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© Libro N° 4021. Doce Relatos Cortos de H. P. Lovecraft. Antología Molina Miranda, Guillermo. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Doce Relatos Cortos de H. P. Lovecraft. Antología GMM

 

Versión Original: © Doce Relatos Cortos de H. P. Lovecraft. Antología GMM

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DOCE RELATOS CORTOS DE

H. P. LOVECRAFT

Antología

Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

EL TERRIBLE ANCIANO

EL TEMPLO

EL SABUESO

EL PANTANO DE LA LUNA

EL MODELO DE PICKMAN

EL EXTRAÑO

EL DEMONIO DE LA PESTE

EL CLÉRIGO MALVADO

EL CEREMONIAL

EL CAOS REPTANTE

DOS BOTELLAS NEGRAS

EL LIBRO NEGRO DE ALSOPHOCUS

 

 

 

 

 

EL TERRIBLE ANCIANO

 

 

 

 

Fue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive a solas en una casa muy antigua de Walter Street próxima al mar, y se le conoce por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud extremadamente delicada… lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.

 

Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, le protegen de las atenciones de caballeros como Mr. Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de clipper de las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Scar-Face, Long Tom, Spanish Joe, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogéneas estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.

 

Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. Mr. Ricci y Mr. Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero, mientras Mr. Czanek se quedaba esperándoles a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto al verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros y sin alharacas.

 

Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en Waltter Street junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Terrible Anciano para averiguar el paradero de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy anciano y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Terrible Anciano hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble.

 

La espera le pareció muy larga a Mr. Czanek que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la verja posterior de la casa del Terrible Anciano, en Ship Street. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la mansión momentos antes de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los nervios observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo? A Mr. Czanek no le gustaba esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumbroso pastillo, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba.

 

Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Terrible Anciano que se apoyaba con aire tranquilo en su nudoso cayado y sonreía malignamente. Mr.

 

Czanek no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era amarillos.

 

Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades provincianas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados -como si hubieran recibido múltiples cuchilladas-y horriblemente triturados -como si hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas-, que la marea arrojó a tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró en Ship Street, o de ciertos gritos harto inhumanos, probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el Terrible Anciano no prestaba la menor atención a los chismes que corrían por el pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando se es anciano y se tiene una salud delicada la reserva es doblemente marcada. Además, un lobo marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas mucho más emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL TEMPLO

 

 

El 20 de agosto de 1917, yo, Karl Heinrich, Graf von Altberg-Ehrenstein, capitán de corbeta de la Marina Imperial Alemana y Comandante del submarino U-29, deposito esta botella con este informe en el Océano Atlántico, en un punto que desconozco, pero que probablemente se encuentra alrededor de los 20° latitud norte, 35° longitud oeste, donde yace mi barco, fuera de combate, en el fondo del océano. Lo hago porque quiero que se sepan públicamente ciertos hechos insólitos, ya que con toda probabilidad no sobre-viviré para poder darlos a conocer en persona, toda vez que las circunstancias que me rodean son tan amenazadoras como extraordinarias, entre las que se incluye no sólo el IJ-29 inutilizado, sino también el derrumbamiento de mi férrea voluntad alemana de la manera más desastrosa.

La tarde del 18 de junio, tal como se informó por radio al U-61 con destino a Kiel, torpedeamos el carguero británico Victory, que iba de Nueva York a Liverpool, en la situación 45° 16’ latitud norte, 280 34’ longitud oeste, permitiendo a la tripulación que abandonase el buque en botes, a fin de obtener una buena filmación de la escena para los archivos del Almirantazgo. El barco se hundió espectacularmente, de proa:

sacó la popa fuera del agua y se zambulló perpendicularmente hacia el fondo del mar. Nuestra cámara no perdió detalle, y siento que tan valiosa película no llegue jamás a Berlín. Después, hundimos los botes salvavidas con nuestros cañones y nos sumergimos. –

Cuando salimos a la superficie, hacia el atardecer, encontramos en nuestra cubierta el cuerpo de un marinero, con las manos atenazadas a la barandilla de forma curiosa. El pobre diablo era joven, más bien moreno, y muy guapo; probablemente era italiano o griego, y pertenecía sin duda a la tripulación del Victory. Evidentemente, había buscado refugio en la misma nave que se había visto obligada a destruir la suya… una víctima más de esta injusta guerra de agresión que los perros ingleses mantienen contra la Patria. Nuestros hombres le registraron en busca de recuerdos, y encontraron en el bolsillo de su marinera un trozo de marfil muy extraño, tallado, que representaba una cabeza de joven con una corona de laurel. Mi oficial, el alférez de navío Klenze, opinó que el objeto era muy antiguo y de gran valor artístico, así que se lo confiscó a los hombres y se lo quedó. Pero ni a él ni a mí se nos ocurría cómo habría llegado a manos de un simple marinero.

Al ser arrojado el muerto por la borda ocurrieron dos incidentes que causaron gran inquietud entre la tripulación. Le habían cerrado los ojos al infeliz; pero al desprender su cuerpo de la barandilla se le volvieron a abrir, y muchos tuvieron la curiosa impresión de que miraron fijamente, y como con burla, a Schmidt y a Zimmer, que estaban inclinados sobre su cadáver. Al contramaestre Müller, hombre maduro que habría llegado más lejos de no haber sido un cochino y supersticioso alsaciano, le excitó de tal modo esta impresión, que siguió observando el cadáver en el agua, y juró que, tras sumergirse un poco, puso los brazos y las piernas en posición de nado, y desapareció velozmente bajo las olas en dirección sur. A Klenze y a mí no nos gustaron estas muestras de ignorancia propias de paletos, y amonestamos severamente a los hombres, particularmente a Müller.

Al día siguiente, se creó una situación muy molesta debido a la indisposición de algunos miembros de la tripulación. Evidentemente, sufrían cierta tensión nerviosa a causa de nuestro largo viaje, y habían sufrido pesadillas. Algunos parecían completamente aturdidos y torpes; así que después de comprobar yo personalmente que su debilidad no era fingida, les relevé de sus obligaciones. El mar estaba algo encrespado, de modo que descendimos a una profundidad en la que el oleaje era menos molesto. Aquí reinaba una calma relativa, pese a cierta misteriosa corriente en dirección sur que no logramos localizar en nuestras cartas oceanográficas. Los lamentos de los enfermos eran decididamente molestos; pero puesto que no parecían desmoralizar al resto de la tripulación, no recurrimos a medidas extremas. Nuestro plan era permanecer donde estábamos e interceptar el transatlántico Dacia, mencionado en la información de nuestros agentes de Nueva York.

A primera hora de la tarde, salimos a superficie y encontramos la mar menos movida. El humo de un barco de guerra apareció en el horizonte; pero la distancia y nuestra habilidad para sumergirnos evitaron todo peligro. Lo que más nos preocupaba eran las cosas que decía el contramaestre Müller, cada vez más incoherentes, a medida que se iba haciendo de noche. Se encontraba en un lamentable estado de puerilidad: balbuceaba insensateces, y hablaba de muertos que pasaban por delante de las portillas sumergidas, de cadáveres que le miraban fijamente, a los que él reconocía a pesar de lo hinchados que estaban, ya que los había visto ahogarse durante nuestras victoriosas hazañas germanas. Y decía que el joven que habíamos arrojado por la borda iba a la cabeza. Esto resultaba sumamente horrible e insensato, así que ordenamos que le encerrasen y le administrasen una sana ración de latigazos. A los hombres no les gustó esta clase de castigo, pero era necesaria la disciplina. Asimismo, nos negamos a la petición que vino a presentar una delegación encabezada por el marinero Zimmer, de que arrojáramos al mar la extraña cabeza tallada en marfil.

El 20 de junio, los marineros Bohm y Schmidt, que habían caído enfermos el día anterior, se volvieron locos violentos. Lamenté no tener un médico entre nuestros oficiales, ya que las vidas alemanas son preciosas; pero los constantes delirios de los dos hombres sobre una terrible maldición trastornaban enormemente la disciplina, así que tomamos drásticas medidas. La tripulación aceptó el hecho con hosquedad, pero pareció serenar a Múller, que en adelante no volvió a causar problemas.

La semana siguiente estuvimos todos muy nerviosos, vigilando en espera del Dacia. La tensión se agravó con la desaparición de Müller y de Zimmer, quienes se suicidaron sin duda a causa del miedo que parecía atormentarles, aunque nadie les vio saltar por la borda. Casi me alegré de yerme libre de Müller, porque incluso su mutismo influía de manera perniciosa en la tripulación. Ahora, todos parecían inclinados a permanecer en silencio, como si tuviesen algún secreto temor. Muchos estaban enfermos, pero ninguno causaba problemas. El alférez de navío Klenze, debido a la tensión, se irritaba por cualquier insignificancia, como con la manada de delfines, cada vez más numerosa, que daba escolta al U-29, o la creciente intensidad de la corriente sur, que no registraban nuestras cartas.

Por último, se hizo evidente que habíamos perdido el Dacia por completo. Estos fracasos no son infrecuentes, y nos sentimos ruás contentos que decepcionados, ya que había orden de regresar a Wilhelmshaven. A las 12,00 horas del 28 de junio pusimos rumbo nordeste; y a pesar de embarullamos cómicamente con la inusitada multitud de delfines, no tardamos en encontrarnos en ruta.

La explosión ocurrida en la sala de máquinas, a las 2,00 horas, nos cogió completamente de sorpresa. No se había observado ninguna anomalía en la maquinaria ni negligencia alguna por parte de los hombres; sin embargo, inesperadamente, la nave se estremeció de punta a punta a causa de la tremenda sacudida. El alférez de navío Klenze acudió corriendo a la sala de máquinas, encontrando el depósito de combustible y casi todo el mecanismo destrozados, y los maquinistas Raabe y Schneider muertos. Nuestra situación era verdaderamente grave porque si bien los regeneradores químicos de aire estaban intactos, y podíamos utilizar los dispositivos de elevar y sumergir la nave, y abrir las escotillas para reabastecernos de aire comprimido y recargar los acumuladores, no había posibilidad de propulsar ni gobernar el submarino. Tratar de buscar rescate mediante botes salvavidas significaba ponernos en manos de nuestros enemigos, irracionalmente resentidos contra nuestra gran nación alemana; por otra parte, desde nuestro enfrentamiento con el Victory, no habíamos conseguido establecer contacto por radio con ninguna unidad U de la Marina Imperial.

Desde el momento del accidente hasta el 2 de julio, fuimos arrastrados constantemente hacia el sur, casi sin planes, y sin avistar ningún buque. Los delfines seguían dando escolta al U-29, circunstancia sorprendente en cierto modo, teniendo en cuenta la distancia que llevábamos recorrida. En la mañana del 2 de julio avistamos un buque de guerra con bandera americana, y los hombres se mostraron muy nerviosos y con deseos de rendirse. Finalmente, el alférez de navío Klenze tuvo que pegarle un tiro a un tal Traube, dado que no paraba de incitar con especial violencia a este acto tan antigermánico. Esto acalló a la tripulación durante un tiempo, y nos sumergimos sin ser detectados.

Por la tarde, una densa bandada de aves marinas apareció por el sur y el océano empezó a moverse presagiosamente. Cerramos las escotillas y esperamos a ver qué pasaba, hasta que comprendimos que debíamos sumergirnos, si no queríamos que nos hundiese el creciente oleaje. Cada vez teníamos menos presión de aire y electricidad, y tratábamos de evitar el uso innecesario de nuestros escasos recursos mecánicos; pero en este caso, no había elección. No bajamos a mucha profundidad; y cuando la mar se calmó un poco, unas horas después, decidimos a la superficie. Pero entonces surgió una nueva dificultad: la nave se negaba a responder a nuestra dirección, pese a todos los esfuerzos de los mecánicos. Los hombres se asustaron aún más al sentirse prisioneros bajo el mar, y algunos empezaron a hablar nuevamente, en voz baja, de la imagen de marfil del alférez de navío Klenze; pero la visión de su pistola automática les calmó. Mantuvimos a los pobres diablos todo lo ocupados que pudimos en la reparación de las máquinas, aunque sabíamos que era inútil.

Klenze y yo dormíamos normalmente en turnos distintos; y fue mientras yo dormía cuando se declaró el motín general, hacia las 5,00 horas del 4 de julio. Los seis cerdos marineros que quedaban, imaginando que estábamos perdidos, estallaron súbitamente en una furia vesánica por habernos negado a rendirnos al buque de guerra yanqui, dos días antes, entregándose a un delirio de maldiciones y de destrucción. Rugían como animales y rompían indiscriminadamente muebles e instrumentos, gritando insensateces tales como que era la maldición de la imagen de marfil y del atezado joven muerto, que les había mirado antes de desaparecer nadando. El alférez de navío Klenze parecía paralizado, imposibilitado, como era de esperar en un renano blando y afeminado. Maté a los seis hombres, dado que era necesario, y me aseguré de que no quedara ninguno con vida. Echamos sus cadáveres por la doble escotilla y nos quedamos solos él y yo en el U-29. Klenze estaba muy nervioso, y bebía mucho. Decidimos mantenernos con vida cuanto nos fuese posible, haciendo uso de la gran cantidad de vituallas y de la provisión química de oxígeno que teníamos, ya que ninguna de estas dos cosas había sufrido daño en los estúpidos desmanes de los puercos marineros. La giroscópica, manómetros y demás instrumentos delicados habían quedado inservibles; en adelante, nuestros cálculos serían meras suposiciones basadas en nuestros relojes, el calendario y la aparente trayectoria de nuestro desplazamiento, deducida por cualquier objeto que pudiéramos avistar a través de los portillos o desde la torreta. Por fortuna, aún contábamos con bastante carga en los acumuladores, tanto para la luz interior como para el proyector. De cuando en cuando, barríamos con el haz de luz los alrededores de la nave; pero no veíamos más que delfines nadando paralelamente a nosotros. Me sentí científicamente interesado por estos delfines; pues aunque el delphinus delphis común es un mamífero cetáceo incapaz de subsistir sin aire, estuve observando a uno de estos nadadores durante dos horas, y no vi que mostrara el menor deseo de subir a la superficie.

Con el paso del tiempo, Klenze y yo llegamos a la conclusión de que seguíamos siendo arrastrados hacia el sur, a la vez que descendíamos cada vez más. Observamos la fauna y la flora marinas, y consultamos bastantes detalles sobre esta cuestión en los libros que yo traía conmigo para los momentos de ocio. No pude por menos de notar, sin embargo, la poca preparación científica de mi compañero. No tenía una mentalidad prusiana, de modo que era propenso a fantasías y especulaciones sin fundamento alguno. La certeza de nuestra muerte inminente le afectó de manera curiosa, y rezaba a menudo, en arrepentimiento por los hombres, mujeres y niños que había enviado al fondo del mar, olvidando que todo lo que supone un servicio al estado alemán es una acción noble. Al cabo de cierto tiempo, sufrió un notable desequilibrio, y permanecía horas y horas mirando la imagen de marfil, y murmurando fantásticas historias sobre cosas perdidas y olvidadas bajo la mar. A veces, a modo de prueba psicológica, le hacía hablar de todos estos desvaríos, y escuchaba sus interminables citas poéticas y relatos de barcos hundidos. Me aaba mucha lástima su estado, ya que me desagrada ver sufrir a un alemán; pero no era persona con la que valiera la pena morir. En cuanto a mí, era un hombre orgulloso, consciente de que la Patria honraría mi memoria, y de que mis hijos serían educados para que fuesen como yo.

El 9 de agosto avistamos el fondo oceánico, y proyectamos un potente haz de luz hacia él. Era una inmensa llanura ondulada, cubierta en su mayor parte de algas, y salpicada de conchas y pequeños moluscos. De trecho en trecho se veían objetos verdosos de misteriosos contornos, cubiertos de algas e incrustados de percebes; Klenze afirmaba que sin duda eran barcos antiguos hundidos. Hubo una cosa que le dejó perplejo: un pico sólido que emergía casi unos cuatro pies del lecho del océano; tenía unos dos pies de grosor, y los lados planos; las superficies superiores, suaves, se unían formando un ángulo muy obtuso. Dije que era una punta de roca que emergía; pero Klenze creyó ver figuras talladas en ella. Poco después empezó a temblar, y se alejó como asustado del portillo; sin embargo, no dio otra explicación, sino que le abrumaba la inmensidad, oscuridad, antigüedad y misterio de los abismos oceánicos. Tenía la mente cansada; pero yo soy alemán en todo momento, y no tardé en observar dos cosas: que el U-29 soportaba espléndidamente la presión del agua, y que los extraños delfines seguían a nuestro alrededor, aun cuando estábamos a una profundidad en la que la mayoría de los naturalistas considera imposible la existencia de organismos superiores. Estaba convencido de que habíamos sobreestimado nuestra profundidad; con todo, sin duda estábamos lo bastante abajo como para que estos fenómenos resultaran extraordinarios. Nuestra velocidad, siempre hacia el sur, era más o menos la que yo calculaba por los organismos que pasaban en los niveles superiores.

A las 15,15 del 12 de agosto, el pobre Klenze se volvió completamente loco. Había estado en la torreta utilizando el proyector, cuando le vi entrar en el compartimiento de la biblioteca, donde yo me encontraba sentado leyendo, y su cara le traicionó inmediatamente. Repetiré aquí lo que dijo, subrayando las palabras que él recalcó: «¡El está llamando! ¡El está llamando! ¡Le oigo! ¡Tenemos que ir!». Mientras hablaba, cogió la imagen de marfil de encima de la mesa, se la guardó en el bolsillo, y me agarró del brazo con intención de llevarme escaleras arriba, hacia cubierta. En seguida me di cuenta de que pretendía abrir la escotilla, y que saliéramos los dos al agua exterior; extravagancia suicida y homicida a la que yo no estaba dispuesto. Al echarme atrás, y tratar de calmarle, se puso más violento, y exclamó:

–Vamos ahora… no esperemos a más tarde; es mejor arrepentirse y ser perdonado, que desafiar y ser condenado.

Así que, en vez de tratar de tranquilizarle, adopté la actitud contraria, y le dije que estaba loco, loco de remate. Pero no se conmovió, y dijo a gritos:

–¡Si estoy loco, es una suerte! ¡Que los dioses tengan piedad del hombre que, en su insensibilidad, permanece sano hasta su espantoso fin! ¡Ven y enloquece, ahora que él nos llama con misericordia!

Esta explosión pareció aliviar la presión de su cerebro; porque seguidamente se mostró mucho más dócil, y me pidió que le dejase ir solo, si no quería acompañarle. Me di cuenta en seguida de qué era lo que debía hacer. Aunque era alemán, se trataba sólo de un renano de lo más ordinario; y ahora, se había convertido en un loco potencialmente peligroso. Accediendo a su petición suicida, me libraría inmediatamente del que ya no era mí compañero, sino una amenaza. Le pedí que me diese la imagen de marfil, pero mi petición provocó en él una risa tan inusitada que no insistí. Entonces le pregunté si quería dejar algún recuerdo o bucle de pelo para su familia en Alemania, en caso de que yo fuese rescatado; pero nuevamente se echó a reír. De modo que, cuando subió por la escala, fui a los mandos y, tras los intervalos de tiempo adecuados, hice funcionar el mecanismo que iba a acabar con su vida. Una vez comprobado que ya no estaba a bordo, di una pasada con el proyector por el agua, en un intento por verle por última vez, para comprobar si le aplastaba la presión del agua, tal como debía ocurrir teóricamente, o si no afectaba a su cuerpo, como pasaba con aquellos extraordinarios delfines. Sin embargo, no conseguí ver a mi difunto compañero, ya que los delfines se apelotonaban en torno al submarino oscureciendo los alrededores de la torreta.

Esa noche sentí no haberme apoderado disimuladamente de la imagen de marfil del bolsillo del pobre Klenze; porque me fascinaba su recuerdo. No podía olvidar aquella cabeza joven y hermosa con su corona de hojas, aunque no poseo talante artístico. También sentía no tener con quien conversar. Era mejor tener a Klenze, aunque no estuviese a mi altura intelectual, que a nadie. Esa noche no dormí bien, preguntándome cuándo me llegaría el fin. Evidentemente, había muy pocas probabilidades de que me rescataran.

Al día siguiente, subí a la torreta e inicié las acostumbradas exploraciones con el proyector. Hacia el norte, la perspectiva era muy semejante a la que habíamos tenido desde que avistamos el fondo, pero noté que el desplazamiento del U-29 era menos rápido. Al enfocar el haz de luz hacia el sur, noté que el fondo oceánico descendía en un pronunciado declive, y que había bloques de piedra curiosamente regulares en determinados puntos, dispuestos como siguiendo un trazado concreto. La nave, al principio, no descendió en seguida paralelamente a la creciente profundidad del océano, de modo que no tardé en yerme obligado a ajustar el proyector, a fin de seguir enfocando su potente haz hacia abajo. A causa del brusco movimiento se desconectó un cable, y tardé varios minutos en conectarlo otra vez; finalmente, volvió la luz al proyector, y se derramó por el valle marino que tenía debajo de mí.

No soy propenso a dejarme llevar por emociones de ninguna clase, pero mi asombro fue muy grande cuando vilo que el haz de luz eléctrica iluminaba. Sin embargo, como persona educada en la mejor Kultur de Prusia, no debí haberme asombrado, ya que la geología y la tradición nos hablan igualmente de grandes transposiciones de zonas oceánicas y continentales. Lo que vi fue una complicada serie de edificios en ruinas, todos de una arquitectura magnífica, aunque inclasificable, y en diversos grados d¿ conservación. La mayoría parecía ser de un mármol que brillaba blanquecino bajo los rayos del proyector, y el trazado general correspondía a una gran ciudad enclavada en el fondo de un estrecho valle, con numerosos templos y villas diseminados por las empinadas laderas. Había tejados hundidos y columnas caídas; pero aún reinaba un aire de esplendor inmensamente antiguo que nada era capaz de borrar.

Comprendiendo que al fin me encontraba ante la Atlántida, a la que antes había considerado un mito, me sentí el más ávido de los exploradores. En el fondo de aquel valle había discurrido un río en otro tiempo; porque al examinar con más atención el paisaje vi restos de puentes de piedra y de mármol, diques, terrazas y terraplenes en otro tiempo verdeantes y hermosos. En mi entusiasmo, me sentí tan idiota y sentimental como el pobre Klenze; y tardé en darme cuenta de que la corriente sur había cesado, dejando que el U-29 descendiera lentamente hacia la ciudad sumergida como el aeroplano se posa en una ciudad, arriba en la superficie. También tardé en darme cuenta de que había desaparecido la manada de extraordinarios delfines.

