© Libro N° 4022. El Susurrador En La Oscuridad. Lovecraft, H. P. Colección E.O. Julio 29 de 2017.
Título
original: © El Susurrador En La
Oscuridad. H. P. Lovecraft
Versión Original: © El Susurrador En La
Oscuridad.
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL SUSURRADOR EN LA
OSCURIDAD
H. P. Lovecraft
I
Tened muy presente que en
último término no presencie ningún horror visual. Decir que una -conmoción
mental fue la causa de lo que deduje -aquella última gota que me hizo salir a
escape de la solitaria granja de Akeley y lanzarme, en plena noche, por las
desoladas montañas de Vermont en un vehículo requisado-, no es sino querer
ignorar los hechos más palmarios de mi experiencia final. No obstante las cosas
tan fascinantes que tuve ocasión de ver y oír y la imborrable huella que en mí
dejaron, ni siquiera hoy puedo afirmar si estaba o no equivocado por lo que
respecta a mi horrible deducción. Ya que, después de todo, la desaparición de
Akeley no prueba nada. No se encontró nada anormal en su casa a pesar de las
huellas de proyectiles que había dentro y fuera de ella. Daba la impresión de
que hubiera salido a dar una vuelta por las montañas y, por algún motivo
desconocido, no hubiese regresado. No habla la menor indicación de que alguien
hubiera pasado por allí, ni de que aquellos horribles cilindros y máquinas
hubiesen estado almacenados en el estudio. El hecho de que Akeley profesara un
temor reverencial hacia las verdes y abigarradas montañas y los innumerables
cursos de agua entre los que habla nacido y se habla criado, tampoco quería
decir nada en absoluto, pues se cuentan por millares las personas sujetas a tan
morbosas aprensiones. La extravagancia, además, podía contribuir a explicar los
extraños actos y recelos en que incurrió hacia el final.
Todo comenzó, por lo que a
mí respecta, con las históricas, y hasta entonces jamás vistas, inundaciones de
Vermont del 3 de noviembre de 1927. Por aquel entonces era yo, al igual que
sigo siendo hoy, profesor de literatura en la Universidad de Miskatonic en
Arkham, Massachusetts, y un entusiasta aficionado al estudio del folklore de
Nueva Inglaterra. Poco después de la inundación, entre los numerosos reportajes
sobre calamidades, desgracias y auxilios organizados que llenaban las páginas
de los periódicos, aparecieron una serie de extrañas historias acerca de
objetos que se encontraron flotando en algunos de los desbordados ríos. En
ellas hallaron pie muchos de mis amigos para enfrascarse en curiosas polémicas,
y acabaron recurriendo a mi confiando de que podría aclararles algo al
respecto. Me sentí halagado al comprobar en qué medida se tomaban en serio mis
estudios sobre el folklore, e hice lo que pude por reducir a su justo término
aquellas infundadas y confusas historias que tan genuina mente parecían tener
su origen en las antiguas supersticiones populares. Me divertía mucho encontrar
personas cultas convencidas de que debía haber algo de misterioso y perverso en
el fondo de aquellos rumores.
Las leyendas que atrajeron
mi atención. procedían en su mayor parte de lectores de periódicos, aunque una
de aquellas increíbles historias tenía una fuente oral y a un amigo mío se la
reprodujo su madre en una carta que le envió desde Hardwick, Vermont. Lo que se
describía en ellas era en esencia lo mismo, aunque parecía haber tres
variantes: una estaba relacionada con el río Winoski cerca de Montpelier, otra
tenía que ver con el río West en el condado de Windham, allende Newfane, y una
tercera se centraba en el Passumpsic, condado de Caledonia, al norte de
Lyndonville. Desde luego, muchos de los artículos hacían referencia a otros
ejemplos, pero en última instancia todos ellos parecían reducirse a estos tres.
En todos los casos los campesinos afirmaban haber visto uno o más objetos muy
extraños y desconcertantes en las agitadas aguas que bajaban de las poco
frecuentadas montañas, y había una acusada tendencia a relacionar aquellas
visiones con un primitivo y semiolvidado ciclo de leyendas tradicionales que los
ancianos revivían para el caso en cuestión.
Lo que la gente creía ver
eran formas orgánicas muy distintas de cualesquiera otras vistas con
anterioridad. Naturalmente, en aquel trágico periodo, los ríos arrastraban
muchos cadáveres de seres humanos. Ahora bien, quienes describían aquellas
extrañas formas estaban totalmente convencidos de que no se trataba de seres
humanos, a pesar de algunas aparentes semejanzas en tamaño y aspecto general.
Tampoco, decían los testigos, podían ser las de ningún animal conocido en
Vermont. Eran objetos rosáceos de un metro y medio de largo, con cuerpos
revestidas de un caparazón provisto de grandes aletas dorsales o alas
membranosas y varios pares de patas articuladas, y con una especie de
intrincada forma elipsoide, cubierta con infinidad de antenáculos, en el lugar en
que normalmente se encontraría la cabeza. Resultaba realmente curioso hasta qué
punto coincidían los relatos de las diferentes fuentes, aunque en parte se
explicaba por el hecho de que las antiguas leyendas, difundidas en otro tiempo
por toda la montañosa comarca, aportaban un cuadro morbosamente vivido que
podía muy bien teñir la imaginaci6n de todos los testigos implicados. De lo que
deduje que los testigos – todos ellos gentes sencillas e ingenuas de comarcas
escasamente pobladas habían vislumbrado los destrozados y abotagados cadáveres
de seres humanos y animales domésticos en las turbulentas aguas, y el recuerdo
latente de las antiguas leyendas les habla llevado a revestir de atributos
fantásticos a aquellos cadáveres dignos de la mayor compasión.
Aquellas leyendas, aun
cuando nebulosas, ambiguas y en gran medida olvidadas por las actuales
generaciones, tenían unos rasgos muy singulares y sin duda reflejaban ‘la
influencia de primitivos relatos tradicionales indios. Era algo que, aunque
jamás había estado en Vermont, conocía bien gracias a la curiosísima monografía
de En Davenport, en la que se recopila material de la tradición oral recogido
con anterioridad a 1839 entre las personas más ancianas del estado. Este
material, por otro lado, coincide casi puntualmente con historias que he
escuchado personal mente de boca de los ancianos campesinos de la región
montañosa de New Hampshire. Brevemente resumidas, hacían referencia a una raza
oculta de monstruosos seres que habitaban en algún perdido lugar de las más
remotas montañas, en los densos bosques de las más altas cumbres y en los
sombríos valles bañados por cursos de agua de origen desconocido. Rara vez eran
avistados estos seres, pero había testimonios de su presencia, aportados por
quienes se habían adentrado más allá de lo normal en las vertientes de
determinada montaña o aventurado en las profundidades de determinados barrancos
que hasta los lobos rehuían.
En el limo depositado a
orillas de los arroyos y en los terrenos yermos había unas extrañas huellas,
que no podía decirse si eran de pies o de zarpas, y unos curiosos círculos de
piedras, con la hierba arrancada a su alrededor, que no parecían haber sido
colocados allí ni configurados por la acción de la naturaleza. Había también
unas cuevas de dudosa profundidad en Jas laderas de las montañas, cuyas bocas
de acceso estaban cerradas por grandes piedras dispuestas de forma nada casual
y con más extrañas huellas de lo normal, las cuales se encaminaban tanto hacia
el interior como hacia el exterior de la cueva… en el supuesto de que su
dirección pudiera determinarse exactamente. Y lo peor de todo era lo que
algunas personas arriesgadas habían visto, ocasionalmente a la luz del
crepúsculo, en los más remotos valles y en los frondosos y empinados bosques
por encima de los límites normales de ascensión.
Todo habría resultado menos
alarmante si los relatos aislados de tales acontecimientos no hubiesen
coincidido en tal grado. En efecto, casi todos los rumores que circulaban
tenían algo en común, ya que sostenían que aquellas criaturas eran una especie
de grandes cangrejos de color rojizo, con muchos pares de patas y dos grandes
alas como de murciélago en medio del lomo. Unas veces caminaban sobre todas sus
patas y otras solamente sobre el par trasero, utilizando las restantes para
transportar grandes objetos de naturaleza desconocida. En cierta ocasión fueron
vistos en crecido número, al tiempo que un destacamento suyo vadeaba, de tres
en línea en formación prácticamente militar, una corriente de agua poco
profunda que discurría entre frondosos bosques. En otra ocasión, se vio una
noche a uno de aquellos seres volando, tras arrojarse de la cima de una colina
pelada y solitaria, y desaparecer en el cielo después que sus grandes alas
batientes reflejaron por un instante su silueta contra la luna llena.
Aquellos seres no parecían
tener, por lo general, la menor intención de atacar a los hombres, aunque a
veces se les hizo responsables de la desaparición de algún que otro osado
individuo -sobre todo personas que levantaban casas demasiado cerca de ciertos
valles o próximas a las cumbres de determinadas montañas. El asentamiento en
muchos lugares se hizo poco recomendable, perdurando esta creencia aun mucho
después de olvidarse la causa. Un escalofrío se apoderaba de la gente al
dirigir la mirada hacia algunos barrancos próximos en las estribaciones de
aquellos siniestros y verdes centinelas, aun cuando no recordaran cuántos
colonos habían desaparecido y cuántas granjas habían ardido hasta reducirse a
cenizas.
Pero, mientras según las más
antiguas leyendas aquellas criaturas sólo atacaban a quienes violaban su
intimidad, había relatos posteriores que dejaban constancia de su curiosidad
con respecto a los hombres y de sus tentativas por establecer avanzadillas secretas
en el mundo de los seres humanos. Circulaban historias de extrañas huellas de
zarpas vistas en las proximidades de las ventanas de alguna solitaria granja al
despuntar el dia, y de alguna que otra desaparición en comarcas alejadas de los
núcleos que se hallaban, evidentemente bajo los efectos del hechizo. Historias,
por lo demás, de susurrantes voces imitadoras del lenguaje humano que hacían
sorprendentes ofrecimientos a los solitarios viajeros que se aventuraban por
caminos y senderos abiertos en los frondosos bosques y de niños aterrorizados
por cosas vistas u oídas en los mismos linderos del bosque. En la etapa final
de. las leyendas – la etapa inmediatamente anterior al declinar de la
superstición y al abandono de los temidos lugares-, se encuentran sorprendentes
referencias a ermitaños y solitarios colonos que en algún momento de su vida
parecieron experimentar un repulsivo cambio de actitud mental, por lo que se
les rehuía y rumoreaba de ellos que se habían vendido a aquellos extraños
seres. En uno de los condados del noreste parece que hacia 1800 estuvo de moda
acusar a todas aquellas personas que llevaban una vida retraída o excéntrica de
ser aliados o representantes de las detestables criaturas.
Por lo que se refiere a la
naturaleza de aquellos seres, las posibles explicaciones diferían sobremanera.
Por lo general se les designaba con el nombre de «aquéllos» o «los antiguos»,
aunque otras denominaciones tuvieron un uso local y transitorio. Es muy posible
que el grueso de los colonos puritanos viese en ellos, lisa y llanamente, a la
parentela del diablo, hasta el punto de hacer de aquellos seres el fundamento
de una especulación teológica inspirada en el terror. Quienes tenían sangre
celta en sus venas – sobre todo el elemento escocés-irlandés de New Hampshire y
sus descendientes asentados en Vermont gracias a los privilegios otorgados a
los colonos en tiempos del gobernador Wentworth- los relacionaban vagamente con
los genios malignos y con los «faunos» que habitaban en las tierras pantanosas
y en las fortificaciones orográficas, y se protegían de ellos por medio de
fórmulas mágicas transmitidas de generación en generación. Pero las teorías
‘más fantásticas eran, con gran diferencia, las de los indios. Si bien las
leyendas diferían según las tribus, habla una acusada tendencia a creer en
ciertos rasgos característicos, estando unánimemente de acuerdo en que aquellas
criaturas no pertenecían a este mundo.
Los mitos de los pennacook,
que por otro lado eran los más coherentes y pintorescos, indicaban que los
seres alados procedían de la celeste Osa Mayor y tenían minas en las montañas
de la tierra de las que extraían una clase de piedra que no existía en ningún
otro planeta. No vivían aquí, señalaban los mitos, sino que se limitaban a
mantener avanzadillas y regresaban volando con grandes cargamentos de tierra a
sus septentrionales estrellas. Sólo atacaban a los seres terrestres que se
acercaban demasiado a ellos o les espiaban. Los animales les rehuían debido a
un temor instintivo, y no por miedo a que intentaran cazarlos. No podían comer
ni cosas ni animales terrestres, por lo que se veían forzados a traer sus
víveres de las estrellas. Era peligroso acercarse a aquellos seres, y a veces
los jóvenes cazadores que se aventuraban en sus montañas no regresaban. También
era peligroso escuchar lo que susurraban al caer la noche sobre el bosque con
voces semejantes a las de una abeja que tratara de imitar la voz humana.
Conocían las lenguas de todas las tribus
–pennacooks, hurones, cinco
naciones…-, pero no parecían tener ni necesitar una lengua propia. Hablaban con
la cabeza, la cual experimentaba cambios de color conforme a lo que quisieran
expresar.
Todas las leyendas, ya
tuviesen su origen entre los blancos o entre los indios, se desvanecieron en el
curso del siglo XIX, a excepción de algún que otro atávico resurgir. El estado
de Vermont se fue poblando de colonos, y una vez levantados los habituales
caminos y viviendas según un plan fijado de antemano, sus habitantes fueron
olvidando poco a poco los temores y prevenciones que les impulsaron a poner en
marcha aquel plan, e incluso que hubieran existido tales temores y
prevenciones. Lo único que sabia la mayoría de la gente era que ciertas
comarcas montañosas tenían fama de insalubres, improductivas y, por lo general,
que era poco aconsejable vivir en ellas, y que cuanto más lejos se estuviera de
ellas mejor marcharían las cosas. Con el transcurso del tiempo, los trillados
caminos que imponían la costumbre y los intereses económicos acabaron por
arraigar tanto en los lugares en que se asentaron que no había por qué salir de
ellos, y así, más por accidente que por designio, las montañas frecuentadas por
aquellos seres permanecieron desiertas. Salvo durante alguna que otra rara
calamidad local, sólo las parlanchinas abuelitas y los meditabundos
nonagenarios hablaban ocasionalmente en voz baja de seres que habitaban en
aquellas montañas; e incluso en aquellos entrecortados susurros reconocían que
no había mucho que temer de ellos ahora que ya estaban acostumbrados a la
presencia de casas y poblados y que los seres humanos no les importunaban para
nada en el territorio elegido por ellos.
Hacía tiempo que sabia todo
esto debido a mis lecturas y a ciertas tradiciones populares recogidas en New
Hampshire por lo que cuando empezaron a correr los rumores sobre? la época de
la gran inundación, pude fácilmente ‘deducir el trasfondo imaginativo sobre el
que se habían levantado. Me esforcé en explicárselo a mis amigos, y, a su vez,
no pude menos de divertirme cuando ciertos individuos de esos que les gusta
llevar siempre la contraria siguieron insistiendo en la posibilidad de que
hubiera algo de cierto en aquellos rumores. Tales personas trataban de poner de
relieve que las primitivas leyendas tenían una persistencia y uniformidad
significativas, y que la naturaleza de las montañas de Vermont, prácticamente
aún por explorar; no hacía aconsejable mostrarse dogmático acerca de lo que
pudiera habitar o no en ellas. Tampoco se acallaron cuando les aseguré que
todos los mitos tenían unos conocidos rasgos característicos en común con los
de la mayor parte del género humano, ya que venían prefigurados por las fases
iniciales de la experiencia imaginativa que siempre producía idéntico tipo de
ilusión.
Fue inútil demostrarles a
mis contrarios que los mitos de Vermont apenas diferían en esencia de las
leyendas universales sobre la personificación natural que llenaron el mundo
antiguo de faunos, dríadas y sátiros, inspiraron los kallikanzarai de la Grecia
moderna y confirieron a las tierras incivilizadas como el País de Gales e
Irlanda, esas sombrías alusiones a extrañas, pequeñas y terribles razas ocultas
de trogloditas y moradores de madrigueras. Resultó inútil, igualmente, señalar
la aún más sorprendente similitud que guardaban con la creencia común entre los
habitantes de las tribus montañosas del Nepal en el temible Mi-Go o «abominable
hombre de las nieves» que está espeluznantemente al acecho entre las cimas de
hielo y roca de las altas cumbres del Himalaya. Cuando saqué a colación este
dato, mis contrarios lo volvieron contra mí, alegando que ello no hacía sino
demostrar una cierta historicidad real de las antiguas leyendas; y que era un
argumento más a favor de la efectiva existencia de alguna extraña y primitiva
raza terrestre, que se vio obligada a ocultarse tras la aparición y predominio
del género humano, y que era muy posible que hubiese logrado sobrevivir en
número reducido hasta épocas relativamente recientes… o incluso hasta nuestros
mismos días.
Cuanto más me incitaban a la
risa tales teorías, más se aferraban a ellas mis empecinados amigos, llegando a
añadir que incluso sin la ascendencia de la leyenda los rumores que corrían
eran demasiado claros, coherentes, detallados y sensatamente prosaicos en su
exposición, como para ser completamente ignoradas. Dos o tres fanáticos
extremistas llegaron al punto de querer encontrar posibles significados en las
antiguas leyendas indias, que atribuían un origen extraterrestre a los seres
ocultos, al tiempo que citaban en apoyo de sus argumentos los increíbles libros
de Charles Fort en los que se pretende demostrar que viajeros de otros mundos y
del espacio exterior hacían frecuentes visitas a la tierra. La mayoría de mis
adversarios, no obstante, eran simples románticos que no hacían sino transferir
a la vida real las fantásticas tradiciones de «faunos» al acecho popularizadas
por ese excelente autor de relatos de terror que es Arthur Machen.
II
Como suele ser normal en
tales circunstancias, esta apasionante discusión acabó viendo la letra impresa
en forma de cartas al Arkharn Advertiser, y algunas de ellas fueron
reproducidas en los periódicos de las comarcas de Vermont de donde provenían
las historias sobre la inundación. El Rutland Herald publicó media página de
extractos de las cartas de ambos bandos contendientes, mientras que el
Brattleboro Reformer reprodujo en extenso una de mis largas reseñas sobre
historia y mitología, junto con unos comentarios aparecidos en la columna de
pensamiento e ideas de El Diletante en apoyo y elogio de mis escépticas
conclusiones. En la primavera de 1928 yo era ya una figura bastante conocida en
Vermont, aun cuando jamás había puesto los pies en dicho estado. De aquellas
fechas datan las extraordinarias cartas de Henry Akeley que tan profundamente
me impresionaron y me llevaron, por primera y última vez, a aquella fascinante
región atestada de precipicios verdes y susurrantes arroyos que corrían entre
frondosos bosques.
Casi todo lo que sé de Henry
Wentworth Akeley procede de la correspondencia que mantuve con sus vecinos y
con su único hijo, que vivía en California, a raíz de mi breve estancia en su
solitaria granja. Akeley era, según descubrí, el último representante en su
suelo natal de una vieja familia de juristas, administradores y agricultores de
buena posición muy conocida a nivel local. En su caso, empero, la familia había
derivado mentalmente de las cuestiones prácticas a la pura erudición, pues fue
un excelente estudiante de matemáticas, astronomía, biología, antropología y
folklore en la Universidad de Vermont. Hasta entonces jamás había oído hablar
de él y apenas se deslizaban detalles autobiográficos en sus comunicaciones,
pero desde el primer momento me di perfecta cuenta de que era un hombre
educado, inteligente y de una gran personalidad, aunque fuese un recluso sin el
menor aire de hombre de mundo.
A pesar de la
inverosimilitud de lo que decía, no pude evitar, en un primer momento, tomar
los juicios de Akeley tan en serio como lo hacía con otros impugnadores de mis
puntos de vista. Por una parte, estaba muy cercano al fenómeno real -visible y
tangible- sobre el que tan grotescamente especulaba; por otra, estaba
asombrosamente dispuesto a dar a sus conclusiones un carácter provisional, como
haría un auténtico hombre de ciencia. No se dejaba llevar por sus inclinaciones
personales, guiándose siempre por lo que consideraba datos contrastados. Desde
luego, al principio creí que estaba equivocado, si bien le di cierto crédito
por estimar inteligente su error, y en ningún momento se me ocurrió emular a
unos amigos suyos que atribuían sus ideas a la locura y el miedo que profesaba
a las solitarias y verdes cumbres. Pude advertir que era un hombre que hablaba
con conocimiento de causa y comprobé que lo que decía debía proceder, casi con
toda seguridad, de extrañas circunstancias que merecían consideración, aun cuando
apenas tuvieran que ver con las fantásticas causas a las cuales él las
atribuía. Posteriormente, me remitió ciertas pruebas pertinentes que venían a
plantear la cuestión sobre bases algo distintas y sorprendentemente extrañas.
Lo mejor será que transcriba
íntegra, en cuanto sea posible, la larga carta en que Akeley se me daba a
conocer, y que constituye un importante hito en mi vida intelectual. Ya no la
tengo en mi poder, pero mi memoria retiene casi palabra por palabra su asombroso
mensaje. Una vez más afirmo mi creencia en la cordura del hombre que la
escribió. Aquí está el texto… un texto que me llegó en los ilegibles y
arcaizantes garrapatos de alguien que evidentemente no tuvo mucho contacto con
el mundo durante su apacible vida de estudioso.
R.F.D. n.0 2.
Townshend, Windhem Co.,
Vermont.
5 de mayo de 1928.
Mr. Albert N. Wilmarth.
118 Saltonstall St.
Arkham, Mass.
Estimado señor:
He leído con gran interés en
el Brattleboro Reformer’s del 23 de abril su carta sobre las historias que
circulan últimamente acerca de extraños cuerpos que se han visto flotando en
nuestros ríos durante las inundaciones del pasado otoño y sobre las curiosas
tradiciones populares con las que tan perfectamente concuerdan. Es fácil
comprender que un forastero adopte una postura como la suya, e incluso que El
Diletante se muestre de acuerdo con usted. Tal es la actitud que suelen adoptar
las personas educadas ya sean o no de Vermont, y fue mi actitud de joven (ahora
tengo 57 años) antes de que mis estudios, tanto generales como del libro de
Davanport, me indujeran a recorrer algunos rincones poco frecuentados de las
montañas de la comarca.
