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Libro N° 4017. La Impura. Des Cars, Guy.

Libro N° 4017. La Impura. Des Cars, Guy.

 


© Libro N° 4017. La Impura. Des Cars, Guy. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  La Impura. Guy des Cars

 

Versión Original: © La Impura. Guy des Cars

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/10/la-impura-guy-des-cars.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA IMPURA

Guy des Cars

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RESEÑA

 

Una mujer joven y de gran belleza encuentra, mientras viaja en barco desde Francia a Oriente, aquel amor en que ella había soñado desde niña: el gran amor.

Sin embargo, cuando sus sueños están a punto de realizarse una serie de circunstancias la llevarán hacia la isla maldita del archipiélago de Fidji, la isla donde habitan los leprosos y los enfermos y donde cualquier horror es posible. Y será allí también donde su corazón, olvidando el amor egoísta y personal, se abrirá al dolor humano, a ese amor más generoso, que es el amor a todos los seres que sufren abandonados y solos.

Mezclando con especial habilidad, elementos de la novela psicológica, de la novela de amor y, en cierto modo, de la novela de aventuras, Guy des Cars, nos entrega en estas páginas un retrato de una mujer que, en un mundo hostil, entre enfermedades humanas y las tempestades de la naturaleza, entre muertos vivientes y verdugos sin piedad, han encontrado su camino y su paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CAMINO DE MAKOGAÏ

 

 

 

El inmenso comedor del Empress of Australia reflejaba como en una pantalla el lujo desplegado en ocasión de la más suntuosa fiesta que jamás se viera a bordo. La Pacific Steam se había superado para festejar la vigésimo quinta travesía de su más bello navío, entre Liverpool y Sydney. Aquella misma tarde, el paquebote había hecho una corta escala en Marsella antes de reanudar la dilatada ruta que lo conducía, entre las quietas aguas del Mediterráneo, hacia el canal de Suez.

La temperatura era suave esa noche del diez de septiembre; el navío se balanceaba muellemente; los grandes ventanales del comedor permanecían totalmente abiertos sobre el puente circular.

De acuerdo con la proverbial puntualidad a bordo de los transatlánticos del Reino Unido, a las veinte horas todas las mesas estaban ocupadas; todas menos una. Colocada en pleno centro del comedor, y sobre la que no se había dispuesto más que un solo cubierto, esta mesita solitaria provocaba curiosidad en medio de las otras, donde la rígida uniformidad de las pecheras blancas de los smokings alternaba con los escotes. Rosas pálidas de otoño, embarcadas en la escala de Marsella, desbordaban de la inmensa canasta de flores que encuadraba a la orquesta, instalada delante del gran panel decorativo que representaba un bergantín de la Home Fleet. Ofrecía todo ello una armonía discreta, ahogada muy frecuentemente por el ruido de las conversaciones. Los mozos, galoneados de oro y con guantes blancos, evolucionaban diestramente en medio de la maraña de las mesas.

De pronto, las conversaciones se detuvieron: por la escalera monumental que daba acceso al comedor, una mujer descendía. Se detuvo un instante sobre la última grada, dominando a la concurrencia. La mirada era límpida, azul claro; el pelo, de un oro brillante, estaba recogido sobre la nuca; el cuerpo airoso se modelaba en un vestido verde jade, cuyo esplendor realzaba su rubia belleza. Por toda joya, la desconocida llevaba tres esmeraldas: una redonda en el anular de la mano izquierda, y las otras dos, alargadas, en las orejas, como pendientes. Todo en esta mujer era armonioso, soberbio, estudiado para captar la atención de los hombres y provocar la envidia de sus compañeras. Se decidió finalmente a seguir al maitre d’hotel, que se había adelantado hasta el pie de la escalera para conducirla a la mesa. Pasó en medio de murmullos halagadores sin demostrar siquiera prestarles atención, echó una rápida mirada al menú que le presentaba un mozo, pronunció en voz baja algunas palabras, ordenando la comida, y tomó de una cigarrera de oro un cigarrillo que otro mozo se apresuró a encender.

El murmullo de las conversaciones en todas las lenguas retomó poco a poco su intensidad. La recién llegada era sin duda alguna el motivo principal. La señora Smith, una acaudalada ciudadana de Filadelfia, no pudo abstenerse de preguntar con su voz nasal al maitre.

—¿Quién es esa dama?

—Lo ignoro, señora Smith. Todo lo que puedo decirle a usted es que es francesa.

La misma pregunta recorría todos los labios. El misterio envolvía a la dama de verde. ¿Quién podría ser esta belleza rubia? ¿Por qué se encontraba a bordo? ¿Dónde iba ella? ¿Cómo podía ser que esta deslumbrante francesa estuviese sola?

Durante toda la comida, los comensales, intrigados, no hablaron más que de la hermosa pasajera. Finalmente, el comedor quedó vacío en provecho del gran salón de primera donde daba comienzo el baile conmemorativo: ahí también los ventanales permanecían abiertos sobre el puente circular. La francesa también llegó, y se aprestaba a encender un cigarrillo cuando un pasajero, de expresión a la vez enérgica y tranquila, se inclinó ante ella, sin pronunciar palabra, para invitarla a bailar.

Ella inclinó ligeramente la cabeza en señal de asentimiento, y la nueva pareja se mezcló con las demás. El hombre bailaba admirablemente bien; su compañera se abandonaba en el torbellino. De vez en cuando dirigía con disimulo una mirada a su caballero.

¿De qué país podría ser él? Representaba unos cuarenta años. La cara se mantenía joven; las sienes, apenas encanecidas, le conferían un aire serio, reflexivo. Era alto, y no obstante exceder ella la estatura mediana, la sobrepasaba en toda la cabeza. Este bailarín desconocido la impresionaba. Parecía encontrar natural bailar con la mujer más linda de la concurrencia.

Para ambos, ellos constituían la pareja ideal. La mayoría de las parejas que los rodeaban eran absurdas: mujeres viejas acompañadas por hombres mucho más jóvenes, jóvenes bellas escoltadas por hombres calvos y ventrudos. La orquesta se detuvo.

—Le agradezco, señora, el haberme concedido este baile. Permítame presentarme: Robert Nicot. Me he informado que somos compatriotas: mi audacia ha llegado hasta preguntar al comisario de a bordo quién era usted. He podido descubrir así que tenía un nombre adorable: Chantal.

—¿Le gusta? Robert no me es tampoco antipático.

Insensiblemente, hablando, Chantal y su acompañante se habían aproximado a uno de los ventanales abiertos sobre el puente circular y se encontraron de pronto, acodados a la borda, mirando la inmensidad sombría del Mediterráneo.

—¿Va a Australia?

—No. Me detengo en Singapur, donde debo asumir la dirección de una nueva usina. Soy ingeniero.

—¿No sintió mucha pena al alejarse de Francia?

—Ninguna. No he dejado a nadie detrás de mí. Soy ambicioso, sueño con realizar una obra allá. ¿Y usted?

—¿Yo? Voy muy lejos, pero no sabrá usted por qué.

—Tenemos diez días de travesía antes de llegar a Singapur. ¿Me dará el placer de conversar alguna vez conmigo?

—Salgo rara vez de mi camarote, y a él vuelvo ahora... Declaro no tener condiciones muy marineras.

—¿Puedo acompañarla?

—No, gracias; me ha encantado poder bailar un poco con usted.

—Mis respetos, señora.

El ingeniero le besó respetuosamente la mano y entró en el salón de baile, mientras ella volvía a su camarote a través de un laberinto de pasadizos donde el linóleo claro se extendía entre dos paredes de palisandro y caoba.

La joven quedó pensativa. No obstante estar habituada a ver el mundo a sus pies, se había sentido débil por primera vez ante aquel hombre; tan débil que se vio obligada a huirle. No volvería a ver a este Robert Nicot ni a ninguno de los pasajeros, y permanecería encerrada en su camarote hasta la llegada a Sydney.

 

Chantal abandonó esta resolución a la mañana siguiente, cuando el camarero Williams le trajo el desayuno.

—La señora tiene un correo importante —anunció.

Uniendo el gesto a la palabra, Williams depositó sobre la bandeja del desayuno, entre la tetera y el platillo que contenía las rodajas de limón, un paquete impresionante de sobres con tarjetas de visita. Después de haberlos mirado con extrañeza, comenzó a abrirlos con indiferencia. Todas las tarjetas, ya fue sen enviadas por un maharajá ilustre o un lord, estaban redactadas en francés:

“S.A. el maharajá de Karma se complace en invitarla al cocktail-party que ofrecerá esta noche...” “Lord y lady Winhardt ruegan a la señora...”, aquí Chantal se limitó a sonreír, pues su nombre aparecía prácticamente ilegible, “quiera proporcionarles el placer de comer con ellos el viernes próximo”.

El maharajá era uno de los príncipes más fastuosos de la India; lord Winhardt, el más grande cazador de tigres del Reino Unido. La misma señora Smith, la multimillonaria de la voz nasal, no había podido resistir a la tentación de invitar a la joven a un tea-bridge. Pero Chantal estaba bien decidida a declinar todas aquellas invitaciones, salvo una, a la cual acudiría esa misma mañana. Robert Nicot le hacía preguntar por intermedio de Williams si consentiría en tomar un cocktail en el bar antes del almuerzo.

—Le dirá usted a ese señor que iré.

El ingeniero estaba ya ahí cuando Chantal entró en el bar; le pareció más hermosa, más radiante que la víspera. Esta extraña mujer no necesitaba los recursos de la luz artificial para realzar su belleza. Todas las horas del día eran propicias para destacarla. Se encaramó sobre un taburete, a su lado, después que él le hubo dicho:

—Espero que el camarero no la habrá despertado para trasmitirle mi invitación.

—Soy muy madrugadora —respondió lacónicamente, mojando los labios en el cocktail.

—¿No tendrá usted por casualidad tendencia a soñar despierta? —preguntó con dulzura el ingeniero.

—Tengo necesidad de silencio y de soledad—respondió Chantal, que no había advertido siquiera la entrada de la señora Smith can un admirable gato siamés en los brazos. El animal saltó sobre el mostrador y vino a estirarse perezosamente delante del ingeniero, que lo tomó en sus brazos, lo acarició y se lo ofreció a Chantal, en el momento en que ella salía por fin de su ensimismamiento. Al ver el gato, una expresión de espanto apareció en el rostro de la joven. Durante un instante, sus largas manos se crisparon sobre la barra del mostrador, después vaciló sobre el taburete, lanzando un grito desgarrador. Antes de que Robert y el barman tuvieran tiempo de intervenir, se había desplomado sin sentido sobre la alfombra. Sus rasgos habían adquirido una palidez mortal; la vida parecía haberla abandonado. Una confusión indescriptible siguió al estupor general de los ocupantes del bar.

 

Chantal había reabierto lentamente los ojos. Miraba en derredor como si temiera ver reaparecer el animal. Por disposición del médico de a bordo, llamado con toda urgencia, había sido trasladada a su camarote, donde la mucama la desvistió. Se hallaba extrañada de encontrarse en pijama, extendida sobre la cama, respirando bocanadas de olores marinos que le acariciaban el rostro.

El médico se inclinó hacia ella:

—No es nada, ya pasó... Un pequeño accidente sin gravedad. Pero, realmente, ¿cómo se ha producido? ¿Tuvo miedo? ¿Miedo del gato de la señora Smith?

El rostro de Chantal se crispó nuevamente:

—Tengo horror a esos animales.

—¿Supersticiosa? —preguntó el médico, sonriendo.

—¡Admitamos! —respondió la joven.

—Me he visto precisado, estimada señora, a hacerla desvestir para que estuviera más cómoda y poder examinarla durante su desvanecimiento. He notado que tiene en el nacimiento del muslo izquierdo y en lo bajo de la columna vertebral unas pequeñas manchas oblongas y rosadas que se destacan nítidamente sobre la blancura de la piel. ¿Suele tener ataques de urticaria?

—Soy propensa a ella. Anoche cometí la imprudencia de comer langosta.

—De todos modos, eso no debe ser muy grave —declaró el médico, levantándose—. Señora, debe descansar. Aliméntese poco al mediodía y esta noche estará perfectamente restablecida para la comida. Pediré a la señora Smith, personalmente, que deje a su gato en el camarote. Hasta luego, estimada señora. Si siente el menor malestar, no vacile en llamar al camarero, que me avisará. Por el momento no necesita usted más que tranquilidad.

El médico se había retirado en compañía de la camarera. Chantal permaneció largo rato inmóvil; después se levantó como una autómata, extrajo un libro del baúl ropero y regresó con paso inseguro a la cama.

Abrió al azar ese pequeño volumen familiar; sus ojos se posaron sobre una cita de Xavier de Maistre.

“¿Por qué trataré de hacerme ilusiones? No debo tener otra sociedad más que yo mismo, otro amigo que Dios: nos volveremos a ver en El. ¡Adiós, generosos extranjeros!”

¿Dios, un amigo? Si Dios fuera amigo de los hombres, ¿habría enviado sobre ellos males tan abominables?

Prosiguió la lectura:

“Evito ser visto por esos mismos hombres que mi corazón arde por encontrar. Sé, no obstante, que aquel que ame su celda hallará la paz”.

En adelante, su camarote debía ser una celda, puesto que ella tenía lepra.

 

El libro se le había caído de las manos. Sobre la tapa se leía:

 

 

 

Doctor Ramelot

LA PSICOLOGIA DE LOS LEPROSOS

 

 

 

Cada vez que hojeaba ese pequeño volumen Chantal volvía a ver un fragmento de su existencia. Era uno de los motivos por los cuales reabría sin cesar la obra del doctor Ramelot, que absorbía lentamente como una droga perjudicial, pero de la que no podía privarse. Una visión predominó en su espíritu: tenía entonces dieciséis años... Un pasillo del subte... Un marinero hallado al azar. La vulgar aventura, y aquel recuerdo que el muchacho bretón le había dejado: Iru, un gato siamés traído de Saigón. Jamás volvió a tener noticias del marinero, pero había conservado el animal. El solo hecho de pronunciar mentalmente el nombre de Iru trajo a su rostro una expresión de amargura indecible.

Para alejar la visión que la atormentaba encendió un cigarrillo y reanudó su evocación, con la mirada perdida entre las volutas del humo. Recordaba la infancia triste.

A la edad de doce años había sido colocada por la Asistencia Pública como sirvienta en una granja de los alrededores de París, donde la granjera la hacia dormir en un establo y la golpeaba. La niña se había escapado, pero un inspector la encontró en un café de los arrabales, cuya patrona, una buena mujer, la había recogido y estaba dispuesta a ayudarla; el inspector consintió en dejar a la chica en aquel nuevo domicilio.

Después de ser sirvienta en una granja, Chantal sería criada de un café. ¡Cuántas cosas!

Cuando tuvo quince años empezó a ser endiabladamente bonita; el patrón, un borracho, la Asediaba. Otra vez más debió huir; la Asistencia Pública la destinó como sirvienta para todo quehacer en la casa de una señora anciana. Allí estaba muy tranquila. Todos los meses recibía la visita de un inspector o inspectora; la visita duraba cinco minutos, durante los cuales Chantal informaba que todo marchaba bien y que se sentía perfectamente feliz. El inspector regresaba tranquilizado y orgulloso de los excelentes resultados obtenidos en una criatura que les había parecido tan indócil. Chantal podía hacer cuanto quisiera en la casa de esta anciana señora y salir en compañía del marinero.

Este, bien pronto olvidado, fue reemplazado por un mecánico de garaje, que se hizo intolerable el día que tuvo la absurda idea de tomar la aventura a lo serio y hablar de casamiento. ¡Cuánto camino recorrido después! La joven se esforzaba por recordar todas las aventuras pasadas; no lo conseguía: eran demasiado numerosas. Pero recordaba toda su vida aquel día en que la Asistencia Pública le había notificado que era libre por haber alcanzado la mayoría de edad. Se le había hecho entrega de una suma bastante importante, que representaba lo ganado en los sucesivos empleos desde la edad de doce años: Chantal se llevó el dinero sin despedirse de nadie.

Por fin podría vivir plenamente su vida. Todo el dinero ganado y economizado en nueve años fue invertido en las cuarenta y ocho horas siguientes: vestidos, medias de seda, sombreros, peluquería, manicura, cigarrillos.

Chantal se armaba para defender sus encantos. Aquella misma noche debutaba en un dancing de la Plaza Blanche, persiguiendo la Gran Aventura: aquella que la sacaría definitivamente de la miseria y sería el justo reconocimiento de su belleza. En diez meses había “hecho” todos los bares, todos los dancing y todas las boîtes de la capital, desde los Campos Elíseos hasta la Plaza de la República, y desde Montmartre hasta Montparnasse. Allí fue donde la dirección de Marcelle et Arnaud había venido a descubrirla para aumentar con una unidad de selección la célebre cohorte de sus grandes modelos.

Marcelle et Arnaud sólo existía en la imaginación de sus clientes: era el nombre de una firma. En realidad, el doble nombre de la casa de costura se resumía en la única señora Royer que no se llamaba Marcelle —nadie, por otra parte, había conocido jamás su nombre; todo el mundo la llamaba: “Señora”—, y cuyo marido, muerto mucho tiempo atrás, nunca respondió al nombre de Arnaud. La señora directora no era ya joven. Su pelo blanco, corto y peinado hacia atrás con mucha sencillez, le daba, con los trajes sastre por los que parecía sentir cierta predilección, un porte definitivamente más varonil que femenino.

La última presentación de la nueva colección de otoño había sido deslumbrante. La voz de la encargada del desfile anunciaba sucesivamente, a cada aparición de una modelo: “Discreción... Misterio... ilusión...” “Discreción” estaba representada por una joven alta y morena, de tez mate y pelo de ébano, que pasaba y repasaba por los salones con los ojos púdicamente bajos. “Misterio”, que la seguía, llevaba largo pelo de un rubio ceniciento, suelto sobre la espalda; los ojos eran glaucos, impenetrables. “ilusión” tenía todo el atractivo de una pelirroja, cuyo peinado levantado sobre la nuca recordaba una heroína de Paul Bourget o de Marcel Prevost. Pero el murmullo más halagador de la concurrencia fue reservado para “Nostalgia”, quien, después de haber descendido con precipitación la gran escalinata, oyó la voz ronca de la señora Royer que le murmuraba al llegar a la última grada:

—¡Chantal! Tendrás una multa. En el próximo retardo serás despedida.

“Nostalgia” parecía no prestar mas que una mediocre atención a esta reprimenda y se introdujo en los salones brillante- mente iluminados, en medio de una doble hilera de clientes, llevando en los labios la más exquisita de las sonrisas comerciales.

“Nostalgia”... El nombre corría de boca en boca, señalado por algunas exclamaciones: “¡Maravilloso!” “¡Ideal!” “¡Adorable!” Y las señoras manifestaban su satisfacción, mientras la patrona saboreaba el triunfo en silencio, siempre al pie de la escalera. En el momento en que “Nostalgia” iba a desaparecer en un último crujido de la tela, la señora Berthon, una clienta que no había cesado de examinarla con sus impertinentes, le preguntó con voz más bien desagradable:

—Señorita... ¿Quiere tener la amabilidad de acercarse?

‘Nostalgia” debió volver sobre sus pasos, con la eterna sonrisa congelada sobre los labios. La señora Berthon palpaba el terciopelo del vestido:

—Adoro este tejido. ¿Qué le parece, querido mio?

Esta última pregunta estaba dirigida a un caballero sentado a su derecha y que parecía fastidiado por tener que opinar sobre semejante materia.

—Dios mio...’ creo que le sentará a las mil maravillas.

—Vendré a probármelo mañana —concluyó la señora Berthon.

La encargada se había adelantado.

—Señora Jeanne —prosiguió la dama de los impertinentes—, resérveme un salón para mañana a las quince. Tome nota.

Los impertinentes apuntaban a la modelo:

—Vuélvase un poco, señorita... ¡Perfecto! ¿Cómo se llama usted?

—“Nostalgia”, señora.

—Ya sé... Le pregunto por su nombre.

—Chantal, señora.

El señor Berthon permanecía silencioso, sonreía cortésmente a su esposa y miraba ávidamente a Chantal. Su mirada inquieta iba de la modelo a su mujer y parecía decir: “¿Cómo puede creer ella, con su corpulencia y sus setenta kilos, que este vestido de terciopelo, moldeado sobre el cuerpo admirable de una mujer joven, pueda quedarle bien?” Berthon ignoraba que todas las clientas de una modista, con alguna rara excepción, se mecen en parecidas ilusiones.

—¿La señora ya no me necesita?

—No. Gracias, señorita.

Chantal-”Nostalgia” desapareció por una puerta y trepó de cuatro en cuatro las gradas de la escalera de caracol que la conducía al “camarote”, ese santuario de las casas de costura donde los profanos no penetran jamás y en el que las modelos se visten y desvisten sin cesar.

La habitación se hallaba terriblemente llena cuando Chantal entró, sofocada, diciendo:

—Esta vieja gorda es odiosa. ¡Me hizo quedar de pie ante ella durante una media hora!

—Parecería —continuó Mado-”Discreción”, sentada en una esquina de la mesa sin más vestimenta que un corpiño y un taparrabos— que se complace en demostrar interés en comprar el vestido y recordamos que se nos paga para exhibirlo.

—¿Cuál es la perra que me ha robado mi nuevo par de medias de seda? ¡Es asqueroso! ¡Aquí todo desaparece!

Así acababa de expresarse Lulu-”Misterio”. Y chilló:

—¡Chantal! ¡Estoy segura de que eres tú la que me ha quitado mis medias de seda!

—¿Por quién me tomas?

—Por lo que eres: una ladrona... ¿Quién había tomado el broche de Ninette?

—Eso es distinto —respondió Chantal—, era para salir una noche con un hombre muy elegante. La mejor prueba es que se lo devolví al día siguiente.

—Un broche no se gasta, mientras que mis medias... Devuélvemelas: sé que están en tu cartera.

—¡Mentirosa!

—¡Yo te voy a enseñar a pavonearte afuera con las cosas de las demás! ¡No porque la “señorita” se exhiba en los bares y delante de las clientas una olvida que viene de la Asistencia Pública!

Chantal había escuchado, pálida, este último ataque de Lulu. Agarró con ademán veloz el pelo de ébano de la muchacha de. tez mate y tiró con todas sus fuerzas. Las dos mujeres rodaron sobre la alfombra.

Bruscamente, la puerta del cuarto se abrió, y la voz del “mono” dominó el tumulto de la contienda:

—¡Chantal! ¡Lulu! ¿Dónde creen que están?

Esta frase, lanzada por la voz ronca de la señora Royer —el“mono” para estas muchachas—, paró en seco el empuje de las contrincantes.

—Chantal, sígueme al escritorio: tengo que hablarte.

Chantal, el pelo en desorden, siguió a la directora, que la contempló largamente en silencio después que hubo cerrado tras de sí la puerta de su escritorio.

—¡Mírate en ese espejo! —le dijo la señora Royer, decidiéndose finalmente a hablar—. Arregla un poco tu peinado. Hace un momento te hice una advertencia por tu tardanza; ahora voy a darte tus ocho días de preaviso. Te irás el viernes próximo. Trata de trabajar en otra parte. Por sobre todo, te recomiendo no llevarte ningún vestido de la casa, pues si lo haces te denunciaré a la policía. Te había dado una inesperada oportunidad de éxito el día en que te saqué de aquel dancing de Montparnasse para ofrecerte un empleo de gran modelo. En veinticuatro horas habías ascendido un grado en la escala social, con la suerte de poder estar siempre bien vestida...

—No es éste el momento de darme lecciones de moral —le contestó Chantal, de mal modo—. No se presente mejor de lo que es... ¡Yo sé muy bien por qué me hizo entrar en su cochina casa!

—¡Cállate!

—¡No! ¡Si las clientas estuvieran aquí, gritaría todavía más fuerte! Todo París conoce sus gustos...

Chantal salió dando un portazo. Se dirigió a pie al hotel de la calle Victor-Massé, donde había fijado su domicilio desde que se convirtiera en modelo. Subiendo lentamente la calle Pigalle, pasaba revista a los acontecimientos de ese día. La conclusión final de sus reflexiones fue que ya estaba harta, que debía salir a toda costa y una vez por todas de su situación. El único medio era, sin duda, el ‘que le había indicado el “mono”: encontrar un hombre serio, provisto de una sólida cuenta bancaria. Desde los diecisiete años ‘había pensado con frecuencia en eso. Contrariamente a lo que creía la directora de Marcelle et Arnaud, no había hecho otra cosa que ésta: buscar el pájaro raro.

Entró en la habitación del pequeño hotel. Iru, según su costumbre, estaba estirado sobre la colcha. Chantal lo apartó hacia un rincón y se acostó a su lado, vestida. Reflexionaba. Este hotel para jóvenes o bailarinas del Tabarin no era ya un ambiente digno de ella. Necesitaba el lujo, el verdadero, con sudepartamento sobre el Bois de Boulogne, su mucama, su pequeño automóvil blanco y negro, su tapado de visón, su collar de perlas y su libreto de cheques que le permitiera deslumbrar a.las otras mujeres o a las antiguas compañeras de miseria y aventura. Hasta su nombre, Chantal, desentonaba con una vida de mezquindad. Siempre se había preguntado quién, en la Asistencia Pública, la había disfrazado con ese nombre distinguido. Hubiera podido, como tantas otras, llamarse Marie o Madeleine, nombres de los más vulgares o, asimismo, como sus camaradas de cuarto, Lulu, Mado, Ninette... Verdaderamente, por una única vez en su vida hasta hoy había tenido suerte en la elección del nombre. Se veía ya con el agregado de una partícula, un nombre por el estilo de Chantal de Boislieu o Chantal d’Haifleur; buscaba, en el cielo raso, el nombre que le convenía más, el que mejor sonara.

...La prueba laboriosa de la señora Berthon había tenido principio en un salón privado de Marcelle et Arnaud.

Todo el estado mayor de la casa estaba ahí.

—¡El milagro se ha producido! —le decía la robusta señora a la encargada—. El señor Berthon quedó tan entusiasmado con los vestidos que elegí ayer que se ha empeñado en acompañarme para presenciar la prueba. Me gustaría ver nuevamente “Nostalgia” y “Hojas muertas” sobre la modelo que los llevaba ayer.

—Diga a la señorita Chantal que pase “Nostalgia” —ordenó la encargada.

—Cinco minutos después —el secreto de Marcelle et Arnaud consistía en no hacer esperar jamás a las clentas— Chantal“Nostalgia” entraba al salón de pruebas, no sin haber preguntado al pie de la escalera a una vendedora:

—¿Está sola la clienta?

—No; el señor Berthon la acompaña.

—¿En qué se ocupa, permanentemente?

—Agente de cambio. Posee una de las más grandes fortunas de París.

“Perfecto; allí está el hombre que necesito”, pensó Chantal, cuidando su entrada en el salón. La señora Berthon estaba ya embutida en un vestido de la nueva colección. Al primer vistazo juzgó Chantal que estaba ridícula; en desquite, su marido, a quien examinó cuidadosamente, le pareció muy presentable.

Evidentemente, ya no era joven, pero la calvicie y los lentes le daban un aire respetable de viejo americano; Chantal se acomodaría con él, puesto que estaba firmemente decidida a contentarse con el primero que se ofreciese, a condición de que tuviera mucho dinero y una reputación sólidamente fundada. Detrás de los lentes, los ojos del agente de cambio brillaban con fuego extraño: experimentaba una maravillosa sensación al realizar, en la proximidad de los sesenta, la conquista más emocionante de su vida.

Por eso Chantal no sintió más que una mediana extrañeza, en el momento de franquear la puerta del personal, a las diecinueve de esa misma tarde, al recibir de manos del conserje una tarjeta de visita. Era una invitación de Jacques Berthon, para almorzar el día siguiente a las trece. El agente de cambio parecía, pues, dispuesto a conducir las cosas rápidamente.

—¿Quién le ha entregado esta tarjeta?

—Un chofer, señorita... Manejaba un coche magnífico.

Chantal se adormecía en el cuarto de la calle Victor- Massé, cerca de Iru, con la sensación de haber “trabajado” tal vez mejor en una sola tarde que durante el resto de su vida.

Según su costumbre, llegó retrasada para la presentación del día siguiente. Nadie le hizo la menor observación, ni siquiera la señora Royer, instalada siempre al pie de la monumental escalera. Sin duda, la patrona estimaba que toda reprimenda era inútil, ya que Chantal dejaría definitivamente la casa el viernes siguiente. Todo el mundo, en Marcelle et Arnaud, estaba ya al corriente de esa partida; un día fue suficiente para difundir la noticia. Chantal se dio perfecta cuenta de esto por la actitud de las compañeras de cuarto. Mado y Ninette afectaban un ligero desprecio hacia ella; Lulu mostraba gran contento. Chantal simuló no darse cuenta de nada. Cuando Mado le preguntó:

—¿Dónde almorzaste hoy?

Ella respondió evasivamente:

—En un reservado del Café de París.

Todas estallaron de risa. Era cierto, sin embargo.

Berthon no había hallado nada más apropiado para declarar a Chantal su repentina pasión; poco faltó para que contratara músicos gitanos. El agente de cambio, rejuvenecido, se sentía transportado a una época en que las jóvenes culpables escondían bajo tenues velos y en cupés cerrados el secreto de sus aventuras.

Chantal impuso sus condiciones, que fueron todas aceptadas. Dio a entender, asimismo, que estaba dispuesta a abandonar la casa Marcelle et Arnaud en los próximos ocho días si su protector le aseguraba inmediatamente una vida confortable, regalada, exenta de toda preocupación. El agente de cambio había exhibido el libreto de cheques; pero Chantal le explicó claramente que un solo cheque, por importante que fuese, no le interesaba. Lo que necesitaba era el departamento, el auto, el visón, el collar de perlas y un libreto de cheques a su nombre, del que ella pudiera disponer libremente. Berthon quedó deslumbrado por tales exigencias. “Cuanto más dinero les dan los hombres, tanto mas las respetan”, le había dicho a Chantal una de sus vecinas de piso en el hotel de la calle Victor-Massé.

La semana transcurrió para la joven con desconcertante rapidez; ocupó todo el tiempo que no pasaba en Marcelle et Arnaud en hacer compras. Berthon cumplió escrupulosamente sus promesas, de tal manera que Chantal llegó, casi, a tener miedo del día en que le tocase cumplir las suyas. Nada se sospechaba en la casa de costura. El agente de cambio ofrecía la ventaja de llevar cuarenta años de casado con una mujer tremenda, a la que temía tanto por el carácter como por los impertinentes, y de estar muy absorbido por el trabajo.

Esto permitía a Chantal esperar que, una vez normalizadas las cosas, lo vería —en el peor de los casos— una o dos veces por semana. A decir verdad, no podía desear nada mejor.

El viemes, día de la partida, llegó por fin. Por última vez Chantal presentó por tumo “Nostalgia” y “Hojas muertas”. Al volver de la caja se encontró en la escalera de caracol frente a frente con la señora Royer, que le preguntó:

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Lo verá usted dentro de algunos días —le contestó Chantal—. Le pido solamente que, en lo sucesivo, como ya no formo parte de su casa, no me tutee si llegáramos a encontrarnos.

Halló en el “camarote” a Lulu, Mado y Ninette, que sintieron la necesidad de esperarla para despedirse con caras de circunstancia.

—¿A qué vienen esos semblantes tan tristes? —les dijo alegremente Chantal—. Parecería, en realidad, que son ustedes las que se van. ¡Vamos! Acabo de cobrar un mes suplementario, el de preaviso; por lo tanto, les ofrezco a todas un cocktail en Weber.

—Chantal, te aseguro...

—Necesitas tu dinero...

—¿Mi dinero? ¡Van a ver lo que voy a hacer de él!

No fue sólo un cocktail lo que ofreció a sus compañeras, sino cuatro a cada una. Al salir de Weber estaban todas achispadas, salvo Chantal, que sólo había bebido jugo de frutas. Necesitaba mantener claras las ideas, para reflexionar por última vez, recostada en la cama turca de la calle Victor-Massé.

Cuando llegó al hotel, el portero le dijo con tono de admiración:

—¡Oh!, señorita... Durante todo el día han traído unos cuarenta paquetes para usted. Son vestidos, cajas de sombreros... Hay también una gran canasta de hortensias. He llevado todo a su habitación. Perdone que sea indiscreto, pero, ¿no será mañana su cumpleaños?

—Algo hay de eso... —dijo riendo Chantal.

Los paquetes colmaban los muebles. Chantal contemplaba las etiquetas: todas llevaban el sello de grandes casas: Worth, Jeanne Lanvin, Agnes, Kirby Beard... Era, sin duda, la primera vez que esta mujer recibía semejante alud de cosas maravillosas, hasta ese día reservadas a otras. Esos regalos se los había ofrecido ella misma, gracias a la cuenta bancaria que le hizo abrir el agente de cambio. Surgiendo de entre todas esas maravillas, dominándolas casi, aparecía el canasto de hortensias. Sobre la cinta estaba prendida una tarjeta con estas sencillas palabras:

“Para ayudarla a pasar su última noche de hotel”.

Esa noche, en medio de aquellos tesoros, Chantal se sentía asombrosamente lejos del marinerito, de suscomienzos, de la Asistencia Pública, de los desfiles de Marcelle et Arnaud, del “camarote”, de todo lo que ya no podía soportar. Solamente Iru, el gato siamés, había sobrenadado en ese oleaje de fealdades y cálculos mezquinos que acaban por corromper la conciencia, aunque sea una conciencia de veintidós años...

Iru había sido el compañero de los malos tiempos y de los cuartos sin comodidad; era justo que tuviera él también su parte de felicidad. Chantal retiró los innumerables paquetes que cu-brían la cama turca y se recostó, vestida, con el viejo traje sastre utilizado ex profeso para probarle al “mono” que se retiraba de Marcelle et Arnaud con el mismo vestido que llevaba puesto al entrar allí. Sería la última vez en su vida que se ponía ese traje sastre; mañana sería otra mujer, transformada, con un vestido comprado y no prestado, un vestido que podría desgarrar o tirar a su antojo. Iru, que se había acurrucado en un rincón del cuarto, completamente desconcertado al ver sus dominios —la cama— invadidos por paquetes monstruosos, regresó a estirarse al lado de su ama.

Mientras lo acariciaba, Chantal le decía:

—Mañana, mi viejo Inu, dormiremos en mi departamento, frente al Bois de Boulogne...

Trascurridos dos meses desde que Chantal abandonara Marcelle et Arnaud, el “camarote” había recobrado su tranquilidad. Chantal fue reemplazada por Christiane, un nuevo hallazgo de la señora Royer, quien se había preguntado muchas veces qué habría sido de su ex modelo, de la que nadie supo darle noticias. Una tarde, cuando la patrona estaba en el escritorio tratando de ordenar la contabilidad con la ayuda de un experto, la encargada de los salones de recepción entró enloquecida:

—¡Señora Royer! ¿Sabe quién acaba de llegar como cliente? ¡Chantal! Está elegantísima, con tapado de visón oscuro y espléndido collar de perlas. Desea ver la colección. ¿Qué hacemos?

—Presentársela —contestó simplemente la directora—.Puede resultar una clienta muy interesante. Recuerden que aquí sólo una cosa importa: el negocio.

La señora Royer bajó al salón donde Chantal estaba sentada a pocos metros de la señora Berthon, que la examinaba con los impertinentes y preguntó a la encargada:

—¿No es su antigua modelo?

—Sí.

—La encuentro muy elegante.

—Es de creer que ha recibido alguna herencia.

—O halló un señor que se interese por ella —respondió con sequedad la señora Berthon—. No me agrada mucho encontrarme con este género de personas en su casa y en el mismo salón.

—Qué quiere usted, estimada señora —le respondió sonriendo la patrona—, ¡es un signo de los tiempos! Despedimos a una empleada y dos meses después se nos reaparece en el campo opuesto: el de las clientas.

Se dirigió a Chantal y le dijo con amabilidad:

—¡Qué grata sorpresa, señorita! Muy gentil de su parte hacernos esta visita. ¿Ha pedido ver nuestra colección? Vamos a pasarla dentro de unos instantes para usted y para la señora Berthon... Su tapado es maravilloso; la felicito. ¿Feliz?

—Mucho.

—Bravo. Es lo principal.

El desfile de modelos comenzó. Todas, al advertir la presencia de Chantal, tenían un momento de vacilación, pero la voz de la encargada se hacia oír, imperiosa:

—¡Vamos, señoritas, apresurémonos!

Los nombres de los vestidos salían conformes al rito inmutable :“Fantasía”...“Entendimiento”... “Preludio”...

—Señora Jeanne —dispuso la mujer del agente de cambio—,resérveme “Entendimiento”y “Preludio”.

—Para mí también —encareció la voz de Chantal.

Los impertinentes de la corpulenta señora se volvieron, furiosos, hacia esta “nueva rica de última hora”.

Chantal no se preocupaba siquiera y fumaba con beatitud un cigarrillo rubio. Estaba decidida con firmeza a elegir sistemáticamente todos los modelos que gustaran a la señora Berthon. Puesto que la habían tratado de ladrona, verían ahora cómo robaba los objetos de lujo a las otras, con el poder de su dinero. La palabra “amante” no le acudía a la mente jamás cuando se trataba del agente de cambio. El buen hombre calvo era todo, menos un amante. Chantal reservaba ese nombre mágico para aquel que fuera capaz de justificarlo ante sus ojos.

La voz de la encargada anunció: “Delicadeza”.

“Delicadeza” era Lulu, que avanzaba con aire púdico y se detuvo a la vista de Chantal.

—Señorita —le dijo ésta, imitando exactamente el timbre de voz que había oído muchas veces en boca de las clientas—, acérquese usted... Dése vuelta. Póngase de tres cuartos de perfil...

Los ojos de Lulu estaban empañados con lágrimas de rabia. Chantal entrevió el momento en que su antigua compañera se le echaría encima o abandonaría bruscamente el salón. No esperaba otra cosa; es más, lo deseaba. La señora Royer vigilaba la escena. Al menor desfallecimiento de Lulu, la patrona la despediría; ¡cada una a su turno! Chantal conocía bastante al “mono” para saber que no vacilaría un segundo entre deshacerse de una modelo o conservar una clienta. Chantal-clienta. era la única persona interesante para la señora Royer.

Pero Lulu se contuvo: necesitaba comer. Después de haberla retenido de pie ante ella un largo rato, Chantal le dijo:

—Sé muy bien, señorita, que la he cansado con mi deseo muy legítimo de admirarla más de cerca... Estoy afligida y deseo recompensaría. Noto que no lleva medias de seda. ¡Evidentemente, al precio que están! Permítame ofrecerle este regalito: son doce pares nuevos que acabo de comprar para mí.

Le tendió la caja envuelta. Lulu titubeó; la señora Royer. la observaba; finalmente, tomó el paquete murmurando entre dientes:

—¡Gracias, señora! —y desapareció hacia la escalera de caracol, donde estalló en sollozos.

—¿Quiere hacerme llamar el coche? —dijo Chantal, levantándose—; el chofer debe estar en la calle Boissy-d’Anglas. Señora Jeanne, compro “Entendimiento”, “Preludio” y “Delicadeza”. Ninguna prueba será necesaria —agregó, dirigiendo una mirada hacia la señora Berthon—; creo tener justamente el talle “modelo”. No tendrá más que agregar la factura al envío.

Y a la patrona, que se aprestaba a saludarla:

—¿Cuándo me dará el placer de ir a tomar una taza de té en mi casa?

—Con todo gusto, cualquier día libre.

—¿El domingo? Bulevar Suchet, dieciséis... ¿Quiere que mi coche pase a buscarla?

—No; no es necesario. Hasta el domingo, señorita.

Chantal dejó la casa Marcelle et Amaud acompañada hasta la puerta con la sonrisa comercial de la encargada, y saludada en el umbral por la gorra del portero galoneado y estupefacto, en cuyas manos no vaciló en deslizar una regia propina cuando éste abrió la portezuela del Packard.

El inmueble que Chantal eligiera para su domicilio era uno de los más hermosos de París. “¿Tal vez Chantal no viva sola?”, se preguntaba la directora de Marcelle et Arnaud cuando una mucama le abría la puerta que daba acceso a un amplio vestíbulo revestido de mármol.

La joven dueña de casa esperaba a la señora Royer en un delicioso tocador, contiguo al gran salón. El aspecto general del departamento indicaba a todas luces la intervención de un decorador... Un decorador que debió decir: “Señorita, déjeme hacer... Aquí habrá un diván, allí una lámpara de hierro forjado, en este rincón una biblioteca, las cortinas del comedor serán verdes, las de su dormitorio azul pálido. Todo estará listo para la fecha prevista. No tendrá usted que preocuparse por nada; le costará tanto...”

Chantal dejó actuar al experto. El departamento era suntuoso. Evidentemente sus modales desentonaban a veces en esta acumulación de lujo. Por ejemplo cuando su antigua directora manifestó el deseo de recorrer la casa, y cuando estuvieron en el comedor, Chantal declaró mostrando la mesa:

—El decorador me aconsejó elegirla de vidrio; es lo que “da más juego”.

La señora Royer se limitó a sonreír.

El té estaba bien servido. La joven ama de casa no perdía oportunidad de llamar con el timbre a la mucama. Al fin, su invitada ya no pudo contenerse:

—Oiga, Chantal, ¡van ya diez veces que molesta a esta muchacha, sin objeto! Si es para demostrarme que tiene sirvientes, es inútil. Ya lo sé. O bien dígame en seguida cuántos tiene, y ya no hablaremos de ellos.

—Tengo un chofer, una cocinera y una mucama —no pudo privarse de precisar Chantal, con altanería infantil.

La señora Royer no insistió ya, comprendiendo que se necesitarían aún largos meses, tal vez años, para hacer de Chantal una completa mujer de mundo.

—¡Qué hermoso gato siamés! —observó ella.

—El señor Iru... Mi más viejo amigo y mi confidente.

—¿No tiene miedo que destroce con las uñas la seda de ese taburete?

—¿Qué importa? Si lo estropea, compraré otro —contestó Chantal.

—Voy a ser muy indiscreta y algo curiosa, como todas las mujeres. ¿Puedo preguntarle qué milagro se ha operado en su existencia?

—Ninguno. Seguí sencillamente sus consejos... Usted lo sabe muy bien: el amigo serio.

—A juzgar por el departamento debe ser, en efecto, muy serio. ¿Vive aquí?

—¡Ni pensarlo! ¡Lo veo lo menos posible!

—Ahí tiene usted el verdadero secreto de la felicidad.

—Por otra parte, usted lo conoce. Es el marido de una de sus clientas, la señora Berthon.

—¡No!

La señora Royer quedó atónita. ¿Cómo podría ser que no se hubiese dado cuenta de nada? No se lo perdonaba.

—Si le confío hoy su nombre —prosiguió Chantal— es porque ya no tiene eso ninguna importancia. Jacques me ha dado suficientes garantías para que yo pueda contemplar la vida con cierto optimismo. Y la sé a usted demasiado comerciante para atreverse a hablarle a su mujer. El resultado práctico sería, para la casa Marcelle et Arnaud, la pérdida de sus dos mejores clientas.

—¿Y es un gran amor?

—De parte de él, sí... De la mía, ¡no me pida demasiado! El amor es bueno para una buhardilla cuando no se tienen los medios para ofrecerse otras distracciones.

—Pero, al menos, ¿se muestra usted gentil con él?

—No mucho. Los hombres no aprecian a las mujeres gentiles.

Ya sola, Chantal, según su antigua costumbre, se recostó sobre un diván, encendió un cigarrillo y se puso a mirar el cielo raso. El domingo era para ella un día maravilloso: no tenía ninguna probabilidad de ver llegar de improviso a su sostenedor. Como todos los maridos bien educados, Berthon dedicaba el día domingo a su esposa. Había que reconocer que no era muy cargoso y bastante discreto para anunciarse siempre por teléfono.

Sus días predilectos eran los lunes y jueves. El lunes, sin duda para descansar de la presencia de la señora Berthon, que había soportado todo el domingo; el jueves, tal vez recordando la época lejana de colegial en que hacía la cimarra.

Pero todo hombre es mortal. ¿Qué pasaría si Jacques Berthon desapareciese? Chantal había sufrido demasiado por escasez de dinero hasta ese día para no asegurarse el porvenir. Decirle crudamente las cosas al buen hombre era delicado y peligroso: comenzaba ya a tener algunas dudas sobre la naturaleza de los sentimientos que su tierna amiga abrigaba con respecto a él. Era mejor obligarlo a actuar espontáneamente para obtener ese resultado. Chantal no veía sino un medio de ligar su destino al agente de cambio, aun cuando éste llegara a morir. No se trataba de casamiento: sería muy largo, era menester un previo divorcio. Chantal apreciaba la vida en triángulo; la señora Berthon le ofrecía, sin darse cuenta, el inestimable servicio de aliviarla de su protector durante la mayor parte de la semana.

No, el medio hallado por Chantal era mucho más eficaz; no sería, por otra parte, la primera mujer en utilizarlo. Su conciencia, atrofiada desde mucho tiempo atrás, no se había rebelado contra la idea de emplearlo.

 

El ensueño de la bella pasajera del Empress of Australia fue interrumpido por dos golpes discretos en la puerta del camarote, seguidos de la aparición de Williams.

—Excúseme, señora... Me han encargado trasmitirle un mensaje del señor Robert Nicot, quien se interesa por su salud.

—Puede decirle a ese señor que estoy completamente restablecida.

—En tal caso —prosiguió la voz ceremoniosa del camarero—, el señor Nicot pregunta si la señora le dará el placer de comer con él esta noche.

—Diga al señor Nicot que asociaremos nuestras soledades en el comedor. Nos encontraremos a las veinte en el gran salón.

La entrada de la pareja impresionó a los comensales.

Chantal lucía un largo vestido de crepe marrocain negro, de cuello muy alto, que cubría por completo el pecho hasta la garganta, pero dejaba su admirable espalda desnuda hasta la cintura. Las tres esmeraldas que acompañaban el vestido verde de la víspera habían sido reemplazadas por tres diamantes: un solitario en el dedo anular de la mano izquierda, y dos pendientes, tallados en forma de pera, que prolongaban el lóbulo de las orejas.

Chantal y el ingeniero se dirigieron hacia la mesa central, sin demostrar preocuparse lo más mínimo por los nuevos comentarios esparcidos a su paso.

—Esta mujer me produce la impresión de ser una aventurera —dijo lady Winhardt al mayor Thompson, su vecino de mesa.

—Sin duda —reconoció el mayor—. Una aventurera de gran clase... —¿Quién es el caballero?

—Lo ignoro...

—¿No será simplemente un enamorado? Es apuesto.

—¡Querida lady Winhardt —exclamó el mayor Thompson—, siempre romántica! En lo fundamental, tiene usted razón: la aventura no excluye el amor.

Durante este diálogo, intercambiado en la mesa del más grande cazador de tigres del Reino Unido, la voz nasal de la señora Smith no permanecía en silencio y confiaba al grupo de parásitos que la acompañaban en sus desplazamientos, y que le formaban una corte obsequiosa:

—¡Figúrense ustedes que esta mujer se ha desvanecido repentinamente en el bar americano, esta mañana, en cuanto vio mi pequeño y adorable Siao! El médico vino, además, a rogarme que en adelante dejara al pobre animal encerrado en mi camarote para evitar que esta francesa se encontrara de nuevo con él. ¡Admitirán que es inconcebible! No haré ningún caso de este pedido y continuaré paseando a Siaó por todo el barco cada vez que sea necesario para su salud... Sí, Siao es propenso a la neurastenia.

Chantal y Robert hablaron poco durante la comida. Parecía que cada uno de ellos quería saborear el secreto placer de esta primera cena en común; de vez en cuando, el ingeniero hacía algunas preguntas triviales, a las cuales la joven contestaba con evasivas. Un solo punto atormentaba a Robert: la razón misteriosa del malestar experimentado a la vista del gato siamés. Sin saber exactamente por qué, intuía que el animal no era directamente el motivo, pero sí la imagen de un peligro oculto y temible.

Cuando ambos se encontraron nuevamente en cubierta, después de la comida, instalados en sus sillas, el ingeniero no pudo contener por más tiempo su curiosidad.

—Ahora que esta comida nos ha reconfortado por completo, permítame hacerle una pregunta a la que sólo contestará usted, si no la considera muy indiscreta: ¿por qué no quiere a los gatos siameses?

—¿Desea proporcionarme un gran placer, Robert? —era la primera vez que lo llamaba por su nombre—; no me hable jamás del incidente del bar; sepa que soy muy nerviosa, eso es todo. El no insistió. Queriendo desviar la conversación, le hizo notar:

—Debiera abstenerse de comer pescado durante algún tiempo: tiene una pequeña mancha de urticaria en el nacimiento del cuello, que no estaba allí antes de la comida.

Instintivamente, Chantal levantó el cuello del vestido, tratando de ocultar la mancha, y extrajo el espejo de su polvera para comprobar si era visible. Había palidecido de nuevo, pero halló fuerzas para decir:

—Tiene usted razón. Me gusta el pescado, pero él no me quiere... ¿No le parece que hace fresco sobre esta cubierta?

—No, precisamente, ¿pero tal vez prefiera usted retirarse a su camarote?

Chantal se había levantado y le dijo con voz ligeramente alterada.

—No me guarde rencor. Creo que voy a regresar; después de una noche de reposo me sentiré más animosa. Me hubiera gustado, con todo, pasar esta velada con usted... ¡Tenemos tantas cosas que decirnos!

—O para no decirnos —cortó el ingeniero.

—¿Ya celoso, Robert?... Me parece que para personas que no se conocían la víspera y nada saben el uno del otro, somos ya buenos amigos.

—Sé que es usted hermosa.

—Me han dicho que eso tenia música.

—He sabido por el sobrecargo que va hasta Sydney.

—Mientras que usted me dejará en Singapur por sus máquinas eléctricas. Me olvidará pronto.

—¿Por qué se pone inesperadamente perversa?

—Debo retirarme. Buenas noches, Robert.

—Buenas noches, Chantal. Hasta mañana.

Había pronunciado estas últimas palabras besando largamente la mano blanca y fina que ella no parecía tener prisa en retirar; el calor de ese beso le proporcionaba a él un profundo bienestar; Chantal desapareció sin agregar palabra. Cuando Robert regresó al gran salón iluminado y bullicioso, se sentía feliz.

La joven casi corrió por el pasillo que la conducía al camarote, cuya puerta cerró detrás de sí, echando el cerrojo, para detenerse jadeante ante el doble espejo del cuarto de baño; con brusco ademán desgarró el cuello del vestido para poner al descubierto la garganta y el pecho. El ingeniero no se había equivocado: la mancha rosa y ovalada estaba en el nacimiento del cuello, y numerosas manchas parecidas le recubrían los senos.

Hasta ese día, sólo habían aparecido en las caderas; se diría que habían elegido el momento en que la joven acababa de encontrar un hombre que le gustaba, para multiplicarse en proporciones pavorosas.

Chantal abandonó el cuarto de baño y se arrojó sobre la cama, mordiendo las sábanas en una crisis de lágrimas. Los sollozos eran apenas ahogados por el chapaleo de las olas que rozaban el casco del navío. No le preocupaba la hora, ni el Mediterráneo, ni el vestido desgarrado. Este vestido negro que le recordaba muchas cosas, especialmente la noche que lo había estrenado...

 

...Había sucedido diez días antes: un domingo. Después de cuatro años trascurridos como amante del agente de cambio, éste había conseguido por fin liberarse, una noche, de su agriada esposa. Para festejar esta fuga, Jacques Berthon y Chantal habían decidido ir a comer a Les Ambassadeurs después irían a una boite El vestido de crepe-marrocain negro había sido encargado a Marcelle et Arnaud para esta velada, en la que ella llevaría puestos el solitario y los dos pendientes de diamantes, obsequio que Jacques acababa de hacerle.

Estaba aún en el cuarto de baño de su departamento del bulevar Suchet cuando el agente de cambio llegó con una maleta y le preguntó a través de la puerta de comunicación con el dormitorio:

—¿Me permite vestirme aquí? ¡No podía salir de mi casa vestido de etiqueta para una reunión de viejos compañeros! Mi mujer habría sospechado algo.

—Está usted en su casa, Jacques.

Berthon sonreía por anticipado pensando en la cara que pondría alguno de sus colegas, que sin duda hallaría en Les Ambassadeurs, al verlo a él, Berthon, el hombre serio por excelencia, en compañía de una mujer tan joven y bonita. Desde hacia años el agente de cambio acariciaba este sueño: mostrarse, hacerse admirar, ser envidiado porque se exhibía en compañía de la mujer ideal. ¿Qué le importaban, al fin de cuentas, las murmuraciones del mundo? Se sabía bastante rico y poderoso para acallarlas. Toda esa gente que estaría en Les Ambassadeurs tenía necesidad de él. El, no necesitaba a nadie.

—Jacques —llamó Chantal—, ¿puede venir un momento al cuarto de baño?

Aún tenía puesta la bata.

—¿Qué sucede?

—Mire mi pierna.

A la altura de la nalga izquierda se observaban algunas manchitas oblongas y rosadas en violento contraste con la blancura de la piel.

—¿Qué es eso?

—No sé. Hace ya varios días que noto manchas semejantes en el cuerpo aparecen y desaparecen, cambiando de lugar. Ayer tenía tres sobre el brazo derecho, un poco más arriba del codo. Esta noche ya no están ahí. En cambio, tengo estas cuatro en la nalga.

—¿Por qué no me avisó cuando percibió las primeras que aparecieron?

—No quería alarmarlo por tonterías.

—Esas manchas, ¿son dolorosas?

—No. De cuando en cuando siento adormecimientos, ligeros accesos de fiebre, que desaparecen con dos tabletas de aspirina.

—¿Y si por casualidad...?

—Sí, yo pensé lo mismo... ¡Pero si estuviera encinta habría tenido náuseas!

Berthon tocó las manchitas rosadas con infinita delicadeza.

—No siento sus dedos —le dijo Chantal—. Es curioso: pareciera que el lugar donde se encuentra la mancha es insensible. De todos modos, esto no puede ser muy grave. ¡Apurémonos! Vamos a llegar a Les Ambassadeurs cuando todo el mundo se haya ido.

—¿No prefiere quedarse? ¿Quiere que llame a un médico?

—¡Está usted loco, Jacques! ¡Perder una velada semejante! ¡Nuestra primera salida en domingo! Si mañana las manchas siguen ahí, iré a consultar al doctor Petit.

El salón de Les Ambassadeurs resplandecía con todo el brillo de una noche de París. La llegada de Chantal fue de las más señaladas; el agente de cambio la seguía, modesto en apariencia, deslizando a hurtadillas una ojeada hacia las mesas donde conocía a todo el mundo, pero en realidad henchido de orgullo. Jacques Berthon hubiera proseguido así, complacido, hasta el fin de sus días: Chantal en medio de una doble fila de admiradores.

Después de la comida Chantal quiso ir a una boite rusa; después Jacques la condujo a su departamento. Antes de separarse le preguntó:

—Hay una cosa que me preocupa y de la que no he querido hablarle durante nuestra velada para no echarla a perder: ¿tiene siempre esas manchas que me mostró antes de la comida?

—Acabo de comprobarlo: están en el mismo lugar.

Al día siguiente, a las catorce horas, Chantal entraba al - consultorio del doctor Petit. Era éste un excelente médico clínico, a la vez que amigo personal del agente de cambio, quien le había confiado el secreto de sus relaciones amorosas presentándole a Chantal, hacia la que el médico manifestó, desde el primer momento, una viva simpatía. El doctor Petit apreciaba todo lo bello: las colecciones de cuadros, los caballos de los concursos hípicos y las mujeres hermosas.

—Estimado doctor y amigo, prométame ante todo no retenerme mucho tiempo. Tengo que estar a las cuatro en Marcelle et Arnaud para asistir a la presentación de la nueva colección.

—Quedará usted libre dentro de un cuarto de hora, y todos los pesares serán para mi. La escucho.

Refirióle ella el descubrimiento de las manchas y la experiencia hecha por el agente de cambio la noche anterior. El médico examinó muy atentamente con auxilio de una lupa los cuatro redondeles rosados sobre la nalga.

—Es muy curioso —dijo—. ¿Experimenta trastornos digestivos en estos últimos tiempos?

—Sí..

—¿Y cierta fatiga corporal, casi una necesidad imperiosa de dormir?

—En algunos momentos; por ejemplo, me cuesta mucho dejar la cama por las mañanas, siendo que siempre fui muy madrugadora.

—Los ganglios de la ingle izquierda están, bastante hinchados —comprobó el médico, prosiguiendo su examen.

—No supondrá que estoy encinta.

—¡De ninguna manera! Usted tampoco, desde luego. Lo sabría mejor que yo. Me inclino, más bien, a creer que se trata de una enfermedad de la piel.

—¡Es imposible, doctor! No hay mujer más cuidadosa que yo; me paso la vida en el cuarto de baño.

—¡Razón de más! Ya no se sabe lo que entra en la composición de los jabones actuales. Con el pretexto de hacerlos más suaves, los fabricantes les agregan cualquier cosa. Sería mejor, creo, que se desvistiera por completo.

Después de un nuevo examen minucioso el médico dijo:

—Acabo de descubrir otras dos manchas justamente en la parte inferior de la espalda. ¿No las había visto usted?

—Le aseguro que no estaban allí ni anoche ni esta mañana. ¡Supondrá que me examino cuidadosamente en todos los espejos de mi departamento, desde que descubrí las primeras!

—Estas son rosadas en los bordes y ligeramente inflamadas. Si usted lo permite, mientras se viste, voy a hablar por teléfono con el profesor Chardin, que es un gran especialista en enfermedades de la piel. Voy a preguntarle si puede recibimos ahora mismo en su clínica. ¿Tiene usted el coche?

—Sí, pero...

—Le he prometido dejarla libre para ir a admirar las maravillas inventadas por esa excelente señora Royer. Cumpliré mi palabra. ¿No le parece que es mejor tener un diagnóstico seguro? Después, quedará usted completamente tranquila.

Regresó a los pocos momentos.

—¿Está lista? Hemos tenido suerte: el profesor Chardin iba a salir. Nos espera. Verá usted: es un hombre notable. Sobre ciertas enfermedades ha realizado investigaciones y publicado obras que gozan de gran autoridad en todo el mundo. En lo que a usted concierne, su diagnóstico será infalible.

El profesor Chardin era un venerable anciano de larga barba blanca y mirada penetrante y tranquila a la vez.

Tras haber examinado el cuerpo de Chantal durante media hora, sin pronunciar palabra, extrajo, mediante una jeringa, una partícula de mucosa en el tabique nasal de la joven.

Después dijo:

—Puede vestirse, señora. Esto ha terminado. La enfermera la ayudará. Espero que la pequeña extracción no le habrá resultado muy dolorosa. Cuando esté lista, tenga la amabilidad de reunirse con nosotros en mi despacho.

El doctor Petit había asistido, mudo, al examen practicado por su ilustre colega. Chantal creyó notar que la nerviosidad de aquél crecía a medida que el examen se prolongaba. Cuando la extracción de la mucosa nasal hubo terminado, el profesor Chardin entregó los elementos a un ayudante, diciéndole:

—Hágalo analizar inmediatamente en el laboratorio, donde la preparación está lista. Hágame conocer el resultado.

Cuando Chantal entró en el despacho, el profesor estaba detrás de su escritorio; el doctor Petit se paseaba a lo largo de la habitación. La discusión, bastante animada, entre ambos médicos, se detuvo a la entrada de la joven.

—Siéntese, señora, por favor. No le ocultaré que su caso es bastante extraordinario y, en todo caso, excesivamente raro —comenzó a decir el profesor, en tono grave—. En mi larga carrera sólo he conocido tres casos análogos. Antes de precisarle la naturaleza exacta de la enfermedad debo esperar el resultado del análisis que están realizando en este momento.

Este médico, semejante a un profeta del Antiguo Testamento, y cuya alma parecía impenetrable, impresionaba a Chantal.

—Mientras tanto, aprovecharé para hacerle una pregunta. ¿Se ha lastimado recientemente?

—No, señor profesor.

—¿No recuerda haber tenido alguna llaga como consecuencia de una herida? ¿Una llaga que haya supurado o demorado en cerrarse?

—En absoluto.

—Recuerde bien, señora.

—No veo... ¡Ah!, sí..., hay, en efecto, una cosa, pero creo que es insignificante.

—Dígala, de todas maneras. Los menores detalles, en este caso, tienen su importancia.

—Tengo un gato que me arañó en el brazo derecho hace más o menos seis meses. Sus uñas penetraron bastante profundamente en la carne; la herida demoró en cicatrizar.

—¿Quiere mostrarme el brazo?... Sí, quedan algunos rastros ligeros. ¿Qué clase de gato es?

—Un siamés.

—¿Hace mucho que lo tiene?

—Iru (ése es su nombre) me fue traído de Saigón cuando era chiquito, de esto hace unos once años...

Como ve, ya no es muy joven.

—¿Quién le trajo el gato?

Chantal vaciló un instante antes de contestar:

—Un amigo... que estaba en la marina.

—¿Ha vuelto a ver recientemente a esa persona?

—No. Jamás volví a verlo. Comienza usted a inquietarme.

El ayudante entraba en ese momento y depositó sobre el escritorio una hoja de papel sobre la que el profesor echó una rápida mirada. Tomó la hoja y se la pasó lentamente al doctor Petit, que experimentó un ligero sobresalto al enterarse del contenido.

—Ya ve, pues, mi estimado colega, que no me había equivocado. Hubiera preferido equivocarme... Señora, el doctor Petit me ha informado rápidamente de su situación de... familia y me ha dejado entrever que es usted una mujer valiente.

—¡Señor profesor, usted me asusta!

—Me apresuro a hacerle notar que no existen enfermedades incurables si son atendidas desde su comienzo, tal como va a ser su caso. Hay enfermedades que son más lentas que otras para curar. Es una cuestión de paciencia, de tiempo y, sobre todo, de voluntad. El tratamiento de la suya puede ser largo.

—¡Dígame lo que tengo, señor profesor

El doctor Petit se había acercado disimuladamente al sillón en que Chantal estaba sentada.

—Señora —pronunciaron lentamente los labios del profesor Chardin—, usted tiene lepra.

—¿Yo? —gritó Chantal—. ¡Eso no puede ser!

—Señora, el papel que acaba de devolverme el doctor Petit prueba, irrefutablemente, la existencia de bacilos de lepra en la partícula extraída de su tabique nasal.

Chantal se había desvanecido. El doctor Petit tuvo bastante trabajo para reanimarla. Poco a poco, sus pupilas se entreabrieron; la joven recobró el conocimiento bajo los efectos de un frasco traído por el ayudante y se puso a llorar silenciosamente.

El profesor se había aproximado a ella y le hablaba suavemente:

—Sea razonable. ¡No se ponga inútilmente en ese estado! Le aseguro, señora, que hay más probabilidades de curarse de la lepra que de la tuberculosis o de un cáncer. Por el momento, su estado no es contagioso todavía: será necesario que venga a verme regularmente todos los meses. Podré así estudiar la evolución de la enfermedad y administrarle el tratamiento conveniente.

Chantal sollozaba.

—Creo, mi estimado colega —sugirió el doctor Petit—, que nuestra enferma está actualmente en la imposibilidad psíquica de escucharlo. Voy a acompañarla a su casa y lo tendré a usted informado.

Sosteniéndola, condujo a la joven, que se dejaba llevar desfallecida.

—Yo conduciré —le dijo el doctor Petit, en tono jovial—. Siéntese a mi lado. Estoy persuadido de que si la dejara manejar nos conduciría en línea recta contra un árbol o un farol de gas.

En el momento en que iba a arrancar, Chantal le tomó nerviosamente el brazo.

—Todo lo que ha dicho es mentira, ¿no es así? Me ha querido asustar para que me cuide... Es Imposible que tenga lepra... No conozco a nadie que haya contraído jamás esa enfermedad, entonces, ¿por qué yo?

—Mi querida amiga, el profesor Chardin es un hombre demasiado serio para permitirse una broma de tan mal gusto. Cuando usted vino a consultarme tuve de súbito un presentimiento; ésa es la razón por la que la traje a esta consulta.

—¿Cómo habré contraído la enfermedad?

—El profesor se lo ha dado a entender: es su gato siamés Iru, que hemos acariciado todos mil veces, con el que hemos jugado todos, el que se la ha traído de Saigón.

—¿Los animales sufren también la lepra?

—No. Es asimismo curioso comprobar que a despecho de experiencias múltiples no se ha conseguido inoculársela jamás; únicamente transportan los gérmenes de un continente a otro, y especialmente los gatos siameses. Iru le ha traído la lepra de Saigón.

“¡Y fue el regalo de mi primer amante!”, recordó Chantal.

—Iru no le ha transmitido la enfermedad sino el día que la arañó. Tal vez ese gato ha nacido en una casa habitada por un enfermo contagioso. Podría ser también que la persona que se lo trajo tuviera una lepra contagiosa sin saberlo.

—¿Voy a transmitir yo, a mi vez, la lepra a todo el mundo?

—No. El profesor Chardin le ha asegurado que no estaba usted en estado contagioso, por ahora.

—Pero... ¿más tarde?

—Ya veremos... Entre tanto, le he prometido que asistiría al desfile de la colección. Voy a conducirla allí.

—No, doctor. No estoy para asistir al desfile de modelos y de colecciones de Marcelle et Arnaud. Déme el volante... En primer lugar voy a dejarlo en su casa.

—¿Qué va a hacer después?

—Yo también veré... ¡sobre todo no me toque! ¡Aunque llevo guantes estoy segura de que puedo contagiarlo!

Había tomado el volante y conducía velozmente, en silencio. Cuando llegaron frente a la casa del médico, le dijo ella, casi con dureza:

—¡Baje!

Así lo hizo él. Ella agregó:

—No creo una palabra de toda esa historia que han ideado entre ustedes por razones que desconozco. ¡Su profesor no es más que un viejo chocho! Suceda lo que suceda, si por rara casualidad hubiera algo de cierto en lo que acaba de contarme, le pido su palabra de honor de que no dirá nada a Jacques ni a las personas que lo rodean.

—Ni siquiera tengo necesidad de tomar compromiso semejante —respondió el médico—. Mientras no esté usted en estado contagioso debo atenerme al secreto profesional más estricto.

—¿Qué le dirá a Jacques respecto de las manchas rosadas, si se lo pregunta por teléfono?

—Que tiene usted un agudo ataque de urticaria, felizmente sin gravedad.

—Muchas gracias.

El médico estaba en la vereda, inmóvil. En el momento en que Chantal iba a reanudar la marcha en su cupé, le preguntó:

—¿Va realmente a Marcelle et Arnaud?

Ella no contestó.

—¿No va a hacer alguna tontería, al menos?

El coche estaba ya lejos.

Algunos minutos fueron suficientes para recorrer la distancia que separaba el domicilio del médico, bulevar Haussmann, del departamento del bulevar Suchet; Chantal manejó como una loca, a pesar de la inseguridad de la calzada y una copiosa lluvia. Durante todo el recorrido le pareció que el limpiaparabrisas no había funcionado para enjugar las gotas de lluvia, sino más bien para borrar una palabra horrible que bailaba de continuo ante sus ojos: LEPRA.

Estaba sin aliento cuando la mucama le abrió la puerta.

—Suzanne, prepare en seguida mi valija amarilla y mi neceser de viaje. Arreglaré yo misma la valija. Diga al chofer que puede guardar el coche en el garaje, no lo utilizaré por mucho tiempo. Después quédese en las dependencias de servicio: no quiero verla a usted, ni a nadie de la casa.

—¿La señora se va?

—Ya podrá verlo. Encontrará dinero en el pequeño escritorio de mi habitación, para atender los gastos corrientes. ¿Sabe dónde está Iru?

—A estas horas, seguramente, en el dormitorio de la señora.

Chantal corrió hacia allí. El animal se estiraba perezosamente sobre la colcha, con los ojos semicerrados. La joven lo contempló algunos instantes con horror, como a esas serpientes venenosas que se ven en el zoológico, a través de los gruesos vidrios de sus viviendas. Lo tomó en brazos y lo llevó al cuarto de baño.

La mucama, que algo más tarde entró al dormitorio para llevar las valijas, oyó correr el agua en la bañera.

Chantal salió del cuarto de baño con algunos objetos de aseo que arrojó en desorden dentro del neceser; lo mismo hizo con algunos vestidos tomados al azar.

Transcurrió un cuarto de hora al término del cual Suzanne oyó claramente el ruido de la puerta del rellano al cerrarse; tuvo la curiosidad de mirar hacia el bulevar por una de las ventanas del salón y vio a su patrona llamar un taxi al que subió con sus valijas, mientras el cupé blanco y negro la esperaba aún, delante de la puerta. Suzanne volvió para arreglar el dormitorio y entró despacio al cuarto de baño. Iru, ahogado por su dueña, flotaba en el agua de la bañera.

 

Siempre recostada sobre la cama del camarote, la joven se había dormido bajo el peso de la pena y la fatiga. Cuando despertó, muy sorprendida de hallarse aún a medio vestir con su traje de noche, el sol hacía rato que entraba por el ojo de buey entreabierto.

Reemplazó el traje por un pijama y miró la hora: las diez de la mañana. El sueño había durado doce horas.

Después de meterse en cama llamó al camarero; el calor era sofocante.

—¿La señora ha dormido bien? —fue el saludo ritual de Williams, que traía el desayuno.

—He dormido demasiado.

—¿Sabe la señora que navegamos por el Mar Rojo? El Canal de Suez fue franqueado durante la noche.

Chantal se interesó medianamente por esta noticia y dijo al camarero:

—Ya no quiero ver sobre la bandeja de mi desayuno todas esas invitaciones mandadas por personas de a bordo. Como no tengo la intención de aceptadas ni de contestarlas, corro el riesgo de pasar por mal educada. No quiero ver a nadie hasta la llegada a Sydney. Permaneceré encerrada en mi camarote, donde me servirá usted todas mis comidas.

Las órdenes de la señora serán cumplidas —respondió la voz respetuosa de Williams—. Sin embargo, me permitiré transmitirle a la señora una invitación verbal

del señor Robert Nicot para una partida de ping-pong en la cubierta, antes del almuerzo.

—No asistiré. Le dirá usted al señor Nicot que me es imposible verlo por el momento.

Wiliiams desapareció tan discretamente como había entrado. Chantal no sentía apetito: un pomelo helado constituyó todo su desayuno, después de lo cual se puso a hojear una vez más La Psicología de los leprosos. El autor había reproducido, a manera de leyenda en la primera página, un pasaje de las “Prohibiciones de París en la Edad Media”, que releyó lentamente y en voz alta, como si quisiera impregnarse de ellas.

“Te prohíbo de ahora en adelante andar sin la vestimenta de los leprosos, a fin de ser reconocido por los demás, y andar descalzo, con los pies desnudos, excepto en tu casa.

“ltem: te prohíbo de ahora en adelante entrar en las tabernas u otras casas, si quieres aceptar vino o tomar y aceptar lo que se te dé; pero haz que te lo pongan en tu barril u otra vasija.

“Item: te prohíbo tener otra compañía de mujer que la tuya.

“ltem: te prohíbo, en yendo por los campos, contestar a aquel que te interrogue, si primeramente no estuvieres fuera del camino, a sotavento, para que no infectes a nadie, y también que de ahora en adelante no vayas por un camino estrecho, para que no te encuentres con nadie.

“Item: te prohíbo, si la necesidad no te obligare, pasar por un sendero, por los prados, tocar plantas y arbustos sin ponerte antes los guantes.

“ítem: te prohíbo tocar a los niños y a los jóvenes, cualesquiera sean, ni tampoco darles, ni a los demás, cosa alguna.

“Item: te prohíbo de ahora en adelante comer o beber en compañía, sino con los leprosos.

“Sin embargo, no te enojarás por estar separado de los otros, por cuanto esta separación no es más que corporal; en cuanto al espíritu, que es lo principal, estás siempre tanto con nosotros como los demás; y tendrás parte y porción en todos los ruegos de nuestra Santa Madre Iglesia, como si personalmente estuvieras todos los días asistiendo al servicio divino con los otros”.

Chantal no prosiguió la lectura y arrojó el libro del doctor Ramelot al otro extremo del camarote. Hubiera preferido no haber releído nunca esas pocas lineas, que la atormentarían durante el resto de la travesía. “Te prohíbo...” No era necesario que la sociedad moderna le prohibiera lo que fuese; sabía muy bien lo que debía hacer. Su decisión habla sido tomada de manera irrevocable.

Instintivamente cogió un objeto que se encontraba siempre sobre la mesita de noche, colocada a la derecha de la cama. Era un juguete, un conejito de felpa rosada, con la oreja izquierda colgando inerte: parecía haber sido mordisqueado por un niño o un animal. ¿Sería, tal vez, el juguete favorito de Iru?

Sus largas manos lo acariciaron, y acercó el juguete a los labios, murmurando:

—No sé lo que me pasaría sin ti...

Si el ingeniero hubiera podido verla en ese momento, habría tenido la certeza de que Chantal era supersticiosa, pero no adivinaría nunca el secreto que se ocultaba tras el vulgar fetiche. Estaba muy decidida, por otra parte, a que el ingeniero no conociera ninguno de los suyos y sobre todo el de su enfermedad. Robert conservaría sus ilusiones y quedaría bajo la impresión maravillosa de dos veladas pasadas en común. Chantal sabía demasiado que él descubriría todo si continuaba viéndolo.

Le había sido difícil, ya, sostener la vista cuando la interrogaba a propósito de su horror a los gatos. Había estado a punto de contestarle:

—Un gato siamés me ha transmitido la lepra.

Esta declaración brutal le habría hecho perder ciertamente la compañía de ese hombre, que le hubiera vuelto la espalda; no estaba aún suficientemente enamorado para aceptarla con su enfermedad. La víspera, al sentir sobre sus dedos aquel beso ardiente, Chantal había comprendido que la amaba; sería horrible si conociera la verdad. No se puede querer a una leprosa. Debía evitarlo, como había evitado a todo el mundo en París. Y de nuevo revivió la semana de angustia pasada en la capital después de la revelación del profesor Chardin.

