© Libro N° 4015. Siete Mujeres. Des Cars, Guy. Colección E.O. Julio 29 de 2017.
Título
original: © Siete Mujeres. Guy
Des Cars
Versión Original: © Siete Mujeres. Guy Des Cars
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SIETE
MUJERES
Guy Des Cars
ÍNDICE
ADVERTENCIA
SERENA
GLORIA
OLGA
AIXA
GRETA
LEA
AQUÉLLA QUE ESTABA DE MÁS
ADVERTENCIA
La primera versión de esta historia fue publicada con el mismo
título, en 1947, por una editorial ya desaparecida. Desde esa fecha esta novela
era inhallable. Accediendo al pedido de numerosos lectores, el autor se ha
decidido a autorizar su reedición. Pero ha modificado el corte de los
capítulos, ha creado nuevos personajes y ha rehecho completamente el estilo, de
manera que si bien el tema del relato no ha cambiado, su forma es totalmente
distinta. He aquí, pues, la versión definitiva de una novela a la cual el autor
ya no volverá a tocar.
París, 1° de mayo, 1964.
Ahí estaban todos: los mundanos, los inútiles y los otros. La
fiesta ofrecida por la embajada de los Estados Unidos sobrepasaba en boato a
todo cuanto París había conocido hasta entonces. La orquesta había sido traída
directamente de Nueva York, los vestidos de las damas exhibían las últimas
novedades del genio parisiense, los fracs eran de excelente corte, la mesa
estaba bien provista. El baile se anunciaba de antemano como uno de los grandes
éxitos de la temporada, del que se hablaría largo tiempo.
En semejante ambiente las mujeres no podían menos que ser
lindas. Una de ellas, sin embargo, atraía particularmente la atención. No
porque fuera la más hermosa sirio por la desbordante juventud que emanaba de su
persona. Sylvia Werner siempre producía la misma impresión dondequiera que
pasara. Los hombres la admiraban y, cosa extraña, las mujeres no se sentían
celosas de ella.
Sonreía cuando una de sus amigas de infancia le dijo:
—No has dejado de bailar desde que llegaste y sin duda ya has
probado a todos los bailarines. ¿Cuál es el mejor?
Sylvia estaba a punto de responder cuando sus ojos claros se
fijaron con asombro en un extraño personaje.
—¿Quién es? —le murmuró a su amiga.
—¿Cómo? ¿No conoces a Graig? ¡Pero mi pobre Sylvia, seguramente
eres la única que no lo conozca!
—Es la primera vez que lo veo.
—Me dejas estupefacta. Todo París ha entrevisto por lo menos su
silueta...
Perdido entre la ola de los invitados el barón Graig quizás
hubiera pasado inadvertido, si una particularidad de su vestimenta no hubiese
atraído la atención sobre su persona angulosa y ligeramente encorvada: en vez
de la clásica corbata del frac lucía sobre su pecho un jabot de encaje que
hubiera resultado ridículo llevado por cualquier otro.
El barón no se parecía a nadie. No tenía edad. Su cabellera
ondulada, cuyos hilos de plata conferían a su rostro una cierta dulzura, era
abundante y echada hacia atrás, dándole el aspecto de un vago sabio escapado de
otro planeta. La nariz era aquilina, los labios delgados. Pero lo que más
llamaba la atención en su rostro era su mirada penetrante, alternativamente
risueña y dura, más a menudo risueña. La dureza pasaba por ella en relámpagos:
era entonces implacable. Sylvia lo adivinó en un segundo y se estremeció.
—¿Sientes frío? —le preguntó Raymonde, que había observado ese
reflejo.
—Ese hombre me da miedo...
—¡Estás loca! Graig es el ser más adorable que conozco... Sólo
tiene un defecto a mis ojos: nunca baila. No podrás inscribir su nombre en tu
carnet de baile, si es que posees uno. ¡Es irreductible! ¿Quieres que te lo
presente? Además es un perdido admirador de las mujeres hermosas.
—Ya comprendo: la especie "viejo galante"...
—No comprendes nada. Nadie conoce realmente a ese hombre. Vive
solo en su hotel particular en Neuilly, rodeado de domésticos chinos que se
dicen mudos. Parece que nunca se casó y no se le atribuye ninguna amante.
—¿El hombre del misterio no será sólo un viejo señor misógino?
—En este momento tengo la impresión de que está hablando de
nosotras con el círculo de cotorras que lo rodean... Creo que no necesitaré
presentártelo. El mismo lo hará: viene hacia nosotras.
Sylvia experimentó de pronto un irrazonable deseo de huir, pero
el encuentro ya era inevitable. La voz dulce del barón dijo:
—Señora: he tenido ocasión de vincularme con el señor Werner por
asuntos de negocios, y muchas veces he oído ponderar el encanto de su mujer.
Debo reconocer que cuanto se me ha dicho es superado por la realidad. Señora:
¡encarna usted la juventud deslumbrante!
Las últimas palabras fueron pronunciadas con fuerza.
—Y le debo una confesión —prosiguió el hombre—. Las damas que
acabo de dejar para venir a presentarle mis homenajes, me han lanzado un
desafío. Pretenden, so pretexto de que jamás lo he hecho, que no me atreveré a
invitarla a danzar. No me desagradaría darles una pequeña lección. Porque no lo
hayan visto a uno realizar ciertos actos, no quiere decir que los ignore...
¿Qué opina usted, querida señora?
Sylvia no respondió. La desconcertaba la manera de expresarse de
su interlocutor. Sus palabras suaves y demasiado corteses la helaban.
—Ciertos silencios, señora, son a veces una prueba de
asentimiento. ¿Puedo pedirle la extrema amabilidad de concederme esta pieza?
Precisamente es un vals: el único ritmo capaz de unir nuestras dos épocas sin
demasiado» choques. Recordándome mi juventud perdida, este vals será al mismo
tiempo un discreto homenaje a la suya...
Abrió los brazos y Sylvia fue a colocarse entre ellos. La nueva
pareja del hombre sin edad y de la joven rubia se dejó arrebatar por el
torbellino seguida por las miradas estupefactas de la concurrencia. Era la
primera vez que el barón Graig consentía en bailar.
.. .No por mucho tiempo, por otra parte, pues luego de algunas
vueltas, declaró sonriente:
—¿Qué le parece si ahora que hemos asombrado a todos y que su
triunfo personal está asegurado, terminamos este baile sentándonos. Yo no soy
en el fondo más que un viejo señor falto de aliento...
—¡Usted baila maravillosamente!
—No hay ningún mérito en eso. Pertenezco a la última generación
que sabía conservarse erguida danzando, sin tener un aire afectado... ¿Qué tul
esta salita azul, que parece esperar visitantes discretos y donde estaríamos
perfectamente tranquilos para evadirnos de esa brillante muchedumbre que, a la
larga, acaba por resultar fatigante? ¿Nos sentamos?
Sylvia continuó callada.
—De nuevo compruebo que no. es nada locuaz... Pero su silenció,
no me desagrada. Tanto más —porque tengo la mala costumbre de hablar por dos.
Ahora bien: ¿usted ni siquiera parece sospechar que tengo muchas cosas que
decirle?
—¡Realmente?
—¡Por fin una palabra! Es sólo un adverbio, pero resume todo un
interrogatorio.
Acababan de interrumpir su vals ante el umbral de la salita
azul, por cuyos ventanales abiertos hacia los Campos Elíseos penetraba el
perfume delicado de una noche de París. Sylvia se encontró sentada. sobre un
sofá, con su extraño caballero a —la izquierda. Por segunda vez experimentaba
un sentimiento de malestar indefinible: el don de persuasión del desconocido le
parecía monstruoso. Incluso se preguntaba si jamás una voluntad humana había
podido resistir al poder fascinante del barón, que añadió, mirándola fija e
intensamente.
—¿Cree usted en los faquires?
La pregunta le pareció de tal modo — imprevista, tan absurda,
que rompió a reír. Y, mejor. que toda respuesta, su risa probaba que no creía
en, los magos de la India.
—Tanto mejor —exclamó el barón— porque yo no soy uno de ellos.
Con todo, ciertas facultades naturales me permiten prever la vida de mis
contemporáneos, un pequeño juego que tiene para mi un sabor muy particular...
Así, ahora que ambos estamos libres de oídos indiscretos, quiero confesarle la
verdadera razón por la cual yo—que nunca bailo, he realizado el meritorio
esfuerzo de invitarla a bailar y de exhibirme ante una multitud.
—¿Tan. penoso le resultó?
¡No me interprete—mal! Y por favor no se ofenda... Reconozco que
jamás he sabido expresarme correctamente con las jóvenes que me intimidan...
¿Será sin duda el justo reverso de mi vida de viejo oso? Pero sepa quemo la he
invitado porque sienta una particular pasión por la danza, ni porque sea la
mujer más deslumbrante de la fiesta. Sé, además que es rica, muy rica. La he
invitado solamente para decirle lo que pienso de usted.
—¿Como adivino?
—Sí, pero un adivino que a la vez se siente conmovido por su
desamparo. Señora Werner: pese a su juventud, pese a su riqueza, a, pesar de
todo su encanto, es usted a mis ojos la mujer más desdichada que he conocido...
¡Y he conocido mucho mundo!
Ella lo miró con estupor. ¿No estaría tratando con un loco? La
voz suave continuó lentamente, como si se hablara a sí misma,,casi por lo bajo.
Muy desdichada... ¡Mientras todos la creen en el colmo de la
felicidad! Siempre resulta interesante, conocer a aquel o aquella que encarna
el máximo de un estado de alma.... Al venir al baile del cuerpo diplomático no
sospechaba que tendría la. oportunidad, tan rara, de sentarme en el mismo,
sillón junto a la Desgracia personificada por una joven mujer rubia. ¡Nunca la
había encontrado hasta ahora y jamás la imaginé con ese rostro. He ahí, señora,
por qué le he rogado acordarme unas vueltas de vals...
Sylvia se puso dé pie, pálida.
—Señor, comienza a incomodarme con todas esas historias y con
sus modales, demasiado corteses, que sin embargo rozan
la indiscreción... —
—¡La he molestado? —respondió Graig sin perder la calma y
permaneciendo sentado—. No me asombra acabo de. poner el dedo en la llaga. Y
las llagas. son dolorosas... Por favor, vuelva a sentarse y le diré cómo puede
obtener una rápida cura.
Después de mirarlo con una mezcla de curiosidad y temor, ella
terminó por acceder a la demanda, diciendo:
—Lo escucho.
—En esa forma demuestra que es una mujer razonable e inteligente
Ahora bien ya que dos faquires no le inspiran confianza ¿cree en la
quiromancia?
Había tomado la mano derecha de Sylvia y la sostenía entre sus
dedos diáfanos. Tras examinar minuciosamente las líneas de la palma, dijo
moviendo la cabeza.
—¡Muy curioso! Ya me lo sospechaba un poco. Señora, tiene usted
dos líneas de vida.
Sylvia lo observaba cada vez más estupefacta.
—Hasta el primer tercio de su existencia hay una línea de vida
única —prosiguió la voz suave—. Después olla se desdobla en su palma. Mire: ¿ve
esta segunda línea, paralela a la primera y bastante mal dibujada en la carne?
Debemos sacar la conclusión de que al cabo de ese primer tercio de su
existencia, es decir alrededor de los veinticinco años, experimentará un cambio
decisivo. Si usted sigue la línea más marcada, seguirá siendo la más desdichada
de las mujeres... Si al contrario, utiliza la segunda ruta, ella le aportará la
felicidad. Pero para alcanzarla es indispensable un esfuerzo de voluntad de su
parte. Una vieja sentencia pretende que las existencias están trazadas de
antemano por el destino y que ningún individuo puede sustraerse a él.
Personalmente, creo en el libre albedrío. Cada uno sigue el camino que ha
querido elegir. Él "estaba escrito" de los árabes seguramente fue
inventado por un señor con el alma invadida por una inmensa pereza natural.
¿Puedo conocer su opinión sobre este asunto?
Sylvia permaneció muda. Jamás se había planteado tal problema.
—Este nuevo silencio —continuó su interlocutor— es para mí el
más precioso indicio de una segunda aprobación tácita. De modo que me permitiré
insistir. ¡Señora de Werner, debe usted tomar una decisión! La hora ha llegado.
Cuenta ahora exactamente veinticinco años... Sus dos líneas de vida son
largas... Ellas la conducirán alegremente más allá de los noventa años, a menos
que usted misma atente contra sus días... Cosa que podría ocurrir si se siente
demasiado desdichada, demasiado desesperada... Y corre el riesgo de serlo si
continúa llevando su existencia actual.
—¿Qué debo hacer? —preguntó Sylvia sordamente.
De nuevo la aguda mirada de Graig volvió a clavarse en ella,
como si quisiera saborear su triunfo. En adelante la joven lo escucharía.
—Si consiente en hacerme el honor de venir mañana a tomar una
taza de té en mi casa, podríamos regularizar por escrito el pequeño acuerdo
verbal que vamos a hacer inmediatamente.
—¿Qué acuerdo?
—¡Cuanto más hablamos, más siento que necesita de mí! Querida
señora: es usted muy desgraciada. Las razones son a la vez clásicas y
dolorosas. Su familia carecía de fortuna, usted amaba el lujo, era bastante
ambiciosa, su único capital era su juventud deslumbrante. Pero usted no se daba
cuenta de eso al borde de los diecinueve años. En cambio sus padres, por el
contrario, lo comprendieron muy bien y, prácticamente, la han vendido, después
de deslumbrarla con las ventajas que le reportaría su unión con el riquísimo
Horace Werner, treinta años mayor que usted. Usted no amaba a ese hombre, pero
cedió.. . En realidad, en esa época, nunca había amado aún. Y no creo
equivocarme al pensar que lo mismo ocurre ahora. ¡A los veinticinco años! ¡Es
lamentable!
... Su marido no la amaba. Simplemente tenía necesidad de una
presencia joven junto a él, aunque sólo fuera para dar celos a aquellos de su
misma edad. No digo "a sus amigos", pues nunca los tuvo. ¡Horace
Werner es un hombre execrable! Usted lo sabe mejor que yo: ¡lo detesta!...
Bebe, juega... Su placer favorito es arruinar a los demás, mientras la cubre de
pieles y alhajas para deslumbrar a sus enemigos. Durante los pocos momentos de
intimidad que suelen tener, vuelve a dominarla haciéndole sentir el peso de su
poder y de su riqueza. Ninguna de las personas de su amistad lo sabe. Sus
mejores amibas de infancia, como Raymonde, están convencidas de que usted es
feliz, pues ha conseguido engañarlas admirablemente. ¡Pero yo, Graig, lo sé!
Sylvia le había escuchado consternada. Una pregunta natural vino
a sus labios:
—¿Cómo ha hecho para saber todo esto?
—¿No le he dejado entender que era un poco adivino? Lo
importante ahora es la forma en que va a abandonar esa primera línea de vida
deplorable —que continuará desarrollándose de la misma manera desolada si no le
pone remedio inmediatamente, para seguir la segunda, más audaz pero mucho más
atractiva... Cometería el más grande error en no tentar la experiencia: su
línea de suerte es casi increíble...
Por tercera vez Sylvia no respondió. Su mirada, tan límpida de
costumbre, se tornó ahora suplicante. ¿Ese hombre que tan bien había sabido
poner el dedo en la llaga más secreta de su existencia, sería el único capaz de
curarla? Este confuso sentimiento se reflejó en sus ojos. Cualquiera lo hubiera
notado. Y con más razón Graig, quien continuó:
—¿Cuál es el medio de salir de eso? Muy simple. Vamos a hacer un
pacto que vendrá a firmar mañana a casa, ante una taza de té... O pasado
mañana, o dentro de ocho días, o dentro de un mes,, cuando usted guste. Sé que
vendrá de todas maneras... En los términos de ese contrato escrito yo le
garantizaré una dicha completa desde las veinticuatro horas siguientes a la
firma, hasta el fin de sus días, que se anuncia muy lejano.
—¿Es un ilusionista o un filántropo? —Ni lo uno ni lo otro,
querida señora. Sólo soy ¡ay! un pobre individuo, de lo más vulgar, que ha
adquirido la detestable costumbre de no dar nada por nada. Usted misma es lo
bastante perspicaz como para desconfiar de tales regalos. A cambio de la
felicidad que yo le daré por contrato, usted me cederá un año de su juventud.
—¿Cómo?
Ella creyó no haber comprendido bien. Sin embargo el barón
repitió con delirante lentitud:
—He dicho bien: un año de su juventud... Ya no quedaba duda
alguna: Sylvia se hallaba en presencia de un auténtico loco. Pero éste
prosiguió con la mayor calma:
—Adivino lo que está pensando y quiero tranquilizarla: no he
perdido el juicio. Si le pido un año de juventud, alrededor de sus veinticinco
años —admitamos que sea el veintiséis, para no ser más precisos— es porque sé
que tal cosa no le causará ninguna molestia y en cambio me prestará un inmenso
servicio. Francamente, ¿qué puede hacerle el despertar, al día siguiente de la
firma de nuestro pequeño pacto, con un año más? Tener entonces veintisiete años
en lugar de veintiséis, no alterará mayormente su edad. Y desde luego, le
garantizo que nadie lo sabrá.
Esta vez Sylvia se echó a reír francamente.
—Supongamos, querido señor, que firmamos nuestro extraño pacto y
que usted sea el auténtico y último dispensador de la Dicha Universal...
Admitamos incluso que realmente me dé la felicidad y yo le ceda en cambio mi
veintiseiseno año. ¿Qué haría con él?
—Señora: ésa es la única pregunta a la que no puedo responder.
Sepa sin embargo, que lo necesito, que tengo la más grande necesidad de él.
—¿Para usted?
Él prefirió eludir la respuesta:
—Sin duda no dejará de preguntarse por qué me he dirigido a
usted antes que a ninguna otra. En primer lugar, porque siendo la más
desdichada de todas, tiene un deseo urgente e inmenso de esa felicidad. ¿Pero
qué podría darme en cambio? Nada, sino una parcela de su juventud. ¿No es ése
el único bien de su exclusiva propiedad? Igualmente podría haberle ofrecido
comprarle un año de juventud, pero el drama para mí es que usted no necesita
dinero. Gracias a su matrimonio posee todos los bienes materiales. ¡Lo único
que no le ha aportado es la juventud, pues ya la tenía! ¿Qué mejor cosa puede
ofrecerme a cambio de la felicidad?
De nuevo Sylvia se había puesto de pie. Las últimas palabras del
barón la turbaban, aunque encontró fuerzas para decir con tono gracioso:
—Cuanto acaba de contarme es muy interesante. Sin embargo,
estimo que es suficiente para nuestra primera conversación. Pues le confesaré
que tengo un defecto: ¡amo el baile! ¿Si continuáramos el vals interrumpido?
—¡Sus deseos serán siempre órdenes para mí!
Y le ofreció el brazo para conducirla hacia el gran salón
iluminado donde las parejas danzaban.
—Permítame sin embargo entregarle esta tarjeta en la que hallará
mi dirección y donde acabo de anotar mi número de teléfono... Sí, he cometido
un gran error al negarme a que mi nombre figure en la guía... Pero tengo horror
a los importunos y prefiero elegir yo mismo mis lluevas relaciones.
—Me siento muy halagada... ¿Usted ha de conocer mucho mundo?
—Sin ninguna exageración, conozco el mundo entero... ¡Lo más
gracioso es que también el mundo entero me conoce, sin ninguna duda!
—En efecto, es curioso... Como usted no me parece poseer ninguna
de las cualidades de Dios, ¿no será, quizás, el Diablo?
El barón se contentó con sonreír, murmurando en el momento de
ser arrebatados por el vals:
—Nunca se sabe... ¡Si se admite que ese personaje existe!
Sylvia permanecía pensativa mientras su chofer la conducía de
regreso a su casa. Había preferido retirarse cuando terminó su vals con Graig.
Las danzas siguientes, y sobre todo los otros bailarines, le hubieran parecido
estúpidos. Veinte veces, durante el rápido recorrido nocturno desde la plaza de
la Concordia al lujoso edificio que habitaba sobre el Ranelagh, la joven se
había preguntado si acababa de conocer a un visionario o a un hombre
extraordinariamente lúcido. ¿Incluso era un hombre el barón Graig" Todo
cuanto le había dicho era exacto. Ningún policía en el mundo o director de
conciencia hubiese podido sondear sus más íntimos pensamientos como acababa de
hacerlo aquel desconocido de ojos devorados por un fuego insostenible. Sylvia
se sentía sobre todo trastornada por la idea de que el enigmático personaje
estaba en el secreto de sus verdaderas relaciones con su marido. Creía sin
embargo haber hecho todo para engañar a sus íntimos. Graig mismo lo había
reconocido: los otros, no sospechaban el drama de su vida. Porque ella era
desgraciada, infinitamente desgraciada...
—Cuando penetró —aún impregnada por los efluvios luminosos y
bulliciosos del baile— en el departamento, encontró a su esposo sentado en un
sillón de la biblioteca, de smoking y fumando un cigarro. La única frase de
bienvenida pronunciada por ese hombre cuya presencia se le hacía insoportable,
fue un áspero "buenas noches", lanzado de mala gana entre dos
bocanadas de humo opaco, sin quitarse el cigarro de la boca. La pieza se
hallaba impregnada y apestaba con el olor del cigarro, que Sylvia execraba.
Tuvo que hacer un esfuerzo para preguntarle:
—¿No salió?
Jamás había podido acostumbrarse a tutearlo. La gran diferencia
de edades, sumada a mil renunciamientos, había cavado entre ellos, desde la
noche misma de sus bodas, un foso al que el tiempo no hacía más que
profundizar.
Después de aspirar silenciosamente una bocanada y lanzarla con
voluptuosidad hacia el techo revestido en madera, el hombre consintió en
responder, con la misma aspereza:
—Aún no, pero voy a hacerlo ahora.
—¿Sabe Horace, que ya son las dos de la mañana?
—¿Y de ahí? Cualquier hora es buena cuando uno tiene necesidad
de distraerse.
—¿Yo no le resulto ya suficiente, sin duda?
—Tú nunca me has sido suficiente querida... Al principio de
nuestra unión eras para mí una especie de pasatiempo agradable, como el
juego... Ahora ya sólo eres un hábito detestable, como el alcohol...
—¡Es usted un monstruo!
—¡Es lamentable que tú y tus queridos padres no se hayan dado
cuenta de eso antes del matrimonio! Se dice, y es cierto, que el dinero lo
arregla todo... Por desgracia, en lo que a ti te concierne, "mi"
fortuna no ha arreglado nada. Sigue siendo tan considerable y nosotros seguimos
siendo los mismos que el día que me fuiste presentada, es decir, dos
desconocidos. Pues fuiste tú quien me fue presentada: tienes tendencia a
olvidarlo. Yo sólo tuve el trabajo de elegir...
Ella sintió impulsos de abofetearlo, mientras él siguió hablando
con un tono desenvuelto, peor que la injuria:
—En fin... Todo esto es muy poco interesante... Lo que importa
es que el baile haya tenido éxito, pues ibas a lucir unas alhajas raras. ¿La
embajadora estaba elegante?
—¡Como si ese detalle le interesara!
Ella quiso impedirle que se llenara otro vaso de whisky:
—Le suplico... ¡No beba más esta noche!