Me vi impulsado a emprender
tales estudios por las extrañas historias que oía de boca de ancianos granjeros
sin la menor formación, aunque lo mejor hubiera sido dejar las cosas como
estaban. Modestia aparte, diré que la antropología y las tradiciones populares
no me son en absoluto desconocidas. Las estudié a fondo en la universidad, y
estoy familiarizado con la mayoría de las autoridades en la materia: Tylor,
Lubbock, Frazer, Quatrefages, Murray, Osborn, Keith, Boule, G. Elliott Smith,
etcétera. Para mí no es ninguna novedad que las leyendas sobre razas ocultas
son tan antiguas como la vida misma. He visto las reproducciones de sus cartas,
y de quienes participan de su opinión, en el Rutland Herald, y creo saber cuál
es el estado actual de la polémica.
Lo que intento decirle es
que mucho me temo que sus adversarios se hallen más cerca de la verdad que
usted, aun cuando la razón parezca estar de su parte. Están incluso más cerca
de la verdad de lo que ellos mismos creen… pues se basan únicamente en la teoría
y, naturalmente, no pueden saber todo lo que yo sé. Si yo supiera tan poco como
ellos, encontraría justificado creer como lo hacen. Estaría completamente de su
parte, Mr. Wilmarth.
Como puede ver, estoy dando
un gran rodeo hasta llegar al objeto de mi carta, probablemente porque temo
llegar a él. En resumidas cuentas, tengo pruebas fidedignas de que unos seres
monstruosos viven realmente en los bosques de las altas cumbres por las que no
transita nadie. No he visto a ninguno de esos seres flotando en las aguas de
los ríos, como se ha dicho, pero he visto seres semejantes en circunstancias
que casi no me atrevo a repetir. He visto huellas, últimamente las he visto tan
cerca de mi casa (vivo en la vieja casa de los Akeley, al sur de Townshend
Village, en las estribaciones de Dark Mountain) que no me atrevo siquiera a
decírselo. Y he alcanzado a oír voces en determinados lugares de los bosques
que ni siquiera osaría describir sobre el papel.
En cierto lugar oí las voces
con tal claridad que me llevé un fonógrafo, junto con un dictáfono y un
cilindro de cera para grabar; ya veré la forma de arreglármelas para que pueda
oír usted la grabación que conseguí. Se la hice escuchar a algunos de los ancianos
que habitan por estos contornos, y una de las voces les impresionó tanto que
parecían no salir de su estupor debido a su semejanza con cierta voz (esa
susurrante voz que se oye en los bosques y que Davenpont menciona en su libro)
de la que sus abuelas les habían hablado, al tiempo que trataban de imitarla.
Sé lo que la mayoría de la gente piensa de un hombre que dice «oír voces»…,
pero antes de extraer conclusiones le pediría que escuchara la grabación y que
preguntase a los ancianos del lugar lo que piensan al respecto. Si usted halla
una explicación racional, tanto mejor. Pero, sin duda, debe haber algo detrás
de todo ello. Pues, como usted bien sabe, ex nihilo nihil fit.
Lo que me impulsa a
escribirle no es el deseo de entablar una polémica, sino proporcionarle una
información que creo que un hombre de sus inquietudes encontrará del mayor
interés. Esto se lo digo en privado. En público estoy de su lado, pues ciertas
cosas me han demostrado que no conviene que la gente sepa demasiado de este
asunto. Mis estudios son absolutamente a título particular, y no pienso decir
nada que atraiga la atención de la gente y les induzca a visitar los lugares
que he explorado. Es cierto -terriblemente cierto- que en aquellos parajes hay
criaturas no humanas que no cesan de observarnos, que cuentan con espías entre
nosotros con vistas a recabar información. Gran parte de mi información
proviene de un pobre desgraciado que, si estaba en su sano juicio (y a mi
juicio lo estaba), era uno de esos espias. Aquel hombre acabó suicidándose,
pero tengo fundadas razones para creer que hay otros.
Los seres proceden de otro
planeta, y pueden vivir en el espacio interestelar y volar en él gracias a unas
toscas y potentes alas resistentes al éter pero que resultan demasiado
ingobernables para pensar en utilizarlas cuando están en la Tierra. Le hablaré
de ello más adelante, si es que no me toma por loco. Vienen aquí para extraer
metales de unas minas que hay en las entrañas de los montes, y creo que sé de
dónde vienen. No nos harán ningún daño si les dejamos en paz, pero nadie puede
predecir lo que ocurriría si les importunáramos. Desde luego, a un buen
ejército no le costará nada arrasar su colonia minera. Eso es justo lo que
ellos temen. Pero si llegara a suceder, otros vendrían del exterior…, en número
incalculable. No les sería difícil conquistar la Tierra, pero hasta el momento
no lo han intentado porque no tienen ninguna necesidad de hacerlo. Prefieren
dejar las cosas como están y evitarse complicaciones.
Según tengo entendido,
quieren desembarazarse de mí porque sé demasiadas cosas acerca de ellos. En los
bosques de Round Hill, al este de aquí, he encontrado una gran piedra negra con
jeroglíficos indescifrables y a medio borrar. Pues bien, una vez que me la
llevé a casa todo cambió radicalmente. Si creen que sé demasiado me matarán o
me llevarán consigo al planeta de donde proceden. De cuando en cuando les gusta
llevarse hombres preparados para estar al corriente de cómo marchan las cosas
en el mundo de los humanos.
Esto me lleva a mí segundo
propósito al escribirle esta carta, es decir, a rogarle que en lugar de añadir
más leña a la polémica, procure acallaría. Debe mantenerse a la gente alejada
de estas montañas, y para lograrlo lo mejor es no despertar más su curiosidad.
Bien saben los cielos que ya es bastante el peligro que se corre con promotores
y agentes inmobiliarios dispuestos a inundar Vermont con tropeles de
veraneantes que infesten las zonas despobladas y cubran las montañas de casitas
del peor gusto. Me agradaría mucho seguir en contacto con usted, y si quiere
trataré de enviarle por correo urgente la grabación fonográfica y la piedra
negra (tan desgastada está que apenas podrá ver algo en las fotografías). Y
digo «trataré», porque creo que estas criaturas se las arreglan para enterarse
de cuanto aquí sucede. En una granja próxima al pueblo hay un tipo llamado
Brown, de siniestra catadura y peor talante, que creo es un espía suyo. Poco a
poco tratan de incomunicarme con el mundo porque sé demasiado acerca de ellos.
Se sirven de los más
increíbles medios para enterarse de todo lo que hago. Es posible que ni
siquiera esta carta llegue a sus manos. Creo que lo mejor sería que abandonara
esta parte del país y me fuera a vivir en compañía de mi hijo a San Diego, en
California, si las cosas se ponen peor, pero no es nada fácil abandonar el
lugar en que uno ha nacido y donde ha vivido su familia durante seis
generaciones. Y, además, difícilmente me atrevería a vender esta casa a nadie
ahora que esas criaturas se han fijado en ella. Al parecer, tratan de recuperar
la piedra negra y destruir la grabación fonográfica, pero no lo conseguirán
mientras yo pueda evitarlo. De momento, mis perros policía los mantienen a
raya, pues todavía son pocos y aún no se mueven bien por estos parajes. Como he
dicho, sus alas no sirven de mucho cuando se trata de vuelos cortos sobre la
tierra. Estoy a punto de descifrar la piedra -todo apunta a terribles
revelaciones- y creo que con los conocimientos que usted posee del folklore
tradicional podría ayudarme a encontrar los eslabones perdidos. Supongo que
está perfectamente enterado de los espeluznantes mitos anteriores a la
aparición del hombre sobre la tierra -los ciclos de Yog-Sothoth y Cthulhu- a
los que se alude en el Necronomicón. En cierta ocasión tuve acceso a un
ejemplar del libro, y según tengo entendido usted posee otro y lo guarda
encerrado bajo siete llaves en la biblioteca de su universidad.
Para terminar, Mr. Wilmarth,
creo que dados nuestros estudios podemos sernos muy útiles el uno al otro. No
quiero que usted corra ningún peligro, y creo estar en la obligación de
advertirle que la posesión de la piedra y de la grabación entraña ciertos riesgos,
pero estoy seguro de que usted no dudará en arrostrarlos en aras de la ciencia.
Si me autoriza a mandarle algo se lo acercaré en coche hasta Newfane o
Brattleboro, pues confío más en las estafetas de correos de allí. Le diré que
vivo solo, pues ya no puedo tener a nadie a mi servicio. No quieren quedarse
debido a los seres que tratan de acercarse a casa por las noches y que hacen
que los perros no cesen de ladrar. Me alegro de no haber ahondado en mis
pesquisas mientras vivía mi mujer, pues se habría vuelto loca con todo esto.
Confiando no haberle
importunado en exceso y que usted decida seguir en comunicación conmigo en
lugar de arrojar la carta a la papelera por creerla el desvarío de un loco,
Queda atentamente suyo,
Henry W. Akeley.
P. D. Estoy sacando más
copias de algunas fotografías hechas por mí y que creo pueden contribuir a
demostrar varios de los extremos aquí mencionados. Los ancianos del lugar creen
que se trata de algo tremendamente verídico. Se las enviaré inmediatamente si
le parece bien.
H.W.A.
Seria difícil describir mis
sentimientos tras la primera lectura de tan extraño testimonio. Lo normal
habría sido que me hubiera reído más de tamañas incoherencias que de otras
teorías mucho más plausibles que movieron a la hilaridad, pero había algo en el
tono de aquélla carta que me indujo a considerarla con paradójica seriedad. No
es que creyera ni por un instante en la oculta raza procedente de las estrellas
de la que hablaba mi corresponsal; pero lo cierto es que, después de algunas
serias dudas en un primer momento, llegué sorprendentemente a convencerme de su
cordura y sinceridad, inclinándome a creer que su autor se había enfrentado con
algún fenómeno real, aunque singular y anormal, que no acertaba a explicar si
no era recurriendo a la imaginación. Estaba seguro de que la verdad distaba
mucho de lo que me decía mi comunicante, pero por otro lado quizá mereciera la
pena investigar qué es lo que había detrás de todo aquello. Aquel hombre
parecía tremendamente excitado y alarmado por algo, pero resultaba difícil
pensar que su actitud era injustificada.) En ciertos aspectos, era tan puntual
y lógico… Y, después de todo, su historia encajaba increíblemente bien con
ciertos mitos antiguos… incluso con las más inverosímiles leyendas indias.
Que hubiese realmente
alcanzado a oír voces nada tranquilizadoras en las montañas y que hubiese en
verdad encontrado la piedra negra de la que hablaba, entraba dentro 4e lo
posible a pesar de sus descabelladas elucubraciones…, elucubraciones que le
debió sugerir el hombre del que se decía era un espía de aquellos serés
extraterrestres y que, posteriormente, puso fin a su vida. Era fácil deducir
que este hombre debía estar loco de atar, pero probablemente le quedara una
yeta de perversa lógica aparente que hizo que el ingenuo de Akeley – ya de por
si predispuesto a tales cosas por sus estudios sobre el folklore- creyera
aquella historia. En cuanto a los últimos acontecimientos, en concreto a la
imposibilidad de tener a nadie a su servicio, parecía que los modestos y
sencillos vecinos de Akeley estaban tan convencidos como él de que su casa era
asediada por algo siniestro durante la noche. Que los perros ladraban era algo
que no podía ponerse en duda.
Y luego estaba la cuestión
de la grabación fonográfica, que no pude sino creer que la había obtenido tal
como dijo. Tenía que tratarse de algo, pero no sabría decir qué:
o ruidos animales que
engañosamente recordaban el lenguaje humano, o el habla de algún ser humano
oculto y al acecho al caer la noche, postrado en un estado no muy por encima
del de los animales inferiores. De la grabación mi pensamiento pasó a los jeroglíficos
de la piedra negra y a especular acerca de cuál podría ser su posible
significado. Y, por otro lado, estaban las fotografías que Akeley hablaba de
enviarme y que tan convincentemente los ancianos del lugar encontraban
espeluznantes.
Mientras releía aquella
ilegible carta, pensé m4s que nunca que mis crédulos adversarios podían estar
más en lo cierto de lo que yo había admitido en un primer momento. Después de
todo, aquellas montañas por las que se rehuía el paso podían ser el reducto de
seres extraños y quizá con deformidades hereditarias, aun cuando no hubiese
ninguna raza de monstruos nacidos en estrellas tal como pretendía la tradición.
En tal supuesto, no resultaría del todo descabellada la presencia de cuerpos
extraños en los ríos desbordados. ¿Acaso era excesivamente descabellado suponer
que tanto las antiguas leyendas como los recientes relatos descansaban sobre un
fundamento real? Pero incluso albergando tales dudas me sentí avergonzado de
que tan grotesca muestra de incoherencia como era la increíble carta de Henry
Akeley hubiera podido suscitarías.
Al final, contesté la carta
de Akeley, adoptando un tono de cordial interés y solicitando información más
detallada. Su respuesta me llegó casi a vuelta de correo, y en ella incluía,
tal como me había prometido, una serie de instantáneas de escenas y objetos
ilustrativos de lo que tenía que contarme. Eché una mirada a las fotografías al
tiempo de sacarlas del sobre y experimenté la extraña sensación de espanto que
se siente ante la inmediatez de lo prohibido, pues, a pesar de lo borrosas que
estaban la mayoría de ellas, poseían un endiablado poder de sugestión,
intensificado además por el hecho de tratarse de auténticas fotografías:
verdaderos eslabones ópticos de lo que reproducían, y el producto de un proceso
de transmisión impersonal sin sombra alguna de prejuicios, falibilidad ni
falsedad.
Cuanto más las miraba, más
me convencía de que no me había equivocado al tomar en serio a Akeley y su
historia. Desde luego, aquellas fotografías aportaban pruebas concluyentes de
que en las montañas de Vermont había algo que, cuando menos, estaba fuera del
alcance de nuestros conocimientos y creencias. Lo peor de todo eran las huellas
de pisadas: una instantánea tomada en un lugar donde relucía el sol, en un
sendero totalmente enfangado en medio de una desierta altiplanicie. Una sola
mirada me bastó para cerciorarme de que allí no había trucaje alguno, pues los
guijarros y briznas de hierba nítidamente perfilados que se apreciaban en el
campo de visión eran la mejor garantía de la corrección de la escala y hacían
imposible cualquier intento de doble exposición trucada. Por darle un nombre lo
califiqué de «pisada», pero creo que sería más exacto decir «huella de zarpa».
Aún hoy me resulta difícil intentar describirla, y lo único que puedo decir es
que era algo horrible, de rasgos similares a los cangrejos, y que no sabría
precisar qué dirección seguía. No era una huella muy profunda ni reciente, pero
su tamaño era aproximadamente el del pie de un hombre de estatura normal. A
partir de un rastro central, se proyectaban en direcciones opuestas varios
pares de pinzas dentadas; algo de todo punto desconcertante, si es que, como
parecía, aquello era exclusivamente un órgano de locomoción.
Otra de las fotografías -sin
duda una instantánea tomada con muy poca luz- mostraba la boca de una cueva en
un terreno muy frondoso, con una piedra esférica obstruyendo la abertura. En la
superficie pelada que había justo delante podía distinguirse perfectamente una
densa red de extrañas huellas, y al examinar la fotografía con una lupa
comprobé con cierto desasosiego que eran similares a las de la otra
instantánea. Una tercera fotografía mostraba un circulo de estilo druídico de
piedras levantadas en las cumbres de una desolada montaña. En torno al críptico
circulo la hierba estaba muy aplastada y arrancada, si bien no pude detectar
ninguna pisada, m siquiera con ayuda de la lente. Se advertía fácilmente que se
trataba de un lugar perdido en el auténtico mar de deshabitadas montañas que se
divisaba en segundo plano y se perdían en un horizonte neblinoso.
Pero si la más espeluznante
de todas las fotografías era aquella en que se veía la pisada, la más sugerente
sin duda era la de la gran piedra negra encontrada en los bosques de Round
Hill. Akeley la había fotografiado desde lo que debía ser su mesa de trabajo,
pues podían verse hileras de libros y un busto de Milton en segundo término. A
lo que parecía, la cámara había enfocado verticalmente la imagen con una
superficie algo curvado e irregular de uno por dos pies, pero decir algo más
preciso sobre aquella superficie, o sobre el aspecto general de la piedra
entera, casi excede los límites del lenguaje. Ni siquiera podía imaginar los
rarísimos principios geométricos en que se habían inspirado para su corte –
pues no cabía duda de que se trataba de un corte artificial-, ya que jamás
había visto nada tan extraño e inequívocamente ajeno a este mundo. Apenas pude
distinguir alguno de los jeroglíficos esculpidos en la superficie, pero uno o
dos de los que vi me dejaron atónito. Claro que muy bien podía tratarse de una
falsificación, pues yo no era la única persona que había leído el monstruoso y
abominable Necromonicón del árabe loco Abdul Alhazred. Con todo, me hizo
estremecerme al reconocer ciertos ideogramas que mis estudios me habían
enseñado a poner en relación con los misterios más espeluznantes e implacables
de seres que habían tenido una semiexistencia descabellada antes de formarse la
tierra y los otros planetas del sistema solar.
De las cinco fotografías
restantes,
tres eran de terrenos
pantanosos y
montañosos que parecían
evidenciar
huellas de ocultos y
perniciosos
moradores. En otra se veía
una
extraña huella en el suelo,
muy cerca
de la casa de Akeley, que,
según
decía éste, había
fotografiado de
mañana tras una noche en que
los
perros habían ladrado con
mayor
intensidad que de costumbre.
Estaba
muy borrosa, y difícilmente
podían
extraerse conclusiones de
ella, pero
tenía un detestable parecido
con
aquella otra huella de pie o
zarpa
fotografiada en la desierta
altiplanicie. En la última
fotografía
se veía la casa de Akeley;
una
preciosa casa de blanca
fachada con
dos pisos y una buhardilla,
construida
haría algo más de un siglo,
y con un
césped bien cuidado y una
vereda
bordeada de piedras que
conducía a una
puerta de estilo georgiano
labrada con
exquisito gusto. En el
césped había
varios perros policía de
gran tamaño,
tendidos junto a un hombre
de aspecto
agradable con una barba gris
recién
cortada que debía ser el
propio
Akeley -fotógrafo de sí
mismo a
juzgar por la perilla
conectada a un
tubo que empuñaba en su mano
derecha.
De las fotografías pasé a la
extensa y apretujada carta, sumiéndome durante las tres horas siguientes en un
abismo de inexpresable horror. Aquello que Akeley no había hecho sino esbozar
someramente en su anterior carta, lo describía ahora con todo lujo de detalles,
ofreciendo largas transcripciones de palabras oídas en los bosques durante la
noche, largas descripciones de monstruosas formas rosáceas avistadas en medio
de la frondosa espesura al caer la noche sobre las montañas, y una terrible
narración cósmica derivada de la aplicación de una profunda y diversificada
erudición a los interminables discursos de antaño del demente y fingido espía
que acabó suicidándose. Me encontré ante nombres y voces que había oído en
otros lugares relacionados con los más espantosos que cabe imaginar -Yuggoth,
Gran Cthulhu, Tsathoggna, Yog-Sothoth, R’lyeh, Nyarlathotep, Azathoth, Hastur,
Yian, Leng, el Lago de Hali, Bethmoora, la Señal Amarilla, L’mur-Kathulos, Bran
y el Magnum Innominandum-, y me vi transportado a través de infinitos eones e
inconcebibles dimensiones a mundos antiguos y exteriores que el demente autor
del Necronomicón no había sino empezado a intuir. Allí se me hablaba de los
pozos de vida primigenia, de los ríos que descendían de aquel manantial y,
finalmente, del riachuelo que, procedente de uno de aquellos ríos, se había
fundido inextricable-mente con los destinos de nuestro planeta.
Mi cerebro era un torbellino
que no cesaba de dar vueltas, y si antes había intentado encontrar una
explicación a las cosas, ahora empezaba a creer en los más anormales y
fantásticos prodigios. Las pruebas eran abrumadoras y aplastantes, y la fría y
científica actitud de Akeley -una actitud que distaba siglos de lo demencial,
fanático, histérico y hasta de lo gratuitamente especulativo-, tuvo un tremendo
impacto sobre mis facultades críticas. Cuando acabé de leer aquella espantosa
carta pude comprender los temores que Akeley había llegado a albergar, y me
dispuse a hacer lo que estuviera en mis manos para mantener alejada a la gente
de aquellas despobladas y encantadas montañas. Incluso hoy, cuando el
transcurso del tiempo ha mitigado la impresión experimentada y me ha hecho
replantearme mis acciones y horribles dudas, hay cosas de aquella carta de
Akeley que no me atrevería a mencionar, ni siquiera expresándolas en palabras
sobre el papel. Casi me alegro de que hayan desaparecido la carta, la grabación
y las fotografías… y sólo deseo, por razones que no. tardaré en explicar, que
no llegue a descubrirse el nuevo planeta allende Neptuno.
Tras la lectura de aquella
carta, puse fin definitivamente a mis polémicas sobre los horrores de Vermont.
Las argumentaciones de mis contrarios quedaron sin respuesta o postergadas tras
algunas disculpas, y con el tiempo la controversia cayó en el olvido. Durante
los últimos días de mayo y a todo lo largo de junio mantuve una correspondencia
ininterrumpida con Akeley, si bien, debido a que de vez en cuando se extraviaba
una carta, teníamos que volver sobre nuestros pasos y efectuar una ingente
labor de reproducción. Lo que hacíamos, en términos generales, era comparar
nuestras notas en los puntos oscuros de la mitología con el fin de llegar a
establecer una precisa correlación de los horrores de Vermont con el corpus
general de leyendas primitivas de todo el universo.