 

Se volvía a ver abandonando, en la plaza Saint-Germain-desPres, el taxi en que había huido de su domicilio del bulevar Suchet. Desde Saint-Germain-des-Pres se había dirigido a pie, valija en mano, hacia la calle Saint-André-des-Arts, y había entrado en un hotel de modesta apariencia que se llamaba Hotel des Étudiants.

Chantal había habitado ese hotel, perdido en una de las más viejas calles de la capital, antes de anclar en la calle VictorMassé; era entonces bailarina en el dancing de Montparnasse, donde la señora Royer la encontró.

El gerente del hotel era el mismo: un hombrecillo entrecano y ligeramente encorvado, conocido en todo el barrio por el mote de “Pata de Resorte”, debido a su pie cojo.

“Pata de Resorte" acogió a Chantal con una amplia sonrisa y le dijo, alcanzándole la ficha policial que debía llenar:

—La señorita no tiene más que firmar: me acuerdo perfectamente de su nombre. ¿Quiere la habitación que ocupaba en el sexto?

—Sí —respondió ella.

El Hotel des Étudiants no tenía ascensor; no lo tendría jamás. El gerente aprovechó esto para tratar de entablar conversación en cada rellano:

—¿La señorita es artista todavía? ¿Tal vez la señorita ha viajado? Es siempre un gran placer para nosotros volver a ver a nuestros antiguos clientes... En el mismo piso que la señorita, en el número ocho exactamente, tenemos una bailarina.

Chantal no decía nada. Cuando la puerta de la reducida habitación abuhardillada se cerró tras la charla de “Pata de Resorte", se dejó caer sobre la cama y se echó a llorar. Todos sus actos, desde el momento en que el doctor Petit la había ayudado a bajar la escalera de la clínica del profesor Chardin. hasta entonces, no habían sido más que una sucesión de reflejos mecánicos. Cuando se encontró de nuevo sola, en su antigua habitación del hotel, cuyo precio le costara tanto pagar algunos años antes, el resorte de la máquina se rompió.

Todo lo que había hecho o emprendido desde el día en que entró en Marcelle et Arnaud se reducía a nada. Volvía a su punto de partida: el Hotel des Étudiants. La idea del suicidio estaba presente. Si en verdad estaba atacada por la enfermedad inexorable, no le quedaba más que un recurso: eliminarse. Se prestaría un servicio a sí misma y a la sociedad. El temor del más allá no la atormentaba. Desde la gran calamidad de su infancia no deseaba más que una cosa: vivir en el lujo. Para ella, el único interés de la existencia consistía en adquirir el bienestar. En el momento preciso que tenía la satisfacción de alcanzar su ideal en plena juventud, todo se hundía.

Los médicos le habían repetido varias veces que no estaba aún en estado contagioso; esto quería decir que lo estaría algún día. Chantal, como millones de personas, había oído decir siempre que la lepra era incurable. La sola palabra “lepra”, pronunciada mentalmente, la hacía estremecerse de horror. Recordaba haber visto, en la casa de la anciana señora donde la Asistencia Pública la había colocado, cierto grabado que representaba a un rey de Francia visitando a los leprosos; éstos estaban dibujados con narices roídas por la enfermedad, orejas hinchadas, miembros atrofiados; todos estos despojos humanos trataban de esconder su despiadada fealdad bajo largos vestidos de sayal. Puesto que ella era soberanamente hermosa y no amaba sino lo bello, no era posible que hubiera contraído esta enfermedad monstruosa, que, un día, tal vez muy próximo, la haría parecerse a los personajes del grabado. Cierto, Iru la había, arañado, ¡pero no era la primera vez en nueve años! Llegaba casi a lamentar el gesto abominable que la había impulsado a matar a su viejo compañero de miseria y de esplendor.

La noche había caído por completo cuando abandonó la habitación y salió del hotel, tras haber colgado la llave en el tablero del escritorio. Ejecutó, mecánicamente, ese gesto olvidado desde su cambio de vida.

Avanzaba en línea recta, sin fin determinado. Por más de una hora anduvo por ese barrio latino que parece siempre dispuesto a acoger a los desesperados, dejando deliberadamente a su derecha la calle Saint-André-des-Arts, donde, decididamente, se sentía incapaz de pasar la noche sola en una pieza de hotel. Prefería aturdirse, no pensar más en nada, ni en los médicos ni en su pesadilla. Había atravesado la Plaza de la Concordia, y por la calle Royal se dirigió hacia ese Montmartre donde podía emborracharse de champaña y de ruido. Mañana, después de una noche en blanco, estaría sana: de ello estaba segura. Las horribles manchas habrían desaparecido; regresaría a su departamento junto a todo lo que ella amaba; iría otra vez con Jacques un domingo por la noche a Les Ambassadeurs, seguiría comprando en Marcelle et Arnaud todos los vestidos que le gustaran a la señora Berthon. Su vida recuperaría el curso normal de alegría y de lujo; ¿quién sospecharía que había tenido lepra durante veinticuatro horas?

En ese extraño estado de ánimo, abrasada la frente, el espíritu sobreexcitado, penetró en un bar de la calle Pigalle, de donde se escapaban las notas rítmicas de un piano que tocaba una melodía de jazz. El bar estaba desierto; el pianista, muchacho alto de pelo rubio rizado hasta el cuello, y cuya fisonomía demacrada indicaba que no debía comer todos los días, improvisaba. Unica ocupante de un taburete, Chantal pidió un whisky. Cuando estaba próxima a dejar aquel establecimiento siniestro, la puerta se abrió para dar paso a un hombre moreno, joven todavía, que pidió con voz clara:

—¡Un grog americano, bien caliente!

—El invierno se acerca, ¿no es así, señor? —le dijo el barman, mientras preparaba la bebida.

—Me río del invierno. ¿A qué hora se abren las boites?

—Dentro de media hora.

—¿Qué hay de interesante por ahí?

—Sans Souci..., un nuevo cabaret que tiene una excelente orquesta. Encontrará allí lindas chicas.

El hombre no respondió, contentándose con mirar el ancho espejo que formaba el fondo de la decoración del bar. La admirable figura de Chantal se reflejaba en él, con los ojos azules que lo miraban. El desconocido de una noche no tenía ya necesidad de buscar la linda chica; estaba sentada a su lado.

—¿Puedo ofrecerle algo? —le preguntó.

—Sí —contestó ella, sin la menor vacilación—. Tomarla con gusto un whisky: apenas será el segundo.

—¿Para entrar en calor o para ahogar una pena?

—Ambas cosas.

—Estamos más o menos en idéntica situación. Ha tenido usted la misma idea que yo: un breve recorrido por Montmartre para disipar el aburrimiento. Se me ocurre una cosa que le va a parecer execrable: si asociáramos nuestras mutuas soledades, ¿la noche nos parecería, tal vez, menos lúgubre? Podríamos empezar por Sans Souci, exactamente el título que nos conviene...

—Acepto.

—¿Le gusta el baile?

—Me enloquece, cuando necesito olvidar.

—Bailaremos, beberemos, cenaremos, nos tomarán por dos enamorados, y verá usted que el amanecer llega pronto.

El hombre había deslizado todo eso en un tono bastante simpático. “¡Matar el tiempo con éste o con otro!", pensó Chantal.

El ambiente de Sans Souci era íntimo, las luces discretas, la atmósfera suave. Chantal y su compañero sólo dejaron de bailar para beber. Chantal se daba perfecta cuenta de que esta alegría forzada era ficticia, y en él fondo horriblemente triste; pero estaba decidida a no pensar mucho en ello. A cada baile el abrazo de su caballero se estrechaba; los cuerpos se aproximaban cada vez más; el hombre tenía buena estampa. Tras un momento de indecisión ella le preguntó:

—¿Cuál es su profesión?

—Médico.

Chantal interrumpió el baile.

—¿De veras? Vamos a sentarnos. Usted me interesa.

Al llegar a la mesa no pudo dejar de pensar: ‘Los médicos me persiguen».

—Espero que no me hará una consulta a estas horas y en este ambiente.

—No, simplemente algunos informes... ¿De qué especialidad se ocupa usted?

—¡Oh!, de clínica general. Soy interno del hospital Beaujon.

—¿Qué hace aquí?

—Yo podría preguntarle lo mismo... Puesto que parece usted decidida a permanecer envuelta en misterio, no trataré de levantar el velo y, a pesar de ello, voy a confiarle todo... Lo que voy a decirle va a parecerle, sin duda, pueril. ¡Tanto peor! Yo también tengo necesidad de olvidar esta noche todos los horrores que he visto durante el día. No puede usted saber lo que significapermanecer, a despecho de una profesión en la que se debería ser duro y acorazado contra la fealdad, enamorado de la belleza. Se la encuentra en todas partes, salvo en un hospital. Cuando he visto en realidad demasiadas fealdades, como hoy, es absolutamente necesario aturdirme. .Voy a una, dos, tres boites, sediento de música y de alegría. Generalmente encuentro una muchacha que elijo siempre hermosa, a la que hago mi mujer por una noche. En sus brazos, al contacto de su cuerpo sin llagas, olvido que a la mañana siguiente me encontraré nuevamente con monstruos.

—Lo comprendo muy. bien. ¿No le sucede nunca, sin embargo, querer prolongar una aventura?

—No siento la necesidad de estar dos veces con la misma mujer.

—Me gusta su franqueza. ¿Y esta noche qué va a hacer?

—Como de costumbre: al salir de aquí o de otra boitre, será usted mi amante.

—¿Y si no quiero?

El interno alzó los hombros

—Deje ya de volverse contra sí misma: usted lo necesita aun más que yo.

Ella no contestó y le apretó la mano. Permanecieron así, silenciosos, durante un minuto que podría haber durado un siglo.

—¿Me encuentra, pues, bastante hermosa para contrabalancear todos los males que ha visto hoy?

—Es usted probablemente la más linda de todas las que he encontrado —murmuró el hombre.

—Entonces, vamos.

Se detuvieron ante una entrada cuya débil iluminación permitía leer en una placa: “Habitaciones amuebladas confortablemente, por hora y por día”. Al subir la escalera, parecida a tantas otras, Chantal fue presa de una angustia loca: ¿y si el hombre, que era médico, descubría aquellas manchas sobre su cuerpo?

Cuando la puerta volvió a cerrarse después de que el mozo del piso hubo recibido la propina, Chantal se desnudó sin pronunciar palabra. El interno, no obstante estar acostumbrado a ver cuerpos desnudos, quedó algunos instantes en contemplación ante esa estatua de carne. Las manchitas rosadas y ovaladas estaban allí, en el nacimiento de la nalga. Chantal se volvió intencionalmente para que la mirada del joven médico fuera atraída por ellas.

—¿Qué tiene ahí? —le preguntó, acariciándole la pierna.

—No sé. No creo que sea muy grave. ¿Cuál es su diagnóstico, doctor?

—Cuanto más, una crisis de urticaria. He ahí lo que resulta de comer demasiada langosta a la americana.

—¡Eso dice usted! ¿Pero si fuera una enfermedad mucho más grave: lepra, por ejemplo?

—Estás completamente loca, amor mío —contestó el interno, tuteándola por primera vez. La había colocado, con infinita dulzura, sobre la cama, y se arrodilló ante ese cuerpo desnudo.

—Te adoro, mujer desnuda —le dijo—. Y te beso las manchas, aun cuando fueran las de una leprosa.

Chantal tuvo un escalofrío extraño, mezcla de sadismo y voluptuosidad, al sentir los labios del médico rozar su cuerpo en el lugar donde la enfermedad se revelaba.

Cuando el hombre se levantó, en los ojos le ardía locamente el deseo...

La débil luz del día, filtrada por los postigos, la despertó.

Cuando abandonaban la habitación, el hombre la tomó en los brazos:

—Déjame besarte una última vez. Aquí, será más conveniente: a partir del momento en que estemos en la calle, volveremos a ser dos extraños.

—Es el pacto que hicimos anoche.

—Lo cumpliremos. Por una vez, creo que voy a lamentarlo. No quisiera aparecer indiscreto, pero mi oficio me ha enseñado a conocer las dificultades de la vida. Penníteme dejarte un regalito.

—¡Estás loco! No soy una profesional. Cuando siento deseos de entregarme elijo a mi compañero. Vete, estamos en paz.

—En tal caso, no te abrazo más y te beso la mano. Perdóname si me voy tan pronto. Los enfermos tiene necesidad de mis modestos servicios.

—Dime, no obstante, tu nombre —le pidió Chantal, cuando tenía ya la mano sobre el picaporte.

—No, es vulgar y feo.

—Entonces, te bautizo “Mi punto de interrogación”... Señor “Punto de interrogación”, conteste a mi última pregunta y quedará en libertad de correr hacia el crepúsculo. Voy a parecerte obstinada. ¿Existen en París otros especialistas en lepra además del profesor Chardin?

—¿Lo conoces? ¿No serás, acaso, una periodista encargada de escribir un artículo sobre esa rara enfermedad?

—Has descubierto mi secreto.

—¡Caramba! No deben aburrirse en las salas de redacción. Voy a darte una información preciosa para tu reportaje: no hay nadie más competente que Chardin sobre lepra, pero te interesará ir al hospital Saint-Louis. Es el único en París que posee un pabellón especial para leprosos. Ve a visitarlo; podrás ver a esos hombres y mujeres en libertad. Te prevengo, desde ahora, que no es muy agradable para una joven hermosa y elegante como tú. Eso te permitirá, sin embargo, formarte una idea general sobre la materia. Y ahora, ¡me escapo!

El interno habla cerrado ya la puerta. Chantal se sentó en la cama todavía en desorden, se levantó rápidamente el vestido, desprendió la liga, bajó la media, se miró la nalga y lanzó un grito de alegría que debió repercutir en todas las habitaciones: las manchitas rosadas y ovaladas habían desaparecido. Lo mismo había sucedido con las de la espalda. Después de un atento examen, Chantal pudo comprobar que su cuerpo ya no tenía ninguna mancha. La noche la había librado para siempre de la abominable enfermedad. Su compañero le había dado una dirección preciosa: iría, a pesar de todo, al hospital Saint-Louis para hacerse examinar. Estaba ahora segura de que ese viejo asno de profesor se había equivocado; tendría de ello la prueba una hora más tarde. No por ser competente se es infalible.

Era la primera vez en su vida que Chantal franqueaba la entrada de un gran hospital. Ignoraba por completo que penetraba en uno de los monumentos más célebres del viejo París; los edificios antiguos y ennegrecidos daban una impresión de museo, pero de ningún modo el deseo de hacerse curar allí. Cuando le preguntó al portero, con fingida desenvoltura: “¿El pabellón de los leprosos?”, y éste le hubo contestado: “Pasando el tercer patio interior, a la izquierda”, todo su ser tuvo un estremecimiento; ¿era posible que esos desgraciados estuvieran alojados y cuidados en un lugar semejante?

La sorpresa fue grande al comprobar que ese pabellón de ladrillos rojos era, evidentemente, el más moderno del hospital. Sobre la puerta de acceso, una inscripción grabada indicaba a los visitantes que se encontraban ante una fundación de la Orden de Malta. Al trasponer el umbral, Chantal quedó petrificada de asombro: el vestíbulo estaba ocupado por una larga fila de enfermos que acudían a la consulta matinal, efectuada en un gabinete cuyas paredes de vidrio esmerilado impedían ver el interior.

No tuvo ánimo para acercarse a la fila de los enfermos, ni para pedirles siquiera la menor información. Uno de ellos, el segundo de la fila, le pareció más monstruoso que los otros; la piel del rostro se le había hinchado, tomándose sobreabundante; las partes levantadas estaban separadas entre si por surcos estrechos y profundos; se diría que aquella cabeza había sido atada irregularmente con hilos y que éstos, al hundirse, hubieran acentuado los pliegues. Era un hombre con cara de león. Una mujer, la última de la fila, era igualmente pavorosa; a la inversa del hombre león, la piel y los músculos de la cara estaban atrofiados. El rostro, enflaquecido, se desecaba. Los músculos de los ojos y de los labios parecían paralizados; los ojos estaban constantemente abiertos, con mirada atónita y fija; la boca, de comisuras vacilantes, parecía inerte, lúgubre. El conjunto de la cara era melancólico y tieso: esta desgraciada no era más que un cadáver ambulante.

Chantal sonreía interiormente cuando comparaba las pequeñas e insignificantes manchas que había tenido en el cuerpo con ese montón de tejidos abotagados y destruidos. Los enfermos esperaban resignados, sin decir palabra. La mirada de algunos estaba fija en la joven, que creyó descubrir en ellas fulgores de odio. “Es explicable”, pensaba; “estos monstruos deben de estar celosos de mi belleza; no debí venir a ultrajarlos, así, con toda mi elegancia, para verlos de cerca”. A pesar de todo, hizo un esfuerzo para superar la repugnancia y preguntó al primer enfermo de la fila:

—¿El médico jefe, por favor?

El hombre indicó con el brazo la puerta del gabinete. Miró instintivamente aquel brazo envuelto en un manto vulgar: la mano sobresalía de la manga, una mano en la que los dedos estaban encogidos en forma de garra, y las falanges se habían reabsorbido. Esa mano indicadora no era sino un muñón en la punta del cual una uña atrofiada permanecía de través. Chantal se irguió para llamar a la puerta, que se abrió ante una enfermera.

—¿Qué desea, señorita?

—Hablar con el director de este servicio.

—¿El doctor Ramelot?... No ha llegado todavía. ¿Con qué motivo?

—Un reportaje —soltó Chantal, tras un momento de vacilación.

—¿Tal vez querría ver usted al interno de servicio, mientras llega el doctor?

—No, esperaré.

La atmósfera del pabellón era irrespirable, no porque estuviera menos ventilado que otros —muy al contrario—, sino porque la presencia de aquellos rostros estropeados la tomaban penosa. Chantal tomó la decisión de esperar al doctor Ramelot delante de la entrada; cuando se disponía a abandonar el vestíbulo, la puerta del gabinete de consultas se abrió. Un mozo alto, pálido, vestido de blanco —sin duda alguna el interno—, se dirigió hacia ella.

—Mi ayudante acaba de explicarme, señora, el objeto de su visita... Es plausible que los diarios se interesen, al fin, por nosotros y por la asistencia que se prodiga en este pabellón. Como no quiero que pierda usted su tiempo, voy a hacerle conocer nuestra instalación, a la espera del doctor Ramelot, quien podrá contestarle todas las preguntas.

Este hombre, rubio y delgado, se expresaba en tono monocorde, con voz casi inexpresiva; le pareció a Chantal el vivo contraste de su compañero de la noche.

Con el mismo tono de voz, preguntó:

—¿Puede saberse para qué diario trabaja usted, señora?

—Soy corresponsal de diarios extranjeros —contestó rápidamente Chantal.

—No me parece mal que el extranjero se informe del esfuerzo considerable hecho aquí para el tratamiento de la lepra. Este pabellón es probablemente el más moderno de Europa. Si le parece, comenzaremos por el laboratorio.

—¿Todos estos enfermos lo esperan? —preguntó Chantal.

—No se preocupe por ellos. Están acostumbrados... Algunos, como la viejecita que ve allí, la penúltima de la fila, vienen todos los dias, mañana y tarde, a la consulta, desde hace quince años. Estaba ya en tratamiento en el hospital Saint-Louis antes de que se construyera este pabellón. Es una de nuestras más antiguas pensionistas.

—Debe ser terriblemente contagiosa.

—Sí y no. No crea que los enfermos en los que el mal se manifiesta de la manera más visible son los más contagiosos... Desde que estoy en este servicio he conocido en esta buena mujer dos períodos, durante los cuales no era ya contagiosa. Nosotros creemos poco en la curación definitiva; esperamos siempre la recaída, después de la cual el tratamiento es todavía más pobre en resultados. Aun cuando uno de nuestros enfermos deja de ser contagioso, no podemos despedirlo. ¿Quién se haría cargo de esta pobre mujer cuya cara está desfigurada, el cuerpo tumefacto y los miembros carcomidos? Su familia la ha rechazado deliberadamente: se comprende muy bien que no quiera cargar con un fardo odioso y los riesgos eventuales en caso de recaída. Por eso los conservamos. En síntesis, ella viene a formar parte del “fondo comercial” del pabellón. Cada leprosería tiene, de este modo, un cierto número de clientes, que se hallan muy bien allí y que no cambiarían de lugar por todo el oro del mundo.

Chantal escuchaba a su guía con azoramiento... ¿Podría ser que existieran seres humanos cuya única ambición fuera acabar sus días en esta atmósfera de putrefacción lenta?

—Aquí está el laboratorio —le dijo el interno, abriendo una puerta—. Estas colaboradoras devotas trabajan en él desde hace varios años, bajo la dirección de bacteriólogos, para tratar el bacilo de la lepra, que es bastante parecido al de la tuberculosis. Cuando un caso de lepra nos es indicado, es aquí donde lo determinamos de una manera rigurosa, aplicando a los bacilos la coloración por la fucsina y el violeta de la genciana, que se mostró tan útil para el estudio del bacilo tuberculoso.

—¿La reacción es infalible?

—En pocos minutos sabemos si alguien tiene lepra.

Chantal no se sentía muy a gusto y prefirió cambiar de conversación.

—¿Todos los enfermos que esperan la consulta viven aquí?

—Solamente algunos: los que están en período contagioso. Los otros son enfermos libres que habitan en sus casas y vienen a hacerse atender.

—¿Se los deja en libertad?

—En Francia, señora, ninguna ley obliga a un leproso a vivir fuera de la comunidad de los demás hombres. Esa ley existe en ciertas islas del Pacífico, pero no aquí.

—¡Es una locura! —exclamó Chantal—. Esos leprosos en libertad pueden llevar la enfermedad a todo el país.

—Felizmente, señora, la lepra no es tan contagiosa como se quiere hacer creer. Es indispensable que usted sepa todo esto antes de escribir los artículos. La gente ha escrito poco, pero en cambio ha dicho una enorme cantidad de tonterías con respecto a la lepra. Los que hablan de ella sin autoridad son criminales que causan un perjuicio terrible a los leprosos o a los que se proponen curarlos. Es así como se ha informado que había lepras abiertas que expandían bacilos y lepras cerradas, como hay tuberculosis abiertas y cerradas; leprosos contagiosos y no contagiosos. ¿Por qué aislar a estos últimos más bien que a los primeros? ¿Por qué no habrían de venir los leprosos a hacerse tratar libremente en los consultorios de hospital y en los dispensarios? No aislamos a los tuberculosos ni a los sifilíticos. Hay tantas razones para aislar a unos como a otros. Pero, he aquí el mal: son tantos... La lepra es una enfermedad como las otras, tratable, curable. Desgraciadamente, no se sabe. Corresponde a nosotros, que investigamos, y ustedes, periodistas, que tienen por misión formar la opinión pública, instruir al mundo. Ciertamente, el tratamiento de la lepra tal como se halla hoy en día no se equipara en eficacia al de la sífilis, pero sobrepasa ampliamente al de la tuberculosis.

Chantal comenzaba a escuchar a este joven tranquilo con una especie de admiración creciente. La palidez de su semblante demacrado parecía haber aumentado a medida que el hombre hablaba.

—¿Cuántos enfermos atienden ustedes actualmente? —preguntó la presunta periodista.

—Tenemos siempre unos treinta y viven en el pabellón: los contagiosos seguros. Contamos también, más o menos, otros doscientos que circulan libremente por París y vienen a hacerse atender con mayor o menor regularidad.

—¿Cuántos leprosos estima usted que hay en Paris y en Francia?

—Ciertamente, algunos miles que no se han declarado y se esconden por las razones estúpidas que le he expuesto. Es muy difícil censarlos, tanto que los médicos no han conseguido hacerles llenar una ficha en la prefectura de policía.

—¿Los médicos están obligados a declarar todos los casos de lepra comprobados por ellos?

—Sí; so pena de las más severas sanciones. Es aproximadamente la única protección, bastante ilusoria, que existe en Francia contra la extensión de la enfermedad. Se está obligado a declarar el nombre y la dirección del leproso, como se declaran los casos de difteria.

Chantal reflexionaba. El doctor Petit no podría guardar el secreto profesional el día en que ella alcanzara el estado contagioso. Felizmente, ahora se hallaba segura de haber sido víctima de un error monstruoso. Después de haber visto verdaderos leprosos, ya no era posible ninguna duda.

—¿Tienen ustedes enfermos que no abandonan nunca sus habitaciones?

—Algunos; los más contagiosos. Vamos a ir a verlos en el primer piso.

—¿Los leprosos que ustedes atienden aquí son de raza blanca?

—Sí. Ya lo ha visto usted. Generalmente, han contraído la enfermedad en los países tropicales. Aunque en los últimos años hemos registrado nueve casos de franceses que no habían salido de la metrópoli. Enfermaron por el contacto con coloniales o marineros que regresaron leprosos a la madre patria sin saberlo.

En un relámpago, Chantal volvió a ver la fisonomía del marinero bretón que le había regalado a Iru. Aquel mozo no tenía ningún signo visible, lo recordaba muy bien, estaba perfectamente bien constituido, sano y fuerte.

A ambos lados del corredor del primer piso había puertas de vidrio que permitían vigilar el interior de las habitaciones. El interno se detuvo delante de una de esas puertas y designó al ocupante, que, vuelto de espaldas, parecía muy absorbido por un trabajo de carpintería.

—Le presento al señor Jeff. Era estibador en Saigón. Regresó hace siete años; lo creo incurable. No haga ruido, tiene un carácter irritable, como la mayor parte de sus compañeros; si advierte que lo miran, monta en violenta cólera; no admite que pueda tenerse con respecto a él una mirada de piedad siquiera. ¡Y sabe Dios! ¡Si viera usted su cara!

—¿Qué hace?

—Toda clase de trabajos, está ocupado el día entero. Le confiamos la ejecución de pequeñas labores para el pabellón; se lo retribuimos. Esto le permite comprar estampillas: es un filatelista distinguido.

—¿Tiene derecho a salir?

—No podemos impedírselo. Las horas en que no está aquí puede tener la seguridad de encontrarlo en el mercado de estampillas de la avenida Marigni.

—¡Es espantoso! —declaró Chantal—. ¡Cuando se piensa en la cantidad de niños que frecuentan ese mercado!

El interno la tomó del brazo, cuchicheándole:

—¡Cuidado! Nos ha visto.

El enfermo se había vuelto. Debió oír la exclamación de Chantal y se precipitó hacia la puerta, que abrió aullando como un condenado:

—¿Qué hacen ahí? ¡No necesito que vengan a mirarme como a un animal raro! ¿Han comprendido? Ocúpense de sus cosas; es todo lo que les pido...

Volvió a cerrar la puerta violentamente y dando la espalda violentamente y dando la espalda se inclinó de nuevo sobre su pequeño banco de artesano, instalado frente a la ventana.

Ante esta aparición, Chantal no pudo evitar, horrorizada, retroceder unos pasos: Jeff ya no tenía nariz.

—Me reprocharía haberle hecho terminar esta visita sin haberle presentado a la decana de nuestras pensionistas, la madre Catherine, que es francesa y parisiense. Tiene setenta y ocho años, lo que desmiente aquella afirmación de que los leprosos mueren jóvenes. Llego a creer, además, que la buena mujer ha sido conservada por su lepra. Yo no abriría la puerta: su habitación está llena de insectos. Ahí está acurrucada... Vive en ese rincón. No hay medio de hacerla sentar en una silla o tenderse en una cama. Esta mujer ha debido estar siempre sentada en el suelo, en cuclillas, a la usanza de los árabes u orientales. Nunca conseguimos que se lavara: está cubierta por toda clase de parásitos, a punto tal que los otros pensionistas le huyen como a la peste. nsayamos ya los medios heroicos, la ducha forzada, pero gritó de una manera y representó una comedia tal en cada sesión que debimos renunciar. La madre Catherine quiere vivir con su mugre.

—¡Y su lepra!

—Sí. No ha dejado la habitación desde hace un año, cuando la trajimos.

—¿Dónde vivía antes?

—En una sórdida casa de Pré-Saint-Gervais. Los vecinos, que, ¡Dios lo sabe!, no eran muy delicados, se quejaron del olor nauseabundo que esparcía. Fue llevada en un coche de la policía, y el servicio sanitario de la prefectura advirtió sencillamente que estaba leprosa; el cuerpo, que ella esconde bajo sus harapos, no es más que una llaga. No quiere admitir ningún tratamiento.

—¿Y qué van a hacer ustedes?

—Dejarla morir tranquilamente, ya que ése es su deseo.

—Es horrible, doctor. Hay que hacer algo por esta mujer.

—Si el corazón se lo manda, abra la puerta... e intente convencerla.

Chantal tenía ya la mano sobre el picaporte, pero se contuvo: no podía correr el riesgo de llevar toda esa peste de insectos a su departamento del bulevar Suchet, adonde irla para almorzar. Quería, sin embargo, tener un gesto para aquella miserable.

—¿Qué es lo que a ella le gusta?

—Nada. Permanece postrada durante días enteros. Dos o tres veces he conseguido arrancarle algunas palabras. ¡No es tonta, la vieja! Examinando de cerca los rasgos de la cara que han quedado relativamente intactos y no han sido afectados por la enfermedad, se advierte que debió ser diabólicamente bonita... ¿Quién sabe? Catherine ha podido ser tal vez una reina de París en otro tiempo, una gran cortesana o la amante de hombres colosalmente ricos. ¡La vida es tan rara!

El interno fue interrumpido en sus disertaciones sociológicas por la llegada de una enfermera que le dijo:

—El señor médico jefe acaba de llegar. Espera a la señora en el consultorio.

El doctor Ramelot no se parecía a su ayudante. Era tan jovial como voluminoso.

—Ya sé, estimada señora, que uno de mis ayudantes le

ha hecho conocer nuestro pabellón. Ha visto el lado práctico: no es suficiente. Antes de escribir el menor artículo es indispensable que descubra usted el lado psíquico del tratamiento de la lepra. Por eso me permitiré darle este pequeño volumen, que he publicado hace algunos años, y que se titula La Psicología de los leprosos. Tendré el placer de garabatearle, sobre la portada, una dedicatoria...

El médico estaba ya en su posición favorita, la estilográfica en la mano.

—Doctor, me conmueve este homenaje —le respondió Chantal—. No hay más que un pequeño inconveniente: si debí hacerme pasar por periodista frente a sus subordinados, fue un poco por respeto humano y mucho porque no deseaba confiarme sino a usted. No es un reportaje lo que necesito, pero si una consulta de la que dependerá mi tranquilidad futura o mi desesperación.

El doctor Ramelot abría desmesuradamente los ojos y parecía muy molesto al tener que guardar la estilográfica.

—La escucho, señora —refunfuñó disgustado.

—Voy directamente al objeto de mi visita: ayer, dos médicos, cuyos nombres no querría revelarle, me aseguraron que había contraído la lepra. Necesito tener la certeza y vine pedirle su opinión.

El médico suspiró ruidosamente y estalló en sonora risa inextinguible, que repercutió en toda la planta baja del pabellón

—¡Si es una broma de alguno de mis colegas, permítame decirle, estimada señora, que la encuentro algo pesada! ¡Parecería, verdaderamente, que han elegido a la mujer más bella para hacerle creer que estaba atacada por la enfermedad más fea! Es de un gusto dudoso... Lo que me extraña es que usted haya tomado en serio una afirmación semejante, puramente gratuita. Sería suficiente que cualquiera le dijese “tiene usted tal enfermedad” para que estuviera convencida de que es verdad. Pero, estimada señora, la lepra no se contrae tan fácilmente. Su rostro no presenta todavía ninguno de los síntomas y no creo que tenga usted manchas en el cuerpo.

—Las he tenido.

—¡Ah! ¿Y como consecuencia de qué experimento de principiantes esos médicos le han afirmado que estaba atacada?

—Hicieron una extracción en la mucosa del tabique nasal.

—Así y todo... Sin duda, para darle a usted la impresión de que era grave... ¿No quiere revelarme el nombre de esos farsantes?

—Voy a darle el de uno de ellos: el profesor Chardin.

El obeso facultativo se había levantado al oír estas palabras.

—¿Chardin? ¡Pero eso lo cambia todo! ¿Quién le ha presentado a ese colega eminente!

—Un amigo, el doctor Petit, que me condujo al consultorio del profesor. Personalmente, tengo la convicción de ser víctima de un error; es la razón por la cual he venido a verlo. Dos opiniones valen más que una.

—Cuente conmigo, señora, y, suceda lo que suceda, tenga presente que la enfermedad tomada en sus comienzos es curable. Chardin debió explicarle ya.

La enfermera entraba en ese instante.

—Voy a hacer una extracción; la llevará usted al laboratorio. Nadie debe enterarse, fuera de usted, del preparador y de mí.

Cinco minutos después, el doctor Ramelot le dijo sonriendo.

—Ya está hecho.

El médico jefe prosiguió:

—Repare bien, estimada señora, que su caso me sorprende; si el resultado del análisis de laboratorio es positivo, será usted, sin duda, la primera enferma cuya cara no ha sido alterada en lo más mínimo. Lo cual es una suerte inmensa; cuidándose en seguida podemos esperar que continúe así... No sufrirá nunca el horrible dolor moral de ver, como la mayor parte de los leprosos, su rostro obliterado, manchado, envilecido, destruido parcialmente. Piense que las jóvenes leprosas se contemplan en el espejo como todas las demás; ven hombres jóvenes y apuestos, que las miran a su vez. Os bomini sublime dedit... Dios ha dado al hombre una cara levantada hacia el cielo. El leproso, cuando pasa asu lado, baja la cabeza.

El regreso de la enfermera interrumpió al doctor Ramelot, que echó una mirada sobre la hoja de papel que le tendía su ayudante. Después de un corto silencio despidió a la enfermera y dijo sencillamente a Chantal:

—Señora, el profesor Chardin no se equivocó.

Esta vez, la joven no estalló en sollozos. Había llorado demasiado el día anterior. Su fuente de lágrimas estaba agotada. Se puso de pie sin decir una palabra y se dirigió hacía la puerta. En el momento de franquearla, tuvo la fuerza de volverse decir, con una sonrisa, al médico jefe:

—Le agradezco su acogida, doctor, y su comprensión. No nos volveremos a ver, ciertamente: por eso le pido no hablar nunca de mi visita a quienquiera sea. Quisiera llevar La Psicología de los leprosos, que la necesitaré más que si fuera periodista. No hay como estar en la piel de un personaje para comprenderlo del todo...Dentro de algún tiempo le escribiré para decirle si su libro es veraz.

—Debería usted volver a ver al profesor Chardin. Puede atenderla mejor que yo aquí: lo haría con más discreción. Hay mucha gente en un hospital, mucha gente que va y viene, entra y sale. He comprendido perfectamente que no es esto lo que le convenía. Es preferible que sea su médico habitual el que la registre en la prefectura de policía. Aquí, toda declaración hecha por nuestros servicios se oficializa muy pronto.

Mientras hablaba, el doctor Ramelot había entregado nuevamente su libro a Chantal.

—Ahora que conoce mi terrible secreto, doctor, tengo curiosidad por saber qué dedicatoria va a poner.

—¿Tiene interés, realmente? —preguntó el médico, con cierta duda—. Prométame no leerla hasta después de salir del hospital.

—Se lo prometo.

El doctor Ramelot escribió con rapidez algunas palabras sobre la portada y le entregó el libro ya cerrado.

Chantal volvió a pasar rápidamente ante la fila de enfermos, a los que no se atrevió a mirar. Casi corría al atravesar los patios interiores del viejo hospital. Cuando se encontró nuevamente en la calle Richerand, al aire libre, lejos del olor pestilente que expandían los leprosos muy a pesar de ellos, dobló la primera página de La Psicología de los leprosos y leyó: “Coraje. Recuerde siempre que su rostro ha sido creado para mirar hacia el cielo”.

 

Estas imágenes habían desfilado en el recuerdo con rapidez desconcertante: la evocación de aquellas horas de angustia no hizo más que avivar en ella el deseo irracional de esconderse, de escapar a la convivencia con el ingeniero. Se sentía de nuevo la mujer acorralada, que no tenía más que una preocupación inmediata: huir de la sociedad, como lo había hecho ya al abandonar París y Francia. Mientras rumiaba esos amargos pensamientos, sonó la campanilla del teléfono; no descolgó el receptor, segura de oír en el otro extremo del hilo la voz de Robert que insistía en volver a verla. Temía flaquear al influjo de aquella voz clara, que amaba ya. El campanilleo no cesaba, repitiéndose de continuo, punzante, perturbando la intimidad del camarote. Saltó de la cama y se introdujo en el cuarto de baño para dejar de oírlo; se vistió con rapidez. No quería permanecer en aquel camarote donde el teléfono intentaba violar su secreto, ahí no se sentía ya en su casa. Maquinalmente se fijó en la hora: eran las dieciocho. El ensueño la había embargado durante dos horas. No almorzó y seguía sin apetito.

Salió del camarote tan rápidamente como había abandonado el departamento del bulevar Suchet y la habitación del Hotel des Étudiants Siguió el pasillo, subió una escalera, se encontró de nuevo sobre cubierta, desapareció por otra escalera que la condujo a otro pasillo al final del cual penetró en el salón de segunda dase. Estaba aún demasiado cerca de la primera clase y de los departamentos de lujo; quería perderse en el interior de aquella ciudad flotante y alcanzó, extenuada, la tercera clase, penetrando en una amplia dependencia cuyo moblaje estaba lejos de ser confortable. Sobre bancos circulares de madera, instalados contra las paredes de hierro, hombres, mujeres, niños de todos los colores y de todas las razas esperaban, melancólicos, que el Empress of Australia quisiera arrojarlos sobre una playa hospitalaria. Sin que supiera muy bien cómo, Chantal se encontraba en la clase de los emigrantes. Las mujeres, cubierto el pelo con pañuelos multicolores, miraban con extrañeza y con envidia a esta pasajera elegante, que venía a observar la miseria de ellas. La mirada de los hombres brillaba codiciosa. Nadie podía dudar de que la hermosa visitante acababa de huir de la clase de lujo para poner voluntariamente una barrera entre su corazón y un amor imposible. Perdida, ahogada en la masa de emigrantes, olvidaría su propia angustia: Robert no tendría jamás la ocurrencia de ir a buscarla a semejante lugar. Y si llegara, huiría nuevamente para esconderse en el fondo de la cala hasta que el paquebote dejara Singapur. Solamente entonces podría respirar, volver al aire libre y al lujo, preparar el equipaje para desembarcar en Sydney.

Se dejó caer sobre el banco circular, entre dos italianos que la miraban con mezcla de curiosidad y compasión. En el centro del local, donde la atmósfera excesivamente pesada era removida constantemente por el torbellino de los ventiladores, y donde la luz del día no penetraba sino con parsimonia por ojos de buey colocados a tanta altura que los emigrantes no alcanzaban ni siquiera a divisar el mar, algunas parejas se habían abrazado para bailar al son de un acordeón. El baile de los emigrantes comenzaba: duraría toda la noche. No había razón alguna para que sólo las clases de lujo tuvieran derecho a divertirse y a matar el tiempo. Un olor indefinible, mezcla de barniz y de la grasa inferior con que las italianas untaban su largo pelo lacio, la mareaba. El espectáculo de esta humanidad triste y vagabunda, zarandeada ‘sobre los mares en busca de una felicidad negada en el país de origen, la trastornaba. Pero por lo menos estas gentes eran sanas: ni el más enfermo de ellos era leproso. Ella era la única del Empress of Australia, estaba segura, y, sin embargo... esas caras estropeadas que la rodeaban, esos rasgos consumidos, esos ojos con ojeras de vicio y de cansancio...

El acordeón no paraba nunca, las parejas valseaban; por los ojos de buey no entraba ya ninguna claridad; la noche ardiente del Mar Rojo se había abatido pesadamente sobre el navío; la atmósfera se volvió irrespirable; no permanecería un momento más en medio de esa baraúnda abigarrada que hablaba todos los idiomas; mediante un esfuerzo sobrehumano se arrancó del banco donde había pensado permanecer hasta Singapur y huyó de nuevo. Corría al azar por el dédalo de pasillos y escaleras; necesitaba respirar otra vez el aire del mar. Lo encontró finalmente sobre el puente de primera clase, que alcanzó por milagro. Lo recorrió con paso ligero, rozando las sillas de reposo donde dormitaban mujeres descotadas, y ardían cigarrillos sobre pecheras blancas; oyó al pasar hálitos de aires modernos lanzados por el jazz del salón y derramados sobre la inmensidad de las olas a través de las ventanas totalmente abiertas.

Encontró por fin el pasillo del camarote, donde penetró deslizándose como una sombra. La cama, ya arreglada, se ofrecía de nuevo; una cena traída por Williams la esperaba sobre una bandeja, un aire menos pestilente penetraba por el ojo de buey; ella volvía a encontrar su lujo, aquel detrás del cual había corrido durante su juventud y del que no conseguiría prescindir jamás.

 

Cuando Williams penetró en el camarote, después de llamar con toda la discreción posible, Chantal dormitaba todavía; sentía pesada la cabeza, tenía fiebre y sufría un fuerte dolor en el brazo derecho; tenía la sorprendente impresión de que una cuerda pasaba por detrás del codo y la ceñía con violencia. Si se le hubiera ocurrido consultar en ese momento el libro del doctor Ramelot, sabría que el nervio cubital estaba atacado. Y también que su lepra era nerviosa, la peor de todas; aquella en que, al estar los nervios enfermos, ni los músculos ni los huesos se nutren ya. A continuación aparecerían rápidamente las deformaciones, de las que la más impresionante sería la forma de garra que adquiere la mano. Chantal vería las falanges de sus dedos totalmente reabsorbidas. Cuando esos maravillosos dedos, hechos para lucir los más hermosos anillos del mundo y rozar los labios de sus admiradores, no existieran ya, sus antebrazos descarnados parecerían varillas de leña seca. La misma destrucción se encarnizaría contra los pies adorables, que tantos amantes habían besado. La insensibilidad local, la descomposición de la piel tan suave, las infecciones —contra las cuales los tejidos serian incapaces de reaccionar— concluirían en afección perforante, la másgrande miseria de los leprosos.

Felizmente para ella, Chantal estaba persuadida de que la enfermedad sería detenida antes de haber consumado tales estragos.

Williams había depositado sobre el velador una caja de frutas abrillantadas, con una tarjeta en la que leyó: “Robert Nicot suplica a su única amiga de a bordo consienta en recibirlo”.

—Dirá usted a ese señor —dijo Chantal al camarero—que no volveré a verlo jamás, ni a él ni a nadie, pero que le estoy muy agradecida por su atención. ¡Siento horror por las frutas abrillantadas, Williams! Las comerá usted en mi lugar. Tome esta caja.

—¡Verdaderamente, señora, no sé si puedo aceptar!

—Sí, puede..., y déjeme sola.

El camarero se retiró. Chantal dirigió una mirada sobre la dirección inserta en la tarjeta del ingeniero, con la secreta esperanza de ver el nombre de una calle de Paris que ella conociera, pero quedó sorprendida al comprobar que llevaba ya la dirección de Robert en Singapur. Resolvió, no obstante, conservaría en recuerdo de amables veladas y le halló un escondite entre dos páginas de La Psicología de los leprosos.

El calor se volvía intolerable. El Empress of Australia dejaba las aguas del Mar Rojo para surcar las del océano Indico, luego de poner proa directamente hacia la península de Malaca. Dentro de tres días ocurriría la llegada a Singapur y la despedida de Robert. Chantal no volvería a ver al ingeniero, pero quería conservar de él la imagen que la había impresionado aquella noche en que comprendió que sus corazones quedarían ligados para siempre a despecho del tiempo, del alejamiento, de la lepra. A medida que veía aproximarse el instante de la separación definitiva, perdía cada vez más todo control sobre sí misma, sobre los sentidos, sobre la voluntad. Durante horas, torturada por el doble sufrimiento moral y físico, buscaba el medio de salir del dilema horrible: dejar que Robert abandonara el paquebote sin volver a verlo para que desapareciera de su vida, ignorando la causa de la ruptura, o desembarcar con él en Singapur y declararle su enfermedad.

En el primer caso, ella seria para él la mujer bella y misteriosa que se niega a revelar los secretos del pasado; en el segundo, no se le presentaría más, que como un pingajo humano que esconde, bajo una hermosura efímera, la próxima decadencia. Ella había emprendido aquel viaje para recobrar la salud: eso no podía declarárselo a Robert. Si, por milagro, conseguía librarse de la enfermedad, volvería transfigurada, radiante, libre para entregarse finalmente a él. Los médicos le habían asegurado que sanaría si recurría inmediatamente a medios enérgicos. Se decidió a ello embarcándose. De este modo había ocultado la enfermedad a la faz del mundo. Desde que conoció a Robert no le preocupaba ya nadie: sólo él contaba.

Su estado de ánimo no se había modificado desde el instante en que volvió, al salir del hospital Saint-Louis, al domicilio del hombre que podía aconsejarla en su congoja: el doctor Petit.

 

Este la recibió con la afabilidad de costumbre.

—He informado esta mañana, por teléfono, a Berthon de su fuga. ¡Sobre todo, no me interrumpa! He considerado su desaparición de anoche como la fantasía de una jovencita alocada que necesitara respirar el aire de la libertad, y no como el acto de quien se siente muy desgraciada y ha perdido todo aliento. No tiene usted el derecho de dejarse abatir.

—¿Qué le ha dicho a Jacques?

—En primer lugar, que no se preocupara..., que estaba informado de un corto viaje que debía usted emprender precipitadamente a pedido mío, para evitar que una de sus antiguas compañeras de costura cometiese una irreparable tontería..., y que estaría de regreso antes de cuarenta y ocho horas. ¿Reconocerá usted que no me equivocaba?

—¿Qué le refirió con respecto a las manchas?

—Lo que ya le dije a usted: una ligera crisis de urticaria, sin gravedad. Puedo yo preguntarle, a mi vez, ¿en qué ha empleado el tiempo desde que me dejó, tan bruscamente en la acera, delante de mi casa? No me hable del crimen, estoy informado...

—¿Qué crimen?

—¡Pues, Iru! ¡Ese pobre gato que la mucama encontró en la bañera! Hizo usted bien: apruebo ese gesto. Además, sé que la han visto trepar a un taxi con las valijas y que no durmió en su casa. Eso está muy mal —concluyó el buen médico.

Chantal le contó en pocas palabras su estada en el Hotel des Étudiants y la visita matinal al hospital Saint-Louis. Se abstuvo cuidadosamente de mencionar la aventura nocturna con el joven doctor. Cuando terminó el relato, el doctor Petit le preguntó:

—¿Qué va a hacer?

—Vengo a preguntárselo. De todos modos, no pienso volver al bulevar Suchet, ni ver a Jacques, antes de estar completamente sana. Tendría demasiado miedo de contagiarle mi enfermedad.

—No hay ningún peligro por el momento, desde que no está en estado contagioso. Sin embargo, comprendo perfectamente sus sentimientos. He pasado la noche informándome y rebuscando los distintos lugares donde podría iniciarse el tratamiento con probabilidades casi ciertas de éxito rápido.

—¿Qué entiende usted por “rápido”?

—Cuatro o cinco años.

—¿Estaría sana al llegar a los treinta?

—La más hermosa edad de la mujer.

—¡Nunca tendré valor para esperar tanto tiempo!

—Es necesario. Tiene usted dos soluciones: quedarse en París, haciéndose atender por un especialista como el profesor Chardin, o en el hospital Saint-Louis.

—¡Eso jamás! El pabellón de los leprosos me ha dejado una impresión espantosa. Y es mucho más peligroso: me expongo a encontrar otros enfermos o enfermeras que contarían acá y allá mi caso extraordinario. Por otra parte, quedarme en París es imposible; puede una esconderse durante tres meses, pero no durante cinco años. Constantemente estoy expuesta a encontrarme con Jacques, sus amigos, la señora Royer y mis amigas... Es imposible. Ademas está usted obligado a denunciarme inmediatamente contagiosa o no, a la prefectura de policía, con indicación de mi domicilio y estado civil, ¿Cómo quiere usted que yo guarde el incógnito? Tengo que abandonar Paris en el más breve plazo posible. Si me voy en seguida, usted podría omitir mi denuncia. Eso me sería indiferente, si estuviera en otra parte, lejos de aquí.

—En Francia, fuera de París, no hay lugar alguno donde puedan atenderla convenientemente. Existe, ciertamente, la Chartreuse de Valbonne, organizada por un profesor de la Facultad de Marsella; no se la aconsejo.

—¿Y en el extranjero?

—No hay gran cosa en Europa, salvo en Noruega. ¿Le los países fríos?

—No mucho. No tiene más que mirarme: soy una hija del sol.

—En ese caso hay que ir a una leprosería del Brasil, a Santa Isabel, por ejemplo, donde los edificios son modernos, o a las Filipinas: en Culion tiene usted la más grande leprosería del mundo, donde se tratan seis mil enfermos.

—¡Eso debe ser abominable!

—No lo crea. Para una mujer joven e inteligente como usted, esa estadía podría ser, al contrario, de lo más instructiva. Hablé por teléfono anoche con uno de mis colegas que ha viajado mucho; hizo escala en la isla Culion. Me decía que esta ciudad de leprosos comprendía doscientas casas de uso corriente, incluso servicios administrativos, los hospitales y las casas colectivas, a las que habría que agregar unas mil casitas privadas o villas construidas por los leprosos y a su cargo más de un centenar de tiendas o almacenes. La ciudad de Culion tiene catorce kilómetros de carretera. Agregaba este médico que yendo del muelle al antiguo puerto había visto, además de quince hospitales y clínicas, el edificio de la administración, el correo, la central de teléfonos, las torres de la estación de telegrafía sin hilos, los almacenes del gobierno, las escuelas, el ministerio de Justicia, una prefectura de policía, una panadería cooperativa, iglesias católicas y protestantes, cinematógrafos, un teatro y qué sé yo cuántas cosas más... En fin, todo lo que se encuentra en una ciudad moderna.

—A pesar del cuadro cálidamente optimista que me esboza, no me entusiasma mucho —declaró Chantal.

—Querida amiga, me pongo en su lugar, pero debemos hallar una solución.

—Quisiera irme lo más lejos posible de Paris, una leprosería en el otro extremo del mundo, si hay alguna, para que me olviden y para que exista una distancia enorme entre el lugar donde me atiendo y aquel al que volveré sana.

—Ese deseo me sugiere una idea... Tuve oportunidad de trabar relación recientemente con la superiora de las Hermanas Misioneras de la Sociedad de María... Voy a escribirle dos lineas que usted le llevará esta tarde a la calle Du Bac, donde está la sede de la congregación. La recibirá y le dará todas las indicaciones útiles para que pueda llegar a Makogaï.

—¿Qué es eso?

—Una encantadora islita del Pacífico, que responde exactamente a lo que usted quiere. En esta isla, perteneciente al archipiélago de las Fiji, se trata la lepra. Los médicos son generalmente ingleses, pero las hermanas que los ayudan son francesas: encontrará compatriotas y se sentirá menos extraña. No habrá allá ninguna posibilidad de que la descubran. Se irá de aquí como si fuera a dar la vuelta al mundo y volverá como si lo hubiera hecho diez veces. El tratamiento allá es riguroso.

—¿En qué consiste exactamente? —preguntó Chantal.

—Si se porta bien, es decir, si come con buen apetito el modesto almuerzo que me va a hacer el honor de compartir conmigo, le contaré en la mesa una bonita leyenda y sabrá cuál es el origen del tratamiento de la lepra. Compruebo, por otra parte, que tiene en sus manos la Psicología de los leprosos, de ese excelente Ramelot... Lo leerá esta noche para conciliar el sueño. Vamos a la mesa, son casi las trece y mis visitas se reanudan a las catorce.

Chantal se dejó conducir por el médico hasta el comedor. El principio del almuerzo fue silencioso; la joven tenia apetito pues la víspera no había hecho más que beber sin probar bocado. Cuando consideró que ella estaba ya un poco restablecida, el doctor comenzó:

—Usted sabe, o no sabe, que la base del tratamiento de los leprosos es el aceite de chaulmoogra. No se asuste, por lo demás, de este nombre extraño y bárbaro. La historia de este aceite, único remedio eficaz contra la lepra conocido hasta hoy, es bastante curiosa. Tengo que retroceder muy lejos en el tiempo si quiero hacerle apreciar las etapas sucesivas.

“Mucho antes de Buda, refiere una antigua leyenda india, Rama, el rey de Benarés, había contraído la lepra. ¡Ya ve usted, querida amiga, que ni los reyes estaban exentos de ella! Los médicos de Rama no pudieron curarlo, y el pobre rey se exilió al fondo de un bosque, alojándose en el hueco de un árbol milenario. Se alimentaba con los frutos, las hojas y las raíces de un árbol denominado Kalaw: esta alimentación extravagante lo curó del mal.

“Una noche, Rama oyó los gritos lastimeros de una muchacha a la que un tigre amenazaba devorar. Avanzando en la dirección de donde venían los llamados descubrió una gruta donde una leprosa, la propia hija del rey Oksagarit, había encontrado un refugio. Mató al tigre y, después de llevar a la ¡oven a su morada, la alimentó con frutos del árbol Kalaw, la sanó y tuvo de ella, en dieciséis partos, treinta y dos hijos.

“Algunos cazadores que recorrían el bosque reconocieron al rey Rama, completamente sano. Quisieron llevarlo de nuevo a sus estados con la mujer y los hijos, para restituirle el trono. Pero Rama, que era sabio, prefirió permanecer en el bosque donde había recobrado la salud y fundado en él la ciudad de Kalawogara.

“Este cuento, interesante como tantos otros, mantiene desde hace siglos la creencia de los indios en la existencia de un remedio eficaz contra la lepra, aplicado desde la antigüedad. Esta tradición, según la cual hay plantas que curan la enfermedad, fue recogida pronto por médicos o brujos indígenas que, hasta nuestra época y en las islas Fiji también, realizaron curas maravillosas. Médicos europeos se informaron de la composición de esas drogas empíricas tan radicales. Los botánicos estudiaron fondo el árbol de la India quedaba los frutos de los que era extraído el producto sagrado. Comprobaron que pertenecía a una gran familia, que usted desconoce probablemente, la de las flacurtáceas.

“Se supo, entre tanto, que en Filipinas, en Indochina, en Siam, en Birmania, en Africa y en la América del Sur algunos brujos utilizaban igualmente, y con los mismos felices resultados, los productos de ciertas plantas para curar la lepra y otras afecciones de la piel. Cuando se pudo, por fin, mediante la astucia y a veces después de incidentes dramáticos (como la pérdida de misiones científicas) identificar los productos, se reconoció en esos árboles, arbustos o bejucos, a miembros de la familia de las flacurtáceas. Los aceites extraídos de los frutos de esos diversos vegetales fueron analizados y continúan siéndolo en laboratorios como el que ha visitado usted en el hospital Saint-Louis. Se prosiguió la investigación de las preciosas plantas y se comprobó que existían algunas docenas de variedades específicas contra la lepra, todas conocidas como tales por los indigenas. Se dio al nuevo producto, extraído de aquellas esencias, el nombre de aceite de chaulmoogra. El chaulmoogra ha conquistado su derecho de ciudadanía en todas las leproserías del mundo.

“El mejor resultado es, sin discusión, obtenido con la absorción del aceite por vía bucal. Desgraciadamente, es un procedimiento penoso debido al gusto desagradable del medicamento, cuya acidez resulta, con frecuencia, insoportable para el estómago. Había que encontrar, pues, otro método de asimilación; el de inyecciones era muy indicado. Largo tiempo fueron, ellas también, muy dolorosas en razón de la densidad del producto. Se ensayó, mediante el agregado de diversos elementos al aceite, salvar este inconveniente. Así fue como en Makogaï, especialmente, se empleó en forma sucesiva el fenol, el aceite alcanforado, el ácido fénico. Pero en mil novecientos treinta y tres, por iniciativa de una religiosa perteneciente a la congregación adonde irá usted luego, se ensayó el yodo. La terapéutica experimentó una renovación. Los dolores desaparecieron de tal modo que se pudo, sin el menor inconveniente, proceder a dar inyecciones seguidas que produjeron rápidamente, por la propia regularidad, resultados muy superiores a los obtenidos hasta entonces.

“Una gran duda subsistía: ¿cómo procurarse la cantidad de aceite suficiente a medida que el número de enfermos aumentaba? El hospital Saint-Louis carece de este aceite y no lo distribuye sino parsimoniosamente, lo que es deplorable si se quiere tener una cura rápida. La India, proveedora habitual, está lejos. Mientras, se ha conseguido aclimatar en Makogaï el hydncarpus: en la actualidad, el islote es, probablemente, el único que provee a todas sus necesidades. Podrá usted vivir sin inconvenientes ahí durante algunos años.

“Son ya las catorce, he oído llamar a la puerta; mis consultas van a recomenzar. Voy a redactar las palabras que usted irá a la madre Dorothée.

Cuando pasaron al consultorio, y mientras el doctor Petit escribía, Chantal preguntó:

—¿Cómo explicar este largo viaje a Jacques?

—Dígale sencillamente la verdad.

—¡Jamás! ¡Para causarle horror, a él, que ha estado enamorado mí durante cuatro años! Ni Jacques ni nadie debe conocer la verdadera causa de mi partida. Déjeme reflexionar una noche: mañana habré encontrado alguna solución.

—Le explico sucintamente a la madre Dorothée su caso excepcional —le dijo el médico, entregándole la carta—. No le digo ni una palabra sobre su situación personal, puesto que así lo desea. Téngame al corriente de su conversación con ella.

—Hasta la vista, doctor; es usted un amigo como se encuentran pocos.

Mientras franqueaba la puerta que daba al vestíbulo, el doctor Petit le deslizó suavemente al oído:

—Un pequeño detalle que me había olvidado... Llame a sor Dorothée “madre”. Sí, es una costumbre..., y además le causará placer.

Miró al médico con grandes ojos asombrados y se fue, pensativa. Había aprendido muchas cosas en estas últimas veinticuatro horas.

 

La superiora de las Hermanas Misioneras de María la recibió en un locutorio de paredes blanqueadas, cuyo único adorno era un Cristo de marfil, colgado entre dos ventanas; el mobiliario se componía de una mesa de madera blanca y tres sillas de paja. El piso encerado relucía como en toda congregación que se respete. Chantal, que no había penetrado jamás en un convento, había experimentado, desde que lo hizo, una sensación de malestar al percibir la cara de la hermana tornera, aparecida tras las rejas de la mirilla practicada en la puerta. La mirilla se había abierto prudentemente, la puerta había seguido el movimiento, dejando justo el espacio para que pasara Chantal, que atravesó un largo corredor en el que se cruzó con dos religiosas, de ojos púdicamente bajos, que caminaban con pasos silenciosos a lo largo de los muros. Esta atmósfera de convento le. recordaba la casa matriz de la Asistencia Pública y también algunos aspectos del hospital Saint-Louis que descubrió esta mañana.

La hermana Dorothée tenía rostro arrugado y ojillos penetrantes, emboscados tras unos anteojos; ojos que permanecían, ellos también, la mayor parte del tiempo dirigidos hacia el polvo de la tierra y se levantaban a veces para despedir relámpagos de inteligencia mezclados con destellos de bondad, una impresión de fuerza y de energía se desprendía de su personalidad desde el primer contacto con ella. Sor Dorothée ofrecía una mezcla de anciana indulgente que reina sobre una inmensa familia dispersa por el mundo, y de conductora de almas capaz de elevar los corazones más marchitos hacia las cimas. Chantal estaba impresionada. La madre Dorothée acababa de leér la carta del doctor Petit y miraba a la joven con. completa serenidad.

—Señora —comenzó con voz áspera, en la que algunas inflexiones eran, no obstante, dulces—, me siento feliz al comprobar que está tranquila y resignada ante la desgracia que la abruma. Es usted hermosa, y me complazco en imaginar que la belleza moral está en armonía con la belleza física.

Chantal bajaba los ojos a su vez, intimidada por aquella mirada aguda, que parecía escrutarle el fondo del alma y poner al desnudo los más íntimos sentimientos.

—El viaje que va a emprender —prosiguió la hermana superiora— será largo: un mes, al cabo del cual encontrará usted el aislamiento y la paz necesarios para la curación. Casi lamento haber dejado partir hace ya tres meses a la hermana Marie-Ange para Makogaï... Marie-Ange es la más joven de las hijas de nuestra congregación; nos dejó dos días después de haber hecho sus grandes votos. Si hubiera sospechado un solo instante su llegada aquí, habría hecho esperar a sor Marie-Ange, que hubiera sido para usted una compañera de viaje ideal. Ella también es muy linda.

—¿Enferma, como yo? —preguntó Chantal.

—No. Usted va allá para hacerse cuidar; Marie-Ange ha ido para cuidar a los demás. He vacilado mucho antes de autorizarla a pronunciar los votos: su salud es delicada, los bronquios frágiles... Ha sido educada, como debe de haberlo sido usted, en ambiente de gran lujo. Los padres poseen una vasta propiedad en Turena. Hicieron todo lo posible para impedirle partir: era la única hija. Son dueños de una gran fortuna... Marie- Ange fue acosada por pedidos de matrimonio, pero Dios había dispuesto otra cosa. Necesitaba a esta novia de selección; estaba demasiado poseída de idealismo para pertenecer a un hombre. Nuestro Señor recluta a sus servidores un poco en todos los medios; precisamente porque se lo había dado todo a esta jovencita, un nombre (es la hija del marqués de Furère), fortuna, inteligencia, encanto y belleza, ha querido probarla quitándoselo todo. Voluntariamente, con alegría, Marie-Ange de Furière ha dejado el mundo a los veintiún años para convertirse, bajo nuestro sayal, en la hermanita Marie-Ange. Desde la edad de catorce años, después, de haber escuchado el sermón de un padre misionero, decidió dedicarse a los leprosos. Se encontrará con ella en Makogaï; cuidará de usted con devoción. Me complace que encuentre en la isla alguien de su mundo y me alegro por ella ante la idea de que podrá, de tiempo en tiempo, hablar de su infancia mimada con usted, que debe haber tenido una semejante. ¿No está casada?

—No, madre...

—Es preferible. Cuando yo estaba en Makogaï, pues residí allí veintidós años antes de volver a Francia para tomar la dirección de nuestra casa central, asistí a la llegada de mujeres enfermas que debieron abandonar marido e hijos; es terriblemente penoso. He compadecido siempre a esas desgraciadas. Cuando no se tienen ataduras, se acepta más fácilmente el exilio. ¿Tiene aún a sus padres?

—Han muerto...

—¿Está, pues, completamente sola? Encontrará en Makogaï una gran comunidad de sufrimiento y de sacrificio. ¿Cuándo quiere partir?

—Lo más pronto posible, madre.

—Perfecto. Le aviso que en Marsella tiene un paquebote inglés dentro de cinco días: el Empress of Australia, que la conducirá directamente a Sydney. Estamos informadas de todas las salidas y llegadas. Tiene usted suerte, es un excelente barco. Supongo que contará con medios para pagar el pasaje.

—Sí, madre. Poseo bienes propios.

—Hija mía, no le pedía esa información más que para facilitarle las cosas y ayudarla financieramente si fuera necesario. ¿Tiene pasaporte?

—Sí, madre.

Chantal lo había tramitado tres meses antes a pedido de Jacques, que quería llevarla a los lagos italianos para hacer lo que él llamaba “su viaje de bodas tardío”.

—¿Está decidida a tomar el Empress of Australia el próximo sábado? ¿Cuenta con el tiempo necesario para prepararse para el largo viaje? Le aconsejo llevar, ropa muy liviana y muy sencilla.

Chantal no contestaba. La madre Dorothée la observaba en silencio, adivinando todo el secreto de la angustia. Los hermosos ojos de la joven parecían interrogarla, pedirle consejo. Decidió acudir en su ayuda.

—Hija mía, en ninguna parte estará mejor cuidada que allá. Se la ha conocido demasiado bonita aquí para imaginarla de otra manera. Olvide por un tiempo lo que deja... Volverá a encontrar todo al regreso.

Una campana comenzó a tañer en el convento.

—Hija mía, me veo obligada a dejarla; es la hora de vísperas, antes de la cual debo hablar a las novicias en la capilla. Entre ellas hay varias destinadas a Makogaï; dentro de algunos años las acogerá usted.

La madre Dorothée se había levantado.

—Madre, hay una cosa que no parece usted sospechar, y es que yo no tengo religión.

Chantal miró apenas a su interlocutora al formular esta declaración; temía que la anciana la fulminase con la mirada. Ningún músculo del arrugado rostro de sor Dorothée se movió.

—¿Ha entrado usted alguna vez a una iglesia? —preguntó, sencillamente.

—Sí, una vez..., el día del bautismo de Daniel.

—¿Quién es Daniel?

—El hijo de una de mis amigas...

—Tenía el propósito, antes de dejarla, de llevarla a nuestra capilla para que pudiera arrodillarse al pie del altar; allí hubiera podido pedirle a Dios que bendiga su viaje. Me abstendré de hacerlo. La congregación rezará en su lugar, y el viaje se realizará felizmente. Debe usted saber que cuidamos indistintamente a todos los enfermos de Makogaï; encontrará allí todas las religiones. Los médicos ingleses son protestantes. Se trata primeramente de curar los cuerpos; la curación del alma viene después, si Dios lo quiere. Venga, voy a mostrarle en el corredor algo que le va a interesar.

Chantal siguió a la madre Dorothée sin decir nada. Sobre uno de los muros del largo corredor estaba pintado un gran mapa, que la joven no tuvo tiempo de ver a su llegada. La superiora le dijo, designando sucesivamente distintos puntos:

—Ya que tiene la suerte de ser rica, le aconsejo vivamente descender en las escalas de la ruta; descubrirá así países maravillosos y mundos nuevos. Aproveche de semejante viaje para almacenar la mayor cantidad de recuerdos posibles, que la ayudarán a pasar las largas horas de espera en Makogaï. De aquí a Marsella... Desde allí el Empress of Australia la llevará directa mente a Suez, en seguida hará escala en Singapur y Batavia antes de llegar a Sydney. En Sydney hay, una vez por semana, un barco que va a Levuka, la ciudad más importante de la isla de Ovalau. Finalmente, esperará usted en Levuka un vaporcito que conozco mucho, el Saint-John, y al que los habitantes del archipiélago han apodado el “transporte de los leprosos”...Está exclusivamente destinado al reabastecimiento y al servicio de Makogaïw. Conduce periódicamente su cargamento de enfermos, llegados del mundo entero y agrupados en Levuka, antes de la última etapa. El Saint-John la depositará a usted en la playa de Makogaï, donde la hermana Marie-Ange la recibirá. Mañana despacharé para ella y la madre Marie-Joseph, nuestra superiora de la Misión en Makogaí, una carta por avión para anunciarles su llegada.

Fueron las últimas palabras. Chantal se preparaba a tenderle la mano, pero la madre Dorothée hizo un amplio signo de la cruz a guisa de saludo y se dirigió hacia la capilla.

En esa jornada agotadora la joven había hallado a dos personas que la impresionaron: el interno del hospital Saint-Louis, aquel mozo alto y pálido que dedicaba la mejor época de su vida a cuidar enfermos casi incurables, y la hermana Dorothée, que reinaba cual soberana absoluta sobre muchachas entre las que algunas —tal esa hermana Marie-Ange, cuya historia le había referido la superiora— no vacilaban en abandonar riqueza, nombre y belleza para sacrificarse. Desde que las había conocido tenía la impresión de que la verdadera vida podria ser harto diferente de lo que ella creyó hasta ese día. Pero todo estaba todavía muy confuso en su espíritu.

 

Regularmente, tres veces por día, Williams depositaba sobre la mesa baja del camarote una bandeja que contenía sucesivamente el desayuno, el almuerzo y la comida. Chantal estimaba a este camarero por la discreción y lo perfecto del servicio; fuera de él y de la mucama no veía a nadie y permanecía durante horas recostada en la cama, en pijama o en deshabillé rosa, fumando cigarrillos. Le parecía que el humo le adormecía el dolor.

Mañana tendría lugar la escala en Singapur. Robert ya no había insistido desde la última negativa a recibirlo, que ella le hizo transmitir por Williams. Andaría errando a través de los salones, del bar americano alcomedor, de la cubierta al salón de fumar, buscando su felicidad perdida. Ella también se había vestido diez veces, dispuesta a abandonar el camarote del que había hecho su celda y reunirse con el ingeniero. Siempre, en el momento de trasponer el umbral, se había contenido: su pasión era muy bella, muy. pura, muy fuerte para que terminase en un idilio de pocos días al cabo de los cuales todo se hundiría ante el descubrimiento de la enfermedad. Sólo la curación completa, prometida tras el descanso en la lejana Makogaï, le permitiría ver de nuevo a Robert, que era ya, en su alma y en su corazón, aquel cuya presencia marcaría su destino.

La nueva tortura moral excedía aun a aquella que experimentara ante la idea de la desfiguración por la lepra o la pérdida de la belleza. Robert estaba a unos pocos metros de ella, sobre el mismo barco, y tendría que esperar años antes de entregarse a él. Se preguntaba —incluso— si jamás una mujer joven y hermosa había experimentado un sufrimiento parecido.

El paquebote continuaba navegando por el océano Indico. Chantal no conseguía dormir: esa noche era la última que Robert pasaría a bordo. Intentaba evocar, alternativamente, las dos veladas pasadas en compañía del ingeniero y las últimas horas transcurridas en París. Recordaba haber vuelto al consultorio del doctor Petit, donde la esperaba la directora de Marcelle et Arnaud. En cuanto fue introducida al consultorio del médico, declaró a sus dos confidentes:

—Parto el viernes por la tarde de París y me embarco el sábado en Marsella. Mi cama ha sido reservada en el tren y mi camarote en el barco hasta Sydney.

La señora Royer la miró pasmada.

—¿Qué significa todo esto?

—Querida amiga —dijo Chantal, decisiva—, voy a anunciarle una sorprendente novedad: estoy leprosa...

—¿Cómo?

—Interrogue al doctor, quien le explicará mejor que yo.

—¡Eso no es verdad, doctor!

—Desgraciadamente, señora, es cierto.

Y refirió a la directora cómo había llegado al siniestro descubrimiento, y la grave decisión tomada por Chantal. Al final de la exposición, la señora Royer se había desplomado en el sillón.

—¡Verdaderamente —concluyó esta última—, si no tuviera una confianza absoluta en usted, doctor, creería que acaba de inventar un cuento espeluznante! ¿No podía haber tomado un barco que levara anclas un poco más tarde?

—Si hubiese podido, me habría embarcado hoy mismo —repuso Chantal.

Les explicó las razones, imperiosas a su modo de ver, que motivaron tal resolución. El doctor Petit aprobaba, la señora Royer se mostraba más reticente.

—¿Ha reflexionado maduramente en la desesperación de Jacques cuando se entere de que lo ha abandonado?

—Le escribiré diciéndole que he encontrado otro amante: el hombre de mi vida.

—Quedará desesperado por ello.

—Lo estaría aún más ante la sola idea de que la lepra podría marchitar mi belleza física. ¡Creo que nunca se hizo muchas ilusiones acerca de mi belleza moral! La partida no modificará mucho la opinión que de mí tiene...

—Es usted una mujer inteligente —declaró el doctor.

—Desgraciadamente —reconoció Chantal, con gran simpleza—, he sido muy perezosa para instruirme. Ignoro las reglas más elementales, de la ortografía; esto me perturba para escribir la carta que he comenzado esta mañana, y que usted entregará a Jacques después de mi partida.

—¿Qué piensa decirle en esa carta? —preguntó la señora Royer.

—Adiós; explicándole que me voy para rehacer mi vida con otro, y que en el fondo, a su edad, es ya mucha suerte haberme tenido durante cuatro años.

—¡No exageremos las cosas! —murmuró el buen doctor.

En el momento en que la joven iba a despedirse de su huésped y de la señora Royer, les dijo:

—Les hago a los dos un último ruego: les he confiado la fecha de mi partida, el viernes en la tarde, por la estación de Lyon. Les suplico que no vayan a despedirme; eso podría entristecerme y quiero abandonar París con la menor pena posible. Vamos a separamos en seguida. Hasta la vista, doctor. Gracias por todo cuanto ha hecho por mí y por los preciosos informes que me ha dado para mi curación futura. En cuanto a usted, querida amiga, tenga la amabilidad de tomar estas lineas que entregará a mi mucama, para que ella pueda enviarle, esta tarde, varios objetos, vestidos y dos baúles chatos que necesito. No tendrá más que utilizar mi coche y el chofer para hacérmelos llegar al Hôtel des Étudíants, en la calle Saint-André-des-Arts.

La conversación con la directora de Marcelle et Arnaud prosiguió en el taxi. La señora Royer confió a Chantal:

—Estoy aterrada por todo lo que acabo de saber en tan poco tiempo. Lamento las pocas palabras desagradables que hemos podido intercambiar cuando usted era empleada mía. Lo que le sucede no es justo: hubiera sido mucho más regular que fuese yo, vieja y fea, quien contrajera esa horrible enfermedad. ¡Qué pena! ¡Déjeme abrazarla, mi pequeña Chantal, como lo hubiera hecho esa madre que le ha faltado en la juventud!

La señora Royer tenía los ojos bañados en lágrimas cuando bajó del taxi. Chantal sonreía, con una sonrisa amarga y lejana. A la patrona le pareció que su antigua modelo estaba ya desligada de los bienes de este mundo y se preparaba para franquear alegremente las etapas de lo que iba a ser su calvario. Antes de cerrar la puerta del taxi, Chantal le dijo:

—Hay una cosa que intencionalmente no he indicado en la nómina de objetos, que debe enviarle mi mucama. Me gustaría que agregara al voluminoso lote, que usted hará llegar a mi hotel, el conejito de felpa rosa que está permanentemente en mi tocador. Es para mí un fetiche: lo he bautizado Jeannot. Lo que le pido es muy tonto, pero me complacerá llevar ese juguete, al lado del cual intentaré dormirme en Makogaï.

