© Libro N° 4021. Doce Relatos Cortos de H. P.
Lovecraft. Antología Molina Miranda, Guillermo.
Colección E.O. Julio 29 de 2017.
Título
original: © Doce Relatos Cortos
de H. P. Lovecraft. Antología GMM
Versión Original: © Doce Relatos Cortos de H. P.
Lovecraft. Antología GMM
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DOCE RELATOS CORTOS DE
H. P. LOVECRAFT
Antología
Guillermo Molina Miranda
CONTENIDO
EL TERRIBLE ANCIANO
EL TEMPLO
EL SABUESO
EL PANTANO DE LA LUNA
EL MODELO DE PICKMAN
EL EXTRAÑO
EL DEMONIO DE LA PESTE
EL CLÉRIGO MALVADO
EL CEREMONIAL
EL CAOS REPTANTE
DOS BOTELLAS NEGRAS
EL LIBRO NEGRO DE ALSOPHOCUS
EL TERRIBLE ANCIANO
Fue la idea de Ángelo Ricci,
Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive
a solas en una casa muy antigua de Walter Street próxima al mar, y se le conoce
por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud
extremadamente delicada… lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres
de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era
nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.
Los vecinos de Kingsport
dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que,
generalmente, le protegen de las atenciones de caballeros como Mr. Ricci y sus
colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de
incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En
verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de clipper de
las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue
joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos
árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva
una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de
forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante
colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su
barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su
vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes
mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la
casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo.
Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo
hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un
trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen
que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales
como Jack, Scar-Face, Long Tom, Spanish Joe, Peters y Mate Ellis, y que siempre
que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas
vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto
Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones no se les ocurre
volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran
naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogéneas estirpe
extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones
de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo
achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su
nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto
lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano,
a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial
virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su
profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que
no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas
necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos
siglos atrás.
Los señores Ricci, Czanek y
Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. Mr. Ricci y
Mr. Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero, mientras
Mr. Czanek se quedaba esperándoles a los dos y a su presumible cargamento
metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto al verja del alto muro
posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones
innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los
planes para una huida sin apuros y sin alharacas.
Tal como lo habían
proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con
objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores
Ricci y Silva se encontraron en Waltter Street junto a la puerta de entrada de la
casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las
piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos
árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su
imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable
hacerle soltar la lengua al Terrible Anciano para averiguar el paradero de su
oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y
perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy anciano y endeble, y
ellos eran dos personas que iban a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran
expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un débil y
más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta
la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Terrible Anciano hablaba en
tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y
llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble.
La espera le pareció muy
larga a Mr. Czanek que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la
verja posterior de la casa del Terrible Anciano, en Ship Street. Era una
persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos
gritos que había oído en la mansión momentos antes de la hora fijada para
iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el
mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los nervios observaba la
estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No
cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso.
¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y
habría sido necesario proceder a un registro completo? A Mr. Czanek no le
gustaba esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el
ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la
finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el
herrumbroso pastillo, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido
resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en
un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra
mansión que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba.
Allí no estaban ni por asomo
sus compañeros, sino el Terrible Anciano que se apoyaba con aire tranquilo en
su nudoso cayado y sonreía malignamente. Mr.
Czanek no se había fijado
hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era
amarillos.
Las pequeñas cosas producen
grandes conmociones en las ciudades provincianas. Tal es el motivo de que los
vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano
siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados -como si
hubieran recibido múltiples cuchilladas-y horriblemente triturados -como si
hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas-, que la marea
arrojó a tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche
abandonado que se encontró en Ship Street, o de ciertos gritos harto inhumanos,
probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados
durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el
Terrible Anciano no prestaba la menor atención a los chismes que corrían por el
pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando se es anciano y se
tiene una salud delicada la reserva es doblemente marcada. Además, un lobo
marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas mucho más
emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.
EL TEMPLO
El 20 de agosto de 1917, yo,
Karl Heinrich, Graf von Altberg-Ehrenstein, capitán de corbeta de la Marina
Imperial Alemana y Comandante del submarino U-29, deposito esta botella con
este informe en el Océano Atlántico, en un punto que desconozco, pero que
probablemente se encuentra alrededor de los 20° latitud norte, 35° longitud
oeste, donde yace mi barco, fuera de combate, en el fondo del océano. Lo hago
porque quiero que se sepan públicamente ciertos hechos insólitos, ya que con
toda probabilidad no sobre-viviré para poder darlos a conocer en persona, toda
vez que las circunstancias que me rodean son tan amenazadoras como extraordinarias,
entre las que se incluye no sólo el IJ-29 inutilizado, sino también el
derrumbamiento de mi férrea voluntad alemana de la manera más desastrosa.
La tarde del 18 de junio,
tal como se informó por radio al U-61 con destino a Kiel, torpedeamos el
carguero británico Victory, que iba de Nueva York a Liverpool, en la situación
45° 16’ latitud norte, 280 34’ longitud oeste, permitiendo a la tripulación que
abandonase el buque en botes, a fin de obtener una buena filmación de la escena
para los archivos del Almirantazgo. El barco se hundió espectacularmente, de
proa:
sacó la popa fuera del agua
y se zambulló perpendicularmente hacia el fondo del mar. Nuestra cámara no
perdió detalle, y siento que tan valiosa película no llegue jamás a Berlín.
Después, hundimos los botes salvavidas con nuestros cañones y nos sumergimos. –
Cuando salimos a la
superficie, hacia el atardecer, encontramos en nuestra cubierta el cuerpo de un
marinero, con las manos atenazadas a la barandilla de forma curiosa. El pobre
diablo era joven, más bien moreno, y muy guapo; probablemente era italiano o
griego, y pertenecía sin duda a la tripulación del Victory. Evidentemente,
había buscado refugio en la misma nave que se había visto obligada a destruir
la suya… una víctima más de esta injusta guerra de agresión que los perros
ingleses mantienen contra la Patria. Nuestros hombres le registraron en busca
de recuerdos, y encontraron en el bolsillo de su marinera un trozo de marfil
muy extraño, tallado, que representaba una cabeza de joven con una corona de
laurel. Mi oficial, el alférez de navío Klenze, opinó que el objeto era muy
antiguo y de gran valor artístico, así que se lo confiscó a los hombres y se lo
quedó. Pero ni a él ni a mí se nos ocurría cómo habría llegado a manos de un
simple marinero.
Al ser arrojado el muerto
por la borda ocurrieron dos incidentes que causaron gran inquietud entre la
tripulación. Le habían cerrado los ojos al infeliz; pero al desprender su
cuerpo de la barandilla se le volvieron a abrir, y muchos tuvieron la curiosa impresión
de que miraron fijamente, y como con burla, a Schmidt y a Zimmer, que estaban
inclinados sobre su cadáver. Al contramaestre Müller, hombre maduro que habría
llegado más lejos de no haber sido un cochino y supersticioso alsaciano, le
excitó de tal modo esta impresión, que siguió observando el cadáver en el agua,
y juró que, tras sumergirse un poco, puso los brazos y las piernas en posición
de nado, y desapareció velozmente bajo las olas en dirección sur. A Klenze y a
mí no nos gustaron estas muestras de ignorancia propias de paletos, y
amonestamos severamente a los hombres, particularmente a Müller.
Al día siguiente, se creó
una situación muy molesta debido a la indisposición de algunos miembros de la
tripulación. Evidentemente, sufrían cierta tensión nerviosa a causa de nuestro
largo viaje, y habían sufrido pesadillas. Algunos parecían completamente
aturdidos y torpes; así que después de comprobar yo personalmente que su
debilidad no era fingida, les relevé de sus obligaciones. El mar estaba algo
encrespado, de modo que descendimos a una profundidad en la que el oleaje era
menos molesto. Aquí reinaba una calma relativa, pese a cierta misteriosa
corriente en dirección sur que no logramos localizar en nuestras cartas
oceanográficas. Los lamentos de los enfermos eran decididamente molestos; pero
puesto que no parecían desmoralizar al resto de la tripulación, no recurrimos a
medidas extremas. Nuestro plan era permanecer donde estábamos e interceptar el
transatlántico Dacia, mencionado en la información de nuestros agentes de Nueva
York.
A primera hora de la tarde,
salimos a superficie y encontramos la mar menos movida. El humo de un barco de
guerra apareció en el horizonte; pero la distancia y nuestra habilidad para
sumergirnos evitaron todo peligro. Lo que más nos preocupaba eran las cosas que
decía el contramaestre Müller, cada vez más incoherentes, a medida que se iba
haciendo de noche. Se encontraba en un lamentable estado de puerilidad:
balbuceaba insensateces, y hablaba de muertos que pasaban por delante de las
portillas sumergidas, de cadáveres que le miraban fijamente, a los que él
reconocía a pesar de lo hinchados que estaban, ya que los había visto ahogarse
durante nuestras victoriosas hazañas germanas. Y decía que el joven que
habíamos arrojado por la borda iba a la cabeza. Esto resultaba sumamente
horrible e insensato, así que ordenamos que le encerrasen y le administrasen
una sana ración de latigazos. A los hombres no les gustó esta clase de castigo,
pero era necesaria la disciplina. Asimismo, nos negamos a la petición que vino a
presentar una delegación encabezada por el marinero Zimmer, de que arrojáramos
al mar la extraña cabeza tallada en marfil.
El 20 de junio, los
marineros Bohm y Schmidt, que habían caído enfermos el día anterior, se
volvieron locos violentos. Lamenté no tener un médico entre nuestros oficiales,
ya que las vidas alemanas son preciosas; pero los constantes delirios de los
dos hombres sobre una terrible maldición trastornaban enormemente la
disciplina, así que tomamos drásticas medidas. La tripulación aceptó el hecho
con hosquedad, pero pareció serenar a Múller, que en adelante no volvió a
causar problemas.
La semana siguiente
estuvimos todos muy nerviosos, vigilando en espera del Dacia. La tensión se
agravó con la desaparición de Müller y de Zimmer, quienes se suicidaron sin
duda a causa del miedo que parecía atormentarles, aunque nadie les vio saltar
por la borda. Casi me alegré de yerme libre de Müller, porque incluso su
mutismo influía de manera perniciosa en la tripulación. Ahora, todos parecían
inclinados a permanecer en silencio, como si tuviesen algún secreto temor.
Muchos estaban enfermos, pero ninguno causaba problemas. El alférez de navío
Klenze, debido a la tensión, se irritaba por cualquier insignificancia, como
con la manada de delfines, cada vez más numerosa, que daba escolta al U-29, o
la creciente intensidad de la corriente sur, que no registraban nuestras
cartas.
Por último, se hizo evidente
que habíamos perdido el Dacia por completo. Estos fracasos no son infrecuentes,
y nos sentimos ruás contentos que decepcionados, ya que había orden de regresar
a Wilhelmshaven. A las 12,00 horas del 28 de junio pusimos rumbo nordeste; y a
pesar de embarullamos cómicamente con la inusitada multitud de delfines, no
tardamos en encontrarnos en ruta.
La explosión ocurrida en la
sala de máquinas, a las 2,00 horas, nos cogió completamente de sorpresa. No se
había observado ninguna anomalía en la maquinaria ni negligencia alguna por
parte de los hombres; sin embargo, inesperadamente, la nave se estremeció de
punta a punta a causa de la tremenda sacudida. El alférez de navío Klenze
acudió corriendo a la sala de máquinas, encontrando el depósito de combustible
y casi todo el mecanismo destrozados, y los maquinistas Raabe y Schneider
muertos. Nuestra situación era verdaderamente grave porque si bien los
regeneradores químicos de aire estaban intactos, y podíamos utilizar los
dispositivos de elevar y sumergir la nave, y abrir las escotillas para
reabastecernos de aire comprimido y recargar los acumuladores, no había
posibilidad de propulsar ni gobernar el submarino. Tratar de buscar rescate
mediante botes salvavidas significaba ponernos en manos de nuestros enemigos,
irracionalmente resentidos contra nuestra gran nación alemana; por otra parte,
desde nuestro enfrentamiento con el Victory, no habíamos conseguido establecer
contacto por radio con ninguna unidad U de la Marina Imperial.
Desde el momento del
accidente hasta el 2 de julio, fuimos arrastrados constantemente hacia el sur,
casi sin planes, y sin avistar ningún buque. Los delfines seguían dando escolta
al U-29, circunstancia sorprendente en cierto modo, teniendo en cuenta la distancia
que llevábamos recorrida. En la mañana del 2 de julio avistamos un buque de
guerra con bandera americana, y los hombres se mostraron muy nerviosos y con
deseos de rendirse. Finalmente, el alférez de navío Klenze tuvo que pegarle un
tiro a un tal Traube, dado que no paraba de incitar con especial violencia a
este acto tan antigermánico. Esto acalló a la tripulación durante un tiempo, y
nos sumergimos sin ser detectados.
Por la tarde, una densa
bandada de aves marinas apareció por el sur y el océano empezó a moverse
presagiosamente. Cerramos las escotillas y esperamos a ver qué pasaba, hasta
que comprendimos que debíamos sumergirnos, si no queríamos que nos hundiese el
creciente oleaje. Cada vez teníamos menos presión de aire y electricidad, y
tratábamos de evitar el uso innecesario de nuestros escasos recursos mecánicos;
pero en este caso, no había elección. No bajamos a mucha profundidad; y cuando
la mar se calmó un poco, unas horas después, decidimos a la superficie. Pero
entonces surgió una nueva dificultad: la nave se negaba a responder a nuestra
dirección, pese a todos los esfuerzos de los mecánicos. Los hombres se
asustaron aún más al sentirse prisioneros bajo el mar, y algunos empezaron a
hablar nuevamente, en voz baja, de la imagen de marfil del alférez de navío
Klenze; pero la visión de su pistola automática les calmó. Mantuvimos a los
pobres diablos todo lo ocupados que pudimos en la reparación de las máquinas,
aunque sabíamos que era inútil.
Klenze y yo dormíamos
normalmente en turnos distintos; y fue mientras yo dormía cuando se declaró el
motín general, hacia las 5,00 horas del 4 de julio. Los seis cerdos marineros
que quedaban, imaginando que estábamos perdidos, estallaron súbitamente en una
furia vesánica por habernos negado a rendirnos al buque de guerra yanqui, dos
días antes, entregándose a un delirio de maldiciones y de destrucción. Rugían
como animales y rompían indiscriminadamente muebles e instrumentos, gritando
insensateces tales como que era la maldición de la imagen de marfil y del
atezado joven muerto, que les había mirado antes de desaparecer nadando. El
alférez de navío Klenze parecía paralizado, imposibilitado, como era de esperar
en un renano blando y afeminado. Maté a los seis hombres, dado que era
necesario, y me aseguré de que no quedara ninguno con vida. Echamos sus
cadáveres por la doble escotilla y nos quedamos solos él y yo en el U-29.
Klenze estaba muy nervioso, y bebía mucho. Decidimos mantenernos con vida
cuanto nos fuese posible, haciendo uso de la gran cantidad de vituallas y de la
provisión química de oxígeno que teníamos, ya que ninguna de estas dos cosas
había sufrido daño en los estúpidos desmanes de los puercos marineros. La
giroscópica, manómetros y demás instrumentos delicados habían quedado
inservibles; en adelante, nuestros cálculos serían meras suposiciones basadas
en nuestros relojes, el calendario y la aparente trayectoria de nuestro
desplazamiento, deducida por cualquier objeto que pudiéramos avistar a través
de los portillos o desde la torreta. Por fortuna, aún contábamos con bastante
carga en los acumuladores, tanto para la luz interior como para el proyector.
De cuando en cuando, barríamos con el haz de luz los alrededores de la nave;
pero no veíamos más que delfines nadando paralelamente a nosotros. Me sentí
científicamente interesado por estos delfines; pues aunque el delphinus delphis
común es un mamífero cetáceo incapaz de subsistir sin aire, estuve observando a
uno de estos nadadores durante dos horas, y no vi que mostrara el menor deseo
de subir a la superficie.
Con el paso del tiempo,
Klenze y yo llegamos a la conclusión de que seguíamos siendo arrastrados hacia
el sur, a la vez que descendíamos cada vez más. Observamos la fauna y la flora
marinas, y consultamos bastantes detalles sobre esta cuestión en los libros que
yo traía conmigo para los momentos de ocio. No pude por menos de notar, sin
embargo, la poca preparación científica de mi compañero. No tenía una
mentalidad prusiana, de modo que era propenso a fantasías y especulaciones sin
fundamento alguno. La certeza de nuestra muerte inminente le afectó de manera
curiosa, y rezaba a menudo, en arrepentimiento por los hombres, mujeres y niños
que había enviado al fondo del mar, olvidando que todo lo que supone un
servicio al estado alemán es una acción noble. Al cabo de cierto tiempo, sufrió
un notable desequilibrio, y permanecía horas y horas mirando la imagen de
marfil, y murmurando fantásticas historias sobre cosas perdidas y olvidadas
bajo la mar. A veces, a modo de prueba psicológica, le hacía hablar de todos estos
desvaríos, y escuchaba sus interminables citas poéticas y relatos de barcos
hundidos. Me aaba mucha lástima su estado, ya que me desagrada ver sufrir a un
alemán; pero no era persona con la que valiera la pena morir. En cuanto a mí,
era un hombre orgulloso, consciente de que la Patria honraría mi memoria, y de
que mis hijos serían educados para que fuesen como yo.
El 9 de agosto avistamos el
fondo oceánico, y proyectamos un potente haz de luz hacia él. Era una inmensa
llanura ondulada, cubierta en su mayor parte de algas, y salpicada de conchas y
pequeños moluscos. De trecho en trecho se veían objetos verdosos de misteriosos
contornos, cubiertos de algas e incrustados de percebes; Klenze afirmaba que
sin duda eran barcos antiguos hundidos. Hubo una cosa que le dejó perplejo: un
pico sólido que emergía casi unos cuatro pies del lecho del océano; tenía unos
dos pies de grosor, y los lados planos; las superficies superiores, suaves, se
unían formando un ángulo muy obtuso. Dije que era una punta de roca que
emergía; pero Klenze creyó ver figuras talladas en ella. Poco después empezó a
temblar, y se alejó como asustado del portillo; sin embargo, no dio otra
explicación, sino que le abrumaba la inmensidad, oscuridad, antigüedad y
misterio de los abismos oceánicos. Tenía la mente cansada; pero yo soy alemán
en todo momento, y no tardé en observar dos cosas: que el U-29 soportaba
espléndidamente la presión del agua, y que los extraños delfines seguían a
nuestro alrededor, aun cuando estábamos a una profundidad en la que la mayoría
de los naturalistas considera imposible la existencia de organismos superiores.
Estaba convencido de que habíamos sobreestimado nuestra profundidad; con todo,
sin duda estábamos lo bastante abajo como para que estos fenómenos resultaran
extraordinarios. Nuestra velocidad, siempre hacia el sur, era más o menos la
que yo calculaba por los organismos que pasaban en los niveles superiores.
A las 15,15 del 12 de
agosto, el pobre Klenze se volvió completamente loco. Había estado en la
torreta utilizando el proyector, cuando le vi entrar en el compartimiento de la
biblioteca, donde yo me encontraba sentado leyendo, y su cara le traicionó inmediatamente.
Repetiré aquí lo que dijo, subrayando las palabras que él recalcó: «¡El está
llamando! ¡El está llamando! ¡Le oigo! ¡Tenemos que ir!». Mientras hablaba,
cogió la imagen de marfil de encima de la mesa, se la guardó en el bolsillo, y
me agarró del brazo con intención de llevarme escaleras arriba, hacia cubierta.
En seguida me di cuenta de que pretendía abrir la escotilla, y que saliéramos
los dos al agua exterior; extravagancia suicida y homicida a la que yo no
estaba dispuesto. Al echarme atrás, y tratar de calmarle, se puso más violento,
y exclamó:
–Vamos ahora… no esperemos a
más tarde; es mejor arrepentirse y ser perdonado, que desafiar y ser condenado.
Así que, en vez de tratar de
tranquilizarle, adopté la actitud contraria, y le dije que estaba loco, loco de
remate. Pero no se conmovió, y dijo a gritos:
–¡Si estoy loco, es una
suerte! ¡Que los dioses tengan piedad del hombre que, en su insensibilidad,
permanece sano hasta su espantoso fin! ¡Ven y enloquece, ahora que él nos llama
con misericordia!
Esta explosión pareció
aliviar la presión de su cerebro; porque seguidamente se mostró mucho más
dócil, y me pidió que le dejase ir solo, si no quería acompañarle. Me di cuenta
en seguida de qué era lo que debía hacer. Aunque era alemán, se trataba sólo de
un renano de lo más ordinario; y ahora, se había convertido en un loco
potencialmente peligroso. Accediendo a su petición suicida, me libraría
inmediatamente del que ya no era mí compañero, sino una amenaza. Le pedí que me
diese la imagen de marfil, pero mi petición provocó en él una risa tan
inusitada que no insistí. Entonces le pregunté si quería dejar algún recuerdo o
bucle de pelo para su familia en Alemania, en caso de que yo fuese rescatado;
pero nuevamente se echó a reír. De modo que, cuando subió por la escala, fui a
los mandos y, tras los intervalos de tiempo adecuados, hice funcionar el
mecanismo que iba a acabar con su vida. Una vez comprobado que ya no estaba a
bordo, di una pasada con el proyector por el agua, en un intento por verle por
última vez, para comprobar si le aplastaba la presión del agua, tal como debía
ocurrir teóricamente, o si no afectaba a su cuerpo, como pasaba con aquellos
extraordinarios delfines. Sin embargo, no conseguí ver a mi difunto compañero,
ya que los delfines se apelotonaban en torno al submarino oscureciendo los
alrededores de la torreta.
Esa noche sentí no haberme
apoderado disimuladamente de la imagen de marfil del bolsillo del pobre Klenze;
porque me fascinaba su recuerdo. No podía olvidar aquella cabeza joven y
hermosa con su corona de hojas, aunque no poseo talante artístico. También
sentía no tener con quien conversar. Era mejor tener a Klenze, aunque no
estuviese a mi altura intelectual, que a nadie. Esa noche no dormí bien,
preguntándome cuándo me llegaría el fin. Evidentemente, había muy pocas
probabilidades de que me rescataran.
Al día siguiente, subí a la
torreta e inicié las acostumbradas exploraciones con el proyector. Hacia el
norte, la perspectiva era muy semejante a la que habíamos tenido desde que
avistamos el fondo, pero noté que el desplazamiento del U-29 era menos rápido.
Al enfocar el haz de luz hacia el sur, noté que el fondo oceánico descendía en
un pronunciado declive, y que había bloques de piedra curiosamente regulares en
determinados puntos, dispuestos como siguiendo un trazado concreto. La nave, al
principio, no descendió en seguida paralelamente a la creciente profundidad del
océano, de modo que no tardé en yerme obligado a ajustar el proyector, a fin de
seguir enfocando su potente haz hacia abajo. A causa del brusco movimiento se
desconectó un cable, y tardé varios minutos en conectarlo otra vez; finalmente,
volvió la luz al proyector, y se derramó por el valle marino que tenía debajo
de mí.
No soy propenso a dejarme
llevar por emociones de ninguna clase, pero mi asombro fue muy grande cuando
vilo que el haz de luz eléctrica iluminaba. Sin embargo, como persona educada
en la mejor Kultur de Prusia, no debí haberme asombrado, ya que la geología y
la tradición nos hablan igualmente de grandes transposiciones de zonas
oceánicas y continentales. Lo que vi fue una complicada serie de edificios en
ruinas, todos de una arquitectura magnífica, aunque inclasificable, y en
diversos grados d¿ conservación. La mayoría parecía ser de un mármol que
brillaba blanquecino bajo los rayos del proyector, y el trazado general
correspondía a una gran ciudad enclavada en el fondo de un estrecho valle, con
numerosos templos y villas diseminados por las empinadas laderas. Había tejados
hundidos y columnas caídas; pero aún reinaba un aire de esplendor inmensamente
antiguo que nada era capaz de borrar.
Comprendiendo que al fin me
encontraba ante la Atlántida, a la que antes había considerado un mito, me
sentí el más ávido de los exploradores. En el fondo de aquel valle había
discurrido un río en otro tiempo; porque al examinar con más atención el paisaje
vi restos de puentes de piedra y de mármol, diques, terrazas y terraplenes en
otro tiempo verdeantes y hermosos. En mi entusiasmo, me sentí tan idiota y
sentimental como el pobre Klenze; y tardé en darme cuenta de que la corriente
sur había cesado, dejando que el U-29 descendiera lentamente hacia la ciudad
sumergida como el aeroplano se posa en una ciudad, arriba en la superficie.
También tardé en darme cuenta de que había desaparecido la manada de
extraordinarios delfines.
