© Libro N° 4017. La Impura. Des Cars, Guy. Colección E.O. Julio 29 de 2017.
Título
original: © La Impura. Guy des
Cars
Versión Original: © La Impura. Guy des Cars
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA IMPURA
Guy des Cars
RESEÑA
Una mujer joven y de gran belleza encuentra, mientras
viaja en barco desde Francia a Oriente, aquel amor en que ella había soñado
desde niña: el gran amor.
Sin embargo, cuando sus sueños están a punto de realizarse
una serie de circunstancias la llevarán hacia la isla maldita del archipiélago
de Fidji, la isla donde habitan los leprosos y los enfermos y donde cualquier
horror es posible. Y será allí también donde su corazón, olvidando el amor
egoísta y personal, se abrirá al dolor humano, a ese amor más generoso, que es
el amor a todos los seres que sufren abandonados y solos.
Mezclando con especial habilidad, elementos de la novela
psicológica, de la novela de amor y, en cierto modo, de la novela de aventuras,
Guy des Cars, nos entrega en estas páginas un retrato de una mujer que, en un
mundo hostil, entre enfermedades humanas y las tempestades de la naturaleza,
entre muertos vivientes y verdugos sin piedad, han encontrado su camino y su
paz.
EL CAMINO DE MAKOGAÏ
El inmenso comedor del Empress of Australia reflejaba como
en una pantalla el lujo desplegado en ocasión de la más suntuosa fiesta que
jamás se viera a bordo. La Pacific Steam se había superado para festejar la
vigésimo quinta travesía de su más bello navío, entre Liverpool y Sydney.
Aquella misma tarde, el paquebote había hecho una corta escala en Marsella
antes de reanudar la dilatada ruta que lo conducía, entre las quietas aguas del
Mediterráneo, hacia el canal de Suez.
La temperatura era suave esa noche del diez de septiembre;
el navío se balanceaba muellemente; los grandes ventanales del comedor
permanecían totalmente abiertos sobre el puente circular.
De acuerdo con la proverbial puntualidad a bordo de los
transatlánticos del Reino Unido, a las veinte horas todas las mesas estaban
ocupadas; todas menos una. Colocada en pleno centro del comedor, y sobre la que
no se había dispuesto más que un solo cubierto, esta mesita solitaria provocaba
curiosidad en medio de las otras, donde la rígida uniformidad de las pecheras
blancas de los smokings alternaba con los escotes. Rosas pálidas de otoño,
embarcadas en la escala de Marsella, desbordaban de la inmensa canasta de
flores que encuadraba a la orquesta, instalada delante del gran panel
decorativo que representaba un bergantín de la Home Fleet. Ofrecía todo ello
una armonía discreta, ahogada muy frecuentemente por el ruido de las
conversaciones. Los mozos, galoneados de oro y con guantes blancos,
evolucionaban diestramente en medio de la maraña de las mesas.
De pronto, las conversaciones se detuvieron: por la
escalera monumental que daba acceso al comedor, una mujer descendía. Se detuvo
un instante sobre la última grada, dominando a la concurrencia. La mirada era
límpida, azul claro; el pelo, de un oro brillante, estaba recogido sobre la
nuca; el cuerpo airoso se modelaba en un vestido verde jade, cuyo esplendor
realzaba su rubia belleza. Por toda joya, la desconocida llevaba tres
esmeraldas: una redonda en el anular de la mano izquierda, y las otras dos, alargadas,
en las orejas, como pendientes. Todo en esta mujer era armonioso, soberbio,
estudiado para captar la atención de los hombres y provocar la envidia de sus
compañeras. Se decidió finalmente a seguir al maitre d’hotel, que se había
adelantado hasta el pie de la escalera para conducirla a la mesa. Pasó en medio
de murmullos halagadores sin demostrar siquiera prestarles atención, echó una
rápida mirada al menú que le presentaba un mozo, pronunció en voz baja algunas
palabras, ordenando la comida, y tomó de una cigarrera de oro un cigarrillo que
otro mozo se apresuró a encender.
El murmullo de las conversaciones en todas las lenguas
retomó poco a poco su intensidad. La recién llegada era sin duda alguna el
motivo principal. La señora Smith, una acaudalada ciudadana de Filadelfia, no
pudo abstenerse de preguntar con su voz nasal al maitre.
—¿Quién es esa dama?
—Lo ignoro, señora Smith. Todo lo que puedo decirle a
usted es que es francesa.
La misma pregunta recorría todos los labios. El misterio
envolvía a la dama de verde. ¿Quién podría ser esta belleza rubia? ¿Por qué se
encontraba a bordo? ¿Dónde iba ella? ¿Cómo podía ser que esta deslumbrante
francesa estuviese sola?
Durante toda la comida, los comensales, intrigados, no
hablaron más que de la hermosa pasajera. Finalmente, el comedor quedó vacío en
provecho del gran salón de primera donde daba comienzo el baile conmemorativo:
ahí también los ventanales permanecían abiertos sobre el puente circular. La
francesa también llegó, y se aprestaba a encender un cigarrillo cuando un
pasajero, de expresión a la vez enérgica y tranquila, se inclinó ante ella, sin
pronunciar palabra, para invitarla a bailar.
Ella inclinó ligeramente la cabeza en señal de
asentimiento, y la nueva pareja se mezcló con las demás. El hombre bailaba
admirablemente bien; su compañera se abandonaba en el torbellino. De vez en
cuando dirigía con disimulo una mirada a su caballero.
¿De qué país podría ser él? Representaba unos cuarenta
años. La cara se mantenía joven; las sienes, apenas encanecidas, le conferían
un aire serio, reflexivo. Era alto, y no obstante exceder ella la estatura
mediana, la sobrepasaba en toda la cabeza. Este bailarín desconocido la
impresionaba. Parecía encontrar natural bailar con la mujer más linda de la
concurrencia.
Para ambos, ellos constituían la pareja ideal. La mayoría
de las parejas que los rodeaban eran absurdas: mujeres viejas acompañadas por
hombres mucho más jóvenes, jóvenes bellas escoltadas por hombres calvos y
ventrudos. La orquesta se detuvo.
—Le agradezco, señora, el haberme concedido este baile.
Permítame presentarme: Robert Nicot. Me he informado que somos compatriotas: mi
audacia ha llegado hasta preguntar al comisario de a bordo quién era usted. He
podido descubrir así que tenía un nombre adorable: Chantal.
—¿Le gusta? Robert no me es tampoco antipático.
Insensiblemente, hablando, Chantal y su acompañante se
habían aproximado a uno de los ventanales abiertos sobre el puente circular y
se encontraron de pronto, acodados a la borda, mirando la inmensidad sombría
del Mediterráneo.
—¿Va a Australia?
—No. Me detengo en Singapur, donde debo asumir la
dirección de una nueva usina. Soy ingeniero.
—¿No sintió mucha pena al alejarse de Francia?
—Ninguna. No he dejado a nadie detrás de mí. Soy
ambicioso, sueño con realizar una obra allá. ¿Y usted?
—¿Yo? Voy muy lejos, pero no sabrá usted por qué.
—Tenemos diez días de travesía antes de llegar a Singapur.
¿Me dará el placer de conversar alguna vez conmigo?
—Salgo rara vez de mi camarote, y a él vuelvo ahora...
Declaro no tener condiciones muy marineras.
—¿Puedo acompañarla?
—No, gracias; me ha encantado poder bailar un poco con
usted.
—Mis respetos, señora.
El ingeniero le besó respetuosamente la mano y entró en el
salón de baile, mientras ella volvía a su camarote a través de un laberinto de
pasadizos donde el linóleo claro se extendía entre dos paredes de palisandro y
caoba.
La joven quedó pensativa. No obstante estar habituada a
ver el mundo a sus pies, se había sentido débil por primera vez ante aquel
hombre; tan débil que se vio obligada a huirle. No volvería a ver a este Robert
Nicot ni a ninguno de los pasajeros, y permanecería encerrada en su camarote
hasta la llegada a Sydney.
Chantal abandonó esta resolución a la mañana siguiente,
cuando el camarero Williams le trajo el desayuno.
—La señora tiene un correo importante —anunció.
Uniendo el gesto a la palabra, Williams depositó sobre la
bandeja del desayuno, entre la tetera y el platillo que contenía las rodajas de
limón, un paquete impresionante de sobres con tarjetas de visita. Después de
haberlos mirado con extrañeza, comenzó a abrirlos con indiferencia. Todas las
tarjetas, ya fue sen enviadas por un maharajá ilustre o un lord, estaban
redactadas en francés:
“S.A. el maharajá de Karma se complace en invitarla al
cocktail-party que ofrecerá esta noche...” “Lord y lady Winhardt ruegan a la
señora...”, aquí Chantal se limitó a sonreír, pues su nombre aparecía
prácticamente ilegible, “quiera proporcionarles el placer de comer con ellos el
viernes próximo”.
El maharajá era uno de los príncipes más fastuosos de la
India; lord Winhardt, el más grande cazador de tigres del Reino Unido. La misma
señora Smith, la multimillonaria de la voz nasal, no había podido resistir a la
tentación de invitar a la joven a un tea-bridge. Pero Chantal estaba bien
decidida a declinar todas aquellas invitaciones, salvo una, a la cual acudiría
esa misma mañana. Robert Nicot le hacía preguntar por intermedio de Williams si
consentiría en tomar un cocktail en el bar antes del almuerzo.
—Le dirá usted a ese señor que iré.
El ingeniero estaba ya ahí cuando Chantal entró en el bar;
le pareció más hermosa, más radiante que la víspera. Esta extraña mujer no
necesitaba los recursos de la luz artificial para realzar su belleza. Todas las
horas del día eran propicias para destacarla. Se encaramó sobre un taburete, a
su lado, después que él le hubo dicho:
—Espero que el camarero no la habrá despertado para
trasmitirle mi invitación.
—Soy muy madrugadora —respondió lacónicamente, mojando los
labios en el cocktail.
—¿No tendrá usted por casualidad tendencia a soñar
despierta? —preguntó con dulzura el ingeniero.
—Tengo necesidad de silencio y de soledad—respondió
Chantal, que no había advertido siquiera la entrada de la señora Smith can un
admirable gato siamés en los brazos. El animal saltó sobre el mostrador y vino
a estirarse perezosamente delante del ingeniero, que lo tomó en sus brazos, lo
acarició y se lo ofreció a Chantal, en el momento en que ella salía por fin de
su ensimismamiento. Al ver el gato, una expresión de espanto apareció en el
rostro de la joven. Durante un instante, sus largas manos se crisparon sobre la
barra del mostrador, después vaciló sobre el taburete, lanzando un grito
desgarrador. Antes de que Robert y el barman tuvieran tiempo de intervenir, se
había desplomado sin sentido sobre la alfombra. Sus rasgos habían adquirido una
palidez mortal; la vida parecía haberla abandonado. Una confusión
indescriptible siguió al estupor general de los ocupantes del bar.
Chantal había reabierto lentamente los ojos. Miraba en
derredor como si temiera ver reaparecer el animal. Por disposición del médico
de a bordo, llamado con toda urgencia, había sido trasladada a su camarote,
donde la mucama la desvistió. Se hallaba extrañada de encontrarse en pijama,
extendida sobre la cama, respirando bocanadas de olores marinos que le
acariciaban el rostro.
El médico se inclinó hacia ella:
—No es nada, ya pasó... Un pequeño accidente sin gravedad.
Pero, realmente, ¿cómo se ha producido? ¿Tuvo miedo? ¿Miedo del gato de la
señora Smith?
El rostro de Chantal se crispó nuevamente:
—Tengo horror a esos animales.
—¿Supersticiosa? —preguntó el médico, sonriendo.
—¡Admitamos! —respondió la joven.
—Me he visto precisado, estimada señora, a hacerla
desvestir para que estuviera más cómoda y poder examinarla durante su
desvanecimiento. He notado que tiene en el nacimiento del muslo izquierdo y en
lo bajo de la columna vertebral unas pequeñas manchas oblongas y rosadas que se
destacan nítidamente sobre la blancura de la piel. ¿Suele tener ataques de
urticaria?
—Soy propensa a ella. Anoche cometí la imprudencia de
comer langosta.
—De todos modos, eso no debe ser muy grave —declaró el
médico, levantándose—. Señora, debe descansar. Aliméntese poco al mediodía y
esta noche estará perfectamente restablecida para la comida. Pediré a la señora
Smith, personalmente, que deje a su gato en el camarote. Hasta luego, estimada
señora. Si siente el menor malestar, no vacile en llamar al camarero, que me
avisará. Por el momento no necesita usted más que tranquilidad.
El médico se había retirado en compañía de la camarera.
Chantal permaneció largo rato inmóvil; después se levantó como una autómata,
extrajo un libro del baúl ropero y regresó con paso inseguro a la cama.
Abrió al azar ese pequeño volumen familiar; sus ojos se
posaron sobre una cita de Xavier de Maistre.
“¿Por qué trataré de hacerme ilusiones? No debo tener otra
sociedad más que yo mismo, otro amigo que Dios: nos volveremos a ver en El.
¡Adiós, generosos extranjeros!”
¿Dios, un amigo? Si Dios fuera amigo de los hombres,
¿habría enviado sobre ellos males tan abominables?
Prosiguió la lectura:
“Evito ser visto por esos mismos hombres que mi corazón
arde por encontrar. Sé, no obstante, que aquel que ame su celda hallará la
paz”.
En adelante, su camarote debía ser una celda, puesto que
ella tenía lepra.
El libro se le había caído de las manos. Sobre la tapa se
leía:
Doctor Ramelot
LA PSICOLOGIA DE LOS LEPROSOS
Cada vez que hojeaba ese pequeño volumen Chantal volvía a
ver un fragmento de su existencia. Era uno de los motivos por los cuales
reabría sin cesar la obra del doctor Ramelot, que absorbía lentamente como una
droga perjudicial, pero de la que no podía privarse. Una visión predominó en su
espíritu: tenía entonces dieciséis años... Un pasillo del subte... Un marinero
hallado al azar. La vulgar aventura, y aquel recuerdo que el muchacho bretón le
había dejado: Iru, un gato siamés traído de Saigón. Jamás volvió a tener
noticias del marinero, pero había conservado el animal. El solo hecho de
pronunciar mentalmente el nombre de Iru trajo a su rostro una expresión de
amargura indecible.
Para alejar la visión que la atormentaba encendió un
cigarrillo y reanudó su evocación, con la mirada perdida entre las volutas del
humo. Recordaba la infancia triste.
A la edad de doce años había sido colocada por la
Asistencia Pública como sirvienta en una granja de los alrededores de París,
donde la granjera la hacia dormir en un establo y la golpeaba. La niña se había
escapado, pero un inspector la encontró en un café de los arrabales, cuya
patrona, una buena mujer, la había recogido y estaba dispuesta a ayudarla; el
inspector consintió en dejar a la chica en aquel nuevo domicilio.
Después de ser sirvienta en una granja, Chantal sería
criada de un café. ¡Cuántas cosas!
Cuando tuvo quince años empezó a ser endiabladamente
bonita; el patrón, un borracho, la Asediaba. Otra vez más debió huir; la
Asistencia Pública la destinó como sirvienta para todo quehacer en la casa de
una señora anciana. Allí estaba muy tranquila. Todos los meses recibía la
visita de un inspector o inspectora; la visita duraba cinco minutos, durante
los cuales Chantal informaba que todo marchaba bien y que se sentía
perfectamente feliz. El inspector regresaba tranquilizado y orgulloso de los
excelentes resultados obtenidos en una criatura que les había parecido tan
indócil. Chantal podía hacer cuanto quisiera en la casa de esta anciana señora
y salir en compañía del marinero.
Este, bien pronto olvidado, fue reemplazado por un
mecánico de garaje, que se hizo intolerable el día que tuvo la absurda idea de
tomar la aventura a lo serio y hablar de casamiento. ¡Cuánto camino recorrido
después! La joven se esforzaba por recordar todas las aventuras pasadas; no lo
conseguía: eran demasiado numerosas. Pero recordaba toda su vida aquel día en
que la Asistencia Pública le había notificado que era libre por haber alcanzado
la mayoría de edad. Se le había hecho entrega de una suma bastante importante,
que representaba lo ganado en los sucesivos empleos desde la edad de doce años:
Chantal se llevó el dinero sin despedirse de nadie.
Por fin podría vivir plenamente su vida. Todo el dinero
ganado y economizado en nueve años fue invertido en las cuarenta y ocho horas
siguientes: vestidos, medias de seda, sombreros, peluquería, manicura,
cigarrillos.
Chantal se armaba para defender sus encantos. Aquella
misma noche debutaba en un dancing de la Plaza Blanche, persiguiendo la Gran
Aventura: aquella que la sacaría definitivamente de la miseria y sería el justo
reconocimiento de su belleza. En diez meses había “hecho” todos los bares,
todos los dancing y todas las boîtes de la capital, desde los Campos Elíseos
hasta la Plaza de la República, y desde Montmartre hasta Montparnasse. Allí fue
donde la dirección de Marcelle et Arnaud había venido a descubrirla para
aumentar con una unidad de selección la célebre cohorte de sus grandes modelos.
Marcelle et Arnaud sólo existía en la imaginación de sus
clientes: era el nombre de una firma. En realidad, el doble nombre de la casa
de costura se resumía en la única señora Royer que no se llamaba Marcelle
—nadie, por otra parte, había conocido jamás su nombre; todo el mundo la
llamaba: “Señora”—, y cuyo marido, muerto mucho tiempo atrás, nunca respondió
al nombre de Arnaud. La señora directora no era ya joven. Su pelo blanco, corto
y peinado hacia atrás con mucha sencillez, le daba, con los trajes sastre por
los que parecía sentir cierta predilección, un porte definitivamente más
varonil que femenino.
La última presentación de la nueva colección de otoño
había sido deslumbrante. La voz de la encargada del desfile anunciaba
sucesivamente, a cada aparición de una modelo: “Discreción... Misterio...
ilusión...” “Discreción” estaba representada por una joven alta y morena, de
tez mate y pelo de ébano, que pasaba y repasaba por los salones con los ojos
púdicamente bajos. “Misterio”, que la seguía, llevaba largo pelo de un rubio
ceniciento, suelto sobre la espalda; los ojos eran glaucos, impenetrables. “ilusión”
tenía todo el atractivo de una pelirroja, cuyo peinado levantado sobre la nuca
recordaba una heroína de Paul Bourget o de Marcel Prevost. Pero el murmullo más
halagador de la concurrencia fue reservado para “Nostalgia”, quien, después de
haber descendido con precipitación la gran escalinata, oyó la voz ronca de la
señora Royer que le murmuraba al llegar a la última grada:
—¡Chantal! Tendrás una multa. En el próximo retardo serás
despedida.
“Nostalgia” parecía no prestar mas que una mediocre
atención a esta reprimenda y se introdujo en los salones brillante- mente
iluminados, en medio de una doble hilera de clientes, llevando en los labios la
más exquisita de las sonrisas comerciales.
“Nostalgia”... El nombre corría de boca en boca, señalado
por algunas exclamaciones: “¡Maravilloso!” “¡Ideal!” “¡Adorable!” Y las señoras
manifestaban su satisfacción, mientras la patrona saboreaba el triunfo en
silencio, siempre al pie de la escalera. En el momento en que “Nostalgia” iba a
desaparecer en un último crujido de la tela, la señora Berthon, una clienta que
no había cesado de examinarla con sus impertinentes, le preguntó con voz más
bien desagradable:
—Señorita... ¿Quiere tener la amabilidad de acercarse?
‘Nostalgia” debió volver sobre sus pasos, con la eterna
sonrisa congelada sobre los labios. La señora Berthon palpaba el terciopelo del
vestido:
—Adoro este tejido. ¿Qué le parece, querido mio?
Esta última pregunta estaba dirigida a un caballero
sentado a su derecha y que parecía fastidiado por tener que opinar sobre
semejante materia.
—Dios mio...’ creo que le sentará a las mil maravillas.
—Vendré a probármelo mañana —concluyó la señora Berthon.
La encargada se había adelantado.
—Señora Jeanne —prosiguió la dama de los impertinentes—,
resérveme un salón para mañana a las quince. Tome nota.
Los impertinentes apuntaban a la modelo:
—Vuélvase un poco, señorita... ¡Perfecto! ¿Cómo se llama
usted?
—“Nostalgia”, señora.
—Ya sé... Le pregunto por su nombre.
—Chantal, señora.
El señor Berthon permanecía silencioso, sonreía
cortésmente a su esposa y miraba ávidamente a Chantal. Su mirada inquieta iba
de la modelo a su mujer y parecía decir: “¿Cómo puede creer ella, con su
corpulencia y sus setenta kilos, que este vestido de terciopelo, moldeado sobre
el cuerpo admirable de una mujer joven, pueda quedarle bien?” Berthon ignoraba
que todas las clientas de una modista, con alguna rara excepción, se mecen en
parecidas ilusiones.
—¿La señora ya no me necesita?
—No. Gracias, señorita.
Chantal-”Nostalgia” desapareció por una puerta y trepó de
cuatro en cuatro las gradas de la escalera de caracol que la conducía al
“camarote”, ese santuario de las casas de costura donde los profanos no
penetran jamás y en el que las modelos se visten y desvisten sin cesar.
La habitación se hallaba terriblemente llena cuando
Chantal entró, sofocada, diciendo:
—Esta vieja gorda es odiosa. ¡Me hizo quedar de pie ante
ella durante una media hora!
—Parecería —continuó Mado-”Discreción”, sentada en una
esquina de la mesa sin más vestimenta que un corpiño y un taparrabos— que se
complace en demostrar interés en comprar el vestido y recordamos que se nos
paga para exhibirlo.
—¿Cuál es la perra que me ha robado mi nuevo par de medias
de seda? ¡Es asqueroso! ¡Aquí todo desaparece!
Así acababa de expresarse Lulu-”Misterio”. Y chilló:
—¡Chantal! ¡Estoy segura de que eres tú la que me ha
quitado mis medias de seda!
—¿Por quién me tomas?
—Por lo que eres: una ladrona... ¿Quién había tomado el
broche de Ninette?
—Eso es distinto —respondió Chantal—, era para salir una
noche con un hombre muy elegante. La mejor prueba es que se lo devolví al día
siguiente.
—Un broche no se gasta, mientras que mis medias...
Devuélvemelas: sé que están en tu cartera.
—¡Mentirosa!
—¡Yo te voy a enseñar a pavonearte afuera con las cosas de
las demás! ¡No porque la “señorita” se exhiba en los bares y delante de las
clientas una olvida que viene de la Asistencia Pública!
Chantal había escuchado, pálida, este último ataque de
Lulu. Agarró con ademán veloz el pelo de ébano de la muchacha de. tez mate y
tiró con todas sus fuerzas. Las dos mujeres rodaron sobre la alfombra.
Bruscamente, la puerta del cuarto se abrió, y la voz del
“mono” dominó el tumulto de la contienda:
—¡Chantal! ¡Lulu! ¿Dónde creen que están?
Esta frase, lanzada por la voz ronca de la señora Royer
—el“mono” para estas muchachas—, paró en seco el empuje de las contrincantes.
—Chantal, sígueme al escritorio: tengo que hablarte.
Chantal, el pelo en desorden, siguió a la directora, que
la contempló largamente en silencio después que hubo cerrado tras de sí la
puerta de su escritorio.
—¡Mírate en ese espejo! —le dijo la señora Royer,
decidiéndose finalmente a hablar—. Arregla un poco tu peinado. Hace un momento
te hice una advertencia por tu tardanza; ahora voy a darte tus ocho días de
preaviso. Te irás el viernes próximo. Trata de trabajar en otra parte. Por
sobre todo, te recomiendo no llevarte ningún vestido de la casa, pues si lo
haces te denunciaré a la policía. Te había dado una inesperada oportunidad de
éxito el día en que te saqué de aquel dancing de Montparnasse para ofrecerte un
empleo de gran modelo. En veinticuatro horas habías ascendido un grado en la
escala social, con la suerte de poder estar siempre bien vestida...
—No es éste el momento de darme lecciones de moral —le
contestó Chantal, de mal modo—. No se presente mejor de lo que es... ¡Yo sé muy
bien por qué me hizo entrar en su cochina casa!
—¡Cállate!
—¡No! ¡Si las clientas estuvieran aquí, gritaría todavía
más fuerte! Todo París conoce sus gustos...
Chantal salió dando un portazo. Se dirigió a pie al hotel
de la calle Victor-Massé, donde había fijado su domicilio desde que se
convirtiera en modelo. Subiendo lentamente la calle Pigalle, pasaba revista a
los acontecimientos de ese día. La conclusión final de sus reflexiones fue que
ya estaba harta, que debía salir a toda costa y una vez por todas de su
situación. El único medio era, sin duda, el ‘que le había indicado el “mono”:
encontrar un hombre serio, provisto de una sólida cuenta bancaria. Desde los
diecisiete años ‘había pensado con frecuencia en eso. Contrariamente a lo que
creía la directora de Marcelle et Arnaud, no había hecho otra cosa que ésta:
buscar el pájaro raro.
Entró en la habitación del pequeño hotel. Iru, según su
costumbre, estaba estirado sobre la colcha. Chantal lo apartó hacia un rincón y
se acostó a su lado, vestida. Reflexionaba. Este hotel para jóvenes o
bailarinas del Tabarin no era ya un ambiente digno de ella. Necesitaba el lujo,
el verdadero, con sudepartamento sobre el Bois de Boulogne, su mucama, su
pequeño automóvil blanco y negro, su tapado de visón, su collar de perlas y su
libreto de cheques que le permitiera deslumbrar a.las otras mujeres o a las
antiguas compañeras de miseria y aventura. Hasta su nombre, Chantal,
desentonaba con una vida de mezquindad. Siempre se había preguntado quién, en
la Asistencia Pública, la había disfrazado con ese nombre distinguido. Hubiera
podido, como tantas otras, llamarse Marie o Madeleine, nombres de los más
vulgares o, asimismo, como sus camaradas de cuarto, Lulu, Mado, Ninette...
Verdaderamente, por una única vez en su vida hasta hoy había tenido suerte en
la elección del nombre. Se veía ya con el agregado de una partícula, un nombre
por el estilo de Chantal de Boislieu o Chantal d’Haifleur; buscaba, en el cielo
raso, el nombre que le convenía más, el que mejor sonara.
...La prueba laboriosa de la señora Berthon había tenido
principio en un salón privado de Marcelle et Arnaud.
Todo el estado mayor de la casa estaba ahí.
—¡El milagro se ha producido! —le decía la robusta señora
a la encargada—. El señor Berthon quedó tan entusiasmado con los vestidos que
elegí ayer que se ha empeñado en acompañarme para presenciar la prueba. Me
gustaría ver nuevamente “Nostalgia” y “Hojas muertas” sobre la modelo que los
llevaba ayer.
—Diga a la señorita Chantal que pase “Nostalgia” —ordenó
la encargada.
—Cinco minutos después —el secreto de Marcelle et Arnaud
consistía en no hacer esperar jamás a las clentas— Chantal“Nostalgia” entraba
al salón de pruebas, no sin haber preguntado al pie de la escalera a una
vendedora:
—¿Está sola la clienta?
—No; el señor Berthon la acompaña.
—¿En qué se ocupa, permanentemente?
—Agente de cambio. Posee una de las más grandes fortunas
de París.
“Perfecto; allí está el hombre que necesito”, pensó
Chantal, cuidando su entrada en el salón. La señora Berthon estaba ya embutida
en un vestido de la nueva colección. Al primer vistazo juzgó Chantal que estaba
ridícula; en desquite, su marido, a quien examinó cuidadosamente, le pareció
muy presentable.
Evidentemente, ya no era joven, pero la calvicie y los
lentes le daban un aire respetable de viejo americano; Chantal se acomodaría
con él, puesto que estaba firmemente decidida a contentarse con el primero que
se ofreciese, a condición de que tuviera mucho dinero y una reputación
sólidamente fundada. Detrás de los lentes, los ojos del agente de cambio
brillaban con fuego extraño: experimentaba una maravillosa sensación al
realizar, en la proximidad de los sesenta, la conquista más emocionante de su
vida.
Por eso Chantal no sintió más que una mediana extrañeza,
en el momento de franquear la puerta del personal, a las diecinueve de esa
misma tarde, al recibir de manos del conserje una tarjeta de visita. Era una
invitación de Jacques Berthon, para almorzar el día siguiente a las trece. El
agente de cambio parecía, pues, dispuesto a conducir las cosas rápidamente.
—¿Quién le ha entregado esta tarjeta?
—Un chofer, señorita... Manejaba un coche magnífico.
Chantal se adormecía en el cuarto de la calle Victor-
Massé, cerca de Iru, con la sensación de haber “trabajado” tal vez mejor en una
sola tarde que durante el resto de su vida.
Según su costumbre, llegó retrasada para la presentación
del día siguiente. Nadie le hizo la menor observación, ni siquiera la señora
Royer, instalada siempre al pie de la monumental escalera. Sin duda, la patrona
estimaba que toda reprimenda era inútil, ya que Chantal dejaría definitivamente
la casa el viernes siguiente. Todo el mundo, en Marcelle et Arnaud, estaba ya
al corriente de esa partida; un día fue suficiente para difundir la noticia.
Chantal se dio perfecta cuenta de esto por la actitud de las compañeras de
cuarto. Mado y Ninette afectaban un ligero desprecio hacia ella; Lulu mostraba
gran contento. Chantal simuló no darse cuenta de nada. Cuando Mado le preguntó:
—¿Dónde almorzaste hoy?
Ella respondió evasivamente:
—En un reservado del Café de París.
Todas estallaron de risa. Era cierto, sin embargo.
Berthon no había hallado nada más apropiado para declarar
a Chantal su repentina pasión; poco faltó para que contratara músicos gitanos.
El agente de cambio, rejuvenecido, se sentía transportado a una época en que
las jóvenes culpables escondían bajo tenues velos y en cupés cerrados el
secreto de sus aventuras.
Chantal impuso sus condiciones, que fueron todas
aceptadas. Dio a entender, asimismo, que estaba dispuesta a abandonar la casa
Marcelle et Arnaud en los próximos ocho días si su protector le aseguraba
inmediatamente una vida confortable, regalada, exenta de toda preocupación. El
agente de cambio había exhibido el libreto de cheques; pero Chantal le explicó
claramente que un solo cheque, por importante que fuese, no le interesaba. Lo
que necesitaba era el departamento, el auto, el visón, el collar de perlas y un
libreto de cheques a su nombre, del que ella pudiera disponer libremente.
Berthon quedó deslumbrado por tales exigencias. “Cuanto más dinero les dan los
hombres, tanto mas las respetan”, le había dicho a Chantal una de sus vecinas
de piso en el hotel de la calle Victor-Massé.
La semana transcurrió para la joven con desconcertante
rapidez; ocupó todo el tiempo que no pasaba en Marcelle et Arnaud en hacer
compras. Berthon cumplió escrupulosamente sus promesas, de tal manera que
Chantal llegó, casi, a tener miedo del día en que le tocase cumplir las suyas.
Nada se sospechaba en la casa de costura. El agente de cambio ofrecía la
ventaja de llevar cuarenta años de casado con una mujer tremenda, a la que
temía tanto por el carácter como por los impertinentes, y de estar muy absorbido
por el trabajo.
Esto permitía a Chantal esperar que, una vez normalizadas
las cosas, lo vería —en el peor de los casos— una o dos veces por semana. A
decir verdad, no podía desear nada mejor.
El viemes, día de la partida, llegó por fin. Por última
vez Chantal presentó por tumo “Nostalgia” y “Hojas muertas”. Al volver de la
caja se encontró en la escalera de caracol frente a frente con la señora Royer,
que le preguntó:
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Lo verá usted dentro de algunos días —le contestó
Chantal—. Le pido solamente que, en lo sucesivo, como ya no formo parte de su
casa, no me tutee si llegáramos a encontrarnos.
Halló en el “camarote” a Lulu, Mado y Ninette, que
sintieron la necesidad de esperarla para despedirse con caras de circunstancia.
—¿A qué vienen esos semblantes tan tristes? —les dijo
alegremente Chantal—. Parecería, en realidad, que son ustedes las que se van.
¡Vamos! Acabo de cobrar un mes suplementario, el de preaviso; por lo tanto, les
ofrezco a todas un cocktail en Weber.
—Chantal, te aseguro...
—Necesitas tu dinero...
—¿Mi dinero? ¡Van a ver lo que voy a hacer de él!
No fue sólo un cocktail lo que ofreció a sus compañeras,
sino cuatro a cada una. Al salir de Weber estaban todas achispadas, salvo
Chantal, que sólo había bebido jugo de frutas. Necesitaba mantener claras las
ideas, para reflexionar por última vez, recostada en la cama turca de la calle
Victor-Massé.
Cuando llegó al hotel, el portero le dijo con tono de
admiración:
—¡Oh!, señorita... Durante todo el día han traído unos
cuarenta paquetes para usted. Son vestidos, cajas de sombreros... Hay también
una gran canasta de hortensias. He llevado todo a su habitación. Perdone que
sea indiscreto, pero, ¿no será mañana su cumpleaños?
—Algo hay de eso... —dijo riendo Chantal.
Los paquetes colmaban los muebles. Chantal contemplaba las
etiquetas: todas llevaban el sello de grandes casas: Worth, Jeanne Lanvin,
Agnes, Kirby Beard... Era, sin duda, la primera vez que esta mujer recibía
semejante alud de cosas maravillosas, hasta ese día reservadas a otras. Esos
regalos se los había ofrecido ella misma, gracias a la cuenta bancaria que le
hizo abrir el agente de cambio. Surgiendo de entre todas esas maravillas,
dominándolas casi, aparecía el canasto de hortensias. Sobre la cinta estaba
prendida una tarjeta con estas sencillas palabras:
“Para ayudarla a pasar su última noche de hotel”.
Esa noche, en medio de aquellos tesoros, Chantal se sentía
asombrosamente lejos del marinerito, de suscomienzos, de la Asistencia Pública,
de los desfiles de Marcelle et Arnaud, del “camarote”, de todo lo que ya no
podía soportar. Solamente Iru, el gato siamés, había sobrenadado en ese oleaje
de fealdades y cálculos mezquinos que acaban por corromper la conciencia,
aunque sea una conciencia de veintidós años...
Iru había sido el compañero de los malos tiempos y de los
cuartos sin comodidad; era justo que tuviera él también su parte de felicidad.
Chantal retiró los innumerables paquetes que cu-brían la cama turca y se
recostó, vestida, con el viejo traje sastre utilizado ex profeso para probarle
al “mono” que se retiraba de Marcelle et Arnaud con el mismo vestido que
llevaba puesto al entrar allí. Sería la última vez en su vida que se ponía ese
traje sastre; mañana sería otra mujer, transformada, con un vestido comprado y
no prestado, un vestido que podría desgarrar o tirar a su antojo. Iru, que se
había acurrucado en un rincón del cuarto, completamente desconcertado al ver
sus dominios —la cama— invadidos por paquetes monstruosos, regresó a estirarse
al lado de su ama.
Mientras lo acariciaba, Chantal le decía:
—Mañana, mi viejo Inu, dormiremos en mi departamento,
frente al Bois de Boulogne...
Trascurridos dos meses desde que Chantal abandonara
Marcelle et Arnaud, el “camarote” había recobrado su tranquilidad. Chantal fue
reemplazada por Christiane, un nuevo hallazgo de la señora Royer, quien se
había preguntado muchas veces qué habría sido de su ex modelo, de la que nadie
supo darle noticias. Una tarde, cuando la patrona estaba en el escritorio
tratando de ordenar la contabilidad con la ayuda de un experto, la encargada de
los salones de recepción entró enloquecida:
—¡Señora Royer! ¿Sabe quién acaba de llegar como cliente?
¡Chantal! Está elegantísima, con tapado de visón oscuro y espléndido collar de
perlas. Desea ver la colección. ¿Qué hacemos?
—Presentársela —contestó simplemente la directora—.Puede
resultar una clienta muy interesante. Recuerden que aquí sólo una cosa importa:
el negocio.
La señora Royer bajó al salón donde Chantal estaba sentada
a pocos metros de la señora Berthon, que la examinaba con los impertinentes y
preguntó a la encargada:
—¿No es su antigua modelo?
—Sí.
—La encuentro muy elegante.
—Es de creer que ha recibido alguna herencia.
—O halló un señor que se interese por ella —respondió con
sequedad la señora Berthon—. No me agrada mucho encontrarme con este género de
personas en su casa y en el mismo salón.
—Qué quiere usted, estimada señora —le respondió sonriendo
la patrona—, ¡es un signo de los tiempos! Despedimos a una empleada y dos meses
después se nos reaparece en el campo opuesto: el de las clientas.
Se dirigió a Chantal y le dijo con amabilidad:
—¡Qué grata sorpresa, señorita! Muy gentil de su parte
hacernos esta visita. ¿Ha pedido ver nuestra colección? Vamos a pasarla dentro
de unos instantes para usted y para la señora Berthon... Su tapado es
maravilloso; la felicito. ¿Feliz?
—Mucho.
—Bravo. Es lo principal.
El desfile de modelos comenzó. Todas, al advertir la
presencia de Chantal, tenían un momento de vacilación, pero la voz de la
encargada se hacia oír, imperiosa:
—¡Vamos, señoritas, apresurémonos!
Los nombres de los vestidos salían conformes al rito
inmutable :“Fantasía”...“Entendimiento”... “Preludio”...
—Señora Jeanne —dispuso la mujer del agente de
cambio—,resérveme “Entendimiento”y “Preludio”.
—Para mí también —encareció la voz de Chantal.
Los impertinentes de la corpulenta señora se volvieron,
furiosos, hacia esta “nueva rica de última hora”.
Chantal no se preocupaba siquiera y fumaba con beatitud un
cigarrillo rubio. Estaba decidida con firmeza a elegir sistemáticamente todos
los modelos que gustaran a la señora Berthon. Puesto que la habían tratado de
ladrona, verían ahora cómo robaba los objetos de lujo a las otras, con el poder
de su dinero. La palabra “amante” no le acudía a la mente jamás cuando se
trataba del agente de cambio. El buen hombre calvo era todo, menos un amante.
Chantal reservaba ese nombre mágico para aquel que fuera capaz de justificarlo
ante sus ojos.
La voz de la encargada anunció: “Delicadeza”.
“Delicadeza” era Lulu, que avanzaba con aire púdico y se
detuvo a la vista de Chantal.
—Señorita —le dijo ésta, imitando exactamente el timbre de
voz que había oído muchas veces en boca de las clientas—, acérquese usted...
Dése vuelta. Póngase de tres cuartos de perfil...
Los ojos de Lulu estaban empañados con lágrimas de rabia.
Chantal entrevió el momento en que su antigua compañera se le echaría encima o
abandonaría bruscamente el salón. No esperaba otra cosa; es más, lo deseaba. La
señora Royer vigilaba la escena. Al menor desfallecimiento de Lulu, la patrona
la despediría; ¡cada una a su turno! Chantal conocía bastante al “mono” para
saber que no vacilaría un segundo entre deshacerse de una modelo o conservar
una clienta. Chantal-clienta. era la única persona interesante para la señora
Royer.
Pero Lulu se contuvo: necesitaba comer. Después de haberla
retenido de pie ante ella un largo rato, Chantal le dijo:
—Sé muy bien, señorita, que la he cansado con mi deseo muy
legítimo de admirarla más de cerca... Estoy afligida y deseo recompensaría.
Noto que no lleva medias de seda. ¡Evidentemente, al precio que están!
Permítame ofrecerle este regalito: son doce pares nuevos que acabo de comprar
para mí.
Le tendió la caja envuelta. Lulu titubeó; la señora Royer.
la observaba; finalmente, tomó el paquete murmurando entre dientes:
—¡Gracias, señora! —y desapareció hacia la escalera de
caracol, donde estalló en sollozos.
—¿Quiere hacerme llamar el coche? —dijo Chantal,
levantándose—; el chofer debe estar en la calle Boissy-d’Anglas. Señora Jeanne,
compro “Entendimiento”, “Preludio” y “Delicadeza”. Ninguna prueba será
necesaria —agregó, dirigiendo una mirada hacia la señora Berthon—; creo tener
justamente el talle “modelo”. No tendrá más que agregar la factura al envío.
Y a la patrona, que se aprestaba a saludarla:
—¿Cuándo me dará el placer de ir a tomar una taza de té en
mi casa?
—Con todo gusto, cualquier día libre.
—¿El domingo? Bulevar Suchet, dieciséis... ¿Quiere que mi
coche pase a buscarla?
—No; no es necesario. Hasta el domingo, señorita.
Chantal dejó la casa Marcelle et Amaud acompañada hasta la
puerta con la sonrisa comercial de la encargada, y saludada en el umbral por la
gorra del portero galoneado y estupefacto, en cuyas manos no vaciló en deslizar
una regia propina cuando éste abrió la portezuela del Packard.
El inmueble que Chantal eligiera para su domicilio era uno
de los más hermosos de París. “¿Tal vez Chantal no viva sola?”, se preguntaba
la directora de Marcelle et Arnaud cuando una mucama le abría la puerta que
daba acceso a un amplio vestíbulo revestido de mármol.
La joven dueña de casa esperaba a la señora Royer en un
delicioso tocador, contiguo al gran salón. El aspecto general del departamento
indicaba a todas luces la intervención de un decorador... Un decorador que
debió decir: “Señorita, déjeme hacer... Aquí habrá un diván, allí una lámpara
de hierro forjado, en este rincón una biblioteca, las cortinas del comedor
serán verdes, las de su dormitorio azul pálido. Todo estará listo para la fecha
prevista. No tendrá usted que preocuparse por nada; le costará tanto...”
Chantal dejó actuar al experto. El departamento era
suntuoso. Evidentemente sus modales desentonaban a veces en esta acumulación de
lujo. Por ejemplo cuando su antigua directora manifestó el deseo de recorrer la
casa, y cuando estuvieron en el comedor, Chantal declaró mostrando la mesa:
—El decorador me aconsejó elegirla de vidrio; es lo que
“da más juego”.
La señora Royer se limitó a sonreír.
El té estaba bien servido. La joven ama de casa no perdía
oportunidad de llamar con el timbre a la mucama. Al fin, su invitada ya no pudo
contenerse:
—Oiga, Chantal, ¡van ya diez veces que molesta a esta
muchacha, sin objeto! Si es para demostrarme que tiene sirvientes, es inútil.
Ya lo sé. O bien dígame en seguida cuántos tiene, y ya no hablaremos de ellos.
—Tengo un chofer, una cocinera y una mucama —no pudo
privarse de precisar Chantal, con altanería infantil.
La señora Royer no insistió ya, comprendiendo que se
necesitarían aún largos meses, tal vez años, para hacer de Chantal una completa
mujer de mundo.
—¡Qué hermoso gato siamés! —observó ella.
—El señor Iru... Mi más viejo amigo y mi confidente.
—¿No tiene miedo que destroce con las uñas la seda de ese
taburete?
—¿Qué importa? Si lo estropea, compraré otro —contestó
Chantal.
—Voy a ser muy indiscreta y algo curiosa, como todas las
mujeres. ¿Puedo preguntarle qué milagro se ha operado en su existencia?
—Ninguno. Seguí sencillamente sus consejos... Usted lo
sabe muy bien: el amigo serio.
—A juzgar por el departamento debe ser, en efecto, muy
serio. ¿Vive aquí?
—¡Ni pensarlo! ¡Lo veo lo menos posible!
—Ahí tiene usted el verdadero secreto de la felicidad.
—Por otra parte, usted lo conoce. Es el marido de una de
sus clientas, la señora Berthon.
—¡No!
La señora Royer quedó atónita. ¿Cómo podría ser que no se
hubiese dado cuenta de nada? No se lo perdonaba.
—Si le confío hoy su nombre —prosiguió Chantal— es porque
ya no tiene eso ninguna importancia. Jacques me ha dado suficientes garantías
para que yo pueda contemplar la vida con cierto optimismo. Y la sé a usted
demasiado comerciante para atreverse a hablarle a su mujer. El resultado
práctico sería, para la casa Marcelle et Arnaud, la pérdida de sus dos mejores
clientas.
—¿Y es un gran amor?
—De parte de él, sí... De la mía, ¡no me pida demasiado!
El amor es bueno para una buhardilla cuando no se tienen los medios para
ofrecerse otras distracciones.
—Pero, al menos, ¿se muestra usted gentil con él?
—No mucho. Los hombres no aprecian a las mujeres gentiles.
Ya sola, Chantal, según su antigua costumbre, se recostó
sobre un diván, encendió un cigarrillo y se puso a mirar el cielo raso. El
domingo era para ella un día maravilloso: no tenía ninguna probabilidad de ver
llegar de improviso a su sostenedor. Como todos los maridos bien educados,
Berthon dedicaba el día domingo a su esposa. Había que reconocer que no era muy
cargoso y bastante discreto para anunciarse siempre por teléfono.
Sus días predilectos eran los lunes y jueves. El lunes,
sin duda para descansar de la presencia de la señora Berthon, que había
soportado todo el domingo; el jueves, tal vez recordando la época lejana de
colegial en que hacía la cimarra.
Pero todo hombre es mortal. ¿Qué pasaría si Jacques
Berthon desapareciese? Chantal había sufrido demasiado por escasez de dinero
hasta ese día para no asegurarse el porvenir. Decirle crudamente las cosas al
buen hombre era delicado y peligroso: comenzaba ya a tener algunas dudas sobre
la naturaleza de los sentimientos que su tierna amiga abrigaba con respecto a
él. Era mejor obligarlo a actuar espontáneamente para obtener ese resultado.
Chantal no veía sino un medio de ligar su destino al agente de cambio, aun
cuando éste llegara a morir. No se trataba de casamiento: sería muy largo, era
menester un previo divorcio. Chantal apreciaba la vida en triángulo; la señora
Berthon le ofrecía, sin darse cuenta, el inestimable servicio de aliviarla de
su protector durante la mayor parte de la semana.
No, el medio hallado por Chantal era mucho más eficaz; no
sería, por otra parte, la primera mujer en utilizarlo. Su conciencia, atrofiada
desde mucho tiempo atrás, no se había rebelado contra la idea de emplearlo.
El ensueño de la bella pasajera del Empress of Australia
fue interrumpido por dos golpes discretos en la puerta del camarote, seguidos
de la aparición de Williams.
—Excúseme, señora... Me han encargado trasmitirle un
mensaje del señor Robert Nicot, quien se interesa por su salud.
—Puede decirle a ese señor que estoy completamente
restablecida.
—En tal caso —prosiguió la voz ceremoniosa del camarero—,
el señor Nicot pregunta si la señora le dará el placer de comer con él esta
noche.
—Diga al señor Nicot que asociaremos nuestras soledades en
el comedor. Nos encontraremos a las veinte en el gran salón.
La entrada de la pareja impresionó a los comensales.
Chantal lucía un largo vestido de crepe marrocain negro,
de cuello muy alto, que cubría por completo el pecho hasta la garganta, pero
dejaba su admirable espalda desnuda hasta la cintura. Las tres esmeraldas que
acompañaban el vestido verde de la víspera habían sido reemplazadas por tres
diamantes: un solitario en el dedo anular de la mano izquierda, y dos
pendientes, tallados en forma de pera, que prolongaban el lóbulo de las orejas.
Chantal y el ingeniero se dirigieron hacia la mesa
central, sin demostrar preocuparse lo más mínimo por los nuevos comentarios
esparcidos a su paso.
—Esta mujer me produce la impresión de ser una aventurera
—dijo lady Winhardt al mayor Thompson, su vecino de mesa.
—Sin duda —reconoció el mayor—. Una aventurera de gran
clase... —¿Quién es el caballero?
—Lo ignoro...
—¿No será simplemente un enamorado? Es apuesto.
—¡Querida lady Winhardt —exclamó el mayor Thompson—,
siempre romántica! En lo fundamental, tiene usted razón: la aventura no excluye
el amor.
Durante este diálogo, intercambiado en la mesa del más
grande cazador de tigres del Reino Unido, la voz nasal de la señora Smith no
permanecía en silencio y confiaba al grupo de parásitos que la acompañaban en
sus desplazamientos, y que le formaban una corte obsequiosa:
—¡Figúrense ustedes que esta mujer se ha desvanecido
repentinamente en el bar americano, esta mañana, en cuanto vio mi pequeño y
adorable Siao! El médico vino, además, a rogarme que en adelante dejara al
pobre animal encerrado en mi camarote para evitar que esta francesa se
encontrara de nuevo con él. ¡Admitirán que es inconcebible! No haré ningún caso
de este pedido y continuaré paseando a Siaó por todo el barco cada vez que sea
necesario para su salud... Sí, Siao es propenso a la neurastenia.
Chantal y Robert hablaron poco durante la comida. Parecía
que cada uno de ellos quería saborear el secreto placer de esta primera cena en
común; de vez en cuando, el ingeniero hacía algunas preguntas triviales, a las
cuales la joven contestaba con evasivas. Un solo punto atormentaba a Robert: la
razón misteriosa del malestar experimentado a la vista del gato siamés. Sin
saber exactamente por qué, intuía que el animal no era directamente el motivo,
pero sí la imagen de un peligro oculto y temible.
Cuando ambos se encontraron nuevamente en cubierta,
después de la comida, instalados en sus sillas, el ingeniero no pudo contener
por más tiempo su curiosidad.
—Ahora que esta comida nos ha reconfortado por completo,
permítame hacerle una pregunta a la que sólo contestará usted, si no la
considera muy indiscreta: ¿por qué no quiere a los gatos siameses?
—¿Desea proporcionarme un gran placer, Robert? —era la
primera vez que lo llamaba por su nombre—; no me hable jamás del incidente del
bar; sepa que soy muy nerviosa, eso es todo. El no insistió. Queriendo desviar
la conversación, le hizo notar:
—Debiera abstenerse de comer pescado durante algún tiempo:
tiene una pequeña mancha de urticaria en el nacimiento del cuello, que no
estaba allí antes de la comida.
Instintivamente, Chantal levantó el cuello del vestido,
tratando de ocultar la mancha, y extrajo el espejo de su polvera para comprobar
si era visible. Había palidecido de nuevo, pero halló fuerzas para decir:
—Tiene usted razón. Me gusta el pescado, pero él no me
quiere... ¿No le parece que hace fresco sobre esta cubierta?
—No, precisamente, ¿pero tal vez prefiera usted retirarse
a su camarote?
Chantal se había levantado y le dijo con voz ligeramente
alterada.
—No me guarde rencor. Creo que voy a regresar; después de
una noche de reposo me sentiré más animosa. Me hubiera gustado, con todo, pasar
esta velada con usted... ¡Tenemos tantas cosas que decirnos!
—O para no decirnos —cortó el ingeniero.
—¿Ya celoso, Robert?... Me parece que para personas que no
se conocían la víspera y nada saben el uno del otro, somos ya buenos amigos.
—Sé que es usted hermosa.
—Me han dicho que eso tenia música.
—He sabido por el sobrecargo que va hasta Sydney.
—Mientras que usted me dejará en Singapur por sus máquinas
eléctricas. Me olvidará pronto.
—¿Por qué se pone inesperadamente perversa?
—Debo retirarme. Buenas noches, Robert.
—Buenas noches, Chantal. Hasta mañana.
Había pronunciado estas últimas palabras besando
largamente la mano blanca y fina que ella no parecía tener prisa en retirar; el
calor de ese beso le proporcionaba a él un profundo bienestar; Chantal
desapareció sin agregar palabra. Cuando Robert regresó al gran salón iluminado
y bullicioso, se sentía feliz.
La joven casi corrió por el pasillo que la conducía al
camarote, cuya puerta cerró detrás de sí, echando el cerrojo, para detenerse
jadeante ante el doble espejo del cuarto de baño; con brusco ademán desgarró el
cuello del vestido para poner al descubierto la garganta y el pecho. El
ingeniero no se había equivocado: la mancha rosa y ovalada estaba en el
nacimiento del cuello, y numerosas manchas parecidas le recubrían los senos.
Hasta ese día, sólo habían aparecido en las caderas; se
diría que habían elegido el momento en que la joven acababa de encontrar un
hombre que le gustaba, para multiplicarse en proporciones pavorosas.
Chantal abandonó el cuarto de baño y se arrojó sobre la
cama, mordiendo las sábanas en una crisis de lágrimas. Los sollozos eran apenas
ahogados por el chapaleo de las olas que rozaban el casco del navío. No le
preocupaba la hora, ni el Mediterráneo, ni el vestido desgarrado. Este vestido
negro que le recordaba muchas cosas, especialmente la noche que lo había
estrenado...
...Había sucedido diez días antes: un domingo. Después de
cuatro años trascurridos como amante del agente de cambio, éste había
conseguido por fin liberarse, una noche, de su agriada esposa. Para festejar
esta fuga, Jacques Berthon y Chantal habían decidido ir a comer a Les
Ambassadeurs después irían a una boite El vestido de crepe-marrocain negro
había sido encargado a Marcelle et Arnaud para esta velada, en la que ella
llevaría puestos el solitario y los dos pendientes de diamantes, obsequio que
Jacques acababa de hacerle.
Estaba aún en el cuarto de baño de su departamento del
bulevar Suchet cuando el agente de cambio llegó con una maleta y le preguntó a
través de la puerta de comunicación con el dormitorio:
—¿Me permite vestirme aquí? ¡No podía salir de mi casa
vestido de etiqueta para una reunión de viejos compañeros! Mi mujer habría
sospechado algo.
—Está usted en su casa, Jacques.
Berthon sonreía por anticipado pensando en la cara que
pondría alguno de sus colegas, que sin duda hallaría en Les Ambassadeurs, al
verlo a él, Berthon, el hombre serio por excelencia, en compañía de una mujer
tan joven y bonita. Desde hacia años el agente de cambio acariciaba este sueño:
mostrarse, hacerse admirar, ser envidiado porque se exhibía en compañía de la
mujer ideal. ¿Qué le importaban, al fin de cuentas, las murmuraciones del
mundo? Se sabía bastante rico y poderoso para acallarlas. Toda esa gente que
estaría en Les Ambassadeurs tenía necesidad de él. El, no necesitaba a nadie.
—Jacques —llamó Chantal—, ¿puede venir un momento al
cuarto de baño?
Aún tenía puesta la bata.
—¿Qué sucede?
—Mire mi pierna.
A la altura de la nalga izquierda se observaban algunas
manchitas oblongas y rosadas en violento contraste con la blancura de la piel.
—¿Qué es eso?
—No sé. Hace ya varios días que noto manchas semejantes en
el cuerpo aparecen y desaparecen, cambiando de lugar. Ayer tenía tres sobre el
brazo derecho, un poco más arriba del codo. Esta noche ya no están ahí. En
cambio, tengo estas cuatro en la nalga.
—¿Por qué no me avisó cuando percibió las primeras que
aparecieron?
—No quería alarmarlo por tonterías.
—Esas manchas, ¿son dolorosas?
—No. De cuando en cuando siento adormecimientos, ligeros
accesos de fiebre, que desaparecen con dos tabletas de aspirina.
—¿Y si por casualidad...?
—Sí, yo pensé lo mismo... ¡Pero si estuviera encinta
habría tenido náuseas!
Berthon tocó las manchitas rosadas con infinita
delicadeza.
—No siento sus dedos —le dijo Chantal—. Es curioso:
pareciera que el lugar donde se encuentra la mancha es insensible. De todos
modos, esto no puede ser muy grave. ¡Apurémonos! Vamos a llegar a Les
Ambassadeurs cuando todo el mundo se haya ido.
—¿No prefiere quedarse? ¿Quiere que llame a un médico?
—¡Está usted loco, Jacques! ¡Perder una velada semejante!
¡Nuestra primera salida en domingo! Si mañana las manchas siguen ahí, iré a
consultar al doctor Petit.
El salón de Les Ambassadeurs resplandecía con todo el
brillo de una noche de París. La llegada de Chantal fue de las más señaladas;
el agente de cambio la seguía, modesto en apariencia, deslizando a hurtadillas
una ojeada hacia las mesas donde conocía a todo el mundo, pero en realidad
henchido de orgullo. Jacques Berthon hubiera proseguido así, complacido, hasta
el fin de sus días: Chantal en medio de una doble fila de admiradores.
Después de la comida Chantal quiso ir a una boite rusa;
después Jacques la condujo a su departamento. Antes de separarse le preguntó:
—Hay una cosa que me preocupa y de la que no he querido
hablarle durante nuestra velada para no echarla a perder: ¿tiene siempre esas
manchas que me mostró antes de la comida?
—Acabo de comprobarlo: están en el mismo lugar.
Al día siguiente, a las catorce horas, Chantal entraba al
- consultorio del doctor Petit. Era éste un excelente médico clínico, a la vez
que amigo personal del agente de cambio, quien le había confiado el secreto de
sus relaciones amorosas presentándole a Chantal, hacia la que el médico
manifestó, desde el primer momento, una viva simpatía. El doctor Petit
apreciaba todo lo bello: las colecciones de cuadros, los caballos de los
concursos hípicos y las mujeres hermosas.
—Estimado doctor y amigo, prométame ante todo no retenerme
mucho tiempo. Tengo que estar a las cuatro en Marcelle et Arnaud para asistir a
la presentación de la nueva colección.
—Quedará usted libre dentro de un cuarto de hora, y todos
los pesares serán para mi. La escucho.
Refirióle ella el descubrimiento de las manchas y la
experiencia hecha por el agente de cambio la noche anterior. El médico examinó
muy atentamente con auxilio de una lupa los cuatro redondeles rosados sobre la
nalga.
—Es muy curioso —dijo—. ¿Experimenta trastornos digestivos
en estos últimos tiempos?
—Sí..
—¿Y cierta fatiga corporal, casi una necesidad imperiosa
de dormir?
—En algunos momentos; por ejemplo, me cuesta mucho dejar
la cama por las mañanas, siendo que siempre fui muy madrugadora.
—Los ganglios de la ingle izquierda están, bastante
hinchados —comprobó el médico, prosiguiendo su examen.
—No supondrá que estoy encinta.
—¡De ninguna manera! Usted tampoco, desde luego. Lo sabría
mejor que yo. Me inclino, más bien, a creer que se trata de una enfermedad de
la piel.
—¡Es imposible, doctor! No hay mujer más cuidadosa que yo;
me paso la vida en el cuarto de baño.
—¡Razón de más! Ya no se sabe lo que entra en la
composición de los jabones actuales. Con el pretexto de hacerlos más suaves,
los fabricantes les agregan cualquier cosa. Sería mejor, creo, que se
desvistiera por completo.
Después de un nuevo examen minucioso el médico dijo:
—Acabo de descubrir otras dos manchas justamente en la
parte inferior de la espalda. ¿No las había visto usted?
—Le aseguro que no estaban allí ni anoche ni esta mañana.
¡Supondrá que me examino cuidadosamente en todos los espejos de mi
departamento, desde que descubrí las primeras!
—Estas son rosadas en los bordes y ligeramente inflamadas.
Si usted lo permite, mientras se viste, voy a hablar por teléfono con el
profesor Chardin, que es un gran especialista en enfermedades de la piel. Voy a
preguntarle si puede recibimos ahora mismo en su clínica. ¿Tiene usted el
coche?
—Sí, pero...
—Le he prometido dejarla libre para ir a admirar las
maravillas inventadas por esa excelente señora Royer. Cumpliré mi palabra. ¿No
le parece que es mejor tener un diagnóstico seguro? Después, quedará usted
completamente tranquila.
Regresó a los pocos momentos.
—¿Está lista? Hemos tenido suerte: el profesor Chardin iba
a salir. Nos espera. Verá usted: es un hombre notable. Sobre ciertas
enfermedades ha realizado investigaciones y publicado obras que gozan de gran
autoridad en todo el mundo. En lo que a usted concierne, su diagnóstico será
infalible.
El profesor Chardin era un venerable anciano de larga
barba blanca y mirada penetrante y tranquila a la vez.
Tras haber examinado el cuerpo de Chantal durante media
hora, sin pronunciar palabra, extrajo, mediante una jeringa, una partícula de
mucosa en el tabique nasal de la joven.
Después dijo:
—Puede vestirse, señora. Esto ha terminado. La enfermera
la ayudará. Espero que la pequeña extracción no le habrá resultado muy
dolorosa. Cuando esté lista, tenga la amabilidad de reunirse con nosotros en mi
despacho.
El doctor Petit había asistido, mudo, al examen practicado
por su ilustre colega. Chantal creyó notar que la nerviosidad de aquél crecía a
medida que el examen se prolongaba. Cuando la extracción de la mucosa nasal
hubo terminado, el profesor Chardin entregó los elementos a un ayudante,
diciéndole:
—Hágalo analizar inmediatamente en el laboratorio, donde
la preparación está lista. Hágame conocer el resultado.
Cuando Chantal entró en el despacho, el profesor estaba
detrás de su escritorio; el doctor Petit se paseaba a lo largo de la
habitación. La discusión, bastante animada, entre ambos médicos, se detuvo a la
entrada de la joven.
—Siéntese, señora, por favor. No le ocultaré que su caso
es bastante extraordinario y, en todo caso, excesivamente raro —comenzó a decir
el profesor, en tono grave—. En mi larga carrera sólo he conocido tres casos
análogos. Antes de precisarle la naturaleza exacta de la enfermedad debo
esperar el resultado del análisis que están realizando en este momento.
Este médico, semejante a un profeta del Antiguo
Testamento, y cuya alma parecía impenetrable, impresionaba a Chantal.
—Mientras tanto, aprovecharé para hacerle una pregunta.
¿Se ha lastimado recientemente?
—No, señor profesor.
—¿No recuerda haber tenido alguna llaga como consecuencia
de una herida? ¿Una llaga que haya supurado o demorado en cerrarse?
—En absoluto.
—Recuerde bien, señora.
—No veo... ¡Ah!, sí..., hay, en efecto, una cosa, pero
creo que es insignificante.
—Dígala, de todas maneras. Los menores detalles, en este
caso, tienen su importancia.
—Tengo un gato que me arañó en el brazo derecho hace más o
menos seis meses. Sus uñas penetraron bastante profundamente en la carne; la
herida demoró en cicatrizar.
—¿Quiere mostrarme el brazo?... Sí, quedan algunos rastros
ligeros. ¿Qué clase de gato es?
—Un siamés.
—¿Hace mucho que lo tiene?
—Iru (ése es su nombre) me fue traído de Saigón cuando era
chiquito, de esto hace unos once años...
Como ve, ya no es muy joven.
—¿Quién le trajo el gato?
Chantal vaciló un instante antes de contestar:
—Un amigo... que estaba en la marina.
—¿Ha vuelto a ver recientemente a esa persona?
—No. Jamás volví a verlo. Comienza usted a inquietarme.
El ayudante entraba en ese momento y depositó sobre el
escritorio una hoja de papel sobre la que el profesor echó una rápida mirada.
Tomó la hoja y se la pasó lentamente al doctor Petit, que experimentó un ligero
sobresalto al enterarse del contenido.
—Ya ve, pues, mi estimado colega, que no me había
equivocado. Hubiera preferido equivocarme... Señora, el doctor Petit me ha
informado rápidamente de su situación de... familia y me ha dejado entrever que
es usted una mujer valiente.
—¡Señor profesor, usted me asusta!
—Me apresuro a hacerle notar que no existen enfermedades
incurables si son atendidas desde su comienzo, tal como va a ser su caso. Hay enfermedades
que son más lentas que otras para curar. Es una cuestión de paciencia, de
tiempo y, sobre todo, de voluntad. El tratamiento de la suya puede ser largo.
—¡Dígame lo que tengo, señor profesor
El doctor Petit se había acercado disimuladamente al
sillón en que Chantal estaba sentada.
—Señora —pronunciaron lentamente los labios del profesor
Chardin—, usted tiene lepra.
—¿Yo? —gritó Chantal—. ¡Eso no puede ser!
—Señora, el papel que acaba de devolverme el doctor Petit
prueba, irrefutablemente, la existencia de bacilos de lepra en la partícula
extraída de su tabique nasal.
Chantal se había desvanecido. El doctor Petit tuvo
bastante trabajo para reanimarla. Poco a poco, sus pupilas se entreabrieron; la
joven recobró el conocimiento bajo los efectos de un frasco traído por el
ayudante y se puso a llorar silenciosamente.
El profesor se había aproximado a ella y le hablaba
suavemente:
—Sea razonable. ¡No se ponga inútilmente en ese estado! Le
aseguro, señora, que hay más probabilidades de curarse de la lepra que de la
tuberculosis o de un cáncer. Por el momento, su estado no es contagioso
todavía: será necesario que venga a verme regularmente todos los meses. Podré
así estudiar la evolución de la enfermedad y administrarle el tratamiento
conveniente.
Chantal sollozaba.
—Creo, mi estimado colega —sugirió el doctor Petit—, que
nuestra enferma está actualmente en la imposibilidad psíquica de escucharlo.
Voy a acompañarla a su casa y lo tendré a usted informado.
Sosteniéndola, condujo a la joven, que se dejaba llevar
desfallecida.
—Yo conduciré —le dijo el doctor Petit, en tono jovial—.
Siéntese a mi lado. Estoy persuadido de que si la dejara manejar nos conduciría
en línea recta contra un árbol o un farol de gas.
En el momento en que iba a arrancar, Chantal le tomó
nerviosamente el brazo.
—Todo lo que ha dicho es mentira, ¿no es así? Me ha
querido asustar para que me cuide... Es Imposible que tenga lepra... No conozco
a nadie que haya contraído jamás esa enfermedad, entonces, ¿por qué yo?
—Mi querida amiga, el profesor Chardin es un hombre
demasiado serio para permitirse una broma de tan mal gusto. Cuando usted vino a
consultarme tuve de súbito un presentimiento; ésa es la razón por la que la
traje a esta consulta.
—¿Cómo habré contraído la enfermedad?
—El profesor se lo ha dado a entender: es su gato siamés
Iru, que hemos acariciado todos mil veces, con el que hemos jugado todos, el
que se la ha traído de Saigón.
—¿Los animales sufren también la lepra?
—No. Es asimismo curioso comprobar que a despecho de
experiencias múltiples no se ha conseguido inoculársela jamás; únicamente
transportan los gérmenes de un continente a otro, y especialmente los gatos
siameses. Iru le ha traído la lepra de Saigón.
“¡Y fue el regalo de mi primer amante!”, recordó Chantal.
—Iru no le ha transmitido la enfermedad sino el día que la
arañó. Tal vez ese gato ha nacido en una casa habitada por un enfermo
contagioso. Podría ser también que la persona que se lo trajo tuviera una lepra
contagiosa sin saberlo.
—¿Voy a transmitir yo, a mi vez, la lepra a todo el mundo?
—No. El profesor Chardin le ha asegurado que no estaba
usted en estado contagioso, por ahora.
—Pero... ¿más tarde?
—Ya veremos... Entre tanto, le he prometido que asistiría
al desfile de la colección. Voy a conducirla allí.
—No, doctor. No estoy para asistir al desfile de modelos y
de colecciones de Marcelle et Arnaud. Déme el volante... En primer lugar voy a
dejarlo en su casa.
—¿Qué va a hacer después?
—Yo también veré... ¡sobre todo no me toque! ¡Aunque llevo
guantes estoy segura de que puedo contagiarlo!
Había tomado el volante y conducía velozmente, en
silencio. Cuando llegaron frente a la casa del médico, le dijo ella, casi con
dureza:
—¡Baje!
Así lo hizo él. Ella agregó:
—No creo una palabra de toda esa historia que han ideado
entre ustedes por razones que desconozco. ¡Su profesor no es más que un viejo
chocho! Suceda lo que suceda, si por rara casualidad hubiera algo de cierto en
lo que acaba de contarme, le pido su palabra de honor de que no dirá nada a
Jacques ni a las personas que lo rodean.
—Ni siquiera tengo necesidad de tomar compromiso semejante
—respondió el médico—. Mientras no esté usted en estado contagioso debo
atenerme al secreto profesional más estricto.
—¿Qué le dirá a Jacques respecto de las manchas rosadas,
si se lo pregunta por teléfono?
—Que tiene usted un agudo ataque de urticaria, felizmente
sin gravedad.
—Muchas gracias.
El médico estaba en la vereda, inmóvil. En el momento en
que Chantal iba a reanudar la marcha en su cupé, le preguntó:
—¿Va realmente a Marcelle et Arnaud?
Ella no contestó.
—¿No va a hacer alguna tontería, al menos?
El coche estaba ya lejos.
Algunos minutos fueron suficientes para recorrer la
distancia que separaba el domicilio del médico, bulevar Haussmann, del
departamento del bulevar Suchet; Chantal manejó como una loca, a pesar de la
inseguridad de la calzada y una copiosa lluvia. Durante todo el recorrido le
pareció que el limpiaparabrisas no había funcionado para enjugar las gotas de
lluvia, sino más bien para borrar una palabra horrible que bailaba de continuo
ante sus ojos: LEPRA.
Estaba sin aliento cuando la mucama le abrió la puerta.
—Suzanne, prepare en seguida mi valija amarilla y mi
neceser de viaje. Arreglaré yo misma la valija. Diga al chofer que puede
guardar el coche en el garaje, no lo utilizaré por mucho tiempo. Después
quédese en las dependencias de servicio: no quiero verla a usted, ni a nadie de
la casa.
—¿La señora se va?
—Ya podrá verlo. Encontrará dinero en el pequeño
escritorio de mi habitación, para atender los gastos corrientes. ¿Sabe dónde
está Iru?
—A estas horas, seguramente, en el dormitorio de la
señora.
Chantal corrió hacia allí. El animal se estiraba
perezosamente sobre la colcha, con los ojos semicerrados. La joven lo contempló
algunos instantes con horror, como a esas serpientes venenosas que se ven en el
zoológico, a través de los gruesos vidrios de sus viviendas. Lo tomó en brazos
y lo llevó al cuarto de baño.
La mucama, que algo más tarde entró al dormitorio para
llevar las valijas, oyó correr el agua en la bañera.
Chantal salió del cuarto de baño con algunos objetos de
aseo que arrojó en desorden dentro del neceser; lo mismo hizo con algunos
vestidos tomados al azar.
Transcurrió un cuarto de hora al término del cual Suzanne
oyó claramente el ruido de la puerta del rellano al cerrarse; tuvo la
curiosidad de mirar hacia el bulevar por una de las ventanas del salón y vio a
su patrona llamar un taxi al que subió con sus valijas, mientras el cupé blanco
y negro la esperaba aún, delante de la puerta. Suzanne volvió para arreglar el
dormitorio y entró despacio al cuarto de baño. Iru, ahogado por su dueña,
flotaba en el agua de la bañera.
Siempre recostada sobre la cama del camarote, la joven se
había dormido bajo el peso de la pena y la fatiga. Cuando despertó, muy
sorprendida de hallarse aún a medio vestir con su traje de noche, el sol hacía
rato que entraba por el ojo de buey entreabierto.
Reemplazó el traje por un pijama y miró la hora: las diez
de la mañana. El sueño había durado doce horas.
Después de meterse en cama llamó al camarero; el calor era
sofocante.
—¿La señora ha dormido bien? —fue el saludo ritual de
Williams, que traía el desayuno.
—He dormido demasiado.
—¿Sabe la señora que navegamos por el Mar Rojo? El Canal
de Suez fue franqueado durante la noche.
Chantal se interesó medianamente por esta noticia y dijo
al camarero:
—Ya no quiero ver sobre la bandeja de mi desayuno todas
esas invitaciones mandadas por personas de a bordo. Como no tengo la intención
de aceptadas ni de contestarlas, corro el riesgo de pasar por mal educada. No
quiero ver a nadie hasta la llegada a Sydney. Permaneceré encerrada en mi
camarote, donde me servirá usted todas mis comidas.
Las órdenes de la señora serán cumplidas —respondió la voz
respetuosa de Williams—. Sin embargo, me permitiré transmitirle a la señora una
invitación verbal
del señor Robert Nicot para una partida de ping-pong en la
cubierta, antes del almuerzo.
—No asistiré. Le dirá usted al señor Nicot que me es
imposible verlo por el momento.
Wiliiams desapareció tan discretamente como había entrado.
Chantal no sentía apetito: un pomelo helado constituyó todo su desayuno,
después de lo cual se puso a hojear una vez más La Psicología de los leprosos.
El autor había reproducido, a manera de leyenda en la primera página, un pasaje
de las “Prohibiciones de París en la Edad Media”, que releyó lentamente y en
voz alta, como si quisiera impregnarse de ellas.
“Te prohíbo de ahora en adelante andar sin la vestimenta
de los leprosos, a fin de ser reconocido por los demás, y andar descalzo, con
los pies desnudos, excepto en tu casa.
“ltem: te prohíbo de ahora en adelante entrar en las
tabernas u otras casas, si quieres aceptar vino o tomar y aceptar lo que se te
dé; pero haz que te lo pongan en tu barril u otra vasija.
“Item: te prohíbo tener otra compañía de mujer que la
tuya.
“ltem: te prohíbo, en yendo por los campos, contestar a
aquel que te interrogue, si primeramente no estuvieres fuera del camino, a
sotavento, para que no infectes a nadie, y también que de ahora en adelante no
vayas por un camino estrecho, para que no te encuentres con nadie.
“Item: te prohíbo, si la necesidad no te obligare, pasar
por un sendero, por los prados, tocar plantas y arbustos sin ponerte antes los
guantes.
“ítem: te prohíbo tocar a los niños y a los jóvenes,
cualesquiera sean, ni tampoco darles, ni a los demás, cosa alguna.
“Item: te prohíbo de ahora en adelante comer o beber en
compañía, sino con los leprosos.
“Sin embargo, no te enojarás por estar separado de los
otros, por cuanto esta separación no es más que corporal; en cuanto al
espíritu, que es lo principal, estás siempre tanto con nosotros como los demás;
y tendrás parte y porción en todos los ruegos de nuestra Santa Madre Iglesia,
como si personalmente estuvieras todos los días asistiendo al servicio divino
con los otros”.
Chantal no prosiguió la lectura y arrojó el libro del
doctor Ramelot al otro extremo del camarote. Hubiera preferido no haber releído
nunca esas pocas lineas, que la atormentarían durante el resto de la travesía.
“Te prohíbo...” No era necesario que la sociedad moderna le prohibiera lo que
fuese; sabía muy bien lo que debía hacer. Su decisión habla sido tomada de
manera irrevocable.
Instintivamente cogió un objeto que se encontraba siempre
sobre la mesita de noche, colocada a la derecha de la cama. Era un juguete, un
conejito de felpa rosada, con la oreja izquierda colgando inerte: parecía haber
sido mordisqueado por un niño o un animal. ¿Sería, tal vez, el juguete favorito
de Iru?
Sus largas manos lo acariciaron, y acercó el juguete a los
labios, murmurando:
—No sé lo que me pasaría sin ti...
Si el ingeniero hubiera podido verla en ese momento,
habría tenido la certeza de que Chantal era supersticiosa, pero no adivinaría
nunca el secreto que se ocultaba tras el vulgar fetiche. Estaba muy decidida,
por otra parte, a que el ingeniero no conociera ninguno de los suyos y sobre
todo el de su enfermedad. Robert conservaría sus ilusiones y quedaría bajo la
impresión maravillosa de dos veladas pasadas en común. Chantal sabía demasiado
que él descubriría todo si continuaba viéndolo.
Le había sido difícil, ya, sostener la vista cuando la
interrogaba a propósito de su horror a los gatos. Había estado a punto de
contestarle:
—Un gato siamés me ha transmitido la lepra.
Esta declaración brutal le habría hecho perder ciertamente
la compañía de ese hombre, que le hubiera vuelto la espalda; no estaba aún
suficientemente enamorado para aceptarla con su enfermedad. La víspera, al
sentir sobre sus dedos aquel beso ardiente, Chantal había comprendido que la
amaba; sería horrible si conociera la verdad. No se puede querer a una leprosa.
Debía evitarlo, como había evitado a todo el mundo en París. Y de nuevo revivió
la semana de angustia pasada en la capital después de la revelación del
profesor Chardin.
