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Libro N° 4016. La Justiciera. Des Cars, Guy.

Libro N° 4016. La Justiciera. Des Cars, Guy.

 


© Libro N° 4016. La Justiciera. Des Cars, Guy. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  La Justiciera. Guy des Cars

 

Versión Original: © La Justiciera. Guy des Cars

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/10/la-justiciera-guy-des-cars.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA JUSTICIERA

Guy des Cars

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guy des Cars ya ha demostrado en otros muy buenos títulos, conocer y descubrir el carácter femenino aún en sus más sutiles recursos. Con La justiciera incorpora no una nueva heroína sino tres actuaciones opuestas de mujeres señaladas y envueltas en un único conflicto; las tres son madres, las tres están envueltas por el aura de tragedia de un único crimen y ninguna está dispuesta a olvidar aunque se pensara que los años suavizarían en ellas los contornos del dolor.

Víctor Deliot, el abogado de otras obras del mismo autor, con su serenidad y su mirada gastada en legajos donde lo inverosímil, las fantasías de la duermevela se convierten en hechos cotidianos, llegará a comprender los móviles, deseos y obsesión de venganza que guía a cada una de sus protagonistas.

El muerto es un hombre, el supuesto asesino también, pero ellos al igual que las otras figuras menores del relato son las manos ejecutoras, los defensores o los instrumentos de la voluntad de esas mujeres, en última instancia de sus distintas formas del dolor, que las ha guiado sin vacilaciones a través de caminos que para cada una de ellas llevará a absolutos diferentes: la soledad, el recuerdo o las verdades que deben callarse para siempre.

Todo entrará en el torbellino de la confusión, o en la intensidad de unos sentimientos que lograrán envolver y manejar la justicia, los amigos, pero que no lograrán enturbiar la mirada de Deliot: él sabrá y lo hará saber a los lectores, qué pasó entre el asesino de un niño de cuatro años, el hombre acusado de haberlo matado y el telón de fondo de sus familias y sus mujeres dándole sentido final al cuadro.

La intriga, el humor, la descripción costumbrista y la suave ironía que planean por estas páginas convierten el libro en un éxito más de un autor ya famoso por sus best-sellers.

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

EL CLIENTE

LA INVESTIGACIÓN

EL JUICIO QUE HABÍA QUE GANAR

EL PROCESO QUE SE HABRÍA PERDIDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guy des Cars

La justiciera

Traductor: Julieta Dicrettet.

Título del original francés: La Justiciere

Traducción: Julieta Dicrettet.

©Libraire Plon, 1978

©Emecé Editores, S. A.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CLIENTE

 

 

Desde hacía algunos meses la correspondencia se espaciaba cada vez más. Por consiguiente fue grande la sorpresa de Víctor Deliot, que creía que todo el mundo lo había olvidado, al hallar una carta en el casillero que le estaba reservado en la portería. El peso de sus años le obligó a subir lentamente los peldaños de la vetusta escalera del inmueble sin ascensor donde un muy modesto apartamento, situado en el cuarto piso, le servía de bufete y de vivienda. Sólo después de haberse despojado de su raído abrigo que había soportado todas las intemperies, de la bufanda tejida que ocultaba su rostro hasta el nivel de sus gruesos lentes de miope y haberse desplomado en el deformado sillón de sus sueños y de sus pensamientos, se decidió a abrir la carta.

Ya durante la subida había advertido que la letra desigual y entrecortada que indicaba su dirección en el sobre era bastante torpe. Podía casi suponer que su autor no debía de escribir muy a menudo. Impresión esta que quedó confirmada cuando abrió el sobre.

En lo alto de la misiva, a la derecha, se hallaba impresa la dirección del corresponsal: PRISIÓN CENTRAL DE MELUN, seguida de una indicación manuscrita: Celda N.° 447. La carta decía:

 

Doctor:

Seguramente acaba usted de enterarse por la prensa, la radio o la televisión de la muerte de Bruno Carvault en una celda de esta prisión, debido a la ingestión de cianuro: muerte que puede ser atribuida a suicidio o a envenenamiento por un tercero. Los prolegómenos de la pesquisa, iniciada inmediatamente después del deceso, parecerían indicar que el juez de instrucción designado al efecto se sentiría inclinado a aceptar mas bien la tesis del envenenamiento. Ciertos rumores que circulan en la prisión —¡sabe usted tan bien como yo con cuánta rapidez se propagan las noticias en las celdas!— dicen que corro peligro de ser inculpado, debido a que compartía desde hace dos meses la celda 224 con Bruno Carvault y a que me encontraba solo con él cuando murió allí repentinamente. Fui y o, por otra parte, quien en el acto avisó a los guardias. A partir de ese momento fui transferido a la celda 447, tres pisos mas arriba, donde me mantienen incomunicado, impedido ya de salir, tanto para ir a trabajar al taller como para las demás tareas y el paseo diario en el patio.

Deseo aclararle antes que nada que soy totalmente ajeno a ese crimen, suponiendo que el crimen exista... Pero de cualquier manera, y según el señor Perrin, director de esta Central, que es un hombre justo que siempre supo mostrarse equitativo con los detenidos, necesito un defensor. No tengo confianza alguna en el que había sido designado de oficio para defenderme cuando fui arrestado hace dos años y gracias al cual me condenaron a tres años enteros, en tanto que todos mis compañeros detenidos me dijeron que, normalmente, debería haberme tocado un solo año de encierro total, seguido por otro de residencia vigilada. Ese es el motivo por el que hoy me dirijo a usted.

Conservo aún en mi memoria, como muchas otras personas sin duda, el recuerdo, después de haber leído los diarios, de los recursos magistrales de que se valió, hace ya algunos años, par a salvar a un sordomudo y ciego de nacimiento acusado de haber asesinado a un norteamericano, como así también a una joven que había dado muerte a su padre adoptivo. Y siempre pensé que si, por desgracia, me viese un día en un caso tan desesperado como el de ellos, recurriría a un hombre semejante a usted. Si no lo hice hace dos años, fue porque no se trataba de un homicidio sino de un simple atraco fallido en el que no hubo siquiera un herido. Pero esta vez siento que los cargos que podrían formularse contra mí pesan mucho mas a causa de las apariencias y de las circunstancias en las cuales murió mi codetenido.

¡Se lo suplico, doctor, ayúdeme! Dada la urgencia del caso, le pido que obre lo más rápidamente posible. El señor Perrin fue quien me facilitó su dirección. No quiero ya formular ninguna declaración sin su presencia, sabiendo que todo puede volverse en contra de mí. Reconozco también haber cometido algunas faltas, entre ellas la última que estoy pagando caro desde hace más de dos años, pero no soy ni seré jamás un asesino. Lo espero.

 

JULES BOURNOL

Detenido N.° 1008

 

Victor Deliot releyó dos veces el extraño llamado cuyo tono directo y simple no le desagradaba. Luego, sin más dilación, marcó en el disco de su teléfono el número de la Prisión de Melun que conocía de memoria por haber tenido allí, en el transcurso de su larga carrera, buen número de clientes... Clientes que, en términos generales, raramente habían sido primeras figuras de los anales judiciales sino más bien ladronzuelos, estafadores de poco fuste o truhanes de segundo orden. Esa era su verdadera clientela, que había ido raleando desde hacía algunos años por la única razón de que aun aquellos que sólo son responsables de una mínima fechoría experimentan hoy la necesidad de recurrir a los buenos oficios de un abogado de renombre o, al menos, de un seudotenor del foro que sabe hacer hablar de él en los periódicos.

La gente está convencida de que cuanto más caro pague a un abogado que dé que hablar, más leve será su condena. En lo cual, pensaba Deliot, ¡se equivoca de manera garrafal! Demasiada publicidad en torno al nombre de un abogado no siempre constituye la mejor arma defensiva. Pero ¿cómo podía un anciano como él luchar —en este siglo de acrecentado bluff y de megalomanía universal— contra una corriente que invade hasta las mismas cortes judiciales? Formaban legión los colegas cuya larga experiencia y la paciente frecuentación de los pasillos del Palacio no pesaban ya mayormente ante el asalto de los jóvenes innovadores de birretes nuevos cuya única ambición era hacerse un nombre lo antes posible y por cualquier medio. Los Deliot u otros no tenían más remedio que conformarse con las migajas del festín que sus colegas menores se avenían a dejarles y que ellos recogían más fácilmente en el tribunal correccional que en el civil o de apelación. En cuanto a lo criminal, se trataba prácticamente de un ámbito reservado en el que Víctor Deliot no se había aventurado hasta ese momento más que dos veces, cierto es que con éxito... En cuanto obtuvo la comunicación con Melun, su voz un tanto cascada inquirió:

—¿Podría usted comunicarme con su director, el señor Perrin? Soy el doctor Victor Deliot, abogado en la Corte.

Transcurrieron unos instantes antes de que una voz, a la que reconoció en seguida, respondiese:

—¡Doctor Deliot! Hace tiempo que no he tenido el agrado de verle nuevamente por aquí.

—Bien sabe usted, mi estimado director, que a pesar de la sincera estima que le profeso, no traspongo esos muros más que cuando los requerimientos de mi profesión me obligan a ello. Pero tenga por cierto que me alegra saber que un hombre tan experimentado y tan comprensivo como usted continúa en ese cargo.

—¿Qué puedo hacer por usted?

—Uno de sus reclusos acaba de escribirme para reclamar mi ayuda: un cierto Jules Bournol... ¿Sabe a qué me refiero?

—¡Vaya si lo sé!... ¡Un feo asunto del que hubiese podido yo prescindir! Gracias al mismo podría ocurrir, si viene usted a verme, que no me encontrase por mucho tiempo más aquí.

—¿Hasta ese punto?

—Ya sabe usted cómo son las cosas: cuando se trata de historias de ese tipo, siempre se acusa en primer término a la administración penitenciaria, reprochándole su negligencia... ¡Y, claro está, "el director" es quien siempre paga el pato! Hace falta un responsable, cueste lo que costare...

—¡Sí, lo sé, lamentablemente! ¿Puedo, no obstante, pedirle, puesto que usted le aconsejó dirigirse a mí, que informe al llamado Bournol que su carta llegó a mi poder y que lo visitaré mañana cerca del mediodía? ¿Es ello factible?

—Así lo haré.

—Y si no es demasiada molestia, me tomaré la libertad de ir a saludarlo antes de entablar relación con ese eventual cliente... He creído comprender a través de su carta que hace ya dos años que es su huésped... ¿Es exacto?

—Es verdad: veinticinco meses... Lo más lamentable para él en este suceso es que con toda certeza iba a otorgársele, dentro de cinco meses, una remisión de la pena por conducta ejemplar, ya que no se ha hecho pasible de reproche alguno. ¡Es realmente un corderito ese Bournol! Era seguro que no habría cumplido sus últimos seis meses de reclusión, mientras que ahora...

—¡Así es! Ya hablaremos de ello usted y yo: de ese modo podré formarme una opinión preliminar con respecto a él. Tengo gran confianza en el juicio de usted, y motivos para pensar que el anuncio de mi visita permitirá a ese recluso dormir esta noche un poco mejor.

—Con seguridad, estimado doctor, en lo que a él concierne, ¡pero no ocurrirá lo mismo conmigo! Con todo lo que la prensa me endilga desde hace cuarenta y ocho horas...

—Lo he leído, en efecto... Pero eso debería poder arreglarse. Hasta mañana, mi estimado director.

 

 

 

Lo que siempre había sido la salvación de Víctor Deliot en el ejercicio de su profesión era el hecho de conservarlo todo. El principal elemento del indescriptible desorden reinante en su apartamento era la acumulación de papeles, de prospectos y sobre todo de diarios de todo formato y de las más diversas opiniones que guardaba apilados unos sobre otros, como si se tratase de reliquias. Opinaba que si uno sabe amontonar recortes de prensa, aun perimidos, puede abrigar la casi certeza de hallar en ellos tesoros de documentación para futuros alegatos, y más particularmente en la acumulación de actas de audiencias. Según él bastaba con remitirse a juicios anteriores para evitar confusiones o errores en los juicios venideros.

Lo más sorprendente era que lograba orientarse en ese cuchitril. Conocedor de su propio desorden, que ninguna mucama había sido autorizada a tocar, sabía exactamente dónde se encontraban los artículos susceptibles de ofrecer interés para tal o cual nuevo caso que debía estudiar. Todo cuanto acababa de ser dicho y escrito en la prensa acerca de la extraña muerte de Bruno Carvault, sobrevenida cuarenta y ocho horas antes, se hallaba en lo alto de una pila colocada al alcance de su mano a la derecha de su sillón. Y tranquilamente, tomándose todo su tiempo, volvió a sumergirse en la lectura de hechos de los que se había enterado, como todo el mundo, esa misma mañana y la víspera. Las más descabelladas hipótesis, tratando de explicar la muerte de Carvault, eran formuladas por los periodistas sedientos de textos sensacionalistas. Pero todos, sin excepción, rememoraban los hechos que habían motivado diez años antes el encarcelamiento del que acababa de desaparecer y que, habiendo evitado por un pelo el cadalso gracias a la extremada habilidad de su defensor, había sido condenado a cadena perpetua.

De todo un fárrago de contradicciones emergía una verdad que, una vez más, surgía de las columnas: ese Bruno Carvault había sido condenado por el Tribunal en lo Criminal de una gran ciudad de provincias por haber cometido el más odioso de los crímenes. A los veintitrés años de edad y al término de su último año de licenciatura en letras, Bruno, hijo de buena familia y con una excelente educación, había secuestrado y estrangulado a un niño de cuatro años, el pequeño Serge Vifral, después de mantenerlo encerrado durante tres días en el cuarto de un sórdido hotel situado en las afueras de la ciudad. ¿Por qué esa espera de tres días para dar cumplimiento a su gesto criminal? Para darle tiempo a reclamar, mediante llamadas telefónicas anónimas, un abultado rescate a la enloquecida mamá del niño.

Pero como ese dinero no llegaba sin duda tan rápidamente como era su deseo, Bruno había estrangulado fríamente al niño cuya presencia en el cuarto del hotel, donde lo mantenía atado sobre una cama, podía acarrearle problemas a la brevedad. Cometido el crimen, había logrado en la noche siguiente transportar el cuerpecito en su coche sin que nadie, ni en el hotel ni en los alrededores, lo advirtiese, y enterrarlo en un terreno baldío situado a pocos kilómetros. Luego había regresado al hotel para ordenar el cuarto antes de regresar tranquilamente al hogar de sus padres, al confortable apartamento del inmueble burgués donde habitaban en pleno centro de la ciudad.

Al otro día y durante la semana siguiente, no había cesado de hostigar telefónicamente —cuidando de disimular su voz y llamar desde distintas cabinas públicas— a la madre del pequeño desaparecido para reclamarle el rescate que debería depositar ella misma en un lugar bien determinado. Su voz intencionadamente amenazadora anunciaba a la infeliz mujer que si no cumplía la orden en un plazo de quince días, jamás volvería a ver a su hijo. Si, por el contrario, obedecía, el niño le sería devuelto perfectamente sano dentro de las doce horas siguientes... Lo más atroz de esta amenaza era que, cuando había sido proferida telefónicamente, Serge ya estaba muerto.

Diez días más tarde su cuerpo era hallado, gracias al olfato de los perros de policía, en un terreno baldío. Se produjo inmediatamente en la ciudad y en toda Francia una oleada de indignación. Mientras tanto al asesino le había parecido muy natural partir con amigos para un alegre weekend. Sólo después de su regreso se conoció el descubrimiento del cuerpo. No se habló más que del crimen y Bruno, que se dejaba ver en todas partes, llevó su cinismo al punto de decirle a un periodista, en un bar de la ciudad, que "gente capaz de cometer semejante crimen merecía ser linchada".

Transcurrieron aún tres largos días antes de que fuese por fin arrestado gracias a una confidencia del dueño del miserable hotel, quien contó a los investigadores que, dos semanas antes, un hombre joven —casi un muchacho— se había presentado en compañía de un niño que llevaba en sus manos un autito, y había alquilado un cuarto pagando una semana por adelantado. Lo que causó el asombro del hotelero era que ambos viajeros desaparecieron en el transcurso de la tercera noche y no volvió a verlos. Cuando los policías mostraron la fotografía del niño, el hotelero lo reconoció formalmente. ¡Se tenía ya la pista del asesino! La misma noche fue apresado por una brigada móvil —que realizaba tan sólo un procedimiento de rutina— en el momento en que salía de una cabina telefónica desde donde había llamado una vez más a la madre de la víctima. Trasladado inmediatamente a los locales de la policía judicial, fue careado con el hotelero. Confundido después de un interrogatorio de tres horas durante el cual tuvo al principio la suficiente sangre fría para conservar toda su soberbia, Bruno Carvault perdió al fin su compostura y confesó su crimen. El arresto de ese asesino de veintitrés años, hijo de una de las familias más honorables de la ciudad, causó más sensación aún que el descubrimiento del pequeño cuerpo.

Los padres de Bruno quedaron consternados: ¿cómo su hijo único, al que siempre habían prodigado su ternura y procurado una excelente educación, había podido perpetrar semejante crimen? A raíz de esos acontecimientos el padre había muerto dos años después de la condena de su hijo, consumido —habíase dicho entonces— por la vergüenza y la pena. Únicamente su madre vivía, siempre recluida en su apartamento, conservando sin duda la esperanza de que, con el correr de los años, su hijo sería quizás amnistiado y la gente olvidaría...

Lo peor para esta mujer debía ser el pensamiento de que ella misma y su marido muerto habían sido, antes del drama, grandes amigos de la mamá de Serge con quien mantenían cordiales relaciones. Sus respectivos domicilios se hallaban inclusive muy próximos. Varias veces el niño había ido a jugar a la casa de los padres de Bruno quien, a pesar de ser ya un muchacho, siempre había sabido mostrarse paciente y muy gentil con él. Cosa que explicaba que el niño no debió vacilar cuando su amigo mayor lo invitó a dar un paseo en su coche prometiendo regalarle el autito con el cual soñaba y que llevaba en sus manos cuando llegaron al hotel.

En la época de esa amistad la mamá de Serge ya era viuda... Joven viuda cuyo marido había muerto en un accidente de automóvil un año después del nacimiento del niño. ¿Quién era esa Thérése Vifral? Una muy bonita secretaria que, a los veinte años, se casó con Jacques Vifral, acaudalado industrial bastante mayor que ella. Su muerte prematura había hecho dueños a su esposa y a su hijo de una considerable fortuna, la de los Vifral, de la que eran únicos herederos. Tres años más tarde la bonita Thérése quedó sola después del asesinato de su hijo de cuatro años. Dado que eran diez los años transcurridos desde entonces, tenía en la actualidad, cuanto mucho, treinta y seis años de edad. Rica pero desgarrada por su doble pena, residía en la magnífica casa donde tres generaciones de Vifral habían vivido antes que ella. No recibía a nadie y salía poco. Resultaba bastante improbable que esas dos mujeres, confinadas en su dolor, se hubiesen vuelto a ver después del drama.

Ese era, a grandes rasgos, el caso Bruno Carvault, que había hecho correr ríos de tinta en su momento y que el abogado acababa de rememorar tras el fin brutal del asesino en la prisión de Melun.

Cada vez que Victor Deliot necesitaba reflexionar, retiraba con gesto maquinal sus gruesos lentes y comenzaba a limpiar los cristales como si ese trabajo benigno le proporcionase la pausa indispensable que permite clarificar las ideas. Luego, volviendo a colocar sus lentes sobre su nariz, retomó su lectura para ver si la prensa había hablado de ese Jules Bournol que lo llamaba a él en su auxilio.

En realidad, la prensa no decía gran cosa al respecto. Lo cual era normal, puesto que se estaba aún en la etapa en la que podía uno formularse todos los interrogantes y en la que ninguna inculpación formal había sido notificada. Todos los diarios referían que Bruno Carvault cayó como fulminado en el momento mismo en que había comenzado a ingerir la sopa de la noche en presencia y al mismo tiempo que su compañero de celda, un cierto Jules Bournol condenado de derecho común, y que era quien había alertado inmediatamente a los guardias. Confirmación esta de lo que decía Bournol en su carta. Y si la tesis de la muerte violenta por absorción de cianuro era admitida en todos los artículos tras las primeras revelaciones de la investigación, los periodistas vacilaban entre dos hipótesis: la del suicidio de un hombre que no podía ya soportar el cumplimiento de su pena o que se había visto acosado por remordimientos tardíos, y la de un envenenamiento premeditado del contenido de la escudilla traída por los distribuidores de sopa. Pero, en ese caso, ¿cómo era posible que su compañero, que había debido ingerir el mismo alimento, no se hubiese sentido ni siquiera indispuesto? Era ése un interrogante que tan sólo dos diarios se planteaban.

De todos modos —y aun si era inocente como lo afirmaba en su carta—, era normal que Jules Bournol se sintiese preocupado después de haber escuchado los rumores que circulaban en la prisión acerca de su destino, y sobre todo después de su traslado a una celda con incomunicación. Aun cuando no hubiese sido todavía inculpado, no había estado desacertado al acudir a un defensor eventual para el caso en que...

Lo que no podía saber aún era que el hecho de que Víctor Deliot hubiese aceptado ir a visitarlo ya al día siguiente no significaba que consintiera en defenderlo en caso de inculpación.

 

 

 

El abogado se hallaba ya en el locutorio cuando Bournol fue traído hasta allí. Los dos guardias que lo acompañaban se retiraron y la única puerta, que daba a un pasillo, volvió a cerrarse con un chirrido de llave. El mobiliario de la habitación —cuyas paredes se veían recubiertas por una pintura que, en los primeros tiempos, debió ser blanca— era somero: se limitaba a una mesa rectangular y a dos sillas colocadas una enfrente de la otra. Víctor Deliot, que conservaba puesto su viejo abrigo, se había sentado en una de ellas. Su sombrero y un portafolios de cuero, tan raído como la tela del abrigo, se hallaban colocados sobre la mesa. ¿Qué podría contener el portafolios? No gran cosa sin duda a juzgar por su chatura, pero sí seguramente un ejemplar de la "Gazette du Palais" que, para el anciano abogado, era una Biblia trisemanal de cuyo contenido se empapaba concienzudamente todos los martes, jueves y sábados, días de su aparición.

No creyó necesario ponerse de pie ante la presencia de un Jules Bournol y dijo simplemente:

—Siéntese.

Hubo luego un silencio bastante pesado durante el cual los ojos del abogado, semiocultos tras los gruesos lentes, observaban al que aceptaría o rechazaría como cliente si los acontecimientos se precipitaban.

Musculoso y rechoncho, y teniendo en cuenta el lento andar con que había recorrido el corto trecho existente entre la puerta y la mesa, impresionaba a primera vista como un hombre que no debía abandonar fácilmente su calma. Una especie de hombre tranquilo que andaría por los cuarenta y cuyo rostro redondo, marcadamente bronceado por rayos de sol que no habían debido, sin embargo, visitarlo en la prisión, expresaba cierta ingenuidad. La mirada era franca y la cabellera abundante aún, lo cual confirmaba que el régimen penitenciario había mejorado notablemente y que la rapadura total no era ya obligatoria para los reclusos. Lo que mayor fascinación ejerció sobre Víctor Deliot fueron las manos de dedos amorcillados: manazas, realmente. Cuando el hombre empezó a contestar las primeras preguntas, la voz sonó un tanto gutural, a la vez que matizada con resonancias meridionales.

—Estoy al tanto —empezó diciendo Deliot— de que el director de este establecimiento le ha anticipado a usted mi visita. Antes de venir a verle, he ido a saludarlo: se trata de un viejo conocido al que siempre consideré un hombre extraordinario. ¿Es ésa su opinión?

—Es la de todos aquí. ¿Qué le dijo él de mí?

—Lo mejor. Y especialmente que lo creía inocente de las sospechas bastante graves que pesan sobre usted. No se explica, en efecto, y casi comparto con él esa idea, que faltando apenas unos meses para su liberación haya podido cometer un hecho tan lamentable como el de suprimir a un compañero de celda... Si mis informes son correctos, fue usted condenado, hace ya dos años, en el tribunal del Sena, a la pena de tres años de reclusión como consecuencia de un atraco a mano armada contra un Banco, en el que participó más bien como apoyo y no como miembro activo de la banda. Su papel, en realidad, en este caso, se había limitado a conducir la camioneta destinada a transportar el botín que dos amigos suyos se habían encargado de "recoger" en la sucursal bancaria bajo amenaza de revólveres. El asunto tomó para ellos un mal cariz, y fueron interceptados por una llegada ultrarrápida de la policía que no les dejó tiempo siquiera para concluir su trabajo de recolección. En tanto huían, abandonando en el lugar los sacos en los que habían amontonado el dinero, uno de ellos llegó a disparar sin éxito contra uno de sus perseguidores, quien dio en el blanco hiriéndolo levemente en la pierna, a consecuencia de lo cual cayó. Viendo esto, su camarada alzó los brazos al mismo tiempo que él. Y usted ¿qué hizo en esos patéticos segundos?

—Me quedé en el coche porque no quería disparar... Por otra parte, le aclaro que yo no estaba armado.

—¡Recién me entero, y es ello tanto mejor para usted! De lo contrario, aun cuando no se hubiese servido de su arma, habría merecido mayor pena. Sus dos "asociados", y perdone la expresión, fueron condenados, cada uno de ellos, a cinco años. ¡Dos años menos en esta clase de hotel es algo apreciable! Después de su condena fue enviado usted a esta prisión de Melun, en tanto que sus amigos fueron destinados a otros penales, medida esta de lo más atinada para evitar que una banda vuelva a organizarse tranquilamente al amparo de las rejas, para lucubrar futuros golpes sensacionales el día en que todos se hallen nuevamente en libertad. El señor Perrin, su director, me confirmó que durante estos dos años de reclusión que acaba usted de vivir bajo su vigilante tutela no dio motivos para ninguna reprimenda y que su conducta fue ejemplar. Fue destinado, creo, al taller especializado en pantalones de fajina para el ejército. ¿Es exacto?

—¡Puedo afirmarle que ese tipo de vestimenta no tiene ya secretos para mí!

—Cosa que habrá de permitirle, cuando salga de aquí, emprender la confección al por mayor. ¡Tal vez resulte ello menos excitante que un atraco a mano armada, pero ofrece mayor seguridad! Dígame: ¿no había hecho usted, anteriormente, otros atracos a mano armada?

—Tan sólo algunas pequeñas incursiones en casas particulares ¡pero sin disparar jamás un tiro ni lastimar a nadie! Para mí un arma debe servir únicamente para intimidar... Por otro lado, mi arma nunca estaba cargada.

—¿Caballeresco en suma?

—Sin llegar a ese extremo, confieso que la vista en sí de la sangre me horroriza.

—No es usted el único en ese aspecto.

—Esos robos no fueron más que pequeños golpes sin importancia...

—¡De qué manera lo dice! Lo malo para usted es que si bien los tres primeros no tuvieron consecuencias mayores puesto que consiguió eludir la red policial, no ocurrió lo mismo con el cuarto en el que fue atrapado en flagrante delito en una joyería cuyo dueño se encontraba mejor armado y supo mostrarse más rápido que usted. Lo mantuvo a raya hasta que los policías, a los que había llamado por teléfono, vinieron a recogerlo lastimosamente... Fue en el transcurso del interrogatorio que siguió a ese primer arresto cuando terminó usted confesando los tres robos precedentes: franqueza que le valió tan sólo una reclusión de tres meses. En el primero robó con un socio, perdido desde entonces en el espacio, la platería de un burgués aterrorizado; en el segundo, el tapado de visón de una ramera de lujo, y en el tercero, un cuadrito de cierto valor en una galería de la rive gauche... En cada ocasión redujo lo robado en lo de un revendedor y embolsó el dinero líquido que se avino a darle... Si añadimos a esto las alhajas que no tuvo tiempo de birlar en la joyería y el dinero que no pudo llegar hasta la camioneta el día en que su pandilla atacó el Banco, nos hallamos, usted y yo, obligados a reconocer que el fruto de esas expediciones fue más bien pobre... Yo hasta diría: ¡miserable!

Jules Bournol bajó la cabeza sin contestar.

—Volvamos, si quiere, al momento en que hallándose al volante de la camioneta, se dio cuenta de que la cosa se tornaba fea para usted.

—Arranqué a toda velocidad.

—Y fue alcanzado al igual que sus compañeros, pero un poco más lejos que ellos.

—Quedé acorralado en el embotellamiento de un cruce.

—¡Siempre pensé que la circulación en París es imposible! ¿Puedo preguntarle ahora por qué, habiendo obtenido tan pésimo resultado en su cuarta "experiencia", esperó tan sólo escasos quince días, después de haber purgado su primera condena de tres meses, para lanzarse a la operación bancaria? ¡Fue una cosa idiota, Bournol! De estar yo en su lugar, aun sintiéndome aguijoneado por el demonio del atraco, me hubiese armado de paciencia... Habría procurado que me olvidasen por algún tiempo. El resultado fue que, al ser aprehendido nuevamente cuando aún se hallaba en libertad condicional, sentó la fama de reincidente. Esa fue la razón por la que se lo sentenció a tres años. Normalmente, al no haber participado más que como apoyo en el atraco, no debería haberle tocado más de un año, o dieciocho meses cuanto mucho. Confiese que es una tontería. ¿La camioneta la había robado usted?

—¡Ni siquiera! Fue uno de mis compañeros, el que resultó herido, quien la tomó prestada esa misma mañana, pero contábamos con abandonarla una vez transferidos los fondos.

—¡Prestada!... ¡Me hace gracia ese eufemismo! Está muy de moda hoy día: los vehículos no se roban, ¡se toman prestados! Pero, ¿por qué procedió tan tontamente?

—Tenía urgente necesidad de dinero.

—Pero me parece haber leído en su expediente, del cual existe una copia celosamente guardada en este establecimiento, que usted tenía un oficio, no obstante. ¿No le permitía vivir confortablemente, o por lo menos ir tirando?

—Es verdad que tenía una ocupación: trabajaba en un café.

—¿Dónde?

—En Marsella: el Café des Amis.

—¡Qué lindo nombre! Los amigos se encuentran donde pueden... ¿Qué tipo de trabajo? ¿Mozo? ¿Lavacopas? Cajero no, supongo...

—¡Oh, no! La cajera era la dueña, la gorda Marga, ¡y le juro que cuidaba su dinero! A decir verdad, doctor, el lugar se llamaba Café des Ámis pero se trataba más bien de una taberna situada en el barrio de "La Belle de Mai", donde abunda esa clase de establecimientos... En realidad trabajaba allí sin tanto trabajar en el sentido que usted piensa... Levantaba las apuestas de los parroquianos para las carreras.

—¿Hacía usted de bookmaker?

—Más o menos... Lamentablemente es un oficio que se va perdiendo como ocurre con todos los oficios de artesanía.

—¿No encuadra más bien esa tarea en la categoría artística?

—Si le parece... Desde que la organización del P.M.U. (la apuesta mutual urbana) se infiltró por todos lados, no se puede ya operar con toda tranquilidad. La gente recurre cada vez menos a nosotros: lo que quieren es su ticket con el sello del P.M.U. ¡En un tiempo fue estupendo, pero va decayendo! ¡Había días en que la cosa andaba y otros en los que no andaba para nada! Levantaba también apuestas para los partidos de fútbol o de rugby, y casi resultaba mejor... Resumiendo, se producían altibajos. Como lo decía usted hace un momento, iba tirando, ¡pero más a menudo mal que bien! Cuando salí de la prisión la Santé, allí donde cumplí mi primera condena, no llevaba conmigo ni la mitad de un... ¡Completamente seco! Si no la hubiese tenido a Fresita que vino a esperarme a la salida, no sé cómo me las hubiese arreglado...

—¿Fresita?

—Mi mujer.

—¡Ah! No sabía que era casado.

—Es como si lo fuese... Bueno, es mi amiga... Pero en nuestro ambiente, cuando la cosa es seria y se mantiene, decimos "mi mujer". ¿Me comprende usted?

—Perfectamente. ¿Lleva mucho tiempo con Fresita?

—Va para seis años.

—¡Felicitaciones!... Fresita debe ser buena y simpática, ¿verdad?

—¡Es un ángel, doctor! Nunca tuve problemas con ella, y eso desde el primer día. No sé lo que habría sido de mí sin ella durante mis dos encierros, el primero en la Santé y el segundo aquí. Me manda un paquete de provisiones todas las semanas, ¡cosa que aumenta enormemente la comida!

—¿Viene también de vez en cuando al locutorio a visitarlo?

—Eso para ella es más difícil: trabaja.

—¿Qué clase de trabajo?

—Ya se lo puede imaginar... Nosotros le llamamos a eso "trabajo"... Una gran luchadora que jamás le puso mala cara a la faena, ¡y además ahorrativa! Sabe guardar para lo que ella llama nuestros últimos años.

—Dígame, Bournol: ¿nunca tuvo problemas como proxeneta?

—Algunos pecadillos, sí, pero nada serio... Ninguno, en todo caso, desde que estoy con Fresita.

—En suma, reina la armonía... Pero ¿cómo puede ser, puesto que esa agradable persona es tan económica como "gran luchadora", que hayan experimentado tan urgente necesidad de dinero?

—Es por causa de la chica...

—¿Otra "esposa"?

—¡Nuestra hija, doctor! Christiane... Yo la llamo "Mi Chris": me parece más bonito... ¡Si la viese usted! ¡Es tan linda con sus rizos pelirrojos y sus ojos verde gris...! ¡Es la nena más bonita de nuestro barrio! ¡Como para hacer morir de envidia a los demás padres! Dentro de unos años será seguramente una Miss Marsella, ¡y quizá más que eso!

—¿Miss Mundo?

—¿Y por qué no? Y es inteligente además.

—¿Qué edad tiene?

—Cuatro años... Su nacimiento fue justamente la causa de nuestros problemas... En cuanto conocí a Fresita comprendí que su mayor dicha sería la de tener un hijo...

—Una preguntita: cuando ese encuentro tuvo lugar, ¿Fresita "trabajaba" ya en el sentido que usted le da?

—Sí... Se inició muy joven para escapar de su familia: eran ya once hermanos y hermanas... ¡Era inaguantable!

—Y no obstante, ¿quiso luego tener un hijo propio?

—Es normal: una mujer que no ha procreado al menos una vez no es mujer completa.

—Mi estimado Bournol, acaba usted de decir una gran verdad... Pero ¿por qué entonces creó problemas el nacimiento de su "Chris"?

—En primer lugar, doctor, quiero aclararle, porque se podrían abrigar dudas teniendo en cuenta la profesión de Fresita, ¡que sé bien que mi hija es realmente mía! Fresita sólo quería tener un hijo de un hombre al que amara.

—Y como ése fue usted, hizo todo por lograrlo.

—¡Exactamente! Dejó de trabajar, tanto durante el período preliminar como durante su embarazo y en los tres primeros meses después del parto. Lo cual produjo una merma en las entradas durante un año.

—Período en el transcurso del cual subvino usted solo a las necesidades de su pequeña familia, cosa que está muy bien de su parte... Pero, ¿por qué no continuó haciéndolo?

—Ya se lo dije: ¡mis asuntos en el Café des Amis decayeron en el momento mismo en que mis gastos generales se triplicaban! Ya no daba abasto... ¡Estaba desesperado! Fue por ello que vine a París para intentar el golpe en la joyería...

—...¡que falló! ¡Funesta idea la suya, Bournol!

—Y luego se fueron encadenando todas las dificultades...

—Usted lo ha dicho... Cuando fui detenido esa primera vez, Fresita no tuvo más remedio que recomenzar su trabajo, tanto para criar a la niña como para enviarme cosas.

—¿Sabe que tiene mucha suerte de contar con semejante compañera?

—Lo sé, pero ella también sabía que si yo había intentado el golpe de las joyas era únicamente por ella y por la criatura... Porque si yo hubiese estado solo jamás me habría lanzado a una operación tan riesgosa.

—Se habría conformado con "pequeños golpes" como los de la platería del burgués y el del visón de la prostituta... Digamos que obró tan sólo por espíritu de familia.

—Es un poco así.

—Y como seguía sin dinero al salir de la Santé y tampoco mejoraban mucho los negocios en el Café des Amis, repitió la cosa en una operación de mayor alcance: la del Banco.

—¡Le juro, doctor, que estaba completamente decidido a que fuese la última!

—Es evidente que, de haber tenido éxito, habría contado al menos con los medios para esperar durante un largo tiempo... ¡Pobre Bournol, realmente no ha tenido suerte!

Al hacer este último comentario, Víctor Deliot había exhalado un profundo suspiro en el que parecía haberse acumulado toda la conmiseración del mundo. Se hizo una pausa durante la cual continuó observando en silencio a su interlocutor: con los ojos fijos otra vez en el suelo embaldosado del triste locutorio, Jules Bournol infundía lástima. Si todo cuanto acababa de confesar era verdad —y no había razón para que no lo fuese, dado el poco lucimiento que los hechos le reportaban—, ese mediocre rufián mezcla de proxeneta de gran corazón y de atracador fallido, se hacía casi acreedor a la compasión. Pero, y allí se planteaba la perplejidad del abogado, si el personaje había exhibido esa acumulación de pequeñas desgracias tan sólo para fomentar la creencia de que era incapaz de cometer el crimen por el cual corría el riesgo de ser inculpado en fecha cercana, ¡el caso adquiría entonces otro color! Y, de ser ése el caso, acababa de dar muestras, en esa primera conversación, de un prodigioso don de comediante. Todo estaba bien logrado: el tono que había oscilado entre la sinceridad y el lagrimeo, la actitud a ratos bonachona y a ratos humilde, la mirada cuya limpidez sabía empañarse con la peor de las tristezas ante la sola idea de no poder estrechar a su querida pequeña "Chris" contra su corazón, y también ese modo de mirar el suelo como un hombre que se siente aplastado por la injusticia de la vida. El conjunto era de una eficacia notable. Cualquiera que no fuese un viejo reincidente a la par que un especialista de la correccional como Deliot, podía caer. Tal vez fuese también gracias a esa sabia táctica que Bournol había logrado ganarse la simpatía de sus carceleros. "Durante los dos años que estuvo aquí —había dicho el director de la prisión— no dio motivo a ninguna reprimenda.” Lo que le había permitido gozar de una distinción muy grande...

—Mi estimado Bournol, me enteré hace unos instantes, por el señor Perrin, de que su excelente conducta le valió ser autorizado, hace aproximadamente un mes y al expirar su segundo año de condena en este establecimiento, a disfrutar de cuatro días de libertad provisional. Sé también que regresó escrupulosamente aquí el día y la hora fijados. ¿Cómo aprovechó ese asueto inesperado que sólo es otorgado, de acuerdo con una ley relativamente reciente, a los presos ejemplares?

—Tomé el tren para Marsella, donde Fresita y Chris me esperaban en la estación.

—¡Me hubiese gustado asistir a ese reencuentro! Debió ser muy emotivo...

—Lloramos los tres. —No me sorprende.

—Dése usted cuenta: la última vez en que había visto a Chris después de salir de la Santé, sólo tenía veinte meses, ¡y ahora se acerca a los cuatro años! ¡Una niña crecida ya! Estaba como loco...

—¿Y Fresita?

—Cada vez más linda...

—¿Siempre trabaja tanto?

—¡Y hasta aumentó su clientela! El hecho de ser mamá y tener a su hombre entre rejas le ha hecho sentar cabeza. Ahora comprendió...

—¿Qué cosa?

—Que tenemos que salir del paso por medios normales.

—Normales, quizá sea mucho decir... ¡En fin! ¿Y los parroquianos del Café des Amist ¿Fue a verlos?

—Claro, con Fresita... ¡Me festejaron de lo lindo! Sobre todo cuando les anuncié que tenía todas las probabilidades de ser puesto en libertad antes de la finalización del segundo año y que volverían a verme, a más tardar, dentro de cinco o seis meses.

—Eso era, en efecto, lo que estaba previsto para usted. Desgraciadamente se produjo, hace tres días, el lamentable suceso debido al cual me pidió usted que viniese a verlo... Ahora que hemos puesto en claro el pasado, pienso que ha llegado el momento de hablar del presente. Explíqueme en forma sencilla qué ocurrió en el momento de la muerte de su codetenido.

—¡Fue todo tan rápido! Era la hora de la cena... Usted ya sabe cómo es eso: el reparto de sopa lo llevan a cabo dos detenidos pertenecientes al equipo destinado a la cocina, quienes empujan un carrito sobre el cual se hallan colocadas las escudillas individuales, el pan y el agua. Naturalmente, van escoltados por dos y a veces hasta tres guardias. Por lo general se utiliza un carrito por piso a fin de que la distribución se efectúe más rápidamente y la comida llegue así caliente a las celdas.

— ¿Es comible?

—Depende. Pero debo reconocer que ha mejorado desde hace algunos meses. Bruno Carvault recibió primero su escudilla, y luego yo. La puerta volvió a cerrarse y ambos nos sentamos en nuestras camas respectivas, que están enfrentadas, para comer antes de que la sopa se enfriase. De pronto, en el momento en que Carvault acababa de llevarse a la boca la primera cucharada, y antes de que yo hiciese lo mismo, le vi hacer una horrible mueca. Se le descompuso el rostro y se retorció de dolor en tanto su escudilla rodaba por el suelo. En seguida se desplomó sobre su cama, las mejillas moradas, los ojos en blanco y con la boca chorreando baba. Todo eso ocurrió en contados segundos. Espantado le tomé las manos, que ya estaban rígidas. Le palpé el corazón, y ya no latía. Comprendí que acababa de morir, fulminado por el contenido de la cuchara. Inútil decirle que no toqué la mía y que llamé a gritos, golpeando con todas mis fuerzas la puerta de la celda, a los guardias que continuaban su ronda con los encargados de repartir la sopa. Uno de ellos volvió sobre sus pasos y me dijo a la vez que abría la puerta:

“—¿Qué te pasa, Julot? ¿Te has vuelto loco?

“—¡Motivo no falta! Mírelo... Creo que murió envenenado con la sopa... ¿Qué habrán podido poner en esa porquería? ¡Suerte la mía de que no me sirvieran primero!

“— ¿Primero, dices? Hemos servido ya lo menos cincuenta porciones provenientes de la misma olla y nadie se quejó —contestó acercándose a Carvault. Y después de haber aplicado el oído contra su pecho, se incorporó, con el rostro descompuesto también él, aunque no de la misma manera, diciendo:

“— ¡No cabe duda! Tienes razón: está muerto...

—Inmediatamente tocó el silbato: otros dos vigilantes uno de los cuales era jefe, acudieron. Después de haberse inclinado a su vez sobre el muerto, el jefe dijo:

“— ¡No toquen nada, y menos esto! —Designaba el contenido de la escudilla de Carvault esparcido por el suelo. Rápidamente se impartieron órdenes. Dos o tres minutos después, a lo sumo, un interno de la enfermería, escoltado por dos enfermeros que llevaban una camilla, se encontraba allí. La distribución de sopa había sido interrumpida inmediatamente, cosa que desencadenó protestas y golpes en las puertas de las celdas cuyos detenidos ignoraban lo que acababa de suceder. ¡Se había armado un barullo! Otros dos minutos transcurrieron antes de que su amigo el director, acompañado por otro médico y un adjunto, llegase a su vez. Con precaución el interno recogió sobre un trozo de cartón los restos de la escudilla de Carvault que quedaban en el suelo, y tomó mi propia escudilla a la vez que me preguntaba:

"—Espero que no la haya probado...

"—¡Ni siquiera tuve tiempo! El otro se había desplomado ya en el momento en que me disponía a usar la cuchara... ¡Entonces me di cuenta!

—Se llevaron el cuerpo en la camilla, volvieron a cerrar la puerta y me quedé solo. No se me ocurrió mirarme en ese momento en el espejito colgado sobre el lavamanos, pero seguramente debía estar blanco. Sentía ganas de vomitar... Permanecí así, sentado en mi cama, durante más de media hora tal vez.

—¿En qué pensaba?