Unas dos horas después, la
nave se posó en una plaza pavimentada, cerca de la pared rocosa del valle. A un
lado pude ver la ciudad entera que descendía hacia la plaza, hasta el botde del
antiguo río; al otro, y sorprendentemente cerca, me encontré ante un edificio
ricamente ornamentado y muy bien conservado; evidentemente, se trataba de un
templo excavado en la roca. Del arte original de esta obra titánica sólo me es
posible aventurar conjeturas. La fachada, de inmensas proporciones, cubre al
parecer una oquedad continua, ya que sus ventanales son numerosos y están
ampliamente distribuidos. En el centro se abre un gran pórtico al que se llega
por una escalinata de impresionantes peldaños y el cual se encuentra rodeado de
exquisitos relieves que representaban como figuras de bacantes. Delante se
alzan las grandes columnas y el friso, decoradas ambas con esculturas de
indescriptible belleza; evidentemente, representan escenas pastoriles
idealizadas y procesiones de sacerdotes y sacerdotisas portando extraños objetos
ceremoniales, en adoración de un dios radiante. El arte es prodigiosamente
perfecto, de concepción sensiblemente helénica, si bien está dotado de una
extraña personalidad. Comunica una impresión de terrible antigüedad, como si se
tratase, no de un inmediato antecesor del arte griego, sino del más remoto. No
me cabe duda de que cada elemento de esa obra imponente está esculpido en una
ladera de roca virgen de nuestro planeta, aunque no puedo imaginar cómo
excavarían su interior. Quizá proporcionase el hueco principal alguna caverna o
serie de cavernas. Ni el tiempo ni la inmersión han deteriorado la prístina
grandeza de este templo terrible -porque sin duda se trata de un templo-; y
hoy, miles de años después, descansa inmaculado e inviolado en la noche
interminable y el silencio del abismo oceánico.
No puedo calcular las horas
que pasé contemplando la ciudad hundida con sus edificios, arcos, estatuas y
puentes, y el colosal templo con su belleza y su, misterio. Aunque sabía que mi
muerte estaba cerca, me consumía la curiosidad; y seguí moviendo el proyector
ansioso por ver. El haz de luz me permitía apreciar muchos detalles, pero no
lograba revelar nada, más allá de
la puerta del templo tallado
en la roca. Un rato después apagué, consciente de que debía ahorrar energía.
Los
rayos ahora eran
sensiblemente más débiles que en las semanas de navegación a la deriva. Y como
acuciado por la inminente privación de la luz, me aumentó el deseo de explorar
los secretos de las aguas. Como alemán, debía ser el primero en pisar esos caminos
olvidados durante milenios.
Saqué y examiné una
escafandra de grandes profundidades, de metal articulado, y probé la luz
portátil y el regenerador de aire. Aunque seria difícil manejar yo solo la
doble escotilla, pensé que podía salvar todos los obstáculos con mi habilidad
científica, y caminar efectivamente por esa ciudad muerta.,
El 16 de agosto efectué una
salida del U-29, y caminé trabajosamente por las calles en ruinas y cubiertas
de barro, hacia el antiguo río. No encontré esqueletos ni restos humanos,
aunque coseché una enorme riqueza arqueológica en esculturas y monedas. No
puedo hablar ahora de todo ese material, si no es para expresar mi terror ante
esta cultura que se encontraba en el cenit de la gloria cuando los cavernícolas
vagaban por Europa y el Nilo discurría sin que se asomara a él civilización
alguna. Otros, guiados por este manuscrito
–si llega a ser encontrado
alguna vez-., deberán revelar el misterio que yo solamente puedo señalar. Volví
a la nave, dado que mis baterías se debilitaban, aunque decidido a explorar el
templo de roca al día siguiente.
El 17, aunque mis deseos de
explorar el misterio del templo se habían vuelto más insistentes, me llevé un
desencanto, al descubrir que los materiales que necesitaba para recargar la
lámpara portátil habían perecido en el motín de aquellos cerdos, del mes de
julio. Mi rabia no tuvo límites; sin embargo, mi sentido común alemán no me
permitía aventurarme a entrar sin las debidas condiciones en un recinto
completamente en tinieblas que podía resultar la madriguera de algún
indescriptible monstruo marino, o un laberinto de cuyos pasadizos me fuera
luego imposible salir. Todo lo que podía hacer era enfocar el proyector del
U-29, acercarme hasta la puerta con su ayuda, y examinar los relieves
exteriores. El haz de luz entraba por el pórtico en ángulo ascendente; de modo
que me asomé para ver si lograba descubrir algo, aunque en vano. Ni siquiera se
veía el techo; y aunque di un paso o dos hacia el interior, después de tantear
el piso con un palo, no me atreví a seguir. Además, por primera vez en mi vida
experimenté la emoción del miedo. Empezaba a comprender cómo se habían
originado algunos de los estados de ánimo del pobre Klenze, ya que a medida que
el templo me iba atrayendo cada vez más, sentía un terror ciego y creciente
hacia sus abismos acuosos. Apagué las luces y me senté a meditar en tinieblas.
Ahora debía ahorrar electricidad para las emergencias.
El sábado 18 lo pasé sumido
en total oscuridad, atormentado por pensamientos y recuerdos que amenazaban
doblegar mi voluntad alemana. Klenze se había vuelto loco y había perecido
antes de llegar a este vestigio siniestro de un pasado abominablemente remoto,
y me había aconsejado que me fuese con él. ¿Acaso el Destino preservaba mi
razón sólo para arrastrarme irresistiblemente a un final más horrible e
impensable de lo que haya podido soñar nadie? Evidentemente, tenía los nervios
agotados; debía desechar estas ideas, propias de un hombre débil.
La noche del sábado no me
podía dormir, y encendí las luces sin preocuparme por lo que pasara después.
Era una lástima que la electricidad no durase lo mismo que el aire o las
provisiones. Volví a pensar en recurrir a la eutanasia, y examiné mi pistola. Hacia
el amanecer debí de quedarme dormido con las luces encendidas, ya que ayer
tarde me desperté completamente a oscuras, para encontrarme con que los
acumuladores se habían agotado. Encendí varias cerillas, una detrás de otra, y
lamenté con desespero’ la imprevisión que nos hizo gastar las pocas velas que
llevábamos.
Después de apagarse la
última cerilla que me atreví a encender, permanecí sentado completamente
inmóvil, sin luz. Mientras pensaba en el inevitable fin, mi mente repasó los
acontecimientos precedentes; entonces me llegó a la plena conciencia una
impresión hasta ahora aletargada, que a un hombre más débil y supersticioso le
habría hecho estremecer. La cabeza del dios radiante de las esculturas del
templo de roca es idéntica al trozo de marfil tallado que el marinero muerto
sacó del mar y que el pobre Klenze devolvió.
Me quedé un poco aturdido
ante esta coincidencia, pero no sentí miedo. Sólo el pensamiento inferior se
apresura a explicar lo singular y lo complejo mediante el recurso primitivo del
sobrenaturalismo. La coincidencia resultaba extraña, pero yo tenía una razón
demasiado sana para relacionar circunstancias que no admiten una conexión
lógica, o asociar de manera extraña los desastrosos acontecimientos que desde
el hundimiento del Victory habían conducido a mi presente situación crítica.
Comprendiendo que necesitaba descansar, tomé un sedante a fin de procurarme un
poco más de sueño. Mi estado de nervios se reflejó en mis pesadillas, ya que me
pareció oír gritos de personas ahogándose, y ver sus rostros apretados contra
el cristal de los portillos de la nave. Y entre las caras muertas, estaba el
semblante burlesco y vivo del joven de la imagen de marfil.
Debo tener cuidado en el
modo de consignar mi despertar hoy, ya que me siento trastornado; y sin duda
hay muchas alucinaciones mezcladas con lo real. Psicológicamente, mi caso es
enormemente interesante, y siento no poder ser reconocido científicamente por
una autoridad alemana competente. Al abrir los ojos, lo primero que experimenté
fue un deseo irresistible de visitar el templo de roca; deseo que aumentaba a
cada instante, aunque trataba instintivamente de resistir con alguna emoción de
temor que operaba en sentido contrario. A continuación, me sobrevino una
impresión de luz en medio de la oscuridad de las baterías descargadas, y me
pareció ver una especie de resplandor fosforescente en el agua que entraba por
el portillo orientado hacia el templo. Esto despertó mi curiosidad, pues sabía
que ningún organismo de las profundidades abismales era capaz de emitir tal
luminosidad. Pero antes de que pudiese comprobarlo, me llegó una tercera
impresión que, debido! a su caracter irracional, me hizo dudar de la objetividad
de todo cuanto registrasen mis sentidos. Fue una ilusión auditiva: una
sensación de sonido rítmico, melódico, como de cántico o himno coral frenético,
aunque hermoso, que provenía del exterior y traspasaba el casco del U-29, pese
a estar absolutamente insonorizado. Convencido de mi anormalidad.psicológica y
nerviosa, encendí algunas cerillas y me tomé una fuerte dosis de bromuro
sódico, que pareció calmarme hasta el extremo de disipar esa ilusión de sonido.
Pero seguía la fosforescencia, y me costó trabajo reprimir el infantil impulso
de ir a la portilla a averiguar su causa. Era espantosamente realista; hasta el
punto de que podía distinguir los objetos familiares que me rodeaban, así como
el vaso vacío del bromuro, del que no tenía impresión visual alguna del sitio
donde lo había dejado. Esta última circunstancia me hizo reflexionar, crucé el
compartimiento y toqué el vaso. Efectivamente, estaba en el lugar donde me
parecía verlo. Ahora sabía que la luz era o bien real, o parte de una
alucinación tan fija y coherente que no podía esperar que se disipase; de modo
que renunciando a toda resistencia, subí a la torreta, con intención de
averiguar cuál era el agente luminoso. ¿Seria en realidad otra nave U-, y me
brindaría la posibilidad de rescatarme?
Conviene que el lector no
acepte como verdad objetiva nada de cuanto sigue. Dado que los acontecimientos
trascienden la ley natural, han de ser necesariamente creaciones subjetivas e
irreales de mi mente sobreexcitada. Al llegar a la torreta, descubrí el mar, en
general, muchísimo menos luminoso de lo que esperaba. No había fosforescencia
alguna vegetal ni animal, y la ciudad que descendía hacia el río era invisible
en las tinieblas. Lo que vi no era espectacular; no era grotesco ni aterrador.
Sin embargo, me hizo perder el último atisbo de confianza en mi conciencia. La
puerta y los ventanales del templo subacuático tallado en el monte rocoso se
encontraba vívidamente iluminado por un resplandor vacilante, como procedente
de las llamas poderosas de un altar en lo mds profundo de su interior.
Los incidentes que siguieron
son caóticos. Mientras observaba el pórtico y los ventanales misteriosamente
iluminados, sufrí las visiones más extravagantes; visiones tan insensatas, que
no me es posible siquiera consignarías. Me pareció vislumbrar bultos en el
templo; bultos que estaban inmóviles, y bultos que se movían; y me pareció
también oír otra vez el cántico irreal que flotaba a mi alrededor cuando
desperté. Y por encima de todo, despertaron en mí pensamientos y temores que
giraban en torno al joven del mar y la imagen de marfil cuya talla era
reproducción de los frisos y columnas del templo que tenía ante mí. Pensé en el
pobre Klenze, y me pregunté dónde descansaría, con aquella imagen que había
devuelto al mar. El me había advertido que se había vuelto loco ante
dificultades que un prusiano es capaz de soportar perfectamente.
El resto es muy simple. Mi
impulso a visitar y entrar en el templo se ha convertido ya en una orden
inexplicable e imperiosa a la que finalmente no me puedo resistir. Mi voluntad
alemana no es capaz de controlar mis actos, y la volición es posible en adelante
sólo cuando se trata de cuestiones sin importancia. Semejante locura es la que
arrastró a la muerte al pobre Klenze, sin escafandra ni protección alguna, en
el océano; pero yo soy prusiano y hombre con sentido común, y utilizaré hasta
el final la poca voluntad que me queda. Cuando comprendí por primera vez que
debía ir, preparé la escafandra y el regenerador de aire para ponérmelo
inmediatamente; acto seguido, empecé a escribir esta crónica apresurada con la
esperanza de que llegue al mundo alguna vez. Meteré el manuscrito en la
botella, la sellaré, y cuando salga del U-29 y lo abandone por última vez, la
confiaré al mar.
No tengo miedo, ni siquiera
de las predicciones del loco Klenze. Lo que he visto no puede ser cierto, y sé
que esta locura de mi propia voluntad puede conducirme a la asfixia todo lo
más, cuando el aire se termine. La luz del templo es una pura alucinación; así
que moriré serenamente, como alemán, en las negras y olvidadas profundidades.
Esa risa demoníaca que oigo mientras escribo es tan sólo producto de mi cerebro
debilitado. Me pondré cuidadosamente el traje, y subiré intrépidamente la
escalinata de ese santuario primordial, de ese mudo secreto de las aguas
insondables y de los tiempos inmemoriales.
EL SABUESO
En mis torturados oídos
resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de pesadilla, y un breve
ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso. No es un sueño… y temo que ni
siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que me han sucedido para que
pueda permitirme esas misericordiosas dudas.
St. John es un cadáver
destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de mi conocimiento es tal que
estoy a punto de saltarme la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del
mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía
vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a
aniquilarme a mí mismo. ¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que
atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un
mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden
rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos
los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con nuestro
insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los
prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba
vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría
filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente
la profundidad y el diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans
no tardaron en hacerse pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más
camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y
aventuras «personales».
Aquella espantosa necesidad
de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en
mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso
sendero de los saqueadores de tumbas.
No puedo revelar los
detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni catalogar siquiera en
parte el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que preparamos en
la enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo
era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos
«dilettanti» habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para
excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta,
subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice
vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto
que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro
estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces
el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo oriental, y a
veces -¡cómo me estremezco al recordarlo!– la espantosa fetidez de una tumba
descubierta.
Alrededor de las paredes de
aquella repulsiva estancia había féretros de antiguas momias alternando con
hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente
embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y con lápidas mortuorias
arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas
hornacinas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en
diversas fases de descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas
coronillas de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién
enterrados.
Había allí estatuas y
cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados por St. John y por mí
mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía
ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar.
Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de
viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de
exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de
caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos
por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un
especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de
pensar en destruirme a mí mismo.
Las expediciones, en el
curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos tesoros, eran siempre
memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos
vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas
condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y
claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita
de expresión estética, y concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado
técnico. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación
del húmedo césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que
acompañaba a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra
búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable.
St. John abría siempre la
marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros
una espantosa e inevitable fatalidad. ¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta
aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda
acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su
época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro
de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna
otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los
grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el
descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que
volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con
un dedo espectral al pálido cielo; los fosforescentes insectos que danzaban
como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a moho, a
vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa
nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste
aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver ni situar de un
modo concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los
campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado
hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de
un execrable animal.
Recuerdo cómo excavamos la
tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos estremecimos ante el cuadro
de nosotros mismos, la tumba, la pálida luna vigilante, las horribles sombras,
los grotescos árboles, los murciélagos, la antigua capilla, los danzantes
fuegos fatuos, los nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño
aullido cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.
Luego, nuestros azadones
chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una enmohecida
caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente
conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su contenido.
Mucho -sorprendentemente
mucho- era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años
transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado en algunos lugares por las
mandíbulas de la cosa que le había producido la muerte, se mantenía unido con
asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos
dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una
fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño
que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente.
Representaba a un sabueso
alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente
tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La
expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de
bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos
caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un
sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.
En cuanto echamos la vista
encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que aquel tesoro era
evidentemente nuestro botín. Aun en el caso que nos hubiera resultado
completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca
nos dimos cuenta que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo
arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros
reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del
árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de
cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central.
No nos costó ningún trabajo
localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos
rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de
aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.
Apoderándonos del objeto de
jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y
cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado.
Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto
robado en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos
descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de profanar, como si
buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy
débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.
Al día siguiente, cuando
embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció
oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de
otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.
Menos de una semana después
de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St.
John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas
habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada;
de modo que en nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un
visitante.
Ahora, sin embargo,
estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la
noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las
ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores.
En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la
ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión
creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no
nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra
imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber
oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una
hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela extrañamente aromada
delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca de sus
propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las
simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.
Luego llegó el terror.
La noche del 24 de
septiembre de 19… oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se
trataba de St. John le invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa
risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté
lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan
preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las
soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.
Cuatro días más tarde,
mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única
puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma
aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado
la posibilidad que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando
todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en
par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara
precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y
balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos
locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí
nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos
aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.
Después de aquello vivimos
en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor
parte del tiempo nos ateníamos a la teoría que estábamos enloqueciendo a causa
de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más
dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna
misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora
demasiado frecuentes para ser contadas.
Nuestra casa solitaria
parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya
naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba
hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en
la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de
pisadas completamente imposibles de describir. Resultaban tan desconcertantes
como las bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los alrededores de
la casa en número creciente.
El horror alcanzó su
culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al
oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún
espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y
yo me había apresurado a dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un
extraño aleteo y de ver una vaga forma negra siluetada contra la luna que se
alzaba en aquel momento.
Mi amigo estaba muriéndose
cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis preguntas de un modo
coherente. Lo único que hizo fue susurrar:
–El amuleto…, aquel maldito
amuleto…
Y exhaló el último suspiro,
convertido en una masa inerte de carne lacerada.
Lo enterré al día siguiente
en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los
extraños ritos que él había amado en vida.
Y mientras pronunciaba la
última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La
luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una
ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé
caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo
recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del
amuleto de jade verde.
Temeroso de vivir solo en la
antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto,
después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al
cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a
notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras
paseaba por el Victoria Embankment, vi que una sombra negra oscurecía uno de
los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la
brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no
tardaría en atacarme a mí.
Al día siguiente empaqueté
cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo
que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario;
pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que
pesaba sobre mi cabeza. Lo que pudiera ser el sabueso, y los motivos para que
me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por
primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos
subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St.
John, habían servido para
relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en
los abismos de la desesperación cuando, en una posada de Rotterdam, descubrí
que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.
Aquella noche, el aullido
fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso
acaecido en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda
habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un
animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante
toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un
gigantesco sabueso.
Al anochecer me dirigí de
nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas
sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la
marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba
al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono
procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil
y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había
profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente
alrededor del sepulcro.
No sé por qué había acudido
allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar dementes explicaciones y
disculpas al tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su interior; pero,
cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una
desesperación parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a
mí mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado,
aunque en un momento determinado me encontré con una extraña interrupción: un
esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la
tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada.
Finalmente dejé al
descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.
Aquél fue el último acto
racional que realicé.
Ya que en el interior del
viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo
mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y
tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de
jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes.
Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus
burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas
dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi
que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde,
eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en
estallidos de risa histérica.
La locura cabalga a lomos
del viento…, garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres…, la muerte en
una bacanal de murciélagos procedentes de las ruinas de los templos enterrados
de Belial… Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad
y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver
en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.
F I
N
EL PANTANO DE LA LUNA
Denys Barry se ha ido a
alguna región remota y espantosa que desconozco. Estuve con él la última noche
que pasó entre los hombres, y ol sus gritos cuando ocurrió; pero los campesinos
y la policía del condado de Meath no llegaron a encontrarle a él ni a los demás,
aunque batieron el terreno hasta muy lejos. Y ahora me estremezco cuando oigo
cantar las ranas en los pantanos, o veo la luna en parajes solitarios.
Conocí bastante bien a Denys
Barry en América, donde se había hecho rico, y le felicité cuando compró
nuevamente el viejo castillo junto al pantano del soñoliento pueblo de
Kilderry. Su padre procedía de Kilderry, y allí era donde deseaba disfrutar de
su riqueza, en medio de escenarios ancestrales. Los hombres de su sangre habían
gobernado en otro tiempo Kilderry, y habían construido y habitado el castillo;
pero esos tiempos quedaban ya muy atrás, de modo que durante generaciones, el
castillo permaneció vacío y en ruinas. Después de su regreso a Irlanda, Barry
me escribió a menudo, contándome cómo iba levantándose el castillo gris, torres
tras torre, bajo sus cuidados, y recobrando su antiguo esplendor, cómo la
hiedra comenzaba a trepar lentamente por las restauradas murallas igual que
había trepado hacia muchos siglos, y cómo los campesinos le bendecían por
rememorar los viejos tiempos con el oro procedente del otro lado del océano.
Pero pasado un tiempo, surgieron los problemas, los campesinos dejaron de bendecirle,
y le rehuyeron como a la desgracia. Y fue entonces cuando me escribió
pidiéndome que le visitara, ya que se había quedado solo en el castillo, y no
tenía con quien hablar, salvo los nuevos criados y braceros que había
contratado en el norte.
La causa de dichos problemas
estaba en el pantano, como Barry me contó la noche en que llegué al castillo.
Fue un atardecer de verano cuando puse los pies en Kilderry, momento en que el
oro del cielo iluminaba el verde de los montes y arboledas y el azul del
pantano, donde en un lejano islote resplandecían espectralmente unas ruinas
antiguas y extrañas. El crepúsculo era muy hermoso, pero los campesinos de
Ballylough me previnieron contra él, y dijeron que Kilderry se había convertido
en un lugar maldito, de modo que casi me estremecí al ver los altos torreones
del castillo dorados como el fuego. El automóvil de Barry me esperaba en la
estación, ya que Kilderry quedaba lejos del ferrocarril. Los lugareños se
habían apartado del coche y de su conductor, que era un hombre del norte; pero
hablaron conmigo en voz baja y con cara pálida cuando vieron que iba a ir a
Kilderry. Y esa noche, después de nuestra reunión, Barry me dijo por qué.
Los campesinos se habían ido
de Kilderry porque Denys Barry iba a desecar el gran pantano. A pesar de todo
su amor por Irlanda, América no había dejado de influir en él, y detestaba ver
desaprovechado el hermoso y vasto lugar, cuando podía sacarse turba y roturar
su tierra. Las leyendas y supersticiones de Kilderry no le conmovieron, y se
rió al principio cuando los campesinos se negaron a ayudarle; luego le
maldijeron, recogieron sus escasas pertenencias, al ver su determinación, y se
marcharon a Ballylough. Barry mandó traer braceros del norte para que ocuparan
sus puestos; y cuando le dejaron sus criados, los sustituyó del mismo modo.
Pero estaba solo entre extraños, y esa era la razón por la que Barry me había
pedido que fuese con él.
Cuando me enteré de cuáles
eran los temores que habían movido a la gente a abandonar Kilderry, me reí como
se había reído mi amigo, porque estos temores eran de lo más vagos,
disparatados y absurdos. Se referían a cierta leyenda ridícula acerca del pantano,
y de un siniestro espíritu guardián que moraba en las extrañas y antiguas
ruinas del lejano islote que yo había visto en el crepúsculo. Corrían historias
sobre luces que danzaban en la oscuridad cuando no había luna, y vientos fríos
que soplaban cuando la noche era cálida; sobre espectros blancos que
revoloteaban por encima de las aguas, y de una imaginada ciudad de piedra que
había debajo de la pantanosa superficie. Pero por encima de todas estas
espectrales fantasías, y única en su absoluta unanimidad, estaba la que hacía
referencia a una maldición que aguardaba a quien se atreviese a tocar o desecar
el inmenso marjal rojizo. Había secretos decían los campesinos, que no debían
desvelarse; secretos que permanecían ocultos desde aquella peste que sobrevino
a los niños de Partholan, en los fabulosos tiempos anteriores a la historia. En
el Libro de los Invasores se cuenta que estos hijos de los griegos fueron
enterrados todos en Tallaght, pero los ancianos de Kilderry decían que una
ciudad fue salvada por su patrona la diosa-luna, de suerte que los montes
boscosos la ocultaron cuando las hordas de Nemed llegaron a Scythia en sus
treinta barcos.
Esas eran las fantásticas
historias que habían impulsado a los lugareños a abandonar Kilderry; y al
oírlas, no me extrañó que Denys Barry se hubiese negado a escucharlas. No
obstante, él sentía un enorme interés por las antigüedades, y propuso que
explorásemos enteramente el pantano tan pronto como lo hubiesen desecado. Había
visitado con frecuencia las blancas ruinas del islote; pero si bien era
evidente que su antigüedad era muy remota y su trazado muy distinto de los de
la mayoría de las ruinas irlandesas, estaba demasiado avanzado su deterioro
para poder dar una idea de sus tiempos de esplendor. Ahora, el trabajo de
desecación estaba a punto de empezar, y los braceros del norte estaban
dispuestos a despojar al pantano prohibido de su musgo verde y de su brezal
rojizo, y a matar los minúsculos arroyuelos y las plácidas charcas azules
bordeadas de juncos.
Me sentía ya muy soñoliento
cuando Barry terminó de contarme estas cosas; los viajes del día habían sido
agotadores, y mi anfitrión estuvo hablando hasta bien avanzada la noche. Un
criado me condujo a mi aposento, situado en una torre apartada que dominaba el
pueblo, la llanura que se extiende al borde del pantano, y el pantano mismo;
así que desde mi ventana podía contemplar, a la luz de la luna, los mudos
tejados de los que habían huido los campesinos, y que ahora cobijaban a los
braceros del norte, y también la iglesia parroquial con su antiguo campanario;
y allá lejos, en medio de las aguas melancólicas, las ruinas antiguas y remotas
del islote brillando blancas y espectrales. Justo cuando me tumbé en la cama
para dormir, me pareció oír débiles sonidos a lo lejos; sonidos frenéticos,
semimusicales, que provocaron en mi extrañas agitaciones que tiñeron mis
sueños. Sin embargo, al despertar a la mañana siguiente, comprendí que no había
sido más que un sueño, ya que mis visiones fueron mucho más prodigiosas que el
frenético sonido de flautas de la noche. Influido por las leyendas que Barry me
había contado, mi mente había vagado en sueños por una majestuosa ciudad
enclavada en un verde valle, donde las calles y las estatuas de mármol, las
villas y los templos, los relieves y las inscripciones, proclamaban en
distintos tonos el esplendor de Grecia. Cuando le conté mi sueño a Barry, nos
reímos los dos. Pero aún me reí más al ver lo perplejo que tenían a Barry los
braceros del norte: era la sexta vez que se levantaban tarde; se habían
despertado con gran torpeza y lentitud, y andaban como si no hubiesen
descansado, aunque sabíamos que se habían acostado temprano la noche anterior.
