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© Libro N° 4019. Cuentos. Wells, H. G. Compilador Molina Miranda, Guillermo. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Cuentos. H. G. Wells. Compilador GMM

 

Versión Original: © Cuentos. H. G. Wells. Compilador GMM

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CUENTOS

H. G. Wells

Compilador

Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

BIOGRAFIA DE H. G. WELLS

EL HUEVO DE CRISTAL

EL HOMBRE QUE PODÍA HACER MILAGROS

LA ESTRELLA

LA ESFERA DE CRISTAL

UNA RAZA ATERRADORA

LOS ATACANTES DEL MAR

EN EL ABISMO

LA HISTORIA DEL DIFUNTO MÍSTER ELVESHAM

LOS ARGONAUTAS DEL AIRE

LA HISTORIA DE PLATTNER

EL SEÑOR DE LAS DINAMOS

EL BACILO ROBADO

LOS TRIUNFOS DE UN TAXIDERMISTA

 

 

 

BIOGRAFIA DE HERBERT GEORGE WELLS

 

(Bromley, 1866 - Londres, 1946) Narrador y filósofo político de nacionalidad inglesa. Escritor moderno, de gran capacidad creadora y originalidad temática, H.G. Wells se encuentra en la línea de novelistas que exponen una visión realista de la vida y mantienen una enérgica creencia en la capacidad del hombre para servirse de la técnica como medio para mejorar las condiciones de vida de la humanidad.

 

H. G. Wells

 

Un accidente infantil por el que se rompió la tibia y su larga convalecencia lo obligaron a permanecer durante meses en reposo. Con ocho años de edad, esta impuesta quietud propició el descubrimiento de la lectura y en particular, guiado por su padre, de autores como C. Dickens o W. Irving. En su juventud, Wells estudió biología en la Normal School of Science de Londres, y alejado del humanismo clásico, se situó en una posición más cercana a las ciencias, que le proporcionó buena parte de la energía creadora que nutrió su trayectoria como novelista.

 

Su producción podría dividirse en tres etapas: la de novela científica, la familiar y la sociológica. La novela científica comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial y se convirtió pronto en un género popular, y las escritas por Wells son obras maestras del género gracias a su interés científico, así como a sus sólidas estructuras estilísticas y a su prodigio imaginativo. Basta como ejemplo la primera de ellas, La máquina del tiempo (1895), en la que el inventor de la máquina puede viajar hacia el pasado o el futuro con un sencillo movimiento de palanca.

 

El protagonista viaja al año 802701 y contempla un panorama patético, consecuencia de la doctrina evolucionista, en un mundo habitado por dos especies humanoides: los eloi, vegetarianos ociosos, apacibles y simpáticos, desprovistos de inteligencia, y los desalmados y terribles morlocks, habitantes del subsuelo y herederos de las clases sojuzgadas, que de vez en cuando suben a la superficie para devorar a los eloi.

 

A ésta le siguieron La visita maravillosa (1895) y El hombre invisible (1897). Muchos de los inventos y procedimientos científicos que marcaron el siglo XX fueron imaginados por Wells a finales del XIX, tales como la bomba atómica, y aparecen en novelas como La isla del Dr Moreau (1896), El primer hombre en la luna (1901), Manjar de dioses (1904) o La guerra en el aire (1908).

 

Kipps (1908) fue su primera novela familiar, a la que le siguió Tono-Bungay (1909), una notable sátira sobre la sociedad inglesa de finales del siglo XIX y la aparición de los nuevos ricos". A ésta le siguieron Ann Verónica (1909), The History of Mr. Polly (1910) y Matrimonio (1912). La novela sociológica o didáctica de Wells es la que comprende más títulos, de los que se destacan El nuevo Maquiavelo (1911) y El mundo liberado (1914), en la que describe una guerra europea realizada con bombas atómicas y radioactividad.

 

El autor publicó más de ochenta títulos en los que siguió la tradición de J. Bunyan y D. Defoe al margen de la influencia que los autores franceses y rusos ejercían sobre novelistas contemporáneos suyos como H. James, G. Moore y J. Conrad.

 

Fuente:

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/w/wells.htm

 

 

EL HUEVO DE CRISTAL

 

Hasta hace un año, cerca de Seven Dials había una tienda pequeña y de aspecto mugriento sobre la cual, deteriorado por el tiempo, un letrero amarillo anunciaba: «C. Cave, Naturalista y Anticuario». El contenido de su escaparate era curiosamente variado. Comprendía algunos colmillos de elefante y un juego incompleto de ajedrez, abalorios y armas, un estuche con ojos, dos calaveras de tigre y una humana, varios monos disecados y comidos por las polillas (uno sostenía una lámpara), un bargueño anticuado, un huevo de avestruz cubierto de huevos de mosca, aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. En el momento en que empieza la historia había también un bloque de cristal de roca, tallado en forma de huevo y brillantemente pulimentado.

Y aquello era lo que estaban mirando dos personas, de pie frente al escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra un joven de barba negra, tez morena y vestuario discreto. El joven moreno gesticulaba con vehemencia mientras hablaba, y parecía ansioso de que su compañero adquiriera el artículo.

 

Mientras ellos permanecían allí, el señor Cave entró en su tienda, su barba todavía oscilando con el pan y la mantequilla de su té. Cuando vio a estos hombres y al objeto de su atención, su semblante se desmoronó. Miró culpablemente por encima de su hombro, y con suavidad cerró la puerta.

Era un anciano pequeño, de cara pálida y extraños ojos de un azul acuoso; su pelo era de color gris sucio, y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas afelpadas con el tacón muy gastado. Se quedó mirando a los dos hombres mientras éstos hablaban. El clérigo buscó en el bolsillo de su pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes con una sonrisa de satisfacción. El señor Cave pareció aún más deprimido cuando ellos entraron en la tienda.

El clérigo, sin ceremonia alguna, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo protestó, tanto hacia su compañero como hacia el señor Cave, diciendo que el precio era alto —en efecto, era mucho más de lo que el señor Cave tenía intención de pedir cuando puso a la venta el artículo—, y siguió un intento de regateo. El señor Cave se dirigió hacia la puerta y la mantuvo abierta:

—Cinco libras es mi precio —dijo, como si quisiera ahorrarse las molestias de una inútil discusión.

Mientras tanto, la parte superior del rostro de una mujer había aparecido por encima de la cortinilla en el panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y miraba curiosamente a los dos clientes.

—Cinco libras es mi precio —dijo el señor Cave, con un estremecimiento en su voz.

Hasta entonces el joven moreno había permanecido como espectador, observando vivamente al señor Cave. Ahora habló.

—Dale cinco libras —dijo.

El clérigo le miró para ver si hablaba en serio, y, cuando volvió a mirar al señor Cave, vio que la cara del anciano estaba pálida.

—Es mucho dinero —dijo el clérigo y, rebuscando en su bolsillo, empezó a contar sus recursos.

Tenía poco más de treinta chelines, y recurrió a su compañero, con quien parecía mantener una relación de considerable confianza. Esto dio al señor Cave la ocasión de ordenar sus pensamientos, y empezó a explicar de forma agitada que el cristal, en cierto modo, no estaba a la venta. Sus dos clientes se quedaron lógicamente sorprendidos, e inquirieron por qué no había pensado en ello antes de empezar a regatear. El señor Cave se mostró confundido, pero persistió en su historia, que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un posible comprador. Los dos, interpretando aquello como un intento de aumentar aún más el precio, hicieron como si fueran a abandonar la tienda. Pero, en ese instante, la puerta de la trastienda se abrió y apareció la propietaria del flequillo oscuro y ojos pequeños.

Era una mujer corpulenta, de facciones toscas, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave; andaba con pesadez y su cara estaba sonrojada.

—Ese cristal está a la venta —dijo—. Y cinco libras es bastante buen precio por él. No sé en qué estás pensando, Cave. ¡No aceptar la oferta del caballero!

El señor Cave, enormemente turbado por la interrupción, la miró colérico por encima de los espejuelos y, sin excesiva convicción, hizo valer su derecho a tratar sus negocios a su manera. Y empezó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y cierta diversión, ayudando, en ocasiones, a la señora Cave con sugerencias. El señor Cave insistió en una historia confusa e imposible acerca de que habían preguntado por el cristal aquella mañana, y su agitación se hizo penosa. Pero siguió en sus trece con extraordinaria determinación.

Fue el joven oriental quien terminó con la curiosa controversia. Propuso que volverían al cabo de dos días a fin de dar una justa oportunidad al pretendido cliente.

—Y entonces volveremos a insistir —dijo el clérigo—. Cinco libras.

La señora Cave se vio obligada a pedir disculpas por su marido, explicando que él, a veces, «era un poco raro», y nada más salir los dos clientes, la pareja reanudó con toda libertad la discusión del incidente en todos sus matices.

La señora Cave habló a su marido con extraordinaria franqueza. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, enredado entre sus historias, sostuvo por una parte que tenía otro cliente en perspectiva, y por otra que el cristal valía honestamente por lo menos diez guineas.

—¿Pues por qué has pedido cinco libras? —dijo su esposa.

—¡Deja que lleve mis asuntos a mi manera! —dijo el señor Cave.

Con el señor Cave vivían una hijastra y un hijastro, y aquella noche, en la cena, volvió a discutirse la transacción. Ninguno de ellos tenía en gran estima los métodos comerciales del señor Cave, y este comportamiento les parecía el colmo de la necedad.

—Yo diría que con anterioridad se ha negado a vender ese cristal —dijo el hijastro, un desgarbado patán de dieciocho

—¡Pero son cinco libras! —dijo la hijastra, una polémica joven de veintiséis años.

Las respuestas del señor Cave eran calamitosas; sólo conseguía farfullar débiles afirmaciones de que él era quien mejor conocía sus negocios. Ellos le impulsaron a que abandonara su cena medio consumida para que cerrara la tienda por la noche, y salió con las orejas ardientes y lágrimas de vejación detrás de sus lentes. «¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate?

¡Había sido una insensatez!» Ése era el problema encerrado en su mente. Por algún rato no consiguió descubrir la forma de evitar la venta.

Después de cenar, su hijastra y su hijastro se animaron mutuamente y salieron, y su esposa se retiró arriba para reflexionar acerca de los aspectos comerciales del cristal, tomando un poco de azúcar y limón en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y permaneció allí hasta tarde, pretextando hacer unas ornamentaciones doradas para unas peceras, pero en realidad con un íntimo propósito que se explicará mejor más adelante.

Al día siguiente, la señora Cave descubrió que el cristal había sido retirado del escaparate, y que se encontraba detrás de unos libros de segunda mano que trataban de la pesca con caña. Ella volvió a situarlo en la posición más visible. Pero no volvió a discutir al respecto, ya que una jaqueca de tipo nervioso la alejó de la polémica. El señor Cave siempre estaba lejos de ella. El día transcurrió desapaciblemente. El señor Cave estaba, si eso era posible, más abstraído de lo normal, y al mismo tiempo desacostumbradamente irritable. Por la tarde, mientras su esposa dormía su acostumbrada siesta, volvió a retirar el cristal del escaparate.

Al día siguiente, el señor Cave tenía que efectuar la entrega de una partida de pequeños tiburones a una de las escuelas de medicina donde se necesitaban para disección. En su ausencia, la mente de la señora Cave retornó al tema del cristal, y a los métodos más adecuados de gastar la ganancia de cinco libras. Ya había ideado unos métodos muy agradables —entre otros, un vestido de seda verde para ella y un viaje a Richmond—, cuando el repiqueteo de la campanilla de la puerta principal la condujo a la tienda. El cliente era un profesor que venía a quejarse por no haberle enviado ciertas ranas que había solicitado para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama científica del negocio del señor Cave, y el caballero, que había entrado con aspecto más bien agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras, totalmente civilizadas en lo que a él concernía. Entonces la mirada de la señora Cave se volvió con naturalidad hacia el escaparate; la visión del cristal era la garantía de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir que éste había desaparecido!

Se acercó al lugar detrás del mostrador donde lo había descubierto el día anterior. No estaba allí, e inmediatamente empezó una ansiosa búsqueda por la tienda.

Cuando el señor Cave regresó de sus asuntos con los pequeños tiburones, a eso de las dos menos cuarto, halló la tienda algo desordenada, y a su esposa, extremadamente encolerizada y de rodillas detrás del mostrador, registrando entre sus útiles de taxidermista. Su rostro inflamado y colérico surgió por encima del mostrador. Mientras la discordante campanilla anunciaba el regreso de su marido a quien ella acusó inmediatamente de «haberlo escondido».

—¿Escondido qué? —preguntó el señor Cave.

—¡El cristal!

Entonces, el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, se precipitó hacia el escaparate.

—¿No está aquí? ¡Santo cielo! ¿Qué ha sido de él?

Justo entonces, el hijastro del señor Cave, que había llegado a casa uno o dos minutos antes que el señor Cave, entró en la tienda desde la habitación interior, blasfemando con entera libertad.

Trabajaba de aprendiz con un comerciante de muebles de segunda mano calle abajo, pero efectuaba sus comidas en casa y estaba lógicamente irritado al no encontrar la comida a punto.

Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, olvidó su comida, y su ira se desvió de su madre a su padrastro. Su primera idea, lógicamente, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó resueltamente todo conocimiento de cuál había sido su suerte — proporcionando espontáneamente su declaración jurada al respecto— e ingeniándoselas para llegar al punto de acusar primero a su esposa, y luego a su hijastro, de haberlo cogido con vistas a una venta privada. Así empezó una discusión sumamente mordaz y emotiva, que finalizó con la señora Cave en un estado de nervios muy peculiar, entre histérica y frenética, y haciendo que por la tarde el hijastro llegara con media hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave se refugió de las emociones de su esposa en la tienda.

Por la noche, con menos pasión y con espíritu crítico, se reanudó el tema ante la presencia de la hijastra. La cena transcurrió tristemente y culminó en una escena penosa. El señor Cave cayó por fin en una enorme desesperación y salió dando un violento portazo. El resto de la familia, tras discutir su comportamiento con la libertad que su ausencia garantizaba, registró la casa desde la buhardilla hasta el sótano, con la esperanza de hallar el cristal.

Al día siguiente, los dos clientes aparecieron de nuevo. La señora Cave los recibió casi con lágrimas. Dejó entrever que nadie podía imaginar cuánto había tenido que soportar ella por culpa de

Cave en las distintas épocas de su peregrinaje matrimonial. También les ofreció un informe alterado de la desaparición. El clérigo y el oriental rieron en silencio entre sí y dijeron que aquello era absolutamente extraordinario. Como la señora Cave parecía dispuesta a proporcionarles la historia completa de su vida, hicieron ademán de irse de la tienda. Por consiguiente, la señora Cave, que aún no había perdido las esperanzas, solicitó la dirección del clérigo, para, si conseguía algo de Cave, poder comunicárselo. La dirección fue debidamente proporcionada, pero, al parecer, luego se extravió. La señora Cave no consiguió recordar nada al respecto.

Al anochecer de aquel día, los Cave parecían haber agotado todas sus emociones, y el señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un lóbrego aislamiento que contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores. Durante algún tiempo las relaciones fueron muy tirantes en la casa de los Cave, pero ni el cristal ni el cliente reaparecieron.

Bien, hablando claro, deberíamos reconocer que el señor Cave era un embustero. Él sabía perfectamente bien dónde se hallaba el cristal. Estaba en el aposento del señor Jacoby Wace, profesor ayudante en el hospital de St. Catherine, en Westbourne Street. Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una garrafa de whisky americano. Y es del señor Wace, precisamente, de quien proceden los detalles en los cuales se basa esta narración. Cave había trasladado el objeto al hospital oculto en el saco de los pequeños tiburones, y, una vez allí, había convencido al  joven  investigador para que se lo guardara. El señor Wace se había mostrado un tanto indeciso. Su relación con el señor Cave era algo peculiar. Le gustaban los sujetos extraños, y en más de una ocasión había invitado al anciano a fumar y a beber en sus aposentos, y a desarrollar su curiosa visión de la vida en general y de su esposa en particular. El señor Wace también se había encontrado a veces con la señora Cave cuando  el  señor Cave  no  estaba  en  casa  para  atenderle.  Estaba  enterado  de  las constantes interferencias a las que Cave se veía sometido, y, después de sopesar imparcialmente la historia, decidió dar refugio al cristal El señor Cave prometió explicarle con más detalle, en otra ocasión, las razones de su extraordinaria afición por el cristal, pero le dijo claramente que veía visiones en su interior. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.

Le narró una complicada historia. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con otras cosas sueltas, en la liquidación de las mercancías de otro comerciante de curiosidades, y que al desconocer cuál podría ser su valor, lo había marcado en diez chelines. Había permanecido en su poder, con ese precio, durante algunos meses, y ya pensaba en «reducir la cifra» cuando hizo un descubrimiento extraordinario.

En aquella época gozaba de muy mala salud —hay que tener presente que, a lo largo de toda esta experiencia, su condición física estaba muy decaída—, estaba considerablemente angustiado con motivo de la negligencia, incluso de los explícitos malos tratos, que recibía de su esposa y de sus hijastros. Su esposa era vanidosa, extravagante e insensible, y sentía una afición creciente por la bebida cuando estaba a solas; su hijastra era ruin y astuta; y su hijastro había concebido una violenta aversión hacia él, y no perdía ocasión para demostrárselo. Las exigencias de su negocio eran altamente pesadas para él, y el señor Wace no cree que estuviera totalmente libre de algún exceso ocasional. Había empezado su vida en una posición confortable. Era un hombre bastante instruido, y padeció sin interrupción durante semanas, de melancolía e insomnio. Temiendo molestar a su familia, cuando sus reflexiones se volvían intolerables, se deslizaba en silencio fuera de la cama para no despertar a su esposa, y vagaba por la casa. Y una mañana, de últimos de agosto, a eso de las tres de la madrugada, el azar dirigió sus pasos hacia la tienda.

La sucia tiendecilla estaba impenetrablemente oscura excepto en un punto, donde percibió un inusual destello de luz. Al acercarse a él, descubrió que se trataba del huevo de cristal, que se hallaba en el rincón del mostrador que daba al escaparate. Un tenue rayo de luz penetraba por una rendija de la persiana, chocaba contra el objeto, y parecía como si fuera a rellenar todo su interior.

Al señor Cave se le ocurrió que aquello no coincidía con las leyes de la óptica tal y como él las había entendido en su época juvenil. Podía comprender que los rayos fueran refractados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no coincidía con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, escudriñando su interior y la superficie con un momentáneo renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud había determinado la elección de su profesión. Se sorprendió al comprobar que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo, como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso.

Desplazándose para obtener diferentes puntos de vista, de pronto comprobó que se había colocado entre el rayo y el cristal, y que sin embargo, éste continuaba siendo luminoso. Grandemente sorprendido, lo alejó del rayo de luz y lo trasladó a la parte más oscura de la tienda. Continuó brillando durante cuatro o cinco minutos, y luego se fue debilitando lentamente hasta apagarse. Lo situó bajo la débil luz del día y su luminosidad reapareció casi inmediatamente.

Por lo menos hasta ese punto el señor Wace pudo comprobar la extraordinaria historia del señor Cave. Él mismo había colocado repetidas veces el cristal ante un rayo de luz (cuyo diámetro debía de ser inferior a un milímetro). Y dentro de la perfecta oscuridad, la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal parecía, sin lugar a dudas, débilmente fosforescente. Sin embargo, parecía que la luminosidad era de una clase excepcional, que no resultaba igualmente visible a todos los ojos; el señor Harbinger — cuyo nombre resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur— era totalmente incapaz  de  ver  ninguna  luz.  Y la capacidad  del  propio  señor  Wace para apreciarla era muy inferior en comparación con la del señor Cave. Incluso con el señor Cave, la intensidad variaba considerablemente: su visión era mucho más vivida durante los estados de extrema debilidad y fatiga.

Desde el primer momento, esta luz en el cristal había ejercido una curiosa fascinación sobre el señor Cave. Y dice más de su alma solitaria el hecho de que no contara a ningún ser humano sus curiosas observaciones, que lo que diría un volumen de escritos patéticos. Parecía estar viviendo en una atmósfera de tan mezquino resentimiento que de haber admitido la existencia de un goce hubiera corrido el riesgo de perderlo. Averiguó que a medida que avanzaba el alba, y aumentaba la difusión de la luz, según todas las apariencias el cristal dejaba de ser luminoso. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro, excepto por la noche, en los rincones oscuros de la tienda.

Pero se le ocurrió utilizar una vieja tela de terciopelo que usaba como fondo para una colección de minerales, y doblando el paño, y cubriéndose con él la cabeza y las manos, era capaz de ver el movimiento luminoso en el interior del cristal incluso durante el día. Tomaba muchas precauciones a fin de no ser descubierto por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía arriba, y además lo hacía disimuladamente en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dándole vueltas al cristal entre las  manos,  vio  algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la impresión de que el objeto le había desvelado, por un instante, la visión de un país inmenso y extraño; y, al girarlo otra vez, justo cuando la luz se desvanecía, volvió a tener la misma visión.

Bien, resultaría tedioso e innecesario exponer todas las fases del descubrimiento del señor Cave a partir de este punto. Basta con decir que el efecto fue éste: inclinando el cristal en un ángulo de 137 grados en dirección al rayo luminoso, se conseguía una clara y uniforme imagen de un paisaje inmenso y peculiar. No era nada que se pareciera a un sueño; producía una definida impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y sólido parecía. Se trataba de una imagen en movimiento: es decir, cienos objetos se movían en él, pero lentamente y de forma ordenada como las cosas reales, y, a medida que iba cambiando la dirección de la iluminación y de la visión del paisaje, también cambiaba. En verdad debía de ser como mirar una escena a través de un cristal ovalado, haciéndolo girar a fin de obtener diferentes facetas.

Las manifestaciones del señor Cave, me aseguró el señor Wace, eran extremadamente exactas, y totalmente exentas de esa cualidad emotiva que contamina las impresiones alucinatorias. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver cualquier claridad similar en la lánguida opalescencia del cristal resultaron totalmente infructuosos, por mucho que lo intentara.

La diferencia en la intensidad de las impresiones recibidas por los dos hombres era muy grande, y es bastante probable que lo que para el señor Cave era una visión, no fuera más que una confusa nebulosidad para el señor Wace.

La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa llanura, y siempre le parecía estar contemplándola desde una considerable altura, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura limitaba a una distancia remota con unos enormes riscos de color rojizo, que le recordaban unos que había visto en algún cuadro; aunque el señor Wace fue incapaz de averiguar de qué cuadro se trataba. Estos riscos iban de norte a sur —podía saber los puntos de la brújula por las estrellas que eran visibles durante la noche—, y se alejaban en una perspectiva casi ilimitada, desvaneciéndose en la calina de la distancia antes de unirse. Él se hallaba más cerca de los riscos orientales, y durante su primera visión el sol se levantaba por encima de ellos. Negras contra la luz del sol, y pálidas contra sus sombras, se distinguían multitud de formas elevándose, que el señor Cave consideró que eran pájaros. Una larga fila de edificios se extendía debajo de él; como si los estuviera mirando desde lo alto; y a medida que se acercaban al margen borroso y refractado de la imagen perdían su nitidez. También había árboles curiosos de forma y de color, un verde como de musgo y un gris exquisito, junto a un ancho canal resplandeciente. Y algo de gran tamaño y color brillante voló cruzando el cuadro. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, las vio como si fueran relámpagos; sus manos temblaban, su cabeza se movía y la visión iba y venía y crecía, difuminándose. Y al principio tuvo enormes dificultades para volver a encontrar la imagen una vez perdida su dirección.

La siguiente visión clara, que se presentó una semana después de la primera, sin haberse otorgado en este intervalo más que unas ojeadas atormentadas y cierta experiencia útil, le mostró el valle en toda su extensión. La visión era diferente, pero él tenía la curiosa convicción, que sus observaciones posteriores confirmaron totalmente, de que estaba mirando aquel extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, a pesar de que mirara en una dirección diferente. La larga fachada del gran edificio, cuyo tejado había visto antes desde lo alto, retrocedía ahora en la perspectiva. Reconoció el tejado. En el centro de la fachada había una terraza de sólidas proporciones y extraordinaria longitud, y en medio de ésta, a determinados intervalos, se elevaban unos enormes aunque elegantes mástiles, los cuales sostenían pequeños objetos brillantes que reflejaban el ocaso del sol. La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. La terraza estaba suspendida sobre un soto cubierto por la más exuberante y atractiva vegetación, y más allá un extenso prado sobre el cual reposaban ciertas anchas criaturas parecidas a  los  escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá aún, había un terraplén ricamente decorado con piedras rosáceas. Y más allá de éste, bordeada de malezas rojizas, y recorriendo el valle en paralelo exacto con los lejanos riscos, había una extensión de agua que semejaba un espejo. El aire parecía repleto de escuadrillas de grandes pájaros que maniobraban en curvas majestuosas; y al otro lado del río había gran cantidad de espléndidos edificios de aspecto multicolor, que brillaban por su tracería y ornamentación metálicas, en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y, de pronto, algo cruzó repentinamente la visión, como el ondular de un ventilador o el batir de las alas, y una cara, o más bien la parte superior de una cara con ojos muy grandes, apareció como si estuviera muy cerca de la suya propia, como si se encontrara al otro lado del cristal.

El señor Cave se quedó tan asombrado y tan impresionado por la absoluta realidad de aquellos ojos, que se retiró del cristal para examinarlo por detrás. Estaba tan absorto en la contemplación del cristal, que se sorprendió al encontrarse entre la fría oscuridad de su tiendecilla, con su familiar olor a alcohol metílico, a moho y podredumbre. Y mientras observaba a su alrededor, el resplandor del cristal se fue apagando hasta desaparecer.

Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle había aparecido momentáneamente ante sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y a medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que contemplaba, su asombro fue aumentando hasta convertirse en pasión. Distraído e indiferente, se ocupaba de su negocio pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación. Y entonces, unas semanas después de su primera visión del valle, aparecieron los dos clientes cuya oferta produjo gran tensión y excitación, y el cristal escapó por muy poco a su venta, como ya he explicado.

Mientras el objeto fue sólo un secreto del señor Cave, se quedó en una simple maravilla, algo hacia lo cual acercarse en secreto y atisbar, igual que un niño podía atisbar un jardín prohibido. Pero, aunque sea un investigador científico joven, el señor Wace posee una mente especialmente lúcida e ilativa. En cuanto el cristal y el relato llegaron a él y, viendo con sus propios ojos la fosforescencia, se persuadió de que existían realmente ciertas pruebas en cuanto a las afirmaciones del señor Cave, y procedió a analizar la cuestión sistemáticamente.

El señor Cave sólo deseaba deleitar sus ojos con el mundo fantástico que veía, y cada noche, desde las ocho y media hasta las diez y media, acudía allí, y a veces, en ausencia del señor Wace, también iba durante el día. Y los domingos por la tarde también. Desde el primer momento el señor Wace tomó copiosas notas, y fue debido a su método científico que se aprobó la relación entre la dirección por la que entraba el rayo inicial en el cristal y la orientación de la imagen. Y tapando el cristal con una caja perforada, con una pequeña abertura para recibir el rayo incitador, y cambiando las cortinas opacas de holanda negra, mejoraron extraordinariamente las condiciones de la observación; así, al cabo de poco tiempo lograron examinar el valle en cualquier dirección que ellos desearan.

Así, despejado el camino, podemos dar una breve relación de este mundo visionario que aparecía en el interior del cristal. En todas las ocasiones era el señor Cave quien lo veía, y el método de trabajo era invariable: él contemplaba el cristal e informaba de cuanto veía, mientras el señor Wace (que al ser estudiante de ciencias había aprendido el ardid de escribir a oscuras) escribía una breve reseña de la información. Cuando el cristal se apagaba, lo introducían en su caja, en la posición adecuada, y encendían la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas, y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. En realidad, nada podía resultar menos visionario y más prosaico.

La atención del señor Cave había sido captada rápidamente por las criaturas en forma de pájaro que había visto con tal abundancia en sus primeras visiones. Su primera impresión pronto fue corregida, y durante un tiempo consideró que bien podían representar una especie de murciélago diurno. Luego pensó, lo cual resultó bastante grotesco, que podían ser querubines. Sus cabezas eran redondas y curiosamente humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le sobrecogieron en su segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, desprovistas de plumas, pero que centelleaban con la misma brillantez que un pez recién cogido, y con la misma sutil gama de colores. Y el señor Wace supo que estas alas no parecían apoyarse en el plano de un ala de pájaro o de un murciélago, sino en unas costillas curvadas que irradiaban del cuerpo. (Una especie de ala de mariposa con costillas curvadas parece expresar mejor su apariencia.) El cuerpo era pequeño, pero equipado con dos racimos de órganos prensiles, como los tentáculos, justo debajo de la boca. Por muy increíble que le pareciera al señor Cave, al final se persuadió irremisiblemente de que estas criaturas eran las propietarias de los grandes edificios casi humanos y del magnífico jardín que hacía tan espléndido el amplio valle. Y el señor Cave percibió que los edificios, entre otras peculiaridades, no tenían puertas, sino que era por las grandes ventanas circulares, que se abrían libremente, por donde entraban y salían las criaturas. Se posaban sobre sus tentáculos, plegaban sus alas casi a la pequeñez de una caña y saltaban al interior. Pero entre ellas había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores, y por el césped de brillante colorido, unos escarabajos se arrastraban perezosamente de un lado a otro. Y todavía más, en los terraplenes y en las terrazas se veían unas criaturas de gran cabeza similares a las moscas de mayor tamaño, pero sin alas, que brincaban atareadas sobre su maraña de tentáculos en forma de mano.

Ya se ha hecho alusión a los brillantes objetos sobre los mástiles que se levantaban por encima de la terraza del edificio más cercano. El señor Cave, tras mirar fijamente a uno de estos mástiles en un día especialmente claro, cayó en la cuenta de que el objeto brillante que allí se encontraba era un cristal exactamente igual que el que él estaba atisbando. Y una inspección todavía más minuciosa le convenció de que cada uno, aproximadamente unos veinte, sostenía un objeto similar.

De vez en cuando, una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de ellos y, tras plegar sus alas y enrollar parte de los tentáculos en el mástil, miraba fijamente el cristal durante un rato —a veces durante más de quince minutos—. Y una serie de observaciones, realizadas por sugerencia del señor Wace, persuadieron a los dos observadores de que, por lo que se refería a este mundo visionario, el cristal que estaban escudriñando se hallaba efectivamente en la cúspide del último mástil situado en la terraza, y que por lo menos en una ocasión, uno de estos habitantes de otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras efectuaba observaciones. Eso por lo  que respecta a los hechos esenciales de esta historia realmente singular.

A menos que lo descartemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, debemos creer una de estos dos cosas: o bien el cristal del señor Cave se hallaba en dos mundos a la vez, y mientras se movía en uno permanecía estacionario en el otro, lo cual parece del todo absurdo; o bien mantenía una peculiar relación con otro cristal exactamente igual en este otro mundo, de modo que lo que veía en el interior del que se hallaba en este mundo resultaba, bajo condiciones adecuadas, visible para un observador en el correspondiente cristal del otro mundo; y viceversa. Hasta ahora, ignoramos realmente de qué forma dos cristales pueden entrar en relación, pero hoy en día sabemos lo suficiente como para comprender que el hecho no es del todo imposible. Esta relación entre los dos cristales fue una suposición que se le ocurrió al señor Wace, y a mí al menos me parece extremadamente creíble...

¿Y dónde estaba ese otro mundo? Al respecto, la vivaz inteligencia del señor Wace también arrojó luz rápidamente. Después de ponerse al sol, el cielo se oscureció con rapidez, el crepúsculo fue un breve intervalo, y las estrellas brillaron. Podían reconocerse las mismas que nosotros vemos, agrupadas en las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio: por tanto, el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos centenares de millones de kilómetros del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace aprendió que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo invernal, y que el Sol parecía un poco más pequeño... ¡Y que había dos lunas pequeñas!, «iguales que nuestra Luna, pero más pequeñas, con diferentes marcas», una de las cuales se movía con tanta rapidez que su movimiento resultaba claramente visible si se la observaba. Estas lunas nunca se elevaban al cielo, sino que se desvanecían mientras iban surgiendo: es decir, cada vez que daban la vuelta se eclipsaban porque estaban muy cerca de su planeta primario. Y todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a lo que deben de ser las condiciones de Marte.

Por tanto, parece una conclusión sumamente plausible que al atisbar en el interior de este cristal, lo que el señor Cave realmente viera fuese el planeta Marte y sus habitantes. Y, en el caso de que así fuera, entonces la estrella vespertina que resplandecía con toda brillantez en el cielo de aquella distante visión era nada menos que nuestra familiar Tierra.

Durante algún tiempo, los marcianos, si es que eran marcianos, no parecieron enterarse de la inspección del señor Cave. Una o dos veces se acercaron a atisbar, y se marcharon en seguida a algún otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. Durante este tiempo, el señor Cave pudo contemplar la situación de este pueblo alado sin ser molestado por su atención, y, aunque el informe es necesariamente vago y fragmentario, no por ello resulta menos sugestivo. Imaginad la impresión que de la humanidad obtendría un observador marciano, el cual, tras un difícil proceso de preparación y con considerable fatiga de los ojos, lograra observar Londres desde la aguja de la iglesia de St. Martin durante intervalos, como mucho, de tres o cuatro minutos. El señor Cave fue incapaz de averiguar si los marcianos alados eran los mismos que brincaban por los terraplenes y las terrazas, y si estos últimos podían volar a voluntad. Varias veces vio bípedos torpes, que recordaban vagamente a los monos, blancos y parcialmente translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y en una ocasión vio que un grupo de éstos huía ante el acoso de uno de los marcianos saltadores de cabeza redonda. Uno de éstos atrapó a uno con sus tentáculos, y entonces la imagen se desvaneció repentinamente, dejando al señor Cave completamente impotente en la oscuridad. En otra ocasión, una cosa enorme, de la que el señor Cave pensó en un principio que era un insecto gigante, apareció avanzando con extraordinaria rapidez por el terraplén junto al canal. Mientras se acercaba, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metal brillante y de extraordinaria complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, ya estaba fuera de su vista.

Al cabo de algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron cerca del cristal, el señor Cave gritó y saltó a un lado, e inmediatamente encendieron la luz y empezaron a gesticular de forma sugestiva para hacer señales. Pero cuando el señor Cave volvió a examinar el cristal, el marciano había desaparecido.

Hasta aquí habían progresado estas observaciones a principios de noviembre, y entonces el señor Cave, notando que las sospechas de su familia sobre el cristal se habían calmado, empezó a llevarlo con él de una parte a otra, a fin de consolarse como había hecho en ocasiones anteriores, de día y de noche, con lo que se había convertido rápidamente en el acontecimiento más real de su existencia.

En diciembre, el trabajo del señor Wace fue en aumento debido a la inminencia de un examen, las sesiones tuvieron que suspenderse de mala gana durante una semana, y durante diez u once días —no está muy seguro de cuántos— no volvió a ver a Cave. Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y aliviada la tensión de sus trabajos estacionales, se dirigió a Seven Dials. En la esquina notó unos postigos delante del escaparate de una pajarería y luego otros ante el de un zapatero remendón. La tienda del señor Cave estaba cerrada.

Llamó y le abrió la puerta el hijastro, vestido de negro. Éste llamó en seguida a la señora Cave, quien, según el señor Wace pudo observar, vestía un traje de luto barato pero amplio e imponente.

Sin demasiada sorpresa, el señor Wace se enteró de que el señor Cave había muerto y ya había sido enterrado. Ella estaba llorando, y su voz era profunda. Acababa de regresar de Highgate. Su mente parecía preocupada por su propio futuro y por los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo por fin conocer los detalles de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano, al día siguiente de su última visita al señor Wace, y el cristal había quedado atrapado entre sus manos frías como la piedra. Su rostro sonreía, dijo la señora Cave, y el paño de terciopelo negro de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar ya muerto cinco o seis horas cuando lo encontraron.

Esto produjo una gran conmoción en el señor Wace, que empezó a reprocharse amargamente por haber descuidado los evidentes síntomas de la mala salud del anciano. Pero su principal preocupación era el cristal. Abordó el tema con precaución,  pues conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó sin habla al saber que había sido vendido.

El primer impulso de la señora Cave, tras subir el cuerpo de Cave al dormitorio, había sido escribir al clérigo chiflado que había ofrecido cinco libras por el cristal, para informarle de su recuperación; pero, tras una violenta  búsqueda a  la que se  sumó la hija, se convencieron de que habían perdido su dirección. Como carecían de los medios requeridos para llorar y enterrar a Cave con el primoroso estilo que exige la dignidad de un habitante de Seven Dials, habían recurrido a un amigo anticuario de Great Portland Street. Él había accedido amablemente a hacerse cargo de parte de la mercancía según tasación. Él mismo efectuó la tasación, y el huevo de cristal fue incluido en uno de los lotes. El señor Wace, tras manifestar las frases de condolencia, un tanto improvisadas tal vez, corrió de inmediato a Great Portland Street. Pero allí se enteró de que el huevo de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno vestido de gris.

Y aquí terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa historia que, al menos para mí, resulta muy sugestiva. El comerciante de Great Portland Street no sabía quién era el hombre alto y vestido de gris; no le había observado con la suficiente atención para describirlo con detalle. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado esta persona  después  de  abandonar  la  tienda.

Durante  algún  tiempo  el  señor  Wace permaneció en la tienda, poniendo a prueba la paciencia del comerciante con preguntas desesperadas, dando libre curso a su propia exasperación. Por fin, comprendiendo bruscamente que todo el asunto se le había escapado de las manos, que se había desvanecido como una visión nocturna, regresó a sus habitaciones, un poco sorprendido de encontrar las notas que había tomado, aún tangibles y visibles sobre su desordenada mesa.

Su disgusto y su decepción fueron naturalmente muy grandes. Realizó una segunda visita (igualmente infructuosa) al comerciante de Great Portland Street, y recurrió a los anuncios en aquellos periódicos que tenían más probabilidades de caer en manos de un coleccionista de artículos raros.

También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature, pero ambas publicaciones, sospechando que se trataba de una broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir, y le advirtieron que aquella historia tan extraña, lamentablemente sin pruebas que la sustentaran, podía poner en peligro su reputación como investigador. Por otra parte, las obligaciones de su propio trabajo eran perentorias. Así, al cabo de un mes, salvo por algún recordatorio ocasional a ciertos anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal, que a partir de ese día permanece en algún lugar desconocido. Sin embargo, él me ha dicho, y yo lo creo firmemente, que de vez en cuando tiene arrebatos de celo en los que abandona sus más urgentes ocupaciones y vuelve a iniciar la búsqueda.

Que permanezca o no perdido para siempre, con su material y su propio origen, son cosas sobre las que se puede especular en todo momento. Si el actual propietario es un coleccionista, cabría esperar que las indagaciones del señor Wace hubieran llegado a sus oídos a través de los anticuarios. Ya que había sido capaz de descubrir al clérigo y al «oriental» del señor Cave, que no eran sino el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bosso-Kuni, en Java. Les estoy muy agradecido por determinados pormenores. El interés del príncipe no se debía más que a una simple curiosidad... y extravagancia. Se había mostrado tan ansioso de comprar porque Cave era extrañamente reacio a vender. También es muy posible que el comprador en segunda instancia fuera simplemente un comprador ocasional, y no un coleccionista, y que el huevo de cristal se encuentre en estos momentos, posiblemente, a menos de un kilómetro de distancia, decorando un salón o sirviendo de pisapapeles, sin que se conozcan sus extraordinarias propiedades.

Y, por lo tanto, se debe en parte a la idea de dicha posibilidad que yo haya dado a esta narración una forma que le dará la oportunidad de ser leída por el normal consumidor de ficción.

Mis propias ideas en esta materia son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Estoy convencido de que el cristal en lo alto del mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave se hallan en alguna clase de relación física, pero que de momento resulta inexplicable, y ambos creemos, además, que el cristal terrestre debió de ser enviado aquí desde allí — posiblemente en fecha remota— con el fin de ofrecer a los marcianos una visión próxima de nuestras costumbres. Es muy posible que los que aparecen en los cristales de otros mástiles también se encuentren en nuestro globo. Ninguna teoría de lasalucinaciones alcanza a explicar los hechos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL HOMBRE QUE PODÍA HACER MILAGROS

 

No se sabe con certeza si fue un don innato. Me inclino a pensar que le llegó de forma súbita. De hecho, a los treinta años seguía siendo un escéptico, que no creía en absoluto en los poderes de los milagros. Debo decir aquí, dado que es éste el lugar más indicado, que era un hombre de baja estatura, ojos castaño oscuro, pecoso, con el pelo rojizo y muy erizado, y con un bigote cuyas puntas solía retorcer hacia arriba. Se llamaba George McWhirter Fotheringay (nombre que, sin duda, no presagia milagros) y trabajaba como secretario en la empresa Gomshott. Era bastante aficionado a entablar polémicas dogmáticas.

Fue en el transcurso de una de estas polémicas, en la que defendía la imposibilidad de los milagros, cuando tuvo el primer indicio de sus extraordinarios poderes. La discusión tenía lugar, para ser exactos, en el bar Long Dragon, y Toddy Beamish defendía la idea contraria, con un monótono pero efectivo «…Así que usted cree que…» que tenía al señor Fotheringay sobre ascuas.

Se encontraban también allí, además de ellos dos, un ciclista polvoriento, el posadero Cox y la señora Maybridge, una camarera, bastante corpulenta y perfectamente respetable, del Long Dragon. La señora Maybridge, de pie y de espaldas al señor Fotheringay, se estaba limpiando las gafas. Los demás le miraban, interesados, aunque sin mucho entusiasmo por la ineficacia del método defendido. Incitado por las tácticas del señor Beamish, el señor Fotheringay decidió realizar un tour de force retórico inusual en él. —Vamos a ver, señor Beamish dijo el señor Fotheringay—. Definamos sin ambigüedades qué es un milagro. Es algo que se opone al curso de la naturaleza, y es el resultado del poder de la voluntad; es algo que no podría suceder sin la intervención de la voluntad.

—…Así que usted cree que… —dijo el señor Beamish manifestando su oposición.

El señor Fotheringay apeló al ciclista, que hasta entonces había permanecido atento y en silencio; recibió de él su aprobación, expresada tras una tosecita que denotaba vacilación y tras haber echado una mirada de reojo al señor Beamish. El posadero no expresó su opinión, y el señor Fotheringay, volviéndose hacia el señor Beamish, recibió de él, de forma inesperada, una razonada confirmación de su definición del milagro.

—Por ejemplo —dijo el señor Fotheringay muy animado—. Aquí podría haber un milagro. ¿Acaso podría esta lámpara, de una forma natural, seguir ardiendo vuelta hacia abajo, Beamish?

—Usted lo ha dicho; no podría —dijo Beamish.

—¿Y usted? —preguntó Fotheringay—. Usted no pretenderá decir que… ¿eh?

—No —contestó Beamish a regañadientes—. No, no podría.

—Muy bien —dijo el señor Fotheringay—. Entonces se presenta alguien aquí, pongamos por caso yo mismo, se pone en frente de la lámpara y le dice, como lo podría hacer yo, concentrándome en mi deseo. «Vuélvete hacia abajo sin romperte y sigue ardiendo, ¡ea!»

Bastó para hacer decir a todos los presentes: ¡ea! Lo imposible, lo increíble se hizo palmario. La lámpara, invertida en el aire, ardía en silencio, con la llama hacia abajo. Aquella lámpara, la prosaica y vulgar lámpara del bar Long Dragon, era tan real e ineludible como cualquier otra.

El señor Fotheringay permanecía de pie con el dedo índice extendido y con el ceño fruncido, con la expresión de alguien que prevé una catástrofe. El ciclista, que estaba sentado junto a la lámpara, se cubrió la cabeza con los brazos y echó a correr hacia el lado opuesto del bar. Los demás hicieron aproximadamente lo mismo. La señora Maybridge se volvió y chilló. La lámpara permaneció inmóvil durante unos tres segundos. Un grito sordo de angustia salió de la boca del señor Fotheringay;

—No puedo soportar esto ni un minuto mas —dijo. Se tambaleó hacia atrás y la lámpara invertida fulguró súbitamente, cayó contra el rincón del bar, rebotó en un lado, golpeó sobre el suelo y se apagó.

Por suerte tenía un pie de metal; de no haberlo tenido, el lugar habría ardido en llamas. El señor Cox fue el primero en hablar, y sus observaciones, entrecortadas con exabruptos que no venían a cuento, dieron a entender que Fotheringay estaba loco. ¡Y Fotheringay ni siquiera ponía en duda una proposición como aquélla! Estaba atónito, fuera de toda medida, ante lo que acababa de suceder. La conversación que tuvo lugar a continuación no arrojó absolutamente ninguna luz sobre el asunto, en lo que a Fotheringay atañía Todo el mundo dio la razón al señor Cox, y lo hicieron con mucha vehemencia. Acusaron a Fotheringay de haber hecho algún truco y le hicieron ver que había atentado estúpidamente contra el orden y la seguridad. Sintió que un torbellino de perplejidad le arrastraba, se sentía inclinado a pensar corno ellos, y se opuso, aunque sin ningún éxito, a abandonar el lugar.

Se fue a casa congestionado y acalorado, con el cuello de la camisa arrugado, los ojos escocidos y las orejas encarnadas. Miró con nerviosismo las diez farolas que halló en el camino. Pero fue únicamente al encontrarse solo en su habitación de Church Row cuando se sintió capaz de enfrentarse de veras a sus recuerdos, y se preguntó:

—¿Qué diablos ha ocurrido?

Se había quitado el abrigo y las botas, y estaba sentado en el borde de la cama, con las manos en los bolsillos, repitiendo, por vigésima vez, las palabras que constituían su defensa:

«Yo no quería molestar a nadie con el dichoso asunto», cuando, en el preciso momento en que pronunciaba las palabras de conjuro, le pareció que, subrepticiamente, había deseado lo que estaba diciendo y que, cuando había visto la lámpara suspendida en el aire, sintió que dependía de él dejarla allí, aunque no estaba claro cómo debía hacerse. No era la suya una mente especialmente complicada; de haberlo sido, se habría detenido ante este «deseo inadvertido», que conlleva, de hecho, los problemas más inextricables de su acto de volición; pero la idea se le apareció de forma bastante confusa. Y a continuación, sin mediar, lo admito, lógica alguna, pasó al terreno práctico de la experimentación.

Señaló con resolución su vela y se concentró, aunque presentía que estaba cometiendo una locura.

—Elévate —le dijo.

Por un instante, este prepensamiento desapareció. La vela se elevó, suspendida en el aire durante un vertiginoso momento; el señor Fotheringay contuvo el aliento; luego la vela cayó sobre su mesita tocador, dejándole en la oscuridad, rota sólo por el débil resplandor de la mecha.

El señor Fotheringay permaneció un rato sentado en la oscuridad completamente inmóvil. «¡Ha ocurrido! ¡Ha ocurrido!» —se dijo— ¡y no sé cómo lo voy a explicar.» Suspiró profundamente y buscó afanosamente una cerilla en sus bolsillos, pero no encontró ninguna. Se levantó y. buscó a tientas en su mesita tocador.

—Desearía tener una cerilla —dijo.

Recurrió a su abrigo, pero no había ninguna; entonces empezó a comprender que los milagros eran posibles incluso con cerillas. Extendí una mano y frunció el ceño en la oscuridad:

—Que aparezca una cerilla en esta mano —dijo.

Inmediatamente, sintió cómo un objeto ligero se deslizaba en su palma. Cerró los dedos asiendo una cerilla.

Luego de vanos infructuosos intentos por encenderla, descubrió que se trataba de un fósforo de seguridad. Lo tiró y entonces cayó en la cuenta de que debía haberlo deseado encendido. Así lo hizo, y al momento pudo percibirlo ardiendo sobre el tapete de su mesita tocador. Lo cogió apresuradamente y se le apagó. Sus posibilidades de percepción aumentaron; buscó a tientas el candelero para colocar en él la vela.

—Venga, ¡enciéndete! —ordenó el señor Fotheringay, e inmediatamente la vela se encendió.

Vio un agujero negro en la encimera del tocador del que salía un hilo de humo. Durante unos instantes miró fijamente la pequeña llama; a continuación, alzó la vista y vio su propia imagen reflejada en el espejo.

—¿Qué me dices ahora de los milagros? —se dijo al fin el señor Fotheringay dirigiéndose a su imagen reflejada en el espejo.

Las posteriores reflexiones del señor Fotheringay fueron graves pero confusas. Por lo que podía entrever, se trataba de un caso de simple volición. La naturaleza de las primeras experiencias no le indujo a ulteriores experimentos, o mejor dicho, sólo a los menos peligrosos. Levantó una hoja de papel y la transformó en un vaso de agua de color rosa, luego verde, a continuación creó un caracol que más tarde aniquilaría por medio de otro milagro, y finalmente, creó un nuevo y milagroso cepillo de dientes. Al llegar el alba comprendió que el poder de su voluntad debía de poseer una extraña y amarga cualidad, hecho del que, con anterioridad, había tenido indicios, pero no una seguridad plena. El susto y la perplejidad de su primer descubrimiento aparecían ahora mitigados por el orgullo de esta evidencia singular y por un vago presentimiento de sus ventajas. Reparó en que el reloj de la iglesia estaba dando la una, y como no se le pasó por la cabeza que podía utilizar sus milagros para librarse de sus obligaciones cotidianas en la empresa de Gomshott decidió desnudarse y acostarse sin demora. Mientras luchaba por quitarse la camiseta por la cabeza, se le ocurrió una brillante idea:

—¡Que esté ya en la cama! —ordenó, y al momento estaba acostado—. Desnudo —especificó, y como se encontraba al instante entre las frías sábanas, añadió bruscamente—: Y en mi pijama… no, en un bonito pijama de lana suave. ¡Ah! —exclamó con una inmensa felicidad—. Y ahora quiero dormirme plácidamente…

Se despertó a su hora habitual; durante el almuerzo estuvo cavilando, preguntándose si su experiencia de la noche anterior no habría sido un sueño. Al fin su mente volvió de nuevo a sus cautos experimentos. Por ejemplo, tenía tres huevos para desayunar. La patrona había preparado dos de ellos, buenos, aunque no de primera calidad; el tercero, en cambio, era un fresco y delicioso huevo de oca, preparado según su gusto, gracias a su extraordinaria voluntad. Luego, en un estado de profunda pero bien disimulada agitación, se dirigió apresuradamente a Gomshott y sólo se acordó de la cáscara del tercer huevo, cuando la patrona le habló de ello por la noche Apenas pudo trabajar en todo el día, debido al nuevo conocimiento de sí mismo, asombrosamente adquirido, pero ello no le perjudicó ya que hizo su trabajo milagrosamente en los últimos diez minutos.