Unas dos horas después, la nave se posó en una plaza pavimentada, cerca de la pared rocosa del valle. A un lado pude ver la ciudad entera que descendía hacia la plaza, hasta el botde del antiguo río; al otro, y sorprendentemente cerca, me encontré ante un edificio ricamente ornamentado y muy bien conservado; evidentemente, se trataba de un templo excavado en la roca. Del arte original de esta obra titánica sólo me es posible aventurar conjeturas. La fachada, de inmensas proporciones, cubre al parecer una oquedad continua, ya que sus ventanales son numerosos y están ampliamente distribuidos. En el centro se abre un gran pórtico al que se llega por una escalinata de impresionantes peldaños y el cual se encuentra rodeado de exquisitos relieves que representaban como figuras de bacantes. Delante se alzan las grandes columnas y el friso, decoradas ambas con esculturas de indescriptible belleza; evidentemente, representan escenas pastoriles idealizadas y procesiones de sacerdotes y sacerdotisas portando extraños objetos ceremoniales, en adoración de un dios radiante. El arte es prodigiosamente perfecto, de concepción sensiblemente helénica, si bien está dotado de una extraña personalidad. Comunica una impresión de terrible antigüedad, como si se tratase, no de un inmediato antecesor del arte griego, sino del más remoto. No me cabe duda de que cada elemento de esa obra imponente está esculpido en una ladera de roca virgen de nuestro planeta, aunque no puedo imaginar cómo excavarían su interior. Quizá proporcionase el hueco principal alguna caverna o serie de cavernas. Ni el tiempo ni la inmersión han deteriorado la prístina grandeza de este templo terrible -porque sin duda se trata de un templo-; y hoy, miles de años después, descansa inmaculado e inviolado en la noche interminable y el silencio del abismo oceánico.

No puedo calcular las horas que pasé contemplando la ciudad hundida con sus edificios, arcos, estatuas y puentes, y el colosal templo con su belleza y su, misterio. Aunque sabía que mi muerte estaba cerca, me consumía la curiosidad; y seguí moviendo el proyector ansioso por ver. El haz de luz me permitía apreciar muchos detalles, pero no lograba revelar nada, más allá de

la puerta del templo tallado en la roca. Un rato después apagué, consciente de que debía ahorrar energía. Los

rayos ahora eran sensiblemente más débiles que en las semanas de navegación a la deriva. Y como acuciado por la inminente privación de la luz, me aumentó el deseo de explorar los secretos de las aguas. Como alemán, debía ser el primero en pisar esos caminos olvidados durante milenios.

Saqué y examiné una escafandra de grandes profundidades, de metal articulado, y probé la luz portátil y el regenerador de aire. Aunque seria difícil manejar yo solo la doble escotilla, pensé que podía salvar todos los obstáculos con mi habilidad científica, y caminar efectivamente por esa ciudad muerta.,

El 16 de agosto efectué una salida del U-29, y caminé trabajosamente por las calles en ruinas y cubiertas de barro, hacia el antiguo río. No encontré esqueletos ni restos humanos, aunque coseché una enorme riqueza arqueológica en esculturas y monedas. No puedo hablar ahora de todo ese material, si no es para expresar mi terror ante esta cultura que se encontraba en el cenit de la gloria cuando los cavernícolas vagaban por Europa y el Nilo discurría sin que se asomara a él civilización alguna. Otros, guiados por este manuscrito

–si llega a ser encontrado alguna vez-., deberán revelar el misterio que yo solamente puedo señalar. Volví a la nave, dado que mis baterías se debilitaban, aunque decidido a explorar el templo de roca al día siguiente.

El 17, aunque mis deseos de explorar el misterio del templo se habían vuelto más insistentes, me llevé un desencanto, al descubrir que los materiales que necesitaba para recargar la lámpara portátil habían perecido en el motín de aquellos cerdos, del mes de julio. Mi rabia no tuvo límites; sin embargo, mi sentido común alemán no me permitía aventurarme a entrar sin las debidas condiciones en un recinto completamente en tinieblas que podía resultar la madriguera de algún indescriptible monstruo marino, o un laberinto de cuyos pasadizos me fuera luego imposible salir. Todo lo que podía hacer era enfocar el proyector del U-29, acercarme hasta la puerta con su ayuda, y examinar los relieves exteriores. El haz de luz entraba por el pórtico en ángulo ascendente; de modo que me asomé para ver si lograba descubrir algo, aunque en vano. Ni siquiera se veía el techo; y aunque di un paso o dos hacia el interior, después de tantear el piso con un palo, no me atreví a seguir. Además, por primera vez en mi vida experimenté la emoción del miedo. Empezaba a comprender cómo se habían originado algunos de los estados de ánimo del pobre Klenze, ya que a medida que el templo me iba atrayendo cada vez más, sentía un terror ciego y creciente hacia sus abismos acuosos. Apagué las luces y me senté a meditar en tinieblas. Ahora debía ahorrar electricidad para las emergencias.

El sábado 18 lo pasé sumido en total oscuridad, atormentado por pensamientos y recuerdos que amenazaban doblegar mi voluntad alemana. Klenze se había vuelto loco y había perecido antes de llegar a este vestigio siniestro de un pasado abominablemente remoto, y me había aconsejado que me fuese con él. ¿Acaso el Destino preservaba mi razón sólo para arrastrarme irresistiblemente a un final más horrible e impensable de lo que haya podido soñar nadie? Evidentemente, tenía los nervios agotados; debía desechar estas ideas, propias de un hombre débil.

La noche del sábado no me podía dormir, y encendí las luces sin preocuparme por lo que pasara después. Era una lástima que la electricidad no durase lo mismo que el aire o las provisiones. Volví a pensar en recurrir a la eutanasia, y examiné mi pistola. Hacia el amanecer debí de quedarme dormido con las luces encendidas, ya que ayer tarde me desperté completamente a oscuras, para encontrarme con que los acumuladores se habían agotado. Encendí varias cerillas, una detrás de otra, y lamenté con desespero’ la imprevisión que nos hizo gastar las pocas velas que llevábamos.

Después de apagarse la última cerilla que me atreví a encender, permanecí sentado completamente inmóvil, sin luz. Mientras pensaba en el inevitable fin, mi mente repasó los acontecimientos precedentes; entonces me llegó a la plena conciencia una impresión hasta ahora aletargada, que a un hombre más débil y supersticioso le habría hecho estremecer. La cabeza del dios radiante de las esculturas del templo de roca es idéntica al trozo de marfil tallado que el marinero muerto sacó del mar y que el pobre Klenze devolvió.

Me quedé un poco aturdido ante esta coincidencia, pero no sentí miedo. Sólo el pensamiento inferior se apresura a explicar lo singular y lo complejo mediante el recurso primitivo del sobrenaturalismo. La coincidencia resultaba extraña, pero yo tenía una razón demasiado sana para relacionar circunstancias que no admiten una conexión lógica, o asociar de manera extraña los desastrosos acontecimientos que desde el hundimiento del Victory habían conducido a mi presente situación crítica. Comprendiendo que necesitaba descansar, tomé un sedante a fin de procurarme un poco más de sueño. Mi estado de nervios se reflejó en mis pesadillas, ya que me pareció oír gritos de personas ahogándose, y ver sus rostros apretados contra el cristal de los portillos de la nave. Y entre las caras muertas, estaba el semblante burlesco y vivo del joven de la imagen de marfil.

Debo tener cuidado en el modo de consignar mi despertar hoy, ya que me siento trastornado; y sin duda hay muchas alucinaciones mezcladas con lo real. Psicológicamente, mi caso es enormemente interesante, y siento no poder ser reconocido científicamente por una autoridad alemana competente. Al abrir los ojos, lo primero que experimenté fue un deseo irresistible de visitar el templo de roca; deseo que aumentaba a cada instante, aunque trataba instintivamente de resistir con alguna emoción de temor que operaba en sentido contrario. A continuación, me sobrevino una impresión de luz en medio de la oscuridad de las baterías descargadas, y me pareció ver una especie de resplandor fosforescente en el agua que entraba por el portillo orientado hacia el templo. Esto despertó mi curiosidad, pues sabía que ningún organismo de las profundidades abismales era capaz de emitir tal luminosidad. Pero antes de que pudiese comprobarlo, me llegó una tercera impresión que, debido! a su caracter irracional, me hizo dudar de la objetividad de todo cuanto registrasen mis sentidos. Fue una ilusión auditiva: una sensación de sonido rítmico, melódico, como de cántico o himno coral frenético, aunque hermoso, que provenía del exterior y traspasaba el casco del U-29, pese a estar absolutamente insonorizado. Convencido de mi anormalidad.psicológica y nerviosa, encendí algunas cerillas y me tomé una fuerte dosis de bromuro sódico, que pareció calmarme hasta el extremo de disipar esa ilusión de sonido. Pero seguía la fosforescencia, y me costó trabajo reprimir el infantil impulso de ir a la portilla a averiguar su causa. Era espantosamente realista; hasta el punto de que podía distinguir los objetos familiares que me rodeaban, así como el vaso vacío del bromuro, del que no tenía impresión visual alguna del sitio donde lo había dejado. Esta última circunstancia me hizo reflexionar, crucé el compartimiento y toqué el vaso. Efectivamente, estaba en el lugar donde me parecía verlo. Ahora sabía que la luz era o bien real, o parte de una alucinación tan fija y coherente que no podía esperar que se disipase; de modo que renunciando a toda resistencia, subí a la torreta, con intención de averiguar cuál era el agente luminoso. ¿Seria en realidad otra nave U-, y me brindaría la posibilidad de rescatarme?

Conviene que el lector no acepte como verdad objetiva nada de cuanto sigue. Dado que los acontecimientos trascienden la ley natural, han de ser necesariamente creaciones subjetivas e irreales de mi mente sobreexcitada. Al llegar a la torreta, descubrí el mar, en general, muchísimo menos luminoso de lo que esperaba. No había fosforescencia alguna vegetal ni animal, y la ciudad que descendía hacia el río era invisible en las tinieblas. Lo que vi no era espectacular; no era grotesco ni aterrador. Sin embargo, me hizo perder el último atisbo de confianza en mi conciencia. La puerta y los ventanales del templo subacuático tallado en el monte rocoso se encontraba vívidamente iluminado por un resplandor vacilante, como procedente de las llamas poderosas de un altar en lo mds profundo de su interior.

Los incidentes que siguieron son caóticos. Mientras observaba el pórtico y los ventanales misteriosamente iluminados, sufrí las visiones más extravagantes; visiones tan insensatas, que no me es posible siquiera consignarías. Me pareció vislumbrar bultos en el templo; bultos que estaban inmóviles, y bultos que se movían; y me pareció también oír otra vez el cántico irreal que flotaba a mi alrededor cuando desperté. Y por encima de todo, despertaron en mí pensamientos y temores que giraban en torno al joven del mar y la imagen de marfil cuya talla era reproducción de los frisos y columnas del templo que tenía ante mí. Pensé en el pobre Klenze, y me pregunté dónde descansaría, con aquella imagen que había devuelto al mar. El me había advertido que se había vuelto loco ante dificultades que un prusiano es capaz de soportar perfectamente.

El resto es muy simple. Mi impulso a visitar y entrar en el templo se ha convertido ya en una orden inexplicable e imperiosa a la que finalmente no me puedo resistir. Mi voluntad alemana no es capaz de controlar mis actos, y la volición es posible en adelante sólo cuando se trata de cuestiones sin importancia. Semejante locura es la que arrastró a la muerte al pobre Klenze, sin escafandra ni protección alguna, en el océano; pero yo soy prusiano y hombre con sentido común, y utilizaré hasta el final la poca voluntad que me queda. Cuando comprendí por primera vez que debía ir, preparé la escafandra y el regenerador de aire para ponérmelo inmediatamente; acto seguido, empecé a escribir esta crónica apresurada con la esperanza de que llegue al mundo alguna vez. Meteré el manuscrito en la botella, la sellaré, y cuando salga del U-29 y lo abandone por última vez, la confiaré al mar.

No tengo miedo, ni siquiera de las predicciones del loco Klenze. Lo que he visto no puede ser cierto, y sé que esta locura de mi propia voluntad puede conducirme a la asfixia todo lo más, cuando el aire se termine. La luz del templo es una pura alucinación; así que moriré serenamente, como alemán, en las negras y olvidadas profundidades. Esa risa demoníaca que oigo mientras escribo es tan sólo producto de mi cerebro debilitado. Me pondré cuidadosamente el traje, y subiré intrépidamente la escalinata de ese santuario primordial, de ese mudo secreto de las aguas insondables y de los tiempos inmemoriales.

 

 

 

EL SABUESO

 

 

En mis torturados oídos resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso. No es un sueño… y temo que ni siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que me han sucedido para que pueda permitirme esas misericordiosas dudas.

St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a aniquilarme a mí mismo. ¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con nuestro insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.

Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad y el diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en hacerse pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras «personales».

Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.

No puedo revelar los detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que preparamos en la enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos «dilettanti» habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo oriental, y a veces -¡cómo me estremezco al recordarlo!– la espantosa fetidez de una tumba descubierta.

Alrededor de las paredes de aquella repulsiva estancia había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas coronillas de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién enterrados.

Había allí estatuas y cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.

Las expediciones, en el curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión estética, y concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que acompañaba a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable.

St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad. ¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los fosforescentes insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a moho, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver ni situar de un modo concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.

Recuerdo cómo excavamos la tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la tumba, la pálida luna vigilante, las horribles sombras, los grotescos árboles, los murciélagos, la antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño aullido cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.

Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su contenido.

Mucho -sorprendentemente mucho- era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado en algunos lugares por las mandíbulas de la cosa que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente.

Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.

En cuanto echamos la vista encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central.

No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.

Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.

Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.

Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un visitante.

Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela extrañamente aromada delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.

Luego llegó el terror.

La noche del 24 de septiembre de 19… oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John le invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.

Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.

Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas.

Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir. Resultaban tan desconcertantes como las bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los alrededores de la casa en número creciente.

El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra siluetada contra la luna que se alzaba en aquel momento.

Mi amigo estaba muriéndose cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:

–El amuleto…, aquel maldito amuleto…

Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.

Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida.

Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.

Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Victoria Embankment, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.

Al día siguiente empaqueté cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Lo que pudiera ser el sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St.

John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en los abismos de la desesperación cuando, en una posada de Rotterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.

Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.

Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.

No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar dementes explicaciones y disculpas al tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado, aunque en un momento determinado me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada.

Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.

Aquél fue el último acto racional que realicé.

Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.

La locura cabalga a lomos del viento…, garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres…, la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las ruinas de los templos enterrados de Belial… Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.

 

 

F I N

 

 

EL PANTANO DE LA LUNA

 

 

Denys Barry se ha ido a alguna región remota y espantosa que desconozco. Estuve con él la última noche que pasó entre los hombres, y ol sus gritos cuando ocurrió; pero los campesinos y la policía del condado de Meath no llegaron a encontrarle a él ni a los demás, aunque batieron el terreno hasta muy lejos. Y ahora me estremezco cuando oigo cantar las ranas en los pantanos, o veo la luna en parajes solitarios.

Conocí bastante bien a Denys Barry en América, donde se había hecho rico, y le felicité cuando compró nuevamente el viejo castillo junto al pantano del soñoliento pueblo de Kilderry. Su padre procedía de Kilderry, y allí era donde deseaba disfrutar de su riqueza, en medio de escenarios ancestrales. Los hombres de su sangre habían gobernado en otro tiempo Kilderry, y habían construido y habitado el castillo; pero esos tiempos quedaban ya muy atrás, de modo que durante generaciones, el castillo permaneció vacío y en ruinas. Después de su regreso a Irlanda, Barry me escribió a menudo, contándome cómo iba levantándose el castillo gris, torres tras torre, bajo sus cuidados, y recobrando su antiguo esplendor, cómo la hiedra comenzaba a trepar lentamente por las restauradas murallas igual que había trepado hacia muchos siglos, y cómo los campesinos le bendecían por rememorar los viejos tiempos con el oro procedente del otro lado del océano. Pero pasado un tiempo, surgieron los problemas, los campesinos dejaron de bendecirle, y le rehuyeron como a la desgracia. Y fue entonces cuando me escribió pidiéndome que le visitara, ya que se había quedado solo en el castillo, y no tenía con quien hablar, salvo los nuevos criados y braceros que había contratado en el norte.

La causa de dichos problemas estaba en el pantano, como Barry me contó la noche en que llegué al castillo. Fue un atardecer de verano cuando puse los pies en Kilderry, momento en que el oro del cielo iluminaba el verde de los montes y arboledas y el azul del pantano, donde en un lejano islote resplandecían espectralmente unas ruinas antiguas y extrañas. El crepúsculo era muy hermoso, pero los campesinos de Ballylough me previnieron contra él, y dijeron que Kilderry se había convertido en un lugar maldito, de modo que casi me estremecí al ver los altos torreones del castillo dorados como el fuego. El automóvil de Barry me esperaba en la estación, ya que Kilderry quedaba lejos del ferrocarril. Los lugareños se habían apartado del coche y de su conductor, que era un hombre del norte; pero hablaron conmigo en voz baja y con cara pálida cuando vieron que iba a ir a Kilderry. Y esa noche, después de nuestra reunión, Barry me dijo por qué.

Los campesinos se habían ido de Kilderry porque Denys Barry iba a desecar el gran pantano. A pesar de todo su amor por Irlanda, América no había dejado de influir en él, y detestaba ver desaprovechado el hermoso y vasto lugar, cuando podía sacarse turba y roturar su tierra. Las leyendas y supersticiones de Kilderry no le conmovieron, y se rió al principio cuando los campesinos se negaron a ayudarle; luego le maldijeron, recogieron sus escasas pertenencias, al ver su determinación, y se marcharon a Ballylough. Barry mandó traer braceros del norte para que ocuparan sus puestos; y cuando le dejaron sus criados, los sustituyó del mismo modo. Pero estaba solo entre extraños, y esa era la razón por la que Barry me había pedido que fuese con él.

Cuando me enteré de cuáles eran los temores que habían movido a la gente a abandonar Kilderry, me reí como se había reído mi amigo, porque estos temores eran de lo más vagos, disparatados y absurdos. Se referían a cierta leyenda ridícula acerca del pantano, y de un siniestro espíritu guardián que moraba en las extrañas y antiguas ruinas del lejano islote que yo había visto en el crepúsculo. Corrían historias sobre luces que danzaban en la oscuridad cuando no había luna, y vientos fríos que soplaban cuando la noche era cálida; sobre espectros blancos que revoloteaban por encima de las aguas, y de una imaginada ciudad de piedra que había debajo de la pantanosa superficie. Pero por encima de todas estas espectrales fantasías, y única en su absoluta unanimidad, estaba la que hacía referencia a una maldición que aguardaba a quien se atreviese a tocar o desecar el inmenso marjal rojizo. Había secretos decían los campesinos, que no debían desvelarse; secretos que permanecían ocultos desde aquella peste que sobrevino a los niños de Partholan, en los fabulosos tiempos anteriores a la historia. En el Libro de los Invasores se cuenta que estos hijos de los griegos fueron enterrados todos en Tallaght, pero los ancianos de Kilderry decían que una ciudad fue salvada por su patrona la diosa-luna, de suerte que los montes boscosos la ocultaron cuando las hordas de Nemed llegaron a Scythia en sus treinta barcos.

Esas eran las fantásticas historias que habían impulsado a los lugareños a abandonar Kilderry; y al oírlas, no me extrañó que Denys Barry se hubiese negado a escucharlas. No obstante, él sentía un enorme interés por las antigüedades, y propuso que explorásemos enteramente el pantano tan pronto como lo hubiesen desecado. Había visitado con frecuencia las blancas ruinas del islote; pero si bien era evidente que su antigüedad era muy remota y su trazado muy distinto de los de la mayoría de las ruinas irlandesas, estaba demasiado avanzado su deterioro para poder dar una idea de sus tiempos de esplendor. Ahora, el trabajo de desecación estaba a punto de empezar, y los braceros del norte estaban dispuestos a despojar al pantano prohibido de su musgo verde y de su brezal rojizo, y a matar los minúsculos arroyuelos y las plácidas charcas azules bordeadas de juncos.

Me sentía ya muy soñoliento cuando Barry terminó de contarme estas cosas; los viajes del día habían sido agotadores, y mi anfitrión estuvo hablando hasta bien avanzada la noche. Un criado me condujo a mi aposento, situado en una torre apartada que dominaba el pueblo, la llanura que se extiende al borde del pantano, y el pantano mismo; así que desde mi ventana podía contemplar, a la luz de la luna, los mudos tejados de los que habían huido los campesinos, y que ahora cobijaban a los braceros del norte, y también la iglesia parroquial con su antiguo campanario; y allá lejos, en medio de las aguas melancólicas, las ruinas antiguas y remotas del islote brillando blancas y espectrales. Justo cuando me tumbé en la cama para dormir, me pareció oír débiles sonidos a lo lejos; sonidos frenéticos, semimusicales, que provocaron en mi extrañas agitaciones que tiñeron mis sueños. Sin embargo, al despertar a la mañana siguiente, comprendí que no había sido más que un sueño, ya que mis visiones fueron mucho más prodigiosas que el frenético sonido de flautas de la noche. Influido por las leyendas que Barry me había contado, mi mente había vagado en sueños por una majestuosa ciudad enclavada en un verde valle, donde las calles y las estatuas de mármol, las villas y los templos, los relieves y las inscripciones, proclamaban en distintos tonos el esplendor de Grecia. Cuando le conté mi sueño a Barry, nos reímos los dos. Pero aún me reí más al ver lo perplejo que tenían a Barry los braceros del norte: era la sexta vez que se levantaban tarde; se habían despertado con gran torpeza y lentitud, y andaban como si no hubiesen descansado, aunque sabíamos que se habían acostado temprano la noche anterior.

Esa mañana y esa tarde vagué a solas por el dorado pueblo, deteniéndome a hablar de vez en cuando con los abúlicos labriegos, ya que Barry estaba ocupado con los proyectos finales para acometer la obra de drenaje. Y comprobé que los labriegos no eran todo lo felices que podían ser, ya que la mayoría se sentían desasosegados por alguna pesadilla que habían tenido, aunque no conseguían recordarla. Yo les conté mi sueño; aunque no se mostraron interesados, hasta que les hablé de los sonidos espectrales que había creído oír. Entonces me miraron de manera especial, y dijeron que les parecía recordar sonidos espectrales también.