Esa mañana y esa tarde vagué
a solas por el dorado pueblo, deteniéndome a hablar de vez en cuando con los
abúlicos labriegos, ya que Barry estaba ocupado con los proyectos finales para
acometer la obra de drenaje. Y comprobé que los labriegos no eran todo lo
felices que podían ser, ya que la mayoría se sentían desasosegados por alguna
pesadilla que habían tenido, aunque no conseguían recordarla. Yo les conté mi
sueño; aunque no se mostraron interesados, hasta que les hablé de los sonidos
espectrales que había creído oír. Entonces me miraron de manera especial, y
dijeron que les parecía recordar sonidos espectrales también.
Al anochecer, Barry cenó y
me anunció que empezaría el drenaje dos días después. Me alegré; porque aunque
sentía que desapareciese el musgo y el brezo y los pequeños arroyos y lagos,
sentía un creciente deseo de conocer los antiguos secretos que el espeso manto
de turba pudiera ocultar. Y esa noche, mis sueños sobre sonidos de flautas y
peristilos de mármol terminaron de forma súbita e inquietante; porque vi
descender sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego una avalancha
espantosa de laderas boscosas que cubrió los cadáveres de las calles, dejando
sin sepultar tan sólo el templo de Artemisa, en lo alto de un pico, donde
Cleis, la vieja sacerdotisa de la luna, yacía fría y muda con una corona de
marfil en su cabeza plateada.
He dicho que desperté de
repente y alarmado. Durante un rato, no supe si dormía o estaba despierto, ya
que aún resonaba estridente en mis oídos el sonido de las flautas; pero cuando
vi en el suelo el frío resplandor de la luna y los contornos de una ventana
gótica enrejada, supuse y comprendí que estaba despierto, y en el castillo de
Kilderry. A continuación oí que un reloj, en algún remoto rellano de abajo,
daba las dos, y ya no me cupo ninguna duda. Sin embargo, seguían llegándome
aquellos aires distantes y monótonos de flautas; aires salvajes que me hacían
pensar en alguna danza de faunos en la lejana Maenalus. No me dejaban dormir;
así que no pudiendo más de impaciencia, salté de la cama y di unos pasos. Sólo
por casualidad me acerqué a la ventana norte a contemplar el pueblo silencioso
y la llanura que llega al borde del pantano. No me apetecía contemplar el
paisaje, ya que quería dormir; pero las flautas me atormentaban, y necesitaba
mirar o hacer algo. ¿Cómo podía sospechar que existiese lo que iba a ver?
Allí, a la luz que la luna
derramaba en la amplia llanura, se desarrollaba un espectáculo que ningún
mortal podría olvidar después de presenciado. Al son de unas flautas de caña
que resonaban por todo el pantano, evolucionaba en silencio, misteriosamente,
una multitud confusa de figuras balanceantes, girando con el mismo frenesí que
danzarían en otro tiempo los sicilianos en honor a Deméter, bajo la luna de la
cosecha, junto a Cyane. La ancha llanura, la dorada luz de la luna, las oscuras
sombras agitándose y, sobre todo, el sonido monótono de las flautas, me
produjeron un efecto casi paralizador; sin embargo, en medio de mi temor,
observé que la mitad de todos estos maquinales e infatigables danzarines eran
los braceros a quienes yo creía dormidos, mientras que la otra mitad eran seres
extraños y etéreos de blanca e indeterminada naturaleza, aunque sugerían
pálidas y melancólicas náyades de las fuentes encantadas del pantano. No sé
cuánto tiempo estuve contemplando el espectáculo desde la ventana de mi solitario
torreón, antes de caer en un vacío sopor del que me despertó el sol de la
mañana, ya muy alto.
Mi primer impulso, al
despertar, fue contarle todos mis temores y observaciones a Denys Barry; pero
viendo que el sol entraba ya por la enrejada ventana este, tuve el
convencimiento que carecía de realidad todo lo que creía haber visto. Soy
propenso a ver extrañas fantasías, aunque jamás he sido lo bastante débil como
para creer en ellas. Así que en esta ocasión me limité a preguntar a los
braceros; pero se habían despertado muy tarde, y no recordaban nada de la noche
anterior, salvo que habían tenido sueños brumosos de sones estridentes. Este
asunto de la música de flautas espectrales me atormentaba enormemente, y me
pregunté silos grillos habrían empezado a turbar la noche antes de tiempo, y a
embrujar las visiones de los hombres. Más tarde, ese mismo día, vi a Barry en
la biblioteca estudiando los proyectos para la gran obra que debía empezar al
día siguiente, y por primera vez sentí vagamente aquel temor que había
impulsado a marcharse a los campesinos. Por alguna razón desconocida, me
produjo miedo la idea de turbar el antiguo pantano y sus oscuros secretos, y me
representé visiones terribles bajo las tenebrosas profundidades de la turba
inmemorial. Me parecía una imprudencia sacar a la luz estos secretos, y empecé
a desear tener algún pretexto para abandonar el pueblo y el castillo. Llegué
incluso a hablarle a Barry de este tema; pero cuando se echó a reír no me
atreví a continuar. De modo que guardé silencio cuando el sol se ocultó con
todo su esplendor tras los montes lejanos, y Kilderry resplandeció, completamente
rojo y dorado, en una llamarada portentosa.
Nunca sabré con seguridad si
los sucesos de esa noche ocurrieron en realidad o fueron una ilusión.
Ciertamente, trasciende cuanto soñemos sobre la naturaleza y el universo; sin
embargo, no me es posible explicar de forma normal la desaparición que todos sabemos,
cuando aquello terminó. Yo me había retirado temprano, lleno de temor, y
durante bastante rato no pude conciliar el sueño en el inusitado silencio de la
torre. Reinaba una gran oscuridad; pues aunque el cielo estaba claro, la luna,
muy menguada, no aparecería hasta altas horas de la noche. Tumbado en la cama,
pensé en Denys Barry y en lo que pasaría con ese pantano cuando amaneciera, y
sentí un deseo casi frenético de salir a la oscuridad de la noche, coger el
coche de Barry, huir corriendo a Ballylough y dejar esas tierras amenazadas.
Pero antes de que mis temores cristalizasen en una acción, me había quedado
dormido, y contemplaba en sueños la ciudad del valle, fría y muerta bajo un
sudario de sombras tenebrosas.
Probablemente fue el
estridente sonido de las flautas lo que me despertó, aunque no fueron las
flautas lo primero que advertí al abrir los ojos. Estaba tendido de espaldas a
la ventana este que dominaba el pantano, por donde se elevaría la luna
menguante, de modo que esperaba ver proyectarse una claridad en la pared que
tenía enfrente; pero no la que efectivamente se reflejó. Un resplandor incidió
en los cristales de enfrente, aunque no era el resplandor de la luna. Fue un
haz rojizo, penetrante, terrible, el que penetró por la gótica ventana, e
inundó toda la cámara de un esplendor intenso y ultraterreno. Mi inmediata
reacción fue extraña en semejante momento, pero sólo en la ficción se comporta
el hombre de manera dramática y previsible. En vez de asomarme al pantano para
averiguar cuál era la fuente de esta nueva luz, mantuve apartados los ojos de
la ventana, completamente dominado por el pánico, y me vestí atropelladamente
con la vaga idea de escapar. Recuerdo que cogí el revólver y el sombrero; pero antes
de que todo terminase había perdido el uno sin haberlo disparado, y el otro sin
habérmelo puesto. Poco después, la fascinación del resplandor rojo se impuso a
mis terrores, me acerqué a la ventana este y me asomé, mientras el sonido
incesante y enloquecedor de las flautas gemía, y se propagaba por el castillo y
por el pueblo.
Sobre el pantano había una
riada de luz resplandeciente, escarlata y siniestra, que brotaba de las
extrañas y antiguas ruinas del islote. No me es posible describir el aspecto de
dichas ruinas: debí de volverme loco, porque me pareció que se levantaban incólumes,
majestuosas, rodeadas de columnas, con todo su esplendor, y el mármol de su
entablamento reflejaba las llamas y traspasaba el cielo como la cúspide de un
templo en la cima de una montaña. Sonaron las flautas estridentes, y comenzó un
batir de tambores; y mientras observaba aterrado, me pareció distinguir oscuras
formas saltando, grotescamente recortadas contra un fondo de resplandores y de
mármoles. El efecto era tremendo, absolutamente inconcebible; y allí habría
seguido, contemplando indefinidamente el espectáculo, de no haber sido porque
la música de las flautas, a mi izquierda, aumentaba cada vez más. Presa de un
terror no exento de un extraño sentimiento de éxtasis, cruce la habitación
circular y me asomé a la ventana norte, desde la que podía verse el pueblo y la
llanura inmediata al pantano. Allí mis ojos se volvieron a dilatar ante un
prodigio insensato, como si no acabase de apartarme de una visión que superaba
la pálida naturaleza; pues en la llanura espectralmente iluminada por el
resplandor rojizo desfilaba una procesión de seres cuyas figuras no había visto
más que en las pesadillas.
Medio deslizándose, medio
flotando en el aire, los blancos espectros del pantano se retiraban lentamente
hacia las quietas aguas y las ruinas de la isla en fantásticas formaciones que
sugerían alguna antigua y solemne danza ceremonial. Sus brazos balanceantes y
traslúcidos, guiados por los sones detestables de las flautas invisibles,
llamaban con ritmo misterioso a una multitud de campesinos que oscilaban y les
seguían dócilmente con paso ciego, insensatos y pesados, como arrastrados por
una voluntad demoníaca, torpe aunque irresistible. Cuando las náyades llegaron
al pantano, sin alterar su dirección, una nueva fila de rezagados tambaleantes
como borrachos, salió del castillo por alguna puerta al pie de mi ventana,
cruzó a ciegas el patio y la parte del pueblo que se interponía, y se unió a la
serpeante columna de labriegos que andaban ya por la llanura. A pesar de la
altura que me separaba, en seguida me di cuenta de que eran los criados traídos
del norte, ya que reconocí la fea y voluminosa figura de la cocinera, cuya
misma absurdidad resultaba ahora indeciblemente trágica. Las flautas sonaban de
manera espantosa, y otra vez oí el batir de los tambores en las ruinas de la
isla. Luego, silenciosa, graciosamente, las náyades se adentraron en el agua y
se disolvieron, una tras otra, en el pantano inmemorial; entretanto, los
seguidores, sin detener su marcha, siguieron tras ellas chapoteando
pesadamente, y desapareciendo en un pequeño remolino de burbujas malsanas
apenas visible bajo la luz escarlata. Y cuando el último y más patético de los
rezagados, la cocinera, se hundió pesadamente y desapareció en las aguas
tenebrosas, enmudecieron las flautas y los tambores, y la cegadora luz rojiza
de las ruinas se apagó instantáneamente, dejando el pueblo vacío y desolado
bajo el resplandor escuálido de la luna, que acababa de salir.
Mi estado era ahora
indescriptiblemente caótico. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o
despierto, me salvó un piadoso embotamiento. Creo que hice cosas ridículas,
como elevar plegarias a Artemisa, a Latona, a Deméter y a Plutón. Todo cuanto
recordaba de los estudios clásicos de mi juventud me vino a los labios,
mientras el horror de la situación despertaba mis más hondas supersticiones. Me
daba cuenta de que acababa de presenciar la muerte de todo un pueblo, y sabía
que me había quedado solo en el castillo con Denys Barry, cuya temeridad había
acarreado este destino. Y al pensar en él, me embargaron nuevos terrores y me
desplomé al suelo; aunque no perdí el conocimiento, me sentí físicamente
imposibilitado. Entonces noté una ráfaga helada que entró por la ventana este,
por donde había salido la luna, y empecé a oir alaridos abajo en el castillo.
No tardaron estos gritos en alcanzar una magnitud y calidad imposibles de
describir, y que aún me produ4n desvanecimiento cuando pienso en ellos. Todo lo
que puedo decir es que procedían de alguien que había sido amigo mío.
En determinado momento de
esos instantes espantosos, el viento frío y los alaridos me hicieron
reaccionar, porque lo que recuerdo a continuación es que corría por las negras
estancias y corredores, cruzaba el patio y salía a la oscuridad de la noche. Me
encontraron al amanecer, vagando insensatamente cerca de BalIylough; pero lo
que a mi me trastornó completamente no fue ninguno de los horrores que había
visto y oído. De lo que hablaba, cuando salí lentamente de las sombras de la
inconsciencia, era de un par de fantásticos incidentes que ocurrieron en mi
huida; incidentes que carecen de importancia, aunque me obsesionan
incesantemente cuando estoy a solas en lugares pantanosos o a la luz de la
luna.
Mientras huía de aquel
castillo maldito, bordeando el pantano, oí un alboroto; un alboroto corriente,
aunque distinto a cuanto había oído en Kilderry. Las aguas estancadas, hasta
entonces desprovistas por completo de vida animal, hervían ahora de ranas enormes
y viscosas que cantaban sin cesar en unos tonos que no guardaban relación con
su tamaño. Brillaban, hinchadas y verdes, a la luz de la luna, y parecían mirar
fijamente hacia la fuente del resplandor. Seguí la mirada de una de ellas, muy
gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder la razón.
Extendiéndose directamente
de las extrañas y antiguas ruinas del islote lejano a la luna menguante,
percibí un rayo de débil y temblorosa luz que no se reflejaba en las aguas del
pantano. Y ascendiendo por el pálido sendero, mi enfebrecida imaginación se
representó una sombra delgada que iba disminuyendo lentamente; una sombra vaga
que se contorsionaba y debatía como si fuese arrastrada por demonios
invisibles. En mi locura, vi en esa sombra espantosa un momentáneo parecido –
como una caricatura increíble y repugnante-, una imagen blasfema del que había
sido Denys Barry.
EL MODELO DE PICKMAN
No tienes por qué pensar que
estoy loco, Eliot; muchos otros tienen manías raras. ¿Por qué no te burlas del
abuelo de Oliver, que jamás monta en un automóvil? Si a mí no me gusta ese
maldito metro, es asunto mío; y, además, hemos llegado más deprisa en taxi. Si
hubiéramos venido en tranvía habríamos tenido que subir a pie la colina desde
Park Street.
Sé perfectamente que estoy
más nervioso que cuando nos vimos el año pasado, pero no por ello debes pensar
que lo que necesito es una clínica. Bien sabe Dios que no me faltan motivos
para estar internado, pero afortunadamente creo que estoy en mi sano juicio.
¿Por qué ese tercer grado? No acostumbrabas a ser tan inquisitivo.
Bueno, si tienes que oírlo,
no veo por qué no puedes hacerlo. Tal vez sea lo mejor, pues desde que te
enteraste de que había dejado de ir al Art Club y me mantenía a distancia de
Pickman no has cesado de escribirme como lo haría un atribulado padre. Ahora
que Pickman ha desaparecido de la escena voy por el club de en cuando, pero mis
nervios ya no son lo que eran.
No, no sé qué ha sido de
Pickman, y prefiero no adivinarlo. Podías haber sospechado que dejé de verle
porque sabía algo confidencial; ése es precisamente el motivo por el que no
quiera pensar a dónde ha ido. Dejemos a la policía que averigüe lo que pueda…
que no será mucho, a juzgar por el hecho de que no saben todavía nada de la
vieja casa del North End que Pickman alquiló bajo el nombre de Peters. No estoy
seguro de que volviera a encontrarla yo… ni de que lo intentara, ni siquiera a
plena luz del día. Sí, sé bien, o temo saber, por qué la tenía alquilada. De
eso voy a hablarte. Y espero que entiendas antes de que haya terminado por qué
no pienso ir a decírselo a la policía. Me pedirían que les llevara basta allí,
pero yo no podría volver a aquel lugar ni aun en el supuesto de que conociese
el camino. Algo había allí… Bueno, por eso ahora no puedo coger el metro ni (y
puedes reírte también de lo que voy a decirte) bajar a ningún sótano.
Supongo que comprenderías
que no dejé de ver a Pickman por las mismas estúpidas razones que les movieron
a hacerlo a esas mojigatas mujerzuelas que son el doctor Reid, Joe Minot o
Rosworth. No me escandalizo ante el arte morboso, y cuando un hombre tiene el
talento de Pickman considero un honor el haberle conocido, al margen de la
dirección que tome su obra. Jamás tuvo Boston un pintor con las dotes de
Richard Upton Pickman. Lo dije hace mucho y sigo manteniéndolo, y ni siquiera
me retracté un ápice de lo dicho cuando expuso su «Demonio necrófago
alimentándose». A raíz de aquello, como recordarás, Minot dejó de tratarle.
Tú sabes bien que producir
obras como las de Pickman requiere un arte profundo y una especial intuición de
la Naturaleza. Cualquier ganapán de esos que dibujan portadas puede embadurnar
un lienzo sin orden ni concierto y darle el nombre de pesadilla, aquelarre o
retrato del diablo, pero sólo un gran pintor puede conseguir que resulte
verosímil o suscite pavor. Y ello porque sólo un verdadero artista conoce la
anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: el tipo exacto de líneas y
proporciones que se asocian a instintos latentes o a recuerdos hereditarios de
temor, y los contrastes de color y efectos luminosos precisos que despiertan en
uno el sentido latente de lo siniestro. No creo que tenga que explicarte a
estas alturas por qué un Fuseli nos hace estremecer mientras que la portada de
un vulgar cuento de fantasmas nos mueve a risa. Hay algo que esos artistas
captan -algo que trasciende a la propia vida- y que logran transmitirnos por
unos instantes. Doré poseía esa cualidad. Sime la posee, y otro tanto puede
decirse de Angarola de Chicago. Y Pickman la poseía en un grado que jamás
alcanzó nadie ni, quiéralo el cielo alcanzará en lo sucesivo.
No me preguntes qué es lo
que ven. Tú sabes perfectamente que en el arte normal existe una gran
diferencia entre lo vital y palpitante, ya proceda de la naturaleza o de
modelos, y estas porquerías sin el menor valor que los pintorzuchos
mercantilizados producen a discreción en el estudio. Bien, pues diría que el
artista realmente original tiene una visión que le lleva a configurar modelos o
a plasmar escenas del mundo espectral en que vive. De cualquier modo, consigue
unos resultados que difieren tanto de los almibarados sueños del que quiere
dárselas de pintor, como la producción del pintor de la naturaleza de los
pastiches del dibujante que ha seguido cursos por correspondencia. Si yo
hubiera visto lo que Pickman vio… Pero, ¡basta! Será mejor que echemos un trago
antes de seguir adelante. ¡Dios mío!, yo no estaría vivo si hubiera visto lo
que aquel hombre… si es que hombre era.
Recordarás que el fuerte de
Pickman era la expresión de la cara. No creo que desde Goya nadie haya puesto
tal carga de intensidad diabólica en una serie de rasgos o en una expresión. Y,
con anterioridad a Goya, habría que retrotraerse a aquellos artífices del
medioevo que esculpieron las gárgolas y quimeras de Nôtre Dame y del Mont
Saint-Michel. Ellos creían en toda clase de cosas… y posiblemente veían también
toda clase de cosas, pues la Edad Media pasó por varias fases muy curiosas.
Recuerdo que el año antes de irte le preguntaste a Pickman en cierta ocasión de
dónde diablos le venían semejantes ideas y visiones. ¿No se echó a reír a
carcajadas? A aquellas risotadas se debió en parte el que Reid dejara de
hablarle. Reid, como bien sabes, acababa de empezar un curso sobre patología
comparada, y utilizaba un vocabulario un tanto engolado al hablar sobre el
sentido biológico o evolutivo de este o aquel síntoma físico o mental. Según me
dijo, Pickman le desagradaba más cada día que pasaba, hasta el punto de que al
final llegó casi a asustarle, pues, veía que sus rasgos y expresión tomaban un
cariz que no le gustaba, un cariz que no tenía nada de humano. Hablaba mucho
sobre el régimen alimenticio, y dijo que a su juicio Pickman era un ser anormal
y excéntrico en grado sumo. Supongo que le dirías a Reid, si es que cruzasteis
alguna carta al respecto, que se dejó arrebatar los nervios o atormentar la
imaginación por los cuadros de Pickman. Es lo que le dije yo… por aquel
entonces.
Pero convéncete de que no
dejé de ver a Pickman por nada de eso. Al contrario, mi admiración por él
siguió creciendo, pues su «Demonio necrófago alimentándose» me parecía una
auténtica obra maestra. Como sabes, el club no quiso exponerlo y el Museo de Bellas
Artes no lo aceptó como donación. Por mi parte, puedo añadir que nadie quiso
comprarlo, así que Pickman lo guardó en su casa hasta el día en que se marchó.
Ahora está en poder de su padre, en Salem. Como debes saber, Pickman procede de
una antigua familia de esa ciudad, y uno de sus antepasados murió en la horca
en 1692 convicto de brujería.
Adquirí la costumbre de
visitar a Pickman con cierta asiduidad, sobre todo desde que me puse a recoger
material para una monografía sobre arte fantasmagórico. Probablemente fuese su
obra la que me metió la idea en la cabeza; en cualquier caso, hallé en él una
auténtica mina de datos y sugerencias al ponerme a redactarla. Me enseñó todos
los cuadros y dibujos que tenía, incluso unos bocetos a lápiz y pluma que
habrían provocado, estoy absolutamente convencido, su expulsión del club si los
hubieran visto ciertos socios. Al poco tiempo ya era casi un fanático de su
arte, y pasaba horas enteras escuchando cual un escolar teorías artísticas y
especulaciones filosóficas lo bastante descabelladas como para justificar su
internamiento en el manicomio de Danvers. La admiración por mi héroe, unida al
hecho de que la gente empezaba a tener cada vez menos trato con él, le hizo
mostrarse extremadamente confidencial conmigo; y una tarde me insinuó que si
mantenía la boca bien cerrada y no me hacía el remilgado, me mostraría algo muy
poco corriente, algo que superaba con creces lo que guardaba en casa.
–Hay cosas -dijo-, que no
van con Newburg Street, cosas que estarían fuera de lugar y que no cabe
imaginarse aquí. Yo me dedico a captar las emanaciones del alma, y eso es algo
que no se encuentra en las advenedizas y artificiales calles construidas por el
hombre. Back Bay no es Boston… en realidad no es nada todavía, porque aún no ha
tenido tiempo de acumular recuerdos y atraerse a los espíritus locales. En caso
de haber fantasmas aquí, serían todo lo más los fantasmas domesticados de
cualquier marisma pantanosa o gruta poco profunda, y lo que yo necesito son
fantasmas humanos: los fantasmas de seres lo bastante refinados como para
asomarse al infierno y comprender el significado de lo visto allí.
»El lugar indicado para
vivir un artista es el North End. Si los estetas fueran sinceros, soportarían
los suburbios por eso de que allí se acumulan las tradiciones. Pero, ¡Por Dios!
¿No comprendes que esos lugares no han sido simplemente construidos sino que
han ido creciendo? Allí, generación tras generación, la gente ha vivido,
sentido y muerto, y en tiempos en que no se temía ni vivir, ni sentir, ni
morir. ¿Sabías que en 1632 había un molino en Copp’s Hill, y que la mitad de
las calles actuales fueron trazadas hacia 1650? Puedo mostrarte casas que
llevan en pie dos siglos y medio, e incluso más; casas que han presenciado lo
que bastaría para ver reducida a escombros una casa moderna. ¿Qué sabe el
hombre de hoy de la vida y de las fuerzas que se ocultan tras ellas? Para ti
los embrujos de Salem no pasan de una ilusión, pero me encantaría que mi
requetatarabuela pudiera contarte ciertas cosas. La ahorcaron en Gallows Hill,
bajo la mirada santurrona de Cotton Mather. Mather, ¡maldito sea su nombre!,
temía que alguien consiguiera escapar de esta detestable jaula de monotonía.
¡Ojalá alguien le hubiese hechizado o sorbido la sangre durante la noche!
»Puedo mostrarte una casa en
donde Mather vivió, y otra en la que temía entrar a pesar de todas sus
encantadoras baladronadas. Sabía cosas que no se atrevió a decir en aquel
estúpido Magnalia o el no menos pueril Maravillas del mundo invisible. ¿Sabías
que hubo un tiempo en que todo el North End estaba agujereado por túneles a
través de los cuales las casas de ciertas personas se comunicaban entre sí, y
con el camposanto y con el mar? ¡Mucho procesar y mucho perseguir a cielo
descubierto! Pero cada día sucedían cosas que no podían entender y de noche se
oían risas que no sabían de donde provenían.
»En ocho de cada diez casas
construidas antes de 1700, y sin tocar desde entonces, podría mostrarte algo
extraño en el sótano. Apenas pasa mes que no se oiga hablar de obreros que
descubren galerías y pozos cubiertos de ladrillos, que no conducen a parte
alguna, al derribar este o aquel edificio. Tuviste ocasión de ver uno cerca de
Henchman Street desde el ferrocarril elevado el año pasado. Allí había brujas y
lo que sus conjuros convocan; piratas y lo que ellos trajeron del mar;
contrabandistas, corsarios… y puedo asegurarte que en aquellos tiempos la gente
sabía cómo vivir y cómo ensanchar los confines de la vida. Este no era, sin
duda, el único mundo que le era dado conocer a un hombre inteligente y lleno de
arrojo ¡quía! Y pensar que hoy en cambio, los cerebros son tan inocuos que
hasta un club de supuestos artistas se estremece y sufre convulsiones si un
cuadro hiere los sentimientos de los contertulios de un salón de té de Beacon
Street.