De entrada, acordamos
prácticamente que aquellas morbosidades y el infernal Mi-Go de las cumbres de
Himalaya pertenecían a la misma categoría de monstruosidades encarnadas.
Hicimos también interesantísimas conjeturas de carácter zoológico que me habría
gustado consultar a mi colega universitario, el profesor Dexter, de no mediar
la tajante orden de Akeley de no hacer partícipe a nadie, fuera de nosotros, de
lo que sucedía. Si desobedezco ahora esa orden, es porque creo que en el actual
estado de cosas una advertencia acerca de aquellas remotas montañas de Vermont
--y de aquellas cumbres del Himalaya que algunos intrépidos exploradores cada
vez están más empeñados en escalar.– puede favorecer más a la seguridad pública
que el guardar silencio. Algo concreto que estábamos a punto de desentrañar era
el desciframiento› de lhs jeroglíficos de aquella ignominiosa piedra negra:
algo que muy bien podría hacernos entrar en posesión de secretos más arcanos y
más asombrosos que cualesquiera otros hasta entonces conocidos por el hombre.
III
Hacia finales de junio llegó
la grabación fonográfica, remitida desde Brattleboro, pues Akeley no confiaba
en la seguridad que pudiera ofrecer el ramal que discurría al norte de dicha
ciudad. Empezaba a tener cada vez más sospechas de que era espiado, sensación
ésta que se agravó debido a la pérdida de algunas cartas, y hablaba
continuamente acerca de las insidias de ciertas personas a las que consideraba
instrumentos y agentes de los seres ocultos. De quien más sospechas albergaba
era del desabrido granjero Walter Brown, que vivía solo en una ruinosa vivienda
de la ladera que daba a los frondosos bosques y que era visto a menudo
haraganeando por las esquinas de Brattleboro, Bellows Falls, Newfane y South
Londonderry, del modo más inexplicable y sin razón aparente alguna. Akeley
estaba convencido de que la voz de Brown era una de las que en cierta ocasión
oyó en el curso de una horripilante conversación; además, en otro momento vio
una huella de pisada o de zarpa en los aledaños de la casa de Brown, lo que juzgó
un siniestro presagio. Curiosamente, cerca de ella había huellas de pisadas de
Brown… pisadas enderezadas hacia la casa.
Así pues, la grabación fue
echada al correo en Brattleboro, a donde la llevó Akeley tras conducir su Ford
a lo largo de las solitarias carreteras secundarias de Vermont. En la nota que
acompañaba a la grabación, confesaba que empezaba a tener miedo de aquellas
carreteras, y que ni siquiera se atrevía a ir a Townshend a hacer compras si no
era a plena luz del día. Era peligroso, repetía una y otra vez, saber
demasiado, a menos que uno se encontrara a remota distancia de aquellas
silenciosas y siniestras montañas. Pensaba trasladarse lo antes posible a
California a vivir con su hijo, por muy duro que resultara abandonar el lugar
donde se centraban todos sus recuerdos y sentimientos ancestrales.
Antes de poner la grabación
en el aparato que pedí prestado al Rectorado de la Universidad, repasé
cuidadosamente todas las explicaciones aparecidas en las diversas cartas de
Akeley. La grabación, decía, fue obtenida hacia la una de la mañana del 1 de mayo
de 1915, cerca de la boca cerrada de una gruta en la frondosa vertiente
occidental de Dark Mountain, justo encima de los terrenos pantanosos de Lee. De
siempre, el lugar había estado extrañamente plagado de curiosas voces, siendo
éste el motivo de que hubiese llevado hasta allí el fonógrafo, el dictáfono y
unos cilindros para grabar en espera de obtener resultados positivos.
Anteriores experiencias le habían inducido a confiar en que la Víspera de Mayo
-la horrible noche del Sabbat de las leyendas esotéricas europeas- sería con
toda probabilidad una fecha mucho más fructífera que cualquier otra… y,
efectivamente, no quedó decepcionado de su elección. Ahora bien, era de
destacar que en adelante jamás volvió a oft voces en aquel lugar.
Al contrario que la mayoría
de las voces oídas en el bosque, la sustancia de la grabación era casi ritual y
contenía una voz innegablemente humana, si bien Akeley no lograba
identificarla. Desde luego, no era la de Brown; más bien parecía corresponder a
un hombre con mayor nivel de educación. La segunda voz, empero, constituía un
auténtico enigma, pues se trataba de un maldito susurro que no guardaba la
menor semejanza con el lenguaje humano, a pesar de expresarse con palabras que
denotaban un excelente inglés y un acento académico.
El fonógrafo y el dictáfono
no debieron funcionar por igual a lo largo de toda la grabación, y naturalmente
ello representaba un gran inconveniente debido a la le-
jana y encubierta naturaleza
del ritual, por lo que el registro de las voces era en realidad muy
fragmentario. Akeley me había facilitado una transcripción de lo que él creía
eran las› palabras pronunciadas, y volví a repasaría mientras me disponía a escuchar
el aparato. El texto tenía más de tenebroso y enigmático que de decididamente
horrible, aunque el conocimiento de su origen y procedimiento de reproducción
le infundía un halo de horror superior a cualquier palabra que pudiera
pronunciarse. Trataré de reproducirlo aquí en su integridad en la medida que lo
recuerde, aun cuando estoy convencido de que me lo sé de memoria, no sólo por
la lectura de la transcripción, sino por haber escuchado la grabación infinidad
de veces. ¡No es algo que uno pueda olvidar fácilmente!
(Sonidos irreconocibles.)
(Una voz humana, masculina,
culta.)
…es el Señor de los Bosques,
incluso para… y los presentes de los hombres de Leng… por lo que desde los
abismos de la noche hasta las vorágines del espacio, y desde las vorágines del
espacio hasta los abismos de la noche, siempre las alabanzas al Gran Cthulhu, a
Tsathoggua y a Aquel que no puede ser Nombrado. Siempre Sus alabanzas, y
abundancia para el Chivo Negro de los Bosques. ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath! ¡El
Cabrón Negro de las Mil Crías!
(Una imitación susurrante
del lenguaje humano.)
¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El
Cabrón Negro de las Mil Crías!
(Voz humana.)
Y he aquí que el Señor de
los Bosques, siendo… siete y nueve, descendió los peldaños del ónix… le (tri)
buta a El en la Vorágine, Azathoth, Aquel de Quien Tú nos has enseñado marav
(illas)… sobre las alas de la noche muy lejos del espacio, muy lejos del… a
Aquel de quien Yuggoth es el benjamín, girando solo en el negro éter del
círculo exterior…
(Voz susurrante.)
… ir entre los hombres y
encontrar las formas de hacerlo, que Aquel que está en la Vorágine debe
conocer. A Nyarlathotep, Poderoso Mensajero, debe dársele cuenta de todo. Y El
tomará la apariencia de los hombres, con la máscara de cera y la indumentaria que
oculta, y descenderá del mundo de los Siete Soles para burlar…
(Voz humana.)
(Nyarl) athotep, Gran
Mensajero, portador de singular alegría a Yuggoth a través del vacío, Padre del
Millón de Privilegiados, Cazador al Acecho entre…
(Interrupción del diálogo
por llegarse al final de la grabación.)
Tales fueron las palabras
que me preparé a escuchar cuando puse en marcha el fonógrafo. Confieso que un
cierto temor y renuncia me embargaban cuando apreté la palanca y oi el rasgar
de la punta de zafiro en los primeros surcos, pero experimenté una sensación de
alivio al comprobar que las primeras débiles y fragmentarías palabras procedían
de una voz humana: una voz suave y educada, con un ligero acento bostoniano, y
que en cualquier caso no era de nadie que procediese de la región montañosa de
Vermont. Mientras escuchaba aquellas exasperantes y tenues voces, el diálogo me
pareció no diferir en nada de la transcripción que tan escrupulosamente había
hecho Akeley. Y aquella suave voz bostoniana salmodiaba… «¡ Iä! ¡
Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!…
Y entonces oí la otra voz.
Aún hoy siento un estremecimiento retrospectivo cuando pienso en la tremenda
impresión que me causó, aun cuando ya estaba sobre aviso por lo que me había
dicho Akeley. Aquellos a quienes posteriormente he descrito la grabación afirman
no hallar en ella sino una burda patraña o la mejor prueba de un estado de
locura, pero estoy convencido de que pensarían de forma diferente si hubieran
oído la maldita grabación o leído el grueso de la correspondencia de Akeley
(sobre todo, esa terrible y enciclopédica segunda carta). Después de todo, es
una verdadera lástima que no me atreviera a desobedecer a Akeley y les dejara
escuchar la grabación a otros… y no menos lástima es, asimismo, que todas sus
cartas se perdieran. A mí, que tenía una impresión de primera mano de los
sonidos reales y que era conocedor del trasfondo y de las circunstancias en que
se efectuó la grabación, aquella voz me pareció algo monstruoso. Siguió
inmediatamente a la voz humana en ritual respuesta, pero tuve la sensación de
que era un morboso eco que se reproducía a través de insondables abismos en
inimaginables infiernos exteriores. Hace ya más de dos años que escuché por
última vez aquel espeluznante cilindro de cera, pero aún hoy, y estoy
convencido de que en cualquier otro momento, puedo percibir en mis oídos aquel
tenue y diabólico susurro, tal como alcancé a escucharlo por vez primera:
«¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El
Cabrón Negro de las Mil Crías!»
Pero aunque aquella voz no
abandona mis oídos, no he logrado aún analizarla lo suficientemente bien como
para dar una descripción gráfica de ella. Era como el zumbido de algún
repugnante y gigantesco insecto transformado tediosamente en el lenguaje articulado
de una rara especie, y estoy plenamente convencido de que los órganos que lo
producían no guardaban la menor semejanza con los órganos vocales del hombre,
ni incluso con ninguno de los mamíferos conocidos. Tenía ciertas peculiaridades
de timbre, duración y armonía que hacían de este fenómeno algo totalmente ajeno
a lo propiamente humano y a la vida terrenal misma. Nada más captarlo mis oídos
aquella primera vez casi quedé aturdido, por lo que el resto de la grabación la
oí sumido en una especie de inconsciente letargo. Al llegar el párrafo más
largo de la voz susurrante, se intensificó en extremo aquella sensación de
implacable infinitud que tanto me chocó al oír el precedente y más breve
párrafo. Al final, la grabación terminaba bruscamente, en el momento en que se
oía con desacostumbrada claridad la voz humana de acento bostoniano… pero yo
seguí sentado con la mirada absurdamente perdida hasta mucho después de
detenerse automáticamente el aparato.
Huelga decir que escuché
muchas más veces aquella increíble grabación, y que hice exhaustivos intentos
para analizarla y comentarla tras comparar mis notas con las de Akeley. Sería
inútil y alarmista repetir aquí todo lo que sacamos en conclusión, pero puedo
adelantar que creíamos haber dado con una pista del origen de algunas de las
más genuinas y repulsivas costumbres de las antiguas y crípticas religiones de
la humanidad. Nos parecía, asimismo, evidente que había vínculos antiguos y
complejos entre aquellos misteriosos seres extraterrestres y determinados
representantes de la raza humana. Hasta dónde llegaban estos vínculos y hasta
qué punto puede compararse su actual estado con el de épocas anteriores, no nos
atrevíamos a conjeturar, pero en cualquier caso daban pie a un sinfín de
escalofriantes especulaciones. Parecía haber una horrorosa e inmemorial
relación en determinados períodos entre el hombre y el infinito desconocido.
Todo indicaba que los espantosos seres que aparecieron sobre la tierra procedían
del misterioso planeta Yuggoth, en los confines del sistema solar, pero no eran
sino la vanguardia de una espantosa raza extraterrestre cuyo origen último debe
radicar incluso mucho más allá del continuo espacio-tiempo einsteniano o mayor
cosmos conocido.
Entretanto, seguíamos
hablando de la piedra negra y de cuál seria la mejor forma de enviarla a
Arkham, pues Akeley no estimaba aconsejable que fuera yo a visitarle al
escenario mismo de sus alucinantes investigaciones. Por una u otra razón, temía
que fuera transportada siguiendo una ruta ordinaria o convencional. Finalmente,
decidió que lo mejor sería llevarla campo a través hasta Bellows Falís, y allí
enviarla en el ferrocarril de Boston y Maine a través de Keene, Winchendon y
Fitchburg, aunque ello significaba tener que conducir por caminos de montaña
más solitarios y más rodeados de bosques que la carretera principal que
conducía a Brattleboro. Dijo haber visto a un hombre merodeando por la oficina
de correos de Brattleboro cuando envió la grabación fonográfica, cuyo aspecto y
movimientos no eran nada tranquilizadores. Aquel hombre parecía tener un gran
interés en hablar con los empleados de correos, y tomó el tren en que iba la
grabación. Akeley confesó que no se había sentido del todo tranquilo hasta que
no recibió noticias mías diciéndole que la grabación estaba a buen recaudo.
Por aquellos días -corría la
segunda semana de julio- se extravió otra carta mía, según me enteré por una
comunicación de Akeley que evidenciaba cierto desasosiego. A raíz de aquello,
me dijo que no volviera a escribirle a Townshend y que enviase todas mis cartas
a la Lista de Correos de Brattleboro, adonde hacía frecuentes visitas bien en
su coche o en un autobús de la línea regular que se había hecho cargo
últimamente del servicio de transporte de viajeros que venía prestando el lento
ramal de ferrocarril. Me di perfecta cuenta de que su ansiedad iba en aumento,
pues entraba en pormenorizado detalle al hablar sobre los ladridos cada vez
mayores de los perros en las noches sin luna y las frescas huellas de zarpas
que a veces encontraba al amanecer en el camino y en el barro que se formaba en
la parte posterior del corral. En cierta ocasión me habló de todo un ejército
de pisadas de perros, y para demostrarlo me enviaba una repulsiva e inquietante
instantánea kodak. La foto fue tomada a raíz de una noche en que los perros se
habían superado a sí mismos en sus aullidos y ladridos.
La mañana del miércoles, 18
de julio, recibí un telegrama de Bellows Falls, en el que Akeley me comunicaba
el envío de la piedra negra en el tren núm. 5.508 de la compañía B. M., que
salía de Bellows Falís a las 12,15 y tenía anunciada su llegada a la estación
del Norte de Boston a las 16,12. Calculé que llegaría a Arkham para las 12 de
la mañana del día siguiente, por lo que permanecí allí toda la mañana del
jueves hasta que llegara. Pero viendo que daban las 12 y no llegaba nada, llamé
por teléfono a la oficina de correos donde me informaron que no se había
recibido ningún envío a mi nombre. A renglón seguido, y en medio de una
creciente alarma, puse una conferencia al factor de correos de la estación del
Norte de Boston… y apenas me sorprendió enterarme de que no aparecía ningún
envío a mi nombre. El tren núm. 5.508 había llegado con sólo 35 minutos de
retraso el día anterior, pero en él no había ningún paquete para mí. Con todo,
el factor me prometió realizar una investigación para ver si aparecía. El día
concluyó con una carta que le envié a Akeley por la noche en la que le daba
cuenta del estado de la situación.
A la tarde siguiente llegó,
con encomiable prontitud, un informe de la oficina de Boston; el factor me
telefoneó en cuanto se informó al respecto. Al parecer, el empleado de servicio
en el tren núm. 5.508 recordaba un incidente que tal vez tuviera que ver con la
pérdida de mi paquete: una discusión con un hombre de voz muy extraña, aspecto
campesino, de contextura delgada y con el pelo de color arena, mientras el tren
estaba estacionado en Keene, New Hampshire, poco después de la una de la tarde.
El hombre en cuestión,
siguió diciendo el empleado, se hallaba muy excitado a propósito de una pesada
caja que aguardaba, pero que no estaba en el tren ni figuraba en los libros de
la compañía. Decía llamarse Stanley Adams, y tenía un tono de voz tan extrañamente
pastoso y monótono que el empleado se quedó aturdido y adormecido mientras la
escuchaba. El empleado no podía recordar el final de la conversación, aunque sí
que se despertó al tiempo que el tren volvía a ponerse en marcha. El factor de
Boston añadió que aquel empleado era un joven de una probidad y confianza a
toda prueba, de buenos antecedentes y con mucho tiempo de servicio en la
compañía.
Aquella misma tarde me fui a
Boston a entrevistarme con el empleado en cuestión, tras obtener su nombre y
dirección en la oficina. Era un tipo abierto y simpático, pero no tardé en
comprender que nada nuevo podía añadir a lo ya dicho. Por raro que parezca, ni
siquiera estaba seguro de poder identificar al extraño que le hizo la pregunta.
Tras darme cuenta de que no tenía más que decir, regresé a Arkham y me pasé la
noche entera escribiendo cartas a Akeley, a la compañía de transportes, a la
comisaría de policía y al factor de la estación de Keene. A mi juicio, ese
hombre de singular voz que tan extrañamente había afectado al empleado debía
desempeñar un papel fundamental en todo aquel desagradable asunto, y esperaba
que los empleados de la estación de Keene y los archivos de la oficina de
telégrafos pudieran decirme algo acerca de su persona y de los motivos que le
impulsaron a preguntar cuando y donde lo hizo.
Debo admitir, empero, que
todas mis investigaciones resultaron infructuosas. Al hombre de la voz rara se
le había visto efectivamente en las inmediaciones de la estación de Keene a
primeras horas de la tarde del 18 de julio, y un viajero le asociaba vagamente
con una pesada caja, pero era alguien completamente desconocido para él y no
había vuelto a verle desde entonces. El desconocido no había pasado por la
oficina de telégrafos ni recibido ningún mensaje, y a la oficina no había
llegado ningún telegrama que pudiera relacionarse con la presencia de la piedra
negra en el tren núm. 5.508. Naturalmente, Akeley colaboró conmigo en las
investigaciones, y hasta se desplazó a Keene para interrogar al personal de
servicio en la estación, pero su actitud era más fatalista que la mía. Para él,
la pérdida de la caja era el síntoma inconfundible de algo portentoso y
amenazador que nada bueno presagiaba, y no tenía la menor esperanza de
recuperarla. Hablaba de los indudables poderes telepáticos e hipnóticos de los
seres de las montañas y de sus intermediarios, y en una carta expresaba su
convencimiento de que la piedra no se encontraba ya en nuestro planeta. Por mí
parte, estaba enfurecido y con razón, pues me había hecho a la idea de que al
menos se me presentaba una oportunidad para enterarme de cosas profundas y
sorprendentes sobre los antiguos e indescifrables jeroglíficos. Aquello me
habría dejado mal gusto por algún tiempo de no ser porque las cartas que seguía
recibiendo de Akeley hicieron que el horrible problema de la montaña entrara en
una nueva fase que acaparó inmediatamente toda mi atención.
IV
Los seres desconocidos, me
escribía Akeley con una caligrafía cada vez más temblorosa, habían empezado a
montar un cerco en torno a él con una determinación totalmente nueva. Los
ladridos nocturnos de los perros cuando no había luna o apenas brillaba se habían
vuelto espantosos, y ya se habrían producido intentos de atacarle en las
solitarias carreteras por las que transitaba durante el día. El 2 de agosto,
cuando se dirigía al pueblo en su coche, se encontró un tronco de árbol en
medio del camino en un lugar en que la carretera discurría por entre una
frondosa arboleda; los furiosos ladridos de los dos grandes perros que le
acompañaban le indicaron muy a las claras que alguno de aquellos seres debía
estar merodeando por allí. No quería ni pensar lo que hubiese sucedido de no
ser por los perros…, así que en lo sucesivo no se atrevió a salir más sin dos
ejemplares cuando menos de su fiel y poderosa jauría. Tuvo otros incidentes en
la carretera los días 5 y 6 del mismo mes. En una ocasión un proyectil le pasó
rozando el coche, y en otra los ladridos de los perros le advirtieron de
peligros ocultos en el bosque.
El 15 de agosto recibí una
desesperada carta que me intranquilizó mucho, hasta el punto de hacerme desear
que Akeley dejase a un lado su pertinaz reticencia y acudiese a la justicia en
busca de ayuda. En la noche del 12 al 13 se habían producido unos espantosos
hechos:
se oyeron varios disparos en
el exterior de la granja, y tres de los doce grandes perros fueron encontrados
muertos a la mañana siguiente. Por minadas se contaban las huellas de zarpas
que había en el camino, y entre ellas podían verse las huellas humanas de
Walter Brown. Akeley intentó telefonear a Brattleboro para que le enviasen más
perros, pero la comunicación se cortó al poco de empezar a hablar.
Posteriormente, se fue en coche a Brattleboro, en donde se enteró de que los
instaladores de líneas telefónicas habían encontrado el cable principal cortado
con suma limpieza en un lugar de las despobladas montañas al norte de Newfane.
Pero Akeley se disponía a regresar a casa con cuatro nuevos y excelentes perros
y varias cajas de munición para su rifle de repetición de gran calibre. La
carta, escrita en la oficina de correos de Brattleboro, llegó a mis manos sin
ningún retraso.
Mi actitud respecto a todo
aquello había pasado en poco tiempo de un interés científico a otro personal y
alarmista. Temía por Akeley en su remota y solitaria granja, e incluso
albergaba temores por mi mismo a causa de todo lo que sabía en relación con el
extraño caso de la montaña. Aquello trascendía toda lógica. ¿Acabaría también
por absorberme y engullirme a mí? Al contestar a la carta de Akeley, le insté a
que buscara ayuda, insinuándole que si no lo hacía él podría intentarlo yo. Le
hablé de mi intención de ir a Vermont en persona a pesar de sus deseos en contra,
y de ayudarle a explicar el caso a las autoridades competentes. Por toda
contestación, empero, recibí un telegrama expedido en Bellows Falls y que decía
así:
AGRADEZCO SU ATENCION PERO
NO PUEDO HACER NADA. NO HAGA NADA PUES PODRIA PERJUDICARNOS A AMBOS. ESPERE
EXPLICACION. HENRY AKELY.