A medida que transcurría lentamente el día, su estado mental fue pasando de la admiración al júbilo, aunque todavía resultaba desagradable recordar su invitación a retirarse del Long Dragon, y un recuerdo alterado de lo que había sucedido y que había influido en sus colegas, le produjo cierta risa. Era evidente que debía tener cuidado al elevar objetos que pudieran romperse, pero, por otra parte, su don le prometía más y más a medida que le daba vueltas en su cabeza. Intentó, entre otras cosas, aumentar su patrimonio personal mediante modestos actos creativos. Creó un par de espléndidos gemelos de diamantes, pero tuvo que aniquilarlos apresuradamente cuando vio aproximarse al joven Gomshott hacia su escritorio. Temió que Gomshott pudiera preguntarse cómo los había conseguido. Reflexionó y vio con bastante claridad que el ejercicio de aquel don requería precaución y una cuidadosa vigilancia. Pero su sentido común le decía que las dificultades que acompañaban su nueva habilidad no serían mayores que las que ya había afrontado al estudiar la práctica del ciclismo. Fue quizá esta analogía, así como la sensación de que no sería bienvenido en el Long Dragon, lo que le indujo a ensayar unos cuantos milagros en privado, después de cenar, en el callejón detrás de la fábrica de gas.

Había posiblemente cierto afán de originalidad en sus tentativas, ya que, aparte de su poder, el señor Fotheringay no poseía ninguna cualidad excepcional. Le vino a la memoria el milagro de la vara de Moisés, pero la noche era oscura y poco propicia para encantar, como es debido, a las grandes serpientes milagrosas. Entonces le vino a las mientes la historia de «Tannhauser», que había leído en el reverso del programa de la Filarmónica. Aquello le pareció singularmente atractivo e inofensivo. Clavó su bastón en el césped que bordeaba la calle y ordenó florecer a aquella seca madera. En seguida el ambiente se cargó de un agradable olor a rosas, y, con la ayuda de una cerilla, pudo comprobar que aquel hermoso milagro se había realizado. Su íntima complacencia fue interrumpida al oír unos pasos que se aproximaban. Temeroso de que descubrieran demasiado pronto sus poderes, se dirigió a las flores de su bastón y apresuradamente les ordenó:

—¡Idos! —aunque lo que él quiso decir fue «Volved a vuestro antiguo estado»; evidentemente estaba aturdido. El bastón retrocedió a una velocidad considerable, y a continuación se oyó un grito de dolor y cólera, y un insulto procedentes de la persona que se aproximaba.

—¿Se ha vuelto usted loco para andar tirando zarzas a la gente? ¡Me ha dado en la espinilla!

—Lo siento, hombre —contestó el señor Fotheringay, cayendo en la cuenta de lo torpe de la explicación; se pasó la mano nerviosamente por el bigote y vio que Winch, uno de los tres alguaciles, se acercaba.

—¿Qué significa todo esto? —inquirió el alguacil—. ¡Ah! ¡Pero si es usted, el caballero que rompió la lámpara en el Long Dragon!

—No tenía ninguna intención de hacerlo —contestó el señor Fotheringay—. De veras, ninguna.

—Entonces, ¿por qué lo hizo?

—¡Oh! ¡Qué fastidio! —exclamó el señor Fotheringay.

—Sí, exacto, qué fastidio, ¿sabe que ese bastón me ha hecho daño? ¿Por qué lo ha hecho?

En aquel momento, el señor Fotheringay no pudo pensar en ninguna excusa. Su silencio irritó visiblemente al señor Winch.

—Esta vez ha agredido usted a la policía, ¡eso es lo que ha hecho!

—Verá, señor Winch —dijo el señor Fotheringay, molesto y confundido—, lo siento mucho. El hecho es que…

—¿Y bien?

No pudo pensar en otra cosa que no fuera la verdad. Estaba realizando un milagro. Intentó hablar de una forma coherente, pero, aunque lo intentó, no pudo.

—¡Realizando un…! Vamos, no diga tonterías. ¡Conque realizando un milagro…!, ¡un milagro! Ésta sí que es buena, pero, ¿acaso no era usted quien no creía en los milagros…? Éste debe ser otro de sus estúpidos trucos… ¡Sí señor, eso es lo que es! Ahora déjeme decirle…

Pero el señor Fotheringay no escuchó lo que el señor Winch iba a decirle. Comprendió que le había revelado su secreto y que lo proclamaría a los cuatro vientos. Una súbita rabia le incitó a actuar. Se volvió hacia el alguacil y le dijo ferozmente:

—Estoy harto, ¿me oye?, ¡harto de todo esto! Ahora le voy a enseñar uno de esos estúpidos trucos! ¡Verá! ¡Y ahora váyase al infierno!

Y se encontró de nuevo solo.

El señor Fotheringay no realizó mas milagros aquella noche, ni tampoco se molestó en averiguar adonde había ido a parar su bastón florecido. Regresó a la ciudad, asustado y muy silencioso. Se encerró en su habitación.

—¡Señor! —exclamó—. ¡Es un don poderoso, un don extremadamente poderoso! Yo no pretendía tanto. De veras que no… ¡Me pregunto cómo será el infierno!

Se sentó en el borde de la cama y se quitó las botas. Tuvo la feliz ocurrencia de trasladar al alguacil desde el infierno hasta San Francisco, y sin volver a interferir el orden natural de las cosas, se metió tranquilamente en la cama. Durante la noche soñó con la cólera de Winch.

Al día siguiente, el señor Fotheringay oyó dos noticias interesantes, alguien había plantado un rosal hermosísimo en la parte trasera de la casa privada del viejo señor Gomshott, en la calle Lullaborough, y la otra era que habían estado rastreando el río hasta Rawling’s Mili, en busca del alguacil Winch.

El señor Fotheringay estuvo abstraído durante todo el día, y no realizó ningún milagro más, a excepción de algunas provisiones para Winch y del milagro de terminar con celeridad y pulcritud su trabajo del día, a pesar del enjambre de ideas que zumbaban en su mente. La extraordinaria abstracción y suavidad de sus modales fueron comentadas por muchas gentes, y fue motivo de burla. Pero la mayor parte del tiempo, él pensaba en Winch.

El domingo por la tarde, se dirigió a la capilla, donde el señor Maydig, que se interesaba algo por el ocultismo, predicaba, harto sorprendentemente, sobre «aquellas cosas que se apartan de la ley». El señor Fotheringay, que no asistía con regularidad a la capilla, sintió que su escepticismo, al que ya he aludido, no fue hondamente perturbado. El contenido del sermón arrojó una luz enteramente nueva sobre sus dones recién adquiridos, y de repente, decidió consultar al señor Maydig en cuanto acabase el servicio. Y en el momento de tomar la decisión, se preguntó cómo esta idea no se le habría ocurrido antes.

Al señor Maydig, que era un hombre enjuto y nervioso, con unas muñecas y un cuello extraordinariamente largos, le halagó profundamente que un joven, cuyo escaso interés por los asuntos religiosos era de todos conocido y criticado, pidiese una consulta privada con él. Una vez despachados unos pequeños e ineludibles contratiempos, le condujo al estudio de la rectoría contiguo a la capilla, le ofreció acomodo; y de pie frente al fuego de una reconfortante chimenea (sus piernas dibujaban una sombra arqueada en la pared opuesta), pidió al señor Fotheringay que le expusiera su problema.

Al principio, el señor Fotheringay se sintió un poco avergonzado y le resultó difícil entablar la conversación.

—Me temo que usted no me va a creer, señor Maydig…

Durante un rato estuvo diciendo cosas por el estilo. Por fin lo intentó con una pregunta. Le preguntó al señor Maydig su opinión sobre los milagros.

El señor Maydig estaba todavía diciendo «Y bien», en un tono extremadamente juicioso, cuando el señor Fotheringay le interrumpió nuevamente:

—Supongo que usted no cree que cierta clase de personas, vulgares y corrientes, como yo, por ejemplo, pueda estar sentada aquí y ahora como yo lo estoy, y sea capaz de realizar ciertas cosas mediante un acto exclusivo de volición.

—Es posible —dijo el señor Maydig—. Algo parecido, sí, quizá sea posible.

—Si yo pudiera realizarlo aquí, libremente, con algún objeto… creo que puedo demostrárselo con un experimento —dijo el señor Fotheringay—. Ahora, coja esta pipa que hay encima de la mesa, por ejemplo. Lo que quiero saber es si lo que voy a hacer con ella es un milagro o no. Espere medio minuto, señor Maydig, por favor.

Frunció el ceño, señaló la pipa y dijo:

—Conviértete en un jarrón con violetas.

La pipa se convirtió en lo que él había ordenado.

El señor Maydig se sobresaltó violentamente al ver la transformación, y permaneció mirando alternativamente al taumaturgo y al jarrón No dijo nada. De repente, osó inclinarse sobre la mesa y oler las violetas; eran flores recién cortadas y de las más exquisitas. Luego volvió a mirar al señor Fotheringay.

—¿Cómo lo ha hecho? —inquirió.

El señor Fotheringay se retorció el bigote.

—Me bastó con ordenarlo… y ya está. ¿Se trata de un milagro, magia negra o qué es? ¿Qué cree usted que me pasa? Esto es lo que quería preguntarle.

—Es el suceso mas extraordinario que he visto.

—Hace exactamente una semana ignoraba, tanto como usted, que era capaz de ciertas cosas. Hay algo extraño a mi voluntad, supongo, y esto es cuanto puedo decirle.

—¿Es esto lo único que puede hacer o es capaz de realizar también otras cosas?

—¡No! —contestó el señor Fotheringay—. Puedo hacer muchas más cosas. —Reflexionó y de pronto recordó un conjuro que había visto en un espectáculo—. ¡Tú! —señaló—, transfórmate en una pecera con un pez… no, eso no, transfórmate en una pecera de cristal, llena de agua, con una carpa dentro nadando en su interior. ¡Esto está mejor! ¿Ha visto esto, señor Maydig?

—Es impresionante, es increíble. Es usted el más extraordinario… Pero no…

—Podría convertirlo en cualquier cosa —dijo el señor Fotheringay—. En cualquier cosa. ¡Venga! ¡Conviértete en una paloma!

Al instante, una paloma azulada estaba revoloteando por la habitación, obligando al señor Maydig a esconder la cabeza bajo el brazo cada vez que pasaba junto a él.

—¡Detente allí! —ordenó el señor Fotheringay, y la paloma se quedó inmóvil en el aire—. Podría volver a transformarte en un jarrón con gores —dijo, y luego de colocar la paloma sobre la mesa, realizó el milagro.

—Supongo que querrá usted su pipa en seguida, ¿no?

Y la pipa apareció de nuevo.

El señor Maydig había seguido estas últimas transformaciones con una devoción silenciosa. Miró fijamente al señor Fotheringay y, con suma cautela, recogió su pipa, la examinó y la colocó sobre la mesa.

—¡Vaya! —fue cuanto alcanzó a decir.

—Ahora, después de todo esto resulta más fácil explicar para qué he venido —dijo el señor Fotheringay—, y a continuación procedió a narrar con prolijidad y dramatismo sus extrañas experiencias, empezando por el asunto de la lámpara del Long Dragon, y enmarañándose en continuas alusiones a Winch. A medida que iba avanzando, el orgullo momentáneo que le había producido la consternación del señor Maydig, iba desapareciendo. Volvió a ser el vulgar señor Fotheringay de todos los días. El señor Maydig le escuchaba con atención, con la pipa en la mano, y su expresión también fue cambiando en el transcurso del relato. Mientras el señor Fotheringay estaba hablando sobre el milagro del tercer huevo, el pastor le interrumpió bruscamente, agitando su mano.

—Es posible —dijo—. Es verosímil, es asombroso, desde luego, pero conlleva un buen número de dificultades. El poder para realizar milagros es un don, una cualidad única, como el genio o el conocimiento del futuro, que sólo les ha sido dado poseerlo a unos cuantos seres excepcionales. Pero este caso… Siempre me han maravillado los milagros de Mahoma, y los de Yogi, y los de la señora Blavatsky. ¡Claro, claro que sí! ¡Es un don! Verifica de una forma hermosa las hipótesis de aquel pensador —el señor Maydig bajó la voz— …su alteza el duque de Argyll. Con ello desvelamos una ley más profunda, más recóndita que las leyes ordinarias de la naturaleza. Sí, sí, prosiga, ¡prosiga!

El señor Fotheringay procedió a relatarle su percance con Winch, y el señor Maydig, libre ya de toda cohibición o temor, empezó a agitar los brazos y a dar curso libre a sus emociones.

—Esto es lo que mas me inquieta —prosiguió el señor Fotheringay—; es por ello por lo que quiero un consejo. Sin duda está en San Francisco (dondequiera que esté San Francisco), pero con toda evidencia un asunto peliagudo para nosotros dos, como podrá ver, señor Maydig. No veo el modo de que alcance a comprender lo ocurrido y yo diría que está horriblemente atemorizado y exasperado, y que debe de estar persiguiéndome. Estoy convencido de que él está intentando ponerse en marcha para venir aquí; por eso yo le mando otra vez de regreso, mediante un nuevo milagro, en cuanto me acuerdo.

Con toda segundad, esto es algo que jamás logrará entender, y esto le hará sufrir; además, si cada vez que intenta escapar, saca un billete, le va a resultar muy caro. He hecho cuanto he podido por él, pero a él, en cambio, le es difícil ponerse en mi lugar. Pensé también que sus ropas podrían haberse chamuscado, ya sabe… si el infierno es como nos lo han pintado… antes de llegar a San Francisco, y en este caso me temo que lo habrán encerrado. Como ve, estoy en un lío espantoso…

El señor Maydig le miraba seriamente.

—Ya veo que está usted en una situación difícil, ¿cómo va a poner término a todo esto? —preguntó. Hablaba con vaguedad, dejando las ideas en suspenso.

—Pero dejemos a Winch un momento y discutamos la cuestión principal. No creo que sea éste un caso de magia negra ni nada por el estilo. No veo que haya ningún rastro de criminalidad en ello, en absoluto, señor Fotheringay; nada, a menos que me esté usted ocultando algún hecho, algún hecho material. No, son milagros, puros milagros, milagros, sí, si puedo decirlo así, y de primerísima clase.

Empezó a pasear por la alfombrilla que había junto a la chimenea y a gesticular, mientras el señor Fotheringay apoyaba su brazo sobre la mesa y la cabeza sobre su barbilla, visiblemente preocupado.

—No sé cómo voy a solucionar lo de Winch —dijo.

—Un don para realizar milagros, un don aparentemente muy poderoso —dijo el señor Maydig—. Ya encontraremos algún modo de arreglar lo de Winch, no tema. Mi querido señor, es usted un hombre muy importante, un hombre con unas posibilidades asombrosas, esto es evidente. Y de otro lado, las cosas que usted puede hacer…

—Sí, he pensado en una o dos —dijo el señor Fotheringay—, Pero algunas cosas quedaron un poco deformadas. ¿Vio usted aquel pez al principio? No era una pecera normal, ni el pez tampoco. Pensé que podría consultar a alguien sobre el particular.

—Un sistema apropiado —dijo el señor Maydig—, un sistema muy apropiado. Definitivamente, el sistema mas apropiado. —Se detuvo y miró al señor Fotheringay—. Es un don prácticamente ilimitado. Examinemos sus poderes, por ejemplo, si son realmente… si son realmente lo que parecen ser.

Y así, por increíble que parezca, en el estudio de la pequeña casa detrás de la capilla congregacional, en la tarde del 10 de noviembre de 1896, el señor Fotheringay, incitado e inspirado por el señor Maydig, empezó a hacer milagros. Al lector le habrá llamado la atención, sobre todo, la fecha. Objetará, probablemente ya habrá objetado, que algunos puntos en esta historia son inverosímiles, que sí algo parecido a lo que se ha descrito hubiese, efectivamente, ocurrido, habría salido en los periódicos del año pasado. Los detalles que siguen a continuación seguramente los encontrará difíciles de aceptar, porque, entre otras cosas, llevan a la conclusión de que él o ella, el lector en cuestión, debe haber muerto asesinado de forma violenta y sin precedentes, hace más de un año. Ahora bien, un milagro sólo lo es por su inverosimilitud, y en realidad, el lector fue asesinado hace un año de forma violentísima y sin precedentes. Ello se pondrá de manifiesto y resultará del todo verosímil en las páginas siguientes de este relato, como todo lector en su sano juicio admitirá. Pero éste no es el momento de contar el fin de esta historia, nos hallamos únicamente en la parte central. En un principio, los milagros realizados por el señor Fotheringay eran insignificantes y tímidos, consistieron en pequeños cambios con las copas y el mobiliario del locutorio, tan endebles como los milagros de los teosofistas, aunque, a pesar de su endeblez, eran recibidos con un temor reverencial por su colaborador. Él hubiera preferido resolver el asunto de Winch, pero el señor Maydig no le dejó. Después de que hubieron realizado una docena de estas trivialidades caseras, desarrollaron su poder, su imaginación empezó a dar señales de una estimulación superior, y su ambición creció. El primer milagro de envergadura se debió al hambre y a la negligencia de la señora Minchin, el ama de llaves. Los alimentos a los que tenía acostumbrado el pastor al señor Fotheringay eran ciertamente poco apetitosos como refrigerio para dos hacedores de milagros. Estaban sentados, haciendo comentarios, con pesar mas que ira sobre el ama de llaves y lo que ésta había traído como cena.

—¿No cree, señor Maydig, que sería una indiscreción que yo…?

—Mi querido señor Fotheringay, ¡pues claro que no! ¡Adelante!

El señor Fotheringay agitó la mano.

—¿Qué podríamos tomar? —preguntó, sintiéndose dadivoso, e inspeccionó el menú que había pedido—. A mi gusto —dijo echando un vistazo a la selección del señor Maydig—, siempre me ha gustado beber una buena jarra de cerveza con una buena tostada recubierta de queso fundido, y esto es lo que voy a pedir; no soy muy aficionado al Borgoña —dijo, e inmediatamente, la cerveza y la tostada aparecieron. Hablaron largo y tendido durante la cena, y, de repente, el señor Fotheringay percibió con cierta sorpresa y complacencia todos los milagros que harían en breve.

—Y por cierto, señor Maydig —dijo el señor Fotheringay—, quizá podría ayudarle, de una forma casera, quiero decir.

—No acabo de entenderle —dijo el señor Maydig, vaciando el vaso del milagroso Borgoña añejo.

El señor Fotheringay se sirvió una segunda ración de tostada, llenándose la boca.

—Estaba pensando —dijo— que podría (ñam, ñam) realizar un milagro (ñam, ñam) con la señora Minchin (ñam, ñam), hacer de ella una . mujer mejor.

El señor Maydig dejó el vaso sobre la mesa y le miró con aire dubitativo:

—Ella es, ella… se opone rotundamente a que se inmiscuyan en su vida, señor Fotheringay, y de hecho, son más de las once y estará ya durmiendo. ¿Cree usted que podría… en resumidas cuentas…?

El señor Fotheringay sopesó estas objeciones.

—No veo por qué no podría hacerlo, aunque esté durmiendo.

Por un tiempo el señor Maydig se opuso a la idea, pero al final, cedió. El señor Fotheringay dio sus órdenes, y un tanto incómodos, quizá, los dos caballeros se dispusieron a seguir comiendo. El señor Maydig empezó a conjeturar sobre los cambios que se habrían operado en su ama de llaves al día siguiente, con un optimismo que incluso a los sentidos extraordinarios del señor Fotheringay les pareció un poco exagerado y morboso, cuando, de pronto, se oyeron unos ruidos confusos que provenían del piso de arriba. Sus ojos se miraron interrogantes; el señor Maydig salió de la habitación apresuradamente. El señor Fotheringay le oyó llamar al ama de llaves, y a continuación, sus pasos yendo suavemente hacia ella.

Al cabo de un minuto, más o menos, el pastor regresó, despacio y con una expresión radiante.

—Maravilloso —dijo—. ¡Y conmovedor! ¡Muy conmovedor!

Empezó a pasear sobre la alfombra que había junto a la chimenea.

—Qué arrepentimiento, qué arrepentimiento tan impresionante… lo vi a través de la rendija de la puerta. ¡Pobre mujer! ¡Qué cambio tan maravilloso! Se había levantado, seguramente se levantó de inmediato. Se había despertado con la intención de destruir la botella de coñac que escondía en una caja. ¡Y para confesarlo incluso!… Pero esto nos ofrece, nos abre el mas impresionante repertorio de posibilidades. Si podemos operar este milagro en ella…,

—Al parecer, el asunto es ilimitado —dijo el señor Fotheringay—. Y sobre el señor Winch…

—Sí, decididamente, ilimitado. —Desde la alfombra que había delante de la chimenea, el señor Maydig, dejando a un lado el problema de Winch, expuso una serie de maravillosas propuestas, propuestas que él iba inventando, mientras hablaba.

Pero estas propuestas no interesan ahora, ni están en relación alguna con la parte principal de este relato. Baste con decir que fueron concebidas con infinita benevolencia, la clase de benevolencia que solía llamarse posprandial. Baste asimismo con decir que el problema de Winch se quedó sin resolver. Tampoco es necesario describir hasta qué punto se cumplieron las propuestas. Hubo transformaciones sorprendentes. El alba sorprendió al señor Maydig y al señor Fotheringay corriendo por la plaza del mercado, bajo la Luna, con mucho frío, en una especie de éxtasis, el señor Maydig, todo gesto y abrigo, el señor Fotheringay, bajo y con el pelo erizado, y sin estar ya avergonzado de su grandeza. Habían redimido a los borrachos del grupo parlamentario, convirtieron toda la cerveza y el alcohol en agua (el señor Maydig había decidido en contra del señor Fotheringay en este punto), posteriormente, habían mejorado notablemente ¡a comunicación ferroviaria del lugar, vaciaron el pantano de Flinder, mejoraron el terreno de One Three Hill y curaron la verruga del vicario. Se dispusieron a ver lo que podría hacerse con el embarcadero deteriorado de South Bridge.

—El lugar —dijo entrecortadamente el señor Maydig— será irreconocible mañana. ¡Qué sorpresa se van a llevar todos y cómo lo van a agradecer! —En aquel preciso momento, el reloj de la iglesia señalaba las tres.

—Son las tres —dijo el señor Fotheringay—, tengo que irme. Tengo que estar en el trabajo antes de las ocho. Y por otro lado la señora Wimms..

—Pero si no estamos mas que empezando —dijo el señor Maydig, con la infinita dulzura que le confería su ilimitado poder—. Estamos sólo empezando. Piense en todas las buenas acciones que hemos hecho. Cuando la gente se despierte…

—Pero… —dijo el señor Fotheringay.

El señor Maydig agarró su brazo de repente. Sus ojos brillaban.

—Mi querido muchacho —dijo—, no hay ninguna prisa, mira. —Señaló a la Luna en su cénit…— ¡Josué!

—¿Josué? —preguntó el señor Fotheringay.

—Josué —dijo el señor Maydig—. ¿Por qué no? ¡Detenía!

El señor Fotheringay miró hacia la Luna.

—Está un poco alta —dijo tras una pausa.

—¿Por qué no? —preguntó el señor Maydig—. Desde luego, no se detiene, usted sólo detiene la rotación de la Tierra, ¿sabe? El tiempo se detiene. No perjudicamos a nadie.

—¡Hum! —dijo el señor Fotheringay—. Bien. —Suspiró—. Lo intentaré, a ver ahora…

Se abotonó el abrigo y se dirigió hacia el globo habitable con una actitud de confianza, que le confería su poder.

—¡Detén tu rotación! —ordenó el señor Fotheringay.

Al instante se encontró volando precipitadamente a través del aire a razón de docenas de millas por minuto. A pesar de los innumerables círculos que iba describiendo por segundo, pudo pensar; pensar es maravilloso, a veces el pensamiento fluye lentamente, otras, tan raudo como la luz. Pensó en un segundo y deseó:

—¡Déjame volver abajo sano y salvo! No importa lo que pase en adelante, ¡déjame volver abajo sano y seguro!

Lo deseó justo a tiempo, porque sus ropas, calentadas debido a su rápido vuelo a través del aire, empezaban a chamuscarse. Descendió; el impacto del aterrizaje, sobre lo que resultó ser un montón de tierra recién removida, fue brusco aunque en modo alguno doloroso. Una gran masa de metal y ladrillos, de extraordinario parecido con el reloj en medio de la plaza del mercado, cayó al suelo muy cerca de él, se desplomó y rebotó por encima de su cabeza; y, como una bomba al estallar, voló por los aires hasta caer entre los escombros de piedra, hierro y ladrillos. Una vaca que iba lanzada por los aires cayó encima de uno de los grandes montones y estalló como un huevo. Hubo un estallido tan estrepitoso que, en comparación, incluso los más espectaculares que había visto en su vida le parecieron el ruido que hace el polvo al caer. Le siguieron una serie de estallidos gradualmente menores. Un viento horrible rugió en el cielo y en la tierra, de forma que apenas pudo levantar la cabeza para mirar. Por unos momentos se quedó sin respiración y tan aturdido que ni siquiera podía ver dónde estaba ni lo que estaba sucediendo. Y su primer impulso fue palparse la cabeza y asegurarse de que el pelo erizado que estaba tocando era el suyo propio.

—¡Señor! —exclamó el señor Fotheringay, sin poder apenas hablar, debido al temporal—. ¡He sobrevivido! ¿Qué ha ocurrido? Tormentas y truenos. Si hace sólo un momento había una noche serena. Fue Maydig quien me embarcó en esto. ¡Qué viento! ¡Si me quedo aquí, voy a sufrir un estrepitoso accidente,..! ¿Dónde está Maydig? ¡En qué caos se ha sumido todo!

Se miró hasta donde las haldas del abrigo le permitieron. La apariencia de las cosas era realmente muy extraña.

—El cielo no parece alterado, de todas formas —dijo el señor Fotheringay con júbilo—. Creo que está todo en orden. Incluso allí parece que se aproxima un terrible temporal. Pero la Luna está allí arriba justo como hace unos instantes. Brillante como la luz del mediodía. Pero, por lo demás… ¿Dónde está el pueblo? ¿Dónde está, dónde está todo? Y ¿cómo ha podido formarse este horrible viento? Yo no ordené ningún viento.

El señor Fotheringay hizo vanas tentativas de ponerse en pie; por lo que permaneció a gatas a la espera. Inspeccionaba el mundo a la luz de la Luna, con la parte trasera de su abrigo cayéndole sobre la cabeza.

—Algo va mal —dijo el señor Fotheringay—. Pero sólo Dios sabe de qué se trata.

Nada podía verse en ninguna dirección, bajo el blanco resplandor, a través de la neblina de polvo arrastrado por el viento que rugía, sólo veía cómo montones de tierra revuelta y montones de ruinas incipientes se desplomaban. No habían árboles, ni casas, ni formas que le resultaran familiares; sólo un desorden salvaje, que desapareció finalmente en la oscuridad, tragado por los remolinos, las corrientes, y los rayos y truenos de una tormenta que se desató raudamente. Cerca de él, en la luz más pálida, había algo que pudo haber sido alguna vez un olmo y que ahora no era más que un montón de astillas, los restos de un árbol hecho añicos desde las ramas a la base, y más allá, surgió una masa de vigas de hierro retorcidas, que a todas luces había sido un viaducto.

Como puede verse, cuando el señor Fotheringay detuvo la rotación del globo terráqueo, no especificó nada sobre los objetos ligeros que se mueven sobre su superficie. Y la Tierra gira a una velocidad tal que la superficie en su ecuador viaja a algo más de 1.000 millas por hora, y en las distintas latitudes, a más de la mitad de esa velocidad. Por eso el pueblo, el señor Maydig, el señor Fotheringay y todas las personas y cosas, habían sido despedidas violentamente por una fuerza centrífuga, a una velocidad de unas nueve millas por segundo, es decir, mucho más violentamente que si hubieran sido disparadas por un cañón. Y todo ser humano, toda criatura viviente, casa o árbol, y todo el mundo, tal como lo conocemos, había sido también lanzado, aplastado y totalmente destruido. Eso era todo.

El señor Fotheringay, desde luego, no apreciaba estas cosas en su totalidad. Pero percibía que su milagro se había malogrado, y aquello le hizo sentir una gran aversión hacia los milagros. Ahora estaba a oscuras, porque el cielo se había cubierto de nubes que escondieron el resplandor fugaz de la Luna; las tortuosas formas del granizo, caprichosamente cambiantes, poblaban el aire. El enorme rugido del viento y del agua llenaba el cielo y la tierra; sus ojos, bajo la mano que le protegía del polvo y del aguanieve, percibieron, a barlovento, y gracias a la luz intermitente de los relámpagos, cómo un inmenso muro de agua avanzaba en dirección hacia él.

—¡Maydig! —gritó la voz debilitada del señor Fotheringay en medio del alboroto de las fuerzas de la naturaleza—. ¡Aquí, Maydig! ¡Detente! —chilló el señor Fotheringay al agua que avanzaba—. ¡Por Dios, detente! Un momento —dijo el señor Fotheringay a los rayos y truenos—. Deteneos un momento mientras ordeno mis pensamientos… y ahora, ¿qué hago? —se preguntó—, ¿y ahora qué hago, Dios mío? ¡Ojalá Maydig estuviera cerca! Ya sé —se dijo—. ¡Y por Dios todopoderoso, esta vez quiero hacerlo bien!

Permanecía a gatas, resguardándose del viento, concentrándose Para hacerlo todo bien.

—¡Ah! —exclamó—, que nada de lo que voy a ordenar ocurra antes de que diga ¡Fuera!… ¡Dios mío! ¿Por qué no reparé en ello antes?

La entonación de su voz cambió al acercársele el remolino, gritando más y más alto con el vano deseo de escucharse a sí mismo.

—¡Ahora, ahí va! ¡Ten en cuenta lo que acabo de decir hace un momento. En primer lugar, cuando se haya realizado todo cuanto tengo que decir, quiero desprenderme de mi milagroso poder, que mis deseos sean como los de cualquier ser humano, como los que yo tenía antes, y que todos estos peligrosos milagros se detengan. No me gustan. Hubiera preferido no haberlo hecho. Esto es lo primero. Y lo segundo es que quiero volver hacia atrás, y detenerme en el instante en que precedió a los milagros. Permite que todo sea tal y como fue antes de que aquella bendita lámpara se diera la vuelta. Será una empresa ardua, pero será la última, ¿lo has entendido? Que se acaben os milagros, que todo sea tal y como fue y que yo regrese al Long Dragon en el momento en que me disponía a beber mi caña. ¡Sí! ¡Eso es!

Hundió sus dedos en el barro. Cenó sus ojos y dijo:

—¡Fuera!

Todo volvió a quedar perfectamente en calma. Se dio cuenta de que volvía a estar de pie, en posición erecta.

—…Así que usted cree que… —dijo una voz.

Abrió los ojos. Estaba en el bar Long Dragon, discutiendo de milagros con Toddy Beamish. Tuvo la vaga sensación de que algo muy importante se le había, de repente, olvidado. Con la excepción de la pérdida de sus poderes milagrosos, todo volvía a ser como antes había sido. Su pensamiento y su memoria volvían a ser en ese momento los mismos que habían sido en el punto en el que esta historia empezó. Por lo tanto, él no sabía, ni sabe todavía hoy, nada de cuanto aquí se ha dicho. Y, entre otras cosas, desde luego, seguía sin creer en los milagros.

—Yo le digo que los milagros, hablando con propiedad, no pueden producirse —dijo—. A pesar de lo que usted sostenga, estoy preparado para demostrarlo hasta sus últimas consecuencias.

—Eso es lo que usted cree —dijo Toddy Beamish.

—Demuéstrelo, si es capaz.

—Vamos a ver, señor Beamish —dijo el señor Fotheringay.

—Definamos, sin ambigüedades, qué es un milagro. Es algo que se opone al curso de la naturaleza, y es el resultado del poder de la voluntad; es algo que…

 

 

 

LA ESTRELLA

 

El día de Año Nuevo tres observatorios distintos señalaron casi simultáneamente una perturbación en los movimientos del planeta Neptuno, el más lejano de los que giran en torno del Sol.

Ya en el mes de diciembre el astrónomo Ogilvy había llamado la atención del mundo científico sobre una sospechosa disminución de la velocidad del planeta, noticia que apenas si conmovió a una docena de sabios de esos que se pasan la vida con el telescopio asestado al firmamento. Y es natural que así fuese, por cuanto a buena parte de ¡os habitantes de la Tierra no les interesa gran cosa lo que ocurre en un planeta cuya existencia les es poco menos que desconocida.

Las gentes se preocuparon aún menos de las nuevas observaciones de Ogilvy respecto a la aparición de un cuerpo celeste, animado y lejanísimo, que había podido descubrir el referido astrónomo poco tiempo después de comprobarse la disminución de velocidad del planeta Neptuno.

Los astrónomos dieron desde luego al asunto la importancia que merecía, aumentando su intranquilidad cuando advirtieron que la masa recientemente descubierta aumentaba cada día más de dimensiones, que se hacía mas brillante, que sus movimientos eran por completo diferentes de la revolución normal de los planetas y que la desviación de Neptuno y de su satélite adquiría proporciones sin precedentes.

Sin tener cierto grado de cultura científica no puede uno darse exacta idea del enorme aislamiento del sistema solar. El Sol, con sus planetas, planetoides y cometas, flota en un vacío inmenso, que la imaginación concibe difícilmente. Más allá de la órbita de Neptuno está el vacío sin calor, luz ni sonido, el vacío incoloro y triste, prolongándose treinta millones de veces un millón de kilómetros. Y téngase presente que esa cifra abrumadora es la menor evaluación de la distancia que sería preciso atravesar antes de llegar a la mas próxima de las estrellas.

Pues bien, excepto algunos cometas menos densos que la llama del alcohol, ningún cuerpo celeste habla atravesado, de memoria de hombre, ese abismo espantoso. Júzguese ahora cuánta no sería al comenzar el siglo presente la zozobra de los sabios, viendo precipitarse inopinadamente en el sistema solar el extraño vagabundo señalado por Ogilvy, cuerpo sólido y enorme sin duda, a juzgar por las perturbaciones que originaba; temible intruso que llegaba del tenebroso misterio de los cielos con aviesas intenciones…

El día 2 de enero todos los telescopios de algún fuste pudieron ver al desconocido viajero sideral cerca de Régulo, en la constelación del León. Su aspecto era el de un punto, de diámetro apenas sensible. En pocas horas fue divisado con la ayuda de simples gemelos.

Aquellas personas amigas de leer periódicos en ambos hemisferios pudieron enterarse el día 3 de que, en realidad, tenía inmensa importancia la insólita aparición celeste. Un diario de Londres tituló la noticia: Una colisión de planetas, y publicó la opinión de Duchaine, según la cual este recién aparecido planeta chocaría probablemente con Neptuno.

Los escritores profesionales trataron el asunto con la extensión merecida; los cronistas y gacetilleros se encargaron luego de familiarizar a los más legos en materias astronómicas con las ideas vertidas por los sabios; la tinta de imprenta corrió a mares, y veinticuatro horas después la mayor parte de las grandes capitales del mundo se hallaban en la expectativa, aunque vaga desagradable, de un inminente fenómeno astronómico.

Durante la noche del 5 de enero millones de ojos se fijaban en el cielo… para no ver otra cosa que las antiguas y familiares estrellas, tan brillantes y tranquilas como siempre lo habían estado.

El astro apareció en el cielo de Londres un poco antes, en esos momentos en que Pólux desaparece y las estrellas comienzan a palidecer. Fue aquélla una aurora tristísima de invierno londinense; aurora fría, sin arreboles, silenciosa, de luz malsana que luchaba desventajosamente con los mecheros de gas y los grandes focos eléctricos de los muelles del Támesis.

Los soñolientos policemen distinguieron la estrella; las gentes de los mercados, a pesar de no impresionarles extraordinariamente las cosas de allá arriba, se pararon y permanecieron buen trecho mirando el astro; los obreros camino de la obra, los repartidores de leche, los cocheros de los furgones de correos, los trasnochadores que regresaban a sus casas fatigados y pálidos, los vagabundos sin hogar, los centinelas en sus garitas, el labrador en la campiña, los cazadores furtivos, los vigías marinos, todo el mundo, en fin, que vive de noche, pudo admirar la hermosa estrella que acababa de aparecer en el occidente.

La estrella era, sin duda, la más brillante del cielo, mucho más refulgente que la admirable Estrella del Sur. Una hora después de salir el Sol aún seguía despidiendo el maravilloso astro blanquísima luz.

Aquello fue considerado por el vulgo como anuncio de calamidades sin cuento. Los astrónomos, cada vez mas preocupados, no abandonaban sus observaciones. En éstos se trocó pronto la primera sobreexcitación en verdadero terror, al advertir que los dos lejanos astros, en su vertiginosa carrera, parecían perseguirse. Requiriéronse los aparatos fotográficos, los espectroscopios, todos los instrumentos necesarios para estudiar el nuevo y sorprendente fenómeno de la destrucción de un mundo. Porque era un mundo, un planeta hermano del nuestro, mucho mayor que la Tierra, ciertamente, el que de modo tan repentino se lanzaba hacia la muerte. Neptuno debía haber sido herido de lleno por el astro extraño llegado de las profundidades del espacio, y a consecuencia del choque, sus dos globos sólidos se habían convertido en una inmensa masa incandescente.

El día 6, dos horas antes del alba, la estrella blanca y pálida describió su órbita en el cielo y desapareció por el oeste.

Los mas maravillados eran los marinos, esos habituales contempladores de las estrellas, a quienes no habían llegado aún las recientes observaciones de los sabios. En sus peregrinaciones a través del océano habían advertido la presencia del nuevo astro que, como una Luna minúscula, subía, subía, hasta llegar al cénit, pasaba por encima de sus cabezas, e iba, por último, a hundirse en el mar por el oeste con las últimas sombras de la noche

Cuando la estrella hizo su aparición en la noche del 7, multitudes ansiosas espiaban su llegada en las pendientes de las colinas, en las llanuras, en los tejados de los edificios. El astro surgía precedido de un resplandor blanco parecido al brillo de un incendio. Los que lo habían visto aparecer la noche antes exclamaban; «¡Hoy es mayor! ¡Hoy es más deslumbrador!…» Efectivamente, la Luna misma, próxima a desaparecer mas allá del horizonte occidental, era mucho mas pequeña que la nueva estrella, comparando sus dimensiones aparentes, y desde luego mucho menos brillante, a pesar de hallarse casi en plenilunio.

—¡Miradla! —decían las gentes aglomeradas en las calles—. ¡Qué hermosa! ¡Qué brillante!

Entre tanto, en los oscuros observatorios, los sabios que seguían el curso del fenómeno contenían la respiración y se interrogaban con su mirada…

—¡Se aproxima! ¡Está mas cerca! —Tales eran las terribles palabras de la ciencia a cada nueva observación…

—Esta más cerca —repetía e) telégrafo, transmitiendo la alarmante nueva a mulares de ciudades

-—Esta mas cerca —decían las gentes, sugestionadas por la idea de una posible catástrofe. Los empleados en los escritorios suspendían e! trabajo para pensar en las fatídicas profecías de los astrónomos; los transeúntes se detenían en las calles para interrogarse sobre el significado inimaginable del amenazador «Está más cerca»… Y esta intranquilidad, esta preocupación se extendía desde la ciudad a las aldeas, desde las aldeas a los campos. Los que habían leído la noticia sobre las azules cintas del telégrafo se apresuraban a comunicarla a todo el que encontraban al paso Las damas aristocráticas supieron la nada tranquilizadora nueva entre un vals y un rigodón Sus bellas boquitas sonrientes y frescas formularon, poco mas o menos, esta pregunta:

—¿Es de veras que se acerca? ¡Es curioso! ¡Esos astrónomos deben ser muy hábiles cuando descubren horrores semejantes!.

Y las hermosas seguían sonriendo y bailando, sin importarles, después de todo, que la estrella se aproximase o se alejase.

Las gentes sin casa ni hogar, obligadas a ir de un lado para otro durante la noche glacial, con objeto de no morir de frío, se consolaban mirando al cielo, y decían:

—¡Qué bien haces en acercarte! ¡La noche es tan fría como la caridad!… ¡Ven, si has de traer contigo calor bastante para reconfortar nuestros miembros ateridos!

Una pobre mujer, arrodillada al lado de un cadáver y deshecha en amarguísimo llanto, exclamaba:

—¡Y a mí qué puede ya importarme el que haya una estrella mas!

El estudiante, levantado con la aurora para repasar el programa de exámenes, se distrajo de sus labores, y planteando un problema de física astronómica, empezó a hacer cálculos y más cálculos, mientras que la gran estrella blanca enviaba sobre la mesa de trabajo la pálida caricia de su luz azulada.

—¡Centrífuga!.. ¡Centrípeta!… ¡Esto es!… —decía el estudiante, apoyando la cabeza en la palma de la mano—. Detenido un planeta en su camino y suprimida instantáneamente su fuerza centrífuga, ¿qué ocurriría? , Sin duda, obedeciendo el planeta a su fuerza centrípeta, se precipitaría en el Sol… y en ese caso .. Pero ¿nos encontramos nosotros en su camino?…

El día siguiente fue como los anteriores. Con los últimos jirones de las tinieblas glaciales se elevó sobre el horizonte el extraño astro. Despedía tanto brillo, que la Luna, en su cuarto creciente, parecía no ser sino un pálido y amarillento espectro de la nueva estrella flotando inmensa en su vaguedad del crepúsculo.

El matemático se hallaba delante de un pupitre atestado de papelotes. Acababa en aquel momento sus cálculos. En un diminuto pomo veíanse aún algunos gramos de la droga que le había sostenido despierto durante cuatro eternas noches. Durante el día, el matemático daba sus clases reglamentarias con la misma paciencia, con la misma sabiduría que de costumbre. Luego, terminados los penosos deberes profesionales, volvía a sus cálculos y a sus trabajos de sabio solitario. Su grave fisonomía hallábase fatigada y exangüe a consecuencia de la prolongadísima vigilia… Aquella noche el matemático se levantó de su pupitre con aire de triunfo, llegóse a la ventana y contempló la estrella como se mira a los ojos de un enemigo valeroso… «¡Puedes darme la muerte —dijo el sabio—, pero ya te tengo como a todo el universo dentro de estos estrechos límites de mi cerebro!… Y ahora —añadió dirigiendo una mirada desdeñosa al pomo de la droga—, eres inútil, sustancia maldita. ¡En verdad que ya no es necesario dormir ni estar despierto!…»

Al día siguiente, el matemático entró en su cátedra con la puntualidad acostumbrada. Colocó el sombrero encima de la mesa, según costumbre, y cogió un pedazo de tiza. Era ésta una manía singularísima del maestro… ¡Imposible explicar sin aquel trocito de yeso entre los dedos!… Los muchachos se burlaban donosamente de la curiosísima chifladura. El matemático dirigió a sus discípulos una mirada tristísima… ¡Pobres niños, tan frescos, tan sonrientes!… ¡Daba pena decirles nada!… Pero era su deber de maestro y de sabio…

—Hijos míos —murmuró—, circunstancias especiales, ajenas por completo a mi voluntad, van a impedirme acabar este curso… ¡Hablando claramente, voy a deciros que el hombre ha vivido en vano!…

Los muchachos empezaron a comprender…

Aquella noche la estrella hizo su aparición más tarde, porque su propio movimiento hacia el este la había arrastrado un poco, desde la constelación del León hacia la de la Virgen. Su brillo era tan intenso que el cielo, a medida que aquélla se elevaba, fue adquiriendo una coloración luminosa. Las estrellas, a excepción de Júpiter, Capella, Aldebarán, Sino y los Perros de la Osa, palidecieron cada vez más borrándose del firmamento. En muchos países del mundo pudo observarse que el nuevo astro presentaba aquella noche un rabo grandísimo. A simple vista se notaba ya el aumento de volumen. Contemplando la estrella desde los puntos inmediatos a los trópicos, parecía tener la cuarta parte de las dimensiones de la Luna.

Lo mas extraño era que, no obstante la pequeñez de aquella segunda Luna, su luz era tan viva que podía leerse, sin gran esfuerzo, en plena calle un periódico o un libro.

La noche del 10 de enero no durmió nadie en la Tierra. De las campiñas, como de las grandes ciudades, subía un sordo murmullo, semejante al zumbido de una colmena. El lento tañir de millares de campanas recordaba al hombre en toda la cristiandad que había llegado el momento de pedir a Dios misericordia. Ajena a estas angustias humanas, la estrella blanca y pálida seguía inmutable su carrera desesperada a través del espacio, inundando de claridad terrorífica este pobre mundo sublunar. Los mares que rodean a los países civilizados eran surcados por enjambres de barcos, llevando a bordo centenares de pasajeros. Los barcos huían hacia el norte. Porque el aviso del matemático famoso había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a todos los idiomas.

El nuevo planeta y Neptuno, confundidos en un abrazo de fuego, avanzaban vertiginosamente con dirección al Sol. A cada segundo, la enorme masa incandescente franqueaba centenas de kilómetros.

Acaso el peligro no debía ser tan inmediato como aseguraba la ciencia. Según los cálculos de los astrónomos, el nuevo planeta debía pasar a 150 millones de kilómetros de la Tierra; de modo que su influencia debía ser escasa. Pero cerca de su camino previsto, hasta entonces nada perturbado, se encontraban el enorme planeta Júpiter y sus lunas girando espléndidamente en torno del Sol La atracción entre la estrella deslumbradora y el mayor de los planetas crecía ya por momentos. ¿Y cuál iba a ser el resultado de esa atracción? Sin duda, Júpiter se desviaría de su órbita haciendo una curva elíptica, y la estrella ardiente, separada por atracción de su marcha hacia el Sol, describiría una curva y quizá chocaría con la Tierra o, al menos, pasaría muy cerca de ella.

En cuanto a las consecuencias de esta aproximación, ya nos había profetizado así el terrible matemático: «Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, altas mareas, ríos desbordados y una elevación constante y regular de la temperatura hasta límites imposibles de calcular.» La estrella seguía brillando con siniestros fulgores en la inmensidad del firmamento, como si tratara de confirmar los tristes vaticinios de la ciencia. Su luz fría y lívida era así como el anuncio inmutable del próximo cataclismo.

Muchas personas que hasta aquella noche no la habían mirado con atención, pararon mientes en ella y advirtieron que, en efecto, el fatídico astro se aproximaba a ojos vistas. Y aquella noche comenzaron ya a sentirse los efectos de la aproximación. El tiempo cambió bruscamente, convirtiéndose las ráfagas heladas de enero en brisas templadas de primavera. En toda la Europa central se inició el deshielo.

No vaya a imaginarse el lector que porque hayamos hablado antes de muchedumbres elevando al cielo sus plegarias durante la noche, o refugiándose a bordo de los buques o huyendo en dirección a las montañas, se encontraba ya el mundo presa del terror infundido por la estrella. Nada de eso. El uso y la costumbre seguían aún dirigiendo a los humanos. Aparte de que las conversaciones versaban casi siempre en los momentos de ocio sobre el amenazador fenómeno astronómico, el 90% de los hombres continuaba entregado a sus quehaceres habituales. Las tiendas y almacenes abrían y cerraban sus puertas a sus horas de costumbre, los médicos y las empresas funerarias proseguían su productiva industria, los obreros concurrían a las fábricas, los soldados hacían el ejercicio, los sabios estudiaban, los enamorados se buscaban, los ladrones realizaban sus fechorías, los políticos redactaban sus programas de gobierno, las rotativas de los grandes diarios funcionaban con febril actividad. Más de un párroco se negó obstinadamente a abrir las puertas de la casa de Dios a las gentes atemorizadas afirmando que el pánico de aquellos insensatos era absurdo e impío.

Los periódicos recordaban que en el año 1000 los pueblos habían sentido algo parecido, creyendo próximo el fin del mundo. No faltaba algún astrónomo que, con la autoridad de su saber, intentara tranquilizar a la humanidad, asegurando que, después de todo, la estrella no era acaso un cuerpo sólido, sino una masa de gases inflamados, y que su choque con la Tierra, de verificarse éste, no podía tener las consecuencias desastrosas que alguien había vaticinado.

Aquella noche, precisamente según los avisos del Observatorio de Greenwich, la estrella iba a encontrarse en el punto más próximo a Júpiter. Los habitantes de la Tierra sabían desde aquel momento el giro que debían tomar las cosas. Los cálculos y profecías del gran matemático eran calificados por muchos escépticos de hábil y laborioso reclamo. Por último, el buen sentido, algo acalorado por las discusiones, evidenció sus convicciones inalterables yéndose a acostar. Y esto no ocurrió sólo en los países civilizados; también en las regiones del planeta donde domina la barbarie, las multitudes, cansadas de mirar al cielo, se entregaron al descanso, o se diseminaron por las selvas para entregarse a la caza o a las dulzuras del amor…

Al comenzar la noche del día inmediato, los europeos que seguían con interés el fenómeno, vieron elevarse la estrella una hora mas tarde que de costumbre, sin que, aparentemente, hubiera aumentado el tamaño. Huelga decir que los vaticinios fúnebres del gran matemático empezaron a servir de tema jocoso. Nadie tomaba ya la cosa en seno. Esta agradable incredulidad duró poco. La verdad era que la estrella crecía de nuevo, que crecía de hora en hora con una terrible persistencia, que cada minuto que pasaba eran más brillantes sus rayos, más inquietante su aspecto. Entonces dijo un periódico que si la estrella seguía su marcha hacia la Tierra en línea recta, si no ejercía sobre ella influencia la atracción de Júpiter, podría salvar la distancia intermedia en veinticuatro horas.

No fue así, sin embargo; la estrella empleó mas de cinco días en acercarse a nuestro planeta. Durante la noche inmediata su volumen aparente era el de una tercera parte de la Luna, Cuando apareció sobre el horizonte en América tenía el mismo tamaño que nuestro satélite, despidiendo una claridad cegadora y, si vale la palabra, quemante.