Al anochecer, Barry cenó y me anunció que empezaría el drenaje dos días después. Me alegré; porque aunque sentía que desapareciese el musgo y el brezo y los pequeños arroyos y lagos, sentía un creciente deseo de conocer los antiguos secretos que el espeso manto de turba pudiera ocultar. Y esa noche, mis sueños sobre sonidos de flautas y peristilos de mármol terminaron de forma súbita e inquietante; porque vi descender sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego una avalancha espantosa de laderas boscosas que cubrió los cadáveres de las calles, dejando sin sepultar tan sólo el templo de Artemisa, en lo alto de un pico, donde Cleis, la vieja sacerdotisa de la luna, yacía fría y muda con una corona de marfil en su cabeza plateada.

He dicho que desperté de repente y alarmado. Durante un rato, no supe si dormía o estaba despierto, ya que aún resonaba estridente en mis oídos el sonido de las flautas; pero cuando vi en el suelo el frío resplandor de la luna y los contornos de una ventana gótica enrejada, supuse y comprendí que estaba despierto, y en el castillo de Kilderry. A continuación oí que un reloj, en algún remoto rellano de abajo, daba las dos, y ya no me cupo ninguna duda. Sin embargo, seguían llegándome aquellos aires distantes y monótonos de flautas; aires salvajes que me hacían pensar en alguna danza de faunos en la lejana Maenalus. No me dejaban dormir; así que no pudiendo más de impaciencia, salté de la cama y di unos pasos. Sólo por casualidad me acerqué a la ventana norte a contemplar el pueblo silencioso y la llanura que llega al borde del pantano. No me apetecía contemplar el paisaje, ya que quería dormir; pero las flautas me atormentaban, y necesitaba mirar o hacer algo. ¿Cómo podía sospechar que existiese lo que iba a ver?

Allí, a la luz que la luna derramaba en la amplia llanura, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal podría olvidar después de presenciado. Al son de unas flautas de caña que resonaban por todo el pantano, evolucionaba en silencio, misteriosamente, una multitud confusa de figuras balanceantes, girando con el mismo frenesí que danzarían en otro tiempo los sicilianos en honor a Deméter, bajo la luna de la cosecha, junto a Cyane. La ancha llanura, la dorada luz de la luna, las oscuras sombras agitándose y, sobre todo, el sonido monótono de las flautas, me produjeron un efecto casi paralizador; sin embargo, en medio de mi temor, observé que la mitad de todos estos maquinales e infatigables danzarines eran los braceros a quienes yo creía dormidos, mientras que la otra mitad eran seres extraños y etéreos de blanca e indeterminada naturaleza, aunque sugerían pálidas y melancólicas náyades de las fuentes encantadas del pantano. No sé cuánto tiempo estuve contemplando el espectáculo desde la ventana de mi solitario torreón, antes de caer en un vacío sopor del que me despertó el sol de la mañana, ya muy alto.

Mi primer impulso, al despertar, fue contarle todos mis temores y observaciones a Denys Barry; pero viendo que el sol entraba ya por la enrejada ventana este, tuve el convencimiento que carecía de realidad todo lo que creía haber visto. Soy propenso a ver extrañas fantasías, aunque jamás he sido lo bastante débil como para creer en ellas. Así que en esta ocasión me limité a preguntar a los braceros; pero se habían despertado muy tarde, y no recordaban nada de la noche anterior, salvo que habían tenido sueños brumosos de sones estridentes. Este asunto de la música de flautas espectrales me atormentaba enormemente, y me pregunté silos grillos habrían empezado a turbar la noche antes de tiempo, y a embrujar las visiones de los hombres. Más tarde, ese mismo día, vi a Barry en la biblioteca estudiando los proyectos para la gran obra que debía empezar al día siguiente, y por primera vez sentí vagamente aquel temor que había impulsado a marcharse a los campesinos. Por alguna razón desconocida, me produjo miedo la idea de turbar el antiguo pantano y sus oscuros secretos, y me representé visiones terribles bajo las tenebrosas profundidades de la turba inmemorial. Me parecía una imprudencia sacar a la luz estos secretos, y empecé a desear tener algún pretexto para abandonar el pueblo y el castillo. Llegué incluso a hablarle a Barry de este tema; pero cuando se echó a reír no me atreví a continuar. De modo que guardé silencio cuando el sol se ocultó con todo su esplendor tras los montes lejanos, y Kilderry resplandeció, completamente rojo y dorado, en una llamarada portentosa.

Nunca sabré con seguridad si los sucesos de esa noche ocurrieron en realidad o fueron una ilusión. Ciertamente, trasciende cuanto soñemos sobre la naturaleza y el universo; sin embargo, no me es posible explicar de forma normal la desaparición que todos sabemos, cuando aquello terminó. Yo me había retirado temprano, lleno de temor, y durante bastante rato no pude conciliar el sueño en el inusitado silencio de la torre. Reinaba una gran oscuridad; pues aunque el cielo estaba claro, la luna, muy menguada, no aparecería hasta altas horas de la noche. Tumbado en la cama, pensé en Denys Barry y en lo que pasaría con ese pantano cuando amaneciera, y sentí un deseo casi frenético de salir a la oscuridad de la noche, coger el coche de Barry, huir corriendo a Ballylough y dejar esas tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores cristalizasen en una acción, me había quedado dormido, y contemplaba en sueños la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras tenebrosas.

Probablemente fue el estridente sonido de las flautas lo que me despertó, aunque no fueron las flautas lo primero que advertí al abrir los ojos. Estaba tendido de espaldas a la ventana este que dominaba el pantano, por donde se elevaría la luna menguante, de modo que esperaba ver proyectarse una claridad en la pared que tenía enfrente; pero no la que efectivamente se reflejó. Un resplandor incidió en los cristales de enfrente, aunque no era el resplandor de la luna. Fue un haz rojizo, penetrante, terrible, el que penetró por la gótica ventana, e inundó toda la cámara de un esplendor intenso y ultraterreno. Mi inmediata reacción fue extraña en semejante momento, pero sólo en la ficción se comporta el hombre de manera dramática y previsible. En vez de asomarme al pantano para averiguar cuál era la fuente de esta nueva luz, mantuve apartados los ojos de la ventana, completamente dominado por el pánico, y me vestí atropelladamente con la vaga idea de escapar. Recuerdo que cogí el revólver y el sombrero; pero antes de que todo terminase había perdido el uno sin haberlo disparado, y el otro sin habérmelo puesto. Poco después, la fascinación del resplandor rojo se impuso a mis terrores, me acerqué a la ventana este y me asomé, mientras el sonido incesante y enloquecedor de las flautas gemía, y se propagaba por el castillo y por el pueblo.

Sobre el pantano había una riada de luz resplandeciente, escarlata y siniestra, que brotaba de las extrañas y antiguas ruinas del islote. No me es posible describir el aspecto de dichas ruinas: debí de volverme loco, porque me pareció que se levantaban incólumes, majestuosas, rodeadas de columnas, con todo su esplendor, y el mármol de su entablamento reflejaba las llamas y traspasaba el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Sonaron las flautas estridentes, y comenzó un batir de tambores; y mientras observaba aterrado, me pareció distinguir oscuras formas saltando, grotescamente recortadas contra un fondo de resplandores y de mármoles. El efecto era tremendo, absolutamente inconcebible; y allí habría seguido, contemplando indefinidamente el espectáculo, de no haber sido porque la música de las flautas, a mi izquierda, aumentaba cada vez más. Presa de un terror no exento de un extraño sentimiento de éxtasis, cruce la habitación circular y me asomé a la ventana norte, desde la que podía verse el pueblo y la llanura inmediata al pantano. Allí mis ojos se volvieron a dilatar ante un prodigio insensato, como si no acabase de apartarme de una visión que superaba la pálida naturaleza; pues en la llanura espectralmente iluminada por el resplandor rojizo desfilaba una procesión de seres cuyas figuras no había visto más que en las pesadillas.

Medio deslizándose, medio flotando en el aire, los blancos espectros del pantano se retiraban lentamente hacia las quietas aguas y las ruinas de la isla en fantásticas formaciones que sugerían alguna antigua y solemne danza ceremonial. Sus brazos balanceantes y traslúcidos, guiados por los sones detestables de las flautas invisibles, llamaban con ritmo misterioso a una multitud de campesinos que oscilaban y les seguían dócilmente con paso ciego, insensatos y pesados, como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe aunque irresistible. Cuando las náyades llegaron al pantano, sin alterar su dirección, una nueva fila de rezagados tambaleantes como borrachos, salió del castillo por alguna puerta al pie de mi ventana, cruzó a ciegas el patio y la parte del pueblo que se interponía, y se unió a la serpeante columna de labriegos que andaban ya por la llanura. A pesar de la altura que me separaba, en seguida me di cuenta de que eran los criados traídos del norte, ya que reconocí la fea y voluminosa figura de la cocinera, cuya misma absurdidad resultaba ahora indeciblemente trágica. Las flautas sonaban de manera espantosa, y otra vez oí el batir de los tambores en las ruinas de la isla. Luego, silenciosa, graciosamente, las náyades se adentraron en el agua y se disolvieron, una tras otra, en el pantano inmemorial; entretanto, los seguidores, sin detener su marcha, siguieron tras ellas chapoteando pesadamente, y desapareciendo en un pequeño remolino de burbujas malsanas apenas visible bajo la luz escarlata. Y cuando el último y más patético de los rezagados, la cocinera, se hundió pesadamente y desapareció en las aguas tenebrosas, enmudecieron las flautas y los tambores, y la cegadora luz rojiza de las ruinas se apagó instantáneamente, dejando el pueblo vacío y desolado bajo el resplandor escuálido de la luna, que acababa de salir.

Mi estado era ahora indescriptiblemente caótico. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvó un piadoso embotamiento. Creo que hice cosas ridículas, como elevar plegarias a Artemisa, a Latona, a Deméter y a Plutón. Todo cuanto recordaba de los estudios clásicos de mi juventud me vino a los labios, mientras el horror de la situación despertaba mis más hondas supersticiones. Me daba cuenta de que acababa de presenciar la muerte de todo un pueblo, y sabía que me había quedado solo en el castillo con Denys Barry, cuya temeridad había acarreado este destino. Y al pensar en él, me embargaron nuevos terrores y me desplomé al suelo; aunque no perdí el conocimiento, me sentí físicamente imposibilitado. Entonces noté una ráfaga helada que entró por la ventana este, por donde había salido la luna, y empecé a oir alaridos abajo en el castillo. No tardaron estos gritos en alcanzar una magnitud y calidad imposibles de describir, y que aún me produ4n desvanecimiento cuando pienso en ellos. Todo lo que puedo decir es que procedían de alguien que había sido amigo mío.

En determinado momento de esos instantes espantosos, el viento frío y los alaridos me hicieron reaccionar, porque lo que recuerdo a continuación es que corría por las negras estancias y corredores, cruzaba el patio y salía a la oscuridad de la noche. Me encontraron al amanecer, vagando insensatamente cerca de BalIylough; pero lo que a mi me trastornó completamente no fue ninguno de los horrores que había visto y oído. De lo que hablaba, cuando salí lentamente de las sombras de la inconsciencia, era de un par de fantásticos incidentes que ocurrieron en mi huida; incidentes que carecen de importancia, aunque me obsesionan incesantemente cuando estoy a solas en lugares pantanosos o a la luz de la luna.

Mientras huía de aquel castillo maldito, bordeando el pantano, oí un alboroto; un alboroto corriente, aunque distinto a cuanto había oído en Kilderry. Las aguas estancadas, hasta entonces desprovistas por completo de vida animal, hervían ahora de ranas enormes y viscosas que cantaban sin cesar en unos tonos que no guardaban relación con su tamaño. Brillaban, hinchadas y verdes, a la luz de la luna, y parecían mirar fijamente hacia la fuente del resplandor. Seguí la mirada de una de ellas, muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder la razón.

Extendiéndose directamente de las extrañas y antiguas ruinas del islote lejano a la luna menguante, percibí un rayo de débil y temblorosa luz que no se reflejaba en las aguas del pantano. Y ascendiendo por el pálido sendero, mi enfebrecida imaginación se representó una sombra delgada que iba disminuyendo lentamente; una sombra vaga que se contorsionaba y debatía como si fuese arrastrada por demonios invisibles. En mi locura, vi en esa sombra espantosa un momentáneo parecido – como una caricatura increíble y repugnante-, una imagen blasfema del que había sido Denys Barry.

 

 

 

 

EL MODELO DE PICKMAN

 

No tienes por qué pensar que estoy loco, Eliot; muchos otros tienen manías raras. ¿Por qué no te burlas del abuelo de Oliver, que jamás monta en un automóvil? Si a mí no me gusta ese maldito metro, es asunto mío; y, además, hemos llegado más deprisa en taxi. Si hubiéramos venido en tranvía habríamos tenido que subir a pie la colina desde Park Street.

Sé perfectamente que estoy más nervioso que cuando nos vimos el año pasado, pero no por ello debes pensar que lo que necesito es una clínica. Bien sabe Dios que no me faltan motivos para estar internado, pero afortunadamente creo que estoy en mi sano juicio. ¿Por qué ese tercer grado? No acostumbrabas a ser tan inquisitivo.

Bueno, si tienes que oírlo, no veo por qué no puedes hacerlo. Tal vez sea lo mejor, pues desde que te enteraste de que había dejado de ir al Art Club y me mantenía a distancia de Pickman no has cesado de escribirme como lo haría un atribulado padre. Ahora que Pickman ha desaparecido de la escena voy por el club de en cuando, pero mis nervios ya no son lo que eran.

No, no sé qué ha sido de Pickman, y prefiero no adivinarlo. Podías haber sospechado que dejé de verle porque sabía algo confidencial; ése es precisamente el motivo por el que no quiera pensar a dónde ha ido. Dejemos a la policía que averigüe lo que pueda… que no será mucho, a juzgar por el hecho de que no saben todavía nada de la vieja casa del North End que Pickman alquiló bajo el nombre de Peters. No estoy seguro de que volviera a encontrarla yo… ni de que lo intentara, ni siquiera a plena luz del día. Sí, sé bien, o temo saber, por qué la tenía alquilada. De eso voy a hablarte. Y espero que entiendas antes de que haya terminado por qué no pienso ir a decírselo a la policía. Me pedirían que les llevara basta allí, pero yo no podría volver a aquel lugar ni aun en el supuesto de que conociese el camino. Algo había allí… Bueno, por eso ahora no puedo coger el metro ni (y puedes reírte también de lo que voy a decirte) bajar a ningún sótano.

Supongo que comprenderías que no dejé de ver a Pickman por las mismas estúpidas razones que les movieron a hacerlo a esas mojigatas mujerzuelas que son el doctor Reid, Joe Minot o Rosworth. No me escandalizo ante el arte morboso, y cuando un hombre tiene el talento de Pickman considero un honor el haberle conocido, al margen de la dirección que tome su obra. Jamás tuvo Boston un pintor con las dotes de Richard Upton Pickman. Lo dije hace mucho y sigo manteniéndolo, y ni siquiera me retracté un ápice de lo dicho cuando expuso su «Demonio necrófago alimentándose». A raíz de aquello, como recordarás, Minot dejó de tratarle.

Tú sabes bien que producir obras como las de Pickman requiere un arte profundo y una especial intuición de la Naturaleza. Cualquier ganapán de esos que dibujan portadas puede embadurnar un lienzo sin orden ni concierto y darle el nombre de pesadilla, aquelarre o retrato del diablo, pero sólo un gran pintor puede conseguir que resulte verosímil o suscite pavor. Y ello porque sólo un verdadero artista conoce la anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: el tipo exacto de líneas y proporciones que se asocian a instintos latentes o a recuerdos hereditarios de temor, y los contrastes de color y efectos luminosos precisos que despiertan en uno el sentido latente de lo siniestro. No creo que tenga que explicarte a estas alturas por qué un Fuseli nos hace estremecer mientras que la portada de un vulgar cuento de fantasmas nos mueve a risa. Hay algo que esos artistas captan -algo que trasciende a la propia vida- y que logran transmitirnos por unos instantes. Doré poseía esa cualidad. Sime la posee, y otro tanto puede decirse de Angarola de Chicago. Y Pickman la poseía en un grado que jamás alcanzó nadie ni, quiéralo el cielo alcanzará en lo sucesivo.

No me preguntes qué es lo que ven. Tú sabes perfectamente que en el arte normal existe una gran diferencia entre lo vital y palpitante, ya proceda de la naturaleza o de modelos, y estas porquerías sin el menor valor que los pintorzuchos mercantilizados producen a discreción en el estudio. Bien, pues diría que el artista realmente original tiene una visión que le lleva a configurar modelos o a plasmar escenas del mundo espectral en que vive. De cualquier modo, consigue unos resultados que difieren tanto de los almibarados sueños del que quiere dárselas de pintor, como la producción del pintor de la naturaleza de los pastiches del dibujante que ha seguido cursos por correspondencia. Si yo hubiera visto lo que Pickman vio… Pero, ¡basta! Será mejor que echemos un trago antes de seguir adelante. ¡Dios mío!, yo no estaría vivo si hubiera visto lo que aquel hombre… si es que hombre era.

Recordarás que el fuerte de Pickman era la expresión de la cara. No creo que desde Goya nadie haya puesto tal carga de intensidad diabólica en una serie de rasgos o en una expresión. Y, con anterioridad a Goya, habría que retrotraerse a aquellos artífices del medioevo que esculpieron las gárgolas y quimeras de Nôtre Dame y del Mont Saint-Michel. Ellos creían en toda clase de cosas… y posiblemente veían también toda clase de cosas, pues la Edad Media pasó por varias fases muy curiosas. Recuerdo que el año antes de irte le preguntaste a Pickman en cierta ocasión de dónde diablos le venían semejantes ideas y visiones. ¿No se echó a reír a carcajadas? A aquellas risotadas se debió en parte el que Reid dejara de hablarle. Reid, como bien sabes, acababa de empezar un curso sobre patología comparada, y utilizaba un vocabulario un tanto engolado al hablar sobre el sentido biológico o evolutivo de este o aquel síntoma físico o mental. Según me dijo, Pickman le desagradaba más cada día que pasaba, hasta el punto de que al final llegó casi a asustarle, pues, veía que sus rasgos y expresión tomaban un cariz que no le gustaba, un cariz que no tenía nada de humano. Hablaba mucho sobre el régimen alimenticio, y dijo que a su juicio Pickman era un ser anormal y excéntrico en grado sumo. Supongo que le dirías a Reid, si es que cruzasteis alguna carta al respecto, que se dejó arrebatar los nervios o atormentar la imaginación por los cuadros de Pickman. Es lo que le dije yo… por aquel entonces.

Pero convéncete de que no dejé de ver a Pickman por nada de eso. Al contrario, mi admiración por él siguió creciendo, pues su «Demonio necrófago alimentándose» me parecía una auténtica obra maestra. Como sabes, el club no quiso exponerlo y el Museo de Bellas Artes no lo aceptó como donación. Por mi parte, puedo añadir que nadie quiso comprarlo, así que Pickman lo guardó en su casa hasta el día en que se marchó. Ahora está en poder de su padre, en Salem. Como debes saber, Pickman procede de una antigua familia de esa ciudad, y uno de sus antepasados murió en la horca en 1692 convicto de brujería.

Adquirí la costumbre de visitar a Pickman con cierta asiduidad, sobre todo desde que me puse a recoger material para una monografía sobre arte fantasmagórico. Probablemente fuese su obra la que me metió la idea en la cabeza; en cualquier caso, hallé en él una auténtica mina de datos y sugerencias al ponerme a redactarla. Me enseñó todos los cuadros y dibujos que tenía, incluso unos bocetos a lápiz y pluma que habrían provocado, estoy absolutamente convencido, su expulsión del club si los hubieran visto ciertos socios. Al poco tiempo ya era casi un fanático de su arte, y pasaba horas enteras escuchando cual un escolar teorías artísticas y especulaciones filosóficas lo bastante descabelladas como para justificar su internamiento en el manicomio de Danvers. La admiración por mi héroe, unida al hecho de que la gente empezaba a tener cada vez menos trato con él, le hizo mostrarse extremadamente confidencial conmigo; y una tarde me insinuó que si mantenía la boca bien cerrada y no me hacía el remilgado, me mostraría algo muy poco corriente, algo que superaba con creces lo que guardaba en casa.

–Hay cosas -dijo-, que no van con Newburg Street, cosas que estarían fuera de lugar y que no cabe imaginarse aquí. Yo me dedico a captar las emanaciones del alma, y eso es algo que no se encuentra en las advenedizas y artificiales calles construidas por el hombre. Back Bay no es Boston… en realidad no es nada todavía, porque aún no ha tenido tiempo de acumular recuerdos y atraerse a los espíritus locales. En caso de haber fantasmas aquí, serían todo lo más los fantasmas domesticados de cualquier marisma pantanosa o gruta poco profunda, y lo que yo necesito son fantasmas humanos: los fantasmas de seres lo bastante refinados como para asomarse al infierno y comprender el significado de lo visto allí.

»El lugar indicado para vivir un artista es el North End. Si los estetas fueran sinceros, soportarían los suburbios por eso de que allí se acumulan las tradiciones. Pero, ¡Por Dios! ¿No comprendes que esos lugares no han sido simplemente construidos sino que han ido creciendo? Allí, generación tras generación, la gente ha vivido, sentido y muerto, y en tiempos en que no se temía ni vivir, ni sentir, ni morir. ¿Sabías que en 1632 había un molino en Copp’s Hill, y que la mitad de las calles actuales fueron trazadas hacia 1650? Puedo mostrarte casas que llevan en pie dos siglos y medio, e incluso más; casas que han presenciado lo que bastaría para ver reducida a escombros una casa moderna. ¿Qué sabe el hombre de hoy de la vida y de las fuerzas que se ocultan tras ellas? Para ti los embrujos de Salem no pasan de una ilusión, pero me encantaría que mi requetatarabuela pudiera contarte ciertas cosas. La ahorcaron en Gallows Hill, bajo la mirada santurrona de Cotton Mather. Mather, ¡maldito sea su nombre!, temía que alguien consiguiera escapar de esta detestable jaula de monotonía. ¡Ojalá alguien le hubiese hechizado o sorbido la sangre durante la noche!

