© Libro N° 4020. En La Noche De Los Tiempos. Lovecraft, H. P. Colección E.O. Julio 29 de 2017.
Título
original: © En La Noche De Los
Tiempos. H. P. Lovecraft
Versión Original: © En La Noche De Los Tiempos.
H. P. Lovecraft
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/02/en-la-noche-de-los-tiempos-h-p-lovecraft.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://images.gr-assets.com/books/1444687082l/27030223.jpg
http://k07.kn3.net/D570A598C.jpg
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA NOCHE DE LOS TIEMPOS
H. P. Lovecraft
I
Después de veintidós años de
pesadillas y terrores, de aferrarme desesperadamente a la convicción de que
todo ha sido un engaño de mi cerebro enfebrecido, no me siento con ánimos de
asegurar que sea cierto lo que descubrí la noche del 17 al 18 de julio de 1935,
en Australia Occidental. Hay motivos para abrigar la esperanza de que mi experiencia
haya sido, al menos en parte, una alucinación, desde luego justificada por las
circunstancias. No obstante, la impresión de realidad fue tan terrible, que a
veces pienso que es vana esa esperanza.
Si no he sido víctima de una
alucinación, la humanidad deberá estar dispuesta a aceptar un nuevo enfoque
científico sobre la realidad del cosmos, y sobre el lugar que corresponde al
hombre en el loco torbellino del tiempo. Deberá también ponerse en guardia
contra un peligro que la amenaza. Aunque este peligro no aniquilará la raza
entera, acaso origine monstruosos e insospechados horrores en sus espíritus más
intrépidos.
Por esta última razón exijo
vivamente que se abandone todo proyecto de desenterrar las ruinas misteriosas y
primitivas que se proponía investigar mi expedición.
Sí, efectivamente, me
encontraba despierto y en mis cabales, puedo afirmar que ningún hombre ha
vivido jamás nada parecido a lo que experimenté aquella noche, lo cual, además,
constituía una terrible confirmación de todo lo que había intentado desechar como
pura fantasía. Afortunadamente no hay prueba alguna, toda vez que, en mi
terror, perdí el objeto que -de haber logrado sacarlo de aquel abismo- habría
constituido una prueba irrefutable.
Cuando me enfrenté con aquel
horror estaba solo, y hasta la fecha no lo he relatado a nadie. No pude impedir
que los demás continuasen excavando en dirección a tal objeto, pero la suerte y
la arena evitaron accidentalmente que lo encontraran. Ahora debo hacer una
relación completa de los hechos, no sólo en beneficio de mi propio equilibrio
mental, sino como advertencia para todos los lectores serios.
Estas páginas, muchas de las
cuales -las primeras sobre todo- resultarán familiares al lector asiduo de la
prensa general y científica, están escritas en el camarote del barco que me
trae de regreso a casa. Se las entregaré a mi hijo, el profesor Wingate
Peaslee, de la Universidad del Miskatonic, único miembro de mi familia que ha
permanecido a mi lado durante la extraña amnesia que me afectó durante tanto
tiempo y la persona más al tanto de las circunstancias y detalles que
concurrieron en mi caso. De todo el mundo, probablemente será él quien menos se
burle de lo que voy a contar sobre aquella noche fatal.
No le he dicho nada antes de
embarcar, porque pienso que es mejor para él revelárselo por escrito. Leyendo y
releyendo estas páginas con calma, podrá formarse una idea mucho más exacta y
convincente que la que podría proporcionarle en cuatro palabras atropelladas.
Que él haga de este relato
lo que crea más conveniente; no me importa que lo dé a conocer, con las debidas
aclaraciones, en donde más convenga. Teniendo en cuenta, pues, que quienes
lleguen a leerlo pueden no estar al corriente de la fase inicial de mi caso, he
hecho un resumen bastante detallado de los antecedentes.
Me llamo Nathaniel Wingate
Peaslee, y quienes recuerden mis artículos periodísticos de hace unos quince
años -o los artículos, y cartas que publiqué en revistas de psicología hace un
par de lustros- sabrán quién soy. En la prensa aparecieron muchos detalles
acerca de la extraña amnesia que me sobrevino entre 1908 y 1913, amnesia que
fue relacionada en gran parte con las horrendas tradiciones de brujería
existentes en la pagana ciudad de Arkham, Massachusetts que, como ahora,
constituía entonces mi lugar de residencia. Con todo, me habría gustado saber
si no hubo algún elemento de locura hereditaria en los primeros años de mi
vida. Este es un hecho de enorme importancia para mí, ya que si no hubo tal
cosa, la sombra de horror que se abatió sobre mí procedía irremisiblemente del
exterior.
Puede que los pasados siglos
de tinieblas hayan hecho a la ruinosa ciudad de Arkham particularmente
vulnerable a ciertas amenazas preternaturales; pero parece dudoso, a la luz de
los distintos casos que posteriormente tuve ocasión de estudiar. Sin embargo,
hasta donde he podido indagar, mis antecedentes familiares son normales por
completo. Lo que sobre mí se abatió provenía del exterior, estoy persuadido de
ello, pero aún no me atrevo a afirmar de dónde.
Soy hijo de Jonathan Peaslee
y de Hannah Wingate, ambos procedentes de antiguas y sanas familias de
Haverhill. He nacido y me he criado en Haverhill -en la vieja mansión de
Boardman Street, cerca de Golden Hill- y no fui a Arkham hasta 1895, año en que
ingresé en la Universidad del Miskatonic como auxiliar de economía política.
Durante los trece años que
siguieron, mi vida transcurrió apacible y feliz. En 1896, me casé con Alicia
Keezer, natural de Haverhill, y mis tres hijos, Robert, Wingate y Hannah,
nacieron en 1898, 1900 y 1903, respectivamente. En 1898 fui ascendido a profesor
adjunto y, en 1902, a catedrático. En ninguna ocasión sentí el menor interés
por el ocultismo o la psicología patológica.
La extraña crisis de amnesia
me sobrevino un jueves, el 14 de mayo de 1908. Su comienzo fue completamente
repentino, aunque más tarde recordé ciertas visiones breves y caóticas que me
habían turbado en gran manera horas antes, y que sin duda constituían los
síntomas premonitorios. Sentía, además, fuertes dolores de cabeza, y una
extraña sensación, totalmente nueva para mí: era como si alguien tratara de
apoderarse de mis pensamientos.
La cosa me ocurrió a eso de
las diez y veinte de la mañana, mientras dictaba una clase de historia y
tendencias actuales de la economía política ante numerosos alumnos de tercer
año y unos pocos de segundo. Empecé por ver extrañas formas danzantes y a sentir
que me encontraba en una habitación desconocida que no era el aula de la
Universidad.
Mis pensamientos y discurso
se desviaron del tema, y los estudiantes comprendieron que algo grave me
ocurría. Entonces, sentado donde estaba, me sumí en un estupor del que nadie
podría sacarme. Pasaron cinco años, cuatro meses y trece días, antes de recobrar
el uso de mis facultades.
Lo que voy a relatar a
continuación, como es natural, lo he sabido a través de otras personas.
Permanecí en un coma profundo por espacio de dieciséis horas y media, a pesar
de ser trasladado a mi casa, Crane Street 27, y de prestárseme una magnífica
asistencia médica.
A las tres de la madrugada
del día 15 de mayo, abrí los ojos y comencé a hablar; pero el médico y mi
familia no tardaron en alarmarse vivamente por el cambio de mi expresión y mi
lenguaje. Estaba claro que yo no recordaba mi identidad ni mi pasado, aunque
por alguna razón, parecía como si yo pretendiera ocultar esta inmensa laguna de
mi memoria. Mi mirada expresaba extrañeza al contemplar a las personas que me
rodeaban, y mis músculos faciales ejecutaban gestos desconocidos por completo.
Incluso mi habla parecía
torpe y extraña. Empleaba mis órganos vocales de modo torpe y vacilante, y mi
dicción tenía un tono curioso, como si pronunciase trabajosamente un idioma
aprendido en los libros. Mi acento era bárbaro, como el de un extranjero, y mi
lenguaje abundaba en arcaísmos y expresiones gramaticalmente incomprensibles.
Unos veinte años después, el
más joven de los médicos tuvo ocasión de recordar, impresionado y hasta con
cierto horror, una de aquellas extrañas frases mías. Pues últimamente la misma
frase que entonces pronuncié ha comenzado a ponerse de moda, primero en
Inglaterra y luego en Estados Unidos. A pesar de tratarse de una expresión
rebuscada e indiscutiblemente nueva, reproduce hasta en sus más nimios
pormenores las mismas palabras del extraño paciente que fui en 1908.
Después del ataque no tardé
en recobrar la fuerza física, aunque hube de necesitar numerosas sesiones de
reeducación antes de lograr emplear coordinadamente mis manos, piernas y
aparato locomotor en general. A causa de éste y otros obstáculos inherentes a
mi cuadro amnésico, estuve sometido durante largo tiempo a rigurosos cuidados
médicos.
Cuando observé que habían
fracasado mis intentos por ocultar la falta de memoria, lo admití abiertamente,
y me mostré ansioso de recibir toda clase de información. En efecto, los
médicos pudieron comprobar que yo llegué a perder todo interés por mi propia
persona tan pronto como me di cuenta de que el caso de amnesia era aceptado
como cosa natural.
Observaron que mi máximo
interés se orientaba hacia determinadas cuestiones de la historia, de la
ciencia, del arte, del lenguaje y de las tradiciones populares -algunas
tremendamente oscuras y otras de una simpleza pueril- que, en la mayoría de los
casos, yo desconocía por completo.
Al mismo tiempo observaron
que poseía ciertos conocimientos asombrosos, muchos de ellos casi ignorados por
la ciencia. Pero, al parecer, yo trataba de ocultarlos, en vez de exhibirlos.
En ocasiones aludía, inadvertidamente y con seguridad inusitada, a acontecimientos
ocurridos en edades oscuras, muy anteriores a todos los ciclos aceptados por la
historia. Pero al ver la sorpresa que producían, trataba de hacer pasar mis
alusiones por una broma. Y mi manera de referirme al futuro causó pavor más de
una vez.
Pronto dejé de manifestar
esos misteriosos destellos de asombroso saber. Algunos observadores los
atribuyeron a una hipócrita reserva por mi parte, más que a una disminución de
los excepcionales conocimientos que se vislumbraban tras de mis palabras. Por
otra parte, se mantenía mi desmesurada avidez por asimilar la lengua, las
costumbres y las perspectivas del mundo en el futuro. Era como si yo fuese un
investigador, venido de tierras remotas y extrañas.
En cuanto me lo autorizaron
comencé a frecuentar asiduamente la biblioteca de la Universidad. Poco después
inicié los preparativos de aquellos viajes extraordinarios y aquellos cursos
especiales que di en diversas universidades americanas y europeas, que tantos
comentarios provocaron a continuación.
En ningún momento perdí
contacto con sabios y eruditos, aprovechando que mi caso gozaba de alguna
celebridad entre los psicólogos de aquel tiempo. En varias conferencias fui
presentado como un caso típico de desdoblamiento de la personalidad, a pesar de
que, de vez en cuando, sorprendía a los conferenciantes con algunos síntomas
inexplicables o con cierta sombra de ironía cuidadosamente velada.
No obstante, casi nadie me
demostró simpatía o afecto. Había algo en mi aspecto y en mi manera de hablar,
que suscitaba temor y aversión en aquellos con quienes me relacionaba. Era como
si yo fuese un ser infinitamente alejado de todo lo equilibrado y normal. Mi
presencia les producía una vaga sensación que les hacía pensar en abismos
incalculables de distancia.
Ni siquiera mi propia
familia constituía una excepción. Desde el momento en que me recobré del
colapso, mi mujer me miró con extremada aversión y horror, jurando que yo era
un desconocido que usurpaba el cuerpo de su marido. En 1910, obtuvo el divorcio
judicial, y no consintió en verme ni aun después de haber vuelto a la
normalidad, en 1913. Estos sentimientos eran compartidos por mi hijo mayor y mi
hija pequeña; desde entonces, no he vuelto a ver a ninguno de ellos.
Sólo mi hijo segundo,
Wingate, fue capaz de vencer el terror y la repugnancia que mi cambio
despertaba. Se daba cuenta, indudablemente, de que yo era un extraño. Pero,
aunque tenía ocho años de edad, mantuvo la firme confianza de que al fin
recobraría mi propia identidad. Cuando esto sucedió, vino a buscarme, y los
tribunales me confiaron su custodia. Durante los años subsiguientes, me ayudó
en los estudios que emprendí, y hoy, con sus treinta y cinco años, es profesor
de psicología de la Universidad de Miskatonic.
Pero, en verdad, no me
sorprende el horror que provocaba a los demás… Efectivamente, el espíritu, la
voz y la expresión del semblante del ser que despertó el 15 de mayo de 1908, no
eran de Nathaniel Wingate Peaslee.
No pretendo extenderme
hablando de mi vida entre 1908 y 1913, ya que los lectores pueden averiguar los
pormenores de mi caso consultando -como he tenido que hacer yo mismo- las
columnas de periódicos y revistas científicas de esa época.
Cuando se me autorizó a
disponer de mis propios recursos económicos, me dediqué a viajar y a estudiar
en diversos centros culturales. Mis viajes, no obstante, eran en extremo
singulares, ya que a menudo suponían prolongadas estancias en parajes remotos y
desolados.
En 1909 pasé un mes en el
Himalaya. En 1911 llamé la atención sobremanera a causa de la expedición que
emprendí, en camello, a los ignorados desiertos de Arabia. Nunca he conseguido
saber qué sucedía en aquellos viajes.
Durante el verano de 1912
fleté un barco y zarpé con rumbo al Artico, hasta el norte de archipiélago de
Spitzberg. A mi regreso di muestras de decepción.
A finales de ese mismo año
pasé unas semanas solo, adentrándome por el vasto sistema de cavernas de
Virginia occidental, por sus negros laberintos, más allá de donde haya
alcanzado jamás la huella del hombre. Nadie se ha atrevido después a repetir
esta hazaña.
Mis estancias en las
universidades se caracterizaban por una asimilación de conocimientos
anormalmente rápida, como si mi segunda personalidad tuviera una inteligencia
enormemente superior a la mía propia. He descubierto también que mis
capacidades de lectura y de estudio eran extraordinarias. Me bastaba con hojear
un libro para dominarlo a fondo. Mi habilidad para interpretar figuras
complicadas en un instante, era verdaderamente asombrosa.
En ocasiones se llegó a
rumorear que yo poseía el poder de influir sobre el pensamiento y la voluntad
de los demás, aunque por lo visto, procuraba yo disimular esta facultad.
También se habló de mis
relaciones con los dirigentes de diversas sectas ocultistas y con eruditos
sospechosos de mantener dudosos contactos con los hierofantes de cultos
abominables tan antiguos como el mundo. Estos rumores, cuyo fundamento no se
pudo demostrar entonces, se veían alentados por la conocida temática de mis
lecturas, puesto que en las bibliotecas no se pueden consultar libros raros sin
que trascienda el secreto.
Hay pruebas palpables -mis
anotaciones marginales- de que estudié a conciencia libros tales como el Cultes
de Goules del conde d'Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, el
Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, los fragmentos que se conservan del enigmático
Libro de Eibon, y el terrible Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred. Y es
innegable, además, que durante el tiempo de mi sorprendente cambio, renació una
perversa actividad en numerosos cultos secretos.
En el verano de 1913 comencé
a dar muestras de aburrimiento y desinterés, e insinué a varias personas que
cabía esperar en mí un pronto cambio. Les dije que volvían a mí algunos
recuerdos de mi vida anterior, pero me juzgaron insincero, considerando que todos
los detalles que yo mencionaba podían proceder de mis antiguas notas
personales.
Hacia mediados de agosto
regresé a Arkham y abrí mi casa de Crane Street, cerrada durante todo este
tiempo. Instalé allí un artefacto de raro aspecto, cuyas piezas habían sido
construidas por diferentes fabricantes americanos y europeos de aparatos de precisión,
y lo mantuve celosamente oculto de toda persona inteligente que pudiera
comprender de qué se trataba.
Los pocos que llegaron a
verlo -un obrero, una sirvienta y la nueva ama de llaves- decían que era como
un armazón de varillas, ruedas y espejos. Tenía unos sesenta centímetros de
alto, treinta de ancho y otros treinta de espesor. En el centro tenía instalado
un espejo circular convexo. Todo esto ha sido confirmado por los fabricantes de
las distintas piezas.
La noche del viernes 26 de
septiembre despedí al ama de llaves y a la criada hasta el mediodía del día
siguiente. Las luces de la casa permanecieron encendidas hasta muy tarde. Un
hombre flaco, moreno, de aspecto extranjero, llegó en un automóvil y entró.
Era alrededor de la una,
cuando se apagaron las luces. A las dos y cuarto, un policía que pasaba por
allí observó que reinaba la tranquilidad más completa. El auto del extranjero
seguía estacionado junto a la acera. Pero a eso de las cuatro ya no estaba allí.
A las seis de la mañana una
voz titubean te y exótica pidió por teléfono al doctor Wilson que viniese a mi
casa para sacarme del extraño estado letárgico en que había caído. Esta llamada
-hecha desde larga distancia- fue localizada más tarde. La efectuaron desde un
teléfono público de la Estación del Norte, de Boston, pero no lograron
descubrir el menor rastro del flaco extranjero.
Cuando el doctor llegó a
casa me encontró inconsciente en el cuarto de estar, sentado en una butaca,
ante la mesa. En su pulimentada superficie había unas arañazos que indicaban el
lugar donde se había colocado un objeto de peso considerable. El extraño artefacto
había desaparecido y no volvió a saberse de él. Es indudable que se lo había
llevado el individuo moreno y flaco que estuvo allí.
En la chimenea de la
biblioteca hallaron gran cantidad de ceniza: era todo cuanto quedaba de las
anotaciones tomadas por mí durante el periodo de mi enfermedad. El doctor
Wilson comprobó que mi respiración era agitada; pero después de una inyección
hipodérmica, volvió a hacerse regular.
A las once y cuarto de la
mañana del día 27 de septiembre experimenté violentas sacudidas, y mi
semblante, hasta entonces rígida coma una máscara, comenzó a dar muestras de
cierta expresividad. El doctor Wilson advirtió que aquella expresión no
correspondía ya a mi segunda personalidad. Más bien parecía como si recobrara
mi identidad primitiva. Alrededor de las once y media murmuré unas cuantas
palabras incomprensibles, sin relación alguna con ningún lenguaje humano. Daba
la sensación de que me revolvía contra algo. Luego, justo después de mediodía,
cuando ya habían regresada el ama de llaves y la criada, empecé a decir en
inglés:
–…De las economistas
ortodoxos de ese periodo, Jevons representa la tendencia predominante a
establecer correlaciones científicas. Su intento de relacionar el ciclo
económico de prosperidad y crisis con el ciclo físico de las manchas solares
constituye, sin embargo, la cúspide de…
Nathaniel Wingate Peaslee
había regresado; según su tiempo vital todavía se hallaba en una mañana de
1908, ante sus alumnos de economía política que le escuchaban con atención.
II
Mi reintegración a la vida
normal fue larga, dolorosa y difícil. Perder cinco años crea más complicaciones
de las que se pueden imaginar, y en mi caso, quedaba además un sinnúmero de
cuestiones por resolver.
Lo que me contaron sobre mis
actividades posteriores a 1908 me dejó anonadado, pero traté de considerar el
asunto lo más filosóficamente posible. Finalmente, una vez lograda la custodia
de mi hijo Wingate, me instalé con él en mi casa de Crane Street y procuré
reanudar mis tareas docentes, ya que la Facultad me había ofrecido
cariñosamente mi antigua cátedra.
Me incorporé a mi trabajo en
febrero de 1914, y a él me dediqué durante un año. En este tiempo me di cuenta
de que, después de aquel largo periodo de amnesia, yo no era el de antes.
Aunque me hallaba mentalmente sano -así lo creía, al menos-, y conservaba
íntegra mi propia personalidad, había perdido el vigor y la energía de otros
tiempos. Continuamente me acosaban sueños vagos y extrañas ideas, y cuando el
estallido de la Guerra Mundial orientó mi interés hacia temas históricos, me di
cuenta de que consideraba las épocas y las acontecimientos de manera sumamente
extraña.
Mi concepción del tiempo -mi
capacidad para distinguir entre sucesión y simultaneidad- había sufrido una
sutil alteración, de modo que me forjaba quiméricas ideas sobre la posibilidad
de vivir en una época determinada y proyectar mi espíritu por toda la eternidad,
para conocer las edades pasadas y futuras.
La guerra originó en mí
extrañas impresiones: era como si recordarse algunas de sus últimas
consecuencias, como si supiera cuál iba a ser su desenlace, y pudiera
contemplar retrospectivamente los hechos que se desarrollaban en el presente.