A medida que ascendía la estrella en el firmamento aumentaba la violencia del aire, un aire caliente como el que precede a las tempestades de verano. En Virginia, en el Brasil y en el valle de San Lorenzo el astro brillaba de modo intermitente, a través de densas masas de nubes que corrían con velocidades y aspectos fantásticos, iluminadas a veces por relámpagos de color violeta oscuro, y que arrojaban de vez en cuando sobre la Tierra granizadas de una violencia desconocida. En Manitoba ocurrieron inundaciones terribles por la rápida fusión de los hielos. La nieve empezó a derretirse aquella noche en todas las montañas de la Tierra. Los grandes ríos que procedían del interior de los continentes empezaron a arrastrar en sus aguas enturbiadas cadáveres de personas y de animales, que quedaban luego depositados sobre las tierras bajas. Los desbordamientos se sucedían cada vez mayores, arrasando ciudades y devastando campiñas. Las muchedumbres huían del mortal abrazo de las aguas, escalando en confuso tropel las montañas.

En todo el litoral de la América del Sur y en el Atlántico austral llegaron ¡as mareas a un nivel jamás conocido. Las tempestades empujaron las aguas tierra adentro cuarenta y cincuenta kilómetros; muchas ciudades enteras quedaron por completo sumergidas.

El calor se hizo insoportable aquella noche; como que la aparición del Sol a la mañana siguiente pareció llevar consigo la frescura de las sombras de la noche.

Los terremotos eran ya violentísimos y numerosos, especialmente en toda América, desde el Círculo Ártico al cabo de Hornos. Ante aquel incesante trepidar de la tierra, abriéronse los flancos de las montañas, desaparecieron islas y promontorios, se desplomaron a millares edificios y muros, aplastando un número incalculable de gentes. Una vertiente del Cotopaxi se hundió tras de rápida y vasta convulsión, dejando paso a un mar de lava tan alto, tan ancho, tan rápido y tan fluido que sólo tardó un día en llegar al océano.

La estrella, escoltada por la oscurecida Luna, atravesó el Pacífico, llevando en pos de sí, como si fueran los paños flotantes de una túnica, el huracán y la ola gigantesca, espumosa y destructora; el huracán y la ola, inconscientes trabajadores de la muerte, ejecutando su siniestra obra sobre las islas, hasta no dejar rastro humano sobre ellas…

Hubo ya un momento en que la ola creció hasta convertirse en muralla líquida de veinte metros de altura y que, rugiendo con intensidad espantosa, rebasó las extensas costas de Asia, precipitándose en las vastas llanuras de China. La estrella, cada vez más fulgurante, mas enorme y más ardiente que el Sol en toda su fuerza, era contemplada por millones de hombres enloquecidos por el pánico, que huían, huían, sin derrotero fijo, mientras que la muralla de agua salobre avanzaba sobre los campos, penetraba en las ciudades y sembraba por doquier la destrucción y la muerte.

La gran estrella pasó como un globo de fuego por encima del Japón, de Java y de todas las islas del Asia oriental. Densas nubes producidas por el humo y la ceniza de los volcanes la ocultaban en ocasiones. Cuando reaparecía sobre el firmamento era para hacer brillar con mas fuerza los torrentes de lava que surgían de las entrañas de la tierra y los inmensos espacios de terrenos anegados por el mar. Las inmemoriales nieves del Tibet y de! Himalaya, al fundirse, se precipitaron sobre las llanuras de Birmania y del Indostán a través de millones de canales. El rebaño humano huía a lo largo de los caminos, siguiendo las márgenes de los ríos, hacia el mar, última esperanza de salvación de los hombres en todos los grandes cataclismos terrestres.

El océano tropical había perdido su fosforescencia; torbellinos gaseosos se elevaban de la superficie de las aguas. Ocurrió entonces un prodigio. Los que esperaban en Europa la salida del astro creyeron que la Tierra había cesado de girar al advertir una noche la ausencia de la estrella. En medio de una incertidumbre espantosa transcurrieron horas y mas horas sin que apareciese en el horizonte el astro amenazador. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pudieron contemplar los hombres la magnificencia del cielo estrellado. Diez horas después surgió la estrella. El Sol salió a los pocos minutos; su masa incandescente parecía un disco sombrío, recostándose sobre el fondo luminoso y blanco de la estrella.

Calamidades sin cuento seguían afligiendo a la Tierra. En una noche se inundó toda la llanura del Indostán desde el Indo hasta las bocas del Ganges. De la extensa sábana líquida se elevaban los techos de los palacios y templos y las cumbres de las colmas, hormigueantes de seres humanos. Cada minarete era una masa confusa de gentes que caían en racimos sobre el negro abismo de sus aguas a medida que el calor y el pánico aumentaban. Del país entero partía un lamento ininterrumpido y penetrante. De improviso, una masa oscura empezó a ascender sobre el horizonte y pasó por delante de la estrella con una rapidez aterradora. Aquella masa opaca y sombría era la Luna. Muy pronto pudo observarse en Europa que el Sol y la estrella salían simultáneamente. Ambos astros parecían perseguirse al principio con furia; luego disminuían su carrera y se detenían en el cénit confundidos en flamígero abrazo. La Luna no eclipsaba ya a la estrella, y parecía alejarse en el esplendor de los cielos. Aunque la mayoría de los humanos que quedaban con vida contemplaban este grandioso espectáculo con la estupidez que engendran el hambre, la fatiga, el calor y la desesperación, hubo alguien, sin embargo, que supo apreciar el significado de aquel aparente alejamiento de la Luna y aquella aparente persecución del Sol por el nuevo astro. Sí; la estrella y la Tierra, después de haberse encontrado cerca, comenzaban a separarse. El astro perturbador se alejaba con velocidad vertiginosa en la última fase de su caída hacia el Sol. Entonces cubrióse el cielo de nubes, el trueno y los relámpagos tejieron su malla terrorífica en torno del mundo, y un nuevo diluvio cayó sobre la Tierra. Allí donde los volcanes habían vomitado mares de lava, se extendían ahora mares de cieno. Muchos días transcurrieron así. El impetuoso desbordamiento de las aguas destruyó lo que había dejado en pie la reciente caricia hecha a la Tierra por la estrella. Algunos terremotos concluyeron la obra de destrucción. Pasaron semanas y meses. La estrella había pasado para siempre. Los hombres, impulsados por el hambre, recobraron sus energías, entraron en las ruinosas ciudades y en los graneros incendiados y medio sumergidos, y se extendieron por las pantanosas llanuras. Los pocos barcos que habían logrado escapar de las tempestades arribaron desmantelados y lastimosos, después de sondear con precaución las entradas de sus puertos, para no encallar en los recién aparecidos arrecifes que ahora obstruían los antes despejados y profundos canales de ingreso.

Cuando se calmaron las tempestades, advirtieron los hombres en toda la extensión de la Tierra que los días eran más cálidos, que el Sol era mayor y que la Luna, que había disminuido en dos terceras partes, presentaba sus fases en ochenta y cuatro días.

La presente historia nada dice de la nueva fraternidad nacida entre los humanos, ni de cómo lograron conservarse las leyes, los libros y las máquinas, ni del extraño cambio operado en Islandia, en Groenlandia y en el litoral del mar de Baffin, países desolados y yermos con anterioridad al cataclismo y ahora alegres y abundantes de vegetación, cual pudieran comprobar los marinos en sus nuevas expediciones. Tampoco dice nada la presente historia acerca de un fenómeno curioso determinado por la catástrofe, y que consistía en haberse trasladado toda la actividad humana hacia el norte y el sur de la Tierra, abandonando por inhospitalarias y abrasadas aquellas regiones que antes del cataclismo fueron su residencia habitual. Nuestro papel de historiadores se limita a esto; a dar cuenta de la aparición y desaparición de la terrible estrella.

Ahora bien; los astrónomos de Marie —porque es cosa averiguada que en Marte existen astrónomos, si bien difieren en su conformación física de sus colegas terrestres— siguieron con especial interés el admirable fenómeno, y consignaron así, según parece, sus observaciones:

«Teniendo en cuenta la masa y la temperatura del proyectil lanzado a través de nuestro sistema solar, es para causar sorpresa el poco daño que ha sufrido la Tierra, no obstante haberse encontrado a tan escasa distancia del viajero sideral. Puede observarse, en efecto, que siguen inalterables todas las antiguas demarcaciones de continentes y las masas oscuras de los mares. La única diferencia perceptible es una disminución de las grandes manchas blancas que en un tiempo circundaban los polos, y que, según todas las probabilidades, eran agua congelada.»

Estas palabras de los sabios marcianos demuestran sencillamente cuan poca cosa puede parecer la mayor de las catástrofes humanas contemplada a una distancia de algunos millones de kilómetros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Esfera De Cristal

 

El año pasado existía aún, no tejos de Los Siete Cuadrantes, una tiendecilla de aspecto mísero, sobre cuya muestra, en letras amarillas y medio borradas, se leía. «C Cave, naturalista y anticuario». El contenido de los escaparates era curiosamente variado. Encerraban aquellos, en efecto, colmillos de elefante, un juego de ajedrez incompleto, cacharros de cristal, armas, un muestrario de ojos de animales, dos cráneos de tigre, una calavera, vanos monos disecados (uno de ellos sirviendo de soporte a una vieja lámpara de petróleo), un huevo de avestruz con deyecciones de moscas, artes de pesca y una pecera vacía y empolvadísima. También había, en el momento de dar comienzo a esta historia, un objeto de cristal en forma de bola, maravillosamente translúcida.

Dos personas permanecían paradas ante el escaparate contemplando la cristalina esfera: una de ellas, alta y seca, con todo el aspecto de un clérigo; la otra, baja y enjuta, de tez cobriza y negra barba. Este segundo individuo hablaba gesticulando con vivacidad y parecía querer decidir a su compañero a comprar el objeto contemplado.

Mientras se desarrollaba esta escena de puertas afuera, el señor Cave salió de la trastienda mascullando todavía la última tostada de su desayuno.

Al advertir la presencia de los presuntos compradores y la causa de su atención, mostró cierta intranquilidad. Lanzando una mirada furtiva por encima del hombro, acercóse a la puerta y la cerró con suavidad.

Era el señor Cave un viejecillo de apergaminada y casi verdosa cara, cuyo rasgo saliente lo constituían unos ojos azules clarísimos y en extremo movibles Los cabellos, de un gris sucio caían en abundante cascada sobre el grasiento cuello de una levita verdosa y en extremo raída. Añadid a estos detalles un sombrero de copa, de forma inverosímil, y unas pantuflas de orillo de edad respetable, y tendréis una idea bastante aproximada del famoso anticuario.

Como ya he dicho, la persistencia de los dos desconocidos !e había intranquilizado hasta un extremo indecible. Presa de gran ansiedad, espiaba los movimientos de aquellos hombres

El que parecía un clérigo se registró los bolsillos del pantalón, saco un puñado de monedas y sonrió con cierta complacencia. Este gesto aumentó la zozobra del señor Cave quien creyó que se le venia el mundo encima al observar que ¡os dos extraños personales entraban en la tienda

El clérigo, sin entrar en preámbulos, preguntó el precio de la bola de cristal. Después de dirigir el señor Cave una mirada inquieta hacia la trastienda, contestó, la voz algo velada por la emoción

—Este objeto vale cinco guineas, caballero.

Parecióle al clérigo bastante caro, y así lo manifestó a su compañero, intentando luego entrar en regateos. La verdad es que, al pedir el anticuario una cantidad tan elevada, lo hacía obedeciendo a un plan, el de dificultar la venta. Comprendiendo que no debía mostrarse dispuesto a condescendencias, avanzó con dirección a la puerta y la abrió, no sin decir con acento algo más vigoroso que la vez primera

—Cinco guineas, señores. Me es imposible darlo más barato.

En este momento apareció una fisonomía femenina, animada por vivarachos ojillos, tras del biombo situado ante la puerta de la trastienda. No pasó inadvertida para el señor Cave la presencia al paño de este cuarto personaje. Sacando fuerzas de flaqueza, aunque sin poder disimular completamente el temor que le embargaba, repitió:

—Nada, señores… ¡Ni un céntimo menos!… Cinco guineas, si lo quieren.

El hombre barbudo, que hasta entonces había permanecido de simple espectador, examinando con su penetrante mirada al señor Cave, rompió el silencio diciendo:

—Dele usted las cinco guineas.

El clérigo se volvió hacia su acompañante para ver si hablaba en serio, y cuando se convenció de ello, tornó a mirar al anticuario y vio que la palidez de éste había aumentado.

—Ciertamente es carísimo —dijo el clérigo, en tanto que volvía a rebuscar en los bolsillos. No disponiendo más que de treinta chelines, pidió el resto a su consejero. Entre aquellos dos hombres parecía existir gran intimidad.

La investigación pecuniaria a que se había entregado el clérigo dio tiempo al señor Cave para coordinar sus ideas. Con aparente tranquilidad empezó a explicar que en realidad la bola de cristal no estaba en venta. Los dos clientes se mostraron sorprendidos de aquella singular salida, y arguyeron que en tal caso debía habérseles manifestado desde un principio la expresada circunstancia.

La turbación del señor Cave iba en aumento. No sabiendo qué contestar a los desairados compradores, improvisó una historia inverosímil, asegurando, por último, que no podía vender la bola de cristal por hallarse en tratos con un antiguo cliente. El clérigo y su amigo, creyendo que el señor Cave inventaba todo aquello para aumentar el precio del objeto, y decididos a no dejarse explotar, hicieron ademán de marcharse.

Aún no habían llegado a la puerta cuando apareció por la de la trastienda la propietaria del establecimiento. Era una mujer corpulenta, de fisonomía vulgarísima y mucho más gruesa que el señor Cave Andaba pesadamente, como si le costara trabajo levantar los pies del suelo.

—La bola de cristal —dijo la señora Cave— está a la disposición de ustedes, porque cinco guineas es un precio muy admisible. Quisiera yo saber —añadió encarándose con su esposo— qué ventolera te ha dado para despreciar las ofertas de estos caballeros.

El aludido, que era presa de fuerte temblor nervioso desde que su consorte hizo irrupción en la tienda, dirigió a la intrusa una mirada de enojo y, sin excesiva dureza, se atrevió a proclamar su derecho a tratar los asuntos mercantiles con entera independencia.

Siguióse un altercado. Los dos compradores contemplaban la curiosa escena con interés y regocijo, dando la razón a la señora Cave cuando se presentaba la oportunidad.

El infeliz anticuario, sintiéndose vencido, hizo un esfuerzo y persistió en su increíble y embarullada historia del cliente encaprichado con la bola de cristal.

Puso término al debate el mas joven de los compradores, proponiendo que, si al cabo de dos días el pretendido cliente no había comprado la bola, quedaría ésta a disposición del clérigo, mediante la entrega de las cinco guineas consabidas.

La señora Cave se apresuró a dar su asentimiento, y queriendo dejar en buen lugar a su marido, dijo a los desconocidos que a veces tenía rarezas inexplicables, pero que al fin y a la postre concluía por reconocer sus yerros.

Saludaron muy cortésmente los compradores y se marcharon. Apenas quedaron solos el señor Cave y su dulce mitad, reanudóse la discusión. Ésta interpelaba a aquél con singular autoridad. El viejecillo, demudado y tembloroso, balbuceaba palabras ininteligibles, insistiendo en que la bola de cristal estaba apalabrada, y en que de todos modos el rarísimo objeto valía por lo menos quince guineas.

—Entonces —replicó la mujerona— ¿por qué les has pedido cinco?

—Porque… así lo he tenido por conveniente. ¿Puedo o no ser dueño de mis acciones?

El señor Cave tenía un hijo político y una nuera que habitaban en la tienda. Como es de suponer, aquella noche, después de la cena, se renovó la discusión sobre la venta fracasada. Hay que advertir que ninguno de los hijos del anticuario tenía formada buena opinión sobre los métodos comerciales del señor Cave. De modo que ya podrá suponerse cómo calificarían el acto realizado algunas horas antes por el papá.

—Estoy seguro de que no es ésta la primera vez que te niegas a vender ese cachivache —afirmó el hijo político, un mocetón de dieciocho años, con traza de bruto.

—¡Despreciar así cinco hermosas guineas! —exclamó la nuera, joven personita de veintiséis primaveras, dotada por las señas de gran espíritu práctico

Les argumentos del señor Cave iban siendo cada vez más débiles. Ya casi sin alientos limitábase a declarar que él sabía muy bien por dónde se andaba. Apenas acabo el mísero de comer, obligáronle sus desconsiderados parientes a cerrar la tienda. El señor Cave ejecutó maquinalmente la operación. Ardían sus mejillas y pugnaban las lágrimas por asomarse a sus ojos.

—¿Por qué diablos —se preguntaba el infeliz— se me habrá ocurrido dejar tanto tiempo en el escaparate esa maldita bola de cristal?… ¿Qué estupidez más grande!…

Esto era lo que más le acongojaba. Durante mucho tiempo estuvo dando vueltas al magín en busca de un pretexto aceptable para imposibilitar la venta.

Después de cenar, yerno y nuera se fueron de paseo, luego de hermosearse. La señora Cave se retiró a sus habitaciones del entresuelo para reflexionar sobre las condiciones comerciales del cristal, al mismo tiempo que comprobaba las propiedades tónicas del ron, del azúcar y del limoncillo, mezclados según arte con un poco de agua caliente.

El señor Cave permaneció hasta muy tarde entre sus queridos trastos, con el pretexto de hacer pequeñas rocas ornamentales para unas viejas peceras. En realidad, lo que le retenía en la tienda era algo que quedó explicado horas después. Al día siguiente, en efecto, advirtió ¡a señora Cave que la esfera de cristal había desaparecido del escaparate, yendo a ocultarse tras de un montón de librotes viejos. Aquello contrarió a la excelente señora, quien, ni tarda ni perezosa, volvió a colocar la bola en el escaparate y en el lugar más visible. Por extraño que parezca, la señora Cave no interpeló a su esposo sobre el asunto Y no lo hizo, porque aquella tarde se encontraba acometida de fortísima jaqueca El día transcurrió monótona y desagradablemente. El señor Cave estuvo más preocupado que de costumbre, y además de un humor imposible. Aprovechando la siesta de su consorte, dirigióse al escaparate y se apoderó del malhadado objeto, causa de todos sus disgustos.

Al día siguiente fue el señor Cave a entregar a la clínica de un hospital varios ejemplares de perros marinos que le habían encargado los disecadores. Durante la ausencia del singular naturalista, distraía sus soledades la señora Cave pensando en la inversión que daría a las cinco guineas una vez que se vendiera la bola de cristal. Entre las aplicaciones que tendría el dinero figuraban un vestido de seda verde para ella y una excursión campestre a Richmond para toda la familia. Aún no había fijado la señora Cave en su imaginación de un modo definitivo si el paseo familiar sería a Richmond o a Windsor, cuando la sacó de sus cavilaciones el sonido discordante del timbre existente en la puerta.

Era el recién llegado un profesor de zoología, e iba a quejarse de que aún no le hubiera remitido el señor Cave unas ranas encargadas la tai de anterior.

En honor de la verdad, a la señora Cave le era muy antipática esta rama del comercio de su marido. Así es que el pobre zoólogo tuvo que afrontar algunas inconveniencias. No obstante, como hombre bien educado, sufrió el chaparrón y se despidió dando todo género de explicaciones.

Una vez sola en sus dominios, dirigió la señora Cave escrutadora mirada en dirección del escaparate. La contemplación de la bola de cristal era para ella la seguridad de tener cinco guineas, la realización de sus sueños dorados. ¡Cuál no sería, pues, su sorpresa al ver que su bola había desaparecido! La buscó animosamente tras de los libros viejos de marras. ¡Nada! Se trataba, sin duda, de una nueva jugarreta del testarudo anticuario. Pensando en encontrarla escondida en alguna parte, revolvió la cuitada, inútilmente, todos los rincones de la tienda.

Cuando regresó el señor Cave de entregar sus lobos marinos, a cosa de las dos menos cuarto, encontró la tienda en el mayor desorden y a la dulce esposa entregada tras del mostrador a una concienzuda destrucción de su instrumental de disecador. La biliosísima señora desahogaba así el enojo que la dominaba. Echando lumbre por los ojos, acusó inmediatamente al señor Cave de haberlo escondido.

—¿Y qué es lo que he escondido? —preguntó el acusado.

—La bola de cristal.

Al oír esto, el señor Cave, aparentando sorpresa, como hacia el escaparate.

—¿Y dónde está, cielo santo? ¿Qué habrá sido de ella?

En el preciso instante de lanzar el señor Cave las dos interrogadores, su yerno, que había llegado de la calle minutos antes, salió de la trastienda jurando como un carretero. Estaba incomodadísimo porque aún no se encontraba dispuesto el almuerzo y tenia que marcharse al taller de ebanista donde hacía su aprendizaje.

Al enterarse de la pérdida de la bola de cristal, olvidose del condumio y arremetió contra su suegro. Lo primero que se le ocurrió fue que el señor Cave era el autor de la sustracción. Pero el anticuario se defendía con habilidad de las acusaciones. Argumentando como un letrado, llegó a arrojar la responsabilidad de lo sucedido sobre la señora Cave primero, y después sobre el gandul del yerno, al que increpó diciéndole que se habría apoderado de su bola para venderla subrepticiamente. Como es natural, se originó una discusión en extremo desapacible y accidentada, a la que puso inopinado término la anticuaría con uno de sus característicos ataques de epilepsia. Todo aquello influyó en que el yerno llegara tarde al taller.

El señor Cave se refugió en la trastienda, huyendo de los probables, aunque involuntarios arañazos de su cónyuge.

Por la noche volvió a ser tratada la cuestión en consejo de familia presidido por la nuera. Examinóse el asunto desde el punto de vista práctico. Al principio todo fue bien, pero agriándose poco a poco los debates, se armó una tremolina más que regular, viéndose obligado el señor Cave a marcharse a la calle después de dar un terrible portazo para hacer patente su indignación.

Cayó sobre el fugitivo una nube de díctenos, y en vista de que esto no conducía a nada positivo, acordaron los individuos de la familia Cave llevar a cabo una investigación detenida en toda la casa, desde el desván al sótano, con la esperanza de descubrir el escondrijo de la bola.

Al día siguiente reaparecieron los dos compradores. Los recibió la señora Cave con lágrimas en los ojos. Empezó por contar a los desconocidos las mil y una contrariedades que había sufrido durante su vida matrimonial. Luego improvisó una historia fantástica para explicar la desaparición del objeto solicitado. El clérigo y su amigo se miraron y convinieron en que verdaderamente todo aquello iba siendo muy extraño. Al observar que la señora Cave parecía dispuesta a relatarles la historia completa de sus desventuras conyugales, hicieron ademán de irse, mas antes de trasponer la puerta viéronse detenidos por la anticuaría, quien no sintiéndose con fuerzas para despedirse definitivamente de aquel negocio, suplicó al clérigo que dejara sus señas con objeto de avisarle si aparecía la bola de cristal.

El clérigo entregó las señas pedidas y éstas se extraviaron, sin que la señora Cave, por mas que hizo después, lograra dar con ellas.

¡Día verdaderamente nefasto fue aquél para la familia del naturalista! A la cólera desbordada sucedió un intenso aplanamiento. Así, cuando después de una ausencia de muchas horas apareció en la tienda el señor Cave, reuniéronse todos y comieron en silencio; un silencio que hacía violento contraste con las controversias de los días anteriores y que pareció delicioso al asendereado naturalista.

Durante mucho tiempo fueron en extremo tirantes las relaciones del señor Cave con su familia. No volvió a saberse una palabra ni de la bola de cristal ni de sus chasqueados pretendientes.

Ahora diré sin rodeos que el señor Cave era un soberbio embustero. Sabía perfectamente el paradero de la bola de cristal, puesto que la había entregado a su fiel amigo el señor Jacobo Wace, ayudante preparador en el hospital de Santa Catalina de Westbourne Street La bola se hallaba colocada sobre una palomilla recubierta parcialmente por un trozo de terciopelo negro y haciendo compañía a una botella de whisky americano.

Antes de pasar adelante, debo declarar que los pormenores de la presente historia me fueron facilitados por el referido Jacobo Wace

El señor Cave había llevado la bola al hospital escondida en un cajón juntamente con los lobos marinos y suplicado a Wace que la tuviese en su poder. El ayudante preparador opuso al principio ciertos escrúpulos. En verdad, sus relaciones con el anticuario eran superficiales. Cierta inclinación por las gentes estrambóticas le había inducido más de una vez a invitar al viejecillo a beber una copa de whisky y a fumar un cigarro. Divertíase oyéndole exponer sus ideas, impregnadas de cómico pesimismo, acerca de la vida en general, y de la mujer en particular. Porque he de advertir que Jacobo Wace conocía de visu a la señora Cave. En vanas ocasiones había tenido sus dimes y dueles con ella a propósito de encargos hechos y no cumplimentados.

No ignoraba, pues, que la anticuaría tenía un genio de todos los diablos, de lo que deducía que la vida debía ser muy poco agradable para el señor Cave. Un sentimiento de compasión le hizo acceder a los ruegos del desventurado amigo. Quedose con la bola de cristal, pensando que, sin duda, se trataba de una manía senil y que era cruel oponerse a ella, cuando ningún sacrificio le costaba hacerse cómplice de la ocultación.

Cierto día, entre copa y copa de whisky, oyó decir al señor Cave que la causa de su entusiasmo por la bola de cristal era algo que veía dentro de ella. No quiso ser por entonces más explícito el naturalista, prometiendo a su amigo interesantísimas revelaciones para otra ocasión.

Llegó, por fin, el momento. He aquí lo que contó el señor Cave:

La bola de cristal había sido comprada por él, con otros varios objetos, en una subasta promovida al fallecimiento de cierto anticuario amigo suyo. Ignorando cuál pudiera ser su precio, lo fijó en diez chelines. Durante mucho tiempo no paró mientes en el extraño objeto, cuya aplicación le era por completo desconocida, y ya se disponía a venderlo por lo que quisieran darle, cuando un maravilloso descubrimiento le hizo desistir de su propósito.

En aquella época su salud dejaba bastante que desear (conviene tener presente esta circunstancia), ya por los malos tratos que le daba su familia, o bien por naturales achaques de su edad, quizá por las dos causas juntas. La señora Cave era vanidosa, dura de genio, extravagante, y por añadidura, gustábale en extremo paladear las bebidas destiladas. La nuera, un verdadero monstruo de vanidad y soberbia. El yerno, un enemigo implacable que le hacía víctima de crueles persecuciones. En una palabra: el hogar del señor Cave no tenía nada de patriarcal. No era, pues, extraño que el pobre hombre incurriese, de vez en cuando, para olvidar penas, en un pecado de intemperancia, no obstante ser persona de exquisita educación y muy ilustrada; ni que, por efecto de sus constantes torturas morales, sufriese durante semanas enteras terribles insomnios y violentos ataques de hipocondría.

Cuando le acometía el mal, temeroso de molestar a su familia, se levantaba del lecho con infinitas precauciones para no despertar a la señora Cave, y vagaba por los corredores de la casa como un sonámbulo. En la madrugada de un día de agosto la casualidad le llevó a la tienda.

Atestada, polvorienta y sucia, hallábase aquélla sumida en la sombra, excepto uno de los rincones que aparecía iluminado por una claridad insólita. Al aproximarse el señor Cave descubrió que la luz emanaba de la bola de cristal, olvidada por su dueño sobre un montón de trastos inservibles. Un débil rayo de luz penetraba por una rendija de la ventana y hería la lisa superficie de la bola, pareciendo filtrarse hasta el interior del objeto y llenarlo de brillante claridad.

El señor Cave no salía de su sorpresa. El extraño fenómeno era en verdad opuesto a las leyes de la óptica. Bien se le alcanzaba al naturalista, no obstante sus cortos conocimientos de física, que, si bien era admisible el que los rayos lumínicos fueran refractados por el cristal hasta un foco interno, en cambio no tenía explicación científica aquel fenómeno de difusión de la luz. Cada vez más perplejo, avanzó el anticuario, cogió la bola y la estuvo examinando en todos sentidos buen espacio de tiempo. Por fin, descubrió que la luz interior del esferoide no era constante, sino que tenía períodos de mayor o menor intensidad. Además, pudo observar que más que verdadera luz era aquello una especie de vapor luminoso, algo así como una fosforescencia especial. La admiración del señor Cave llegó a su colmo cuando, interponiéndose entre el objeto y el rayo de luz filtrado a través de la ventana, vio que la esfera de cristal continuaba iluminada. Queriendo llevar la experiencia aún mas lejos, llevóse el maravilloso objeto al rincón más oscuro de la tienda. Durante cuatro o cinco minutos siguió brillando. Luego empezó a oscurecerse hasta quedar en la sombra. puesto otra vez bajo la acción del rayo de luz de la ventana, recobró toda su claridad.

Esto contaba el señor Cave a su amigo Wace cierta tarde, entre copa y copa de whisky. El hecho maravilloso pudo ser comprobado en parte días después por el ayudante preparador del hospital de Santa Catalina. Efectivamente, colocada la bola de cristal en completa oscuridad y de modo que fuese herida por un debilísimo rayo de luz del exterior (el diámetro del rayo luminoso debía ser menor de un milímetro), despedía una fosforescencia extraña. Lo que no logró ver el señor Wace fue aquella claridad interna de que se hacía lenguas el naturalista.

Quizá se necesitaban condiciones excepcionales en el órgano de la visión, condiciones que debían poseer poquísimas personas, pues hay que advertir que, examinada la esfera portentosa por el ilustre físico Harbinjer, no pudo éste descubrir la más leve luz interior. Era forzoso reconocer, por consiguiente, en el señor Cave cualidades ópticas nada comunes. Y aun el propietario de esas facultades privilegiadas no siempre distinguía con igual claridad el estupendo fenómeno. La visión era, por regla general, mucho más viva en los momentos de gran debilidad física.

Desde que la casualidad reveló al anticuario las maravillas de la bola de cristal, convirtióse nuestro hombre en un ser desligado por completo de todas las cosas humanas. El hecho de que guardase tan sigilosamente el descubrimiento dice más sobre el aislamiento anímico del señor Cave que un volumen in folio de lucubraciones psíquicas. Transcurrido algún tiempo, hizo una nueva observación: conforme avanzaba el día, aumentándose la cantidad de luz difusa, la esfera de cristal tornaba a su aspecto ordinario, sin que restase en ella el más insignificante resplandor. Para conseguir ver algo en pleno día era preciso llevar la esfera a un lugar oscuro y recubrirla además con un pedazo de terciopelo negro. El buen Cave se pasaba horas muertas en el sótano con un paño echado sobre la cabeza y los hombros, cual hacen los fotógrafos, y deleitándose en la contemplación de la esferita milagrosa. En una ocasión, al hacer girar el cristal entre sus manos, vio algo que le hizo estremecerse. La cosa tuvo la duración de un relámpago, pero bastó para comunicar a Cave la impresión de que el objeto le había revelado por un momento la existencia de un país inmenso y extraño. A los pocos minutos, y cuando la claridad parecía tender a desvanecerse, volvió a repetirse la mágica aparición.

Sería ya inútil y enojoso exponer todas las fases del descubrimiento hecho por el señor Cave. Baste saber que el efecto producido por la esfera de cristal en ciertos instantes era éste: observada aquélla (una vez puesta de modo que la inclinación del rayo luminoso fuera de 137 grados; con detenimiento, ofrecíase la sorprendente visión de unas tierras de enorme extensión y de aspecto fantástico No se trataba, ciertamente, de mía visión quimérica La impresión producida en la retina del observador era la de ¡a realidad más absoluta. Nada de las concepciones borrosas del ensueño, sino la perfecta determinación de líneas y volúmenes, como si se realízala la vision a través de las lentes de un estereóscopo, con la ventaja de que ciertas imágenes se movían aunque con lentitud y de un modo ordenado. Estas imágenes movibles cuya forma no podía precisar en un principio el señor Cave, seguían invariablemente la dirección del rayo luminoso exterior o la del observador

En varias ocasiones me ha asegurado Wace que las descripciones de su amigo el naturalista estaban plagadas de detalles precisos y absolutamente exentos de la exageración que aparece en los relatos de los alucinados Preciso es: sin embargo, recordar que todos los esfuerzos hechos por Wace para ver las ponderadas maravillas, a través de la opalescencia del cristal, resultaron vanos, cualesquiera que fuesen las circunstancias en que realizó sus experimentos. Pero ya hemos dicho que la diferencia de intensidad de las impresiones en ambos amigos era considerable, y así no ha de extrañarse que lo que para el señor Cave constituía una visión clarísima, para Wace no pasaba de ser una sencilla fosforescencia.

Y no cabe dudar de la sinceridad de las manifestaciones del anticuario. El embustero o el alucinado suelen contar sus invenciones o sus ensueños de mil modos diversos. En cambio, la descripción hecha por el señor Cave de los países entrevistos en el interior de la esfera de cristal no diferían un punto. Siempre hablaba de inmensas llanuras, flanqueadas a oriente y occidente por enormes rocas rojizas. Algunas de estas aglomeraciones de rocas continuaban hacia el norte y el sur Cave reconocía la orientación de las masas rocosas por medio de estrellas, visibles durante la noche, ofreciendo una perspectiva casi ilimitada y confundiéndose por último entre las brumas de un horizonte lejano.

Cuando el anticuario contempló por primera vez el extraño panorama, la cadena oriental de rocas parecía hallarse mas próxima. El sol la iluminaba de lleno. Revoloteando por encima de aquellas montañas, unas veces a considerable altura, otras a escasa altura de sus anfractuosidades, veíanse formas indefinidas que el señor Cave creyó enormes pájaros. En las proximidades de las rocas se extendía una hilera de edificaciones.

Los pájaros, o lo que el anticuario creía tales, se acercaban en ocasiones con asombrosa rapidez a la superficie del cristal, y en otras huían hacia los bordes refractados y confusos del cuadro, desdibujándose, por decir así, y convirtiéndose en manchas informes.

También existían en aquel país prodigioso árboles y arbustos de apariencia y color en nada semejantes a los de la Tierra, extensísimas praderas cubiertas de yerba de un gris exquisito, y en segundo término divisábase un vasto lago cuyas aguas brillaban como acero pulimentado, heridas por la luz solar. Un objeto de enormes dimensiones y brillantemente coloreado atravesó de improviso el paisaje…

Advertiremos que la primera vez que el señor Cave vio todas esas cosas fue por brevísimo espacio de tiempo: la duración de un relámpago todo lo mas.

No obstante, aquellas fugitivas impresiones hacían temblar sus manos y llenaban su entero ser de extraño malestar. La visión era intermitente al principio; luego confusa, indistinta. De ahí que nuestro extraño personaje experimentara gran dificultad en recobrar la orientación, digámoslo así, una vez perdida la dirección de sus miradas.

La segunda visión clara se produjo una semana después de la primera, permitiendo al señor Cave contemplar el valle en toda su longitud. El panorama era diferente, si bien tenía el observador la curiosa persuasión, confirmada en posteriores experiencias, de que veía aquel mundo extraño sin haberse movido de su sitio aunque ahora mirase en una dirección diferente. La vasta fachada del gran edificio cuyos tejados le había parecido divisar la primera vez retrocedía ahora en la perspectiva. No había duda: era el mismo tejado. Del centro de la fachada salía una terraza de proporciones colosales, elevándose del centro de la misma, a distancias regulares, altísimos mástiles terminados por objetos brillantes, en los que se reflejaba el sol poniente.

La importancia de estos, al parecer, pequeños objetos no la pudo apreciar el señor Cave hasta algún tiempo después, hallándose describiendo un día a su amigo Wace las maravillas del esferoide de cristal.

Daba la terraza sobre un bosque de espléndida vegetación, circundado de praderas, en las que reposaban insectos descomunales, parecidos a escarabajos por su forma. Mas allá de las praderas comenzaba una calzada de piedra rosácea, ricamente decorada, y mas lejos aún extendíase, en dirección paralela con las montañas del horizonte, un lago, un río o un mar —esto no lo pudo precisar bien el anticuario— bordeado de frondosos rosales cuajados de floras rojas.

Cruzaban la atmósfera en todas direcciones bandadas de pajarracos, describiendo curvas majestuosas. Del lado de allá de la sábana de agua se elevaban multitud de edificios policromos que brillaban al sol como si tuvieran facetas metálicas. El contraste de los múltiples colores de las edificaciones y de los espesos bosques que las rodeaban no podía ser más pintoresco.

De improviso, algo que parecía azotar el aire rápidamente, como el batir de alas o de un inmenso abanico cubierto de piedras preciosas y una cara, o mejor dicho, la parte superior de una cara con ojos enormes, se aproximó, por decir así, al señor Cave, cual si se hubiera encontrado en la parte opuesta de la bola de cristal.

La sorpresa experimentada por el naturalista al darse cuenta de la absoluta realidad de aquella cara y de aquellos ojos le hizo casi perder el sentido. Algo repuesto del susto, intentó repetir la sensación. Dio vueltas y mas vueltas al mágico esferoide. ¡Todo inútil! La fantástica visión había huido y con ella la claridad interior del singularísimo objeto de sus estudios.

Tales fueron las primeras inspecciones generales del señor Cave. Por entonces, precisamente, acaeció la visita de los dos compradores, los tenaces compradores empeñados en llevarse la bola de cristal por las cinco guineas pedidas.

Se comprenderá, pues, que nuestro anticuario tenía razones sobradas para oponerse a la venta de la bola y para eludirla, ocultando primero cuidadosamente el preciado tesoro y depositándolo después en manos del señor Wace.

Apenas estuvo en poder de éste y una vez que le fueron conocidas las propiedades y los misterios del esferoide, sus inclinaciones de sabio investigador le llevaron a estudiar sistemáticamente el inexplicable fenómeno, unas veces a solas y otras en compañía del señor Cave, que no perdía ocasión de entregarse a la para él deleitosa experiencia.

Desde un principio anotó Wace, con el mayor cuidado, todas y cada una de las observaciones del anticuario. Gracias a esa labor científica, pudieron establecer los dos amigos la relación que existía entre la dirección seguida por el rayo de luz inicial al penetrar en el esferoide y la orientación de los rayos visuales. Encerrando la bola dentro de una caja, en la que existía una abertura de pequeño diámetro para dejar paso al rayo luminoso, y sustituyendo los cortinajes rojos de la ventana por tupido paño negro, consiguió Wace mejorar considerablemente las condiciones de la observación. Y esto hasta el punto de poder examinar el valle en la dirección deseada.

Ya despejado el camino, nos es posible hacer una breve descripción del extraño mundo divisado en el interior del esferoide de cristal, ateniéndonos a las notas escritas por Wace mientras su amigo Cave exploraba las profundidades del objeto. Advertiremos, de paso, que Wace, entre otras habilidades, poseía la de escribir a oscuras.

Pues bien, cuando el esferoide se encontraba en la plenitud de su estado luminoso, el señor Cave percibía distintamente, además de los grandes detalles del panorama ya mencionados, muchedumbres de seres vivos análogos, como hemos dicho, a gigantescos escarabajos. Conforme iban repitiéndose los experimentos, modificaba el naturalista sus impresiones acerca de las singulares criaturas. Ya no le parecían escarabajos, sino más bien murciélagos. Después se le ocurrió que acaso fueran querubines… Sus cabezas eran redondas y de configuración humana. Tenían ojos, ¡y qué ojos!… ¡Unos ojos espantosamente grandes, cuya mirada helaba la sangre en sus venas!

Tenían también grandes alas plateadas; alas sin plumas que brillaban cual si estuvieran compuestas de escamas de pescado, y que despedían sutiles reflejos; alas que aparecían unidas al cuerpo no con arreglo al plano habitual en las aves o en los murciélagos, sino por medio de una membrana curva que irradiaba del tórax y que pudieran ser comparadas a las alas de la mariposa.

El cuerpo, pequeño con relación a la cabeza, poseía bajo el abdomen dos haces de órganos aprehensores semejantes a largos tentáculos.

Por extraño que todo esto pareciese al señor Wace, tuvo al fin la convicción de que los grandes edificios casi humanos y los magníficos jardines que realzaban la belleza del inmenso valle pertenecían a las estupendas criaturas mitad murciélagos, mitad querubines, como decía el señor Cave.

Entre otras particularidades observó el naturalista que los edificios, si bien carecían de puertas, tenían amplias ventanas circulares por donde entraban y salían libremente los fantásticos habitantes del no menos fantástico mundo. Veíaseles llegar en rápido vuelo al borde de las ventanas, posarse sobre sus tentáculos, plegar sus alas y penetrar en el interior de aquellas moradas. No todos los seres vivientes observados por el señor Cave tenían el mismo tamaño, ni todos cruzaban el espacio hendiéndolo vertiginosamente. Había otros más pequeños, semejantes a libélulas, o mejor a escarabajos alados, y otros más diminutos aún arrastrándose con indolencia por sus extensas praderas. En las calzadas y terrazas, unos seres de enorme cabeza, muy parecidos a los de las grandes alas, saltaban como langostas, contrayendo y dilatando sus tentáculos abdominales.

Creo haber mencionado unos objetos brillantes existentes en la parte superior de los mástiles de las terrazas. Pues bien, añadiré ahora que una observación más detenida permitió al señor Cave descubrir que aquellos objetos eran esferoides de cristal exactamente iguales al que él poseía. Cada uno de los veinte mástiles elevados en la terraza mas próxima tenía su correspondiente bola de cristal.

De vez en cuando uno de los grande? seres voladores ascendía hasta encontrarse a escasa distancia de un esferoide, y luego de plegar las alas y de aferrarse al mástil con los tentáculos, permanecía mirando al cristal durante quince o veinte segundos.

Varias observaciones consecutivas, propuestas por Wace, convencieron a los dos amigos de que el esferoide empleado por ellos en los experimentos se encontraba realmente en el extremo del último mástil de la terraza, y de que, por lo menos en una ocasión, uno de los habitantes del prodigioso mundo había examinado la casa del señor Cave, mientras éste se hallaba fisgoneando el panorama.

Dicho lo anterior, nos es necesario admitir una de las dos hipótesis siguientes, o la bola de cristal del señor Cave se encontraba simultáneamente en dos mundos, permaneciendo inmóvil en uno de ellos, mientras mudaba de lugar en otro, lo que era de todo punto absurdo e inadmisible, o bien existía una relación de simpatía especial entre el esferoide terrestre y el del mundo desconocido, merced a lo cual, mirando en cualquiera de ellos, se podía ver lo que pasaba en el mundo opuesto.

En el estado actual de la ciencia no podemos explicarnos la razón de que dos esferoides de cristal así situados se hallen en comunicación. Sabemos, sin embargo, lo bastante para comprender que un fenómeno de ese género no es imposible en absoluto. Por lo tanto, la hipótesis de los esferoides en comunicación es la que me parece más aceptable.

Y ¿dónde se encontraba situado ese otro mundo? La viva inteligencia de Wace había logrado, tras repetidas observaciones, arrojar alguna luz sobre punto tan oscuro. Después de ponerse el sol oscurecíase rápidamente el cielo; el crepúsculo duraba brevísimo tiempo. Las estrellas eran las mismas que nosotros vemos, y formaban las mismas constelaciones. Así, el señor Cave pudo reconocer la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio. De modo que aquel mundo debía encontrarse’ en nuestro sistema solar, y a una distancia que quizá no excediera de algunas centenas de millones de kilómetros. Siguiendo esta indicación llegó a averiguar el señor Wace que el cielo nocturno era de un azul mas oscuro aún que nuestro cielo de invierno; que el Sol parecía algo mas pequeño, y que había dos lunas semejantes a la nuestra, aunque un poco más pequeñas. Una de aquellas lunas se movía tan rápidamente que podía apreciarse su marcha.

Las dos lunas se elevaban muy poco sobre el horizonte, poniéndose al poco tiempo de su salida; es decir, que en cada una de sus revoluciones se encontraban eclipsadas por razón de la proximidad de su planeta. Todo esto respondía en absoluto —aunque el señor Cave no tuviera noticia de ello— a lo que deben ser las condiciones de existencia en Marte.

A decir verdad, parécenos perfectamente admisible que, mirando el señor Cave su precioso esferoide de cristal, hubiera visto, en realidad, el planeta Marte y sus habitantes. En tal caso, la estrella vespertina que brillaba con tanta intensidad en el cielo de aquel mundo lejano debía ser nuestra familiar Tierra.

Durante mucho tiempo los marcianos —si de marcianos se trataba— no parecían darse por entendidos de las investigaciones del señor Cave. Por dos o tres veces uno de aquellos seres se aproximó a la cóncava superficie del esferoide, alejándose a los pocos instantes como si no le hubiese satisfecho la visión. Esta indiferencia de los marcianos favoreció la curiosidad del señor Cave. Libre de obstáculos su campo visual, pasábase el buen señor horas enteras inclinado sobre la bola portentosa, descubriendo a diario nuevas maravillas. ¡La lástima es que, por efecto de una atención demasiado concentrada, sus explicaciones resultaban vagas y fragmentarias!

Verdad es que no podía pedirse otra cosa a quien, como nuestro excelente Cave, se asomaba a aquel mundo de ensueño en la forma en que lo hacía. Imaginad lo que pensaría de la humanidad un observador marciano que, tras de una serie de difíciles preparaciones y enormemente fatigados sus ojos, consiguiera contemplar a Londres desde la torre de la iglesia de San Martín, durante períodos de cuatro o cinco minutos.

Así que, luego de mirar y remirar mucho el esferoide de cristal, no podía afirmar concretamente el señor Cave si los marcianos alados eran los mismos seres que los marcianos que brincaban en calzadas y tenazas, y si éstos podían a su vez echar a volar cuando lo tuvieran por conveniente. Algunas veces percibía algo así como unos bípedos tardos y desgarbados, vagamente parecidos a orangutanes, cuyo cuerpo era blanco y en parte transparente. Estos bípedos pacían entre los líquenes, y sólo mostraban intranquilidad cuando se les acercaban los marcianos de cabeza redonda y tentáculos elásticos. En una ocasión vio el señor Cave que se iniciaba una lucha. El espectáculo quedó interrumpido bruscamente por haberse oscurecido de improviso el esferoide.

Otra vez una cosa enorme, que al naturalista le pareció gigantesco insecto, apareció en escena, deslizándose con extraordinaria rapidez sobre las aguas del canal. Al aproximarse advirtió Cave que era un mecanismo de metal, cuya superficie despedía deslumbradores reflejos. No le fue posible al anticuario precisar más sus observaciones, porque el insecto, o el mecanismo, o lo que fuera, se alejó con tremenda velocidad, perdiéndose entre las brumas del horizonte.

Cierto día el sabio Wace quiso llamar la atención de los marcianos, y aprovechando el momento en que los ojos de uno de ellos aparecieron sobre el cristal del esferoide empezó el anticuario a lanzar descompasados gritos, retrocedió dando un salto y, después de iluminar a giorno la habitación, hizo en compañía de su amigote grandes movimientos con los brazos, como queriendo sugerir la idea de señales. Cuando el señor Cave se volvió a aproximar al cristal, el marciano había desaparecido.

Estas observaciones continuaron durante el mes de noviembre, y juzgando nuestro anticuario que había transcurrido bastante tiempo para que la señora Cave no se acordara ya del esferoide de cristal, aventuróse a llevárselo a la tienda con objeto de poder entregarse libremente, a cualquier hora del día, a la contemplación de lo que se había convertido en la cosa más real de su existencia.

Al mediar diciembre, Wace, que iba con frecuencia a ver a su amigo Cave, viose obligado a suspender sus sesiones. Tenía que estudiar mucho con motivo de unos exámenes próximos.

Transcurrieron diez u once días sin que Wace viese al señor Cave. Extrañándole la prolongada ausencia del anticuario, y no teniendo ya trabajos apremiantes, dirigióse una tarde a Los Siete Cuadrantes. Cuando volvió la esquina advirtió con sorpresa que la tienda del naturalista estaba cerrada. Intrigado por esta circunstancia se apresuró a llamar. Salió a abrir el yerno del señor Cave, vestido de luto riguroso. Detrás de él apareció la anticuaría, envuelta en luengos velos negros.

El señor Wace supo que su pobre amigo llevaba diez días enterrado. Aunque el espíritu de la viuda se hallaba conturbadísimo y poco dispuesto, por tanto, a explicaciones, aún pudo el señor Wace enterarse de las extrañas circunstancias que habían rodeado el fallecimiento del anticuario.

Encontráronle muerto una mañana —la siguiente a la última visita de Wace— en la polvorienta trastienda, con la bola de cristal entre sus manos frías y crispadas. La fisonomía del cadáver estaba sonriente. Un pedazo de terciopelo negro aparecía a poca distancia del muerto, Según los médicos, el fallecimiento debía haber ocurrido de dos a tres de la madrugada.

Lo primero que se le ocurrió a la señora Cave, una vez que subieron a su habitación el cuerpo del anticuario, fue escribir una tarjeta al clérigo que había ofrecido las cinco guineas por la bola de cristal, participándole que tenía el objeto deseado a su disposición. Mas, después de largas investigaciones, pudo convencerse de que realmente había perdido las señas. Como carecía de los recursos necesarios para enterrar dignamente al infeliz naturalista, procúreselos vendiendo a un anticuario vecino gran parte de los objetos existentes en la tienda. La bola de cristal formó parte de uno de los lotes.

Ya se habrá supuesto que Wace, apenas oyó la desagradable noticia, no perdió tiempo en prodigar a la señora Cave consuelos inútiles. En dos saltos se plantó en casa del anticuario poseedor de la prodigiosa bola de cristal. Allí supo que el anhelado objeto acababa de ser vendido a un caballero moreno vestido de gris. Tales fueron los únicos datos que pudo recoger Wace.

Aquí terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa y, al menos para mí, sugestiva historia.

El anticuario no sabía quién era aquel señor moreno, ni le había observado con atención bastante para describirle minuciosamente. Ni aun supo decir la dirección que había tomado al salir de la tienda.

Durante algún tiempo Wace no adelantó un paso en sus investigaciones, por más que a diario ponía a prueba la paciencia del comerciante agobiándole a preguntas, y dando rienda suelta a la desesperación de que se sentía poseído.

Por último se vio obligado a reconocer que todo aquello de la bola de cristal se había desvanecido para siempre como una visión en la sombra.

Tan convencido llegó a estar de que se trataba de un sueño, que al entrar en su casa experimentó indecible sorpresa, viendo sobre un pupitre, cubiertas de polvo, las notas tomadas por él oyendo las descripciones del señor Cave.