—¡En nada, al principio! Estaba atontado... Después, poco a poco, las ideas acudieron otra vez a mi mente, y todas giraban en torno de la suerte que había tenido de no ser servido en primer término... Pero tal vez mi escudilla estuviese también envenenada... Y, en ese caso, no era tan sólo al otro a quien querían eliminar sino también a mí... ¿y a todos los demás? ¡Es extraño, sin embargo, que los que fueron servidos antes no hayan experimentado la misma suerte que Carvault! Era pues a él o a mí a quien querían matar. La puerta volvió a abrirse y un nuevo equipo de repartidores de sopa se presentó ofreciéndome otra escudilla en presencia del guardia—jefe y de sus esbirros.

"—Ésta puedes tomarla —me dijo el jefe—. Fue hecha bajo vigilancia: ¡No hay ningún riesgo!

—¡No la quiero! ¿Creen acaso que lo que acabo de ver me ha abierto el apetito?"

—Sin embargo dejaron la escudilla, a la que ni me acerqué: me causaba horror. El jefe se alzó de hombros sin contestar, y salió cerrando tras sí la puerta. Como oración fúnebre me pareció demasiado corto.

"Transcurrió otra hora durante la cual empezó mi mente a torturarme: de ser la escudilla de Carvault la única envenenada, ¡ eran capaces de acusarme de ser yo el autor de esa muerte! ¡Sería el colmo! Pero no se trataba tan sólo de divagaciones... La puerta se abrió nuevamente: era el señor Perrin acompañado por dos polis, para mí siempre serán "polis" aunque se trate de inspectores de alto rango: se los reconoce por su aspecto, y por un hombrecito que anotó todo cuanto se dijo: algo así como un escribano, sin duda.

—¿Qué fue lo que se dijo?

—Conté exactamente lo que acabo de repetirle: la verdad. Esas cosas no pueden inventarse. Cuando terminé, el señor Perrin me dijo:

"—Nos vamos a ver obligados a cambiarlo de celda.

—Un cuarto de hora después fui transferido al sector especial reservado para los detenidos que se hallan incomunicados, y en el que me encuentro aún.

—¿Por qué incomunicado?

—No sé... Tal vez para evitar que hablara con los demás detenidos... ¡Se imaginará usted que la noticia de la muerte de Carvault se difundió rápidamente por todo el caserón! Ya se lo dije: en una prisión todo se sabe... El alfabeto morse sirve para comunicarse de una celda a otra golpeando en las paredes. Ayer por la mañana, muy temprano, recibí en mi nuevo domicilio la visita de un juez de instrucción que se presentó bajo el nombre de Servet y que me dijo que había sido nombrado con toda urgencia para ocuparse del caso. Lo primero que me explicó fue que, efectuado el análisis del resto del contenido de la escudilla de Carvault y el examen de sus visceras, quedaba demostrado que éste había fallecido debido a la absorción del cianuro mezclado con el alimento. De lo que se desprendía esta alternativa: o bien se había suicidado echando él mismo, sin que yo pudiese notarlo, el contenido de una cápsula de cianuro en su sopa antes de ingerirla, o bien ese contenido habría sido mezclado al alimento por otra persona... Al decir esto me miró con tanta hostilidad que no pude dejar de preguntarle:

"—Supongo que no pensará que fui yo quien hizo esa jugada...

—Y bien, ni se imagina lo que me contestó: "No poseo todavía suficientes elementos acerca de este caso para sentar juicio, pero todo es posible." Lo cual significaba claramente que mi nombre podía figurar en la lista de los eventuales asesinos, cosa que me dejó frío. Cuando me pidió que relatara nuevamente cómo habían ocurrido las cosas, puse mucha atención en lo que decía. Me sirvió de experiencia mi primera condena para saber que todo cuanto se dice ante un juez de instrucción puede volverse en contra de uno.

—¿Le hizo alguna pregunta que haya podido parecerle peligrosa, o aun simplemente embarazosa para usted?

—No. Antes de que se retirara le pregunté simplemente si dentro de sus intenciones estaba la de inculparme. Su respuesta fue: "Todo depende de los otros interrogatorios." Eso fue todo. ¿Qué interrogatorios? ¿Los de los guardias que escoltaban el reparto de sopa, de los detenidos encargados del mismo, de los cocineros tal vez?

—Ya usted, Bournol, ¿quién le parece que puede haber sido el asesino?

—Como sé que no soy yo, ello debería circunscribirse a los dos detenidos que realizaban el reparto: uno empujaba el carrito y el otro presentaba una escudilla a cada detenido después de haberla llenado con la sopa en la que flotaban trozos de carne y que se encontraba en la gran olla de hierro fijada al carrito. Para esa tarea utilizó un cucharón, cosa que siempre vi hacer dos veces por día, por la mañana y por la noche, tanto en la Santé como aquí en Melun. El asesino tendría pues que haber echado el cianuro bajo cualquier forma, tal vez un sobrecito de polvo que supo utilizar discretamente, en el instante en que la sopa se hallaba todavía en el cucharón, o bien ya en la escudilla... ¡De todos modos tuvo que obrar con extrema rapidez! A menos que fuese uno de los dos guardias... Pero, ¿por qué ellos?

—¿Ese día el detenido encargado de servir presentó a Carvault la primera escudilla?

—Sí.

—¿Siempre era él el primero en ser servido?

—La cosa variaba. El primero en ser servido es el que primero extiende las manos: esa noche fue él...

—¿Y si hubiese ocurrido a la inversa?

—Yo estaría muerto y tal vez fuese a Carvault a quien formularía usted esa misma pregunta, siempre, naturalmente, que él le hubiese escrito como lo hice yo para reclamar su ayuda.

—De cualquier modo, todo esto es muy extraño...

—¡Lo que puedo decir es que me libré de una buena!

—Lo que no alcanzo a comprender es que hayan querido asesinar a uno o a otro de ustedes dos.

—Tal vez fuese a los dos, doctor, a quienes querían suprimir. Como fui el segundo en ser servido, sin duda el asesino no tuvo el tiempo necesario, o la posibilidad, de repetir el hecho.

—¿Sinceramente cree usted que alguien podía tenerle aversión hasta ese punto?

—No creo tener enemigos.

—¿Conoce a los dos detenidos encargados del reparto de sopa?

—De vista únicamente. Nos habíamos encontrado varias veces durante el paseo diario en el patio... Cuando se dan vueltas en círculo en un espacio tan reducido, forzosamente después de algún tiempo termina uno por reconocer las caras... Pero ni el uno ni el otro eran amigos: ni siquiera nos habíamos hablado nunca.

—¿Tiene muchos amigos aquí?

—Algunos: Bocha, al que llaman así porque es todo redondo, Largucho que, al contrario, es alto y flaco, Jacquot el enrulado y dos o tres más... Hemos simpatizado en seguida porque somos todos de la misma región... Los demás, los del norte o de otras partes, nos han apodado "La banda de los marselleses". Les fastidia que todos tengamos un poco de sol en el gaznate.

—¿A esos camaradas les tocó lo mismo que a usted cuando fueron condenados?

—A algunos un poco más, a otros un poco menos... Es lo mismo... Pero le garantizo que, entre ellos, no hay ningún asesino.

—¡Gente de buena sociedad, digamos! Volvamos a esa sopa de la noche... Como no hubo más que una muerte, la de Carvault, y quedó demostrado que ninguno de los que ingirieron ese brebaje antes que ustedes, proveniente de la misma olla colocada sobre el mismo carrito, resultó envenenado o siquiera indispuesto, ello restringe forzosamente el campo de investigación al pequeño grupo compuesto por dos guardias, dos detenidos del reparto y, es necesario decirlo, usted mismo...

—¡Lo sé, doctor! En las cuarenta y ocho horas que estuve yo incomunicado he tenido tiempo para reflexionar acerca de ello, ¡y ésa es la razón por la que le he escrito!

—Bournol, por su alma y conciencia, y sobre todo por lo más querido que existe para usted en el mundo, Fresita y su pequeña Chris, ¿quiere jurarme que no es el asesino de Bruno Carvault?

Espontáneamente y sin un segundo de vacilación, el truhán contestó:

—Lo juro...

—Le creo... Por otra parte, no veo cuál podía ser su interés en matar a ese hombre que no le había causado ningún perjuicio, ¡y ello a pocos meses de una liberación segura! Hablemos ahora un poco de ese Bruno... ¿Cuánto tiempo hacía que estaba en la misma celda que usted?

—Dos meses cuanto mucho. Antes viví, desde mi encarcelamiento aquí, con otros dos detenidos; el primero estaba ya aquí cuando llegué y fue puesto en libertad después de purgar una pena de dieciocho meses. Era un campesino, un palurdo grandote al que llamaban "el incendiario”. Su especialidad consistía en prenderle fuego a las granjas para quemar las cosechas: un tipo medio chiflado, poco inteligente y nada peligroso, excepto en los momentos de su chifladura... El que lo reemplazó, después de una semana de intervalo durante la cual permanecí solo, era todo lo contrario: una especie de visionario que no cesaba de pronunciar discursos y que pretendía convertirme con sus teorías anarquistas. Había sido condenado por colocar bombas fabricadas por él mismo frente a comercios en los que sólo había ocasionado daños materiales. No pertenecía a ninguna banda y había obrado siempre solo por odio a la sociedad. Debí soportar su presencia durante nueve meses: ¡quería que me volviese anarquista! ¡Como si ello pudiese interesarme, a mí que sueño únicamente con volverme capitalista!

—¿También él fue puesto en libertad?

—No... Fue enviado urgentemente a la enfermería por no sé qué enfermedad. Nunca volvió... Después estuve nuevamente solo durante tres meses, antes de que apareciese una mañana Bruno Carvault... Pero la tarde anterior el guardia me había advertido:

“—Mañana vas a recibir a un nuevo compañero de celda. Se trata de un caso bastante especial al que no se puede poner con cualquiera porque se arman grescas...

"— ¿Mal carácter, jefe?

"—¡Ni eso! Al parecer, es más bien amable... Pero lo que en todas partes incomoda a sus codetenidos es la razón por la que fue condenado a perpetua.

" —¿A perpetua? Se trata de algo serio, entonces.

"—Más bien... Estranguló a un chico de cuatro años al que había secuestrado para obtener de sus padres, que eran ricos, un rescate.

"—¡Repugnante eso!

"—Si se quiere... Seguramente habrás oído hablar de él hace unos diez años: el caso Bruno Carvault...

—¿Es él? ¡Pues vaya! Confieso que podría haberme privado de su presencia... Pero, ¿por qué lo envían aquí?

—En estos diez años que ya lleva encarcelado, lo han estado cambiando de prisión más o menos cada seis meses... Resulta difícil mantenerlo más tiempo en un mismo lugar: en cuanto los compañeros de celda saben quién es, la cosa comienza a ponerse fea: ¡nadie quiere saber nada con él! Parece ser, sin embargo, que no busca problemas y permanece tranquilo. En los informes que precedieron su llegada se menciona asimismo que no habla prácticamente con nadie y que se pasa el tiempo leyendo o escribiendo. Un tipo extraño... Dicen que es su personalidad lo que no gusta... Esa es la razón por la que el patrón me citó hace tres días para preguntarme junto a quién se le podría ubicar, y en seguida pensé en ti.

"—¡Se lo agradezco mucho!

"—¡No te enojes, Bournol!... Eres lo mejor que tenemos en este momento: nunca tuviste líos desde que estás aquí, eres pacífico, no eres tonto y de seguro vas a verte favorecido con una liberación anticipada dentro de pocos meses... Entonces creo que no te costará soportarlo.

" — ¡Eso es fácil decirlo! ¡A mí los tipos como él me dan asco! Y usted olvida que soy padre: tengo a mi Chris que está por cumplir cuatro años, ¡la misma edad que el chico al que estranguló! ¿Cree usted que va a resultarme agradable vivir y dormir en este cuchitril con semejante compañero? Ahora me acuerdo bien del caso: escapó raspando de la guillotina... Pero puesto que nadie lo traga en las prisiones, ¿por qué no lo encierran solo en una celda?

—Por razones de humanidad: quienquiera estuviese condenado a perpetua se volvería loco en esa forma. Cualquier compañero de celda vale más que la soledad.

"—Lo que quiere decir que se me considera un cualquiera...

"— ¡No digas tonterías! Tú eres Jules Bournol, a quien todo el mundo quiere aquí, tanto los guardias como los detenidos... Eso hará un buen término medio entre tú y el otro que no consigue que nadie lo trague, cosa que tal vez no sea culpa suya en estos momentos, sino más bien la del recuerdo de su crimen, ¿entiendes? Como perspectiva, la de él no es muy alegre: perpetua...

"—¡ No me haga reír, jefe! Si sabe comportarse, y no hay ninguna razón para que no lo logre... Creo recordar que no era nada idiota y hasta bastante instruido ese tipo, conseguirá zafarse algún día como los demás... Hoy día una perpetua no va más allá de quince años, como máximo... ¡y como ya cumplió diez, ya no está tan lejos de la salida!

"—Te convenga ello o no, no tendrás más remedio que aceptarlo en tu celda: la administración de esta casa lo ha decidido así. Y te pido que te muestres con él, si no amable, ¡correcto al menos! Sé que puedes hacerlo. Y ello es tanto más importante por cuanto, exceptuándote a ti, a los guardias, y a los dos recorridos diarios del reparto de sopa, no verá a nadie más en el edificio.

"—¿Y cuando trabaje en el taller?

"—Ya sabes que los condenados a perpetua no trabajan en el taller con los demás: sería para éstos mucha distracción.

" — ¿Y durante el paseo en el patio?

"—Tiene derecho a hacerlo, pero únicamente solo y bajo la vigilancia de un guardia que tiene orden de permanecer mudo, en un patio más reducido. Le queda el recurso de hablar consigo mismo o de canturrear si ello le place... ¡Mi estimado Bournol, mañana vas a tener la suerte de conocer a un hombre excepcional sometido a un régimen preferencial!

Víctor Deliot había dejado, sin interrumpirlo, que el marsellés le relatase la conversación mantenida con el guardia—jefe. Y permaneció aún en silencio mientras Bournol continuaba:

—Fue así como al día siguiente Bruno Carvault hizo su entrada en la celda en la que yo me hallaba tan tranquilo... ¡Si hubiese visto usted lo que fue esa llegada! ¡Ni me miró siquiera, ni pronunció una sola palabra! En cuanto la puerta volvió a cerrarse tras él, se concentró en desembalar el paquete que contenía sus elementos de aseo personal y la ropa reglamentaria que acomodó con prolijidad minuciosa sobre el estante colocado a la cabecera de su cama. Daba la impresión de un maniático del orden. Pude así advertir que, de los objetos exhibidos, los más preciosos para él parecían ser dos libros encuadernados que también colocó sobre el estante como con cierto respeto. Luego acomodó junto a los libros una pila de cuadernos del tipo que usan los escolares y un montón de lápices. Cuando hubo terminado, se volvió por fin, se sentó en su cama frente a mí y comenzó a observarme sin decir nada. Después de todo, tal vez había tenido razón al no abrir la boca. ¿Para qué hacer gala de cortesía entre gente de nuestra calaña y qué necesidad de presentarse el uno al otro? Antes de llegar a esa nueva residencia, habían debido informarle acerca de mí, del mismo modo que lo habían hecho conmigo acerca de él: seguramente yo era ante sus ojos un rufián de segunda categoría, en tanto que yo lo consideraba el más abyecto de los criminales.

—Me imagino que finalmente habrán intercambiado algunas palabras, a la hora de las comidas aunque más no fuese...

—No en el transcurso de las primeras veinticuatro horas. Lo cual no me hizo ni fu ni fa: durante el día iba a trabajar bajo escolta al taller mientras él permanecía en la celda. Las dos veces en que me trajeron de vuelta ese día, pude advertir que escribía en uno de sus cuadernos... Por otra parte, escribía todo el tiempo, o bien leía uno de sus libros. Al día siguiente fue llamado por los guardias, quienes le anunciaron: "Tiene una visita: su madre." Noté que los siguió sin mayor entusiasmo. No tuve la suerte de conocer a mi madre pero, de haber sido lo contrario, ¡creo que me habría sentido muy contento de recibir su visita! ¿No lo cree usted, doctor?

—Todos los individuos no son de la misma pasta...

—Durante su ausencia abrí los cuadernos... Las páginas se veían cubiertas por una letra apretada y bien rectilínea que contaba cosas...

—¿Qué cosas?

—Yo no soy muy instruido pero comprendí inmediatamente que ese tipo había tenido estudio... Eso se percibía en la letra, en las palabras que utilizaba y sobre todo en la forma en que manejaba las frases... Lindas frases... En la tapa del primer cuaderno había escrito Pensamientos de otra vida, y sobre todos los demás: continuación...

—¿Le interesó?

—Oh, usted sabe... ¡A mí, la lectura! Pero abrí sin embargo los dos libros, aunque más no fuese para saber qué leía... ¡Y bien! me quedé atónito: ¡eran la Biblia y los Santos Evangelios! Como lectura divertida, ¡se la regalo! ¿Y cómo semejante criminal podía hallar placer leyendo obras tan piadosas y tan aburridas?

—Ocurre a menudo que los sentimientos más elevados se encuentran en aquellos capaces de cometer las peores acciones... Y tal vez los diez años de reclusión soportados ya por ese hombre habían obrado sobre él un efecto saludable.

—Puede ser, doctor, ¡pero le garantizo que en ningún momento, durante los dos meses que pasamos juntos, me pareció simpático! No intentaba tampoco serlo: le resultaba completamente indiferente que lo compadeciesen o que lo detestasen y, en las raras ocasiones en que se decidió a dirigirme la palabra, no fue más que para endilgarme sermones o darme consejos de buena conducta para el día en que me viese en libertad... ¡Admitirá usted que no era el más indicado para hablarme en esa forma! Recuerdo que cuando regresó tras la visita de su madre, me encontró sentado en mi cama y sosteniendo aún en mis manos el más voluminoso de sus libros, la Biblia. Fue ésa la primera vez que oí el sonido de su voz que era muy suave, demasiado quizás... Una voz neutra que hablaba lentamente y decía el menor número de palabras posibles, como si temiese cansarse:

"—Hace bien en leer la Biblia. Es el único libro en el mundo en el que se encuentra todo cuanto se necesita..."

—Y en tanto yo lo miraba, como atontado seguramente, pareció hacer un nuevo esfuerzo para hablar y añadió:

"—Debería también leer los Santos Evangelios: la completan...

—Su voz me había dejado helado. Le devolví su Biblia, la que jamás volví a tocar.

—¿Cómo era físicamente?

—Rubio, de ojos azules, rostro sonrosado, estatura mediana, contextura más bien endeble, sin nada en su aspecto que evocase la brutalidad. Al recordar que había estrangulado al chico, miré sus manos: eran pequeñas y muy delgadas. Parecían manos de mujer.

—¿Era un hombre de qué edad?

—Difícil decirlo... En general, dado su tipo rubio, parecía un adolescente, pero, en ciertos momentos, su rostro adquiría bruscamente un tinte terroso, sus ojos se hundían como si sufriese físicamente y dejaban de ser azules para volverse grises y mostrar una fijeza bastante aterradora: se hubiese dicho que ya no miraban lo que estaba en torno de ellos y que veían otro mundo.

—¿Una mirada de loco?

—No exactamente... Más bien la de alguien que siente todo su ser atrapado por una fría determinación... Pero eso no duraba mucho tiempo: muy pronto recuperaba su dulzona apariencia.

—¡Mi pobre Bournol, comprendo que no se haya sentido muy a gusto con semejante compañía!

—Eso es lo que me decían todos los compañeros de nuestra banda de marselleses. ¡Si los hubiese oído usted la primera vez en que les anuncié, durante el paseo en el patio, que acababa de tocarme Bruno Carvault como compañero de celda! Era hasta increíble: algunos, entre ellos, recordaban de tal manera su caso, ocurrido once años antes, ¡que narraban todos los detalles! ¡Y no resultaba agradable oírlo, ni adecuado para levantarle a uno el ánimo! Todos, también, sin excepción, estaban de acuerdo en decir que semejante puerco debería haber sido ejecutado hace mucho tiempo, y comprendí en ese momento por qué el director de la prisión había juzgado preferible aislar a Carvault para los paseos diarios y no enviarlo a trabajar en un taller. ¡Tarde o temprano, los demás lo habrían linchado! No solamente arrastraba tras él su crimen, sino que su expresión doliente resultaba totalmente intragable... ¡Me pregunto además qué es lo que habría pasado si se hubiese paseado en el patio,

en medio de los otros, leyendo su Biblia y difundiendo la divina palabra!

—¿Era en verdad tan odiado?

—Mucho más de lo que pueda usted imaginar.

—Y los celadores, ¿qué decían de él?

—Nada. No es misión de ellos emitir juicios acerca de aquellos a los que deben custodiar, pero sentía que me compadecían... Felizmente, un mes después de su llegada, fui favorecido con un permiso de cuatro días que me permitió reencontrarme con los míos y no soportar la presencia de Carvault en mi intimidad.

—Debió ser para usted una verdadera pesadilla encontrarse nuevamente con él a su regreso, siempre igual a sí mismo.

—Fue peor: yo sentía su resentimiento por el hecho de haber obtenido una distinción que en diez años él no había conocido jamás.

—¡Y con razón!

—Hasta sacó fuerzas, cuando regresé, para abrir la boca y decirme: "Cuando yo abandono mi prisión, es para ser transferido a otra... ¡Dentro de poco conoceré todas las cárceles de Francia!"

Le contesté:

"—Tal vez sea suya la culpa. Tiene fama de no lograr aceptación por parte de sus compañeros de celda... Cuando uno está condenado a permanecer entre cuatro paredes durante un largo tiempo, me parece que más vale contemporizar con los demás.

Poniéndose pálido, dijo:

—No carece usted de humor al hablar de un largo tiempo en lo concerniente a mí... ¡Lo que sí es verdad, es que jamás me adaptaré a semejante promiscuidad!

—Estuve a punto de romperle las narices, pero, ¿para qué habría servido? Tan sólo para postergar mi liberación por haber desencadenado una trifulca... Le fastidió tanto comprobar que no le había contestado, que siguió hablando, ahora con su voz dulzona:

"—Por otra parte, nada asevera que permaneceré aquí mayor tiempo que usted...

—Después de lo que acaba de ocurrir, parece una profecía.

—Es bastante extraño que haya dicho eso... Sabiendo muy bien que estaba muy lejos de hallarse al final de su pena y que, si abandonaba esta prisión de Melun, no sería más que para ser llevado a otra, ello podría hacer suponer que pensaba en el suicidio para liberarse de su infierno. Hipótesis ésta de mucha importancia, que no debe ser desechada y que lo explicaría todo... Ese misticismo o, en su defecto, esa apariencia de religiosidad que usted creyó detectar en él, tal vez no fuese farsa... Ahora que pagó con su vida y, de un modo o de otro, su deuda para con la sociedad, no nos cabe el derecho de no admitir que su gesto supremo, si es que tuvo lugar, le haya sido dictado por una especie de arrepentimiento...

—Hay otro detalle, doctor, que olvidé decirle: todas las noches, echado en su cama, deslizaba entre sus dedos las cuentas de un rosario.

—¿Un rosario? Ya ve usted que no estamos tan lejos de una cierta verdad... ¿Veía al capellán?

—Este lo mandaba llamar al locutorio todas las semanas. ¡Me pregunto de qué hablarían!

—¡Eso no le importa a usted, Bournol! Y cuando regresaba de esas entrevistas, que tal vez no fuesen más que la continuación de una larga confesión, ¿cómo se mostraba?

—Muy tranquilo.

—Apaciguado sin duda... La religión es un admirable bálsamo... ¿Y usted? ¿Solicitó también ver al capellán?

—No. La religión y yo, eso es harina de otro costal... Nunca fui muy aficionado a esas cosas.

—Cada cual con sus convicciones... ¡Y bien! Mi estimado Bournol, tengo la impresión de que, gracias a esta extensa conversación, hemos completado casi el examen del caso: me bosquejó usted muy bien la silueta del desaparecido y, sobre todo, le conozco ahora un poco mejor que a través de una simple carta. Nada iguala el contacto directo.

Hay algo aún que no le dije y que tal vez tenga importancia...

—Hable.

—Al día siguiente de haber vuelto tras el permiso y de que Carvault me dio a entender que no estaba seguro de permanecer más tiempo que yo aquí, un extraño rumor circuló en la prisión... Era durante los paseos en el patio cuando nos decíamos todo... Después de haberles contado a los de nuestra pequeña banda lo que había hecho aprovechando mi permiso...

—Estoy seguro de que no pudo resistir la tentación de relatarles su visita al Café des Amis...

—¡Eso es verdad! Tanto más cuanto hay dos, en el grupo, que lo conocen: lagrimeaban al escucharme...

—Nostalgias del terruño... Continúe: el rumor ése...

—Fueron mis compañeros quienes me lo transmitieron... Me dijeron que comenzaba a correr la voz de que pronto Bruno Carvault sería puesto en libertad.

—¿Qué? ¿Y por qué motivo?

—Por buena conducta, también él... Se decía que, durante los diez años que acababa de cumplir, no se había hecho culpable de la más mínima falta.

—¡Diez años tan sólo después de haber estado tan cerca de la guillotina por semejante crimen, me parece de todos modos muy poco tiempo! ¡Quince años, tal vez, pero no diez! A menos de que se haya visto favorecido por una intervención excepcional. Pero debería provenir de muy arriba... Aunque hoy día cualquier cosa es de esperar teniendo en cuenta la clemencia del régimen penitenciario...

—Cuando me dijeron eso, contesté que, de ser verdad, me parecería que pasaba de castaño oscuro... ¡Proporcionalmente, sería como si a mí me hubiesen liberado al cabo de un mes! Pero no pude dejar de establecer una relación entre esa noticia y lo que en la víspera me había dicho Carvault, cosa de la que a nadie hice partícipe. Después de todo, me dije, si puede tener esa suerte, ¡tanto mejor para él! Lo que hay que desear, es que no reincida demasiado pronto tomándoselas con otro chico... A mí, aun si me afirmasen que está completamente arrepentido, ese tipo jamás me inspiraría confianza. Yo acababa de estar demasiado cerca de él durante un mes como para no formarme una opinión... En los días que siguieron, durante el paseo, el rumor persistió. ¿Cómo podían saber eso los compañeros? ¡No lo sé! Ni la radio que teníamos derecho a escuchar mientras trabajábamos en el taller, ni los pocos diarios que podíamos leer habían mencionado el caso. Se trataba tan sólo de un rumor, pero usted ya sabe: en la cárcel, donde el silencio es casi siempre obligatorio, los más pequeños rumores adquieren importancia... Y, hace diez días exactamente, vale decir siete antes de su muerte, Carvault recibió la visita de su abogado con el que fue a reunirse en el locutorio.

—¿El abogado venía a verlo tan a menudo como el capellán?

—Era la primera vez desde que se hallaba en Melun. Cuando regresó a la celda después de esa visita, silbaba... ¡Sí, doctor, tal como se lo digo! Eso jamás había ocurrido antes... Ya no mostraba para nada su cara de velorio. Hasta lucía una sonrisita extraña, una de esas sonrisas presuntuosas en las que la ironía se mezcla con el desprecio y que no me agradan. Sin preguntarle yo nada, me dijo:

"—Tengo ahora la certeza de salir de aquí antes que usted... —pues nunca me tuteó. ¡Yo tampoco! El tuteo cvs mu muestra de afecto que se reserva para los verdaderos amigos. Siguió hablando:

"— Creo que, sin llegar a extrañarlo, pensaré en usted de vez en cuando... Me diré a mí mismo: ¡pobre diablo, sigue enmoheciéndose en su celda, en tanto que yo...! Le guardaré gratitud por una cosa: la de haber sabido mostrarse como el más silencioso de mis compañeros de celda. Esa es la razón por la que no nos hemos llevado demasiado mal. Todos los que conocí, en las numerosas residencias que me hicieron hacer, ¡eran insoportables! ¡No cesaban de formularme preguntas! Querían a toda costa saber...

" — ¿Saber qué?

" — Cómo había sido exactamente el acontecimiento que había determinado mi encierro desde hacía tanto tiempo... ¡Era como para preguntarse si no estaban a la búsqueda de información para poder ejercitarse a su vez más tarde, cuando estuviesen en libertad! ¡Como si el crimen no fuese un arte muy personal!

—Me había dicho esto con tal cinismo que no pude dejar de preguntarle:

" — ¿Se siente usted orgulloso del suyo?

"—No —contestó y, a partir de ese instante hasta el final, no volvimos a hablarnos. Pero siguió no obstante silbando todos los días: una hora antes de su muerte, silbaba aún... ¡Una tonada que era siempre la misma! ¡Ya no aguantaba oírlo! Harto ya, con gusto lo hubiese estrangulado como lo había hecho él con el chico... ¡Habría sabido entonces cuál es la sensación que se experimenta! Pero me contuve una vez más: pensé en Chris, a la que volvería a ver muy pronto... Creo, doctor, haberle dicho todo.

—Se lo agradezco. Mi estimado Bournol, vamos a despedirnos.

La consternación se hizo visible en el rostro del ladrón:

—Pero, doctor... Ahora que usted lo sabe todo, ¿aceptaría defenderme en caso de ser inculpado?

—Déjeme reflexionar un poco más. De todos modos, le daré a conocer mi respuesta a tiempo para que pueda, eventualmente, recurrir a otro defensor... Conozco una multitud de colegas, cuyos nombres le indicaré asimismo llegado el momento, que se apasionarían por la rareza de su caso. En cuanto a mí, soy un hombre viejo que jamás se lanza a la ligera en una nueva aventura judicial, sea ésta cual fuere. Si acepto, ¡le prometo que será defendido hasta el final! Por otra parte, tengo la impresión de que ni mi presencia ni la de otro colega a su lado será necesaria: no está usted inculpado aún y, si todo cuanto acaba de decirme es exacto, no veo razón alguna para que lo esté.

—Sin embargo me han incomunicado. No es ésa muy buena señal...

—Tal vez sea para protegerlo.

—¿De qué y de quién?

—De contactos con mucha gente... Aunque más no fuese con sus compañeros de taller o aun con los que se pasean con usted en el patio... Y si ello puede aportarle cierta serenidad, sepa que me enteré por su director que a los dos detenidos que empujaban el carrito y servían la sopa en el momento de la muerte de Carvault, los han incomunicado lo mismo que a usted.

—¿Y los dos guardias que estaban allí? ¡Ellos también podrían ser culpables!

—No se encarcela a guardias de prisión que están juramentados, sin haber realizado antes una investigación exhaustiva. ¡Y esta investigación se hará, no lo dude! A mi juicio, su mayor culpabilidad consiste en no haber sabido vigilar todos los movimientos de los detenidos encargados de repartir la sopa: de lo contrario tendrían que haber visto si uno de ellos arrojaba el veneno en el cucharón o en la escudilla de Carvault. En lo que a usted concierne, es diferente: bien podría usted haber llevado a cabo esa sucia tarea, que requería dos segundos a lo sumo, cuando la puerta de la celda volvió a cerrarse y justo antes de que su compañero de celda comenzara a alimentarse...

—Eso deja suponer, doctor, que usted considera que yo puedo ser el asesino...

—Ya se lo dije: Sin lugar a dudas es usted uno de los posibles criminales pero, dado que me juró lo contrario por la salud de su Chris, creo en su palabra: no es usted el homicida. Eso es todo, Bournol.

Se había puesto de pie para ir a presionar el botón del timbre que indicaba a los guardias, estacionados en el pasillo, que la entrevista había terminado. La puerta se abrió.

—Hasta la vista, doctor. Y gracias de cualquier manera por haber venido tan pronto para escucharme.

—No he hecho más que cumplir con mi deber. No le digo "hasta pronto": eso indicaría que, sabiéndolo acusado, habría regresado para defenderlo. Más vale que le diga: "¡hasta nunca! " Significará que, para usted, todo anda bien...

LA INVESTIGACIÓN

 

 

Transcurrieron cinco días durante los cuales Víctor Deliot tuvo tiempo para rememorar lo que le había dicho Jules Bournol. El fruto de sus reflexiones fue que este último no podía ser el asesino de Bruno Carvault. No hallaba el móvil que hubiese podido impulsarlo a cometer semejante crimen, cuyas consecuencias se volverían inmediatamente en contra de su propio interés, que era el de beneficiarse lo antes posible con la liberación anticipada que tenía la certeza de conseguir por su buena conducta durante los dos años de encarcelamiento que acababa de soportar. Además, el rufián le había jurado de hombre a hombre que él no era el autor del crimen. Y Deliot, que había defendido a muchos de ellos en el transcurso de su carrera, sabía por experiencia que la palabra de un rufián puede valer tanto como la de un hombre honrado, sobre todo cuando aquél posee, en su vida, fuertes lazos sentimentales.

Fresita, y tal vez más aún la pequeña Chris, debían constituir muy poderosos motores psicológicos para quien pensaba tan sólo en ellas en la tristeza de la prisión. En fin, con su cara bonachona, su mirada franca y su manera un tanto ruda de narrar los hechos, Jules Bournol no le daba en absoluto la impresión de ser alguien capaz de llegar hasta el crimen. Todo, hasta su modo de obrar en sus "expediciones" censurables, indicaba que sentía instintiva repugnancia a matar y a utilizar las armas. Que se trataba de un personaje sin muchos escrúpulos que no vacilaba en robar para procurarse dinero, era evidente, pero de allí hasta llegar al crimen había un amplio margen.

En compensación —y era esto lo que más entorpecía las reflexiones del abogado— resultaba igualmente muy dudoso que uno o aun ambos detenidos encargados del reparto de sopa el día del homicidio, fuesen el o los verdaderos asesinos. ¿Qué interés podían haber tenido, también ellos, en llevar a cabo semejante acto? ¿El desprecio que todos los detenidos sentían por el odioso crimen de Carvault? No era posible, de todos modos, que ese desprecio se transformase en voluntad de suprimirlo cuando ellos mismos se hallaban entre rejas, y bajo la mirada de los guardias que no eran hombres de descuidar su vigilancia y que espiaban sin cesar sus menores gestos. En cuanto a estos últimos, quedaban, de hecho, eliminados. No restaba pues realmente, como sospechoso N.° 1, más que Bournol...

Cuando la puerta de la celda volvió a cerrarse, y mientras los encargados del reparto de sopa se dirigían hacia la celda contigua, indiscutiblemente había tenido la posibilidad de echar con gesto rápido el veneno en la escudilla de Carvault... Por lo tanto Víctor Deliot se sorprendió sólo a medias cuando una llamada telefónica del director de la prisión le anunció que Jules Bournol, oficialmente acusado por el juez de instrucción comisionado al efecto, acababa de ser transferido urgentemente a Fresnes.

La acusación señalaba quizás el comienzo de un error judicial, pero la transferencia era una medida prudente. No solamente Bournol regresaba a la prisión en la que había cumplido su primera condena —cosa que no debía haberle causado mayor placer—, sino que se lo sustraía a la atmósfera de Melun en la que el olor del crimen se hubiese tornado muy pronto irrespirable para él. El ladrón tenía demasiados "amigotes" —la banda de los marselleses, como lo había dicho él mismo— en el establecimiento donde no habría sido posible mantenerlo mucho tiempo incomunicado. Al menos, en Fresnes ya no lo estaría, ni aun cuando, lo que era probable, lo encerraran solo en una celda.

El señor Perrin le había anunciado por teléfono que Jules Bournol solicitaba que se le avisase inmediatamente. Tras colgar, Victor Deliot se sentía perplejo: ¿debía ir o rechazar el caso? Si el juez de instrucción había lanzado la acusación después de cinco días de espera, era porque se apoyaba sin duda sobre graves convicciones. Ahora Bournol necesitaba un defensor. De todos modos Victor Deliot, que había prometido darle una respuesta, iría a llevársela él mismo, estimando que ése era su deber.

Dos horas después llegaba a Fresnes, cuyos rincones y recovecos conocía mejor aún que los de la prisión de Melun, por haber ido allí más a menudo a visitar clientes. La segunda entrevista transcurrió como la primera en un locutorio reservado a los detenidos y a sus defensores, pero fue mucho más breve.

—¿Entonces ya está: lo han acusado?

Jules Bournol, abrumado, bajó la cabeza y la vista sin contestar.

—¡Me agrada que me miren de frente! No soy un juez de instrucción. Alce la cabeza... Y piense en Fresita y en Chris.

—¡Pero si no hago otra cosa, doctor, desde que me notificaron la acusación!

Cuando alzó la cabeza, sus ojos aparecieron velados por las lágrimas.

—¡No va usted a llorar, un hombre de su temple! ¡El haber sido acusado, caramba, no significa estar condenado! Gente bien es a veces acusada y sale de ello con la frente alta...

—No comprendo.

—¡Yo tampoco! No conozco los términos de la acusación pero, después de todo cuanto usted me explicó, hay algo que escapa de mi mente... Pues estoy convencido de que es inocente. Y tengo su palabra: lo cual para mí es esencial.

—Doctor, ¿acepta usted asumir mi defensa?

La voz mediterránea se había vuelto suplicante. Y como el abogado no contestaba, continuó:

—Comprendería muy bien que usted se negase, pero, si así fuese, ¡le juro que no recurriré a ninguno de sus colegas! Sólo tengo confianza en usted. Si no es usted quien me defiende, prefiero aceptar cualquier abogado nombrado oficialmente.

—Es ése, amigo mío, un razonamiento detestable. Conozco innumerables colegas que son superiores a mí y cuya misma notoriedad puede constituir una poderosa ayuda para su defensa. Tanto más cuanto que su caso no tiene nada de desesperado.

—Entonces, ¿por qué vacila?

—Por última vez, júreme que no efectuó el pequeño gesto...

—¿Qué gesto?

—El de echar el cianuro en la escudilla de Carvault antes de que sumergiese en ella su cuchara.

—¿Cómo piensa usted que podría yo haber realizado ese gesto? ¿Cree acaso que él me prestaba su escudilla? ¡Era un tipo demasiado desconfiado como para hacerlo! No confiaba en nadie... ¡Debería uno haber sido malabarista para lograrlo! Lo que no es mi caso, sobre todo con estas manos...

Mostraba sus dos manos, enormes y macizas. Después de haberlas contemplado en silencio, el abogado reconoció:

—Es evidente que cuando se poseen semejantes armas naturales, parecería más lógico estrangular a alguien cuya presencia ya no puede soportarse antes que envenenarlo... También es verdad que los dedos dejan huellas en la carne, en tanto que el veneno es más discreto... Si le digo esto, Bournol, es porque me veo obligado a considerar el pro y el contra, vale decir aquello que, en la audiencia, se revelará beneficioso o perjudicial para usted...

Hubo todavía un momento de silencio antes de que se decidiese a decir:

—¡Y bien, mala suerte! Asumo el riesgo... Porque existe uno: no para usted, sino para mí... ¡ Claro que sí! Usted debería poder salir de esto cómodamente: yo utilizaré a fondo la tesis del suicidio de Carvault. Ello debería prosperar y conducirlo a una espléndida absolución, ¡mientras que yo! Y si, amigo mío, no es ésa la clase de proceso que glorifica la carrera de un defensor, y como me encuentro en la etapa en que la clientela se hace para mí cada vez más escasa...

—¡Pero le pagaré, doctor, se lo prometo!

—No es el dinero lo que busco... ¡Si hubiese sido así, hace mucho ya que me habría retirado rodeado de todos mis amados libros que no tuve todavía tiempo de leer! Desgraciadamente, mis medios no me lo permiten... Y además, francamente, ¿cómo podría usted pagar mis honorarios? ¿Con las ganancias de Fresita?... Yo no me hago cómplice de esos "negocios"... ¿O tal vez llevando a cabo un nuevo atraco, con éxito esta vez? Correría el riesgo de que me consideraran compinche suyo... ¡No! Va a ser necesario, una vez más, que me las arregle con los medios de que dispongo, limitados por cierto... Lo importante es conservar la sangre fría.

—¡Gracias, doctor!

—Me lo agradecerá más adelante si logro sacarlo de este nuevo avispero. Si acepto hacerme cargo de su defensa, no es tan sólo porque no me es usted antipático, sino mucho también por esa Chris que tiene la misma edad que el niño que fue muerto por Carvault y que quizá siente ya enormes deseos de conocer un poco más a su papá... Al salir de aquí iré a ver inmediatamente al juez de instrucción para anunciarle que asumo su defensa, lo cual me permitirá interiorizarme de sus conclusiones con respecto a usted. De ese modo lo veremos todo con mayor claridad. La base elemental del buen ejercicio de mi profesión es conocer cada término de la acusación para contrarrestarlo... ¡Si no me vuelve a ver por unos días, por sobre todas las cosas no se intranquilice! Tengo la impresión de que casi con seguridad voy a verme en la obligación de efectuar algunos desplazamientos para verificar ciertos hechos de los que usted me habló. Cuando volvamos a vernos, estaré mejor preparado para formularle algunas preguntas complementarias y quizá también para anunciarle que el resultado de su juicio ya no me preocupa en absoluto... Le pido que permanezca muy tranquilo durante mi ausencia y hacerle saber al juez de instrucción, en caso de que manifestase el deseo de interrogarlo nuevamente, que no contestará más que en presencia de su abogado, el doctor Victor Deliot. Por otra parte, en el transcurso de la visita que pienso hacerle, le participaré yo mismo mi ausencia de algunos días motivada por defensas en la provincia, pues no pienso explicarle que en realidad viajo tan sólo por usted.

—Pero ¿adonde va, doctor?

—Eso es cosa que a usted no le incumbe por el momento... No obstante, si en el transcurso de mis peregrinaciones llegase a pasar por el Sudeste, cosa que no es segura, no dejaré de ir a saludar en su nombre a Chris y a su mamá, aunque más no sea para tranquilizarlas a su respecto. Fresita debe sentirse terriblemente intranquila.

—Está preocupadísima desde que le escribí contándole lo que había ocurrido.

—Espero que no haya hablado demasiado en su carta...

—No valía la pena: al igual que todo el mundo ella había leído los diarios, y como le había contado, cuando obtuve mi permiso, que a Carvault lo habían metido en mi celda...

—¿Desea usted que le transmita un mensaje personal?

—La mejor noticia para ella será saber que es usted mi defensor.

—Pero ella no me conoce...

—Después de su primera visita le escribí que había venido usted a verme y que lo mejor que podía ocurrirme, si las cosas se ponían feas para mí, era que consintiese en asumir mi defensa... Dígale también que cuanto más preocupaciones tengo, más pienso en ella.

—Si voy allá, le prometo que se lo diré. A propósito, tenga la amabilidad de darme su dirección.

En cuanto la hubo anotado, se despidió de su nuevo cliente:

—Hasta pronto... Y sobre todo, vuelvo a repetírselo: ¡calma!

 

 

 

Cuando volvió a su casa, Victor Deliot había visto al juez de instrucción y tomado conocimiento del texto de acusación que había motivado la inculpación: Jules Bournol era la única persona que había podido echar el cianuro en la escudilla de Bruno Carvault. Estaba acusado de homicidio voluntario que había acarreado la muerte súbita de un hombre. En la conversación que había mantenido con él, el juez de instrucción le había explicado que los resultados de la minuciosa investigación llevada a cabo durante los cinco días de espera, tanto acerca de los dos encargados del reparto de sopa como de los dos guardias que los acompañaban, probaban de manera irrefutable que el veneno no podía haber sido echado por los dos detenidos, dado que los guardias habían aseverado bajo juramento que habían vigilado sin pausa, como lo hacían ante cada celda, sus menores movimientos, y que era pues absolutamente imposible que hubiesen cometido el crimen. Todas las presunciones recaían automáticamente sobre Bournol. Y como Deliot estaba convencido de que no había cometido el crimen, contaba únicamente, para apuntalar sólidamente la defensa, con la hipótesis del suicidio.

