañeses al
lugar que, según decian, había visitado la muerte. Y en efecto, la muerte
estaba allí. El terreno en el que se asentaba uno de los poblados de colonos se
había hundido a consecuencia de un rayo, destruyendo varias de las chozas
malolientes; pero a este daño comprensible se superponia una devastación
orgánica que lo volvía insignificante. De unos setenta y cinco nativos que
poblaban el lugar, no encontraron ni a uno solo con vida. La tierra revuelta
estaba cubierta de sangre y de piltrafas humanas que revelaban con demasiada
elocuencia los estragos de unas garras y unos dientes infernales; sin embargo,
ningún rastro visible se alejaba del lugar de la carnicería. Todo el mundo
convino en seguida en que había sido ocasionada por alguna best:ia feroz; a
nadie se le ocurrió resucitar la acusación de que tales muertes misteriosas no
eran sino sórdidos asesinatos habituales en las comunidades decadentes. Sólo
cuando descubrieron la ausencia entre los muertos de unas veintiocho personas
renació tal acusación; y aun así, resultaba difícil explicar la matanza de
cincuenta por la mitad de ese número. Pero el hecho era que, en una noche de
verano, había caído un rayo de los cielos y había sembrado la muerte en la
aldea, dejando los cadáveres horriblemente mutilados, mordidos y arañados.
Los despavoridos campesinos
relacionaron inmediatamente esta atrocidad con la embrujada mansión Martense,
aunque los pueblos se encontraban a más de tres millas de distancia. La
patrulla de la policía se mostró más escéptica: incluyó la mansión tan sólo rutinariamente
en sus investigaciones, y la descartó por completo al encontrarla vacía. Las
gentes del campo y de los pueblos, sin embargo, registraron el lugar con
minuciosidad; volcaron cuanto encontraron en la casa, sondearon los estanques y
las fuentes, registraron los matorrales, y dieron una batida por el bosque de
los alrededores. Pero todo fue inútil: la muerte no había dejado otro rastro
que la misma destrucción.
Al segundo día de
investigación, los periódicos comentaron el caso extensamente, después de
invadir los reporteros la Montaña de las Tempestades. La describieron con mucho
detalle, e incluían numerosas entrevistas que confirmaban la historia de horror
que contaban las viejas de la comarca. Al principio seguí las crónicas sin
mucho entusiasmo, ya que soy experto en esta clase de horrores; pero una semana
después, percibí una atmósfera que despertó extrañamente mi interés; de modo
que el 5 de agosto de 1921 me inscribí entre los reporteros que abarrotaban el
hotel de Lefferts Corners, el pueblo más próximo a la Montaña de las
Tempestades, y cuartel general reconocido de los investigadores. Tres semanas
después, la deserción de los reporteros me dejaba en libertad para empezar una
exhaustiva exploración de acuerdo con las pesquisas e informaciones detalladas
que había ido recogiendo entretanto.
Así que esta noche de
verano, mientras retumbaba distante la tormenta, dejé el silencioso automóvil,
emprendí la marcha con mis dos compañeros armados, y recorrí el último trecho
sembrado de montículos, hasta la Montaña de las Tempestades, enfocando la luz
de una linterna eléctrica hacia las paredes grises y espectrales que empezaban
a asomar entre robles gigantescos. En esta morbosa soledad de la noche, bajo la
balanceante iluminación, el enorme edificio cuadrado mostraba oscuros signos dé
terror que el día no llegaba a revelar; sin embargo, no experimenté la menor
vacilación, ya que me impulsaba una irrevocable decisión de comprobar cierta
teoría. Estaba convencido de que los truenos hacían salir de algún lugar
secreto al demonio de la muerte, e iba dispuesto a comprobar si dicho demonio
era una entidad corpórea o una pestilencia vaporosa.
Previamente, había
inspeccionado a fondo las ruinas; de modo que tenía bien trazado mi plan:
eligiría como puesto de observación la vieja habitación de Jan Martense, cuyo
asesinato desempeña un importante papel en las leyendas rurales de la región.
Intuía vagamente que el aposento de esta antigua víctima era el lugar más
indicado para mis propósitos. La habitación, que mediría unos veinte pies de
lado, contenía, al igual que las demás habitaciones, restos de lo que en otro
tiempo había sido mobiliario. Estaba en el segundo piso, en el ángulo sudeste
del edificio, y tenía un inmenso ventanal orientado hacia el este, y una
ventana estrecha que daba al mediodía, ambos vanos desprovistos de cristales y
contraventanas. En el lado opuesto al ventanal había una enorme chimenea
holandesa -con azulejos que representaban al hijo pródigo, y frente a la
ventana estrecha, una gran cama adosada a la pared.
Mientras los amortiguados
truenos iban en aumento, dispuse los detalles de mi plan. Primero até en el
antepecho del ventanal, una junto a otra, tres escalas de cuerda que había
traído conmigo. Sabía que llegaban a una distancia conveniente respecto de la
yerba, ya que las había probado. Luego, entre los tres, entramos arrastrando el
armazón de una cama de otra habitación, y lo colocamos de lado contra la
ventana. Echamos encima ramas de abeto, y nos dispusimos a descansar, con
nuestras automáticas preparadas, descansando dos mientras vigilaba el tercero.
Así teníamos asegurada la huida, fuera cual fuese la dirección por la que
surgiera el demonio. Si nos atacaba desde el interior de la casa, estaban las
escalas del ventanal; si venía del exterior, podíamos salir por la puerta y la
escalera. Según lo que sabíamos, no nos perseguiría mucho tiempo, en el peor de
los casos.
Llevaba yo vigilando de las
doce de la noche a la una cuando, a pesar del ambiente siniestro de la casa, la
ventana sin protección y los truenos y relámpagos cada vez más cercanos, me
sentí dominado por un sueño invencible. Estaba entre mis dos compañeros: George
Bennett se encontraba al lado de la ventana, y William Tobey al de la chimenea.
Bennett se había dormido, vencido por la misma anómala somnolencia que sentía
yo, de modo que designé a Tobey para la siguiente guardia, a pesar de que
cabeceaba. Era extraña la fijeza con que observaba yo la chimenea.
La creciente tormenta debió
de influir en mis sueños, pues en el breve rato que me dormí sufrí visiones
apocalípticas. Una de las veces casi me desperté, probablemente porque el
hombre que dormía junto a la ventana había estirado un brazo sobre mi pecho. No
me encontraba lo bastante despierto como para comprobar si Tobey cumplía su
obligación como centinela, aunque sentía un claro desasosiego a este respecto.
Nunca había tenido una sensación tan acusadamente opresiva de la presencia del
mal. Después, debí de quedarme dormido otra vez, porque mi mente salió de un
caos fantasmal, cuando la noche se volvió espantosa, traspasada de chillidos
que superaban todas mis experiencias y delirios anteriores. –
En aquellos gritos, el más
profundo terror y agonía humanos arañaban desesperada e insensatamente las
puertas de ébano del olvido. Desperté para encontrarme ante la roja locura y la
burla satánica, mientras reverberaba y se retiraba cada vez más, hacia perspectivas
inconcebibles, aquella angustia fóbica y cristalina. No había luz; pero por el
hueco que noté a mi derecha, comprendí que Tobey se había ido, sólo Dios sabía
adónde. Sobre mi pecho, aún pesaba el brazo del durmiente de mi izquierda.
Luego se produjo un
relámpago, el rayo sacudió la montaña entera, iluminó las criptas más oscuras
de la añosa arboleda, y desgarró el más viejo de los árboles retorcidos. Ante
el fucilazo demoníaco del rayo, el durmiente se incorporó de repente, y en ese
instante la claridad que entró por la ventana proyectó su sombra vívidamente
contra la chimenea, de la que yo no conseguía apartar los ojos un momento. No
comprendo cómo me encuentro vivo todavía, y en mi sano juicio. No me lo
explico; porque la sombra que vi en la chimenea no era la de George Bennett, ni
de ninguna criatura humana, sino una blasfema anormalidad de los más profundos
cráteres del infierno; una abominación indecible e informe que mi mente no
llegó a captar por completo, ni hay pluma que la pueda describir. Un segundo
después, me encontraba solo en la mansión maldita, temblando, balbuceando.
George Bennett y William Tobey habían desaparecido sin dejar rastro, ni
siquiera de lucha. Nunca más volvió a saberse de ellos.
II. Un muerto en la tormenta
Después de aquella espantosa
experiencia en la mansión inmersa en la espesura tuve que guardar cama, agotado
de los nervios, en el hotel de Lefferts Corners. No recuerdo exactamente cómo
me las arreglé para llegar al automóvil, ponerlo en marcha, y regresar
secretamente al pueblo; no conservo conciencia clara de nada, salvo de unos
árboles de gigantescos brazos, el fragor demoníaco de los truenos, y sombras
caronianas entre los bajos montículos que punteaban y rayaban la región.
Mientras temblaba y meditaba
sobre lo que proyectaba aquella sombra enloquecedora, comprendí que al fin
había vislumbratl o uno de los supremos horrores de la tierra, uno de esos
males innominados de los vacíos exteriores cuyos débiles y demoníacos zarpazos
oímos a veces en el borde más remoto del espacio, contra los que la piadosa
limitación de nuestra vista finita nos tiene misericordiosamente inmunizados.
No me atrevía a analizar o identificar la sombra que había percibido. Un ser
había permanecido tendido entre la ventana y yo, aquella noche, y me estremecía
cada vez que, irreprimiblemente, mi conciencia trataba de clasificarlo. Ojalá
hubiese gruñido, ladrado o reído entre dientes… al menos eso habría aliviado mi
abismal terror. Pero permaneció en silencio. Había dejado descansar un brazo
-un miembro en todo caso- pesadamente sobre mi pecho… Por supuesto, era
orgánico, o lo había sido… Jan Martense, cuya habitación había invadido yo,
estaba enterrado cerca de la mansión… Debía encontrar a Bennett y a Tobey, si
aún vivían… ¿Por qué se los había llevado, y me había dejado a mí?… La
somnolencia es invencible, y los sueños son espantosos…
Al poco tiempo, comprendí
que debía contar mi historia a alguien; de lo contrario, me desmoronaría
completamente. Ya había decidido no abandonar la búsqueda del horror oculto;
porque en mi atolondrada ignorancia, me parecía que esa incertidumbre era peor
que el pleno conocimiento, por terrible que este pudiera ser. De modo que
decidí en mi fuero interno qué camino seguir, a quién escoger para hacerle
partícipe de mis confidencias, y cómo descubrir al ser que había aniquilado a
dos hombres, y había proyectado una sombra pesadillesca.
A quienes conocía
principalmente en Lefferts Corners era a los periodistas, algunos de los cuales
aún seguían recogiendo los últimos ecos de la tragedia. Decidí escoger como
compañero a uno de ellos; y cuanto más lo pensaba, más inclinado me sentía por
un tal Arthur Munroe, un hombre moreno y delgado de unos treinta y cinco años,
cuya formación, gustos, inteligencia y temperamento parecían distinguirle como
persona que no se sujetaba a las ideas y experimentos convencionales.
Una tarde de primeros de
septiembre, Arthur Munroe escuchó mi historia. Desde el principio se mostró
interesado y comprensivo; y cuando terminé, analizó y abordó la cuestión con
gran agudeza y juicio. Su conse jo, además, fue eminentemente práctico, ya que
sugirió que aplazásemos nuestra visita a la mansión Mar-tense hasta haber
obtenido más datos históricos y geográficos. A sugerencia suya, salimos en
busca de datos sobre la terrible familia Martense, y descubrimos a un hombre
que poseía un diario maravillosamente ilustrado y ancestral. Hablamos también
largamente con aquellos mestizos de la montaña que no habían huido, en el
terror y la confusión, a laderas más remotas, y acordamos efectuar, antes de
nuestra empresa final, un registro completo y definitivo de los lugares
relacionados con las distintas tragedias de las leyendas de los colonos.
Los resultados de esta
exploración no fueron al principio muy alentadores, aunque una vez
clasificados, parecieron revelar un dato bastante significativo; a saber: que
el número de horrores registrados era bastante más elevado en zonas
relativamente próximas a la casa, o conectaban con ella mediante franjas de
espesura morbosamente superdesarrollada. Es cierto que había excepciones; en
efecto, el horror que había llegado a oídos del mundo había tenido lugar en un
espacio pelado, igualmente distante de la mansión y de cualquier bosque vecino
a ella.
En cuanto a la naturaleza y
aspecto del horror oculto, nada pudimos sacarles a los asustados y estúpidos
moradores de las chozas. Lo mismo decían que era una serpiente como que se
trataba de un gigante, un demonio de los truenos, un murciélago, un buitre, o
un árbol que caminaba. Nos pareció fundado suponer, sin embargo, que se trataba
de un organismo vivo enormemente sensible a las tormentas eléctricas; y aunque
algunas de las historias hablaban de alas, concluimos que su aversión a los
espacios abiertos hacía más probable que estuviese dotado de locomoción
terrestre. Lo único verdaderamente incompatible con esta hipótesis era la
rapidez a la que tal criatura debía desplazarse para cometer todas las
fechorías que se le atribuían.