—¡Sería la primera vez que me impedirías hacer lo que se me
antoje! ¿Te he prohibido yo acaso salir sola ni hacer nuevas conquistas?
—Precisamente esta tarde conocí a alguien que le conoce...
—¿Quieres deslumbrarme con ese caballero? ¿Puedo saber quién es
el gran señor y cómo se llama?
—Es, en efecto, un señor... el barón Graig.
Werner pareció reflexionar algunos segundos, como buscando en
sus recuerdos, antes de responder:
—Un nombre que no me dice nada, en absoluto. Sin embargo, tengo
reputación de poseer una memoria implacable.
—¡El whisky se la hará perder, se lo aseguro! —Siempre amable...
¿Y qué te ha dicho de mí ese noble desconocido? —¡Todo!
Tras de beber de un solo trago el contenido de su vaso, Werner
dijo:
—Es mucho, mi querida... Si no tienes inconveniente, otro día
hablaremos de ese personaje, cuando no tengamos otro tema más interesante de
conversación. Y ya que has regresado, te deseo pases una muy buena noche, de la
cual el alba llegará pronto. En cuanto a mí, voy a salir. Decididamente no
tenemos suerte.— ¡no hacemos otra cosa que encontrarnos y saludarnos de paso!
¡Habría que creer que este departamento es demasiado grande o nuestros
corazones demasiados pequeños!... Tú no tienes idea cómo adoro estas horas de
la noche. Es el raro momento en que los burgueses duermen y las gentes
interesantes velan, los criminales realizan sus delitos, los escritores maduran
sus obras en el silencio, los monjes cantan maitines y las cortesanas se
ofrecen a sus amantes... Realmente, Sylvia, amo esta hora... ¿Y tú?... Tu
habitual mutismo me prueba, ay, una vez más, que no participas de mis gustos.
¡Cuánto lo lamento!
Dio un portazo al salir. No bien quedó sola se sintió presa de
un irrazonable deseo de llamar a Graig. ¿No tema, en la cartera, en la tarjeta
que le había dado, su número de teléfono? ¿Pero habría regresado ya a su casa?
¿Y si dormía? ¡Tanto peor! Tenía necesidad de oír la voz dulce...
Mas no bien oyó llamar la campanilla en el otro extremo del
hilo, cortó con precipitación. A semejante hora, en caso de que Graig
respondiera, ese llamado telefónico sería, casi una súplica. Era preferible que
el barón no sospechase el grado de su confusión: conocía ya demasiadas cosas.
Sabría tener paciencia...
Al día siguiente, hacia las cinco de la tardo, uno de los
servidores chinos la introducía en el gabinete del barón. Sylvia ni siquiera
quiso decir su nombre al doméstico, quien, después de saludarla inclinando la
cabeza y sin pronunciar una palabra la condujo directamente a la habitación
donde se encontraba su amo. Al verla, el barón Graig abandonó el sillón que
ocupaba, ante un inmenso escritorio colmado de papeles.
—Mi querida señora —dijo aproximando sus labios a la mano
enguantada—: la esperaba...
—¿Cómo podía saber que vendría?
—La esperaba... ¿, Me permite ofrecerle una taza de té? Pensé
que sería más agradable hacerlo servir aquí.
El silencioso sirviente reapareció empujando una mesita de
ruedas con un voluminoso samovar. Mientras su huésped vigilaba atentamente la
preparación delicada del brebaje, Sylvia lo observó de nuevo con la secreta
esperanza de que el misterio que parecía rodearlo la víspera, se evaporara en
ese ambiente más íntimo. El ceremonioso traje de etiqueta con el jabot de
encaje había sido reemplazado por un saco de interior, de terciopelo verde
botella, vestimenta que armonizaba con el tinte de marfil del hombre y el tono
general del gabinete de trabajo, amueblado con el más refinado buen gusto.
—Su hotel particular es encantador —reconoció la
joven—. Lo felicito.
—Sobre todo es silencioso. El ruido me causa horror: ¡es tan
inútil!... ¿Cuántos terrones de azúcar? ¿Un poco de leche? Perfecto. Querida
señora, me parece usted preocupada. ¡No me gusta verla así! Cuando se llama a
mi puerta todas las preocupaciones se dejan de lado. Todo aquí es para la
alegría.
El tono con que pronunció esta última frase sonaba a falso.
Sylvia deseaba ya irse, para hallarse lejos de aquella casa, pero no tuvo
fuerzas ni tiempo para ello. Graig, en efecto, acababa de hacerle une pregunta
embarazosa:
—¿No trató de telefonearme anoche?
—No —respondió ella con demasiada vehemencia para ser sincera.
—Sin embargo hubiera creído...
—Por una vez, caro amigo, su don de videncia ha fallado.
—¡Nadie es infalible!
—¿Se olvida de Dios?
—Me desagrada en absoluto oír pronunciar ese nombre.
—¿Será usted ateo?
—No, pues creo en mí.
—¡Tiene mucha suerte! Es una fuerza que le envidio de la que
carezco.
—La tendrá muy pronto... Todo está listo.
Abrió un cajón del escritorio y sacó dos hojas de papel ya
ennegrecidas por una ancha escritura. Luego continuó:
—El solo hecho de hallarse aquí prueba que ha decidido ratificar
nuestro pequeño acuerdo. Pero siempre es preferible conocer el contenido de un
texto antes de firmarlo... El contrato está redactado en doble ejemplar. Si no
le es mucha molestia, voy a darle lectura.
Se había sentado ante su escritorio y leyó con su voz dulce:
"Entre los abajo firmantes:
"La señora Sylvia Werner, domiciliada en París, bulevar
Beauséjour 51, por una parte y el señor barón Graig, domiciliado en la calle
Longpont 13, en Neuillysur—Seine, por la otra, se ha convenido el siguiente
contrato:
"Artículo primero; El señor barón Graig garantiza a la
señora de Werner la felicidad perfecta hasta el fin de sus días que, según su
línea de vida, no ocurrirá antes de muy largo período. Esta felicidad comenzará
dentro de las veinticuatro horas siguientes a la firma del presente contrato.
"Artículo segundo—. A cambio de su felicidad garantizada,
la señora Sylvia Werner cede al señor barón Graig un año completo de su
juventud: el veintiseiseno. La señora Werner se encontrará, pues, siendo un año
mayor, día por día dentro de las veinticuatro horas siguientes a la firma del
presente contrato.
"Artículo tercero: Queda especialmente
convenido, que el presente acuerdo se mantendrá estrictamente
confidencial entre las partes contratantes.
"En Neuilly, oí..."
La lectura había terminado. Graig la hizo con una cierta
lentitud que impresionó a Sylvia. Pese a todo, todavía dudaba sobre la actitud
a adoptar y se estaba preguntando una vez más si no acabaría por echarse a
reír, cuando su anfitrión afirmó:
—Los mejores contratos, mi querida señora, son los que tienen el
menor texto posible. Si está de acuerdo con éste, sólo me queda ponerle la
fecha de hoy y firmaremos cada uno un ejemplar, tras añadir la mención
habitual: leído y aprobado. Sin embargo, por última vez quiero llamarle la
atención respecto a que esto acto no debe firmarle a la ligera, ¿Ha
reflexionado profundamente? Sobre todo, no crea que soy un farsante. Aprecio en
su justo valor la calidad de nuestro trueque... ¿Quiere hacer alguna modificación?
—No —respondió ella con un suspiro.
—En tal caso, sírvase tomar asiento ante el escritorio. La
galantería me obliga a firmar después de usted.
Sylvia se puso de pie como movida por una fuerza invisible.
Durante el corto trayecto que recorrió, como una autómata, para bordear el
escritorio, volvió a revivir, en un relámpago de su memoria, la penosa escena
sostenida la noche antes con su marido. Cuando estuvo sentada, Graig le dijo,
al mismo tiempo que le tendía una larga pluma de ganso:
—No he podido acostumbrarme a escribir con una estilográfica o
una pluma moderna. Soy un conservador obstinado... ¿No le parece que esta pluma
arcaica confiere cierta nobleza a la firma del contrato?
La joven comenzó a escribir la palabra Leído sin tomarse la pena
de responder, pero se detuvo en seco, asombrada: la tinta que impregnaba la
punta de la pluma de ganso era roja, mientras que el texto del contrato estaba
en tinta negra. A pesar de todo, tras un momento de vacilación, firmó, aunque
con la desagradable sensación de que la pluma le quemaba los dedos. Cuando las
firmas estuvieron secas, Graig le tendió uno de los contratos, diciendo:
—Este ejemplar es de su propiedad. Cada uno de nosotros
conservará cuidadosamente el suyo... Ahora que hemos cumplido con esta pequeña
formalidad, ¿puedo ofrecerle una segunda taza de té?...
Sylvia rehusó. El no insistió y se contentó con decir sonriendo:
—Ya veo que tiene urgencia en partir. Por nada del mundo
quisiera hacerle perder uno de los preciosos instantes que va a vivir de ahora
en adelante...
—¿Puede decirme de manera precisa cuándo va a comenzar pava mí
la felicidad?
—No podrá tardar. .. Querida amiga, permítame llamarla así en lo
porvenir, ¿acaso el secreto que nos liga no acaba de crear entre nosotros una
amistad indisoluble?... Querida amiga..., ¡un poco de paciencia! Cuando la
felicidad haya llamado a su puerta, bajo una forma que usted quizá no sospecha,
no vacile en advertírmelo por un simple llamado telefónico. Me dará un gran
placer. Tocó un timbre. El silencioso servidor reapareció. —Acompañe a la
señora Werner hasta su automóvil. A punto de franquear el umbral de la
habitación, Sylvia se volvió hacia Graig tendiéndole la mano que éste besó
respetuosamente.
—Hasta la vista... En fin, antes de partir, quisiera hacerle dos
preguntas.
—De antemano considero un placer responderlas, si puedo.
Realmente, ¿no puede decirme en qué va a emplear el año de
juventud que acabo de cederle?
—No. De la misma manera, querida amiga, que no podría usted
decirme en qué va a utilizar la felicidad que le daré.
—Bueno. Espero tener más suerte con su segunda respuesta: ¿por
qué la tinta de las firmas era roja mientras que la del texto era negra?
—Simplemente, porque no era tinta: ¡mi pluma de ganso se moja
siempre en sangre!. ..
Ella lo miró de hito en hito, aturdida. La mirada de Graig era
de nuevo dura, fría, impenetrable. Después de retirar vivamente su mano de la
mano de su interlocutor, la joven retrocedió y se alejó sin pronunciar una
palabra.
Sylvia estaba nerviosa: las cuatro horas corridas desde que
abandonara precipitadamente a Graig, no habían bastado para calmarla. Erraba de
una habitación a la otra, en su departamento, llamando sin cesar a los
diferentes domésticos para preguntarles si su marido no habría regresado de
improviso. Pero el verdadero responsable de su tormento era el siniestro
personaje a cuya casa jamás debió de haber ido, ni siquiera para aceptar una
simple taza de té. La última respuesta del barón, sobre todo, la había impresionado:
¿su huésped había querido mistificar o, al contrario, hablaba seriamente cuando
le explicó que la tinta de la firma era sangre?
Muchas veces, sin embargo, desde aquel instante. La emoción de
la joven dejó paso a una sonrisa, que ella hubiese querido convertir en una
franca carcajada, única cosa capaz de tranquilizarla. "¡No se firma un
contrato con sangre!", no cesaba de repetirse, con la esperanza de convencerse.
¿Ya quién había pertenecido esa sangre? ¿A Graig f Era tan pálido que no
parecía tener suficiente para sí mismo... ¿La sangre de otro? ¿Qué otro? ¿Y por
qué sangre?
Bastaba esa afirmación del barón para probar que realmente era
un loco. La inverosímil aventura que Sylvia acababa de vivir tenía al mismo
tiempo algo de pesadilla y de burlesco. Quizá sólo se tratara de una broma de
mal gusto imaginada por un triste anciano en tren de hacerse el interesante...
¿O sería la extraña manera imaginada por un viejo mujeriego para entrar en
relación con ella? ¿No habría empleado ya esa estratagema, que le confería una
atmósfera enigmática y misteriosa, para atraerse a quienes esperaba conquistar?
Si fuera así, Sylvia comprendía que se había cubierto de ridículo. ¡Jamás se
atrevería a contar a nadie la tarde que acababa de pasar! ¿Cómo describir la
firma del contrato?
¡Un contrato insensato en el que ninguna de las partes en
realidad aportaba nada! Graig no podía hacerle el don de la felicidad, de la
que nadie es dueño y que se ha mostrado siempre inasible desde que el mundo
existe... Y ella misma era incapaz de cederle en cambio su veintiseiseno año.
Todo era inepto en esa historia: el acuerdo se transformaba en un trueque de
embustes.
Por centésima vez torturaba su espíritu con estas cuestiones
cuando el mucamo llamó a la puerta del tocador.
—¡Pase! —exclamó ella maquinalmente, como si hubiera sido
arrancada a una pesadilla.
—Un inspector de policía ha llegado... Pregunta si la señora
puede recibirlo urgentemente.
Sylvia se levantó temblorosa y pasó a la sala donde había sido
introducido el tardío visitante, el cual parecía más bien incómodo, como
embarazado por la misión que debía cumplir.
—¿La señora Werner—preguntó con una cierta circunspección, antes
de continuar—: Señora, debo anunciarle una penosa noticia. Tenga usted valor...
Hace alrededor de dos lloras, al salir de un club privado situado en el bulevar
Haussmann, el señor Werner fue atropellado por un automóvil... lía muerto en el
acto. Su cuerpo acaba de ser transportado a la morgue. Si no le fuera demasiado
penoso, ¿quisiera ahora acompañarme allí para llenar ciertas formalidades.
El inspector se interrumpió de pronto: para su más grande
asombro, el anuncio que acababa de hacer parecía provocar sobre el rostro de la
señora Werner una impresión de alivio... La joven permaneció de pie ente él,
inmóvil, silenciosa como si se hubiese dejado arrastrar muy lejos por una
visión imaginaria. Hubo una larga pausa antes de que respondiera:
—¿Es absolutamente necesario que vaya a la morgue?
—Sería preferible, señora para que el médico de servicio pueda
expedir el permiso de inhumación.
—Señor inspector, mi pregunta seguramente va a parecerle
extraña, pero ¿está usted seguro que se trata de un accidente?
—Señora, sobre ese punto no hay duda posible. Las declaraciones
de muchas personas, testigos del accidente, son formales.
Después de una ligera vacilación, continuó:
— ...Sí. Nosotros tuvimos el mismo pensamiento que usted. Pero
una rápida investigación nos ha confirmado que el señor Werner abandonó su club
un poco alegre sin duda, pero con la firme intención de regresar a su casa. Así
lo manifestó a muchos de los contertulios del establecimiento, e incluso tomó
una cita con un cliente para el día siguiente a la mañana, a las diez horas, en
su escritorio. La hipótesis del suicidio debe, pues, ser descartada.
—No es en eso en lo que pensaba. ¿No cree que este accidente
hubiera podido ser voluntariamente preparado por alguien que hubiese tenido un
interés cualquiera en hacer desaparecer a mi marido? Para eso, una persona bien
informada sólo tenía que esperar en un auto el momento en que Horace saliera
del club...
—Señora, eso es casi inverosímil. En efecto, el conductor del
auto no huyó. Es un chofer de taxi que acababa de recoger a una dama como
pasajera. Explicó el occidente por el hecho de que su marido habría resbalado
sobre el pavimento húmedo, en el momento de atravesar la calzada para ir hasta
su propio automóvil, estacionado junto a la acera opuesta. Es un accidente
lamentable, en verdad, pero tan trivial como todos los accidentes cotidianos de
tránsito. Y además, francamente, ¿quién habría podido odiar hasta ese punto al
señor Werner?
—Nadie, en efecto —respondió ella pensativa—. Sólo le pido el
tiempo de ponerme un tapado antes de acompañarlo.
Era más de medianoche cuando se encontró de nuevo en su casa,
sola, extenuada, deprimida por la horrible visita que acababa de hacer. En
realidad la súbita desaparición de Horace Werner le causaba más inquietud que
pena. Nunca hubiera creído Sylvia que la conversación que tuvo con su marido,
en esa misma biblioteca y posiblemente a. la misma hora, sería la última. Pero
sobre todo un punto la desconcertaba: ¿no comenzaba a cumplirse la promesa de
Graig? Él le garantizó que encontraría la felicidad dentro de las veinticuatro
horas siguientes a la firma del contrato... Apenas cinco horas después de la
firma, el inspector de policía venía a informarle que estaba viuda.
Así, pues, Sylvia se encontraba desembarazada para siempre de la
odiosa presencia, al mismo tiempo que heredaba una inmensa fortuna. Se sentía
libre, al fin... Ante el mundo, sabría fingir una pena decente y llevar el luto
reglamentario. Por otra parte, el negro le sentaba bien: resaltaba su
blancura... Nadie podría adivinar que sólo después do la muerte de su esposo
era realmente feliz. Nadie, excepto Graig. Y Sylvia se sintió irritada ante la
idea de que por lo menos una persona conociera su prodigioso secreto.
¿Qué parte de responsabilidad podría tener el barón en el
accidente? A despecho de las afirmaciones del policía la joven tenía la íntima
convicción de que, la muerte de su marido no era puramente accidental. ¿Habría
pagado Graig al chofer del taxi? Graig era el único hombro que sabía que la
verdadera felicidad sólo podía existir para ella el día en que estuviera libre
de Horace "Werner. Y no había dudado en emplear cualquier medio para
llegar a sus fines. Algunas de las palabras del barón resonaban aún en sus
oídos: Es usted muy desgraciada... Horace Werner es un hombre execrable... La
felicidad no puede tardar... Tenga un poco de paciencia... Al oírlas por
primera vez le habían parecido un poco oscuras. Después de la muerte de su
esposo, se iluminaban con una claridad enceguecedora.
La noche fue atroz. Sylvia no pudo dormirse, torturada como
estaba por mil pensamientos. Cuando por la mañana la mucama vino a traerle su
desayuno, la encontró despierta, con las facciones tensas por las horas de
insomnio. La doméstica le anunció que una encomienda, cuya expedición estaba
cubierta por una póliza de seguro, acababa de llegar de los Estados Unidos, y
que el mensajero no consentía en dejarla hasta después de que le firmara el
registro y de verificar la identidad del destinatario.
—Ya sé el contenido de ese paquete —respondió Sylvia—. El
librador tiene razón: es un impermeable que he encargado directamente a Nueva
York. .. Tome de mi cartera, que está sobre el peinador, mi cédula de
identidad. Enséñesela y firme por mí. Creo que con eso será suficiente.
Algunos instantes más tarde la mucama regresó con la encomienda,
que Sylvia ni siquiera se tomó el trabajo de abrir, tan preocupada estaba por
otras cosas. Maquinalmente echó una ojeada a la tarjeta de identidad que
acababa de traer la doméstica y su mirada se inmovilizó... ¡No era posible!
Creyó volverse loca: la fecha de nacimiento había sido cambiada.
La antigua, según la cual tenía veinticinco años, se encontraba
tachada con un trazo y reemplazada por una enmienda en tinta roja, indicando
que había nacido el mismo día, pero un año antes... Según esa
rectificación...Sylvia tenía, pues, un año más. Y la tinta roja le recordaba la
escritura con sangre...
Saltó del lecho y preguntó a la mucama:
—¿Estás segura de que nadie ha penetrado aquí? De todas maneras
esto sólo pudo ocurrir durante el período comprendido entre mi retorno de la
morgue y esta mañana....
En efecto, el cambio de fecha sobre la tarjeta de identidad no
habría podido realizarse antes, pues la había llevado consigo, en su cartera,
para las verificaciones necesarias. Si la modificación en tinta roja ya hubiese
existido entonces la habría advertido. Sin embargo, desde su regreso no había
podido dormir y la tarjeta de. identidad no había salido de su cartera,
depositada sobre el tocador. ¿Había, pues, que admitir que el mistificador se
había introducido en su pieza sin que ella lo viera? Y tal mistificador no
podía ser otro que Graig.
Una rápida investigación entre su personal de servicio le dio la
certidumbre de que ningún extraño había podido penetrar en el departamento: el
misterio permanecía intacto.
La nueva fecha inscrita sobre la tarjeta probaba que la segunda
cláusula del contrato estaba en vigor. Sylvia había envejecido 365 días y
perdido su veintiseiseno año. La primera cláusula había sido cumplida, algunas
horas antes, con la muerte de Horace. Sin que ni siquiera lo sospechase ni
supiera cómo, tanto ella como Graig habían mantenido escrupulosamente sus
compromisos...
Jamás la joven se vistió con tanta rapidez... Media hora más
tarde, siempre provista de su tarjeta de identidad, penetraba en el Registro
Civil, en la alcaldía del XVP distrito. Allí logró, no sin trabajo, que la
encargada consintiese en verificar su nacimiento en el Registro. En la fecha
que indicó no figuraba anotada ninguna pequeña Sylvia. ¡En cambio aparecía
inscrita en el mismo día y a la misma hora en el registro del año precedente!
El Registro Civil le regalaba, igualmente, un año más... Lo que permitió a la
empleada hacer esta observación desprovista de gracia:
—Antes de hacer tal verificación por lo menos debería estar
segura de la fecha de su nacimiento.
Sylvia se alejó sin responder ni prestar siquiera atención a la
mirada desconfiada de la funcionaria. Se sentía trastornada. El contrato se
cumplía con una precisión y un rigor implacables.
Al regresar a su casa encontró en la biblioteca un magnífico
ramo de rosas rojas, colocado allí por una de las mucamas. Su aroma ya había
suplantado al de los pestilentes cigarros de Horace Werner. Una tarjeta
acompañaba el envío. Graig había escrito en ella, con la "tinta"
roja, estas simples palabras: "Sinceras condolencias y todos mis votos de
felicidad".
La joven vaciló. ¡De modo que él ya estaba enterado de la muerte
de Horace cuando ningún diario de la mañana había podido aún anunciarla! Y algo
más todavía: ¿cómo Graig, que cuarenta y ocho horas antes era sólo un
desconocido para ella osaba enviarle flores —y nada menos que rosas— en un día
semejante? Es verdad que la frase escrita resumía tantas cosas...
Presa de un sentimiento de repulsión. Sylvia arrojó el ramo a la
chimenea donde moría un fuego destinado a paliar los efectos de una noche de
primavera demasiado fresca. Pero la llama no se reanimó: las rosas de sangre no
se consumían. Llamó entonces a la mucama y le ordenó traerle un papel grueso.
Envolvió en él las flores y salió del departamento llevando el horrible regalo.
Ya afuera, detuvo a un taxi y se hizo conducir a la plaza del Alma. Después de
avanzar a pie hasta el puente, aguardó un momento en que nadie prestaba
atención a sus gestos y arrojó el paquete al río.
Mientras veía alejarse las flores malditas sobre la superficie
del agua, llevadas por la corriente, otras de las palabras de Graig volvieron a
su memoria: "Cuando la felicidad haya llamado a su puerta, bajo una forma
que usted quizá no sospecha, no deje de advertírmelo por un simple llamado
telefónico: me dará un gran placer... " ¡Dar placer a semejante persona!