Todos estos pseudo-recuerdos venían acompañados de fuertes dolores de cabeza, y
la clara sensación de que entre ellos y mi conciencia se alzaba alguna barrera
psicológica.
Cuando tímidamente confiaba
mis impresiones a los demás, observaba que reaccionaban de la manera más
diversa. Casi todos me miraban can desconfianza. Los matemáticas, en cambio, me
hablaban de los últimos adelantos de la ciencia que cultivaban: de la teoría de
la relatividad, que entonces sólo era conocida en los medios científicos, pera
que más adelante llegaría a ser mundialmente famosa. Según decían, el doctor
Albert Einstein había logrado reducir el tiempo a una simple dimensión.
Sin embargo, los sueños y
sentimientos turbadores se apoderaron de mí hasta tal extremo que en 1915 me vi
obligado a abandonar mis actividades docentes. Algunas de mis sensaciones
anormales fueron tomando un cariz inquietante. En ocasiones, por ejemplo, me
sentía dominado por la convicción de que, en el curso de mi amnesia, me había
sobrevenido un cambio espantoso; que mi segunda personalidad procedía, sin
duda, de regiones ignoradas, como si una fuerza desconocida y remota se hubiera
aposentado en mí, mientras mi verdadera personalidad era desplazada de mi
propio interior.
Este es el motivo de que
entonces me entregase a vagas y espantosas especulaciones sobre cuál habría
sido el paradero de mi auténtica mismidad durante los años en que el intruso
había ocupado mi cuerpo. La singular inteligencia y la extraña conducta de ese
intruso me turbaban cada vez más, a medida que me enteraba de nuevos detalles,
a través de conversaciones, periódicos y revistas.
Las rarezas que tanto habían
desconcertado a los demás parecían armonizar terriblemente con ese trasfondo de
conocimientos impíos que emponzoñaba los abismos de mi subconsciente. Me
dediqué a investigar todos los datos y examiné escrupulosamente los estudios y
los viajes efectuados por el otro durante mis años de oscuridad.
No todas mis inquietudes
eran de índole especulativa. Los sueños, por ejemplo, eran cada vez más vívidos
y detallados. Como sabía la opinión que merecían a la mayor parte de la gente,
raras veces los mencionaba, excepto a mi hijo o a algún psicólogo de mi
confianza. Pero finalmente comencé un estudio científico de otros casos de
amnesia, con el fin de averiguar hasta qué punto las visiones que yo parecía
eran características de esa afección. Con ayuda de psicólogos, historiadores,
antropólogos y especialistas en enfermedades mentales, realicé un estudio
exhaustivo que comprendía todos los casos de desdoblamiento de la personalidad
recogidos en la literatura médica desde los tiempos de los endemoniados hasta
el momento actual; pero los resultados, más que consolarme, me inquietaron
doblemente.
No tardé mucho tiempo en
comprobar que mis sueños diferían radicalmente de los que solían darse en los
casos auténticos de amnesia. No obstante, descubrimos unos pocos casos que me
tuvieron desconcertado durante años por su semejanza con mi propia experiencia.
Algunos no eran más que relatos fragmentarios de antiguas historias populares;
otros eran casos registrados en los anales de la medicina. En una o dos
ocasiones, se trataba únicamente de confusas referencias entremezcladas con
historias bastante vulgares por lo demás.
De este modo averiguamos
que, pese a la rareza de mi afección, se habían presentado casos análogos, a
largos intervalos, desde los mismos orígenes de la historia. A veces, en un
periodo de varios siglos se presentaban uno, dos y hasta tres casos; a veces,
no se presentaba ninguno. Al menos, ninguno de que quedase constancia.
En esencia, se trataba
siempre de lo mismo: una persona de alto nivel intelectual se veía dominada por
una segunda naturaleza que le obligaba a llevar, durante un periodo más o menos
largo, una existencia absolutamente extraña, caracterizada al principio por una
torpeza verbal y motora, y más tarde por la adquisición masiva de conocimientos
científicos, históricos, artísticos y antropológicos. Este aprendizaje se
llevaba a cabo con un entusiasmo febril y denotaba una prodigiosa capacidad de
asimilación. Luego, el sujeto regresaba a su propia personalidad, que, en lo
sucesivo, se veía atormentada por unos sueños vagos, indeterminados, en los que
latían recuerdos fragmentarios de algo espantoso que había sido borrado de su
mente.
La enorme semejanza de
aquellas pesadillas con la mía -incluso en algunos detalles insignificantes- no
dejaba lugar a dudas sobre su íntima relación. En dos de aquellos casos por los
menos, se daban ciertas circunstancias que me resultaban familiares, como si, a
través de algún medio cósmico inimaginable, hubiera tenido noticia de ellos. En
otros, se mencionaba claramente un desconocido artefacto, idéntico al que había
estado en mi casa antes de mi regreso a la normalidad.
Otra cosa que llegó a
preocuparme durante la investigación fue la frecuencia con que ciertas personas
no afectadas por dicha enfermedad sufrían parecida clase de pesadillas.
Estas últimas personas eran
mayormente de inteligencia mediocre o inferior, y algunas tan primitivas, que
no se las podía considerar como vectores aptos para la adquisición de una
ciencia y unos conocimientos preternaturales. Durante un segundo, se veían
inflamados por una fuerza ajena; pero en seguida volvían a su estado anterior,
quedándoles apenas un recuerdo débil, evanescente, de horrores inhumanos.
En los últimos cincuenta
años se habían presentado por lo menos tres casos de estos. Uno de ellos hace
tan sólo quince años. ¿Acaso se trataba de una entidad desconocida que tanteaba
a ciegas, a través del tiempo, desde el fondo de algún abismo insospechado de
la naturaleza? En tal caso, ¿no serían estos casos las manifestaciones de unos
experimentos monstruosos, cuyo objetivo era preferible ignorar para no perder
la razón?
Estas eran las fantásticas
divagaciones a las que me entregaba continuamente, excitado por las diversas
creencias míticas que iba descubriendo en el curso de mis investigaciones. No
cabía duda, pues, de que había determinadas historias -persistentes desde la
más remota antigüedad y desconocidas, al parecer, tanto por las víctimas de
amnesia como por los médicos que habían estudiado sus casos más recientes- que
formaban como un plan asombroso y terrible destinado a raptar la mente de los
hombres, como había ocurrido en mi caso. Aún ahora tengo miedo de referir la
naturaleza de esos sueños, y las ideas que me asaltaban con mayor intensidad
cada vez. Era de locura. A veces creía que, de verdad, me estaba volviendo
loco. ¿Acaso era víctima de algún tipo de alucinación que afectaba a los que
habían sufrido una laguna en la memoria? En ese caso no sería del todo
inverosímil que el subconsciente, en un esfuerzo por llenar un vacío confuso
con pseudo-recuerdos, diera lugar a extravagantes aberraciones de la imaginación.
Aunque yo me inclinaba más
bien por una interpretación basada en los mitos populares, las teorías basadas
en dichos esfuerzos del subconsciente gozaban de mayor preponderancia entre los
alienistas que me ayudaban en mi búsqueda de casos similares al mío, y que
compartieron mi asombro ante el exacto paralelismo que solíamos descubrir.
Para los psiquiatras mi
estado no podía diagnosticarse como verdadera enfermedad mental, sino más bien
como trastorno neurótico. De acuerdo con las normas psicológicas más
científicas, alentaron todo intento por mi parte de buscar datos que aportaran
alguna luz en este asunto, en vez de pretender inútilmente soslayarlo, yo tenía
en cuenta, especialmente, la opinión de aquellos médicos que me habían
estudiado durante el tiempo que estuve dominado por la otra personalidad.
Mis primeros trastornos no
fueron de índole visual, sino que se relacionaban con las cuestiones abstractas
que ya he mencionado. Y experimenté, también al principio, un sentimiento vago
y profundo de inexplicable horror: consistía en una extraña aversión a
contemplar mi propia figura, como si temiese que mis ojos fueran a descubrir
algo ajeno e inconcebiblemente repugnante.
Cuando por fin me atrevía a
mirarme, y percibía mi figura humana y familiar, sentía invariablemente un raro
alivio. Pero para lograr ese descanso tenía que vencer primero un miedo
infinito. Evitaba los espejos por sistema, y me afeitaba en la barbería.
Pasé mucho tiempo sin
relacionar estos sentimientos inquietantes con las visiones fugaces que pronto
comenzaron a asaltarme cada vez más, y la primera vez que lo hice, fue con
motivo de la extraña sensación que tenía de que mi memoria había sido alterada
artificialmente.
Tenía la convicción de que
tales visiones poseían un significado profundo y terrible para mí, pero era
como si una influencia externa y deliberada me impidiese captar ese
significado. Luego, empecé a sentir esas anomalías en la percepción del tiempo,
y me esforcé desesperadamente por situar mis visiones oníricas en sus
correspondientes coordenadas tempoespaciales.
Al principio, más que
horribles, las visiones propiamente dichas eran meramente extrañas. En ellas,
me hallaba en una cámara abovedada cuyas elevadísimas arquivoltas de piedra
casi se perdían entre las sombras de las alturas. Cualquiera que fuese la época
o lugar en que se desarrollaba la escena, era evidente que los constructores de
aquella cámara conocían tanta arquitectura, por lo menos, como los romanos.
Había ventanales inmensos y
redondos, puertas rematadas en arco y pedestales o altares tan altos como una
habitación ordinaria. Sobre los muros se alineaban vastos estantes de madera
oscura, con enormes volúmenes que mostraban incomprensibles descripciones
jeroglíficas en sus lomos.
En su parte visible, los
muros estaban construidos con bloques en los que había esculpidas unas figuras
curvilíneas, de diseño matemático, e inscripciones análogas a las que mostraban
los enormes libros. La sillería, de granito oscuro, era de proporciones
megalíticas. Los sillares estaban tallados de forma que la cara superior,
convexa, encajaba en la cara cóncava inferior de los que descansaban encima.
No había sillas, pero sobre
los inmensos pedestales o altares había libros desparramados, papeles, y
ciertos objetos que tal vez fuesen material de escritorio: un recipiente de
metal purpúreo, curiosamente adornado, y unas varas con la punta manchada. A pesar
de la gran altura de dichos pedestales, sin saber cómo, los veía yo desde
arriba. Algunos de ellos tenían encima grandes globos de cristal luminoso que
servían de lámparas, y artefactos incomprensibles, construidos con tubos de
vidrio y varillas de metal.
Las ventanas, acristaladas,
estaban protegidas por un enrejado de aspecto sólido. Aunque no me atreví a
asomarme por ellas, desde donde me encontraba podía divisar macizos ondulantes
de una singular vegetación parecida a los helechos. El suelo era de enormes
losas octogonales. No había ni cortinajes ni alfombras.
Más adelante tuve otras
visiones. Atravesaba por ciclópeos corredores de piedra, y subía y bajaba por
inmensos planos inclinados, construidos con idéntica y gigantesca sillería. No
había escaleras por parte alguna, ni pasadizo que no tuviera menos de diez
metros de ancho. Algunos de los edificios, en cuyo interior me parecía flotar,
debían de tener una altura prodigiosa.
Bajo tierra había, también,
numerosas plantas superpuestas, y trampas de piedra, selladas con flejes de
metal, que hacían pensar en bóvedas aún más profundas, donde acaso moraba un
peligro mortal.
En tales visiones tenía la
sensación de hallarme prisionero, y en torno a mí flotaba un horror
desconocido. Me daba la impresión de que los burlescos jeroglíficos curvilíneos
de los muros habrían significado la perdición de mi espíritu, de haberlos sabido
interpretar.
Luego, andando el tiempo,
empecé a soñar con grandes espacios abiertos. Desde los ventanales redondos y
desde la gigantesca terraza del edificio, contemplaba extraños jardines, y una
enorme extensión árida, con una alta muralla ondulada, a la que conducía una
rampa más elevada que las demás.
A uno y otro lado de las
vastas avenidas, que medirían unos setenta metros de anchura, se aglomeraba un
sinfín de edificios gigantescos, cada uno de los cuales poseía su propio
jardín. Estos edificios eran de aspecto muy variado, pero casi ninguno de ellos
tenía menos de trescientos metros de alto, ni más de sesenta metros cuadrados
de superficie. Algunos parecían realmente ilimitados; sus fachadas superaban
sin duda los mil metros de altura, perdiéndose en los cielos brumosos y grises.
Todas las construcciones
eran de piedra o de hormigón, y la mayor parte de ellas pertenecía al mismo
estilo arquitectónico curvilíneo del edificio donde me encontraba yo. En vez de
tejado, tenían terrazas planas cubiertas de jardines y rodeadas de antepechos
ondulados. Algunas veces las terrazas eran escalonadas, y otras, quedaban
grandes espacios abiertos entre los jardines. En las enormes avenidas me
pareció vislumbrar cierto movimiento, pero en mis primeras visiones me fue
imposible precisar de qué se trataba.
En determinados parajes
llegué a descubrir unas torres enormes, oscuras, cilíndricas, que se elevaban
muy por encima de cualquier otro edificio. Su aspecto las distinguía
radicalmente del resto de las construcciones. Se hallaban en ruinas y, a juzgar
por ciertas señales, debían ser prodigiosamente antiguas. Estaban construidas
con bloques rectangulares de basalto, y en su extremo superior eran ligeramente
más estrechas que en la base. Aparte de sus puertas grandiosas, no se veía el
menor rastro de ventana o abertura. Asimismo, observé que había otros edificios
más bajos, todos ellos desmoronados por la acción erosiva de un tiempo
incalculable, que parecían una versión arcaica y rudimentaria de las enormes
torres cilíndricas. En torno a todo este conjunto ciclópeo de edificios de
sillería rectangular, se cernía un inexplicable halo de amenaza, análogo al que
envolvía a las trampas selladas.
Los jardines eran tan
extraños que casi causaban pavor. En ellos crecían desconocidas formas
vegetales que sombreaban amplios senderos flanqueados por monolitos cubiertos
de bajorrelieves. Predominaba una vegetación criptógama que recordaba a una
especie de helechos descomunales, unos verdes y otros de un color pálido
enfermizo, como los hongos.
Entre ellos se alzaban unos
árboles inmensos y espectrales que parecían calamites, y cuyos troncos,
semejantes a cañas de bambú, alcanzaban alturas increíbles. También había otros
empenachados, como cicas fabulosas, y arbustos grotescos de color verde oscuro,
y otros mayores que, por su aspecto, podrían tomarse por coníferas.
Las flores eran pequeñas y
descoloridas, distintas de cualquier especie conocida, y se abrían entre el
verdor de los amplios macizos geométricos.
En unas cuantas terrazas o
jardines colgantes se veían otras especies de flores, mucho más grandes, de
vivos colores y formas mórbidas y complicadas, producto, seguramente, de sabias
hibridaciones artificiales. Y había ciertos hongos de formas, dimensiones y
matices inconcebibles, cuya disposición ornamental ponía de manifiesto la
existencia de una desconocida, pero indiscutible tradición jardinera. En los
grandes parques parecía como si se hubiese procurado conservar las formas
irregulares y caprichosas de la naturaleza. En las azoteas, en cambio, se hacía
patente el arte del podador.
El cielo estaba casi siempre
húmedo y plomizo, y algunas veces presencié lluvias torrenciales. De cuando en
cuando, no obstante, aparecían fugazmente el sol -un sol inmenso- y la luna,
que era distinta de la nuestra, aunque nunca llegué a apreciar en qué consistía
la diferencia. De noche, rara vez se despejaba el cielo lo suficiente para
dejar a la vista las constelaciones, pero cuando esto sucedió, me resultaron
casi totalmente irreconocibles. Sus contornos recordaban a veces los de las
nuestras, pero no eran iguales. A juzgar por la posición de unas pocas que
logré situar, debía hallarme en el hemisferio sur de la tierra, no muy lejos
del Trópico de Capricornio.
El horizonte se veía siempre
brumoso, como envuelto en nieblas fantásticas, pero pude vislumbrar que, más
allá de la ciudad, se extendían selvas de árboles desconocidos -Calamites,
Lepidodendros, Sigillarias-, que, en la lejanía, parecían temblar engañosamente
entre los vapores cambiantes del horizonte. De cuando en cuando, me parecía ver
algún movimiento en el cielo, pero en mis primeras visiones no llegué nunca a
determinar de qué se trataba.
En el otoño de 1914 empecé a
soñar que flotaba por encima de la ciudad y sus alrededores. Así descubrí que
los temibles bosques de árboles manchados, rayados o jaspeados como animales,
eran atravesados por larguísimas carreteras que, en ocasiones, conducían a
otras ciudades parecidas a la que me obsesionaba en mis sueños.
Vi también edificios
fantásticos y lúgubres, de piedra negra o iridiscente, situados en regiones
yermas donde reinaba un perpetuo crepúsculo, y volé sobre unas calzadas
ciclópeas que atravesaban pantanos tan oscuros que apenas podía distinguir
medianamente su vegetación húmeda y gigantesca.
Una vez pasé por una inmensa
llanura salpicada de ruinas de basalto, erosionadas por el tiempo, y cuyo
trazado recordaba el de las oscuras torres sin ventanas de la ciudad que era mi
verdadera obsesión.
En otra oportunidad, al pie
de una ciudad inmensa de cúpulas y arcos fabulosos, batiendo contra un muelle
de rocas colosales, contemplé la mar ilimitada y gris, sobre la cual se movían
grandes sombras informes y cuya superficie se enturbiaba con inquietantes
burbujas.
III
Como he dicho, estas
visiones no fueron en un principio de carácter terrorífico. Sin duda, muchas
personas han soñado cosas aún más extrañas, cosas que son el producto de una
mezcla inconexa de detalles de la vida diaria, de cuadros y lecturas, fundidos fantásticamente
por los caprichos de sueño.
Durante un tiempo, aun
cuando nunca había tenido ningún sueño de este género, acepté mis visiones como
cosa natural. Me dije que muchos de los elementos fantásticos de esas visiones
procedían de causas triviales, aunque demasiado numerosas para poderlas identificar;
otros, en cambio, eran probablemente una interpretación onírica de mis
conocimientos elementales sobre la flora y el clima de hace ciento cincuenta
millones de años, es decir, de la Edad Pérmica o Triásica.
En el curso de algunos
meses, no obstante, el elemento terrorífico fue rápidamente en aumento, a
medida que mis sueños iban tomando un aspecto inequívoco de recuerdos, y yo los
relacionaba cada vez más con mis preocupaciones abstractas, con la sensación de
que en mi memoria había sido borrado algo muy importante, con mi sorprendente
concepción del tiempo, con la impresión de que, entre 1908 y 1913, había morado
un intruso en mí, y con la inexplicable aversión que me causaba posteriormente
mi propia persona.
Cuando comenzaron a aparecer
determinados detalles de mis sueños, mi horror se centuplicó. En octubre de
1915 comprendí al fin que debía hacer algo. Fue entonces cuando emprendí el
estudio intensivo de los casos de amnesia y visiones. Pensé que así podría
objetivar mi estado de confusión y liberarme de la ansiedad que me oprimía.
Sin embargo, como he dicho
antes, el resultado fue diametralmente opuesto a lo que había previsto. Mi
angustia aumentó al descubrir que otras personas habían tenido idénticos sueños
a los míos, y que algunos casos, además, se remontaban a épocas en que no cabía
admitir ninguna clase de conocimiento geológico, y por consiguiente, ninguna
idea sobre el paisaje de las edades prehistóricas.
Y lo que es más, en muchos
de estos casos se especificaban ciertos pormenores y ciertas explicaciones que
se relacionaban con los inmensos edificios y los selváticos jardines. Mis
propias visiones eran ya bastante terroríficas en sí, pero lo que daban a entender
o afirmaban algunos otros soñadores era pura locura y blasfemia. Lo peor de
todo fue que la lectura de aquellas experiencias que contaban suscitó en mí
nuevos sueños, aún más descabellados, y un presagio de revelaciones venideras.
No obstante, casi todos los médicos me aconsejaron proseguir mi investigación.
Estudié psicología
sistemáticamente y, por las mismas razones que yo, mi hijo Wingate me secundó,
iniciando entonces los estudios que le llevaron por último a la cátedra que
ocupa actualmente. En 1917 y 1918 me matriculé en varios cursos especiales de
la Universidad del Miskatonic. Entretanto, continué examinando infatigablemente
infinidad de documentos médicos, históricos y antropológicos, lo que me
obligaba también a efectuar diversos viajes a algunas bibliotecas apartadas
para leer los libros sobre artes ocultas y prohibidas, en las cuales parecía
tan febrilmente interesada mi segunda personalidad.
Algunos de estos volúmenes
eran, efectivamente, los mismos que había consultado yo durante mi periodo
amnésico. Lo desconcertante de estos libros eran las anotaciones marginales y
las correcciones en el texto, escritas en una caligrafía y un lenguaje que, en
cierto modo, hacían pensar en algo ajeno por completo al hombre.