Resistiéndose, sin embargo, a dar por abandonada la partida, hizo una última visita al anticuario, visita que resultó tan infructuosa como las anteriores. Luego recurrió a los anuncios en los periódicos, juzgando que era el medio mas práctico de descubrir al comprador de la bola de cristal. Los anuncios fueron tan ineficaces como los numerosos comunicados dirigidos por Wace al Daily Chronicle y a alguna que otra revista científica. Lo más curioso del caso fue que diarios y revistas, sospechando que las historias de Wace eran en el fondo una broma científica, exigieron al autor pruebas de sus atrevidas afirmaciones, como condición indispensable para publicarlas. ¡Pruebas! ¿Es que no bastaba su honrada palabra de sabio?

A Wace le apenó profundamente el que la prensa le cerrase las puertas a toda esperanza. Luego, atraída su atención por trabajos urgentes, acabó por ir olvidando la bola de cristal, cuyo paradero sigue siendo desconocido hoy por hoy.

Algunas veces me cuenta Wace, y yo le creo sin dificultad, que de cuando en cuando es víctima de verdaderos accesos de locura, durante los cuales constituye su monomanía averiguar dónde está la bola de cristal.

En uno de tales accesos consiguió descubrir Wace, no a’ afortunado cuanto quizá ignorante poseedor del maravilloso esferoide, sino la personalidad de los dos misteriosos compradores que desearon comprar al infortunado Cave por cinco guineas la bola de cristal. Uno de ellos es el reverendo James Parker, y el otro nada menos que el príncipe Bosso Kuris, de Java.

Según averiguó mi amigo, el empeño demostrado por el príncipe para adquirir a cualquier precio el esferoide no tenía mas fundamento que la curiosidad y quizá la extravagancia. Lo mismo ofreció cinco guineas que hubiera pagado ciento. La cuestión era vencer la resistencia del originalísimo anticuario y naturalista.

Es probable que el comprador definitivo de la esfera de cristal no sea sino un aficionado de ocasión, y que aquélla se encuentre a algunos centenares de metros del sitio en que escribo estas líneas, bien decorando un rincón de vitrina o sirviendo de pisapapeles y, por tanto, sin que sus prodigiosas propiedades sean conocidas del poseedor.

Esta razón es la que me induce a publicar la presente historia. Quizá pueda contribuir a que la bola de cristal salga de su oscuridad para caer bajo el dominio de la ciencia.

Antes de dar por terminada mi misión, declararé que mi opinión personal sobre el asunto es idéntica a la de Wace.

Yo creo que los esferoides de cristal existentes en las mágicas terrazas de Marte se hallan en relación física con el esferoide del señor Cave. ¿Qué clase de relación es ésa’ Quizá en algún día no lejano se encargue algún sabio de explicárnosla, con pruebas irrefutables.

Creo, además, que el esferoide de Cave debió ser lanzado a la Tierra por los marcianos, en fecha bastante remota, con objeto de enterarse de nuestras interioridades.

También es probable que otros esferoides similares, en relación con los que veía el señor Cave sobre las terrazas de Marte, se hallen dispersos por nuestro planeta.

En todo caso, los hechos que narramos no son explicables como alucinación de un individuo.

 

 

 

UNA RAZA ATERRADORA

 

—¿Pueden tener vida estos huesos?

¿Hay acaso algo más muerto, mudo e inexpresivo para el ojo inexperto que los fragmentos de hueso amarillentos y los trozos de pedernal que constituyen los restos humanos más antiguos? Los vemos en las vitrinas de los museos, clasificados de acuerdo con unos principios que no conocemos y designados con nombres extraños: Chelense, Musteriense, Solutrense, etc… tomados, por regla general, de los lugares donde se encontraron: Chelles, Le Moustier, Solutré y otros. La mayoría de nosotros los miramos a través de un cristal, preguntándonos vaga y fugazmente por el pasado, medio salvaje, medio animal de nuestra raza. «El hombre primitivo —decimos—. Herramientas de piedra, el mamut que solía cazar…» Pocos de nosotros nos damos cuenta de hasta qué punto el trabajo sutil e infatigable del científico que los estudia a fondo consigue obtener información de esos testigos obstinados de aquellos tiempos remotos.

Uno de los resultados mas sorprendentes de los últimos trabajos es la gradual evidencia de que gran cantidad de estos utensilios de piedra, y algunos de los fragmentos de hueso más antiguos atribuidos al hombre, corresponden a criaturas que en muchos aspectos se le parecen, pero que, en rigor, no pertenecen a la especie humana. Los científicos llaman a estas razas extinguidas hombres (Homo), de la misma manera que llaman a los leones y tigres felinos (Felis), pero existen fundadas razones para creer que esos hombres primitivos no fueron nuestros antepasados ni llevaron nuestra misma sangre. Se trataría de un extraño animal extinguido, semejante y emparentado con nosotros pero distinto, de la misma forma que el mamut difiere del elefante aunque esté emparentado con él y se le parezca. Los utensilios de hueso y piedra se encuentran en depósitos de considerable antigüedad: algunos de los exhibidos en nuestros museos pueden tener hasta un millón de años o incluso mas, pero los restos de criaturas humanas, mental y anatómicamente parecidas a nosotros, sólo se remontan a poco más de veinte mil o treinta mil años. Fue en aquella época cuando en Europa apareció el verdadero hombre y no sabemos de dónde vino Aquellos animales capaces de utilizar herramientas y encender fuego, que se piensa eran como el hombre pero no verdaderamente humanos, desaparecieron cuando ya existía el hombre verdadero

Las autoridades científicas distinguen cuatro especies en dichos seudohombres. y es probable que vayan descubriéndose otras. Una raza singular construyó los utensilios que llamamos chelenses. La mayoría de ellos son cuchillos de piedra, de forma amigdaloide, encontrados en depósitos de unos 300.000 ó 400 000 años de antigüedad aproximadamente En cualquier museo de importancia, pueden verse utensilios de la época chelense. Son gigantescos, cuatro o cinco veces mayores que los construidos por cualquier raza de hombres verdaderos, y están bastante perfeccionados Desde luego, los manufacturó una criatura inteligente, y unas manos grandes y toscas aferraron y utilizaron esos fragmentos de piedra Pero hasta ahora, sólo se ha encontrado una pequeña parte de esqueleto perteneciente a esta época, una maciza mandíbula inferior, sin barbilla, con unos dientes bastante más especializados que los del hombre actual. Sólo podemos conjeturar cómo era la singular figura de forma humana que comió con esa mandíbula y golpeó a sus enemigos con esos enormes y útiles cuchillos de piedra. Debe corresponder a un tipo formidable, con un cuerpo probablemente mucho mayor que el del hombre, capaz sin duda de agarrar a los osos y a los feroces leones por el cuello. No lo sabemos. Sólo disponemos de esos grandes cuchillos de piedra, de esa mandíbula maciza y… de libertad para imaginar.

El misterio más fascinante relativo a aquellas épocas de frío y escasez, anteriores a la llegada del hombre verdadero, es el enigma del hombre musteriense, que seguramente aún poblaba el mundo cuando .el hombre verdadero penetró en Europa. Vivió hasta épocas muy posteriores a la de aquellos gigantes chelenses; hace treinta mil o cuarenta mil años: ayer, en comparación con los tiempos chelenses. A estos musterienses también se les llama neandertalenses. Hasta tiempos muy recientes, se les creía hombres verdaderos como nosotros, pero estamos empezando a darnos cuenta de que eran muy distintos; tanto, que resulta imposible considerarlos parientes próximos nuestros. Andaban o se arrastraban adoptando una inclinación peculiar, no podían levantar la cabeza, y su dentadura se asemejaba muy poco a la del hombre verdadero. Curiosamente, en uno o dos aspectos tenían menos en común con los monos que nosotros. El diente canino, el tercero a partir del centro, tan desarrollado en el gorila, y que en el hombre es puntiagudo y completamente distinto de los demás, no lo es en el hombre de Neanderthal. Éste tiene una hilera de dientes igualada; sus muelas difieren mucho de las nuestras y se parecen menos a las del mono. Tenía la cara más ancha y la frente mas estrecha que el hombre verdadero, pero no porque su cerebro ‘fuese más pequeño: por el contrario, era tan grande como el del hombre actual, aunque tenía otra forma: más voluminoso en su parte posterior y menos en la anterior, lo cual nos induce a suponer que actuó y pensó de manera distinta a nosotros. Quizá tenía más memoria y menos poder de raciocinio que el hombre verdadero, o acaso mas energía y menos inteligencia. Carecía de barbilla, y la manera como encajan sus mandíbulas hace muy improbable que utilizara los mismos sonidos que nosotros para hablar; cabe incluso que no hablara en absoluto. No podía sostener un objeto entre el índice y el pulgar. Cuanto más sabemos acerca de este hombre-bestia, más extraño lo encontramos y menos parecido al salvaje australoide que se ha supuesto que fue.

Cuando intentamos encontrar cualquier tipo de parentesco próximo entre este animal, feo, fuerte, bravo y torpe y la humanidad, disminuyen las probabilidades de que tuviera la piel y el cabello como los nuestros, y aumentan las de que fuera distinto: de cabellos hirsutos y peludo, con un extraño aspecto inhumano y más parecido al elefante o al rinoceronte, también peludos, contemporáneos suyos. Lo mismo que ellos, vivió en las frías tierras que bordeaban las nieves y los glaciares y que, por aquel entonces, retrocedían hacia el norte. Peludo y temblé, con la cara grande como una máscara, grandes cejas protuberantes y desprovisto de frente, empuñando un enorme pedernal y corriendo como un mono con la cabeza inclinada hacia delante, y no erguida como en el hombre, debió resultar una espantosa criatura para nuestros antepasados.

Es casi seguro que estos hombres peludos y los verdaderos se encontraron. Estos últimos debieron penetrar en el hábitat de los neandertalenses y debieron enfrentarse y pelear. Quizá algún día hallemos las pruebas de esta lucha.

Europa occidental, que es tan sólo una parte del mundo, pero que ha sido completamente explorada en busca de restos del hombre primitivo, se fue calentando poco a poco. Los glaciares, que una vez cubrieron la mitad del continente, estaban en retroceso, y grandes trechos de pastos estivales y unos pocos bosques de pinos y abedules se iban extendiendo lentamente por aquellas tierras antes heladas. Por entonces, el sur de Europa era semejante a la actual península del Labrador. Unos pocos animales resistentes al frío subsistían entre las nieves, y los osos invernaban. Con la primavera, los pastos y bosques se llenaron de renos, caballos salvajes, mamuts, elefantes y rinocerontes procedentes de los declives de aquel gran valle templado, hoy colmado de agua: el Mediterráneo. Antes de que éste fuera invadido por el océano, las golondrinas y muchas otras aves adquirieron el hábito de migrar hacia el norte, que todavía las empuja a desafiar el paso a través de los mares peligrosos que inundan y ocultan los recónditos secretos de los antiguos valles mediterráneos. El hombre peludo se alegró del regreso de la vida, salió de las cuevas en que se había refugiado durante el invierno, y empezó a dar buena cuenta de las fieras.

Seguramente estas criaturas fueron seres casi solitarios.

En invierno, la comida escaseaba demasiado para alimentar comunidades. Cuando un macho y una hembra se juntaban, sin duda se separaban durante el invierno para volverse a reunir en el verano; cuando sus hijos crecieron lo suficiente para molestarle, el hombre peludo los mató o expulsó. Si los mató, posiblemente se los comiera. Si lograron escapar, cabe que regresaran para matarle a él. Los hombres peludos tal vez tuvieron buena memoria, poca inteligencia y un carácter obstinado.

El hombre verdadero penetró en Europa procedente del sur, pero no sabemos de dónde. Cuando apareció, sus manos eran tan hábiles como las nuestras. Podía realizar dibujos, que aún hoy admiramos, y sabía pintar y esculpir. Los utensilios hechos por él eran más pequeños que los musterienses y mucho mas que los chelenses, pero mejores y más variados. No se vestían, pero fueron capaces de pintarse y probablemente hablaban. Llegaron en pequeños grupos. Eran más sociales que el hombre de Neanderthal, tenían leyes y se sometían a autocontrol; sus mentes habían recorrido un largo camino de adaptación y represión, lo que ha llevado a la intrincada mentalidad del hombre actual, con sus deseos ocultos, sus confusiones, su risa, sus fantasías y sueños. Esos hombres se mantenían unidos y se regían por las extrañas ¡imitaciones del tabú.

Eran aún seres salvajes, muy proclives a la violencia y vehementes en su lujuria y deseos; pero hasta donde eran capaces, obedecían unas leyes y costumbres, que ya eran antiguas, y temían el castigo si obraban mal. Entenderemos mejor cuanto ocurría en sus mentes si recordamos los temores, deseos, fantasías y supersticiones de nuestra niñez. Sus problemas morales eran iguales a los nuestros, sólo que… mas superficiales. Pertenecen a nuestra misma clase, pero no podemos entender m remotamente a aquella raza terrible, ni concebir con nuestras mentes actuales las extrañas ideas que pasaban por aquellos cerebros de forma rara. Nos sería más fácil intentar soñar y sentir cómo sueña y siente un gorila.

Podemos imaginar como el hombre verdadero, procedente de las desaparecidas tierras del valle mediterráneo, se extendió hacia el norte ocupando los valles hispánicos más altos, el sur y centro de Francia y todavía más arriba, la actual Inglaterra —pues no existía el canal entre Inglaterra y Francia—; las regiones forestales al este de! Rin, el amplio desierto que ahora constituye el mar del Norte, y la llanura alemana. Debieron abandonar los desiertos nevados de los Alpes, bastante más altos entonces y cubiertos de glaciares, dirigiéndose hacia el este. La migración septentrional obedeció a una razón evidente: la raza se multiplicaba y la comida escaseaba. Estarían agobiados por luchas y guerras. Carecían de morada estable, estaban acostumbrados a emigrar según las estaciones, y de vez en cuando, alguno de los grupos, empujado por el hambre y el miedo, se aventuraba mas al norte, hacia ¡o desconocido

Podemos imaginar a un pequeño grupo de estos nómadas, antepasados nuestros, llegando a una cumbre cubierta de pastos en esas tierras del norte. Debió ocurrir a finales de la primavera o a principios del verano, mientras seguían algunos animales herbívoros: una manada de renos o caballos.

Sirviéndose de diferentes medios, nuestros antropólogos han sido capaces de reconstruir diversos aspectos de la apariencia y costumbres de esos padres itinerantes de la humanidad.

No debieron ser grupos numerosos, pues en caso contrario no se les hubiera podido desalojar de sus anteriores territorios. Dos o tres hombres mayores de treinta años, ocho o diez mujeres y muchachas con unos cuantos niños, y algunos jóvenes de catorce a veinte años debieron constituir la comunidad. Gente de ojos marrones y cabellos ondulados oscuros; el color rubio de los europeos y el negro azulado de los chinos aún no habían aparecido en el mundo. Probablemente, el hombre más anciano gobernaba el grupo. Las mujeres y los niños se mantenían apartados de los hombres y los jóvenes, distantes de cualquier relación íntima por complejos y estrictos tabúes. Los jefes debían ser los encargados de rastrear la manada a la cual seguían. El rastreo era por aquel entonces el summum de la virilidad. Mediante señales y huellas que escaparían a un ojo civilizado, debieron ser capaces de interpretar los movimientos efectuados el día antes por la manada de vigorosos y pequeños caballos que les precedía. Debieron ser tan expertos, que por ligeros indicios fueron capaces de seguir el rastro como el perro sigue un olor,

Los caballos a los que perseguían les llevaban poca ventaja —según descubrían los rastreadores—, eran numerosos y nada los alarmaba. Pastaban y avanzaban muy despacio. No había señales de perros salvajes o de cualquier otro enemigo que pudiera provocar una estampida. Algunos elefantes también viajaban hacia el norte, y un par de veces nuestra tribu se cruzó con el rastro de unos rinocerontes que marchaban hacia el oeste

La tribu se movía con ligereza. Sus individuos iban desnudos, pero pintados de blanco y negro, rojo y amarillo. Es tanto el tiempo que nos separa de ellos, que resulta difícil saber si se tatuaban. Probablemente, no. Los recién nacidos y los niños más pequeños eran llevados por las mujeres a sus espaldas, sujetos con bandas o en bolsas hechas con pieles de animales, y acaso algunos, o todos, vestían mantos o fajas de piel de león y ceñían bolsas o cinturones de cuero. Los hombres empuñaban lanzas de punta afilada y llevaban fragmentos de pedernal en las manos.

Unas semanas antes, el anciano, el patriarca, señor, dueño y padre del grupo, había sido pisoteado y destrozado por un enorme toro en una ciénaga lejana. Después dos de las muchachas fueron raptadas por los jóvenes de otra tribu mas numerosa. A causa de estas pérdidas, el resto de la tribu buscaba nuevas tierras para cazar.

El paisaje que pudo contemplar el reducido grupo al llegar a la cima de la colma, era una versión mas sombría, desolada e inhóspita que el de la Europa occidental que hoy conocemos. En derredor, se extendía un declive cubierto de pastos, a través del cual voló una avefría emitiendo su melancólico grito. Más allá, un gran valle flanqueado por colmas purpúreas, por encima de las cuales se perseguían las sombras de las nubes de abril. Donde las colmas se volvían arenosas, surgían bosques de pinos y abedules, pequeños valles aparecían llenos de matorrales y en sus laderas húmedas se encontraba una serie de pantanos de un color verde brillante y extensos charcos de agua sucia. En la espesura de los valles, acechaban muchos animales, y donde los riachuelos serpentinos habían erosionado el suelo, aparecían riscos y cuevas. A lo lejos, mas al norte, en los declives de unas colinas que ahora descubrían, podían verse poneys pastando. A una señal de los dos jefes, el pequeño grupo se detuvo, y una de las mujeres que hablaba en voz baja con una niña pequeña, calló. Los hermanos observaban gravemente la vasta perspectiva.

—¡Uf! —exclamó uno bruscamente, señalando con el dedo.

—¡Uf! —gritó su hermano.

Los ojos de toda la tribu miraron en la dirección apuntada por el dedo.

Todos quedaron con la mirada fija.

Todos permanecieron inmóviles; la sorpresa los había dejado paralizados.

A lo lejos, en la falda de una colina, con el cuerpo de perfil y la cabeza vuelta hacia ellos, también paralizada por la sorpresa, se divisaba una figura gris y encorvada, más corpulenta pero mas baja que un hombre. Había trepado por detrás de un repliegue del terreno con el fin de escudriñar a los poneys, y de pronto volvió sus ojos y vio a la tribu. Su cabeza se proyectaba hacia delante como la de un babuino. En su mano aferraba algo que al grupo le pareció una gran piedra.

Durante algún tiempo, la mutua curiosidad animal mantuvo inmóviles al descubierto y a los descubridores. Luego, algunas mujeres y niños empezaron a moverse y avanzaron para ver mejor a la extraña criatura.

—¡Hombre! —dijo una vieja de cuarenta años—. ¡Hombre!

Al advertir el movimiento de las mujeres, aquel hombre terrible se volvió y corrió toscamente una veintena de metros hacia el bosque de abedules y malezas. Después, se paró otra vez para mirar un momento a los recién llegados, agitó el brazo de una forma extraña y penetró entre la vegetación.

Las sombras de la maleza lo engulleron, y en el momento de ocultarlo le confirieron un aspecto colosal. Confundido con ella, les observó. Las ramas de los árboles se convirtieron en largas extremidades plateadas, y un tronco crujió al caer.

Eran las primeras horas de la mañana y a lo largo del día, los jefes de la tribu esperaban llegar hasta donde estaban los poneys, aislar a uno allá abajo, entre las malezas y lugares pantanosos, herirlo, seguirlo y matarlo. Entonces celebrarían una fiesta, y en algún lugar del valle encontrarían agua y madera seca para encender fuego antes de que se hiciera de noche. Hasta el momento, la mañana les había parecido agradable y esperanzadora. Pero ahora se hallaban desconcertados. La aparición de aquella figura gris era como una repentina, horrible e inexplicable mueca que les hubiera dedicado la soleada mañana.

La expedición permaneció un rato mirando atentamente, y a continuación los dos jefes intercambiaron unas pocas palabras. Waugh, el mayor, señaló el lugar con el dedo. Click, su hermano, asintió con la cabeza. Irían, pero en lugar de bajar por el declive hacia la maleza, rodearían la colma

—Venid —dijo Waugh, y el pequeño grupo se puso otra vez en movimiento.

Pero ahora marchaba en silencio. Cuando uno de los niños pequeños quiso preguntar algo a su madre, ésta lo redujo al silencio con una amenaza. Todos miraban fijamente hacia la maleza.

De pronto, una muchacha chilló y señaló con el dedo. Los demás se sobresaltaron y detuvieron la marcha.

Aquella cosa terrible estaba nuevamente allí. Corría por el terreno despejado, brincando casi a gatas. Tenía la espalda curvada y era bajo pero muy grande; era un monstruo semejante a un lobo de pelo gris. Algunas veces, sus largos brazos casi tocaban el suelo Estaba más cerca que antes, pero desapareció otra vez entre las ramas. Parecía introducirse entre unos helechos rojos marchitos…

Waugh y Click se consultaron mutuamente.

A un kilómetro y medio de allí comenzaba el valle cubierto de maleza. Más allá, se extendían unas colmas onduladas y sin vegetación. Los caballos seguían pastando en la dirección del sol, y ahora, hacia el norte, en lo alto de una colma, podía verse una manada de rinocerontes alejándose, cuyos redondos traseros parecían una sarta de cuentas negras.

Si la tribu avanzaba a través de los pastos, aquel ser que les acechaba tendría que permanecer oculto o salir al descubierto. Si salía, los doce hombres y jóvenes de la tribu ya sabían cómo tratarle.

Así pues, empezaron a caminar a través de los pastos. El pequeño grupo dio un rodeo hasta el principio del valle y, una vez allí, los hombres se quedaron en la cima mientras las mujeres y los niños avanzaban por campo abierto.

Durante un rato, los observadores permanecieron inmóviles, y a continuación Waugh empezó a hacer ademanes de desafío. Click no iba a quedarse atrás. Se lanzaron gritos hacia el espía escondido, y uno de los muchachos, que tenía algo de payaso, después de ejecutar ciertas muecas y gestos desagradables, acabó haciendo una excelente imitación de aquella cosa gris corriendo a saltos. Al ver esto, el miedo dio paso a la hilaridad.

En aquella época, la risa era un don social. Los hombres podían reír, pero no aquel horrible prehumano que observaba y se sorprendía en la sombra. Se maravilló. Los hombres se movían, reían y se pegaban mutuamente en los muslos mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Ninguna señal salió de la maleza.

—¡Yajah! —exclamaron los hombres—, ¡Yajah! Bzzzzz. ¡Yajah! ¡Yah!

Olvidaron por completo lo asustados que habían estado.

Y cuando Waugh pensó que las mujeres y los niños ya estaban a suficiente distancia, ordenó a los hombres que le siguieran.

De una manera parecida a ésta, aquellos hombres, antepasados nuestros, vieron por primera vez a los pre humanos en las soledades de Europa occidental…

Ambas razas no tardarían en mantener una vecindad más estrecha.

Los recién llegados fueron introduciéndose paulatinamente en las tierras de aquellos hombres aterradores. Al poco tiempo, empezaron a verse otros ejemplares de formas semihumanas que se ocultaban y figuras grises que corrían entre las sombras del anochecer. Una mañana, Click encontró unas huellas estrechas y largas alrededor del campamento…

Días mas tarde, mientras comía una baya espinosa, una de las niñas se alejó demasiado del grupo. Se oyó un chillido, un forcejeo y un ruido sordo, y una cosa gris y peluda se abrió paso entre los matorrales llevándose a su víctima. Waugh y tres de los hombres más jóvenes le persiguieron. Alcanzaron a su enemigo en una hondonada oscura y muy espesa. Esta vez no se las tuvieron que ver con un neandertalense solitario. Saliendo de entre las ramas, se les acercó un gran macho con el fin de proteger la retirada de su compañera, y alcanzó con una roca a un joven, al que dejó cojo. Pero Waugh arrojó su lanza, que hirió en e! hombro al monstruo, el cual se detuvo gruñendo.

No escucharon ningún otro sonido procedente de la niña robada. La hembra apareció durante un momento por encima de la hondonada, gruñendo, manchada de sangre y con un aspecto horripilante, y los hombres se detuvieron, temerosos de continuar su persecución y sin importarles desistir. Uno de ellos ya se alejaba cojeando y tocándose la rodilla con la mano.

¿Cuál fue el resultado de esta primera batalla?

Quizá fue contrario a los hombres de nuestra raza. Quizá el gran macho neandertalense con los pelos y barba horriblemente erizados, cayó a la hondonada con un rugido atronador y una gran piedra en cada mano. No sabemos si lanzaba aquellos grandes discos de pedernal o golpeaba con ellos. Quizá Waugh murió en el momento de huir. Acaso para la pequeña tribu el episodio significó un tremendo desastre. Sin detenerse, dos de sus miembros huyeron hacia las colmas tan aprisa como pudieron, manteniéndose juntos para protegerse y dejando atrás al joven herido, que cojeaba solo y aterrado.

Supongamos que al fin consiguió regresar a su tribu… después de vanas horas de pesadilla.

Ahora que Waugh había desaparecido, Click se convirtió en el patriarca. A él correspondió disponer el campamento de la tribu aquella noche y encender el fuego en lo alto de las colinas, entre los brezos lejos de los matorrales donde podía esconderse el hombre aterrador.

Lo que aquél pensaba de ¡os hombres lo ignoramos, pero lo que éstos pensaban de él sí podemos imaginarlo: consideraban los diversos modos en que podía actuar el enemigo e idearon la manera de engañarlo. Tal vez fue Click el primero en tener la idea de acercarse por arriba al barranco, donde tenían sus guaridas los hombres de Neanderthal, porque, como ya hemos dicho, los neandertalenses no podían levantar la cabeza. Una vez allí, deslizarían una piedra sobre ellos o bien les arrojarían teas ardiendo a fin de incendiar los helechos secos.

Es agradable pensar en una victoria de los hombres. Ese Click que hemos conjurado huyó presa del pánico al producirse el primer ataque del terrible macho, pero aquella noche, mientras meditaba al lado del fuego, creyó oír el grito de la ruña raptada y le invadió la rabia. Luego, soñó que aquel ser aterrador le atacaba. Click luchó con él y acabó despertándose completamente furioso La hondonada donde había perecido Waugh le fascinaba. Se sintió impelido a volver allí para ver otra vez a aquellas bestias horribles acecharlas siguiendo sus huellas y, emboscado, observarles otra vez. Se dio cuenta de que los neandertalenses no podían trepar con ¡a misma facilidad del hombre, oír tan bien, ni huir con la misma rapidez. Aquellos hombres horribles debían ser tratados como los osos, animales cuya lentitud permite echarse a correr, dispersarse y luego acercárseles por detrás.

Pero dudamos de que el primer grupo humano llegado a la tierra de los hombres aterradores fuera tan inteligente como para solucionar los problemas presentados por este nuevo tipo de guerra. Quizá regresaron al sur, a las regiones mas propicias de las cuales procedían, y fueron absorbidos o eliminados por los de su propia estirpe. Acaso perecieron todos en aquella nueva tierra donde eran unos intrusos. Pero tal vez permanecieron allí y mantuvieron su presencia y aumentaron su número. Si, en efecto, sucedió de este modo, otros de su propia clase les siguieron y conquistaron un futuro mejor.

Aquél fue el principio de una era de pesadilla para los niños de la tribu humana. Sabían que les vigilaban.

Les seguían las huellas. Las leyendas acerca de ogros y gigantes que comen carne humana y cazan a los niños pueden provenir de esos lejanos días de terror. En cuanto a los neandertalenses, éste fue para ellos el principio de una guerra incesante, que sólo terminaría con su exterminio.

Aunque no fuesen tan altos ni anduviesen tan erectos como el hombre, los neandertalenses eran mas pesados y fuertes, pero también más estúpidos, y vivían aislados en grupos de dos o tres; en cambio, los hombres eran más rápidos, inteligentes y sociales: cuando luchaban lo hacían unidos. Acecharon, rodearon, incomodaron y atacaron a sus enemigos por todos lados. Lucharon con aquella horrible raza como los perros con un oso. Se gritaban unos a otros lo que debían hacer, mientras los neandertalenses, que no solían hablar, no les entendían. Se movían demasiado aprisa y luchaban con demasiada astucia.

Fueron muchos y encarnizados los duelos y batallas que sostuvieron por la posesión del mundo estas dos estirpes de hombres en las estepas ventosas y en aquella sombría época. Las dos razas eran incompatibles. Ambas ambicionaban las mismas cavernas y pedregales cercanos a los ríos, donde podían obtenerse los pedernales de mayor tamaño. Ambas luchaban por los mamuts muertos, encenagados en los pantanos, y por los renos que sucumbían en la época de celo. Cuando una tribu humana encontraba señales de los hombres neandertalenses cerca de su cueva o lugares de acecho, se veía forzada a perseguirlos y matarlos; su segundad y la de sus hijos únicamente podía asegurarse mediante estas matanzas. Por su parte, los neandertalenses pensaban que los niños humanos eran buenos para jugar y para devorarlos.

Ignoramos cuánto tiempo logró sobrevivir el hombre aterrador en aquel frío mundo de pinos y abedules plateados, entre las estepas y los glaciares, después de la llegada del hombre. Puede haber subsistido durante muchísimo tiempo, volviéndose más astuto y peligroso a medida que disminuía su número. El hombre lo cazó rastreando sus huellas, observando el humo de sus fuegos y quitándole la comida.

En ese mundo olvidado, aparecieron grandes paladines, hombres que se enfrentaban con el hombre-bestia gris, lo derrotaban y mataban. Confeccionaron largas espadas de madera, con las puntas endurecidas por el fuego, y construyeron escudos de piel para protegerse de sus poderosos golpes. Los atacaron con piedras atadas a cuerdas o lanzadas con hondas. Pero no fueron sólo los hombres quienes lucharon contra la bestia horrible; también se enfrentaron a ellos las mujeres. Éstas protegieron a sus hijos y estuvieron al lado de sus hombres para luchar contra el ser espantoso que parecía y no parecía humano. A menos que los sabios interpreten erróneamente los signos, fueron las mujeres quienes engrandecieron las tribus en que se fueron convirtiendo las familias de aquellos tiempos remotos. El ingenio sutil y amoroso de las mujeres protegió a sus hijos de la cólera feroz del patriarca, enseñó a esquivar sus celos y furores, y lo persuadió para que los tolerara, obteniendo así su ayuda contra el terrible enemigo. Fue la mujer, dice Atkinson, quien en los principios de la raza humana enseñó los primeros tabúes: que un hijo debe apartarse del camino de su madrastra y buscar esposa en otra tribu, para así mantener la paz en la familia; quien se interpuso entre los fratricidas y quien primero trataba de pacificar los ánimos. Las primitivas sociedades humanas fueron fruto de su trabajo. Supo enfrentarse a la sociedad y a la fiereza distante del macho adulto A través de ella los hombres aprendieron a colaborar como hijos y hermanos. El neandertalense no aprendió ni el más mínimo rudimento de colaboración, en cambio, el hombre ya había ideado un alfabeto que algún día se difundiría por toda la Tierra. Los hombres formaban grupos que oscilaban de doce a veinte individuos aproximadamente. En cambio, los grupos de neandertalenses no pasaban de dos o tres, por lo que fueron perseguidos y eliminados hasta su total extinción.

Generación tras generación, época tras época, se desarrolló esa larga lucha entre los hombres que no eran completamente humanos y el hombre verdadero, antepasado nuestro, que llegó a Europa occidental procedente del sur. Miles de combates y muertes, matanzas inesperadas y huidas temerarias tuvieron lugar entre las cuevas y las malezas de aquel ventoso y frío mundo de la época que va desde la última glaciación a los tiempos actuales. Al fin, el último de aquellos hombres horribles se vio obligado a enfrentarse con las espadas de sus perseguidores en medio de la ira y el desespero.

¡Cuántos sobresaltos durante esa larga lucha! ¡Cuántos momentos de terror y de triunfo! ¡Cuántos actos de fidelidad y valentía desesperada! Y los esfuerzos de los vencedores eran nuestro esfuerzo; en líneas generales, nosotros somos idénticos a aquellos seres morenos y pintarrajeados que corrían, luchaban y se ayudaban unos a otros. La sangre de nuestras venas ya ardía en aquellas batallas y se helaba en aquellos terrores de un pasado olvidado. Porque se ha olvidado. Excepto, quizá, en algunos vagos terrores de nuestros sueños y en algunos elementos subyacentes en las leyendas y cuentos infantiles, ha desaparecido por completo de la memoria de nuestra estirpe. Pero nunca se pierde todo sin dejar rastro. Hace setenta u ochenta años, unos sabios curiosos empezaron a sospechar que en ciertos fragmentos de pedernal y restos de huesos hallados en depósitos antiguos, se ocultaban recuerdos de aquellas épocas primitivas. Mucho más recientemente, otros han empezado a encontrar indicios de extrañas experiencias remotas en los sueños y fantasías de las mentes modernas. De manera gradual, estos huesos resecos empiezan a revivir.

La reconstrucción del pasado es una de las aventuras mas sorprendentes de la humanidad. Ésta, al seguir las investigaciones de los estudiosos de estos antiguos restos, se siente como un hombre que hojea las páginas amarillentas de un viejo y olvidado diario, un libro que habla de su adolescencia. Su pasada juventud revive, una vez más le aguijonean los antiguos estímulos y recobra la felicidad de antaño. Pero las antiguas pasiones que una vez ardieron, ahora sólo le producen un poco de calor, y los viejos temores y angustias ya no significan nada.

Puede que un día, estas memorias recuperadas se vuelvan tan vividas como si nosotros mismos hubiéramos estado allí compartiendo la emoción y el miedo de aquellos primeros tiempos; puede llegar un día en que las bestias del pasado cobren vida en nuestra imaginación, recorramos una vez más escenarios ya desvanecidos, movamos unos miembros pintados que creíamos convertidos en polvo, y sintamos de nuevo el calor del sol de un millón de años atrás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS ATACANTES DEL MAR

 

 

1

Hasta el extraordinario suceso de Sidmouth, la peculiar especie Haploteuthis ferox era conocida por la ciencia sólo de forma genérica, fundándose en un tentáculo medio digerido hallado cerca de las Azores y en un cuerpo medio descompuesto, picoteado por los pájaros y mordisqueado por los peces, encontrado a principios de 1896 por Mr. Jennings, cerca de Land’s End

Realmente, en ningún ramo de la zoología estamos tan a oscuras como en el que concierne a los cefalópodos de las profundidades marinas. Por ejemplo, fue una mera casualidad lo que llevó al príncipe de Mónaco a descubrir, en el verano de 1895, casi media docena de nuevas formas, entre las que se incluía el tentáculo antes mencionado. Sucedió que unos balleneros mataron, cerca de Terceira, un cachalote que, en un último esfuerzo, casi embistió el yate del príncipe; pero falló, dio una vuelta y murió a unas veinte yardas del timón. En su agonía arrojó unos objetos de gran tamaño, que el príncipe, presintiendo vagamente que se trataba de algo extraño e importante, pudo, por suerte, recoger antes de que se hundieran. Puso las hélices en movimiento y, dando vueltas en los vórtices así creados, los mantuvo hasta que consiguieron bajar un bote. Resultó que aquellos especímenes eran cefalópodos enteros y fragmentos de cefalópodos, algunos de ellos de proporciones gigantescas, y ¡casi todos desconocidos para la ciencia!

En realidad podría parecer que estas criaturas, grandes y ágiles, que habitan en las profundidades medias del mar deberían permanecer, en gran parte, desconocidas para nosotros, ya que bajo el agua son demasiado escurridizas para las redes, y sólo por imprevistas casualidades se pueden obtener especímenes. En el caso del Haploteuthis ferox, por ejemplo, seguimos ignorando todo cuanto se refiere a su hábitat, igual que ignoramos cómo crían los arenques o las rutas marítimas del salmón. Además los zoólogos no saben tampoco cómo explicar su repentina aparición en nuestra costa. Posiblemente, fue el esfuerzo de una migración causada por el hambre lo que le empujó a salir de las profundidades. Pero tal vez sea mejor evitar especulaciones necesariamente imprecisas, y pasar de inmediato a nuestra narración.

El primer ser humano que puso sus ojos en un Haploteuthis vivo —es decir, el primer ser humano que sobrevivió, porque ahora apenas caben dudas sobre la verdadera causa de la racha, que se produjo a primeros de mayo, de muerte de bañistas y accidentes de embarcaciones que navegaban por la costa de Cornualles y Devon— fue un comerciante de té llamado Fison, alojado en una casa de huéspedes de Sidmouth. Era por la tarde y estaba paseando por el sendero del acantilado entre Sidmouth y Ladram Bay, En este paraje los acantilados son muy altos, pero bajo su rojiza superficie existe un lugar donde se ha formado una especie de escalera. Estaba cerca de allí cuando le llamó la atención lo que al principio tomó por una bandada de pájaros que luchaba por conseguir un pedazo de comida, que a la luz del sol resplandecía con brillo blanquecino y rosado. La marea estaba baja y el objeto no solamente quedaba lejos, bajo él, sino incluso remoto, al otro lado de un ancho yermo de arrecifes cubierto de algas y salpicado de charcos de brillo plateado dejados por la marea. Además, el resplandor del agua le deslumbraba.

Un minuto después, al mirar de nuevo, se dio cuenta de que se había equivocado; sobre «aquello» revoloteaban algunas aves chovas y gaviotas en su mayoría, estas últimas centelleando cegadoramente cuando la luz del sol golpeaba sus alas—, pero todas ellas parecían pequeñas a su lado. Su curiosidad fue creciendo más y más, debido tal vez a lo insuficiente de su primera explicación.

Como no tenía nada mejor que hacer, para entretenerse, decidió convertir aquel objeto, fuera lo que fuera en realidad, en el objetivo de su paseo vespertino, en lugar de Ladram Bay, pensando que acaso se tratara de alguna especie de pez grande, encallado por algún azar y agitándose en su desgracia. Así que se precipitó escaleras abajo, deteniéndose a intervalos de treinta pies, más o menos, para recuperar él aliento y escudriñar el misterioso movimiento.

Al pie del acantilado estaba, desde luego, mas cerca de su objetivo de lo que antes había estado; pero por otra parte, éste parecía juntarse ahora con el cielo incandescente, bajo el sol, y resultaba oscuro e indistinto. Cualquier cosa rosada que hubiera en él quedaba ahora oculta por una formación aislada de rocas cubiertas de maleza. Pero era capaz de discernir que estaba formado por siete cuerpos redondeados, independientes o unidos, y de que las aves seguían graznando y chillando, aunque parecían tener miedo de acercarse demasiado.

Mr. Fison, roído por la curiosidad, empezó a buscar un camino a través de las rocas desgastadas por la marea y, al descubrir que las algas húmedas que ¡as cubrían resultaban extremadamente resbaladizas, se detuvo, se quitó los zapatos y los calcetines y, para sortear los charcos que había entre las rocas, se dobló los pantalones por encima de las rodillas. Tal vez también estaba contento —como lo están todos los hombres— por haber encontrado una excusa para revivir, aunque fuera por un momento, las sensaciones de su niñez. En todo caso, no hay duda de que debe su vida a este incidente.

Se acercaba a su objetivo con la confianza propia de los habitantes de un región que, como la suya, les resguardaba de todas las formas de vida animal. ijqs cuerpos redondeados se movían de un lado a otro, pero solamente cuando coronó el montículo rocoso que he mencionado se dio cuenta del carácter horrible de su hallazgo. Lo descubrió de forma repentina.

Los cuerpos redondeados se separaron cuando él apareció sobre el escollo, y mostraron que el objeto rosado era el cuerpo parcialmente devorado de un ser humano; pero habría sido incapaz de decir si pertenecía a un hombre o a una mujer. Los cuerpos redondeados eran unas criaturas desconocidas para él, de aspecto espantoso, cuya forma se parecía algo a un pulpo, con tentáculos enormes, muy largos y flexibles, sobre el suelo. La piel tenía una textura reluciente, desagradable a la vista, como un cuero brillante. La curva descendente de la boca rodeada de tentáculos, la curiosa excrecencia en la curva, los tentáculos y los grandes ojos inteligentes, daban a aquellas criaturas la grotesca apariencia de un rostro humane. El tamaño del cuerpo era el de un cerdo mediano y los tentáculos le parecieron de varios pies de longitud. Había, según él, por lo menos siete u ocho de aquellas criaturas. A veinte yardas de distancia, entre la espuma de la marea que subía, otras dos emergían del mar.

Sus cuerpos yacían sobre las rocas y sus ojos le miraban con perverso interés; pero no parece que Mr. Fison estuviera asustado ni que se diera cuenta de que estaba en peligro. Posiblemente su confianza debe atribuirse a la indolencia de su carácter. Pero, desde luego, estaba horrorizado, muy excitado e indignado de que tan repugnantes criaturas se alimentaran de carne humana. Pensó que se habían tropezado por casualidad con el cuerpo de un ahogado. Gritó con la intención de alejarlas y, viendo que no se movían, buscó alrededor, recogió una piedra grande y redonda y se la arrojó a una de ellas.

Entonces, desenrollando lentamente sus tentáculos, todos los animales empezaron a moverse hacia él, arrastrándose al principio con lentitud y emitiendo un suave ronroneo entre ellos.

En un instante, Mr. Fison se dio cuenta de que estaba en peligro. Gritó de nuevo, les tiró las dos botas y, de un salto, se puso de inmediato en camino. Veinte yardas más allá se detuvo, dio media vuelta, creyendo que eran lentos, y ¡mirad!, los tentáculos del cabecilla ya estaban posándose en el escollo en el que había estado él hacia un momento.

Entonces, gritó otra vez, pero en esta ocasión no fue un grito de amenaza sino de desmayo, y empezó a saltar, a dar zancadas, a resbalar, vadeando el irregular terreno que se extendía entre él y la playa. Los altos acantilados rojizos le parecían hallarse de repente a una gran distancia, y vio, como si fueran criaturas de otro mundo, dos diminutos trabajadores empeñados en reparar el camino escalado, sin sospechar la carrera desesperada que estaba empezando a sus pies. En cierto modo, pudo oír, a no más de doce pies detrás de él, el chapoteo de las criaturas en los charcos, en una ocasión resbaló y estuvo a punto de caer.

Le persiguieron hasta el pie mismo del acantilado, y no desistieron hasta que se le unieron los trabajadores en la base del camino escalonado hacia la cima. Los tres hombres les apedrearon durante un rato y después se apresuraron a subir a lo más alto del acantilado y siguieron el camino hacia Sidmouth, con el fin de conseguir ayuda y un bote para rescatar el cuerpo profanado de las ganas de aquellas abominables criaturas.

 

2

Por si no hubiera corrido suficientes peligros aquel día, Mr. Fison subió con los demás al bote para indicar el lugar exacto de la aventura. Como la marea estaba baja, tuvieron que dar un rodeo considerable para alcanzarlo; cuando por fin llegaron al pie del camino escalonado, el cuerpo mutilado había desaparecido. Ahora el agua corría, sumergiendo primero una porción de roca fangosa y después otra, y los cuatro hombres de la barca —es decir, los trabajadores, el barquero y Mr. Fison— desviaron su atención de la costa para fijarla en el agua bajo la quilla.

Al principio no pudieron ver gran cosa debajo de ellos, salvo una oscura selva de laminaria con algún pez que, de vez en cuando, pasaba velozmente. Sus mentes estaban predispuestas a la aventura, así que expresaron su franca decepción. Pero entonces vieron uno de los monstruos nadando en el agua, mar adentro, con un curioso movimiento giratorio que hizo evocar a Mr. Fison el balanceo de un globo cautivo. Un momento después, las ondulantes serpentinas de laminaria se agitaron extraordinariamente, se abrieron un instante, y quedaron oscuramente visibles tres de aquellas bestias, luchando por lo que era con toda probabilidad algún fragmento del ahogado. Luego, las abundantes cintas verde-oliva se derramaron de nuevo sobre el convulso grupo.

Entretanto, los cuatro hombres, extremadamente excitados, empezaron a golpear el agua con los remos y a gritar y de inmediato vieron un tumultuoso movimiento entre las algas. Renunciaron a distinguir con mas claridad de qué podía tratarse y, tan pronto como el agua quedó tranquila, descubrieron, según les pareció, que todo el fondo del mar entre las algas estaba cubierto de ojos.

—¡Los muy cerdos! —gritó uno de los hombres—. ¡Mirad, los hay a docenas!

En seguida esas cosas empezaron a subir por el agua hacia ellos. Mr, Fison describió después al escritor aquella sobrecogedora erupción de los ondulantes prados de laminaria, A él le pareció que habla durado un considerable lapso de tiempo, pero es probable que, en realidad, fuera sólo cuestión de unos segundos. Durante un rato no había nada más que ojos, y después tentáculos brotando y dividiendo las frondas de algas en todas direcciones. Después aquellas cosas aumentaron de tamaño, hasta que al fin el fondo quedó oculto por sus formas enrolladas y confundidas unas con otras, y las extremidades de los tentáculos aparecieron misteriosamente aquí y allá en el aire sobre la ondulación de las aguas.

Uno se acercó audazmente al costado de la barca y, agarrándose a él con tres de sus tentáculos provistos de ventosas, lanzó otros cuatro sobre la borda, como si tuviera intención de volcar la embarcación o de subir a ella gateando. De inmediato, Mr. Fison cogió el bichero y. pinchándole furiosamente los blandos tentáculos, le obligó a desistir. Fue golpeado por la espalda y casi arrojado por la borda por el barquero, que usaba su remo para resistir un ataque similar por el otro costado de la barca. Pero los tentáculos de ambos lados soltaron en seguida su presa y se deslizaron para hundirse en el agua.

—Será mejor que nos vayamos de aquí —dijo Mr. Fison, que estaba temblando violentamente.

Se dirigió a la caña del timón, mientras el barquero y uno de los trabajadores se sentaban y empezaban a remar. El otro hombre se quedó de pie, a proa de la embarcación, con el bichero, dispuesto a golpear cualquier tentáculo que pudiera aparecer. No se habló más, según parece. Mr. Fison había expresado el sentimiento común de la forma mas exacta. Con un talante taciturno y asustado, los rostros pálidos y cansados, intentaron escapar de la situación en que habían cometido el error y la imprudencia de meterse.

Pero apenas los remos se hundieron en al agua, unas misteriosas cuerdas sinuosas y delgadas los rodearon; lo mismo hicieron con el timón, y acercándose con sigilo a los costados del bote, con un movimiento serpenteante aparecieron de nuevo las ventosas. Los hombres agarraron los remos y tiraron de ellos, pero era como tratar de mover un bote en una masa flotante de algas

—¡Aquí, ayuda! —gritó el barquero. Mr. Fison y el segundo hombre corrieron a ayudarle a sacar el remo.

Entonces el que sostenía el bichero, que se llamaba Ewan o Ewen, saltó, lanzando una maldición, y empezó a golpear hacia abajo, sobre la borda, hasta donde alcanzaba, hiriendo el banco de tentáculos que ahora se arracimaban por, el fondo de la embarcación. A un mismo tiempo, los dos remeros se pusieron en pie tratando de obtener un mejor punto de apoyo para recuperar sus remos. El barquero le entregó el suyo a Mr, Fison, que tiró de él desesperadamente y, entre tanto, el barquero abrió una navaja de muelles grande e, inclinándose sobre la borda de la embarcación, empezó a cortar las espirales de brazos que rodeaban los mangos de los remos.

Mr. Fison, tambaleándose con el balanceo de la embarcación, apretando los dientes, jadeando, saliéndosele las venas de la mano mientras tiraba del remo, dirigió de pronto los ojos mar adentro. Y allí, a no más de cincuenta yardas de distancia, en las grandes olas de la marea ascendente, una embarcación grande ponía rumbo hacia ellos; en ella había tres mujeres y un niño pequeño. Un barquero se ocupaba de remar y un hombrecillo, con un sombrero de paja con cintas de color rosa y traje blanco, estaba de pie, a popa, saludándoles. Por un momento, sin duda, Mr. Fison pensó en la ayuda que significaba, pero después pensó en el niño. Abandonó de inmediato el remo, levantó los brazos gesticulando frenéticamente y gritó al grupo de la barca que se mantuvieran lejos «¡por amor de Dios!». Dice mucho en favor de la modestia y valor de Mr. Fison el hecho de que no parece consciente de cuánto hubo de heroísmo en su acción en aquella coyuntura. El remo que había abandonado fue arrastrado en seguida hacia abajo; después reapareció flotando a unas veinte yardas de distancia.

En aquel momento, Mr. Fison notó que el bote daba violentos bandazos, y un grito ronco, un prolongado chillido de terror de Huí, el barquero, hizo que olvidara por completo al grupo de excursionistas. Se volvió y vio a Huí en cuclillas junto al tolete de proa, con el rostro convulsionado por el terror; de su brazo derecho, sobre la borda, algo tiraba fuertemente hacia abajo. Ahora lanzaba una sucesión de breves gritos agudos, «¡Oh!, ¡oh!, ¡oh!… ¡oh!», Mr. Fison cree que debía de haber estado cortando los tentáculos bajo la línea de flotación y que le habían agarrado, pero, naturalmente, es imposible decir ahora lo que ocurrió en realidad. La embarcación se inclinaba mucho, de manera que la regala estaba a menos de diez pulgadas del agua y tanto Ewan como el otro hombre estaban golpeando el agua con remo y bichero a cada uno de los lados del brazo de Hill. Mr, Fison, instintivamente, se colocó en el lado opuesto para hacerles de contrapeso

Entonces Huí, que era un hombre fornido y fuerte, tazo un esfuerzo supremo y casi se enderezó Consiguió sacar el brazo del agua. Colgando de él había una complicada maraña de cuerdas oscuras; los ojos de uno de los brutos que habían hecho presa de él, mirando directa y resueltamente, aparecieron momentáneamente sobre la superficie. El bote se inclinaba más y más y el agua, de un color verde oscuro, se derramaba en cascadas sobre la borda. Entonces Huí resbaló y dio con sus costillas sobre la borda; su brazo, con la masa de tentáculos alrededor, cayó de nuevo al agua. Dio la vuelta, su bota coceó la rodilla de Mr. Fison, en el momento que este caballero acudía en su ayuda, y casi en el mismo instante nuevos tentáculos rodearon su cuello y su cintura; tras una lucha breve y convulsiva, durante la cual el bote estuvo a punto de volcar, Hill fue arrastrado fuera borda. La embarcación se enderezó con una violenta sacudida que casi envió a Mr. Fison sobre la otra borda, y le ocultó la lucha en el agua.