Aquello era una irrisión. No le telefonearía en absoluto. No quería volver a
oír jamás la voz odiosamente cortés. Al entrar de nuevo en su casa, se preguntó
si bien pronto no tendría que lamentar esa felicidad que acababa de golpear tan
imprevistamente a su puerta...
Desde hacía mucho tiempo el "Salón Privado" no había
conocido semejante afluencia. Rodeados por un círculo de curiosos, los más
inveterados jugadores se apretaban codo a codo en torno del tapete verde. Los
nombres de los ilustres concurrentes estaban en todas las bocas, ¿Acaso no
constituían ellos una de las atracciones más interesantes del casino de
Montecarlo? Desde hacía años, periódicamente, esos opulentos jugadores y
algunas mujeres cubiertas de alhajas, que eran la más segura garantía de su
solvencia, reaparecían en el principado, al igual Que esas aves migratorias a
las cuales mueve la imperiosa necesidad de sobrevolar los océanos para recobrar
un clima sin el que no pueden pasarse.
Serían aproximadamente las once de la noche; la partida estaba
en su apogeo. Entre las damas había especialmente una que se destacaba por su
encarnizamiento en pedir nuevas cartas. El croupier atendía con la mayor
solicitud a esa dienta selecta y de vez en cuando, al pasar los inspectores de
sala, le dirigían vagas sonrisas obsequiosas, bajo las cuales se ocultaba la
inmensa satisfacción de encontrarla todas las noches ante el tapete verde. La
dama no era ni muy joven ni muy madura. Pertenecía a esa vasta categoría del
bello sexo que ha logrado conservar —gracias a interminables horas pasadas en
los institutos de belleza— algo de ese brillo indispensable sin el cual una
mujer, que ha sido bonita, estima que la vida ya no vale la pena de ser vivida.
Brillo que, por otra parte, se hallaba realzado en la jugadora por un collar de
cinco vueltas de perlas auténticas capaz de hacer palidecer de celos a la mujer
del más auténtico maharajá.
De improviso, la dama notable pareció interesarse un poco menos
en la partida para fijar su mirada luminosa en un joven que! acababa de
sentarse enfrente de ella. Si la edad de la dama del collar era bastante
incierta, la del recién llegado, por el contrario, podía situarse en los
alrededores de la treintena. El hombre era hermoso. Parecía fuerte y dueño
absoluto de su destino, que no debía anunciarse demasiado cruel a juzgar por
las caricias aterciopeladas con que lo envolvían los ojos de su vecina, una adorable
morena, muy joven.
La dama del collar envidió a la muchacha —cuyo escote juvenil
podía prescindir fácilmente de todas las joyas del mundo— y comenzó a codiciar
a su enamorado. Pero en seguida, incapaz de soportar por más tiempo esa doble
visión de la dicha, la dama sin edad cedió su lugar a otro jugador y abandonó
el tapete verde para dirigirse hacia los tocadores, movida por el imperioso
deseo de examinar de muy cerca su propio rostro en el espejo y de poner en
acción, con su experiencia consumada, el lápiz de "rouge", el lápiz
negro, la base, el polvo...
Su maquillaje, sin embargo, estaba cuidado, estudiado, perfecto
para una mujer que se aproximaba alarmantemente a la cincuentena, pero cuyo
gran error era querer aparentar sólo treinta años. Ese era el drama.
Un drama, por lo demás relativo. Pites ciertas deficiencias
físicas se disimulan bajo las luces irisadas y aun suelen desaparecer por
completo ante una cualidad rara: el encanto. Y la dama del collar lo poseía
para derrochar. Precisamente para intentar la difícil conquista, contaba
apoyarse en ese encanto suyo cuyo poder conocía, cuando regresó, reconfortada y
temeraria, a ocupar otro lugar libre en la mesa de juego, frente a los
enamorados.
Para entablar la lucha primera era necesario llamar la atención
del joven. Un único medio infalible se le presentaba: perder. Hasta ese
momento, en efecto, la dama del collar había ganado siempre. Su suerte había
sido insolento, casi indecente. Por una vez, de verdad, deseaba perder, pues
pudo observar que la presencia de la joven morena no le daba suerte al hermoso
muchacho. Quien dice desgraciado en el juego... El solo recuerdo de esa
sentencia, manoseada por una literatura de almanaque, la estremeció y se
encarnizó en perder. Al mismo tiempo, por un curioso contraste y una justa ley
de equilibrio el joven comenzó a ganar... No tardó en manifestar una intensa
alegría, pero ni siquiera arrojó una mirada hacia la perdedora, de tal modo se
hallaba absorbido por su efímera victoria.
Cuando la dama del collar comprendió que todos sus esfuerzos
serían vanos, incluso pagando el tributo de pesados sacrificios, prefirió
abandonar definitivamente la sala del "Privado". A punto de franquear
el umbral, y con un tono anodino, que se esforzó por hacer lo más natural
posible, preguntó a uno de los inspectores de juego, conocido suyo de muchas
temporadas:
—¿Quién es ese recién llegado que me ha hecho cambiar la suerte?
—Un joven de excelente familia, señora. Se llama Gilbert Pernet
y acaba de llegar al Hotel de París para reunirse con su novia.
—¿La chica morena?
—Exactamente.
—¿Novia de verdad?
—¡Y de lo mejor en su género, señora! La joven se aloja en el
hotel desde hace dos semanas, en compañía de sus padres. Se susurra, inclusive,
que toda esa estimable clientela está por partir mañana a la noche para la
capital, donde se efectuará su próximo enlace. Será una hermosa pareja, ¿no le
parece?
La dama prefirió reservar su opinión y se dirigió hacia la
salida.
La noche era dulce y tibia como sólo suelen serlo las noches de
Montecarlo. Respirar largamente ese aire fue para ella el mejor alivio antes de
ubicarse en el interior de un interminable automóvil americano que se alejó en
un silencio
impresionante.
El chofer conocía los gustos de su patrona: regresó a Niza por
el camino de cornisa. Había algo de irreal en ese paseo nocturno. Lo fantástico
utilizaba alternativamente el claro de luna o las estrellas, cuyos reflejos
daban una apariencia de vida a las perezosas aguas del Mediterráneo. Mientras
saboreaba inconscientemente esta poesía de tarjeta postal, la dama del collar
soñaba en el joven que acababa de conocer...
Desde el instante mismo en que se instaló frente a ella, ante el
tapete verde, se había sentido realmente deslumbrada y descubrió un sentimiento
que jamás hasta entonces había conocido: el amor. Un amor loco, súbito,
irrazonado, que tenía a la vez toda la fuerza y toda la debilidad de sus
cuarenta y seis años.
¡Sin embargo su vida había estado bien colmada hasta ese
momento! Durante el curso de su existencia demasiado fácil, durante la cual los
años se fueron sumando unos tras otros, sin grandes sobresaltos ni alegrías
demasiado intensas, no había conseguido discernir muy bien lo verdadero de lo
falso, las palabras sinceras de las que no lo eran. Si tuvo amantes, fue por
hacer como sus amigas y llenar una soledad dorada. Pero no se había sentido
ligada a ninguno realmente. Nadie, hasta ese minuto, había encarnado para ella
la imagen del hombre que todo lo borra, del hombre ante el cual una mujer tiene
la certeza absoluta de no poder pasarse sin él. Y sin embargo, no era egoísta:
sólo pidió amar y ser amada. Desgraciadamente, cada nueva tentativa se
transformaba en una nueva decepción. .. Mientras que esta vez, sin que ella
pudiera explicarse por qué, tenía la seguridad de no engañarse. Era eso
justamente lo que de pronto la hizo sentirse muy desgraciada: ¡el primer gran
amor, el único que cuenta, se le acababa de presentar sin que ella pudiera
alcanzarlo! Sobre todo, se sentía, desarmada por la juventud de la rival
morena.
Durante el recorrido en auto, que debió ser sólo un paseo
exquisito y se transformaba casi en un suplicio, revivió su propia juventud. El
primer personaje que reapareció en sus recuerdos fue su marido, aquel hombre
odioso al cual se había entregado sin amarlo cuando tenía la edad de la joven
morena. Un marido que había contado muy poco para ella, y que después de
robarle sus primeras y más caras ilusiones, no le había ofrecido en cambio más
que el espectáculo de sus vicios. Por suerte había muerto en el momento en que
ya le resultaba absolutamente imposible soportar su presencia. Y volvía a verse
joven viuda, rica, adulada, coqueta, creyendo sinceramente que ninguna
felicidad en el mundo podía compararse a la suya...
Veinte años pasaron casi sin que ella lo notara, pero poco a
poco acabó por comprender que su felicidad era muy incompleta.
Al encontrarse esa noche en presencia de aquel joven que, para
ella encarnaba el Amor, había experimentado un doloroso derrumbe. Sólo con ese
muchacho, únicamente con él, debió haber vivido su primer amor, un cuarto de
siglo antes... Pese a todo, a despecho del íntimo sentimiento que le decía que
ya era demasiado tarde, aún quería luchar.
Cuando el automóvil se detuvo ante la escalinata de una villa,
algunos kilómetros antes de Niza, la dama descendió para penetrar rápidamente
en la casa. Después de atravesar el vestíbulo, subió la escalera y alcanzó su
habitación, donde se sentó ante una. mesita escritorio de palo de rosa, uno de
cuyos cajones abrió con una llave que extrajo de su bolso. El cajón se hallaba
repleto de cartas.
Tina por mía las tomó y comenzó n desbarrarlas en pequeños
trozos, sin vacilación ni precipitación. Sus ojos ni siquiera se detenían en
las firmas. Las diferentes escrituras ya no ofrecían ningún interés para ella:
¿no pertenecían acaso a un pasado muerto, pues todas ellas eran de hombres
repudiados? Hombres que —sólo ahora lo comprendía— jamás habían sido sus
amantes. El único que podía ser el Amante, en toda la plenitud de esta palabra
demasiado a menudo envilecida, era el joven que había encontrado esa noche. Lo
intentaría todo para arrebatárselo a su novia.
La última carta inútil yacía en pedazos. En el cajón ya no
quedaba más que un solo papel doblado en cuatro. Después de un segundo de
vacilación, lo sacó para desgarrarlo a su vez. Pero, en el momento de esbozar
el gesto destructor un pensamiento le atravesó el espíritu. ¿No ponía a su
disposición, ese papel el medio seguro, prodigioso, infalible, de conquistar al
hombre amado? Sintió deseos de desplegar la hoja para leer su contenido, pero
era inútil: ¡después de veinte años ya conocía ese texto de memoria!
Al día siguiente por la mañana tomaría el avión para París donde
haría lo imposible por hallar al hombre amado antes de que se casara. Pero no
se mostraría a él hasta después de haber hecho una visita previa a un personaje
al que, sin embargo, se había jurado no volver a ver nunca. De esa visita
dependía todo el éxito.
Sylvia Werner, envejecida y brutalmente enamorada, comprendió
que no tenía un segundo que perder para encontrar a Graig.
No bien llegó a Orly, Sylvia le dio la dirección del barón al
chofer de un taxi. Tina dirección que no podía olvidar, pues estaba mencionada
en el papel: calle Longpont, en Neuilly.
Desde la firma del contrato, Sylvia jamás había vuelto a ver al
extraño personaje. Y por otra parte había tenido buen cuidado de no pedir a
nadie noticias del mismo. Durante el trayecto en avión se preguntó, llena de
dudas si aún viviría. Una respuesta afirmativa sería casi un milagro. En caso
de encontrar a Graig, éste debería ser sumamente viejo. ¿Tendría incluso el
mismo domicilio?
El coche se detuvo ante el número 13. La fachada del hotel
particular no parecía haber cambiado: ahí estaba la misma puerta rojo—ocre y el
inmueble parecía inmutable e inquietante en su silencio. Sylvia tuvo una ligera
vacilación antes de llamar. ¿Quién le abriría?
La espera fue corta: un doméstico chino apareció ante ella. Se
apartó en seguida, inclinándose con respeto, para dejarla pasar. Cuando se
encontró en el vestíbulo y la puerta se cerró a sus espaldas, Sylvia tuvo la
extraña impresión de que este servidor era el mismo que la había recibido
veinte años antes... "¡Todos los Hijos del Cielo se parecen...!"
pensó para darse valor. También el servidor había debido reconocerla, pues la
condujo directamente hasta el gabinete de trabajo de su amo, sin hacerle la
menor pregunta.
Sentado ante su escritorio, Graig escribía... Al entrar su
visitante alzó la cabeza y. una sonrisa iluminó su pálido rostro. Mientras
abandonaba su sillón para ir a su encuentro, Sylvia tuvo tiempo de hacer una
comprobación que la dejó estupefacta: ¡Graig no había cambiado en lo más mínimo
a pesar de los veinte años corridos! Sus cabellos no eran ni más plateados ni
más ralos; los ojos seguían siempre tan inquisidores, las mismas maneras
demasiado corteses... La visitante quedó inmóvil, muda, paralizada. Incluso
hasta se preguntó si no sería juguete de una alucinación cuando la voz suave,
cuyo timbre tan particular volvió de nuevo a su memoria, declaró:
—¡Por fin se ha decidido a hacer a su viejo amigo la visita que
él esperaba desde hace tanto tiempo! ¿No encuentra emocionante este, minuto?
—No —respondió Sylvia con gran franqueza.
—¿No se sienta? Parece usted cansada como si acabara de realizar
una larga caminata. Sin duda, ya es un poco tarde para ofrecerle la taza de té
habitual. Un cóctel me parece más indicado. ¿Qué le parece un martini bien seco
o un rosa?
Mientras hablaba se había aproximado hasta uno de los paneles de
la biblioteca, al que hizo girar para poner en descubierto un barcito muy
moderno:
—¿Seguirá siempre tan muda como el día de nuestro primer
encuentro?Ya veo lo que necesita: una bebida reconfortante... ¿Un oporto—flip?
Ella asintió con un movimiento de cabeza y permaneció silenciosa
mientras el barón batía la coctelera. A su vez él esperó a que hubiese bebido
un trago antes de preguntarle:
—¿Puedo saber a qué debo el placer de una visita tan tardía?
—Sylvia respondió con calma:
—Escuche, Graig... No nos encontramos de nuevo frente a frente
para derrochar frivolidades. Conozco demasiado su exquisita cortesía para no
apreciarla en su justo valor... Usted mismo sabe muy bien que si he venido a
verlo de nuevo, después de tantos años, es únicamente porque necesito su ayuda.
—Puede contar con ella por anticipado, en la medida de mis
pobres medios, que son ¡ay! muy limitados.
—¿Por qué miente?
—Para consolarme mi querida amiga... ¡Sé demasiado bien que sólo
se llama a la puerta de Graig cuando no queda otro remedio! ¡Me gustaría tanto
que amigos sinceros viniesen a verme sólo por el placer de mi conversación!
—Usted no tiene amigos. ¡Y no los tendrá jamás! Eso no le
preocupa, por otra parte... Siempre se las arregla para que sus amigos se
conviertan en sus obligados. A partir de ese instante, ellos lo detestan.
—Es usted tan cruel como buena psicóloga.
—¡Oh, basta de charla! He venido a verlo para que me devuelva
algo que ahora me importa más que nada en el mundo... Pero como no quiero
sentirme obligada, estoy dispuesta a pagar el precio necesario. Soy rica, bien
lo sabe: ¡muy rica!
—Mi querida amiga, le aseguro que no veo claro
adonde quiere ir a parar.
—Si se empeña absolutamente en que le refresque la memoria, no
le será difícil. Ambos hemos firmado aquí sobre este escritorio, un contrato.
Según una de las cláusulas de ese contrato yo le cedía un año de juventud. Esta
noche le pido que me lo devuelva. Eso es todo.
—Perdóneme, mi querida, creo no haber comprendido bien.
—Me asombraría que con los años se hubiese vuelto sordo: ¡usted
no envejece! Yo le reclamo mi veintiseiseno año: lo necesito. Fije el precio.
¡He sido una loca al cedérselo a cambio de la felicidad prometida! En primer
lugar nunca tuve esa felicidad... Ayer a la noche lo he comprendido. ¡Oh, ya
sé!... Cuando murió mi marido yo heredé su fortuna y recuperé al mismo tiempo
mi libertad. ¡Entonces todo me parecía magnífico! Creí que era el comienzo de
la felicidad... ¡Sólo que el resto, lo que esperaba con toda mi alma, ha
tardado veinte años en llegar! Ayer se me presentó bajo una forma que no tengo
por qué describirle. Durante el largo período de espera traté de aturdirme con
una vida fácil y cómoda, salpicada de aventuras. ¡Pero uno se cansa de todo,
Graig, hasta de las aventuras! Sobre, todo cuando no puede resistirse la
imperiosa necesidad de amar... Yo no concibo la felicidad sin amor. Si no fuera
así, no sería mujer... ¡Pero para vivir el gran amor es preciso que recobre mi
juventud! No la reclamo toda, pero al menos la parcela que no he utilizado, la
que le he cedido. Creo que hablo claro: ha tenido usted los 365 días y las 365
noches de mi veintiseiseno año a su entera disposición, mientras la felicidad
prometida en cambio, ha sido incompleta. Hemos firmado un pacto en el cual la
única perjudicada soy yo. ¡Devuélvame mi veintiseiseno año! ¡Usted me lo debe!
Las últimas palabras fueron pronunciadas con emoción. Más que un
reclamo era una súplica desesperada. Luego de reflexionar por algunos segundos,
Graig respondió:
—Voy a permitirme hacerle a mi vez una pregunta, la misma con la
cual antaño me puso en aprietos. Suponiendo que pudiera devolvérselo: ¿qué
piensa hacer con su veintiseiseño año?
Sylvia permaneció un momento en suspenso. ¿Qué pensaba hacer con
ese año de juventud física devuelto cuando había alcanzado la completa madurez
moral de la mujer? ¡Pues todo! Sería prodigioso... Durante un año viviría
una aventura que ninguna mujer en el mundo habría vivido antes que ella y que
todas las mujeres de su edad soñarían en vivir... ¿Acaso no eran legión en la
tierra las mujeres de cuarenta años que en ese mismo minuto se estarían
repitiendo: "¡Si entonces hubiera sabido ...!" ¡Si pudiera comenzar
de nuevo! Sylvia tendría todos los triunfos en la mano para no invocarse ahora:
la experiencia de los años, aliada a la fuerza invisible de una juventud
recobrada, Gilbert —ya llamaba al desconocido de Montecarlo por su nombre que
le había revelado el inspector de juego— no podría resistir a tal asalto. La
novia desaparecería ante una rival tan temible, cuyo extraordinario secreto
ignoraría. Y Gilbert la amaría con pasión, impetuosamente... Le haría la corte,
cosa que nunca había conocido. Una corte como la que ahora vivía la muchacha
morena y todas aquellas que no se desposan con hombres a quienes no aman.
Graig la observaba con una intensa curiosidad y Sylvia
comprendió que, una vez más, adivinaba sus pensamientos más íntimos. Pero su
respuesta fue rápida:
—Lo que haga con él no le concierne, ¡puesto que se lo pago! A
partir del momento en que me fije su precio estaremos a mano y no habrá cuenta
alguna que rendir... ¿Acepta?
—Mi querida amiga, aunque lo quisiera, me sería imposible ...
—¿Cómo así?
—No puedo devolverle su veinteseiseño año por la sencilla razón
de que ya lo he utilizado.
—¿De qué manera?
—Poco importa...
Sylvia guardó silencio durante algunos segundos. Ardía en deseos
de arrojarle algunas verdades a la cara al odioso personaje. Se contuvo sin
embargo, pero sabía muy bien cómo había utilizado el año desaparecido: para sí,
como un egoísta que no quiere envejecer y compra todos los años un año de
juventud a una persona diferente. Si no era el diablo en persona, debía poseer
alguno de los secretos fabulosos que permitían a los alquimistas del pasado
preparar el agua milagrosa de Juvencia.
—Como siempre, leo en su pensamiento —prosiguió Graig—.
Permítame hacerle observar que se equivoca. No he utilizado en mi provecho su
veintiseiseno año. No tenía necesidad de hacerlo. Si así fuera, me sería muy
fácil devolvérselo. Créame que me siento desolado.
—¡Se lo suplico, Graig! ¡Haga lo imposible! ¡Sé que su poder es
inmenso y le abandono toda mi fortuna!
—Eso sería el más grande error: siempre se necesita un poco de
dinero para los días de la vejez... Y además, yo dispongo largamente de todo el
dinero necesario para sobrevivir a mis modestas necesidades... ¿Otro cóctel de
oporto? ¿No? Realmente, querida amiga, henos aquí ante un horrible dilema...
¿Qué le parece si yo le devolviera su veintiseiseno año por porciones?
—Explíqueme.
—No puedo devolvérselo en seguida, completo, pues necesito
encontrar primero otro para reemplazarlo... Pero en cambio me sería fácil
devolverle los 365 días y las 365 noches por fracciones de veinticuatro o
cuarenta y ocho horas, o incluso hasta de ocho días... Reflexione. Usted tiene
cuarenta y seis años. Si llega a utilizar y a distribuir con tino,
repartiéndolos sobre los restantes de su existencia —que nosotros sabemos será
muy larga según su línea de vida— esos 365 días y noches, será la mujer más
feliz de la tierra. ¡A su edad ya no se siente la necesidad de ser joven todos
los días! Este legítimo deseo sólo la asaltará por crisis: sea lo bastante
hábil para satisfacerlo únicamente cuando se presente. El resto del tiempo
seguirá siendo la respetable señora "Werner, rodeada de la veneración y la
estima de sus incontables amigos.
—¿En suma, llevaré una doble vida?
—¡En el sentido exacto de la expresión! Durante los períodos
escalonados que yo le iré devolviendo, según sus deseos, la señora Werner se
transformará en la bella Sylvia, una joven de veintiséis años cuyos rasgos
serán exactamente los mismos que provocaron mi admiración en cierto baile de la
embajada de los Estados Unidos.
—Su oferta es tentadora.
—¡Incluso debería reconocer que es única! Será la primera
persona en el mundo que podrá observar a sus conciudadanos con la doble óptica
de su edad real y de la que ella parecerá tener durante sus períodos de
rejuvenecimiento. Desde luego, incluso al recobrar el aspecto de sus veintiséis
años, conservará su mentalidad actual.
—¡La juventud no será más que física! —Querida amiga, cada uno
sabe que la juventud moral es eterna... Basta conversar unos instantes con
usted para persuadirse de ello. Sólo la juventud física pasa: esta última es la
que voy a devolverle por fracciones. Habrá en usted una dualidad moral y física
que hará de Sylvia Werner la mujer más apasionante que haya existido... —Graig,
acepto. Pero, ya que se niega a recibir dinero, ¿qué me pedirá en cambio?
—Más tarde hablaremos de eso. Por el momento lo importante es
satisfacerla. Siento que no tiene un minuto que perder si quiere culminar con
éxito la encantadora tarea que se ha fijado, ¿Quién sabe? ¿No habrá, quizás, en
el fondo de sus pensamientos, una rival a quien apartar? ¿Un casamiento que hay
que impedir? ¡Oh, las mujeres son capaces de tales villanías entre ustedes...!
No retroceden ante nada cuando se proponen apropiarse de algo o de alguien. Esa
es su fuerza y su debilidad.
—¿Cómo me devolverá esos períodos de juventud? —Lo más
simplemente del mundo... Será suficiente, en interés suyo, y para que pueda
saborear por completo su felicidad, tomar algunas precauciones elementales...