La directora de Marcelle et Arnaud sabía muy bien lo que representaba Jeannot-conejo para Chantal: bajo su aspecto insignificante, ese juguete escondería a los ojos de un mundo extraño el más pesado secreto de la vida de esta joven mujer... Un secreto que habría de pesarle tanto como su enfermedad durante todo el exilio.

 

Lo que la señora Royer. y el doctor Petit no habrían podido concebir era que el amante imaginario, inventado por el cerebro afiebrado de la joven, tomaría cuerpo rápidamente en la persona de Robert. Chantal se convertía en la primera víctima de su mentira, al caer perdidamente enamorada del ingeniero cuya existenciano sospechaba siquiera en el momento de escribir la carta de ruptura al agente de cambio. La ficción, destinada a satisfacer el orgullo de mujer bonita, se había evaporado ante la realidad brutal que transformó su corazón, hasta el punto de tomarlo humilde ante el de un hombre.

A las dieciocho, prolongados toques de sirena le indicaron que el paquebote entraba en la rada de Singapur; miró por el ojo de buey y vio una multitud de lucecitas escalonadas, reveladoras de la tierra firme de un gran puerto. Se recostó nuevamente, sintiendo adormecérsele las articulaciones: el mal parecía decidido a no abandonarla.

Hacía más de dos horas que el Empress of Australia se había detenido, cuando Williams penetró en el camarote con un inmenso canasto de flores extrañas.

—Nunca he visto flores semejantes —le dijo Chantal.

—Creo que no se las encuentra más que en la península de Malaca —respondió Williams—. Acaban de traerlas desde tierra para la señora con esta carta.

El camarote se impregnaba del penetrante olor de las flores desconocidas. A consecuencia de ello, Chantal experimentó casi dolor de cabeza al leer la misiva:

 

Estoy apenado por no haber podido verla nuevamente antes de abandonar el Empress of Australia. No me hubiera perdonado el forzar la consigna rigurosa que usted dio al personal de los camarotes. Por otra parte, me hubiera reprochado dejarla continuar su largo viaje sin ofrecerle estas frágiles flores, destinadas a prolongar durante algunas horas lo que fue la amistad de dos noches. La florista de a bordo no tenía gran cosa; he preferido hacerle enviar estas kalkawas..., un nombre muy raro de flores exóticas, que acabo de descubrir en la primera tienda que encontré en Singapur. Creo en la fuerza imperiosa de esas kalkawas, de perfume sutil, para reunirnos nuevo una noche en la que reiniciaremos el baile interrumpido. ¿Será una rumba tan nostálgica como la que acompañaba bastante lejos nuestra breve conversación sobre el puente? De todos modos, será un momento maravilloso de nuestra existencia. En el caso de que experimentara algún pesar al recibir esta carta, no vacile en bajar a reunírseme en el Savoy Hôtel.

 

Su barco no sale hasta mañana en la tarde, y una noche en Singapur debe valer por dos. En el caso, desgraciadamente más probable, en que no volviera a verla esta tarde, puede creer que estaré pensando en la dama de verde cuando oiga la sirena que anuncia la partida del Empress of Australia.

Tal vez regrese usted un día de su lejana excursión y haga escala nuevamente en Singapur. Tiene algunas probabilidades de encontrarme allí pues estoy seguro de que permaneceré mucho tiempo, requerido por mis trabajos. Ese día no tendría usted perdón si no me hiciese una corta visita.

Con esa esperanza, un poco loca, me permito anotar de nuevo, al pie de estas apresuradas líneas, mi dirección y besarle respetuosamente la mano.

 

ROBERT NICOT

 

 

Chantal ya no razonaba; un delirio, una suerte de vértigo la arrastraba a tierra hacia las sensaciones inmediatas.

Durante el trayecto en taxi descubierto, desde el puerto hasta el Savoy Hôtel, estaba como embriagada, perseguida por el perfume de las kalkawas que la conducían directamente al lado de Robert. Si Robert no debía ser más que el amante de una noche, ella aprovecharía esa noche. Olvidaría todo: las aventuras vulgares y la lepra. Mañana, cuando el sol inundara de nuevo la península de Malaca, ella se despertaría en sus brazos, y, si él se lo pedía, se quedaría allí hasta la muerte. Ya podría el Empress of Australia lanzar el llamado de su sirena y proseguir su ruta hacia Sydney: ella habría desertado de su prisión flotante para ir en busca de la felicidad.

El Savoy Hôtel era confortable, aireado, construido con arreglo al modelo de todos los grandes hoteles ingleses de los países cálidos. Chantal no vio a nadie y dio el nombre de Robert a un portero indígena, que le contestó con un sencillo número de departamento. Se introdujo en el ascensor y volvió a encontrarse en un largo pasillo, con estera de seda cruda, sobre la cual tuvo la sensación de volar más que correr. Llamó a la puerta del departamento: ésta se abrió inmediatamente, como si Robert hubiera reconocido sus pasos. Al pie de la cama, sobre una mesa baja, un ramo de kalkawas puesto allí al descuido esparcía un perfume penetrante y dulce. Había tenido razón al escribirle diciéndole que ese olor mágico era capaz de reunirlos una vez más. Al contacto de sus labios, ya no pensó en lo que podría suceder al despertar. Jamás, antes, había sido tan feliz. Nunca más debía ella serlo tanto. Por la ventana abierta sobre el parque del hotel, penetraban los mil rumores de una noche húmeda...

 

Había tenido su noche de amor, la que esperaba desde los dieciséis años, y al lado de la cual todas las otras no habían sido más que preludios. Se estiraba, lánguidamente enamorada, en la cama aún tibia. Estaba sola: Robert la había dejado por algunas horas. Había creído comprender, en la soñolencia de la mañana, que debía ir a visitar al director de la usina y que volvería para el almuerzo. Ella le prometió esperarlo. Irían después al puerto para buscar el equipaje. Robert le pidió que se quedara; y ella no tuvo el coraje de declararle su enfermedad.

No tenía ya un minuto que perder si no quería encontrarse con él, pero le debía, a pesar de todo, una explicación. Esta sería breve, escrita sobre una hoja de papel con membrete del Savoy Hôtel, que prendería con un alfiler al ramo de kalkawas. El perfume suavizaría las palabras de despedida.

Por última vez releyó la carta antes de abandonar la habitación:

 

Robert, no puedo permanecer a tu lado actualmente. Nada conoces de mí vida; yo ignoro la tuya. La única cosa de que estamos seguros los dos es la fuerza inquebrantable de este amor que acabamos de sellar.

 

Desde que te he pertenecido sé que ya no podré ser la mujer de ningún otro y querría quedarme para ofrecerme otra vez a ti. Pero es necesario que parta, que cumpla mi viaje hasta el fin. Volveré, te lo prometo, aunque nuestra separación deba ser larga. No puedo dejarte ninguna dirección; te escribiré. Espérame.

Guarda para ti solo el calor de mis labios.

CHANTAL

 

 

Una hora más tarde se reintegraba al camarote con la sensación de haber actuado como debía para salvar su amor. Volvería a Singapur: lo sabía. Se curaría en Makogaï; los médicos se lo habían prometido. No podían equivocarse todos. Robert la esperaría; el amor de él también era suficientemente fuerte para soportar la acción del tiempo o de la separación. Una noche había sido suficiente para encadenarlos definitivamente.

Un toque de sirena anunció la próxima partida; la fiebre había hecho presa de ella otra vez; todo parecía girar en torno. No sabía ya muy bien dónde estaba ni qué hacía sobre ese navío... ¿Por qué no se hallaba en el lugar debido, al lado de su amante? Debió adivinar que no tenía ya fuerzas para reunírsele, que la enfermedad le restaba toda energía, que no era más que una pobre cosa bamboleándose sobre los mares con la esperanza insensata de curarse. Sentía de nuevo los largos balanceos del barco; el Empress of Australia seguía su ruta hacia Batavia. Vagamente, en la fiebre, reveía el rostro enérgico de sienes grises, el cuerpo musculoso inclinándose sobre ella en la habitación del Savoy, los ojos buscando perderse en los suyos. Quedó aprisionada bajo el abrazo vigoroso y encontró el calor de un aliento que amaba. Se cerraron los ojos. Los labios se entreabrieron para dar en sueños, al ser adorado, el beso de una muchacha que el amor había hecho mujer.

 

El Empress of Australia entraba al puerto de Batavia. Chantal no bajaría; no tenía fuerzas para hacerlo ni ganas. Durante el trayecto entre las dos escalas Williams había venido varias veces para informarse sobre su salud.

—¿La señora no se siente bien? ¿No sería preferible llamar al médico?

—No, Williams. El único remedio del momento para mí es la soledad.

—¿La señora no bajará en Batavia?

Y Williams volvía a partir desolado, después de cada una de estas visitas.

Cuando el paquebote se detuvo en la rada de Batavia, Chantal se arrastró desde la cama hasta el ojo de buey para tener una impresión de conjunto sobre aquel puerto del que el camarero le había hablado tanto. La posición del navío anclado hacia que todos los ojos de buey de estribor miraran hacia alta mar: el camarote estaba en esa orientación. Chantal se recostó pensando que hasta los paisajes se desviaban ante su lepra.

El anuncio de la partida le fue indiferente; dentro de cuarenta y ocho horas estaría en Sydney, primera etapa del viaje. Era todo cuanto le interesaba. Williams le había traído todas las informaciones necesarias: la suerte le favorecía. El Empress of Australia llegaría a Sydney en la tarde, y el Melbourne, que salía de este último puerto para hacer el recorrido completo del archipiélago de las Fiji, levaría anclas al día siguiente por la mañana. Chantal no se vería en la necesidad siquiera de bajar a tierra para esconderse en un hotel y podría refugiarse en seguida en un camarote del Melbourne. Tendría que llevar a cabo un esfuerzo considerable para efectuar ese trasbordo sin que nadie se diera. cuenta de su fatiga.

Había hecho prodigios para que la mucama no adivinara nada mientras preparaba sus valijas, y hasta encontró energías para decirle a Willianis que llegó a buscar su equipaje dos horas antes del arribo:

—Me siento mucho mejor.

—Entonces la señora podrá distraerse esta noche en Sydney. Es una gran ciudad moderna, como deben gustarle a la señora.

—No, Williams. Voy a cambiar de barco, sencillamente; no visitaré más que la isla de Java. Es conveniente reservar algo para el viaje de retomo... Lo que más recordaré de este paquebote, echándolo de menos, es usted, Williams; me acompañaba gentilmente sin fatigarme demasiado.

—Espero estar todavía en esta línea cuando la señora nos haga el honor de volver a tomar nuestro barco. Ella no contestó. El Empress of Australia ya no le interesaba desde que Robert lo había dejado.

 

El Melbourne era de dimensiones más reducidas que el colosal transatlántico que Chantal abandonaba. Era un barco de clase única, construido para asegurar las comunicaciones entre Australia y Viti-Levu, la más importante de las islas Fiji. El Melbourne haría previamente escala en Suya, puerto y capital de Viti-Levu, antes de alcanzar Levuka, ciudad principal de la isla de Ovalau. Sería allí donde Chantal encontraría el famoso Saint-John del que le había hablado la madre Dorothée, apodado con el título horrible de “Transporte de los leprosos”. El Saint-John la depositaría finalmente en la playa de Makogaï, donde sor Marie-Ange habría de esperarla.

Durante la rápida recorrida sobre la cubierta del Melbourne antes de alcanzar el camarote, Chantal pudo comprobar que los pasajeros europeos estaban en minoría. El Melbourne rebosaba de hindúes y de chinos que no vacilaron en rendirse a los ventajosos ofrecimientos de los plantadores fijianos, hartos de la indolencia innata de sus obreros agrícolas indígenas. Todos los emigrados asiáticos parecían haberse dado cita a bordo de aquel navío.

El camarote distaba de ofrecer el lujo y la comodidad del Empress of Australia. La cama estaba reemplazada por una litera estrecha, sobre la que Chantal titubeaba en acostarse. Felizmente, la travesía no sería larga; el océano Pacífico estaba todavía tranquilo en esta época del año. Llegaría a Levuka en tres días. El Melbourne rolaba más que el Empress of Australia; a consecuencia de esto sentía un verdadero malestar. Si las manchas se le habían multiplicado sobre el cuerpo, la cara permanecía milagrosamente intacta, y la fiebre había bajado. Chantal se informó, leyendo un pasaje del libro del doctor Ramelot, que la fiebre de la lepra es periódica. En cambio, comenzaba a sentir un adormecimiento aterrador en la extremidad de los miembros; le costaba trabajo mover los dedos de manos y pies, y se preguntaba con ansiedad si todo ese mecanismo indispensable de su cuerpo no quedaría, tal vez muy pronto, paralizado.

Le hubiera gustado recoger algunas informaciones complementarías acerca de esa isla perdida donde iba a vivir durante largos años y de la que ignoraba, prácticamente, todo. La única persona que estaba en condiciones de informarla en París era la superiora de las Hermanas Misioneras de María; Chantal no tuvo tiempo ni deseos de volver a verla antes de su partida.

La tripulación del Melbourne era australiana. Horas antes de arribar a Suva, el comisario de a bordo fue a visitar a la joven, y le preguntó, en un francés muy correcto:

—Discúlpeme, señora, por incomodarla...; ¿usted va, según creo, hasta Levuka?

—¿A qué viene la pregunta? —interrogó Chantal.

—Sencillamente para saber cuándo podremos disponer de su camarote; tenemos un enfermo que se dirige a Vanna-Levu.

—¿Un enfermo grave?

—No. Es un plantador que acaba de ser operado en Sydney. Vuelve a su casa, y como están todos los camarotes ocupados; nos vimos precisados a instalarlo en el de un oficial.

—Lo lamento profundamente por ese señor, pero yo también estoy bastante cansada. Habla usted admirablemente el francés.

—Lo aprendí en una escuela de Melbourne, dingida por sacerdotes franceses.

—¿Hay, según creo, misioneros franceses en las Fiji? —preguntó Chantal, simulando no atribuir la menor importancia a la pregunta.

—Si, señora. Se encuentran allí igualmente algunas hermanas francesas, especializadas en el tratamiento de los leprosos. ¿Habrá usted oído hablar de Makogaï, la isla de los leprosos?

—Me han dicho que era muy curiosa. ¿Se puede visitar? —

—Se necesita una autorización especial. Personalmente, nunca estuve allí, pero cuando el Melbourne va de Levuka a Vanna-Levu bordea sus costas. He conseguido también tomar algunas fotografías de la bahía de Dallice; se ven los leprosos sentados en la playa. Este inocente espectáculo no consigue despertar en mí el menor deseo de poner pie en la isla.

—La vida allá debe ser espantosa.

—Nos ha sucedido frecuentemente tener que transportar a Levuka a hermanas misioneras francesas de las que ya le he hablado. Vienen directamente de su país para encerrarse en ese islote de treinta kilómetros de largo por dos de ancho. La última hermana que tomó el Melbourne, hace más o menos tres meses, era joven y tímida. Muy bonita y casi frágil, fue el asombro de los pasajeros: ¿cómo podía enviarse a esa isla condenada a una jovencita cuya constitución parecía tan débil? Debo reconocer que ella parecía sentirse perfectamente dichosa con su suerte.

El comisario del Melbourne acababa de describir a Marie-Ange, que Chantal conocía mejor que él por los informes de la madre Dorothée. No le correspondía a ella explicar a ese marino que Marie-Ange no había sido enviada a Makogaï sino porque así lo había querido ella; sentía la vocación de cuidar leprosos, como él tenía la de navegar por el Pacífico.

—Creo —continuó el oficial— que un nuevo contingente numeroso de enfermos va a ser enviado pronto a Makogaï. En nuestro precedente viaje, la semana pasada, transportamos hasta Levuka tres leprosos que llegaban de Nueva Zelandia. ¡Le juro a usted que no era agradable mirarlos! ¡Entre los tres no reunían más que una nariz completa y sólo dos brazos intactos! Uno de ellos era ciego y caminaba apoyando la única mano sobre el hombro de otro de sus camaradas... Debimos encerrarlos en el fondo de la bodega para no disgustar a los demás viajeros. Sería deplorable propaganda para el Melbourne adquirir reputación de transporte de leprosos, como el Saint-John... Es el vapor que asegura la comunicación entre Levuka y Makogaï. Los enfermos son agrupados en una leprosería de espera en Levuka, hasta que su número es suficiente para justificar el aparejamiento del Saint-John, cuyo capitán, el señor Farell, es uno de mis amigos.

—¿Ha debido realizar extrañas travesías y presenciar espectáculos curiosos? —preguntó Chantal.

—Sus relatos le erizan a uno el pelo —respondió el comisario, sonriendo—. Discúlpeme, señora, por importunaría con toda esta charla. Nos aproximamos a Suva...

—¿Cuánto tiempo permaneceremos allí?

—Dos horas, más o menos.

—¿Y a qué hora llegaremos a Levuka?

—Al atardecer, antes de comer... ¿Se quedará usted mucho tiempo en esa ciudad?

—Lo menos posible.

—Concuerdo; no es alegre —declaró el oficial, saliendo.

Si hubiese sospechado que ella se dirigía a Makogaï, le hubiera descrito seguramente a Levuka como un paraíso, comparada con la isla de los leprosos. La sirena del Melbourne advirtió a Chantal la llegada al puerto más importante de las Fiji. Ella no deseaba mostrarse más en Suya que en las escalas precedentes; sin embargo, miraba por el ojo de buey y hallaba la bahía magnífica. La ciudad se componía de casas blancas y bajas; los edificios aparecían dispuestos en cuadriláteros regulares formados por anchas avenidas bordeadas de palmeras gigantes.

Una flotilla de embarcaciones rodeaba al paquebote. Las piraguas, cuya proa curvada se adornaba con una cabeza esculpida en madera de ébano, con ojos de nácar, orejas de conchilla, una larga barba y labios pintados de rojo, estaban dotadas de un flotador exterior, ligado al cuerpo de la embarcación por un travesaño de madera que les impedía zozobrar. Cada una de ellas se hallaba tripulada por una docena de jóvenes, desnudos hasta la cintura, que remaban con sus pagayas a una velocidad increíble.

El círculo de las piraguas se abrió para dejar paso a una lancha automóvil, cuya proa enarbolaba la bandera del gobernador de las Fiji, y cuyos ocupantes estaban vestidos a la europea. Entre ellos, Chantal distinguió a un anciano de larga barba y tez blanca, que llevaba sobre el pecho una cruz de oro, la cual descansaba sobre un ancho cinturón violeta. Era, seguramente, un sacerdote católico; la sotana negra se destacaba de las chaquetas blancas de los demás ocupantes de la lancha.

Todos los rostros estaban escondidos por grandes sombreros de paja con anchas alas, destinados a protegerlos contra las insolaciones. La lancha automóvil contorneó el Melbourne para arribar a estribor, lo que la hizo desaparecer del reducido campo de visión que Chantal tenía desde el ojo de buey.

Volvió a sentarse en la litera. ¿Para qué subir de nuevo a cubierta a ver otra vez esas caras de chinos, indios y fijianos? Esta noche estaría en Levuka, la última etapa del viaje monstruoso. Jeannot había cambiado, él también, de navío, y dormitaba sobre una nueva almohada; debía de estar pasmado de su aventura. Chantal iba a recostarse cuando llamaron a la puerta. El comisario reapareció.

—Señora, tiene usted un visitante de nota que pregunta si puede recibirlo.

—¿Quién es? —preguntó Chantal, con desconfianza.

—Monseñor Midal, vicario apostólico de Suya. Viene a veces a bordo cuando el Melbourne transporta a alguna personalidad importante; es siempre un gran honor para nuestro navío... Monseñor pregunta si puede venir a hablarle aquí, porque la conoce muy bien: Chantal se había levantado, estupefacta.

—¡No lo he visto jamás!

No tuvo tiempo de terminar la frase. La silueta del sacerdote, que ella había entrevisto en la lancha automóvil, se encuadró en la puerta y con voz grave dijo al comisario:

—Déjenos: la señora y yo tenemos que hablar... —Hija mía —comenzó el obispo—, no se ofenda si la trato así podría cómodamente ser su abuelo... La conozco ya, gracias a una carta de la madre Dorothée. Estoy enterado de la desgracia que la aqueja momentáneamente y sé que ha venido usted a estas perdidas comarcas para curarse más rápidamente, lejos de las miradas de aquellos entre quienes ha vivido hasta ahora. Sé también que usted no tiene religión; no es, pues, el sacerdote quien viene a visitarla, sino el amigo de todos los que sufren física o moralmente.

Chantal miraba los ojos arrugados del anciano, impregnados de una mezcla de malicia y de bondad como los de la hermana Dorothée.

—Si me he decidido a visitarla en su camarote es porque presumo que no tiene usted ningún deseo de mostrarse antes de su llegada a Makogaï. Cuente conmigo, no se la verá. Esta noche, en Levuka, uno de mis vicarios, el padre Anselme, vendrá a buscarla al desembarcadero y la conducirá directamente al convento de las Hermanas Misioneras de Maria, que ya conoce usted un poco, puesto que ha sido recibida en la sede de París. Se le ha preparado, de acuerdo con mis órdenes, una celda que las queridas hermanas se han esforzado en hacer lo más alegre posible; les he aconsejado poner en ella muchas flores... Estoy seguro de que le gustan, o no merecería usted ser parisiense. Recibirá allí, mañana por la mañana, la visita indispensable de los médicos oficiales del gobierno de Fiji, que la examinarán antes de entregarle la ficha de admisión en la leprosería de Makogaï. Me apresuro a decirle que esto no es más que una simple formalidad.

“No esperará mucho tiempo en el convento de Levuka, ya que el Saint-John, del que la madre Dorothée seguramente le ha hablado, partirá hacia las cuatro de la tarde. La travesía no es larga; el mar estará en calma. En Makogaï, por fin, sor Marie-Ange, a quien usted no conoce y con quien se entenderá a maravillas (pues tienen ambas ciertos puntos de semejanza), la esperará en la playa y la conducirá a su domicilio. Le hemos reservado la casa más linda de la isla; no ha sido habitada hasta ahora; la destinamos a recibir a las personalidades oficiales que fuesen a visitar la leprosería. Le prevengo desde ahora que no es un palacio... Los palacios son raros en el Pacífico. Es un alojamiento aireado y confortable. Ofrecerá para usted la doble ventaja de estar próxima a la Misión y de aislarla de los enfermos indígenas o de diferente raza. Estoy seguro de que será usted la única mujer europea enferma; es preferible que se acerque a nuestras hermanas blancas. Supongo que no tendrá ningún interés particular en ser incorporada a una villa fijiana, china o hindú.

—¡De ninguna manera!

—Tiene usted razón; esa gente está siempre en tren de pelea.

—Monseñor, hábleme de esa isla donde voy a vivir.

—¿Es imprescindible? Ya tendrá tiempo de descubrirla. Todo lo que puedo decirle es que yo asistí a la llegada del primer contingente de leprosos a Makogaï el veintinueve de noviembre de mil novecientos once. ¡Como ve, esto no me rejuvenece! Estoy persuadido de que usted no hará más que una corta estada en la isla. Ya la veremos regresar bien pronto, curada, y me dará el placer, a su retorno, de visitar nuestra Misión y nuestras obras aquí, que son muy importantes. ¿Quién decía que estaba usted enferma? ¿La querida madre Dorothée?

—Sin embargo, monseñor...

—Sí, tendrá un principio de lepra, sin importancia. El chaulmoogra la hará desaparecer muy pronto. Los verdaderos leprosos, aquellos que me producen todavía náuseas cada vez que voy a visitarlos (¡y Dios sabe si debiera estar habituado después de cincuenta años!), están en Makogaï... Hallarse en. contacto permanente con esos desdichados será igualmente el lado más, penoso de su situación. Aunque no tenga usted religión, será necesario armarla de una caridad a toda prueba. Cuando esté cansada de no ver más que caras monstruosas, descanse mirando a la hermanita Marie-Ange. Es necesario que la deje, hija mía.

 

Los acontecimientos se desarrollaron exactamente como el vicario apostólico lo había anunciado. El padre Anselme, que llevaba también larga barba, pero negra, era apreciablemente más joven que su superior jerárquico; esperaba a la joven en el desembarcadero de Levuka, escoltado por dos indígenas que se encargaron del equipaje. La travesía del pueblo tuvo lugar en un viejo Ford. conducido por el misionero que, al paso, mostró a Chantal los principales edificios: la residencia del gobernador , la iglesia, el palacio de justicia. Todos éstos, de planta baja, se parecían por su blancura, y los techos de paja les conferían un aspecto de chozas transformadas, por la gracia de la civilización, en bungalows. Chantal miraba todo sin ver nada y se encontró, después de diez minutos de recorrido, en la celda que le había sido reservada en el convento de la Misión de las Hermanas de María.

El obispo había tenido razón cuando dijo que la celda estaría florida: las plantas más extravagantes invadían el cuartito blanqueado, cuyo moblaje se componía de una cama de hierro, una mesa con silla, de paja, un reclinatorio de madera colocado ante un inmenso crucifijo que constituía la única decoración mural.

A pesar de esta severidad, la celda era encantadora; daba —gracias a una gran ventana protegida de los ardores solares por una cortina de paja— a un jardín interior más parecido a la selva ecuatorial que al clásico jardín de un convento francés. La vegetación era de una rara riqueza y exuberancia; las palmeras enanas alternaban con los cactos gigantes y con plantas de todos los climas: áloes, cocoteros, guayabos, plantas tropicales espinosas y carnudas, árboles de pan, palo de rosa, sándalo y hasta pinos parasoles que recordaban las tardes en el Pinciano.

Alrededor del jardín, Chantal divisaba las ventanas de otras celdas. Este convento perfumado y asoleado no se asemejaba sino lejanamente a aquel gris y triste de la calle Du Bac.

La comida, compuesta en su mayor parte de frutas exóticas y de pastel de maíz, le fue servida en la celda por una hermana indígena, cuya piel oscura ofrecía un extraño contraste con la toca blanca. Era la primera noche que Chantal pasaba en tierra firme después de un mes de navegación; durmió mal, extrañaba el balanceo del navío. Hacia las cuatro de la mañana, cuando empezaba a adormecerse, fue sacada de su sopor por cantos religiosos; se aproximó a la ventana y distinguió netamente las voces de las hermanas que salmodiaban el oficio matinal. ¡No contentas con su sacrificio durante el día, aquellas mujeres encontraban todavía el medio de levantarse en la noche para rezar! Había, oculto en el corazón de estas hermanas misioneras, algo que Chantal no alcanzaba a analizar y que la confundía. El solo pensamiento de que otras rezaban mientras ella dormía le impidió recobrar el sueño.

Hacía largo rato que estaba lista cuando el padre Anselme penetró en la celda, acompañado por los dos médicos de la comisión de la lepra. Uno de ellos era inglés, el otro fijiano, de tipo muy definido. Ninguno de los dos hablaba francés; el padre Anselme debió servir de intérprete. Después de haber examinado atentamente las manchas que Chantal tenía sobre el cuello y que se habían extendido a los brazos, los médicos redactaron un informe. Hablaron poco y pronunciaron solamente algunas palabras en inglés, que el padre Anselme tradujo:

—Estiman que toda extracción en la nariz es inútil. La lepra les parece suficientemente declarada. Tienen gran experiencia. Van a entregarle una ficha que usted presentará a la inspección de partida del Saint-John. Sin ella no podría embarcar, por cuanto ese barco lleva exclusivamente leprosos en este viaje. Tendrá mucho, cuidado en conservar esta ficha para entregarla, cuando llegue a Makogaï, al médico jefe de la leprosería.

Chantal escuchaba al padre Anselme con profunda amargura; esa mañana no era más que un número en un cargamento de leprosos. Esta travesía de Levuka a Makogaï se anunciaba como la etapa más horrible de este siniestro viaje.

El médico inglés le hizo entrega de la ficha anunciada y se retiró con su colega. Al dejar la celda, el misionero dijo a la joven: Volveré a buscarla con mi Ford una media hora antes de la partida del Saint-John, para que permanezca el menor tiempo posible a bordo.

Ni siquiera intentó dar un paseo por el jardín paradisíaco que tenía ante los ojos. La famosa sensación de la cuerda que le apretaba el codo izquierdo había vuelto: los dedos de la mano derecha sostenían penosamente el peine con el que intentaba arreglarse el pelo sin más espejo que el de la cartera. Las religiosas no tenían ni la necesidad ni el derecho de mirarse en un espejo; sólo recordaban una cosa, y era que Chantal no había renunciado aún al mundo, a sus pompas y a sus obras. A lo que ella no renunciaría jamás.

La joven no probó el desayuno que le llevó la hermana indígena; no tenía apetito y sabia bien que ya no podría tenerlo mientras se encontrara en medio de esos horrores. Comería cuando estuviera sana. Poco después del mediodía el padre Anselme reapareció:

—¿Está lista? No tenemos un minuto que perder. El Saint-John zarpará dentro de una media hora.

Cuando el Ford llegó al muelle de embarque, éste se hallaba invadido por una multitud abigarrada donde algunos raros europeos se mezclaban con los indígenas. Un cordón policial mantenía a esta multitud silenciosa a una decena de metros de un navío atracado al muelle; en la proa del barco Chantal leyó el nombre: Saint-John. Tenía ante ella el transporte de los leprosos.

Los policías se apartaron para dejar paso al misionero. Un subteniente de policías asesorado por un médico inglés, verificaba al pie de la pasarela que conducía al barco los documentos de identidad de los viajeros.

—Déme su ficha —susurró el padre Anselme a Chantal, que miraba el espectáculo preguntándose si tendría fuerzas para embarcarse.

Maquinalmente entregó la ficha cubierta de sellos con la impresión digital tomada en la mañana por los médicos de la inspección. El buen padre se dirigió hacia el oficial de policía, con el que habló durante algunos minutos. Esto dio tiempo a la joven para fijarse en una larga fila de enfermos, recordándole la que había visto en el hospital Saint-Louis, a la espera de embarcar. Eran, tal vez, un centenar, rodeados por. soldados con bayoneta calada. Los desgraciados estaban casi todos harapientos y habían depositado en el muelle sacos de tela en los que guardarían las ropas y lo que consideraban como sus más preciados tesoros. Algunos estaban sentados sobre esos sacos, otros acurrucados en el suelo, otros, finalmente, apoyados en bastones todos parecían tener gran trabajo en mantenerse de pie; daban la impresión de estar agotados. Había en el grupo hombres, mujeres y también —Chantal no podía creer lo que veía— tres niños, de los cuales uno tendría poco más de cuatro años.

Casi todos los enfermos llevaban en parte el rostro oculto por los grandes sombreros de paja con anchas alas. Chantal no descubría más que los ojos, centelleantes de algunos, empañados los de otros. Esas miradas que apuntaban a la multitud de curiosos estaban cargadas de resentimiento y parecían decir: “¿Por qué estamos aquí? ¿Es por culpa nuestra? La sociedad nada ha hecho, en el país donde vivíamos, para impedir que nos convirtiéramos en leprosos. ¿Quién es, pues, responsable? La sociedad, es decir: ustedes que nos miran y que son hombres...”

Los leprosos permanecían en silencio. La multitud, detrás del cordón policial, hacía oír el murmullo de sus conversaciones. Cuando el padre Anselme volvió, Chantal le preguntó:

—¿De dónde vienen esos enfermos?

—Un poco de todas partes: de Australia, de Nueva Zelandia, de las islas del archipiélago... Se los ha reunido aquí antes de enviarlos en grupos a Makogaï. Hay ya una cantidad dos veces mayor en el interior del barco. Si esto continúa, Makogaï rechazará enfermos muy pronto. Venga... Pasaremos sin obstáculo delante de toda esta fila. Voy a instalarla en un rinconcito del Saint-John, que conozco bien; es el que me reservo cuando voy a predicar un ejercicio espiritual a Makogaï.

La condujo mientras dos indígenas se encargaban del equipaje. Al ver izar a bordo aquellos baúles chatos, comprados en Hermès, Chantal no pudo dejar de hacer una comparación entre su equipaje lujoso y los pobres cestos de los desgraciados cuya suerte iba a compartir. Comenzaba a comprender que en Makogaï no habría muchas preocupaciones con respecto a la elegancia.

El padre Anselme le hizo franquear rápidamente la planchada, la acompañó hasta el único salón del Saint-John libre de pasajeros.

—Aquí estará usted bien. Este es el centro del barco y desde aquí puede verse todo lo que pasa en él; es el mejor puesto de observación. Es aquí donde yo me instalo para rezar el breviario durante las tres horas que dura la travesía. Este camarote está reservado al personal sanitario de la leprosería; en principio, los enfermos no tienen derecho a entrar en él. Sólo que en su caso, usted no es de ninguna manera una enferma ordinaria, puesto que nos llega de Paris.

“Antes de descender voy a saludar al capitán Farell. Es un viejo amigo que no tiene más que un defecto: no habla una sola palabra en francés. Si no fuera así, se lo habria presentado: es australiano. Con todo, la recomendaré a él. Ya me verá usted desembarcar en su isla para Navidad: desde hace diez años celebro allí la Misa del Gallo. Me atrevo a esperar que la veremos.

—¡Hasta pronto, padre! —respondió Chantal, dejándose caer sobre una de las banquetas circulares del camarote, totalmente guarnecido de vidrios y que se parecía más a un acuario que a un lugar de reposo.

Le dolía horriblemente la cabeza; miró la multitud que, apretada sobre el muelle, aumentaba de minuto en minuto; se. diría que la partida de un cargamento de leprosos era una distracción selecta para los habitantes de Levuka.

La tripulación, desde el capitán hasta el último marinero, estaba provista de guantes de cuero negro para poder tocar y desplazar la “mercadería” si fuese necesario en el curso del viaje. En lo fundamental, los barcos negreros, de los que Chantal había oído hablar en la escuela primaria, donde la Asistencia Pública la colocó, debían parecerse a este navío.

Cuando el último enfermo hubo franqueado la planchada, ésta fue retirada. El Saint-John, aislado con su extraño cargamento amorfo y desesperado, podía partir. Una vibración desagradable, que daba la impresión de que la vieja cáscara iba a estallar, sacudió la embarcación. Un ruido lento y regular de pistón acompañaba las vibraciones. Las máquinas estaban asmáticas, usadas, cansadas de no trasportar otra cosa que leprosos. El barco era el más miserable de todos los que aún luchaban con los Vientos del Pacífico; sólo era vejez, deterioro, desolación. Chantal sentía su pobre cabeza cada vez más embotada; estaba lejos, terriblemente lejos del lujo del Empress of Australia el mismo Melbourne le parecía, ahora que lo había dejado, un navío de ensueño. Lentamente, el Saint-John se había alejado del muelle, donde la multitud de curiosos permanecía inmóvil y muda, poniendo proa a un islote cuyas formas chatas y grises se precisaban por momentos. Chantal mantenía los ojos obstinadamente fijos sobre aquella tierra de tristeza, sin conseguir desviarlos; Makogaï, que la madre Dorothée le había señalado como un punto minúsculo sobre el gran mapa situado en el corredor de la calle Du Bac, se agrandaba visiblemente.

Cuando Chantal apartó, con esfuerzo, la mirada de esta visión aún imprecisa, fue para interesarse por lo que sucedía en tomo. Todos los leprosos estaban ahí, con las narices descamadas; los miembros atrofiados, las llagas incurables, hacinados en este barco demasiado pequeño.

Pensaba ella que, cuando los seres son tan horrorosos, se los arroja al fondo de la bodega para no verlos hasta la llegada al puerto de destino. Este pensamiento le hizo bajar la vista hacia el pie de su camarote, donde aparecían abiertas las escotillas de la bodega, y retrocedió instintivamente... Allí, estirados sobre camillas, yacían los cuerpos mutilados de unos veinte enfermos. Los ojos empañados miraban fijamente al cielo, al que no tenían ya fuerzas para implorar. Nadie se preocupaba de ellos, sino para mantenerse lo más lejos posible de esa cala maldita que parecía un foso al que hubieran arrojado animales feroces. Los otros pasajeros del Saint-John, a pesar de su enfermedad, encontraban el aspecto de estos enfermos, cuyos cuerpos se descomponían, espantoso; y el olor que despedían, intolerable. De tiempo en tiempo, alguno de los leprosos de la cubierta se inclinaba sobre la abertura de la bodega y se retiraba precipitadamente, con repugnancia; Chantal observaba esta maniobra. Los leprosos, ¿se odiarían entre ellos? ¿Los grados de la enfermedad marcarían el límite de la camaradería?

Confusamente, sin que ella advirtiera con claridad la razón, sentía el rencor flotar en el ambiente. Había notado ya, en la fila de leprosos estacionados sobre el muelle de Levuka, destellos fugaces de animosidad con respecto a la gente sana; esto no era nada al lado de la corriente de odio que en el Saint-John subía de la bodega a la cubierta, iba de proa a popa, envolvía a cada enfermo harapiento. ¿Qué sucedería cuando esos miserables descubriesen su presencia entre ellos y cuando supieran que ella también estaba atacada por el flagelo? Se heló de espanto ante la idea de que su belleza excitara el deseo de hombres sin brazos ni piernas, o los celos de mujeres con caras desfiguradas; se encogió en un rincón del camarote para que nadie pudiera descubrirla al través de los vidrios.

Le repercutían en la pesada cabeza los golpes del pistón, la voz de los sondeadores, quienes repetían una palabra que volvía sin cesar, lacerante: Makogaï... Makogaí... Se tomó la cabeza con ambas manos y gritó:

-¡Robert! ¡Socorro...!

El ingeniero estaba lejos; nadie oyó el grito, que se perdió en el ruido de la máquina. Estaba sola, con el sufrimiento y el amor quebrado, mirando en torno, salvaje, enloquecida, como si temiera que no la hubiesen oído, y que toda la horda de monstruos fuera a hacer irrupción en el camarote para verla más de cerca. Nadie levantó la cabeza sobre la cubierta o en la bodega. Hundió el pañuelo en la boca y continuó gritando para sí misma, sin detenerse, hasta quedar sin aliento, extenuada.

Dirigió luego la mirada a la derecha; los niños leprosos estaban allí, jugando sobre la cubierta, corriendo como podían, sin parecer preocuparse lo más mínimo del mundo de horror y enfermedad que los rodeaba. Los contempló con piedad y reconocimiento; sólo ellos parecían no esparcir odio.

Una extraña melodía le llamó la atención: un canto, modulado por silabas incomprensibles para ella, provenía de la popa del Saint-John, donde los leprosos hindúes se hallaban en cuclillas, agrupados en semicírculo sobre cubierta. Salmodiaron la queja acompañándose de instrumentos de sonido único, que Chantal no había visto ni oído nunca. ¿Qué podrían decir las palabras de ese canto desesperado? La proa del transporte estaba ocupada por los leprosos chinos, que no cantaban ni pronunciaban palabra. Una mujer, entre ellos, era monstruosa: mecía un recién nacido en dos brazos reducidos al estado de muñones, brazos donde ya.no había manos para acariciar la cabeza del niño.

Chantal cerró los ojos durante largos minutos para no ver toda esta tristeza. Sabía que no había un rincón del Saint-John donde posar la mirada sin encontrar rostros desfigurados y abotagados. Los leprosos pululaban sobre el navío como insectos; se adherían a todo, aun a los mástiles, que algunos de ellos tenian abrazados para mantenerse en pié. Chantal pensó en el extraño destino de todos estos seres entre los cuales algunos fueron, tal vez, hermosos, llegados de todos los lugares del mundo para naufragar en un islote del Pacífico. Tenía aún los ojos cerrados cuando un silbido ronco de la vieja sirena del Saint-John la movió a abrirlos. Ante ella se extendía la bahía de Dallice, que le pareció paradisíaca, con la vegetación lujuriante de palmeras, bambúes, cocoteros, plantaciones de ñame, de plátanos y ananaes.

Sobre una playa, varios centenares de leprosos hacían grandes ademanes y lanzaban a coro un grito gutural: “¡Selo! ¡Selo!” El desembarco del cargamento del Saint-John era un acontecimiento esperado. Tal vez fuerana encontrar, en esta nueva hornada, a algunos compatriotas que les traerían noticias frescas y vivientes de su país. Sabían igualmente que el Saint-John transportaba el correo y las encomiendas que les estaban destinados; esta noche sería de fiesta en la isla; en cada villa los leprosos bailarían alrededor de inmensos braseros, lanzando su grito de júbilo: “¡Selo! ¡Selo!”

El Saint-John, después de un último toque de sirena, atracó al muelle de madera. El ruido de la máquina se detuvo por fin; Chantal se hallaba harta de oírlo; le había machacado el corazón sin descanso. Inicióse la carrera hacia tierra.

La policía de la isla llegó a bordo; se componía de dos gendarmes, que por lo menos no eran leprosos, y verificaron la documentación de cada viajero antes de autorizarlos a poner el pie sobre el estrecho desembarcadero. Chantal prefirió dejar pasar a todo el mundo y esperar: sería la última en dejar el Saint-John. Contemplaba la procesión de infelices que avanzaba ahora hacia el otro extremo del muelle, donde la esperaba un grupo pequeño de europeos vestidos de blanco: médicos, sin duda, y hermanas de caridad que llevaban las mismas tocas que había visto en el convento de la calle Du Bac. Entre estas últimas, una se apartó, frágil, y vino hacia el Saint-John, caminando directamente al encuentro de Chantal. La joven sintió que las fuerzas la abandonaban: se irguió, se aferró al muro del camarote, miró con fijeza la forma blanca y etérea que avanzaba; se le humedecieron los ojos, y oyó una voz infinitamente dulce que le dijo:

—La esperaba...

Es todo lo que le dijo Marie-Ange. La hermanita la tomó del brazo para ayudarla a descender de ese Saint-John sobre el cual hubiera querido morir. Las dos avanzaron lentamente por el desembarcadero, formando el final de la procesión. Cuando pasaron delante del grupo de los europeos, otra sombra blanca se apartó.

—Madre —le dijo Marie-Ange—, he aquí la persona que estábamos esperando.

—Hija mía —respondió la voz de la superiora de la Misión—, está usted en su casa para descansar y para curarse. Mañana nos veremos más largamente. Marie-Ange la acompañará hasta su domicilio, donde todo está listo para recibirla. El equipaje llegará casi al mismo tiempo que usted.

Chantal no tenía ya fuerzas para agradecer o pronunciar una sílaba. La madre Marie-Joseph, que acababa de hablarle, se parecía a la madre Dorothée. Todas estas hermanas se parecían, salvo Marie-Ange, que era de una belleza radiante.

Había un sacerdote de larga barba, también él, el padre Rivain, capellán de Makogaï, y un personaje que llevaba cuello duro y lentes de oro: el reverendo David Hall, pastor protestante de la isla.

Un tercer grupo, en último término, se inclinó ligeramente a su paso: era el médico jefe doctor Watson, acompañado por sus dos ayudantes, de los cuales uno era un mozo alto, rubio y pálido, que le recordaba al interno del hospital Saint-Louis; el otro; fijiano, que consiguió adquirir el derecho de ser llamado doctor tras pacientes estudios. Marie-Ange se detuvo un instante delante de los tres médicos, pero el doctor Watson le hizo un ligero ademán que debió querer decir: “No se detenga usted, condúzcala en seguida a su domicilio, lo necesita grandemente. Tenemos años por delante para examinarla...”

Así como la travesía a bordo del Saint-John había parecido desesperadamente larga a Chantal, le pareció corta la marcha del brazo de Marie-Ange.

—He aquí su domicilio —tomó a decir la voz dulce, cuando llegaron ante una casa baja, totalmente blanca, rodeada por una terraza y cubierta con techo de paja. Chantal no había visto nada durante este primer recorrido de la isla, ni deseaba siquiera visitar las cuatro habitaciones que iban a constituir su lugar de retiro voluntario por un tiempo indefinido. Marie-Ange comprendía que era mejor no hablar más esa tarde y ayudó a la joven a recostarse en una hamaca suspendida de dos vigas que soportaban el techo de paja de la terraza.

Dejándose mecer por Marie-Ange, Chantal veía directamente ante sí la bahía, que se abría en semicírculo hacia el Pacífico, y todos los océanos que había atravesado. Singapur estaba lejos; el sol era sólo una bola de fuego pronta a desaparecer en el mar, la roja tierra de Makogaï respiraba, por fin, después de haber sido abrasada durante todo el día; ningún grito de pájaro u otro animal llegaba hasta la casita blanca y, a lo largo del desembarcadero, Chantal vio la negra silueta del transporte de los leprosos, que se balanceaba suavemente, desembarazado ya del cargamento infernal.

 

LA ISLA DE FIEBRE

 

 

 

Al despertar, Chantal examinó la casa.

La paredes de bambú estaban desnudas, el moblaje, compuesto por sillas de roten; los rayos del sol, de todos los colores, se filtraban a través de una persiana de madera.

Una sirena resonó. Chantal se levantó, alzó la persiana

y el sol le dio de lleno en la cara, inundando la habitación. Vio, en pleno centro de la bahía de Dallice, ya sumergida en el calor tropical, la silueta negra del Saint-John, que dejaba tras de sí un penacho de humo a manera de despedida. Chantal pertenecía a la isla de los leprosos.

La habitación en que había dormido era común, indefinible. Había dos puertas en los delgados tabiques; abrió sucesivamente una y otra. La primera daba a una pieza, exactamente de las mismas dimensiones que la suya, pero amueblada para livingroom; las sillas de roten habían sido reemplazadas por sillones de madera o de tela. Esta pieza, más acogedora, daba —por una ventana abierta— sobre la galería que advirtió la víspera.

Recorrió la galería circular. La casa, totalmente construida de madera, descansaba sobre pilotes; esta elevación permitía una permanente circulación de aire entre el piso de la casa y la tierra ardiente.

El dormitorio, cuya puerta abrió, comunicaba con otra pieza más estrecha. En ella encontró sus baúles vacíos, ordenados en un rincón; los vestidos colgados en un perchero, la ropa, blanca cuidadosamente doblada y puesta en los casilleros de un estante; Marie-Ange había pasado por ahí. Otra puerta se abría sobre este cuarto: Chantal tuvo la sorpresa de encontrarse con un baño. Sin más tardanza abrió los grifos de la bañera y se sumergió en ella como para librarse de toda la lepra del mundo.

Volvió al salón y notó, sobre una mesa baja, la presencia de Jeannot; Marie-Ange creyó conveniente ponerlo a la vista. Tomó el juguete con ternura y lo colocó sobre la cama. Una voz juvenil le gritó desde el camino:

—¿Ha dormido bien? Le traigo provisiones para el desayuno.

Sor Marie-Ange estaba a caballo; era el único medio práctico para desplazarse con rapidez en la isla. Después de asegurar la cabalgadura a uno de los pilotes que sostenían la casa, subió la escalera, diciendo:

—¿Ha visto con frecuencia hermanas a caballo? ¿No somos nosotras las cantineras de Makogaï?

Condujo a Chantal hasta la cocina.

—Voy a hacerle probar, como desayuno, el kawa, la bebida nacional de los fijianos. Verá que puede reemplazar agradablemente el café.

Chantal debió reconocer que Marie-Ange tenía razón.

—Por disposición reglamentaria —dijo la hermana, mientras recorrían la casa—, los mismos enfermos son los encargados del aseo de las viviendas; pero yo le enviaré todas las mañanas una alumna del taller de costuras.

—¿Tienen ustedes taller de costuras?

—¡Makogaï tiene de todo! —respondió Marie-Ange, riendo. Esta risa estalló, sonora, y descubrió una dentadura deslumbrante; la boca de Marie-Ange debió de hacer soñar a más de un hombre. Chantal contemplaba a sus anchas, esa mañana, a aquella magnífica juventud que “se había parecido extrañamente a la suya”, según la opinión de la madre Dorothée. Se advertía, pensaba Chantal, que no las había visto una al lado de la otra. Físicamente, para empezar, ofrecían el contraste más evidente: Marie-Ange era tan morena como Chantal se sabía rubia; la piel de Marie-Ange era mate, la de Chantal lechosa; los ojos morenos de la una habían conservado un candor admirable; todas las fealdades de la vida pasaron a la mirada de la otra. Marie-Ange era pequeña. Chantal sería siempre esbelta. No ofrecían más que un punto de coincidencia: la belleza. Moralmente, Chantal sentíase muy alejada de la aristócrata que había dejado una vida lujosa para venir a enterrarse en esta isla perdida; ella se sabía incapaz de renunciamientos y sólo abrigaba un deseo: sanar para recuperar el lujo, sin el cual creía que la vida no merecía ser vivida. A despecho de estas divergencias fisicas y morales, Chantal comprendía que Marie-Ange sería probablemente la única habitante de la isla a quien podría confiarse.

—Me va a acompañar hasta el hospital —dijo sor Marie-Ange—. El doctor Watson debe examinarla para saber si puede iniciar el tratamiento. ¿Sabe andar a caballo?

—No.

—¡Qué lástima! Le hubiera prestado el mío... No es siempre muy dócil; ha tenido que amoldar su carácter al de los numerosos pensionistas de la isla. Venga, no obstante; siéntese en la montura, yo llevaré las riendas.

—¿Pero usted irá a pie?

—Todavía no está usted repuesta de las fatigas del viaje.

Chantal cedió sin mucha resistencia y trepó a la montura; era tal su cansancio que no hubiera tenido el valor de caminar los quinientos metros que separaban su casa del hospital.

 

Si bien el hospital, construido igualmente sobre pilotes, se parecía a las otras casas de Makogaï, las dimensiones eran mucho más vastas. Sor Marie-Ange ayudó a Chantal a bajar de la montura y le dijo:

—Visite el edificio mientras espera a que el doctor Watson la examine en el consultorio. Voy a informarle de su llegada.

La atención de Chantal fue atraída en seguida por un extraño espectáculo; cerca de la puerta de un pabellón, donde estaban colocadas metódicamente las fichas correspondientes a cada enfermo hospitalizado, colgaba un diente de horqueta. Una hermana sostenía otro en la mano y lo utilizaba como martillo para golpear sobre el primero; ese golpe producía un sonido muy particular que invitaba a los leprosos válidos a alinearse en perfecto orden frente a la religiosa, que permanecía de pie delante de la puerta.

Dejó ésta la original campana para cambiarla por una jeringa esterilizada que llenó de un aceite espeso y amarillento, el cual, adivinó Chantal sin ningún esfuerzo, debía ser el famoso chaulmoogra. Cada individuo de la fila de enfermos se presentó, abrió la boca y recibió a distancia su dosis después de haber hecho una horrible mueca.

Los enfermos se dirigieron luego hacia otro pabellón que servía de refectorio. Chantal no se atrevió a entrar en él. Los enfermos empezaban a mirarla con curiosidad y poca simpatía. Sus miradas decían: “¿Quién es esta mujer blanca que no parece enferma y no lleva la vestidura larga de las hermanas?”

—El doctor Watson la espera —anunció Marie-Ange, al regresar.

Chantal, siempre acompañada por la hermanita que había debido recibir de la superiora la orden de tomarla bajo su protección, penetró en el despacho del médico director de Makogaï. El doctor Watson era inglés; su primer ayudante, Fred, había llegado de California; el segundo era oriundo de Suva. Los tres médicos se levantaron a la entrada de Chantal. El médico jefe y Fred hablaban francés.

—Señora —comenzó el doctor Watson—, queremos, en primer lugar, felicitarla por el valor del que ha dado pruebas al venir a buscar su curación hasta aquí. Estamos persuadidos de que será recompensada por ello. Ha hecho usted muy bien en no esperar. Si todos los enfermos nos llegaran en el estado suyo, podrían retornar sanos en lugar de terminar miserablemente sus días en la isla. Con su consentimiento vamos a proceder a un severo examen para determinar el día en que, comenzaremos su tratamiento: cuanto antes, mejor.

Chantal se desvistió; las manchas habían invadido todo el cuerpo. Por tercera vez soportó una extracción en la mucosa del tabique nasal; empezaba a acostumbrarse a eso, bien que le resultara desagradable ver al médico indígena tocarla con las manos. A medida que el examen proseguía, el doctor Watson dictaba indicaciones al otro ayudante, el americano Fred, cuya mirada sólo se desviaba de la ficha que estaba llenando para devorar a Chantal. Los ojos azules de este joven de tez color ladrillo la molestaban; había en ellos algo como una violencia contenida.

Cuando la ficha de la nueva pensionista quedó terminada, le dijo el doctor Watson:

—Después que se haya vestido le haré ver, en el laboratorio que está al lado, sus propios bacilos en el microscopio.

Chantal siguió al médico inglés.

—¿Ve usted —prosiguió la voz tranquila del médico jefe— esos bastoncitos? Constituyen la envoltura formada por el ácido muboico, las albúminas y las ceras..., exactamente como los bacilos de la tuberculosis. Clasificamos el bacilo de la lepra entre los hongos inferiores. En el momento actual se encuentra diseminado en sus tejidos y en el interior de células leprosas, que él hincha como bolsas, en amasijos semejantes a una almohadilla de agujas o pequeños haces de leña. Esos amasijos son lo que los bacteriólogos han llamado globi o bolas, en usted, cada bola es revelada por la presencia de una mancha.

Chantal mantenía el ojo fijo en el lente del microscopio y contemplaba con repugnancia esos bastoncitos, mezclados con gránulos, que se movían sin cesar como lombrices de tierra, cuya vida intensa se le desarrollarla progresivamente en el organismo; solamente el pensar que tenía todo eso en el cuerpo le hizo proferir un grito; Marie-Ange retiró con precipitación el microscopio.

—Reconozco que es bastante desagradable a la vista —dijo el doctor Watson—, pero verá con qué placer observará dentro de algunos años la misma extracción practicada en el tabique nasal. No descubrirá el menor rastro de bastoncitos o gránulos: ese día estará usted perfectamente sana. Como no hay un minuto que perder si queremos detener los progresos de la enfermedad, empezará inmediatamente. En lugar de administrarle el chaulmoogra por vía bucal, lo que es muy desagradable y la obligaría a reunirse con los otros enfermos a la hora del tratamiento, le vamos a dar inyecciones; la hermana Marie-Ange irá a ponérselas dos veces por semana. Mañana temprano estará en su casa; los días de inyección debe quedarse acostada. Veremos el resultado dentro de seis meses; desgraciadamente, esto no es como la difteria, en que dos o tres inyecciones de suero son suficientes. De todos modos, debe satisfacerle saber que en el momento actual su estado no es contagioso ni lo será, tal vez, nunca.

El doctor Watson guardó silencio. Chantal salió, siempre acompañada por Marie-Ange, que le dijo:

—Puede tener absoluta confianza en nuestro médico jefe. Permitame darle, a mi vez, un consejo: trate de no retraerse demasiado, se volvería neurasténica y los demás enfermos terminarían por aborrecería. Se envidia siempre a los que pueden evitar ser sometidos al régimen común; será cuidada por separado, pero no tema acercarse de cuando en cuando a los desgraciados; por ejemplo, con motivo de las fiestas que ellos celebran o de las ceremonias religiosas. Aunque no tenga fe, déles, no obstante, la impresión de creer en la redención universal. Si usted, en el espíritu de sus enfermos, fuera la hermosa europea que se desinteresa totalmente de la suerte de ellos, yo terminaré inquietándome por la suya; no hace mucho tiempo que resido en Makogaï, pero sí lo suficiente para descubrir que los enfermos viven amargados. La libertad perdida, los cuerpos desfigurados, el sufrimiento fisico, la convicción de haber sido heridos injustamente, un sordo rencor contra la sociedad provocan un estado mental que puede ser expresado con estas palabras: desconfianza, inquietud, irritabilidad. El leproso, como todo enfermo crónico, sufre un extremo cansancio y es impresionable. Tiene tiempo sobrado de reflexionar, rumiar sus pensamientos; fermenta y se convierte, hasta cierto punto, en un perseguido. Finalmente, no olvide nunca que está en una isla de treinta kilómetros de largo, que la obliga (quiéralo o no) a vivir en contacto con los otros habitantes.

Siempre andando, habían llegado ante la iglesia de Makogaï, construida con tablas, a la que sobrepasaba un campanario que recordaba los desiertos pueblos de Francia. Era necesario que la religión fuese poderosa para hacer surgir campanarios semejantes en todo el mundo.

El padre Rivain, capellán de Makogaï, a quien Chantal entrevió la víspera, conversaba en el umbral con la superiora, madre Marie-Joseph.

—¿Viene a visitar mi iglesia? —preguntó el capellán, sonriendo a la joven—. Si ella no alcanza ciertamente los esplendores de una catedral, le aseguro que inspira devoción.

—No se necesita ser creyente para entrar en una iglesia —agregó la madre Marie-Joseph.

Chantal titubeó y miró a Marie-Ange. Los ojos de la hermanita parecían decirle: “Entre sin temor. Eso no la obliga a nada.”

—La dejo a usted —dijo Marie-Ange—; es la hora de los vendajes en la sala común del hospital. Mañana estaré en su casa a las nueve para la primera inyección.

"¡Marie-Ange!", estuvo a punto de gritar Chantal, que se contuvo y miró a su nueva amiga alejarse en compañía de la superiora. Habría querido que la hermanita de nombre tan dulce no la dejara nunca y estuviera a su lado durante toda la permanencia en Makogaï; sabía que en compañía de una criatura semejante la isla de los leprosos podría parecerse a una isla encantada.

—Sor Marie-Ange encarna lo que he visto de más puro en Makogaï —le confió el padre Rivain—. Haga de ella su amiga y pasará mejor las horas difíciles.

Penetrando en la iglesia, el capellán se santiguó. Chantal lo miraba hacer, con curiosidad.

—Haga lo que yo hago —le dijo en voz baja el padre Rivain—; esto no puede hacerle mal.

Chantal hizo, torpemente, la señal de la cruz. El capellán agregó:

—Es evidente que para ejecutar correctamente ciertos ademanes nada hay más eficaz que la práctica. A pesar de todo, si le aconteciera un día sentirse terriblemente sola en su casa, no vacile en entrar a esta iglesia, donde hay siempre alguien que la espera aunque usted no lo vea, habita en ese modesto tabernáculo que se ve sobre el altar. Se llama Nuestro Señor Jesucristo y tiene de este modo, en el mundo, un número incalculable de residencias. Algunas parecen palacios, otras son más modestas; está usted ante una de las más humildes de sus moradas. ¡Compruebe usted misma que está mejor alojada que El en Makogaï!

Chantal no lo escuchaba ya; acababa de descubrir a su izquierda un pequeño monumento que ya habia visto otra vez en su vida y que no olvidaría jamás.

—¿Admira nuestra pila bautismal? —le preguntó el padre Rivain.

Se había acercado, sin responder, a la fuente de piedra, cuya construcción se destacaba en esta iglesia de madera. El capellán la contempló algo extrañado, pero nada le preguntó; descubrió que había lágrimas en sus ojos.

Salió bruscamente dé la iglesia sin despedirse del misionero, que halló, no obstante, el medio de decirle en el momento que desaparecía:

—Es muy amable de su parte el haber venido a verme. Iré próximamente a devolverle la visita.

Una sola cosa urgía a Chantal: encontrarse sola con sus pensamientos, lejos de preguntas indiscretas o de miradas extrañas. Retomando el camino de su casa pasó ante un grupo de mujeres instaladas al aire libre bajo unos cocoteros. Había allí fijianas, salomonesas y neozelandesas que cantaban inclinándose sobre los telares. La madre Marie-Joseph vigilaba los trabajos e iba de una en otra para darles algunos consejos. En cuanto vio a Chantal le preguntó:

—¿Qué le ha parecido nuestra iglesia? ¿No es cierto que es bonita?

—Muy bonita —respondió Chantal por complacerla.

—Está usted delante de nuestro taller de costura —prosiguió la madre superiora—. ¡Usted no sospechaba que podríamos hacerle una seria competencia a ciertos establecimientos de la rue de la Paix!

Chantal se había inclinado sobre uno de los telares. El trabajo ejecutado era hábil. Miró instintivamente las manos de la obrera: la derecha no tenía más que tres dedos; dos dedos de la mano izquierda estaban encogidos, encorvados hacia la palma. La habilidad de esas enfermas le pareció prodigiosa.

—Han puesto su amor propio en terminar para Navidad —confióle sor Marie-Joseph, que la llamó aparte para preguntarle—: ¿Pasará de cuando en cuando por el taller para darnos juiciosos consejos?; tengo la impresión de que usted entiende de esto... ¿Me promete venir?

—Sí, madre —contestó Chantal.

Lamentaba amargamente no haber tenido la curiosidad, cuando estaba en Marcelle et Arnaud, de visitar los talleres de las costureras, contentándose en pavonearse con los vestidos imaginados, dibujados y ejecutados por otras. En esa época, Chantal habría creído descender del pedestal de mujer, creada únicamente para exhibirse, si hubiese trepado los seis pisos que conducían a las buhardillas en las que nacían las obras maestras que ella se contentaba, lo mismo que las compañeras del camerino —todas tan tontas como ella—, con exhibir en los salones de la planta baja.

Prosiguiendo el camino hacia su solitario domicilio pasó ante una valla blanca extendida bajo una hilera de bananos. La abertura era bastante ancha como para echar una mirada de conjunto hacia el interior del recinto; Chantal descubrió un jardín que le recordaba todos aquellos que tanto le gustaban cuando atravesaba en automóvil la región parisiense. Pero ese jardincillo no estaba totalmente concebido a la francesa; si ella hubiera conocido Inglaterra, se habría creído transportada a las riberas del Támesis. El propietario, sentado en la galería de la casa, leía una revista ilustrada. Debió haber presentido alguna presencia extraña al otro lado de la pared porque volvió la cabeza.

Chantal reconoció al personaje con lentes de oro y cuello recto, sin corbata, que había visto el día anterior, pocos minutos después de haber tomado contacto con la tierra de Makogaï.

El reverendo David Hall, ministro de la iglesia protestante, la miró por sobre los lentes, abandonó el sillón y se acercó a la valla. Se expresaba en un francés correcto, con cierto acento que parecía decidido a no abandonar jamás.

—Buen día, señora. Espero que su primera noche en Makogaï no le habrá parecido desagradable. ¿Da usted su primer paseo en nuestro islote de verdor y admira nuestra vegetación? Por más que me preocupo muy poco de las disposiciones reglamentarias, no me atrevo a pedirle que entre en mi casa... Mi mujer y mi hija tienen un miedo crónico de contraer la enfermedad. Ha sido inútil que les repita una y mil veces en diez años que los riesgos eran mínimos; imposible hacerles entender razones. ¡Me habría gustado tanto recibirla a tomar el té, como la decencia lo exige entre los europeos!

—¿Puedo preguntarle cuál es su empleo aquí?

El reverendo David Hall sonrió y respondió jovialmente:

—Mi empleo, estimada señora, se parece de extraña manera al del padre Rivain, el capellán católico con el cual la he visto en amena conversación hace un rato, en el umbral de su iglesia. Yo también tengo una iglesia..., pero no es la misma. ¿Puedo atreverme a esperar que me dará igualmente el placer de hacerme una visita?

—¿Cuántas iglesias hay en Makogaï?

—Dos, en las que el culto es oficial: la iglesia católica y la reformada. ¿Le extraña esto? iQué quiere usted! Los blancos de la isla no llegaron nunca a ponerse totalmente de acuerdo. ¿Puedo preguntarle cuál es su religión?

—No tengo ninguna —contestó Chantal.

—Makogaï posee dos formas de culto cristiano, pero los indígenas tienen, todos, religiones diferentes. Encontrará budistas en la villa china, mahometanos entre los hindúes, adoradores del diablo entre los fijianos... Es conveniente que haya para todos los gustos —agregó el reverendo, bonachonamente.

—¿Cree usted que su presencia y la del capellán católico son indispensables aquí? ¿No sería preferible dejar que cada uno procediera según sus creencias?

—La presencia del padre Rivain en Makogaï es tan útil como la mía. Tenemos por misión, ambos, la de arrancar almas al paganismo y hacerlas participar de los innumerables beneficios de la cristiandad. Usted, precisamente, que carece de religión, estará mejor colocada que nadie para juzgar los efectos de nuestras enseñanzas. Sepa usted, desde ahora, que antes de la aparición de los misioneros cristianos las prácticas religiosas de los fijianos excedían en monstruosidad a todo cuanto puede imaginarse. ¿Se ha fijado, al entrar ayer a bordo del Saint-John, en la bahía de Dallice, en esos dos islotes que como centinelas avanzados en el mar custodian el puerto? Uno ha recibido de los Indígenas el nombre de Tabaka, que significa: espina de pez; esa roca desnuda servía, no hace de esto mucho tiempo, como monumento funerario natural a los jefes de tribu de Makogaï. Todavía hoy se encuentran ahí osamentas que prueban el uso primitivo. Poco elevada, Tabaka es fácilmente sumergida los días de grandes tempestades, frecuentes en estos parajes. ¡Qué espectáculo más emocionante el de esta tumba milenaria, periódicamente barrida por la espuma de las olas! Con marea baja, Tabaka está unida a la isla por una estrecha faja de tierra, suerte de incitación a los primitivos para ir a honrar los restos de sus jefes. Tienen ustedes en las costas de Normandía un islote que se parece a éste: Tabaka es el Mont-Saint-Michel del Pacífico.

Chantal escuchaba con agrado la voz pausada del pastor; le gustaba aquel acento inglés.

—El otro islote está frente a Tabaka; es mucho más grande. Es Makodragna, o isla de las cabras, llamada así desde el día en que nuestro médico jefe hizo aclimatar en él, hace unos doce años, a este animal. Islote rocoso como su vecino, Makodragna, tierra desolada, es la morada habitual de un demonio bien ‘conocido que llaman Ramanaké...

“Este personaje, especie de sirena, silbaba con una caña de bambú al paso de los navegantes. Estos, encantados, no se cuidaban ya de los mil y un arrecifes que defienden el lugar. La consecuencia era invariablemente el naufragio. Las pobres gentes dejaban ahí sus cuerpos, yendo sus bienes a engrosar los tesoros acumulados así por este demonio pirata. Este espíritu silbador es, desde luego, dócil: se le presentará a usted si sabe llamarlo en su idioma. En el mar, puede ser asimismo un socorro precioso. Me han referido muchas veces el caso de infelices que, estando a punto de perecer en el curso de una tempestad, como solamente las hay en el Pacifico, fueron salvados por Ramanaké. La condición indispensable para que se revelase bajo este aspecto era la de ofrecerle un sacrificio, invocándolo. Tomaba entonces la forma de un tiburón; así encamado se convertía en Dakou-Woga, se lanzaba a través de las olas sobre los navegantes en peligro y los conducía a puerto. Después de lo cual desaparecía tan modestamente como cualquier tiburón que se ha tragado a un hombre.

“Esta historia de la mitología fijiana puede parecerle pura leyenda. Sin embargo, después de la fundación de la leprosería han podido comprobarse casos típicos de posesión diabólica. Mujeres que se habían aventurado hasta la isla de las cabras volvieron en un estado que indicaba la posesión de Ramanaké. ¡Ya sabe lo que le espera si intenta la aventura!”

—¿Usted, personalmente, ha sido testigo de alguna manifestación de Ramanaké?

—Veo que es escéptica, como todos los blancos al desembarcar en estos parajes. Cuando haya vivido algún tiempo aquí, cambiará de parecer... Esta posesión de una tierra por el demonio no es, por otra parte, un hecho único en las islas Fiji. Por eso no son demasiadas las dos iglesias cristianas para luchar contra él.

—¿No cree usted —preguntó Chantal, sin reflexionar mucho— que sería mejor tener, para oponérsele, una sola religión?

—Estimada señora —dijo el reverendo David Hall—, está predicando a un convertido... ¡Pero sería necesario, evidentemente, que esa religión fuera la mía!

Chantal comprendió que bajo aquel aspecto bonachón el pastor protestante era tan firme en sus convicciones como el capellán católico. Se preguntó cómo estos misioneros, tan cerca el uno del otro por la generosidad y tan alejados por principios rigurosos, podían ingeniarse para explicar a los adeptos de Ramanaké que existían varias religiones cristianas, pero que sólo una era la buena: aquella que cada uno de los dos enseñaba.

El reverendo David Hall pareció adivinar estas reflexiones; agregó:

—No estoy siempre de acuerdo con la religión católica cuando se trata de hacer conversiones; hay, además, una seria competencia entre nosotros. En este momento, los leprosos de Makogaï están divididos en tres campos: los protestantes, los Católicos y la masa restante. Digo deliberadamente “la masa”: ella comprende los paganos y los incrédulos. Desgraciadamente, el tercer grupo sobrepasa en número a los dos primeros reunidos, que se equivalen entre sí. El cuerpo médico es protestante, las hermanas enfermeras, católicas; los leprosos no tienen más que elegir... En cuanto a usted, estimada señora, ¿me veré en la triste obligación de clasificarla en el tercer grupo?

Chantal se sintió molesta; por eso prefirió contestar, atacando a su vez:

—Cuando un leproso no cristiano va a morir, ¿qué sucede?

—El padre Rivain y yo nos presentamos a su cabecera. Será de aquel que llegue primero, y casi siempre conseguimos convertirlo a una u otra de nuestras creencias. Aquel de nosotros que ha ganado en este torneo espiritual de la última hora no tiene más que marcar la jornada con una piedra blanca.

—¡Eso me parece monstruoso! —declaró Chantal—. ¿Para qué perturbar la conciencia de un desdichado en los últimos momentos de su existencia?

—Sencillamente, ¡para hacer un cristiano, señora! —contestó el reverendo, con la mayor calma—. Mi respuesta no le aclara gran cosa por ahora; puede ser que la comprenda algún día...

—Para eso tendría que convertirme al catolicismo.

—O al protestantismo —agregó sonriendo el pastor—. Usted también puede elegir... Recuerde que el más atroz estado del alma de un ser humano es la indiferencia.

El reverendo David Hall se calló; consideraba haber expuesto todo lo que tenía que decir aquel día. Era tenaz; volvería a la carga dentro de algunos días, algunas semanas, meses o durante años si fuera necesario. Quería obtener en la persona de Chantal la más resonante victoria de su larga carrera de misionero.

¡El padre Rivain y las hermanas católicas no volverían de su asombro! Pero debía desconfiar. Seguramente, el capellán católico debió haberse puesto de acuerdo con la madre Dorothée para alcanzar su fin. ¡Todos ellos se equivocaban! Sería él, David Hall, quien bautizaría a Chantal, con el agua de la cascada de Makogaï, para ser una protestante. Recorriendo mentalmente la lista de sus enemigos espirituales, el excelente hombre había olvidado solamente a una persona: la frágil y tímida Marie-Ange...

 

Durante ese prolongado silencio del pastor, Chantal advirtió a una dama respetable que los observaba desde la galería. Una segunda silueta, la de una alta niña pelirroja, bastante bonita, se había unido a la de la dama.

El reverendo David Hall se volvió. La dama de la galería aprovechó para gritarle en tono de reproche:

—¡David!

El pastor hizo un breve ademán con la mano, que quería decir: “ya voy”, y dijo a Chantal:

—La señora Hall me llama para el almuerzo; no le gusta esperar... Iré a visitarla uno de los próximos días y, si eso la divierte, le referiré otras muchas hermosas leyendas típicamente fijianas. Perdóneme, debo escaparme... ¡La señora Hall y mi hija Agathe van a recriminarme durante toda la comida!

Chantal continuó su camino imaginando lo que debía de ser el interior, típicamente inglés, de la casa del pastor. Cuando este último le habló de “su mujer”, quedó de pronto desconcertada, pero recordó en seguida haber oído decir que los pastores tenían el derecho de casarse. Encontraba eso mucho más natural, después de todo, que la situación de los sacerdotes católicos. Según ella, no había más que un ligero inconveniente para el reverendo Hall: su esposa parecía, a distancia, de un humor execrable. Chantal se imaginaba con cierta claridad a este apóstol consolador de almas sentado a la mesa entre la señora Hall y la pelirroja Agathe: el buen hombre, sin derecho a abrir la boca para hablar y manteniendo la nariz sumergida en el plato. Y no se equivocaba. El almuerzo fue de los más tempestuosos en la casa del pastor. Tras un comienzo cargado de silencio, la voz de la señora Hall preguntó:

—David, ¿quien era esa persona rubia con la cual habló usted tan largamente delante de la puerta de nuestro jardín?

—Una nueva pensionista de la leprosería —contestó lacónicamente el reverendo.

—¿No querrá decirme que esa mujer tiene lepra?

—¿Cree usted que podría estar aquí en viaje de placer?

—¡Esa mujer es una leprosa, David, y me pareció que usted la invitaba a tomar una taza de té!

—¿Por qué no habría de gustarle el té? Esta señora ha vivido hasta hace poco tiempo en nuestra vieja Europa, donde sabe apreciarse todavía esa bebida en su justo valor.

—Padre —preguntó la pelirroja Agathe—, ¿es inglesa?

—No, francesa y del mismo París.

—¡Ya no me extraña que sea tan elegante! —soltó la señora Hall, con una pizca de hiel.

—Aprobaré siempre —afirmó el pastor— que se empeñe en salvar su prestigio y no se abandone a la vulgaridad en el vestir, como la mayor parte de los habitantes de la isla.

—¿Supongo que no se referirá a nosotras, David?

—No se trata de usted ni de Agathe, que son, ciertamente, las personas mejor vestidas de Makogaï. Ese estimado doctor Watson me lo hacia notar la semana pasada... Pero, ¡cuidado, Agathe! Esta joven y linda francesa le va a hacer competencia.

—¡Oh!, padre, ¿no querrá insinuar que Fred?... —preguntó Agathe, enrojeciendo.

—Su novio es un hombre suficientemente sano de cuerpo y alma —declaró el pastor— para no interesarse por una enferma.

—¿Esta parisiense será, naturalmente, católica? —preguntó la señora Hall.

—No tiene ninguna religión

—¡Qué horrible mujer! —cloqueó la señora Hall.