Pero el asunto se complicaba
cada vez más. Tras contestar al telegrama, recibí una temblorosa nota de Akeley
con la sorprendente noticia de que no sólo no había enviado el telegrama, sino
que no le había llegado mi carta a la que aquél daba contestación. Tras
apresuradas indagaciones en Bellows Falís se comprobó que el telegrama fue
cursado por un extraño individuo de cabello color terroso y voz curiosamente
pastosa y susurrante, y eso fue prácticamente todo lo que Akeley pudo sacar en
claro. El funcionario de telégrafos le enseñó el texto original garrapateado a
lápiz por el remitente, pero la caligrafía resultaba completamente desconocida.
Se apreciaba un error en la firma A-K-E-L-Y, sin la segunda E. Ciertas
conjeturas eran, inevitables a partir de ahí, pero la crisis le había afectado
de tal forma que no se paró a meditar al respecto.
Hablaba de la muerte de más
perros, de la compra de otros nuevos, y del cruce de disparos que había acabado
siendo una nota peculiar de las noches sin luna. Las huellas de Brown y de al
menos uno o dos seres humanos más, que iban calzados, podían verse casi siempre
entre las huellas de zarpas que había en el camino y en la parte trasera de la
granja. La situación, reconocía Akeley, se había vuelto insoportable, y lo más
probable es que muy pronto se marchara a vivir a California con su hijo,
vendiera o no la vieja casa. Pero no resultaba nada fácil abandonar el único
lugar que uno podía considerar realmente su hogar. Trataría de seguir allí algo
más. Tal vez consiguiera ahuyentar a los intrusos…, sobre todo si abandonaba de
una vez por todas cualquier intento de profundizar en sus secretos.
Contesté inmediatamente a
Akeley, renovándole mis ofrecimientos de ayuda, y le hablé de nuevo de
visitarle y ayudarle a convencer a las autoridades del extremo peligro que
corría. En su respuesta parecía menos predispuesto contra el plan de lo que su
anterior actitud habría hecho suponer, aunque dijo que le gustaría aplazar su
salida unos días más… justo el tiempo suficiente para poner en orden sus cosas
y hacerse a la idea de que tenía que abandonar el casi morbosamente querido
suelo natal. La gente albergaba sospechas sobre sus estudios e investigaciones,
y lo mejor sería salir sin ruido de la comarca, sin provocar alborotos ni que
empezaran a circular rumores sobre su salud mental. Habla pasado mucho,
afirmaba, pero querría marcharse de un modo digno a ser posible.
La carta llegó a mis manos
el 28 de agosto, e inmediatamente le escribí y eché al correo una carta de
contestación animándole en sus proyectos. A lo que se vio, mis palabras de
ánimo surtieron efecto, pues Akeley parecía más tranquilo cuando contestó mi nota.
No obstante, no se hacía muchas ilusiones pues creía que lo único que retenía a
aquellas criaturas era que habla luna llena. Confiaba que no hubiese muchas
noches nubladas, y de pasada hablaba de irse a vivir a una pensión a
Brattleboro cuando la luna empezara a menguar. Volví a escribirle en tono
animoso, pero el 5 de septiembre me llegó una carta que sin duda debió cruzarse
con la mía en el correo… y esta vez sí que me fue imposible darle ninguna
respuesta alentadora. En vista de su importancia creo que lo mejor será
transcribirla íntegramente, todo lo mejor que mi memoria me permita recordar
aquella temblorosa letra. Poco más o menos, decía así:
Lunes
Querido Wilmarth:
Una postdata harto
desoladora a mi última carta. Anoche el cielo estaba plagado de nubes – aunque
no llovió- y no se veía luz procedente de la luna. La situación empeoró
tremendamente, y mucho me temo que se acerque el final, en contra de todo lo
que esperábamos. Pasada la medianoche algo se posó en el tejado de la casa y
los perros se precipitaron fuera a ver qué pasaba. Les oi ladrar y aullar, y
seguidamente uno consiguió encaramarse al tejado saltando desde un cobertizo
bajo. Se entabló una feroz lucha allí arriba, y oí un espantoso susurro que
jamás olvidaré. Y luego llegó hasta mí un tufo irresistible. Casi al mismo
tiempo unos proyectiles atravesaron la ventana y a punto estuvieron de
alcanzarme. En mi opinión, una avanzadilla de las criaturas de la montaña se
acercaron a la casa mientras los perros estaban entretenidos con lo que sucedía
en el tejado. Ignoro qué pasaría allí, pero me temo que esos seres están
aprendiendo a gobernar mejor sus alas espaciales. Apagué la luz y utilicé las
ventanas a modo de troneras, y barrí toda la casa con fuego de rifle apuntando
alto a fin de no herir a los perros, tras lo cual se puso fin a la contienda.
Pero, a la mañana siguiente, descubrí grandes charcos de sangre en el patio,
además de otros de una sustancia verde y viscosa que despedían el olor más
nauseabundo que mi memoria recuerda. Me encaramé al tejado en donde encontré
más restos de aquella sustancia viscosa. Cinco perros habían caído muertos… me
temo que a uno lo maté yo por apuntar muy alto, pues tenía un tiro en el lomo.
Ahora estoy cambiando los cristales que se rompieron a causa de los disparos, y
dentro de unos momentos salgo para Brattleboro en busca de más perros. Los
hombres de las perreras deben creer que estoy loco. Le pondré otra nota a la
vuelta. Espero poder mudarme dentro de una o dos semanas, aunque casi me mata
sólo pensar en ello.
Apresuradamente, Akeley.
Pero ésta no fue la única
carta de Akeley que se cruzó con la mía. A la mañana siguiente – -6 de
septiembre- recibí otra. Esta vez eran unos mal trazados garrapatos que me
desconcertaron por completo y que me dejaron sin saber qué decir o hacer. Una
vez más, lo mejor será que reproduzca el texto de la carta lo más fielmente que
la memoria me lo permita.
Martes
No se abrió ningún claro
entre las nubes de modo que tampoco hubo luna, la cual, por otro lado, está en
fase de cuarto menguante. Si no fuera porque sé que cortarían los cables una y
otra vez que los arreglaran llevaría electricidad hasta la casa e instalaría un
foco.
Creo que voy a volverme
loco. Es posible que todo lo que le he escrito no sea más que un sueño o simple
locura. Ya estaban mal las cosas antes, pero esta vez sobrepasan todo lo
imaginable. Anoche hablaron conmigo… me hablaron en aquella horrible y susurrante
yoz para decirme cosas que no me atrevo a repetir aquí. Les oí con toda nitidez
a pesar de los ladridos de los perros., y en un momento determinado en que
empezaba a no oírse les, se oyó una voz humana que vino en su ayuda. No se meta
en esto, Wilmarth… es mucho peor de lo que sospechábamos. Ahora no quieren
dejarme ir a California: quieren llevarme con ellos vivo, o lo que teórica y
mentalmente equivale a vivo…, y que les acompañe no sólo a Yuggoth, sino mucho
más allá… lejos de la galaxia, y posiblemente más allá del último círculo de
anillo espacial. Les dije que no les seguiría a donde ellos quieren que vaya,
ni me dejaría llevar del modo tan terrible que ellos proponen, pero temo que
todo sea inútil. Mi casa está tan apartada que dentro de poco podrán
presentarse lo mismo de día que de noche. Seis perros más han muerto, y cuando
hoy me dirigía a Brattleboro sentía que me observaban desde los bosques que
bordean el camino.
Fue un error por mi parte
tratar de enviarle la grabación fonográfica y la piedra negra. Será mejor que
destruya la grabación antes de que sea demasiado tarde. Le pondré unas líneas
mañana, si es que sigo aquí todavía. Me gustaría poder llevarme a Brattleboro
mis libros y otras pertenencias y alojarme en alguna pensión. Si pudiera
echaría a correr ahora mismo y lo dejaría todo detrás, pero hay algo dentro de
mí que me lo impide. Podría escaparme a Brattleboro, donde estaría a salvo,
pero tengo la impresión de que allí me sentirla tan prisionero como en mi casa.
Y, a mi juicio, no creo que pudiera ir mucho más lejos, ni aunque lo dejara
todo y lo intentara. Es realmente horrible…, no se mezcle en todo esto.
Atentamente, Akeley.
Después de leer esta
horrible carta no dormí en toda la noche. No sabía qué decir acerca del estado
de salud mental de Akeley. El contenido de la carta era totalmente demencial,
pero la forma de expresarlo – habida cuenta de todo lo acontecido hasta entonces-
resultaba sombría y tremendamente convincente. Decidí no contestarla, pensando
que sería mejor aguardar hasta que Akeley dispusiera de tiempo para responder a
mi última carta. Como era de esperar, la respuesta llegó al día siguiente,
aunque las noticias frescas que se recogían en ella eclipsaron prácticamente
las cuestiones que se planteaban en la carta a la que en teoría respondía. A
continuación reproduzco lo que recuerdo de su texto, garrapateado y lleno de
tachaduras como si hubiese sido escrito en el curso de un frenético y
apresurado impulso.
Miércoles
W…
Recibí su carta, pero es
inútil seguir hablando sobre el tema. Estoy completamente resignado. Me
sorprende que aún me queden fuerzas para rechazarlos. No podría escapar ni aun
en el caso de que estuviera dispuesto a abandonarlo todo y salir corriendo. Me
atraparían.
Ayer recibí una carta de
ellos…, me la entregó un tipo de nombre R. F. D. en Brattleboro Estaba
mecanografiada y llevaba matasellos de Bellows Falís. En ella se dice lo que
quieren hacer conmigo… No me atrevo a repetirlo. ¡Tenga cuidado Wilmarth!
Destruya la grabación. Quisiera decidirme y pedir ayuda – tal vez ello me haría
recobrar mi fuerza de voluntad-, pero quienquiera que viniese en ayuda mía
pensaría que estoy loco, a no ser que le presentara pruebas concluyentes. No
puedo pedir ayuda a la gente si no tengo un buen motivo… No tengo ni he tenido
el menor contacto con nadie en muchos años.
Pero aún no le he contado lo
peor, Wilmarth. Prepárese para leer lo que sigue, pues se va a llevar un
sobresalto mayúsculo. Pero no hago más que decirle la pura verdad. Prepárese,
pues, como le digo: he visto y tocado a uno de los seres, o menos parte de uno
de los seres. Fue algo horrible, ¡Dios mío! Estaba muerto, naturalmente. Esta
mañana me lo encontré junto a la perrera:
¡uno de los perros lo tenía
entre sus garras! Traté de esconderlo en la leñera para así poder mostrárselo y
convencer a mis vecinos, pero en unas horas se evaporó. No quedó ni el menor
rastro de él. Como usted bien sabe, sólo la primera mañana tras la inundación
se vieron aque- -los seres flotando en los ríos. Y aquí viene lo peor. Traté de
fotografiarlo para mostrárselo luego, pero cuando revelé la película en ella no
se veía más que la leñera. ¿De qué podía estar hecho ese ser? Al menos, puedo
decir que vi y palpé uno, y que todos ellos dejan huellas de pisadas. Sin duda
estaba hecho de materia, pero ¿qué clase de materia? No sabría cómo describir
su forma. Era un enorme cangrejo, con un montón de anillos piramidales carnosos
o ligamentos de una sustancia espesa y viscosa, cubierto de tentáculos en el
lugar donde el hombre tiene la cabeza. Aquella sustancia verde y pringosa era
su sangre o jugo. Y a cada momento que pasa crece su número sobre la tierra.
Walter Brown ha
desaparecido. No se le ha visto últimamente merodeando por ninguna de las
esquinas que solía frecuentar en los pueblos de los alrededores. Uno de mis
disparos debió alcanzarle, aunque aquellas criaturas se llevan siempre consigo
sus muertos y heridos.
Esta tarde acudí a la ciudad
y no tuve el menor contratiempo, pero temo que comiencen a retraerse porque ya
me conocen muy bien. Escribo esta carta en la oficina de correos de
Brattleboro. Tal vez sea una despedida. En tal caso, escriba a mi hijo, George
Goodenough Akeley, 176 Pleasant St., San Diego, California, pero no venga aquí
por lo que más quiera. Escríbale a mi hijo si no vuelve a saber de mí dentro de
una semana… y esté atento a las noticias de los periódicos.
–Voy a jugarme las dos
últimas cartas que me quedan… si es que aún tengo arrestos. La primera es
tratar
envenenar con gas a esos
seres (tengo los productos químicos necesarios, y me he fabricado máscaras para
mí y para los perros), y si veo que no- da resultado iré a contárselo al
sheriff. Es posible que me encierren en un manicomio, pero en cualquier caso
será siempre preferible a lo que las otras criaturas harían conmigo. Tal vez
pueda conseguir que presten atención a las huellas que hay en torno a la casa:
son borrosas, pero puedo verlas todas las mañanas. Puede suceder también que la
policía diga que trato de engañarles, pues la gente opina de mí que soy un
personaje muy extraño.
Lo mejor sería que un
policía pasara una noche aquí y lo viera todo con sus propios ojos… aunque lo
más probable es que las criaturas se enteraran y no aparecieran. Me cortan los
cables del teléfono cuando intento telefonear de noche; los empleados de la
compañía tele fónica creen que es algo muy extraño, quizá puedan testimoniar en
favor mío… si es que no llegan a creer que yo mismo corto los hilos. Hace ya
más de una semana que están sin reparar.
Podría asimismo hacer que
algún campesino de los aledaños atestiguara en mi nombre la realidad de los
horrores, pero todo el mundo se ríe de lo que dicen esas gentes sencillas, y,
por otro lado, hace ya tanto que no vienen por aquí que no saben nada de lo –
que está pasando. Ni uno solo de esos pobres granjeros se acercaría a menos de
una milla de distancia de mi casa, ni por todo el oro del mundo. El cartero les
oye hablar y luego viene a contármelo en tono jocoso… ¡Dios mio! Si me
atreviera a decirle que no es sino la pura verdad. Creo que lo mejor sería
llevarle a ver las huellas, pero siempre viene por la tarde y para entonces,
por lo general, ya están borradas. ¿Y si tratara de conservar- una poniendo
encima una caja o una cazuela?… – ¡Bah! Entonces creería casi con toda
seguridad que se trataba de una patraña o una broma.
Ojalá no llevara una vida
tan solitaria; pues la gente ya no pasa a yerme como solía. Nunca me – be
atrevido a mostrar la piedra negra o las fotografías kodak ni dejar escuchar la
grabación, pues, salvo los sencillos aldeanos, los demás habrían creído que no
era más que una farsa y se habrían echado a reír. Pero aún puedo tratar de
enseñarles – las fotografías. En ellas pueden apreciarse bien las pisadas, aun
cuando no aparezcan los seres que las produjeron. ¡Qué lástima que nadie viese
aquel ser esta mañana, antes de que se desvaneciera en el aire!
Pero no sé por qué me
preocupo. Después de todo lo que he pasado, tan bueno es un manicomio como
cualquier otro lugar. Los médicos me ayudarán a olvidar los malos momentos que
he pasado en esta – casa; sólo eso podrá salvarme. – Escriba a mi hijo George si
no tiene pronto noticias mías. Destruya la grabación y no se meta para nada en
esto.
Atentamente, Akeley
Esta carta me sumió en un
terror abismal. No sabía qué responder, así que me limité a garrapatear unas
incoherentes palabras de consejo y aliento, enviándoselas a mi corresponsal por
correo certificado. Recuerdo que en aquella carta le instaba a Akeley a que se
trasladara inmediatamente a Brattleboro y se pusiera bajo la protección de las
autoridades, añadiéndole que yo me dirigiría allá con la grabación fonográfica
y le ayudaría a convencer a los jueces de su cordura. Creo que le decía también
que había llegado el momento de alertar a la gente de la presencia de tales
seres. Conviene señalar que en aquellos momentos de extrema tensión creía
prácticamente en todo lo que decía Akeley, aunque pensaba que si no pudo hacer
una fotografía – del monstruo muerto era más culpa suya que atribuible a algún
fenómeno de la Naturaleza.
V
El sábado 8 de septiembre
por la tarde, tras cruzarse al parecer con mis incoherentes líneas, recibí una
extraña y tranquilizadora carta, mecanografiada con toda pulcritud en una
máquina a todas luces nueva. Era una extraña carta en la que trataba de tranquilizarme
y me hacía una invitación; en ella se operaba una prodigiosa transición en el
curso del alucinante drama de las solitarias montañas. De nuevo echo mano de la
memoria para reproduciría, y en esta ocasión, por motivos especiales, trataré
de atenerme con la mayor fidelidad posible al estilo. Llevaba matasellos de
Bellows Palis, y tanto el texto de la carta como la firma estaban a máquina,
como suele ser corriente entre quienes aprenden mecanografía. El texto, sin
embargo, mostraba una gran precisión para tratarse de un aprendiz, de lo que
deduje que Akeley debió escribir a máquina en algún momento de su vida… quizá
en sus años de estudiante. Si bien es cierto que la carta me tranquilizó
bastante, bajo aquel alivio se ocultaba una sensación de desasosiego. Si Akeley
estaba en su sano juicio cuando experimentaba terror, ¿lo estaba también ahora
en la nueva situación? Y esas «mejores relaciones» a que se refería, ¿qué era
exactamente? Aquello suponía un cambio radical en la actitud que hasta entonces
había mantenido Akeley. Pero lo mejor será que reproduzca el texto,
minuciosamente transcrito gracias a una memoria de la que, modestamente, me
enorgullezco.
Townshend, Vermont.
Jueves, 6 de septiembre de
1928.
Mi querido Wilmarth:
Es para mí un gran placer
poder tranquilizarle respecto a todas las tonterías de que le he estado
escribiendo. Digo «tonterías», aunque lo que trato con ello es de referirme más
a mi actitud asustadiza que a mis descripciones de ciertos fenómenos. Tales fenómenos
son auténticos y, sin duda, muy importantes. Mi error ha radicado en la anómala
actitud que he mantenido respecto a ellos.
Creo haberle dicho que mis
extraños visitantes habían empezado a comunicarse conmigo, y a intentar
establecer una comunicación. Anoche se materializó el diálogo. En respuesta a
ciertas señales que me hicieron dejé entrar en casa a un mensajero de los del
exterior… un ser humano, me apresuraré a decir. Me contó cosas que ni usted ni
yo nos habríamos atrevido siquiera a imaginar, y me demostró bien a las claras
que nuestros juicios y conjeturas sobre la razón de mantener el secreto acerca
de la colonia que los Exteriores han establecido en nuestro planeta estaban
totalmente descaminadas.
Al parecer, las malignas
leyendas sobre lo que ofrecen a los hombres y esperan obtener de la tierra, son
el resultado de una interpretación errónea y – superficial del lenguaje
alegórico. Un lenguaje, bien entendido, moldeado por tradiciones culturales y
hábitos mentales muy distintos de los nuestros. Mis propias conjeturas, debo
reconocerlo, eran tan erróneas como podrían serlo los barruntos de cualquier
campesino analfabeto o de un indio salvaje. Lo que en un principio había
juzgado morboso, vergonzoso e ignominioso es en realidad algo sorprendente,
algo que ensancha los limites de la imaginación y resulta hasta glorioso. El
juicio que me merecían antes no era sino una fase de la eterna tendencia humana
a odiar, temer y rehuir lo radicalmente distinto.
Ahora lamento el daño que he
infligido a esos extraños e increíbles seres en el curso de nuestras
escaramuzas nocturnas. ¡Si no hubiera puesto reparos a hablar pacífica y
razonablemente con ellos desde un primer momento! Pero no me guardan el menor
rencor pues sus movimientos se rigen por un código muy diferente del nuestro.
La desgracia suya ha sido que sus agentes humanos en Vermont eran tipos de baja
calaña, como el difunto Walter Brown por ejemplo. Por culpa de Brown he
albergado grandes prejuicios contra ellos. Pero lo cierto es que nunca han
causado, conscientemente al menos, daño a los hombres, si bien algunos
congéneres nuestros les han espiado y juzgado cruelmente. Hay todo un culto
secreto practicado por hombres perversos (un hombre con su erudición mitológica
me entenderá perfectamente cuando lo relaciono con Hastur y la Señal Amarilla)
cuya finalidad es seguirles la pista e injuriarles en nombre de abominables
poderes procedentes de
–otras galaxias. Las
drásticas medidas de precaución que han adoptado los Exteriores van
precisamente dirigidas contra tales agresores, y no contra la especie humana en
general. A título incidental, me he enterado de que muchas de nuestras cartas
perdidas fueron – robadas no por los Exteriores sino por los emisarios del
maligno culto de que le hablo.
Lo único que los Exteriores
desean del hombre es paz, no sufrir molestias y unas relaciones a nivel
intelectual cada vez mayores. Esto último les es absolutamente imprescindible
en estos momentos en que nuestras invenciones y máquinas ensanchan los limites
de nuestro conocimiento y acciones, y hacen que cada vez sea más difícil la
existencia secreta de las necesarias avanzadillas de los Exteriores en este
planeta. Lo que estos extraños seres buscan es tener un conocimiento más
profundo del hombre y que los principales filósofos y científicos de la
humanidad lleguen a conocerles mejor. Con semejante intercambio de
conocimientos desaparecerían todas las amenazas y podría establecerse un modus
vivendi que satisficiera a todos. La sola idea de pensar en la posibilidad de
esclavizar o degradar a la especie humana resulta de todo punto ridícula.
Para iniciar estas nuevas
relaciones, los Exteriores han decidido elegirme a mí por el ya más que
considerable conocimiento que de ellos tengo- como su primer intérprete en la
tierra. Anoche me revelaron muchas cosas -hechos de la más sorprendente naturaleza,
que abren insospechadas perspectivas-, y mucho más se me dará a conocer en lo
sucesivo, tanto de palabra como por escrito. Por el momento no se me pedirá que
haga ningún viaje al exterior, aunque probablemente desearé hacerlo con el
tiempo; en tal supuesto, habré de emplear medios especiales y trascender todo
lo que hasta aquí estamos acostumbrados a considerar como experiencia humana.