Al tratar más a los colonos,
‘descubrimos que eran extraordinariamente amables en muchos aspectos. Eran
simples animales que descendían poco a poco en la escala de la evolución debido
a su desafortunada ascendencia y a -su aislamiento embrutecedor. Tenían miedo
de los forasteros, pero poco a poco se fueron acostumbrando a nosotros; al
final nos ayudaron muchísimo cuando talamos todos los grupos de árboles y
derribamos todos los tabiques de la mansión, en nuestra búsqueda del horror
oculto. Cuando les pedimos que nos ayudasen a buscar a Bennett y a Tobey, se
mostraron sinceramente afligidos; porque si bien querían ayudarnos, estaban
convencidos de que ambas víctimas habían desaparecido de este mundo tan
completamente como las gentes que ellos habían perdido. Por supuesto, sabíamos
perfectamente que había muerto o desaparecido gran número de éstas gentes, así
como que los animales salvajes habían sido exterminados hacía mucho tiempo; y
temíamos que ocurrieran nuevas tragedias.
A mediados de octubre nos
encontrábamos perplejos’ debido a nuestra falta de progresos. Como las noches
eran tranquilas, no se producían agresiones demoníacas de ningún género; y la
total carencia de resultados en el registro de la casa y del campo casi nos
inclinaba a atribuir al horror oculto una naturaleza no material. Temíamos que
llegara el tiempo frío y nos interrumpiera nuestras investigaciones, ya que
todos coincidían en que, en general, el demonio permanecía tranquilo durante el
invierno: El caso es que nos dominaba una especie de desesperada premura en la
última inspección diurna de la aldea visitada por el horror; aldea ahora
deshabitada, a causa del miedo de los colonos.
La desventurada aldea no
tenía nombre siquiera, y estaba enclavada en una hondonada protegida, aunque
sin árboles, entre d¿s elevaciones llamadas respectivamente Cone Mountain y
Maple Hill. Se encontraba más cerca de Maple Hill que de Cone Mountain, y algunas
de las toscas viviendas eran simples cuevas practicadas en la falda de la
primera de las elevaciones. Geográficamente, se encontraba a unas dos millas al
noroeste de la Montaña de las Tempestades, y a tres de la mansión rodeada de
robles. El espacio entre la aldea y la mansión, unas dos millas y cuarto desde
el límite de la aldea, era enteramente campo raso y consistía en una llanura
casi horizontal, quitando algunos montículos de escasa elevación y aspecto
sinuoso, y cuya vegetación la constituía casi exclusivamente la yerba y unos
cuantos matorrales muy dispersos. Tras estudiar la topografía de esta zona,
concluimos finalmente que el demonio debió de llegar por Cone Mountain, cuya
prolongación hacia el sur, cubierta de bosque, llegaba a poca distancia de la
estribación más occidental de la Montaña de las Tempestades. Atribuimos de
manera concluyente la elevación del terreno a un corrimiento de tierra desde
Maple Hill, en cuya ladera destacaba un árbol corpulento y solitario,
desgarrado por el rayo que había hecho surgir al demonio.
Después de repasar
minuciosamente por vigésima vez o más cada pulgada del devastado pueblo,
experimentamos un desaliento unido a nuevos y vagos temores. Resultaba muy
raro, aun cuando lo extraño y lo espantoso eran cosas corrientes, toparnos con
un escenario tan completamente carente de huellas, después de tan
sobrecogedores sucesos; y andábamos bajo un cielo cada vez más oscuro y
plomizo, con ese ardor trágico y sin rumbo que es consecuencia a la vez de un
sentimiento de futilidad y de necesidad de hacer algo. Ibamos atentos a los más
pequeños detalles; entramos nuevamente en cada una de las casas, inspeccionamos
otra vez las cuevas, registramos el pie de las laderas adyacentes, entre las
zarzas, en busca de madrigueras y cuevas, pero sin resultado. Sin embargo, como
digo, sentíamos en torno nuestro un temor vago y enteramente nuevo, como si
unos grifos gigantescos y alados nos observaran desde los abismos
trans-cósmicos.
A medida que avanzaba la
tarde, se hacía más difícil distinguir los objetos; y oímos el rumor de una
tormenta que se estaba formando sobre la Montaña de las Tempestades.
Naturalmente este rumor, producido en semejante lugar, nos animó, aunque no
tanto como si hubiese sido de noche; y con esta esperanza abandonamos la
búsqueda sin rumbo y nos dirigimos a la aldea habitada más próxima, a fin de
reunir un grupo de colonos para que nos ayudasen en nuestros registros. Aunque
tímidos, algunos de los más jóvenes se sintieron lo suficientemente inspirados
por nuestra protectora dirección como para prometernos ayuda.
Pero no habíamos hecho más
que dar media vuelta, cuando empezó a caer una lluvia tan intensa y torrencial,
que no tuvimos más remedio que buscar refugio. La extraña y casi nocturna
oscuridad del cielo nos hacía tropezar continuamente; pero guiados por los
frecuentes relámpagos y nuestro detallado conocimiento de la aldea, llegamos en
seguida a la última cabaña del lugar, llena de goteras: una combinación
heterogénea de troncos y tablas, cuya puerta y ventanuco asomaban hacia Maple
Hill. Atrancamos la puerta, contra la furia del viento y de la lluvia, y
pusimos el tosco postigo de la ventana que nuestros frecuentes registros nos
habían enseñado dónde encontrar. Resultaba lúgubre estar sentados allí, sobre
unos cajones desvencijados, en la más absoluta oscuridad, pero encendimos
nuestras pipas y nos alumbramos a veces con las linternas de bolsillo que
llevábamos. De cuando en cuando, veíamos los relámpagos a través de las grietas
de la pared; la tarde se estaba volviendo tan oscura que cada relámpago resultaba
tremendamente vívido.
Esta tormentosa vigilia me
recordó de forma estremecedora mi horrible noche en la Montaña de las
Tempestades. Me volvió al pensamiento aquel extraño interrogante que de forma
intermitente me repetía desde entonces, y una vez más me pregunté por qué el demonio,
al acercarse a los tres hombres que vigilábamos desde la ventana o desde el
exterior, se había llevado a los de los lados, dejando al del centro para el
final, en que una gigantesca centella lo había hecho huir. ¿Por qué no había
cogido a sus víctimas en un orden natural, y habría sido yo el segundo,
cualquiera que fuese la dirección por la que hubiera empezado? ¿Con qué clase
de tentáculos los apresó? ¿O sabía que era yo el jefe y decidió reservarme un
destino peor que a mis compañeros?
En medio de estas
reflexiones, como para intensificarías dramáticamente, cayó un tremendo rayo
cerca de nosotros, al que siguió un ruido de corrimiento de tierra. Al mismo
tiempo, se levantó un viento furioso
cuyo aullido fue aumentando
de forma demoníaca. Tuvimos la seguridad de que había caído fulminado otro
árbol de Maple Hill, y Munroe se levantó del cajón donde estaba sentado y se
acercó al ventanuco para comprobar el destrozo. Al quitar el postigo, el viento
y la lluvia penetraron aullando de forma ensordecedora, y no pude oír lo que
decía; pero esperé, mientras él se asomaba tratando de abarcar el pandemonium.
Gradualmente, la calma, el
viento y la dispersión de la inusitada oscuridad nos hizo comprender que se
alejaba la tormenta. Yo había esperado que durase hasta la noche, cosa que nos
ayudaría en nuestra búsqueda; pero un furtivo rayo de sol que penetró por un
agujero de la madera, detrás de mí, disipó mis esperanzas. Le dije a Munroe que
era mejor dejar que entrase un poco de luz, aunque cayesen más chaparrones, así
que desatranqué la puerta y la abrí. El terreno, afuera, era una extraña
extensión de barrizales, charcos y pequeños montículos producidos por el
reciente corrimiento de tierra; pero no vi nada que justificase el interés que
mantenía a mi compañero asomado a la ventana sin decir nada. Me acerqué a él y
le toqué en el hombro; pero no se movió. Luego, al sacudirle en broma y
volverle hacia mí, sentí los zarcillos estranguladores de un horror canceroso
cuyas raíces alcanzaban pasados infinitos y abismos insondables de la noche que
late más allá del tiempo.
Arthur Munroe estaba muerto.
Y en lo que quedaba de su masticada y perforada cabeza no había ya cara.
III.Qué significaba el
resplandor
rojo
En la tormentosa noche del 8
de noviembre de 1921, con una linterna que proyectaba macabras sombras, cavaba
yo, solo, como un idiota, en la sepultura de Jan Martense. Había empezado a
cavar por la tarde porque se estaba formando una tormenta, y ahora que había
oscurecido, y había estallado la tormenta sobre la lujuriante floresta, me
sentía contento.
Creo que mi mente estaba
algo desquiciada a causa de los acontecimientos del 5 de agosto, la sombra
demoníaca de la casa, la tensión y desencanto generales, y lo ocurrido en la
aldea durante la tormenta de octubre. Después de aquello, tuve que cavar una sepultura
para alguien cuya muerte no acababa de comprender. Sabía que los demás no la
entenderían tampoco, de modo que les dejé que creyeran que Arthur Munroe se
había extraviado. Le buscaron, pero no encontraron nada. Los colonos sí podían
haberlo comprendido, pero no me atreví a asustarles aun más. Me sentía
extrañamente insensible. La impresión sufrida en la mansión me había afectado
sin duda al cerebro, y no podía pensar más que en la búsqueda del horror que
ahora había alcanzado proporciones gigantescas en mi imaginación; búsqueda que
el destino de Arthur Munroe me hacía emprender ahora a solas y en secreto. –
Sólo el escenario de mis
excavaciones habría bastado para hacer saltar los nervios de un hombre
corriente. Unos árboles siniestros y primordiales de impías proporciones y
formas grotescas acechaban por encima de mí como pilares de algún infernal
templo druida, al tiempo que amortiguaban los truenos, acallaban los aullidos
del viento y frenaban la lluvia. Detrás de los heridos troncos del fondo,
iluminados por los débiles resplandores de los filtrados relámpagos, se alzaban
las piedras húmedas y cubiertas de hiedra de la deshabitada mansión, mientras
que algo más cerca estaba el abandonado jardín holandés, con los paseos y
arriates invadidos por una vegetación blancuzca, fungosa, fétida, hinchada, que
jamás había visto yo a la luz del día. Y más cerca aun tenía el cementerio,
donde unos árboles deformes agitaban sus ramas insanas, mientras sus raíces
desplazaban las losas impías y succionaban el veneno de lo que yacía debajo.
Aquí y allá, bajo una capa de hojas marrones que se pudrían y supuraban en las
oscuridades del bosque antediluviano, podía distinguir el siniestro perfil de
esos montículos pequeños que caracterizaban la región acribillada por los
rayos.
La historia me había guiado
a esta arcaica sepultura. Porque era la historia, efectivamente, el único
recurso que me quedaba, tras haber terminado todo lo demás en sarcástico
satanismo. Ahora estaba convencido de que el horror oculto no era un ser material,
sino un espectro con fauces de lobo que cabalgaba sobre los relámpagos de la
medianoche. Y creía, por los cientos de tradiciones locales que Arthur Munroe y
yo habíamos desenterrado en nuestras exploraciones, que era el espectro de Jan
Martense, muerto en 1762. Y por esa razón cavaba yo ahora, como un idiota en su
sepultura.
La mansión Martense había
sido edificada en 1670 por Gerrit Martense, acaudalado mercader de Nueva
Amsterdam a quien disgustaba el cambio del orden bajo el gobierno británico, y
había construido este magnífico edificio en la cima de una boscosa elevación
cuyo escenario solitario y singular era de su agrado. La única contrariedad
importante con que tropezó en este paraje fueron las frecuentes tormentas de
verano. Cuando eligió este monte para edificar su mansión, mynheer Martense
atribuyó las numerosas perturbaciones naturales a las peculiaridades de aquel
año; pero con el tiempo, se dio cuenta de que la región era especialmente
propensa a tales fenómenos. Finalmente, viendo que estas tormentas le afectaban
a la cabeza, acondicionó un sótano donde poder protegerse de los más violentos
pandemoniums.
De los descendientes de
Gerrit Martense se sabe menos que de él mismo, ya que todos fueron educados en
el odio a la civilización inglesa, y se les enseñó a no tratar con los
colonialistas que la aceptaban. Sus vidas fueron enormemente retiradas, y la
gente afirmaba que este aislamiento les volvió torpes de palabra y comprensión.
Al parecer, todos estaban marcados por una extraña y hereditaria disimilitud en
los ojos: tenían uno azul y el otro castaño. Sus contactos sociales se fueron
haciendo cada vez más escasos, hasta que finalmente acabaron casándose con la
numerosa clase servil que vivía en sus tierras. Muchas de las familias
multitudinarias degeneraron, cruzaron el valle, y fuerón a mezclarse con la
población mestiza que más tarde produciría a los desdichados colonos. Los demás
siguieron unidos tercamente a la mansión ancestral, volviéndose cada vez más
exclusivistas y taciturnos, aunque adquiriendo una sensibilidad especial
respecto de las frecuentes tormentas.