Por ejemplo, me parece indispensable que disponga de un segundo domicilio. La
señora "Werner es muy conocida: posee un magnífico hotel particular en la
calle de la Universidad. Allí continuará viviendo y recibirá según su
apariencia actual. La joven Sylvia, por el contrario, podrá muy bien habitar en
algún encantador lugarcito, en la orilla derecha... Precisamente poseo un
inmueble sobre la avenida Foch, donde ha quedado desocupado un pequeño
departamento de la planta baja, como consecuencia de la imprevista partida de
su ocupante: un diplomático extranjero llamado de vuelta a su país. Ayer estuve
allí. Se halla amueblado con el más refinado gusto. ¿Quiere que vayamos a
verlo? Si ese nido confortable le agrada puede ocuparlo inmediatamente. Piense
en lo práctico que será: usted me telefoneará desde la calle de la Universidad
indicándome en cada caso el número de horas o días de juventud que desea y a
qué hora quiere que el período comience. Abandona entonces su primer domicilio
con tiempo suficiente para encontrarse en el segundo a la hora fijada. Automáticamente,
sin necesidad de que yo aparezca, recobrará la fisonomía y el cuerpo de sus
veintiséis años. Cuando el período toque a su fin, se las arreglará para
regresar al mismo lugar donde instantáneamente se operará la transformación
adversa. ¡Y luego volverá a su hotel particular, sin. que nadie de su intimidad
sospeche su secreto!
...El doble domicilio ofrece la ventaja de evitar las
murmuraciones de su personal. Usted sabe, tanto como yo, cómo son de
charlatanes los domésticos... Los suyos sólo conocerán a la misma señora
"Werner, a quien sirven desde hace largo tiempo. Evite en lo posible hacer
detener su automóvil justo ante el inmueble de la avenida Foch: aun el más fiel
de los chóferes no es más que un pobre hombre, curioso como todos los hombres.
—Al oírlo, uno creería realmente que no me parezco en nada a la
que fui a mis veintiséis años. ¿Tanto he envejecido?
—En veinte años, mi querida amiga, todos cambiamos ...
—¡Salvo usted!
—Yo soy un personaje aparte, que ha tenido la suerte de jamás
haber parecido joven... Y la gente se habitúa de una vez por todas al rostro de
los ancianos. Ya están etiquetados, catalogados, clasificados... La segunda
precaución elemental que debe tener en cuenta, es evitar hallarse en público o
en presencia de terceros en el momento preciso en que se operen sus
transformaciones físicas. En el caso de un súbito rejuvenecimiento, recibirá
una sorpresa muy agradable, sin duda, pero en el caso contrario, esa sorpresa
corre el riesgo de transformarse en una amarga desilusión. Estos pequeños
inconvenientes pueden ser fácilmente evitados con vigilar la hora. Por
consiguiente, es muy importante que lleve siempre consigo un reloj cuya hora
concuerde exactamente con la del mío. En efecto, las horas de juventud que voy
a devolverle poco a poco, son tan preciosas y tan difíciles de encontrar que no
puedo malgastarlas. De todas maneras no olvide jamás que el total de tales
horas no podrá exceder, ni siquiera en un segundo, el número de 8.760,
correspondientes a las horas de su veintiseiseno año... Le será pues,
indispensable llevar, en un pequeño carnet secreto, una estricta contabilidad
de las mismas, para saber exactamente cuál es su saldo a medida que el tiempo
corra. Personalmente tengo la convicción de que con esas 8.760 horas de
juventud asegurada, tendrá lo suficiente para satisfacer con holgura sus
menores caprichos. A veces pasarán semanas, e incluso quizá meses, sin sentir
la necesidad de rejuvenecer. Otras, sólo necesitará unos pocos minutos para
hacerse admirar en algún lugar donde sepa de antemano que su fulgurante y
radiosa aparición producirá mucho efecto. Es usted demasiado mujer como para
ignorar que cuando menos se muestre mayores son las posibilidades de agradar.
Así están hechos los hombres: sólo conceden valor a los objetos raros...
—Es posible que tenga razón. Venga, vamos a visitar ese
departamento.
Durante el trayecto Sylvia sólo hizo una pregunta:
—¿Queda claramente convenido que usted me restituirá, durante
los períodos de juventud, exactamente el número de horas o de días que yo le
pida?
—Exactamente hasta la concurrencia total. ¡Pero no sea exigente!
No me demande cantidades demasiado grandes a la vez. Por su propio interés debe
hacer durar el placer el mayor tiempo posible...
Graig no había exagerado: el piso bajo del 45 bis era
encantador. Al penetrar en el edificio el barón ni siquiera necesitó llamar al
portero, pues sacó de su bolsillo la llave del departamento. Ya en el interior
del mismo y luego de cerrar la puerta, el curioso propietario dijo a la
visitante:
—He aquí el marco ideal donde va a cumplir el más ambicioso
sueño que pueda acariciar una mujer. Recojámonos unos instantes... Meditemos
sobre las circunstancias ... Me la imagino en el instante de abandonar su
automóvil, a un centenar de metros antes, y luego penetrando sola a este lugar.
Aún conserva su actual apariencia física, pero algunos minutos más tarde va a
recobrar súbitamente la juventud. La primera vez lo descubrirá mirándose en el
espejo que corona la chimenea de la estufa. A la hora que usted misma se
fijará, la joven Sylvia reemplazará a la bella señora Werner... ¿Le agrada el
departamento? —Lo tomo de inmediato.
—Tiene usted urgencia, en efecto... ¿Cuándo desea que le
reintegre su primer momento de juventud?
—¡Esta misma tarde!
—¡Esta noche, querrá decir, pues ya son las ocho. ¿A qué hora
exactamente? —A medianoche.
—Esté aquí a las doce menos cinco... Voy a arreglar por mi
propio reloj este pequeño reloj de péndulo de alabastro, tan apropiadamente
colocado sobre el velador. Así se evitará cualquier error y pérdida de segundos
preciosos. Y..., ¿cuántas horas de juventud quiere disponer para esta primera
experiencia?
—¿Puede acordarme una semana? —¡Es usted muy golosa! En fin,
como deseo demostrarle mi buena voluntad, a partir de las doce de la noche
tiene siete días y siete noches de su veintiseiseno año... ¡No olvide anotarlo
en su pequeño carnet!
Sylvia calló. Graig se equivocaba al juzgarla exigente. La
semana apenas le parecía bastante para encontrar a Gilbert en la capital.
Felizmente sabía por el inspector de juegos que ese mismo día regresaría a
París con su novia. No tenía un segundo que perder para hacer su conquista,
quitárselo a la joven morena e impedir el proyectado casamiento que, de
realizarse, sería para Sylvia la catástrofe.
—Querida amiga, ¿puedo solicitarle que me lleve hasta mi casa?
El nuevo trayecto en taxi fue silencioso. La imaginación de
Sylvia hervía con mil locos proyectos. Cuando el automóvil se detuvo en la
calle de Longpont, Graig dijo alegremente, antes de descender:
—Mi muy querida, una vez más quiero recordarle que yo no doy
nada por nada... Ya en otra oportunidad le confesé que soy un hombre interesado
y vulgar. En este caso, por ejemplo, usted va a recuperar poco a poco su
veintiseiseno año, ¡pero en cambio yo he ganado un nuevo locatario!
—Sin embargo, no han de faltarle interesados en este momento.
—No crea. Hay locatarios y locatarios... Mañana recibirá su
contrato de arrendamiento. Sólo tiene que firmar uno de los ejemplares y
enviármelo. Lo conservaré como algo precioso. No me desagrada convertirme en su
locador. .. Y como buen propietario querida amiga, beso su mano formulando un
solo deseo: ¡que sea profundamente feliz!
Saltó a tierra con una agilidad sorprendente para un hombre, de
su edad. La puerta del taxi sonó al cerrarse mientras Sylvia ordenaba al
chofer:
—¡Rápido, a la calle de la Universidad!
No bien llegó a su casa Sylvia dijo a su conserje: —Pídame un
radio—taxi para dentro de una hora, para llevarme a la estación Norte. Voy a
Londres por unas semanas. Mi chofer llegará mañana de Niza con el coche y debe
ir a esperarme a esa misma estación el próximo martes a la llegada del tren que
utiliza el "ferrybeat", alrededor de las ocho.
Durante el trayecto de Neuilly hasta su domicilio había
imaginado esta estratagema para evitar cualquier indiscreción de su personal. A
su mucama le dio orden de reexpedir a Inglaterra su correspondencia, alegando
que aún ignoraba el hotel donde se alojaría. Asimismo cuidó de hacer colocar en
su valija los vestidos que, a su criterio, hacían más fina su silueta. En
cuanto partió el taxi, le dio la dirección de la avenida Foch. Era noche
cerrada cuando llegó al lugar donde debía producirse el milagro.
Con infinitas precauciones, ayudada por el chofer del taxi,
transportó sus valijas hasta el departamento de la planta baja. Hizo el menor
ruido posible para no llamar la atención de los porteros. De allí en adelante
se le planteaba un delicado problema con los guardianes del edificio. ¿Se
mostraría, a ellos con su rostro actual o con la silueta rejuvenecida? Como era
esencialmente femenina, optó por su segunda encarnación. Los porteros sólo
conocerían a la joven, y lo mismo ocurriría en lo por venir con mucha gente.
Preferiría mostrarse poco, a intervalos espaciados, pero bajo su aspecto más
favorable.
Despidió al chofer del taxi con una buena propina y cerró la
puerta del departamento ahora Sylvia podía tomar posesión de su nuevo
domicilio. Su primer impulso fue echar una mirada al reloj del
"living—room", que Graig había reglado con su propio cronómetro.
Tenía aún dos largas horas por delante antes del momento fatídico y decidió
aprovecharlas para proceder a una primera instalación sumaria. Indudablemente
el ambiente era encantador, pero se sentía que había sido concebido y habitado
por un hombre. Desde el día siguiente, Sylvia lo llenaría de flores, más
reveladoras de una presencia femenina que cualquier otro objeto. Sabía,
asimismo, que no transcurrirían más de veinticuatro horas antes de que el
desorden que le era natural, y que tenía el arte de provocar donde estuviera,
creara el ambiente necesario para la verdadera intimidad. Rociaría todo con
"Femme", su perfume preferido. El visitante esperado estaría
convencido de que su anfitriona habitaba el lugar desde hacía mucho tiempo.
A las once se hallaba prácticamente instalada: sus vestidos
estaban colgados, su más fina ropa interior depositada con esmero en los
cajones de una cómoda, su material de maquillaje y sus innumerables productos
de belleza, alineados sobre el tocador. Ya sólo tenía que esperar ... Todas
esas menudas precauciones habían llenado la primera hora. Arrellanada en un
sillón del living ocuparía la segunda en prepararse mentalmente para el pro
eligióse acontecimiento que debía cambiar su vida...
A decir verdad, a medida que se aproximaba —al ritmo del pequeño
péndulo— el instante diabólico, sus dudas eran cada vez mayores. Todo lo que
había hecho, desde su encuentro en la sala del "Privado" con el
hombre de sus sueños, más parecía el efecto de una reacción mecánica que una
acción sabiamente dirigida. Después de un viaje fatigante había encontrado a
Graig: era un primer paso. Un Graig idéntico siempre y que, una vez más, había
sabido deslumbrarla con su felicidad imposible... Un Graig que la había arrastrado
hasta ese departamento... Un Graig de quien se había convertido en la
locataria... Un Graig de quien dependería en adelante, pues sólo él podría
devolverle, por pequeñas dosis, el año de juventud que había tenido la locura
de cederle antaño. Pero, ¿si ella no hubiese actuado así veinte años antes, su
marido —el execrable Horace Werner— habría muerto? El solo recuerdo de esa
súbita desaparición la hacía estremecer siempre. Los años habían pasado en vano
y Sylvia conservaba la íntima convicción de que Graig era el asesino de Horace.
Era el único que pudo haber inspirado al chofer del auto asesino... ¿Pero para
qué remover el pasado? De todas maneras una investigación a fondo, que se cuidó
muy bien de solicitar, no le habría devuelto la vida del difunto. Y, además,
después de esa muerte, ella se habla sentido verdaderamente libre. Libre, sí,
pero no feliz, en absoluto.
Sólo lo sería cuando hubiera podido saciar su sed de amor. Pero,
¿volvería a ser joven a medianoche? Aquello parecía una locura, aun más
inverosímil que la realización del contrato firmado veinte años antes. Y sin
embargo, las cláusulas del contrato empezaron a cumplirse dentro de las
veinticuatro horas siguientes a la firma. Sylvia ya no sabía qué pensar. No
estaba segura de recobrar su juventud, pero tampoco sabía si conservaría su
rostro actual. Cualquier mujer en su situación habría perdido la cabeza. Ella
tenía miedo, mucho miedo...
Con una velocidad que a Sylvia le parecía terrible, la aguja
mayor del péndulo se aproximaba a la hora H... que le daría la alegría o la
desesperación. Sabía muy bien que si sonaban las doce sin que su estado físico
hubiera cambiado, se moriría de pena. Si, por el contrario, los rasgos
juveniles de sus veintiséis años reaparecían sobre su rostro y su cuerpo,
estaría loca de alegría. Esa sería también la prueba definitiva del poder
ilimitado de Graig... Pero poco importaba, al fin de cuentas, pues ella sería
la principal beneficiaría del mismo. ¿Qué le pediría el barón en cambio?
Lo conocía demasiado para saber que su cualidad dominante no era
el desinterés. Después de todo, Graig podía exigir no importa qué: ella le
daría lo que fuera pues él le había procurado el medio de conquistar a Gilbert.
Lo demás no le interesaba. Durante los largos minutos que estaba viviendo, una
sola cosa concentraba toda su atención: ¿rejuvenecería sí o no?
Cuando la aguja mayor llegó a los cincuenta y cinco minutos,
prefirió apartar la vista del reloj. Sus miradas cayeron sobre el espejo de la
chimenea: el espejo ante el cual Graig la había conducido dejándole entender
que podía recibir en ese sitio el primer reflejo de su nuevo rostro. Pero de
pronto dejó de mirarlo e hizo un esfuerzo sobrehumano para arrancarse del
sillón, en el cual se hundía como si fuera presa de una parálisis mortal. Y sin
saber exactamente por qué se precipitó al dormitorio donde no había espejo ni
reloj... Allí, al menos, ella podría esperar sentada sobre su lecho.
Los minutos pasaron, pesados e interminables. Sylvia apenas
osaba respirar... El silencio del departamento era total. Por un instante creyó
que vería surgir ante ella la silueta descarnada del barón. Pero eso no
ocurrió: estaba sola. Hubiera sido incapaz de decir cuánto tiempo permaneció
así, sumida en la angustia. Con todo se dio cuenta de que la hora había
pasado... Y no había sentido nada... Ni siquiera se atrevía a palparse el
rostro con las manos ni, sobre todo, a abrir los ojos. No bien se dejó caer sobre
el lecho los cerró voluntariamente para no ver lo que ocurriría en el minuto
escogido por ella. Le zumbaban las sienes. Cuando se convenció de que nada
había pasado y de que seguía siendo la misma, tuvo un fantástico acceso de
risa. Una risa que era como una especie de descarga y que hubiera hecho daño al
oído de las personas presentes, si hubiera habido alguna... La risa de una
pobre mujer que quiere permanecer voluntariamente ciega para no verse otra vez
tal como ella se aborrece. Aquello duró mucho rato. La risa se prolongaba
mientras revivía en su memoria la nueva farsa atrozmente burlesca que acababa
de jugarle Graig. ¡Una vez más se había dejado coger en la trampa por aquel
hombre que, decididamente era demasiado fuerte! Ahora tenía conciencia de su
propia debilidad, y también de su impotencia ante la marcha implacable del
tiempo. La risa, cada vez más débil, acabó por transformarse en sollozó: era el
fin normal de la crisis. Sus nervios habían llegado al máximo de la tensión.
Instintivamente reabrió sus ojos empapados en lágrimas, para buscar su cartera
y sacar un pañuelo. Su mirada erró sobre sus manos... ¿Era un milagro debido al
reflejo de las lágrimas? En efecto, le pareció que ciertas venas demasiado
marcadas ya no se veían, que sus dedos aparecían mejor moldeados...
Se levantó para dirigirse hasta el living—room con un paso
inseguro, como si estuviera ebria. Al pasar ante el tocador sus ojos se fijaron
en el espejo del mismo, en el que no había pensado cuando se refugió en la
habitación. Lanzó un grito. Ya ninguna duda era posible: la imagen reflejada en
el espejo era la suya de veinte años antes... Corrió entonces hasta el gran
espejo de la chimenea, en el living. Allí por fin pudo contemplar hasta
saciarse la recuperada imagen de su juventud. Las lágrimas que corrían a lo
largo de sus mejillas acababan por convertirse en la expresión de uña alegría
delirante. Durante algunos segundos aún vaciló antes de llevar sus manos a su
rostro para palpar esa realidad de la cual la pulida superficie sólo le enviaba
un reflejo. Por fin se decidió y por un largo rato sus dedos acariciaron su
frente sin arrugas, se deslizaron luego alrededor de los ojos ya no hundidos,
descendieron por las mejillas hasta el cuello, con una deliberada lentitud. Ya
no quedaba ni el menor esbozo de doble mentón. Incluso su silueta misma se
había adelgazado, por más que ella había cuidado siempre su línea. Tenía la
sensación de flotar dentro de su vestido, y sin embargo, hacía apenas unas
horas lo había encontrado demasiado estrecho, al ponérselo en su casa, antes de
la falsa partida para Londres. Las lágrimas desaparecieron para dejar paso a
una expresión de asombro, que a su vez fue barrida por una sonrisa
triunfante... La sonrisa de una mujer joven perfectamente segura, al
contemplarse en un espejo, de que nadie podría resistir al brillo de su cerebro
afiebrado. ¿Esa Sylvia rejuvenecida, cuya imagen creía ver en el espejo y cuya
carne creía palpar, existía solamente en su imaginación?
Se precipitó al teléfono, colocado sobre una mesita baja, y
disco su propio número de la calle de la Universidad. Luego esperó, exasperada,
que la voz conocida de uno de sus servidores le respondiera. Como éste
pareciera manifestar un cierto asombro al oír a su patrona, que normalmente
debía encontrarse en el tren, a esa hora, le explicó: —... Hablo de la
estación... Perdí el tren... Tomaré el siguiente dentro de algunos minutos...
Todo va bien... Buenas noches, Honoré.
Al colgar experimentó una sensación de alivio. Si el servidor
había reconocido su voz, no estaba viviendo un sueño despierta y su
transformación era tangible, real. Una reacción a la inversa se produjo
entonces. La Sylvia rejuvenecida se sintió de tal modo embriagada de alegría
que fue presa de un furioso deseo de cantar, de danzar, de hacer no importa
qué; de abrazar al primero que encontrara, incluso de beber para olvidar sus
cuarenta y seis anca desaparecidos, volatilizados, puestos en fuga ante el asalto
juvenil de su veintiseiseno año... No era posible que permaneciera así, sola
con su dicha en aquel departamento de planta baja. Necesitaba ruido,
movimiento, toda la luz con que su rostro rejuvenecido quería ser inundado...
Se encontró caminando en plena noche, en cabeza, con un paso
ligero sobre la acera de la avenida Foch, desierta. Detuvo un taxi y se
introdujo en él diciéndole alegremente al chofer:
—Vamos, a cualquier parte... A un lugar divertido... Usted no
comprenderá nada, pero tengo la necesidad de reír...
Contrariamente a lo que pensaba, el hombre debía comprender muy
bien todo, pues respondió:
—¡Tiene razón, señorita! ¡Hay que disfrutar de la juventud!
¡Cuando tenga mi edad se dará cuenta que es lo único que jamás se recupera!
"¡El pobre hombre jamás podrá pensar que yo he recuperado
mi juventud!", pensó Sylvia. "Nadie conocerá nunca mi fabuloso
secreto... Sin embargo, no olvidaré a este chofer de taxi: es el primero que me
ha llamado «señorita» ... después de tanto tiempo.
El taxi la depositó en las cercanías de los Campos Elíseos, ante
la entrada de un club de moda. Cuando penetró en él se dirigió directamente
hacia el bar, donde se encaramó sobre un taburete entre los
"clientes", que dejaban adivinar a las claras su condición de
extranjeros. Atraídos como tantos otros por la vida nocturna de París, aquellos
hombres esperaban la oportunidad de algún encuentro interesante que les
permitiera terminar agradablemente la noche.
Sylvia comprobó de inmediato el poder de su juventud recuperada.
Sus dos vecinos competían en un asalto de pesada galantería para ofrecerle
alternativamente los brebajes más variados en una jerga donde algunas raras
palabras francesas se mezclaban al holandés, o a un mal inglés. Eran hombres
mediocres, pero eso le resultaba indiferente. Lo importante era que su encanto
personal superase el de todas las otras jóvenes presentes. Eso ya sería un
primer y verdadero éxito. Valía la pena intentar la experiencia Le aceptó un
whisky al vecino de su derecha y le acordó un tango al de la izquierda.
Mientras danzaba experimentó de nuevo la deliciosa impresión de
que los hombres sólo tenían ojos para ella y abandonaban mentalmente a sus
compañeras durante todo el tiempo que la devoraban con su vista. ¡La novia de
Gilbert iba a tener ahora una partida muy brava! Tal pensamiento le recordó que
debía ponerse inmediatamente en busca del joven. Pues al fin de cuentas ¡sólo
para seducirlo se había hecho restituir su veintiseiseno año!
No vaciló en abandonar a su caballero de ocasión en mitad de la
pista para ir a preguntar a uno de los maitres al corriente de la clientela del
establecimiento:
—¿Por casualidad, no conoce al señor Gilbert Pernet?
—No, señora.
—¿No es uno de los clientes habituales?
—Con seguridad no, señora. Los conozco a todos.
Prefirió no seguir bailando y regresó, un poco decepcionada, a
saborear su whisky en el bar. Mientras "el vecino de la derecha" le
contaba tonterías, su espíritu flotaba, lejos, muy lejos, ante una mesa de
bacará. Volvía a ver la silueta de Gilbert, a quien pronto encontraría, ahora
que ella se sentía más fuerte que cualquier novia morena. Pero era estúpido
buscarlo en semejante lugar. De todos modos, acabaría por descubrir su
dirección. Lo mejor,, esa noche, era regresar a la avenida Foch.
Al día siguiente, en cuanto despertó, telefoneó a la dirección
de la familia Pernet, que había encontrado en la guía.
Una voz áspera, sin duda la del padre del joven, respondió:
"El señor Gilbert, Pernet se halla ausente de París y no regresará hasta
el martes próximo". Colgó el receptor calculando con amargura que el
martes sería el último de los siete días de juventud concedidos por Graig. Sólo
tendría un día y media noche para estar con Gilbert. Con el propósito de no
desperdiciar inútilmente las cinco jornadas perdidas, decidió consagrarlas a
visitar las casas de modas, pues era indispensable que le hiciesen algunos vestidos
"más juveniles", adaptados a su nueva personalidad. El martes
llamaría al joven al mismo número. El hecho de poder cambiar con él algunas
palabras ya sería un primer éxito.