Se quedó un momento tambaleándose, tratando de recuperar el equilibrio, y entre tanto, se dio cuenta de que la lucha y la marea creciente les había llevado de nuevo cerca de las rocas cubiertas de maleza. A no más de cuatro yardas una meseta de rocas se alzaba aún en rítmicos movimientos sobre la marea. En un momento dado, Mr. Fison agarró el remo de Ewan, dio un vigoroso golpe y después, dejándolo caer, como a la borda y saltó. Sintió que sus pies resbalaban sobre la roca y, con un frenético esfuerzo, saltó otra vez hacia una masa que había a poca distancia. Dio un traspiés sobre ella, se puso de rodillas y se incorporó de nuevo.

—¡Mirad! —gritó alguien, y un cuerpo grande de color pardo le golpeó.

Uno de los hombres le hizo entrar en uno de los charcos dejados por la marea y mientras se hundía, oyó gritos sofocados, que en aquel momento creyó que eran de Hill. Entonces se encontró a sí mismo maravillándose de la estridencia y variedad de la voz de Hill. Alguien le saltó encima y un curvado torrente de agua espumosa se vertió sobre él y después desapareció. Se puso rápidamente en pie, chorreando, y sin mirar al mar, corrió, todo lo aprisa que le permitía el terror, hacia la costa. Ante él, sobre el espacio llano salpicado de rocas, daban traspiés los dos hombres, separados por unas doce yardas.

Al fin miró sobre su hombro y, viendo que no le perseguían, se volvió. Quedó atónito. Desde el momento de la aparición de los cefalópodos fuera del agua, había actuado demasiado aprisa para darse cuenta de sus propias acciones Ahora le parecía como si hubiera salido de repente de una pesadilla

Porque había un cielo sin nubes, en el que resplandecía el sol de la tarde, un mar que se movía bajo su brillo implacable, la suave espuma cremosa de las olas que rompían y los bajos, largos, oscuros escollos de las rocas La enderezada embarcación flotaba, balanceándose suavemente sobre las olas a unas doce yardas de la orilla. Hill y los monstruos, toda la tensión y la agitación de aquella lucha feroz por la vida, se habían desvanecido, como si no hubieran existido nunca.

El corazón de Mr. Fison latía violentamente, se estremecía de pies a cabeza y respiraba hondo.

Faltaba algo. Durante unos segundos no pudo pensar con bastante claridad de qué podía tratarse. Sol, cielo, mar, rocas, ¿qué era? Entonces recordó la embarcación cargada de excursionistas Se había desvanecido. Se preguntó si se la había imaginado. Se volvió y vio a los dos hombres de pie, uno junto a otro, bajo las rocas salientes de los altos acantilados de color de rosa. Vaciló, pensando si debería hacer un último esfuerzo por salvar al otro hombre, Hill. Su excitación física pareció abandonarle de golpe, y le dejó aturdido e impotente. Se volvió hacia la costa con dificultad, tambaleándose, llegó hasta sus dos compañeros.

Miró de nuevo hacia atrás; ahora había dos embarcaciones flotando, la que estaba mas lejos había volcado y cabeceaba torpemente sobre el mar.

 

Así fue como el Haploteuthis ferox hizo su aparición en la costa de Devonshire Hasta la fecha ha sido ésta su peor agresión. La narración de Mr. Fiaon, junto con la racha de naufragios y accidentes de bañistas a los que ya he aludido, así como la desaparición de los peces de las costas de Cornualles durante aquel año, indican claramente la existencia de un banco de aquellos monstruos voraces de las profundidades marinas que merodeaban lentamente a lo largo de la costa. Sé que se ha aducido una migración inducida por el hambre, como origen del impulso que los trajo hacia aquí; pero, por mi parte, prefiero creer la teoría de Hemsley. Hemsley sostiene que un grupo o banco de estas criaturas puede haberse aficionado a la carne humana después del hundimiento de un barco que habría ido a caer entre ellos, entonces habrían abandonado su hábitat natural para errar en su busca; primero acechando y persiguiendo barcos y después llegando hasta nuestras costas en la estela del trafico atlántico. Pero discutir los argumentos de Hemsley, convincentes y admirablemente expuestos, estaría aquí fuera de lugar.

Parece que el apetito del banco quedó satisfecho con la captura de once personas —ya que, por lo que pudo averiguarse, había diez a bordo de la segunda embarcación, y desde luego aquellas criaturas no volvieron a dar señales de vida en Sidmouth aquel día. La costa entre Seaton y Budleigh Salieron fue patrullada toda la tarde y la noche por cuatro barcas del Servicio Preventivo; los hombres iban armados con arpones y machetes; a medida que avanzaba la tarde, otras expediciones, equipadas más o menos de la misma forma y organizadas por particulares, se unieron a ellas. Mr. Fison no tomó parle en ninguna de ellas.

Hacia la medianoche se oyeron gritos de alboroto en una embarcación que estaba a un par de millas mar adentro, hacia el sudeste de Sidmouth, y se vio un farol agitándose de una manera extraña de un lado a otro y de arriba a abajo. Las barcas más próximas se apresuraron a acudir a la señal de alarma. Los atrevidos ocupantes de la barca, un marinero, un coadjutor y dos colegiales, habían visto realmente a los monstruos pasando por debajo de su embarcación. Las criaturas, según parece, como la mayoría de los organismos de las profundidades del mar, eran fosforescentes, y habían estado flotando a unas cinco brazas de profundidad mas o menos, como seres imaginarios, a través de la negrura de las aguas, con los tentáculos recogidos como si durmieran, dando vueltas y mas vueltas y avanzando lentamente, en una formación como de cuña, hacia el sudeste.

Aquellas personas contaron su historia entrecortadamente, gesticulando, ya que primero se acercó una barca y después otra. Al final había una flotilla de ocho o nueve embarcaciones reunidas, y de ellas salía un tumulto, como el griterío de un mercado, que se alzaba en la quietud de la noche. Hubo poca —o ninguna— disposición de perseguir a la manada; la gente no tenía ni armas ni experiencia para una caza tan incierta, y entonces —incluso quizás con cierto alivio— las embarcaciones regresaron hacia la costa.

Y ahora hay que decir lo que es quizá el hecho más asombroso de esta asombrosa incursión. No tenemos la menor idea de los movimientos subsiguientes de la manada, aunque toda la costa sudoeste estaba alertada para detectarlos. Tal vez sea significativo el que un cachalote varara en Sark, el 3 de junio. Dos semanas y tres días después de este suceso de Sidmouth, un Haploteuthis vivo encalló en la playa de Calais. Estaba vivo porque vanos testigos vieron cómo movía los tentáculos de manera convulsiva. Pero es probable que estuviera moribundo. Un caballero llamado Pouchet consiguió un rifle y le pegó un tiro.

Ésta fue la última aparición de un Haploteuthis vivo. No se vieron otros en la cosía francesa. El 15 de junio un cuerpo, casi completo, pero muerto, fue arrojado a la playa cerca de Torquay, y unos cuantos días después una barca de la estación de Biología marina, ocupada en dragar Plymouth, sacó un espécimen medio corrompido, con una profunda herida de machete. Es imposible decir cómo había muerto el primer espécimen. Y el último día de ¡unió, un artista, Mr. Egbert Came, que se bañaba cerca de Newlyn, levantó los brazos, chilló y fue arrastrado bajo el agua. Un amigo que se estaba bañando con él no intentó salvarle, pero nadó de inmediato hacia la orilla. Este es el último hecho a narrar sobre este extraordinario ataque procedente de alta mar. Si es realmente la última de esas horribles criaturas es, por ahora, demasiado pronto para afirmarlo. Pero se cree, y hay que esperarlo así sin duda alguna, que han regresado ya, y regresado para siempre, a las profundidades sin sol de los mares medios, de las cuales surgieron tan extraña y misteriosamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN EL ABISMO

 

 

El teniente permanecía en pie frente a la esfera de acero y mordía un trozo de astilla de pino.

—¿Qué piensa de ello, Steevens? —preguntó.

—Es una idea —dijo Steevens con el tono del que se mantiene mentalmente abierto.

—Creo que se hará pedazos… completamente —dijo el teniente.

—Él parece haberlo calculado todo bastante bien —dijo Steevens, todavía desinteresado.

—Pero piense en la presión —dijo el teniente—. En la superficie del agua es de catorce libras por pulgada, a treinta pies de profundidad es el doble; a sesenta, el triple; a noventa pies, el cuádruple; a novecientos, cuarenta veces; a cinco mil, trescientas, esto es a una milla… es doscientas cuarenta veces catorce libras; o sea que… vamos a ver… treinta quintales… una tonelada y media Steevens; una tonelada y media por pulgada cuadrada. Y el océano adonde va tiene cinco millas de profundidad Es decir, siete y media…

—Suena a mucho —dijo Steevens—, pero es acero muy grueso.

El teniente no respondió, sino que volvió a su astilla de pino. El objeto de su conversación era una enorme bola de acero con un diámetro exterior de unos nueve pies. Parecía el obús de alguna pieza de artillería titánica Estaba cuidadosamente colocada en un monstruoso andamiaje montado dentro del armazón del buque y las gigantescas cabrias que pronto iban a echarla por la borda daban a la popa del barco una apariencia que hubiera despertado la curiosidad de cualquier modesto marino que la hubiera divisado, desde las aguas de Londres al Trópico de Capricornio. En dos puntos, el uno sobre el otro, en el acero se abrían dos ventanas circulares de vidrio enormemente espeso; una de ellas, colocada en un marco de acero de gran solidez, estaba en ese momento parcialmente desenroscada. Ambos, hombres habían visto el interior de aquel globo por primera vez aquella mañana Estaba cuidadosamente forrado de cojines de aire y dotado de pequeños pivotes hundidos entre protuberantes almohadones para manipular el simple mecanismo del artilugio. Todo estaba primorosamente forrado, incluso el equipo Myers que tenía que absorber el ácido carbónico y reponer el oxígeno inspirado por su inquilino, cuando se hubiera introducido por la boca de entrada y ésta hubiera sido atornillada. Estaba tan cuidadosamente forrado que un hombre podía ser disparado dentro del mismo por un cañón con total seguridad. Y así había de ser, pues pronto un hombre iba a meterse en él por aquella boca de entrada de vidrio y, herméticamente cerrado, seria arrojado por la borda para descender, descender y descender hasta cinco millas, como decía el teniente. Aquello había hecho presa fuertemente en su imaginación le había producido una ola de confusión, y encontró en Steevens, el recién llegado a bordo, un enviado del cielo con quien hablar de ello una y otra vez.

—Opino —dijo el teniente— que el vidrio se curvará, se combará y se hará pedazos bajo semejante presión. Bajo grandes presiones, Daubrée ha hecho que las rocas se vuelvan fluidas como el agua, y fíjese en lo que estoy diciendo…

—Si el cristal se rompiera —dijo Steevens—, ¿qué pasaría?

—El agua se introduciría como un chorro de hierro. ¿Ha sentido alguna vez un chorro directo de agua a alta presión? Golpea con la fuerza de una bala Simplemente, le destrozarla y le aplastaría Le desharía la garganta y se le metería en los pulmones; se introduciría en sus oídos…

—¡Qué imaginación tan detallista tiene! —protestó Steevens, que veía estas cosas vividamente.

—Es una sencilla explicación de lo inevitable —dijo el teniente.

—¿Y la esfera?

—Emitiría unas cuantas burbujitas y se posaría confortablemente hasta el día del juicio entre el cieno y el barro del fondo… con el pobre Elstead aplastado contra sus propios cojines como la mantequilla sobre el pan. —Y repitió esta frase como si le agradara mucho—. Como la mantequilla sobre el pan.

—¿Echando una mirada al aparato? —dijo una voz, y Elstead apareció junto a ellos, de blanco flamante, con un cigarrillo entre los dientes y una sonrisa en la mirada que asomaba bajo la sombra de la amplia ala de su sombrero—. ¿Qué es eso de pan y mantequilla Weybridge? ¿Quejándose como de costumbre de la paga insuficiente de los oficiales navales? Falta menos de un día para que empiece. Hoy prepararemos las eslingas. Este cielo limpio y este mar apacible son lo más favorable para mecer una docena de toneladas de plomo y de hierro, ¿no es verdad?

—No te afectará mucho el tiempo que haga —dijo Weybridge.

—No. A setenta u ochenta pies de profundidad, y yo estaré allí en una docena de segundos, no se mueve ni una partícula aunque el viento se desgañe arriba y el agua salte a medio camino de las nubes. No. Lo que hay allí abajo es… —Se fue hacia el costado del buque y los otros dos le siguieron. Los tres se apoyaron en la borda y se quedaron mirando fijamente el agua verde-amarillenta.

—Paz —dijo Elstead terminando su pensamiento en voz alta.

—¿Estás completamente seguro de que el aparato de relojería funcionará? —preguntó Weybridge en seguida.

—Ha funcionado treinta y cinco veces —dice Elstead—. Está obligado a funcionar.

—¿Pero si no lo hace?

—¿Por qué no había de hacerlo?

—Yo no bajaría en ese maldito trasto —dijo Weybridge—, ni por veinte mil libras.

—Qué tipo mas alegre eres —dijo Elstead, y escupió amistosamente hacia una burbuja del agua.

—Todavía no comprendo cómo vas a intentar que la cosa funcione —dijo Steevens.

—En primer lugar, yo quedaré atornillado dentro de la esfera —dijo Elstead—, y cuando haya encendido y apagado la luz eléctrica tres veces para indicar que estoy dispuesto, me lanzarán por popa mediante aquella grúa, con todas esas grandes plomadas colgadas debajo. El lastre de plomo tiene un carrete con unas cien brazas de cuerda fuerte enrollada y eso es lo que une las plomadas a la esfera, además de las eslingas, que serán cortadas cuando el artefacto sea bajado. Utilizamos cuerda en vez de cable porque es más fácil de cortar y más flotante; puntos ambos necesarios, como veréis.

>En cada uno de estos lastres veis que hay un orificio que atravesará una varilla de hierro la cual sobresaldrá seis pies por ¡a parte inferior. Al ser atacada esa varilla desde abajo, golpea una palanca que pone en marcha el mecanismo de relojería situado en la parte del cañete en que se enrolla ¡a cuerda.

»Bien. Todo el aparato se introduce suavemente en el agua y se cortan las eslingas. La esfera flota pues con aire en su interior es más ligera que el agua pero los lastres van rectos hacia abajo hasta que la cuerda se acaba Cuando toda la cuerda esté desenrollada la esfera descenderá también, tirada por la cuerda.

—¿Pero por qué la cuerda? —preguntó Steevens—. ¿Por qué no atar los pesos directamente a la esfera?

—Por el choque, allí abajo. Todo el artefacto se precipitaría hacia abajo, milla tras milla, a toda velocidad al final Se haría pedazos en el fondo si no fuera por la cuerda. Pero los pesos chocaran con el fondo, y en cuanto lo hagan se pondrá en juego la flotación de la esfera. Continuará hundiéndose cada vez más lentamente; por último se parará y a continuación empezará a ascender de nuevo.

»Es entonces cuando entra en acción el mecanismo de relojería. Los pesos se estrellan directamente contra el fondo del mar; la varilla es golpeada, acciona el mecanismo de relojería y la cuerda se rebobina en el carrete. Así, seré arrastrado hacia el fondo del mar. Allí permaneceré una media hora, con la luz eléctrica encendida, observando a mi alrededor. Entonces el mecanismo de relojería disparará una cuchilla de resorte, la cuerda será cortada y yo me lanzaré de nuevo hacia arriba como una burbuja de agua carbónica. La propia cuerda contribuirá a la flotación.

—¿Y si por casualidad choca con un barco? —dijo Weybridge.

—Subiré a tal velocidad que lo atravesaré —dijo Elstead—, como una bala de canoa No te preocupes por eso.

—Suponte que un hábil crustáceo se enreda en tu mecanismo de relojería…

—Sería una apremiante invitación a detenerme —dijo Elstead, volviéndose de espaldas al agua y mirando fijamente la esfera.

Levantaron a Elstead sobre la borda a las once. El día estaba serenamente brillante y en calma, con el horizonte perdido en la niebla. El resplandor eléctrico del pequeño compartimento superior destelló jovialmente tres veces. Entonces le posaron suavemente en la superficie del agua y un marinero se colgó de las cadenas de popa dispuesto a cortar el aparejo que mantenía unidos los lastres a la esfera. El globo, que parecía tan grande en cubierta, bajo la popa del barco parecía la cosa más pequeña que se pueda concebir. Giró un poco y sus dos oscuras ventanas, que estaban por encima de la línea de flotación, parecían ojos girando asombrados hacia las personas que se apiñaban en la borda Una voz se maravillaba de que a Elstead le gustara el balanceo.

—¿Está listo? —preguntó el comandante.

—¡Sí, sí señor!

—¡Entonces selladle!

La cuerda del aparejo se presionó contra la cuchilla y se cortó; un remolino agitó al globo de forma grotesca y. desmañada Uno saludó con un pañuelo, otro intentó un ineficaz saludo y un guardiamarina contaba lentamente:

—¡Ocho, nueve, diez! —Otro balanceo, y después, con una sacudida y un chapoteo, la esfera se enderezó.

Pareció quedar fija por un momento y hacerse rápidamente más pequeña; a continuación el agua se cenó sobre ella y por unos momentos aún fue visible, agrandada por la refracción y más oscura bajo la superficie. Antes de que se pudiera contar hasta tres había desaparecido. Hubo un centelleo de luz blanca bajo el agua hasta que se convirtió en un punto y desapareció. Después, nada excepto el abismo marino y la oscuridad de las profundidades en que nadaba un tiburón.

Bruscamente la hélice del barco empezó a girar, el agua se arremolinó, el tiburón desapareció en una rugosa confusión y un torrente de espuma se levantó de la claridad cristalina que había engullido a Elstead.

—Y ahora ¿qué pasa? —dijo un marinero a otro.

—Vamos a virar de borde un par de millas por temor a que choque con nosotros cuando suba —dijo su compañero.

El barco marchó lentamente hacia su nueva posición. A bordo casi todos los que estaban desocupados se quedaron observando el burbujeo en que se había hundido la esfera. Durante la siguiente media hora es dudoso que se hablara una palabra que no atañera directa o indirectamente a Elstead. El Sol de diciembre estaba en su punto más alto y el calor era considerable.

—Tendrá bastante frió allá abajo —dijo Weybridge—. Dicen que por debajo de cierta profundidad el agua del mar está casi congelada.

—¿Por dónde subirá? —preguntó Steevens—. He perdido la orientación.

—Aquél es el lugar —dijo el comandante, que se enorgullecía de su omnisciencia Extendió un dedo seguro hacia el sureste. —Y éste, según calculo, es casi el momento preciso —dijo—. Ya lleva treinta y cinco minutos.

—¿Cuánto tiempo tarda en llegar al fondo del océano? —preguntó, Steevens.

—Para una profundidad de cinco millas y contando, como lo hemos hecho, una aceleración de dos pies por segundo, en ambos sentidos, viene a ser sobre unos tres cuartos de minuto.

—Entonces va retrasado —dijo Weybridge.

—Casi —dijo el capitán—. Supongo que hacen falta unos minutos para que la cuerda se enrolle.

—Lo había olvidado —dijo Weybridge, evidentemente aliviado.

Y entonces empezó el suspense. Un minuto transcurrió lentamente y la esfera no salió del agua Siguió otro y nada rompía la tenue y oleaginosa marejada Los marineros se explicaban unos a otros el detalle del enrollado de la cuerda La arboladura estaba salpicada de rostros expectantes.

—¡Sube, Elstead! —llamó impacientemente un lobo de mar de pecho velludo; y los demás le instaron y gritaron como si esperasen a que se levantara el telón de un teatro.

El comandante les miró irritado.

—Por supuesto, si la aceleración era inferior a dos —dijo—, estará más rato. No estamos absolutamente seguros de que ésa fuera la cifra exacta No soy un creyente esclavo de los cálculos.

Steevens asintió concisamente. En el puente nadie habló durante un par de minutos. Entonces sonó el reloj de Steevens.

Cuando, veintiún minutos después de que el Sol hubiera llegado al cénit seguían esperando que reapareciera la esfera, nadie a bordo se había atrevido a musitar que la esperanza estaba perdida Fue Weybridge el que primero expresó esta evidencia. Habló mientras el sonido de las campanas todavía resonaba en el aire.

—Siempre desconfié de esa ventana —dijo de pronto a Steevens.

—¡Dios mío! —dijo Steevens—; no creerás…

—¡Bien! —dijo Weybridge, y dejó el resto a merced de la imaginación.

—No creo gran cosa en los cálculos —dijo el capitán dubitativamente—, de forma que todavía tengo esperanzas.

A medianoche la cañonera seguía moviéndose lentamente en espiral alrededor del lugar en que se había hundido el globo; un blanco rayo de luz eléctrica huía, se detenía y barría de mala gana una y otra vez la inmensidad de las aguas fosforescentes bajo las minúsculas estrellas.

—Si la ventana no ha estallado y ha quedado aplastado —dijo Weybridge—, entonces el panorama es condenadamente peor, pues el mecanismo de relojería se habrá estropeado y estará vivo, a cinco millas bajo nuestros pies, en el frío y la oscuridad, anclado en su pequeña burbuja donde nunca ha brillado un rayo de luz ni un ser humano ha vivido desde que las aguas se formaron Estará allí sin alimentos, hambriento, sediento y asustado, pensando si se morirá de hambre o ahogado. ¿Qué pasará? El equipo Myers se está agotando, supongo. ¿Cuánto durará? ¡Cielo santo! —exclamó—, ¡qué poca cosa somos! ¡Qué osados diablillos! Allá abajo, millas y millas de agua… sólo agua, y toda esta extensión de agua alrededor de nosotros, y este… —tendió sus manos, y mientras lo hacía, una pequeña raya blanca pasó silenciosamente por el cielo, como luego más lentamente, se detuvo y se convirtió en un punto inmóvil, como si una estrella nueva hubiera saltado al cielo. Después se fue deslizando de nuevo hacia abajo y se perdió entre los reflejos de las estrellas, la blanca niebla y la fosforescencia del mar.

Ante aquella escena se detuvo, con los brazos extendidos y la boca abierta. Cerró la boca, la volvió a abrir y agitó las manos con un gesto impaciente. Después se volvió hacia el primer vigía y gritó:

—¡Elstead, ah del buque! —y se fue corriendo. hacia Lindley y hacia el proyector—. ¡Le he visto! —dijo—. ¡Allí, a estribor! Su luz está encendida y ha salido disparado del agua. Gira el reflector. Lo veremos flotando cuando se eleve sobre las olas.

Pero no recogieron al explorador hasta el amanecer. Entonces casi le echan a pique. La grúa giró y la tripulación de un bote enganchó la cadena a la esfera. Cuando abordaron la esfera, desatornillaron la entrada y se asomaron a la oscuridad del interior (pues la luz eléctrica estaba prevista para iluminar el agua de alrededor de la esfera y no alumbraba su interior).

El aire estaba muy caliente dentro de la cavidad y el caucho del borde de la entrada se había reblandecido. No hubo respuesta a sus ansiosas llamadas, m movimiento alguno. Elstead parecía estar echado sin sentido, encogido en el fondo del globo. El médico de a bordo se introdujo y lo alzó hacia los hombres que estaban fuera. Durante un momento no supieron si Elstead estaba vivo o muerto. Su rostro, a la luz amarilla de las lámparas del barco, relucía de sudor. Le llevaron a su propio camarote.

No estaba muerto, según comprobaron, pero sí en un estado de absoluto colapso nervioso y además cruelmente magullado. Durante algunos días tuvo que permanecer echado completamente inmóvil. Transcurrió una semana antes de que pudiera contar su experiencia.

Prácticamente sus primeras palabras fueron que pensaba descender de nuevo. La esfera tendría que ser modificada dijo, con el objeto de que se pudiera echar fuera la cuerda si fuera necesario, y eso fue todo. Había tenido la más maravillosa experiencia.

—Pensasteis que no encontraría más que fango —dijo—. ¡Os reísteis de mis exploraciones y yo he descubierto un mundo nuevo! —Contó su historia en fragmentos deshilvanados y en desorden, de manera que es imposible repetirla con sus propias palabras. Pero lo que sigue es la narración de su experiencia.

Empezó atrozmente, dijo. Antes de que la cuerda se tensara, el artefacto seguía rodando. Se sentía como una rana en un balón de fútbol. No podía ver nada excepto la grúa y el cielo por encima de su cabeza, con un panorama ocasional de la gente en la borda del barco. No tenía ni idea de cómo rodaría el objeto a continuación. De repente se encontró con los pies por alto, trataba de enderezarse y volvía a rodar, patas arriba y de cualquier modo, sobre el almohadillado. Cualquier otra forma que no fuera la estática hubiera sido más confortable, pero ninguna hubiera sido digna de confianza bajo la enorme presión del abismo submarino.

De pronto el vaivén cesó, el globo se enderezó y cuando se puso en pie vio el agua a su alrededor de un azul verdoso; una tenue luz se filtraba desde arriba y una muchedumbre de pequeñas cosas flotantes pasaban corriendo ante él, según le pareció, hacia la luz. Mientras miraba se hizo cada vez más oscuro, hasta que el agua se volvió tan oscura como el cielo a medianoche, si bien de un matiz más verde por arriba y por abajo, negra. Pequeños cuerpos transparentes formaban en el agua un débil destello de luminosidad y pasaban raudamente como lánguidas franjas verdosas.

¡Y la sensación de la caída! Fue como el arranque de un ascensor, sólo que se mantenía. Hay que imaginarse lo que significa esa sensación sostenida. Fue entonces el único momento en que Elstead se arrepintió de su aventura. Vio las probabilidades que tenía a una luz completamente nueva Pensó en las jibias gigantes que se sabía existían en las aguas medias, en los cuerpos que se encontraban a veces medio digeridos en las ballenas o flotando muertos, descompuestos y medio comidos por los peces. Suponte que una se agarrara y no se soltara. ¿Y había sido el mecanismo de relojería en realidad suficientemente comprobado? Pero que deseara continuar o retroceder ahora no importaba lo más mínimo.

En cincuenta segundos todo se hizo tan oscuro como la noche, excepto donde el destello de su luz traspasaba las aguas y tocaba de vez en cuando algún pez o material en suspensión. Pasaban por delante de él demasiado deprisa para ver lo que eran. Una vez cree que pasó un tiburón Y entonces la esfera empezó a calentarse por la fricción contra el agua. Habían subestimado eso, al parecer.

Lo primero que notó fue que estaba sudando; después oyó un silbido cada vez mas agudo bajo sus pies y vio una gran cantidad de burbujitas —eran muy pequeñas— abalanzándose hacia arriba, como un abanico, a través del agua exterior. ¡Vapor! Tocó la ventana y estaba caliente. Encendió la diminuta lámpara de incandescencia que iluminaba su propia cavidad, miró el reloj acolchado que había junto a los pivotes y vio que llevaba viajando dos minutos. Pensó que la ventana se quebrarla por el contraste de temperaturas, pues sabía que el agua del fondo está cercana a la congelación.

Entonces repentinamente el suelo de la esfera pareció presionar contra sus pies, la carrera de las burbujas exteriores se hizo cada vez mas lenta y el silbido disminuyó. La esfera rodó un poco. La ventana no se había roto, nada había cedido y vio que los peligros de naufragio, por lo menos, habían pasado.

En otro minuto o así estaría sobre el lecho de las profundidades marinas. Pensó, dijo, en Steevens y Weybridge y en los demás que estaban a cinco millas por encima de su cabeza, a más altura que las nubes más altas que flotan sobre la tierra, navegando lentamente, mirando hacia abajo y preguntándose qué habría sido de él.

Escudriñó por la ventana Ya no había burbujas y el silbido se había parado. Fuera había una densa oscuridad, negra como el terciopelo negro, excepto donde la luz eléctrica perforaba el agua y mostraba su color, un verde amarillento. Entonces, tres cosas como formas de fuego se pusieron en su campo de visión nadando y siguiéndose unas a otras por el agua No podía decir si eran pequeñas y cercanas o grandes y alejadas.

Cada una estaba contorneada por una luz azulada casi tan brillante como las luces de una lancha pesquera una luz que parecía humear profusamente; a sus costados había nubes, como las troneras de iluminación de un buque. Su fosforescencia parecía apagarse a medida que entraban en el haz de su luz y entonces vio que eran pequeños peces de extraño aspecto, con enormes cabezas, grandes ojos y cuerpos y colas menguados. Sus ojos estaban dirigidos hacia él y entendió que le estaban siguiendo en su descenso. Supuso que eran atraídos por su fulgor.

En seguida se unieron a ellos otros de la misma clase. Mientras continuaba descendiendo, notó que el agua se volvía de un color pálido y que las pequeñas motas centelleaban bajo su haz de luz como partículas en un rayo de sol. Esto era probablemente debido a las nubes de fango y cieno que el impacto de sus lastres había removido.

Cuando fue arrastrado hacia las plomadas estaba en una densa bruma blanquecina que su luz eléctrica no podía atravesar más de unas cuantas yardas, y transcurrieron muchos minutos antes de que se hundieran en parte las masas colgantes de sedimentos. Después, iluminado por su lámpara y por la pasajera fosforescencia de un distante banco de peces, pudo ver bajo la enorme negrura de las aguas una ondulante extensión, de cieno blanco-grisáceo, roto aquí y allá por enmarañadas malezas de una vegetación de lirios marinos que ondeaban hambrientos tentáculos.

Más lejos estaban los graciosos y translúcidos contornos de un grupo de gigantescas esponjas. Sobre este lecho se esparcía gran número de penachos erizados, aplanados y de rico color púrpura y negro, que determinó debían ser alguna especie de erizos de mar, así como pequeñas cosas de grandes ojos o ciegas que tenían un curioso parecido, algunas a cochinillas y otras a langostas, que se arrastraban perezosamente por el rastro de luz y se desvanecían en la oscuridad de nuevo, dejando surcos tras de sí.

Entonces, repentinamente un enjambre revoloteante de peces pequeños viró y se dirigió hacia él como un bandada de estorninos. Pasaron sobre él como una fosforescente nevada y entonces vio detrás de ellos una criatura más grande que avanzaba hacia la esfera.

Al principio podía verla sólo débilmente, era una figura moviéndose lánguidamente que parecía un caminante; después entró en la luz que la lámpara arrojaba Cuando el resplandor la hirió, cerró los ojos, deslumbrada Se quedó con la vista clavada en rígido asombro.

Era un extraño animal vertebrado. Su cabeza púrpura oscura sugería vagamente a un camaleón, pero tenía la frente tan alta y un cráneo como jamás ningún reptil había presentado; el perfil vertical de su cara le daba un extraordinario parecido con un ser humano.

Dos grandes y protuberantes ojos se proyectaban desde los huecos —cosió un camaleón— y tenían una ancha boca de reptil con labios córneos bajo sus pequeñas fosas nasales. En lugar de orejas tenía dos agallas enormes, de las que sobresalía flotando un árbol ramificado de filamentos coralinos, casi como las branquias en forma de árbol que poseen todas las jóvenes rayas y tiburones.

Pero la humanidad de su cara no era lo más extraordinario de la criatura Era un bípedo; su cuerpo casi esférico estaba posado sobre un trípode formado por dos patas como las de las ranas y una larga y gruesa cola; sus miembros delanteros, que caricaturizaban la mano humana, al igual que en la rana, portaban un largo eje óseo cobrizo. El color de la criatura era abigarrado; su cabeza, manos y patas eran púrpura; pero su piel, que colgaba descuidadamente sobre ella, como si fueran ropajes, era de un gris fosforescente. Y allí permanecía, cegada por la luz.

Finalmente, esta ignota criatura del abismo entornó los ojos y, protegiéndolos con su mano libre, abrió la boca y dio escape a un sonido vociferante, articulado casi como pudiera ser el habla, que penetró incluso en la caja de acero acolchada de la esfera Cómo pueda realizarse un sonido vociferante sin pulmones, Elstead no intenta explicárselo. Entonces se movió hacia un lado, fuera del resplandor, adentrándose en el misterio de las sombras que le rodeaban, y Elstead sintió más que vio que venía hacia él Imaginando que la luz le había atraído, desconectó el interruptor de la corriente. En ese momento algo suave frotó sobre el acero y el globo se inclinó.

Entonces el grito se repitió y le pareció que un eco distante le contestaba La frotación volvió y todo el globo se inclinó y se ancló en la barra en que estaba enrollado el cable. Permaneció en la oscuridad y escudriñó la inacabable noche del abismo. Y en seguida vio, muy débil y remotamente, otras formas fosforescentes casi humanas apresurándose hacia él.

Casi sin saber lo que hada, tentó su tambaleante prisión buscando el pivote de la luz eléctrica exterior y dio por casualidad con su propia lamparita incandescente, que estaba en el hueco acolchado. La esfera giró y le derribó; oyó gritos como de sorpresa y cuando se puso en pie vio dos pares de acechantes ojos que miraban por la ventana inferior y reflejaban su luz.

Al poco unas manos frotaron vigorosamente su caja de acero y se produjo un sonido, bastante horrible en su situación, de la protección metálica del mecanismo de relojería, que estaba siendo fuertemente golpeado. Esto, ciertamente, le puso el corazón en la boca pues si aquellas extrañas criaturas lograban detenerlo, no se produciría nunca su liberación. Apenas lo había pensado cuando sintió que la esfera se balanceaba violentamente y el suelo le presionaba firmemente los pies. Apagó la lamparita que iluminaba el interior y envió el rayo de la lámpara grande hacia el agua exterior. El lecho del mar y las criaturas en forma de hombre habían desaparecido y un par de peces persiguiéndose se dejaron ver por la ventana.

Pensó en seguida que los extraños habitantes de las profundidades habían roto la cuerda y que se había soltado. Ascendió cada vez más deprisa y entonces se detuvo con una sacudida que le lanzó contra el techo acolchado de su prisión. Durante medio minuto, quizás, permaneció demasiado atónito para pensar.

Después sintió que la esfera giraba lentamente y se balanceaba y le pareció que era arrastrado por el agua. Agachándose junte a la ventana, trató de hacer efectivo su peso y de girar aquella parte de la esfera hacia abajo, pero no pudo ver nada salvo el pálido rayo de su lámpara cortando ineficazmente la oscuridad Se le ocurrió que podía ver más si apagaba la lámpara y hacía que sus ojos se acostumbraran a la profunda oscuridad.

En esto fue sensato. Al cabo de algunos minutos la oscuridad aterciopelada se convirtió en una oscuridad translúcida; y entonces, allá a lo lejos, y tan débil como la luz de una tarde inglesa de verano, vio figuras moviéndose por abajo. Pensó que las criaturas habían desenganchado su cable y le estaban remolcando por el lecho marino.

Y entonces vio algo vago y remoto a través de las ondulaciones de la planicie submarina, un amplio horizonte de pálida luminosidad que se extendía por aquí y por allá tan lejos como el campo de visión de su pequeña ventana le permitía apreciar. Era remolcado hacia allí como un globo desde el campo abierto a la ciudad. Se aproximaba muy lentamente, y muy lentamente el brillo indistinto se concentraba en formas mas definidas.

Eran casi las cinco cuando llegó a esa zona luminosa, y para entonces pudo distinguir una distribución sugestiva de calles y casas agrupadas sobre una amplia elevación sin techo que sugería grotescamente una abadía en ruinas. Estaba desplegada como un mapa bajo él Las casas eran recintos de muros sin techumbre y su material de huesos fosforescentes, como más tarde vio, daba al lugar la apariencia de estar construido a base de disparates sumergidos.

Entre las cuevas interiores del lugar, árboles liliáceos ondulantes extendían sus tentáculos, y altas, tenues y vidriosas esponjas brotaban como brillantes minaretes y lirios de luz membranosa del resplandor general de la ciudad En los espacios abiertos del lugar pudo divisar un agitado movimiento de multitudes, pero él se hallaba a demasiadas brazas por encima de ellas como para distinguir a los individuos de aquella multitud.

Entonces le arrastraron lentamente hacia abajo, y mientras lo hadan, los detalles del lugar se introdujeron lentamente en su conocimiento. Vio que los caminos entre los nebulosos edificios estaban señalados por líneas rebordeadas de objetos redondos, y entonces percibió que en diversos puntos por debajo de él, en amplios espacios abiertos, había formas como de barcos incrustados.

Lentamente y con seguridad fue arrastrado hacia abajo y las formas que había bajo él se hicieron más brillantes, más claras, mas distintas. Era llevado, notó, hacia el gran edificio del centro de la ciudad, y pudo echar una ojeada de vez en cuando a las formas multitudinarias que tiraban de su cuerda. Se quedó asombrado al ver que la arboladura de uno de los barcos, que formaba la característica prominente del lugar, estaba repleta de una hueste de figuras gesticulantes que le observaban y a continuación los muros del gran edificio se levantaron silenciosamente alrededor de él ocultando la ciudad a sus ojos.

Y cómo eran las paredes, de madera anegada en agua y cable retorcido, arboladuras de hierro y cobre, huesos y cráneos de hombres muertes. Los cráneos corrían en zigzag, en espirales y en curvas fantásticas sobre los edificios; y dentro y fuera de las cuencas de sus ojos, sobre toda la superficie del lugar, acechaban y jugaban una multitud de pequeños peces plateados.

De repente sus oídos se llenaron de un grave vocerío y de un ruido como un violento resoplido de cuerpos, que fue sucedido por un fantástico canto. Por debajo de la esfera se hundían, mas abajo de las enormes ventanas ojivales, a través de las cuales las vio vagamente, gran número de aquellas gentes fantasmales que le observaban, yendo finalmente a posarse en lo que parecía una especie de altar que se levantaba en el centro del lugar.

Ahora estaba en un nivel en el que podía ver a aquellas extrañas gentes del abismo distintamente una vez mas. Para su asombro percibió que se postraban ante él, todos menos uno, vestido según parecía con una ropa de escamas en placas y coronado con una diadema luminosa, que se quedó abriendo y cerrando su boca de reptil, como si dirigiera el canto de los adoradores.

Un curioso impulso llevó a Elstead a encender de nuevo su pequeña lámpara para hacerse visible a aquellas criaturas del abismo, aunque el resplandor las hiciera desaparecer rápidamente en la oscuridad. Tras esta repentina visión de él el cántico dio paso a un tumulto de alborozados gritos; y Elstead, ansioso por observarles, apagó la luz de nuevo y desapareció de su vista Pero durante un rato quedó demasiado cegado para distinguir lo que estaban haciendo, y cuando al final pudo descubrirlos estaban arrodillándose de nuevo. Y así continuaron adorándole, sin descanso o interrupción, durante tres horas.

Muy minucioso fue el relato de Elstead de su asombrosa ciudad y de su gente, aquella gente de la perpetua oscuridad que nunca habían visto el Sol, la Luna o las estrellas, la verde vegetación ni ninguna criatura viviente de respiración aérea, que nada sabían del fuego ni de ninguna luz que no fuera la fosforescencia de los seres vivientes.

Con todo lo sobrecogedora que pueda ser su historia, todavía es mas sobrecogedor saber que científicos tan eminentes como Adams y Jenkins no encuentran nada increíble en ella. Afirman que no ven ninguna razón por la que seres inteligentes, de respiración acuática, criaturas vertebradas habituadas a las bajas temperaturas y a una enorme presión y de tan pesada estructura que ni vivas ni muertas puedan flotar, no puedan vivir sobre el fondo del profundo mar enteramente insospechadas para nosotros, descendientes como nosotros de la gran Thenomorpha de la Nueva Era de Arenisca Roja.

Nosotros seríamos vistos por ellos, sin embargo, como criaturas extrañas, meteóricas, que habitualmente caemos de modo catastróficamente muertos de la misteriosa oscuridad de su cielo acuoso. Y no solamente nosotros, sino también nuestros barcos, nuestros metales, nuestras herramientas, llegarían lloviendo de la noche.

Algunas veces objetos de naufragios les golpean y aplastan, como si fueran el juicio de algún poder superior de las alturas, y algunas veces llegan cosas de la mayor rareza o utilidad o formas de sugestión estimulante. Cabe comprender, quizás, algo de su comportamiento ante el descenso de un hombre viviente, si se piensa qué gente bárbara podría parecer a quien se le presentara de súbito caído del cielo una resplandeciente criatura provista de un halo.

En un momento u otro probablemente, Elstead contó a los oficiales del Ptarmigan todos los detalles de sus extrañas doce horas en el abismo. Cierto que también intentara escribir, pero nunca lo hizo, y así, desgraciadamente, hemos tenido que reunir trozo a trozo los discrepantes fragmentos de su historia según los recuerdos del capitán Simmons; Weybridge, Steevens, Lindley y los demás.

Nosotros lo vemos oscuramente en ojeadas fragmentarias: el enorme edificio fantasmal, los cantores prosternados con sus cabezas oscuras de forma de camaleón y su vestimenta débilmente luminosa; y Elstead, con su luz nuevamente encendida, tratando vanamente de llevar a sus mentes la idea de que la cuerda a la que estaba sujeta la esfera iba a ser cortada Minuto a minuto se soltaba y Elstead, mirando su reloj, se horrorizó al ver que sólo tenía oxígeno para cuatro horas más. Pero el canto en su honor continuó tan despiadadamente como si fuera la marcha fúnebre de su cercana muerte.

La forma de su liberación no la comprende, pero a juzgar por el extremo de la cuerda que colgaba de la esfera, había sido cortada por el roce contra el borde del altar. Bruscamente, la esfera giró y subió precipitadamente fuera de aquel mundo, como si una criatura etérea envuelta en el vacío volara por nuestra propia atmósfera de regreso a su éter nativo. Debió arrancarse de su vista como una burbuja de hidrógeno se precipita hacia arriba en nuestro aire. Debió parecerles una extraña ascensión.

La esfera se lanzó hacia arriba con mayor velocidad aún que cuando, cargada con las plomadas, se había precipitado hacia abajo. Notó un calor excesivo. Viajó hacia arriba con las ventanas por encuna y recuerda el torrente de burbujas espumeantes contra el cristal A cada momento esperaba que echase a volar. Entonces, repentinamente, algo parecido a una enorme rueda pareció desprenderse sobre su cabeza, el compartimento acolchado empezó a girar y se desmayó. Su recuerdo siguiente fue el de su camarote y la voz del médico.

Ésta es la esencia de la extraordinaria historia que Elstead relató fragmentariamente a los oficiales del Ptarmigan. Prometió dejarlo por escrito en fecha próxima Su mente estaba ocupada sobre todo por la mejora de su aparato, cosa que llevó a cabo en Río.

Queda solamente por decir que el 2 de febrero de 1896 realizó su segundo descenso al abismo del océano, con las mejoras que su primera experiencia le sugirió. Lo que sucedió probablemente nunca lo sabremos. Nunca volvió. El Ptarmigan batió todo el punto de su inmersión buscándole en vano durante trece días Luego regresó a Río y las noticias fueron telegrafiadas a sus amigos. De forma que hasta el presente así está el asunto. Pero es muy probable que se haga algún otro intento de verificar esta extraña historia sobre las hasta ahora insospechadas ciudades de las profundidades marinas.

 

 

 

 

La Historia Del Difunto Míster Elvesham

 

 

Escribo esta historia, no con la esperanza de que sea creída, sino para prepararle, en la medida de lo posible, una escapatoria a la próxima víctima. Tal vez ésta pueda beneficiarse de mi infortunio.

Me llamo Edward George Eden. Nací en Trentham, en Staffordshire, pues mi padre era un empleado de los jardines de aquella ciudad. Perdí a mi madre cuando tenía tres años y a mi padre cuando tenía cinco; mi tío George Eden me adoptó entonces como hijo suyo. Era soltero, autodidacta y muy conocido en Birmingham como periodista emprendedor; él me educó generosamente y estimuló mi ambición de triunfar en el mundo y, a su muerte, que acaeció hace cuatro años, me dejó toda su fortuna, que ascendía a unas quinientas libras después de pagar todos los gastos pertinentes. Yo tenía entonces dieciocho años. En su testamento me aconsejaba que invirtiera el dinero en completar mi educación. Yo ya había elegido la carrera de medicina y, gracias a su generosidad y a mi buena estrella al serme concedida una beca, me convertí en estudiante de medicina en la Universidad de Londres. Cuando comienza mi relato, me alojaba en el 110 de la University Street, en una pequeña buhardilla, de mobiliario muy zarrapastroso y muy expuesta a las corrientes, que daba a la parte posterior del local de Schoolbred. En este cuartito vivía y dormía, pues deseaba aprovechar los recursos de que disponía hasta el último chelín.

Llevaba yo un par de botas a arreglar a una zapatería de Tottenham Court Road cuando me encontré por primera vez con el viejecito de cara amarillenta con el que mi vida se ha enmarañado tan inextricablemente en este momento. El viejo estaba de pie, en la acera, contemplando el número de la puerta de mi casa en actitud vacilante, cuando yo la abrí. Sus ojos, unos ojos grises inexpresivos y enrojecidos en los bordes de los párpados, se posaron sobre mi cara, y su semblante adquirió inmediatamente una expresión de arrugada afabilidad.

—Aparece usted en el momento oportuno —dijo—; había olvidado el número de su casa. ¿Cómo está usted, señor Eden?

Me quedé un poco sorprendido ante la familiaridad de su tono, puesto que yo jamás había visto a ese hombre. También estaba un poco irritado de que me hubiera pillado con las botas bajo el brazo. Él reparó en mi falta de cordialidad.

—Se estará usted preguntando quién diablos soy, ¿verdad? Un amigo, se lo aseguro. Lo he visto a usted antes, aunque usted no me haya visto a mí. ¿Puedo hablar con usted en alguna parte?

Yo vacilé. El desaliño de mi buhardilla no era cosa que se pudiera enseñar a cualquier desconocido.

—Tal vez podríamos hablar mientras paseamos —dije yo—. Lamentablemente, esto me impide… —mi gesto explicó la frase antes de que pudiera terminarla.

—Como guste —dijo, y se volvió primero hacia un lado y luego hacia otro—. ¿En qué dirección quiere que paseemos? —añadió, mientras yo deslizaba mis botas en el zaguán—. ¡Mire! —dijo bruscamente—, este asunto es un galimatías. Venga a almorzar conmigo, señor Eden. Yo soy viejo, muy viejo, y las explicaciones no se me dan bien, y con mi voz atiplada y el estrépito del tráfico…

Y posó una mano enjuta y persuasiva que tembló un poco sobre mi brazo.

Yo no era tan mayor como para que un viejo no pudiera invitarme a almorzar. Y sin embargo, su repentina invitación no terminaba de agradarme.

—Yo preferiría… —empecé a decir.

—Ande, no se haga de rogar —me interrumpió—; acepte mi invitación aunque no sea más que por el respeto que merecen mis canas.

De modo que acabé por aceptar y me marché con él.

Me llevó al Blativiski y tuve que andar despacio para acomodarme a su paso. Durante el almuerzo, que resultó ser el mejor de toda mi vida, él se resistió a contestar a mi principal pregunta y yo tomé nota de su aspecto. Tenía la cara afeitada, flaca y llena de arrugas, sus labios ajados medio ocultaban una dentadura postiza y su pelo cano era fino y bastante largo; era pequeño de estatura, aunque la verdad es que a mí me parecía pequeña mucha gente, y tenía los hombros redondeados y la espalda encorvada. Al mirarle, no pude dejar de observar que él también estaba tomando buena nota de mí, recorriéndome con la vista con una curiosa mirada de codicia, desde mis anchas espaldas hasta mis manos tostadas por el sol, volviendo otra vez hasta mi cara pecosa.

—Y ahora —dijo mientras encendíamos nuestros cigarrillos— debo hablarle del asunto que me traigo entre manos. Debo decirle, pues, que soy viejo, muy viejo… —se detuvo un instante—, y sucede que tengo dinero que pronto deberé dejar en herencia y no tengo ningún hijo a quien legárselo.

Me acordé del truco de la confidencia y resolví permanecer alerta para conservar el resto de mis quinientas libras. Él prosiguió haciendo hincapié en su soledad y en los problemas con que se había enfrentado para hallar un destino adecuado para su dinero.

—He tomado en consideración un plan tras otro: beneficencia, instituciones de caridad, becas de estudio y biblioteca, y por fin he llegado a esta conclusión —dijo mirándome fijamente—: quiero encontrar a un joven ambicioso, de mente pura, que sea pobre, sano de cuerpo y alma, para, en breve, convertirlo en mi heredero y darle todo cuanto poseo —y repitió—: darle todo cuanto poseo, de modo que, repentinamente aliviado de todos los problemas y esfuerzos en los que su sensibilidad haya sido educada, se haga un hombre libre e influyente.

Traté de mostrarme desinteresado. Con no disimulada hipocresía, dije:

—Y usted quiere mi ayuda, mis servicios profesionales quizá, para encontrar a esa persona.

Él sonrió y me miró por encima de su cigarrillo, y yo me reí ante su tranquila reacción a mi modesta pretensión.

—¡Qué carrera podría hacer este hombre! —dijo—. Me llena de envidia pensar que otro puede gastar lo que yo he acumulado… Pero hay algunas condiciones, naturalmente, unas cargas que le impondré. Por ejemplo, deberá adoptar mi nombre. No se puede esperar todo a cambio de nada. Y además debo estar al corriente de todas las circunstancias de su vida, antes de poder aceptarlo. Debe ser intachable. Debo conocer sus antecedentes, cómo murieron sus padres y sus abuelos, y llevar a cabo la más estricta investigación sobre su moral privada.

Esto alteró un tanto mi naciente y secreto júbilo.

—Y, ¿he de entender —dije— que yo…?

—Sí —dijo casi impetuosamente—. Usted. Usted.

No contesté ni una sola palabra. Mi imaginación se encontraba en plena efervescencia, mi escepticismo innato resultaba inútil para reprimir el paroxismo que me embargaba. No había en mi cabeza ni un asomo de gratitud…, no sabía ni qué decir, ni cómo decirlo.