Casi todas estas anotaciones
estaban redactadas en las lenguas respectivas de los diferentes libros, lenguas
que el misterioso glosador parecía conocer sobradamente, aunque de modo
académico. Sin embargo, en el Unaussprechlichen Kulten de von Junzt figuraba
una anotación que difería alarmantemente de las anteriores. Consistía en unos
jeroglíficos curvilíneos, trazados con la misma tinta que las correcciones en
alemán, pero en ellos no se reconocía ningún alfabeto humano. Y estos
jeroglíficos eran asombrosa e inequívocamente análogos a los caracteres que
constantemente se me aparecían en sueños, caracteres cuyo significado a veces,
de manera fugaz, creía conocer o estaba a punto de recordar.
Para completar mi total
confusión muchos bibliotecarios me aseguraron que, teniendo en cuenta mis
anteriores indagaciones y las fechas en que había consultado los volúmenes en
cuestión, era muy posible que todas estas notas hubiesen sido realizadas por mí
durante mi estado de enajenación. Sin embargo, esto está en contradicción con
el hecho de que yo ignoraba, y todavía ignoro, tres de aquellos idiomas.
Una vez reunidos los datos
dispersos, antiguos y modernos, antropológicos y médicos, me encontré con una
mezcla medianamente coherente de mitos y alucinaciones, cuya índole demencial
me dejó completamente ofuscado. Sólo una cosa me consolaba: el hecho de que
tales mitos existieran desde tiempos remotos. No podía siquiera imaginar qué
ciencia olvidada había sido capaz de introducir tan atinadas descripciones de
los paisajes paleozoicos o mesozoicos en aquellas fábulas primitivas. Pero el
caso es que allí estaban, y, por lo tanto, existía una base real sobre la que
cabía elaborar un modelo fijo de alucinaciones.
La amnesia creaba sin duda
los rasgos generales de los mitos, pero después, los detalles fantásticos con
que los propios enfermos enriquecían sus experiencias morbosas influían en las
víctimas posteriormente, adoptando un extraño matiz de pseudo-recuerdo. Yo
mismo, durante mis años de enajenación, había leído y oído infinidad de
leyendas primitivas, como puso de manifiesto mi ulterior investigación. ¿No era
natural, pues, que mis sueños sufrieran la influencia de los datos asimilados
durante mi estado secundario?
Había mitos que se
relacionaban con ciertas leyendas oscuras sobre la existencia de un mundo
prehumano, y especialmente con las de origen hindú, que hablan de espantosos
abismos de tiempo y forman parte del saber de los actuales teósofos.
El mito primordial y los
modernos casos de amnesia coincidían en suponer que el género humano es tan
sólo una -quizá la más insignificante- de las razas altamente evolucionadas que
han gobernado los misteriosos destinos de nuestro planeta. Según esto, hubo
seres de forma inconcebible que habían levantado torres hasta el cielo y
ahondado en los secretos de la naturaleza, antes que el primer anfibio, remoto
antepasado del hombre, saliese de las cálidas aguas de la mar, hace trescientos
millones de años.
Algunos de aquellos seres
habían bajado de las estrellas; otros eran tan viejos como el cosmos; otros se
desarrollaron vertiginosamente de gérmenes de la tierra, tan alejados de los
primeros orígenes de nuestro ciclo evolutivo, como éstos de nosotros mismos. En
tales mitos se hablaba de miles de millones de años, y de misteriosas
relaciones con otras galaxias y otros universos. En ellos, sin embargo, no
existía el tiempo tal como lo concibe el hombre.
Pero la mayor parte de esas
leyendas y esas visiones se refería a una raza relativamente tardía, de
constitución extraña y complicada, distinta de cualquier forma de vida conocida
por la ciencia actual, que se había extinguido tan sólo cincuenta millones de
años antes de la aparición del hombre. Según los mitos había sido la raza más
poderosa de todas, porque únicamente ella había. conquistado el secreto del
tiempo.
Esta raza conocía la ciencia
de todas las civilizaciones pasadas y futuras de la Tierra, ya que sus
espíritus más poderosos poseían la facultad de proyectarse en el pasado y en el
futuro, salvando incluso abismos de millones de años, con objeto de estudiar el
saber de cada época. De las conquistas de esta raza derivaban todas las
leyendas de profetas, incluidas las pertenecientes a ciclos mitológicos
humanos.
Sus inmensas bibliotecas
conservaban innumerables textos y grabados que resumían toda la historia de la
Tierra. En ellos se describía cada una de las especies que existieron o
llegarían a existir, con especial referencia a sus artes, sus realizaciones, sus
lenguas y su psicología.
Gracias a esta ciencia
incalculable, la Gran Raza tomaba de cada era y de cada forma de vida, las
ideas, las artes y las técnicas que mejor convinieran a sus propias condiciones
y circunstancias. El conocimiento del pasado, logrado mediante una especie de
proyección mental que nada tenía que ver con nuestros cinco sentidos, era más
difícil de conseguir que el del futuro.
El método para conocer el
porvenir era más sencillo y material. Con ayuda de ciertos aparatos, la mente
se proyectaba en el tiempo futuro tanteando su camino por medios
extrasensoriales, hasta que localizaba la época deseada. Luego, después de
varios ensayos preliminares, se apoderaba de uno de los mejores ejemplares de
la forma de vida dominante en dicho periodo. Para ello, se introducía en el
cerebro del organismo escogido y le imponía sus propias vibraciones, en tanto
que la mente así desplazada se hundía en la noche de los tiempos, hasta la
misma época del intruso, en cuyo cuerpo permanecía hasta que se efectuase el
proceso inverso.
Entre tanto, la mente
desplazada, se proyectaba a su vez hacia la época y el cuerpo del espíritu
invasor, era cuidadosamente vigilada. Se impedía que dañase el cuerpo que
ocupaba, y se le extraían todos los conocimientos útiles por medio de
interrogatorios especiales, que a menudo se realizaban en su propia lengua,
cuando la Gran Raza era capaz de expresarse en ella, merced a anteriores
exploraciones del futuro.
Si el espíritu secuestrado
provenía de un cuerpo cuyo idioma no podía reproducir la Gran Raza por falta de
órganos adecuados, se recurría a unas máquinas ingeniosísimas, en las cuales
era posible reproducir cualquier lengua extraña como en un instrumento musical.
Los miembros de la Gran Raza
eran como enormes conos rugosos de unos cuatro metros de altura y tenían la
cabeza y los demás órganos situados en el extremo de unos tentáculos
retráctiles que les nacían en el mismo vértice del cono. Se comunicaban entre
sí por medio de castañeteos y roces ejecutados con las garras o pinzas en que
terminaban dos de sus cuatro miembros tentaculares, y avanzaban dilatando y
contrayendo una capa muscular viscosa situada en la parte inferior de sus
bases, de unos tres metros de diámetro.
Una vez disipado el
aturdimiento del espíritu cautivo, y -suponiendo que viniese de un cuerpo
totalmente distinto a los de la Gran Raza- perdido ya el horror por la forma
extraña de su nuevo cuerpo provisional, se le permitía estudiar su situación y
adquirir la portentosa sabiduría de esa raza.
Con las debidas
precauciones, y a cambio de determinados servicios, se le permitía recorrer
aquel extraño mundo en gigantescas aeronaves o en inmensos vehículos semejantes
a embarcaciones atómicas que surcaban las grandes carreteras, y penetrar
libremente en las bibliotecas que guardaban documentos sobre el pasado y el
futuro del planeta.
Esto reconciliaba a muchos
espíritus cautivos con su destino. Y no era de extrañar, puesto que se trataba
únicamente de inteligencias muy elevadas, para las cuales el descubrimiento de
los misterios insondables de la Tierra -capítulos concluidos de un pasado
inconcebiblemente remoto y torbellinos vertiginosos del tiempo por venir-
constituye siempre, a pesar de los horrores que puedan salir a la luz, la
suprema experiencia de la vida.
En ocasiones, algunos eran
autorizados a reunirse con otras inteligencias cautivas procedentes del futuro;
de este modo, era posible cambiar impresiones con otros seres inteligentes de
cien mil o un millón de años antes o después de sus propias épocas. Y a todos
se les invitaba a escribir, cada uno en su lengua, detallados informes de sus
respectivos periodos, los cuales pasaban a engrosar los grandes archivos
centrales.
Puede añadirse que había
ciertos cautivos cuyos privilegios eran infinitamente superiores a los de los
demás. Eran los desterrados a perpetuidad, seres del futuro despojados de sus
cuerpos por los espíritus más elevados de la Gran Raza que, abocados a la
muerte, trataban de evitar así la extinción de sus inteligencias.
Tales desterrados
melancólicos no eran tan numerosos como sería de esperar, ya que la longevidad
de la Gran Raza reducía su apego a la vida, especialmente entre sus individuos
superiores, capaces de proyectarse indefinidamente hacia tiempos remotos. De estos
casos de proyección permanente se habían derivado muchos de aquellos
desdoblamientos duraderos de personalidad recogidos en la historia, incluso en
la del género humano.
En cuanto a los casos
ordinarios de exploración, cuando la mente proyectada en el futuro había
aprendido lo que deseaba, construía un aparato como el que le había permitido
su viaje por el tiempo, e invertía el procedimiento de proyección. Así
regresaba a su cuerpo y época, mientras el espíritu cautivo recuperaba su
correspondiente cuerpo orgánico del futuro.
Sólo era imposible esta
restitución cuando uno u otro de los cuerpos fallecía durante el periodo de
intercambio. En tales casos, naturalmente, el espíritu explorador -como el de
los que habían huido de la muerte- se veía obligado a vivir la vida de un cuerpo
extraño del futuro, o bien el alma cautiva -como la de los desterrados
perpetuos- tenía que terminar sus días en el pasado bajo la forma de la Gran
Raza.
Este destino era menos
horrible cuando el espíritu cautivo pertenecía también a la Gran Raza, lo cual
no era raro, ya que, como es natural, dicha raza estaba profundamente
interesada en su propio futuro. El número de desterrados perpetuos de la Gran
Raza era escaso, debido a las tremendas penas con que castigaban a los
moribundos que pretendían usurpar un cuerpo futuro de su propia estirpe.
Por medio de la proyección,
dichas sanciones se infligían a los espíritus transgresores en sus propios
cuerpos futuros recién invadidos. A veces eran obligados incluso a efectuar la
restitución del cuerpo usurpado.
Se habían descubierto -y
corregido- casos muy complejos de desplazamiento de espíritus exploradores, o
mentes ya cautivas, provocados por otros individuos procedentes de diversas
épocas del pasado. Desde el descubrimiento de la proyección mental, había en
todas las épocas un porcentaje pequeño pero reconocible de los individuos de la
Gran Raza, pertenecientes a edades pretéritas, que permanecían en sus cuerpos
prestados durante un tiempo más o menos largo.
Cuando una mente cautiva de
origen extranjero era restituida a su propio cuerpo futuro, se la purificaba
mediante una complicada hipnosis mecánica de todo cuanto hubiera aprendido en
la época de la Gran Raza. Esta purificación se hacía en atención a ciertas
consecuencias catastróficas que podían acarrear con el traslado de esas enormes
cantidades de saber a un mundo futuro.
Siempre que el saber de la
Gran Raza se había filtrado hasta otras edades, se habían producido -y
seguirían produciéndose en ciertos momentos de la historia- grandes desastres.
Según las viejas crónicas, eran precisamente dos de esas filtraciones, las que
habían permitido a la humanidad descubrir lo poco que sabía acerca de la Gran
Raza.
En la actualidad, de aquel
mundo remoto y distante apenas quedaban unas cuantas ruinas ciclópeas en algún
rincón apartado y en los abismos oceánicos, y los textos fragmentarios de los
terribles Manuscritos Pnakóticos.
De esta forma, la mente
liberada regresaba a su propia época con una visión muy vaga de su estancia en
ese otro mundo. Se le extirpaba la mayor cantidad posible de recuerdos, de
manera que en la mayoría de los casos sólo conservaba un vacío de sueños nebulosos
de ese periodo. Algunos espíritus recordaban más que otros, y el azar,
conjuntando a veces los recuerdos brumosos, había permitido en ocasiones que el
futuro vislumbrase fugazmente su propio pasado prohibido.
Indudablemente en ninguna
época de la historia de la Tierra ha dejado de haber sectas místicas o
esotéricas que venerasen en secreto esos vislumbres de otro mundo. En el
Necronomicon se menciona a este respecto que entre los seres humanos ha
existido un culto de esta naturaleza, encaminado a facilitar el regreso de los
espíritus procedentes de la época de la Gran Raza.
Y mientras tanto, la Gran
Raza misma, bordeando los límites de la omnisciencia, se dedicaba a
intercambiar sus espíritus con los moradores de otros planetas, y a explorar
sus pasados y sus futuros. Asimismo, trataba de remontarse, cara al pasado,
hasta el origen de aquel orbe negro, perdido en el espacio y el tiempo, de
donde procedía su propia herencia intelectual, ya que sus espíritus eran más
viejos que sus estructuras orgánicas.
Los habitantes de un orbe
agonizante e incalculablemente antiguo, conocedores de los últimos secretos,
habían buscado en el porvenir un mundo, unas especies nuevas capaces de
garantizarles larga vida. Una vez determinada la raza del futuro que reunía las
condiciones más idóneas para albergarlos, sus espíritus emigraron a ella en
masa. Así fue cómo se apoderaron de los seres cónicos que habían poblado
nuestra tierra hace un billón de años.
De este modo surgió la Gran
Raza en la Tierra, en tanto que los espíritus desposeídos fueron proyectados
por millares hacia el pasado, y se vieron condenados a morir en el horror de
unos organismos extraños que pertenecían a un mundo extinguido. Más tarde, la
Gran Raza tendría que enfrentarse nuevamente con la muerte, si bien lograría
sobrevivir, una vez más, lanzando al futuro a sus espíritus más selectos, que
ocuparían los cuerpos de otra especie biológica de mayor longevidad.
Tal era la epopeya que
parecía desprenderse del conjunto de mitos y alucinaciones estudiados por mí.
Cuando, en 1920, terminé de poner en orden los resultados de mi investigación,
sentí un alivio en la ansiedad que me había dominado al principio. Después de
todo, y a pesar de los desvaríos suscitados por oscuras emociones, ¿no era
explicable todo lo que me pasaba?
Una eventualidad cualquiera
pudo haberme inclinado a estudiar las ciencias esotéricas durante mi estado de
amnesia, y de ahí que leyese todas esas horrendas historias y me relacionara
con los miembros de cultos antiguos y maléficos, lo cual me había proporcionado
material suficiente para los sueños y los trastornos emocionales que llevaba
padeciendo desde que recobré la memoria.
Por lo que se refiere a esas
notas marginales, escritas en fantásticos jeroglíficos y lenguas desconocidas
para mí, que los bibliotecarios me atribuían, tampoco eran decisivas. Podía
haber aprendido someramente esas lenguas durante mi amnesia. En cuanto a los
jeroglíficos, sin duda los había forjado mi fantasía a partir de las
descripciones leídas en las viejas leyendas, introduciéndolos después en mis
sueños. Traté de comprobar algunos pormenores dirigiéndome a ciertos dirigentes
de cultos secretos, pero nunca conseguí establecer relaciones satisfactorias
con ellos.
A veces, el paralelismo
existente entre tantos casos de épocas tan distintas me preocupaba como al
principio; pero me tranquilicé, diciéndome que las leyendas terroríficas
estaban indudablemente más extendidas en el pasado que en el presente.
Era probable que todas las
demás víctimas de crisis análogas a la mía hubiesen sabido a fondo, y desde
mucho tiempo atrás, los relatos que llegaron a mi conocimiento durante mi
amnesia. Al perder la memoria se habían tomado a sí mismos por los personajes
de tales fantasías, por los fabulosos invasores que suplantaban el espíritu de
los hombres, y emprendían la búsqueda de un saber que creían poder conseguir en
un imaginario pasado prehumano.
Después, cuando recobraban
la memoria, invertían el mismo proceso asociativo y ya no se tomaban a sí
mismos por espíritus intrusos, sino por los propios cautivos. De ahí que los
sueños y pseudo-recuerdos se ajustasen al modelo mitológico comúnmente admitido.
A pesar de que esta
explicación resultaba un tanto rebuscada, me pareció la más verosímil, y a ella
me atuve. Las demás no tenían pies ni cabeza. Por otra parte, había un crecido
número de psicólogos y antropólogos eminentes que coincidía conmigo.
Cuanto más reflexionaba, más
convincente me parecía mi razonamiento. Puede decirse que, hasta el final,
dispuse de un baluarte realmente eficaz contra las visiones y las sensaciones
desagradables que todavía me asaltaban. ¿Que veía cosas extrañas durante la
noche? No eran más que producto de mis lecturas y de lo que había oído. ¿Que
tenía sensaciones desagradables y pseudo-recuerdos? Se trataba solamente de un
reflejo de lo que había asimilado durante mi amnesia. Ninguno de mis sueños,
ninguna de mis sensaciones, podían tener significado real.
Fortalecido por esta
filosofía mi equilibrio nervioso mejoró considerablemente, aun cuando las
visiones se fueron haciendo más frecuentes y circunstanciadas. En 1922 me sentí
capaz de reanudar mis actividades habituales. Aprovechando mis conocimientos últimamente
adquiridos, me hice cargo de una cátedra de Psicología en la Universidad.
Hacía tiempo que mi antigua
cátedra de Economía Política había sido cubierta. Además, los métodos de
enseñanza de esa disciplina habían variado muchísimo desde mis tiempos. Por si
fuera poco, mi hijo se hallaba a la sazón ampliando estudios, con vistas a
conseguir su actual cátedra, y con frecuencia trabajábamos juntos.
IV
No obstante, continué
tomando notas minuciosamente de los sueños extravagantes que me asaltaban, cada
vez más frecuentes y más vívidos. Me dije que tales descripciones eran muy
valiosas desde el punto de vista psicológico. Mis visiones tenían ese horrible
no sé qué de recuerdos dudosos, pero yo hacía lo posible por desechar esta
impresión, y lo conseguía.
Cuando hablaba de estos
fantasmas en mis notas, los trataba como si fueran reales; en cambio, en
cualquier otra circunstancia, los apartaba de mí como caprichosos desvaríos de
la noche. Aunque jamás he mencionado tales asuntos en mis conversaciones, lo cierto
es que -como suele suceder en estos casos- la gente había tenido noticia de
ello y habían corrido ciertas habladurías sobre mi salud mental. Lo gracioso es
que estas habladurías circulaban sólo entre gentes de escasos conocimientos;
jamás en una tertulia de médicos o psicólogos.
Poca cosa diré aquí sobre
mis visiones posteriores a 1914, ya que existen datos e informes a disposición
de los que deseen consultarlos. Es evidente que, con el tiempo, iba
disminuyendo de algún modo la inhibición de mi memoria, puesto que la extensión
de mis visiones fue gradualmente en aumento, aunque seguían siendo fragmentos
incoherentes, inmotivados al parecer.
En mis sueños me pareció
adquirir una mayor libertad de movimientos. Flotaba a través de muchos y
extraños edificios de piedra, yendo de unos a otros por unos pasadizos
subterráneos de inmensas proporciones que parecían constituir su vía de acceso
habitual. A veces, en el piso de los recintos inferiores, me tropezaba con
aquellas gigantescas trampas selladas, de las cuales emergía un aura de
amenaza.
Veía también unos estanques
enormes, pavimentados de mosaico, y unas estancias repletas de curiosos e
inexplicables utensilios de mil clases diferentes. Recorría cavernas colosales
que contenían maquinarias complicadas, cuyos contornos me resultaban enteramente
desconocidos y que producían un ruido que llegué a percibir solamente después
de soñar con ellas durante muchos años. Quiero hacer constar aquí que la vista
y el oído son los dos únicos sentidos que he utilizado en ese mundo de
quimeras.
El verdadero horror comenzó
en mayo de 1915, cuando vi por primera vez un ser vivo. Esto sucedió antes de
que mis estudios pusieran de manifiesto lo que cabía esperar de aquella mezcla
de pura ficción y de historias clínicas. Al disminuir mis barreras mentales,
empecé a distinguir grandes masas vaporosas en distintas partes del edificio y
en las calles.
Las visiones se hicieron más
consistentes y nítidas, hasta que por fin fui capaz de percibir sus monstruosos
perfiles con inquietante facilidad. Eran algo así como unos conos enormes,
iridiscentes, de unos tres o cuatro metros de.altura y otros tantos de diámetro
en sus bases; parecían hechos de alguna sustancia rugosa y semielástica. De su
vértice nacían cuatro tentáculos flexibles, cilíndricos, de unos treinta
centímetros de espesor, y de la misma sustancia rugosa que el resto.
Estos tentáculos se retraían
a veces hasta casi desaparecer; otras veces, se alargaban hasta alcanzar cuatro
metros de longitud. Dos de ellos terminaban en enormes garras o pinzas. En el
extremo del tercero había cuatro apéndices rojos en forma de trompetas. El
cuarto terminaba en un globo irregular amarillento, de medio metro de diámetro,
provisto de tres grandes ojos oscuros situados horizontalmente en su mitad.