Se volvía a ver abandonando, en la plaza
Saint-Germain-desPres, el taxi en que había huido de su domicilio del bulevar
Suchet. Desde Saint-Germain-des-Pres se había dirigido a pie, valija en mano,
hacia la calle Saint-André-des-Arts, y había entrado en un hotel de modesta
apariencia que se llamaba Hotel des Étudiants.
Chantal había habitado ese hotel, perdido en una de las
más viejas calles de la capital, antes de anclar en la calle VictorMassé; era
entonces bailarina en el dancing de Montparnasse, donde la señora Royer la
encontró.
El gerente del hotel era el mismo: un hombrecillo
entrecano y ligeramente encorvado, conocido en todo el barrio por el mote de
“Pata de Resorte”, debido a su pie cojo.
“Pata de Resorte" acogió a Chantal con una amplia
sonrisa y le dijo, alcanzándole la ficha policial que debía llenar:
—La señorita no tiene más que firmar: me acuerdo
perfectamente de su nombre. ¿Quiere la habitación que ocupaba en el sexto?
—Sí —respondió ella.
El Hotel des Étudiants no tenía ascensor; no lo tendría
jamás. El gerente aprovechó esto para tratar de entablar conversación en cada
rellano:
—¿La señorita es artista todavía? ¿Tal vez la señorita ha
viajado? Es siempre un gran placer para nosotros volver a ver a nuestros
antiguos clientes... En el mismo piso que la señorita, en el número ocho
exactamente, tenemos una bailarina.
Chantal no decía nada. Cuando la puerta de la reducida
habitación abuhardillada se cerró tras la charla de “Pata de Resorte", se
dejó caer sobre la cama y se echó a llorar. Todos sus actos, desde el momento
en que el doctor Petit la había ayudado a bajar la escalera de la clínica del
profesor Chardin. hasta entonces, no habían sido más que una sucesión de
reflejos mecánicos. Cuando se encontró de nuevo sola, en su antigua habitación
del hotel, cuyo precio le costara tanto pagar algunos años antes, el resorte de
la máquina se rompió.
Todo lo que había hecho o emprendido desde el día en que
entró en Marcelle et Arnaud se reducía a nada. Volvía a su punto de partida: el
Hotel des Étudiants. La idea del suicidio estaba presente. Si en verdad estaba
atacada por la enfermedad inexorable, no le quedaba más que un recurso:
eliminarse. Se prestaría un servicio a sí misma y a la sociedad. El temor del
más allá no la atormentaba. Desde la gran calamidad de su infancia no deseaba
más que una cosa: vivir en el lujo. Para ella, el único interés de la
existencia consistía en adquirir el bienestar. En el momento preciso que tenía
la satisfacción de alcanzar su ideal en plena juventud, todo se hundía.
Los médicos le habían repetido varias veces que no estaba
aún en estado contagioso; esto quería decir que lo estaría algún día. Chantal,
como millones de personas, había oído decir siempre que la lepra era incurable.
La sola palabra “lepra”, pronunciada mentalmente, la hacía estremecerse de
horror. Recordaba haber visto, en la casa de la anciana señora donde la
Asistencia Pública la había colocado, cierto grabado que representaba a un rey
de Francia visitando a los leprosos; éstos estaban dibujados con narices roídas
por la enfermedad, orejas hinchadas, miembros atrofiados; todos estos despojos
humanos trataban de esconder su despiadada fealdad bajo largos vestidos de
sayal. Puesto que ella era soberanamente hermosa y no amaba sino lo bello, no
era posible que hubiera contraído esta enfermedad monstruosa, que, un día, tal
vez muy próximo, la haría parecerse a los personajes del grabado. Cierto, Iru
la había, arañado, ¡pero no era la primera vez en nueve años! Llegaba casi a
lamentar el gesto abominable que la había impulsado a matar a su viejo
compañero de miseria y de esplendor.
La noche había caído por completo cuando abandonó la
habitación y salió del hotel, tras haber colgado la llave en el tablero del
escritorio. Ejecutó, mecánicamente, ese gesto olvidado desde su cambio de vida.
Avanzaba en línea recta, sin fin determinado. Por más de
una hora anduvo por ese barrio latino que parece siempre dispuesto a acoger a
los desesperados, dejando deliberadamente a su derecha la calle
Saint-André-des-Arts, donde, decididamente, se sentía incapaz de pasar la noche
sola en una pieza de hotel. Prefería aturdirse, no pensar más en nada, ni en
los médicos ni en su pesadilla. Había atravesado la Plaza de la Concordia, y
por la calle Royal se dirigió hacia ese Montmartre donde podía emborracharse de
champaña y de ruido. Mañana, después de una noche en blanco, estaría sana: de
ello estaba segura. Las horribles manchas habrían desaparecido; regresaría a su
departamento junto a todo lo que ella amaba; iría otra vez con Jacques un
domingo por la noche a Les Ambassadeurs, seguiría comprando en Marcelle et
Arnaud todos los vestidos que le gustaran a la señora Berthon. Su vida
recuperaría el curso normal de alegría y de lujo; ¿quién sospecharía que había
tenido lepra durante veinticuatro horas?
En ese extraño estado de ánimo, abrasada la frente, el
espíritu sobreexcitado, penetró en un bar de la calle Pigalle, de donde se
escapaban las notas rítmicas de un piano que tocaba una melodía de jazz. El bar
estaba desierto; el pianista, muchacho alto de pelo rubio rizado hasta el
cuello, y cuya fisonomía demacrada indicaba que no debía comer todos los días,
improvisaba. Unica ocupante de un taburete, Chantal pidió un whisky. Cuando
estaba próxima a dejar aquel establecimiento siniestro, la puerta se abrió para
dar paso a un hombre moreno, joven todavía, que pidió con voz clara:
—¡Un grog americano, bien caliente!
—El invierno se acerca, ¿no es así, señor? —le dijo el
barman, mientras preparaba la bebida.
—Me río del invierno. ¿A qué hora se abren las boites?
—Dentro de media hora.
—¿Qué hay de interesante por ahí?
—Sans Souci..., un nuevo cabaret que tiene una excelente
orquesta. Encontrará allí lindas chicas.
El hombre no respondió, contentándose con mirar el ancho
espejo que formaba el fondo de la decoración del bar. La admirable figura de
Chantal se reflejaba en él, con los ojos azules que lo miraban. El desconocido
de una noche no tenía ya necesidad de buscar la linda chica; estaba sentada a
su lado.
—¿Puedo ofrecerle algo? —le preguntó.
—Sí —contestó ella, sin la menor vacilación—. Tomarla con
gusto un whisky: apenas será el segundo.
—¿Para entrar en calor o para ahogar una pena?
—Ambas cosas.
—Estamos más o menos en idéntica situación. Ha tenido
usted la misma idea que yo: un breve recorrido por Montmartre para disipar el
aburrimiento. Se me ocurre una cosa que le va a parecer execrable: si
asociáramos nuestras mutuas soledades, ¿la noche nos parecería, tal vez, menos
lúgubre? Podríamos empezar por Sans Souci, exactamente el título que nos
conviene...
—Acepto.
—¿Le gusta el baile?
—Me enloquece, cuando necesito olvidar.
—Bailaremos, beberemos, cenaremos, nos tomarán por dos
enamorados, y verá usted que el amanecer llega pronto.
El hombre había deslizado todo eso en un tono bastante
simpático. “¡Matar el tiempo con éste o con otro!", pensó Chantal.
El ambiente de Sans Souci era íntimo, las luces discretas,
la atmósfera suave. Chantal y su compañero sólo dejaron de bailar para beber.
Chantal se daba perfecta cuenta de que esta alegría forzada era ficticia, y en
él fondo horriblemente triste; pero estaba decidida a no pensar mucho en ello.
A cada baile el abrazo de su caballero se estrechaba; los cuerpos se
aproximaban cada vez más; el hombre tenía buena estampa. Tras un momento de
indecisión ella le preguntó:
—¿Cuál es su profesión?
—Médico.
Chantal interrumpió el baile.
—¿De veras? Vamos a sentarnos. Usted me interesa.
Al llegar a la mesa no pudo dejar de pensar: ‘Los médicos
me persiguen».
—Espero que no me hará una consulta a estas horas y en
este ambiente.
—No, simplemente algunos informes... ¿De qué especialidad
se ocupa usted?
—¡Oh!, de clínica general. Soy interno del hospital
Beaujon.
—¿Qué hace aquí?
—Yo podría preguntarle lo mismo... Puesto que parece usted
decidida a permanecer envuelta en misterio, no trataré de levantar el velo y, a
pesar de ello, voy a confiarle todo... Lo que voy a decirle va a parecerle, sin
duda, pueril. ¡Tanto peor! Yo también tengo necesidad de olvidar esta noche
todos los horrores que he visto durante el día. No puede usted saber lo que
significapermanecer, a despecho de una profesión en la que se debería ser duro
y acorazado contra la fealdad, enamorado de la belleza. Se la encuentra en
todas partes, salvo en un hospital. Cuando he visto en realidad demasiadas
fealdades, como hoy, es absolutamente necesario aturdirme. .Voy a una, dos,
tres boites, sediento de música y de alegría. Generalmente encuentro una
muchacha que elijo siempre hermosa, a la que hago mi mujer por una noche. En
sus brazos, al contacto de su cuerpo sin llagas, olvido que a la mañana
siguiente me encontraré nuevamente con monstruos.
—Lo comprendo muy. bien. ¿No le sucede nunca, sin embargo,
querer prolongar una aventura?
—No siento la necesidad de estar dos veces con la misma
mujer.
—Me gusta su franqueza. ¿Y esta noche qué va a hacer?
—Como de costumbre: al salir de aquí o de otra boitre,
será usted mi amante.
—¿Y si no quiero?
El interno alzó los hombros
—Deje ya de volverse contra sí misma: usted lo necesita
aun más que yo.
Ella no contestó y le apretó la mano. Permanecieron así,
silenciosos, durante un minuto que podría haber durado un siglo.
—¿Me encuentra, pues, bastante hermosa para
contrabalancear todos los males que ha visto hoy?
—Es usted probablemente la más linda de todas las que he
encontrado —murmuró el hombre.
—Entonces, vamos.
Se detuvieron ante una entrada cuya débil iluminación
permitía leer en una placa: “Habitaciones amuebladas confortablemente, por hora
y por día”. Al subir la escalera, parecida a tantas otras, Chantal fue presa de
una angustia loca: ¿y si el hombre, que era médico, descubría aquellas manchas
sobre su cuerpo?
Cuando la puerta volvió a cerrarse después de que el mozo
del piso hubo recibido la propina, Chantal se desnudó sin pronunciar palabra.
El interno, no obstante estar acostumbrado a ver cuerpos desnudos, quedó
algunos instantes en contemplación ante esa estatua de carne. Las manchitas
rosadas y ovaladas estaban allí, en el nacimiento de la nalga. Chantal se
volvió intencionalmente para que la mirada del joven médico fuera atraída por
ellas.
—¿Qué tiene ahí? —le preguntó, acariciándole la pierna.
—No sé. No creo que sea muy grave. ¿Cuál es su
diagnóstico, doctor?
—Cuanto más, una crisis de urticaria. He ahí lo que
resulta de comer demasiada langosta a la americana.
—¡Eso dice usted! ¿Pero si fuera una enfermedad mucho más
grave: lepra, por ejemplo?
—Estás completamente loca, amor mío —contestó el interno,
tuteándola por primera vez. La había colocado, con infinita dulzura, sobre la
cama, y se arrodilló ante ese cuerpo desnudo.
—Te adoro, mujer desnuda —le dijo—. Y te beso las manchas,
aun cuando fueran las de una leprosa.
Chantal tuvo un escalofrío extraño, mezcla de sadismo y
voluptuosidad, al sentir los labios del médico rozar su cuerpo en el lugar
donde la enfermedad se revelaba.
Cuando el hombre se levantó, en los ojos le ardía
locamente el deseo...
La débil luz del día, filtrada por los postigos, la
despertó.
Cuando abandonaban la habitación, el hombre la tomó en los
brazos:
—Déjame besarte una última vez. Aquí, será más
conveniente: a partir del momento en que estemos en la calle, volveremos a ser
dos extraños.
—Es el pacto que hicimos anoche.
—Lo cumpliremos. Por una vez, creo que voy a lamentarlo.
No quisiera aparecer indiscreto, pero mi oficio me ha enseñado a conocer las
dificultades de la vida. Penníteme dejarte un regalito.
—¡Estás loco! No soy una profesional. Cuando siento deseos
de entregarme elijo a mi compañero. Vete, estamos en paz.
—En tal caso, no te abrazo más y te beso la mano.
Perdóname si me voy tan pronto. Los enfermos tiene necesidad de mis modestos
servicios.
—Dime, no obstante, tu nombre —le pidió Chantal, cuando
tenía ya la mano sobre el picaporte.
—No, es vulgar y feo.
—Entonces, te bautizo “Mi punto de interrogación”... Señor
“Punto de interrogación”, conteste a mi última pregunta y quedará en libertad
de correr hacia el crepúsculo. Voy a parecerte obstinada. ¿Existen en París
otros especialistas en lepra además del profesor Chardin?
—¿Lo conoces? ¿No serás, acaso, una periodista encargada
de escribir un artículo sobre esa rara enfermedad?
—Has descubierto mi secreto.
—¡Caramba! No deben aburrirse en las salas de redacción.
Voy a darte una información preciosa para tu reportaje: no hay nadie más
competente que Chardin sobre lepra, pero te interesará ir al hospital
Saint-Louis. Es el único en París que posee un pabellón especial para leprosos.
Ve a visitarlo; podrás ver a esos hombres y mujeres en libertad. Te prevengo,
desde ahora, que no es muy agradable para una joven hermosa y elegante como tú.
Eso te permitirá, sin embargo, formarte una idea general sobre la materia. Y
ahora, ¡me escapo!
El interno habla cerrado ya la puerta. Chantal se sentó en
la cama todavía en desorden, se levantó rápidamente el vestido, desprendió la
liga, bajó la media, se miró la nalga y lanzó un grito de alegría que debió
repercutir en todas las habitaciones: las manchitas rosadas y ovaladas habían
desaparecido. Lo mismo había sucedido con las de la espalda. Después de un
atento examen, Chantal pudo comprobar que su cuerpo ya no tenía ninguna mancha.
La noche la había librado para siempre de la abominable enfermedad. Su
compañero le había dado una dirección preciosa: iría, a pesar de todo, al
hospital Saint-Louis para hacerse examinar. Estaba ahora segura de que ese
viejo asno de profesor se había equivocado; tendría de ello la prueba una hora
más tarde. No por ser competente se es infalible.
Era la primera vez en su vida que Chantal franqueaba la
entrada de un gran hospital. Ignoraba por completo que penetraba en uno de los
monumentos más célebres del viejo París; los edificios antiguos y ennegrecidos
daban una impresión de museo, pero de ningún modo el deseo de hacerse curar
allí. Cuando le preguntó al portero, con fingida desenvoltura: “¿El pabellón de
los leprosos?”, y éste le hubo contestado: “Pasando el tercer patio interior, a
la izquierda”, todo su ser tuvo un estremecimiento; ¿era posible que esos
desgraciados estuvieran alojados y cuidados en un lugar semejante?
La sorpresa fue grande al comprobar que ese pabellón de
ladrillos rojos era, evidentemente, el más moderno del hospital. Sobre la
puerta de acceso, una inscripción grabada indicaba a los visitantes que se
encontraban ante una fundación de la Orden de Malta. Al trasponer el umbral,
Chantal quedó petrificada de asombro: el vestíbulo estaba ocupado por una larga
fila de enfermos que acudían a la consulta matinal, efectuada en un gabinete
cuyas paredes de vidrio esmerilado impedían ver el interior.
No tuvo ánimo para acercarse a la fila de los enfermos, ni
para pedirles siquiera la menor información. Uno de ellos, el segundo de la
fila, le pareció más monstruoso que los otros; la piel del rostro se le había
hinchado, tomándose sobreabundante; las partes levantadas estaban separadas
entre si por surcos estrechos y profundos; se diría que aquella cabeza había
sido atada irregularmente con hilos y que éstos, al hundirse, hubieran
acentuado los pliegues. Era un hombre con cara de león. Una mujer, la última de
la fila, era igualmente pavorosa; a la inversa del hombre león, la piel y los
músculos de la cara estaban atrofiados. El rostro, enflaquecido, se desecaba.
Los músculos de los ojos y de los labios parecían paralizados; los ojos estaban
constantemente abiertos, con mirada atónita y fija; la boca, de comisuras
vacilantes, parecía inerte, lúgubre. El conjunto de la cara era melancólico y
tieso: esta desgraciada no era más que un cadáver ambulante.
Chantal sonreía interiormente cuando comparaba las
pequeñas e insignificantes manchas que había tenido en el cuerpo con ese montón
de tejidos abotagados y destruidos. Los enfermos esperaban resignados, sin
decir palabra. La mirada de algunos estaba fija en la joven, que creyó
descubrir en ellas fulgores de odio. “Es explicable”, pensaba; “estos monstruos
deben de estar celosos de mi belleza; no debí venir a ultrajarlos, así, con
toda mi elegancia, para verlos de cerca”. A pesar de todo, hizo un esfuerzo para
superar la repugnancia y preguntó al primer enfermo de la fila:
—¿El médico jefe, por favor?
El hombre indicó con el brazo la puerta del gabinete. Miró
instintivamente aquel brazo envuelto en un manto vulgar: la mano sobresalía de
la manga, una mano en la que los dedos estaban encogidos en forma de garra, y
las falanges se habían reabsorbido. Esa mano indicadora no era sino un muñón en
la punta del cual una uña atrofiada permanecía de través. Chantal se irguió
para llamar a la puerta, que se abrió ante una enfermera.
—¿Qué desea, señorita?
—Hablar con el director de este servicio.
—¿El doctor Ramelot?... No ha llegado todavía. ¿Con qué
motivo?
—Un reportaje —soltó Chantal, tras un momento de
vacilación.
—¿Tal vez querría ver usted al interno de servicio,
mientras llega el doctor?
—No, esperaré.
La atmósfera del pabellón era irrespirable, no porque
estuviera menos ventilado que otros —muy al contrario—, sino porque la
presencia de aquellos rostros estropeados la tomaban penosa. Chantal tomó la
decisión de esperar al doctor Ramelot delante de la entrada; cuando se disponía
a abandonar el vestíbulo, la puerta del gabinete de consultas se abrió. Un mozo
alto, pálido, vestido de blanco —sin duda alguna el interno—, se dirigió hacia
ella.
—Mi ayudante acaba de explicarme, señora, el objeto de su
visita... Es plausible que los diarios se interesen, al fin, por nosotros y por
la asistencia que se prodiga en este pabellón. Como no quiero que pierda usted
su tiempo, voy a hacerle conocer nuestra instalación, a la espera del doctor
Ramelot, quien podrá contestarle todas las preguntas.
Este hombre, rubio y delgado, se expresaba en tono
monocorde, con voz casi inexpresiva; le pareció a Chantal el vivo contraste de
su compañero de la noche.
Con el mismo tono de voz, preguntó:
—¿Puede saberse para qué diario trabaja usted, señora?
—Soy corresponsal de diarios extranjeros —contestó
rápidamente Chantal.
—No me parece mal que el extranjero se informe del
esfuerzo considerable hecho aquí para el tratamiento de la lepra. Este pabellón
es probablemente el más moderno de Europa. Si le parece, comenzaremos por el
laboratorio.
—¿Todos estos enfermos lo esperan? —preguntó Chantal.
—No se preocupe por ellos. Están acostumbrados... Algunos,
como la viejecita que ve allí, la penúltima de la fila, vienen todos los dias,
mañana y tarde, a la consulta, desde hace quince años. Estaba ya en tratamiento
en el hospital Saint-Louis antes de que se construyera este pabellón. Es una de
nuestras más antiguas pensionistas.
—Debe ser terriblemente contagiosa.
—Sí y no. No crea que los enfermos en los que el mal se
manifiesta de la manera más visible son los más contagiosos... Desde que estoy
en este servicio he conocido en esta buena mujer dos períodos, durante los
cuales no era ya contagiosa. Nosotros creemos poco en la curación definitiva;
esperamos siempre la recaída, después de la cual el tratamiento es todavía más
pobre en resultados. Aun cuando uno de nuestros enfermos deja de ser
contagioso, no podemos despedirlo. ¿Quién se haría cargo de esta pobre mujer
cuya cara está desfigurada, el cuerpo tumefacto y los miembros carcomidos? Su
familia la ha rechazado deliberadamente: se comprende muy bien que no quiera
cargar con un fardo odioso y los riesgos eventuales en caso de recaída. Por eso
los conservamos. En síntesis, ella viene a formar parte del “fondo comercial”
del pabellón. Cada leprosería tiene, de este modo, un cierto número de
clientes, que se hallan muy bien allí y que no cambiarían de lugar por todo el
oro del mundo.
Chantal escuchaba a su guía con azoramiento... ¿Podría ser
que existieran seres humanos cuya única ambición fuera acabar sus días en esta
atmósfera de putrefacción lenta?
—Aquí está el laboratorio —le dijo el interno, abriendo
una puerta—. Estas colaboradoras devotas trabajan en él desde hace varios años,
bajo la dirección de bacteriólogos, para tratar el bacilo de la lepra, que es
bastante parecido al de la tuberculosis. Cuando un caso de lepra nos es
indicado, es aquí donde lo determinamos de una manera rigurosa, aplicando a los
bacilos la coloración por la fucsina y el violeta de la genciana, que se mostró
tan útil para el estudio del bacilo tuberculoso.
—¿La reacción es infalible?
—En pocos minutos sabemos si alguien tiene lepra.
Chantal no se sentía muy a gusto y prefirió cambiar de
conversación.
—¿Todos los enfermos que esperan la consulta viven aquí?
—Solamente algunos: los que están en período contagioso.
Los otros son enfermos libres que habitan en sus casas y vienen a hacerse
atender.
—¿Se los deja en libertad?
—En Francia, señora, ninguna ley obliga a un leproso a
vivir fuera de la comunidad de los demás hombres. Esa ley existe en ciertas
islas del Pacífico, pero no aquí.
—¡Es una locura! —exclamó Chantal—. Esos leprosos en
libertad pueden llevar la enfermedad a todo el país.
—Felizmente, señora, la lepra no es tan contagiosa como se
quiere hacer creer. Es indispensable que usted sepa todo esto antes de escribir
los artículos. La gente ha escrito poco, pero en cambio ha dicho una enorme
cantidad de tonterías con respecto a la lepra. Los que hablan de ella sin
autoridad son criminales que causan un perjuicio terrible a los leprosos o a
los que se proponen curarlos. Es así como se ha informado que había lepras
abiertas que expandían bacilos y lepras cerradas, como hay tuberculosis
abiertas y cerradas; leprosos contagiosos y no contagiosos. ¿Por qué aislar a
estos últimos más bien que a los primeros? ¿Por qué no habrían de venir los
leprosos a hacerse tratar libremente en los consultorios de hospital y en los
dispensarios? No aislamos a los tuberculosos ni a los sifilíticos. Hay tantas
razones para aislar a unos como a otros. Pero, he aquí el mal: son tantos... La
lepra es una enfermedad como las otras, tratable, curable. Desgraciadamente, no
se sabe. Corresponde a nosotros, que investigamos, y ustedes, periodistas, que
tienen por misión formar la opinión pública, instruir al mundo. Ciertamente, el
tratamiento de la lepra tal como se halla hoy en día no se equipara en eficacia
al de la sífilis, pero sobrepasa ampliamente al de la tuberculosis.
Chantal comenzaba a escuchar a este joven tranquilo con
una especie de admiración creciente. La palidez de su semblante demacrado
parecía haber aumentado a medida que el hombre hablaba.
—¿Cuántos enfermos atienden ustedes actualmente? —preguntó
la presunta periodista.
—Tenemos siempre unos treinta y viven en el pabellón: los
contagiosos seguros. Contamos también, más o menos, otros doscientos que
circulan libremente por París y vienen a hacerse atender con mayor o menor
regularidad.
—¿Cuántos leprosos estima usted que hay en Paris y en
Francia?
—Ciertamente, algunos miles que no se han declarado y se
esconden por las razones estúpidas que le he expuesto. Es muy difícil
censarlos, tanto que los médicos no han conseguido hacerles llenar una ficha en
la prefectura de policía.
—¿Los médicos están obligados a declarar todos los casos
de lepra comprobados por ellos?
—Sí; so pena de las más severas sanciones. Es
aproximadamente la única protección, bastante ilusoria, que existe en Francia
contra la extensión de la enfermedad. Se está obligado a declarar el nombre y
la dirección del leproso, como se declaran los casos de difteria.
Chantal reflexionaba. El doctor Petit no podría guardar el
secreto profesional el día en que ella alcanzara el estado contagioso.
Felizmente, ahora se hallaba segura de haber sido víctima de un error
monstruoso. Después de haber visto verdaderos leprosos, ya no era posible
ninguna duda.
—¿Tienen ustedes enfermos que no abandonan nunca sus
habitaciones?
—Algunos; los más contagiosos. Vamos a ir a verlos en el
primer piso.
—¿Los leprosos que ustedes atienden aquí son de raza
blanca?
—Sí. Ya lo ha visto usted. Generalmente, han contraído la
enfermedad en los países tropicales. Aunque en los últimos años hemos
registrado nueve casos de franceses que no habían salido de la metrópoli.
Enfermaron por el contacto con coloniales o marineros que regresaron leprosos a
la madre patria sin saberlo.
En un relámpago, Chantal volvió a ver la fisonomía del
marinero bretón que le había regalado a Iru. Aquel mozo no tenía ningún signo
visible, lo recordaba muy bien, estaba perfectamente bien constituido, sano y
fuerte.
A ambos lados del corredor del primer piso había puertas
de vidrio que permitían vigilar el interior de las habitaciones. El interno se
detuvo delante de una de esas puertas y designó al ocupante, que, vuelto de
espaldas, parecía muy absorbido por un trabajo de carpintería.
—Le presento al señor Jeff. Era estibador en Saigón.
Regresó hace siete años; lo creo incurable. No haga ruido, tiene un carácter
irritable, como la mayor parte de sus compañeros; si advierte que lo miran,
monta en violenta cólera; no admite que pueda tenerse con respecto a él una
mirada de piedad siquiera. ¡Y sabe Dios! ¡Si viera usted su cara!
—¿Qué hace?
—Toda clase de trabajos, está ocupado el día entero. Le
confiamos la ejecución de pequeñas labores para el pabellón; se lo retribuimos.
Esto le permite comprar estampillas: es un filatelista distinguido.
—¿Tiene derecho a salir?
—No podemos impedírselo. Las horas en que no está aquí
puede tener la seguridad de encontrarlo en el mercado de estampillas de la
avenida Marigni.
—¡Es espantoso! —declaró Chantal—. ¡Cuando se piensa en la
cantidad de niños que frecuentan ese mercado!
El interno la tomó del brazo, cuchicheándole:
—¡Cuidado! Nos ha visto.
El enfermo se había vuelto. Debió oír la exclamación de
Chantal y se precipitó hacia la puerta, que abrió aullando como un condenado:
—¿Qué hacen ahí? ¡No necesito que vengan a mirarme como a
un animal raro! ¿Han comprendido? Ocúpense de sus cosas; es todo lo que les
pido...
Volvió a cerrar la puerta violentamente y dando la espalda
violentamente y dando la espalda se inclinó de nuevo sobre su pequeño banco de
artesano, instalado frente a la ventana.
Ante esta aparición, Chantal no pudo evitar, horrorizada,
retroceder unos pasos: Jeff ya no tenía nariz.
—Me reprocharía haberle hecho terminar esta visita sin
haberle presentado a la decana de nuestras pensionistas, la madre Catherine,
que es francesa y parisiense. Tiene setenta y ocho años, lo que desmiente
aquella afirmación de que los leprosos mueren jóvenes. Llego a creer, además,
que la buena mujer ha sido conservada por su lepra. Yo no abriría la puerta: su
habitación está llena de insectos. Ahí está acurrucada... Vive en ese rincón.
No hay medio de hacerla sentar en una silla o tenderse en una cama. Esta mujer
ha debido estar siempre sentada en el suelo, en cuclillas, a la usanza de los
árabes u orientales. Nunca conseguimos que se lavara: está cubierta por toda
clase de parásitos, a punto tal que los otros pensionistas le huyen como a la
peste. nsayamos ya los medios heroicos, la ducha forzada, pero gritó de una
manera y representó una comedia tal en cada sesión que debimos renunciar. La
madre Catherine quiere vivir con su mugre.
—¡Y su lepra!
—Sí. No ha dejado la habitación desde hace un año, cuando
la trajimos.
—¿Dónde vivía antes?
—En una sórdida casa de Pré-Saint-Gervais. Los vecinos,
que, ¡Dios lo sabe!, no eran muy delicados, se quejaron del olor nauseabundo
que esparcía. Fue llevada en un coche de la policía, y el servicio sanitario de
la prefectura advirtió sencillamente que estaba leprosa; el cuerpo, que ella
esconde bajo sus harapos, no es más que una llaga. No quiere admitir ningún
tratamiento.
—¿Y qué van a hacer ustedes?
—Dejarla morir tranquilamente, ya que ése es su deseo.
—Es horrible, doctor. Hay que hacer algo por esta mujer.
—Si el corazón se lo manda, abra la puerta... e intente
convencerla.
Chantal tenía ya la mano sobre el picaporte, pero se
contuvo: no podía correr el riesgo de llevar toda esa peste de insectos a su
departamento del bulevar Suchet, adonde irla para almorzar. Quería, sin
embargo, tener un gesto para aquella miserable.
—¿Qué es lo que a ella le gusta?
—Nada. Permanece postrada durante días enteros. Dos o tres
veces he conseguido arrancarle algunas palabras. ¡No es tonta, la vieja!
Examinando de cerca los rasgos de la cara que han quedado relativamente
intactos y no han sido afectados por la enfermedad, se advierte que debió ser
diabólicamente bonita... ¿Quién sabe? Catherine ha podido ser tal vez una reina
de París en otro tiempo, una gran cortesana o la amante de hombres colosalmente
ricos. ¡La vida es tan rara!
El interno fue interrumpido en sus disertaciones
sociológicas por la llegada de una enfermera que le dijo:
—El señor médico jefe acaba de llegar. Espera a la señora
en el consultorio.
El doctor Ramelot no se parecía a su ayudante. Era tan
jovial como voluminoso.
—Ya sé, estimada señora, que uno de mis ayudantes le
ha hecho conocer nuestro pabellón. Ha visto el lado
práctico: no es suficiente. Antes de escribir el menor artículo es
indispensable que descubra usted el lado psíquico del tratamiento de la lepra.
Por eso me permitiré darle este pequeño volumen, que he publicado hace algunos
años, y que se titula La Psicología de los leprosos. Tendré el placer de
garabatearle, sobre la portada, una dedicatoria...
El médico estaba ya en su posición favorita, la
estilográfica en la mano.
—Doctor, me conmueve este homenaje —le respondió Chantal—.
No hay más que un pequeño inconveniente: si debí hacerme pasar por periodista
frente a sus subordinados, fue un poco por respeto humano y mucho porque no
deseaba confiarme sino a usted. No es un reportaje lo que necesito, pero si una
consulta de la que dependerá mi tranquilidad futura o mi desesperación.
El doctor Ramelot abría desmesuradamente los ojos y
parecía muy molesto al tener que guardar la estilográfica.
—La escucho, señora —refunfuñó disgustado.
—Voy directamente al objeto de mi visita: ayer, dos
médicos, cuyos nombres no querría revelarle, me aseguraron que había contraído
la lepra. Necesito tener la certeza y vine pedirle su opinión.
El médico suspiró ruidosamente y estalló en sonora risa
inextinguible, que repercutió en toda la planta baja del pabellón
—¡Si es una broma de alguno de mis colegas, permítame
decirle, estimada señora, que la encuentro algo pesada! ¡Parecería,
verdaderamente, que han elegido a la mujer más bella para hacerle creer que
estaba atacada por la enfermedad más fea! Es de un gusto dudoso... Lo que me
extraña es que usted haya tomado en serio una afirmación semejante, puramente
gratuita. Sería suficiente que cualquiera le dijese “tiene usted tal
enfermedad” para que estuviera convencida de que es verdad. Pero, estimada
señora, la lepra no se contrae tan fácilmente. Su rostro no presenta todavía
ninguno de los síntomas y no creo que tenga usted manchas en el cuerpo.
—Las he tenido.
—¡Ah! ¿Y como consecuencia de qué experimento de
principiantes esos médicos le han afirmado que estaba atacada?
—Hicieron una extracción en la mucosa del tabique nasal.
—Así y todo... Sin duda, para darle a usted la impresión
de que era grave... ¿No quiere revelarme el nombre de esos farsantes?
—Voy a darle el de uno de ellos: el profesor Chardin.
El obeso facultativo se había levantado al oír estas
palabras.
—¿Chardin? ¡Pero eso lo cambia todo! ¿Quién le ha
presentado a ese colega eminente!
—Un amigo, el doctor Petit, que me condujo al consultorio
del profesor. Personalmente, tengo la convicción de ser víctima de un error; es
la razón por la cual he venido a verlo. Dos opiniones valen más que una.
—Cuente conmigo, señora, y, suceda lo que suceda, tenga
presente que la enfermedad tomada en sus comienzos es curable. Chardin debió
explicarle ya.
La enfermera entraba en ese instante.
—Voy a hacer una extracción; la llevará usted al
laboratorio. Nadie debe enterarse, fuera de usted, del preparador y de mí.
Cinco minutos después, el doctor Ramelot le dijo
sonriendo.
—Ya está hecho.
El médico jefe prosiguió:
—Repare bien, estimada señora, que su caso me sorprende;
si el resultado del análisis de laboratorio es positivo, será usted, sin duda,
la primera enferma cuya cara no ha sido alterada en lo más mínimo. Lo cual es
una suerte inmensa; cuidándose en seguida podemos esperar que continúe así...
No sufrirá nunca el horrible dolor moral de ver, como la mayor parte de los
leprosos, su rostro obliterado, manchado, envilecido, destruido parcialmente.
Piense que las jóvenes leprosas se contemplan en el espejo como todas las
demás; ven hombres jóvenes y apuestos, que las miran a su vez. Os bomini
sublime dedit... Dios ha dado al hombre una cara levantada hacia el cielo. El
leproso, cuando pasa asu lado, baja la cabeza.
El regreso de la enfermera interrumpió al doctor Ramelot,
que echó una mirada sobre la hoja de papel que le tendía su ayudante. Después
de un corto silencio despidió a la enfermera y dijo sencillamente a Chantal:
—Señora, el profesor Chardin no se equivocó.
Esta vez, la joven no estalló en sollozos. Había llorado
demasiado el día anterior. Su fuente de lágrimas estaba agotada. Se puso de pie
sin decir una palabra y se dirigió hacía la puerta. En el momento de
franquearla, tuvo la fuerza de volverse decir, con una sonrisa, al médico jefe:
—Le agradezco su acogida, doctor, y su comprensión. No nos
volveremos a ver, ciertamente: por eso le pido no hablar nunca de mi visita a
quienquiera sea. Quisiera llevar La Psicología de los leprosos, que la
necesitaré más que si fuera periodista. No hay como estar en la piel de un
personaje para comprenderlo del todo...Dentro de algún tiempo le escribiré para
decirle si su libro es veraz.
—Debería usted volver a ver al profesor Chardin. Puede
atenderla mejor que yo aquí: lo haría con más discreción. Hay mucha gente en un
hospital, mucha gente que va y viene, entra y sale. He comprendido
perfectamente que no es esto lo que le convenía. Es preferible que sea su
médico habitual el que la registre en la prefectura de policía. Aquí, toda
declaración hecha por nuestros servicios se oficializa muy pronto.
Mientras hablaba, el doctor Ramelot había entregado
nuevamente su libro a Chantal.
—Ahora que conoce mi terrible secreto, doctor, tengo
curiosidad por saber qué dedicatoria va a poner.
—¿Tiene interés, realmente? —preguntó el médico, con
cierta duda—. Prométame no leerla hasta después de salir del hospital.
—Se lo prometo.
El doctor Ramelot escribió con rapidez algunas palabras
sobre la portada y le entregó el libro ya cerrado.
Chantal volvió a pasar rápidamente ante la fila de
enfermos, a los que no se atrevió a mirar. Casi corría al atravesar los patios
interiores del viejo hospital. Cuando se encontró nuevamente en la calle
Richerand, al aire libre, lejos del olor pestilente que expandían los leprosos
muy a pesar de ellos, dobló la primera página de La Psicología de los leprosos
y leyó: “Coraje. Recuerde siempre que su rostro ha sido creado para mirar hacia
el cielo”.
Estas imágenes habían desfilado en el recuerdo con rapidez
desconcertante: la evocación de aquellas horas de angustia no hizo más que
avivar en ella el deseo irracional de esconderse, de escapar a la convivencia
con el ingeniero. Se sentía de nuevo la mujer acorralada, que no tenía más que
una preocupación inmediata: huir de la sociedad, como lo había hecho ya al
abandonar París y Francia. Mientras rumiaba esos amargos pensamientos, sonó la
campanilla del teléfono; no descolgó el receptor, segura de oír en el otro
extremo del hilo la voz de Robert que insistía en volver a verla. Temía
flaquear al influjo de aquella voz clara, que amaba ya. El campanilleo no
cesaba, repitiéndose de continuo, punzante, perturbando la intimidad del
camarote. Saltó de la cama y se introdujo en el cuarto de baño para dejar de
oírlo; se vistió con rapidez. No quería permanecer en aquel camarote donde el
teléfono intentaba violar su secreto, ahí no se sentía ya en su casa.
Maquinalmente se fijó en la hora: eran las dieciocho. El ensueño la había
embargado durante dos horas. No almorzó y seguía sin apetito.
Salió del camarote tan rápidamente como había abandonado
el departamento del bulevar Suchet y la habitación del Hotel des Étudiants
Siguió el pasillo, subió una escalera, se encontró de nuevo sobre cubierta,
desapareció por otra escalera que la condujo a otro pasillo al final del cual
penetró en el salón de segunda dase. Estaba aún demasiado cerca de la primera
clase y de los departamentos de lujo; quería perderse en el interior de aquella
ciudad flotante y alcanzó, extenuada, la tercera clase, penetrando en una
amplia dependencia cuyo moblaje estaba lejos de ser confortable. Sobre bancos
circulares de madera, instalados contra las paredes de hierro, hombres,
mujeres, niños de todos los colores y de todas las razas esperaban,
melancólicos, que el Empress of Australia quisiera arrojarlos sobre una playa
hospitalaria. Sin que supiera muy bien cómo, Chantal se encontraba en la clase
de los emigrantes. Las mujeres, cubierto el pelo con pañuelos multicolores,
miraban con extrañeza y con envidia a esta pasajera elegante, que venía a
observar la miseria de ellas. La mirada de los hombres brillaba codiciosa.
Nadie podía dudar de que la hermosa visitante acababa de huir de la clase de
lujo para poner voluntariamente una barrera entre su corazón y un amor
imposible. Perdida, ahogada en la masa de emigrantes, olvidaría su propia
angustia: Robert no tendría jamás la ocurrencia de ir a buscarla a semejante
lugar. Y si llegara, huiría nuevamente para esconderse en el fondo de la cala
hasta que el paquebote dejara Singapur. Solamente entonces podría respirar,
volver al aire libre y al lujo, preparar el equipaje para desembarcar en
Sydney.
Se dejó caer sobre el banco circular, entre dos italianos
que la miraban con mezcla de curiosidad y compasión. En el centro del local,
donde la atmósfera excesivamente pesada era removida constantemente por el
torbellino de los ventiladores, y donde la luz del día no penetraba sino con
parsimonia por ojos de buey colocados a tanta altura que los emigrantes no
alcanzaban ni siquiera a divisar el mar, algunas parejas se habían abrazado
para bailar al son de un acordeón. El baile de los emigrantes comenzaba: duraría
toda la noche. No había razón alguna para que sólo las clases de lujo tuvieran
derecho a divertirse y a matar el tiempo. Un olor indefinible, mezcla de barniz
y de la grasa inferior con que las italianas untaban su largo pelo lacio, la
mareaba. El espectáculo de esta humanidad triste y vagabunda, zarandeada ‘sobre
los mares en busca de una felicidad negada en el país de origen, la
trastornaba. Pero por lo menos estas gentes eran sanas: ni el más enfermo de
ellos era leproso. Ella era la única del Empress of Australia, estaba segura,
y, sin embargo... esas caras estropeadas que la rodeaban, esos rasgos
consumidos, esos ojos con ojeras de vicio y de cansancio...
El acordeón no paraba nunca, las parejas valseaban; por
los ojos de buey no entraba ya ninguna claridad; la noche ardiente del Mar Rojo
se había abatido pesadamente sobre el navío; la atmósfera se volvió
irrespirable; no permanecería un momento más en medio de esa baraúnda
abigarrada que hablaba todos los idiomas; mediante un esfuerzo sobrehumano se
arrancó del banco donde había pensado permanecer hasta Singapur y huyó de
nuevo. Corría al azar por el dédalo de pasillos y escaleras; necesitaba
respirar otra vez el aire del mar. Lo encontró finalmente sobre el puente de
primera clase, que alcanzó por milagro. Lo recorrió con paso ligero, rozando
las sillas de reposo donde dormitaban mujeres descotadas, y ardían cigarrillos
sobre pecheras blancas; oyó al pasar hálitos de aires modernos lanzados por el
jazz del salón y derramados sobre la inmensidad de las olas a través de las
ventanas totalmente abiertas.
Encontró por fin el pasillo del camarote, donde penetró
deslizándose como una sombra. La cama, ya arreglada, se ofrecía de nuevo; una
cena traída por Williams la esperaba sobre una bandeja, un aire menos
pestilente penetraba por el ojo de buey; ella volvía a encontrar su lujo, aquel
detrás del cual había corrido durante su juventud y del que no conseguiría
prescindir jamás.
Cuando Williams penetró en el camarote, después de llamar
con toda la discreción posible, Chantal dormitaba todavía; sentía pesada la
cabeza, tenía fiebre y sufría un fuerte dolor en el brazo derecho; tenía la
sorprendente impresión de que una cuerda pasaba por detrás del codo y la ceñía
con violencia. Si se le hubiera ocurrido consultar en ese momento el libro del
doctor Ramelot, sabría que el nervio cubital estaba atacado. Y también que su
lepra era nerviosa, la peor de todas; aquella en que, al estar los nervios
enfermos, ni los músculos ni los huesos se nutren ya. A continuación
aparecerían rápidamente las deformaciones, de las que la más impresionante
sería la forma de garra que adquiere la mano. Chantal vería las falanges de sus
dedos totalmente reabsorbidas. Cuando esos maravillosos dedos, hechos para
lucir los más hermosos anillos del mundo y rozar los labios de sus admiradores,
no existieran ya, sus antebrazos descarnados parecerían varillas de leña seca.
La misma destrucción se encarnizaría contra los pies adorables, que tantos
amantes habían besado. La insensibilidad local, la descomposición de la piel
tan suave, las infecciones —contra las cuales los tejidos serian incapaces de
reaccionar— concluirían en afección perforante, la másgrande miseria de los
leprosos.
Felizmente para ella, Chantal estaba persuadida de que la
enfermedad sería detenida antes de haber consumado tales estragos.
Williams había depositado sobre el velador una caja de
frutas abrillantadas, con una tarjeta en la que leyó: “Robert Nicot suplica a
su única amiga de a bordo consienta en recibirlo”.
—Dirá usted a ese señor —dijo Chantal al camarero—que no
volveré a verlo jamás, ni a él ni a nadie, pero que le estoy muy agradecida por
su atención. ¡Siento horror por las frutas abrillantadas, Williams! Las comerá
usted en mi lugar. Tome esta caja.
—¡Verdaderamente, señora, no sé si puedo aceptar!
—Sí, puede..., y déjeme sola.
El camarero se retiró. Chantal dirigió una mirada sobre la
dirección inserta en la tarjeta del ingeniero, con la secreta esperanza de ver
el nombre de una calle de Paris que ella conociera, pero quedó sorprendida al
comprobar que llevaba ya la dirección de Robert en Singapur. Resolvió, no
obstante, conservaría en recuerdo de amables veladas y le halló un escondite
entre dos páginas de La Psicología de los leprosos.
El calor se volvía intolerable. El Empress of Australia
dejaba las aguas del Mar Rojo para surcar las del océano Indico, luego de poner
proa directamente hacia la península de Malaca. Dentro de tres días ocurriría
la llegada a Singapur y la despedida de Robert. Chantal no volvería a ver al
ingeniero, pero quería conservar de él la imagen que la había impresionado
aquella noche en que comprendió que sus corazones quedarían ligados para
siempre a despecho del tiempo, del alejamiento, de la lepra. A medida que veía
aproximarse el instante de la separación definitiva, perdía cada vez más todo
control sobre sí misma, sobre los sentidos, sobre la voluntad. Durante horas,
torturada por el doble sufrimiento moral y físico, buscaba el medio de salir
del dilema horrible: dejar que Robert abandonara el paquebote sin volver a
verlo para que desapareciera de su vida, ignorando la causa de la ruptura, o
desembarcar con él en Singapur y declararle su enfermedad.
En el primer caso, ella seria para él la mujer bella y
misteriosa que se niega a revelar los secretos del pasado; en el segundo, no se
le presentaría más, que como un pingajo humano que esconde, bajo una hermosura
efímera, la próxima decadencia. Ella había emprendido aquel viaje para recobrar
la salud: eso no podía declarárselo a Robert. Si, por milagro, conseguía
librarse de la enfermedad, volvería transfigurada, radiante, libre para
entregarse finalmente a él. Los médicos le habían asegurado que sanaría si
recurría inmediatamente a medios enérgicos. Se decidió a ello embarcándose. De
este modo había ocultado la enfermedad a la faz del mundo. Desde que conoció a
Robert no le preocupaba ya nadie: sólo él contaba.
Su estado de ánimo no se había modificado desde el
instante en que volvió, al salir del hospital Saint-Louis, al domicilio del
hombre que podía aconsejarla en su congoja: el doctor Petit.
Este la recibió con la afabilidad de costumbre.
—He informado esta mañana, por teléfono, a Berthon de su
fuga. ¡Sobre todo, no me interrumpa! He considerado su desaparición de anoche
como la fantasía de una jovencita alocada que necesitara respirar el aire de la
libertad, y no como el acto de quien se siente muy desgraciada y ha perdido
todo aliento. No tiene usted el derecho de dejarse abatir.
—¿Qué le ha dicho a Jacques?
—En primer lugar, que no se preocupara..., que estaba
informado de un corto viaje que debía usted emprender precipitadamente a pedido
mío, para evitar que una de sus antiguas compañeras de costura cometiese una
irreparable tontería..., y que estaría de regreso antes de cuarenta y ocho
horas. ¿Reconocerá usted que no me equivocaba?
—¿Qué le refirió con respecto a las manchas?
—Lo que ya le dije a usted: una ligera crisis de
urticaria, sin gravedad. Puedo yo preguntarle, a mi vez, ¿en qué ha empleado el
tiempo desde que me dejó, tan bruscamente en la acera, delante de mi casa? No
me hable del crimen, estoy informado...
—¿Qué crimen?
—¡Pues, Iru! ¡Ese pobre gato que la mucama encontró en la
bañera! Hizo usted bien: apruebo ese gesto. Además, sé que la han visto trepar
a un taxi con las valijas y que no durmió en su casa. Eso está muy mal
—concluyó el buen médico.
Chantal le contó en pocas palabras su estada en el Hotel
des Étudiants y la visita matinal al hospital Saint-Louis. Se abstuvo
cuidadosamente de mencionar la aventura nocturna con el joven doctor. Cuando
terminó el relato, el doctor Petit le preguntó:
—¿Qué va a hacer?
—Vengo a preguntárselo. De todos modos, no pienso volver
al bulevar Suchet, ni ver a Jacques, antes de estar completamente sana. Tendría
demasiado miedo de contagiarle mi enfermedad.
—No hay ningún peligro por el momento, desde que no está
en estado contagioso. Sin embargo, comprendo perfectamente sus sentimientos. He
pasado la noche informándome y rebuscando los distintos lugares donde podría
iniciarse el tratamiento con probabilidades casi ciertas de éxito rápido.
—¿Qué entiende usted por “rápido”?
—Cuatro o cinco años.
—¿Estaría sana al llegar a los treinta?
—La más hermosa edad de la mujer.
—¡Nunca tendré valor para esperar tanto tiempo!
—Es necesario. Tiene usted dos soluciones: quedarse en
París, haciéndose atender por un especialista como el profesor Chardin, o en el
hospital Saint-Louis.
—¡Eso jamás! El pabellón de los leprosos me ha dejado una
impresión espantosa. Y es mucho más peligroso: me expongo a encontrar otros
enfermos o enfermeras que contarían acá y allá mi caso extraordinario. Por otra
parte, quedarme en París es imposible; puede una esconderse durante tres meses,
pero no durante cinco años. Constantemente estoy expuesta a encontrarme con
Jacques, sus amigos, la señora Royer y mis amigas... Es imposible. Ademas está
usted obligado a denunciarme inmediatamente contagiosa o no, a la prefectura de
policía, con indicación de mi domicilio y estado civil, ¿Cómo quiere usted que
yo guarde el incógnito? Tengo que abandonar Paris en el más breve plazo
posible. Si me voy en seguida, usted podría omitir mi denuncia. Eso me sería
indiferente, si estuviera en otra parte, lejos de aquí.
—En Francia, fuera de París, no hay lugar alguno donde
puedan atenderla convenientemente. Existe, ciertamente, la Chartreuse de
Valbonne, organizada por un profesor de la Facultad de Marsella; no se la
aconsejo.
—¿Y en el extranjero?
—No hay gran cosa en Europa, salvo en Noruega. ¿Le los
países fríos?
—No mucho. No tiene más que mirarme: soy una hija del sol.
—En ese caso hay que ir a una leprosería del Brasil, a
Santa Isabel, por ejemplo, donde los edificios son modernos, o a las Filipinas:
en Culion tiene usted la más grande leprosería del mundo, donde se tratan seis
mil enfermos.
—¡Eso debe ser abominable!
—No lo crea. Para una mujer joven e inteligente como
usted, esa estadía podría ser, al contrario, de lo más instructiva. Hablé por
teléfono anoche con uno de mis colegas que ha viajado mucho; hizo escala en la
isla Culion. Me decía que esta ciudad de leprosos comprendía doscientas casas
de uso corriente, incluso servicios administrativos, los hospitales y las casas
colectivas, a las que habría que agregar unas mil casitas privadas o villas
construidas por los leprosos y a su cargo más de un centenar de tiendas o
almacenes. La ciudad de Culion tiene catorce kilómetros de carretera. Agregaba
este médico que yendo del muelle al antiguo puerto había visto, además de
quince hospitales y clínicas, el edificio de la administración, el correo, la
central de teléfonos, las torres de la estación de telegrafía sin hilos, los
almacenes del gobierno, las escuelas, el ministerio de Justicia, una prefectura
de policía, una panadería cooperativa, iglesias católicas y protestantes,
cinematógrafos, un teatro y qué sé yo cuántas cosas más... En fin, todo lo que
se encuentra en una ciudad moderna.
—A pesar del cuadro cálidamente optimista que me esboza,
no me entusiasma mucho —declaró Chantal.
—Querida amiga, me pongo en su lugar, pero debemos hallar
una solución.
—Quisiera irme lo más lejos posible de Paris, una
leprosería en el otro extremo del mundo, si hay alguna, para que me olviden y
para que exista una distancia enorme entre el lugar donde me atiendo y aquel al
que volveré sana.
—Ese deseo me sugiere una idea... Tuve oportunidad de
trabar relación recientemente con la superiora de las Hermanas Misioneras de la
Sociedad de María... Voy a escribirle dos lineas que usted le llevará esta
tarde a la calle Du Bac, donde está la sede de la congregación. La recibirá y
le dará todas las indicaciones útiles para que pueda llegar a Makogaï.
—¿Qué es eso?
—Una encantadora islita del Pacífico, que responde
exactamente a lo que usted quiere. En esta isla, perteneciente al archipiélago
de las Fiji, se trata la lepra. Los médicos son generalmente ingleses, pero las
hermanas que los ayudan son francesas: encontrará compatriotas y se sentirá
menos extraña. No habrá allá ninguna posibilidad de que la descubran. Se irá de
aquí como si fuera a dar la vuelta al mundo y volverá como si lo hubiera hecho
diez veces. El tratamiento allá es riguroso.
—¿En qué consiste exactamente? —preguntó Chantal.
—Si se porta bien, es decir, si come con buen apetito el
modesto almuerzo que me va a hacer el honor de compartir conmigo, le contaré en
la mesa una bonita leyenda y sabrá cuál es el origen del tratamiento de la
lepra. Compruebo, por otra parte, que tiene en sus manos la Psicología de los
leprosos, de ese excelente Ramelot... Lo leerá esta noche para conciliar el
sueño. Vamos a la mesa, son casi las trece y mis visitas se reanudan a las
catorce.
Chantal se dejó conducir por el médico hasta el comedor.
El principio del almuerzo fue silencioso; la joven tenia apetito pues la
víspera no había hecho más que beber sin probar bocado. Cuando consideró que
ella estaba ya un poco restablecida, el doctor comenzó:
—Usted sabe, o no sabe, que la base del tratamiento de los
leprosos es el aceite de chaulmoogra. No se asuste, por lo demás, de este
nombre extraño y bárbaro. La historia de este aceite, único remedio eficaz
contra la lepra conocido hasta hoy, es bastante curiosa. Tengo que retroceder
muy lejos en el tiempo si quiero hacerle apreciar las etapas sucesivas.
“Mucho antes de Buda, refiere una antigua leyenda india,
Rama, el rey de Benarés, había contraído la lepra. ¡Ya ve usted, querida amiga,
que ni los reyes estaban exentos de ella! Los médicos de Rama no pudieron
curarlo, y el pobre rey se exilió al fondo de un bosque, alojándose en el hueco
de un árbol milenario. Se alimentaba con los frutos, las hojas y las raíces de
un árbol denominado Kalaw: esta alimentación extravagante lo curó del mal.
“Una noche, Rama oyó los gritos lastimeros de una muchacha
a la que un tigre amenazaba devorar. Avanzando en la dirección de donde venían
los llamados descubrió una gruta donde una leprosa, la propia hija del rey
Oksagarit, había encontrado un refugio. Mató al tigre y, después de llevar a la
¡oven a su morada, la alimentó con frutos del árbol Kalaw, la sanó y tuvo de
ella, en dieciséis partos, treinta y dos hijos.
“Algunos cazadores que recorrían el bosque reconocieron al
rey Rama, completamente sano. Quisieron llevarlo de nuevo a sus estados con la
mujer y los hijos, para restituirle el trono. Pero Rama, que era sabio,
prefirió permanecer en el bosque donde había recobrado la salud y fundado en él
la ciudad de Kalawogara.
“Este cuento, interesante como tantos otros, mantiene
desde hace siglos la creencia de los indios en la existencia de un remedio
eficaz contra la lepra, aplicado desde la antigüedad. Esta tradición, según la
cual hay plantas que curan la enfermedad, fue recogida pronto por médicos o
brujos indígenas que, hasta nuestra época y en las islas Fiji también,
realizaron curas maravillosas. Médicos europeos se informaron de la composición
de esas drogas empíricas tan radicales. Los botánicos estudiaron fondo el árbol
de la India quedaba los frutos de los que era extraído el producto sagrado.
Comprobaron que pertenecía a una gran familia, que usted desconoce
probablemente, la de las flacurtáceas.
“Se supo, entre tanto, que en Filipinas, en Indochina, en
Siam, en Birmania, en Africa y en la América del Sur algunos brujos utilizaban
igualmente, y con los mismos felices resultados, los productos de ciertas
plantas para curar la lepra y otras afecciones de la piel. Cuando se pudo, por
fin, mediante la astucia y a veces después de incidentes dramáticos (como la
pérdida de misiones científicas) identificar los productos, se reconoció en
esos árboles, arbustos o bejucos, a miembros de la familia de las flacurtáceas.
Los aceites extraídos de los frutos de esos diversos vegetales fueron
analizados y continúan siéndolo en laboratorios como el que ha visitado usted
en el hospital Saint-Louis. Se prosiguió la investigación de las preciosas
plantas y se comprobó que existían algunas docenas de variedades específicas
contra la lepra, todas conocidas como tales por los indigenas. Se dio al nuevo
producto, extraído de aquellas esencias, el nombre de aceite de chaulmoogra. El
chaulmoogra ha conquistado su derecho de ciudadanía en todas las leproserías
del mundo.
“El mejor resultado es, sin discusión, obtenido con la
absorción del aceite por vía bucal. Desgraciadamente, es un procedimiento
penoso debido al gusto desagradable del medicamento, cuya acidez resulta, con
frecuencia, insoportable para el estómago. Había que encontrar, pues, otro
método de asimilación; el de inyecciones era muy indicado. Largo tiempo fueron,
ellas también, muy dolorosas en razón de la densidad del producto. Se ensayó,
mediante el agregado de diversos elementos al aceite, salvar este inconveniente.
Así fue como en Makogaï, especialmente, se empleó en forma sucesiva el fenol,
el aceite alcanforado, el ácido fénico. Pero en mil novecientos treinta y tres,
por iniciativa de una religiosa perteneciente a la congregación adonde irá
usted luego, se ensayó el yodo. La terapéutica experimentó una renovación. Los
dolores desaparecieron de tal modo que se pudo, sin el menor inconveniente,
proceder a dar inyecciones seguidas que produjeron rápidamente, por la propia
regularidad, resultados muy superiores a los obtenidos hasta entonces.
“Una gran duda subsistía: ¿cómo procurarse la cantidad de
aceite suficiente a medida que el número de enfermos aumentaba? El hospital
Saint-Louis carece de este aceite y no lo distribuye sino parsimoniosamente, lo
que es deplorable si se quiere tener una cura rápida. La India, proveedora
habitual, está lejos. Mientras, se ha conseguido aclimatar en Makogaï el
hydncarpus: en la actualidad, el islote es, probablemente, el único que provee
a todas sus necesidades. Podrá usted vivir sin inconvenientes ahí durante
algunos años.
“Son ya las catorce, he oído llamar a la puerta; mis
consultas van a recomenzar. Voy a redactar las palabras que usted irá a la
madre Dorothée.
Cuando pasaron al consultorio, y mientras el doctor Petit
escribía, Chantal preguntó:
—¿Cómo explicar este largo viaje a Jacques?
—Dígale sencillamente la verdad.
—¡Jamás! ¡Para causarle horror, a él, que ha estado
enamorado mí durante cuatro años! Ni Jacques ni nadie debe conocer la verdadera
causa de mi partida. Déjeme reflexionar una noche: mañana habré encontrado
alguna solución.
—Le explico sucintamente a la madre Dorothée su caso
excepcional —le dijo el médico, entregándole la carta—. No le digo ni una
palabra sobre su situación personal, puesto que así lo desea. Téngame al
corriente de su conversación con ella.
—Hasta la vista, doctor; es usted un amigo como se
encuentran pocos.
Mientras franqueaba la puerta que daba al vestíbulo, el
doctor Petit le deslizó suavemente al oído:
—Un pequeño detalle que me había olvidado... Llame a sor
Dorothée “madre”. Sí, es una costumbre..., y además le causará placer.
Miró al médico con grandes ojos asombrados y se fue,
pensativa. Había aprendido muchas cosas en estas últimas veinticuatro horas.
La superiora de las Hermanas Misioneras de María la
recibió en un locutorio de paredes blanqueadas, cuyo único adorno era un Cristo
de marfil, colgado entre dos ventanas; el mobiliario se componía de una mesa de
madera blanca y tres sillas de paja. El piso encerado relucía como en toda
congregación que se respete. Chantal, que no había penetrado jamás en un
convento, había experimentado, desde que lo hizo, una sensación de malestar al
percibir la cara de la hermana tornera, aparecida tras las rejas de la mirilla
practicada en la puerta. La mirilla se había abierto prudentemente, la puerta
había seguido el movimiento, dejando justo el espacio para que pasara Chantal,
que atravesó un largo corredor en el que se cruzó con dos religiosas, de ojos
púdicamente bajos, que caminaban con pasos silenciosos a lo largo de los muros.
Esta atmósfera de convento le. recordaba la casa matriz de la Asistencia
Pública y también algunos aspectos del hospital Saint-Louis que descubrió esta
mañana.
La hermana Dorothée tenía rostro arrugado y ojillos
penetrantes, emboscados tras unos anteojos; ojos que permanecían, ellos
también, la mayor parte del tiempo dirigidos hacia el polvo de la tierra y se
levantaban a veces para despedir relámpagos de inteligencia mezclados con
destellos de bondad, una impresión de fuerza y de energía se desprendía de su
personalidad desde el primer contacto con ella. Sor Dorothée ofrecía una mezcla
de anciana indulgente que reina sobre una inmensa familia dispersa por el mundo,
y de conductora de almas capaz de elevar los corazones más marchitos hacia las
cimas. Chantal estaba impresionada. La madre Dorothée acababa de leér la carta
del doctor Petit y miraba a la joven con. completa serenidad.
—Señora —comenzó con voz áspera, en la que algunas
inflexiones eran, no obstante, dulces—, me siento feliz al comprobar que está
tranquila y resignada ante la desgracia que la abruma. Es usted hermosa, y me
complazco en imaginar que la belleza moral está en armonía con la belleza
física.
Chantal bajaba los ojos a su vez, intimidada por aquella
mirada aguda, que parecía escrutarle el fondo del alma y poner al desnudo los
más íntimos sentimientos.
—El viaje que va a emprender —prosiguió la hermana
superiora— será largo: un mes, al cabo del cual encontrará usted el aislamiento
y la paz necesarios para la curación. Casi lamento haber dejado partir hace ya
tres meses a la hermana Marie-Ange para Makogaï... Marie-Ange es la más joven
de las hijas de nuestra congregación; nos dejó dos días después de haber hecho
sus grandes votos. Si hubiera sospechado un solo instante su llegada aquí,
habría hecho esperar a sor Marie-Ange, que hubiera sido para usted una
compañera de viaje ideal. Ella también es muy linda.
—¿Enferma, como yo? —preguntó Chantal.
—No. Usted va allá para hacerse cuidar; Marie-Ange ha ido
para cuidar a los demás. He vacilado mucho antes de autorizarla a pronunciar
los votos: su salud es delicada, los bronquios frágiles... Ha sido educada,
como debe de haberlo sido usted, en ambiente de gran lujo. Los padres poseen
una vasta propiedad en Turena. Hicieron todo lo posible para impedirle partir:
era la única hija. Son dueños de una gran fortuna... Marie- Ange fue acosada
por pedidos de matrimonio, pero Dios había dispuesto otra cosa. Necesitaba a
esta novia de selección; estaba demasiado poseída de idealismo para pertenecer
a un hombre. Nuestro Señor recluta a sus servidores un poco en todos los
medios; precisamente porque se lo había dado todo a esta jovencita, un nombre
(es la hija del marqués de Furère), fortuna, inteligencia, encanto y belleza,
ha querido probarla quitándoselo todo. Voluntariamente, con alegría, Marie-Ange
de Furière ha dejado el mundo a los veintiún años para convertirse, bajo
nuestro sayal, en la hermanita Marie-Ange. Desde la edad de catorce años,
después, de haber escuchado el sermón de un padre misionero, decidió dedicarse
a los leprosos. Se encontrará con ella en Makogaï; cuidará de usted con
devoción. Me complace que encuentre en la isla alguien de su mundo y me alegro
por ella ante la idea de que podrá, de tiempo en tiempo, hablar de su infancia
mimada con usted, que debe haber tenido una semejante. ¿No está casada?
—No, madre...
—Es preferible. Cuando yo estaba en Makogaï, pues residí
allí veintidós años antes de volver a Francia para tomar la dirección de
nuestra casa central, asistí a la llegada de mujeres enfermas que debieron
abandonar marido e hijos; es terriblemente penoso. He compadecido siempre a
esas desgraciadas. Cuando no se tienen ataduras, se acepta más fácilmente el
exilio. ¿Tiene aún a sus padres?
—Han muerto...
—¿Está, pues, completamente sola? Encontrará en Makogaï
una gran comunidad de sufrimiento y de sacrificio. ¿Cuándo quiere partir?
—Lo más pronto posible, madre.
—Perfecto. Le aviso que en Marsella tiene un paquebote
inglés dentro de cinco días: el Empress of Australia, que la conducirá
directamente a Sydney. Estamos informadas de todas las salidas y llegadas.
Tiene usted suerte, es un excelente barco. Supongo que contará con medios para
pagar el pasaje.
—Sí, madre. Poseo bienes propios.
—Hija mía, no le pedía esa información más que para
facilitarle las cosas y ayudarla financieramente si fuera necesario. ¿Tiene
pasaporte?
—Sí, madre.
Chantal lo había tramitado tres meses antes a pedido de
Jacques, que quería llevarla a los lagos italianos para hacer lo que él llamaba
“su viaje de bodas tardío”.
—¿Está decidida a tomar el Empress of Australia el próximo
sábado? ¿Cuenta con el tiempo necesario para prepararse para el largo viaje? Le
aconsejo llevar, ropa muy liviana y muy sencilla.
Chantal no contestaba. La madre Dorothée la observaba en
silencio, adivinando todo el secreto de la angustia. Los hermosos ojos de la
joven parecían interrogarla, pedirle consejo. Decidió acudir en su ayuda.
—Hija mía, en ninguna parte estará mejor cuidada que allá.
Se la ha conocido demasiado bonita aquí para imaginarla de otra manera. Olvide
por un tiempo lo que deja... Volverá a encontrar todo al regreso.
Una campana comenzó a tañer en el convento.
—Hija mía, me veo obligada a dejarla; es la hora de
vísperas, antes de la cual debo hablar a las novicias en la capilla. Entre
ellas hay varias destinadas a Makogaï; dentro de algunos años las acogerá
usted.
La madre Dorothée se había levantado.
—Madre, hay una cosa que no parece usted sospechar, y es
que yo no tengo religión.
Chantal miró apenas a su interlocutora al formular esta
declaración; temía que la anciana la fulminase con la mirada. Ningún músculo
del arrugado rostro de sor Dorothée se movió.
—¿Ha entrado usted alguna vez a una iglesia? —preguntó,
sencillamente.
—Sí, una vez..., el día del bautismo de Daniel.
—¿Quién es Daniel?
—El hijo de una de mis amigas...
—Tenía el propósito, antes de dejarla, de llevarla a
nuestra capilla para que pudiera arrodillarse al pie del altar; allí hubiera
podido pedirle a Dios que bendiga su viaje. Me abstendré de hacerlo. La
congregación rezará en su lugar, y el viaje se realizará felizmente. Debe usted
saber que cuidamos indistintamente a todos los enfermos de Makogaï; encontrará
allí todas las religiones. Los médicos ingleses son protestantes. Se trata
primeramente de curar los cuerpos; la curación del alma viene después, si Dios
lo quiere. Venga, voy a mostrarle en el corredor algo que le va a interesar.
Chantal siguió a la madre Dorothée sin decir nada. Sobre
uno de los muros del largo corredor estaba pintado un gran mapa, que la joven
no tuvo tiempo de ver a su llegada. La superiora le dijo, designando
sucesivamente distintos puntos:
—Ya que tiene la suerte de ser rica, le aconsejo vivamente
descender en las escalas de la ruta; descubrirá así países maravillosos y
mundos nuevos. Aproveche de semejante viaje para almacenar la mayor cantidad de
recuerdos posibles, que la ayudarán a pasar las largas horas de espera en
Makogaï. De aquí a Marsella... Desde allí el Empress of Australia la llevará
directa mente a Suez, en seguida hará escala en Singapur y Batavia antes de
llegar a Sydney. En Sydney hay, una vez por semana, un barco que va a Levuka,
la ciudad más importante de la isla de Ovalau. Finalmente, esperará usted en
Levuka un vaporcito que conozco mucho, el Saint-John, y al que los habitantes
del archipiélago han apodado el “transporte de los leprosos”...Está
exclusivamente destinado al reabastecimiento y al servicio de Makogaïw. Conduce
periódicamente su cargamento de enfermos, llegados del mundo entero y agrupados
en Levuka, antes de la última etapa. El Saint-John la depositará a usted en la
playa de Makogaï, donde la hermana Marie-Ange la recibirá. Mañana despacharé
para ella y la madre Marie-Joseph, nuestra superiora de la Misión en Makogaí,
una carta por avión para anunciarles su llegada.
Fueron las últimas palabras. Chantal se preparaba a
tenderle la mano, pero la madre Dorothée hizo un amplio signo de la cruz a
guisa de saludo y se dirigió hacia la capilla.
En esa jornada agotadora la joven había hallado a dos
personas que la impresionaron: el interno del hospital Saint-Louis, aquel mozo
alto y pálido que dedicaba la mejor época de su vida a cuidar enfermos casi
incurables, y la hermana Dorothée, que reinaba cual soberana absoluta sobre
muchachas entre las que algunas —tal esa hermana Marie-Ange, cuya historia le
había referido la superiora— no vacilaban en abandonar riqueza, nombre y
belleza para sacrificarse. Desde que las había conocido tenía la impresión de
que la verdadera vida podria ser harto diferente de lo que ella creyó hasta ese
día. Pero todo estaba todavía muy confuso en su espíritu.
Regularmente, tres veces por día, Williams depositaba
sobre la mesa baja del camarote una bandeja que contenía sucesivamente el
desayuno, el almuerzo y la comida. Chantal estimaba a este camarero por la
discreción y lo perfecto del servicio; fuera de él y de la mucama no veía a
nadie y permanecía durante horas recostada en la cama, en pijama o en
deshabillé rosa, fumando cigarrillos. Le parecía que el humo le adormecía el
dolor.
Mañana tendría lugar la escala en Singapur. Robert ya no
había insistido desde la última negativa a recibirlo, que ella le hizo
transmitir por Williams. Andaría errando a través de los salones, del bar
americano alcomedor, de la cubierta al salón de fumar, buscando su felicidad
perdida. Ella también se había vestido diez veces, dispuesta a abandonar el
camarote del que había hecho su celda y reunirse con el ingeniero. Siempre, en
el momento de trasponer el umbral, se había contenido: su pasión era muy bella,
muy. pura, muy fuerte para que terminase en un idilio de pocos días al cabo de
los cuales todo se hundiría ante el descubrimiento de la enfermedad. Sólo la
curación completa, prometida tras el descanso en la lejana Makogaï, le
permitiría ver de nuevo a Robert, que era ya, en su alma y en su corazón, aquel
cuya presencia marcaría su destino.
La nueva tortura moral excedía aun a aquella que
experimentara ante la idea de la desfiguración por la lepra o la pérdida de la
belleza. Robert estaba a unos pocos metros de ella, sobre el mismo barco, y
tendría que esperar años antes de entregarse a él. Se preguntaba —incluso— si
jamás una mujer joven y hermosa había experimentado un sufrimiento parecido.
El paquebote continuaba navegando por el océano Indico.
Chantal no conseguía dormir: esa noche era la última que Robert pasaría a
bordo. Intentaba evocar, alternativamente, las dos veladas pasadas en compañía
del ingeniero y las últimas horas transcurridas en París. Recordaba haber
vuelto al consultorio del doctor Petit, donde la esperaba la directora de
Marcelle et Arnaud. En cuanto fue introducida al consultorio del médico,
declaró a sus dos confidentes:
—Parto el viernes por la tarde de París y me embarco el
sábado en Marsella. Mi cama ha sido reservada en el tren y mi camarote en el
barco hasta Sydney.
La señora Royer la miró pasmada.
—¿Qué significa todo esto?
—Querida amiga —dijo Chantal, decisiva—, voy a anunciarle
una sorprendente novedad: estoy leprosa...
—¿Cómo?
—Interrogue al doctor, quien le explicará mejor que yo.
—¡Eso no es verdad, doctor!
—Desgraciadamente, señora, es cierto.
Y refirió a la directora cómo había llegado al siniestro
descubrimiento, y la grave decisión tomada por Chantal. Al final de la
exposición, la señora Royer se había desplomado en el sillón.
—¡Verdaderamente —concluyó esta última—, si no tuviera una
confianza absoluta en usted, doctor, creería que acaba de inventar un cuento
espeluznante! ¿No podía haber tomado un barco que levara anclas un poco más
tarde?
—Si hubiese podido, me habría embarcado hoy mismo —repuso
Chantal.
Les explicó las razones, imperiosas a su modo de ver, que
motivaron tal resolución. El doctor Petit aprobaba, la señora Royer se mostraba
más reticente.
—¿Ha reflexionado maduramente en la desesperación de
Jacques cuando se entere de que lo ha abandonado?
—Le escribiré diciéndole que he encontrado otro amante: el
hombre de mi vida.
—Quedará desesperado por ello.
—Lo estaría aún más ante la sola idea de que la lepra
podría marchitar mi belleza física. ¡Creo que nunca se hizo muchas ilusiones
acerca de mi belleza moral! La partida no modificará mucho la opinión que de mí
tiene...
—Es usted una mujer inteligente —declaró el doctor.
—Desgraciadamente —reconoció Chantal, con gran simpleza—,
he sido muy perezosa para instruirme. Ignoro las reglas más elementales, de la
ortografía; esto me perturba para escribir la carta que he comenzado esta
mañana, y que usted entregará a Jacques después de mi partida.
—¿Qué piensa decirle en esa carta? —preguntó la señora
Royer.
—Adiós; explicándole que me voy para rehacer mi vida con
otro, y que en el fondo, a su edad, es ya mucha suerte haberme tenido durante
cuatro años.
—¡No exageremos las cosas! —murmuró el buen doctor.
En el momento en que la joven iba a despedirse de su
huésped y de la señora Royer, les dijo:
—Les hago a los dos un último ruego: les he confiado la
fecha de mi partida, el viernes en la tarde, por la estación de Lyon. Les
suplico que no vayan a despedirme; eso podría entristecerme y quiero abandonar
París con la menor pena posible. Vamos a separamos en seguida. Hasta la vista,
doctor. Gracias por todo cuanto ha hecho por mí y por los preciosos informes
que me ha dado para mi curación futura. En cuanto a usted, querida amiga, tenga
la amabilidad de tomar estas lineas que entregará a mi mucama, para que ella
pueda enviarle, esta tarde, varios objetos, vestidos y dos baúles chatos que
necesito. No tendrá más que utilizar mi coche y el chofer para hacérmelos
llegar al Hôtel des Étudíants, en la calle Saint-André-des-Arts.
La conversación con la directora de Marcelle et Arnaud
prosiguió en el taxi. La señora Royer confió a Chantal:
—Estoy aterrada por todo lo que acabo de saber en tan poco
tiempo. Lamento las pocas palabras desagradables que hemos podido intercambiar
cuando usted era empleada mía. Lo que le sucede no es justo: hubiera sido mucho
más regular que fuese yo, vieja y fea, quien contrajera esa horrible
enfermedad. ¡Qué pena! ¡Déjeme abrazarla, mi pequeña Chantal, como lo hubiera
hecho esa madre que le ha faltado en la juventud!
La señora Royer tenía los ojos bañados en lágrimas cuando
bajó del taxi. Chantal sonreía, con una sonrisa amarga y lejana. A la patrona
le pareció que su antigua modelo estaba ya desligada de los bienes de este
mundo y se preparaba para franquear alegremente las etapas de lo que iba a ser
su calvario. Antes de cerrar la puerta del taxi, Chantal le dijo:
—Hay una cosa que intencionalmente no he indicado en la
nómina de objetos, que debe enviarle mi mucama. Me gustaría que agregara al
voluminoso lote, que usted hará llegar a mi hotel, el conejito de felpa rosa
que está permanentemente en mi tocador. Es para mí un fetiche: lo he bautizado
Jeannot. Lo que le pido es muy tonto, pero me complacerá llevar ese juguete, al
lado del cual intentaré dormirme en Makogaï.