—Pero, ¿por qué yo precisamente? —logré decir por fin.

Dijo que por casualidad había oído hablar de mí al profesor Haslar, quien me había descrito como un típico joven sano y honesto, y él deseaba, en la medida de lo posible, dejarle su dinero a alguien cuya salud e integridad estuvieran garantizadas.

Ése fue mi primer encuentro con el viejecito. Se mostró misterioso con respecto a sí mismo, no quiso desvelarme todavía su nombre y, después de contestarle algunas de sus preguntas, me dejó en el vestíbulo del Blativiski. Reparé en que había sacado un puñado de monedas de oro del bolsillo cuando llegó el momento de pagar la cuenta. Su insistencia sobre mi salud física resultaba curiosa. De acuerdo con el trato que hicimos, aquel mismo día solicité una póliza de seguro de vida por una gran suma en la Royal Insurance Company, y durante la semana siguiente tuve que soportar los exhaustivos reconocimientos de los asesores médicos de aquella compañía. Ni siquiera eso le satisfizo e insistió que debía pasar un nuevo reconocimiento médico efectuado por el gran doctor Henderson.

Hasta el viernes de la semana de Pentecostés no llegamos a un acuerdo. Me llamó para que bajara a última hora de la tarde, hacia las nueve, haciéndome abandonar el atracón que me estaba dando de ecuaciones de química para mi examen preliminar de Ciencias. Estaba en pie en el zaguán bajo la débil luz de una lámpara de gas y su rostro era una grotesca interacción de sombras. Me pareció más encorvado que el primer día que lo había visto y tenía las mejillas un poco más hundidas.

Su voz tembló de emoción.

—Todo ha resultado satisfactorio, señor Eden —dijo—. Todo ha resultado muy, pero que muy satisfactorio. Y esta noche más que nunca debe usted cenar conmigo para celebrar su… ascenso —le sobrevino un ataque de tos—. Además, tampoco tendrá que esperar mucho —añadió, secándose los labios con su pañuelo y asiéndome la mano con su larga y huesuda garra que parecía tener una extraña vida propia—. Ciertamente, no será una larga espera.

Salimos a la calle y llamamos un coche. Recuerdo con mucha claridad cada uno de los incidentes de ese trayecto, la ligereza y la comodidad de aquel vaivén, el vívido contraste entre la luz de gas, la de petróleo y la luz eléctrica, la multitud de personas que había en las calles, el lugar de Regent Street adonde fuimos, y la suntuosa cena que allí nos sirvieron. Al principio me sentí desconcertado por las miradas que el camarero, bien uniformado, lanzaba a mi raída indumentaria; pero a medida que el champán me caldeaba la sangre, sentí revivir mi confianza. El anciano comenzó por hablar de sí mismo. Ya me había revelado su nombre en el coche: era Egbert Elvesham, el gran filósofo, cuyo nombre conocía yo desde que era niño en el colegio. Me parecía increíble que este hombre, cuya inteligencia había dominado la mía en época tan temprana, esta gran abstracción, se manifestara repentinamente en la forma de esta figura familiar y decrépita. Me atrevería a decir que todo joven que se haya visto rodeado de improviso por celebridades habrá experimentado una sensación de decepción parecida a la que yo experimenté. Me contaba ahora el futuro que se abriría ante mí al secarse el débil flujo de su vida: fincas, derechos de autor, inversiones. jamás había sospechado que los filósofos pudieran ser tan ricos. Me contemplaba, mientras bebía y comía, con una punta de envidia.

—¡Qué vitalidad desprende usted! —me dijo. Y luego, con un suspiro, con lo que me pareció un suspiro de alivio, añadió—: No tardará mucho.

—¡Ay! —dije, con la cabeza ya embotada por el champán—. Tal vez el futuro… me depare alguna alegría pasajera, gracias a usted. A partir de ahora tendré el honor de llevar su apellido. Pero usted tiene un pasado y semejante pasado vale tanto como mi futuro.

Negó con la cabeza sonriendo, dando muestras, pensé entonces, de apreciar mi aduladora admiración con una sombra de tristeza.

—Sinceramente —dijo—, ¿cambiaría usted ese futuro por mi pasado? —en ese momento se acercó el camarero con los licores—. Tal vez no le importe adoptar mi nombre, asumir mi posición, ¿pero estaría dispuesto de veras a cargar con mis años voluntariamente?

—Con su prestigio, sí —dije galantemente.

Volvió a sonreír.

—Kummel para los dos —le dijo al camarero y dirigió su atención a un paquetito envuelto en papel que había sacado del bolsillo.

—Este momento —dijo—, este momento de la sobremesa es el de las pequeñas cosas. Éste es un fragmento de mi sabiduría inédita —abrió el paquete con sus dedos amarillos y temblorosos, y dejó entrever un poco de polvo rosáceo en el papel—. Bien —añadió—, ahora debe usted adivinar lo que es esto. Póngale usted al Kummel una pizca… de este polvo: es Himmel.

Sus grandes ojos grises se fijaron en los míos con una expresión inescrutable.

Me resultó un poco chocante constatar que este gran maestro le concediera importancia al sabor de los licores. No obstante, fingí interés por su debilidad, porque estaba lo bastante ebrio como para hacerle esa pequeña lisonja.

Dividió el polvo entre las dos copitas y, levantándose súbitamente con extraña e inesperada solemnidad, alargó la mano hacia mí. Yo imité su gesto, y las copas tintinearon.

—Por una rápida sucesión —dijo, y se llevó la copa a los labios.

—No, eso no —dije apresuradamente— Por eso, no.

Detuvo su copa a la altura de la barbilla y sus ojos centellearon en los míos.

—Por una larga vida —dije.

Él vaciló.

—Por una larga vida —dijo por fin, con una carcajada repentina, y, con los ojos fijos el uno en el otro, vaciamos las copitas. Su mirada se clavó en la mía, y mientras apuraba mi bebida noté una sensación particularmente intensa. Su primer efecto fue el de organizar un furioso tumulto en mi cerebro; me parecía sentir una auténtica agitación física en el cráneo y un zumbido ensordecedor en los oídos, que me los humedeció por completo. No noté el sabor en la boca, ni la fragancia que llenaba mi garganta; tan sólo percibía la intensidad grisácea de la mirada del anciano que ardía en la mía. La bebida, la confusión mental, el ruido y la agitación en mi cabeza parecieron durar una eternidad. Unas imágenes curiosas y vagas de hechos semiolvidados bailaron y se desvanecieron en el borde de mi consciencia. Por fin él rompió el hechizo. Con un suspiro repentino y explosivo apoyó la copa sobre la mesa.

—¿Qué le parece? —dijo.

—Es excelente —dije, aunque no había paladeado el sabor.

Como la cabeza me daba vueltas, tomé asiento. Mi cerebro estaba sumido en el caos. Entonces mi poder de percepción se volvió más claro y minucioso, como si estuviera viendo las cosas en un espejo cóncavo. El viejo parecía ahora inquieto y nervioso. Sacó el reloj e hizo una mueca al ver la hora.

—¡Las once y siete! Y esta noche debo…, a las once y treinta y dos. ¡Waterloo! Debo irme inmediatamente.

Pidió la cuenta y pugnó por ponerse el abrigo. Solícitos camareros acudieron en nuestra ayuda. Al instante me estaba despidiendo de él, ante la portezuela del coche, y aún con aquella absurda sensación de minuciosa transparencia, como si…, ¿cómo podría expresarlo… ?, no sólo estuviera viendo, sino palpando a través de unos gemelos de teatro.

—No debí darle esos polvos —dijo llevándose la mano a la frente—. Mañana le dolerá la cabeza. Un momento. Tenga —y me tendió un sobrecito con algo que semejaba polvos de seidlitz. Tómelos diluidos en agua cuando se vaya a la cama. Lo otro era una droga. Pero cuidado, tómelos justo cuando vaya a acostarse. Le despejarán la cabeza. Eso es todo. Otro apretón de manos… ¡por el futuro!

Apreté su contraída garra.

—Adiós —dijo, y por la caída de sus párpados juzgué que él también se hallaba un poco bajo el influjo de ese cordial perturbador.

Luego, con sobresalto, recordó algo más, se palpó el bolsillo del interior de la chaqueta y sacó otro paquete, esta vez un cilindro de la forma y el tamaño del jabón de afeitar.

—Tenga —dijo—. Casi se me olvida. Pero no lo abra hasta que yo regrese mañana.

Era tan pesado que casi se me cae.

—¡De acuerdo! —contesté, y él me sonrió enseñando los dientes por la ventanilla del coche mientras el cochero fustigaba ligeramente a su caballo adormilado.

Me había dado un paquete blanco, lacrado en los dos extremos y a media altura. «Si no es dinero», me dije sopesándolo, «debe de ser platino o plomo.»

Me lo metí en el bolsillo con cuidado y, con la cabeza dándome vueltas, me fui andando a casa, vagando por Regent Street y por las oscuras calles a espaldas de Portland Roadl. Recuerdo aún muy vívidamente las sensaciones de aquel paseo, por muy extrañas que fueran. Aún conservaba el dominio de mí mismo, puesto que me daba cuenta de mi extraño estado mental, y me preguntaba si aquel polvo que había tomado era opio, droga que jamás había experimentado. Me resulta difícil describir ahora la peculiaridad de mi extrañamiento mental, si bien podría decirse que era como una vaga sensación de tener un desdoblamiento mental. Mientras subía por Regent Street, me asaltó la extravagante convicción de que se trataba de la estación de Waterloo, y sentí un extraño impulso de meterme en el Politécnico, como si fuese un tren al que debiera subir. Me froté los ojos, y sin duda estaba en Regent Street. ¿Cómo podría expresarlo? Es como un actor consumado que os mira en silencio, luego hace una mueca y ¡hete aquí que es otra persona! Resultaría demasiado extravagante si os dijera que me parecía que Regent Street hubiera hecho todo eso en un instante. Luego, persuadido de que volvía a ser Regent Street, me sentí estrambóticamente confuso al aflorar a mi mente unas reminiscencias fantásticas.

«Hace treinta años», pensé, «me peleé en este mismo jugar con mi hermano». Luego estallé en una carcajada, ante el asombro y el estímulo de un grupo de noctámbulos Hace treinta años yo no existía y en modo alguno tenía un hermano. Aquella substancia debía de ser seguramente una insensatez en forma líquida, ya que el agudo pesar por la pérdida de mi hermano aún persistía en mi memoria. Bajando por Portland Road, aquella locura adquirió un nuevo giro. Empecé a recordar tiendas inexistentes y a comparar el aspecto de la calle con el que antaño tuvo. Las ideas confusas, trastornadas, resultan bastante comprensibles después de lo que había bebido, pero lo que me dejaba perplejo eran estos recuerdos fantasmales curiosamente vívidos, que se habían insinuado en mi mente de forma tan clara que hasta me parecía estar presenciándolos. Me detuve frente a Steven’s, los comerciantes de historia natural, y me devané los sesos tratando de recordar algo relacionado con ellos. Pasó un ómnibus, pero hizo exactamente el mismo ruido que un tren. Me pareció estar buceando en algún oscuro y remoto pozo de recuerdos.

—Claro —dije por fin—, me prometió tres ranas para mañana. Es sorprendente que lo haya olvidado.

¿Se les sigue enseñando a los niños imágenes en disolvencia? En ellas recuerdo que una imagen empezaba como una aparición espectral que iba creciendo hasta desalojar a otra. Y exactamente de la misma manera luchaban en mí una serie de sensaciones espectrales con las mías propias…

Proseguí por Euston Road hasta alcanzar Tottenham Court Road, perplejo y un poco asustado, sin reparar apenas en el camino insólito que había escogido, ya que, generalmente, solía acortar por la maraña de callejuelas secundarias intermedias. Doblé por University Street para descubrir que había olvidado el número de mi casa. Sólo mediante un tenaz esfuerzo pude recordar el número 110, e incluso entonces me pareció que se trataba de algo que me había contado alguna persona ya olvidada. Intenté ordenar mi mente recordando las incidencias de la cena y a fe mía que no logré conjurar ninguna imagen de mi anfitrión; lo veía únicamente como un perfil indefinido, tal y como uno mismo puede verse reflejado en una ventana por la que está mirando. Sin embargo, en su lugar tuve una curiosa visión de mí mismo, sentado a la mesa, arrebolado, con los ojos brillantes y locuaz.

«Debo tomar estos otros polvos», me dije. «Esto es insoportable.»

Intenté buscar la bujía y las cerillas en el lado opuesto del vestíbulo al que solía dejarlas, y me entró la duda de en qué descansillo se encontraría mi cuarto.

«Estoy ebrio», me dije, «no cabe duda», y di un traspié en la escalera que confirmó mi sospecha.

A primera vista mi cuarto me pareció poco familiar.

—¡Qué sandez! —dije mirando a mi alrededor.

Creí recuperarme del esfuerzo y la extraña sensación fantasmagórica dejó paso a la realidad concreta y familiar. Allí estaban mis notas en papeles pegados con albúmina en una esquina del marco y mi viejo traje de diario tirado por el suelo. Y sin embargo, no resultaba tan real después de todo. Sentí una especie de absurda sensación que trataba de insinuarse en mi cerebro, y era que me hallaba en un vagón de tren que acababa de detenerse, y yo me asomaba por la ventanilla escudriñando el nombre de alguna estación desconocida. Me agarré firmemente a la barandilla de la cama para tranquilizarme.

—Tal vez sea clarividencia —dije—. Debo escribir a la Physical Research Society.

Puse el cartucho sobre el tocador, me senté en la cama y empecé a quitarme las botas. Era como si la imagen de mis sensaciones actuales estuviera pintada sobre alguna otra imagen que intentara abrirse paso.

—¡Maldita sea! —dije— ¿Estoy perdiendo el juicio o es que estoy en dos lugares a la vez?

Medio desvestido, agité los polvos en un vaso y me los tomé de un trago. Antes de meterme en la cama, mi cerebro ya se había tranquilizado, sentí la blandura de la almohada sobre la mejilla y a partir de entonces debí quedarme dormido.

Me desperté sobresaltado de un sueño en el que aparecían extrañas bestias y me encontré tumbado boca arriba. Probablemente todo el mundo ha tenido ese sueño lúgubre e impresionante del que uno escapa al despertar, pero extrañamente acobardado. Tenía un sabor raro en la boca, una sensación de cansancio en los miembros y una especie de molestia cutánea. Me quedé inmóvil con la cabeza sobre la almohada, esperando que mi sensación de extrañeza y de terror se disipara y que fuera pronto vencida por el sopor. Pero en vez de eso, mis misteriosas sensaciones se incrementaron. Al principio no pude percibir nada preocupante a mi alrededor. Había una débil luz en la habitación, tan débil que era lo que más se aproximaba a las tinieblas, y los muebles resaltaban en ella como vagas manchas de oscuridad absoluta. Miré fijamente por encima de las mantas.

Me sobrevino la idea de que alguien había entrado en la habitación para arrebatarme el paquete con dinero, pero, después de permanecer tumbado unos momentos, respirando rítmicamente para simular estar dormido, me di cuenta de que esto era mera fantasía. No obstante, la inquietante seguridad de que algo no iba bien se apoderó fuertemente de mí. Haciendo un esfuerzo, levanté la cabeza de la almohada y escudriñé la oscuridad a mi alrededor. No podía concebir de qué se trataba. Contemplé las formas borrosas que me rodeaban, los oscuros bultos más o menos voluminosos que sugerían cortinas, mesa, chimenea, estanterías y demás. Entonces comencé a percibir algo poco familiar en las formas que se insinuaban en las tinieblas. ¿Había girado en redondo la cama? Allí debería estar la estantería, pero en su lugar se levantaba algo pálido y amortajado, algo que, tras una atenta observación, no se asemejaba en absoluto a una estantería. Tampoco podía tratarse de mi camisa arrojada sobre la silla, pues era muchísimo más grande.

Sobreponiéndome a un terror infantil, eché a un lado las mantas y saqué una pierna de la cama. Me incorporé, pero, al intentar apoyar los pies en el suelo, me percaté de que apenas alcanzaban el borde del colchón. Di otro paso, por así decirlo, y me senté en el borde de la cama. junto a ella debía estar la bujía, y las cerillas sobre la silla rota. Alargué la mano, pero no toqué nada. Agité la mano en las tinieblas y tropezó contra un pesado cortinaje, grueso y de suave textura, que produjo como un crujido ante mi contacto. Lo agarré y tiré de él, y resultó ser una cortina suspendida sobre la cabecera de mi cama.

Ahora ya me encontraba totalmente despierto y empezaba a darme cuenta de que me hallaba en una habitación extraña. Estaba anonadado. Intenté recordar las circunstancias de la noche anterior y, curiosamente, ahora las tenía muy vívidas en la memoria: la cena, la entrega de los paquetitos, mis interrogantes sobre si estaría intoxicado, mi lenta manera de desvestirme, la frialdad de la almohada contra mi cara arrebolada… Sentí una súbita inquietud. ¿Había sido anoche o la noche anterior? En cualquier caso esta habitación me resultaba extraña y no se me ocurría cómo había podido ir a parar hasta ella. Un pálido y borroso perfil cobraba poco a poco consistencia y yo me percaté de que se trataba de una ventana (junto a la que se percibía la oscura forma de un espejo ovalado de tocador) contra la tenue insinuación del alba, que se filtraba a través de la persiana. Al levantarme me sorprendió una curiosa sensación de debilidad y falta de equilibrio. Extendiendo unas manos temblorosas, caminé hacia la ventana lentamente, a pesar de lo cual me lastimé en una rodilla al tropezar con .una silla que se interponía en mi camino. Busqué a tientas alrededor del espejo, que era grande y con elegantes candelabros de bronce, intentando localizar el cordón de la persiana. No lograba encontrar ninguno. Por azar topé con la borla y, con el chasquido de un resorte, la persiana se levantó.

Apareció ante mis ojos una escena que me resultaba absolutamente extraña. El cielo estaba encapotado y, a través del gris aterciopelado del cúmulo de nubes, se filtraba la débil penumbra del alba. En un extremo del cielo el dosel de nubes tenía los bordes tintados de un rojo sangriento.

Todo estaba oscuro e indistinto: colinas borrosas a lo lejos, una vaga masa de edificios que se levantaban como pináculos, árboles como tinta derramada y, bajo la ventana, una traceríade arbustos negros y de senderos de un gris pálido. Todo me resultaba tan poco familiar que por un momento pensé que aún estaba soñando. Palpé la mesa del tocador. Parecía estar hecha de alguna madera barnizada y estaba trabajada con gran esmero; encima había varios frasquitos de cristal tallado y un cepillo. Sobre un platito, había también un pequeño objeto extraño que, al tacto, me pareció que tenía forma de herradura, con relieves duros y lisos. No pude encontrar ni cerillas ni palmatoria.

Dirigí los ojos de nuevo hacia la habitación. Ahora que la persiana estaba subida, los tenues espectros de su mobiliario empezaron a cobrar consistencia. Había una enorme cama con cortinajes, y la chimenea situada a sus pies tenía una gran repisa blanca con un brillo marmóreo.

Me apoyé en la mesa del tocador, cerré los ojos, volví a abrirlos de nuevo e intenté pensar. Todo resultaba demasiado real para ser un sueño. Me inclinaba a pensar que aún había ciertas lagunas en mi memoria como consecuencia de la ingestión de aquel extraño licor; que quizás había pasado a disfrutar de mi herencia y que de improviso había perdido la noción de todo desde que me había sido anunciada mi buena suerte. Tal vez, si esperaba un poco, volvería a ver claramente las cosas. Sin embargo, la cena con el viejo Elvesham me resultaba ahora singularmente nítida y reciente: el champán, los obsequiosos camareros, los polvos y los licores. Hubiera apostado mi alma a que eso había sucedido hacía pocas horas.

Y luego me sucedió algo tan trivial y, sin embargo, tan terrible que un escalofrío me recorre al pensar en aquel momento. Hablé en voz alta y dije:

—¿Cómo diablos he venido a parar aquí?…

Y la voz que habló no era la mía.

No, no era la mía, pues ésta era fina y farfullaba al articular las palabras; la resonancia de mis huesos faciales era, además, diferente. Entonces, para tranquilizarme, puse una mano encima de la otra, y percibí unos pliegues de piel caída, con la laxitud propia de la edad.

—Sin duda —dije con aquella horrible voz que de alguna manera se había instalado en mi garganta—, ¡sin duda, esto es un sueño!

Inmediatamente, y de forma involuntaria, me metí los dedos en la boca. Mi dentadura había desaparecido. Las yemas de mis dedos recorrieron la fláccida superficie de una hilera uniforme de encías encogidas. La congoja y la repugnancia me produjeron náuseas.

Experimenté entonces un apasionado deseo de verme, de comprobar enseguida en todo su horror la horripilante transformación que se había operado en mí. Fui tambaleándome hacia la repisa de la chimenea y la tanteé buscando las cerillas. Mientras lo hacía, una tos aguda brotó de mi garganta y me apreté contra un grueso camisón de franela en el que descubrí que estaba envuelto. Allí no había cerillas, y súbitamente me percaté de que tenía frío en las extremidades. Moqueando y tosiendo, gimoteando un poco tal vez, regresé a tientas hacia la cama. «Seguro que es un sueño», me susurré a mí mismo mientras me arrastraba, «seguro que es un sueño». Era una repetición senil. Me subí las mantas por encima de los hombros y hasta las orejas, metí la mano enjuta bajo la almohada resuelto a conciliar el sueño. Claro que se trataba de un sueño: por la mañana todo habría terminado y yo volvería a despertar con la fuerza y el vigor de mi juventud y regresaría a mis estudios. Cerré los ojos, respiré con regularidad y, hallándome desvelado, repetí lentamente la tabla de multiplicar.

Pero el ansiado sueño no acababa de llegar. No lograba dormir. Y la persuasión de la inexorable realidad de la transformación que había sufrido iba creciendo en mí progresivamente. Abandonada la tabla de multiplicar, me encontré con los ojos abiertos de par en par y los dedos huesudos en mis encogidas encías. Me había convertido repentina y bruscamente en un viejo. De una manera inexplicable había malogrado mi vida y había llegado a la vejez, de algún extraño modo me habían robado lo mejor de mi vida, el amor, la fuerza y el ardor vitales, la esperanza. Me debatí en la almohada intentando persuadirme de que semejante alucinación no era posible. Imperceptiblemente, sin pausa, avanzaba el clarear del alba.

Por fin, perdida toda esperanza de conciliar el sueño, me incorporé en la cama y miré a mi alrededor. Una fría y tenue penumbra hacía visible toda la habitación. Era espaciosa y estaba bien amueblada, mejor amueblada que cualquier habitación en la que yo hubiera dormido. Distinguí débilmente una bujía y unas cerillas sobre un pequeño pedestal en un nicho. Aparté las mantas y, tiritando por la crudeza del amanecer, aunque era verano, salí de la cama y encendí la bujía. Entonces, temblando horriblemente, avancé tambaleándome hacia el espejo y vi… ¡la cara de Elvesham! Y no resultó menos horrible porque yo ya lo hubiera presentido vagamente. Él ya me había parecido físicamente débil y digno de lástima, pero al verlo ahora, vestido solamente con un camisón de basta franela, que se abría revelando el correoso pescuezo, y encarnado en mi propio cuerpo, me resulta difícil describir su desolada decrepitud: las mejillas hundidas, los dispersos mechones de sucio pelo gris, los nublados ojos catarrosos, los labios temblorosos y encogidos, el inferior con el viso rosáceo de la parte interna, y aquellas espantosas encías negras. Vosotros, que tenéis un cuerpo y un alma formando una sola unidad, a vuestra edad natural, no podéis imaginar lo que significó para mí este diabólico encarcelamiento. Ser joven y estar lleno del deseo y de la energía de un joven y encontrarse atrapado y poco después aplastado en este cuerpo ruinoso y tambaleante…

Pero me estoy desviando del rumbo de mi relato. Durante algún tiempo debí quedar aturdido por esta transformación que me había sobrevenido. Era ya de día cuando logré por fin estar en condiciones de pensar. De alguna forma inexplicable había sido transformado, si bien no alcanzaba a comprender cómo y mediante qué mágico ardid lo habían llevado a cabo. Y mientras pensaba, la diabólica inventiva de Elvesham se fue perfilando cada vez más en mente. Me pareció evidente que, puesto que yo me encontraba en el suyo, él debía estar en posesión de mi cuerpo, de mi fuerza y de mi futuro. ¿Pero cómo demostrarlo?

Entonces, mientras pensaba, el hecho me pareció tan increíble que mi mente flaqueó y tuve que pellizcarme, palpar mis desdentadas encías, mirarme al espejo y tocar los objetos que me rodeaban, antes de calmarme y poder volver a enfrentarme con los hechos. ¿Acaso toda la vida era una alucinación? ¿Era yo realmente Elvesham y él yo? ¿Había estado yo soñando con Eden la noche pasada? ¿Acaso existía algún Eden? Pero si yo era Elvesham, debería recordar donde había estado la mañana anterior, el nombre de la ciudad en la que vivía, qué había sucedido antes de que empezara el sueño. Luché denodadamente con mis pensamientos. Rememoré la estrambótica duplicidad de mis recuerdos la noche pasada. Pero ahora tenía la mente lúcida. podía evocar no el espectro de unos recuerdos sino aquellos propios de Eden.

—¡Estoy al borde la locura! —grité con mi voz aguda. Me puse de pie tambaleándome, arrastré mis endebles y pesados miembros hasta el palanganero y zambullí mi canosa cabeza en una palangana de agua fría. Luego, secándome con una toalla, volví a intentarlo. Fue inútil. Sentía, fuera de toda duda, que yo era realmente Eden, no Elvesham. Pero ¡Eden en el cuerpo de Elvesham!

Si hubiera sido un hombre de cualquier otra época, me habría entregado a mi sino como una persona hechizada, Pero en estos tiempos de escepticismo los milagros no son nada corrientes. Aquí había algún truco psicológico. Lo que podía hacerse con una droga y una mirada fija, podía sin duda deshacerse con otra droga u otra mirada fija o con algún tratamiento similar. No sería la primera vez que algún hombre pierde la memoria. Pero ¡intercambiar memorias como quien intercambia paraguas! Reí. Aunque, ¡ay de mí!, no con una risa saludable, sino con una risita dificultosa y senil. Podía imaginarme al viejo Elvesham riéndose ante mi súplica, y un regusto de rabia petulante, insólito en mí, pasó arrasando mis sentimientos. Empecé a vestirme afanosamente con la ropa que encontré diseminada por el suelo, y sólo cuando me hube vestido me percaté de que me había puesto un traje de etiqueta. Abrí el armario ropero y encontré más trajes de diario, un par de pantalones de cuadros y una bata anticuada. Me puse una venerable chistera sobre mi venerable cabeza, y, tosiendo un poco a causa del esfuerzo realizado, salí tambaleándome al descansillo.

Eran entonces, quizás, las seis menos cuarto, y las persianas estaban cuidadosamente cerradas y la casa muy silenciosa. El descansillo era espacioso, y una ancha y alfombrada escalera bajaba hasta perderse en las tinieblas del vestíbulo y, ante mí, una puerta entornada me mostraba un escritorio, una estantería de libros giratoria, el respaldo de un sillón del despacho y una espléndida colección de libros encuadernados, estante sobre estante.

—Mi despacho —refunfuñé cruzando el descansillo. Entonces, el sonido de mi voz suscitó en mí un recuerdo. Volví al dormitorio y me puse la dentadura postiza, que se deslizó en mi boca con la naturalidad de un antiguo hábito—. Eso está mejor —dije, haciéndola rechinar mientras regresaba al despacho.

Los cajones del escritorio estaban cerrados con llave. La estantería giratoria también estaba cerrada con llave.

Pero no vi llave alguna por ningún lado y tampoco las encontré en los bolsillos de mis pantalones. Regresé inmediatamente al dormitorio y registré el traje de etiqueta y después los bolsillos de todas las prendas que pude encontrar. Estaba muy impaciente, tanto que, cualquiera que hubiera visto el estado en que quedó mi habitación cuando hube terminado, habría dicho que allí habían entrado ladrones. No sólo no había llaves, sino ni siquiera una moneda o un papel viejo, excepto el recibo de la cuenta de la cena de la noche anterior.

Entonces sentí una curiosa laxitud. Me senté y contemplé las prendas diseminadas aquí y allá, con los bolsillos vueltos hacia afuera. Mi frenesí inicial ya se había desvanecido. Comenzaba a darme cuenta por momentos de la inmensa sagacidad de los planes de mi enemigo, al ver con una claridad creciente lo desesperado de mi situación. Me levanté con esfuerzo y, cojeando, regresé apresuradamente al despacho. En la escalera se encontraba ya una criada subiendo las persianas. Se quedó mirándome fijamente a causa quizá de la expresión que debía tener mi cara. Cerré la puerta del despacho tras de mi y, agarrando un atizador, empecé a arremeter contra el escritorio. Así es como me encontraron. El tablero del escritorio se hallaba resquebrajado, la cerradura destrozada, las cartas rasgadas y diseminadas por toda la habitación. En mi furor senil había arrojado al suelo las plumas y otros pequeños útiles de escritorio, además de derramar la tinta. Más aún, se había roto un gran jarrón encima de la repisa de la chimenea, sin que yo supiera cómo. No pude encontrar ni el talonario de cheques, ni dinero, ni la menor pista para la recuperación de mi cuerpo. Estaba golpeando frenéticamente los cajones cuando el mayordomo, con la ayuda de dos criadas, me agarró fuertemente y me contuvo.

Ésa es, en suma, la historia de mi transformación. Pero nadie cree mis agónicas palabras. Me tratan como a un demente e incluso en este momento estoy bajo vigilancia. Pero yo estoy cuerdo, absolutamente cuerdo, y para demostrarlo me he sentado a escribir esta historia minuciosamente, tal y como me sucedió. Apelo al lector, para que él diga si hay indicios de demencia en el estilo o en el método de la historia que ha estado leyendo. Soy un hombre joven encerrado en el cuerpo de un viejo. Pero a todo el mundo le resulta increíble la innegable realidad de este hecho. Naturalmente, yo les pareceré demente a aquellos que no crean esto; naturalmente, no conozco el nombre de mis secretarios, ni el de los doctores que vienen a verme, ni el de mis criados, ni el de mis vecinos, ni el de esta ciudad (dondequiera que esté) en la que ahora me encuentro. Naturalmente, me pierdo en mi propia casa y sufro incomodidades de toda índole. Naturalmente, formulo las preguntas más extravagantes. Naturalmente, lloro y grito y padezco paroxismos de desesperación. No tengo ni dinero ni talonario cheques. El banco no quiere reconocer mi firma porque supongo que, a pesar de la endeblez de mis músculos, mi letra sigue siendo la de Eden. La gente que me rodea no me permite ir al banco personalmente. Parece como si no hubiera ningún banco en esta ciudad y que yo tengo una cuenta en alguna parte de Londres. Al parecer, Elvesham le ocultó el nombre de su abogado a todos los suyos. No puedo indagar nada. Elvesham era, por supuesto, un profundo estudioso de las ciencias mentales y todas mis declaraciones de los hechos del caso no hacen sino confirmar la teoría de que mi demencia es la consecuencia de una cavilación excesiva sobre la Psicología. ¡Desvaríos sobre la identidad personal, no cabe duda! Hace dos días yo era un joven sano con toda la vida por delante. Ahora soy un viejo furioso, desgreñado, desesperado y lastimoso, que merodea por una gran mansión, lujosa y extraña, vigilado, temido y evitado como un lunático por todos cuantos me rodean. Y en Londres está Elvesham comenzando una nueva vida en cuerpo vigoroso y con todos los conocimientos y la sabiduría acumulada durante setenta años. Me ha robado la vida.

Lo que ha sucedido, no lo sé con claridad. En el despacho hay volúmenes de notas manuscritas referentes principalmente a la psicología de la memoria y fragmentos de lo que podrían ser bien cálculos o bien cifras en símbolos que me resultan absolutamente extraños. En algunos pasajes hay indicios de que también se ocupaba de la filosofía de las matemáticas. Deduzco que ha transferido la totalidad de sus recuerdos, la acumulación que conforma su personalidad, desde su marchitado cerebro al mío y, de un modo similar, que ha transferido mi personalidad a su desechada envoltura. Es decir, que prácticamente ha intercambiado los cuerpos. Pero cómo puede ser posible semejante intercambio, está fuera del alcance de mi entendimiento. Yo he sido un materialista a lo largo de toda mi vida, pero he aquí, de pronto, un caso claro de un hombre separado de la materia

Estoy a punto de intentar un experimento desesperado. Estoy aquí sentado escribiendo antes de llevar a cabo mi propósito. Esta mañana, con la ayuda de un cuchillo de mesa del que me había apoderado en secreto durante el desayuno, logré forzar un cajón secreto, aunque bastante evidente, de este escritorio destrozado. No descubrí nada excepto un pequeño vial” de cristal verde que contenía un polvo blanco. Alrededor del cuello del vial había una etiqueta sobre la que estaba escrita esta palabra: Liberación. Puede que esto, con toda probabilidad, sea veneno. Comprendo que Elvesham haya puesto veneno a mi alcance y estoy seguro de que su intención era la de desembarazarse del único ser viviente que podría atestiguar en su contra, de no haber sido por este cauteloso ocultamiento. Ese hom. bre ha resuelto prácticamente el problema de la inmortalidad. A no ser por los avatares del azar, vivirá en mi cuerpo hasta que envejezca y entonces lo desechará y asumirá la juventud y la fuerza de alguna otra víctima. Cuando uno se para a cavilar sobre su crueldad, resulta terrible pensar en la experiencia que va acumulando… ¿Cuánto tiempo lleva saltando de un cuerpo a otro?.. . Pero estoy cansado de escribir. El polvo parece soluble en agua… El sabor no es desagradable…

 

* * *

 

Ahí termina la narración hallada sobre el escritorio del señor Elvesham. Su cadáver yace entre el escritorio y el sillón. Este último había sido desplazado hacia atrás, probablemente debido a sus postreras convulsiones. La historia estaba escrita a lápiz con letra de demente, muy distinta de sus minuciosos caracteres. Sólo quedan dos hechos curiosos por registrar. Indiscutiblemente existió alguna relación entre Eden y Elvesham, puesto que todas las propiedades de Elvesham fueron legadas al joven. Pero jamás las heredó. Cuando Elvesham se suicidó, Eden, por muy extraño que parezca, ya había muerto. Veinticuatro horas antes fue atropellado por un coche y murió en el acto, en el cruce atestado de gente en la intersección de Gower Street con Euston Road. Así, la única persona que podría haber arrojado luz sobre esta fantástica narración no puede ya contestar pregunta alguna. Sin más comentarios, someto este extraordinario asunto al juicio personal del lector.

 

 

 

 

LOS ARGONAUTAS DEL AIRE

 

 

El aparato volador de Monson podía verse desde las ventanas del tren que pasaba por la línea principal del sudoeste o por la línea que corría entre Wimbledon y Worcester Park; para ser más exacto, podían verse las enormes estructuras que delimitaban el vuelo del aparato. Éstas se elevaban sobre las copas de los árboles, era un imponente callejón de hierro y vigas entrelazados y una enorme madeja de cuerdas y aparejos que se extendían a lo largo de casi dos millas. Desde al ramal de Leatherhead este callejón estaba escorzado y parcialmente escondido por una colina con villas; pero desde la línea principal se veía de perfil un complejo entrelazado de vigas y barras curvadas, muy impresionante para los excursionistas que llegaban desde Portsmouth, Southampton y el oeste. Monson había reanudado el trabajo donde Maxim lo dejara; al principio la prosiguió con un absoluto desprecio hacia las opiniones de la prensa y hacia la ignorancia que tanto habían irritado a su predecesor, y se decía que había gastado más de la mitad de su inmensa fortuna en sus experimentos. Los resultados, para una generación impaciente, parecían insignificantes. Aproximadamente unos cinco años después del crecimiento de aquella colosal arboleda de hierro en Worcester Park, Monson había fracasado también al producir un inmenso alboroto en Trafalgar Square; incluso los turistas de la isla de Wight se sentían autorizados para sonreír. Y las personas suficientemente inteligentes como para no considerar a Monson un loco afectado por la manía de inventar, le denunciaban (sin ninguna razón en particular) como un charlatán callejero.

Sin embargo, de vez en cuando un tren matinal, con su carga de personas provistas de billetes de abono, podía ver a un monstruo blanco precipitarse impetuosamente a través del armazón aéreo de guías y barras y oír las detenciones, el chasquido de los amortiguadores, el rechinar y el gemido junto con el impacto del golpe. Se producía entonces una aparición de rostros oscuros bordeados de blanco en los costados del tren y los periódicos de la mañana eran abandonados en beneficio de una vigorosa discusión sobre la posibilidad de volar (sobre lo que nunca se decía nada nuevo), hasta que el tren alcanzaba Waterloo y su cargamento de pasajeros provistos de abono se dispersaba por todo Londres. O bien los padres y las madres, en alguno de esos trenes multitudinarios cargados de fatigados excursionistas que volvían tras un día de descanso a orillas del mar, encontraban la oscura fábrica que destacaba en el cielo alardeado de utilidad para distraer la atención de niños irritables, sobresaltándose repentinamente por el tránsito veloz de una enorme figura negra aleteante, que se deslizaba sobre las guías. Era un hecho superior e imponente, mas allá de cualquier disputa, y excelente como motivo de conversación; de todos modos, como volaba suspendido de los cables, la mayoría de los que lo presenciaban raramente lo comentaban cómo un auténtico vuelo. Parecía mas un entretenimiento para el pueblo que un ingenio para elevarse.

Al principio, como decía, Monson no se molestó demasiado por las opiniones de la prensa Pero muy posiblemente se había hecho una idea equivocada sobre el tiempo que le costaría perfeccionar las tácticas de vuelo, ajustar de una forma rápida y segura la elevación veloz en el aire del ingenio, en el caso de encontrar una ráfaga o cualquier movimiento fortuito del viento. Tampoco había calculado con exactitud el dinero que le costaría ese prolongado esfuerzo de ir en contra de la gravedad Además, no era tan duro y paquidérmico como parecía. Periódicamente, y en secreto, Romeike le enviaba los recortes; periódicamente también su banquero se lo recordaba a su manera. Y si bien al principio no le importaba el ridículo inicial y el escepticismo, empezó a sentir un creciente abandono a medida que pasaban los meses y el dinero iba menguando. Había pasado cierto tiempo desde que Monson ignórasela aquel periodista emprendedor deseoso de información. Cuando el periodista dejó de molesta? Monson se sintió satisfecho en el fondo de su corazón. Día a día el trabajo continuaba, y la multitud de sutiles dificultades en la dirección iba disminuyendo en número. Día a día también el dinero iba desapareciendo hasta que el balance llegó a descender de cientos de miles a decenas de miles. Finalmente llegó un aniversario.

Monson, sentado en el pequeño estudio de dibujo, de repente se percató de la fecha en el calendario de Woodhouse.

—Hoy hace cinco años que empezamos —dijo a Woodhouse súbitamente.

—¿De verdad? —replicó Woodhouse.

—Las modificaciones nos están jugando una mala pasada —comentó Monson mordiendo un sujetapapeles. Los dibujos de los nuevos propulsores posteriores descansaban sobre la mesa ante él mientras hablaba. Arrojó el mutilado pasador metálico a la papelera y tamborileó con los dedos—. ¡Estas modificaciones! ¿Es que los matemáticos nunca serán lo suficientemente inteligentes como para ahorramos tanto remiendo y tanta experimentación? Cinco años… aprendiendo en la práctica cuando cabía suponer que se puede calcular todo de antemano. ¡Y lo que cuesta! Podía haber contratado a tres pendencieros de por vida. Pero sólo han desarrollado algunos preciosos teoremas sobre neumática sin ninguna utilidad. ¡Menudo tiempo ha pasado, Woodhouse!

—Estas molduras tardarán tres semanas en estar listas —dijo Woodhouse—. A precios especiales.

—¡Tres semanas! —se lamentó Monson sentándose y volviendo a tamborilear sobre la mesa.

—Sí, tres semanas —dijo Woodhouse, que resultaba excelente como ingeniero pero no tan bueno para dar consuelo. Recogió las hojas y se puso a sombrear una barra.

Monson cesó de teclear y empezó a morderse las uñas mientras miraba fijamente la cabeza de Woodhouse.

—¿Cuánto tiempo llevan llamando a esto la tontería de Monson? —preguntó de repente.

—¡Oh!, creo que un año o así —respondió Woodhouse sin ningún cuidado y sin levantar la vista.

Monson aspiró aire por entre los dientes y se acercó a la ventana. Las robustas columnas de hierro que soportaban los carriles elevados de la salida de la máquina se alzaban en las cercanías; la máquina quedaba oculta por el marco superior de la ventana. A través del bosquecillo de pilares de hierro pintados de rojo y adornados con hileras de tornillos se tenía una visión fugaz del hermoso escenario que se extendía hacia Esher. Un tren se deslizaba silenciosamente a lo lejos; su traqueteo quedaba ahogado por el martilleo de los trabajadores en lo alto. Monson se imaginó las expresiones sarcásticas de la gente desde las ventanas de los vagones. Juró ferozmente en voz baja y golpeó con fruición a un moscardón que, de repente, se había vuelto ruidoso en el cristal de la ventana.

—¿Qué pasa? —preguntó Woodhouse sorprendido mirando fijamente a su patrón.

—Estoy harto de todo esto.

Woodhouse se rascó la mejilla.

—¡Oh! —dijo tras una pausa de recapacitación. A continuación apartó el dibujo de sí.

—Esos estúpidos… Estoy intentando conquistar un nuevo elemento, intentando crear algo que revolucionaria la vida, y en vez de interesarse inteligentemente se ríen y hacen chistes estúpidos poniendo motes a mis utensilios y a mi mismo.

—¡Burros! —exclamó Woodhouse dejando caer de nuevo su mirada sobre el dibujo.

El epíteto, curiosamente suficiente, hizo retroceder a Monson.

—Estoy harto de todas formas, Woodhouse —dijo después de una pausa.

Woodhouse se encogió de hombros.

—Sólo se precisa paciencia, supongo —dijo Monson metiéndose las manos en los bolsillos—. Yo he empezado, he hecho la cama y he tenido que descansar en ella. Ahora no puedo retroceder. Lo llevaré a cabo y gastaré cada penique que tenga y cada penique que se me preste. Pero te digo. Woodhouse, que estoy infernalmente harto a pesar de todo. Si hubiera pagado una décima parte del dinero que llevo gastado a ciertos políticos, ya hace tiempo que habría llegado a ser barón.

Monson esperó. Woodhouse le miró de hito en hito con la expresión desinteresada que utilizaba siempre para indicar simpatía y golpeó su caja de lápices, que estaba sobre la mesa. Monson le miró fijamente durante unos segundos.

—¡Oh, tonto! —exclamó Monson de repente, y salió precipitadamente de la habitación.

Woodhouse continuó rígido quizá durante medio minuto mas. Entonces suspiró y reanudó el sombreado de sus dibujos. Algo había molestado de forma evidente a Monson. Buen muchacho, y generoso, pero era difícil llevarse bien con él. Sucedía lo mismo con todos los principiantes relacionados con la ingeniería… querían terminar todo de buenas a primeras. Pero Monson generalmente tenía la paciencia de los expertos. Sólo que era muy irritable. ¡Qué redonda y bonita le parecía la barra de aluminio ahora! Woodhouse echó la cabeza hacia atrás poniendo el dibujo primero a un lado y luego a otro para apreciar bien la pizca de brillo.

—Señor Woodhouse —dijo Hooper, el capataz de los trabajadores, asomando la cabeza por la puerta.

—¡Hola! —saludó Woodhouse sin volverse.

—¿Ha pasado algo, señor? —preguntó Hooper.

—¿Algo? —inquirió Woodhouse.

—El jefe acaba de subir a los raíles jurando como un tornado.

—¡Oh! —exclamó Woodhouse.

—Eso no es normal en él, señor.

—¿No?

—Y estaba pensando que quizá…

—No piense —contestó Woodhouse, admirando al tiempo sus dibujos.

Hooper conocía a Woodhouse y se fue cerrando la puerta con un fuerte estruendo. Woodhouse miró fijamente frente a sí, insensiblemente durante unos segundos, y después realizó un esfuerzo inútil intentando limpiar los dientes con el lápiz. De repente desistió, y arrojando a aquel viejo y fatigado servidor a través de la habitación, se levantó, se desperezo y salió tras Hooper.

Había perdido la calma; se evidenciaba en cualquier trabajador que se encontrara. Cuando un millonario que se ha estado gastando grandes sumas en experimentos que dan empleo casi a un pequeño regimiento de personas dice de repente que está harto de su empresa, aparece casi invariablemente cierta fricción mental en las filas del pequeño ejército por él empleado. E incluso antes de que muestre sus intenciones hay especulaciones y murmuraciones, rostros escrutados y un profundo estudio de las cosas más insignificantes. Centenares de personas supieron antes de que el día acabara que Monson estaba irritado, Woodhouse estaba irritado y Hooper estaba irritado. Incluso la esposa de un trabajador cualquiera (a quien Monson nunca habría visto) decidió conservar su dinero en la caja de ahorros en vez de comprarse un vestido aterciopelado.

Monson halló cierta satisfacción en irse con los trabajadores y mostrar su desacuerdo con la mayor cantidad de gente posible. Mas tarde incluso esto le molestó y se marchó cabalgando, para alivio de todos, a través de las sendas hacia el sureste, hacia los problemas infinitos de su mayordomo en Cheam.

La causa inmediata de todo ello, el pequeño grano de incomodidad que había precipitado de pronto todo ese descontento por el trabajo de su vida, fueron —¡ésas son las cosas triviales que dirigen todas nuestras grandes decisiones!— media docena de observaciones desconsideradas, formuladas por una bonita chica elegantemente vestida, con una preciosa voz y algo más que belleza en sus ojos grises. Y de esa media docena de observaciones, cuatro palabras especialmente: «la tontería de Monson».

Ella sentía que había sido encantadora con Monson: al día siguiente pensó cuan excepcionalmente efectiva había sido y nadie estaría mas asombrada que ella del efecto que había ejercido en la mente de Monson. Supongo, considerándolo todo, que ella nunca llegó a enterarse.

—¿Cómo le va con su máquina voladora? —preguntó ella. («Me pregunto si alguna vez he conocido a alguien con el buen sentido suficiente como para no preguntarlo», pensó Monson). —Será muy peligrosa al principio, ¿verdad? —(«Ella piensa que tengo miedo.») —Jorgon va a cantar dentro de poco. ¿Le ha oído alguna vez? —(«Al hacer caso de mis manías, volvemos a la conversación racional») Despliegue de entusiasmo acerca de Jorgon; declive gradual de la conversación, acabando con: —Hágamelo saber cuando su aparato volador esté terminado, señor Monson, y entonces consideraré la posibilidad de comprar un billete. —(«Cualquiera pensaría que todavía estoy jugando a inventos en el parvulario.») Pero lo mas amargo que ella dijo no llegó a los oídos de Monson. Para Phlox, el novelista, ella era siempre conscientemente brillante. —He estado hablando con el señor Monson; ese hombre no puede pensar más que en su máquina voladora ¿Sabe que todos sus trabajadores llaman a ese sitio el lugar de la «tontería de Monson»? Es bastante estrafalario. Es muy, muy triste. Yo siempre le observo como si fuera un tesoro hundido; el millonario perdido, ya sabe.

Ella era guapa y bien educada; en realidad había escrito una novela corta epigramática; pero la amargura era algo típico en ella Resumía lo que pensaba el mundo del hombre que trabajaba de una forma sana, firme y segura hacia una tremenda revolución de los medios de la civilización, una modificación del progreso de la humanidad como nunca se había realizado desde el principio de la historia El mundo no se tomaba en serio a ese hombre.

En poco tiempo, él sería proverbial. «Debo volar ahora», se dijo de camino hacia su casa experimentando un sentimiento de fracaso social absoluto. «¡Debo volar pronto! ¡Si no lo hago pronto, por Dios, me arruinaré!»

Dijo esto antes de haber examinado su libreta de ahorros y sus papeles desordenados. Parece que fueron la voz y la expresión de los ojos de la chica lo que precipitó su descontento. Pero, evidentemente, el hallazgo de que ya no tenía mas de cien mil libras en propiedades y valores que le respaldaran fue el veneno que le hirió de muerte.

A partir del día siguiente a su explosión con Woodhouse y con sus trabajadores, y como consecuencia de ella su porte fue firme y ceñudo durante tres semanas y reinó la ansiedad en Cheam y Ewell, Maldon, Morden y Worcester Park, lugares que habían prosperado muchísimo gracias a sus experimentos.

Cuatro semanas después de aquella primera maldición se encontraba con Woodhouse junto a la máquina reconstruida, al lado de la línea elevada de carriles por medio de los cuales obtenía su ímpetu inicial. El nuevo propulsor brillaba con un blanco más luminoso que el del resto de la máquina, y un trabajador obediente a los caprichos de Monson pintaba con oro las barras de aluminio. Mirando la larga avenida por entre las cuerdas (doradas entonces por el ocaso) se veían señales de color rojo, y a dos millas de distancia un hormiguero de trabajadores atareados que cambiaban los últimos tramos del recorrido para darle mayor pendiente.

—Lo conseguiré —dijo Woodhouse—. Lo conseguiré como sea, pero le digo que esto es infernalmente temerario. Solo con que usted me diera un año más…

—Se lo digo ahora no se lo daré. Le digo que el ingenio funciona Le he dedicado suficientes años…

—No es eso —dijo Woodhouse—. Estamos de acuerdo en cuanto al aparato, pero la dirección…

—¿No he estado yo trabajando día y noche arriba y abajo, con esa caja de ardillas? Si el ingenio se puede dirigir bien aquí, se dirigirá del mismo modo a través de Inglaterra Eso es sólo cobardía te lo digo yo, Woodhouse. Podríamos haberlo conseguido hace un año. Y además…

—¿Y bien? —preguntó Woodhouse.

—¡El dinero! —le espetó Monson por encima del hombro.

—¡Un momento! Yo nunca he pensado en el dinero —contestó Woodhouse; y entonces, hablando con un tono muy diferente al que acababa de utilizar, repitió—: Lo conseguiré. Confíe en mí.

Monson se giró apresuradamente y vio todo lo que Woodhouse no había tenido la destreza de decir brillando en su cara Le miró por un momento y entonces, impulsivamente, extendió su mano.