—¡Me atrevo a esperar que la verá usted lo menos posible, David!

—Al contrario. Mi deber me ordena intentar llevarla progresivamente a la práctica de nuestro culto.

—Hay muchos otros enfermos para convertir antes que ella, padre...

—Todos los enfermos sin religión estén para convertir, hija mía, pero ninguno de ellos tiene derecho de precedencia espiritual. No olvidemos nunca que Nuestro Señor dijo: “Los últimos serán los primeros...”

El reverendo tenia respuesta para todo. Su tranquilidad triunfaba siempre, a la larga, frente a las habladurías de la áspera esposa o a las preguntas indiscretas de Agathe. Sabía, por aquellas pocas frases cambiadas durante el almuerzo, que la nueva habitante blanca de Makogaï sería el principal tema de conversación entre la señora Hall y su hija durante semanas, meses y años. Eso lo impacientaba. Era absolutamente necesario hablar de otra cosa y por eso formuló de manera imprevista una pregunta:

—Agathe, ¿cuándo desea que oficialicemos su compromiso con el doctor Fred? Ese día tendré que ofrecer una fiesta a la que deberé invitar al estimado doctor Watson, al padre Rivain, a la madre Marie-Joseph y a toda nuestra pequeña colonia.

—David —cortó la señora Hall—, para hacer sus invitaciones esperará a que mi nuevo vestido esté listo.

 

Hacía largas horas que Chantal estaba recostada en la hamaca, bajo la galería. No podía dormir y miraba, desde ese elevado punto de observación, el camino que pasaba al pie de la escalera de la casa. La vida parecía haberse detenido completamente bajo la influencia de un calor sofocante; ningún ruido ni voz turbaba el silencio; a lo lejos, sobre el azul inmaculado de la rada, ninguna vela o embarcación animaba las dormidas aguas del Pacífico. La joven sentía fiebre y sabía que la tendría sin cesar mientras permaneciera sobre esa tierra desolada.

Makogaï, la isla de los leprosos, no era uno de esos elevados lugares del mundo donde puede conservarse la tranquilidad física y moral. Todos los habitantes de Makogaï tenían fiebre. Chantal lo advirtió desde el momento en que había tomado contacto con ese suelo extraño. La enfermedad, que reinaba como dueña absoluta sobre el islote, era sólo una sucesión ininterrumpida de fiebres y depresiones nerviosas: comenzaba a sentirlo dolorosamente. Alternaban en ella estados de exaltación y abatimiento; le ardía la frente cuando las manos estaban heladas. Esto le anulaba las energías y le embotaba las facultades. Los demás enfermos, atados a la cadena de dolor desde largos años, debían de encontrarse en un estado lamentable: la fiebre era intensa, lacerante, eterna.

Pero no sólo había leprosos; los que se movían alrededor de ellos estaban, tal vez, más atacados. A Chantal le había bastado mirarlos o hablar unos instantes para comprobarlo... Ese doctor Watson, que prefirió abandonar una clientela corriente e infinitamente más remuneradora en la vieja Inglaterra para venir a exiliarse en Makogaï, no era un médico normal. Era un enfermo él también, poseído por una fiebre que lo obligaba a luchar contra un mal incurable. Al igual que su jefe, el americano Fred y el fijiano no pensaban sino en practicar extracciones de mucosa y de sangre, en hacer análisis; no era una vida normal para hombres jóvenes y robustos. Estaban peligrosamente poseídos de una fiebre secreta que Chantal no atinaba a definir: una fiebre que excedía su inteligencia.

...¡Y ese pastor, medio loco, que repartía la vida entre el estudio de leyendas fijianas y los científicos desayunos preparados por la señora Hall! ¿Tuvo acaso él, también, la idea de exiliarse en medio de leprosos para continuar’ llevando una suave y modesta existencia, en un home británico entre la mujer y la hija? ¿Cómo había podido sacrificar así la juventud de la espiritual Agathe? Sólo había una explicación posible de este misterio: el. reverendo David Hall tenía él también fiebre, aquella que lo forzaba a convertir a los demás, costara lo que costase y aun cuando ellos no se lo pidieran. Esta fiebre, que le parecía a la joven la más inquietante de todas porque atacaba solapadamente el libre albedrío de los individuos, había alcanzado igualmente al padre Rivain. La iglesia de tablas del capellán católico, edificada sobre pilotes, no podía ser un templo de recogimiento para personas normales acostumbradas a la estabilidad de las cosas. Esta iglesia de pacotilla sería arrastrada por la gran fiebre de Makogaï como todo lo demás... ¡Esas hermanas, finalmente, que llevaban tocas, tales como las orejeras en Europa, para no ver lo que sucedía frente a su puerta de la calle Du Bac, y que aquí no vacilaban en mirar a los seres más feos del mundo sobre un islote del Pacífico! Ellas, sobre todo, estaban completamente poseídas por una rara fiebre: la del sacrificio.

Entre estas mujeres de toca blanca, Chantal entreveía especialmente la imagen muy pura de Marie-Ange, cuyos ojos negros brillaban con un fuego interior que anulaba el resto de su expresión; Marie-Ange era la que más fiebre tenía. Su mirada incomodaba a Chantal; reflejaba demasiado amor, aquel que da sin recibir nada a cambio.

Con todo, Chantal estaba también minada por una fiebre secreta. Su pasión por Robert se convertía en una obsesión; no sabía y si amaba al ingeniero en sí o para proporcionarse un placer. Por el contrario, los ojos de Marie-Ange amaban para el placer de los demás. ¡Qué magnífica enamorada hubiera sido la hermanita si la religión no le hubiese infundido esta fiebre de sacrificio!

Chantal daba vueltas y vueltas en la hamaca, presa de una especie de delirio consciente; la fiebre impregnaba a todo Makogaï: los seres, las cosas, las palmeras enanas, la roja tierra del camino, el azul de la rada...; la joven sentía latirle con fuerza las sienes, este golpear se intensificaba para transformarse en redoble continuo. Se sentó en la hamaca y advirtió que el redoble no existía únicamente en el cerebro, que era real y llegaba desde el camino.

Un hombre, el primer ser viviente que veía pasar después de horas, marchaba con paso acompasado, tocando un tambor. Cuando hubo llegado ante la casa, el curioso personaje se detuvo, desplegó un rollo depapel y leyó una larga proclama en lengua bárbara, de la que no comprendió nada. Sin embargo, reconoció al hombre: era uno de los dos gendarmes que representaban a la policía, sobre el desembarcadero, a la llegada del Saint -John.

Estaba desnudo hasta la cintura y llevaba un taparrabo hecho con paja de arroz. Tenía la cabeza cubierta con un madrás, y de la espalda le colgaba un fusil, en bandolera; los pies desnudos eran del color rojo de la tierra de Makogaï; debió, sin duda, haber recorrido toda la isla para leer la proclama. Cuando terminó, prosiguió su camino, golpeando el tambor.

Chantal se preguntaba qué cosa podría haberle dicho, cuando vio pasar por delante de su casa algunos enfermos aislados que seguían las huellas del gendarme. El heraldo de la ciudad había cumplido perfectamente su misión. La joven no podía ya soportar la permanencia en la hamaca. ¿Por qué no seguir ella también, a ese guardia campestre de un género desconocido en Europa? La proclama le estaba destinada a ella también, puesto que estaba enferma como los demás. ¿Marie-Ange no le había recomendado mezclarse sin titubear con la multitud, los días de reunión o de fiesta? Se levantó y siguió el camino rojo sin mucho reflexionar; ¡hacer esto u otra cosa para matar el tiempo! Llegó rápidamente a la entrada de una población típicamente fijiana, donde no halló trazas de hindúes, de chinos o gilbertinos. Todos los habitantes dejaban las casas para reunirse en la gran plaza. Notó Chantal que no había más que hombres en ese pueblo; las mujeres leprosas se alojaban en locales de la leprosería central.

Llegó a la plaza en el momento en que la madre Marie-Joseph se apeaba de un caballo. Un leproso agitó una campana de madera colgada de un poste, para anunciar a todos que el momento grave había llegado. La madre Marie-Joseph distinguió a Chantal y le hizo señas de reunírsele bajo el guayabo, delante del que estaba instalado un tribunal rudimentario. Ella se aproximó mientras los enfermos se sentaban en tierra formando semicírculo. El hombre que tocó la campana cambió algunas palabras en fijiano con la madre superiora. Cuando se alejó, dijo ésta:

—Ha hecho bien en venir a reunirse con la multitud. Así aprenderá a conocerla a usted y a estimarla. ¡Vea cómo todos esos ojos la devoran! ¡Con tal de que no haga usted estragos en la isla! Veo que se muere de ganas de hacerme dos preguntas: voy a contestarle en seguida. El hombre con quien acabo de hablar es el jefe del pueblo. No tiene, tal vez, la apariencia, pero es un personaje muy importante porque fue nombrado para este cargo directamente por el gobernador inglés de las Fiji, recomendado por el doctor Watson. Enfermo como sus administrados, ejerce una autoridad soberana sobre ellos y puede, para ser secundado en el ejercicio de sus funciones, recurrir a los gendarmes que están a mi derecha. Si estoy acá a esta hora es porque el jefe me ha llamado para dirimir una controversia. Esto puede extrañarle, pero en Makogaï las buenas hermanas deben hacer de todo: montar a caballo y administrar justicia. El doctor Watson me ha conferido atribuciones de juez de paz; todas estas disputas de pueblo lo aburren. Por lo general, yo dejo al jefe arreglar las cosas; si no lo consigue, llego en mi caballo después de haber difundido el llamado por todo el territorio del pueblo.

—El gendarme leyó la proclama delante de mi casa, pero como hablaba en fijiano...

—Será necesario que aprenda este idioma raro —contestó la madre Marie-Joseph—. Será para usted una excelente ocupación porque es difícil... Siempre administro justicia bajo este árbol: es ¡ay!, mi único punto de semejanza con el buen rey San Luis. Verá que la justicia es rápida aquí: nada de acusación fiscal, no hay defensa de letrado. Cada litigante expone su caso: a mí me toca fallar en seguida. No es siempre fácil: nuestros buenos hombres son astutos y tortuosos. Hasta ahora he salido del paso bastante bien; hay que creer que el mismísimo rey Salomón me inspira. El incidente que nos ocupa hoy ha provocado una perturbación en el pueblo desde hace cinco días; se trata, según acaba de explicarme el jefe, de una gallina cuya legítima propiedad reivindican dos habitantes del poblado, cada uno de los cuales se niega a ceder sus derechos reales o imaginarios. Este grave litigio ha dividido al pueblo en dos campos; hay que terminar con él.

El gendarme hizo oír un redoble de tambor para obtener silencio de la multitud. A un llamado del jefe, ambos litigantes se adelantaron; el de la derecha era tuerto, el de la izquierda, rengo. El objeto en discusión, la gallina, fue traída en una jaula de madera a los pies de la madre Marie-Joseph, quien esperaba que el silencio fuera general para abrir el debate.

Fue fácil para Chantal, a pesar de su ignorancia del fijiano, comprender la escena que se desarrollaba delante del guayabo. Los oponentes gesticulaban profusamente mientras hablaban; la muchedumbre subrayaba con murmullos cada una de las explicaciones. Sólo la madre Marie-Joseph permanecía impasible, formulando de cuando en cuando alguna pregunta precisa. Cada una de éstas desencadenaba un torrente de palabras por parte de los litigantes. Cuando el torneo oratorio hubo terminado, y el combate pareció disminuir de intensidad por falta de argumentos, la madre Marie-Joseph tomó la palabra en fijiano:

—¿Cada uno de ustedes sostiene que el adversario le ha robado su gallina? Retiren entonces este animal de la jaula y dénmelo... Correrán hasta la galería de las respectivas casas, que se encuentran al otro lado de la plaza. Cuando hayan llegado, a una señal de la campana ambos al mismo tiempo llamarán la gallina arrojándole granos.

Los leprosos obedecieron tras cierto titubeo. Cuando el jefe agitó la campana, los dos hombres pusiéronse a gritar arrojando puñados de granos para atraer la gallina. Esta, a la que la madre superiora había devuelto la libertad, fue en seguida hacia la casa donde, habitualmente, recibía la alimentación. La causa estaba juzgada: la concurrencia se retiró en silencio, estupefacta de semejante sabiduría.

—Volvamos —dijo la superiora a Chantal—. Un instante para montar a caballo y estoy con usted. El camino a la Misión pasa delante de su casa.

La joven marchaba silenciosa a un costado del caballo de la madre Marie-Joseph, cuando ésta le hizo notar una plantación que bordeaba el camino:

—Estos son hydnocarpus, cuyo fruto proporciona el aceite de chaulmoogra que la curará. Estoy persuadida de que no pasará en lo sucesivo delante de estos árboles sin mirarlos con amor y, a la vez, con inquietud. Vea ese viejo que trabaja en la plantación... Es uno de nuestros enfermos neozelandeses que se ha especializado en el cultivo de la maravillosa planta. No se curará probablemente nunca; la enfermedad está muy avanzada, pero él ha descubierto la verdadera felicidad al dedicar los últimos años de su vida al mejoramiento de la calidad del aceite. Si todos los leprosos del mundo hubiesen, desde los siglos que la lepra se conoce, trabajado así en bien de sus semejantes, hace ya tiempo que esta enfermedad hubiera desaparecido. Para que este hombre comprendiera esto fue necesaria su trasformación por el milagro de la caridad cristiana: tiene usted bajo los ojos uno de los más hermosos éxitos del padre Rivain.

Chantal no contestó y siguió caminando en silencio. Como el reverendo David Hall, esta hermana sentía la necesidad de hablar constantemente del apostolado. ¿Cuándo encontraría ella, en esta isla perdida, a alguien que le hablara de cosas más alegres: de música, por ejemplo, de amor sobre todo? Aún no se daba cuenta de que el amor discreto, planeando sobre Makogaï y envolviendo la isla en un velo de caridad, excedia los más bellos amores terrenales que pudiera imaginar. Ese amor había conseguido despojarse del egoísmo que mancha hasta los menores actos humanos.

Al encontrarse nuevamente sola en la casa, se sintió muy cansada y resolvió acostarse, no ya en la hamaca, sino en la cama. No deseaba continuar en la galería donde estaba expuesta a ver pasar caras horribles a las que no se acostumbraría jamás. Se quedaría sola, enclaustrada en el interior de la casa, no recibiendo más que a Marie-Ange cuando ésta viniera a ponerle las tan esperadas inyecciones. Mañana, por fin, el tratamiento salvador comenzaría. Ya en la cama, tomó a Jeannot en las manos y lo apretó con fuerza, mirándolo fijamente. El animalito de felpa, con la oreja mordisqueada, tomó en la alucinación de la muchacha un aspecto viviente. Jeannot se movía, la miraba, escuchaba, y Chantal empezó a relatarle un hermoso cuento:

—Había una vez, en una isla perdida del Pacifico, una gallinita muy blanca que pertenecía a un hombre villano muy negro y cubierto de llagas. El monstruo pretendió encerrar la gallina en una jaula de madera, pero ella consiguió burlar la vigilancia una tarde y fue a refugiarse junto a una jovencita, bella como una diosa, a la cual preguntó: “Marie-Ange, ¿quiere tenerme con usted para siempre?... ¿Para protegerme contra toda esa fealdad que me rodea e impedir que me vuelva loca yo también?

“Marie-Ange no contestó, pero abrió los dos brazos y los cerró sobre la gallinita, que se acurrucó allí para ya no ver lo que le infundía miedo”.

Chantal había acercado a Jeannot junto a sus labios y lo cubría de besos, murmurando: “Ahora puedes dormir, querido mio; que tengas lindos sueños...”

 

La primera inyección en el brazo derecho, aplicada al día siguiente, fue dolorosa y le dejó a Chantal la mitad del cuerpo adormecido. Marie-Ange le ayudó a recostarse en la hamaca, mientras la pequeña leprosa enviada por el taller aseaba la casa y preparaba el almuerzo. Tras la partida de la hermana, Chantal tuvo sobrado tiempo para decirse que por fin tenía en el cuerpo una dosis de ese remedio en busca del cual había recorrido miles de kilómetros. Fue sacada de su sopor por la melodía de una magnífica voz de hombre que cantaba en inglés. La voz no debía venir de muy lejos, pero sin fuerzas para levantarse le era difícil situarla. Era la primera vez, después del siniestro lamento de los leprosos hindúes sobre el Saint-John, que oía cantar.

La voz entonaba ahora una canción que ella adoraba; de ella había puesto veinte veces el disco en el gramófono del bulevar Suchet y le recordaba la vida fácil de la capital. La cálida voz decía:

 

Some day he’ll come along

 

the man I love;

And he’ll be big and strong

the man I love;

And when he comes my way...

 

 

Las palabras inglesas repercutían en ecos bajo las palmeras de Makogaï, mientras Chantal, en la hamaca, tarareaba suavemente, al mismo tiempo que la voz desconocida, la traducción que se sabía de memoria;

 

No, no he soñado

 

este dulce poema...

Vendrá a buscarme

aquel que amo...

 

 

Su voz calló junto con la del hombre. El extraño dúo había terminado. ¿Cuándo se iniciaría? Chantal sentía curiosidad por saber quién era el que tan bien expresaba el amor en Makogaï. ¡Por lo menos había allí una voz que le hablaba de otra cosa que no fuera conversión o lepra!

Mientras cantaba había visto desarrollarse en su imaginación el contenido y la acción descritos por el mal poema. Aquel que ella amaba, Robert, desembarcaría en esa isla y la llevaría lejos de esta pesadilla hacia el lugar donde él debía estar ya en vías de realizar la felicidad de ambos. ¿Seria, tal vez, en Singapur, lejos de todo lo que ella había conocido en la juventud? No pisaría ya a la vieja Europa, gastada, que comenzaba a odiar puesto que no había encontrado en ella el amor.

La ilusión fue interrumpida por la llegada del reverendo David Hall, quien le dijo mientras subía la escalera:

—¡Ante todo, no se mueva! Voy a sentarme al lado de la hamaca... Sé que le han puesto esta mañana la primera inyección. ¿Le duele?

—No mucho. Tengo dolorido el costado derecho, nada

—Le prometí ayer venir a devolverle la visita. ¡Reconocerá usted que no he perdido tiempo!... ¿Ha reflexionado un poco sobre nuestra conversación?

—No —declaró Chantal, con franqueza—. No he tenido tiempo ni deseos de hacerlo.

—¿Puedo preguntarle qué va a hacer mañana domingo?

Chantal pareció salir de un sueño.

—Pero, ¿es que hay domingos en Makogaï?

—Como en todos los países del mundo.

—¡Es, sin duda, el día de la semana en que lo pasaría más a mis anchas! —dijo la joven.

¿Iba a estar obligada a plegarse, en esta isla perdida, a la siniestra disciplina del domingo observada en los países civilizados? No hay, sin embargo, días de reposo para la lepra, que roe los tejidos hora tras hora.

—El domingo —prosiguió el pastor— es el único día en que podrá encontrar algunas distracciones en Makogaï. Por ejemplo, conseguiría llenar por completo la mañana asistiendo sucesivamente a los dos oficios: el padre Rivain dice la misa mayor a las nueve; nuestro culto tiene lugar a las once. Nos hemos puesto de acuerdo hace ya tiempo para no hacemos una competencia excesiva... Si le gusta el bel canto oirá usted cantar a Tulio Morro en nuestra ceremonia.

—¿Quién es? —preguntó Chantal, súbitamente interesada.

—Un antiguo tenor italiano de la Opera de Sydney que ha sido atacado del mismo mal que usted. Desgraciadamente, tiene muchas menos probabilidades de sanar: demoró demasiado en someterse al tratamiento. Su voz es espléndida. No tengo más que un temor, y es que la lepra le ataque las cuerdas vocales. Ese día, el pobre Tulio habrá terminado; mientras pueda valerse de la voz soportará la enfermedad con cierta resignación; pero sé que se matará el día que ya no pueda cantar.

—Lo he oído unos momentos antes de que usted llegara.

—Canta continuamente, en todas partes; es en él una necesidad imperiosa, como otros escriben o pintan.

“O hacen apostolado”, tuvo ganas de agregar Chantal, que consideraba al reverendo poco autorizado para juzgar las pasiones de los demás; su propia pasión

espiritual era también una enfermedad incurable. Como Tulio Morro, el pastor moriría si se viera impedido para seguir convirtiendo almas.

—Si le gusta el deporte, tendremos por la tarde un partido de fútbol entre los equipos fijiano y neozelandés...; yo soy el árbitro. Finalmente, por la noche tiene usted la función semanal de cine, que constituye la mayor atracción. Ya ve usted, mi estimada señora, que puede ocupar perfectamente el domingo en Makogaï... Por otra parte, es ya tiempo que la deje para ir a preparar mi sermón de mañana. El único pequeño inconveniente, si me hace el honor de ir a escucharlo, es que no comprenderá gran cosa: hablo en inglés. En fin, eso puede tal vez parecerle más agradable de oír que el fijiano; tendrá, al menos, la impresión de escuchar un idioma civilizado... ¡No se levante de la hamaca! Buenas tardes, estimada señora, y, hasta mañana, espero.

El reverendo estaba ya al pie de la escalera. Después de verlo alejarse, Chantal cerró los ojos, sonriendo; se preguntaba si este excelente hombre no sentiría una inmensa satisfacción al poder —con el pretexto de visitas pastorales— evadirse de la conversación monótona de la esposa o de Agathe.

 

Entraba en la iglesia católica cuando un coro de niñas leprosas entonaba el Kyrie Eleison. Siguió los consejos del pastor protestante únicamente por curiosidad, preocupándole muy poco la asistencia a una misa; quería conocer la fisonomía de Tulio Morro, cuya hermosa voz no vacilaba en cantar al amor en medio de las plantaciones de hydnocarpuis. No fue larga la espera: la voz admirable llenó la pequeña iglesia con un Credo cuyo alcance litúrgico no comprendía, pero que le pareció majestuoso. Estos cánticos en latín la asombraban; eran para ella mucho más nuevos que el último éxito musical machacado por todas las radioemisoras del mundo.

Miró en la dirección de donde venía el canto y descubrió un hombrecito gordo, de aspecto ridículo, que llevaba peluca de un negro exagerado. Tulio Morro, ex primer tenor de la Opera de Sydney, encamaba el cómico de la legua en todo lo que tiene de bufón y poco agraciado. ¿Cómo podía ser que una persona de piernas tan cortas poseyera un órgano vocal de semejante calidad? Marie-Ange lo acompañaba en el armonio. Chantal se decidió a cerrar los ojos para poder oír voz sin ver al dueño.

No entendió mucho más el sermón en fijiano del padre Rivain que la prédica del reverendo David Hall en inglés, tras haber asistido a los dos oficios, conscientemente, para complacer a todos. El ambiente del templo protestante le pareció menos cálido que el de la iglesia católica. El altar parecía vacío, la ceremonia excesivamente sencilla; para Chantal, atea, una manifestación religiosa debía ser fastuosa y desarrollarse con el indispensable decoro litúrgico. Si Marie-Ange acompañaba a Tulio Morro en la iglesia católica, esta delicada misión había sido confiada en el templo protestante a la señora Hall, que adhería al armonio tratando de seguir las evoluciones vocales, bastante inciertas, de un coro mixto, en la primera fila del cual se reconocía a Agathe: una Agathe resplandeciente de salud y con una constelación de pecas en la cara.

Agathe estaba enamorada; Chantal lo advirtió en seguida. La hija del pastor no apartaba los ojos del médico alto y pálido, el americano Fred, quien parecía no prestar más que una mediana atención a las vocalizaciones de la jovencita en flor y mantenía los ojos obstinadamente fijos en Chantal. Esta dábase perfecta cuenta de que su inesperada llegada había causado perturbación en la tranquila vida europea de Makogaï. Conocía demasiado número de miradas parecidas para abrigar la menor duda sobre los sentimientos íntimos del médico americano. Hizo, no obstante, todo lo posible para evitar los ojos interrogadores de ese gran muchacho, que reflejaban un candor de niño; y la pelirroja Agathe la contemplaba a su vez con una expresión de rabia loca. Comprobaba la joven, de nuevo, que su belleza le había ocasionado una enemiga, en una isla perdida del Pacífico, donde creyó tener derecho a encontrar al cabo la tranquilidad.

Olvidaba que en todas las latitudes las pasiones violentas son las mismas. Agathe amaba a Fred y no admitía que una desconocida, leprosa por añadidura, viniera a inmiscuirse en esta felicidad pacientemente preparada y esperada desde largos años, en esta isla horrible, donde ella había pasado una juventud solitaria. El día que vio desembarcar —cuatro años antes— al joven médico americano en Makogaï, la hija del pastor había vuelto a experimentar placer por la vida. Este buenmozo le otorgaba el derecho de esperar; ya no terminaría sus días como solterona en este infierno, aislada en medio de monstruos. Fred no se quedaría eternamente en Makogaï, adonde iba por algún tiempo a estudiar la lepra; regresaría a su país, a una gran ciudad moderna, San Francisco, donde asumiría la dirección del pabellón de leprosos en el más hermoso hospital de la ciudad, La amaría porque ella sería su mujer: él se lo había prometido. Agathe podría, finalmente, vivir la existencia a la que tenían derecho su juventud y su belleza. la parisiense era bonita, pero tenía lepra... Fred necesitaba una mujer sana que le diera hermosos hijos.

Agathe rumiaba todos estos pensamientos durante la prédica de su padre, y Chantal adivinaba, merced a esa sorprendente sensibilidad que sólo las mujeres poseen, hasta las menores aspiraciones de la pelirroja. ¡Si ésta hubiera sabido cuán poco le interesaba Fred a Chantal no habría tenido motivos de preocupación! De ser necesario, la joven no vacilaría en tranquilizar a la hija del reverendo David Hall. La silueta de un solo hombre se destacaba en la imaginación y el corazón de Chantal: la de Robert. Habría querido explicar estas cosas en seguida a Agathe para hacer desaparecer todo malentendido, pero como era imposible porque la prédica del pastor parecía no acabar nunca, prefirió abandonar silenciosamente el templo en puntillas.

En el camino a su casa se cruzó con un grupo de niños fijianos que, vestidos de boy-scouts, desfilaba en perfecta formación con bandera desplegada. Chantal no había reconocido a la hermana Marie-Sabine que los acompañaba; ésta le dirigió una sonrisa que la decidió a preguntarle al paso:

—Buen día, hermana. ¿Estos niños son enfermos?

—¡Oh, no, señora! —respondió sor Marie-Sabine—. Han nacido aquí de padres o madres leprosos, pero ellos no tienen la enfermedad. Los retenemos en Makogaï mientras sus madres permanezcan en la isla. Hoy es día de paseo.

Chantal prosiguió su camino dándose vuelta varias veces para ver alejarse el alegre grupo de niños. Una lágrima asomó al borde de sus pupilas.

Pasó toda la tarde recostada en la hamaca, pues los partidos fútbol no le interesaban y no tenía la intención de empezar a asistir a ellos en Makogaï, aun cuando el partido oponía a fijianos y neozelandeses en furiosos entreveros arbitrados por un pastor protestante. Si el fútbol no le interesaba, le intrigaba, en cambio, la función cinematográfica: ¿qué películas podrían proyectar allí? Se dirigió por la tarde a la plaza del hospital. La sesión al aire libre acababa de empezar; el horario estaba fijado para el anochecer. Todos los habitantes de Makogaï se habían dado cita delante de los dos árboles sobre los cuales estaba extendida una pantalla blanca. La hermana Marie-Ange desempeñaba las funciones de operadora; el aparato proyector estaba colocado sobre una mesa, detrás del ancho semicirculo formado por los enfermos en cuclillas. “¡Decididamente!”, se dijo Chantal, “¡esta Marie-Ange sabe hacer de todo: amazona, enfermera, organista y también electricista!” Pasaba, con soltura desconcertante, de la utilización delicada de la jeringa de aceite de chaulmoogra a la proyección de películas.

El espectáculo era insípido; la isla de los leprosos recogía las películas al atardecer de su existencia. Durante esta función, Chantal conoció a personajes tales como Max Linder y Rigadin, desaparecidos hacía tiempo de las pantallas europeas cuando ella entró por primera vez a una sala de proyecciones parisiense. Estas películas eran mudas, con subtítulos en francés: Chantal se sentía más emocionada de lo que quisiera demostrar al ver su idioma proyectado sobre la pantalla ante centenares de leprosos de todos los países. El francés aparecía en Makogaï como el idioma de la caridad en boca de las hermanas misioneras y de alegría por intermedio del cinematógrafo.

Mientras Marie-Ange oficiaba de operadora, sor Marie-Sabine traducía en voz alta los subtítulos al idioma fijiano, para que fuesen comprendidos por la mayoría de los espectadores. Las interrupciones de la proyección eran frecuentes; las películas estaban gastadas, cortadas y recompuestas. Antes de ser proyectadas en público, lo habían sido ante el areópago de los cuatro, formado por el doctor Watson, la madre Marie-Joseph, el reverendo David Hall y el padre Rivain. No todas las películas, enviadas gratuitamente por las firmas productoras a Makogaï, eran adecuadas para afianzar la moral de los leprosos. De preferencia, los dramas eran eliminados; se consideraba necesario, sobre todo, provocar la risa bienhechora.

Chantal se retiró antes de finalizar la función. Durante todo el recorrido del camino se sintió melancólica; no volvería a estas sesiones semanales que le causaban más pena que placer. El cine era una distracción inventada por gente civilizada; para ella, el santuario de la civilización no se encontraba sino en París, en el cuadrilátero limitado por la avenida Des Champs-Elysées, el bulevar Haussmann, los grandes bulevares hasta la encrucijada Richelieu-Drouot y la rue de la Paix... Un cuadrilátero mucho menos extenso que la isla de Makogaï, peró cuyo resplandor sobre el mundo era universal.

La noche era límpida, salpicada de estrellas, tibia; todos los olores de la tierra aprovechaban la sombra para expandirse hacia el inmenso mar. Al llegar al pie de la escalera, Chantal lanzó un grito... Bajo la galería, cerca de la hamaca, una cara contorsionada la miraba, un rostro cuyo abotagamiento era puesto de relieve por la claridad de la noche. Al ver que lo habían descubierto, el monstruo descendió rápidamente la escalera, después de pasar ante ella escondiendo la cara con un brazo descamado. Corrió por el camino, renqueando como un Quasimodo. Chantal se estremecía aún ante aquella visión “hoffmanesca” cuando penetró en su casa. Luego de recorrer prudentemente todo el contorno de la galería para asegurarse de que no tropezaría con otros monstruos, entró en la habitación y trancó la puerta como pudo: protección ilusoria en esas casas cuyos tabiques consistían en una trabazón de paja de arroz y bambúes.

¿Qué buscaría ese leproso indígena? Inspeccionó en detalle los vestidos, la ropa blanca y miró, asimismo, el escondite donde ocultaba las alhajas. Después de haber asistido a la sentencia pronunciada por la madre Marie-Joseph, ya no tenía más que una dudosa confianza en la honestidad de los enfermos; si eran capaces de robarse entre ellos, en el mismo poblado, una modesta gallina, hallarían más tentador aún proveerse a expensas de una mujer que pertenecía a otra raza. Recordaba, por asociación de ideas, el robo de las medias de seda de Lulu que provocó su despedida de Marcelle et Arnaud y modificó el curso de su existencia. Sí, aquel día Lulu tenía razón: Chantal le había robado. Desde entonces, una justicia implacable se había encargado de castigarla. El solo hecho de verse obligada a esconder las joyas para que no se las robara un leproso —en una isla perdida— era uno de los aspectos del castigo.

No conseguía dormirse. De pronto, el silencio de la noche fue turbado por una voz, siempre la misma, la de Tulio Morro, que regresaba sin duda de la sesión cinematográfica y cantaba en camino a su casa. El reverendo David Hall ya se lo había dicho: para Tulio, cantar era una necesidad. Esta noche el tenor expresaba el amor en su lengua natal que es, sin lugar a dudas, la más propicia para las serenatas. Le gustaba a Chantal esta voz por la que pasaban, alternativamente, un claro de luna y sollozos; decidió levantar la persiana de madera para oír mejor al tenor que se alejaba por el camino. En el momento de aproximarse a la persiana advirtió con horror que ésta se levantaba lentamente y quedó helada de espanto: la cara del leproso se encuadraba en la ventana, y dos ojos ardientes la miraban codiciosos. Gritó con todas sus fuerzas y se apoderó de una de las sillas de bambú para arrojarla a la cara del monstruo, que no esperó el ademán para escapar saltando a tierra sin utilizar, por cierto, la escalera: su agilidad sorprendente lo hacía parecerse a un gorila. Vio la silueta deforme alejarse otra vez, pero no tuvo ánimo para volver a acostarse.

 

Con intensa sensación de alivio vio la luz del día inundar con rapidez la isla. La aurora y el crepúsculo son desconocidos en Makogaï, donde el día y la noche se suceden sin esas transiciones maravillosas que proporcionan tan singular encanto a las regiones templadas. Salía del cuarto de baño cuando resonaron pasos sobre la escalera: el visitante matinal se hallaba bajo la galería. La joven tuvo la sorpresa de encontrarse frente a frente con el doctor Fred, que no pareció turbarse lo más mínimo y le habló en un francés más puro que el del pastor.

—Al pasar delante de su casa no pude resistir el violento deseo de cambiar algunas palabras con usted en su hermoso idioma que tanto me gusta. Ya sé, y lo he advertido desde el instante en que la vi, que tenía que habérmelas con una parisiense. ¡Si usted supiera, señora, la alegría que he sentido ante la posibilidad de encontrar, al fin, una mujer de ese París al que sueño visitar un día! Hábleme un poco de París.

Era la primera vez, desde su partida de Francia, que Chantal escuchaba esta frase mágica: “Hábleme un poco de París”, resonarle deliciosamente en los oídos.

—¿Qué quiere usted que le diga sobre Paris a las ocho de la mañana, doctor?

—Me gusta el timbre de su voz —declaró Fred.

—¡Cuidado, doctor! Me parece que está usted en una pendiente peligrosa.

—¿Por qué peligrosa?

—Por dos razones: primero, olvida que estoy enferma y expuesta a volverme un día tan fea como las otras leprosas...

-Después, he oído decir que estaba comprometido con la encantadora hija del reverendo David Hall.

—¡Usted sanará! Estoy seguro de ello; el doctor Watson también... No se equivoca nunca. Haremos todo lo humanamente posible para arrancarla de este exilio. Se curará y podrá irse. Me gustaría seguirla.

—¿Y Agathe?

—Es sólo una jovencita sin importancia y muy obstinada. Para ella, desde mi llegada a la isla he desempeñado el papel de salvador... Soy su tabla de salvación.

—¿Están ustedes comprometidos?

—Oficialmente, sí; en mi espíritu, no, desde el momento en que la vi a usted desembarcar del Saint-John. Déjeme hablar... ¡Esto me sucede tan pocas veces! Paso la vida en el laboratorio... No puede saber la maravillosa sensación que he experimentado al ver una mujer elegante pisar este suelo maldito y decirme que la veré aquí durante mucho tiempo; que no era sencillamente una hermosa turista que visitaba una leprosería porque había oído decir que el espectáculo valía la pena... Como lo ha dicho uno de sus poetas: “Gracias a usted un vestido ha pasado por mi vida”.

Chantal estaba maravillada. Este joven médico era ciertamente demasiado fino y cultivado para unir su vida a la hija pelirroja, vulgar y rebosante de salud del pastor. Este apuesto joven, ingenuo y emprendedor a la vez, no le atraía; su corazón estaba demasiado ocupado por otro. Desvió la conversación:

—Puesto que tiene usted la gentileza de darme a entender que comprende mi angustia, va a probármelo en seguida dándome un consejo... Imagínese que anoche, en dos oportunidades diferentes, tuve la visita de un personaje aterrador.

Refirió al médico las dos apariciones del leproso. Después de escucharla atentamente, Fred meneó la cabeza:

—No temo más que una cosa, y es que todos los leprosos de Makogaï estén muy pronto en el mismo estado que este hombre con respecto a usted. Una mujer bonita lleva la perturbación sexual por todas partes donde pasa y más, tal vez, aquí, donde no se la ve jamás. ¿Sin duda ignora usted que la enfermedad desarrolla los deseos físicos del hombre? Es la principal razón por la que hemos debido aislar a las mujeres en el hospital y no dejarlas cohabitar con los hombres en los poblados. Antes de comprar Makogaï, el gobierno de las Fiji había instalado una leprosería rudimentaria en Bega; los resultados fueron deplorables. Sobre una playa estrecha, separada del resto de la isla por una montaña abrupta, se había desembarcado a los leprosos y se los dejaba arreglárselas poco menos que solos. Se embrutecieron rápidamente.

“Para darle una ligera idea, el saludo a los recién llegados era el siguiente: Aole Kanawaí ma Keia wahi, lo que significa: ‘Aquí no hay leyes’. Los naipes, el baile, el libertinaje eran las distracciones; las mujeres servían de prostitutas, los niños de esclavos. Se abandonaba cínicamente a los moribundos, se destilaba el okolehau, o alcohol de papas, y en las orgías, los leprosos corrían totalmente desnudos a lo largo del mar. El espectáculo de la vida en esta comunidad desfigurada y moribunda que tenía ocios, mesa bien servida, música y galanterías en el umbral de la muerte, excedía todo lo imaginable. La miserable colonia reía sobre el lecho de agonía.

—¡Por favor, doctor! ¡Veo ya demasiados horrores alrededor de mí para que sea necesario contarme otros! ¿Cómo liberarme de este hombre que ronda mi casa? Estoy segura de que volverá esta noche.

—¿Ama usted la lectura? —preguntó calmosamente el americano.

—Nunca he leído mucho.

—¿Sus numerosas ocupaciones parisienses no le dejarían, sin duda, mucho tiempo? Aquí, tendrá la posibilidad de leer, de leerlo todo... Ya sé que no habla sino el francés, por eso me permito hacerle una proposición: las noches de Makogai son largas, interminables. Le pesarán como me pesan a mí desde el primer día. Intentemos matar el tiempo juntos; yo vendré todas las noches y leeré para usted obras de los más célebres autores franceses, que deben serle desconocidos. ¿Conoce a Balzac o a Flaubert?

—No —declaró Chantal.

—¿Quiere descubrirlos conmigo? Cambiaremos nuestras impresiones recíprocas sobre lo que han escrito y verá que de este modo las noches pasarán pronto. Siento la misma necesidad que usted de evadirme de todo lo que me rodea... ¿Quiere que comencemos esta noche? Traeré una selección de libros, y usted indicará el título que le guste... De este modo no estará sola; si su enamorado de anoche se empeña en rondar la casa, encontrará con quien hablar.

Chantal vacilaba antes de contestar. El ofrecimiento del médico americano era tentador; ella temía por sobre todo volver a ver el rostro contorsionado y los ojos abominables del leproso. Pero, ¿no era peligroso introducir en su casa un enamorado para impedir que entrara otro?

—Creía, doctor, que no tenía usted derecho a ir a casa de los enfermos, a menos que fuese llamado por razones profesionales.

—Tomaré ese derecho —respondió Fred friamente—. Estimo que mi lugar es tan justificadamente éste como cualquier otro; debo protegerla contra un bruto... Hasta esta noche...

Se disponía a bajar la escalera cuando ella le dijo:

—Quiero, complacida, que usted venga, con la condición de que me prometa que estas veladas se desarrollarán únicamente en el plano de la amistad.

—Se lo prometo.

—Si le pido este esfuerzo —insistió Chantal— es para no causar pena a nadie en la isla. Ya he causado bastante a otros, lejos de aquí... Es tiempo de enmendarme un poco. ¿No cree usted que lo van a echar de menos en la casa del pastor?

—No voy nunca por la noche —aseguró Fred—; la señora Hall encuentra inconveniente que un hombre quede hasta tarde cerca de una joven.

—¿Y usted no vacila un segundo en venir a mi casa?

—¡He leído muchas novelas francesas para apreciar la compañía de personas demasiado convenientes! —respondió Fred, sonriendo.

Chantal lo miró alejarse, como lo había hecho ya con tantos visitantes desde su llegada a la isla; vería aún mucha gente subir y bajar la pequeña escalera antes de poder dejar, a su vez, la galería.

 

Recostada en una de las mecedoras del living escuchaba desde hacía más de dos horas La rabouilleuse, leída por Fred. Entre los títulos de las obras traídas por el joven médico, aquél la había impresionado. Qué era una rabouilleuse lo supo después que el americano hubo leído las primeras páginas. Chantal hallaba igualmente que la historia de esta heroína, creada por Balzac, ofrecía más de una analogía con la suya. Frente al viejo agente de cambio, ella se había conducido como la rabouilleuse, haciéndose mantener y cubrir de joyas. El tercer personaje de la novela, el joven coronel D’Empire, tomaba los rasgos de Robert. ¿Un ingeniero no es, acaso, un moderno coronel a la cabeza de una fábrica? Como la rabouilleuse, ella sintió en seguida una pasión violenta por el hombre fuerte, mientras crecía de continuo su indiferencia hacia el ser débil y gastado que Jacques encamaba.

Después de haber reinado durante cuatro años en el sumiso corazón de un hombre, sentía la necesidad imperiosa de ser, a su vez, dominada. Robert supo imponerse.

Esta noche de lectura, en la que ella encontraba al cabo un medio de evasión, le parecía tan deliciosa como extrana; ¿no era sorprendente oír contar su propia historia por la voz de un americano a quien veía enamorado de ella? Le gustaba esta rabouilleuse que le hacía olvidar la lepra, poniéndole al pasar, ante los ojos, el rostro enérgico de Robert; pero se cuidó mucho de permitirle al joven médico, que le adivinara los sentimientos intimos.

—Lee usted bien, doctor. Presiento que terminará despertando mi amor por la lectura.

Miró a Chantal con extrañeza: “¿Será capaz de tener corazón?”, se preguntó como muchos otros lo habían hecho antes que él.

Volvió a tomar el libro, la voz tranquila repercutía a través de las delgadas paredes, hasta la galería. Afuera, una noche muy oscura reinaba Súbitamente, se detuvo: un ruido imperceptible, como rozando las paredes de la casa, se había hecho oír. El médico indicó a Chantal que no se moviera y avanzó con cautela hacia la puerta, que abrió de un tirón. Se encontró frente a frente con el leproso. Fred lo tomó por los hombros y después de hacerle dar una brusca media vuelta lo obligó a bajar la escalera. La voz del médico se elevaba, terrible, expresándose en fijiano, y de cuando en cuando la joven percibía un gruñido inarticulado del leproso. Algo más de un minuto transcurrió en silencio, y el americano volvió al living.

—Espero que esta vez habrá comprendido —dijo—. Tranquilícese, ya se ha ido. Esperé en el camino para asegurarme de que se alejaba; me extrañaría que volviese.

—¿Qué le ha dicho usted?

—Que si lo encontraba una sola vez rondando en un radio de cien metros alrededor de su casa, lo pasaría inmediatamente al consejo de disciplina presidido por el doctor Watson, y sería encarcelado.

—¿Tienen prisión en Makogaï?

—Es indispensable; los hombres son siempre hombres...

Previa una inspección cuidadosa de la casa, el doctor se inclinó ante Chantal:

—Le deseo una buena noche, señora. Cierre bien la puerta detrás de mí. Esperaré, fumando un cigarrillo en la galería, a que usted se haya acostado.

Chantal ejecutó puntualmente las indicaciones del médico. Cuando estuvo en la cama oyó muy claramente los pasos del americano sobre el camino. Estaba nuevamente sola, pero su soledad moral era menor. En cuarenta y ocho horas había descubierto tres nuevos amigos, amigos como ella no los había encontrado jamás en Europa: Marie-Ange, el reverendo Davil Hall y Fred. Tres amigos, tres razones para que Chantal se sintiera conmovida, cosa que le impidió conciliar el sueño por largo rato. Escuchaba los más leves ruidos de la noche con el temor irracional de oír otra vez el siniestro roce de un cuerpo de leproso contra las paredes de bambú.

 

La voz de Marie-Ange la despertó al dia siguiente, preguntándole al abrir la puerta:

—¿Por qué se encierra de este modo?

—Para estar sola con mis pensamientos —contestó Chantal, que prefirió no contarle la aventura de la noche.

Se habría visto obligada a revelarle la visita de Fred.

—Hace usted mal en encerrarse así —reconvino la hermanita—. En primer lugar, nadie vendrá a molestarla y, además, me ha hecho perder un tiempo precioso; ¡hoy tengo un trabajo de enloquecer! Estoy preparando una gran sorpresa, para la visita del gobernador dentro de quince días. El doctor Watson ha decidido aumentar ligeramente la dosis de aceite en las inyecciones, puesto que parece haber soportado usted muy bien la primera.

Mientras Marie-Ange le ponía la segunda inyección, Chantal preguntó:

—¿Puede saberse cuál es esa sorpresa?

—Ya la verá o, más exactamente, la oirá en la fiesta que daremos en honor del gobernador.

Tras la partida de la que consideraba un poco su ángel guardián, Chantal permaneció recostada para permitir que el organismo asimilara más rápidamente el medicamento. Hacia mediodía fue presa de elevada fiebre, reacción natural del tratamiento. Con mucha rapidez el chaulmoogra le ocasionaba un violento delirio, durante el cual tenía la desagradable impresión de perder todo dominio de sí misma; tiritaba, aunque el calor era sofocante y a pesar de estar abrigada con una gruesa manta de piel de cabra..., de aquellas cabras capturadas en Makodragna, sin duda. La crisis duró hasta la tarde y cesó tan bruscamente como había venido. Cuando Fred llegó para la lectura cotidiana, el pulso de Chantal había vuelto a la normalidad, aunque sufría un estado de completa depresión. Escuchó la continuación de La rabouilleuse con franca lasitud; el médico se dio cuenta del cansancio de ella y se retiró después de una media hora de lectura. En el momento de salir, le dijo con naturalidad:

—Puede dormir tranquila. He hecho buscar esta mañana por los gendarmes a su admirador nocturno y le di una enérgica reprimenda. Lloraba y me prometió no reincidir.

Las predicciones de Fred se cumplieron. La noche pasó en calina, así como las siguientes. Todas las noches el doctor americano venía a cumplir con la lectura, y a tomar un whisky. Chantal terminó por gustar de estas veladas, deseando ya muy interesada que no se interrumpieran.

Marie-Ange venía a administrarle, según el ritmo previsto, dos veces por semana la dolorosa inyección que tanta fiebre le causaba. Las manchas, diseminadas ahora por todo el cuerpo, parecían ser definitivas; de rosa pálido habíanse tornado amarillas. Algunas eran duras, otras se transformaban poco a poco en ampollas, creándole horribles protuberancias sobre la piel antes tan suave; una de ellas, en el brazo izquierdo, tomaba gradualmente el aspecto de una llaga; Chantal no se atrevía a mirarla siquiera, tal era la impresión que le causaba. Sólo el milagro del rostro persistía; las ampollas se detenían en el nacimiento del cuello y en la nuca. Podría esconder aún el mal durante algún tiempo; pero había manifestado a Marie-Ange que se quedaría en su casa cuando llegara el gobernador inglés. Rehusaba exhibirse como animal raro, traído de un lejano país llamado Francia, para excitar la curiosidad de europeos trasplantados a un clima tropical. Tenía, por último, bastante dificultad para vestirte y asearse por la mañana; los dedos de la mano derecha estaban adormecidos casi por completo, y el pulgar comenzaba a encogerse hacia la palma. A pesar de las afirmaciones de Marie-Ange y sobre todo de Fred, temía que el tratamiento no produjera ningún efecto.

Durante un paseo solitario efectuado por la isla dos días antes de la llegada del gobernador, observó que no era mucha la preocupación de los habitantes por embanderar los principales edificios de la isla con los colores británicos y fijianos. Tan sólo la iglesia del padre Rivain enarbolaba en el campanario una pequeña bandera tricolor. Sobre la gran plaza de la Misión, delante del hospital, se había preparado un estrado destinado a escenario de los artistas leprosos que se exhibirían en una pieza de gran aparato. Frente a él, el doctor Watson había hecho construir una tribuna protegida de los ardores solares, en la que tomarían ubicación las personalidades oficiales. Pasando ante el taller al aire libre de la madre Marie-Joseph, vio Chantal que la colmena de actividad femenina estaba absorbida por la confección de trajes abigarrados que usarían los actores de todos los países; ciertamente, el elenco de este espectáculo sería internacional, con chinos, hindúes, fijianos, gilbertinos, neozelandeses...

El gran día llegó por fin. Chantal se había recostado en la hamaca con la firme intención de no moverse; desde la salida del sol había visto pasar numerosos grupos de enfermos endomingados que se dirigían al puerto. A lo lejos, la playa aparecía negra de gente, hormigueante de leprosos. El muelle de madera del desembarcadero estaba hábilmente decorado, cubierto por guirnaldas amarillas de mimosas, que caían al agua azul de la bahía de Dallice. De pronto, un inmenso clamor, que el ligero viento del este debía propagar por toda la isla, llegó hasta la hamaca solitaria: ¡Selo! ¡Selo!, gritaban centenares de voces en la playa. Divisó un navío blanco, gracioso, semejante a esos yates de paseo que había admirado tantas veces en el puerto de Trouville, cuando fue a pasar un fin de semana a Deauville en la época en que vivía de aventuras. El yate estaba empavesado y parecía planear sobre las aguas más que navegar; este precioso navío no se parecía en nada al horrible Saint-John. Estaba destinado a trasportar gente sana y mujeres bellas.

Mujeres, más que bonitas, vestidas a la última moda llegada de Inglaterra, lo que para Chantal no era una norma, y luciendo vestidos con flores rosa pálido, bajo sombrillas verdes. Una hora después de que el barco hubo atracado al desembarcadero, oyó sobre el camino un murmullo de voces inglesas que se acercaba; el doctor Watson hacía visitar la isla al gobernador y a sus invitados. Chantal saltó de la hamaca, regresó precipitadamente a la casa y trancó la puerta; no quería que estas europeas, charlatanas como cotorras, pudieran decir más tarde a sus amistades., delante de una taza de té:

—¡Oh, querida, figúrate que hemos visto una parisiense leprosa durante nuestra visita a Makogaï!

Las voces se acercaron. Miró a través de la rendija de una persiana y vio al doctor Watson que explicaba a un grupo de turistas que la casa solitaria estaba habitada por una mujer blanca. Chantal no tuvo dificultad para descubrir entre el grupo al personaje importante: sir Cyrill Norman, de porte imponente, la cabeza cubierta con un casco colonial. A la derecha se encontraba una mujer bastante desagraciada, que llevaba anteojos con montura de oro y que no podía ser más que su esposa. A la izquierda se hallaba el doctor Watson, que señalaba con el dedo hacia la casa. Después de cada una de sus explicaciones en inglés, Chantal percibía unos Oh! Very curious! y unos ¡ah! de asombro, mezclados con unos cloqueos de satisfacción de estas damas que tendrían, por fin, alguna cosa apasionante que contar.

Un segundo lote de turistas se había detenido un poco más atrás: Chantal reconoció en él, nítidamente, al reverendo David Hall, su mujer y Agathe, ocupando el centro del grupo. Los tres se hallaban rodeados y acosados a preguntas por altos funcionarios ingleses o fijianos, también ellos acompañados por sus esposas e hijas. Todas estas jovencitas granujientas, de piel brillante, de tinte rojizo, encarnaban para Chantal el prototipo de la joven que no habría deseado ser jamás, con sus risas necias y sus preguntas insípidas.

Sólo temía una cosa, y era que sir Cyrill Nonnan, a propuesta del médico jefe, sintiera el deseo de visitarla por deferencia a su doble calidad de europea y de francesa. Estaba bien decidida a no contestar, en caso de que alguien subiera a la galería para golpear a la puerta, escondiéndose en un rincón del baño para hacer creer que había salido. Pero la comitiva oficial reanudó la marcha en dirección al poblado fijiano; el ruido de voces declinó.

El resto de la tarde fue tranquilo; Makogaï parecía haber sido abandonado por sus habitantes. En realidad, habían acudido en masa a la gran plaza para asistir a la fiesta tradicional. A esta hora, la representación debería estar en su apogeo. Imaginó la escena a distancia, con los oficiales congestionados después del banquete ofrecido por el doctor Watson, sudando copiosamente bajo el toldo de la tribuna oficial. A fuerza de hacer trabajar el cerebro, terminó por sentir una necesidad imperiosa de acudir al lugar, a pesar del juramento que se había hecho a sí misma de no moverse de la casa; deseaba ver si la realidad concordaba con las imágenes creadas por su cabeza. Sentía curiosidad, igualmente, por descubrir la sorpresa de Marie-Ange, y no pasó mucho tiempo antes de que tomara el camino de la Misión. Apenas había recorrido doscientos metros cuando oyó una orquesta.

Al llegar a la entrada de la plaza se escondió detrás de un macizo de plantas para no ser vista; nadie le prestó atención. Los enfermos sentados sobre las piernas cruzadas o extendidos lado a lado sobre camillas, formaban el grueso del público. Desde el escondite abarcaba una vista de conjunto.

Una orquesta imponente, compuesta por unos cuarenta enfermos pertenecientes a todas las nacionalidades, ocupaba el estrado y derramaba olas de armonía sobre la concurrencia subyugada. Esta orquesta se parecía extrañamente a un orfeón con instrumentos de cobre que refulgían bajo el sol. Marie-Ange empuñaba la batuta, y se movía y marcaba el compás con desenvoltura prodigiosa. Aquella era la sorpresa de que le hablara la hermanita; en pocos meses, desde la llegada a la isla, había conseguido formar una orquesta.

Los instrumentos habían sido enviados un poco de todas partes: de Sydney, de Melbourne, de Suya, de Levuka, de Nueva Zelandia... Marie-Ange conocía, desde la época en que su madre —la marquesa de Furière— le había obligado a tomar lecciones de solfeo y de piano, la acción bienhechora de la música para suavizar las costumbres y adormecer el dolor. Hoy, desde la tarima de directora de orquesta improvisada, la hermanita honraba a sus padres, que tuvieron la inteligencia de hacerle proseguir los estudios musicales. No se trataba ya de acompañar al tenor italiano en el modesto armonio de la iglesia, sino de dirigir a cuarenta ejecutantes.

Chantal era tal vez la más asombrada de toda la concurrencia; sospechaba el trabajo y la paciencia que debieron requerir los ensayos. ¿Cómo habría encontrado Marie-Ange el tiempo, en medio de las innumerables ocupaciones, para organizar una orquesta semejante? Se trataba, ciertamente, de la única orquesta de leprosos que existía en el mundo, y se imaginaba la sensación que producirla en Paris un anuncio como éste: "Mañana en la Opera, o en la Sala Pleyel, gran concierto sinfónico por la Orquesta de Leprosos, bajo la dirección de la hermana Marie-Ange".

Era realmente grandiosa esta orquesta, semejante en ciertos aspectos a cualquier banda municipal que dé su concierto dominical en la plaza de una villa de provincia francesa. Su mirada, hipnotizada por el espectáculo, iba de los músicos a la hermanita de toca blanca. La joven estudiaba a cada instrumentista: el chino que manejaba los cimbales carecía de piernas, el hindú que golpeaba los timbales ya no tenía nariz, algunos trompetistas apoyaban sobre las teclas de los instrumentos los únicos tres dedos que les quedaban, el trombón de varas sólo presentaba dos cavidades en el lugar de los ojos; y de todo este horror brotaba música... Una música que lo inundaba todo, expandiéndose en alegres y generosas olas sobre Makogaï. Chantal escuchó de pie, inmóvil, durante horas, hasta que el concierto hubo terminado.

El repertorio era vulgar, clásico, bueno para hacer las delicias de un pueblo de provincia, ¿pero qué importaba? Jamás los habitantes de Makogaï habían oído nada tan bello. Chantal sentía ganas de llorar, de gritar su júbilo por el milagro; hubiera deseado correr para abrazar a esta joven francesa que dominaba, desde su tarima, a una orquesta internacional de leprosos en pleno océano Pacífico.

Cuando el concierto terminó, volvió a tomar el camino de su soledad, no queriendo ver la representación propiamente dicha y que consistía, sobre todo, en un despliegue de trajes multicolores en interminable desfile. El concierto de la orquesta le bastaba; los oídos le zumbaban aún cuando subía la escalera de su casa; se preguntaba si todo eso no había sido un sueño y se encaminó directamente al living. Allí el sueño se agrandó, tomando proporciones fantásticas; sobre la mesa, en medio del salón, alguien había depositado una carta. El sobre llevaba el membrete de la Imperial Airways la letra era de la señora Royer. Chantal vaciló y tuvo que apoyarse en la mesa para tomar la misiva, que era la primera que recibía, dos meses después de su partida; la primera que le traía, por fin noticias de lo que ella consideraba pertenecer al pasado.

 

La noche había cerrado por completo cuando releyó por quinta vez la extensa carta, en papel de avión, escrita por la directora de Marcelle et Arnaud. Fred no vendría a hacer la lectura acostumbrada, según le había prevenido la víspera. Debía asistir a una comida oficial a bordo del yate del gobernador. Chantal divisó el navío iluminado que quebraba el negro de la rada, visión que reanimó el recuerdo de noches pasadas en compañía de Robert a bordo del Empress of Australia. Se alegraba de que el médico americano no se encontrase a su lado esa noche; no hubiera podido escuchar lectura alguna cuando tenía para leer y releer una cosa más bella que cualquier libro. La prosa de la señora Royer no era una novela.

Sólo un reproche podría hacerle a esta carta, y era el de contener un pasaje demasiado largo a la pena de Jacques. Algún día habría sido necesario dejarlo. Ya había tenido él su parte de felicidad durante cuatro años. ¡Y cuatro años cuentan mucho cuando se ha pasado largamente los sesenta!

Miró la fecha de expedición: gracias al avión, estas noticias tenían apenas ocho días. Sin duda, el avión hizo escala en Suya, y el blanco yate del gobernador había transportado el correo de Makogal. Este retomaría al día siguiente a Suya; era, pues, necesario escribir la respuesta inmediatamente si quería que la carta alcanzara el próximo avión con destino a Europa. Pero no tenía tinta ni lapicera, ni papel de correspondencia aérea en esta casa perdida. Era necesario correr hasta la residencia más cercana, la del reverendo Davil Hall, para procurárselos. El poseería seguramente estos tesoros inestimables.

Al llegar a la casa del pastor fue presa de inquietud: el reverendo y su familia debían asistir a la comida de gala del gobernador. Todas las persianas de la casa estaban bajas; ninguna luz se filtraba. Llamó en vano. Al sacudir el portón, una voz muy tranquila habló a sus espaldas:

—¿Venia usted a verme? Ha hecho bien en volver.

Chantal se volvió: el reverendo David Hall erguía la alta figura encorvada.

—Parece inquieta —prosiguió la mesurada palabra del pastor—. ¡Tranquilícese!, estamos solos. La señora Hall y Agathe han quedado a bordo. Ellas se divertían, pero yo no. He pretextado un servicio religioso matinal para excusarme ante nuestro gobernador; ¿lo ha visto usted? Es un perfecto caballero, pero terriblemente aburrido... ¿Y a qué debo el honor de visita tan tardía?

—Necesito tres objetos preciosos: una lapicera, un frasco de tinta y papel para correspondencia aérea. ¿Podría prestármelos en seguida? He recibido una carta de Francia y deseo contestarla antes de que salga el barco del gobernador.

—¿Desea entrar en mi casa para escribir esa carta? Cuando la termine me la entregará; yo debo ir a despedir al gobernador mañana, una media hora antes de su partida, de manera que puedo llevarla yo mismo a bordo.

—¿Por qué son ustedes tan gentiles conmigo?

El reverendo se contentó con abrir el portón a guisa de respuesta. Conocía muy bien la recóndita razón de su amabilidad. ¿No deseaba él llevar insensiblemente a Chantal a la práctica de su culto? El único punto que lo inquietaba un poco mientras atravesaba el jardín en compañía de la joven era aquella confesión involuntaria que le revelaba que eran “todos muy gentiles”. Ese “todos” no podía sino referirse al capellán católico y a su séquito de buenas hermanas.

El arreglo interior de la casa del pastor protestante concordaba en buena parte con la idea que Chantal se había formado después de la primera conversación. Se sentía allí una presencia femenina..., pero demasiado burguesa. ¡Los objetos se hallaban distribuidos con un cuidado escrupuloso, minucioso!

—Siéntese a mi escritorio. Allí encontrará todo lo que necesita, hasta papel para avión. Mientras escribe voy a preparar un té que le encantará. Ya verá que no exagero. Tómese todo el tiempo necesario. Las señoras no regresarán seguramente antes de un par de horas. Agathe estaba loca de alegría ante la perspectiva de asistir a esta recepción; no ha visto a su prometido por la noche desde hace tres semanas y ha sabido que esta vez se encontrarían.

—¿Su prometido es el médico americano? —preguntó Chantal con aire distraído.

—Sí. Había adquirido el hábito de venir aquí todas las noches, después de comer, para acompañamos; hablábamos de todo un poco. Es un joven muy instruido que posee, en mi opinión, el mérito de haber leído mucho... Pero últimamente nos dijo estar muy ocupado en las noches por importantes trabajos de laboratorio. Agathe quedó muy triste... Soy tan charlatán que no le dejo escribir la carta. ¡Hasta luego!

Sentada ante el gran escritorio, Chantal se sentía desorientada: dentro de ese marco no estaba ya en Makogaï, sino en Inglaterra. Sólo después de haber leído una vez más la carta de la señora Royer se halló en el estado espiritual necesario para borronear la contestación. Nunca conseguiría escribir tan extensamente como la directora de Marcelle et Arnaud.

La verdad era que ella apenas sabía escribir.

¡Y la ortografía! Nunca pudo Chantal familiarizarse con ella. La ortografía debía haber sido inventada para dar ocupación a personas que no tenían nada que hacer, o bien como medio de anotar malas calificaciones a los escolares. A pesar de esto le molestaba la idea de que la respuesta pudiera estar cuajada de errores y que la señora Royer advirtiera todavía más su ignorancia.

Sufría su amor propio. Si permanecía mucho tiempo en Makogaï, tendría que escribir numerosas cartas a la señora Royer y era necesario que aprendiera ortografía. ¿A quién pedir lecciones? ¿Al reverendo David Hall? ¡Se mofaría de ella y con razón! Un pastor inglés dando lecciones de ortografía a una francesa de veintiséis años!... ¿A Marie-Ange? La hermanita tenía ocupaciones por demás y no dispondría del tiempo necesario... ¿A Fred? Se sentiría humillada ante él. ¿A quién entonces? ¿Por qué no al padre Rivain? Un capellán católico misionero sabría seguramente escribir sin errores de ortografía. Parecía discreto y no diría palabra a nadie del servicio que le pediría. Estaba decidido: Chantal visitaría al padre Rivain para aprender ortografía y curar la llaga de que padecía su vanidad.

Mientras adoptaba esta resolución inesperada se había puesto a escribir, sin pensar mucho; no pertenecía a la categoría de personas que maduran sus ideas antes de expresarlas. Daba libre curso a la inspiración y al correr desordenado de la pluma. Las cuatro páginas de papel autorizadas para la correspondencia aérea fueron llenadas rápidamente; pero tenía la impresión de no haber podido decir nada. ¡Tanto peor! Escribiría una segunda carta, muchas otras cartas... Lo importante era que la primera saliese. Escribía de prisa la dirección en el sobre cuando el pastor llegó trayendo una bandeja con el té.

—¡Terminé! —anunció triunfalmente la joven como si acabara de realizar un acto sobrehumano. Ciertamente, había hecho un esfuerzo para escribir: las articulaciones de los dedos funcionaban mal. La lepra progresaba. ¿Por cuánto tiempo podría continuar escribiendo? Prefería no pensar en ello y beber el delicioso té del pastor.

Tomó éste la carta, que guardó en el bolsillo interior de la chaqueta diciendo:

—Es conveniente impedir que la señora Hall o Agathe vean este sobre; con la imaginación desbordante que tienen tejerían inmediatamente una novela fantástica.

Al salir, Chantal le declaró:

—Es imperdonable lo que he hecho; ¡yo, una leprosa, introducirme en el cuarto intimo de su vida familiar! Si los gendarmes de Makogaï me hubiesen visto sería sometida a la justicia de sor Marie-Joseph, bajo el árbol grande...

—Yo también —contestó el reverendo—. Sor Marie-Joseph estaría grandemente fastidiada... Cuando la carta esté a bordo, le avisaré. Buenas noches, estimada señora. Hasta mañana.

Sentía deseos de cantar, o poco menos, cuando llegaba a la casa. Después de acostarse, la exaltación decayó pronto. Pensando en todo lo que le había escrito la señora Royer, la desesperación hizo presa de ella; la directora de Marcelle et Arnaud llevaba tan adelante su crueldad que hasta le hablaba de algunos modelos de la nueva colección de invierno. Nunca volverla a ver Chantal un desfile de modelos en el Faubourg Saint-Honoré; ¡jamás volvería a oír la voz de la encargada que anunciaba el título de los vestidos ni encontraría todo ese lujo maravilloso! Sin que pudiera explicarse muy bien por qué, la fiebre se apoderaba de ella nuevamente, las sienes le latían, las manos y pies se le helaban otra vez. Toda la noche fue lo mismo; castañeteaba bajo la cobija y debió realizar un gran esfuerzo al día siguiente para levantarse y arrastrarse hasta la hamaca. Un toque de sirena la sacó de su embotamiento. Era un sirena alegre, vivaz, joven, muy diferente al gemido del carguero de los leprosos. El yate del gobernador estaba ya en el centro de la bahía; su penacho de humo tampoco era triste y parecía decir: “Llevo, además de los ilustres personajes que han confiado en mí, una carta delgada y frágil, bajo cuyo sobre late un corazón de mujer.”

 

Miraba aún el blanco navío dirigirse a alta mar cuando una voz muy conocida le preguntó desde el pie de la escalera.

—¿Mira partir su carta? Esté tranquila, ya está a bordo... Pero, ¿qué le pasa?

El reverendo advirtió, al acercarse a la hamaca, que Chantal lloraba.

—Comprendo su pena —continuó suavemente la voz del pastor—. Esa carta llegada de Francia ha removido muchos recuerdos. Y ese barco que lleva la respuesta ha despertado en usted el deseo de ocupar el lugar de la carta. Tenga un poco de paciencia. Tal vez antes de lo que usted espera se encontrará a su vez en pleno centro de la bahía apoyada en la borda de otro navío, despidiéndose de Makogaï.

—Jamás estaré a bordo de ese barco de la liberación —murmuró débilmente.

—¡Es extraño! Había oído decir siempre que la palabra jamás no pertenecía a su bello idioma. Ahuyente ese feo pesimismo que la invade. Usted sanará. Así lo ha afirmado el doctor Watson cuando hablaba al gobernador al pasar frente a su casa en nuestro paseo por la isla. Aún recuerdo lo que dijo, palabra por palabra: “Si todos los enfermos hubieran tenido la inteligencia de venir a tratarse en seguida, como esta joven francesa, correría usted el riesgo, señor gobernador, de encontrar, en el curso de sus próximas visitas a Makogaï, no ya una leprosería, sino una isla de turismo del género de las Baleares.”

—No creo mucho más en las afirmaciones del doctor Watson que en las de los médicos parisienses. Desde hace cinco semanas, en que comenzó mi tratamiento, mi estado no ha hecho más que empeorar.

—Se halla usted en una crisis que pasará, como las precedentes.

—Pero cada vez son más frecuentes.

—Es la reacción normal de la enfermedad que se defiende de la mala pasada que le ha jugado usted con el chaulmoogra.

Chantal no respondió. La voz del pastor se hizo más premiosa:

—Que no tenga usted más confianza en el padre Rivain, el doctor Watson o la madre Marie-joseph que en mi humilde persona, lo admito... Pero que no creyera en Will me sorprendería.

—¿Quién es Will?

—Estimada señora, ¿ha vivido en esta isla desde hace varias semanas sin haber oído hablar de Will? ¡Su pregunta llenaría de asombro hasta el último habitante de Makogaï! Will es el rey de los leprosos. Le aconsejo vivamente ir a hacerle una visita lo más pronto posible. ¿No ha reparado nunca en una casita edificada sobre la colina que domina el hospital? Esa es su residencia.

—Y ese rey, ¿también es leproso?

—¿Si es leproso, pregunta usted? Tiene todas las lepras: la lepra tuberosa y la nerviosa. Podrá hablarle de ellas con conocimiento de causa. A pesar de todo, este hombre, que se sabe irremisiblemente condenado, espera... Cree en un mundo mejor. Vaya a verlo, bajará de la colina trayendo en el alma un poco de su fe. Será suficiente para permitirle esperar la cura con resignación y coraje.

Chantal miró a su interlocutor con mezcla de curiosidad y sorpresa. El reverendo David Hall, tan tranquilo habitualmente, parecía transfigurado cuando hablaba de este Will desconocido.

—Will —comenzó el pastor— era sastre y ejercía su oficio hacía ya muchos años en Australia, su país. Vivía en Sydney, perfectamente feliz con su mujer y sus hijos. No tuvo la suerte suya de carecer de lazos familiares. Un día, cuando planchaba un traje que acababa de terminar, se quemó el dedo meñique. Muchas veces ya había sufrido esa clase de accidentes, propios de su oficio, de forma que no prestó mayor atención a la cosa y prosiguió su trabajo. Algunos meses después observó sobre el brazo las manchas que usted conoce tan bien.

“Contrae la lepra; un día su estado se hace contagioso. El hospital de Sydney lo aísla: la reclusión ha comenzado... El estado de salud del sastre no mejora a pesar de la internación en el hospital. Los médicos, que desconocen casi todo lo que concierne a esta pavorosa lepra, se limitan a alimentarlo .y vendarlo algunas veces. En estas condiciones el mal se desarrolla a sus anchas, los médicos están perplejos. El riesgo de contagio para los que rodean a Will en el hospital aumenta día a día. El gobierno australiano compra una parte del islote llamado “De las Codornices” y construye en él una casita, disponiendo que conduzcan allí al indeseable. Se piensa que no estaría mal en ese lugar: la casa es confortable, un teléfono le permitirá estar en comunicación con la granja, situada al otro extremo de la isla, de donde se le hará llegar varias veces por semana una alimentación abundante. Vendrá él mismo a buscarla junto a la barrera que señala los límites de la leprosería.

“Will considera este proyecto como una liberación. No sentirá ya, a cada instante, aquella repulsión instintiva manifestada por todos los que se le acercaban. Vivir solo es para él un alivio moral. Si el espíritu se encuentra mejor en el aislamiento completo de la isla, el cuerpo no escapa al progreso de la enfermedad que lo roe. Las úlceras se multiplican un poco en todas partes: los pies se le hinchan desmesuradamente, lo que le hace extremadamente. penoso caminar; los nervios se le contraen, provocando dolores intolerables, especialmente por las mañanas. El ojo derecho es atacado: una úlcera se desarrolla en él y finalmente le quita la vista.

“Tres años permanece Will en la isla... Tres años durante los cuales no recibe más cuidados que los que él mismo pueda prodigarse: el estado de las manos se hace cada vez más precario. Se desespera y halla por demás inhumana la injusticia de los que lo han condenado a una situación a la que la muerte hubiera sido preferible... Pero el gobierno va a enviarle compañeros muy pronto. Un día, Will ve desembarcar un equipo de obreros que se ponen a construir cabañas alrededor de la casa, recomendándole al mismo tiempo permanecer lo más lejos posible de las obras.

“El número de los compañeros de Will aumenta poco a poco; las quejas de los enfermos se multiplican ante el gobierno. Se sabe que en otras partes, en el Pacífico, se trata la lepra y se la cura. ¿Por qué Australia y Nueva Zelandia no hacen nada por los habitantes de la Isla de las Codornices? Sin embargo, un consuelo está reservado a Will: un ministro de nuestra religión protestante, que visita los leprosos, se entrevista caritativamente con él. Le habla del cristianismo, del sentido redentor que él sólo sabe dar al sufrimiento, del socorro incomparable que puede llevar a los desgraciados y de la felicidad que promete a los hombres de buena voluntad. Will, que era como usted y no habla practicado ninguna religión, se sintió atraído por la nuestra y abrazó el protestantismo.”

Chantal miraba al reverendo David Hall, preguntándose adónde quería ir a parar.

“El gobierno australiano, cansado de todas las dificultades que le ocasionaban los leprosos, solicitó del gobierno de las Fiji la admisión de esos enfermos a nuestra leprosería de Makogaï.

“Durante la travesía, que fue larga, a bordo del Saint-John, el capitán Fareil había hecho encerrar a Will en una jaula de donde le fue prohibido salir. Por otra parte, no hubiera podido hacerlo. Durante el recorrido nadie se preocupó de él, sino para alejársele todo lo posible. Asistí al desembarco de la jaula de Will: nunca olvidaré ese espectáculo.

"El doctor Watson reconoció muy pronto la gravedad del estado de este nuevo enfermo, que no era más que llagas ulcerosas. Lo hizo transportar a la casita edificada especialmente en lo alto de la colina; una extraña casa, única en su género aquí, donde se le puede visitar sin temor de ser contaminado. Está rodeado de un foso de tres metros de ancho, que recuerda los que usted ha visto, sin duda, en ciertos jardines zoológicos bien dispuestos, gracias a lo cual el visitante tiene la impresión de que Will está en libertad.

“Acabo de referirle brevemente la historia de Will. Lo que no puedo describirle es su belleza moral; la descubrirá usted misma después de algunos minutos de conversación con él. Si su estado físico no ha hecho más que empeorar, su moral ha subido por gradaciones normales hacia las cimas que pocos hombres alcanzan.

Habla admirablemente el idioma de usted, que aprendió en su juventud. ¡Si le dijera que yo mismo, cuando tengo momentos de desaliento (todo el mundo los tiene), trepo inmediatamente la colina para hablar con Will Desciendo de ella impregnado de una nueva fuerza interior. El padre Rivain es como yo: él también va a ver a Wiil. No somos los únicos en este caso; toda la isla sube el camino de la colina para pedir consejo al más grande de todos nuestros enfermos. Todos saben que Will está irremisiblemente perdido, que su caso es desesperado, y, a pesar de esto, es el único que consigue hacer brillar la esperanza en los corazones más lacerados.