»Puedo mostrarte una casa en donde Mather vivió, y otra en la que temía entrar a pesar de todas sus encantadoras baladronadas. Sabía cosas que no se atrevió a decir en aquel estúpido Magnalia o el no menos pueril Maravillas del mundo invisible. ¿Sabías que hubo un tiempo en que todo el North End estaba agujereado por túneles a través de los cuales las casas de ciertas personas se comunicaban entre sí, y con el camposanto y con el mar? ¡Mucho procesar y mucho perseguir a cielo descubierto! Pero cada día sucedían cosas que no podían entender y de noche se oían risas que no sabían de donde provenían.

»En ocho de cada diez casas construidas antes de 1700, y sin tocar desde entonces, podría mostrarte algo extraño en el sótano. Apenas pasa mes que no se oiga hablar de obreros que descubren galerías y pozos cubiertos de ladrillos, que no conducen a parte alguna, al derribar este o aquel edificio. Tuviste ocasión de ver uno cerca de Henchman Street desde el ferrocarril elevado el año pasado. Allí había brujas y lo que sus conjuros convocan; piratas y lo que ellos trajeron del mar; contrabandistas, corsarios… y puedo asegurarte que en aquellos tiempos la gente sabía cómo vivir y cómo ensanchar los confines de la vida. Este no era, sin duda, el único mundo que le era dado conocer a un hombre inteligente y lleno de arrojo ¡quía! Y pensar que hoy en cambio, los cerebros son tan inocuos que hasta un club de supuestos artistas se estremece y sufre convulsiones si un cuadro hiere los sentimientos de los contertulios de un salón de té de Beacon Street.

»Lo único que salva al presente es que su estupidez le impide cuestionar con sumo rigor el pasado. ¿Qué dicen en realidad los mapas, documentos y guías acerca del North End? ¡Bah! Tonterías. Así, a primera vista, me comprometo a llevarte a treinta o cuarenta callejas y redes de callejuelas al norte de Prince Street, de cuya existencia no sospechan ni diez seres vivos fuera de los extranjeros que pululan por ellas. Y ¿qué saben de ellas esos hombres de facciones mediterráneas? No, Thurber, esos antiguos lugares se encuentran en el mejor de los sueños, rebosan de prodigios, terror y evasiones de lo manido, y no hay alma humana que los comprenda ni sepa sacar partido de ellos. Mejor dicho, no hay más que una… pues yo no me he puesto a escarbar en el pasado para nada.

»Escucha, a ti te interesan estas cosas. ¿Y si te dijera que tengo otro estudio allí, donde puedo captar el espíritu nocturno de antiguos horrores y pintar cosas en las que ni se me hubiera ocurrido pensar en Newbury Street? Naturalmente, no voy a ir a contárselo a esas condenadas mujerzuelas del club… empezando por Reid, ¡maldito sea., que va por ahí diciendo cosas tales como que yo soy una especie de monstruo que desciende por el tobogán de la evolución en sentido contrario. Sí, Thurber, hace mucho que decidí que había que pintar el terror de la vida lo mismo que se pinta su belleza, así que me puse a explorar en lugares donde tenía fundados motivos para saber que en ellos el terror existía.

»Cogí un local que no creo conozcan más de tres hombres nórdicos aparte de mí. No está muy lejos del elevado, en cuanto a distancia se refiere, pero dista siglos por lo que al alma respecta. Lo que me impulsó a cogerlo es el extraño y viejo pozo de ladrillo que hay en el sótano, ya sabes, uno de esos sótanos de los que te he hablado. El antro, pues no cabe otro calificativo, casi no se tiene en pie, por lo que a nadie se le ocurriría vivir allí, y me avergonzaría decirte lo poco que pago por él. Las ventanas están entabladas, pero lo prefiero así, pues para mi trabajo no necesito la luz del día. Pinto en el sótano, donde la inspiración me viene con más facilidad, pero tengo otras habitaciones amuebladas en la planta baja. El dueño es un siciliano, y lo he alquilado bajo el nombre de Peters.

»Si te encuentras con ánimos, te llevaré a verlo esta noche. Creo que te gustarán los cuadros pues, como dije, en ellos he puesto lo mejor de mi expresión artística. El trayecto hasta allí no es largo; a veces lo hago a pie, pues no quiero llamar la atención con un taxi en semejante lugar. Podemos tomar el metro en South Station y bajar en Battery Street. Desde allí no hay que andar mucho.

Bueno, Eliot, tras semejante arenga lo único que podía hacer era resistir los deseos de correr en lugar de andar en busca del primer taxi libre que saliera a nuestro encuentro. Después, cogimos el elevado en South Station y hacia las doce ya habíamos bajado las escaleras de Battery Street. Luego nos pusimos a andar a lo largo del viejo muelle de Constitution Wharf. No me fijé en los cruces, por lo que no sabría decirte dónde torcimos, pero puedo asegurarte que no fue en Greenough Lane.

Al torcer, subimos por un desierto callejón de lo más antiguo y sucio que haya visto jamás, de tejados desvencijados, con los cristales de las ventanas rotos y arcaicas chimeneas medio derruidas que se destacaban contra la luz de la luna. No creo que hubiera siquiera tres casas en todo lo que abarcaba la vista que no estuvieran ya levantadas en tiempos de Cotton Mather; cuando menos, divisaba dos con un voladizo, y en cierta ocasión me pareció ver una hilera de tejados con el ya casi olvidado estilo holandés, aunque los anticuarios dicen que ya no queda ni uno solo en Boston.

Al salir de aquel apenas iluminado callejón, torcimos a la izquierda adentrándonos en otro igualmente silencioso y aún más estrecho, sin la menor luz, y en un instante me pareció que doblábamos una curva en ángulo obtuso siguiendo hacia la derecha. Al cabo de un rato Pickman sacó una linterna y la enfocó hacia una puerta antediluviana de diez paneles, espeluznantemente roída por la carcoma. Tras abrirla, mi anfitrión me condujo hasta un vestíbulo vacío en donde en otro tiempo debió haber un magnífico artesonado de roble oscuro, sencillo, desde luego, pero patéticamente evocador de los tiempos de Andros, Phipps y la brujería. A continuación, me hizo traspasar una puerta que había a la izquierda, encendió una lámpara de petróleo y me dijo que me acomodara como si me encontrase en mi propia casa.

Bueno, Eliot, soy uno de esos tipos a los que el hombre de la calle llama con toda justicia «duro», pero confieso que lo que vi en las paredes de aquella habitación me hizo pasar un mal rato. Eran los cuadros de Pickman, ya sabes a los que me refiero -aquellos que no podía pintar en Newbury Street y ni siquiera le dejaron exponerlos allí- y tenía toda la razón cuando dijo que «se le había ido la mano». Bueno, será mejor que echemos otro trago; lo necesito para contar lo que sigue.

Sería inútil tratar de describirte aquellos cuadros, pues el más horroroso y diabólico horror, la más increíble repulsión y hediondez moral se desprendían de simples pinceladas imposibles de traducir en palabras. No había nada en ellos de la técnica exótica característica de Sidney Sime, nada de los paisajes transplanetarios ni de los hongos lunares con los que Clark Ashton Smith nos hiela la sangre. Los trasfondos eran en su mayoría antiguos cementerios, bosques frondosos, arrecifes marinos, túneles de ladrillo, antiguas estancias artesonadas o simples criptas de mampostería. El camposanto de Copp’s Hill, apenas a unas manzanas de la casa, era uno de sus escenarios favoritos.

La demencia y la monstruosidad podían apreciarse en las figuras que se veían en primer término, pues en el morboso arte de Pickman predominaba el retrato demoníaco. Rara vez aquellas figuras eran completamente humanas, aunque con frecuencia se acercaban en diverso grado a lo humano. La mayoría de los cuerpos, si bien toscamente bípedos, tenían una tendencia a inclinarse hacia delante y un cierto aire canino. La textura de muchos de ellos era de una aspereza bastante desagradable al tacto. ¡Parece como si los estuviera viendo! Se ocupaban en… bueno, no me pidas que entre en detalles. Por lo general estaban comiendo… pero será mejor que no diga qué. A veces los mostraba en grupos en cementerios o pasadizos subterráneos, y a menudo aparecían luchando por la presa o, mejor dicho, el tesoro descubierto. ¡Y qué expresividad tan genuinamente diabólica sabía en ocasiones infundir Pickman a los ciegos rostros de tan macabro botín! De cuando en cuando se les veía saltando en plena noche desde ventanas abiertas, o agazapados sobre el pecho de algún durmiente, al acecho de su garganta. En un lienzo se veía a un grupo de ellos aullando alrededor de una bruja ahorcada en Gallows Hill, cuyas demacradas facciones guardaban un extraordinario parecido con las de aquellos seres.

Pero no creas que fueron aquellas horripilantes escenas lo que me hizo perder el sentido. No soy un niño de tres años y no es, ni mucho menos, la primera vez que veo cosas así. Eran los rostros, Eliot, aquellos endiablados rostros que miraban de soslayo y parecían querer salir del lienzo como si se les hubiese inspirado un aliento vital. ¡Dios mío, juraría que estaban vivos! Aquella bruja nauseabunda que se veía en el lienzo había despertado los fuegos del averno y su escoba era una varita de sembrar pesadillas. ¡Pásame la garrafa, Eliot!

Había algo llamado «La lección»… ¡Santo cielo, en mala hora lo vería! Escucha, ¡te imaginas un círculo de inefables seres de aspecto canino agazapados en un cementerio enseñando a un niño a comer según su usanza? El coste de una presa producto de una suplantación supongo… Ya sabes, el viejo mito de esos extraños seres que dejan sus vástagos en la cuna en sustitución de las criaturas humanas que arrebatan. Pickman mostraba en el cuadro lo que les depara la fortuna a los niños así arrebatados, cómo crecen… cuando justo entonces comencé a ver la espantosa afinidad que había entre los rostros de las figuras humanas y las no humanas. Por medio de aquellas gradaciones de morbosidad entre lo resueltamente no humano y lo degradadamente humano trataba de establecer un sardónico nexo evolutivo: ¡los seres caninos procedían de los mortales!

Y apenas acababa de inquirirme qué hacía con las crías que quedaban con los seres humanos a modo de trueque, cuando mi mirada tropezó con un cuadro que representaba a la perfección dicha idea. Se trataba de un antiguo interior puritano: una estancia de gruesas vigas con ventanas de celosía, un largo banco y un mobiliario del siglo XVII de estilo bastante tosco, con la familia sentada en torno al padre mientras éste leía las Escrituras. Todos los rostros, salvo uno, mostraban nobleza y veneración, pero ese uno reflejaba la burla del averno. Era el rostro de un varón de edad juvenil, sin duda pertenecía a un supuesto hijo de aquel piadoso padre, pero en realidad era de la parentela de los seres impuros. Era el niño suplantado… y, en un rasgo de suprema ironía, Pickman había pintado las facciones de aquel adolescente de forma que guardaban un extraordinario parecido con las suyas.

Para entonces, Pickman había encendido ya una lámpara en una habitación contigua y, cortésmente, abrió la puerta para que pasara yo, al tiempo que me preguntaba si quería ver sus «estudios modernos». Me había sido imposible darle a conocer muchas de mis opiniones -el espanto y la repugnancia que se apoderaron de mí me dejaron sin habla-, pero creo que comprendió perfectamente cuáles eran mis sensaciones y se sintió muy halagado. Y ahora quiero que quede bien claro una vez más, Eliot, que no soy uno de esos alfeñiques que se lanzan a gritar en cuanto ven algo que se aparta lo más mínimo de lo habitual. Me considero un hombre maduro y con algo de mundo, y supongo que con lo que viste de mí en Francia te basta para saber que no soy un tipo fácilmente impresionable. Ten presente, por otro lado, que acababa de recobrar el aliento y de empezar a familiarizarme con aquellos horribles cuadros que hacían de la Nueva Inglaterra colonial una especie de antesala del infierno. Pues bien, a pesar de todo ello, la habitación contigua me arrancó un angustioso grito de la garganta, y tuve que agarrarme al vano de la puerta para no desfallecer. En la otra estancia había un sinfín de engendros y brujas invadiendo el mundo de nuestros antepasados, pero lo que había en ésta nos traía el horror a las puertas mismas de nuestra vida cotidiana.

¡Dios mío, qué cosas pintaba aquel hombre! Uno de los lienzos se llamaba «Accidente en el metro», y en él un tropel de abominables seres surgían de alguna ignota catacumba a través de una grieta abierta en el suelo de la estación de metro de Boylston Street y se lanzaban sobre la multitud que esperaba en el andén. Otro mostraba un baile en Copp’s Hill en medio de las tumbas, sobre un fondo actual. También había unas cuantas vistas de sótanos, con monstruos que se deslizaban furtivamente a través de agujeros y hendiduras abiertos en la mampostería, haciendo siniestras muecas mientras permanecían agazapados tras barriles o calderas y aguardaban a que su primera víctima descendiera por la escalera.

Un horrible lienzo parecía recoger una amplia muestra representativa de Beacon Hill, con multitudinarios ejércitos de los mefíticos monstruos surgiendo de los escondrijos que acribillaban el suelo. Había asimismo tratamientos libérrimos de bailes en los cementerios modernos, pero lo que me impresionó más que nada fue una escena en una ignota cripta, en donde multitud de fieras se apelotonaban en turno a una de ellas que sostenía entre las manos y leía en voz alta una conocida guía de Boston. Todas las fieras apuntaban a un determinado pasaje, y todos los rostros parecían contraídos con una risa tan epiléptica y reverberante que creí incluso oír su diabólico eco. El título del cuadro era «Holmes, Lowell y Longfellow yacen enterrados en Mount Auburn».

A medida que recobraba el ánimo y me iba acostumbrando a aquella segunda estancia de arte diabólico y morboso, me puse a analizar algunos aspectos de la repugnancia y aversión que me inspiraba todo aquello. En primer lugar, me dije a mí mismo, aquellos seres me asqueaban porque no eran sino la más fiel muestra de la total falta de humanidad e insensible crueldad de Pickman. Semejante personaje debía ser un implacable enemigo de todo el género humano a tenor del regocijo que mostraba por la tortura carnal y espiritual y la degradación del cuerpo humano. En segundo lugar, lo que me producía pavor en aquellos cuadros era precisamente su grandeza. Aquel arte era un arte que convencía: al mirar los cuadros veíamos a los demonios en persona y nos inspiraban miedo. Y lo extraño del caso era que la subyugante fuerza de Pickman no provenía de una selectividad previa o del cultivo de lo extravagante. En sus cuadros no había nada de difuso, de distorsionado ni de convencional; los perfiles estaban bien definidos, y los detalles eran precisos hasta rayar en lo deplorable. ¡Y qué decir de los rostros!

Lo que allí se veía era algo más que la simple interpretación de un artista; era el mismo infierno, retratado cristalinamente y con la más absoluta fidelidad. Eso es justo lo que era, ¡cielos! Aquel hombre no tenía nada de imaginativo ni de romántico. Ni siquiera trataba de ofrecernos las agitadas y multidimensionales instantáneas que nos asaltan en los sueños sino que fría y sardónicamente reflejaba un mundo de horror estable, mecanicista y bien organizado, que él veía plena, brillante, firme y resueltamente. Sólo Dios sabe lo que podría ser ese mundo o dónde llegó a vislumbrar Pickman las sacrílegas formas que trotaban, brincaban y se arrastraban por él. Pero, cualquiera que fuese la increíble fuente en que se inspirasen sus imágenes, una cosa estaba fuera de duda: Pickman era, en todos los sentidos -tanto a la hora de concebir como de ejecutar-, un concienzudo y casi científico pintor realista.

A continuación bajé tras mi anfitrión a su estudio en el sótano, y me preparé para el asalto de algo diabólico entre aquellos lienzos sin terminar. Cuando llegamos al final de la escalera impregnada de humedad, Pickman enfocó la linterna hacia un rincón del enorme espacio que se abría ante nosotros, iluminando el brocal circular de ladrillo de lo que debía ser un gran pozo excavado en el terroso suelo. Nos acercamos y vi que el orificio medía aproximadamente un metro y medio de diámetro, con paredes que tendrían un pie de grosor, y estaba unas seis pulgadas por encima del nivel del suelo, una sólida construcción del siglo XVII, si no me equivocaba. Aquello, decía Pickman, era un buen ejemplo de lo que había estado hablando antes: una abertura de la red de túneles que discurrían bajo la colina. Observé distraídamente que el pozo no estaba recubierto de ladrillo, y que por toda cubierta tenía un pesado disco de madera. Pensando en todas las cosas a las que el pozo podía hallarse conectado si las descabelladas ideas de Pickman eran algo más que mera retórica, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Luego, siempre yo detrás de él, subimos un escalón y atravesamos una estrecha puerta que daba a una amplia estancia, con un suelo entarimado y amueblada como si fuese un estudio. Una instalación de gas acetileno suministraba la luz necesaria para poder trabajar.

Los cuadros sin acabar, montados en caballetes o apoyados contra la pared, eran tan espeluznantes como los que había visto en el piso de arriba, y constituían una buena prueba de la meticulosidad con que trabajaba el artista. Las escenas estaban esbozadas con sumo cuidado, y las líneas trazadas a lápiz hablaban por sí solas de la prolija minuciosidad de Pickman al tratar de conseguir la perspectiva y proporciones exactas. Era todo un gran pintor, y sigo sosteniéndolo hoy aun con todo lo que sé. Una gran cámara fotográfica que había encima de una mesa me llamó la atención, y al inquirirle acerca de ella Pickman me dijo que la utilizaba para tomar escenas que le sirvieran luego para el fondo de sus cuadros, pues así podía pintar a partir de fotografías sin tener que salir del estudio en lugar de ir cargado con su equipo por toda la ciudad en busca de esta o aquella vista. A juicio suyo, las fotografías eran tan buenas como cualquier escena o modelo reales para trabajos de larga duración, y, según dijo, las empleaba habitualmente.

Había algo muy desapacible en los nauseabundos bocetos y en las monstruosidades a medio terminar que echaban torvas miradas desde cualquier ángulo de la estancia, y cuando Pickman descubrió súbitamente un gran lienzo que se encontraba lejos de la luz no pude evitar que se me escapara un estruendoso grito, el segundo que profería aquella noche. Resonó una y otra vez a través de las mortecinas bóvedas de aquel antiguo y salitroso sótano, y tuve que realizar un tremendo esfuerzo para contener una histérica carcajada. ¡Dios misericordioso! Eliot, no sé cuánto había de real y cuánto de febril fantasía en todo aquello. ¡Jamás podría imaginarme semejante sueño!

El cuadro representaba un colosal e indescriptible monstruo de centelleantes ojos rojos, que tenía entre sus huesudas garras algo que debió haber sido un hombre, y le roía la cabeza como un chiquillo chupa un pirulí. Estaba en cuclillas, y al mirarle parecía como si en cualquier momento fuera a soltar su presa en busca de un bocado jugoso. Pero, ¡maldición!, la causa de aquel pánico atroz no era ni mucho menos aquella diabólica figura, ni aquel rostro perruno de orejas puntiagudas, ojos inyectados en sangre, nariz chata y labios babeantes. No eran tampoco aquellas garras cubiertas de escamas, ni el cuerpo recubierto de moho, ni los pies semiungulados… no, no era nada de eso, aunque habría bastado cualquiera de tales notas para volver loco al hombre más pintado.

Era la técnica, Eliot; aquella maldita, implacable y desnaturalizada técnica. Puedo jurar que jamás había visto plasmado en un lienzo el aliento vital de forma tan real. El monstruo estaba presente allí -lanzaba feroces miradas, roía y lanzaba feroces miradas-, y entonces pude comprender que sólo una suspensión de las leyes de la naturaleza podía llevar a un hombre a pintar semejantes seres sin contar con un modelo, sin haberse asomado a ese mundo inferior que a ningún mortal no vendido al diablo le ha sido dado ver.

Prendido con una chincheta a una parte sin pintar del lienzo había un trozo de papel muy arrugado; probablemente, pensé, sería una de esas fotografías de las que se sirve Pickman para pintar un trasfondo no menos horroroso que la pesadilla que se destacaba sobre él. Alargué el brazo para estirarlo y ver de qué se trataba, cuando de repente Pickman dio un respingo como si le hubieran pinchado. Había estado escuchando con suma atención desde que mi grito de pavor despertó insólitos ecos en el oscuro sótano, y ahora parecía estar poseído de un miedo que, si bien no podía compararse con el mío, tenía un origen más físico que espiritual. Sacó un revólver y me hizo un gesto para que me callara, tras lo cual se encaminó al sótano principal y cerró la puerta detrás suyo.

Creo que me quedé paralizado por unos instantes. A semejanza de Pickman agucé el oído, y me pareció oír el leve sonido de alguien que correteaba, seguido de unos alaridos o golpes en una dirección que no sabría decir. Pensé en gigantescas ratas y sentí que un escalofrío me recorría todo el cuerpo. Luego se oyó un amortiguado estruendo que me puso la carne de gallina; un sigiloso y vacilante estruendo, aunque no sé cómo expresarlo en palabras. Parecía como si un gran madero hubiese caído encima de una superficie de piedra o ladrillo. Madera sobre ladrillo, ¿me sugería algo aquello?

Volvió a oírse el ruido, esta vez más fuerte, seguido de una vibración como si el cuadro cayera ahora más lejos. A continuación, se oyó un sonido chirriante y agudo, a Pickman farfullando algo en voz alta y la atronadora descarga de las seis recámaras de un revólver, disparadas espectacularmente tal como lo haría un domador de leones para impresionar al público. A renglón seguido, un chillido o graznido amortiguado, y un fuerte batacazo. Luego, más chirridos producidos por la madera y el ladrillo, seguidos de una pausa y de la apertura de la puerta, sonido éste que me produjo, lo confieso, un violento sobresalto. Pickman reapareció con su arma aún humeante al tiempo que imprecaba a las abotagadas ratas que infestaban el antiguo pozo.

–El diablo sabrá lo que comen, Thurber -dijo esbozando una irónica sonrisa-, pues esos arcaicos túneles comunican con cementerios, guaridas de brujas y llegan hasta el mismo litoral. Pero sea lo que sea, han debido quedarse sin provisiones, pues estaban rabiosas por salir. Tus gritos debieron excitarlas. Lo mejor será andar con cuidado por estos parajes. Nuestros amigos roedores son el mayor inconveniente, aunque a veces pienso que con ellos se consigue crear una cierta atmósfera y colorido.