En lo sucesivo no volverán a asediar más mi casa. Todo ha vuelto a la
normalidad y los perros no tendrán en qué ocuparse. En lugar de terror se me
ofrece un presente rico en conocimientos y con la perspectiva de una aventura
intelectual que pocos mortales han podido disfrutar hasta ahora.
Los Exteriores son quizá los
seres orgánicos más maravillosos que existen en o allende el espacio y el
tiempo; integrantes de una raza cósmica de la que el resto de- las formas con
vida no son sino meras variantes degradadas. Son más vegetales que animales, si
es que tales términos pueden aplicarse a la materia de que están formados, y
tienen un aspecto un tanto fungiforme, aunque la presencia de una sustancia
semejante a la clorofila y un sistema nutritivo muy peculiar les distingue de
los auténticos hongos cormofíticos. En realidad, están formados de una materia
totalmente ajena al sector del espacio en que habitamos, con electrones que
cuentan con un número de vibraciones absolutamente distinto. De ahí que estos
seres no puedan fotografiarse con los films y placas ordinarios del universo
conocido, aun cuando puedan verlos nuestros ojos. No obstante, cualquier buen
profesional de la química que tuviera los conocimientos requeridos podría hacer
una emulsión fotográfica que reprodujera sus imágenes.
Los Exteriores tienen una
extraordinaria capacidad para atravesar en plena forma corpórea el vacío
interestelar, en el que no hay aire ni calor, en tanto que algunas variantes
suyas – no pueden hacerlo si no es gracias a una ayuda mecánica o a curiosos transplantes
quirúrgicos. Sólo unas cuantas especies poseen las alas resistentes al éter
características de la variedad de Vermont. Las que habitan en ciertas cumbres
remotas de Europa llegaron por otros procedimientos. Su semejanza externa con
la vida animal, y con la modalidad de estructura que consideramos material, es
una cuestión de evolución paralela más que de estrecho parentesco. Su capacidad
cerebral sobrepasa a la de cualquier otra forma de vida existente, aunque las
especies aladas de nuestra montañosa región distan mucho de ser las de mayor
desarrollo. La telepatía es su medio habitual de comunicación, aunque poseen
unos órganos vocales rudimentarios que, tras una ligera operación (pues la
cirugía ha alcanzado un tremendo desarrollo entre ellos), pueden facultarles
para duplicar el habla de aquellos tipos de organismo que todavía hacen uso del
habla.
Su principal morada
inmediata es un planeta todavía por descubrir y casi sin luz situado en el
confín mismo de nuestro sistema solar: más allá de Neptuno y el noveno a partir
del sol. Es, como suponíamos, el objeto al que en- ciertos antiguos y prohibidos
escritos se denomina místicamente «Yuggoth», y pronto será el escenario de una
extraña proyección de la mente sobre nuestro mundo con el fin de facilitar las
relaciones intelectuales. No me sorprendería que los astrónomos se mostraran lo
suficientemente sensibles a estas corrientes mentales y descubrieran Yuggoth
cuando a los Exteriores les parezca oportuno. Pero Yuggoth, por supuesto, es
sólo el principio. El grueso de los seres habita en abismos dotados de una
extraña organización fuera del alcance de toda imaginación humana. El glóbulo
espacio-tiempo que reconocemos como la totalidad de toda entidad cósmica no es
sino un átomo de la verdadera infinidad en que están insertos, Y a mí se me va
a mostrar todo lo que el cerebro humano puede abarcar de esa infinidad, algo
que sólo se ha hecho con no más de cincuenta hombres desde los comienzos de la
especie humana.
Es posible que al principio
todo esto le parezca un desvarío, Wilmarth, pero con el tiempo se dará perfecta
cuenta de la increíble oportunidad que se me presenta. Mi deseo es que usted
comparta conmigo al máximo posible esta experiencia, y a tal fin tengo que
contarle miles de cosas que no puedo reproducir sobre el papel. Hasta hoy le
había aconsejado que no viniera a yerme. Pero ahora que todo va bien, sería
para mí un gran placer que olvidara mi advertencia y aceptase ser mi huésped.
¿No podría usted darse una
vuelta por aquí antes de iniciarse el curso en la Universidad? Sería realmente
maravilloso si pudiera hacerlo. Traiga la grabación fonográfica y todas las
cartas que le he escrito para utilizarlas como elemento de consulta: las
necesitaremos para reconstruir toda esta impresionante historia. Le agradecería
que trajese también las fotografías, pues con la excitación de estos días
parece que he extraviado los negativos y mis fotografías. Pero no se imagina la
cantidad de datos que voy a añadir a todo este tentador y sugestivo material ¡y
mucho menos el sensacional plan que he ideado para complementar mis
aportaciones!
No lo dude. Nadie me espía
ahora, y tampoco encontrará usted nada anormal o que pueda perturbarle. Venga e
iré a buscarle en mi coche a la estación de Brattleboro. Dispóngase – a pasar
aquí una larga temporada, y prepárese a oír hablar durante largas veladas de
cosas que escapan a toda conjetura humana. Bien entendido que no debe decir
nada a nadie, pues el asunto en cuestión no debe trascender al público.
El servicio de trenes a
Brattleboro no es malo. En Boston puede enterarse del horario. Tome el B. M.
hasta Greenfield, y trasborde allí para el corto trayecto que le resta. Le
aconsejo que coja el que sale a las 4,10 de la tarde de Boston. Dicho tren llega
a Greenfield a las 7,35, de donde a las 9,19 sale otro que pasa por Brattleboro
a las 10,01 de la noche. Todo ello entre semana. Comuníqueme la fecha e iré a
la estación a esperarle con mi coche.
Perdone que le escriba a
máquina, pero, como usted bien sabe, últimamente me falla el pulso y no me
siento capaz de escribir largos párrafos. Ayer compré esta nueva
Corona en Brattleboro, y
parece que funciona a la perfección. –
En espera de sus noticias, y
deseando verle muy pronto con la grabación fonográfica, todas mis cartas y las
fotografías, queda atentamente suyo,
Henry W. Akeley.
A ALBERT N. WILMARTH
UNIVERSIDAD DE MISKATONIC
ARKHAM, MASS.
La complejidad de mis
emociones tras leer, releer y reflexionar sobre tan extraña e inesperada carta
sobre-pasa toda posible descripción. He dicho que de repente me sentí aliviado
al tiempo que me invadía una sensación de desasosiego, pero esto sólo expresa
burdamente las implicaciones de multitud de sentimientos, en gran medida
subconscientes, que encerraban tanto desahogo como inquietud. Para empezar
aquella carta estaba tan en las antípodas de toda la cadena de horrores que la
precedieron… El cambio de actitud desde el terror más descarnado a aquella fría
complacencia, e incluso exaltación, era algo tan imprevisto, meteórico y
radical… Me resultaba difícil creer que en un solo día pudiese cambiar de tal
manera la perspectiva psicológica de alguien que había escrito aquella
exasperada nota del miércoles, al margen de cualquier descubrimiento
esperanzador que hubiera experimentado con la llegada del nuevo día. En ciertos
momentos, una sensación de irrealidades en conflicto me hacía preguntarme si
todo aquel insólito drama de fantásticas fuerzas del que no era partícipe
directo no seria una especie de sueño ilusorio producto en gran medida de mi
propia imaginación. Luego mi atención se centró en la grabación fonográfica y
mi aturdimiento fue aún mayor.
¡Distaba tanto aquella carta
– de todo lo que cabía esperar! Al analizar mis impresiones comprobé que había
dos fases bien diferenciadas. En la primera, en el supuesto de que Akeley
hubiera estado y estuviera aún en su sano juicio, el cambio operado en la
situación había sido rapidísimo e increíble. En una segunda fase, el cambio
experimentado en la actitud, modo de expresarse y lenguaje de Akeley distaba
mucho de lo que puede conceptuarse como normal o previsible. Su personalidad
entera parecía haber experimentado una sospechosa transformación, una mutación
tan radical que difícilmente podían reconciliarse sus dos aspectos, en el
supuesto de que ambos representaran idéntico estado de equilibrio mental. Las
palabras, la ortografía… todo era sutilmente distinto. Y con mi sensibilidad
académica hacia la prosa
literaria, pude descubrir
profundas divergencias en sus más normales reacciones y en el ritmo de sus
respuestas Desde luego, el cataclismo emocional o revelación capaz de producir
tan brusca transformación debió de ser tremendo, no cabe la menor duda. Pero
también es cierto que la carta tenía todo el estilo de Akeley. La misma pasión
por lo infinito, la misma curiosidad intelectual… Ni por un momento -o más de
un momento- se me ocurrió la idea de que pudiera ser falsa o hubiera una
malintencionada sustitución. ¿Acaso no era la invitación esa buena disposición
suya a que comprobara en persona la veracidad de la carta- prueba suficiente de
su autenticidad?
El sábado por la noche no me
acosté. Lo pasé en vela pensando en los misterios y prodigios ocultos tras
aquella última carta. Mi mente, resentida por la rápida sucesión de monstruosas
ideas a que había tenido que hacer frente en los últimos cuatro meses, no
dejaba de dar vueltas a este nuevo y sorprendente material que llegaba a mis
manos, pasando de la duda a la aceptación en un ciclo que no hacía sino repetir
la mayoría de las fases por las que atravesé al enterarme por vez primera de
tales prodigios. Hasta que mucho antes del amanecer, el interés y la curiosidad
que me embargaban comenzaron a reemplazar el marasmo de perplejidad e inquietud
en que me sumí en un primer momento. Loco o cuerdo, metamorfoseado o
simplemente aliviado lo cierto es que Akeley había descubierto un impresionante
cambio de enfoque en su azarosa investigación. Un cambio que reducía
drásticamente el peligro -real o imaginario- en que se encontraba, a la vez que
abría nuevas e insospechadas perspectivas al conocimiento de lo cósmico y sobrehumano.
Mi fervor por lo desconocido se avivó en mi afán por igualar el suyo, y me
sentí contagiado por salvar a aquel mórbido obstáculo que se interponía en mi
camino. Liberarme de las enloquecedoras y extenuantes limitaciones que imponen
el tiempo, el espacio y la ley natural… entrar en relación con el inmenso
espacio exterior… acercarme a los espectrales y abismales secretos de lo
infinito y lo esencial… ¡sin duda, valía la pena arriesgar la vida, el alma y
hasta el propio juicio! Y, además, Akeley decía que ya no había peligro…, me
invitaba a visitarle en lugar de aconsejarme que me mantuviera alejado como
había – hecho hasta entonces. Una comezón me invadía ante la sola idea de lo
que Akeley iba a contarme… Sentía tal fascinación que casi me impedía todo
movimiento el imaginarme sentado allí, en aquella solitaria y – en los últimos
tiempos- asediada granja, ante un hombre que había hablado con auténticos
emisarios del espacio exterior; sentado allí con aquella espeluznante grabación
y el montón de cartas en que Akeley había tratado de resumir sus conclusiones
previas.-
De modo que no lo pensé más
y el domingo por la mañana envié un telegrama a Akeley en el que le decía que
le encontraría en Brattleboro el miércoles siguiente
–-el 12 de septiembre- si no
tenía nada que objetar a aquella fecha. Sólo en una cosa no seguí sus
indicaciones: en la elección del tren. Con franqueza, no me agradaba nada la
idea de llegar bien entrada la noche a aquella encantada región de Vermont, así
que, en lugar de ir en el tren que Akeley sugería, telefoneé a la estación e
hice otra combinación Levantándome temprano y cogiendo el tren de las 8,07 con
destino a Boston, podía tomar el de las 9,25 que llegaba a Greenfield a las
12,22. Este conectaba exactamente con un tren que llegaba a Brattleboro a la
1,08 de la tarde… hora a todas luces infinitamente mejor que las 10,01 de la
noche para encontrar a Akeley y viajar con él por aquella comarca abigarrada de
cumbres montañosas y encubridora de tantos -secretos.
Le comuniqué mi combinación
en el telegrama, y me alegró saber en la respuesta que me envió aquella misma
noche que estaba de acuerdo con mis planes. Su telegrama decía así:
COMBINACION SATISFACTORIA.
LE ESPERARE TREN UNA OCHO MIERCOLES. NO
OLVIDE GRABACION CARTAS Y
FOTOGRAFIAS. TRANQUILICESE HASTA ESE
DíA… ESPERE GRANDES
REVELACIONES.
AKELEY
La llegada a mis manos de
este mensaje, respuesta directa del que envié a Akeley – y que por fuerza tenía
que haber sido llevado a su casa desde la estación de Townshend, bien por un
funcionario de telégrafos o a través del hilo telefónico reparado-, borró
cualquier duda subconsciente que pudiera albergar acerca de la autoría de tan
sorprendente carta. Experimenté una gran sensación de alivio, desde luego
infinitamente mayor de la que podía esperar por entonces, pues mis dudas no se
habían desvanecido del todo sino que estaban profundamente soterradas. Pero
aquella noche dormí a pierna suelta y hasta bien entrada la mañana, y durante
los dos días siguientes me dediqué afanosamente a hacer los preparativos del
viaje.
VI
El miércoles me puse en
camino, tal como habíamos acordado, llevando por todo equipaje una maleta llena
de objetos personales y material científico; es decir, la horrible grabación
fonográfica, las fotografías y toda la correspondencia mantenida con Akeley.
Siguiendo las instrucciones, no le dije a nadie adónde iba; me daba perfecta
cuenta de que todo aquello requería la máxima discreción, aun por muy
favorablemente que evolucionase. La sola idea de un auténtico contacto mental
con entes extraños procedentes del mundo exterior -no dejaba de resultar
prodigiosa para una mente preparada, e incluso un tanto predispuesta, como la
mía. ¿Cuál seria, pues, su efecto sobre la masa de profanos sin ningún
conocimiento sobre la materia? No sé qué sentimiento predominaba en mí, si el
temor o la expectación ante lo desconocido, cuando, tras cambiar de tren en
Boston, me adentré en dirección oeste dejando atrás un territorio conocido.
Waltham… Concord… Ayer… Fitchburg… Gardner… Athol…
–El tren llegó a Greenfield
con siete minutos de retraso, pero aún estaba esperando el expreso que enlazaba
en dirección norte. A toda prisa transbordé, y mientras el tren discurría a
plena luz del día por territorios de los que había leído mucho, pero jamás
había visitado, experimenté una extraña sensación de desasosiego. Me adentraba
en una Nueva Inglaterra más primitiva y retrasada que las mecanizadas y
urbanizadas regiones meridionales y del litoral en que había pasado toda mi
vida; una Nueva Inglaterra ancestral y todavía intacta, sin los extranjeros ni
los humos de las fábricas, sin los anuncios ni las carreteras de hormigón que
pueden verse allí donde ha llegado la modernidad. Podían apreciarse esporádicos
restos de una vida aborigen no abandonada cuyas profundas raíces la convertían
en auténtica prolongación del país: esa vida aborigen, transmitida de
generación en generación que conserva extrañas y antiguas tradiciones y
fertilizan el suelo para que puedan germinar creencias tenebrosas, maravillosas
y rara vez mencionadas.
De vez en cuando veía a un
lado la azul franja del río Connecticut resplandeciendo bajo la luz del sol, y
a la salida de Northfield lo cruzamos. Al frente se vislumbraban unas verdes y
enigmáticas montañas, y cuando pasó el revisor me enteré de que nos encontrábamos
ya en Vermont. Me dijo éste que retrasara el reloj -una hora, pues en aquella
montañosa región septentrional no querían saber nada de cambios de hora para
ahorrar luz solar. Al hacerlo, me pareció como si retrasara el calendario un
siglo entero.
El tren se ceñía al curso –
de las aguas, y en la otra margen, ya en New Hampshire, pude ver la cercana
ladera del escarpado Wantastiquet, sobre el que circulaban todo tipo de
antiguas y extraordinarias leyendas. Luego aparecieron calles a mi izquierda y
una isla verde en medio del río, a mi derecha. La gente se levantó y se
encaminó hacia la puerta, y yo les seguí. – El tren se detuvo, y de repente me
encontré bajo la larga marquesina de la estación de Brattleboro.
Mirando la hilera de
automóviles que esperaban, vacilé un momento tratando de averiguar cuál seria
el Ford de Akeley, pero mi identidad fue descubierta antes de que pudiera tomar
ninguna iniciativa. Quien se dirigía hacia mí con la mano tendida y me preguntaba
con gran delicadeza si yo era Albert N. Wilmarth, de Arkham, no era, desde
luego, Akeley. Aquel hombre no se parecía en nada al barbudo y entrecano Akeley
de la fotografía. Era una persona mucho más joven y más de ciudad, vestida a la
moda y sólo con un bigote negro recortado. Su refinada voz me produjo una
sensación extraña y casi inquietante de vaga familiaridad, aunque no pude
precisar a quién me recordaba.
Mientras le examinaba, le oí
explicar que era un amigo de mi presunto anfitrión y que había venido de
Townshend en su lugar. Akeley, decía, había sufrido un repentino ataque de la
dolencia asmática de que sufría, y no se encontraba en condiciones de hacer el
viaje. Pero no era nada grave, y no habría ningún cambio en los planes que me
habían llevado hasta allí. No podía columbrar en qué medida el tal Mr. Noyes
-nombre con el que se me presentó- estaba al corriente de las investigaciones y
descubrimientos de Akeley, aunque dada su informal apariencia no me los
imaginaba juntos. Pensando en la vida solitaria que Akeley llevaba, me
sorprendió un tanto el que pudiera recurrir fácilmente a semejante amigo; pero
mi perplejidad no me impidió entrar en el automóvil que mi acompañante me
señalaba con un gesto. Aquel no era el viejo cochecito que esperaba encontrar
por las descripciones que me hizo Akeley, sino un grande e inmaculado modelo de
reciente aparición en el mercado, propiedad de Noyes al parecer y con matrícula
de Massachusetts, con el curioso emblema del «sagrado bacalao» de aquel año. Mi
guía, deduje, debe ser un veraneante de paso en la comarca de Townshend.
Noyes subió al coche y,
sentándose a mi lado, lo puso en marcha al instante. Me alegré de que no se
mostrara locuaz pues una extraña tensión atmosférica me hacía sentir reacio a
mantener una conversación. La ciudad parecía tener un singular atractivo bajo
la luz vespertina, mientras subíamos una cuesta y girábamos a la derecha para
entrar en la calle principal. Brattleboro dormitaba como esas antiguas ciudades
de Nueva Inglaterra que uno recuerda de su infancia, y algo había en la
disposición de los tejados, chapiteles, chimeneas y fachadas de ladrillos que
hacían vibrar en mí las cuerdas de hondas emociones ancestrales. Me pareció encontrarme
en el umbral de una región medio encantada por la acumulación de etapas sin
discontinuidad temporal, una región en la que podían acontecer y pervivir las
cosas más antiguas y extraordinarias porque jamás habían sido avivados sus
rescoldos.
Mi tensión y presentimientos
fueron en aumento a medida que dejábamos atrás Brattleboro, pues había algo
indefinido en aquel abigarrado paisaje montañoso con sus imponentes,
amenazadoras y apiñadas vertientes verdes y graníticas que hacían pensar en
lóbregos secretos e inmemoriables reliquias del pasado que muy bien podían ser
hostiles al género humano. Durante algún tiempo nuestro trayecto discurrió
paralelo a un anchuroso río de escaso caudal que descendía desde las remotas
montañas del norte, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando mi
acompañante me dijo que aquél era el río West. Fue en estas aguas precisamente
donde, según recordaba haber leído en un artículo periodístico, se vio flotar a
raíz de las inundaciones uno de aquellos morbosos seres de rasgos semejantes a
cangrejos.
Poco a poco, el paisaje se
fue haciendo más abrupto y desolado en torno nuestro. Arcaicos puentes
cubiertos resistían temerosamente el paso de los años en las cavidades
montañosas y la medio abandonada vía del ferrocarril que discurría a lo largo
del río parecía. exhalar un aire de desolación difusamente visible. Podían
verse, en todo su esplendor, inmensas extensiones del valle con grandes
despeñaderos, y el granito virgen de Nueva Inglaterra tenía un aspecto gris y
austero por entre la vegetación que trepaba hasta las cuestas montañosas. Había
gargantas por 1as que brincaban aguas bravías, vertiendo en el río los
inimaginables secretos de millares de cumbres sin hollar. De vez en cuando se
bifurcaban estrechas y semiocultas carreteras que se abrían paso a través de
macizas y frondosas masas de bosques, entre cuyos ancestrales árboles podrían
muy bien estar al acecho ejércitos enteros de espíritus elementales. Al
contemplar aquel insólito paisaje, me vino a la memoria el acoso a que se veía
sometido Akeley por seres invisibles cuando viajaba por aquella misma
carretera, y no me extrañó lo más mínimo que tales cosas pudieran acaecerle.
El pintoresco y precioso
pueblo de Newfane, al que llegamos en menos de una hora, fue nuestro último
contacto con el mundo que el hombre puede llamar decididamente suyo por derecho
de conquista y posterior ocupación. Tras atravesarlo abandonamos toda relación
con lo inmediato, tangible y temporal, y nos adentramos en un fantástico mundo
de sosegada irrealidad por el que la angosta y serpenteante carretera subía,
bajaba y se retorcía, con un casi consciente e intencional capricho, por entre
las desoladas cumbres cubiertas de una verde pátina y los casi despoblados
valles. Con la única excepción del ruido del coche y algún que otro leve
murmullo en las escasas granjas por las que pasábamos muy de vez en cuando, el
único sonido que llegaba a mis oídos era el incesante gorgoteo y discurrir de
misteriosas aguas que brotaban de innumerables manantiales ocultos en los
sombríos bosques.