“Ya lo ve usted, le confío mi propia receta personal de optimismo. Por cierto, su situación no es envidiable, pero tampoco es trágica; lo dramático sería que no tuviera usted ninguna probabilidad de sanar, como es el caso de Will, que ha tomado su suerte de manera heroica y prefiere dedicar los últimos años de su vida a consolar a los demás. Tengo demasiado buena salud para que mis exhortaciones merezcan, con respecto a usted, alguna posibilidad de éxito; es la eterna historia del médico gordo y robusto extrañado de que su cliente pueda estar enfermo... Mientras que con Will será distinto; vaya a preguntarle usted misma de dónde saca el coraje. ¿Qué puede costarle esto? Una media hora de camino. ¿No cree que este paseo merece el esfuerzo de hacerlo?

 

Por la noche, Fred volvió para proseguir la lectura; a la mañana siguiente Marie-Ange le administró la inyección. Una nueva semana transcurrió de esta manera monótona. El pastor no había reaparecido. La fiebre física y moral hostigaba a Chantal. Una mañana que salía de la bañera y se examinaba como de costumbre en el espejo del baño, se tambaleó: el mentón se había hinchado desmesuradamente durante la noche y se transformaba en papera. Hasta las pestañas empezaban a caer. Tomó una silla y la arrojó contra el espejo, que se hizo trizas. De este modo ya no comprobaría los progresos de la enfermedad. Era tiempo de visitar a Will. Chantal salió de la casa como una loca y corrió por el camino de la colina donde vivía el profeta monstruoso.

El reverendo David Hall había hecho una descripción exacta de la casa del gran Will: una simple cabaña de bambú rodeada por un foso ancho y profundo. A medida que se aproximaba a ella, Chantal sentía vacilar las piernas.

Al borde del foso se detuvo; Will estaba sentado sobre una estera tendida en la tierra. El leproso parecía calentarse al sol, el rostro recubierto por una especie de capucha blanca en la que había practicado una sola abertura frente a la boca. Will no necesitaba otra, puesto que era ciego. El cuerpo estaba rodeado de vendajes; gruesos tarugos de algodón protegían las extremidades de los miembros. El rey de los leprosos no tenía ya ni manos ni pies y debía permanecer siempre sentado o acostado, arrastrándose como un reptil, para entrar o salir de la cabaña. La joven lo observaba en silencio, cuando una voz dulce, que parecía venir de otro mundo, le preguntó:

—¿Es usted la parisiense de quien hablan hace algunas semanas?

No había cómo equivocarse; era, en efecto, Will, que acababa de hablar. Ella contestó:

—Soy la parisiense.

—Hablo siempre en su idioma con el padre Rivain y las hermanas. ¿Por qué viene a yerme?

Chantal no contestó; las palabras se le estrangulaban en la garganta; estaba a punto de huir. Pero la voz dulce continuó:

—No se viene a visitar a Will sino cuando se necesita de él. ¿Qué puedo hacer por usted?

La joven demoró un poco antes de contestar. ¡Este ciego, roído por la enfermedad, prisionero tras un foso, tenía la pretensión de reconfortarla y ayudarla!

Preguntó:

—¿Cómo pudo saber que yo estaba aquí?

—Oí sus pasos sobre el camino, como oigo los de todas mis visitas; mi vida transcurre escuchando pasos que se acercan o se alejan. Y hago todo lo posible para que esos pasos, pesados e indecisos cuando llegan, sean ágiles y seguros cuando me dejan. Eso quiere decir que he tenido éxito en la misión que me propuse.

—Una curiosa vocación...

—Diga más bien que es normal; he renunciado a consolarme a mí mismo: tanto vale emplear mis últimos años de vida alentando a los otros. Cuidar el cuerpo no lo es todo, hay que ayudar también el alma; la mía está sana hace ya tiempo. ¿Qué puedo hacer por la suya?

—¿Cree usted en Dios? —preguntó inesperadamente Chantal.

—No hubiera alcanzado jamás este grado de desprendimiento de las cosas terrenales si no hubiera descubierto una vida interior. Todos los días comprendo un poco más que hay, por sobre mi pequeñísima persona humana, un ser superior que posee el poder de someterme a las pruebas más crueles. Sólo El, igualmente, hubiera podido sanarme. Desde el día en que me convertí no he cesado de repetir esta oración: “Señor, si Tú quieres, puedes volverme limpio.” Mi ruego ha sido escuchado: mi conciencia está limpia. ¿Para qué serviría sanar y continuar arrastrando consigo una deformidad moral?

Chantal callaba; este hombre terminaría por hacerle creer que su suerte era envidiable. La voz velada seguía:

—He oído, en el lugar donde usted se encuentra en este momento, todos los idiomas, todos los dialectos. Mi lepra ha bordeado la de los chinos, hindúes, negros, blancos, que han venido a confiarme, a su turno, angustias y temores. Todos creían en alguna divinidad: ella es la que los ha ayudado a continuar viviendo y los ayuda a morir. Todos han pensado en el suicidio, como usted y yo... Los raros casos de suicidio que he conocido en miles de leprosos fueron los de personas instruidas y educadas cuyo defecto fue ser incrédulos. Los adeptos de Ramanaké poseen una fuerza superior a la de usted, señora. ¡Crea en Ramanaké si estima que sólo él es capaz de elevarla por sobre su miseria, pero crea en alguna cosa! No he comprendido aún lo que la doctrina pura, positiva, completamente laica de Confucio podría llevar a mis hermanos del poblado chino; no me cuesta trabajo concebir lo que ha podido decirles Buda... Pero nada está por sobre la energía moral, con que las misiones cristianas han envuelto la lepra a manera de vendaje evangélico. .Me siento emocionado cuando recibo la visita de mis hermanos del poblado hindú, que, bajo la influencia cristiana y apelando a su inspiración poética, tan extendida entre los de su raza, me recitan a la caída de la noche poemas de consuelo y estímulo que han compuesto para los camaradas de infortunio.

La joven continuaba silenciosa; Will era ciertamente el enfermo más extraordinario de la isla. ¿De qué manera un modesto sastre de Sydney había alcanzado semejante elevación de sentimientos y tal equilibrio intelectual? Chantal llegaba a preguntarse si una parecida transformación se operaria en ella. A medida que la belleza física se marchitara, ¿se desarrollaría en el alma una belleza moral? No quiso detenerse mucho tiempo sobre esta idea extravagante: la única cosa digna de salvar era la belleza física, para no decepcionar a Robert el día del reencuentro. Lo demás no contaba; siempre habría tiempo de curarse y abandonar este infierno.

—Todo lo que me dice es admirable, pero no. me toca sino de lejos —le dijo a su extraño interlocutor—. Una sola cosa me interesa: sanar. Puesto que posee usted el poder mágico de aliviar las miserias de otros, haga lo que pueda por la mía, activando mi curación.

—Lo haré —contestó con voz grave Will.

—¿Y cómo?

—Rogando por su alma... Oigo pasos en el camino. Váyase antes de que la fealdad venga a encontrarla delante de mi morada; temo que la persiga por todas partes en esta isla. Haga un esfuerzo para no ver aquí abajo más que la belleza moral.

—Hasta pronto, señor.

—Llámeme WilI, como todo el mundo. No se conoce más que mi nombre, es sinónimo de lepra... Sería tan feliz que usted se dijera a sí misma al bajar: “Creía ser la persona más desdichada de la isla... Me equivocaba. Hay, allá arriba, sobre la colina, un hombre blanco que sufre más que yo y soporta alegremente el dolor”. Ojalá que este pensamiento la reconforte esta noche; será mi primer éxito. No titubee en volver. El dolor de los otros no me molesta nunca; lo he conocido antes que ellos. Si por casualidad estuviera en mi cabaña cuando usted llegue, no tiene más que gritar: “¡Will!”, y me arrastraré hasta el borde del foso.

Chantal se alejó sin agregar una palabra y se cruzó, en el camino rocalloso, con una larga fila de enfermos que trepaban dificultosamente los escalones que los conducían hacia la luz.

 

La visita que acababa de hacer la había impresionado. La recordaba punto por punto, frase por frase, después de varias horas, cuando los peldaños de la escalera crujieron bajo los pesados pasos del padre Rivain. El sacerdote católico había puesto más tiempo que el reverendo David Hall en pagarle la visita prometida, lo que no desagradaba a Chantal. Encontraba que este cura había dado pruebas de mayor tacto al no asediaría, pocos días después de su llegada, con sermones más o menos disfrazados.

Aun antes de que el padre Rivain abriese la boca ella sabía que venía a hablarle para atraerla a la religión católica. Todo el mundo quería que ella se convirtiera; hasta el ciego Will. Por eso quedó asombrada cuando el misionero le dijo a guisa de introducción:

—Pasaba por aquí; le debo desde hace tiempo una breve visita. Deseaba saber si no se aburría demasiado. Pensaba traerle algunos libros, pero el doctor Fred me dijo que él se encargaba de ello. En el caso de que la lectura termine por cansaría, tengo para usted una excelente ocupación.

—¿Es eso posible en Makogaï, padre?

—Perfectamente posible, hija mía. ¿Sabe coser?

—Más o menos, como todo el mundo.

—O sea lo suficiente para el trabajo que va a hacer para mí... Y, en el caso de que no supiera, esto le daría ocasión de aprender. Voy a confiarle un encargo importante.

—¿A mí?

—Nuestro taller está recargado. ¿Se siente capaz de hacer un ajuar completo para un recién nacido?

—¡No terminaría nunca!

—Le he traído todo lo que necesita: hilo, agujas, tela... Sí, los recién nacidos de Makogaï prefieren la tela a la lana; siempre tienen demasiado calor. Agregué a estos instrumentos de trabajo este folletito, que he sustraído a la hermana Marie-Sabine, y que tiene un titulo que me encanta: Para preparar la llegada del bebé... Encontrará en él todas las indicaciones necesarias para la confección del ajuar.

—¿De qué niño?

—Del hijo de una leprosa neozelandesa, querida señora. Esta pobre mujer ha llegado encinta, en el mismo barco que usted. Pensé que se compadecería de su desgracia y que sería una excelente madrina del niño, desde que usted no tiene ninguno. No hay tiempo que perder; el feliz acontecimiento está previsto para la semana de Navidad. Ya verá que Papá Noel nos traerá en su cesta un pequeño Jesús de carne y hueso para mi modesto pesebre.

—¿Dónde está actualmente la futura madre?

—En el hospital, donde sor Marie-Sabine la rodea de mil pequeños cuidados; una joven que espera la llegada de un hijo debiera ser asistida y servida por ángeles... ¿Acepta mi proposición?

—Con una condición, padre. Y es que a cambio venga usted a darme regularmente lecciones de ortografía. Sí, le confío este secreto: ignoro muchas cosas.

—Lo advertí al verla persignarse.

—De eso puedo prescindir todavía —dijo Chantal muy francamente—, ¡pero la ortografía! Me veo terriblemente entorpecida para contestar las cartas de Europa. ¿Acepta?

—Acepto. Empezaremos las lecciones mañana; vendré todos los días después del almuerzo. Pero usted empiece en seguida el ajuar. ¡Hasta mañana, hija mía, y arriba ese ánimo!

—¡Padre! —gritó Chantal, a tiempo que el capellán descendía la escalera—, ¡sea gentil y no cuente a nadie que me da lecciones de ortografía!

—¡Aun cuando lo dijera, no me creerían! ¡Hermosa y refinada como es usted! Me callaré; los curas se parecen mucho a los médicos en lo que concierne al secreto profesional. La única diferencia consiste en que el secreto de estos últimos atañe al cuerpo, el de los primeros, al alma.

Sola ya, Chantal se preguntó si no soñaba. Su lepra conseguiría el milagro de obligarla a sacrificarse por los otros. Sin embargo, no era un sueño: las agujas, el hilo, la tela, estaban evidentemente ante ella, sobre la mesa, con el pequeño folleto que empezó a hojear. Su lectura habría de ser más estimulante que la de La psicología de los leprosos.

 

La paciencia de la pelirroja Agathe estaba a punto de acabarse; hacía ya varias semanas que Fred no prestaba ninguna atención a su linda persona. Cuando la encontraba en el oficio religioso del domingo, apenas si le dirigía la palabra. La joven había confiado su pena al padre, quien le contestó:

—Hija mía, su novio es un gran sabio al que no debe usted perturbar durante los períodos en que se halla enteramente absorbido por sus investigaciones. Mire a su madre: ¿no ha adquirido ella la costumbre, desde el día de su casamiento, de no incomodarme cuando estoy preparando mi prédica?

—Sin embargo, padre, Fred era tan perfectamente atento conmigo antes...

Agathe no agregó que el joven americano había cambiado de conducta desde el día en que esa francesa desembarcó en Makogaï. Esta mujer elegante no era, pensaba Agathe, más que un monstruo que se hacía necesario abatir. Una leprosa que se obstina en no ponerse fea nada tiene que hacer en una leprosería. Había que obligarla, por cualquier medio, a abandonar la isla. Agathe creía haber hallado el medio: veinte veces, sin que el padre lo advirtiera, la joven inglesa había acechado alrededor de la casa de la francesa. Todas las noches, Fred penetraba allí a la caída de la noche y se retiraba varias horas más tarde. ¿Qué podrían decirse, o hacer, tal vez? Agathe sentía el alma torturada. Fred estaba enamorado de esta leprosa blanca; era evidente. En varias ocasiones, la hija del pastor sintió deseos de trepar la escalera de la casa para sorprender a su prometido en brazos de la horrible mujer, pero había huido siempre a último momento por temor de ver materializada una abominable escena que le llenaba la imaginación, noche y día.

Se conformaba esperando afuera, en la oscuridad, advirtiendo pronto que no era la única observadora de las maniobras nocturnas de Fred y de la francesa. Un hombre estaba allí, también en la oscuridad, cerca de ella, escondiéndose lo mejor que podía: un leproso que Agathe reconoció muy pronto. Era Tom, el fijiano que cumplía las funciones de peón caminero. Agathe lo conocía por haberle hablado, bien que a respetable distancia —el reverendo había obligado a su hija a estudiar el idioma bárbaro del archipiélago—, cuando venía a arrancar la maleza que crecía frente a la casa de su padre. Tom era un pobre de espíritu que creía cuanto se le decía; Agathe se preguntó en un momento dado si el peón caminero no estaría enamorado de ella. Tom, cojo y sin nariz, era, como muchos tontos, un enamorado de todo lo bello: de las flores, de los pájaros, del azul del cielo, de la espuma blanca de las olas, de una jovencita pelirroja y hasta de una joven rubia. Agathe lo había comprendido cuando vio al leproso vagar por los alrededores de la casa de Chantal.

Con el fin de forzar la partida de aquella a quien la niña consideraba como la peor de las aventureras, había que utilizar a Tom. Bastaría sugerirle sintéticamente algunas ideas. Agathe se dedicó a esto durante toda una tarde en que el caminero trabajaba en las proximidades de la barrera blanca de la casa del pastor.

—Buen día, Tom. ¡Pareces sentirte muy desgraciado!

—Mucho, señorita Agathe.

—¿Quieres que te ayude?

—Nadie puede ayudarme.

—¿Lo crees tú?... Yo puedo hacerlo todo por ti, conozco tus más íntimos pensamientos... Por ejemplo, sé que amas tu oficio de caminero, pero que prefieres, todavía más, vigilar al claro de luna la casa de la mujer blanca..., Tienes razón, Tom, porque esa mujer es para ti; es leprosa como tú y tienes el derecho de casarte con ella... ¿Te sentirías orgulloso de tener una mujer tan hermosa? Eso te alegraría, pobre Tom... ¡Escúchame! No tienes más que entrar esta tarde, antes de la caída de la noche, en la casa de la mujer blanca. Una vez adentro, cerrarás las puertas detrás de ti; eres más fuerte que ella; la llevas al dormitorio, sobre la cama, y allí haces de ella tu mujer. Después te obedecerá y te pertenecerá toda la vida. Mi padre se verá obligado a casados para evitar un escándalo. ¡Tus bodas serán bellas, Tom! Y todo Makogaï estará presente... Tus compañeros vendrán desde tu pueblo con guirnaldas de áloes. Y la orquesta de sor Marie-Ange tocará esa linda música que tanto te gusta y que hace mucho ruido... Y el tenor de la hermosa voz hará oír cantos de amor...

—¡Oh, señorita Agathe, qué lindo es todo lo que me dice!

—Todo eso sucederá, Tom —prosiguió implacable la jovencita—. Lo único que hace falta es audacia; recuerda que los leprosos están aquí en su casa y que Makogaï les pertenece con todo lo que se encuentra en ella, sobre todo las mujeres leprosas como la francesa. Ya sé... ¿Tienes miedo del doctor Fred? ¡No te preocupes! No irá a verla esta noche... ¡Ni volverá jamás! Me encargo de tenerlo ocupado... Pero ¿irás tú, Tom?

—Sí, señorita Agathe...

—¿Y harás exactamente todo lo que te he dicho?

—Sí, señorita Agathe...

—Muy bien, Tom. Vete a tu casa y ponte el traje de los domingos... Hay que estar buenmozo el día de esponsales... Y mañana, cuando el sol se levante en la bahía de Dallice, ella estará dormida en tus brazos.

El leproso miraba a Agathe con grandes ojos de loco y partió corriendo a ponerse el traje dominguero.

Chantal había puesto manos a la obra siguiendo las indicaciones contenidas en el folleto que le llevó el padre Rivain. Se había instalado en el living y le extrañaba que Fred, tan puntual de ordinario, no hubiera llegado todavía para la lectura de costumbre. Creyó oír sus pasos en la galería y preguntó:

—¿Es usted, doctor?

La frase quedó ahogada en la garganta; la puerta del living acababa de cerrarse a espaldas del leproso, que avanzaba resuelto hacia ella. Sin darle tiempo para proferir un grito, Tom aplicó la horrible mano sin dedos sobre la boca de Chantal y la levantó del asiento con fuerza hercúlea. La arrastró hasta el dormitorio, donde trancó la puerta tras haberla depositado sobre la cama; ella quiso aprovechar este breve instante para incorporarse, pero Toro la acostó de nuevo, presionando con todo el peso de su cuerpo. Chantal estaba horrorizada: el rostro contorsionado, tumefacto, de labios colgantes, se aproximaba a su cara... Tom quería tener su primera noche de amor.

 

A esa misma hora, el médico americano se hallaba sentado en la casa del reverendo David Hall, cerca de la cama de Agathe, a quien la señora Hall terminaba de tomarle la temperatura. El pastor había ido a buscar al médico cuando éste se disponía a salir del laboratorio para dirigirse a la casa de Chantal.

—Fred —le había dicho el pastor—, ¡venga en seguida! Creo que Agathe está muy enferma. Debimos meterla en cama; la pobrecita parece haber perdido la razón a consecuencia de la fiebre y lo reclama sin cesar, en el delirio. ¡Venga! ¡No hay minuto que perder!

La llegada del doctor Fred al cuarto azul y rosa de Agathe tuvo la virtud de hacer cesar inmediatamente las divagaciones febriles de la joven pelirroja. Los ojos suplicantes miraban a Fred, como diciéndole: “¡Sólo usted puede salvarme! Yo también he contraído la fiebre de Makogaï.”

Durante la media hora que el doctor permaneció sentado cerca del lecho, Agathe no pronunció palabra; se concretó a abandonar su mano húmeda en la de Fred; este contacto debió hacerle mucho bien, puesto que los ojos afiebrados se cerraron. Después de aquel fuerte acceso de fiebre inexplicable, la joven pareció adormecerse. El americano miraba sin cesar el reloj; su rostro reflejaba un evidente desagrado por el enojoso contratiempo que lo abrumaba. Chantal debía estar esperándolo, pero era delicado abandonar tan pronto a la hija del pastor, aun cuando Fred estaba íntimamente convencido de que el mal era benigno.

El reverendo y la esposa se habían retirado discretamente, enternecidos por el espectáculo que ofrecía su hija, cuidada por su prometido. Los ojos de Agathe se reabrieron en el momento en que Fred se levantaba, tratando de hacer el menor ruido posible, y expresaban un reproche tal que el médico debió volver a sentarse. Ella le preguntó con voz sin matices:

—¿Iba a dejarme ya, Fred? ¿Tanta prisa tiene?

—Bueno..., es que... tengo que terminar una experiencia importante en el laboratorio.

—Ya la reiniciará mañana. Es muy tarde ahora. ¡Acompáñeme un rato más! Está trabajando demasiado, Fred, y no le dedica suficiente tiempo a su novia. Porque somos novios, aunque tengo la impresión de que lo olvida desde hace algún tiempo...

—¿Qué quiere decir?

—Simplemente —respondió con calma Agathe—, que en lo futuro será necesario que elija entre la francesa y yo.

Se había incorporado en el lecho, la fiebre volvía, los ojos brillaban con destellos malignos.

—Desde luego no podrá elegir sino a mí; porque seguramente, ¡no querrá usted a una leprosa que en este mismo momento se convierte en la mujer de un leproso!

—¿Qué dice? —le gritó Fred, levantándose de un salto.

Comprendió de golpe que algo monstruoso había ocurrido en la casa de Chamal mientras Agathe lo atraía a su lado.

—¡Si le ha ocurrido algo a esa mujer, la mataré a usted! —gritó al salir.

Atravesó rápidamente el salón, donde el pastor y su esposa lo miraron pasar con estupor.

Corrió por el camino, en plena noche, como un loco. Subió de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera de la casa blanca, forzó las dos puertas del living y del dormitorio para encontrarse frente a Tom que se aprestaba a consumar el atentado, después de haber atado a Chantal sobre la cama. La lucha fue terrible. Fred era vigoroso, pero la fuerza del enfermo le pareció prodigiosa. Los dos hombres rodaron por tierra; en un momento, Tom consiguió extraer un largo cuchillo que quiso hundir en el corazón del que venía a robarle “su mujer” en el preciso instante en que iba, por fin, a hacerla suya. La visión de la hoja dio al doctor un ímpetu supremo que le permitió tomar al leproso por la garganta. Apretó con todas sus fuerzas, sin soltar el cuello descamado, hasta que un último estertor le probó que el leproso había dejado de vivir.

El americano se levantó, la cara ensangrentada, y dijo a Chantal después de haberle cortado las ligaduras con el cuchillo del leproso:

—Venga conmigo a la Misión. Es inútil que permanezca en esta casa donde la muerte ha entrado demasiado pronto.

 

La noche pasada por Chantal en la Misión fue horrible. Aunque Marie-Ange no la dejó un instante, la joven veía sin cesar el combate de Fred con el leproso, al que había asistido impotente y atada sobre la cama.

—Ya es completamente de día, podrá volver a su casa —le dijo Marie-Ange—. La acompaño, tengo que ponerle una inyección. Después, según la buena costumbre, deberá permanecer tranquila.

—Jamás podré entrar en esa casa después del drama de anoche!

—Sin embargo, es necesario... ¿Dónde quiere que la alojemos? Y nada tiene usted que ver con este drama, nadie es culpable: sólo la fatalidad es responsable de él.

—Yo soy la causa indirecta... Me parece que no me acostaré nunca en mi cama sin tener la impresión de ver a aquel leproso arrojarse sobre mí.

—Aparte esas ideas y venga. Hace ya tiempo que el cuerpo de Tom ha sido retirado; lo entierran esta mañana, previo un servicio celebrado en el templo por el reverendo David Hall. ¡Pobre Tom! Cada vez que me veía pasar a caballo me dirigía una amplia sonrisa.

—Debía de estar enamorado de su belleza —murmuro Chantal.

Durante el trayecto la joven formuló a Marie-Ange una sola pregunta:

—¿Qué le va a pasar al doctor Fred?

—No lo sé. Evidentemente, su situación en la isla puede tornarse delicada; ha matado a un enfermo... Habrá sin duda una investigación.

—El doctor actuó en legítima defensa. Yo atestiguaré en su favor: he visto al leproso extraer el cuchillo.

—Evidentemente —opinó Marie-Ange—. Pero tal vez los otros leprosos no lo interpretarán así... ¡La enfermedad vuelve tan extraño el carácter!

Cuando Chantal llegó delante de la casa comprobó la presencia de uno de los gendarmes de Makogaï, quien se retiró después de haber dicho a Marie-Ange algunas palabras que ésta tradujo a la joven:

—Ha cuidado su casa por orden del doctor Watson, para evitar que merodeadores, o simplemente curiosos, entraran durante su ausencia. Acaba de decirme que la noticia de la muerte violenta de Tom se ha extendido como un reguero de pólvora en la isla, causando gran impresión... Entremos para la inyección.

Chantal fue presa de un malestar indefinido cuando quedó recostada en el dormitorio, después de la partida de Marie-Ange. Evocaba la tragedia en los menores detalles. Esta visión, agregada a las reacciones violentas del chaumoogra, terminó por causarle la más violenta fiebre que conociera hasta ese día. Tiritando en la cama, le era imposible realizar el menor movimiento: la lucha sorda del medicamento salvador contra la enfermedad la encadenaba tan fuertemente como la cuerda utilizada por Tom. Ni siquiera oyó el ruido hecho por un visitante que subió rápidamente la escalera de la galería, ni los repetidos golpes dados a la puerta del dormitorio. Finalmente, el visitante entreabrió la puerta con cierta timidez, y Chantal tuvo la sorpresa de ver, delante de la cama, a Tulio Morro, el tenor italiano. Este parecía bastante confuso al encontrar a la joven acostada y empezó a hablar con rapidez, ceceando: la lengua francesa adquiría, por el canal de su voz, sonoridades desconocidas.

—Signora, perdóneme por haber venido hasta aquí, pero era necesario... Ya ve usted, estoy sofocado... He corrido de tal modo y tengo piernas tan cortas... Mi alojamiento no está lejos del suyo y he querido prevenirla: hay que levantarse subito y venir conmigo presto a una gruta que sólo yo conozco... Allí, esperaremos a que la tormenta haya pasado... ¡Pronto, bella signora, levántese!, voy a ayudarla a vestirse.

—No comprendo muy bien el objeto de su visita, señor... Y no puedo levantarme; sor Marie-Ange me ha puesto esta mañana una inyección. Debo permanecer acostada hasta tarde, sin moverme.

—¡Eso no importa, signora! Es mucho más importante dejar la casa... ¡Dentro de algunos instantes estarán aquí!

—¿Quiénes?

—Pero, ¡los leprosós! Todos los leprosos de la isla, salvo yo, que soy blanco, y Will, que permanece prisionero en lo alto de la colina.

—¿Qué es lo que pretenden?

—No lo sé... Creo que la consideran responsable de la muerte del caminero. Tom era muy popular entre ellos por su simpleza de espíritu.

—¡Están locos! ¡Están locos! Ayúdeme a levantarme; es mejor ir a la Misión.

—¡Imposible, signora!... Otro grupo de leprosos ha rodeado la Misión, más exactamente, el edificio central del hospital donde el doctor Watson ha debido refugiarse con sus ayudantes, el padre Rivain, el reverendo David Hall y su familia, todas las hermanas, las mujeres enfermas y los dos gendarmes que lo protegen.

—¿Está seguro de lo que me dice?

—¡Absolutamente!, los leprosos quieren linchar al médico americano, que debió esconderse en el hospital, donde el doctor Watson lo ha tomado bajo su protección. Todos los blancos se han agrupado para resistir, a la espera de socorros.

—¿Por qué no está usted con ellos?

—Signora, soy hombre galante y he prometido al doctor Watson y a la hermana Marie-Ange ocuparme de usted... Los leprosos me dejaron pasar porque soy enfermo como ellos y los he encantado frecuentemente con mi voz. Les dije que iba a mi casa; en realidad, he corrido hasta aquí porque conozco sus malas intenciones con respecto a usted... No puedo conducirla al hospital: los que rodean el edificio la reconocerían.

Tampoco puedo llevarla a mi casa, donde la encontrarían pronto... Por eso le propongo la gruta, donde permaneceremos hasta que la tormenta haya pasado... En la bolsa que llevo a la espalda tengo provisiones que me ha dado la madre Marie-Joseph.

—¿Qué va a hacer el doctor Watson?

—Felizmente tiene en su poder el aparato emisor de radio, que utiliza en casos de urgencia. Cuando salí, pedía socorros a Levuka y a Suya. El gobernador le enviará, seguramente, tropas en un barco de guerra, habrá combate en la isla. Va a ser espantoso: Makogaï, que era tan apacible, se convertirá en un campo de batalla.

—¡No es posible!

—¿Se le ocurre a usted algún modo de liberar al doctor Fred? Los leprosos quieren matarlo... y tal vez a usted también...

—¡Los enfermos carecen de armas, mientras los gendarmes tienen fusiles!

—¡Desengáñese, signora! El doctor Watson ha hecho, en mi presencia, el recuento de las armas y municiones a disposición de los blancos; además de los dos fusiles de guerra de los gendarmes, con doscientas balas cada uno, tienen cuatro revólveres con cien balas y las tres carabinas de caza del doctor Watson, del reverendo David Hall y del doctor Fred..., mientras que los leprosos poseen por lo menos unos cincuenta fusiles de caza, repartidos en los cuatro poblados: fijiano, neozelandés, hindú y gilbertino, con un millar de cartuchos.

—¿Por qué aberración se les ha dejado esas armas?

—Para permitirles satisfacer dos o tres veces por año uno de sus más grandes placeres: la caza de gaviotas. La reglamentación vigente en Makogaï prevé que esas armas deben quedar en poder del jefe de cada poblado; ya puede usted imaginar, signora, que los jefes leprosos no han esperado mucho para distribuir armas y municiones. Silos socorros enviados por el gobierno de las Fiji no llegan subito, algo horrible va a pasar aquí.

—¿Piensa usted, verdaderamente, que los enfermos van a insubordinarse contra la autoridad de los médicos, de las hermanas y de los capellanes?

—Me temo que sí, signora... Puedo esperarlo todo después de haberlos oído hablar entre ellos cuando franqueaba el cerco para venir aquí.

—Entonces, ¿usted entiende ese idioma de salvajes?

—No todo, pero empiezo a hacerme entender en fijiano.

—Tulio, ¿qué dicen los leprosos?

—Que matarán al doctor Fred si lo prenden, como él mató a uno de ellos:

—¿Y si no consiguen apoderarse de Fred?

—Algunos hablaban de incendiar el hospital para obligar a los blancos a salir...

—¡Estamos en una isla de locos, mi pobre Tulio! ¡Partamos hacia su escondite!

No pudo terminar la frase. Antes de que le fuera posible darse cuenta cabal, siquiera, de la verdadera situación, se encontró sobre el camino, con las manos atadas a la espalda, rodeada por una horda gesticulante de leprosos que la conducían en dirección al poblado indígena. En balde gritaba: “¡Tulio! ¡Tulio!” Las vociferaciones y los

gritos de muerte de los guardianes dominaban el sonido de su voz.

—Arahi! Arahi! —aullaban las bocas desdentadas de labios colgantes. Chantal ignoraba el significado de ese grito. En cierto momento, durante el trayecto, oyó la voz del tenor que consiguió dominar el tumulto, para gritarle:

—Estoy a su lado, signora. Mientras esté vivo no le tocarán uno solo de sus hermosos cabellos rubios.

Tulio la seguía hacia el destino desconocido; no había querido abandonarla. Chantal recordaba ahora la lucha breve y desigual que había opuesto durante algunos instantes el grueso hombrecillo a toda la jauría en andrajos. Vio a Tulio rodar por tierra cuando quiso protegerla con su cuerpo; al ponerse de pie, con la cara ensangrentada, tenía el cráneo completamente calvo. El tenor había perdido la ridícula peluca negra en el tumulto. Chantal se dio vuelta para ver si el pobre Tulio había recobrado el accesorio más precioso de su sorprendente silueta; la cabeza del tenor seguía desnuda. El hombrecillo hacía grandes ademanes hablando en fijiano con la escolta; los leprosos indígenas parecían prestar poca atención a sus protestas vehementes.

El odio, que ella había presentido a bordo del carguero, estallaba finalmente con toda la violencia de un mal instinto demasiado tiempo contenido. Sentía que esos monstruos no la habían arrancado de su tranquila vivienda, ni se encarnizaban reclamando a voz en cuello la vida del joven americano, únicamente por vengar a un ser tan insignificante como el caminero. Los leprosos querían hacer expiar a los blancos el delito que sus miradas febriles o atroces recriminaban ya, sobre el muelle de Levuka, a la multitud de gente sana. ¿Por qué estamos condenados a vivir en esta isla perdida, lejos de nuestras familias y de nuestros países como si fuéramos parias? Porque los blancos así lo decidieron sin consultar nuestra opinión.

La muerte de Tom era un excelente pretexto; la revuelta no sería más que una consecuencia lógica de muchos años de largos sufrimientos. Allí donde los leprosos se asemejaban a sus hermanos sanos —y donde Chantal comprendía que los hombres serian eternamente iguales— era donde atacaban precisamente a quienes, como el doctor Fred, se sacrificaban para cuidarlos. No era posible, se decía Chamal, que los enfermos se atrevieran a atacar a una Marie-Ange, que encarnaba, para quienquiera fuese, la imagen misma de la dulzura. No era de creer que estos locos incendiaran el hospital, donde estaban todos los remedios y los instrumentos necesarios para aliviar sus males, arriesgándose a aniquilar, en algunos instantes de locura colectiva, pacientes esfuerzos y el sacrificio de vidas enteras.

Los guardianes le hicieron atravesar el pueblo mientras de cada casa, de cada galería, partían hacia ellos gritos de muerte:

—Arahí! Arahí!

Los brazos sin manos se tendían amenazadores en dirección a la prisionera, que fue encerrada en una casucha baja, de una sola habitación, donde el calor era sofocante. El piso era de tierra y no había asiento alguno; únicamente, una estera olvidada en un rincón. Más que sentarse, Chantal se dejó caer allí. La fiebre de la inyección era elevada, y ya no sentía fuerzas ni para hacer preguntas a su compañero de infortunio.

El tenor italiano había cumplido su promesa, consiguiendo hacerse encerrar con ella. Para alcanzar este resultado no vaciló en hacer frente otra vez a la escolta de Chantal, cuando comprendió que iban a encarcelar a la joven. Los leprosos, cansados finalmente de este hombrecito ventrudo y charlatán, corto de piernas, resolvieron encarcelarlo también. Por lo menos, al estar preso, pensaban que se quedaría quieto...Tulio Morro tomó asiento sobre la estera, al lado de Chantal.

—Felizmente he traído mi bolsa de provisiones —dijo el tenor—. La cosa puede durar mucho tiempo, y estos bandidos serían muy capaces de dejarnos morir de hambre. ¡Silencio, signora!

Tulio aplicó la oreja contra el tabique de paja y tradujo para ella las frases que oía en fijiano:

—Dicen que la van a utilizar a usted como rehén y que sólo la dejarán en libertad si el doctor Watson les entrega al doctor Fred.

El tenor escuchaba aún, pero ya no traducía nada.

—¿Por qué permanece en silencio? —preguntó Chantal.

—Lo que dicen en esté momento no ofrece ningún interés, bella signora.

—¡No es cierto, Tulio!... Usted me oculta alguna cosa. ¡En la situación en que me encuentro tengo el derecho de saberlo todo! Le suplico, Tulio: tradúzcame las últimas frases que pronunciaron.

—Puesto que usted insiste, signora, se lo diré..., y además, yo sé que es una mujer de coraje... Han agregado que si el doctor Watson no les daba satisfacción de aquí a dos horas incendiarían el hospital para obligar a los blancos a salir y la someterán a juicio...

—¿A mí? ¿Qué mal he hecho?

—El de seguir siendo hermosa...

—¿Quién me va a juzgar?

—El tribunal de ellos..., un tribunal de leprosos que están formando... ¡Escuche, signora!... ¿Oye la campana de madera que llama a todos los habitantes para reunirse en la plaza?

—¡Esto es una locura, Tulio!

—Signora, tengo subito una gran idea que me atraviesa el cerebro: si dentro de dos horas los leprosos quieren juzgarla, me las arreglaré para entretenerlos algún tiempo cantando. Les gusta mi voz... Cantaré hasta que los socorros lleguen... Les diré que quiero cantar para ellos todo lo que me pidan, a condición de que, para juzgarla a usted, esperen a que yo termine, y yo no terminaré nunca...

Ella quedó emocionada al pensar que aquel hombrecillo obeso agotaría los pulmones volcando sobre una muchedumbre hostil los tesoros de su voz para evitarle lo peor.

—No, Tulio. No tiene usted el derecho de estropear la voz. Debe conservarla intacta para continuar esparciendo en esta isla de miseria un poco de. Esa armonía que tanto falta en ella... ¿Cuánto tiempo cantó en la Opera de Sydney?

—Quince años. Fui contratado, a precio de oro, cuando aún pertenecía a la Scala de Milán. Me dejé tentar y contraje la lepra; el cielo me ha castigado por haber dejado mi país donde todo el mundo nace con el sol en la voz. Cuando se ama la música, y sobre todo el bel canto, no se puede vivir sino en Italia. Quería amasar rápidamente una fortuna en la Opera de Sydney y volver a mi país, donde me hubiera hecho construir un palacio en los alrededores de Nápoles, y por la noche, al claro de luna o bajo las estrellas, me habría paseado con mi anciana madre arrullándole romanzas napolitanas.

—¿Vive aún su madre?

—Si, signora. La pobre me espera en un pueblito de Toscana... No sabe que estoy aquí; me cree siempre en Sydney... Cuando le escribo, envío mis cartas primero al administrador del teatro Opera, en Sydney, que es también italiano, para que las ponga en un sobre que lleve el sello de aquella ciudad. Y mi anciana madre me escribe siempre a la Opera, como si yo continuara siendo el más grande tenor de toda Australia.

Con un gesto que debía serle familiar se pasó la mano por la cabeza para alisarse la peluca.

—¡Es verdad! Olvidé que la había perdido en el alboroto... Espero volver a encontrarla en su casa; sin eso ya no me animarla a cantar en la iglesia... Sí, mi peluca es una vieja amiga de la que me cuesta privarme... ¿Me encuentra usted muy feo sin pelo? La única cosa que habrá de molestarme, si debo cantar en seguida ante los leprosos, será no tener la peluca...

 

Mientras hablaba, en su prisión voluntaria, sobre los certeros méritos de una cabellera postiza, otros prisioneros involuntarios esperaban ansiosamente en el pabellón central del hospital.

El doctor Watson acababa de recibir un mensaje radiofónico del gobernador, informándole que el Saint-John zarpaba inmediatamente de Levuka, con un batallón de policía indígena mandado por oficiales ingleses. El Saint-John no podría atracar, ciertamente, en el desembarcadero de Dallice antes de la caída de la noche; la situación era grave. Los parlamentarios enviados por los leprosos que rodeaban el hospital exigían que entregaran al médico americano dentro de dos horas, para sufrir el castigo que merecía, según la opinión unánime de la mayoría de los enfermos. No era cosa de entregar a Fred a esta horda desencadenada y ciega. Veinte veces el joven americano había querido sacrificarse para evitar la catástrofe y salvar a Chantal. La pequeña colonia blanca se había opuesto afirmando que su sacrificio no serviría para nada y que era más atinado esperar, la llegada de los socorros.

Uno a uno, el padre Rivain, el reverendo David Hall, la madre Marie-Joseph, el doctor Watson y el médico fijiano habían salido del pabellón para parlamentar con los leprosos e intentar calmarlos. Todas las tentativas fueron vanas; cada una de ellas había concluido con los gritos de muerte:

—Arahi! Arahi!

Los leprosos querían matar al médico americano; sólo su sangre vengaría la muerte injusta de Tom, el pobre de espíritu.

Los dos gendarmes, fieles al doctor Watson, se relevaban en el techo del pabellón para hacer guardia y prevenir toda tentativa de asalto. Ocultos tras las persianas de la gran sala de la planta baja, los médicos americano y fijiano hacían guardia, puestos los dedos sobre el disparador de las carabinas: había que esperarlo todo. Sobre la mesa central, que servía habitualmente para preparar el vendaje de los enfermos hospitalizados, estaban depositadas las armas del doctor Watson, del padre Rivain y del reverendo David Hall.

El médico director caminaba a lo largo del pabellón sin decir nada, mirando periódicamente la hora en su reloj de pulsera. El capellán católico se había aproximado al médico fijiano y observaba, a través de las persianas de paja, a los leprosos que rodeaban el hospital, los ojos afiebrados fijos en el edificio dentro del cual se escondía el hombre blanco que había osado matar a uno de los de ellos.

Siempre frente a la ventana, Fred parecía ensimismado. Observaba él también; pero la mirada sobrepasaba el círculo de leprosos: veía el rostro admirable de Chantal rodeado de monstruos que le hacían sufrir quizá el peor de los tratamientos. Felizmente, Tulio Morro debía estar a su lado; se podía confiar en el prestigio de que gozaba este hombre, por el milagro de su voz, entre los otros enfermos. El médico americano sabía que su propia muerte sería horrible si los leprosos conseguían apoderarse de él, pero lo prefería todo antes que saber a Chantal en peligro. Esperaría hasta el último minuto de las dos horas de tregua para actuar: tentaría una salida para liberar a la joven. Si era necesario abatiría a todos esos enfurecidos.

Fred no había dirigido la palabra a Agathe, que permanecía silenciosa sentada cerca de la señora Hall. Esta se hallaba nerviosa.

—¡David! ¿Qué nos va a suceder? Todo esto no hubiera pasado jamás si usted me hubiera escuchado cuando quise disuadirlo, cuando nos casamos, de dejar Liverpool por estas islas pobladas de salvajes...

El reverendo, impasible, estaba abstraído. ¡Se preguntaba qué motivo poderoso había podido determinar el gesto homicida de aquel a quien consideraba todavía como su futuro yerno! La brusca partida de Fred en la noche, cuando estaba tranquilamente sentado al lado de la cama de Agathe, no era normal. Algo decisivo había sucedido entre Agathe y Fred, alguna cosa que determinó la carrera loca del joven médico hasta la casa de Chantal, donde el drama se produjo inmediatamente. Varias veces el ministro protestante había intentado interrogar individualmente a Agathe y a Fred; la primera callaba, el segundo cambiaba intencionalmente de conversación. A pesar de este mutismo, el reverendo sabía que todo el secreto de la muerte de Tom lo hallaría en las confidencias que arrancase a uno u otro de los jóvenes.

El padre Rivain, siempre en su puesto de observación, no era más locuaz que el reverendo David Hall, pero tenía, sin sospecharlo, una opinión diametralmente opuesta a la del ministro protestante sobre el desenlace de lo que él consideraba sólo como un simple conflicto proveniente de una exaltación momentánea de los enfermos. El capellán católico era de naturaleza optimista. Según él, todo se arreglaría de la mejor manera. Los leprosos volverían juiciosamente a sus poblados respectivos después de asistir a una ceremonia de acción de gracias, que organizaría en la iglesia para agradecer al Cielo el haber evitado el flagelo suplementario de una guerra civil. El buen hombre no podía concebir que los efectos de la caridad cristiana derramados desde tantos años en Makogaï no se hiciesen sentir; entre los enfermos que rodeaban el hospital y lanzaban gritos de muerte, muchos habían sido bautizados. Que fuesen católicos o protestantes, la religión que habían abrazado con entusiasmo no podía tener sino una influencia feliz. Finalmente, los refuerzos de policía enviados, por el gobernador llegarían a tiempo y extenderían sobre la isla el saludable temor al gendarme. Evidentemente, la muerte del peón caminero era lamentable, pero después de todo no era nada más que un accidente debido a la excesiva violencia del joven médico americano. El único punto que atormentaba al padre Rivain era el de conocer la suerte reservada en ese momento a su compatriota. A despecho de sus exhortaciones, los leprosos, aun sus fieles, no habían querido dejarlo pasar.

—¡Padre —le habían contestado—, tiene que hacerse justicia!

—¡No hay más que una justicia verdadera, la de Dios!

—El mismo Dios debe darnos la razón en este momento. Tom era un pobre de espíritu, y usted nos ha dicho siempre que Dios lo amaba y protegía.

El capellán prefirió, por último, regresar al hospital para no agravar la situación. Dios estaba ahí para restablecer las cosas en su orden cuando fuera necesario. No era posible que abandonara a Makogaï.

Un parecido estado de ánimo abrigaba la madre Marie-Joseph, que había reunido en el dormitorio del primer piso a la comunidad religiosa y a las mujeres hospitalizadas. También estaba allí sor Marie-Sabine, con su tropa de boy-scouts. La madre Marie-Joseph se había ofrecido como mediadora para dirimir el conflicto, proponiendo a los leprosos ir a administrar justicia bajo el árbol. Los enfermos le habían contestado:

—Aquí no se trata ya de juzgar nuestras desavenencias, sino el crimen de un blanco contra uno de los nuestros.

La madre Marie-Joseph debió, ella también, batirse en retirada.

Marie-Ange fue la única que no intentó parlamentar con los asaltantes. Estimaba que no era misión apropiada para ella y que dada su todavía breve estada en la isla carecía de autoridad. La hermanita, prefería hacer arrodillar a las niñas del taller para rezar el rosario. La Virgen María habría de mostrarse, una vez más, auxiliadora de los pobres pecadores. La voz de las leprosas repetía desde hacia más de una hora: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...

 

En el hospital, el calor resultaba sofocante: era la hora en que, normalmente, Makogaï hacía la siesta. Ni los leprosos afuera, ni la colonia blanca en el interior, tenían el menor deseo de dormir. La fiebre había hecho presa de todo el mundo, una fiebre hecha de odio en unos, de inquietud en otros. Esta paradójica situación de un puñado de médicos, capellanes, hermanas de caridad y gendarmes sitiados por centenares de leprosos, que todo se lo debían, se eternizaba. Y ningún barco salvador aparecía en el horizonte de la bahía de Dallice.

El doctor Watson, que era el único en conocer, por boca del mismo Fred, las verdaderas razones que determinaron la muerte de Tom y que estimaba que su ayudante había procedido perfectamente suprimiendo al monstruo, seguía caminando a lo largo y a lo ancho del salón. Sabía que la verdadera culpable no era la francesa, sino esta pequeña víbora de Agathe, que mantenía los ojos obstinadamente bajos adoptando actitudes de niña juiciosa al lado de su llorosa madre. El médico director estimaba que no había llegado el momento de revelarle al reverendo David Hall la monstruosa maquinación de la hija; reservábase, para cuando la tempestad hubiera pasado, el hacer plena luz sobre este lamentable asunto. Entre tanto declaró con tranquilidad y en voz alta, después de mirar su reloj una vez más:

—Han transcurrido las dos horas.

Un primer disparo retumbó, proveniente del campo de los leprosos. Y el padre Rivain, que no creía que eso fuera posible, advirtió la horda que avanzaba lentamente hacia el pabellón, arrastrándose y ocultándose tras los macizos de sándalo. De golpe se produjo el asalto en masa a los gritos de arahí! arahí! Uno de los gendarmes hizo fuego desde el techo, y el jefe del poblado fijiano, que encabezaba la fuerza, rodó entre el polvo. Los disparos se sucedían ahora más nutridos.

El doctor Watson y el reverendo David Hall empuñaron cada uno su carabina y fueron a apostarse con la mayor calma en el hueco de dos ventanas sin vidrios, protegidas solamente por cortinas de bambú. Únicamente el padre Rivain titubeaba; subió al primer piso y encontró a las hermanas arrodilladas con las mujeres enfermas, cuyas voces repetían incansablemente mientras las balas rebotaban: “¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores...!" Después de bendecirías, el capellán bajó en momentos que la voz aguda de Agathe gritaba: “¡Fred!"

Era ya tarde: el médico americano había saltado por la ventana y se lanzaba a la carrera en dirección al círculo de leprosos, que retrocedió.

—¡Está loco! —gritó el doctor Watson.

Apenas había recorrido Fred diez metros en su carrera cuando rodaba entre el polvo rojo de Makogaï. El médico fijiano se precipitó a su vez hacia afuera y consiguió traerlo sobre los hombros hasta el interior del pabellón, mientras los gendarmes protegían esta retirada tirando desde el techo.

—Voy a ocuparme de él —le dijo el doctor Watson, tendiéndole el fusil al padre Rivain, quien lo tomó maquinalmente, apostándose en su lugar ante la ventana.

Extendido sobre la camilla de consultas, el médico americano entreabrió los ojos y le dijo a su jefe:

—No me tendrán vivo.

Se desvaneció; un delgado hilo de sangre le salía de la boca.

Agathe se había arrodillado delante de la camilla. La señora Hall tenía un ataque de nervios, el médico fijiano volvía a tomar su lugar cerca de la entrada, el reverendo David Hall y el padre Rivain disparaban con la mayor tranquilidad.

 

—El plazo acaba de expirar —había dicho Tulio Morro a Chantal.

No tuvieron mucho que esperar para ver abrirse la puerta de la cabaña. Dos leprosos se dirigieron hacia la joven; Tulio los detuvo y trabé con ellos una nueva discusión muy animada. La proposición hecha por el tenor pareció interesarles, porque un tercer enfermo, que había entrado último en esta prisión improvisada, volvió a salir en seguida para consultar a un grupo mas importante de enfermos estacionados frente a la entrada. Después de algunos minutos el mensajero volvió y habló a Tulio, quien se dirigió a Chantal:

—Están conformes en postergar el juicio hasta que yo haya terminado de cantar... ¡Tenga la certeza de que la noche llegará antes de que me detenga!

Chantal debió dejarse conducir. Los enfermos estaban sentados en tierra formando semicírculos, alrededor de un árbol contra el que ella se apoyó. Tulio comenzó a cantar: jamás su voz pareció a Chantal más bella y emocionante. Unas tras otras se sucedieron melodías napolitanas, raras melopeas del folclore fijiano y canciones americanas. Al cabo de una hora Tulio seguía cantando, presa de extraño frenesí; gruesas gotas de sudor le perlaban la frente; varias veces ya el buen hombre había debido enjugarse el cráneo.

La platea de leprosos lo escuchaba con beatitud, pero la mayor parte de las miradas apuntaban a Chantal, de la que se hartaban anticipadamente. La blanca pagaría por el médico americano, de quien era seguramente la amante. Tal el sentir que expresaban aquellos ojos a veces atónitos y otras torvos. Cada uno de esos hombres experimentaba, en su fuero interno, el mismo violento deseo de Tom. El caminero había hecho perfectamente bien en tratar de mancillar a esta mujer blanca que, después de todo, era leprosa; la única desgracia era qué el pobre de espíritu no hubiera tenido tiempo de satisfacer sus deseos antes de la llegada del médico. Tom sería vengado por la comunidad leprosa; sus manes se estremecerían de gozo. Esa tarde, Ramanaké reinaba como dueño absoluto sobre la isla; era ya tiempo que manifestara, por fin, su poderío y aquello de que era capaz.

El tenor fue interrumpido en medio de la plegaria de Tosca por la llegada de un grupo de enfermos que aullaba: arahi! arahi! Los habitantes del poblado se informaron de este modo que el ataque al hospital había comenzado. Como confirmando esta noticia, se oyeron dos disparos lejanos. Tulio se volvió hacia Chantal, con expresión desesperada; vio aparecer una sonrisa en los labios de la joven, estimulando su coraje. Los recién llegados querían a toda costa apoderarse de Chantal, pero el consejo de ancianos se opuso.

—¡Empiezan a disputar entre ellos, signora! —dijo el tenor—. Es excelente para usted. Cada grupo reivindica para sí el derecho de juzgarla... ¡Oh!, ¡tengo una idea genial! Si tiene éxito, está usted salvada...

Corrió hacia los leprosos en plena discusión y empezó a hablarles con soltura. Chantal tuvo la impresión de que las palabras del tenor producían efecto visible: la calma se restableció casi instantáneamente. Al final de la peroración de Tulio, un prolongado clamor de asentimiento, que partía simultáneamente de los grupos antagónicos, probó que la unanimidad se había logrado. Cuatro enfermos se destacaron y vinieron en busca de Chantal.

—¿Dónde me llevan? —preguntó asustada al tenor.

—Hacia la única persona que puede aún salvarla: a la casa de Will, que la juzgará allá arriba, sobre la colina. Will es justo; todos reconocen su sabiduría y aceptan su sentencia. Conseguí meterles esta idea en la cabeza cuando vi que no se ponían de acuerdo. Por otra parte, yo la acompaño... He jurado a sor Marie-Ange no abandonarla.

La ascensión hacia la colina comenzó, extraña. La horda de leprosos precedía, rodeaba y seguía a Chantal, que se sentía acosada, perseguida por una jauría aullante y desencadenada.

El camino dominaba el valle donde había sido edificado el hospital. Desde lejos, Chantal vio la batalla cuya intensidad crecía por momentos. Volvió la cabeza hacia la otra vertiente del camino y vio una espesa columna de humo que subía de uno de los poblados de la isla.

Tulio, que había interrogado a los leprosos a este respecto, le informó:

—Acaban de incendiar el pueblo chino porque los enfermos de esa nacionalidad se han rehusado obstinadamente a unirse a los revoltosos. Con este acto se proponen castigarlos por permanecer fieles al doctor Watson.

El pueblo incendiado estaba muy distante, y el humo era demasiado espeso para que Chantal pudiera distinguir detalles. La sublevación hacía llegar sus efectos destructores a toda la isla. Cada vez más, Chantal comprendía que la muerte del pobre de espíritu sólo era un pretexto que permitiría saciar todas las pasiones. Los hindúes detestaban a los chinos; habían entrado en la revuelta para incendiar las chozas de los discípulos de Buda, cuyo humor pacífico buscaba en el trabajo el olvido de un mal abominable. Los hindúes atravesaban corriendo el poblado chino llevando antorchas; cuando el fuego había sido dominado en algún lugar, las arrojaban ahí; las casitas sobre pilotes no tardaban en desplomarse.

Los fijianos podían dedicarse por entero al ataque del hospital y al enjuiciamiento de Chantal; sus aliados, los hindúes, les prestaban un servicio inestimable inmovilizando a los chinos entre las ruinas del poblado. Mientras tanto, los neozelandeses no permanecían inactivos y se habían concentrado en masa sobre la playa, para oponerse a toda tentativa de desembarco. ¡Había que impedir que llegaran los socorros! En un recodo del camino rocalloso, Chantal y su escolta dominaron por fin la bahía de Dallice. Chantal dirigió hacia allí su mirada con la esperanza de avistar el barco salvador. El mar permanecía desierto; el desembarcadero de madera estaba en llamas. Los neozelandeses habían hallado de este modo el medio más eficaz de impedir el atraque del Saint-John.

—Si el viento del oeste comienza a soplar —dijo Tulio ante el espectáculo—, las llamas alcanzarán la plantación de hydnocarpus y darán cuenta de la cosecha de chaulmoogra. Habrán quemado ellos mismos la única planta que puede sanarlos.

Chantal no sabía ya hacia dónde mirar; prefirió seguir avanzando, cerrados los ojos, tironeada y empujada por la escolta de cojos y tuertos. Resonaba en sus oídos un raro tam-tam lacerante, que se oía en toda la isla; los leprosos utilizaban tamboriles y campanas de madera para incitar a sus hermanos a la revuelta. Sin verlos, la joven creía saber que detrás de cada árbol del pan, bajo los guayabos, en el camino más solitario, se arrastraban estos enfurecidos sedientos de matanza. El odio invadía poco a poco toda la isla, impregnando la atmósfera. El tam-tam continuaba acompañando los gritos de muerte, mientras la interminable ascensión proseguía... De pronto, el silencio se hizo en la escolta: Chantal reabrió los ojos. Se encontró ante el foso que rodeaba la casa del más grande de los enfermos.

Ahí estaba Wiil, el cuerpo envuelto en vendajes, la capucha sobre la cabeza, sentado sobre la estera delante de la puerta. Permanecía inmóvil, a la espera de que toda agitación cesara. A lo lejos, las columnas de humo del poblado chino y del desembarcadero continuaban ascendiendo en el cielo azul; los estampidos de la fusilería llegaban espaciados; el sol comenzaba a declinar sobre el horizonte, el mar seguía desierto, el Saint-John no arribaría jamás. Sólo la justicia de Will podía salvar la isla. Chantal abrigaba este sentimiento con tal fuerza que se dejó caer de rodillas, gritando:

—¡Will! ¡Socorro! ¡Quieren matarme! ¡Todos han enloquecido!

 

El padre Rivain tiroteaba desde hacía más de una hora sobre los asaltantes. Este santo sacerdote no se hubiera perdonado el derribar —o tan sólo herir levemente— a uno de “sus queridos enfermos”.

—¿Ha matado usted a muchos? —preguntó el colega protestante.

—¡Ni uno solo! —respondió con calma el pastor, apoyando de nuevo el fusil en el hombro.

—¿Sobre qué tira usted, entonces?

—Cuando veo que se acercan demasiado los asusto tirando al aire o a tierra... De momento, me parece suficiente.

—Sin embargo, ¡no son pocos los tendidos de veras!

Era verdad. El médico fijiano y los gendarmes eran excelentes tiradores y para ellos no se trataba de un simulacro. Conocían demasiado bien a sus compatriotas para saber que sólo un temor saludable los calmaría, o, por lo menos, los mantendría suficientemente alejados del pabellón.

Acostado sobre la camilla de consultas, el médico americano no daba ya señales de vida: la bala que recibiera en medio del pecho se había alojado en las proximidades del corazón. Ayudado por Agathe y sor Marie-Sabine, que había bajado del dormitorio del primer piso, el doctor Watson se esforzó sin éxito por extraer el proyectil. Tras varias tentativas infructuosas juzgó inútil la operación y le informó a Agathe!

—Está perdido. Le quedan pocas horas de vida... Lo mejor es rogar por él. ¡Pobre muchacho! Va a ser una pérdida sensible para la Misión.

Agathe estalló en sollozos y fue a refugiarse al lado de su madre. Esta se hallaba en tal estado de nerviosidad que le era imposible comprender la pena de su hija; Agathe corrió hacia su padre, al que abrazó, gritando:

—Padre, si Fred muere es por mi culpa. Fui yo quien incitó a Tom para que fuera a casa de la francesa... ¡Soy también responsable de la muerte de Tom, de todos los muertos que nos rodean, de todo lo que sucede! ¡Padre, hay que matarme también a mí para ser justos!

El reverendo no se había movido y continuaba disparando metódicamente al aire, sin dejar de apuntar, como si tirara al blanco en la feria de diversiones. Así que la hija hubo terminado su confesión, retiró el fusil del antepecho de la ventana para cargarlo con dos nuevos cartuchos. Cuando levantaba pausadamente el arma, la señora Hall se precipitó gritando.

—¡No, David! Se lo suplico. ¡No hará usted eso, espero! ¡El Señor no se lo perdonaría nunca!

—Yo sé lo que debo hacer —respondió el ministro protestante—. El Señor me ha guiado siempre en los momentos difíciles: no blasfeme usted mezclando Su Santo Nombre a toda esta infamia... Yo sospechaba, Agathe, que era usted la mayor culpable. ¿Qué le he hecho al Altísimo para merecer una hija semejante?

El reverendo no agregó una palabra más y tomó nuevamente la posición de espera en la ventana, desinteresándose de Agathe.

—Me parece que la fusilería es menos nutrida —señaló el doctor Watson—. ¡Tal vez terminen por comprender que todos sus esfuerzos son inútiles!

Apenas terminaba de hacer esta observación cuando uno de los gendarmes bajaba la escalera, gritando:

—¡Fuego alrededor del hospital!

El médico director levantó una persiana: un humo negruzco se elevaba de los macizos de ñame a una distancia de doscientos metros. Los leprosos habían empleado allí también su terrible arma: aquella contra la cual nada pueden las balas.

En una ventana del dormitorio del primer piso la madre Marie-Joseph había visto igualmente el círculo de fuego. Con gran calma se volvió hacia la comunidad y las mujeres enfermas:

—Roguemos para que el viento del oeste no se levante y empuje las llamas en nuestra dirección.

 

El gran Will había escuchado las acusaciones formuladas por los leprosos contra la mujer blanca.

—Will, esta mujer ha causado la muerte de nuestro pobre Tom.

—Will, ella era la amante del doctor Fred...

—Will, fue ella la que incitó al americano a matar...

Los brazos sin manos designaban a Chantal reiteradamente, como a esas pecadoras públicas que son expulsadas.

Cuando consideró que toda la amargura, acumulada en esas almas atormentadas por una perpetua tortura física, había sido derramada ante él, tomó la palabra el rey de los leprosos. Su voz subió serena en la tarde y parecía ser la única fuerza capaz de dominar a los hombres y su locura. Hablaba pausadamente; Tulio, al lado de Chantal, que permanecía desplomada sobre la tierra, le traducía las palabras de sabiduría y apaciguamiento:

—Hermanos mios —comenzó Will—, comprendo la pena de ustedes ante la muerte de Tom. Este dolor no debe transformarse en deseo de venganza contra una mujer que nada les ha hecho y sufre del mismo mal que ustedes. Conozco a esta mujer por haberla recibido aquí, como he acogido a cada uno de ustedes cuando necesitaron mis consejos. No practicamos todos la misma religión, pero alentamos un solo deseo: ver reinar la paz en esta isla que nos ha sido designada como lugar de curación o de sepultura. Por cierto que nuestra suerte no es envidiable: ¿creen que lo será mucho más cuando el sol se levante mañana sobre ruinas humeantes acumuladas por exclusiva culpa nuestra ante los cadáveres de nuestros hermanos? La única que tiene aquí el derecho de matar es la lepra. Muchos conseguirán vencerla a fuerza de paciencia y tenacidad. Desde hace años han sido ayudados en esta empresa sobrehumana por hombres y mujeres llegados de Europa y América, a quienes algunos de ustedes intentan matar en este momento.

“Desde el preciso instante en que oí, aquí en mi colina, el crepitar de las balas, comprendí que se abatía sobre Makogaï la más grande de las calamidades. Hace ya mucho tiempo que no veo, pero oigo desde aquí. Hasta los menores ruidos de la isla; percibo ese rumor sordo de odio que todo lo invade. Esos gritos de guerra, esos clamores, ese tam-tam no resonaban ya aquí desde que la caridad había impuesto su ley infinitamente dulce. ¿Sienten, hermanos míos, ese olor siniestro? ¡Parecería que Makogaï arde en toda su extensión!

Siempre postrada, Chantal escuchaba esta voz que le producía el efecto de ser una voz interior.

—No olviden, hermanos míos —continuó Will—, que un Dios todopoderoso ha dicho: “Todos los que se sirviesen de la espada, por la espada perecerán”. El castigo vendrá, y temo que caiga sobre nuestra cabeza, implacable. Ese día ustedes vendrán a buscarme nuevamente, pero ya nada podré....

Hacía algunos momentos que un zumbido más fuerte dominaba el crepitar de la fusilería y los redobles del tam-tam; todas las cabezas miraron hacia el cielo. Tulio tomó el brazo de Chantal y le gritó, ebrio de alegría:

—¡Signora, un aeroplano!, ¡estamos salvados!... ¡Los socorros llegan!

Chantal miró a su vez: Tulio tenía razón. Un hidroavión de la Real Marina Británica sobrevolaba la isla a escasa altura. Al mismo tiempo una sirena enronquecida —que la joven reconoció en seguida— se hizo oir varias veces. Chantal miró: la negra silueta del Saint-John se recortaba en la rada. El carguero maldito se convertía para ella en el navío de la liberación. Luego de permanecer en silencio algunos instantes, el rey de los leprosos prosiguió:

—Hermanos, deseo que esta justicia que querían aplicar no se vuelva contra ustedes. Dentro de algunos momentos, horas tal vez, la fuerza del orden se impondrá de nuevo en Makogaï. Me sería imposible aconsejarles más urgentemente volver a los poblados y esperar con calma que se los invite a salir.

El gran Will había callado.

La mirada de los leprosos pasaba alternativamente de este hombre solo, sentado sobre la estera, a la bahía de Dallice, enel centro de la cual el Saint-John echaba andas. Algunas embarcaciones se desprendieron rápidamente del transporte: estaban atestadas de uniformes con cascos coloniales. Algunos disparos partieron de la playa, donde los neozelandeses estaban agrupados en masa, contra las embarcaciones que se aproximaban a la ribera. Inmediatamente un crepitar sostenido, de cadencia rápida, llegó del transporte. Los guardias de Chantal parecieron extrañados; no era el estampido de un fusil ordinario. Los neozélandeses, sobre la playa, se echaban a tierra y se retiraban en desorden hacia el interior.

—¡Tienen una ametralladora a bordo, que barre la playa! —le susurró Tulio a Chantal.

—¡Pobres locos! —respondió ella—. ¡Los van a matar!

A continuación de algunos rápidos conciliábulos, los leprosos de su escolta retrocedieron emitiendo gritos inarticulados.

—Quédese ahí, señora —dijo suavemente Will—, hasta que la policía haya restablecido el orden por completo. Ningún habitante de la isla se animará a tocarla mientras esté en mi presencia.

—¡Y al lado de Tulio! —agregó el tenor.

—No lo había olvidado, señor Morro... ¿No le parece extraño que nos volvamos a encontrar esta tarde, sobre mi colina, cuando lo he aplaudido otras veces con tanta frecuencia en la Opera de Sydney?

—Sí —dijo el tenor a Chantal, con orgullo—; Will me ha dicho la primera vez que vine a visitarlo, pocos días después de mi llegada, que era uno de mis más grandes admiradores en Sydney...

Tres gigantescas hogueras aclaraban los contornos de la isla: el poblado chino, donde las últimas chozas terminaban de consumirse; el desembarcadero, cuyas vigas calcinadas se hundían en las aguas tranquilas de la rada; y el incendio que se desarrollaba a pocos metros del hospital. Las embarcaciones del Saint-John habían volcado sus ocupantes en la playa; los soldados corrían hacia el hospital. La fusilería había cesado; el redoble del tam-tam fue reemplazado por una música plañidera y aguda que parecía provenir del poblado hindú; el olor de los hydnocarpus quemados se mezclaba al de otras plantaciones en llamas. Una brisa ligera que soplaba del oeste se había levantado; la silueta sombría del transporte de los leprosos se mecía suavemente en la bahía de Dallice; el sol desaparecía en las olas tras el horizonte, como una gran bola de fuego ensangrentada. Un tintineo de campanas muy débil llegó hasta la cima de la colina.

—El Angelus —murmuró la voz grave de Will—. Lo oigo todas las tardes... Hubiera sido lástima que la de hoy no se pareciera a las otras.

—Creo que ahora podemos descender —dijo Tulio.

—Si la campana de la iglesia suena —declaró Will—, es señal de que el hospital ha sido liberado y que el padre Rivain pudo salir.

—Buenas tardes, Will —dijo suavemente la joven—. Vamos al hospital, donde todos deben de estar esperándonos. ¡Y gracias!

—Nada tiene que agradecerme, señora... Todavía no he hecho nada por usted; le he prometido ocuparme de su curación. Eso es lo más importante. Lo demás no cuenta. Es necesario que pueda usted dejar un día esta isla por la que debe ya sentir horror. Buenas tardes, señor Morro, y cuando todo haya sido olvidado, vuelva una tarde a cantar para mí solo.

Chantal descendió el camino de la colina apoyándose en el brazo del tenor. La campana de la pequeña iglesia repicaba sin cesar.

—¿Por qué toca tanto tiempo? —preguntó Chantal.

—Lo ignoro. Tal vez los hombres sientan la necesidad de rezar más largamente esta tarde —respondió Tulio.

—Debe ser eso... ¿No cree que haríamos mejor pasando primero por la iglesia? Tengo la impresión de que esa campana nos llama...

 

LA PRUEBA

 

 

 

La campana de la pequeña iglesia seguía tocando cuando Chantal entró en ella acompañada por Tulio. El padre Rivain estaba en el coro, arrimado al altar, y se dirigía a la concurrencia formada por algunas hermanas entre las cuales Chantal reconoció, en el claroscuro del santuario, a sor Marie-Sabine.

La entrada de Chantal y del tenor hizo levantar la cabeza a las Hijas de María. El padre Rivain, por su parte, interrumpió la alocución para decir a la recién llegada:

—Me siento feliz de recibirla en mi iglesia con el que fue para usted, ciertamente, el más seguro compañero en medio de sus tormentos. Vamos a rezar tres Pater y tres Ave en acción de gracias al cielo por la milagrosa protección que les ha prestado a los dos.

Chantal se arrodilló —imitando a los demás—, pero pensó que el cielo, tan frecuentemente invocado por el capellán católico, como por el pastor protestante, acomodando su nombre a todas las circunstancias, no había hecho gran cosa para librarla de las garras de los leprosos. Los únicos a quienes debía estar agradecida eran Tulio y, sobre todo, el gran Will.

Sólo al salir de la iglesia Chantal se enteró de la muerte de Fred. Aunque su corazón estuviera enteramente acaparado por el recuerdo de Robert, esta noticia la conmovió. Escoltada siempre por el fiel Tulio, se dirigió al hospital.

El primer personaje que encontraron allí fue el doctor Watson, quien dijo a Chantal, luego de haberle estrechado largamente ambas manos:

—Fred me lo ha contado todo. Ni él, ni usted, son los causantes de este drama. ¡Pobre Fred! Figura ya entre las innumerables víctimas de la ciencia. Su desaparición es una pérdida considerable para la terapéutica general de la lepra. Después de su estada en Makogaï hubiera prestado inestimables servicios en su país.

—¿Ha sufrido mucho?

—Creo que no. Perdió el conocimiento pocos instantes después de haber sido herido y no salió del coma hasta la muerte.

Ella penetró en la gran sala transformada en capilla ardiente. Fred descansaba sobre la mesa de vendajes; a cada lado de esta mesa estaban alineadas las camillas en las que yacían los cadáveres de ocho leprosos muertos alrededor del hospital por el tiro certero y mortífero de los gendarmes y del médico fijiano. Este se encontraba en el fondo de la sala vendando los heridos con la ayuda de Marie-Ange. Una estera había sido extendida delante de la hilera de muertos. Dos personas estaban allí arrodilladas: el reverendo David Hall, perdido en su Biblia, y sor Marie-Joseph, desgranando las gruesas cuentas del rosario —hecho con madera de boj— que le colgaba siempre en la cintura.

La joven permaneció largo tiempo de pie, inmóvil ante el cuerpo de aquel que le había evitado la peor de las afrentas y cuya voz tranquila no le leería ya las páginas de Balzac. Una vez más, la vida le parecía injusta. Sabía igualmente que la salida temeraria del joven americano bajo las balas había sido una última prueba de amor hacia ella. Se persuadió de que Robert hubiera procedido de igual manera al encontrarse en parecidas circunstancias.

¿No sería tal vez mejor que Fred hubiese muerto de este modo, antes que vivir infinitamente desgraciado en compañía de Agathe o de cualquier otra mujer? Porque nunca pensó Chantal que podría amarlo. Se daba cuenta de esto, con más claridad ahora, al verlo sin vida ante ella; su corazón estaba simplemente invadido por una inmensa piedad ante un fin tan inútil y tan desdichado.

El rumor de unos sollozos la sacaron de sus crueles pensamientos. Sentada en un rincón de la gran sala, la señora Hall tenía la cabeza de Agathe sobre las rodillas; la esposa del pastor acariciaba lentamente el pelo con reflejos rojizos de la joven que lloraba. Chantal comprendía que allí estaba el verdadero drama; a los diecisiete años, Agathe había marcado para siempre su destino, como ella lo hizo a los dieciséis, aceptando como primer amante al marinero que le regalara a Iru. Aquel día Chantal no reflexionó más que Agathe cuando excitara a Tom a realizar su sueño insensato. Pero ésta era menos digna de lástima porque había expiado inmediatamente su falta, mientras que Chantal llegó a creer que las culpas no se expiaban jamás, cosa que la había arrastrado a continuar su vida de desenfreno. El despertar no llegaría para ella sino diez años más tarde: ese día estaba ya leprosa.

El espectáculo del cuerpo de Fred rodeado de cadáveres mutilados de leprosos y el del dolor de Agathe se le hicieron pronto insoportables, resolviendo entonces abandonar precipitadamente el hospital. En el umbral, el doctor Watson conversaba en voz baja con Tulio y dos oficiales de policía pertenecientes al batallón de desembarco del Saint-John. No bien la vio, el médico le aconsejó:

—Debiera volver a su casa, señora... El capitán Searle, aquí presente, acaba de confirmarme que la calma ha retomado a la isla. De todas maneras, varias patrullas de seguridad recorrerán Makogaï durante la noche. Ningún enfermo tiene permiso para circular. Su residencia está custodiada militarmente, pero, como presumo su aprensión ante la idea de volver al lugar después de los dolorosos acontecimientos de que ha sido teatro, he pedido a Tulio quiera tener la bondad de pasar la noche en su casa; dormirá en el living-room.

—Yo me arreglaré, Signora. Dormirá como un ángel que tiene mucha necesidad de hacerlo. ¡Tulio velará por usted!

Chantal retomó a la casa en compañía del tenor. Se sentía abrumada, vencida por la fatiga, asqueada...

En la oscuridad se cruzaron con una larga fila de leprosos chinos escoltados por soldados.

—¿Dónde van? —preguntó al tenor.

—El doctor Watson los alojará probablemente en uno de los pabellones del hospital. Desde que el pueblo de ellos ardió, ya no tienen viviendas... Es triste no tener casa...

—La destrucción de ese poblado es, ciertamente, el acto más inútil de la revuelta.

—Signora, en las revoluciones o conflictos, la que sufre es siempre la gente pacífica. Los chinos no querían hacer mal a nadie; los fijianos no se lo han perdonado, y los hindúes aprovecharon esa circunstancia para satisfacer un odio secular que sobrepasa en mucho el cuadro de nuestra pequeña isla. Es lástima: ese poblado era el más pintoresco de todos. ¿Lo visitó usted?