Bueno, Eliot, aquel fue el final de la aventura nocturna. Pickman me había prometido enseñarme el lugar, y bien sabe Dios que lo hizo. Me sacó de aquella maraña de callejas por otra dirección al parecer, pues cuando vimos la luz de una farola nos hallábamos en una calle que me resultaba familiar, con monótonas hileras de bloques de pisos y viejas casas entremezcladas. Aquella calle no era otra que Charter Street, pero yo me encontraba demasiado agitado como para poder advertirlo. Era ya demasiado tarde para tomar el elevado, así que volvimos andando a lo largo de Hannover Street. Recuerdo muy bien el paseo. Dimos la vuelta en Tremont y, tras subir por Beacon, llegamos a la esquina de Joy, en donde nos separamos. Desde entonces no hemos vuelto a vernos más.

¿Por qué dejé de ver a Pickman? No seas impaciente. Espera que llame para que nos traigan café, pues ya hemos tomado bastante de lo otro, y al menos yo necesito beber algo. No… no eran los cuadros que vi en aquel lugar; aunque juraría que bastaría con ellos para que a Pickman no le permitieran el acceso en nueve de cada diez hogares y clubs de Boston. Supongo que ahora comprenderás por qué evito por todos los medios bajar a metros o sótanos. Fue… fue algo que encontré en mi abrigo a la mañana siguiente. Me refiero al arrugado papel prendido a aquel horripilante lienzo del sótano, aquello que tomé por una fotografía de alguna vista que Pickman pretendía reproducir a manera de trasfondo para el monstruo. El último respingo de Pickman se produjo justo cuando iba a desenrollar el papel, y, al parecer; me lo metí distraídamente en el bolsillo. Pero, bueno, aquí está el café. Te aconsejo que lo tomes puro, Eliot.

Sí, a aquel papel se debió el que no volviera a ver más a Pickman. Richard Upton Pickman, el artista más dotado que he conocido… y el más execrable ser que haya traspasado jamás los límites de la vida para abismarse en las simas del mito y la locura. El viejo Reid tenía razón, Eliot. no puede decirse que Pickman fuera humano estrictamente hablando. O bien nació bajo una influencia maligna, o dio con la forma de abrir la puerta prohibida. Ya da lo mismo, pues desapareció… volvió a abismarse en esa increíble oscuridad que él tanto gustaba frecuentar. Será mejor que encendamos el candelabro.

No me pidas que te explique, o siquiera conjeture, qué es lo que quemé. Tampoco me preguntes qué había tras esa especie de topo gateador que tan bien se las arregló Pickman para hacer pasar por ratas. Hay secretos que pueden proceder de los viejos tiempos de Salem, y Cotton Mather cuenta cosas aún más extrañas. Bien sabes tú cuán endiabladamente expresivos eran los cuadros de Pickman, cómo todos nos preguntamos más de una vez de dónde podía sacar aquellos rostros.

Bueno… después de todo, aquel papel no era la fotografía de una perspectiva. En él se veía únicamente el ser monstruoso que estaba pintando en aquel horrible lienzo. Era el modelo en que se inspiraba… y el trasfondo no era sino la pared del estudio del sótano pintada con todo lujo de detalle. Por el amor de Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del natural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL EXTRAÑO

 

 

Desdichado aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en vastos y lúgubres recintos de cortinajes marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en as alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron, a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado, y sin embargo me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro lado.

No sé donde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas, y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas, y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.

Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos.

Supongo que, quien quiera que me haya cuidado, debió haber sido increíblemente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de las paredes de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba esas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de los seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni siquiera la mía; ya que si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era así mismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejo en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un ser semejante a las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.

Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando en lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado de allende la floresta interminable. Una vez más traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas, y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.

Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo, y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante de cielo y perecer que vivir sin haber contemplado jamás el día.

A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeños entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aun era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo…

Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia fuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.

De pronto, al cabo de una espantosa e interminable ascensión, a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé el obstáculo, descubriendo que era de piedra inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna, y a medida que mis manos iban más y más alto, supe que mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a un a abertura que conducía a una superficie de piedra de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé silenciosamente del recinto, tratando de que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo, tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.

Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana, que me permitiese mirar por primera vez el cielo, y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol, cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel recinto construido a tan inmensa distancia del castillo. De pronto mis manos tropezaron con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que le cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo, superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro.

Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor, estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes salvo en sueños y vagas visiones que no me atrevería a llamar recuerdos.

Seguro que ahora había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la una, haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadosos examen, pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había escalado. Luego, volvió a salir la luna.

De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y lo grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse con el terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: luego de una impresionante perspectiva de copas de árboles, vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.

Medio inconsciente abrí la verja y avancé por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese anhelo de luz, y ni siquiera el pasmoso descubrimiento de antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de la luminosidad y la alegría a toda costa… no sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito o mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito. Pasada la zona de lajas y columnas, traspuse una arcada y eché a andar sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, en las praderas en las que solo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuya restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.

Habrían transcurrido más de dos horas cuando de repente llegué a lo que verdaderamente era mi meta: un castillo venerable, cubierto de hiedra, enclavado en un parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo, lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite, fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.

Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un súbito e inesperado pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico, varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos, y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose con las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.

Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia, un amago de movimiento del otro lado de un arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con mayor nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití, un aullido que me repugnó casi tanto como su morbosa causa, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inarrenable monstruo que, por obra de su mera aparición, habría convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.

No puedo decir siquiera aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino: la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una lejana y repulsiva reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.

Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación; un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraban fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue lo suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos adelante para no caer. Al hacerlo, adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis manos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.

No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer sobre mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.

Supe en ese instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; y reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.

Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños salí de aquel edificio fantasmal, y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente bajo la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo y descendí los peldaños,, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefren-Ka, en el desconocido y recóndito valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mí nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.

Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL DEMONIO DE LA PESTE

 

 

Jamás olvidaré aquel espantoso verano, hace dieciséis años, en que, como un demonio maligno de las moradas de Eblis, se propagó el tifus solapadamente por toda Arkham.

Muchos recuerdan ese año por dicho azote satánico, ya que un auténtico terror se cernió con membranosas alas sobre los ataúdes amontonados en el cementerio de la Iglesia de Cristo; sin embargo, hay un horror mayor aún que data de esa época: un horror que sólo yo conozco, ahora que Herbert West ya no está en este mundo.

West y yo hacíamos trabajos de postgraduación en el curso de verano de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, y mi amigo había adquirido gran notoriedad debido a sus experimentos encaminados a la revivificación de los muertos. Tras la matanza científica de innumerables bestezuelas, la monstruosa labor quedó suspendida aparentemente por orden de nuestro escéptico decano, el doctor Allan Halsey; pero West había seguido realizando ciertas pruebas secretas en la sórdida pensión donde vivía, y en una terrible e inolvidable ocasión se había apoderado de un cuerpo humano de la fosa común, transportándolo a una granja situada a otro lado de Meadow Hill. Yo estuve con él en aquella ocasión, y le vi inyectar en las venas exánimes el elixir que según él, restablecería en cierto modo los procesos químicos y físicos. El experimento había terminado horriblemente en un delirio de terror que poco a poco llegamos a atribuir a nuestros nervios sobreexcitados, West ya no fue capaz de librarse de la enloquecedora sensación de que le seguían y perseguían. El cadáver no estaba lo bastante fresco; es evidente que para restablecer las condiciones mentales normales el cadáver debe ser verdaderamente fresco; por otra parte, el incendio de la vieja casa nos había impedido enterrar el ejemplar. Habría sido preferible tener la seguridad de que estaba bajo tierra.

Después de esa experiencia, West abandonó sus investigaciones durante algún tiempo: pero lentamente recobró su celo de científico nato, y volvió a importunar a los profesores de la Facultad pidiéndoles permiso para hacer uso de la sala de disección y ejemplares humanos frescos para el trabajo que él consideraba tan tremendamente importante. Pero sus súplicas fueron completamente inútiles, ya que la decisión del doctor Halsey fue inflexible, y todos los demás profesores apoyaron el veredicto de su superior. En la teoría fundamental de la reanimación no veían sino extravagancias inmaduras de un joven entusiasta cuyo cuerpo delgado, cabello amarillo, ojos azules y miopes, y suave voz no hacían sospechar el poder supranomal "casi diabólico" del cerebro que albergaba en su interior. Aún le veo como era entonces y me estremezco.

Su cara se volvió más severa, aunque no más vieja. Y ahora Sefton carga con la desgracia, y West ha desaparecido.

West chocó desagradablemente con el Doctor Halsey casi al final de nuestro ultimo año de carrera, en una disputa que le reportó menos prestigio a él que al bondadoso decano en lo que a cortesía se refiere. Afirmaba que este hombre se mostraba innecesariamente e irracionalmente grande; una obra que deseaba comenzar mientras tenía la oportunidad de disponer de las excepcionales instalaciones de la facultad. El que los profesores, apegados a la tradición ignorasen los singulares resultados tenidos en animales, y persistiesen en negar la posibilidad de reanimación, era indeciblemente indignante, y casi incomprensibles para un joven del temperamento lógico de West. Sólo una mayor madurez podía ayudarle a entender las limitaciones mentales crónicas del tipo "doctorprofesor", producto de generaciones de puritanos mediocres, bondadosos, conscientes, afables, y corteses, a veces, pero siempre rígidos, intolerantes, esclavos de las costumbres y carentes de perspectivas. El tiempo es más caritativo con estas personas incompletas aunque de alma grande, cuyo defecto fundamental, en realidad, es la timidez, y las cuales reciben finalmente el castigo de la irrisión general por sus pecados intelectuales: su ptolemismo, su calvinismo, su antidarwinismo, su antinietzaheísmo, y por toda clase de sabbatarinanismo y leyes suntuarias que practican. West, joven a pesar de sus maravillosos conocimientos científicos, tenía escasa paciencia con el buen doctor Halsey y sus eruditos colegas, y alimentaba un rencor cada vez más grande, acompañado de un deseo de demostrar la veracidad de sus teorías a estas obtusas dignidades de alguna forma impresionante y dramática. Y como la mayoría de los jóvenes, se entregaban a complicados sueños de venganza, de triunfo y de magnánima indulgencia final. Y entonces había surgido el azote, sarcástico y letal, de las cavernas pesadillescas del Tártaro. West y yo nos habíamos graduado cuando empezó, aunque seguíamos en la Facultad, realizando un trabajo adicional del curso de verano, de forma que aún estábamos en Arkham cuando se desató con furia demoníaca en toda la ciudad.

Aunque todavía no estábamos autorizados para ejercer, teníamos nuestro título, y nos vimos frenéticamente requeridos a incorporarnos al servicio público, al aumentar él número de los afectados. La situación se hizo casi incontrolable, y las defunciones se producían con demasiada frecuencia para que las empresas funerarias de la localidad pudieran ocuparse satisfactoriamente de ellas. Los entierros se efectuaban en rápida sucesión, sin preparación alguna, y hasta el cementerio de la Iglesia de Cristo estaba atestado de ataúdes de muertos sin embalsamar. Esta circunstancia no dejó de tener su efecto en West, que a menudo pensaba en la ironía de la situación: tantísimos ejemplares frescos, y sin embargo, ¡ninguno servía para sus investigaciones!. Estábamos tremendamente abrumados de trabajo, y una terrible tensión mental y nerviosa sumía a mi amigo en morbosas reflexiones. Pero los afables enemigos de West no estaban enfrascados en agobiantes deberes. La facultad había sido cerrada, y todos los doctores adscritos a ella colaboraban en la lucha contra la epidemia de tifus. El doctor Halsey, sobre todo, se distinguía por su abnegación, dedicando toda su enorme capacidad, con sincera energía, a los casos que muchos otros evitaban por el riesgo que representaban, o por juzgarlos desesperados. Antes de terminar el mes, el valeroso decano se había convertido en héroe popular aunque él no parecía tener conciencia de su fama, y se esforzaba en evitar el desmoronamiento por cansancio físico y agotamiento nervioso.

West no podía por menos de admirar la fortaleza de su enemigo; pero precisamente por esto estaba más decidido aún a demostrarle la verdad de sus asombrosas teorías. Una noche, aprovechando la desorganización que reinaba en el trabajo de la Facultad y las normas sanitarias municipales, se las arregló para introducir camufladamente el cuerpo de un recién fallecido en la sala de disección, y le inyectó en mi presencia una nueva variante de su solución. El cadáver abrió efectivamente los ojos, aunque se limitó a fijarlos en el techo con expresión de paralizado horror, antes de caer en una inercia de la que nada fue capaz de sacarle, West dijo que no era suficientemente fresco; el aire caliente del verano no beneficia los cadáveres. Esa vez estuvieron a punto de sorprendernos antes de incinerar los despojos, y West no consideró aconsejable repetir esta utilización indebida del laboratorio de la facultad.

El apogeo de la epidemia tuvo lugar en agosto. West y yo estuvimos a punto de sucumbir en cuanto al doctor Halsey falleció el día catorce. Todos los estudiantes asistieron a su precipitado funeral el día quince, y compraron una impresionante corona, aunque casi la ahogaban los testimonios enviados por los ciudadanos acomodados de Arkham y las propias autoridades del municipio. Fue casi un acontecimiento público, dado que el decano había sido un verdadero benefactor para la ciudad. Después del sepelio, nos quedamos bastantes deprimidos, y pasamos la tarde en el bar de la Comercial House, donde West, aunque afectado por la muerte de su principal adversario, nos hizo estremecer a todos hablándonos de sus notables teorías. Al oscurecerse, la mayoría de los estudiantes regresaron a sus casas o se incorporaron a sus diversas publicaciones; pero West me convenció para que le ayudase a "sacar partida de la noche". La patrona de West nos vio entrar en la habitación alrededor de las dos de la madrugada, acompañados de un tercer hombre, y le contó a su marido que se notaba que habíamos cenado y bebido demasiado bien. Aparentemente, la avinagrada patrona tenía razón; pues hacia las tres, la casa entera se despertó con los gritos procedentes de la habitación de West, cuya puerta tuvieron que echar abajo para encontrarnos a los dos inconscientes, tendidos en la alfombra manchada de sangre, golpeados, arañados y magullados, con trozos de frascos e instrumentos esparcidos a nuestro alrededor. Sólo la ventana abierta revelaba que había sido de nuestro asaltante, y muchos se preguntaron qué le habría ocurrido, después del tremendo salto que tuvo que dar desde el segundo piso al césped. Encontraron ciertas ropas extrañas en la habitación, pero cuando West volvió en sí, explicó que no pertenecían al desconocido, sino que eran muestras recogidas para su análisis bacteriológico, lo cual formaba parte de sus investigaciones sobre la transmisión de enfermedades infecciosas. Ordenó que las quemasen inmediatamente en la amplia chimenea. Ante la policía, declaramos ignorar por completo la identidad del hombre que había estado con nosotros. West explicó con nerviosismo que se trataba de un extranjero afable al que habíamos conocido en un bar de la ciudad que no recordábamos. Habíamos pasado un rato algo alegres y West y yo no queríamos que detuviesen a nuestro belicoso compañero.

Esa misma noche presenciamos el comienzo del segundo horror de Arkham; horror que, para mí, iba a eclipsar a la misma epidemia. El cementerio de la iglesia de Cristo fue escenario de un horrible asesinato; un vigilante había muerto a arañazos, no sólo de manera indescriptiblemente espantosa, sino que había dudas de que el agresor fuese un ser humano. La víctima había sido vista con vida bastante después de la medianoche, descubriéndose el incalificable hecho al amanecer. Se interrogó al director de un circo instalado en el vecino pueblo de Bolton, pero este juró que ninguno de sus animales se había escapado de su jaula. Quienes encontraron el cadáver observaron un rastro de sangre que conducía a la tumba reciente, en cuyo cemento había un pequeño charco rojo, justo delante de la entrada. Otro rastro más pequeño se alejaba en dirección al bosque; pero se perdía enseguida.

A la noche siguiente, los demonios danzaron sobre los tejados de Arkham, y una desenfrenada locura aulló en el viento. Por la enfebrecida ciudad anduvo suelta una maldición, de la que unos dijeron que era más grande que la peste, y otros murmuraban que era el espíritu encarnado del mismo mal. Un ser abominable penetró en ocho casas sembrando la muerte roja a su paso… dejando atrás el mudo y sádico monstruo un total de diecisiete cadáveres, y huyendo después. Algunas personas que llegaron a verle en la oscuridad dijeron que era blanco y como un mono malformado o monstruo antropomorfo. No había dejado entero a nadie de cuantos había atacado, ya que a veces había sentido hambre. El número de víctimas ascendía a catorce; a las otras tres las había encontrado ya muertas al irrumpir en sus casas, víctimas de la enfermedad.

La tercera noche, los frenéticos grupos dirigidos por la policía lograron capturarle en una casa de Crane Street, cerca del campus universitario. Habían organizado la batida con toda minuciosidad, manteniéndose en contacto mediante puestos voluntarios de teléfono; y cuando alguien del distrito de la universidad informó que había oído arañar en una ventana cerrada, desplegaron inmediatamente la red. Debido a las precauciones y a la alarma general, no hubo más que otras dos víctimas, y la captura se efectuó sin más accidentes. La criatura fue detenida finalmente por una bala; aunque no acabó con su vida, y fue trasladada al hospital local, en medio del furor y la abominación generales, porque aquel ser había sido humano. Esto quedó claro, a pesar de sus ojos repugnantes, su mutismo simiesco, y su salvajismo demoníaco. Le vendaron la herida y trasladaron al manicomio de Sefton, donde estuvo golpeándose la cabeza contra las paredes de una celda acolchada durante dieciséis años, hasta un reciente accidente, a causa del cual escapó en circunstancias de las cuales a nadie le gusta hablar. Lo que más repugnó a quienes lo atraparon en Arkham fue que, al limpiarle la cara a la monstruosa criatura, observaron en ella una semejanza increíble y burlesca con un mártir sabio y abnegado al que habían enterrado hacia tres días: el difunto doctor Allan Halsey, benefactor público y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic.

Para el desaparecido Herbert West, y para mí, la repugnancia y el horror fueron indecibles. Aun me estremezco, esta noche, mientras pienso en todo ello, y tiemblo más aún de lo que temblé aquella mañana en que West murmuró entre sus vendajes: -¡Maldita sea, no estaba bastante fresco!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CLÉRIGO MALVADO

 

 

Un hombre grave que parecía inteligente con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos:

–Sí, aquí vivió él…, pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad le vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y silo conservamos todo tal como está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad.

»-Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabernos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.

Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Ilermes Trismegisto, Boreilus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de mar.

El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabia manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en otro bolsillo.

Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi hbro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación, corno el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación…, y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo.

Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia› a través de una neblina… Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal.

El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con el traje clerical de la Iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su cara afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura, y las facciones de la mitad inferior de la cara, eran como las de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento – acababa de encender una débil lámpara de aceite-. parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor indeciblemente nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que le odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde las flamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación.

El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con idea de disuadirle o salvarle. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.

Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que sc acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirle; pero no me oyó. Un instante después. trastabilló hacia atrás. cayó por la abertura y desapareció de mi vista.

Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera. pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso. me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron

paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora:

–¡Ahhh!… ¿Conque eres tú? ¿Otra vez?

Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:

¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asusto y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a América.

No debe volver a tocar ese… objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir…, pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente, y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave.

»-Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en… su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión… aunque no será nada repulsivo.

Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con la débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que ví en el espejo fue esto:

Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con el traje clerical de la Iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, normalmente alta.

Era el individuo silencioso que había llegado el primero y había quemado los libros.

¡Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CEREMONIAL

 

 

Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exbibeant.

Lactancia

Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que fuese a la vieja ciudad que ahora tenía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de nieve recién caída, por un camino que parecía remontar, solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que tantas veces he soñado durante mi vida. Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos pasados aun en épocas en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada cien años, para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente solapada y furtiva, procedente de los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y únicamente se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente podría comprender.

Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición, pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus campanarios, sus tejados y chimeneas los muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emitían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar rompía incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos tiempos.

Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, había una colina yerma barrida por el viento. No tardé en ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario. Únicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.

Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que estábamos, y se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservaría tal vez costumbres navideñas, extraigas para mí, y que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi camino. Fui dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas. Después me interné entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas, bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la escasa luz que se escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.

Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee una vida muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court; luego continué por Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás del Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía redes de cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve. Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me había parecido muy hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la puerta de los míos, por llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650.

Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana, todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por encima del estrecho callejón invadido de hierba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta muy por encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las cortinillas descorridas.

Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya que no había oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me atendió, vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida. Me señaló con un gesto una sala baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea, de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de alto respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado parecido al de la cera. Por último, llegué a la plena convicción de que aquello no era un rostro sino una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló una silla, una mesa, un montón de libros, y salió de la estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olacius Wormius. Era éste un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar.

Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e inquietud; pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al oír que se cerraba una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y, justo en aquel momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me fue de la cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya. Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos capas con caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese momento. Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo, después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil… o su máscara.

Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas de las ventanas, y Sitio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las puertas y formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas de ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados, cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y fantásticas. Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba empujado por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz.

La columnas espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del camino, cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquial y, en parte, plaza medio pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando un espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no había casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas, delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el templo.

Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en el templo rebosante y oscuro.

Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino que conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos.

La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se dirigían por las naves laterales, sorteando los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido.

Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo, observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva. Lo que más me asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de un descenso que duró una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente insoportable. Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá estábamos por debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hice otro descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una inmensa costa fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del océano inmemorial.

Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor de la columna de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito primordial que prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito y adoraban la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras tañía la criatura monstruosa, me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y bañaba las rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor, sino únicamente la viscosidad de la muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales hacia el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó por encima de su cabeza aquel detestable Necronomicon que llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores.

Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono, más audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas.

En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías donde venenosos manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas.

La vieja hilandera se había marchado con los demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias como los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó por escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había dicho él.

Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiquísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698.

Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba solamente de una diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes del suelo, y me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el lugar correspondiente a la cabeza.

Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la escalera de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría, por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas de la tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que aquellos abismos pestilentes ocultaban.

En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había extraviado por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de tranvías y automóviles. Me insistieron en que esto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me ayudaron, ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred, celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic.

Dijeron que sufría una especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte llegué a leer el espantoso capítulo aquél, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis sueños son aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus prodigios son extraños y terribles.

Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro.

Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CAOS REPTANTE

 

 

Mucho es lo que se ha escrito acerca de los placeres y los sufrimientos del opio. Los éxtasis y horrores de De Quincey y los paradis artificiels de Baudelaire son conservados e interpretados con tal arte que los hace inmortales, y el mundo conoce a fondo la belleza, el terror y el misterio de esos oscuros reinos donde el soñador es transportado. Pero aunque mucho es lo que se ha hablado, ningún hombre ha osado todavía detallar la naturaleza de los fantasmas que entonces se revelan en la mente, o sugerir la dirección de los inauditos caminos por cuyo adornado y exótico curso se ve irresistiblemente lanzado el adicto. De Quincey fue arrastrado a Asia, esa fecunda tierra de sombras nebulosas cuya temible antigüedad es tan impresionante que "la inmensa edad de la raza y el nombre se impone sobre el sentido de juventud en el individuo", pero él mismo no osó ir más lejos. Aquellos que han ido más allá rara vez volvieron y, cuando lo hicieron, fue siempre guardando silencio o sumidos en la locura. Yo consumí opio en una ocasión… en el año de la plaga, cuando los doctores trataban de aliviar los sufrimientos que no podían curar. Fue una sobredosis -mi médico estaba agotado por el horror y los esfuerzos- y, verdaderamente, viajé muy lejos.

Finalmente regresé y viví, pero mis noches se colmaron de extraños recuerdos y nunca más he permitido a un doctor volver a darme opio.

Cuando me administraron la droga, el sufrimiento y el martilleo en mi cabeza habían sido insufribles. No me importaba el futuro; huir, bien mediante curación, inconsciencia o muerte, era cuanto me importaba. Estaba medio delirando, por eso es difícil ubicar el momento exacto de la transición, pero pienso que el efecto debió comenzar poco antes de que las palpitaciones dejaran de ser dolorosas. Como he dicho, fue una sobredosis; por lo cual, mis reacciones probablemente distaron mucho de ser normales. La sensación de caída, curiosamente disociada de la idea de gravedad o dirección, fue suprema, aunque había una impresión secundaria de muchedumbres invisibles de número incalculable, multitudes de naturaleza infinitamente diversa, aunque todas más o menos relacionadas conmigo. A veces, menguaba la sensación de caída mientras sentía que el universo o las eras se desplomaban ante mí. Mis sufrimientos cesaron repentinamente y comencé a asociar el latido con una fuerza externa más que con una interna. También se había detenido la caída, dando paso a una sensación de descanso efímero e inquieto, y, cuando escuché con mayor atención, fantaseé con que los latidos procedieran de un mar inmenso e inescrutable, como si sus siniestras y colosales rompientes laceraran alguna playa desolada tras una tempestad de titánica magnitud. Entonces abrí los ojos.

Por un instante, los contornos parecieron confusos, como una imagen totalmente desenfocada, pero gradualmente asimilé mi solitaria presencia en una habitación extraña y hermosa iluminada por multitud de ventanas. No pude hacerme la idea de la exacta naturaleza de la estancia, porque mis sentidos distaban aún de estar ajustados, pero advertí alfombras y colgaduras multicolores, mesas, sillas, tumbonas y divanes de elaborada factura, y delicados jarrones y ornatos que sugerían lo exótico sin llegar a ser totalmente ajenos. Todo eso percibí, aunque no ocupó mucho tiempo en mi mente. Lenta, pero inexorablemente, arrastrándose sobre mi conciencia e imponiéndose a cualquier otra impresión, llegó un temor vertiginoso a lo desconocido, un miedo tanto mayor cuanto que no podía analizarlo y que parecía concernir a una furtiva amenaza que se aproximaba… no la muerte, sino algo sin nombre, un ente inusitado indeciblemente más espantoso y aborrecible.

Inmediatamente me percaté de que el símbolo directo y excitante de mi temor era el odioso martilleo cuyas incesantes reverberaciones batían enloquecedoramente contra mi exhausto cerebro. Parecía proceder de un punto fuera y abajo del edificio en el que me hallaba, y estar asociado con las más terroríficas imágenes mentales. Sentí que algún horrible paisaje u objeto acechaban más allá de los muros tapizados de seda, y me sobrecogí ante la idea de mirar por las arqueadas ventanas enrejadas que se abrían tan insólitamente por todas partes. Descubriendo postigos adosados a esas ventanas, los cerré todos, evitando dirigir mis ojos al exterior mientras lo hacía. Entonces, empleando pedernal y acero que encontré en una de las mesillas, encendí algunas velas dispuestas a lo largo de los muros en barrocos candelabros. La añadida sensación de seguridad que prestaban los postigos cerrados y la luz artificial calmaron algo mis nervios, pero no fue posible acallar el monótono retumbar. Ahora que estaba más calmado, el sonido se convirtió en algo tan fascinante como espantoso.

Abriendo una portezuela en el lado de la habitación cercano al martilleo, descubrí un pequeño y ricamente engalanado corredor que finalizaba en una tallada puerta y un amplio mirador. Me vi irresistiblemente atraído hacia éste, aunque mis confusas aprehensiones me forzaban igualmente hacia atrás. Mientras me aproximaba, pude ver un caótico torbellino de aguas en la distancia. Enseguida, al alcanzarlo y observar el exterior en todas sus direcciones, la portentosa escena de los alrededores me golpeó con plena y devastadora fuerza.

Contemplé una visión como nunca antes había observado, y que ninguna persona viviente puede haber visto salvo en los delirios de la fiebre o en los infiernos del opio. La construcción se alzaba sobre un angosto punto de tierra -o lo que ahora era un angosto punto de tierra- remontando unos 90 metros sobre lo que últimamente debió ser un hirviente torbellino de aguas enloquecidas. A cada lado de la casa se abrían precipicios de tierra roja recién excavados por las aguas, mientras que enfrente las temibles olas continuaban batiendo de forma espantosa, devorando la tierra con terrible monotonía y deliberación. Como a un kilómetro se alzaban y caían amenazadoras rompientes de no menos de cinco metros de altura y, en el lejano horizonte, crueles nubes negras de grotescos contornos colgaban y acechaban como buitres malignos. Las olas eran oscuras y purpúreas, casi negras, y arañaban el flexible fango rojo de la orilla como toscas manos voraces. No pude por menos que sentir que alguna nociva entidad marina había declarado una guerra a muerte contra toda la tierra firme, quizá instigada por el cielo enfurecido.

Recobrándome al fin del estupor en que ese espectáculo antinatural me había sumido, descubrí que mi actual peligro físico era agudo. Aun durante el tiempo en que observaba, la orilla había perdido muchos metros y no estaba lejos el momento en que la casa se derrumbaría socavada en el atroz pozo de las olas embravecidas. Por tanto, me apresuré hacia el lado opuesto del edificio y, encontrando una puerta, la cerré tras de mí con una curiosa llave que colgaba en el interior. Entonces contemplé más de la extraña región a mi alrededor y percibí una singular división que parecía existir entre el océano hostil y el firmamento. A cada lado del descollante promontorio imperaban distintas condiciones. A mi izquierda, mirando tierra adentro, había un mar calmo con grandes olas verdes corriendo apaciblemente bajo un sol resplandeciente. Algo en la naturaleza y posición del sol me hicieron estremecer, aunque no pude entonces, como no puedo ahora, decir qué era. A mi derecha también estaba el mar, pero era azul, calmoso, y sólo ligeramente ondulado, mientras que el cielo sobre él estaba oscurecido y la ribera era más blanca que enrojecida.

Ahora volví mi atención a tierra, y tuve ocasión de sorprenderme nuevamente, puesto que la vegetación no se parecía en nada a cuanto hubiera visto o leído. Aparentemente, era tropical o al menos subtropical… una conclusión extraída del intenso calor del aire. Algunas veces pude encontrar una extraña analogía con la flora de mi tierra natal, fantaseando sobre el supuesto de que las plantas y matorrales familiares pudieran asumir dichas formas bajo un radical cambio de clima; pero las gigantescas y omnipresentes palmeras eran totalmente extranjeras. La casa que acababa de abandonar era muy pequeña -apenas mayor que una cabaña- pero su material era evidentemente mármol, y su arquitectura extraña y sincrética, en una exótica amalgama de formas orientales y occidentales. En las esquinas había columnas corintias, pero los tejados rojos eran como los de una pagoda china. De la puerta que daba a tierra nacía un camino de singular arena blanca, de metro y medio de anchura y bordeado por imponentes palmeras, así como por plantas y arbustos en flor desconocidos.

Corría hacia el lado del promontorio donde el mar era azul y la ribera casi blanca.

Me sentí impelido a huir por este camino, como perseguido por algún espíritu maligno del océano retumbante. Al principio remontaba ligeramente la ribera, luego alcancé una suave cresta. Tras de mí, vi el paisaje que había abandonado: toda la punta con la cabaña y el agua negra, con el mar verde a un lado y el mar azul al otro, y una maldición sin nombre e indescriptible cerniéndose sobre todo.

No volví a verlo más y a menudo me pregunto… Tras esta última mirada, me encaminé hacia delante y escruté el panorama de tierra adentro que se extendía ante mí.

El camino, como he dicho, corría por la ribera derecha si uno iba hacia el interior. Delante y a la izquierda vislumbré entonces un magnífico valle, que abarcaba miles de acres, sepultado bajo un oscilante manto de hierba tropical más alta que mi cabeza. Casi al límite de la visión había una colosal palmera que parecía fascinarme y reclamarme. En este momento, el asombro y la huida de la península condenada habían, con mucho, disipado mi temor, pero cuando me detuve y desplomé fatigado sobre el sendero, hundiendo ociosamente mis manos en la cálida arena blancuzco-dorada, un nuevo y agudo sonido de peligro me embargó. Algún terror en la alta hierba sibilante pareció sumarse a la del diabólico mar retumbante y me alcé gritando fuerte y desabridamente. – ¿Tigre? ¿Tigre? ¿Es un tigre? ¿Bestias? ¿Bestias? ¿Es una bestia lo que me atemoriza?

Mi mente retrocedía hasta una antigua y clásica historia de tigres que había leído; traté de recordar al autor, pero tuve alguna dificultad. Entonces, en mitad de mi espanto, recordé que el relato pertenecía a Ruyard Kipling; no se me ocurrió lo ridículo que resultaba considerarle como un antiguo autor. Anhelé el volumen que contenía esta historia, y casi había comenzado a desandar el camino hacia la cabaña condenada cuando el sentido común y el señuelo de la palmera me contuvieron.

Si hubiera o no podido resistir el deseo de retroceder sin el concurso de la fascinación por la inmensa palmera, es algo que no sé. Su atracción era ahora predominante, y dejé el camino para arrastrarme sobre manos y rodillas por la pendiente del valle, a pesar de mi miedo hacia la hierba y las serpientes que pudiera albergar. Decidí luchar por mi vida y cordura tanto como fuera posible y contra todas las amenazas del mar o tierra, aunque a veces temía la derrota mientras el enloquecido silbido de la misteriosa hierba se unía al todavía audible e irritante batir de las distantes rompientes. Con frecuencia, debía detenerme y tapar mis oídos con las manos para aliviarme, pero nunca pude acallar del todo el detestable sonido. Fue tan sólo tras eras, o así me lo pareció, cuando finalmente pude arrastrarme hasta la increíble palmera y reposar bajo su sombra protectora.

Entonces ocurrieron una serie de incidentes que me transportaron a los opuestos extremos del éxtasis y el horror; sucesos que temo recordar y sobre los que no me atrevo a buscar interpretación. Apenas me había arrastrado bajo el colgante follaje de la palmera, cuando brotó de entre sus ramas un muchacho de una belleza como nunca antes viera. Aunque sucio y harapiento, poseía las facciones de un fauno o semidiós, e incluso parecía irradiar en la espesa sombra del árbol. Sonrió tendiendo sus manos, pero antes de que yo pudiera alzarme y hablar, escuché en el aire superior la exquisita melodía de un canto; notas altas y bajas tramadas con etérea y sublime armonía. El sol se había hundido ya bajo el horizonte, y en el crepúsculo vi una aureola de mansa luz rodeando la cabeza del niño. Entonces se dirigió a mí con timbre argentino.

–Es el fin. Han bajado de las estrellas a través del ocaso. Todo está colmado y más allá de las corrientes arinurianas moraremos felices en Teloe.

Mientras el niño hablaba, descubrí una suave luminosidad a través de las frondas de las palmeras y vi alzarse saludando a dos seres que supe debían ser parte de los maestros cantores que había escuchado. Debían ser un dios y una diosa, porque su belleza no era la de los mortales, y ellos tomaron mis manos diciendo:

–Ven, niño, has escuchado las voces y todo está bien. En Teloe, más allá de las Vía Láctea y las corrientes arinurianas, existen ciudades de ámbar y calcedonia. Y sobre sus cúpulas de múltiples facetas relumbran los reflejos de extrañas y hermosas estrellas. Bajo los puentes de marfil de Teloe fluyen los ríos de oro líquido llevando embarcaciones de placer rumbo a la floreciente Cytarion de los Siete Soles. Y en Teloe y Cytarion no existe sino juventud, belleza y placer, ni se escuchan más sonidos que los de las risas, las canciones y el laúd. Sólo los dioses moran en Teloe la de los ríos dorados, pero entre ellos tú habitarás.

Mientras escuchaba embelesado, me percaté súbitamente de un cambio en los alrededores. La palmera, que últimamente había resguardado a mi cuerpo exhausto, estaba ahora a mi izquierda y considerablemente debajo. Obviamente flotaba en la atmósfera; acompañado no sólo por el extraño chico y la radiante pareja, sino por una creciente muchedumbre de jóvenes y doncellas semiluminosos y coronados de vides, con cabelleras sueltas y semblante feliz.

Juntos ascendimos lentamente, como en alas de una fragante brisa que soplara no desde la tierra sino en dirección a la nebulosa dorada, y el chico me susurró en el oído que debía mirar siempre a los senderos de luz y nunca abajo, a la esfera que acababa de abandonar. Los mozos y muchachas entonaban ahora dulces acompañamientos con los laúdes y me sentía envuelto en una paz y felicidad más profunda de lo que hubiera imaginado en toda mi vida, cuando la intrusión de un simple sonido alteró mi destino destrozando mi alma. A través de los arrebatados esfuerzos de cantores y tañedores de laúd, como una armonía burlesca y demoníaca, atronó desde los golfos inferiores el maldito, el detestable batir del odioso océano. Y cuando aquellas negras rompientes rugieron su mensaje en mis oídos, olvidé las palabras del niño y miré abajo, hacia el condenado paisaje del que creía haber escapado.

En las profundidades del éter vi la estigmatizada tierra girando, siempre girando, con irritados mares tempestuosos consumiendo las salvajes y arrasadas costas y arrojando espuma contra las tambaleantes torres de las ciudades desoladas. Bajo una espantosa luna centelleaban visiones que nunca podré describir, visiones que nunca olvidaré: desiertos de barro cadavérico y junglas de ruina y decadencia donde una vez se extendieron las llanuras y poblaciones de mi tierra natal, y remolinos de océano espumeante donde otrora se alzaran los poderosos templos de mis antepasados. Los alrededores del polo Norte hervían con ciénagas de estrepitoso crecimiento y vapores malsanos que silbaban ante la embestida de las inmensas olas que se encrespaban, lacerando, desde las temibles profundidades. Entonces, un desgarrado aviso cortó la noche, y a través del desierto de desiertos apareció una humeante falla. El océano negro aún espumeaba y devoraba, consumiendo el desierto por los cuatro costados mientras la brecha del centro se ampliaba y ampliaba.

No había otra tierra salvo el desierto, y el océano furioso todavía comía y comía. Sólo entonces pensé que incluso el retumbante mar parecía temeroso de algo, atemorizado de los negros dioses de la tierra profunda que son más grandes que el malvado dios de las aguas, pero, incluso si era así, no podía volverse atrás, y el desierto había sufrido demasiado bajo aquellas olas de pesadilla para apiadarse ahora. Así, el océano devoró la última tierra y se precipitó en la brecha humeante, cediendo de este modo todo cuanto había conquistado. Fluyó nuevamente desde las tierras recién sumergidas, desvelando muerte y decadencia y, desde su viejo e inmemorial lecho, goteó de forma repugnante, revelando secretos ocultos en los años en que el Tiempo era joven y los dioses aún no habían nacido. Sobre las olas se alzaron recordados capiteles sepultados bajo las algas. La luna arrojaba pálidos lirios de luz sobre la muerta Londres, y París se levantaba sobre su húmeda tumba para ser santificada con polvo de estrellas.

Después, brotaron capiteles y monolitos que estaban cubiertos de algas pero que no eran recordados; terribles capiteles y monolitos de tierras acerca de las cuales el hombre jamás supo.

No había ya retumbar alguno, sino sólo el ultraterreno bramido y siseo de las aguas precipitándose en la falla. El humo de esta brecha se había convertido en vapor, ocultando casi el mundo mientras se hacía más y más denso.

Chamuscó mi rostro y manos, y cuando miré para ver cómo afectaba a mis compañeros descubrí que todos habían desaparecido. Entonces todo terminó bruscamente y no supe más hasta que desperté sobre una cama de convalecencia. Cuando la nube de humo procedente del golfo plutónico veló por fin toda mi vista, el firmamento entero chilló mientras una repentina agonía de reverberaciones enloquecidas sacudía el estremecido éter. Sucedió en un relámpago y explosión delirantes; un cegador, ensordecedor holocausto de fuego, humo y trueno que disolvió la pálida luna mientras la arrojaba al vacío.

Y cuando el humo clareó y traté de ver la tierra, tan sólo pude contemplar, contra el telón de frías y burlonas estrellas, al sol moribundo y a los pálidos y afligidos planetas buscando a su hermana.

 

F I N

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOS BOTELLAS NEGRAS

 

Ninguno de los pocos habitantes que quedan en Daalbergen, localidad de las Montañas Ramapo, cree que mi tío, el viejo dómine Vanderhoof, esté realmente muerto. Piensan algunos que se encuentra suspendido en la maldición del viejo sacristán. De no haber sido por aquel viejo mago, acaso pudiera estar todavía rezando en la pequeña y húmeda iglesia del otro lado del páramo.

Después de lo que me ocurrió en Daalbergen, difícilmente podría compartir la opinión de los aldeanos. No estoy seguro de que mi tío esté muerto, pero sí lo estoy, en cambio, de que no está vivo en ningún lugar de este mundo. No hay duda de que el viejo sacristán lo enterró una vez, pero, como fuera, no se encuentra ya en aquella tumba. Podría decir que siento su presencia a mi espalda mientras escribo esto; una presencia que me impele a decir la verdad de las extrañas cosas ocurridas en Daalbergen hace tantos años.

En respuesta a una llamada, llegué a Daalbergen el cuatro de octubre. La carta era de un antiguo miembro de la parroquia de mi tío, y me contaba que éste había pasado a mejor vida y que sin duda habría algunas pequeñas posesiones que yo, único pariente vivo que tenía, podía heredar. Después de haber alcanzado el pequeño y apartado villorrio mediante incontables empalmes ferroviarios, me dirigí al almacén de Mark Haines, firmante de la carta, y éste, tras conducirme a una estancia trasera llena de trastos, me contó un peculiar relato concerniente a la muerte del dómine Vanderhoof.

–Debe tener cuidado, Hoffman -me dijo Haines-, cuando tenga que vérselas con el viejo sacristán, Abel Foster. Tan seguro como que usted está vivo, tiene al diablo por aliado. No hará ni dos semanas que Sam Pryor, al cruzar el viejo camposanto, le oyó conversar con los fiambres. No era normal que hablara de aquella manera; y Sam jura que había una voz que le respondía, una especie de semivoz, hueca y ahogada, como si procediera de las entrañas de la tierra. Y otros hay que pueden decirle a usted que le han visto plantando delante de la tumba del viejo dómine Slott, la que está pudriéndose junto a la pared de la iglesia, frotándose las manos y hablando al musgo de la lápida como si ése fuera el viejo dómine en persona.

Según Haines, el viejo Foster había llegado a Daalbergen unos diez años atrás, y había sido contratado inmediatamente por Vanderhoof para que se hiciera cargo de la húmeda iglesia de piedra, a la que acudían casi todos los aldeanos. Era un tipo que no agradaba a nadie que no fuera Vanderhoof mismo, ya que su presencia despertaba sugerencias rayanas en lo siniestro. Cuando la gente entraba en la iglesia, él solía quedarse junto a la puerta, los hombres le devolvían fríamente su servil saludo, en tanto que las mujeres rehuían su gesto y se hacían las sayas a un lado para evitar su contacto. Se le podía ver durante los días de faena cortando la hierba del cementerio y esparciendo flores en las tumbas, siempre murmurando para sí. Algunos se dieron cuenta de que prestaba una atención especial a la tumba del reverendo Guilliam Slott, primer pastor de la iglesia en 1701.

Poco después de establecerse definitivamente en el pueblo, comenzaron los desastres. Primero fue lo del agotamiento de la mina de la montaña, donde trabajaban casi todos los hombres. El hierro se acabó y muchos desempleados se trasladaron a otros sitios más rentables, mientras que los que poseían ciertas extensiones de terreno por los alrededores se dedicaron al trabajo de granja y se las arreglaron como pudieron para vivir en las laderas rocosas. Luego ocurrieron aquellas cosas en la iglesia. Se susurraba que el reverendo Johannes Vanderhoof había hecho un pacto con el diablo y que predicaba la palabra de éste en la casa de Dios. Sus sermones se volvieron extravagantes y grotescos, aderezados con cosas siniestras que la gente ignorante de Daalbergen no comprendía. Transportaba a su auditorio a edades de miedo y superstición, a regiones de espíritus odiosos e invisibles, poblando su fantasía de fantasmas nocturnos. Poco a poco fue mermando la parroquia, mientras que los más ancianos y los diáconos le rogaban en vano que cambiara el tema de sus sermones. Aunque el viejo prometía hacerlo, parecía estar sometido a algún poder superior que le obligaba a hacer su voluntad.

De estatura gigantesca, Johannes Vanderhoof era reputado como débil de espíritu y tímido, y sin embargo, aunque fue amenazado con la expulsión, continuó sus sermones espantosos hasta que no quedó en la mañana del domingo más que un pequeño puñado de oyentes. Al no haber mucho dinero, resultaba imposible llamar a otro pastor, y llegó el momento en que ningún aldeano se atrevió a acercarse a la iglesia. Lo mismo ocurrió con la rectoría adjunta. El miedo a las fuerzas espectrales con las que Vanderhoof parecía haber pactado campaba por doquier.