Al día siguiente un avión lo depositaba en el aeropuerto de Marignane. Media hora después un taxi lo llevaba al domicilio de Fresita, a no ser que fuese el de Bournol, cosa que, por otra parte, no tenía ninguna importancia para él. Se trataba de un muy modesto chalet, situado en la salida de Marsella sobre la ruta de Cassis, que constaba tan sólo de planta baja. Se encontraba en malas condiciones y estaba rodeado por un pequeño jardín de aspecto abandonado, cercado por una pared de ladrillos más reciente que la casa y que tal vez hubiese sido levantada por el mismo Bournol. Una verja oxidada, que hacía las veces de puerta de entrada, permitía echar un vistazo al jardín. Exteriormente el conjunto no daba la impresión de opulencia. Faltaba poco para el mediodía, el sol se podido echar el cianuro en la escudilla de Bruno Carvault. Estaba acusado de homicidio voluntario que había acarreado la muerte súbita de un hombre. En la conversación que había mantenido con él, el juez de instrucción le había explicado que los resultados de la minuciosa investigación llevada a cabo durante los cinco días de espera, tanto acerca de los dos encargados del reparto de sopa como de los dos guardias que los acompañaban, probaban de manera irrefutable que el veneno no podía haber sido echado por los dos detenidos, dado que los guardias habían aseverado bajo juramento que habían vigilado sin pausa, como lo hacían ante cada celda, sus menores movimientos, y que era pues absolutamente imposible que hubiesen cometido el crimen. Todas las presunciones recaían automáticamente sobre Bournol. Y como Deliot estaba convencido de que no había cometido el crimen, contaba únicamente, para apuntalar sólidamente la defensa, con la hipótesis del suicidio.

Al día siguiente un avión lo depositaba en el aeropuerto de Marignane. Media hora después un taxi lo llevaba al domicilio de Fresita, a no ser que fuese el de Bournol, cosa que, por otra parte, no tenía ninguna importancia para él. Se trataba de un muy modesto chalet, situado en la salida de Marsella sobre la ruta de Cassis, que constaba tan sólo de planta baja. Se encontraba en malas condiciones y estaba rodeado por un pequeño jardín de aspecto abandonado, cercado por una pared de ladrillos más reciente que la casa y que tal vez hubiese sido levantada por el mismo Bournol. Una verja oxidada, que hacía las veces de puerta de entrada, permitía echar un vistazo al jardín. Exteriormente el conjunto no daba la impresión de opulencia. Faltaba poco para el mediodía, el sol se hallaba en su cénit y la temperatura era bastante clemente para un final de noviembre.

El viejo abogado esperó unos instantes alguna señal de vida proveniente de la casa cuyas dos ventanas simétricas, colocadas una a cada lado de la antigua puerta, estaban cubiertas interiormente por cortinitas de tul bordado que impedían ver lo que ocurría adentro. Era un auténtico chalet de suburbio, sin la menor personalidad y semejante a todos los que abundan en los alrededores de las grandes ciudades francesas. Sin embargo, se decía a sí mismo Deliot, la hora del almuerzo era la que le ofrecía mayores probabilidades de hallar a la compañera de Bournol en la casa. Finalmente, se decidió a tocar el timbre colocado en la pared a la derecha de la verja.

Luego de una corta espera, la puerta de la casa se entreabrió. En el marco apareció una mujer joven, demasiado rubia para que el tinte de sus cabellos fuese del todo natural.

 

 

 

Vestida con un traje sastre negro y una chalina de seda blanca anudada al cuello, lo que le otorgaba cierta distinción, llevaba tomada de la mano a una niñita pelirroja, también cuidadosamente vestida que no podía ser otra que esa pequeña Chris de quien el detenido había hablado con tanta emoción. Durante el breve trayecto de la casa a la verja, el visitante pudo advertir que la figura y el andar de la joven mujer no carecían de elegancia. Hasta era para preguntarse cómo semejante persona podía vivir en una morada de apariencia tan modesta. Al acercarse a la verja preguntó, con cierta vacilación, al hombre de sombrero informe y raído abrigo:

—¿Señor?

—Usted no me conoce, señora, pero creo saber quién es, al igual que esa encantadora niña, a través de alguien que las quiere tiernamente a las dos: Jules Bournol... Soy su defensor en el nuevo proceso que, lamentablemente, acaba de instruírsele. Víctor Deliot, abogado de la Corte...

El rostro de la mujer se iluminó, en tanto que su voz se reanimó, suave y alegre:

—¡Oh, doctor! Jules me habló de usted con entusiasmo en una carta que recibí hace cuatro días, pero no sabía aún si aceptaría defenderlo en este feo asunto.

—La decisión la tomé ayer al finalizar la tarde. Por lo tanto no tuvo tiempo de anunciárselo. En cuanto a que se trata de un "feo asunto", no estoy tan seguro de ello... Tengo la impresión de que debe ser posible lograr que se zafe, a condición de que usted colabore conmigo. Ése es, por otra parte, el motivo por el cual vine a visitarla.

—Pase, doctor, se lo ruego...

Abierta la verja, Deliot acarició la mejilla de la pequeña, que le sonrió, diciendo:

—¡Comprendo que se quiera tanto a semejante tesoro!

—¿No cree que Christine se parece a Jules?

—Sí y no... Evidentemente no es rubia como usted... Sus ojos son muy inteligentes y miran de frente como los de su padre cuando decide levantar la cabeza...

Al entrar en la casa advirtió que estaba admirablemente cuidada y era más bien confortable. Sentíase en ella la presencia de una mujer ordenada: era bastante llamativo, asimismo, el contraste con el aspecto exterior. El mobiliario moderno revelaba cierto gusto que se prolongaba en la habitación vecina cuya puerta se hallaba entreabierta y que era el dormitorio. Otra puerta, abierta en la pared del fondo, daba sobre una cocina muy clara en la que se hallaban preparados dos cubiertos sobre una mesita recubierta con un mantel de colores vivos.

—Discúlpeme, señora, por venir a molestarla a la hora del almuerzo, pero como mi estada en Marsella ha de ser muy breve, no pude proceder de otra manera.

—Eso no tiene ninguna importancia, doctor. Lo único que cuenta es que usted acuda en ayuda de mi marido.

Víctor Deliot no se detuvo en ese último epíteto: después de todo, si el truhán se refería a Fresita llamándola "mi mujer", ¿por qué no habría ella de decir "mi marido"?

—¿Puedo ofrecerle algo?

—Absolutamente nada, señora... Pero sería preferible que nuestra conversación fuese a solas: hoy día, gracias a la televisión, una niña de cuatro años es ya muy despierta...

—Christine, sé buenita y ve a jugar al jardín. Te llamaré luego para almorzar.

La pequeña obedeció sin chistar, cosa que indicaba que su madre debía saber educarla.

—Estimada señora, su amigo me ha explicado tan bien la situación de ambos, que ello me induce a pensar que forman una pareja unida para lo mejor y para lo peor. En este momento atraviesan por una mala racha, pero no hay razón alguna, a pesar de los acontecimientos que acaban de producirse, para que ésta se eternice... ¿Quiere usted a Bournol?

—No podría vivir sin él y sin sus consejos.

—Y dado que él la adora, todo anda a pedir de boca... Cuando dos se quieren de ese modo, se conocen bien... Y como nadie se halla tan cerca de mi cliente como usted, le pido que me hable de él... Dígame cualquier cosa que le concierna, ¡todo cuanto le pase por la cabeza! La escucho.

—¿Hablarle de Jules? Pero eso es para mí muy fácil y a la vez muy difícil... La primera cosa que puedo decirle es que es bueno: ¡le horroriza causarle pena a quienquiera que sea!

—Sin embargo, sus robos reiterados no fueron, creo, actos de filantropía...

—¡No lo crea! Sólo los cometió para ayudarnos, a Chris y a mí. Su sueño fue siempre el de que yo no "trabajase" más. Si hubiese tenido éxito en el asalto al Banco, eso es lo que habría ocurrido...

—¿Usted también acaricia el mismo sueño: no "trabajar" más, en el sentido que ustedes le dan?

—¡Oh, a mí!... Con usted, doctor, prefiero ser sincera... Para qué serviría hacer trampa ante un abogado que forzosamente es un amigo puesto que está del mismo lado... Y bien, para decir la verdad, mi oficio no me disgusta. ¡Los hay peores! Yo no fui hecha para pudrirme en una fábrica o ser vendedora en un comercio. Siempre me gustó el lujo.

—¿Y piensa en serio que su "trabajo" se lo ha proporcionado?

—Aún no, pero puede ocurrir... ¡No pierdo las esperanzas! Y además hay que reconocer también que todo cambió para mí el día en que conocí a Jules.

—Cuénteme...

—Sucedió en el Café des Amis, un bar que yo frecuentaba y en el que Jules entró una noche, así, por casualidad...

—¿Fue amor a primera vista?

—Si se quiere...

—Pero dígame: cuando se produjo ese milagro, ¿hacía tiempo ya que usted "trabajaba"?

—Cinco años. Me inicié a los dieciocho años, como si presintiese que muy pronto ésa se convertiría en la edad de la mayoría legal.

—¿Tenía usted otro amigo?

—¡Ni loca! Jules fue el primero y le garantizo que será el último, porque sentí, desde el primer momento, que sabría ser para mí no sólo un verdadero amigo, sino también un protector en el buen sentido de la palabra.

—Tengo la impresión de que, en estos últimos años, más bien fue usted quien lo ayudó.

—¿No es acaso normal?

—Bien, me dijo usted que era bueno. ¿Qué otra cualidad posee?

—No miente nunca.

—Eso me interesa.

—Aun si quisiese hacerlo, no podría: ¡no sabe mentir!

—Cuando vino con permiso, hace poco más de un mes, ¿le habló del detenido que le habían impuesto en su celda?

—¡Casi no habló de otra cosa! No lo podía ni ver... Me dijo ¡a usted, doctor, puedo confesárselo!... "Sino dependiese más que de mí y tuviese la posibilidad de hacerlo, le arreglaría definitivamente las cuentas a semejante tipo"...

—¿Dijo eso?

—¡Sí, doctor! Pero yo sabía que, aunque hablase así, no lo pensaba en realidad: ¿matar él a alguien? ¡Jamás! Le reprendí diciéndole: "¡No tienes derecho, Jules, a decir esas cosas! En primer lugar no es asunto tuyo el juzgar el comportamiento de los demás, y por otra parte, aun cuando haya cometido el más odioso de los crímenes, quizá tenga a su favor circunstancias atenuantes que todos ignoramos."

—Estuvo muy bien, Fresita, al hablarle así.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila.

—¿No le molesta que la nombre como lo hace Jules?

—Al contrario, doctor, me agrada.

—¡Entonces seguiré haciéndolo! Otra pregunta acerca de su comportamiento: dejando de lado su furor muy comprensible por hallarse encarcelado con un Bruno Carvault, ¿cuál era su estado de ánimo durante ese permiso?

—¡Estaba loco de alegría! ¡Si lo hubiese visto, cuando descendió del tren, alzar a Chris en el andén de la estación y estrecharla en sus brazos mientras la cubría de besos! ¡Pensé que iba a asfixiarla!

—Dicho de otra manera, posee en el más alto grado el sentimiento paternal.

—Hasta creo que prefiere a Chris antes que a mí.

—Las ama con igual intensidad a ambas, pero de manera diferente... Y se comprende bien que un hombre que siente tal pasión hacia su hijita de cuatro años no pueda soportar junto a él la presencia permanente de quien no vaciló en matar a una criatura de la misma edad.

La voz de Fresita se tornó grave:

—¿Está, entonces, verdaderamente acusado como lo leí ayer en el diario?

—Sí, pero tranquilícese: a pesar de las probabilidades que lo perjudican, no existe ninguna prueba formal. Si la presencia del cianuro fue efectivamente detectada en la sopa del occiso, ningún envoltorio o cápsula que haya podido contener el veneno pudieron ser hallados, ni sobre Bournol ni en su celda.

—¿Y sobre el muerto?

—¿Por qué me dice eso?

—¡Porque bien pudo suicidarse!

—¿Usted también lo cree, Fresita?

—Desde el día mismo en que me enteré de su muerte por la radio... Como dijeron que compartía la celda de un detenido de derecho común en la prisión de Melun, ¡ya se imagina usted que en seguida agucé la oreja!

Y cuando supe al día siguiente al leer el "Provençal" que ese detenido era marsellés y se llamaba Jules Bournol, ¡creí volverme loca! ¡No era posible que nos ocurriese ahora una cosa semejante! ¡Ah, eso sí, si es por mala suerte, mi pobre Jules sí que la tiene! Ya en las carreras, cuando levantaba las apuestas, tampoco le iba demasiado bien...

—Eso fue lo que él me dijo. Menos mal que usted se encontraba allí, en su vida, para proporcionar el complemento indispensable... Dígame: las cosas parecen no andar demasiado mal para usted por ese lado, ¿verdad?

—Es como todo en este momento. Hay altibajos, pero no debo quejarme demasiado comparándome con las compañeras que tienen el mismo oficio: soy tal vez la que trabaja más en el barrio en el que actúo.

—¿El de "La Belle de Mai"?

—¿Cómo lo sabe?

—¿No es acaso el del Café des Amis, donde conoció a Bournol? Y como uno suele volver a los lugares que recuerdan un primer amor... ¡Pero no queda aquí cerca! si no me equivoco se halla usted al otro extremo de la ciudad.

—Tomo primero un ómnibus y después el metro... Sí, doctor, ahora tenemos el metro en Marsella.

—¡Felicitaciones! ¿Y qué pasa con Chris cuando va a "trabajar"?

—Se la dejo a mi vecina, una señora muy amable que vive en el chalet que ve usted a la derecha... Es casada pero lamentablemente no tiene niños, aunque los adora.

—¡Y usted tiene la suerte de ser madre sin haberse casado! La vida está singularmente mal hecha... ¿Sería indiscreto preguntarle a qué hora "trabaja" preferentemente?

—Soy muy puntual... Debo serlo para la clientela que ya tiene sus costumbres... Empiezo a eso de las diecisiete, a la salida de las oficinas, y sigo hasta la una de la mañana: ¡nunca más tarde!

—¡En suma, cumple usted "jornadas de ocho horas" como todo el mundo!

—Por la noche, al terminar, regreso casi siempre con una compañera que trabaja en el mismo barrio, a tres calles de distancia de la mía, y que vive un poco más allá de esta misma avenida: tiene un coche.

—¡Qué suerte! Dígame: ¿no le tienta la idea de un coche?

—Eso será para más adelante, cuando Jules haya vuelto. Él tiene registro... Por el momento prefiero seguir ahorrando.

—¡Es mucho más razonable! ¿Sabe, Fresita, que es usted una mujercita estupenda? Con mucho buen sentido y muy previsora... ¡La verdadera hormiga de este hogar!

—¡Oh, pero eso no es todo! Cuando Julot esté de vuelta y haya conseguido un empleo fijo, estoy completamente decidida a abandonar el oficio: ese día nos casaremos en serio.

—¿Y qué le gustaría hacer al buen Bournol?

—Tal vez hacerse cargo de un bar: en ese tipo de comercio es donde podría tener mayores probabilidades de éxito.

—¿No tendrá tendencia a beber cuando no se halla entre rejas?

—¡Oh, no! si no fuese sobrio, ¡jamás hubiese aceptado vivir con él!

—Pero pienso que la compra, o aun la gerencia de un bar cuesta mucho dinero. ¿No hay que hacer una aportación de fondos?

—Ya tengo ahorros.

—¿Y Bournol?

—Pobre... ¿Cómo podría haber ahorrado en estos últimos tres años?

—¿Esta casa les pertenece?

—Sí... Pagué la última cuota hace quince días: había recurrido a una institución crediticia... Reconozco que no es muy linda, pero ofrece la ventaja de no llamar la atención. La parte exterior es, sobre todo, la que falla: cuando vuelva Jules, lo arreglará todo. ¡Es increíble lo habilidoso que es!

—Es ésa una gran virtud que, ¡lamentablemente, yo no poseo! ¡Ni siquiera sé cómo se cambia un fusible cuando en mi casa se produce un corte de electricidad! Como acaba usted de decirlo, si el exterior deja un poco que desear, no ocurre lo mismo con el arreglo interior que me parece de lo más logrado... ¡Es usted una verdadera ama de casa! Y comprendo que Bournol se sienta lleno de nostalgia, allí donde se encuentra en este momento, cuando piensa en este valle de paz tan bien dispuesto por su gentil compañera... ¡Pero no nos enternezcamos! Volverá, y tal vez antes de lo que piensa.

—¿Qué va a hacer para lograrlo, doctor?

—Y... simplemente defenderlo cuando llegue el momento del juicio.

—¿Será dentro de poco?

—¡No desee que sea demasiado pronto! ¡Más vale dejar que las cosas se aclaren por sí solas!

—De seguro tiene usted razón, ¡pero no obstante esto es espantoso! Jules me dijo, cuando obtuvo su permiso, que tenía todas las posibilidades de verse favorecido con seis meses de liberación anticipada por su buena conducta: vale decir que hubiese estado aquí para la próxima primavera... ¡Habría sido maravilloso!

—Desgraciadamente, se produjo entretanto la muerte de ese Bruno Carvault... Mi estimada Fresita, mis obligaciones profesionales me obligan a pedirle que me permita despedirme... Me tomo la libertad de dejarle esta tarjeta en la que hallará, para el caso en que le hiciese falta, mi dirección y mi número telefónico en París, pero debo advertirle que no creo poder estar de regreso en mi casa antes de este fin de semana. Con preferencia, llámeme por teléfono a la mañana antes de las once, y por la tarde después de las dieciocho: en el horario intermedio me hallo en el Palacio de Justicia... Y usted, ¿tiene teléfono?

—Lamentablemente, no.

—No importa. Si llegase a tener algo urgente o importante para decirle, le enviaré un telegrama rogándole que me llame a mi casa a una hora estipulada... Pero, ¿cómo voy a hacer aquí para conseguir un taxi que me lleve de vuelta al centro de Marsella?

—¡Muy fácil!

Abrió la ventana y gritó a la vecina que apareció casi enseguida:

—Señora Laforgue... ¿Puede usted tener la gentileza de llamar un taxi para un amigo que regresa al centro?

Luego, volviéndose hacia Deliot:

—Tiene teléfono. ¿Y si le diese su número? Puede ser de utilidad...

En cuanto lo hubo anotado, Deliot prosiguió:

—No sabe usted la satisfacción que he experimentado al conocerla. Bournol no exageró cuando me hizo su retrato... Hasta omitió, lo que es imperdonable, aclararme lo bonita que es usted... ¡Porque es de verdad muy bonita! Dentro de sus desgracias, ¡ese picaro tuvo suerte!

Estaban ya en el jardín donde la niña llegó corriendo hasta ellos, en tanto Víctor Deliot continuaba, señalándola:

—En cuanto a ese tesoro, casi le vendrían ganas a un viejo solterón incorregible como yo de hallar, una joven mujer que le hiciese semejante regalo...

Intentó tomar en su mano apergaminada, la muy menuda y regordeta de Chris, pero la niña retiró precipitadamente su mano y la escondió tras su espalda, mirándolo de manera un tanto desafiante.

—¿No quieres saludarme? —preguntó el abogado riendo.

Y dado que Chris, porfiada, no se movía, su madre le dijo, en un tono que no había empleado aún desde el principio de la conversación y que al abogado le pareció de una dureza extrema tratándose de una reacción infantil de tan poca importancia:

—¡Christiane! ¡Si no le das inmediatamente la mano al señor, te castigaré severamente!

—Déjela, señora. ¡No es nada! ¡Soy mucho más viejo que ella y hay un montón de gente a la que no siento ningún deseo de estrechar la mano! Pero ahí viene el taxi...

Y en el momento de trasponer la verja:

—¿Hay algún mensaje especial que desee transmitir a Bournol?

—Dígale simplemente que Chris y yo continuamos esperando su regreso. Adiós, doctor, y gracias otra vez por esta visita imprevista que me ha levantado el ánimo.

Hundido en el asiento trasero del taxi que se dirigía hacia el centro, Víctor Deliot volvía a mostrarse pensativo. Su visita no había sido inútil. Le había servido para enterarse de dos cosas: la compañera de Jules Bournol era una joven mujer equilibrada que daba la impresión de saber muy bien lo que quería. En su ambiente y en su estilo de vida, debía ser perfectamente organizada... Pero, ¿cómo diablos una muchacha tan linda, y distinguida además —pues lo era de manera incontestable—, había elegido semejante oficio? ¿Cómo también había podido enredarse con un Jules Bournol hasta el punto de darle una hija? Había, en la asociación de esa pareja, algo extraño e incomprensible. El que un Jules Bournol estuviese enamorado de la linda Fresita era posible, pero que una Fresita se sintiese realmente atraída por el rufián, parecía menos seguro... Habría podido hallar, sin dificultad alguna, algo mucho mejor que él. ¿Y Chris? No se parecía ni a la madre ni al padre: cosa que podía ser considerada una lástima en el primer caso, y una suerte en el segundo. ¿Y si esa pequeña Christiane, alias Chris, no fuese verdaderamente hija de ellos? ¿Cuál podría ser la diferencia en cuanto al proceso de Bournol? No demasiada, después de todo...

La única certeza que Deliot adquirió en el transcurso de esa visita era que, de ser necesario, Fresita era suficientemente inteligente como para ser testigo de descargo... Testigo que explicaría ante el tribunal que Jules Bournol no podía ser un criminal porque era demasiado buen hombre y buen padre de familia, cuyo único sueño era llevar una existencia tranquila, rodeado de los suyos y viviendo en un modesto chalet de los suburbios de una gran ciudad. Lo malo era que se habían visto y conocido ya a muchos de esos padres tranquilos ante audiencias criminales en las que se había probado, lo más a menudo, que no eran más que siniestros asesinos... Y como el testigo Fresita no podía aportar otra cosa que no fuese el elogio de "su" hombre, el jurado no dejaría de poner su testimonio en tela de juicio. Era absolutamente necesario hallar otros testigos de moralidad... ¿Pero quién podría aseverar la moralidad de aquel que, después de haber subsistido gracias a pequeños robos, acababa de ser condenado dos veces? ¿Por qué, puesto que se hallaba en Marsella, no decirle al chófer de taxi que lo dejara sin tardanza en ese barrio de "La Belle de Mai" donde trabajaba Fresita y donde se encontraba el Café des Amis? Amigos verdaderos pueden convertirse en excelentes testigos de descargo.

 

 

 

Jules Bournol había tenido razón al decir que se trataba más bien de una taberna... ¡Pero qué taberna! Atrozmente pintoresca, con todo cuanto hacía falta —tanto respecto al decorado como a los personajes— para tener derecho a destacarse en una novela de Careo, o a figurar en una película de Carné. A la patrona en particular no se la podía imaginar en otro sitio que no fuese tras su caja y su mostrador: a pesar de su corpulencia, la voluminosa Marga se desplazaba de uno hacia otro con soprendente agilidad. Lo veía todo, lo oía todo, y, en un aroma de alioli y de aceite, tenía también respuesta para todo. Reinaba una intensa actividad en el establecimiento cuando Víctor Deliot penetró en él: era la hora en que un hombrecito —con una gorra mugrienta y un traje a cuadros—, al que todos llamaban Max, levantaba las apuestas para un match de box que tendría lugar esa misma noche. Deliot vio inmediatamente en él, dejando de lado el aspecto físico, a un digno sucesor de Jules Bournol. La entrada del abogado no había pasado inadvertida. Dado que el Café des Amis tenía una clientela compuesta únicamente porparroquianos, ni uno solo de esos señores dejaba de preguntarse: «¿Quién podrá ser ese viejo de chambergo?... ¿Un "poli"? Resulta poco probable... Más bien un prestamista, un usurero, un encubridor o tal vez un ujier: de todos modos alguien de esa especie...»

Mientras saboreaba un café con leche que no era peor que en el Café du Palais, Víctor Deliot observaba tras sus gruesos lentes y con cierto arrobamiento ese mundillo bastante especial que iba y venía, hablaba en voz alta y se agitaba por poca cosa. Un hecho curioso llamó su atención: con excepción de la dueña, no había mujeres en el recinto. Se trataba en verdad del Café des Amis, y no del de las amiguitas. Sin embargo, en un momento dado se produjo en la entrada un atropellamiento y un tropel de jadeantes muchachas — diez o doce aproximadamente— se introdujo corriendo en el establecimiento. Un tropel que chillaba:

—¡Ahí están otra vez! Y aparecen cada vez más temprano desde que están esos dos nuevos que quieren hacer méritos... ¡Basuras! ¿No podrían dejarnos en paz?

Deliot comprendió que "las basuras" no podían ser otra cosa que policías de la brigada de buenas costumbres. Dos o tres mujerzuelas lo observaron, por otra parte, con desconfianza, preguntándose sin duda si no pertenecería, él también, al equipo de los que impedían "trabajar" en paz, pero el examen debió ser satisfactorio porque se desinteresaron de él: verdad es que el viejo tenía un aspecto tranquilizador.

Advirtió también el abogado que ninguna de las mujeres hablaba con los clientes de la opulenta Marga: era como si no los conociesen. Y ello le pareció tanto más curioso cuanto que, entre esos parroquianos, había al menos dos o tres cuya profesión de rufianes de poca monta se les veía en la cara. ¿Existiría tal vez ahora una regla absoluta que prohibía a las prostitutas hablar en público con sus protectores para evitar indagaciones policiales o complicaciones con los amantes de turno?

La alerta fue de corta duración. Una de las mujeres, que había entreabierto prudentemente la puerta vidriera para ver qué ocurría al otro extremo de la calle, anunció:

—Se acabó. Podemos largarnos...

Y todas escaparon con un ruidoso "Adiós señores y señora" al que nadie pareció prestar atención, tan habituados estaban, en la casa, a esas entradas y salidas que hacían pensar en figuras de ballet con fondo musical de acordeón. "La señora" nombrada en el adiós no podía ser otra, evidentemente, que la voluminosa Marga a quien Deliot se decidió al fin a decir:

—Les traigo a usted y a todos sus amigos un cordial saludo de Jules Bournol.

Frasecita esta que cayó en el café haciendo el efecto de una cuchilla de guillotina: las conversaciones, que habían recomenzado más ruidosas aún después de la salida de las prostitutas, se detuvieron en el acto. Se produjo un gran silencio que probaba ya que aquel cuyo nombre acababa de ser pronunciado era conocido en el establecimiento. Todos los rostros se volvieron hacia el hombre que continuó, imperturbable y sin dar muestras de importarle en absoluto el repentino interés que suscitaba, dirigiéndose a la dueña:

—Permítame presentarme, señora: Víctor Deliot, abogado ante la Corte de París...

Uniendo el gesto a la palabra, entregó a la robusta y asombrada mujer su tarjeta, añadiendo:

—Asumo la defensa de Bournol en el nuevo proceso que se le sigue.

Hubo otro silencio, seguido por el manipuleo de un diario y en seguida por algunos murmullos, antes de que uno de los parroquianos, que tenía en sus manos un diario local de la mañana, exclamase señalándole a la imponente Marga un artículo ubicado en primera página:

—Es exacto... Lee... Hasta está su foto con su sombrero... Cuando lo vi entrar con eso en la cabeza, me pregunté dónde había visto yo semejante chambergo. Pues claro, era en el diario de esta mañana...

—¿A ver? Muéstreme esa foto —pidió Deliot—. Sí, soy yo, efectivamente, pero hace mucho... Se trata de un viejo clisé que debieron conservar en sus archivos, pues no recuerdo que me hayan "pescado" al paso desde que acepté, ayer por la tarde, defender al amigo de ustedes: no vi un solo fotógrafo, tanto al salir de la Santé como del despacho del juez de instrucción, ni recorriendo los pasillos del Palacio, ¡ni siquiera al regresar a mi domicilio! Me asombra, asimismo, que uno de esos señores haya conservado un clisé mío: ¡pensaba haber sido olvidado hace ya muchísimo tiempo! Vean ustedes: yo era indiscutiblemente más joven en la época de esta foto... Únicamente el sombrero no cambió: es el mismo.

El asombro cedió su lugar, en el Café desAmis, a un sentimiento general de respeto admirativo.

—Doctor —cloqueó la robusta Marga— ¿puedo ofrecerle algo? ¿Otro café? ¿Un licorcito tal vez?

—Tomaría con mucho gusto un "armagnac", si es que tiene. Hace buen tiempo, pero el viento de acá me congela.

—Es el mistral, doctor.

—Sí, claro, el mistral... Sería bueno que subiese hasta París para barrer a todos los que están en contra de ese pobre Bournol...

—¿Cree usted que saldrá bien de ésta? —preguntó uno de los parroquianos, hombre alto y flaco de rostro huesudo que se presentó como Baptistin Carigou, importador—exportador.

Juzgando más prudente no formular preguntas acerca de la exacta naturaleza de esa importación—exportación ejercida por un parroquiano del Café des Amis, Deliot contestó:

—Eso dependerá de la ayuda que ustedes, sus amigos, puedan proporcionarme...

El círculo se estrechó en torno del abogado que, habiendo hallado a su auditorio, tenía ahora que conquistarlo:

—Sé por el propio Bournol que sus mejores amigos están aquí. Lo demostró, por otra parte, viniendo a visitarlos hace algunas semanas, cuando obtuvo su permiso especial. Hasta me confió que lo habían recibido espléndidamente.

Varias voces asintieron:

—Era lo normal... ¡Pobre Jules! Hicimos cuanto pudimos... ¡Se lo merecía, después de estar tanto tiempo rabiando allá!

—Justamente, señores, ese afecto no debe aflojar en el momento en que está en nuevas dificultades.

—¿Cree usted, doctor, que él es el autor del crimen?

—¡Aun cuando lo pensase, no se los diría puesto que debo asumir su defensa! ¡Pero tranquilícense, creo que es inocente y lo demostraré ante la Corte!

—¡Bravo! —exclamó Marga—. ¿Qué podemos entonces hacer hoy por él?

—¿Hoy? Nada... Pero cuando llegue el momento del juicio, estoy convencido de que podrá ser de mucha utilidad que varios de ustedes se presenten ante el tribunal, en calidad de testigos de descargo.

—¿Qué diremos?

—Todo cuanto de bueno piensan y saben de él... Usted, por ejemplo, señora Marga, ya ve que su nombre me es conocido gracias a Bournol, que lo conoce desde hace tanto tiempo, ¿qué impresión ha tenido y tiene aún de él?

—La de un muy buen hombre.

—¿Cuántos años hace que viene aquí?

—Quince por lo menos...

—Y durante esos quince años, ¿nunca hubo tropiezos con él?

—¡Nunca! Hacía su trabajito mostrándose muy puntual.

—¿Apuestas sobre las carreras, el fútbol?

—¡De todo un poco! La gente es muy jugadora en nuestro Mediodía.

—¿Y Fresita? ¿Qué piensa de ella?

—En su trabajo es una muchacha seria.

—En su opinión, ¿ama ella verdaderamente a Bournol?

—Ahora, mi estimado doctor, ¡me está preguntando demasiado! Vaya uno a saber esas cosas con las mujeres... Todo cuanto puedo decirle, es que cuando venía a buscarlo aquí después de su trabajo, cosa no muy frecuente, parecía sentirse muy feliz con él... Pero, evidentemente, después de que nació la nena y sobre todo después de las dificultades que les tocó vivir, se la ha visto menos por aquí... ¿A qué quiere que venga? ¡No quiero que nadie levante clientes en mi casa, porque eso crea demasiados problemas! Se que ella trabaja en las calles de la vecindad, ¡pero eso no me concierne! Cada uno tiene sus propios métodos...

—¿Estima usted que Bournol podía ganarse correctamente la vida con las ganancias que le reportaban las apuestas?

—Mientras no vivía con la Fresita, sí... ¡Pero después debió ser más difícil! Vino la nena... Su Chris, como decía él... ¡ Ahí sí puedo jurarle que está loco por ella! La última vez que lo vimos, cuando se vio favorecido por el permiso, no hizo más que hablar de ella diciendo: "Cuando quede libre de todo esto, ¡se acabaron las imbecilidades! Tendré que pensar primeramente en Chris... No quiero que vengan a decirle más adelante que su padre no era más que un inútil."

—Me imagino muy bien, estimada señora, a Jules Bournol diciendo eso: ¡es muy de él! Y si ocurriese que, habiéndola hecho comparecer como testigo de descargo, se viese obligada con alma y conciencia, y después de haber jurado decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, a responder a esta pregunta: "¿Estima usted que Jules Bournol sea capaz de cometer un crimen?" ¿Qué diría?

Conmocionada, la obesa mujer tomó por testigo a todo el auditorio antes de contestar:

—¡Vaya pregunta! ¡Nunca hubo y jamás habrá un asesino en el Café des Amisl ¡Tengo la pretensión de dirigir un establecimiento honorable! ¿E insinuar que ese pobre Jules pueda ser un criminal? No, pero... ¿lo oyen ustedes?

Una carcajada general le infundió coraje para continuar:

—¡Pero, doctor, si es incapaz de hacerle daño a una mosca! ¡Y no porque sea más cagón que otros, sino porque es bueno! ¡Jules es un pan de Dios! Cada vez que veía a un compañero en apuros, se conmovía y trataba de ayudarlo. ¡Digan ustedes si no es verdad!

La aprobación fue general: oyéndolos alabar sus virtudes, uno estaba tentado de preguntarse si el ausente no iría a tener muy pronto todas las cualidades de un santo... Víctor Deliot se obstinó sin embargo en consultar a cada parroquiano, formulando siempre la misma pregunta:

—¿Y usted? ¿Qué piensa de Jules Bournol?

Las respuestas iban surgiendo, todas idénticas, elogiando las virtudes de Jules: era un concierto de alabanzas. Al padre de Chris no le faltaban partidarios en el Café des Amis... Pero tal vez se presentase una seria dificultad si se recurría a la cooperación de toda esa distinguida gente para hallar en ellos testigos de moralidad. Esos amigos eran ciertamente muy simpáticos, pero ¿cuál de ellos tenía un prontuario virgen? ¿La imponente Marga quizá? Tampoco era muy seguro...

—Una pequeña pregunta, señora... Cuando mi cliente vino a visitarlos hace poco más de un mes, ¿les contó que acababan de imponerle la presencia de Bruno Carvault en su celda?

—¡Y cómo no! La sola idea de ir a reencontrarse con ese monstruo cuarenta y ocho horas después lo volvía loco... ¡Póngase en su lugar! Por más que uno mismo no sea un ángel, ¡hay promiscuidades que no se pueden soportar! Vivir con el asesino de una criatura de cuatro años cuando se tiene una nenita de la misma edad a la que se adora... ¡No había derecho de hacerle eso a Jules! No lo tenía merecido.

—Lo sé...

—Doctor —dijo con voz áspera el petiso Max interviniendo a su vez en la conversación—, ¿puedo permitirme darle mi opinión acerca de este asunto?

—¡Su opinión! —rugió el coro de los demás—. ¡Como si pudieses tener una! ¡Y además no estabas allá cuando eso ocurrió! ¡Mejor sería que te ocuparas de tus apuestas!

—Por favor, señores —dijo Deliot, conciliador—. Dejen hablar a su amigo. Cuando se trata de defender a un acusado para evitarle lo peor, toda opinión, siendo sensata, puede ser de inestimable valor. Lo escucho, señor...

—Mi verdadero nombre es Maximin, pero siempre me han llamado Max... Bueno, doctor... Yo había leído con mucha atención todo cuanto fue dicho y escrito, hace diez años, acerca del crimen de Bruno Carvault, y acabo de releer toda la historia en estos últimos días: ¡otra vez los diarios, la radio y la TV no hablan de otra cosa! Imposible evitarlo... ¡Y bien! Mi opinión es que, al transcurrir el tiempo, al asesino del chico se le fueron las ganas de vivir y que él mismo es quien puso fin a su vida. ¿Qué perspectiva de existencia tenía ante sí, condenado como estaba a cadena perpetua?

—Eso era ya menos seguro: su amigo Jules me dijo que, algunos días antes de la muerte de Carvault, corrían rumores en la prisión de que sería liberado en fecha próxima... Y, de todos modos, no se haga ninguna ilusión: un día u otro, y más pronto de lo que se pudiera pensar, hubiese salido de prisión como Bournol, aunque más no fuese por su buena conducta.

—Justamente, hablando de Jules —preguntó el gordo César, otro de sus amigos—, ¿va a retrasar este nuevo proceso la liberación anticipada que, según me dijo en el transcurso de su visita de permiso, estaba seguro de obtener?

—Temo que sí... ¡No hay ni que pensar en su libertad antes de que tenga lugar un nuevo juicio! Y cuando se trata de audiencia en lo criminal, las cosas van lentamente: la sala en lo criminal no sesiona permanentemente como un tribunal de simple policía o correccional.

—¡Verdaderamente, ese pobre Julot no tiene suerte!

—Estimado señor —dijo Deliot dirigiéndose al petiso Max—, fue usted interrumpido en la exposición de su razonamiento que me parecía interesante. Continúe, se lo ruego...

El petiso Max sacó pecho y dirigió al auditorio del Café des Amis una mirada circular que significaba: "¡Ya ven que no soy tan retardado como ustedes parecen creerlo! Prueba de ello es que el Gran Abogado, que sin embargo viene de París, me escucha..." Y prosiguió:

—Doctor, aun admitiendo, como lo dice usted, que Carvault no permaneciera toda su vida encarcelado, ¿qué habría podido hacer al salir de la prisión?

—En cuanto a eso, amigo mío, ha habido innumerables criminales liberados que han sabido reintegrarse a la sociedad y de los que jamás se oyó hablar nuevamente. Algunos hasta lograron cambiar de nombre.

—¿Y qué me dice usted del remordimiento? ¿No cree que pesa mucho en lo que le resta de vida a un asesino?

—La cuestión está en saber si Bruno Carvault era un hombre capaz de sentir remordimiento... Cosa no muy segura. Le causó muy mala impresión a Bournol, y todos ustedes, que lo conocen bien y que acaban de afirmarme que su amigo tiene un corazón de oro, no van a decirme que semejante hombre, inclinado más bien a ver el lado bueno de las cosas y de la gente, haya podido expresar un juicio como ése acerca de un detenido, de no haber experimentado la íntima convicción de que éste era un hombre fundamentalmente malo.

Nadie respondió. Deliot continuó:

—Reservas que no excluyen la hipótesis, expuesta por su amigo Max y que no puede uno dejar de encarar, del suicidio. Si logramos transformarla en certeza, ello significará la absolución lisa y llana para Bournol, seguida por su liberación inmediata. Ese es, por otra parte, el motivo por el cual resulta indispensable para mí presentar ante el tribunal el mayor número posible de testigos que hayan conocido a Bournol antes de que estuviese entre rejas y que irán para decir, no solamente todo lo bueno que piensan de él, sino por sobre todas las cosas, que es incapaz de cometer un crimen... Se hace tarde: voy a tener que irme, pero antes, ¿sería demasiado pedirles, a ustedes que son amigos sinceros de mi cliente, que tengan a bien anotar en una hoja de papel, que nos procurará seguramente la amable propietaria de esta casa, sus apellidos, nombres reales y seudónimos si ello les place, profesiones y direcciones respectivas? Conservaré todo eso cuidadosamente para el caso de tener necesidad, en el momento del juicio, de presentar como testigos a uno u otro de ustedes, o tal vez a todos... Naturalmente, tienen mi palabra de abogado y de defensor de Jules Bournol que esa lista será estrictamente confidencial entre ustedes y yo, y que de manera alguna está destinada a favorecer algún operativo policial... Estoy convencido, por otra parte, señores, de que no hay ninguno entre ustedes que no tenga un prontuario intachable. Si por una desdichada casualidad, no fuese así para alguno de ustedes, sería preferible que no se inscribiese en esa lista. Resulta, en efecto, bastante contraproducente presentar como testigo de moralidad ante una audiencia en lo criminal a alguien que tiene en su haber algunos pecadillos o condenas, sobre todo cuando aparecen en su prontuario.

La opulenta Marga presentó la hoja arrancada de un cuaderno escondido en su caja registradora y que tal vez sirviera para establecer una contabilidad ultrarrápida en caso de control por parte de la "Brigada de los Vinos y Espirituosos", preguntando:

—¿Quién se inscribe primero?

Se produjo un gran silencio, y entonces Deliot disipó el malestar contestando por los interesados:

—¡Usted, señora! Me parece justo que, por ser la dueña de casa, le esté reservado ese honor. Y estoy convencido de que su testimonio, en caso de que debiese recurrir a él, tendría mucho peso ante la Corte. ¿No me dijo acaso que conocía a mi cliente desde hace más de quince años? Una amistad tan duradera es una prueba de estima hacia él.

La voluminosa Marga escribió sin la menor vacilación todo cuanto había pedido el abogado antes de extenderle la hoja al petiso Max, quien hizo otro tanto. Esto había sido realizado como un ceremonial, dentro del silencio más absoluto... Silencio que se tornó casi molesto cuando el tercer protagonista, el gordo César, que a su vez recibió la hoja, la pasó en seguida y sin haber inscrito en ella su nombre, a un cuarto parroquiano que se desprendió también del papel para entregárselo a un quinto, y así sucesivamente. La vuelta a los "amigos" de Bournol quedó rápidamente completada, y la hoja regresó a manos de Deliot ostentando tan sólo dos nombres: los de la dueña y del petiso Max.

—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Deliot con aire bonachón.

—Sucede, doctor —respondió el gordo César—, que los compañeros son como yo: no estamos libres de manchas... Si se hurga en nuestros antecedentes siempre se encontrará algo, aunque no sea muy grave... ¡Oh! ¡Quédese tranquilo: aquí no hay asesinos! Ninguno de nosotros ha llegado a eso, pero en lo que respecta a las condenas como la de Jules, prácticamente todos las hemos conocido durante más o menos tiempo. Pensamos entonces, después de cuanto usted nos explicó, que tal vez no fuese muy indicado presentarnos como testigos de descargo. Correríamos el riesgo de perjudicar a su cliente y, dado que le queremos bien, no deseamos que ello ocurra.

—¡Ése es un sentimiento que los honra! —dijo Deliot a la vez que introducía la hoja en un bolsillo interior de su abrigo—. Y permítanme, en prueba de reconocimiento por semejante franqueza, invitarlos a una ronda general que podríamos llamar "la ronda de Jules". Estoy seguro de que si estuviese aquí, haría lo mismo... Siendo su defensor, me considero su representante: delegó en mí sus poderes por mandato especial.

Los vasos de licor se elevaron por la salud de Jules y por su regreso que no podía ser menos que triunfal.

Cuando se halló nuevamente afuera, la tarde de noviembre comenzaba a envolver en su bruma el viejo barrio de "La Belle de Mai" y todo cuanto deambulaba por sus calles cuyos faroles acababan de encenderse, Victor Deliot tuvo un gesto instintivo: palpó el bolsillo de su abrigo donde se hallaba la hoja casi en blanco. Y una sonrisa se dibujó en sus labios: claro, no había allí más que dos nombres, dos direcciones y dos profesiones, en tanto que, saboreando el licor final, doce personas eran las que estaban ante el mostrador del Café des Amis. Dos sobre doce era poco, ¡pero no tan malo! Dos amigos de Bournol que, llegado el caso, podrían servir como testigos porque nada tenían que temer de los archivos judiciales.

¿Cuál era la profesión indicada por la propia Marga? Propietaria del Café des Amis... Ser propietaria de un bar de fama más o menos dudosa no constituía una referencia muy apreciable, pero con todo era mejor que nada, y existen dueños y dueñas de ese tipo de establecimiento que son muy buena gente. La profesión mencionada por el petiso Max no valía mucho más: Consejero financiero... ¿Consejero para las ganancias y pérdidas realizadas sobre los hipódromos, en partidos de rugby o peleas de box? Ese balance confirmaba la impresión que le habían dejado sus dos conversaciones con su cliente: si Jules Bournol no se las daba de santo, sus mejores amigos estaban, en su gran mayoría, muy lejos de ser ángeles... ¡Dime con quién andas y te diré quién eres! Lo que inducía, una vez más, a la reflexión.

En otro extremo de la ciudad, Deliot contaba con una tercera aliada: Fresita, secundada por la pequeña Chris quien, al final de cuentas, se revelaría quizá como la mejor palanca para hacer saltar a último momento las normales vacilaciones de un jurado acerca de la posible culpabilidad de un Bournol.

¿Fresita? En el momento en que el abogado, que acababa de hallar al fin un taxi, iba a alejarse del barrio predilecto de su cliente, la luz roja del semáforo obligó al coche a frenar por unos instantes... Instantes milagrosos que le permitieron contemplar una visión imprevista. Alumbrada por la luz aún indecisa de un farol en la semioscuridad y arrimada a una pared, casi en la esquina de ambas calles y cerca de una puerta estrecha en lo alto de la cual un letrero, no muy luminoso tampoco, mostraba las cinco letras de la palabra Hotel, una silueta esperaba... Silueta que Victor Deliot no podía haber olvidado ya: la de Fresita... Pero una Fresita muy diferente de la que lo había recibido algunas horas antes, a pleno sol, tras la verja del jardincillo suburbano. La figura esbelta seguía siendo la misma, pero lo que había cambiado completamente era la actitud, la vestimenta y el rostro.