La víspera del día tan esperado llegó por fin. Esa noche no
salió y prefirió reflexionar sobre la mejor manera de preparar una entrevista a
solas con Gilbert. Estaba segura de triunfar en algunos instantes: desde que
había recuperado su juventud, su confianza en sí misma era inconmovible, ¿Qué
le diría a Gilbert cuando lo tuviera en el otro extremo del hilo? ¿Que lo
amaba? Sería infantil y el joven seguramente se echaría a reír. En la mesa de
bacará le había parecido de un temperamento demasiado positivo como para
interesarse por una desconocida cuyo rostro ignoraba. Sin duda no era un
romántico... Se durmió sin haber encontrado la frase adecuada, capaz de atraer
a Gilbert a una primera cita.
Cuando descolgó el aparato al día siguiente no había avanzado
más prefirió abandonarse, según la respuesta que recibiera, a la inspiración
del momento. Una mucama respondió que "el señor Gilbert no podía atender,
pero que había dado orden de decir a los amigos que quisieran verlo antes de su
casamiento, que pasaría la tarde en el bowling del Jardín de Aclimatación, en
compañía de la señorita Yolande.
Sylvia sólo tenía que dirigirse al bowling. Dos cuestiones la
preocupaban: la presencia de la muchacha morena cuyo nombre acababa de conocer,
y el muy corto plazo de juventud de que dispondría. A las doce en punto de la
noche volvería a recobrar su aspecto habitual. Por consiguiente, era
necesario actuar de prisa para ganar la primera vuelta. Inmediatamente,
según sus necesidades, telefonearía a Graig para que le enviase otras
porciones de juventud. Si lograba que Gilbert se enamorase de ella hoy mismo, su
vida entera ya habría cambiado. En cuanto a la presencia de Yolande en el
bowling, acabó por persuadirse de que era mejor así. En esa forma Gilbert
podría hacer una comparación inmediata y el triunfo de ella, de Sylvia, sería
más completo. Cuando después de almorzar llegó al Jardín de Aclimatación no era
sólo la bella Sylvia quien llegaba, sino una mujer ferozmente decidida a poner,
en juego toda la experiencia de sus años vividos para quitarle un hombre a una
rival.
La suerte la favoreció. La cancha N° 10, situada justo al lado
de la N° 9, donde estaban Gilbert y su novia, se hallaba libre y Sylvia la
reservó. Jamás en su vida había jugado al bowling ni a ningún otro juego de
bolos, ni siquiera había tomado parte en la más trivial partida de bochas.
Ponerse a arrojar bolas —ya fueran grandes o pequeñas, de goma o de hierro...
ya fuese en la calle asoleada de alguna pequeña ciudad del Mediodía o, como en
este caso, en el Jardín de Aclimatación, sobre una pista de madera bien lisa y
encerada— no tenía el menor atractivo para la viuda de Horace Werner. Pero lo
único que le importaba era atraer la atención del joven, fuera cual fuere el
medio de que se valiera.
Y tanto le daba ése como cualquier otro. Incluso ofrecía la
ventaja de ponerla en evidencia. Poco importaba que jugase mal. Cada vez que
lanzaba una bola derribaba tres o cuatro bolos, a veces más... Sylvia no
resultaba más torpe que cualquier profano y sin duda hacía mejor papel que la
joven Yolande, a quien su compañero no cesaba de repetir:
—En verdad, no tienes muchas condiciones para este juego... ¡No
llegarás a nada nunca!
Observación que parecía tener el don de enfurecer a la joven
morena y que llenaba de gozo a Sylvia.
Era necesario dar un gran golpe para demostrarle a Gilbert que
ciertas mujeres sí poseen condiciones... Después de observar con atención la
forma en que los ases del bowling —o quienes se tenían por tales— se paraban,
sostenían la bola, corrían y se detenían en seco en el instante de lanzarla,
Sylvia decidió emplear el mismo método... ¡Y el resultado fue inmediato,
coronando sus más locas esperanzas!
Una vez, dos, tres, diez veces seguidas la recién llegada volteó
de un solo golpe todos los bolos de la pista. Bien pronto un círculo de
admiradores rodeaba a esa campeona, a quien nunca habían visto antes. Gilbert
mismo volvió la cabeza y lo que pasaba en la pista vecina comenzó a interesarle
más que la suya... ¡Realmente aquella Joven rubia era prodigiosa! ¡Y qué
elegancia en su vestimenta! Llevaba exactamente el modelo apropiado para el
bowling: pantalón clásico negro de corte maravilloso, elegantes zapatillas y,
flotante sobre el busto y dejando adivinar unos senos insolentes, una blusa de
seda salvaje. Todo eso era encantador, discreto, perfecto, mientras Yolande
creyó estar bien ostentando un traje sastre que, al mismo tiempo que la
envejecía, daba menos soltura a su silueta... Más valía sin embargo no decir
nada y continuar regalándose con la nueva visión.
Sylvia ya había ganado, pero sabía por su rica experiencia que
en este tipo de justas las apariciones más breves son las más exitosas. Y sobre
todo, porque la suerte insolente que la favorecía desde hacía algunos minutos
permitiéndole derribar hileras enteras de bolos, no podía continuar
indefinidamente..Había que sabor detenerse en plena gloria...
Sin prestar la menor atención a los lamentos por su partida,
provenientes del círculo de admiradores, la joven encendió tranquilamente un
cigarrillo, abandonó la pista de sus éxitos y con un andar indolente se dirigió
hacia el bar, donde pidió un "americano".
Apenas experimentó alguna sorpresa cuando diez minutos más tarde
vio sentarse a Gilbert, ante el mismo mostrador, en un taburete vecino. Lo
único que se preguntó —muy de paso por lo demás— fue qué subterfugio habría
inventado el joven para desembarazarse tan pronto de la novia morena. Pero
después de todo, eso sólo tenía un interés secundario. Lo que importaba era que
estuviese allí, a algunos centímetros de ella, silencioso como todos los que
tienen muchas cosas que decir y no encuentran la manera de iniciar una
conversación.
De todas maneras, Sylvia estaba satisfecha. Su poder, ya
confrontado en algunas experiencias de los días anteriores, obraba maravillas.
Su vecino de taburete la miraba con tal discreción que ella se preguntaba si no
sería tímido. Lo hubiera encontrado maravilloso... Pero ante el temor de que
regresara a la pista, prefirió romper el encanto de la observación recíproca y
muda, preguntándole:
—¿Viene a menudo por aquí?
—A veces...
La respuesta era de la misma calidad de la pregunta y Sylvia no
pudo menos que sonreír, cosa que tuvo el don de romper el hielo entre ambos y
de animar al joven.
—Ante todo, permítame que me presente: Gilbert Pernet.
—Y yo, Sylvia Marnier.
¿Por qué ese nombre y apellido y no otro le cruzaron por la
mente en ese momento? Muchas veces se lo preguntó después, sin encontrar
respuesta. En cuanto al nombre, prefirió conservar el suyo, al que había
terminado por acostumbrarse después de cuarenta y seis años... Sylvia Marnier
sonaba bastante bien...
De todas maneras, acababa de adquirir la certidumbre de que
Gilbert Pernet no había reconocido, en la campeona de bowling, a la dama que
perdía tan gruesas sumas en Montecarlo. Por otra parte ¿cómo podría establecer
ningún paralelo, puesto que ni siquiera se había dignado echar la menor mirada,
ocho días antes, hacia la Sylvia normal? El milagro del rejuvenecimiento no
había tardado en dar sus sabrosos frutos.
—Me gustaría volver a verla —dijo el joven.
—También yo —respondió gentilmente la muchacha, que no pudo
impedirse de agregar con un tono gracioso—: ¿No estaba muy ocupado hace un
momento?
—No crea nada: una simple camarada de juego...
Sylvia gozó al comprobar que ya él sentía la necesidad de mentir
en su presencia. Cualquier otra mujer menos advertida de la hipocresía humana,
hubiera encontrado monstruosa esa mentira. Pero Sylvia estaba dispuesta a
admitirlo todo del hombre que deseaba... Desde el momento en que le ocultaba su
noviazgo con la joven morena, ya no estaba lejos de renegarla. Si Sylvia sabía
mostrarse hábil, la amenaza del casamiento inminente se alejaría. ¡A cualquier
precio había que impedir que Gilbert se casase con Yolande!
Sylvia quería que aquel joven le hiciese la corte —una corte
asidua— como se la había hecho a la otra... O más aún que a la otra. Una corte
a la vez discreta y apasionada, cosa que nunca había conocido con Horace
Werner, y que faltaba a su felicidad de mujer.
Por eso insistió:
—¿Esa linda joven morena no es nada para usted?
—Si lo desea, hablaremos de ella más tarde y en otro lado.
¿Cuándo volveré a verla?
—Lo ignoro...
—¿Será casada?
—No, que yo sepa.
—¿De novia, entonces?
—No más que usted...
Gilbert permaneció impasible, aunque estimase, conociendo su
propia situación, que tal respuesta estaba lejos de ser una garantía. Pero,
persistió en su propósito:
—Siendo así, ¿no hay ningún obstáculo para volver a vernos
próximamente y a menudo? ¿Mañana... por ejemplo?
—Temo que mañana me sea difícil. Si realmente quiere que nos
conozcamos mejor, ¿por qué no hoy?
—Aquí es incómodo —observó el joven—. Hay demasiada gente.
—Tiene razón. Provocaríamos comentarios... ¡La gente es tan
malévola!
—¿Cómo puede preocuparse por el qué dirán una mujer tan moderna
como usted?
Ella sonrió de nuevo, adivinando que un rápido combate interior
se libraba en él: ¿Yolande o Sylvia? ¿La morena o la rubia? ¿La novia o la
desconocida? Una vez más el eterno dilema se planteaba con su clásico
triángulo. Pero uno de los miembros del trío tenía plena conciencia del papel
que desempeñaba, mientras los otros dos serían sólo fantoches. A medida que
pasaban los minutos, Sylvia saboreaba más intensamente la dichosa plenitud de
su doble vida.
—Lo mejor para ambos será salir de aquí —dijo el joven—. ¿Dónde
puedo encontrarla dentro de una hora?
—¿Qué le parece en Armenonville? Ahí estaremos perfectamente
tranquilos para charlar entre baile y baile.
—Estaré allí dentro de una hora. Después me dará el placer de
comer conmigo. Terminaremos la velada juntos.
—¡Encantada! ¿Pero no cree que esta súbita partida, que se
parece casi a una fuga, va a entristecer un poco a la deliciosa personita a
quien miraba tan tiernamente antes de mi llegada ?
—¿Quién le ha dicho que la miraba tiernamente? —preguntó él con
desenvoltura—. Es usted quien me interesa...
La dejó para ir a reunirse con Yolande, que había continuado
jugando sola en la cancha N° 9.
Al verlo, la joven exclamó contenta:
—¡Querido! ¡Es una pena que no hayas estado durante estos
últimos minutos: hubieras podido comprobar qué progresos he hecho! No sólo la
bella vecina de la otra cancha sabe lograr buenos golpes... ¡Acabo de hacer una
serie de cuatro seguidos!
—¡Bravo!
—Pero a propósito, Gilbert, ¿dónde te habías metido? ¿Por qué
esa súbita desaparición? Hasta me preguntaba si no te habrías ido enojado
conmigo por lo mal que jugué hace un momento...
—¡Vamos, querida! ¿Cómo crees que puedo conceder importancia a
la forma de jugar al bowling Y tampoco que he escondido.... Simplemente me
moría de sed y fui a tomar un drink al bar.
—Hubieras podido invitarme...
—Perdóname, pero siempre me has repetido que te inspiran horror
los bares...
—No cuando estoy con mi novio.
—¿Quieres que vayamos?, ¿ahora?
—Es demasiado tarde. Prefiero que me lleves a casa.
Cuando estuvieron en el automóvil, ella dijo con dulzura :
—¿Así que conocías a la mujer rubia que jugaba en la pista
vecina?
—¡En absoluto!
—Entonces, ¿por qué fuiste a buscarla al bar?
—No he ido a buscarla, Yolande... Si estaba allí cuando yo
llegué, no es culpa mía.
—¿No estuvieron conversando?
—Hemos cambiado dos o tres frases triviales, acerca de; juego.
—Y naturalmente la habrás felicitado por sus brillantes jugadas.
—No la he felicitado. Esa mujer, por otra parte, no me interesa
en absoluto.
Le pareció necesaria esta nueva mentira, aunque la execrase. En
dos ocasiones diferentes, con sólo algunos minutos de intervalo, se había visto
obligado a mentir ante dos mujeres distintas. Esa táctica le desagradaba. ¿Pero
cómo salir de una situación tan delicada? Ya se encargaría de poner las cosas
en su sitio, en cuanto pudiera. Yolande no insistió y preguntó simplemente:
—¿Qué hacemos?
—Después de llevarte a tu casa, iré hasta Nanterre para hacerle
colocar al auto los nuevos neumáticos que necesitaremos para nuestro viaje de
bodas. Era una tercera mentira.
—Bueno, ocúpate de los neumáticos, Gilbert... Y vuelve a
buscarme antes de comer.
—No creo que me sea posible... Esta noche es el banquete anual
de mis antiguos camaradas de regimiento; me resulta muy difícil dejar de ir. Y
las mujeres están excluidas. —¡Decididamente no tengo suerte hoy! Todo conspira
contra mí: el bowling, los neumáticos, el banquete... En fin, no te recrimino.
Aprovecharé mi tarde de libertad para ver ese filme americano cuyo título no te
decía nada el otro día.
—¡Excelente idea! ¿A que hora quieres que te despierte
mañana, con mi llamado telefónico de costumbre? —A las nueve. A las once debo
ir a probarme el vestido para el casamiento civil. ¿No te divertiría
acompañarme?
—Bien sabes que todo lo que te atañe me interesa... Hasta
mañana, pues.
—¡Gilbert! —exclamó ella en el momento en que se alejaba—. No
olvides demasiado esta noche que tienes una novia. Ya me imagino lo que deben
ser esas reuniones entre hombres...
Sylvia y él no hablaron casi durante las primeras piezas en la
penumbra de Armenonville. Se abandonaron a esas sensaciones confusas que siguen
a un encuentro imprevisto, primera etapa de un contacto más íntimo. Mientras
danzaban, Sylvia lo observaba. Le pareció aún más masculino de lo que había
imaginado desde el instante en que su silueta llenó sus días y sus noches...
Incluso experimentaba la maravillosa sensación de rejuvenecer más aún,
admitiendo que eso fuera posible, al encontrarse entre los brazos de ese ser
vigoroso. No tenía la sensación de danzar sino de volar, de ser ligera como una
sílfide, de no posar los pies en la tierra. Jamás había conocido una euforia
semejante: ¿tal vez era eso la felicidad ?
Una sombra, sin embargo, oscurecía su secreta alegría. A
medianoche expiraba el plazo de la primera porción de juventud concedida por
Graig. De nuevo se convertiría en la señora Werner, a quien detestaba... Muy
pronto necesitaría mucha habilidad y un real coraje para arrancarse a la
presencia cada vez más atractiva de su galán. Pero ya se las arreglaría para
que su primera comida de enamorados no se prolongase demasiado y se haría
conducir hasta la avenida Poch, teniendo mucho cuidado de que el joven no detuviese
su coche justo ante la puerta de su nuevo domicilio. No tenía por qué conocer
su dirección exacta desde la primera noche. Siempre estaría a tiempo de
indicársela al día siguiente, pues estaba completamente decidida a verlo de
nuevo... Cuando su chofer la condujera a la calle de la Universidad, después de
esperarla a las ocho de la mañana en la estación del Norte, según las órdenes
dadas una semana antes, ella telefonearía a Graig para que le acordase una
nueva porción de juventud... Esta vez sería corta. Dos horas le bastaban pava
tomar una taza de té en compañía de su amado, en el lugar que ella fijaría
antes de dejarlo esta noche. Dos horas que serían el complemento indispensable
del primer encuentro. Dos horas durante las cuales ambos tendrían una multitud
de cosas que decirse. Todas las que hoy aún no se habían atrevido a confiarse.
Sabía muy bien que Gilbert le confesaría entonces que estaba de novio... ¿Y tal
vez no. le diría que ya era libre y que había roto su compromiso esa misma
mañana, antes de volverla a ver? Era preciso que así fuese. ¡Lo quería! Nada ni
nadie resistiría en adelante a su voluntad de enamorada.
La comida tuvo lugar en un pequeño restaurante de Montmartre,
elegido por Gilbert. Allí estaban solos. Allí hablarían libremente. Sylvia se
enteró entonces que después de haber obtenido un diploma de altos estudios
comerciales, destinados a permitirle hacerse cargo más tarde de la sucesión
paternal en un importante negocio de textiles, no había hecho gran cosa. Sin
que el joven lo sospechase siquiera, ella casi lo excusaba. ¿No pertenecía
acaso a esa nueva generación desequilibrada por dos guerras sucesivas y, sobre
todo, ansiosa de gozar la vida? Por lo menos era un joven que no necesitaba...
Era simple y bastante franco, a pesar de sus mentiras en el bowling.
Ahora ella debió mentir a su turno. Así su admirador se enteró
de que la joven sentada ante él terminaba actualmente sus estudios de derecho.
Sylvia consideró indispensable hacerle creer que había seguido estudios, de lo
contrario Gilbert podía abrigar ciertas dudas respecto a su pasado... En cambio
se admite más fácilmente que una estudiante sea una muchacha evolucionada... Le
explicó, además, que era huérfana y que su familia se reducía a una sola tía,
una cierta señora "Werner, dama muy mundana, de su mismo nombre, que
habitaba en el barrio de Saint—Germain... Había que preverlo todo...
Agregó que muy raramente veía a aquella tía, con la cual no se
entendía, pues sus gustos eran diametralmente opuestos. Lo que ella anhelaba
era una vida simple, mientras su madrina no podía pasarse sin el lujo.
Respetaba sin embargo a su parienta que, después de haberla educado, le había
permitido adquirir una sólida instrucción y hacía un poco el papel de madre con
ella. Todo esto lo dijo con tanta simplicidad y con un tono tan natural, que
cualquiera la hubiese creído, y con mucha más razón Gilbert, a quien sentía
cada vez más entusiasmado. El joven comenzó por condolerse por la solitaria
existencia que había llevado y espontáneamente se ofreció para ser una especie
de confidente y de protector eventual. Ella entonces abandonó su mano entre las
suyas, en señal de agradecimiento. Un idilio idéntico a los millares de idilios
que cada día se insinúan bajo los pabellones de la madre Catalina.
Repetidas veces la estudiante había mirado su reloj pulsera y
este gesto acabó por llamar la atención de su compañero, que preguntó:
—¿La están esperando o tiene la preocupación de la hora?
—Ni lo uno ni lo otro. Sólo que ya van a ser las once. Tengo que
regresar. Mañana tengo un curso en la Sorbona y debo leer las notas tomadas
ayer. ¿No se enoja?
—¡Al contrario! Me parece maravilloso haber conocido a una joven
como usted... ¿Sabe que es muy completa? Lo tiene todo: el encanto, la
juventud, la inteligencia ...
—¡No exagere! Me hará poner colorada y eso no me gusta. ¡Usted
también es tan joven! ¿No le parece maravilloso que ambos lo seamos?
—¡Yo creo que nuestra pareja va a despertar muchos celos!
—Yo también lo creo... Vamonos.
El regreso en el auto de Gilbert fue silencioso. El hubiera
querido marchar lo más lentamente posible pero la joven parecía impaciente por
regresar a su casa y continuaba mirando sin cesar el reloj. Al fin se
detuvieron en lo alto de la avenida Foch. Ambos permanecieron sentados, frente
a frente, sin atreverse a moverse, como si ninguno de los dos quisiera romper,
el encanto que había invadido el coche. Fue ella quien habló:
—¿Cuándo volvemos a vernos?
«—¡Mañana mismo!
—No puedo concederle mucho tiempo. ¿Quiere que nos encontremos
de seis a siete en el salón de té de la avenida Paul Doumer?
—Allí estaré. ¿Paso a buscarla?
—Sería inútil. Tengo una multitud de cosas que hacer antes.
Gracias por esta velada encantadora. Buenas noches, Gilbert.
—Buenas noches ...
Se detuvo de golpe, como si el nuevo nombre que iba a pronunciar
se hubiese ahogado en su garganta. Sylvia continuaba mirándolo con sus bellos
ojos claros, luminosos. Y al verla sonreír, no vaciló más... El beso fue
primero fogoso, después apasionado. Fue ella quien se separó. Después de abrir
la portezuela con un gesto vivo, saltó a la vereda y se alejó. Durante un largo
minuto él permaneció deslumbrado, estupefacto por lo que acababa de ocurrirle.
No tenía fuerzas ni deseos de poner en orden sus ideas. Tantas cosas habían
pasado desde que vio aparecer a la campeona de bowling ...
El primer cuidado de Sylvia al encontrarse sola en su
departamento fue arrojar una mirada al reloj de péndulo: todavía tenía un
cuarto de hora por delante. ¡Se pueden pensar tantas cosas en quince minutos! A
la inversa de Gilbert, Sylvia había conservado toda su lucidez. Cada uno de sus
actos la menor de sus preguntas y respuestas habían sido estudiadas. Estaba
satisfecha y tenía la certidumbre de no haber cometido ningún error. Volvería a
ver a Gilbert al día siguiente, pero antes iba a recuperar su estado normal. Y
eso la atormentaba...
Una idea loca cruzó por su mente. ¿Y si por uno de esos milagros
inexplicables la juventud que Graig le había devuelto no desaparecía? Con toda
su alma deseó que el barón no encontrase el medio de hacerle recobrar sus
cuarenta y seis años. Si Graig muriese súbitamente mientras ella vivía un
período de juventud, ¿quizá conservaría su estado? Desgraciadamente sabía muy
bien que un personaje como Graig, que no había envejecido durante veinte años,
no podía morir. Él sólo se iría cuando quisiera.—. ¡Y sin duda debía pasarlo
muy bien en la tierra para tener deseos de abandonarla!
Pero un momento más tarde, sin embargo, cesó de desear la muerte
del dispensador de felicidad... El problema, en efecto, podía presentarse a la
inversa. ¡Sería terrible para ella si Graig desapareciera mientras se
encontraba en su estado normal! Ya nadie podría otorgarle, según sus demandas,
las horas o los días de juventud indispensables para su felicidad—.. Cuanto más
reflexionaba en su extraña situación, más claro veía que se hallaba
completamente a merced de la buena voluntad de Graig. Lo quisiera o no, jamás
conseguiría sustraerse a su poder. Por lo tanto había que tratar con tiento al
barón, mostrarse sonriente con él, amable si fuera preciso. Sólo a ese precio
podría continuar viendo a Gilbert. Graig era astuto, pero ella se sabía mujer,
con todo lo que tal expresión significa de fuerza y de debilidad. Lucharía
taimadamente si fuera necesario. Mientras se viera joven se sentía capaz de
afrontar cualquier combate. Dentro de pocos instantes, sin duda, envejecería de
nuevo. ¡. Perdería, entonces, toda su confianza?