Mi tío, continuó diciéndome Mark Haines, siguió viviendo en la rectoría porque no había nadie con valentía suficiente como para decirle que se marchara. Nadie volvió a verlo, pero las luces eran visibles por la noche en la rectoría, y hasta podían entreverse en la misma iglesia de vez en cuando. Por todo el pueblo se susurraba que Vanderhoof predicaba regularmente en la iglesia todos los domingos por la mañana, sin que hubiera advertido que las naves estaban vacías. Sólo el viejo sacristán estaba con él: vivía en la parte trasera de la iglesia, cuidaba de Vanderhoof y hacía visitas semanales al pueblo para comprar provisiones. Ya no se inclinaba ante nadie servilmente; lejos de ello, parecía incubar algún odio demoníaco que no se cuidaba mucho de ocultar. No hablaba con nadie salvo con quien era necesario al efectuar sus compras, y cuando caminaba por la calle ayudado de un bastón con el que golpeaba el empedrado irregular, miraba a derecha e izquierda con los ojos llenos de maldad. Combado y arrugado por la edad, cualquiera podía notar su presencia cuando se acercaba; tan poderosa era aquella personalidad que, según los rumores, había hecho que Vanderhoof se pusiera bajo la tutela del diablo. Ningún ciudadano de Daalbergen dudaba que Abel Foster fuera en el fondo la causa de la malaventura de la aldea; pero nadie se atrevía a mover un dedo contra él, ni tan siquiera a aproximársele sin sentir escalofríos. Su nombre, así como el de Vanderhoof, no era mencionado nunca en voz alta. Siempre que se sacaba a colación la iglesia que estaba del otro lado del páramo, se hacía entre susurros; y si ocurría que la conversación era por la noche, los susurradores lanzaban miradas de desconfianza por encima del hombro para asegurarse de que no había nada informe o siniestro en la oscuridad que pudiera ser testigo de sus palabras.

El camposanto seguía tan verde y hermoso como cuando la iglesia estaba en funcionamiento, y había flores en las tumbas tan cuidadosamente dispuestas como en tiempos pasados. A veces podía verse trabajar allí al viejo sacristán, como si todavía recibiera algún estipendio por sus servicios, y quienes se atrevían a acercarse decían que mantenía una continua conversación con el diablo y los espíritus que rondaban dentro de las tapias del cementerio.

Una mañana, Foster fue visto cuando cavaba una tumba donde el chapitel de la iglesia vuelca su sombra a la caída de la tarde, antes de que el sol se oculte tras el cerro y sumerja a todo el pueblo en la penumbra. Poco después la campana de la iglesia, muda desde hacía meses, dobló suavemente durante media hora. Alrededor del ocaso los que observaban desde lejos vieron que Foster sacaba un ataúd de la rectoría ayudándose de una carretilla, lo metía en la tumba con escasa ceremonia y volvía a poner la tierra en el agujero.

El sacristán fue al pueblo a la mañana siguiente, cumpliendo su cita semanal y de mejor humor que el acostumbrado. Parecía deseoso de hablar, de hacer notar que Vanderhoof había muerto el día anterior y que había enterrado su cuerpo junto al del dómine Slott, junto a los muros de la iglesia. Sonreía a menudo y se frotaba las manos con una efusión imposible de describir. Al parecer, la muerte de Vanderhoof lo llenaba de alborozo diabólico. Los aldeanos eran conscientes de que había algo siniestro en su persona y lo evitaban tanto como podían. Con la desaparición de Vanderhoof, se sintieron más inseguros que nunca, pues el viejo sacristán estaba en entera libertad de lanzar sus sortilegios contra la aldea desde la iglesia. Murmurando algo en un idioma que nadie entendía, Foster regresó siguiendo la carretera que cruzaba el marjal.

Fue entonces cuando recordó Mark Haines haber oído hablar de su sobrino al dómine Vanderhoof. Haines decidió llamarme, con la esperanza de que yo supiera algo que pudiera aclarar el misterio de los últimos años de mi tío. Aseguré, sin embargo, que nada sabía sobre mi tío o su pasado, salvo que mi madre lo había descrito como hombre de un físico gigantesco, pero de poco ánimo y fuerza de voluntad.

Tras haber oído lo que Haines tenía que decirme, eché mi silla hacia delante, la equilibré sobre el suelo y miré el reloj. Era ya bien entrada la tarde.

–¿A cuánto está de aquí la iglesia? – pregunté-. ¿Podría llegar antes de la puesta del sol?

–Ay, muchacho, no se le ocurra ir allí de noche. A ese sitio no. – Todos los miembros del viejo temblaron y medio se levantó de la silla al tender hacia mí una mano delgada que quería hacer de impedimento-. ¡Es una locura! – exclamó.

Me reí para mis adentros de sus temores y le dije que, ocurriera lo que ocurriese, estaba resuelto a ver al viejo sacristán aquella misma noche para acabar con el asunto lo antes posible. No tenía el menor interés en aceptar como ciertas las supersticiones de aquellos ignorantes, pues estaba convencido de que todo lo que acababa de oír no era más que una cadena de sucesos que los fantasiosos de Daalbergen habían querido engarzar con su mala suerte. Por mi parte, no experimentaba ni miedo ni horror.

Al ver mi decisión, Haines me acompañó cuando salí de su oficina y me dio las pocas indicaciones requeridas, suplicándome más de una vez que cambiara de idea. Nos dimos la mano y noté en su gesto la emoción que se siente cuando se despide a alguien que no se va a volver a ver.

–Tenga cuidado con Foster, no se fíe de él -me advirtió una y otra vez-. Yo no me arrimaría a él después de oscurecido por nada del mundo. ¡No, señor! – Sacudiendo solemnemente la cabeza, volvió a entrar en su almacén mientras yo tomaba la carretera que conducía a las afueras de la localidad.

Apenas había caminado dos minutos cuando divisé el pantano del que Haines me había hablado. La carretera, flanqueada por una valla pintada de blanco, atravesaba todo el marjal, lleno de matojos y arbustos medio sumergidos en la ciénaga. El aire estaba saturado de pestilencias e incluso podían verse leves volutas de vapor que se levantaban de aquel lugar insano bajo la luz de la tarde.

Al llegar al otro lado del pantano, torcí a la izquierda, según se me había indicado, y abandoné la carretera principal. Había varias casas por los alrededores; casas que eran poco más que chozas, que reflejaban la extrema pobreza de sus habitantes. La carretera pasaba ahora bajo las ramas colgantes de sauces inmensos que casi ocultaban el paso de los rayos solares. El olor miasmático de la charca castigaba todavía mi olfato y el aire era frío y húmedo. Aceleré el paso para salir de aquel túnel lo antes posible.

Al cabo, salí de nuevo a campo descubierto. El sol, a la sazón como una bola roja que pendiera sobre la cresta de la montaña, comenzaba a hundirse lentamente, y entonces vi, bañada por una iridiscencia ensangrentada, la fachada de la iglesia solitaria. Comencé a experimentar la sensación siniestra que había mencionado Haines, aquel sentimiento de miedo que obligaba a todo Daalbergen a evitar el lugar. La misma armazón pétrea de la iglesia, con su campanario sin aguja, me parecía como un ídolo ante el que las lápidas circundantes se inclinaran y rindieran pleitesía, con sus puntas arqueadas como los hombros de una persona que permaneciera de rodillas, mientras que el conjunto de la vieja rectoría se alzaba como un alma en pena.

Reduje el paso nada más entrar en el escenario. El sol estaba desapareciendo tras la montaña rápidamente y el aire húmedo me producía escalofríos. Me subí el cuello del abrigo y seguí andando. Al lanzar una nueva mirada escudriñadora, me percaté de algo. Había un objeto blanco protegido por la sombra de la iglesia, un objeto que me pareció exento de forma definida. Aguzando la vista a medida que me aproximaba, vi que se trataba de una cruz de madera nueva, que coronaba un montoncillo de tierra removida hacía poco. El descubrimiento me produjo un nuevo escalofrío. Me percaté de que debía de ser la tumba de mi tío; pero algo me dijo que no era igual que las tumbas que había junto a ella. No parecía la tumba de un muerto. En cierto modo intangible, se hubiera dicho que era una tumba viva, si es que puede calificarse de viva a una tumba. Muy pegada a ella, según vi al acercarme, había otra tumba: un montículo viejo con una losa desmoronada encima. Pensé que se trataba de la tumba del dómine Slott, recordando la historia que me contara Haines.

No había señales de vida por los alrededores. Bajo la luz del atardecer subí el terraplén en que se alzaba la rectoría y golpeé en la puerta. No hubo respuesta. Rodeé el edificio y miré por las ventanas. El lugar entero parecía desierto.

La sombra de las montañas había hecho caer la noche con la repentina ocultación del sol. Me di cuenta de que podía ver poco más que lo que estaba a unos pies delante de mí. Avanzando con mucha precaución, doblé una esquina del edificio y me detuve, preguntándome qué haría a continuación.

Todo estaba en calma. No había ni el menor soplo de viento, ni tampoco oía los ruidos que suelen hacer los animales en sus refugios nocturnos. Todo lo odioso parecía haberse esfumado; pero en presencia de una calma tan sepulcral afloraron de nuevo mis aprensiones. Imaginé que el aire estaba lleno de espíritus fantasmales que me rodeaban y hacían el aire casi irresistible. Me pregunté, por centésima vez, dónde estaría el viejo sacristán.

Allí estaba yo, medio esperando que brotara algún demonio de las sombras, cuando advertí el resplandor de dos ventanas iluminadas en la torre de la iglesia. Recordé entonces que Haines me había dicho que Foster vivía en la parte trasera del edificio. Avanzando con cautela en la negrura, di con una puerta lateral entornada.

El interior olía a moho. Todo lo que toqué estaba cubierto de humedad fría. Encendí una cerilla y me puse a explorar, a fin de descubrir, si podía, un camino que me llevara al campanario. Entonces me detuve en seco.

Por encima de mí se deslizó un retazo de canción, ruidosa y obscena, entonada con una voz profundamente gutural. La cerilla me quemó los dedos y la apagué. Dos alfileres de luz taladraron la oscuridad en el muro delantero de la iglesia y debajo de ellos, a un lado, pude ver el perfil de una puerta por cuyas grietas se filtraba la luz. La canción cesó tan bruscamente como había comenzado y de nuevo reinó el silencio. El corazón me latía con fuerza y la sangre me presionaba en las sienes. De no haber estado petrificado por el miedo, habría salido de estampía inmediatamente.

No me entretuve en encender otra cerilla. Seguí caminando en la oscuridad hasta que llegué ante la puerta. Tan profunda era la depresión de mi ánimo que me pareció estar comportándome como en un sueño. Mis actos eran casi involuntarios.

La puerta estaba cerrada, según descubrí al manipular el pomo. La golpeé unas cuantas veces, pero no obtuve respuesta. El silencio era tan completo como antes. Tanteando en los bordes de la puerta, di con las bisagras, quité los pernos y dejé que la puerta cayera hacia mí. Vi un tramo de escalera inundado por una luz suave. Y olisqueé un asqueroso tufo a whisky. Podía oír ya el movimiento que alguien hacía en el campanario. Al aventurar un saludo en voz no muy alta, me pareció recibir un gruñido por respuesta, y comencé a subir los peldaños con precaución.

La impresión que me produjo aquel lugar non sancto fue ciertamente extraña. Esparcidos por la pequeña habitación había libros y manuscritos viejos y polvorientos: objetos extraños que debían de datar de fecha remotísima. Colocados en estantes que llegaban al techo pude ver cosas horribles en frascos y botellas de cristal: serpientes, lagartos y murciélagos. El polvo, el moho y las telarañas lo llenaban todo. En el centro, detrás de una mesa en la que había un candil encendido, una botella de whisky casi vacía y un vaso, había una figura inmóvil con cara arrugada y delgada y ojos feroces que me miraban con mirada muerta. Reconocí en seguida a Abel Foster, el viejo sacristán. Cuando me aproximé temerosamente a él, no hizo el menor movimiento ni articuló ningún sonido.

–¿El señor Foster? – pregunté, temblando con miedo sin cuento al oír el eco de mi voz resonando en los estrechos confines de la estancia. No hubo respuesta, ni tampoco ningún movimiento. Me pregunté si no estaría tan borracho que se hubiera vuelto insensible, y rodeé la mesa para sacudirlo por el hombro.

Nada más ponerle la mano encima, el extraño viejo saltó de la silla con un espasmo de terror. Sus ojos, que mantenían aún la mirada perdida, me buscaron. Retrocedió haciendo aspavientos.

–¡Atrás! – gritó-. ¡No me toque! ¡Lárguese…! ¡Lárguese!

Vi que estaba borracho y conmocionado por alguna especie de terror sin nombre. Empleando un tono suave, le dije quién era yo y por qué estaba allí. Pareció entender vagamente y volvió a dejarse caer en la silla, abatido e inmóvil.

–Creí que usted era él -murmuró-. Creí que era él que regresaba. Lo ha estado intentando… intentando salir desde que lo puse allí. – Su voz se alzó como un grito y se agarró a la silla con fuerza-. ¡Quizás haya salido ya! ¡Quizás haya salido!

Miré alrededor, medio esperando ver alguna forma espectral subiendo la escalera.

–¿Quién tiene que salir? – pregunté.

–¡Vanderhoof! – dijo estremeciéndose-. La cruz que hay en su tumba se cae por la noche. Cada mañana encuentro removida la tierra y se hace cada vez más difícil allanarla. Saldrá y yo no podré hacer nada por evitarlo.

Conteniéndolo, me senté en un cajón cerca de él. Estaba temblando, presa de un terror mortal, y la saliva le resbalaba por las comisuras de la boca. De vez en cuando me asaltaba aquella sensación de terror que Haines me había descrito al hablarme del viejo sacristán. Ciertamente, había algo siniestro en aquel tipo. Su cabeza estaba vencida sobre el pecho y parecía más calmado, mientras murmuraba para sí.

Me levanté despacio y abrí una ventana para despejar el aire del hedor a moho y whisky. La luz de la luna, que se levantaba en aquel instante, volvía un tanto visibles los objetos de abajo. Alcanzaba a ver la tumba del dómine Vanderhoof desde donde me encontraba y parpadeé un par de veces mientras aguzaba la vista. ¡La cruz estaba inclinada! Recordé haberla visto vertical una hora antes. El miedo volvió a apoderarse de mí. Me volví con rapidez. Foster me estaba mirando. Su mirada parecía más cuerda que antes.

–Así que es usted el sobrino de Vanderhoof -murmuró con tono nasal-. Bueno, entonces puede saberlo usted todo. Dentro de nada vendrá a buscarme, y lo hará tan pronto pueda salir de su tumba. Será mejor que se lo cuente todo ahora que puedo.

El terror parecía haberle abandonado. Se dijera que se había resignado a algún destino terrible que esperaba se cumpliera de un momento a otro. Dejó caer la cabeza sobre el pecho otra vez y prosiguió su murmullo con un monótono tono nasal.

–¿Ve todos estos libros y papeles? Bueno, pues pertenecieron al dómine Slott… al dómine Slott, que estuvo aquí hace años. Todas estas cosas sirven para hacer magia, la magia negra que el viejo dómine sabía hacer antes de llegar a este lugar. Solía quemarlas y hervirlas con aceite para ver que pasaba. Pero el viejo Slott sabía cosas y no fue a decírselo a nadie. Sí, señor, el viejo Slott solía predicar aquí hace varias generaciones y solía subir a este sitio para estudiar sus libros, y usaba todas esas cosas de los frascos y pronunciaba frases mágicas y otras cosas, pero no dejaba que nadie lo supiera. No, nadie sabía nada salvo el dómine Slott y yo.

–¿Usted? – le solté, al tiempo que me inclinaba hacia él.

–Eso es, yo, después de lo que aprendí -y al decirlo, su rostro formó ciertas arrugas de truhanería-. Cuando vine aquí para hacer de sacristán, me encontré con todas estas cosas, y acostumbraba a leerlas cuando no tenía nada que hacer. Así que pronto lo supe todo.

El viejo siguió su historia, mientras yo escuchaba atónito. Me dijo que había aprendido las difíciles fórmulas de la demonología, así que, mediante encantamientos, podía formular sortilegios que afectaban a los seres humanos. Había practicado horribles ritos ocultos propios de un credo infernal, lanzando el anatema sobre la aldea y sus habitantes. Enloquecido de deseo, quiso hacer caer a la iglesia bajo sus hechizos, pero el poder de Dios era demasiado fuerte. Dado que Johannes Vanderhoof era débil de voluntad, lo embrujó para que predicara sermones extraños y místicos que llevaran el miedo a los sencillos corazones de las gentes del lugar. Desde aquella habitación del campanario, dijo, detrás de una pintura de la tentación de Jesús que adornaba la pared trasera de la iglesia, observaba a Vanderhoof mientras éste predicaba, por medio de ciertos agujeros que correspondían a los ojos del diablo en la pintura. Aterrorizada por las extrañas cosas que sucedían, la congregación fue disolviéndose y Foster se encontró con que podía hacer lo que le venía en gana en la iglesia y con Vanderhoof.

–Pero, ¿qué le hizo a él? – pregunté con voz hueca cuando el viejo sacristán hizo una pausa. Rompió a reír con un cloqueo y echó hacia atrás la cabeza con alegría de borracho.

–¡Cogí su alma! – aulló en un tono que me hizo temblar-. Cogí su alma y la puse en una botella… en una botellita negra. ¡Y lo enterré! Pero no tiene alma, y no puede ir ni al cielo ni al infierno. Por eso intenta ir tras ella. Por eso quiere salir ahora de su tumba. Es un hombre muy fuerte y puedo oírle mientras se abre paso en la fosa.

Según hablaba, me convencía cada vez más de que me estaba contando la verdad y no una fantasía alcohólica. Cada detalle encajaba con lo que Haines me había dicho. El miedo crecía en mi interior a pasos agigantados. Delante de aquel viejo brujo sacudido por una risa demoníaca, me sentí tentado de lanzarme escaleras abajo y salir zumbando de aquellos alrededores maldecidos. Para calmarme, me levanté y me acerqué de nuevo a la ventana. Los ojos estuvieron a punto de salírseme de las órbitas cuando vi que la cruz de la tumba de Vanderhoof había acortado su ángulo con el suelo desde la última vez que la viera. Apenas alcanzaba ya cuarenta y cinco grados.

–¿No podríamos sacar a Vanderhoof y devolverle su alma? – pregunté casi sin aliento, intuyendo que había que hacer algo en seguida. El viejo se levantó lleno de espanto.

–¡No, no, no! – gritó-. ¡Me mataría! ¡He olvidado la fórmula, y si sale vivirá aunque sea sin alma! ¡Nos mataría a ambos!

–¿Dónde está la botella que contiene su alma? – pregunté, avanzando amenazadoramente hacia él. Intuía que estaba a punto de ocurrir algo espectral y que yo debía hacer todo lo que estuviera a mi alcance por impedirlo.

–¡No te lo diré, mozalbete! – gruñó. Intuí más que vi una curiosa luminosidad en sus ojos mientras retrocedía hacia un rincón-. ¡Y no me toques o lamentarás haberlo hecho!

Di un paso al frente, advirtiendo que en un estante que había a su espalda había dos botellas negras. Foster murmuró unas palabras peculiares en voz baja y canturreante. Todo comenzó a emborronarse ante mis ojos, y algo que había en mi interior parecía pujar por salir, amenazando llenar mi garganta. Sentí que se me debilitaban las rodillas.

Lanzándome hacia delante, agarré por el cuello al viejo sacristán y con la mano que me quedaba libre traté de coger las botellas. Pero el viejo cayó hacia atrás, golpeó con el pie una de las botellas y ésta cayó al suelo mientras me hacía con la otra. Hubo un brote de llama azul y un olor sulfuroso llenó la habitación. De los vidrios rotos surgió un vapor blanco que se lanzó hacia la ventana.

–¡Maldito seas, ladrón! – dijo una voz que parecía lejana y apagada. Foster, a quien había soltado en el momento de romperse la botella, estaba acurrucado contra la pared y daba la sensación de ser más menudo y estar más amedrentado que antes. Su rostro se volvía lentamente de color verdinegro.

–¡Maldito seas! – dijo la voz de nuevo, que sonó muy extraña para proceder de sus labios-. ¡Estoy perdido! La que había ahí era la mía. Me la secuestró el dómine Slott hace doscientos años.

Resbaló hasta el suelo, mirándome con ojos de odio que disminuían rápidamente. Su carne blanca volvióse negra y luego amarilla. Vi con horror que su cuerpo parecía desintegrarse y que sus ropas se desplomaban formando pliegues nítidos.

La botella que tenía en la mano comenzaba a calentarse. La miré con temor. Brillaba con fosforescencia mitigada. Tenso de miedo, la dejé en la mesa, pero sin poder apartar los ojos de ella. Tras un ominoso momento de silencio, el brillo volvióse más encendido y entonces oí inequívocamente el sonido de la tierra que se removía. Boqueando, miré por la ventana. La luna estaba bien alta ya y a su luz alcancé a ver que la cruz de la tumba de Vanderhoof estaba completamente caída. Volví a oír el ruido de la tierra y, ya incapaz de dominarme, me lancé escaleras abajo y corrí hasta llegar a la puerta. Cayendo una y otra vez mientras corría por el terreno desigual, me sentía espoleado por un terror abyecto. Al llegar al comienzo del otero, a la entrada del sombrío túnel que se abría bajo los sauces, oí un horrible crujido a mis espaldas. Me volví y miré hacia la iglesia. El muro reflejaba la luz de la luna y recortada sobre él vi una sombra gigantesca y negra que salía de la tumba de mi tío y corría tambaleándose hacia la iglesia.

A la mañana siguiente conté todo a un grupo de aldeanos en el almacén de Haines. Se miraron entre sí con leves sonrisas mientras duró el relato, pero cuando les insinué que me acompañaran se deshicieron en excusas. Aunque su credulidad parecía tener límites, no querían correr riesgos. Les informé de que iría solo, aunque debo confesar que el proyecto no me entusiasmaba.

Nada más salir del almacén, un viejo de barba larga y blanca corrió tras de mí y me cogió de un brazo.

–Yo te acompañaré, chaval -dijo-. Creo que mi abuelo me dijo algo cierta vez sobre lo que le había pasado al viejo dómine Slott. Me han dicho que fue un tipo raro, pero Vanderhoof fue mucho peor.

La tumba del dómine Vanderhoof estaba abierta y vacía. Por supuesto, podía haberse tratado de ladrones de tumbas, según acordamos ambos, y sin embargo… Subimos al campanario. La botella que había dejado yo en la mesa había desaparecido, aunque todavía se veían fragmentos de la otra en el suelo. Y sobre el montoncillo de polvo negro y ropa arrugada que había sido Abel Foster se advertían ciertas huellas gigantescas.