»Lo único que salva al
presente es que su estupidez le impide cuestionar con sumo rigor el pasado.
¿Qué dicen en realidad los mapas, documentos y guías acerca del North End?
¡Bah! Tonterías. Así, a primera vista, me comprometo a llevarte a treinta o
cuarenta callejas y redes de callejuelas al norte de Prince Street, de cuya
existencia no sospechan ni diez seres vivos fuera de los extranjeros que
pululan por ellas. Y ¿qué saben de ellas esos hombres de facciones
mediterráneas? No, Thurber, esos antiguos lugares se encuentran en el mejor de
los sueños, rebosan de prodigios, terror y evasiones de lo manido, y no hay
alma humana que los comprenda ni sepa sacar partido de ellos. Mejor dicho, no
hay más que una… pues yo no me he puesto a escarbar en el pasado para nada.
»Escucha, a ti te interesan
estas cosas. ¿Y si te dijera que tengo otro estudio allí, donde puedo captar el
espíritu nocturno de antiguos horrores y pintar cosas en las que ni se me
hubiera ocurrido pensar en Newbury Street? Naturalmente, no voy a ir a contárselo
a esas condenadas mujerzuelas del club… empezando por Reid, ¡maldito sea., que
va por ahí diciendo cosas tales como que yo soy una especie de monstruo que
desciende por el tobogán de la evolución en sentido contrario. Sí, Thurber,
hace mucho que decidí que había que pintar el terror de la vida lo mismo que se
pinta su belleza, así que me puse a explorar en lugares donde tenía fundados
motivos para saber que en ellos el terror existía.
»Cogí un local que no creo
conozcan más de tres hombres nórdicos aparte de mí. No está muy lejos del
elevado, en cuanto a distancia se refiere, pero dista siglos por lo que al alma
respecta. Lo que me impulsó a cogerlo es el extraño y viejo pozo de ladrillo
que hay en el sótano, ya sabes, uno de esos sótanos de los que te he hablado.
El antro, pues no cabe otro calificativo, casi no se tiene en pie, por lo que a
nadie se le ocurriría vivir allí, y me avergonzaría decirte lo poco que pago
por él. Las ventanas están entabladas, pero lo prefiero así, pues para mi
trabajo no necesito la luz del día. Pinto en el sótano, donde la inspiración me
viene con más facilidad, pero tengo otras habitaciones amuebladas en la planta
baja. El dueño es un siciliano, y lo he alquilado bajo el nombre de Peters.
»Si te encuentras con
ánimos, te llevaré a verlo esta noche. Creo que te gustarán los cuadros pues,
como dije, en ellos he puesto lo mejor de mi expresión artística. El trayecto
hasta allí no es largo; a veces lo hago a pie, pues no quiero llamar la atención
con un taxi en semejante lugar. Podemos tomar el metro en South Station y bajar
en Battery Street. Desde allí no hay que andar mucho.
Bueno, Eliot, tras semejante
arenga lo único que podía hacer era resistir los deseos de correr en lugar de
andar en busca del primer taxi libre que saliera a nuestro encuentro. Después,
cogimos el elevado en South Station y hacia las doce ya habíamos bajado las
escaleras de Battery Street. Luego nos pusimos a andar a lo largo del viejo
muelle de Constitution Wharf. No me fijé en los cruces, por lo que no sabría
decirte dónde torcimos, pero puedo asegurarte que no fue en Greenough Lane.
Al torcer, subimos por un
desierto callejón de lo más antiguo y sucio que haya visto jamás, de tejados
desvencijados, con los cristales de las ventanas rotos y arcaicas chimeneas
medio derruidas que se destacaban contra la luz de la luna. No creo que hubiera
siquiera tres casas en todo lo que abarcaba la vista que no estuvieran ya
levantadas en tiempos de Cotton Mather; cuando menos, divisaba dos con un
voladizo, y en cierta ocasión me pareció ver una hilera de tejados con el ya
casi olvidado estilo holandés, aunque los anticuarios dicen que ya no queda ni
uno solo en Boston.
Al salir de aquel apenas
iluminado callejón, torcimos a la izquierda adentrándonos en otro igualmente
silencioso y aún más estrecho, sin la menor luz, y en un instante me pareció
que doblábamos una curva en ángulo obtuso siguiendo hacia la derecha. Al cabo
de un rato Pickman sacó una linterna y la enfocó hacia una puerta antediluviana
de diez paneles, espeluznantemente roída por la carcoma. Tras abrirla, mi
anfitrión me condujo hasta un vestíbulo vacío en donde en otro tiempo debió
haber un magnífico artesonado de roble oscuro, sencillo, desde luego, pero
patéticamente evocador de los tiempos de Andros, Phipps y la brujería. A
continuación, me hizo traspasar una puerta que había a la izquierda, encendió
una lámpara de petróleo y me dijo que me acomodara como si me encontrase en mi
propia casa.
Bueno, Eliot, soy uno de
esos tipos a los que el hombre de la calle llama con toda justicia «duro», pero
confieso que lo que vi en las paredes de aquella habitación me hizo pasar un
mal rato. Eran los cuadros de Pickman, ya sabes a los que me refiero -aquellos
que no podía pintar en Newbury Street y ni siquiera le dejaron exponerlos allí-
y tenía toda la razón cuando dijo que «se le había ido la mano». Bueno, será
mejor que echemos otro trago; lo necesito para contar lo que sigue.
Sería inútil tratar de
describirte aquellos cuadros, pues el más horroroso y diabólico horror, la más
increíble repulsión y hediondez moral se desprendían de simples pinceladas
imposibles de traducir en palabras. No había nada en ellos de la técnica exótica
característica de Sidney Sime, nada de los paisajes transplanetarios ni de los
hongos lunares con los que Clark Ashton Smith nos hiela la sangre. Los
trasfondos eran en su mayoría antiguos cementerios, bosques frondosos,
arrecifes marinos, túneles de ladrillo, antiguas estancias artesonadas o
simples criptas de mampostería. El camposanto de Copp’s Hill, apenas a unas
manzanas de la casa, era uno de sus escenarios favoritos.
La demencia y la
monstruosidad podían apreciarse en las figuras que se veían en primer término,
pues en el morboso arte de Pickman predominaba el retrato demoníaco. Rara vez
aquellas figuras eran completamente humanas, aunque con frecuencia se acercaban
en diverso grado a lo humano. La mayoría de los cuerpos, si bien toscamente
bípedos, tenían una tendencia a inclinarse hacia delante y un cierto aire
canino. La textura de muchos de ellos era de una aspereza bastante desagradable
al tacto. ¡Parece como si los estuviera viendo! Se ocupaban en… bueno, no me
pidas que entre en detalles. Por lo general estaban comiendo… pero será mejor
que no diga qué. A veces los mostraba en grupos en cementerios o pasadizos
subterráneos, y a menudo aparecían luchando por la presa o, mejor dicho, el
tesoro descubierto. ¡Y qué expresividad tan genuinamente diabólica sabía en
ocasiones infundir Pickman a los ciegos rostros de tan macabro botín! De cuando
en cuando se les veía saltando en plena noche desde ventanas abiertas, o agazapados
sobre el pecho de algún durmiente, al acecho de su garganta. En un lienzo se
veía a un grupo de ellos aullando alrededor de una bruja ahorcada en Gallows
Hill, cuyas demacradas facciones guardaban un extraordinario parecido con las
de aquellos seres.
Pero no creas que fueron
aquellas horripilantes escenas lo que me hizo perder el sentido. No soy un niño
de tres años y no es, ni mucho menos, la primera vez que veo cosas así. Eran
los rostros, Eliot, aquellos endiablados rostros que miraban de soslayo y
parecían querer salir del lienzo como si se les hubiese inspirado un aliento
vital. ¡Dios mío, juraría que estaban vivos! Aquella bruja nauseabunda que se
veía en el lienzo había despertado los fuegos del averno y su escoba era una
varita de sembrar pesadillas. ¡Pásame la garrafa, Eliot!
Había algo llamado «La
lección»… ¡Santo cielo, en mala hora lo vería! Escucha, ¡te imaginas un círculo
de inefables seres de aspecto canino agazapados en un cementerio enseñando a un
niño a comer según su usanza? El coste de una presa producto de una suplantación
supongo… Ya sabes, el viejo mito de esos extraños seres que dejan sus vástagos
en la cuna en sustitución de las criaturas humanas que arrebatan. Pickman
mostraba en el cuadro lo que les depara la fortuna a los niños así arrebatados,
cómo crecen… cuando justo entonces comencé a ver la espantosa afinidad que
había entre los rostros de las figuras humanas y las no humanas. Por medio de
aquellas gradaciones de morbosidad entre lo resueltamente no humano y lo
degradadamente humano trataba de establecer un sardónico nexo evolutivo: ¡los
seres caninos procedían de los mortales!
Y apenas acababa de
inquirirme qué hacía con las crías que quedaban con los seres humanos a modo de
trueque, cuando mi mirada tropezó con un cuadro que representaba a la
perfección dicha idea. Se trataba de un antiguo interior puritano: una estancia
de gruesas vigas con ventanas de celosía, un largo banco y un mobiliario del
siglo XVII de estilo bastante tosco, con la familia sentada en torno al padre
mientras éste leía las Escrituras. Todos los rostros, salvo uno, mostraban
nobleza y veneración, pero ese uno reflejaba la burla del averno. Era el rostro
de un varón de edad juvenil, sin duda pertenecía a un supuesto hijo de aquel
piadoso padre, pero en realidad era de la parentela de los seres impuros. Era
el niño suplantado… y, en un rasgo de suprema ironía, Pickman había pintado las
facciones de aquel adolescente de forma que guardaban un extraordinario
parecido con las suyas.
Para entonces, Pickman había
encendido ya una lámpara en una habitación contigua y, cortésmente, abrió la
puerta para que pasara yo, al tiempo que me preguntaba si quería ver sus
«estudios modernos». Me había sido imposible darle a conocer muchas de mis opiniones
-el espanto y la repugnancia que se apoderaron de mí me dejaron sin habla-,
pero creo que comprendió perfectamente cuáles eran mis sensaciones y se sintió
muy halagado. Y ahora quiero que quede bien claro una vez más, Eliot, que no
soy uno de esos alfeñiques que se lanzan a gritar en cuanto ven algo que se
aparta lo más mínimo de lo habitual. Me considero un hombre maduro y con algo
de mundo, y supongo que con lo que viste de mí en Francia te basta para saber
que no soy un tipo fácilmente impresionable. Ten presente, por otro lado, que
acababa de recobrar el aliento y de empezar a familiarizarme con aquellos
horribles cuadros que hacían de la Nueva Inglaterra colonial una especie de
antesala del infierno. Pues bien, a pesar de todo ello, la habitación contigua
me arrancó un angustioso grito de la garganta, y tuve que agarrarme al vano de
la puerta para no desfallecer. En la otra estancia había un sinfín de engendros
y brujas invadiendo el mundo de nuestros antepasados, pero lo que había en ésta
nos traía el horror a las puertas mismas de nuestra vida cotidiana.
¡Dios mío, qué cosas pintaba
aquel hombre! Uno de los lienzos se llamaba «Accidente en el metro», y en él un
tropel de abominables seres surgían de alguna ignota catacumba a través de una
grieta abierta en el suelo de la estación de metro de Boylston Street y se
lanzaban sobre la multitud que esperaba en el andén. Otro mostraba un baile en
Copp’s Hill en medio de las tumbas, sobre un fondo actual. También había unas
cuantas vistas de sótanos, con monstruos que se deslizaban furtivamente a
través de agujeros y hendiduras abiertos en la mampostería, haciendo siniestras
muecas mientras permanecían agazapados tras barriles o calderas y aguardaban a
que su primera víctima descendiera por la escalera.
Un horrible lienzo parecía
recoger una amplia muestra representativa de Beacon Hill, con multitudinarios
ejércitos de los mefíticos monstruos surgiendo de los escondrijos que
acribillaban el suelo. Había asimismo tratamientos libérrimos de bailes en los cementerios
modernos, pero lo que me impresionó más que nada fue una escena en una ignota
cripta, en donde multitud de fieras se apelotonaban en turno a una de ellas que
sostenía entre las manos y leía en voz alta una conocida guía de Boston. Todas
las fieras apuntaban a un determinado pasaje, y todos los rostros parecían
contraídos con una risa tan epiléptica y reverberante que creí incluso oír su
diabólico eco. El título del cuadro era «Holmes, Lowell y Longfellow yacen
enterrados en Mount Auburn».
A medida que recobraba el
ánimo y me iba acostumbrando a aquella segunda estancia de arte diabólico y
morboso, me puse a analizar algunos aspectos de la repugnancia y aversión que
me inspiraba todo aquello. En primer lugar, me dije a mí mismo, aquellos seres
me asqueaban porque no eran sino la más fiel muestra de la total falta de
humanidad e insensible crueldad de Pickman. Semejante personaje debía ser un
implacable enemigo de todo el género humano a tenor del regocijo que mostraba
por la tortura carnal y espiritual y la degradación del cuerpo humano. En
segundo lugar, lo que me producía pavor en aquellos cuadros era precisamente su
grandeza. Aquel arte era un arte que convencía: al mirar los cuadros veíamos a
los demonios en persona y nos inspiraban miedo. Y lo extraño del caso era que
la subyugante fuerza de Pickman no provenía de una selectividad previa o del
cultivo de lo extravagante. En sus cuadros no había nada de difuso, de
distorsionado ni de convencional; los perfiles estaban bien definidos, y los detalles
eran precisos hasta rayar en lo deplorable. ¡Y qué decir de los rostros!
Lo que allí se veía era algo
más que la simple interpretación de un artista; era el mismo infierno,
retratado cristalinamente y con la más absoluta fidelidad. Eso es justo lo que
era, ¡cielos! Aquel hombre no tenía nada de imaginativo ni de romántico. Ni
siquiera trataba de ofrecernos las agitadas y multidimensionales instantáneas
que nos asaltan en los sueños sino que fría y sardónicamente reflejaba un mundo
de horror estable, mecanicista y bien organizado, que él veía plena, brillante,
firme y resueltamente. Sólo Dios sabe lo que podría ser ese mundo o dónde llegó
a vislumbrar Pickman las sacrílegas formas que trotaban, brincaban y se
arrastraban por él. Pero, cualquiera que fuese la increíble fuente en que se
inspirasen sus imágenes, una cosa estaba fuera de duda: Pickman era, en todos
los sentidos -tanto a la hora de concebir como de ejecutar-, un concienzudo y
casi científico pintor realista.
A continuación bajé tras mi
anfitrión a su estudio en el sótano, y me preparé para el asalto de algo
diabólico entre aquellos lienzos sin terminar. Cuando llegamos al final de la
escalera impregnada de humedad, Pickman enfocó la linterna hacia un rincón del
enorme espacio que se abría ante nosotros, iluminando el brocal circular de
ladrillo de lo que debía ser un gran pozo excavado en el terroso suelo. Nos
acercamos y vi que el orificio medía aproximadamente un metro y medio de
diámetro, con paredes que tendrían un pie de grosor, y estaba unas seis
pulgadas por encima del nivel del suelo, una sólida construcción del siglo
XVII, si no me equivocaba. Aquello, decía Pickman, era un buen ejemplo de lo
que había estado hablando antes: una abertura de la red de túneles que discurrían
bajo la colina. Observé distraídamente que el pozo no estaba recubierto de
ladrillo, y que por toda cubierta tenía un pesado disco de madera. Pensando en
todas las cosas a las que el pozo podía hallarse conectado si las descabelladas
ideas de Pickman eran algo más que mera retórica, un escalofrío me recorrió el
cuerpo. Luego, siempre yo detrás de él, subimos un escalón y atravesamos una
estrecha puerta que daba a una amplia estancia, con un suelo entarimado y
amueblada como si fuese un estudio. Una instalación de gas acetileno
suministraba la luz necesaria para poder trabajar.
Los cuadros sin acabar,
montados en caballetes o apoyados contra la pared, eran tan espeluznantes como
los que había visto en el piso de arriba, y constituían una buena prueba de la
meticulosidad con que trabajaba el artista. Las escenas estaban esbozadas con
sumo cuidado, y las líneas trazadas a lápiz hablaban por sí solas de la prolija
minuciosidad de Pickman al tratar de conseguir la perspectiva y proporciones
exactas. Era todo un gran pintor, y sigo sosteniéndolo hoy aun con todo lo que
sé. Una gran cámara fotográfica que había encima de una mesa me llamó la
atención, y al inquirirle acerca de ella Pickman me dijo que la utilizaba para
tomar escenas que le sirvieran luego para el fondo de sus cuadros, pues así
podía pintar a partir de fotografías sin tener que salir del estudio en lugar
de ir cargado con su equipo por toda la ciudad en busca de esta o aquella
vista. A juicio suyo, las fotografías eran tan buenas como cualquier escena o
modelo reales para trabajos de larga duración, y, según dijo, las empleaba
habitualmente.
Había algo muy desapacible
en los nauseabundos bocetos y en las monstruosidades a medio terminar que
echaban torvas miradas desde cualquier ángulo de la estancia, y cuando Pickman
descubrió súbitamente un gran lienzo que se encontraba lejos de la luz no pude
evitar que se me escapara un estruendoso grito, el segundo que profería aquella
noche. Resonó una y otra vez a través de las mortecinas bóvedas de aquel
antiguo y salitroso sótano, y tuve que realizar un tremendo esfuerzo para
contener una histérica carcajada. ¡Dios misericordioso! Eliot, no sé cuánto
había de real y cuánto de febril fantasía en todo aquello. ¡Jamás podría
imaginarme semejante sueño!
El cuadro representaba un
colosal e indescriptible monstruo de centelleantes ojos rojos, que tenía entre
sus huesudas garras algo que debió haber sido un hombre, y le roía la cabeza
como un chiquillo chupa un pirulí. Estaba en cuclillas, y al mirarle parecía
como si en cualquier momento fuera a soltar su presa en busca de un bocado
jugoso. Pero, ¡maldición!, la causa de aquel pánico atroz no era ni mucho menos
aquella diabólica figura, ni aquel rostro perruno de orejas puntiagudas, ojos
inyectados en sangre, nariz chata y labios babeantes. No eran tampoco aquellas
garras cubiertas de escamas, ni el cuerpo recubierto de moho, ni los pies
semiungulados… no, no era nada de eso, aunque habría bastado cualquiera de
tales notas para volver loco al hombre más pintado.
Era la técnica, Eliot;
aquella maldita, implacable y desnaturalizada técnica. Puedo jurar que jamás
había visto plasmado en un lienzo el aliento vital de forma tan real. El
monstruo estaba presente allí -lanzaba feroces miradas, roía y lanzaba feroces
miradas-, y entonces pude comprender que sólo una suspensión de las leyes de la
naturaleza podía llevar a un hombre a pintar semejantes seres sin contar con un
modelo, sin haberse asomado a ese mundo inferior que a ningún mortal no vendido
al diablo le ha sido dado ver.
Prendido con una chincheta a
una parte sin pintar del lienzo había un trozo de papel muy arrugado;
probablemente, pensé, sería una de esas fotografías de las que se sirve Pickman
para pintar un trasfondo no menos horroroso que la pesadilla que se destacaba
sobre él. Alargué el brazo para estirarlo y ver de qué se trataba, cuando de
repente Pickman dio un respingo como si le hubieran pinchado. Había estado
escuchando con suma atención desde que mi grito de pavor despertó insólitos
ecos en el oscuro sótano, y ahora parecía estar poseído de un miedo que, si
bien no podía compararse con el mío, tenía un origen más físico que espiritual.
Sacó un revólver y me hizo un gesto para que me callara, tras lo cual se
encaminó al sótano principal y cerró la puerta detrás suyo.
Creo que me quedé paralizado
por unos instantes. A semejanza de Pickman agucé el oído, y me pareció oír el
leve sonido de alguien que correteaba, seguido de unos alaridos o golpes en una
dirección que no sabría decir. Pensé en gigantescas ratas y sentí que un
escalofrío me recorría todo el cuerpo. Luego se oyó un amortiguado estruendo
que me puso la carne de gallina; un sigiloso y vacilante estruendo, aunque no
sé cómo expresarlo en palabras. Parecía como si un gran madero hubiese caído
encima de una superficie de piedra o ladrillo. Madera sobre ladrillo, ¿me
sugería algo aquello?
Volvió a oírse el ruido,
esta vez más fuerte, seguido de una vibración como si el cuadro cayera ahora
más lejos. A continuación, se oyó un sonido chirriante y agudo, a Pickman
farfullando algo en voz alta y la atronadora descarga de las seis recámaras de
un revólver, disparadas espectacularmente tal como lo haría un domador de
leones para impresionar al público. A renglón seguido, un chillido o graznido
amortiguado, y un fuerte batacazo. Luego, más chirridos producidos por la
madera y el ladrillo, seguidos de una pausa y de la apertura de la puerta,
sonido éste que me produjo, lo confieso, un violento sobresalto. Pickman
reapareció con su arma aún humeante al tiempo que imprecaba a las abotagadas
ratas que infestaban el antiguo pozo.
–El diablo sabrá lo que
comen, Thurber -dijo esbozando una irónica sonrisa-, pues esos arcaicos túneles
comunican con cementerios, guaridas de brujas y llegan hasta el mismo litoral.
Pero sea lo que sea, han debido quedarse sin provisiones, pues estaban rabiosas
por salir. Tus gritos debieron excitarlas. Lo mejor será andar con cuidado por
estos parajes. Nuestros amigos roedores son el mayor inconveniente, aunque a
veces pienso que con ellos se consigue crear una cierta atmósfera y colorido.
Bueno, Eliot, aquel fue el
final de la aventura nocturna. Pickman me había prometido enseñarme el lugar, y
bien sabe Dios que lo hizo. Me sacó de aquella maraña de callejas por otra
dirección al parecer, pues cuando vimos la luz de una farola nos hallábamos en
una calle que me resultaba familiar, con monótonas hileras de bloques de pisos
y viejas casas entremezcladas. Aquella calle no era otra que Charter Street,
pero yo me encontraba demasiado agitado como para poder advertirlo. Era ya
demasiado tarde para tomar el elevado, así que volvimos andando a lo largo de
Hannover Street. Recuerdo muy bien el paseo. Dimos la vuelta en Tremont y, tras
subir por Beacon, llegamos a la esquina de Joy, en donde nos separamos. Desde
entonces no hemos vuelto a vernos más.
¿Por qué dejé de ver a
Pickman? No seas impaciente. Espera que llame para que nos traigan café, pues
ya hemos tomado bastante de lo otro, y al menos yo necesito beber algo. No… no
eran los cuadros que vi en aquel lugar; aunque juraría que bastaría con ellos
para que a Pickman no le permitieran el acceso en nueve de cada diez hogares y
clubs de Boston. Supongo que ahora comprenderás por qué evito por todos los
medios bajar a metros o sótanos. Fue… fue algo que encontré en mi abrigo a la
mañana siguiente. Me refiero al arrugado papel prendido a aquel horripilante
lienzo del sótano, aquello que tomé por una fotografía de alguna vista que
Pickman pretendía reproducir a manera de trasfondo para el monstruo. El último
respingo de Pickman se produjo justo cuando iba a desenrollar el papel, y, al
parecer; me lo metí distraídamente en el bolsillo. Pero, bueno, aquí está el
café. Te aconsejo que lo tomes puro, Eliot.
Sí, a aquel papel se debió
el que no volviera a ver más a Pickman. Richard Upton Pickman, el artista más
dotado que he conocido… y el más execrable ser que haya traspasado jamás los
límites de la vida para abismarse en las simas del mito y la locura. El viejo
Reid tenía razón, Eliot. no puede decirse que Pickman fuera humano
estrictamente hablando. O bien nació bajo una influencia maligna, o dio con la
forma de abrir la puerta prohibida. Ya da lo mismo, pues desapareció… volvió a
abismarse en esa increíble oscuridad que él tanto gustaba frecuentar. Será
mejor que encendamos el candelabro.
No me pidas que te explique,
o siquiera conjeture, qué es lo que quemé. Tampoco me preguntes qué había tras
esa especie de topo gateador que tan bien se las arregló Pickman para hacer
pasar por ratas. Hay secretos que pueden proceder de los viejos tiempos de
Salem, y Cotton Mather cuenta cosas aún más extrañas. Bien sabes tú cuán
endiabladamente expresivos eran los cuadros de Pickman, cómo todos nos
preguntamos más de una vez de dónde podía sacar aquellos rostros.
Bueno… después de todo,
aquel papel no era la fotografía de una perspectiva. En él se veía únicamente
el ser monstruoso que estaba pintando en aquel horrible lienzo. Era el modelo
en que se inspiraba… y el trasfondo no era sino la pared del estudio del sótano
pintada con todo lujo de detalle. Por el amor de Dios, Eliot, aquella era una
fotografía tomada del natural.
EL EXTRAÑO
Desdichado aquel a quien sus
recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve
la mirada hacia horas solitarias en vastos y lúgubres recintos de cortinajes
marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas
vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de
enredaderas, que agitan silenciosamente en as alturas sus ramas retorcidas. Tal
es lo que los dioses me destinaron, a mí, el aturdido, el frustrado, el
estéril, el arruinado, y sin embargo me siento extrañamente satisfecho y me
aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente
amenaza con ir más allá, hacia el otro lado.