Aprovechó los pocos minutos de juventud que le restaban por
vivir esa tarde para mirarse con complacencia, una vez más, en el espejo de la
chimenea... ¡Sí, realmente era la encarnación misma de la juventud! Bien se lo
había dicho Graig cuando la encontró, veinte años antes. A medianoche, en
cuanto esa juventud la abandonara, no le quedaría más recurso que enterrarse en
su hotel de la calle de la Universidad, rodeada de sus servidores. Entonces
tendría todo el tiempo necesario para reflexionar y preparar minuciosamente su
segunda radiosa aparición del día siguiente.
Sylvia comprendió por fin —ella que jamás había querido
admitirlo hasta el día en que Gilbert se cruzó en su camino— cuan espantoso era
envejecer. Su mirada pasaba alternativamente del reloj al espejo donde se
reflejaban sus últimos momentos de juventud. Ya sólo faltaban tres minutos...
Lentamente acarició su rostro como para recordarlo mejor, presa de! miedo
terrible de no volverlo a ver jamás bajo esa. forma encantadora... ;,Y si Graig
no le acordaba otro período? Era angustioso ¡Pero el barón no podía actuar así,
pues le había prometido devolverle las 8.760 horas de su veintiseiseno año! Al
fin y al cabo sólo había utilizado 168 horas durante la semana. Rápidamente
tomó el pequeño carnet, que ya no abandonaría su bolso, e inscribió en él el
número de horas consumidas. Aún le quedaba un capital de 8.592 horas. Era su
saldo.
Cuando vio que la aguja grande del reloj marcaba el minuto 59 se
refugió en el vestíbulo, donde sabía que ningún espejo podría reflejar la
imagen de esa otra mujer a la que consideraba ya como su caricatura. Sus
nervios estaban al máximo, y una vez más rompió en sollozos. Lloraba con el
rostro contra la pared, como cuando niña. El minuto le pareció un siglo,
infinitamente más largo que aquel que precedió al rejuvenecimiento. Las
lágrimas continuaban corriendo a lo largo de su rostro, al que no se atrevía a contemplar.
Al enjuagarlas instintivamente con el revés de la mano, lanzó un grito: su mano
no podía engañarla... Sintió las mejillas ajadas y más profundo el círculo de
sus ojeras. Febrilmente se palpó la cara. El mentón se había redondeado... Sin
necesidad de mirarse otra vez en el espejo para comprobar su decadencia, Sylvia
Werner sabía que acababa de recobrar sus cuarenta y seis años.
No quiso ver de inmediato esa imagen que odiaba. Ya tendría
tiempo para verla al día siguiente o más tarde... Antes de volver a su
habitación apagó la luz y avanzó a tientas hasta el lecho, sobre el cual se
arrojó. Allí continuó llorando largo rato.
Cuando el día llegara, un rayo de sol vendría a iluminar su
rostro marcado, suponiendo que el astro rey no reservara todas sus riquezas
para la juventud. De lo contrario sería muy gris su despertar de mujer
madura...
—¿La señora ha hecho una buena travesía? —fue la primera
pregunta de su chofer, al recibirla en el patio cío la estación del Norte.
—Excelente, Alphonse.
Sylvia tenía en realidad In impresión de haber cumplido una
prodigiosa travesía: nada menos que la que había permitido a un ser humano
recuperar un minuto de su juventud. Ningún navío en el mundo hubiera podido
proporcionarle un placer comparable al placer vivido en aquel «sombroso crucero
que la arrastró por un periplo comprendido entre el abra secreta de la avenida
Poch, las pistas de un bowling y la plaza del Teatro.
En cuanto llegó a la calle de la Universidad disco en el
teléfono el número de Graig, y no pudo menos de estremecerse al oírle decir a
la voz suave, en el otro extremo del hilo, antes de que ella hubiese
pronunciado una palabra:
—Querida amiga, no puede imaginarse hasta qué punto me emociona
su llamado... Es muy gentil de su parte darme noticias de la semana que acaba
de vivir. .¿Está satisfecha?
—Lo estaré más aún cuando me haya enviado dos nuevas horas esta
tarde: las necesito de cinco a siete.
—¡La hora exquisita! —comentó la voz de Graig—. ¡Cómo la apruebo
por elegir tal momento! Las jóvenes de hoy ya no saben apreciarlo, o no tienen
tiempo para perder algunos instantes ante una taza de té... prefieren los bares
...
—¿Cuento con esas dos horas?
—Serán suyas...
—Gracias.
—No tiene nada que agradecerme. Todo esto es normal ... Sin
embargo, quisiera llamarle la atención sobre un punto... ¡Apenas ha concluido
su primera semana de juventud y ya me reclama de nuevo dos horas! Sea
razonable. Hablo en su solo interés... 8.760 horas de juventud por gastar
parecen una cifra muy grande pero pronto advertirá que el tiempo pasa con una
rapidez desconcertante cuando se es feliz. ¡Condúzcase con prudencia y piense
en sus viejos días! Economice esa juventud, que no podrá exceder el número de
horas fijado. Después ya nada podré hacer...
—No se preocupe. Aprecio demasiado y les doy su justo valor a
las horas que acabo de vivir, para malgastar inútilmente las siguientes...
Bueno, lo dejo. No se enoje conmigo. Tengo tanto que hacer...
—Me lo imagino...
Cuando colgó el receptor, Sylvia se sintió tranquilizada al
pensar que Graig no había tenido la menor reticencia para concederle dos nuevas
horas que le pedía. ¿Tal vez a pesar de la repulsión que le inspiraba el
personaje —ni dios ni hombre— fuera capaz de un cierto fair—play! El temor
irrazonado de no volver a recuperar su rostro de los veintiséis años se
alejaba, y dedicó la mayor parte de la mañana a examinar ante los espejos de
pie, en el amplio gabinete de su tocador, las partes de su cuerpo contra las
cuales los cuidados de los institutos de belleza no habían podido luchar
victoriosamente. Con satisfacción comprobó que en el conjunto de su persona, el
talle, las piernas incluso los muslos, habían variado muy poco gracias a una
cultura física cotidiana. La celulitis no la había invadido. La silueta general
se mantenía poco más o menos invariable. Los cambios sólo se advertían en los
detalles. ¡Pero qué detalles! Un esbozo de doble mentón, pequeñas arrugas a
cada lado de los ojos, algunas manchas diseminadas sobre el dorso de las
manos.. Otros tantos indicios que permitían medir el abismo que separaba dos
etapas de la vida...
Felizmente, a las cinco Sylvia recobraría su forma amada y de
nuevo podría saciarse con la reconfortante imagen que le enviaría el espejo.
Casi llegó a desear que los muros del salón de té, donde la esperaría Gilbert,
estuvieran enteramente recubiertos por inmensos espejos. Sus veintiséis años
sólo se habrían sentido a gusto en la Galería de Versalles.
A las cinco menos cuarto llegó a la avenida Foch con un ramo de
rosas blancas que colocó en un vaso, sobre una mesa baja. Desde el envío de
Graig. veinte años antes, las rosas rojas le causaban horror. Se encontraba ya
lista para salir, con un vestido estampado que sentaba muy bien a su juventud
recobrada. En cuanto la transformación se realizara, partiría para el lugar de
la cita, donde haría esperar a Gilbert unos minutos. ¿No hay que hacer esperar
siempre a un admirador? Sylvia era demasiado mujer para ignorar que un ligero
retardo haría aún más sabrosa su segunda aparición. ¿Vendrá ella? ¿Me habrá
olvidado? ¿Cómo estará vestida? ¿Me parecerá tan deslumbrante y atrayente como
ayer?. .. Preguntas todas que no deja de hacerse la mente de un joven inquieto,
en semejantes circunstancias. Era bueno hacerlo sufrir un poco —no demasiado—
para demostrarle que ella no corría tras él.
Esta vez estaba decidida a permanecer sentada ante el espejo de
su tocador para asistir a la transformación, a la hora fatídica. Pero cuando
sólo faltaban unos segundos su firme determinación se desvaneció y se cubrió el
rostro con las manos.. Decididamente, jamás podría asistir fríamente a esas
metamorfosis en un sentido o en otro. Había algo de magia en ellas. Y la magia
la sobrepasaba.
Cuando apartó prudentemente los dedos para contemplarse en el
espejo, comprobó que había recuperado su fisonomía joven. Su felicidad fue aún
más intensa que la primera vez. Ahora estaba segura de que el prodigioso
mecanismo de sus transformaciones funcionaría con una precisión indudable cada
vez que lo necesitara. Y se veía obligada a reconocer que Graig sabía cumplir
su palabra... ¿Qué le importaba, después de todo, saber cómo se operaba el
cambio? ¿Acaso lo esencial para ella no era recuperar su juventud? En fin,
ningún dolor físico acompañaba a las transiciones. Sin duda si se observase en
los momentos elegidos experimentaría un gran sufrimiento moral, sobre todo al
recobrar su edad madura. ¡Más valía no volver a mirar jamás un espejo en ese
instante!
Ya en el taxi que la llevaba hacia Gilbert, hizo algunos
retoques de su tocado ante su polvera. Retoques superfinos efectuados
maquinalmente, con un gesto que era sólo un recuerdo de su cuarentena
desaparecida. La juventud de la. bella Sylvia no tenía necesidad de los
artificios indispensables a la señora Werner.
El joven salió a su encuentro no bien la vio penetrar al salón,
y luego de besarle tiernamente la mano la condujo hasta la mesa que había
reservado en un rincón de luz muy velada. Sylvia sonrió: si ella hubiese
llegado primero habría escogido exactamente el mismo lugar.
Gilbert se puso a hablar precipitadamente, como si quisiera
desembarazarse de un peso que lo oprimiera:
—Me siento muy feliz de volver a verla, Sylvia. ¡No puede
imaginarse hasta qué punto su aparición de ayer en el bowling ha trastornado mi
vida!
Al contrario de lo que él pensaba, ella lo sospechaba un poco, y
eso la hizo sonreír.
—¡No se sonría de ese modo! —le pidió gentilmente—. Me intimida
y acabaría por creer que no me toma en serio. Lo que quiero decirle, sin
embargo, es muy grave... Es esto: ayer estaba de novio. Hoy ya no. ¿Ha
comprendido? He roto esta mañana. La ruptura fue espantosa. ¡Tuvo lugar en una
casa de moda mientras Yolande se probaba el vestido para el casamiento de
civil! Indudablemente la escena ha de parecerle risible, pero me sentía muy
mal. En el fondo, Yolande es una gran muchacha. ¡Y ella no me había hecho nada!
Su drama fue que usted apareciera en el bowling, de lo contrario yo jamás la
habría conocido. Ahora me siento muy desdichado... ¡Ah, no por haber roto con
Yolande, sino por no saber cuál es su respuesta! Soy libre, Sylvia. Sí, ya sé,
le parecerá demasiado precipitado pero tanto peor. .. Dígame: ¿aceptaría ser mi
mujer?
Se interrumpió y quedó como en suspenso, casi anhelante. ..
Sylvia sonreía siempre, aunque no sabía bien si su sonrisa no terminaría por
transparentar dos lágrimas. Se sentía a la vez emocionada ante tanta
simplicidad y maravillada por las palabras que acababa de escuchar. Realmente,
ese pequeño Gilbert era encantador... Grande por la talla pero de corazón tan
joven... Hizo una larga pausa antes de responder:
—¡Está muy mal lo que ha hecho esta mañana, Gilbert!
—¿Lo cree sinceramente?
En el fondo lo encontraba muy bien, pero debía reaccionar como
una joven bien educada. Salió del apuro haciendo, a la vez, una pregunta. Era
muy de su estilo: atacar cuando no sabía qué responder.
—¿Sus padres están enterados?
—¡Oh! Mi padre está furioso... Mi madre so mostró más amable.
Durante el almuerzo me dijo dulcemente: "Si crees que no vas a ser feliz
con esa niña, más vale que todo concluya cuanto antes".
—¡Las madres son siempre tan comprensivas .con sus hijos! Sólo
que romper a la mañana un compromiso y prometer casamiento a otra mujer esa
misma tarde ¿no le parece demasiado precipitado?
—Lo encuentro normal.
—¡Es verdad que en nuestra época nadie se asombra de nada! Y
quizá, después de todo, esté en lo cierto. ¿Pero cómo puede pedirme que sea su
mujer conociéndome tan poco?
—La adivino...
—¡Las mujeres somos inescrutables, Gilbert! Fue un error dejarme
besar ayer.
—¿Lo lamenta?
—Debería. . .
Pero no hubiera podido. ¡Fue tan dulce aquel primer beso en el
auto! Y el joven la miraba ahora con tanta ansiedad. .. Sin que él lo
sospechara, acababa de conmoverla. Aunque Sylvia sólo olvidaba una cosa: que ya
había perdido definitivamente la cabeza desde el día en que lo vio en la sala
de juego.
—Escúcheme con un poco de calma, Gilbert Le agradezco su
franqueza de hoy. Ha actuado lealmente tanto frente a su novia como conmigo.
Estoy segura de que odia la mentira y que ayer por la tarde debió sufrir por
ese motivo. Ese rasgo de su carácter me agrada infinitamente. Tampoco tengo por
qué ocultarle que me resulta de lo más simpático y que —¡Dios mío!— me parece a
primera vista que sería un marido muy aceptable... ¡Cállese! Esto no quiere
decir que responda "sí" inmediatamente a la pregunta que me ha hecho.
Preciso reflexionar... Y sobre todo, tengo necesidad de que me haga la corte.
Sé muy bien lo que tal expresión comporta de anticuado y pasado de moda para un
hombre moderno. Pero por modernos que sean, ustedes se equivocan al creer que
las jóvenes y las mujeres actuales han perdido por completo su lado
"ingenuo"... Y yo pertenezco a esa clase de mujeres, Gilbert... ¿Le
desagrada?
—¡Al contrario, Sylvia, es maravillosa! Hay en usted unidlas mujeres
juntas: la deportiva, la soñadora... ¿Por qué no iba a estar también la
enamorada?
—¡Si supiera cuánto placer me causa! En el fondo, pienso que un
día me amará. Mientras tanto nos veremos lo más posible. Cuando sienta deseos
de ir a alguna parte, usted me llevará... Y al contrario, si en ciertos
momentos no quiere estar solo, yo lo acompañaré... Incluso quiero admitir que
el beso de ayer a la noche ha sellado nuestro noviazgo secreto... y digo bien:
¡secreto! ¿No encontraría abominable y casi ridícula para nosotros la situación
de "novios oficiales", de esos a quienes las familias exhiben por
todas partes y que los demás señalan con el dedo mientras murmuran de sus
relaciones? No me gustaría en absoluto que alguna otra me lo robara, como he
hecho yo, inconscientemente, con la pobre Yolande. Mejor ocultaremos nuestro
noviazgo a los ojos del mundo y cuando yo se lo permita usted me reiterará su
demanda de matrimonio. Entonces le responderé "sí". Y mientras,
seremos linos novios únicos en su género: novios buenos camaradas. Es necesaria
mucha paciencia para merecer la felicidad. Tengo la impresión de que usted es
menos reflexivo que yo... Es joven, fogoso... ¡Pero no cambie! Me gusta así. Y
el día en que nos decidamos a casarnos no perderemos tiempo. Todo será muy
rápido y los demás se encontrarán ante el hecho consumado. ¿No le parece?
El prefirió besarle otra vez la mano con fervor, y el contacto
de sus labios cálidos fue más elocuente que cualquier respuesta. Ahora Sylvia
estaba segura de que él sería siempre de su misma opinión, cosa que no podía
desagradarlo. Imaginaba por anticipado su unión con un joven tan dócil: ella
conduciría la barca. Y sobre todo la extasiaba pensar que a veinte años de
distancia, su segundo matrimonio sería absolutamente lo contrario del primero.
Horace Werner sólo había sido un bruto... Pero inmediatamente apartó de su
mente la idea del matrimonio, que la propuesta de Gilbert acababa de
inspirarle. ¿Cómo podría casarse con ese muchacho, a menos que sólo se le
mostrara muy raramente, durante sus períodos de juventud limitada? Ni siquiera
encaraba la posibilidad de que, a la larga, el amor de Gilbert llegara a ser
tan profundo como para tener más en cuenta su personalidad moral que su físico.
Entonces podría confesarle sin temor el secreto de su metamorfosis: Gilbert
adoraría también a la mujer de cuarenta y seis años... Pero el juego era
excesivamente peligroso. En efecto, cuando Gilbert la había visto bajo su
verdadero aspecto, en la sala de bacará, no le prestó la menor atención. Su
desilusión sería demasiado grande si llegara a conocer la verdad. Jamás la sabría.
—De pronto parece usted muy triste. Y no puedo menos de
preguntarme si seré yo el causante de su pena.
—¡Está loco, Gilbert! ¡Jamás he escuchado a un hombre con, tanto
placer! Simplemente pensaba que hay cosas que nunca podría comprender...
—¡Ya llegaré a comprenderlo todo! Mientras tanto, quiero hacerle
una confesión: siento un furioso deseo de besarla.
—¿En pleno salón de té?
—¡Aquí y en todas partes!
—Eso estaría muy mal. Una novia bien educada no se deja besar en
público. ¿Acaso a usted le gustaría que los demás fueran los divertidos
testigos de nuestros desbordamientos íntimos? Siempre me ha causado horror
ofrecerme como espectáculo. ¿Qué hora tiene?
—Las siete menos cinco.
—¡Dios mío!...
Se había puesto de pie y corría hacia la salida gritando:
—¡Un taxi! ¡Pronto! ¡Llámeme un taxi!
Gilbert la seguía estupefacto:
—¿Se le ha hecho tarde? La llevaré en mi automóvil.
—¡De ningún modo! ¡Un taxi! ¡Quiero un taxi!
Llegó a la calle como presa de un terror pánico.
—¿Pero qué le pasa, Sylvia? ¿A qué se debe esta partida tan
brusca cuando estábamos tan felices y tranquilos?
—Ya le dije que tengo cosas que nunca comprendería. ¡Ah, por fin
un taxi!...
Se precipitó al interior del vehículo gritándole al chofer:
—¡En marcha! ¡Pronto! Siga por la calle de la Pompe. .. Ya le
daré la dirección exacta.
Gilbert permaneció de pie en la acera, desconcertado. Antes de
cerrar la pórtemela ella dijo nerviosamente:
—¡No deje de amarme, Gilbert! Mañana nos veremos.
—¿Dónde?
—¡Telefonéeme!
—¿A qué número?
Sylvia quedó con la boca abierta. El departamento de la avenida
Foch. en efecto, tenía teléfono —incluso se había servido de él para llamar a
su casa—, pero no recordaba el número de su nuevo domicilio. Tuvo que confesar:
—No sé...
—¿Cómo? ¿No conoce su propio número de teléfono?
—¡Por favor, Gilbert! ¡No me torture más! Mañana por la mañana,
a eso de las diez, lo llamaré a su casa... ¡Adiós!
El taxi partió. El joven pagó maquinalmente la cuenta que le
trajo uno de los mozos del salón de té. Desorientado, se dirigió lentamente
hasta su coche, mientras se preguntaba qué significaba todo aquello. ¿Sylvia
sería menos libre de lo que le había dado a entender ?...
Cuando Sylvia estimó que se había alejado lo bastante como para
que Gilbert no oyera la dirección, le dio sin vacilaciones al chofer el número
de la avenida Poch. ¡Sería un verdadero milagro si llegaba antes de la hora
fatídica! A las siete en punto volvería a ser de nuevo la señora "Werner,
pues sólo le había pedido .dos horas a Graig. Para otra vez se prometía ser más
prudente, haciéndose atribuir un margen de tiempo suficiente. Absorta en su
charla con el enamorado se había olvidado del tiempo y ni siquiera se le
ocurrió echar una mirada al reloj. ¡El joven se tornaba peligroso, pues desde
su primera entrevista le hacía perder la noción de todo! A eso sólo le
encontraba una explicación: por fin era feliz...
¿No era un muchacho maravilloso? No se había engañado cuando lo
vio en la sala de Montecarlo. Para ella encarnaba el amor, con todo lo que esta
palabra prestigiosa implica de alegrías y de penas. Ahora sabía que la amaba
como mujer alguna en el mundo podría hacerlo: como una novia, como una amante,
como una madre incluso. Jamás una joven sin experiencia como Yolande podría dar
a un muchacho semejante esos dos sentimientos, en toda su plenitud. Sólo
después de vivir y sufrir mucho era posible ofrecérselos como en un haz al ser
adorado.
Sylvia temblaba asimismo al pensar que sólo cinco minutos
después su rostro se habría ajado y cubierto de arrugas en pleno salón de té,
ante las miradas enloquecidas de aquel a quien consideraba ya como su novio. De
haber ocurrido tal cosa, nunca más hubiese vuelto a verla, seguro de haber
trabado conocimiento con un monstruo. Tampoco ella lo hubiera querido. Luego de
semejante humillación habría huido hasta el fin del mundo con tal de no correr
el riesgo de encontrarlo.
Cuando descendió del taxi en la avenida Foch, el chofer la miró
con estupor. Apresuradamente le tendió un billete de quinientos francos y se
precipitó bajo el pórtico del edificio sin esperar el vuelto. En cuanto abrió
la puerta del departamento corrió hacia el pequeño reloj de péndulo: la gran
aguja había pasado ya la cifra siete. Ni siquiera tuvo necesidad de mirarse en
el espejo de la chimenea. La expresión de sorpresa del chofer era suficiente.
El taxi había recogido a una joven como pasajera en la avenida Paul Doumer y
había depositado a una mujer madura en la avenida Foch.
No quiso permanecer ni un segundo más en el departamento, donde
ya no tenía nada que hacer, y salió a la calle ocultándose el rostro al pasar
ante la portería. Decidió ir a pie hasta la calle de la Universidad. Esa larga
caminata pondría en orden sus ideas. Y mientras marchaba decidió que sería lo
más prudente no volver a ver nunca más a Gilbert para evitar la catástrofe que,
tarde o temprano, se produciría. Además, tenía la convicción de que Graig le
acordaría las horas de juventud prometida, pero no le haría gracia de un solo
minuto complementario.
En toda la noche no pudo cerrar los ojos, atormentada por la
idea de no volver a ver al hombre amado. Cuando llegó el alba, su decisión de
la víspera se había desvanecido. Le resultaba imposible pasarse sin la
presencia, aun espaciada, del joven moreno, y a las diez horas descolgó el
receptor telefónico, movida por una secreta fiebre. En el otro extremo del
hilo, Gilbert debía estar esperando con la misma impaciencia. Su voz grave
respondió:
—¡Sylvia, por fin! Después de su precipitada partida de ayer
tenía miedo de que no volviera a llamarme...
—¡Te llamaré siempre, amor mío!
Era la primera vez que le hablaba con esa confianza y con esas
palabras que acudieron naturalmente a sus labios. Aquello bastó para
tranquilizar a Gilbert.
—Perdóname, querida, por haber estado tan nervioso ayer. Te
prometo no estarlo más. ¿A qué hora nos veremos hoy?
—Hoy no nos veremos... Será mejor así. Ambos tenemos necesidad
de reflexionar. Lo que nos ocurre es tan imprevisto y de tal modo espontáneo,
que me siento un poco aterrada... ¿Y tú?
—Yo encuentro todo normal.
—Naturalmente... a tu edad...
—¡A mi edad! Cualquiera diría que fueras una anciana al oírte
hablar así. Incluso eres más joven que yo, pues tongo treinta años.
—Y yo sólo veintiséis... Por lo tanto te debo respeto. Y porque
te respeto fijaremos una cita para el sábado.