La directora de Marcelle et Arnaud sabía muy bien lo que
representaba Jeannot-conejo para Chantal: bajo su aspecto insignificante, ese
juguete escondería a los ojos de un mundo extraño el más pesado secreto de la
vida de esta joven mujer... Un secreto que habría de pesarle tanto como su
enfermedad durante todo el exilio.
Lo que la señora Royer. y el doctor Petit no habrían
podido concebir era que el amante imaginario, inventado por el cerebro
afiebrado de la joven, tomaría cuerpo rápidamente en la persona de Robert.
Chantal se convertía en la primera víctima de su mentira, al caer perdidamente
enamorada del ingeniero cuya existenciano sospechaba siquiera en el momento de
escribir la carta de ruptura al agente de cambio. La ficción, destinada a
satisfacer el orgullo de mujer bonita, se había evaporado ante la realidad brutal
que transformó su corazón, hasta el punto de tomarlo humilde ante el de un
hombre.
A las dieciocho, prolongados toques de sirena le indicaron
que el paquebote entraba en la rada de Singapur; miró por el ojo de buey y vio
una multitud de lucecitas escalonadas, reveladoras de la tierra firme de un
gran puerto. Se recostó nuevamente, sintiendo adormecérsele las articulaciones:
el mal parecía decidido a no abandonarla.
Hacía más de dos horas que el Empress of Australia se
había detenido, cuando Williams penetró en el camarote con un inmenso canasto
de flores extrañas.
—Nunca he visto flores semejantes —le dijo Chantal.
—Creo que no se las encuentra más que en la península de
Malaca —respondió Williams—. Acaban de traerlas desde tierra para la señora con
esta carta.
El camarote se impregnaba del penetrante olor de las
flores desconocidas. A consecuencia de ello, Chantal experimentó casi dolor de
cabeza al leer la misiva:
Estoy apenado por no haber podido verla nuevamente antes
de abandonar el Empress of Australia. No me hubiera perdonado el forzar la
consigna rigurosa que usted dio al personal de los camarotes. Por otra parte,
me hubiera reprochado dejarla continuar su largo viaje sin ofrecerle estas
frágiles flores, destinadas a prolongar durante algunas horas lo que fue la
amistad de dos noches. La florista de a bordo no tenía gran cosa; he preferido
hacerle enviar estas kalkawas..., un nombre muy raro de flores exóticas, que
acabo de descubrir en la primera tienda que encontré en Singapur. Creo en la
fuerza imperiosa de esas kalkawas, de perfume sutil, para reunirnos nuevo una
noche en la que reiniciaremos el baile interrumpido. ¿Será una rumba tan
nostálgica como la que acompañaba bastante lejos nuestra breve conversación
sobre el puente? De todos modos, será un momento maravilloso de nuestra
existencia. En el caso de que experimentara algún pesar al recibir esta carta,
no vacile en bajar a reunírseme en el Savoy Hôtel.
Su barco no sale hasta mañana en la tarde, y una noche en
Singapur debe valer por dos. En el caso, desgraciadamente más probable, en que
no volviera a verla esta tarde, puede creer que estaré pensando en la dama de
verde cuando oiga la sirena que anuncia la partida del Empress of Australia.
Tal vez regrese usted un día de su lejana excursión y haga
escala nuevamente en Singapur. Tiene algunas probabilidades de encontrarme allí
pues estoy seguro de que permaneceré mucho tiempo, requerido por mis trabajos.
Ese día no tendría usted perdón si no me hiciese una corta visita.
Con esa esperanza, un poco loca, me permito anotar de
nuevo, al pie de estas apresuradas líneas, mi dirección y besarle
respetuosamente la mano.
ROBERT NICOT
Chantal ya no razonaba; un delirio, una suerte de vértigo
la arrastraba a tierra hacia las sensaciones inmediatas.
Durante el trayecto en taxi descubierto, desde el puerto
hasta el Savoy Hôtel, estaba como embriagada, perseguida por el perfume de las
kalkawas que la conducían directamente al lado de Robert. Si Robert no debía
ser más que el amante de una noche, ella aprovecharía esa noche. Olvidaría
todo: las aventuras vulgares y la lepra. Mañana, cuando el sol inundara de
nuevo la península de Malaca, ella se despertaría en sus brazos, y, si él se lo
pedía, se quedaría allí hasta la muerte. Ya podría el Empress of Australia
lanzar el llamado de su sirena y proseguir su ruta hacia Sydney: ella habría
desertado de su prisión flotante para ir en busca de la felicidad.
El Savoy Hôtel era confortable, aireado, construido con
arreglo al modelo de todos los grandes hoteles ingleses de los países cálidos.
Chantal no vio a nadie y dio el nombre de Robert a un portero indígena, que le
contestó con un sencillo número de departamento. Se introdujo en el ascensor y
volvió a encontrarse en un largo pasillo, con estera de seda cruda, sobre la
cual tuvo la sensación de volar más que correr. Llamó a la puerta del
departamento: ésta se abrió inmediatamente, como si Robert hubiera reconocido
sus pasos. Al pie de la cama, sobre una mesa baja, un ramo de kalkawas puesto
allí al descuido esparcía un perfume penetrante y dulce. Había tenido razón al
escribirle diciéndole que ese olor mágico era capaz de reunirlos una vez más.
Al contacto de sus labios, ya no pensó en lo que podría suceder al despertar.
Jamás, antes, había sido tan feliz. Nunca más debía ella serlo tanto. Por la
ventana abierta sobre el parque del hotel, penetraban los mil rumores de una
noche húmeda...
Había tenido su noche de amor, la que esperaba desde los
dieciséis años, y al lado de la cual todas las otras no habían sido más que
preludios. Se estiraba, lánguidamente enamorada, en la cama aún tibia. Estaba
sola: Robert la había dejado por algunas horas. Había creído comprender, en la
soñolencia de la mañana, que debía ir a visitar al director de la usina y que
volvería para el almuerzo. Ella le prometió esperarlo. Irían después al puerto
para buscar el equipaje. Robert le pidió que se quedara; y ella no tuvo el
coraje de declararle su enfermedad.
No tenía ya un minuto que perder si no quería encontrarse
con él, pero le debía, a pesar de todo, una explicación. Esta sería breve,
escrita sobre una hoja de papel con membrete del Savoy Hôtel, que prendería con
un alfiler al ramo de kalkawas. El perfume suavizaría las palabras de
despedida.
Por última vez releyó la carta antes de abandonar la
habitación:
Robert, no puedo permanecer a tu lado actualmente. Nada
conoces de mí vida; yo ignoro la tuya. La única cosa de que estamos seguros los
dos es la fuerza inquebrantable de este amor que acabamos de sellar.
Desde que te he pertenecido sé que ya no podré ser la
mujer de ningún otro y querría quedarme para ofrecerme otra vez a ti. Pero es
necesario que parta, que cumpla mi viaje hasta el fin. Volveré, te lo prometo,
aunque nuestra separación deba ser larga. No puedo dejarte ninguna dirección;
te escribiré. Espérame.
Guarda para ti solo el calor de mis labios.
CHANTAL
Una hora más tarde se reintegraba al camarote con la
sensación de haber actuado como debía para salvar su amor. Volvería a Singapur:
lo sabía. Se curaría en Makogaï; los médicos se lo habían prometido. No podían
equivocarse todos. Robert la esperaría; el amor de él también era
suficientemente fuerte para soportar la acción del tiempo o de la separación.
Una noche había sido suficiente para encadenarlos definitivamente.
Un toque de sirena anunció la próxima partida; la fiebre
había hecho presa de ella otra vez; todo parecía girar en torno. No sabía ya
muy bien dónde estaba ni qué hacía sobre ese navío... ¿Por qué no se hallaba en
el lugar debido, al lado de su amante? Debió adivinar que no tenía ya fuerzas
para reunírsele, que la enfermedad le restaba toda energía, que no era más que
una pobre cosa bamboleándose sobre los mares con la esperanza insensata de
curarse. Sentía de nuevo los largos balanceos del barco; el Empress of
Australia seguía su ruta hacia Batavia. Vagamente, en la fiebre, reveía el
rostro enérgico de sienes grises, el cuerpo musculoso inclinándose sobre ella
en la habitación del Savoy, los ojos buscando perderse en los suyos. Quedó
aprisionada bajo el abrazo vigoroso y encontró el calor de un aliento que
amaba. Se cerraron los ojos. Los labios se entreabrieron para dar en sueños, al
ser adorado, el beso de una muchacha que el amor había hecho mujer.
El Empress of Australia entraba al puerto de Batavia.
Chantal no bajaría; no tenía fuerzas para hacerlo ni ganas. Durante el trayecto
entre las dos escalas Williams había venido varias veces para informarse sobre
su salud.
—¿La señora no se siente bien? ¿No sería preferible llamar
al médico?
—No, Williams. El único remedio del momento para mí es la
soledad.
—¿La señora no bajará en Batavia?
Y Williams volvía a partir desolado, después de cada una
de estas visitas.
Cuando el paquebote se detuvo en la rada de Batavia,
Chantal se arrastró desde la cama hasta el ojo de buey para tener una impresión
de conjunto sobre aquel puerto del que el camarero le había hablado tanto. La
posición del navío anclado hacia que todos los ojos de buey de estribor miraran
hacia alta mar: el camarote estaba en esa orientación. Chantal se recostó
pensando que hasta los paisajes se desviaban ante su lepra.
El anuncio de la partida le fue indiferente; dentro de
cuarenta y ocho horas estaría en Sydney, primera etapa del viaje. Era todo
cuanto le interesaba. Williams le había traído todas las informaciones
necesarias: la suerte le favorecía. El Empress of Australia llegaría a Sydney
en la tarde, y el Melbourne, que salía de este último puerto para hacer el
recorrido completo del archipiélago de las Fiji, levaría anclas al día
siguiente por la mañana. Chantal no se vería en la necesidad siquiera de bajar
a tierra para esconderse en un hotel y podría refugiarse en seguida en un
camarote del Melbourne. Tendría que llevar a cabo un esfuerzo considerable para
efectuar ese trasbordo sin que nadie se diera. cuenta de su fatiga.
Había hecho prodigios para que la mucama no adivinara nada
mientras preparaba sus valijas, y hasta encontró energías para decirle a
Willianis que llegó a buscar su equipaje dos horas antes del arribo:
—Me siento mucho mejor.
—Entonces la señora podrá distraerse esta noche en Sydney.
Es una gran ciudad moderna, como deben gustarle a la señora.
—No, Williams. Voy a cambiar de barco, sencillamente; no
visitaré más que la isla de Java. Es conveniente reservar algo para el viaje de
retomo... Lo que más recordaré de este paquebote, echándolo de menos, es usted,
Williams; me acompañaba gentilmente sin fatigarme demasiado.
—Espero estar todavía en esta línea cuando la señora nos
haga el honor de volver a tomar nuestro barco. Ella no contestó. El Empress of
Australia ya no le interesaba desde que Robert lo había dejado.
El Melbourne era de dimensiones más reducidas que el
colosal transatlántico que Chantal abandonaba. Era un barco de clase única,
construido para asegurar las comunicaciones entre Australia y Viti-Levu, la más
importante de las islas Fiji. El Melbourne haría previamente escala en Suya,
puerto y capital de Viti-Levu, antes de alcanzar Levuka, ciudad principal de la
isla de Ovalau. Sería allí donde Chantal encontraría el famoso Saint-John del
que le había hablado la madre Dorothée, apodado con el título horrible de
“Transporte de los leprosos”. El Saint-John la depositaría finalmente en la
playa de Makogaï, donde sor Marie-Ange habría de esperarla.
Durante la rápida recorrida sobre la cubierta del
Melbourne antes de alcanzar el camarote, Chantal pudo comprobar que los
pasajeros europeos estaban en minoría. El Melbourne rebosaba de hindúes y de
chinos que no vacilaron en rendirse a los ventajosos ofrecimientos de los
plantadores fijianos, hartos de la indolencia innata de sus obreros agrícolas
indígenas. Todos los emigrados asiáticos parecían haberse dado cita a bordo de
aquel navío.
El camarote distaba de ofrecer el lujo y la comodidad del
Empress of Australia. La cama estaba reemplazada por una litera estrecha, sobre
la que Chantal titubeaba en acostarse. Felizmente, la travesía no sería larga;
el océano Pacífico estaba todavía tranquilo en esta época del año. Llegaría a
Levuka en tres días. El Melbourne rolaba más que el Empress of Australia; a
consecuencia de esto sentía un verdadero malestar. Si las manchas se le habían
multiplicado sobre el cuerpo, la cara permanecía milagrosamente intacta, y la
fiebre había bajado. Chantal se informó, leyendo un pasaje del libro del doctor
Ramelot, que la fiebre de la lepra es periódica. En cambio, comenzaba a sentir
un adormecimiento aterrador en la extremidad de los miembros; le costaba trabajo
mover los dedos de manos y pies, y se preguntaba con ansiedad si todo ese
mecanismo indispensable de su cuerpo no quedaría, tal vez muy pronto,
paralizado.
Le hubiera gustado recoger algunas informaciones
complementarías acerca de esa isla perdida donde iba a vivir durante largos
años y de la que ignoraba, prácticamente, todo. La única persona que estaba en
condiciones de informarla en París era la superiora de las Hermanas Misioneras
de María; Chantal no tuvo tiempo ni deseos de volver a verla antes de su
partida.
La tripulación del Melbourne era australiana. Horas antes
de arribar a Suva, el comisario de a bordo fue a visitar a la joven, y le
preguntó, en un francés muy correcto:
—Discúlpeme, señora, por incomodarla...; ¿usted va, según
creo, hasta Levuka?
—¿A qué viene la pregunta? —interrogó Chantal.
—Sencillamente para saber cuándo podremos disponer de su
camarote; tenemos un enfermo que se dirige a Vanna-Levu.
—¿Un enfermo grave?
—No. Es un plantador que acaba de ser operado en Sydney.
Vuelve a su casa, y como están todos los camarotes ocupados; nos vimos
precisados a instalarlo en el de un oficial.
—Lo lamento profundamente por ese señor, pero yo también
estoy bastante cansada. Habla usted admirablemente el francés.
—Lo aprendí en una escuela de Melbourne, dingida por
sacerdotes franceses.
—¿Hay, según creo, misioneros franceses en las Fiji?
—preguntó Chantal, simulando no atribuir la menor importancia a la pregunta.
—Si, señora. Se encuentran allí igualmente algunas
hermanas francesas, especializadas en el tratamiento de los leprosos. ¿Habrá
usted oído hablar de Makogaï, la isla de los leprosos?
—Me han dicho que era muy curiosa. ¿Se puede visitar? —
—Se necesita una autorización especial. Personalmente,
nunca estuve allí, pero cuando el Melbourne va de Levuka a Vanna-Levu bordea
sus costas. He conseguido también tomar algunas fotografías de la bahía de
Dallice; se ven los leprosos sentados en la playa. Este inocente espectáculo no
consigue despertar en mí el menor deseo de poner pie en la isla.
—La vida allá debe ser espantosa.
—Nos ha sucedido frecuentemente tener que transportar a
Levuka a hermanas misioneras francesas de las que ya le he hablado. Vienen
directamente de su país para encerrarse en ese islote de treinta kilómetros de
largo por dos de ancho. La última hermana que tomó el Melbourne, hace más o
menos tres meses, era joven y tímida. Muy bonita y casi frágil, fue el asombro
de los pasajeros: ¿cómo podía enviarse a esa isla condenada a una jovencita
cuya constitución parecía tan débil? Debo reconocer que ella parecía sentirse
perfectamente dichosa con su suerte.
El comisario del Melbourne acababa de describir a
Marie-Ange, que Chantal conocía mejor que él por los informes de la madre
Dorothée. No le correspondía a ella explicar a ese marino que Marie-Ange no
había sido enviada a Makogaï sino porque así lo había querido ella; sentía la
vocación de cuidar leprosos, como él tenía la de navegar por el Pacífico.
—Creo —continuó el oficial— que un nuevo contingente
numeroso de enfermos va a ser enviado pronto a Makogaï. En nuestro precedente
viaje, la semana pasada, transportamos hasta Levuka tres leprosos que llegaban
de Nueva Zelandia. ¡Le juro a usted que no era agradable mirarlos! ¡Entre los
tres no reunían más que una nariz completa y sólo dos brazos intactos! Uno de
ellos era ciego y caminaba apoyando la única mano sobre el hombro de otro de
sus camaradas... Debimos encerrarlos en el fondo de la bodega para no disgustar
a los demás viajeros. Sería deplorable propaganda para el Melbourne adquirir
reputación de transporte de leprosos, como el Saint-John... Es el vapor que
asegura la comunicación entre Levuka y Makogaï. Los enfermos son agrupados en
una leprosería de espera en Levuka, hasta que su número es suficiente para
justificar el aparejamiento del Saint-John, cuyo capitán, el señor Farell, es
uno de mis amigos.
—¿Ha debido realizar extrañas travesías y presenciar
espectáculos curiosos? —preguntó Chantal.
—Sus relatos le erizan a uno el pelo —respondió el
comisario, sonriendo—. Discúlpeme, señora, por importunaría con toda esta
charla. Nos aproximamos a Suva...
—¿Cuánto tiempo permaneceremos allí?
—Dos horas, más o menos.
—¿Y a qué hora llegaremos a Levuka?
—Al atardecer, antes de comer... ¿Se quedará usted mucho
tiempo en esa ciudad?
—Lo menos posible.
—Concuerdo; no es alegre —declaró el oficial, saliendo.
Si hubiese sospechado que ella se dirigía a Makogaï, le
hubiera descrito seguramente a Levuka como un paraíso, comparada con la isla de
los leprosos. La sirena del Melbourne advirtió a Chantal la llegada al puerto
más importante de las Fiji. Ella no deseaba mostrarse más en Suya que en las
escalas precedentes; sin embargo, miraba por el ojo de buey y hallaba la bahía
magnífica. La ciudad se componía de casas blancas y bajas; los edificios
aparecían dispuestos en cuadriláteros regulares formados por anchas avenidas
bordeadas de palmeras gigantes.
Una flotilla de embarcaciones rodeaba al paquebote. Las
piraguas, cuya proa curvada se adornaba con una cabeza esculpida en madera de
ébano, con ojos de nácar, orejas de conchilla, una larga barba y labios
pintados de rojo, estaban dotadas de un flotador exterior, ligado al cuerpo de
la embarcación por un travesaño de madera que les impedía zozobrar. Cada una de
ellas se hallaba tripulada por una docena de jóvenes, desnudos hasta la
cintura, que remaban con sus pagayas a una velocidad increíble.
El círculo de las piraguas se abrió para dejar paso a una
lancha automóvil, cuya proa enarbolaba la bandera del gobernador de las Fiji, y
cuyos ocupantes estaban vestidos a la europea. Entre ellos, Chantal distinguió
a un anciano de larga barba y tez blanca, que llevaba sobre el pecho una cruz
de oro, la cual descansaba sobre un ancho cinturón violeta. Era, seguramente,
un sacerdote católico; la sotana negra se destacaba de las chaquetas blancas de
los demás ocupantes de la lancha.
Todos los rostros estaban escondidos por grandes sombreros
de paja con anchas alas, destinados a protegerlos contra las insolaciones. La
lancha automóvil contorneó el Melbourne para arribar a estribor, lo que la hizo
desaparecer del reducido campo de visión que Chantal tenía desde el ojo de
buey.
Volvió a sentarse en la litera. ¿Para qué subir de nuevo a
cubierta a ver otra vez esas caras de chinos, indios y fijianos? Esta noche
estaría en Levuka, la última etapa del viaje monstruoso. Jeannot había
cambiado, él también, de navío, y dormitaba sobre una nueva almohada; debía de
estar pasmado de su aventura. Chantal iba a recostarse cuando llamaron a la
puerta. El comisario reapareció.
—Señora, tiene usted un visitante de nota que pregunta si
puede recibirlo.
—¿Quién es? —preguntó Chantal, con desconfianza.
—Monseñor Midal, vicario apostólico de Suya. Viene a veces
a bordo cuando el Melbourne transporta a alguna personalidad importante; es
siempre un gran honor para nuestro navío... Monseñor pregunta si puede venir a
hablarle aquí, porque la conoce muy bien: Chantal se había levantado,
estupefacta.
—¡No lo he visto jamás!
No tuvo tiempo de terminar la frase. La silueta del sacerdote,
que ella había entrevisto en la lancha automóvil, se encuadró en la puerta y
con voz grave dijo al comisario:
—Déjenos: la señora y yo tenemos que hablar... —Hija mía
—comenzó el obispo—, no se ofenda si la trato así podría cómodamente ser su
abuelo... La conozco ya, gracias a una carta de la madre Dorothée. Estoy
enterado de la desgracia que la aqueja momentáneamente y sé que ha venido usted
a estas perdidas comarcas para curarse más rápidamente, lejos de las miradas de
aquellos entre quienes ha vivido hasta ahora. Sé también que usted no tiene
religión; no es, pues, el sacerdote quien viene a visitarla, sino el amigo de
todos los que sufren física o moralmente.
Chantal miraba los ojos arrugados del anciano, impregnados
de una mezcla de malicia y de bondad como los de la hermana Dorothée.
—Si me he decidido a visitarla en su camarote es porque
presumo que no tiene usted ningún deseo de mostrarse antes de su llegada a
Makogaï. Cuente conmigo, no se la verá. Esta noche, en Levuka, uno de mis
vicarios, el padre Anselme, vendrá a buscarla al desembarcadero y la conducirá
directamente al convento de las Hermanas Misioneras de Maria, que ya conoce
usted un poco, puesto que ha sido recibida en la sede de París. Se le ha
preparado, de acuerdo con mis órdenes, una celda que las queridas hermanas se han
esforzado en hacer lo más alegre posible; les he aconsejado poner en ella
muchas flores... Estoy seguro de que le gustan, o no merecería usted ser
parisiense. Recibirá allí, mañana por la mañana, la visita indispensable de los
médicos oficiales del gobierno de Fiji, que la examinarán antes de entregarle
la ficha de admisión en la leprosería de Makogaï. Me apresuro a decirle que
esto no es más que una simple formalidad.
“No esperará mucho tiempo en el convento de Levuka, ya que
el Saint-John, del que la madre Dorothée seguramente le ha hablado, partirá
hacia las cuatro de la tarde. La travesía no es larga; el mar estará en calma.
En Makogaï, por fin, sor Marie-Ange, a quien usted no conoce y con quien se
entenderá a maravillas (pues tienen ambas ciertos puntos de semejanza), la
esperará en la playa y la conducirá a su domicilio. Le hemos reservado la casa
más linda de la isla; no ha sido habitada hasta ahora; la destinamos a recibir
a las personalidades oficiales que fuesen a visitar la leprosería. Le prevengo
desde ahora que no es un palacio... Los palacios son raros en el Pacífico. Es
un alojamiento aireado y confortable. Ofrecerá para usted la doble ventaja de
estar próxima a la Misión y de aislarla de los enfermos indígenas o de
diferente raza. Estoy seguro de que será usted la única mujer europea enferma;
es preferible que se acerque a nuestras hermanas blancas. Supongo que no tendrá
ningún interés particular en ser incorporada a una villa fijiana, china o
hindú.
—¡De ninguna manera!
—Tiene usted razón; esa gente está siempre en tren de
pelea.
—Monseñor, hábleme de esa isla donde voy a vivir.
—¿Es imprescindible? Ya tendrá tiempo de descubrirla. Todo
lo que puedo decirle es que yo asistí a la llegada del primer contingente de
leprosos a Makogaï el veintinueve de noviembre de mil novecientos once. ¡Como
ve, esto no me rejuvenece! Estoy persuadido de que usted no hará más que una
corta estada en la isla. Ya la veremos regresar bien pronto, curada, y me dará
el placer, a su retorno, de visitar nuestra Misión y nuestras obras aquí, que
son muy importantes. ¿Quién decía que estaba usted enferma? ¿La querida madre
Dorothée?
—Sin embargo, monseñor...
—Sí, tendrá un principio de lepra, sin importancia. El
chaulmoogra la hará desaparecer muy pronto. Los verdaderos leprosos, aquellos
que me producen todavía náuseas cada vez que voy a visitarlos (¡y Dios sabe si
debiera estar habituado después de cincuenta años!), están en Makogaï...
Hallarse en. contacto permanente con esos desdichados será igualmente el lado
más, penoso de su situación. Aunque no tenga usted religión, será necesario
armarla de una caridad a toda prueba. Cuando esté cansada de no ver más que
caras monstruosas, descanse mirando a la hermanita Marie-Ange. Es necesario que
la deje, hija mía.
Los acontecimientos se desarrollaron exactamente como el
vicario apostólico lo había anunciado. El padre Anselme, que llevaba también
larga barba, pero negra, era apreciablemente más joven que su superior
jerárquico; esperaba a la joven en el desembarcadero de Levuka, escoltado por
dos indígenas que se encargaron del equipaje. La travesía del pueblo tuvo lugar
en un viejo Ford. conducido por el misionero que, al paso, mostró a Chantal los
principales edificios: la residencia del gobernador , la iglesia, el palacio de
justicia. Todos éstos, de planta baja, se parecían por su blancura, y los
techos de paja les conferían un aspecto de chozas transformadas, por la gracia
de la civilización, en bungalows. Chantal miraba todo sin ver nada y se
encontró, después de diez minutos de recorrido, en la celda que le había sido
reservada en el convento de la Misión de las Hermanas de María.
El obispo había tenido razón cuando dijo que la celda
estaría florida: las plantas más extravagantes invadían el cuartito blanqueado,
cuyo moblaje se componía de una cama de hierro, una mesa con silla, de paja, un
reclinatorio de madera colocado ante un inmenso crucifijo que constituía la
única decoración mural.
A pesar de esta severidad, la celda era encantadora; daba
—gracias a una gran ventana protegida de los ardores solares por una cortina de
paja— a un jardín interior más parecido a la selva ecuatorial que al clásico
jardín de un convento francés. La vegetación era de una rara riqueza y
exuberancia; las palmeras enanas alternaban con los cactos gigantes y con
plantas de todos los climas: áloes, cocoteros, guayabos, plantas tropicales
espinosas y carnudas, árboles de pan, palo de rosa, sándalo y hasta pinos parasoles
que recordaban las tardes en el Pinciano.
Alrededor del jardín, Chantal divisaba las ventanas de
otras celdas. Este convento perfumado y asoleado no se asemejaba sino
lejanamente a aquel gris y triste de la calle Du Bac.
La comida, compuesta en su mayor parte de frutas exóticas
y de pastel de maíz, le fue servida en la celda por una hermana indígena, cuya
piel oscura ofrecía un extraño contraste con la toca blanca. Era la primera
noche que Chantal pasaba en tierra firme después de un mes de navegación;
durmió mal, extrañaba el balanceo del navío. Hacia las cuatro de la mañana,
cuando empezaba a adormecerse, fue sacada de su sopor por cantos religiosos; se
aproximó a la ventana y distinguió netamente las voces de las hermanas que
salmodiaban el oficio matinal. ¡No contentas con su sacrificio durante el día,
aquellas mujeres encontraban todavía el medio de levantarse en la noche para
rezar! Había, oculto en el corazón de estas hermanas misioneras, algo que
Chantal no alcanzaba a analizar y que la confundía. El solo pensamiento de que
otras rezaban mientras ella dormía le impidió recobrar el sueño.
Hacía largo rato que estaba lista cuando el padre Anselme
penetró en la celda, acompañado por los dos médicos de la comisión de la lepra.
Uno de ellos era inglés, el otro fijiano, de tipo muy definido. Ninguno de los
dos hablaba francés; el padre Anselme debió servir de intérprete. Después de
haber examinado atentamente las manchas que Chantal tenía sobre el cuello y que
se habían extendido a los brazos, los médicos redactaron un informe. Hablaron
poco y pronunciaron solamente algunas palabras en inglés, que el padre Anselme
tradujo:
—Estiman que toda extracción en la nariz es inútil. La
lepra les parece suficientemente declarada. Tienen gran experiencia. Van a
entregarle una ficha que usted presentará a la inspección de partida del
Saint-John. Sin ella no podría embarcar, por cuanto ese barco lleva
exclusivamente leprosos en este viaje. Tendrá mucho, cuidado en conservar esta
ficha para entregarla, cuando llegue a Makogaï, al médico jefe de la
leprosería.
Chantal escuchaba al padre Anselme con profunda amargura;
esa mañana no era más que un número en un cargamento de leprosos. Esta travesía
de Levuka a Makogaï se anunciaba como la etapa más horrible de este siniestro
viaje.
El médico inglés le hizo entrega de la ficha anunciada y
se retiró con su colega. Al dejar la celda, el misionero dijo a la joven:
Volveré a buscarla con mi Ford una media hora antes de la partida del
Saint-John, para que permanezca el menor tiempo posible a bordo.
Ni siquiera intentó dar un paseo por el jardín paradisíaco
que tenía ante los ojos. La famosa sensación de la cuerda que le apretaba el
codo izquierdo había vuelto: los dedos de la mano derecha sostenían penosamente
el peine con el que intentaba arreglarse el pelo sin más espejo que el de la
cartera. Las religiosas no tenían ni la necesidad ni el derecho de mirarse en
un espejo; sólo recordaban una cosa, y era que Chantal no había renunciado aún
al mundo, a sus pompas y a sus obras. A lo que ella no renunciaría jamás.
La joven no probó el desayuno que le llevó la hermana
indígena; no tenía apetito y sabia bien que ya no podría tenerlo mientras se
encontrara en medio de esos horrores. Comería cuando estuviera sana. Poco
después del mediodía el padre Anselme reapareció:
—¿Está lista? No tenemos un minuto que perder. El
Saint-John zarpará dentro de una media hora.
Cuando el Ford llegó al muelle de embarque, éste se
hallaba invadido por una multitud abigarrada donde algunos raros europeos se
mezclaban con los indígenas. Un cordón policial mantenía a esta multitud
silenciosa a una decena de metros de un navío atracado al muelle; en la proa
del barco Chantal leyó el nombre: Saint-John. Tenía ante ella el transporte de
los leprosos.
Los policías se apartaron para dejar paso al misionero. Un
subteniente de policías asesorado por un médico inglés, verificaba al pie de la
pasarela que conducía al barco los documentos de identidad de los viajeros.
—Déme su ficha —susurró el padre Anselme a Chantal, que
miraba el espectáculo preguntándose si tendría fuerzas para embarcarse.
Maquinalmente entregó la ficha cubierta de sellos con la
impresión digital tomada en la mañana por los médicos de la inspección. El buen
padre se dirigió hacia el oficial de policía, con el que habló durante algunos
minutos. Esto dio tiempo a la joven para fijarse en una larga fila de enfermos,
recordándole la que había visto en el hospital Saint-Louis, a la espera de
embarcar. Eran, tal vez, un centenar, rodeados por. soldados con bayoneta
calada. Los desgraciados estaban casi todos harapientos y habían depositado en
el muelle sacos de tela en los que guardarían las ropas y lo que consideraban
como sus más preciados tesoros. Algunos estaban sentados sobre esos sacos,
otros acurrucados en el suelo, otros, finalmente, apoyados en bastones todos
parecían tener gran trabajo en mantenerse de pie; daban la impresión de estar
agotados. Había en el grupo hombres, mujeres y también —Chantal no podía creer
lo que veía— tres niños, de los cuales uno tendría poco más de cuatro años.
Casi todos los enfermos llevaban en parte el rostro oculto
por los grandes sombreros de paja con anchas alas. Chantal no descubría más que
los ojos, centelleantes de algunos, empañados los de otros. Esas miradas que
apuntaban a la multitud de curiosos estaban cargadas de resentimiento y
parecían decir: “¿Por qué estamos aquí? ¿Es por culpa nuestra? La sociedad nada
ha hecho, en el país donde vivíamos, para impedir que nos convirtiéramos en
leprosos. ¿Quién es, pues, responsable? La sociedad, es decir: ustedes que nos
miran y que son hombres...”
Los leprosos permanecían en silencio. La multitud, detrás
del cordón policial, hacía oír el murmullo de sus conversaciones. Cuando el
padre Anselme volvió, Chantal le preguntó:
—¿De dónde vienen esos enfermos?
—Un poco de todas partes: de Australia, de Nueva Zelandia,
de las islas del archipiélago... Se los ha reunido aquí antes de enviarlos en
grupos a Makogaï. Hay ya una cantidad dos veces mayor en el interior del barco.
Si esto continúa, Makogaï rechazará enfermos muy pronto. Venga... Pasaremos sin
obstáculo delante de toda esta fila. Voy a instalarla en un rinconcito del
Saint-John, que conozco bien; es el que me reservo cuando voy a predicar un
ejercicio espiritual a Makogaï.
La condujo mientras dos indígenas se encargaban del
equipaje. Al ver izar a bordo aquellos baúles chatos, comprados en Hermès,
Chantal no pudo dejar de hacer una comparación entre su equipaje lujoso y los
pobres cestos de los desgraciados cuya suerte iba a compartir. Comenzaba a
comprender que en Makogaï no habría muchas preocupaciones con respecto a la
elegancia.
El padre Anselme le hizo franquear rápidamente la
planchada, la acompañó hasta el único salón del Saint-John libre de pasajeros.
—Aquí estará usted bien. Este es el centro del barco y
desde aquí puede verse todo lo que pasa en él; es el mejor puesto de
observación. Es aquí donde yo me instalo para rezar el breviario durante las
tres horas que dura la travesía. Este camarote está reservado al personal
sanitario de la leprosería; en principio, los enfermos no tienen derecho a
entrar en él. Sólo que en su caso, usted no es de ninguna manera una enferma
ordinaria, puesto que nos llega de Paris.
“Antes de descender voy a saludar al capitán Farell. Es un
viejo amigo que no tiene más que un defecto: no habla una sola palabra en
francés. Si no fuera así, se lo habria presentado: es australiano. Con todo, la
recomendaré a él. Ya me verá usted desembarcar en su isla para Navidad: desde
hace diez años celebro allí la Misa del Gallo. Me atrevo a esperar que la
veremos.
—¡Hasta pronto, padre! —respondió Chantal, dejándose caer
sobre una de las banquetas circulares del camarote, totalmente guarnecido de
vidrios y que se parecía más a un acuario que a un lugar de reposo.
Le dolía horriblemente la cabeza; miró la multitud que,
apretada sobre el muelle, aumentaba de minuto en minuto; se. diría que la
partida de un cargamento de leprosos era una distracción selecta para los
habitantes de Levuka.
La tripulación, desde el capitán hasta el último marinero,
estaba provista de guantes de cuero negro para poder tocar y desplazar la
“mercadería” si fuese necesario en el curso del viaje. En lo fundamental, los
barcos negreros, de los que Chantal había oído hablar en la escuela primaria,
donde la Asistencia Pública la colocó, debían parecerse a este navío.
Cuando el último enfermo hubo franqueado la planchada,
ésta fue retirada. El Saint-John, aislado con su extraño cargamento amorfo y
desesperado, podía partir. Una vibración desagradable, que daba la impresión de
que la vieja cáscara iba a estallar, sacudió la embarcación. Un ruido lento y
regular de pistón acompañaba las vibraciones. Las máquinas estaban asmáticas,
usadas, cansadas de no trasportar otra cosa que leprosos. El barco era el más
miserable de todos los que aún luchaban con los Vientos del Pacífico; sólo era
vejez, deterioro, desolación. Chantal sentía su pobre cabeza cada vez más
embotada; estaba lejos, terriblemente lejos del lujo del Empress of Australia
el mismo Melbourne le parecía, ahora que lo había dejado, un navío de ensueño.
Lentamente, el Saint-John se había alejado del muelle, donde la multitud de
curiosos permanecía inmóvil y muda, poniendo proa a un islote cuyas formas
chatas y grises se precisaban por momentos. Chantal mantenía los ojos
obstinadamente fijos sobre aquella tierra de tristeza, sin conseguir
desviarlos; Makogaï, que la madre Dorothée le había señalado como un punto
minúsculo sobre el gran mapa situado en el corredor de la calle Du Bac, se
agrandaba visiblemente.
Cuando Chantal apartó, con esfuerzo, la mirada de esta
visión aún imprecisa, fue para interesarse por lo que sucedía en tomo. Todos
los leprosos estaban ahí, con las narices descamadas; los miembros atrofiados,
las llagas incurables, hacinados en este barco demasiado pequeño.
Pensaba ella que, cuando los seres son tan horrorosos, se
los arroja al fondo de la bodega para no verlos hasta la llegada al puerto de
destino. Este pensamiento le hizo bajar la vista hacia el pie de su camarote,
donde aparecían abiertas las escotillas de la bodega, y retrocedió
instintivamente... Allí, estirados sobre camillas, yacían los cuerpos mutilados
de unos veinte enfermos. Los ojos empañados miraban fijamente al cielo, al que
no tenían ya fuerzas para implorar. Nadie se preocupaba de ellos, sino para
mantenerse lo más lejos posible de esa cala maldita que parecía un foso al que
hubieran arrojado animales feroces. Los otros pasajeros del Saint-John, a pesar
de su enfermedad, encontraban el aspecto de estos enfermos, cuyos cuerpos se
descomponían, espantoso; y el olor que despedían, intolerable. De tiempo en
tiempo, alguno de los leprosos de la cubierta se inclinaba sobre la abertura de
la bodega y se retiraba precipitadamente, con repugnancia; Chantal observaba
esta maniobra. Los leprosos, ¿se odiarían entre ellos? ¿Los grados de la
enfermedad marcarían el límite de la camaradería?
Confusamente, sin que ella advirtiera con claridad la
razón, sentía el rencor flotar en el ambiente. Había notado ya, en la fila de
leprosos estacionados sobre el muelle de Levuka, destellos fugaces de
animosidad con respecto a la gente sana; esto no era nada al lado de la
corriente de odio que en el Saint-John subía de la bodega a la cubierta, iba de
proa a popa, envolvía a cada enfermo harapiento. ¿Qué sucedería cuando esos
miserables descubriesen su presencia entre ellos y cuando supieran que ella también
estaba atacada por el flagelo? Se heló de espanto ante la idea de que su
belleza excitara el deseo de hombres sin brazos ni piernas, o los celos de
mujeres con caras desfiguradas; se encogió en un rincón del camarote para que
nadie pudiera descubrirla al través de los vidrios.
Le repercutían en la pesada cabeza los golpes del pistón,
la voz de los sondeadores, quienes repetían una palabra que volvía sin cesar,
lacerante: Makogaï... Makogaí... Se tomó la cabeza con ambas manos y gritó:
-¡Robert! ¡Socorro...!
El ingeniero estaba lejos; nadie oyó el grito, que se
perdió en el ruido de la máquina. Estaba sola, con el sufrimiento y el amor
quebrado, mirando en torno, salvaje, enloquecida, como si temiera que no la
hubiesen oído, y que toda la horda de monstruos fuera a hacer irrupción en el
camarote para verla más de cerca. Nadie levantó la cabeza sobre la cubierta o
en la bodega. Hundió el pañuelo en la boca y continuó gritando para sí misma,
sin detenerse, hasta quedar sin aliento, extenuada.
Dirigió luego la mirada a la derecha; los niños leprosos
estaban allí, jugando sobre la cubierta, corriendo como podían, sin parecer
preocuparse lo más mínimo del mundo de horror y enfermedad que los rodeaba. Los
contempló con piedad y reconocimiento; sólo ellos parecían no esparcir odio.
Una extraña melodía le llamó la atención: un canto,
modulado por silabas incomprensibles para ella, provenía de la popa del
Saint-John, donde los leprosos hindúes se hallaban en cuclillas, agrupados en
semicírculo sobre cubierta. Salmodiaron la queja acompañándose de instrumentos
de sonido único, que Chantal no había visto ni oído nunca. ¿Qué podrían decir
las palabras de ese canto desesperado? La proa del transporte estaba ocupada
por los leprosos chinos, que no cantaban ni pronunciaban palabra. Una mujer,
entre ellos, era monstruosa: mecía un recién nacido en dos brazos reducidos al
estado de muñones, brazos donde ya.no había manos para acariciar la cabeza del
niño.
Chantal cerró los ojos durante largos minutos para no ver
toda esta tristeza. Sabía que no había un rincón del Saint-John donde posar la
mirada sin encontrar rostros desfigurados y abotagados. Los leprosos pululaban
sobre el navío como insectos; se adherían a todo, aun a los mástiles, que
algunos de ellos tenian abrazados para mantenerse en pié. Chantal pensó en el
extraño destino de todos estos seres entre los cuales algunos fueron, tal vez,
hermosos, llegados de todos los lugares del mundo para naufragar en un islote
del Pacífico. Tenía aún los ojos cerrados cuando un silbido ronco de la vieja
sirena del Saint-John la movió a abrirlos. Ante ella se extendía la bahía de
Dallice, que le pareció paradisíaca, con la vegetación lujuriante de palmeras,
bambúes, cocoteros, plantaciones de ñame, de plátanos y ananaes.
Sobre una playa, varios centenares de leprosos hacían
grandes ademanes y lanzaban a coro un grito gutural: “¡Selo! ¡Selo!” El
desembarco del cargamento del Saint-John era un acontecimiento esperado. Tal
vez fuerana encontrar, en esta nueva hornada, a algunos compatriotas que les
traerían noticias frescas y vivientes de su país. Sabían igualmente que el
Saint-John transportaba el correo y las encomiendas que les estaban destinados;
esta noche sería de fiesta en la isla; en cada villa los leprosos bailarían alrededor
de inmensos braseros, lanzando su grito de júbilo: “¡Selo! ¡Selo!”
El Saint-John, después de un último toque de sirena,
atracó al muelle de madera. El ruido de la máquina se detuvo por fin; Chantal
se hallaba harta de oírlo; le había machacado el corazón sin descanso. Inicióse
la carrera hacia tierra.
La policía de la isla llegó a bordo; se componía de dos
gendarmes, que por lo menos no eran leprosos, y verificaron la documentación de
cada viajero antes de autorizarlos a poner el pie sobre el estrecho
desembarcadero. Chantal prefirió dejar pasar a todo el mundo y esperar: sería
la última en dejar el Saint-John. Contemplaba la procesión de infelices que
avanzaba ahora hacia el otro extremo del muelle, donde la esperaba un grupo
pequeño de europeos vestidos de blanco: médicos, sin duda, y hermanas de caridad
que llevaban las mismas tocas que había visto en el convento de la calle Du
Bac. Entre estas últimas, una se apartó, frágil, y vino hacia el Saint-John,
caminando directamente al encuentro de Chantal. La joven sintió que las fuerzas
la abandonaban: se irguió, se aferró al muro del camarote, miró con fijeza la
forma blanca y etérea que avanzaba; se le humedecieron los ojos, y oyó una voz
infinitamente dulce que le dijo:
—La esperaba...
Es todo lo que le dijo Marie-Ange. La hermanita la tomó
del brazo para ayudarla a descender de ese Saint-John sobre el cual hubiera
querido morir. Las dos avanzaron lentamente por el desembarcadero, formando el
final de la procesión. Cuando pasaron delante del grupo de los europeos, otra
sombra blanca se apartó.
—Madre —le dijo Marie-Ange—, he aquí la persona que
estábamos esperando.
—Hija mía —respondió la voz de la superiora de la Misión—,
está usted en su casa para descansar y para curarse. Mañana nos veremos más
largamente. Marie-Ange la acompañará hasta su domicilio, donde todo está listo
para recibirla. El equipaje llegará casi al mismo tiempo que usted.
Chantal no tenía ya fuerzas para agradecer o pronunciar
una sílaba. La madre Marie-Joseph, que acababa de hablarle, se parecía a la
madre Dorothée. Todas estas hermanas se parecían, salvo Marie-Ange, que era de
una belleza radiante.
Había un sacerdote de larga barba, también él, el padre
Rivain, capellán de Makogaï, y un personaje que llevaba cuello duro y lentes de
oro: el reverendo David Hall, pastor protestante de la isla.
Un tercer grupo, en último término, se inclinó ligeramente
a su paso: era el médico jefe doctor Watson, acompañado por sus dos ayudantes,
de los cuales uno era un mozo alto, rubio y pálido, que le recordaba al interno
del hospital Saint-Louis; el otro; fijiano, que consiguió adquirir el derecho
de ser llamado doctor tras pacientes estudios. Marie-Ange se detuvo un instante
delante de los tres médicos, pero el doctor Watson le hizo un ligero ademán que
debió querer decir: “No se detenga usted, condúzcala en seguida a su domicilio,
lo necesita grandemente. Tenemos años por delante para examinarla...”
Así como la travesía a bordo del Saint-John había parecido
desesperadamente larga a Chantal, le pareció corta la marcha del brazo de
Marie-Ange.
—He aquí su domicilio —tomó a decir la voz dulce, cuando
llegaron ante una casa baja, totalmente blanca, rodeada por una terraza y
cubierta con techo de paja. Chantal no había visto nada durante este primer
recorrido de la isla, ni deseaba siquiera visitar las cuatro habitaciones que
iban a constituir su lugar de retiro voluntario por un tiempo indefinido.
Marie-Ange comprendía que era mejor no hablar más esa tarde y ayudó a la joven
a recostarse en una hamaca suspendida de dos vigas que soportaban el techo de
paja de la terraza.
Dejándose mecer por Marie-Ange, Chantal veía directamente
ante sí la bahía, que se abría en semicírculo hacia el Pacífico, y todos los
océanos que había atravesado. Singapur estaba lejos; el sol era sólo una bola
de fuego pronta a desaparecer en el mar, la roja tierra de Makogaï respiraba,
por fin, después de haber sido abrasada durante todo el día; ningún grito de
pájaro u otro animal llegaba hasta la casita blanca y, a lo largo del
desembarcadero, Chantal vio la negra silueta del transporte de los leprosos,
que se balanceaba suavemente, desembarazado ya del cargamento infernal.
LA ISLA DE FIEBRE
Al despertar, Chantal examinó la casa.
La paredes de bambú estaban desnudas, el moblaje,
compuesto por sillas de roten; los rayos del sol, de todos los colores, se
filtraban a través de una persiana de madera.
Una sirena resonó. Chantal se levantó, alzó la persiana
y el sol le dio de lleno en la cara, inundando la
habitación. Vio, en pleno centro de la bahía de Dallice, ya sumergida en el
calor tropical, la silueta negra del Saint-John, que dejaba tras de sí un
penacho de humo a manera de despedida. Chantal pertenecía a la isla de los
leprosos.
La habitación en que había dormido era común, indefinible.
Había dos puertas en los delgados tabiques; abrió sucesivamente una y otra. La
primera daba a una pieza, exactamente de las mismas dimensiones que la suya,
pero amueblada para livingroom; las sillas de roten habían sido reemplazadas
por sillones de madera o de tela. Esta pieza, más acogedora, daba —por una
ventana abierta— sobre la galería que advirtió la víspera.
Recorrió la galería circular. La casa, totalmente
construida de madera, descansaba sobre pilotes; esta elevación permitía una
permanente circulación de aire entre el piso de la casa y la tierra ardiente.
El dormitorio, cuya puerta abrió, comunicaba con otra
pieza más estrecha. En ella encontró sus baúles vacíos, ordenados en un rincón;
los vestidos colgados en un perchero, la ropa, blanca cuidadosamente doblada y
puesta en los casilleros de un estante; Marie-Ange había pasado por ahí. Otra
puerta se abría sobre este cuarto: Chantal tuvo la sorpresa de encontrarse con
un baño. Sin más tardanza abrió los grifos de la bañera y se sumergió en ella
como para librarse de toda la lepra del mundo.
Volvió al salón y notó, sobre una mesa baja, la presencia
de Jeannot; Marie-Ange creyó conveniente ponerlo a la vista. Tomó el juguete
con ternura y lo colocó sobre la cama. Una voz juvenil le gritó desde el
camino:
—¿Ha dormido bien? Le traigo provisiones para el desayuno.
Sor Marie-Ange estaba a caballo; era el único medio
práctico para desplazarse con rapidez en la isla. Después de asegurar la
cabalgadura a uno de los pilotes que sostenían la casa, subió la escalera,
diciendo:
—¿Ha visto con frecuencia hermanas a caballo? ¿No somos
nosotras las cantineras de Makogaï?
Condujo a Chantal hasta la cocina.
—Voy a hacerle probar, como desayuno, el kawa, la bebida
nacional de los fijianos. Verá que puede reemplazar agradablemente el café.
Chantal debió reconocer que Marie-Ange tenía razón.
—Por disposición reglamentaria —dijo la hermana, mientras
recorrían la casa—, los mismos enfermos son los encargados del aseo de las
viviendas; pero yo le enviaré todas las mañanas una alumna del taller de
costuras.
—¿Tienen ustedes taller de costuras?
—¡Makogaï tiene de todo! —respondió Marie-Ange, riendo.
Esta risa estalló, sonora, y descubrió una dentadura deslumbrante; la boca de
Marie-Ange debió de hacer soñar a más de un hombre. Chantal contemplaba a sus
anchas, esa mañana, a aquella magnífica juventud que “se había parecido
extrañamente a la suya”, según la opinión de la madre Dorothée. Se advertía,
pensaba Chantal, que no las había visto una al lado de la otra. Físicamente,
para empezar, ofrecían el contraste más evidente: Marie-Ange era tan morena
como Chantal se sabía rubia; la piel de Marie-Ange era mate, la de Chantal
lechosa; los ojos morenos de la una habían conservado un candor admirable;
todas las fealdades de la vida pasaron a la mirada de la otra. Marie-Ange era
pequeña. Chantal sería siempre esbelta. No ofrecían más que un punto de
coincidencia: la belleza. Moralmente, Chantal sentíase muy alejada de la
aristócrata que había dejado una vida lujosa para venir a enterrarse en esta
isla perdida; ella se sabía incapaz de renunciamientos y sólo abrigaba un
deseo: sanar para recuperar el lujo, sin el cual creía que la vida no merecía
ser vivida. A despecho de estas divergencias fisicas y morales, Chantal
comprendía que Marie-Ange sería probablemente la única habitante de la isla a
quien podría confiarse.
—Me va a acompañar hasta el hospital —dijo sor
Marie-Ange—. El doctor Watson debe examinarla para saber si puede iniciar el
tratamiento. ¿Sabe andar a caballo?
—No.
—¡Qué lástima! Le hubiera prestado el mío... No es siempre
muy dócil; ha tenido que amoldar su carácter al de los numerosos pensionistas
de la isla. Venga, no obstante; siéntese en la montura, yo llevaré las riendas.
—¿Pero usted irá a pie?
—Todavía no está usted repuesta de las fatigas del viaje.
Chantal cedió sin mucha resistencia y trepó a la montura;
era tal su cansancio que no hubiera tenido el valor de caminar los quinientos
metros que separaban su casa del hospital.
Si bien el hospital, construido igualmente sobre pilotes,
se parecía a las otras casas de Makogaï, las dimensiones eran mucho más vastas.
Sor Marie-Ange ayudó a Chantal a bajar de la montura y le dijo:
—Visite el edificio mientras espera a que el doctor Watson
la examine en el consultorio. Voy a informarle de su llegada.
La atención de Chantal fue atraída en seguida por un
extraño espectáculo; cerca de la puerta de un pabellón, donde estaban colocadas
metódicamente las fichas correspondientes a cada enfermo hospitalizado, colgaba
un diente de horqueta. Una hermana sostenía otro en la mano y lo utilizaba como
martillo para golpear sobre el primero; ese golpe producía un sonido muy
particular que invitaba a los leprosos válidos a alinearse en perfecto orden
frente a la religiosa, que permanecía de pie delante de la puerta.
Dejó ésta la original campana para cambiarla por una
jeringa esterilizada que llenó de un aceite espeso y amarillento, el cual,
adivinó Chantal sin ningún esfuerzo, debía ser el famoso chaulmoogra. Cada
individuo de la fila de enfermos se presentó, abrió la boca y recibió a
distancia su dosis después de haber hecho una horrible mueca.
Los enfermos se dirigieron luego hacia otro pabellón que
servía de refectorio. Chantal no se atrevió a entrar en él. Los enfermos
empezaban a mirarla con curiosidad y poca simpatía. Sus miradas decían: “¿Quién
es esta mujer blanca que no parece enferma y no lleva la vestidura larga de las
hermanas?”
—El doctor Watson la espera —anunció Marie-Ange, al
regresar.
Chantal, siempre acompañada por la hermanita que había
debido recibir de la superiora la orden de tomarla bajo su protección, penetró
en el despacho del médico director de Makogaï. El doctor Watson era inglés; su
primer ayudante, Fred, había llegado de California; el segundo era oriundo de
Suva. Los tres médicos se levantaron a la entrada de Chantal. El médico jefe y
Fred hablaban francés.
—Señora —comenzó el doctor Watson—, queremos, en primer
lugar, felicitarla por el valor del que ha dado pruebas al venir a buscar su
curación hasta aquí. Estamos persuadidos de que será recompensada por ello. Ha
hecho usted muy bien en no esperar. Si todos los enfermos nos llegaran en el
estado suyo, podrían retornar sanos en lugar de terminar miserablemente sus
días en la isla. Con su consentimiento vamos a proceder a un severo examen para
determinar el día en que, comenzaremos su tratamiento: cuanto antes, mejor.
Chantal se desvistió; las manchas habían invadido todo el
cuerpo. Por tercera vez soportó una extracción en la mucosa del tabique nasal;
empezaba a acostumbrarse a eso, bien que le resultara desagradable ver al
médico indígena tocarla con las manos. A medida que el examen proseguía, el
doctor Watson dictaba indicaciones al otro ayudante, el americano Fred, cuya
mirada sólo se desviaba de la ficha que estaba llenando para devorar a Chantal.
Los ojos azules de este joven de tez color ladrillo la molestaban; había en
ellos algo como una violencia contenida.
Cuando la ficha de la nueva pensionista quedó terminada,
le dijo el doctor Watson:
—Después que se haya vestido le haré ver, en el
laboratorio que está al lado, sus propios bacilos en el microscopio.
Chantal siguió al médico inglés.
—¿Ve usted —prosiguió la voz tranquila del médico jefe—
esos bastoncitos? Constituyen la envoltura formada por el ácido muboico, las
albúminas y las ceras..., exactamente como los bacilos de la tuberculosis.
Clasificamos el bacilo de la lepra entre los hongos inferiores. En el momento
actual se encuentra diseminado en sus tejidos y en el interior de células
leprosas, que él hincha como bolsas, en amasijos semejantes a una almohadilla
de agujas o pequeños haces de leña. Esos amasijos son lo que los bacteriólogos
han llamado globi o bolas, en usted, cada bola es revelada por la presencia de
una mancha.
Chantal mantenía el ojo fijo en el lente del microscopio y
contemplaba con repugnancia esos bastoncitos, mezclados con gránulos, que se
movían sin cesar como lombrices de tierra, cuya vida intensa se le
desarrollarla progresivamente en el organismo; solamente el pensar que tenía
todo eso en el cuerpo le hizo proferir un grito; Marie-Ange retiró con
precipitación el microscopio.
—Reconozco que es bastante desagradable a la vista —dijo
el doctor Watson—, pero verá con qué placer observará dentro de algunos años la
misma extracción practicada en el tabique nasal. No descubrirá el menor rastro
de bastoncitos o gránulos: ese día estará usted perfectamente sana. Como no hay
un minuto que perder si queremos detener los progresos de la enfermedad,
empezará inmediatamente. En lugar de administrarle el chaulmoogra por vía
bucal, lo que es muy desagradable y la obligaría a reunirse con los otros
enfermos a la hora del tratamiento, le vamos a dar inyecciones; la hermana
Marie-Ange irá a ponérselas dos veces por semana. Mañana temprano estará en su
casa; los días de inyección debe quedarse acostada. Veremos el resultado dentro
de seis meses; desgraciadamente, esto no es como la difteria, en que dos o tres
inyecciones de suero son suficientes. De todos modos, debe satisfacerle saber
que en el momento actual su estado no es contagioso ni lo será, tal vez, nunca.
El doctor Watson guardó silencio. Chantal salió, siempre
acompañada por Marie-Ange, que le dijo:
—Puede tener absoluta confianza en nuestro médico jefe.
Permitame darle, a mi vez, un consejo: trate de no retraerse demasiado, se
volvería neurasténica y los demás enfermos terminarían por aborrecería. Se
envidia siempre a los que pueden evitar ser sometidos al régimen común; será
cuidada por separado, pero no tema acercarse de cuando en cuando a los
desgraciados; por ejemplo, con motivo de las fiestas que ellos celebran o de
las ceremonias religiosas. Aunque no tenga fe, déles, no obstante, la impresión
de creer en la redención universal. Si usted, en el espíritu de sus enfermos,
fuera la hermosa europea que se desinteresa totalmente de la suerte de ellos,
yo terminaré inquietándome por la suya; no hace mucho tiempo que resido en
Makogaï, pero sí lo suficiente para descubrir que los enfermos viven amargados.
La libertad perdida, los cuerpos desfigurados, el sufrimiento fisico, la
convicción de haber sido heridos injustamente, un sordo rencor contra la
sociedad provocan un estado mental que puede ser expresado con estas palabras:
desconfianza, inquietud, irritabilidad. El leproso, como todo enfermo crónico,
sufre un extremo cansancio y es impresionable. Tiene tiempo sobrado de
reflexionar, rumiar sus pensamientos; fermenta y se convierte, hasta cierto
punto, en un perseguido. Finalmente, no olvide nunca que está en una isla de
treinta kilómetros de largo, que la obliga (quiéralo o no) a vivir en contacto
con los otros habitantes.
Siempre andando, habían llegado ante la iglesia de
Makogaï, construida con tablas, a la que sobrepasaba un campanario que
recordaba los desiertos pueblos de Francia. Era necesario que la religión fuese
poderosa para hacer surgir campanarios semejantes en todo el mundo.
El padre Rivain, capellán de Makogaï, a quien Chantal
entrevió la víspera, conversaba en el umbral con la superiora, madre
Marie-Joseph.
—¿Viene a visitar mi iglesia? —preguntó el capellán,
sonriendo a la joven—. Si ella no alcanza ciertamente los esplendores de una
catedral, le aseguro que inspira devoción.
—No se necesita ser creyente para entrar en una iglesia
—agregó la madre Marie-Joseph.
Chantal titubeó y miró a Marie-Ange. Los ojos de la
hermanita parecían decirle: “Entre sin temor. Eso no la obliga a nada.”
—La dejo a usted —dijo Marie-Ange—; es la hora de los
vendajes en la sala común del hospital. Mañana estaré en su casa a las nueve
para la primera inyección.
"¡Marie-Ange!", estuvo a punto de gritar
Chantal, que se contuvo y miró a su nueva amiga alejarse en compañía de la
superiora. Habría querido que la hermanita de nombre tan dulce no la dejara
nunca y estuviera a su lado durante toda la permanencia en Makogaï; sabía que
en compañía de una criatura semejante la isla de los leprosos podría parecerse
a una isla encantada.
—Sor Marie-Ange encarna lo que he visto de más puro en
Makogaï —le confió el padre Rivain—. Haga de ella su amiga y pasará mejor las
horas difíciles.
Penetrando en la iglesia, el capellán se santiguó. Chantal
lo miraba hacer, con curiosidad.
—Haga lo que yo hago —le dijo en voz baja el padre
Rivain—; esto no puede hacerle mal.
Chantal hizo, torpemente, la señal de la cruz. El capellán
agregó:
—Es evidente que para ejecutar correctamente ciertos
ademanes nada hay más eficaz que la práctica. A pesar de todo, si le
aconteciera un día sentirse terriblemente sola en su casa, no vacile en entrar
a esta iglesia, donde hay siempre alguien que la espera aunque usted no lo vea,
habita en ese modesto tabernáculo que se ve sobre el altar. Se llama Nuestro
Señor Jesucristo y tiene de este modo, en el mundo, un número incalculable de
residencias. Algunas parecen palacios, otras son más modestas; está usted ante
una de las más humildes de sus moradas. ¡Compruebe usted misma que está mejor
alojada que El en Makogaï!
Chantal no lo escuchaba ya; acababa de descubrir a su
izquierda un pequeño monumento que ya habia visto otra vez en su vida y que no
olvidaría jamás.
—¿Admira nuestra pila bautismal? —le preguntó el padre
Rivain.
Se había acercado, sin responder, a la fuente de piedra,
cuya construcción se destacaba en esta iglesia de madera. El capellán la
contempló algo extrañado, pero nada le preguntó; descubrió que había lágrimas
en sus ojos.
Salió bruscamente dé la iglesia sin despedirse del
misionero, que halló, no obstante, el medio de decirle en el momento que
desaparecía:
—Es muy amable de su parte el haber venido a verme. Iré
próximamente a devolverle la visita.
Una sola cosa urgía a Chantal: encontrarse sola con sus
pensamientos, lejos de preguntas indiscretas o de miradas extrañas. Retomando
el camino de su casa pasó ante un grupo de mujeres instaladas al aire libre
bajo unos cocoteros. Había allí fijianas, salomonesas y neozelandesas que
cantaban inclinándose sobre los telares. La madre Marie-Joseph vigilaba los
trabajos e iba de una en otra para darles algunos consejos. En cuanto vio a
Chantal le preguntó:
—¿Qué le ha parecido nuestra iglesia? ¿No es cierto que es
bonita?
—Muy bonita —respondió Chantal por complacerla.
—Está usted delante de nuestro taller de costura
—prosiguió la madre superiora—. ¡Usted no sospechaba que podríamos hacerle una
seria competencia a ciertos establecimientos de la rue de la Paix!
Chantal se había inclinado sobre uno de los telares. El
trabajo ejecutado era hábil. Miró instintivamente las manos de la obrera: la
derecha no tenía más que tres dedos; dos dedos de la mano izquierda estaban
encogidos, encorvados hacia la palma. La habilidad de esas enfermas le pareció
prodigiosa.
—Han puesto su amor propio en terminar para Navidad
—confióle sor Marie-Joseph, que la llamó aparte para preguntarle—: ¿Pasará de
cuando en cuando por el taller para darnos juiciosos consejos?; tengo la
impresión de que usted entiende de esto... ¿Me promete venir?
—Sí, madre —contestó Chantal.
Lamentaba amargamente no haber tenido la curiosidad,
cuando estaba en Marcelle et Arnaud, de visitar los talleres de las costureras,
contentándose en pavonearse con los vestidos imaginados, dibujados y ejecutados
por otras. En esa época, Chantal habría creído descender del pedestal de mujer,
creada únicamente para exhibirse, si hubiese trepado los seis pisos que
conducían a las buhardillas en las que nacían las obras maestras que ella se
contentaba, lo mismo que las compañeras del camerino —todas tan tontas como
ella—, con exhibir en los salones de la planta baja.
Prosiguiendo el camino hacia su solitario domicilio pasó
ante una valla blanca extendida bajo una hilera de bananos. La abertura era
bastante ancha como para echar una mirada de conjunto hacia el interior del
recinto; Chantal descubrió un jardín que le recordaba todos aquellos que tanto
le gustaban cuando atravesaba en automóvil la región parisiense. Pero ese
jardincillo no estaba totalmente concebido a la francesa; si ella hubiera
conocido Inglaterra, se habría creído transportada a las riberas del Támesis.
El propietario, sentado en la galería de la casa, leía una revista ilustrada.
Debió haber presentido alguna presencia extraña al otro lado de la pared porque
volvió la cabeza.
Chantal reconoció al personaje con lentes de oro y cuello
recto, sin corbata, que había visto el día anterior, pocos minutos después de
haber tomado contacto con la tierra de Makogaï.
El reverendo David Hall, ministro de la iglesia
protestante, la miró por sobre los lentes, abandonó el sillón y se acercó a la
valla. Se expresaba en un francés correcto, con cierto acento que parecía
decidido a no abandonar jamás.
—Buen día, señora. Espero que su primera noche en Makogaï
no le habrá parecido desagradable. ¿Da usted su primer paseo en nuestro islote
de verdor y admira nuestra vegetación? Por más que me preocupo muy poco de las
disposiciones reglamentarias, no me atrevo a pedirle que entre en mi casa... Mi
mujer y mi hija tienen un miedo crónico de contraer la enfermedad. Ha sido
inútil que les repita una y mil veces en diez años que los riesgos eran
mínimos; imposible hacerles entender razones. ¡Me habría gustado tanto
recibirla a tomar el té, como la decencia lo exige entre los europeos!
—¿Puedo preguntarle cuál es su empleo aquí?
El reverendo David Hall sonrió y respondió jovialmente:
—Mi empleo, estimada señora, se parece de extraña manera
al del padre Rivain, el capellán católico con el cual la he visto en amena
conversación hace un rato, en el umbral de su iglesia. Yo también tengo una
iglesia..., pero no es la misma. ¿Puedo atreverme a esperar que me dará
igualmente el placer de hacerme una visita?
—¿Cuántas iglesias hay en Makogaï?
—Dos, en las que el culto es oficial: la iglesia católica
y la reformada. ¿Le extraña esto? iQué quiere usted! Los blancos de la isla no
llegaron nunca a ponerse totalmente de acuerdo. ¿Puedo preguntarle cuál es su
religión?
—No tengo ninguna —contestó Chantal.
—Makogaï posee dos formas de culto cristiano, pero los
indígenas tienen, todos, religiones diferentes. Encontrará budistas en la villa
china, mahometanos entre los hindúes, adoradores del diablo entre los
fijianos... Es conveniente que haya para todos los gustos —agregó el reverendo,
bonachonamente.
—¿Cree usted que su presencia y la del capellán católico
son indispensables aquí? ¿No sería preferible dejar que cada uno procediera
según sus creencias?
—La presencia del padre Rivain en Makogaï es tan útil como
la mía. Tenemos por misión, ambos, la de arrancar almas al paganismo y hacerlas
participar de los innumerables beneficios de la cristiandad. Usted,
precisamente, que carece de religión, estará mejor colocada que nadie para
juzgar los efectos de nuestras enseñanzas. Sepa usted, desde ahora, que antes
de la aparición de los misioneros cristianos las prácticas religiosas de los
fijianos excedían en monstruosidad a todo cuanto puede imaginarse. ¿Se ha fijado,
al entrar ayer a bordo del Saint-John, en la bahía de Dallice, en esos dos
islotes que como centinelas avanzados en el mar custodian el puerto? Uno ha
recibido de los Indígenas el nombre de Tabaka, que significa: espina de pez;
esa roca desnuda servía, no hace de esto mucho tiempo, como monumento funerario
natural a los jefes de tribu de Makogaï. Todavía hoy se encuentran ahí
osamentas que prueban el uso primitivo. Poco elevada, Tabaka es fácilmente
sumergida los días de grandes tempestades, frecuentes en estos parajes. ¡Qué
espectáculo más emocionante el de esta tumba milenaria, periódicamente barrida
por la espuma de las olas! Con marea baja, Tabaka está unida a la isla por una
estrecha faja de tierra, suerte de incitación a los primitivos para ir a honrar
los restos de sus jefes. Tienen ustedes en las costas de Normandía un islote
que se parece a éste: Tabaka es el Mont-Saint-Michel del Pacífico.
Chantal escuchaba con agrado la voz pausada del pastor; le
gustaba aquel acento inglés.
—El otro islote está frente a Tabaka; es mucho más grande.
Es Makodragna, o isla de las cabras, llamada así desde el día en que nuestro
médico jefe hizo aclimatar en él, hace unos doce años, a este animal. Islote
rocoso como su vecino, Makodragna, tierra desolada, es la morada habitual de un
demonio bien ‘conocido que llaman Ramanaké...
“Este personaje, especie de sirena, silbaba con una caña
de bambú al paso de los navegantes. Estos, encantados, no se cuidaban ya de los
mil y un arrecifes que defienden el lugar. La consecuencia era invariablemente
el naufragio. Las pobres gentes dejaban ahí sus cuerpos, yendo sus bienes a
engrosar los tesoros acumulados así por este demonio pirata. Este espíritu
silbador es, desde luego, dócil: se le presentará a usted si sabe llamarlo en
su idioma. En el mar, puede ser asimismo un socorro precioso. Me han referido
muchas veces el caso de infelices que, estando a punto de perecer en el curso
de una tempestad, como solamente las hay en el Pacifico, fueron salvados por
Ramanaké. La condición indispensable para que se revelase bajo este aspecto era
la de ofrecerle un sacrificio, invocándolo. Tomaba entonces la forma de un
tiburón; así encamado se convertía en Dakou-Woga, se lanzaba a través de las
olas sobre los navegantes en peligro y los conducía a puerto. Después de lo
cual desaparecía tan modestamente como cualquier tiburón que se ha tragado a un
hombre.
“Esta historia de la mitología fijiana puede parecerle
pura leyenda. Sin embargo, después de la fundación de la leprosería han podido
comprobarse casos típicos de posesión diabólica. Mujeres que se habían
aventurado hasta la isla de las cabras volvieron en un estado que indicaba la
posesión de Ramanaké. ¡Ya sabe lo que le espera si intenta la aventura!”
—¿Usted, personalmente, ha sido testigo de alguna
manifestación de Ramanaké?
—Veo que es escéptica, como todos los blancos al
desembarcar en estos parajes. Cuando haya vivido algún tiempo aquí, cambiará de
parecer... Esta posesión de una tierra por el demonio no es, por otra parte, un
hecho único en las islas Fiji. Por eso no son demasiadas las dos iglesias
cristianas para luchar contra él.
—¿No cree usted —preguntó Chantal, sin reflexionar mucho—
que sería mejor tener, para oponérsele, una sola religión?
—Estimada señora —dijo el reverendo David Hall—, está
predicando a un convertido... ¡Pero sería necesario, evidentemente, que esa
religión fuera la mía!
Chantal comprendió que bajo aquel aspecto bonachón el
pastor protestante era tan firme en sus convicciones como el capellán católico.
Se preguntó cómo estos misioneros, tan cerca el uno del otro por la generosidad
y tan alejados por principios rigurosos, podían ingeniarse para explicar a los
adeptos de Ramanaké que existían varias religiones cristianas, pero que sólo
una era la buena: aquella que cada uno de los dos enseñaba.
El reverendo David Hall pareció adivinar estas
reflexiones; agregó:
—No estoy siempre de acuerdo con la religión católica
cuando se trata de hacer conversiones; hay, además, una seria competencia entre
nosotros. En este momento, los leprosos de Makogaï están divididos en tres
campos: los protestantes, los Católicos y la masa restante. Digo
deliberadamente “la masa”: ella comprende los paganos y los incrédulos.
Desgraciadamente, el tercer grupo sobrepasa en número a los dos primeros
reunidos, que se equivalen entre sí. El cuerpo médico es protestante, las
hermanas enfermeras, católicas; los leprosos no tienen más que elegir... En
cuanto a usted, estimada señora, ¿me veré en la triste obligación de
clasificarla en el tercer grupo?
Chantal se sintió molesta; por eso prefirió contestar,
atacando a su vez:
—Cuando un leproso no cristiano va a morir, ¿qué sucede?
—El padre Rivain y yo nos presentamos a su cabecera. Será
de aquel que llegue primero, y casi siempre conseguimos convertirlo a una u
otra de nuestras creencias. Aquel de nosotros que ha ganado en este torneo
espiritual de la última hora no tiene más que marcar la jornada con una piedra
blanca.
—¡Eso me parece monstruoso! —declaró Chantal—. ¿Para qué
perturbar la conciencia de un desdichado en los últimos momentos de su
existencia?
—Sencillamente, ¡para hacer un cristiano, señora!
—contestó el reverendo, con la mayor calma—. Mi respuesta no le aclara gran
cosa por ahora; puede ser que la comprenda algún día...
—Para eso tendría que convertirme al catolicismo.
—O al protestantismo —agregó sonriendo el pastor—. Usted
también puede elegir... Recuerde que el más atroz estado del alma de un ser
humano es la indiferencia.
El reverendo David Hall se calló; consideraba haber
expuesto todo lo que tenía que decir aquel día. Era tenaz; volvería a la carga
dentro de algunos días, algunas semanas, meses o durante años si fuera
necesario. Quería obtener en la persona de Chantal la más resonante victoria de
su larga carrera de misionero.
¡El padre Rivain y las hermanas católicas no volverían de
su asombro! Pero debía desconfiar. Seguramente, el capellán católico debió
haberse puesto de acuerdo con la madre Dorothée para alcanzar su fin. ¡Todos
ellos se equivocaban! Sería él, David Hall, quien bautizaría a Chantal, con el
agua de la cascada de Makogaï, para ser una protestante. Recorriendo
mentalmente la lista de sus enemigos espirituales, el excelente hombre había
olvidado solamente a una persona: la frágil y tímida Marie-Ange...
Durante ese prolongado silencio del pastor, Chantal
advirtió a una dama respetable que los observaba desde la galería. Una segunda
silueta, la de una alta niña pelirroja, bastante bonita, se había unido a la de
la dama.
El reverendo David Hall se volvió. La dama de la galería
aprovechó para gritarle en tono de reproche:
—¡David!
El pastor hizo un breve ademán con la mano, que quería
decir: “ya voy”, y dijo a Chantal:
—La señora Hall me llama para el almuerzo; no le gusta
esperar... Iré a visitarla uno de los próximos días y, si eso la divierte, le
referiré otras muchas hermosas leyendas típicamente fijianas. Perdóneme, debo
escaparme... ¡La señora Hall y mi hija Agathe van a recriminarme durante toda
la comida!
Chantal continuó su camino imaginando lo que debía de ser
el interior, típicamente inglés, de la casa del pastor. Cuando este último le
habló de “su mujer”, quedó de pronto desconcertada, pero recordó en seguida
haber oído decir que los pastores tenían el derecho de casarse. Encontraba eso
mucho más natural, después de todo, que la situación de los sacerdotes
católicos. Según ella, no había más que un ligero inconveniente para el
reverendo Hall: su esposa parecía, a distancia, de un humor execrable. Chantal
se imaginaba con cierta claridad a este apóstol consolador de almas sentado a
la mesa entre la señora Hall y la pelirroja Agathe: el buen hombre, sin derecho
a abrir la boca para hablar y manteniendo la nariz sumergida en el plato. Y no
se equivocaba. El almuerzo fue de los más tempestuosos en la casa del pastor.
Tras un comienzo cargado de silencio, la voz de la señora Hall preguntó:
—David, ¿quien era esa persona rubia con la cual habló
usted tan largamente delante de la puerta de nuestro jardín?
—Una nueva pensionista de la leprosería —contestó
lacónicamente el reverendo.
—¿No querrá decirme que esa mujer tiene lepra?
—¿Cree usted que podría estar aquí en viaje de placer?
—¡Esa mujer es una leprosa, David, y me pareció que usted
la invitaba a tomar una taza de té!
—¿Por qué no habría de gustarle el té? Esta señora ha
vivido hasta hace poco tiempo en nuestra vieja Europa, donde sabe apreciarse
todavía esa bebida en su justo valor.
—Padre —preguntó la pelirroja Agathe—, ¿es inglesa?
—No, francesa y del mismo París.
—¡Ya no me extraña que sea tan elegante! —soltó la señora
Hall, con una pizca de hiel.
—Aprobaré siempre —afirmó el pastor— que se empeñe en
salvar su prestigio y no se abandone a la vulgaridad en el vestir, como la
mayor parte de los habitantes de la isla.
—¿Supongo que no se referirá a nosotras, David?
—No se trata de usted ni de Agathe, que son, ciertamente,
las personas mejor vestidas de Makogaï. Ese estimado doctor Watson me lo hacia
notar la semana pasada... Pero, ¡cuidado, Agathe! Esta joven y linda francesa
le va a hacer competencia.
—¡Oh!, padre, ¿no querrá insinuar que Fred?... —preguntó
Agathe, enrojeciendo.
—Su novio es un hombre suficientemente sano de cuerpo y
alma —declaró el pastor— para no interesarse por una enferma.
—¿Esta parisiense será, naturalmente, católica? —preguntó
la señora Hall.
—No tiene ninguna religión
—¡Qué horrible mujer! —cloqueó la señora Hall.
—¡Me atrevo a esperar que la verá usted lo menos posible,
David!