No sé donde nací, salvo que
el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos
cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de
los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas, y por doquier se
percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas.
Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas
fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas
terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una
torre negra sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero
estaba casi en ruinas, y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro
poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en
ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a
mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo
mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos
todos.
Supongo que, quien quiera
que me haya cuidado, debió haber sido increíblemente viejo, puesto que mi
primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a
mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían
nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de las
paredes de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía
asociaba esas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las
figuras en colores de los seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En
esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no
recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni siquiera la mía;
ya que si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió
hablar en voz alta. Mi aspecto era así mismo una cuestión ajena a mi mente, ya
que no había espejo en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un
ser semejante a las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los
libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el
pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras
soñando en lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes
alegres, en el mundo soleado de allende la floresta interminable. Una vez más
traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las
sombras se hacían más densas, y el aire más impregnado de crecientes temores,
de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a
extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.
Y así, a través de
crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en
mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude
permanecer inactivo, y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre
en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e
ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era
vislumbrar un instante de cielo y perecer que vivir sin haber contemplado jamás
el día.
A la húmeda luz crepuscular
subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se
interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeños entrantes donde
apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era
aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario,
siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aun
era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me
envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado,
me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y
de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo…
Antojóseme que la noche
había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del
antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia fuera y arriba y calcular
a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una
espantosa e interminable ascensión, a ciegas por aquel precipicio cóncavo y
desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía
haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano
libre y, en la oscuridad, palpé el obstáculo, descubriendo que era de piedra
inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier
soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano,
tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha
hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas
manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna, y a medida que mis
manos iban más y más alto, supe que mi ascensión había terminado, ya que la
puerta daba a un a abertura que conducía a una superficie de piedra de mayor
circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y
espaciosa cámara de observación. Me deslicé silenciosamente del recinto, tratando
de que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento.
Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su
caída, pero con todo, tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese
necesario.
Creyéndome ya a una altura
prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé
fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana, que me permitiese
mirar por primera vez el cielo, y esa luna y esas estrellas sobre las que había
leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron
amplias estanterías de mármol, cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de
inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños
secretos podía albergar aquel recinto construido a tan inmensa distancia del
castillo. De pronto mis manos tropezaron con el marco de una puerta, del cual
colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas
incisiones que le cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo
esfuerzo, superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro.
Hecho esto, invadióme el
éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y
en el extremo de una corta escalinata que ascendía desde la puerta recién
descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor, estaba la luna llena,
a la que nunca había visto antes salvo en sueños y vagas visiones que no me
atrevería a llamar recuerdos.
Seguro que ahora había
alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me
separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la una, haciéndome tropezar, y
en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro
cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadosos examen, pero que
no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que
había escalado. Luego, volvió a salir la luna.
De todos los impactos
imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y lo grotescamente
inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse con el terror de lo
que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo
implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía
meramente en esto: luego de una impresionante perspectiva de copas de árboles,
vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de
la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos
por medio de lajas de mármol y columnas y sombreada por una antigua iglesia de
piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente abrí la
verja y avancé por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones.
Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese anhelo de
luz, y ni siquiera el pasmoso descubrimiento de antes podía detenerme. No
sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero
estaba resuelto a ir en pos de la luminosidad y la alegría a toda costa… no
sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito o mis circunstancias;
sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí
una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo
fortuito. Pasada la zona de lajas y columnas, traspuse una arcada y eché a
andar sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el
camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, en las
praderas en las que solo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en
tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a
nado un rápido río cuya restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un
puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habrían transcurrido más de
dos horas cuando de repente llegué a lo que verdaderamente era mi meta: un
castillo venerable, cubierto de hiedra, enclavado en un parque de espesa
arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo, lleno de intrigantes
novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que
yo conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que
confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite,
fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad que enviaban
al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una
de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que
departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído voz humana, apenas sí
podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que
despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me
introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente
saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La
pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más
aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de
cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un súbito e inesperado
pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de
todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en
medio del griterío y del pánico, varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados
por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos, y
corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose
con las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas
puertas.
Solo y aturdido en el
brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos
espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me
acechaba sin que yo lo viera. A primera vista parecía vacío, pero cuando me
dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia, un amago de movimiento
del otro lado de un arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la
primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia
con mayor nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití, un
aullido que me repugnó casi tanto como su morbosa causa, contemplé en toda su
horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inarrenable monstruo que,
por obra de su mera aparición, habría convertido una alegre reunión en una
horda de delirantes fugitivos.
No puedo decir siquiera
aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es
impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica
sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de
lo dañino: la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería
ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había
dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus
rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una lejana y repulsiva
reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una
indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero
no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación; un tropezón
hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo
sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos
que los miraban fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto
tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y
disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por
entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue lo suficiente como para
alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos adelante para no caer. Al
hacerlo, adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa,
cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que
enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida
imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis manos tocaron la
extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los
satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a
la vez que dejaron caer sobre mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese instante todo lo
ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; y
reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí lo más terrible, la impía
abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de
los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el
bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror
de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se
desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños salí de aquel
edificio fantasmal, y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente bajo la
luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo y descendí los peldaños,, encontré
que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había
llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los
fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego
entre las catacumbas de Nefren-Ka, en el desconocido y recóndito valle de
Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la
luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo
las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mí
nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha
dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo
y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis
dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que
extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.
EL DEMONIO DE LA
PESTE
Jamás olvidaré aquel
espantoso verano, hace dieciséis años, en que, como un demonio maligno de las
moradas de Eblis, se propagó el tifus solapadamente por toda Arkham.
Muchos recuerdan ese año por
dicho azote satánico, ya que un auténtico terror se cernió con membranosas alas
sobre los ataúdes amontonados en el cementerio de la Iglesia de Cristo; sin
embargo, hay un horror mayor aún que data de esa época: un horror que sólo yo
conozco, ahora que Herbert West ya no está en este mundo.
West y yo hacíamos trabajos
de postgraduación en el curso de verano de la Facultad de Medicina de la
Universidad Miskatonic, y mi amigo había adquirido gran notoriedad debido a sus
experimentos encaminados a la revivificación de los muertos. Tras la matanza
científica de innumerables bestezuelas, la monstruosa labor quedó suspendida
aparentemente por orden de nuestro escéptico decano, el doctor Allan Halsey;
pero West había seguido realizando ciertas pruebas secretas en la sórdida
pensión donde vivía, y en una terrible e inolvidable ocasión se había apoderado
de un cuerpo humano de la fosa común, transportándolo a una granja situada a
otro lado de Meadow Hill. Yo estuve con él en aquella ocasión, y le vi inyectar
en las venas exánimes el elixir que según él, restablecería en cierto modo los
procesos químicos y físicos. El experimento había terminado horriblemente en un
delirio de terror que poco a poco llegamos a atribuir a nuestros nervios
sobreexcitados, West ya no fue capaz de librarse de la enloquecedora sensación
de que le seguían y perseguían. El cadáver no estaba lo bastante fresco; es
evidente que para restablecer las condiciones mentales normales el cadáver debe
ser verdaderamente fresco; por otra parte, el incendio de la vieja casa nos
había impedido enterrar el ejemplar. Habría sido preferible tener la seguridad
de que estaba bajo tierra.
Después de esa experiencia,
West abandonó sus investigaciones durante algún tiempo: pero lentamente recobró
su celo de científico nato, y volvió a importunar a los profesores de la
Facultad pidiéndoles permiso para hacer uso de la sala de disección y ejemplares
humanos frescos para el trabajo que él consideraba tan tremendamente
importante. Pero sus súplicas fueron completamente inútiles, ya que la decisión
del doctor Halsey fue inflexible, y todos los demás profesores apoyaron el
veredicto de su superior. En la teoría fundamental de la reanimación no veían
sino extravagancias inmaduras de un joven entusiasta cuyo cuerpo delgado,
cabello amarillo, ojos azules y miopes, y suave voz no hacían sospechar el
poder supranomal "casi diabólico" del cerebro que albergaba en su
interior. Aún le veo como era entonces y me estremezco.
Su cara se volvió más
severa, aunque no más vieja. Y ahora Sefton carga con la desgracia, y West ha
desaparecido.
West chocó desagradablemente
con el Doctor Halsey casi al final de nuestro ultimo año de carrera, en una
disputa que le reportó menos prestigio a él que al bondadoso decano en lo que a
cortesía se refiere. Afirmaba que este hombre se mostraba innecesariamente e
irracionalmente grande; una obra que deseaba comenzar mientras tenía la
oportunidad de disponer de las excepcionales instalaciones de la facultad. El
que los profesores, apegados a la tradición ignorasen los singulares resultados
tenidos en animales, y persistiesen en negar la posibilidad de reanimación, era
indeciblemente indignante, y casi incomprensibles para un joven del
temperamento lógico de West. Sólo una mayor madurez podía ayudarle a entender
las limitaciones mentales crónicas del tipo "doctorprofesor",
producto de generaciones de puritanos mediocres, bondadosos, conscientes,
afables, y corteses, a veces, pero siempre rígidos, intolerantes, esclavos de
las costumbres y carentes de perspectivas. El tiempo es más caritativo con
estas personas incompletas aunque de alma grande, cuyo defecto fundamental, en
realidad, es la timidez, y las cuales reciben finalmente el castigo de la
irrisión general por sus pecados intelectuales: su ptolemismo, su calvinismo,
su antidarwinismo, su antinietzaheísmo, y por toda clase de sabbatarinanismo y
leyes suntuarias que practican. West, joven a pesar de sus maravillosos
conocimientos científicos, tenía escasa paciencia con el buen doctor Halsey y
sus eruditos colegas, y alimentaba un rencor cada vez más grande, acompañado de
un deseo de demostrar la veracidad de sus teorías a estas obtusas dignidades de
alguna forma impresionante y dramática. Y como la mayoría de los jóvenes, se
entregaban a complicados sueños de venganza, de triunfo y de magnánima
indulgencia final. Y entonces había surgido el azote, sarcástico y letal, de
las cavernas pesadillescas del Tártaro. West y yo nos habíamos graduado cuando
empezó, aunque seguíamos en la Facultad, realizando un trabajo adicional del
curso de verano, de forma que aún estábamos en Arkham cuando se desató con
furia demoníaca en toda la ciudad.
Aunque todavía no estábamos
autorizados para ejercer, teníamos nuestro título, y nos vimos frenéticamente
requeridos a incorporarnos al servicio público, al aumentar él número de los
afectados. La situación se hizo casi incontrolable, y las defunciones se
producían con demasiada frecuencia para que las empresas funerarias de la
localidad pudieran ocuparse satisfactoriamente de ellas. Los entierros se
efectuaban en rápida sucesión, sin preparación alguna, y hasta el cementerio de
la Iglesia de Cristo estaba atestado de ataúdes de muertos sin embalsamar. Esta
circunstancia no dejó de tener su efecto en West, que a menudo pensaba en la
ironía de la situación: tantísimos ejemplares frescos, y sin embargo, ¡ninguno
servía para sus investigaciones!. Estábamos tremendamente abrumados de trabajo,
y una terrible tensión mental y nerviosa sumía a mi amigo en morbosas
reflexiones. Pero los afables enemigos de West no estaban enfrascados en
agobiantes deberes. La facultad había sido cerrada, y todos los doctores adscritos
a ella colaboraban en la lucha contra la epidemia de tifus. El doctor Halsey,
sobre todo, se distinguía por su abnegación, dedicando toda su enorme
capacidad, con sincera energía, a los casos que muchos otros evitaban por el
riesgo que representaban, o por juzgarlos desesperados. Antes de terminar el
mes, el valeroso decano se había convertido en héroe popular aunque él no
parecía tener conciencia de su fama, y se esforzaba en evitar el
desmoronamiento por cansancio físico y agotamiento nervioso.
West no podía por menos de
admirar la fortaleza de su enemigo; pero precisamente por esto estaba más
decidido aún a demostrarle la verdad de sus asombrosas teorías. Una noche,
aprovechando la desorganización que reinaba en el trabajo de la Facultad y las
normas sanitarias municipales, se las arregló para introducir camufladamente el
cuerpo de un recién fallecido en la sala de disección, y le inyectó en mi
presencia una nueva variante de su solución. El cadáver abrió efectivamente los
ojos, aunque se limitó a fijarlos en el techo con expresión de paralizado
horror, antes de caer en una inercia de la que nada fue capaz de sacarle, West
dijo que no era suficientemente fresco; el aire caliente del verano no
beneficia los cadáveres. Esa vez estuvieron a punto de sorprendernos antes de
incinerar los despojos, y West no consideró aconsejable repetir esta
utilización indebida del laboratorio de la facultad.
El apogeo de la epidemia
tuvo lugar en agosto. West y yo estuvimos a punto de sucumbir en cuanto al
doctor Halsey falleció el día catorce. Todos los estudiantes asistieron a su
precipitado funeral el día quince, y compraron una impresionante corona, aunque
casi la ahogaban los testimonios enviados por los ciudadanos acomodados de
Arkham y las propias autoridades del municipio. Fue casi un acontecimiento
público, dado que el decano había sido un verdadero benefactor para la ciudad.
Después del sepelio, nos quedamos bastantes deprimidos, y pasamos la tarde en
el bar de la Comercial House, donde West, aunque afectado por la muerte de su
principal adversario, nos hizo estremecer a todos hablándonos de sus notables
teorías. Al oscurecerse, la mayoría de los estudiantes regresaron a sus casas o
se incorporaron a sus diversas publicaciones; pero West me convenció para que
le ayudase a "sacar partida de la noche". La patrona de West nos vio
entrar en la habitación alrededor de las dos de la madrugada, acompañados de un
tercer hombre, y le contó a su marido que se notaba que habíamos cenado y
bebido demasiado bien. Aparentemente, la avinagrada patrona tenía razón; pues
hacia las tres, la casa entera se despertó con los gritos procedentes de la
habitación de West, cuya puerta tuvieron que echar abajo para encontrarnos a
los dos inconscientes, tendidos en la alfombra manchada de sangre, golpeados,
arañados y magullados, con trozos de frascos e instrumentos esparcidos a
nuestro alrededor. Sólo la ventana abierta revelaba que había sido de nuestro
asaltante, y muchos se preguntaron qué le habría ocurrido, después del tremendo
salto que tuvo que dar desde el segundo piso al césped. Encontraron ciertas
ropas extrañas en la habitación, pero cuando West volvió en sí, explicó que no
pertenecían al desconocido, sino que eran muestras recogidas para su análisis
bacteriológico, lo cual formaba parte de sus investigaciones sobre la
transmisión de enfermedades infecciosas. Ordenó que las quemasen inmediatamente
en la amplia chimenea. Ante la policía, declaramos ignorar por completo la
identidad del hombre que había estado con nosotros. West explicó con
nerviosismo que se trataba de un extranjero afable al que habíamos conocido en
un bar de la ciudad que no recordábamos. Habíamos pasado un rato algo alegres y
West y yo no queríamos que detuviesen a nuestro belicoso compañero.
Esa misma noche presenciamos
el comienzo del segundo horror de Arkham; horror que, para mí, iba a eclipsar a
la misma epidemia. El cementerio de la iglesia de Cristo fue escenario de un
horrible asesinato; un vigilante había muerto a arañazos, no sólo de manera
indescriptiblemente espantosa, sino que había dudas de que el agresor fuese un
ser humano. La víctima había sido vista con vida bastante después de la
medianoche, descubriéndose el incalificable hecho al amanecer. Se interrogó al
director de un circo instalado en el vecino pueblo de Bolton, pero este juró
que ninguno de sus animales se había escapado de su jaula. Quienes encontraron
el cadáver observaron un rastro de sangre que conducía a la tumba reciente, en
cuyo cemento había un pequeño charco rojo, justo delante de la entrada. Otro
rastro más pequeño se alejaba en dirección al bosque; pero se perdía enseguida.
A la noche siguiente, los
demonios danzaron sobre los tejados de Arkham, y una desenfrenada locura aulló
en el viento. Por la enfebrecida ciudad anduvo suelta una maldición, de la que
unos dijeron que era más grande que la peste, y otros murmuraban que era el
espíritu encarnado del mismo mal. Un ser abominable penetró en ocho casas
sembrando la muerte roja a su paso… dejando atrás el mudo y sádico monstruo un
total de diecisiete cadáveres, y huyendo después. Algunas personas que llegaron
a verle en la oscuridad dijeron que era blanco y como un mono malformado o
monstruo antropomorfo. No había dejado entero a nadie de cuantos había atacado,
ya que a veces había sentido hambre. El número de víctimas ascendía a catorce;
a las otras tres las había encontrado ya muertas al irrumpir en sus casas,
víctimas de la enfermedad.
La tercera noche, los
frenéticos grupos dirigidos por la policía lograron capturarle en una casa de
Crane Street, cerca del campus universitario. Habían organizado la batida con
toda minuciosidad, manteniéndose en contacto mediante puestos voluntarios de
teléfono; y cuando alguien del distrito de la universidad informó que había
oído arañar en una ventana cerrada, desplegaron inmediatamente la red. Debido a
las precauciones y a la alarma general, no hubo más que otras dos víctimas, y
la captura se efectuó sin más accidentes. La criatura fue detenida finalmente
por una bala; aunque no acabó con su vida, y fue trasladada al hospital local,
en medio del furor y la abominación generales, porque aquel ser había sido
humano. Esto quedó claro, a pesar de sus ojos repugnantes, su mutismo simiesco,
y su salvajismo demoníaco. Le vendaron la herida y trasladaron al manicomio de
Sefton, donde estuvo golpeándose la cabeza contra las paredes de una celda
acolchada durante dieciséis años, hasta un reciente accidente, a causa del cual
escapó en circunstancias de las cuales a nadie le gusta hablar. Lo que más
repugnó a quienes lo atraparon en Arkham fue que, al limpiarle la cara a la
monstruosa criatura, observaron en ella una semejanza increíble y burlesca con
un mártir sabio y abnegado al que habían enterrado hacia tres días: el difunto
doctor Allan Halsey, benefactor público y decano de la Facultad de Medicina de
la Universidad Miskatonic.
Para el desaparecido Herbert
West, y para mí, la repugnancia y el horror fueron indecibles. Aun me
estremezco, esta noche, mientras pienso en todo ello, y tiemblo más aún de lo
que temblé aquella mañana en que West murmuró entre sus vendajes: -¡Maldita sea,
no estaba bastante fresco!
EL CLÉRIGO MALVADO
Un hombre grave que parecía
inteligente con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del
ático, y me habló en estos términos:
–Sí, aquí vivió él…, pero le
aconsejo que no toque nada. Su curiosidad le vuelve irresponsable. Nosotros
jamás subimos aquí de noche; y silo conservamos todo tal como está, es sólo por
su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de
todo al final, y no sabemos dónde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron
llegar hasta esa sociedad.
»-Espero que no se quede
aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que
parece una caja de fósforos. No sabernos qué es, pero sospechamos que tiene que
ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.
Poco después, el hombre me
dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y
primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el
tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología,
y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius,
Ilermes Trismegisto, Boreilus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no
fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero
daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura
del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran
de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad.
Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde
me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la
ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de
mar.
El objeto de la mesa me
fascinó totalmente. Creo que sabia manejarlo, porque saqué una linterna
eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso
sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era
menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo
no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en otro
bolsillo.
Estaba oscureciendo, y los
antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales
de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en
mi hbro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la
peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo
de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas
partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una
crepitación, corno el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una
lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y
una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di
cuenta de que no estaba solo en la habitación…, y me guardé el proyector de
rayos en el bolsillo.
Pero el recién llegado no
habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga
pantomima como vista desde inmensa distancia› a través de una neblina… Aunque,
por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación
aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca,
obedeciendo a alguna geometría anormal.
El recién llegado era un
hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con el traje clerical de la
Iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina,
olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello
negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su cara afeitada, si bien le
azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de
acero. Su figura, y las facciones de la mitad inferior de la cara, eran como
las de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta,
y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y
secretamente perversa. En ese momento – acababa de encender una débil lámpara
de aceite-. parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado
a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de
la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no
había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con
avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor indeciblemente
nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas
encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé
que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de
clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo.
Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una
decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que le
odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos.
Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar
el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la
estantería vacía y la chimenea (donde las flamas se habían apagado en medio de
un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial
disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa
forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos
parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la
empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y
hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar
la habitación.
El que había llegado primero
fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un
extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó
a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a
ahorcar, corrí con idea de disuadirle o salvarle. Entonces me vio, suspendió
los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me
llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia
mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.
Sentí que me encontraba en
un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa.
No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara
y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego
rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de
profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y
agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante.
Vi que sc acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirle; pero no me
oyó. Un instante después. trastabilló hacia atrás. cayó por la abertura y
desapareció de mi vista.
Me costó avanzar hasta la
trampilla de la escalera. pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo
aplastado en el piso de abajo. En vez de eso. me llegó el rumor de gentes que
subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez
oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo
había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que
yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo,
al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron
paralizados. Uno de ellos
gritó de forma atronadora:
–¡Ahhh!… ¿Conque eres tú?
¿Otra vez?
Entonces dieron media vuelta
y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido
vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie,
solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor.
Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:
¡Así que no ha dejado eso en
paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre
se asusto y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es
lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido
algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y
la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar
ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y
de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee
regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a América.
No debe volver a tocar ese…
objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier
cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal
parado como habría podido ocurrir…, pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente,
y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido
más grave.
»-Se lo explicaré con la
mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en… su aspecto personal.
Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede
acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un
espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión… aunque no será nada
repulsivo.
Me eché a temblar, dominado
por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me
acompañaba hasta el espejo, con la débil lámpara (es decir, la que antes estaba
sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y
lo que ví en el espejo fue esto:
Un hombre flaco y moreno, de
estatura media, y vestido con el traje clerical de la Iglesia anglicana, de
unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos
cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, normalmente alta.
Era el individuo silencioso
que había llegado el primero y había quemado los libros.
¡Durante el resto de mi
vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre!
EL CEREMONIAL
Efficiunt Daemones, ut quae
non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exbibeant.
Lactancia
Me encontraba lejos de casa,
y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a caer la
tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces
me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los
sauces retorcidos recortaban sus siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas
estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que fuese a la vieja ciudad que
ahora tenía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de nieve recién
caída, por un camino que parecía remontar, solitario, hacia Aldebarán
-tembloroso entre los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la
que jamás había estado, pero en la que tantas veces he soñado durante mi vida.
Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman ahora Navidad, aunque
en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni
Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno,
y por fin llegaba yo al antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza,
mantenedora del ceremonial de tiempos pasados aun en épocas en que estaba
prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían ordenado a sus
hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada
cien años, para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era
la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos
años. Y era la mía una gente extraña, gente solapada y furtiva, procedente de
los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la
de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y
únicamente se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente
podría comprender.
Yo era el único que
regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición,
pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al coronar la cuesta del
monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado,
con sus vetustas veletas, sus campanarios, sus tejados y chimeneas los muelles,
los puentes, los sauces y cementerios. Los interminables laberintos de calles
abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde
se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el
tiempo parecía no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se
amontonaban en todos los sentidos y niveles, como las abigarradas
construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo parecían
cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las
ventanas emitían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y
las estrellas primordiales. Y la mar rompía incesante contra los muelles
miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos
tiempos.
Junto al camino, una vez
arriba de la cuesta, había una colina yerma barrida por el viento. No tardé en
ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la
nieve como las uñas destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huella
alguna de tráfico, estaba solitario. Únicamente me parecía oír, de cuando en
cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692
ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.
Una vez que la carretera
comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre bullicio
de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que
estábamos, y se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservaría tal vez
costumbres navideñas, extraigas para mí, y que entonces estaría entregado a
silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de oír el bullicio
propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi
camino. Fui dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo
con sus luces ya encendidas. Después me interné entre las oscuras paredes de
piedra, en las que el aire salitroso mecía las chirriantes enseñas de antiguas
tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas, bajo los
soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la
escasa luz que se escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.
Traía conmigo el plano de la
ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había dicho que
sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee
una vida muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta
llegar a Circle Court; luego continué por Green Lane, única calle pavimentada
de la ciudad, que va a desembocar detrás del Edificio del Mercado. Aún servía
el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me
habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía redes de
cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los
ocultara la nieve. Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida
de blanco, me había parecido muy hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba
impaciente por llamar a la puerta de los míos, por llegar a esa séptima casa de
Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa
de antes de 1650.
Había luces en el interior
y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana,
todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso
superior se inclinaba por encima del estrecho callejón invadido de hierba y casi
tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente,
formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral estaban
enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta
muy por encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo
de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente
singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero en Nueva
Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si
hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con
las cortinillas descorridas.