¿La actitud? La persona observada ahora desde el asiento trasero de su taxi, y que daba la más nítida impresión de no interesarse en la gente que pasaba en coche, no era ya la de la encantadora burguesa que había aparecido en la escalinata del chalet cuando tocó el timbre y cuyo rostro se había iluminado con una amplia sonrisa cuando él se dio a conocer. Era más bien una mujer que se ofrecía, indolente y resignada, dispuesta a todo...

¿La vestimenta? Ya no se trataba del traje sastre cuya sobriedad iba unida con la elegancia. Esos atavíos habían sido reemplazados por otros: altas botas negras y charoladas cuyos tacones muy exagerados levantaban intencionalmente la silueta para dar la impresión de que la mujer era de elevada estatura, una falda corta detenida a la mayor altura posible para permitir la complaciente exhibición de las rodillas y sobre todo de la parte inferior de los muslos, y finalmente, ciñendo el busto, un pullóver de color negro cuyo cuello enrollado en torno a la garganta lucía uno de esos collares llamativos formados por mil baratijas que atraen la atención porque brillan demasiado, y que al deslizarse sobre los senos recalcaba sus agresivas formas, puestas ya de relieve por el pullóver adherido a la piel.

¿El rostro? Mientras que en las últimas horas de la mañana se había mostrado maquillado con discreción, al comienzo de la noche se veía pintarrajeado con exageración. El círculo escarlata del lápiz de labios se había agrandado desmesuradamente para acrecer la apariencia de sensualidad. La nariz había perdido la agresividad un tanto insolente que era parte de su encanto: desaparecía casi entre los negros círculos del rimmel embadurnándole las pestañas y destinado a hacer creer que los ojos, al igual que la boca, eran inmensos. Por último estaban los cabellos: su tono rubio natural había desaparecido, oculto bajo una peluca pelirroja ridiculamente enrulada.

No era ya la verdadera Fresita, sino una caricatura de ella adaptada al decorado dentro del cual actuaba la prostituta y que no hubiese deslucido a ningún barrio similar de cualquier ciudad importante. Cuando el taxi reemprendió la marcha, el abogado se sentía anonadado por no haberse equivocado tanto al abandonar el chalet: había en verdad dos Fresitas, la que reprendía a Chris para que fuese una chica bien educada y la que continuaba su oficio de buscona para conseguir el dinero que le hacía falta a ella, y quizá más que a ella a Jules, el buen Jules, para conservar el ánimo durante las "vacaciones" que le eran impuestas. Por otra parte, Fresita lo había dicho claramente: iniciaba "el trabajo" al anochecer, cuando la vecina se hacía cargo de la niña. ¡Qué extraña vida! Pero lo más extraño era que, al referírsela de la manera más natural del mundo, parecía convencida de que llevaba una vida normal.

¿No estaba acaso en su derecho Deliot al preguntarse si le era posible otorgar la mínima credibilidad a las protestas de semihonradez de su cliente, así como a la sensibilidad de la que era su verdadero sostén? ¿Las afirmaciones de un rufián y de su protegida valían más que las de un asesino? El caso se iba revelando cada vez más como muy delicado. ¿No había cometido Victor Deliot un lamentable error al aceptar hacerse cargo de la defensa?

 

 

 

A la mañana siguiente, después de una incómoda noche en ferrocarril, se halló al despuntar el día en otra ciudad mucho menos importante: uno de esos poblados de los que se dice que son de mediana importancia, y que no estaba ubicado ya en el Sudeste sino en el Sudoeste... ¿Mediana importancia? Sin embargo era allí, en ese pueblo de cuarenta mil habitantes, donde Bruno Carvault había cometido su crimen. Por lo demás se trataba de una ciudad tranquila, situada en el centro de una región agrícola, rica y apacible en apariencia, y desprovista ciertamente de barrios tan pintorescos como el de "La Belle de Mai".

Al igual que en Marsella, la temperatura era agradable, pero llovía... Una de esas finas e interminables lluvias que terminan empapandólo a uno. El primer cuidado de Victor Deliot fue el de refugiarse en un hotel de modesta apariencia, situado frente a la estación y que llevaba un nombre trivial: Grand Hotel Terminus. Su segunda preocupación fue la de hacerse servir un desayuno complementado con huevos al jamón, plato que lo enloquecía, en la modesta pero correcta habitación que le había sido asignada.

Recordaba haber estado en esa misma ciudad unos veinte años antes para asumir la defensa de un parisiense acusado por delito de fuga, tras un accidente automovilístico que, felizmente, no había tenido por consecuencia más que daños materiales. El abogado que representaba a la compañía de seguros contraria se hallaba inscrito en el foro local y Victor Deliot recordaba también la extrema cortesía del colega en aquella ocasión, detalle poco frecuente tratándose de un abogado parisiense que se desplaza para asumir una defensa en la provincia. Ese colega, notablemente más joven que él, se llamaba Fierre Gaudin: nombre que el defensor de Jules Bournol habría olvidado seguramente, de no haber surgido bruscamente algunos días antes en su memoria al releer en los diarios el relato del resonante juicio de Bruno Carvault. Se citaba allí varias veces el nombre del fiscal Fierre Gaudin, quien, al presentar severa demanda en nombre del ministerio público contra el asesino del pequeño Serge, había solicitado la pena de muerte que finalmente no había conseguido. Nada extraño que ese Gaudin fuese el joven abogado frente al cual Deliot había presentado su defensa, y que, tras abandonar el foro — distaba mucho de ser un caso aislado— hubiese hecho carrera en la magistratura. La guía telefónica de la ciudad podría tal vez darle la respuesta. Después de haberla consultado, Victor Deliot no conservó ya duda alguna.

—¡Hola! ¿Con el fiscal Fierre Gaudin?

—Con él.

—Le habla el doctor Victor Deliot, del tribunal de París... Tal vez recuerde usted, señor fiscal, que fuimos adversarios en un juicio por daños y perjuicios a consecuencia de un accidente automovilístico, sustanciado aquí mismo hace una veintena de años... Yo había venido especialmente desde la capital para defender a mi cliente que era parisiense...

—Sí, mi estimado colega, me acuerdo perfectamente... Sin ser muy grave, la causa por usted defendida no era muy buena que digamos.

—¡Dígamelo a mí! Un delito de fuga en un caso semejante nunca es visto con buenos ojos por un tribunal...

—¿Qué es lo que lo trae nuevamente por estos lados?

—Un asunto bastante especial que no concierne directamente a su ciudad, pero que de seguro no se habría presentado si no hubiese existido, hace ya diez años, el juicio de Bruno Carvault contra quien, creo recordar, había usted solicitado la pena de muerte.

Se produjo un marcado silencio en la conversación telefónica antes de que el fiscal respondiese:

—Es exacto...

—Y no habrá dejado de enterarse usted, en el transcurso de estos últimos días, que Bruno Carvault murió por envenenamiento con cianuro en la celda que ocupaba desde hacía dos meses en la prisión de Melun...

—Efectivamente, lo leí en los diarios...

—Ni de que compartía esa celda con un codetenido, un tal Jules Bournol que, hace cuarenta y ocho horas, fue acusado de homicidio voluntario en la persona de Carvault...

—También leí eso ayer por la mañana.

—Y ocurre, mi estimado colega, que soy el defensor de ese Bournol... Es por ello que tomé la decisión de venir lo antes posible a esta ciudad para intentar acercarme, de ser ello posible, a algunas de las personas que, por haber conocido o estado en contacto con la víctima, Bruno Carvault, podrían orientarme mejor acerca de su verdadera personalidad que tan compleja me pareció, hasta el punto de que mi cliente, que no es más que un condenado de derecho común de poco fuste, no pudo descubrirla realmente. Cosa que constituye para mí un impedimento para interpretar el verdadero móvil del crimen, en el caso de que éste exista, cosa que dudo. Y recordando las excelentes relaciones profesionales que tuvimos hace ya mucho tiempo, me tomé la libertad de llamarlo en primer término, antes de visitar a otras personas de la ciudad. Me parece indispensable mantener una conversación con usted... ¿Sería demasiado pedirle que tenga la gentileza de recibirme sin tardanza? ¡Ya se imaginará usted que tengo el tiempo contado!

—Tiene usted mi dirección en la guía. Tómese un taxi y venga a verme inmediatamente. Le hago esta proposición porque me sería imposible verlo esta tarde dado que estoy comprometido para una audiencia importante, y mañana parto de vacaciones.

—¿En esta época?

—Me apasiona la caza... Me han invitado a un safari en Kenya, ¡y por nada me lo perdería! Durante quince días no pensaré en el Tribunal.

—¡Y tendrá usted toda la razón del mundo! Gracias por su extrema amabilidad. Estaré en su casa en diez minutos a más tardar. Hasta dentro de un momento.

 

 

 

No fueron necesarios ni siquiera los diez minutos para que Víctor Deliot y el fiscal Gaudin estuviesen frente a frente en un despacho relativamente confortable en el domicilio de este último. Después de haberle narrado las circunstancias de la muerte de Bruno Carvault y las razones estrictamente humanas que lo habían impulsado a aceptar ser el defensor de Jules Bournol, Deliot prosiguió:

—Pienso, y sin duda compartirá usted mi opinión, que no debe ser demasiado arduo evitarle lo peor a mi cliente, pero solamente lo lograré si puedo conocer mejor al desaparecido. ¿Es pues demasiado pedirle, a usted, que lo demandó en el momento del juicio, que me diga a título confidencial, y con mi compromiso formal de colega de no valerme de su parecer en la preparación de mi expediente ni, sobre todo, en el momento de los debates, qué piensa usted, en el fondo de su conciencia, de ese Bruno Carvault?

La pregunta era directa y precisa. La respuesta también lo fue.

—Después de diez años, y a pesar de la trágica muerte de Carvault, no he cambiado de opinión en cuanto a él concierne. Si en su momento solicité la pena de muerte, que por otra parte no obtuve, fue porque consideré, con plena convicción, que era ampliamente merecida. Jamás tuve conocimiento en mi carrera de fiscal, en el transcurso de la cual debí examinar sin embargo gran número de casos de criminalidad, de un crimen más odioso que ése. Dar muerte a un niño al que se conoce y de cuya completa confianza se goza por esa misma razón, únicamente para cobrar un rescate y antes además de que haya sido pagado haciéndole creer a la madre del inocente que éste sigue vivo, sobrepasa todos los límites de la monstruosidad. A mi manera de ver, el jurado que no hizo suyas mis conclusiones cargará siempre, en la historia del crimen, con una pesada responsabilidad. He ahí, estimado colega, mi sincera opinión acerca de ese asunto... ¿Decirle ahora qué clase de hombre era Bruno Carvault? Desgraciadamente, y peso mis palabras, un muchacho notablemente inteligente y culto que había realizado buenos estudios y que no tenía nada de loco. Si se hubiese tratado de un desequilibrado, los muchos tests y exámenes psicológicos a que se lo sometió probaron que no lo era en absoluto, podría haberse visto favorecido por circunstancias atenuantes que yo hubiese sido el primero en aceptar. Ese fue el punto más grave en contra de él.

—¿Cómo se comportó en el transcurso del juicio? —Muy inteligentemente: fingió ser uno de esos muchachos tímidos que parecen sentirse asombrados de cuanto les ocurre y dan la impresión de preguntarse a sí mismos por qué se hallan en un banquillo ante un tribunal. Lo que advertí muy bien, al no haberle quitado los ojos de encima durante el enunciado del veredicto, fue el destello de satisfacción, no me atrevería a decir de triunfo, que se deslizó por su mirada. Era algo así como una especie de silencioso desafío a la sala que, desenfrenada, gritaba su indignación contra el veredicto que lo salvaba de la pena capital. Su fin fue ciertamente trágico, pero me pregunto si la sociedad lo lamenta realmente, o si no piensa más bien que se hizo justicia. Tal como creo conocerlo, doctor Deliot, tengo la impresión de que su alegato en defensa de su cliente habrá de basarse sobre este tipo de argumentos.

—¿Mi alegato? ¡Me conoce usted mal, señor fiscal! Las dos únicas veces en mi carrera en las que expuse en una audiencia, no sabía muy bien lo que iba a decir antes de comenzar... Naturalmente, yo había establecido mis planes en función de algunas ideas bien definidas pero, las dos veces, el desarrollo mismo de los juicios me obligó a modificar radicalmente esos planes. La primera vez tuve que actuar en contra de mi cliente que me había mentido para obtener su absolución, y la segunda me vi forzado a pedir una audiencia a puertas cerradas para la audición de un testigo de última hora cuya deposición hizo que volviese todo a foja cero. Eso significa que en las audiencias en lo criminal una condena o una absolución dependen a veces de muy poca cosa... Y ése es, por otra parte, ¡el misterio más angustiante de nuestra profesión! ¿Puedo, sin pretender abusar de su tiempo, formularle otra pregunta?

—Por favor...

—Acaba usted de recordarme un hecho del que me enteré en su momento por los diarios: al escuchar el enunciado del veredicto de clemencia, la concurrencia presente en el juicio profirió gritos de indignación. ¿Qué ocurrió luego en la ciudad?

—¡Fue peor! Durante las semanas y aun los meses que siguieron al juicio, un vendaval de odio siguió acometiendo a Bruno Carvault. Estoy seguro de que si la población hubiese podido cercarlo al concluir el proceso, lo habría linchado sin la menor piedad. Felizmente el furgón celular era sólido y estaba bien rodeado por la gendarmería. Hubo sin embargo un principio de amotinamiento, y fue necesario hacer circular en la ciudad durante algunos días patrullas de Seguridad para calmar una agitación latente. Aún hoy me pregunto si, después de diez años, el espíritu de venganza se ha apaciguado del todo... ¡No hay duda de que la reciente noticia de la muerte violenta del asesino ha sido recibida aquí y en toda la región como una bendición del Cielo! Carvault ha expiado al fin en la forma en que debiera haber ocurrido inmediatamente después del juicio, y deben ser pocos los que no están convencidos de que el preso, atenazado por los remordimientos, se suicidó. Para ellos es una especie de apaciguamiento para su sed de venganza: ahora no se hablará ya más de él en la ciudad, salvo, evidentemente, en el momento en que se sustancie el juicio de Jules Bournol... Ésa es la razón por la que semejante proceso me resulta bastante lamentable.

—Es ésa también mi opinión, pero ¿cómo podría detenerse su curso ahora que la inculpación de mi cliente es formal? ¿Por un cambio súbito del juez de instrucción derivado en un sobreseimiento? Me parece ello poco probable desde que me enteré de las conclusiones de la inculpación.

—Cualquier cosa sería mejor que ese juicio que va a reavivar pasiones inútilmente... ¿Bruno Carvault está muerto? ¡Y bien, Dios mío, no es una gran pérdida! Hasta podemos decir, aquí entre nosotros, que dicha solución constituye más bien un gran alivio para la sociedad a la que se hubiese reintegrado el día en que fuese liberado por buena conducta. Nada prueba que no habría recomenzado a matar para conseguir dinero.

—¡Cuánto me agradaría, señor fiscal, tener frente a mí en el ministerio público el día del juicio, a un hombre que supiese enfocar las cosas como lo hace usted!

Gaudin prefirió responder indirectamente: —Lo que tal vez le serviría de ayuda para su defensa sería sin duda saber qué fue de los que podríamos llamar los protagonistas del juicio Carvault... No hablemos ni del acusado que no es ya de este mundo, ni de mí que estoy frente a usted y que siempre permanecí firme en mi puesto, ejerciendo mi papel de defensor de la ley. Hablemos más bien de los demás... El presidente Buigne, que tuvo la pesada tarea de dirigir los debates, solicitó, él mismo me lo confesó, hacer uso de sus derechos a una jubilación anticipada, lo que le fue concedido. Abandonó la ciudad y se retiró no sé dónde... ¡Su decisión fue acertada pues no podía ya transitar por una calle sin que sus mejores amigos le pusiesen mala cara o ser insultado por chicos que lo trataban de vendido o de corrompido! Sí, mi estimado doctor, así ocurrió... La vindicta popular, que casi siempre es ciega pero que a veces tiene razón, ¡no podía admitir que él hubiese sido el presidente de un tribunal que no había condenado a la pena de muerte a un Carvault! Lo mismo sucedió con sus dos asesores, quienes obtuvieron un rápido traslado bajo otros cielos de Francia. Creo que uno de ellos partió para la isla de la Reunión: sin duda pensó que, poniendo distancia de por medio, el vendaval de indignación ya no podría alcanzarlo.

—En suma, es usted el único que permanece en esta ciudad...

—El único...

—Desempeñando casi el papel de héroe y ciertamente bien conceptuado puesto que reclamó la cabeza de Carvault...

—No exageremos nada. Digamos que mis conciudadanos siguen saludándome con cierta deferencia...

—¿Y los jurados?

—De los nueve, tres murieron en el transcurso del primer año que siguió al del proceso, y ello en condiciones bastante inquietantes... Muertes violentas que podrían llevar a pensar que fueron intencionales y sabiamente preparadas por una o varias manos criminales. Le dije que una aplastante mayoría ^de habitantes de la ciudad y de la región no habían admitido el veredicto: al igual que los miembros de la Corte, exceptuándome a mí, los jurados, muy conocidos en la ciudad y de profesiones diversas, fueron inmediatamente mal vistos y prácticamente puestos en cuarentena por la población. Pese a las tres extrañas muertes, no hubo indagaciones: ¿de quién sospechar? Habría habido que culpar a toda la ciudad y, temiendo represalias que sin duda no habrían dejado de producirse, las familias de los difuntos juzgaron más prudente callar. Tras la muerte de ese tercio de los jurados, quedan seis. De ellos, cuatro, atemorizados por las brutales desapariciones de los otros tres, abandonaron rápidamente la ciudad. Jamás se los volvió a ver. Hoy ya no quedan más que dos aquí. Y, cosa bastante curiosa, son los dos miembros del jurado que votaron por la aplicación de la pena de muerte a Bruno Carvault. Los siete restantes habían optado por la prisión perpetua.

—Señor fiscal, sin pretender poner en duda lo que usted me afirma, me tomo la libertad de preguntarle cómo pudo usted enterarse de los votos de unos y otros en ese proceso...

—No soy yo, mi estimado doctor, quien podría enseñarle a usted que en todo proceso donde hay alegato, el representante del ministerio público siempre puede, en resumidas cuentas, tomar conocimientos de las razones por las que sus conclusiones no lograron la total aprobación del jurado. Pero, claro está, no le está permitido valerse luego de ello, ya sea ante la prensa o la opinión pública, y mucho menos en el caso de una reapertura del proceso ante otra jurisdicción si éste hubiese sido anulado por vicio de forma o de procedimiento por decisión del Tribunal Superior. Ésa es la razón por la que creo no extralimitarme en mis derechos confiándole, también de manera estrictamente confidencial y pensando que esa información pueda tal vez serle de utilidad, que los dos jurados eximidos de toda molestia o persecución por parte de sus conciudadanos son aquellos que se adhirieron a mis conclusiones... A esas personas yo las conocía, por otra parte, desde mucho tiempo atrás: una de ellas es una mujer que vive no lejos de aquí, y la otra un comerciante en cuyo local me proveo una vez por semana... Un hombre y una mujer perfectamente honorables y que gozan de la estima general. Y si desea usted una precisión suplementaria, le diré que no es por mi mérito que sé cómo votó cada uno de ellos. Una y otro se empeñaron en explicarme, cuando los encontré separadamente algunos días después del juicio, por qué habían hecho suyas mis conclusiones. Les contesté entonces tanto al uno como a la otra que un jurado siempre tenía libertad para obrar según su conciencia y que no había razón alguna para que intentaran justificarse por su voto ni ante mí ni ante la población. Les aconsejé asimismo que callaran ante terceros y no hablaran más del proceso, aun estando convencido de que harían todo lo contrario. Me daba cuenta de que se sentían intranquilos: sin duda confiaron también sus inquietudes a sus íntimos, y hasta probablemente a sus vecinos, a fin de asegurarse la estima de la población. También ellos, al igual que los cuatro que abandonaron la ciudad, y como el presidente de la Corte que hizo valer sus derechos para obtener la jubilación, tuvieron miedo...

—Sin embargo, ese sentimiento de temor debería atenuarse puesto que, de una u otra manera, el asesino del pequeño Serge pagó su deuda para con la sociedad.

—Así lo espero... Pero nada es más tenaz que el espíritu de desquite.

—Me agradaría mantener una entrevista con alguno de esos supervivientes del jurado, cosa que me permitiría tener un nuevo enfoque acerca de la personalidad de aquel que se presume que fue asesinado en la prisión por mi cliente. ¿Podría usted facilitarme la dirección de la mujer o la del hombre, puesto que los conocía aun antes de que fuesen designados jurados?

—No me cabe duda de que usted quedó convencido, desde el principio mismo de nuestra conversación, de que mi mayor deseo era el de acudir en su ayuda para una tarea que se presenta complicada, pero debo confesarle sin embargo que no me parece correcto revelarle los nombres y direcciones de esos jurados: me daría la impresión de transgredir el derecho a la tranquilidad que les asiste. No me lo tome a mal.

—¿Cómo habría de hacerlo, señor fiscal? Supo usted mostrarse tan comprensivo conmigo, que me siento ahora culpable por haber acaparado así su tiempo. Ya no quiero importunarle más, y sólo me resta agradecerle las invalorables indicaciones que tuvo a bien roporcionarme, y sobre todo la cálida acogida que me brindó.

Victor Deliot se había puesto de pie:

—Sólo quiero, en el momento de despedirme, desearle un saludable descanso bajo el clima africano. No le digo "que tenga buena cacería" porque sé que es ésa una frase que nunca se pronuncia ante un cazador.

—Y yo, mi estimado doctor, no le digo "buena suerte" para el juicio que habrá de llevarse a cabo. ¡Resultaría tan inoportuno como sus augurios para la cacería! Espero asimismo que tengamos la ocasión de volver a vernos antes de que transcurran otros veinte años.

—Yo también, porque dada la edad que tengo, dentro de veinte años...

 

 

 

La segunda persona de la ciudad a quien pensó visitar el abogado fue Thérése Vifral, la madre de Serge. Al igual que en lo ocurrido con el fiscal Gaudin, había tenido la suerte de hallar su dirección y número de teléfono en la guía telefónica, un poco asombrado de que, después del drama vivido, la viuda de Jacques Vifral no hubiese juzgado preferible no figurar ya en guía, a fin de no verse molestada por importunos. Aunque era verdad que todo el mundo en la ciudad conocía desde hacía varias generaciones la dirección de los Vifral, y que ya habían transcurrido diez años desde los tristes acontecimientos.

No fue Thérése Vifral quien contestó la llamada telefónica sino una mucama, reemplazada luego por un hombre cuya voz particularmente amable contestó, después que Victor Deliot se dio a conocer y expuso los motivos que lo impulsaban a solicitar ser recibido por la mamá de Serge:

—Mi estimado doctor, la señora Vifral se acaba de enterar, como todo el mundo, de lo sucedido recientemente en la prisión de Melun, pero no piensa que ese asunto tenga algo que ver con ella.

—Yo no estoy tan seguro de eso, estimado señor... Pero, a propósito, ¿con quién tengo el gusto de hablar?

—Soy André Mateur, profesor de letras. Soy amigo de la familia Vifral desde hace muchísimo tiempo, y, digámoslo así, el consejero en cierto modo deThérése que, como bien se lo imaginará usted, se sintió muy sola después de las terribles pruebas que le tocó vivir.

—Me lo imagino. ¡Y bien! Señor Mateur, estoy convencido de que la opinión de la señora de Vifral acerca de la brutal desaparición de Bruno Carvault podría ser un elemento de primer orden en la defensa que debo asumir. Pero como me resulta muy difícil hablar de ello por teléfono, y sobre todo, sin intención de ofenderlo en lo más mínimo, por interpósita persona, preferiría, con mucho, que ella consintiese en recibirme si le resulta factible.

—¿Llama usted desde París?

—De ninguna manera. Llegué esta mañana a su ciudad con la esperanza de poder entrevistar a la señora Vifral... Me encuentro en el Hotel Terminus y, si no es demasiado pedir, me agradaría ser recibido en el transcurso de esta misma tarde a fin de poder alcanzar esta noche el tren que parte hacia París.

—La única cosa que puedo hacer, mi estimado doctor, es transmitir su pedido a la señora Vifral y llamarlo a su hotel dentro de una hora aproximadamente para decirle si ella acepta o no recibirlo, y, en caso afirmativo, a qué hora. La decisión pertenece tan sólo a ella.

—Lo comprendo muy bien. Por ello es que, señor Mateur, le agradezco por anticipado el aceptar el papel de intermediario entre ella y yo. No me moveré del hotel, en donde pienso almorzar, esperando su respuesta. Tal vez tenga asimismo el placer de verle a usted si la señora Vifral consiente en recibirme...

—También eso dependerá de ella. Lo vuelvo a llamar luego.

 

 

 

Víctor Deliot acababa de concluir su almuerzo cuando recibió la comunicación. Sin darle otras explicaciones, el profesor le anunció que Thérése Vifral lo recibiría a las tres de la tarde.

Sabedor de que si la puntualidad es la cortesía de los reyes, también es de rigor en el mundo del Palacio de Justicia, el defensor de Jules Bournol fue introducido, a la hora establecida, por una mucama de mucha clase y de sienes encanecidas, en un saloncito de la residencia perteneciente a la familia Vifral. Tanto en el vestíbulo de la entrada como en el gran salón, que había atravesado siguiendo a la mucama antes de penetrar en el más pequeño, semejante a un "boudoir", el amoblamiento era confortable y la atmósfera placentera. Aunque no todo era del mejor gusto, se advertía esa riqueza carente de boato que no se encuentra más que en las ciudades de provincia y que sabe ocultarse tras los muros de las grandes casas de piedra construidas a principio de siglo y cuyas fachadas conservan una especie de anonimato. Esa mansión señorial, cuya puerta de entrada daba sobre una calle sin movimiento y cuyo fondo se disimulaba tras la sombra de un pequeño parque rodeado de altos muros, habría podido estar en cualquier barrio residencial de otra ciudad provinciana. El contraste entre la casona ancestral de los Vifral y el chalet de Fresita, ubicado en el inarmónico suburbio de Marsella, era bastante sorprendente. En el interior reinaba tal silenció que era como para preguntarse si la casa estaba realmente habitada.

Una casa que, sin embargo, nada tenía de museo: ciertos muebles eran horrorosos, y los retratos de los difuntos Vifral, envarados en sus levitas cuyas solapas izquierdas se veían todas adornadas con la pequeña cinta roja, no eran tampoco muy seductores. Esos industriales daban la impresión de haber sido personajes afectados y severos. Ninguno de ellos sonreía. Aquel cuyo retrato parecía más reciente había debido ser el suegro de la actual dueña de casa, pero como ningún nombre ni ninguna fecha aparecían mencionados en una plaqueta fijada en la parte inferior del cuadro, resultaba imposible conocer la fecha de su desaparición. Durante la espera, que fue bastante larga, Victor Deliot tuvo todo el tiempo necesario para advertir que dos retratos faltaban en la colección... En realidad, los únicos que le hubiese agradado conocer: el de Jacques Vifral quien, después de haber desposado a su bonita secretaria Thérése, había muerto en un accidente automovilístico dos años después, cuando su hijo Serge contaba tan sólo un año de edad, y sobre todo el de ese heredero trágicamente asesinado por Bruno Carvault. El retrato, aun realizado como recuerdo postumo, de ese niño de cuatro años, habría alegrado la lúgubre colección. Probablemente porque no estaba allí parecía la casa más triste aún. Pero Deliot comprendía también que la joven mujer no sintiese deseos de tener en su saloncito privado la visión estereotipada de los dos seres que más había adorado.

 

 

 

Cuando entró por fin por una puertita de poca altura, empotrada en el revestimiento de madera y que el abogado ni siquiera había advertido, lo hizo sin el menor ruido. En tanto avanzaba, daba la impresión, no de caminar, sino más bien de deslizarse sobre las alfombras mullidas. Por muy increíble que ello pudiese parecer a su edad —Deliot había sacado la cuenta en París al releer los diarios: tenía apenas treinta y seis años—, parecía ser una emanación del pasado... Menuda, de apariencia delicada y delgada silueta ceñida por una robe de chambre negra que le cubría los pies, desprovista de la más mínima alhaja y carente de todo maquillaje, daba una impresión de irrealidad. Y tal vez fuese eso lo que la convertía en una mujer encantadora. La tez era diáfana, el cutis nacarado, la nariz armoniosa, los ojos negros naturalmente sombreados. El rostro aparecía enmarcado por largos cabellos dorados de extraordinaria textura que, semejantes a hilos de seda, caían muy por debajo de sus hombros: una admirable cabellera capaz de despertar la envidia de una ondina o de un hada. Los menores gestos revestían exquisita gracia: cuando extendió su mano, Deliot no pudo dejar de asombrarse por la distinción que entrañaban los dedos. La voz era suave y un poco triste a la vez:

—Me alegra conocerlo, doctor Deliot. Y no deja de parecerme bastante extraño haber leído ayer por primera vez su nombre en los diarios y tenerlo ahora aquí, frente a mí...

—El honor es mío, estimada señora, créamelo. En cuanto a mi visita, ciertamente jamás se habría producido si las obligaciones de mi profesión no me hubiesen impulsado a entrevistarme con usted lo antes posible.

—Siéntese. André Mateur, que es para mí más que un hermano mayor, me ha explicado las razones que lo han traído hasta aquí. ¿De modo que es usted quien asume la defensa de ese hombre que asesinó a Bruno Carvault en la prisión?

—Sinceramente, señora, no creo que mi cliente, cuyo nombre es Jules Bournol, sea un asesino, y ése ha de ser el único objetivo de mi alegato. Y no porque haya sido inculpado se tiene el derecho, en tanto el juicio no se lleve a cabo, de considerarlo un homicida. Pero para llegar a probarlo, necesito diversos testimonios. Algunos servirán para demostrar que Bournol es demasiado buen hombre para poder llegar hasta el crimen, y otros explicarán la verdadera personalidad del que es considerado su víctima... Me pareció, desde el momento en que acepté defender a Bournol, que su lugar debería estar, lógicamente, en esa segunda categoría de testigos. ¡Nadie en el mundo, señora, ha sufrido más que usted por el odioso crimen de Carvault! Le ruego humildemente que me disculpe por reavivar en usted tan horribles recuerdos, pero me es muy difícil obrar de otro modo. Qué diría en efecto la gente y qué pensarían los miembros de un jurado si la propia madre de Serge compareciese ante el tribunal en calidad de testigo de descargo para ayudarme a salvar a Bournol diciendo valerosamente a la Corte que, aun admitiendo que mi cliente hubiese cometido ese homicidio, ¡cosa que no es así, me apresuro a afirmárselo!, no habría sido después de todo más que el gesto de un hombre que sinceramente creyó que era su deber reparar al fin el error de una justicia imperfectamente administrada en su momento... ¡Oh! Sé y siento, al ver la horrorizada expresión de su rostro, hasta qué punto semejantes consideraciones, emitidas por boca de un abogado, deben parecerle tan monstruosas como insensatas. También sé perfectamente que nadie tiene derecho a hacerse justicia por sí mismo, ni, sobre todo, de modificar a su antojo la pena legalmente infligida por un tribunal, pero no es posible que en un caso como éste la Corte no tome en cuenta, antes de emitir su veredicto final, el grito de una madre que hasta ahora jamás tuvo la oportunidad de expresarse... ¡Ya que no puedo creer, señora, que en el transcurso de los diez últimos terribles años, no haya experimentado en más de una ocasión el deseo irrazonable pero sincero de hacer justicia usted misma dando muerte con sus propias manos, de poder hacerlo, al que estranguló a su único hijo! Y si lo hubiese hecho, sé que la mayor parte de la gente, incluyendo a todas las madres, la habría aprobado y que todo el mundo la habría perdonado.

Perturbada, con una palidez más acentuada aún que la de su blancura natural, Thérése Vifral miró intensamente a Deliot antes de contestar con calma:

—¿Cree usted que nos hallamos aún en la época de las tragedias antiguas y clásicas en las que las heroínas no vacilaban en matar para vengar la muerte de sus hijos? Pero ¿qué lo autoriza a pensar, doctor Deliot, que deseé en lo más profundo de mi corazón, en el momento del juicio, que el asesino de mi hijo fuese condenado a muerte para expiar? Sé bien que las Sagradas Escrituras dicen que quien mate con la espada, por la espada perecerá... ¿Más es ésa acaso una sana moral y debemos continuar hoy día obedeciendo el Antiguo Testamento?

Todo eso había sido expresado por la voz suave, sin ninguna exaltación. Bastante sorprendido, el abogado volvió a decir:

—Si he interpretado bien, señora, usted estima que es lamentable que el asesino de su hijo haya sido víctima a su vez de una muerte violenta...

—No lo estimo: estoy convencida.

—¿Significa eso que no puedo tener ninguna esperanza de verla testimoniar en el campo de la defensa?

—Pero veamos, doctor, ¿a título de qué estaría yo allí? ¿Para explicar que mi sed de venganza ha sido saciada al fin? No me parece ser ése el comportamiento de una verdadera madre... Seguramente no ignora usted que la mamá de Bruno Carvault vive aún y que habita en esta misma ciudad... Durante esos diez años, en tanto que yo misma no tenía posibilidad alguna de volver a ver a mi pequeño Serge, ella vivió en angustiante expectativa, acariciando la esperanza, insensata tal vez pero no obstante real, de que su hijo Bruno saldría finalmente de la prisión y le sería devuelto. ¿Cuál es la madre que no tendría ese deseo? Y sin embargo desde la muerte brutal de su hijo acaecida hace algunos días, sabe ella ahora que tampoco volverá a verlo... Olvidando voluntariamente mi propia pena, me pongo en su lugar: ¡qué sufrimiento atroz debe ser el suyo! El mismo que experimenté cuando, secuestrado mi hijo, esperaba aún, a pesar de todo, que me sería devuelto vivo a cambio de un rescate... ¡Pero para ella no existe ni siquiera la esperanza del rescate! Durante los diez años de encarcelamiento de su hijo, ella pagó en la misma medida que él, más tal vez puesto que su única culpabilidad era la de haberlo echado al mundo... Y, bruscamente, llega el anuncio de la muerte del que vivió ya diez años de expiación... ¿Y querría usted que me presentase ante el tribunal para enfrentarme a esa mujer dándole a comprender que me siento muy satisfecha por lo que acaba de ocurrir? Sería una infamia de mi parte y estoy segura de que ninguna de esas madres de las que me hablaba usted hace un rato me aprobaría.

—Pero mi cliente...

—¿Qué quiere usted que diga yo de él? ¡No conozco a ese Jules Bournol! Quizá sea, tal como parece estar usted convencido de ello, un muy buen hombre, pero no me corresponde a mí atestiguarlo puesto que ignoraba incluso su nombre hasta el momento en que fue citado, hace cuarenta y ocho horas, en los diarios. Francamente, me es indiferente.

—¿Aun si hubiese llevado a cabo el acto reparador que nadie antes que él tuvo la valentía de realizar?

—¿Usted le llama a eso valentía? ¡Pues yo no! Y nada prueba que no hubo, entre él y Carvault, alguna desavenencia durante los dos meses en que estuvieron encerrados en la misma celda... Cosa que justificaría mucho más el acto criminal que el deseo de vengar la muerte de mi pequeño Serge.

—En todo caso, señora Vifral, compruebo que ha seguido usted con cierta atención el relato de los hechos publicado por la prensa: hasta notó que Bruno Carvault y Jules Bournol estuvieron encarcelados juntos por espacio de dos meses. Es más de lo que hace falta, efectivamente, para suscitar graves antipatías. Pero hay un punto acerca del cual quisiera atraer nuevamente su atención: como ya se lo dije al principio de esta conversación, no considero en modo alguno que mi cliente sea responsable de la muerte de Carvault. Para mí, o ha sido envenenado por otra persona resentida con él por razones que, como acaba usted de sugerirlo, nada tendrían que ver con la necesidad de modificar el veredicto de clemencia confirmado a continuación del asesinato de Serge, o bien se suicidó.

—Figúrese, doctor, que también yo pensé en esa última hipótesis.

—¡Todo el mundo pensó en ella, señora, y yo antes que nadie! Esa idea, inclusive, ha cobrado tal fuerza en mi mente, que es casi seguro que mi alegato se orientará en ese sentido. Sería muy lógico que Bruno Carvault, agobiado por el remordimiento, y no pudiendo, por otra parte, seguir viviendo encarcelado, haya decidido poner él mismo fin a sus días... Si ésa fuese mi argumentación, ¿consentiría usted, señora, en testimoniar a favor de Jules Bournol?

Se produjo un silencio durante el cual Thérése Vifral lo miró con una especie de curiosidad que parecía significar: "¿Pero adonde querrá llegar este endiablado abogado?" Finalmente contestó:

—¿Qué cambiaría en ese caso para su cliente?

—¡Todo, señora! Si usted consintiese en decir ante el jurado, y a condición, claro está, de que ésa fuese su íntima convicción, que usted, la mamá de Serge, está convencida de que no se trata de un crimen sino de un suicidio, no atacaría para nada la memoria de Carvault y permanecería fiel a esa muy noble línea de conducta que se ha trazado y que la honra... Su conciencia de madre con respecto a la de otra madre tan desesperada como usted nada tendría que reprocharse... ¡El suicidio de Carvault lo simplificaría todo y estoy convencido de que eso contentaría a mucha gente! La sociedad quedaría satisfecha y ya no se hablaría nunca más de ese triste asunto, cosa que parece ser, según creo haberlo adivinado a través de sus palabras, su más caro deseo...

—¡Oh, sí!

—Muy bien podría usted explicar, por ejemplo, en su declaración, que aun lamentando la fatal determinación de Bruno Carvault, no deja de pensar que tal vez quiso, al suprimirse, reparar él mismo todo el mal que había hecho. Hasta podría repetir ante el tribunal algunos de esos conceptos muy conmovedores que acudieron espontáneamente a sus labios hace un momento cuando expresó sus reales sentimientos de compasión con respecto a la señora Carvault, la otra madre... Estoy persuadido de que tales palabras apaciguarían definitivamente cierta animosidad en quienes antiguos rencores no aplacados volvieron a manifestarse en cuanto se enteraron del drama de Melun. Vendría entonces el olvido definitivo que constituye el mejor de los bálsamos: ya nadie volvería a hablar del siniestro "caso Carvault".

—Tal vez tenga usted razón, doctor. Pero si yo me decidiera a presentarme a atestiguar en ese sentido, usted mismo tendría que confirmarme su certeza de que ese Jules Bournol es inocente del crimen por el que ha sido inculpado...

—¡Si no tuviese esa certeza, señora, no estaría aquí!

—¿Y piensa usted que semejante declaración sería suficiente para permitirle obtener la absolución de su cliente?

—Unida a otros testimonios, contribuiría poderosamente a ello.

—Está bien: iré a atestiguar el día en que sea convocada.

—¡Gracias, señora Vifral! Agradezco también al cielo que me inspiró la idea de venir a visitarla. Ahora que nos hemos puesto de acuerdo acerca de lo esencial, no quisiera retirarme sin pedirle, si no le resulta demasiado penoso, un retrato sucinto, pero no obstante real, de Bruno Carvault. He creído comprender, en efecto, que antes de que sucediese el horrible caso, usted y los Carvault eran bastante buenos amigos...

—¡Es verdad, lamentablemente! Mi marido y yo conocíamos a los Carvault desde la época de nuestro noviazgo. Vivían en el segundo piso de un muy lindo edificio que no queda lejos de aquí. Se trataba no solamente de amigos sino casi de vecinos de barrio.

—Creo saber que el señor Carvault murió hace ya algunos años...

—No pudo soportar la idea de que su hijo único hubiese sido condenado a perpetuidad por un crimen tan abominable. Era muy buen hombre, con una excelente posición y que, al igual que su esposa y también su hijo Bruno, gozaba de la consideración general. Siempre oí a mi marido hablar muy bien de ellos. Fueron de las primeras personas a las que Jacques me presentó cuando estuvimos de novios. Los tres asistieron a nuestro casamiento y hasta nos enviaron una muy bonita fuente de plata que me parece conservo aún...

—Después del juicio, ¿el señor y la señora Carvault continuaron viviendo en el mismo lugar?

—¿Por qué habrían de mudarse? Los pobres no eran para nada culpables de lo que había ocurrido, y ni siquiera responsables de los actos de su hijo, que era mayor de edad desde hacía ya tres años. Pero para ellos debió ser muy penoso, y lo sigue siendo para ella que quedó sola en el apartamento.

—Como usted en esta gran casa...

—Como yo. Pero tengo la suerte de tener a ese viejo amigo, André Mateur, que viene a visitarme todos los días y a aconsejarme cuando me hace falta: ¡la existencia de una mujer sola es atroz! Por eso comprendo lo que debe ser ahora la de la madre de Bruno.

—He sabido, justamente por Bournol, que ella lo visitaba regularmente en Melun... ¿Volvió usted a ver a la señora Carvault durante esos diez años?

—Sólo la divisé confusamente cinco o seis veces y desde lejos. Hubiese sido indecente reunimos después de lo ocurrido. No olvide tampoco que nos hallamos en una mediana ciudad provinciana donde todo se observa y donde la gente charla mucho porque no tiene otra cosa importante que hacer. ¡Nos hubiesen señalado con el dedo diciendo que la madre de un chico asesinado mantenía buenas relaciones con la del asesino de su hijo! La respetabilidad exigía que nos ignorásemos mutuamente... Sin embargo, cuando me enteré, hace algunos días, de la muerte de Bruno, no vacilé: envié a su madre unas líneas de condolencia.

—¿Lo hizo usted?

—¡Oh! Le dije simplemente que me solidarizaba con su dolor de madre, dado que yo misma podía comprenderlo mejor que nadie.

—Semejante carta la honra, señora.

—Estimo no haber hecho más que mi deber. Y ello le demuestra que ya no hay en mi corazón rencor alguno. Por eso es que no habría podido atestiguar en el sentido en que usted me lo pedía al principio.

—Lo comprendo muy bien. Volvamos a Bruno... ¿Qué clase de muchacho era?

—¿Física o moralmente?

—Ambas cosas.

—Físicamente era de mediana altura y de complexión aparentemente débil.

—¡Exactamente así me lo describió Jules Bournol!

—¡Le aseguro que era imposible pensar que una persona así pudiese estrangular a alguien!

—Fue un débil capaz tan sólo de atacar a otro más débil que él.

—¡Qué horror! Pero, por increíble que ello pueda parecerle dicho por mí, debo reconocer que, justamente, gracias a esa debilidad aparente, no carecía de un cierto encanto con sus cabellos rubios y sus ojos azules... Jamás le oí elevar la voz cuando venía a visitarnos, ya fuese solo o con sus padres... Más a menudo, por otra parte, con su mamá, a la que daba la impresión de querer muchísimo y de quien parecía no poder prescindir... Casi un niño criado en las polleras de su madre y que, al crecer, se ha convertido en un chico grande... Lo que ocurrió es tanto más espantoso por cuanto parecía adorar a Serge con quien a menudo venía a jugar... ¡Cuántas veces los vi a ambos a través de esa ventana, mientras yo estaba leyendo, en este mismo lugar, corretear en el jardín! Bruno empujaba a Serge en un carrito que por lo demás conservé, al igual que todos sus juguetes: están allá arriba, en su cuarto de niño que nunca quise tocar y que permaneció intacto. La llave está en mi poder, y nadie tiene derecho a entrar en él excepto yo... Voy allí tan sólo una vez por año, en el aniversario de su nacimiento: permanezco encerrada en ese cuarto todo el día y me imagino que Serge está aún aquí, junto a mí... Juego con él y me confía sus pequeños secretos de niño... Después de la muerte prematura de mi marido, sólo me quedaba él.

—¿Bruno venía también a jugar con Serge en este cuarto?