—Al contrario. Mi deber me ordena intentar llevarla
progresivamente a la práctica de nuestro culto.
—Hay muchos otros enfermos para convertir antes que ella,
padre...
—Todos los enfermos sin religión estén para convertir,
hija mía, pero ninguno de ellos tiene derecho de precedencia espiritual. No
olvidemos nunca que Nuestro Señor dijo: “Los últimos serán los primeros...”
El reverendo tenia respuesta para todo. Su tranquilidad
triunfaba siempre, a la larga, frente a las habladurías de la áspera esposa o a
las preguntas indiscretas de Agathe. Sabía, por aquellas pocas frases cambiadas
durante el almuerzo, que la nueva habitante blanca de Makogaï sería el
principal tema de conversación entre la señora Hall y su hija durante semanas,
meses y años. Eso lo impacientaba. Era absolutamente necesario hablar de otra
cosa y por eso formuló de manera imprevista una pregunta:
—Agathe, ¿cuándo desea que oficialicemos su compromiso con
el doctor Fred? Ese día tendré que ofrecer una fiesta a la que deberé invitar
al estimado doctor Watson, al padre Rivain, a la madre Marie-Joseph y a toda
nuestra pequeña colonia.
—David —cortó la señora Hall—, para hacer sus invitaciones
esperará a que mi nuevo vestido esté listo.
Hacía largas horas que Chantal estaba recostada en la
hamaca, bajo la galería. No podía dormir y miraba, desde ese elevado punto de
observación, el camino que pasaba al pie de la escalera de la casa. La vida
parecía haberse detenido completamente bajo la influencia de un calor
sofocante; ningún ruido ni voz turbaba el silencio; a lo lejos, sobre el azul
inmaculado de la rada, ninguna vela o embarcación animaba las dormidas aguas
del Pacífico. La joven sentía fiebre y sabía que la tendría sin cesar mientras permaneciera
sobre esa tierra desolada.
Makogaï, la isla de los leprosos, no era uno de esos
elevados lugares del mundo donde puede conservarse la tranquilidad física y
moral. Todos los habitantes de Makogaï tenían fiebre. Chantal lo advirtió desde
el momento en que había tomado contacto con ese suelo extraño. La enfermedad,
que reinaba como dueña absoluta sobre el islote, era sólo una sucesión
ininterrumpida de fiebres y depresiones nerviosas: comenzaba a sentirlo
dolorosamente. Alternaban en ella estados de exaltación y abatimiento; le ardía
la frente cuando las manos estaban heladas. Esto le anulaba las energías y le
embotaba las facultades. Los demás enfermos, atados a la cadena de dolor desde
largos años, debían de encontrarse en un estado lamentable: la fiebre era
intensa, lacerante, eterna.
Pero no sólo había leprosos; los que se movían alrededor
de ellos estaban, tal vez, más atacados. A Chantal le había bastado mirarlos o
hablar unos instantes para comprobarlo... Ese doctor Watson, que prefirió
abandonar una clientela corriente e infinitamente más remuneradora en la vieja
Inglaterra para venir a exiliarse en Makogaï, no era un médico normal. Era un
enfermo él también, poseído por una fiebre que lo obligaba a luchar contra un
mal incurable. Al igual que su jefe, el americano Fred y el fijiano no pensaban
sino en practicar extracciones de mucosa y de sangre, en hacer análisis; no era
una vida normal para hombres jóvenes y robustos. Estaban peligrosamente
poseídos de una fiebre secreta que Chantal no atinaba a definir: una fiebre que
excedía su inteligencia.
...¡Y ese pastor, medio loco, que repartía la vida entre
el estudio de leyendas fijianas y los científicos desayunos preparados por la
señora Hall! ¿Tuvo acaso él, también, la idea de exiliarse en medio de leprosos
para continuar’ llevando una suave y modesta existencia, en un home británico
entre la mujer y la hija? ¿Cómo había podido sacrificar así la juventud de la
espiritual Agathe? Sólo había una explicación posible de este misterio: el.
reverendo David Hall tenía él también fiebre, aquella que lo forzaba a
convertir a los demás, costara lo que costase y aun cuando ellos no se lo
pidieran. Esta fiebre, que le parecía a la joven la más inquietante de todas
porque atacaba solapadamente el libre albedrío de los individuos, había
alcanzado igualmente al padre Rivain. La iglesia de tablas del capellán
católico, edificada sobre pilotes, no podía ser un templo de recogimiento para
personas normales acostumbradas a la estabilidad de las cosas. Esta iglesia de
pacotilla sería arrastrada por la gran fiebre de Makogaï como todo lo demás...
¡Esas hermanas, finalmente, que llevaban tocas, tales como las orejeras en
Europa, para no ver lo que sucedía frente a su puerta de la calle Du Bac, y que
aquí no vacilaban en mirar a los seres más feos del mundo sobre un islote del
Pacífico! Ellas, sobre todo, estaban completamente poseídas por una rara
fiebre: la del sacrificio.
Entre estas mujeres de toca blanca, Chantal entreveía
especialmente la imagen muy pura de Marie-Ange, cuyos ojos negros brillaban con
un fuego interior que anulaba el resto de su expresión; Marie-Ange era la que
más fiebre tenía. Su mirada incomodaba a Chantal; reflejaba demasiado amor,
aquel que da sin recibir nada a cambio.
Con todo, Chantal estaba también minada por una fiebre
secreta. Su pasión por Robert se convertía en una obsesión; no sabía y si amaba
al ingeniero en sí o para proporcionarse un placer. Por el contrario, los ojos
de Marie-Ange amaban para el placer de los demás. ¡Qué magnífica enamorada
hubiera sido la hermanita si la religión no le hubiese infundido esta fiebre de
sacrificio!
Chantal daba vueltas y vueltas en la hamaca, presa de una
especie de delirio consciente; la fiebre impregnaba a todo Makogaï: los seres,
las cosas, las palmeras enanas, la roja tierra del camino, el azul de la
rada...; la joven sentía latirle con fuerza las sienes, este golpear se
intensificaba para transformarse en redoble continuo. Se sentó en la hamaca y
advirtió que el redoble no existía únicamente en el cerebro, que era real y
llegaba desde el camino.
Un hombre, el primer ser viviente que veía pasar después
de horas, marchaba con paso acompasado, tocando un tambor. Cuando hubo llegado
ante la casa, el curioso personaje se detuvo, desplegó un rollo depapel y leyó
una larga proclama en lengua bárbara, de la que no comprendió nada. Sin
embargo, reconoció al hombre: era uno de los dos gendarmes que representaban a
la policía, sobre el desembarcadero, a la llegada del Saint -John.
Estaba desnudo hasta la cintura y llevaba un taparrabo
hecho con paja de arroz. Tenía la cabeza cubierta con un madrás, y de la
espalda le colgaba un fusil, en bandolera; los pies desnudos eran del color
rojo de la tierra de Makogaï; debió, sin duda, haber recorrido toda la isla
para leer la proclama. Cuando terminó, prosiguió su camino, golpeando el
tambor.
Chantal se preguntaba qué cosa podría haberle dicho,
cuando vio pasar por delante de su casa algunos enfermos aislados que seguían
las huellas del gendarme. El heraldo de la ciudad había cumplido perfectamente
su misión. La joven no podía ya soportar la permanencia en la hamaca. ¿Por qué
no seguir ella también, a ese guardia campestre de un género desconocido en
Europa? La proclama le estaba destinada a ella también, puesto que estaba
enferma como los demás. ¿Marie-Ange no le había recomendado mezclarse sin
titubear con la multitud, los días de reunión o de fiesta? Se levantó y siguió
el camino rojo sin mucho reflexionar; ¡hacer esto u otra cosa para matar el
tiempo! Llegó rápidamente a la entrada de una población típicamente fijiana,
donde no halló trazas de hindúes, de chinos o gilbertinos. Todos los habitantes
dejaban las casas para reunirse en la gran plaza. Notó Chantal que no había más
que hombres en ese pueblo; las mujeres leprosas se alojaban en locales de la
leprosería central.
Llegó a la plaza en el momento en que la madre
Marie-Joseph se apeaba de un caballo. Un leproso agitó una campana de madera
colgada de un poste, para anunciar a todos que el momento grave había llegado.
La madre Marie-Joseph distinguió a Chantal y le hizo señas de reunírsele bajo
el guayabo, delante del que estaba instalado un tribunal rudimentario. Ella se
aproximó mientras los enfermos se sentaban en tierra formando semicírculo. El
hombre que tocó la campana cambió algunas palabras en fijiano con la madre
superiora. Cuando se alejó, dijo ésta:
—Ha hecho bien en venir a reunirse con la multitud. Así
aprenderá a conocerla a usted y a estimarla. ¡Vea cómo todos esos ojos la
devoran! ¡Con tal de que no haga usted estragos en la isla! Veo que se muere de
ganas de hacerme dos preguntas: voy a contestarle en seguida. El hombre con
quien acabo de hablar es el jefe del pueblo. No tiene, tal vez, la apariencia,
pero es un personaje muy importante porque fue nombrado para este cargo
directamente por el gobernador inglés de las Fiji, recomendado por el doctor
Watson. Enfermo como sus administrados, ejerce una autoridad soberana sobre
ellos y puede, para ser secundado en el ejercicio de sus funciones, recurrir a
los gendarmes que están a mi derecha. Si estoy acá a esta hora es porque el
jefe me ha llamado para dirimir una controversia. Esto puede extrañarle, pero
en Makogaï las buenas hermanas deben hacer de todo: montar a caballo y
administrar justicia. El doctor Watson me ha conferido atribuciones de juez de
paz; todas estas disputas de pueblo lo aburren. Por lo general, yo dejo al jefe
arreglar las cosas; si no lo consigue, llego en mi caballo después de haber
difundido el llamado por todo el territorio del pueblo.
—El gendarme leyó la proclama delante de mi casa, pero
como hablaba en fijiano...
—Será necesario que aprenda este idioma raro —contestó la
madre Marie-Joseph—. Será para usted una excelente ocupación porque es
difícil... Siempre administro justicia bajo este árbol: es ¡ay!, mi único punto
de semejanza con el buen rey San Luis. Verá que la justicia es rápida aquí:
nada de acusación fiscal, no hay defensa de letrado. Cada litigante expone su
caso: a mí me toca fallar en seguida. No es siempre fácil: nuestros buenos
hombres son astutos y tortuosos. Hasta ahora he salido del paso bastante bien;
hay que creer que el mismísimo rey Salomón me inspira. El incidente que nos
ocupa hoy ha provocado una perturbación en el pueblo desde hace cinco días; se
trata, según acaba de explicarme el jefe, de una gallina cuya legítima
propiedad reivindican dos habitantes del poblado, cada uno de los cuales se
niega a ceder sus derechos reales o imaginarios. Este grave litigio ha dividido
al pueblo en dos campos; hay que terminar con él.
El gendarme hizo oír un redoble de tambor para obtener
silencio de la multitud. A un llamado del jefe, ambos litigantes se
adelantaron; el de la derecha era tuerto, el de la izquierda, rengo. El objeto
en discusión, la gallina, fue traída en una jaula de madera a los pies de la
madre Marie-Joseph, quien esperaba que el silencio fuera general para abrir el
debate.
Fue fácil para Chantal, a pesar de su ignorancia del
fijiano, comprender la escena que se desarrollaba delante del guayabo. Los
oponentes gesticulaban profusamente mientras hablaban; la muchedumbre subrayaba
con murmullos cada una de las explicaciones. Sólo la madre Marie-Joseph
permanecía impasible, formulando de cuando en cuando alguna pregunta precisa.
Cada una de éstas desencadenaba un torrente de palabras por parte de los
litigantes. Cuando el torneo oratorio hubo terminado, y el combate pareció disminuir
de intensidad por falta de argumentos, la madre Marie-Joseph tomó la palabra en
fijiano:
—¿Cada uno de ustedes sostiene que el adversario le ha
robado su gallina? Retiren entonces este animal de la jaula y dénmelo...
Correrán hasta la galería de las respectivas casas, que se encuentran al otro
lado de la plaza. Cuando hayan llegado, a una señal de la campana ambos al
mismo tiempo llamarán la gallina arrojándole granos.
Los leprosos obedecieron tras cierto titubeo. Cuando el
jefe agitó la campana, los dos hombres pusiéronse a gritar arrojando puñados de
granos para atraer la gallina. Esta, a la que la madre superiora había devuelto
la libertad, fue en seguida hacia la casa donde, habitualmente, recibía la
alimentación. La causa estaba juzgada: la concurrencia se retiró en silencio,
estupefacta de semejante sabiduría.
—Volvamos —dijo la superiora a Chantal—. Un instante para
montar a caballo y estoy con usted. El camino a la Misión pasa delante de su
casa.
La joven marchaba silenciosa a un costado del caballo de
la madre Marie-Joseph, cuando ésta le hizo notar una plantación que bordeaba el
camino:
—Estos son hydnocarpus, cuyo fruto proporciona el aceite
de chaulmoogra que la curará. Estoy persuadida de que no pasará en lo sucesivo
delante de estos árboles sin mirarlos con amor y, a la vez, con inquietud. Vea
ese viejo que trabaja en la plantación... Es uno de nuestros enfermos
neozelandeses que se ha especializado en el cultivo de la maravillosa planta.
No se curará probablemente nunca; la enfermedad está muy avanzada, pero él ha
descubierto la verdadera felicidad al dedicar los últimos años de su vida al
mejoramiento de la calidad del aceite. Si todos los leprosos del mundo
hubiesen, desde los siglos que la lepra se conoce, trabajado así en bien de sus
semejantes, hace ya tiempo que esta enfermedad hubiera desaparecido. Para que
este hombre comprendiera esto fue necesaria su trasformación por el milagro de
la caridad cristiana: tiene usted bajo los ojos uno de los más hermosos éxitos
del padre Rivain.
Chantal no contestó y siguió caminando en silencio. Como
el reverendo David Hall, esta hermana sentía la necesidad de hablar
constantemente del apostolado. ¿Cuándo encontraría ella, en esta isla perdida,
a alguien que le hablara de cosas más alegres: de música, por ejemplo, de amor
sobre todo? Aún no se daba cuenta de que el amor discreto, planeando sobre
Makogaï y envolviendo la isla en un velo de caridad, excedia los más bellos
amores terrenales que pudiera imaginar. Ese amor había conseguido despojarse del
egoísmo que mancha hasta los menores actos humanos.
Al encontrarse nuevamente sola en la casa, se sintió muy
cansada y resolvió acostarse, no ya en la hamaca, sino en la cama. No deseaba
continuar en la galería donde estaba expuesta a ver pasar caras horribles a las
que no se acostumbraría jamás. Se quedaría sola, enclaustrada en el interior de
la casa, no recibiendo más que a Marie-Ange cuando ésta viniera a ponerle las
tan esperadas inyecciones. Mañana, por fin, el tratamiento salvador comenzaría.
Ya en la cama, tomó a Jeannot en las manos y lo apretó con fuerza, mirándolo
fijamente. El animalito de felpa, con la oreja mordisqueada, tomó en la
alucinación de la muchacha un aspecto viviente. Jeannot se movía, la miraba,
escuchaba, y Chantal empezó a relatarle un hermoso cuento:
—Había una vez, en una isla perdida del Pacifico, una
gallinita muy blanca que pertenecía a un hombre villano muy negro y cubierto de
llagas. El monstruo pretendió encerrar la gallina en una jaula de madera, pero
ella consiguió burlar la vigilancia una tarde y fue a refugiarse junto a una
jovencita, bella como una diosa, a la cual preguntó: “Marie-Ange, ¿quiere
tenerme con usted para siempre?... ¿Para protegerme contra toda esa fealdad que
me rodea e impedir que me vuelva loca yo también?
“Marie-Ange no contestó, pero abrió los dos brazos y los
cerró sobre la gallinita, que se acurrucó allí para ya no ver lo que le
infundía miedo”.
Chantal había acercado a Jeannot junto a sus labios y lo
cubría de besos, murmurando: “Ahora puedes dormir, querido mio; que tengas
lindos sueños...”
La primera inyección en el brazo derecho, aplicada al día
siguiente, fue dolorosa y le dejó a Chantal la mitad del cuerpo adormecido.
Marie-Ange le ayudó a recostarse en la hamaca, mientras la pequeña leprosa
enviada por el taller aseaba la casa y preparaba el almuerzo. Tras la partida
de la hermana, Chantal tuvo sobrado tiempo para decirse que por fin tenía en el
cuerpo una dosis de ese remedio en busca del cual había recorrido miles de
kilómetros. Fue sacada de su sopor por la melodía de una magnífica voz de
hombre que cantaba en inglés. La voz no debía venir de muy lejos, pero sin
fuerzas para levantarse le era difícil situarla. Era la primera vez, después
del siniestro lamento de los leprosos hindúes sobre el Saint-John, que oía
cantar.
La voz entonaba ahora una canción que ella adoraba; de
ella había puesto veinte veces el disco en el gramófono del bulevar Suchet y le
recordaba la vida fácil de la capital. La cálida voz decía:
Some day he’ll come along
the man I love;
And he’ll be big and strong
the man I love;
And when he comes my way...
Las palabras inglesas repercutían en ecos bajo las
palmeras de Makogaï, mientras Chantal, en la hamaca, tarareaba suavemente, al
mismo tiempo que la voz desconocida, la traducción que se sabía de memoria;
No, no he soñado
este dulce poema...
Vendrá a buscarme
aquel que amo...
Su voz calló junto con la del hombre. El extraño dúo había
terminado. ¿Cuándo se iniciaría? Chantal sentía curiosidad por saber quién era
el que tan bien expresaba el amor en Makogaï. ¡Por lo menos había allí una voz
que le hablaba de otra cosa que no fuera conversión o lepra!
Mientras cantaba había visto desarrollarse en su
imaginación el contenido y la acción descritos por el mal poema. Aquel que ella
amaba, Robert, desembarcaría en esa isla y la llevaría lejos de esta pesadilla
hacia el lugar donde él debía estar ya en vías de realizar la felicidad de
ambos. ¿Seria, tal vez, en Singapur, lejos de todo lo que ella había conocido
en la juventud? No pisaría ya a la vieja Europa, gastada, que comenzaba a odiar
puesto que no había encontrado en ella el amor.
La ilusión fue interrumpida por la llegada del reverendo
David Hall, quien le dijo mientras subía la escalera:
—¡Ante todo, no se mueva! Voy a sentarme al lado de la
hamaca... Sé que le han puesto esta mañana la primera inyección. ¿Le duele?
—No mucho. Tengo dolorido el costado derecho, nada
—Le prometí ayer venir a devolverle la visita. ¡Reconocerá
usted que no he perdido tiempo!... ¿Ha reflexionado un poco sobre nuestra
conversación?
—No —declaró Chantal, con franqueza—. No he tenido tiempo
ni deseos de hacerlo.
—¿Puedo preguntarle qué va a hacer mañana domingo?
Chantal pareció salir de un sueño.
—Pero, ¿es que hay domingos en Makogaï?
—Como en todos los países del mundo.
—¡Es, sin duda, el día de la semana en que lo pasaría más
a mis anchas! —dijo la joven.
¿Iba a estar obligada a plegarse, en esta isla perdida, a
la siniestra disciplina del domingo observada en los países civilizados? No
hay, sin embargo, días de reposo para la lepra, que roe los tejidos hora tras
hora.
—El domingo —prosiguió el pastor— es el único día en que
podrá encontrar algunas distracciones en Makogaï. Por ejemplo, conseguiría
llenar por completo la mañana asistiendo sucesivamente a los dos oficios: el
padre Rivain dice la misa mayor a las nueve; nuestro culto tiene lugar a las
once. Nos hemos puesto de acuerdo hace ya tiempo para no hacemos una
competencia excesiva... Si le gusta el bel canto oirá usted cantar a Tulio
Morro en nuestra ceremonia.
—¿Quién es? —preguntó Chantal, súbitamente interesada.
—Un antiguo tenor italiano de la Opera de Sydney que ha
sido atacado del mismo mal que usted. Desgraciadamente, tiene muchas menos
probabilidades de sanar: demoró demasiado en someterse al tratamiento. Su voz
es espléndida. No tengo más que un temor, y es que la lepra le ataque las
cuerdas vocales. Ese día, el pobre Tulio habrá terminado; mientras pueda
valerse de la voz soportará la enfermedad con cierta resignación; pero sé que
se matará el día que ya no pueda cantar.
—Lo he oído unos momentos antes de que usted llegara.
—Canta continuamente, en todas partes; es en él una
necesidad imperiosa, como otros escriben o pintan.
“O hacen apostolado”, tuvo ganas de agregar Chantal, que
consideraba al reverendo poco autorizado para juzgar las pasiones de los demás;
su propia pasión
espiritual era también una enfermedad incurable. Como
Tulio Morro, el pastor moriría si se viera impedido para seguir convirtiendo
almas.
—Si le gusta el deporte, tendremos por la tarde un partido
de fútbol entre los equipos fijiano y neozelandés...; yo soy el árbitro.
Finalmente, por la noche tiene usted la función semanal de cine, que constituye
la mayor atracción. Ya ve usted, mi estimada señora, que puede ocupar
perfectamente el domingo en Makogaï... Por otra parte, es ya tiempo que la deje
para ir a preparar mi sermón de mañana. El único pequeño inconveniente, si me
hace el honor de ir a escucharlo, es que no comprenderá gran cosa: hablo en
inglés. En fin, eso puede tal vez parecerle más agradable de oír que el
fijiano; tendrá, al menos, la impresión de escuchar un idioma civilizado... ¡No
se levante de la hamaca! Buenas tardes, estimada señora, y, hasta mañana,
espero.
El reverendo estaba ya al pie de la escalera. Después de
verlo alejarse, Chantal cerró los ojos, sonriendo; se preguntaba si este
excelente hombre no sentiría una inmensa satisfacción al poder —con el pretexto
de visitas pastorales— evadirse de la conversación monótona de la esposa o de
Agathe.
Entraba en la iglesia católica cuando un coro de niñas
leprosas entonaba el Kyrie Eleison. Siguió los consejos del pastor protestante
únicamente por curiosidad, preocupándole muy poco la asistencia a una misa;
quería conocer la fisonomía de Tulio Morro, cuya hermosa voz no vacilaba en
cantar al amor en medio de las plantaciones de hydnocarpuis. No fue larga la
espera: la voz admirable llenó la pequeña iglesia con un Credo cuyo alcance
litúrgico no comprendía, pero que le pareció majestuoso. Estos cánticos en
latín la asombraban; eran para ella mucho más nuevos que el último éxito
musical machacado por todas las radioemisoras del mundo.
Miró en la dirección de donde venía el canto y descubrió
un hombrecito gordo, de aspecto ridículo, que llevaba peluca de un negro
exagerado. Tulio Morro, ex primer tenor de la Opera de Sydney, encamaba el
cómico de la legua en todo lo que tiene de bufón y poco agraciado. ¿Cómo podía
ser que una persona de piernas tan cortas poseyera un órgano vocal de semejante
calidad? Marie-Ange lo acompañaba en el armonio. Chantal se decidió a cerrar
los ojos para poder oír voz sin ver al dueño.
No entendió mucho más el sermón en fijiano del padre
Rivain que la prédica del reverendo David Hall en inglés, tras haber asistido a
los dos oficios, conscientemente, para complacer a todos. El ambiente del
templo protestante le pareció menos cálido que el de la iglesia católica. El
altar parecía vacío, la ceremonia excesivamente sencilla; para Chantal, atea,
una manifestación religiosa debía ser fastuosa y desarrollarse con el
indispensable decoro litúrgico. Si Marie-Ange acompañaba a Tulio Morro en la
iglesia católica, esta delicada misión había sido confiada en el templo
protestante a la señora Hall, que adhería al armonio tratando de seguir las
evoluciones vocales, bastante inciertas, de un coro mixto, en la primera fila
del cual se reconocía a Agathe: una Agathe resplandeciente de salud y con una
constelación de pecas en la cara.
Agathe estaba enamorada; Chantal lo advirtió en seguida.
La hija del pastor no apartaba los ojos del médico alto y pálido, el americano
Fred, quien parecía no prestar más que una mediana atención a las
vocalizaciones de la jovencita en flor y mantenía los ojos obstinadamente fijos
en Chantal. Esta dábase perfecta cuenta de que su inesperada llegada había
causado perturbación en la tranquila vida europea de Makogaï. Conocía demasiado
número de miradas parecidas para abrigar la menor duda sobre los sentimientos
íntimos del médico americano. Hizo, no obstante, todo lo posible para evitar
los ojos interrogadores de ese gran muchacho, que reflejaban un candor de niño;
y la pelirroja Agathe la contemplaba a su vez con una expresión de rabia loca.
Comprobaba la joven, de nuevo, que su belleza le había ocasionado una enemiga,
en una isla perdida del Pacífico, donde creyó tener derecho a encontrar al cabo
la tranquilidad.
Olvidaba que en todas las latitudes las pasiones violentas
son las mismas. Agathe amaba a Fred y no admitía que una desconocida, leprosa
por añadidura, viniera a inmiscuirse en esta felicidad pacientemente preparada
y esperada desde largos años, en esta isla horrible, donde ella había pasado
una juventud solitaria. El día que vio desembarcar —cuatro años antes— al joven
médico americano en Makogaï, la hija del pastor había vuelto a experimentar
placer por la vida. Este buenmozo le otorgaba el derecho de esperar; ya no
terminaría sus días como solterona en este infierno, aislada en medio de
monstruos. Fred no se quedaría eternamente en Makogaï, adonde iba por algún
tiempo a estudiar la lepra; regresaría a su país, a una gran ciudad moderna,
San Francisco, donde asumiría la dirección del pabellón de leprosos en el más
hermoso hospital de la ciudad, La amaría porque ella sería su mujer: él se lo
había prometido. Agathe podría, finalmente, vivir la existencia a la que tenían
derecho su juventud y su belleza. la parisiense era bonita, pero tenía lepra...
Fred necesitaba una mujer sana que le diera hermosos hijos.
Agathe rumiaba todos estos pensamientos durante la prédica
de su padre, y Chantal adivinaba, merced a esa sorprendente sensibilidad que
sólo las mujeres poseen, hasta las menores aspiraciones de la pelirroja. ¡Si
ésta hubiera sabido cuán poco le interesaba Fred a Chantal no habría tenido
motivos de preocupación! De ser necesario, la joven no vacilaría en
tranquilizar a la hija del reverendo David Hall. La silueta de un solo hombre
se destacaba en la imaginación y el corazón de Chantal: la de Robert. Habría querido
explicar estas cosas en seguida a Agathe para hacer desaparecer todo
malentendido, pero como era imposible porque la prédica del pastor parecía no
acabar nunca, prefirió abandonar silenciosamente el templo en puntillas.
En el camino a su casa se cruzó con un grupo de niños
fijianos que, vestidos de boy-scouts, desfilaba en perfecta formación con
bandera desplegada. Chantal no había reconocido a la hermana Marie-Sabine que
los acompañaba; ésta le dirigió una sonrisa que la decidió a preguntarle al
paso:
—Buen día, hermana. ¿Estos niños son enfermos?
—¡Oh, no, señora! —respondió sor Marie-Sabine—. Han nacido
aquí de padres o madres leprosos, pero ellos no tienen la enfermedad. Los
retenemos en Makogaï mientras sus madres permanezcan en la isla. Hoy es día de
paseo.
Chantal prosiguió su camino dándose vuelta varias veces
para ver alejarse el alegre grupo de niños. Una lágrima asomó al borde de sus
pupilas.
Pasó toda la tarde recostada en la hamaca, pues los
partidos fútbol no le interesaban y no tenía la intención de empezar a asistir
a ellos en Makogaï, aun cuando el partido oponía a fijianos y neozelandeses en
furiosos entreveros arbitrados por un pastor protestante. Si el fútbol no le
interesaba, le intrigaba, en cambio, la función cinematográfica: ¿qué películas
podrían proyectar allí? Se dirigió por la tarde a la plaza del hospital. La
sesión al aire libre acababa de empezar; el horario estaba fijado para el
anochecer. Todos los habitantes de Makogaï se habían dado cita delante de los
dos árboles sobre los cuales estaba extendida una pantalla blanca. La hermana
Marie-Ange desempeñaba las funciones de operadora; el aparato proyector estaba
colocado sobre una mesa, detrás del ancho semicirculo formado por los enfermos
en cuclillas. “¡Decididamente!”, se dijo Chantal, “¡esta Marie-Ange sabe hacer
de todo: amazona, enfermera, organista y también electricista!” Pasaba, con
soltura desconcertante, de la utilización delicada de la jeringa de aceite de
chaulmoogra a la proyección de películas.
El espectáculo era insípido; la isla de los leprosos
recogía las películas al atardecer de su existencia. Durante esta función,
Chantal conoció a personajes tales como Max Linder y Rigadin, desaparecidos
hacía tiempo de las pantallas europeas cuando ella entró por primera vez a una
sala de proyecciones parisiense. Estas películas eran mudas, con subtítulos en
francés: Chantal se sentía más emocionada de lo que quisiera demostrar al ver
su idioma proyectado sobre la pantalla ante centenares de leprosos de todos los
países. El francés aparecía en Makogaï como el idioma de la caridad en boca de
las hermanas misioneras y de alegría por intermedio del cinematógrafo.
Mientras Marie-Ange oficiaba de operadora, sor
Marie-Sabine traducía en voz alta los subtítulos al idioma fijiano, para que
fuesen comprendidos por la mayoría de los espectadores. Las interrupciones de
la proyección eran frecuentes; las películas estaban gastadas, cortadas y
recompuestas. Antes de ser proyectadas en público, lo habían sido ante el
areópago de los cuatro, formado por el doctor Watson, la madre Marie-Joseph, el
reverendo David Hall y el padre Rivain. No todas las películas, enviadas gratuitamente
por las firmas productoras a Makogaï, eran adecuadas para afianzar la moral de
los leprosos. De preferencia, los dramas eran eliminados; se consideraba
necesario, sobre todo, provocar la risa bienhechora.
Chantal se retiró antes de finalizar la función. Durante
todo el recorrido del camino se sintió melancólica; no volvería a estas
sesiones semanales que le causaban más pena que placer. El cine era una
distracción inventada por gente civilizada; para ella, el santuario de la
civilización no se encontraba sino en París, en el cuadrilátero limitado por la
avenida Des Champs-Elysées, el bulevar Haussmann, los grandes bulevares hasta
la encrucijada Richelieu-Drouot y la rue de la Paix... Un cuadrilátero mucho menos
extenso que la isla de Makogaï, peró cuyo resplandor sobre el mundo era
universal.
La noche era límpida, salpicada de estrellas, tibia; todos
los olores de la tierra aprovechaban la sombra para expandirse hacia el inmenso
mar. Al llegar al pie de la escalera, Chantal lanzó un grito... Bajo la
galería, cerca de la hamaca, una cara contorsionada la miraba, un rostro cuyo
abotagamiento era puesto de relieve por la claridad de la noche. Al ver que lo
habían descubierto, el monstruo descendió rápidamente la escalera, después de
pasar ante ella escondiendo la cara con un brazo descamado. Corrió por el
camino, renqueando como un Quasimodo. Chantal se estremecía aún ante aquella
visión “hoffmanesca” cuando penetró en su casa. Luego de recorrer prudentemente
todo el contorno de la galería para asegurarse de que no tropezaría con otros
monstruos, entró en la habitación y trancó la puerta como pudo: protección
ilusoria en esas casas cuyos tabiques consistían en una trabazón de paja de
arroz y bambúes.
¿Qué buscaría ese leproso indígena? Inspeccionó en detalle
los vestidos, la ropa blanca y miró, asimismo, el escondite donde ocultaba las
alhajas. Después de haber asistido a la sentencia pronunciada por la madre
Marie-Joseph, ya no tenía más que una dudosa confianza en la honestidad de los
enfermos; si eran capaces de robarse entre ellos, en el mismo poblado, una
modesta gallina, hallarían más tentador aún proveerse a expensas de una mujer
que pertenecía a otra raza. Recordaba, por asociación de ideas, el robo de las
medias de seda de Lulu que provocó su despedida de Marcelle et Arnaud y
modificó el curso de su existencia. Sí, aquel día Lulu tenía razón: Chantal le
había robado. Desde entonces, una justicia implacable se había encargado de
castigarla. El solo hecho de verse obligada a esconder las joyas para que no se
las robara un leproso —en una isla perdida— era uno de los aspectos del
castigo.
No conseguía dormirse. De pronto, el silencio de la noche
fue turbado por una voz, siempre la misma, la de Tulio Morro, que regresaba sin
duda de la sesión cinematográfica y cantaba en camino a su casa. El reverendo
David Hall ya se lo había dicho: para Tulio, cantar era una necesidad. Esta
noche el tenor expresaba el amor en su lengua natal que es, sin lugar a dudas,
la más propicia para las serenatas. Le gustaba a Chantal esta voz por la que
pasaban, alternativamente, un claro de luna y sollozos; decidió levantar la
persiana de madera para oír mejor al tenor que se alejaba por el camino. En el
momento de aproximarse a la persiana advirtió con horror que ésta se levantaba
lentamente y quedó helada de espanto: la cara del leproso se encuadraba en la
ventana, y dos ojos ardientes la miraban codiciosos. Gritó con todas sus
fuerzas y se apoderó de una de las sillas de bambú para arrojarla a la cara del
monstruo, que no esperó el ademán para escapar saltando a tierra sin utilizar,
por cierto, la escalera: su agilidad sorprendente lo hacía parecerse a un
gorila. Vio la silueta deforme alejarse otra vez, pero no tuvo ánimo para
volver a acostarse.
Con intensa sensación de alivio vio la luz del día inundar
con rapidez la isla. La aurora y el crepúsculo son desconocidos en Makogaï,
donde el día y la noche se suceden sin esas transiciones maravillosas que
proporcionan tan singular encanto a las regiones templadas. Salía del cuarto de
baño cuando resonaron pasos sobre la escalera: el visitante matinal se hallaba
bajo la galería. La joven tuvo la sorpresa de encontrarse frente a frente con
el doctor Fred, que no pareció turbarse lo más mínimo y le habló en un francés
más puro que el del pastor.
—Al pasar delante de su casa no pude resistir el violento
deseo de cambiar algunas palabras con usted en su hermoso idioma que tanto me
gusta. Ya sé, y lo he advertido desde el instante en que la vi, que tenía que
habérmelas con una parisiense. ¡Si usted supiera, señora, la alegría que he
sentido ante la posibilidad de encontrar, al fin, una mujer de ese París al que
sueño visitar un día! Hábleme un poco de París.
Era la primera vez, desde su partida de Francia, que
Chantal escuchaba esta frase mágica: “Hábleme un poco de París”, resonarle
deliciosamente en los oídos.
—¿Qué quiere usted que le diga sobre Paris a las ocho de
la mañana, doctor?
—Me gusta el timbre de su voz —declaró Fred.
—¡Cuidado, doctor! Me parece que está usted en una
pendiente peligrosa.
—¿Por qué peligrosa?
—Por dos razones: primero, olvida que estoy enferma y
expuesta a volverme un día tan fea como las otras leprosas...
-Después, he oído decir que estaba comprometido con la
encantadora hija del reverendo David Hall.
—¡Usted sanará! Estoy seguro de ello; el doctor Watson
también... No se equivoca nunca. Haremos todo lo humanamente posible para
arrancarla de este exilio. Se curará y podrá irse. Me gustaría seguirla.
—¿Y Agathe?
—Es sólo una jovencita sin importancia y muy obstinada.
Para ella, desde mi llegada a la isla he desempeñado el papel de salvador...
Soy su tabla de salvación.
—¿Están ustedes comprometidos?
—Oficialmente, sí; en mi espíritu, no, desde el momento en
que la vi a usted desembarcar del Saint-John. Déjeme hablar... ¡Esto me sucede
tan pocas veces! Paso la vida en el laboratorio... No puede saber la
maravillosa sensación que he experimentado al ver una mujer elegante pisar este
suelo maldito y decirme que la veré aquí durante mucho tiempo; que no era
sencillamente una hermosa turista que visitaba una leprosería porque había oído
decir que el espectáculo valía la pena... Como lo ha dicho uno de sus poetas:
“Gracias a usted un vestido ha pasado por mi vida”.
Chantal estaba maravillada. Este joven médico era
ciertamente demasiado fino y cultivado para unir su vida a la hija pelirroja,
vulgar y rebosante de salud del pastor. Este apuesto joven, ingenuo y
emprendedor a la vez, no le atraía; su corazón estaba demasiado ocupado por
otro. Desvió la conversación:
—Puesto que tiene usted la gentileza de darme a entender
que comprende mi angustia, va a probármelo en seguida dándome un consejo...
Imagínese que anoche, en dos oportunidades diferentes, tuve la visita de un
personaje aterrador.
Refirió al médico las dos apariciones del leproso. Después
de escucharla atentamente, Fred meneó la cabeza:
—No temo más que una cosa, y es que todos los leprosos de
Makogaï estén muy pronto en el mismo estado que este hombre con respecto a
usted. Una mujer bonita lleva la perturbación sexual por todas partes donde
pasa y más, tal vez, aquí, donde no se la ve jamás. ¿Sin duda ignora usted que
la enfermedad desarrolla los deseos físicos del hombre? Es la principal razón
por la que hemos debido aislar a las mujeres en el hospital y no dejarlas
cohabitar con los hombres en los poblados. Antes de comprar Makogaï, el gobierno
de las Fiji había instalado una leprosería rudimentaria en Bega; los resultados
fueron deplorables. Sobre una playa estrecha, separada del resto de la isla por
una montaña abrupta, se había desembarcado a los leprosos y se los dejaba
arreglárselas poco menos que solos. Se embrutecieron rápidamente.
“Para darle una ligera idea, el saludo a los recién
llegados era el siguiente: Aole Kanawaí ma Keia wahi, lo que significa: ‘Aquí
no hay leyes’. Los naipes, el baile, el libertinaje eran las distracciones; las
mujeres servían de prostitutas, los niños de esclavos. Se abandonaba
cínicamente a los moribundos, se destilaba el okolehau, o alcohol de papas, y
en las orgías, los leprosos corrían totalmente desnudos a lo largo del mar. El
espectáculo de la vida en esta comunidad desfigurada y moribunda que tenía ocios,
mesa bien servida, música y galanterías en el umbral de la muerte, excedía todo
lo imaginable. La miserable colonia reía sobre el lecho de agonía.
—¡Por favor, doctor! ¡Veo ya demasiados horrores alrededor
de mí para que sea necesario contarme otros! ¿Cómo liberarme de este hombre que
ronda mi casa? Estoy segura de que volverá esta noche.
—¿Ama usted la lectura? —preguntó calmosamente el
americano.
—Nunca he leído mucho.
—¿Sus numerosas ocupaciones parisienses no le dejarían,
sin duda, mucho tiempo? Aquí, tendrá la posibilidad de leer, de leerlo todo...
Ya sé que no habla sino el francés, por eso me permito hacerle una proposición:
las noches de Makogai son largas, interminables. Le pesarán como me pesan a mí
desde el primer día. Intentemos matar el tiempo juntos; yo vendré todas las
noches y leeré para usted obras de los más célebres autores franceses, que
deben serle desconocidos. ¿Conoce a Balzac o a Flaubert?
—No —declaró Chantal.
—¿Quiere descubrirlos conmigo? Cambiaremos nuestras
impresiones recíprocas sobre lo que han escrito y verá que de este modo las
noches pasarán pronto. Siento la misma necesidad que usted de evadirme de todo
lo que me rodea... ¿Quiere que comencemos esta noche? Traeré una selección de
libros, y usted indicará el título que le guste... De este modo no estará sola;
si su enamorado de anoche se empeña en rondar la casa, encontrará con quien
hablar.
Chantal vacilaba antes de contestar. El ofrecimiento del
médico americano era tentador; ella temía por sobre todo volver a ver el rostro
contorsionado y los ojos abominables del leproso. Pero, ¿no era peligroso
introducir en su casa un enamorado para impedir que entrara otro?
—Creía, doctor, que no tenía usted derecho a ir a casa de
los enfermos, a menos que fuese llamado por razones profesionales.
—Tomaré ese derecho —respondió Fred friamente—. Estimo que
mi lugar es tan justificadamente éste como cualquier otro; debo protegerla
contra un bruto... Hasta esta noche...
Se disponía a bajar la escalera cuando ella le dijo:
—Quiero, complacida, que usted venga, con la condición de
que me prometa que estas veladas se desarrollarán únicamente en el plano de la
amistad.
—Se lo prometo.
—Si le pido este esfuerzo —insistió Chantal— es para no
causar pena a nadie en la isla. Ya he causado bastante a otros, lejos de
aquí... Es tiempo de enmendarme un poco. ¿No cree usted que lo van a echar de
menos en la casa del pastor?
—No voy nunca por la noche —aseguró Fred—; la señora Hall
encuentra inconveniente que un hombre quede hasta tarde cerca de una joven.
—¿Y usted no vacila un segundo en venir a mi casa?
—¡He leído muchas novelas francesas para apreciar la
compañía de personas demasiado convenientes! —respondió Fred, sonriendo.
Chantal lo miró alejarse, como lo había hecho ya con
tantos visitantes desde su llegada a la isla; vería aún mucha gente subir y
bajar la pequeña escalera antes de poder dejar, a su vez, la galería.
Recostada en una de las mecedoras del living escuchaba
desde hacía más de dos horas La rabouilleuse, leída por Fred. Entre los títulos
de las obras traídas por el joven médico, aquél la había impresionado. Qué era
una rabouilleuse lo supo después que el americano hubo leído las primeras
páginas. Chantal hallaba igualmente que la historia de esta heroína, creada por
Balzac, ofrecía más de una analogía con la suya. Frente al viejo agente de
cambio, ella se había conducido como la rabouilleuse, haciéndose mantener y
cubrir de joyas. El tercer personaje de la novela, el joven coronel D’Empire,
tomaba los rasgos de Robert. ¿Un ingeniero no es, acaso, un moderno coronel a
la cabeza de una fábrica? Como la rabouilleuse, ella sintió en seguida una
pasión violenta por el hombre fuerte, mientras crecía de continuo su
indiferencia hacia el ser débil y gastado que Jacques encamaba.
Después de haber reinado durante cuatro años en el sumiso
corazón de un hombre, sentía la necesidad imperiosa de ser, a su vez, dominada.
Robert supo imponerse.
Esta noche de lectura, en la que ella encontraba al cabo
un medio de evasión, le parecía tan deliciosa como extrana; ¿no era
sorprendente oír contar su propia historia por la voz de un americano a quien
veía enamorado de ella? Le gustaba esta rabouilleuse que le hacía olvidar la
lepra, poniéndole al pasar, ante los ojos, el rostro enérgico de Robert; pero
se cuidó mucho de permitirle al joven médico, que le adivinara los sentimientos
intimos.
—Lee usted bien, doctor. Presiento que terminará
despertando mi amor por la lectura.
Miró a Chantal con extrañeza: “¿Será capaz de tener
corazón?”, se preguntó como muchos otros lo habían hecho antes que él.
Volvió a tomar el libro, la voz tranquila repercutía a
través de las delgadas paredes, hasta la galería. Afuera, una noche muy oscura
reinaba Súbitamente, se detuvo: un ruido imperceptible, como rozando las
paredes de la casa, se había hecho oír. El médico indicó a Chantal que no se
moviera y avanzó con cautela hacia la puerta, que abrió de un tirón. Se
encontró frente a frente con el leproso. Fred lo tomó por los hombros y después
de hacerle dar una brusca media vuelta lo obligó a bajar la escalera. La voz
del médico se elevaba, terrible, expresándose en fijiano, y de cuando en cuando
la joven percibía un gruñido inarticulado del leproso. Algo más de un minuto
transcurrió en silencio, y el americano volvió al living.
—Espero que esta vez habrá comprendido —dijo—.
Tranquilícese, ya se ha ido. Esperé en el camino para asegurarme de que se
alejaba; me extrañaría que volviese.
—¿Qué le ha dicho usted?
—Que si lo encontraba una sola vez rondando en un radio de
cien metros alrededor de su casa, lo pasaría inmediatamente al consejo de
disciplina presidido por el doctor Watson, y sería encarcelado.
—¿Tienen prisión en Makogaï?
—Es indispensable; los hombres son siempre hombres...
Previa una inspección cuidadosa de la casa, el doctor se
inclinó ante Chantal:
—Le deseo una buena noche, señora. Cierre bien la puerta
detrás de mí. Esperaré, fumando un cigarrillo en la galería, a que usted se
haya acostado.
Chantal ejecutó puntualmente las indicaciones del médico.
Cuando estuvo en la cama oyó muy claramente los pasos del americano sobre el
camino. Estaba nuevamente sola, pero su soledad moral era menor. En cuarenta y
ocho horas había descubierto tres nuevos amigos, amigos como ella no los había
encontrado jamás en Europa: Marie-Ange, el reverendo Davil Hall y Fred. Tres
amigos, tres razones para que Chantal se sintiera conmovida, cosa que le
impidió conciliar el sueño por largo rato. Escuchaba los más leves ruidos de la
noche con el temor irracional de oír otra vez el siniestro roce de un cuerpo de
leproso contra las paredes de bambú.
La voz de Marie-Ange la despertó al dia siguiente,
preguntándole al abrir la puerta:
—¿Por qué se encierra de este modo?
—Para estar sola con mis pensamientos —contestó Chantal,
que prefirió no contarle la aventura de la noche.
Se habría visto obligada a revelarle la visita de Fred.
—Hace usted mal en encerrarse así —reconvino la
hermanita—. En primer lugar, nadie vendrá a molestarla y, además, me ha hecho
perder un tiempo precioso; ¡hoy tengo un trabajo de enloquecer! Estoy
preparando una gran sorpresa, para la visita del gobernador dentro de quince
días. El doctor Watson ha decidido aumentar ligeramente la dosis de aceite en
las inyecciones, puesto que parece haber soportado usted muy bien la primera.
Mientras Marie-Ange le ponía la segunda inyección, Chantal
preguntó:
—¿Puede saberse cuál es esa sorpresa?
—Ya la verá o, más exactamente, la oirá en la fiesta que
daremos en honor del gobernador.
Tras la partida de la que consideraba un poco su ángel
guardián, Chantal permaneció recostada para permitir que el organismo asimilara
más rápidamente el medicamento. Hacia mediodía fue presa de elevada fiebre,
reacción natural del tratamiento. Con mucha rapidez el chaulmoogra le
ocasionaba un violento delirio, durante el cual tenía la desagradable impresión
de perder todo dominio de sí misma; tiritaba, aunque el calor era sofocante y a
pesar de estar abrigada con una gruesa manta de piel de cabra..., de aquellas
cabras capturadas en Makodragna, sin duda. La crisis duró hasta la tarde y cesó
tan bruscamente como había venido. Cuando Fred llegó para la lectura cotidiana,
el pulso de Chantal había vuelto a la normalidad, aunque sufría un estado de
completa depresión. Escuchó la continuación de La rabouilleuse con franca
lasitud; el médico se dio cuenta del cansancio de ella y se retiró después de
una media hora de lectura. En el momento de salir, le dijo con naturalidad:
—Puede dormir tranquila. He hecho buscar esta mañana por
los gendarmes a su admirador nocturno y le di una enérgica reprimenda. Lloraba
y me prometió no reincidir.
Las predicciones de Fred se cumplieron. La noche pasó en
calina, así como las siguientes. Todas las noches el doctor americano venía a
cumplir con la lectura, y a tomar un whisky. Chantal terminó por gustar de
estas veladas, deseando ya muy interesada que no se interrumpieran.
Marie-Ange venía a administrarle, según el ritmo previsto,
dos veces por semana la dolorosa inyección que tanta fiebre le causaba. Las
manchas, diseminadas ahora por todo el cuerpo, parecían ser definitivas; de
rosa pálido habíanse tornado amarillas. Algunas eran duras, otras se
transformaban poco a poco en ampollas, creándole horribles protuberancias sobre
la piel antes tan suave; una de ellas, en el brazo izquierdo, tomaba
gradualmente el aspecto de una llaga; Chantal no se atrevía a mirarla siquiera,
tal era la impresión que le causaba. Sólo el milagro del rostro persistía; las
ampollas se detenían en el nacimiento del cuello y en la nuca. Podría esconder
aún el mal durante algún tiempo; pero había manifestado a Marie-Ange que se
quedaría en su casa cuando llegara el gobernador inglés. Rehusaba exhibirse
como animal raro, traído de un lejano país llamado Francia, para excitar la
curiosidad de europeos trasplantados a un clima tropical. Tenía, por último,
bastante dificultad para vestirte y asearse por la mañana; los dedos de la mano
derecha estaban adormecidos casi por completo, y el pulgar comenzaba a
encogerse hacia la palma. A pesar de las afirmaciones de Marie-Ange y sobre
todo de Fred, temía que el tratamiento no produjera ningún efecto.
Durante un paseo solitario efectuado por la isla dos días
antes de la llegada del gobernador, observó que no era mucha la preocupación de
los habitantes por embanderar los principales edificios de la isla con los
colores británicos y fijianos. Tan sólo la iglesia del padre Rivain enarbolaba
en el campanario una pequeña bandera tricolor. Sobre la gran plaza de la
Misión, delante del hospital, se había preparado un estrado destinado a
escenario de los artistas leprosos que se exhibirían en una pieza de gran aparato.
Frente a él, el doctor Watson había hecho construir una tribuna protegida de
los ardores solares, en la que tomarían ubicación las personalidades oficiales.
Pasando ante el taller al aire libre de la madre Marie-Joseph, vio Chantal que
la colmena de actividad femenina estaba absorbida por la confección de trajes
abigarrados que usarían los actores de todos los países; ciertamente, el elenco
de este espectáculo sería internacional, con chinos, hindúes, fijianos,
gilbertinos, neozelandeses...
El gran día llegó por fin. Chantal se había recostado en
la hamaca con la firme intención de no moverse; desde la salida del sol había
visto pasar numerosos grupos de enfermos endomingados que se dirigían al
puerto. A lo lejos, la playa aparecía negra de gente, hormigueante de leprosos.
El muelle de madera del desembarcadero estaba hábilmente decorado, cubierto por
guirnaldas amarillas de mimosas, que caían al agua azul de la bahía de Dallice.
De pronto, un inmenso clamor, que el ligero viento del este debía propagar por
toda la isla, llegó hasta la hamaca solitaria: ¡Selo! ¡Selo!, gritaban
centenares de voces en la playa. Divisó un navío blanco, gracioso, semejante a
esos yates de paseo que había admirado tantas veces en el puerto de Trouville,
cuando fue a pasar un fin de semana a Deauville en la época en que vivía de
aventuras. El yate estaba empavesado y parecía planear sobre las aguas más que
navegar; este precioso navío no se parecía en nada al horrible Saint-John.
Estaba destinado a trasportar gente sana y mujeres bellas.
Mujeres, más que bonitas, vestidas a la última moda
llegada de Inglaterra, lo que para Chantal no era una norma, y luciendo
vestidos con flores rosa pálido, bajo sombrillas verdes. Una hora después de
que el barco hubo atracado al desembarcadero, oyó sobre el camino un murmullo
de voces inglesas que se acercaba; el doctor Watson hacía visitar la isla al
gobernador y a sus invitados. Chantal saltó de la hamaca, regresó
precipitadamente a la casa y trancó la puerta; no quería que estas europeas,
charlatanas como cotorras, pudieran decir más tarde a sus amistades., delante
de una taza de té:
—¡Oh, querida, figúrate que hemos visto una parisiense
leprosa durante nuestra visita a Makogaï!
Las voces se acercaron. Miró a través de la rendija de una
persiana y vio al doctor Watson que explicaba a un grupo de turistas que la
casa solitaria estaba habitada por una mujer blanca. Chantal no tuvo dificultad
para descubrir entre el grupo al personaje importante: sir Cyrill Norman, de
porte imponente, la cabeza cubierta con un casco colonial. A la derecha se
encontraba una mujer bastante desagraciada, que llevaba anteojos con montura de
oro y que no podía ser más que su esposa. A la izquierda se hallaba el doctor
Watson, que señalaba con el dedo hacia la casa. Después de cada una de sus
explicaciones en inglés, Chantal percibía unos Oh! Very curious! y unos ¡ah! de
asombro, mezclados con unos cloqueos de satisfacción de estas damas que
tendrían, por fin, alguna cosa apasionante que contar.
Un segundo lote de turistas se había detenido un poco más
atrás: Chantal reconoció en él, nítidamente, al reverendo David Hall, su mujer
y Agathe, ocupando el centro del grupo. Los tres se hallaban rodeados y
acosados a preguntas por altos funcionarios ingleses o fijianos, también ellos
acompañados por sus esposas e hijas. Todas estas jovencitas granujientas, de
piel brillante, de tinte rojizo, encarnaban para Chantal el prototipo de la
joven que no habría deseado ser jamás, con sus risas necias y sus preguntas
insípidas.
Sólo temía una cosa, y era que sir Cyrill Nonnan, a
propuesta del médico jefe, sintiera el deseo de visitarla por deferencia a su
doble calidad de europea y de francesa. Estaba bien decidida a no contestar, en
caso de que alguien subiera a la galería para golpear a la puerta,
escondiéndose en un rincón del baño para hacer creer que había salido. Pero la
comitiva oficial reanudó la marcha en dirección al poblado fijiano; el ruido de
voces declinó.
El resto de la tarde fue tranquilo; Makogaï parecía haber
sido abandonado por sus habitantes. En realidad, habían acudido en masa a la
gran plaza para asistir a la fiesta tradicional. A esta hora, la representación
debería estar en su apogeo. Imaginó la escena a distancia, con los oficiales
congestionados después del banquete ofrecido por el doctor Watson, sudando
copiosamente bajo el toldo de la tribuna oficial. A fuerza de hacer trabajar el
cerebro, terminó por sentir una necesidad imperiosa de acudir al lugar, a pesar
del juramento que se había hecho a sí misma de no moverse de la casa; deseaba
ver si la realidad concordaba con las imágenes creadas por su cabeza. Sentía
curiosidad, igualmente, por descubrir la sorpresa de Marie-Ange, y no pasó
mucho tiempo antes de que tomara el camino de la Misión. Apenas había recorrido
doscientos metros cuando oyó una orquesta.
Al llegar a la entrada de la plaza se escondió detrás de
un macizo de plantas para no ser vista; nadie le prestó atención. Los enfermos
sentados sobre las piernas cruzadas o extendidos lado a lado sobre camillas,
formaban el grueso del público. Desde el escondite abarcaba una vista de
conjunto.
Una orquesta imponente, compuesta por unos cuarenta
enfermos pertenecientes a todas las nacionalidades, ocupaba el estrado y
derramaba olas de armonía sobre la concurrencia subyugada. Esta orquesta se
parecía extrañamente a un orfeón con instrumentos de cobre que refulgían bajo
el sol. Marie-Ange empuñaba la batuta, y se movía y marcaba el compás con
desenvoltura prodigiosa. Aquella era la sorpresa de que le hablara la
hermanita; en pocos meses, desde la llegada a la isla, había conseguido formar
una orquesta.
Los instrumentos habían sido enviados un poco de todas
partes: de Sydney, de Melbourne, de Suya, de Levuka, de Nueva Zelandia...
Marie-Ange conocía, desde la época en que su madre —la marquesa de Furière— le
había obligado a tomar lecciones de solfeo y de piano, la acción bienhechora de
la música para suavizar las costumbres y adormecer el dolor. Hoy, desde la
tarima de directora de orquesta improvisada, la hermanita honraba a sus padres,
que tuvieron la inteligencia de hacerle proseguir los estudios musicales. No se
trataba ya de acompañar al tenor italiano en el modesto armonio de la iglesia,
sino de dirigir a cuarenta ejecutantes.
Chantal era tal vez la más asombrada de toda la
concurrencia; sospechaba el trabajo y la paciencia que debieron requerir los
ensayos. ¿Cómo habría encontrado Marie-Ange el tiempo, en medio de las
innumerables ocupaciones, para organizar una orquesta semejante? Se trataba,
ciertamente, de la única orquesta de leprosos que existía en el mundo, y se
imaginaba la sensación que producirla en Paris un anuncio como éste:
"Mañana en la Opera, o en la Sala Pleyel, gran concierto sinfónico por la
Orquesta de Leprosos, bajo la dirección de la hermana Marie-Ange".
Era realmente grandiosa esta orquesta, semejante en
ciertos aspectos a cualquier banda municipal que dé su concierto dominical en
la plaza de una villa de provincia francesa. Su mirada, hipnotizada por el
espectáculo, iba de los músicos a la hermanita de toca blanca. La joven
estudiaba a cada instrumentista: el chino que manejaba los cimbales carecía de
piernas, el hindú que golpeaba los timbales ya no tenía nariz, algunos
trompetistas apoyaban sobre las teclas de los instrumentos los únicos tres
dedos que les quedaban, el trombón de varas sólo presentaba dos cavidades en el
lugar de los ojos; y de todo este horror brotaba música... Una música que lo
inundaba todo, expandiéndose en alegres y generosas olas sobre Makogaï. Chantal
escuchó de pie, inmóvil, durante horas, hasta que el concierto hubo terminado.
El repertorio era vulgar, clásico, bueno para hacer las
delicias de un pueblo de provincia, ¿pero qué importaba? Jamás los habitantes
de Makogaï habían oído nada tan bello. Chantal sentía ganas de llorar, de
gritar su júbilo por el milagro; hubiera deseado correr para abrazar a esta
joven francesa que dominaba, desde su tarima, a una orquesta internacional de
leprosos en pleno océano Pacífico.
Cuando el concierto terminó, volvió a tomar el camino de
su soledad, no queriendo ver la representación propiamente dicha y que
consistía, sobre todo, en un despliegue de trajes multicolores en interminable
desfile. El concierto de la orquesta le bastaba; los oídos le zumbaban aún
cuando subía la escalera de su casa; se preguntaba si todo eso no había sido un
sueño y se encaminó directamente al living. Allí el sueño se agrandó, tomando
proporciones fantásticas; sobre la mesa, en medio del salón, alguien había
depositado una carta. El sobre llevaba el membrete de la Imperial Airways la
letra era de la señora Royer. Chantal vaciló y tuvo que apoyarse en la mesa
para tomar la misiva, que era la primera que recibía, dos meses después de su partida;
la primera que le traía, por fin noticias de lo que ella consideraba pertenecer
al pasado.
La noche había cerrado por completo cuando releyó por
quinta vez la extensa carta, en papel de avión, escrita por la directora de
Marcelle et Arnaud. Fred no vendría a hacer la lectura acostumbrada, según le
había prevenido la víspera. Debía asistir a una comida oficial a bordo del yate
del gobernador. Chantal divisó el navío iluminado que quebraba el negro de la
rada, visión que reanimó el recuerdo de noches pasadas en compañía de Robert a
bordo del Empress of Australia. Se alegraba de que el médico americano no se
encontrase a su lado esa noche; no hubiera podido escuchar lectura alguna
cuando tenía para leer y releer una cosa más bella que cualquier libro. La
prosa de la señora Royer no era una novela.
Sólo un reproche podría hacerle a esta carta, y era el de
contener un pasaje demasiado largo a la pena de Jacques. Algún día habría sido
necesario dejarlo. Ya había tenido él su parte de felicidad durante cuatro
años. ¡Y cuatro años cuentan mucho cuando se ha pasado largamente los sesenta!
Miró la fecha de expedición: gracias al avión, estas
noticias tenían apenas ocho días. Sin duda, el avión hizo escala en Suya, y el
blanco yate del gobernador había transportado el correo de Makogal. Este
retomaría al día siguiente a Suya; era, pues, necesario escribir la respuesta
inmediatamente si quería que la carta alcanzara el próximo avión con destino a
Europa. Pero no tenía tinta ni lapicera, ni papel de correspondencia aérea en
esta casa perdida. Era necesario correr hasta la residencia más cercana, la del
reverendo Davil Hall, para procurárselos. El poseería seguramente estos tesoros
inestimables.
Al llegar a la casa del pastor fue presa de inquietud: el
reverendo y su familia debían asistir a la comida de gala del gobernador. Todas
las persianas de la casa estaban bajas; ninguna luz se filtraba. Llamó en vano.
Al sacudir el portón, una voz muy tranquila habló a sus espaldas:
—¿Venia usted a verme? Ha hecho bien en volver.
Chantal se volvió: el reverendo David Hall erguía la alta
figura encorvada.
—Parece inquieta —prosiguió la mesurada palabra del
pastor—. ¡Tranquilícese!, estamos solos. La señora Hall y Agathe han quedado a
bordo. Ellas se divertían, pero yo no. He pretextado un servicio religioso
matinal para excusarme ante nuestro gobernador; ¿lo ha visto usted? Es un
perfecto caballero, pero terriblemente aburrido... ¿Y a qué debo el honor de
visita tan tardía?
—Necesito tres objetos preciosos: una lapicera, un frasco
de tinta y papel para correspondencia aérea. ¿Podría prestármelos en seguida?
He recibido una carta de Francia y deseo contestarla antes de que salga el
barco del gobernador.
—¿Desea entrar en mi casa para escribir esa carta? Cuando
la termine me la entregará; yo debo ir a despedir al gobernador mañana, una
media hora antes de su partida, de manera que puedo llevarla yo mismo a bordo.
—¿Por qué son ustedes tan gentiles conmigo?
El reverendo se contentó con abrir el portón a guisa de
respuesta. Conocía muy bien la recóndita razón de su amabilidad. ¿No deseaba él
llevar insensiblemente a Chantal a la práctica de su culto? El único punto que
lo inquietaba un poco mientras atravesaba el jardín en compañía de la joven era
aquella confesión involuntaria que le revelaba que eran “todos muy gentiles”.
Ese “todos” no podía sino referirse al capellán católico y a su séquito de
buenas hermanas.
El arreglo interior de la casa del pastor protestante
concordaba en buena parte con la idea que Chantal se había formado después de
la primera conversación. Se sentía allí una presencia femenina..., pero
demasiado burguesa. ¡Los objetos se hallaban distribuidos con un cuidado
escrupuloso, minucioso!
—Siéntese a mi escritorio. Allí encontrará todo lo que
necesita, hasta papel para avión. Mientras escribe voy a preparar un té que le
encantará. Ya verá que no exagero. Tómese todo el tiempo necesario. Las señoras
no regresarán seguramente antes de un par de horas. Agathe estaba loca de
alegría ante la perspectiva de asistir a esta recepción; no ha visto a su
prometido por la noche desde hace tres semanas y ha sabido que esta vez se
encontrarían.
—¿Su prometido es el médico americano? —preguntó Chantal
con aire distraído.
—Sí. Había adquirido el hábito de venir aquí todas las
noches, después de comer, para acompañamos; hablábamos de todo un poco. Es un
joven muy instruido que posee, en mi opinión, el mérito de haber leído mucho...
Pero últimamente nos dijo estar muy ocupado en las noches por importantes
trabajos de laboratorio. Agathe quedó muy triste... Soy tan charlatán que no le
dejo escribir la carta. ¡Hasta luego!
Sentada ante el gran escritorio, Chantal se sentía
desorientada: dentro de ese marco no estaba ya en Makogaï, sino en Inglaterra.
Sólo después de haber leído una vez más la carta de la señora Royer se halló en
el estado espiritual necesario para borronear la contestación. Nunca
conseguiría escribir tan extensamente como la directora de Marcelle et Arnaud.
La verdad era que ella apenas sabía escribir.
¡Y la ortografía! Nunca pudo Chantal familiarizarse con
ella. La ortografía debía haber sido inventada para dar ocupación a personas
que no tenían nada que hacer, o bien como medio de anotar malas calificaciones
a los escolares. A pesar de esto le molestaba la idea de que la respuesta
pudiera estar cuajada de errores y que la señora Royer advirtiera todavía más
su ignorancia.
Sufría su amor propio. Si permanecía mucho tiempo en
Makogaï, tendría que escribir numerosas cartas a la señora Royer y era
necesario que aprendiera ortografía. ¿A quién pedir lecciones? ¿Al reverendo
David Hall? ¡Se mofaría de ella y con razón! Un pastor inglés dando lecciones
de ortografía a una francesa de veintiséis años!... ¿A Marie-Ange? La hermanita
tenía ocupaciones por demás y no dispondría del tiempo necesario... ¿A Fred? Se
sentiría humillada ante él. ¿A quién entonces? ¿Por qué no al padre Rivain? Un
capellán católico misionero sabría seguramente escribir sin errores de
ortografía. Parecía discreto y no diría palabra a nadie del servicio que le
pediría. Estaba decidido: Chantal visitaría al padre Rivain para aprender
ortografía y curar la llaga de que padecía su vanidad.
Mientras adoptaba esta resolución inesperada se había
puesto a escribir, sin pensar mucho; no pertenecía a la categoría de personas
que maduran sus ideas antes de expresarlas. Daba libre curso a la inspiración y
al correr desordenado de la pluma. Las cuatro páginas de papel autorizadas para
la correspondencia aérea fueron llenadas rápidamente; pero tenía la impresión
de no haber podido decir nada. ¡Tanto peor! Escribiría una segunda carta,
muchas otras cartas... Lo importante era que la primera saliese. Escribía de
prisa la dirección en el sobre cuando el pastor llegó trayendo una bandeja con
el té.
—¡Terminé! —anunció triunfalmente la joven como si acabara
de realizar un acto sobrehumano. Ciertamente, había hecho un esfuerzo para
escribir: las articulaciones de los dedos funcionaban mal. La lepra progresaba.
¿Por cuánto tiempo podría continuar escribiendo? Prefería no pensar en ello y
beber el delicioso té del pastor.
Tomó éste la carta, que guardó en el bolsillo interior de
la chaqueta diciendo:
—Es conveniente impedir que la señora Hall o Agathe vean
este sobre; con la imaginación desbordante que tienen tejerían inmediatamente
una novela fantástica.
Al salir, Chantal le declaró:
—Es imperdonable lo que he hecho; ¡yo, una leprosa,
introducirme en el cuarto intimo de su vida familiar! Si los gendarmes de
Makogaï me hubiesen visto sería sometida a la justicia de sor Marie-Joseph,
bajo el árbol grande...
—Yo también —contestó el reverendo—. Sor Marie-Joseph
estaría grandemente fastidiada... Cuando la carta esté a bordo, le avisaré.
Buenas noches, estimada señora. Hasta mañana.
Sentía deseos de cantar, o poco menos, cuando llegaba a la
casa. Después de acostarse, la exaltación decayó pronto. Pensando en todo lo
que le había escrito la señora Royer, la desesperación hizo presa de ella; la
directora de Marcelle et Arnaud llevaba tan adelante su crueldad que hasta le
hablaba de algunos modelos de la nueva colección de invierno. Nunca volverla a
ver Chantal un desfile de modelos en el Faubourg Saint-Honoré; ¡jamás volvería
a oír la voz de la encargada que anunciaba el título de los vestidos ni
encontraría todo ese lujo maravilloso! Sin que pudiera explicarse muy bien por
qué, la fiebre se apoderaba de ella nuevamente, las sienes le latían, las manos
y pies se le helaban otra vez. Toda la noche fue lo mismo; castañeteaba bajo la
cobija y debió realizar un gran esfuerzo al día siguiente para levantarse y
arrastrarse hasta la hamaca. Un toque de sirena la sacó de su embotamiento. Era
un sirena alegre, vivaz, joven, muy diferente al gemido del carguero de los
leprosos. El yate del gobernador estaba ya en el centro de la bahía; su penacho
de humo tampoco era triste y parecía decir: “Llevo, además de los ilustres
personajes que han confiado en mí, una carta delgada y frágil, bajo cuyo sobre
late un corazón de mujer.”
Miraba aún el blanco navío dirigirse a alta mar cuando una
voz muy conocida le preguntó desde el pie de la escalera.
—¿Mira partir su carta? Esté tranquila, ya está a bordo...
Pero, ¿qué le pasa?
El reverendo advirtió, al acercarse a la hamaca, que
Chantal lloraba.
—Comprendo su pena —continuó suavemente la voz del
pastor—. Esa carta llegada de Francia ha removido muchos recuerdos. Y ese barco
que lleva la respuesta ha despertado en usted el deseo de ocupar el lugar de la
carta. Tenga un poco de paciencia. Tal vez antes de lo que usted espera se
encontrará a su vez en pleno centro de la bahía apoyada en la borda de otro
navío, despidiéndose de Makogaï.
—Jamás estaré a bordo de ese barco de la liberación
—murmuró débilmente.
—¡Es extraño! Había oído decir siempre que la palabra
jamás no pertenecía a su bello idioma. Ahuyente ese feo pesimismo que la
invade. Usted sanará. Así lo ha afirmado el doctor Watson cuando hablaba al
gobernador al pasar frente a su casa en nuestro paseo por la isla. Aún recuerdo
lo que dijo, palabra por palabra: “Si todos los enfermos hubieran tenido la
inteligencia de venir a tratarse en seguida, como esta joven francesa, correría
usted el riesgo, señor gobernador, de encontrar, en el curso de sus próximas
visitas a Makogaï, no ya una leprosería, sino una isla de turismo del género de
las Baleares.”
—No creo mucho más en las afirmaciones del doctor Watson
que en las de los médicos parisienses. Desde hace cinco semanas, en que comenzó
mi tratamiento, mi estado no ha hecho más que empeorar.
—Se halla usted en una crisis que pasará, como las
precedentes.
—Pero cada vez son más frecuentes.
—Es la reacción normal de la enfermedad que se defiende de
la mala pasada que le ha jugado usted con el chaulmoogra.
Chantal no respondió. La voz del pastor se hizo más
premiosa:
—Que no tenga usted más confianza en el padre Rivain, el
doctor Watson o la madre Marie-joseph que en mi humilde persona, lo admito...
Pero que no creyera en Will me sorprendería.
—¿Quién es Will?
—Estimada señora, ¿ha vivido en esta isla desde hace
varias semanas sin haber oído hablar de Will? ¡Su pregunta llenaría de asombro
hasta el último habitante de Makogaï! Will es el rey de los leprosos. Le
aconsejo vivamente ir a hacerle una visita lo más pronto posible. ¿No ha
reparado nunca en una casita edificada sobre la colina que domina el hospital?
Esa es su residencia.
—Y ese rey, ¿también es leproso?
—¿Si es leproso, pregunta usted? Tiene todas las lepras:
la lepra tuberosa y la nerviosa. Podrá hablarle de ellas con conocimiento de
causa. A pesar de todo, este hombre, que se sabe irremisiblemente condenado,
espera... Cree en un mundo mejor. Vaya a verlo, bajará de la colina trayendo en
el alma un poco de su fe. Será suficiente para permitirle esperar la cura con
resignación y coraje.
Chantal miró a su interlocutor con mezcla de curiosidad y
sorpresa. El reverendo David Hall, tan tranquilo habitualmente, parecía
transfigurado cuando hablaba de este Will desconocido.
—Will —comenzó el pastor— era sastre y ejercía su oficio
hacía ya muchos años en Australia, su país. Vivía en Sydney, perfectamente
feliz con su mujer y sus hijos. No tuvo la suerte suya de carecer de lazos
familiares. Un día, cuando planchaba un traje que acababa de terminar, se quemó
el dedo meñique. Muchas veces ya había sufrido esa clase de accidentes, propios
de su oficio, de forma que no prestó mayor atención a la cosa y prosiguió su
trabajo. Algunos meses después observó sobre el brazo las manchas que usted
conoce tan bien.
“Contrae la lepra; un día su estado se hace contagioso. El
hospital de Sydney lo aísla: la reclusión ha comenzado... El estado de salud
del sastre no mejora a pesar de la internación en el hospital. Los médicos, que
desconocen casi todo lo que concierne a esta pavorosa lepra, se limitan a
alimentarlo .y vendarlo algunas veces. En estas condiciones el mal se
desarrolla a sus anchas, los médicos están perplejos. El riesgo de contagio
para los que rodean a Will en el hospital aumenta día a día. El gobierno australiano
compra una parte del islote llamado “De las Codornices” y construye en él una
casita, disponiendo que conduzcan allí al indeseable. Se piensa que no estaría
mal en ese lugar: la casa es confortable, un teléfono le permitirá estar en
comunicación con la granja, situada al otro extremo de la isla, de donde se le
hará llegar varias veces por semana una alimentación abundante. Vendrá él mismo
a buscarla junto a la barrera que señala los límites de la leprosería.
“Will considera este proyecto como una liberación. No
sentirá ya, a cada instante, aquella repulsión instintiva manifestada por todos
los que se le acercaban. Vivir solo es para él un alivio moral. Si el espíritu
se encuentra mejor en el aislamiento completo de la isla, el cuerpo no escapa
al progreso de la enfermedad que lo roe. Las úlceras se multiplican un poco en
todas partes: los pies se le hinchan desmesuradamente, lo que le hace
extremadamente. penoso caminar; los nervios se le contraen, provocando dolores
intolerables, especialmente por las mañanas. El ojo derecho es atacado: una
úlcera se desarrolla en él y finalmente le quita la vista.
“Tres años permanece Will en la isla... Tres años durante
los cuales no recibe más cuidados que los que él mismo pueda prodigarse: el
estado de las manos se hace cada vez más precario. Se desespera y halla por
demás inhumana la injusticia de los que lo han condenado a una situación a la
que la muerte hubiera sido preferible... Pero el gobierno va a enviarle
compañeros muy pronto. Un día, Will ve desembarcar un equipo de obreros que se
ponen a construir cabañas alrededor de la casa, recomendándole al mismo tiempo
permanecer lo más lejos posible de las obras.
“El número de los compañeros de Will aumenta poco a poco;
las quejas de los enfermos se multiplican ante el gobierno. Se sabe que en
otras partes, en el Pacífico, se trata la lepra y se la cura. ¿Por qué
Australia y Nueva Zelandia no hacen nada por los habitantes de la Isla de las
Codornices? Sin embargo, un consuelo está reservado a Will: un ministro de
nuestra religión protestante, que visita los leprosos, se entrevista
caritativamente con él. Le habla del cristianismo, del sentido redentor que él
sólo sabe dar al sufrimiento, del socorro incomparable que puede llevar a los
desgraciados y de la felicidad que promete a los hombres de buena voluntad.
Will, que era como usted y no habla practicado ninguna religión, se sintió
atraído por la nuestra y abrazó el protestantismo.”
Chantal miraba al reverendo David Hall, preguntándose
adónde quería ir a parar.
“El gobierno australiano, cansado de todas las
dificultades que le ocasionaban los leprosos, solicitó del gobierno de las Fiji
la admisión de esos enfermos a nuestra leprosería de Makogaï.
“Durante la travesía, que fue larga, a bordo del
Saint-John, el capitán Fareil había hecho encerrar a Will en una jaula de donde
le fue prohibido salir. Por otra parte, no hubiera podido hacerlo. Durante el
recorrido nadie se preocupó de él, sino para alejársele todo lo posible. Asistí
al desembarco de la jaula de Will: nunca olvidaré ese espectáculo.
"El doctor Watson reconoció muy pronto la gravedad
del estado de este nuevo enfermo, que no era más que llagas ulcerosas. Lo hizo
transportar a la casita edificada especialmente en lo alto de la colina; una
extraña casa, única en su género aquí, donde se le puede visitar sin temor de
ser contaminado. Está rodeado de un foso de tres metros de ancho, que recuerda
los que usted ha visto, sin duda, en ciertos jardines zoológicos bien
dispuestos, gracias a lo cual el visitante tiene la impresión de que Will está
en libertad.
“Acabo de referirle brevemente la historia de Will. Lo que
no puedo describirle es su belleza moral; la descubrirá usted misma después de
algunos minutos de conversación con él. Si su estado físico no ha hecho más que
empeorar, su moral ha subido por gradaciones normales hacia las cimas que pocos
hombres alcanzan.
Habla admirablemente el idioma de usted, que aprendió en
su juventud. ¡Si le dijera que yo mismo, cuando tengo momentos de desaliento
(todo el mundo los tiene), trepo inmediatamente la colina para hablar con Will
Desciendo de ella impregnado de una nueva fuerza interior. El padre Rivain es
como yo: él también va a ver a Wiil. No somos los únicos en este caso; toda la
isla sube el camino de la colina para pedir consejo al más grande de todos
nuestros enfermos. Todos saben que Will está irremisiblemente perdido, que su
caso es desesperado, y, a pesar de esto, es el único que consigue hacer brillar
la esperanza en los corazones más lacerados.