La inmediatez de las
achatadas y majestuosas montañas resultaba ahora un espectáculo verdaderamente
impresionante. La pendiente y lo escarpado de aquellos picos era aún mucho
mayor de lo que me había imaginado, y no parecían tener nada en común con el mundo
prosaico y objetivo que conocemos. Los frondosos y no hollados bosques que
cubrían aquellas inaccesibles laderas parecían ocultar misteriosos e increíbles
secretos, y hasta llegué a creer que el perfil mismo de las montañas tenía un
significado extraño que el paso del tiempo hubiera relegado al olvido, como si
se tratara de imponentes jeroglíficos legados por una supuesta raza de titanes
cuyas hazañas sólo se conservan en raros y profundos sueños. Aquella atmósfera
de tensión y amenaza inminente se vio reforzada por todas las leyendas del
pasado y todas las asombrosas revelaciones contenidas en las cartas y
fotografías de Henry Akeley que mi memoria avivó. El objeto de mi visita y las
tenebrosas anomalías que presuponía, se me hicieron de repente presentes
causándome un estremecimiento que casi apagó mi ardor por ahondar en las
profundidades de lo arcano.
Mi guía debió advertir mi
inquietud, pues a medida que la carretera era más irregular y discurría por
parajes más abruptos, haciendo nuestra marcha más lenta y más traqueteante, sus
ocasionales observaciones de cumplido adquirieron una continuidad, hasta
constituir un discurso fluido. Se puso a hablar de la singular belleza y
hechizo de la comarca, al tiempo que demostraba no ser ajeno a los estudios
sobre el folklore de mi anfitrión. Por las preguntas que con sumo tacto me
hacía era evidente que conocía la finalidad científica de mi viaje y sabía que
traía información de cierta importancia, pero no dio muestras de saber apreciar
el extraordinario grado de profundidad a que habían llegado las investigaciones
de Akeley.
Sus modales eran tan
agradables, normales y educados, que sus observaciones deberían haberme
tranquilizado y devuelto la confianza; pero, extrañamente, su efecto era justo
el contrario: mi inquietud iba en aumento a medida que sorteábamos curvas y
traqueteábamos por aquellas carreteras para adentramos en desolados parajes en
que todo eran montañas y bosques. A veces daba la impresión de que mi
acompañante intentaba tirarme de la lengua para ver qué sabía de los
espeluznantes secretos que encerraba aquel lugar, y cuanto más hablaba mayor
era aquella vaga, molesta y desconcertante familiaridad que encontraba en su
voz. No se -trataba de una familiaridad que pudiera calificarse de normal o
agradable, a pesar del tono tan prudente y educado de su voz. De alguna –
manera, la relacionaba con pesadillas ya olvidadas, y tenía la impresión de que
si la identificaba me volverla loco. De haber contado con un buen pretexto,
creo que habría renunciado a seguir adelante. Pero tal como estaban las cosas
no podía hacerlo…, y pensé que una conversación fría y científica con el propio
Akeley nada más llegar me ayudaría mucho a calmar mis nervios. –
Además, había un elemento
extrañamente tranquilizador, de belleza propiamente cósmica, en aquel hipnótico
paisaje por el que subíamos y bajábamos como en sueños. La noción del tiempo se
había perdido en los laberintos que quedaban atrás, y en derredor sólo se
divisaban las florecientes olas de lo feérico y el renacido encanto de siglos
ya pasados: las venerables arboledas, los inmaculados pastos cercados de
festivos capullos otoñales y, a grandes intervalos, las pequeñas granjas de
color marrón cobijadas entre grandes árboles bajo precipicios verticales
cubiertos de fragantes brezos y tupidas hierbas. Hasta la misma luz del sol
tenía un supremo encanto, como si una atmósfera o exhalación especial cubriese
la comarca entera. Jamás había visto nada parecido, excepto en los paisajes
mágicos que en ocasiones constituyen el trasfondo de los primitivos italianos.
Sodoma y Leonardo concibieron tales espacios, pero sólo a distancia y a través
de las bóvedas de las arcadas renacentistas. Ahora, en cambio, nos hallábamos
inmersos en carne y hueso en el centro del cuadro, y en medio de aquella
negromancia me pareció ver algo que había heredado o conocía de forma innata y
que siempre había buscado en vano.
De pronto, tras salir de una
pronunciada curva en lo alto de una – empinada pendiente, el coche se detuvo. A
mi izquierda, en medio de un césped bien cuidado que se extendía hasta la
carretera y lucía un cerco de piedras encaladas, se levantaba una blanca casa
de dos pisos más buhardilla, de unas dimensiones y esbeltez nada comunes en la
comarca, con una serie de cobertizos y heniles contiguos o unidos por arcadas,
y un molino de viento en la parte posterior, a la derecha. La reconocí al
instante gracias a la fotografía que recibí en su día, y no me extrañó nada ver
el nombre de Henry Akeley en el buzón de hierro galvanizado que había a orillas
de la carretera. En la parte trasera de la casa, y a una cierta distancia, se
extendía una franja llana de terreno pantanoso y con escasa vegetación arbórea,
detrás del cual se erguía una ladera, muy boscosa y con una pronunciada
pendiente, que culminaba en una frondosa cresta en forma de diente.
Posteriormente me enteré de que aquella era la cima de Dark Mountain, de la
cual debíamos encontrarnos a medio camino.
Tras apearse del coche y
coger mi maleta, Noyes me rogó que aguardase mientras iba a notificarle a
Akeley mi llegada. El, añadió, tenía algo importante que hacer en otra parte y
no podía detenerse más que un momento. Mientras Noyes avanzaba a paso ligero
por el sendero que llevaba a la casa, bajé del coche pues quería estirar un
momento las piernas antes de disponerme para la sedentaria y larga conversación
que me esperaba. Mi nerviosismo y tensión habían vuelto a dispararse, ahora que
me encontraba en el escenario de los espeluznantes acosos que tan repetidas
veces describió Akeley en sus cartas, y honradamente confieso que temblé de
pensar en las conversaciones que íbamos a mantener y que iban a ponerme en
contacto con aquellos extraños y prohibidos mundos.
La proximidad de lo
extraordinario es con frecuencia más terrorífica que estimulante y no me
reconfortó lo más mínimo pensar que aquel pequeño trecho de polvoriento camino
era el lugar donde se habían encontrado aquellas monstruosas huellas y aquella
fétida sustancia verde tras varias noches sin luna en que el temor y la muerte
impusieron su ley. Advertí de pasada que ningún perro de Akeley había subido a
nuestro encuentro. ¿Los habría vendido en cuanto los Exteriores hicieron las
paces con él? Por más que lo intentaba, no podía albergar la misma confianza en
la sinceridad de aquella paz que intentaba transmitirme Akeley en su última y
sorprendente carta. Después de todo, Akeley era un hombre de una extraordinaria
sencillez y con escasa, por no decir nula, experiencia mundana. ¿No habría
quizás alguna profunda y siniestra segunda intención bajo la superficie de
aquella nueva alianza?
Llevado por mis
pensamientos, mis ojos se dirigieron hacia la polvorienta superficie del camino
en la que se habían recogido tan horribles testimonios. No habla llovido los
últimos días, y huellas de toda suerte se amontonaban en los surcos del
irregular camino a pesar de la naturaleza poco frecuentada de la comarca. Con
una vaga curiosidad, empecé a reconstruir el perfil de las heterogéneas
impresiones que experimentaba, tratando de contener al tiempo las macabras
fantasías que el lugar y sus recuerdos sugerían. Había algo de amenazador y
desapacible en aquella fúnebre quietud, en aquel apagado y tenue rumor de
lejanos arroyos y en aquella infinidad de cimas verdes y precipicios de tupido
arbolado que obstruían la visión del horizonte.
Y en ese momento una imagen
penetró en mi conciencia haciendo que aquellas vagas amenazas y fantasías
parecieran leves e insignificantes. Como he dicho, estaba examinando las
heterogéneas huellas que había en el camino con una especie de indolente curiosidad,
pero de repente aquella curiosidad se desvaneció sorprendente mente ante un
repentino y paralizador acceso de terror activo. Pues aunque las huellas que se
veían en el polvo eran en general confusas y estaban unas encima de otras, y no
parecía que mereciera detener la atención en ellas, mis inquietos ojos habían
captado ciertos detalles en las proximidades del lugar donde el sendero que
conducía a la casa se juntaba con la carretera, y había reconocido, a sabiendas
de que no podía equivocarme, el espantoso significado que encerraban aquellos
detalles. De algo me valía a la postre haber pasado horas enteras examinando
las fotografías kodak que Akeley me envió de las huellas en forma de zarpa de
los Exteriores. Demasiado bien conocía las huellas de aquellas horribles
pinzas, y aquella apariencia de ambigiiedad en la dirección que evocaba
horrores que ninguna otra criatura sobre la tierra podría suscitar. No había
siquiera la menor posibilidad de que hubiese incurrido en un desgraciado error.
Delante de mí, en forma obetiva y seguramente dejadas no hacia muchas horas,
había al menos tres huellas que destacaban ominosamente entre la sorprendente
plétora de borrosas pisadas que iban venían de la granja de Akeley. ¡Eran las
endemoniada huellas de los hongos vivientes de Yuggoth!
Me contuve a tiempo de
evitar que saliera un grito de mi garganta. Después de todo, ¿que había allí
que no esperase encontrar, en el supuesto de que hubiese creído realmente lo
que Akeley decía en sus cartas? Ultimamente hablaba de hacer la paz con aquellos
seres. ¿Qué de extraño había, pues, en que alguno fuera a visitarle? Pero el
terror era más fuerte que cualquier intento por devolverme la confianza. ¿Cabe
esperar de un hombre que permanezca impasible cuando ve por vez primera las
huellas de unos seres animados procedentes de los abismos exteriores del
espacio? En aquel preciso instante vi a Noyes que salía de- la casa y se
dirigía hacia mí con paso rápido. Me dije a mí mismo que debía controlarme,
pues lo más probable era que tan cordial amigo no supiera nada de las
asombrosas y trascendentales investigaciones de Akeley en el mundo de lo
prohibido.
Akeley, Noyes se apresuró a
comunicarme, se alegraba de mi llegada y quería yerme, aunque el ataque de asma
que acababa de sufrir le imposibilitaría ser el anfitrión que hubiese deseado
por espacio de uno o dos días. Aquellos ataques le afectaban mucho cuando le
sobrevenían, y siempre iban acompañados de una fiebre que le dejaba postrado en
cama y con una debilidad general. Apenas podía hacer nada mientras se
encontraba en tal estado: sólo podía hablar en voz muy baja, y se encontraba
muy torpe y débil para intentar moverse. Además, se le hinchaban los pies y los
tobillos, hasta el punto de tener que vendárselos como si fuera un gotoso y
grueso anciano. Aquel día se encontraba en bastante mal estado, por lo que me
vería obligado a arreglármelas de momento como pudiera, si bien ardía en deseos
de conversar conmigo. Le encontraría en su estudio, justo a la izquierda del
vestíbulo; era la habitación con las cortinas echadas. Los ojos de Akeley eran
muy sensibles y no podían soportar la luz del sol cuando estaba enfermo.
Al tiempo que Noyes se
despedía de mí y se alejaba en su coche en dirección norte, comencé a andar con
paso lento hacia la casa. La puerta estaba entreabierta para que yo pudiera
pasar, pero antes de seguir adelante y entrar lancé una escrutadora mirada a mi
alrededor, tratado de averiguar el por qué de la indescifrable y extraña
sensación que experimentaba. Los cobertizos y heniles tenían un aspecto de lo
más normal, y en uno amplio y desguarnecido pude ver el baqueteado Ford de
Akeley. De repente, comprendí el secreto que se ocultaba tras aquella extraña
sensación. Era el absoluto silencio que reinaba. Por lo general, en toda granja
se oye cuando menos algún que otro ligero ruido producido por el ganado, pero
en ésta no se percibía el menor signo de vida. ¿Dónde estaban las gallinas y
los cerdos? Las vacas, de las que Akeley había dicho tener varias, podían
encontrarse en los pastos, y los perros podían haber sido vendidos, pero la
ausencia total de cloqueos y gruñidos resultaba ciertamente extraña.
Apenas me detuve en el
sendero. Abrí resueltamente la puerta de la casa y la cerré detrás de mí.
Confieso que me costó un gran esfuerzo mental hacerlo, y una vez dentro me
invadió un instantáneo deseo de salir precipitadamente de allí. Y rio es que el
lugar tuviese un aspecto siniestro a primera vista; muy al contrario, encontré
sumamente atractivo y de buen gusto el encantador vestíbulo de finales del
período colonial, y admiré el evidente buen gusto del hombre que lo había
amueblado. Lo que me hacía desear alejarme de allí era algo muy enrarecido e
indefinible. Quizá cierto extraño olor que creí percibir… aunque sé
perfectamente hasta qué punto son normales los olores a humedad en las antiguas
granjas, incluso en las mejores.
VII
Negándome a dejar que
aquellas lóbregas sensaciones se apoderasen de mí, recordé las instrucciones de
Noyes y abrí la blanca puerta de seis paneles con picaportes de bronce que
había a mi izquierda. La habitación a la que daba estaba en penumbra tal como
se me había indicado, y al entrar en ella advertí que el extraño olor era más
intenso allí. Además, parecía como si flotara en el ambiente un leve y un tanto
irreal ritmo o vibración. Por unos instantes, y debido a que las persianas
estaban echadas, apenas pude ver nada, pero luego una tosecilla o murmullo
amortiguado atrajo mi atención hacia un butac6n situado en el ángu1o más
alejado y oscuro de la habitaci6n. En aquel lóbrego rincón pude ver la borrosa
imagen blanquecina de la cara y manos de un hombre, y al instante me acerqué a
saludar a aquella figura que trataba de hablarme. Aun cuando la luz era tenue,
pude advertir que se trataba de mi anfitrión. Había examinado repetidas veces
la fotografía, y no me cabía la menor duda acerca de la identidad de aquel
robusto y curtido rostro de barba recortada y entrecana.
Pero al volver a mirar y
reconocer a Akeley se apoderó de mi una sensación de tristeza y angustia, pues
tenía todo el semblante de las personas muy enfermas. Sin duda, debía haber
algo más que asma detrás de aquella rígida e inmóvil expresión, que reflejaba
agotamiento, y de aquella impertérrita y vidriosa mirada. Me di perfecta cuenta
de hasta qué punto le había afectado la tensión de sus tenebrosas experiencias.
¿Acaso no bastaban para destrozar la vida de cualquier ser humano, incluso de
hombres más jóvenes que este intrépido explorador de mundos prohibidos? El
extraño y repentino alivio, me temí, debió llegarle demasiado tarde como para
librarle de aquella suerte de crisis total en que se hallaba sumido. Había algo
digno de compasión en la forma fláccida e inerte de aquellas esqueléticas manos
postradas sobre el regazo. Akeley llevaba encima un amplio batín, y se cubría
la cabeza y la parte superior del cuello con una bufanda o caperuza de color
amarillo vivo.
Y luego vi que trataba de
hablar en el mismo tono susurrante y entrecortado con que me había recibido.
Era un susurro difícil de captar al principio, pues el bigote entrecano hacía
imposible ver los movimientos de sus labios, y al mismo tiempo había algo en el
timbre de su voz que no me agradaba en absoluto; pero, concentrando la
atención, pronto pude entender sorprendentemente bien lo que intentaba decirme.
El acento distaba mucho de ser el de un hombre del campo, y su expresión era
incluso más refinada de la que cabía esperar – por la correspondencia
mantenida.
«Mr. Wilmarth, supongo?
Disculpe que no me levante Me encuentro muy mal, como sabrá por Mr. Noyes, pero
ello no era óbice para que usted viniera. ¿Recuerda lo que le dije en la última
carta? ¡Tengo tantísimas cosas que decirle mañana cuando me encuentre mejor! No
puede imaginarse cuánto me alegro de verle en persona, después de todas las
cartas que nos hemos cruzado. Supongo que -habrá traído toda la correspondencia
¿no? ¿Y las fotografías kodak y grabaciones? Noyes dejó su maleta en el
vestíbulo…, espero que la viera allí. Pues esta noche me temo que tendrá que
arreglárselas por sí mismo. Su habitación está en el piso de arriba es justo la
que hay encima de ésta- y al final de la escalera verá el cuarto de baño con la
puerta abierta. En el comedor – saliendo de este cuarto a la derecha- hay una
comida esperándole cuando usted guste. Mañana haré mejor las veces de
anfitrión, pero ahora no puedo hacer nada a causa de esta dolencia que sufro.
«Siéntase como si estuviera
en su casa… Lo mejor será que saque las cartas, fotografías y grabaciones y las
ponga encima de la mesa antes de subir el equipaje a su habitación. Aquí
hablaremos de todo ello… en aquel estante del rincón puede ver un fonógrafo.
«No, gracias… no puede
ayudarme. Estoy acostumbrado desde hace mucho a estos ataques. Baje a yerme un
momento antes de que anochezca, y luego vaya a acostarse cuando guste. Yo me
quedaré donde estoy… quizá pase aquí la noche, como suelo hacer con frecuencia.
Por la mañana me sentiré con muchas más fuerzas para hablar de las cosas que
debemos tratar. Espero que se dé perfecta cuenta de la naturaleza
increíblemente fascinante de todo este asunto. Ante nosotros, como ha sucedido
con muy pocos más hombres sobre la tierra, se abrirán inmensas simas de tiempo,
espacio y conocimientos que sobrepasan cualquier límite de la ciencia y
filosofía humanas.
«¿Sabía que Einstein está
equivocado, y que ciertas fuerzas y objetos pueden moverse a una velocidad
superior a la de la luz? Con la ayuda debida, espero retroceder- y avanzar en
el tiempo, y ver y sentir la tierra en el pasado remoto y en futuras épocas. No
puede imaginarse el nivel científico que han alcanzado estos seres. No hay nada
que no puedan hacer con la mente y el cuerpo de los organismos vivos. Espero
visitar otros planetas, e incluso otras estrellas y galaxias. El primer viaje
será a Yuggoth, el planeta más cercano en que habitan los seres. Es una extraña
y oscura esfera en el límite mismo de nuestro sistema solar, aún desconocido
para los astrónomos de la Tierra. Pero… creo que ya le he dicho algo
anteriormente al respecto. En el momento oportuno, los seres nos enviarán
corrientes mentales, gracias a las cuales podremos descubrir Yuggoth… si bien
es posible también que uno de sus aliados humanos dé una pista a los
científicos.
«En Yuggoth hay inmensas
ciudades… interminables hileras de torres construidas en terrazas de piedra
negra, como la muestra que traté de enviarle. Procedía de Yuggoth. La luz del
sol no es más fuerte que la de una estrella, pero los seres no precisan luz.
Poseen otros sentidos más sutiles, y en sus mansiones y templos no hay
ventanas. La luz incluso les hiere, molesta y entorpece sus movimientos, pues
no existe la menor traza de ella en el oscuro cosmos allende el tiempo y el
espacio del que son originarios. Bastaría una visita a Yuggoth para volver loco
a un hombre débil… pero yo voy a ir allá. Los ríos negros de alquitrán que
discurren bajo esos misteriosos puentes ciclópeos -obra de una antigua raza
extinguida y olvidada antes de que los seres llegaran a Yuggoth procedentes de
los últimos vacíos-, debieran bastar para hacer un Dante o un Poe de cualquier
hombre…, si conserva el juicio el tiempo suficiente para contar lo que ha
visto.
«Pero recuerde: no hay nada
de terrible en ese oscuro mundo de jardines fungiformes y ciudades sin
ventanas… aunque así nos lo parezca a nosotros. Probablemente nuestro mundo les
pareció igual de terrible a los seres cuando lo exploraron por vez primera en
épocas remotas. Como sabe, ya estaban aquí mucho antes de que llegara a su fin
el fabuloso período de Cthulhu, y recuerdan lo que le. sucedió al sumergido
R’lyeh cuando surgió de entre las aguas. Han estado en el interior de la tierra
– hay hendiduras de las que nada saben los seres humanos…, algunas de ellas
bajo estas mismas montañas de Vermont- y en los grandes mundos de misteriosa
vida que hay bajo nosotros: el azulado K’u-yan, el rojizo Yoth y el negro y
tenebroso N’kai. De N’kai vino el terrible Tsathoggua… ya sabe, la amorfa y
repelente deidad que se menciona en los Pnakotic manuscripts, en el Necronomicón
y en el ciclo mitológico de Commoriom conservado por Klarkash-Ton, sumo
sacerdote de los atlantes.
«Pero ya tendremos tiempo de
hablar de todo esto. Deben ser ya las cuatro o las cinco. Será mejor que saque
las cosas de su equipaje, coma algo y regrese luego para que hablemos con más
calma».
Muy lentamente di la vuelta
y empecé a obedecer a mi anfitrión: cogí la maleta, saqué los objetos que
precisaba y los puse encima de la mesa, y, finalmente, subí a la habitación que
me habían asignado. Con el recuerdo presente de aquella huella reciente a
orillas de la carretera, las palabras musitadas por Akeley dejaron en mí una
extraña sensación, y las insinuaciones de familiaridad con aquel mundo de vida
Lungiforme --el prohibido Yuggoth- me hizo estremecer más de lo que podía
imaginar. Me preocupaba muchísimo la enfermedad de Akeley, pero debo confesar
que su ronco susurro tenía algo de repugnante a la vez que de digno de
compasión. ¡ Si al menos no hubiera experimentado tan siniestro placer respecto
a Yuggoth y sus tenebrosos secretos!
Mi habitación era muy
confortable y estaba bien amueblada, sin el menor olor a humedad ni molestas
vibraciones. Tras dejar la maleta, volví a bajar para saludar a Akeley y comer
lo que me había preparado. El comedor estaba pasado el estudio, y siguiendo en
la misma dirección pude ver un ala de la cocina. Sobre la mesa del comedor me
estaba esperando un extenso surtido de sandwiches, dulces y quesos; un termo
colocado junto a un platillo y una taza eran buena prueba de que no se había
olvidado el café caliente. Tras un reconfortante refrigerio me serví una buena
taza de café, pero desgraciadamente el café no se encontraba a la altura de la
cocina que había degustado. Al primer sorbo percibí un sabor desagradablemente
acre, así que no tomé más. Durante la comida no pude dejar de pensar en Akeley
sentado en silencio en el butacón de la oscura habitación contigua. Una vez fui
a rogarle que compartiera conmigo aquellos alimentos, pero en voz baja me dijo
que aún no podía comer nada. Más tarde, antes de dormirse, tomaría algo de
leche con malta: lo único que podía ingerir en todo el día.