Casi toda esta información
llegó al mundo exterior a través del joven Jan Martense, que movido por una
especie de inquietud, se alistó en el ejercito colonial, cuando llegó a la
Montaña de las Tempestades la noticia de la Convención de Albany. El fue el primero
de los descendientes de Gerrit que vio mundo; y al regresar en 1760, después de
seis años de campaña, su padre, sus tíos y sus hermanos le odiaron como a un
intruso, a pesar de sus ojos desiguales de Martense. Ya no podía compartir las
rarezas y prejuicios de los Martense, ni le excitaron las tormentas de la
montaña como antes. En cambio, le deprimía el entornó; y escribía a menudo a su
amigo de Albany sobre sus proyectos de abandonar el techo paterno.
En la primavera de 1763,
Jonathan Gifford, el amigo de Jan Martense que vivía en Albany, se sintió
preocupado por su silencio; especialmente, por la situación y las peleas que
sabía que había en la mansión Martense. Dispuesto a visitar personalmente a Jan,
se internó por las montañas a caballo. Su diario constata que llegó a la
Montaña de las Tempestades el 20 de septiembre, encontrando la mansión en
avanzado estado de decrepitud. Los sombríos Martense de extraños ojos, cuyo
aspecto impuro y animal le impresionó sobremanera, le dijeron con acento torpe
y gutural que Jan había muerto. Insistieron en que le había matado un rayo el
otoño anterior; y ahora estaba enterrado detrás de los hundidos y abandonados
jardines. Enseñaron el lugar de la sepultura al visitante, unos palmos de
tierra pelada y sin señales. Hubo algo en la actitud de los Martense que
despertó en Gifford un sentimiento de repugnancia y recelo; y una semana más
tarde regresó con una pala y un pico, dispuesto a abrir la fosa de nuevo.
Encontró lo que se había temido: un cráneo cruelmente aplastado como por unos
golpes salvajes; de modo que regresó a Albany, y denunció formalmente a los Mar
tense de haber asesinado a un miembro de la familia.
No había pruebas legales,
pero la noticia se propagó rápidamente por toda la región; y a partir de
entonces, el mundo condenó a los Martense al aislamiento. Nadie quiso tratos
con ellos, y evitaron su apartada residencia como un lugar maldito. Ellos, por
su parte, se las arreglaron para vivir independientemente con el producto de
sus tierras, puesto que las luces que ocasionalmente se veían en la casa desde
los montes lejanos atestiguaban que aún vivían. Dichas luces se estuvieron
viendo hasta 4810; pero hacia el final, se hicieron muy infrecuentes.
Entretanto, empezó a correr
a propósito de la mansión de la montaña un sin fin de leyendas infernales. El
lugar fue doblemente evitado, y dotado de toda clase de historias que la
tradición fue capaz de proporcionar. Siguió sin ser visitada hasta 1816, en que
la prolongada ausencia de luz en ella llamó la atención de los colonos. Una
partida de hombres efectuó entonces un reconocimiento, encontrando la casa
desierta y parcialmente en ruinas.
No descubrieron ningún
esqueleto, así que supusieron que se habían marchado. Al parecer, el clan se
había ido hacia varios años, y los improvisados cobertizos revelaban lo
numerosos que eran, antes de su emigración. Su nivel cultural había descendido
muchísimo, como probaba el deterioro del mobiliario y la vajilla de plata
esparcida, sin duda abandonada mucho antes de que sus propietarios se
marcharan; Pero aunque los temidos Mar-tense se habían ido, la encantada casa
continuó causando temor; temor que se intensificó cuando nuevos y extraños
rumores vinieron a inquietar a los decadentes montañeses. Allí siguió,
desierta, temida, y vinculada al espectro vengativo de Jan Martense. Y allí
seguía aún, la noche en que cavaba yo en la sepultura dejan Martense.
He calificado de idiota mi
prolongado cavar, y así era, efectivamente, por su objeto y su método. No tardé
en desenterrar el ataúd dejan Marte nse -que ahora ya sólo contenía polvo y
salitre-; pero en mis ansias furiosas por exhumar su fantasma, seguí cavando
terca, irracionalmente más abajo de donde había reposado. Sabe Dios qué era lo
que yo esperaba encontrar… Yo sólo tenía conciencia de que cavaba en la
sepultura de un hombre cuyo espectro acechaba por la noche.
Me es imposible decir qué
monstruosa profundidad había alcanzado cuando mi pala, y mis pies a
continuación, hundieron el suelo que tenía debajo. Dadas las circunstancias, la
impresión fue tremenda; porque la existencia de un espacio subterráneo aquí
suponía una terrible confirmación de mis locas teorías. Mi ligera caída me
apagó el farol; pero saqué una linterna de bolsillo y -descubrí un pequeño
túnel horizontal que se internaba profundamente en ambas direcciones. Era lo
bastante amplio como para poderse arrastrar por él un hombre; y aunque nadie en
su sano juicio habría intentado meterse por allí en ese momento, me olvidé del
peligro, la sensatez y la limpieza, en mi empeño por desenterrar el horror
oculto. Escogiendo la dirección hacia la casa, me introduje temerariamente a
rastras por la estrecha madriguera, reptando a ciegas, de prisa, y alumbrándome
de tarde en tarde con la linterna que enfocaba delante de mí.
¿Qué palabras podrían
describir el espectáculo de un hombre perdido en el interior de la tierra
infinitamente abismal, manoteando y retorciéndose sin aliento, avanzando
insensatamente por profundas circunvoluciones de negrura inmemorial, sin una
noción clara de tiempo, seguridad, dirección ni objetivo? Hay algo espantoso en
todo ello, pero eso es lo que hice. Me arrastré de ese modo durante tanto
tiempo que la vida llegó a parecerme un recuerdo remoto, y me identifiqué con
los topos y larvas de las tenebrosas profundidades. En efecto, fue una
casualidad que, tras interminables contorsiones, se encendiese mi olvidada
linterna al sacudirla, iluminando espectralmente la larga madriguera de barro
endurecido que describía una curva delante de mi.
Había seguido avanzando de
este modo durante un rato, y estaba la pila de la linterna casi agotada, cuando
el pasadizo inició una súbita y pronunciada cuesta arriba que me obligó a
modificar mis movimientos para avanzar. Y al levantar la vista,, sin previo
aviso, vi brillar a lo lejos dos reflejos demoníacos de mi agonizante luz; dos
reflejos candentes de funesto e inequívoco resplandor que agitaron en mi
memoria recuerdos brumosos y enloquecedores. Me detuve automáticamente, aunque
sin voluntad para retroceder. Los ojos se acercaban, aunque sólo pude
distinguir una garra del ser al que pertenecían. ¡Pero qué garra! Luego, muy
arriba, sonó débilmente un estampido que reconocí. Era el trueno violento de la
montaña que estallaba con histérica furia… Sin duda, llevaba un rato reptando
hacia arriba, ya que ahora tenía la superficie bastante cerca. Y mientras
estallaban los truenos amortiguados, aquellos ojos seguían mirando fijamente
con perversidad.
Gracias a Dios, no supe
entonces lo que era; de lo contrario, no habría sobrevivido. Pero me salvó el
mismo trueno que ló había invocado; porque tras una mortal espera, reventó en
el cielo uno de esos frecuentes estampidos de la montaña cuyas huellas había
observado yo aquí y allá, en forma de heridas de tierra removida y fulguritas
de diversas dimensiones. Con furia ciclópea, se enterró, retorciéndose en la
tierra, por encima de aquel detestable pozo, cegándome y ensordeciéndome,
aunque no llegó a hacerme perder el conocimiento.
Seguí arañando y avanzando
desesperadamente en el caos de tierra que caía y se deslizaba, hasta que la
lluvia que me mojaba la cabeza me serenó, y vi que había llegado a la
superficie de un lugar familiar: una zona en pendiente y sin árboles, en la
ladera sur de la montaña. Los constantes relámpagos iluminaban y sacudían el
terreno revuelto y los restos del curioso montículo que descendía de la parte
superior y boscosa de la ladera; sin embargo, no había nada en todo aquel caos
que indicase por dónde! había salido yo de la fatal catacumba. Mi cerebro era
un caos tan grande como la tierra; y cuando un rojo resplandor, a lo lejos,
iluminó el paisaje por el sur, apenas tuve conciencia del horror que acababa de
soportar.
Pero, cuándo dos días
después los colonos me dijeron qué significaba aquel resplandor rojo, mi horror
fue más grande que el que me había producido la zarpa y los ojos de la
embarrada madriguera. En una aldea a veinte millas de distancia, había tenido
lugar una orgía de terror a continuación del rayo que me había permitido a mí
salir de la tierra, y un ser indescriptible se había precipitado desde un árbol
a una choza de frágil tejado. Había cometido una atrocidad; pero los colonos
habían prendido fuego a la choza frenéticamente, antes de que aquel ser pudiese
escapar. Había cometido el estrago en el mismo instante en que la tierra se
desplomó sobre la entidad de la garra y los ojos.
IV. El horror en los ojos
Nada puede haber normal en
la mente del que, sabiendo lo que yo sabía sobre los horrores de la Montaña de
las Tempestades, va a solas en busca del terror que se ocultaba en dicho lugar.
Era muy débil garantía de seguridad fisica y mental, en este Aqueronte de
demonismo multiforme, el hecho de que al menos dos de estas encarnaciones del
terror hubiesen perecido; sin embargo, proseguí mi búsqueda con celo cada vez
mayor, a medida que los sucesos y las revelaciones se hacían más monstruosas.
Cuando, dos días después de
mi espantosa exploración de la cripta de los ojos y la garra, me enteré de que
un ser maligno había sobrevolado la aldea, a veinte millas de distancia, en el
mismo instante en que los ojos se fijaban en mi, experimenté una auténtica
convulsión de terror. Pero este terror estaba tan mezclado con una sensación
grotesca y fascinada, que casi me resultó placentero. A veces, en las angustias
de esas pesadillas en las que fuerzas invisibles se le llevan a uno, por encima
de los tejados de extrañas ciudades muertas, hacia el abismo burlesco de Nis,
es un alivio, incluso un placer, gritar salvajemente y arrojarse
voluntariamente, en medio del espantoso vórtice de onírica condenación, al
primer abismo sin fondo que encuentra. Y eso es lo que ocurrió, con la
pesadilla ambulante de la Montaña de las Tempestades; el descubrimiento de que
los monstruos habían estado ocultos en dicho lugar me produjo finalmente unas
ansias locas de zambullirme en la tierra de esa región maldita, cavar con las
manos desnudas y sacar a la muerte que acechaba en cada pulgada del suelo
ponzoñoso.
En cuanto pude, fui a la
tumba de Jan Martense y cavé en vano donde había cavado antes. Un
desprendimiento de tierra había borrado sin duda toda huella del pasadizo
subterráneo, y la lluvia había cegado de tal modo la excavación que no me fue
posible averiguar hasta dónde había ahondado el día anterior. Emprendí también
una penosa caminata a la aldea donde había ardido la devastadora criatura,
aunque encontré poca compensación a mi esfuerzo. En las cenizas de la
desdichada choza descubrí varios huesos; pero evidentemente, ninguno pertenecía
al monstruo. Los colonos dijeron que sólo había habido una víctima; pero esto
me pareció una imprecisión, ya que además de un cráneo humano completo,
encontré un fragmento óseo que parecía ser de otro cráneo en algún tiempo
humano. Y aunque habían visto la rápida caída del monstruo, nadie fue capaz de
describirme el aspecto de dicha criatura; quienes presenciaron el suceso decían
simplemente que era un demonio. Examiné el gran árbol donde se había posado,
pero no vi huellas de ninguna clase. Traté de buscar algún rastro en la
espesura del bosque, pero en esta ocasión no pude soportar la visión de
aquellos troncos morbosamente grandes, ni de aquellas raíces que, como
serpientes gigantescas, se retorcían perversamente antes de hundirse en la
tierra.
Mi siguiente paso fue
estudiar de nuevo con cuidado microscópico la aldea deshabitada que con más
frecuencia había visitado la muerte, y donde Arthur Munroe había visto algo que
no pudo contar. Aunque mis estériles inspecciones anteriores habían sido extraordinariamente
meticulosas, ahora teñía nuevos datos que comprobar; pues la macabra excavación
de la fosa me había convencido de que al menos en una de sus fases, Ja
monstruosidad había-sido una criatura del subsuelo. Esta vez, el 14 de
noviembre, concentré mi búsqueda especialmente en las laderas de Cone Mountain
y Maple Hill, que dominaban la desventurada aldea, prestando especial atención
a la tierra desprendida del corrimiento que presentaba esta última elevación.
Durante el registro de la
tarde no saqué nada en claro; y empezaba a oscurecer cuando me encontraba en lo
alto de Maple Hill contemplando la aldea, y la Montaña de las Tempestades, al
otro lado del valle. Había habido una espléndida puesta de sol, y ahora salía
la luna, casi llena, derramando su resplandor plateado sobre el llano, la
ladera distante de la montaña, y los extraños montículos que se levantaban aquí
y allá. Era un paisaje pacífico y arcaico; pero consciente de lo que se
ocultaba en él, lo odié. Odié la luna burlona, el llano hipócrita, la montaña
supurante, y aquellos montículos siniestros. Todo me parecía corrompido por un
contagio abominable, e inspirado por una alianza nociva con poderes ocultos y
anormales.