—¿Recién dentro de tres días? —preguntó la voz suplicante del
joven.
—Apenas será suficiente para darnos cuenta si podemos pasarnos
el uno sin el otro... ¿Sabes lo que me gustaría hacer oí sábado? En primer
lugar, que vengas a buscarme al mismo sitio donde me dejaste ayer, en la
esquina de la calle Tilsitt y la avenida Foch. Ponte el smoking. Yo estrenaré
para ti un nuevo vestido de noche que espero será de tu gusto. Me llevarás
después al teatro de Champs—Elysées, pues tengo un deseo loco de asistir al
estreno de los nuevos ballets... ¡No olvides sacar las entradas! Luego iremos a
comer al Maxim's y acabaremos la noche bailando en el Club de l'Etoile. ¡Me
gusta tanto bailar contigo, Gilbert! ¿Qué te parece el programa que te ofrezco?
—Sólo tiene un defecto: que hay que esperar mucho tiempo. Si eso
te agrada, te telefonearé todos los días hasta el sábado, a la misma hora de
esta mañana.
El sábado llegó, por fin, con su noche de ballets, su comida en
Maxim's y sus apasionados bailes en el club. Todo se desarrolló de acuerdo con
el ritmo previsto por Sylvia, cuyo vestido de noche causaba sensación cada vez
que la pareja entraba en alguno de los lugares de placer. Aquella noche Gilbert
descubrió que su novia era tan bella con su vestido negro como con el traje
sastre, y que sabía vestirse con un gusto" muy seguro.
Después de esta velada hubo muchas otras. Alternaban con las
tardes, e incluso algunas veces con las mañanas en que Sylvia y Gilbert
aprovechaban un poco de sol para ir a cabalgar al bosque de Saint—Germain.
Sylvia telefoneaba a Graig regularmente, quien le enviaba, con
una real buena voluntad, las horas o las jornadas de juventud que necesitaba.
Prefería utilizar el teléfono en vez de ir en persona hasta la calle Longpont.
La presencia física del barón le resultaba intolerable. Por temor de que
acabara por advertir esa repulsión, prefería mostrarse amable con él a la
distancia, sin verlo: era preciso tratarlo con mucho tacto.
Una noche permitió a Gilbert —que muchas veces se había
asombrado de que siempre lo hiciera detener en la esquina de la calle Tilsitt y
la avenida Foch— acompañarla hasta la puerta de su casa. Así conoció la
dirección exacta del departamento. Algunos días más tarde fue a buscarla al
mediodía y penetró por primera vez en el marco de su intimidad. El pequeño
departamento estaba impregnado con su perfume favorito mezclado al aroma más
delicado de las rosas blancas, renovadas cada mañana para morir en el
crepúsculo, esparciéndose en pétalos sobre una alfombra de Oriente.
—Es exactamente el decorado en el cual imaginé que vivirías
—declaró el joven—. Allí una pequeña biblioteca, aquí la mesita con el
teléfono, y sobre la chimenea de la estufa, ese espejo oval al que seguramente
echas una última mirada antes de partir a mi encuentro.
El no podía sospechar lo verdadero de sus palabras. Pero lo que
Sylvia no podía confesar era que jamás había tenido el valor de contemplarse en
ese espejo, ni en ningún otro, en el momento de operarse la metamorfosis. En
tales circunstancias, continuaba cerrando los ojos o se cubría el rostro con
las manos: el contacto de sus dedos sobre las mejillas le indicaba
inmediatamente si se hallaba rejuvenecida o envejecida. Cada vez que volvían a
encontrarse, tras una separación de algunas horas o algunos días, se besaban.
Lo mismo ocurría cuando se separaban y sus besos se prolongaban como si no
fueran a verse más.
Las jornadas pasaron con una rapidez desconcertante. Las semanas
se sumaban unas a otras, los meses se sucedían a las semanas, sin que ni él ni
ella parecieran saciarse de su presencia o tomar conciencia de la fuga del
tiempo. Era imposible ver a Gilbert sin Sylvia. Y ya en los círculos sociales
se murmuraba a su paso que ese idilio tan prolongado sólo podía terminar en un
gran casamiento. Muchas veces le ocurrió a Sylvia encontrarse en los cóctels o
en los garden—parties con amistades de "la señora Werner", quienes le
hablaban de su tía. Y algunos días después, durante uno de los té—brigde que
continuaba ofreciendo en la calle de la Universidad, bajo su aspecto de dama
respetable, ella misma tuvo que responder a esos amigos:
—¡Ah! ¿Así que conocieron a mi sobrina? Es al mismo tiempo mi
ahijada... ¿Verdad que se me parece asombrosamente? Sí, mi pobre hermana me la
confió al morir. Me he esforzado en darle una sólida educación en provincias.
Es una chica inteligente; aprueba examen tras examen. Además sabe muy bien lo
que quiero. Sin duda es de maneras un poco libres, pero eso no me desagrada en
una joven moderna. Hay que ser de su tiempo. ¿Tiene novio? Es posible. . .
aunque jamás me ha hablado de ello. Ya es mayor de edad, después de todo. Le
deseo que se trate de un muchacho muy serio. ¿Es guapo? Eso no molesta para
nada... Ambas nos vemos muy poco. Sylvia es muy independiente. Me han
dicho que habita un maravilloso pisito bajo en la
avenida Foch, pero debo confesar que jamás me ha invitado a su casa. Sólo la
veo una vez por año, en oportunidad de los regalos de Pascua. Yo misma estoy
muy ocupada y pienso que cuando menos se frecuenta uno, en familia, mejor se
entiende. ¡Qué vamos a hacerle! ¡Hay tal diferencia de mentalidad entre
nuestras dos generaciones! Por ejemplo: a mí me gusta el bridge. Ella lo
detesta. ¡Eso es suficiente para abrir un foso entre las dos! Todo el mundo
admiraba a los dos mujeres, parientas cercanas, de gran parecido físico, pero
de caracteres y gustos diametralmente opuestos. Cada una de las dos Sylvias
tenía su encanto propio y sus encarnizados defensores. Unos preferían a la tía:
¡Si usted hubiera conocido a Sylvia Werner a la edad de su sobrina! Otros
exclamaban: La sobrina es el vivo retrato de lo que fue la tía, pero
tiene una superioridad incontestable: es menos superficial, más reflexiva...
Se ve que esa joven debe haber sufrido por la soledad de su juventud.
La única preocupación de Sylvia era encontrarse frente a frente
con Graig en alguna de esas manifestaciones mundanas donde se hablaba abierta y
alternativamente de tía y de sobrina. No hubiera podido, en tal circunstancia,
sostener la aguda mirada del barón, el único que sabía su secreto... Por
fortuna, jamás lo había encontrado. Cosa que le asombraba un poco, pues tenía
reputación de ser muy mundano. Incluso hasta llegó a preguntar a muchas de sus
relaciones si conocían al extraño personaje. Todas lo conocían. Todas lo habían
visto siempre la víspera o debían cenar con él al día siguiente. Parecía hecho
a propósito, como si Sylvia y Graig jugaran recíprocamente a las escondidas.
Sylvia no tardó en adquirir la convicción de que el barón, por su parte, también
evitaba encontrarla aunque estuviera perfectamente al tanto de sus hechos y sus
gestos. ¡Pero no se atrevía a atribuir esa actitud a un exceso de delicadeza!
.. .Los meses pasaron. Un año nuevo comenzó sin eme ninguna
modificación sensible sobreviniera en la vida de los enamorados. Repetidas
veces Gilbert le había hecho la pregunta que Sylvia a la vez temía y deseaba
escuchar: — ¿Cuándo serás mi mujer?
Trataba de eludir la respuesta lo mejor posible, pretextando que
sus estudios no habían terminado, e incluso que antes debía contar con el
consentimiento de su madrina, pero cada vez su resistencia era más débil.
Gilbert lo notaba y sabía que esa joven, de una conducta irreprochable bajo
apariencias bastantes libres, a la cual había hecho durante quince meses una
corte asidua y ferviente, acabaría por ser suya. Sentía que lo amaba
apasionadamente. La futura pareja había contado con todo el tiempo necesario para
estudiarse en todos sus defectos y cualidades.
Una noche en que el joven, una vez más, planteaba la cuestión
candente, Sylvia respondió:
—Acepto con alegría ser tu mujer, Gilbert... Ahora te conozco. Y
sé que no tendré que lamentarlo nunca.
El joven la escuchó maravillado. Al fin iba a realizarse el
sueño tan largamente acariciado. Consideraba que había puesto suficiente
perseverancia para tener derecho de vivirlo. La estrechó entre sus brazos con
un vigor y un frenesí que ella desconocía:
—¡Me ahogas, Gilbert!
—¡Al contrario! Te protejo contra todo el mundo. Ahora serás mi
prisionera. ¿Para cuándo será la ceremonia ?
—Cuanto antes, mejor —respondió ella con una sonrisa un poco
triste, que él no notó, tanta era su alegría.
—Desde mañana me ocuparé de la publicación de los edictos...
Será un gran casamiento, Sylvia, con sol y montones de flores... Nos casaremos
en la primavera: la estación que nos conviene. ¡Invitaremos a lo más selecto de
París! Quiero que el mayor número posible de gente sea testigo de nuestra
dicha. Y las campanas se echarán a vuelo cuando desciendas las gradas de
Saint—Honoré d'Eylau, radiante, apoyada en mi brazo, con tu vestido blanco cuya
larga cola será llevada por seis pajes. Un casamiento como ya no se hacen más,
Sylvia... Un casamiento con una verdadera novia, a la que me siento feliz de
haber respetado. Después de la ceremonia habrá un lunch, durante el cual nos
eclipsaremos y viajaremos en "nuestro" auto hasta el lugar que tú
escojas. Sólo nos detendremos al llegar al lugar soñado, donde puede nacer una
gran felicidad...
Ella lo escuchaba, deslumbrada. Porque al fin le había dado el
"sí", todo cuanto no había conocido en su primera unión iba ahora a
realizarse. Al fin iba a vivir ese gran sueño todavía ambicionado por tantas
jovencitas y en el que piensan con nostalgia las mujeres que no lo cumplieron:
partir en viaje de bodas con el ser querido.
—Sylvia, estoy pensando... mañana tendrás una tarea importante:
encargar tu traje de novia...
—Te prometo que será precioso... Vendrás conmigo a escoger el
modelo. Pero antes de la publicación de los edictos y de la modista, debes
hacer una visita, Gilbert. He aceptado ser tu mujer, pero tengo una familia. Se
reduce a mi tía: a ella debes pedirle mi mano.
—¿Lo crees necesario, siendo mayor de edad y huérfana? La señora
"Werner no es tu madre.
—La reemplazó durante toda mi infancia y es como si lo fuera,
para mí. Sé los sacrificios que ha hecho para hacerme feliz.
—¿Qué sacrificios? Ella posee una inmensa fortuna. ¡Sería el
colmo que no hubiese hecho nada! Eres su única pariente.
—Los sacrificios no son sólo de orden pecuniario. Y sé los que
una mujer de más de cuarenta años debe hacer para imponer a otra más joven...
—Di más bien que tu tía, a quien respeto por ser tu parienta, es
una vieja egoísta que sólo ha pensado en ella tratando de ocultarse el mayor
tiempo posible lejos de París. ¡Todo el mundo lo sabe! Es una mujer que no
quiera envejecer y debe creerse aún irresistible con sus cabellos teñidos, sus
exageradas pestañas postizas y sus manos cubiertas de joyas. Seguramente
resultará grotesca. ¡Y decir que aún hay imbéciles que se dejan atrapar por
tales artificios! ¿Sabes por qué la gente va a su casa y todavía algunos
hombres le hacen la corte? ¡Porque tiene dinero!... Y porque se dice que recibe
muy bien. ¡Pero yo me río de su dinero! Tengo de sobra para los dos.
—Gilbert, aunque te cueste mucho, me darás un inmenso placer si
mañana por la tarde fueras a hacer una visita a mi tía. Estoy segura de que te
recibirá de una manera encantadora. Tiene fama de saber ser amable cuando
quiere... Ya le he hablado de ti, y otras personas también. Una vez que hayas
cumplido con ese gesto puramente protocolar, jamás volveré a pedirte que la
veas, ni siquiera el día de nuestro matrimonio. Por otra parte, creo que tiene
la intención de embarcarse próximamente, para un largo viaje alrededor del
mundo.
—¡Pues dime los lugares adonde irá, para que no la encontremos
en nuestro viaje de bodas!
—¡No estás muy amable, Gilbert! En todo caso, te puedo asegurar
que no tendremos la menor oportunidad de encontrarla. Entonces... ¿irás mañana?
—Si tú lo quieres...
—Le voy a anunciar tu visita. Fijárnosla para las tres de la
tarde. A las seis nos encontraremos y me confiarás tus impresiones. Me parece
que reconocerás tu error... En primer lugar, jamás la has visto y no debes
fiarte de lo que dicen... ¡Las gentes son tan malignas! Y sobre todo, tan
celosas... Después de comprobar lo mucho que me le parezco podrás imaginarte,
al verla, cómo seré yo cuando me acerque a los cincuenta...
—Eso no me interesa. ¡Las mujeres como tú no envejecen! ¿Me has
dicho que vive en la calle de la Universidad?
—Sí, en el numero 97... Un precioso hotel particular.
—Me parece verlo... Vieja casa, viejos papeles, viejos
servidores, y entronizada en medio de esos esplendores polvorientos, tu señora
tía, en toda su dignidad olímpica...
—Admitamos que así sea, puesto que tu imaginación se place en
crear visiones falsas. Y no hablemos más de eso
—¡Al contrario: sigamos hablando! ¿Cómo debo presentarme para
ese pedido de mano? ¿Con chaqué, sombrero de copa y guantes gris perla?
—Ve muy sencillo, tal como te quiero.
—¿Y si por un azar que tú no prevés tu respetable tía me
rehusase su consentimiento, qué haríamos?
—Prescindiríamos de él. Pero a mi madrina le ocurrirá lo que a
mí: se dejará cautivar por tu encanto. Sí, yo sé lo que te digo: eres muy
atractivo Gilbert, casi demasiado. ..
—Ya es tiempo de que me vaya. Estoy impaciente por darle la
grata noticia a mi padre. Tendré que presentarte a él.
—Hablaremos de eso mañana a la tarde, a las seis.
—¿No nos veremos antes?
—No me parece. Te dejo toda la mañana para recogerte antes de
afrontar a mi tía. Buenas noches, mi futuro marido...
—Me parece que todavía te adoraré mil veces más cuando seas mi
mujer.
Ella miró por la ventana del living—room para verlo salir del
edificio y ascender al automóvil, que arrancó como un bólido, pues su
propietario estaba ansioso de comunicar su alegría a quienes encontrara.
Después Sylvia fue a sentarse y se puso a mirar —era una
costumbre de la que ya no podía desprenderse— el pequeño reloj de péndulo de
alabastro. La precipitada partida de Gilbert le daba casi una hora antes de
convertirse en la señora Werner. Se sentía contenta de disponer de ese tiempo
para intentar, una vez más, poner un poco de orden en sus pensamientos. ¿Por
qué había respondido "sí" justamente hoy, y no ayer o mañana? Ese
"sí" podía haberse pronunciado desde el primer encuentro en el
bowling. Pero con todo, no lamentaba la espera impuesta al pretendiente: ¿acaso
esos quince meses durante los cuales le había hecho una corte asidua, que
Horace Werner hubiese considerado inútil, no constituían el largo preludio al
período de felicidad perfecta que iba a vivir durante el viaje de bodas? Pero
eso acabaría en seguida. Y Sylvia ni siquiera quería preguntarse qué vendría
después, cuando el mes de juventud que aún le quedaba por gastar, se cumpliera.
Había sido incapaz, en efecto, de seguir las indicaciones de
Graig. Por su propio interés debió haber hecho durar lo más posible sus 8.760
horas, espaciando el mayor tiempo cada período. ¡Pero Gilbert estaba ahí,
locamente enamorado e ignorante de su drama, incitándola sin cesar a verse y
suplicándole que fuera su mujer! Imposible resistir tanto .amor y el deseo de
un hombre joven y hermoso. Insensiblemente se había dejado hechizar. Con
excesiva rapidez la lista de las horas pedidas a Graig había aumentado de tal
modo que al cabo de esos quince meses la novia de Gilbert advertía con
desesperación, al consultar el pequeño carnet donde llevaba su extraña
contabilidad, que sólo le quedaba exactamente un mes y treinta y seis horas a
su disposición. .. Las treinta y seis horas las repartiría entre las diversas
ocasiones en que se viera obligada a estar con su novio antes del casamiento.
El mes lo reservaría entero para el viaje de bodas. ¿Y después?
Sus miradas cayeron de nuevo sobre el reloj. Las siete horas —el
instante de su transformación— estaban a punto de sonar. Otra vez iba a
convertirse en la mujer de cuarenta y seis años. Según su costumbre, se pasó
las manos por el rostro para palpar sus carnes. Pero esta vez las manos
siguieron acariciando con agrado sus mejillas, lentamente: en vano trataban de
descubrir en ellas las marcas indelebles del tiempo... Sylvia dejó el sillón y
avanzó vacilante y con los ojos desmesuradamente abiertos hacia el espejo de la
chimenea. Luego se volvió hasta el reloj y se lo llevó al oído para escuchar su
tic—tac. ¡El reloj indicaba las siete y cinco y el espejo continuaba
devolviéndole la imagen de la Sylvia joven!
Esperó cinco minutos más. Las agujas señalaban ya las siete y
diez... Sylvia continuaba con el mismo aspecto. Sin embargo se acordaba muy
bien del número de horas que había pedido a Graig. Y él jamás se equivocaba. A
menos que... La loca idea que rozó un instante su espíritu a! término de la
primera semana de juventud, retornó a su memoria: ¿habría muerto Graig
dejándola como estaba? ¿O bien habría perdido la receta que le daba el secreto
de sus transformaciones? Sería prodigioso si pudiera conservar indefinidamente
su veintiseiseno año...
A las siete y cuarto ya no sabía qué pensar. A las siete y media
decidió salir de dudas y telefoneó al barón. Se le oprimió el corazón al oír la
voz suave que respondía:
—Mi querida amiga: ¿qué puedo hacer para complacerla ?
—Todo y nada, Graig... ¿Está usted vivo?
—Qué pregunta tan graciosa! ¿O por casualidad habrá recibido una
tarjeta de duelo, bordeada de rojo, anunciándole mi muerte?¡Usted bien sabe que
no he sido creado para morir!
—¿Por qué sigo joven en este momento, Graig? Debería haber
envejecido hace exactamente treinta y un minutos.
—¡Ah, cuánto me alegro! —exclamó la voz del barón—. Sólo ha
olvidado una cosa: la hora de verano. Los relojes se han atrasado una hora
desde ayer a medianoche. En realidad según la hora oficial, son sólo las seis y
media. Evidentemente debí haberlo tenido en cuenta y devolverle su verdadero
aspecto a las seis... pero no quise, por el temor de causarle algún trastorno
si en ese momento se hallaba en presencia de otras personas... De todos modos,
tranquilícese: dentro de veintiocho minutos se convertirá en la señora Werner.
Cuente siempre conmigo para que todo ocurra normalmente...
Ella colgó el receptor desesperada, sin ánimo siquiera para despedirse,
mientras pensaba en lo estúpida que había sido, una vez más, al esperar un
milagro imposible. Cuando reflexionó sobre el asunto debió reconocer que el
período que estaba por terminar dentro de unos minutos había comenzado —según
su pedido a Graig— el día anterior a las once de la mañana, bajo el régimen de
la hora de invierno. El atraso de la hora se había producido exactamente a la
medianoche. Pero en ese momento se hallaba ocupada en algo mucho más
interesante, que le hizo olvidar aquella circunstancia : bailaba un apasionado
tango con Gilbert. Y como desde que estaba enamorada ya no leía los periódicos
ni escuchaba la radio, no había ninguna razón para que concediese la menor
atención a esos pequeños detalles que ella consideraba, ahora, sin ninguna
importancia.
A las tres en punto Gilbert era introducido por un doméstico
cuyo rostro impenetrable armonizaba con la solemnidad de la librea, en la gran
sala de la calle de la Universidad. El mobiliario correspondía bastante bien a
la idea que el joven se había hecho del mismo. Los sillones Luis XV armonizaban
con los veladores. Los paneles de los muros se hallaban recubiertos de
tornasolada tapicería de Flandes. Todo en ese hotel de la orilla izquierda
respiraba un lujo auténtico y el buen gusto de épocas pasadas, en las que se
disponía del tiempo y los medios para acumular verdaderos tesoros en las
innumerables habitaciones de una morada concebida, ante todo, para las
recepciones.
La ansiedad de Gilbert fue corta. La señora Werner acababa de
penetrar a su turno en la gran sala. Y él experimentó una agradable sorpresa,
pues esperaba encontrarse en presencia de una dama mucho más ceremoniosa y
mucho más "estilo Saint—Germain". Por el contrario, la madrina de
Sylvia se presentaba con el aspecto de una mujer elegante, de silueta aún
esbelta. Su único error era maquillarse demasiado para su edad. Si hubiera
tenido la inteligencia de dejar obrar a la naturaleza, quizás habría podido
conservar su belleza... Lo que impresionó al novio de Sylvia, desde el primer
instante, fue el extraordinario parecido de la sobrina y la tía. Ninguna, de
las dos podía negar su parentesco, y una de las frases pronunciada por Sylvia
durante la conversación de la víspera, volvió a su memoria: Al verla, podrán
imaginarte cómo seré yo cuando me acerque a los cincuenta... Era exacto. Y
Gilbert no se sentía descontento al pensar que su mujer sería aún muy aceptable
al llegar a la edad madura. Pero a pesar del parecido y de la primera buena
impresión, que debieron ser suficientes para inspirarle confianza, el joven
continuaba intimidado. La señora Werner lo advirtió y acudió en su socorro:
—Estoy encantada, señor Pernet, de conocerlo al fin. Sylvia me
ha hablado mucho de usted. Tengo entendido que se conocen desde hace bastante
tiempo. —Quince meses, señora.
—Es más de lo necesario para poder apreciar en su junto valor
las cualidades de mi ahijada. Quiero mucho a Sylvia y por nada del mundo
quisiera verla desgraciada... Su juventud no ha sido siempre feliz... Sólo un
joven como usted podría hacerle olvidar el pasado. Permítame llamarlo Gilbert,
pues pronto será de la familia.
—Señora, no me atreví a pedírselo. Realmente es usted muy amable
conmigo.
—No soy buena, pero amo la justicia. Y Sylvia tenía derecho a
esa gran dicha que aún no había encontrado... ¿Cuándo piensan casarse?
—Lo más pronto posible, si no tiene usted inconveniente.
—¡Al contrario! Cuanto más largo ha sido el noviazgo hay que
apurar más las cosas en materia de formalidades. ¿Han fijado la fecha?
—Esta tarde lo haremos. Tengo que encontrar a Sylvia a las seis.
No queríamos tomar ninguna decisión antes de contar con su consentimiento.