“Ya lo ve usted, le confío mi propia receta personal de
optimismo. Por cierto, su situación no es envidiable, pero tampoco es trágica;
lo dramático sería que no tuviera usted ninguna probabilidad de sanar, como es
el caso de Will, que ha tomado su suerte de manera heroica y prefiere dedicar
los últimos años de su vida a consolar a los demás. Tengo demasiado buena salud
para que mis exhortaciones merezcan, con respecto a usted, alguna posibilidad
de éxito; es la eterna historia del médico gordo y robusto extrañado de que su
cliente pueda estar enfermo... Mientras que con Will será distinto; vaya a
preguntarle usted misma de dónde saca el coraje. ¿Qué puede costarle esto? Una
media hora de camino. ¿No cree que este paseo merece el esfuerzo de hacerlo?
Por la noche, Fred volvió para proseguir la lectura; a la
mañana siguiente Marie-Ange le administró la inyección. Una nueva semana
transcurrió de esta manera monótona. El pastor no había reaparecido. La fiebre
física y moral hostigaba a Chantal. Una mañana que salía de la bañera y se
examinaba como de costumbre en el espejo del baño, se tambaleó: el mentón se
había hinchado desmesuradamente durante la noche y se transformaba en papera.
Hasta las pestañas empezaban a caer. Tomó una silla y la arrojó contra el
espejo, que se hizo trizas. De este modo ya no comprobaría los progresos de la
enfermedad. Era tiempo de visitar a Will. Chantal salió de la casa como una
loca y corrió por el camino de la colina donde vivía el profeta monstruoso.
El reverendo David Hall había hecho una descripción exacta
de la casa del gran Will: una simple cabaña de bambú rodeada por un foso ancho
y profundo. A medida que se aproximaba a ella, Chantal sentía vacilar las
piernas.
Al borde del foso se detuvo; Will estaba sentado sobre una
estera tendida en la tierra. El leproso parecía calentarse al sol, el rostro
recubierto por una especie de capucha blanca en la que había practicado una
sola abertura frente a la boca. Will no necesitaba otra, puesto que era ciego.
El cuerpo estaba rodeado de vendajes; gruesos tarugos de algodón protegían las
extremidades de los miembros. El rey de los leprosos no tenía ya ni manos ni
pies y debía permanecer siempre sentado o acostado, arrastrándose como un
reptil, para entrar o salir de la cabaña. La joven lo observaba en silencio,
cuando una voz dulce, que parecía venir de otro mundo, le preguntó:
—¿Es usted la parisiense de quien hablan hace algunas
semanas?
No había cómo equivocarse; era, en efecto, Will, que
acababa de hablar. Ella contestó:
—Soy la parisiense.
—Hablo siempre en su idioma con el padre Rivain y las
hermanas. ¿Por qué viene a yerme?
Chantal no contestó; las palabras se le estrangulaban en
la garganta; estaba a punto de huir. Pero la voz dulce continuó:
—No se viene a visitar a Will sino cuando se necesita de
él. ¿Qué puedo hacer por usted?
La joven demoró un poco antes de contestar. ¡Este ciego,
roído por la enfermedad, prisionero tras un foso, tenía la pretensión de
reconfortarla y ayudarla!
Preguntó:
—¿Cómo pudo saber que yo estaba aquí?
—Oí sus pasos sobre el camino, como oigo los de todas mis
visitas; mi vida transcurre escuchando pasos que se acercan o se alejan. Y hago
todo lo posible para que esos pasos, pesados e indecisos cuando llegan, sean
ágiles y seguros cuando me dejan. Eso quiere decir que he tenido éxito en la
misión que me propuse.
—Una curiosa vocación...
—Diga más bien que es normal; he renunciado a consolarme a
mí mismo: tanto vale emplear mis últimos años de vida alentando a los otros.
Cuidar el cuerpo no lo es todo, hay que ayudar también el alma; la mía está
sana hace ya tiempo. ¿Qué puedo hacer por la suya?
—¿Cree usted en Dios? —preguntó inesperadamente Chantal.
—No hubiera alcanzado jamás este grado de desprendimiento
de las cosas terrenales si no hubiera descubierto una vida interior. Todos los
días comprendo un poco más que hay, por sobre mi pequeñísima persona humana, un
ser superior que posee el poder de someterme a las pruebas más crueles. Sólo
El, igualmente, hubiera podido sanarme. Desde el día en que me convertí no he
cesado de repetir esta oración: “Señor, si Tú quieres, puedes volverme limpio.”
Mi ruego ha sido escuchado: mi conciencia está limpia. ¿Para qué serviría sanar
y continuar arrastrando consigo una deformidad moral?
Chantal callaba; este hombre terminaría por hacerle creer
que su suerte era envidiable. La voz velada seguía:
—He oído, en el lugar donde usted se encuentra en este
momento, todos los idiomas, todos los dialectos. Mi lepra ha bordeado la de los
chinos, hindúes, negros, blancos, que han venido a confiarme, a su turno,
angustias y temores. Todos creían en alguna divinidad: ella es la que los ha
ayudado a continuar viviendo y los ayuda a morir. Todos han pensado en el
suicidio, como usted y yo... Los raros casos de suicidio que he conocido en
miles de leprosos fueron los de personas instruidas y educadas cuyo defecto fue
ser incrédulos. Los adeptos de Ramanaké poseen una fuerza superior a la de
usted, señora. ¡Crea en Ramanaké si estima que sólo él es capaz de elevarla por
sobre su miseria, pero crea en alguna cosa! No he comprendido aún lo que la
doctrina pura, positiva, completamente laica de Confucio podría llevar a mis
hermanos del poblado chino; no me cuesta trabajo concebir lo que ha podido
decirles Buda... Pero nada está por sobre la energía moral, con que las
misiones cristianas han envuelto la lepra a manera de vendaje evangélico. .Me
siento emocionado cuando recibo la visita de mis hermanos del poblado hindú,
que, bajo la influencia cristiana y apelando a su inspiración poética, tan
extendida entre los de su raza, me recitan a la caída de la noche poemas de
consuelo y estímulo que han compuesto para los camaradas de infortunio.
La joven continuaba silenciosa; Will era ciertamente el
enfermo más extraordinario de la isla. ¿De qué manera un modesto sastre de
Sydney había alcanzado semejante elevación de sentimientos y tal equilibrio
intelectual? Chantal llegaba a preguntarse si una parecida transformación se
operaria en ella. A medida que la belleza física se marchitara, ¿se
desarrollaría en el alma una belleza moral? No quiso detenerse mucho tiempo
sobre esta idea extravagante: la única cosa digna de salvar era la belleza
física, para no decepcionar a Robert el día del reencuentro. Lo demás no
contaba; siempre habría tiempo de curarse y abandonar este infierno.
—Todo lo que me dice es admirable, pero no. me toca sino
de lejos —le dijo a su extraño interlocutor—. Una sola cosa me interesa: sanar.
Puesto que posee usted el poder mágico de aliviar las miserias de otros, haga
lo que pueda por la mía, activando mi curación.
—Lo haré —contestó con voz grave Will.
—¿Y cómo?
—Rogando por su alma... Oigo pasos en el camino. Váyase
antes de que la fealdad venga a encontrarla delante de mi morada; temo que la
persiga por todas partes en esta isla. Haga un esfuerzo para no ver aquí abajo
más que la belleza moral.
—Hasta pronto, señor.
—Llámeme WilI, como todo el mundo. No se conoce más que mi
nombre, es sinónimo de lepra... Sería tan feliz que usted se dijera a sí misma
al bajar: “Creía ser la persona más desdichada de la isla... Me equivocaba.
Hay, allá arriba, sobre la colina, un hombre blanco que sufre más que yo y
soporta alegremente el dolor”. Ojalá que este pensamiento la reconforte esta
noche; será mi primer éxito. No titubee en volver. El dolor de los otros no me
molesta nunca; lo he conocido antes que ellos. Si por casualidad estuviera en
mi cabaña cuando usted llegue, no tiene más que gritar: “¡Will!”, y me
arrastraré hasta el borde del foso.
Chantal se alejó sin agregar una palabra y se cruzó, en el
camino rocalloso, con una larga fila de enfermos que trepaban dificultosamente
los escalones que los conducían hacia la luz.
La visita que acababa de hacer la había impresionado. La
recordaba punto por punto, frase por frase, después de varias horas, cuando los
peldaños de la escalera crujieron bajo los pesados pasos del padre Rivain. El
sacerdote católico había puesto más tiempo que el reverendo David Hall en
pagarle la visita prometida, lo que no desagradaba a Chantal. Encontraba que
este cura había dado pruebas de mayor tacto al no asediaría, pocos días después
de su llegada, con sermones más o menos disfrazados.
Aun antes de que el padre Rivain abriese la boca ella
sabía que venía a hablarle para atraerla a la religión católica. Todo el mundo
quería que ella se convirtiera; hasta el ciego Will. Por eso quedó asombrada
cuando el misionero le dijo a guisa de introducción:
—Pasaba por aquí; le debo desde hace tiempo una breve
visita. Deseaba saber si no se aburría demasiado. Pensaba traerle algunos
libros, pero el doctor Fred me dijo que él se encargaba de ello. En el caso de
que la lectura termine por cansaría, tengo para usted una excelente ocupación.
—¿Es eso posible en Makogaï, padre?
—Perfectamente posible, hija mía. ¿Sabe coser?
—Más o menos, como todo el mundo.
—O sea lo suficiente para el trabajo que va a hacer para
mí... Y, en el caso de que no supiera, esto le daría ocasión de aprender. Voy a
confiarle un encargo importante.
—¿A mí?
—Nuestro taller está recargado. ¿Se siente capaz de hacer
un ajuar completo para un recién nacido?
—¡No terminaría nunca!
—Le he traído todo lo que necesita: hilo, agujas, tela...
Sí, los recién nacidos de Makogaï prefieren la tela a la lana; siempre tienen
demasiado calor. Agregué a estos instrumentos de trabajo este folletito, que he
sustraído a la hermana Marie-Sabine, y que tiene un titulo que me encanta: Para
preparar la llegada del bebé... Encontrará en él todas las indicaciones
necesarias para la confección del ajuar.
—¿De qué niño?
—Del hijo de una leprosa neozelandesa, querida señora.
Esta pobre mujer ha llegado encinta, en el mismo barco que usted. Pensé que se
compadecería de su desgracia y que sería una excelente madrina del niño, desde
que usted no tiene ninguno. No hay tiempo que perder; el feliz acontecimiento
está previsto para la semana de Navidad. Ya verá que Papá Noel nos traerá en su
cesta un pequeño Jesús de carne y hueso para mi modesto pesebre.
—¿Dónde está actualmente la futura madre?
—En el hospital, donde sor Marie-Sabine la rodea de mil
pequeños cuidados; una joven que espera la llegada de un hijo debiera ser
asistida y servida por ángeles... ¿Acepta mi proposición?
—Con una condición, padre. Y es que a cambio venga usted a
darme regularmente lecciones de ortografía. Sí, le confío este secreto: ignoro
muchas cosas.
—Lo advertí al verla persignarse.
—De eso puedo prescindir todavía —dijo Chantal muy francamente—,
¡pero la ortografía! Me veo terriblemente entorpecida para contestar las cartas
de Europa. ¿Acepta?
—Acepto. Empezaremos las lecciones mañana; vendré todos
los días después del almuerzo. Pero usted empiece en seguida el ajuar. ¡Hasta
mañana, hija mía, y arriba ese ánimo!
—¡Padre! —gritó Chantal, a tiempo que el capellán
descendía la escalera—, ¡sea gentil y no cuente a nadie que me da lecciones de
ortografía!
—¡Aun cuando lo dijera, no me creerían! ¡Hermosa y
refinada como es usted! Me callaré; los curas se parecen mucho a los médicos en
lo que concierne al secreto profesional. La única diferencia consiste en que el
secreto de estos últimos atañe al cuerpo, el de los primeros, al alma.
Sola ya, Chantal se preguntó si no soñaba. Su lepra
conseguiría el milagro de obligarla a sacrificarse por los otros. Sin embargo,
no era un sueño: las agujas, el hilo, la tela, estaban evidentemente ante ella,
sobre la mesa, con el pequeño folleto que empezó a hojear. Su lectura habría de
ser más estimulante que la de La psicología de los leprosos.
La paciencia de la pelirroja Agathe estaba a punto de
acabarse; hacía ya varias semanas que Fred no prestaba ninguna atención a su
linda persona. Cuando la encontraba en el oficio religioso del domingo, apenas
si le dirigía la palabra. La joven había confiado su pena al padre, quien le
contestó:
—Hija mía, su novio es un gran sabio al que no debe usted
perturbar durante los períodos en que se halla enteramente absorbido por sus
investigaciones. Mire a su madre: ¿no ha adquirido ella la costumbre, desde el
día de su casamiento, de no incomodarme cuando estoy preparando mi prédica?
—Sin embargo, padre, Fred era tan perfectamente atento
conmigo antes...
Agathe no agregó que el joven americano había cambiado de
conducta desde el día en que esa francesa desembarcó en Makogaï. Esta mujer
elegante no era, pensaba Agathe, más que un monstruo que se hacía necesario
abatir. Una leprosa que se obstina en no ponerse fea nada tiene que hacer en
una leprosería. Había que obligarla, por cualquier medio, a abandonar la isla.
Agathe creía haber hallado el medio: veinte veces, sin que el padre lo
advirtiera, la joven inglesa había acechado alrededor de la casa de la francesa.
Todas las noches, Fred penetraba allí a la caída de la noche y se retiraba
varias horas más tarde. ¿Qué podrían decirse, o hacer, tal vez? Agathe sentía
el alma torturada. Fred estaba enamorado de esta leprosa blanca; era evidente.
En varias ocasiones, la hija del pastor sintió deseos de trepar la escalera de
la casa para sorprender a su prometido en brazos de la horrible mujer, pero
había huido siempre a último momento por temor de ver materializada una
abominable escena que le llenaba la imaginación, noche y día.
Se conformaba esperando afuera, en la oscuridad,
advirtiendo pronto que no era la única observadora de las maniobras nocturnas
de Fred y de la francesa. Un hombre estaba allí, también en la oscuridad, cerca
de ella, escondiéndose lo mejor que podía: un leproso que Agathe reconoció muy
pronto. Era Tom, el fijiano que cumplía las funciones de peón caminero. Agathe
lo conocía por haberle hablado, bien que a respetable distancia —el reverendo
había obligado a su hija a estudiar el idioma bárbaro del archipiélago—, cuando
venía a arrancar la maleza que crecía frente a la casa de su padre. Tom era un
pobre de espíritu que creía cuanto se le decía; Agathe se preguntó en un
momento dado si el peón caminero no estaría enamorado de ella. Tom, cojo y sin
nariz, era, como muchos tontos, un enamorado de todo lo bello: de las flores,
de los pájaros, del azul del cielo, de la espuma blanca de las olas, de una
jovencita pelirroja y hasta de una joven rubia. Agathe lo había comprendido
cuando vio al leproso vagar por los alrededores de la casa de Chantal.
Con el fin de forzar la partida de aquella a quien la niña
consideraba como la peor de las aventureras, había que utilizar a Tom. Bastaría
sugerirle sintéticamente algunas ideas. Agathe se dedicó a esto durante toda
una tarde en que el caminero trabajaba en las proximidades de la barrera blanca
de la casa del pastor.
—Buen día, Tom. ¡Pareces sentirte muy desgraciado!
—Mucho, señorita Agathe.
—¿Quieres que te ayude?
—Nadie puede ayudarme.
—¿Lo crees tú?... Yo puedo hacerlo todo por ti, conozco
tus más íntimos pensamientos... Por ejemplo, sé que amas tu oficio de caminero,
pero que prefieres, todavía más, vigilar al claro de luna la casa de la mujer
blanca..., Tienes razón, Tom, porque esa mujer es para ti; es leprosa como tú y
tienes el derecho de casarte con ella... ¿Te sentirías orgulloso de tener una
mujer tan hermosa? Eso te alegraría, pobre Tom... ¡Escúchame! No tienes más que
entrar esta tarde, antes de la caída de la noche, en la casa de la mujer
blanca. Una vez adentro, cerrarás las puertas detrás de ti; eres más fuerte que
ella; la llevas al dormitorio, sobre la cama, y allí haces de ella tu mujer.
Después te obedecerá y te pertenecerá toda la vida. Mi padre se verá obligado a
casados para evitar un escándalo. ¡Tus bodas serán bellas, Tom! Y todo Makogaï
estará presente... Tus compañeros vendrán desde tu pueblo con guirnaldas de
áloes. Y la orquesta de sor Marie-Ange tocará esa linda música que tanto te
gusta y que hace mucho ruido... Y el tenor de la hermosa voz hará oír cantos de
amor...
—¡Oh, señorita Agathe, qué lindo es todo lo que me dice!
—Todo eso sucederá, Tom —prosiguió implacable la
jovencita—. Lo único que hace falta es audacia; recuerda que los leprosos están
aquí en su casa y que Makogaï les pertenece con todo lo que se encuentra en
ella, sobre todo las mujeres leprosas como la francesa. Ya sé... ¿Tienes miedo
del doctor Fred? ¡No te preocupes! No irá a verla esta noche... ¡Ni volverá
jamás! Me encargo de tenerlo ocupado... Pero ¿irás tú, Tom?
—Sí, señorita Agathe...
—¿Y harás exactamente todo lo que te he dicho?
—Sí, señorita Agathe...
—Muy bien, Tom. Vete a tu casa y ponte el traje de los
domingos... Hay que estar buenmozo el día de esponsales... Y mañana, cuando el
sol se levante en la bahía de Dallice, ella estará dormida en tus brazos.
El leproso miraba a Agathe con grandes ojos de loco y
partió corriendo a ponerse el traje dominguero.
Chantal había puesto manos a la obra siguiendo las
indicaciones contenidas en el folleto que le llevó el padre Rivain. Se había
instalado en el living y le extrañaba que Fred, tan puntual de ordinario, no
hubiera llegado todavía para la lectura de costumbre. Creyó oír sus pasos en la
galería y preguntó:
—¿Es usted, doctor?
La frase quedó ahogada en la garganta; la puerta del
living acababa de cerrarse a espaldas del leproso, que avanzaba resuelto hacia
ella. Sin darle tiempo para proferir un grito, Tom aplicó la horrible mano sin
dedos sobre la boca de Chantal y la levantó del asiento con fuerza hercúlea. La
arrastró hasta el dormitorio, donde trancó la puerta tras haberla depositado
sobre la cama; ella quiso aprovechar este breve instante para incorporarse,
pero Toro la acostó de nuevo, presionando con todo el peso de su cuerpo.
Chantal estaba horrorizada: el rostro contorsionado, tumefacto, de labios
colgantes, se aproximaba a su cara... Tom quería tener su primera noche de
amor.
A esa misma hora, el médico americano se hallaba sentado
en la casa del reverendo David Hall, cerca de la cama de Agathe, a quien la
señora Hall terminaba de tomarle la temperatura. El pastor había ido a buscar
al médico cuando éste se disponía a salir del laboratorio para dirigirse a la
casa de Chantal.
—Fred —le había dicho el pastor—, ¡venga en seguida! Creo
que Agathe está muy enferma. Debimos meterla en cama; la pobrecita parece haber
perdido la razón a consecuencia de la fiebre y lo reclama sin cesar, en el
delirio. ¡Venga! ¡No hay minuto que perder!
La llegada del doctor Fred al cuarto azul y rosa de Agathe
tuvo la virtud de hacer cesar inmediatamente las divagaciones febriles de la
joven pelirroja. Los ojos suplicantes miraban a Fred, como diciéndole: “¡Sólo
usted puede salvarme! Yo también he contraído la fiebre de Makogaï.”
Durante la media hora que el doctor permaneció sentado
cerca del lecho, Agathe no pronunció palabra; se concretó a abandonar su mano
húmeda en la de Fred; este contacto debió hacerle mucho bien, puesto que los
ojos afiebrados se cerraron. Después de aquel fuerte acceso de fiebre
inexplicable, la joven pareció adormecerse. El americano miraba sin cesar el
reloj; su rostro reflejaba un evidente desagrado por el enojoso contratiempo
que lo abrumaba. Chantal debía estar esperándolo, pero era delicado abandonar tan
pronto a la hija del pastor, aun cuando Fred estaba íntimamente convencido de
que el mal era benigno.
El reverendo y la esposa se habían retirado discretamente,
enternecidos por el espectáculo que ofrecía su hija, cuidada por su prometido.
Los ojos de Agathe se reabrieron en el momento en que Fred se levantaba,
tratando de hacer el menor ruido posible, y expresaban un reproche tal que el
médico debió volver a sentarse. Ella le preguntó con voz sin matices:
—¿Iba a dejarme ya, Fred? ¿Tanta prisa tiene?
—Bueno..., es que... tengo que terminar una experiencia
importante en el laboratorio.
—Ya la reiniciará mañana. Es muy tarde ahora. ¡Acompáñeme
un rato más! Está trabajando demasiado, Fred, y no le dedica suficiente tiempo
a su novia. Porque somos novios, aunque tengo la impresión de que lo olvida
desde hace algún tiempo...
—¿Qué quiere decir?
—Simplemente —respondió con calma Agathe—, que en lo
futuro será necesario que elija entre la francesa y yo.
Se había incorporado en el lecho, la fiebre volvía, los
ojos brillaban con destellos malignos.
—Desde luego no podrá elegir sino a mí; porque
seguramente, ¡no querrá usted a una leprosa que en este mismo momento se
convierte en la mujer de un leproso!
—¿Qué dice? —le gritó Fred, levantándose de un salto.
Comprendió de golpe que algo monstruoso había ocurrido en
la casa de Chamal mientras Agathe lo atraía a su lado.
—¡Si le ha ocurrido algo a esa mujer, la mataré a usted!
—gritó al salir.
Atravesó rápidamente el salón, donde el pastor y su esposa
lo miraron pasar con estupor.
Corrió por el camino, en plena noche, como un loco. Subió
de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera de la casa blanca, forzó las
dos puertas del living y del dormitorio para encontrarse frente a Tom que se
aprestaba a consumar el atentado, después de haber atado a Chantal sobre la
cama. La lucha fue terrible. Fred era vigoroso, pero la fuerza del enfermo le
pareció prodigiosa. Los dos hombres rodaron por tierra; en un momento, Tom
consiguió extraer un largo cuchillo que quiso hundir en el corazón del que
venía a robarle “su mujer” en el preciso instante en que iba, por fin, a
hacerla suya. La visión de la hoja dio al doctor un ímpetu supremo que le
permitió tomar al leproso por la garganta. Apretó con todas sus fuerzas, sin
soltar el cuello descamado, hasta que un último estertor le probó que el
leproso había dejado de vivir.
El americano se levantó, la cara ensangrentada, y dijo a
Chantal después de haberle cortado las ligaduras con el cuchillo del leproso:
—Venga conmigo a la Misión. Es inútil que permanezca en
esta casa donde la muerte ha entrado demasiado pronto.
La noche pasada por Chantal en la Misión fue horrible.
Aunque Marie-Ange no la dejó un instante, la joven veía sin cesar el combate de
Fred con el leproso, al que había asistido impotente y atada sobre la cama.
—Ya es completamente de día, podrá volver a su casa —le
dijo Marie-Ange—. La acompaño, tengo que ponerle una inyección. Después, según
la buena costumbre, deberá permanecer tranquila.
—Jamás podré entrar en esa casa después del drama de
anoche!
—Sin embargo, es necesario... ¿Dónde quiere que la
alojemos? Y nada tiene usted que ver con este drama, nadie es culpable: sólo la
fatalidad es responsable de él.
—Yo soy la causa indirecta... Me parece que no me acostaré
nunca en mi cama sin tener la impresión de ver a aquel leproso arrojarse sobre
mí.
—Aparte esas ideas y venga. Hace ya tiempo que el cuerpo
de Tom ha sido retirado; lo entierran esta mañana, previo un servicio celebrado
en el templo por el reverendo David Hall. ¡Pobre Tom! Cada vez que me veía
pasar a caballo me dirigía una amplia sonrisa.
—Debía de estar enamorado de su belleza —murmuro Chantal.
Durante el trayecto la joven formuló a Marie-Ange una sola
pregunta:
—¿Qué le va a pasar al doctor Fred?
—No lo sé. Evidentemente, su situación en la isla puede
tornarse delicada; ha matado a un enfermo... Habrá sin duda una investigación.
—El doctor actuó en legítima defensa. Yo atestiguaré en su
favor: he visto al leproso extraer el cuchillo.
—Evidentemente —opinó Marie-Ange—. Pero tal vez los otros
leprosos no lo interpretarán así... ¡La enfermedad vuelve tan extraño el
carácter!
Cuando Chantal llegó delante de la casa comprobó la
presencia de uno de los gendarmes de Makogaï, quien se retiró después de haber
dicho a Marie-Ange algunas palabras que ésta tradujo a la joven:
—Ha cuidado su casa por orden del doctor Watson, para
evitar que merodeadores, o simplemente curiosos, entraran durante su ausencia.
Acaba de decirme que la noticia de la muerte violenta de Tom se ha extendido
como un reguero de pólvora en la isla, causando gran impresión... Entremos para
la inyección.
Chantal fue presa de un malestar indefinido cuando quedó
recostada en el dormitorio, después de la partida de Marie-Ange. Evocaba la
tragedia en los menores detalles. Esta visión, agregada a las reacciones
violentas del chaumoogra, terminó por causarle la más violenta fiebre que
conociera hasta ese día. Tiritando en la cama, le era imposible realizar el
menor movimiento: la lucha sorda del medicamento salvador contra la enfermedad
la encadenaba tan fuertemente como la cuerda utilizada por Tom. Ni siquiera oyó
el ruido hecho por un visitante que subió rápidamente la escalera de la
galería, ni los repetidos golpes dados a la puerta del dormitorio. Finalmente,
el visitante entreabrió la puerta con cierta timidez, y Chantal tuvo la
sorpresa de ver, delante de la cama, a Tulio Morro, el tenor italiano. Este
parecía bastante confuso al encontrar a la joven acostada y empezó a hablar con
rapidez, ceceando: la lengua francesa adquiría, por el canal de su voz,
sonoridades desconocidas.
—Signora, perdóneme por haber venido hasta aquí, pero era
necesario... Ya ve usted, estoy sofocado... He corrido de tal modo y tengo
piernas tan cortas... Mi alojamiento no está lejos del suyo y he querido
prevenirla: hay que levantarse subito y venir conmigo presto a una gruta que
sólo yo conozco... Allí, esperaremos a que la tormenta haya pasado... ¡Pronto,
bella signora, levántese!, voy a ayudarla a vestirse.
—No comprendo muy bien el objeto de su visita, señor... Y
no puedo levantarme; sor Marie-Ange me ha puesto esta mañana una inyección.
Debo permanecer acostada hasta tarde, sin moverme.
—¡Eso no importa, signora! Es mucho más importante dejar
la casa... ¡Dentro de algunos instantes estarán aquí!
—¿Quiénes?
—Pero, ¡los leprosós! Todos los leprosos de la isla, salvo
yo, que soy blanco, y Will, que permanece prisionero en lo alto de la colina.
—¿Qué es lo que pretenden?
—No lo sé... Creo que la consideran responsable de la
muerte del caminero. Tom era muy popular entre ellos por su simpleza de
espíritu.
—¡Están locos! ¡Están locos! Ayúdeme a levantarme; es
mejor ir a la Misión.
—¡Imposible, signora!... Otro grupo de leprosos ha rodeado
la Misión, más exactamente, el edificio central del hospital donde el doctor
Watson ha debido refugiarse con sus ayudantes, el padre Rivain, el reverendo
David Hall y su familia, todas las hermanas, las mujeres enfermas y los dos
gendarmes que lo protegen.
—¿Está seguro de lo que me dice?
—¡Absolutamente!, los leprosos quieren linchar al médico
americano, que debió esconderse en el hospital, donde el doctor Watson lo ha
tomado bajo su protección. Todos los blancos se han agrupado para resistir, a
la espera de socorros.
—¿Por qué no está usted con ellos?
—Signora, soy hombre galante y he prometido al doctor
Watson y a la hermana Marie-Ange ocuparme de usted... Los leprosos me dejaron
pasar porque soy enfermo como ellos y los he encantado frecuentemente con mi
voz. Les dije que iba a mi casa; en realidad, he corrido hasta aquí porque
conozco sus malas intenciones con respecto a usted... No puedo conducirla al
hospital: los que rodean el edificio la reconocerían.
Tampoco puedo llevarla a mi casa, donde la encontrarían
pronto... Por eso le propongo la gruta, donde permaneceremos hasta que la
tormenta haya pasado... En la bolsa que llevo a la espalda tengo provisiones
que me ha dado la madre Marie-Joseph.
—¿Qué va a hacer el doctor Watson?
—Felizmente tiene en su poder el aparato emisor de radio,
que utiliza en casos de urgencia. Cuando salí, pedía socorros a Levuka y a
Suya. El gobernador le enviará, seguramente, tropas en un barco de guerra,
habrá combate en la isla. Va a ser espantoso: Makogaï, que era tan apacible, se
convertirá en un campo de batalla.
—¡No es posible!
—¿Se le ocurre a usted algún modo de liberar al doctor
Fred? Los leprosos quieren matarlo... y tal vez a usted también...
—¡Los enfermos carecen de armas, mientras los gendarmes
tienen fusiles!
—¡Desengáñese, signora! El doctor Watson ha hecho, en mi
presencia, el recuento de las armas y municiones a disposición de los blancos;
además de los dos fusiles de guerra de los gendarmes, con doscientas balas cada
uno, tienen cuatro revólveres con cien balas y las tres carabinas de caza del
doctor Watson, del reverendo David Hall y del doctor Fred..., mientras que los
leprosos poseen por lo menos unos cincuenta fusiles de caza, repartidos en los
cuatro poblados: fijiano, neozelandés, hindú y gilbertino, con un millar de
cartuchos.
—¿Por qué aberración se les ha dejado esas armas?
—Para permitirles satisfacer dos o tres veces por año uno
de sus más grandes placeres: la caza de gaviotas. La reglamentación vigente en
Makogaï prevé que esas armas deben quedar en poder del jefe de cada poblado; ya
puede usted imaginar, signora, que los jefes leprosos no han esperado mucho
para distribuir armas y municiones. Silos socorros enviados por el gobierno de
las Fiji no llegan subito, algo horrible va a pasar aquí.
—¿Piensa usted, verdaderamente, que los enfermos van a
insubordinarse contra la autoridad de los médicos, de las hermanas y de los
capellanes?
—Me temo que sí, signora... Puedo esperarlo todo después
de haberlos oído hablar entre ellos cuando franqueaba el cerco para venir aquí.
—Entonces, ¿usted entiende ese idioma de salvajes?
—No todo, pero empiezo a hacerme entender en fijiano.
—Tulio, ¿qué dicen los leprosos?
—Que matarán al doctor Fred si lo prenden, como él mató a
uno de ellos:
—¿Y si no consiguen apoderarse de Fred?
—Algunos hablaban de incendiar el hospital para obligar a
los blancos a salir...
—¡Estamos en una isla de locos, mi pobre Tulio! ¡Partamos
hacia su escondite!
No pudo terminar la frase. Antes de que le fuera posible
darse cuenta cabal, siquiera, de la verdadera situación, se encontró sobre el
camino, con las manos atadas a la espalda, rodeada por una horda gesticulante
de leprosos que la conducían en dirección al poblado indígena. En balde
gritaba: “¡Tulio! ¡Tulio!” Las vociferaciones y los
gritos de muerte de los guardianes dominaban el sonido de
su voz.
—Arahi! Arahi! —aullaban las bocas desdentadas de labios
colgantes. Chantal ignoraba el significado de ese grito. En cierto momento,
durante el trayecto, oyó la voz del tenor que consiguió dominar el tumulto,
para gritarle:
—Estoy a su lado, signora. Mientras esté vivo no le
tocarán uno solo de sus hermosos cabellos rubios.
Tulio la seguía hacia el destino desconocido; no había
querido abandonarla. Chantal recordaba ahora la lucha breve y desigual que
había opuesto durante algunos instantes el grueso hombrecillo a toda la jauría
en andrajos. Vio a Tulio rodar por tierra cuando quiso protegerla con su
cuerpo; al ponerse de pie, con la cara ensangrentada, tenía el cráneo
completamente calvo. El tenor había perdido la ridícula peluca negra en el
tumulto. Chantal se dio vuelta para ver si el pobre Tulio había recobrado el
accesorio más precioso de su sorprendente silueta; la cabeza del tenor seguía
desnuda. El hombrecillo hacía grandes ademanes hablando en fijiano con la
escolta; los leprosos indígenas parecían prestar poca atención a sus protestas
vehementes.
El odio, que ella había presentido a bordo del carguero,
estallaba finalmente con toda la violencia de un mal instinto demasiado tiempo
contenido. Sentía que esos monstruos no la habían arrancado de su tranquila
vivienda, ni se encarnizaban reclamando a voz en cuello la vida del joven
americano, únicamente por vengar a un ser tan insignificante como el caminero.
Los leprosos querían hacer expiar a los blancos el delito que sus miradas
febriles o atroces recriminaban ya, sobre el muelle de Levuka, a la multitud de
gente sana. ¿Por qué estamos condenados a vivir en esta isla perdida, lejos de
nuestras familias y de nuestros países como si fuéramos parias? Porque los
blancos así lo decidieron sin consultar nuestra opinión.
La muerte de Tom era un excelente pretexto; la revuelta no
sería más que una consecuencia lógica de muchos años de largos sufrimientos.
Allí donde los leprosos se asemejaban a sus hermanos sanos —y donde Chantal
comprendía que los hombres serian eternamente iguales— era donde atacaban
precisamente a quienes, como el doctor Fred, se sacrificaban para cuidarlos. No
era posible, se decía Chamal, que los enfermos se atrevieran a atacar a una
Marie-Ange, que encarnaba, para quienquiera fuese, la imagen misma de la
dulzura. No era de creer que estos locos incendiaran el hospital, donde estaban
todos los remedios y los instrumentos necesarios para aliviar sus males,
arriesgándose a aniquilar, en algunos instantes de locura colectiva, pacientes
esfuerzos y el sacrificio de vidas enteras.
Los guardianes le hicieron atravesar el pueblo mientras de
cada casa, de cada galería, partían hacia ellos gritos de muerte:
—Arahí! Arahí!
Los brazos sin manos se tendían amenazadores en dirección
a la prisionera, que fue encerrada en una casucha baja, de una sola habitación,
donde el calor era sofocante. El piso era de tierra y no había asiento alguno;
únicamente, una estera olvidada en un rincón. Más que sentarse, Chantal se dejó
caer allí. La fiebre de la inyección era elevada, y ya no sentía fuerzas ni
para hacer preguntas a su compañero de infortunio.
El tenor italiano había cumplido su promesa, consiguiendo
hacerse encerrar con ella. Para alcanzar este resultado no vaciló en hacer
frente otra vez a la escolta de Chantal, cuando comprendió que iban a
encarcelar a la joven. Los leprosos, cansados finalmente de este hombrecito
ventrudo y charlatán, corto de piernas, resolvieron encarcelarlo también. Por
lo menos, al estar preso, pensaban que se quedaría quieto...Tulio Morro tomó
asiento sobre la estera, al lado de Chantal.
—Felizmente he traído mi bolsa de provisiones —dijo el
tenor—. La cosa puede durar mucho tiempo, y estos bandidos serían muy capaces
de dejarnos morir de hambre. ¡Silencio, signora!
Tulio aplicó la oreja contra el tabique de paja y tradujo
para ella las frases que oía en fijiano:
—Dicen que la van a utilizar a usted como rehén y que sólo
la dejarán en libertad si el doctor Watson les entrega al doctor Fred.
El tenor escuchaba aún, pero ya no traducía nada.
—¿Por qué permanece en silencio? —preguntó Chantal.
—Lo que dicen en esté momento no ofrece ningún interés,
bella signora.
—¡No es cierto, Tulio!... Usted me oculta alguna cosa. ¡En
la situación en que me encuentro tengo el derecho de saberlo todo! Le suplico,
Tulio: tradúzcame las últimas frases que pronunciaron.
—Puesto que usted insiste, signora, se lo diré..., y
además, yo sé que es una mujer de coraje... Han agregado que si el doctor
Watson no les daba satisfacción de aquí a dos horas incendiarían el hospital
para obligar a los blancos a salir y la someterán a juicio...
—¿A mí? ¿Qué mal he hecho?
—El de seguir siendo hermosa...
—¿Quién me va a juzgar?
—El tribunal de ellos..., un tribunal de leprosos que
están formando... ¡Escuche, signora!... ¿Oye la campana de madera que llama a
todos los habitantes para reunirse en la plaza?
—¡Esto es una locura, Tulio!
—Signora, tengo subito una gran idea que me atraviesa el
cerebro: si dentro de dos horas los leprosos quieren juzgarla, me las arreglaré
para entretenerlos algún tiempo cantando. Les gusta mi voz... Cantaré hasta que
los socorros lleguen... Les diré que quiero cantar para ellos todo lo que me
pidan, a condición de que, para juzgarla a usted, esperen a que yo termine, y
yo no terminaré nunca...
Ella quedó emocionada al pensar que aquel hombrecillo
obeso agotaría los pulmones volcando sobre una muchedumbre hostil los tesoros
de su voz para evitarle lo peor.
—No, Tulio. No tiene usted el derecho de estropear la voz.
Debe conservarla intacta para continuar esparciendo en esta isla de miseria un
poco de. Esa armonía que tanto falta en ella... ¿Cuánto tiempo cantó en la
Opera de Sydney?
—Quince años. Fui contratado, a precio de oro, cuando aún
pertenecía a la Scala de Milán. Me dejé tentar y contraje la lepra; el cielo me
ha castigado por haber dejado mi país donde todo el mundo nace con el sol en la
voz. Cuando se ama la música, y sobre todo el bel canto, no se puede vivir sino
en Italia. Quería amasar rápidamente una fortuna en la Opera de Sydney y volver
a mi país, donde me hubiera hecho construir un palacio en los alrededores de
Nápoles, y por la noche, al claro de luna o bajo las estrellas, me habría
paseado con mi anciana madre arrullándole romanzas napolitanas.
—¿Vive aún su madre?
—Si, signora. La pobre me espera en un pueblito de
Toscana... No sabe que estoy aquí; me cree siempre en Sydney... Cuando le
escribo, envío mis cartas primero al administrador del teatro Opera, en Sydney,
que es también italiano, para que las ponga en un sobre que lleve el sello de
aquella ciudad. Y mi anciana madre me escribe siempre a la Opera, como si yo
continuara siendo el más grande tenor de toda Australia.
Con un gesto que debía serle familiar se pasó la mano por
la cabeza para alisarse la peluca.
—¡Es verdad! Olvidé que la había perdido en el alboroto...
Espero volver a encontrarla en su casa; sin eso ya no me animarla a cantar en
la iglesia... Sí, mi peluca es una vieja amiga de la que me cuesta privarme...
¿Me encuentra usted muy feo sin pelo? La única cosa que habrá de molestarme, si
debo cantar en seguida ante los leprosos, será no tener la peluca...
Mientras hablaba, en su prisión voluntaria, sobre los
certeros méritos de una cabellera postiza, otros prisioneros involuntarios
esperaban ansiosamente en el pabellón central del hospital.
El doctor Watson acababa de recibir un mensaje radiofónico
del gobernador, informándole que el Saint-John zarpaba inmediatamente de
Levuka, con un batallón de policía indígena mandado por oficiales ingleses. El
Saint-John no podría atracar, ciertamente, en el desembarcadero de Dallice
antes de la caída de la noche; la situación era grave. Los parlamentarios
enviados por los leprosos que rodeaban el hospital exigían que entregaran al
médico americano dentro de dos horas, para sufrir el castigo que merecía, según
la opinión unánime de la mayoría de los enfermos. No era cosa de entregar a
Fred a esta horda desencadenada y ciega. Veinte veces el joven americano había
querido sacrificarse para evitar la catástrofe y salvar a Chantal. La pequeña
colonia blanca se había opuesto afirmando que su sacrificio no serviría para
nada y que era más atinado esperar, la llegada de los socorros.
Uno a uno, el padre Rivain, el reverendo David Hall, la
madre Marie-Joseph, el doctor Watson y el médico fijiano habían salido del
pabellón para parlamentar con los leprosos e intentar calmarlos. Todas las
tentativas fueron vanas; cada una de ellas había concluido con los gritos de
muerte:
—Arahi! Arahi!
Los leprosos querían matar al médico americano; sólo su
sangre vengaría la muerte injusta de Tom, el pobre de espíritu.
Los dos gendarmes, fieles al doctor Watson, se relevaban
en el techo del pabellón para hacer guardia y prevenir toda tentativa de
asalto. Ocultos tras las persianas de la gran sala de la planta baja, los
médicos americano y fijiano hacían guardia, puestos los dedos sobre el
disparador de las carabinas: había que esperarlo todo. Sobre la mesa central,
que servía habitualmente para preparar el vendaje de los enfermos
hospitalizados, estaban depositadas las armas del doctor Watson, del padre
Rivain y del reverendo David Hall.
El médico director caminaba a lo largo del pabellón sin
decir nada, mirando periódicamente la hora en su reloj de pulsera. El capellán
católico se había aproximado al médico fijiano y observaba, a través de las
persianas de paja, a los leprosos que rodeaban el hospital, los ojos afiebrados
fijos en el edificio dentro del cual se escondía el hombre blanco que había
osado matar a uno de los de ellos.
Siempre frente a la ventana, Fred parecía ensimismado.
Observaba él también; pero la mirada sobrepasaba el círculo de leprosos: veía
el rostro admirable de Chantal rodeado de monstruos que le hacían sufrir quizá
el peor de los tratamientos. Felizmente, Tulio Morro debía estar a su lado; se
podía confiar en el prestigio de que gozaba este hombre, por el milagro de su
voz, entre los otros enfermos. El médico americano sabía que su propia muerte
sería horrible si los leprosos conseguían apoderarse de él, pero lo prefería
todo antes que saber a Chantal en peligro. Esperaría hasta el último minuto de
las dos horas de tregua para actuar: tentaría una salida para liberar a la
joven. Si era necesario abatiría a todos esos enfurecidos.
Fred no había dirigido la palabra a Agathe, que permanecía
silenciosa sentada cerca de la señora Hall. Esta se hallaba nerviosa.
—¡David! ¿Qué nos va a suceder? Todo esto no hubiera
pasado jamás si usted me hubiera escuchado cuando quise disuadirlo, cuando nos
casamos, de dejar Liverpool por estas islas pobladas de salvajes...
El reverendo, impasible, estaba abstraído. ¡Se preguntaba
qué motivo poderoso había podido determinar el gesto homicida de aquel a quien
consideraba todavía como su futuro yerno! La brusca partida de Fred en la
noche, cuando estaba tranquilamente sentado al lado de la cama de Agathe, no
era normal. Algo decisivo había sucedido entre Agathe y Fred, alguna cosa que
determinó la carrera loca del joven médico hasta la casa de Chantal, donde el
drama se produjo inmediatamente. Varias veces el ministro protestante había
intentado interrogar individualmente a Agathe y a Fred; la primera callaba, el
segundo cambiaba intencionalmente de conversación. A pesar de este mutismo, el
reverendo sabía que todo el secreto de la muerte de Tom lo hallaría en las
confidencias que arrancase a uno u otro de los jóvenes.
El padre Rivain, siempre en su puesto de observación, no
era más locuaz que el reverendo David Hall, pero tenía, sin sospecharlo, una
opinión diametralmente opuesta a la del ministro protestante sobre el desenlace
de lo que él consideraba sólo como un simple conflicto proveniente de una
exaltación momentánea de los enfermos. El capellán católico era de naturaleza
optimista. Según él, todo se arreglaría de la mejor manera. Los leprosos
volverían juiciosamente a sus poblados respectivos después de asistir a una
ceremonia de acción de gracias, que organizaría en la iglesia para agradecer al
Cielo el haber evitado el flagelo suplementario de una guerra civil. El buen
hombre no podía concebir que los efectos de la caridad cristiana derramados
desde tantos años en Makogaï no se hiciesen sentir; entre los enfermos que
rodeaban el hospital y lanzaban gritos de muerte, muchos habían sido
bautizados. Que fuesen católicos o protestantes, la religión que habían
abrazado con entusiasmo no podía tener sino una influencia feliz. Finalmente,
los refuerzos de policía enviados, por el gobernador llegarían a tiempo y
extenderían sobre la isla el saludable temor al gendarme. Evidentemente, la
muerte del peón caminero era lamentable, pero después de todo no era nada más
que un accidente debido a la excesiva violencia del joven médico americano. El
único punto que atormentaba al padre Rivain era el de conocer la suerte
reservada en ese momento a su compatriota. A despecho de sus exhortaciones, los
leprosos, aun sus fieles, no habían querido dejarlo pasar.
—¡Padre —le habían contestado—, tiene que hacerse
justicia!
—¡No hay más que una justicia verdadera, la de Dios!
—El mismo Dios debe darnos la razón en este momento. Tom
era un pobre de espíritu, y usted nos ha dicho siempre que Dios lo amaba y
protegía.
El capellán prefirió, por último, regresar al hospital
para no agravar la situación. Dios estaba ahí para restablecer las cosas en su
orden cuando fuera necesario. No era posible que abandonara a Makogaï.
Un parecido estado de ánimo abrigaba la madre
Marie-Joseph, que había reunido en el dormitorio del primer piso a la comunidad
religiosa y a las mujeres hospitalizadas. También estaba allí sor Marie-Sabine,
con su tropa de boy-scouts. La madre Marie-Joseph se había ofrecido como
mediadora para dirimir el conflicto, proponiendo a los leprosos ir a
administrar justicia bajo el árbol. Los enfermos le habían contestado:
—Aquí no se trata ya de juzgar nuestras desavenencias,
sino el crimen de un blanco contra uno de los nuestros.
La madre Marie-Joseph debió, ella también, batirse en
retirada.
Marie-Ange fue la única que no intentó parlamentar con los
asaltantes. Estimaba que no era misión apropiada para ella y que dada su
todavía breve estada en la isla carecía de autoridad. La hermanita, prefería
hacer arrodillar a las niñas del taller para rezar el rosario. La Virgen María
habría de mostrarse, una vez más, auxiliadora de los pobres pecadores. La voz
de las leprosas repetía desde hacia más de una hora: “Dios te salve, María,
llena eres de gracia, el Señor es contigo...
En el hospital, el calor resultaba sofocante: era la hora
en que, normalmente, Makogaï hacía la siesta. Ni los leprosos afuera, ni la
colonia blanca en el interior, tenían el menor deseo de dormir. La fiebre había
hecho presa de todo el mundo, una fiebre hecha de odio en unos, de inquietud en
otros. Esta paradójica situación de un puñado de médicos, capellanes, hermanas
de caridad y gendarmes sitiados por centenares de leprosos, que todo se lo
debían, se eternizaba. Y ningún barco salvador aparecía en el horizonte de la
bahía de Dallice.
El doctor Watson, que era el único en conocer, por boca
del mismo Fred, las verdaderas razones que determinaron la muerte de Tom y que
estimaba que su ayudante había procedido perfectamente suprimiendo al monstruo,
seguía caminando a lo largo y a lo ancho del salón. Sabía que la verdadera
culpable no era la francesa, sino esta pequeña víbora de Agathe, que mantenía
los ojos obstinadamente bajos adoptando actitudes de niña juiciosa al lado de
su llorosa madre. El médico director estimaba que no había llegado el momento
de revelarle al reverendo David Hall la monstruosa maquinación de la hija;
reservábase, para cuando la tempestad hubiera pasado, el hacer plena luz sobre
este lamentable asunto. Entre tanto declaró con tranquilidad y en voz alta,
después de mirar su reloj una vez más:
—Han transcurrido las dos horas.
Un primer disparo retumbó, proveniente del campo de los
leprosos. Y el padre Rivain, que no creía que eso fuera posible, advirtió la
horda que avanzaba lentamente hacia el pabellón, arrastrándose y ocultándose
tras los macizos de sándalo. De golpe se produjo el asalto en masa a los gritos
de arahí! arahí! Uno de los gendarmes hizo fuego desde el techo, y el jefe del
poblado fijiano, que encabezaba la fuerza, rodó entre el polvo. Los disparos se
sucedían ahora más nutridos.
El doctor Watson y el reverendo David Hall empuñaron cada
uno su carabina y fueron a apostarse con la mayor calma en el hueco de dos
ventanas sin vidrios, protegidas solamente por cortinas de bambú. Únicamente el
padre Rivain titubeaba; subió al primer piso y encontró a las hermanas
arrodilladas con las mujeres enfermas, cuyas voces repetían incansablemente
mientras las balas rebotaban: “¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros
pecadores...!" Después de bendecirías, el capellán bajó en momentos que la
voz aguda de Agathe gritaba: “¡Fred!"
Era ya tarde: el médico americano había saltado por la
ventana y se lanzaba a la carrera en dirección al círculo de leprosos, que
retrocedió.
—¡Está loco! —gritó el doctor Watson.
Apenas había recorrido Fred diez metros en su carrera
cuando rodaba entre el polvo rojo de Makogaï. El médico fijiano se precipitó a
su vez hacia afuera y consiguió traerlo sobre los hombros hasta el interior del
pabellón, mientras los gendarmes protegían esta retirada tirando desde el
techo.
—Voy a ocuparme de él —le dijo el doctor Watson,
tendiéndole el fusil al padre Rivain, quien lo tomó maquinalmente, apostándose
en su lugar ante la ventana.
Extendido sobre la camilla de consultas, el médico
americano entreabrió los ojos y le dijo a su jefe:
—No me tendrán vivo.
Se desvaneció; un delgado hilo de sangre le salía de la
boca.
Agathe se había arrodillado delante de la camilla. La
señora Hall tenía un ataque de nervios, el médico fijiano volvía a tomar su
lugar cerca de la entrada, el reverendo David Hall y el padre Rivain disparaban
con la mayor tranquilidad.
—El plazo acaba de expirar —había dicho Tulio Morro a
Chantal.
No tuvieron mucho que esperar para ver abrirse la puerta
de la cabaña. Dos leprosos se dirigieron hacia la joven; Tulio los detuvo y
trabé con ellos una nueva discusión muy animada. La proposición hecha por el
tenor pareció interesarles, porque un tercer enfermo, que había entrado último
en esta prisión improvisada, volvió a salir en seguida para consultar a un
grupo mas importante de enfermos estacionados frente a la entrada. Después de
algunos minutos el mensajero volvió y habló a Tulio, quien se dirigió a
Chantal:
—Están conformes en postergar el juicio hasta que yo haya
terminado de cantar... ¡Tenga la certeza de que la noche llegará antes de que
me detenga!
Chantal debió dejarse conducir. Los enfermos estaban
sentados en tierra formando semicírculos, alrededor de un árbol contra el que
ella se apoyó. Tulio comenzó a cantar: jamás su voz pareció a Chantal más bella
y emocionante. Unas tras otras se sucedieron melodías napolitanas, raras
melopeas del folclore fijiano y canciones americanas. Al cabo de una hora Tulio
seguía cantando, presa de extraño frenesí; gruesas gotas de sudor le perlaban
la frente; varias veces ya el buen hombre había debido enjugarse el cráneo.
La platea de leprosos lo escuchaba con beatitud, pero la
mayor parte de las miradas apuntaban a Chantal, de la que se hartaban
anticipadamente. La blanca pagaría por el médico americano, de quien era
seguramente la amante. Tal el sentir que expresaban aquellos ojos a veces
atónitos y otras torvos. Cada uno de esos hombres experimentaba, en su fuero
interno, el mismo violento deseo de Tom. El caminero había hecho perfectamente
bien en tratar de mancillar a esta mujer blanca que, después de todo, era leprosa;
la única desgracia era qué el pobre de espíritu no hubiera tenido tiempo de
satisfacer sus deseos antes de la llegada del médico. Tom sería vengado por la
comunidad leprosa; sus manes se estremecerían de gozo. Esa tarde, Ramanaké
reinaba como dueño absoluto sobre la isla; era ya tiempo que manifestara, por
fin, su poderío y aquello de que era capaz.
El tenor fue interrumpido en medio de la plegaria de Tosca
por la llegada de un grupo de enfermos que aullaba: arahi! arahi! Los
habitantes del poblado se informaron de este modo que el ataque al hospital
había comenzado. Como confirmando esta noticia, se oyeron dos disparos lejanos.
Tulio se volvió hacia Chantal, con expresión desesperada; vio aparecer una
sonrisa en los labios de la joven, estimulando su coraje. Los recién llegados
querían a toda costa apoderarse de Chantal, pero el consejo de ancianos se
opuso.
—¡Empiezan a disputar entre ellos, signora! —dijo el
tenor—. Es excelente para usted. Cada grupo reivindica para sí el derecho de
juzgarla... ¡Oh!, ¡tengo una idea genial! Si tiene éxito, está usted salvada...
Corrió hacia los leprosos en plena discusión y empezó a
hablarles con soltura. Chantal tuvo la impresión de que las palabras del tenor
producían efecto visible: la calma se restableció casi instantáneamente. Al
final de la peroración de Tulio, un prolongado clamor de asentimiento, que
partía simultáneamente de los grupos antagónicos, probó que la unanimidad se
había logrado. Cuatro enfermos se destacaron y vinieron en busca de Chantal.
—¿Dónde me llevan? —preguntó asustada al tenor.
—Hacia la única persona que puede aún salvarla: a la casa
de Will, que la juzgará allá arriba, sobre la colina. Will es justo; todos
reconocen su sabiduría y aceptan su sentencia. Conseguí meterles esta idea en
la cabeza cuando vi que no se ponían de acuerdo. Por otra parte, yo la
acompaño... He jurado a sor Marie-Ange no abandonarla.
La ascensión hacia la colina comenzó, extraña. La horda de
leprosos precedía, rodeaba y seguía a Chantal, que se sentía acosada,
perseguida por una jauría aullante y desencadenada.
El camino dominaba el valle donde había sido edificado el
hospital. Desde lejos, Chantal vio la batalla cuya intensidad crecía por
momentos. Volvió la cabeza hacia la otra vertiente del camino y vio una espesa
columna de humo que subía de uno de los poblados de la isla.
Tulio, que había interrogado a los leprosos a este
respecto, le informó:
—Acaban de incendiar el pueblo chino porque los enfermos
de esa nacionalidad se han rehusado obstinadamente a unirse a los revoltosos.
Con este acto se proponen castigarlos por permanecer fieles al doctor Watson.
El pueblo incendiado estaba muy distante, y el humo era
demasiado espeso para que Chantal pudiera distinguir detalles. La sublevación
hacía llegar sus efectos destructores a toda la isla. Cada vez más, Chantal
comprendía que la muerte del pobre de espíritu sólo era un pretexto que
permitiría saciar todas las pasiones. Los hindúes detestaban a los chinos;
habían entrado en la revuelta para incendiar las chozas de los discípulos de
Buda, cuyo humor pacífico buscaba en el trabajo el olvido de un mal abominable.
Los hindúes atravesaban corriendo el poblado chino llevando antorchas; cuando
el fuego había sido dominado en algún lugar, las arrojaban ahí; las casitas
sobre pilotes no tardaban en desplomarse.
Los fijianos podían dedicarse por entero al ataque del
hospital y al enjuiciamiento de Chantal; sus aliados, los hindúes, les
prestaban un servicio inestimable inmovilizando a los chinos entre las ruinas
del poblado. Mientras tanto, los neozelandeses no permanecían inactivos y se
habían concentrado en masa sobre la playa, para oponerse a toda tentativa de
desembarco. ¡Había que impedir que llegaran los socorros! En un recodo del
camino rocalloso, Chantal y su escolta dominaron por fin la bahía de Dallice. Chantal
dirigió hacia allí su mirada con la esperanza de avistar el barco salvador. El
mar permanecía desierto; el desembarcadero de madera estaba en llamas. Los
neozelandeses habían hallado de este modo el medio más eficaz de impedir el
atraque del Saint-John.
—Si el viento del oeste comienza a soplar —dijo Tulio ante
el espectáculo—, las llamas alcanzarán la plantación de hydnocarpus y darán
cuenta de la cosecha de chaulmoogra. Habrán quemado ellos mismos la única
planta que puede sanarlos.
Chantal no sabía ya hacia dónde mirar; prefirió seguir
avanzando, cerrados los ojos, tironeada y empujada por la escolta de cojos y
tuertos. Resonaba en sus oídos un raro tam-tam lacerante, que se oía en toda la
isla; los leprosos utilizaban tamboriles y campanas de madera para incitar a
sus hermanos a la revuelta. Sin verlos, la joven creía saber que detrás de cada
árbol del pan, bajo los guayabos, en el camino más solitario, se arrastraban
estos enfurecidos sedientos de matanza. El odio invadía poco a poco toda la
isla, impregnando la atmósfera. El tam-tam continuaba acompañando los gritos de
muerte, mientras la interminable ascensión proseguía... De pronto, el silencio
se hizo en la escolta: Chantal reabrió los ojos. Se encontró ante el foso que
rodeaba la casa del más grande de los enfermos.
Ahí estaba Wiil, el cuerpo envuelto en vendajes, la
capucha sobre la cabeza, sentado sobre la estera delante de la puerta.
Permanecía inmóvil, a la espera de que toda agitación cesara. A lo lejos, las
columnas de humo del poblado chino y del desembarcadero continuaban ascendiendo
en el cielo azul; los estampidos de la fusilería llegaban espaciados; el sol
comenzaba a declinar sobre el horizonte, el mar seguía desierto, el Saint-John
no arribaría jamás. Sólo la justicia de Will podía salvar la isla. Chantal abrigaba
este sentimiento con tal fuerza que se dejó caer de rodillas, gritando:
—¡Will! ¡Socorro! ¡Quieren matarme! ¡Todos han
enloquecido!
El padre Rivain tiroteaba desde hacía más de una hora
sobre los asaltantes. Este santo sacerdote no se hubiera perdonado el derribar
—o tan sólo herir levemente— a uno de “sus queridos enfermos”.
—¿Ha matado usted a muchos? —preguntó el colega
protestante.
—¡Ni uno solo! —respondió con calma el pastor, apoyando de
nuevo el fusil en el hombro.
—¿Sobre qué tira usted, entonces?
—Cuando veo que se acercan demasiado los asusto tirando al
aire o a tierra... De momento, me parece suficiente.
—Sin embargo, ¡no son pocos los tendidos de veras!
Era verdad. El médico fijiano y los gendarmes eran
excelentes tiradores y para ellos no se trataba de un simulacro. Conocían
demasiado bien a sus compatriotas para saber que sólo un temor saludable los
calmaría, o, por lo menos, los mantendría suficientemente alejados del
pabellón.
Acostado sobre la camilla de consultas, el médico
americano no daba ya señales de vida: la bala que recibiera en medio del pecho
se había alojado en las proximidades del corazón. Ayudado por Agathe y sor
Marie-Sabine, que había bajado del dormitorio del primer piso, el doctor Watson
se esforzó sin éxito por extraer el proyectil. Tras varias tentativas
infructuosas juzgó inútil la operación y le informó a Agathe!
—Está perdido. Le quedan pocas horas de vida... Lo mejor
es rogar por él. ¡Pobre muchacho! Va a ser una pérdida sensible para la Misión.
Agathe estalló en sollozos y fue a refugiarse al lado de
su madre. Esta se hallaba en tal estado de nerviosidad que le era imposible
comprender la pena de su hija; Agathe corrió hacia su padre, al que abrazó,
gritando:
—Padre, si Fred muere es por mi culpa. Fui yo quien incitó
a Tom para que fuera a casa de la francesa... ¡Soy también responsable de la
muerte de Tom, de todos los muertos que nos rodean, de todo lo que sucede!
¡Padre, hay que matarme también a mí para ser justos!
El reverendo no se había movido y continuaba disparando
metódicamente al aire, sin dejar de apuntar, como si tirara al blanco en la
feria de diversiones. Así que la hija hubo terminado su confesión, retiró el
fusil del antepecho de la ventana para cargarlo con dos nuevos cartuchos.
Cuando levantaba pausadamente el arma, la señora Hall se precipitó gritando.
—¡No, David! Se lo suplico. ¡No hará usted eso, espero!
¡El Señor no se lo perdonaría nunca!
—Yo sé lo que debo hacer —respondió el ministro
protestante—. El Señor me ha guiado siempre en los momentos difíciles: no
blasfeme usted mezclando Su Santo Nombre a toda esta infamia... Yo sospechaba,
Agathe, que era usted la mayor culpable. ¿Qué le he hecho al Altísimo para
merecer una hija semejante?
El reverendo no agregó una palabra más y tomó nuevamente
la posición de espera en la ventana, desinteresándose de Agathe.
—Me parece que la fusilería es menos nutrida —señaló el
doctor Watson—. ¡Tal vez terminen por comprender que todos sus esfuerzos son
inútiles!
Apenas terminaba de hacer esta observación cuando uno de
los gendarmes bajaba la escalera, gritando:
—¡Fuego alrededor del hospital!
El médico director levantó una persiana: un humo negruzco
se elevaba de los macizos de ñame a una distancia de doscientos metros. Los
leprosos habían empleado allí también su terrible arma: aquella contra la cual
nada pueden las balas.
En una ventana del dormitorio del primer piso la madre
Marie-Joseph había visto igualmente el círculo de fuego. Con gran calma se
volvió hacia la comunidad y las mujeres enfermas:
—Roguemos para que el viento del oeste no se levante y
empuje las llamas en nuestra dirección.
El gran Will había escuchado las acusaciones formuladas
por los leprosos contra la mujer blanca.
—Will, esta mujer ha causado la muerte de nuestro pobre
Tom.
—Will, ella era la amante del doctor Fred...
—Will, fue ella la que incitó al americano a matar...
Los brazos sin manos designaban a Chantal reiteradamente,
como a esas pecadoras públicas que son expulsadas.
Cuando consideró que toda la amargura, acumulada en esas
almas atormentadas por una perpetua tortura física, había sido derramada ante
él, tomó la palabra el rey de los leprosos. Su voz subió serena en la tarde y
parecía ser la única fuerza capaz de dominar a los hombres y su locura. Hablaba
pausadamente; Tulio, al lado de Chantal, que permanecía desplomada sobre la
tierra, le traducía las palabras de sabiduría y apaciguamiento:
—Hermanos mios —comenzó Will—, comprendo la pena de
ustedes ante la muerte de Tom. Este dolor no debe transformarse en deseo de
venganza contra una mujer que nada les ha hecho y sufre del mismo mal que
ustedes. Conozco a esta mujer por haberla recibido aquí, como he acogido a cada
uno de ustedes cuando necesitaron mis consejos. No practicamos todos la misma
religión, pero alentamos un solo deseo: ver reinar la paz en esta isla que nos
ha sido designada como lugar de curación o de sepultura. Por cierto que nuestra
suerte no es envidiable: ¿creen que lo será mucho más cuando el sol se levante
mañana sobre ruinas humeantes acumuladas por exclusiva culpa nuestra ante los
cadáveres de nuestros hermanos? La única que tiene aquí el derecho de matar es
la lepra. Muchos conseguirán vencerla a fuerza de paciencia y tenacidad. Desde
hace años han sido ayudados en esta empresa sobrehumana por hombres y mujeres
llegados de Europa y América, a quienes algunos de ustedes intentan matar en
este momento.
“Desde el preciso instante en que oí, aquí en mi colina,
el crepitar de las balas, comprendí que se abatía sobre Makogaï la más grande
de las calamidades. Hace ya mucho tiempo que no veo, pero oigo desde aquí.
Hasta los menores ruidos de la isla; percibo ese rumor sordo de odio que todo
lo invade. Esos gritos de guerra, esos clamores, ese tam-tam no resonaban ya
aquí desde que la caridad había impuesto su ley infinitamente dulce. ¿Sienten,
hermanos míos, ese olor siniestro? ¡Parecería que Makogaï arde en toda su
extensión!
Siempre postrada, Chantal escuchaba esta voz que le
producía el efecto de ser una voz interior.
—No olviden, hermanos míos —continuó Will—, que un Dios
todopoderoso ha dicho: “Todos los que se sirviesen de la espada, por la espada
perecerán”. El castigo vendrá, y temo que caiga sobre nuestra cabeza,
implacable. Ese día ustedes vendrán a buscarme nuevamente, pero ya nada
podré....
Hacía algunos momentos que un zumbido más fuerte dominaba
el crepitar de la fusilería y los redobles del tam-tam; todas las cabezas
miraron hacia el cielo. Tulio tomó el brazo de Chantal y le gritó, ebrio de
alegría:
—¡Signora, un aeroplano!, ¡estamos salvados!... ¡Los
socorros llegan!
Chantal miró a su vez: Tulio tenía razón. Un hidroavión de
la Real Marina Británica sobrevolaba la isla a escasa altura. Al mismo tiempo
una sirena enronquecida —que la joven reconoció en seguida— se hizo oir varias
veces. Chantal miró: la negra silueta del Saint-John se recortaba en la rada.
El carguero maldito se convertía para ella en el navío de la liberación. Luego
de permanecer en silencio algunos instantes, el rey de los leprosos prosiguió:
—Hermanos, deseo que esta justicia que querían aplicar no
se vuelva contra ustedes. Dentro de algunos momentos, horas tal vez, la fuerza
del orden se impondrá de nuevo en Makogaï. Me sería imposible aconsejarles más
urgentemente volver a los poblados y esperar con calma que se los invite a
salir.
El gran Will había callado.
La mirada de los leprosos pasaba alternativamente de este
hombre solo, sentado sobre la estera, a la bahía de Dallice, enel centro de la
cual el Saint-John echaba andas. Algunas embarcaciones se desprendieron
rápidamente del transporte: estaban atestadas de uniformes con cascos
coloniales. Algunos disparos partieron de la playa, donde los neozelandeses
estaban agrupados en masa, contra las embarcaciones que se aproximaban a la
ribera. Inmediatamente un crepitar sostenido, de cadencia rápida, llegó del transporte.
Los guardias de Chantal parecieron extrañados; no era el estampido de un fusil
ordinario. Los neozélandeses, sobre la playa, se echaban a tierra y se
retiraban en desorden hacia el interior.
—¡Tienen una ametralladora a bordo, que barre la playa!
—le susurró Tulio a Chantal.
—¡Pobres locos! —respondió ella—. ¡Los van a matar!
A continuación de algunos rápidos conciliábulos, los
leprosos de su escolta retrocedieron emitiendo gritos inarticulados.
—Quédese ahí, señora —dijo suavemente Will—, hasta que la
policía haya restablecido el orden por completo. Ningún habitante de la isla se
animará a tocarla mientras esté en mi presencia.
—¡Y al lado de Tulio! —agregó el tenor.
—No lo había olvidado, señor Morro... ¿No le parece
extraño que nos volvamos a encontrar esta tarde, sobre mi colina, cuando lo he
aplaudido otras veces con tanta frecuencia en la Opera de Sydney?
—Sí —dijo el tenor a Chantal, con orgullo—; Will me ha
dicho la primera vez que vine a visitarlo, pocos días después de mi llegada,
que era uno de mis más grandes admiradores en Sydney...
Tres gigantescas hogueras aclaraban los contornos de la
isla: el poblado chino, donde las últimas chozas terminaban de consumirse; el
desembarcadero, cuyas vigas calcinadas se hundían en las aguas tranquilas de la
rada; y el incendio que se desarrollaba a pocos metros del hospital. Las
embarcaciones del Saint-John habían volcado sus ocupantes en la playa; los
soldados corrían hacia el hospital. La fusilería había cesado; el redoble del
tam-tam fue reemplazado por una música plañidera y aguda que parecía provenir
del poblado hindú; el olor de los hydnocarpus quemados se mezclaba al de otras
plantaciones en llamas. Una brisa ligera que soplaba del oeste se había
levantado; la silueta sombría del transporte de los leprosos se mecía
suavemente en la bahía de Dallice; el sol desaparecía en las olas tras el
horizonte, como una gran bola de fuego ensangrentada. Un tintineo de campanas
muy débil llegó hasta la cima de la colina.
—El Angelus —murmuró la voz grave de Will—. Lo oigo todas
las tardes... Hubiera sido lástima que la de hoy no se pareciera a las otras.
—Creo que ahora podemos descender —dijo Tulio.
—Si la campana de la iglesia suena —declaró Will—, es
señal de que el hospital ha sido liberado y que el padre Rivain pudo salir.
—Buenas tardes, Will —dijo suavemente la joven—. Vamos al
hospital, donde todos deben de estar esperándonos. ¡Y gracias!
—Nada tiene que agradecerme, señora... Todavía no he hecho
nada por usted; le he prometido ocuparme de su curación. Eso es lo más
importante. Lo demás no cuenta. Es necesario que pueda usted dejar un día esta
isla por la que debe ya sentir horror. Buenas tardes, señor Morro, y cuando
todo haya sido olvidado, vuelva una tarde a cantar para mí solo.
Chantal descendió el camino de la colina apoyándose en el
brazo del tenor. La campana de la pequeña iglesia repicaba sin cesar.
—¿Por qué toca tanto tiempo? —preguntó Chantal.
—Lo ignoro. Tal vez los hombres sientan la necesidad de
rezar más largamente esta tarde —respondió Tulio.
—Debe ser eso... ¿No cree que haríamos mejor pasando
primero por la iglesia? Tengo la impresión de que esa campana nos llama...
LA PRUEBA
La campana de la pequeña iglesia seguía tocando cuando
Chantal entró en ella acompañada por Tulio. El padre Rivain estaba en el coro,
arrimado al altar, y se dirigía a la concurrencia formada por algunas hermanas
entre las cuales Chantal reconoció, en el claroscuro del santuario, a sor
Marie-Sabine.
La entrada de Chantal y del tenor hizo levantar la cabeza
a las Hijas de María. El padre Rivain, por su parte, interrumpió la alocución
para decir a la recién llegada:
—Me siento feliz de recibirla en mi iglesia con el que fue
para usted, ciertamente, el más seguro compañero en medio de sus tormentos.
Vamos a rezar tres Pater y tres Ave en acción de gracias al cielo por la
milagrosa protección que les ha prestado a los dos.
Chantal se arrodilló —imitando a los demás—, pero pensó
que el cielo, tan frecuentemente invocado por el capellán católico, como por el
pastor protestante, acomodando su nombre a todas las circunstancias, no había
hecho gran cosa para librarla de las garras de los leprosos. Los únicos a
quienes debía estar agradecida eran Tulio y, sobre todo, el gran Will.
Sólo al salir de la iglesia Chantal se enteró de la muerte
de Fred. Aunque su corazón estuviera enteramente acaparado por el recuerdo de
Robert, esta noticia la conmovió. Escoltada siempre por el fiel Tulio, se
dirigió al hospital.
El primer personaje que encontraron allí fue el doctor
Watson, quien dijo a Chantal, luego de haberle estrechado largamente ambas
manos:
—Fred me lo ha contado todo. Ni él, ni usted, son los
causantes de este drama. ¡Pobre Fred! Figura ya entre las innumerables víctimas
de la ciencia. Su desaparición es una pérdida considerable para la terapéutica
general de la lepra. Después de su estada en Makogaï hubiera prestado
inestimables servicios en su país.
—¿Ha sufrido mucho?
—Creo que no. Perdió el conocimiento pocos instantes
después de haber sido herido y no salió del coma hasta la muerte.
Ella penetró en la gran sala transformada en capilla
ardiente. Fred descansaba sobre la mesa de vendajes; a cada lado de esta mesa
estaban alineadas las camillas en las que yacían los cadáveres de ocho leprosos
muertos alrededor del hospital por el tiro certero y mortífero de los gendarmes
y del médico fijiano. Este se encontraba en el fondo de la sala vendando los
heridos con la ayuda de Marie-Ange. Una estera había sido extendida delante de
la hilera de muertos. Dos personas estaban allí arrodilladas: el reverendo
David Hall, perdido en su Biblia, y sor Marie-Joseph, desgranando las gruesas
cuentas del rosario —hecho con madera de boj— que le colgaba siempre en la
cintura.
La joven permaneció largo tiempo de pie, inmóvil ante el
cuerpo de aquel que le había evitado la peor de las afrentas y cuya voz
tranquila no le leería ya las páginas de Balzac. Una vez más, la vida le
parecía injusta. Sabía igualmente que la salida temeraria del joven americano
bajo las balas había sido una última prueba de amor hacia ella. Se persuadió de
que Robert hubiera procedido de igual manera al encontrarse en parecidas
circunstancias.
¿No sería tal vez mejor que Fred hubiese muerto de este
modo, antes que vivir infinitamente desgraciado en compañía de Agathe o de
cualquier otra mujer? Porque nunca pensó Chantal que podría amarlo. Se daba
cuenta de esto, con más claridad ahora, al verlo sin vida ante ella; su corazón
estaba simplemente invadido por una inmensa piedad ante un fin tan inútil y tan
desdichado.
El rumor de unos sollozos la sacaron de sus crueles
pensamientos. Sentada en un rincón de la gran sala, la señora Hall tenía la
cabeza de Agathe sobre las rodillas; la esposa del pastor acariciaba lentamente
el pelo con reflejos rojizos de la joven que lloraba. Chantal comprendía que
allí estaba el verdadero drama; a los diecisiete años, Agathe había marcado
para siempre su destino, como ella lo hizo a los dieciséis, aceptando como
primer amante al marinero que le regalara a Iru. Aquel día Chantal no reflexionó
más que Agathe cuando excitara a Tom a realizar su sueño insensato. Pero ésta
era menos digna de lástima porque había expiado inmediatamente su falta,
mientras que Chantal llegó a creer que las culpas no se expiaban jamás, cosa
que la había arrastrado a continuar su vida de desenfreno. El despertar no
llegaría para ella sino diez años más tarde: ese día estaba ya leprosa.
El espectáculo del cuerpo de Fred rodeado de cadáveres
mutilados de leprosos y el del dolor de Agathe se le hicieron pronto
insoportables, resolviendo entonces abandonar precipitadamente el hospital. En
el umbral, el doctor Watson conversaba en voz baja con Tulio y dos oficiales de
policía pertenecientes al batallón de desembarco del Saint-John. No bien la
vio, el médico le aconsejó:
—Debiera volver a su casa, señora... El capitán Searle,
aquí presente, acaba de confirmarme que la calma ha retomado a la isla. De
todas maneras, varias patrullas de seguridad recorrerán Makogaï durante la
noche. Ningún enfermo tiene permiso para circular. Su residencia está
custodiada militarmente, pero, como presumo su aprensión ante la idea de volver
al lugar después de los dolorosos acontecimientos de que ha sido teatro, he
pedido a Tulio quiera tener la bondad de pasar la noche en su casa; dormirá en
el living-room.
—Yo me arreglaré, Signora. Dormirá como un ángel que tiene
mucha necesidad de hacerlo. ¡Tulio velará por usted!
Chantal retomó a la casa en compañía del tenor. Se sentía
abrumada, vencida por la fatiga, asqueada...
En la oscuridad se cruzaron con una larga fila de leprosos
chinos escoltados por soldados.
—¿Dónde van? —preguntó al tenor.
—El doctor Watson los alojará probablemente en uno de los
pabellones del hospital. Desde que el pueblo de ellos ardió, ya no tienen
viviendas... Es triste no tener casa...
—La destrucción de ese poblado es, ciertamente, el acto
más inútil de la revuelta.
—Signora, en las revoluciones o conflictos, la que sufre
es siempre la gente pacífica. Los chinos no querían hacer mal a nadie; los
fijianos no se lo han perdonado, y los hindúes aprovecharon esa circunstancia
para satisfacer un odio secular que sobrepasa en mucho el cuadro de nuestra
pequeña isla. Es lástima: ese poblado era el más pintoresco de todos. ¿Lo
visitó usted?