Después de echar una ojeada a los libros y papeles de la estancia, los llevamos abajo y los quemamos, por tratarse de cosa profana e impura. Con un azadón que encontramos en el sótano rellenamos la tumba de Johannes Vanderhoof y, como por un presentimiento, arrojamos la cruz caída a las llamas.

Las viejas comadres dicen que, cuando hay luna llena, en los alrededores de la iglesia se pasea una gigantesca y extraña figura que porta una botella en la mano y busca algo que nadie recuerda ya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL LIBRO NEGRO DE ALSOPHOCUS

 

 

Mis recuerdos son muy confusos, Apenas si sé cuando empezó todo; es como si, en determinados momentos, contemplase visiones de los años transcurridos a mi alrededor, mientras que, otras veces, parece que el presente se difumina en un punto aislado dentro de una palidez informe e infinita. Ni tan siquiera sé a ciencia cierta cómo expresar lo sucedido. Mientras hablo, tengo la vaga sensación de que necesitaré sostener lo que voy a decir con ciertas pruebas extrañas y, posiblemente, terribles. Mi propia identidad parece escabullirse. Es como si hubiese sufrido un fuerte golpe; producido, quizá, por el advenimiento de algún proceso monstruoso que tuvo lugar en los hechos que me acontecieron.

Estos ciclos de experiencia tienen sus inicios en aquel libro carcomido. Recuerdo el lugar donde lo encontré; apenas si estaba iluminado, escondido al lado del río cubierto de brumas por donde fluyen unas aguas negras y aceitosas. El edificio era muy viejo, las enormes estanterías atesoraban cientos de libros decrépitos que se acumulaban sin fin en habitaciones y corredores sin ventanas. Había, además, masas informes de volúmenes amontonados descuidadamente por el suelo; y fue en uno de estos montones donde encontré el tomo. Al principio no sabía cómo se titulaba ya que le faltaban las primeras páginas; pero lo abrí por el final y ví algo que enseguida llamó mi atención.

Se trataba de una especie de fórmula -una pequeña lista de cosas que hacer y decir – que sonaban como algo oscuro y prohibido; pero seguí leyendo y descubrí ciertos párrafos en los que se mezclaban la fascinación y la repulsión, ocultos en las amarillentas páginas, antiguas y extrañas, poseedoras de los secretos del universo que yo ansiaba conocer. Era una ¡ave -una guía – a ciertas puertas y entradas que los magos y,¡ habían soñado y musitado cuando el hombre era joven, y que conducían a lugares más allá de las tres dimensiones conocidas, a regiones de extrañas vidas y materias. Durante años los hombres no habían sabido reconocer su esencia vital, ni sabían dónde encontrarla, pero el libro era realmente antiguo, No estaba impreso; había sido escrito por la mano de algún monje loco que había comunicado a aquellas palabras latinas ciertos conocimientos prohibidos de horripilante antigüedad.

Recuerdo que el viejo vendedor temblaba asustado, e hizo un curioso gesto con sus manos cuando me lo llevé. Se negó a aceptar dinero por el libro, pero hasta mucho después no descubrí el porqué. Mientras me escurría por los estrechos callejones portuarios, laberintos cubiertos de bruma, tenía la vaga sensación de ser seguido por unos pies invisibles que se arrastraban tras de mí. Las casas decrépitas y antiguas que se erguían a mi alrededor parecían animadas de una vida malsana, como si una ráfaga de maligno entendimiento las hubiese animado. Sentía como si aquellas abombadas paredes y buhardillas, hechas de ladrillo y cubiertas de musgo -con redondas ventanas que parecían espiarme-, tratasen de cerrarme el paso y aplastarme… aunque sólo había leído una pequeña porción de los oscuros secretos que contenía el libro, antes de cerrarlo y salir con él bajo el brazo.

Recuerdo con qué ansiedad leí el libro, pálido, encerrado en la habitación del ático que me servía de refugio en mis extraños descubrimientos. La enorme casona permanecía caldeada, pues había salido pasada la medianoche. Creo que vivía con algún familiar -aunque los detalles son inciertos- y sé que tenía muchos sirvientes. No sé exactamente qué año era; desde entonces he conocido muchas edades y dimensiones, y mi noción del tiempo ha terminado por desvanecerse. Estuve leyendo a la luz de las velas – recuerdo el incesante gotear de la cera derretida-, y mientras me llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de cuando en cuando. Prestaba una atención especial al sonido de aquellas campanas, como si temiera escuchar algo muy lejano, un son extraño y especial.

Y entonces se produjo una especie de golpear y arañar en la ventana abuhardillada que se abría sobre un laberinto de tejadillos. Sucedió nada más acabar de pronunciar en voz alta el noveno verso de un conjuro primordial, y supe, aterrorizado, cuál era su significado. Pues aquel que atraviesa el umbral siempre lleva una sombra consigo, y ya nunca vuelve a estar solo. Yo la había evocado; el libro era realmente todo lo que había sospechado. Aquella noche atravesé la puerta que conduce a un abismo de tiempo y dimensiones cruzadas, y cuando el amanecer me sorprendió en el ático descubrí en las paredes v anaqueles de la habitación aquello que nunca antes había visto.

Desde entonces el mundo no era para mí lo mismo que antes. Mezclado con el presente, siempre había un poco del pasado y un poco del futuro, y todos los objetos que alguna vez me parecieron familiares me resultaban ahora extraños bajo la nueva perspectiva que tenían mis enfebrecidos ojos. Desde aquel momento me ví envuelto en un fantástico sueño poblado de formas desconocidas y medio recordadas, y cada vez que cruzaba un nuevo umbral me costaba más reconocer los objetos de la estrecha esfera a la que tanto tiempo había pertenecido. Lo que descubrí sobre mi propio yo, nadie puede saberlo; cada vez hablaba menos y permanecía más tiempo solo, y la locura rondaba mi alrededor. Los perros me re huían, pues captaban la sombra que me acompañaba. Pero seguí leyendo, adentrándome en libros ocultos y prohibidos, en manuscritos y fórmulas que ahora ansiaba conocer, y atravesaba puertas espaciales y existencias y regiones que s(abren más allá del universo conocido.

Recuerdo bien la noche que tracé los cinco círculos concéntricos de fuego en el suelo, y canté, erguido en el círculo central, aquella monstruosa letanía que invocaba al mensajero de Tartaria. Las paredes se difuminaron mientras era arrastrado por un tenebroso viento a través de abismos fantasmagóricos y grises, en los que relucían, a infinidad de metros por debajo de mí, los picos crueles de desconocidas montañas Después hubo un momento de total oscuridad y luego la luz de millones de estrellas que dibujaban extrañas constelaciones. Por fin descubrí una verdosa llanura en la lejanía, debajo de mí, y vislumbré las empinadas torres de una ciudad cuya mampostería es totalmente ajena a la tierra. Según me iba acercando a la ciudad, distinguí un enorme edificio hecho a base de piedras en mitad de un paraje desolado, y sentí que el miedo se apoderaba de mí, atenazándome. Grité, debatiéndome aterrorizado y, después de un lapsus de oscuridad, me encontré de nuevo en mi buhardilla, tirado en el suelo sobrelos cinco círculos concéntricos de fuego. El vagabundeo de aquella noche no había sido más fantástico que los de muchas, otras; pero había sentido más terror debido a la certeza de saber que me había acercado más a aquellos abismos y mundos exteriores. Desde entonces fui más cauteloso con mis conjuros, pues no quería perderme, separarme de mi cuerpo, del mundo, y vagar por abismos desconocidos de los que jamás podría volver.

De cualquier forma, y en la situación en la que me encontraba, mi capacidad para reconocer los objetos y escenas normales iba desapareciendo poco a poco según adquiría nuevos conocimientos, haciendo que mi visión de la realidad se tomase inesacta, geométrico y distorsionada. Mi sentido del oído también se vio afectado. El tañido de las distantes campanas me parecía más ominoso, terroríficamente etéreo, como si el son me Regase a través de extraños golfos y lejanas regiones, donde las almas atormentadas gritan eternamente su pena y dolor. Según pasaban los días me iba alejando más y más de lo que me rodeaba, los eones se separaban de los cánones terrestres, ocultándose entre lo innominable. El tiempo se convirtió en algo incierto, y mis recuerdos de acontecimientos y gentes que había conocido antes de adquirir el libro se desvanecieron en una neblina de irrealidad que evitaba todos mis desesperados intentos de recuperar.

Recuerdo la primera vez que escuché las voces; voces inhumanas, sibilinas, que parecían provenir de las regiones más exteriores del tenebroso espacio, donde seres amorfos se inclinan y bailan ante un ídolo fétido y monstruoso creado por el devenir infinito de los siglos. Con el advenimiento de estas voces comencé a tener unos sueños de espantosa intensidad, pesadillas mortales en las que soles negros y verdes brillaban sobre grotescos monolitos y ciudades malignas que se elevan, torre sobre torre, como queriendo escapar de sus condicionantes terrestres. Pero todos estos sueños y pesadillas no eran nada comparados con el terrorífico coloso que más tarde emergió de mi consciencia; incluso ahora me es imposible recordar aquel horror en toda su magnitud, pero cuando pienso en ello siento una sensación de vastedad, de una enormidad desconocida, y veo tentáculos que ondulan y se contraen, como si estuviesen dotados de inteligencia propia y de una maligna vileza. Y alrededor del coloso danzaban monstruosidades deformes, cuyas voces entonaban un canto salvaje y cacofónico:

«Mwlfgab pywfg)btagn Gh’tyaf nglyf lgbya.»

Estos horrores me acompañaban siempre, al igual que la sombra del más allá.

Y aun así continuaba estudiando los libros y manuscritos, y seguía atravesando las oscuras puertas que conducen a des conocidas dimensiones, donde unos seres tenebrosos me instruían en artes tan infernales que incluso la más prosaicas de las mentes sería incapaz de soportar.

Recuerdo la forma en que descubrí el título del libro; la no che estaba muy avanzada y yo hojeaba las polvorientas páginas cuando descubrí un párrafo que arrojó cierta luz sobre el origen del misterioso volumen:

“Nyarlathotep reina en Sharnoth, más allá del espacio y del tiempo; sumido en las sombras de su palacio de ébano espera su segundo advenimiento y, en compañía de sus siervos Y acólitos, celebra impíos festines en lo más profundo de la noche.

Que nadie se interponga con conjuros y encantamiento,,, que le conciernen, pues quedaría atrapado sin remedio. Que cuide el ignorante, lo dice el Libro Negro, pues terrible es en verdad la ira de Nyarlathotep.”

Yo ya había encontrado referencias al Libro Negro en secretos manuscritos: este legendario tomo fue escrito hace siglos por el gran hechicero Alsophocus, que vivía en las tierras de Erongil antes de que los antiguos hombres dieran sus primeros pasos inseguros sobre la tierra.

El misterio había quedado aclarado; realmente me hallaba ante el blasfemo Libro Negro. Con este conocimiento comence a devorar verazmente todas las enseñanzas que contenía e1 volumen; aprendí fórmulas para ocultar, invocar y crear seres, y me sentía poderoso por el dominio de tales fuerzas. Descubrí nuevas entradas y puertas, los demonios de las más oscuras regiones estaban bajo mi poder; pero aún había barreras que no podía atravesar, los negros abismos del espacio que se extienden más allá de Fomalhaut, donde el horror último acecha, rodeado de sibilantes blasfemias más viejas que las estrellas. Buceé en el De Vermis Mysteriis, de Ludvig Prinn, y en Cultes des Goules, de Comte d’Erlette, en busca de más antiguos secretos, pero todos aquellos misterios primigenios eran nada comparados con las enseñanzas que contenía esotérico Libro Negro. Este volumen mostraba ciertos encantamientos de tan terrible poder que incluso el mismísimo Alhazred habría temblado ante su sola contemplación: la llamada de Boromir, los oscuros secretos del Trapezoedro resplandeciente – aquella ventana abierta al espacio y al tiempo- y la invocación de Cthulhu desde su palacio oceánico la acuática ciudad de R’Iyeh; todos aquellos secretos estaban allí guardados, esperando al valiente, o loco, que fuera lo suficientemente temerario para utilizarlos.

Me hallaba en la cima de mi poder; el tiempo se expandía o se contraía a mi voluntad, y el universo no encerraba ningún secreto que yo no conociese. Mis ataduras con los acontecimientos mundanos se quebraron a causa de mis estudios secretos, y mi poder se hizo tan grande que llegué a intentar imposible, el paso de la última y terrorífica puerta, el umbral que se abre a los oscuros secretos del más allá, donde los Primigenios aguardan prisioneros, planeando su próximo retorno a la tierra, de la cual fueron expulsados por los Dioses Antiguos. Lleno de vanidad supuse que yo -una diminuta mota de polvo en mitad de un vasto cosmos de tiempo- podría atravesar los negros abismos del espacio que se extienden más allá de las estrellas, donde reina la anarquía y el caos, volver con la mente intacta y libre de los horrores de cientos de eones de antigüedad que allí moran.

De nuevo tracé los cinco círculos concéntricos de fue sobre el suelo y me situé en el centro, invocando a los pode inimaginables con un hechizo tan inconcebiblemente terrible que mis manos temblaban mientras hacía los misteriosos si nos y símbolos. Las paredes se disolvieron y un poderoso viento oscuro me arrastró a través de abismos sin fondo y grises regiones de materia informe. Viajaba más rápido que el pensamiento, pasando sobre planetas sin luz y desconocidas regiones que bullían a inconmensurable distancia; las estrellas discurrían con tanta rapidez que parecían regueros de luz entremezclándose en el espacio, haces luminosos resaltando contra la oscuridad etérea más negra que las fabulosas profundidades de Shung.

Trascurrió un minuto -o un siglo- y aún seguía volando vertiginosamente. Las estrellas escaseaban cada vez más; agrupadas en montoncitos, parecían buscar compañía en toda aquella desolación; todo lo demás permanecía igual. Me sentía terriblemente solo en aquel viaje; colgando suspendido en el espacio y el tiempo, como si no avanzase, aunque la velocidad debía ser increíble, y mi espíritu se revelaba ante la soledad horrible, la quietud y el silencio de la nada; era como un hombre sepultado en vida en un sepulcro inmenso y oscuro. Pasaron los eones y vi cómo se desvanecía el último grupo de estrellas, las últimas luces en un espacio milenario; más allá no había nada excepto una oscuridad impenetrable, el fin del universo. De nuevo volví a gritar horrorizado, mas en vano; mi búsqueda interminable siguió a través de corredores silenciosos y muertos.

Continué viajando durante una eternidad interminable, y nada cambiaba excepto el ritmo de los latidos de mi corazón. Y entonces empezó a hacerse visible una tenue luz verdosa; había pasado a través de una ausencia de tiempo y materia; había atravesado el Limbo. Ahora me encontraba más allá del universo, a inconcebible distancia del cosmos conocido; había cruzado el último umbral, la última puerta que se abría al olvido. Delante brillaban los dos soles de mis visiones, entre los que fui conducido a lo que ahora parecía una velocidad lentísima; alrededor de estos prodigios de colores negros y verdes, rotaba un solo planeta; adiviné su nombre: Shamoth.

Floté suavemente alrededor de esta negra esfera y, mientras me aproximaba, pude contemplar la verdosa llanura que se extendía debajo de mí, sobre la que descansaba la gigantesca y laberíntico ciudad de mis primeras pesadillas, y que

parecía deforme y desproporcionado bajo la luz antinatural. Fui guiado sobre los tejados de la muerta ciudad, contemplando los desvencijados muros y erosionados pilares que resaltaban como cuchillos contra la oscura línea del cielo. No se movía nada, pero tenía la sensación de que allí habitaba algo vivo, un ser corrompido y lleno de maldad que conocía mi presencia.

Mientras descendía a la ciudad recobré mis sentidos físicos; sentí frío, un frío helador, y mis dedos estaban entumecidos. Descendí al borde de un espacio abierto, en cuyo centro se erguía un gigantesco edificio con una puerta enorme y abovedada que bostezaba tenebrosa como las fauces de algún terrible animal primigenio. De este edificio emanaba un aura de palpable malevolencia; me quedé petrificado por la sensación de terror y desesperación que me invadió, y, mientras permanecía inmóvil ante el monstruoso edificio, recordé aquel pequeño párrafo del Libro Negro:

«En un espacio abierto en el centro de la ciudad se yergue el palacio de Nyarlathotep. Aquí se pueden aprender todos los secretos, aunque el precio de tales conocimientos es verdaderamente horrible.»

Supe sin ningún género de dudas que aquél era el cubil del taimado Nyarlathotep. Aunque el pensamiento de entrar en aquella estructura me asqueaba, caminé descuidadamente atravesando la puerta, como si una mente que no era la mía guiara mis piernas. Atravesé aquel enorme portalón metiéndome en una oscuridad tan profunda como la que había soportado en mi largo viaje espacial. Poco a poco la impenetrable oscuridad fue dando paso a la verdosa luz que iluminaba la superficie del planeta; y en aquella tétrica luminosidad con. templé lo que nadie debería ver nunca.

Me hallaba en una larga sala abovedada sostenida por pilares de ébano; a ambos lados se delineaban unas criaturas con formas de pesadilla. Allí estaba Khnum, y Anubis, con cabeza de zorro, y Taveret, la Madre, horriblemente obesa. Grotescos seres encorvados, espiando, y tenebrosas existencias que me observaban con malignidad; entre todas estas criaturas amorfas e infernales, mi cuerpo luchaban contra mi alma. Unas garras me asieron por brazos y piernas, y mi estómago se revolvió de asco ante el contacto de la carne putrefacto. El aire estaba Heno de gritos y aullidos mientras las figuras danzaban con obscenidad a mi alrededor, deleitándose en un ritual blasfemo y depravado; y al final de la enorme sala, perdido en la distancia, se ocultaba el horror último, el terrible coloso negro de mis visiones, el amo del palacio, Nyarlathotep.

El Primigenio me observó atentamente, su mirada quemaba mis entrañas, llenándome de un horror tan espantoso que cerré los ojos para evitar aquella visión de infinita maldad. Bajo aquella mirada mi ser se contrajo, desvaneciéndose, como si estuviese siendo absorbida por una fuerza irresistible. Perdí la poca identidad que me quedaba; mis poderes necrománticos que, ahora lo sabía, no eran nada comparados con los del habitante de este oscuro mundo, desaparecieron, perdiéndose en el ignoto universo para no ser jamás recuperados.

Bajo aquella mirada, mi mente y mi alma se llenaban de ' un espanto aterrador; no podía hacer nada mientras él absorbía mi existencia, quitándome la vida poco a poco. La desesperación hizo presa en mí, pero estaba indefenso, y era incapaz de hacer frente a la irresistible fuerza que me apresaba. Apenas sin sentirlo, algo se iba esfumando de mi ser, algo insustancial, pero totalmente necesario para mi futura existencia; no podía hacer nada, había ido demasiado lejos y ahora estaba pagando el error. Mi visión se nubló con miles de rayos; imágenes de mi casa y mi familia flotaban ante mis ojos y luego se desvanecían como si nunca hubiesen existido. Y entonces, lentamente, sentí cómo cambiaba, disolviéndome en la no

existencia.

Me elevé, sin cuerpo, escurriéndome sobre las cabezas de aquella hueste de pesadilla, a través de la fría mampostería de piedra de aquel palacio que ya no era un obstáculo para mi avance, hasta que salí a la diabólica luz verdosa de la superficie del planeta. No estaba vivo ni muerto, aunque la muerte hubiese sido mucho mejor. La ciudad se desparramaba debajo de mí, mostrándome todo su esplendor y malignidad, y sobre aquel tétrico edificio que era el palacio de Nyarlathotep vi una masa amorfa que salía, extendiéndose por toda la ciudad. Se fue agrandando poco a poco hasta que ocultó la ciudad de mi vista, y cuando había cubierto toda la región que podía contemplar, se contrajo de nuevo, transformándose en el negro coloso de mis visiones. Comencé a temblar aterrorizado, pero según me iba alejando de la ciudad, ganando altura, la escena se fue reduciendo de tamaño y contemplé la escena con un poco menos de miedo.

Poco a poco, la masa de tierra que se extendía debajo de mí fue tomando el aspecto de una esfera mientras me alejaba, introduciéndome en las negras profundidades del espacio. Colgando sin sentido, mientras nada se movía a mi alrededor, o en las regiones del Primigenio, me aterrorizaba pensar en el último acto del drama que yo había desatado. De la superficie del planeta surgió un rayo de luz o energía, que cruzó el espacio, perdiéndose en su infinidad, dirigiéndose, estaba seguro, al planeta que me había visto crecer. A partir de entonces todo estuvo en calma, y quedé totalmente solo en aquel universo más allá de las estrellas.

Mis recuerdos se desvanecían; pronto no me quedaría ninguna memoria de mi pasado, pronto todos los vestigios de mi humanidad se esfumarían. Y mientras permanecía suspendido en el espacio y el tiempo por toda la eternidad, sentí algo difícil de explicar. Una sensación de paz, de una paz que ni la muerte podría dar; aunque esa paz era perturbado por un recuerdo, un recuerdo que yo esperaba que pronto se borrase de mi mente. No recuerdo cómo sabía esto, pero estaba más seguro de ello que de mi propia existencia. Nyarlathotep ya no volvería a pisar la superficie de Sharnoth, jamás se reuniría con su corte en aquel enorme palacio negro, pues aquel rayo de luz que viajaba en el espacio tenebroso llevaba consigo algo más.

En una pequeña buhardilla, débilmente iluminada, un cuerpo se estiraba, poniéndose en pie. Sus ojos eran dos trozos de carbón al rojo, y una diabólica sonrisa cruzaba su rostro; y mientras observaba los tejadillos de la ciudad a través de la pequeña ventana, sus brazos se elevaron en un gesto de triunfo.

Había atravesado las barreras creadas por los Dioses Antiguos; estaba libre, libre para caminar por la tierra una vez más, libre para manejar la mente de los hombres y esclavizar sus almas. Era aquel al que yo había dado la oportunidad de escapar, yo que, a causa de mis ansias de poder, le había procurado los medios para volver a la tierra.

Nyarlathotep caminaba por la tierra con la forma de un hombre, pues cuando me robó mis recuerdos y mi ser, también retuvo mi aspecto físico. En mi cuerpo moraba ahora la esencia inmortal de Nyarlathotep el Terrible.

 

 

 

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