—No. Sólo conozco el pueblo fijiano, donde estuvimos esta tarde.

—Razón de más para asistir a la inauguración del nuevo pueblo chino.

—¿Lo van a reconstruir?

—Es necesario, signora; la vida es un perpetuo empezar de nuevo; un leproso muere, otro llega a Makogaï... He visto ya dos pueblos completamente destruidos en la isla: el de los hindúes y el de los neozelandeses.

—¿Por el fuego?

—Por ciclonés. Son frecuentes en estos parajes y muy violentos: nada los resiste.

Chantal prosiguió su camino, silenciosa.

Un piquete de guardia, compuesto de cuatro soldados y un suboficial indígena, había sido instalado en su galería. Los hombres se levantaron cuando ella y Tulio entraban en la casa. El primer objeto que el tenor advirtió sobre el piso del living-room fue la peluca, que recogió con un grito de júbilo.

—¡La encontré! ¡Podré cantar el domingo ante las niñas de sor Marie-Ange en la iglesia! ¿Tiene usted un espejo, signora, para que pueda colocármela bien derecha sobre el cráneo?

—Rompí el espejo de mi cuarto de baño; creí que no sería ya de ninguna utilidad. Me equivoqué; no pensé que un día un tenor de la Scala de Milán vendría a mirarse en él antes de hacer su reaparición en la vida corriente... No desespere, mi buen Tulio, me queda todavía un espejo en la polvera, que tengo olvidada en una de mis carteras. No es grande, pero creo que le bastará.

Tulio debió ponerse de rodillas para ajustarse la peluca.

Se puso de pie cuando se consideró presentable y le preguntó triunfante:

—¿Verdad que estoy buen mozo, ahora?

—¡Irreconocible!

—Ya sé... Podré dormir tranquilo en ese confortable sillón.

—¿Con la peluca?

—¡No me la quito nunca! Sin ella tengo la impresión de estar desnudo. Me abriga. Buenas noches, signora. Y dígase usted que mañana, cuando se despierte, el sol estará alto, los guayabos un poco más verdes, el Pacífico un poco más azul, y de este modo la pesadilla será olvidada.

—Buenas noches, Tulio... Hay una cosa que no olvidaré nunca: lo que usted ha hecho por mí.

—Es muy natural. ¡Qué quiere usted! Yo también la amo... ¡Es tan linda! Eso sí, me pareció más diplomático demostrárselo con actos, en vez de hacerlo mediante una inflamada declaración. Usted quema todo cuanto se le aproxima. ¡Pobre doctor Fred! Cómo lo comprendo... ¡Y pobre Tom! También lo he comprendido. Estoy persuadido de que a estas horas Dios los ha reunido... Morir por la misma mujer, ¡eso sella una amistad eterna!

 

A la mañana siguiente la despertó un rayo de sol que le acariciaba el rostro. Tulio y el piquete de guardias habían desaparecido: encontraba nuevamente la soledad.

El aislamiento fue de corta duración: el trote regular de un caballo vino a interrumpirlo. Marie-Ange apareció y le dirigió un jovial saludo, saltando a tierra.

—Es día de inyección. Tiene que volver a acostarse; la dosis de chaulmoogra va a ser sensiblemente más fuerte.

—¿En honor de qué?

—Es el doctor Watson quien lo decidió así, después de una larga entrevista con Will ayer por la mañana.

—¿El doctor Watson va, pues, él también, a visitar al rey de los leprosos?

—Nuestro director va en busca de Will cuando necesita consultarlo. Ayer fue necesario, a fin de tomar una decisión con respecto a la revuelta.

Chantal comprendió que la sublevación terminaría con un perdón lleno de suavidad: el gran Will había sido su inspirador; una vez más, su habitual prudencia había obrado maravillas. Este ciego paralitico, que se arrastraba por tierra, con el cuerpo cubierto de llagas, prisionero tras su foso, reinaba sobre la isla. Ella misma iba a beneficiarse desde esa mañana con la intervención poderosa de aquel que adquiría ante sus ojos, cada vez más, estampa de profeta. Al lado de él, tanto el padre Rivain como el reverendo David Hall no parecían exceder la categoría de aprendices en la delicada profesión de consolar almas.

El tintineo de una campana la volvió a la realidad.

—Es la campana del templo protestante que invita a los fieles al servicio mortuorio del doctor Fred —dijo Mairie-Ange—. Todo el personal de la Misión asiste, salvo yo, que debo hacer una recorrida de inyecciones habituales. El tratamiento no puede esperar.

Cuando la hermanita hubo partido, Chantal se arrastró penosamente hasta la galería donde se dejó caer, agotada, en la hamaca y cerró los ojos para no pensar en nada. En esa atmósfera, impregnada a la vez de serenidad edénica y amenazas desconocidas, en ese aire embalsamado y saturado de venenos sutiles, ella permanecía extendida como una gran ave herida, presa de un cansancio que no podía definir. Su tristeza se ensanchaba hasta más allá de la muerte de Fred, llegando hasta sobrepasar su pasión por Robert: abrazaba los contornos de la isla, los arrecifes de coral, los volcanes amenazadores, el cielo de esmalte oscuro y las olas del Pacífico. Si hubiese sido lo bastante instruida como para conocer a Nietzsche, una frase del pensador hubiera vuelto a su memoria y, al pronunciarla, los ojos se le llenarían de lágrimas: “En otros tiempos, se decía Dios al mirar los mares lejanos...”

 

La sacó del embotamiento la presencia, cerca de la hamaca, de un visitante a quien no había oído subir la escalera. El reverendo David Hall, tan sonriente de costumbre, la observaba con infinita tristeza; los anteojos del buen hombre se hallaban empañados. Tan impresionada quedó Chantal por la expresión de angustia reflejada en el rostro del pastor, que se incorporó en la hamaca para preguntarle:

—¿Ha sucedido alguna otra desgracia?

—Al contrario, todo ha vuelto a su orden después de la partida del Saint-John con Fred y Agathe.

—¿Agathe? —preguntó Chantal, desconcertada.

—El doctor Watson y yo hemos considerado preferible que mi hija retomara a Inglaterra después de lo que ha pasado...

—La señora Hall debe estar muy afectada por una partida tan brusca.

—Mi mujer se ha ido con Agathe. Es mejor que ella la acompañe en nuestro país... Debo confiarle que la señora Hall estaba muy nerviosa en los últimos meses. La vida en Makogaï le pesaba: estamos en ella hace diez años... La señora Hall, a quien siempre gustó la sociedad, no ha encontrado aquí una sola dama con la que pudiera tomar el té de vez en cuando. Nunca comprendió que la esposa de un ministro protestante debía estar dispuesta a sacrificar todas sus comodidades y hábitos burgueses en pro de la propagación de la fe.

Chantal escuchaba al capellán protestante con la sensación de que el muy digno hombre sentíase feliz al poder expresar por fin, libremente, los pensamientos íntimos. No obstante, la señora Hall se había mostrado siempre excelente esposa y madre ejemplar, educando a su hija en los prudentes principios puritanos que le habían inculcado a ella. La señora Hall quedó asombrada —y ofendida— con las revelaciones que el esposo le hizo el día anterior respecto de su hija.

No era posible; según ella, que Agathe tuviera el alma tan pervertida como para deshacerse de una rival por medios inconfesables. Sin embargo, tuvo que rendirse a la evidencia; Agathe era un monstruo, un monstruo tanto más inquietante, dada su juventud. Tras muchas vacilaciones, la señora Hall se había decidido a abandonar este islote del Pacífico —donde su esposo continuaría evangelizando a los leprosos— para acompañar a su hija en la verde Inglaterra y, sobre todo, vigilarla hasta su casamiento. Después, eso sería asunto del marido. La señora Hall se liberaría así de responsabilidad. Era urgente casar a Agathe para hacerle olvidar el drama espantoso y fijarle rápidamente una situación social estable, bien lejos de la leprosería donde malgastó los más bellos años de la juventud.

Cuando Agathe estuviera casada, la señora Hall volvería, como mujer sumisa, a Makogaï, al lado del esposo: éste había declarado que no volvería jamás a Europa y que se dedicaría, hasta su muerte, al alivio moral de aquellos que consideraba los seres más desgraciados de este valle de lágrimas.

El reverendo estaba seguro de volver a ver a la esposa, pero jamás a la hija, que no regresaría nunca a Makogaï: se sentía doblemente herido en su orgullo y en su amor patenal. Según él, hasta el momento en que tuvo conocimiento del papel abominable desempeñado por Agathe la víspera de la revuelta, su hija era la más bella y la más perfecta de todas las niñas de su generación. El despertar de este buen hombre ante la espantosa realidad había sido tremendo. Sobrevino en seguida su sentencia implacable: si Agathe pudo conducirse tan mal ya no debía considerarse hija suya... Y, en tal caso, nada tenía que hacer en la isla. Debía irse; cuanto antes mejor. El Saint-John estaba en la rada, esperando el cuerpo de Fred, que sería inhumado en su país natal. Agathe se embarcaría en ese mismo navío.

Sentado tristemente al lado de la hamaca de Chantal, el reverendo miraba el mar; imaginaba ese extraño viaje de bodas sobre el carguero de los leprosos, donde el novio dormía el sueño eterno, entre cuatro tablas, y la novia lloraba después de recibir la maldición paterna. El, el reverendo David Hall no lloraba; su misión sobre la tierra era la de consolar a los otros. Chantal adivinó el drama íntimo que se desarrollaba en el corazón del pastor y quebró el silencio lo más suavemente posible:

—Ha hecho usted muy bien en proceder de ese modo. Agathe habría muerto aquí de pena y de fastidio.

—Hubiera sido, sobre todo, un deplorable ejemplo de la maldad humana —contestó gravemente el reverendo—. Nuestros enfermos no deben tener bajo sus ojos más que modelos de bondad o de abnegación.

Calló el reverendo y tras un momento de vacilación, durante el cual se quitó los anteojos para limpiar los vidrios empañados, preguntó tímidamente:

—¿Aceptaría usted reemplazar un poco a estas dos Mujeres? Aquella con la que yo podía hablar y la otra a quien guiaba en la vida. Sé que Fred venía a leerle a usted. Mi deber es reemplazarlo. ¿Qué le leía?

—Una novela de Balzac.

—No debe ser una lectura muy evangélica. ¿Y si le enseñara inglés?

—Decididamente —dijo Chantal, sonriendo—, era necesario que viniera a Makogaï y fuera leprosa para completar mi educación. Bien pues. Queda convenido: esta noche a las veinte comenzará la primera lección.

Emprendiendo el camino de su hogar, el reverendo se sentía feliz; esas tardías lecciones le proporcionarían la deliciosa impresión de que estaba todavía empeñado en perfeccionar la educación de su hija.

Aprovechando un ligero descenso de la fiebre Chantal dejó la hamaca y se instaló en el living-room, donde encontró sobre la mesa de roten el folleto traído por el padre Rivain. Abrió Para preparar la llegada del bebé. Su aguja comenzó a coser sobre un cuadrado de tela que se transformaba rápidamente en pañal. La Navidad se aproximaba; no era posible que el nuevo Niño Jesús, próximo a nacer, estuviera desnudo por culpa de ella.

Llevaba más de una hora cosiendo cuando los peldaños de la escalera crujieron de nuevo: el capellán católico estaba delante de ella. “Decididamente”, pensó, “mis profesores se suceden”.

—¡No se mueva, por favor! —le dijo el padre Rivain—. Veo complacido que el trabajo adelanta y que los lamentables incidentes de los que hemos sido testigos (y escapado de ser víctimas) no han detenido su entusiasmo. Muy bien, hija mía. Vamos a matar dos pájaros de un tiro: siga usted cosiendo y escúcheme. La regla de los participios es, en el fondo, muy simple...

 

Chantal tuvo la sorpresa de recibir, muy temprano al día siguiente, una carta de la señora Royer, siempre por conducto de la Imperial Airways.

Tenía ansias de leer esta misiva de la directora de Marcelle et Arnaud. Se trataba de la respuesta a la suya. El correo aeropostal funcionaba, pues, normalmente entre Makogaï y Francia. Esta sola idea le causó gran alegría, como también la primera parte de la carta. Pero súbitamente el tono cambiaba; tuvo que leer varias veces un pasaje en el que la señora Royer le anunciaba cosas inauditas, apenas creíbles. Ya al principio le contaba, sin ambages, que Jacques había muerto de un ataque de apoplejía en su escritorio. Su muerte había sido envidiable; no había tenido tiempo de sufrir. En una carta agregada al testamento y dirigida a la esposa revelaba su vínculo con Chantal y él secreto que lo ligaba a ella. Añadía que nunca había comprendido la partida de la joven y que no podía creer que hubiese renunciado a todo lo que constituía su alegría de vivir por un hombre, por apuesto y seductor que fuera. Esta fatuidad del viejo la exasperaba, pero lo que la enloquecía era ver que el agente de cambio no temió hacer público, por escrito y antes de desaparecer, un secreto que nadie debió conocer. Tenía la impresión de que le habían robado la mejor parte de sí misma. El final de la carta era confuso. Cuando Chantal terminó la lectura de las hojas de papel de avión cubiertas con letra apretada, fue presa de un malestar atroz que la hizo tambalear. Debió aferrarse a la mesa del living-room para no desplomarse y recurrió al resto de sus energías para no caer en una crisis dé desesperación y locura.

La muerte de Jacques la impresionó poco, aunque experimentó un ligero remordimiento al pensar en la correcta actitud que había observado el agente de cambio, aun después de su alocada fuga.

Inició una nueva lectura, más atenta, de la carta y contestó a ella mentalmente, punto por punto. Durante todo el día reflexionó sobre la respuesta inmediata que pensaba dirigirle a la señora Royer. El hecho de que la señora Berthon hubiera descubierto, por las declaraciones del marido, el secreto más íntimo de su vida, no cambiaba nada. La respuesta de Chantal sería clara: se opondría a todo... Si esto no fuera suficiente se embarcaría en el Saint-John, volvería a tomar el Melbourne en Levuka, alcanzaría el Empress of Australia en Sydney y llegaría a Francia sin terminar la curación. El viaje, ida y vuelta, llevaría unas diez semanas, durante las cuales el tratamiento del chaulmoogra sería interrumpido. El doctor Watson se encargaría de hacerle administrar por sor Mane-Ange dosis infinitamente más fuertes cuando regresara a la isla.

En este estado de ánimo Chantal recibió, hacia las veinte, al reverendo David Hall para la segunda lección de inglés. Sin darle siquiera tiempo para sentarse, le preguntó:

—¿Puede usted tener la gran gentileza de traerme, mañana temprano, la pluma, tinta y papel para avión que usé una vez en su casa?

—Con todo gusto —contestó el pastor—. ¿Ha recibido noticias por el Melbourne?

—Sí. ¿Usted también?

—¡0h! Una breve carta fechada en Levuka, enviada por mi mujer, en la que me dice que se embarcaba esa misma tarde con Agathe en un barco mixto con destino a Liverpool. Tienen la suerte de no tener que esperar... Desgraciadamente, no ha sucedido lo mismo con el cuerpo de ese pobre Fred, que debe permanecer doce días en una bóveda del cementerio de Levuka antes de hallar un navío que quiera llevarlo a California... Empecemos nuestra segunda lección de inglés... Veamos un poco si recuerda alguna cosa de mis enseñanzas de ayer.

—Quisiera pedirle antes un breve informe: ¿cuándo partirá el próximo correo para Europa?

—No antes de la semana próxima. La fiesta de Navidad cae en miércoles: el Saint-John llegará aquí la víspera y partirá casi seguramente al día siguiente. Ya ve usted que tiene mucho tiempo para reflexionar antes de escribir su carta.

Irritaba a Chantal la idea de que su respuesta no podría salir inmediatamente; no obstante, se contuvo. El reverendo no tenía por qué conocer su secreto. Con la mayor amabilidad del mundo le dijo:

—Ahora, hablemos inglés... ¡o por lo menos intentémoslo!

 

Después de tres días de reflexión, durante los cuales repartió el tiempo entre la confección del ajuar esperado por el padre Rivain y las lecciones de ortografía o inglés —para tratar de aturdirse y olvidar la carta de la señora Royer—, decidió ir en busca del médico director; sin dejarle tiempo para perderse en conjeturas, le preguntó:

—Doctor, ¿puedo volver a Francia?

—Ciertamente que puede, señora, puesto que su estado no es contagioso. Pero no se lo aconsejo; usted no está sana.

—Lo sé, doctor... Sin embargo, por razones imperiosas, es necesario que vaya a París. Volveré. Sólo estaré ausente el tiempo indispensable: un mes de travesía para la ida, una semana o dos en París como máximo y un mes de travesía para el regreso. Cuando esté de nuevo aquí usted reiniciará el tratamiento; en suma, esto no será más que un entreacto.

—Estimada señora, usted encara las cosas desde un ángulo optimista —contestó friamente el doctor Watson—. No hay en ello más que un leve inconveniente: el tratamiento con el chaulmoogra no puede interrumpirse sin anular todo el trabajo realizado precedentemente en su organismo. Sería muy lamentable y doloroso que estos tres meses, durante los cuales ha dado pruebas de coraje y resignación admirables, resultaran inútiles. Se lo suplico..., tenga un poco de paciencia. Chantal estaba desconcertada; la convicción con que hablaba el doctor Watson no podía ser simulada. Este hombre, calmoso y reflexivo, estaba seguro de lo que adelantaba. Había visto y cuidado un número demasiado grande de leprosos para equivocarse. Su voz continuó vehemente:

—Señora, le administramos actualmente tres inyecciones por semana. Si el tratamiento se interrumpe por una sola semana, hay que empezar de nuevo. Es usted libre de adoptar una decisión. ¿No le parece que podría escribir a Europa por el próximo correo para preguntar si su presencia en Francia es verdaderamente indispensable?

—Perdóneme. Voy a reflexionar todavía antes de la llegada del Saint-John para Navidad. De todos modos, si me fuera, sería próximamente.

No quiso tomar el camino habitual para volver a la casa; ese camino bordeado de cocoteros le parecía monótono y finalmente insípido. Estaba ya harta de la vegetación tropical y de buena gana habría reemplazado los árboles del pan por manzanos, los bananos por castaños, los algodoneros por robles. En realidad, no sabía ya muy bien qué deseaba; la visita al doctor Watson la había deprimido. Inadvertidamente efectuó un largo rodeo por la playa en la que algunos niños leprosos construían castillos de arena. Por primera vez advirtió Chantal que la arena de Makogaï era infinitamente más blanca que la de las playas francesas.

Ya a punto de abandonar la playa, vio a la derecha, abrigadas de los rigores del sol por una hilera de palmeras, dos casas muy diferentes de las que había visto en la isla, pues no estaban edificadas sobre pilotes. Numerosos enfermos entraban y salían. La madre Marie-Joseph la recibió a la entrada de una de ellas, con esta extraña frase:

—¿También querría usted depositar aquí sus economías?

—No comprendo.

—Parece no sospechar usted que se encuentra ante el Banco de Makogaï... Ya ha visto desde su llegada desempeñar a las hermanas numerosos empleos extraños, pero estoy segura de que no ha encontrado todavía una buena hermana banquera. Es, no obstante, el oficio que estoy ejerciendo ahora.

—Los enfermos no tienen dinero...

—¿Por qué no habrían de tener un poco? Aunque no fuera más que para ofrecerse algunas golosinas o comprar regalos de Navidad en la tienda que está al lado, donde reina sor Marie-Ange.

—¿Makogaï tiene también su tienda?

—Un verdadero bazar donde encontrará de todo. Vaya a visitar a Marie-Ange. Le causará placer, aunque ella esté actualmente recargada por la proximidad de las fiestas. Todos los enfermos que han ganado un poco de dinero con su trabajo quieren comprar algo. Habitualmente, el bazar sólo funciona dos veces por semana, pero se mantiene abierto todos los días de la semana que precede a Navidad.

Chantal se aproximó a la tienda, cuyas estanterías parecían bien provistas.

Sor Marie-Ange estaba literalmente absorbida por el asalto de los pedidos. Los enfermos le tendían monedas a puñados.

—¿Qué hace con los beneficios del negocio? —le preguntó Chantal—. Si ha de creerse en las apariencias, debe haberlos, seguramente, con semejante afluencia de compradores.

—Los realizamos y muy apreciables. Pero hay que pensar en los enfermos postrados que nada pueden ganar, porque es imposible confiarles el menor trabajo: no tendrían fuerzas para hacerlo. ¿Sería ésa una razón suficiente para que se vieran privados de procurarse, ellos también, algunos pequeños placeres? De común acuerdo entre mis clientes y yo, hemos convenido el mes pasado en que los beneficios obtenidos se destinarían a satisfacerlas necesidades de los leprosos del hospital.

La tienda de Marie-Ange estaba provista, al lado de muchos artículos de utilidad, de juguetes modestos destinados a los niños enfermos y a los que, siendo sanos, debieron aislarlos de los padres: eran sólo groseras muñecas o barcos tallados en madera de árbol del pan.

—Compro juguetes. Son los únicos objetos que despiertan aquí mi interés.

Tras depositar las compras sobre la mesa del living-room, las contempló. En el bazar tuvo la impresión de que esta Navidad no sería tal si ella no compraba algunos juguetes como lo hacia en años anteriores. Marie-Ange le había sugerido una idea maravillosa: instalar en el living-room un hermoso árbol de Navidad del cual colgarían los juguetes. Entre tanto, era urgente que redactara la respuesta a la señora. Royer, en la que se opondría a las decisiones adoptadas después de la muerte de Jacques.

Dos horas más tarde depositó la carta en el buzón adherido a uno de los muros del hospital; se anticipaba todo lo posible para asegurarse de que la carta no perdería el próximo viaje del Saint -John. Después, esperaría pacientemente que la directora de Marcelle et Arnaud contestase y decidiría, según la respuesta, si realizaría o no su rápido viaje de ida y vuelta.

Al regresar del hospital se cruzó con el padre Rivain, quien le preguntó sofocado:

—¿El ajuar está listo? ¡El niño ha nacido! Es un magnífico varón; acabo de bautizarlo. Todo pasó maravillosamente bien.

—¡Cómo me gustaría verlo!

—Y, en resumidas cuentas, ¿por qué no habría de ser usted la madrina? ¿Está bautizada?

—Creo que no.

—En tal caso, sólo puede ser una madrina postiza. Como ha confeccionado el ajuar, la asiste siempre el derecho de elegir el nombre de este niño milagroso. Lo califico así porque la madre es incapaz de decimos quién es el padre.

—Llámelo Daniel —contestó Chantal, sin vacilar.

—Le deberá a usted un nombre muy bonito —aseguró el capellán—. Dentro de veinte minutos sor Marie-Sabine estará en su casa para retirar el ajuar. Cuando yo le decía que el Señor nos enviaría un pequeño Jesús de carne y hueso para nuestro pesebre de Navidad no me equivocaba... No hay más que una pequeña contrariedad: este niño Jesús es un tanto negro. Después de todo, ¿por qué el Niño Jesús no habría de ser negro?

 

Con ayuda de Tulio y de la joven leprosa facilitada por el taller de sor Marie-Joseph, Chantal terminaba de asegurar en las ramas de “su” árbol los últimos juguetes comprados en Makogaï. El arbusto había sido arrancado y traído por el tenor: era una palmera enana. Ni se pensó en la posibilidad de hallar el tradicional pino en ese islote del Pacífico. Las muñecas negras que se balanceaban en las hojas largas de la palmera se ajustaban mejor a tan exótico soporte; este árbol de Navidad no se parecía a ningún otro. Concordaba con esta fiesta extraña que no se desarrollaba bajo copos de nieve, sino influida por una temperatura tropical. Esa tarde, del veinticuatro de diciembre, el termómetro oficial del hospital marcaba cuarenta y cinco grados; Makogaï vivía su pleno verano. Un modesto pino se hubiera sentido desterrado en un medio semejante, mientras que la palmera de Navidad tenía altiva prestancia con sus estrellas plateadas, recortadas por Chantal de una vieja caja de chocolate, vacía, que le trajo el reverendo David Hall.

“¡Lo encuentro magnífico!”, dijo para sí Tulio, retrocediendo un poco para juzgar mejor el efecto que producía el árbol.

Chantal no tenía tiempo para abandonarse a tales entusiasmos, hallándose muy atareada en la preparación de la cena que ofrecía —a la espera de la misa del gallo— a sus dos más grandes amigos de la isla: el reverendo David Hall y Tulio. Había invitado igualmente al capellán católico, quien declinó la invitación por hallarse a su vez muy ocupado en la decoración del altar mayor para la misa de medianoche. Esta tendría lugar al aire libre, bajo las estrellas, en la plaza principal. Todo el mundo estaba cordialmente invitado a esta ceremonia tradicional, sin distinción de raza ni de religión. El reverendo David Hall asistía a ella todos los años.

—Si usted supiera el íntimo regocijo que siento a la vista de este árbol de Navidad —manifestó el pastor, entrando—, se consideraría ya recompensada por el trabajo que se ha tomado al prepararlo. Temía esta velada en la casa vacía. Todos los años, la señora Hall y Agathe instalaban, como usted, un árbol en nuestro salón; su sola presencia nos incitaba a hablar de Inglaterra. Acariciábamos proyectos para el porvenir de nuestra hija. Era una velada infinitamente dulce.

Antes de comer se oyó el llamado ronco de una sirena: el Saint-John entraba en la bahía de Dallice. Chantal y sus invitados se reunieron en la galeria, desde donde pudieron contemplar el espectáculo de esta llegada. El carguero de los leprosos no conducía esta vez más que al padre Anselme y los innumerables paquetes de Navidad esperados por los enfermos que se habían agrupado sobre la playa, lanzando de nuevo su grito de júbilo: Selo! Selo!

Un desembarcadero nuevo, embanderado, permitió al Saint-John atracar fácilmente. Chantal reconoció las siluetas del doctor Watson y del padre Rivain que iban a recibir al padre Anselme.

Cuando éste puso pie en tierra, se oyó un himno marcial; el orfeón de los leprosos en pleno estaba allí.

—¡Los enfermos parecen muy alegres! —observó Chantal.

—Van a recibir encomiendas... Y ya que hablamos de esto —prosiguió el pastor—, voy a ofrecerle, yo también, mi pequeño regalo.

Y sacó de un envoltorio de papel, que conservaba en la mano desde su llegada, una sombrilla que entregó a Chantal después de abrirla: pajaritos rosa pálido revoloteaban sobre la seda azul que recubría las varillas. Aunque el conjunto no era precisamente del gusto más exquisito, Chantal exclamó:

—¡Es encantadora!

—La encargué especialmente hace seis meses a Sydney —confesó el reverendo— para regalársela a mi hija el día de Christmas. Se moría por tener una sombrilla que le protegiera el rostro de los rayos solares. Ahora ya no la necesita, ni recibirá nunca regalos míos. Usted ha reemplazado a Agathe; es natural que todo lo que le estaba destinado sea para usted.

La emoción de Chantal era mayor que lo que deseaba aparentar. Jamás había recibido un regalo tan inverosímil; nunca obsequio alguno la conmovió tanto; no acertaba cómo agradecer al digno hombre sus pequeñas atenciones nacidas espontáneamente de su corazón de apóstol y de un padre desgraciado; sólo atinó a decir:

—Ahora, si ustedes quieren, pasemos a la mesa.

El reverendo estaba sentado a su derecha, Tulio a su izquierda. La mesa de roten estaba recubierta con un mantel bordado, encontrado por Marie-Ange entre los tesoros ocultos del taller. Los cubiertos eran sencillos, de madera, esculpida según la costumbre fijiana. Adornaba la mesa una inmensa canasta de mimbre que contenía todos los frutos que la naturaleza prodigaba en Makogaï. El centro de esta canasta exhibía una pirámide de limones y guayabas; el sol, que declinaba en el horizonte sobre el mar de coral, jugueteaba alternativamente sobre la corteza de los pomelos o sobre la cáscara tensa de los hijos de Surinam, que formaban la base de la pirámide. Desde la cocina llegaba un delicado aroma de vainilla. A cada lado de la canasta, Chantal había dispuesto candelabros rudimentarios con seis bujías de color cada uno, artefactos que encontró en el curso de una segunda visita al bazar de Marie-Ange, Ya podía desaparecer el sol; las minúsculas llamas vacilantes estaban allí para crear el ambiente de Navidad en ese interior exótico.

En todos sus aspectos, la comida fue digna de una cumplida dueña de casa; había sido necesario que Chantal naufragara en este islote del Pacífico para comprender la necesidad de recibir bien. Un libro de cocina, prestado por sor Marie-Sabine, ayudó poderosamente a su inspiración.

—¡Una diosa, signora! ¡Es usted una verdadera diosa! Desde la comida del estreno en la Opera de Sydney, con motivo de mi creación en La Traviata, no recuerdo haber comido nada más exquisito.

La sensación indiscutida de la cena fue la aparición de un deslumbrante plum-pudding, coronado con una llama azul pálido, que exhalaba el ron del que estaba embebido. La luz rojiza del sol ya no se filtraba a través de las persianas; la noche había caído bruscamente sobre Makogaï; sólo el fulgor indeciso del ron en llamas, mezclado con los parpadeos amarillos de las bujías, alumbraba a los tres comensales. Tulio y el reverendo pudieron leer muy claramente escrito con azúcar acaramelada sobre el pudding: Merry Christmas.

—Empiezo a sacar provecho de mis lecciones de inglés —dijo Chantal, mirando a su profesor.

Este se hallaba pálido de emoción. ¿O sería, acaso, un reflejo de la llama azulina sobre su cara tostada?

El reverendo David Hall se había puesto de pie.

—Agradezco desde luego al Señor por la gracia que me concede al permitirme participar de semejante ágape. Y saludo, en este pudding de Navidad, la evocación de toda la vida nacional del Reino Unido. Es para mí un deber cortar este pudding.

Este trabajo fue ejecutado religiosa y metódicamente.

—Existe una costumbre, vieja como Inglaterra, que establece que la primera tajada de un pudding de Navidad sea la parte del pobre. Hela aquí. Usted la entregará, hija mía, al primer desgraciado (y Dios sabe silos hay en Makogaï) que vea pasar delante de su puerta.

Ahora, él y Tulio comían en silencio, saboreando esas delicias. La mirada de la joven iba de uno a otro de sus invitados. Esta comida tenía algo de fantástico e irreal como la llama azul que moría lentamente sobre la mesa. Irreal también fue la voz de Tulio al subir suave en el silencio de la velada:

 

Catari, Catan

Per-ché mi dire sti pa role amare

Per-ché mi parle éo core me turmiente

Catari?

 

Cuando la voz se extinguió en un último sollozo, el reverendo se enjugó los anteojos, mientras la mirada de Chantal se perdía hacia lejanos horizontes.

—Perdóneme, sígnora —murmuró suavemente Tulio—, si no le he traído un regalo tan hermoso como el del señor pastor, pero un cantor no puede ofrecer más que su voz... Mi regalo acabo de ofrecérselo cantando para usted esta canzonetta napolitana. La canción es universal. Ella sola puede reconciliar a todo el mundo. Sería tan hermoso que los pueblos pudieran comprenderse sólo cantando...

—¡O rezando! —rectificó el pastor—. Creo que ya sería hora de dirigimos hacia la plaza para no llegar los últimos a la misa de medianoche oficiada por ese querido padre Rivain. Debo dar el ejemplo a título de colega.

Nunca el trayecto desde su domicilio hasta la Misión pareció más extraordinario a la joven. Era el primer paseo nocturno que emprendía en la isla.

El tórrido calor del día había pasado, la temperatura se tomaba agradable; un rocío abundante recubría el suelo, el cual daba la impresión de traspirar. A su derecha, notó Chantal la mancha oscura de la plantación de hydnocarpus. Sobre un fondo de noche clara, netamente dibujados en negro de tinta, los guayabos se retorcían evocando una linterna mágica para gigantes. No había luna. Recordaba Chantal haber observado ya que este satélite se mostraba tan avaro en sus apariciones sobre el cielo de Makogaï, como pródigo el sol con su presencia. En su marcha silenciosa, miraba las estrellas.

—¡No puedo encontrar la Osa Mayor!

—Signora, tiene usted pocas probabilidades de encontrarla en estos parajes, a menos que ella se decida a hacer una breve escapada hacia el hemisferio sur en su honor. A pesar de esta ausencia lamentable, ¿ha notado usted cómo las estrellas son más numerosas sobre este cielo que en nuestra vieja Europa? A falta de la Osa Mayor tenemos la Cruz del Sur.

Chantal contempló la bahía de Dallice donde el Pacífico desplegaba sus tesoros, como todas las noches. Este océano inmenso, que guardaba celosamente prisionera a la pequeña isla, abrazaba sus pedrerías como un avaro que sumergiera las manos en su cofre y dejara deslizar entre los dedos los rubíes, las esmeraldas y el oro.

El padre Anselme, de quien Chantal reconoció la elevada estatura al fulgor de las antorchas que rodeaban el altar, empezaba a oficiar. La reverberación de esta luz indecisa iluminaba las caras monstruosas de los enfermos. El altar había sido instalado entre los dos árboles donde ella recordaba haber visto extendida la pantalla del cine. Esta plaza de la Misión donde se sucedían unas tras otras las filas de enfermos que esperaban la ración de chaulinoogra, los chistes burlescos de los actores de cine, los conciertos del orfeón de leprosos, las balas mortíferas de la sublevación y, esta noche, una misa del gallo, era decididamente el corazón de Makogaï.

Muy pronto la voz de Tulio, que había dejado a sus amigos al llegar a la plaza, se elevó; cantaba un villancico cuya belleza simple impresionó a la joven. Sentíase empequeñecida, perdida en medio de una multitud de sombras gesticulantes, bajo la inmensidad de un cielo con aspecto mágico. La voz de Tulio se detuvo; no se oía más que el tintineo de una campanilla agitada por el padre Rivain, que asistía al padre Anselme. Vio Chantal los brazos del sacerdote tenderse hacia el cielo. La campanilla sonó más largamente, las cofias de las hermanas arrodilladas a la derecha del altar se levantaron, y un coro formado por las jóvenes leprosas del taller entonó un cántico:

 

Ha nacido el Divino Niño,

 

¡tocad oboes, resonad dulzainas!

 

Ha nacido el Divino Niño,

cantemos todos su advenimiento.

 

 

Sólo entonces comprendió Chantal que el gesto del padre Anselme era algo más que una súplica al cielo, y que esta noche un niño extraordinario había venido a la tierra. La campana de la pequeña iglesia, a su vez, púsose a repicar a todo vuelo en la noche, para anunciar la buena nueva a la isla.

Abandonó su lugar sigilosamente y retomó, sola, el camino de su casa, resonándole aún en los oídos el cántico de alegría. Al llegar encontró nuevamente el árbol de Navidad, con los humildes juguetes. Las velas acababan de consumirse sobre la mesa. Recorrió con la mirada el cuarto. ¿Cómo se las arreglaría Papá Noel en esta isla sin chimeneas? ¿Dónde pondrían los niños los zapatos? Y Chantal corrió a su dormitorio para tomar a Jeannot, al que instaló sobre una de las ramas de la palmera enana. El juguete parisiense parecía desconcertado al hallarse sobre un árbol tan exótico; se sentía perdido en medio de muñecas indígenas, como Chantal entre sus hermanos leprosos.

 

La mañana de Navidad, la casa fue invadida temprano por un grupo de niños enfermos dirigidos por sor Marie-Ange, quien dijo a Chantal cuando subía la escalera de la galería:

—Le he traído a estos jóvenes visitantes porque, de creer el rumor público, ha preparado usted un magnifico árbol de Navidad.

Hubo gritos de júbilo seguidos de un alud en el living- room. Uno de los niños se precipitó hacia Jeannot, suspendido de una de las ramas de la palmera, pero Chantal le quitó el juguete de las manos, dándole en su lugar una muñeca fijiana. Ante la desilusión del chico y la extrañeza de Marie-Ange, la joven exclamó:

—Este viejo juguete es mi pequeño regalo de Navidad —y se llevó sin tardanza a Jeannot a su dormitorio.

Los niños, satisfechos, se alejaron por el camino, y ella tuvo la impresión de que toda la alegría de Navidad se desvanecía ante la siniestra realidad del tratamiento, representado por la inyección de Marie-Ange, que le dijo después de haberle administrado la medicina:

—Es necesario quedarse en reposo más tiempo aún que las otras veces.

No contestó y permaneció recostada sobre un lado, la cara obstinadamente vuelta hacia la pared del dormitorio. A pesar de eso, Marie-Ange prosiguió:

—Esta mañana tengo tiempo de acompañarla un poco: la inyección que le di era mi última tarea. Dejamos dormir a los enfermos que han velado hasta muy tarde ayer, eran muchísimos en nuestra misa de medianoche.

Chantal permanecía en huraño silencio. La hermanita aventuró:

—Espero no haberla incomodado trayéndole a esos niños...

Entonces Chantal estalló en sollozos. Marie-Ange dejó apaciguar esa honda pena; después su dulce voz murmuró:

—¿Hay, pues, en usted, un corazón de madre? ¿Tiene un hijo allá lejos?

La joven lloraba con desesperación:

—¡Me lo quieren quitar! Robármelo cuando estoy lejos...

—¿Su hijo? —preguntó con suavidad Marie-Ange.

Chantal no contestó; la hermanita insistió:

—Es un hermoso varoncito... Lo sospeché el día en que usted sugirió un nombre al padre Rivain: su hijo se llama Daniel.

Chantal levantó la cabeza, furiosa:

—Roba usted mi secreto al tiempo que otras tratan de quitarme mi hijo. Sí, tengo un hijo que no tiene padre. Sólo me tiene a mí para amarlo en este mundo.

Y migaja tras migaja, un jirón tras otro, Marie-Ange conoció la historia de Daniel y de su madre.

 

Supo así la hermanita que cinco meses después de la primera visita de la señora Royer a Chantal, en el bonito departamento del bulevar Suchet, esta última había declarado a la directora de Marcelle et Arnaud:

—Me ha probado usted, por su silencio frente a la señora Berthon, que es discreta. Por eso voy a comunicarle una gran noticia: ¡estoy encinta!’

—¿De quién? —había preguntado con espontaneidad la directora.

—Pues... ¡de Jacques! —contestó Chantal, después de cierta indecisión.

—¿Qué dice él a todo esto?

—Está muy emocionado —dijo Chantal, bajando los ojos—. Cuando ya no hubo duda alguna, expresó su júbilo con esta frase magnífica: “Hasta ahora te consideraba un poco mi hija, pero, a partir de hoy, te amaré doblemente puesto que eres también la madre de mi primer hijo”.

—¡Qué excelente hombre! —exclamó la señora Royer.

—He venido a verla —continuó Chantal—, para pedirle quiera ser su madrina.

—¡Aceptado!

—Quiero dejar aclarado que Jacques, informado de la visita que iba a hacerle a usted, me ha recomendado pedirle la mayor reserva.

—¿Cómo llamaremos a este niño milagroso?

—Si es un varón, Daniel...

Seis meses después, la señora Royer paseaba nerviosamente por el pasillo del primer piso de la clínica del doctor Petit. Chantal había sido trasladada a la sala de partos hacía más de dos horas. Las paredes acolchadas de esta habitación no impedían que los gritos de la joven llegaran a los oídos de su antigua directora.

Una enfermera acababa de salir de la sala.

—¿Y? —preguntó la señora Royer.

—Sigue su curso. El doctor es bastante optimista.

Chantal estaba en la mesa de operaciones. Anhelante, los puños crispados; después de cada esfuerzo volvía a caer, agotada, mientras la enfermera le secaba la frente y le hacía respirar sales. Su pobre cabeza zumbaba: sentía que tanto padecer la enloquecería. ¿Por qué sufría este espantoso suplicio? ¿No era el resultado de una maquinación de su parte? Experimentó horror de sí misma: todo este dolor, no era sino la consecuencia de un cálculo siniestro.

¿No había deseado ella este nacimiento a fin de ejercer presión sobre el corazón y la voluntad de un hombre? Era injusta la vida, que obligaba a una joven pobre a pasar por tales momentos para asegurar el porvenir. La vida era implacable; Chantal lo había adivinado hacía mucho tiempo, pero jamás tuvo ocasión de experimentar tan íntimamente el horror de esa realidad.

—El corazón del niño se ha detenido —murmuró el médico partero a la enfermera—. Es absolutamente necesario que la cabeza pase en seguida... ¿Será capaz la madre de hacer un último esfuerzo?

En su estado de semiinconsciencia Chantal oyó esta frase: “El corazón se ha detenido”. ¿Los nueve meses de maternidad y de torturas iban a terminar en nada al traer al mundo un niño muerto? Chantal se asió de los barrotes e hizo un supremo esfuerzo, con toda el alma, con toda la voluntad, lanzando un grito desgarrador.

Cuando se despertó estaba nuevamente en la blanca habitación de la clínica. El aire era suave, una atmósfera de primavera había invadido la pieza. Se abrió la puerta, y una enfermera entró en silencio; miraba sonriente a la joven, quien se limitó a preguntarle:

—¿Vive?

—¿Si vive?... Es un robusto niño de cuatro kilos. Es magnífico, con grandes ojos azules parecidos a los de la mamá. Si me promete ser juiciosa y quedarse tranquila voy a hacérselo traer.

Chantal no contestó, preguntándose si sería realmente posible que semejante cosa le hubiera sucedido. Quedaron sus ojos obstinadamente fijos en la puerta por la que había salido la enfermera. Algunos momentos después apareció una nurse con el niño, cuya carita rosada contrastaba con todo lo blanco que lo rodeaba. Chantal miró esta masa informe que le acercaban a la cama y a su almohada.

—Voy a acostar a Daniel por algunos minutos al lado de usted —dijo suavemente la nurse.

—¿Conoce su nombre? —le preguntó Chantal.

—Su padre me lo ha dicho hace un momento.

“Su padre...”, pensó ella con un relámpago de dureza en los ojos.

—Entonces, ¿ha venido?

—Llegó unos momentos antes del nacimiento. Esperaba en el pasillo junto con esa señora que es la madrina. ¡Si hubiera visto la alegría de ese hombre cuando conoció a su hijo! Estuvo a punto de ahogarlo cubriéndolo de besos...

—¡Qué animal!

—¡Oh, señora! Lloraba mirando a su hijito. Después quiso quedarse aquí al lado de su cama. El doctor se opuso a ello formalmente; usted necesita descansar aún durante veinticuatro horas. No hable... La dejo y volveré a buscar a Daniel en seguida para darle un poco de agua azucarada.

Estaba sola con su hijo dormido al lado; inclinando ligeramente la cabeza, su pelo disperso acariciaba la cara del niño. Repentinamente, la boca, que parecía desmesuradamente grande en esa carita roja y arrugada, se puso a llorar: era la primera vez que oía la voz de su hijo. Silenciosas lágrimas le rodaron por las mejillas.

El cuarto de la clínica desaparecía bajo las flores. Hacía ya ocho días que Chantal las recibía mañana y tarde.

—Pobre pequeña —le dijo la señora Royer, que había venido a visitarla—, ¡no comprendo cómo no siente usted dolor de cabeza!

—Cada dos horas el señor Berthon me envía hortensias...

—¿Por qué lo llama “señor Berthon” en lugar de emplear su nombre?

—Para mí no es más que un extraño.

—¡Y el padre de su hijo!

—¡No! —respondió Chantal, con vehemencia—. ¿Cree usted, acaso, que él hubiera sido capaz de hacer un chico tan lindo?... Yo no quería llevar el hijo de un viejo. El padre de Daniel fue un hombre magnifico que yo elegí joven y fuerte.

—¡Chantal, eso es horrible! ¿Y qué se hizo de él?

—Lo ignoro y no tengo el menor interés en saberlo, puesto que no pienso volver a encontrarme con él... Una noche me ha bastado ampliamente; él ha llenado, sin sospecharlo, el papel que yo esperaba. Si no hubiera tenido éxito, habría ensayado con otro hasta lograr mi propósito.

La señora Royer, que por cierto había visto y oído muchísimas cosas raras en su vida, escuchaba a Chantal con azoramiento creciente. Esta última prosiguió con la mayor tranquilidad:

—¡El fin justifica los medios! Cuando anuncié al señor Berthon que estaba encinta de él, no dudó un segundo de que fuera verdad. El orgullo de los hombres sobrepasa todo. De modo que ya ve usted: todo fue para bien; el niño es hermoso y será rico gracias a un padre putativo.

—Si he comprendido bien, ¿ha concebido usted un hijo con un joven que le era por completo indiferente, para cargárselo a un hombre que usted no amaba?

—Es más o menos eso.

—¿No cree que hubiera sido mejor para usted tener un hijo de alguien a quien amara?

—¡No en estas condiciones!

—¿Cree usted que algún día podrá amar a alguien?

—Sí..., a mi hijo. Puede parecerle extravagante, pero es asi. Hace solamente diez días no lo quería; me pesaba terriblemente; llegué casi a odiarlo durante algunos momentos antes del parto; me hacía sufrir demasiado. Cuando me desperté en esta cama, la nurse lo depositó sobre la almohada, no pude seguir siendo insensible: lo inundé con lágrimas. ¿Le parece tonto?

Fue interrumpida por el doctor Petit.

—Señoras, mis respetos... ¿Cómo se encuentra nuestra joven mamá?

—Doctor, ¿me asegura usted que no hay ningún peligro en llevar al niño conmigo?

—Ninguno, mi estimada señora... Es, por el contrario, indispensable, puesto que lo alimentará; lleve también a la nurse. Estoy persuadido de que Daniel será delicadamente cuidado en su casa del bulevar Suchet. ¿Me permitirá, de vez en cuando, ir a hacerle una visita?

—Quiero que vaya a verlo todos los días, doctor, para estar segura de que no le sucederá nada.

—¿Sabe usted que este niño es de una constitución excepcional?... ¡Diablo de Berthon! Para quien se ha empeñado tarde, hay que admitir que se ha recuperado singularmente bien. ¡Adora a su chico! La señora Royer puede confirmárselo, pues lo ha visto en el momento del nacimiento... Este niño debe mucho a su padre. Hay una cosa que no le he dicho todavía, pero que estimo de mi deber hacerle conocer ahora que está ya completamente restablecida. Cuando Daniel nació, estaba virtualmente muerto... El corazón había dejado de latir. Para reanimarlo, sólo tenía un medio: el de dos recipientes de agua de doble temperatura. En uno, el agua estaba helada; en otro, hirviendo. Había hecho preparar los dos cubos (como medida de previsión) en una sala próxima a la suya. No bien me vio pasar corriendo de una sala a otra, Berthon comprendió que iba en ello la vida de su hijo y me siguió a la sala donde estaban los cubos. Adiviné que quería hacer algo él también, ayudarme a arrancar a la muerte esta bola de carne y sangre. “¿Qué cubo toma usted?”, me preguntó. Le contesté: “Prefiero el agua fría”. Sin agregar nada, se quitó el sobretodo, la chaqueta, se arremangó las mangas de la camisa y sumergió los brazos en el agua caliente. Veintiséis veces seguidas él y yo nos pasamos al niño inanimado: yo sumergía el cuerpecito en el agua helada, y Berthon se quemaba metiéndolo en el otro cubo. A la vigésima sexta tentativa, cuando empezaba a creer que era inútil cuanto hacíamos, el niño rompió a llorar: estaba en brazos de su padre...

Ella escuchó sin respirar el relato del médico. La señora Royer apenas osaba mirarla; la joven estaba pálida.

—Cuando un hombre —concluyó el doctor— tiene tales reservas de corazón, merece lo que le sucede... Le pido encarecidamente que no le diga nunca que yo le he contado todo esto. Bajo su apariencia de hombre de negocios es un gran sensitivo.

Se abrió nuevamente la puerta: el señor Berthon volvía para ver a Chantal por quinta vez en el día. Cuatro veces no le había hablado ella más que para criticarlo por la manera como organizó el traslado en auto al día siguiente y la recepción del niño en su nuevo domicilio. Sin embargo, él hizo todo lo humanamente posible: nada faltaría; todo estaba en su lugar para recibir a Daniel mejor que un príncipe.

—Soy yo otra vez —dijo Berthon, entrando—. No tema nada, Chantal... No permaneceré más que un instante. Le había prometido a usted un pequeño recuerdo. Me hubiera sentido desolado si no lo recibiera antes de dejar la clínica.

Tendió a Chantal un estuche, con esa timidez y tacto que sólo poseen los hombres de cierta edad para ofrecer un regalo a una mujer muy joven.

—Acérquese usted, Jacques —le dijo Chantal, con dulzura—. Esta esmeralda es magnífica; sin embargo, no le hago este cumplido por ella: Jacques, es usted espléndido!

Berthon se puso carmesí. Por poco se le caen los lentes, y miraba con gesto interrogador al doctor Petit y a la señora Royer, sucesivamente, preguntándose si esas pocas palabras amables, las primeras en muchos meses, le estaban verdaderamente destinadas.

—¿Por qué me dice usted esto, hoy, Chantal?

—Así lo pienso. Eso es todo.

Era demasiado para el agente de cambio, que, no sabía ya qué decir y se retiró balbuceando:

—Gracias, gracias... Señora Royer, ¿quiere usted que la deje en su casa?

—Encantada. Hasta la vista, Chantal. Mañana, como buena madrina, esperaré a Daniel en su casa.

“Los pueblos felices no tienen historia”, afirma el proverbio. Chantal había sido perfectamente feliz durante los años que siguieron a la llegada del joven Daniel al mundo. Este se había convertido en un robusto chico de tres años, mofletudo, con piernas regordetas; a esta edad se posee el poder increíble de trastornar un mundo.

La señora Royer pasaba todos los domingos en compañía de su ahijado. Descubría, ella también, tesoros de amor maternal que había empleado bastante mal hasta ese día. Uno de esos domingos por la tarde, en que la vida parecía más dulce que de costumbre, ya que Daniel jugaba a sus pies, le dijo a Chantal:

—¿Recuerda usted aquel día en que le pregunté si se sentía capaz de amar a alguien?

—Sí... Le contesté que amaba ya a mi hijo. No le mentí.

—Lo he advertido. Nada ha sido suficientemente hermoso para Daniel.

—He querido que su infancia vengara la mía.

—¿Y Jacques?

—Sigo sin quererlo... No hay que pedirme lo imposible. Únicamente lo estimo porque ha cumplido sus promesas. ¿Qué más puede pedir?

—Nada, evidentemente.

—Desde hace tres años vive con la ilusión de una felicidad perfecta... No dudará usted de que esta noche es extraordinaria: por primera vez desde nuestro encuentro salimos los dos como enamorados.

—¿Dónde van?

—Cenamos en Les Ambassadeurs; después iremos a una boite... ¡Hace mucho tiempo que esto no me sucede! Daniel me acapara demasiado. Para esta noche he pedido el descotado vestido verde. El sueño de Jacques era mostrarme (como la dama de verde) con las esmeraldas que me ha regalado.

—Estará usted ideal. Durante la prueba tuve la impresión de que ese verde había sido inventado para poner de relieve su belleza rubia.

La nurse acababa de entrar.

—Déle a Daniel su baño —le dijo Chantal—. No podré hacerlo yo; tengo que vestirme. Vigile bien su comida y acuéstelo.

Fue aquella noche cuando Chantal se decidió a revelarle a Jacques la presencia de las manchitas rosadas y ovaladas.

Al salir de la consulta al profesor Chardin, la joven no tenía más que un deseo: abandonar cuanto antes su domicilio para no transmitir la lepra al hijo. A partir de ese instante, todos sus actos fueron inspirados por esa idea fija. El ahogamiento de Iru, la precipitada salida del bulevar Suchet, su alojamiento en el Hôtel des Étudiants, la visita al hospital Saint-Louis y a la superiora del convento de la calle du Bac sólo fueron el desenlace trágico de una doble determinación: partir muy lejos por el amor de Daniel y curarse lo más pronto posible para volver a su lado. El único recuerdo del hijo que había llevado consigo era ese Jeannot, al que los primeros dientes de Daniel habían mordisqueado la oreja. Cuando Chantal encontró a Robert, su vida tomó bruscamente un doble sentido: la joven madre se sintió enamorada. A partir de la separación de Singapur, sus pensamientos habían vagado desde el pelo rubio del hijo a las sienes grises del hombre. Abrigaba la convicción clara de que Robert podría ser un padre atento para Daniel, que ella sabría hacerle amar. Por eso la primera parte de la carta de la señora Royer y el anuncio de la muerte del agente de cambio sólo la habían entristecido medianamente.

Era la continuación de esa carta la que le había parecido monstruosa, cuando la directora de Marcelle et Arnaud anunciaba que, antes de morir, Jacques había revelado todo a su mujer suplicándole se encargara del hijo abandonado por Chantal, desaparecida para vivir otra vida en compañía de su amante. La señora Berthon se había entrevistado inmediatamente con el doctor Petit y la señora Royer —que no pudieron negar—, quienes de común acuerdo decidieron no revelar nada que fuera contrario a las declaraciones del agente de cambio. ¿Habrían podido ellos actuar de otro modo? ¿Era necesario hacer saber a la señora Berthon que su marido había sido víctima de una superchería y que en realidad la joven madre de Daniel se hallaba actualmente en una isla del Pacífico tratando de curar su lepra? El día en que Chantal volviera experimentaría un amargo rencor —con justa razón— hacia los que hubiesen revelado al mundo su pesado secreto. La señora Berthon era terriblemente charlatana. Todo París hubiera sabido que la madre de ese niño, que ella adoptaba por caridad, estaba leprosa, que era un drama horroroso..., y todo París se maravillaría de la grandeza del alma de la mujer del agente de cambio, sin dejar de apiadarse por la suerte del niño.

La situación era delicada, afirmaba la directora de Marcelle et Arnaud en su carta. Y no se hubiese llegado a eso si Chantal, atendiendo a los consejos que le dio antes de su partida, hubiera revelado a Jacques lisa y francamente la verdad sobre su mal. Ahí, otra vez, su orgullo tonto había perdido a Chantal. La señora Berthon había solicitado ver al niño, cosa difícil de rehusarle. Cuando se encontró en presencia de Daniel, en el departamento del bulevar Suchet, la obesa señora se había deshecho en lágrimas: “¡Es el vivo retrato de mi pobre Jacques! Voy a ocuparme inmediatamente de este adorable chico...”

Exigió que Daniel fuera a alojarse en su casa para crecer, explicaba ella, “en el ambiente donde viviera su padre”. Ni el doctor ni la señora Royer pudieron oponerse a las disposiciones testamentarias del agente de cambio, que su mujer no hacía más que cumplir. En su testamento, Jacques Berthon pedía que Daniel, a quien reconocía formalmente por hijo, llevara en adelante su apellido. Un abogado, consultado por la señora Berthon, le informó que eso era posible siempre que ella aprobara esa disposición. La buena mujer había consentido en el acto, y Daniel se convertiría en Daniel Berthon, una vez cumplidas las formalidades indispensables. Ahí también Chantal era responsable de lo que sucedía, por su desmedido afán de hacerle garantizar a Jacques el porvenir económico de Daniel. Ella le había hecho constituir una dote a nombre del niño, que el doctor Petit administraba en ausencia de Chantal. Toda tentativa encaminada a probar ahora que Daniel no era hijo del agente de cambio estaba destinada al fracaso; existían numerosos documentos que demostraban que Jacques estaba orgulloso de su hijo y se sentía feliz al asegurarle una existencia cómoda.

En resumen, concluía la carta de la señora Royer, Daniel había encontrado un padre legal y, de rebote, una madre en la legítima esposa de ese hombre. La directora de Marcelle et Arnaud no veía con claridad cómo Chantal podría recuperar su hijo, el día que regresara a Francia, dado que no lo había reconocido oficialmente ni llevaba su apellido.

El alma de Chantal estaba torturada.

Lo que le resultaba más odioso era pensar que la señora Berthon iba a hacerse llamar “mama" por Daniel. Eso no era posible. Y resultaba perfectamente ridículo: una mujer vieja no podía haber traído al mundo, tres años y medio antes, un chico tan hermoso como Daniel. Nadie lo creería. Chantal se encargaría de informarle que el niño no era hijo de su marido. Acaso la señora Berthon titubearía antes de hacerse llamar “mamá” por el hijo de un padre desconocido. La joven estaba firmemente decidida a conservar a Daniel para ella sola.

Debía regresar a Francia para traer su hijo a Makogaï. Se lo confiaría a sor Marie-Sabine. De ese modo podría verlo a distancia y tendría el consuelo de saberlo en la misma tierra que ella. Nadie tendría el coraje ni la idea de ir a buscarlo a isla de los leprosos. Entre tanto, había escrito a la señora Royer para decirle que se oponía enérgicamente a que Daniel fuera reconocido por el agente de cambio en acto póstumo. Procedería según la respuesta que le llegara de Francia.

 

Cuando terminó de hablar, sin que la hermanita la interrumpiera o formulase la menor pregunta indiscreta, Chantal se sintió mejor. La fiebre de la inyección la atenaceaba físicamente, pero su mente experimentaba la sensación de un prodigioso descanso. Ya no estaba sola para llevar el pesado secreto; Marie-Ange la ayudaría con sus frágiles espaldas: el peso se aligeraría.

La hermanita reflexionaba. Los ojos de Chantal la miraban con intensidad, pareciendo implorar una respuesta. ¿Qué debería hacer para conservar del todo para ella a su hijo? ¿Cuál habría de ser su línea de conducta? ¿Había procedido bien enviando esa carta a la señora Royer o, al contrario, actuaría mejor embarcándose al día siguiente, de madrugada, en el Saint-John, para reunirse con Daniel lo más pronto posible?

—¿Su carta ha sido ya expedida? —preguntó Marie-Ange.

—Sí, debe de estar a bordo del Saint-John.

—¡Qué lástima! —dijo la hermanita—. Creo que hubiera sido mejor que esa carta no saliese. Me acaba de decir usted que no puede hacer legalmente nada, puesto que no creyó necesario reconocer en seguida al niño. Los hechos están a la vista: Daniel lleva ahora el apellido del que lo ha reconocido, es decir del señor Berthon. Y reflexionando sobre ello, ¿no cree que está bien así?

—No la comprendo...

—Chantal, dado que tenemos casi la misma edad, podríamos ser dos hermanas. Admita que soy su hermana menor y que, como tal, le doy mi parecer a una hermana mayor que hubiera cometido algunas grandes tonterías. ¡Usted las ha hecho! ¡Reconózcalo! No se tiene razón cuando se procede mal confiando en que no habrá castigo. Todo, en su vida, no ha sido más que motivo de escándalo; su maternidad misma, que no debió ser para usted más que objeto de felicidad, fue un cálculo que estuvo a punto de salir bien; el cielo la vigilaba; le reservaba este mal abominable que dejó rondar, durante años, en la vecindad inmediata de su felicidad, bajo la forma de un gato familiar de apariencia inofensiva; el día en que usted creía estar definitivamente al abrigo de la necesidad y colmada por el amor de su hijo, llegó el castigo atacando directamente a su persona. Es tiempo de comprender que su residencia forzada en esta leprosería es sólo el comienzo de la expiación.

“Será necesario que alcance los límites del sufrimiento humano para merecer la felicidad de la que se apropió indebidamente. Nada hizo usted para ganarla. El mal la ha herido en el orgullo de su belleza; eso no es aún suficiente. Este pequeño Daniel, que no es sino el fruto de un pecado monstruoso, ya no le pertenece; no tiene usted ningún derecho sobre aquel de quien se sirvió en un principio sólo como un medio de extorsión... Yo sé que es difícil resistir a la sonrisa de un niño o a sus lágrimas. Daniel ha conseguido el primer milagro al revelarle a usted misma el instinto maternal. No estoy del todo persuadida, sin embargo, de que éste no sea fundamentalmente egoísta: usted ama a Daniel porque su presencia la hace feliz. ¿Cree que el alejamiento, separándola de él en este momento, le causa tanta pena? ¿Sufre usted? ¡Eso es bueno! Se convierte, al fin, en una verdadera mujer. Me ha expuesto su situación; es totalmente inútil que otros la conozcan aquí. Puede estar segura de mi apoyo y de mi silencio. Una vez más le repito que no es la religiosa quien le habla, sino su hermana.

“Me pide consejo, se lo doy muy sencillamente y trato de señalarle la línea de conducta de una mujer honesta... Y no digo de una cristiana, puesto que no está usted bautizada ni tiene convicciones religiosas. Su deber es, desde luego, reparar el mal que ha hecho. No sería una reparación el proceder contra la voluntad de un moribundo, que ha probado ser un hombre de corazón. Tampoco sería justo imponer a un inocente como Daniel un hogar desequilibrado, un destino de bastardo.

—Según usted, ¿debo abandonar mi hijo a esa mujer?

—Ya no es su hijo, Chantal. Lo ha sido durante tres años: ¡considérese dichosa! Cuando, ya sana, regrese usted a Francia, él habrá crecido y estará en condiciones de censurar ciertas cosas del pasado de su madre que es mejor ocultarle.

—¡Me pide usted un sacrificio cruel!

—Le pido simplemente que reflexione antes de cometer un nuevo error.

—¡Una madre no tiene el derecho de abandonar a su hijo!

—¿Y tiene, acaso, el derecho de traerlo al mundo en las circunstancias en que usted lo concibió?

—No tengo ya ninguna razón para sanar si no he de volver a ver a Daniel.

—Debe usted sanar para poder expiar sus faltas. —Sor Marie-Ange se levantó—: Ante todo, permanezca acostada. Agradezco al cielo que me haya permitido decirle todas estas cosas en el aniversario del más hermoso nacimiento del mundo. No me guarde rencor si le he parecido dura: me ha dolido más que a usted. Sólo deseo que la carta que escribió no llegue nunca a destino, para que tenga tiempo de escribir otra. Hasta pronto, Chantal. Soy siempre su amiga...; mejor que eso: su hermana menor.

Marie-Ange se fue después de besar la frente abrasada de aquella que consideraba sinceramente como su hermana mayor.

Cuando quedó sola, la reacción de Chantal fue terrible. La fiebre de la inyección se mezclaba con la angustia del corazón destrozado. La conversación con Marie-Ange trastornaba todos sus planes. Se dejó llevar por un impulso de rebeldía: aquella cándida hermanita, que se permitía dar tranquilamente su opinión sobre un problema tan grave, no conocía nada de la vida. Marie-Ange era virgen e ignoraba lo que significaba ser madre; no podía comprender el instinto animal de protección del que hasta las peores mujeres son capaces con respecto al hijo salido de su carne. No lo comprendería jamás; la maternidad es un estado por el cual hay que pasar para poder apreciarlo en todo su valor. ¡Si hasta casi la había acusado de no ser una verdadera mujer! ¡Era risible! Chantal se estimaba infinitamente más mujer que una religiosa, puesto que ella era madre y amante. En otra época, nada conocía de la vida; después del nacimiento de su hijo y de la aparición de Robert, ella se consideraba dos veces mujer.

 

Aprovechó que la fiebre disminuía de intensidad para levantarse. Pero de cualquier manera hubiera dejado la cama, pues tenía una imperiosa misión que cumplir. Pasó por la cocina, donde envolvió una tajada de pudding en hojas de ñame, y tomó el camino de la colina en busca de Will.

Este, según su costumbre, estaba sentado ante la cabaña, al borde del foso. Antes de que Chantal hablase, le dijo:

—Me gusta su paso, señora... Es el único que se parece al de sor Marie-Ange. Como el de ella, es etéreo, ligero; parece como si no caminara usted, sino que rozara simplemente nuestro suelo como un ángel que vacila en posar el pie sobre una tierra de desolación. Cuando nos deje, no llevará ninguna traza de nuestro polvo rojo en los zapatos. No habrá hecho más que pasar por encima de nuestras pequeñas miserias.

—No lo crea, Will. Esas miserias me alcanzan más de lo que se imagina. Tengo, por el contrario, la impresión de que si alguna vez me alejo de Makogaï, mis espaldas irán agobiadas por un dolor sin alivio del que no se librarán nunca. Pero no he venido aquí para quejarme o apiadarme de mi propio infortunio. Hoy es Navidad. He querido traerle una tajada de pudding ¿Cómo puedo hacérsela llegar, con este foso aborrecible que nos separa? Me hubiera gustado tanto probarle que no temo acercarme a usted... Will no contestaba. Chantal no le veía la cara, oculta siempre por la capucha, pero tuvo la sensación de que esos ojos, apagados para siempre, lloraban.

El leproso tomó con los muñones envueltos en vendas una larga vara con una red. La tendió por sobre el foso, en dirección a Chantal, que depositó allí su regalo, comprendiendo que era ése el medio de hacerle llegar los alimentos y cuanto pudiera necesitar.

—Lo comeré luego —dijo Will—. Pero vuélvase sin tardanza: siento una brisa del oeste que me acaricia la cara, a pesar de la protección de la capucha, y que no me gusta. Es anuncio infalible de un ciclón. He tenido tiempo de aprender a conocer las menores variaciones atmosféricas. ¡Váyase pronto! Este día de fiesta no terminará en calma. Concretémonos a desear que una nueva catástrofe no caiga sobre Makogaï.

Cuando dejó a Will, Chantal abarcó el horizonte con una mirada. Repentinamente, sin que ella lo advirtiera, el Pacífico, que durante la noche anterior centelleaba con mil fuegos fosforescentes, había adquirido el tinte singular de un trozo ondulante de seda gris. Comenzó a descender. Se oía un silbido extraño que dominaba todos los ruidos habituales de la isla, y que, sin cesar, crecía en intensidad. Aceleró la marcha, pero le costaba un esfuerzo inaudito realizar el viaje de retorno. Luchaba simultáneamente contra el viento que soplaba con violencia sobre su falda y le echaba el pelo a la cara, y contra la fiebre que la atenaceaba. En un momento dado creyó verse obligada a acostarse, de cara al suelo; no podía ya respirar; las piernas le vacilaban. Finalmente, se irguió con todas sus fuerzas, sabiendo de sobra que si se tendía en el suelo ya no podríalevantarse que la encontrarían al día siguiente, cuando el ciclón hubiera pasado, muerta sobre el camino a la colina.

Avanzaba con la cabeza gacha y protegiéndose como podía a lo largo de los macizos de hydnocarpus que bordeaban el camino. Los arbustos que curaban, arqueadas las copas, luchaban contra el viento.

Se encontró de pronto al pie de la escalera de su casa, debiendo asirse con fuerza de los pasamanos para alcanzar la galería, donde el ciclón parecía embolsarse con tal violencia que ella creía estar en el puente de mando de un navío en plena tormenta. Todas las puertas de la casa golpeaban con estrépito. Tras cerrarlas con cuidado se refugió en el living-room, donde el tornado entraba por la ventana, cuya única protección era la persiana de madera pintada; la bajó con dificultad y se creyó segura.

Afuera, el ciclón se desencadenaba con furor creciente. Sentada en un sillón, que colocó en el rincón más alejado de la ventana para protegerse del viento, Chantal daba diente con diente, acurrucada bajo la frazada de piel de cabra. Traspiraba; el viento era caliente, la atmósfera húmeda. La casa sacudida sobre los pilotes, oscilaba de izquierda a derecha. El ciclón la envolvía y se esforzaba por momentos en arrancarle el techo o desarraigaría entera, penetrando con violencia en el espacio libre entre la tierra y el piso.

Esta casa, construida para un eterno verano, no resistirla nunca semejante asalto a poco que se prolongara.

Un golpe de viento, prodigiosamente fuerte, arrancó la persiana de madera. Chantal tuvo que levantarse para arreglar el desperfecto como pudiera; le costó gran trabajo aproximarse al vano por el que alcanzó a ver, cojeando por el camino y apoyándose en sus bastones, a algunos leprosos fijianos endomingados que regresaban a sus casas profiriendo exclamaciones onomatopéyicas incomprensibles. El espectáculo de esos miserables que luchaban contra los elementos desencadenados le recordó en el acto la frase profética pronunciada por Will sobre su colina, el día de la sublevación: “El castigo vendrá a su hora, y me temo que caiga implacable sobre nuestra cabeza. Ése día volverán ustedes a buscarme, pero yo no podré hacer nada...”. Chantal comprendió que la hora de a expiación había sonado.

Volvió a ocultarse bajo la frazada, como un animal acosado que se refugia en el cubil elegido para morir. El castigo llegaba simultáneamente para todos: para Agathe, quitándole su novio; para ella, robándole su hijo; para los leprosos, finalmente, fulminando el lugar de su existencia.

La noche había caído sin que el sol se sumergiera, como otras tardes, en el horizonte de la bahía de Dallice. El astro había huido ante la noche de horror que se preparaba. El cielo, del que ella sólo percibía un pequeño triángulo desde el rincón en que se hallaba, era de un negro intenso: la Cruz del Sur había desaparecido, como también las miríadas de estrellas; sólo quedaban gruesos nubarrones que corrían a escasa altura.

Se alargaban las horas. Chantal permanecía en la oscuridad, esperando la llegada improbable del reverendo David Hall o de un amigo cualquiera. Nadie vino. Esa noche no habría lección de inglés. Imaginaba a cada uno de los habitantes de la isla soterrado en su albergue, como ella, esperando a que el ciclón se apaciguara o que volviera la luz del día. El reverendo David Hall debía leer su Biblia, suplicando al Dios de los cristianos que moderara Su cólera; el padre Rivain, encerrado en su pequeña iglesia, imploraba al mismo Dios. Ya podía repicar la campana del Ángelus, nadie habría de oírla en medio de esta batahola: la iglesia permanecía desierta: En el hospital, las mujeres leprosas y las jóvenes del taller se arrodillaban y salmodiaban el rosario con las hermanas. En cada poblado, los leprosos prometían sacrificio tras sacrificio a los dioses de sus creencias si detenían el flagelo. Los hindúes besaban el suelo de sus chozas para calmar a Vichnú; los chinos quemaban incienso ante el Buda familiar; los fijianos se comprometían solemnemente a inmolar víctimas humanas a Ramanaké. La intensidad del ciclón aumentaba por momentos. Makogaï no podría resistir a un ataque de tal fuerza. Antes de que luciera el alba del día siguiente, se hundiría definitivamente en las olas con sus plantaciones de hydnocarpus y todos sus habitantes. Ya no habría leprosería en el archipiélago; la lepra se esparciría por el Mar del Coral.

A cada instante Chantal creía que la casa sería llevada por los aires. Una lluvia torrencial empezó a caer. Las ráfagas golpeaban contra las paredes de bambú, entre los aullidos del huracán; los muros del living-room habían sido ya calados. El agua chorreaba sobre el piso. Le fue imposible dormir. Pensaba en la dramática situación en que debían de hallarse algunos enfermos. Recordaba también a Will, preguntándose si la cabaña resistiría allá en lo alto de la colina. Era una noche infernal; sin verlas, ella oía las olas azotar a golpes redoblados las rocas de Makogaï. Su aislamiento era monstruoso. Tenía miedo, encogida bajo la frazada. La acompañaban solamente dos sombras: Daniel y Robert. Tenía una imperiosa necesidad de sus presencias en esta noche de desolación. Su cabeza febril le traía la imagen del hijo jugando tranquilamente a los pies de su sillón, como lo había hecho delante de su cama, por las

mañanas, en su casa del bulevar Suchet. La sonriente evocación del hijo cedió lugar a la del ingeniero. Ya no estaba ella en Makogaï, sino en una habitación del hotel Savoy, impregnada del aroma de las kalkawas. Tampoco se escondía bajo la frazada de piel de cabra; ahora se ofrecía, desnuda, a las caricias del amante. Percibía el contacto de las vigorosas manos, una presencia, física de la que no podía privarse. El deseo aumentaba, tomando proporciones que nunca conoció cuando su juventud deslumbrante era incapaz de resistir la atracción de un placer efímero.

Esta noche de amor imaginario fue larga, agotadora, acompañada por el estrépito del ciclón.

Al filtrarse, por fin, las primeras claridades del día a través de las nubes bajas, el sudor le perlaba la frente, las sienes le latían agitadas y todo el cuerpo le parecía destrozado. Afuera, la luz era indecisa, gris, irreal. Nunca había visto otra semejante. El huracán se había apaciguado, su silbido sólo se oía a intermitencias; las ráfagas de gruesas gotas calientes fueron reemplazadas por una lluvia fina y sostenida que lavaba la isla después del desorden de la noche. Chantal abandonó el sillón y se aproximó a la ventana; los pies chapotearon al posarse sobre el piso empapado. Hasta donde alcanzaba la vista, la vegetación aparecía destrozada. Habríase dicho que en una sola noche todo un invierno hubiera pasado sobre Makogaï. Sólo en la rada, el Saint-John se mantenía a flote, atracado al desembarcadero, el que aparecía hundido en parte bajo el asalto de las olas. El viejo carguero, equipado para afrontar todas las tempestades —habituado a ser alcanzado solamente por el infortunio ajeno—, resistió victoriosamente el ciclón. Mientras la isla era sólo tierra asolada, el transporte flotaba, como un desafío a las fuerzas ocultas de la naturaleza.

La fina lloviznase detuvo también, pero el camino que pasaba al pie de su escalera se había convertido en un río de lodo en el cual un peatón debía hundirse hasta las rodillas. Oyó el ruido producido por botas que se extraen penosamente del barro a cada paso; un hombre se aproximaba lentamente, viniendo de la Misión. Reconoció a Tulio, quien le gritó antes de aproximarse:

—¡Signora, qué contento estoy de volver a verla después de esta noche espantosa! Desde ayer tarde estaba inmovilizado en el hospital con el temor de no encontrar ya su casa en pie al llegar aquí. Fue el más violento y prolongado de todos los ciclones que he visto en Makogaï. Hubo momentos en que creí de veras que la isla entera iba a ser llevada por los aires.

—Yo también. Los estragos deben ser considerables.

—Más de lo que usted supone, signora, según las primeras noticias llegadas a la Misión. El poblado hindú ya no existe..., por tercera vez. Todos los cimientos del nuevo pueblo chino han sido destruidos, y una parte del pueblo fijiano fue arrastrada por un deslizamiento del terreno. El doctor Watson ha salido a caballo para informarse personalmente; varios leprosos estarían sepultados en el barro.