—Sí, cuando llovía o cuando hacía demasiado frío para estar en el jardín. Desde mi habitación, que está al otro lado del pasillo, oía las risas de Serge.

—¿Y las de Bruno?

—No era un muchacho que se riera fuerte... A veces sonreía, pero con una sonrisa un tanto amarga que podía dar a entender que carecía de afecto. ¡Y sin embargo sus padres lo idolatraban! Hasta me pregunto si no lo mimaron demasiado... No le negaban nada. Mi marido, que era buen psicólogo, no quería mucho a Bruno. A menudo me dijo: "¿Por qué dejas que ese muchacho juegue con Serge? ¡No son de la misma edad!" Y yo contestaba: "Lo sé, Jacques, ¡pero ambos experimentan tanto placer! Estoy convencida de que Bruno no tiene más amigo que Serge."

—Extraña convicción, efectivamente, si se piensa en lo que ocurrió... ¿Y moralmente? ¿Qué impresión le causaba a usted ese joven?

—La de ser inteligente... No creo que haya sido muy trabajador: lo oí a su padre quejarse varias veces diciendo que su hijo era, como todos los que tienen demasiadas facilidades, más bien haragán... Pero lo comprendía todo muy rápidamente. Su peor defecto era el de no abrirse a nadie: permanecía encerrado en sí mismo y en sus propios pensamientos. Después de la muerte de mi marido, época en la cual sus padres y yo nos vimos mucho pues supieron mostrarse muy atentos conmigo en esos momentos, su madre me confesó que lo que más la afligía con respecto a su hijo era que podía permanecer días enteros sin pronunciar palabra.

—¿Era un taciturno?

—Más bien un desconfiado que no se sinceraba con nadie.

—Estimada señora, acaba usted de bosquejar con algunos trazos un retrato de Bruno Carvault que corresponde en un todo a la idea que desde hace algunos días me he formado de él. Ya no quiero abusar más de su tiempo y debo regresar a París.

—Espere un poco —dijo ella poniéndose de pie para llamar desde un timbre.

La mucama se hizo presente.

—Suba a decirle al señor Mateur que el doctor Deliot se va a retirar y que me agradaría mucho que lo conociese. Lo esperamos aquí.

Y después que la mucama hubo salido:

—Quiero a toda costa que André lo vea ahora. Siempre supo mostrarse conmigo como un amigo fiel que no me dio más que buenos consejos. ¿Sospechó usted que yo estaba muy decidida a no recibirlo, pensando que nada tenía que ver con el juicio de ese Bournol? Y bien, fue André quien me desaconsejó semejante actitud para con usted haciéndome ver que, si se había molestado usted desde París, era indudablemente porque necesitaba realmente mi ayuda.

—No se equivocó... Se lo agradeceré. ¿Vive aquí?

—¡Oh, no! Simplemente me vi en la obligación de habilitarle un cuarto como escritorio para que pudiese ocuparse de mis asuntos y más que nada liberarme de la voluminosa correspondencia que recibo diariamente. ¡No nací para andar entre papeluchos! Vivo sola en la casa con mi mucama.

—¿No es demasiado grande?

—Ya me acostumbré a ella y me imagino que Serge sigue corriendo por todas partes... En fin, no me encuentro tan aislada: sobre las antiguas caballerizas, transformadas en garaje y situadas al fondo del jardín que ve usted desde aquí, hay una vivienda muy confortable donde habita el matrimonio formado por mi cocinera y mi jardinero, que también se ocupa de mi coche. Ya ve usted que a pesar de todo estoy muy bien acompañada... André Mateur viene aquí tan sólo de día. Era un gran amigo de mi marido, quien a menudo acudía a él cuando había que ocuparse de un problema social en su fábrica. Como muchos docentes, André es un ser muy humano.

—¿Sigue enseñando?

—Dejó de hacerlo hace algunos años. —¿Y usted, señora? ¿Continúa dirigiendo la fuerte empresa de los Vifral?

—El negocio se halla ahora en manos de una sociedad: es preferible. No es posible convertirse de la noche a la mañana en dueña de una firma de tanta importancia. Cuento con un excelente director y me basta con seguir siendo la principal accionista sin ser presidente. Evidentemente, de haber vivido Serge, todo hubiese sido distinto: yo habría conservado ese puesto que me correspondía legalmente hasta que mi hijo hubiese sido capaz, concluidos sus estudios, de velar por la perennidad de la dinastía de los Vifral. Pero ahora...

—Comprendo... Sin embargo, y tal vez me considere usted indiscreto por decirle esto, ¿no ha pensado nunca una mujer tan encantadora como usted en rehacer su vida?

—Mi estimado doctor, usted no es para nada indiscreto al formularme una pregunta que ya me fue hecha varias veces por otras personas tan bien intencionadas como usted. No, no volveré a casarme: estoy firmemente decidida, puesto que soy la última de los Vifral, a llevar ese apellido hasta mi muerte. Habiendo conocido la felicidad de tener en mi vida dos grandes amores, mi marido y mi hijo, olvidarlos sería traicionar su memoria. Prefiero vivir con el recuerdo de ambos.

—Pocas veces hallé una mujer de su temple, señora Vifral.

La pequeña puerta había vuelto a abrirse para dejar paso a un hombre en la plenitud de la edad a pesar de sus sienes entrecanas, y que no carecía de porte ni de elegancia. Sin esperar, dijo sonriendo y extendiendo una mano afable al abogado:

—Doctor, estoy encantado de conocerlo personalmente.

—Tenga por seguro, estimado señor, que el placer es compartido.

—André —interrumpió prestamente Thérése Vifral—, el doctor Deliot acaba de darme exactamente el mismo consejo que usted: me dijo que mi deber era el de presentarme como testigo de descargo cuando llegue el momento del juicio de su cliente. Y acepté, con las reservas que ya le expresé esta mañana después que usted me informó de su llamada telefónica.

—Hizo usted muy bien, mi estimada amiga. Estoy convencido de que su testimonio contribuirá para que el doctor Deliot logre éxito en su cometido, que es el de evitar lo peor para su cliente al que yo, por mi parte, considero inocente.

—¿Qué es lo que lo induce a pensar así, estimado señor?

—Simplemente el hecho de que no veo cuál es el móvil que habría podido incitar a ese Jules Bournol a cometer un crimen tan gratuito para él y que sólo habría de traerle después las mayores dificultades.

—Precisamente porque tampoco yo logro hallar ese móvil, tengo la intención de basar mi defensa sobre la única hipótesis válida: la del suicidio.

—Estoy tanto más de acuerdo con usted en lo que atañe a esa idea —prosiguió el profesor—, por cuanto siendo ya, en la época de la tragedia, amigo de Jacques y de Thérése Vifral, tuve la posibilidad de ver muy a menudo al pequeño Serge... Y puedo afirmarle que a los cuatro años era ya un niño tan afectuoso como inteligente. Cada vez que yo venía aquí a visitar a la familia, no cesaba de formularme preguntas acerca de todo. Su mamá ha de ser la primera en reconocer que lo reprendía entonces diciéndole una frase que aún resuena en mis oídos: Pero, querido, ¿cuándo dejaras de formular todos esos ¿por qué? al señor Mateur? Y yo le contestaba: "Mi estimada Thérése, debería usted mas bien sentirse orgullosa por tener un hijo que intenta ya conocer el porqué de las cosas. Así es como triunfara en la vida".

—Señora —interrumpió Victor Deliot al advertir la emoción muy natural que la evocación de tales recuerdos había hecho aflorar en el rostro de la madre—, necesariamente debo partir si no quiero perder el tren... Quiero agradecerle una vez más, tanto por la calidez de su recibimiento como por la comprensión de que supo dar muestras con respecto a las dificultades de mi tarea. Ahora sé que podré contar con usted cuando llegue el momento... A usted también, señor Mateur, le agradezco no solamente el haberse mostrado como el más clarividente de los intermediarios entre la señora Vifral y yo, sino también por ese indudable apoyo que deben representar tanto su discreta presencia como sus acertados consejos ante quien, sin usted, se sentiría muy sola... Y si casualmente uno de ustedes, o ambos, fuesen a París antes de que yo dé señales de vida, no dejen de venir a visitarme: estaré encantado de volver a verlos. Por si hiciera falta, me permito dejarles esta tarjeta en la que hallarán mi dirección y número telefónico.

Después de haberse despedido de Thérése Vifral, que permaneció en el saloncito dándole la extraña impresión de haber recobrado bruscamente esa apariencia etérea que tenía cuando apareció ante él, fue acompañado hacia el vestíbulo por el profesor cuya sonrisa parecía indicar que se sentía bastante satisfecho por haberlo conocido.

Cuando se halló nuevamente en la calle, el abogado, que intencionadamente no había mandado llamar un taxi para dirigirse a la estación, experimentó al caminar un verdadero bienestar. ¡Adoraba las caminatas que le permitían reflexionar sin hallarse frente a los legajos y hasta lejos de ellos! Se trataba para él de la real evasión de donde nacen las ideas simples que son casi siempre las mejores.

Cuando había esgrimido el pretexto de no perder el tren que se dirigía a París, era tan sólo para poner término a una conversación que no ofrecía ya ningún interés puesto que había obtenido lo que deseaba: lograr que Thérése Vifral testimoniase en el campo de la defensa, aun aceptando sus reservas. Ante los ojos de un jurado contaría el hecho de que estuviese allí. En cuanto a ese André Mateur, el ex profesor convertido en "consejero", no era muy de su agrado. Y ello por dos razones: un miembro de la enseñanza que abandona su profesión para consagrar toda su actividad a ocuparse de los asuntos de una viuda aún hermosa y muy rica le parecía ser un extraño personaje. Además, era un tanto demasiado amable con su sonrisa ambigua en la que parecían mezclarse la satisfacción de haber logrado una estupenda canonjía y la de desempeñar el papel de oráculo que la solitaria mujer debía aceptar ciegamente. Pues era casi seguro que si ese Mateur hubiese aconsejado a la viuda no recibirlo, se habría hallado ante una puerta cerrada. ¿Cuáles podrían ser las verdaderas relaciones existentes entre el profesor y la que daba la impresión de ser su dócil alumna? ¿Lazos de estricta amistad? Resultaba dudoso... ¿Relaciones más íntimas? La mujer era seductora y el hombre no carecía de encanto: podía tratarse de una pareja ilegítima tan unida, secretamente, como una pareja legal. Jacques Vifral era bastante mayor; cuando había desposado a su bonita secretaria, ésta no tenía más que veinte años y él treinta y ocho. Dieciocho años de diferencia no dejan de tener su importancia... En cambio el profesor, cuyas sienes podían aparecer voluntariamente plateadas para acentuar su atractivo, no debía tener hoy día más de cuarenta y cinco años... Y como Thérése contaba ahora con treinta y seis, la diferencia de edad entre ellos se reducía a nueve años en lugar de dieciocho: justo la mitad.

Por otro lado, era necesario reconocerlo —y Deliot los había observado minuciosamente cuando estuvieron ante él en el saloncito—, en ningún momento había podido sorprender, ni en sus miradas ni en su actitud, la menor señal de complicidad amorosa. Si eran a pesar de todo amantes, se trataba de amantes muy hábiles y casi diabólicos. Lo que podría evidentemente modificar muchas cosas... ¿Y por qué no haberse casado después de tantos años de viudez de la mujer? ¿Para salvar las apariencias ante la opinión pública de la ciudad que difícilmente habría admitido que la mamá de la pequeña víctima y última poseedora del apellido, prestigioso en la región, de los Vifral se convirtiese en una señora Mateur? Sin embargo, si hubiesen querido realmente unirse ante la ley, muy bien habrían podido, también ellos, abandonar la ciudad como tantos otros lo habían hecho después del proceso. Sólo que el paquete de acciones mayoritarias de la empresa Vifral tenía que ser defendido... ¿No es acaso preferible, cuando se quiere vigilar seriamente intereses de tal magnitud permanecer en el lugar? ¡Bien se sabe que los ausentes nunca tienen razón! Más valía pues esperar todavía durante un cierto tiempo... ¿Acaso el tiempo no lo soluciona todo? Pero, fuese cual fuere la situación real, una íntima convicción —cuya procedencia no podía explicarse él mismo— inducía a Deliot a creer que, bajo su zalamera apariencia, el ex profesor codiciaba la fortuna.

¿Qué podía hacer ahora en esa triste ciudad donde había empezado de nuevo a lloviznar? ¿Intentar hallar a esos dos testigos mencionados por el fiscal y que, al haber votado por la pena de muerte, podrían ser, también ellos, preciosos auxiliares para la defensa de Bournol? En primer lugar, era necesario localizarlos, dado que el magistrado se había negado —y al obrar así no había hecho más que cumplir con su deber— a proporcionar sus nombres y direcciones. El único medio, bien aleatorio por cierto, sería el de errar a través de la ciudad, intentando interrogar a la gente. ¿No sería un esfuerzo inútil? Nadie contestaría: Deliot estaba casi seguro de ello. La provincia sabe, mejor que París, guardar sus secretos. Y una citación de comparecencia tampoco resultaría factible. Semejante procedimiento hasta correría el riesgo de volverse en contra de la defensa: ¿no implicaría acaso haber violado, después de diez años, el secreto del voto de un jurado? Los testigos serían recusados y las consecuencias del escándalo recaerían tanto sobre Bournol como sobre su defensor.

¿Y la madre de Bruno Carvault, que también seguía residiendo en la ciudad? Hojeando la guía telefónica para hallar la dirección de Thérése Vifral, el abogado había descubierto también la suya. Cosa curiosa, tampoco ella se había hecho eliminar de la guía. ¡Y resultaba estremecedor pensar cuántas llamadas amenazadoras habría debido soportar durante los meses y aun los primeros años que siguieron al proceso! Después, el espíritu de vindicta tal vez se había apaciguado, pero, ¿sería realmente así? Con certeza habría habido todavía seres de malos instintos que, al enterarse de la muerte de Bruno en Melun, no habían debido vacilar en llamar por teléfono a la pobre madre para decirle que se sentían al fin satisfechos por su desaparición. ¿Acaso los hombres no son monstruos?

Y suponiendo que la señora Carvault consintiese en recibirlo, ¿qué podría pedirle? Cuanto mucho que se abstuviese de ir a atestiguar en el campo de la acusación para ponderar —lo que no resultaría fácil para ella, ¿pero acaso una madre no es capaz de todo para defender a su hijo o al menos su memoria?— ciertas cualidades de su hijo. Sabría explicar, con todo su desgarrado corazón de mujer, que las conversaciones mantenidas con Bruno, durante las visitas efectuadas desde su encarcelamiento, demostraban que estaba sinceramente arrepentido y que se había refugiado en la fe. ¿Prueba de ello no era acaso que no leía más que obras piadosas? Y que habiendo recuperado esa fe profunda, se hallaba decidido a conformarse, para el futuro, con preceptos que enseñan que hay que saber expiar las propias faltas.

Más valía no intentar una entrevista con esa madre. La conclusión de esas reflexiones fue que no teniendo ya nada que hacer en la ciudad, más importante era regresar a París. Al día siguiente, después de haber tenido más tiempo aún para meditar en el tren de regreso, Víctor Deliot visitaría nuevamente a su cliente para defenderlo, al haber conseguido cuatro testigos de descargo: Fresita, la opulenta Marga, el petiso Max y, sobre todo, Thérése Vifral. Sería cosa del diablo si, con semejantes cartas de triunfo, no lograba sacarlo del avispero.

 

 

 

Sus primeras palabras, al encontrarse nuevamente con Jules Bournol, fueron:

—No esperaba usted volver a verme tan pronto puesto que le había dicho que mi ausencia sería de aproximadamente una semana. ¿Qué tal va ese ánimo?

—Muy por el suelo...

—Pronto se va a levantar: le traigo noticias más bien reconfortantes... Y, en primerísimo lugar, un mensaje de Fresita cuyas palabras fueron: Dígale simplemente que Chris y yo seguimos esperando su regreso. ¿No le parece simpático? ¿Acaso no está todo resumido en esas pocas palabras: el amor y la certeza de que todo va a salir bien?

—¿Vio también a Chris?

—Una criatura adorable: lo felicito y comprendo que se muestre un tanto chocho cuando se trata de ella... Pienso también que su mamá debe de ser con ella más severa que usted.

—No le deja pasar nada.

—Eso es lo que comprobé.

—¡No va usted a decirme que Chris no se portó de manera adecuada con usted!

—¡No se trata de nada grave! Se negaba a darme la mano en el momento de mi partida... Después de todo, tal vez tuviese razón... Los abogados no son necesariamente personas recomendables y los niños poseen cierto instinto...

—¡Oh, doctor!

—Fresita es encantadora... Lo tiene todo: la inteligencia y la belleza. Posee asimismo ese don poco frecuente que permite metamorfosearse cambiando completamente de personalidad... La vi dos veces con pocas horas de intervado: primeramente en su casa y luego en pleno barrio de la "Belle de Mai" mientras trabajaba... ¡Mi buen amigo, tiene usted en ella a una fenomenal luchadora!

—Es muy necesario en este momento...

—Claro que sí... Únicamente que si viene a testimoniar en su favor ante la Corte sería preferible que no hiciese demasiado alarde de su profesión... Es indispensable que de aquí a entonces le inventemos otra un poco menos llamativa... ¿No opina usted lo mismo?

—¡Pero ya tiene una, doctor!

—¿En verdad? ¿Cuál?

—Secretaria por medio día trabajando en su casa.

—¿Cómo puede ser? ¿Sabe escribir a máquina?

—Y conoce también taquigrafía.

—¡Vaya, pues!

—Salía de una escuela de secretariado cuando se inició en lo otro...

—Debía tratarse de una excelente escuela que preparaba para todo...

—La emplea regularmente una empresa de suplencias que le entrega documentos para que los mecanografíe en su casa.

—¿Documentos?

—Fresita es la discreción en persona.

—Ya me di cuenta.

—Ese trabajo "oficial" le permite disfrutar de las ventajas de la Seguridad Social. Para criar convenientemente a la pequeña, resultaba indispensable... ¡Los niños pescan todas las enfermedades y los medicamentos cuestan mucho!

—Mis cumplidos en lo que atañe a semejante organización... ¡Tanto más teniendo en cuenta que si su hogar no contase más que con usted, la Seguridad Social se transformaría en Inseguridad Total! No tenemos pues que preocuparnos por la profesión del testigo Fresita... Pero, dígame: en el ejercicio de su profesión... digamos "oculta" puesto que funciona sobre todo de noche, ¿no ha tenido problemas Fresita con la brigada de buenas costumbres?

—Algunos, pero pudo zafarse todas las veces, justamente gracias a su tarjeta profesional de taquidactilógrafa que siempre lleva consigo. Lo importante en ese oficio es tener los papeles en regla. Fresita los tiene, y posee también otra ventaja: sabe escapar...

—¿Y eso significa?

—Que corre muy rápidamente. Es con mucho la muchacha más ligera del barrio: seguramente no dejó usted de advertir que tiene piernas largas. Posee asimismo vista y olfato: en cuanto se acercan los policías, los ve y, más que nada, los huele...

—En suma, Fresita posee todas las virtudes. Ya se lo dije, Bournol: ¡usted es un suertudo! En Marsella tuve también el agrado de saborear la copa de la amistad en lo de la corpulenta Marga con algunos de sus amigos.

—¡Es usted formidable, doctor! ¿Qué le dijeron de mí los amigos?

—No escuché más que alabanzas. Lo cual me permitió descubrir en el Café des Amis dos testigos de descargo que tan sólo piensan bien de usted y que podrán concurrir a la audiencia puesto que sus prontuarios no registran antecedentes: son la dueña y el petiso Max.

—¿El que me reemplazó para levantar apuestas?

—Exactamente: su suplente... Con Fresita tenemos ya tres testigos. Y encontré un cuarto...

—¿También en Marsella?

—En otra parte... No le revelaré su identidad. Será para usted la gran sorpresa en el momento del juicio. ¡Si no existiese el suspenso en el transcurso de los debates, las audiencias se tornarían aburridas! Al salir de aquí iré directamente a ver al juez de instrucción para decirle que estamos más o menos preparados, usted y yo, para enfrentar a la Corte, pero que permanecemos a su entera disposición para contestar a las preguntas que no dejará de formularle todavía antes de dar por terminado el sumario. Se sobreentiende que, en cada ocasión, sólo contestará usted en mi presencia. Cuando estime él mismo que su legajo está completo, lo transferirá al procurador que tenga a su cargo la tarea de demandarlo... Todo eso puede requerir un cierto tiempo antes de que sea fijada la fecha definitiva del juicio. ¡Tendrá que armarse de paciencia! Puede contar conmigo: volveré a visitarlo cada semana para que podamos preparar bien nuestro caso.

—¿Y Fresita? ¿Podrá venir a verme?

—Todo dependerá de nuestras buenas relaciones con el juez de instrucción, que tiene autoridad para autorizar o rechazar el permiso de visita. Intentaré ablandarlo... Lo cual resultará posible si continúa usted teniendo una conducta ejemplar. ¿Prometido?

—¡Se lo juro!

—¡Ah! Se me olvidaba un detalle... Esa casa de Marsella en la que viven Fresita y Chris, ¿a quién pertenece, a Fresita o a usted?

—A Fresita.

—...¿que la pagó poco a poco gracias a un crédito?

—Eso mismo.

—Pagos cuyo origen podría justificar, si fuese necesario, gracias a los comprobantes de retribución que le entrega la oficina de suplencias que regularmente recurre a sus servicios...

—Exactamente.

—¿Y qué hace con todo el dinero que gana gracias a su actividad paralela?

—Lo invierte.

—¡Prudente precaución! Lo maravilloso para ella es el hecho de no tener que pagar impuestos por el ejercicio de su segunda profesión.

—Sólo debe abonarlos sobre las ganancias de la primera, pero no suman demasiado puesto que se considera que tiene enteramente a su cargo la manutención de Chris. Es madre soltera...

—¡Lástima que usted, que también se encuentra a cargo de ella desde hace unos años, aunque más no sea por los paquetes que le envía, no esté igualmente incluido en sus exoneraciones fiscales! Eso sería lo ideal... Y ahora contésteme francamente: ¿cómo se las arregla ella para "invertir" sus ganancias más sustanciosas?

—¿Conoce usted los bonos del Tesoro?

—¡Pues claro! Se trata todavía de uno de los mejores trucos... ¡ni visto ni oído! El gobierno que inventó eso salvó una buena parte de la economía francesa... ¿Y nunca pensaron en una cuenta en Suiza? Sigue siendo lo más anónimo que existe.

—¡Fresita tiene una, doctor! —contestó Bournol con una especie de orgullo.

—¡No me diga! ¿Y desde cuándo?

—Hace ya varios años. Su mayor virtud es la de tener una mentalidad de hormiga: ella prevé...

—Y al igual que ese insecto, no debe ser aficionada a prestar puesto que, a pesar de sus bonos del Tesoro y de su cuenta en Suiza, le permitió lanzarse en lamentables expediciones para subvenir a sus necesidades y a las de Chris...

—¡No fue ella quien me incitó a cometer tonterías! No le confié mis proyectos antes de obrar... ¡Si usted supiese cuan resentida estuvo conmigo las dos veces en que me hallé entre rejas!

—Pero veamos, Bournol: antes que meterse en semejantes líos, ¿no podía usted, puesto que estoy convencido, después de la visita que le hice, de que ella lo adora, pedirle que mermara un poco sus ahorros para ayudarlo hasta conseguir una ocupación estable?

—No me atreví.

—¡No me diga que le tiene miedo!

—Miedo no, pero, es muy tonto lo que voy a confesarle: siempre me intimidó... No es mía la culpa pero soy así: las mujeres me impresionan, sobre todo cuando son lindas, y, tratándose de lindas, Fresita... ¡bueno! Y además, de seguro lo advirtió usted al verla, ella y yo no procedemos del mismo ambiente... ¡Fresita es de un nivel muy superior!

—¿Qué me está contando usted? Supongo que no desciende ella de los reyes de Francia puesto que usted mismo me dijo, en el transcurso de nuestra primera conversación, que se había iniciado en ese "trabajo" antes de conocerlo para alejarse de su familia en la que eran once hermanos y hermanas. ¡Su juventud no debió ser Jauja!

—Sí, pero tenía sin embargo una familia, en tanto que yo jamás conocí a mis padres... En fin, yo quería ganar dinero por mi cuenta para que más adelante mi hija se sintiese tan orgullosa de su padre como de su madre. ¡Y vivir enteramente a expensas de una mujer me repugna! La verdadera mala suerte fue que las apuestas nunca anduvieron muy bien para mí en el Café des Amis...

—¡...y que los atracos hayan fracasado! ¡Mi pobre Bournol! ¿Sabe usted que comienza a agradarme con su acumulación de desgracias? Posee también grandes cualidades... Es usted franco, directo, simpático, carente de ambiciones personales, pensando tan sólo en la felicidad futura de Chris, tímido, un poco temeroso ante la linda Fresita... Ella, en cambio, lo repito: ¡es una mujer excepcional!

EL JUICIO QUE HABÍA QUE GANAR

 

 

Seis meses transcurrieron antes de que el "caso Bournol" se presentase ante la justicia en lo criminal de París. Victor Deliot se lo había anticipado a su cliente: Tardará bastante y deberá armarse de paciencia. Seis meses al cabo de los cuales Jules Bournol habría podido esperar ser puesto en libertad por buena conducta después de haber purgado treinta meses de encarcelamiento de los treinta y seis a los que había sido condenado por el fallido atraco. Pero en lugar de la libertad, lo que lo esperaba era un proceso en lo criminal, con la obsesión de ser condenado esta vez a una pena mayor que hasta podía llegar a ser de reclusión perpetua si su culpabilidad en el asesinato de Bruno Carvault era reconocida... Victor Deliot había mantenido su promesa de ir a ver a Bournol todas las semanas: ahora el abogado conocía bien a su cliente, y había conseguido que el juez de instrucción consintiese en que Fresita pudiese visitarlo una vez por mes, cosa que siempre se había llevado a cabo en presencia de un guardia. Seis meses finalmente en el transcurso de los cuales Deliot había vuelto dos veces a Marsella sin avisar de su llegada ni a Fresita ni a los "amigotes" del Café des Amis. Había querido cerciorarse de que los tres marselleses se hallaban todavía dispuestos a testimoniar cuando llegase el momento del juicio. Si bien en la oportunidad de esos dos viajes se había encontrado nuevamente con la corpulenta Marga y el petiso Max, fieles a sus costumbres en el barrio de "La Belle de Mai", no ocurrió lo mismo con Fresita, a la que sólo la primera vez encontró en su casa. En ocasión de su segunda visita ella había ido a la ciudad con Chris. El consuelo de Deliot fue entonces el de poder conversar en forma bastante extensa con la vecina, esa mujer de gran corazón que se ocupaba de la chiquilla cuando su mamá iba a "trabajar" en los bajos fondos.

Y no se había sentido muy defraudado. La conversación con esa buena mujer le hizo conocer dos detalles muy interesantes acerca de Fresita, que se había cuidado muy bien, a su regreso a París, de mencionar a Bournol, estimando que éste, cada vez más intranquilo, no necesitaba que se lo deprimiera más aún.

 

 

 

La multitud de los grandes juicios estaba allí, formulándose, al igual que todos los periodistas acreditados, la doble pregunta: ¿Bournol es o no el asesino de Carvault? Y si el Tribunal no lo reconoce culpable, ¿quién lo es?

El acta, leída por la voz impersonal del escribano forense, tenía esa rigurosa aridez que es norma cuando se trata de relatar hechos suficientes para justificar la acusación de un hombre. Exponía con precisión bastante horrorosa la manera en que habían ocurrido las cosas cuando los repartidores de sopa se habían presentado ante la celda ocupada por Bruno Carvault y Jules Bournol. Lo que había sucedido luego, cuando la puerta había vuelto a cerrarse ante los dos detenidos y durante el tiempo en que los repartidores de sopa se habían dirigido hacia la celda vecina, el acta no lo revelaba más que a través de las declaraciones de Bournol cuyo testimonio, único en este caso, podía ser puesto en tela de juicio dada su propia situación y sobre todo teniendo en cuenta su pasado.

Sentado en el banquillo de los acusados, el ladrón había perdido toda su facundia. Ya no era más que un hombre agobiado que casi inspiraba lástima. Instalado detrás de una mesita colocada delante y más abajo del banquillo y sobre la cual se veían notas diseminadas, Víctor Deliot, cubierto con una toga negra cuyo tinte desteñido se asemejaba al de su abrigo, limpiaba minuciosamente los cristales de sus anteojos con su pañuelo, como si recurriese a ese medio para intentar verlo todo más claro en la sala de audiencias. El Tribunal tenía esa majestad que se desprende de cualquier tribunal francés, con las togas rojas del presidente y de los asesores, enmarcados a ambos lados por el semicírculo de los jurados: cinco a la derecha y cuatro a la izquierda. Entre ellos había dos mujeres. Algunos días antes del juicio y dentro de los plazos fijados, Deliot había pensado en pedir su recusación, prefiriendo, si el sorteo lo permitía, no tener que vérselas más que con un jurado compuesto exclusivamente por hombres. Su larga experiencia le había enseñado que a menudo, en los juicios criminales, los jurados femeninos se muestran tanto más severos por cuanto se dejan llevar por su instinto. Y, en el caso presente en el que se trataba de juzgar a un hombre acusado de haber arrebatado a un hijo —fuese quien fuese ese hijo— a la ternura de su madre, se podía temer el peor de los veredictos en esas voces femeninas. Pero, finalmente, las había aceptado, pensando que poseía quizás en su sistema de defensa un argumento de peso capaz de hacer volcar esas mismas voces en favor del acusado.

La lectura del acta de acusación concluyó con las palabras rituales: Se hace comparecer al llamado Jules Bournol ante el Tribunal en lo criminal del Sena, sito en el Palacio de Justicia de París en la hora ordinaria de sus audiencias, para ser juzgado por la acusación de asesinato cometido voluntariamente en la persona de Bruno Carvault y ser condenado a las penas previstas por el artículo 302 del Código Penal.

Los testigos llamados a comparecer, tanto por la acusación como por la defensa, se hallaban en igual número: cinco de cada lado. Teniendo prioridad la acusación en el ordenamiento del proceso, su primer testigo fue el oficial de policía que había tenido a su cargo la investigación después de la muerte de Carvault, antes que se instruyera el sumario judicial.

Su deposición, desprovista de toda pasión, fue sobria. Narró aproximadamente los mismos hechos que los mencionados en el acta de acusación, proporcionando, sin embargo, cuando el presidente se lo solicitó, algunas precisiones acerca de ciertos detalles. De ese testimonio se dedujo que ninguno de los dos detenidos afectados al reparto de sopa ese día podía ser considerado como posible criminal. Ni uno ni otro conocían realmente a Carvault, al que sólo habían divisado tres o cuatro veces cada uno, en el trascurso de sus dos meses de encarcelamiento en Melun, cuando eran designados para la distribución de sopa que los detenidos efectuaban por turno. Lo habían entrevisto durante el corto momento en que Carvault extendía las manos para recibir su escudilla y jamás lo habían visto antes en ninguno de los numerosos presidios a los que la administración penitenciaria lo había trasladado. La razón de ello estribaba en que tanto el uno como el otro cumplía por primera vez una pena de reclusión. No habiéndose topado nunca tampoco con él en el transcurso de los paseos autorizados en el patio, dado que Carvault se veía obligado a realizarlos solitariamente para evitar cualquier fricción con los demás detenidos, hasta ignoraban su identidad. Finalmente esos detenidos de origen extranjero, por otra parte, un polaco y un yugoslavo, jamás habían oído hablar del "caso Carvault": habían ingresado a Francia varios años después del juicio.

Ninguna sospecha tampoco podía cernirse sobre los dos guardias que vigilaban la distribución y que siempre habían obtenido las mejores calificaciones durante los muchos años que hacía que formaban parte del cuerpo de guardias de la prisión de Melun. Ambos eran casados y padres de familia. El solo hecho de acusarlos hubiese significado poner en tela de juicio el honor y la abnegación de todo el personal de las prisiones de Francia.

El que había volcado el veneno en la escudilla individual de Carvault tampoco podía pertenecer al personal de las cocinas ni siquiera hallarse fuera de la prisión. Dado que los alimentos partían de las cocinas y llegaban hasta las puertas de las celdas en grandes recipientes antes de ser repartidos con un cucharón en presencia de los destinatarios en cada escudilla individual, el veneno debería haber sido arrojado antes en una de las marmitas. Pero, en ese caso, otros detenidos habrían sido envenenados o al menos intoxicados, cosa que no había ocurrido. ¿Acaso no constituía una de las mayores pruebas el hecho de que la escudilla de Jules Bournol, que él mismo reconocía no haber tocado al ver a Carvault desplomarse, no contenía ni huella siquiera de veneno?

El oficial de policía concluyó su exposición diciendo que, sin que fuese posible acusarlo formalmente puesto que nadie había estado allí para verlo cometer el crimen, el único que lógicamente había podido arrojar el contenido de una cápsula, de un sachet o aun de un sello de cianuro en la escudilla de su compañero de celda era Bournol, contra el cual pesaban pues las más graves presunciones.

Fue reemplazado en la barandilla de los testigos por el médico—jefe de la prisión que había sido llamado urgentemente en compañía del director, señor Perrin. Inmediatamente había ordenado apartar el carrito sobre el que se encontraba la marmita, recoger el contenido de la escudilla de Carvault derramada sobre el piso de la celda y recuperar la totalidad de los recipientes ya distribuidos entre los detenidos. Los análisis practicados sobre todas las sobras de alimentos demostraron que sólo los que se hallaban en la escudilla de Carvault contenían cianuro.

Un médico forense sucedió al anterior para explicar que la autopsia de las visceras de Carvault había revelado, sin discusión posible, que había fallecido de muerte fulminante debida a la absorción de la dosis de veneno. Precisó asimismo que ésta había debido ser exactamente calculada para resultar mortal.

El cuarto testimonio, de muy distinta índole, fue el del capellán de la prisión, un padre dominico.

—Señor capellán —solicitó el presidente—, la Corte sabe que mantuvo usted, durante los dos meses que pasó en la prisión de Melun, varias conversaciones con Bruno Carvault. Le agradaría conocer, de la manera más objetiva, su opinión acerca de su mentalidad.

—Señor presidente, los azares del ejercicio de mi prolongado ministerio en las prisiones me han permitido tener, en dos épocas diferentes, serios contactos con el desaparecido. La primera vez ocurrió durante los seis meses en que fue transferido a la prisión de Clairvaux dos años después de su condena; la segunda durante los dos meses que pasó en Melun. Lo conocí, pues, ocho años antes de encontrarlo nuevamente en otra parte. A conciencia, debo reconocer que había cambiado mucho... En Clairvaux me hallé ante un muchacho taciturno y desesperadamente amargado por la condena que debía soportar. Se mostraba resentido contra todo el mundo y consideraba, lo que puede parecer paradójico, que no merecía su destino. Escuchándolo daba la impresión de que se sentía casi víctima de una inmensa injusticia. Nuestras relaciones al principio, en el transcurso de las visitas semanales que me obstinaba en hacerle a pesar de la opinión de la propia dirección de la prisión y de que él no manifestaba ningún deseo evidente de verme, fueron de las más difíciles. Por mucho que intentara hacerlo entrar en razón y lograr de su parte una comprensión más justa de las cosas y, lo confieso, haciéndole ver que su destino podría haber sido mucho peor, ¡no quería saber nada! El odio sordo y profundo que alimentaba me indujo a pensar que era irrecuperable para la sociedad. Hasta llegué a preguntarme, al igual que el inspector general de las prisiones que también lo visitó varias veces en esa época, si no reincidiría en caso de recobrar algún día la libertad. No pensaba, después de haber cometido un crimen atroz, más que en vengarse de los que lo habían juzgado, y, cuando yo le hablaba de Dios y de su divina clemencia, blasfemaba, cosa que me desesperaba.

"Pero cuando volví a verlo ocho años después, no me hallé frente al mismo hombre. Se trataba de otro Bruno, calmo y apaciguado, que se mostraba contento de recibir mis visitas. A lo largo de las conversaciones que mantuvimos entonces, hablamos de todo y más particularmente de la vida y de la muerte... La vida no presentaba ya ningún interés en las tristes condiciones en las que se encontraba, pero él mismo reconocía que debía continuar soportándola para expiar su culpa, y que no le alcanzaría asimismo todo el tiempo que debería pasar aún entre rejas para prepararse a morir como buen cristiano. ¿Fue acaso la benéfica influencia de las sagradas lecturas a las que otros capellanes habían logrado entre tanto interesarlo? Había adquirido la convicción de que debiendo vivir con resignación su infierno en la Tierra, hallaría la verdadera liberación, no en una puesta en libertad sino más bien en un fin que hiciese que se abriera para él la puerta grande que le permitiría alcanzar la misteriosa paz del más allá.

—Lo cual parecería indicar que lamentaba entonces sinceramente lo que había hecho...

—Sin ninguna duda, señor presidente. Lo lamentaba en lo más profundo de su alma. No puedo revelar el secreto de la confesión, pero considero que es mi deber de sacerdote revelar que antes de recibir la Sagrada Comunión que yo le llevaba en cada una de mis visitas y tan sólo a su pedido, Bruno Carvault se arrodillaba con mucha humildad en su celda y no dejaba nunca de implorar el perdón del Altísimo. Se había convertido casi en un místico cuyo rostro se transfiguraba e irradiaba una inmensa alegría cuando recibía la hostia. Al incorporarse decía: Padre, tan sólo un deseo formulo ahora: el de hallar en el más allá a ese angelito al que le quité la vida. Dada su infinita clemencia, Dios no puede dejar de hacer que nos reencontremos... Y cuando eso ocurra, yo mismo le pediré perdón a Serge... ¿Cree usted que me perdonará? Pregunta ésta conmovedora a la que yo respondía: Estoy convencido de que su deseo se verá cumplido cuando Aquel que lo decide todo, estimando que el tiempo de sus sufrimientos en Tierra han durado lo suficiente, lo llame a su lado. Y tal vez en ese momento le conceda la dicha infinita de volver a ver a Serge. También me formuló esta pregunta: Padre, ya que dice usted que el Creador conduce nuestro destino, ¿cómo pudo permitir que yo cometiese un acto criminal? ¡No puede usted afirmarme que fue El quien me inspiró el pensamiento de matar!... La única respuesta que pude darle entonces fue: Satanás fue quien impregnó su alma de un pensamiento tan homicida, engañándolo con el afán de lucro. Tan sólo las prolongadas meditaciones que le fueron impuestas por el aislamiento a que se halla sometido lograron alejarlo de él. Ahora su corazón ha vuelto a ser puro. Antes de concluir quiero precisar que mi papel no consiste en decir aquí lo que pienso con respecto a la conveniencia de este proceso. Dejemos obrar a la justicia de los hombres encarnada por el jurado. En compensación, la justicia de Dios, de la que me considero representante, me obliga a expresar la profunda convicción de que el Bruno Carvault que se presentó ante Él no era ya en absoluto la misma persona que la que me había dejado, hace ocho años, una deplorable impresión. He ahí, señor presidente, todo cuanto puedo decir acerca de alguien que ya no existe.

 

 

 

El último testigo citado por la acusación era —Víctor Deliot lo presumía desde hacía mucho tiempo— la madre de Carvault. Su entrada en la sala de audiencias causó gran impresión: era una mujer digna y modestamente vestida, cuya actitud traducida en el modo de andar, el rostro enérgico y la cabellera blanca ya, creaban un llamativo contraste con la etérea silueta de una Thérése Vifral. Toda una mujer sin duda, cuya voz clara respondió al presidente que le pedía que hablara de su hijo:

—No he venido con la intención, después de diez años y sobre todo después de su trágica desaparición, de proclamar la inocencia de Bruno por el crimen del que se hizo culpable, ni para hacerlo pasar, a título póstumo, por mejor de lo que era. En sus primeros años, fue un niño como tantos otros, con sus virtudes y defectos, y, cuando se convirtió en un muchacho, un muy buen hijo. El único daño que les causó a sus padres es por todos conocido. Daño irremediable del que mi pobre marido jamás se recuperó. No solamente mi hijo dio muerte a un inocente, sino que lo considero responsable por la desaparición prematura de su padre. Siempre se lo dije, por otra parte, en cada una de las visitas que le hice en las diferentes prisiones donde fue encarcelado, y puedo afirmar ante este Tribunal que, después de haber tomado plenamente conciencia de ello, su desesperación no tuvo límites.

"Desesperación que, añadida al remordimiento por su acto criminal, no dejó de obsesionarlo aun antes de ser juzgado, y que expresó públicamente ante sus jueces cuando fue pronunciado el veredicto que lo condenó a reclusión perpetua. Sus últimas palabras, antes de que lo llevaran, fueron: Lamento sinceramente lo que hice y pido perdón por ello a la madre de Serge. Ni mi marido ni yo tuvimos el valor de asistir a ese proceso: ver exhibir ante una corte judicial lo que ha hecho el propio único hijo y escuchar luego su condena era algo que estaba más allá de nuestras fuerzas. Pero si he hallado, después de haber quedado sola en el mundo, el valor necesario para presentarme aquí, es porque quiero que la interpretación de los hechos ocurridos en Melun no se vea modificada a expensas de la verdad como no dejará de hacerlo seguramente la defensa. Y estimo tener el derecho de decir que si mi esposo viviese aún, habría venido también.

"Lo que es necesario que se comprenda bien es que Bruno estaba totalmente arrepentido, y ello aun antes de su condena. Nunca, durante los diez años que duró su calvario, lo abandonó ese sentimiento. Y poco apoco, debo decirlo, gracias a la bienhechora influencia que sobre él tuvieron los distintos capellanes que intuyeron su desamparo, recobró esa fe cristiana que siempre fue la nuestra y que le habíamos inculcado desde su más tierna infancia. Es por ello que me opongo formalmente por anticipado al hecho de que se pueda admitir que Bruno, hastiado de todo y de la existencia, haya podido atentar contra su propia vida. Había vuelto a aprender que un cristiano no se suicida, y advertí con gran alegría, en el transcurso de las visitas que le hice durante los últimos meses de su existencia, que tenía, por el contrario, terribles ganas de vivir. No para recomenzar a practicar el mal, sino, por el contrario, para derramar el bien en torno de sí.

"A este respecto, debo confesar al Tribunal que hacía mucho tiempo ya que me decía, cada vez que volvíamos a vernos en el locutorio de una prisión: Mamá, si algún día salgo de esta espantosa noche que reconozco haber merecido, consagraré el resto de mi existencia a una obra que se ocupe de la infancia desdichada. Sólo a ese precio adquiriré la certeza de haber sabido rehacer mi vida. Un hombre joven que expresa semejantes intenciones, ignorando aún si algún día recobrará su libertad, ¡no puede ser un candidato al suicidio! Y como los que lo defendieron nos habían dado a entender, tanto a él como a mí y al principio de este décimo año, que existían grandes posibilidades, teniendo en cuenta su conducta ejemplar, para que fuese puesto en libertad en un lapso relativamente corto con relación al de la pena ya cumplida, ¡nos sentimos invadidos por una inmensa esperanza! En cada uno de nuestros encuentros hasta forjábamos proyectos, y había quedado decidido entre nosotros que nos exiliaríamos en el extranjero, lejos de este país en el que sólo podría hallar el oprobio o el odio, a fin de realizar la nueva tarea humana y cristiana que se había propuesto. Me hizo prometer que jamás lo abandonaría: Comprende, mamá, que si tú estás conmigo, me sentiré más fuerte para proseguir en el camino recto. Sera como cuando era niño... Eres la única persona en el mundo de quien tengo la certeza de que es mi aliada. Si es necesario, hasta cambiaremos de apellido para que el que he manchado no te cause más problemas y no perjudique la memoria de mi padre.