Luego, mientras contemplaba
abstraído el panorama bañado por la luna, me llamaron la atención la singular
disposición de determinados elementos topográficos de naturaleza. Aunque
carecía de conocimientos sólidos de geología, me había sentido interesado desde
el principio por las lomas y los extraños montículos de la región. Había
observado que estaban diseminados por una zona bastante extensa alrededor de la
Montaña de las Tempestades, aunque eran menos abundantes en la llanura que en
la cumbre de dicha elevación, donde las prehistóricas glaciaciones encontraron
sin duda menos resistencias a sus sorprendentes y fantásticos caprichos. Ahora,
a la luz de aquella luna baja que proyectaba alargadas sombras espectrales, me
di cuenta con gran sorpresa que los diversos puntos y líneas del conjunto de
montículos guardaban una extraña relación con la cima de la Montaña de las
Tempestades. Dicha cima era indudablemente el centro del que partían de manera
indefinida e irregular las líneas o filas de puntos, como si la impía mansión
Martense hubiese extendido unos tentáculos visibles de terror. La idea de
semejantes tentáculos me produjo un inexplicable estremecimiento, y dejé de
analizar mis motivos para creer que estos montículos fueran fenómenos
glaciares.
Cuanto más lo pensaba, menos
creía que fuesen tal cosa; y ante mi mente recientemente iluminada comenzaron a
surgir grotescas y horribles analogías basadas en aspectos superficiales y en
mi experiencia bajo tierra. Antes de que me diese cuenta, había empezado a
balbucear palabras frenéticas e incoherentes, hablando conmigo mismo: «¡Dios
mio!… Son toperas… ese condenado lugar debe de ser una colmena… cuantos…
aquella noche en la mansión… cogieron a Bennett y a Tobey primero…, desde cada
lado de donde estábamos…» Luego empecé a cavar frenéticamente en el montículo
que tenía más cerca; cavé con desesperación, temblando, pero casi alborozado;
cavé, y por último proferí un grito con insensata emoción, al descubrir un
túnel o madriguera exactamente igual al que había explorado aquella noche
demoníaca.
Después, recuerdo que eché a
correr con la pala en la mano; fue una carrera horrible por el campo lleno de
montículos iluminados por la luna y los escarpados precipicios cubiertos de
bosque de las laderas; saltaba, gritaba y jadeaba, corriendo hacia la terrible
mansión Martense. Recuerdo que cavé insensatamente por todo el sótano invadido
de zarzas; cavé tratando de descubrir el núcleo y el centro del maligno
universo de montículos. Y recuerdo también cómo me reí al dar con el pasadizo:
el agujero que había en la base de la vieja chimenea, donde crecía la espesa
maleza y arrojaba extrañas sombras a la luz de la única vela que casualmente
llevaba encima. No sabía aún qué se ocultaba en aquella colmena infernal, en
espera de que un trueno lo despertara. Habían muerto ya dos entidades; tal vez
no quedaban más. Pero aún sentía en mí la ardiente determinación de llegar
hasta el más recóndito secreto del terror, que de nuevo me parecía definido,
material y orgánico.
Mi indecisión entre
inspeccionar el pasadizo inmediatamente, solo, con mi linterna de bolsillo, o
tratar de reunir un grupo de colonos para efectuar el registro, fue
interrumpida un momento después por una súbita ráfaga de viento que me apagó la
vela y me dejó completamente a oscuras. La luna había dejado de filtrar su
resplandor a través de las grietas y aberturas que tema encima de mí, y con una
sensación de alarma presagiosa oí que se aproximaba el rumor siniestro y
significativo de una tormenta. Una confusa asociación de ideas se apoderó de mi
cerebro, impulsándome a retroceder a tientas hacia el rincón más alejado del
sótano. Mis ojos, sin embargo, no se apartaron un solo instante de la horrible
abertura abierta en la base de la chimenea; y empecé a distinguir vagamente los
ladrillos y la maleza, a medida que los lejanos relámpagos lograban traspasar
la espesura exterior y filtrarse por las grietas de lo alto de las paredes.
Cada segundo sentía que me consumía una mezcla de miedo y de curiosidad. ¿Qué
haría surgir la tormenta… o quizá no quedaba nada ya que pudiese surgir? Guiado
por el resplandor de un relámpago, me aposté tras un espeso matorral desde el
que podía ver la abertura sin delatar mi presencia.
Si el cielo es
misericordioso, algún día borrará de mi conciencia la escena que presencié y me
dejará vivir mis últimos años en paz. Ahora ya no puedo dormir por la noche, y
tengo que tomar narcóticos cuando truena. Aquello salió de pronto,
inesperadamente; surgió un demonio, escabulléndose como una rata de los abismos
profundos e inimaginables, un jadeo infernal y un gruñido ahogado; luego, del
agujero de la chimenea irrumpió una vida multitudinaria y leprosa, un flujo
nauseabundo, engendro nocturno de orgánica corrupción, más devastadoramente
horrenda que los más negros conjuros de la locura y la morbosidad mortal.
Bullía, hervía, se elevaba, borboteaba como una baba de serpientes, se
contorsionaba al emerger del boquete, extendiéndose como un contagio séptico,
manando del sótano hacia todas las salidas… desbordándose por el bosque maldito
y tenebroso para derramar en él el pavor, la locura y la muerte.
Sólo Dios sabe cuántos eran…
miles quizá. Resultaba espantoso verlos brotar en esas cantidades a la luz
intermitente de}os relámpagos. Cuando empezaron a disminuir lo suficiente como
para poderlos distinguir como organismos separados, vi que eran como demonios o
simios deformes, enanos y peludos; caricaturas monstruosas y diabólicas de la
tribu de los monos. Eran espantosamente mudos; apenas se oyó un chillido cuando
uno de los rezagados se volvió con la habilidad de una larga práctica, sació su
hambre en un compañero más débil. Los demás se abalanzaron sobre los restos y
los devoraron con babeante fruición. Acto seguido, a pesar de mi aturdimiento,
efecto dé mi repugnancia y mi pavor, triunfó mi morbosa curiosidad; y cuando la
última de las monstruosidades surgió viscosamente de aquel mundo inferior de
desconocida pesadilla, saqué mi pistola automática y disparé, camuflando el
estampido con los truenos.
Estridentes, escurridizas
sombras torrenciales de viscosa locura persiguiéndose por los interminables y
sangrientos corredores de cielo púrpura y fulgurante… fantasmas informes y
mutaciones calidoscópicas de un escenario macabro y recordado; bosques de robles
monstruosos e hinchados cuyas raíces se retuercen como culebras y succionan el
jugo abominable de una tierra hirviente de demonios caníbales; tentáculos que
emergen a tientas de subterráneos núcleos, dotados de poliposa perversión…
insanos relámpagos por encima de muros infernales cubiertos por una hiedra
maligna y arcadas demoníacas ahogadas por una, vegetación fungosa… Bendito sea
el cielo por haberme concedido el instinto que me guió inconsciente a lugares
donde habitan los hombres: el pueblo pacífico que dormía bajo las plácidas
estrellas de claros cielos.
Al cabo de una semana me
había recobrado lo bastante como para pedir de Albany una partida de hombres
para que dinamitaran la mansión Martense y la Cima entera de la Montaña de las
Tempestades, cegaran todas las madrigueras y talaran determinados árboles
hinchados cuya mera existencia representaba un insulto a la cordura. Después de
todo este trabajo, conseguí dormir un poco, aunque jamás me llegará el
verdadero descanso mientras recuerde el abominable secreto del horror oculto.,
Me seguirá obsesionando; porque, ¿quién sabe si ha sido completa la
exterminación, y si no existirán fenómenos análogos en el resto del mundo?
¿Quién, sabiendo lo que yo sé, puede pensar en las cavernas desconocidas de la
tierra sin sufrir espantosas pesadillas ante las futuras posibilidades? No
puedo asomarme a un pozo ni a una entrada de metro sin estremecerme… ¿por qué
no me da el doctor algo que me haga dormir, o me calme de veras el cerebro
cuando truena?
Lo que vi al resplandor de
los relámpagos, tras dispararle al ser indescriptible, fue tan simple que casi
transcurrió un minuto, antes de darme cuenta y caer en un estado de delirio.
Era un ser nauseabundo, un gorila blancuzco e inmundo, de colmillos afilados y
amarillentos y pelo enmarañado; el último producto de la degeneración mamífera;
el resultado espantoso del aislamiento, la multiplicación y la alimentación
caníbal en la superficie y en el subsuelo; la encarnación de todo lo que gruñe,
de todo lo caótico que acecha temeroso detrás de la vida. Me había mirado al
morir, y vi en sus ojos la misma extraña calidad de aquellos otros ojos que me
habían mirado en el subsuelo, removiendo en mi interior brumosos recuerdos. Uno
de los ojos era azul, y el otro castaño. Eran los ojos disimilares que la vieja
leyenda atribuía a los Martense. Y en un asfixiante cataclismo de inexpresable
horror, comprendí qué había sido de la desaparecida familia; la terrible casa
de los Martense, enloquecida por las tormentas.
Índice
III.Qué significaba el
resplandor rojo
IV. El horror en los ojos
EL HORROR DE RED HOOK
Hay sacramentos tanto del
mal como del bien en torno nuestro; y vivimos y nos movemos, a mi juicio, en un
mundo desconocido, en un lugar donde hay cavernas y sombras y moradores del
crepúsculo. Es posible que el hombre pueda a veces retroceder en el sendero de
la evolución,.y creo que hay un saber terrible que no ha muerto todavía.
Arthur Machen
I
No hace muchas semanas, en
la esquina de una calle del pueblo de Pascoag, Rhode Island, un peatón alto, de
constitución fuerte y aspecto saludable, dio mucho que hablar a causa de su
singular comportamiento. Al parecer, habla bajado por la carretera de Chepachet,
y al llegar a la parte más densa había torcido a la izquierda, por la calle
principal, donde varios bloques de modestos establecimientos dan cierta
impresión de núcleo urbano. Al llegar allí, y sin causa aparente, manifestó su
singular comportamiento: miró un segundo de forma extraña hacia el más alto de
los edificios, y luego, profiriendo alaridos aterrados e histéricos, inició una
frenética carrera que concluyó cuando tropezó y cayó en el cruce siguiente.
Unas manos solicitas le recogieron y le sacudieron el polvo, descubriéndose
entonces que estaba consciente, físicamente ileso, y claramente repuesto de su
repentino ataque de nervios. Murmuró unas avergonzadas explicaciones sobre
cierta tensión que había soportado, se encaminó con la cabeza gacha hacia la
carretera de Chepachet y emprendió el regreso sin volver la vista atrás ni una
sola vez. Encontraron extraño que le sucediera a un hombre tan corpulento,
robusto y de aspecto tan normal un percance semejante; extrañeza que no
disminuyó al oir los comentarios de uno de los mirones, que le habla reconocido
como el huésped de un conocido lechero de las afueras de Chepachet.
Resultó ser un detective de
la policía de Nueva York llamado Thomas F. Malone, el cual se encontraba
disfrutando de un largo permiso, para someterse a tratamiento médico, tras un
trabajo excepcionalmente arduo en un espantoso caso local de dramáticas consecuencias.
Varios edificios de ladrillo se habían derrumbado durante una redada en la que
él había participado, y hubo algo en la mortandad general, entre detenidos y
compañeros suyos, que le habla horrorizado de manera especial. A causa de ello,
habla adquirido un horror agudo y anómalo a todo edificio que se pareciese
siquiera remotamente a los que se hablan derrumbado, de manera que al final los
psiquiatras le prohibieron contemplar cualquier edificio de ese tipo durante
algún tiempo. Un médico de la policía que tenía familia en Chepachet sugirió
que dicha aldea, formada por casas coloniales de madera, podía ser un lugar
ideal para su convalecencia psíquica, y allí se habla retirado el paciente,
prometiendo no aventurarse a andar por
calles con fachadas de
ladrillo de las grandes poblaciones hasta que le aconsejase debidamente el
especialista de Woonsocket, con quien le habían puesto en contacto… Este paseo
hasta Pascoag con idea de comprar revistas había sido un error, y el paciente
había pagado su desobediencia con un susto, algunas contusiones y una
humillación.