—¡Qué horror, mi pobre Tulio! ¿Cuándo saldremos de esta pesadilla?

—Usted advertirá, signora, cuando haya vivido tanto tiempo como yo aquí, que la existencia en Makogaï es tan sólo una serie continua de catástrofes. ¿Cómo quiere usted que sea de otro modo? ¡Una isla de leprosos es forzosamente una isla condenada! Y aún no estoy seguro por completo de que el ciclón haya terminado... Mire esas nubes que se amontonan todavía, y ese mar que permanece gris...

—¿El Saint-John se va?

—Sí, signora. Es a consecuencia de una decisión adoptada por el doctor Watson y el padre Anselme. Este debe ir a Levuka, y el barco ha de partir en busca de socorros para los poblados destruidos. No hay ya suficientes camas; frazadas, ropa seca... El navío regresará esta noche.

—¿Lo cree usted prudente, con un mar tan agitado?

—El Saint-John las ha visto peores, y su capitán es un viejo lobo de mar. Si leva anclas es que todo irá bien.

Chantal siguió con la mirada al carguero de los leprosos, que aparecía o desaparecía, según estuviera en la cresta de una ola o en el fondo de un abismo de agua. El penacho de humo se perdió detrás de la roca de Makodragna. El Pacífico estaba desencadenado.

 

A bordo, todo mundo estaba en su puesto. El viejo Farell se aferraba a la barra de apoyo en el puente de mando y bramaba transmitiendo con el megáfono sus órdenes al timonel, cuando el estrépito de las olas se lo permitía. Sentado en el mismo camarote, donde había instalado a Chantal tres meses antes —no había otro—, el padre Anselme leía el breviario y levantó la cabeza, refunfuñando:

—¡Bailamos demasiado!

Luego miró hacia el puente de mando, donde el capitán permanecía en su puesto: bastó eso para tranquilizarlo.

El viejo Farell conocía el Pacífico y sus perfidias. No se sorprendió, pues, cuando mandó hacer rumbo hacia Levuka, al percibir frente a la proa del navío una pantalla negra que recubría el mar y que estaba surcada por innumerables relámpagos de blanco fulgor. El cabeceo fue detenido en seco por un choque brusco, como si el trasporte hubiera dado con el casco en alguna cosa sólida. Gruesas gotas de agua caliente comenzaron a caer azotando el puente y los vidrios de la cabina donde se encontraba el misionero.

Densa espuma envolvía al Saint-John de proa a popa; el buque empezó a crujir y a hundirse; la oscuridad cayó en pleno día con el peso de una cosa tangible.

—¡Hemos sido alcanzados por un tifón! —gritó el viejo Farell al timonel—. ¡Vigila el rumbo!

Vaciló un momento preguntándose si no sería mejor dar media vuelta y volver a atracar al desembarcadero de Dallice. Su orgullo de marino se 19 impedía doblemente: le había prometido al padre Anselme depositarlo tres horas después en al muelle de Levuka y al doctor Watson traer esa misma noche los socorros indispensables. El Saint-John había asegurado siempre las comunicaciones con la isla de los leprosos, cualquiera fuese el tiempo; no dejaría de cumplir con su misión en esta oportunidad.

Un golpe de mar helado cayó sobre las espaldas del capitán, barriendo el puente; salió de esto sofocado y magullado. El tifón aullaba en la pantalla negra que se agrandaba delante de la proa; el viento azotaba el navío como si previamente hubiera sido aspirado y luego expelido en un fantástico túnel submarino.

—¡Esto va a ser duro! —gritó el capitán en su megáfono al misionero que, en ese instante, entreabría la puerta de su cabina.

Iba éste a contestarle cuando una tromba de agua cayo sobre la cubierta, aplastando todo bajo su peso mortal. El sacerdote se sintió ahogado y experimentó la impresión angustiosa de no hallarse ya a bordo de un barco, sino en una pequeña cuna que saltaba en la cresta de las olas. Comprendió que el viejo Farell, por muy buen marino que fuese, perdía el gobierno de la nave: el destino del Saint-John quedaba en las manos de Dios. Tras hundirse inerte, el carguero volvía a enderezarse, bruscamente, para comenzar de nuevo su zambullida desesperada, como si intentara escapar de este infierno de agua y viento. Los hombres de la tripulación se agarraban unos a otros, en rosario humano, ensordecidos por el fragor, ahogados por la tempestad, azotados por golpes de mar helado, proyectados contra todas las superficies sólidas del buque. Los dos botes de salvamento de estribor habían roto las amarras y desaparecido en un torbellino de espuma.

Resplandores fantasmagóricos brillaban en la cresta de las olas, y el viento arrojaba todo el peso de su fuerza sobre el trasporte, que empezaba a dar las muestras propias del desfallecimiento del náufrago que no puede ya escapar al torbellino de la muerte. Los marineros trataban de refugiarse bajo el puente de mando; únicamente el viejo Farell y el timonel se aferraban desesperadamente a sus puestos.

El padre Anselme debió abandonar el breviario y se mantuvo, como pudo, de pie contra el tabique de la cabina. Vio pasar a toda velocidad, sobre cubierta, a un hombre de la tripulación, traído y llevado por un remolino de agua y de maderos sueltos; otro le seguía, extendido sobre el piso, boca abajo, tratando de agarrarse a las piernas del primero para impedir que cayera por la borda, en aquel vaivén indescriptible. Gritos, carreras en tropel, una confusión de cabezas y brazos, ya a babor, ya a estribor; fue todo: la cubierta había sido barrida. El misionero, cegado, se encaminó al puente de mando afirmándose en lo que encontraba al alcance de las manos. Cuando llegó, únicamente el capitán Farell se encontraba allí; el timonel había sido arrastrado por un alud de agua. Un ruido estridente de campanillas de alarma llegaba del compartimiento de máquinas, y la vieja sirena lanzaba de continuo su lamento, que duraría hasta que el barco se hundiera definitivamente en las olas. Era el grito de despedida del Saint-John.

—¡Estamos perdidos! —gritó el capitán al sacerdote, quien se limitó, a guisa de respuesta, a trazar un gran signo de la cruz. La brújula había enloquecido.

El viejo Fareil hizo aquella declaración cuando percibía, llegando con rapidez fulminante, en sentido inverso a la marcha del navío, una línea de blanca espuma que se elevaba a una altura que no podían creer sus ojos. Le era imposible calcular la elevación de esta ola ni la profundidad del seno que el tifón había abierto detrás de ese muro de agua en movimiento. El padre Anselme percibía el ruido producido por el martilleo sordo de los pistones. Por momentos, ese ruido se detenía para recomenzar luego. La máquina funcionaba irregularmente: el Saint-John tenía pulso de agonía. El misionero tuvo la sensación de que el casco del navío se encogía —ante la inmensidad de la ola que se aproximaba— como si el carguero se dispusiera a dar un salto desesperado.

El Saint-John enderezó el casco y saltó hasta la cima de la ola; masas de agua cayeron en cataratas con pavoroso estrépito sobre la cubierta, que crujió de proa a popa. El carguero, herido de muerte, se precipité en el hueco y zozobró.

 

—¡El Saint-John está naufragando! —dijo Chantal, angustiada—. Si no fuera así, la sirena no sonaría como lo hace.

Tulio no contestó.

—¡Parece que, el tifón se apacigua! —agregó Chantal, después de algunos minutos de silencio.

En la playa, algunos hombres —eran leprosos— se apresuraban a lanzar sus piraguas al mar; otros —reconoció en ellos las siluetas familiares del doctor Watson y del padre Rivain— se apiñaban en la lancha automóvil de la Misión.

—¡Ha pasado algo grave, signora!

La lancha automóvil y las piraguas se alejaron de la orilla dirigiéndose hacia alta mar, donde las aguas volvían a tomar rápidamente sus reflejos azulados por efecto del sol cuyo poder irresistible dispersaba la pantalla de nubes. Una tibieza bienhechora rozaba los rostros; desde tierra llegaba una ligera brisa. Secábase el barro del camino con desconcertante rapidez. Chantal y Tulio bajaron de prisa la escalera y corrieron, a través de la plantación de hydnocarpus devastada, hacia la playa. La primera persona a quien pudieron interrogar en el desembarcadero fue la madre Marie-Joseph: lloraba.

—El Saint-John ha naufragado —les dijo la superiora—. Lo hemos visto desde el hospital; en un instante desapareció entre las olas. Con los prismáticos no se ve ya nada flotar sobre el mar. Parece que se ha perdido tripulación y carga. Esperemos el regreso de las embarcaciones de salvamento.

La espera fue interminable. El cielo de Makogaï había recuperado su serenidad, el Pacífico estaba apaciguado. Los dioses podían estar satisfechos: el hundimiento del Saint-John colmaba el castigo. Los leprosos ya no tendrían navío para comunicarse con el resto del mundo.

Por fin, la lancha automóvil del médico director atracó al desembarcadero. Un hombre inanimado fue sacado con infinitas precauciones de la lancha y tendido en la playa, donde el doctor Watson, con la ayuda del médico fijiano, empezó a practicarle la respiración artificial. Chantal se aproximó y reconoció al viejo Farell.

—Es el único que hemos encontrado —le dijo el doctor Watson—. Estaba prendido a una tabla; llegamos a tiempo. Creo que saldrá del paso.

El rostro del capitán iba adquiriendo insensiblemente sus colores; abría los ojos, pero no podía hablar. Solamente más tarde podría referir las circunstancias del drama, o lo que había visto de él.

El padre Rivain se arrodilló sobre la arena ya caliente.Las hermanas lo imitaron, seguidas muy pronto por todos los enfermos presentes.

La oración, cuyos versículos fueron recitados alternativamente por el capellán y los asistentes, se elevó, ligera, hacia un cielo que volvía a mostrarse clemente. Terminada la plegaria, los concurrentes se dispersaron en silencio: Chantal miró al viejo Farell alejarse sobre una camilla improvisada, en dirección al hospital, y tomó sola el camino destrozado de su casa, milagrosamente intacta. Al llegar a la galería se recostó en la hamaca, pensando que en ese mismo momento todos, desde Tulio hasta el pastor, pasando por el más humilde de los enfermos, debían hallarse revisando sus viviendas para estimar los destrozos. Recordó a los hindúes, que pagaban caro su odio hacia los chinos e iban a encontrarse, a su vez, ante el desamparo. Imaginó la muerte horrorosa de los fijianos, que se habían hundido lentamente en el barro y cuyos brazos sin manos serían los últimos en desaparecer, tratando de aferrarse a cualquier cosa sólida. Esos cuerpos no tendrían ya necesidad de ser enterrados; la tierra roja de Makogaï se había encargado de hacerlo por sí sola, del mismo modo que el Mar del Coral tomó a su cuidado el bordar una mortaja para la tripulación del Saint-John.

Mañana se llevará a cabo un servicio religioso en la iglesia católica, en memoria del padre Anselme. Los protestantes, los adeptos de Vichnú, los fieles de Buda, los adoradores del demonio Ramanaké asistirán a él. El padre Rivain pronunciará una oración fúnebre, y la campanilla sonará durante la elevación. Cuando el acto haya terminado, cada uno volverá a su casa para dedicarse a su trabajo. Los hindúes empezarán a clavar los primeros pilotes del pueblo chino. Los chinos cortarán los bambúes necesarios para la confección de tabiques del pueblo hindú; que será reconstruido por cuarta vez. La hermana Marie-Ange recorrerá la isla a caballo, con su jeringa de chaulmoogra. En el astillero de Levuka se pondrá tal vez la quilla de un nuevo Saint-John. Tulio volverá a cantar. Chantal tomará de nuevo sus lecciones de ortografía con el capellán católico y de inglés con el reverendo David Hall, mientras que, allá arriba, en la colina, el gran Will seguirá asomándose sobre las miserias morales.

Desde la hamaca, a la vera de la cual había visto pasar durante meses una buena parte de la vida de Makogaï, Chantal miraba una vez más el paisaje. Veía el barro del camino secarse en pocas horas, al punto que ya no formaba más que una costra surcada por algunas grietas. Un olor muy particular exhalaba la tierra, recordándole el perfume acre e indefinible que ella había conocido en Francia después de un chaparrón, y que la deleitaba. Las gaviotas, escondidas en una gruta durante el ciclón, revoloteaban de nuevo por sobre la roca de Makodragna lanzando gritos penetrantes. Hasta el sol comenzaba a declinar y desaparecería, dentro de pocos instantes, tras el horizonte azul del Pacífico, en su forma habitual de bola de fuego. Con la rápida llegada de la noche tropical, las devastaciones se esfumaban.

Súbitamente, se acordó de su carta, que se hallaba a bordo del Saint-John. Marie-Ange le había dicho: “Sólo deseo que la carta que escribió no llegue nunca a destino”. La carta estaba ahora en el fondo del océano; el contenido no sería leído por nadie. Y comprendió en ese instante la extensión de su propio castigo, que era total y que exigía de su parte el supremo sacrificio. Mañana, pues, mientras Tulio cantara la misa de los muertos, ella escribiría una nueva carta que no dirigiría esta vez a la directora de Marcelle et Arnaud, sino a la señora Berthon. Le diría: “Yo no me he escapado con un amante, como todo el mundo lo creyó. Dejé a mi hijo porque estaba leprosa. Prométame no decírselo jamás. Sé que ahora lleva el nombre de su padre: es lo justo. Sé igualmente que usted lo educará con amor. Nada más puedo esperar, desde que no he de curarme nunca. Le pido, sencillamente, el día que usted sepa de mi muerte en esta lejana isla, le haga recitar a Daniel una pequeña oración por todas las madres que desaparecen en el mundo sin volver a ver a sus hijos”.

La carta seria breve. No le explicaría a la mujer del agente de cambio que Daniel. era hijo de un desconocido. ¿Para qué remover el lodo del pasado?

Vale más dejarlo secar, como el de Makogaï, para que desaparezca convertido en polvo.

La noche había cerrado por completo. La Cruz del Sur reapareció en un firmamento estrellado. El Pacífico, satisfecho, acariciaba sus riberas de diamante.

 

Otras cuatro Navidades trascurrieron. Cuatro misas del gallo fueron oficiadas por el padre Rivain, sucesor del padre Anselme. Cuatro veces el blanco yate del gobernador había entrado en la rada; el Saint-John no había sido reemplazado aún. Se hablaba vagamente de un barco que con ese fin se construía en un astillero australiano, y se murmuraba también que tendría por capitán al viejo Fareil, vuelto a Sydney después de la catástrofe.

Esta noticia, propagada de pueblo en pueblo y de cabaña en cabaña, no había recibido todavía ninguna confirmación oficial; lo cierto era que, desde la pérdida del trasporte, Makogaï vivía aún más aislada del resto del mundo. La comunicación postal estaba asegurada por el Melbourne dos veces por semana; el paquebote no penetraba nunca en la bahía de Dallice, remitiendo las cartas y las encomiendas desde alta mar, en la lancha automóvil del médico director.

Chantal recibía con bastante regularidad noticias de la señora Royer y del doctor Petit. La primera se concretaba a referirle los últimos chismes de la capital y a hablarle de modas, por cuanto ella ya no se ocupaba de su ahijado. Por el contrario, el doctor Petit veía con frecuencia al niño, que se había trasformado en un lindo muchacho de nueve años. Daniel iba al colegio, donde demostraba una marcada inclinación por la gimnasia y una aversión total por la geografía. Chantal consideraba que todo estaba bien así: no era necesario que Daniel oyera hablar de las islas Fiji y, entre ellas, de la siniestra Makogaï, donde sor Marie-Ange continuaba administrándole de manera concienzuda —desde hacia cinco años— las inyecciones de chaulmoogra.

Cada seis meses se hacía presente en el hospital, donde el doctor Watson le practicaba una extracción en la mucosa del tabique nasal. El resultado de esas experiencias había sido siempre exactamente el mismo: “Todavía no está usted sana”.

Estaba en extremo cansada, y no creía ya a nadie. Desde el día en que había renunciado a Daniel, en la carta a la señora Berthon, nada le interesaba verdaderamente. Sólo su pasión por Robert le mantenía aún el deseo de vivir. La mujer del agente de cambio le había hecho contestar por el doctor Petit que se compadecía de todo corazón ante una tan penosa situación como la suya y que no tenía por qué preocuparse en lo más mínimo con respecto al porvenir de Daniel. De vez en cuando, el doctor Petit enviaba a Chantal algunas fotografías del niño. La última de ellas presentaba a Daniel con pantalón largo de Eton. Chantal tuvo un ligero sobresalto al ver a su hijo convertido en un hombrecito.

Pasaba la mayor parte de los días recostada en la hamaca, soñando o leyendo. Había realizado, bajo el imperio de la fiebre, los sueños más inverosímiles y descubierto un número prodigioso de escritores franceses, ingleses o norteamericanos. Las lecciones del reverendo David Rail, dobladas con una práctica cotidiana, habían dado excelentes resultados: hablaba y leía corrientemente el inglés. Al tiempo que le descubría una voz de oro, Tulio le enseñaba los rudimentos del italiano. Las lecciones de canto, prodigadas por el tenor, fueron completadas por lecciones de piano impartidas por Marie-Ange; Chantal se había revelado con excelentes condiciones para la música. La hermana Marie- Sabine se reservaba las lecciones de fijiano, que no fueron las más fáciles; después de cinco años conseguía conversar con el caminero de Makogaï o cualquier otro de sus vecinos del poblado fijiano. El padre Rivain, finalmente, había logrado hacerle escribir verdaderas disertaciones literarias, sin la sombra de una falta de ortografía y en el más puro francés, sobre las obras leídas durante las horas de soledad.

Estas múltiples ocupaciones intelectuales o artísticas no impidieron a Chantal confeccionar un gran número de mamelucos y trajecitos de tela para el que consideraba su ahijado, el Daniel de la isla. Estas labores suplementarias le daban la impresión de que trabajaba para el hijo distante y le hacían lamentar amargamente el no haber producido nada con sus pobres manos, cuando gozaba la felicidad de tenerlo a su lado.

Aquel amor maternal, irrazonado y fuerte, ya no la sostenía desde su renunciamiento. La pasión por Robert había tomado un sesgo demasiado intelectual para poder satisfacerla. Inútil le había sido imaginarse todas las noches que se dormía en sus brazos; el despertar volvía implacable para recordarle la soledad física. Su misma sensualidad se hallaba embotada. Tenía, en algunos momentos, impulsos de rebelión. Eran crisis rápidas, brutales. Una vez apaciguadas, Chantal sentíase disminuida, avergonzada de sí misma; hubiera deseado morir para extinguir en ella todo deseo. Y, lentamente, su corazón se recogía cerrándose sobre sí mismo.

Los pensamientos la conducían siempre hacia Robert. ¿Qué habría sido de él? Tal vez habría vuelto a Francia y, cansado de esperar en vano, se habría casado. Mil veces sintió deseos de escribirle, dando comienzo a cartas amorosas que nunca terminó. Siempre, a último momento, un temor irracional la contenía: esa carta permitiría al ingeniero descubrir el lugar de su retiro y, al mismo tiempo, su enfermedad.

¿Permanecería ella, por lo menos, siendo una mujer joven? Mañana y tarde, desde algunas semanas antes, se formulaba esta extraña pregunta mirándose con inquietud en el espejo de la polvera. Los rasgos de la cara nunca se vieron verdaderamente alterados. Los miembros habían readquirido la soltura habitual de antes; los dedos, después de haberse encogido hacia la palma de la mano durante tres meses, adoptaban la posición normal. Ya no experimentaba, para escribir las disertaciones literarias del padre Rivain, aquella seria dificultad que hallara la noche que contestó —en el salón del reverendo David Hall— a la primera carta de la señora Royer. Marie-Ange llamaba a este conjunto de recuperaciones físicas “el milagro del chaulmoogra”. La hermanita debía tener razón. Chantal se sentía perfectamente bien y no advertía diferencia exterior alguna entre su persona y la gente sana de la isla. No le faltaban puntos de comparación, empezando por el pobre Tulio, cuyo rostro alcanzaba lenta, pero seguramente, grados de fealdad insospechada. Muy pronto se vería en la necesidad de ocultarlo bajo una capucha, como Will.

Sin embargo, el espejito reflejaba una cara muy cambiada. Aun cuando apenas había pasado los treinta años, Chantal se sentía terriblemente envejecida... Envejecida por el renunciamiento maternal, envejecida por arrastrar en su corazón y en su carne una pasión inútil, por las horas interminables y febriles pasadas en la hamaca después de cada inyección, por los cataclismos que se abatían periódicamente sobre la tierra cálida donde vivía recluida desde hacía demasiado tiempo. Estaba harta de atrincherarse en la casa de bambú los días de ciclón, y de ver desfilar sobre el camino a leprosos que llevaban pilotes destinados a la reconstrucción periódica de sus pueblos arrasados por el vendaval.

También había llegado a detestar esas fiestas que volvían regularmente cada año, como las misas del gallo o la visita del gobernador. Sus oídos estaban ya cansados de escuchar los conciertos dados por el orfeón de los leprosos o los cánticos religiosos del templo protestante; la voz de Tulio le parecía monótona como todo lo que se toma excesivamente familiar. Apartaba los ojos ante, la vista de los cómicos caducos de la pantalla, que desencadenaban la risa sobre la gran plaza los domingos por la noche. Estaba asqueada de sentir eternamente los mismos pesados olores. ¿Cuándo volvería a respirar de nuevo el perfume ligero de la campiña de Île-de-France? Al acostarse no tenía yaánimos para abrazar a Jeannot antes de dormirse. Hacía mucho tiempo que el juguete de felpa dormía solo en el fondo de una valija. Una tristeza indefinible la roía.

De lo que Chantal no podía darse cuenta, y que todossus amigos de Makogaï habían notado, era de su evolución completa. Si bien la belleza física había perdido parte del brillo, bajo los efectos concurrentesdel tratamiento y del clima, la personalidad intelectual se había consolidado de manera sorprendente. La gran modelo a la que paseaban en los salones de costura o se exhibía en los bares de moda había cedido su lugar a una mujer correcta e instruida.

Sucesivamente, Fred, el reverendo David Hall, Marie-Ange, Will, la madre Marie-Joseph, Tulio, todos aquellos a quienes había cruzado en su ruta dolorosa le ayudaron poderosamente, sin que ella lo advirtiera por completo, a realizar tan fundamental trasformación... Ninguno de ellos se detuvo a señalar que la belleza física de Chantal se esfumaba progresivamente: en Makogaï era aún la más hermosa.

Las tentativas de conversión llevadas a cabo por el reverendo David Hall, con la ayuda de Will, como las del padre Rivain, secundado por Marie-Ange, la hallaron inquebrantable. La desesperación que ella alentaba la apartaba de toda mística.

Como todos los que se niegan a hacer abstracción del orgullo, Chantal creía conservar más libertad de conciencia y de acción si no se ligaba a ninguna creencia. Sólo hubo una cosa en la que creyó verdaderamente —en cierto momento—: el poder de su belleza, cuando era deslumbrante. Ese poder dominó su destino, desde la ascensión social hasta el encuentro con Robert. Ahora que ya no existía, ¿en qué podría creer ella? De vez en cuando, a manera de consuelo, extraía de la cartera el pasaporte que le permitió alcanzar rápidamente a Makogaï. En la primera página se encontraba su retrato, el único que poseía. Era tan sólo una mediocre fotografía de identidad, vulgar; pero era tal su belleza en esa época que se consideraba ahora un pálido reflejo de lo que fue. Chantal se miraba complacida y guardaba de nuevo, con un gesto de pena, el pasaporte en la cartera. La amargura de no sentirse ya tan hermosa le hacía olvidar, o poco menos, que se había convertido en otra mujer.

 

El reverendo David Hall no se sentaba cerca de la hamaca, bajo la galería de Chantal, desde hacía una semana.

—¡Qué poco se le ve a usted!

Lo miraba subir lentamente la escalera y lo encontraba marcadamente agobiado. Estaba solo en el mundo. Durante el viaje de regreso a Inglaterra, la pelirroja Agathe se había vuelto loca a bordo del navío que la conducía a Liverpool, donde, al llegar, debieron internaría en un asilo. El viaje de novios, en el Saint-John, acompañando el cadáver de Fred, le había trastornado el espíritu: el castigo deseado por su padre fue muy duro. El reverendo no hablaba de ello nunca y parecía sentir algún remordimiento.

La señora Hall enfermó gravemente tras la internación de la hija. Seis meses después de la partida de su mujer, el pastor protestante recibió un telegrama donde le informaban la muerte de su esposa, “en la paz del Señor”. Hacía ya tres años que el reverendo, sin familia, vivía solo en medio de los leprosos.

El breve esfuerzo de subir la pequeña escalera de la galería lo fatigaba. Dejándose caer pesadamente en un sillón, contestó por fin:

—Mis achaques reumáticos me impiden andar tan libremente como antes. Creo que la permanente humedad de la isla no es muy propicia para este género de enfermedad. El querido Watson me ha aconsejado pedir mi traslado o repatriación a Inglaterra. Tal proposición me ha decepcionado: me prueba que no me conoce aún... desde el tiempo que vivimos juntos en esta leprosería.

—Pienso, más bien —le dijo Chantal—, que el doctor Watson le da con eso una sólida prueba de amistad: ¿cree usted que lo vería irse con el corazón alegre?

—No me iré jamás de Makogaï, donde me enterrarán en el cementerio de los leprosos y en medio de mis amigos. Cuando me sienta muy viejo para cumplir eficazmente con este ministerio, pediré un joven pastor ayudante; pero aún no he llegado a eso, a Dios gracias... ¿Sabe usted que logré cuatro nuevas conversiones esta semana?

—¡Debe sentirse muy satisfecho!

—El padre Rivain no ha vuelto aún de su sorpresa. Estoy aquí, a pesar de mi reuma, para hablarle de Tulio. ¿Cuándo lo vio usted por última vez?

—Antes de ayer.

—¿No le ha dicho nada?

—No.

—No se atreve. Voy, pues, a reemplazarlo... Tulio se encuentra en un estado de depresión espantoso. En efecto, lejos de mejorar con el tratamiento, su salud va empeorando; el domingo último, por primera vez desde que está en Makogaï, no ha podido cantar en la misa mayor del padre Rivain.

—No me ha dicho una palabra.

—Tampoco le dirá que el doctor Watson, después de examinarlo minuciosamente el lunes, le ha prohibido cantar en adelante. Roído por el mal, el organismo no se ha defendido: Tulio ha contraído la tuberculosis pulmonar como, desgraciadamente, muchos de nuestros enfermos. La sola idea de no poder cantar más lo trastorna; podemos esperar lo peor. Habría, sin embargo, una cosa que le causaría inmenso placer y que me ha confiado: se aviene a no cantar, puesto que su estado lo exige, pero querría terminar con belleza su carrera de tenor. Cuando un cantor ilustre, me ha dicho, toma la decisión de abandonar las tablas antes de que su gloria palidezca, ofrece su representación de despedida y canta sus más grandes éxitos. Tulio desearía ofrecer esa función de gala en Makogaï.

—¡Pobre Tulio! He ahí una típica ocurrencia de cómico ambulante.

—He trasmitido ese deseo al doctor Watson, quien se opone formalmente: dice que Tulio querrá demostrar, por última vez, todas sus aptitudes y corre el riesgo de provocar un vómito de sangre. Pero tengo una idea. Le he sugerido organizar esa despedida en casa de usted.

—¿En mi casa? ¡Pero es demasiado reducida!

—Compréndame; no habrá más que dos espectadores: usted y yo. Nos reuniremos los tres, como tenemos la costumbre de hacerlo para la noche de Navidad. El buen Tulio cantará todo lo que le plazca: las dimensiones de su living-room no son tales que lo obliguen a forzar la voz, como hubiera sucedido si cantase al aire libre, en la gran plaza, ante todos los habitantes de la isla. Mi idea pareció gustarle a nuestro amigo.

Larga fue la preparación de Chantal para la función de despedida de Tulio, que tendría lugar a las veinte horas en su living-room y sería en seguida de una cena en la galería. El reverendo había traído, en la mañana, el gran espejo del tocador de Agathe para reemplazar el que la joven había hecho trizas y le permitiría presentarse muy hermosa en honor del tenor. El vestido verde de Marcelle et Arnaud estaba menos fuera de moda de lo que ella creía, comparándolo con las fotografías de revistas enviadas por la señora Royer. Chantal se había peinado exactamente en la misma forma que la noche de gala en el Empress of Australia, con su pelo rubio recogido sobre la nuca. También volvió a sacar las esmeraldas.

Cuando el reverendo David Hall penetró en el living- room quedó deslumbrado por su huéspeda:

—Sí... Es exactamente así como la imaginaba a usted en una velada parisiense.

No pudo ella reprimir una sonrisa a la vista del smoking blanco dentro del cual parecía perdido el pastor.

—He adelgazado mucho —confirmó él—. Además de eso, le aseguro que, hace unos diez años, este smoking me sentaba perfectamente...

—Durante el concierto —le previno la joven— usted se sentará en ese sillón, que hará las veces de butaca de orquesta; yo permaneceré junto al piano para acompañar a nuestro amigo.

Había heredado el piano de Agathe hacía mucho tiempo, encontrándolo un día instalado en el living-room, con unas palabras del pastor redactadas como sigue: “He oído decir que tomaba usted lecciones de piano con sor Marie-Ange y que hacía progresos asombrosos. Como se ha convertido en mi única hija, este instrumento embarazoso debe encontrar lugar en su casa. Me regocijo de antemano ante la perspectiva de oír acentos melodiosos escaparse de su vivienda cuando me aproxime a ella por el camino”.

Exactamente a las ocho, Tulio subía a su vez la escalera. Estaba épico, bajo un sombrero clac y envuelto en una capa ligeramente verdosa que recordaba las más bellas noches de sus triunfos. Al recibirlo bajo la galería, sus amigos creyeron advertir que, durante la velada, el tenor no habría de sentirse ya en Makogaï, sino en la Opera de Sydney, de la que —en su imaginación—subía solemnemente la monumental escalinata. Prueba de que no se equivocaba era la presencia de esa pareja elegante, formada por un anciano señor muy digno acompañado por una mujer joven, de un rubio resplandeciente bajo las esmeraldas.

Después de haberse despojado, con amplio gesto, de capa y sombrero, el tenor se paró ante la concurrencia representada por el reverendo David Hall. Chantal estaba ya sentada en el taburete del piano. Para Tulio no se trataba tan sólo de ese instrumento, sino de una orquesta de cien virtuosos dirigidos por un renombrado maestro de la Scala de Milán. En su evocación, también se había desvanecido el modesto living-room para trasformarse en la sala de la Opera de Sydney, brillantemente iluminada.

Mientras Chantal preludiaba, el tenor miraba la sala repleta: todo Sydney estaba ahí; mucho más, toda Australia se había reunido para ofrecerle un merecido homenaje triunfal. Del mundo entero habían llegado admiradores para oírle cantar, por última vez, la Plegaria de Tosca. Mirando por la hendidura del telón percibía la inmensa araña que derramaba mil luces sobre el áureo artesonado, aclarando las alegorías del cielo raso. Repentinamente, el silencio se hizo, las mil y una lámparas eléctricas de la araña se apagaron, el maestro golpeó sobre el atril con la batuta, las candilejas se encendieron deslumbrando a Tulio. Habíase levantado el telón. Durante más de cinco minutos el tenor no pudo articular una nota frente a la asombrosa ovación que lo acogía. Comprendía, por fin, el sentido absoluto de la palabra triunfo y debía contentarse con menear discretamente la cabeza, sonriendo y enviando besos a la concurrencia...

El tenor estaba con ropa de escena: la misma que llevaba cuando lanzaba aquellas estrofas ya famosas de La Traviata, con una copa de champaña en la mano. Las estrofas invadieron el living-room, ligeras y caprichosas:

 

Lí-bia-mo, li-biamo ne lie-s...

 

repitiéndose con ese brío progresivo, dispuesto por Verdi, que da la impresión de que el cantor está verdaderamente borracho dé júbilo y de música. Cuando Tulio terminó, el pastor aplaudió. Apenas saludó agradeciendo el tenor; tan bien sabía que era admirable lo que acababa de cantar. No era, por cierto, la noche de su triunfo cuando iban a informarle a él que cantaba divinamente. Por otra parte, tampoco era un simple y modesto clérigo el que había aplaudido, sino varios centenares de refinados melómanos.

Durante dos horas Tulio interpretó los más brillantes trozos de su repertorio. Parecía decidido a no detenerse ya, como la tarde en que cantó bajo el árbol de la justicia para salvar a Chantal del enjuiciamiento con que la amenazaban sus verdugos. Si continuaba cantando, era solamente para no decepcionar a la muchedumbre delirante que le gritaba “bis” y no quería dejar a su ídolo abandonar el escenario. El pastor notó que, indudablemente, la voz del tenor había disminuido de volumen; al cabo de una hora estaba ya cascada, cuando se detuvo, por fin, enjugándose la frente, Tulio no daba más. Su canto del cisne lo había agotado.

El reverendo David Hall no vaciló en abrazar a Tulio:

—¡Acabamos de vivir un momento inolvidable! —le dijo.

Tulio se regocijaba y revivía el personaje que debió ser, antes de que lo alcanzara la inexorable enfermedad. Recibía las felicitaciones del pastor y de Chantal como esos virtuosos que estrechan la mano de los innumerables amigos que llegan a felicitarlos a la salida de un concierto.

Tras un momento de indecisión, Chantal se decidió a acompañar al héroe de la velada en su viaje de retorno a la tierra de Makogaï, deslizándole en el oído, después de tomarlo amablemente del brazo:

—Y ahora, pasemos a la mesa.

La cena fue extraordinaria; la dueña de casa había hecho prodigios. La conversación entre los tres personajes versó exclusivamente sobre los méritos y la prestigiosa carrera del tenor.

—Esta cena —confió Tulio a la dueña de casa— me recuerda en todo a las que realizábamos, en compañía de la dama de mis pensamientos, en un comedor reservado del mayor restaurante de Sydney después de cada una de mis inolvidables creaciones. Recuerdo especialmente la cena con una señora de un miembro del Parlamento... Una mujer muy bella, algo menos que usted, quizá, signora, ¡pero una de esas enamoradas!... Yo adoraba su nombre: Muriel... Tan sólo la discreción me obliga a callar el apellido. Se puede ser un don Juan y un hombre galante a la vez, ¿no es así, señor pastor?

—Esas dos cualidades no me parecen incompatibles —contestó el reverendo David Hall.

Los ojos del tenor vagaban de nuevo lejos de Makogaï y de ese living-room que, decididamente, un artista de su envergadura encontraba demasiado estrecho. Su voz prosiguió, mientras permanecía perdido en los recuerdos: —Muriel es la que me escribió la más bella carta de amor..., Un día próximo podrán leerla los dos y se darán cuenta hasta qué punto el ilustre Tulio podía ser amado por las mujeres...

La velada se prolongó. Chantal tuvo la impresión de que Tulio estaba ebrio cuando lo vio alejarse por el camino, en compañía del pastor; vacilaba y, sin embargo, con excepción de una taza de kawa, no había hecho más que beber sus propias palabras.

Al día siguiente Chantal se enteró, por el reverendo, de que el tenor se había suicidado. El cuerpo del “ilustre Tulio Morro”, colgado de una viga de su cuarto, se balanceaba vestido con el traje de La Traviata. La cabeza del leproso estaba sin corona: la peluca yacía en tierra...

 

Sí, Makogaï era una tierra condenada.

Su propia situación en pleno océano Pacifico lo probaba. Traía mala suerte a los que desembarcaban en sus riberas. La nómina de víctimas se alargaba de año en año. Y no atacaba solamente a los leprosos, que dejaba morir a fuego lento dopándolos con la ilusión de la cura. Chantal, como los demás, se había dejado engañar por ese espejismo, había atravesado los mares y esperado pacientemente durante años para descubrir finalmente el error monstruoso. Durante los cinco años que venía vegetando sobre aquella roca no asistió a una sola curación ni oyó hablar de la partida de un solo leproso restablecido hacia el país que lo vio nacer.

Esta isla maldita se volvía igualmente contra las personas sanas. Las odiaba porque llevaban un poco de alegría y consuelo a los muertos en vida, en los últimos instantes. Los leprosos estaban condenados a muerte, pero no eran los únicos. Los médicos, las enfermeras, los capellanes serian todos irremediablemente alcanzados. Chantal había visto desaparecer sucesivamente seres perfectamente sanos, tales como Fred, Agathe, la señora Hall, el padre Anselme, los marineros del Saint-John. No fueron las balas de la sublevación ni la locura ni el tifón los que habían provocado estas muertes acumuladas. Era la isla, la misma Makogaï que los había apuñalado disimuladamente, utilizando admirables coartadas.

Se preguntaba Chantal qué clase de muerte horrible preparaba la maldita isla al reverendo Davil Hall, al padre Rivain, al doctor Watson, la madre Marie-Joseph, sor Marie-Sabine, Marie-Ange. Su propio destino estaba ya determinado. Makogaï disponía de todo el tiempo para verla morir, puesto que era leprosa. Ella sabía que existía un cementerio, oculto por la colina de Will, donde estaban enterrados los leprosos, uno al lado del otro, y aquellos a los que la espantosa enfermedad no había causado la muerte.

El padre Rivain le había aconsejado visitar ese cementerio donde podría leer inscritos sobre cada tumba el nombre de los médicos, capellanes o hermanas misioneras llevados por la fiebre de la isla. No quería ver esos nombres y no iría al cementerio sino cuando la enterraran a ella. No necesitaba ir allí para saber que el martirologio se alargaría, y que un día los recién llegados podrían leer sobre las pequeñas cruces, precedidos por la eterna frase: “Aquí yace”... y seguida de dos fechas, los nombres: reverendo padre Rivain, reverendo David Hall, madre Marie-Joseph, sor Marie-Sabine, sor Marie-Ange, doctor Watson; y todos aquellos cuya abnegación quedaba para siempre ligada a la leprosería.

Ayer, al venir para aplicarle su inyección, Marie-Ange le había recordado que el doctor Watson la esperaba al día siguiente en el laboratorio para efectuar la extracción semestral. Había llegado ese momento, y ella no sentía ningún deseo de ir al hospital por la inutilidad del desplazamiento. Sólo abandonó la hamaca, con pena, para no hacer esperar inútilmente al médico director, en quien había podido admirar, sin reservas, la conciencia profesional.

Hecha la extracción, el médico fijiano pasó al laboratorio para realizar el examen bacteriológico. El doctor Watson aprovechaba siempre de ésos pocos minutos para hablar con Chantal, a quien veía muy poco el resto del tiempo.

—¡Se abandona usted al desaliento, estimada señora! ¡Hay que sobreponerse! Un enfermo que no cree en su curación está vencido por anticipado, cualquiera sea la naturaleza de la enfermedad. Y le juro a usted que la lepra es maligna. Pero le he dicho que estaba seguro de que usted se curaría.

“En lo que concierne a su caso, el tratamiento ha alcanzado ya un doble resultado, muy apreciable, que no había observado nunca hasta ahora en ninguno de nuestros pensionistas: el mal se ha circunscrito al cuerpo, donde no ha dejado hasta hoy más que huellas bastante benignas. No ha tenido jamás, hablando con propiedad, llagas purulentas. Las que comprobamos en sus brazos y piernas tuvieron siempre tan sólo carácter esporádico, desapareciendo por supuración, como vulgares abscesos, o simplemente reabsorbiéndose. Su rostro no fue atacado nunca. Reconozco que en cierto momento, tres meses después de su llegada, tuve serios temores cuando vi hinchársele el cuello; no se lo dije entonces, pero temí que la lepra tomase en usted la horrible forma de elefantiasis. Felizmente no fue nada; puede agradecérselo al chaulmoogra. Un segundo resultado es el que usted comprueba desde estos últimos meses: los dedos han vuelto a la normalidad, puede usarlos con toda la soltura deseable. Finalmente, lo que es fundamental, usted no ha sentido nunca dolores violentos o agujetas desde el día en que empezamos el tratamiento. Aparte de los accesos de fiebre debidos a las inyecciones, puede decirse que no ha sufrido. No conozco un solo enfermo en la isla que pueda decirlo mismo.

El médico fijiano, turbado, volvió del laboratorio y tendió al doctor Watson una hoja de papel.

El médico jefe se limitó a decir:

—Espere unos minutos.

Y entró a su vez en el laboratorio, seguido por el ayudante. Chantal quedó atrozmente inquieta. ¿Le anunciaría, por primera vez, que se había tomado contagiosa? Su espera no fue larga; el ayudante reapareció:

—El doctor la llama.

Entró en el laboratorio por segunda vez en su vida. El médico jefe tenía el ojo aplicado al microscopio:

—Ocupe mi lugar, estimada señora, y mire... —Chantal aproximó a su vez el ojo derecho al microscopio.

—¿Qué ve usted? —le preguntó el doctor Watson.

—No gran cosa, fuera de una mancha blanca parecida a una gota de agua.

—¿No percibe esos bastoncillos, mezclados con gránulos, que tanto la impresionaron cuando se los hice observar en el microscopio, al día siguiente de su llegada a Makogaï?

—No veo nada.

—Si no ve nada es, simplemente, porque no hay ya nada.

—¿Pero entonces, doctor? —preguntó Chantal, levantando súbitamente la cabeza.

—Entonces, estimada señora..., está usted sana.

Había pronunciado las tres últimas palabras con la mayor tranquilidad, sin la menor emoción como si no se diera cuenta de su poder mágico. Chantal palideció y debió apoyarse en la mesa del laboratorio.

—¡No se irá a desmayar cuando le anuncio una buena noticia! —declaró riendo el doctor Watson.

La joven se había desplomado sin conocimiento.

—¡Vamos! Reanímela pronto —dijo el médico jefe—. Esta cura radical obtenida en cinco años, es si no milagrosa, por lo menos sensacional... Cuando les decía, a usted y al pobre Fred, que obtendríamos con el chaulmoogra resultados infinitamente superiores si los enfermos acudían a tratarse al aparecer los primeros síntomas, no me equivocaba. Esta joven es la comprobación viva de mis aserciones.

Chantal reabria los ojos.

—Beba un poco de este líquido —le dijo el doctor Watson, alcanzándole un vaso—. Y tranquilícese: no es chaulmoogra. Le puedo prometer, asimismo, que no volverá a tomarlo nunca.

—¿Es realmente cierto, doctor? ¿Estoy sana?

—Conozco a alguien que se pondrá loco de alegría al conocer esta noticia...

—Yo también —dijo Chantal—. Sé en quién piensa usted. Voy a comunicárselo yo misma.

—Saliendo de sus labios, la noticia tendrá más valor... Aunque sea infalible la experiencia que acabamos de realizar, nos va a ser necesario confirmarla, por contraexperiencias, en los días venideros. No cuente con dejamos antes de algunas semanas; eso le permitirá hacer sus preparativos de viaje.

—¡Quedarán pronto hechos!

—¡Y sus despedidas! Makogaï volverá a ser atrozmente triste sin usted. Espero que nos escribirá de vez en cuando. De todos modos, le garantizo que pasará la próxima Navidad en Francia.

Chantal, en un impulso, saltó al cuello del médico director y lo besó en ambas mejillas, delante del ayudante. Después salió del hospital como una loca, atravesó la plaza corriendo y comenzó a trepar, sin descanso, el camino de la colina.

Jadeaba cuando llegó al borde del foso. Will, sentado en su eterna postura, la acogió preguntándole:

—La he oído correr. ¿Ha sucedido algo grave?

—Algo inesperado, prodigioso, Will. Estoy sana. ¡Siento deseos de abrazarlo!

—Tener la intención es ya suficiente —respondió la voz del leproso.

A Chantal le pareció que esa voz estaba más apagada, más débil que en las visitas precedentes.

—Y usted, Will, ¿cómo se siente?

—Agradezco a Dios por todos los sufrimientos que me envía. Me ayudarán a merecer el cielo.

—Will —dijo suavemente Chantal—, me gustaría hacer algo por usted.

—No puede hacer nada, nadie podría... Ya no necesito nada... Pronto se embarcará para volver a su hermoso país, que no conozco, pero que me hubiera gustado visitar antes de desaparecer; amo su idioma. ¿Por qué no aprovecha la primera travesía del New Saint-John?

—¿Va a llegar, por fin?

—¿El doctor Watson no le ha hablado de eso? Sepa que el nuevo buque destinado a unir a Makogaï con las otras islas del archipiélago acaba de ser terminado en Sydney. Entrará en la bahía de Dallice al mando del capitán Farell, a principios de noviembre. Trasporta un elevado contingente de nuevos enfermos. Usted podrá muy bien aprovechar el viaje de regreso para ir a Levuka, donde los grandes trasatlánticos hacen escala. Seguidamente, eso será para usted la ruta de la libertad, recuperada por fin. Le pediré, tan sólo, que cuando pase por Sydney vaya a echar una mirada a la casa situada en Oxford Street número cincuenta y cuatro, es mi antiguo negocio. ¡Me gustaría saber qué se vende o fabrica allí ahora! Tal vez esté todavía ocupada por un sastre.

—Le prometo ir, Will, y le escribiré al reverendo David Hall refiriéndole lo que haya visto para que él pueda leerle a usted mi carta. ¿Qué más puedo hacer?

—Haga llegar la buena noticia a todos los enfermos de Makogaï. Recibirán, con ella, esperanza y coraje.

—¿Puedo, a mi vez, pedirle un favor?

—Will está siempre dispuesto a servir a quien se lo pida.

—Will, tengo necesidad de templar mi coraje. ¿Quién sabe qué otras pruebas me esperan allá donde voy? Déjeme verle la cara. ¿Se estremece usted? Para mí es el mismo rostro de la santidad. Cualquiera sea el horror aparente, yo sé la íntima belleza que esa máscara recubre. Y siento que esa visión (que llevaré conmigo) sostendrá un día mis fuerzas.

Chantal había expresado eso casi a pesar suyo. El espanto, ahora, la tenía anhelante; Will meditó. Luego, con ademán pausado, levantó un poco, con sus muñones, el borde cayente de la capucha.

Y Chantal vio la lepra y se retorció los brazos. Después, habiendo murmurado un adiós estrangulado, bajó corriendo aquel camino que ya nunca tendría valor de recorrer.

 

Cuando llegó a su casa encontró en ella a tres visitantes, que la esperaban en la galería: Marie-Ange, el reverendo David Hall y el padre Rívain, a quienes el doctor Watson había anunciado la gran noticia. La hermanita sonreía, el pastor y el capellán lloraban. Chantal los abrazó sucesivamente uno tras otro, sin preocuparse lo más mínimo por la dignidad de sus profesiones. No sabía ya dónde tenía la cabeza y contestaba como podía las innumerables preguntas con que la acosaban, hablando los tres al mismo tiempo. Nunca se imaginó que fueran capaces de tanta charla. Cuando este desborde jubiloso, acentuado por la profunda amistad de esas tres personas, disminuyó un poco, les dijo:

—Tengan la gentileza de dejarme. Estoy todavía tan aturdida con lo que me sucede que me pregunto si es verdad. Iré a verlos mañana, a cada uno. Por el momento necesito estar sola...

Descubría la felicidad y vivía, por fin, el sueño acariciado durante cinco años: no sentirse ya tributaria de una enfermedad implacable. Podía abandonar la isla mañana mismo, si ello le causaba placer, pero esperaría a que el doctor Watson terminase todos los análisis. Algunas horas antes estaba triste, desolada; ahora sentía deseos de echarse a reír. Todo la divertía, incluso aquel desfile de enfermos, que pasaban y volvían a pasar delante de su casa para ver de cerca a aquella cuya curación les habían anunciado. Una inmensa esperanza renacía en sus corazones ante la idea de que uno de ellos regresaría pronto, completamente sano, a su lejano país.

El resto del día y parte de la noche lo pasó Chantal elaborando proyecto tras proyecto. Cuando el sueño terminó por vencerla, el plan estaba ya trazado: no escribiría a Francia carta alguna anunciando su curación y daría a la señora Royer y al doctor Petit la sorpresa de presentarse cualquier mañana en la capital. ¡Qué magnifico viaje iba a ser el suyo! La única persona a quien debía anunciar su regreso era a Robert, a cuyo efecto le escribiría una carta a Singapur reiterándole con fuerza su amor. Poco importaba ahora que el sobre llevara el sello de Makogaï, puesto que abandonaba la isla maldita. Le pediría que la acompañase hasta Francia para recuperar a Daniel. Luego, si fuera necesario, volvería con él hasta la península de Malaca, donde las noches de amor son dulces y ardientes. En el momento de su llegada a Paris se presentaría de improviso en la casa de la señora Berthon para reclamarle su hijo. Toda su fuerza combativa revivía ante la consideración de hallarse curada.

 

Nunca había ofrecido la bahía de Dallice semejante aire de fiesta. La playa hormigueaba de leprosos endomingados; el Pacífico había extendido la inmensa seda azul de sus aguas.

Las personalidades oficiales esperaban, según costumbre, a la entrada del desembarcadero. El doctor Watson estaba radiante; el padre Rivain sonreía; los gendarmes vestían uniforme de gala, que consistía en una chaqueta blanca sobrepuesta al taparrabo; tan sólo el reverendo David Hall parecía preocupado: la llegada inminente del New Saint-John significaba la partida de su hija adoptiva al amanecer del día siguiente. Esta se hallaba a su lado, resplandeciente de júbilo contenido y mirando de bastante lejos la horda que ocupaba la playa. No le pasó inadvertida la tristeza del pastor.

—Debiera estar alegre —le dijo—. Es un gran día de fiesta para la isla, que restablece, por fin, su comunicación con otras tierras. ¡Todo es alegría! Mire los enfermos en la playa: esperan paquetes y noticias. Esta noche bailarán y cantarán delante de sus chozas.

Demoró el pastor antes de contestar.

—Sé que estoy haciendo un poco el papel de aguafiestas, pero no es agradable ver partir a una hija. ¿Y si le confesara a usted que mi pesar es más profundo que cuando obligué a embarcarse a Agathe? Después de cinco años, ya me había acostumbrado a su presencia...

Esta pena mal disimulada la atormentaba en un día semejante. Marie-Ange se le aproximó:

—Ya que está aquí, aprovecho la espera para confiarle esta carta que le ruego tenga la gentileza de echar al correo cuando llegue a París. Está destinada a mis padres, que parecen inquietarse por mi suerte y me creen agonizando. Si en sus viajes por Francia llegara casualmente a atravesar Turena, ¡me gustaría tanto que les hiciera una corta visita! Sus nombres y el de la propiedad van en el sobre.

—Le prometo entregarles su carta en las propias manos.

—¿Haría usted eso? ¡No puede imaginarse la alegría que me proporciona! Ya verá: la recibirán como si fuera usted su hija. Podrá quedarse en el castillo todo el tiempo que quiera... Les dirá, de paso, que ya no tengo tos en este clima y que no deben preocuparse por mis bronquios. Cuando cursaba el noviciado eran algo débiles. ¡Estuve a punto de no poder viajar! Los médicos se oponían... Insistía de tal manera, y sobre todo recé tanto, que Dios atendió mi súplica. ¡Cuando pienso que si no hubiera venido a Makogaï no habría existido aquí, tal vez nunca, una orquesta de leprosos! ¡Reconozca que habría sido una lástima!

—Gran lástima. Pienso en lo que sería esta isla privada de su sonrisa.

Los gritos de bienvenida que proferían los enfermos se elevaron: Selo! Selo! El New Saint-John doblaba el cabo de Makodragna.

Chantal miraba aproximarse el navío al desembarcadero: sus dimensiones eran mayores que las del predecesor. El casco negro recientemente pintado contrastaba con la superestructura blanca que dominaba la cubierta. El New Saint-John tenia una silueta simpática y alegre; una sola cosa lo deslucía: el cargamento de leprosos, que se percibían apiñados a proa, a popa y un poco en todas partes conforme a las órdenes del viejo Farell. Cuando el trasporte atracó, emitiendo tres toques de sirena mucho más estridentes que la del viejo buque, Chantal reconoció a capitán en el puente de mando: conforme a la inveterada costumbre, rugía en el megáfono.

Los gendarmes subieron a bordo para verificar la identidad de cada enfermo, y la dolorosa procesión se inició desde el muelle. Aquel desfile parecía no terminar nunca, según la impresión de Chantal; y era en verdad interminable: mientras mayores fueran las dimensiones del trasporte para leprosos, mayor habría de ser el número de enfermos. Muy pronto la isla sería demasiado pequeña para recibir semejante alud.

Al final del desfile venia un verdadero atleta, en traje blanco, con el rostro tostado por el sol. El doctor Watson le tendió la mano: Fred estaba, por fin, reemplazado. Un médico desaparecía, otro atravesaba los mares para ocupar su lugar; algunos leprosos eran sepultados en la roja tierra, otros desembarcaban del trasporte para ocupar sus cabañas; como todas las vidas, la de Makogaï no era más que un perpetuo empezar de nuevo. Se preguntaba Chantal quién la reemplazaría en su blanca morada. Cuando se fuera, vendrían de todos los poblados a visitar su casa, cuchicheando:

—Es aquí donde vivía aquella blanca que se curó tan pronto con el chaulmoogra...

 

Recostada en la hamaca, Chantal pasó la última noche en Makogaï sin poder dormir. Al alba, tomó el neceser de viaje y se encaminó directamente hacia la playa, a través de la plantación de hydnocarpus. Este paseo matinal le permitió impregnarse para siempre del olor acre de la planta misteriosa que la había sanado como lo había hecho con el rey de Benarés.

Esta partida al amanecer parecía una fuga.

Chantal dejaba a Makogaï, a escondidas, como una ladrona, llevando consigo el tesoro de su curación. Tanto temía que alguna de las divinidades maléficas le arrancara aquel bien inestimable. Sobre el desembarcadero, casi se echó a correr: un penacho de humo se escapaba ya del New Saint-John. El capitánFarell la esperaba a la entrada de la pasarela y la saludó, en inglés, con aquellas sencillas palabras que ahora podía ella comprender y había oído antes en boca de Marie-Ange, cinco años antes, en francés:

—La esperaba.

Un marinero le tomó la valija, la pasarela fue retirada, la sirena lanzó tres, llamadas jubilosas, y una vibración imperceptible sacudió el navío, que se desprendió lentamente del muelle. Chantal se refugió en la cubierta de popa y percibió dos sombras que corrían sobre el desembarcadero: era demasiado tarde. Las sombras agitaron pañuelos en señal de despedida; la joven tuvo apenas fuerza suficiente para contestar con un vago ademán. Había reconocido la silueta menudita de Marie-Ange recortándose al lado de la alta y encorvada del reverendo David Hall. Cuando el trasporte dobló la roca de Makodragna, ya no le fue posible verlos; volvió deliberadamente hacia la proa del navío y subió al puente de mando, al lado del viejo Farell, que retiró su pipa de la boca para dedicarle una amplia sonrisa. Ella miraba adelante, fijamente, los ojos secos y ebrios de luz, hacia un sol que subía rápidamente en el horizonte...

 

LA VERDADERA VIDA

 

 

 

El New Saint-John había puesto proa directamente hacia la isla de Ovalau; tres horas más tarde atracaba al muelle de Levuka, que, cinco años antes, había parecido a Chantal el más triste del mundo. Un médico inglés, acompañado por un ayudante indígena, subió a la cubierta.

—Doctor Ritchie, de la Comisión Médica del gobierno de Fiji —dijo, presentándose a Chantal—. Un mensaje radiofónico de mi colega Watson acaba de anunciamos su llegada. ¿Tiene las fichas del tratamiento y salida de la leprosería? Si lo permite, la vamos a examinar para eliminarla definitivamente de la nómina de leprosos declarados. Este nuevo trasporte posee un camarote donde podremos proceder muy bien a cumplir con esta simple formalidad. Tiene la suerte de que haya en el puerto un hidroavión de la marina real que parte dentro de dos horas para Sydney. He intercedido ante las autoridades militares para que le reserven un asiento; de este modo podrá estar esta noche en Australia.

—Doctor, no sé cómo agradecerle. ¿Y mi equipaje?

—Lo embarcaremos esta noche en el Melbourne, lo recibirá en Sydney dentro de tres días. No tendrá más que hacerlo retirar a la llegada del barco por personal del hotel donde se aloje. Desgraciadamente, el hidroavión no disminuirá la duración total de su viaje de regreso a Europa. Se verá obligada a esperar en Sydney la partida del próximo paquebote, que tendrá

lugar dentro de cinco días. Creo, sin embargo, que usted

preferirá dormir desde esta noche en un confortable

hotel de Sydney y no en una de las casas de Levuka. ¿Conoce usted Sydney?

—No lo visité en mi viaje de venida.

—Será para usted la ocasión soñada. Tendrá tiempo de hacer compras y reservar camarote.

—¿Cuál es el barco que sale para Europa?

—El Empress of Australia, un excelente paquebote. —Lo conozco —respondió Chantal, cuyo rostro ya radiante se aclaró con una nueva sonrisa.

Por fin podría ella circular libremente a bordo de aquel navío sin temer que descubrieran su enfermedad. Esta travesía prometía ser, verdaderamente, la que le haría olvidar el horror del pasado.

Mientras hablaban, el doctor Ritchie y su ayudante la condujeron al camarote del New Saint-John: era infinitamente más confortable que la jaula de vidrio donde viviera horas abominables, en el trayecto Levuka-Makogaï. Este último examen era largo, minucioso. Chantal fue presa de un miedo atroz: ¿y si el doctor Watson se hubiera equivocado?

Al dar término a su trabajo le dijo el médico inglés:

—Discúlpenos, señora, por retenerla tanto tiempo. Su curación ha sido tan rápida que estábamos obligados a tomar ciertas precauciones, no obstante la absoluta confianza que nos inspira el diagnóstico del doctor Watson. Puede volver a vestirse. Aquí tiene la ficha policial que la autoriza a circular libremente en todo el archipiélago de las Fiji. No me parece que le sea de mucha utilidad —agregó amable—, puesto que nos va a dejar de aquí a una hora... Voy a pedirle al capitán Farell que la haga conducir en uno de los botes del barco hasta el hidroavión que puede ver desde este ojo de buey, en pleno centro de la rada. No me queda más que desearle feliz viaje.

Media hora más tarde, un bote del New Saint-John atracaba a un costado del hidroavión cuatrimotor de la marina real. El capitán Farell quiso acompañar personalmente a su pasajera; Chantal quedó conmovida ante esta deferente atención del marino, quien le dijo, a guisa de despedida, cuando ella se encontraba en el cuadro de la puerta de la carlinga:

—Y sobre todo, ¡no vuelva jamás a pisar la cubierta de mi trasporte! Es el mejor augurio que puedo hacerle.

Miró alejarse la frágil embarcación, pensando que el viejo Farell era un capitán como no volvería a encontrar otro, que tenía algo de pirata y de santo a la vez. Ella sabía que, como el reverendo David Hall, moriría en su puesto.

El hidroavión sobrevoló a poca altura las costas de una isla extensa, que supuso debía de ser Viti-Levu; evocó la imagen del pueblo y puerto de Suya que el ojo de buey de su camarote en el Melbourne le había permitido entrever. Rememoraba particularmente el pintoresco círculo formado alrededor del paquebote por las piraguas largas, cuyas proas arqueadas ostentaban cabezas esculpidas e iban tripuladas por robustos indígenas con taparrabo por toda vestimenta.

Pronto Viti-Levu no fue más que una mancha sombría que se quedaba atrás, lejos; hasta donde alcanzaba la vista, Chantal sólo percibía una interminable extensión de agua. Estaba sola en la carlinga y veía, hacia adelante, las espaldas de los pilotos. Este hidroavión gigante debía haber depositado en Levuka alguna misión oficial y retomaba vacío. Esa impresión de soledad entre cielo y agua era deprimente.

Abrió el neceser de viaje para retocar su maquillaje; sería una excelente ocupación... Rara y deliciosa a la vez era la sensación que experimentaba al dibujarse el contorno de los labios con rouge.

Mientras se dedicaba a esta delicada operación, su mirada se detuvo sobre los objetos que había amontonado sin orden en el neceser: dos de entre ellos le trajeron a la mente mil recuerdos; el primero, Jeannot, que acercó a los labios; aquel juguete de felpa había sido el amuleto de suerte; el segundo, cuyo nombre le pareció aterrador y a la vez ridículo en un día como éste: La Psicología de los leprosos.

Ese libro le quemaba los dedos; una carta doblada en cuatro se escapó de entre sus hojas cayendo sobre el piso del cuatrimotor. La levantó y releyó la carta que Robert le había dirigido junto con las kalkawas de Singapur; la guardó cuidadosamente en la cartera, con clara conciencia de haber extraído todo cuanto era interesante de La Psicología de los leprosos. Deslizó la obra del doctor Ramelot por la abertura de aireación; vio el libro pasar delante del vidrio y desaparecer para siempre en la inmensidad del Pacífico.

 

En taxi se hizo conducir directamente al mejor hotel de Sydney: el Plaza. Necesitaba, a cualquier precio, revivir sin tardanza su vida de lujo. El hall del Plaza la maravilló con los obsequiosos mayordomos de recepción, el omnipotente conserje, los grooms galoneados. La subida en el ascensor le pareció vertiginosa.

El departamento que ocupaba era espacioso y vulgar dentro de la suntuosidad del conjunto. Su primer cuidado fue tomar un baño; parecía indispensable después del viaje en el carguero de los leprosos. Cuando descendió para comer en el grill-room, se parecía a cualquier cliente elegante de un gran hotel internacional. La comida, servida a la francesa, significó para ella descansar de los pasteles de maíz, del puré de ñame y de la habitual taza de kawa. Nunca le supo más deliciosa una buena carne asada, rodeada de papas al horno y rociado todo con una media botella de Chambertin: verdadera cena real con un maître d’hôtel de gran estilo y mozos discretos.

Antes de volver a tomar el ascensor echó una mirada a los escaparates publicitarios del hall; la simple visión de una capa de zorro azul y de algunos clips modernos le despertó un deseo furioso de hacer compras. Su jornada del día siguiente estaría totalmente ocupada: pasaría la mañana en un instituto de belleza y visitaría los comercios por la tarde. Al pasar ante una mesa baja, sobre la que estaban dispersas algunas revistas ilustradas, notó un diario de la tarde. la tentación era demasiado fuerte: no había leído un solo diario durante toda la permanencia en la leprosería.

Evidentemente, el doctor Watson, y sobre todo el pastor, la habían tenido informada sobre las noticias más importantes que conocían por radio. Supo así que dos nuevos conflictos mundiales fueron evitados a última hora, durante aquellos cinco años; pero, ¿qué podían importarle las batallas lejanas cuando ella estuvo a punto de ser víctima de la lepra?

Mientras recorría el diario australiano, su mirada cayó sobre el título de los espectáculos. En la Opera representaban El Barbero de Sevilla. Ese nombre le bailó ante los ojos: para ella evocaba a Tulio, su función de despedida y sus recuerdos de cómico. Cuando tuviera el equipaje, traído por el Melbourne, se pondría el vestido verde e iría a la Opera, imaginando que iba a aplaudir “al más ilustre de los tenores de toda Australia”. Le debía, al hombre que la salvó una tarde por el milagro de su voz, este último homenaje y prueba de afecto. Empezaría igualmente su tarde del día siguiente con la visita prometida, en Oxford Street, al comercio de Will.

Al día siguiente por la mañana entró en un instituto de belleza, de donde salió cuatro horas después, trasfigurada. Quería ser hermosa otra vez para no decepcionar a Robert y ser admirada por Daniel el día que volviera a verlo.

Después de un almuerzo en el grill-room salió a pie en dirección de Oxford Street. Al llegar frente al número 54 se encontró en presencia de un gran edificio moderno donde no había trazas de locales. Los diferentes pisos debían estar ocupados por oficinas. Un agente de policía, a quien pidió informes, le dijo que ese inmueble había sido edificado dos años antes en el solar que ocupaba una vieja construcción, cuya planta baja estaba, en efecto, ocupada por comercios.

—¿No recuerda usted si había algún sastre entre esos comerciantes? —preguntó Chantal.

—No recuerdo, señora.

Se alejó; el primero de sus peregrinajes quedaba cumplido. Nada quedaba ya del comercio donde Will pasara los mejores años de su vida, rodeado de numerosa familia.

Al subir, a eso de las veinte horas, la escalera monumental del pesado edificio de la Opera —de estilo munich-vienés, adornado con molduras de estuco—, los palcos ventrudos y dorados se redondeaban alrededor de la sala, y los abonados consultaban ávidamente los programas bajo las muecas horrendas de los mascarones edematosos.

Chantal, sentada en la segunda fila de plateas de orquesta, notó en el avant-scène de la derecha una dama respetable, de cierta edad, cuyo pelo grisáceo armonizaba con la pureza del rostro. La acompañaba un señor con aspecto de persona importante. Chantal complacióse en imaginar que esa mujer de la sociedad era Muriel, la enamorada de la carta apasionada. Cuando el telón se estremeció antes de levantarse, estuvo a punto de dar un grito: Figaro no sería, esta vez, el hombre de la peluca. En efecto, el tenor que desempeñaba ese papel era de un físico totalmente distinto. Pero cuando la popular aria del barbero: Figaro qui, Figaro là..., fue repetida, Chantal cerró los ojos: escuchaba el triunfo de Tulio.

Durante el entreacto se paseó por el foyer, donde estaban reunidas las efigies de los más ilustres actores del teatro, hoy desaparecidos; entre ellas, reconoció en seguida el retrato de Tulio: estaba representado en traje de escena, una copa de champaña en la mano. Chantal se había detenido ante el retrato. De pronto, el corazón le dejó de latir: la dama del avant-scène examinaba el retrato con su impertinente; después, se volvió hacia el acompañante, diciendo:

—¡Dios mío, qué ridículo es! ¿Tulio Morro? Este grueso hombrecillo debía hacer una triste figura en La Traviata.

Se alejó Chantal, alzando los hombros: no era Muriel.

La reflexión de esta mujer le quitó por completo el deseo de escuchar el tercer acto. Bajó la monumental escalera y se introdujo en un taxi después de haber cumplido el último deber que la retenía en Sydney. Mañana por la noche navegaría finalmente hacia Singapur donde volvería a encontrar al hombre con el que soñaba desde cinco años atrás.

 

El Empress of Australia centelleaba con su profusa iluminación cuando Chantal subía la pasarela de acceso. No bien tomó posesión del camarote llamó al criado. Sentia el deseo imperioso de saber si Williams pertenecía aún al personal de la nave. Dieron dos golpes discretos. La puerta se abrió, Chantal sonreía:

Williams estaba ante ella.

—Y bien, Williams, ¿no me reconoce?

—Discúlpeme, señora...

—¿Tanto he cambiado, entonces?

Williams titubeó ligeramente.

—La señora sigue siendo hermosa...

Después, cambiando bruscamente de conversación:

—¿La señora vuelve a Francia?

—Williams—insistió Chantal—, ¿entonces he cambiado mucho?

—Perdóneme, señora, pero todos cambiamos... con el tiempo. Yo también...

—Sus sienes están blanqueando; eso le sienta mucho y le da un aire respetable.

—El pelo de la señora conserva siempre su reflejo dorado.

—Nada de cumplidos tardíos, Williams. Hemos envejecido los dos. ¡Ah! Una pregunta que olvidaba hacerle... ¿Habrá a bordo una fiesta tan brillante como aquella que conocí cuando venía?

—La señora quedará ampliamente complacida: tendremos tres, una de las cuales se realizará durante la noche que preceda a la llegada a Singapur.

—Resérveme desde hoy una mesa bien visible.

—La señora puede confiar en mí.

Williams había desaparecido con aquella discreción que no era el menor de sus encantos. Chantal, con un deshabillé rosa comprado en Sydney, terminaba de comer cuando empezó a sentir el balanceo de las grandes olas del Pacífico. Miró por el ojo de buey entreabierto: la brisa del mar la envolvió con un soplo más fresco que el calor húmedo de Sydney. El Empress of Australia le hacía franquear la penúltima y la más larga de las etapas hacia la felicidad. La última se desarrollaría, en compañía de Robert, a lo largo de la vía férrea Marsella-París en un coche dormitorio azul y oro.

Williams le informó al día siguiente que el Empress of Australia no hacía ya escala en Batavia y navegaba directamente hacia la península, de Malaca. Chantal sentía extrañeza por no haber recibido respuesta de Robert a un telegrama que le dirigió desde Sydney. ¿Tal vez habría llegado al Plaza después de su partida? De todas maneras, ya estaba advertido y la esperaría en el desembarcadero de Singapur.

Se hacía servir las comidas en el camarote, pues no deseaba ir al comedor sino después de hacer su primera aparición la noche de gala.

Esta llegó por fin. A las veintiuna, como cinco años antes, la dama de verde apareció en la escalera del comedor donde todas las mesas estaban ya ocupadas, salvo la suya. Un maître d’hôtel avanzó. Nadie había levantado la cabeza cuando ella entraba; no percibió aquel murmullo halagador que acompañó a su aparición cinco años atrás. Su presencia no atrajo siquiera la atención de sus vecinos de mesa. La experiencia quedaba hecha. Debía resignarse a no ser más que una belleza cualquiera. Observó que dos mujeres, una pelirroja y la otra morena, acaparaban la atención de los comensales. La primera, que adornaba su cuello con un collar de diamantes, debía ser inglesa. La segunda era una maharaní muy joven, que llevaba puesto un sari negro bordado de oro, a la moda mahratte, de larga cola que le pasaba entre los pies minúsculos; como alhajas, sólo exhibía rubíes: en las orejas, en el cuello, en la muñecas, en los dedos de las manos y hasta de los pies..., rubíes incomparables comprados en el mundo entero, desde la me de la Paix hasta la Quinta Avenida, desde Bond Street hasta el Cabo, desde El Cairo hasta Amsterdam.

¡Afortunadas mujeres! Chantal no intentaría ya rivalizar con ellas. No saldría del camarote hasta Singapur. Pero otro orgullo vino a consolarla de esta semidecadencia: no era ya una modelo.

 

Robert no se hallaba en el muelle de Singapur. Decidió ir a la dirección que él le había dejado. Un taxi descubierto le permitió hacer una apreciación rápida de este puerto internacional, cuyo nombre le resonaba extrañamente en los oídos como el leitmotiv de una melodía.

El taxi se detuvo ante una casa de planta baja con terraza superpuesta y rodeada de un jardín formado por innumerables bóvedas de verdor, pinos parasoles de tronco violeta u ocre, alerces y cedros. Apenas turbaba el silencio el canto de un pájaro o el murmullo de una fuente. Era la casa del amante.

Una sirvienta indígena se aproximó a la reja. Sus ojos color café estaban salpicados de lentejuelas de oro. Se mantenía recta como una hermosa caña, lisa y reluciente; su pelo no era crespo, sino trenzado con discos de cobre alrededor de las orejas.

—¿El señor Robert Nicot está en casa? —preguntó Chantal, en inglés.

La muchacha rompió a reír, contestando con un mal inglés:

—No conozco a ese señor. Mi patrón se llama Stimson.

Chantal se puso pálida, mostró a la muchacha la tarjeta que le había dejado el ingeniero y le señaló la dirección.

Luego de un momento de indecisión la sirvienta volvió a la casa, de donde salió nuevamente, acompañada ahora por un europeo con casco colonial, quien dijo a Chantal en correcto francés:

—¿Sin duda, señora, es usted una compatriota del señor Nicot? Lo he conocido perfectamente, pues lo sucedí en la dirección técnica de la usina. También he ocupado su misma casa.

—¿Ya no está aquí?

—Mi antecesor ha vuelto, a Francia hace más de un año para tomar la dirección de una empresa metalúrgica muy importante. Me escribe algunas veces; estábamos en muy buena relación. Era un hombre encantador y cultivado, lo que es más bien raro ver por aquí.

—¿Sería muy indiscreto pedirle su dirección? Regreso a Francia.

—Se la voy a anotar al dorso de la tarjeta... Aquí está. Vive en París. Le reexpido la correspondencia que llega para él.

—¿Recuerda haber recibido, hace unas cinco semanas, una carta dirigida al señor Nicot?

—Perfectamente; fue ésa la última que le he remitido.

Esta noticia calmó el desasosiego de Chantal. Robert había recibido su carta en París y estaría prevenido de la llegada. Por otra parte, ¡era estúpido suponer que se quedaría esperándola eternamente en Singapur sin recibir una sola palabra de ella durante cinco años!

—Me atrevo a esperar, mi estimada señora —prosiguió el ingeniero inglés—, que me hará usted el honor de entrar un momento.

—Sólo dispongo de muy poco tiempo; estoy a bordo del Empress of Australia, que parte mañana temprano para Europa.

—Es un largo recorrido. ¿No prefiere el avión?

—¿Hay servicio regular de Singapur a Europa?

—Dos veces por semana vuelan confortables aviones de la Imperial Airways con destino a Croydon, haciendo escala en Le Bourget. El próximo sale mañana por la mañana.

—¿Cree que sería posible conseguir un asiento para mi?

—¿Quiere que telefonee inmediatamente al aeropuerto?

La estupefacción de Williams fue grande cuando supo que su pasajera preferida despreciaba el lujo del Empress of Australia por la incomodidad de una máquina volante. Chantal no sintió la necesidad de darle la menor explicación.

 

El aeródromo de Le Bourget estaba recubierto con un blanco tapiz de nieve cuando el avión de la Imperial Airways aterrizó, después de un viaje rápido y sin historia. La predicción de Marie-Ange se realizaba: “Va a ser necesario que se acostumbre de nuevo a las Navidades bajo la nieve”.

El avión inglés llegó al aeródromo parisiense en las primeras horas de la tarde. Entre Le Bourget y la capital, la aglomeración de coches hacía tan difícil la marcha que sólo después de una hora de viaje un taxi dejaba a Chantal ante la entrada del hotel Bristol, donde había decidido —durante la última etapa Atenas-París— fijar provisionalmente su domicilio. Siempre había soñado con habitar un día ese hotel del faubourg Saint-Honoré, delante del cual pasaba regularmente dos veces por día cuando se dirigía a “Marcelle et Arnaud”.