La sinceridad de tan dolorosa confidencia no podía ser puesta en duda. Y, por un extraño vuelco de los sentimientos, hizo recaer sobre el desaparecido una cierta corriente de simpatía. Víctor Deliot, siempre atento en el banco de la defensa, no se movió. Silencioso, evaluaba el efecto que acababa de producirse en las vacilaciones del jurado. Permaneció igualmente mudo mientras la señora Carvault proseguía:

—Si me he permitido evocar tales recuerdos es porque quiero que el Tribunal, al igual que las señoras y señores del jurado, no pueda pensar un solo instante que un muchacho tan profundamente arrepentido como Bruno en el momento en que ocurrió la tragedia de Melun, haya podido pensar en el suicidio. Y afirmo solemnemente ante Dios y ante los hombres que su muerte no puede ser atribuida más que a un crimen. ¡Bruno fue asesinado! ¿Por quién? No me corresponde a mí averiguarlo sino a quienes representan aquí a la Justicia. Hay allí, en el banquillo, un hombre al que no conozco y del que mi hijo no experimentó siquiera la necesidad de hablarme en el transcurso de nuestras últimas entrevistas. Me dijo simplemente que ya no estaba solo en su celda, y cuando le pregunté: ¿Se trata al menos de un compañero cuya presencia no te molesta demasiado? me contestó: Sabes muy bien, mamá, que preferiría estar solo... En tanto tiempo, me he familiarizado con la soledad que para mí se ha convertido casi en una amiga: ella es la que me permitió reflexionar... En cuanto a ese detenido, tiene al menos el mérito de no hacerme preguntas. Me da la impresión de no ser un mal hombre. Yo tampoco lo interrogo: jamás le pregunté por qué se encontraba aquí, temiendo que a su vez me formulase la pregunta. Nuestros pasados recíprocos pertenecen tan sólo a nosotros. Lo sabe tan bien como yo. Prácticamente no nos hablamos. Por eso es que no he venido ante este Tribunal como acusadora de ese hombre más bien que de otro. Sólo el Tribunal decidirá si es o no culpable, ¡no yo! Sólo me asiste el derecho de callarme sobre ese punto pero, en compensación, por última vez repito que mi hijo no pudo atentar contra su vida. Temiendo que, desesperado por su larga detención, cediese un día a esa terrible tentación, le hice jurar que no lo haría. Y, se lo admita o no, yo, su madre, tengo el derecho y el deber de creer en su palabra dada en tan tristes circunstancias. No tengo nada más que decir.

—El Tribunal le agradece, señora. Puede retirarse.

Cosa que hizo la madre de Carvault con la misma dignidad demostrada al entrar.

 

 

 

El señor Perrin, director de la prisión de Melun, fue el primer testigo citado por la defensa.

—Señor director —dijo el presidente—, el Tribunal no lo ha convocado por pedido de la defensa para que usted explique las circunstancias en las cuales se produjo el descubrimiento de una muerte de la que, por sus mismas funciones, ha sido usted uno de los primerísimos testigos. Conocemos dichas circunstancias a través del acta de acusación y de las sucesivas deposiciones del oficial de policía que tuvo a su cargo la investigación, del médico jefe del establecimiento penitenciario que usted dirige y del médico legista designado. Lo que nos agradaría conocer son las razones que lo impulsaron a testimoniar en favor del acusado Jules Bournol.

—Señor presidente, señoras y señores del jurado, al aceptar sin la menor vacilación comparecer a pedido de la defensa, estimo no hacer más que cumplir con mi deber de director de la prisión donde se produjeron los hechos, y con mi deber de hombre... ¿Mi deber de director? Así, como, después de sus dos meses de encarcelamiento en el establecimiento que dirijo, debo decir que conocía apenas a Bruno Carvault, del mismo modo puedo afirmar que después de sus treinta meses de reclusión en ese mismo establecimiento, sabía exactamente quién era Bournol. En lo que atañe a Carvault, tengo el convencimiento de que los que asumen las mismas funciones que yo en las distintas prisiones en las que permaneció mucho más tiempo que en la mía están en mejor situación para hablarles de él. Fue sobre todo a través de los diferentes informes asentados sobre él por mis colegas, y que sólo me llegaron con su legajo la antevíspera de su llegada a Melun, que pude comenzar a formarme una idea indirecta acerca de su persona. Luego, enterado por esos mismos informes del deseo que siempre había manifestado de no ser importunado después de su condena, estimo que hubiese sido impropio de mi parte formularle ciertas preguntas a las que no tenía ganas de contestar. Nuestras relaciones personales fueron pues muy distantes. En cambio, y ello forma parte de mis atribuciones en lo que concierne a cada detenido, no omití informarme regularmente acerca de las notas semanales que los guardias encargados de manera más especial de su vigilancia elevaban sobre su comportamiento como lo exige el régimen penitenciario. Del conjunto de esas notas se desprende que Bruno Carvault, que no se franqueaba con nadie y hablaba lo menos posible, se mostró perfectamente disciplinado durante las ocho semanas que pasó en nuestro establecimiento. No tengo pues nada que decir sobre él.

"Por el contrario, puedo expresar muchas más cosas en lo que se refiere a Bournol. Para mí, y creo reflejar aquí la opinión unánime de los guardias encargados de su vigilancia durante más de dos años, Jules Bournol fue el típico ejemplo del detenido modelo. No solamente no hubo observación alguna que hacerle, sino que hasta lo felicité ante todos sus compañeros del taller de confección por el excelente rendimiento de su trabajo, lo cual le valió verse favorecido con un permiso excepcional de cuatro días al cabo del segundo año. Pudo así ir a Marsella a visitar a su compañera y sobre todo a su hijita a la que adora. Y cuando regresó tras expirar ese permiso, ¡lo hizo exactamente a la hora establecida sin un minuto de atraso, cosa que, créanmelo, es bastante infrecuente!

"Puedo confirmar también que un proyecto de liberación anticipada, otorgándole una reducción de pena de seis meses, había sido aprobado tanto por las autoridades judiciales como por la administración penitenciaria. Lo cual significa que, en lugar de hallarse hoy en ese banquillo de los acusados, habría recobrado ya su libertad. ¡Puede uno imaginarse entonces cuál debe ser en este momento su angustia! Mi papel no es el de defenderlo, pero es mi deber decir que después de haber reflexionado detenidamente acerca de esta nueva acusación que lo ha hecho comparecer otra vez ante un tribunal, no logro creer que pueda ser un criminal... ¿Jules Bournol un asesino? He tenido suficientes oportunidades de conversar con él durante estos dos últimos años como para formarme una sólida opinión acerca de su persona. Que cometió lamentables errores, impulsado por la desesperación de no poder acudir en ayuda de los que ama y que necesitan de él, es innegable, ¡pero de allí a cometer un asesinato! Ese hombre tiene buen corazón y un fondo naturalmente bondadoso. La expresión que voy a emplear va a parecer sin duda bastante simple, pero no encuentro ninguna más apropiada para definir al Bournol que me precio de conocer bien: ¡es incapaz de matar a una mosca! Aun en el transcurso del atraco fallido, para el cual se dejó arrastrar, como un inocentón, por hombres infinitamente más malvados que él, ¡ni siquiera estaba armado! ¡Hasta adquirí el convencimiento de que teme a las armas de fuego! ¿Utilizaría entonces un arma más solapada como lo es el veneno? Eso me parece lo más improbable tratándose de un hombre que siente tanto respeto por la vida. Para mí Bournol es un sentimental que, bajo su apariencia un tanto tosca, oculta una real timidez. ¿Y por qué habría de tomárselas con un detenido que no era de su ambiente y que no le había hecho ningún daño?

"...Verlo aquí en semejantes circunstancias me obliga a hacer mi propio examen de conciencia: ¿no soy acaso el responsable indirecto que, cumpliendo con las formales instrucciones recibidas, mandé encarcelar a Bruno Carvault en la misma celda que él? ¡Créanme que vacilé mucho antes de tomar semejante decisión! Me sentía atrapado en un verdadero dilema...

"Debido a un sentimiento de humanidad muy comprensible, la administración penitenciaria estimó que después de haberle hecho padecer diez años de reclusión solitaria, no se podía dejar más tiempo a Carvault en ese aislamiento deprimente. Había que encontrar para él un compañero de celda, pero su carácter bastante irascible no permitía que se le pusiese en contacto directo y casi permanente con un detenido que fuese tan intratable como él. Fue necesario pues que buscase, entre los dos mil reclusos de la prisión que se halla bajo mi responsabilidad, a uno que tuviese bastante serenidad y control de sí mismo, no solamente para aceptar semejante compañía, sino también para saber mostrarse comprensivo para con un hombre condenado de por vida... Sólo hallé a uno que reuniese esas cualidades: Jules Bournol. Pensé que este último, sabiendo que esa compañía no duraría cuanto mucho para él más que cinco o seis meses, puesto que tenía la certeza de verse favorecido con una reducción de pena, soportaría más fácilmente y hasta con cierta gentileza la presencia de aquel a quien nadie había aceptado en las anteriores prisiones donde había estado. Por consiguiente, ¡pueden ustedes imaginar mi estupor cuando me hallé, algunos minutos después del crimen, ante el cuerpo de Carvault! No comprendía y confieso no haber comprendido aún... Que había sido envenenado, era indudable, pero no podía ser Bournol el autor. ¡Si hubiesen podido ver hasta qué punto se hallaba trastornado por la visión de su compañero de celda desplomándose como fulminado ante sus ojos!

—Señor director —dijo con calma el presidente—, el Tribunal reconoce que semejante deposición hace honor a su probidad: un director de prisión que no vacila en proclamar abiertamente su plena convicción de que uno de los detenidos del establecimiento carcelario bajo su responsabilidad no puede ser culpable de un crimen que ha motivado su inculpación, constituye un hecho bastante raro en los anales judiciales como para haber retenido toda su atención. Y eso le coloca igualmente en un grave aprieto porque en fin, señor director, ¡el crimen fue de todas maneras cometido dentro de la prisión que usted dirige!

—Es exacto.

—Pero entonces, si usted niega la responsabilidad de la única persona cuya situación en el momento mismo del crimen lo convierte en el único culpable posible, ¿quién según usted, de entre los mil quinientos individuos aproximadamente, contando los detenidos, sus guardias, el personal administrativo y diversos empleados que se hallan bajo su responsabilidad y, vuelvo a recalcarlo, dentro de su establecimiento, ha podido cometer ese crimen?

—¡Me lo pregunto aún, señor presidente! ¡Tenga por seguro que ese interrogante, para el cual no encuentro ninguna respuesta, me obsesiona! ¿Cómo podría yo hallar la solución cuando la minuciosa y prolongada investigación llevada a cabo durante meses bajo la autoridad de un juez de instrucción no ha desembocado finalmente más que en un conjunto de conclusiones según las cuales únicamente Bournol puede ser el culpable? Para mí no son ésas más que presunciones, pero no existe ninguna prueba formal. ¿Cómo entonces puede juzgarse a un hombre únicamente por presunciones, aun cuando éstas aparezcan como muy serias? No porque no se halla al verdadero culpable, otro hombre en ciertas circunstancias, como la cohabitación en una misma celda y la presencia junto a la víctima en el momento de su muerte, ¡puede ser juzgado como presunto culpable! Es por ello que al final de cuentas, y pondré término aquí, me interrogo cada vez más acerca de la conveniencia de semejante proceso.

—Aprenda de una vez por todas, señor director, que en todo proceso la misión de un testigo debe limitarse a decir lo que sabe o lo que ha visto y no a expresar su juicio personal acerca del fondo mismo del proceso. Sepa también que únicamente la Justicia se halla habilitada para decidir si un proceso debe o no ser iniciado... El Tribunal le agradece: puede retirarse.

Viendo al director de la prisión alejarse del lugar de los testigos, Víctor Deliot pensó que el valor que acababa de demostrar podía conducirlo —más pronto aún de lo que preveía cuando conversaron por teléfono antes de que fuese a conocer al rufián que lo había llamado en su auxilio— a hacer valer sus derechos anticipados para la jubilación... Pero la deposición, de eso tenía la certeza Deliot, había producido un excelente efecto a favor de su cliente. Sólo restaba desear que ocurriera lo mismo con la deposición del segundo testigo que había hecho citar. Pero ello no era seguro, tratándose de Marga, la opulenta dueña del Café des Amis.

 

 

 

Apareció tal como Deliot la había visto en dos oportunidades diferentes en su taberna de Marsella. Pero, sin embargo, tal vez aconsejada por ciertos parroquianos del establecimiento, se había percatado de que no se presenta uno ante un tribunal con ropas de entrecasa. Los esfuerzos realizados para mejorar su atuendo, aun siendo muy meritorios, desencadenaron un verdadero ataque de risa en la concurrencia.

"¡Bienhechora sonrisa!, se dijo a sí mismo Deliot. Llega a tiempo para aliviar la penosa atmósfera que pesa sobre esta sala desde la apertura de los debates. ¡Hacen falta algunas risas, aun en una sala en lo criminal! Después de todo, los jueces y los jurados son seres humanos como los demás: necesitan recobrar el aliento antes de seguir evaluando la culpabilidad de un acusado, de otro modo su veredicto final podría resentirse."

Forzoso era reconocer que Marga atildada era irresistible. Recordando sin duda que una dama "como es debido" no sale con la cabeza descubierta en las grandes ocasiones, se había puesto un sombrero de los llamados "canotier" de paja blanca, que no había tenido empacho en acomodar sobre su pelambrera tan rebelde como ensortijada. Refinamiento este completado con una boa cuyas plumas no eran tal vez de auténtico avestruz pero cuyo color verde simbolizaba la esperanza de un feliz desenlace en el proceso del pobre Jules. Los guantes también —¿por qué no habría de disimular sus dedos deslavados por innumerables enjuagues de vasos detrás de su mostrador? — eran del mismo color. El vestido azul, sembrado de pequeños lunares blancos, armonizaba con el sombrero, trayendo a la solemne sala un poco de la alegría del barrio de "La Belle de Mai". Los zapatos rojos charolados planteaban un interrogante: ¿cómo una masa de carne tan imponente conseguía mantenerse en equilibrio sobre tan largos y delgados tacos? Y, sin embargo, la corpulenta Marga había avanzado alegremente hasta la barandilla balanceando su trasero con un andar cuya soltura resultaba sorprendente. Después de haber alzado la mano derecha jurando decir la verdad, nada más que la verdad y nada más que la verdad, la dueña del Café des Amis contestó con su voz gutural al presidente que acababa de pedirle que dijera a la Corte lo que pensaba del acusado:

—Señor presidente, hace más de quince años que conozco a Jules. Lo que equivale a decirle que él y yo nos hemos convertido en lo que se dice "amigotes"... ¡Porque hablando de buenos amigotes, él es un buen amigote! ¡Todos los clientes de mi casa se lo podrían decir! ¡Y cumplidor además! Cuando las apuestas que había levantado no andaban como es debido, se las arreglaba siempre para reembolsar dentro de los dos o tres días siguientes.

—¿Cómo lo lograba?

—Eso, señor presidente, no lo sé: ¡era su oficio y no el mío! ¡Lo que sí puedo certificar, es que cuando tuvo sus problemas, todos lo lamentamos mucho! ¡Un tipo macanudo, Jules, y bueno como el pan!

—En suma, ¿nunca hubo dificultades con él cuando ejercía su profesión?

—¡Nunca!

—¿Y su mujer?

—¿La Fresita? ¡Terriblemente bonita y graciosa! No se la veía a menudo en mi casa pero, desde el momento en que Jules se había encontrado con ella, se veía que su influencia sobre él era buena.

—Parece ser, sin embargo, señora, que es a partir del momento en que decidió vivir con ella cuando empezó a cometer serios errores...

—¡Eso no se puede decir, señor presidente! Si cometió tonterías, fue precisamente porque quería ayudarla, así como a la chiquilla de ambos... ¡Jules tiene un corazón de oro! Es muy simple, cada vez que se le hablaba de su hijita, no lo podía evitar: se emocionaba... Sólo había tres clases de personas que contaban para él: "su" Fresita, "su" Chris y "sus" camaradas...

—¿Todos ellos del Café des Amist

—Más o menos...

—Dígame, señora, ¿por qué compareció usted para testimoniar a su favor?

—Porque su abogado, el doctor Deliot, que es muy servicial y muy simpático, me lo pidió... ¡Y aun cuando no lo hubiese hecho, yo hubiese venido de todos modos! Es verdad eso: no hay derecho, cuando se es la dueña de un establecimiento digno de ese nombre, de dejar plantada a la buena clientela. No hay que olvidar que gracias a hombres como Jules nuestras pequeñas empresas pueden subsistir. Si no los tuviésemos, ¡no tendríamos más remedio que cerrar el boliche!

—El Tribunal se halla íntimamente persuadido de ello... Dado que tiene usted tan elevada opinión acerca de las cualidades de Jules Bournol, ¿puede usted decirnos, señora, sí piensa que es susceptible de cometer un crimen?

—¡Pero, señor presidente, es como si usted me preguntase si soy capaz de hacer pasar un vaso de agua mineral por uno de licor anisado!

—Le ruego, señora, que modere sus expresiones. No está usted detrás de su mostrador sino en una sala de audiencias.

—Perdóneme, señor presidente... Sé muy bien lo que quiero decir, pero no siempre sé expresarme... Lo que sí puedo asegurar es que, hasta que no se pruebe lo contrario, considero a Jules como al mejor de los hombres. ¿Matar él a alguien? ¿Y a un colega por añadidura?

—¿Un colega?

—Quise decir un codetenido... Pero, ¿por qué, diablos habría de hacer eso? Si cuando salga de la prisión tendrá ante él todo cuanto se necesita para ser feliz: una compañera que lo ama, la más bonita nena de Marsella, el sol de nuestro Mediterráneo, una casita y hasta trabajo en perspectiva.

—¿Trabajo?

—¡Pues claro! ¿Cree usted que nosotros, sus amigos, lo abandonaremos? Hasta nos cotizaremos, si es necesario, para que vuelva a levantar cabeza... Porque sabemos todos que no es un vago. Lo único que quiso siempre fue trabajar y lo hizo, como pudo, en los hipódromos, junto al ring o en los estadios.

—Dicho de otro modo, si recobrase un día la libertad, ¿sería en ese ciclo de actividades en el que usted y sus clientes del Café des Amis lo ayudarían?

—¿Y por qué no? ¿Acaso no hace falta de todo para hacer un mundo?

—¡A quién se lo dice, señora! Desde que existen, las cortes de justicia se hallan, lamentablemente, bien ubicadas para saberlo... Ésta le agradece. Puede retirarse.

La corpulenta mujer pareció decepcionada de que el tribunal no experimentase la necesidad de escuchar por más tiempo su deposición. Sonrojada de despecho, se retiró acompañada de nuevas sonrisas con la dignidad de una gran dama ultrajada que no puede dejar de mecer su trasero con una especie de elegancia que le era muy particular.

Víctor Deliot también sonreía, estimando que era preferible que no dijese nada más. Después de todo, las cosas no habían estado del todo mal... ¡Podría haber sido peor! Se desprendía de ese pintoresco testimonio que Jules Bournol era apreciado en el mundillo bastante especial en el que se movía... Un mundo que no se equivoca tanto acerca de la gente y para el que están aquellos que son "cumplidores" y los que no lo son. Si Jules no lo hubiese sido, la dueña de la taberna no se hubiese molestado. Era otro punto a su favor. El que Marga se sintiese un tanto ofendida era normal. Deliot la imaginaba muy bien, diciendo la víspera, detrás de su mostrador, al círculo de amigos: ¡Ya van a ver lo que es bueno! ¡Les diré a esos jueces todo cuanto tengo guardado y que ahora me pesa, para ayudar a nuestro Jules! ¡A mí no me impresiona en absoluto atestiguar ante un tribunal parisiense! En Marsella estamos ya curados de espanto... ¿Verdad, muchachos? Y todos, extasiados, habían debido pensar: "¡Si la gorda se hace ver allá, seguro que Jules se salvará! ¡No es moco de pavo, la Marga!" ¿No acababa acaso de ser ella su embajadora?

 

 

 

El segundo enviado del Café des Amis fue el petiso Max, luciendo su saco a cuadros entallado y haciendo girar incesantemente la gorra entre sus manos. Ininterrumpido reflejo este que indicaba que se sentía mucho menos cómodo ante un tribunal que en un hipódromo. Como seguramente no hubiese dejado de decirlo Marga de haber permanecido allí: ¡Señor presidente, no siempre se puede frecuentar la alta sociedad! Su frente de grandes entradas se veía cubierta por gruesas gotas de sudor, y su voz de agudas entonaciones resonó de manera extraña en la sala de audiencias cuando respondió al presidente que acababa de preguntarle, también a él, por qué había aceptado testimoniar en favor del acusado:

—¡Pues porque es mi camarada, señor presidente! Y al decir que lo es mío, quiero significar que lo es de todos... Sólo que, a diferencia de Marga que es la dueña de su establecimiento, yo precisaría más bien que tengo la impresión de representar aquí a toda la clientela...

—¿Cuál es exactamente su actividad?

—Digamos, si usted lo permite, que soy el reemplazante de Jules... Desde el momento en que no pudo ya ejercer, era necesario que alguien se dedicase a levantar las apuestas.

—En suma, Bournol lo hizo su apoderado...

—Si se quiere, señor presidente... Pero le juro que el día en que él regrese, me iré para dejarle su lugar.

—¿Los negocios marchan mejor bajo su dirección?

—Para ser franco, no andan ni mejor ni peor... De los pocos beneficios que logré, aparté lo que le corresponde a Jules.

—He ahí lo que podríamos llamar espíritu de solidaridad.

—No es más que lo justo, señor presidente: ¿no es él acaso quien creó el empleo? Es normal, pues, que siga recibiendo un pequeño beneficio. Y aun si no lo hubiese a su regreso, seguiría trabajando con él, si me lo pidiese, para ayudarlo... ¡Porque tipos tan honrados como Jules ya no existen en esta época podrida!

—¿Se lo imagina envenenando a alguien?

—¡Es imposible, señor presidente! ¿El, con una muerte sobre la conciencia? ¡Eso no lo dejaría dormir! Ni siquiera se atrevería a volver junto a nosotros... ¡Él sabe muy bien que en nuestro medio no nos engañamos y no matamos! Dejamos que eso lo hagan otros que no son de nuestro ambiente. La prueba está en que un día vi entrar en lo de Marga a un tipo cuya cara y aspecto no me caían bien. Se lo comuniqué a la patrona y a los amigos, que estuvieron todos de acuerdo conmigo. ¡Le garantizo que el asunto no demoró! Se le hizo comprender al desconocido que su presencia era indeseable y que debía largarse rápidamente. Ocho días después su foto apareció en la primera página de los diarios: ¡acababa de ser arrestado por haber dado muerte a una prostituta en el barrio del Vieux—Port! ¡Ya ve usted que tenemos olfato! ¿Cómo podríamos entonces equivocarnos acerca de un Bournol que ha trabajado durante quince años en el bar?

—He ahí un argumento que no carece de valor. ¿Es todo cuanto tiene usted que decir?

—Debo añadir aún esto, señor presidente: cuando vuelva Jules, porque estamos todos convencidos de que muy pronto volveremos a verlo libre al fin de esa terrible acusación, ¡le haremos una fiesta monumental! Hasta engalanaremos los edificios si hace falta... ¡Le aseguro que de ello se hablará durante mucho tiempo en Marsella!

—El Tribunal no lo pone en duda. Puede retirarse.

Max, transpirando aún, abandonó rápidamente el lugar, en el que no se sentía muy a gusto, sin mirar a nadie, ni siquiera al amigo Jules cuya expresión irradiaba reconocimiento hacia él. Pero, en lo más secreto de su corazón, el hombrecito de ajustado saco tenía, al igual que Marga, la seguridad de haber desempeñado acertadamente su papel.

Victor Deliot no se sentía descontento: la corriente de simpatía que en un momento dado se había volcado sobre Bruno Carvault, volvía progresivamente hacia la personalidad de su cliente gracias a los viejos amigos. Era todo cuanto había deseado al correr el riesgo de hacerlos atestiguar.

 

 

 

La entrada de Fresita aportó una nota bastante diferente. Lucía ese estricto traje sastre negro que le sentaba a las mil maravillas y vestía cuando Deliot la había conocido, y que él mismo le había aconsejado volver a ponerse para presentarse ante la Corte, tanto era su temor de que apareciese tal como la había visto ejerciendo su verdadera profesión a la entrada de un dudoso hotel. Al no estar tampoco maquillada, había recobrado su apariencia de linda y distinguida burguesa. Su voz, de firmes entonaciones, aumentaba aún la buena impresión. Respondió sin vacilar a las preguntas que le fueron formuladas:

—¿Es usted parienta del acusado?

—Soy su amiga desde hace cinco años y la madre de su única hija, que tiene cuatro años.

—¿Vive usted con él?

—Sí.

—¿Cuál es su profesión?

—Secretaria interina que trabaja desde hace ocho años para la misma oficina de suplencias.

—¿Cómo conoció a Jules Bournol?

—Por casualidad. Nos gustamos enseguida y no volvimos a separarnos.

—¿Estaba enterada de sus actividades? —

Nunca me ocultó que se ganaba la vida levantando apuestas para las carreras y las competencias deportivas.

—¿Eso no la preocupó?

—¿Por qué tendría que haberlo hecho? Aun cuando ganaba dificultosamente su vida, su profesión nada tenía de deshonroso. Por otra parte, siempre me ayudó lo mejor que pudo. Con lo que yo ganaba y gano aún con mi trabajo, lográbamos salir del paso. Nunca fue una mina de oro pero llevábamos una vida digna que nos permitía criar convenientemente a nuestra hija. En fin, cuando hay amor, como ocurre en nuestro caso, las dificultades de la existencia parecen más leves.

—Compréndame bien, señora: cuando le hablé hace un momento de actividades, era para que nos dijera si su amigo la puso o no al corriente de los robos o aún de la tentativa de atraco que estaba preparando.

—¡Nunca! Y siempre lamenté que no tuviese esa franqueza que en nada habría modificado mis sentimientos para con él. Si lo hubiese hecho, habría sido la primera en disuadirlo de cometer actos tan reprensibles, ¡y tal vez eso lo hubiera modificado todo! Creo que si no me dijo nada fue porque temía apenarme. Si obró mal, fue debido a su desesperación por no poder proporcionarnos, a su hija y a mí, todo aquello que pudiéramos soñar... Estoy segura de que si ni una ni otra hubiésemos formado parte de su existencia, ¡jamás habría cometido la menor falta! No se trata aquí de Christiane, es el nombre de mi hija, que aún no es más que una niña, sino tal vez de mí misma... Muy a menudo, desde que sus condenas nos han separado, me asaltó el pensamiento de que quizá fuese yo la verdadera responsable de cuanto ocurrió... Sin ser realmente dispendiosa, deseaba lucir ciertos vestidos que Jules no podía costearme. Era consciente de no tener mala figura... ¡Jules también lo sabía! Cuántas veces me dijo: ¡Eres la más linda mujer de Marsella y no puedo hacer casi nada por ti! ¡Pero un día, ya verás: las mimaré, a Chris y a ti, y tendrán todo lo que les agrade! En mi opinión, ésa es la única razón por la que, después de haberse dejado llevar por malas compañías, intentó el golpe del Banco.

—¿Cómo viven, su hija y usted, desde que él no tiene ya la posibilidad de subvenir a sus necesidades?

—Gracias a mi trabajo. Todos mis papeles de pago pueden demostrarlo.

—¿No piensa usted que esa desesperación por no poder proporcionarle lo que usted deseaba pudo influir sobre su comportamiento con respecto a su codetenido?

—De ninguna manera, señor presidente. Más bien al contrario... Cuando tuvo lugar el crimen, Jules no se hallaba ya en estado depresivo: sabía que se vería favorecido algunos meses más tarde por una reducción de pena que le devolvería la libertad. No dejé de advertir, durante sus cuatro días de permiso excepcional por buena conducta transcurridos con nosotros en Marsella, que había recobrado todo su vigor y que sólo pensaba en el futuro. ¿Por qué iba entonces a cometer un crimen que no haría más que agravar su caso y alejar tal vez por tiempo indefinido el momento de su liberación? ¿Qué interés, además, podía tener en matar a ese hombre que no era para él más que un desconocido? Y por último, y esto quiero aseverarlo, a pesar de su apariencia un tanto ruda, ¡Jules es el ser más bondadoso del mundo! Jamás hubiese soportado compartir la vida de un hombre carente de atenciones y de delicadeza. Me he sentido plenamente feliz a su lado el día mismo en que nos conocimos y, desde entonces, nunca tuve que arrepentirme por haberlo escogido como protector.

—¿Qué entiende usted por ese término?

—Para mí, señor presidente, un protector no es aquel que, según una vulgar interpretación del término, vive del dinero que le reporta el comercio de los encantos de una mujer, sino más bien un verdadero hombre que es lo bastante fuerte como para defender moral y físicamente a su compañera, como así también a todo hijo que pueda tener de ella. Jules es de ese temple. Es por eso que ni mi hija ni yo podemos vivir privadas de su presencia. ¡No sé qué sería de nosotras si su detención se prolongase! ¡Se lo suplico, señores jueces, devuélvannoslo! ¡No prolonguen un suplicio que no merecemos condenando a un hombre inocente del crimen que le es atribuido tan sólo porque no se logró descubrir al verdadero asesino, lo que es monstruoso! Permitan también que Jules Bournol lleve, junto a sus seres queridos, una existencia cuya dignidad habrá de borrar sus pasadas faltas que, después de todo, no fueron más que veniales, y permítanme hacerles una última confidencia de la que no hice partícipe a nadie, ni siquiera a su defensor. Cuando, gracias a la intervención de este último y a la comprensión del señor juez de instrucción designado para este proceso, pude lograr la autorización para visitar en Fresnes a quien es para mí "mi marido", mis primeras palabras fueron para pedirle que me jurara que no había matado a ese hombre. Lo hizo, añadiendo con los ojos llenos de lágrimas: ¿Cómo tú, que siempre dijiste amarme, has podido hacerme semejante pregunta? En el mismo segundo, me avergoncé de haberla formulado.

—El Tribunal le agradece, señora. Puede retirarse.

A medida que se sucedía la audición de los testigos de descargo, Víctor Deliot se sentía cada vez más satisfecho. La deposición mesurada de Fresita podía calificarse de excelente: no había estado, sobre todo, dramatizada por lagrimeos superfluos. Su apelación a la clemencia de la Corte había tenido tanta mayor fuerza por cuanto había sido pronunciada con calma. Por otra parte, Deliot no esperaba menos de aquella de quien había podido apreciar ya el asombroso dominio de sí misma. Hasta había conseguido Fresita dar la impresión de que siempre se había ganado la vida únicamente gracias a su profesión de secretaria. ¡En ningún momento el Tribunal y la asistencia habrían podido imaginar que una mujer de apariencia tan discreta y tan sincera era capaz de ejercer tan distinta profesión! Ello resultaba muy importante para "el bueno de Jules" que se encontraba así liberado del riesgo suplementario de ser considerado como proxeneta, lo cual habría empañado singularmente la imagen más bien halagadora hasta ese momento de su personalidad que cada uno de los testigos que habían desfilado no había hecho más que mejorar. Y, por obra de una extraordinaria suerte con la que —el mismo Deliot se hallaba dispuesto a reconocerlo— el defensor siempre había contado, nadie se había presentado en el campo de la acusación o había siquiera escrito al juez de instrucción para revelarle que el "muy honrado" Bournol no era en realidad más que un auténtico "protector" en el sentido que había sabido eliminar, en su deposición, y con extrema habilidad, la joven mujer. Cosa más curiosa aún, en el expediente elaborado acerca de Bournol y de cuyo contenido se había enterado Deliot al visitar al juez de instrucción antes de aceptar su defensa, no se encontraba ningún documento mencionando la actividad oculta del ladrón cuya única profesión reconocida era la de bookmaker. Ello podía ser debido a un motivo: gracias a su prudencia y a su innato sentido del disimulo, Fresita —la prostituta— había logrado escapar al control de la brigada de las buenas costumbres y no ser fichada. ¡Lo cual debía constituir un caso excepcional en Marsella donde trabajaba desde hacía años! Gracias a sus famosas "papeletas de pago", de las que había tenido la habilidad de hablar ante el Tribunal, había conseguido quedar bien justificando una confesable fuente de ganancias. Finalmente, ¿no existen acaso entre ese ambiente y la policía acomodos siempre posibles?

La secreta curiosidad de Deliot en lo atinente a la personalidad fuera de lo común de la compañera de su cliente no hacía más que aumentar... Curiosidad acompañada por una especie de admiración hacia una mujer que sabía modificar completamente su apariencia física en caso necesario, que no era en absoluto la misma cuando recibía la repentina visita del defensor de su rufián o cuando permanecía algunas horas después ante un hotel de citas, y que en fin, aun poseyendo una reserva de bonos del Tesoro y una cuenta en Suiza, no había temido afirmar ante el Tribunal que su hija y ella misma sólo vivían de su trabajo de secretaria realizado en su casa por cuenta de una empresa de suplencias... En su estilo, esa linda muchacha se mostraba cada vez más sorprendente.

 

 

 

La última testigo, llamada a comparecer a pedido de la defensa, había entrado con esa misma discreción y ese mismo andar etéreo que habían llamado la atención a Víctor Deliot el día en que la había visitado en el saloncito de una lujosa mansión situada en una ciudad provinciana del Sudoeste.

Thérése Vifral, vestida con un traje sastre negro tan estricto como el de Fresita, no lucía sobre sus hombros todo el esplendor de su larga cabellera rubia que la hacía asemejarse a un hada de una época desaparecida. El oro que contenía se hallaba oculto bajo un pesado rodete que caía sobre la delgada nuca, en tanto que un sombrero también negro, disimulaba parcialmente el rostro diáfano. La única expresión de vida provenía de los ojos, de un límpido azul, cuya mirada expresaba alternativamente el asombro de verse enfrentada a la solemnidad de un tribunal, y el pudor de tener que responder en público a ciertas preguntas que seguramente le serían formuladas. Una muy nítida impresión de timidez se desprendía de quien, menuda y delicada, se había acercado lentamente a la barandilla.

—Señora Vifral —comenzó diciendo el presidente después que ella dio a conocer con voz muy suave su identidad y alzó su pequeña mano enguantada de negro para jurar no decir más que la verdad—, el Tribunal estima que si usted ha manifestado el deseo de aportar su testimonio en un proceso criminal que no le concierne más que en forma bastante indirecta, no puede ser sino por una razón muy seria.

—Efectivamente, señor presidente. Aun si no se trata para mí de estar aquí para contribuir a que sea reconocida la inocencia de un acusado al que no conozco, que no he visto nunca hasta ahora y del que sólo he oído hablar a través de los diarios y de la radio en el momento del crimen que les es imputado, estimo que mi deber es el de afirmar ante este Tribunal que me siento profundamente indignada por este proceso.

—Explíquese, señora.

—De acuerdo con todo lo que he oído decir, como todo el mundo, acerca de las razones que han motivado este juicio, se deduce claramente que Jules Bournol ha sido acusado tan sólo sobre la base de sospechas, muy graves por cierto, ya que está considerado como el único criminal posible en este suceso, pero ¿es eso suficiente? Siempre me enseñaron, cuando yo misma estudiaba Derecho en la facultad de Burdeos, que no se debe sostener una acusación de crimen únicamente sobre la base de presunciones, aun siendo muchas, ¡y que sólo se puede juzgar sobre hechos reales! El que Bruno Carvault haya sido asesinado es probablemente cierto, puesto que ésa es la conclusión de la investigación, que sin duda fue llevada a cabo con el más extremo rigor, pero que su asesino sea, sin discusión posible, el hombre que ha sido llamado a juzgar hoy, me parece ya más dudoso. Y entonces me pregunto si, a pesar de una espera de seis meses, no ha existido demasiada precipitación y si más no hubiese valido esperar todavía para permitir a los investigadores hallar al fin la prueba formal que falta.

—¿Qué prueba, señora?

—Yo no lo sé... Me asombra, por ejemplo, el hecho de que en todos los relatos que se publicaron estos últimos meses en la prensa, y que leí con la mayor atención puesto que se trata de la desaparición del asesino de mi hijo, no se haya hecho una sola mención del descubrimiento, ya fuese sobre los detenidos encargados de la distribución de sopa, ya sobre el mismo Bournol, o bien en las proximidades de la celda donde se produjo la muerte instantánea, o finalmente en esa misma celda, del envase contenedor del veneno. El cianuro, puesto que el examen de los alimentos ingeridos por el difunto y el de sus propias vísceras demostró que había sido ése el veneno utilizado, no se transporta, ni aun en dosis muy concentradas bajo forma de polvo o en cápsulas, ¡sin hallarse aislado de todo contacto antes de su empleo! No es necesario ser un químico consumado para saber que el más mínimo contacto directo con ácido cianhídrico o uno de sus derivados comporta el riesgo de ocasionar problemas inmediatos al que lo manipula. ¿Entonces cómo es posible que Bournol u otro cualquiera haya podido transportar un veneno tan violento sin tomar él mismo elementales precauciones? Y la única precaución posible era el embalaje...

—El Tribunal reconoce, señora, que semejante observación no carece de pertinencia. Pero el acta de acusación, que fue leída al iniciarse este juicio y de la que no pudo usted tomar conocimiento al no estar autorizada, en su calidad de testigo, para asistir a todo el desarrollo del proceso, explicó formalmente que a pesar de las minuciosas búsquedas efectuadas inmediatamente después del crimen, no fue posible hallar el más mínimo contenedor del veneno, ni sobre los hombres afectados al reparto de sopa, tampoco sobre Bournol, ¡ni en las proximidades de la celda o en la celda misma! A este respecto, me permito puntualizarle que todas las celdas de las prisiones de Francia son registradas de arriba abajo dos veces al día por equipos de especialistas.

—Si me tomé la libertad de atraer la atención del Tribunal sobre ese punto, fue únicamente porque pienso que es ya bastante inquietante de por sí como para merecer que se lo considere, y de ninguna manera para poner en duda la perfecta aplicación de los reglamentos por una administración penitenciaria de la cual no me corresponde apreciar la competencia.

—Pero al fin, señora, ¿adonde quiere usted llegar?

—A esto, señor presidente: la puesta en ejecución de semejante proceso me parece ser tan arriesgada como nefasta... Arriesgada porque no se apoya, lo repito y lo repetiré siempre, sobre ninguna prueba formal de la culpabilidad del acusado... Nefasta porque remueve en la opinión pública un asqueroso lodo que más hubiera valido sin duda dejar estancar hasta que se perdiese en el olvido. ¡No imagina usted la cantidad de llamadas telefónicas y de cartas anónimas que recibí en mi casa desde el día en que ese nuevo crimen fue revelado por la prensa, la radio y la televisión! Personas a las que no conocía en absoluto y que se cuidaban muy bien de revelar su identidad, me escribieron o me dijeron frases de este estilo: ¡Bueno, ya ocurrió por fin! ¡Su hijito ha sido vengado!... ¡Imagino lo contenta que se sentirá usted! ¡Ese tipo que mató al cochino en su celda es un verdadero héroe! ¡Deberían ponerlo inmediatamente en libertad! Hasta hubo algunos que me felicitaban... ¡Fue espantoso! ¡Y eso sigue aún! Ayer mismo, antes de que partiese hacia París, una mujer me llamó para decirme: ¡Supongo que asistirá usted al proceso que se inicia mañana! Si yo estuviese en su lugar me causaría gran alegría ver al que tuvo el valor de restablecer una verdadera justicia que no fue administrada hace diez años... Puede usted estar segura, señora Vifral, de que todas las mamas de Francia y hasta de otros países piensan como yo y están de todo corazón a su lado... ¿No piensa usted que es espantoso oír semejantes cosas cuando mi único deseo fue el de perdonar y, de ser posible, olvidar el horror que conocí?... Si permanecí voluntariamente enclaustrada en mi soledad durante estos últimos diez años, era para evitar que la gente, entre la cual habrían existido seguramente algunos bienintencionados, volviese a hablarme de la muerte de mi hijo. Tenía derecho a esperar que los demás, al menos, habrían olvidado con el tiempo... Y he aquí que, tan sólo por culpa de este juicio, ¡todo recomienza! Si hubiese visto usted hace un rato, cuando llegué lo más discretamente posible a este palacio, a los fotógrafos que me espiaban en todas partes y a la multitud que me esperaba para ver cómo es una mujer cuyo hijo ha sido asesinado... ¡Me vi obligada a cubrirme el rostro con esta chalina! Si no hubiese estado allí el doctor Deliot para recibirme y sostenerme, ¡creo que me habría desplomado! En un momento dado hasta estuve a punto de huir para regresar a mi aislamiento, pero el doctor Deliot me retuvo, diciéndome: ¡Se lo suplico, señor a no haga eso! Se trata de la libertad de un hombre para quien su testimonio puede ser capital... Debe usted resistir hasta el fin y presentarse cuando le llegue el turno. Tan sólo el hecho de haber tenido el valor de desplazarse para decir, con la admirable franqueza que le caracteriza, todo cuanto piensa de la oportunidad de este proceso puede tener una repercusión considerable sobre los debates. ¡Animo, señora! "Y estoy aquí no para que un crimen permanezca impune, sino para que esta vez al menos la justicia sea administrada con equidad. Disto mucho de albergar, señor presidente, cualquier idea de venganza. Pienso también en la madre de aquel que, como mi hijo, ya no existe. Las horas que vive en este momento las he padecido mucho antes que ella... ¡Y pienso estar más facultada que cualquiera para saber que no es regocijándose por la desgracia ajena como se logra recobrar la propia felicidad! Les suplico, señores jueces, al igual que a ustedes, señoras y señores del jurado, que reflexionen bien antes de dar a conocer su veredicto. Ignoro si el acusado es culpable o no, pero si en la mente de ustedes existiese la más mínima duda, ¡no vacilen! ¡Sepan demostrar clemencia! Eviten que se cometa un grave error: creo que eso es Justicia. Sólo a ese precio no se hablará nunca más del siniestro "caso Carvault", no se me importunará ya jamás y podré al fin gozar de la paz que necesito. Creo también que fue mi pequeño Serge, desde allí donde se halla ahora, quien me aconsejó con toda su pureza, en el subconsciente de mi corazón, venir a testimoniar. Tengo la impresión de oírle, diciéndome: Mamá, debes ir a esa audiencia para evitar que se cometa una injusticia. ¡Soy yo quien te lo pide! Sé que hace mucho que perdonaste, al igual que yo. Trata de olvidar lo que nos ocurrió para pensar tan sólo en cumplir con tu deber de mujer que seguramente ha sopesado las consecuencias de un juicio. Si yo mismo hubiese podido volver, habría pedido que Bruno, que fue mi gran amigo y que tan a menudo jugó conmigo, fuera absuelto... Entonces, ¿por qué permitir hoy que se condene al que tal vez no lo mató?

Thérése Vifral ya no podía seguir hablando. Los sollozos la ahogaban. Cuando el presidente se dirigió a ella, lo hizo con suavidad:

—Señora, el Tribunal le agradece su testimonio, el cual demuestra que, a menudo, son aquellos que más han sufrido los que saben demostrar la mayor grandeza de alma. Puede usted retirarse.

Con el rostro más diáfano aún que a su llegada se alejó, en medio de un silencio aplastante —tal como la emanación de un pasado que ya no quiere revivir—, para retornar al olvido que había elegido.

 

 

 

Después de su partida, el presidente anunció que la audiencia quedaba suspendida y que los debates continuarían al día siguiente a la hora catorce. En tanto que el Tribunal se retiraba, Víctor Deliot se puso de pie para volverse hacia su cliente, al que expresó antes de que los guardias se lo llevaran:

—Acaba usted de conocer al testigo sorpresa de quien no había querido revelarle la identidad. Pienso que ha podido usted apreciar el peso de su deposición... También Fresita estuvo muy bien. Todos sus amigos, por otra parte, han estado perfectos. Lo cual hace que el ambiente general nos es infinitamente más favorable que al principio. No puedo aún augurar el resultado pero no tengo una mala impresión: ¡la tarea del ministerio público no ha de ser fácil! Permanezca tranquilo, sobre todo, y trate de dormir en Fresnes, si puede hacerlo, sin rumiar en su cabeza todo cuanto se dijo hoy ante usted. La serenidad de un acusado parece indicar que tiene la conciencia tranquila: es un punto a favor. Hasta mañana.