—No. Sólo conozco el pueblo fijiano, donde estuvimos esta
tarde.
—Razón de más para asistir a la inauguración del nuevo
pueblo chino.
—¿Lo van a reconstruir?
—Es necesario, signora; la vida es un perpetuo empezar de
nuevo; un leproso muere, otro llega a Makogaï... He visto ya dos pueblos
completamente destruidos en la isla: el de los hindúes y el de los
neozelandeses.
—¿Por el fuego?
—Por ciclonés. Son frecuentes en estos parajes y muy
violentos: nada los resiste.
Chantal prosiguió su camino, silenciosa.
Un piquete de guardia, compuesto de cuatro soldados y un
suboficial indígena, había sido instalado en su galería. Los hombres se
levantaron cuando ella y Tulio entraban en la casa. El primer objeto que el
tenor advirtió sobre el piso del living-room fue la peluca, que recogió con un
grito de júbilo.
—¡La encontré! ¡Podré cantar el domingo ante las niñas de
sor Marie-Ange en la iglesia! ¿Tiene usted un espejo, signora, para que pueda
colocármela bien derecha sobre el cráneo?
—Rompí el espejo de mi cuarto de baño; creí que no sería
ya de ninguna utilidad. Me equivoqué; no pensé que un día un tenor de la Scala
de Milán vendría a mirarse en él antes de hacer su reaparición en la vida
corriente... No desespere, mi buen Tulio, me queda todavía un espejo en la
polvera, que tengo olvidada en una de mis carteras. No es grande, pero creo que
le bastará.
Tulio debió ponerse de rodillas para ajustarse la peluca.
Se puso de pie cuando se consideró presentable y le
preguntó triunfante:
—¿Verdad que estoy buen mozo, ahora?
—¡Irreconocible!
—Ya sé... Podré dormir tranquilo en ese confortable
sillón.
—¿Con la peluca?
—¡No me la quito nunca! Sin ella tengo la impresión de
estar desnudo. Me abriga. Buenas noches, signora. Y dígase usted que mañana,
cuando se despierte, el sol estará alto, los guayabos un poco más verdes, el
Pacífico un poco más azul, y de este modo la pesadilla será olvidada.
—Buenas noches, Tulio... Hay una cosa que no olvidaré
nunca: lo que usted ha hecho por mí.
—Es muy natural. ¡Qué quiere usted! Yo también la amo...
¡Es tan linda! Eso sí, me pareció más diplomático demostrárselo con actos, en
vez de hacerlo mediante una inflamada declaración. Usted quema todo cuanto se
le aproxima. ¡Pobre doctor Fred! Cómo lo comprendo... ¡Y pobre Tom! También lo
he comprendido. Estoy persuadido de que a estas horas Dios los ha reunido...
Morir por la misma mujer, ¡eso sella una amistad eterna!
A la mañana siguiente la despertó un rayo de sol que le
acariciaba el rostro. Tulio y el piquete de guardias habían desaparecido:
encontraba nuevamente la soledad.
El aislamiento fue de corta duración: el trote regular de
un caballo vino a interrumpirlo. Marie-Ange apareció y le dirigió un jovial
saludo, saltando a tierra.
—Es día de inyección. Tiene que volver a acostarse; la
dosis de chaulmoogra va a ser sensiblemente más fuerte.
—¿En honor de qué?
—Es el doctor Watson quien lo decidió así, después de una
larga entrevista con Will ayer por la mañana.
—¿El doctor Watson va, pues, él también, a visitar al rey
de los leprosos?
—Nuestro director va en busca de Will cuando necesita
consultarlo. Ayer fue necesario, a fin de tomar una decisión con respecto a la
revuelta.
Chantal comprendió que la sublevación terminaría con un
perdón lleno de suavidad: el gran Will había sido su inspirador; una vez más,
su habitual prudencia había obrado maravillas. Este ciego paralitico, que se
arrastraba por tierra, con el cuerpo cubierto de llagas, prisionero tras su
foso, reinaba sobre la isla. Ella misma iba a beneficiarse desde esa mañana con
la intervención poderosa de aquel que adquiría ante sus ojos, cada vez más,
estampa de profeta. Al lado de él, tanto el padre Rivain como el reverendo
David Hall no parecían exceder la categoría de aprendices en la delicada
profesión de consolar almas.
El tintineo de una campana la volvió a la realidad.
—Es la campana del templo protestante que invita a los
fieles al servicio mortuorio del doctor Fred —dijo Mairie-Ange—. Todo el
personal de la Misión asiste, salvo yo, que debo hacer una recorrida de
inyecciones habituales. El tratamiento no puede esperar.
Cuando la hermanita hubo partido, Chantal se arrastró
penosamente hasta la galería donde se dejó caer, agotada, en la hamaca y cerró
los ojos para no pensar en nada. En esa atmósfera, impregnada a la vez de
serenidad edénica y amenazas desconocidas, en ese aire embalsamado y saturado
de venenos sutiles, ella permanecía extendida como una gran ave herida, presa
de un cansancio que no podía definir. Su tristeza se ensanchaba hasta más allá
de la muerte de Fred, llegando hasta sobrepasar su pasión por Robert: abrazaba
los contornos de la isla, los arrecifes de coral, los volcanes amenazadores, el
cielo de esmalte oscuro y las olas del Pacífico. Si hubiese sido lo bastante
instruida como para conocer a Nietzsche, una frase del pensador hubiera vuelto
a su memoria y, al pronunciarla, los ojos se le llenarían de lágrimas: “En
otros tiempos, se decía Dios al mirar los mares lejanos...”
La sacó del embotamiento la presencia, cerca de la hamaca,
de un visitante a quien no había oído subir la escalera. El reverendo David
Hall, tan sonriente de costumbre, la observaba con infinita tristeza; los
anteojos del buen hombre se hallaban empañados. Tan impresionada quedó Chantal
por la expresión de angustia reflejada en el rostro del pastor, que se
incorporó en la hamaca para preguntarle:
—¿Ha sucedido alguna otra desgracia?
—Al contrario, todo ha vuelto a su orden después de la
partida del Saint-John con Fred y Agathe.
—¿Agathe? —preguntó Chantal, desconcertada.
—El doctor Watson y yo hemos considerado preferible que mi
hija retomara a Inglaterra después de lo que ha pasado...
—La señora Hall debe estar muy afectada por una partida
tan brusca.
—Mi mujer se ha ido con Agathe. Es mejor que ella la
acompañe en nuestro país... Debo confiarle que la señora Hall estaba muy
nerviosa en los últimos meses. La vida en Makogaï le pesaba: estamos en ella
hace diez años... La señora Hall, a quien siempre gustó la sociedad, no ha
encontrado aquí una sola dama con la que pudiera tomar el té de vez en cuando.
Nunca comprendió que la esposa de un ministro protestante debía estar dispuesta
a sacrificar todas sus comodidades y hábitos burgueses en pro de la propagación
de la fe.
Chantal escuchaba al capellán protestante con la sensación
de que el muy digno hombre sentíase feliz al poder expresar por fin,
libremente, los pensamientos íntimos. No obstante, la señora Hall se había
mostrado siempre excelente esposa y madre ejemplar, educando a su hija en los
prudentes principios puritanos que le habían inculcado a ella. La señora Hall
quedó asombrada —y ofendida— con las revelaciones que el esposo le hizo el día
anterior respecto de su hija.
No era posible; según ella, que Agathe tuviera el alma tan
pervertida como para deshacerse de una rival por medios inconfesables. Sin
embargo, tuvo que rendirse a la evidencia; Agathe era un monstruo, un monstruo
tanto más inquietante, dada su juventud. Tras muchas vacilaciones, la señora
Hall se había decidido a abandonar este islote del Pacífico —donde su esposo
continuaría evangelizando a los leprosos— para acompañar a su hija en la verde
Inglaterra y, sobre todo, vigilarla hasta su casamiento. Después, eso sería
asunto del marido. La señora Hall se liberaría así de responsabilidad. Era
urgente casar a Agathe para hacerle olvidar el drama espantoso y fijarle
rápidamente una situación social estable, bien lejos de la leprosería donde
malgastó los más bellos años de la juventud.
Cuando Agathe estuviera casada, la señora Hall volvería,
como mujer sumisa, a Makogaï, al lado del esposo: éste había declarado que no
volvería jamás a Europa y que se dedicaría, hasta su muerte, al alivio moral de
aquellos que consideraba los seres más desgraciados de este valle de lágrimas.
El reverendo estaba seguro de volver a ver a la esposa,
pero jamás a la hija, que no regresaría nunca a Makogaï: se sentía doblemente
herido en su orgullo y en su amor patenal. Según él, hasta el momento en que
tuvo conocimiento del papel abominable desempeñado por Agathe la víspera de la
revuelta, su hija era la más bella y la más perfecta de todas las niñas de su
generación. El despertar de este buen hombre ante la espantosa realidad había
sido tremendo. Sobrevino en seguida su sentencia implacable: si Agathe pudo
conducirse tan mal ya no debía considerarse hija suya... Y, en tal caso, nada
tenía que hacer en la isla. Debía irse; cuanto antes mejor. El Saint-John
estaba en la rada, esperando el cuerpo de Fred, que sería inhumado en su país
natal. Agathe se embarcaría en ese mismo navío.
Sentado tristemente al lado de la hamaca de Chantal, el
reverendo miraba el mar; imaginaba ese extraño viaje de bodas sobre el carguero
de los leprosos, donde el novio dormía el sueño eterno, entre cuatro tablas, y
la novia lloraba después de recibir la maldición paterna. El, el reverendo
David Hall no lloraba; su misión sobre la tierra era la de consolar a los
otros. Chantal adivinó el drama íntimo que se desarrollaba en el corazón del
pastor y quebró el silencio lo más suavemente posible:
—Ha hecho usted muy bien en proceder de ese modo. Agathe
habría muerto aquí de pena y de fastidio.
—Hubiera sido, sobre todo, un deplorable ejemplo de la
maldad humana —contestó gravemente el reverendo—. Nuestros enfermos no deben
tener bajo sus ojos más que modelos de bondad o de abnegación.
Calló el reverendo y tras un momento de vacilación,
durante el cual se quitó los anteojos para limpiar los vidrios empañados, preguntó
tímidamente:
—¿Aceptaría usted reemplazar un poco a estas dos Mujeres?
Aquella con la que yo podía hablar y la otra a quien guiaba en la vida. Sé que
Fred venía a leerle a usted. Mi deber es reemplazarlo. ¿Qué le leía?
—Una novela de Balzac.
—No debe ser una lectura muy evangélica. ¿Y si le enseñara
inglés?
—Decididamente —dijo Chantal, sonriendo—, era necesario
que viniera a Makogaï y fuera leprosa para completar mi educación. Bien pues.
Queda convenido: esta noche a las veinte comenzará la primera lección.
Emprendiendo el camino de su hogar, el reverendo se sentía
feliz; esas tardías lecciones le proporcionarían la deliciosa impresión de que
estaba todavía empeñado en perfeccionar la educación de su hija.
Aprovechando un ligero descenso de la fiebre Chantal dejó
la hamaca y se instaló en el living-room, donde encontró sobre la mesa de roten
el folleto traído por el padre Rivain. Abrió Para preparar la llegada del bebé.
Su aguja comenzó a coser sobre un cuadrado de tela que se transformaba
rápidamente en pañal. La Navidad se aproximaba; no era posible que el nuevo
Niño Jesús, próximo a nacer, estuviera desnudo por culpa de ella.
Llevaba más de una hora cosiendo cuando los peldaños de la
escalera crujieron de nuevo: el capellán católico estaba delante de ella.
“Decididamente”, pensó, “mis profesores se suceden”.
—¡No se mueva, por favor! —le dijo el padre Rivain—. Veo
complacido que el trabajo adelanta y que los lamentables incidentes de los que
hemos sido testigos (y escapado de ser víctimas) no han detenido su entusiasmo.
Muy bien, hija mía. Vamos a matar dos pájaros de un tiro: siga usted cosiendo y
escúcheme. La regla de los participios es, en el fondo, muy simple...
Chantal tuvo la sorpresa de recibir, muy temprano al día
siguiente, una carta de la señora Royer, siempre por conducto de la Imperial
Airways.
Tenía ansias de leer esta misiva de la directora de
Marcelle et Arnaud. Se trataba de la respuesta a la suya. El correo aeropostal
funcionaba, pues, normalmente entre Makogaï y Francia. Esta sola idea le causó
gran alegría, como también la primera parte de la carta. Pero súbitamente el
tono cambiaba; tuvo que leer varias veces un pasaje en el que la señora Royer
le anunciaba cosas inauditas, apenas creíbles. Ya al principio le contaba, sin
ambages, que Jacques había muerto de un ataque de apoplejía en su escritorio.
Su muerte había sido envidiable; no había tenido tiempo de sufrir. En una carta
agregada al testamento y dirigida a la esposa revelaba su vínculo con Chantal y
él secreto que lo ligaba a ella. Añadía que nunca había comprendido la partida
de la joven y que no podía creer que hubiese renunciado a todo lo que
constituía su alegría de vivir por un hombre, por apuesto y seductor que fuera.
Esta fatuidad del viejo la exasperaba, pero lo que la enloquecía era ver que el
agente de cambio no temió hacer público, por escrito y antes de desaparecer, un
secreto que nadie debió conocer. Tenía la impresión de que le habían robado la
mejor parte de sí misma. El final de la carta era confuso. Cuando Chantal
terminó la lectura de las hojas de papel de avión cubiertas con letra apretada,
fue presa de un malestar atroz que la hizo tambalear. Debió aferrarse a la mesa
del living-room para no desplomarse y recurrió al resto de sus energías para no
caer en una crisis dé desesperación y locura.
La muerte de Jacques la impresionó poco, aunque
experimentó un ligero remordimiento al pensar en la correcta actitud que había
observado el agente de cambio, aun después de su alocada fuga.
Inició una nueva lectura, más atenta, de la carta y
contestó a ella mentalmente, punto por punto. Durante todo el día reflexionó
sobre la respuesta inmediata que pensaba dirigirle a la señora Royer. El hecho
de que la señora Berthon hubiera descubierto, por las declaraciones del marido,
el secreto más íntimo de su vida, no cambiaba nada. La respuesta de Chantal
sería clara: se opondría a todo... Si esto no fuera suficiente se embarcaría en
el Saint-John, volvería a tomar el Melbourne en Levuka, alcanzaría el Empress
of Australia en Sydney y llegaría a Francia sin terminar la curación. El viaje,
ida y vuelta, llevaría unas diez semanas, durante las cuales el tratamiento del
chaulmoogra sería interrumpido. El doctor Watson se encargaría de hacerle
administrar por sor Mane-Ange dosis infinitamente más fuertes cuando regresara
a la isla.
En este estado de ánimo Chantal recibió, hacia las veinte,
al reverendo David Hall para la segunda lección de inglés. Sin darle siquiera
tiempo para sentarse, le preguntó:
—¿Puede usted tener la gran gentileza de traerme, mañana
temprano, la pluma, tinta y papel para avión que usé una vez en su casa?
—Con todo gusto —contestó el pastor—. ¿Ha recibido
noticias por el Melbourne?
—Sí. ¿Usted también?
—¡0h! Una breve carta fechada en Levuka, enviada por mi
mujer, en la que me dice que se embarcaba esa misma tarde con Agathe en un
barco mixto con destino a Liverpool. Tienen la suerte de no tener que
esperar... Desgraciadamente, no ha sucedido lo mismo con el cuerpo de ese pobre
Fred, que debe permanecer doce días en una bóveda del cementerio de Levuka
antes de hallar un navío que quiera llevarlo a California... Empecemos nuestra
segunda lección de inglés... Veamos un poco si recuerda alguna cosa de mis enseñanzas
de ayer.
—Quisiera pedirle antes un breve informe: ¿cuándo partirá
el próximo correo para Europa?
—No antes de la semana próxima. La fiesta de Navidad cae
en miércoles: el Saint-John llegará aquí la víspera y partirá casi seguramente
al día siguiente. Ya ve usted que tiene mucho tiempo para reflexionar antes de
escribir su carta.
Irritaba a Chantal la idea de que su respuesta no podría
salir inmediatamente; no obstante, se contuvo. El reverendo no tenía por qué
conocer su secreto. Con la mayor amabilidad del mundo le dijo:
—Ahora, hablemos inglés... ¡o por lo menos intentémoslo!
Después de tres días de reflexión, durante los cuales
repartió el tiempo entre la confección del ajuar esperado por el padre Rivain y
las lecciones de ortografía o inglés —para tratar de aturdirse y olvidar la
carta de la señora Royer—, decidió ir en busca del médico director; sin dejarle
tiempo para perderse en conjeturas, le preguntó:
—Doctor, ¿puedo volver a Francia?
—Ciertamente que puede, señora, puesto que su estado no es
contagioso. Pero no se lo aconsejo; usted no está sana.
—Lo sé, doctor... Sin embargo, por razones imperiosas, es
necesario que vaya a París. Volveré. Sólo estaré ausente el tiempo
indispensable: un mes de travesía para la ida, una semana o dos en París como
máximo y un mes de travesía para el regreso. Cuando esté de nuevo aquí usted
reiniciará el tratamiento; en suma, esto no será más que un entreacto.
—Estimada señora, usted encara las cosas desde un ángulo
optimista —contestó friamente el doctor Watson—. No hay en ello más que un leve
inconveniente: el tratamiento con el chaulmoogra no puede interrumpirse sin
anular todo el trabajo realizado precedentemente en su organismo. Sería muy
lamentable y doloroso que estos tres meses, durante los cuales ha dado pruebas
de coraje y resignación admirables, resultaran inútiles. Se lo suplico...,
tenga un poco de paciencia. Chantal estaba desconcertada; la convicción con que
hablaba el doctor Watson no podía ser simulada. Este hombre, calmoso y
reflexivo, estaba seguro de lo que adelantaba. Había visto y cuidado un número
demasiado grande de leprosos para equivocarse. Su voz continuó vehemente:
—Señora, le administramos actualmente tres inyecciones por
semana. Si el tratamiento se interrumpe por una sola semana, hay que empezar de
nuevo. Es usted libre de adoptar una decisión. ¿No le parece que podría
escribir a Europa por el próximo correo para preguntar si su presencia en
Francia es verdaderamente indispensable?
—Perdóneme. Voy a reflexionar todavía antes de la llegada
del Saint-John para Navidad. De todos modos, si me fuera, sería próximamente.
No quiso tomar el camino habitual para volver a la casa;
ese camino bordeado de cocoteros le parecía monótono y finalmente insípido.
Estaba ya harta de la vegetación tropical y de buena gana habría reemplazado
los árboles del pan por manzanos, los bananos por castaños, los algodoneros por
robles. En realidad, no sabía ya muy bien qué deseaba; la visita al doctor
Watson la había deprimido. Inadvertidamente efectuó un largo rodeo por la playa
en la que algunos niños leprosos construían castillos de arena. Por primera vez
advirtió Chantal que la arena de Makogaï era infinitamente más blanca que la de
las playas francesas.
Ya a punto de abandonar la playa, vio a la derecha,
abrigadas de los rigores del sol por una hilera de palmeras, dos casas muy
diferentes de las que había visto en la isla, pues no estaban edificadas sobre
pilotes. Numerosos enfermos entraban y salían. La madre Marie-Joseph la recibió
a la entrada de una de ellas, con esta extraña frase:
—¿También querría usted depositar aquí sus economías?
—No comprendo.
—Parece no sospechar usted que se encuentra ante el Banco
de Makogaï... Ya ha visto desde su llegada desempeñar a las hermanas numerosos
empleos extraños, pero estoy segura de que no ha encontrado todavía una buena
hermana banquera. Es, no obstante, el oficio que estoy ejerciendo ahora.
—Los enfermos no tienen dinero...
—¿Por qué no habrían de tener un poco? Aunque no fuera más
que para ofrecerse algunas golosinas o comprar regalos de Navidad en la tienda
que está al lado, donde reina sor Marie-Ange.
—¿Makogaï tiene también su tienda?
—Un verdadero bazar donde encontrará de todo. Vaya a
visitar a Marie-Ange. Le causará placer, aunque ella esté actualmente recargada
por la proximidad de las fiestas. Todos los enfermos que han ganado un poco de
dinero con su trabajo quieren comprar algo. Habitualmente, el bazar sólo
funciona dos veces por semana, pero se mantiene abierto todos los días de la
semana que precede a Navidad.
Chantal se aproximó a la tienda, cuyas estanterías
parecían bien provistas.
Sor Marie-Ange estaba literalmente absorbida por el asalto
de los pedidos. Los enfermos le tendían monedas a puñados.
—¿Qué hace con los beneficios del negocio? —le preguntó
Chantal—. Si ha de creerse en las apariencias, debe haberlos, seguramente, con
semejante afluencia de compradores.
—Los realizamos y muy apreciables. Pero hay que pensar en
los enfermos postrados que nada pueden ganar, porque es imposible confiarles el
menor trabajo: no tendrían fuerzas para hacerlo. ¿Sería ésa una razón
suficiente para que se vieran privados de procurarse, ellos también, algunos
pequeños placeres? De común acuerdo entre mis clientes y yo, hemos convenido el
mes pasado en que los beneficios obtenidos se destinarían a satisfacerlas
necesidades de los leprosos del hospital.
La tienda de Marie-Ange estaba provista, al lado de muchos
artículos de utilidad, de juguetes modestos destinados a los niños enfermos y a
los que, siendo sanos, debieron aislarlos de los padres: eran sólo groseras
muñecas o barcos tallados en madera de árbol del pan.
—Compro juguetes. Son los únicos objetos que despiertan
aquí mi interés.
Tras depositar las compras sobre la mesa del living-room,
las contempló. En el bazar tuvo la impresión de que esta Navidad no sería tal
si ella no compraba algunos juguetes como lo hacia en años anteriores.
Marie-Ange le había sugerido una idea maravillosa: instalar en el living-room
un hermoso árbol de Navidad del cual colgarían los juguetes. Entre tanto, era
urgente que redactara la respuesta a la señora. Royer, en la que se opondría a
las decisiones adoptadas después de la muerte de Jacques.
Dos horas más tarde depositó la carta en el buzón adherido
a uno de los muros del hospital; se anticipaba todo lo posible para asegurarse
de que la carta no perdería el próximo viaje del Saint -John. Después,
esperaría pacientemente que la directora de Marcelle et Arnaud contestase y
decidiría, según la respuesta, si realizaría o no su rápido viaje de ida y
vuelta.
Al regresar del hospital se cruzó con el padre Rivain,
quien le preguntó sofocado:
—¿El ajuar está listo? ¡El niño ha nacido! Es un magnífico
varón; acabo de bautizarlo. Todo pasó maravillosamente bien.
—¡Cómo me gustaría verlo!
—Y, en resumidas cuentas, ¿por qué no habría de ser usted
la madrina? ¿Está bautizada?
—Creo que no.
—En tal caso, sólo puede ser una madrina postiza. Como ha
confeccionado el ajuar, la asiste siempre el derecho de elegir el nombre de
este niño milagroso. Lo califico así porque la madre es incapaz de decimos
quién es el padre.
—Llámelo Daniel —contestó Chantal, sin vacilar.
—Le deberá a usted un nombre muy bonito —aseguró el
capellán—. Dentro de veinte minutos sor Marie-Sabine estará en su casa para
retirar el ajuar. Cuando yo le decía que el Señor nos enviaría un pequeño Jesús
de carne y hueso para nuestro pesebre de Navidad no me equivocaba... No hay más
que una pequeña contrariedad: este niño Jesús es un tanto negro. Después de
todo, ¿por qué el Niño Jesús no habría de ser negro?
Con ayuda de Tulio y de la joven leprosa facilitada por el
taller de sor Marie-Joseph, Chantal terminaba de asegurar en las ramas de “su”
árbol los últimos juguetes comprados en Makogaï. El arbusto había sido
arrancado y traído por el tenor: era una palmera enana. Ni se pensó en la
posibilidad de hallar el tradicional pino en ese islote del Pacífico. Las
muñecas negras que se balanceaban en las hojas largas de la palmera se
ajustaban mejor a tan exótico soporte; este árbol de Navidad no se parecía a
ningún otro. Concordaba con esta fiesta extraña que no se desarrollaba bajo
copos de nieve, sino influida por una temperatura tropical. Esa tarde, del
veinticuatro de diciembre, el termómetro oficial del hospital marcaba cuarenta
y cinco grados; Makogaï vivía su pleno verano. Un modesto pino se hubiera
sentido desterrado en un medio semejante, mientras que la palmera de Navidad
tenía altiva prestancia con sus estrellas plateadas, recortadas por Chantal de
una vieja caja de chocolate, vacía, que le trajo el reverendo David Hall.
“¡Lo encuentro magnífico!”, dijo para sí Tulio,
retrocediendo un poco para juzgar mejor el efecto que producía el árbol.
Chantal no tenía tiempo para abandonarse a tales
entusiasmos, hallándose muy atareada en la preparación de la cena que ofrecía
—a la espera de la misa del gallo— a sus dos más grandes amigos de la isla: el
reverendo David Hall y Tulio. Había invitado igualmente al capellán católico,
quien declinó la invitación por hallarse a su vez muy ocupado en la decoración
del altar mayor para la misa de medianoche. Esta tendría lugar al aire libre,
bajo las estrellas, en la plaza principal. Todo el mundo estaba cordialmente
invitado a esta ceremonia tradicional, sin distinción de raza ni de religión.
El reverendo David Hall asistía a ella todos los años.
—Si usted supiera el íntimo regocijo que siento a la vista
de este árbol de Navidad —manifestó el pastor, entrando—, se consideraría ya
recompensada por el trabajo que se ha tomado al prepararlo. Temía esta velada
en la casa vacía. Todos los años, la señora Hall y Agathe instalaban, como
usted, un árbol en nuestro salón; su sola presencia nos incitaba a hablar de
Inglaterra. Acariciábamos proyectos para el porvenir de nuestra hija. Era una
velada infinitamente dulce.
Antes de comer se oyó el llamado ronco de una sirena: el
Saint-John entraba en la bahía de Dallice. Chantal y sus invitados se reunieron
en la galeria, desde donde pudieron contemplar el espectáculo de esta llegada.
El carguero de los leprosos no conducía esta vez más que al padre Anselme y los
innumerables paquetes de Navidad esperados por los enfermos que se habían
agrupado sobre la playa, lanzando de nuevo su grito de júbilo: Selo! Selo!
Un desembarcadero nuevo, embanderado, permitió al
Saint-John atracar fácilmente. Chantal reconoció las siluetas del doctor Watson
y del padre Rivain que iban a recibir al padre Anselme.
Cuando éste puso pie en tierra, se oyó un himno marcial;
el orfeón de los leprosos en pleno estaba allí.
—¡Los enfermos parecen muy alegres! —observó Chantal.
—Van a recibir encomiendas... Y ya que hablamos de esto
—prosiguió el pastor—, voy a ofrecerle, yo también, mi pequeño regalo.
Y sacó de un envoltorio de papel, que conservaba en la
mano desde su llegada, una sombrilla que entregó a Chantal después de abrirla:
pajaritos rosa pálido revoloteaban sobre la seda azul que recubría las
varillas. Aunque el conjunto no era precisamente del gusto más exquisito,
Chantal exclamó:
—¡Es encantadora!
—La encargué especialmente hace seis meses a Sydney
—confesó el reverendo— para regalársela a mi hija el día de Christmas. Se moría
por tener una sombrilla que le protegiera el rostro de los rayos solares. Ahora
ya no la necesita, ni recibirá nunca regalos míos. Usted ha reemplazado a
Agathe; es natural que todo lo que le estaba destinado sea para usted.
La emoción de Chantal era mayor que lo que deseaba
aparentar. Jamás había recibido un regalo tan inverosímil; nunca obsequio
alguno la conmovió tanto; no acertaba cómo agradecer al digno hombre sus
pequeñas atenciones nacidas espontáneamente de su corazón de apóstol y de un
padre desgraciado; sólo atinó a decir:
—Ahora, si ustedes quieren, pasemos a la mesa.
El reverendo estaba sentado a su derecha, Tulio a su
izquierda. La mesa de roten estaba recubierta con un mantel bordado, encontrado
por Marie-Ange entre los tesoros ocultos del taller. Los cubiertos eran
sencillos, de madera, esculpida según la costumbre fijiana. Adornaba la mesa
una inmensa canasta de mimbre que contenía todos los frutos que la naturaleza
prodigaba en Makogaï. El centro de esta canasta exhibía una pirámide de limones
y guayabas; el sol, que declinaba en el horizonte sobre el mar de coral,
jugueteaba alternativamente sobre la corteza de los pomelos o sobre la cáscara
tensa de los hijos de Surinam, que formaban la base de la pirámide. Desde la
cocina llegaba un delicado aroma de vainilla. A cada lado de la canasta,
Chantal había dispuesto candelabros rudimentarios con seis bujías de color cada
uno, artefactos que encontró en el curso de una segunda visita al bazar de
Marie-Ange, Ya podía desaparecer el sol; las minúsculas llamas vacilantes
estaban allí para crear el ambiente de Navidad en ese interior exótico.
En todos sus aspectos, la comida fue digna de una cumplida
dueña de casa; había sido necesario que Chantal naufragara en este islote del
Pacífico para comprender la necesidad de recibir bien. Un libro de cocina,
prestado por sor Marie-Sabine, ayudó poderosamente a su inspiración.
—¡Una diosa, signora! ¡Es usted una verdadera diosa! Desde
la comida del estreno en la Opera de Sydney, con motivo de mi creación en La
Traviata, no recuerdo haber comido nada más exquisito.
La sensación indiscutida de la cena fue la aparición de un
deslumbrante plum-pudding, coronado con una llama azul pálido, que exhalaba el
ron del que estaba embebido. La luz rojiza del sol ya no se filtraba a través
de las persianas; la noche había caído bruscamente sobre Makogaï; sólo el
fulgor indeciso del ron en llamas, mezclado con los parpadeos amarillos de las
bujías, alumbraba a los tres comensales. Tulio y el reverendo pudieron leer muy
claramente escrito con azúcar acaramelada sobre el pudding: Merry Christmas.
—Empiezo a sacar provecho de mis lecciones de inglés —dijo
Chantal, mirando a su profesor.
Este se hallaba pálido de emoción. ¿O sería, acaso, un
reflejo de la llama azulina sobre su cara tostada?
El reverendo David Hall se había puesto de pie.
—Agradezco desde luego al Señor por la gracia que me
concede al permitirme participar de semejante ágape. Y saludo, en este pudding
de Navidad, la evocación de toda la vida nacional del Reino Unido. Es para mí
un deber cortar este pudding.
Este trabajo fue ejecutado religiosa y metódicamente.
—Existe una costumbre, vieja como Inglaterra, que
establece que la primera tajada de un pudding de Navidad sea la parte del
pobre. Hela aquí. Usted la entregará, hija mía, al primer desgraciado (y Dios
sabe silos hay en Makogaï) que vea pasar delante de su puerta.
Ahora, él y Tulio comían en silencio, saboreando esas
delicias. La mirada de la joven iba de uno a otro de sus invitados. Esta comida
tenía algo de fantástico e irreal como la llama azul que moría lentamente sobre
la mesa. Irreal también fue la voz de Tulio al subir suave en el silencio de la
velada:
Catari, Catan
Per-ché mi dire sti pa role amare
Per-ché mi parle éo core me turmiente
Catari?
Cuando la voz se extinguió en un último sollozo, el
reverendo se enjugó los anteojos, mientras la mirada de Chantal se perdía hacia
lejanos horizontes.
—Perdóneme, sígnora —murmuró suavemente Tulio—, si no le
he traído un regalo tan hermoso como el del señor pastor, pero un cantor no
puede ofrecer más que su voz... Mi regalo acabo de ofrecérselo cantando para
usted esta canzonetta napolitana. La canción es universal. Ella sola puede
reconciliar a todo el mundo. Sería tan hermoso que los pueblos pudieran
comprenderse sólo cantando...
—¡O rezando! —rectificó el pastor—. Creo que ya sería hora
de dirigimos hacia la plaza para no llegar los últimos a la misa de medianoche
oficiada por ese querido padre Rivain. Debo dar el ejemplo a título de colega.
Nunca el trayecto desde su domicilio hasta la Misión
pareció más extraordinario a la joven. Era el primer paseo nocturno que
emprendía en la isla.
El tórrido calor del día había pasado, la temperatura se
tomaba agradable; un rocío abundante recubría el suelo, el cual daba la
impresión de traspirar. A su derecha, notó Chantal la mancha oscura de la
plantación de hydnocarpus. Sobre un fondo de noche clara, netamente dibujados
en negro de tinta, los guayabos se retorcían evocando una linterna mágica para
gigantes. No había luna. Recordaba Chantal haber observado ya que este satélite
se mostraba tan avaro en sus apariciones sobre el cielo de Makogaï, como
pródigo el sol con su presencia. En su marcha silenciosa, miraba las estrellas.
—¡No puedo encontrar la Osa Mayor!
—Signora, tiene usted pocas probabilidades de encontrarla
en estos parajes, a menos que ella se decida a hacer una breve escapada hacia
el hemisferio sur en su honor. A pesar de esta ausencia lamentable, ¿ha notado
usted cómo las estrellas son más numerosas sobre este cielo que en nuestra
vieja Europa? A falta de la Osa Mayor tenemos la Cruz del Sur.
Chantal contempló la bahía de Dallice donde el Pacífico
desplegaba sus tesoros, como todas las noches. Este océano inmenso, que
guardaba celosamente prisionera a la pequeña isla, abrazaba sus pedrerías como
un avaro que sumergiera las manos en su cofre y dejara deslizar entre los dedos
los rubíes, las esmeraldas y el oro.
El padre Anselme, de quien Chantal reconoció la elevada
estatura al fulgor de las antorchas que rodeaban el altar, empezaba a oficiar.
La reverberación de esta luz indecisa iluminaba las caras monstruosas de los
enfermos. El altar había sido instalado entre los dos árboles donde ella
recordaba haber visto extendida la pantalla del cine. Esta plaza de la Misión
donde se sucedían unas tras otras las filas de enfermos que esperaban la ración
de chaulinoogra, los chistes burlescos de los actores de cine, los conciertos
del orfeón de leprosos, las balas mortíferas de la sublevación y, esta noche,
una misa del gallo, era decididamente el corazón de Makogaï.
Muy pronto la voz de Tulio, que había dejado a sus amigos
al llegar a la plaza, se elevó; cantaba un villancico cuya belleza simple
impresionó a la joven. Sentíase empequeñecida, perdida en medio de una multitud
de sombras gesticulantes, bajo la inmensidad de un cielo con aspecto mágico. La
voz de Tulio se detuvo; no se oía más que el tintineo de una campanilla agitada
por el padre Rivain, que asistía al padre Anselme. Vio Chantal los brazos del
sacerdote tenderse hacia el cielo. La campanilla sonó más largamente, las
cofias de las hermanas arrodilladas a la derecha del altar se levantaron, y un
coro formado por las jóvenes leprosas del taller entonó un cántico:
Ha nacido el Divino Niño,
¡tocad oboes, resonad dulzainas!
Ha nacido el Divino Niño,
cantemos todos su advenimiento.
Sólo entonces comprendió Chantal que el gesto del padre
Anselme era algo más que una súplica al cielo, y que esta noche un niño
extraordinario había venido a la tierra. La campana de la pequeña iglesia, a su
vez, púsose a repicar a todo vuelo en la noche, para anunciar la buena nueva a
la isla.
Abandonó su lugar sigilosamente y retomó, sola, el camino
de su casa, resonándole aún en los oídos el cántico de alegría. Al llegar
encontró nuevamente el árbol de Navidad, con los humildes juguetes. Las velas
acababan de consumirse sobre la mesa. Recorrió con la mirada el cuarto. ¿Cómo
se las arreglaría Papá Noel en esta isla sin chimeneas? ¿Dónde pondrían los
niños los zapatos? Y Chantal corrió a su dormitorio para tomar a Jeannot, al
que instaló sobre una de las ramas de la palmera enana. El juguete parisiense
parecía desconcertado al hallarse sobre un árbol tan exótico; se sentía perdido
en medio de muñecas indígenas, como Chantal entre sus hermanos leprosos.
La mañana de Navidad, la casa fue invadida temprano por un
grupo de niños enfermos dirigidos por sor Marie-Ange, quien dijo a Chantal
cuando subía la escalera de la galería:
—Le he traído a estos jóvenes visitantes porque, de creer
el rumor público, ha preparado usted un magnifico árbol de Navidad.
Hubo gritos de júbilo seguidos de un alud en el living-
room. Uno de los niños se precipitó hacia Jeannot, suspendido de una de las
ramas de la palmera, pero Chantal le quitó el juguete de las manos, dándole en
su lugar una muñeca fijiana. Ante la desilusión del chico y la extrañeza de
Marie-Ange, la joven exclamó:
—Este viejo juguete es mi pequeño regalo de Navidad —y se
llevó sin tardanza a Jeannot a su dormitorio.
Los niños, satisfechos, se alejaron por el camino, y ella
tuvo la impresión de que toda la alegría de Navidad se desvanecía ante la
siniestra realidad del tratamiento, representado por la inyección de
Marie-Ange, que le dijo después de haberle administrado la medicina:
—Es necesario quedarse en reposo más tiempo aún que las
otras veces.
No contestó y permaneció recostada sobre un lado, la cara
obstinadamente vuelta hacia la pared del dormitorio. A pesar de eso, Marie-Ange
prosiguió:
—Esta mañana tengo tiempo de acompañarla un poco: la
inyección que le di era mi última tarea. Dejamos dormir a los enfermos que han
velado hasta muy tarde ayer, eran muchísimos en nuestra misa de medianoche.
Chantal permanecía en huraño silencio. La hermanita
aventuró:
—Espero no haberla incomodado trayéndole a esos niños...
Entonces Chantal estalló en sollozos. Marie-Ange dejó
apaciguar esa honda pena; después su dulce voz murmuró:
—¿Hay, pues, en usted, un corazón de madre? ¿Tiene un hijo
allá lejos?
La joven lloraba con desesperación:
—¡Me lo quieren quitar! Robármelo cuando estoy lejos...
—¿Su hijo? —preguntó con suavidad Marie-Ange.
Chantal no contestó; la hermanita insistió:
—Es un hermoso varoncito... Lo sospeché el día en que
usted sugirió un nombre al padre Rivain: su hijo se llama Daniel.
Chantal levantó la cabeza, furiosa:
—Roba usted mi secreto al tiempo que otras tratan de
quitarme mi hijo. Sí, tengo un hijo que no tiene padre. Sólo me tiene a mí para
amarlo en este mundo.
Y migaja tras migaja, un jirón tras otro, Marie-Ange
conoció la historia de Daniel y de su madre.
Supo así la hermanita que cinco meses después de la
primera visita de la señora Royer a Chantal, en el bonito departamento del
bulevar Suchet, esta última había declarado a la directora de Marcelle et Arnaud:
—Me ha probado usted, por su silencio frente a la señora
Berthon, que es discreta. Por eso voy a comunicarle una gran noticia: ¡estoy
encinta!’
—¿De quién? —había preguntado con espontaneidad la
directora.
—Pues... ¡de Jacques! —contestó Chantal, después de cierta
indecisión.
—¿Qué dice él a todo esto?
—Está muy emocionado —dijo Chantal, bajando los ojos—.
Cuando ya no hubo duda alguna, expresó su júbilo con esta frase magnífica:
“Hasta ahora te consideraba un poco mi hija, pero, a partir de hoy, te amaré
doblemente puesto que eres también la madre de mi primer hijo”.
—¡Qué excelente hombre! —exclamó la señora Royer.
—He venido a verla —continuó Chantal—, para pedirle quiera
ser su madrina.
—¡Aceptado!
—Quiero dejar aclarado que Jacques, informado de la visita
que iba a hacerle a usted, me ha recomendado pedirle la mayor reserva.
—¿Cómo llamaremos a este niño milagroso?
—Si es un varón, Daniel...
Seis meses después, la señora Royer paseaba nerviosamente
por el pasillo del primer piso de la clínica del doctor Petit. Chantal había
sido trasladada a la sala de partos hacía más de dos horas. Las paredes
acolchadas de esta habitación no impedían que los gritos de la joven llegaran a
los oídos de su antigua directora.
Una enfermera acababa de salir de la sala.
—¿Y? —preguntó la señora Royer.
—Sigue su curso. El doctor es bastante optimista.
Chantal estaba en la mesa de operaciones. Anhelante, los
puños crispados; después de cada esfuerzo volvía a caer, agotada, mientras la
enfermera le secaba la frente y le hacía respirar sales. Su pobre cabeza
zumbaba: sentía que tanto padecer la enloquecería. ¿Por qué sufría este
espantoso suplicio? ¿No era el resultado de una maquinación de su parte?
Experimentó horror de sí misma: todo este dolor, no era sino la consecuencia de
un cálculo siniestro.
¿No había deseado ella este nacimiento a fin de ejercer
presión sobre el corazón y la voluntad de un hombre? Era injusta la vida, que
obligaba a una joven pobre a pasar por tales momentos para asegurar el
porvenir. La vida era implacable; Chantal lo había adivinado hacía mucho
tiempo, pero jamás tuvo ocasión de experimentar tan íntimamente el horror de
esa realidad.
—El corazón del niño se ha detenido —murmuró el médico
partero a la enfermera—. Es absolutamente necesario que la cabeza pase en
seguida... ¿Será capaz la madre de hacer un último esfuerzo?
En su estado de semiinconsciencia Chantal oyó esta frase:
“El corazón se ha detenido”. ¿Los nueve meses de maternidad y de torturas iban
a terminar en nada al traer al mundo un niño muerto? Chantal se asió de los
barrotes e hizo un supremo esfuerzo, con toda el alma, con toda la voluntad,
lanzando un grito desgarrador.
Cuando se despertó estaba nuevamente en la blanca
habitación de la clínica. El aire era suave, una atmósfera de primavera había
invadido la pieza. Se abrió la puerta, y una enfermera entró en silencio;
miraba sonriente a la joven, quien se limitó a preguntarle:
—¿Vive?
—¿Si vive?... Es un robusto niño de cuatro kilos. Es
magnífico, con grandes ojos azules parecidos a los de la mamá. Si me promete
ser juiciosa y quedarse tranquila voy a hacérselo traer.
Chantal no contestó, preguntándose si sería realmente
posible que semejante cosa le hubiera sucedido. Quedaron sus ojos
obstinadamente fijos en la puerta por la que había salido la enfermera. Algunos
momentos después apareció una nurse con el niño, cuya carita rosada contrastaba
con todo lo blanco que lo rodeaba. Chantal miró esta masa informe que le
acercaban a la cama y a su almohada.
—Voy a acostar a Daniel por algunos minutos al lado de
usted —dijo suavemente la nurse.
—¿Conoce su nombre? —le preguntó Chantal.
—Su padre me lo ha dicho hace un momento.
“Su padre...”, pensó ella con un relámpago de dureza en
los ojos.
—Entonces, ¿ha venido?
—Llegó unos momentos antes del nacimiento. Esperaba en el
pasillo junto con esa señora que es la madrina. ¡Si hubiera visto la alegría de
ese hombre cuando conoció a su hijo! Estuvo a punto de ahogarlo cubriéndolo de
besos...
—¡Qué animal!
—¡Oh, señora! Lloraba mirando a su hijito. Después quiso
quedarse aquí al lado de su cama. El doctor se opuso a ello formalmente; usted
necesita descansar aún durante veinticuatro horas. No hable... La dejo y
volveré a buscar a Daniel en seguida para darle un poco de agua azucarada.
Estaba sola con su hijo dormido al lado; inclinando
ligeramente la cabeza, su pelo disperso acariciaba la cara del niño.
Repentinamente, la boca, que parecía desmesuradamente grande en esa carita roja
y arrugada, se puso a llorar: era la primera vez que oía la voz de su hijo.
Silenciosas lágrimas le rodaron por las mejillas.
El cuarto de la clínica desaparecía bajo las flores. Hacía
ya ocho días que Chantal las recibía mañana y tarde.
—Pobre pequeña —le dijo la señora Royer, que había venido
a visitarla—, ¡no comprendo cómo no siente usted dolor de cabeza!
—Cada dos horas el señor Berthon me envía hortensias...
—¿Por qué lo llama “señor Berthon” en lugar de emplear su
nombre?
—Para mí no es más que un extraño.
—¡Y el padre de su hijo!
—¡No! —respondió Chantal, con vehemencia—. ¿Cree usted,
acaso, que él hubiera sido capaz de hacer un chico tan lindo?... Yo no quería
llevar el hijo de un viejo. El padre de Daniel fue un hombre magnifico que yo
elegí joven y fuerte.
—¡Chantal, eso es horrible! ¿Y qué se hizo de él?
—Lo ignoro y no tengo el menor interés en saberlo, puesto
que no pienso volver a encontrarme con él... Una noche me ha bastado
ampliamente; él ha llenado, sin sospecharlo, el papel que yo esperaba. Si no
hubiera tenido éxito, habría ensayado con otro hasta lograr mi propósito.
La señora Royer, que por cierto había visto y oído
muchísimas cosas raras en su vida, escuchaba a Chantal con azoramiento
creciente. Esta última prosiguió con la mayor tranquilidad:
—¡El fin justifica los medios! Cuando anuncié al señor
Berthon que estaba encinta de él, no dudó un segundo de que fuera verdad. El
orgullo de los hombres sobrepasa todo. De modo que ya ve usted: todo fue para
bien; el niño es hermoso y será rico gracias a un padre putativo.
—Si he comprendido bien, ¿ha concebido usted un hijo con
un joven que le era por completo indiferente, para cargárselo a un hombre que
usted no amaba?
—Es más o menos eso.
—¿No cree que hubiera sido mejor para usted tener un hijo
de alguien a quien amara?
—¡No en estas condiciones!
—¿Cree usted que algún día podrá amar a alguien?
—Sí..., a mi hijo. Puede parecerle extravagante, pero es
asi. Hace solamente diez días no lo quería; me pesaba terriblemente; llegué
casi a odiarlo durante algunos momentos antes del parto; me hacía sufrir
demasiado. Cuando me desperté en esta cama, la nurse lo depositó sobre la
almohada, no pude seguir siendo insensible: lo inundé con lágrimas. ¿Le parece
tonto?
Fue interrumpida por el doctor Petit.
—Señoras, mis respetos... ¿Cómo se encuentra nuestra joven
mamá?
—Doctor, ¿me asegura usted que no hay ningún peligro en
llevar al niño conmigo?
—Ninguno, mi estimada señora... Es, por el contrario,
indispensable, puesto que lo alimentará; lleve también a la nurse. Estoy
persuadido de que Daniel será delicadamente cuidado en su casa del bulevar
Suchet. ¿Me permitirá, de vez en cuando, ir a hacerle una visita?
—Quiero que vaya a verlo todos los días, doctor, para
estar segura de que no le sucederá nada.
—¿Sabe usted que este niño es de una constitución
excepcional?... ¡Diablo de Berthon! Para quien se ha empeñado tarde, hay que
admitir que se ha recuperado singularmente bien. ¡Adora a su chico! La señora
Royer puede confirmárselo, pues lo ha visto en el momento del nacimiento...
Este niño debe mucho a su padre. Hay una cosa que no le he dicho todavía, pero
que estimo de mi deber hacerle conocer ahora que está ya completamente
restablecida. Cuando Daniel nació, estaba virtualmente muerto... El corazón había
dejado de latir. Para reanimarlo, sólo tenía un medio: el de dos recipientes de
agua de doble temperatura. En uno, el agua estaba helada; en otro, hirviendo.
Había hecho preparar los dos cubos (como medida de previsión) en una sala
próxima a la suya. No bien me vio pasar corriendo de una sala a otra, Berthon
comprendió que iba en ello la vida de su hijo y me siguió a la sala donde
estaban los cubos. Adiviné que quería hacer algo él también, ayudarme a
arrancar a la muerte esta bola de carne y sangre. “¿Qué cubo toma usted?”, me
preguntó. Le contesté: “Prefiero el agua fría”. Sin agregar nada, se quitó el
sobretodo, la chaqueta, se arremangó las mangas de la camisa y sumergió los
brazos en el agua caliente. Veintiséis veces seguidas él y yo nos pasamos al niño
inanimado: yo sumergía el cuerpecito en el agua helada, y Berthon se quemaba
metiéndolo en el otro cubo. A la vigésima sexta tentativa, cuando empezaba a
creer que era inútil cuanto hacíamos, el niño rompió a llorar: estaba en brazos
de su padre...
Ella escuchó sin respirar el relato del médico. La señora
Royer apenas osaba mirarla; la joven estaba pálida.
—Cuando un hombre —concluyó el doctor— tiene tales
reservas de corazón, merece lo que le sucede... Le pido encarecidamente que no
le diga nunca que yo le he contado todo esto. Bajo su apariencia de hombre de
negocios es un gran sensitivo.
Se abrió nuevamente la puerta: el señor Berthon volvía
para ver a Chantal por quinta vez en el día. Cuatro veces no le había hablado
ella más que para criticarlo por la manera como organizó el traslado en auto al
día siguiente y la recepción del niño en su nuevo domicilio. Sin embargo, él
hizo todo lo humanamente posible: nada faltaría; todo estaba en su lugar para
recibir a Daniel mejor que un príncipe.
—Soy yo otra vez —dijo Berthon, entrando—. No tema nada,
Chantal... No permaneceré más que un instante. Le había prometido a usted un
pequeño recuerdo. Me hubiera sentido desolado si no lo recibiera antes de dejar
la clínica.
Tendió a Chantal un estuche, con esa timidez y tacto que
sólo poseen los hombres de cierta edad para ofrecer un regalo a una mujer muy
joven.
—Acérquese usted, Jacques —le dijo Chantal, con dulzura—.
Esta esmeralda es magnífica; sin embargo, no le hago este cumplido por ella:
Jacques, es usted espléndido!
Berthon se puso carmesí. Por poco se le caen los lentes, y
miraba con gesto interrogador al doctor Petit y a la señora Royer,
sucesivamente, preguntándose si esas pocas palabras amables, las primeras en
muchos meses, le estaban verdaderamente destinadas.
—¿Por qué me dice usted esto, hoy, Chantal?
—Así lo pienso. Eso es todo.
Era demasiado para el agente de cambio, que, no sabía ya
qué decir y se retiró balbuceando:
—Gracias, gracias... Señora Royer, ¿quiere usted que la
deje en su casa?
—Encantada. Hasta la vista, Chantal. Mañana, como buena
madrina, esperaré a Daniel en su casa.
“Los pueblos felices no tienen historia”, afirma el
proverbio. Chantal había sido perfectamente feliz durante los años que
siguieron a la llegada del joven Daniel al mundo. Este se había convertido en
un robusto chico de tres años, mofletudo, con piernas regordetas; a esta edad
se posee el poder increíble de trastornar un mundo.
La señora Royer pasaba todos los domingos en compañía de
su ahijado. Descubría, ella también, tesoros de amor maternal que había
empleado bastante mal hasta ese día. Uno de esos domingos por la tarde, en que
la vida parecía más dulce que de costumbre, ya que Daniel jugaba a sus pies, le
dijo a Chantal:
—¿Recuerda usted aquel día en que le pregunté si se sentía
capaz de amar a alguien?
—Sí... Le contesté que amaba ya a mi hijo. No le mentí.
—Lo he advertido. Nada ha sido suficientemente hermoso
para Daniel.
—He querido que su infancia vengara la mía.
—¿Y Jacques?
—Sigo sin quererlo... No hay que pedirme lo imposible.
Únicamente lo estimo porque ha cumplido sus promesas. ¿Qué más puede pedir?
—Nada, evidentemente.
—Desde hace tres años vive con la ilusión de una felicidad
perfecta... No dudará usted de que esta noche es extraordinaria: por primera
vez desde nuestro encuentro salimos los dos como enamorados.
—¿Dónde van?
—Cenamos en Les Ambassadeurs; después iremos a una
boite... ¡Hace mucho tiempo que esto no me sucede! Daniel me acapara demasiado.
Para esta noche he pedido el descotado vestido verde. El sueño de Jacques era
mostrarme (como la dama de verde) con las esmeraldas que me ha regalado.
—Estará usted ideal. Durante la prueba tuve la impresión
de que ese verde había sido inventado para poner de relieve su belleza rubia.
La nurse acababa de entrar.
—Déle a Daniel su baño —le dijo Chantal—. No podré hacerlo
yo; tengo que vestirme. Vigile bien su comida y acuéstelo.
Fue aquella noche cuando Chantal se decidió a revelarle a
Jacques la presencia de las manchitas rosadas y ovaladas.
Al salir de la consulta al profesor Chardin, la joven no
tenía más que un deseo: abandonar cuanto antes su domicilio para no transmitir
la lepra al hijo. A partir de ese instante, todos sus actos fueron inspirados
por esa idea fija. El ahogamiento de Iru, la precipitada salida del bulevar
Suchet, su alojamiento en el Hôtel des Étudiants, la visita al hospital
Saint-Louis y a la superiora del convento de la calle du Bac sólo fueron el
desenlace trágico de una doble determinación: partir muy lejos por el amor de
Daniel y curarse lo más pronto posible para volver a su lado. El único recuerdo
del hijo que había llevado consigo era ese Jeannot, al que los primeros dientes
de Daniel habían mordisqueado la oreja. Cuando Chantal encontró a Robert, su
vida tomó bruscamente un doble sentido: la joven madre se sintió enamorada. A
partir de la separación de Singapur, sus pensamientos habían vagado desde el
pelo rubio del hijo a las sienes grises del hombre. Abrigaba la convicción
clara de que Robert podría ser un padre atento para Daniel, que ella sabría
hacerle amar. Por eso la primera parte de la carta de la señora Royer y el
anuncio de la muerte del agente de cambio sólo la habían entristecido
medianamente.
Era la continuación de esa carta la que le había parecido
monstruosa, cuando la directora de Marcelle et Arnaud anunciaba que, antes de
morir, Jacques había revelado todo a su mujer suplicándole se encargara del
hijo abandonado por Chantal, desaparecida para vivir otra vida en compañía de
su amante. La señora Berthon se había entrevistado inmediatamente con el doctor
Petit y la señora Royer —que no pudieron negar—, quienes de común acuerdo
decidieron no revelar nada que fuera contrario a las declaraciones del agente
de cambio. ¿Habrían podido ellos actuar de otro modo? ¿Era necesario hacer
saber a la señora Berthon que su marido había sido víctima de una superchería y
que en realidad la joven madre de Daniel se hallaba actualmente en una isla del
Pacífico tratando de curar su lepra? El día en que Chantal volviera
experimentaría un amargo rencor —con justa razón— hacia los que hubiesen
revelado al mundo su pesado secreto. La señora Berthon era terriblemente
charlatana. Todo París hubiera sabido que la madre de ese niño, que ella
adoptaba por caridad, estaba leprosa, que era un drama horroroso..., y todo
París se maravillaría de la grandeza del alma de la mujer del agente de cambio,
sin dejar de apiadarse por la suerte del niño.
La situación era delicada, afirmaba la directora de
Marcelle et Arnaud en su carta. Y no se hubiese llegado a eso si Chantal,
atendiendo a los consejos que le dio antes de su partida, hubiera revelado a
Jacques lisa y francamente la verdad sobre su mal. Ahí, otra vez, su orgullo
tonto había perdido a Chantal. La señora Berthon había solicitado ver al niño,
cosa difícil de rehusarle. Cuando se encontró en presencia de Daniel, en el
departamento del bulevar Suchet, la obesa señora se había deshecho en lágrimas:
“¡Es el vivo retrato de mi pobre Jacques! Voy a ocuparme inmediatamente de este
adorable chico...”
Exigió que Daniel fuera a alojarse en su casa para crecer,
explicaba ella, “en el ambiente donde viviera su padre”. Ni el doctor ni la
señora Royer pudieron oponerse a las disposiciones testamentarias del agente de
cambio, que su mujer no hacía más que cumplir. En su testamento, Jacques
Berthon pedía que Daniel, a quien reconocía formalmente por hijo, llevara en
adelante su apellido. Un abogado, consultado por la señora Berthon, le informó
que eso era posible siempre que ella aprobara esa disposición. La buena mujer
había consentido en el acto, y Daniel se convertiría en Daniel Berthon, una vez
cumplidas las formalidades indispensables. Ahí también Chantal era responsable
de lo que sucedía, por su desmedido afán de hacerle garantizar a Jacques el
porvenir económico de Daniel. Ella le había hecho constituir una dote a nombre
del niño, que el doctor Petit administraba en ausencia de Chantal. Toda
tentativa encaminada a probar ahora que Daniel no era hijo del agente de cambio
estaba destinada al fracaso; existían numerosos documentos que demostraban que
Jacques estaba orgulloso de su hijo y se sentía feliz al asegurarle una
existencia cómoda.
En resumen, concluía la carta de la señora Royer, Daniel
había encontrado un padre legal y, de rebote, una madre en la legítima esposa
de ese hombre. La directora de Marcelle et Arnaud no veía con claridad cómo
Chantal podría recuperar su hijo, el día que regresara a Francia, dado que no
lo había reconocido oficialmente ni llevaba su apellido.
El alma de Chantal estaba torturada.
Lo que le resultaba más odioso era pensar que la señora
Berthon iba a hacerse llamar “mama" por Daniel. Eso no era posible. Y
resultaba perfectamente ridículo: una mujer vieja no podía haber traído al
mundo, tres años y medio antes, un chico tan hermoso como Daniel. Nadie lo
creería. Chantal se encargaría de informarle que el niño no era hijo de su
marido. Acaso la señora Berthon titubearía antes de hacerse llamar “mamá” por
el hijo de un padre desconocido. La joven estaba firmemente decidida a conservar
a Daniel para ella sola.
Debía regresar a Francia para traer su hijo a Makogaï. Se
lo confiaría a sor Marie-Sabine. De ese modo podría verlo a distancia y tendría
el consuelo de saberlo en la misma tierra que ella. Nadie tendría el coraje ni
la idea de ir a buscarlo a isla de los leprosos. Entre tanto, había escrito a
la señora Royer para decirle que se oponía enérgicamente a que Daniel fuera
reconocido por el agente de cambio en acto póstumo. Procedería según la
respuesta que le llegara de Francia.
Cuando terminó de hablar, sin que la hermanita la
interrumpiera o formulase la menor pregunta indiscreta, Chantal se sintió
mejor. La fiebre de la inyección la atenaceaba físicamente, pero su mente
experimentaba la sensación de un prodigioso descanso. Ya no estaba sola para
llevar el pesado secreto; Marie-Ange la ayudaría con sus frágiles espaldas: el
peso se aligeraría.
La hermanita reflexionaba. Los ojos de Chantal la miraban
con intensidad, pareciendo implorar una respuesta. ¿Qué debería hacer para
conservar del todo para ella a su hijo? ¿Cuál habría de ser su línea de
conducta? ¿Había procedido bien enviando esa carta a la señora Royer o, al
contrario, actuaría mejor embarcándose al día siguiente, de madrugada, en el
Saint-John, para reunirse con Daniel lo más pronto posible?
—¿Su carta ha sido ya expedida? —preguntó Marie-Ange.
—Sí, debe de estar a bordo del Saint-John.
—¡Qué lástima! —dijo la hermanita—. Creo que hubiera sido
mejor que esa carta no saliese. Me acaba de decir usted que no puede hacer
legalmente nada, puesto que no creyó necesario reconocer en seguida al niño.
Los hechos están a la vista: Daniel lleva ahora el apellido del que lo ha
reconocido, es decir del señor Berthon. Y reflexionando sobre ello, ¿no cree
que está bien así?
—No la comprendo...
—Chantal, dado que tenemos casi la misma edad, podríamos
ser dos hermanas. Admita que soy su hermana menor y que, como tal, le doy mi
parecer a una hermana mayor que hubiera cometido algunas grandes tonterías.
¡Usted las ha hecho! ¡Reconózcalo! No se tiene razón cuando se procede mal
confiando en que no habrá castigo. Todo, en su vida, no ha sido más que motivo
de escándalo; su maternidad misma, que no debió ser para usted más que objeto
de felicidad, fue un cálculo que estuvo a punto de salir bien; el cielo la
vigilaba; le reservaba este mal abominable que dejó rondar, durante años, en la
vecindad inmediata de su felicidad, bajo la forma de un gato familiar de
apariencia inofensiva; el día en que usted creía estar definitivamente al
abrigo de la necesidad y colmada por el amor de su hijo, llegó el castigo
atacando directamente a su persona. Es tiempo de comprender que su residencia
forzada en esta leprosería es sólo el comienzo de la expiación.
“Será necesario que alcance los límites del sufrimiento
humano para merecer la felicidad de la que se apropió indebidamente. Nada hizo
usted para ganarla. El mal la ha herido en el orgullo de su belleza; eso no es
aún suficiente. Este pequeño Daniel, que no es sino el fruto de un pecado
monstruoso, ya no le pertenece; no tiene usted ningún derecho sobre aquel de
quien se sirvió en un principio sólo como un medio de extorsión... Yo sé que es
difícil resistir a la sonrisa de un niño o a sus lágrimas. Daniel ha conseguido
el primer milagro al revelarle a usted misma el instinto maternal. No estoy del
todo persuadida, sin embargo, de que éste no sea fundamentalmente egoísta:
usted ama a Daniel porque su presencia la hace feliz. ¿Cree que el alejamiento,
separándola de él en este momento, le causa tanta pena? ¿Sufre usted? ¡Eso es
bueno! Se convierte, al fin, en una verdadera mujer. Me ha expuesto su
situación; es totalmente inútil que otros la conozcan aquí. Puede estar segura
de mi apoyo y de mi silencio. Una vez más le repito que no es la religiosa
quien le habla, sino su hermana.
“Me pide consejo, se lo doy muy sencillamente y trato de
señalarle la línea de conducta de una mujer honesta... Y no digo de una
cristiana, puesto que no está usted bautizada ni tiene convicciones religiosas.
Su deber es, desde luego, reparar el mal que ha hecho. No sería una reparación
el proceder contra la voluntad de un moribundo, que ha probado ser un hombre de
corazón. Tampoco sería justo imponer a un inocente como Daniel un hogar
desequilibrado, un destino de bastardo.
—Según usted, ¿debo abandonar mi hijo a esa mujer?
—Ya no es su hijo, Chantal. Lo ha sido durante tres años:
¡considérese dichosa! Cuando, ya sana, regrese usted a Francia, él habrá
crecido y estará en condiciones de censurar ciertas cosas del pasado de su
madre que es mejor ocultarle.
—¡Me pide usted un sacrificio cruel!
—Le pido simplemente que reflexione antes de cometer un
nuevo error.
—¡Una madre no tiene el derecho de abandonar a su hijo!
—¿Y tiene, acaso, el derecho de traerlo al mundo en las
circunstancias en que usted lo concibió?
—No tengo ya ninguna razón para sanar si no he de volver a
ver a Daniel.
—Debe usted sanar para poder expiar sus faltas. —Sor
Marie-Ange se levantó—: Ante todo, permanezca acostada. Agradezco al cielo que
me haya permitido decirle todas estas cosas en el aniversario del más hermoso
nacimiento del mundo. No me guarde rencor si le he parecido dura: me ha dolido
más que a usted. Sólo deseo que la carta que escribió no llegue nunca a
destino, para que tenga tiempo de escribir otra. Hasta pronto, Chantal. Soy
siempre su amiga...; mejor que eso: su hermana menor.
Marie-Ange se fue después de besar la frente abrasada de
aquella que consideraba sinceramente como su hermana mayor.
Cuando quedó sola, la reacción de Chantal fue terrible. La
fiebre de la inyección se mezclaba con la angustia del corazón destrozado. La
conversación con Marie-Ange trastornaba todos sus planes. Se dejó llevar por un
impulso de rebeldía: aquella cándida hermanita, que se permitía dar
tranquilamente su opinión sobre un problema tan grave, no conocía nada de la
vida. Marie-Ange era virgen e ignoraba lo que significaba ser madre; no podía
comprender el instinto animal de protección del que hasta las peores mujeres
son capaces con respecto al hijo salido de su carne. No lo comprendería jamás;
la maternidad es un estado por el cual hay que pasar para poder apreciarlo en
todo su valor. ¡Si hasta casi la había acusado de no ser una verdadera mujer!
¡Era risible! Chantal se estimaba infinitamente más mujer que una religiosa,
puesto que ella era madre y amante. En otra época, nada conocía de la vida;
después del nacimiento de su hijo y de la aparición de Robert, ella se
consideraba dos veces mujer.
Aprovechó que la fiebre disminuía de intensidad para
levantarse. Pero de cualquier manera hubiera dejado la cama, pues tenía una
imperiosa misión que cumplir. Pasó por la cocina, donde envolvió una tajada de
pudding en hojas de ñame, y tomó el camino de la colina en busca de Will.
Este, según su costumbre, estaba sentado ante la cabaña,
al borde del foso. Antes de que Chantal hablase, le dijo:
—Me gusta su paso, señora... Es el único que se parece al
de sor Marie-Ange. Como el de ella, es etéreo, ligero; parece como si no
caminara usted, sino que rozara simplemente nuestro suelo como un ángel que
vacila en posar el pie sobre una tierra de desolación. Cuando nos deje, no
llevará ninguna traza de nuestro polvo rojo en los zapatos. No habrá hecho más
que pasar por encima de nuestras pequeñas miserias.
—No lo crea, Will. Esas miserias me alcanzan más de lo que
se imagina. Tengo, por el contrario, la impresión de que si alguna vez me alejo
de Makogaï, mis espaldas irán agobiadas por un dolor sin alivio del que no se
librarán nunca. Pero no he venido aquí para quejarme o apiadarme de mi propio
infortunio. Hoy es Navidad. He querido traerle una tajada de pudding ¿Cómo
puedo hacérsela llegar, con este foso aborrecible que nos separa? Me hubiera
gustado tanto probarle que no temo acercarme a usted... Will no contestaba.
Chantal no le veía la cara, oculta siempre por la capucha, pero tuvo la
sensación de que esos ojos, apagados para siempre, lloraban.
El leproso tomó con los muñones envueltos en vendas una
larga vara con una red. La tendió por sobre el foso, en dirección a Chantal,
que depositó allí su regalo, comprendiendo que era ése el medio de hacerle
llegar los alimentos y cuanto pudiera necesitar.
—Lo comeré luego —dijo Will—. Pero vuélvase sin tardanza:
siento una brisa del oeste que me acaricia la cara, a pesar de la protección de
la capucha, y que no me gusta. Es anuncio infalible de un ciclón. He tenido
tiempo de aprender a conocer las menores variaciones atmosféricas. ¡Váyase
pronto! Este día de fiesta no terminará en calma. Concretémonos a desear que
una nueva catástrofe no caiga sobre Makogaï.
Cuando dejó a Will, Chantal abarcó el horizonte con una
mirada. Repentinamente, sin que ella lo advirtiera, el Pacífico, que durante la
noche anterior centelleaba con mil fuegos fosforescentes, había adquirido el
tinte singular de un trozo ondulante de seda gris. Comenzó a descender. Se oía
un silbido extraño que dominaba todos los ruidos habituales de la isla, y que,
sin cesar, crecía en intensidad. Aceleró la marcha, pero le costaba un esfuerzo
inaudito realizar el viaje de retorno. Luchaba simultáneamente contra el viento
que soplaba con violencia sobre su falda y le echaba el pelo a la cara, y
contra la fiebre que la atenaceaba. En un momento dado creyó verse obligada a
acostarse, de cara al suelo; no podía ya respirar; las piernas le vacilaban.
Finalmente, se irguió con todas sus fuerzas, sabiendo de sobra que si se tendía
en el suelo ya no podríalevantarse que la encontrarían al día siguiente, cuando
el ciclón hubiera pasado, muerta sobre el camino a la colina.
Avanzaba con la cabeza gacha y protegiéndose como podía a
lo largo de los macizos de hydnocarpus que bordeaban el camino. Los arbustos
que curaban, arqueadas las copas, luchaban contra el viento.
Se encontró de pronto al pie de la escalera de su casa,
debiendo asirse con fuerza de los pasamanos para alcanzar la galería, donde el
ciclón parecía embolsarse con tal violencia que ella creía estar en el puente
de mando de un navío en plena tormenta. Todas las puertas de la casa golpeaban
con estrépito. Tras cerrarlas con cuidado se refugió en el living-room, donde
el tornado entraba por la ventana, cuya única protección era la persiana de
madera pintada; la bajó con dificultad y se creyó segura.
Afuera, el ciclón se desencadenaba con furor creciente.
Sentada en un sillón, que colocó en el rincón más alejado de la ventana para
protegerse del viento, Chantal daba diente con diente, acurrucada bajo la
frazada de piel de cabra. Traspiraba; el viento era caliente, la atmósfera
húmeda. La casa sacudida sobre los pilotes, oscilaba de izquierda a derecha. El
ciclón la envolvía y se esforzaba por momentos en arrancarle el techo o
desarraigaría entera, penetrando con violencia en el espacio libre entre la tierra
y el piso.
Esta casa, construida para un eterno verano, no resistirla
nunca semejante asalto a poco que se prolongara.
Un golpe de viento, prodigiosamente fuerte, arrancó la
persiana de madera. Chantal tuvo que levantarse para arreglar el desperfecto
como pudiera; le costó gran trabajo aproximarse al vano por el que alcanzó a
ver, cojeando por el camino y apoyándose en sus bastones, a algunos leprosos
fijianos endomingados que regresaban a sus casas profiriendo exclamaciones
onomatopéyicas incomprensibles. El espectáculo de esos miserables que luchaban
contra los elementos desencadenados le recordó en el acto la frase profética
pronunciada por Will sobre su colina, el día de la sublevación: “El castigo
vendrá a su hora, y me temo que caiga implacable sobre nuestra cabeza. Ése día
volverán ustedes a buscarme, pero yo no podré hacer nada...”. Chantal
comprendió que la hora de a expiación había sonado.
Volvió a ocultarse bajo la frazada, como un animal acosado
que se refugia en el cubil elegido para morir. El castigo llegaba
simultáneamente para todos: para Agathe, quitándole su novio; para ella,
robándole su hijo; para los leprosos, finalmente, fulminando el lugar de su
existencia.
La noche había caído sin que el sol se sumergiera, como
otras tardes, en el horizonte de la bahía de Dallice. El astro había huido ante
la noche de horror que se preparaba. El cielo, del que ella sólo percibía un
pequeño triángulo desde el rincón en que se hallaba, era de un negro intenso:
la Cruz del Sur había desaparecido, como también las miríadas de estrellas;
sólo quedaban gruesos nubarrones que corrían a escasa altura.
Se alargaban las horas. Chantal permanecía en la
oscuridad, esperando la llegada improbable del reverendo David Hall o de un
amigo cualquiera. Nadie vino. Esa noche no habría lección de inglés. Imaginaba
a cada uno de los habitantes de la isla soterrado en su albergue, como ella,
esperando a que el ciclón se apaciguara o que volviera la luz del día. El
reverendo David Hall debía leer su Biblia, suplicando al Dios de los cristianos
que moderara Su cólera; el padre Rivain, encerrado en su pequeña iglesia, imploraba
al mismo Dios. Ya podía repicar la campana del Ángelus, nadie habría de oírla
en medio de esta batahola: la iglesia permanecía desierta: En el hospital, las
mujeres leprosas y las jóvenes del taller se arrodillaban y salmodiaban el
rosario con las hermanas. En cada poblado, los leprosos prometían sacrificio
tras sacrificio a los dioses de sus creencias si detenían el flagelo. Los
hindúes besaban el suelo de sus chozas para calmar a Vichnú; los chinos
quemaban incienso ante el Buda familiar; los fijianos se comprometían
solemnemente a inmolar víctimas humanas a Ramanaké. La intensidad del ciclón
aumentaba por momentos. Makogaï no podría resistir a un ataque de tal fuerza.
Antes de que luciera el alba del día siguiente, se hundiría definitivamente en las
olas con sus plantaciones de hydnocarpus y todos sus habitantes. Ya no habría
leprosería en el archipiélago; la lepra se esparciría por el Mar del Coral.
A cada instante Chantal creía que la casa sería llevada
por los aires. Una lluvia torrencial empezó a caer. Las ráfagas golpeaban
contra las paredes de bambú, entre los aullidos del huracán; los muros del
living-room habían sido ya calados. El agua chorreaba sobre el piso. Le fue
imposible dormir. Pensaba en la dramática situación en que debían de hallarse
algunos enfermos. Recordaba también a Will, preguntándose si la cabaña
resistiría allá en lo alto de la colina. Era una noche infernal; sin verlas, ella
oía las olas azotar a golpes redoblados las rocas de Makogaï. Su aislamiento
era monstruoso. Tenía miedo, encogida bajo la frazada. La acompañaban solamente
dos sombras: Daniel y Robert. Tenía una imperiosa necesidad de sus presencias
en esta noche de desolación. Su cabeza febril le traía la imagen del hijo
jugando tranquilamente a los pies de su sillón, como lo había hecho delante de
su cama, por las
mañanas, en su casa del bulevar Suchet. La sonriente
evocación del hijo cedió lugar a la del ingeniero. Ya no estaba ella en
Makogaï, sino en una habitación del hotel Savoy, impregnada del aroma de las
kalkawas. Tampoco se escondía bajo la frazada de piel de cabra; ahora se
ofrecía, desnuda, a las caricias del amante. Percibía el contacto de las
vigorosas manos, una presencia, física de la que no podía privarse. El deseo
aumentaba, tomando proporciones que nunca conoció cuando su juventud
deslumbrante era incapaz de resistir la atracción de un placer efímero.
Esta noche de amor imaginario fue larga, agotadora,
acompañada por el estrépito del ciclón.
Al filtrarse, por fin, las primeras claridades del día a
través de las nubes bajas, el sudor le perlaba la frente, las sienes le latían
agitadas y todo el cuerpo le parecía destrozado. Afuera, la luz era indecisa,
gris, irreal. Nunca había visto otra semejante. El huracán se había apaciguado,
su silbido sólo se oía a intermitencias; las ráfagas de gruesas gotas calientes
fueron reemplazadas por una lluvia fina y sostenida que lavaba la isla después
del desorden de la noche. Chantal abandonó el sillón y se aproximó a la
ventana; los pies chapotearon al posarse sobre el piso empapado. Hasta donde
alcanzaba la vista, la vegetación aparecía destrozada. Habríase dicho que en
una sola noche todo un invierno hubiera pasado sobre Makogaï. Sólo en la rada,
el Saint-John se mantenía a flote, atracado al desembarcadero, el que aparecía
hundido en parte bajo el asalto de las olas. El viejo carguero, equipado para
afrontar todas las tempestades —habituado a ser alcanzado solamente por el
infortunio ajeno—, resistió victoriosamente el ciclón. Mientras la isla era
sólo tierra asolada, el transporte flotaba, como un desafío a las fuerzas
ocultas de la naturaleza.
La fina lloviznase detuvo también, pero el camino que
pasaba al pie de su escalera se había convertido en un río de lodo en el cual
un peatón debía hundirse hasta las rodillas. Oyó el ruido producido por botas
que se extraen penosamente del barro a cada paso; un hombre se aproximaba
lentamente, viniendo de la Misión. Reconoció a Tulio, quien le gritó antes de
aproximarse:
—¡Signora, qué contento estoy de volver a verla después de
esta noche espantosa! Desde ayer tarde estaba inmovilizado en el hospital con
el temor de no encontrar ya su casa en pie al llegar aquí. Fue el más violento
y prolongado de todos los ciclones que he visto en Makogaï. Hubo momentos en
que creí de veras que la isla entera iba a ser llevada por los aires.
—Yo también. Los estragos deben ser considerables.
—Más de lo que usted supone, signora, según las primeras
noticias llegadas a la Misión. El poblado hindú ya no existe..., por tercera
vez. Todos los cimientos del nuevo pueblo chino han sido destruidos, y una
parte del pueblo fijiano fue arrastrada por un deslizamiento del terreno. El
doctor Watson ha salido a caballo para informarse personalmente; varios
leprosos estarían sepultados en el barro.