Cuando el jefe de recepción hubo cerrado la puerta de su departamento, Chantal pidió tres comunicaciones telefónicas. Cada vez que la telefonista del hotel le anunciaba el interlocutor en el aparato, sentía alguna indecisión antes de llamar. Oír inesperadamente la voz de una persona amiga, de la que había estado separada durante años, le causaba vértigo. Fue primero una voz de hombre.

anunciaba el interlocutor en el aparato, sentía alguna indecisión antes de hablar. Oír inesperadamente la voz de una persona amiga, de la que había estado separada durante años, le causaba vértigo. Fue primero una voz de hombre.

—¡Hola! ¿Quién habla?

—¿No reconoce mi voz? —respondió Chantal.

—Perdóneme, señora, pero tengo prisa...

—Más la he tenido yo para volver a Francia y a París. Es Chantal quien le habla, doctor...

—¡No! —exclamó la voz del doctor Petit, estrangulada por la emoción—. ¡No es posible! ¿Usted, querida amiga? ¿No me estará hablando desde Makogaï?

—Estoy en Paris desde hace un cuarto de hora, en el hotel Bristol, donde lo espero.

—¡Prodigioso! Y... ¿puedo preguntarle cómo anda su salud?

—Excelente, doctor. Estoy completamente sana.

—¡Increíble!

—¡Qué tranquilizador es usted! ¡Felizmente el día que me aconsejó partir para Makogaï se abstuvo de asegurarme que no podía creer en mi curación!

—Perdóneme, querida amiga. Con el tiempo que se alargaba desmesuradamente, terminé por desesperar... En fin, ya está aquí, con vida y buena salud... Es lo esencial. Voy a despachar mis consultas y estaré en el Bristol a eso de las diecinueve.

—¿Recuerda aquel almuerzo en su casa durante el cual me refirió la leyenda hindú del descubrimiento del chaulmoogra?... Esa leyenda no es una farsa. Estoy ahora segura de que el chaulmoogra curó al rey de Benarés y a su novia...

—¡Y pensar que le he escrito una extensa carta antes de ayer!

—Se la devolverán con esta nota: “Se ausentó sin dejar dirección”. Hasta luego, doctor. Voy a llamar ahora a la señora Royer; no me prive, por favor, de saborear el placer de su azoramiento.

—A esta hora la encontrará en pleno desfile de su colección... Trátela con algún cuidado... Ya no es joven y podría desmayarse delante de las modelos.

La señora Royer no fue quien contestó inmediatamente en “Marcelle et Arnaud”, sino la voz de una encargada que Chantal no conocía.

—Le digo, señora —repetía la encargada en un tono bastante desagradable—, que la señora Royer no puede acercarse al aparato en este momento. Está en el salón de recepción con las dientas.

—Dígale solamente esto: “La llaman de Makogaï”.

Hay que creer que la frase misteriosa convenció a la señora Royer. Muy pronto su voz ronca y sofocada gritó en el teléfono:

—¡Chantal!

La joven oyó un soplo jadeante en el otro extremo de la línea; explicó suavemente:

—He vuelto a París, por fin curada, y la espero a doscientos metros de su casa, en la misma calle, hotel Bristol... A menos que usted prefiera que vaya a verla.

—¡De ninguna manera! —respondió vivamente su interlocutora—. Le explicaré por qué... Iré en cuanto mi colección termine de exhibirse.

—Encontrará aquí al doctor Petit. Hasta luego. Sospecho que está muy ocupada en este momento y, por lo tanto, la dejo.

Colgando el receptor, Chantal se preguntó por qué su antigua amiga se había mostrado tan terminantemente contraria a su eventual aparición en los salones de “Marcelle et Arnaud”. ¿Sería para evitar que se encontrase frente a frente con la señora Berthon?

La tercera comunicación telefónica fue la más difícil de obtener: se dirigía a una oficina cuya operadora recibía siempre la señal de “ocupado”. Por fin, una voz varonil contestó:

—¡Hola! ¿Quién habla?

—Alguien que ha guardado una debilidad por las kalkawas, con la condición de serle enviadas a bordo de un paquebote en la rada de Singapur —respondió Chantal, con voz trémula.

—¿Ha llegado, por fin? —preguntó tranquilamente el ingeniero—. Esperaba esta llamada telefónica desde que recibí su carta, que me ha seguido desde Singapur hasta aquí.

Este hombre dominaba admirablemente sus nervios e impulsos. Continuó:

—¡Finalmente! Me he preguntado con frecuencia qué habría sido de usted y lamenté no recibir noticias suyas. No le guardo mucho rencor desde que, por último, se ha decidido a venir a verme. ¿Cuándo me permitirá devolverle la visita?

—Hoy no, Robert Estoy demasiado cansada, acabo de dejar el avión. A partir de mañana seré toda suya.

—¿Quiere que nos encontremos para comer?

—Me pide una cosa muy sería... ¿Ha reflexionado que sería nuestra segunda cena juntos?

—No reflexiono al respecto. ¿Dónde debo ir para llevarla en mi coche?

—A las veinte, en el Bristol.

—Hasta mañana, Chantal; y de aquí hasta entonces trate de adivinar mis sentimientos.

—Comprendo, Robert... Sin embargo, es absolutamente necesario que le haga una pregunta que me tortura hace años... ¿Se casó?

—No, que yo sepa.

—¡Ah!, respiro...

—Soy libre —contestó Robert—. Mañana, la velada se anuncia hermosa.

—Muy hermosa —repitió Chantal, maquinalmente, mientras colgaba por tercera vez el receptor.

El día siguiente sería, en efecto, maravilloso; uno deesos días como ella no los había conocido nunca. Esa noche se pondría de acuerdo con el doctor Petit y la señora Royer para convenir su primer encuentro con Daniel: mañana, ya fuese temprano o por la tarde, vería a su hijo. Y, ¿quién sabe? Acaso podría ella referirle de nuevo un bello cuento antes de que se durmiera, aunque Daniel ya era un robusto muchacho. No porque los niños crezcan pierden el gusto por lo maravilloso.

 

Chantal recibió al doctor Petit y a la señora Royer en su departamento, tratando de adelantarse a la posible decepción que les causaría.

—Sí, no soy ya tan hermosa como antes. Lo sé. Todo lo que les pido es que no me lo hagan sentir demasiado. Pero estoy sana y he sufrido. ¿No creen ustedes que eso también importa?

El doctor no había cambiado en lo más mínimo. La señora Royer se había convertido en una anciana; lo que no le sentaba mal. Después de las primeras efusiones y un alud de preguntas, formuladas alternativamente por sus amigos, a quienes ella contestaba como podía, Chantal pudo, por fin, decir a su vez:

—¡Dénme noticias de Daniel!

Un embarazoso silencio sobrevino, interrumpido con rapidez por la respuesta de la señora Royer.

—Está creciendo en estatura y en juicio.

—Y admirablemente educado —ponderó el doctor.

—No he podido besarlo desde hace un mes —agregó la directora de “Marcelle et Arnaud”—. Lo veré mañana: su madre... ¡Oh!, perdóneme; nos hemos acostumbrado tanto a llamar así a esta querida señora Berthon... Es necesario hacerlo, delante del niño... ¡Y ella lo cuida con tal dedicación! ¡No puede usted imaginarse hasta dónde llega su adoración por el chico!

—¡Nunca podrá quererlo tanto como yo! —contestó apasionadamente Chantal—. Vengo a recuperar a mi hijo.

En la cara de los visitantes se pintó la consternación que provocaron estas últimas palabras.

—Querida amiga —comenzó el doctor—, usted no ignora que legalmente Daniel es ahora el hijo del señor y la señora Berthon. Habiendo muerto su padre, es natural que sea su madre quien lo eduque... Puede, pues, encontrarse usted frente a las más serias dificultades.

—¡Esa mujer debe restituirme mi hijo!

—Mucho me temo que se niegue a ello —continuó él—. Durante cinco años se ha dedicado a cuidarlo. Tenga en cuenta que ella lo ha tenido a su lado dos años más que usted, que sólo tuvo a ese chico tres años en su poder.

—Si ella quiere quedarse con Daniel, puede hacerlo —prosiguió la señora Royer—. Quedará usted reducida a la posibilidad de entablar un juicio largo y costoso, cuyos resultados serían por demás inciertos.

—¿Y usted cree, sinceramente, que voy a recargarme de abogados y de jueces? Si no cuento más que con ese medio recuperaré a Daniel por la fuerza. Eso no será un robo, sino una restitución.

—Lo fundamental es saber dónde reside el interés del niño —hizo notar el doctor.

—El primer interés de un niño es el de conocer a su verdadera madre.

—Chantal, chiquita mía —dijo con dulzura la señora Royer—, bien sabe usted cuánto la queremos... Tanto el doctor como yo hemos procedido siempre con el deseo de respetar su voluntad. Cuando usted se fue muy lejos, lo hizo tan sólo para evitar que Daniel se enterase un día de que su madre era leprosa. Intimamente persuadidos nosotros (y usted lo estuvo en la misma medida) de que no se curaría jamás, nos vimos ante un dilema atroz: dejar de cumplir la expresa voluntad de un difunto poniéndonos en abierta oposición a la ley (puesto que Jacques reconocía oficialmente a Daniel en su testamento) o asegurar a su hijo las prerrogativas de hijo legítimo. En el primer caso, no teníamos más que esconderlo o hacerlo reconocer por cualquiera a fin de darle identidad, sin que con esto estuviéramos seguros de que alguna vez, si el caso se ofrecía, pudiera encontrar de nuevo a su madre. En el segundo, eliminábamos definitivamente su temor de ver a Daniel abandonado al horror de la Asistencia Pública. ¿No procedimos acertadamente? ¿Qué hubiera hecho usted en nuestro lugar?

Chantal no contestó. El doctor insistió:

—El milagro se ha producido: usted está aquí, delante de nosotros, sana. Nos sentimos muy felices por eso. Todavía es usted joven; puede rehacer su vida, tener otro hijo con el hombre con quien se casará. En lo que concierne a Daniel, considero honestamente que el destino es quién ha decidido. Usted misma ha renunciado a sus derechos ante la señora Berthon, en carta dirigida a ella. Si usted la ataca judicialmente, puede estar segura de que utilizará su carta y de que el Tribunal le confiará la custodia de Daniel.

—Iré, si es necesario, ante los jueces y les explicaré la razón del renunciamiento: mi enfermedad. No puedo creer que todos los jueces sean inhumanos. Puedo probar fácilmente mi maternidad y la enfermedad que he padecido. Los haré comparecer a los dos como testigos; ¡no pueden negar lo que han visto!

—Ese proceso puede tener una repercusión enorme. ¿Le interesa a usted, verdaderamente, que toda Francia se entere de que ha tenido lepra? ¿Para que Daniel lo sepa al cumplir los diez años? ¿Eso era, en realidad, lo que usted buscaba cuando nos dejó? ¿Es igualmente indispensable que los orígenes de la paternidad del niño sean públicamente exhibidos? ¿Le parece que a él le complacerá oír decir más tarde: “Ha nacido de padre desconocido; su madre era una muchacha leprosa”?

—¡Basta, doctor! ¡Parecería que sólo se proponen torturarme, cuando creía encontrar amigos que me ayudaran!

—La ayudamos del modo que creemos mejor —respondió la señora Royer—. Yo concibo con facilidad que a usted le cueste comprender actualmente nuestra actitud. Es aún demasiado reciente la impresión producida por la alegría del retorno. Ya comprenderá que nunca nos hemos conducido más en calidad de amigos que en este momento. Lo propio de la amistad auténtica es decir la verdad.

—Déjenme —contestó Chantal—. Necesito estar sola.

—¡Prométanos no hacer lo irreparable provocando un escándalo cuya única víctima sería Daniel! —exigió el doctor, levantándose.

—No habrá escándalo. Cuando actúe, lo haré conforme a los dictados de mi conciencia o de mi corazón. En ambos casos, seré lógica conmigo misma: nada podrá reprochárseme.

 

El desfile de la colección de invierno “Marcelle et Arnaud” se desarrollaba según el ríto inmutable. La vozde una encargada anunciaba: “Tristeza...”, "Noche de olvido”; las altas jóvenes morenas, rubias o pelirrojas pasaban, una y otra vez, con la reserva deseada, asociada a la tradicional naturalidad de movimientos. La señora Royer esperaba la llegada de cada modelo al pie de su escalera monumental, y la señora Berthon emplazaba su impertinente en la dirección de las jóvenes que evolucionaban ante ella. La mujer del agente de cambio había adelgazado: ¿sería la consecuencia de su duelo o de las innumerables preocupaciones que le causaba la educación del muchachito tan juiciosamente sentado en una silla al lado de ella?

Era la primera vez en su vida que Daniel ponía los pies en una gran casa de costura y asistía a un desfile de modelos. Abría desmesuradamente los ojos de admiración.

De pronto, una dama vino a sentarse a pocos metros del niño, al cual ella miraba ávidamente. Daniel dio un tirón a la manga del saco de astracán de la señora Berthon, diciéndole:

—¡Mamá! ¿Conoce usted a esa señora que nos está mirando?

La señora Berthon orientó el impertinente en la dirección indicada por el niño y no pudo reprimir un sobresalto. ¡Aquello no era posible! ¿Cómo esta aventurera leprosa tenía el atrevimiento de venir a pavonearse en pleno centro de la, capital, en medio de damas respetables de la mejor sociedad?

—No mires a esa persona, Daniel. Un niño bien educado no fija su mirada en las damas...

La señora Royer, que acababa de percibir a Chantal, se dirigió rápidamente hacia ella. Cuando la directora pasó delante de la señora Berthon, ésta le preguntó con voz angustiada:

—¿Por qué está aquí esa mujer?

—Lo ignoro... o, mejor, temo saberlo.

—Si llega a provocar un escándalo —dijo en voz baja la mujer de Jacques—, proclamo en voz alta que es leprosa.

—Se lo suplico, no haga nada. Ya lo arreglaré todo.

En realidad, la señora Royer estaba enloquecida. La tempestad parecía a punto de estallar. Cuando se encontró delante de Chantal, ésta le dijo con toda tranquilidad:

—¿Reconoce, querida amiga, que no he perdido mucho tiempo antes de llegar a admirar sus maravillas? Me gusta mucho ese vestido de tarde..., ¿cómo lo llama usted?

La señora Royer se volvió para ver pasar a la modelo y respondió:

—“Noche de olvido”.

—Un titulo que me acomoda admirablemente —prosiguió Chantal—. ¿Puede usted hacerme llegar este vestido dentro de una hora al Brístol? Tengo, precisamente, una cena importante. No será necesario hacer ningún retoque: si mis facciones se han abultado un poco, puede ver, en cambio, que he conservado mi talle de modelo.

—¿Por qué me habla de modas? Yo sé bien la razón que la ha traído hasta aquí. Ayer me prometió que no habría escándalo.

Chantal la miró largamente antes de contestar:

—No habrá escándalo.

—Entonces, no se demore más, será mucho mejor...

—¡Escuche! Por todos los tormentos que he soportado, por los cinco años infernales que acabo de vivir, sobre la cabeza de este niño que traje al mundo, le juro a usted que no habrá escándalo. Pero quiero volver a ver un instante, de cerca, a mi pequeño Daniel. Llévemelo ante esa ventana, aparte. Ni lo tocaré siquiera; he estado leprosa y lo estoy aún, sin duda, a los ojos de su otra madre. Quiero llenar los míos con su mirada y partiré.

El acento era tan grave, tan doloroso, que la señora Royer se sintió conmovida.

—Le creo a usted, Chantal.

Se acercó a la señora Berthon, sostuvo con ella un conciliábulo de algunos minutos, después se acerca la ventana llevando al niño de la mano. Mientras proseguía el desfile de modelos, la mujer del agente de cambio acechaba la escena, pálida, pronta a gritar, a intervenir tempestuosamente si era necesario.

El niño, guiado por la señora Royer, se aproximó a la ventana donde se hallaba esa dama triste que le sonreía con los ojos llenos de lágrimas. Estaba más enfadado que intimidado. ¿Por qué le impedían continuar viendo el desfile de los hermosos vestidos?

—¡Daniel! —dijo la dama de los ojos tristes.

Enfurruñado, el niño la miraba de soslayo, con enojo. De la cartera extrajo ella algo así como un paquete de trapo.

—¿Le puedo ofrecer este juguete?

Le tendió a Jeannot, un Jeannot muy estropeado, desteñido, casi informe.

¡Juguetes! El niño rico los tenía a montones e infinitamente más hermosos que ese harapo de cambalache. ¿Se burlaban de él?

Tomó el objeto y lo arrojó al suelo, con rabia, dirigiéndose después hacia donde se encontraba la señora Berthon, siempre pálida, pero triunfante.

El incidente, que pasó inadvertido para el resto de la concurrencia, quedó terminado ahí. Las modelos prosiguieron el torneo de elegancia. La dama triste, en su rincón, recogió el mísero juguete y, vacilante, alcanzó la puerta de salida.

 

Refugiada en el departamento del Bistol la joven rumiaba su angustia y se esforzaba en aceptar el más duro de los renunciamientos.

Llamaron a la puerta.

—Es un paquete, señora —dijo la camarera.

Chantal abrió rápidamente la caja que contenía el vestido “Noche de olvido”. Pareció arrojar lejos de sí el fardo de su pena y se introdujo en el cuarto de vestir. Una hora más tarde salió de él engalanada para recibir a aquel con el que reharía su vida.

Este no se hizo esperar. A las veinte la voz del conserje resonó en el teléfono.

—El señor Rober Nicot la espera a usted en el hall.

Allí estaba él, como siempre, tal corno lo había conocido en el Empress of Australia y evocado muchas veces en su imaginación. Por lo menos no había cambiado físicamente. Desde el primer instante, ella tuvo la impresión de que la encontraba todavía deseable. Si no lo decepcionaba a su vez, su vida no estaría completamente perdida. Era en absoluto necesario que se aferrara a este hombre, el único con el que podía entrever la felicidad. De las dos mujeres que ella encamaba —la madre y la amante— sólo la segunda subsistía. Durante toda la comida, elegida expresamente por Robert, Chantal desplegó tesoros de encanto y espiritualidad. Robert le declaró en el momento en que terminaba esta cena de amantes que volvían a encontrarse:

—Tienes ante ti a un hombre atónito y encantado. Las pocas palabras que cambiamos a bordo y en el Savoy no podían hacerme suponer que en esta amante enigmática y lejana se escondía una personalidad tan distinguida como la tuya. ¿Sabes tú que es muy raro encontrar una mujer completa?

No contestó; lo escuchaba con éxtasis. Habría podido permanecer así durante horas; volvía a encontrar la voz tranquila cuyo timbre continuó resonando en sus oídos durante el exilio.

—Para haber alcanzado este grado de comprensión de la vida —continuó Robert— es necesario que hayas recibido una educación prodigiosa o que hayas sufrido mucho. ¿Dónde has estado, exactamente, durante estos últimos cinco años?

—Otro día hablaremos de mi viaje. Por el momento, ocupémonos tan sólo del presente.

—Tienes razón. Vámonos.

 

La semana trascurrió, maravillosa; sin que les fuera posible, ni a uno ni a otro, tener conciencia de la marcha del tiempo. De común acuerdo habían decidido que Chantal conservaría aún el departamento del Bristol hasta que se casaran. La ceremonia tendría lugar a principios de febrero en Antibes, donde Robert tenía una villa: esperarían a que las mimosas florecieran. La espera no les resultaba penosa, puesto que vivían ya como marido y mujer. Chantal no pensaba más que en Robert. Noche y día eran el uno para el otro. Cuando él la dejaba para ir a la oficina, ella le decía:

—¡Vuelve pronto!

Y él despachaba los asuntos para volver cuanto antes al lado de ella. La pasión los dominaba sobre todo razonamiento.

Chantal estaba convencida de haber alcanzado la victoria. Encontraba acertado el haber mantenido el secreto de su enfermedad. Aun cuando Robert supiera ahora que ella había tenido lepra, el hecho carecía de importancia ya. Lo tenía encadenado por los sentidos y por la razón: era su prisionero. Por lo menos, ella lo creía así.

Pero llegó lo que, fatalmente, viene a tentar a los seres humanos en el colmo de la felicidad: es el querer sondear su misterio, al mismo tiempo que probar su fuerza y solidez. Después de poseerse en cuerpo aspiraban a poseerse en espíritu.

Se conocían poco. Sin duda, la personalidad sencilla y recta de Robert ofrecía a Chantal pocos recodos para descubrir. Por el contrario, para él, esta mujer encantadora, que cada día le revelaba nuevos dones espirituales, se volvía constantemente más extraña ante sus ojos, más enigmática. Algunas veces su alegría de mujer feliz desaparecía desgarrada en sombrías profundidades.

—Chantal —repetía él—, yo siento cuánto has sufrido.

Llegaba a investigaciones más precisas, donde ciertos celos de amante se deslizaban. ¿Qué había hecho ella durante los cinco largos años que los separaron después del primer encuentro? ¿Qué significaba esa desmesurada gira por el Pacífico y hacia las islas Fiji? ¿Algún antiguo amante?... Ella eludía todas estas preguntas con destreza, y él se cuidaba de insistir.

Una noche, en que el recuerdo de Daniel la había entristecido, escuchaba distraídamente a Robert, que intentaba animarla. Recordaba él su encuentro a bordo del Empress of Australia, el nacimiento de su amor, las peripecias del viaje.

—¿Te acuerdas —dijo él— del gato siamés de la señora Smith?

Chantal se estremeció.

—Espero que no renovarás tu crisis de nervios.

Cerró los ojos dolorosamente y dijo en un soplo:

—¡Cállate!

—¿Hay, entonces, un secreto entre nosotros?

Ella intentó llevar a broma el peligroso tema.

—Sé que eres hábil —dijo él, insistiendo—. Te escondes tras las palabras. Si se trata sólo de un secreto pueril, dímelo. Será siempre algo que me hayas dicho acerca de ti.

Sintieron surgir entre ambos una tensión súbita y vertiginosa, como ante la inminencia de un choque violento.

—Por último —prosiguió él, con impaciencia creciente—, ¿qué te han hecho los gatos siameses?...

—Trasmiten la lepra.

Esto fue dicho tan ferozmente que la sonrisa, esbozada en seguida por Robert, se congeló en sus labios. Tuvo ella un gesto de cansancio:

—Era indispensable que un día conocieras lo que tú amas.

Y habló. Refirió el nacimiento de la enfermedad, su desesperación y fuga. Nombró a Makogaï, el infierno de los leprosos, la odiosa residencia, el islote maldito castigado por los elementos desencadenados. No olvidó poner de manifiesto, entre este horror, la divina caridad incansablemente prodigada, la resignación sobrehumana de Will. Y contó, por fin, el sueño de amor acariciado durante cinco años —casi sin esperanzas—, la alegría delirante de la curación, la carrera hacia el amante...

Hasta el alba, Robert escuchó este torrente doloroso.

Cuando todo quedó dicho la tomó en sus brazos.

—¡Amor mío, cómo has crecido en mi ternura!

La llevó a la cama, destrozada, le besó la frente, la contempló un momento y salió con una irresistible necesidad de respirar el aire de la mañana, de caminar, de sentirse vivir.

Al día siguiente por la noche, al encontrarla, le prodigó esas delicadas atenciones que sólo la piedad inspira al amor. Se sintió conmovida. Luego, siguió él interrogándola sobre Makogaï, quiso detalles, pormenores precisos sobre su vida allá, y, muy pronto, con particular empeño, sobre la lepra misma.

Habló ella, desde luego sin reparar en las reacciones que provocaba. Poco después tuvo la impresión de verlo invadido por un terror que procuraba estimular al tiempo que intentaba vencer. La lepra iba en camino de erguirse entre ellos.

De súbito, como abordando una cuestión que lo obsesionaba, no obstante haberla diferido largamente, preguntó:

—Aquellas manchitas rosadas, en el cuerpo, allá en Singapur, eran evidentemente las primeras manifestaciones, ¿no es cierto?

Ella comprendió que el recuerdo de la primera noche de amor quedaba envenenado para siempre.

—Mi estado no era contagioso.

El bosquejó una sonrisa forzada y convencional.

—¡Naturalmente, puesto que aún no estoy leproso!

Sintió piedad de él.

—Robert —le dijo—, estoy algo cansada esta noche. ¿Quieres dejarme sola?

No sintió la menor pena en decidirlo a que se fuera. El besó las manos con fervor, humildemente, y ella lo sintió avergonzado, arrepentido ya, pero liberado por esa despedida del temor irrefrenable de poner su cuerpo desnudo en contacto con una carne intocable.

La noche solitaria, el lecho abandonado por el amante espantaron a Chantal. Sólo eran las once. Se puso un abrigo y salió. Caminaba en línea recta sin saber hacia dónde, arrastrada por el vértigo del infortunio. Sola en aquellas calles, sola entre esas casas, sola bajo esos árboles de pesadas sombras, sola en el universo, sin el hijo, sin amante, sin amigos, sin nadie en el mundo..., sin objeto aquí abajo, sin esperanzas... ¡Daniel! ¡Robert! Haber tendido los brazos hacia estas dos sombras durante cinco años, perder alguna vez toda esperanza de alcanzarlas y hallarlas, por fin, para perderlas en seguida, era más de lo que podía soportar un ser humano, una mujer, una pobre mujer.

Tropezó, casi, con el parapeto del río. El agua negra con visos fulgurantes la llamaba con su paz y su misterio. Descendió la escalera de piedra y anduvo algunos pasos por el muelle desierto. Muelle de embarque hacia la nada, hacia el reposo eterno, ¿tal vez hacia otra vida?

Un escalofrío la sacudió, haciéndola volverse. Allá arriba, sobre una rampa, hallábase una forma acurrucada, semiahogada bajo un manto, la cara a medias cubierta con un capuchón cayente en forma de cogulla. Avanzó algunos pasos hacia él y lo reconoció. ¿Era un vagabundo dormido o la aparición del gran Will? Dos pasos más y ella distinguió su rostro entrevisto un día, ese santo rostro horrible y divino como era aquel de Cristo en el Gólgota estampado sobre el lienzo de la Verónica. Todos los dolores del mundo y todas las bellezas del más allá se confundían en él.

Chantal oyó el llamado. Meditó y supo entonces el camino que le estaba trazado.

 

Fue recibida en el andén de la estación de Tours por un chofer de librea que le preguntó, quitándose la gorra:

—¿La señora viene a Chalencay? Soy el chofer del señor marqués de Furière, que me ha encomendado ocuparme del equipaje de la señora.

—No tengo mas que esta valija y sólo podré quedarme en el castillo veinticuatro horas.

Durante el trayecto, Chantal, hundida en el asiento de la gran limousine, hizo algunas preguntas al chofer.

—¿Ha conocido usted a sor Marie-Ange?

—La señorita Marie-Ange —respondió cortésmente el chofer— dejó Chalencay hace casi nueve años. La última vez que tuve el placer de verla fue el día de sus grandes votos, en el convento de la calle du Bac. Había conducido allí al señor marqués y a la señora marquesa. Regresamos al castillo esa misma tarde: estaban muy tristes; la señorita Marie-Ange se embarcó dos días más tarde hacia la leprosería... Todo el mundo en Chalencay está impaciente por ver a la señora que trae noticias tan frescas de la señorita.

—¿La querían mucho, aquí?

—No se pensaba más que en ella... La vimos crecer... La señora encontrará todavía en el castillo a la mucama de la señorita, Charlotte... Mi padre, que era cochero, le enseñó a cabalgar.

—Estas lecciones no fueron inútiles —aseguró Chantal—. Acaso no sepa usted que ella realiza todos los días en Makogaï un largo paseo a caballo para visitar los diferentes pueblos de enfermos.

—La partida de la señorita Marie-Ange fue un verdadero drama para Chalencay. Cuando estaba aquí, el castillo y el parque resonaban con su risa, que se oía en todas partes. El señor marqués y la señora marquesa ofrecían grandes fiestas para ella. ¡Si la señora hubiera asistido al baile con que se festejaron los dieciocho años de la señorita! Toda la región se había dado cita en el castillo... Durante el baile, el señor marqués hizo quemar fuegos artificiales sobre el estanque. Los invitados y amigos de la señorita bailaban en los salones; la población de los alrededores lo hacía sobre el césped del parque. Había varias orquestas... Al día siguiente de esa fiesta la señorita Marie-Ange manifestó a la señora marquesa que deseaba abandonar el mundo para entrar en el convento y partir muy lejos a cuidar leprosos... Al principio, nadie., creyó en la seriedad de esta vocación. Poco a poco fue necesario, empero, rendirse a la evidencia. La señora marquesa estaba desesperada, y el señor marqués exigió que la señorita esperase a su mayoría de edad para tomar el velo. Todo lo intentaron para disuadir a la señorita de su propósito, pero ella sabía lo que quería. El señor marqués llevó a la señorita a Inglaterra, España e Italia para hacerle cambiar de idea. Fue inútil. El mismo día de su vigésimo primer aniversario, la señorita, acompañada por la señora marquesa, partía hacia París. Yo las conduje. Recordaré siempre la última sonrisa que me dirigió la señorita ante la puerta del convento de la calle du Bac. Me tendió gentilmente la mano, diciéndome:

—¿Y bien, mi estimado León? Es la primera vez que lo veo llorar de ese modo... Y no quiero, de ninguna manera, que sea por mi culpa. ¡Seque pronto esas lágrimas! Es muy peligroso llorar cuando se conduce. Debe seguir siendo un buen chofer; primero, para llevar a mi madre a Chalencay, y luego, para justificar su reputación de conductor que no ha tenido un solo accidente en veinte años al servicio de la familia”.

"Desde ese día, señora, no hubo ya la menor alegría en el castillo.

El chofer guardó silencio. Chantal lo había dejado hablar, mientras contemplaba el paisaje que se renovaba ante ella a cada vuelta del camino. La ruta costeaba la orilla derecha del Loira, cuyas aguas en aquella mitad de diciembre eran caudalosas. Los bancos de arena, que constituían un lecho visible durante ocho meses del año, habían desaparecido bajo las crecidas aguas. Chantal contemplaba los ribazos donde se escalonaban las viñas. El sol brillaba. No era ya la luz cegadora de Makogaï, sino un hermoso sol de invierno. Recordaba que en un día de esplín en la isla, había deseado ver transformarse los guayabos en cedros, los cocoteros en acacias, como si hubieran sido tocados por la varita mágica de un hada. Desgraciadamente, la pequeña hada. había alzado el vuelo, en virtud de ese poder misterioso que sólo poseen las hadas, hacia la isla de la desolación, para intentar alegrarla. Lo había conseguido en parte, con su cine, su orquesta y el bazar donde ella reinaba en medio de objetos maravillosos. Marie-Ange había trasplantado al suelo de Makogaï un poco de su franca alegría de Turena.

Chantal amaba ya esa tierra donde había nacido y crecido aquella que la recibió en el desembarcadero, diciéndole: “La esperaba". En algunos instantes más, los padres de Marie-Ange pronunciarían sin duda las mismas palabras sobre la gradería de la residencia ancestral. Una reja acababa de abrirse en el muro que la carretera había costeado a lo largo de dos kilómetros.

—Llegamos a Chalencay. La señora puede ver a su derecha el muro del parque —señaló el chofer.

El coche avanzó despacio por una avenida bordeada de castaños y llegó a un patio de honor pavimentado con grandes losas desiguales, al fondo del cual se alzaba un castillo Luis XIII de ladrillos rojos barnizados. El presentimiento de Chantal se confirmó: el marqués y la marquesa de Furière estaban en la gradería esperando el coche. El anciano gentilhombre le tendió las manos, después que la madre de Marie-Ange la hubo abrazado, diciéndole:

—Permítanos recibirla como lo haríamos con nuestra hija si volviera.

—Debe tener apetito después de este viaje. Sólo esperabamos su llegada para pasar a la mesa. Después del almuerzo, la haremos acompañar hasta su habitación, que es la de MarieAnge. Nunca fue ocupada desde su partida...

El comienzo del almuerzo, en el inmenso comedor con paredes ornadas de tapicería, fue silencioso. Chantal estaba impresionada por el ambiente de esta antigua residencia donde los castellanos se sentaban frente a frente, ante una mesa monumental, y el viejo mayordomo con patillas parecía escapado de alguna obra teatral clásica.

El marqués de Furière encarnaba con propiedad al padre noble, tal como ella se lo había imaginado siempre: erguido, la tez subida de color, fino el bigote, la boca alternativamente desdeñosa y cortés, los gestos y las palabras revelando esa seguridad que sólo confiere una larga práctica ancestral de los buenos modales.

La marquesa era una gran dama, digna compañera de tal hombre. Su pelo, completamente blanco, que daba marco a un rostro todavía joven, la hacía parecerse a esos retratos de bisabuelas, con el pelo empolvado, que Chantal observó al entrar en el vestíbulo.

El clima espiritual del comedor era pesado, entristecido por la ausencia de la que había sido allí la alegría; la dulce voz de Marie-Ange no se oía ya, y la sonrisa luminosa de la niña se había desvanecido. Chantal hubiera querido aprovechar de su breve estada para hacer revivir en Chalencay los días jubilosos de antes.

Por fin, la voz sorda del marqués de Furière rompió el silencio.

—Marie-Ange nos ha hablado frecuentemente de usted en sus cartas. No puede figurarse cuánto la estimaba. Su curación debe haberle proporcionado una alegría inmensa, pero su partida, ciertamente, la ha entristecido.

—No hace mucho tiempo que estoy en Francia y ya lamento su ausencia. Tengo en mi cartera la carta destinada a ustedes.

—Mi marido y yo la leeremos esta noche —dijo la señora de Furière—. ¿Cómo vive nuestra hija en aquel país?

Chantal comenzó el relato de la vida de Marie-Ange en Makogaï. Prosiguió éste en el salón, después del almuerzo. El marqués y la marquesa estaban trasfigurados. Lo que su hija les escribía era, pues, exacto: gozaba de buena salud y parecía feliz.

—¡Abrigábamos tan serios temores de que contrajera la enfermedad que tanto la hizo sufrir a usted! —declaró la marquesa.

—No tiene por qué preocuparse mucho al respecto —afirmó Chantal—. El personal de enfermeras toma todas las precauciones necesarias.

—Si le parece a usted bien —terció el señor de Furière—, podríamos aprovechar la claridad y temperatura del día para dar una vuelta por el parque. Después, podrá descansar en su habitación hasta la hora de la comida.

El paseo se inició siguiendo un itinerario invariable. Chantal continuó su relato, interrumpido de vez en cuando por observaciones de este género, formuladas por uno u otro de sus huéspedes:

—¿Ve aquel cedro? Es dos veces centenario... Cuando Marie-Ange tenía siete años jugaba a las escondidas alrededor el árbol con su gobernanta, Charlotte, que se convirtió luego en su mucama y estará al servido de usted ahora.

—Este estanque, aquí a su derecha, me ocasionó uno de los más grandes sustos de nuestra vida... Marie-Ange tendría por entonces once años... Una tarde no apareció para la merienda. Charlotte vino, enloquecida, a ponemos sobre aviso: todo el mundo creyó que se había caído al estanque. Dispuse que los guardianes practicasen una búsqueda inmediata. Dos horas más tarde no estábamos mejor informados, cuando supimos que Marie-Ange había sido hallada, sentada en lo alto de una parva de heno, jugando con su muñeca.

El azar, o más exactamente el rito consagrado del paseo, condujo a los tres personajes ante un banco de piedra que ocupaba el centro de una plazoleta rodeada de álamos.

—¿Si nos sentáramos un poco? —aventuró la marquesa.

Así lo hicieron, quedando Chantal en el medio; la señora de Furière prosiguió:

—Usted es la única persona que se ha sentado en este banco, entre nosotros dos, desde la partida de nuestra hija. Llegamos hasta aquí todos los días y dejamos siempre un espacio entre ambos para señalar el lugar de ella... Es curioso: apenas ha llegado usted y la reemplaza en nuestra vida con toda naturalidad.

—¿Viven aún sus padres? —preguntó el marqués de Furière.

—Estoy sola en el mundo —respondió lentamente Chantal.

—Espero que nos proporcionará el placer de quedarse largo tiempo en Chalencay.

—Desgraciadamente, estoy obligada a regresar mañana.

—¡Ya! —exclamó la marquesa—. ¡Y nosotros que pensábamos hacerle olvidar todas las tristezas que ha conocido!

“Estamos seguros de que Marie-Ange se enojará con nosotros —continúo la marquesa— si sabe que se ha quedado usted tan poco tiempo.

Reinicióse el paseo. Al llegar al castillo, Chantal tuvo la satisfacción de comprobar que la tensión, en el rostro de sus interlocutores, había cedido casi hasta la sonrisa.

‘No se necesitaría gran cosa”, pensaba, “para traer de nuevo la felicidad a esta casa; bastaría que la hermanita volviera, si no al castillo, por lo menos a Francia en un convento próximo. ¡Qué lástima que la leprosería no estuviera en Indre-et-Loire!”

La habitación de la niña era un santuario que conservaba piadosamente los objetos familiares de Marie-Ange. Este tocador Luis XV, de patas encorvadas y débiles, era aquél ante el cual Marie-Ange de Furière debía haberse contemplado una última vez antes de bajar hasta los salones iluminados, la noche de sus dieciocho años. El reloj Luis XVI, sobre la gran chimenea, había marcado las últimas horas pasadas por la joven en lo que fue su marco familiar. Las paredes, tapizadas de damasco azul pálido; y la cama con dosel estaban impregnadas de Marie-Ange. Su presencia invisible llenaba por completo a Chalencay, pero muy especialmente esta habitación.

Llamaron a la puerta. Una robusta mujer, cuyo pelo aprisionado en una cofia plegada aparecía como sobre puesto a una cara que respiraba salud y buen sentido campesino, entró, al tiempo que preguntaba:

—¿La señora necesita alguna cosa?

—Gracias, Charlotte.

—¿La señora conoce ya mi nombre? ¿Fue la señorita Marie-Ange quien se lo dijo? Yo estaba a su servicio...

—Después de haber sido su institutriz —prosiguió Chantal, sonriendo—. Ya ve, Charlotte, que estoy bien informada.

—¡Oh! Institutriz es palabra demasiado sonora para una mujer de campo como yo. Era más bien su niñera... Nunca pude acostumbrarme a verla crecer. Cuando supe que iba a dejarnos para ir a cuidar a esos sarnosos me dije: ¿Es posible que tan bella criatura de Dios, y tan buena por añadidura, pueda renunciar a todo lo que la ha rodeado desde su nacimiento? ¿Se tiene acaso el derecho de causarles una pena semejante al señor marqués y a la señora marquesa? ¿Y a su vieja Charlotte?”

La buena mujer se había puesto a llorar sin consuelo.

Chantal se le aproximó.

—No hay que estar triste, mi buena Charlotte... Acabo de pasar cinco años con Marie-Ange. Es dichosa... Su felicidad estaba, por lo tanto, donde ella quiso ir.

—¿Cómo puede estar a gusto fuera de Chalencay? —lagrimeaba la buena mujer, sollozando en un gran pañuelo a cuadros.

—Tal vez ella no se ríe en Makogaï, pero le aseguro a usted que su rostro está perpetuamente iluminado por una sonrisa... Una sonrisa que conforta a los desgraciados que ella cuida: no son sarnosos, Charlotte..., son leprosos.

—¡Oh!, para mí, todo eso es parecido... La señora debe perdonarme, pero es más fuerte que yo: cada vez que hablo de la señorita siento que la pena me ahoga... Y, además, algo me pasa al ver esta habitación ocupada, desde el largo tiempo que nadie entraba aquí, salvo yo, una vez por semana, para hacer la limpieza. El señor marqués y la señora marquesa me han prohibido mover un solo objeto desde que la señorita se fue. Todo ha quedado en el mismo lugar que ocupaba cuando ella nos dejó. ¡Si le dijera a la señora que siempre hay sábanas limpias en la cama para el caso de que regresara de improviso! Durante mucho tiempo me dije: “Dios mío, ¿iré yo a rehacer pronto sus cobijas y deslizar un ladrillo caliente a los pies de su cama?” La señorita era muy friolenta... Esta noche, por fin, voy a tender de nuevo la cama preparar el ladrillo. Será la señora quien lo aprovechará.

—¡Me pregunto si tengo derecho a ello! Siento la impresión de usurpar aquí el lugar de alguien irreemplazable.

—¡No debe decir eso! Si alguien puede dormir en este cuarto es sin duda usted... ¿No nos ha traído las últimas noticias de la señorita y no era su mejor amiga allá?

—Sor Marie-Ange sólo tiene amigos en Makogaï.

—No puedo acostumbrarme a ese nombre bárbaro. ¡Ese no es un nombre católico!

Chantal quedó nuevamente sola. Se había sentado ante el tocador y miraba por la ventana; la noche había invadido el parque cuyo alto arbolado se erguía, misterioso y tranquilo, bajo un claro de luna invernal. Fue necesario que ella fuese a parar a esa propiedad de Turena para volver a ver la luna a través de pequeños cristales cuadrados de una ventana Luis XIII. Quedó así largo tiempo, inmóvil, sin tocar el conmutador eléctrico. Los reflejos rojizos del fuego sobre el damasco y sobre el dosel le bastaban. No necesitaba otra luz. Muera, después de la desaparición del sol, debía hacer frio: el prado que se extendía delante del castillo, parecía helado. La rama de un árbol, deshojada por el invierno, cortaba con un trazo limpio el cristal y el cielo crepuscular. Marie-Ange debió haber mirado más de una vez el parque desde esa ventana y soñar con los horizontes lejanos que el llamado de Dios le haría descubrir. Y, súbitamente, le pareció que todo, hasta las sombrías masas del parque, se envolvían y saturaban de ternura. Algo muy dulce y muy conmovedor flotaba en derredor de ella. Un soplo ligero, una caricia alada le rozaba la frente febril. Había sentido ya la misma impresión la noche del arribo a Makogaï, cuando Marie-Ange la mecía en la hamaca para adormecer su desesperación. ¿De dónde venía este sosiego sobrenatural? De la hermanita, sin ninguna duda. Y fue, repentinamente, como si viera su figura, traslúcida y casi inmaterial, atravesar la sombra de los montes.

Una campana que anunciaba la comida la trajo a la realidad. Y siguiendo la galería interminable del primer piso, dirigió al pasar una mirada de curiosidad a cada uno de los retratos de antepasados que la decoraban. ¿No pertenecía ya a la ficción este castillo dormido, en el que nada vendría a despertar a los huéspedes desde que la risa cristalina de una jovencita lo había abandonado? La vista de uno de los retratos la detuvo: era una dama, con peluca empolvada, que se parecía sorprendentemente a Marie-Ange. El nombre estaba escrito sobre un cartón dorado, fijo al pie del cuadro pesado y solemne. Leyó: "Chantal-Louise de Saint Hilaire, esposa de Adrien, marqués de Furière, 1742- 1786”, y tuvo al fin la prueba de que su nombre estaba hecho para ser seguido de una partícula, como se lo había imaginado frecuentemente durante sus ensoñaciones, recostada en la cama turca del miserable hotel de la calle Victor-Massé. Comprendía ahora por qué no se sentía de ninguna manera desorientada por el verdadero lujo que la rodeaba.

Al hallarse de nuevo en su habitación revestida de damasco azul, después de una comida en que la delicadeza de los platos no cedía en nada al refinamiento del servicio, la cama estaba ya preparada por Charlotte. No demoró Chantal en deslizarse en un lecho cuidadosamente calentado. Jamás había dormido en una cama parecida. El último pensamiento, antes de dormirse, fue para Marie-Ange: "¿Cómo pudo ella desprenderse de todo esto para ir a cuidar leprosos?”

 

Un mes había trascurrido desde la llegada de Chantal a Chalencay. Al día siguiente de la primera noche pasada en el castillo, sus huéspedes habían insistido tanto para que prolongara su estada que le fue difícil rehusar.

Debió inclinarse ante un argumento decisivo de la marquesa de Furière:

—Anoche leímos la carta de nuestra hija. La termina recomendándonos acogerla y tratarla como si fuese nuestra segunda hija. En tal caso, debe usted quedarse aquí: su familia estará, de ahora en adelante, en Chalencay.

Durante un mes Chantal se dejó mimar y acariciar. Habíase adaptado al ritmo de una existencia tranquila. Todas las mañanas hacia largas excursiones a caballo en compañía del señor de Furière, que oficiaba de maestro de equitación y hallaba sorprendentes sus progresos. Iban lado a lado, ya por la vecina floresta de Durlanges donde el anciano gentilhombre vigilaba la tala de sus bosques, ya de granja en granja para escuchar los pedidos de los campesinos y tratar de satisfacerlos. Lo que más impresionaba a Chantal era el inmenso respeto y el afecto manifestado por los granjeros hacia sus patrones.

En todas partes el recuerdo de Marie-Ange permanecía vivo. Cuando la marquesa presentaba a Chantal, diciéndole a un campesino:

—Es una gran amiga de Marie-Ange a la que acaba de visitar... —los rostros tostados se aclaraban y amplias sonrisas florecían sobre las arrugadas bocas. Con toda naturalidad, sin que el menor esfuerzo fuese necesario, la amiga de la señorita se convertía en amiga del campesino.

El lugar donde Chantal percibió más nítidamente la presencia invisible y real de la hermanita fue la iglesia del pueblo de Chalencay. La primera fila de asientos estaba reservada a los habitantes del castillo, protectores de la parroquia desde varias generaciones. Chantal se colocaba siempre, para asistir a la misa mayor del domingo, a la izquierda de la señora de Furière, en un reclinatorio que ostentaba una placa de cobre con esta leyenda: “Señorita de Furière». Antes de la llegada de Chantal al castillo, este reclinatorio permanecía vacío.

La joven acompañaba regularmente a los dueños de casa en la pequeña iglesia: la primera vez fue especialmente para no decepcionarlos. ¿Para qué revelarles que ella no creía en nada y que no estaba bautizada? Pero, poco a poco, sintió placer en seguir los oficios.

Un domingo en que la hermana del cura, que tocaba habitualmente el armonio para acompañar los cantos litúrgicos, se había enfermado, Chantal la reemplazó espontáneamente. No podía oír la campanilla en el momento de la elevación sin pensar en la misa de medianoche en la plaza de Makogaï. La frase de Marie-Ange le resonaba de continuo en los oídos: “Entre a la iglesia sin temor; de todos modos, no puede hacerle mal”. Sentía que la iglesia le aliviaba el dolor; cuando se arrodillaba, perdida en sus pensamientos, olvidaba a Daniel y especialmente a Robert. Algo muy fuerte, todavía indefinible para ella, envolvía poco a poco su dolor y le curaba discretamente la herida de amor.

A mediados de la semana, una mañana que regresaba de un prolongado paseo solitario durante el cual había soñado a orillas del Loira, Chantal quedó sorprendida al encontrar en el castillo una agitación desusada, con visos de consternación. El mayordomo, con quien se cruzó en el vestíbulo, no pudo decirle nada; fue la vieja Charlotte quien le dio algunas explicaciones perdidas en un mar de lágrimas:

—¡Es espantoso, señora! ¡Si viera el estado en que se encuentran el señor marqués y la señdra marquesa! Están en la biblioteca... A todos nos ha trastornado una noticia semejante... ¡Es horrible! ¿Qué le hemos hecho a Dios bendito para que nos abrume de esta manera?

—¿Qué noticia? —preguntó Chantal.

—La señorita Marie-Ange ha muerto —respondió Charlotte, entre dos sollozos.

La joven vaciló y debió apoyarse en la larga mesa del vestíbulo.

—¡No es posible! ¡La he dejado en excelente estado de salud hace dos meses! ¿Cómo ha llegado aquí esa noticia?

—Por un telegrama que está en la mesa del señor marqués.

Corrió a la biblioteca y abrió suavemente la puerta.

La señora de Furière se hallaba literalmente hundida en una silla poltrona ante la chimenea y lloraba silenciosamente. Su marido caminaba a lo largo de la biblioteca, fija la mirada, sin pronunciar palabra. En cuanto vio a Chantal le entregó el telegrama, redactado en francés, en el que leyó: “Informan, despacho de Makogaï, deceso sor Marie-Ange, consecuencia congestión pulmonar. Esperamos informaciones. Haya paz en su alma y en vuestro corazón. Marie-Ange descansa en el Señor. Sor Dorothée”.

Chantal releyó varias veces el texto lacónico para asegurarse de que no era víctima de alucinaciones. El despacho provenía de la superiora del convento de la calle du Bac y había sido expedido esa mañana.

Devolvió a su huésped el rectángulo de papel azul, preguntando:

—¿A qué hora tengo tren en Tours para París? Debo ir a la calle du Bac en procura de más noticias.

—El coche la conducirá directamente a Paris —respondió el marqués.

—¿Volverá usted? —preguntó tímidamente la señora de Furière.

—No lo creo. Empezando porque no debí quedarme aquí más de veinticuatro horas: el cielo acaba de llamarme al orden por medio de ese telegrama. Debo reemplazar a Marie-Ange, pero no será aquí. Déjenme abrazarlos, a los dos, como lo hizo ella el día de su partida.

 

Cuatro horas después la limousine se detenía ante la entrada del convento, calle du Bac. Chantal no había cambiado una sola palabra con el chofer durante el trayecto. Aprovechó el viaje para meditar largamente.

La visión del rostro de la hermana tornera, encuadrándose tras las rejas de la mirilla, ya no le impresionó. Bastantes religiosas había visto y tratado en Makogaï como para estar familiarizada con las tocas. Cuando estuvo en presencia de la madre Dorothée, en el austero locutorio, esta última, que andaba con auxilio de un bastón, le dijo:

—Es para nosotras una gran alegría, hija mía, recibirla aquí completamente restablecida. Una carta de la madre Marie-Joseph me informó de su regreso a Francia. Ya no veo con suficiente claridad, lo que me obliga a usar este bastón, aunque conozco de memoria hasta los menores rincones del convento. No obstante, el hecho de estar ciega no me impide imaginarla a usted tal como la conocí. Sana, ¡debe estar resplandeciente!

—Madre, me he informado hace pocos momentos de la muerte inesperada de sor Marie-Ange: Estaba en Chalencay cuando llegó el telegrama.

—Es, sin duda, una dura prueba para el marqués y la marquesa de Furière y una pérdida grave para nuestra comunidad en Makogaï. Habrá podido comprobar usted misma que sor Marie-Ange se había hecho indispensable por su actividad sonriente. ¡Mucho me temo que sea irreemplazable!

—Tal vez no, madre. El segundo motivo de mi visita es, precisamente, pedirle que me reciba en su comunidad. Concédame una oportunidad: creo poder, algún día, reemplazar a Marie-Ange... Es mi deber.

—¿Usted, señora? ¿Lo ha reflexionado bien?

—En cinco años he tenido sobrado tiempo para ello... Pero, ¿qué otra noticia tiene acerca de la muerte de Marie-Ange?

—¡Ay! Recibí un simple telegrama que me dirigió personalmente el doctor Watson y que acaba de leerme la hermana tornera. Este despacho era la confirmación pura y simple del primero, enviado por la madre Marie-Joseph. Temo que nuestra hermanita, en su sed inextinguible de sacrificio, haya cometido alguna imprudencia. Sus bronquios eran delicados; sin duda, un resfriado engendró la congestión pulmonar.

—¿Puede permitirme, madre, salir un instante para decirle eso al chofer e indicarle que puede regresar?

—Vaya, hija mía. La espero.

No bien estuvo en la puerta del convento le dijo al chofer:

—Informará usted al marqués que no sabemos nada más. Sólo ha llegado un segundo telegrama, enviado por cierta autoridad administrativa de la leprosería, que confirma al primero Decididamente, mi buen León, tiene usted la especialidad de traer a este convento a las futuras religiosas.

—¿Cómo? ¿La señora no va a...?

—¡Chist! Es indispensable que alguien reemplace a la señorita Marie-Ange allá... Hasta la vista, León, vuelva con prudencia. Voy a decirle como Marie-Ange: "Conduzca por mucho tiempo aún al marqués y la marquesa de Furiére. Ellos necesitan de usted, de Charlotte, de todos sus viejos servidores. Sólo ustedes pueden constituir ahora para ellos una familia”.

La puerta del convento había vuelto a cerrarse.

Chantal fue otra vez recibida por la madre superiora.

—Su decisión es grave. ¿Ha pensado usted que es necesario renunciar al mundo y a todo lo que le parecía deseable hasta hoy?

—Marie-Ange lo hizo antes que yo, madre...

—Hija mía, su vocación no es bastante sólida si sólo descansa en el deseo de reemplazar a nuestra difunta hermanita.

—Está inspirada por otras mil cosas, madre, que sería muy largo explicarle en este momento.

—Comprendo... Creo recordar que me dijo usted, en el curso de su primera visita, no tener familia alguna.

—En esa época, madre, no era completamente exacto... Ahora es verdad.

—En tales condiciones está usted, evidentemente, mejor preparada para desprenderse del mundo... ¿No me confió también, con franqueza, que no profesaba ninguna religión?

—Todavía es verdad, madre. Pero mi conversión es un hecho: sólo pido abrazar la religión de Marie-Ange.

—¡Otra vez ella! ¿Estará en camino de realizar su primer milagro? ¿Cree usted en Dios?

—Sí, madre... Creo finalmente en ese Dios que ha sabido inspirar un sacrificio tan grande como la vocación de aquella a quien deseo reemplazar. Después de no haber visto más que fealdades alrededor de mí, tanto en Francia como en Makogaï, creo en la bondad. Si no creyese en ella, hoy, sólo me quedaría el recurso de matarme.

—El solo hecho de hablarme así me despierta algunas dudas sobre la profundidad de sus nuevas convicciones.

—Madre, ¡es horrible! ¿También usted duda de mí? ¿No cree en mi cura moral, más que otros en mi cura física? Marie-Ange era la única que hubiera creído en seguida en mi sinceridad. Fue necesario que yo sufriera moralmente para comprender que mi vida, hasta estos últimos días, no había sido más que un monstruoso egoísmo sin otro horizonte que éste: yo misma. En Chalencay comprendí poco a poco (viviendo en el ambiente y el marco donde creció Marie-Ange) que la vida tenía un sentido distinto al que yo le daba y un objeto que alcanzar, para mi hasta hoy desconocido. Esta sed de bondad a la que me aferro es tan indispensable para mí como el pan cotidiano pedido todos los días en el Padrenuestro.

—Me va a acompañar a la capilla, y allí rogaremos juntas. Después se irá usted y regresará mañana para asistir a misa.

—Madre, ¿puedo pedirle el favor de concederme una celda desde esta noche? No quiero volver a París, ni a pueblo alguno... Tengo que romper todo lazo con el mundo: seria capaz de sucumbir otra vez. Hubo que librarme de la impureza del cuerpo para que yo pudiera, a mi vez, librarme de la del corazón. No debo salir de este convento sino el día en que me embarque...

—Venga conmigo a la capilla. Cuando salgamos de ella la haré conducir a una celda y compartirá la vida de la comunidad. Va a ser para usted una experiencia tremenda: desde mañana estará sujeta a la realización de los menesteres más humildes... Cuando nuestro capellán, el padre Athanase, la haya visto, decidiré con él en cuanto al día de su bautismo. Es indispensable, desde luego, que pertenezca usted a la gran comunidad cristiana antes de tener el derecho de ir a evangelizar a otros.

—¡Madre, prométame que algún día me enviará a Makogaï para reemplazar a Marie-Ange!

—Hija mía, usted irá donde Dios quiera. Es Su voluntad la que la trajo (después de un largo viaje) hasta la puerta de este convento. Conténtese, en adelante, con rogar y obedecer.

La anciana religiosa apoyó su brazo sobre el joven y vigoroso de Chantal. Y ambas avanzaron por el largo corredor, de piso lustrado, pasando ante el inmenso mapa mural donde Makogaï era tan sólo un punto minúsculo.

 

Ni la señora Royer ni el doctor Petit habían asistido nunca a una ceremonia de toma de hábito. Cumplidos tres años de noviciado, sor Marie-Chantal pronunciaba los grandes votos que la separarían definitivamente del mundo por el que sentía repugnancia. Cuarenta y ocho horas más tarde, la nueva esposa de Cristo se embarcaría con destino a Makogaï.

Tras permanecer bajo un velo blanco, según el rito, con la cara pegada al suelo largo tiempo en señal de sumisión, sor Marie-Chantal fue a ocupar su lugar en medio de las hijas de la comunidad para oír el sermón del padre Athanase, capellán de las Hermanas Misioneras de María. Sentada frente a ella, al otro lado del coro, la madre superiora observaba religiosamente a esta nueva recluta: era fácil reconocer, bajo la toca, a sor Marie-Joseph, que había dejado Makogaï un año antes, para asumir las delicadas funciones de superiora en la casa matriz de la calle du Bac, reemplazando a sor Dorothée, fallecida "en la paz del Señor”. La leprosería fue provista de una nueva superiora llegada del Canadá.

—Hija mía —comenzó diciendo el padre Athanase—, nos vais a dejar dentro de algunas horas para seguir la voz de la Luz y de la Verdad que habéis elegido. No voy a recordar aquí las distintas etapas que os han conducido a la pronunciación de los grandes votos. La misión del capellán, que se ha esforzado para ayudaros a trepar una árida cuesta, ha terminado: sólo queda el sacerdote, cuyas plegarias os acompañarán a pesar de la distancia y del tiempo. La oración posee en sí misma una fuerza capaz de superar cualquier obstáculo.

“No quisiera veros partir sin leeros un pasaje del Santo Evangelio, según San Lucas.

“...En aquel tiempo, yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por Samaria y Galilea, y, como entrase en un pueblo, encontró diez leprosos que, manteniéndose alejados, gritaron: ‘Jesús, nuestro maestro, ten piedad de nosotros!’ Cuando los percibió: ‘Id’, les dijo, ‘mostraos a los sacerdotes’. Y, en yendo, ellos fueron curados. Uno de ellos, no bien se vio sano, volvió sobre sus pasos, glorificando a Dios en voz alta. Y puso su rostro contra la tierra, a los pies de Jesús, dándole gracias. Pero era un samaritano. Entonces Jesús dijo: ‘¿No han sido curados los diez? ¿Dónde están, pues, los otros nueve? ¡Sólo este extranjero ha venido a tributar gloria a Dios!’ Después dijo: ‘¡Levantaos! ¡Id! Porque vuestra fe os ha salvado’ “.

“Hija mía, toda la historia de vuestra conversión está resumida en este Santo Evangelio. Hubierais podido, como los nueve leprosos Ingratos, seguir de nuevo una vida de placer o simplemente un camino más fácil. Vuestro corazón, tocado por la Divina Gracia, os ha conducido hacia la belleza a la que aspiran naturalmente las almas que sienten la pasión del ideal. Sé, por haberos hablado frecuentemente, que os vais con alegría. En vuestro espíritu no es un sacrificio el que vais a realizar, sino una misión sublime: ¿no os habéis convertido en embajadora de la Caridad?

“Vais a reemplazar a una difunta, para continuar su obra de bondad interrumpida por la muerte. Cuando os llegue el turno de comparecer ante Aquel que rige nuestros pensamientos y nuestros actos, no abandonaréis esta tierra de miseria con la impresión dolorosa de dejar atrás una obra inconclusa. Sabréis que otra hija de María vendrá, tarde o temprano, a reanudar el trabajo empezado. Este espíritu de perennidad en el esfuerzo debe inspirar hasta el más pequeño de vuestros actos en lo sucesivo: en él encontraréis la fuerza necesaria para evitar el desaliento estéril.

“Marchad sobre las huellas santas de sor Marie-Ange. ¿No sentís que ella os tiende la mano en este momento? Realizaréis ese largo viaje en su compañía. ¿Qué puede importaros la incomprensión de los vivos cuando os sostienen los muertos? Haga Nuestro Señor Jesucristo que vuestro modesto aporte al edificio de la bondad (que El reconstruye sin cesar en el mundo) sea eficaz y que podáis, a vuestro turno, dormiros un día en la pazdel Señor diciéndoos: ‘Yo también he contribuido a la obra sublime sin la cual nuestra existencia terrestre no merece ser vivida’".

 

Después de la ceremonia, sor Marie-Chantal tuvo el derecho, como sus hermanas en religión, de recibir a padres y amigos con los que podía conversar paseándose por el claustro del convento. Los amigos, reducidos a la señora Royer y el doctor Petit, no tardaron en retirarse; cuando estuvieron en la calle du Bac, después de que la hermana tornera hubo cerrado tras ellos la pesada puerta, la directora de “Marcelle et Arnaud” declaró al médico:

—He sufrido de un modo atroz durante esta ceremonia. Me ahogaba de angustia... Es inhumano imponer a los amigos espectáculos semejantes; creí desvanecerme a la vista de Chantal acostada, durante interminables minutos, la cara contra el suelo y recubierta con aquel sudario blanco. Parecía un cadáver... ¿Qué pasaría por su cabeza en aquel momento?

—Muchas cosas, querida amiga, que ni Usted ni yo estamos en condiciones de comprender —respondió el médico—. Chantal no es ya la mujer que conocimos. Tres años de noviciado, sucediendo a cinco de Makogaï, la han trasformado.

—¿Se fijó usted en qué estado de ausencia se encontraba cuando se despidió de nosotros hace un momento?

—Sí. Ella ya no pertenece a esta tierra; ya no está al alcance de viejos materialistas incorregibles, como nosotros.

—¿Quién tiene razón, ella o nosotros?

—Querida amiga, no se puede ser juez y parte.

—¿Cómo creer, doctor, que va a cuidar monstruos en Makogaï?

—Diga usted mejor que los leprosos aparecen ahora a sor Marie-Chantal como los seres más bellos de la tierra, porque sufren.

—No comprendo...

—No lo comprenderá nunca, querida amiga... ¿Puedo dejarla en alguna parte?

—Faubourg Saint-Honoré. Asistiré al final del desfile de mi nueva colección de otoño...

—Y yo voy a continuar con mis consultas...

—¿No le parece que la vida es bastante monótona?

—Al contrario, es perfecta. ¡No todo el mundo puede ir a cuidar leprosos!

—Hay un punto que me perturba en esta súbita conversión —declaró la señora Royer—. ¿Tiene usted la impresión de que el solo hecho de no haber podido recuperar a su hijo ha determinado en Chantal su vocación?

—Amiga queridisima, me hace usted una pregunta delicada. Por cierto, estoy persuadido de que la idea de vivir sin Daniel debe ser uno de los sufrimientos agudos en el corazón maternal de nuestra amiga. Pero tal vez este dolor no ha sido el único. ¿Quién nos asegura que no ha sufrido también una violenta desilusión de amor?

—En todo caso, no es la muerte de Berthon... Y no le he conocido ningún otro enredo mientras ella fue su amante.

—¡Nunca se sabe!

 

Sor Marie-Chantal prolongó mucho más tiempo la entrevista con sus padres adoptivos: el marqués y la marquesa de Furière. Por segunda Vez en su vida, los castellanos de Chalencay asistían a los grandes votos de una de sus hijas. La partida inminente de Marie-Chantal se parecía demasiado a la de Marie-Ange para no conmoverlos. Cuando la nueva hermana misionera abrazó por última vez a la señora de Furière, creyó leer en la mirada silenciosa y húmeda de la anciana señora un pensamiento de rebelión: “¿El cielo nos arrancará siempre nuestros más caros afectos?” Sor Marie-Chantal entró en su celda y cayó de rodillas en el reclinatorio.

Pasaría las dos últimas noches de convento en París orando en ese reclinatorio, donde debía agradecer al Creador todos los beneficios que le había prodigado desde el momento en que le envió la lepra hasta el día en que la tomó por esposa.

Con sonriente serenidad, dos días más tarde, la nueva misionera de la Sociedad de María entraba en la estación ferroviaria, perdida en el alud de viajeros. Llegó a su coche, situado en la parte delantera del tren, y subió a un compartimiento de tercera clase. Ninguna promiscuidad molestaba a sor Marie-Chantal, que podía recurrir —en caso de no conseguir dormir en aquellas condiciones— a desgranar las gruesas cuentas de su rosario hecho con madera de boj: la noche pasaría pronto en compañía de la Virgen.

Cuando el Empress of Australia tomó en Marsella su contingente de pasajeros franceses, Marie-Chantal no fue recibida a bordo por un comisario amable que se proporcionara un placer acompañándola a un camarote de lujo. El pasaje le daba derecho, estrictamente, a circular por el entrepuente de tercera clase y a compartir el camarote con otras cuatro mujeres, de las cuales dos eran prostitutas que se dirigían a una casa muy reservada de Singapur. La conversación de esas dos mujeres recordó a sor Marie-Chantal expresiones llenas de imágenes, oídas algunos años antes —consideraba terriblemente lejana esa época— en el “camarote” de “Marcelle et Arnaud”. Le pareció oír las voces de Lulu, Mado, Ninette, que discutían con una cierta Chantal, hermosa muchacha rubia cuyo cinismo corría parejo con su ignorancia. La conversación de sus vecinas no era lo que le daba ganas de llorar, sino la idea de que no le bastaría todo el resto de la vida para expiar sus faltas.

Hacia un calor sofocante en aquel camarote de tercera, de camas angostas, fijas a los tabiques, donde los ojos de buey se hallaban siempre a excesiva altura para que pudiera percibirse la menor porción del mar. La contemplación sedante de esa extensión azul quedaba reservada a los ocupantes de los camarotes de lujo o a los pasajeros privilegiados, de primera clase, estirados confortablemente en las sillas de cubierta del puente de paseo.

De noche, una extraña animación reinaba en las cubiertas inferiores. Había sombras que rondaban: Marie-Chantal adivinaba siluetas acostadas a lo largo del empalletado; ojos que relucían. A veces, una voz se elevaba, cálida, a ratos apasionada, a ratos lánguida, martillando sílabas sonoras en unos versos estrepitosos y ásperos:

 

Te quiero, morena, te quiero,

 

como se quiere a la gloria,

como se quiere al dinero,

como se quiere a una madre...

Te quiero...

 

 

Era una súplica. La voz tenía inflexiones de una ternura dolorosa, subiendo hasta las estrellas para caer suavemente sobre la cresta fosforescente de las olas. Algunos polacos jugaban a las cartas, sentados en el suelo; una joven italiana impacientaba a un mono, que lanzaba gritos estridentes; un guacamayo gris y rojo se sostenía en la muñeca de un indochino que ofrecía al corvo pico del pájaro tajaditas de banana.

Los deseos y pensamientos malsanos de estos viajeros miserables ni siquiera rozaron a la religiosa, que no abandonó el navío durante el tiempo que duró la escala en Singapur. Aquel nombre no evocaba ya nada para ella. Al desembarcar en Sydney recibió la visita de una enfermera del hospital central, que venía a informarle de la resolución de confiarle el cuidado de una mujer blanca, leprosa, que iba a Makogaï y de la que se haría cargo a bordo del Melbourne, hasta Levuka. Fue el primer rostro tumefacto que volvió a ver.

Cuando el Melbourne ancló en Suya, sor Marie-Chantal percibió por el ojo de buey la habitual corona de piraguas, de proas pintarrajeadas, que se abría para dejar paso a la lancha automóvil de las autoridades. Entre éstas, la misionera reconoció, bajo la sotana violeta y el sombrero de paja, al padre Rivain, cuya barba había encanecido al mismo tiempo que ascendía en la jerarquía eclesiástica. Monseñor Rivain reemplazaba, desde hacía dieciocho meses, a monseñor Midal, fallecido a los ochenta y tres años de edad, de los cuales pasó cincuenta y ocho en el apostolado de las Fiji. Sor Marie-Chantal subió a cubierta para recibir al prelado, cuyo rostro se iluminó:

—Una carta de la madre Marie-Joseph me anunció las buena noticia... No me atrevía a creerla: ¡tan hermosa me parecía! Verdaderamente, hermana, los designios de la Providencia son inescrutables... Se la espera con impaciencia en Makogaï. Pero ya no encontrará allí los rostros que usted conoció. La única con quien se va a cruzar será sor Marie-Sabine. Digo bien “cruzar”, pues ella dejará Makogaï cuando regrese el New Saint-John, que la conducirá a usted, para ir a fundar una nueva leprosería en la isla de Samoa, especialmente destinada a recibir enfermos gilbertinos. La madre Marie-Caroline será su superiora; llegó de Montreal para reemplazar a sor Marie-Joseph, a quien usted ha vuelto a encontrar en París. La madre Marie-Caroline es canadiense francesa; tal como creo conocerla a usted, habrán de entenderse admirablemente. Entre las dos obrarán maravillas.

—Cuando cursaba mi noviciado nunca pude tener noticias del reverendo David Hall. ¿Qué ha sido de él?

—El también ha dejado Makogaï..., pero por un mundo mejor. Lo enterramos hace seis meses: descansa en el cementerio de la isla, entre sor Marie-Ange y su viejo amigo Watson.

—Me enteré, en efecto, de la muerte del doctor Watson.

—Fue repentina —continuó monseñor Rivain—. Encontramos un día a nuestro querido director caído en el suelo del laboratorio, frente al microscopio, fulminado por una embolia; en cambio, mi colega protestante se sintió morir lentamente.

—El reverendo David Hall era un santo varón —contestó lentamente sor Marie-Chantal—. ¿Quién lo ha sustituido?

—Un joven pastor, el reverendo Samuel Clark... La leprosería está dirigida ahora por el doctor Benjafleid: lo vio usted la víspera de su partida. Es ese joven estudiante americano enviado en reemplazo del doctor Fred. Después de la muerte del doctor Watson ha adquirido rápidamente la autoridad necesaria para la buena marcha de los servicios sanitarios y administrativos. Acaba de ser designado oficialmente médico jefe de Makogaï.

—En resumen, monseñor, ¿tan sólo los enfermos siguen siendo los mismos?

—¡No todos! En tres años, el carguero de los leprosos ha desembarcado algunos contingentes nuevos... Las filas de los antiguos pensionistas se han raleado. ¡Todos los cementerios se agrandan, hermana mía!

—¿Y Will? Apenas me animo a preguntarle si vive.

—Murió poco tiempo después que usted se fue, cuando hacíamos nuestros preparativos para Navidad. Su gran alma voló una noche hacia las estrellas, y sólo se encontró por la mañana su pobre despojo humano.

—Una noche, poco antes de Navidad —repitió Chantal. Y ella recordó la aparición de Will, entrevista en la noche brumosa sobre un muelle del Sena. Esa alma liberada, antes de alcanzar la mansión del Padre, ¿habría acudido en socorro de su desesperación?

“Alguna cosa haré por usted”, le había dicho un día

Will.

“No voy a encontrar ya —dijo ella— a ninguno de

aquellos que conocí en Makogab

—Eso no importa, hermana... Lo que cuenta es el resultado final: la curación física o moral de los enfermos, para la mayor gloria de Dios. Usted forma parte del equipo de sucesores. Es digno del que lo precedió. El hecho de que usted se encuentre en él me prueba que Dios sabe elegir.

Por la tarde tuvo lugar el embarque en el New Saint-John. El trasporte, de por sí, era ya Makogaï. Su misión había comenzado. Sabía que agotaría las fuerzas en esta lucha caritativa de todos los instantes y que se leería un día su nombre inscrito entre dos fechas, sobre una de las humildes cruces de madera de sándalo, en el cementerio de la colina.

La playa de Dallice apareció cubierta de insectos humanos, cuyos alaridos de júbilo: Selo! Selo!, llegaban hasta el buque. En el desembarcadero esperaba un pequeño grupo de hombres vestidos de blanco y mujeres con toca. Sor Marie-Chantad preguntó al capitán, a quien no conocía:

—¿Qué fue del capitán Farell?

—Ha muerto, hermana. Lo hemos sumergido, según su voluntad, en alta mar y en el mismo lugar donde naufragó el Saint-John.

El viejo Farell había terminado, él también, su recorrido en este mundo y vuelto a encontrar su carguero fantasma. ¿No era ese viejo Caronte del Pacífico el que hacía efectuar a los muertos de Makogaï el gran viaje hacia el más allá? Tulio, Marie-Ange, el reverendo David Hall, el doctor Watson habían tomado ya ese extraño barco; algún día sor Marie-Chantal tendría el derecho de tomarlo a su vez. Subiría hasta el puente de mando al lado del viejo Farell, que se contentaria con sonreirle, la pipa apagada entre los dientes, indicándole el cielo.

La procesión de enfermos avanzó lentamente por el desembarcadero, terminando con la mujer australiana que se apoyaba en el brazo de sor Marie-Chantal. Cuando esta última pasó ante el grupo formado por los médicos, los capellanes y las hermanas, ella reconoció a sor Marie-Sabine, quien le dijo:

—Ya era tiempo de que llegara usted; Marie-Ange, al irse, nos ha dejado un gran vacío.

 

Al día siguiente, a las cinco de la mañana, sor Marie-Chantal ensillaba su caballo para la primera, recorrida. La jeringa estaba en una alforjilla de cuero fijada en el pomo de la montura; los cascabeles diseminados en el arnés tintineaban sus notas alegres; la luz era todavía dulce; el aire respirable. La amazona con toca dirigió la cabalgadura hacia el camino rocoso de la colina; al llegar a la cima, le hizo contornear el foso que rodeaba la casa intacta deshabitada de Will, antes de emprender el descenso por la vertiente del sur en dirección al cementerio, donde Marie-Ange descansaba entre Tulio y Will. Un poco más lejos, el doctor Watson podía departir con su viejo amigo el reverendo David Hall.

Se arrodilló ante la tumba de Marie-Ange y murmuró:

—He oído tu llamado, hermanita, una noche en que me hallaba en tu habitación, en Chalencay. Ahora puedes dormir tranquila: yo te reemplazaré.

Volvió a montar a caballo; los cascabeles comenzaron de nuevo a tintinear. Media hora más tarde hacía su entrada en la plaza del poblado fijiano, donde los leprosos se habían alineado, bajo el árbol de la justicia, esperando la ración cotidiana y bienhechora de chaulmoogra...

 

 

 

Fin

 

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