—Gracias —dijo.

—De acuerdo —dijo Woodhouse estrechándole la mano, con una curiosa suavización de sus rasgos—. Confíe en mi.

Los dos hombres se volvieron para ver el enorme aparato que descansaba con las alas planas extendidas sobre su soporte; lo miraron pensativos. Monson, guiado quizá por un estudio fotográfico sobre el vuelo de los pájaros y por los métodos de Lilienthal, había ido variando gradualmente desde las formas de Maxim nuevamente hacia las formas de pájaro. El ingenio, sin embargo, era impulsado por un colosal propulsor colocado detrás, en la parte de la cola; así, la suspensión, que necesitaba un ajuste casi vertical de la cola plana, se había vuelto imposible. El cuerpo de la máquina era pequeño, casi cilíndrico y puntiagudo. Hacia la popa, en los extremos agudos, había dos pequeños motores de petróleo para el propulsor, mientras que los pilotos se sentarían en el fondo de un hueco como el de una canoa; el motor principal y conductor de la nave estaba protegido del ímpetu cegador del aire por una pantalla baja con dos ventanas de cristal. A cada lado había un monstruoso armazón plano con el borde frontal curvado que podía ajustarse para estar horizontal o moverse hacia arriba o hacia abajo. Estas alas trabajaban juntas con toda precisión; o, liberando una clavija, podía moverse una en cierto ángulo independientemente de su compañera. El extremo frontal de cada ala podía ser también modificado hasta disminuir su área en su sexta parte. La máquina no solo estaba diseñada para flotar en el aire, sino que incluso lo conseguía sin vibraciones. La idea de Monson era entrar en contacto con el aire gracias al ímpetu inicial del aparato, y entonces planear manteniendo el impulso con el propulsor del extremo de la nave. Los grajos y las gaviotas vuelan enormes distancias de esa forma con un escaso movimiento de las alas El pájaro realmente conduce a b largo de una vía aérea Planea inclinándose hacia abajo durante unos segundos hasta que obtiene una cantidad de movimiento considerable, siendo entonces cuando altera la inclinación de sus alas y planea de nuevo hacia arriba hasta recuperar su altura original. Cualquier londinense que haya visto los pájaros en la pajarera del Regent’s Park sabe esto.

Pero los pájaros practican este arte desde el momento en que dejan sus nidos. Ellos no sólo tienen el aparato perfecto, sino también el instinto para su uso. El hombre, caminando sobre sus pies tiene escasa habilidad para equilibrarse. Incluso el simple deporte del ciclismo cuesta algunas horas de trabajo hasta llegar a dominarlo. Los ajustes instantáneos de las alas, la rápida respuesta a una brisa momentánea, la veloz recuperación del equilibrio, los movimientos vertiginosos y en remolino, que requieren una precisión absoluta, todo esto deben aprender, aprender con un trabajo infinito e infinito peligro para conquistar al arte de volar. La máquina voladora que se pondrá en marcha algún día afortunado, impulsada por pequeños pero compactos elevadores, con un bonito puente descubierto como un gran barco y cargado de granadas y armas, es el sueño fácil de un hombre literario. En vidas y en dinero, el coste de la conquista del imperio del aire puede exceder incluso a todo lo que el ser humano ha dedicado a la conquista de los mares. Indudablemente, será más costoso que la mayor guerra que nunca haya devastado el mundo.

Nadie conocía mejor estas cosas que aquellos dos hombres prácticos. Y sabían que se hallaban en la vanguardia del ejército que avanzaba. Aun así, hay esperanza incluso en una empresa desesperada Unas veces los hombres son asesinados salvajemente en las reservas, mientras que otras, otros hombres que han sido condenados a muerte logran escaparse y sobrevivir.

—Si echamos de menos estas praderas… —dijo Woodhouse al poco rato, a su manera característicamente lenta.

—Mi querido muchacho —dijo Monson, cuyo espíritu había estado sublevándose intermitentemente durante los últimos días—, no debemos echar de menos estas praderas. Tenemos la cuarta parte de una milla cuadrada para batir, sacar las vallas, nivelar las zanjas… Bajaremos, puedes estar seguro. Y si no lo hacemos…

—¡Ah! —exclamó Woodhouse—. ¡Si no lo hacemos!

Antes del día de la puesta en marcha, el periódico del pueblo aireó las modificaciones realizadas en el extremo norte del armazón, y Monson fue alentado por un decidido cambio en los comentarios que Romeike le dirigía. «Acabarán algún día», decían los periódicos. «Acabarán algún día», se decían entre sí los usuarios de billete-abono del suroeste; los excursionistas playeros, los viajeros de fin de semana de Sussex y Hampshire, de Dorset y Devon, la gente eminentemente literaria de Hazle mere, todos comentaban impacientemente entre sí, «Acabará algún día», a medida que iba apareciendo el ya familiar armazón. Y, de hecho, una mañana luminosa, a la vista del tren de las diez y diez de Basingstoke, el aparato volador de Monson empezó su viaje.

Vieron el soporte corriendo velozmente a lo largo de su carril, y el propulsor blanco y dorado dando vueltas en el aire. Oyeron el rápido retumbar de las ruedas y el golpe sordo cuando el soporte alcanzó los amortiguadores al final de su recorrido. Y a continuación un rechinar a medida que la máquina voladora era proyectada fuera de la red. Todo lo que la mayoría había visto y oído antes. El aparato volador atravesó con un vuelo descendente el armazón y volvió a elevarse, y entonces, cada espectador gritaba o vociferaba o daba alaridos o chillaba a su manera Pero en lugar de la habitual sacudida y detención, la máquina voladora voló lejos de la que había sido su jaula durante cinco años como una flecha desde su ballesta y, moviéndose en forma oblicua y ascendente en el aire, viró un poco como para cruzar la línea y se remontó en dirección a Wimbledon Common.

Parecía suspenderse momentáneamente en el aire y hacerse pequeña, y luego se zambulló y desapareció sobre las apiñadas y azuladas copas de los árboles hacia el este de Coombe Hall, y nadie cesó de mirar fijamente y de admirarse hasta mucho después de que hubo desaparecido.

Eso fue lo que vio la gente desde el tren de Basingstoke. Si hubieran dibujado una línea en medio de aquel tren, desde la locomotora hasta el furgón de equipajes, no habrían encontrado a nadie en el lado opuesto al del aparato volador. Fue un loco ímpetu de ventana a ventana a medida que el ingenio cruzó la línea. El maquinista del tren y el fogonero en ningún momento apartaron los ojos de las bajas colinas cercanas a Wimbledon, y en ningún momento se percataron de que habían corrido sin parar a través de Coombe, Malden y Raynes Park, hasta que, con recobrada animación, se encontraron entrando a una marcha desacostumbrada en la estación de Wimbledon.

Desde el momento en que Monson había puesto en marcha el soporte con un «¡Ahora!», ni él ni Woodhouse hablan articulado palabra. Ambos permanecían sentados con los dientes apretados. Monson cruzó la línea con una curva demasiado aguda y Woodhouse abrió y cerró sus labios blancos, pero tampoco habló. Woodhouse simplemente se agarró a su asiento y respiró profundamente por entre los dientes mientras miraba el campo azul hacia el oeste, y abajo lejos de él.

Monson se arrodilló en su asiento delantero y sus manos temblaron sobre la palanca del timón que movía las alas. No podía ver ante sí mas que una masa de nubes blancas en el cielo.

El aparato fue inclinándose hacia arriba, viajando a enorme velocidad todavía, pero perdiendo movimiento por momentos. La tierra huía por debajo con la disminución de la velocidad.

—¡Ahora! —dijo Woodhouse al fin, y con un violento esfuerzo Monson torció el timón alterando el ángulo de las alas. El aparato pareció quedarse suspendido durante medio minuto, inmóvil en medio del aire, y entonces vio el azul brumoso, los tejados de las casas de las colinas de Kilburn y Hampstead sallar ante sus ojos y ascender firmemente hasta que el soleado edificio majestuoso del Albert Hall apareció por sus ventanas. Por unos instantes, apenas entendió el significado de su impetuoso avance por encima del horizonte, pero a medida que las casas iban acercándose cada vez más, se dio cuenta de lo que había logrado. Había invertido demasiado las alas y estaban descendiendo excesivamente hacia el Tamesis.

El pensamiento, la pregunta y la realización fueron cuestión de un segundo.

—¡Demasiado! —dijo con voz entrecortada Woodhouse. Monson dio media vuelta a la rueda del timón hacia atrás con una sacudida e inmediatamente los cerros de Kilburn y Hampstead cayeron de nuevo al extremo inferior de sus ventanas. Habían estado a mil pies sobre Coombe y la estación de Malden; cincuenta segundos después volvían a ir a gran velocidad por el aire, a una velocidad vertiginosa, a no mas de ochenta pies sobre la estación de East Putney, en la línea District del metropolitano, sobre la gente atónita que gritaba en el andén. Monson movió la parte anterior contra el aire y sobre Fulham remontaron de nuevo su camino atmosférico excesivamente, demasiado. Los autores avanzaban torpemente a través de Fulham Road mientras la gente daba alaridos.

Y luego de nueves hacia abajo, demasiado inclinados todavía; los árboles y las casas de la zona de Primrose Hill saltaban a través de la ventana de Monson; y entonces, de repente vio ante sí el verdor de los jardines de Kensington y las torres del Instituto Imperial. Se dirigían hacia South Kensington. Los pináculos del Museo de Historia Natural aparecieron de repente a la vista. A continuación un segundo fatal de pensamiento veloz, un momento de vacilación. ¿Debía intentarlo y salvar las torres o desviarse hacia el este?

Hizo un intento dudoso de liberar el ala derecha, dejó la palanca casi libre y dio un frenético apretón a la rueda.

El morro del aparato pareció brincar frente a él. La rueda aprisionó su mano con una fuerza irresistible y empezó a dar sacudidas fuera de control.

Woodhouse, agazapado junto a él, emitió un áspero lamento y se abalanzó sobre Monson.

—¡Demasiado lejos! —gritó aferrándose a la borda para salvarse, Monson se había movido a sacudidas por encima y ahora caía sobre él.

Tan repentino fue todo que apenas una cuarta parte de la gente que iba y venía por Hyde Park, Brompton Road y Exhibition Road vió algo de la catástrofe aérea. Una forma distante y alada había aparecido sobre un grupo de casas del sur, había caído y había vuelto a elevarse; se había precipitado repentinamente hacia el Imperial Institute y una amplia extensión de las alas había barrido la cuarta parte de un círculo; luego se movió súbitamente hacia el este y entonces, de repente, se precipitó verticalmente en el aire. Un objeto negro se desprendió de él, y cayó. ¡Un hombre! ¡Dos hombres agarrados! Cayeron en remolino y se separaron al chocar contra el techo del club de estudiantes, yendo a parar sobre los arbustos de la parte sur.

Quizá durante medio minuto, el tronco puntiagudo del gran aparato siguió todavía una trayectoria ascendente, el propulsor giraba desesperadamente. Durante un breve instante, que pareció una eternidad a todos los que estaban observando, se quedó inmóvil en el aire. Entonces saltó una llamarada del motor de popa. Y veloz, más veloz, velocísimo, fulgurante como un cohete, se desplomó sobre la sólida masa de albañilería que fue anteriormente el Royal College of Science. El gran propulsor, blanco y dorado, tocó el parapeto y se aplastó como si fuera de blanco lino. Entonces el cuerpo llameante en forma de huso se estrelló y se hizo astillas en su caída sobre al ángulo noroeste del edificio.

Pero el estruendo, la llamarada de parafina que salió disparada hacia el cielo de los motores destrozados del aparato, los horrores de los aplastados que se encontraron en el jardín, junto al club de estudiantes, las masas de parapeto amarillo y de ladrillos rojos que cayeron impetuosamente en la carretera, las carreras de la gente como hormigas en un hormiguero destrozado, los motores, la acumulación de muchedumbres… Todas esas cosas no pertenecen a esta historia, que sólo ha sido escrita para relatar cómo se realizó el primer vuelo con éxito de la máquina voladora. Aunque fracasó, y fracasó desastrosamente, el récord de Monson se mantiene —un monumento suficiente— (para guiar al próximo de ese grupo de galantes experimentadores que tarde o temprano dominaran el gran problema que constituye volar. Y entre Worcester Park y Malden todavía existe aquella portentosa avenida de hierro, hoy día oxidada y peligrosa, testigo del primer esfuerzo desesperado del hombre en su derecho de viajar por el aire.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA HISTORIA DE PLATTNER

 

 

Si debe ciarse crédito o no a la historia de Gottfried Plattner es una cuestión difícil a la vista de las pruebas. Por un lado tenemos siete testigos, o para ser más exactos, tenemos seis pares y medio de ojos y un hecho innegable; y por otro lado tenemos, ¿qué si no?, prejuicios, sentido común e inercia de opinión. Nunca ha habido siete testigos más honestos, nunca un acontecimiento más innegable que la inversión de la estructura anatómica de Gottfried Plattner; no ha habido tampoco nunca una historia más ridícula que la que tuvieron que contar. La parte más absurda de la historia es la valiosa contribución de Gottfried (pues le considero uno de los siete). El cielo me prohíbe dar crédito a la superstición por mor de la parcialidad, y así llegué a compartir el destino de los clientes de Eusapia. Con franqueza, creo que hay algo tortuoso en el asunto de Gottfried Plattner, pero debo admitir abiertamente que no sé cuál es ese factor poco limpio. Me ha sorprendido el crédito que se ha dado a la historia en los ambientes más inesperados y autorizados. Sin embargo, la manera más imparcial de dirigirme al lector es contándolo sin más comentarios.

Gottfried Plattner es, a pesar de su nombre, inglés de nacimiento. Su padre fue un alsaciano que llegó a Inglaterra en los años sesenta, se casó con una respetable muchacha inglesa de intachables antecedentes y murió, tras una vida sana y tranquila (dedicada principalmente, según creo, a la colocación de pavimentos de parquet), en 1887. Gottfried tiene en la actualidad veintisiete años. En virtud de su herencia trilingüe es profesor de lenguas modernas en una pequeña escuela privada del sur de Inglaterra. A los ojos de un observador casual se parece a cualquier otro profesor de lenguas modernas de cualquier otra escuela privada. Su ropa no es muy costosa ni de moda, pero tampoco resulta excesivamente sencilla ni parece usada; su complexión, lo mismo que su estatura y sus maneras, no llama la atención. Quizá percibiría usted, como la mayoría de la gente, que su rostro no era del todo simétrico, con el ojo derecho un poco mayor que el izquierdo y la mandíbula algo más prominente hacia la derecha. Si, como cualquier persona poco observadora, tuviera que desnudar su pecho y oír los latidos de su corazón, le parecería que late como el de cualquier otro.

Pero aquí aparecerán ya diferencias entre usted y el observador experimentado. Aunque a usted le parezca normal el corazón, el observador experimentado lo verá distinto. Una vez que se le haya dicho, percibirá fácilmente la peculiaridad. Se trata de que el corazón de Gottfried late en el lado derecho de su cuerpo.

Pero no es ésta la única singularidad de la estructura de Gottfried, aunque sea la única que llame la atención de una mente poco experimentada. Un estudio cuidadoso de la disposición interna de Gottfried a cargo de un buen cirujano revelará el hecho de que todas las partes asimétricas de su cuerpo están igualmente desplazadas. El lóbulo derecho de su hígado está a la izquierda y el izquierdo a la derecha, y también los pulmones presentan una disposición similar. Lo que resulta aún más singular, a menos que Gottfried sea un consumado actor, es que debemos creer que su mano derecha se ha convertido recientemente en la izquierda. Desde los incidentes que vamos a relatar (de la manera más imparcial posible), ha tenido cada vez más dificultades para escribir, salvo de derecha a izquierda en el papel y con la mano izquierda. No puede lanzar nada con la derecha, se equivoca en las comidas con el cuchillo y el tenedor y sus ideas sobre las normas de circulación, pues es aficionado al ciclismo, todavía provocan peligrosas confusiones. No existe la más mínima prueba de que antes de estos sucesos Gottfried fuera zurdo.

Hay todavía otro hecho sorprendente en este absurdo asunto. Gottfried muestra tres fotografías de sí mismo. En una aparece a la edad de cinco o seis años, sacando sus rollizas piernas por debajo de la ropa y frunciendo el ceño. En esa fotografía, su ojo izquierdo es un poco más grande que el derecho y la mandíbula un poco mas gruesa por la izquierda. Esto es lo contrario a su actual condición. La fotografía de Gottfried a los catorce años parece contradecir estos hechos, pero se debe a que es una de esas fotografías baratas, entonces en boga, tomadas directamente sobre una plancha metálica y que, por consiguiente, invierten las cosas como lo harta un espejo. La tercera fotografía le representa a los veintiún años y confirma las dos anteriores. Parecen confirmar el hecho de que Gottfried haya cambiado su lado izquierdo por el derecho Sin embargo, cómo un ser humano puede ser modificado de esta manera a menos que se trate de un milagro fantástico e inútil, resulta difícil de imaginar.

En cierto modo, por supuesto, estos hechos podrían explicarse suponiendo que Plattner ha emprendido una elaborada mistificación basada en el desplazamiento de su corazón, inviniendo las fotografías y simulando ser zurdo. Pero el carácter de este hombre no se presta a una teoría de este tipo. Es una persona tranquila, práctica, discreta y totalmente sensata según las normas de Nordau. Le gusta la cerveza y fuma con moderación, se da todos los días un paseo como ejercicio y tiene en gran estima el valor de sus enseñanzas. Posee una buena voz de tenor, aunque no trabajada, y le gusta cantar aires populares y alegres. Es aficionado a la lectura, aunque no de manera enfermiza, principalmente ficción unida a un optimismo vagamente piadoso, duerme bien y rara vez sueña. De hecho, es la última persona que daría pie a una fábula fantástica. Efectivamente, en lugar de dar publicidad a su historia, se ha mostrado bastante reticente al respecto. Responde a quien le pregunta con cierta simpatía, timidez sería casi la palabra, que desarma al más receloso. Parece avergonzarse de que le haya sucedido alto tan inaudito.

Es una lástima que la aversión de Plattner a la idea de la disección post mortem pueda posponer, quizá para siempre, la prueba positiva de que todo su cuerpo tiene invertidos los lados derecho e izquierdo. De ese hecho depende casi por completo la credibilidad de la historia. No hay manera de coger a un hombre y moverlo en el espacio, tal y como la gente normal lo entiende, que dé como resultado un cambio de sus lados. No importa lo que haga, su derecha seguirá siendo la derecha y la izquierda la izquierda. Esto se puede hacer con algo perfectamente delgado y plano. Si se recorta una figura de papel, cualquier figura con un lado derecho y otro izquierdo, se puede cambiar su forma invirtiéndola. Pero con un cuerpo sólido es diferente. Los matemáticos nos dicen que la única manera de cambiar los lados derecho e izquierdo de un cuerpo sólido es sacarle del espacio que conocemos, sustraerlo de la existencia ordinaria y llevarle a cualquier otro espacio exterior. Esto es un poco abstruso, sin duda, pero cualquiera con algún conocimiento de matemática teórica confirmará al lector esa verdad. Para expresarlo en un lenguaje técnico, la curiosa inversión de los lados derecho e izquierdo de Plattner es una prueba de que ha escapado de nuestro espacio hacia el que recibe el nombre de Cuarta Dimensión, y que después ha regresado a nuestro mundo. A menos que prefiramos consideramos víctimas de una inversión elaborada y sin sentido, estamos casi obligados a creerlo.

Hasta aquí los hechos tangibles. Pasemos ahora a los fenómenos que acompañaron a su transitoria desaparición del mundo. Al parecer, en la Sussexville Proprietary School, Plattner no sólo se encarga de las lenguas modernas, sino que enseña también química, geografía económica, contabilidad, taquigrafía, dibujo y otras materias que interesen a los padres de los muchachos. Sabía poco o nada de estas materias, pero en las escuelas secundarias, a diferencia de las elementales, los conocimientos del profesor no son tan necesarios como pueden serlo un carácter de gran moralidad y un comportamiento de caballero. En química era particularmente deficiente, sin conocer, según dice él, poco mas que los Tres Gases (cualesquiera que puedan ser). Pero como sus alumnos no saben nada y toda su información la recibían de él, esto no le causó el mas mínimo inconveniente durante vanos trimestres. Ingresó en la escuela un muchacho llamado Whibble, al que por lo visto algún pariente malicioso había educado formándole una mente de hábitos inquisitivos. El chico seguía las lecciones de Plattner con un notable y permanente interés, y con objeto de mostrar su entusiasmo sobre el tema llevó varias veces a Plattner sustancias para que las analizara. Plattner, lisonjeado por esta prueba de su capacidad de despertar el interés y la confianza en la ignorancia de los muchachos, las analizó e incluso realizó afirmaciones generales sobre su composición. Le estimuló tanto su alumno que adquirió una obra de química analítica y la estudió durante sus horas de guardia por la tarde. Le sorprendió descubrir que la química era una materia muy interesante. Hasta aquí la historia no se sale de lo corriente. Pero en ese momento aparece en escena el polvo verdoso. Por desgracia, parece perdida la fuente de donde procedía. El señorito Whibble refiere la tortuosa historia de haberlo encontrado en un paquete en un horno de cal abandonado, cerca de las colinas. Hubiera sido algo excelente para Plattner, y probablemente también para la familia de Whibble, que entonces y allí mismo se hubiera podido aplicar una cerilla al polvo. El joven no lo llevó a la escuela en el paquete, sino en una botella de medicinas, graduada, de ocho onzas, utilizando como tapón papel de periódico masticado. Se lo dio a Plattner al finalizar las clases de la tarde. Cuatro muchachos debían permanecer a fin de concluir algunos trabajos y Plattner les vigilaba en el aula pequeña donde se impartían las clases de química. Los instrumentos de las clases prácticas de química en la Sussexville Propietary School, como en la mayoría de las escuelas privadas de este país, se caracterizan por su gran sencillez. Se guardan en un cajón, de aproximadamente la misma capacidad que un baúl, colocado sobre una repisa. Plattner, aburrido de su vigilancia pasiva, recibió al parecer con entusiasmo la intervención de Whibble con su polvo verde como una diversión agradable y, abriendo el cajón, procedió de inmediato a los experimentos analíticos. Whibble se encontraba sentado, por suerte suya, a una distancia prudente contemplándole. Los cuatro malhechores, aparentando estar absortos en su trabajo, le miraban de reojo con sumo interés.

Incluso dentro de los límites de los Tres Gases, la química práctica de Plattner era, a mi entender, temeraria.

Existe práctica unanimidad en cuanto a lo que hizo Plattner. Vertió un poco de polvo verde en un tubo de ensayo y trató la sustancia, sucesivamente, con agua, ácido clorhídrico, ácido nítrico y ácido sulfúrico. Al no obtener resultado alguno vació casi la mitad de la botella en una bandeja y encendió una cerilla. Con la mano izquierda sujetaba la botellita de medicina. La sustancia comenzó a echar humo, se licuó e hizo explosión con ensordecedora violencia y un destello cegador.

Los cinco muchachos, al ver el destello, preparados para la catástrofe, se ocultaron bajo los pupitres y ninguno de ellos resultó seriamente dañado. La ventana cayó al patio y la pizarra se levantó de su caballete. La bandeja quedó reducida a polvo. Cayó algo de yeso del techo. No se produjeron mas daños en el edificio ni en las instalaciones de la escuela y los muchachos, al no ver en principio a Plattner, creyeron que se había ocultado debajo de algún pupitre. Salieron para ayudarle pero quedaron atónitos al encontrar el lugar vacío. Confusos todavía por la súbita violencia del suceso, se precipitaron hacia la puerta abierta creyendo que había resultado herido y había sido lanzado fuera de la habitación. Pero Carson, el primero de ellos, casi choca con el director, el señor Lidgett.

El señor Lidgett es un hombre corpulento e irascible con un solo ojo. Los muchachos le describen precipitándose hacia la habitación mascullando esas moderadas exclamaciones que suelen utilizar los maestros irritables, para que no suceda nada peor.

—Desdichados —dijo—. ¿Dónde está el señor Plattner?

Los muchachos se muestran de acuerdo en esas escasas palabras («cobardes», «llorones» y «desdichados» son, al parecer, las pequeñas variaciones del gasto escolar del señor Lidgett).

¿Dónde está el señor Plattner? Era una pregunta que se repitió varias veces en los días siguientes. Parecía, como dice esa frenética hipérbole, «haberse pulverizado». No quedaba a la vista ni una partícula visible de Plattner, ni una gota de sangre, ni un jirón de ropa. Al parecer había desaparecido sin dejar rastro. No quedaron ni los rabos, como suele decirse. La evidencia de su total desaparición a consecuencia de la explosión es un hecho indudable.

No es necesario que nos extendamos sobre la conmoción que se produjo en la Sussexville Proprietary School, en Sussexville y en otros lugares como consecuencia de este suceso. Es muy posible que alguno de los lectores de estas páginas recuerde haber oído alguna versión del hecho durante sus últimas vacaciones estivales Lidgett, al parecer, hizo todo lo posible por acallar y minimizar la historia. Estableció un castigo de veinticinco líneas para cualquier mención que hicieran los muchachos del nombre de Plattner y afirmó en clase que conocía el paradero de su ayudante. Temía, según explicaba, que la posibilidad de una explosión, a pesar de las grandes precauciones tomadas para minimizar la enseñanza práctica de la química, pudiera empañar la reputación de la escuela; como podía empañarla la misteriosa naturaleza de la desaparición de Plattner. De hecho, hizo todo lo que pudo para que el incidente pareciera lo más normal posible. Comprobó por su cuenta los cinco testimonios sobre el suceso, con tanta minuciosidad que comenzaron a dudar de lo que habían percibido con sus cinco sentidos. Pero a pesar de estos esfuerzos la historia, ampliada y distorsionada, causó tal sensación en el distrito que varios padres retiraron del colegio a sus hijos con diversos pretextos. Un aspecto no menos notable del asunto es el hecho de que varias personas del vecindario tuvieron sueños muy intensos de Plattner durante el período de excitación que precedió a su regreso, y que dichos sueños presentaban una curiosa uniformidad. En casi todos ellos se veía a Plattner, a veces solo y otras veces acompañado, caminando a través de una fulgurante iridiscencia En todos los casos su rostro aparecía pálido y relajado, y en algunos gesticulaba hacia la persona que soñaba Uno o dos de los muchachos, evidentemente bajo la influencia de la pesadilla se imaginaron que Plattner se les acercaba con sigilo y parecía mirarles fijamente a los ojos. Otros huían con Plattner de la persecución de unas criaturas vagas y extraordinarias de forma esférica Pero todas estas fantasías se olvidaron en interrogantes y especulaciones cuando el segundo miércoles después del lunes de la explosión, Plattner regresó.

Las circunstancias de su regreso fueron tan singulares como las de su partida. En la medida en que la descripción algo encolerizada del señor Lidgett puede suplir las vacilantes afirmaciones de Plattner, parece ser que aquel miércoles por la tarde, hacia la hora de la puesta del Sol tras acabar de preparar las clases de la tarde, estaba ocupado en su jardín, recogiendo y comiendo fresas, fruta por la que siente una desmesurada afición. Es un jardín grande y viejo, resguardado de la vista, afortunadamente, por una valla alta de ladrillo rojo cubierta de hiedra En el momento en que se detenía frente a una planta repleta de fruto, se produjo un destello en el aire y un ruido sordo, y antes de que pudiera mirar a su alrededor un cuerpo pesado le golpeó por detrás. Salió proyectado hacia delante, aplastando las fresas que llevaba en la mano, y con tal fuerza que su chistera —el señor Lidgett se adhiere a las viejas ideas sobre los trajes escolares— cayó violentamente sobre su frente, casi sobre un ojo. Este pesado proyectil, que pasó a su lado y quedó sentado entre los fresales, resultó ser el desaparecido señor Gottfried Plattner, con un aspecto extremadamente desaseado. Iba sin el cuello de la camisa y sin sombrero, la ropa sucia, y con sangre en las manos. El señor Lidgett estaba tan indignado y sorprendido que se quedó a gatas y con el sombrero caído sobre el ojo mientras insultaba a Plattner por su conducta irrespetuosa e inexplicable.

Esta escena tan poco idílica completa lo que puedo denominar la versión exterior de la historia de Plattner, su aspecto esotérico. No es necesario entrar aquí en todos los detalles de su despido por parte del señor Lidgett. Tales detalles, con nombres completos, fechas y referencias, se encontrarán en el largo informe de los sucesos que se presentó a la Sociedad para la Investigación de los Fenómenos Anormales. La singular transposición de los lados derecho e izquierdo de Plattner apenas se observó durante los primeros días, y después solo se percibió por su disposición a escribir en la pizarra de derecha a izquierda. Ocultaba, más que mostrar, esta curiosa circunstancia demostradora, al considerar que le afectaría de manera desfavorable en la nueva situación. El desplazamiento de su corazón se descubrió varios meses después, cuando se le extrajo un diente con anestesia. Después, muy a su pesar, permitió que le hicieran un rápido examen quirúrgico con vistas a un informe en el Journal of Anatomy. Esto último cierra el relato de los hechos materiales; a continuación pasaremos a considerar la versión de Plattner al respecto.

Pero diferenciemos primero con claridad entre la parte precedente de esta historia y la que sigue. Todo lo que he relatado hasta aquí viene respaldado con tales evidencias que incluso un abogado criminalista las aprobaría. Todos los testigos viven aún; el lector, si dispone de tiempo, puede encontrar a los muchachos mañana mismo o incluso desafiar los terrores del temible Lidgett, y comprobar e interrogar a su antojo; el propio Gottfried Plattner, su corazón invertido y las tres fotografías pueden sacarse a la luz. Puede considerarse demostrado que desapareció durante nueve días a consecuencia de una explosión, que regresó de manera casi igual de violenta en circunstancias que por su naturaleza son inoportunas para el señor Lidgett, cualesquiera que puedan ser los detalles de dichas circunstancias, y que volvió invertido lo mismo que vuelven los reflejos de un espejo. De este último hecho, como ya he indicado, es consecuencia casi inevitable que Plattner debió permanecer durante esos nueve días en algún estado de existencia fuera del espacio. La evidencia de estas afirmaciones resulta, claro está, mucho mayor que la de las pruebas por las que cuelgan a la mayoría de los criminales. Pero para el relato particular del lugar donde ha estado, con sus confusas explicaciones y los detalles contradictorios, sólo disponemos de la palabra del señor Gottfried Plattner. Vio deseo desacreditarle, pero debo indicar, cosa que no hacen muchos autores que escriben sobre fenómenos psíquicos oscuros, que estamos pasando aquí de hechos prácticamente innegables al tipo de cuestiones que cualquier hombre razonable puede creer o rechazar según considere que sea lo más adecuado. Las anteriores afirmaciones lo hacen verosímil; su discordancia con la experiencia corriente lo inclinan hacia lo increíble. Preferiría no desviar el juicio del lector en ningún sentido, sino simplemente relatar la historia de Plattner según él me la contó.

Puedo afirmar que me relató su experiencia en mi casa de Chislehurst; y en cuanto se hubo ido, por la tarde, me encerré en mi estudio y transcribí todo lo que recordaba. Después tuvo la amabilidad de leer una copia escrita a máquina, por lo que es innegable la exactitud del relato.

Afirma que en el instante de la explosión creyó estar muerto. Se sintió levantado y proyectado hacia atrás. Resulta un hecho curioso para los psicólogos que pensara con claridad durante su vuelo hacia atrás y que se preguntara si chocaría con el cajón de química o con la pizarra. Sus talones tocaron el suelo, se tambaleó y sintió que quedaba sentado sobre algo suave y firme. Durante un momento la conmoción le dejó aturdido. Al poco rato percibió un intenso olor a pelo chamuscado y le pareció oír la voz de Lidgett preguntando por él. Como pueden comprender, durante algún tiempo su mente estuvo confusa.

Al principio tenía la impresión de que seguía en el aula. Percibió con claridad la sorpresa de los muchachos y la entrada del señor Lidgett. Es bastante taxativo a este respecto. No oía sus observaciones pero lo atribuía al efecto ensordecedor del experimento. Las cosas a su alrededor aparecían oscuras y vagas, pero su mente lo interpretó con la idea obvia, aunque equivocada, de que la explosión había generado gran cantidad de humo oscuro. A través de la penumbra las figuras de Lidgett y de los muchachos se movían de manera tan tenue y silenciosa como fantasmas. El rostro de Plattner todavía se estremecía bajo el calor del destello. Estaba, según dice, «totalmente confuso». Sus primeros pensamientos concretos parecen haberse ocupado de su segundad personal. Pensó que tal vez se había quedado ciego y sordo. Se palpó los miembros y el rostro de manera cautelosa Entonces sus percepciones fueron aclarándose y quedó perplejo al echar en falta a su alrededor los conocidos pupitres y demás muebles del aula. En lugar de ello sólo había formas grises, oscuras e inciertas. Entonces se produjo algo que le hizo gritar y que despertó instantáneamente sus facultades aturdidas. ¡Dos de los muchachos, gesticulando, pasaban a través de él! Nadie pareció darse cuenta de su presencia. Es difícil imaginar la sensación que experimentaba. Chocaban con él dice, con la misma fuerza que una ráfaga de niebla.

El primer pensamiento de Plattner después de eso fue creerse muerto. Sin embargo, al haber sido educado con ideas lógicas en estas cuestiones, estaba algo sorprendido de encontrar todavía consigo a su cuerpo. La segunda conclusión fue que no era él quien estaba muerto, sino los otros: que la explosión había destruido la Sussexville Proprietary School y a todos excepto a él. Pero esto tampoco era muy satisfactorio. Volvió a observar, atónito.

Todo lo que había a su alrededor resultaba extraordinariamente oscuro: al principio, parecía negro como el ébano. Por encima de su cabeza había un firmamento negro. El único punto de luz en la escena era un débil resplandor verdoso en el límite del cielo, en dirección a un horizonte de negras colinas ondulantes. Ésta fue, dijo, su primera impresión. Según iban sus ojos acostumbrándose a la oscuridad, comenzó a distinguir una suave calidad de diferentes colores verdosos en la noche que le envolvía. Sobre este fondo, los muebles y los ocupantes del aula parecían destacar como espectros fosforescentes, débiles e impalpables. Alargó su mano y la hundió sin ningún esfuerzo en la pared de la habitación, junto a la chimenea.

Se describe a sí mismo haciendo arduos esfuerzos para llamar la atención. Gritó a Lidgett e intentó agarrar a los muchachos según pasaban. Desistió de estos intentos sólo cuando el señor Lidgett, a quien, como profesor ayudante, aborrecía por naturaleza, entró en la habitación. Dice que la sensación de estar en el mundo y no ser parte de él es extraordinariamente desagradable. Compara sus sensaciones, no sin razón, con las de un gato que acecha a un ratón a través de la ventana. Cuando se movía para comunicarse con el tenebroso mundo conocido que había a su alrededor, encontraba una barrera invisible e incomprensible que le impedía comunicarse. Centró entonces su atención en el entorno sólido. Encontró la botella intacta aún en su mano, con el resto del polvo verde en su interior. Se la metió en el bolsillo y comenzó a experimentar sensaciones de si mismo Al parecer estaba sentado sobre una roca cubierta de musgo aterciopelado. No podía ver el campo oscuro que había por encima de él y la imagen débil y nebulosa del aula se iba borrando, pero podía sentir (debido quizá a una brisa fresca) que estaba cerca de la cima de una colina y que a sus pies se extendía un profundo valle. La extensión e intensidad del verde resplandor a lo largo del horizonte parecían crecer. Se levantó frotándose los ojos.

Al parecer, dio un par de pasos colina abajo y después tropezó, casi cayéndose, y se sentó sobre un peñasco para contemplar el panorama Se dio cuenta de que el mundo que le rodeaba era absolutamente silencioso. Lo era tanto como oscuro, y aunque le parecía que una fresca brisa soplaba en la colina, faltaba el susurro de la hierba y el murmullo de las ramas que deberían acompañarla Por consiguiente pudo oír, aunque no pudiera ver, que la falda de la colina en la que se encontraba era rocosa y desolada. El verde se hada cada vez mas brillante y se fue mezclando con él un tenue rojo sangre transparente, aunque sin mitigar la negrura del cielo que se extendía por encima de su cabeza y de la rocosa desolación de su alrededor. Considerando lo que sigue, me inclino a creer que el color rojizo puede haber sido un efecto óptico debido al contraste. Algo negro se agitó durante unos momentos contra el lívido verde amarillento de la parte inferior del cielo, y a continuación el sonido penetrante de una campana se elevó desde el abismo que tenía ante sí. Una expectación opresiva creció al aumentar la luz.

Es probable que transcurriera una hora o más mientras estuvo allí sentado y esa extraña luz verde se volvía cada vez más brillante y se extendía con lentitud, en llameantes dedos, hasta el cénit. Al crecer, la visión espectral de nuestro mundo se volvió, relativa o absolutamente, más borrosa. Es probable que ambas cosas, pues la hora debía ser aproximadamente la de nuestro crepúsculo terrestre. En cuanto se disipó la visión de nuestro mundo, Plattner descendió algunos escalones por la colma, atravesó el suelo del aula y se vio sentado en el aire en un aula mas grande que había escaleras abajo. Vio a los internos con claridad, pero mucho mas débilmente de lo que había visto a Lidgett, Estaban preparando sus tareas nocturnas y observó con curiosidad que varios de ellos resolvían con trampa sus teoremas de Euclides mediante una chuleta, cuya existencia no había sospechado hasta ese momento. Al pasar el tiempo se fueron debilitando con la misma constancia con que aumentaba la luz del crepúsculo verde.

Mirando hacia el valle, vio que la luz había descendido por las paredes rocosas y que la profunda negrura del abismo quedaba ahora rota por un diminuto resplandor verde, igual que la luz de una luciérnaga. Casi inmediatamente, el perfil de un enorme cuerpo celeste de resplandeciente Color verde se elevó sobre las ondulaciones basálticas de las distantes columnas, y las monstruosas masas de las colinas se revelaron desvaídas y desoladas, con claridad verdosa y profundas sombras negras. Percibió gran número de objetos esféricos que se arrastraban como simientes de cardo por el suelo. Ninguno de ellos estaba mas cerca de él que el lado opuesto del valle. La campana sonaba cada vez a intervalos más breves, con una especie de impaciente insistencia, y varias luces se movían de un lado a otro. Los muchachos que trabajaban en sus pupitres aparecían casi imperceptiblemente tenues.

Esta extinción de nuestro mundo al elevarse el verde Sol del otro universo es una característica curiosa en la que Plattner insiste. Durante la noche del Otro Mundo es difícil moverse, a causa de la intensidad con que son visibles las cosas de este mundo. Es un misterio explicar por qué, de ser así, no podemos entrever en este mundo el Otro Mundo. Quizá se deba a la iluminación comparativamente intensa del nuestro. Plattner describe el mediodía del Otro Mundo con un brillo no superior al de la luna llena en el nuestro, mientras que la noche es profundamente oscura. Por consiguiente, la cantidad de luz incluso de una habitación oscura normal, es suficiente para volver invisibles las cosas del Otro Mundo por el mismo principio que hace que una débil fosforescencia sea sólo visible en la máxima oscuridad. Desde que me contó su historia, he intentado ver algo del Otro Mundo sentándome durante un rato por la noche en el cuarto oscuro de un fotógrafo. Ciertamente, he visto la forma confusa de rocas y laderas verdosas, pero debo admitir que eran muy confusas. Quizá el lector tenga más suerte. Plattner me ha dicho que desde su regreso ha visto y reconocido lugares del Otro Mundo en sus sueños, pero esto se debe probablemente a su recuerdo de dichas escenas. Parece posible que personas de mirada muy penetrante puedan en alguna ocasión vislumbrar ese extraño Otro Mundo que nos rodea.

Sin embargo, esto es una digresión. Al elevarse el Sol verde, una larga calle de edificios negros se hizo perceptible, aunque sólo de manera oscura y borrosa, en el valle, y tras alguna duda Plattner comenzó a descender por el precipicio hacia ellos. El descenso fue largo y excesivamente fastidioso, no sólo por la extraordinaria pendiente sino debido a que los cantos estaban dispersos y muy sueltos en la ladera. El ruido de su descenso —de vez en cuando sus talones provocaban chispas en las rocas— parecía ahora el único sonido del universo, pues había cesado el tañido de la campana. Al acercarse, percibió que vanos de los edificios tenían un singular parecido con tumbas, mausoleos y monumentos, salvo que eran uniformemente negros en lugar de ser blancos como la mayoría de las sepulturas. Y después vio salir del edificio mas grande, como de una iglesia, varias figuras redondeadas y pálidas de color verde. Se dispersaron en varias direcciones por la calle más ancha, desapareciendo algunos por las callejuelas laterales y reapareciendo por la ladera de la colina, mientras otros se introducían en los pequeños edificios negros que había en el camino.

Al ver estas cosas arrastrándose hacia él, Plattner se detuvo, mirándolas con atención. No caminaban, pues de hecho carecían de piernas, y tenían el aspecto de cabezas humanas, debajo de las cuales surgía un cuerpo parecido al de un renacuajo. Estaba demasiado sorprendido por su rareza, demasiado como para que le alarmaran seriamente. Se dirigieron hacia él contra la fría brisa que soplaba de la colina, como pompas de jabón arrastradas por una corriente de aire. Al contemplar al que tenía mas cerca vio que en efecto se trataba de una cabeza humana, aunque con ojos curiosamente grandes y con tal expresión de angustia y zozobra como nunca viera en ningún mortal. Se sorprendió al comprobar que no se volvían hacia él aunque parecían estar vigilando y siguiendo alguna cosa invisible que se movía. Durante un momento quedó perplejo, hasta que se le ocurrió que esa criatura estaba observando con sus enormes ojos algo que sucedía en el mundo que acababa de dejar. Se acercó más y más, pero estaba demasiado sorprendido como para gritar. Cuando estuvo a su lado, emitió un débil y desagradable ruido. A continuación le dio una palmadita en la cara —su tacto era muy frío— y pasó de largo ascendiendo hacia la cumbre de la colina.

Por la mente de Plattner cruzó la extraordinaria convicción de que esa cabeza tenía una enorme similitud con Lidgett. A continuación centró su atención en otras cabezas que se amontonaban ahora en la ladera Ninguna de ellas hizo el menor signo de reconocimiento. Una o dos se acercaron a su cabeza y casi siguieron el ejemplo de la primera, pero él se apartó con violencia. En la mayoría de ellas observó la misma expresión de vano pesar que había visto en la primera y oyó los mismos débiles sonidos de abatimiento. Una o dos lloraban y otra que ascendía suavemente por la colina mostraba una expresión de furia diabólica. Las había frías y algunas mostraban en sus ojos una expresión de complaciente interés. Una al menos se hallaba casi en el éxtasis de la felicidad. Plattner no recuerda si percibió algún otro parecido en las que vio entonces.

Durante varias horas quizá, Plattner observó cosas extrañas que se dispersaban por las colinas y hasta mucho después de que hubieran dejado de salir de los negros edificios del cañón, no reanudó el descenso. La oscuridad que había sobre él aumentó tanto que le resultaba difícil caminar. Por encima de su cabeza el cielo era todavía de un verde pálido brillante. No sentía hambre ni sed. Más tarde, cuando la sintió, encontró un frío riachuelo que bajaba por el valle, y cuando por desesperación hubo de probar el musgo que crecía en las rocas, descubrió que era comestible.

Caminó a tientas entre las tumbas del valle buscando vagamente algún sentido a aquellas cosas inexplicables. Después de largo tiempo llegó a la entrada del gran edificio, parecido a un mausoleo, del que habían salido las cabezas. Encontró en él un grupo de luces verdes brillando sobre una especie de altar de basalto y una cuerda de campana colgando de lo alto de un campanario situado en el centro del lugar. Alrededor de la pared había una inscripción de fuego en unos caracteres que le eran desconocidos. Mientras se preguntaba por el significado de aquellas cosas, oyó unas fuertes pisadas que se alejaban por la calle y provocaban eco. Volvió a salir a la oscuridad, pero no vio nada. Estuvo a punto de tirar de la cuerda de la campana, pero al final decidió seguir los pasos. Aunque corrió, no logró alcanzarlos y sus gritos no sirvieron de nada. El valle parecía extenderse a lo largo de una distancia interminable. Era tan oscuro como una noche de estrellas en la Tierra, mientras que el fantasmagórico día verde brillaba en el borde superior del precipicio. Allí abajo no había ninguna cabeza. Al parecer todas se encontraban ocupadas en lo alto de la ladera Mirando hacia arriba las vio arrastrándose de un lado a otro, suspendidas algunas, inmóviles, y desplazándose otras velozmente por el aire. Declaró que le recordaban «grandes copos de nieve», sólo que eran negras y verde pálido.

Plattner afirma que pasó buena parte de los siete u ocho días persiguiendo las pisadas firmes y constantes a las que nunca lograba dar alcance, avanzando a tientas hacia nuevas regiones de esa infinita y endiablada zanja, trepando y descendiendo por las despiadadas alturas, vagando por las cumbres y observando los rostros que se arrastraban. Dice que no llevó la cuenta. Aunque una o dos veces encontró ojos que te miraban, no cruzó ni una palabra con ningún alma viviente. Durmió entre las rocas de la ladera. En el valle las cosas terrestres eran invisibles porque, desde el punto de vista de la Tierra estaba por debajo del suelo. En las alturas, en cuanto comenzaba el día terrestre el mundo se te hacía visible. Varias veces se encontró dando traspiés sobre las oscuras rocas verdes o deteniéndose al borde de un precipicio, mientras que encima de él se agitaban las verdes ramas de las veredas de Sussexville; otras veces le parecía estar caminando por las calles de Sussexville u observando sin ser visto en el interior de las casas. Fue entonces cuando descubrió que a cada uno de los seres humanos de nuestro mundo le pertenecía una de esas cabezas que se arrastraban, que a todos los habitantes de este mundo les vigila sin pausa uno de esos desamparados seres sin cuerpo.

Plattner nunca supo qué eran. ¿Vigilantes de los Vivos? Pero dos que encontró y que le siguieron se parecían al recuerdo que guardaba de su padre y de su madre cuando era niño. De vez en cuando otros rostros dirigían sus ojos hacia él: ojos como los de las personas ya muertas que le habían influido, dañado o ayudado en su juventud o ya de adulto. Cada vez que le miraban, Plattner se sentía invadido por un extraño sentido de la responsabilidad Se aventuró a hablar con su madre, pero ella no le respondió. Miraba con tristeza fijamente y con ternura y le pareció también que con cierto tono acusador en los ojos. Simplemente cuenta esta historia, no intenta explicarla No nos queda más que hacer conjeturas sobre quiénes son estos Vigilantes de los Vivos, o, si son efectivamente la Muerte, por qué miran con tanta intensidad un mundo que han abandonado para siempre. Puede ser, me parece a mí, que cuando se ha cerrado nuestra vida cuando el bien y él mal han dejado de ser una elección, todavía debemos ser testigos de las secuelas que hemos dejado. Si las almas humanas continúan existiendo después de la muerte, los intereses humanos seguramente también persisten. Pero esto no es más que una suposición para interpretar las cosas vistas. Plattner no brinda ninguna interpretación, pues no se le dio ninguna Conviene que el lector comprenda esto con claridad. Día tras día, con la cabeza dándole vueltas, vagó por el mundo verdoso exterior a nuestro mundo, cansado, y al final, débil y hambriento. De día, es decir, durante el día terrestre, la visión fantasmagórica del conocido escenario de Sussexville le molestaba y preocupaba. No podía ver dónde ponía los pies y de vez en cuando, con un frío tacto, una de esas Almas Vigilantes chocaba contra su rostro. Tras la oscuridad, la multitud de esos Vigilantes encima de él y su atenta angustia llevaban a su mente a una confusión indescriptible. Un gran anhelo de regresar a la vida terrestre, tan próxima y sin embargo tan remota, le consumía. Lo sobrenatural de todo cuanto le rodeaba le producía una angustia mental dolorosa. Estaba preocupado por su propio séquito. Les gritaría para que desistieran de mirarle, les reprendería y lograría que se alejaran. Siempre permanecían mudos y absortos. Corriendo como podían sobre el suelo irregular, seguían su destino.

El noveno día por la tarde, Plattner oyó los pasos invisibles que se aproximaban por el valle. En ese momento vagaba por la amplia cima de la misma colina a la que cayó al entrar a este extraño Otro Mundo. Se dio la vuelta para apresurarse hacia el valle, encontró pronto el camino y se detuvo al ver lo que sucedía en una habitación, en una calle posterior cercana a la escuela Conocía de vista a las dos personas que había en su interior. Las ventanas estaban abiertas, las persianas subidas y el sol crepuscular entraba con claridad de modo que al principio aparecieron como figuras brillantes y alargadas proyectándose como las imágenes de una linterna mágica sobre el. paisaje negro y el pálido verde del amanecer. Además de la luz del Sol, acababan de encender una vela en la habitación.

En la cama yacía un hombre muy delgado con el cadavérico rostro pálido sobre la revuelta almohada Sus manos apretadas se elevaban por encima de su cabeza. Sobre una pequeña mesa al lado de la cama había unos pocos frascos de medicinas, algo de pan tostado, agua y un vaso vacío. De vez en cuando los labios del hombre delgado se separaban para esbozar una palabra que no podía articular. Pero la mujer no se daba cuenta de que quería algo, puesto que estaba ocupada revolviendo papeles en un viejo escritorio, en la esquina opuesta de la estancia Al principio la imagen era de gran intensidad pero cuando el verde amanecer, a su espalda, se hizo más intenso, tomóse cada vez más débil y transparente.