—¡Qué horror, mi pobre Tulio! ¿Cuándo saldremos de esta
pesadilla?
—Usted advertirá, signora, cuando haya vivido tanto tiempo
como yo aquí, que la existencia en Makogaï es tan sólo una serie continua de
catástrofes. ¿Cómo quiere usted que sea de otro modo? ¡Una isla de leprosos es
forzosamente una isla condenada! Y aún no estoy seguro por completo de que el
ciclón haya terminado... Mire esas nubes que se amontonan todavía, y ese mar
que permanece gris...
—¿El Saint-John se va?
—Sí, signora. Es a consecuencia de una decisión adoptada
por el doctor Watson y el padre Anselme. Este debe ir a Levuka, y el barco ha
de partir en busca de socorros para los poblados destruidos. No hay ya
suficientes camas; frazadas, ropa seca... El navío regresará esta noche.
—¿Lo cree usted prudente, con un mar tan agitado?
—El Saint-John las ha visto peores, y su capitán es un
viejo lobo de mar. Si leva anclas es que todo irá bien.
Chantal siguió con la mirada al carguero de los leprosos,
que aparecía o desaparecía, según estuviera en la cresta de una ola o en el
fondo de un abismo de agua. El penacho de humo se perdió detrás de la roca de
Makodragna. El Pacífico estaba desencadenado.
A bordo, todo mundo estaba en su puesto. El viejo Farell
se aferraba a la barra de apoyo en el puente de mando y bramaba transmitiendo
con el megáfono sus órdenes al timonel, cuando el estrépito de las olas se lo
permitía. Sentado en el mismo camarote, donde había instalado a Chantal tres
meses antes —no había otro—, el padre Anselme leía el breviario y levantó la
cabeza, refunfuñando:
—¡Bailamos demasiado!
Luego miró hacia el puente de mando, donde el capitán
permanecía en su puesto: bastó eso para tranquilizarlo.
El viejo Farell conocía el Pacífico y sus perfidias. No se
sorprendió, pues, cuando mandó hacer rumbo hacia Levuka, al percibir frente a
la proa del navío una pantalla negra que recubría el mar y que estaba surcada
por innumerables relámpagos de blanco fulgor. El cabeceo fue detenido en seco
por un choque brusco, como si el trasporte hubiera dado con el casco en alguna
cosa sólida. Gruesas gotas de agua caliente comenzaron a caer azotando el
puente y los vidrios de la cabina donde se encontraba el misionero.
Densa espuma envolvía al Saint-John de proa a popa; el
buque empezó a crujir y a hundirse; la oscuridad cayó en pleno día con el peso
de una cosa tangible.
—¡Hemos sido alcanzados por un tifón! —gritó el viejo
Farell al timonel—. ¡Vigila el rumbo!
Vaciló un momento preguntándose si no sería mejor dar
media vuelta y volver a atracar al desembarcadero de Dallice. Su orgullo de
marino se 19 impedía doblemente: le había prometido al padre Anselme
depositarlo tres horas después en al muelle de Levuka y al doctor Watson traer
esa misma noche los socorros indispensables. El Saint-John había asegurado
siempre las comunicaciones con la isla de los leprosos, cualquiera fuese el
tiempo; no dejaría de cumplir con su misión en esta oportunidad.
Un golpe de mar helado cayó sobre las espaldas del
capitán, barriendo el puente; salió de esto sofocado y magullado. El tifón
aullaba en la pantalla negra que se agrandaba delante de la proa; el viento
azotaba el navío como si previamente hubiera sido aspirado y luego expelido en
un fantástico túnel submarino.
—¡Esto va a ser duro! —gritó el capitán en su megáfono al
misionero que, en ese instante, entreabría la puerta de su cabina.
Iba éste a contestarle cuando una tromba de agua cayo
sobre la cubierta, aplastando todo bajo su peso mortal. El sacerdote se sintió
ahogado y experimentó la impresión angustiosa de no hallarse ya a bordo de un
barco, sino en una pequeña cuna que saltaba en la cresta de las olas.
Comprendió que el viejo Farell, por muy buen marino que fuese, perdía el
gobierno de la nave: el destino del Saint-John quedaba en las manos de Dios.
Tras hundirse inerte, el carguero volvía a enderezarse, bruscamente, para comenzar
de nuevo su zambullida desesperada, como si intentara escapar de este infierno
de agua y viento. Los hombres de la tripulación se agarraban unos a otros, en
rosario humano, ensordecidos por el fragor, ahogados por la tempestad, azotados
por golpes de mar helado, proyectados contra todas las superficies sólidas del
buque. Los dos botes de salvamento de estribor habían roto las amarras y
desaparecido en un torbellino de espuma.
Resplandores fantasmagóricos brillaban en la cresta de las
olas, y el viento arrojaba todo el peso de su fuerza sobre el trasporte, que
empezaba a dar las muestras propias del desfallecimiento del náufrago que no
puede ya escapar al torbellino de la muerte. Los marineros trataban de
refugiarse bajo el puente de mando; únicamente el viejo Farell y el timonel se
aferraban desesperadamente a sus puestos.
El padre Anselme debió abandonar el breviario y se
mantuvo, como pudo, de pie contra el tabique de la cabina. Vio pasar a toda
velocidad, sobre cubierta, a un hombre de la tripulación, traído y llevado por
un remolino de agua y de maderos sueltos; otro le seguía, extendido sobre el
piso, boca abajo, tratando de agarrarse a las piernas del primero para impedir
que cayera por la borda, en aquel vaivén indescriptible. Gritos, carreras en
tropel, una confusión de cabezas y brazos, ya a babor, ya a estribor; fue todo:
la cubierta había sido barrida. El misionero, cegado, se encaminó al puente de
mando afirmándose en lo que encontraba al alcance de las manos. Cuando llegó,
únicamente el capitán Farell se encontraba allí; el timonel había sido
arrastrado por un alud de agua. Un ruido estridente de campanillas de alarma
llegaba del compartimiento de máquinas, y la vieja sirena lanzaba de continuo
su lamento, que duraría hasta que el barco se hundiera definitivamente en las
olas. Era el grito de despedida del Saint-John.
—¡Estamos perdidos! —gritó el capitán al sacerdote, quien
se limitó, a guisa de respuesta, a trazar un gran signo de la cruz. La brújula
había enloquecido.
El viejo Fareil hizo aquella declaración cuando percibía,
llegando con rapidez fulminante, en sentido inverso a la marcha del navío, una
línea de blanca espuma que se elevaba a una altura que no podían creer sus
ojos. Le era imposible calcular la elevación de esta ola ni la profundidad del
seno que el tifón había abierto detrás de ese muro de agua en movimiento. El
padre Anselme percibía el ruido producido por el martilleo sordo de los
pistones. Por momentos, ese ruido se detenía para recomenzar luego. La máquina
funcionaba irregularmente: el Saint-John tenía pulso de agonía. El misionero
tuvo la sensación de que el casco del navío se encogía —ante la inmensidad de
la ola que se aproximaba— como si el carguero se dispusiera a dar un salto
desesperado.
El Saint-John enderezó el casco y saltó hasta la cima de
la ola; masas de agua cayeron en cataratas con pavoroso estrépito sobre la
cubierta, que crujió de proa a popa. El carguero, herido de muerte, se
precipité en el hueco y zozobró.
—¡El Saint-John está naufragando! —dijo Chantal,
angustiada—. Si no fuera así, la sirena no sonaría como lo hace.
Tulio no contestó.
—¡Parece que, el tifón se apacigua! —agregó Chantal,
después de algunos minutos de silencio.
En la playa, algunos hombres —eran leprosos— se
apresuraban a lanzar sus piraguas al mar; otros —reconoció en ellos las
siluetas familiares del doctor Watson y del padre Rivain— se apiñaban en la
lancha automóvil de la Misión.
—¡Ha pasado algo grave, signora!
La lancha automóvil y las piraguas se alejaron de la
orilla dirigiéndose hacia alta mar, donde las aguas volvían a tomar rápidamente
sus reflejos azulados por efecto del sol cuyo poder irresistible dispersaba la
pantalla de nubes. Una tibieza bienhechora rozaba los rostros; desde tierra
llegaba una ligera brisa. Secábase el barro del camino con desconcertante
rapidez. Chantal y Tulio bajaron de prisa la escalera y corrieron, a través de
la plantación de hydnocarpus devastada, hacia la playa. La primera persona a
quien pudieron interrogar en el desembarcadero fue la madre Marie-Joseph:
lloraba.
—El Saint-John ha naufragado —les dijo la superiora—. Lo
hemos visto desde el hospital; en un instante desapareció entre las olas. Con
los prismáticos no se ve ya nada flotar sobre el mar. Parece que se ha perdido
tripulación y carga. Esperemos el regreso de las embarcaciones de salvamento.
La espera fue interminable. El cielo de Makogaï había
recuperado su serenidad, el Pacífico estaba apaciguado. Los dioses podían estar
satisfechos: el hundimiento del Saint-John colmaba el castigo. Los leprosos ya
no tendrían navío para comunicarse con el resto del mundo.
Por fin, la lancha automóvil del médico director atracó al
desembarcadero. Un hombre inanimado fue sacado con infinitas precauciones de la
lancha y tendido en la playa, donde el doctor Watson, con la ayuda del médico
fijiano, empezó a practicarle la respiración artificial. Chantal se aproximó y
reconoció al viejo Farell.
—Es el único que hemos encontrado —le dijo el doctor
Watson—. Estaba prendido a una tabla; llegamos a tiempo. Creo que saldrá del
paso.
El rostro del capitán iba adquiriendo insensiblemente sus
colores; abría los ojos, pero no podía hablar. Solamente más tarde podría
referir las circunstancias del drama, o lo que había visto de él.
El padre Rivain se arrodilló sobre la arena ya
caliente.Las hermanas lo imitaron, seguidas muy pronto por todos los enfermos
presentes.
La oración, cuyos versículos fueron recitados
alternativamente por el capellán y los asistentes, se elevó, ligera, hacia un
cielo que volvía a mostrarse clemente. Terminada la plegaria, los concurrentes
se dispersaron en silencio: Chantal miró al viejo Farell alejarse sobre una
camilla improvisada, en dirección al hospital, y tomó sola el camino destrozado
de su casa, milagrosamente intacta. Al llegar a la galería se recostó en la
hamaca, pensando que en ese mismo momento todos, desde Tulio hasta el pastor,
pasando por el más humilde de los enfermos, debían hallarse revisando sus
viviendas para estimar los destrozos. Recordó a los hindúes, que pagaban caro
su odio hacia los chinos e iban a encontrarse, a su vez, ante el desamparo.
Imaginó la muerte horrorosa de los fijianos, que se habían hundido lentamente
en el barro y cuyos brazos sin manos serían los últimos en desaparecer,
tratando de aferrarse a cualquier cosa sólida. Esos cuerpos no tendrían ya
necesidad de ser enterrados; la tierra roja de Makogaï se había encargado de
hacerlo por sí sola, del mismo modo que el Mar del Coral tomó a su cuidado el
bordar una mortaja para la tripulación del Saint-John.
Mañana se llevará a cabo un servicio religioso en la
iglesia católica, en memoria del padre Anselme. Los protestantes, los adeptos
de Vichnú, los fieles de Buda, los adoradores del demonio Ramanaké asistirán a
él. El padre Rivain pronunciará una oración fúnebre, y la campanilla sonará
durante la elevación. Cuando el acto haya terminado, cada uno volverá a su casa
para dedicarse a su trabajo. Los hindúes empezarán a clavar los primeros
pilotes del pueblo chino. Los chinos cortarán los bambúes necesarios para la
confección de tabiques del pueblo hindú; que será reconstruido por cuarta vez.
La hermana Marie-Ange recorrerá la isla a caballo, con su jeringa de
chaulmoogra. En el astillero de Levuka se pondrá tal vez la quilla de un nuevo
Saint-John. Tulio volverá a cantar. Chantal tomará de nuevo sus lecciones de
ortografía con el capellán católico y de inglés con el reverendo David Hall,
mientras que, allá arriba, en la colina, el gran Will seguirá asomándose sobre
las miserias morales.
Desde la hamaca, a la vera de la cual había visto pasar
durante meses una buena parte de la vida de Makogaï, Chantal miraba una vez más
el paisaje. Veía el barro del camino secarse en pocas horas, al punto que ya no
formaba más que una costra surcada por algunas grietas. Un olor muy particular
exhalaba la tierra, recordándole el perfume acre e indefinible que ella había
conocido en Francia después de un chaparrón, y que la deleitaba. Las gaviotas,
escondidas en una gruta durante el ciclón, revoloteaban de nuevo por sobre la
roca de Makodragna lanzando gritos penetrantes. Hasta el sol comenzaba a
declinar y desaparecería, dentro de pocos instantes, tras el horizonte azul del
Pacífico, en su forma habitual de bola de fuego. Con la rápida llegada de la
noche tropical, las devastaciones se esfumaban.
Súbitamente, se acordó de su carta, que se hallaba a bordo
del Saint-John. Marie-Ange le había dicho: “Sólo deseo que la carta que
escribió no llegue nunca a destino”. La carta estaba ahora en el fondo del
océano; el contenido no sería leído por nadie. Y comprendió en ese instante la
extensión de su propio castigo, que era total y que exigía de su parte el
supremo sacrificio. Mañana, pues, mientras Tulio cantara la misa de los
muertos, ella escribiría una nueva carta que no dirigiría esta vez a la directora
de Marcelle et Arnaud, sino a la señora Berthon. Le diría: “Yo no me he
escapado con un amante, como todo el mundo lo creyó. Dejé a mi hijo porque
estaba leprosa. Prométame no decírselo jamás. Sé que ahora lleva el nombre de
su padre: es lo justo. Sé igualmente que usted lo educará con amor. Nada más
puedo esperar, desde que no he de curarme nunca. Le pido, sencillamente, el día
que usted sepa de mi muerte en esta lejana isla, le haga recitar a Daniel una
pequeña oración por todas las madres que desaparecen en el mundo sin volver a
ver a sus hijos”.
La carta seria breve. No le explicaría a la mujer del
agente de cambio que Daniel. era hijo de un desconocido. ¿Para qué remover el
lodo del pasado?
Vale más dejarlo secar, como el de Makogaï, para que
desaparezca convertido en polvo.
La noche había cerrado por completo. La Cruz del Sur
reapareció en un firmamento estrellado. El Pacífico, satisfecho, acariciaba sus
riberas de diamante.
Otras cuatro Navidades trascurrieron. Cuatro misas del
gallo fueron oficiadas por el padre Rivain, sucesor del padre Anselme. Cuatro
veces el blanco yate del gobernador había entrado en la rada; el Saint-John no
había sido reemplazado aún. Se hablaba vagamente de un barco que con ese fin se
construía en un astillero australiano, y se murmuraba también que tendría por
capitán al viejo Fareil, vuelto a Sydney después de la catástrofe.
Esta noticia, propagada de pueblo en pueblo y de cabaña en
cabaña, no había recibido todavía ninguna confirmación oficial; lo cierto era
que, desde la pérdida del trasporte, Makogaï vivía aún más aislada del resto
del mundo. La comunicación postal estaba asegurada por el Melbourne dos veces
por semana; el paquebote no penetraba nunca en la bahía de Dallice, remitiendo
las cartas y las encomiendas desde alta mar, en la lancha automóvil del médico
director.
Chantal recibía con bastante regularidad noticias de la
señora Royer y del doctor Petit. La primera se concretaba a referirle los
últimos chismes de la capital y a hablarle de modas, por cuanto ella ya no se
ocupaba de su ahijado. Por el contrario, el doctor Petit veía con frecuencia al
niño, que se había trasformado en un lindo muchacho de nueve años. Daniel iba
al colegio, donde demostraba una marcada inclinación por la gimnasia y una
aversión total por la geografía. Chantal consideraba que todo estaba bien así:
no era necesario que Daniel oyera hablar de las islas Fiji y, entre ellas, de
la siniestra Makogaï, donde sor Marie-Ange continuaba administrándole de manera
concienzuda —desde hacia cinco años— las inyecciones de chaulmoogra.
Cada seis meses se hacía presente en el hospital, donde el
doctor Watson le practicaba una extracción en la mucosa del tabique nasal. El
resultado de esas experiencias había sido siempre exactamente el mismo:
“Todavía no está usted sana”.
Estaba en extremo cansada, y no creía ya a nadie. Desde el
día en que había renunciado a Daniel, en la carta a la señora Berthon, nada le
interesaba verdaderamente. Sólo su pasión por Robert le mantenía aún el deseo
de vivir. La mujer del agente de cambio le había hecho contestar por el doctor
Petit que se compadecía de todo corazón ante una tan penosa situación como la
suya y que no tenía por qué preocuparse en lo más mínimo con respecto al
porvenir de Daniel. De vez en cuando, el doctor Petit enviaba a Chantal algunas
fotografías del niño. La última de ellas presentaba a Daniel con pantalón largo
de Eton. Chantal tuvo un ligero sobresalto al ver a su hijo convertido en un
hombrecito.
Pasaba la mayor parte de los días recostada en la hamaca,
soñando o leyendo. Había realizado, bajo el imperio de la fiebre, los sueños
más inverosímiles y descubierto un número prodigioso de escritores franceses,
ingleses o norteamericanos. Las lecciones del reverendo David Rail, dobladas
con una práctica cotidiana, habían dado excelentes resultados: hablaba y leía
corrientemente el inglés. Al tiempo que le descubría una voz de oro, Tulio le
enseñaba los rudimentos del italiano. Las lecciones de canto, prodigadas por el
tenor, fueron completadas por lecciones de piano impartidas por Marie-Ange;
Chantal se había revelado con excelentes condiciones para la música. La hermana
Marie- Sabine se reservaba las lecciones de fijiano, que no fueron las más
fáciles; después de cinco años conseguía conversar con el caminero de Makogaï o
cualquier otro de sus vecinos del poblado fijiano. El padre Rivain, finalmente,
había logrado hacerle escribir verdaderas disertaciones literarias, sin la
sombra de una falta de ortografía y en el más puro francés, sobre las obras
leídas durante las horas de soledad.
Estas múltiples ocupaciones intelectuales o artísticas no
impidieron a Chantal confeccionar un gran número de mamelucos y trajecitos de
tela para el que consideraba su ahijado, el Daniel de la isla. Estas labores
suplementarias le daban la impresión de que trabajaba para el hijo distante y
le hacían lamentar amargamente el no haber producido nada con sus pobres manos,
cuando gozaba la felicidad de tenerlo a su lado.
Aquel amor maternal, irrazonado y fuerte, ya no la
sostenía desde su renunciamiento. La pasión por Robert había tomado un sesgo
demasiado intelectual para poder satisfacerla. Inútil le había sido imaginarse
todas las noches que se dormía en sus brazos; el despertar volvía implacable
para recordarle la soledad física. Su misma sensualidad se hallaba embotada.
Tenía, en algunos momentos, impulsos de rebelión. Eran crisis rápidas,
brutales. Una vez apaciguadas, Chantal sentíase disminuida, avergonzada de sí
misma; hubiera deseado morir para extinguir en ella todo deseo. Y, lentamente,
su corazón se recogía cerrándose sobre sí mismo.
Los pensamientos la conducían siempre hacia Robert. ¿Qué
habría sido de él? Tal vez habría vuelto a Francia y, cansado de esperar en
vano, se habría casado. Mil veces sintió deseos de escribirle, dando comienzo a
cartas amorosas que nunca terminó. Siempre, a último momento, un temor
irracional la contenía: esa carta permitiría al ingeniero descubrir el lugar de
su retiro y, al mismo tiempo, su enfermedad.
¿Permanecería ella, por lo menos, siendo una mujer joven?
Mañana y tarde, desde algunas semanas antes, se formulaba esta extraña pregunta
mirándose con inquietud en el espejo de la polvera. Los rasgos de la cara nunca
se vieron verdaderamente alterados. Los miembros habían readquirido la soltura
habitual de antes; los dedos, después de haberse encogido hacia la palma de la
mano durante tres meses, adoptaban la posición normal. Ya no experimentaba,
para escribir las disertaciones literarias del padre Rivain, aquella seria
dificultad que hallara la noche que contestó —en el salón del reverendo David
Hall— a la primera carta de la señora Royer. Marie-Ange llamaba a este conjunto
de recuperaciones físicas “el milagro del chaulmoogra”. La hermanita debía
tener razón. Chantal se sentía perfectamente bien y no advertía diferencia
exterior alguna entre su persona y la gente sana de la isla. No le faltaban
puntos de comparación, empezando por el pobre Tulio, cuyo rostro alcanzaba
lenta, pero seguramente, grados de fealdad insospechada. Muy pronto se vería en
la necesidad de ocultarlo bajo una capucha, como Will.
Sin embargo, el espejito reflejaba una cara muy cambiada.
Aun cuando apenas había pasado los treinta años, Chantal se sentía
terriblemente envejecida... Envejecida por el renunciamiento maternal,
envejecida por arrastrar en su corazón y en su carne una pasión inútil, por las
horas interminables y febriles pasadas en la hamaca después de cada inyección,
por los cataclismos que se abatían periódicamente sobre la tierra cálida donde
vivía recluida desde hacía demasiado tiempo. Estaba harta de atrincherarse en la
casa de bambú los días de ciclón, y de ver desfilar sobre el camino a leprosos
que llevaban pilotes destinados a la reconstrucción periódica de sus pueblos
arrasados por el vendaval.
También había llegado a detestar esas fiestas que volvían
regularmente cada año, como las misas del gallo o la visita del gobernador. Sus
oídos estaban ya cansados de escuchar los conciertos dados por el orfeón de los
leprosos o los cánticos religiosos del templo protestante; la voz de Tulio le
parecía monótona como todo lo que se toma excesivamente familiar. Apartaba los
ojos ante, la vista de los cómicos caducos de la pantalla, que desencadenaban
la risa sobre la gran plaza los domingos por la noche. Estaba asqueada de
sentir eternamente los mismos pesados olores. ¿Cuándo volvería a respirar de
nuevo el perfume ligero de la campiña de Île-de-France? Al acostarse no tenía
yaánimos para abrazar a Jeannot antes de dormirse. Hacía mucho tiempo que el
juguete de felpa dormía solo en el fondo de una valija. Una tristeza
indefinible la roía.
De lo que Chantal no podía darse cuenta, y que todossus
amigos de Makogaï habían notado, era de su evolución completa. Si bien la
belleza física había perdido parte del brillo, bajo los efectos concurrentesdel
tratamiento y del clima, la personalidad intelectual se había consolidado de
manera sorprendente. La gran modelo a la que paseaban en los salones de costura
o se exhibía en los bares de moda había cedido su lugar a una mujer correcta e
instruida.
Sucesivamente, Fred, el reverendo David Hall, Marie-Ange,
Will, la madre Marie-Joseph, Tulio, todos aquellos a quienes había cruzado en
su ruta dolorosa le ayudaron poderosamente, sin que ella lo advirtiera por
completo, a realizar tan fundamental trasformación... Ninguno de ellos se
detuvo a señalar que la belleza física de Chantal se esfumaba progresivamente:
en Makogaï era aún la más hermosa.
Las tentativas de conversión llevadas a cabo por el
reverendo David Hall, con la ayuda de Will, como las del padre Rivain,
secundado por Marie-Ange, la hallaron inquebrantable. La desesperación que ella
alentaba la apartaba de toda mística.
Como todos los que se niegan a hacer abstracción del
orgullo, Chantal creía conservar más libertad de conciencia y de acción si no
se ligaba a ninguna creencia. Sólo hubo una cosa en la que creyó verdaderamente
—en cierto momento—: el poder de su belleza, cuando era deslumbrante. Ese poder
dominó su destino, desde la ascensión social hasta el encuentro con Robert.
Ahora que ya no existía, ¿en qué podría creer ella? De vez en cuando, a manera
de consuelo, extraía de la cartera el pasaporte que le permitió alcanzar
rápidamente a Makogaï. En la primera página se encontraba su retrato, el único
que poseía. Era tan sólo una mediocre fotografía de identidad, vulgar; pero era
tal su belleza en esa época que se consideraba ahora un pálido reflejo de lo
que fue. Chantal se miraba complacida y guardaba de nuevo, con un gesto de
pena, el pasaporte en la cartera. La amargura de no sentirse ya tan hermosa le
hacía olvidar, o poco menos, que se había convertido en otra mujer.
El reverendo David Hall no se sentaba cerca de la hamaca,
bajo la galería de Chantal, desde hacía una semana.
—¡Qué poco se le ve a usted!
Lo miraba subir lentamente la escalera y lo encontraba
marcadamente agobiado. Estaba solo en el mundo. Durante el viaje de regreso a
Inglaterra, la pelirroja Agathe se había vuelto loca a bordo del navío que la
conducía a Liverpool, donde, al llegar, debieron internaría en un asilo. El
viaje de novios, en el Saint-John, acompañando el cadáver de Fred, le había
trastornado el espíritu: el castigo deseado por su padre fue muy duro. El
reverendo no hablaba de ello nunca y parecía sentir algún remordimiento.
La señora Hall enfermó gravemente tras la internación de
la hija. Seis meses después de la partida de su mujer, el pastor protestante
recibió un telegrama donde le informaban la muerte de su esposa, “en la paz del
Señor”. Hacía ya tres años que el reverendo, sin familia, vivía solo en medio
de los leprosos.
El breve esfuerzo de subir la pequeña escalera de la
galería lo fatigaba. Dejándose caer pesadamente en un sillón, contestó por fin:
—Mis achaques reumáticos me impiden andar tan libremente
como antes. Creo que la permanente humedad de la isla no es muy propicia para
este género de enfermedad. El querido Watson me ha aconsejado pedir mi traslado
o repatriación a Inglaterra. Tal proposición me ha decepcionado: me prueba que
no me conoce aún... desde el tiempo que vivimos juntos en esta leprosería.
—Pienso, más bien —le dijo Chantal—, que el doctor Watson
le da con eso una sólida prueba de amistad: ¿cree usted que lo vería irse con
el corazón alegre?
—No me iré jamás de Makogaï, donde me enterrarán en el
cementerio de los leprosos y en medio de mis amigos. Cuando me sienta muy viejo
para cumplir eficazmente con este ministerio, pediré un joven pastor ayudante;
pero aún no he llegado a eso, a Dios gracias... ¿Sabe usted que logré cuatro
nuevas conversiones esta semana?
—¡Debe sentirse muy satisfecho!
—El padre Rivain no ha vuelto aún de su sorpresa. Estoy
aquí, a pesar de mi reuma, para hablarle de Tulio. ¿Cuándo lo vio usted por
última vez?
—Antes de ayer.
—¿No le ha dicho nada?
—No.
—No se atreve. Voy, pues, a reemplazarlo... Tulio se
encuentra en un estado de depresión espantoso. En efecto, lejos de mejorar con
el tratamiento, su salud va empeorando; el domingo último, por primera vez
desde que está en Makogaï, no ha podido cantar en la misa mayor del padre
Rivain.
—No me ha dicho una palabra.
—Tampoco le dirá que el doctor Watson, después de
examinarlo minuciosamente el lunes, le ha prohibido cantar en adelante. Roído
por el mal, el organismo no se ha defendido: Tulio ha contraído la tuberculosis
pulmonar como, desgraciadamente, muchos de nuestros enfermos. La sola idea de
no poder cantar más lo trastorna; podemos esperar lo peor. Habría, sin embargo,
una cosa que le causaría inmenso placer y que me ha confiado: se aviene a no
cantar, puesto que su estado lo exige, pero querría terminar con belleza su
carrera de tenor. Cuando un cantor ilustre, me ha dicho, toma la decisión de
abandonar las tablas antes de que su gloria palidezca, ofrece su representación
de despedida y canta sus más grandes éxitos. Tulio desearía ofrecer esa función
de gala en Makogaï.
—¡Pobre Tulio! He ahí una típica ocurrencia de cómico
ambulante.
—He trasmitido ese deseo al doctor Watson, quien se opone
formalmente: dice que Tulio querrá demostrar, por última vez, todas sus
aptitudes y corre el riesgo de provocar un vómito de sangre. Pero tengo una
idea. Le he sugerido organizar esa despedida en casa de usted.
—¿En mi casa? ¡Pero es demasiado reducida!
—Compréndame; no habrá más que dos espectadores: usted y
yo. Nos reuniremos los tres, como tenemos la costumbre de hacerlo para la noche
de Navidad. El buen Tulio cantará todo lo que le plazca: las dimensiones de su
living-room no son tales que lo obliguen a forzar la voz, como hubiera sucedido
si cantase al aire libre, en la gran plaza, ante todos los habitantes de la
isla. Mi idea pareció gustarle a nuestro amigo.
Larga fue la preparación de Chantal para la función de
despedida de Tulio, que tendría lugar a las veinte horas en su living-room y
sería en seguida de una cena en la galería. El reverendo había traído, en la
mañana, el gran espejo del tocador de Agathe para reemplazar el que la joven
había hecho trizas y le permitiría presentarse muy hermosa en honor del tenor.
El vestido verde de Marcelle et Arnaud estaba menos fuera de moda de lo que
ella creía, comparándolo con las fotografías de revistas enviadas por la señora
Royer. Chantal se había peinado exactamente en la misma forma que la noche de
gala en el Empress of Australia, con su pelo rubio recogido sobre la nuca.
También volvió a sacar las esmeraldas.
Cuando el reverendo David Hall penetró en el living- room
quedó deslumbrado por su huéspeda:
—Sí... Es exactamente así como la imaginaba a usted en una
velada parisiense.
No pudo ella reprimir una sonrisa a la vista del smoking
blanco dentro del cual parecía perdido el pastor.
—He adelgazado mucho —confirmó él—. Además de eso, le
aseguro que, hace unos diez años, este smoking me sentaba perfectamente...
—Durante el concierto —le previno la joven— usted se
sentará en ese sillón, que hará las veces de butaca de orquesta; yo permaneceré
junto al piano para acompañar a nuestro amigo.
Había heredado el piano de Agathe hacía mucho tiempo,
encontrándolo un día instalado en el living-room, con unas palabras del pastor
redactadas como sigue: “He oído decir que tomaba usted lecciones de piano con
sor Marie-Ange y que hacía progresos asombrosos. Como se ha convertido en mi
única hija, este instrumento embarazoso debe encontrar lugar en su casa. Me
regocijo de antemano ante la perspectiva de oír acentos melodiosos escaparse de
su vivienda cuando me aproxime a ella por el camino”.
Exactamente a las ocho, Tulio subía a su vez la escalera.
Estaba épico, bajo un sombrero clac y envuelto en una capa ligeramente verdosa
que recordaba las más bellas noches de sus triunfos. Al recibirlo bajo la
galería, sus amigos creyeron advertir que, durante la velada, el tenor no
habría de sentirse ya en Makogaï, sino en la Opera de Sydney, de la que —en su
imaginación—subía solemnemente la monumental escalinata. Prueba de que no se
equivocaba era la presencia de esa pareja elegante, formada por un anciano
señor muy digno acompañado por una mujer joven, de un rubio resplandeciente
bajo las esmeraldas.
Después de haberse despojado, con amplio gesto, de capa y
sombrero, el tenor se paró ante la concurrencia representada por el reverendo
David Hall. Chantal estaba ya sentada en el taburete del piano. Para Tulio no
se trataba tan sólo de ese instrumento, sino de una orquesta de cien virtuosos
dirigidos por un renombrado maestro de la Scala de Milán. En su evocación,
también se había desvanecido el modesto living-room para trasformarse en la
sala de la Opera de Sydney, brillantemente iluminada.
Mientras Chantal preludiaba, el tenor miraba la sala
repleta: todo Sydney estaba ahí; mucho más, toda Australia se había reunido
para ofrecerle un merecido homenaje triunfal. Del mundo entero habían llegado
admiradores para oírle cantar, por última vez, la Plegaria de Tosca. Mirando
por la hendidura del telón percibía la inmensa araña que derramaba mil luces
sobre el áureo artesonado, aclarando las alegorías del cielo raso.
Repentinamente, el silencio se hizo, las mil y una lámparas eléctricas de la
araña se apagaron, el maestro golpeó sobre el atril con la batuta, las
candilejas se encendieron deslumbrando a Tulio. Habíase levantado el telón.
Durante más de cinco minutos el tenor no pudo articular una nota frente a la
asombrosa ovación que lo acogía. Comprendía, por fin, el sentido absoluto de la
palabra triunfo y debía contentarse con menear discretamente la cabeza,
sonriendo y enviando besos a la concurrencia...
El tenor estaba con ropa de escena: la misma que llevaba
cuando lanzaba aquellas estrofas ya famosas de La Traviata, con una copa de
champaña en la mano. Las estrofas invadieron el living-room, ligeras y
caprichosas:
Lí-bia-mo, li-biamo ne lie-s...
repitiéndose con ese brío progresivo, dispuesto por Verdi,
que da la impresión de que el cantor está verdaderamente borracho dé júbilo y
de música. Cuando Tulio terminó, el pastor aplaudió. Apenas saludó agradeciendo
el tenor; tan bien sabía que era admirable lo que acababa de cantar. No era,
por cierto, la noche de su triunfo cuando iban a informarle a él que cantaba
divinamente. Por otra parte, tampoco era un simple y modesto clérigo el que
había aplaudido, sino varios centenares de refinados melómanos.
Durante dos horas Tulio interpretó los más brillantes
trozos de su repertorio. Parecía decidido a no detenerse ya, como la tarde en
que cantó bajo el árbol de la justicia para salvar a Chantal del enjuiciamiento
con que la amenazaban sus verdugos. Si continuaba cantando, era solamente para
no decepcionar a la muchedumbre delirante que le gritaba “bis” y no quería
dejar a su ídolo abandonar el escenario. El pastor notó que, indudablemente, la
voz del tenor había disminuido de volumen; al cabo de una hora estaba ya
cascada, cuando se detuvo, por fin, enjugándose la frente, Tulio no daba más.
Su canto del cisne lo había agotado.
El reverendo David Hall no vaciló en abrazar a Tulio:
—¡Acabamos de vivir un momento inolvidable! —le dijo.
Tulio se regocijaba y revivía el personaje que debió ser,
antes de que lo alcanzara la inexorable enfermedad. Recibía las felicitaciones
del pastor y de Chantal como esos virtuosos que estrechan la mano de los
innumerables amigos que llegan a felicitarlos a la salida de un concierto.
Tras un momento de indecisión, Chantal se decidió a
acompañar al héroe de la velada en su viaje de retorno a la tierra de Makogaï,
deslizándole en el oído, después de tomarlo amablemente del brazo:
—Y ahora, pasemos a la mesa.
La cena fue extraordinaria; la dueña de casa había hecho
prodigios. La conversación entre los tres personajes versó exclusivamente sobre
los méritos y la prestigiosa carrera del tenor.
—Esta cena —confió Tulio a la dueña de casa— me recuerda
en todo a las que realizábamos, en compañía de la dama de mis pensamientos, en
un comedor reservado del mayor restaurante de Sydney después de cada una de mis
inolvidables creaciones. Recuerdo especialmente la cena con una señora de un
miembro del Parlamento... Una mujer muy bella, algo menos que usted, quizá,
signora, ¡pero una de esas enamoradas!... Yo adoraba su nombre: Muriel... Tan
sólo la discreción me obliga a callar el apellido. Se puede ser un don Juan y
un hombre galante a la vez, ¿no es así, señor pastor?
—Esas dos cualidades no me parecen incompatibles —contestó
el reverendo David Hall.
Los ojos del tenor vagaban de nuevo lejos de Makogaï y de
ese living-room que, decididamente, un artista de su envergadura encontraba
demasiado estrecho. Su voz prosiguió, mientras permanecía perdido en los
recuerdos: —Muriel es la que me escribió la más bella carta de amor..., Un día
próximo podrán leerla los dos y se darán cuenta hasta qué punto el ilustre
Tulio podía ser amado por las mujeres...
La velada se prolongó. Chantal tuvo la impresión de que
Tulio estaba ebrio cuando lo vio alejarse por el camino, en compañía del
pastor; vacilaba y, sin embargo, con excepción de una taza de kawa, no había
hecho más que beber sus propias palabras.
Al día siguiente Chantal se enteró, por el reverendo, de
que el tenor se había suicidado. El cuerpo del “ilustre Tulio Morro”, colgado
de una viga de su cuarto, se balanceaba vestido con el traje de La Traviata. La
cabeza del leproso estaba sin corona: la peluca yacía en tierra...
Sí, Makogaï era una tierra condenada.
Su propia situación en pleno océano Pacifico lo probaba.
Traía mala suerte a los que desembarcaban en sus riberas. La nómina de víctimas
se alargaba de año en año. Y no atacaba solamente a los leprosos, que dejaba
morir a fuego lento dopándolos con la ilusión de la cura. Chantal, como los
demás, se había dejado engañar por ese espejismo, había atravesado los mares y
esperado pacientemente durante años para descubrir finalmente el error
monstruoso. Durante los cinco años que venía vegetando sobre aquella roca no
asistió a una sola curación ni oyó hablar de la partida de un solo leproso
restablecido hacia el país que lo vio nacer.
Esta isla maldita se volvía igualmente contra las personas
sanas. Las odiaba porque llevaban un poco de alegría y consuelo a los muertos
en vida, en los últimos instantes. Los leprosos estaban condenados a muerte,
pero no eran los únicos. Los médicos, las enfermeras, los capellanes serian
todos irremediablemente alcanzados. Chantal había visto desaparecer
sucesivamente seres perfectamente sanos, tales como Fred, Agathe, la señora
Hall, el padre Anselme, los marineros del Saint-John. No fueron las balas de la
sublevación ni la locura ni el tifón los que habían provocado estas muertes
acumuladas. Era la isla, la misma Makogaï que los había apuñalado
disimuladamente, utilizando admirables coartadas.
Se preguntaba Chantal qué clase de muerte horrible
preparaba la maldita isla al reverendo Davil Hall, al padre Rivain, al doctor
Watson, la madre Marie-Joseph, sor Marie-Sabine, Marie-Ange. Su propio destino
estaba ya determinado. Makogaï disponía de todo el tiempo para verla morir,
puesto que era leprosa. Ella sabía que existía un cementerio, oculto por la
colina de Will, donde estaban enterrados los leprosos, uno al lado del otro, y
aquellos a los que la espantosa enfermedad no había causado la muerte.
El padre Rivain le había aconsejado visitar ese cementerio
donde podría leer inscritos sobre cada tumba el nombre de los médicos,
capellanes o hermanas misioneras llevados por la fiebre de la isla. No quería
ver esos nombres y no iría al cementerio sino cuando la enterraran a ella. No
necesitaba ir allí para saber que el martirologio se alargaría, y que un día
los recién llegados podrían leer sobre las pequeñas cruces, precedidos por la
eterna frase: “Aquí yace”... y seguida de dos fechas, los nombres: reverendo
padre Rivain, reverendo David Hall, madre Marie-Joseph, sor Marie-Sabine, sor
Marie-Ange, doctor Watson; y todos aquellos cuya abnegación quedaba para
siempre ligada a la leprosería.
Ayer, al venir para aplicarle su inyección, Marie-Ange le
había recordado que el doctor Watson la esperaba al día siguiente en el
laboratorio para efectuar la extracción semestral. Había llegado ese momento, y
ella no sentía ningún deseo de ir al hospital por la inutilidad del
desplazamiento. Sólo abandonó la hamaca, con pena, para no hacer esperar
inútilmente al médico director, en quien había podido admirar, sin reservas, la
conciencia profesional.
Hecha la extracción, el médico fijiano pasó al laboratorio
para realizar el examen bacteriológico. El doctor Watson aprovechaba siempre de
ésos pocos minutos para hablar con Chantal, a quien veía muy poco el resto del
tiempo.
—¡Se abandona usted al desaliento, estimada señora! ¡Hay
que sobreponerse! Un enfermo que no cree en su curación está vencido por
anticipado, cualquiera sea la naturaleza de la enfermedad. Y le juro a usted
que la lepra es maligna. Pero le he dicho que estaba seguro de que usted se
curaría.
“En lo que concierne a su caso, el tratamiento ha
alcanzado ya un doble resultado, muy apreciable, que no había observado nunca
hasta ahora en ninguno de nuestros pensionistas: el mal se ha circunscrito al
cuerpo, donde no ha dejado hasta hoy más que huellas bastante benignas. No ha
tenido jamás, hablando con propiedad, llagas purulentas. Las que comprobamos en
sus brazos y piernas tuvieron siempre tan sólo carácter esporádico,
desapareciendo por supuración, como vulgares abscesos, o simplemente reabsorbiéndose.
Su rostro no fue atacado nunca. Reconozco que en cierto momento, tres meses
después de su llegada, tuve serios temores cuando vi hinchársele el cuello; no
se lo dije entonces, pero temí que la lepra tomase en usted la horrible forma
de elefantiasis. Felizmente no fue nada; puede agradecérselo al chaulmoogra. Un
segundo resultado es el que usted comprueba desde estos últimos meses: los
dedos han vuelto a la normalidad, puede usarlos con toda la soltura deseable.
Finalmente, lo que es fundamental, usted no ha sentido nunca dolores violentos
o agujetas desde el día en que empezamos el tratamiento. Aparte de los accesos
de fiebre debidos a las inyecciones, puede decirse que no ha sufrido. No
conozco un solo enfermo en la isla que pueda decirlo mismo.
El médico fijiano, turbado, volvió del laboratorio y
tendió al doctor Watson una hoja de papel.
El médico jefe se limitó a decir:
—Espere unos minutos.
Y entró a su vez en el laboratorio, seguido por el
ayudante. Chantal quedó atrozmente inquieta. ¿Le anunciaría, por primera vez,
que se había tomado contagiosa? Su espera no fue larga; el ayudante reapareció:
—El doctor la llama.
Entró en el laboratorio por segunda vez en su vida. El
médico jefe tenía el ojo aplicado al microscopio:
—Ocupe mi lugar, estimada señora, y mire... —Chantal
aproximó a su vez el ojo derecho al microscopio.
—¿Qué ve usted? —le preguntó el doctor Watson.
—No gran cosa, fuera de una mancha blanca parecida a una
gota de agua.
—¿No percibe esos bastoncillos, mezclados con gránulos,
que tanto la impresionaron cuando se los hice observar en el microscopio, al
día siguiente de su llegada a Makogaï?
—No veo nada.
—Si no ve nada es, simplemente, porque no hay ya nada.
—¿Pero entonces, doctor? —preguntó Chantal, levantando
súbitamente la cabeza.
—Entonces, estimada señora..., está usted sana.
Había pronunciado las tres últimas palabras con la mayor
tranquilidad, sin la menor emoción como si no se diera cuenta de su poder
mágico. Chantal palideció y debió apoyarse en la mesa del laboratorio.
—¡No se irá a desmayar cuando le anuncio una buena
noticia! —declaró riendo el doctor Watson.
La joven se había desplomado sin conocimiento.
—¡Vamos! Reanímela pronto —dijo el médico jefe—. Esta cura
radical obtenida en cinco años, es si no milagrosa, por lo menos sensacional...
Cuando les decía, a usted y al pobre Fred, que obtendríamos con el chaulmoogra
resultados infinitamente superiores si los enfermos acudían a tratarse al
aparecer los primeros síntomas, no me equivocaba. Esta joven es la comprobación
viva de mis aserciones.
Chantal reabria los ojos.
—Beba un poco de este líquido —le dijo el doctor Watson,
alcanzándole un vaso—. Y tranquilícese: no es chaulmoogra. Le puedo prometer,
asimismo, que no volverá a tomarlo nunca.
—¿Es realmente cierto, doctor? ¿Estoy sana?
—Conozco a alguien que se pondrá loco de alegría al
conocer esta noticia...
—Yo también —dijo Chantal—. Sé en quién piensa usted. Voy
a comunicárselo yo misma.
—Saliendo de sus labios, la noticia tendrá más valor...
Aunque sea infalible la experiencia que acabamos de realizar, nos va a ser
necesario confirmarla, por contraexperiencias, en los días venideros. No cuente
con dejamos antes de algunas semanas; eso le permitirá hacer sus preparativos
de viaje.
—¡Quedarán pronto hechos!
—¡Y sus despedidas! Makogaï volverá a ser atrozmente
triste sin usted. Espero que nos escribirá de vez en cuando. De todos modos, le
garantizo que pasará la próxima Navidad en Francia.
Chantal, en un impulso, saltó al cuello del médico
director y lo besó en ambas mejillas, delante del ayudante. Después salió del
hospital como una loca, atravesó la plaza corriendo y comenzó a trepar, sin
descanso, el camino de la colina.
Jadeaba cuando llegó al borde del foso. Will, sentado en
su eterna postura, la acogió preguntándole:
—La he oído correr. ¿Ha sucedido algo grave?
—Algo inesperado, prodigioso, Will. Estoy sana. ¡Siento
deseos de abrazarlo!
—Tener la intención es ya suficiente —respondió la voz del
leproso.
A Chantal le pareció que esa voz estaba más apagada, más
débil que en las visitas precedentes.
—Y usted, Will, ¿cómo se siente?
—Agradezco a Dios por todos los sufrimientos que me envía.
Me ayudarán a merecer el cielo.
—Will —dijo suavemente Chantal—, me gustaría hacer algo
por usted.
—No puede hacer nada, nadie podría... Ya no necesito
nada... Pronto se embarcará para volver a su hermoso país, que no conozco, pero
que me hubiera gustado visitar antes de desaparecer; amo su idioma. ¿Por qué no
aprovecha la primera travesía del New Saint-John?
—¿Va a llegar, por fin?
—¿El doctor Watson no le ha hablado de eso? Sepa que el
nuevo buque destinado a unir a Makogaï con las otras islas del archipiélago
acaba de ser terminado en Sydney. Entrará en la bahía de Dallice al mando del
capitán Farell, a principios de noviembre. Trasporta un elevado contingente de
nuevos enfermos. Usted podrá muy bien aprovechar el viaje de regreso para ir a
Levuka, donde los grandes trasatlánticos hacen escala. Seguidamente, eso será
para usted la ruta de la libertad, recuperada por fin. Le pediré, tan sólo, que
cuando pase por Sydney vaya a echar una mirada a la casa situada en Oxford
Street número cincuenta y cuatro, es mi antiguo negocio. ¡Me gustaría saber qué
se vende o fabrica allí ahora! Tal vez esté todavía ocupada por un sastre.
—Le prometo ir, Will, y le escribiré al reverendo David
Hall refiriéndole lo que haya visto para que él pueda leerle a usted mi carta.
¿Qué más puedo hacer?
—Haga llegar la buena noticia a todos los enfermos de
Makogaï. Recibirán, con ella, esperanza y coraje.
—¿Puedo, a mi vez, pedirle un favor?
—Will está siempre dispuesto a servir a quien se lo pida.
—Will, tengo necesidad de templar mi coraje. ¿Quién sabe
qué otras pruebas me esperan allá donde voy? Déjeme verle la cara. ¿Se
estremece usted? Para mí es el mismo rostro de la santidad. Cualquiera sea el
horror aparente, yo sé la íntima belleza que esa máscara recubre. Y siento que
esa visión (que llevaré conmigo) sostendrá un día mis fuerzas.
Chantal había expresado eso casi a pesar suyo. El espanto,
ahora, la tenía anhelante; Will meditó. Luego, con ademán pausado, levantó un
poco, con sus muñones, el borde cayente de la capucha.
Y Chantal vio la lepra y se retorció los brazos. Después,
habiendo murmurado un adiós estrangulado, bajó corriendo aquel camino que ya
nunca tendría valor de recorrer.
Cuando llegó a su casa encontró en ella a tres visitantes,
que la esperaban en la galería: Marie-Ange, el reverendo David Hall y el padre
Rívain, a quienes el doctor Watson había anunciado la gran noticia. La
hermanita sonreía, el pastor y el capellán lloraban. Chantal los abrazó
sucesivamente uno tras otro, sin preocuparse lo más mínimo por la dignidad de
sus profesiones. No sabía ya dónde tenía la cabeza y contestaba como podía las
innumerables preguntas con que la acosaban, hablando los tres al mismo tiempo.
Nunca se imaginó que fueran capaces de tanta charla. Cuando este desborde
jubiloso, acentuado por la profunda amistad de esas tres personas, disminuyó un
poco, les dijo:
—Tengan la gentileza de dejarme. Estoy todavía tan
aturdida con lo que me sucede que me pregunto si es verdad. Iré a verlos
mañana, a cada uno. Por el momento necesito estar sola...
Descubría la felicidad y vivía, por fin, el sueño
acariciado durante cinco años: no sentirse ya tributaria de una enfermedad
implacable. Podía abandonar la isla mañana mismo, si ello le causaba placer,
pero esperaría a que el doctor Watson terminase todos los análisis. Algunas
horas antes estaba triste, desolada; ahora sentía deseos de echarse a reír.
Todo la divertía, incluso aquel desfile de enfermos, que pasaban y volvían a
pasar delante de su casa para ver de cerca a aquella cuya curación les habían
anunciado. Una inmensa esperanza renacía en sus corazones ante la idea de que
uno de ellos regresaría pronto, completamente sano, a su lejano país.
El resto del día y parte de la noche lo pasó Chantal
elaborando proyecto tras proyecto. Cuando el sueño terminó por vencerla, el
plan estaba ya trazado: no escribiría a Francia carta alguna anunciando su
curación y daría a la señora Royer y al doctor Petit la sorpresa de presentarse
cualquier mañana en la capital. ¡Qué magnifico viaje iba a ser el suyo! La
única persona a quien debía anunciar su regreso era a Robert, a cuyo efecto le
escribiría una carta a Singapur reiterándole con fuerza su amor. Poco importaba
ahora que el sobre llevara el sello de Makogaï, puesto que abandonaba la isla
maldita. Le pediría que la acompañase hasta Francia para recuperar a Daniel.
Luego, si fuera necesario, volvería con él hasta la península de Malaca, donde
las noches de amor son dulces y ardientes. En el momento de su llegada a Paris
se presentaría de improviso en la casa de la señora Berthon para reclamarle su
hijo. Toda su fuerza combativa revivía ante la consideración de hallarse
curada.
Nunca había ofrecido la bahía de Dallice semejante aire de
fiesta. La playa hormigueaba de leprosos endomingados; el Pacífico había
extendido la inmensa seda azul de sus aguas.
Las personalidades oficiales esperaban, según costumbre, a
la entrada del desembarcadero. El doctor Watson estaba radiante; el padre
Rivain sonreía; los gendarmes vestían uniforme de gala, que consistía en una
chaqueta blanca sobrepuesta al taparrabo; tan sólo el reverendo David Hall
parecía preocupado: la llegada inminente del New Saint-John significaba la
partida de su hija adoptiva al amanecer del día siguiente. Esta se hallaba a su
lado, resplandeciente de júbilo contenido y mirando de bastante lejos la horda
que ocupaba la playa. No le pasó inadvertida la tristeza del pastor.
—Debiera estar alegre —le dijo—. Es un gran día de fiesta
para la isla, que restablece, por fin, su comunicación con otras tierras. ¡Todo
es alegría! Mire los enfermos en la playa: esperan paquetes y noticias. Esta
noche bailarán y cantarán delante de sus chozas.
Demoró el pastor antes de contestar.
—Sé que estoy haciendo un poco el papel de aguafiestas,
pero no es agradable ver partir a una hija. ¿Y si le confesara a usted que mi
pesar es más profundo que cuando obligué a embarcarse a Agathe? Después de
cinco años, ya me había acostumbrado a su presencia...
Esta pena mal disimulada la atormentaba en un día
semejante. Marie-Ange se le aproximó:
—Ya que está aquí, aprovecho la espera para confiarle esta
carta que le ruego tenga la gentileza de echar al correo cuando llegue a París.
Está destinada a mis padres, que parecen inquietarse por mi suerte y me creen
agonizando. Si en sus viajes por Francia llegara casualmente a atravesar
Turena, ¡me gustaría tanto que les hiciera una corta visita! Sus nombres y el
de la propiedad van en el sobre.
—Le prometo entregarles su carta en las propias manos.
—¿Haría usted eso? ¡No puede imaginarse la alegría que me
proporciona! Ya verá: la recibirán como si fuera usted su hija. Podrá quedarse
en el castillo todo el tiempo que quiera... Les dirá, de paso, que ya no tengo
tos en este clima y que no deben preocuparse por mis bronquios. Cuando cursaba
el noviciado eran algo débiles. ¡Estuve a punto de no poder viajar! Los médicos
se oponían... Insistía de tal manera, y sobre todo recé tanto, que Dios atendió
mi súplica. ¡Cuando pienso que si no hubiera venido a Makogaï no habría
existido aquí, tal vez nunca, una orquesta de leprosos! ¡Reconozca que habría
sido una lástima!
—Gran lástima. Pienso en lo que sería esta isla privada de
su sonrisa.
Los gritos de bienvenida que proferían los enfermos se
elevaron: Selo! Selo! El New Saint-John doblaba el cabo de Makodragna.
Chantal miraba aproximarse el navío al desembarcadero: sus
dimensiones eran mayores que las del predecesor. El casco negro recientemente
pintado contrastaba con la superestructura blanca que dominaba la cubierta. El
New Saint-John tenia una silueta simpática y alegre; una sola cosa lo deslucía:
el cargamento de leprosos, que se percibían apiñados a proa, a popa y un poco
en todas partes conforme a las órdenes del viejo Farell. Cuando el trasporte
atracó, emitiendo tres toques de sirena mucho más estridentes que la del viejo
buque, Chantal reconoció a capitán en el puente de mando: conforme a la
inveterada costumbre, rugía en el megáfono.
Los gendarmes subieron a bordo para verificar la identidad
de cada enfermo, y la dolorosa procesión se inició desde el muelle. Aquel
desfile parecía no terminar nunca, según la impresión de Chantal; y era en
verdad interminable: mientras mayores fueran las dimensiones del trasporte para
leprosos, mayor habría de ser el número de enfermos. Muy pronto la isla sería
demasiado pequeña para recibir semejante alud.
Al final del desfile venia un verdadero atleta, en traje
blanco, con el rostro tostado por el sol. El doctor Watson le tendió la mano:
Fred estaba, por fin, reemplazado. Un médico desaparecía, otro atravesaba los
mares para ocupar su lugar; algunos leprosos eran sepultados en la roja tierra,
otros desembarcaban del trasporte para ocupar sus cabañas; como todas las
vidas, la de Makogaï no era más que un perpetuo empezar de nuevo. Se preguntaba
Chantal quién la reemplazaría en su blanca morada. Cuando se fuera, vendrían de
todos los poblados a visitar su casa, cuchicheando:
—Es aquí donde vivía aquella blanca que se curó tan pronto
con el chaulmoogra...
Recostada en la hamaca, Chantal pasó la última noche en
Makogaï sin poder dormir. Al alba, tomó el neceser de viaje y se encaminó
directamente hacia la playa, a través de la plantación de hydnocarpus. Este
paseo matinal le permitió impregnarse para siempre del olor acre de la planta
misteriosa que la había sanado como lo había hecho con el rey de Benarés.
Esta partida al amanecer parecía una fuga.
Chantal dejaba a Makogaï, a escondidas, como una ladrona,
llevando consigo el tesoro de su curación. Tanto temía que alguna de las
divinidades maléficas le arrancara aquel bien inestimable. Sobre el
desembarcadero, casi se echó a correr: un penacho de humo se escapaba ya del
New Saint-John. El capitánFarell la esperaba a la entrada de la pasarela y la
saludó, en inglés, con aquellas sencillas palabras que ahora podía ella
comprender y había oído antes en boca de Marie-Ange, cinco años antes, en
francés:
—La esperaba.
Un marinero le tomó la valija, la pasarela fue retirada,
la sirena lanzó tres, llamadas jubilosas, y una vibración imperceptible sacudió
el navío, que se desprendió lentamente del muelle. Chantal se refugió en la
cubierta de popa y percibió dos sombras que corrían sobre el desembarcadero:
era demasiado tarde. Las sombras agitaron pañuelos en señal de despedida; la
joven tuvo apenas fuerza suficiente para contestar con un vago ademán. Había
reconocido la silueta menudita de Marie-Ange recortándose al lado de la alta y
encorvada del reverendo David Hall. Cuando el trasporte dobló la roca de
Makodragna, ya no le fue posible verlos; volvió deliberadamente hacia la proa
del navío y subió al puente de mando, al lado del viejo Farell, que retiró su
pipa de la boca para dedicarle una amplia sonrisa. Ella miraba adelante,
fijamente, los ojos secos y ebrios de luz, hacia un sol que subía rápidamente
en el horizonte...
LA VERDADERA VIDA
El New Saint-John había puesto proa directamente hacia la
isla de Ovalau; tres horas más tarde atracaba al muelle de Levuka, que, cinco
años antes, había parecido a Chantal el más triste del mundo. Un médico inglés,
acompañado por un ayudante indígena, subió a la cubierta.
—Doctor Ritchie, de la Comisión Médica del gobierno de
Fiji —dijo, presentándose a Chantal—. Un mensaje radiofónico de mi colega
Watson acaba de anunciamos su llegada. ¿Tiene las fichas del tratamiento y
salida de la leprosería? Si lo permite, la vamos a examinar para eliminarla
definitivamente de la nómina de leprosos declarados. Este nuevo trasporte posee
un camarote donde podremos proceder muy bien a cumplir con esta simple
formalidad. Tiene la suerte de que haya en el puerto un hidroavión de la marina
real que parte dentro de dos horas para Sydney. He intercedido ante las
autoridades militares para que le reserven un asiento; de este modo podrá estar
esta noche en Australia.
—Doctor, no sé cómo agradecerle. ¿Y mi equipaje?
—Lo embarcaremos esta noche en el Melbourne, lo recibirá
en Sydney dentro de tres días. No tendrá más que hacerlo retirar a la llegada
del barco por personal del hotel donde se aloje. Desgraciadamente, el
hidroavión no disminuirá la duración total de su viaje de regreso a Europa. Se
verá obligada a esperar en Sydney la partida del próximo paquebote, que tendrá
lugar dentro de cinco días. Creo, sin embargo, que usted
preferirá dormir desde esta noche en un confortable
hotel de Sydney y no en una de las casas de Levuka.
¿Conoce usted Sydney?
—No lo visité en mi viaje de venida.
—Será para usted la ocasión soñada. Tendrá tiempo de hacer
compras y reservar camarote.
—¿Cuál es el barco que sale para Europa?
—El Empress of Australia, un excelente paquebote. —Lo
conozco —respondió Chantal, cuyo rostro ya radiante se aclaró con una nueva
sonrisa.
Por fin podría ella circular libremente a bordo de aquel
navío sin temer que descubrieran su enfermedad. Esta travesía prometía ser,
verdaderamente, la que le haría olvidar el horror del pasado.
Mientras hablaban, el doctor Ritchie y su ayudante la
condujeron al camarote del New Saint-John: era infinitamente más confortable
que la jaula de vidrio donde viviera horas abominables, en el trayecto
Levuka-Makogaï. Este último examen era largo, minucioso. Chantal fue presa de
un miedo atroz: ¿y si el doctor Watson se hubiera equivocado?
Al dar término a su trabajo le dijo el médico inglés:
—Discúlpenos, señora, por retenerla tanto tiempo. Su
curación ha sido tan rápida que estábamos obligados a tomar ciertas
precauciones, no obstante la absoluta confianza que nos inspira el diagnóstico
del doctor Watson. Puede volver a vestirse. Aquí tiene la ficha policial que la
autoriza a circular libremente en todo el archipiélago de las Fiji. No me
parece que le sea de mucha utilidad —agregó amable—, puesto que nos va a dejar
de aquí a una hora... Voy a pedirle al capitán Farell que la haga conducir en uno
de los botes del barco hasta el hidroavión que puede ver desde este ojo de
buey, en pleno centro de la rada. No me queda más que desearle feliz viaje.
Media hora más tarde, un bote del New Saint-John atracaba
a un costado del hidroavión cuatrimotor de la marina real. El capitán Farell
quiso acompañar personalmente a su pasajera; Chantal quedó conmovida ante esta
deferente atención del marino, quien le dijo, a guisa de despedida, cuando ella
se encontraba en el cuadro de la puerta de la carlinga:
—Y sobre todo, ¡no vuelva jamás a pisar la cubierta de mi
trasporte! Es el mejor augurio que puedo hacerle.
Miró alejarse la frágil embarcación, pensando que el viejo
Farell era un capitán como no volvería a encontrar otro, que tenía algo de
pirata y de santo a la vez. Ella sabía que, como el reverendo David Hall,
moriría en su puesto.
El hidroavión sobrevoló a poca altura las costas de una
isla extensa, que supuso debía de ser Viti-Levu; evocó la imagen del pueblo y
puerto de Suya que el ojo de buey de su camarote en el Melbourne le había
permitido entrever. Rememoraba particularmente el pintoresco círculo formado
alrededor del paquebote por las piraguas largas, cuyas proas arqueadas
ostentaban cabezas esculpidas e iban tripuladas por robustos indígenas con
taparrabo por toda vestimenta.
Pronto Viti-Levu no fue más que una mancha sombría que se
quedaba atrás, lejos; hasta donde alcanzaba la vista, Chantal sólo percibía una
interminable extensión de agua. Estaba sola en la carlinga y veía, hacia
adelante, las espaldas de los pilotos. Este hidroavión gigante debía haber
depositado en Levuka alguna misión oficial y retomaba vacío. Esa impresión de
soledad entre cielo y agua era deprimente.
Abrió el neceser de viaje para retocar su maquillaje;
sería una excelente ocupación... Rara y deliciosa a la vez era la sensación que
experimentaba al dibujarse el contorno de los labios con rouge.
Mientras se dedicaba a esta delicada operación, su mirada
se detuvo sobre los objetos que había amontonado sin orden en el neceser: dos
de entre ellos le trajeron a la mente mil recuerdos; el primero, Jeannot, que
acercó a los labios; aquel juguete de felpa había sido el amuleto de suerte; el
segundo, cuyo nombre le pareció aterrador y a la vez ridículo en un día como
éste: La Psicología de los leprosos.
Ese libro le quemaba los dedos; una carta doblada en
cuatro se escapó de entre sus hojas cayendo sobre el piso del cuatrimotor. La
levantó y releyó la carta que Robert le había dirigido junto con las kalkawas
de Singapur; la guardó cuidadosamente en la cartera, con clara conciencia de
haber extraído todo cuanto era interesante de La Psicología de los leprosos.
Deslizó la obra del doctor Ramelot por la abertura de aireación; vio el libro
pasar delante del vidrio y desaparecer para siempre en la inmensidad del
Pacífico.
En taxi se hizo conducir directamente al mejor hotel de
Sydney: el Plaza. Necesitaba, a cualquier precio, revivir sin tardanza su vida
de lujo. El hall del Plaza la maravilló con los obsequiosos mayordomos de
recepción, el omnipotente conserje, los grooms galoneados. La subida en el
ascensor le pareció vertiginosa.
El departamento que ocupaba era espacioso y vulgar dentro
de la suntuosidad del conjunto. Su primer cuidado fue tomar un baño; parecía
indispensable después del viaje en el carguero de los leprosos. Cuando
descendió para comer en el grill-room, se parecía a cualquier cliente elegante
de un gran hotel internacional. La comida, servida a la francesa, significó
para ella descansar de los pasteles de maíz, del puré de ñame y de la habitual
taza de kawa. Nunca le supo más deliciosa una buena carne asada, rodeada de
papas al horno y rociado todo con una media botella de Chambertin: verdadera
cena real con un maître d’hôtel de gran estilo y mozos discretos.
Antes de volver a tomar el ascensor echó una mirada a los
escaparates publicitarios del hall; la simple visión de una capa de zorro azul
y de algunos clips modernos le despertó un deseo furioso de hacer compras. Su
jornada del día siguiente estaría totalmente ocupada: pasaría la mañana en un
instituto de belleza y visitaría los comercios por la tarde. Al pasar ante una
mesa baja, sobre la que estaban dispersas algunas revistas ilustradas, notó un
diario de la tarde. la tentación era demasiado fuerte: no había leído un solo
diario durante toda la permanencia en la leprosería.
Evidentemente, el doctor Watson, y sobre todo el pastor,
la habían tenido informada sobre las noticias más importantes que conocían por
radio. Supo así que dos nuevos conflictos mundiales fueron evitados a última
hora, durante aquellos cinco años; pero, ¿qué podían importarle las batallas
lejanas cuando ella estuvo a punto de ser víctima de la lepra?
Mientras recorría el diario australiano, su mirada cayó
sobre el título de los espectáculos. En la Opera representaban El Barbero de
Sevilla. Ese nombre le bailó ante los ojos: para ella evocaba a Tulio, su
función de despedida y sus recuerdos de cómico. Cuando tuviera el equipaje,
traído por el Melbourne, se pondría el vestido verde e iría a la Opera,
imaginando que iba a aplaudir “al más ilustre de los tenores de toda
Australia”. Le debía, al hombre que la salvó una tarde por el milagro de su
voz, este último homenaje y prueba de afecto. Empezaría igualmente su tarde del
día siguiente con la visita prometida, en Oxford Street, al comercio de Will.
Al día siguiente por la mañana entró en un instituto de
belleza, de donde salió cuatro horas después, trasfigurada. Quería ser hermosa
otra vez para no decepcionar a Robert y ser admirada por Daniel el día que
volviera a verlo.
Después de un almuerzo en el grill-room salió a pie en
dirección de Oxford Street. Al llegar frente al número 54 se encontró en
presencia de un gran edificio moderno donde no había trazas de locales. Los
diferentes pisos debían estar ocupados por oficinas. Un agente de policía, a
quien pidió informes, le dijo que ese inmueble había sido edificado dos años
antes en el solar que ocupaba una vieja construcción, cuya planta baja estaba,
en efecto, ocupada por comercios.
—¿No recuerda usted si había algún sastre entre esos
comerciantes? —preguntó Chantal.
—No recuerdo, señora.
Se alejó; el primero de sus peregrinajes quedaba cumplido.
Nada quedaba ya del comercio donde Will pasara los mejores años de su vida,
rodeado de numerosa familia.
Al subir, a eso de las veinte horas, la escalera
monumental del pesado edificio de la Opera —de estilo munich-vienés, adornado
con molduras de estuco—, los palcos ventrudos y dorados se redondeaban
alrededor de la sala, y los abonados consultaban ávidamente los programas bajo
las muecas horrendas de los mascarones edematosos.
Chantal, sentada en la segunda fila de plateas de
orquesta, notó en el avant-scène de la derecha una dama respetable, de cierta
edad, cuyo pelo grisáceo armonizaba con la pureza del rostro. La acompañaba un
señor con aspecto de persona importante. Chantal complacióse en imaginar que
esa mujer de la sociedad era Muriel, la enamorada de la carta apasionada.
Cuando el telón se estremeció antes de levantarse, estuvo a punto de dar un
grito: Figaro no sería, esta vez, el hombre de la peluca. En efecto, el tenor que
desempeñaba ese papel era de un físico totalmente distinto. Pero cuando la
popular aria del barbero: Figaro qui, Figaro là..., fue repetida, Chantal cerró
los ojos: escuchaba el triunfo de Tulio.
Durante el entreacto se paseó por el foyer, donde estaban
reunidas las efigies de los más ilustres actores del teatro, hoy desaparecidos;
entre ellas, reconoció en seguida el retrato de Tulio: estaba representado en
traje de escena, una copa de champaña en la mano. Chantal se había detenido
ante el retrato. De pronto, el corazón le dejó de latir: la dama del
avant-scène examinaba el retrato con su impertinente; después, se volvió hacia
el acompañante, diciendo:
—¡Dios mío, qué ridículo es! ¿Tulio Morro? Este grueso
hombrecillo debía hacer una triste figura en La Traviata.
Se alejó Chantal, alzando los hombros: no era Muriel.
La reflexión de esta mujer le quitó por completo el deseo
de escuchar el tercer acto. Bajó la monumental escalera y se introdujo en un
taxi después de haber cumplido el último deber que la retenía en Sydney. Mañana
por la noche navegaría finalmente hacia Singapur donde volvería a encontrar al
hombre con el que soñaba desde cinco años atrás.
El Empress of Australia centelleaba con su profusa
iluminación cuando Chantal subía la pasarela de acceso. No bien tomó posesión
del camarote llamó al criado. Sentia el deseo imperioso de saber si Williams
pertenecía aún al personal de la nave. Dieron dos golpes discretos. La puerta
se abrió, Chantal sonreía:
Williams estaba ante ella.
—Y bien, Williams, ¿no me reconoce?
—Discúlpeme, señora...
—¿Tanto he cambiado, entonces?
Williams titubeó ligeramente.
—La señora sigue siendo hermosa...
Después, cambiando bruscamente de conversación:
—¿La señora vuelve a Francia?
—Williams—insistió Chantal—, ¿entonces he cambiado mucho?
—Perdóneme, señora, pero todos cambiamos... con el tiempo.
Yo también...
—Sus sienes están blanqueando; eso le sienta mucho y le da
un aire respetable.
—El pelo de la señora conserva siempre su reflejo dorado.
—Nada de cumplidos tardíos, Williams. Hemos envejecido los
dos. ¡Ah! Una pregunta que olvidaba hacerle... ¿Habrá a bordo una fiesta tan
brillante como aquella que conocí cuando venía?
—La señora quedará ampliamente complacida: tendremos tres,
una de las cuales se realizará durante la noche que preceda a la llegada a
Singapur.
—Resérveme desde hoy una mesa bien visible.
—La señora puede confiar en mí.
Williams había desaparecido con aquella discreción que no
era el menor de sus encantos. Chantal, con un deshabillé rosa comprado en
Sydney, terminaba de comer cuando empezó a sentir el balanceo de las grandes
olas del Pacífico. Miró por el ojo de buey entreabierto: la brisa del mar la
envolvió con un soplo más fresco que el calor húmedo de Sydney. El Empress of
Australia le hacía franquear la penúltima y la más larga de las etapas hacia la
felicidad. La última se desarrollaría, en compañía de Robert, a lo largo de la
vía férrea Marsella-París en un coche dormitorio azul y oro.
Williams le informó al día siguiente que el Empress of
Australia no hacía ya escala en Batavia y navegaba directamente hacia la
península, de Malaca. Chantal sentía extrañeza por no haber recibido respuesta
de Robert a un telegrama que le dirigió desde Sydney. ¿Tal vez habría llegado
al Plaza después de su partida? De todas maneras, ya estaba advertido y la
esperaría en el desembarcadero de Singapur.
Se hacía servir las comidas en el camarote, pues no
deseaba ir al comedor sino después de hacer su primera aparición la noche de
gala.
Esta llegó por fin. A las veintiuna, como cinco años
antes, la dama de verde apareció en la escalera del comedor donde todas las
mesas estaban ya ocupadas, salvo la suya. Un maître d’hôtel avanzó. Nadie había
levantado la cabeza cuando ella entraba; no percibió aquel murmullo halagador
que acompañó a su aparición cinco años atrás. Su presencia no atrajo siquiera
la atención de sus vecinos de mesa. La experiencia quedaba hecha. Debía
resignarse a no ser más que una belleza cualquiera. Observó que dos mujeres,
una pelirroja y la otra morena, acaparaban la atención de los comensales. La
primera, que adornaba su cuello con un collar de diamantes, debía ser inglesa.
La segunda era una maharaní muy joven, que llevaba puesto un sari negro bordado
de oro, a la moda mahratte, de larga cola que le pasaba entre los pies
minúsculos; como alhajas, sólo exhibía rubíes: en las orejas, en el cuello, en
la muñecas, en los dedos de las manos y hasta de los pies..., rubíes
incomparables comprados en el mundo entero, desde la me de la Paix hasta la
Quinta Avenida, desde Bond Street hasta el Cabo, desde El Cairo hasta
Amsterdam.
¡Afortunadas mujeres! Chantal no intentaría ya rivalizar
con ellas. No saldría del camarote hasta Singapur. Pero otro orgullo vino a
consolarla de esta semidecadencia: no era ya una modelo.
Robert no se hallaba en el muelle de Singapur. Decidió ir
a la dirección que él le había dejado. Un taxi descubierto le permitió hacer
una apreciación rápida de este puerto internacional, cuyo nombre le resonaba
extrañamente en los oídos como el leitmotiv de una melodía.
El taxi se detuvo ante una casa de planta baja con terraza
superpuesta y rodeada de un jardín formado por innumerables bóvedas de verdor,
pinos parasoles de tronco violeta u ocre, alerces y cedros. Apenas turbaba el
silencio el canto de un pájaro o el murmullo de una fuente. Era la casa del
amante.
Una sirvienta indígena se aproximó a la reja. Sus ojos
color café estaban salpicados de lentejuelas de oro. Se mantenía recta como una
hermosa caña, lisa y reluciente; su pelo no era crespo, sino trenzado con
discos de cobre alrededor de las orejas.
—¿El señor Robert Nicot está en casa? —preguntó Chantal,
en inglés.
La muchacha rompió a reír, contestando con un mal inglés:
—No conozco a ese señor. Mi patrón se llama Stimson.
Chantal se puso pálida, mostró a la muchacha la tarjeta
que le había dejado el ingeniero y le señaló la dirección.
Luego de un momento de indecisión la sirvienta volvió a la
casa, de donde salió nuevamente, acompañada ahora por un europeo con casco
colonial, quien dijo a Chantal en correcto francés:
—¿Sin duda, señora, es usted una compatriota del señor
Nicot? Lo he conocido perfectamente, pues lo sucedí en la dirección técnica de
la usina. También he ocupado su misma casa.
—¿Ya no está aquí?
—Mi antecesor ha vuelto, a Francia hace más de un año para
tomar la dirección de una empresa metalúrgica muy importante. Me escribe
algunas veces; estábamos en muy buena relación. Era un hombre encantador y
cultivado, lo que es más bien raro ver por aquí.
—¿Sería muy indiscreto pedirle su dirección? Regreso a
Francia.
—Se la voy a anotar al dorso de la tarjeta... Aquí está.
Vive en París. Le reexpido la correspondencia que llega para él.
—¿Recuerda haber recibido, hace unas cinco semanas, una
carta dirigida al señor Nicot?
—Perfectamente; fue ésa la última que le he remitido.
Esta noticia calmó el desasosiego de Chantal. Robert había
recibido su carta en París y estaría prevenido de la llegada. Por otra parte,
¡era estúpido suponer que se quedaría esperándola eternamente en Singapur sin
recibir una sola palabra de ella durante cinco años!
—Me atrevo a esperar, mi estimada señora —prosiguió el
ingeniero inglés—, que me hará usted el honor de entrar un momento.
—Sólo dispongo de muy poco tiempo; estoy a bordo del
Empress of Australia, que parte mañana temprano para Europa.
—Es un largo recorrido. ¿No prefiere el avión?
—¿Hay servicio regular de Singapur a Europa?
—Dos veces por semana vuelan confortables aviones de la
Imperial Airways con destino a Croydon, haciendo escala en Le Bourget. El
próximo sale mañana por la mañana.
—¿Cree que sería posible conseguir un asiento para mi?
—¿Quiere que telefonee inmediatamente al aeropuerto?
La estupefacción de Williams fue grande cuando supo que su
pasajera preferida despreciaba el lujo del Empress of Australia por la
incomodidad de una máquina volante. Chantal no sintió la necesidad de darle la
menor explicación.
El aeródromo de Le Bourget estaba recubierto con un blanco
tapiz de nieve cuando el avión de la Imperial Airways aterrizó, después de un
viaje rápido y sin historia. La predicción de Marie-Ange se realizaba: “Va a
ser necesario que se acostumbre de nuevo a las Navidades bajo la nieve”.
El avión inglés llegó al aeródromo parisiense en las
primeras horas de la tarde. Entre Le Bourget y la capital, la aglomeración de
coches hacía tan difícil la marcha que sólo después de una hora de viaje un
taxi dejaba a Chantal ante la entrada del hotel Bristol, donde había decidido
—durante la última etapa Atenas-París— fijar provisionalmente su domicilio.