Al dar los golpes con
aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se
despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la
rareza de mi estirpe, al frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja
ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en respuesta a mi llamada, se abrió la
puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya que no había
oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me
atendió, vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que
me ayudó a recuperar mi seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era
mudo, escribió con su punzón, en una tablilla de cera que traía, una curiosa y
antigua frase de bienvenida. Me señaló con un gesto una sala baja iluminada por
velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del
siglo XVII. Aquí, el pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me
llamaron la atención la chimenea, de campana cavernosa, y una rueca sobre la
que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí,
se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad
indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego
encendido. Había un banco de alto respaldo colocado de cara a la fila de
ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que había alguien sentado
en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y
nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el
rostro suave de aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No
pestañeaba, y su color era demasiado parecido al de la cera. Por último, llegué
a la plena convicción de que aquello no era un rostro sino una máscara confeccionada
con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente enguantadas,
escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía
esperar un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el
ceremonial. Me señaló una silla, una mesa, un montón de libros, y salió de la
estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de volúmenes muy
antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas
de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph
Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en
1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul
Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olacius Wormius. Era éste un
libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas
monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran
los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja
seguía con su silencioso hilar.
Tanto la estancia como
aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e
inquietud; pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis
antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña
conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más peregrinas. Conque me
puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el Necronomicon no
tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba
de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego
experimenté un sobresalto, al oír que se cerraba una de las ventanas situadas
delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto
furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin
embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y,
justo en aquel momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de
que había personas en el banco se me fue de la cabeza, y me sumí en la lectura
hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido con holgados ropajes
antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya. Era
enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba
más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que
había en un rincón, y extrajo dos capas con caperuza; se puso una de ellas, y
con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese momento. Luego, ambos
le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo,
después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una
sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil… o su máscara.
Salimos a la tenebrosa y
enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A
partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas
de las ventanas, y Sitio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que
surgían en silencio de todas las puertas y formaban una monstruosa procesión a
lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas chirriantes, de los
edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas
de ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo
callejones empinados, cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se
derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las
multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y fantásticas. Yo caminaba
junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba empujado
por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por
barrigas y pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro
ni oír una voz.
La columnas espectrales
ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a
medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la
cumbre, centro de la ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la
había visto antes, desde lo alto del camino, cuando me detuve a contemplar
Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que
Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal. Había un
espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquial
y, en parte, plaza medio pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de
puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la
nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando un
espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no
había casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el
puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía
oscilar algún farol por las serpenteantes callejas, delatando a algún retrasado
que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el
templo.
Esperé a que terminaran
todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los empujones. El viejo me
tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el
umbral y nos adentramos en el templo rebosante y oscuro.
Me volví para mirar hacia el
exterior; la fosforescencia del cementerio parroquial derramaba un resplandor
enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un escalofrío: aunque
el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino
que conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí
ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos.
La iglesia apenas resultaba
iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la mayor parte
de la multitud había desaparecido. Todos se dirigían por las naves laterales,
sorteando los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se
deslizaban por ella sin hacer el menor ruido.
Avancé en silencio; me metí
en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que conducían a una
cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El
verlos a todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció
horrible de verdad. Entonces me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía
otra abertura por la que también se deslizaba la multitud, y un momento después
nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera abominable, por una
estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que
se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de
chorreantes bloques de piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y
horrible. Al cabo de muchísimo tiempo, observé que los peldaños ya no eran de
piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva. Lo que más me
asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después
de un descenso que duró una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles
que, desde ignorados nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso
vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente
numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y el acre
olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente
insoportable. Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá
estábamos por debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la
antigüedad de aquella población infestada, socavada por aquellos subterráneos
corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una luz desmayada y oí el
murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me
gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún
antepasado mío hubiera exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el
momento en que los peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hice otro
descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y
súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una
inmensa costa fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un
vasto río oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y
corría a unirse con las simas negras del océano inmemorial.
Desfallecido, con la
respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y
aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor
de la columna de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano
y destinado a sobrevivirle, el rito primordial que prometía solsticio y
primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno verdor, de la
luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito
y adoraban la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de
viscosa vegetación que resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y
vi también, fuera del alcance de la luz, un bulto amorfo, achaparrado, que
tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras tañía la criatura monstruosa,
me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada
podía ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego.
brotaba como un surtidor volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras
como una llama normal, y bañaba las rocas salitrosas de un verdor sucio y
venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor, sino únicamente
la viscosidad de la muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se
escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos
ademanes rituales hacia el semicírculo que le miraba. En determinados momentos
del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente
cuando levantó por encima de su cabeza aquel detestable Necronomicon que
llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que
había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis
antecesores.
Después, el viejo hizo una
señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por
un tono, más audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado.
Faltó poco para que me desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un
espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios
enloquecedores que se abren entre las estrellas.
En la negrura inconcebible,
más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas regiones
a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado,
apareció danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que
ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No
eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni vampiros, ni seres humanos
en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar. Daban saltos
blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con
sus alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes,
las figuras encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se
alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia
unos pozos y galerías donde venenosos manantiales alimentan el caudal
tumultuoso y horrible de las negras cataratas.
La vieja hilandera se había
marchado con los demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a
cabalgar sobre una de aquellas bestias como los otros. El flautista amorfo
había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí pacientemente.
Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó
por escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que
habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había
sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban por celebrarse los
misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún
dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas
de mi familia, para probar que todo era según había dicho él.
Pero la prueba era
espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiquísimos que aquel reloj
había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698.
Al poco rato, el viejo echó
hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero
aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba
solamente de una diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban
y arañaban inquietas los líquenes del suelo, y me di cuenta de que el viejo
estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de aquellos animales comenzó
a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo detuvo, de
suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que
llevaba en el lugar correspondiente a la cabeza.
Y entonces, al ver que
aquella pesadilla se interponía entre la escalera de piedra y yo, me arrojé al
fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría, por alguna
cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas
de la tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las
legiones de cadáveres que aquellos abismos pestilentes ocultaban.
En el hospital me dijeron
que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al amanecer,
aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había
extraviado por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las
huellas que encontraron en la nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era
un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la noche anterior. Los ventanales
del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas uno de cada
cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de
tranvías y automóviles. Me insistieron en que esto era Kingsport, cosa que yo
no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el
hospital se encontraba cerca del cementerio parroquial de Central Hill, me
trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían mejor. Me
gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me
ayudaron, ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del
censurable Necronomicon de Alhazred, celosamente guardado en la Biblioteca de
la Universidad del Miskatonic.
Dijeron que sufría una
especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor sistema de alejar las
obsesiones de mi cerebro era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar
en el tema. De esta suerte llegué a leer el espantoso capítulo aquél, y me estremecí
doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que contaba, lo había visto yo,
dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio
donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis
sueños son aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a
transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que
pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las cavernas
inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven,
porque sus prodigios son extraños y terribles.
Maldita la tierra donde los
pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y singular, y
maldita el alma que no habita ningún cerebro.
Sabiamente dijo Ibn
Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices
las noches de los pueblos donde han acabado con ellos y los han reducido a
cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha vendido al demonio
no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye
al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y
las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan
solapadamente para hostigaría, y se hacen monstruosas para infestarla.
Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar los poros de
la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían
arrastrarse.
EL CAOS REPTANTE
Mucho es lo que se ha
escrito acerca de los placeres y los sufrimientos del opio. Los éxtasis y
horrores de De Quincey y los paradis artificiels de Baudelaire son conservados
e interpretados con tal arte que los hace inmortales, y el mundo conoce a fondo
la belleza, el terror y el misterio de esos oscuros reinos donde el soñador es
transportado. Pero aunque mucho es lo que se ha hablado, ningún hombre ha osado
todavía detallar la naturaleza de los fantasmas que entonces se revelan en la
mente, o sugerir la dirección de los inauditos caminos por cuyo adornado y
exótico curso se ve irresistiblemente lanzado el adicto. De Quincey fue
arrastrado a Asia, esa fecunda tierra de sombras nebulosas cuya temible
antigüedad es tan impresionante que "la inmensa edad de la raza y el
nombre se impone sobre el sentido de juventud en el individuo", pero él
mismo no osó ir más lejos. Aquellos que han ido más allá rara vez volvieron y,
cuando lo hicieron, fue siempre guardando silencio o sumidos en la locura. Yo consumí
opio en una ocasión… en el año de la plaga, cuando los doctores trataban de
aliviar los sufrimientos que no podían curar. Fue una sobredosis -mi médico
estaba agotado por el horror y los esfuerzos- y, verdaderamente, viajé muy
lejos.
Finalmente regresé y viví,
pero mis noches se colmaron de extraños recuerdos y nunca más he permitido a un
doctor volver a darme opio.
Cuando me administraron la
droga, el sufrimiento y el martilleo en mi cabeza habían sido insufribles. No
me importaba el futuro; huir, bien mediante curación, inconsciencia o muerte,
era cuanto me importaba. Estaba medio delirando, por eso es difícil ubicar el
momento exacto de la transición, pero pienso que el efecto debió comenzar poco
antes de que las palpitaciones dejaran de ser dolorosas. Como he dicho, fue una
sobredosis; por lo cual, mis reacciones probablemente distaron mucho de ser
normales. La sensación de caída, curiosamente disociada de la idea de gravedad
o dirección, fue suprema, aunque había una impresión secundaria de muchedumbres
invisibles de número incalculable, multitudes de naturaleza infinitamente
diversa, aunque todas más o menos relacionadas conmigo. A veces, menguaba la
sensación de caída mientras sentía que el universo o las eras se desplomaban
ante mí. Mis sufrimientos cesaron repentinamente y comencé a asociar el latido
con una fuerza externa más que con una interna. También se había detenido la
caída, dando paso a una sensación de descanso efímero e inquieto, y, cuando
escuché con mayor atención, fantaseé con que los latidos procedieran de un mar
inmenso e inescrutable, como si sus siniestras y colosales rompientes laceraran
alguna playa desolada tras una tempestad de titánica magnitud. Entonces abrí
los ojos.
Por un instante, los
contornos parecieron confusos, como una imagen totalmente desenfocada, pero
gradualmente asimilé mi solitaria presencia en una habitación extraña y hermosa
iluminada por multitud de ventanas. No pude hacerme la idea de la exacta naturaleza
de la estancia, porque mis sentidos distaban aún de estar ajustados, pero
advertí alfombras y colgaduras multicolores, mesas, sillas, tumbonas y divanes
de elaborada factura, y delicados jarrones y ornatos que sugerían lo exótico
sin llegar a ser totalmente ajenos. Todo eso percibí, aunque no ocupó mucho
tiempo en mi mente. Lenta, pero inexorablemente, arrastrándose sobre mi
conciencia e imponiéndose a cualquier otra impresión, llegó un temor
vertiginoso a lo desconocido, un miedo tanto mayor cuanto que no podía
analizarlo y que parecía concernir a una furtiva amenaza que se aproximaba… no
la muerte, sino algo sin nombre, un ente inusitado indeciblemente más espantoso
y aborrecible.
Inmediatamente me percaté de
que el símbolo directo y excitante de mi temor era el odioso martilleo cuyas
incesantes reverberaciones batían enloquecedoramente contra mi exhausto
cerebro. Parecía proceder de un punto fuera y abajo del edificio en el que me
hallaba, y estar asociado con las más terroríficas imágenes mentales. Sentí que
algún horrible paisaje u objeto acechaban más allá de los muros tapizados de
seda, y me sobrecogí ante la idea de mirar por las arqueadas ventanas enrejadas
que se abrían tan insólitamente por todas partes. Descubriendo postigos
adosados a esas ventanas, los cerré todos, evitando dirigir mis ojos al
exterior mientras lo hacía. Entonces, empleando pedernal y acero que encontré
en una de las mesillas, encendí algunas velas dispuestas a lo largo de los
muros en barrocos candelabros. La añadida sensación de seguridad que prestaban
los postigos cerrados y la luz artificial calmaron algo mis nervios, pero no
fue posible acallar el monótono retumbar. Ahora que estaba más calmado, el sonido
se convirtió en algo tan fascinante como espantoso.
Abriendo una portezuela en
el lado de la habitación cercano al martilleo, descubrí un pequeño y ricamente
engalanado corredor que finalizaba en una tallada puerta y un amplio mirador.
Me vi irresistiblemente atraído hacia éste, aunque mis confusas aprehensiones
me forzaban igualmente hacia atrás. Mientras me aproximaba, pude ver un caótico
torbellino de aguas en la distancia. Enseguida, al alcanzarlo y observar el
exterior en todas sus direcciones, la portentosa escena de los alrededores me
golpeó con plena y devastadora fuerza.
Contemplé una visión como
nunca antes había observado, y que ninguna persona viviente puede haber visto
salvo en los delirios de la fiebre o en los infiernos del opio. La construcción
se alzaba sobre un angosto punto de tierra -o lo que ahora era un angosto punto
de tierra- remontando unos 90 metros sobre lo que últimamente debió ser un
hirviente torbellino de aguas enloquecidas. A cada lado de la casa se abrían
precipicios de tierra roja recién excavados por las aguas, mientras que
enfrente las temibles olas continuaban batiendo de forma espantosa, devorando
la tierra con terrible monotonía y deliberación. Como a un kilómetro se alzaban
y caían amenazadoras rompientes de no menos de cinco metros de altura y, en el
lejano horizonte, crueles nubes negras de grotescos contornos colgaban y
acechaban como buitres malignos. Las olas eran oscuras y purpúreas, casi
negras, y arañaban el flexible fango rojo de la orilla como toscas manos
voraces. No pude por menos que sentir que alguna nociva entidad marina había
declarado una guerra a muerte contra toda la tierra firme, quizá instigada por
el cielo enfurecido.
Recobrándome al fin del
estupor en que ese espectáculo antinatural me había sumido, descubrí que mi
actual peligro físico era agudo. Aun durante el tiempo en que observaba, la
orilla había perdido muchos metros y no estaba lejos el momento en que la casa
se derrumbaría socavada en el atroz pozo de las olas embravecidas. Por tanto,
me apresuré hacia el lado opuesto del edificio y, encontrando una puerta, la
cerré tras de mí con una curiosa llave que colgaba en el interior. Entonces
contemplé más de la extraña región a mi alrededor y percibí una singular
división que parecía existir entre el océano hostil y el firmamento. A cada
lado del descollante promontorio imperaban distintas condiciones. A mi
izquierda, mirando tierra adentro, había un mar calmo con grandes olas verdes
corriendo apaciblemente bajo un sol resplandeciente. Algo en la naturaleza y
posición del sol me hicieron estremecer, aunque no pude entonces, como no puedo
ahora, decir qué era. A mi derecha también estaba el mar, pero era azul, calmoso,
y sólo ligeramente ondulado, mientras que el cielo sobre él estaba oscurecido y
la ribera era más blanca que enrojecida.
Ahora volví mi atención a
tierra, y tuve ocasión de sorprenderme nuevamente, puesto que la vegetación no
se parecía en nada a cuanto hubiera visto o leído. Aparentemente, era tropical
o al menos subtropical… una conclusión extraída del intenso calor del aire.
Algunas veces pude encontrar una extraña analogía con la flora de mi tierra
natal, fantaseando sobre el supuesto de que las plantas y matorrales familiares
pudieran asumir dichas formas bajo un radical cambio de clima; pero las
gigantescas y omnipresentes palmeras eran totalmente extranjeras. La casa que
acababa de abandonar era muy pequeña -apenas mayor que una cabaña- pero su
material era evidentemente mármol, y su arquitectura extraña y sincrética, en
una exótica amalgama de formas orientales y occidentales. En las esquinas había
columnas corintias, pero los tejados rojos eran como los de una pagoda china.
De la puerta que daba a tierra nacía un camino de singular arena blanca, de
metro y medio de anchura y bordeado por imponentes palmeras, así como por
plantas y arbustos en flor desconocidos.
Corría hacia el lado del
promontorio donde el mar era azul y la ribera casi blanca.
Me sentí impelido a huir por
este camino, como perseguido por algún espíritu maligno del océano retumbante.
Al principio remontaba ligeramente la ribera, luego alcancé una suave cresta.
Tras de mí, vi el paisaje que había abandonado: toda la punta con la cabaña y
el agua negra, con el mar verde a un lado y el mar azul al otro, y una
maldición sin nombre e indescriptible cerniéndose sobre todo.
No volví a verlo más y a
menudo me pregunto… Tras esta última mirada, me encaminé hacia delante y
escruté el panorama de tierra adentro que se extendía ante mí.
El camino, como he dicho,
corría por la ribera derecha si uno iba hacia el interior. Delante y a la
izquierda vislumbré entonces un magnífico valle, que abarcaba miles de acres,
sepultado bajo un oscilante manto de hierba tropical más alta que mi cabeza.
Casi al límite de la visión había una colosal palmera que parecía fascinarme y
reclamarme. En este momento, el asombro y la huida de la península condenada
habían, con mucho, disipado mi temor, pero cuando me detuve y desplomé fatigado
sobre el sendero, hundiendo ociosamente mis manos en la cálida arena
blancuzco-dorada, un nuevo y agudo sonido de peligro me embargó. Algún terror
en la alta hierba sibilante pareció sumarse a la del diabólico mar retumbante y
me alcé gritando fuerte y desabridamente. – ¿Tigre? ¿Tigre? ¿Es un tigre?
¿Bestias? ¿Bestias? ¿Es una bestia lo que me atemoriza?
Mi mente retrocedía hasta
una antigua y clásica historia de tigres que había leído; traté de recordar al
autor, pero tuve alguna dificultad. Entonces, en mitad de mi espanto, recordé
que el relato pertenecía a Ruyard Kipling; no se me ocurrió lo ridículo que
resultaba considerarle como un antiguo autor. Anhelé el volumen que contenía
esta historia, y casi había comenzado a desandar el camino hacia la cabaña
condenada cuando el sentido común y el señuelo de la palmera me contuvieron.
Si hubiera o no podido
resistir el deseo de retroceder sin el concurso de la fascinación por la
inmensa palmera, es algo que no sé. Su atracción era ahora predominante, y dejé
el camino para arrastrarme sobre manos y rodillas por la pendiente del valle, a
pesar de mi miedo hacia la hierba y las serpientes que pudiera albergar. Decidí
luchar por mi vida y cordura tanto como fuera posible y contra todas las
amenazas del mar o tierra, aunque a veces temía la derrota mientras el
enloquecido silbido de la misteriosa hierba se unía al todavía audible e
irritante batir de las distantes rompientes. Con frecuencia, debía detenerme y
tapar mis oídos con las manos para aliviarme, pero nunca pude acallar del todo
el detestable sonido. Fue tan sólo tras eras, o así me lo pareció, cuando
finalmente pude arrastrarme hasta la increíble palmera y reposar bajo su sombra
protectora.
Entonces ocurrieron una
serie de incidentes que me transportaron a los opuestos extremos del éxtasis y
el horror; sucesos que temo recordar y sobre los que no me atrevo a buscar
interpretación. Apenas me había arrastrado bajo el colgante follaje de la palmera,
cuando brotó de entre sus ramas un muchacho de una belleza como nunca antes
viera. Aunque sucio y harapiento, poseía las facciones de un fauno o semidiós,
e incluso parecía irradiar en la espesa sombra del árbol. Sonrió tendiendo sus
manos, pero antes de que yo pudiera alzarme y hablar, escuché en el aire
superior la exquisita melodía de un canto; notas altas y bajas tramadas con
etérea y sublime armonía. El sol se había hundido ya bajo el horizonte, y en el
crepúsculo vi una aureola de mansa luz rodeando la cabeza del niño. Entonces se
dirigió a mí con timbre argentino.
–Es el fin. Han bajado de
las estrellas a través del ocaso. Todo está colmado y más allá de las
corrientes arinurianas moraremos felices en Teloe.
Mientras el niño hablaba,
descubrí una suave luminosidad a través de las frondas de las palmeras y vi
alzarse saludando a dos seres que supe debían ser parte de los maestros
cantores que había escuchado. Debían ser un dios y una diosa, porque su belleza
no era la de los mortales, y ellos tomaron mis manos diciendo:
–Ven, niño, has escuchado
las voces y todo está bien. En Teloe, más allá de las Vía Láctea y las
corrientes arinurianas, existen ciudades de ámbar y calcedonia. Y sobre sus
cúpulas de múltiples facetas relumbran los reflejos de extrañas y hermosas
estrellas. Bajo los puentes de marfil de Teloe fluyen los ríos de oro líquido
llevando embarcaciones de placer rumbo a la floreciente Cytarion de los Siete
Soles. Y en Teloe y Cytarion no existe sino juventud, belleza y placer, ni se
escuchan más sonidos que los de las risas, las canciones y el laúd. Sólo los
dioses moran en Teloe la de los ríos dorados, pero entre ellos tú habitarás.
Mientras escuchaba
embelesado, me percaté súbitamente de un cambio en los alrededores. La palmera,
que últimamente había resguardado a mi cuerpo exhausto, estaba ahora a mi
izquierda y considerablemente debajo. Obviamente flotaba en la atmósfera;
acompañado no sólo por el extraño chico y la radiante pareja, sino por una
creciente muchedumbre de jóvenes y doncellas semiluminosos y coronados de
vides, con cabelleras sueltas y semblante feliz.
Juntos ascendimos
lentamente, como en alas de una fragante brisa que soplara no desde la tierra
sino en dirección a la nebulosa dorada, y el chico me susurró en el oído que
debía mirar siempre a los senderos de luz y nunca abajo, a la esfera que
acababa de abandonar. Los mozos y muchachas entonaban ahora dulces
acompañamientos con los laúdes y me sentía envuelto en una paz y felicidad más
profunda de lo que hubiera imaginado en toda mi vida, cuando la intrusión de un
simple sonido alteró mi destino destrozando mi alma. A través de los
arrebatados esfuerzos de cantores y tañedores de laúd, como una armonía
burlesca y demoníaca, atronó desde los golfos inferiores el maldito, el
detestable batir del odioso océano. Y cuando aquellas negras rompientes
rugieron su mensaje en mis oídos, olvidé las palabras del niño y miré abajo,
hacia el condenado paisaje del que creía haber escapado.
En las profundidades del
éter vi la estigmatizada tierra girando, siempre girando, con irritados mares
tempestuosos consumiendo las salvajes y arrasadas costas y arrojando espuma
contra las tambaleantes torres de las ciudades desoladas. Bajo una espantosa
luna centelleaban visiones que nunca podré describir, visiones que nunca
olvidaré: desiertos de barro cadavérico y junglas de ruina y decadencia donde
una vez se extendieron las llanuras y poblaciones de mi tierra natal, y
remolinos de océano espumeante donde otrora se alzaran los poderosos templos de
mis antepasados. Los alrededores del polo Norte hervían con ciénagas de
estrepitoso crecimiento y vapores malsanos que silbaban ante la embestida de
las inmensas olas que se encrespaban, lacerando, desde las temibles
profundidades. Entonces, un desgarrado aviso cortó la noche, y a través del
desierto de desiertos apareció una humeante falla. El océano negro aún
espumeaba y devoraba, consumiendo el desierto por los cuatro costados mientras
la brecha del centro se ampliaba y ampliaba.
No había otra tierra salvo
el desierto, y el océano furioso todavía comía y comía. Sólo entonces pensé que
incluso el retumbante mar parecía temeroso de algo, atemorizado de los negros
dioses de la tierra profunda que son más grandes que el malvado dios de las
aguas, pero, incluso si era así, no podía volverse atrás, y el desierto había
sufrido demasiado bajo aquellas olas de pesadilla para apiadarse ahora. Así, el
océano devoró la última tierra y se precipitó en la brecha humeante, cediendo
de este modo todo cuanto había conquistado. Fluyó nuevamente desde las tierras
recién sumergidas, desvelando muerte y decadencia y, desde su viejo e
inmemorial lecho, goteó de forma repugnante, revelando secretos ocultos en los
años en que el Tiempo era joven y los dioses aún no habían nacido. Sobre las
olas se alzaron recordados capiteles sepultados bajo las algas. La luna
arrojaba pálidos lirios de luz sobre la muerta Londres, y París se levantaba
sobre su húmeda tumba para ser santificada con polvo de estrellas.
Después, brotaron capiteles
y monolitos que estaban cubiertos de algas pero que no eran recordados;
terribles capiteles y monolitos de tierras acerca de las cuales el hombre jamás
supo.
No había ya retumbar alguno,
sino sólo el ultraterreno bramido y siseo de las aguas precipitándose en la
falla. El humo de esta brecha se había convertido en vapor, ocultando casi el
mundo mientras se hacía más y más denso.
Chamuscó mi rostro y manos,
y cuando miré para ver cómo afectaba a mis compañeros descubrí que todos habían
desaparecido. Entonces todo terminó bruscamente y no supe más hasta que
desperté sobre una cama de convalecencia. Cuando la nube de humo procedente del
golfo plutónico veló por fin toda mi vista, el firmamento entero chilló
mientras una repentina agonía de reverberaciones enloquecidas sacudía el
estremecido éter. Sucedió en un relámpago y explosión delirantes; un cegador,
ensordecedor holocausto de fuego, humo y trueno que disolvió la pálida luna
mientras la arrojaba al vacío.
Y cuando el humo clareó y
traté de ver la tierra, tan sólo pude contemplar, contra el telón de frías y
burlonas estrellas, al sol moribundo y a los pálidos y afligidos planetas
buscando a su hermana.
F I
N
DOS BOTELLAS NEGRAS
Ninguno de los pocos
habitantes que quedan en Daalbergen, localidad de las Montañas Ramapo, cree que
mi tío, el viejo dómine Vanderhoof, esté realmente muerto. Piensan algunos que
se encuentra suspendido en la maldición del viejo sacristán. De no haber sido
por aquel viejo mago, acaso pudiera estar todavía rezando en la pequeña y
húmeda iglesia del otro lado del páramo.