Esta cabeza estaba coronada
por cuatro pedúnculos delgados y grises, rematados a su vez por unas
excrecencias que parecían flores, y en su parte inferior colgaban ocho antenas
o palpos verdosos. La gran base del cuerpo cónico estaba orlada por una sustancia
gris, elástica y contráctil que constituía el aparato locomotor de ese
organismo.
Sus movimientos, aunque
inofensivos, me horrorizaban aún más que su apariencia. Resultaba malsano ver
unos objetos monstruosos comportándose como seres humanos. Sin embargo, esas
criaturas estaban inequívocamente dotadas de inteligencia: se movían por las
grandes habitaciones, cogían libros de los estantes y los llevaban a las mesas
o viceversa, a veces escribían con presteza valiéndose de una curiosa varilla
que empuñaban con las antenas verdosas de la parte inferior de la cabeza. Sus
enormes pinzas les servían para coger los libros y también para comunicarse
mediante un lenguaje que consistía en una especie de castañeteo.
Estos seres no usaban
vestidos, pero llevaban unas bolsas o alforjas colgando de la parte superior
del tronco… Normalmente llevaban la cabeza y el miembro que la soportaba a la
altura del vértice del cono, pero la bajaban y subían con frecuencia.
Los otros tres grandes
tentáculos, cuando se hallaban en estado de reposo, solían colgar a los lados
del cono, retraídos hasta la mitad de su longitud. Por la velocidad con que
leían, escribían y manejaban sus máquinas -en las mesas había varias de ellas
que al parecer se relacionaban de algún modo con el pensamiento-, saqué la
conclusión de que su inteligencia era incomparablemente superior a la del
hombre.
Más tarde llegué a verlos en
todas partes: pululaban en salones y corredores, manejaban sus máquinas en las
criptas abovedadas, recorrían sus vastas carreteras a bordo de gigantescos
vehículos en forma de barcos. Dejé de tenerlos miedo, ya que resultaban
perfectamente naturales en su medio ambiente.
Luego empecé a ser capaz de
percibir diferencias entre distintos individuos. Algunos parecían sufrir cierta
invalidez; físicamente eran idénticos a los demás, pero sus gestos y costumbres
los diferenciaban, no sólo de la mayoría, sino incluso entre sí.
Escribían sin cesar; y sin
embargo, no utilizaban jamás los jeroglíficos curvilíneos tan característicos
de los demás, sino una gran variedad de alfabetos. Con todo, no estoy muy
seguro de esto porque mis visiones habían perdido mucha nitidez. Me pareció que
algunos empleaban nuestro habitual alfabeto latino. La mayoría de estos
individuos enfermos, eso sí, trabajaba mucho más lentamente que sus congéneres.
Durante mucho tiempo yo era
en mis sueños como una conciencia incorpórea dotada de un campo visual más
amplio de lo normal, que flotaba libremente en el espacio, aunque utilizaba
para desplazarme los medios de transporte y las vías de acceso habituales en
ese mundo. Hasta agosto de 1915 no me empezó a atormentar el problema de mi
existencia corporal. Y digo atormentar porque, aunque de manera abstracta al
principio, dicho problema se me planteó al reaccionar -¡horrible asociación!–
mi repugnancia a contemplar mi propio cuerpo con el contenido de mis sueños y
visiones.
Durante algún tiempo mi
principal preocupación en sueños había sido evitar la visión de mi propio
cuerpo, y recuerdo cuánto agradecí entonces la total ausencia de espejos en
aquellas extrañas habitaciones. Pero me sentía muy turbado por el hecho de que
siempre veía las enormes mesas -cuya altura no sería inferior a tres metros y
medio- como si mis ojos se encontrasen al mismo nivel, por lo menos, que su
superficie.
Y entonces comencé a sentir
cada vez más la morbosa tentación de mirarme. Una noche, por fin, no pude
resistir. Al primer golpe de vista no vi absolutamente nada. Un momento después
supe por qué: mi cabeza estaba situada al final de un cuello flexible de una
longitud increíble. Encogiendo este cuello y mirando atentamente hacia abajo,
distinguí una forma cónica y rugosa, iridiscente, cubierta de escamas, de unos
cuatro metros de altura y otros tantos de diámetro en la base. Aquella noche
desperté a medio Arkham con mi alarido, al saltar como loco de los abismos del
sueño.
Sólo después de repetir el
mismo sueño, una y otra vez, durante semanas enteras, conseguí acostumbrarme a
esta monstruosa visión de mí mismo. Comprobé desde entonces que, en mis
visiones, me movía corporalmente entre los demás seres desconocidos, que leía
como ellos en los terribles libros de los estantes interminables, y que pasaba
horas enteras escribiendo en las grandes mesas, con un punzón, manejado gracias
a las antenas que me colgaban de la cabeza.
En mi memoria perduraban
retazos de lo que leí y escribí entonces. Estudié las crónicas horribles de
otros mundos y otros universos, y tuve conocimiento de las vidas sin forma que
palpitan más allá de todo universo. Leí las historias de extraños seres que
habían poblado el mundo en tiempos olvidados, y los anales de ciertas criaturas
de prodigiosa inteligencia y cuerpo grotesco, que lo habitarían millones de
años después que muriese el último hombre.
Asimismo leí capítulos
enteros de la historia del hombre, cuyo contenido no sospecharía jamás un
erudito de nuestros días. La mayoría de estos textos estaban escritos en los
caracteres jeroglíficos que estudiaba yo con ayuda de unas máquinas zumbadoras,
y que correspondía a un lenguaje verbal aglutinante de raíz diversa a la de
cualquier idioma humano conocido.
Había otros volúmenes que
estaban redactados en lenguas distintas, igualmente desconocidas, que, sin
embargo, aprendí por el mismo método. De los idiomas utilizados en aquel mundo,
había poquísimos que conociese yo. Las numerosas y muy expresivas ilustraciones,
intercaladas a veces en los textos y, otras, encuadernadas en volúmenes aparte,
constituían para mí una ayuda inapreciable. Y si no recuerdo mal, durante toda
aquella temporada compaginé mis lecturas y estudios con la redacción, en
inglés, de una crónica de mi propia época. Al despertar de tales sueños, sólo
recordaba algunos detalles mínimos e inconexos de los idiomas desconocidos que
había dominado; en cambio, en mi memoria quedaban flotando frases enteras de la
historia que yo escribía en inglés.
Aun antes de que mi
personalidad vigil estudiase los casos similares al mío o los viejos mitos de
donde sin duda procedían los sueños, ya sabía yo que los seres de ese mundo
onírico pertenecían a la raza más grande del mundo, a la raza que había
conquistado el tiempo y había enviado espíritus exploradores a todas las eras
del universo. Sabía también que yo había sido arrancado de mi época, mientras
un intruso ocupaba mi cuerpo, y que algunos de los demás cuerpos cónicos
alojaban mentes capturadas de manera similar. En mis sueños, me comuniqué
-mediante el castañeteo de mis pinzas- con los espíritus exiliados que
procedían de todos los rincones del sistema solar.
Había un espíritu que
viviría, en un futuro incalculablemente lejano, en el planeta que llamamos
Venus, y otro que había vivido en uno de los satélites de Júpiter hace seis
millones de años. Entre los moradores de la Tierra, conocí varios
representantes de cierta raza semivegetal y alada, de cabeza estrellada, que
había dominado la Antártida paleocena; a un espíritu perteneciente al pueblo
reptil de la legendaria Valusia; a tres de los seres peludos que habían adorado
a Tsathoggua en Hiperbórea, antes de la aparición del género humano; a uno de
los abominables Tcho-Tchos; a dos de los arácnidos que poblarán la última edad
de la Tierra; a cinco de la raza de coleópteros que sucederá inmediatamente al
hombre, y a la cual un día, ante una amenaza insoslayable y terrible, la Gran
Raza trasladaría en masa sus espíritus más aventajados. Igualmente, conocí a
varios individuos procedentes de distintas ramas de la humanidad.
Tuve ocasión de conversar
con el espíritu de Yiang-Li, filósofo del cruel imperio del Tsan-Chan, que
florecerá en el año 5000 de nuestra era; con el de un general de cierto pueblo
moreno de cabeza enorme, que gobernó en Africa del Sur 50.000 años antes de
Cristo; con el de un monje florentino del siglo XII, llamado Bartolomeo Corsi;
con el de un rey de Lomar, que reinó en aquel terrible país polar, cien mil
años antes de que los amarillos Inutos viniesen de Oriente a someterlo.
Conversé con el espíritu de
Nug-Soth, mago de los conquistadores negros que invadirán el mundo en el año
16000 de nuestra era; con el de un romano llamado Titus Sempronius Blaesus, que
había sido cuestor en tiempos de Sila; con el de un egipcio de la decimocuarta
dinastía llamado Khephnés, que me reveló el horrible secreto de Nyarlathotep;
con el de un sacerdote del reino central de Atlantis; con el de James
Woodville, señor de Suffolk en tiempos de Cromwell; con el de un astrónomo
peruano del periodo preincaico; con el de un médico australiano, Nevel
Kingston-Brown, que morirá en el año 2518 d. J.; con el de un archimago del
reino de Yhe, perdido en el Pacífico; con el de Theodotides, oficial
greco-bactriano del año 200 a. J.; con el de un anciano francés del tiempo de
Luis XIII, llamado Pierre-Louis Montagny; con el de Crom-Ya, caudillo cimerio
del año 15000 antes de Jesucristo; y con tantos otros, que no puedo retener los
sorprendentes secretos y las turbadoras maravillas que me revelaron.
Todas las mañanas me
despertaba con fiebre. Cuando los datos aprendidos en sueños podían caer dentro
del campo de la ciencia actual, me lanzaba desesperadamente a los libros para
comprobar su veracidad o error. Los hechos tradicionalmente conocidos adquirían
así nuevos y dudosos aspectos, y yo me maravillaba ante aquellas fantasías
oníricas capaces de añadir detalles tan atinados y sorprendentes a la historia
de la ciencia.
Me estremecí ante los
misterios que oculta el pasado, y temblé por las amenazas que el futuro nos
depara. Prefiero no consignar aquí lo que insinuaban los seres post-humanos
sobre el destino final de nuestra especie.
Después del hombre vendría
una poderosa civilización de escarabajos, de cuyos cuerpos se apoderarían los
miembros más selectos de la Gran Raza, cuando se abatiera sobre su mundo
ancestral una terrible catástrofe. Después, al concluir el ciclo de la Tierra,
sus espíritus emigrarían nuevamente a través del tiempo y el espacio, y se
alojarían en los cuerpos de unos seres bulbosos y vegetales que habitan el
planeta Mercurio. Pero aun después de su emigración, nacerían especies nuevas
que se aferrarían patéticamente a nuestro planeta ya frío, y abrirían galerías
hasta su mismo centro, antes del desenlace final.
Entre tanto, en mis sueños
-impulsado en parte por mi propio deseo, y en parte por las promesas que se me
habían hecho de concederme mayor libertad de movimiento y más oportunidades de
estudio-, seguía escribiendo infatigablemente la historia de mi propia época,
que habría de enriquecer la biblioteca central de la Gran Raza. Esta biblioteca
se albergaba en una colosal estructura subterránea, próxima al centro de la
ciudad. La llegué a conocer perfectamente gracias a mis frecuentes consultas y
visitas.
Concebido para durar tanto
como la misma raza que lo construyera, y para resistir las más violentas
convulsiones de la tierra, este titánico archivo sobrepasaba a todos los demás
edificios en tamaño y solidez.
Los documentos, escritos o
impresos en grandes hojas de una especie de celulosa extraordinariamente
resistente, estaban encuadernados en volúmenes que se abrían por su parte
superior y se guardaban en estuches individuales de un metal grisáceo,
inoxidable e increíblemente ligero. Cada estuche estaba decorado con motivos
matemáticos y llevaba el título grabado en los jeroglíficos curvilíneos de la
Gran Raza.
Los volúmenes, así
protegidos, estaban ordenados en hileras de cofres rectangulares, fabricados
con el mismo metal inoxidable, que se cerraban mediante un complicado sistema
de cerrojos, La historia que yo estaba escribiendo tenía ya asignado un lugar
en uno de los cofres de la parte inferior, reservada a los vertebrados, en la
sección dedicada a las civilizaciones de la humanidad y de las razas
reptilianas y peludas que le habían precedido en nuestro planeta.
Ningún sueño me proporcionó
un cuadro completo de la vida cotidiana de ese mundo. Sólo capté retazos
brumosos e inconexos que ni siquiera guardaban orden de sucesión. Tengo, por
ejemplo, una idea muy imprecisa de la forma en que se desarrollaba mi propia
vida en el mundo de los sueños; sin embargo, me parece que tenía una gran
habitación de piedra para mi uso personal. Mis limitaciones como prisionero
fueron desapareciendo gradualmente, de forma que algunas noches soñé que
viajaba por las titánicas calzadas de la selva y que visitaba ciudades extrañas
y exploraba las enormes torres sin ventanas, las torres negras y ruinosas que
tan extraordinario terror inspiraban a la Gran Raza. Hice también largos viajes
por mar en unos buques inmensos de muchas cubiertas e increíble velocidad, y
expediciones por regiones salvajes en cohetes aerodinámicos de propulsión
eléctrica.
Más allá del vasto y cálido
océano se alzaban otras ciudades de la Gran Raza, y en un lejano continente vi
los toscos poblados de unas criaturas aladas de negro hocico, que
evolucionarían como estirpe dominante cuando la Gran Raza hubiese enviado a sus
espíritus más selectos hacia el futuro para huir del horror que amenazaba. Los
paisajes, siempre llanos, se caracterizaban por un verdor fresco y exuberante.
Las pocas colinas que se destacaban eran bajas y, a menudo, de naturaleza
volcánica.
Podría escribir libros
enteros sobre los animales que poblaban aquel mundo. Todos eran salvajes,
puesto que el elevado nivel técnico de la Gran Raza había suprimido los
animales domésticos y permitía una alimentación enteramente vegetal o
sintética. Toscos reptiles de gran tamaño surgían vacilantes de las ciénagas
brumosas, agitaban sus alas en una atmósfera densa y pesada, o surcaban los
lagos y los mares. Entre ellos, me pareció reconocer prototipos arcaicos y
rudimentarios de los pterodáctilos, laberintodontos, plesiosaurios, y demás
dinosaurios conducidos por la paleontología. No descubrí aves ni mamíferos.
En tierra y en las ciénagas
rebullían serpientes, lagartos y cocodrilos, y los insectos zumbaban
incesantemente entre la lujuriante vegetación. Mar afuera unos monstruos
insospechados lanzaban altas columnas de espuma al cielo vaporoso. En una
ocasión descendí al fondo del océano en un submarino gigantesco, provisto de
proyectores que permitían contemplar unas torpes criaturas acuáticas de
pavorosa magnitud, y ruinas de arcaicas ciudades sumergidas. Allá, en los
abismos más oscuros, abundaban también corales, peces, crinoideos, braquiópodos
y un sinfín de formas de vida.
En mis sueños saqué muy poco
en claro sobre la fisiología, psicología, costumbres e historia de la Gran
Raza. Gran parte de las observaciones que aquí hago, han sido deducidas de mis
estudios, más que de mis sueños propiamente dichos.
En efecto, llegó el momento
en que mis lecturas e investigaciones rebasaron mis sueños en muchos aspectos,
de suerte que, en ocasiones, no eran más que una corroboración de lo que había
estudiado.
La época en que se situaban
mis sueños correspondía al final de la Era Paleozoica o principios del
Mesozoico, hace unos ciento cincuenta millones de años. Los cuerpos ocupados
por la Gran Raza no correspondían a ningún estadio evolutivo conocido por la
ciencia; sin duda eran eslabones perdidos que no habían dejado descendencia en
nuestro planeta. Biológicamente poseían una estructura orgánica homogénea y
diferenciada, a mitad de camino entre el vegetal y el animal.
Su actividad celular y
metabólica era de tales características, que apenas sentían fatigas y no
necesitaban dormir. El alimento, ingerido mediante unos apéndices rojos en
forma de trompeta que se alojaban en uno de sus tentáculos retráctiles, era
semilíquido y en nada se parecía al de los animales hoy existentes.
Sólo poseían dos órganos de
los que llamamos nosotros sensoriales: la vista y el oído. Este último se
localizaba en unas excrecencias parecidas a flores que les crecían en la parte
superior de la cabeza. Pero, además, poseían muchos otros sentidos, incomprensibles
para mí, que nunca sabían utilizar correctamente los espíritus cautivos que
habitaban sus cuerpos. Sus tres ojos estaban situados de tal modo que les
proporcionaba un campo visual mucho más amplio que el nuestro. Su sangre era
una especie de licor verde oscuro muy espeso.
Carecían de sexo. Se
reproducían por medio de semillas o esporas que llevaban formando racimos cerca
de la base, y que germinaban solamente bajo el agua. Para el desarrollo de sus
crías utilizaban grandes estanques de escasa profundidad. Debo señalar a este
respecto que, en razón de la longevidad de esa raza -unos 400 Ó 500 años por
término medio- sólo permitían la germinación de un número muy limitado de
esporas.
Las crías defectuosas eran
eliminadas tan pronto como se manifestaba su anomalía. Al carecer de tacto e
ignorar el dolor, reconocían la enfermedad y la proximidad de la muerte
mediante síntomas accesibles a la vista o al oído.
El muerto se incineraba en
medio de grandes ceremonias. De cuando en cuando, como he dicho anteriormente,
un espíritu sagaz escapaba de la muerte proyectándose hacia el futuro; pero
tales casos no eran frecuentes. Cuando esto ocurría, el espíritu desposeído era
tratado con suma benevolencia hasta la total desintegración de su recién
adquirida morada.
La Gran Raza constituía una
sola nación, aunque de características muy variadas, según las regiones. Estaba
dividida en cuatro provincias que únicamente tenían de común las instituciones
fundamentales. En todas ellas imperaba un sistema político y económico que
recordaba a nuestro socialismo, aunque con cierto matiz fascista. La riqueza se
distribuía racionalmente. El poder ejecutivo lo detentaba una pequeña junta de
gobierno elegida mediante votación por los ciudadanos capaces de superar
ciertas pruebas psicológicas y culturales. La estructura de la familia era
sumamente laxa, aunque se reconocía la existencia de ciertos vínculos entre los
individuos del mismo linaje y los jóvenes eran educados generalmente por sus
padres.
Sus semejanzas con las
actitudes e instituciones humanas se ponían de relieve en el terreno del
pensamiento abstracto y en lo que tienen de común todas las formas de vida
orgánica. Se parecían igualmente a nosotros en aquello que nos habían copiado,
ya que la Gran Raza sondeaba el futuro para sacar de él lo que le conviniese.
La industria, mecanizada en
alto grado, exigía muy poco tiempo de cada ciudadano; las horas libres, que
eran muchas, se empleaban en actividades intelectuales y estéticas de todas
clases.
Las ciencias habían
alcanzado un nivel increíble, y el arte era un componente esencial de la vida,
aunque en el periodo de mis sueños comenzaba ya a declinar. La tecnología se
veía enormemente estimulada por la constante lucha por la supervivencia, y por
la necesidad de proteger los edificios de las grandes ciudades contra los
prodigiosos cataclismos geológicos de aquellos días primigenios.
El índice de criminalidad
era sorprendentemente bajo; una policía eficaz se encargaba de mantener el
orden. Los castigos oscilaban entre la pérdida de los privilegios y la pena de
muerte, pasando por el encarcelamiento y lo que llamaban «penalización emocional».
La justicia nunca se administraba sin estudiar minuciosamente los motivos del
criminal.
Las guerras eran poco
frecuentes, pero terribles y devastadoras. Durante los últimos milenios, aparte
algunas guerras civiles, llevaron a cabo grandes expediciones bélicas contra
los Primordiales, alados y de cabeza estrellada, que ocupaban las regiones antárticas.
Había un ejército enorme, pertrechado con unas terribles armas eléctricas
parecidas a nuestras actuales cámaras fotográficas, que se mantenía siempre
alerta por si surgiera una amenaza concreta que jamás se mencionaba, pero
relacionada, evidentemente, con las negras ruinas sin ventanas y las trampas
selladas de los subterráneos.
Jamás confesaban
abiertamente el horror que inspiraban aquellas ruinas de basalto y aquellas
trampas. A lo sumo, se referían a esos lugares prohibidos de manera recelosa.
Era igualmente significativo el hecho de que no encontrara ninguna referencia a
este temor en los libros que pude consultar. Creo que era el único tabú de la
Gran Raza, y me dio la impresión de que tenía alguna relación, no sólo con las
luchas pasadas, sino también con ese peligro futuro que un día forzaría a la
Gran Raza a enviar al futuro sus espíritus más elevados.