Esto era cuanto sabían los
chismosos de Chepachet y de Pascoag; y eso era, también, lo que los doctos
especialistas creían. Pero al principio Malone había contado a los
especialistas mucho más; aunque dejó de contarles nada al ver la absoluta
incredulidad que reflejaban sus semblantes. A partir de entonces guardó
silencio, y no protestó en absoluto cuando todos coincidieron en afirmar que
había sido el derrumbamiento de los ruinosos edificios de ladrillo del sector
de Red Hook, de Brooklyn, y la muerte consiguiente de muchos esforzados
oficiales, lo
que había ocasionado su
desequilibrio nervioso. Había trabajado demasiado, dijeron, en la limpieza de
aquellos nidos de desorden y de violencia; algunos detalles fueron horrorosos a
todas luces, y la inesperada tragedia había supuesto la gota que colmaba el
vaso. Esta era una explicación simple que todo el mundo podía entender; y como
Malone no era un simple, comprendió que era preferible dejarlo así. Hablar a
unas gentes sin imaginación de un horror que escapaba a toda concepción humana
-de un horror que se cobijaba en casas y en edificios y en Ciudades invadidas
por el cáncer y la lepra de una maldad venida de otros mundos- habría sido
invitarles a que le encerrasen en una celda acolchada, en vez de permitirle un
descanso temporal; y Malone era un hombre con sentido común, a pesar de su
misticismo. Tenía la aguda visión del celta para las cosas preternaturales y
ocultas, y el ojo vivo del lógico para lo que en apariencia era convincente,
amalgama que le había llevado muy
lejos en los cuarenta y dos
años de su vida y le había. colocado en extraños lugares para un hombre que se
–había formado en la
Universidad de Dublín y había nacido en una villa georgiana próxima a Phoenix
Park.
Y ahora, al repasar las
cosas que habla visto y sentido y comprendido, Malone se alegró de no haber
confiado a nadie algo que era capaz de convertir a un intrépido luchador en un
neurótico tembloroso, las viejas barriadas de ladrillo y las oleadas de rostros
cetrinos y huidizos en algo pesadillesco y prodigiosamente siniestro. No sería
ésta la primera vez que sus sentimientos se quedaran sin interpretación, pues
¿acaso no era su mismo acto de sumergirse en el abismo políglota del hampa
neoyorquina un fenómeno que escapaba a toda explicación razonable? ¿Qué podía
contarles a las gentes prosaicas sobre las antiguas brujerías y las grotescas
maravillas discernibles para unos ojos sensibles en este caldero inmundo donde
las más diversas heces de épocas malsanas mezclaban su ponzoña y perpetuaban
sus obscenos terrores? El había visto la llama verde e infernal de secreto
prodigio en esa confusión estridente y evasiva de avidez exterior y de interna
blasfemia, y había sonreído con desprecio cuando los neoyorquinos que le
conocían se burlaban de sus experimentos en su labor policial. Se habían
mostrado muy graciosos y cínicos, y se habían reído de su búsqueda fantástica
de misterios incognoscibles, asegurándole que en estos tiempos no habla en
Nueva York más que bajeza y vulgaridad. Uno de ellos le había apostado bastante
dinero a que -pese a las numerosas cosas emocionantes que había publicado en la
Dublin Review- no era capaz de escribir siquiera un relato verdaderamente
interesante sobre la vida de los bajos fondos de Nueva York; y ahora, al
reflexionar sobre ello, se daba cuenta de la ironía cósmica que había
justificado las palabras proféticas al refutar secretamente su frívolo
significado. El horror, como vio al fin, no podía ser objeto de relato; pues
como el libro que cita la autoridad alemana de Poe, «es lasst sich nicht
lesen», "no consiente en ser leído".
II
Para Malone, la existencia
producía siempre una sensación latente misterio. De joven había percibido la
oculta belleza, el éxtasis de las cosas, y había sido poeta, pero la pobreza y
el sufrimiento y el exilio le habían hecho volver la mirada en direcciones más
tenebrosas, y se había estremecido ante la maldad del mundo que le rodeaba. La
vida diaria se había vuelto para él una fantasmagoría de sombras macabras;
brillante y descocada unas veces, ocultando la corrupción con el mejor estilo
de Beardsley, y, otras, sugiriendo terrores tras las formas y los objetos más
corrientes, como las obras sutiles y menos llamativas de Gustavo Doré. A menudo
consideraba misericordioso que la mayoría de las personas inteligentes se
mofaran de los misterios más recónditos, pues, argüía, si las mentes superiores
entraran alguna vez en comunicación plena con los secretos guardados por
antiguos cultos inferiores, no tardarían las anormalidades no sólo en destruir
el mundo, sino en amenazar la misma integridad del universo. Estas reflexiones
eran morbosas, evidentemente, pero su agudo sentido de la lógica y su profundo
humor las equilibraban de manera saludable. Malone se conformaba con que sus
ideas se quedaran en visiones semivislumbradas y prohibidas para poder jugar
con ellas con ligereza. La historia llegó sólo cuando el deber le colocó ante
una revelación infernal demasiado repentina e intensa para poder soslayarla.
Hacía algún tiempo que le
habían destinado a la comisaría de Butler Street, de Brooklyn, cuando tuvo
noticia del caso de Red Hook. Red Hook es un laberinto de híbrida miseria
próximo al barrio marinero frente a la Isla del Gobernador, con suicidas carreteras
que ascienden de los muelles a un terreno elevado donde los deteriorados tramos
de Clinto Street y Court Street conducen al Ayuntamiento. Sus casas son en su
mayoría de ladrillo, construidas durante el segundo cuarto del siglo XIX, y
algunos de los callejones y travesías más oscuros tienen sabor antiguo y
seductor que la literatura convencional nos inclina a calificar de
"dickensiano". La población es una mescolanza y un enigma
irremediables: en ella chocan entre sí componentes sirios, españoles, italianos
y negros, a no mucha distancia de los cinturones escadinavo y americano. Es una
babel de ruidos e inmundicia que profiere extraños gritos al contestar a las
mansas olas oleaginosas que lamen los sucios espigones y a las monstruosas
letanías que compone el órgano de los silbidos portuarios. Aquí imperaba hace
tiempo un cuadro mucho más brillante, cuando los marineros de ojos daros
pululaban por las calles inferiores, y unos hogares con más personalidad y
gusto bordeaban la colina. Aún pueden descubrirse vestigios de su antiguo
esplendor en las formas elegantes de los grandes edificios, las airosas
iglesias, y los testimonios de un arte y un pasado originales en pequeños
detalles diseminados aquí y allá: un gastado tramo de escaleras, una puerta
deteriorada, un par de carcomidas columnas decorativas, o un trozo de lo que en
otro tiempo fuera espacio verde, con la barandilla torcida y herrumbrosa. En
general, las casas componen bloques homogéneos, y, de cuando en cuando, se
eleva una cúpula con múltiples ventanas para recordar los tiempos en que las
familias de los capitanes y los armadores vigilaban el mar.
Un centenar de dialectos
blasfemos asaltaban el cielo desde esta mescolanza de podredumbre material y
espiritual. Hordas de merodeadores deambulaban gritando y cantando por
callejones y calles; unas manos furtivas, de tarde en tarde, apagaban de pronto
la luz y corrían las cortinas, y unos rostros oscuros, marcados por el pecado
desaparecían de la ventana al sorprenderlos el visitante. Los policías
desesperan de imponer algún orden, y tratan de levantar barreras a fin de
proteger el mundo exterior del contagio. Al ruido metálico de la patrulla
responde una especie de silencio espectral, y los detenidos que se llevan jamás
se muestran comunicativos. Los delitos evidentes son tan variados como los
dialectos locales, y abarcan desde el contrabando de ron y la entrada
clandestina de extranjeros, pasando por los diversos grados de depravación y
oscuro vicio, hasta el asesinato y la mutilación en sus formas más horrendas.
El hecho de que estos delitos visibles no sean más frecuentes no es ninguna
honra para el vecindario, a menos que la capacidad de ocultación sea un arte
digno de honra. Entra más gente en Red Hook de la que sale -al menos, de la que
sale por tierra-, y los causantes de ello son los menos locuaces con toda
probabilidad.
Malone encontró en este
estado de cosas un vago hedor y secretos más terribles que cuantos pecados
denunciaban los ciudadanos y deploraban los sacerdotes y filántropos. Sabía,
como persona en que una gran imaginación se unía a conocimientos científicos, que
la gente moderna que vive al margen de la ley tiende misteriosamente a repetir
las pautas instintivas más oscuras de salvajismo primitivo y cuasi simiesco en
su vida diaria y en sus observaciones rituales; y con un estremecimiento de
antropólogo, habla visto a menudo desfilar procesiones, acompañadas de cánticos
y blasfemias, de j6venes de ojos turbios y rostros picados de viruela que
desfilaban durante las primeras horas de la madrugada. Constantemente se veían
grupos de estos jóvenes; unas veces, mirando de soslayo en las esquinas de las
calles; otras, en los portales, tocando misteriosamente instrumentos musicales
de escasa calidad; otras, sumidos en un embotamiento anonadante, enfrascados en
conversaciones indecentes alrededor de una mesa de algún restaurante próximo a
Borough Hall, o hablando en voz baja junto a un taxi desvencijado ante el
pórtico solemne de algún caserón viejo y ruinoso con los postigos cerrados. Le
fascinaban y le producían escalofríos, más de lo que se atrevía a confesar a
sus compañeros de cuerpo, porque le parecía ver en ellos una especie de hilo
monstruoso de secreta continuidad, una pauta diabólica, misteriosa y antigua
que estaba más allá y por debajo de las acciones, costumbres y guaridas
investigadas con concienzudo cuidado técnico por la policía. Eran sin duda,
intuía él, herederos de alguna tradición espantosa y primordial, partícipes de
cultos y ritos degradados y fragmentarios, más viejos que la humanidad. Lo
sugería su coherencia y su precisión, y lo revelaban los indicios de un orden
subyacente bajo el sórdido desorden. No en vano había leído tratados como el
Witch-Cult in Western Europe de Margaret Murray y sabía que había pervivido
hasta los últimos años, entre los campesinos y las gentes furtivas, un tipo
horrible y clandestino de reuniones y orgías que provenía de tenebrosas
religiones anteriores al mundo ario, y que aparecían en las leyendas populares
como misas negras y aquelarres. No creía en absoluto que hubiesen desaparecido
por completo estos vestigios infernales de magia asiático-turania y de cultos
de la fertilidad, y se preguntaba a menudo cuánto más antiguos y negros serían
algunos de ellos de lo que se contaba en realidad.
III
Fue el caso de Robert Suydam
el que introdujo a Malone en el cogollo del asunto de Red Hook. Suydam era un
hombre solitario y culto que pertenecía a una antigua familia holandesa; cantó
desde el principio con los medios justos para vivir con independencia, y
habitaba la amplia pero mal conservada mansión que su abuelo había construido
en Flatbush cuando dicho pueblo era poco más que un agradable conjunto de casas
de estilo colonial alzadas en torno al templo de la Iglesia Reformada, cubierto
de hiedra, con su campanario y su cementerio cercado con valla de hierro y
poblado de lápidas con nombres holandeses. En su casa solitaria de Martense
Street, en medio de un jardín de árboles venerables, Suydam había leído y
meditado durante seis décadas, excepto un período en que embarcó, una
generación antes, rumbo al viejo continente; donde permaneció durante ocho
años. No podía permitirse tener criados, admitía pocas visitas en su absoluta
soledad, evitaba amistades íntimas y recibía a sus escasos conocidos en una de las
tres habitaciones de la planta baja que él mismo mantenía en orden, una inmensa
estancia con estanterías que llegaban basta el techo, sólidamente atestadas de
libros pesados, rotos, arcaicos y de aspecto vagamente repugnante. El
crecimiento del pueblo y su absorción final por el distrito de Brooklyn no
había significado nada para Suydam, quien a su vez había ido significando menos
para el pueblo. La gente mayor aún le señalaba por la calle, pero para la
mayoría de la población más joven era tan sólo un tipo raro, corpulento y
viejo, cuyo cabello blanco y desgreñado, barba hirsuta, traje negro reluciente
y bastón con puño de oro, le valían una mirada divertida y nada más. Malone no
le conoció de vista hasta que el deber le hizo intervenir en el caso, pero
había oído decir que era una verdadera autoridad en supersticiones medievales,
y una vez había querido echar una ojeada a un opúsculo suyo, ya agotado, sobre
la cábala y la leyenda de Fausto, opúsculo que un amigo suyo había citado de
memoria.
Suydam se convirtió en un
«caso» cuando sus lejanos y únicos parientes trataron de obtener un dictamen
judicial sobre su salud mental. La decisión de estos parientes había parecido
repentina al mundo exterior, pero en realidad la tomaron sólo tras una prolongada
observación y penosas discusiones. Se basaba en ciertos cambios extraños que
habían apreciado en su forma de hablar y en sus hábitos, así como en
extravagantes referencias a prodigios inminentes y en sus inexplicables visitas
a los vecindarios de Brooklyn de mala reputación. Con los años se había ido
volviendo más descuidado en su persona, hasta convertirse en un auténtico
pordiosero; y los avergonzados amigos le veían a veces por las estaciones del
Metro, o haraganeando en los bancos de los alrededores de Borough Hall,
conversando con desconocidos de piel oscura y cara tenebrosa. Cuando hablaba,
era para farfullar cosas sobre ciertos poderes ilimitados que casi tenía bajo
su control, y repetir con furtivas miradas de inteligencia palabras o nombres místicos
como «Sefirot», «Asmodeo» y «Samaél». El dictamen judicial declaró que estaba
consumiendo sus rentas y malgastando su peculio en la compra de extraños
volúmenes, importados de Londres y de París, y en el mantenimiento de un sótano
miserable en el distrito de Red Hook, donde pasaba casi todas las noches
recibiendo extrañas delegaciones de gentes extranjeras, broncas y heterogéneas,
y dirigiendo al parecer cierta clase de ritos ceremoniales tras las verdes y
discretas persianas. Los detectives a quienes se asignó su vigilancia
informaron haber oído desde el exterior extraños gritos y cánticos y ruidos de
saltos, durante esos ritos nocturnos, y se estremecían ante su éxtasis y
abandono, pese a las vulgares orgías que solían celebrarse en ese sector embrutecido.