Después de lo que me ocurrió
en Daalbergen, difícilmente podría compartir la opinión de los aldeanos. No
estoy seguro de que mi tío esté muerto, pero sí lo estoy, en cambio, de que no
está vivo en ningún lugar de este mundo. No hay duda de que el viejo sacristán
lo enterró una vez, pero, como fuera, no se encuentra ya en aquella tumba.
Podría decir que siento su presencia a mi espalda mientras escribo esto; una
presencia que me impele a decir la verdad de las extrañas cosas ocurridas en
Daalbergen hace tantos años.
En respuesta a una llamada,
llegué a Daalbergen el cuatro de octubre. La carta era de un antiguo miembro de
la parroquia de mi tío, y me contaba que éste había pasado a mejor vida y que
sin duda habría algunas pequeñas posesiones que yo, único pariente vivo que
tenía, podía heredar. Después de haber alcanzado el pequeño y apartado
villorrio mediante incontables empalmes ferroviarios, me dirigí al almacén de
Mark Haines, firmante de la carta, y éste, tras conducirme a una estancia
trasera llena de trastos, me contó un peculiar relato concerniente a la muerte
del dómine Vanderhoof.
–Debe tener cuidado, Hoffman
-me dijo Haines-, cuando tenga que vérselas con el viejo sacristán, Abel
Foster. Tan seguro como que usted está vivo, tiene al diablo por aliado. No
hará ni dos semanas que Sam Pryor, al cruzar el viejo camposanto, le oyó conversar
con los fiambres. No era normal que hablara de aquella manera; y Sam jura que
había una voz que le respondía, una especie de semivoz, hueca y ahogada, como
si procediera de las entrañas de la tierra. Y otros hay que pueden decirle a
usted que le han visto plantando delante de la tumba del viejo dómine Slott, la
que está pudriéndose junto a la pared de la iglesia, frotándose las manos y
hablando al musgo de la lápida como si ése fuera el viejo dómine en persona.
Según Haines, el viejo
Foster había llegado a Daalbergen unos diez años atrás, y había sido contratado
inmediatamente por Vanderhoof para que se hiciera cargo de la húmeda iglesia de
piedra, a la que acudían casi todos los aldeanos. Era un tipo que no agradaba a
nadie que no fuera Vanderhoof mismo, ya que su presencia despertaba sugerencias
rayanas en lo siniestro. Cuando la gente entraba en la iglesia, él solía
quedarse junto a la puerta, los hombres le devolvían fríamente su servil
saludo, en tanto que las mujeres rehuían su gesto y se hacían las sayas a un
lado para evitar su contacto. Se le podía ver durante los días de faena
cortando la hierba del cementerio y esparciendo flores en las tumbas, siempre
murmurando para sí. Algunos se dieron cuenta de que prestaba una atención
especial a la tumba del reverendo Guilliam Slott, primer pastor de la iglesia
en 1701.
Poco después de establecerse
definitivamente en el pueblo, comenzaron los desastres. Primero fue lo del
agotamiento de la mina de la montaña, donde trabajaban casi todos los hombres.
El hierro se acabó y muchos desempleados se trasladaron a otros sitios más
rentables, mientras que los que poseían ciertas extensiones de terreno por los
alrededores se dedicaron al trabajo de granja y se las arreglaron como pudieron
para vivir en las laderas rocosas. Luego ocurrieron aquellas cosas en la
iglesia. Se susurraba que el reverendo Johannes Vanderhoof había hecho un pacto
con el diablo y que predicaba la palabra de éste en la casa de Dios. Sus
sermones se volvieron extravagantes y grotescos, aderezados con cosas
siniestras que la gente ignorante de Daalbergen no comprendía. Transportaba a
su auditorio a edades de miedo y superstición, a regiones de espíritus odiosos
e invisibles, poblando su fantasía de fantasmas nocturnos. Poco a poco fue
mermando la parroquia, mientras que los más ancianos y los diáconos le rogaban en
vano que cambiara el tema de sus sermones. Aunque el viejo prometía hacerlo,
parecía estar sometido a algún poder superior que le obligaba a hacer su
voluntad.
De estatura gigantesca,
Johannes Vanderhoof era reputado como débil de espíritu y tímido, y sin
embargo, aunque fue amenazado con la expulsión, continuó sus sermones
espantosos hasta que no quedó en la mañana del domingo más que un pequeño
puñado de oyentes. Al no haber mucho dinero, resultaba imposible llamar a otro
pastor, y llegó el momento en que ningún aldeano se atrevió a acercarse a la
iglesia. Lo mismo ocurrió con la rectoría adjunta. El miedo a las fuerzas
espectrales con las que Vanderhoof parecía haber pactado campaba por doquier.
Mi tío, continuó diciéndome
Mark Haines, siguió viviendo en la rectoría porque no había nadie con valentía
suficiente como para decirle que se marchara. Nadie volvió a verlo, pero las
luces eran visibles por la noche en la rectoría, y hasta podían entreverse en
la misma iglesia de vez en cuando. Por todo el pueblo se susurraba que
Vanderhoof predicaba regularmente en la iglesia todos los domingos por la
mañana, sin que hubiera advertido que las naves estaban vacías. Sólo el viejo
sacristán estaba con él: vivía en la parte trasera de la iglesia, cuidaba de
Vanderhoof y hacía visitas semanales al pueblo para comprar provisiones. Ya no
se inclinaba ante nadie servilmente; lejos de ello, parecía incubar algún odio
demoníaco que no se cuidaba mucho de ocultar. No hablaba con nadie salvo con
quien era necesario al efectuar sus compras, y cuando caminaba por la calle
ayudado de un bastón con el que golpeaba el empedrado irregular, miraba a
derecha e izquierda con los ojos llenos de maldad. Combado y arrugado por la edad,
cualquiera podía notar su presencia cuando se acercaba; tan poderosa era
aquella personalidad que, según los rumores, había hecho que Vanderhoof se
pusiera bajo la tutela del diablo. Ningún ciudadano de Daalbergen dudaba que
Abel Foster fuera en el fondo la causa de la malaventura de la aldea; pero
nadie se atrevía a mover un dedo contra él, ni tan siquiera a aproximársele sin
sentir escalofríos. Su nombre, así como el de Vanderhoof, no era mencionado
nunca en voz alta. Siempre que se sacaba a colación la iglesia que estaba del
otro lado del páramo, se hacía entre susurros; y si ocurría que la conversación
era por la noche, los susurradores lanzaban miradas de desconfianza por encima
del hombro para asegurarse de que no había nada informe o siniestro en la
oscuridad que pudiera ser testigo de sus palabras.
El camposanto seguía tan
verde y hermoso como cuando la iglesia estaba en funcionamiento, y había flores
en las tumbas tan cuidadosamente dispuestas como en tiempos pasados. A veces
podía verse trabajar allí al viejo sacristán, como si todavía recibiera algún
estipendio por sus servicios, y quienes se atrevían a acercarse decían que
mantenía una continua conversación con el diablo y los espíritus que rondaban
dentro de las tapias del cementerio.
Una mañana, Foster fue visto
cuando cavaba una tumba donde el chapitel de la iglesia vuelca su sombra a la
caída de la tarde, antes de que el sol se oculte tras el cerro y sumerja a todo
el pueblo en la penumbra. Poco después la campana de la iglesia, muda desde
hacía meses, dobló suavemente durante media hora. Alrededor del ocaso los que
observaban desde lejos vieron que Foster sacaba un ataúd de la rectoría
ayudándose de una carretilla, lo metía en la tumba con escasa ceremonia y
volvía a poner la tierra en el agujero.
El sacristán fue al pueblo a
la mañana siguiente, cumpliendo su cita semanal y de mejor humor que el
acostumbrado. Parecía deseoso de hablar, de hacer notar que Vanderhoof había
muerto el día anterior y que había enterrado su cuerpo junto al del dómine Slott,
junto a los muros de la iglesia. Sonreía a menudo y se frotaba las manos con
una efusión imposible de describir. Al parecer, la muerte de Vanderhoof lo
llenaba de alborozo diabólico. Los aldeanos eran conscientes de que había algo
siniestro en su persona y lo evitaban tanto como podían. Con la desaparición de
Vanderhoof, se sintieron más inseguros que nunca, pues el viejo sacristán
estaba en entera libertad de lanzar sus sortilegios contra la aldea desde la
iglesia. Murmurando algo en un idioma que nadie entendía, Foster regresó
siguiendo la carretera que cruzaba el marjal.
Fue entonces cuando recordó
Mark Haines haber oído hablar de su sobrino al dómine Vanderhoof. Haines
decidió llamarme, con la esperanza de que yo supiera algo que pudiera aclarar
el misterio de los últimos años de mi tío. Aseguré, sin embargo, que nada sabía
sobre mi tío o su pasado, salvo que mi madre lo había descrito como hombre de
un físico gigantesco, pero de poco ánimo y fuerza de voluntad.
Tras haber oído lo que
Haines tenía que decirme, eché mi silla hacia delante, la equilibré sobre el
suelo y miré el reloj. Era ya bien entrada la tarde.
–¿A cuánto está de aquí la
iglesia? – pregunté-. ¿Podría llegar antes de la puesta del sol?
–Ay, muchacho, no se le
ocurra ir allí de noche. A ese sitio no. – Todos los miembros del viejo
temblaron y medio se levantó de la silla al tender hacia mí una mano delgada
que quería hacer de impedimento-. ¡Es una locura! – exclamó.
Me reí para mis adentros de
sus temores y le dije que, ocurriera lo que ocurriese, estaba resuelto a ver al
viejo sacristán aquella misma noche para acabar con el asunto lo antes posible.
No tenía el menor interés en aceptar como ciertas las supersticiones de
aquellos ignorantes, pues estaba convencido de que todo lo que acababa de oír
no era más que una cadena de sucesos que los fantasiosos de Daalbergen habían
querido engarzar con su mala suerte. Por mi parte, no experimentaba ni miedo ni
horror.
Al ver mi decisión, Haines
me acompañó cuando salí de su oficina y me dio las pocas indicaciones
requeridas, suplicándome más de una vez que cambiara de idea. Nos dimos la mano
y noté en su gesto la emoción que se siente cuando se despide a alguien que no
se va a volver a ver.
–Tenga cuidado con Foster,
no se fíe de él -me advirtió una y otra vez-. Yo no me arrimaría a él después
de oscurecido por nada del mundo. ¡No, señor! – Sacudiendo solemnemente la
cabeza, volvió a entrar en su almacén mientras yo tomaba la carretera que
conducía a las afueras de la localidad.
Apenas había caminado dos
minutos cuando divisé el pantano del que Haines me había hablado. La carretera,
flanqueada por una valla pintada de blanco, atravesaba todo el marjal, lleno de
matojos y arbustos medio sumergidos en la ciénaga. El aire estaba saturado de
pestilencias e incluso podían verse leves volutas de vapor que se levantaban de
aquel lugar insano bajo la luz de la tarde.
Al llegar al otro lado del
pantano, torcí a la izquierda, según se me había indicado, y abandoné la
carretera principal. Había varias casas por los alrededores; casas que eran
poco más que chozas, que reflejaban la extrema pobreza de sus habitantes. La carretera
pasaba ahora bajo las ramas colgantes de sauces inmensos que casi ocultaban el
paso de los rayos solares. El olor miasmático de la charca castigaba todavía mi
olfato y el aire era frío y húmedo. Aceleré el paso para salir de aquel túnel
lo antes posible.
Al cabo, salí de nuevo a
campo descubierto. El sol, a la sazón como una bola roja que pendiera sobre la
cresta de la montaña, comenzaba a hundirse lentamente, y entonces vi, bañada
por una iridiscencia ensangrentada, la fachada de la iglesia solitaria. Comencé
a experimentar la sensación siniestra que había mencionado Haines, aquel
sentimiento de miedo que obligaba a todo Daalbergen a evitar el lugar. La misma
armazón pétrea de la iglesia, con su campanario sin aguja, me parecía como un
ídolo ante el que las lápidas circundantes se inclinaran y rindieran pleitesía,
con sus puntas arqueadas como los hombros de una persona que permaneciera de
rodillas, mientras que el conjunto de la vieja rectoría se alzaba como un alma
en pena.
Reduje el paso nada más
entrar en el escenario. El sol estaba desapareciendo tras la montaña
rápidamente y el aire húmedo me producía escalofríos. Me subí el cuello del
abrigo y seguí andando. Al lanzar una nueva mirada escudriñadora, me percaté de
algo. Había un objeto blanco protegido por la sombra de la iglesia, un objeto
que me pareció exento de forma definida. Aguzando la vista a medida que me
aproximaba, vi que se trataba de una cruz de madera nueva, que coronaba un
montoncillo de tierra removida hacía poco. El descubrimiento me produjo un
nuevo escalofrío. Me percaté de que debía de ser la tumba de mi tío; pero algo
me dijo que no era igual que las tumbas que había junto a ella. No parecía la
tumba de un muerto. En cierto modo intangible, se hubiera dicho que era una
tumba viva, si es que puede calificarse de viva a una tumba. Muy pegada a ella,
según vi al acercarme, había otra tumba: un montículo viejo con una losa
desmoronada encima. Pensé que se trataba de la tumba del dómine Slott,
recordando la historia que me contara Haines.
No había señales de vida por
los alrededores. Bajo la luz del atardecer subí el terraplén en que se alzaba
la rectoría y golpeé en la puerta. No hubo respuesta. Rodeé el edificio y miré
por las ventanas. El lugar entero parecía desierto.
La sombra de las montañas
había hecho caer la noche con la repentina ocultación del sol. Me di cuenta de
que podía ver poco más que lo que estaba a unos pies delante de mí. Avanzando
con mucha precaución, doblé una esquina del edificio y me detuve, preguntándome
qué haría a continuación.
Todo estaba en calma. No
había ni el menor soplo de viento, ni tampoco oía los ruidos que suelen hacer
los animales en sus refugios nocturnos. Todo lo odioso parecía haberse
esfumado; pero en presencia de una calma tan sepulcral afloraron de nuevo mis
aprensiones. Imaginé que el aire estaba lleno de espíritus fantasmales que me
rodeaban y hacían el aire casi irresistible. Me pregunté, por centésima vez,
dónde estaría el viejo sacristán.
Allí estaba yo, medio
esperando que brotara algún demonio de las sombras, cuando advertí el
resplandor de dos ventanas iluminadas en la torre de la iglesia. Recordé
entonces que Haines me había dicho que Foster vivía en la parte trasera del
edificio. Avanzando con cautela en la negrura, di con una puerta lateral
entornada.
El interior olía a moho.
Todo lo que toqué estaba cubierto de humedad fría. Encendí una cerilla y me
puse a explorar, a fin de descubrir, si podía, un camino que me llevara al
campanario. Entonces me detuve en seco.
Por encima de mí se deslizó
un retazo de canción, ruidosa y obscena, entonada con una voz profundamente
gutural. La cerilla me quemó los dedos y la apagué. Dos alfileres de luz
taladraron la oscuridad en el muro delantero de la iglesia y debajo de ellos, a
un lado, pude ver el perfil de una puerta por cuyas grietas se filtraba la luz.
La canción cesó tan bruscamente como había comenzado y de nuevo reinó el
silencio. El corazón me latía con fuerza y la sangre me presionaba en las
sienes. De no haber estado petrificado por el miedo, habría salido de estampía
inmediatamente.
No me entretuve en encender
otra cerilla. Seguí caminando en la oscuridad hasta que llegué ante la puerta.
Tan profunda era la depresión de mi ánimo que me pareció estar comportándome
como en un sueño. Mis actos eran casi involuntarios.
La puerta estaba cerrada,
según descubrí al manipular el pomo. La golpeé unas cuantas veces, pero no
obtuve respuesta. El silencio era tan completo como antes. Tanteando en los
bordes de la puerta, di con las bisagras, quité los pernos y dejé que la puerta
cayera hacia mí. Vi un tramo de escalera inundado por una luz suave. Y olisqueé
un asqueroso tufo a whisky. Podía oír ya el movimiento que alguien hacía en el
campanario. Al aventurar un saludo en voz no muy alta, me pareció recibir un
gruñido por respuesta, y comencé a subir los peldaños con precaución.
La impresión que me produjo
aquel lugar non sancto fue ciertamente extraña. Esparcidos por la pequeña
habitación había libros y manuscritos viejos y polvorientos: objetos extraños
que debían de datar de fecha remotísima. Colocados en estantes que llegaban al
techo pude ver cosas horribles en frascos y botellas de cristal: serpientes,
lagartos y murciélagos. El polvo, el moho y las telarañas lo llenaban todo. En
el centro, detrás de una mesa en la que había un candil encendido, una botella
de whisky casi vacía y un vaso, había una figura inmóvil con cara arrugada y
delgada y ojos feroces que me miraban con mirada muerta. Reconocí en seguida a
Abel Foster, el viejo sacristán. Cuando me aproximé temerosamente a él, no hizo
el menor movimiento ni articuló ningún sonido.
–¿El señor Foster? –
pregunté, temblando con miedo sin cuento al oír el eco de mi voz resonando en
los estrechos confines de la estancia. No hubo respuesta, ni tampoco ningún
movimiento. Me pregunté si no estaría tan borracho que se hubiera vuelto insensible,
y rodeé la mesa para sacudirlo por el hombro.
Nada más ponerle la mano
encima, el extraño viejo saltó de la silla con un espasmo de terror. Sus ojos,
que mantenían aún la mirada perdida, me buscaron. Retrocedió haciendo
aspavientos.
–¡Atrás! – gritó-. ¡No me
toque! ¡Lárguese…! ¡Lárguese!
Vi que estaba borracho y
conmocionado por alguna especie de terror sin nombre. Empleando un tono suave,
le dije quién era yo y por qué estaba allí. Pareció entender vagamente y volvió
a dejarse caer en la silla, abatido e inmóvil.
–Creí que usted era él
-murmuró-. Creí que era él que regresaba. Lo ha estado intentando… intentando
salir desde que lo puse allí. – Su voz se alzó como un grito y se agarró a la
silla con fuerza-. ¡Quizás haya salido ya! ¡Quizás haya salido!
Miré alrededor, medio
esperando ver alguna forma espectral subiendo la escalera.
–¿Quién tiene que salir? –
pregunté.
–¡Vanderhoof! – dijo
estremeciéndose-. La cruz que hay en su tumba se cae por la noche. Cada mañana
encuentro removida la tierra y se hace cada vez más difícil allanarla. Saldrá y
yo no podré hacer nada por evitarlo.
Conteniéndolo, me senté en
un cajón cerca de él. Estaba temblando, presa de un terror mortal, y la saliva
le resbalaba por las comisuras de la boca. De vez en cuando me asaltaba aquella
sensación de terror que Haines me había descrito al hablarme del viejo
sacristán. Ciertamente, había algo siniestro en aquel tipo. Su cabeza estaba
vencida sobre el pecho y parecía más calmado, mientras murmuraba para sí.
Me levanté despacio y abrí
una ventana para despejar el aire del hedor a moho y whisky. La luz de la luna,
que se levantaba en aquel instante, volvía un tanto visibles los objetos de
abajo. Alcanzaba a ver la tumba del dómine Vanderhoof desde donde me encontraba
y parpadeé un par de veces mientras aguzaba la vista. ¡La cruz estaba
inclinada! Recordé haberla visto vertical una hora antes. El miedo volvió a
apoderarse de mí. Me volví con rapidez. Foster me estaba mirando. Su mirada
parecía más cuerda que antes.
–Así que es usted el sobrino
de Vanderhoof -murmuró con tono nasal-. Bueno, entonces puede saberlo usted
todo. Dentro de nada vendrá a buscarme, y lo hará tan pronto pueda salir de su
tumba. Será mejor que se lo cuente todo ahora que puedo.
El terror parecía haberle
abandonado. Se dijera que se había resignado a algún destino terrible que
esperaba se cumpliera de un momento a otro. Dejó caer la cabeza sobre el pecho
otra vez y prosiguió su murmullo con un monótono tono nasal.
–¿Ve todos estos libros y
papeles? Bueno, pues pertenecieron al dómine Slott… al dómine Slott, que estuvo
aquí hace años. Todas estas cosas sirven para hacer magia, la magia negra que
el viejo dómine sabía hacer antes de llegar a este lugar. Solía quemarlas y
hervirlas con aceite para ver que pasaba. Pero el viejo Slott sabía cosas y no
fue a decírselo a nadie. Sí, señor, el viejo Slott solía predicar aquí hace
varias generaciones y solía subir a este sitio para estudiar sus libros, y
usaba todas esas cosas de los frascos y pronunciaba frases mágicas y otras
cosas, pero no dejaba que nadie lo supiera. No, nadie sabía nada salvo el
dómine Slott y yo.
–¿Usted? – le solté, al
tiempo que me inclinaba hacia él.
–Eso es, yo, después de lo
que aprendí -y al decirlo, su rostro formó ciertas arrugas de truhanería-.
Cuando vine aquí para hacer de sacristán, me encontré con todas estas cosas, y
acostumbraba a leerlas cuando no tenía nada que hacer. Así que pronto lo supe
todo.
El viejo siguió su historia,
mientras yo escuchaba atónito. Me dijo que había aprendido las difíciles
fórmulas de la demonología, así que, mediante encantamientos, podía formular
sortilegios que afectaban a los seres humanos. Había practicado horribles ritos
ocultos propios de un credo infernal, lanzando el anatema sobre la aldea y sus
habitantes. Enloquecido de deseo, quiso hacer caer a la iglesia bajo sus
hechizos, pero el poder de Dios era demasiado fuerte. Dado que Johannes
Vanderhoof era débil de voluntad, lo embrujó para que predicara sermones
extraños y místicos que llevaran el miedo a los sencillos corazones de las
gentes del lugar. Desde aquella habitación del campanario, dijo, detrás de una
pintura de la tentación de Jesús que adornaba la pared trasera de la iglesia,
observaba a Vanderhoof mientras éste predicaba, por medio de ciertos agujeros
que correspondían a los ojos del diablo en la pintura. Aterrorizada por las
extrañas cosas que sucedían, la congregación fue disolviéndose y Foster se encontró
con que podía hacer lo que le venía en gana en la iglesia y con Vanderhoof.
–Pero, ¿qué le hizo a él? –
pregunté con voz hueca cuando el viejo sacristán hizo una pausa. Rompió a reír
con un cloqueo y echó hacia atrás la cabeza con alegría de borracho.
–¡Cogí su alma! – aulló en
un tono que me hizo temblar-. Cogí su alma y la puse en una botella… en una
botellita negra. ¡Y lo enterré! Pero no tiene alma, y no puede ir ni al cielo
ni al infierno. Por eso intenta ir tras ella. Por eso quiere salir ahora de su
tumba. Es un hombre muy fuerte y puedo oírle mientras se abre paso en la fosa.
Según hablaba, me convencía
cada vez más de que me estaba contando la verdad y no una fantasía alcohólica.
Cada detalle encajaba con lo que Haines me había dicho. El miedo crecía en mi
interior a pasos agigantados. Delante de aquel viejo brujo sacudido por una
risa demoníaca, me sentí tentado de lanzarme escaleras abajo y salir zumbando
de aquellos alrededores maldecidos. Para calmarme, me levanté y me acerqué de
nuevo a la ventana. Los ojos estuvieron a punto de salírseme de las órbitas
cuando vi que la cruz de la tumba de Vanderhoof había acortado su ángulo con el
suelo desde la última vez que la viera. Apenas alcanzaba ya cuarenta y cinco
grados.
–¿No podríamos sacar a
Vanderhoof y devolverle su alma? – pregunté casi sin aliento, intuyendo que
había que hacer algo en seguida. El viejo se levantó lleno de espanto.
–¡No, no, no! – gritó-. ¡Me
mataría! ¡He olvidado la fórmula, y si sale vivirá aunque sea sin alma! ¡Nos
mataría a ambos!
–¿Dónde está la botella que
contiene su alma? – pregunté, avanzando amenazadoramente hacia él. Intuía que
estaba a punto de ocurrir algo espectral y que yo debía hacer todo lo que
estuviera a mi alcance por impedirlo.
–¡No te lo diré, mozalbete!
– gruñó. Intuí más que vi una curiosa luminosidad en sus ojos mientras
retrocedía hacia un rincón-. ¡Y no me toques o lamentarás haberlo hecho!
Di un paso al frente,
advirtiendo que en un estante que había a su espalda había dos botellas negras.
Foster murmuró unas palabras peculiares en voz baja y canturreante. Todo
comenzó a emborronarse ante mis ojos, y algo que había en mi interior parecía pujar
por salir, amenazando llenar mi garganta. Sentí que se me debilitaban las
rodillas.
Lanzándome hacia delante,
agarré por el cuello al viejo sacristán y con la mano que me quedaba libre
traté de coger las botellas. Pero el viejo cayó hacia atrás, golpeó con el pie
una de las botellas y ésta cayó al suelo mientras me hacía con la otra. Hubo un
brote de llama azul y un olor sulfuroso llenó la habitación. De los vidrios
rotos surgió un vapor blanco que se lanzó hacia la ventana.
–¡Maldito seas, ladrón! –
dijo una voz que parecía lejana y apagada. Foster, a quien había soltado en el
momento de romperse la botella, estaba acurrucado contra la pared y daba la
sensación de ser más menudo y estar más amedrentado que antes. Su rostro se
volvía lentamente de color verdinegro.
–¡Maldito seas! – dijo la
voz de nuevo, que sonó muy extraña para proceder de sus labios-. ¡Estoy
perdido! La que había ahí era la mía. Me la secuestró el dómine Slott hace
doscientos años.