Todo era confuso en mis
sueños, pero este asunto en particular estaba envuelto en sombras aún más
desorientadoras. Por otra parte, las crónicas lo eludían… o habían eliminado de
ellas, por alguna razón, toda referencia a esta cuestión. En mis sueños, como
en los de los demás, no era posible descubrir pista alguna. Los miembros de la
Gran Raza silenciaban el problema, de manera que lo único que sabía era lo que
me habían contado algunas mentes cautivas de singular perspicacia.
Según me dijeron, lo que
tanto terror inspiraba a la Gran Raza eran ciertos seres espantosos y arcaicos,
parecidos a los pólipos, que llegaron desde unos universos inconmensurablemente
distantes, y dominaron la Tierra y otros tres planetas más del sistema solar,
hace seiscientos millones de años. Poseían una constitución sólo parcialmente
material -según lo que nosotros entendemos por materia-, y su tipo de
conciencia y medios de percepción diferían muchísimo de los de cualquier
organismo terrestre. Por ejemplo, carecían de vista, por lo que su mundo
perceptible era una extraña mezcla de impresiones no visuales.
Sin embargo, estas entidades
eran lo bastante corpóreas para manejar objetos materiales cuando se hallaban
en aquellas zonas cósmicas donde había materia, y necesitaban alojamientos de
un tipo muy peculiar. Aunque sus sentidos podían atravesar todas las barreras
materiales, su propia sustancia no poseía esta facultad. Determinados tipos de
energía eléctrica podían destruirlas totalmente. Podían desplazarse por el
aire, a pesar de carecer de alas o de cualquier otro medio de vuelo. Sus mentes
eran de tal índole, que la Gran Raza no había podido efectuar con ellas ningún
intercambio.
Cuando estas criaturas
llegaron a la Tierra, construyeron poderosas ciudades de basalto con grandes
torres sin ventanas, y devoraron todos los seres vivos que encontraron.
Entonces fue cuando llegaron los espíritus de la Gran Raza, procedentes de
aquel oscuro mundo transgaláctico que, según las turbadoras y discutibles
Arcillas de Eltdown, recibe el nombre de Yith.
Merced a su prodigiosa
técnica, no les fue difícil a los recién llegados sojuzgar a las voraces
criaturas y recluirlas en las cavernas subterráneas que, comunicadas con sus
torres de basalto, habían comenzado a habitar.
Luego sellaron las entradas
y, abandonando a su suerte a las criaturas ancestrales, ocuparon la mayoría de
sus grandes ciudades y conservaron algunos de sus edificios principales por
temor más que por indiferencia o interés científico o histórico,
Pero con el transcurso del
tiempo, se comenzaron a percibir ciertos signos ominosos de que las entidades
prisioneras crecían en fortaleza y número, y ensanchaban su mundo inferior. En
algunas ciudades remotas habitadas por la Gran Raza, y en ciertos pueblos
abandonados -lugares en que el mundo subterráneo no había sido sellado o
carecía de una vigilancia eficaz- se llegaron a producir irrupciones
esporádicas que revistieron un carácter especialmente horrible.
Después de aquellos conatos
de invasión adoptaron mayores precauciones y cerraron casi todos los accesos a
las regiones inferiores. En algunas bocas de entrada se colocaron trampas
selladas con objeto de disponer de ciertas ventajas estratégicas sobre los
monstruos, en caso de que consiguieran surgir por algún lugar inesperado.
Las irrupciones de estas
criaturas debieron de ser espantosas, ya que habían llegado a modificar de
forma permanente la psicología de la Gran Raza, a la que inspiraban tal horror,
que ninguno de sus miembros se atrevía a hacer comentarios sobre ellos. Por
mucho que quise, no pude obtener ni la menor descripción de su aspecto.
A lo sumo, se hacían
alusiones veladas a su proteica plasticidad, y a que atravesaban temporadas en
que se hacían visibles. En una ocasión, alguien insinuó que eran capaces de
dominar los vientos y utilizarlos con fines bélicos. Parece ser que con estos seres
se asociaban también ciertos ruidos sibilantes y determinadas huellas de pies
enormes, dotados de cinco dedos, que aparecieron en algunos parajes desolados.
Era evidente que el futuro
cataclismo tan desesperadamente temido por la Gran Raza -cataclismo que un día
arrojaría millones de espíritus superiores a los abismos del tiempo para
invadir los cuerpos extraños de una especie aún no existente- se relacionaba
con una última irrupción victoriosa de los seres primordiales encarcelados.
Mediante sus proyecciones
espirituales en el tiempo, la Gran Raza había pronosticado un horror tal, que
supondría una insensatez todo intento de afrontarlo. Los saqueos estarían
motivados por el deseo de venganza, más que por un intento de reconquistar el
mundo exterior, como demostraba la historia posterior del planeta: los
espíritus sucesores de la Gran Raza vivirían sin que su paz se viera turbada
por las entidades primordiales.
Quizás estos seres se
habituasen a los abismos interiores de la Tierra y, puesto que la luz nada
significaba para ellos, los prefiriesen a la superficie, siempre castigada por
las tempestades. Quizá, también, se fuesen debilitando en el transcurso de milenios.
Pero fuere cual fuese la causa se sabía que, para cuando los espíritus de la
Gran Raza encarnasen en los escarabajos post-humanos, la terrible amenaza
habría desaparecido por completo.
Entre tanto, no obstante la
radical eliminación del tema en conversaciones y documentos, la Gran Raza
mantenía una prudente vigilada armada. Y siempre, en todo momento, la sombra de
terror se cernía en torno a las trampas selladas y las antiquísimas torres sin
ventanas.
V
Ese es el mundo del que,
cada noche, mis sueños me traían un caos de imágenes confusas. No me creo capaz
de dar una idea exacta del horror y el espanto que tales imágenes despertaban
en mí, entre otras cosas porque lo que sentía yo dependía de algo intangible y
puramente subjetivo: la viva apariencia de pseudo-recuerdos.
Como he dicho mis estudios
me fueron protegiendo gradualmente contra esa impresión, puesto que me
suministraban toda clase de explicaciones racionales e interpretaciones
psicológicas. Esta beneficiosa influencia se vio fortalecida por la costumbre
que engendra siempre la repetición. A pesar de todo, el terror vago y solapado
me volvía de cuando en cuando. Pero no me hundía en él como antes, y a partir
de 1922 inicié una vida normal de trabajo y esparcimiento.
Con el paso de los años
empecé a pensar que mi experiencia -junto con los casos clínicos y los mitos
emparentados con el tema- debería ser resumida y publicada en beneficio de la
ciencia. Por esta razón preparé una serie de artículos que referían brevemente
todo el asunto, y los ilustré con bocetos rudimentarios de las formas, escenas,
motivos ornamentales y jeroglíficos que recordaba de mis sueños.
Estos artículos aparecieron
periódicamente, durante los años 1928 y 1929, en la Revista de la Sociedad
Americana de Psicología, pero no llamaron grandemente la atención. Entretanto
seguía tomando nota de mis sueños con el mismo interés, aun cuando el material
que se me iba amontonando adquiría dimensiones francamente excesivas.
El 10 de julio de 1934, la
Sociedad de Psicología me remitió una carta que vino a ser el preludio al
último acto de esta experiencia enloquecedora. Traía matasellos de Pilbarra
(Australia occidental), y su remitente resultó ser un ingeniero de minas sumamente
acreditado. El sobre contenía unas fotografías muy curiosas y una carta cuyo
texto reproduciré íntegramente con el fin de que todos los lectores comprendan
el tremendo efecto que produjo en mí.
Durante algún tiempo
permanecí en tal estado de perplejidad que no supe qué hacer. Aunque más de una
vez se me había ocurrido que aquellas leyendas debían de tener alguna base real
en que apoyarse, no por ello estaba preparado para enfrentarme, de repente,
nada menos que con una reliquia tangible de ese mundo perdido en la noche de
los tiempos. Allí, en aquellas fotografías, sobre un fondo arenoso, y con frío
e incontrovertible realismo, se veían unos bloques de piedra, erosionados,
roídos por las aguas, desgastados por las tempestades, pero perfectamente
reconocibles: eran los sillares -convexos en la cara superior, cóncavos por la
inferior- de las murallas gigantescas de mis sueños.
Al examinar las fotografías
con una lupa, descubrí en aquellas piedras los restos medio borrados de motivos
ornamentales y jeroglíficos curvilíneos tan horriblemente significativos para
mí. Pero aquí reproduzco la carta, que ya es elocuente por sí misma:
49 Dampier St.,
Pilbarra (Australia
Occidental)
18 de mayo, 1934.
Prof. N. W. Peaslee
c/o Soc. Americana de
Psicología
30 E. 41st St.,
New York City, U.S.A.
Muy señor mío:
Una reciente conversación
con el Dr. E. M. Boyle de Perth, junto con los artículos publicados por usted,
me han decidido a escribirle esta carta para ponerle al corriente de lo que he
visto en el Gran Desierto Arenoso, situado al este de nuestros distritos
auríferos. A juzgar por sus referencias a ciertas leyendas que hablan de
ciudades construidas con sillares ciclópeos ornados con extraños dibujos y
jeroglíficos, debo haber realizado un descubrimiento muy importante.
Los obreros indígenas
siempre han hablado mucho de unas «grandes piedras marcadas»; parece que
sienten gran temor hacia ellas y las relacionan de algún modo con sus antiguas
tradiciones sobre Buddai, gigantesco anciano que, según ellos, duerme desde
hace siglos bajo tierra, con la cabeza apoyada sobre uno de sus brazos, y que
algún día despertará y devorará el mundo.
En algunos relatos muy
antiguos y casi olvidados se mencionan enormes habitáculos subterráneos,
construidos con grandes piedras, de los que nacen unos pasadizos que conducen a
regiones cada vez más profundas, donde han sucedido cosas horribles. Los obreros
indígenas pretenden que, una vez, un grupo de guerreros fugitivos de una
batalla se introdujo por uno de esos pasadizos, y no volvió a salir. Poco
después de su desaparición surgió un viento horrible por la boca de la galería.
Pero estos relatos, por lo general, suelen ser muy poco fidedignos.
Lo que tengo que decirle es
mucho más positivo. Hace dos años, con motivo de unas prospecciones que tuvimos
que efectuar a ochocientos kilómetros al este del desierto, descubrí numerosos
bloques de piedra labrada, muy erosionados, cuyo volumen sería, aproximadamente,
de 100X60X60 cms.
Al principio no logré ver
ninguna de las señales de que hablaban mis obreros, pero al examinarlos con más
detenimiento, descubrí unas líneas profundamente cinceladas, todavía visibles a
pesar de la erosión. Eran unas curvas singulares que se ajustaban a lo que los
indígenas habían tratado de explicar. En total, habría unos treinta o cuarenta
bloques, en un área de medio kilómetro a la redonda; algunos de ellos estaban
casi totalmente enterrados en la arena.
A continuación inspeccioné
el lugar, haciendo un cuidadoso reconocimiento con mis instrumentos. De los
diez o doce bloques que me parecieron más característicos, saqué varias
fotografías. Las incluyo en la carta para que usted se forme una idea.
Di cuenta de mi
descubrimiento al Gobierno de Perth, pero no me han contestado. Poco después
conocí al Dr. Boyle, quien había leído sus artículos en la Revista de la
Sociedad Americana de Psicología y, en el curso de una conversación, mencioné
las citadas piedras. En seguida se interesó por aquello, y cuando le enseñé las
fotos, me dijo muy excitado que las piedras y las señales eran exactamente
iguales a las que usted describía.
Fue él quien pensaba haberle
escrito a usted, pero lo ha ido dejando. Mientras tanto, me envió las revistas
en donde aparecieron sus artículos. Por sus dibujos y descripciones, me he dado
cuenta de que mis piedras son, sin ninguna duda, de la misma naturaleza que las
citadas por usted, como podrá apreciar en las fotos que le envío. Más adelante
se lo ratificará el Dr. Boyle en persona.
Comprendo lo importante que
todo esto es para usted. No cabe duda de que nos hallamos ante las ruinas de
una civilización desconocida y anterior a cualquier otra, que ha servido de
base a las leyendas que usted cita.
Como ingeniero de minas
tengo conocimientos de geología y puedo asegurarle que estos bloques son tan
incalculablemente antiguos que me llenan de pavor. En su mayor parte son de
arenisca y granito, pero uno de ellos está formado, casi con toda seguridad,
por una especie de cemento u hormigón.
Todos ellos muestran las
huellas profundas de la acción del agua, como si esta parte del mundo hubiera
permanecido sumergida durante muchos siglos, para emerger nuevamente después.
Esto supone cientos de miles de años, o quizá más. No quiero pensarlo.
En vista del interés con que
usted ha investigado las leyendas y todo lo que con ellas se relaciona, no dudo
que le interesará realizar una expedición al desierto para efectuar
excavaciones. El Dr. Boyle y yo estamos dispuestos a colaborar en este trabajo
si usted o alguna organización pueden aportar los fondos necesarios para esta
empresa.
Podemos conseguir una docena
de mineros para llevar a cabo los trabajos de excavación. No hay que contar con
los indígenas, ya que sienten un temor casi obsesivo hacia ese lugar. Boyle y
yo no hemos revelado nada a nadie porque consideramos que es a usted,
naturalmente, a quien corresponde la prioridad de cualquier descubrimiento u
honor.
Desde Pilbarra, y en
tractor, podremos tardar unos cuatro días en llegar a la zona de las
excavaciones. El tractor es el medio de locomoción que empleamos para
transportar nuestros aparatos. El punto exacto al que debemos dirigirnos está
situado al suroeste de la carretera de Warburton, construida en 1873, y a unos
doscientos kilómetros al sudeste de Joanna Spring. También podríamos embarcar
la impedimenta y remontar el curso del río De Grey, en lugar de partir de
Pilbarra… Pero todo esto puede hablarse más adelante.
Las piedras están situadas,
sobre poco más o menos a 22° 3’ 14’’ latitud Sur, y 125° 0’ 39" longitud
Este. El clima es tropical y las condiciones de vida en el desierto son muy
duras.
Si usted quiere, podemos
mantener correspondencia acerca de este tema. Por mi parte, estoy
verdaderamente deseoso de colaborar en cualquier proyecto que usted decida
emprender. Después de haber leído sus artículos me siento hondamente
impresionado por el alcance de todo este asunto. El Dr. Boyle le escribirá más
adelante. Si desea usted comunicarse rápidamente conmigo puede cablegrafiar a
Perth.
Con la esperanza de recibir
prontas noticias de usted, le saluda atentamente,
Robert B. F. Mackenzie.
Los resultados inmediatos de
esta carta pueden deducirse por la prensa. Tuve la suerte de conseguir apoyo
económico de la Universidad del Miskatonic; por su parte, Mr, Mackenzie y el
Dr. Boyle resolvieron hábilmente todos los problemas que se plantearon en la
lejana Australia. No quisimos dar demasiadas explicaciones a los periodistas
sobre nuestros propósitos, ya que el asunto podía prestarse a comentarios
socarrones por parte de la prensa sensacionalista. Tan sólo se dijo que
partíamos para investigar ciertas ruinas que acababan de descubrirse en alguna
parte de Australia. En otra crónica se dio cuenta de nuestros preparativos.
Me acompañarían el profesor
William Dyer, del departamento de Geología de la Universidad (que había sido
jefe de la expedición a la Antártida, organizada por nuestra Universidad en
1930-31), Ferdinand C. Ashley, del departamento de Historia Antigua, y Tyler M.
Freeborn, del departamento de Antropología. Vendría, además, mi hijo Wingate.
Mr. Mackenzie vino a Arkham
a primeros de 1935, y colaboró en nuestros últimos preparativos. Resultó ser un
hombre de unos cincuenta años, extraordinariamente competente y afable, muy
culto también y, sobre todo, muy acostumbrado a viajar por Australia.
Había dejado varios
tractores esperándonos en Pilbarra, y fletamos un pequeño vapor para remontar
el río hasta dicha localidad. Ibamos equipados para efectuar una excavación
seria y metódica; pretendíamos examinar hasta la menor partícula de arena, sin
alterar la posición de ninguno de los objetos que descubriésemos.
Zarpamos de Boston a bordo
del Lexington, el 28 de marzo de 1935. Tuvimos un viaje apacible. Atravesamos
el Atlántico y el Mediterráneo, cruzamos el Canal de Suez, y recorrimos el Mar
Rojo y el Océano Indico, hasta llegar a nuestro punto de destino. La costa baja
y arenosa de Australia occidental me deprimió; también me produjo una impresión
desagradable la pequeña localidad minera, lo mismo que la desolada zona
aurífera donde cargamos los tractores.
El Dr. Boyle, que salió a
esperarnos, era un hombre maduro, agradable e inteligente. Sus conocimientos de
psicología le permitieron entablar largas e interesantes discusiones con mi
hijo y conmigo.
Cuando finalmente se puso en
marcha nuestra expedición, compuesta de dieciocho miembros, por las áridas
extensiones de arena y rocas, todos nos sentíamos llenos de esperanza y
ansiedad. El viernes, 31 de mayo, vadeamos un afluente del río De Grey y nos adentramos
en el reino de la absoluta desolación. A medida que avanzábamos por aquella
región que había sido escenario del mundo ancestral de mis leyendas, me empezó
a dominar un auténtico terror. Era como si los sueños turbadores y los
pseudo-recuerdos me acosaran allí con fuerza renovada.
El lunes, 3 de junio, vimos
por primera vez los bloques medio enterrados. No puedo describir la emoción con
que toqué con mis manos un fragmento de aquella sillería ciclópea, idéntica en
todos los conceptos a la de los edificios soñados. En su superficie había
huellas inequívocas del cincel, y me estremecí al reconocer el diseño
curvilíneo que, después de tantos años de atormentadas pesadillas y de
búsquedas penosas, se había convertido en un símbolo de horror.
Al cabo de un mes de
excavaciones habíamos sacado a la luz 1.250 bloques, unos más desgastados que
otros. En su mayoría se trataba de megalitos, convexos por arriba y cóncavos
por abajo. Había otros de menor tamaño, más planos y de superficie lisa, que tenían
forma cuadrada u octogonal, como los de los pavimentos de mis sueños; por
último, también descubrimos unos pocos bloques curvados, extraordinariamente
sólidos, que bien podían proceder de bóvedas o arquivoltas, o tal vez de arcos
que enmascaran unos ventanales redondos.
A medida que avanzábamos en
la excavación, ahondando en dirección noroeste, descubríamos más bloques
sueltos; pero no tropezamos con ningún rastro de construcción. El profesor Dyer
estaba impresionado por la desmesurada edad de aquellas piedras, en las que
Freeborn halló ciertos símbolos que parecían coincidir con algunas leyendas
papúes y polinesias de tiempo inmemorial. El estado en que se hallaban los
bloques y lo enormemente esparcidos que estaban, hacían pensar en abismos
vertiginosos de tiempo y cataclismos geológicos de cósmica violencia.
Disponíamos de una avioneta
y mi hijo Wingate la utilizaba para inspeccionar, desde alturas diferentes, el
inmenso desierto de roca y arena, en busca de contornos o desniveles de terreno
que denotasen la presencia de nuevos bloques o estructuras arquitectónicas. Sus
resultados fueron, sin embargo, negativos, pues siempre que creía haber
observado algún indicio interesante, al día siguiente se encontraba con que
había desaparecido a consecuencia de los movimientos de la arena arrastrada por
el viento.
Una o dos de estas pistas
efímeras, no obstante, me afectaron desagradablemente. Era como si armonizaran
horriblemente con algo que había soñado o había leído, aunque no lograba
recordar qué. Y se me despertó una tremenda sensación de familiaridad, que me
hizo mirar con recelo aquel terreno estéril y abominable.
En la primera semana de
julio empecé a sentir una inexplicable mezcla de emociones, ante los parajes
que se extendían al nordeste del campamento. Era horror y curiosidad… y algo
más: era como una ilusión desconcertante y tenaz de que todo aquello me era conocido.
Traté de quitarme esas ideas
de la cabeza con toda clase de argumentos psicológicos. También empecé a
padecer de insomnio, pero esto casi me alegró, porque durmiendo menos, tenía
menos tiempo para soñar. Adquirí la costumbre de dar largos paseos de noche, yo
solo por el desierto. Solía dirigirme adonde mis extraños y nuevos impulsos me
empujaban inconscientemente: hacia el norte o el nordeste.
Durante estos paseos me
tropezaba, a veces, con restos casi sepultados de antiguas sillerías. Aunque en
esta zona se veían menos bloques que en el lugar donde habíamos empezado
nuestros trabajos, estaba seguro de que debían abundar bajo tierra. El terreno
era más accidentado que en nuestro campamento, y soplaban con fuerza unos
vientos que arrastraban las dunas, dejando al descubierto porciones de rocas
antiguas para ocultarlas después.
Yo estaba ansioso por
iniciar las excavaciones en esta zona y, al mismo tiempo, tenía miedo de lo que
pudiéramos descubrir. Bien claro veía que mi nerviosismo empeoraba
inexplicablemente.