Sin embargo, cuando llegó a conocerse la noticia, Suydam se las arregló para
seguir en libertad. Ante el juez, su actitud. fue cortés y razonable, y admitió
sin reservas la rareza de conducta y extravagancia de lenguaje en que había
caído a causa de su excesiva entrega al estudio y a la investigación. Se había
consagrado, dijo, a la investigación de ciertos aspectos de las tradiciones
europeas que requerían el más estrecho contacto con grupos extranjeros, y el
conocimiento de sus canciones y sus danzas populares. La idea de que una ruin
sociedad secreta le estaba devorando, como sugerían sus parientes, era
evidentemente absurda; demostraba lo poco que comprendían su obra. Tras el
triunfo de sus serenas explicaciones, se le dejó en libertad, y fueron
retirados los detectives contratados por los Suydam, Corlear y Van Brunt con
resignado disgusto.
Fue por entonces cuando se
hizo cargo del caso un grupo formado por inspectores federales y policías,
Malone entre ellos. La policía había seguido con interés el caso de Suydam, y
había sido llamada en muchas ocasiones para que ayudase a los detectives privados.
Durante este trabajo se puso de manifiesto que entre los nuevos amigos de
Suydam se encontraban los más negros y depravados criminales que pululaban por
los tenebrosos callejones de Red Hook, y que al menos una tercera parte de
ellos eran reincidentes en casos de robo, disturbios e introducción ilegal de
inmigrantes. En efecto, no sería exagerado decir que el círculo particular del
viejo erudito coincidía casi cabalmente con la peor de las camarillas
organizadas que ayudaban desde tierra a pasar clandestinamente a cierta hez
incalificable de asiáticos tan sabiamente devueltos por Ellis Island. En los
tugurios rebosantes de Parker Place -rebautizada posteriormente- donde Suydam
tenía el sótano, se había formado una inusitada colonia de gentes extrañas de
ojos rasgados que utilizaban el alfabeto árabe, aunque era rechazada
manifiestamente por la gran mayoría de sirios que vivían en Atlantic Avenue y
sus proximidades. Todos podían ser deportados por falta de documentación, pero
los mecanismos legales funcionaban con lentitud, y no se puede remover Red Hook
a menos que la publicidad obligue a las autoridades a tomar tal medida.
Estos seres acudían a una
derruida iglesia de piedra, utilizada los viernes como sala de baile, la cual
alzaba sus contrafuertes góticos cerca de la parte más sórdida del barrio
marinero. Teóricamente era católica, pero los sacerdotes de todo Brooklyn negaban
al lugar toda categoría y autenticidad, y los policías coincidían con ellos
cuando escuchaban el rumor que salía de ella por la noche. Malone creía oír a
veces, cuando la iglesia permanecía vacía y sin luces, las notas bajas y
desafinadas de un órgano secreto y terrible como si brotasen de las
profundidades del subsuelo; en cuanto a los demás observadores, les
amedrentaban los chillidos y golpes de tambor con que acompañaban los servicios
religiosos. Al ser interrogado, Suydam dijo que creía que el ritual era un
residuo de cristianismo nestoriano teñido de chamanismo del Tíbet. La mayoría
de estas gentes, según él, era de origen mongólico y procedía de alguna región
próxima al Kurdistán, y Malone no pudo evitar el pensar que el Kurdistán es e1
país de los yezidíes, últimos supervivientes de los adoradores persas del
diablo. Fuera como fuese, el revuelo de la investigación de Suydam confirmó que
estos recién clandestinos acudían a Red Hook en número vez mayor, entraban por
el país gracias a alguna,piración no detectada por los oficiales de aduanas ni
por la policía portuaria, invadían Parker Place y se extendían rápidamente por
la colina, siendo acogidos con fraternidad por los variopintos residentes de la
zona. Sus figuras achaparradas y sus fisonomías característicamente bizcas,
combinadas de manera grotesca con ropas llamativamente americanas, aparecían
cada vez con más frecuencia entre los maleantes y pistoleros nómadas del sector
de Borough Hall; hasta que por último se juzgó necesario efectuar un censo de
todos ellos, averiguar cuáles eran sus recursos y ocupaciones y ver la forma de
cercarles y entregarles a las autoridades de inmigración. Malone fue asignado
para esta misión por acuerdo de las fuerzas federales y locales, y cuando
empezó la criba de Red Hook, percibió que se encontraba al borde mismo de unos
terrores indecibles, con la figura andrajosa y descuidada de Robert Suydam como
principal enemigo y adversario.
IV
Los métodos de la policía
son diversos e ingeniosos. Malone, valiéndose de discretos paseos, cuidadosas
conversaciones casuales, calculados ofrecimientos de licor y discretas
entrevistas con asustados prisioneros, se enteró de bastantes detalles sueltos sobre
ese movimiento que había adoptado un cariz tan amenazador. En efecto, los
recién llegados eran kurdos, aunque hablaban un dialecto oscuro y
desconcertante en cuanto a su exacta filología. Los que trabajaban lo hacían en
su mayor parte como. cargadores de muelle, o eran buhoneros sin licencia,
aunque a menudo servían en restaurantes griegos y atendían en los kioskos de
periódicos de las esquinas. La mayoría, sin embargo, carecía de un medio
visible de subsistencia, y tenía que ver, evidentemente, con actividades del
hampa, de las cuales el contrabando y el tráfico ilegal de licores eran las
menos inconfesables. Casi todos habían llegado en buques de vapor y habían sido
desembarcados durante noches sin luna en botes de remo que después se metían
furtivamente por debajo de cierto muelle y seguían por un canal oculto, hasta
un remanso subterráneo situado debajo de cierta casa. Malone no consiguió
localizar el muelle, ni el canal, ni la casa, ya que la memoria de sus
informadores era terriblemente confusa, en tanto que su lenguaje era en parte
incomprensible aun para los intérpretes más capaces; tampoco pudo obtener
ningún dato coherente sobre las razones de su importación sistemática. Se
mostraron reservados respecto al lugar del que venían, y en ningún momento les
pudo coger lo bastante desprevenidos como para revelar qué agentes les habían
buscado y dirigido. En efecto, manifestaron algo así como un tremendo pavor
cuando se les preguntó por los motivos de su presencia allí. Los maleantes de
otras razas se mostraron igualmente reservados, y lo más que se pudo inferir
fue que un dios o gran sacerdote les había prometido poderes inauditos y
glorias y gobiernos sobrenaturales en una tierra extraña.
La asistencia de los recién
llegados y antiguos delincuentes a las rigurosamente vigiladas reuniones
nocturnas de Suydam era muy asidua, y la policía no tardó en enterarse de que
el antiguo solitario había alquilado pisos adicionales para acomodar a aquellos
invitados que estaban al tanto de sus consignas, llegando a adquirir finalmente
tres edificios enteros y albergando de forma permanente a muchos de estos
misteriosos compañeros. Ahora pasaba poco tiempo en su casa de Flatbush, adonde
iba sólo para llevarse o devolver libros; y su expresión y actitud habían
alcanzado un impresionante grado de extravío. Malone fue a verle un par de
veces, pero las dos fue rechazado con brusquedad. No sabía nada, dijo, de
complots ni de conjuras misteriosas; no tenía idea de cómo habían entrado los
kurdos ni de qué pretendían. Su ocupación era estudiar con serena tranquilidad
el folklore de todos los inmigrantes del distrito, asunto en el que la policía
no tenía por qué meterse. Malone expresó su admiración por su viejo folleto
sobre la cábala y otros mitos; pero el ablandamiento del anciano fue sólo
momentáneo. Consideró aquello una intrusión, y despidió a su visitante sin
contemplaciones; Malone se retiró disgustado, y acudió a otros canales de
información.
Nunca sabremos qué habría
descubierto Malone si hubiese podido trabajar con continuidad en el caso. Pero
un conflicto estúpido entre las autoridades locales y las federales hizo que se
suspendiesen las investigaciones durante meses, en el curso de los cuales el
detective se ocupó de otras misiones. Pero en ningún momento perdió interés, ni
dejó de asombrarle lo que empezaba a sucederle a Robert Suydam. Coincidiendo
con una ola de secuestros y desapariciones que conmocionó a Nueva York, el
descuidado erudito empezó a experimentar una metamorfosis tan asombrosa como
absurda. Un día le vieron por las proximidades de Borough Hall con el rostro
afeitado, peinado y con un traje pulcro y de buen gusto; y en adelante, cada
día se observaba en él cierta oscura mejoría. Mantenía constantemente su nueva
actitud remilgada, a la que vino a sumarse un inusitado fulgor en los ojos y
una vivacidad en el habla; y poco a poco empezó a perder la corpulencia que
durante tanto tiempo le había deformado. Ahora era frecuente que se le
atribuyese menos edad de la que tenía; adquirió elasticidad en su modo de andar
y firmeza en el porte, en consonancia con su nueva vida, y su cabello mostró un
curioso oscurecimiento que no daba la impresión de deberse al tinte. Unos meses
después empezó a vestir de manera cada vez menos conservadora, y finalmente
asombró a sus nuevos amigos al restaurar y decorar de nuevo su mansión de
Flatbush, que abrió en una serie de recepciones a las que invitó a cuantas
amistades recordaba, dispensando una especial acogida a sus parientes olvidados
que poco antes habían tratado de internarle. Unos asistieron por curiosidad y
otros por obligación, pero todos se sintieron súbitamente encantados ante la
gracia y donaire de que hacía gala el antiguo ermitaño. Este declaró que habla
terminado casi toda la labor que se había asignado, y que puesto que acababa de
heredar cierta propiedad de un amigo europeo semiolvidado, iba a pasar el resto
de sus días en una segunda y más brillante juventud, cosa que hacían posible el
desahogo económico, el cuidado y una estudiada dieta. Cada vez se le veía menos
por Red Hook, y cada vez se movía más en la sociedad en la que habla nacido. La
policía observó que los maleantes solían reunirse ahora en la vieja
iglesia-sala de baile, en vez de acudir al sótano de Parker Place, aunque éste
y sus recientes anexos seguían rebosantes de vida pestilente.
Entonces se produjeron dos
acontecimientos bastante inconexos, aunque de enorme interés para el caso, tal
como Malone lo concebía. Uno fue el anuncio discreto, aparecido en el Eagle, de
los esponsales de Robert Suydam con la señorita Cornelia Gerritsen de Bayside,
joven de excelente posición y pariente lejana de su viejo prometido; el otro
fue una redada efectuada por la policía en la iglesia-sala de baile, al recibir
aviso de que había sido vista fugazmente, en una ventana del sótano, la cara de
un niño secuestrado. Malone había participado en esa redada y, una vez dentro,
había examinado el lugar con todo detenimiento. No encontraron a nadie -en
realidad, el edificio estaba completamente desierto cuando llegaron-, pero su
sensibilidad celta se sintió vagamente turbada ante muchas de las cosas que
descubrió en el interior. Había tablas con pinturas sumamente desagradables,
tablas que representaban rostros sagrados con expresiones singularmente
sardónicas y mundanas, los cuales adoptaban a veces gestos libertinos que
incluso una sensibilidad profana decorosa apenas podía aprobar. Tampoco le
agradó la inscripción griega muro, encima del púlpito: era una antigua fórmula
mágica con la que ya se había tropezado en sus tiempos de estudiante, en
Dublin, y que, traducida, decía literalmente:
¡Oh amiga y compañera de la
noche, tú que te solazas en el ladrido del perro y en la sangre derramada, que
vagas entre las sombras de las tumbas y ansías la sangre y traes el terror a
los mortales, Gorgo, Mormo, luna de mil caras, mira con ojos favorables
nuestros sacrificios!
Se estremeció al leer esto,
y recordó vagamente las notas desafinadas y bajas de un órgano que había
imaginado oír algunas noches como si salieran de debajo de la iglesia. Y otra
vez se estremeció al observar herrumbre en el borde de un cuenco metálico que
había sobre el altar, y se detuvo nervioso cuando su olfato percibió un hedor
espantoso y extraño procedente de algún lugar cercano. Le obsesionaba el
recuerdo de los acordes de órgano, y registró el sótano con especial atención
antes e marcharse. El lugar le resultaba detestable; sin embargo, ¿qué eran las
pinturas e inscripciones blasfemas, aparte de meras groserías perpetradas por
gentes ignorantes?