Al irse acercando los pasos, con eco, esas pisadas que tan fuerte resonaban en el Otro Mundo y tan silenciosas en éste, Plattner percibió sobre él una multitud de pálidos rostros que se agrupaban en la oscuridad y vigilaban a las dos personas de la habitación Nunca antes había visto a tantos Vigilantes de los Vivos. Una multitud ponía sus ojos únicamente sobre el enfermo, y otra, con infinita angustia, vigilaba a la mujer que con ávidos ojos buscaba algo que no podía encontrar. Se agolparon alrededor de Plattner, se cruzaron delante de su mirada y le golpearon el rostro, envolviéndole con el ruido de sus inútiles lamentos. Sólo de vez en cuando lograba ver con claridad Otras veces las imágenes se estremecían oscuramente a través del velo de reflejos verdes de sus movimientos. En la habitación debía reinar un gran silencio y dice Plattner que la llama de la vela se prolongaba en una línea de humo perfectamente vertical, aunque en sus oídos cada paso y su eco resonaban como un trueno. ¡Y los rostros! Dos, en particular, cerca de la mujer uno también de mujer, blanco y de rasgos claros, un rostro que pudo haber sido frío y duro pero que ahora se hallaba suavizado por una pincelada de sabiduría extraña a la Tierra. El otro podía ser el padre de la mujer. Ambos estaban evidentemente absortos en la contemplación de un acto de odiosa mezquindad que al parecer no podían evitar ni prevenir. Detrás había otros, maestros que pudieron enseñar mal, amigos cuya influencia no logró resultado alguno. Y sobre el hombre también una multitud pero ninguno que pareciera ser padre o maestro. Facciones que pudieron ser toscas, depuradas ahora por el pesar. Y delante de todas la cara de una muchacha ni temerosa ni arrepentida, sino simplemente paciente y fatigada y, según le pareció a Plattner, esperando alivio. Su capacidad de descripción no logra recordar la multitud de horribles semblantes. Se agruparon al sonido de la campana Los vio a todos por espacio de un segundo. Al parecer, con la excitación, sus inquietos dedos sacaron del bolsillo la botella de polvos verdes, sosteniéndola delante de él. Pero no lo recuerda.

De pronto cesaron los pasos, esperó el siguiente y se produjo un silencio; y entonces, de manera súbita, cortando la inesperada calma como una hoja afilada, se produjo el primer tañido de la campana Se agitaron los miles de rostros y sobre ellos se elevó un grito cada vez más intenso. La mujer no lo oía; estaba quemando algo en la llama de la vela Al segundo tañido todo se volvió más confuso y un hálito de viento helado sopló a través de la multitud de Vigilantes. Se arremolinaron a su alrededor como un torbellino de hojas muertas en primavera, y al tercer tañido algo se extendió a través de ellos hacia la cama Ya sabrán lo que es un haz de luz; aquello era como una haz de oscuridad y mirándolo de nuevo Plattner vio que se trataba de la sombra de un brazo y de una mano.

El sol verde tocaba ahora las negras desolaciones del horizonte y la visión de la habitación era muy débil Plattner pudo ver que el blanco de la cama se retorcía convulsivamente y que la mujer miraba por encima del hombro, asustada.

La multitud de Vigilantes se elevó como una ráfaga de polvo tras el viento y se deslizó rápidamente hacia el fondo del valle. Plattner comprendió entonces, de pronto, el significado del brazo negro, que se extendía por su hombro y agarraba su presa. No as atrevió a girar la cabeza para ver la Sombra que había detrás del brazo. Con un esfuerzo violento, y tapándose los ojos, comenzó a correr, dio unos veinte pasos, resbaló sobre una roca y cayó. Cayó sobre sus manos y la botella chocó y explotó al tocar el suelo.

Instantes después se encontró, aturdido y sangrando, cara a cara con Lidgett en el viejo jardín vallado de detrás de la escuela.

 

Aquí acaba la historia de las experiencias de Plattner. He resistido, y creo que con éxito, la tendencia natural de los escritores de ficción a adornar los incidentes de este tipo. He relatado las cosas, dentro de lo posible, en el orden en que Plattner me las confió. He evitado con cuidado cualquier intento de estilo, efecto o construcción. Por ejemplo, hubiera sido fácil elaborar la escena de la cama mortuoria en forma de una conjura en la que Plattner podía haber estado implicado. Pero aparte de lo censurable de falsear una historia verdadera tan extraordinaria, un truco de ese tipo hubiera echado a perder, creo yo, el efecto peculiar de ese mundo oscuro con su lívida iluminación verde y sus Vigilantes de los Vivos vagando que, invisibles e incapaces de aproximarse, nos rodea a todos nosotros.

Queda por añadir que efectivamente se produjo una muerte en Vincent Terrace, justo detrás del jardín de la escuela, y, como puede demostrarse, en el momento del regreso de Plattner. El fallecido fue un agente de seguros y recaudador de impuestos. Su viuda, mucho más joven que él, se casó el mes pasado con un tal señor Whymper, cirujano veterinario de Allbeeding. Puesto que una parte de esta historia que hemos relatado ha circulado oralmente en varias versiones en Sussexville, ella me ha autorizado a utilizar su nombre con la condición de que indique expresamente que contradice todos los detalles del relato de Plattner acerca de los últimos movimientos de su marido. Afirma que no quemó ningún testamento, aunque Plattner no la acusó nunca de hacerlo: su marido redactó un único testamento, precisamente tras su matrimonio. Es evidente que, para proceder de un hombre que nunca ha estado en ella, el relato de Plattner acerca de los muebles de la habitación resulta curiosamente preciso.

Hay otro punto sobre el que debo insistir, aun a riesgo de fastidiosas repeticiones, para no favorecer supersticiones crédulas. Está probado que la ausencia de Plattner del mundo fue de nueve días. Pero esto no prueba su historia Es concebible que incluso en el espacio exterior sean posibles las alucinaciones. El lector debe tener al menos esto en cuenta.

 

 

 

EL SEÑOR DE LAS DINAMOS

 

 

El principal servidor de las tres Dínamos que zumbaban y traqueteaban en Camberwell y que hacían funcionar el tendido eléctrico del ferrocarril procedía de Yorkshire y se llamaba James Holroyd. Era un buen electricista aunque aficionado al whisky, un bruto, pesado y pelirrojo con dientes irregulares. Dudaba de la existencia de Dios pero aceptaba el ciclo de Carnot y había leído a Shakespeare, al que encontraba flojo en química Su ayudante procedía del misterioso Oriente, su nombre era Azuma-zi. Holroyd, sin embargo, le llamaba Pooh-bah. Le gustaba tener un ayudante negro, pues podía aguantar los puntapiés —hábito de Holroyd— y no fisgoneaba en la maquinaria ni intentaba conocer su funcionamiento. Holroyd nunca llegó a darse cuenta del todo de que ciertas raras posibilidades de la mente del negro se pondrían en abrupto contacto con la cumbre de nuestra civilización, si bien al final tuvo ciertos indicios de ello.

Definir a Azuma-zi está fuera del alcance de la etnología. Era tal vez más negroide que otra cosa, si bien su pelo era ensortijado más que rizado y su nariz tenía un puente. Además, su piel era marrón más que negra y el blanco de sus ojos era amarillo. Sus anchos pómulos y la barbilla estrecha daban a su rostro un aspecto viperino. Su cabeza, ancha también por detrás y baja y estrecha por la frente, como si su cerebro hubiese evolucionado en el sentido contrario al de los blancos. Era de pequeña estatura, más bajo incluso que los ingleses. Durante la conversación profería numerosos sonidos raros de significado desconocido y sus palabras, infrecuentes, eran rebuscadas y retorcidas como escudos nobiliarios Holroyd intentaba elucidar sus creencias religiosas y —especialmente después del whisky— le sermoneaba en contra de la superstición y de los misioneros. Sin embargo, y aunque se le golpease por ello, Azuma-zi esquivaba discutir de sus dioses.

Azuma-zi había llegado a Londres, mal vestido de blanco, desde el cuarto de máquinas del Lord Clive, desde los Straits Settlements o de más lejos aún. Desde joven que había oído de la grandeza y la riqueza de Londres, donde las mujeres eran blancas y hermosas y donde incluso los mendigos de las calles eran todos blancos; y había llegado, con monedas de oro recién ganadas en sus bolsillos, a adorar en el santuario de la civilización. El día en que desembarcó era sombrío; el cielo estaba oscuro y el viento y una llovizna molestos penetraban en las calles grises. Él, sin embargo, se precipitó audazmente en los placeres de Shadwell y fue echado, destrozada su salud, civilizado en cuanto a su vestimenta, empobrecido y, salvo para las necesidades más primarias, se había vuelto tan estúpido como para trabajar para James Holroyd y ser utilizado por él para realizar trabajos rutinarios en la nave de Dínamos de Camberwell. Y para James Holroyd tiranizar era una tarea muy grata.

En Camberwell había tres Dínamos con sus motores. Las dos que estaban allí desde el principio eran máquinas pequeñas; la mayor era también la más nueva. Las máquinas pequeñas hadan un ruido razonable; sus correas zumbaban sobre los tambores, de vez en cuando las escobillas estallaban y silbaban, y el aire se agitaba continuamente, ¡un!, ¡un!, ¡uh!, entre sus polos. Una llevaba los cimientos sueltos y hacía vibrar la nave. Pero la Dínamo grande ahogaba todos estos pequeños ruidos con el resonar continuo de su corazón de hierro que de algún modo formaba parte de la zumbante carpintería de hierro. El lugar invitaba a que la cabeza de los visitantes diese vueltas con el trop, trop, trop, de los motores, la rotación de las grandes ruedas, el giro de las válvulas esféricas, las salpicaduras ocasionales del vapor y, sobre todo, el sonido profundo, incesante y agitado de la Dínamo grande. Este sonido constituía, desde el punto de vista técnico, un defecto, pero Azuma-zi lo consideraba parte del poder y el orgullo del monstruo.

Si fuese posible, desearíamos tener los sonidos de esta nave siempre sobre el lector durante su lectura, nos agradarla narrar toda esta historia con un acompañamiento semejante. Era una comente constante de estruendo en la que el oído extraía primero una hebra y luego otra; el intermitente bufido, jadeo y furia de los motores de vapor, la succión y el golpeteo de sus pistones, el triste sonido en el aire al pasar los radios de las grandes ruedas que giraban, una nota que las correas de cuero daban cuando corrían más prietas o más sueltas y un inquieto tumulto de las Dínamos; y sobre todo, a veces inaudible como si la oreja se hubiera ya cansado de él, pero progresando de nuevo por encima de los sentidos, el sonido de trombón de la máquina grande. El suelo no se sentía nunca firme y silencioso debajo de los pies, sino tembloroso y vibrante Era un lugar desconcertante e inestable y suficiente para sacudir el pensamiento de cualquiera hacia un raro zigzag. Durante tres meses, mientras avanzaba la gran huelga de los mecánicos, Holroyd, convertido en esquirol, y Azuma-zi, que era un simple negro, no salieron nunca de su cárcel y remolino, aunque dormían y comían en la pequeña choza de madera situada entre el cobertizo y las puertas.

Holroyd pronunciaba un discurso teológico sobre el texto de su gran máquina tan pronto como Azuma-zi venía. Tenía que gritar para que se le escuchara en medio de todo aquel estruendo.

—Mira esto —decía Holroyd—; ¿dónde está tu ídolo para compararlo?

Azuma-zi miraba. Por un instante no se oía a Holroyd, pero en seguida Azuma-zi volvía a oír:

—Mata a un centenar de hombres. Un doce por ciento —decía Holroyd—, y esto es algo parecido a un Gord.

Holroyd se sentía orgulloso de su gran Dínamo, y se deshacía en alabanzas sobre su tamaño y poder ante Azuma-zi; sólo el cielo sabe qué raras ideas le rondaban y qué bullía en el interior de aquella ensortijada cabeza negra. Quería explicar de la forma más gráfica posible la docena, o casi, de maneras en que podía matar a un hombre, y en cierta ocasión dio un susto a Azuma-zi como muestra de su talento. Después de esto, en los intermedios de su trabajo —era una tarea pesada, no sólo era la suya propia, sino también en gran parte la de Holroyd— Azuma-zi se sentaba a contemplar la gran máquina. De vez en cuando las escobillas chisporroteaban y lanzaban destellos azules, que hacían blasfemar a Holroyd, pero todo lo demás era tan suave y rítmico como la respiración. La correa se deslizaba rechinando sobre el eje y por detrás del que vigilaba se oía el ruido sordo del pistón. Así transcurría todo el día en la enorme nave, con él y con Holroyd; no prisionera o esclavizada para impulsar a un barco como estaban otras máquinas que él conocía, meros diablos cautivos del Salomón británico. A esas dos Dínamos mas pequeñas Azuma-zi las despreciaba por la fuerza del contraste; a la más grande la había bautizado privadamente como el Señor de las Dínamos. Aquéllas eran displicentes e irregulares, pero la gran Dínamo era constante. ¡Qué grande era! ¡Con qué serenidad y facilidad funcionaba! Más grande y tranquila incluso que el Buda que vio en Rangún, y sin embargo no inmóvil sino viviente. Las grandes bobinas negras giraban, giraban, giraban, los anillos iban por debajo de las escobillas y la nota profunda de su bobina estabilizaba el conjunto. Todo esto afectaba a Azuma-zi de una forma harto extraña.

Azuma-zi no era aficionado al trabajo. Se sentaba y miraba al Señor de las Dínamos mientras Holroyd salía a convencer al portero para que fuera a por whisky, aunque su lugar no estaba en la nave de las Dínamos sino detrás de las máquinas; además, si Holroyd le encontraba escondido le golpeaba con una gruesa vara de cobre. Iba y se quedaba de pie cerca del coloso, mirando la gran correa de cuero que pasaba por encima de su cabeza. Había un parche negro en la correa y entre todo aquel ruido le gustaba mirar cómo pasaba una y otra vez. Extrañas ideas le bullían a su paso. Los científicos nos dicen que los salvajes atribuyen alma a las rocas y a los árboles, y una máquina tiene mil veces más vida que una roca o un árbol Y Azuma-zi era prácticamente un salvaje; el barniz de civilización no era mas grueso que su ropa, sus cardenales o el tizne de carbón que cubría su rostro y sus manos. Su padre, antes que él, había adorado a un meteorito; puede ser qué sangre afín haya salpicado las anchas ruedas de Juggernaut. Aprovechaba todas las oportunidades que Holroyd le daba para tocar y manejar la gran Dínamo que le fascinaba. La limpiaba y pulía hasta que las partes metálicas relucían al sol. Experimentaba un misterioso sentido de servicio al hacerlo. Los dioses que él había adorado estaban lejos y los habitantes de Londres ocultaban a sus dioses.

Poco a poco, sus tenues sentimientos se fueron haciendo mas claros y tomaron forma de ideas, y al final de actos. Al entrar una mañana en la bulliciosa nave, hizo una reverencia al Señor de las Dínamos y mas tarde, cuando Holroyd se hubo ido, se dirigió a la máquina atronadora y le susurró que él era su sirviente, rogándole que tuviera piedad de él y le salvara de Holroyd Al hacerlo, un extraño destello de luz penetró a través del arco abierto de la nave, y el Señor de las Dínamos, girando y tronando, quedó radiante bañado en oro pálido, Azuma-zi supo entonces que su Señor aceptaba su servicio. Después de eso ya no se sintió tan abandonado, porque, en efecto, se sentía muy solo en Londres. Incluso una vez terminada su jornada laboral se quedaba, lo que era raro, ganduleando por la nave.

La siguiente vez que Holroyd le maltrató, Azuma-zi se acercó al Señor de las Dínamos y le susurró:

—¡Mira, oh mi Señor! —y el zumbido amenazador de la maquinaria pareció contestarle. Después, cada vez que Holroyd entraba en la nave le parecía oír una nota diferente mezclada con el sonido de la Dínamo.

—Mi Señor espera la hora propicia —se dijo Azuma-zi a sí mismo—. La iniquidad del imbécil no está todavía en su punto.

Y esperaba y vigilaba el momento decisivo. Una tarde se produjo un cortocircuito y Holroyd. al examinarlo sin excesivo cuidado, recibió una gran descarga Azuma-zi, desde detrás de la máquina, le vio saltar y maldecir la bobina.

—Está avisado —se dijo Azuma-zi para sí—. Por supuesto, mi Señor es muy paciente.

Al principio Holroyd había iniciado a su «negro» en los conceptos elementales del funcionamiento de la Dínamo para que le permitieran hacerse cargo temporalmente de la nave en su ausencia. Pero cuando observó la manera en que Azuma-zi rondaba el monstruo se volvió receloso. Aunque de forma vaga, percibía que su ayudante «tramaba algo» y, relacionándolo con el engrasado de las bobinas que había estropeado en algunos sitios el barniz, gritó:

—No te vuelvas a acercar nunca más por la noche a la Dínamo, fuera, o te arranco la piel.

Además, si a Azuma-zi le gustaba estar cerca de la gran máquina era de sentido común y decencia alejarle de ella. Azuma-zi obedeció aquella vez, pero más tarde le encontró haciendo reverencias delante del Señor de las Dínamos. Holroyd le retorció un brazo y le propinó un puntapié al irse. Cuando Azuma-zi se-encontraba detrás de la máquina y vela la espalda del odiado Holroyd, los ruidos de la máquina adquirían un nuevo ritmo y sonaban como cuatro palabras de su lengua nativa.

Es difícil decir exactamente qué es la locura. Me imagino que Azuma-zi estaba loco. El incesante estruendo y girar de las Dínamos puede haber agitado su escaso bagaje de conocimientos y su gran reserva de creencias supersticiosas, convirtiéndolo al menos en algo parecido a un delirio. En cualquier caso, cuando se le ocurrió la idea de sacrificar a Holroyd al Fetiche de la Dínamo, le invadió como un extraño tumulto exultante de emoción. Aquella noche, los dos hombres y sus negras sombras se encontraban solos en la nave, iluminada por una enorme luz de arco que parpadeaba con colores púrpuras. Las sombras se proyectaban detrás de las Dínamos, los reguladores esféricos de las máquinas iban y venían con rapidez de la luz a la oscuridad y sus pistones batían ruidosa y uniformemente. El mundo exterior, contemplado a través del extremo abierto de la nave, parecía increíblemente tenue y remoto. Además, parecía absolutamente silencioso, pues el tumulto de la maquinaria ahogaba cualquier sonido externo. A lo lejos se encontraba la valla negra del patio, con casas grises y sombreadas detrás, y arriba el cielo azul oscuro con un par de pequeñas y débiles estrellas. De repente, Azuma-zi se dirigió al centro de la nave por encima del cual pasaban las correas de cuero, y se detuvo debajo de la sombra de la gran Dínamo. Holroyd escuchó un clic y el giro del inducido cambió.

—¿Qué haces con ese interruptor? —bramó sorprendido—. No te he dicho…

Vio entonces la expresión de los ojos de Azuma-zi cuando el asiático, saliendo de las sombras, se dirigía hacia él. Instantes después los dos hombres luchaban agarrados con fuerza el uno al otro frente a la gran Dínamo.

—¡Imbécil; cabeza de café! —gritó con voz entrecortada Holroyd, con una mano oscura en su garganta—. Aléjate de esos anillos de contacto.

Un empujón le hizo dar un traspiés hacia atrás, sobre el Señor de las Dínamos. Instintivamente, soltó a su presa para salvarse de la máquina.

El mensajero, enviado urgentemente desde la estación para averiguar qué había sucedido en la nave de la Dínamo, encontró a Azuma-zi en la puerta de la caseta del portero. Azuma-zi intentaba explicar algo, pero el mensajero no pudo entender nada del incoherente inglés del negro y se dirigió a la nave. Las máquinas funcionaban ruidosamente y no parecía que sucediera nada anormal. Sin embargo, se percibía un extraño olor a cabellos chamuscados. A continuación, vio una extraña masa retorcida que colgaba de la parte anterior de la gran Dínamo y, al aproximarse, reconoció los restos deformes de Holroyd.

El hombre se quedó mirando, titubeando por un momento. Después reconoció el rostro y cerró los ojos con fuerza Giró sobre sus talones antes de abrirlos de nuevo de modo que no pudiera volver a ver a Holroyd y salió de la nave en busca de ayuda.

Cuando Azuma-zi vio a Holroyd muerto en el asidero de la Gran Dínamo, apenas se sobresaltó por las consecuencias de su acto. Incluso se sentía extrañamente alegre, y sabía que contaba con la aprobación del Señor de las Dínamos. Ya había fijado el plan cuando encontró al individuo que venía de la estación, y el director científico que llegó rápidamente al escenario sacó la conclusión obvia de un suicidio. El experto apenas si se fijó en Azuma-zi, salvo para interrogarle acerca de unas pocas cuestiones. ¿Se había matado Holroyd a sí mismo? Azuma-zi explicó que no lo había visto, al encontrarse en la chimenea, hasta que escuchó una diferencia en el ruido de la Dínamo. No era difícil de comprobar y quedó fuera de sospecha.

Mientras los restos deformados de Holroyd, que el electricista retiró de la máquina, fueron cubiertos por el portero con un mantel manchado de café, alguien tuvo la feliz inspiración de llamar a un médico. El experto estaba ansioso por que la máquina volviera a funcionar, pues siete u ocho trenes hablan quedado detenidos en mitad de los túneles mal ventilados del ferrocarril eléctrico. Azuma-zi, respondiendo o entendiendo mal las preguntas de la gente que había acudido por imprudencia o enviados por las autoridades a la nave, fue enviado de nuevo al cebador por el director científico. Por supuesto, al otro lado de las puertas del patio se había reunido una multitud —una multitud, por una razón que se desconoce, siempre permanece durante uno o dos días cerca de la escena de una muerte repentina en Londres—. Dos o tres periodistas lograron entrar de alguna manera en la nave e incluso uno de ellos se puso en contacto con Azuma-zi; pero el experto científico le expulsó de nuevo al tratarse del mismo periodista aficionado.

Se llevaron el cuerpo y el público, interesado, se fue con él. Azuma-zi permaneció tranquilamente en su homo viendo en el carbón una figura que se retorcía violentamente hasta quedar quieta. Una hora después del crimen, a cualquiera que entrara en la nave las cosas le parecerían exactamente igual a como si allí no hubiera sucedido nada notable. Asomándose desde la sala de máquinas, el negro vela al Señor de las Dínamos girando al lado de sus hermanos menores, las ruedas motrices giraban y el vapor de los pistones resonaba exactamente igual que por la tarde. Después de todo, desde el punto de vista mecánico, había sido un incidente insignificante, la mera desviación temporal de una comente. Pero ahora, la forma más delgada y la sombra también más delgada del director científico sustituía la robusta silueta de Holroyd, yendo de un lado a otro por el campo de luz. sobre el suelo que temblaba bajo las correas situadas entre las máquinas y las Dínamos.

—¿No he servido a mi Señor? —murmuró Azuma-zi inaudible desde su sombra, y la nota de la gran Dínamo resonó fuerte y clara Al mirar al gran mecanismo giratorio su extraña fascinación, que desde la muerte de Holroyd había disminuido un poco, reapareció.

Azuma-zi no había visto nunca matar a un hombre con tanta rapidez y de manera tan despiadada. La gran máquina zumbante había ejecutado a su víctima sin flaquear ni un segundo en su constante batido. En efecto, era un dios poderoso.

El inconsciente director científico le daba la espalda, mientras tomaba notas sobre un trozo de papel. Su sombra quedaba a los pies del monstruo.

¿Tenía todavía hambre el Señor de las Dínamos? Su sirviente estaba preparado.

Azuma-zi dio un paso sigiloso hacia delante y se detuvo. El director científico había, de repente, dejado de escribir, avanzó a lo largo de la nave hacia el extremo de las Dínamos y comenzó a examinar las escobillas.

Azuma-zi vaciló, pero de inmediato se deslizó sin hacer ruido hacia la sombra de los interruptores. Allí esperó. Podían escucharse los pasos del director que volvía. Se paró en su antigua posición sin percibir al fogonero acurrucado a diez pasos de él. De repente se apagó la gran Dínamo y un instante después Azuma-zi se abalanzaba sobre él desde la oscuridad.

El director científico había sido agarrado por el cuerpo y empujado hacia la gran Dínamo. Golpeando con sus rodillas y empujando hacia abajo con las manos la cabeza de su contrincante, logró soltar la presa de su cintura y cayó rodando lejos de la máquina El negro volvió a cogerle, colocando su ensortijada cabeza contra su pecho, y se tambalearon y jadearon durante lo que parecía una eternidad. El director científico, viéndose obligado a coger una oreja del negro entre sus dientes, mordió con furia. El negro profirió un horrible alarido.

Rodaron por el suelo y el negro, que aparentemente se había librado de la presa de los dientes, o sin media oreja —el director científico no sabía lo que era—, trataba de estrangularle. Cuando el director científico realizaba inútiles esfuerzos por coger algo con las manos y golpear, el grato sonido de unos rápidos pasos resonó en el suelo. Un instante después Azuma-zi se dirigía a su izquierda y se lanzaba contra la Gran Dínamo. Se produjo un chisporroteo en medio del ruido.

El guardia de la empresa, que había entrado, se quedó de pie mirando cómo Azuma-zi tomaba -en sus manos los bornes desnudos, hacía una horrible convulsión y quedaba colgado, inmóvil, de la máquina, con el rostro violentamente desfigurado.

—Estoy realmente contento de que haya llegado en el momento justo —exclamó el director científico, sentado todavía en el suelo. Miró la figura que aún se estremecía.

—Al parecer no es una forma agradable de morir, pero es rápida.

El guardia seguía contemplando el cuerpo. Era un hombre de comprensión lenta.

Se produjo una pausa.

El director científico se levantó con dificultad. Pasó sus dedos por el cuello de la camisa y movió varias veces la cabeza de un lado a otro.

—Pobre Holroyd. Ahora lo veo. —Después, casi de forma mecánica, se dirigió hacia los interruptores que había en la sombra y volvió a dar corriente a los circuitos del ferrocarril. Al hacerlo, el cuerpo chamuscado se soltó de la máquina y cayó de bruces. El núcleo de la Dínamo resonaba fuerte y claro y el inducido golpeaba el aire.

Así finalizó prematuramente el culto de la Deidad de la Dínamo, quizá la más efímera de todas las religiones. Sin embargo, puede jactarse al menos de un mártir y un sacrificio humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BACILO ROBADO

 

 

-Esta, también, es otra preparación del famoso bacilo del cólera -explicó el bacteriólogo colocando el portaobjetos en el microscopio.

 

El hombre de rostro pálido miró por el microscopio. Evidentemente no estaba acostumbrado a hacerlo, y con una mano blanca y débil tapaba el ojo libre.

 

-Veo muy poco -observó.

 

Ajuste este tornillo -indicó el bacteriólogo-, quizás el microscopio esté desenfocado para usted. Los ojos varían tanto… Sólo una fracción de vuelta para este lado o para el otro.

 

-¡Ah! Ya veo -dijo el visitante-. No hay tanto que ver después de todo. Pequeñas rayas y fragmentos rosa. De todas formas, ¡esas diminutas partículas, esos meros corpúsculos, podrían multiplicarse y devastar una ciudad! ¡Es maravilloso!

 

Se levantó, y, retirando la preparación del microscopio, la sujetó en dirección a la ventana.

 

-Apenas visible -comentó mientras observaba minuciosamente la preparación. Dudó.

 

-¿Están vivos? ¿Son peligrosos?

 

-Los han matado y teñido -aseguró el bacteriólogo-. Por mi parte me gustaría que pudiéramos matar y teñir a todos los del universo.

 

-Me imagino -observó el hombre pálido sonriendo levemente- que usted no estará especialmente interesado en tener aquí a su alrededor microbios semejantes en vivo, en estado activo.

 

-Al contrario, estamos obligados a tenerlos -declaró el bacteriólogo-. Aquí, por ejemplo.

 

Cruzó la habitación y cogió un tubo entre unos cuantos que estaban sellados.

 

-Aquí está el microbio vivo. Éste es un cultivo de las auténticas bacterias de la enfermedad vivas -dudó-. Cólera embotellado, por decirlo así.

 

Un destello de satisfacción iluminó momentáneamente el rostro del hombre pálido.

 

-¡Vaya una sustancia mortal para tener en las manos! -exclamó devorando el tubito con los ojos.

 

El bacteriólogo observó el placer morboso en la expresión de su visitante. Este hombre que había venido a verle esa tarde con una nota de presentación de un viejo amigo le interesaba por el mismísimo contraste de su manera de ser. El pelo negro, largo y lacio; los ojos grises y profundos; el aspecto macilento y el aire nervioso; el vacilante pero genuino interés de su visitante constituían un novedoso cambio frente a las flemáticas deliberaciones de los científicos corrientes con los que se relacionaba principalmente el bacteriólogo. Quizás era natural que, con un oyente evidentemente tan impresionable respecto de la naturaleza letal de su materia, él abordara el lado más efectivo del tema.

 

Continuó con el tubo en la mano pensativamente:

 

-Sí, aquí está la peste aprisionada. Basta con romper un tubo tan pequeño como éste en un abastecimiento de agua potable y decir a estas partículas de vida tan diminutas que no se pueden oler ni gustar, e incluso para verlas hay que teñirlas y examinarlas con la mayor potencia del microscopio: Adelante, creced y multiplicaos y llenad las cisternas; y la muerte, una muerte misteriosa, sin rastro, rápida, terrible, llena de dolor y de oprobio se precipitaría sobre la ciudad buscando sus víctimas de un lado para otro. Aquí apartaría al marido de su esposa y al hijo de la madre, allá al gobernante de sus deberes y al trabajador de sus quehaceres. Correría por las principales cañerías, deslizándose por las calles y escogiendo acá y allá para su castigo las casas en las que no hervían el agua. Se arrastraría hasta los pozos de los fabricantes de agua mineral, llegaría, bien lavada, a las ensaladas, y yacería dormida en los cubitos de hielo. Estaría esperando dispuesta para que la bebieran los animales en los abrevaderos y los niños imprudentes en las fuentes públicas. Se sumergiría bajo tierra para reaparecer inesperadamente en los manantiales y pozos de mil lugares. Una vez puesto en el abastecimiento de agua, y antes de que pudiéramos reducirlo y cogerlo de nuevo, el bacilo habría diezmado la ciudad.

 

Se detuvo bruscamente. Ya le habían dicho que la retórica era su debilidad.

 

-Pero aquí está completamente seguro, ¿sabe usted?, completamente seguro.

 

El hombre de rostro pálido movió la cabeza afirmativamente. Le brillaron los ojos. Se aclaró la garganta.

 

-Estos anarquistas, los muy granujas -opinó-, son imbéciles, totalmente imbéciles. Utilizar bombas cuando se pueden conseguir cosas como ésta. Vamos, me parece a mí.

 

Se oyó en la puerta un golpe suave, un ligerísimo toque con las uñas. El bacteriólogo la abrió.

 

-Un minuto, cariño -susurró su mujer.

 

Cuando volvió a entrar en el laboratorio, su visitante estaba mirando el reloj.

 

-No tenía ni idea de que le he hecho perder una hora de su tiempo -se excusó-. Son las cuatro menos veinte. Debería haber salido de aquí a las tres y media. Pero sus explicaciones eran realmente interesantísimas. No, ciertamente no puedo quedarme un minuto más. Tengo una cita a las cuatro.

 

Salió de la habitación dando de nuevo las gracias. El bacteriólogo le acompañó hasta la puerta y luego, pensativo, regresó por el corredor hasta el laboratorio. Reflexionaba sobre la raza de su visitante. Desde luego no era de tipo teutónico, pero tampoco latino corriente.

 

-En cualquier caso un producto morboso, me temo -dijo para sí el bacteriólogo. ¡Cómo disfrutaba con esos cultivos de gérmenes patógenos!

 

De repente se le ocurrió una idea inquietante. Se volvió hacia el portatubos que estaba junto al vaporizador e inmediatamente hacia la mesa del despacho. Luego se registró apresuradamente los bolsillos y a continuación se lanzó hacia la puerta.

 

-Quizá lo haya dejado en la mesa del vestíbulo -se dijo.

 

-¡Minnie! -gritó roncamente desde el vestíbulo.

 

-Sí, cariño -respondió una voz lejana.

 

-¿Tenía algo en la mano cuando hablé contigo hace un momento, cariño?

 

Pausa.

 

-Nada, cariño, me acuerdo muy bien.

 

-¡Maldita sea! -gritó el bacteriólogo abalanzándose hacia la puerta y bajando a la carrera las escaleras de la casa hasta la calle.

 

Al oír el portazo, Minnie corrió alarmada hacia la ventana. Calle abajo, un hombre delgado subía a un coche. El bacteriólogo, sin sombrero y en zapatillas, corría hacia ellos gesticulando alborotadamente. Se le salió una zapatilla, pero no esperó por ella.

 

-¡Se ha vuelto loco! -dijo Minnie-. Es esa horrible ciencia suya.

 

Y, abriendo la ventana, le habría llamado, pero en ese momento el hombre delgado miró repentinamente de soslayo y pareció también volverse loco. Señaló precipitadamente al bacteriólogo, dijo algo al cochero, cerró de un portazo, restalló el látigo, sonaron los cascos del caballo y en unos instantes el coche, ardorosamente perseguido por el bacteriólogo, se alejaba calle arriba y desaparecía por la esquina.

 

Minnie, preocupada, se quedó un momento asomada a la ventana. Luego se volvió hacia la habitación. Estaba desconcertada. Por supuesto que es un excéntrico, pensó. Pero correr por Londres, en plena temporada, además, ¡en calcetines! Tuvo una idea feliz. Se puso deprisa el sombrero, cogió los zapatos de su marido, descolgó su sombrero y gabardina de los percheros del vestíbulo, salió al portal e hizo señas a un coche que morosa y oportunamente pasaba por allí.

 

-Lléveme calle arriba y por Havelock Crescent a ver si encontramos a un caballero corriendo por ahí en chaqueta de pana y sin sombrero.

 

-Chaqueta de pana y sin sombrero. Muy bien, señora.

 

Y el cochero hizo restallar el látigo inmediatamente de la manera más normal y cotidiana, como si llevara a los clientes a esa dirección todos los días.

 

Unos minutos más tarde, el pequeño grupo de cocheros y holgazanes que se reúne en torno a la parada de coches de Haverstock Hill quedaba atónito ante el paso de un coche conducido furiosamente por un caballo color jengibre disparado como una bala.

 

Permanecieron en silencio mientras pasaba, pero cuando desaparecía empezaron los comentarios:

 

-Ése era Harry Hicks. ¿Qué le habrá picado? -se preguntó el grueso caballero conocido por El Trompetas.

 

-Está dándole bien al látigo, sí, le está pegando a fondo -intervino el mozo de cuadra.

 

-¡Vaya! -exclamó el bueno de Tommy Byles-, aquí tenemos a otro perfecto lunático. Sonado como ninguno.

 

-Es el viejo George -explicóEl Trompetas-, y lleva a un lunático como decís muy bien. ¿No va gesticulando fuera del coche? Me pregunto si no irá tras Harry Hicks.

 

El grupo de la parada se animó y gritaba a coro:

 

-¡A ellos, George! ¡Es una carrera! ¡Los cogerás! ¡Dale al látigo!

 

-Es toda una corredora esa yegua -dijo el mozo de cuadra.

 

-¡Que me parta un rayo! -exclamóEl Trompetas-.Ahí viene otro. ¿No se han vuelto locos esta mañana todos los coches de Hampstead?

 

-Esta vez es una señora -dijo el mozo de cuadra.

 

-Está siguiéndolo -añadió El Trompetas.

 

-¿Qué tiene en la mano?

 

-Parece una chistera.

 

-¡Qué jaleo tan fantástico! ¡Tres a uno por el viejo George! -gritó el mozo de cuadra-. ¡El siguiente!

 

Minnie pasó entre todo un estrépito de aplausos. No le gustó, pero pensaba que estaba cumpliendo con su deber, y siguió rodando por Haverstock Hill y la calle mayor de Camden Town con los ojos siempre fijos en la vivaz espalda del viejo George, que de forma tan incomprensible la separaba del haragán de su marido.

 

El hombre que viajaba en el primer coche iba agazapado en una esquina, con los brazos cruzados bien apretados y agarrando entre las manos el tubito que contenía tan vastas posibilidades de destrucción. Su estado de ánimo era una singular mezcla de temor y de exaltación. Sobre todo temía que lo cogieran antes de poder llevar a cabo su propósito, aunque bajo este temor se ocultaba un miedo más vago, pero mayor ante lo horroroso de su crimen. En todo caso, su alborozo excedía con mucho a su miedo. Ningún anarquista antes que él había tenido esta idea suya. Ravachol, Vaillant, todas aquellas personas distinguidas cuya fama había envidiado, se hundían en la insignificancia comparadas con él. Sólo tenía que asegurarse del abastecimiento de agua y romper el tubito en un depósito. ¡Con qué brillantez lo había planeado, había falsificado la carta de presentación y había conseguido entrar en el laboratorio! ¡Y qué bien había aprovechado la oportunidad! El mundo tendría por fin noticias suyas. Todas aquellas gentes que se habían mofado de él, que le habían menospreciado, preterido o encontrado su compañía indeseable por fin tendrían que tenerle en cuenta. ¡Muerte, muerte, muerte! Siempre lo habían tratado como a un hombre sin importancia. Todo el mundo se había confabulado para mantenerlo en la oscuridad. Ahora les enseñaría lo que es aislar a un hombre. ¿Qué calle era ésta que le resultaba tan familiar? ¡La calle de San Andrés, por supuesto! ¿Cómo iba la persecución? Estiró el cuello por encima del coche. El bacteriólogo les seguía a unas cincuenta yardas escasas. Eso estaba mal. Todavía podían alcanzarle y detenerle.

 

Rebuscó dinero en el bolsillo y encontró medio soberano. Sacó la moneda por la trampilla del techo del coche y se la puso al cochero delante de la cara.

 

-Más -gritó- si conseguimos escapar.

 

-De acuerdo -respondió el cochero arrebatándole el dinero de la mano.

 

La trampilla se cerró de golpe, y el látigo golpeó el lustroso costado del caballo. El coche se tambaleó, y el anarquista, que estaba medio de pie debajo de la trampilla, para mantener el equilibrio apoyó en la puerta la mano con la que sujetaba el tubo de cristal. Oyó el crujido del frágil tubo y el chasquido de la mitad rota sobre el piso del coche. Cayó de espaldas sobre el asiento, maldiciendo, y miró fija y desmayadamente las dos o tres gotas de la poción que quedaban en la puerta.

 

Se estremeció.

 

-¡Bien! Supongo que seré el primero. ¡Bah! En cualquier caso seré un mártir. Eso es algo. Pero es una muerte asquerosa a pesar de todo. ¿Será tan dolorosa como dicen?

 

En aquel instante tuvo una idea. Buscó a tientas entre los pies. Todavía quedaba una gotita en el extremo roto del tubo y se la bebió para asegurarse. De todos modos no fracasaría.

 

Entonces se le ocurrió que ya no necesitaba escapar del bacteriólogo. En la calle Wellington le dijo al cochero que parara y se apeó. Se resbaló en el peldaño, la cabeza le daba vueltas. Este veneno del cólera parecía una sustancia muy rápida. Despidió al cochero de su existencia, por decirlo así, y se quedó de pie en la acera con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando la llegada del bacteriólogo. Había algo trágico en su actitud. El sentido de la muerte inminente le confería cierta dignidad. Saludó a su perseguidor con una risa desafiante.

 

-¡Vive l’Anarchie! Llega demasiado tarde, amigo mío. Me lo he bebido. ¡El cólera está en la calle!

 

El bacteriólogo le miró desde su coche con curiosidad a través de las gafas.

 

-¡Se lo ha bebido usted! ¡Un anarquista! Ahora comprendo.

 

Estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Cuando abrió la puerta del coche, como para apearse, el anarquista le rindió una dramática despedida y se dirigió apresuradamente hacia London Bridge procurando rozar su cuerpo infectado contra el mayor número de gente. El bacteriólogo estaba tan preocupado viéndole que apenas si se sorprendió con la aparición de Minnie sobre la acera, cargada con el sombrero, los zapatos y el abrigo.

 

-Has tenido una buena idea trayéndome mis cosas -dijo, y continuó abstraído contemplando cómo desaparecía la figura del anarquista.

 

-Sería mejor que subieras al coche -indicó, todavía mirando.

 

Minnie estaba ahora totalmente convencida de su locura y, bajo su responsabilidad, ordenó al cochero volver a casa.

 

-¿Que me ponga los zapatos? Ciertamente, cariño -respondió él al tiempo que el coche comenzaba a girar y hacía desaparecer de su vista la arrogante figura negra empequeñecida por la distancia. Entonces se le ocurrió de repente algo grotesco y se echó a reír. Luego observó:

 

-No obstante es muy serio. ¿Sabes?, ese hombre vino a casa a verme. Es anarquista. No, no te desmayes o no te podré contar el resto. Yo quería asombrarle, y, sin saber que era anarquista, cogí un cultivo de esa nueva especie de bacteria de la que te he hablado, esa que propaga y creo que produce las manchas azules en varios monos, y a lo tonto le dije que era el cólera asiático. Entonces él escapó con ella para envenenar el agua de Londres, y desde luego podía haber hecho la vida muy triste a los civilizados londinenses. Y ahora se la ha tragado. Por supuesto no sé lo que ocurrirá, pero ya sabes que volvió azul al gato, y a los tres perritos azules a trozos, y al gorrión de un azul vivo. Pero lo que me fastidia es que tendré que repetir las molestias y los gastos para conseguirla otra vez.

 

»¡Que me ponga el abrigo en un día tan caluroso! ¿Por qué? ¿Porque podríamos encontrarnos a la señora Jabber? Cariño, la señora Jabber no es una corriente de aire. ¿Y por qué tengo que ponerme el abrigo en un día de calor por culpa de la señora…? ¡Oh!, muy bien…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS TRIUNFOS DE UN TAXIDERMISTA

 

 

 

He aquí algunos de los secretos de la taxidermia. Me los contó un taxidermista en estado de euforia, entre el primero y el cuarto whisky, cuando se ha dejado de ser cauteloso y todavía no se está borracho. Estábamos sentados en su guarida, exactamente en la biblioteca, que era a la vez sala de estar y comedor. Una cortina de cuentas la separaba, por lo que al sentido de la vista se refiere, del maloliente rincón donde ejercía su oficio.

 

Estaba sentado en una hamaca y, con los pies, en los que llevaba puestas, a modo de sandalias, las reliquias sagradas de un par de zapatillas, daba golpecitos a los carbones que no ardían bien o los quitaba de en medio poniéndolos sobre la chimenea, entre la cristalería. Los pantalones, dicho sea de pasada pues no tienen nada que ver con sus triunfos, eran del más horrible amarillo de tela escocesa, de los que hacían cuando nuestros padres llevaban patillas y había miriñaques en el país. Además tenía el pelo negro, la cara rosada y los ojos de un marrón fiero, y su chaqueta consistía fundamentalmente en grasa sobre una base de pana. La pipa tenía una cazoleta de porcelana con las Tres Gracias, y llevaba siempre las gafas torcidas de forma que el ojo izquierdo, pequeño y penetrante, le fulminaba a uno desde su desnudez, mientras que el derecho aparecía oscuro, engrandecido y suave a través del cristal.

 

Se expresaba en los siguientes términos:

 

-No hubo jamás un hombre que disecara como yo, Bellows, jamás. He disecado elefantes, he disecado polillas, y todo lo que he disecado parecía mejor y más animado que al natural. He disecado seres humanos, principalmente ornitólogos aficionados, aunque también disequé una vez a un negro. No, no hay ninguna ley que lo prohíba. Lo hice con todos los dedos extendidos y lo utilicé como percha para sombreros, pero ese tonto de Homersby tuvo una pelea con él una noche, ya muy tarde, y lo estropeó. Fue antes de que nacieras. Es muy difícil conseguir pieles, si no haría otro.

 

»Desagradable? No lo creo. A mi entender, la taxidermia es una prometedora tercera alternativa a la inhumación y a la cremación. La gente podría mantener a su lado a los seres queridos. Chucherías de ese tipo distribuidas por la casa harían tan buena compañía como la mayor parte de la gente, y mucho más barata. Se les podría poner mecanismos para que hicieran cosas. Por supuesto habría que barnizarlos, pero no tendrían que brillar más de lo que mucha gente brilla por naturaleza. La cabeza calva del viejo Manningtree… De todos modos, se podría hablar con ellos sin que interrumpieran. Incluso las tías. La taxidermia tiene un gran futuro por delante, ya lo verás. Están también los fósiles…»

 

De repente se quedó en silencio.

 

-No, creo que no debería contarte eso -chupó pensativo la pipa-. Gracias, sí. No demasiada agua. Desde luego, se entiende que lo que te cuente ahora no saldrá de aquí. ¿Sabes que he hecho algunos dodos y una gran alca? ¡No! Evidentemente no eres más que un aficionado a la taxidermia. Mi querido amigo, la mitad de las grandes alcas que hay en el mundo son tan auténticas más o menos como el pañuelo de la Verónica, como la Sagrada Túnica de Tréveris. Los hacemos con plumas de somormujo y cosas así. ¡Y también los huevos de la gran alca!

 

-¡Santo cielo!

 

-Sí, los hacemos de porcelana fina. Te aseguro que merece la pena. Llegan a valer… uno llegó a trescientas libras justo el otro día. Ése era realmente auténtico, según creo, pero desde luego nunca se está seguro. Es un trabajo muy fino, y posteriormente hay que envejecerlos porque ningún poseedor de estos preciosos huevos comete jamás la temeridad de limpiarlos. Eso es lo bonito del negocio. Incluso cuando sospechan de un huevo no les gusta examinarlo demasiado detenidamente. En el mejor de los casos es un capital tan frágil…

 

»No sabías que la taxidermia alcanzara semejantes cimas. Pues, amigo mío, las ha alcanzado mayores. Yo he rivalizado con las manos de la mismísima Naturaleza. Una de las grandes alcas auténticas -su voz se convirtió en un susurro-… una de las auténticas, la hice yo.

 

»No. Tienes que estudiar ornitología y descubrirlo por ti mismo. Es más, una agrupación de comerciantes me ha planteado poblar con especímenes uno de los inexplorados islotes rocosos al norte de Islandia. Quizá lo haga… algún día. Pero en estos momentos tengo otra cosita entre manos. ¿Has oído hablar delDiornis?

 

»Es uno de esos grandes pájaros que se han extinguido recientemente en Nueva Zelanda. Comúnmente se les llamamoa, justo porque están extinguidos: no hay ningún moavivo. ¿Comprendes? Bueno, se conservan huesos, y en algunas marismas han aparecido incluso plumas y fragmentos secos de la piel. Pues bien, yo voy a… bueno, no hay por qué ocultarlo, voy a falsificar un moa disecado completo. Conozco a un tipo por ahí que pretenderá haberlo encontrado en una especie de ciénaga antiséptica y dirá que lo disecó inmediatamente porque amenazaba con hacerse pedazos. Las plumas son muy peculiares, pero he logrado un método sencillamente maravilloso de trucar trozos chamuscados de pluma de avestruz. Sí, ése es el nuevo olor que has notado. Sólo pueden descubrir el fraude con un microscopio y difícilmente se molestarán en hacer pedazos un bonito espécimen para eso.

 

»De esta manera, como ves, aporto mi empujoncito al avance de la ciencia. Pero todo esto es pura imitación de la Naturaleza. En mi carrera profesional he hecho más que eso. La he… vencido.»

 

Quitó los pies de la chimenea y se inclinó confidencialmente hacia mí.

 

-He creado pájaros -dijo en voz baja-. Pájaros nuevos. Mejoras. Pájaros jamás vistos.

 

En medio de un silencio impresionante recobró su postura.

 

-Enriquecer el universo, realmente. Algunos de los pájaros que hice eran clases nuevas de colibríes, y eran animalitos muy bonitos, aunque alguno era simplemente raro. El más raro creo que fue el Anomalopteryx Jejuna. Del latín jejunus-a-um, vacío, se llamaba así porque realmente no tenía nada, era un pájaro totalmente vacío, salvo el disecado. El viejo Javvers es el que lo tiene ahora, y supongo que está casi tan orgulloso de él como yo mismo. Es una obra maestra, Bellows. Tiene toda la estúpida torpeza de tu pelícano, toda la solemne falta de dignidad de tu loro, toda la desgarbada delgadez de un flamenco con todo el extravagante conflicto cromático de un pato mandarín. ¡Qué pájaro! Lo hice con los esqueletos de una cigüeña y un tucán, y un montón de plumas. Para un verdadero maestro en el arte, querido Bellows, esa clase de taxidermia es puro gozo.

 

»¿Que cómo se me ocurrió? De manera bastante sencilla, como ocurre con todos los grandes inventos. Uno de esos jóvenes genios que nos escriben Notas Científicas en los periódicos se hizo con un folleto alemán sobre los pájaros de Nueva Zelanda, y tradujo parte de él a base de diccionario y de sentido común -con lo poco común que es este sentido-, y se hizo un lío con el Apteryx vivo y el Anomalopteryx extinto. Hablaba de un pájaro de cinco pies de altura que vivía en las selvas de la Isla del Norte, raro y asustadizo, cuyos ejemplares eran difíciles de obtener, y cosas así. Javvers, que incluso como coleccionista es una persona terriblemente ignorante, leyó esos párrafos y juró que conseguiría el ejemplar a cualquier precio. Acosó a los comerciantes con pesquisas. Eso muestra lo que puede hacer un hombre persistente, el poder de la voluntad. Ahí estaba un coleccionista de pájaros jurando que conseguiría un espécimen de un pájaro que no existía, que nunca había existido, y que a causa de la mismísima vergüenza de su propia y blasfema inelegancia probablemente no existiría en estos momentos de haber podido impedirlo. Y lo consiguió. Lo consiguió.

 

»-¿Un poco más de whisky, Bellows?» -preguntó el taxidermista despertándose de una pasajera contemplación de los misterios del poder de la voluntad y de las mentes de los coleccionistas. Y una vez llenados de nuevo los vasos, procedió a contarme cómo había montado la más atractiva de las sirenas, y cómo un predicador ambulante que no podía atraer a la audiencia por culpa suya la hizo pedazos en Burslem Wakes diciendo que aquello era idolatría o algo peor. Pero como la conversación de todas las partes implicadas en esta transacción, el creador, el presunto conservador y el destructor no es uniformemente adecuada para la publicación, este jocoso incidente debe permanecer sin imprimir.

 

El lector no familiarizado con los tortuosos procedimientos de los coleccionistas puede que se incline a dudar de mi taxidermista, pero por lo que respecta a los huevos de la gran alca y los falsos pájaros disecados me he encontrado con que tiene la confirmación de distinguidos escritores de ornitología. Y la nota sobre el pájaro de Nueva Zelanda ciertamente apareció en un periódico matinal de inmaculada reputación, pues el taxidermista tiene un ejemplar que me ha enseñado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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