Como muestra de mi pésimo
equilibrio mental, citaré la extraña reacción que tuve ante un singular
descubrimiento que hice en uno de mis paseos nocturnos. Fue la noche del 11 de
julio. La luz de la luna inundaba el paisaje con su misteriosa palidez sobrenatural.
Esa noche me alejé algo más
que de costumbre y descubrí una piedra grande, muy distinta de los bloques que
habíamos desenterrado hasta entonces. Estaba casi totalmente sepultada. Me
agaché y aparté la arena con las manos; luego la examiné atentamente a la luz
de mi linterna.
A diferencia de los demás
sillares éste estaba tallado en ángulos perfectamente rectos, sin superficies
cóncavas ni convexas. Parecía de basalto, no de granito, ni de arenisca u
hormigón, como los otros.
Súbitamente me incorporé, di
la vuelta y eché a correr a toda velocidad hacia el campamento. Fue una huida
completamente inconsciente e irracional, y sólo cuando estuve cerca de mi
tienda comprendí por qué había huido. Entonces descubrí el motivo de mi horror.
Con piedras como aquélla había soñado yo; a ellas se referían también las
leyendas ancestrales, y siempre aparecían vinculadas a los más espantosos
horrores de aquella remota edad legendaria.
La piedra había formado
parte de las ruinas basálticas que inspiraban a la fabulosa Gran Raza un santo
temor; era un vestigio de aquellas altas torres sin ventanas que construyeron
las terribles criaturas semimateriales, las que dominaban los vientos, que
luego fueron confinadas en los abismos inferiores, bajo losas selladas y
vigiladas día y noche.
Permanecí sin poderme dormir
hasta el alba; al clarear el día, comprendí que era necio dejarme dominar por
la sombra de una quimera imposible. En vez de asustarme debería haber sentido
entusiasmo ante un descubrimiento capital.
Al levantarnos todos conté a
los demás mi hallazgo. Dyer, Freeborn, Boyle, mi hijo y yo, salimos a ver el
extraño bloque. Pero sufrimos una decepción. Yo no podía precisar el lugar
exacto de la piedra, y el viento había alterado por completo el paisaje de
dunas arenosas.
VI
Llego ahora a la parte
crucial de mi aventura, la más difícil de relatar, puesto que ni siquiera estoy
completamente seguro de que sea cierta. A veces siento la penosa convicción de
que no fue un sueño ni una pesadilla, y es esa duda, precisamente -habida
cuenta de las trascendentales consecuencias que implicaría mi experiencia, de
ser efectivamente real-, la que me impulsa a escribir esta relación.
Mi hijo -que es un psicólogo
competente, y que además ha estudiado el asunto a fondo y con cariño- podrá
juzgar mejor que nadie lo que voy a decir.
Permítaseme, antes que nada,
contar una serie de hechos que mis compañeros de expedición pueden corroborar.
En la noche del 17 al 18 de julio, después de un día ventoso, me retiré
temprano, pero no pude dormirme. Poco después de las once, decidí salir a dar
un paseo. Como de costumbre, impulsado por mi extraña desazón, enderecé mis
pasos hacia el nordeste. Al abandonar el campamento me crucé con uno de
nuestros mineros -un australiano llamado Tupper-, y nos saludamos.
La luna, en cuarto menguante
ya, brillaba en el cielo claro e inundaba aquellas arenas ancestrales con un
resplandor lívido, leproso, que para mí tenía cierto matiz de perversidad. Ya
no hacía viento y, hasta unas cinco horas después, no se volvió a levantar el
más ligero soplo, como pueden atestiguar Tupper y los otros que me vieron
caminar por las dunas en dirección nordeste.
A eso de las tres y media de
la madrugada se levantó un furioso vendaval que despertó a todo el mundo y
derribó tres tiendas. El cielo estaba despejado, y el desierto brillaba aún
bajo el resplandor enfermizo de la luna. Cuando mis compañeros de expedición
fueron a reconocer las tiendas notaron mi ausencia; pero conociendo mi
costumbre de pasear no se alarmaron. No obstante, tres de nuestros hombres
-precisamente australianos los tres- dijeron que notaban algo siniestro en el
ambiente.
Mackenzie le explicó al
profesor Freeborn que tales presentimientos se debían a la influencia de
ciertas supersticiones de los nativos relacionadas con los fuertes vientos que,
de tarde en tarde, azotaban las arenas bajo un cielo claro. Según murmuraban tales
vientos surgían de grandes «cabañas» subterráneas de piedra, donde habían
sucedido cosas terribles, y sólo soplaban en las proximidades de las grandes
piedras marcadas. A eso de las cuatro cesó el viento tan repentinamente como
había empezado, dejando unas dunas de formas insólitas y nuevas.
Eran las cinco pasadas. La
luna, hinchada y fungosa, se hundía ya en occidente cuando me presenté en el
campamento, tambaleante, sin sombrero, sin linterna, con las ropas desgarradas
y el rostro arañado y cubierto de sangre. La mayoría de los hombres se había
vuelto a acostar. Sólo el profesor Dyer estaba fuera, fumando en pipa delante
de su tienda. Al verme en aquel estado, llamó al Dr. Boyle, y entre los dos me
acostaron en mi tienda. Mi hijo se despertó al oír el alboroto y se unió
inmediatamente a ellos. Entre los tres, me obligaron a permanecer echado hasta
que cogiera el sueño.
Pero no me pude dormir. Me
hallaba en un estado de excitación extraordinario. Lo que me había sucedido en
nada se parecía a mis experiencias anteriores. Más tarde insistí en
relatárselo.
Les conté que, después de
caminar un rato, me sentí cansado y decidí tumbarme en la arena y dormir un
poco. Les dije que entonces tuve unos sueños aún más espantosos que los de
otras veces, y al despertarme violentamente el repentino huracán, mis nervios
sobreexcitados estallaron. Huí, preso de pánico, tropezando con las piedras
medio enterradas, cayendo al suelo a cada paso y destrozándome las ropas de ese
modo. Debí quedarme dormido mucho tiempo; de ahí mi larga ausencia.
Gracias a un enorme esfuerzo
de voluntad conseguí no traicionarme. Así, pues, nada dije que pudiera hacerles
sospechar algo fuera de lo normal. Sí les indiqué, en cambio, que era necesario
cambiar todos los planes de trabajo y no seguir excavando en dirección
nordeste.
Las razones que aduje eran
bien inconsistentes: dije que en esa dirección había muy pocos bloques, que no
convenía contrariar a los mineros supersticiosos, que quizá la Universidad
redujera su subvención, y otros muchos desatinos y mentiras. Como es natural,
nadie prestó la menor atención a tales argumentos; ni siquiera mi hijo, cuya
preocupación por mi salud era evidente.
Al día siguiente me levanté
y estuve vagando por el campamento, pero no tomé parte en las excavaciones. A
causa de mi estado de nervios decidí regresar a casa lo antes posible, y mi
hijo me prometió llevarme en la avioneta hasta Perth -a casi dos mil kilómetros
al sudoeste- en cuanto hubiera inspeccionado la región que yo no quería de
ninguna manera que se inspeccionara.
Se me ocurrió que, si lo que
yo había contemplado estaba todavía a la vista, tal vez aquello podía servir de
advertencia a mis compañeros, aun a costa de hacer yo el ridículo. Era muy
probable que me secundaran los mineros, tan empapados de supersticiones
locales. Accediendo a mis deseos mi hijo sobrevoló esa tarde todo el terreno
por donde había paseado yo la noche anterior. Pero ya no había nada anormal.
Lo mismo que había sucedido
con el bloque de basalto, sucedió esta vez: la arena había borrado toda señal
de mi descubrimiento. Por un instante casi lamenté haber perdido cierto objeto
espantoso en mi huida…, pero ahora sé que debo dar gracias a Dios por ello, ya
que, así, aún me cabe la posibilidad de explicar mi terrible aventura como una
simple ilusión, sobre todo si, como espero fervientemente, no consiguen
encontrar jamás ese abismo diabólico.
Wingate me llevó a Perth el
20 de julio; pero no quiso abandonar la expedición, y regresó al desierto.
Estuvimos juntos hasta el 25 de julio, día en que el vapor zarpó con rumbo a
Liverpool. Ahora, en el camarote del Empress, después de mucho meditarlo, he
decidido que al menos mi hijo se entere de todo.
Hasta aquí he hablado de
hechos sabidos, de hechos que se pueden comprobar. He querido exponerlos de
este modo para salir al paso de cualquier eventualidad. Ahora contaré, lo más
brevemente posible, lo que yo viví y sentí aquella noche, cuando me ausenté del
campamento.
Con los nervios de punta,
dominado por esa perversa ansiedad que me impulsaba hacia el nordeste, caminé
bajo el resplandor maléfico de la luna. Por todas partes había bloques de
piedra medio sepultados por la arena, abandonados desde tiempo inmemorial.
La edad incalculable del
desierto, y la torva amenaza que flotaba sobre él como un aura, me oprimían más
que nunca; sin poderlo evitar, recordé mis sueños dislocados, las espantosas
leyendas en que se basaban, y el terror que el desierto inspiraba, con sus
cavernas de piedra, a los nativos y a los mineros.
Y sin embargo, seguí
caminando como si acudiese a una cita horrible, cada vez más acometido de
turbadoras fantasías y pseudo-recuerdos. Pensé en algunas de las
configuraciones de ciertos montículos que había visto desde la avioneta, y me
pregunté por qué razón me parecían tan siniestras y familiares. Algo horrible
pugnaba por forzar las puertas de mi memoria, mientras otra fuerza desconocida
trataba de cerrarle el paso.
La noche estaba en calma,
sin viento, y la arena pálida ondulaba como las olas de una mar inmóvil. Yo iba
sin rumbo, pero como empujado por la mano del destino. Mis sueños se derramaban
en el mundo vigil, y se me antojaba que cada megalito clavado en la arena
pertenecía a alguno de los infinitos recintos y corredores prehumanos,
cubiertos de bajorrelieves, jeroglíficos y símbolos, que tan bien conocía yo.
A ratos me parecía ver
incluso aquellos monstruos cónicos, omniscientes, atareados en sus trabajos
cotidianos, y no me atrevía a mirar mi cuerpo por miedo a verlo como el de
ellos. Alucinación y realidad se superponían. Veía los bloques medio
enterrados, y a la vez, los aposentos y corredores; veía el malévolo resplandor
de la luna, y a la vez las lámparas de luminoso cristal; y en el desierto, los
helechos ondulaban bajo las redondas ventanas. Estaba despierto, y al mismo
tiempo, soñaba.
No sé durante cuánto tiempo,
o hasta dónde, ni, verdaderamente, en qué dirección exacta había caminado,
cuando percibí por primera vez el montón de piedras desenterradas por el
viento. Nunca había visto una agrupación tan grande de piedras en el curso de
nuestras excavaciones, y me sentí tan impresionado, que al punto se
desvanecieron todas mis visiones fabulosas.
Ya no vi más que el
desierto, la luna malévola y las ruinas de un pasado insospechado y remoto. Me
acerqué a examinarlas con la luz de mi linterna. El viento había dejado al
descubierto una aglomeración chata y circular de megalitos y rocas algo
menores, de unos quince metros de diámetro y unos dos metros de altura.
Desde el primer momento me
di cuenta de que en estas piedras había algo que las diferenciaba de todas las
demás. Por una parte eran más numerosas; pero además, mostraban unas figuras
grabadas en sus caras que llamaban poderosamente la atención.
Pero los bajorrelieves eran
muy parecidos a los que habíamos estudiado en otros sillares. La diferencia era
mucho más sutil. Cada bloque, aisladamente, no me decía nada; la impresión me
la producía el abarcar el conjunto con una sola mirada.
Y por fin comprendí la
verdad. Los dibujos curvilíneos de aquellos bloques se relacionaban entre sí,
formando parte de un mismo motivo ornamental. Por primera vez se me daba el
descubrir, en este desierto antiquísimo, un núcleo arquitectónico que conservara
su emplazamiento original. La obra de sillería estaba derruida y fragmentada,
es cierto, pero su unidad era evidente.
Comencé a trepar penosamente
por el montón de piedras. Aparté la arena con las manos. Me esforcé por
interpretar las variaciones de tamaño, forma y estilo de los dibujos, en busca
del nexo que existía entre ellos.
Al cabo de un rato logré
adivinar vagamente la índole de la estructura desaparecida, y recomponer
mentalmente los dibujos que un día cubrieron los muros primitivos. La perfecta
identidad de estos detalles con los de algunos escenarios de mis sueños me dejó
mudo de horror.
Aquellas ruinas pertenecían
a un corredor ciclópeo de diez metros de ancho y otros tantos de alto,
pavimentado con losas octogonales y cubierto por una sólida bóveda. A la
derecha se abrirían sin duda varias estancias y, de su extremo más alejado,
arrancaría uno de aquellos planos inclinados que conducían a otros sótanos más
profundos aún.
Al ocurrírseme esta idea
sufrí un violento sobresalto. La verdad es que no podía haberme venido a la
cabeza por la sola visión de aquellos bloques.
¿Cómo sabía yo que este
corredor correspondía a un sótano? ¿Cómo sabía que la rampa de subida tenía que
haberse hallado detrás de mí? ¿Cómo sabía que el largo pasillo subterráneo que
conducía a la Plaza de los Pilares debería estar situado a mi izquierda, en el
piso inmediatamente superior?
¿Cómo sabía yo que la sala
de máquinas y el túnel que llevaba hasta los archivos centrales debieron estar
situados dos plantas más abajo? ¿Cómo sabía que en el fondo, cuatro plantas más
abajo, habría una de aquellas horribles trampas selladas? Aturdido por aquella
irrupción del mundo de mis sueños, me di cuenta de que estaba temblando y
bañado en un sudor frío.
Luego, como último detalle
intolerable, sentí una débil corriente de aire frío que ascendía a ras de suelo
desde una depresión cercana al centro del montón de rocas. Como antes, mis
visiones desaparecieron repentinamente y me encontré nuevamente bajo la luz
perversa de la luna, en medio del desierto severo, ante el túmulo arcaico y
derruido. Me hallaba, en verdad, en presencia de algo real y tangible, aunque
henchido de misterios infinitos, ya que aquella corriente de aire sólo podía
significar la presencia de un abismo enorme, oculto bajo los megalitos de la
superficie.
Lo primero que me vino a la
cabeza fueron las leyendas locales sobre recintos subterráneos, ocultos bajo
las rocas talladas, en donde suceden cosas horrorosas y nacen los vendavales.
Después, volvieron mis sueños y sentí que los oscuros pseudo-recuerdos se
agolpaban en mi mente. ¿Qué clase de lugar había debajo de mí? ¿Qué fuente
primaria e inconcebible de ciclos mitológicos y de obsesionantes pesadillas
estaba a punto de descubrir?
Sólo vacilé un instante. Al
momento se apoderó de mí una fuerza más acuciante que la curiosidad, el interés
científico y más aun que mi propio terror.
Tuve la sensación de que me
movía casi automáticamente, como impulsado por un destino inexorable. Me guardé
la linterna en el bolsillo y, con una energía que jamás creí poseer, arranqué
un fragmento enorme de roca, y luego otro, y otro, hasta que brotó de las
profundidades una fuerte corriente cuya humedad contrastaba con el aire seco
del desierto. Comenzó a perfilarse una negra hendidura, y al final, una vez
apartadas todas las rocas que pude mover, la leprosa luz de la luna reveló una
abertura lo bastante ancha para darme paso.
Saqué mi linterna y enfoqué
su luz en las tinieblas. El caos de piedras desmoronadas formaba una abrupta
pendiente hacia abajo.
Entre ella y el nivel del
desierto se abría, bostezante, un abismo de impenetrable negrura. En la parte
superior se veía el arranque de una bóveda de enormes proporciones, de suerte
que, en aquel punto, las arenas del desierto se extendían directamente sobre
una de las plantas de un edificio gigantesco, construido en los mismos albores
de la Tierra… Cómo se conservaba después de millones de años, y después de
tantas convulsiones geológicas, es cosa que ni siquiera pretendí entonces -ni
ahora tampoco- adivinar.
Cada vez que lo pienso, la
sola idea de bajar a ese abismo así, de pronto, yo solo, y sin que nadie
conociese mi paradero, se me antoja el colmo de la locura. Quizá lo fuese, pero
aquella noche me aventuré sin vacilar por aquellas tinieblas subterráneas.
De nuevo se manifestó el
impulso fatal que parecía dirigir mis actos desde el principio. Encendiendo la
linterna a ratos para no gastar pila, emprendí un descenso disparatado por el
tenebroso declive. Cuando encontraba buen punto de sujeción para los pies y
manos, avanzaba de frente; si no, me volvía de cara al montón de piedras para
agarrarme a tientas.
Con ayuda de la linterna
descubrí a ambos lados de la pendiente, oscuros y distantes, los muros
deshechos de la caverna. Frente a mí, en cambio, sólo había oscuridad.
En el curso de mi bajada
perdí la noción del tiempo. Me encontraba tan agitado, tan lleno de vagos
recelos y sospechas, que la realidad objetiva me parecía incalculablemente
alejada. No experimentaba ninguna sensación física; incluso el miedo se había
petrificado como una gárgola inerte, incapaz de despertar mi terror.
Por último llegué al suelo
sembrado de bloques caídos, pedazos de roca, arena y detritus de todo género. A
ambos lados, y a unos diez metros, se alzaban los muros macizos que culminaban
en inmensas arquivoltas. Aunque con dificultad, se veía que estaban esculpidas,
pero era imposible distinguir la naturaleza de las esculturas.
Lo que más me impresionó fue
el techo abovedado. La luz de la linterna no conseguía iluminarlo, pero sí
permitía distinguir con claridad el arranque de los monstruosos arcos. Y tan
exacta era su similitud con lo que había soñado, que me estremecí violentamente,
sobrecogido de horror.
Allá arriba, en la abertura,
una débil mancha luminosa delataba el mundo exterior bañado por la luz de la
luna. Una vaga alarma del instinto me aconsejaba no perderla de vista, ya que
era la única referencia para mi regreso.
Avancé hacia el muro de la
izquierda, cuyos motivos ornamentales se conservaban mucho mejor. El suelo,
lleno de escombros, ofrecía casi tantas dificultades como la pendiente por la
que acababa de descender, pero me las arreglé para abrirme paso.
No recuerdo cuánto había
avanzado cuando me detuve, levanté unos bloques, aparté con el pie los cascotes
para ver el pavimento, y me quedé estupefacto al reconocer las grandes losas
octogonales, que aún se mantenían unidas.
Al llegar a una distancia
conveniente del muro, paseé detenidamente la luz de la linterna sobre las
desgastadas cinceladuras. Se notaba que el agua había erosionado la piedra
arenisca, pero en su superficie se distinguían unas incrustaciones muy curiosas
que no me sería posible explicar.
En algunos sitios las
piedras estaban muy sueltas, casi desprendidas. Me preguntaba durante cuántos
miles de años más podría conservar su forma este edificio primigenio,
soportando las sacudidas de la tierra.
Pero fueron los motivos
ornamentales lo que más me impresionó. A pesar de su estado de erosión podían
distinguirse de cerca con relativa facilidad, y fue una oleada de pánico lo que
sentí al ver lo familiares que me resultaban. Pero, en fin de cuentas, no era
extraño que esta venerable obra arquitectónica me resultara tan familiar.
En efecto, sus
características esenciales debieron impresionar terriblemente a los que
forjaron los mitos, quienes las incorporaron a sus teorías esotéricas. El
estudio de tales teorías, que llevé a cabo durante mi periodo de amnesia, había
impreso imágenes muy vivas en mi subconsciente.
Pero, ¿cómo explicar la
absoluta exactitud con que concordaba cada línea y cada espira de esos dibujos
extraños, con los motivos ornamentales que había soñado yo durante más de
veinte años? ¿Qué oscura y olvidada iconografía era capaz de reproducir, con todo
detalle, los dibujos que tan persistente, puntual e invariablemente visitaban
mis sueños noche tras noche?
No se trataba, pues, de
ninguna casualidad, ni de un semejanza remota. Puedo afirmar, sin la menor
sombra de duda, que el antiquísimo corredor en el que me encontraba, me era tan
familiar como mi propia casa de Crane Street, en Arkham. Es cierto que mis sueños
me habían mostrado el lugar en su estado original, aún no deteriorado, pero no
por eso era menos asombrosa la identidad. En esta reliquia de un pasado real,
me podía orientar con sobrecogedora facilidad.
En una palabra sabía dónde
estaba. Y no sólo conocía la disposición del edificio, sino también la
situación de éste en aquella ciudad soñada. Me daba cuenta con insoslayable
certidumbre de que era capaz de dirigirme a cualquier punto de aquella
construcción o de aquella ciudad escapada al paso de los tiempos. En nombre del
Cielo, ¿qué significaba todo aquello? ¿Cómo había llegado a saber lo que sabía?