Por la época en que se había
fijado la boda de Suydam, la epidemia de secuestros se había convertido en un
escándalo periodístico general. La mayoría de las víctimas eran niños de las
clases sociales más bajas, pero el creciente número de desapariciones había
suscitado un sentimiento de furia de lo más violento. Los diarios reclamaban la
intervención de la policía, y una vez más la comisaría de Butler Street envió a
sus hombres a Red Hook en busca de pistas, descubrimientos y criminales. Malone
se alegró de ponerse otra vez en acción, y se enorgulleció de tomar parte en la
redada llevada a cabo en una de las casas que tenía Suydam en Parker Place. No
encontraron a ninguno de los niños secuestrados, a pesar de lo que se contaba
sobre gritos, y a pesar de la venda roja recogida en el patio, pero las
pinturas y las brutales inscripciones que manchaban las paredes desnudas de la
mayoría de las habitaciones, y el primitivo laboratorio químico del ático,
convencieron al detective de que estaba sobre la pista de algo tremendo. Las
pinturas eran espantosas: monstruos horribles de todas las formas y tamaños, y
parodias de siluetas humanas imposibles de describir. Las frases estaban
escritas en rojo, en caracteres árabes, griegos, latinos y hebreos. Malone no
pudo leer muchas de ellas, aunque lo que consiguió descifrar resultó ser
portentoso y cabalístico. Una frase, frecuentemente repetida en una especie de
griego hebraizado del período helenístico, sugería las más terribles
evocaciones del demonio de la decadencia alejandrina:
EL.HELOYM.SOTHER.EMMANUEL.SABAOTH.
AGLA.TETRAGRAMMAT0N.AGYROS.OTHEOS.
ISCHYROS.ATHANATOS. IEHOVA.
VA.ADONAI.
SADAY.H0MOVSION.MESSIAS.ESCHEREHEYE.
Por todas partes aparecían
círculos y pentáculos que hablaban sin lugar a dudas de las extrañas creencias
y aspiraciones de aquellos que vivían allí de manera tan sórdida. En el sótano,
sin embargo, encontró lo más extraño de todo: una pila de lingotes de oro,
cuidadosamente cubierta con un trozo de arpillera; en sus brillantes
superficies ostentaban los mismos horribles jeroglíficos que adornaban las
paredes. Durante la redada, la policía chocó tan sólo con la resistencia pasiva
de los bizcos orientales que salían como enjambres de todas las puertas. Viendo
que no había nada más de importancia, tuvieron que dejarlo todo como estaba. No
obstante, el comisario del distrito envió una nota a Suydam ordenándole que
vigilase estrechamente a sus inquilinos y protegidos, en vista del creciente
clamor público.
V
En junio tuvo lugar la boda,
que causó gran sensación. En Flatbush reinaba la animación hacia las doce del
mediodía, y una multitud de automóviles adornados con gallardetes llenaban las
calles próximas a la iglesia holandesa donde habían instalado un toldo que, iba
de la puerta a la calzada. Ningún acontecimiento local superó a las nupcias
Suydam-Gerritsen en tono y categoría, y el grupo que dio escolta a la novia y
al novio hasta el muelle de la Cunard fue, si no el más elegante, sí al menos
una sólida página de la alta sociedad. A las cinco se intercambiaron los
saludos, agitando la mano en señal de adiós, y el pesado transatlántico se
apartó del largo espigón, giró la proa lentamente hacia el mar, soltó amarras y
enfiló hacia las aguas anchurosas que le llevarían a las maravillas del vicio
mundo. Era de noche cuando se despejó la cubierta, y los pasajeros rezagados
contemplaron las estrellas que parpadeaban por encima de un océano no
contaminado.
No se sabe si fue el
carguero o el grito 1o que primero llamó 1a atención. Probablemente fueron
ambas cosas a la vez; pero de nada sirve hacer suposiciones. El grito brotó del
camarote de Suydam, y quizá habría podido contar cosas cosas espantosas el marinero
que derribó la puerta si no se le hubiera trastornado el juicio en ese mismo
instante; el caso es que empezó a gritar más aún que las primeras víctimas, y
echó a correr estúpidamente por el barco hasta que le cogieron y le
encadenaron. El médico de a bordo, que entró en el camarote unos momentos más
tarde y encendió las luces, no enloqueció, pero no dijo a nadie lo que vio
hasta algún tiempo después, cuando trabó correspondencia con Malone, ya en
Chepachet. Fue asesinato -estrangulación-; pero no hace falta decir que las
huellas que aparecieron en el cuello de la señora Suydam no podían proceder de
las manos de su esposo ni de ningún ser humano, y que la inscripción que
fluctuó en el blanco mamparo unos instantes en caracteres rolos, consignada
después de memoria, parece que correspondía nada menos que a las pavorosas
letras caldeas de la palabra «LILITH». No hace falta mencionar estas. cosas
porque desaparecieron rápidamente; en cuanto a Suydam, se pudo impedir al menos
que entraran los demás en el camarote, hasta saber qué pensar. El médico ha
asegurado claramente a Malone que no llegó a ver aquello, justo antes de
encender él las luces, percibió la portilla abierta y cegada unos segundos por
cierta fosforescencia, y durante un instante pareció resonar en la oscuridad
del exterior algo así como una risa infernal y contenida; pero la realidad es
que no vio nada. Como prueba, el doctor aduce el hecho de que conservó la
cordura.
Luego, el carguero acaparó
la atención de todos. Arrió un bote, y una horda de insolentes rufianes de tez
oscura, vestidos con uniforme de oficial, invadió la cubierta del buque y
detuvo temporalmente el barco de la Cunard. Querían a Suydam, tanto si estaba
vivo como si no. Tenían noticia de su viaje, y por ciertas razones estaban
seguros de que moriría. La cubierta del capitán era casi un pandemónium;
durante unos momentos, entre el informe del doctor sobre la escena del camarote
y las peticiones de los hombres del carguero, ni el más prudente y concienzudo
de los navegantes supo qué hacer. De repente, el que dirigía a los marinos
visitantes; un árabe de boca detestablemente negroide, sacó un papel sucio y
arrugado y se lo tendió al capitán. Estaba firmado por Robert Suydam, y
contenía este extraño mensaje:
En caso de que muera o me
ocurra algún accidente súbito o inexplicable, ruego que mi cuerpo sea confiado
sin preguntas al portador de esta nota y a sus acompañantes. Para mí, y quizá
para usted, todo depende del absoluto cumplimiento de esta petición. Más tarde
sabrá por qué…, no me defraude ahora.
Robert SUYDAM
El capitán y el doctor se
miraron mutuamente, y el segundo susurró algo al primero. Finalmente asintieron
impotentes, y les llevaron al camarote de Suydam. El doctor hizo que el capitán
desviase la mirada al abrir la puerta y dejar paso a los extraños marineros, y
no respiró hasta que salieron con su cargamento, tras permanecer largo rato
preparándolo. Lo sacaron envuelto en una sábana de la litera, y el doctor se
alegró de que no se viera demasiado su silueta. De alguna forma, los hombres
arriaron el bulto, por un costado, hasta cubierta de su barco, y se lo llevaron
sin destaparlo. El barco de la Cunard reemprendió el viaje, y el doctor y el
que se encargaba a bordo de las funciones funerarias trataron de llevar a cabo
en el camarote de Suydam los últimos servicios que pudieron. Una vez más, el
médico se vio obligado a guardar silencio hasta la mendacidad, dado el horror
de lo ocurrido. Cuando el encargado de los servicios funerarios preguntó por
qué le había extraído toda la sangre al cuerpo de la señora Suydam, omitió
decir que él no lo había hecho, ni señaló los huecos de las botellas que
faltaban en el estante, ni mencionó el olor del lavabo que delataba la forma
precipitada con que las habían vaciado de su contenido original. Los bolsillos
de aquellos hombres -si es que eran hombres-. abultaban bastante en el momento
en que abandonaron el barco. Dos horas más tarde, el mundo, conocía por la
radio cuanto debía saber sobre el horrible caso.
VI
Esa misma tarde de junio,
sin haber oído noticia alguna de lo ocurrido en altamar, Malone andaba
desesperadamente ocupado por los callejones de Red Hook. Una súbita conmoción
pareció estremecer el ambiente, y, como informados por un rumor de algo singular,
los vecinos se arracimaron alrededor de la iglesia-sala de baile y las casas de
Parker Place. Acababan de desaparecer tres niños -noruegos, de ojos azules, de
las calles próximas a Gowanus-, y corrió la voz de que se estaba congregando
una multitud de robustos vikingos de aquel sector. Malone llevaba semanas
insistiendo sobre la necesidad de efectuar una limpieza general; finalmente,
movidos por condiciones más evidentes al sentido común que las conjeturas de un
soñador dublinés, accedieron a asestar un golpe definitivo. La inquietud y
amenaza de esa tarde fue el factor decisivo, y poco antes de las doce de la
noche un destacamento, reclutado en tres comisarías con el fin de llevar a
efecto la redada, descendió hacia Parker Place y sus alrededores. Derribaron
puertas, detuvieron a cuantos encontraron allí y abrieron las habitaciones
iluminadas con velas, obligándolas a vomitar multitudes increíbles y
heterogéneas de extranjeros vestidos con atuendos llamativos, mitras y demás
ornamentos inexplicables. Mucho fue lo que se perdió en la refriega, ya que
arrojaron los objetos apresuradamente a unos pozos insospechados que delataban
los olores que ellos pretendían camuflar quemando a toda prisa acres inciensos.
Pero había salpicaduras de sangre por todas partes; y Malone se estremeció al
ver en el altar un pebetero del que aún salía humo.
Quería estar en varios
sitios a la vez, y decidió inspeccionar el sótano de Suydam sólo cuando un
mensajero le dijo que la derruida iglesia-sala de baile estaba completamente
vacía. Pensó que quizá hubiera en el piso alguna clave sobre el rito del que el
erudito de lo oculto se había convertido en alma y líder; registró con
auténtica expectación las mohosas habitaciones, notó su vago olor a carroña, y
examinó los libros curiosos, instrumentos, lingotes de oro y botellas con tapón
de cristal, todo ello esparcido de cualquier manera. Se le cruzó por entre las
piernas un gato flaco de color blanco y negro que le hizo tropezar, volcando
una cubeta medio llena de un liquido rojo. La impresión fue tremenda; hasta
hoy, Malone no esté seguro de lo que vio, pero todavía se representa en sueños
a ese gato escabulléndose, con ciertas monstruosas alteraciones y
particularidades. Luego llegó a la puerta del sótano, la vio cerrada con llave,
y buscó algo con qué derribarla. Encontró cerca un pesado banco, y su sólido asiento
fue más que suficiente para hacer saltar los antiguos cuarterones. Sonó un
crujido, y cedió toda la puerta…, pero empujada desde el otro lado, de donde
brotó el tumultuoso aullido de un viento frío como el hielo y cargado de todos
los hedores del pozo inmenso, el cual adquirió una fuerza succionante que no
parecía provenir de la tierra ni del cielo, y que, enroscándose como un ser
vivo en torno al paralizado detective, le arrastró por la abertura y lo
precipitó a insondables espacios poblados de susurros y gemidos y risotadas de
burla.
Por supuesto, fue un sueño.
Todos los especialistas se lo han dicho, y él no puede probar lo contrario.
Desde luego, preferiría que fuese así, porque entonces la visión de los míseros
barrios de ladrillo y los rostros oscuros de los extranjeros no le consumirían
el alma de ese modo. Pero en aquellos momentos todo fue espantosamente real, y
nada puede borrarle el recuerdo de esas criptas tenebrosas; esas arcadas
titánicas y esas infernales figuras semiformadas y gigantescas que avanzaban en
silencio llevando entre sus garras seres semidevorados cuyos fragmentos, vivos
aún, gritaban pidiendo misericordia o reían demencialmente. Olores de incienso
y de corrupción se mezclaban en nauseabundo concierto, y el aire negro hervía
de bultos brumosos, semivisibles, de informes seres elementales dotados de
ojos. En alguna parte, un agua negra y pegajosa lamía espigones de ónice, y,
una de las veces, se oyó el tintineo estremecido de unas campanillas
estridentes que saludaban a la risa loca y sofocada de una entidad desnuda y
fosforescente que surgió a la superficie, salió a la orilla y se encaramó a lo
alto de un pedestal tallado en oro que había en el fondo, y se puso en
cuclillas mirando de soslayo.
Unas galerías de ilimitada
oscuridad parecían dispersarse en todas direcciones, hasta el punto de que
podía imaginar que aquello era la raíz de un contagio destinado a contaminar y
tragarse ciudades enteras y a sumergir incluso naciones enteras en una fetidez
de híbrida pestilencia. Aquí se había introducido el pecado cósmico, y,
supurando ritos impíos, había iniciado una marcha burlesca de muerte que iba a
corrompernos a todos y convertirnos en fungosas anormalidades, demasiado
horrendas para encontrar descanso en las sepulturas. Aquí tenía Satanás su
corte babilónica, y los miembros leprosos de la fosforescente Lilith eran
lavados en sangre de niños inmaculados. Incubos y súcubos aullaban alabanzas a
Hécate, y unos becerros-luna acéfalos mugían a la Magna Mater. Saltaban las
cabras al son de unas flautas delgadas y odiosas y un grupo de egipanes
perseguía incansablemente por las rocas a unos faunos deformes con aspecto de
sapos hinchados. No estaban ausentes Moloch ni Ashtaroth, pues en esta
quintaesencia de toda condenación habían quedado suprimidos los límites de la
conciencia, y la fantasía del hombre abarcaba perspectivas de todos los reinos
del horror y de todas las dimensiones prohibidas que el mal podía originar. El
mundo y la Naturaleza estaban irremediablemente desamparados ante tales asaltos
procedentes de abiertos pozos de noche, y ningún signo ni plegaria era capaz de
contener el desbordante Walpurgis de horror que se había producido cuando un
sabio, en posesión de la odiosa llave, había tropezado con una horda cargada
con el arca cerrada y repleta de saber demoníaco.