 

 

 

El juicio continuó con la requisitoria del fiscal quien — Deliot lo había previsto— no pudo sostener los motivos de acusación más que sobre el hecho flagrante e innegable de que había existido un crimen y de que, cuando hay crimen, existe obligatoriamente un culpable. Según él y como consecuencia de la investigación realizada, el único culpable posible no podía ser otro que Jules Bournol. Su conclusión fue:

—Son ustedes, señoras y señores, quienes deberán decidir a conciencia si ese culpable es el hombre que tienen ante sus ojos. Si estiman que él es, merece uno de los graves castigos previstos en función del artículo 302 del Código Penal, pero si tienen alguna duda, no olviden que su veredicto no puede en ningún caso, puesto que se trata de la muerte de un hombre, adecuarse a un término medio que condene a Bournol a una pena relativamente mínima. ¡O es culpable de haber envenenado a Bruno Carvault o no lo es! Si, según ustedes, no lo es, deberá gozar, con toda justicia, de una absolución que lo deje libre de toda sospecha. ¿Es realmente eso lo que quieren? ¿Es lo que pide la sociedad y lo que exige el respeto hacia la vida humana? ¿Puede admitirse que un hombre sea asesinado impunemente sin que haya sanción? Fueran cuales fuesen las culpas pasadas de Bruno Carvault, tenía derecho a esta vida que otro tribunal no le había quitado. A sabiendas de que la elección de ustedes va a resultar difícil, el ministerio público se remite al fruto de sus juiciosas deliberaciones.

Lo importante para el defensor era que ni la pena capital ni aun la reclusión perpetua habían sido solicitadas. Además, por el modo en que el proceso se había entablado sin que el acta de acusación ni las deposiciones de los testigos probasen formalmente la culpabilidad de Bournol, el representante del Ministerio Público se hallaba en la imposibilidad de requerirlos. La absolución no dependía más que del alegato de la defensa.

Alegato simple y mesurado en cuya primera parte Deliot se dedicó sobre todo a valorizar la personalidad de Bournol retomando, una a una, las deposiciones de aquellos a los que había hecho citar; todas, sin excepción, demostraban que el ladrón, arrepentido desde su condena por el atraco fallido, no era de manera alguna un hombre perdido sino más bien un pobre hombre que merecía no solamente la indulgencia del jurado sino también una cierta compasión.

El tono del abogado se hizo luego más vehemente:

—Ahora que el Tribunal, así como las señoras y señores del jurado, conocen mejor a Jules Bournol, me parece indispensable, antes de que tenga lugar la deliberación de la que saldrá el veredicto, arrojar cierta luz sobre un punto esencial de este proceso que, a mi juicio, ha permanecido un tanto en segundo plano desde su iniciación... Se trata del momento mismo del crimen.

"Como muy bien nos lo hizo comprender el señor fiscal, cuando hay un crimen, ¡existe un criminal! Pero, en el estado actual de los debates y después de la investigación llevada a cabo durante meses, nadie puede afirmar que haya sido efectivamente hallado... Por lo tanto debo confesar que, desde el primer día en que fui requerido para ocuparme de este proceso, a menudo me pregunté si se trataba realmente de un crimen o de un suicidio... ¡Lo cual, en el caso de prevalecer esta segunda hipótesis, explicaría por qué es absolutamente imposible hallar otro criminal que no sea ese infeliz Bournol! ¡Ya no habría criminal alguno! Sólo quedaría un hombre, Bruno Carvault, quien, no pudiendo soportar más su condena y perseguido por el remordimiento, acabó por claudicar. Palabra que me parece la más adecuada.

"¿Claudicar? Vale decir poner él mismo bruscamente fin a su vida para escapar del triste destino impuesto por la justicia de los hombres... Si se piensa bien, el que, en la celda, tenía mayores facilidades para realizar el gesto liberador, ¡era el mismo Carvault! Aun ese envoltorio, del que habló la señora Thérése Vifral, podía ser insignificante, ¡sobre todo si se trataba de una cápsula! No era más que una débil envoltura de papel que muy bien pudo romper en trozos ínfimos algunos segundos antes de la llegada de los distribuidores de sopa que, como ocurre en todas las prisiones, respetan un riguroso horario. Tragar esos minúsculos pedazos de papel, casi reducidos a polvo, era cosa fácil. Masticados y desintegrados, no dejaron ningún rastro en el momento del examen de las vísceras del cuerpo que no pudo ser efectuado más que una o dos horas después de la muerte. Mantener oculta en la palma de la mano, después de haberla liberado de su envoltura, la cápsula hasta arrojarla en la escudilla que acababan de entregarle fue para Carvault un juego de niños que no pudo ser advertido ni por los guardias, ni por los hombres del reparto, ni por el mismo Bournol ocupado en recibir su propia ración.

"¿Y por qué habría de dejar Carvault un mensaje explicando su determinación? Ésta se bastaba ampliamente a sí misma: ¿acaso no lo decía todo? ¿Quién no comprendería aquí que una madre haya intentado excluir ante nosotros el gesto de autodestrucción prohibido por su religión puesto que su hijo le había prometido no hacerlo? Pero entre una promesa hecha a una mamá intranquila que se tiene ante sí en un locutorio de prisión y las interminables horas de angustiosa soledad en las que vuelve uno a sumergirse cuando ella no está ya allí, hay un mundo durante el cual mil pensamientos desesperados pueden surgir o volver con acrecentada fuerza en la mente de un condenado. Nada prueba tampoco que el desdichado no haya creído que más valía, mediante ese acto poner término, definitivamente, al sufrimiento que representaban para su madre esas espantosas visitas semanales... ¿No era acaso liberarla, también a ella, del peso de un pasado que no podía más que destrozarla como había ocurrido ya con su marido? ¿No era más bien, antes que la traición a la palabra dada, el medio radical de eliminar definitivamente el oprobio y la vergüenza que caían indirectamente sobre ella desde hacía años? Nadie, fuera de Dios, puede saber qué pasó por la mente de Bruno Carvault... Un Dios que seguramente lo juzgó con una clemencia y una mansedumbre que los hombres desconocen.

"...¿Cómo pudo el desesperado procurarse el veneno que fue el arma de su propia muerte? Tal vez lo había tenido disimulado durante mucho tiempo en uno de esos escondites insospechados que sólo saben inventar los que ya no soportan el verse prisioneros y que hallan, en su misma desesperación, el genio de ocultar a los que tienen la misión de vigilarlos y registrarlos regularmente lo que consideran ser la última gran posibilidad para la definitiva liberación... ¿Cuántos prisioneros políticos o de derecho común han utilizado esta suprema estratagema, desde que las prisiones existen, para escapar por fin al terrorífico destino terrestre que les estaba reservado? Y Carvault había conocido bastantes prisiones durante sus diez años de detención como para no haber hallado en ellas a algún otro detenido favorecido con un permiso, a un visitante o, ¿por qué no?, a un guardia que, invadido por una inmensa piedad ante tal desamparo moral y físico, creyó que su simple deber de ser humano era desempeñar el papel de intermediario trayéndole al condenado a perpetuidad el medio de liberarse al fin de todo en el momento en que ya no podía soportar siquiera la idea de vivir. Todo esto, señores del jurado, merece ser considerado.

"El suicidio de Bruno Carvault es la única explicación plausible de su muerte, la única también que pone las cosas en su verdadero lugar. Si lo admiten, ¡ya no hay crimen! Por consiguiente, Jules Bournol aparece como inocente del asesinato que se le imputa y se verán obligados a absolverlo. Justo veredicto este que le permitirá salir de aquí con la frente alta y reunirse sin tardanza, gracias a esa liberación anticipada a la que tiene derecho por su buena conducta durante treinta meses, con los que lo aman: su compañera tan abnegada, su hijita y sus amigos que lo esperan para ayudarlo a rehacer su vida y sobre todo a olvidar su pasado.

El viejo abogado volvió a sentarse, repasando de nuevo sus anteojos que sólo volvería a ponerse al regreso del Tribunal y de los jurados que se retiraban para deliberar. Estimaba haber dicho todo cuanto hacía falta para salvar a su cliente.

 

 

 

La deliberación no fue tan prolongada a pesar de la espera que pareció interminable como siempre ocurre cuando se trata de un veredicto en lo criminal. Finalmente el Tribunal hizo nuevamente su aparición.

—Acusado, póngase de pie...

Y, envuelto en el silencio en el que se mezclan el miedo a la condena y la esperanza de la libertad, el veredicto fue pronunciado. Por unanimidad devotos, Jules Bournol era declarado no culpable. El anuncio fue recibido con aplausos por la asistencia. Deliot se incorporó para estrechar ambas manos de su cliente diciéndole:

—Va usted a regresar a Fresnes para que se proceda a su puesta en libertad y, gozando de la reducción de pena prometida, puede tener la certeza de reunirse con Fresita, Chris, y todos sus amigos del Café des Amis dentro de cuarenta y ocho horas a más tardar.

—¡No sé cómo agradecerle, doctor! ¡Qué acertada intuición tuve al escribirle desde Melun!

—Ahora puede decírmelo con sinceridad, Bournol: ¿quién le sugirió la idea de dirigirse a mí?

Luego de una breve vacilación el ladrón contestó:

—Se lo expliqué en mi carta, doctor... Fue el señor Perrin.

—¿Únicamente él?

—Yo recordaba también dos procesos por asesinato en los que usted había actuado como defensor...

Y al ver que la mirada del abogado parecía expresar cierta duda, se apresuró a añadir:

—Tengo también un amigo que me habló de usted algún tiempo antes de que este nuevo juicio recayese sobre mí.

—¿Qué amigo?

—Usted no lo conoce: no forma parte de la banda de amigotes marselleses.

—Estoy un poco resentido con usted... ¿tenía un amigo así del que nunca me habló?

—De nada hubiese servido: ¡jamás habría consentido en testimoniar a mi favor!

—Entonces no se trata tal vez de un verdadero amigo...

—Digamos más bien que es una relación... doctor, ¿piensa usted que me permitirán abrazar a Fresita antes de ascender al furgón celular que ha de llevarme nuevamente a Fresnes?

—¡Claro que sí! Debe de estar esperándolo en algún lugar del pasillo... Esos señores también lo esperan...

Había designado a los gendarmes que lo custodiaban.

—Pero esta vez es para conducirlo al camino de la liberación.

—Hay algo aún, doctor, de lo cual tuvo usted la discreción de no hablarme nunca durante todo el transcurso de este caso: sus honorarios... Haría falta sin embargo que nos pusiésemos de acuerdo acerca de este punto para que yo comience a pagarle... Por cierto que no me será posible, supongo, abonarle el total en una sola entrega pero, poco a poco, lograré liquidar mi deuda... Marga y el petiso Max lo dijeron de manera muy clara cuando testimoniaron: ¡no será trabajo lo que me falte cuando llegue a "La Belle de Mai"!

—Sinceramente, mi estimado Bournol, le confieso no haber tenido tiempo aún para pensar en esas cuestiones materiales y, por el momento, no corre prisa. Lo que importa es que haya recobrado usted la alegría de vivir. Voy a ocuparme inmediatamente, con el procurador, de su puesta en libertad.

—¿Entonces tendré que pasar también esta noche en Fresnes?

—¡Lamentablemente temo que así sea! No olvide que si no se hubiese visto usted favorecido por una libertad anticipada, cuya entrada en vigor dentro de las veinticuatro horas es segura, debería cumplir aún si no me equivoco, cinco largos meses de reclusión por la condena que le fue infligida a raíz del atraco.

—¡Siempre ese malogrado atraco! ¡Parece que su recuerdo me perseguirá hasta el final de mis días!

—¡Tanto mejor si ocurre así! Eso le impedirá volver

a hacer tonterías... ¡Hasta mañana! Lo que sí puedo asegurarle es que muy pronto podrá saborear su primer almuerzo en un restaurante en compañía de Fresita.

—¿Nos acompañará usted?

—¡Oh! Yo... Más valdría que estuviese junto a ustedes Chris... Pero de todos modos se reunirá con ella en Marsella, donde la buena vecina ha debido encargarse de la niña. ¡Cosa que, pensándolo bien, resultará más agradable aún! No se debe intentar gozar de todas las alegrías al mismo tiempo: eso disminuye su importancia...

 

 

 

Al regresar a su casa, después de haber visitado al procurador con el único fin de que fuesen tomadas todas las disposiciones para la liberación anticipada y rápida de su cliente, Víctor Deliot se mostraba pensativo... Un extraño pensamiento lo obsesionaba: "¿Y si Bournol, ese 'buen' Jules me hubiese mentido cuando me juró no haber envenenado a Carvault? ¿Si fuese verdaderamente el asesino?" Pensamiento alucinante que varias veces había aflorado a su mente durante los meses anteriores al juicio, y que siempre había apartado diciéndose que no era posible que Jules Bournol hubiese sido capaz de tal felonía para con él... Pero sin embargo, en el transcurso de su defensa, el abogado se había hallado en presencia de ciertos elementos o hechos, de apariencia bastante benigna en sí mismos, que igualmente lo habían dejado perplejo... Jamás había hablado de ello con su cliente, por temor de que semejantes revelaciones lo predispusiesen a un mutismo definitivo que hubiese tornado imposible toda defensa.

El angustioso pensamiento había vuelto a presentársele con acrecentada fuerza a partir de la iniciación del proceso y no había dejado de obsesionarle durante todo su desarrollo hasta el veredicto final: ¿Y si Bournol fuese verdaderamente el asesino? Interrogante que sólo adquiriría toda su fuerza si se hallaba una respuesta para esta otra pregunta: ¿Por qué habría matado a Carvault?

Al llegar al oscuro vestíbulo del viejo edificio donde habitaba, Deliot fue recibido por la encargada —cuyas manifestaciones de simpatía hacia los locatarios eran más bien escasas— con exclamaciones de admiración en las que se percibía el orgullo de ser la portera de semejante hombre:

—¡Qué éxito, doctor! Escuché por radio que consiguió la absolución del asesino.

—Pero no es un asesino, señora, puesto que no fue reconocido culpable... ¡No se es asesino así como así!

—¿Se da cuenta, doctor? ¡Toda esta correspondencia acaba de llegar para usted en menos de una hora!

Le extendió un montón de telegramas y cartas por expreso a la vez que añadía:

—En los veintitrés años que me ocupo de este edificio, nunca hubo, ni para el total del inmueble, una cantidad tal de correspondencia. ¡Si supiese cómo me envidia la señora Langlois!

—¿Quién es?

—La encargada de la del veinticuatro bis...

—¡Me alegro mucho, estimada señora, de ser para usted la causa indirecta de semejante satisfacción!

Empezó a subir lentamente los peldaños de la escalera después de haber metido en su portafolios, que nunca había estado tan cargado, el raudal de mensajes. Lo que éstos podían contener le importaba poco. Su única preocupación consistía en saber si aquel que ya no era enteramente su cliente, puesto que acababa de ser absuelto, era o no un criminal.

Al entrar en su departamento, se sacó, de acuerdo con un ritual que practicaba desde hacía más de medio siglo y a un ritmo que siempre había sido el mismo, su sombrero informe, el abrigo raído y la bufanda de la que no se separaba en ninguna estación. El portafolios había sido dejado sobre una pila de expedientes. Después de haberse quitado los anteojos para limpiar los cristales con un extremo de la bufanda, volvió a colocárselos para leer, más por descargo de su conciencia que por curiosidad, el contenido de los mensajes que fue sacando uno a uno del portafolios y que abrió sin prisa. No era más que un concierto de felicitaciones "conmovidas" o "confraternales". El viejo, desengañado después de muchos años de ejercicio de la profesión, se sentía bastante asombrado al descubrir que tenía tantos admiradores en el mundo de los togados. Una amistad que se revelaba en el ocaso de su carrera... "¡Más vale tarde que nunca!" se dijo. Pero, ¿qué habría ocurrido si su cliente hubiese sido reconocido culpable? Pues cuanto más reflexionaba acerca del caso, más convencido estaba de que el ladrón había tenido mucha suerte en salir del paso con tan poco daño.

¿Culpable el buen Jules? Tal vez no el único culpable, y allí era donde el asunto se complicaba... ¡Era absolutamente necesario poner en claro todo eso! Su conciencia de abogado lo obligaba a hacerlo. Pero entonces iba a tener que empezar de nuevo todo el proceso, para él solo y en el silencio de su apartamento ¡todo el proceso! Esto nada más que por su honor personal. Luego extraería de allí nuevas conclusiones íntimas que entregaría o no ante la justicia de los hombres. Todo dependería del grado de culpabilidad de aquel a quien acababa de evitar la condena. Si era necesario, pasaría toda la noche examinando de nuevo el crimen de Melun, con la esperanza de que, cuando se hiciese de nuevo la luz del día, conseguiría tal vez acercarse a la verdad.

Despojado de sus ropas y envuelto en una bata, de edad incierta también, se hundió en el sillón de su soledad después de haberse quitado una vez más los anteojos para limpiarlos sobre una de sus mangas antes de ponerlos sobre otra pila de legajos. Ni siquiera tenía necesidad de su ayuda para convertirse en el atento observador del nuevo proceso que iba a llevarse a cabo a puerta cerrada esta vez y únicamente ante él: gracias a la lucidez de su imaginación, se transformaría vuelta a vuelta en acusado, en juez de instrucción, en fiscal, en presidente del Tribunal, en jurado y ciertamente también en defensor confundido que se sentiría sin duda incapaz de obtener la absolución final.

Las cortinas se hallaban cerradas, los únicos resplandores de claridad provenían de una lámpara con pantalla colocada sobre el escritorio: una claridad muy difusa que permitía a la mente pensar en una semioscuridad.

EL PROCESO QUE SE HABRÍA PERDIDO

 

 

Había cuatro personas que le parecían a Víctor Deliot ser particularmente interesantes para lograr llevar a cabo esa revisión estrictamente personal del proceso: el acusado sin ninguna duda, su amiga Fresita, Thérése Vifral y alguien a quien no había hecho citar como testigo de descargo porque su papel, aun siendo capital, había sido más oscuro... Alguien cuya presencia ante el Tribunal en el proceso que acababa de finalizar no habría sido justificada pero que, por el contrario —si la causa debía de ser reanudada— se revelaría como el engranaje secreto que había permitido que el minucioso mecanismo del crimen funcionara. Los demás testigos, fuesen de cargo o de descargo, no habían sido más que comparsas. Era ésta, esa noche, una convicción absoluta del abogado. Y comenzó a reflexionar acerca de la personalidad propia de cada uno de aquéllos, o de aquéllas, que estimaba eran las verdaderas "estrellas" del proceso: esto en el orden mismo en que sus rostros o sus siluetas acababan de acudir a su mente.

Si iniciaba su razonamiento partiendo del principio de que el acusado, Jules Bournol, no le había dicho la verdad y era verdaderamente el asesino de Bruno Carvault, la sucesión de hechos que habían motivado el crimen se desarrollaba con lógica bastante sorprendente.

Bournol, evidentemente, no era un criminal. Nada, en la existencia que había llevado antes de la muerte de su compañero de celda, indicaba que lo fuera. Hasta ese minuto se había conformado con vivir como un pacífico granuja, al cual bastaban pequeñas estafas efectuadas en el ejercicio de su profesión de bookmaker que intenta, de tanto en tanto, ciertos golpes más o menos bien orquestados para tratar de mejorar financieramente su existencia acostumbrada y, desde algunos años atrás, la de dos seres muy amados: Fresita y la pequeña Chris.

Cuando había dado muerte a Carvault, no lo había hecho más que como asesino ocasional. Se trataba de un crimen del que era hasta incapaz de haber concebido él solo y que había realizado únicamente porque se lo habían sugerido. Y para que aceptase ser el instrumento de ese crimen, había sido necesario que se sintiese impulsado a ello por un poderoso motor, y hasta quizá por dos... Al haber aprendido, durante los dos meses que acababan de transcurrir, a conocer el carácter y la mentalidad de su cliente, Deliot veía tan sólo dos razones capaces de influir en él hasta el punto de hacerle cometer lo peor: el amor y el dinero.

El hecho de que "el buen Jules" estuviese perdidamente enamorado de la linda Fresita y fuese un padre loco por su hijita constituía una doble evidencia. Sólo podía haber matado, pues, en función de ellas y para ellas... Y como Chris no tenía aún la edad en que puede exigírsele todo a un hombre, no quedaba más que Fresita para haber obrado sobre su voluntad... Una Fresita que, sin haber sido tal vez la instigadora del crimen, había desempeñado el papel de la imprescindible intermediaria que no había vacilado en decir a su amante bastante mayor que ella y al que debía manejar poco menos que a su antojo: ¡Tienes que suprimir a ese hombre: será para nosotros el medio de lograr al fin la felicidad!

La felicidad, para una Fresita hábil, inteligente y ambiciosa, no podía ser otra que la de poseer buenos ahorros. ¿Acaso no le había confesado Bournol que ella había comenzado a invertir su dinero en bonos del Tesoro y que ya poseía desde hacía algunos años una cuenta numerada en Suiza? Revelación que había dejado al abogado pensativo... ¡Pues claro, la cuenta en Suiza! ¿No sería ése el escondite ideal y rentable para depositar y hacer fructificar el dinero obtenido por haber hecho desaparecer a un Bruno Carvault? ¿Quién podría sospechar que la pareja Fresita—Bournol —que había tenido la inteligencia de no modificar en nada su tren de vida permaneciendo en la muy modesta vivienda del suburbio marsellés — poseía ahora sólidas reservas al amparo de cualquier indiscreción?

Que Fresita tuviese interés personal en que Carvault, a quien no conocía y con el cual, ciertamente, no había tenido jamás el más mínimo trato, fuese suprimido, era apenas concebible. No tenía razón alguna para odiarlo a muerte por el crimen del que se había hecho culpable diez años antes. Lo que había perseguido era cobrar el sustancioso interés de un crimen... Pero ¿quién entonces, no pudiendo cometer en persona la fechoría —por temor a una investigación que podría resultar peligrosa y quizá también a eventuales represalias— y habiéndose percatado asimismo de que la oportunidad inesperada, consecuente de una paciente espera, se presentaba al fin en la persona de ese codetenido que se hallaba en contacto directo con el asesino del pequeño Serge, podría haber entregado al equipo Fresita—Bournol la fuerte suma capaz de aniquilar todos los escrúpulos? Por increíble que ello pudiera parecer, Víctor Deliot no veía más que una sola persona: Thérése Vifral.

Thérése Vifral que, bajo su resignada apariencia, había madurado largamente su proyecto. ¿Quién puede saber qué pasa en el corazón de una madre a quien se le ha arrebatado el fruto de sus entrañas? Una mujer que, en realidad, a pesar de la voluntaria actitud que había sabido adoptar, tanto en su propia casa ante Deliot como ayer mismo en presencia del Tribunal, jamás había podido perdonar... Secretamente descorazonada por el juicio que no había castigado en la forma en que ella lo deseaba con toda su alma vengadora, al que había robado para siempre el amor y el afecto de su único hijo, ¿por qué no habría de tomar esta mujer, desde mucho tiempo atrás, la implacable decisión de hacer justicia por sí misma? ¿Por sí misma? Resultaría difícil y casi imposible. Si mataba a Carvault después de haber esperado durante años el momento en que, liberado, no estuviese ya protegido tras las rejas —al igual que una loba que se esconde y solapadamente se arma de paciencia hasta poder matar a los que masacraron a su cría—, sería detenida, condenada o tal vez hasta absuelta como consecuencia de un proceso en el que el escándalo volvería a surgir, salpicando para siempre su aureola de madre mártir. Era necesario pues que se sirviese de un intermediario por todos desconocido, de alguien que nada hubiese tenido que ver con el juicio por infanticidio. ¿Y si, además de esa insaciable sed de venganza, hubiese anidado en el corazón de esa mujer otro sentimiento? ¡Pero entonces el asesinato de Bruno Carvault se convertiría en una cosa monstruosa!

Al pensar en ello, Víctor Deliot experimentaba escalofríos. Varias veces ya, desde que había comenzado su extraña meditación, con un gesto maquinal se había pasado la mano por la frente. ¡Todo eso se volvía atroz! Y sin embargo, debía ser la verdad. El abogado no podía olvidar la forma en que Thérése Vifral, cuando lo había recibido en su casa, le había descrito el encanto de Bruno Carvault, ese muchacho rubio de ojos azules y dos años menor que ella que iba a visitarla en compañía de su madre y que jugaba también amistosamente con Serge en el jardín cuando ella era ya una joven viuda. Había habido en la voz de Thérése, cuando se lo contaba, un cierto enternecimiento que no dejó de sorprenderlo. Casi parecía que añoraba esos momentos en que Bruno participaba de su intimidad... Era bastante poco probable que al casarse la bonita secretaria, algunos años antes, con el riquísimo Jacques Vifral, lo hubiese hecho únicamente por amor. La diferencia de edades era demasiado grande. Lo que había debido fascinarla más que nada era el hecho de convertirse en la señora Vifral, con todas las ventajas sociales y materiales que semejante unión entrañaba.

Un año después, el nacimiento de Serge consolidó apreciablemente su situación. Luego sobrevino su viudez, cuando poseía una gran fortuna y se veía cada vez más atrayente. Una viuda muy joven se ve favorecida por una especie de aureola que la hace a veces más deseable que cualquiera otra mujer... Y Bruno Carvault, "ese muy buen hijo" como lo declaró su propia madre ante la Corte, poseía entonces, bajo apariencias de timidez y de absoluta obediencia a la que lo había dado a luz, ese encanto de los seres débiles apto para seducir a una joven viuda solitaria... ¿Por qué no había de ocurrir entonces una cosa tan normal? Locamente deseosa de dar a conocer a ese joven bien educado y un tanto taciturno los goces poco frecuentes de descubrir las tiernas caricias y la dulce presencia de una mujer que había estado casada y que también había dado vida a un ser, Thérése se convirtió en la amante de Bruno... Las muchas visitas efectuadas entonces por este último a la hermosa residencia de los Vifral bajo el encantador pretexto de ser el gran compañero de juegos del pequeño Serge no fueron en realidad más que una ficción destinada a salvaguardar las apariencias... Con certeza el recuerdo de semejante relación podía convertirse, después de los acontecimientos que se precipitaron, en el motivo profundo e imperioso del asesinato, diez años después, del ex amante...

¿Qué había ocurrido mientras tanto? Pues simplemente que Bruno, devorado también él por la necesidad de ser rico, no había tardado en percatarse de que si bien la joven viuda lo aceptaba de buen grado como amante, ¡jamás consentiría en casarse con él para hacerlo partícipe de la fortuna de los Vifral! En primer lugar tenía un hijo que llevaba el apellido ilustre y que guardaba la descendencia... Además era demasiado ambiciosa y se sentía demasiado halagada por ser la hermosa "señora Vifral" como para aceptar convertirse en la esposa de un Bruno Carvault que no era, después de todo, ¡más que el vástago de pequeños burgueses cuyo apellido no podía igualarse en nada con el que planeaba sobre una gran fábrica!

Despechado, consciente de que su encanto de adolescente iniciado en los juegos del amor por su hermosa amiga no bastaría para ganar la difícil partida, Bruno había comenzado a concebir un plan diabólico: inspirándose en gran número de precedentes, que habían sucedido un poco en todas partes del mundo, y habiendo podido calcular tranquilamente el monto de la fortuna Vifral, secuestraría al heredero —ese chiquillo que le demostraba tanto afecto— y luego exigiría a la madre enloquecida un fuerte rescate... Al no poder tener a la madre completamente a su merced, le quitaría durante algún tiempo lo que era para ella su bien más preciado y la justificación viviente de su éxito como mujer. A falta de la madre, utilizaría el chantaje sobre la vida del hijo para obtener a pesar de todo una buena parte de la fortuna que representaba el dinero de los Vifral.

Era demasiado inteligente ese jovencito de excelente educación, y demasiado culto también como para no tomar sus precauciones... ¿Para qué espaciar siquiera sus relaciones con Thérése? Con ello correría el riesgo de hacer surgir en ella una duda... Seguiría siendo el amante y el confidente que, cuando el secuestro hubiese sido fructífero y Serge estuviese de vuelta en su hogar, sería el más feroz aliado de Thérése para ayudarla, junto con la policía, a encontrar al miserable que la había amenazado con suprimir a su querido hijito... Ese monstruo del cual él mismo había dicho después del secuestro y del descubrimiento del cuerpo a un periodista en un bar de la ciudad: ¡La gente que comete semejante crimen merecería ser linchada! El monstruo de dos caras sería él...

¡Ni su amante ni sus allegados podrían sospecharlo! Y cuando el niño hubiese regresado a la gran mansión familiar, volvería a jugar con él y a llevarle autitos de juguete... Pero ahí está: el chico, que tenía cuatro años, le reconocería y diría ante su madre: El me llevó en su coche y jugó conmigo a las escondidas... Lo cual sería una catástrofe. No quedaba pues más que una solución: secuestrar a Serge, matarlo estrangulándolo con las manos enguantadas y reclamar inmediatamente el pago del rescate. Un muerto ya no habla.

¿Y luego?... Y bien, mi Dios, luego, él, Bruno, sólo tendría que seguir visitando a Thérése dándoselas de consolador, omitiendo, claro está, revelarle que había conseguido ahorrar algún dinero... Eso sería para más tarde, cuando hubiese adquirido una buena posición. El dinero sensatamente invertido no se estanca... ¿Y quién sabe? Tal vez, con la ayuda del tiempo, una Thérése Vifral sola y desamparada consentiría al fin en unir su destino con el de un muchacho de aproximadamente su misma edad que había demostrado que sabía ganarse la vida y que no la desposaba únicamente por su fortuna como lo había hecho ella con Jacques Vifral... Y si eso llegaba a ocurrir, aportaría como dote las buenas acciones de la fábrica... Dado que el dinero siempre atrae al dinero, la fabulosa jugarreta tendría un feliz desenlace. Y se olvidarían del pequeño Serge.

Lo que lo había desvirtuado todo en ese plan era el hecho de que quien lo había concebido —y había logrado no obstante disimular maravillosamente el sonido de su voz al hacer por teléfono los pedidos de rescate directamente a Thérése— no era en el fondo otra cosa que un cobarde que se había enloquecido, al enterarse del rápido descubrimiento del cuerpo del niño. La policía había hecho lo demás para hacerlo confesar. Lo que debió ser el estupor horrorizado de Thérése Vifral cuando supo ese día que el asesino de su hijo era su amante sobrepasa los límites de la imaginación.

Durante las semanas y los meses que siguieron, permaneció postrada y encerrada en su casa, negándose, desde el día mismo en que fueron dados a conocer la identidad y el arresto del asesino, a recibir a los periodistas, a hacer la más mínima declaración y hasta a asistir a las exequias de su hijo, que fueron sin embargo acompañadas por toda la ciudad deseosa de demostrar su acongojado repudio ante el crimen cometido por uno de sus habitantes en la persona de un inocente. Eran miles de seres que se sentían un poco responsables y que querían significar, con su presencia en torno de la tumba recubierta con flores blancas, que reclamaban un castigo ejemplar. Era casi todo un pueblo el que clamaba venganza. El cortejo había pasado lentamente ante los postigos cerrados de la casa de los Vifral, en cuyo interior se ocultaba una joven mujer que no lograba aún comprender...

De entre un raudal de pensamientos desesperados, dos de ellos debían repetirse sin cesar, lancinantes, en su mente torturada: Bruno, ese muchacho convertido en su amante, había matado a Serge y, después de haberlo hecho, ¡se había atrevido a reclamarle dinero! ¡Ello sobrepasaba todos los límites de la monstruosidad! Pero ¿qué le había hecho ella al Cielo para merecer semejante destino? Tal vez quisiera castigarla por no haber efectuado más que un casamiento interesado al unirse a Vifral... De todas maneras no merecía eso... Al obrar así, Bruno acababa de probarle que siempre se había reído de ella y que nunca la había amado, ¡y pensar que lo quería casi tanto como a su hijo! Lenta, pero decisivamente, el sentimiento de venganza se incrustó en la joven viuda con una fuerza que tal vez ninguna otra alma había conocido. Sólo se atenuaría el día en que Bruno hubiese pagado por su doble crimen: la muerte de Serge y la ignominia de su conducta con respecto a ella, que le había concedido la suerte de convertirse en su amante...

Por la memoria de Serge esperaría el juicio de los hombres que —segura estaba de ello después de haber sentido desplegarse ante su puerta la oleada de odio de toda la ciudad— habría de ser despiadado. En lo concerniente a su herida de enamorada, a la que jamás podría referirse ante nadie por temor al escándalo que automáticamente recaería sobre ella, esperaría pacientemente para cicatrizarla que la primera condena fuese dictada. Luego, obraría. ¿Cómo? Ni ella misma lo sabía aún, sobre todo si Bruno fuese condenado a muerte por el asesinato de su hijo, ¡cosa que deseaba con toda su alma! Ya se le ocurriría algo para que expiase todavía más. Lo pensaría...

Ocho meses después se dio a conocer el fallo, que le pareció escandaloso: Bruno salvaba su cabeza... ¡Como si una condena a prisión —que jamás sería perpetua puesto que seguramente el miserable recobraría la libertad pasado un cierto número de años de encarcelamiento— pudiese ser un castigo adecuado para el asesinato de un angelito! Puesto que una corte judicial no había comprendido que había que suprimir definitivamente al monstruo, quien lo haría sería ella, Thérése... No sería otra cosa que el justo pago por su crimen, y por la afrenta que le había infligido.

¿Por qué no habría de ser en ese momento cuando había entrado en acción el que desempeñaba el papel de consejero, el ex especialista de los "problemas sociales" para la fábrica Vifral en la época en que el marido de Thérése pertenecía aún a este mundo, el muy ilustrado y muy discreto confidente de la joven viuda que había facilitado el encuentro de la madre de Serge y del abogado? ¿No era acaso el profesor Mateur un hombre de recursos? No parecía posible que Thérése Vifral le hubiese confesado, o que él hubiese sabido, que había sido la amante de Bruno Carvault, pero lo que sin duda debía ser cierto —Víctor Deliot lo había presentido después de su visita a la hermosa casa provinciana— era que el hombre de las sienes plateadas intentaba acaparar a su vez la fortuna Vifral, logrando éxito en lo que el asesino del niño había fracasado. ¿No se había percatado acaso de que la ex secretaria era una mujer sensible y atractiva a quien debía de pesarle mucho la soledad? ¿Por qué no habría de cortejarla él también, discretamente al principio, en forma más acuciante luego, para lograr a su vez la privilegiada posición de amante? Entre un amante de edad adecuada —el profesor aparentaba mayor seriedad que el rubiecito de ojos azules— y un marido potencial existe una distancia muy reducida... Un amante al que Thérése muy bien había podido decir un día:

"—Si me ayudas a saciar mi justa venganza haciendo matar al ser abyecto que asesinó a mi hijo, te prometo que me casaré contigo...

¡Qué maravillosa perspectiva para el ex docente! Lo constreñía, desde luego, a elaborar un plan estratégico, pero es bien sabido que un profesor no desconoce lo que es un plan... A partir de ese instante, ni él ni su amante dejaron de atisbar los menores desplazamientos que la administración penitenciaria hacía efectuar al detenido Bruno Carvault, de una prisión a otra. Siempre es factible hallar, mediante algún dinero, gente curiosa que sobrevive al amparo de las prisiones, siempre dispuesta a hacer algún favor... Durante semanas, meses y años, Carvault había sido rastreado. Y un día un acontecimiento prodigioso, que la pareja no se atrevía ya a esperar, había sucedido: ¡por primera vez Bruno Carvault acababa de ser transferido a otra prisión, la de Melun, donde ya no estaba solo en su celda sino en compañía de otro detenido! No había que desperdiciar un segundo para enterarse, no solamente de la identidad de ese compañero de celda, sino también de los motivos que habían determinado su condena.

Motivos bastante desprovistos de interés por sí solos: un atraco fallido. En compensación, lo que había parecido revestir la mayor importancia para la viuda y para su confidente era el hecho de que ese Jules Bournol, rufián de poca monta, tenía una seudo esposa llamada Fresita y una hijita de cuatro años que vivían y esperaban su regreso en los alrededores de Marsella. Existía pues, allí, en la existencia secreta de ese condenado, un punto débil que quizá pudiese ser manejado con habilidad. El mejor modo de obrar sería entonces el de tomar directamente contacto con Fresita. El profesor se encargó de ello, estimando que sería un grave error el que Thérése Vifral se dejase ver: debía seguir desempeñando su papel de mujer desconsolada, confinada en el silencio de su casa. Para él era diferente: realizar un pequeño viaje a Marsella o a otro sitio no entrañaba ningún riesgo.

Fortuitamente se había enterado Víctor Deliot —el día en que, habiendo llegado de improviso a la ciudad forcense, había tenido una conversación tan inesperada como interesante con la vecina de Fresita, la excelente persona que cuidaba de Chris cuando su madre iba a procurarse lo más sustancial de sus ganancias— de que Fresita había recibido, algunas semanas antes, otra visita...

Predispuesta a la confianza por la sencillez del abogado, para quien había llamado por teléfono un taxi al finalizar las dos visitas anteriores efectuadas a la compañera de Jules, la buena mujer no había creído indiscreto contestar después que Deliot le dijera, en la forma más trivial del mundo, en el transcurso de la conversación:

—¡De todos modos no debe resultar muy alegre para la simpática Fresita vivir así en la espera del regreso todavía problemático del hombre que ama y que la adora! Sé bien que está usted, señora, para reconfortarla de tanto en tanto, pero en fin, también tiene un marido y sus ocupaciones... ¿Nunca recibe ella visitas en su casa?

—Nunca, doctor, con excepción de usted que ya vino dos veces... ¡Si supiera qué alegría le dio y si la hubiese oído hablarme de usted que defiende a su hombre!

—Creo, en efecto, que siente por mí una cierta estima... ¡Créame que se la retribuyo!

—¡Ah! Sí... Me olvidaba... Aproximadamente dos meses antes de su primera visita, recibió a otra persona... Un señor muy bien al que apenas pude ver pero que tenía muy buena presencia: alto, distinguido, de sienes encanecidas que le sentaban muy bien. Tendría unos cuarenta y cinco años...

—Para él también sin duda, llamó usted a un taxi cuando se fue...

—No. Tenía un coche que conducía él mismo. Me acuerdo que permaneció bastante tiempo en la casa, casi más que usted. Yo no lo había visto llegar. Lo que me intrigó, ya se imagina usted, doctor, que las mujeres de este lugar somos todas un poco curiosas, ¡pues no hay tantos motivos de distracción por aquí!, fue su automóvil estacionado ante la puerta del jardín de Fresita... Por eso, cuando volvió a salir de la casa acompañado por ella hasta la verja, me asomé para ver. Después que se fue, le pregunté a Fresita quién era. Me contestó que se trataba de un profesor.

—¿Un profesor? ¿Qué habría venido a decirle?

—Ella me explicó que era director de una institución en la que se aceptaba como internos a niños de primera infancia cuyos padres se veían en la imposibilidad de ocuparse de ellos, y le había preguntado si podía interesarle para Christiane, por lo que la señora Fresita se encolerizó... Me dijo que le había contestado que no era su intención separarse de su hija. Y él se retiró después de haberle informado de cómo se hallaba organizado su establecimiento. Era, según parece, muy interesante, pero no le concernía a ella. ¡ Se imagina lo que hubiese ocurrido si Jules se enteraba de que "su" Chris se hallaba en un internado!

—Se habría sentido desesperado y lo comprendo: ¡hacerle eso a semejante monada! ¿Cuándo vino, exactamente, ese profesor?

—La primera vez...

—Dijo usted: "la primera vez..." ¿Quiere decir que volvió?

—Sí, pero fue diferente. La segunda vez, había anunciado a Fresita su visita. Ella lo esperaba después de haberme comunicado, dos días antes, que iba a verse obligada a ausentarse durante cuarenta y ocho horas para ir a visitar, en su compañía, el instituto del que le había hablado. Me dijo que había reflexionado y que, en el fondo, tal vez no fuese una mala solución para Chris que muy pronto crecería: ello le permitiría comenzar a recibir una buena instrucción, evitando a la vez, eso era sobre todo lo que la preocupaba, que se enterase, cuando estuviese en edad de comprender y por boca de compañeros de escuela no siempre caritativos, si la enviaba al jardín de infantes de aquí o a la escuela primaria, de que su padre se hallaba en prisión o era un ex recluso. ¡Habría sido espantoso! ¡Por nada del mundo querría Jules que eso ocurriese! ¡Póngase en el lugar de ellos, doctor! ¡Fresita y él tenían razón!

—¡Mil veces razón!

—Me preguntó entonces si, durante su ausencia, consentiría en tener a Christiane en mi casa.

—¿Dijo usted que sí?

—¡Naturalmente! Al no haber podido yo misma tener hijos, mi marido y yo consideramos que Christiane es también un poco nuestra...

—Vale decir que, como estaba previsto, dos días después el profesor vino a buscarla con su coche...

—Sí. Fresita volvió, exactamente como me lo había anunciado, a los dos días, pero en taxi. Para el regreso había tomado el tren.

—¿Parecía satisfecha de su visita a la institución?

—¡Encantada! "Todo era perfecto", decía. Pero me confesó no obstante que, después de pensarlo, prefería esperar todavía a que Christiane fuese un poco mayor... ¡Sonreí porque sabía que nunca podría separarse de ella!

—Cuando no se tiene más que una criatura y un marido entre rejas, es normal. ¿En qué momento tuvo lugar ese corto viaje?

—Recuerdo que fue poco tiempo antes de que Jules viniese a pasar aquí los cuatro días de permiso excepcional que le habían sido otorgados por su buena conducta.

—Lo cual parecería indicar que la primera visita del profesor había tenido lugar, pongamos por caso... ¿unos quince días antes?

—Sí, más o menos.

—Estimada señora, conversamos y el tiempo pasa mientras nos distraemos con pequeños hechos sin importancia pero que demuestran, sin embargo, que esa estimada Fresita es una excelente mamá. ¿Podría usted, una vez más, tener la amabilidad de telefonear pidiéndome un taxi?

—¡Con mucho gusto, doctor! ¡Cuánto va a lamentar Fresita el no haberle visto!

—Dígale sobre todo que no se preocupe... Vine a visitarla solamente en calidad de amigo. En realidad viajé a esta ciudad por un asunto que nada tiene que ver con Bournol. Dado que sé por usted que ella está bien, eso es lo esencial. ¿Y la pequeña Chris?

—¡Cada día más linda!

—¡Tanto mejor! Cuanta más belleza haya en el mundo, ¡más felices serán los hombres! Adiós, señora.

Así se había verificado la visita que Deliot jamás pudo olvidar y de la que había juzgado preferible no hablar a su cliente. Pero no pudo dejar de establecer automáticamente un paralelo entre el profesor cuyo nombre ignoraba la buena vecina, y ese André Mateur, tan amable y conciliador, que le había presentado Thérése Vifral... ¡La designación de "profesor" entraña demasiada resonancia como para admitir que dos de ellos hubiesen aparecido, con pocas semanas de intervalo, en el caso Bournol! ¿Por qué no habría de tratarse del mismo? Y si ése fuese el caso, sólo restaba dar muestras de bastante perspicacia y hasta de buen olfato para reconstituir los dos momentos en que André Mateur y Fresita se habían encontrado frente a frente. ¿Qué se habían dicho durante la larga conversación en la casita de ella, y qué había ocurrido en el transcurso de las cuarenta y ocho horas de duración del viaje?

En las "explicaciones" dadas por el profesor a la madre de Chris no había habido, por cierto, nada referente al instituto educacional para niños, como Fresita, que por lo visto no carecía de inventiva, había logrado hacérselo creer a su buena vecina. El ofrecimiento debió de ser muy otro. Víctor Deliot, a pesar de no haber sido testigo ese día de la conversación, lograba sin embargo reconstituir, gracias a su extrema lucidez, lo esencial del sorprendente diálogo...