¿Qué tremenda realidad se ocultaba tras aquellos relatos antiguos de seres que
habían vivido en este laberinto de rocas primordiales?
Las palabras sólo pueden
expresar un pálido reflejo del tumultuoso horror que me consumía por dentro.
Conocía este lugar. Sabía lo que había debajo de mí, y recordaba las
innumerables plantas que se habían alzado sobre el corredor en el cual me
encontraba, antes de que se desintegraran en polvo, ruinas y desierto. Pensé
con estremecimiento que el débil resplandor lunar que se filtraba por la
abertura ya no me era tan necesario.
Me sentía desgarrado entre
un deseo loco de huir y una curiosidad febril por continuar el camino que me
señalaba mi fatalidad. ¿Qué había sucedido en esta megalópolis monstruosa
durante los millones de años transcurridos desde la época remota en que se centraban
mis sueños? De todos los laberintos subterráneos que habían minado la ciudad,
comunicando entre sí las torres gigantescas, ¿cuántos habían resistido las
conmociones de la corteza terrestre?
¿Había dado con todo un
mundo primigenio, enterrado bajo las arenas? ¿Sería capaz de encontrar aún la
casa del maestro escribano, la torre donde S'gg'ha, cautivo de la raza de
carnívoros vegetales de cabeza estrellada, procedente de la Antártida, había labrado
ciertas ilustraciones en los entrepaños vacíos de los muros?
¿Estaría aún abierto y
transitable, en el segundo sótano, el corredor que daba acceso a la sala de los
espíritus cautivos? En aquella sala, el espíritu de un ser increíble y
semiplástico que habitará en el vacío interior de un desconocido planeta
transplutoniano, dentro de dieciocho millones de años, guardaba una figurilla
de terracota modelada por él mismo.
Cerré los ojos y puse todo
mi empeño en un inútil y supremo esfuerzo por apartar de mi conciencia estos
residuos de sueños quiméricos. Entonces percibí, inequívocamente, una corriente
de aire frío y húmedo que brotaba de abajo. A mis pies, no muy lejos de donde
estaba, se abría, sin duda alguna, una inmensa sucesión de negros abismos que
llevaban miles y miles de años silenciosos y vacíos.
Pensé en las cámaras
tenebrosas, en los corredores y los planos inclinados, tal como los había visto
en mis sueños. ¿Estaría abierto aún el paso a los archivos centrales? Al evocar
los terribles documentos que una vez estuvieron guardados en aquellos estuches
de metal inoxidable, me sentí de nuevo impulsado por la fuerza del destino.
Según mis sueños y las
leyendas que conocía, allí había reposado toda la Historia pasada y futura del
continuo tempo-espacial, redactada por espíritus capturados en todo el orbe y
en todas las épocas del sistema solar. Puro delirio, por supuesto; pero ¿acaso
no acababa de sumergirme en un mundo fantasmagórico, tan loco como yo?
Pensé en los estantes
metálicos y en sus curiosas cerraduras, que sólo se abrían tras complicados
giros de sus manivelas. Incluso me vino a la memoria el mío de manera muy
vívida. ¡Cuántas veces había llevado a cabo aquella complicada rutina de giros
y presiones, en la sección del último sótano, dedicado a los vertebrados
terrestres! Cada detalle me resultaba reciente y familiar.
De encontrar algún cofre
como los de mis sueños, sería capaz de abrirlo en un momento… Y entonces perdí
completamente el juicio. La locura se apoderó de mí, y saltando por encima de
los escombros, tropezando en la oscuridad, me lancé en busca de la rampa que
-bien lo sabía yo- conducía a las profundidades inferiores.
VII
A partir de ese momento mis
impresiones son muy poco fidedignas. Realmente aún abrigo la desesperada
esperanza, por así decir, de que todo haya sido un sueño, una horrenda
fantasmagoría provocada por el delirio. Me acometió un furioso ataque de
fiebre; todo lo veía como a través de una especie de neblina y, a veces,
incluso de manera intermitente.
Los rayos de mi linterna se
proyectaban débilmente en el abismo de las tinieblas, revelando retazos
fugaces, horriblemente familiares, de muros y cinceladuras deteriorados por el
paso de los siglos. En un sitio se había derrumbado una enorme porción de bóveda,
de manera que hube de trepar por encima del montón de escombros, que casi
llegaba hasta el destrozado techo.
Avanzaba en un increíble
estado de enajenación empeorado aún más por aquel rapto de furia. Una cosa me
resultaba extraña, y eran mis propias dimensiones en relación con el tamaño de
la construcción. Me sentía oprimido por un inusitado sentimiento de pequeñez;
como si, vistas desde un cuerpo humano, aquellas paredes ciclópeas tomaran un
carácter nuevo y anormal. Una y otra vez me miraba vagamente desasosegado por
mi propia forma humana.
Continué avanzando en la
negrura saltando y sorteando obstáculos de todo género. En varias ocasiones
resbalé y caí, desgarrándome la ropa. Una de las veces a punto estuve de romper
la linterna en pedazos. Cada piedra y cada rincón de aquel abismo endemoniado
me resultaba conocido. A menudo me detenía a pasear el haz de la linterna por
los pasajes abovedados, no por cegados y derruidos menos familiares.
Algunos recintos se habían
venido abajo por completo; otros estaban desiertos o llenos de escombros, En
unos cuantos vi unas masas de metal -algunas, relativamente intactas; otras,
rotas, y otras machacadas y totalmente destruidas-, en las que reconocí los
ciclópeos pedestales o mesas de mis sueños.
Encontré la rampa
descendente y comencé a bajar… Un momento después me detuve ante una grieta que
tendría algo más de un metro por su parte más estrecha. En aquel punto el suelo
se había hundido, revelando el negro vacío de las profundidades inferiores.
Yo sabía que aún había dos
plantas subterráneas más en este edificio gigantesco, y me estremecí con
renovado pánico al recordar las trampas selladas del más profundo de los
sótanos, Ya no había guardianes que las vigilaran. Hacía muchísimo tiempo que
las criaturas encerradas bajo aquellas losas de piedra habían cumplido su
espantosa misión, y ahora se hallarían cada vez más hundidas en su larga
decadencia. Para cuando llegase la era de los escarabajos post-humanos, ya
habrían desaparecido por completo. Y sin embargo, al pensar en lo que contaban
los nativos, no pude evitar otro estremecimiento.
Me costó un gran esfuerzo
saltar aquella hendidura. El suelo estaba lleno de escombros y no me permitía
tomar impulso. Pero me seguía incitando la locura. Escogí un punto cercano al
muro de la izquierda, porque allí la grieta era más estrecha y al otro lado
había poco cascote. Tras un instante de ansiedad aterricé felizmente en la otra
parte.
Por último llegué a la
planta inferior y crucé la sala de máquinas, llena de fantásticos restos
metálicos, medio enterrados bajo las bóvedas desplomadas. Todo estaba donde yo
sabía que debía estar y, muy seguro de mí mismo, escalé los escombros que obstruían
la entrada de un gran corredor transversal que debía llevarme, por debajo de la
ciudad, a los archivos centrales.
Mientras avanzaba, saltando
y tropezando por aquel corredor, pareció desplegarse ante mí el panorama de
todas las edades del mundo. A cada paso descubría cinceladuras en los muros
desgastados por el tiempo: unas, familiares; otras, añadidas seguramente en un
periodo posterior a mis sueños. Como se trataba de un pasadizo subterráneo que
comunicaba diversos edificios sólo en las aberturas que daban acceso a ellos
había pórticos laterales.
En algunos de estos pórticos
me asomé a echar una mirada. Conocía los lugares aquellos demasiado bien. Sólo
en dos ocasiones encontré cambios radicales con respecto a mis sueños, pero en
una de ellas pude descubrir los contornos tapiados de la entrada que recordaba
yo.
Al pasar por la cripta de
una de aquellas grandes torres ruinosas, sin ventanas, cuya extraña
construcción de basalto indicaba su espantoso origen, sentí que me invadía una
oleada de horror y eché a correr precipitadamente, para atravesarla cuanto
antes.
Esta cripta tenía una bóveda
de medio punto, de unos setenta y cinco metros de parte a parte. No vi grabado
alguno en sus muros ennegrecidos. El suelo, totalmente desnudo, aparte el polvo
y la arena, me permitió distinguir sendas aberturas, situadas en el techo y en
el suelo. No había escaleras ni rampas, Verdaderamente, yo sabía por mis sueños
que aquellas torres negras no habían sido habitadas jamás por la fabulosa Gran
Raza. Y sin duda quienes las habían construido no necesitaban de escaleras ni
de rampas.
En mis sueños la abertura
del suelo había estado bien sellada y custodiada celosamente. Ahora estaba
abierta como una boca inmensa, bostezante, que exhalaba un aliento frío y
húmedo. No quise imaginar de qué abismos de oscuridad eterna podía brotar aquel
hálito.
Después me abrí camino por
un sector del pasadizo que se hallaba en mal estado, y llegué por fin a un
punto donde la techumbre se había hundido completamente. Los escombros se
elevaban como una montaña; trepé hasta su cima, y me encontré, de pronto, ante
un espacio vacío, en el que la luz de mi linterna no revelaba ni muros ni
bóvedas. Este -pensé- debe de ser un sótano de la casa de los proveedores de
metal. Estaba situada en la tercera plaza, no lejos de los archivos. No pude
adivinar lo que había sucedido allí.
Al otro lado de la montaña
de cascotes y piedras volví a reanudar mi camino por el corredor; pero, después
de un corto trecho, me encontré con que no podía pasar adelante: los escombros
casi tocaban el techo, peligrosamente combado. No sé cómo me las arreglé para
extraer los bloques y apartarlos violentamente hasta abrirme paso. Tampoco sé
cómo me atreví a quitar aquellos fragmentos encajados firmemente, cuando la
menor ruptura del equilibrio podía haber provocado el derrumbe de muchas
toneladas de roca, aplastándome irremediablemente.
Era sin duda la locura lo
que me empujaba y me guiaba… si es que aquella aventura subterránea no fue
-aunque yo así lo espero- una ilusión infernal o el producto de una pesadilla.
Pero fuese sueño o realidad, el caso es que logré abrirme paso y pude arrastrarme,
con la linterna en la boca, por encima del montón de cascotes. Una vez al otro
lado sentí que me arañaban las fantásticas estalactitas del techo.
Me encontraba ahora cerca
del gran recinto subterráneo de los archivos que, al parecer, constituía mi
objetivo. Me dejé caer por el lado opuesto de la barrera, y reanudé la marcha
por el corredor, encendiendo sólo a ratos la linterna para ahorrar pila. Por
último llegué a una cripta baja, circular, que se hallaba en un maravilloso
estado de conservación, y en cuyos muros se abrían arcos en todas direcciones.
Los muros, al menos hasta
donde alcanzaba la luz de mi linterna, mostraban gran profusión de jeroglíficos
y ornamentos curvilíneos, algunos de los cuales habían sido añadidos después
del periodo de mis sueños.
Seguí caminando, empujado
por esa fuerza inexorable de mi destino, y torcí inmediatamente a la izquierda,
por un acceso que me era familiar. Estaba seguro de encontrar despejadas las
rampas de todos los pisos. Este edificio subterráneo que albergaba los anales
de todo el sistema solar, había sido construida con suprema habilidad, dándole
una solidez tal que duraría tanto como la Tierra misma.
Los bloques, de proporciones
inmensas, habían sido equilibrados con exactitud matemática y unidos con
cementos de dureza tan grande, que constituían una mole firme como el núcleo
rocoso del propio planeta. Después de incontables milenios esta mole enterrada
conservaba intactos sus contornos; sus vastos pavimentos estaban cubiertos de
polvo, pero no había escombros por parte alguna.
La facilidad con que podía
caminar, a partir de este momento, se me subió a la cabeza. Toda la frenética
ansiedad, contenida hasta aquí por los muchos obstáculos que me habían impedido
la marcha, se desbordó en una especie de prisa febril, y eché a correr
-literalmente- por los pasillos de techo bajo que se extendían más allá del
arco de la entrada.
Ya no sentía ningún asombro
al reconocer todo lo que me rodeaba. A uno y otro lado se distinguían las
grandes puertas de los estantes metálicos, cubiertas de jeroglíficos. Algunas
de ellas seguían en su sitio; otras estaban forzadas, y otras, dobladas y retorcidas
por fuerzas geológicas del pasado que, sin embargo, no habían conseguido
destrozar la titánica construcción.
Aquí y allá, al pie de los
estantes abiertos, se veían montones cubiertos de polvo que señalaban el lugar
donde habían caído los estuches, derribados por las sacudidas de la tierra. En
diversos pilares había grabados símbolos y letras que indicaban el tipo de
volúmenes allí clasificados.
Me detuve ante uno de los
cofres abiertos, en cuyo fondo descubrí algunos de los acostumbrados estuches
de metal, ordenados todavía, pero cubiertos por la omnipresente arena. Me
acerqué, extraje uno de los ejemplares más manejables y lo coloqué en el suelo
para examinarlo. El título estaba escrito, como habitualmente, en jeroglíficos
curvilíneos, aunque en la ordenación de ésos me pareció advertir un cambio
sutil.
Su sencillo mecanismo de
cierre, en forma de gancho, me era perfectamente conocido. Levanté, pues, la
tapa, que no se había oxidado, y saqué el volumen de su interior. Como esperaba
tenía unos cincuenta por treinta y cinco centímetros de superficie, y como
cinco centímetros de grosor. Las cubiertas, de metal delgado, se abrían por
arriba.
Sus páginas, de celulosa
dura, no parecían afectadas por la acción del tiempo, y pude estudiar los
extraños signos garabateados en ellas. No se parecían a los demás jeroglíficos
que había tenido ocasión de ver, ni a ningún alfabeto conocido por la ciencia
humana. Sin embargo, despertaban en mí el eco de un recuerdo que pugnaba por
aflorar a mi conciencia.
Súbitamente tuve la
seguridad de que era el lenguaje de un espíritu cautivo con el que había tenido
cierta relación durante mis sueños: se trataba del habitante de un gran
asteroide en el que había sobrevivido gran parte de la vida y del saber del
planeta original del que era fragmento. Al mismo tiempo recordé que el sótano
en que me hallaba estaba dedicado a los volúmenes relativos a planetas no
terrestres.
Cuando terminé de examinar
este documento increíble me di cuenta de que la luz de mi linterna empezaba a
agonizar, de modo que le puse rápidamente la pila de repuesto que siempre llevo
conmigo. Entonces, provisto de una luz más potente, reanudé mi carrera febril
por la interminable maraña de pasadizos y corredores, reconociendo de una
mirada tal o cual estantería, y vagamente molesto por la resonancia de aquellas
catacumbas que repetían mis pasos de modo incongruente.
Las huellas de mis propios
zapatos en el polvo milenario me hicieron temblar. Nunca hasta ahora, si mis
sueños vesánicos contenían un ápice de verdad, habían pisado pies humanos estos
pavimentos inmemoriales.
Conscientemente no tenía la
menor sospecha de cuál era la meta de mi descabellada carrera. Mi voluntad
ofuscada y mi subconsciente eran empujados por una fuerza demoníaca, de forma
que presentía vagamente que no corría al azar.
Me dirigí a una rampa y
continué mi descenso hacia las profundidades, corriendo ahora vertiginosamente.
En mi aturdido cerebro había empezado a latir un pulso rítmico que se propagó a
mi mano derecha. Quería abrir cierta cerradura y mi mano conocía todas las
complicadas vueltas y presiones necesarias para ello, Era como una moderna caja
fuerte con cerradura de combinación.
Sueño o no yo había sabido
esa combinación, y la sabía aún. Preferí no plantearme la cuestión de cómo era
posible aprender un detalle tan fino, tan intrincado y complejo, en un sueño.
Me sentía incapaz de pensar con la menor incoherencia. Porque, ¿acaso no
rebasaban los límites de la razón todas estas coincidencias entre lo que veía y
lo que sólo podía conocer por sueños o mitos fragmentarios?
Probablemente, incluso
entonces -como ahora, en mis momentos de cordura-, estaba persuadido de que
todo era un sueño, y de que la ciudad enterrada era una mera alucinación
febril.
Finalmente llegué a la
planta inferior y torcí a la izquierda de la rampa. Por alguna oscura razón
traté de caminar con pasos silenciosos, aun cuando esto me obligaba a avanzar
más despacio. En esta última planta subterránea había una zona que temía cruzar.
A medida que me acercaba me
daba cuenta de la causa de mi temor. Se trataba de una de aquellas trampas
antaño precintadas, pero ya sin vigilancia alguna. Caminaba de puntillas, con
el corazón encogido, lo mismo que al atravesar las negras bóvedas de basalto,
donde vi abierta una trampa similar.
Como en aquella ocasión
también sentí una corriente de aire frío. Con toda mi alma deseaba que mi
camino me llevase en otra dirección. Pero, ¿por qué, si no quería, tenía que
pasar precisamente por allí?
Al llegar vi la trampa
brutalmente abierta. Después comenzaron nuevamente las hileras de estanterías.
Junto a ellas, en el suelo, cubiertos por una fina capa de polvo, había varios
estuches esparcidos, caídos sin duda recientemente. En ese mismo instante me
invadió una nueva oleada de pánico que, de momento, no me supe explicar.
Los montones de estuches
caídos no eran raros, pues en el transcurso de las eras, este oscuro laberinto
había sido maltratado por los cataclismos geológicos, y sus paredes debieron de
resonar de manera ensordecedora al derribarse todo aquello. Había recorrido la
mitad del espacio que me separaba de los estantes, cuando descubrí el detalle
que -vagamente vislumbrado- había determinado mi horror.
Tal detalle no estaba en el
montón de estuches, sino en el polvo del suelo. A la luz de la linterna daba la
impresión de que aquella capa de polvo no era tan uniforme como debiera: en
algunos sitios parecía más fina, como si la hubieran pisado en un tiempo
relativamente reciente, quizá unos meses antes. De todos modos había también
bastante polvo, de forma que nada puedo asegurar con certidumbre. Pero la mera
sospecha de que tales señales pudieran guardar cierta regularidad, me llenó de
una angustia indecible.
Acerqué la linterna para
examinarlas mejor, y no me gustó lo que vi: con la luz rasante aún tomaron más
aspecto de pisadas. Se hallaban dispuestas de una forma relativamente regular,
agrupadas de tres en tres. Cada una de dichas huellas tendría unos treinta y
cinco centímetros de diámetro, y constaba de cinco impresiones casi circulares,
de siete u ocho centímetros de anchura, una de las cuales se hallaba adelantada
en relación con las otras cuatro.
Estas supuestas pisadas se
hallaban distribuidas en dos series paralelas, pero en sentido opuesto, como si
algún animal hubiera ido a un lugar determinado y hubiese regresado después por
el mismo camino. Naturalmente eran muy débiles y podía tratarse de una mera
ilusión, o de una casualidad. Pero su doble trayectoria -si es que de huellas
se trataba- sugería un horror insoportable: uno de los extremos del trayecto
terminaba en el montón de estuches, tal vez derrumbados no hacía mucho, y el
otro extremo moría en el borde de la trampa siniestra que exhalaba su soplo
húmedo y frío, desguarnecida, abierta a los abismos inferiores.
VIII
Tan fatal e ineludible era
la fuerza que me impulsaba a seguir adelante, que incluso prevaleció sobre mi
pavor. La presencia de aquellas huellas sospechadas despertaron en mí recuerdos
tan palpitantes y terroríficos, que ninguna consideración de índole racional me
habría determinado a proseguir mi camino. No obstante, aun temblando de miedo,
mi mano derecha se me seguía contrayendo rítmicamente en un ansia por manipular
cierta cerradura que esperaba encontrar. Antes de darme cuenta de lo que hacía
crucé el montón de estuches y me lancé de puntillas por los pasadizos cubiertos
de polvo, hacia un punto que parecía conocer sobradamente bien.
Mi mente planteaba
cuestiones cuya pertinencia comenzaba entonces a vislumbrar. ¿Llegaría a
alcanzar el estante, teniendo en cuenta que mi cuerpo era humano? ¿Podría mi
mano de hombre ejecutar todos los movimientos, perfectamente recordados,
necesarios para abrir la cerradura? ¿Estaría la cerradura en buenas condiciones
de funcionamiento? ¿Qué haría yo, qué me atrevería a hacer con lo que -ahora
empezaba a darme cuenta- a la vez esperaba y temía encontrar? ¿Hallaría la
prueba de que todo era espantosa y enloquecedoramente cierto, de que existía
una realidad que rebasaba los límites de la razón, o por el contrario, me
convencería al fin de que todo era una pesadilla?
Seguidamente me di cuenta de
que había dejado de correr. Estaba de pie, inmóvil, rígido, ante una fila de
estantes cubiertos de los consabidos jeroglíficos. Se hallaban en un estado de
conservación casi perfecto. Solamente había tres puertas forzadas.