Después de comer, me puse a
limpiar la mesa y lavar los platos en la pila de la cocina…, al tiempo que
vaciaba el café que no había sabido apreciar. Luego, volviendo al lóbrego
estudio acerqué una silla al rincón donde se encontraba mi anfitrión y me dispuse
a seguir una conversación sobre el tema que él quisiera proponer. Las cartas,
fotografías y grabación seguían aún encima de la gran mesa, pero por el momento
no las necesitábamos. Al cabo de un rato, había incluso olvidado el extraño
olor y las curiosas sensaciones vibratorias.
Como ya dije antes, había
cosas en algunas de las cartas de Akeley -sobre todo en la segunda y más
voluminosa- que no me atrevía a mencionar, ni siquiera a expresar en palabras
sobre el papel. Esta duda se aplica aún con más fuerza a lo que, en un tono susurrante,
oí aquel atardecer en aquella oscura habitación entre las solitarias montañas
encantadas. Ni siquiera me atrevo a insinuar hasta dónde le aban los horrores
cósmicos que aquella ronca voz me ponía al descubierto. Akeley conocía cosas
espeluznantes con anterioridad, pero lo que descubrió desde que firmó el pacto
con los Seres Exteriores sobrepasaba con mucho lo que una mente en su sano
juicio puede soportar. Incluso ahora me resisto en redondo a creer lo que me
contó sobre la constitución del infinito elemental, la yuxtaposición de las
dimensiones y la espantosa situación de nuestro cosmos conocido de espacio y
tiempo en la interminable cadena de cosmos-átomos que configura el inmediato
supercosmos de curvas, ángulos y organización electrónica material y
semimaterial.
Jamás estuvo un hombre en
sus cabales más peligrosamente cerca de los arcanos de la sustancia originaria…
jamás un cerebro orgánico estuvo más cerca de la total desintegración en el
caos que trasciende toda forma, fuerza y simetría. Me enteré de dónde vino
originariamente Cthulhu, y del motivo por el que la mitad de las grandes
estrellas temporales de la historia habían seguido resplandeciendo. Intuí --por
las veladas alusiones que incluso hacían interrumpirse temerosamente a mi
interlocutor-- el secreto existente tras las Nubes Magallánicas y las nebulosas
globulares, y la siniestra verdad que ocultaba la inmemorial alegoría del Tao.
La naturaleza de los Doels me fue expuesta claramente, y se me informó de la
esencia (aunque no del origen) de los Sabuesos de Tindalos. La leyenda de Yig,
Padre de las Serpientes, dejó de ser para mí algo figurado, y experimenté una
cierta aversión cuando se me puso al corriente del horripilante caos nuclear
existente allende el espacio angular que el Necronomicón había benignamente
encubierto bajo el nombre de Azathoth. Resultaba sorprendente desentrañar las
más espeluznantes pesadillas de los secretos mitos en términos concretos, cuya
desnuda y morbosa malevolencia sobrepasaba las más atrevidas insinuaciones de
la mística antigua y medieval. Llegué a la inevitable conclusión de que los
primeros que hicieron alusión a tan execrables historias debían estar en
contacto con los Exteriores de Akeley, y hasta era posible que hubiesen
visitado algún reino cósmico exterior, tal como Akeley se proponía hacer.
Se me habló de la Piedra
Negra y de lo que significaba, y me alegré sinceramente de que no hubiera
llegado a mis manos. ¡Mis elucubraciones acerca de aquellos jeroglíficos se
confirmaron en su totalidad! No obstante, Akeley parecía haberse reconciliado con
todo aquel diabólico sistema contra el que tan arduamente había combatido…,
reconciliado a la vez que decidido a proseguir sus investigaciones en aquellas
abismales simas. Me pregunté con qué seres habría hablado desde la última carta
que me escribió, y si serían tan humanos como aquel primer emisario que
mencionó. La tensión a que me veía sometido llegó a hacerse insoportable, y
elaboré toda clase de absurdas teorías sobre aquel extraño y persistente olor y
aquellas sensaciones vibratorias de la lóbrega estancia que no me abandonaban.
Empezaba a oscurecer, y al
recordar lo que Akeley me dijo sobre aquellas primeras noches me estremecí sólo
de pensar que no habría luna. Además, no me gustaba nada el emplazamiento de la
granja al socaire de aquella imponente y frondosa ladera que conducía a la no
hollada cima de Dark Mountain. Con permiso de Akeley, encendí una lamparilla de
petróleo, bajé la me-cha y la coloqué sobre una estantería algo alejada junto
al espectral busto de Milton. Al cabo de un rato lo lamenté pues daba al terso
e inmóvil rostro y manos inertes de mi anfitrión una horrible apariencia, como
si de algo anormal y cadavérico se tratara. Daba la impresión de que no pudiera
hacer movimiento alguno, aunque le vi cabecear rígidamente de vez en cuando.
Después de todo lo que me
había contado, se me hacia difícil imaginar qué secretos más arcanos pensaría
guardarme para el día siguiente, pero a la postre me enteré de que hablaríamos
de su viaje a Yuggoth y a otros mundos más lejanos… y de mi posible participación
en el mismo. Debió divertirle el respingo de sobresalto que di al oír hablar de
mi participación en un viaje cósmico, pues su cabeza se agitó violentamente
ante mi expresión de horror. A continuación, me habló en un tono extremadamente
delicado de cómo los seres humanos pueden efectuar -cosa que él ya había hecho
en varias ocasiones-, aunque parezca increíble, vuelos por el espacio
interestelar. Por lo visto, el viaje no lo hacia todo el cuerpo humano: los
Exteriores -gracias a sus prodigiosos adelantos en los campos de la cirugía,
biología, química e ingeniería- habían encontrado la forma de que sólo viajara
el cerebro humano, sin su estructura física concomitante.
Los seres se valían de un
procedimiento inofensivo para extraer el cerebro y conservar con vida el resto
del organismo durante su ausencia. La desnuda y compacta masa encefálica se
sumergía en un líquido que se cambiaba de vez en cuando y se alojaba dentro de
un cilindro al vacío, hecho de un metal extraído en las minas de Yuggoth, que
estaba conectado a través de unos electrodos a una serie de sofisticados
instrumentos capaces de duplicar las tres facultades vitales, a saber, vista,
oído y habla. Para aquellos seres fungiformes y alados no era problema alguno
transportar, sin el menor riesgo, cerebros envasados a través de los espacios
siderales. En cada planeta al que se extienda su civilización encontrarán un
sinfín de instrumentos adaptables que pueden conectarse a los cerebros así
envasados. Así pues, basta con unas mínimas adaptaciones para que las
inteligencias viajeras puedan disfrutar de una vida sensorial y articulada
plena -aunque incorpórea y mecánica-- en cada etapa de su viajar por y allende
el continuo espacio-tiempo. Era algo tan sencillo como si uno llevara siempre
consigo una grabación y la escuchara allí donde hubiera un fonógrafo en el que
reproduciría. De sus buenos resultados no cabía la menor duda. Akeley no
albergaba ningún temor. ¿Acaso no se había realizado con éxito en repetidas
ocasiones?
Por vez primera, una de las
inertes y marchitas manos se alzó y apuntó rígidamente a un estante alto que
había en la pared más alejada de la estancia. Allí, perfectamente alineados,
podían verse más de una docena de cilindros de un metal que no había visto
hasta entonces: cilindros de aproximadamente un pie de altura y algo menos de
diámetro, con tres curiosos enchufes dispuestos en forma de triángulos
isósceles sobre la convexa superficie de cada uno de ellos. Uno de los
cilindros tenía dos de los enchufes conectados a un par de máquinas de singular
apariencia que se divisaban al fondo. No hizo falta que me explicaran su
finalidad, pues al instante un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Luego vi
que la mano apuntaba a un rincón más próximo en donde podían verse amontonados
varios intrincados instrumentos provistos de cables y enchufes, algunos de los
cuales guardaban un extraordinario parecido con los dos dispositivos que había
detrás de los cilindros.
«Aquí hay cuatro clases de
instrumentos, Wilmarth», susurró la voz. «Cuatro clases, a tres facultades cada
una, hacen un total de doce piezas. En esos cilindros que se ven ahí se hallan
representadas cuatro clases distintas de seres. Tres hombres, seis seres
fungiformes que no pueden navegar corporalmente por el espacio, dos seres de
Neptuno (¡Dios mío! ¡Si pudiera ver usted el cuerpo que tienen en su
planeta…!), y, el resto, entes procedentes de las cavernas centrales de una
estrella sin brillo y particularmente interesante situada allende los confines
de la galaxia. En el puesto principal de observación, en el interior de Round
Hill, no es difícil ver desperdigados más cilindros y máquinas: cilindros de
cerebros extra-cósmicos con otros sentidos de los que conocemos -que hacen de
aliados y exploradores del Exterior más remoto--, y máquinas especiales que les
transmiten impresiones y les facultan la expresión del modo más conveniente
para ellos y para su comprensión por parte de los diversos tipos de oyentes.
Round Hill, al igual que casi todos los puestos de observación importantes que
tienen los seres en los diferentes universos, es un lugar muy cosmopolita.
Naturalmente, a mí sólo me han cedido, los tipos más corrientes para mis
experimentos.
«Mire… coja las tres
máquinas que le señalo y póngalas encima de la mesa. Aquella más alta con las
dos lentes de cristal en la cara anterior…, luego la caja con los tubos en
vacío y la caja de resonancia… y, por último, la que tiene el disco metálico
encima. Ahora, coja el cilindro que lleva pegada la etiqueta ‘B-67’. Súbase a
esa silla estilo Windsor para alcanzarlo. ¿Pesado? Vamos, ¡ un esfuerzo!
Compruebe el número: B-67. No toque el cilindro nuevo y resplandeciente
conectado a los dos instrumentos de ensayo… el que lleva mi nombre. Coloque el
B-67 sobre la mesa donde ha puesto las máquinas…, y con pruebe que los
interruptores de las tres máquinas están girados todo lo que dan de sí a la
izquierda.
«Ahora, conecte el cable de
la máquina con las lentes al enchufe superior del cilindro… ¡ Eso es! Conecte
la máquina con los tubos al enchufe inferior izquierdo, y el aparato con el
disco al otro enchufe. Ahora gire todo lo que pueda a la derecha los interruptores
de las máquinas…, primero la de las lentes, luego la del disco, y, por último,
la de los tubos. ¡Perfecto! Le adelanto que se trata de un ser humano… igual
que cualquiera de nosotros. Mañana podrá oír alguno de los otros».
Aún hoy no sé por qué
obedecí tan servilmente aquella susurrante voz, ni si se me pasó por la cabeza
preguntarme si Akeley estaría loco o cuerdo. Después de todo lo que había
pasado, nada podía extrañarme. Pero aquellos artilugios se asemejaban tanto a las
extravagantes creaciones propias de inventores y científicos chiflados, que
hicieron vibrar en mi una cuerda de duda que ni siquiera la anterior
disertación había pulsado. Lo que aquel ser que tenía ante mi quería dar a
entender traspasaba los limites de la credulidad humana, pero ¿acaso no eran
las otras cosas aún más absurdas, y si resultaban menos descabelladas ello se
debía únicamente a la imposibilidad de recurrir a toda prueba tangible y
concreta?
Mientras mi cerebro no
cesaba de dar vueltas en medio de aquel maremagnum, llegó a mis oídos un
estridente chirrido procedente de las tres máquinas conectadas al cilindro, un
chirrido que pronto remitió hasta acabar prácticamente en un silencio total. ¿Qué
ocurriría? ¿Iba a escuchar una voz? Y, en tal caso, ¿qué pruebas había de que
no se trataba de un dispositivo de radio ingeniosamente ideado a través del
cual hablaba un oculto locutor que nos observaba de cerca? Incluso hoy no me
atrevería a jurar lo que oi o, simplemente, qué es lo que realmente sucedió en
mi presencia. Pero lo que es seguro es que algo acaeció allí.
Por decirlo en breves y
sencillas palabras: la máquina con los tubos y la caja sonora se puso a hablar,
de modo tal que no cabía la menor duda de que el locutor se encontraba
efectivamente allí y nos observaba. Era una voz recia, metálica, inexpresiva y totalmente
mecánica. Carecía de toda modulación o expresividad, pero traqueteaba y
chirriaba con una precisión y deliberación implacables.
«Mr. Wilmarth», dijo la voz,
«espero no asustarle. Soy un ser humano igual que usted, aunque mi cuerpo se
encuentra ahora descansando y a buen recaudo, sometido a un eficaz tratamiento
vitalizador, en Round Hill, a milla y media en dirección este de aquí. Estoy
con usted: mi cerebro está en el interior de ese cilindro, y veo, oigo y hablo
a través de esos vibradores electrónicos. Dentro de una semana voy a atravesar
el vacío, al igual que ya he hecho en muchas otras ocasiones, y espero poder
disfrutar de la compañía de Mr. Akeley. Me gustaría también que usted nos
acompañara. Le conozco de vista y de oídas, y he seguido muy de cerca su
correspondencia con nuestro común amigo Akeley. Soy uno de los hombres que se
han aliado a los seres del exterior que se hallan de visita en nuestro planeta.
Los conocí en el Himalaya, y desde entonces he procurado ayudarles. A cambio,
ello me ha permitido vivir experiencias que pocos hombres han podido disfrutar.
«¿ Se da usted cuenta de lo
que significa cuando digo que he estado en treinta y siete diferentes cuerpos
celestes -planetas, estrellas apagadas y otros objetos menos definibles- ocho
de los cuales no pertenecen a nuestra galaxia y dos se hallan fuera del cosmos
circular de espacio y tiempo? ¡Y no he sufrido el menor daño! Me han extraído
el cerebro del cuerpo por medio de unas fisuras ejecutadas con tal destreza que
sería tosco calificar de operación quirúrgica. Los seres que nos visitan
disponen de métodos que hacen estas extracciones sencillas y casi podría
decirse que algo habitual, y – el cuerpo no envejece cuando el cerebro se
desprende de él. El cerebro, debo añadir, es prácticamente inmortal conservando
sus facultades mecánicas y bastándole con una limitada dosis alimenticia que se
administra mediante cambios intermitentes del liquido protector.
«En suma, deseo de todo
corazón que se decida y nos acompañe a Mr. Akeley y a mí. Los seres que nos
visitan están muy interesados en conocer a hombres cultos como usted para
hablarles de los grandes abismos que la mayoría de nosotros hemos imaginado en
nuestra supina ignorancia. Puede que al principio le parezcan extraños, pero
estoy seguro de que esa impresión se le pasará enseguida. Creo que también
vendrá Mr. Noyes… el hombre que debió traerle hasta aquí en automóvil. Desde
hace años es uno de los nuestros: supongo que habrá reconocido su voz, pues es
una de las que se oyen en la grabación que le envió Mr. Akeley».
Ante mi violento sobresalto,
el locutor tomó un respiro un momento antes de finalizar.
«Así pues, Mr. Wilmarth, a
usted le toca decidir. Permítame únicamente añadirle que un hombre con su
extraordinaria afición por los temas de lo desconocido y el folklore no debiera
jamás perder la oportunidad que ahora se le brinda. No hay nada que temer.
Todas las transiciones son sin dolor, y hay mucho de qué disfrutar en un estado
de sensación totalmente mecanizado. Cuando se desconectan los electrodos, uno
queda simplemente sumido en un estado de sopor y le invaden sueños de singular
intensidad y fantasía.
«Y ahora, si le parece bien,
podemos levantar la sesión hasta mañana. Buenas noches… Haga girar todos los
interruptores hacia la izquierda, hasta dejarlos donde estaban; da lo mismo el
orden en que lo haga, aunque puede dejar para el final la máquina de las
lentes. Buenas noches, Mr. Akeley. ¡Trate bien a nuestro huésped! ¿ Listo para
cerrar los interruptores?».
Eso fue todo. Obedecí
mecánicamente y cerré los tres interruptores, aunque no salía de mi estupor
ante lo que acababa de presenciar. La cabeza me seguía dando vueltas al tiempo
que oía la susurrante voz de Akeley diciendo que dejara tal como estaba todo el
instrumental que había encima de la mesa. No hizo ningún comentario al
respecto, aunque poco hubiera importado porque tenía embotadas mis facultades
mentales. Le oí decirme que podía llevarme la lámpara a mi habitación, de lo
que deduje que deseaba quedarse solo a oscuras. Sin duda, quería descansar,
pues su disertación a lo largo de la tarde habría bastado para agotar a hombres
incluso mejor dotados físicamente. Aun sin salir de mi aturdimiento, di las
buenas noches a mi anfitrión y subí a mi habitación con la lámpara, aunque
llevaba conmigo una excelente linterna.
Me alegré de salir de aquel
estudio con tan extraño olor e indefinidas sensaciones vibratorias, pero no
logré evitar una estremecedora sensación de temor, amenaza y anomalía cósmica
al pensar en el lugar en que me encontraba. Aquella desolada y despoblada
comarca, aquella sombría y misteriosamente frondosa ladera montañosa que se
erguía justo detrás de la casa, aquellas huellas del camino, aquel susurrador
enfermizo e inmóvil en la penumbra, aquellos infernales cilindros y máquinas,
y, por encima de todo, aquella invitación a participar en la increíble
operación quirúrgica y en los aún más increíbles viajes…, todo ello, tan nuevo
y en tan rápida sucesión, se vino de tal modo encima de mí que me arrebató mi
voluntad y casi me dejó sin recursos físicos.
El descubrimiento de que mi
guía Noyes era el celebrante humano de aquel monstruoso aquelarre recogido en
la grabación fono gráfica me produjo una tremenda impresión; aunque ya a ía
creído percibir una lóbrega y repulsiva familiaridad en su voz. Otra impresión
digna de reseñar era la que me producía mi actitud hacia mi anfitrión siempre
que me detenía a analizarla; por más que hasta entonces había experimentado una
instintiva atracción hacia Akeley, como se desprendía de la correspondencia que
habíamos cruzado, ahora descubría que me inspiraba una marcada aversión. Su
enfermedad debería haber despertado un sentimiento de compasión en mí, pero,
por el contrario, me producía una especie de escalofrío. Tenía un semblante tan
rígido, inerte y cadavérico… ¡ Y aquel incesante susurro resultaba tan
insoportable e inhumano!
Aquel susurro me pareció
completamente distinto de cualquier otro hasta entonces oído. A pesar de la
curiosa inmovilidad de los labios del orador, cubiertos por un poblado bigote,
tenía una indudable fuerza y poder de atracción, más digno aún de destacar si
se tiene en cuenta que se trataba de un asmático. Logré entender perfectamente
lo que decía desde el otro extremo de la habitación, y una o dos veces me
pareció que los débiles pero penetrantes sonidos no significaban tanto
debilidad como deliberada contención…, las razones de lo cual francamente
ignoraba. Desde el primer momento percibí algo que no me gustaba nada en el
timbre de su voz. Ahora, al pasar revista a todo lo que me había llevado hasta
allí, creí poder identificar tal impresión con una especie de familiaridad
inconsciente como la siniestra sensación que sentí al oír por vez primera la
siniestra voz de Noyes. Pero no sabría decir cuándo o dónde me había tropezado
con lo que me traía a la memoria.
Una cosa era cierta: no
pasaría una sola noche más en aquel lugar. Mi fervor científico se había
disipado por completo entre el miedo y una cierta sensación de repugnancia, y
lo único que deseaba era salir cuanto antes de aquel antro de morbosidad y monstruosas
revelaciones. Ya sabia lo suficiente. Sin duda, debía ser cierto todo aquello
de extrañas conexiones cósmicas… pero era algo en lo que cualquier ser humano
normal no tiene por qué meterse.
Me parecía estar rodeado de
diabólicas influencias que trataban de sofocar mis sentidos. No cabía ni
plantearse la posibilidad de intentar dormir, pensé; así que me limité a apagar
la lámpara y, sin desvestirme, me dejé caer sobre la cama. Sin duda era una
precaución absurda, pero estaba listo en caso de que se presentase una
contingencia inesperada: en la mano derecha tenía el revólver que había traído
conmigo, y en la izquierda la linterna de bolsillo. Ni el menor sonido venia de
abajo, en donde me imaginaba a mi anfitrión sentado en medio de las tinieblas y
con aquella rigidez cadavérica con que me recibió.
Hasta mí llegó el tic- tac
de un reloj de pared, y la normalidad del sonido me produjo una especie de
sosiego. Pero también me recordó otra peculiaridad que me sorprendió mientras
viajaba por la comarca: la total ausencia de vida animal. No había animales
domésticos en la granja, y ahora me percataba de que ni siquiera se oían los
habituales ruidos nocturnos de la fauna silvestre. Salvo por el siniestro rumor
de algún que otro lejano arroyo, aquella quietud resultaba anómala… propia de
los espacios siderales… y me pregunté qué intangible infortunio astral se
cernía sobre la comarca. Recordé que en las antiguas leyendas los perros y
otros animales habían repelido siempre la presencia de los Exteriores, y pensé
en qué podrían significar aquellas huellas que se veían en el camino.
VIII
No me pregunten cuánto duró
mi inesperado adormecimiento, ni lo que de puro sueño hubo en lo que aconteció
después. Si les dijera que me desperté a determinada hora y que pude oir y ver
ciertas cosas insospechadas, ustedes se limitarían a decirme que no era cierto,
que no me había despertado; que todo fue un sueño hasta el momento en que sa i
corriendo de la casa, me dirigí dando tumbos al cobertizo donde había visto el
antiguo Ford y emprendí una enloquecida carrera sin rumbo fijo en el veterano
vehículo por aquella hechizada comarca montañosa, hasta llegar – tras horas de
continuo traquetear y sortear curvas por siniestros laberintos cubiertos de
bosques- a un pueblo que resultó ser Townshend.