—Si me he tomado la libertad, señora, de venir a visitarla sin previo aviso, es por una razón de fuerza mayor: hay cosas que no se pueden confiar a las cartas ni al teléfono. Por otra parte, ¡tampoco tiene usted teléfono! Mi nombre, con seguridad, no le dirá nada: sepa tan sólo que, después de haber estado en la docencia, me inicié en la profesión, tal vez menos noble pero bastante más delicada, de consejero en todos los aspectos... Y ocurre que cuento en mi clientela con una señora cuya vida no ha sido más que una sucesión de tragedias. Después de haber perdido a su marido en un lamentable accidente automovilístico cuando aún era ella muy joven, tuvo la terrible desgracia de que su único hijo, un niño de aproximadamente la misma edad que su hijita, fuese secuestrado y luego asesinado por un miserable que le reclamaba un rescate. Fue un crimen atroz del que la infeliz mujer jamás pudo consolarse. Y ocurre ahora que, por extraña coincidencia dispuesta quizá, ¡nunca se sabe!, por el Destino, el asesino del que le hablo es ese hombre de quien Jules Bournol no dejó de hablarle seguramente cuando usted lo visitó la última vez en Melun y que comparte desde hace aproximadamente una semana su celda.

—¿Bruno Carvault?

—El mismo... Mi cliente es la madre del niño al que mató hace ya diez años.

—¡Cuánto la compadezco!

—Todo el mundo la compadece, señora, y principalmente todas aquellas que, al igual que usted, son madres de una criatura de pocos años aún. Por lo tanto se halla usted más capacitada para comprender que el invencible dolor de esa madre se duplicó por el hecho, realmente escandaloso, de que el asesino haya logrado salvar su vida.

 

 

 

—¡Es una vergüenza! Mi marido me lo dijo. Hasta me contó que todos los detenidos de la prisión de Melun eran de su misma opinión, y que ninguno de ellos vacilaría, de poder hacerlo, en ajustarle las cuentas definitivamente a ese Carvault.

—Me siento tanto más satisfecho de oírselo decir, por cuanto pienso poder proporcionarle a Jules Bournol esa posibilidad sin que corra mayores riesgos...

—No comprendo...

—Sin embargo, es muy sencillo. Supongamos, si usted lo permite, que se le procura a Jules Bournol el medio muy discreto, pero absoluto, de librar a la sociedad de Bruno Carvault. Ello, ¡naturalmente mediando una importante remuneración que le sería entregada a cambio de ese acto que le haría un favor a mucha gente! Después de haber compartido durante un largo tiempo su angustia con la esperanza de poder mitigarla, llegué a la conclusión de que sólo a ese precio podría atenuarse la aflicción de mi cliente. Me apresuro a confesarle que, poseedora de una gran fortuna, se halla dispuesta ya a pagar el precio necesario... Hasta me comisionó para reemplazarla en las negociaciones que pudiésemos llegar a tener... Hallándome en la imposibilidad, lo comprende usted tan bien como yo, de comunicarme actualmente con Jules Bournol en persona, pensé que lo mejor sería dirigirme a usted que está en condiciones de ser para él la mejor de las consejeras...

—¡Pero, señor, Jules no es ni será jamás un asesino!

—¡Estoy profundamente convencido de ello, señora! Y hasta es ésa la razón primordial por la que pensé en él... Suprimir un monstruo no constituye un crimen, ¡sino más bien un acto de salubridad pública! Para llevarlo a cabo hace falta, pues, el brazo o la mano de un honesto ciudadano, como en el caso de Bournol. ¡A nadie, en la investigación que obligatoriamente habrá de realizarse después de la muerte brutal de Carvault, se le ocurrirá sospechar de un hombre como él!

—¡Eso lo dice usted!

—¡Y lo sostengo...! Todo dependerá, evidentemente, del modo en que las cosas hayan sido hechas... Traje conmigo el arma de la muerte. Vea usted misma: al ocupar el menor espacio posible, ofrece la inmensa ventaja de ser infinitamente discreta...

Había abierto su mano izquierda en cuyo hueco se hallaba un minúsculo paquetito.

—¿Qué es?

—El más seguro de los venenos: una cápsula de cianuro. Puede usted comprobar que la tonalidad del papel que le sirve de envoltorio para evitar todo contacto antes de su utilización, no es blanca, ¡el blanco se ve demasiado!, sino intencionalmente de color carne, el mismo que el de la palma de la mano... Ese papel presenta también la ventaja de poder disolverse en pocos segundos cuando se halla en contacto con alimentos que despiden calor... Al informarme minuciosamente, me enteré de que, hace algunos años ya, en todas las prisiones de Francia la sopa, extraída de grandes recipientes colocados sobre calentadores eléctricos, era servida prácticamente hirviente, esto como consecuencia de múltiples revueltas de detenidos que lo habían exigido, en cada escudilla individual. Nada resultaría pues más fácil para Jules Bournol que aprovechar uno o dos segundos de distracción de su compañero de celda para dejar caer en su escudilla el paquetito... Dado que el papel se desintegra inmediatamente, al contenido sólo le resta hacer su efecto que es, le aseguro ¡fulminante!

—¿Y después?

—Después... Carvault se desploma y todo concluyó.

—Pero... ¿y Jules?

—¿Su amigo? Simula desesperación golpeando ruidosamente la puerta de la celda para llamar a los guardias que escoltan a los distribuidores de sopa y que entonces regresan...

—¡Van a comprender inmediatamente que él es quien envenenó a Carvault!

—No necesariamente... Después de toda muerte sospechosa, se inicia una investigación... ¡Y quien habla de "investigación" habla de tiempo ganado! No será el único pasible de sospechas: estarán también los hombres encargados de repartir la sopa... De igual modo habrá que esperar la autopsia del difunto para conocer la naturaleza exacta del veneno utilizado... ¡Todo eso no se lleva a cabo en cinco minutos! Reconozco sin embargo que existen grandes posibilidades de que Bournol sea oficialmente inculpado en los días siguientes... ¡Pero, entretanto, no habrá perdido su tiempo! Aun antes de que la inculpación le sea notificada, habrá tomado ya la precaución de dirigirse a un abogado muy experto... Después de haber examinado con cuidado los nombres y cualidades de los mejores profesionales del foro, creo haber hallado a uno que podría convenirle... Se trata de un hombre muy discreto al que, claro está, su marido no cesará jamás de decir y hasta jurar, ¡perdóneme tan poco noble consejo, señora, pero es del todo categórico!, por usted y por su hijita si fuese necesario que nada tuvo que ver con el envenenamiento de Carvault y que no logra comprender cómo pudo suceder. ¡Mientan, mientan siempre! dijo Fouché, que de asuntos policiales sabía mucho...

—¿Y piensa usted que el abogado le creerá?

—¿Por qué no? El profesional en el que pienso y cuyo nombre no le revelaré hasta tanto hayamos formalizado nuestro acuerdo, tiene fama de confiar siempre en sus clientes... Cosa que le ha permitido ya salvar a algunos de casos infinitamente más peliagudos que aquel en que se verá envuelto su marido, y que es una de las razones por las que lo considero un excelente abogado.

—¿Cómo hará, si realmente hay un juicio, para lograr que lo absuelvan a Jules?

—Dado que no habrá, ¡por lógica!, ningún testigo que haya visto a Bournol arrojar la cápsula en la escudilla de Carvault, y que resultará imposible hallar el menor motivo que incitara a su marido a envenenar a ese detenido que no le había hecho ningún daño, al abogado siempre le quedará el recurso de alegar que no hubo crimen y que la muerte de Bruno Carvault no puede ser atribuida más que a un suicidio. Como lo tengo por muy inteligente, ése será sin duda el argumento que esgrimirá. Su compañero se verá automáticamente libre de la acusación que pesaba sobre él. ¡Dicho de otra manera, la treta habrá triunfado!

—¿Sería entonces lo que se ha dado en llamar un crimen perfecto?

—Hay muchos más de los que se piensa... Y éste es un crimen que tendrá también el mérito de proporcionarles a los tres, a usted misma, a Jules Bournol y a la hijita de ambos, una verdadera fortuna que les permitirá encarar el futuro con total serenidad... Ni siquiera deberán temer que sus conciencias se vean invadidas un día por las insoportables angustias del remordimiento... Porque ¿cómo es posible sentir arrepentimiento cuando se tiene la certeza de haber contribuido, no solamente a aplacar definitivamente la desesperación de una madre, sino también a librar al mundo de un monstruo perjudicial?

"Pero volvamos, si usted quiere, a las ventajas materiales de la operación que deberían ser para ambos el punto más interesante de esta conversación... Después de apreciar en su justo valor lo que representaría el pequeño gesto de Jules Bournol, así como los distintos riesgos de molestias relativamente provisionales a los que podría dar lugar durante los meses subsiguientes, la persona que me confió la misión de ponerme en contacto con usted me ha dado asimismo instrucciones para hacerle una oferta en firme. ¿Qué diría usted de un millón de francos nuevos o, si lo prefiere, de cien millones de céntimos?

—¿Ese es el precio en el que esa señora evalúa la supresión de una vida? Personalmente estimo que es poco y que los riesgos son, de cualquier manera, demasiado grandes para Jules.

—Eso es lo que se llama, señora, hablar de negocios... Dado que poseo, como se lo dije, poder suficiente para darle una respuesta, le toca a usted enunciar su cifra.

—Sólo podré hacerlo después de haberlo consultado con Jules, ¡pero estoy segura de que a ese precio se negará categóricamente! ¡No olvide que no tiene nada de un asesino profesional y que nunca dio muerte a nadie!

—Lo sé... Sé también que la "gente honrada" sale a menudo más cara que la otra... ¿A qué precio piensa usted que el señor Bournol se decidiría?

—Seguramente no por debajo de mil millones de céntimos.

—Lo cual significa diez veces más... Es una suma considerable pero merece no obstante ser estudiada.

—¡Y se trataría de un mínimo!

—¿Cuándo piensa usted poder visitar a Bournol? Naturalmente, ¡ni que hablar de explicarle todo esto por carta!

—¿Me toma usted por loca o por retardada?

—¡Muy lejos estoy de pensar así, señora! Hasta la manera en que acaba usted de elevar la tarifa de su colaboración me demuestra que sabe al menos contar...

—¿Cómo se efectuaría el pago?

—En una sola vez y en dinero líquido... Vale decir que no habría ningún indicio bancario. La conveniencia es allí recíproca. ¡Lo ideal hubiese sido, evidentemente, que Jules Bournol tuviese un número de cuenta en Suiza!

—El no lo tiene, pero yo sí.

—¡Es maravilloso! Estimada señora, el muy especial concepto que me merece va ganando puntos... Dado que mi cliente es una persona tan bien organizada como usted, la transferencia habrá de ser de las más fáciles. Bastaría, después de haberme confirmado que Bournol se halla enteramente de acuerdo para la ejecución, que nos encontremos, usted y yo, en algún sitio de Ginebra, Lausana, Basilea o Zurich según su comodidad. De ser preciso, hasta puedo venir a buscarla aquí con mi coche. Pienso que Jules Bournol tiene en usted plena confianza...

—¡Ya lo creo que puede tenerla después de tanto tiempo! Si no hubiese estado yo estos últimos años...

—¡Por supuesto! Le reitero mi pregunta: ¿cuándo piensa usted ir a verlo?

—Intentaré una ida y vuelta en avión mañana o pasado.

—¿Está usted segura de poder decirle todo en el locutorio de la prisión sin peligro de que le escuchen?

—Jules está tan bien conceptuado que los guardias se alejan siempre cuando lo visito, a fin de permitirnos decir cuanto se nos antoje.

—¡Ahí está la ventaja de haber sabido llevar una buena conducta!

—Por otra parte, es posible que se vea favorecido dentro de poco con un permiso excepcional de algunos días, cosa que le permitiría venir aquí.

—...Donde se hallarían más cómodos aún para puntualizar las modalidades del plan. Todavía no le dejo la cápsula: ¡Sería prematuro! Esperemos primeramente la reacción del señor Bournol... Aunque tengo plena confianza en la forma en que habrá usted de presentarle nuestro proyecto. Hay dos cosas que me fascinan en usted, señora: el hecho de que no se haya mostrado chocada por mi propuesta, y su precisión.

—¡Oh! Usted sabe... ¡Jules y yo hemos visto ya y oído demasiadas cosas como para molestarnos! Lo único que cuenta ahora para nosotros es acabar con nuestros problemas de una vez por todas y asegurar el futuro de nuestra hija.

—Es evidente que la suma que acaba usted de mencionar podría contribuir a ello poderosamente... Me resta tan sólo, pues, esperar sus noticias. A propósito de esto, es indispensable que le dé mi número de teléfono particular: vivo en la misma ciudad que la señora que me ha comisionado. Lo he anotado en este papel, claro está que a título estrictamente confidencial entre nosotros.

Después de haber echado una rápida mirada al papel, Fresita comentó:

—Pero no ha puesto usted su nombre...

—Ya le dije que no ofrecía mayor interés. Cuando me llame, preferentemente por la mañana, entre las ocho y las diez, y más bien desde un teléfono público, no tiene más que decir: "Señor Profesor". Yo atenderé, pues por el momento vivo solo... Y si tuviese que comunicarle algo, me haré una escapada con el coche. Desconfío de las cartas y de los telegramas: dejan demasiadas huellas... Y sobre todo, ¡sepa mostrarse persuasiva cuando lo vea a Bournol! Háblele del porvenir de su hijita: eso habrá de conducirlo a sanas decisiones...

—Me hará caso.

—Estoy convencido. ¿Acaso no posee usted muy buenas cartas a su favor?

—Hay algo, sin embargo, señor, que me sorprende en su proyecto: ¿por qué, en lugar de hacerle correr ciertos riesgos a Jules, no esperar a que ese Bruno Carvault sea puesto en libertad, lo que un día u otro habrá de ocurrir, para actuar cuando salga de la prisión? Sería mucho más fácil y, si usted quisiese, mi marido y yo podríamos ayudarlo...

—Gracias por semejante ofrecimiento que me parece superfluo: si llegase a salir Carvault definitivamente de su encierro, ¡la colaboración de un Jules Bournol ya no sería necesaria! Vale mucho tan sólo porque se halla precisamente en la misma celda que aquel al que "hemos" condenado a muerte. Y debo decirle además que la madre de la pequeña víctima ya está cansada de esperar... ¡Diez años es mucho tiempo! Y nada prueba con certeza que Carvault será puesto en libertad... ¡Nunca acabaremos! Más vale la cápsula de cianuro.

Debía ser más o menos así como se había desarrollado la conversación. Habiendo aprendido a conocer la calma y el espíritu de decisión de Fresita, Víctor Deliot no conseguía siquiera imaginar que se hubiese sentido sorprendida en lo más mínimo por la visita y el ofrecimiento de André Mateur, personaje al que sin embargo jamás había visto antes. Pero Fresita pertenecía a esa clase de mujeres a las que ya nada asombra y que están dispuestas a todo para triunfar. Comparado con ella, Jules Bournol no tenía nada que hacer. Desde el primer día en que el rufián le había hablado de ella con admiración, Deliot había comprendido que era Fresita quien llevaba la batuta. Así había debido ocurrir desde el momento mismo en que se habían encontrado por primera vez en el Café des Amis: la puta, ya veterana a pesar de su juventud, había deslumbrado e intimidado al pobre rufián a quien, con bastante rapidez, había logrado imponer su ley. Él seguiría levantando sus pobres apuestas para ampararse legalmente tras la profesión de bookmaker, en tanto que ella disimularía su verdadera actividad bajo el disfraz de una secretaria. En realidad, Jules le serviría de protector ante el ambiente marsellés si alguna vez le ocurría algo desagradable. Podría así trabajar con toda tranquilidad: Fresita tenía "su" hombre. Aun si a Jules le tocaba ir provisionalmente a la cárcel, ¡la cosa no sería tan grave! Cuando saliese en libertad, les ajustaría las cuentas a los que habían tenido la audacia de interesarse en su protegida. Gruñiría para asustar: lo cual, por otra parte, era poco más o menos todo cuanto sabría hacer.

Luego había nacido Chris, seguramente mejor acogida por su padre que por su madre. Una Chris que no se parecía ni a él ni a ella: la criatura era una auténtica pelirroja, mientras que la cabellera de Fresita sólo adquiría esa cálida tonalidad cuando se hallaba parada en la esquina de una calle, bajo una peluca de circunstancias... Pero al fin y al cabo un milagro siempre puede ocurrir y, como la misma Fresita lo había dicho en el transcurso de su deposición: cuando hay amor, las dificultades de la existencia parecen más leves...

Una Chris que Fresita no había dudado en utilizar para decirle a Jules, en ocasión de su visita al locutorio de Melun durante la cual le había hablado por primera vez de la extraña transacción que se les ofrecía:

—Todo cuanto acabo de explicarte es fácilmente realizable para ti si deseas realmente asegurar la felicidad de tu hija. No somos ni tú ni yo los que contamos, ¡sino ella! ¡Piénsalo bien! Cuando vuelva a visitarte dentro de ocho días, tendrás que darme tu respuesta. Si es afirmativa, ¡eso significará para Chris que tiene el más maravilloso de los padres!

—¡Pero no tendrá que saber nunca lo que hice por ella! ¡Matar a un hombre, querida, es algo espantoso!

—¿No me dijiste acaso la última vez en que estuve aquí?: ¡Ese tipo no es un hombre, es un monstruo! ¡Entonces no es a un hombre al que matarás! Pero no quiero influenciarte: tú solamente eres quien debe decidir... Al transmitirte el ofrecimiento, estimo haber cumplido con mi deber en lo que atañe a tu hija. Te toca a ti ahora cumplir el tuyo... Si te niegas, ¡no hablaremos más del asunto y eso es todo! ¡Seguiré haciendo mi trabajo y tú continuarás vegetando con tus apuestas!

—¿Pero y todo ese dinero que ya tienes ahorrado a tu nombre en bonos del Tesoro y en Suiza? Tal vez podrías retirar una pequeña cantidad para ayudarme a comprar un pequeño comercio...

—¿Qué comercio?

—Algo en lo que tuviese posibilidades de éxito...

—¿Por qué no un bar, ya que estamos? ¿Pero quién crees que eres, Jules? ¡Te juzgo incapaz de lograr éxito en lo que sea! Acabo de traerte la única oportunidad de demostrar que eres un hombre... Después ya no tendrás por qué preocuparte: dejaremos que la vida transcurra placenteramente.

—¿Ya no haré de book, ni tú de puta?

—Seguiremos un tiempo para no llamar la atención... La gente podría decir, y hasta los camaradas del Café des Amis: "Pero, ¿qué les ocurre a los Bournol? ¿Habrán recibido una herencia?" Durante unos meses no habrá que modificar nuestras costumbres, y un buen día, cuando el caso Carvault haya quedado definitivamente enterrado, nos iremos.

—¿Adonde?

—¡A cualquier parte! Cuando se tienen tras de sí más de mil millones, ¡y sí! ¡eso es lo que tendremos con los intereses que irán acumulándose y con lo que ya tengo ahorrado!, se puede programar...

—¿Qué les diremos a los amigos?

—Que cambiamos de clima por la salud de Chris y que ya no puedes vivir en un país en el que se mostraron tan injustos contigo condenándote a tres años por un atraco que a nadie le hizo daño. Tengo que irme, querido... Veo allá al guardia haciéndome señas de que ya pasó la hora... ¡Debemos reconocer que son muy amables al no inmiscuirse en lo que hablamos! Eso fue lo que le expliqué al profesor... De otro modo jamás hubiese podido hacerte conocer su ofrecimiento... ¡Al reflexionar piensa en primer término en la dote de Chris!

Durante los días y las noches que siguieron, Jules Bournol no dejó de rumiar cuanto le había dicho Fresita... Evidentemente resultaba bastante tentador y no tan difícil arrojar la pequeña cápsula en la escudilla de Carvault, pero existían también riesgos, de los cuales el mayor sería el que sospechasen de él y de ser acusado del crimen: un riesgo que valía mil millones... Claro está que no quedarían pruebas, ¡pero igual!

Como lo había prometido, Fresita volvió a la semana siguiente:

—¿Reflexionaste?

—Querida, no sé qué decirte... Ya no duermo: todas las noches lo miro, echado en su camastro contra el tabique opuesto de la celda, diciéndome a mí mismo: ¡Quiza voy a tener que matarlo! ¡Es terrible! ¡Si esto continúa, me volveré loco! Si pudiese al menos pedirle un consejo a alguien...

—¡Ah, no! ¡Por lo visto es verdad que te estás volviendo loco, Jules! Jamás, me oyes, deberás hablarle a nadie de lo que te dije... Ni siquiera al abogado que te buscaremos, si es necesario, después que lo hayas hecho... ¿Se lo juras a tu mujer?

—Lo juro.

—Ahora tienes que decidirte. Pude telefonearle al profesor diciéndole simplemente, por prudencia, que había podido entrar en contacto con la persona interesada... Comprendió muy bien que se trataba de ti. Me contestó que ya no había tiempo que perder y que siempre estaba dispuesto a venir a buscarme, lo cual significaba que lo haría para el pago previsto en Suiza. Pero eso no será, evidentemente, si no le llevo tu acuerdo formal. El peligro, si no te decides, es que cambien nuevamente a Carvault de prisión, o aun de celda, ¡encerrándolo con algún otro! Todo cuanto hemos decidido con el profesor quedaría en la nada... En lo que a él respecta tendría que empezarlo todo de nuevo y planear el asunto de otra manera y sin nuestra participación. ¡Adiós los mil millones! ¿Eso es lo que deseas?

—¡Pero no, mi amor! ¡Lo que deseo con todo mi corazón es que tú y Chris sean ricas, muy ricas, gracias al viejo Jules de ambas!

—Ya sabes cuál es el único medio.

—¿Pero por qué he de ser precisamente yo el que lleve a cabo esa sucia tarea?

—Porque eres tú el mejor ubicado para efectuarla con un mínimo de riesgos.

—¿Y qué harías si me negara?

—¿Yo? Nada... A menos de que decida partir con Chris... Después de todo, tú y yo no estamos casados. Y yo sola la reconocí: ¡lleva mi apellido y no el tuyo!

Bournol se había puesto en pie, separando los dedos de sus enormes manos:

—¡Si hicieses eso, conseguiría de algún modo alcanzarte y te mataría!

—Cálmate, Jules... ¡No olvides que estamos en una prisión! Si matas a alguien, más vale al menos que sirva para algo... ¡Y no con tus dedos que dejarían huellas! Hace falta la cápsula que te traeré.

—¿La tienes ya?

—No. Me la entregarán al mismo tiempo que el dinero, cuando les comunique tu conformidad.

—Tal vez no sea necesario que te tomes esa molestia... De acuerdo con lo que me dijo anteayer el director, señor Perrin, es casi seguro que a fines de este mes gozaré de un permiso excepcional de cuatro días que ya me fue prometido... Iré entonces a Marsella y allí, si me he decidido, tendremos tiempo de ultimar detalles. Te lo suplico: ¡déjame pensarlo unos días mas!

—¡Imposible, Jules! Necesito tu conformidad definitivamente hoy mismo para comunicársela al otro mañana sin falta mediante una llamada telefónica. Ya quedó convenido que vendrá en seguida a buscarme y que partiremos juntos para Suiza donde depositaré los mil millones en mi cuenta cuyo número no tiene él por qué conocer. ¡De ese modo tendrás la seguridad de no obrar para nada! También me entregará la cápsula que te daré cuando estés en Marsella. Luego, al regresar aquí, sólo te restará elegir el momento más propicio y las cuentas quedarán saldadas.

—¿Y qué pasaría si, teniendo ya el dinero en lugar seguro, arrojaras el veneno en el retrete para que yo no pueda utilizarlo contra Carvault?

—¿Te imaginas que el profesor es un inocentón? ¡Tardaría menos de lo que piensas, mi querido Jules, en encontrarme para hacérmelo pagar bien caro, y serías tú, en lugar de tu codetenido, quien absorbería el veneno en tu celda! En cuanto a Chris...

—Tienes razón: está Chris... No podemos hacerle correr el riesgo. ¡Estamos atrapados, Fresita!

—Más vale actuar honradamente... ¿Estamos de acuerdo ahora, Jules?

—Estamos de acuerdo.

Así debió quedar sellado el verdadero pacto, que fue decisivo para la futura desaparición de Bruno Carvault, entre "el bueno" de Jules y la encantadora Fresita... El resto fue tan sólo detalle.

Cuando Jules, beneficiario de un permiso de cuatro días, fue acogido en Marsella en el andén de la estación Saint—Charles por las lágrimas de Fresita y los gritos de alegría de Chris, la cuenta en Suiza se hallaba aumentada ya en mil millones y el profesor había regresado a su ciudad provinciana con la certeza de que muy pronto se oiría hablar nuevamente del "caso Carvault" con motivo de otro deceso.

El permiso tan deseado habría resultado ideal para Bournol de no verse ensombrecido por la lúgubre perspectiva de estar obligado, cuando se hallase otra vez en su celda de Melun, a efectuar el muy pequeño gesto que haría pasar a mejor vida al hombre que la justicia de una madre, a la par que amante burlada, había condenado. Hubo, durante esos cuatro días, para quien la idea de convertirse próximamente en un criminal resultaba repugnante, algunos intervalos de dicha, como las caricias de Chris o las libaciones en el Café des Amis, pero de todas maneras no se mostró demasiado eufórico. Atisbando sin cesar sus menores palabras o reacciones estaba allí la mirada ansiosa de Fresita que ya no se apartaba de él y que parecía decirle: "Pues claro, mi valiente 'protector', obraste muy bien haciéndole caso a tu joven 'mujer' que siempre te aconsejó bien... Puedes considerar que ahora somos ricos, ¡hasta muy ricos! ¡Y eso, gracias a ti! Pero falta aún que cuando te hayas reintegrado a tu celda, y en cuanto la ocasión se presente, no vaciles en cumplir con tu palabra. ¡Cuanto antes se haga, mejor para todos! No olvides luego el nombre de ese abogado que me indicó el profesor y al que considera capaz de revelarse como el más hábil en este caso: se trata de un cierto Deliot, Víctor Deliot..."

Probablemente fuese ésa la manera —casi experimentaba náuseas Víctor Deliot al pensar en ello— como su propio nombre había sido sugerido por primera vez a Bournol, por conducto de ese "amigo" cuyo nombre no había querido revelarle el rufián después de su absolución, bajo pretexto de que seguramente se habría negado, ¡y con motivos!, a testimoniar en su favor... Posteriormente, no dejaría de preguntarle al amable señor Perrin si conocía a ese abogado... El director rebosante de benevolencia hacia su mejor recluso, le habría contestado:

"—¿De modo que usted desearía, si su situación se agrava, acudir al doctor Deliot para que lo defienda? ¡Pero, Bournol, ninguna elección podría resultar más sensata! El doctor Deliot es uno de mis más viejos y queridos amigos..."

De ese modo el abogado también había sido arrebatado por el infernal engranaje. "El profesor" había logrado manejarlo a distancia como lo había hecho con Bournol. ¡Parecía obra de un alquimista! Juzgando preferible —¡tan deplorable le resultaba!— no pensar demasiado en su propio destino de abogado que, puesto a defender a un criminal que lo engañó, logra al fin obtener su absolución, Víctor Deliot decidió concentrar por última vez toda su atención en los últimos momentos que habían precedido al crimen.

En primer término se había producido la partida de Jules hacia París al expirar el plazo del permiso concedido. La despedida del ladrón de las que él denominaba "sus mujeres", Fresita y Chris y que tuvo lugar en otro andén de la misma estación Saint—Charles, debió ser tan desgarradora como alegre había sido la llegada cuatro días antes. Sin embargo, debía flotar en el aire, tanto para Fresita como para Jules, un extraño aroma de secreta satisfacción: ¡la de decirse a sí mismos que sólo restaba dar el empujoncito que pondría en marcha los inmensos beneficios del prodigioso mecanismo de felicidad terrestre que es el dinero!

En su alucinante divagación, Deliot entrevió hasta el último gesto de amor llevado a cabo por quien no era ya una secretaria suplente o una prostituta del barrio de "La Belle de Mai", sino más bien la más discreta de las capitalistas... Dos minutos antes de que el tren partiese, hundió su muy delgada mano en su bolso para extraer de él un paquetito que entregó delicadamente a "su" hombre haciéndole la última recomendación que es la de todas las madres, todas las esposas, todas las novias, todas las amantes para el ser adorado al que se acaba de dar el medicamento salvador que podría hacerle falta durante el viaje:

—¡Y sobre todo, querido, no olvides utilizarlo sin demorar demasiado!

 

 

 

Lo que había ocurrido luego no era difícil de adivinar. ¿Cómo los encargados del cacheo —que, al igual que todo el personal de la prisión dirigida por el señor Perrin, le profesaban tanta estima— habrían podido tener siquiera la malhadada idea de tomárselas con Jules cuya conciencia de detenido modelo llegaba hasta hacerlo reintegrarse a su celda a la hora exacta mencionada en su papeleta de permiso? Y así se halló nuevamente, provisto del extraño viático capaz de enviar a cualquiera al otro mundo, en presencia de Bruno Carvault... Un Bruno que, de acuerdo con su detestable costumbre, permaneció mudo. ¡Y sin embargo ! Si le hubiese formulado a Jules algunas preguntas acerca de cómo habían transcurrido sus horas de permiso, tal vez se habría enterado de ciertas cosas que le concernían de manera muy particular... Pero el Destino, o Dios, no lo quisieron... Sin duda estimaron que el asesino del pequeño Serge y ex amante de Thérése Vifral se acercaba irrevocablemente a la fecha que señalaría el final de su estadía en este mundo... No obstante, la espera del momento fatídico se prolongó aún durante un largo mes. ¿Qué ocurría? A pesar del compromiso adquirido, a pesar del dinero depositado en Suiza, a pesar del arma absoluta que se hallaba en su poder, Jules vacilaba todavía... ¡Indudablemente, no tenía pasta de asesino! A los ojos de ciertos "duros", hasta habría hecho figura del mediocre... ¡Tenía miedo de matar, miedo de que un imprevisto grano de arena agarrotase de pronto, a último momento, la hábil maquinaria de muerte puesta en marcha por el profesor, miedo de todo! Y ese hombre que tenía frente a él al alcance de su mano, que no era aún una mano criminal, ese hombre que continuaba escribiendo en sus cuadernos, leyendo obras piadosas y observándolo fijamente tras sus anteojos como alguien que pasa la mayor parte de su tiempo tratando de adivinar los pensamientos de los demás, ese hombre no le había hecho nada a él, Jules Bournol... ¡Era espantoso!

Todos los días, a cada instante, Jules se decía a sí mismo: "Será hoy..." Conocía muy bien el momento en que debería obrar: el de la entrega de la escudilla por parte de los distribuidores de sopa... El momento que había imaginado el profesor y que minuciosamente describiera en sus menores detalles a Fresita que, a su vez, le había escrupulosamente transmitido las instrucciones de muerte... En tanto que por las noches Carvault dormía apaciblemente como si tuviese la conciencia tranquila, como si soñase también con esa posible liberación de la que le había hablado su defensor y acerca de la cual había hecho ya proyectos con su madre, Jules Bournol, en cambio, no lograba pegar un ojo. ¡Vivía un suplicio al lado del cual los dos años de encarcelamiento ya transcurridos no eran nada! Y cuando despuntaba el día a través de los barrotes de la única ventana de la celda ubicada a suficiente altura como para que sus ocupantes no pudiesen entrever otra cosa que un trozo de cielo más a menudo gris que azul, el pensamiento obsesivo reaparecía: Será para hoy... Con los días sucediendo a las noches, transcurrieron tres semanas interminables al cabo de las cuales el guardia vino a anunciarle a Jules que una visita lo esperaba en el locutorio. Se trataba de Fresita que una vez más volvía a la carga. Fresita cuchicheó:

—¿Pero qué esperas, querido? Ya comienzan a impacientarse allá...

Se refería al profesor que había reaparecido una mañana durante algunos instantes ante la verja del jardincillo del suburbio marsellés sin que la buena vecina hubiese podido verlo y que había dicho con tono dulzón en el que se filtraba la amenaza:

—¿Qué ocurre? ¿Por qué sigue esperando?

Enloquecida, temiendo perderlo todo, Fresita había contestado:

—Seguramente espera que el buen momento se presente...

—¿El buen momento? ¡Pero si el reparto de sopa se hace dos veces por día! ¿Es que no comprende que esa inútil espera es muy peligrosa?... Se lo repito: ¡el otro puede ser cambiado repentinamente de celda!

Al día siguiente, Fresita partía nuevamente hacia Melun.

—Vas a decidirte, Jules, ¿sí o no? Piensa en Chris...

¡En realidad, Jules no hacía otra cosa más que pensar en su hijita! Y algunas horas después de esa visita, el gatillo había funcionado de pronto en la mente torturada del rufián. Ello había ocurrido durante el paseo efectuado en el pequeño patio rodeado de altos muros. Los compañeros le habían dicho:

—¿Sabes lo que repiten aquí cada vez más? Que Carvault va a ser liberado próximamente por buena conducta...

Veinticuatro horas después Bournol se convertía en un asesino al echar la pequeña cápsula en la escudilla.

 

 

 

La trampa infernal había vuelto a cerrarse. La larga meditación de Victor Deliot quedaba concluida. Cuando el amanecer de París comenzó a sonrosar los techos que desde hacía medio siglo constituían todo su horizonte, el defensor de Bournol no sabía ya qué pensar. ¡Y sin embargo, debía tomar una decisión! ¿Le confesaría al procurador, con el que debía reunirse para la puesta en libertad en Fresnes antes de medio día, el fruto de su noche de reflexión, o bien optaría por callar? En un último esfuerzo de concentración, juzgó fríamente el pro y el contra.

¿Quiénes eran los verdaderos beneficiarios del crimen?

En primerísimo lugar la que, sin haberlo ejecutado, lo había deseado intensamente con toda su alma: Thérése Vifral. Era, de lejos, la mayor responsable. A su criterio la verdadera justicia había sido al fin administrada: Serge quedaba vengado y ella se sentía a salvo. Si el que había sido su amante hubiese obtenido finalmente su liberación, tal vez habría hablado y revelado, si no a la prensa al menos al público cuando los plazos de prescripción caducaran —en una de esas confesiones de criminal arrepentido que los lectores de nuestra época aprecian tanto— ¡que había sido también el amante de la mujer cuyo hijo había estrangulado! Nada había podido decir antes y sobre todo durante su propio proceso en el transcurso del cual Thérése se había negado a testimoniar en contra de él: ¿le habría estado reconocido en ese entonces por ello? La revelación, en aquel momento, de esa relación, habría precipitado inevitablemente a la joven viuda en la vergüenza del escándalo —lo cual poco le afectaba a Bruno que jamás la había amado—, pero de rebote habría agravado su propio caso, conduciéndolo al cadalso. Poco importaba a Thérése Vifral el precio que le había costado la operación: ¡era poco para obtener que Bruno Carvault no hablase nunca más! ¿No seguía siendo, de todos modos, lo suficientemente rica?

El segundo beneficiario era el profesor. Con habilidad demoníaca había orquestado todo el proceso del crimen. Su recompensa sería, como se lo había prometido Thérése, convertirse en su esposo legal dentro de algunos años y apoderarse así de cuanto quedaba de la fortuna Vifral. Su amante ya no podría negárselo: ¿no estaban acaso ligados, de ahora en adelante, ambos y hasta la muerte, por un espantoso secreto?

La tercera beneficiaría era Fresita, cuyo innoble ardid con respecto a Jules, esbozado desde el primer día en que se habían encontrado en el Café des Amis, no había hecho más que amplificarse, haciéndolo pasar de protector, indispensable al buen ejercicio de su profesión de prostituta, a ejecutor de un crimen que se revelaba para ella enteramente provechoso: ¿acaso el pago no había sido depositado en su cuenta personal? El día en que se cansase de Jules, hallaría cualquier otro medio para librarse de él.

El cuarto beneficiario parecía ser lógicamente Jules, quien iba a recobrar la libertad. Pero, ¿con qué se vería favorecido exactamente? ¿Con el dinero para gastos menudos que Fresita se aviniera a darle para que pudiese continuar ejerciendo un simulacro de actividad entre los parroquianos de la taberna regentada por Marga? ¿Con la indefectible estima de esos mismos amigos? Siempre había gozado de ese afecto que existía aún antes de que conociese a Fresita... ¿Con el amor de ésta? Su comportamiento y el encarnizamiento que había demostrado para obligarlo moralmente a dar muerte a Carvault probaban que no experimentaba siquiera hacia él la menor ternura... ¿Con el amor de su pequeña Chris? Tal vez fuese lo único que le quedara para sus últimos días, a condición de que esta última, al crecer, no adquiriese la mentalidad profundamente egoísta de su madre... ¡Pobre Jules! Su defensor, que, al final de cuentas, no lamentaba tanto haberlo hecho absolver, se preguntaba si era oportuno ahora señalarlo como al auténtico asesino... ¿Y para qué serviría ello? Sólo para hacer que se desencadenara un nuevo proceso en el que Bournol ya no estaría solo en el banquillo de los acusados, sino acompañado por Thérése Vifral, el profesor y Fresita...

¿Y qué sería de la que un día habría de convertirse en la quinta beneficiaría del crimen, la inocente Chris, puesto que heredaría probablemente la fortuna mal adquirida, "su futura dote" como decía su madre?... ¿No había que desear acaso, que el día en que tuviese edad para comprender las vilezas de la existencia, la muchacha utilizase ese dinero para escapar definitivamente del ambiente en el que había sido criada? ¿No resultaba enloquecedor pensar que había sido necesario que un niño de cuatro años fuese asesinado para que otra criatura de la misma edad tuviese alguna posibilidad de disfrutar más tarde de una vida acomodada? Era algo rayano en la demencia.

¿Quiénes eran las víctimas del crimen?

Víctor Deliot no veía más que a dos: Bruno Carvault y su madre.

Bruno que, como su madre lo había confesado al Tribunal, quería seguir viviendo para poder ocuparse, en cuanto se viese libre, de la niñez desgraciada. Nadie tenía derecho a poner en duda su arrepentimiento. Y nada probaba que no se habría vuelto útil un día y hasta necesario para esa sociedad que no lo había rechazado más que provisionalmente gracias a un veredicto de semiclemencia.

En cuanto a la señora Carvault, así como la madre de Serge resultaba la primera beneficiaría, ella se convertía, por un extraño vuelco de las cosas, en la mayor víctima del crimen. Era la única merecedora de que se la compadeciese sin reticencias. Y, sin embargo, ¡sería ella la única que sabría soportar su dolor con dignidad hasta el fin!

Tal era el monstruoso balance de aquéllos y aquéllas que habían sido, de una u otra parte, los personajes esenciales del caso.

No le restaba al abogado más que examinar las consecuencias generales que entrañaría la conducción del proceso en uno u otro sentido... El que acababa de finalizar dejaba la impresión de satisfacer a todo el mundo. Podía asegurarse que, gracias a la absolución, muy pronto no se hablaría más del "caso Carvault", como lo había deseado la madre de Serge. Al suicidarse, "el monstruo" había saldado su deuda. La acción se había extinguido y la sociedad quedaba satisfecha. Quedaría a la espera de otro crimen para alimentarse nuevamente de oprobio o de odio.

Referente al proceso que aún no había sido llevado a cabo, ¿merecería ser iniciado? "¡Ay de aquel por quien el escándalo se produce!" pensaba Deliot, quien se negaba a ser un instrumento de escándalo. ¿Y a quién aprovecharía? No le permitiría a Bruno Carvault resucitar... Tampoco aportaría el más mínimo sentimiento de satisfacción a su madre quien, más que ninguna otra mujer en el mundo, reclamaba silencio para su calvario... ¿Y los demás, los presuntos beneficiarios, no merecían un castigo? Lo tendrían sin duda, aunque no fuese en seguida...

Durante los primeros tiempos que seguirían a la absolución obtenida, se regocijarían ciertamente al poder disfrutar de las ventajas sociales o materiales que acababa de proporcionarles el crimen impune. Hasta podría suceder tal vez que, gracias a la pátina tranquilizante del tiempo, el sentimiento de haber obrado mal se atenuara en sus pensamientos pero, tarde o temprano, al acercarse también para ellos — ¿no es acaso la ley universal?— el momento del juicio definitivo, ¡las cosas cambiarían! Entonces habría de surgir, inexorable, la voz de su conciencia que les diría: Tú, Thérése Vifral, ¿qué hiciste con tu joven amante? Tú, el profesor, ¿tienes la certeza de que el hecho de mandar suprimir a un hombre porque codiciabas la fortuna de una acaudalada viuda te haya traído la felicidad? Tú la linda puta a quien llaman Fresita, ¿te has sentido realmente dichosa al cimentar tu fortuna sobre un crimen? Y tú, mi buen Jules, ¿no te avergüenzas de no haber sabido ser, al menos una vez en tu vida, un hombre, negándote a matar? Todos, no cabía la menor duda, pagarían un día...

 

 

 

El momento esperado había llegado, Jules Bournol había recobrado la libertad. Fresita estaba allí, y también Chris, traída por la buena vecina que había confesado algunos meses antes a Deliot que "el profesor" era un hombre tan distinguido, a quien Fresita había comunicado telefónicamente la noche anterior la buena nueva. Los fotógrafos, asimismo, se encontraban allí, ametrallando al redimido y su pequeña familia. Se trataba de la alegría y el triunfo de la razón.

Vendría en primer término, en un restaurante situado en las proximidades de la prisión, el almuerzo que reconfortaría... Luego tomarían sin tardar el avión para Marsella donde, esa noche, se produciría el delirio en el Café des Amis. Y mañana... ¿Mañana? ¡Ahora que poseían lo que Jules denominaba "mosca", podían esperarlo todo del mañana!

—¡Doctor! —llamó Bournol dirigiéndose a su defensor que había permanecido un poco atrás en compañía del señor Perrin, el excelente director de su prisión—. ¡No es posible que usted no almuerce con nosotros!

—¡Pero no! —contestó el abogado—. Es preferible que lo festejen entre ustedes... ¡Yo estaría de más! Si las alternativas de mi profesión me llevan un día nuevamente a Marsella, iré a visitarlos y le prometo que saborearemos todos los licores de la amistad en la taberna de Marga... ¡Buena suerte, Bournol! Y sobre todo, ¡buen provecho!

Después que se alejó el pequeño grupo, el abogado se volvió hacia Perrin:

—Mi estimado director, deseo formularle aún una pequeña pregunta... ¿Ha oído usted por casualidad hablar de un cierto André Mateur? Se trata de un profesor que reside, creo, precisamente en esa misma ciudad en la que nació Carvault y donde cometió su crimen.

—¿Mateur? ¡Pero si es un muy viejo amigo! ¡Más antiguo que usted aún! Estudiamos juntos en el liceo Condorcet. Por otra parte, no lo volví a ver más que una vez desde esa época... ¡Era un muchacho brillante! Se dedicó a la enseñanza y yo...

—¡A las prisiones! ¿Cuándo volvió a verlo?

—Hará de esto tal vez siete u ocho meses... Ahora recuerdo: era justamente en la época en que acababan de transferir a Carvault a mi establecimiento... Lo cual nos proporcionó la oportunidad de hablar de él, puesto que Mateur me dijo que vivía en la misma ciudad y que había asistido allá a su juicio.

—¿Qué le dijo de Carvault?

—Lo que todo el mundo sabía y a... Por otra parte, su visita fue muy breve: se redujo al saludo amistoso de un ex compañero de liceo... Me acuerdo también que se sorprendió bastante al saber que la administración penitenciaria me había dado instrucciones para que Carvault fuese encarcelado en la misma celda que otro detenido. Hasta le divirtió mucho enterarse de que este último era un rufián como Bournol.

—¿Por qué?

—No lo sé. Me parece aún oírle decir en el momento en que se despedía: ¡Qué idea! ¡Meter a un Bruno Carvault con un rufián...! ¡Me sorprendería que eso diese buen resultado!

—Tenía razón, el profesor... Hasta pronto, mi estimado director.

—¡Venga a vernos más a menudo, estimado doctor!

—¿Visitarlos de nuevo? ¡Para eso haría falta que tuviese aquí un buen cliente al menos!

Así, tan fácilmente, era cómo se había enterado el profesor, por boca de su compañero de liceo, que quien compartía la celda de Bruno Carvault se llamaba Jules Bournol.

Al regresar a su casa, Deliot halló en la portería a su encargada a quien preguntó por costumbre:

—¿Hay correspondencia?

—No, doctor. ¡Hoy no hay nada!

—No me sorprende... ¿Lo ve usted, señora? Si bien no es tan difícil volverse célebre por una única noche, ¡resulta infinitamente menos fácil ser conocido durante toda una vida!

Y comenzó a subir por la escalera limpiando una vez más sus anteojos...

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