Siempre había soñado con habitar un día ese hotel del faubourg Saint-Honoré,
delante del cual pasaba regularmente dos veces por día cuando se dirigía a
“Marcelle et Arnaud”.
Cuando el jefe de recepción hubo cerrado la puerta de su
departamento, Chantal pidió tres comunicaciones telefónicas. Cada vez que la
telefonista del hotel le anunciaba el interlocutor en el aparato, sentía alguna
indecisión antes de llamar. Oír inesperadamente la voz de una persona amiga, de
la que había estado separada durante años, le causaba vértigo. Fue primero una
voz de hombre.
anunciaba el interlocutor en el aparato, sentía alguna
indecisión antes de hablar. Oír inesperadamente la voz de una persona amiga, de
la que había estado separada durante años, le causaba vértigo. Fue primero una
voz de hombre.
—¡Hola! ¿Quién habla?
—¿No reconoce mi voz? —respondió Chantal.
—Perdóneme, señora, pero tengo prisa...
—Más la he tenido yo para volver a Francia y a París. Es
Chantal quien le habla, doctor...
—¡No! —exclamó la voz del doctor Petit, estrangulada por
la emoción—. ¡No es posible! ¿Usted, querida amiga? ¿No me estará hablando
desde Makogaï?
—Estoy en Paris desde hace un cuarto de hora, en el hotel
Bristol, donde lo espero.
—¡Prodigioso! Y... ¿puedo preguntarle cómo anda su salud?
—Excelente, doctor. Estoy completamente sana.
—¡Increíble!
—¡Qué tranquilizador es usted! ¡Felizmente el día que me
aconsejó partir para Makogaï se abstuvo de asegurarme que no podía creer en mi
curación!
—Perdóneme, querida amiga. Con el tiempo que se alargaba
desmesuradamente, terminé por desesperar... En fin, ya está aquí, con vida y
buena salud... Es lo esencial. Voy a despachar mis consultas y estaré en el
Bristol a eso de las diecinueve.
—¿Recuerda aquel almuerzo en su casa durante el cual me
refirió la leyenda hindú del descubrimiento del chaulmoogra?... Esa leyenda no
es una farsa. Estoy ahora segura de que el chaulmoogra curó al rey de Benarés y
a su novia...
—¡Y pensar que le he escrito una extensa carta antes de
ayer!
—Se la devolverán con esta nota: “Se ausentó sin dejar
dirección”. Hasta luego, doctor. Voy a llamar ahora a la señora Royer; no me
prive, por favor, de saborear el placer de su azoramiento.
—A esta hora la encontrará en pleno desfile de su
colección... Trátela con algún cuidado... Ya no es joven y podría desmayarse
delante de las modelos.
La señora Royer no fue quien contestó inmediatamente en
“Marcelle et Arnaud”, sino la voz de una encargada que Chantal no conocía.
—Le digo, señora —repetía la encargada en un tono bastante
desagradable—, que la señora Royer no puede acercarse al aparato en este
momento. Está en el salón de recepción con las dientas.
—Dígale solamente esto: “La llaman de Makogaï”.
Hay que creer que la frase misteriosa convenció a la señora
Royer. Muy pronto su voz ronca y sofocada gritó en el teléfono:
—¡Chantal!
La joven oyó un soplo jadeante en el otro extremo de la
línea; explicó suavemente:
—He vuelto a París, por fin curada, y la espero a
doscientos metros de su casa, en la misma calle, hotel Bristol... A menos que
usted prefiera que vaya a verla.
—¡De ninguna manera! —respondió vivamente su
interlocutora—. Le explicaré por qué... Iré en cuanto mi colección termine de
exhibirse.
—Encontrará aquí al doctor Petit. Hasta luego. Sospecho
que está muy ocupada en este momento y, por lo tanto, la dejo.
Colgando el receptor, Chantal se preguntó por qué su
antigua amiga se había mostrado tan terminantemente contraria a su eventual
aparición en los salones de “Marcelle et Arnaud”. ¿Sería para evitar que se
encontrase frente a frente con la señora Berthon?
La tercera comunicación telefónica fue la más difícil de
obtener: se dirigía a una oficina cuya operadora recibía siempre la señal de
“ocupado”. Por fin, una voz varonil contestó:
—¡Hola! ¿Quién habla?
—Alguien que ha guardado una debilidad por las kalkawas,
con la condición de serle enviadas a bordo de un paquebote en la rada de
Singapur —respondió Chantal, con voz trémula.
—¿Ha llegado, por fin? —preguntó tranquilamente el
ingeniero—. Esperaba esta llamada telefónica desde que recibí su carta, que me
ha seguido desde Singapur hasta aquí.
Este hombre dominaba admirablemente sus nervios e
impulsos. Continuó:
—¡Finalmente! Me he preguntado con frecuencia qué habría
sido de usted y lamenté no recibir noticias suyas. No le guardo mucho rencor
desde que, por último, se ha decidido a venir a verme. ¿Cuándo me permitirá
devolverle la visita?
—Hoy no, Robert Estoy demasiado cansada, acabo de dejar el
avión. A partir de mañana seré toda suya.
—¿Quiere que nos encontremos para comer?
—Me pide una cosa muy sería... ¿Ha reflexionado que sería
nuestra segunda cena juntos?
—No reflexiono al respecto. ¿Dónde debo ir para llevarla
en mi coche?
—A las veinte, en el Bristol.
—Hasta mañana, Chantal; y de aquí hasta entonces trate de
adivinar mis sentimientos.
—Comprendo, Robert... Sin embargo, es absolutamente
necesario que le haga una pregunta que me tortura hace años... ¿Se casó?
—No, que yo sepa.
—¡Ah!, respiro...
—Soy libre —contestó Robert—. Mañana, la velada se anuncia
hermosa.
—Muy hermosa —repitió Chantal, maquinalmente, mientras
colgaba por tercera vez el receptor.
El día siguiente sería, en efecto, maravilloso; uno deesos
días como ella no los había conocido nunca. Esa noche se pondría de acuerdo con
el doctor Petit y la señora Royer para convenir su primer encuentro con Daniel:
mañana, ya fuese temprano o por la tarde, vería a su hijo. Y, ¿quién sabe?
Acaso podría ella referirle de nuevo un bello cuento antes de que se durmiera,
aunque Daniel ya era un robusto muchacho. No porque los niños crezcan pierden
el gusto por lo maravilloso.
Chantal recibió al doctor Petit y a la señora Royer en su
departamento, tratando de adelantarse a la posible decepción que les causaría.
—Sí, no soy ya tan hermosa como antes. Lo sé. Todo lo que
les pido es que no me lo hagan sentir demasiado. Pero estoy sana y he sufrido.
¿No creen ustedes que eso también importa?
El doctor no había cambiado en lo más mínimo. La señora
Royer se había convertido en una anciana; lo que no le sentaba mal. Después de
las primeras efusiones y un alud de preguntas, formuladas alternativamente por
sus amigos, a quienes ella contestaba como podía, Chantal pudo, por fin, decir
a su vez:
—¡Dénme noticias de Daniel!
Un embarazoso silencio sobrevino, interrumpido con rapidez
por la respuesta de la señora Royer.
—Está creciendo en estatura y en juicio.
—Y admirablemente educado —ponderó el doctor.
—No he podido besarlo desde hace un mes —agregó la
directora de “Marcelle et Arnaud”—. Lo veré mañana: su madre... ¡Oh!,
perdóneme; nos hemos acostumbrado tanto a llamar así a esta querida señora
Berthon... Es necesario hacerlo, delante del niño... ¡Y ella lo cuida con tal
dedicación! ¡No puede usted imaginarse hasta dónde llega su adoración por el
chico!
—¡Nunca podrá quererlo tanto como yo! —contestó
apasionadamente Chantal—. Vengo a recuperar a mi hijo.
En la cara de los visitantes se pintó la consternación que
provocaron estas últimas palabras.
—Querida amiga —comenzó el doctor—, usted no ignora que
legalmente Daniel es ahora el hijo del señor y la señora Berthon. Habiendo
muerto su padre, es natural que sea su madre quien lo eduque... Puede, pues,
encontrarse usted frente a las más serias dificultades.
—¡Esa mujer debe restituirme mi hijo!
—Mucho me temo que se niegue a ello —continuó él—. Durante
cinco años se ha dedicado a cuidarlo. Tenga en cuenta que ella lo ha tenido a
su lado dos años más que usted, que sólo tuvo a ese chico tres años en su
poder.
—Si ella quiere quedarse con Daniel, puede hacerlo
—prosiguió la señora Royer—. Quedará usted reducida a la posibilidad de
entablar un juicio largo y costoso, cuyos resultados serían por demás
inciertos.
—¿Y usted cree, sinceramente, que voy a recargarme de
abogados y de jueces? Si no cuento más que con ese medio recuperaré a Daniel
por la fuerza. Eso no será un robo, sino una restitución.
—Lo fundamental es saber dónde reside el interés del niño
—hizo notar el doctor.
—El primer interés de un niño es el de conocer a su
verdadera madre.
—Chantal, chiquita mía —dijo con dulzura la señora Royer—,
bien sabe usted cuánto la queremos... Tanto el doctor como yo hemos procedido
siempre con el deseo de respetar su voluntad. Cuando usted se fue muy lejos, lo
hizo tan sólo para evitar que Daniel se enterase un día de que su madre era
leprosa. Intimamente persuadidos nosotros (y usted lo estuvo en la misma
medida) de que no se curaría jamás, nos vimos ante un dilema atroz: dejar de
cumplir la expresa voluntad de un difunto poniéndonos en abierta oposición a la
ley (puesto que Jacques reconocía oficialmente a Daniel en su testamento) o
asegurar a su hijo las prerrogativas de hijo legítimo. En el primer caso, no
teníamos más que esconderlo o hacerlo reconocer por cualquiera a fin de darle
identidad, sin que con esto estuviéramos seguros de que alguna vez, si el caso
se ofrecía, pudiera encontrar de nuevo a su madre. En el segundo, eliminábamos
definitivamente su temor de ver a Daniel abandonado al horror de la Asistencia
Pública. ¿No procedimos acertadamente? ¿Qué hubiera hecho usted en nuestro
lugar?
Chantal no contestó. El doctor insistió:
—El milagro se ha producido: usted está aquí, delante de
nosotros, sana. Nos sentimos muy felices por eso. Todavía es usted joven; puede
rehacer su vida, tener otro hijo con el hombre con quien se casará. En lo que
concierne a Daniel, considero honestamente que el destino es quién ha decidido.
Usted misma ha renunciado a sus derechos ante la señora Berthon, en carta
dirigida a ella. Si usted la ataca judicialmente, puede estar segura de que
utilizará su carta y de que el Tribunal le confiará la custodia de Daniel.
—Iré, si es necesario, ante los jueces y les explicaré la
razón del renunciamiento: mi enfermedad. No puedo creer que todos los jueces
sean inhumanos. Puedo probar fácilmente mi maternidad y la enfermedad que he
padecido. Los haré comparecer a los dos como testigos; ¡no pueden negar lo que
han visto!
—Ese proceso puede tener una repercusión enorme. ¿Le
interesa a usted, verdaderamente, que toda Francia se entere de que ha tenido
lepra? ¿Para que Daniel lo sepa al cumplir los diez años? ¿Eso era, en
realidad, lo que usted buscaba cuando nos dejó? ¿Es igualmente indispensable
que los orígenes de la paternidad del niño sean públicamente exhibidos? ¿Le
parece que a él le complacerá oír decir más tarde: “Ha nacido de padre
desconocido; su madre era una muchacha leprosa”?
—¡Basta, doctor! ¡Parecería que sólo se proponen
torturarme, cuando creía encontrar amigos que me ayudaran!
—La ayudamos del modo que creemos mejor —respondió la
señora Royer—. Yo concibo con facilidad que a usted le cueste comprender
actualmente nuestra actitud. Es aún demasiado reciente la impresión producida
por la alegría del retorno. Ya comprenderá que nunca nos hemos conducido más en
calidad de amigos que en este momento. Lo propio de la amistad auténtica es
decir la verdad.
—Déjenme —contestó Chantal—. Necesito estar sola.
—¡Prométanos no hacer lo irreparable provocando un
escándalo cuya única víctima sería Daniel! —exigió el doctor, levantándose.
—No habrá escándalo. Cuando actúe, lo haré conforme a los
dictados de mi conciencia o de mi corazón. En ambos casos, seré lógica conmigo
misma: nada podrá reprochárseme.
El desfile de la colección de invierno “Marcelle et
Arnaud” se desarrollaba según el ríto inmutable. La vozde una encargada
anunciaba: “Tristeza...”, "Noche de olvido”; las altas jóvenes morenas,
rubias o pelirrojas pasaban, una y otra vez, con la reserva deseada, asociada a
la tradicional naturalidad de movimientos. La señora Royer esperaba la llegada
de cada modelo al pie de su escalera monumental, y la señora Berthon emplazaba
su impertinente en la dirección de las jóvenes que evolucionaban ante ella. La
mujer del agente de cambio había adelgazado: ¿sería la consecuencia de su duelo
o de las innumerables preocupaciones que le causaba la educación del muchachito
tan juiciosamente sentado en una silla al lado de ella?
Era la primera vez en su vida que Daniel ponía los pies en
una gran casa de costura y asistía a un desfile de modelos. Abría
desmesuradamente los ojos de admiración.
De pronto, una dama vino a sentarse a pocos metros del
niño, al cual ella miraba ávidamente. Daniel dio un tirón a la manga del saco
de astracán de la señora Berthon, diciéndole:
—¡Mamá! ¿Conoce usted a esa señora que nos está mirando?
La señora Berthon orientó el impertinente en la dirección
indicada por el niño y no pudo reprimir un sobresalto. ¡Aquello no era posible!
¿Cómo esta aventurera leprosa tenía el atrevimiento de venir a pavonearse en
pleno centro de la, capital, en medio de damas respetables de la mejor
sociedad?
—No mires a esa persona, Daniel. Un niño bien educado no
fija su mirada en las damas...
La señora Royer, que acababa de percibir a Chantal, se
dirigió rápidamente hacia ella. Cuando la directora pasó delante de la señora
Berthon, ésta le preguntó con voz angustiada:
—¿Por qué está aquí esa mujer?
—Lo ignoro... o, mejor, temo saberlo.
—Si llega a provocar un escándalo —dijo en voz baja la
mujer de Jacques—, proclamo en voz alta que es leprosa.
—Se lo suplico, no haga nada. Ya lo arreglaré todo.
En realidad, la señora Royer estaba enloquecida. La
tempestad parecía a punto de estallar. Cuando se encontró delante de Chantal,
ésta le dijo con toda tranquilidad:
—¿Reconoce, querida amiga, que no he perdido mucho tiempo
antes de llegar a admirar sus maravillas? Me gusta mucho ese vestido de
tarde..., ¿cómo lo llama usted?
La señora Royer se volvió para ver pasar a la modelo y
respondió:
—“Noche de olvido”.
—Un titulo que me acomoda admirablemente —prosiguió
Chantal—. ¿Puede usted hacerme llegar este vestido dentro de una hora al
Brístol? Tengo, precisamente, una cena importante. No será necesario hacer
ningún retoque: si mis facciones se han abultado un poco, puede ver, en cambio,
que he conservado mi talle de modelo.
—¿Por qué me habla de modas? Yo sé bien la razón que la ha
traído hasta aquí. Ayer me prometió que no habría escándalo.
Chantal la miró largamente antes de contestar:
—No habrá escándalo.
—Entonces, no se demore más, será mucho mejor...
—¡Escuche! Por todos los tormentos que he soportado, por
los cinco años infernales que acabo de vivir, sobre la cabeza de este niño que
traje al mundo, le juro a usted que no habrá escándalo. Pero quiero volver a
ver un instante, de cerca, a mi pequeño Daniel. Llévemelo ante esa ventana,
aparte. Ni lo tocaré siquiera; he estado leprosa y lo estoy aún, sin duda, a
los ojos de su otra madre. Quiero llenar los míos con su mirada y partiré.
El acento era tan grave, tan doloroso, que la señora Royer
se sintió conmovida.
—Le creo a usted, Chantal.
Se acercó a la señora Berthon, sostuvo con ella un
conciliábulo de algunos minutos, después se acerca la ventana llevando al niño
de la mano. Mientras proseguía el desfile de modelos, la mujer del agente de
cambio acechaba la escena, pálida, pronta a gritar, a intervenir
tempestuosamente si era necesario.
El niño, guiado por la señora Royer, se aproximó a la
ventana donde se hallaba esa dama triste que le sonreía con los ojos llenos de
lágrimas. Estaba más enfadado que intimidado. ¿Por qué le impedían continuar
viendo el desfile de los hermosos vestidos?
—¡Daniel! —dijo la dama de los ojos tristes.
Enfurruñado, el niño la miraba de soslayo, con enojo. De
la cartera extrajo ella algo así como un paquete de trapo.
—¿Le puedo ofrecer este juguete?
Le tendió a Jeannot, un Jeannot muy estropeado, desteñido,
casi informe.
¡Juguetes! El niño rico los tenía a montones e
infinitamente más hermosos que ese harapo de cambalache. ¿Se burlaban de él?
Tomó el objeto y lo arrojó al suelo, con rabia,
dirigiéndose después hacia donde se encontraba la señora Berthon, siempre
pálida, pero triunfante.
El incidente, que pasó inadvertido para el resto de la
concurrencia, quedó terminado ahí. Las modelos prosiguieron el torneo de
elegancia. La dama triste, en su rincón, recogió el mísero juguete y,
vacilante, alcanzó la puerta de salida.
Refugiada en el departamento del Bistol la joven rumiaba
su angustia y se esforzaba en aceptar el más duro de los renunciamientos.
Llamaron a la puerta.
—Es un paquete, señora —dijo la camarera.
Chantal abrió rápidamente la caja que contenía el vestido
“Noche de olvido”. Pareció arrojar lejos de sí el fardo de su pena y se
introdujo en el cuarto de vestir. Una hora más tarde salió de él engalanada
para recibir a aquel con el que reharía su vida.
Este no se hizo esperar. A las veinte la voz del conserje
resonó en el teléfono.
—El señor Rober Nicot la espera a usted en el hall.
Allí estaba él, como siempre, tal corno lo había conocido
en el Empress of Australia y evocado muchas veces en su imaginación. Por lo
menos no había cambiado físicamente. Desde el primer instante, ella tuvo la
impresión de que la encontraba todavía deseable. Si no lo decepcionaba a su
vez, su vida no estaría completamente perdida. Era en absoluto necesario que se
aferrara a este hombre, el único con el que podía entrever la felicidad. De las
dos mujeres que ella encamaba —la madre y la amante— sólo la segunda subsistía.
Durante toda la comida, elegida expresamente por Robert, Chantal desplegó
tesoros de encanto y espiritualidad. Robert le declaró en el momento en que
terminaba esta cena de amantes que volvían a encontrarse:
—Tienes ante ti a un hombre atónito y encantado. Las pocas
palabras que cambiamos a bordo y en el Savoy no podían hacerme suponer que en
esta amante enigmática y lejana se escondía una personalidad tan distinguida
como la tuya. ¿Sabes tú que es muy raro encontrar una mujer completa?
No contestó; lo escuchaba con éxtasis. Habría podido
permanecer así durante horas; volvía a encontrar la voz tranquila cuyo timbre
continuó resonando en sus oídos durante el exilio.
—Para haber alcanzado este grado de comprensión de la vida
—continuó Robert— es necesario que hayas recibido una educación prodigiosa o
que hayas sufrido mucho. ¿Dónde has estado, exactamente, durante estos últimos
cinco años?
—Otro día hablaremos de mi viaje. Por el momento,
ocupémonos tan sólo del presente.
—Tienes razón. Vámonos.
La semana trascurrió, maravillosa; sin que les fuera
posible, ni a uno ni a otro, tener conciencia de la marcha del tiempo. De común
acuerdo habían decidido que Chantal conservaría aún el departamento del Bristol
hasta que se casaran. La ceremonia tendría lugar a principios de febrero en
Antibes, donde Robert tenía una villa: esperarían a que las mimosas
florecieran. La espera no les resultaba penosa, puesto que vivían ya como
marido y mujer. Chantal no pensaba más que en Robert. Noche y día eran el uno
para el otro. Cuando él la dejaba para ir a la oficina, ella le decía:
—¡Vuelve pronto!
Y él despachaba los asuntos para volver cuanto antes al
lado de ella. La pasión los dominaba sobre todo razonamiento.
Chantal estaba convencida de haber alcanzado la victoria.
Encontraba acertado el haber mantenido el secreto de su enfermedad. Aun cuando
Robert supiera ahora que ella había tenido lepra, el hecho carecía de
importancia ya. Lo tenía encadenado por los sentidos y por la razón: era su
prisionero. Por lo menos, ella lo creía así.
Pero llegó lo que, fatalmente, viene a tentar a los seres
humanos en el colmo de la felicidad: es el querer sondear su misterio, al mismo
tiempo que probar su fuerza y solidez. Después de poseerse en cuerpo aspiraban
a poseerse en espíritu.
Se conocían poco. Sin duda, la personalidad sencilla y
recta de Robert ofrecía a Chantal pocos recodos para descubrir. Por el
contrario, para él, esta mujer encantadora, que cada día le revelaba nuevos
dones espirituales, se volvía constantemente más extraña ante sus ojos, más
enigmática. Algunas veces su alegría de mujer feliz desaparecía desgarrada en
sombrías profundidades.
—Chantal —repetía él—, yo siento cuánto has sufrido.
Llegaba a investigaciones más precisas, donde ciertos
celos de amante se deslizaban. ¿Qué había hecho ella durante los cinco largos
años que los separaron después del primer encuentro? ¿Qué significaba esa
desmesurada gira por el Pacífico y hacia las islas Fiji? ¿Algún antiguo
amante?... Ella eludía todas estas preguntas con destreza, y él se cuidaba de
insistir.
Una noche, en que el recuerdo de Daniel la había
entristecido, escuchaba distraídamente a Robert, que intentaba animarla.
Recordaba él su encuentro a bordo del Empress of Australia, el nacimiento de su
amor, las peripecias del viaje.
—¿Te acuerdas —dijo él— del gato siamés de la señora
Smith?
Chantal se estremeció.
—Espero que no renovarás tu crisis de nervios.
Cerró los ojos dolorosamente y dijo en un soplo:
—¡Cállate!
—¿Hay, entonces, un secreto entre nosotros?
Ella intentó llevar a broma el peligroso tema.
—Sé que eres hábil —dijo él, insistiendo—. Te escondes
tras las palabras. Si se trata sólo de un secreto pueril, dímelo. Será siempre
algo que me hayas dicho acerca de ti.
Sintieron surgir entre ambos una tensión súbita y
vertiginosa, como ante la inminencia de un choque violento.
—Por último —prosiguió él, con impaciencia creciente—,
¿qué te han hecho los gatos siameses?...
—Trasmiten la lepra.
Esto fue dicho tan ferozmente que la sonrisa, esbozada en
seguida por Robert, se congeló en sus labios. Tuvo ella un gesto de cansancio:
—Era indispensable que un día conocieras lo que tú amas.
Y habló. Refirió el nacimiento de la enfermedad, su
desesperación y fuga. Nombró a Makogaï, el infierno de los leprosos, la odiosa
residencia, el islote maldito castigado por los elementos desencadenados. No
olvidó poner de manifiesto, entre este horror, la divina caridad
incansablemente prodigada, la resignación sobrehumana de Will. Y contó, por
fin, el sueño de amor acariciado durante cinco años —casi sin esperanzas—, la
alegría delirante de la curación, la carrera hacia el amante...
Hasta el alba, Robert escuchó este torrente doloroso.
Cuando todo quedó dicho la tomó en sus brazos.
—¡Amor mío, cómo has crecido en mi ternura!
La llevó a la cama, destrozada, le besó la frente, la
contempló un momento y salió con una irresistible necesidad de respirar el aire
de la mañana, de caminar, de sentirse vivir.
Al día siguiente por la noche, al encontrarla, le prodigó
esas delicadas atenciones que sólo la piedad inspira al amor. Se sintió
conmovida. Luego, siguió él interrogándola sobre Makogaï, quiso detalles,
pormenores precisos sobre su vida allá, y, muy pronto, con particular empeño,
sobre la lepra misma.
Habló ella, desde luego sin reparar en las reacciones que
provocaba. Poco después tuvo la impresión de verlo invadido por un terror que
procuraba estimular al tiempo que intentaba vencer. La lepra iba en camino de
erguirse entre ellos.
De súbito, como abordando una cuestión que lo obsesionaba,
no obstante haberla diferido largamente, preguntó:
—Aquellas manchitas rosadas, en el cuerpo, allá en
Singapur, eran evidentemente las primeras manifestaciones, ¿no es cierto?
Ella comprendió que el recuerdo de la primera noche de
amor quedaba envenenado para siempre.
—Mi estado no era contagioso.
El bosquejó una sonrisa forzada y convencional.
—¡Naturalmente, puesto que aún no estoy leproso!
Sintió piedad de él.
—Robert —le dijo—, estoy algo cansada esta noche. ¿Quieres
dejarme sola?
No sintió la menor pena en decidirlo a que se fuera. El
besó las manos con fervor, humildemente, y ella lo sintió avergonzado,
arrepentido ya, pero liberado por esa despedida del temor irrefrenable de poner
su cuerpo desnudo en contacto con una carne intocable.
La noche solitaria, el lecho abandonado por el amante
espantaron a Chantal. Sólo eran las once. Se puso un abrigo y salió. Caminaba
en línea recta sin saber hacia dónde, arrastrada por el vértigo del infortunio.
Sola en aquellas calles, sola entre esas casas, sola bajo esos árboles de
pesadas sombras, sola en el universo, sin el hijo, sin amante, sin amigos, sin
nadie en el mundo..., sin objeto aquí abajo, sin esperanzas... ¡Daniel!
¡Robert! Haber tendido los brazos hacia estas dos sombras durante cinco años,
perder alguna vez toda esperanza de alcanzarlas y hallarlas, por fin, para
perderlas en seguida, era más de lo que podía soportar un ser humano, una
mujer, una pobre mujer.
Tropezó, casi, con el parapeto del río. El agua negra con
visos fulgurantes la llamaba con su paz y su misterio. Descendió la escalera de
piedra y anduvo algunos pasos por el muelle desierto. Muelle de embarque hacia
la nada, hacia el reposo eterno, ¿tal vez hacia otra vida?
Un escalofrío la sacudió, haciéndola volverse. Allá
arriba, sobre una rampa, hallábase una forma acurrucada, semiahogada bajo un
manto, la cara a medias cubierta con un capuchón cayente en forma de cogulla.
Avanzó algunos pasos hacia él y lo reconoció. ¿Era un vagabundo dormido o la
aparición del gran Will? Dos pasos más y ella distinguió su rostro entrevisto
un día, ese santo rostro horrible y divino como era aquel de Cristo en el
Gólgota estampado sobre el lienzo de la Verónica. Todos los dolores del mundo y
todas las bellezas del más allá se confundían en él.
Chantal oyó el llamado. Meditó y supo entonces el camino
que le estaba trazado.
Fue recibida en el andén de la estación de Tours por un
chofer de librea que le preguntó, quitándose la gorra:
—¿La señora viene a Chalencay? Soy el chofer del señor
marqués de Furière, que me ha encomendado ocuparme del equipaje de la señora.
—No tengo mas que esta valija y sólo podré quedarme en el
castillo veinticuatro horas.
Durante el trayecto, Chantal, hundida en el asiento de la
gran limousine, hizo algunas preguntas al chofer.
—¿Ha conocido usted a sor Marie-Ange?
—La señorita Marie-Ange —respondió cortésmente el chofer—
dejó Chalencay hace casi nueve años. La última vez que tuve el placer de verla
fue el día de sus grandes votos, en el convento de la calle du Bac. Había
conducido allí al señor marqués y a la señora marquesa. Regresamos al castillo
esa misma tarde: estaban muy tristes; la señorita Marie-Ange se embarcó dos
días más tarde hacia la leprosería... Todo el mundo en Chalencay está
impaciente por ver a la señora que trae noticias tan frescas de la señorita.
—¿La querían mucho, aquí?
—No se pensaba más que en ella... La vimos crecer... La
señora encontrará todavía en el castillo a la mucama de la señorita,
Charlotte... Mi padre, que era cochero, le enseñó a cabalgar.
—Estas lecciones no fueron inútiles —aseguró Chantal—.
Acaso no sepa usted que ella realiza todos los días en Makogaï un largo paseo a
caballo para visitar los diferentes pueblos de enfermos.
—La partida de la señorita Marie-Ange fue un verdadero
drama para Chalencay. Cuando estaba aquí, el castillo y el parque resonaban con
su risa, que se oía en todas partes. El señor marqués y la señora marquesa
ofrecían grandes fiestas para ella. ¡Si la señora hubiera asistido al baile con
que se festejaron los dieciocho años de la señorita! Toda la región se había
dado cita en el castillo... Durante el baile, el señor marqués hizo quemar
fuegos artificiales sobre el estanque. Los invitados y amigos de la señorita
bailaban en los salones; la población de los alrededores lo hacía sobre el
césped del parque. Había varias orquestas... Al día siguiente de esa fiesta la
señorita Marie-Ange manifestó a la señora marquesa que deseaba abandonar el
mundo para entrar en el convento y partir muy lejos a cuidar leprosos... Al
principio, nadie., creyó en la seriedad de esta vocación. Poco a poco fue
necesario, empero, rendirse a la evidencia. La señora marquesa estaba
desesperada, y el señor marqués exigió que la señorita esperase a su mayoría de
edad para tomar el velo. Todo lo intentaron para disuadir a la señorita de su
propósito, pero ella sabía lo que quería. El señor marqués llevó a la señorita
a Inglaterra, España e Italia para hacerle cambiar de idea. Fue inútil. El
mismo día de su vigésimo primer aniversario, la señorita, acompañada por la
señora marquesa, partía hacia París. Yo las conduje. Recordaré siempre la
última sonrisa que me dirigió la señorita ante la puerta del convento de la
calle du Bac. Me tendió gentilmente la mano, diciéndome:
—¿Y bien, mi estimado León? Es la primera vez que lo veo
llorar de ese modo... Y no quiero, de ninguna manera, que sea por mi culpa.
¡Seque pronto esas lágrimas! Es muy peligroso llorar cuando se conduce. Debe
seguir siendo un buen chofer; primero, para llevar a mi madre a Chalencay, y
luego, para justificar su reputación de conductor que no ha tenido un solo
accidente en veinte años al servicio de la familia”.
"Desde ese día, señora, no hubo ya la menor alegría
en el castillo.
El chofer guardó silencio. Chantal lo había dejado hablar,
mientras contemplaba el paisaje que se renovaba ante ella a cada vuelta del
camino. La ruta costeaba la orilla derecha del Loira, cuyas aguas en aquella
mitad de diciembre eran caudalosas. Los bancos de arena, que constituían un
lecho visible durante ocho meses del año, habían desaparecido bajo las crecidas
aguas. Chantal contemplaba los ribazos donde se escalonaban las viñas. El sol
brillaba. No era ya la luz cegadora de Makogaï, sino un hermoso sol de
invierno. Recordaba que en un día de esplín en la isla, había deseado ver
transformarse los guayabos en cedros, los cocoteros en acacias, como si hubieran
sido tocados por la varita mágica de un hada. Desgraciadamente, la pequeña
hada. había alzado el vuelo, en virtud de ese poder misterioso que sólo poseen
las hadas, hacia la isla de la desolación, para intentar alegrarla. Lo había
conseguido en parte, con su cine, su orquesta y el bazar donde ella reinaba en
medio de objetos maravillosos. Marie-Ange había trasplantado al suelo de
Makogaï un poco de su franca alegría de Turena.
Chantal amaba ya esa tierra donde había nacido y crecido
aquella que la recibió en el desembarcadero, diciéndole: “La esperaba". En
algunos instantes más, los padres de Marie-Ange pronunciarían sin duda las
mismas palabras sobre la gradería de la residencia ancestral. Una reja acababa
de abrirse en el muro que la carretera había costeado a lo largo de dos
kilómetros.
—Llegamos a Chalencay. La señora puede ver a su derecha el
muro del parque —señaló el chofer.
El coche avanzó despacio por una avenida bordeada de
castaños y llegó a un patio de honor pavimentado con grandes losas desiguales,
al fondo del cual se alzaba un castillo Luis XIII de ladrillos rojos
barnizados. El presentimiento de Chantal se confirmó: el marqués y la marquesa
de Furière estaban en la gradería esperando el coche. El anciano gentilhombre
le tendió las manos, después que la madre de Marie-Ange la hubo abrazado,
diciéndole:
—Permítanos recibirla como lo haríamos con nuestra hija si
volviera.
—Debe tener apetito después de este viaje. Sólo
esperabamos su llegada para pasar a la mesa. Después del almuerzo, la haremos
acompañar hasta su habitación, que es la de MarieAnge. Nunca fue ocupada desde
su partida...
El comienzo del almuerzo, en el inmenso comedor con
paredes ornadas de tapicería, fue silencioso. Chantal estaba impresionada por
el ambiente de esta antigua residencia donde los castellanos se sentaban frente
a frente, ante una mesa monumental, y el viejo mayordomo con patillas parecía
escapado de alguna obra teatral clásica.
El marqués de Furière encarnaba con propiedad al padre
noble, tal como ella se lo había imaginado siempre: erguido, la tez subida de
color, fino el bigote, la boca alternativamente desdeñosa y cortés, los gestos
y las palabras revelando esa seguridad que sólo confiere una larga práctica
ancestral de los buenos modales.
La marquesa era una gran dama, digna compañera de tal
hombre. Su pelo, completamente blanco, que daba marco a un rostro todavía
joven, la hacía parecerse a esos retratos de bisabuelas, con el pelo empolvado,
que Chantal observó al entrar en el vestíbulo.
El clima espiritual del comedor era pesado, entristecido
por la ausencia de la que había sido allí la alegría; la dulce voz de
Marie-Ange no se oía ya, y la sonrisa luminosa de la niña se había desvanecido.
Chantal hubiera querido aprovechar de su breve estada para hacer revivir en
Chalencay los días jubilosos de antes.
Por fin, la voz sorda del marqués de Furière rompió el
silencio.
—Marie-Ange nos ha hablado frecuentemente de usted en sus
cartas. No puede figurarse cuánto la estimaba. Su curación debe haberle
proporcionado una alegría inmensa, pero su partida, ciertamente, la ha
entristecido.
—No hace mucho tiempo que estoy en Francia y ya lamento su
ausencia. Tengo en mi cartera la carta destinada a ustedes.
—Mi marido y yo la leeremos esta noche —dijo la señora de
Furière—. ¿Cómo vive nuestra hija en aquel país?
Chantal comenzó el relato de la vida de Marie-Ange en
Makogaï. Prosiguió éste en el salón, después del almuerzo. El marqués y la
marquesa estaban trasfigurados. Lo que su hija les escribía era, pues, exacto:
gozaba de buena salud y parecía feliz.
—¡Abrigábamos tan serios temores de que contrajera la
enfermedad que tanto la hizo sufrir a usted! —declaró la marquesa.
—No tiene por qué preocuparse mucho al respecto —afirmó
Chantal—. El personal de enfermeras toma todas las precauciones necesarias.
—Si le parece a usted bien —terció el señor de Furière—,
podríamos aprovechar la claridad y temperatura del día para dar una vuelta por
el parque. Después, podrá descansar en su habitación hasta la hora de la
comida.
El paseo se inició siguiendo un itinerario invariable.
Chantal continuó su relato, interrumpido de vez en cuando por observaciones de
este género, formuladas por uno u otro de sus huéspedes:
—¿Ve aquel cedro? Es dos veces centenario... Cuando
Marie-Ange tenía siete años jugaba a las escondidas alrededor el árbol con su
gobernanta, Charlotte, que se convirtió luego en su mucama y estará al servido
de usted ahora.
—Este estanque, aquí a su derecha, me ocasionó uno de los
más grandes sustos de nuestra vida... Marie-Ange tendría por entonces once
años... Una tarde no apareció para la merienda. Charlotte vino, enloquecida, a
ponemos sobre aviso: todo el mundo creyó que se había caído al estanque.
Dispuse que los guardianes practicasen una búsqueda inmediata. Dos horas más
tarde no estábamos mejor informados, cuando supimos que Marie-Ange había sido
hallada, sentada en lo alto de una parva de heno, jugando con su muñeca.
El azar, o más exactamente el rito consagrado del paseo,
condujo a los tres personajes ante un banco de piedra que ocupaba el centro de
una plazoleta rodeada de álamos.
—¿Si nos sentáramos un poco? —aventuró la marquesa.
Así lo hicieron, quedando Chantal en el medio; la señora
de Furière prosiguió:
—Usted es la única persona que se ha sentado en este
banco, entre nosotros dos, desde la partida de nuestra hija. Llegamos hasta
aquí todos los días y dejamos siempre un espacio entre ambos para señalar el
lugar de ella... Es curioso: apenas ha llegado usted y la reemplaza en nuestra
vida con toda naturalidad.
—¿Viven aún sus padres? —preguntó el marqués de Furière.
—Estoy sola en el mundo —respondió lentamente Chantal.
—Espero que nos proporcionará el placer de quedarse largo
tiempo en Chalencay.
—Desgraciadamente, estoy obligada a regresar mañana.
—¡Ya! —exclamó la marquesa—. ¡Y nosotros que pensábamos
hacerle olvidar todas las tristezas que ha conocido!
“Estamos seguros de que Marie-Ange se enojará con nosotros
—continúo la marquesa— si sabe que se ha quedado usted tan poco tiempo.
Reinicióse el paseo. Al llegar al castillo, Chantal tuvo
la satisfacción de comprobar que la tensión, en el rostro de sus
interlocutores, había cedido casi hasta la sonrisa.
‘No se necesitaría gran cosa”, pensaba, “para traer de
nuevo la felicidad a esta casa; bastaría que la hermanita volviera, si no al
castillo, por lo menos a Francia en un convento próximo. ¡Qué lástima que la
leprosería no estuviera en Indre-et-Loire!”
La habitación de la niña era un santuario que conservaba
piadosamente los objetos familiares de Marie-Ange. Este tocador Luis XV, de
patas encorvadas y débiles, era aquél ante el cual Marie-Ange de Furière debía
haberse contemplado una última vez antes de bajar hasta los salones iluminados,
la noche de sus dieciocho años. El reloj Luis XVI, sobre la gran chimenea,
había marcado las últimas horas pasadas por la joven en lo que fue su marco
familiar. Las paredes, tapizadas de damasco azul pálido; y la cama con dosel
estaban impregnadas de Marie-Ange. Su presencia invisible llenaba por completo
a Chalencay, pero muy especialmente esta habitación.
Llamaron a la puerta. Una robusta mujer, cuyo pelo
aprisionado en una cofia plegada aparecía como sobre puesto a una cara que
respiraba salud y buen sentido campesino, entró, al tiempo que preguntaba:
—¿La señora necesita alguna cosa?
—Gracias, Charlotte.
—¿La señora conoce ya mi nombre? ¿Fue la señorita
Marie-Ange quien se lo dijo? Yo estaba a su servicio...
—Después de haber sido su institutriz —prosiguió Chantal,
sonriendo—. Ya ve, Charlotte, que estoy bien informada.
—¡Oh! Institutriz es palabra demasiado sonora para una
mujer de campo como yo. Era más bien su niñera... Nunca pude acostumbrarme a
verla crecer. Cuando supe que iba a dejarnos para ir a cuidar a esos sarnosos
me dije: ¿Es posible que tan bella criatura de Dios, y tan buena por añadidura,
pueda renunciar a todo lo que la ha rodeado desde su nacimiento? ¿Se tiene
acaso el derecho de causarles una pena semejante al señor marqués y a la señora
marquesa? ¿Y a su vieja Charlotte?”
La buena mujer se había puesto a llorar sin consuelo.
Chantal se le aproximó.
—No hay que estar triste, mi buena Charlotte... Acabo de
pasar cinco años con Marie-Ange. Es dichosa... Su felicidad estaba, por lo
tanto, donde ella quiso ir.
—¿Cómo puede estar a gusto fuera de Chalencay? —lagrimeaba
la buena mujer, sollozando en un gran pañuelo a cuadros.
—Tal vez ella no se ríe en Makogaï, pero le aseguro a
usted que su rostro está perpetuamente iluminado por una sonrisa... Una sonrisa
que conforta a los desgraciados que ella cuida: no son sarnosos, Charlotte...,
son leprosos.
—¡Oh!, para mí, todo eso es parecido... La señora debe
perdonarme, pero es más fuerte que yo: cada vez que hablo de la señorita siento
que la pena me ahoga... Y, además, algo me pasa al ver esta habitación ocupada,
desde el largo tiempo que nadie entraba aquí, salvo yo, una vez por semana,
para hacer la limpieza. El señor marqués y la señora marquesa me han prohibido
mover un solo objeto desde que la señorita se fue. Todo ha quedado en el mismo
lugar que ocupaba cuando ella nos dejó. ¡Si le dijera a la señora que siempre
hay sábanas limpias en la cama para el caso de que regresara de improviso!
Durante mucho tiempo me dije: “Dios mío, ¿iré yo a rehacer pronto sus cobijas y
deslizar un ladrillo caliente a los pies de su cama?” La señorita era muy
friolenta... Esta noche, por fin, voy a tender de nuevo la cama preparar el
ladrillo. Será la señora quien lo aprovechará.
—¡Me pregunto si tengo derecho a ello! Siento la impresión
de usurpar aquí el lugar de alguien irreemplazable.
—¡No debe decir eso! Si alguien puede dormir en este
cuarto es sin duda usted... ¿No nos ha traído las últimas noticias de la
señorita y no era su mejor amiga allá?
—Sor Marie-Ange sólo tiene amigos en Makogaï.
—No puedo acostumbrarme a ese nombre bárbaro. ¡Ese no es
un nombre católico!
Chantal quedó nuevamente sola. Se había sentado ante el
tocador y miraba por la ventana; la noche había invadido el parque cuyo alto
arbolado se erguía, misterioso y tranquilo, bajo un claro de luna invernal. Fue
necesario que ella fuese a parar a esa propiedad de Turena para volver a ver la
luna a través de pequeños cristales cuadrados de una ventana Luis XIII. Quedó
así largo tiempo, inmóvil, sin tocar el conmutador eléctrico. Los reflejos
rojizos del fuego sobre el damasco y sobre el dosel le bastaban. No necesitaba
otra luz. Muera, después de la desaparición del sol, debía hacer frio: el prado
que se extendía delante del castillo, parecía helado. La rama de un árbol,
deshojada por el invierno, cortaba con un trazo limpio el cristal y el cielo
crepuscular. Marie-Ange debió haber mirado más de una vez el parque desde esa
ventana y soñar con los horizontes lejanos que el llamado de Dios le haría
descubrir. Y, súbitamente, le pareció que todo, hasta las sombrías masas del
parque, se envolvían y saturaban de ternura. Algo muy dulce y muy conmovedor
flotaba en derredor de ella. Un soplo ligero, una caricia alada le rozaba la
frente febril. Había sentido ya la misma impresión la noche del arribo a
Makogaï, cuando Marie-Ange la mecía en la hamaca para adormecer su
desesperación. ¿De dónde venía este sosiego sobrenatural? De la hermanita, sin
ninguna duda. Y fue, repentinamente, como si viera su figura, traslúcida y casi
inmaterial, atravesar la sombra de los montes.
Una campana que anunciaba la comida la trajo a la
realidad. Y siguiendo la galería interminable del primer piso, dirigió al pasar
una mirada de curiosidad a cada uno de los retratos de antepasados que la
decoraban. ¿No pertenecía ya a la ficción este castillo dormido, en el que nada
vendría a despertar a los huéspedes desde que la risa cristalina de una
jovencita lo había abandonado? La vista de uno de los retratos la detuvo: era
una dama, con peluca empolvada, que se parecía sorprendentemente a Marie-Ange.
El nombre estaba escrito sobre un cartón dorado, fijo al pie del cuadro pesado
y solemne. Leyó: "Chantal-Louise de Saint Hilaire, esposa de Adrien,
marqués de Furière, 1742- 1786”, y tuvo al fin la prueba de que su nombre
estaba hecho para ser seguido de una partícula, como se lo había imaginado
frecuentemente durante sus ensoñaciones, recostada en la cama turca del
miserable hotel de la calle Victor-Massé. Comprendía ahora por qué no se sentía
de ninguna manera desorientada por el verdadero lujo que la rodeaba.
Al hallarse de nuevo en su habitación revestida de damasco
azul, después de una comida en que la delicadeza de los platos no cedía en nada
al refinamiento del servicio, la cama estaba ya preparada por Charlotte. No
demoró Chantal en deslizarse en un lecho cuidadosamente calentado. Jamás había
dormido en una cama parecida. El último pensamiento, antes de dormirse, fue
para Marie-Ange: "¿Cómo pudo ella desprenderse de todo esto para ir a
cuidar leprosos?”
Un mes había trascurrido desde la llegada de Chantal a
Chalencay. Al día siguiente de la primera noche pasada en el castillo, sus
huéspedes habían insistido tanto para que prolongara su estada que le fue
difícil rehusar.
Debió inclinarse ante un argumento decisivo de la marquesa
de Furière:
—Anoche leímos la carta de nuestra hija. La termina
recomendándonos acogerla y tratarla como si fuese nuestra segunda hija. En tal
caso, debe usted quedarse aquí: su familia estará, de ahora en adelante, en
Chalencay.
Durante un mes Chantal se dejó mimar y acariciar. Habíase
adaptado al ritmo de una existencia tranquila. Todas las mañanas hacia largas
excursiones a caballo en compañía del señor de Furière, que oficiaba de maestro
de equitación y hallaba sorprendentes sus progresos. Iban lado a lado, ya por
la vecina floresta de Durlanges donde el anciano gentilhombre vigilaba la tala
de sus bosques, ya de granja en granja para escuchar los pedidos de los
campesinos y tratar de satisfacerlos. Lo que más impresionaba a Chantal era el
inmenso respeto y el afecto manifestado por los granjeros hacia sus patrones.
En todas partes el recuerdo de Marie-Ange permanecía vivo.
Cuando la marquesa presentaba a Chantal, diciéndole a un campesino:
—Es una gran amiga de Marie-Ange a la que acaba de
visitar... —los rostros tostados se aclaraban y amplias sonrisas florecían
sobre las arrugadas bocas. Con toda naturalidad, sin que el menor esfuerzo
fuese necesario, la amiga de la señorita se convertía en amiga del campesino.
El lugar donde Chantal percibió más nítidamente la
presencia invisible y real de la hermanita fue la iglesia del pueblo de
Chalencay. La primera fila de asientos estaba reservada a los habitantes del
castillo, protectores de la parroquia desde varias generaciones. Chantal se
colocaba siempre, para asistir a la misa mayor del domingo, a la izquierda de
la señora de Furière, en un reclinatorio que ostentaba una placa de cobre con
esta leyenda: “Señorita de Furière». Antes de la llegada de Chantal al castillo,
este reclinatorio permanecía vacío.
La joven acompañaba regularmente a los dueños de casa en
la pequeña iglesia: la primera vez fue especialmente para no decepcionarlos.
¿Para qué revelarles que ella no creía en nada y que no estaba bautizada? Pero,
poco a poco, sintió placer en seguir los oficios.
Un domingo en que la hermana del cura, que tocaba
habitualmente el armonio para acompañar los cantos litúrgicos, se había
enfermado, Chantal la reemplazó espontáneamente. No podía oír la campanilla en
el momento de la elevación sin pensar en la misa de medianoche en la plaza de
Makogaï. La frase de Marie-Ange le resonaba de continuo en los oídos: “Entre a
la iglesia sin temor; de todos modos, no puede hacerle mal”. Sentía que la
iglesia le aliviaba el dolor; cuando se arrodillaba, perdida en sus pensamientos,
olvidaba a Daniel y especialmente a Robert. Algo muy fuerte, todavía
indefinible para ella, envolvía poco a poco su dolor y le curaba discretamente
la herida de amor.
A mediados de la semana, una mañana que regresaba de un
prolongado paseo solitario durante el cual había soñado a orillas del Loira,
Chantal quedó sorprendida al encontrar en el castillo una agitación desusada,
con visos de consternación. El mayordomo, con quien se cruzó en el vestíbulo,
no pudo decirle nada; fue la vieja Charlotte quien le dio algunas explicaciones
perdidas en un mar de lágrimas:
—¡Es espantoso, señora! ¡Si viera el estado en que se
encuentran el señor marqués y la señdra marquesa! Están en la biblioteca... A
todos nos ha trastornado una noticia semejante... ¡Es horrible! ¿Qué le hemos
hecho a Dios bendito para que nos abrume de esta manera?
—¿Qué noticia? —preguntó Chantal.
—La señorita Marie-Ange ha muerto —respondió Charlotte,
entre dos sollozos.
La joven vaciló y debió apoyarse en la larga mesa del
vestíbulo.
—¡No es posible! ¡La he dejado en excelente estado de
salud hace dos meses! ¿Cómo ha llegado aquí esa noticia?
—Por un telegrama que está en la mesa del señor marqués.
Corrió a la biblioteca y abrió suavemente la puerta.
La señora de Furière se hallaba literalmente hundida en
una silla poltrona ante la chimenea y lloraba silenciosamente. Su marido
caminaba a lo largo de la biblioteca, fija la mirada, sin pronunciar palabra.
En cuanto vio a Chantal le entregó el telegrama, redactado en francés, en el
que leyó: “Informan, despacho de Makogaï, deceso sor Marie-Ange, consecuencia
congestión pulmonar. Esperamos informaciones. Haya paz en su alma y en vuestro
corazón. Marie-Ange descansa en el Señor. Sor Dorothée”.
Chantal releyó varias veces el texto lacónico para
asegurarse de que no era víctima de alucinaciones. El despacho provenía de la
superiora del convento de la calle du Bac y había sido expedido esa mañana.
Devolvió a su huésped el rectángulo de papel azul,
preguntando:
—¿A qué hora tengo tren en Tours para París? Debo ir a la
calle du Bac en procura de más noticias.
—El coche la conducirá directamente a Paris —respondió el
marqués.
—¿Volverá usted? —preguntó tímidamente la señora de
Furière.
—No lo creo. Empezando porque no debí quedarme aquí más de
veinticuatro horas: el cielo acaba de llamarme al orden por medio de ese
telegrama. Debo reemplazar a Marie-Ange, pero no será aquí. Déjenme abrazarlos,
a los dos, como lo hizo ella el día de su partida.
Cuatro horas después la limousine se detenía ante la
entrada del convento, calle du Bac. Chantal no había cambiado una sola palabra
con el chofer durante el trayecto. Aprovechó el viaje para meditar largamente.
La visión del rostro de la hermana tornera, encuadrándose
tras las rejas de la mirilla, ya no le impresionó. Bastantes religiosas había
visto y tratado en Makogaï como para estar familiarizada con las tocas. Cuando
estuvo en presencia de la madre Dorothée, en el austero locutorio, esta última,
que andaba con auxilio de un bastón, le dijo:
—Es para nosotras una gran alegría, hija mía, recibirla
aquí completamente restablecida. Una carta de la madre Marie-Joseph me informó
de su regreso a Francia. Ya no veo con suficiente claridad, lo que me obliga a
usar este bastón, aunque conozco de memoria hasta los menores rincones del
convento. No obstante, el hecho de estar ciega no me impide imaginarla a usted
tal como la conocí. Sana, ¡debe estar resplandeciente!
—Madre, me he informado hace pocos momentos de la muerte
inesperada de sor Marie-Ange: Estaba en Chalencay cuando llegó el telegrama.
—Es, sin duda, una dura prueba para el marqués y la
marquesa de Furière y una pérdida grave para nuestra comunidad en Makogaï.
Habrá podido comprobar usted misma que sor Marie-Ange se había hecho
indispensable por su actividad sonriente. ¡Mucho me temo que sea
irreemplazable!
—Tal vez no, madre. El segundo motivo de mi visita es,
precisamente, pedirle que me reciba en su comunidad. Concédame una oportunidad:
creo poder, algún día, reemplazar a Marie-Ange... Es mi deber.
—¿Usted, señora? ¿Lo ha reflexionado bien?
—En cinco años he tenido sobrado tiempo para ello... Pero,
¿qué otra noticia tiene acerca de la muerte de Marie-Ange?
—¡Ay! Recibí un simple telegrama que me dirigió
personalmente el doctor Watson y que acaba de leerme la hermana tornera. Este
despacho era la confirmación pura y simple del primero, enviado por la madre
Marie-Joseph. Temo que nuestra hermanita, en su sed inextinguible de
sacrificio, haya cometido alguna imprudencia. Sus bronquios eran delicados; sin
duda, un resfriado engendró la congestión pulmonar.
—¿Puede permitirme, madre, salir un instante para decirle
eso al chofer e indicarle que puede regresar?
—Vaya, hija mía. La espero.
No bien estuvo en la puerta del convento le dijo al
chofer:
—Informará usted al marqués que no sabemos nada más. Sólo
ha llegado un segundo telegrama, enviado por cierta autoridad administrativa de
la leprosería, que confirma al primero Decididamente, mi buen León, tiene usted
la especialidad de traer a este convento a las futuras religiosas.
—¿Cómo? ¿La señora no va a...?
—¡Chist! Es indispensable que alguien reemplace a la
señorita Marie-Ange allá... Hasta la vista, León, vuelva con prudencia. Voy a
decirle como Marie-Ange: "Conduzca por mucho tiempo aún al marqués y la
marquesa de Furiére. Ellos necesitan de usted, de Charlotte, de todos sus
viejos servidores. Sólo ustedes pueden constituir ahora para ellos una
familia”.
La puerta del convento había vuelto a cerrarse.
Chantal fue otra vez recibida por la madre superiora.
—Su decisión es grave. ¿Ha pensado usted que es necesario
renunciar al mundo y a todo lo que le parecía deseable hasta hoy?
—Marie-Ange lo hizo antes que yo, madre...
—Hija mía, su vocación no es bastante sólida si sólo
descansa en el deseo de reemplazar a nuestra difunta hermanita.
—Está inspirada por otras mil cosas, madre, que sería muy
largo explicarle en este momento.
—Comprendo... Creo recordar que me dijo usted, en el curso
de su primera visita, no tener familia alguna.
—En esa época, madre, no era completamente exacto... Ahora
es verdad.
—En tales condiciones está usted, evidentemente, mejor
preparada para desprenderse del mundo... ¿No me confió también, con franqueza,
que no profesaba ninguna religión?
—Todavía es verdad, madre. Pero mi conversión es un hecho:
sólo pido abrazar la religión de Marie-Ange.
—¡Otra vez ella! ¿Estará en camino de realizar su primer
milagro? ¿Cree usted en Dios?
—Sí, madre... Creo finalmente en ese Dios que ha sabido
inspirar un sacrificio tan grande como la vocación de aquella a quien deseo
reemplazar. Después de no haber visto más que fealdades alrededor de mí, tanto
en Francia como en Makogaï, creo en la bondad. Si no creyese en ella, hoy, sólo
me quedaría el recurso de matarme.
—El solo hecho de hablarme así me despierta algunas dudas
sobre la profundidad de sus nuevas convicciones.
—Madre, ¡es horrible! ¿También usted duda de mí? ¿No cree
en mi cura moral, más que otros en mi cura física? Marie-Ange era la única que
hubiera creído en seguida en mi sinceridad. Fue necesario que yo sufriera
moralmente para comprender que mi vida, hasta estos últimos días, no había sido
más que un monstruoso egoísmo sin otro horizonte que éste: yo misma. En
Chalencay comprendí poco a poco (viviendo en el ambiente y el marco donde
creció Marie-Ange) que la vida tenía un sentido distinto al que yo le daba y un
objeto que alcanzar, para mi hasta hoy desconocido. Esta sed de bondad a la que
me aferro es tan indispensable para mí como el pan cotidiano pedido todos los
días en el Padrenuestro.
—Me va a acompañar a la capilla, y allí rogaremos juntas.
Después se irá usted y regresará mañana para asistir a misa.
—Madre, ¿puedo pedirle el favor de concederme una celda
desde esta noche? No quiero volver a París, ni a pueblo alguno... Tengo que
romper todo lazo con el mundo: seria capaz de sucumbir otra vez. Hubo que
librarme de la impureza del cuerpo para que yo pudiera, a mi vez, librarme de
la del corazón. No debo salir de este convento sino el día en que me
embarque...
—Venga conmigo a la capilla. Cuando salgamos de ella la
haré conducir a una celda y compartirá la vida de la comunidad. Va a ser para
usted una experiencia tremenda: desde mañana estará sujeta a la realización de
los menesteres más humildes... Cuando nuestro capellán, el padre Athanase, la
haya visto, decidiré con él en cuanto al día de su bautismo. Es indispensable,
desde luego, que pertenezca usted a la gran comunidad cristiana antes de tener
el derecho de ir a evangelizar a otros.
—¡Madre, prométame que algún día me enviará a Makogaï para
reemplazar a Marie-Ange!
—Hija mía, usted irá donde Dios quiera. Es Su voluntad la
que la trajo (después de un largo viaje) hasta la puerta de este convento.
Conténtese, en adelante, con rogar y obedecer.
La anciana religiosa apoyó su brazo sobre el joven y
vigoroso de Chantal. Y ambas avanzaron por el largo corredor, de piso lustrado,
pasando ante el inmenso mapa mural donde Makogaï era tan sólo un punto
minúsculo.
Ni la señora Royer ni el doctor Petit habían asistido
nunca a una ceremonia de toma de hábito. Cumplidos tres años de noviciado, sor
Marie-Chantal pronunciaba los grandes votos que la separarían definitivamente
del mundo por el que sentía repugnancia. Cuarenta y ocho horas más tarde, la
nueva esposa de Cristo se embarcaría con destino a Makogaï.
Tras permanecer bajo un velo blanco, según el rito, con la
cara pegada al suelo largo tiempo en señal de sumisión, sor Marie-Chantal fue a
ocupar su lugar en medio de las hijas de la comunidad para oír el sermón del
padre Athanase, capellán de las Hermanas Misioneras de María. Sentada frente a
ella, al otro lado del coro, la madre superiora observaba religiosamente a esta
nueva recluta: era fácil reconocer, bajo la toca, a sor Marie-Joseph, que había
dejado Makogaï un año antes, para asumir las delicadas funciones de superiora
en la casa matriz de la calle du Bac, reemplazando a sor Dorothée, fallecida
"en la paz del Señor”. La leprosería fue provista de una nueva superiora
llegada del Canadá.
—Hija mía —comenzó diciendo el padre Athanase—, nos vais a
dejar dentro de algunas horas para seguir la voz de la Luz y de la Verdad que
habéis elegido. No voy a recordar aquí las distintas etapas que os han
conducido a la pronunciación de los grandes votos. La misión del capellán, que
se ha esforzado para ayudaros a trepar una árida cuesta, ha terminado: sólo
queda el sacerdote, cuyas plegarias os acompañarán a pesar de la distancia y
del tiempo. La oración posee en sí misma una fuerza capaz de superar cualquier
obstáculo.
“No quisiera veros partir sin leeros un pasaje del Santo
Evangelio, según San Lucas.
“...En aquel tiempo, yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por
Samaria y Galilea, y, como entrase en un pueblo, encontró diez leprosos que,
manteniéndose alejados, gritaron: ‘Jesús, nuestro maestro, ten piedad de
nosotros!’ Cuando los percibió: ‘Id’, les dijo, ‘mostraos a los sacerdotes’. Y,
en yendo, ellos fueron curados. Uno de ellos, no bien se vio sano, volvió sobre
sus pasos, glorificando a Dios en voz alta. Y puso su rostro contra la tierra,
a los pies de Jesús, dándole gracias. Pero era un samaritano. Entonces Jesús
dijo: ‘¿No han sido curados los diez? ¿Dónde están, pues, los otros nueve?
¡Sólo este extranjero ha venido a tributar gloria a Dios!’ Después dijo:
‘¡Levantaos! ¡Id! Porque vuestra fe os ha salvado’ “.
“Hija mía, toda la historia de vuestra conversión está
resumida en este Santo Evangelio. Hubierais podido, como los nueve leprosos
Ingratos, seguir de nuevo una vida de placer o simplemente un camino más fácil.
Vuestro corazón, tocado por la Divina Gracia, os ha conducido hacia la belleza
a la que aspiran naturalmente las almas que sienten la pasión del ideal. Sé,
por haberos hablado frecuentemente, que os vais con alegría. En vuestro
espíritu no es un sacrificio el que vais a realizar, sino una misión sublime:
¿no os habéis convertido en embajadora de la Caridad?
“Vais a reemplazar a una difunta, para continuar su obra
de bondad interrumpida por la muerte. Cuando os llegue el turno de comparecer
ante Aquel que rige nuestros pensamientos y nuestros actos, no abandonaréis
esta tierra de miseria con la impresión dolorosa de dejar atrás una obra
inconclusa. Sabréis que otra hija de María vendrá, tarde o temprano, a reanudar
el trabajo empezado. Este espíritu de perennidad en el esfuerzo debe inspirar
hasta el más pequeño de vuestros actos en lo sucesivo: en él encontraréis la
fuerza necesaria para evitar el desaliento estéril.
“Marchad sobre las huellas santas de sor Marie-Ange. ¿No
sentís que ella os tiende la mano en este momento? Realizaréis ese largo viaje
en su compañía. ¿Qué puede importaros la incomprensión de los vivos cuando os
sostienen los muertos? Haga Nuestro Señor Jesucristo que vuestro modesto aporte
al edificio de la bondad (que El reconstruye sin cesar en el mundo) sea eficaz
y que podáis, a vuestro turno, dormiros un día en la pazdel Señor diciéndoos:
‘Yo también he contribuido a la obra sublime sin la cual nuestra existencia
terrestre no merece ser vivida’".
Después de la ceremonia, sor Marie-Chantal tuvo el
derecho, como sus hermanas en religión, de recibir a padres y amigos con los
que podía conversar paseándose por el claustro del convento. Los amigos,
reducidos a la señora Royer y el doctor Petit, no tardaron en retirarse; cuando
estuvieron en la calle du Bac, después de que la hermana tornera hubo cerrado
tras ellos la pesada puerta, la directora de “Marcelle et Arnaud” declaró al
médico:
—He sufrido de un modo atroz durante esta ceremonia. Me
ahogaba de angustia... Es inhumano imponer a los amigos espectáculos
semejantes; creí desvanecerme a la vista de Chantal acostada, durante
interminables minutos, la cara contra el suelo y recubierta con aquel sudario
blanco. Parecía un cadáver... ¿Qué pasaría por su cabeza en aquel momento?
—Muchas cosas, querida amiga, que ni Usted ni yo estamos
en condiciones de comprender —respondió el médico—. Chantal no es ya la mujer
que conocimos. Tres años de noviciado, sucediendo a cinco de Makogaï, la han
trasformado.
—¿Se fijó usted en qué estado de ausencia se encontraba
cuando se despidió de nosotros hace un momento?
—Sí. Ella ya no pertenece a esta tierra; ya no está al
alcance de viejos materialistas incorregibles, como nosotros.
—¿Quién tiene razón, ella o nosotros?
—Querida amiga, no se puede ser juez y parte.
—¿Cómo creer, doctor, que va a cuidar monstruos en
Makogaï?
—Diga usted mejor que los leprosos aparecen ahora a sor
Marie-Chantal como los seres más bellos de la tierra, porque sufren.
—No comprendo...
—No lo comprenderá nunca, querida amiga... ¿Puedo dejarla
en alguna parte?
—Faubourg Saint-Honoré. Asistiré al final del desfile de
mi nueva colección de otoño...
—Y yo voy a continuar con mis consultas...
—¿No le parece que la vida es bastante monótona?
—Al contrario, es perfecta. ¡No todo el mundo puede ir a
cuidar leprosos!
—Hay un punto que me perturba en esta súbita conversión
—declaró la señora Royer—. ¿Tiene usted la impresión de que el solo hecho de no
haber podido recuperar a su hijo ha determinado en Chantal su vocación?
—Amiga queridisima, me hace usted una pregunta delicada.
Por cierto, estoy persuadido de que la idea de vivir sin Daniel debe ser uno de
los sufrimientos agudos en el corazón maternal de nuestra amiga. Pero tal vez
este dolor no ha sido el único. ¿Quién nos asegura que no ha sufrido también
una violenta desilusión de amor?
—En todo caso, no es la muerte de Berthon... Y no le he
conocido ningún otro enredo mientras ella fue su amante.
—¡Nunca se sabe!
Sor Marie-Chantal prolongó mucho más tiempo la entrevista
con sus padres adoptivos: el marqués y la marquesa de Furière. Por segunda Vez
en su vida, los castellanos de Chalencay asistían a los grandes votos de una de
sus hijas. La partida inminente de Marie-Chantal se parecía demasiado a la de
Marie-Ange para no conmoverlos. Cuando la nueva hermana misionera abrazó por
última vez a la señora de Furière, creyó leer en la mirada silenciosa y húmeda
de la anciana señora un pensamiento de rebelión: “¿El cielo nos arrancará
siempre nuestros más caros afectos?” Sor Marie-Chantal entró en su celda y cayó
de rodillas en el reclinatorio.
Pasaría las dos últimas noches de convento en París orando
en ese reclinatorio, donde debía agradecer al Creador todos los beneficios que
le había prodigado desde el momento en que le envió la lepra hasta el día en
que la tomó por esposa.
Con sonriente serenidad, dos días más tarde, la nueva
misionera de la Sociedad de María entraba en la estación ferroviaria, perdida
en el alud de viajeros. Llegó a su coche, situado en la parte delantera del
tren, y subió a un compartimiento de tercera clase. Ninguna promiscuidad
molestaba a sor Marie-Chantal, que podía recurrir —en caso de no conseguir
dormir en aquellas condiciones— a desgranar las gruesas cuentas de su rosario
hecho con madera de boj: la noche pasaría pronto en compañía de la Virgen.
Cuando el Empress of Australia tomó en Marsella su
contingente de pasajeros franceses, Marie-Chantal no fue recibida a bordo por
un comisario amable que se proporcionara un placer acompañándola a un camarote
de lujo. El pasaje le daba derecho, estrictamente, a circular por el
entrepuente de tercera clase y a compartir el camarote con otras cuatro
mujeres, de las cuales dos eran prostitutas que se dirigían a una casa muy
reservada de Singapur. La conversación de esas dos mujeres recordó a sor
Marie-Chantal expresiones llenas de imágenes, oídas algunos años antes
—consideraba terriblemente lejana esa época— en el “camarote” de “Marcelle et
Arnaud”. Le pareció oír las voces de Lulu, Mado, Ninette, que discutían con una
cierta Chantal, hermosa muchacha rubia cuyo cinismo corría parejo con su
ignorancia. La conversación de sus vecinas no era lo que le daba ganas de
llorar, sino la idea de que no le bastaría todo el resto de la vida para expiar
sus faltas.
Hacia un calor sofocante en aquel camarote de tercera, de
camas angostas, fijas a los tabiques, donde los ojos de buey se hallaban
siempre a excesiva altura para que pudiera percibirse la menor porción del mar.
La contemplación sedante de esa extensión azul quedaba reservada a los
ocupantes de los camarotes de lujo o a los pasajeros privilegiados, de primera
clase, estirados confortablemente en las sillas de cubierta del puente de
paseo.
De noche, una extraña animación reinaba en las cubiertas
inferiores. Había sombras que rondaban: Marie-Chantal adivinaba siluetas
acostadas a lo largo del empalletado; ojos que relucían. A veces, una voz se
elevaba, cálida, a ratos apasionada, a ratos lánguida, martillando sílabas
sonoras en unos versos estrepitosos y ásperos:
Te quiero, morena, te quiero,
como se quiere a la gloria,
como se quiere al dinero,
como se quiere a una madre...
Te quiero...
Era una súplica. La voz tenía inflexiones de una ternura
dolorosa, subiendo hasta las estrellas para caer suavemente sobre la cresta
fosforescente de las olas. Algunos polacos jugaban a las cartas, sentados en el
suelo; una joven italiana impacientaba a un mono, que lanzaba gritos
estridentes; un guacamayo gris y rojo se sostenía en la muñeca de un indochino
que ofrecía al corvo pico del pájaro tajaditas de banana.
Los deseos y pensamientos malsanos de estos viajeros
miserables ni siquiera rozaron a la religiosa, que no abandonó el navío durante
el tiempo que duró la escala en Singapur. Aquel nombre no evocaba ya nada para
ella. Al desembarcar en Sydney recibió la visita de una enfermera del hospital
central, que venía a informarle de la resolución de confiarle el cuidado de una
mujer blanca, leprosa, que iba a Makogaï y de la que se haría cargo a bordo del
Melbourne, hasta Levuka. Fue el primer rostro tumefacto que volvió a ver.
Cuando el Melbourne ancló en Suya, sor Marie-Chantal
percibió por el ojo de buey la habitual corona de piraguas, de proas
pintarrajeadas, que se abría para dejar paso a la lancha automóvil de las
autoridades. Entre éstas, la misionera reconoció, bajo la sotana violeta y el
sombrero de paja, al padre Rivain, cuya barba había encanecido al mismo tiempo
que ascendía en la jerarquía eclesiástica. Monseñor Rivain reemplazaba, desde
hacía dieciocho meses, a monseñor Midal, fallecido a los ochenta y tres años de
edad, de los cuales pasó cincuenta y ocho en el apostolado de las Fiji. Sor
Marie-Chantal subió a cubierta para recibir al prelado, cuyo rostro se iluminó:
—Una carta de la madre Marie-Joseph me anunció las buena
noticia... No me atrevía a creerla: ¡tan hermosa me parecía! Verdaderamente,
hermana, los designios de la Providencia son inescrutables... Se la espera con
impaciencia en Makogaï. Pero ya no encontrará allí los rostros que usted
conoció. La única con quien se va a cruzar será sor Marie-Sabine. Digo bien
“cruzar”, pues ella dejará Makogaï cuando regrese el New Saint-John, que la
conducirá a usted, para ir a fundar una nueva leprosería en la isla de Samoa,
especialmente destinada a recibir enfermos gilbertinos. La madre Marie-Caroline
será su superiora; llegó de Montreal para reemplazar a sor Marie-Joseph, a
quien usted ha vuelto a encontrar en París. La madre Marie-Caroline es
canadiense francesa; tal como creo conocerla a usted, habrán de entenderse
admirablemente. Entre las dos obrarán maravillas.
—Cuando cursaba mi noviciado nunca pude tener noticias del
reverendo David Hall. ¿Qué ha sido de él?
—El también ha dejado Makogaï..., pero por un mundo mejor.
Lo enterramos hace seis meses: descansa en el cementerio de la isla, entre sor
Marie-Ange y su viejo amigo Watson.
—Me enteré, en efecto, de la muerte del doctor Watson.
—Fue repentina —continuó monseñor Rivain—. Encontramos un
día a nuestro querido director caído en el suelo del laboratorio, frente al
microscopio, fulminado por una embolia; en cambio, mi colega protestante se
sintió morir lentamente.
—El reverendo David Hall era un santo varón —contestó
lentamente sor Marie-Chantal—. ¿Quién lo ha sustituido?
—Un joven pastor, el reverendo Samuel Clark... La
leprosería está dirigida ahora por el doctor Benjafleid: lo vio usted la
víspera de su partida. Es ese joven estudiante americano enviado en reemplazo
del doctor Fred. Después de la muerte del doctor Watson ha adquirido
rápidamente la autoridad necesaria para la buena marcha de los servicios
sanitarios y administrativos. Acaba de ser designado oficialmente médico jefe
de Makogaï.
—En resumen, monseñor, ¿tan sólo los enfermos siguen
siendo los mismos?
—¡No todos! En tres años, el carguero de los leprosos ha
desembarcado algunos contingentes nuevos... Las filas de los antiguos
pensionistas se han raleado. ¡Todos los cementerios se agrandan, hermana mía!
—¿Y Will? Apenas me animo a preguntarle si vive.
—Murió poco tiempo después que usted se fue, cuando
hacíamos nuestros preparativos para Navidad. Su gran alma voló una noche hacia
las estrellas, y sólo se encontró por la mañana su pobre despojo humano.
—Una noche, poco antes de Navidad —repitió Chantal. Y ella
recordó la aparición de Will, entrevista en la noche brumosa sobre un muelle
del Sena. Esa alma liberada, antes de alcanzar la mansión del Padre, ¿habría
acudido en socorro de su desesperación?
“Alguna cosa haré por usted”, le había dicho un día
Will.
“No voy a encontrar ya —dijo ella— a ninguno de
aquellos que conocí en Makogab
—Eso no importa, hermana... Lo que cuenta es el resultado
final: la curación física o moral de los enfermos, para la mayor gloria de
Dios. Usted forma parte del equipo de sucesores. Es digno del que lo precedió.
El hecho de que usted se encuentre en él me prueba que Dios sabe elegir.
Por la tarde tuvo lugar el embarque en el New Saint-John.
El trasporte, de por sí, era ya Makogaï. Su misión había comenzado. Sabía que
agotaría las fuerzas en esta lucha caritativa de todos los instantes y que se
leería un día su nombre inscrito entre dos fechas, sobre una de las humildes
cruces de madera de sándalo, en el cementerio de la colina.
La playa de Dallice apareció cubierta de insectos humanos,
cuyos alaridos de júbilo: Selo! Selo!, llegaban hasta el buque. En el
desembarcadero esperaba un pequeño grupo de hombres vestidos de blanco y
mujeres con toca. Sor Marie-Chantad preguntó al capitán, a quien no conocía:
—¿Qué fue del capitán Farell?
—Ha muerto, hermana. Lo hemos sumergido, según su
voluntad, en alta mar y en el mismo lugar donde naufragó el Saint-John.
El viejo Farell había terminado, él también, su recorrido
en este mundo y vuelto a encontrar su carguero fantasma. ¿No era ese viejo
Caronte del Pacífico el que hacía efectuar a los muertos de Makogaï el gran
viaje hacia el más allá? Tulio, Marie-Ange, el reverendo David Hall, el doctor
Watson habían tomado ya ese extraño barco; algún día sor Marie-Chantal tendría
el derecho de tomarlo a su vez. Subiría hasta el puente de mando al lado del
viejo Farell, que se contentaria con sonreirle, la pipa apagada entre los
dientes, indicándole el cielo.
La procesión de enfermos avanzó lentamente por el
desembarcadero, terminando con la mujer australiana que se apoyaba en el brazo
de sor Marie-Chantal. Cuando esta última pasó ante el grupo formado por los
médicos, los capellanes y las hermanas, ella reconoció a sor Marie-Sabine,
quien le dijo:
—Ya era tiempo de que llegara usted; Marie-Ange, al irse,
nos ha dejado un gran vacío.
Al día siguiente, a las cinco de la mañana, sor
Marie-Chantal ensillaba su caballo para la primera, recorrida. La jeringa
estaba en una alforjilla de cuero fijada en el pomo de la montura; los
cascabeles diseminados en el arnés tintineaban sus notas alegres; la luz era
todavía dulce; el aire respirable. La amazona con toca dirigió la cabalgadura
hacia el camino rocoso de la colina; al llegar a la cima, le hizo contornear el
foso que rodeaba la casa intacta deshabitada de Will, antes de emprender el
descenso por la vertiente del sur en dirección al cementerio, donde Marie-Ange
descansaba entre Tulio y Will. Un poco más lejos, el doctor Watson podía
departir con su viejo amigo el reverendo David Hall.
Se arrodilló ante la tumba de Marie-Ange y murmuró:
—He oído tu llamado, hermanita, una noche en que me
hallaba en tu habitación, en Chalencay. Ahora puedes dormir tranquila: yo te
reemplazaré.
Volvió a montar a caballo; los cascabeles comenzaron de
nuevo a tintinear. Media hora más tarde hacía su entrada en la plaza del
poblado fijiano, donde los leprosos se habían alineado, bajo el árbol de la
justicia, esperando la ración cotidiana y bienhechora de chaulmoogra...
Fin


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