Resbaló hasta el suelo,
mirándome con ojos de odio que disminuían rápidamente. Su carne blanca volvióse
negra y luego amarilla. Vi con horror que su cuerpo parecía desintegrarse y que
sus ropas se desplomaban formando pliegues nítidos.
La botella que tenía en la
mano comenzaba a calentarse. La miré con temor. Brillaba con fosforescencia
mitigada. Tenso de miedo, la dejé en la mesa, pero sin poder apartar los ojos
de ella. Tras un ominoso momento de silencio, el brillo volvióse más encendido
y entonces oí inequívocamente el sonido de la tierra que se removía. Boqueando,
miré por la ventana. La luna estaba bien alta ya y a su luz alcancé a ver que
la cruz de la tumba de Vanderhoof estaba completamente caída. Volví a oír el
ruido de la tierra y, ya incapaz de dominarme, me lancé escaleras abajo y corrí
hasta llegar a la puerta. Cayendo una y otra vez mientras corría por el terreno
desigual, me sentía espoleado por un terror abyecto. Al llegar al comienzo del
otero, a la entrada del sombrío túnel que se abría bajo los sauces, oí un
horrible crujido a mis espaldas. Me volví y miré hacia la iglesia. El muro
reflejaba la luz de la luna y recortada sobre él vi una sombra gigantesca y
negra que salía de la tumba de mi tío y corría tambaleándose hacia la iglesia.
A la mañana siguiente conté
todo a un grupo de aldeanos en el almacén de Haines. Se miraron entre sí con
leves sonrisas mientras duró el relato, pero cuando les insinué que me
acompañaran se deshicieron en excusas. Aunque su credulidad parecía tener límites,
no querían correr riesgos. Les informé de que iría solo, aunque debo confesar
que el proyecto no me entusiasmaba.
Nada más salir del almacén,
un viejo de barba larga y blanca corrió tras de mí y me cogió de un brazo.
–Yo te acompañaré, chaval
-dijo-. Creo que mi abuelo me dijo algo cierta vez sobre lo que le había pasado
al viejo dómine Slott. Me han dicho que fue un tipo raro, pero Vanderhoof fue
mucho peor.
La tumba del dómine
Vanderhoof estaba abierta y vacía. Por supuesto, podía haberse tratado de
ladrones de tumbas, según acordamos ambos, y sin embargo… Subimos al
campanario. La botella que había dejado yo en la mesa había desaparecido,
aunque todavía se veían fragmentos de la otra en el suelo. Y sobre el
montoncillo de polvo negro y ropa arrugada que había sido Abel Foster se
advertían ciertas huellas gigantescas.
Después de echar una ojeada
a los libros y papeles de la estancia, los llevamos abajo y los quemamos, por
tratarse de cosa profana e impura. Con un azadón que encontramos en el sótano
rellenamos la tumba de Johannes Vanderhoof y, como por un presentimiento,
arrojamos la cruz caída a las llamas.
Las viejas comadres dicen
que, cuando hay luna llena, en los alrededores de la iglesia se pasea una
gigantesca y extraña figura que porta una botella en la mano y busca algo que
nadie recuerda ya.
EL LIBRO NEGRO DE
ALSOPHOCUS
Mis recuerdos son muy
confusos, Apenas si sé cuando empezó todo; es como si, en determinados
momentos, contemplase visiones de los años transcurridos a mi alrededor,
mientras que, otras veces, parece que el presente se difumina en un punto
aislado dentro de una palidez informe e infinita. Ni tan siquiera sé a ciencia
cierta cómo expresar lo sucedido. Mientras hablo, tengo la vaga sensación de
que necesitaré sostener lo que voy a decir con ciertas pruebas extrañas y,
posiblemente, terribles. Mi propia identidad parece escabullirse. Es como si
hubiese sufrido un fuerte golpe; producido, quizá, por el advenimiento de algún
proceso monstruoso que tuvo lugar en los hechos que me acontecieron.
Estos ciclos de experiencia
tienen sus inicios en aquel libro carcomido. Recuerdo el lugar donde lo
encontré; apenas si estaba iluminado, escondido al lado del río cubierto de
brumas por donde fluyen unas aguas negras y aceitosas. El edificio era muy viejo,
las enormes estanterías atesoraban cientos de libros decrépitos que se
acumulaban sin fin en habitaciones y corredores sin ventanas. Había, además,
masas informes de volúmenes amontonados descuidadamente por el suelo; y fue en
uno de estos montones donde encontré el tomo. Al principio no sabía cómo se
titulaba ya que le faltaban las primeras páginas; pero lo abrí por el final y
ví algo que enseguida llamó mi atención.
Se trataba de una especie de
fórmula -una pequeña lista de cosas que hacer y decir – que sonaban como algo
oscuro y prohibido; pero seguí leyendo y descubrí ciertos párrafos en los que
se mezclaban la fascinación y la repulsión, ocultos en las amarillentas
páginas, antiguas y extrañas, poseedoras de los secretos del universo que yo
ansiaba conocer. Era una ¡ave -una guía – a ciertas puertas y entradas que los
magos y,¡ habían soñado y musitado cuando el hombre era joven, y que conducían
a lugares más allá de las tres dimensiones conocidas, a regiones de extrañas
vidas y materias. Durante años los hombres no habían sabido reconocer su
esencia vital, ni sabían dónde encontrarla, pero el libro era realmente
antiguo, No estaba impreso; había sido escrito por la mano de algún monje loco
que había comunicado a aquellas palabras latinas ciertos conocimientos
prohibidos de horripilante antigüedad.
Recuerdo que el viejo
vendedor temblaba asustado, e hizo un curioso gesto con sus manos cuando me lo
llevé. Se negó a aceptar dinero por el libro, pero hasta mucho después no
descubrí el porqué. Mientras me escurría por los estrechos callejones portuarios,
laberintos cubiertos de bruma, tenía la vaga sensación de ser seguido por unos
pies invisibles que se arrastraban tras de mí. Las casas decrépitas y antiguas
que se erguían a mi alrededor parecían animadas de una vida malsana, como si
una ráfaga de maligno entendimiento las hubiese animado. Sentía como si
aquellas abombadas paredes y buhardillas, hechas de ladrillo y cubiertas de
musgo -con redondas ventanas que parecían espiarme-, tratasen de cerrarme el
paso y aplastarme… aunque sólo había leído una pequeña porción de los oscuros
secretos que contenía el libro, antes de cerrarlo y salir con él bajo el brazo.
Recuerdo con qué ansiedad
leí el libro, pálido, encerrado en la habitación del ático que me servía de
refugio en mis extraños descubrimientos. La enorme casona permanecía caldeada,
pues había salido pasada la medianoche. Creo que vivía con algún familiar
-aunque los detalles son inciertos- y sé que tenía muchos sirvientes. No sé
exactamente qué año era; desde entonces he conocido muchas edades y
dimensiones, y mi noción del tiempo ha terminado por desvanecerse. Estuve
leyendo a la luz de las velas – recuerdo el incesante gotear de la cera
derretida-, y mientras me llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de
cuando en cuando. Prestaba una atención especial al sonido de aquellas
campanas, como si temiera escuchar algo muy lejano, un son extraño y especial.
Y entonces se produjo una
especie de golpear y arañar en la ventana abuhardillada que se abría sobre un
laberinto de tejadillos. Sucedió nada más acabar de pronunciar en voz alta el
noveno verso de un conjuro primordial, y supe, aterrorizado, cuál era su
significado. Pues aquel que atraviesa el umbral siempre lleva una sombra
consigo, y ya nunca vuelve a estar solo. Yo la había evocado; el libro era
realmente todo lo que había sospechado. Aquella noche atravesé la puerta que
conduce a un abismo de tiempo y dimensiones cruzadas, y cuando el amanecer me
sorprendió en el ático descubrí en las paredes v anaqueles de la habitación
aquello que nunca antes había visto.
Desde entonces el mundo no
era para mí lo mismo que antes. Mezclado con el presente, siempre había un poco
del pasado y un poco del futuro, y todos los objetos que alguna vez me
parecieron familiares me resultaban ahora extraños bajo la nueva perspectiva
que tenían mis enfebrecidos ojos. Desde aquel momento me ví envuelto en un
fantástico sueño poblado de formas desconocidas y medio recordadas, y cada vez
que cruzaba un nuevo umbral me costaba más reconocer los objetos de la estrecha
esfera a la que tanto tiempo había pertenecido. Lo que descubrí sobre mi propio
yo, nadie puede saberlo; cada vez hablaba menos y permanecía más tiempo solo, y
la locura rondaba mi alrededor. Los perros me re huían, pues captaban la sombra
que me acompañaba. Pero seguí leyendo, adentrándome en libros ocultos y
prohibidos, en manuscritos y fórmulas que ahora ansiaba conocer, y atravesaba
puertas espaciales y existencias y regiones que s(abren más allá del universo
conocido.
Recuerdo bien la noche que
tracé los cinco círculos concéntricos de fuego en el suelo, y canté, erguido en
el círculo central, aquella monstruosa letanía que invocaba al mensajero de
Tartaria. Las paredes se difuminaron mientras era arrastrado por un tenebroso
viento a través de abismos fantasmagóricos y grises, en los que relucían, a
infinidad de metros por debajo de mí, los picos crueles de desconocidas
montañas Después hubo un momento de total oscuridad y luego la luz de millones
de estrellas que dibujaban extrañas constelaciones. Por fin descubrí una
verdosa llanura en la lejanía, debajo de mí, y vislumbré las empinadas torres
de una ciudad cuya mampostería es totalmente ajena a la tierra. Según me iba
acercando a la ciudad, distinguí un enorme edificio hecho a base de piedras en
mitad de un paraje desolado, y sentí que el miedo se apoderaba de mí,
atenazándome. Grité, debatiéndome aterrorizado y, después de un lapsus de
oscuridad, me encontré de nuevo en mi buhardilla, tirado en el suelo sobrelos
cinco círculos concéntricos de fuego. El vagabundeo de aquella noche no había
sido más fantástico que los de muchas, otras; pero había sentido más terror
debido a la certeza de saber que me había acercado más a aquellos abismos y
mundos exteriores. Desde entonces fui más cauteloso con mis conjuros, pues no
quería perderme, separarme de mi cuerpo, del mundo, y vagar por abismos
desconocidos de los que jamás podría volver.
De cualquier forma, y en la
situación en la que me encontraba, mi capacidad para reconocer los objetos y
escenas normales iba desapareciendo poco a poco según adquiría nuevos
conocimientos, haciendo que mi visión de la realidad se tomase inesacta, geométrico
y distorsionada. Mi sentido del oído también se vio afectado. El tañido de las
distantes campanas me parecía más ominoso, terroríficamente etéreo, como si el
son me Regase a través de extraños golfos y lejanas regiones, donde las almas
atormentadas gritan eternamente su pena y dolor. Según pasaban los días me iba
alejando más y más de lo que me rodeaba, los eones se separaban de los cánones
terrestres, ocultándose entre lo innominable. El tiempo se convirtió en algo
incierto, y mis recuerdos de acontecimientos y gentes que había conocido antes
de adquirir el libro se desvanecieron en una neblina de irrealidad que evitaba
todos mis desesperados intentos de recuperar.
Recuerdo la primera vez que
escuché las voces; voces inhumanas, sibilinas, que parecían provenir de las
regiones más exteriores del tenebroso espacio, donde seres amorfos se inclinan
y bailan ante un ídolo fétido y monstruoso creado por el devenir infinito de
los siglos. Con el advenimiento de estas voces comencé a tener unos sueños de
espantosa intensidad, pesadillas mortales en las que soles negros y verdes
brillaban sobre grotescos monolitos y ciudades malignas que se elevan, torre
sobre torre, como queriendo escapar de sus condicionantes terrestres. Pero
todos estos sueños y pesadillas no eran nada comparados con el terrorífico
coloso que más tarde emergió de mi consciencia; incluso ahora me es imposible
recordar aquel horror en toda su magnitud, pero cuando pienso en ello siento
una sensación de vastedad, de una enormidad desconocida, y veo tentáculos que
ondulan y se contraen, como si estuviesen dotados de inteligencia propia y de
una maligna vileza. Y alrededor del coloso danzaban monstruosidades deformes,
cuyas voces entonaban un canto salvaje y cacofónico:
«Mwlfgab pywfg)btagn Gh’tyaf
nglyf lgbya.»
Estos horrores me
acompañaban siempre, al igual que la sombra del más allá.
Y aun así continuaba
estudiando los libros y manuscritos, y seguía atravesando las oscuras puertas
que conducen a des conocidas dimensiones, donde unos seres tenebrosos me
instruían en artes tan infernales que incluso la más prosaicas de las mentes
sería incapaz de soportar.
Recuerdo la forma en que
descubrí el título del libro; la no che estaba muy avanzada y yo hojeaba las
polvorientas páginas cuando descubrí un párrafo que arrojó cierta luz sobre el
origen del misterioso volumen:
“Nyarlathotep reina en
Sharnoth, más allá del espacio y del tiempo; sumido en las sombras de su
palacio de ébano espera su segundo advenimiento y, en compañía de sus siervos Y
acólitos, celebra impíos festines en lo más profundo de la noche.
Que nadie se interponga con
conjuros y encantamiento,,, que le conciernen, pues quedaría atrapado sin
remedio. Que cuide el ignorante, lo dice el Libro Negro, pues terrible es en
verdad la ira de Nyarlathotep.”
Yo ya había encontrado
referencias al Libro Negro en secretos manuscritos: este legendario tomo fue
escrito hace siglos por el gran hechicero Alsophocus, que vivía en las tierras
de Erongil antes de que los antiguos hombres dieran sus primeros pasos inseguros
sobre la tierra.
El misterio había quedado
aclarado; realmente me hallaba ante el blasfemo Libro Negro. Con este
conocimiento comence a devorar verazmente todas las enseñanzas que contenía e1
volumen; aprendí fórmulas para ocultar, invocar y crear seres, y me sentía poderoso
por el dominio de tales fuerzas. Descubrí nuevas entradas y puertas, los
demonios de las más oscuras regiones estaban bajo mi poder; pero aún había
barreras que no podía atravesar, los negros abismos del espacio que se
extienden más allá de Fomalhaut, donde el horror último acecha, rodeado de
sibilantes blasfemias más viejas que las estrellas. Buceé en el De Vermis
Mysteriis, de Ludvig Prinn, y en Cultes des Goules, de Comte d’Erlette, en
busca de más antiguos secretos, pero todos aquellos misterios primigenios eran
nada comparados con las enseñanzas que contenía esotérico Libro Negro. Este
volumen mostraba ciertos encantamientos de tan terrible poder que incluso el
mismísimo Alhazred habría temblado ante su sola contemplación: la llamada de
Boromir, los oscuros secretos del Trapezoedro resplandeciente – aquella ventana
abierta al espacio y al tiempo- y la invocación de Cthulhu desde su palacio
oceánico la acuática ciudad de R’Iyeh; todos aquellos secretos estaban allí
guardados, esperando al valiente, o loco, que fuera lo suficientemente
temerario para utilizarlos.
Me hallaba en la cima de mi
poder; el tiempo se expandía o se contraía a mi voluntad, y el universo no
encerraba ningún secreto que yo no conociese. Mis ataduras con los
acontecimientos mundanos se quebraron a causa de mis estudios secretos, y mi
poder se hizo tan grande que llegué a intentar imposible, el paso de la última
y terrorífica puerta, el umbral que se abre a los oscuros secretos del más
allá, donde los Primigenios aguardan prisioneros, planeando su próximo retorno
a la tierra, de la cual fueron expulsados por los Dioses Antiguos. Lleno de
vanidad supuse que yo -una diminuta mota de polvo en mitad de un vasto cosmos
de tiempo- podría atravesar los negros abismos del espacio que se extienden más
allá de las estrellas, donde reina la anarquía y el caos, volver con la mente
intacta y libre de los horrores de cientos de eones de antigüedad que allí
moran.
De nuevo tracé los cinco
círculos concéntricos de fue sobre el suelo y me situé en el centro, invocando
a los pode inimaginables con un hechizo tan inconcebiblemente terrible que mis
manos temblaban mientras hacía los misteriosos si nos y símbolos. Las paredes
se disolvieron y un poderoso viento oscuro me arrastró a través de abismos sin
fondo y grises regiones de materia informe. Viajaba más rápido que el
pensamiento, pasando sobre planetas sin luz y desconocidas regiones que bullían
a inconmensurable distancia; las estrellas discurrían con tanta rapidez que
parecían regueros de luz entremezclándose en el espacio, haces luminosos
resaltando contra la oscuridad etérea más negra que las fabulosas profundidades
de Shung.
Trascurrió un minuto -o un
siglo- y aún seguía volando vertiginosamente. Las estrellas escaseaban cada vez
más; agrupadas en montoncitos, parecían buscar compañía en toda aquella
desolación; todo lo demás permanecía igual. Me sentía terriblemente solo en
aquel viaje; colgando suspendido en el espacio y el tiempo, como si no
avanzase, aunque la velocidad debía ser increíble, y mi espíritu se revelaba
ante la soledad horrible, la quietud y el silencio de la nada; era como un
hombre sepultado en vida en un sepulcro inmenso y oscuro. Pasaron los eones y
vi cómo se desvanecía el último grupo de estrellas, las últimas luces en un
espacio milenario; más allá no había nada excepto una oscuridad impenetrable,
el fin del universo. De nuevo volví a gritar horrorizado, mas en vano; mi
búsqueda interminable siguió a través de corredores silenciosos y muertos.
Continué viajando durante
una eternidad interminable, y nada cambiaba excepto el ritmo de los latidos de
mi corazón. Y entonces empezó a hacerse visible una tenue luz verdosa; había
pasado a través de una ausencia de tiempo y materia; había atravesado el Limbo.
Ahora me encontraba más allá del universo, a inconcebible distancia del cosmos
conocido; había cruzado el último umbral, la última puerta que se abría al
olvido. Delante brillaban los dos soles de mis visiones, entre los que fui
conducido a lo que ahora parecía una velocidad lentísima; alrededor de estos
prodigios de colores negros y verdes, rotaba un solo planeta; adiviné su
nombre: Shamoth.
Floté suavemente alrededor
de esta negra esfera y, mientras me aproximaba, pude contemplar la verdosa
llanura que se extendía debajo de mí, sobre la que descansaba la gigantesca y
laberíntico ciudad de mis primeras pesadillas, y que
parecía deforme y
desproporcionado bajo la luz antinatural. Fui guiado sobre los tejados de la
muerta ciudad, contemplando los desvencijados muros y erosionados pilares que
resaltaban como cuchillos contra la oscura línea del cielo. No se movía nada,
pero tenía la sensación de que allí habitaba algo vivo, un ser corrompido y
lleno de maldad que conocía mi presencia.
Mientras descendía a la
ciudad recobré mis sentidos físicos; sentí frío, un frío helador, y mis dedos
estaban entumecidos. Descendí al borde de un espacio abierto, en cuyo centro se
erguía un gigantesco edificio con una puerta enorme y abovedada que bostezaba
tenebrosa como las fauces de algún terrible animal primigenio. De este edificio
emanaba un aura de palpable malevolencia; me quedé petrificado por la sensación
de terror y desesperación que me invadió, y, mientras permanecía inmóvil ante
el monstruoso edificio, recordé aquel pequeño párrafo del Libro Negro:
«En un espacio abierto en el
centro de la ciudad se yergue el palacio de Nyarlathotep. Aquí se pueden
aprender todos los secretos, aunque el precio de tales conocimientos es
verdaderamente horrible.»
Supe sin ningún género de
dudas que aquél era el cubil del taimado Nyarlathotep. Aunque el pensamiento de
entrar en aquella estructura me asqueaba, caminé descuidadamente atravesando la
puerta, como si una mente que no era la mía guiara mis piernas. Atravesé aquel
enorme portalón metiéndome en una oscuridad tan profunda como la que había
soportado en mi largo viaje espacial. Poco a poco la impenetrable oscuridad fue
dando paso a la verdosa luz que iluminaba la superficie del planeta; y en
aquella tétrica luminosidad con. templé lo que nadie debería ver nunca.
Me hallaba en una larga sala
abovedada sostenida por pilares de ébano; a ambos lados se delineaban unas
criaturas con formas de pesadilla. Allí estaba Khnum, y Anubis, con cabeza de
zorro, y Taveret, la Madre, horriblemente obesa. Grotescos seres encorvados,
espiando, y tenebrosas existencias que me observaban con malignidad; entre
todas estas criaturas amorfas e infernales, mi cuerpo luchaban contra mi alma.
Unas garras me asieron por brazos y piernas, y mi estómago se revolvió de asco
ante el contacto de la carne putrefacto. El aire estaba Heno de gritos y
aullidos mientras las figuras danzaban con obscenidad a mi alrededor,
deleitándose en un ritual blasfemo y depravado; y al final de la enorme sala,
perdido en la distancia, se ocultaba el horror último, el terrible coloso negro
de mis visiones, el amo del palacio, Nyarlathotep.
El Primigenio me observó
atentamente, su mirada quemaba mis entrañas, llenándome de un horror tan
espantoso que cerré los ojos para evitar aquella visión de infinita maldad.
Bajo aquella mirada mi ser se contrajo, desvaneciéndose, como si estuviese
siendo absorbida por una fuerza irresistible. Perdí la poca identidad que me
quedaba; mis poderes necrománticos que, ahora lo sabía, no eran nada comparados
con los del habitante de este oscuro mundo, desaparecieron, perdiéndose en el
ignoto universo para no ser jamás recuperados.
Bajo aquella mirada, mi
mente y mi alma se llenaban de ' un espanto aterrador; no podía hacer nada
mientras él absorbía mi existencia, quitándome la vida poco a poco. La
desesperación hizo presa en mí, pero estaba indefenso, y era incapaz de hacer
frente a la irresistible fuerza que me apresaba. Apenas sin sentirlo, algo se
iba esfumando de mi ser, algo insustancial, pero totalmente necesario para mi
futura existencia; no podía hacer nada, había ido demasiado lejos y ahora
estaba pagando el error. Mi visión se nubló con miles de rayos; imágenes de mi
casa y mi familia flotaban ante mis ojos y luego se desvanecían como si nunca
hubiesen existido. Y entonces, lentamente, sentí cómo cambiaba, disolviéndome
en la no
existencia.
Me elevé, sin cuerpo,
escurriéndome sobre las cabezas de aquella hueste de pesadilla, a través de la
fría mampostería de piedra de aquel palacio que ya no era un obstáculo para mi
avance, hasta que salí a la diabólica luz verdosa de la superficie del planeta.
No estaba vivo ni muerto, aunque la muerte hubiese sido mucho mejor. La ciudad
se desparramaba debajo de mí, mostrándome todo su esplendor y malignidad, y
sobre aquel tétrico edificio que era el palacio de Nyarlathotep vi una masa
amorfa que salía, extendiéndose por toda la ciudad. Se fue agrandando poco a
poco hasta que ocultó la ciudad de mi vista, y cuando había cubierto toda la
región que podía contemplar, se contrajo de nuevo, transformándose en el negro
coloso de mis visiones. Comencé a temblar aterrorizado, pero según me iba
alejando de la ciudad, ganando altura, la escena se fue reduciendo de tamaño y
contemplé la escena con un poco menos de miedo.
Poco a poco, la masa de
tierra que se extendía debajo de mí fue tomando el aspecto de una esfera
mientras me alejaba, introduciéndome en las negras profundidades del espacio.
Colgando sin sentido, mientras nada se movía a mi alrededor, o en las regiones del
Primigenio, me aterrorizaba pensar en el último acto del drama que yo había
desatado. De la superficie del planeta surgió un rayo de luz o energía, que
cruzó el espacio, perdiéndose en su infinidad, dirigiéndose, estaba seguro, al
planeta que me había visto crecer. A partir de entonces todo estuvo en calma, y
quedé totalmente solo en aquel universo más allá de las estrellas.
Mis recuerdos se
desvanecían; pronto no me quedaría ninguna memoria de mi pasado, pronto todos
los vestigios de mi humanidad se esfumarían. Y mientras permanecía suspendido
en el espacio y el tiempo por toda la eternidad, sentí algo difícil de
explicar. Una sensación de paz, de una paz que ni la muerte podría dar; aunque
esa paz era perturbado por un recuerdo, un recuerdo que yo esperaba que pronto
se borrase de mi mente. No recuerdo cómo sabía esto, pero estaba más seguro de
ello que de mi propia existencia. Nyarlathotep ya no volvería a pisar la
superficie de Sharnoth, jamás se reuniría con su corte en aquel enorme palacio
negro, pues aquel rayo de luz que viajaba en el espacio tenebroso llevaba
consigo algo más.
En una pequeña buhardilla,
débilmente iluminada, un cuerpo se estiraba, poniéndose en pie. Sus ojos eran
dos trozos de carbón al rojo, y una diabólica sonrisa cruzaba su rostro; y
mientras observaba los tejadillos de la ciudad a través de la pequeña ventana,
sus brazos se elevaron en un gesto de triunfo.
Había atravesado las
barreras creadas por los Dioses Antiguos; estaba libre, libre para caminar por
la tierra una vez más, libre para manejar la mente de los hombres y esclavizar
sus almas. Era aquel al que yo había dado la oportunidad de escapar, yo que, a
causa de mis ansias de poder, le había procurado los medios para volver a la
tierra.
Nyarlathotep caminaba por la
tierra con la forma de un hombre, pues cuando me robó mis recuerdos y mi ser,
también retuvo mi aspecto físico. En mi cuerpo moraba ahora la esencia inmortal
de Nyarlathotep el Terrible.


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