De repente, un rayo de luz
física traspasó todas estas fantasmagorías, y Malone oyó rumor de remos en
medio de unos seres de blasfemia que debieran estar muertos.
Surgió a la vista un bote
con un farol en la proa, se dirigió velozmente hacia una argolla de hierro que
habla en el muelle de piedra cubierto de lino, y vomitó a varios hombres
oscuros cargados con un bulto envuelto en una sábana. Lo llevaron a la entidad
desnuda y fosforescente agazapada en lo alto del dorado y esculpido pedestal, y
la entidad rió y manoseó el bulto de la sábana. A continuación desenvolvieron y
pusieron de pie, ante el pedestal, el cadáver gangrenoso de un viejo corpulento
de barba incipiente y blancos cabellos desordenados. La entidad fosforescente
rió otra vez, y los hombres se sacaron unas botellas de los bolsillos y le
ungieron los pies con un líquido rojo; luego entregaron las botellas a la
entidad para que bebiese de ellas.
De repente, de un callejón
abovedado que se perdía a lo lejos llegaron las notas demoníacas y jadeantes de
un órgano blasfemo, ahogando y anulando con sus bajos sonidos desafinados y
sardónicos las risas infernales. Un instante después, todas las entidades que
habla allí quedaron como electrizadas. Y agrupándose al punto en una procesión
ceremonial, la horda de pesadilla se alejó solemnemente al encuentro de la
música: cabras, sátiros y egipanes, íncubos, súcubos y lémures, sapos deformes,
seres elementales aulladores y perrunos y huéspedes mudos de las tinieblas,
guiados todos por la abominable entidad fosforescente que había ocupado el
trono dorado, y que ahora avanzaba insolente portando en brazos el cadáver de
ojos vidriosos del corpulento anciano. Los hombres extraños y oscuros danzaban
detrás, y toda la columna saltaba y brincaba con furia dionisíaca. Malone dio
unos pasos tras ellos, confuso y delirante, sin saber si estaba en este o en
otro mundo. Luego dio media vuelta, vaciló y se desplomó sobre la piedra fría y
húmeda, jadeante y tembloroso, mientras el órgano demoníaco seguía desafinando,
y los aullidos, la percusión de los tambores y el tintineo de la loca procesión
se hacia cada vez más débil.
Tenía vaga conciencia de
cánticos horrendos y espantosos graznidos a lo lejos. De cuando en cuando le
llegaba un gemido o gañido de devoción ceremonial a través de la bóveda
tenebrosa, hasta que por último entonaron la pavorosa fórmula mágica griega
cuyo texto habla leído encima del púlpito de la iglesia-sala de baile.
¡Oh amiga y compañera de la
noche, tú que te solazas en el ladrido del perro (aquí estalló un aullido
horrendo) y en la sangre derramada (ruidos atroces); que vagas entre las
sombras de las tumbas (aquí brotó un suspiro sibilante), y ansías la sangre y traes
el terror a los mortales (gritos breves y agudos de miles de gargantas), Gorgo
(repetido en respuesta), Mormo (repetido en éxtasis), luna de mil caras
(suspiros y notas de flauta), mira con ojos favorables nuestros sacrificios!
Al concluir la salmodia, se
elevó un grito general, y unos ruidos sibilantes casi ahogaron las notas
ominosas y bajas del órgano desafinado. Luego brotó un jadeo como de muchas
gargantas, y una babel de ladridos y expresiones quejumbrosas: «¡Lilith, Gran
Lilith, contempla al Esposo!» Más gritos, clamor exultante, y el ruido claro de
pisadas de una figura que corría. Las pisadas se acercaron, y Malone se
incorporó, apoyándose en un codo, para mirar.
La claridad de la cripta,
que últimamente había disminuido, aumentó ahora ligeramente, y, en esa luz
demoníaca, apareció la forma fugaz de algo que no era posible que pudiese huir,
ni sentir, ni respirar: el cadáver gangrenoso de ojos vidriosos del anciano
corpulento, ahora sin que le sostuviesen, animado por algún sortilegio infernal
del rito que acababa de concluir. Tras él venía la entidad desnuda y
fosforescente del esculpido pedestal, y más atrás resollaban los hombres
oscuros y toda la pavorosa tripulación de repugnancias dotadas de sensibilidad.
El cadáver iba sacando ventaja a sus perseguidores, y corría con un fin
deliberado, forzando cada uno de sus músculos putrefactos a fin de llegar al
áureo pedestal, cuya necromántica importancia era inmensa al parecer. Un
momento después habla alcanzado su objetivo, mientras que la multitud que le
seguía continuaba corriendo con frenética rapidez. Pero fue demasiado tarde;
porque el cadáver de ojos desorbitados que fuera Robert Suydam había logrado su
objetivo y su victoria en un esfuerzo final que le desgarró los tendones,
provocando el desmoronamiento de su cuerpo nauseabundo. El impulso había sido
tremendo, pero su fuerza resistió hasta el final; y mientras caía convertido en
una pústula fangosa de corrupción, el pedestal se tambaleó, se volcó y
finalmente se precipitó desde su base de ónice a las espesas aguas, despidiendo
un último destello de oro tallado al hundirse pesadamente en los negros abismos
del Tártaro inferior. En ese instante se disipó también toda la escena de
horror ante los ojos de Malone, quien se desmayó en medio de un estallido
atronador que pareció borrar todo el maligno universo.
VII
Al sueño de Malone, vivido
todo él antes de enterarse de la muerte de Suydam y de su transbordo en alta
mar, vinieron a añadirse ciertos incidentes reales del caso; aunque ésa no es
razón para que nadie lo crea. Los tres edificios viejos de Parker Place, sin
duda minados de corrupción desde hacía tiempo en su forma más insidiosa, se
derrumbaron sin causa visible cuando estaban dentro la mitad de los policías y
gran parte de los prisioneros, y, de ambos grupos, el más numeroso murió
instantáneamente. Sólo se salvaron muchas vidas en los sótanos y bodegas, y
Malone tuvo la suerte de encontrarse en lo más bajo de la casa de Robert
Suydam. Porque estaba efectivamente allí, cosa que nadie está dispuesto a
negar. Le encontraron inconsciente en el borde de un estanque negrísimo, con un
espantoso revoltijo de huesos y de putrefacción -que, por las operaciones
dentales, identificarosa como el cadáver de Suydam- a unos pasos de é1. El caso
era sencillo, ya que era allí adonde conducía el canal subterráneo de los contrabandistas:
los hombres que habíanrecogido a Suydam del barco le habían traído a casa.
Aéstos no seles llegó a encontrar, o, al menos, no se les llegó a identificar;
en cuanto al médico de a bordo, no le satisfacen las explicaciones simplistas
de la policía.
Suydam era, evidentemente,
el jefe de unas vastas operaciones de contrabando de hombres, ya que el que
llegaba hasta su casa no era sino uno de los varios canales subterráneos y
túneles de la vecindad. Había un túnel que conducía de su casa a una cripta situada
bajo la iglesia-sala de baile,. cripta a la que se llegaba desde la iglesia
sólo a través de un estrecho pasadizo que había en la pared norte, y en cuyas
cámaras se descubrieron cosas terribles y singulares. Allí estaba el órgano
desafinado, en una inmensa capilla abovedada, con bancos de madera y un altar
extrañamente decorado. En las paredes se alineaban pequeñas celdas, en
diecisiete de las cuales -resulta espantoso relatarlo- encontraron prisioneros,
encadenados aisladamente y en estado de completa idiocia, entre ellos cuatro
madres con. niños pequeños de aspecto inquietantemente extraño. Dichos niños
murieron al ser sacados a la luz, circunstancia que los doctores consideraron
una suerte. Aparte de Malone, ninguno de los que los examinaron recordó la
oscura pregunta del viejo Del Río: An sint unquam daemones incubi et succubae,
et an ex tali congressu proles nascia queat?
Antes de cegarlos, dragaron
enteramente los canales, de los que sacaron una enorme cantidad de huesos de
todos los tamaños, aserrados y triturados. Evidentemente, se habla llegado a la
raíz de la epidemia de secuestros, aunque, de acuerdo con las pistas legales,
sólo se pudo relacionar a dos de los detenidos supervivientes con el caso.
Dichos hombres se encuentran ahora en prisión, ya que no se ha podido
determinar de forma convincente su complicidad en los asesinatos mismos. No se
pudo sacar a la luz el pedestal o trono de oro esculpido, tan frecuentemente
citado por Malone como de gran importancia ocultista, aunque se comprobó que,
en la parte del canal situada debajo de la casa de Suydam, las aguas formaban
un pozo demasiado profundo y no fue posible dragarla. La condenaron y cegaron
con cemento al hacer los sótanos de los nuevos edificios, pero Malone especula
a menudo sobre lo que hay debajo. La policía, satisfecha de haber desarticulado
una peligrosa banda de maníacos traficantes de inmigrantes, dejaron a los
kurdos no convictos en manos de las autoridades federales, si bien antes de ser
deportados se descubrió de manera concluyente que pertenecían a la secta yezidí
de los adoradores del diablo. El carguero y su tripulación siguen siendo un
misterio, aunque íos escépticos detectives están dispuestos a enfrentarse con
ellos, una vez más, en la lucha por impedir el paso de alijos y el contrabando
de ron. Malone considera que estos detectives dan muestras de una visión
lamentablemente miope con su falta de asombro ante la miríada de detalles
inexplicables y la sugestiva oscuridad de todo el caso; no obstante, critica
igualmente a los periódicos que sólo vieron en él un morboso sensacionalismo, y
se recrearon en lo que no era sino un sádico culto secundario, cuando podían
haber denunciado un horror procedente del mismo corazón del universo. Pero le
alegra poder descansar tranquilo en Chepachet, sosegando su sistema nervioso y
pidiendo que el tiempo vaya trasladando poco a poco su terrible experiencia del
reino de la realidad presente al de la pintoresca y semimítica lejanía. Robert
Suydam descansa junto a su esposa en el cementerio de Greenwood. No se celebró
ningún funeral sobre sus huesos extrañamente rescatados, y los parientes se
sienten aliviados por el rápido olvido en que ha caído el caso. Desde luego,
ninguna prueba legal ha confirmado la conexión del erudito con los horrores de
Red Hook, ya que su muerte se anticipó a la encuesta que habría tenido que
soportar. Tampoco se habla de su propio fin, y los Suydam confían en que la
posteridad le recuerde sólo como el afable anacoreta que se dedicaba al estudio
de la magia y el folklore.
En cuanto a Red Hook, sigue
como siempre. Suydam llegóy se fue; apareció un terror, y se disipó a
continuación; pero el espíritu malvado de lo tenebroso y lo sórdido sigue
latente entre los mestizos que habitan en los viejos edificios de ladrillo, y
las bandas de haraganes siguen desfilando, sin que se sepa con qué objeto, por
delante de las ventanas donde aparecen y desaparecen inexplicablemente luces y
caras retorcidas. El horror secular es una hidra de mil cabezas, y los cultos
tenebrosos tienen sus raíces en blasfemias más profundas que el pozo de
Demócrito. Triunfa el alma de la bestia, omnipresente, y las legiones de
jóvenes de ojos turbios y picados de viruela que deambulan por Red Hook siguen
maldiciendo y cantando y aullando, mientras desfilan de abismo en abismo, sin
que nadie sepa de dónde vienen ni hacia dónde van, empujados por leyes ciegas
de la biología que jamás entenderán. Como antes, entra en Red Hook más gente de
la que sale por tierra, y corren ya rumores de que vuelve a haber nuevos canales
bajo tierra que condu cen a ciertos centros de tráfico de licor y de cosas
menos confesables.
La iglesia-sala de baile
está dedicada ahora casi siempre al baile, y se han visto rostros extraños en
sus ventanas por la noche. Recientemente, un policía expresó el convencimiento
de que la cripta cegada ha sido excavada otra vez con fines nada fáciles de
explicar. ¿Quiénes somos nosotros para combatir venenos más antiguos que la
historia y que la humanidad? Los simios danzaban en Asia ante esos horrores, y
el cáncer medra y se extiende en esas filas ruinosas de edificios de ladrillo
donde se oculta lo clandestino.
No se estremece Malone sin
motivos, pues sólo el otro día un oficial oyó casualmente a una vieja de tez
oscura que enseñaba a un chiquillo una salmodia a la sombra de un patio. Prestó
atención, y le pareció muy extraño oiría repetir una y otra vez:
¡Oh amiga y compañera de la
noche, tú que te solazas en el ladrido del perro y en la sangre derramada, que
vagas entre las sombras de las tumbas, y ansías la sangre y traes el terror a
los mortales, Gorgo, Mormo, luna de mil caras, mira con oros favorables
nuestros sacrificios!


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