El sentimiento que me
inspiraron estos estantes no se puede describir. Me parecía conocerlos desde
siempre. Miré hacia arriba, a una fila próxima al techo, completamente
inalcanzable, y pensé en la manera de trepar hasta allí. Una puerta que había
abierta a cuatro baldas del suelo podría servirme de ayuda. Las cerraduras de
las puertas cerradas proporcionarían puntos de apoyo para mis manos y mis pies.
Cogería la linterna con los dientes, como había hecho ya en otras ocasiones,
cuando necesitara ambas manos. Sobre todo no debía hacer ruido.
Lo más difícil sería bajar
el objeto que quería coger. Quizá pudiera engancharlo por el cierre al cuello
de mi chaqueta, y echármelo a la espalda a modo de mochila. Una vez más me
pregunté si funcionaría la cerradura. Estaba seguro de recordar cada uno de los
movimientos necesarios, pero me daba miedo que chirriara. Asimismo temía no
poder hacer los movimientos adecuadamente con la mano.
Mientras pensaba en todo
esto tomé la linterna con la boca y empecé a trepar. Las cerraduras no me
ofrecieron buenos puntos de apoyo, pero como esperaba, el estante abierto me
sirvió de muchísima ayuda. Me agarré a la hoja y al marco de la puerta, y me las
arreglé para no hacer demasiado ruido. Empinándome sobre el borde superior de
la puerta, e inclinándome lo más posible a la derecha, conseguí alcanzar la
cerradura que buscaba. Mis dedos, medio entumecidos por el ascenso, estuvieron
muy torpes al principio. Pero al momento me di cuenta de que obedecían. El
ritmo del recuerdo se hizo intenso en ellos.
Salvando
inconmensurablemente abismos de tiempo, los movimientos complicados y secretos
llegaron hasta mi cerebro con todos sus detalles, ya que en menos de cinco
minutos sonó un chasquido cuya familiaridad me resultó tanto más impresionante,
cuanto que no tenía conciencia previa de él. Un instante después la puerta de
metal se abría lentamente con un roce apenas perceptible.
Miré deslumbrado la fila
grisácea de estuches puestos de canto, y sentí la tremenda oleada de una
emoción totalmente imposible de explicar. Justo al alcance de mi mano derecha
había un estuche cuyos jeroglíficos me hicieron temblar con una angustia infinitamente
más compleja que el mero terror. Temblando aún me las compuse para sacarlo de
entre el polvo y la arena del estante, y arrastrarlo en silencio hacia mí.
Igual que el otro estuche
que había manejado, éste medía unos cincuenta centímetros de alto por treinta y
cinco de ancho, y estaba cubierto de curvos dibujos matemáticos en
bajorrelieve. En grosor excedía los ocho centímetros.
Lo encajé como pude entre mi
pecho y la pared por la que me había encaramado. Palpé el pasador y solté, por
fin, el gancho. Quité la tapa, me eché el pesado objeto a la espalda y sujeté
el gancho al cuello de mi chaqueta. Una vez las manos libres, fui bajando
penosamente hasta el suelo y me dispuse a examinar mi botín.
Me arrodillé en el polvo y
coloqué el estuche ante mí. Me temblaban las manos; temía sacar el libro de
dentro y, a la vez, deseaba hacerlo en seguida. Muy gradualmente empezaba a
darme cuenta de que sabía lo que iba a encontrar, y esta certidumbre, casi paralizaba
mis facultades.
Si lo encontraba allí -si no
estaba soñando-, las consecuencias de mi descubrimiento rebasarían por completo
todo lo que el espíritu humano puede soportar. Lo que más me atormentaba era
que, de momento, me resultaba imposible convencerme de que estaba soñando. Todo
lo que me rodeaba me parecía real… y me lo sigue pareciendo ahora al evocar la
escena.
Por último, saqué,
temblando, el libro de su receptáculo y contemplé con fascinación los
jeroglíficos de la cubierta. Estaba en excelente estado. Las letras curvilíneas
del título me mantenían hipnotizado, como si fuera casi capaz de leerlas. En
verdad no puedo jurar que no llegué a leerlas efectivamente en un pasajero y
terrible acceso de memoria anormal.
No sé el tiempo que pasó
antes de atreverme a quitar aquella delgada cubierta de metal. Busqué mil
pretextos para demorar o eludir el momento fatal. Me quité la linterna de la
boca y la apagué para no gastar pila. Luego, en la más completa oscuridad, hice
acopio de ánimo… y abrí el libro. Por último enfoqué la luz sobre la página en
que quedó abierto, y traté de antemano de esforzarme por sofocar cualquier
exclamación involuntaria.
Miré allí. Luego,
sintiéndome desfallecer, me dejé caer en el suelo. Apreté los dientes, no
obstante, y contuve el grito. Tumbado en el suelo me pasé una mano por la
frente. Lo que temía y esperaba estaba allí. Quizá estaba soñando; de otro
modo, el tiempo y el espacio se habían convertido en una sombra burlesca.
Debía estar soñando. Pero,
para poner a prueba la verdad de mi aventura me llevaría ese libro para
mostrárselo a mi hijo si, efectivamente, era real. La cabeza me daba vueltas,
aun cuando nada veía en la oscuridad reinante. Y toda suerte de ideas e imágenes
aterradoras -suscitadas por las posibilidades que mi descubrimiento acababa de
abrir- comenzaron a danzar en mi mente nublando mis sentidos.
Recordé las hipotéticas
huellas impresas en el polvo, y sentí miedo de mi propia respiración. Una vez
más encendí la luz y miré la página del libro, como la víctima de una serpiente
mira los ojos y los colmillos de su destructor.
Después, en la oscuridad,
cerré el libro con manos torpes, lo metí en su estuche y cerré la tapa con el
pasador en forma de gancho. A toda costa debía sacarlo al mundo exterior, si es
que el tal libro existía realmente… si el abismo entero existía realmente… si
yo, y el mundo mismo, existíamos en realidad.
No recuerdo exactamente
cuándo me puse en pie y comencé mi regreso. Me sentía tan alejado de mi
universo normal que, durante aquellas horas espantosas que pasé en el
subterráneo, no se me ocurrió consultar el reloj ni una sola vez.
Linterna en mano, y con el
siniestro estuche bajo el brazo, reanudé finalmente mi marcha cautelosa. De
puntillas, preso de un mudo terror, pasé de nuevo junto a la trampa abierta y
junto a aquellas señales sospechosas, impresas en el polvo. Disminuí mis precauciones
al subir por las interminables rampas, pero ni aun entonces pude desechar
cierto recelo que no había sentido al bajar.
Me horrorizaba tener que
atravesar de nuevo aquella cripta de basalto negro, más vieja aún que la misma
ciudad, en donde soplaba un viento helado procedente de las profundidades
insondables. Pensé en el terror de la Gran Raza, y en la causa de ese terror
que, aunque débil y agonizante, acaso palpitaba aún en el fondo de aquellas
tinieblas. Igualmente pensé en las cinco huellas circulares que acababa de ver,
y en lo que mis sueños me habían revelado sobre ellas. Y en los extraños
vientos y los silbos ululantes que lo acompañaban. Y recordé asimismo los
relatos de los indígenas, que expresaban constantemente un horror sin límites a
los grandes vientos y a las ruinas sin nombre.
Cierto signo grabado en el
muro de la caverna me indicó el camino correcto y -después de pasar junto al
otro libro que había examinado anteriormente- llegué al gran espacio circular
rodeado de arcos que daban acceso a distintos corredores. Inmediatamente
reconocí, a mi derecha, el arco por donde había penetrado en el edificio de los
archivos. Me metí por allí sabiendo que, al salir de dicho edificio, mi camino
sería más penoso debido a los derrumbamientos. Mi carga metálica me pesaba, y
cada vez me resultaba más difícil no hacer ruido al caminar a tropezones entre
escombros de todo género.
Después llegué al montón de
piedras que alcanzaba hasta el techo a través del cual había practicado un paso
angosto. Al encontrarme de nuevo ante él sentí pavor. La primera vez había
hecho algo de ruido. Y ahora -vistas aquellas posibles huellas-, lo que más me
asustaba era hacer ruido. Además, el estuche dificultaba mi paso por la
estrecha abertura.
No obstante, trepé lo mejor
que pude a lo alto del obstáculo, y empujé la caja por la abertura. Luego, con
la linterna en la mano, me metí gateando destrozándome la espalda con las
estalactitas, como me había ocurrido antes.
Al intentar asir la caja de
nuevo se me cayó por la pendiente con un estrépito que llenó el recinto de ecos
y resonancias, lo cual me cubrió de un sudor frío. Me precipité inmediatamente
tras ella y logré recuperarla; pero unos momentos después algunos bloques
resbalaron bajo mis pies, produciendo un repentino y estrepitoso
desmoronamiento.
Todo este ruido fue mi
perdición. Porque, erróneamente o no, me pareció oír, como respuesta, y
procedente de alguna lejana galería, un silbido agudo, ululante, distinto de
cualquier otro sonido terrestre, que rebasa con mucho mi posibilidad de
describirlo. Si oí bien entonces, lo que ocurrió a continuación fue como un
sarcasmo del destino, ya que, de no haber sido por el pánico que aquel fenómeno
me produjo, el segundo hecho no habría sucedido jamás.
El caso es, que enloquecí de
terror. Cogí la linterna con la mano, agarré la caja casi sin fuerzas, y salté
salvajemente, sin más idea que un loco deseo de correr, de alejarme de aquellas
ruinas de pesadilla, de salir al mundo exterior -el desierto bajo la luna- que
ahora se hallaba tan lejos.
Sin saber cómo, llegué ante
el segundo montón de escombros, que se elevaba en la negrura bajo el techo
desplomado. Tropecé y me lastimé una y otra vez al gatear por la pendiente de
bloques y rocas cortantes.
Y entonces sobrevino el gran
desastre. Al cruzar a ciegas la cumbre del montículo, ignorando que al otro
lado la pendiente caía bruscamente, perdí pie y resbalé, envuelto en un alud de
piedras y cascotes que se desmoronaban en medio de un estruendo ensordecedor,
cuyos ecos retumbaron por todos los rincones.
No tengo idea de cómo salí
de ese caos; sin embargo, tengo un recuerdo vago de que, a continuación, me
lancé a correr por el corredor, sin esperar a que se apagaran los ecos. Llevaba
la caja y la linterna conmigo.
Luego, al acercarme a
aquella cripta de basalto que tanto temía, la locura completa se apoderó de mí,
Al apagarse ya todos los ruidos, nuevamente se hizo audible aquel silbido
espantoso que me había aparecido oír antes. Esta vez no cabía duda. Y, lo que era
peor, no provenía de atrás, sino de delante de mí.
Me parece que grité con
todas mis fuerzas. Tengo la vaga idea de que atravesé a todo correr aquella
bóveda de basalto construida por criaturas anteriores a la Gran Raza. De la
trampa abierta seguía brotando el silbido ultraterreno. Y también se levantó viento.
No una mera corriente de aire frío y húmedo, sino una ráfaga violenta, casi
deliberada, que procedía de la misma boca negra que el horrible silbido.
Recuerdo vagamente haber
saltado y sorteado obstáculos de todo género, perseguido por aquella ráfaga
helada y aquel estridente silbido que crecía por momentos y parecía enroscarse
y retorcerse en torno mío.
A pesar de que soplaba a mis
espaldas, el viento, en vez de empujarme, me impedía avanzar, igual que si me
hubieran trabado con un lazo sutil desde las tinieblas. Sin preocuparme ya de
no hacer ruido, salté una gran barrera de bloques y me encontré de nuevo en la
bóveda que me conducía a la superficie.
Recuerdo que eché una mirada
a la sala de máquinas, y a punto estuve de gritar al ver el plano inclinado que
conducía a una sala, dos pisos más abajo, donde había otra de esas trampas
abominables, probablemente abierta. Pero en vez de gritar comencé a repetirme
entre dientes, una y otra vez, que todo era un sueño del que pronto
despertaría. Quizá me hallaba en el campamento, tal vez, incluso, en Arkham.
Este razonamiento me tranquilizó un tanto, y empecé a subir por la rampa que
conducía al mundo exterior.
Sabía, naturalmente, que aún
me quedaba por salvar una grieta de más de un metro de anchura; pero iba
demasiado preocupado por otros temores para darme cuenta del horror que suponía
aquel obstáculo antes de enfrentarme con él. En efecto, a la ida, cuesta abajo,
el salto me había resultado relativamente sencillo. Pero ahora, ¿podría
saltarlo cuesta arriba, lastrado por el terror, el agotamiento y el peso de la
caja, retenido por el viento embrujado que tiraba de mí hacia atrás? Todo esto
se me ocurrió en el último momento, y también pensé en aquellos seres sin
nombre que acaso acechasen, vivos aún, en los abismos tenebrosos que se abrían
bajo la grieta del suelo.
La luz de mi linterna se iba
debilitando, pero un vago recuerdo me advirtió de que me encontraba en el borde
de la grieta. Las ráfagas de viento frío y los silbidos ululantes que sonaban
atrás actuaron en mí como una droga bienhechora que tuvo la virtud de apartar
de mi imaginación el horror de aquel abismo abierto a mis pies. Pero, en el
mismo instante, percibí una nueva ráfaga y un nuevo silbido, que brotó ante mí
a través de aquella misma grieta.
Entonces fue cuando
realmente llegó lo más alucinante de mi pesadilla. Perdido el juicio, olvidado
de todo, excepto del deseo animal de huir, me lancé a trepar por la pendiente
de cascotes, como si ninguna sima hubiera existido detrás. De pronto, vi el borde
de la grieta, salté frenéticamente, con todas las fuerzas de mi ser, y en el
acto, me sumí en un torbellino infernal de ruidos inmundos y de negrura
materialmente tangible.
Que yo recuerde éste es el
final de mi aventura. Todas mis impresiones posteriores caen de lleno en el
dominio del delirio y la fantasmagoría. Los sueños, la locura y los recuerdos
se fundieron en un caos de alucinaciones fantásticas y visiones fragmentarias
que no pueden tener relación alguna con la realidad.
En primer lugar sentí que
caía por un abismo sin fondo; por un abismo de tinieblas vivas y viscosas, de
ruidos absolutamente ajenos a toda naturaleza terrena.
En mí despertaron sentidos
hasta entonces dormidos, que me revelaron precipicios y vacíos poblados de
horrores flotantes, abismos que conducían a simas insondables, a océanos
tenebrosos y a negras ciudades de torres basálticas donde nunca brilló luz alguna.
Los misterios de los
orígenes de nuestro planeta y sus ciclos inmemoriales cruzaron por mi mente sin
ayuda de la vista ni el oído, y comprendí cosas que ni siquiera el más
disparatado de mis sueños anteriores había llegado a sugerir. Durante todo ese
tiempo me sentí atrapado por los dedos fríos de un vapor húmedo, mientras el
silbido enloquecedor y monótono seguía taladrando la vorágine de tinieblas.
Después tuve visiones de la
ciudad ciclópea de mis sueños, pero no en ruinas, sino tal como la había
soñado. Me vi nuevamente en mi cuerpo cónico, inhumano, rodeado de numerosos
miembros de la Gran Raza y de espíritus cautivos que llevaban libros de un lado
a otro por los interminables corredores y las rampas inmensas.
Superponiéndose a estas
visiones, tuve fugaces destellos de percepciones no visuales, de las que sólo
recuerdo mis esfuerzos desesperados y mis violentas contorsiones para zafarme
de los tentáculos del viento ululante. Me parece recordar, también, como un
vuelo de murciélago a través de una atmósfera densa, y un forcejeo febril por
abrirme paso en la oscuridad azotada por el huracán; por fin, me sentí correr
frenéticamente entre muros derruidos y derrumbados pilares de piedra.
Hubo un momento en que me
pareció vislumbrar algo, en aquel mundo de noche eterna; un leve resplandor
azulado en las alturas. Luego soñé que, perseguido por el viento, trepaba y me
arrastraba hasta salir a un espacio bañado por la luna, entre ruinas y escombros
que se desmoronaban tras de mí bajo los embates furiosos del huracán. Fueron
las oleadas monótonas de aquella luz lunar las que me indicaron que, al fin,
había regresado a mi antiguo mundo objetivo y vigil.
Me hallaba boca abajo, con
las manos clavadas como garras en la arena del desierto australiano, Alrededor
de mí aullaba un viento huracanado, mucho más violento que cualquier vendaval.
Mi ropa estaba hecha jirones; mi cuerpo entero era un amasijo de arañazos y
magulladuras.
La plena lucidez me fue
volviendo tan paulatinamente, que no sé decir en qué momento terminó mi sueño
delirante y empezaron mis verdaderos recuerdos. Sé que mi aventura ha tenido
relación con un montón informe de ruinas de piedra, con abismos subterráneos,
con una monstruosa revelación del pasado, y sé que mi pesadilla terminaba con
horror. Pero, ¿cuánto hay en ella de verdad?
Había perdido la linterna, y
la caja de metal que podía haber aducido como prueba. ¿Pero había existido en
realidad tal caja? ¿Y el abismo? ¿Y las ruinas de piedra? Levanté la cabeza y
miré hacia atrás. No se veía más que la estéril, la ondulante arena del
desierto.
El viento demoníaco se había
calmado, y la luna, hinchada y fungosa, se fundía roja en el oeste. Me puse en
pie con dificultad y comencé a caminar, tambaleante, en dirección al
campamento. ¿Qué me había sucedido en realidad? Tal vez había sufrido un mareo
en el desierto, y había arrastrado, a lo largo de kilómetros y kilómetros de
arena y bloques enterrados, mi cuerpo torturado por las pesadillas. Y si no era
así, ¿cómo podría soportar el resto de mi vida?
En efecto, ante esta nueva
incertidumbre, toda mi anterior confianza basada en el origen mitológico de mis
visiones, se disolvió una vez más en las dudas que ya otras veces me habían
asaltado. Si aquel abismo era real, la Gran Raza también lo era, y las proyecciones
y secuestros efectuados en cualquier momento y lugar del cosmos no eran tampoco
un mito ni una pesadilla, sino una terrible realidad.
¿Había sido, pues,
arrastrado efectivamente durante mi amnesia hacia un mundo prehumano que
existió hace ciento cincuenta millones de años? ¿Había sido mi cuerpo vehículo
de una conciencia espantosamente extraña, surgida del origen de los tiempos?
¿Había conocido realmente,
en mi calidad de espíritu cautivo, los días de esplendor de aquella ciudad de
piedra, y era cierto que me había deslizado por aquellos corredores, en el
repugnante cuerpo de mi propio raptor? ¿Acaso aquellos sueños que me habían
atormentado durante más de veinticinco años no eran sino consecuencias de mis
horribles,recuerdos?
¿Era cierto que había
conversado realmente con espíritus procedentes de los rincones más remotos del
tiempo y el espacio? ¿Llegué a conocer de verdad los secretos pasados y futuros
del universo, y a redactar los anales de mi propio mundo para enriquecer aún
más aquellos archivos infinitos? Y aquellas criaturas inmundas -vientos helados
y silbos demoníacos- que moraban en las entrañas de la tierra, ¿seguían
constituyendo una amenaza real, a pesar de su lenta agonía, mientras las
distintas formas de vida proseguían su evolución en la superficie del planeta?
No lo sé. Si ese abismo -y
lo que contenía- era real, no hay esperanza. Entonces, verdaderamente, se
cierne sobre la humanidad una increíble y sarcástica sombra, procedente de más
allá del tiempo.
Pero felizmente no hay
prueba alguna de que mi última aventura no haya sido más que el postrer
episodio de una serie de sueños basados en remotas leyendas: perdí el estuche
de metal, y hasta ahora, nadie ha descubierto los corredores subterráneos.
Si las leyes del universo
son misericordiosas nadie los descubrirá. Pero debo contar a mi hijo lo que vi
-o creí ver- y dejarle que, como psicólogo, juzgue cuanto hay de objetivo en
mis vivencias, y si se debe dar publicidad a este documento.
Ya he dicho que el tema de
mis sueños encajaba perfectamente con lo que creí descubrir en aquellas
ciclópeas ruinas enterradas. Me ha costado un gran esfuerzo consignar esta
revelación final que, como el lector habrá sospechado ya, se refiere al libro,
guardado en un estuche de metal, que yo extraje de entre el polvo de millones
de siglos.
Ningún ojo ha contemplado
ese libro, ninguna mano lo ha tocado, desde el advenimiento del hombre a este
planeta. Y no obstante, cuando en el fondo de aquel abismo enfoqué la linterna
sobre él, vi que las letras trazadas con extraños colores sobre las quebradizas
páginas de celulosa tostadas por el tiempo, no eran desconocidos jeroglíficos
de épocas remotas. Eran, al contrario, letras de nuestro alfabeto corriente,
que formaban vocablos en lengua inglesa, escritas por mi propia mano.


Publicar un comentario