Tampoco me extrañaría lo más
mínimo que pusieran en duda el resto de mi relato, y dijeran que todas las
fotografías, grabaciones, sonidos de máquinas y cilindros y otras pruebas por
el estilo, no eran sino retazos de la superchería de que me hizo víctima el
desaparecido Henry Akeley. Hasta incluso es posible que piensen que Akeley se
puso de acuerdo con otros tipos tan estrafalarios como él para urdir la absurda
y retorcida patraña siguiente; interceptar el paquete echado al correo en
Keene, y hacer grabar a Noyes aquel horripilante cilindro de cera. Con todo,
resulta raro que no se haya identificado aún a Noyes, y que no le conociera
nadie en los pueblos cercanos a la granja de Akeley, aunque, al parecer, iba
con frecuencia por la comarca. Me gustaría haber retenido en la memoria la
matrícula de su coche… quizás haya sido mejor así después de todo. Pues, a
pesar de lo que digan los demás y a pesar de todo lo que a veces trato de
decirme yo, sé positivamente que abominables influencias del exterior deben encontrarse
aún al acecho en aquellas enigmáticas montañas… y que cuentan con espías y
emisarios entre los hombres. Mantenerme a la mayor distancia posible de tales
influencias y emisarios es todo lo que pido de la vida en adelante.
Cuando el sheriff oyó mi
increíble historia, envió un grupo de hombres armados a la granja… pero Akeley
se había ido ya sin dejar el menor rastro. Su holgado batín, la bufanda
amarilla y las vendas para los pies estaban tirados en el suelo del estudio, cerca
del sillón de la esquina, y no pudo averiguarse si el resto de su ropa se había
esfumado con él. Los perros y el ganado hablan desaparecido también, y en la
fachada de la casa y en alguna de las paredes interiores podían apreciarse
extraños agujeros causados por proyectiles. Pero, por lo demás, no se observaba
nada anormal. Ni cilindros, ni máquinas, ni las pruebas que había traído yo en
mi maleta, ni ningún extraño olor o sensación vibratoria, ni huellas en el
camino, ni ninguno de los objetos que acerté a ver en el último momento.
Tras mi precipitada fuga, me
quedé una semana en Brattleboro interrogando a todos cuantos conocían a Akeley.
Los resultados de mi investigación me convencieron de que todo aquello no había
sido una invención ni un sueño. Las extrañas compras de perros, munición y
productos químicos que hizo Akeley, así como el corte del cable telefónico,
eran hechos incontestables; y todos los que le conocían -incluso su hijo de
California- admitían que sus ocasionales referencias a estudios esotéricos
tenían cierta consistencia. En opinión de los ciudadanos de pro, Akeley estaba
loco, y unánimemente sostenían que todas las pruebas no eran sino meras
patrañas ingeniadas con malsana astucia e inspiradas quizá por algún
estrafalario cómplice; pero las gentes sencillas del campo creían firmemente en
lo que decía. Akeley había enseñado a algunos campesinos las fotografías y la
piedra negra y les había puesto para que la escucharan aquella horrible
grabación, y sin excepción alguna encontraban las huellas y la susurrante voz semejantes
a las descritas en las leyendas ancestrales.
Decían, igualmente, que
desde que encontró la piedra se habían advertido visiones y sonidos sospechosos
en torno a la casa de Akeley, por eso todo el mundo evitaba pasar ahora por el
lugar, salvo el cartero y alguna que otra persona no fácilmente impresionable.
Tanto Dark Mountain como Round Hill eran tradicionalmente considerados lugares
encantados, y no logré encontrar a nadie que los hubiera explorado a fondo. A
lo largo de la historia de la comarca había testimonios de desapariciones
misteriosas, como la del semivagabundo Walter Brown, a quien Akeley mencionaba
en sus cartas. Incluso me tropecé con un granjero que creía haber visto a uno
de aquellos extaños cuerpos descender por el desbordado West River cuando las
riadas, pero su testimonio era demasiado contradictorio para tomarlo en
consideración.
Cuando me marché de
Brattleboro me prometí no volver más a Vermont, y estaba completamente seguro
de que cumpliría mi palabra. Aquellas desoladas montañas eran sin duda el
puesto de observación de una espantosa raza cósmica… y mis dudas perdieron
consistencia al leer que se había localizado un noveno planeta más allá de
Neptuno, tal como aquellos seres habían adelantado. Los astrónomos, con una
implacable propiedad que estaban lejos de sospechar, lo denominaron «Plutón».
Yo estoy convencido de que se trata nada menos que del nocturnal Yuggoth… y un
escalofrío se apodera de mí cuando trato de imaginarme el verdadero motivo por
el que sus monstruosos habitantes deseaban que se les conociera por tal nombre
en aquellos momentos. En vano trato de convencerme de que estas diabólicas
criaturas no están planeando poco a poco realizar actos contra la seguridad de
la tierra y de sus habitantes humanos.
Pero aún tengo que contar el
final de aquella espantosa noche en la granja de Akeley. Como he dicho,
finalmente me quedé sumido en un sopor algo agitado, un sueño lleno de
pesadillas en que vislumbraba monstruosos paisajes. No podría precisar qué es
lo que me despertó, pero sí decir que me desperté llegado a este punto. Lo
primero que oí vagamente fue el amortiguado crujir de la tarima del rellano
junto a mi puerta, y alguien que manipulaba desmañadamente y con sigilo en el
picaporte. Empero, el ruido cesó casi al instante, así que en realidad mis
primeras impresiones fueron unas voces en el estudio situado debajo de mi
cuarto. Los que hablaban eran varios, y me pareció que estaban enzarzados en
una discusión.
Unos segundos después estaba
despierto del todo, ya que la naturaleza de aquellas voces era tal que
resultaba absurda toda idea de volver a conciliar el sueño. El tono de las
voces era de lo más variopinto, y nadie que hubiera escuchado aquella endiablada
grabación fonográfica podía albergar la menor duda acerca de al menos dos de
ellas. Por muy horrible que fuese la idea, comprendí que me encontraba bajo el
mismo techo que unos desconocidos seres procedentes de los espacios abismales,
pues aquellas dos voces eran, sin ningún género de duda, los diabólicos
susurros que utilizan los Seres Exteriores cuando se comunican con los hombres.
Las dos voces eran completamente distintas -diferían en timbre, acento e
intensidad- pero ambas se caracterizaban por el mismo tono estremecedor.
La tercera voz era, sin
duda, la de una de aquellas máquinas parlantes conectadas a uno de los cerebros
envasados en los cilindros. Tan convencido estaba de ello como de los susurros
pues la voz recia, metálica y apagada que había oído la tarde anterior, con sus
chirridos y traqueteo sin inflexiones ni matiz alguno, y aquella precisión y
ponderación impersonales, resultaban de todo punto inolvidables. En un primer
momento no me detuve a preguntarme si la inteligencia que había detrás de aquel
chirrido era idéntica a la que me había hablado a mí; pero no tardé en
reflexionar que cualquier cerebro podría emitir sonidos vocales parecidos a
aquellos si se lo conectaba al mismo aparato emisor de palabras, con las únicas
diferencias del idioma, ritmo, velocidad y forma de pronunciación. Completando
aquel espectral coloquio podían oírse dos voces humanas: una el habla tosca de
un desconocido que tenía todas las trazas de un campesino, y la otra tenía el
suave acento bostoniano del que fuera mi guía Noyes.
Mientras trataba de captar
las palabras que de modo tan frustrante interceptaba la gruesa tarima, oí un
montón de chirridos, traqueteos y ruidos producidos por algo que se movía en el
cuarto de abajo así que forzosamente saqué la conclusión de que estaba lleno de
seres vivos, en número muy superior a los pocos cuya voz podía identificar. La
naturaleza exacta de aquellos ruidos resulta extremadamente difícil de
describir, pues apenas se cuenta con elementos de comparación fiables. Los
objetos parecían moverse de cuando en cuando en la habitación como si de seres
conscientes se tratase; el sonido de sus pisadas se asemejaba al de un chapaleo
intermitente sobre algo duro, como si los pies avanzaran por superficies
irregulares de asta de toro o caucho resistente. Era, para utilizar una
comparación más gráfica pero menos precisa, como si personas calzadas con
zuecos sueltos y astillados arrastraran y traquetearan los pies por la
barnizada tarima. Preferí no especular sobre la naturaleza y aspecto físico de
los autores de aquellos sonidos.
No tardé en comprender que
cualquier intento por captar una conversación coherente se vería abocado al más
irremediable fracaso. Palabras sueltas -entre las que distinguí el nombre de
Akeley y el mío- llegaban de vez en cuando a mis oídos, sobre todo cuando
hablaba la máquina emisora de palabras, pero su verdadero significado se me
escapaba debido a la falta de un contexto donde encajarías. Aún hoy me niego a
extraer conclusiones definitivas de aquellas palabras, aun cuando el terrible
impacto que me causaron tuvo más de sugeridor que de revelador. De lo que
estaba convencido era de que justo debajo de mí se hallaba reunido un terrible
y monstruoso cónclave, pero no sabría decir el motivo de sus espeluznantes
deliberaciones. Resultaba extraño que me invadiera semejante sensación preñada
de imágenes incuestionablemente malignas y monstruosas, a pesar de las
garantías que me había dado Akeley sobre la cordialidad de los Exteriores.
Tras una paciente escucha
comencé a distinguir claramente las voces, si bien apenas podía entender lo que
decían. Detrás de algunos de los que hablaban me pareció captar ciertos rasgos
temperamentales. Una de las voces susurrantes, por ejemplo tenía un indiscutible
tono autoritario; mientras que la voz metálica, a pesar de su artificiosa
estridencia y regularidad, parecía hallarse en una situación subordinada e
implorante. La voz de Noyes rezumaba un tono conciliador, en tanto que las
otras me fue imposible interpretarlas. No oí el ya familiar susurro de Akeley,
pero sabia perfectamente que su voz no podía en modo alguno traspasar la gruesa
tarima del suelo de mi habitación.
Trataré de reproducir a
continuación algunas de las inconexas palabras y sonidos que llegaron hasta mí,
identificando, lo mejor que pueda, a quienes las pronunciaban. Las primeras
frases mínimamente inteligibles que reconocí procedían de la máquina parlante.
(La máquina parlante)
«… lo traje conmigo…,
devueltas las cartas y la grabación… el final de todo… recibido… ver y oír… mal
dita sea… fuerza impersonal, después de todo… cilindro nuevo y reluciente… Dios
Todopoderoso…»
(Primera voz susurrante)
«… el tiempo detuvimos…,
pequeño y humano… Akeley… cerebro… decir…»
(Segunda voz susurrante) -
«… Nyarlathotep… Wilmarth…
grabaciones y cartas… burda patraña…»
(Noyes)
(una palabra o nombre
impronunciable, posiblemente N’gah-Kthun) … inofensivo… paz… par de semanas…
teatral… ya se lo advertí…»
(Primera voz susurrante)
«… ningún motivo:., plan
original…, efectos… Noyes puede vigilar… Round Hill… nuevo cilindro…, coche de
Noyes…»
(Noyes)
… bien… todo suyo… aquí
abajo… descansar… lugar…»
(Varias voces a la vez,
imposibles de distinguir)
(Muchas pisadas, incluido el
peculiar sonido del arrastre o traqueteo de los zuecos.)
(Extraño sonido batiente)
(El ruido de un automóvil
arrancando y echando marcha atrás.)
(Silencio)
Esto es, en sustancia, lo
que captaron mis oídos mientras permanecía tumbado sin moverme en aquella cama
del piso superior de la granja encantada perdida entre aquellas endemoniadas
montañas. Allí estaba, tumbado y sin desvestirme, con un revólver en la mano
derecha y una linterna de bolsillo en la izquierda. Como ya he dicho, me
desperté del todo; pero una extraña parálisis me impidió cualquier movimiento
hasta mucho después de extinguirse el último eco de aquellos ruidos. Volví a
oír el machacón y lejano tic-tac del antiguo reloj de Connecticut en algún
lugar del piso de abajo, y, al cabo de un rato, el sonido intermitente de unos
ronquidos. Akeley debió quedarse adormecido tras aquella increíble sesión… y yo
entendí perfectamente su necesidad de descansar.
No sabía qué pensar o hacer
en tales circunstancias. Después de todo, ¿qué había de nuevo en todo lo que
acababa de oír que no pudiera esperar de lo que ya sabía? ¿Acaso no sabía que
los nefandos Exteriores tenían ahora libre acceso a la granja? Sin duda, Akeley
debió verse sorprendido por una inesperada visita de aquellos seres. Pero algo
había en aquella fragmentaria conversación que me produjo un tremendo
escalofrío, suscitando las más grotescas y espantosas dudas y haciéndome desear
fervientemente que me despertase y comprobase que no había sido sino un sueño.
A mi juicio, mi subsconciente debió captar algo que aún no habla reconocido a
nivel consciente. Pero, ¿y Akeley? ¿Acaso no era ml amigo y habría tratado de
evitar por todos los medios que se me infligiera el menor daño? Los apacibles
ronquidos que subían de la planta inferior no hacían sino dejar en ridículo
todos los temores que repentinamente se habían apoderado de mí.
¿No seria posible que
estuvieran aprovechándose de Akeley y lo utilizaran de cebo para atraerme a las
montañas con las cartas, las fotografías y la grabación fonográfica? ¿Buscaban
aquellos seres nuestra destrucción porque habíamos llegado a saber demasiado?
De nuevo me vino a la cabeza el insólito y abrupto cambio operado entre la
penúltima y la última carta de Akeley. Algo, mi instinto me lo decía, no
encajaba nada bien en todo aquello. Las cosas no eran lo que parecían. Aquel
amargo café que rehusé tomar… ¿no habría sido un intento de drogarme por parte
de alguna fuerza oculta y desconocida? Tenía que hablar con Akeley y sin perder
un segundo, y hacer que recobrase el sentido de las cosas. Aquellos seres le
tenían hipnotizado con sus promesas de revelaciones cósmicas, pero ya era hora
de que atendiese a razones. Debíamos salir de allí antes de que fuese demasiado
tarde. Si Akeley carecía de la fuerza de voluntad necesaria para recobrar la
libertad, trataría de infundírsela yo. Y si no lograba persuadirle para salir
de allí, al menos me iría yo. Supongo que me permitiría llevarme su Ford, y
luego se lo dejaría en un garaje de Brattleboro. Lo había visto en el cobertizo
-la puerta estaba sin cerrar y abierta ahora que el peligro parecía haber
pasado- y me imaginé que estaría listo para utilizarlo. La momentánea aversión
que me produjo Akeley en el transcurso y después de la conversación que
mantuvimos por la tarde habla desaparecido por completo. Se hallaba en una
situación muy parecida a la mía, y debíamos correr la misma suerte. Sabiendo lo
mal que se encontraba, detestaba tener que despertarle en semejante trance,
pero no me quedaba otro remedio. Tal como estaban las cosas, no podía
permanecer en aquel jugar hasta que amaneciera.
Finalmente me sentí con
fuerzas, y me desperecé enérgicamente para recobrar el dominio de mis músculos.
Levantándome con una precaución más impulsiva que premeditada, agarré el
sombrero y me lo puse encima, cogí la maleta y comencé a bajar las escaleras con
ayuda de la linterna. En mi nerviosismo, seguí sin soltar el revólver que
llevaba en la mano derecha, y con la izquierda cogí la maleta y la linterna. En
realidad no sé por qué tomé tales precauciones, pues simplemente me dirigía a
despertar a la única persona a excepción de mí mismo que se hallaba en aquella
casa.
Mientras bajaba medio de
puntillas los crujientes escalones que llevaban al vestíbulo de entrada, pude
oír con mayor nitidez que alguien dormía por los ruidos que sallan de la
habitación que había a mi izquierda: el cuarto de estar en el que no había entrado.
A mi derecha se abría la densa oscuridad del estudio en que había oído las
voces. Abrí la puerta sin cerrar del cuarto de estar y dirigí la luz de la
linterna hacia el lugar donde se oían los ronquidos, dirigiéndola finalmente a
la cara de quien se encontraba allí durmiendo. Pero al instante aparté la luz
de aquel rincón e inicié una sigilosa retirada hacia el vestíbulo. Esta vez mi
precaución tenía un fundamento racional a la vez que instintivo: quien dormía
en el sofá no era ni mucho menos Akeley, sino el que fuera mi gula, Noyes.
No me hacía una idea clara
de qué era lo que realmente pasaba allí, pero el sentido común me dijo que lo
más prudente era averiguar cuanto fuese posible antes de despertar a nadie. De
vuelta en el vestíbulo, eché silenciosamente el cerrojo de la puerta del cuarto
de estar detrás de mí, con lo que se vieron muy reducidas las posibilidades de
que Noyes se despertara. Con suma precaución entré seguidamente en el oscuro
estudio, donde esperaba encontrar a Akeley, ya fuese dormido o despierto, en la
butaca del rincón en que solía descansar. Según avanzaba, el haz de mi linterna
se posó en la gran mesa, iluminando uno de los diabólicos cilindros conectado a
las máquinas visual y auditiva, a cuyo lado había una máquina parlante, lista
para ser conectada en cualquier momento. Me imaginé que debía tratarse del
cerebro envasado al que había oído hablar durante la horripilante alocución que
hube de aguantar. Incluso se me pasó por la cabeza el perverso impulso de
conectarlo a la máquina parlante y ver qué decía.
Debió advertir mi presencia,
pues aquellos dispositivos visuales y auditivos no podían dejar de detectar el
haz de luz de la linterna ni el débil crujir del suelo bajo mis pies. Pero,
finalmente, no me atreví a tocarlo. De pasada, vi que se trataba del nuevo y
reluciente cilindro con el nombre de Akeley que había visto encima del estante
y que mi anfitrión me rogó que no tocara. Cuando pienso en aquel momento, no
hago sino lamentar mi cobardía por no atreverme a hacer hablar al aparato.
¡Dios sabe qué misterios y espantosas dudas y cuestiones sobre su identidad
podría haber despejado! Aunque, después de todo, quizá hice bien en no tocarlo.
De la mesa dirigí la
linterna al rincón donde creía que estaría Akeley, pero mi sorpresa fue
mayúscula al comprobar que en el butacón no habla nadie, ni dormido ni
despierto. Por el suelo, arrastrando del asiento, vi el viejo y familiar batín
de Akeley, y junto a él la bufanda amarilla y los grandes vendajes para los
pies que tanta extrañeza me causaron. Como dudara, haciendo cábalas sobre el
paradero de Akeley y por qué se habría desembarazado de repente de sus prendas
de enfermo observé que había desaparecido de la habitación el extraño olor y
sensación vibratoria que había experimentado antes. ¿A qué se debería?
Curiosamente, caí en la cuenta de que sólo lo había notado en la proximidad de
Akeley. Aquellas sensaciones eran más intensas en el rincón donde él estaba
sentado, e inexistentes fuera del estudio o de las inmediaciones de su entrada.
Me detuve, dejando vagar al haz de la linterna por el estudio a oscuras y
devanándome los sesos por tratar de encontrar una explicación ante el nuevo
cariz que tomaba el caso.
Ojalá hubiera salido
sigilosamente de aquel lugar antes de dejar que la luz de la linterna volviera
a recaer sobre el sillón vacío. A lo que se ve, no obré con excesiva cautela al
salir, pues solté una ahogada exclamación que debió sobresaltar, aunque no
despertar del todo, al centinela que dormía al otro lado del vestíbulo. Aquel
grito, y los ronquidos aún no interrumpidos de Noyes, fueron los últimos
sonidos que oí en aquella tenebrosa granja al pie de la oscura y frondosa cima
de la montaña encantada ¡todo un foco de horror trans-cósmico entre las
desoladas montañas verdes y los maldicientes arroyos de aquella espectral
campiña!
Lo raro es que con la
precipitación no dejara caer la linterna, la maleta y el revólver, pero lo
cierto es que no perdí nada. Conseguí salir de la habitación y de la casa sin
hacer más ruidos, llegar, junto con mis pertenencias, hasta el viejo Ford que se
encontraba en el cobertizo y poner en marcha aquel vejestorio, y emprendí una
loca huida en busca de algún lugar seguro a través de la noche oscura y sin
luna. Lo que siguió fue una escena de delirio digna de la pluma de un Poe o
Rimbaud o del lápiz de un Doré, pero finalmente llegué a Townshend. Eso es
todo. Si aún estoy en mi sano juicio, puedo considerarme más que afortunado. A
veces recelo ante lo que nos depara el futuro, sobre todo ahora que tan
sorprendentemente ha sido descubierto el nuevo planeta Plutón.
Como he dicho, después de
recorrer toda la habitación dejé que la luz de la linterna se posara en el
vacío butacón. Por vez primera, advertí la presencia sobre el asiento de varios
objetos que apenas dejaban ver los pliegues sueltos del batín. Eran los objetos,
tres en total, que los investigadores no encontraron en su posterior visita a
la granja. Como dije al principio, no tenían nada de horroroso en apariencia.
El problema radicaba en lo que dejaban intuir. Incluso ahora hay momentos en
que me asaltan dudas… momentos en los que casi llego a aceptar el escepticismo
de quienes atribuyen aquella irrepetible experiencia al sueño, a los nervios o
a un simple espejismo.
Los tres objetos eran
dispositivos endiabladamente sofisticados, e iban provistos de ingeniosas
pinzas metálicas que se conectaban a articulaciones orgánicas de las que,
francamente, prefiero no hacer conjetura alguna. Espero, lo espero con toda ¡ni
alma, que se tratara simplemente de las obras en cera de un escultor magistral,
no obstante lo que mis más recónditos temores me inducen a pensar. ¡Dios mío!
¡Aquel susurrador en la oscuridad con su enfermizo olor y sus vibraciones!
Brujo, emisario, portavoz del averno, ser ajeno a este mundo… aquel espantoso y
amortiguado susurro… y todo el tiempo en aquel cilindro nuevo y reluciente del
estante… pobre diablo… «Prodigiosa destreza quirúrgica, biológica, química,
mecánica…
Pues lo que había encima del
butacón, perfectos en apariencia hasta el menor y más inimaginable detalle,
eran el rostro y las manos de Henry Wentworth Akeley.


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