—Tal deferencia me conmueve infinitamente, Gilbert. Yo apruebe
el matrimonio de ustedes. Cuenten desde ahora con todo mi apoyo. Por desgracia,
temo no poder asistir a la ceremonia... He reservado pasaje en un barco para
realizar una vuelta al mundo que durará varios meses. Tengo que apresurarme
ahora que todavía puedo viajar. Después será demasiado tarde para mí. ¿Y
ustedes? ¿Adónde piensan hacer su viaje de bodas?
—Sylvia decidirá.
—¿Quiere darle una gran sorpresa? Voy a confiarle uno de sus
pequeños secretos... Sylvia. en el fondo, es de gustos sencillos, incluso
.diría hasta anticuados, bajo una apariencia de modernismo. Por otra parte, tal
dualidad constituye uno de sus mejores encantos. Desde los dieciséis años
siempre le he oído repetir: Madrina, me gustaría tanto hacer mi viaje de bodas
a las Baleares... Sé, igual que usted, cuan trivial es ese deseo y que no hay
nada con tanta atmósfera de cromo o de tarjeta postal como esos clásicos viajes
de bodas a las islas para turistas. ¿Pero qué importa? ¿Lo esencial no es que
esté contenta? Anúnciele esta tarde que la llevará al lugar donde siempre soñó
ir con el hombre amado. Su expresión de alegría al recibir la noticia, será ya
para usted una primera recompensa.
—¡Le prometo que iremos a las Baleares!
—¿Ha estado allí?
—No, señora.
—Le encantarán... Es el marco ideal para un gran amor. ¡Como los
envidio!
—Creo que todo el mundo nos envidiará...
—Debe ser una sensación exquisita... ; Usted tiene, creo, sus
padres?
—Sí, señora. Mi padre me preguntó ayer por la tarde cuándo podía
venir a presentarle sus respetos.
—Temo que ahora no .sea posible—.. Estoy atareadísima con los
preparativos de la partida. Me embarco pasado mañana.
—¡Mis padres lo sentirán mucho!
—No tanto como yo, mi querido Gilbert. ¡Si lo hubiera sabido
antes!
—Mis padres, además, piensan dar una recepción para permitir a
numerosos amigos, según fórmula consagrada, "saludar a los novios". Y
hubiéramos sido felices de contar con su presencia.
—¡Ay! Para entonces yo estaré ya entre el cielo y el mar... En
fin. Sólo será una reunión postergada. A mi regreso ofreceré aquí una gran
comida para recibir a sus queridos padres. Pero como deseo expresarles toda la
buena opinión que usted me merece, no dejaré de ponerles unas líneas esta
noche.
—No .sé cómo agradecérselo.
—Haciendo feliz a Sylvia... Y a propósito de Sylvia, puesto que
la verá dentro de un momento, tenga la amabilidad de decirle que pase a verme
mañana por la mañana temprano, sin falta. No quiero partir sin hacerle mi
pequeño regalo de bodas. ¿Se le ocurre algo? —Todavía no hemos hablado de eso,
señora. —Es un error. Los regalos de boda forman parte de todo un conjunto.
Desde luego es una costumbre que se pierde con los tiempos difíciles. Lo que es
lamentable. Pues ¿existe algo más atrayente que una linda canastilla de novia?
Cada uno de los objetos que la llenan servirá para adornar el futuro interior.
Con el correr de los años ya verá qué agradable resulta contemplar
esos bibelots, testigos de una larga intimidad, diciéndole
a Sylvia: ¿Te acuerdas, la señora tal nos regaló esa lámpara... ?" Y ella
responderá, porque será feliz: "Querido, si parece que fue ayer... "
¡Ustedes necesitan una linda canastilla! Pero como apenas dispongo de tiempo,
creo que lo mejor para mí será darle a su novia, mañana, una suma de dinero
suficiente como para que no se priven de nada en su viaje de bodas. ¡Y trate de
que sea lo más largo posible! Sin duda harán otros viajes más tarde, pero
entonces comprenderán que sólo uno importa : éste...
Gilbert estaba asombrado. Contemplaba a aquella mujer de la cual
se había formado a través de los comentarios, una idea completamente falsa. Una
vez más, Sylvia había visto claro. ¿No le predijo que cambiaría de opinión? El
joven comenzó a comprender que un hombre normal, incluso joven, podía muy bien
enamorarse de la tía tanto como él lo estaba de la sobrina.
La señora Werner se puso de pie:
—No quiero retenerlo por más tiempo. ¡Tendrá tantas cosas que
hacer y sobre todo que decirle a Sylvia! Dentro de un momento cuando la vea,
déle un abrazo de mi parte, y recuérdele que la espero aquí mañana por la
mañana. Como va a ser mi sobrino, debería darle un beso... ¿No le parece
comprometedor un beso en la mejilla, verdad?
El se prestó de buen grado al gesto, que le pareció sellar
definitivamente la alianza de las dos familias. Su primera preocupación, en
cuanto estuvo en el auto, fue dirigirse a una florería de donde hizo enviar un
inmenso ramo de flores a la señora Werner. Vaciló un largo rato antes de
decidirse por una azalea o por las orquídeas. De golpe se acordó que Sylvia
sólo amaba las rosas blancas. El gusto por las rosas debía ser un gusto de
familia. Pero sabía que dejar a la joven el privilegio de las rosas blancas.
Por lo demás ese color no convenía a la tía, que preferiría recibir un ramo de
rosas rojas...
Cuando a las seis llegó a la casa de su novia, no la dejó decir
una palabra antes de contarle, alegre y voluble, la entrevista de la tarde.
Después de escucharlo, Sylvia elijo simplemente:
—Ya ves que yo tenía razón. En adelante me creerás.
—¡Ciegamente!
Y la besó con amor.
Al día siguiente asistió a la elección del traje de novia. Ni
siquiera fue necesario dar su opinión: todo lo que Sylvia decidía era
perfecto... Se separaron al salir de lo del modista y convinieron en no verse
hasta el sábado por la tarde, en casa de los padres de Gilbert, en el cóctel
que reuniría lo mejor de París. Entretanto Sylvia se consagraría a preparar el
deslumbrante ajuar que deseaba llevar a las Baleares.
El jueves por la mañana la señora Werner se hizo conducir a la
estación Saint—Lazare, luego de despedirse de sus fieles servidores, quienes
continuarían habitando el hotel de la calle de la Universidad durante su larga
ausencia.
El viernes por la tarde Sylvia estaba sola, encerrada en su
departamento y haciendo la cuenta del número de horas de juventud que le
quedaban para gastar: treinta y dos horas, más treinta días y treinta noches.
Una parte de las horas serían utilizadas al día siguiente, en el cóctel que se
prolongaría hasta muy tarde por la noche. El resto, cuidadosamente destilado
hasta el día del casamiento, permitiría mantenerla maravillosa ilusión durante
los últimos 60 días de preparativos pasados en París. Después sería la partida
de los recién casados hacia las islas encantadas...
Para perder el menor número posible de horas, Sylvia había
obtenido de Gilbert que la ceremonia civil tuviera lugar la víspera del gran
casamiento en Saint—Honoré d'Ky—lau. Los treinta días y las treinta noches que
constituían oí saldo de su juventud, serían exclusivamente reservados para el
fabuloso viaje. En esta forma, el. primero y el más bello período de felicidad,
sería largo. ¡Jamás Sylvia había pedido a Graig que le acordara una dosis tan
prolongada de juventud! Aunque durante esos quince meses había derrochado por
valor de once, puso siempre especial cuidado en no reclamarle el barón nada más
que pequeñas porciones: sólo unas horas, algunas jornadas, una semana al
máximo, tratando de espaciar lo más posible sus encuentros con Gilbert. Pero el
amor había sido más fuerte, la pasión acabó por predominar sobre la razón, y
los intervalos entre cada período de juventud se habían hecho cada vez más
cortos. ..
Descolgó el aparato telefónico para pedirle a Graig le enviase
lo que deseaba. ¿No era preferible tomar mis precauciones por anticipado y no
esperar hasta el último momento al día siguiente por la mañana.
Le pareció que el llamado se prolongaba más de lo ordinario en
el receptor. Por fin una voz respondió. No era la del barón. .. Una voz gutural
—sin duda la de uno de los chinos— que declaró cuando Sylvia pregunto por
Graig.
—El señor barón no está en París.
—¿Cuándo regresará?
Por tercera vez la voz pronunció la misma frase. Sylvia colgó el
tubo, exasperada. ¡Era imposible que Graig no estuviera en su casa! De todas
maneras habría dejad" instrucciones para que le avisaran al instante en
caso de que ella telefoneara... Sabía perfectamente que le debía aún 752 horas
de juventud y que podía reclamárselas en cualquier instante por un simple
llamado telefónico. El único medio de estar segura era dirigirse inmediatamente
a la calle Longpont.
En cuanto se abrió la puerta roja del hotel del barón Sylvia
preguntó al servidor:
—¿Es usted quien me contestó por teléfono?
El chino no pareció comprender y, después de inclinarse
ceremoniosamente, la condujo en derechura al gabinete de trabajo de su amo.
Este último, para la más grande estupefacción de su visitante.
se hallaba sentado ante su escritorio. Se puso de pie y avanzó hacia Sylvia con
su eterna sonrisa ambigua en sus labios. Pero a ella le pareció descubrir sobre
el rostro, ordinario impasible, una leve expresión de contrariedad... Primera
expresión que no tardó en confirmar en los minutos siguientes. Se veía a las
claras que a Graig le molestaba su presencia. Sin esperar más tiempo, ella
preguntó:
—¿Por qué uno de sus servidores, hace un momento, me respondió
que usted no se encontraba en París?
—Querida amiga. No ha hecho más que obedecer órdenes ...
—Entonces confieso no comprender... ¿Usted desconfía de mí,
ahora ?
—Sí y no... Esta vez tenía un poco de miedo de oír su voz en el
teléfono.
—¿Por qué esta vez? ¡Como si no hubiera tenido tiempo desde que
nos comunicamos por ese medio, de familiarizarse con mi voz!
—Es que hace un momento temía escuchar la pregunta que no dejaría
de hacerme... Quizás hubiera hecho mejor en responder yo mismo. Así hubiéramos
evitado la escena bastante penosa que ambos corremos el riesgo de protagonizar
de un instante a otro.
—¡Qué quiere decir? —preguntó ella, desconcertada.
—Vayamos al grano. Usted ha venido a verme, a pesar de la
repulsión tan evidente que experimenta a la vista de mi vieja persona, sólo
para reclamarme el saldo de su año de juventud. ¿Es exacto? —Sí.
—Ahora bien: el fastidio es que no le puedo acordar el número de
horas a las cuales usted cree tener derecho. En realidad, sólo puedo devolverle
3 horas de juventud.
—¡Está equivocado, Graig!... Me debe exactamente 30 días, 30
noches y 32 horas, o sea 752 horas en total. Aquí tengo el carnet, que no me ha
abandonado desde hace quince meses. He anotado en él, escrupulosamente, el
número de horas consumidas.
—Mi querida amiga —exclamó el barón con una dulzura extrema—. Ni
por un instante debe suponer que su amigo Graig se permite desconfiar de su
buena fe. Yo también poseo un pequeño carnet análogo al suyo: las cifras que
acaba de darme concuerdan con las mías. Pero olvida un detalle: ¿recuerda el
día en que vino a pedirme suplicante, que le devolviera el año de juventud?
Aquella tarde, después de explicarle la forma en que me sería posible
satisfacerla, usted me preguntó qué exigía en cambio. Entonces le respondí que
ya veríamos eso más tarde... Y bien, ese "más tarde" ha llegado... Ya
sabe demasiado, por lo demás, que Graig no da nada por nada y que es todo lo
contrario de un filántropo. ¿No pretenderá entonces que le restituya
voluntariamente los doce meses de su veintiseiseno año sin obtener nada en
pago, verdad? Pues si así fuera, el contrato que hemos firmado aquí mismo,
antaño, no me habría reportado la menor ventaja. Creo que, en conciencia, debe
reconocer que he cumplido mi promesa: le he dado la felicidad...
—Esta vez es cierto —confesó Sylvia. —¡Si supiera cuan agradable
es, para un anciano desconsolado como yo, oír a una mujer confesar que es
feliz! ¡Me considero el único responsable de ese éxito y estoy orgulloso de
ello!
—¿Adonde quiere ir a parar?
—A algo que sin duda le sorprenderá... Querida amiga, ya le he
devuelto once meses menos 32 horas de juventud, y podemos decir que ha sabido
aprovecharla. No discuto respecto a las 32 horas a las cuales aún tiene
derecho, aparte de esos once meses. Puede tomarlas cuando guste. Ahora bien, en
lo concerniente al duodécimo mes que reclama, eso ya es otra historia... Pero
tenga presente, sin embargo, que estoy pronto a acordárselo igualmente a
condición de que acepte someterse a una pequeña formalidad... ¿No es justo que
usted también pague su deuda conmigo?
—Estoy dispuesta a hacerlo...
—¡Perfecto! Entonces sea usted mi amante...
—¿Cómo? —exclamó Sylvia sofocada.
—He dicho bien: mi amante. ¡Oh, no por mucho tiempo!
Humildemente, sólo le pido me conceda una sola noche de amor. .. Ya ve que mis
deseos son modestos... Si consiente en ello, le devolveré, a cambio de esa
noche de amor que yo deseo muy bella, su último mes de juventud. A la mañana
siguiente podrá abandonarme llevándose consigo lo que resta de su veintiseiseno
año ¿Qué piensa de mi proposición ?
—¡Es. usted un personaje despreciable!
—Hasta ahora, nunca me lo había dicho de viva voz, pero siempre
lo ha pensado. De todas manera, no tengo por qué ofenderme exageradamente por
tal calificativo... Reflexione un poco antes de colmarme de epítetos más o
menos halagadores. ¡Le resultaría muy fastidioso, después de decidir acordarme
sus favores —pues pensándolo bien encontrará que ésa es la mejor solución—
verse obligada a entregarse a alguien a quien desprecia! Aparte de inmediato de
su mente un pensamiento que sólo podrá tornar horriblemente penosa una noche
única de pasión...
—¡Cállese!
—¿Callarme, yo?
Había pronunciado estas últimas palabras con fuerza antes de
aproximarse al sillón donde ella se encogía, espantada. Los ojos del viejo
lanzaban destellos de deseo y de maldad. Sus palabras cortantes resonaban en
los oídos de Sylvia, que hubiera querido huir. Pero se sentía paralizada. Graig
se había inclinado sobre ella:
—¡Señora Werner! La comedia que ambos hemos representado durante
veintidós años ha durado demasiado.
Su desenlace debía llegar, tarde o temprano. Acabo de proponerle
uno. ¡Si usted encuentra uno mejor, utilícelo! Pero le prevengo de antemano que
mientras no ceda a mi pedido, no tendrá su último mes de juventud. ¡Y eso
podría resultarle muy incómodo a usted, en estos momentos! Sylvia guardaba
silencio, postrada en el sillón. —¿Quiere que analice lo que le pasa?
—prosiguió Graig, implacable—. Usted está enloquecida, querida amiga. Se siente
perdida. Se verá obligada a decirme "sí", de lo contrario el día de
su casamiento será la mujer de cuarenta y ocho años quien se presentará ante su
novio y el cura. El bello Gilbert no se atreverá jamás a descender los peldaños
de la iglesia del brazo de la tía, cuando pensaba cagarse con su sobrina...
Sería demasiado grotesco... ¡y ya sabe que el ridículo mata! Y a Gilbert
no le gusta en absoluto hacer el ridículo... Mañana, en el
cóctel, aún puede ser la mujer de veintiséis años,.. Pasado
mañana también... y los días siguientes, a condición de saber contar. Eso podría
seguir así, bien que mal, hasta el día del casamiento... Tiene justo 32 horas
para derrochar... ¡Pero después todo habrá concluido! ¡Ha terminado la comedia
de la juventud en el instante mismo en que le es indispensable! A menos que
usted se muestre un poco más gentil con el viejo Graig. Ese pobre viejo que
jamás ha olvidado el desprecio que le infirió la joven Sylvia Werner el día en
que la invitó a bailar en cierto baile de embajada... No comprendió que me fue
necesario un valor sobrehumano para correr el riesgo de caer en el ridículo,
yo, un viejo señor, bailando en presencia de mil personas con una joven que
hubiera podido ser mi hija? ¿No se preguntó nunca por qué tuve el valor de tal
gesto?Ahora que ya no es aquella mujer, se lo puedo confesar: esa noche fui
presa de una loca pasión por la plenitud de la juventud que usted encarnaba...
¡Yo la he amado, Sylvia Werner!...
... ¡Usted no comprendió nada y yo pensaba en usted! El barón
Graig sólo le interesó porque podía concederle un poco de esa felicidad tras la
que todos corren... Veinte años más tarde, usted viene a verme, terriblemente
cambiada ... Esto también se lo puedo confiar ahora. Al encontrarla experimenté
la curiosa impresión de que no existía la menor diferencia de edad entre ambos.
¡Yo no puedo envejecer, aunque lo quiera! Tampoco puedo rejuvenecer: tengo la
edad de todos los pecados del mundo... ¡Pero en cambio usted me ha alcanzado en
el tiempo! ¡Sin que ni siquiera lo sospeche, somos de la misma época, la de
todos los abandonos! Y bien pronto me pasará. Entonces seré yo quien parezca
más joven. Ésa será mi venganza. No quiso confesarme cuál era el motivo de esa
ansiosa necesidad de su veinteseiseno año que usted experimentaba. Pero yo todo
lo adivino. Veinticuatro horas antes se había enamorado de un hombre mucho más
joven que usted. Es un estado de alma que sorprende a un número incalculable de
mujeres de su generación. ¡Y como ellas, usted saldrá muerta de él! ¡Además ha
sido capaz de pedirme, a mí que la amaba, su juventud para seducir a otro
hombre! He sufrido esta nueva humillación, diciéndome: "Después de todo,
será sumamente agradable, mi buen Graig, devolver a esta mujer —a la que
actualmente ya no puedes amar porque ha perdido su juventud— el aspecto y el
rostro que tenía cuando estabas loco por ella. ¿Quizá te enamores de nuevo? ¡Es
tan hermoso estar enamorado!" Entonces acepté devolverle su veintiseiseno
año...
...No crea que siempre me ha sido fácil satisfacer sus pedidos
cada vez más fuertes y cada vez más prolongados. El año que me cedió antaño,
había sido utilizado hacía ya mucho tiempo. He tenido que tomar el año de
juventud de otra mujer.. ¡Pero esto es un secreto que solo me concierne a mí!
Moría de deseos de volver a verla en su aspecto joven, pero me he abstenido,
sabiendo muy bien que su pensamiento se hallaba absorbido por la presencia de
otro. No quería hacer el ridículo por segunda vez. por eso jamás me ha
encontrado en ningún salón. Hubiera sido capaz de dejarme tentar de nuevo a
invitarla a bailar. Yo no quería cometer esa falta a ningún precio, pues estaba
seguro de que vendría a buscarme mucho antes de lo que usted pensaba al
principio, para reclamarme sus últimas horas de juventud. Ese día señalaría mi
triunfo; y ese día ha llegado... Sabía que era usted demasiado mujer y sobre
todo que estaba demasiado avasallada por su tardío amor, para tener el valor de
administrar sus horas de juventud hasta el fin de su larga existencia. ¡Después
de mí, el diluvio!, se ha dicho. Y el diluvio va a desencadenarse sobre su
cabeza y a refrescarle las ideas para poner lar cosas en su sitio: ¡los hombres
jóvenes están destinados a las jóvenes y las viejas damas a los viejos señores!
Pero usted ha querido vivir el gran amor, hacerse desear! Cien veces se ha
negado a ese magnífico muchacho que quería hacerla suya. En su caso eso no era
un sentimiento de pudor, sino más bien un refinamiento de egoísmo. Para
saborear aún más su placer, en el momento en que su victoria sobre el macho
está completa, ha preferido esperar hasta la noche de su matrimonio. Todo se ha
desarrollado, durante estos quince meses, con la precisión de un mecanismo de
relojería, y de acuerdo con sus menores deseos. Sólo que ha olvidado a una
persona, al viejo Graig, que ahora dice.— "¡Basta!" Graig, que sabe
que usted casi, ha recobrado su virginidad durante este largo período de
noviazgo decente, y que se apresta a tomársela antes que su joven marido... ¡El
imbécil! Se sentirá muy decepcionado la noche de sus bodas, pero jamás sabrá,
ese excelente jovenzuelo, que fue un viejo bribón como yo quien lo precedió
algunas horas antes... Reconozca que es más bien divertido. Y confiese
asimismo, mi linda Sylvia, que ha sido para mí para quien ha guardado intactos
esos tesoros durante meses, y no para ese mequetrefe recuperado en un
bowling... Mi preciosa, ahora va a darme un beso... Y ese beso ardiente querrá
decir: "Graig, los primeros instantes de juventud que va a devolverme esta
vez, son para usted... Volverá a verme tal como me amó y podrá saciarse de mi
carne rejuvenecida y fresca".
El pálido rostro se hallaba ya casi junto al de Sylvia, que
hacía esfuerzos desesperados para desprenderse. De pronto, ella lanzó un grito
y extendió el brazo hacia adelante para apartar la visión demoníaca. Consiguió
ponerse en pie y corrió hasta el vestíbulo, gritando.
Ya en la calle, gritaba aún. Algunos transeúntes acudieron
precipitadamente en su socorro, poro olla huyó sin esperarlos.
—¡Esa mujer no parece normal! —dijo uno de ellos.
La apacible calle de Neuilly recuperó su calma habitual. El
portal del número 13 permaneció cerrado. Y tras las persianas también cerradas
del frente, no parecía existir la menor señal de vida.
Lo más selecto de París había acudido a casa de la familia
Pernet para fingir interesarse en la futura felicidad de los novios. Las
bebidas refrescantes y las tazas de café helado desaparecían con una rapidez
asombrosa, tan sofocante era el calor de ese sábado de primavera por la tarde.
Gilbert, radiante, iba de un extremo a otro, proclamando su dicha a quien
quisiera oírlo. A los amigos que preguntaban por la novia —eran ya las
dieciocho— respondía invariablemente:
—¡No se vayan todavía! A cualquier precio deseo que la
conozcan... Se ha retrasado un poco, pero con seguridad estará aquí de un
momento a otro.
Los amigos regresaban entonces al bar, donde la espera se les
hacía menos fastidiosa. Gilbert daba pruebas ante todos, y especialmente ante
sus padres, de una completa serenidad, pero en realidad se sentía muy inquieto.
Desde hacía quince meses que la conocía, Sylvia había sido siempre la exactitud
personificada. Incluso en ciertos momentos llegaba a ser casi irritante, a tal
punto parecía serle imposible dejar de mirar su reloj, cosa a la que Gilbert
acabó por resignarse. Por consiguiente, se sentía de lo más asombrado porque su
novia tuviera ya dos horas de retraso en un día semejante. Sin embargo, le
había prometido estar en su casa a las dieciséis, para tener oportunidad de
intimar más con sus futuros suegros antes que la ola de invitados, conocidos y desconocidos,
invadiese el departamento. Ya repetidas veces el joven había telefoneado sin
éxito a In avenida Foch. Si Sylvia no respondía, era que no estaba allí.— ¿La
habría demorado su peluquero más de lo que ella pensaba?¿O tal vez habría
tenido alguna dificultad de última hora con el vestido estampado que quería
lucir en el cóctel? ¿Pero cómo no le telefoneaba? Si supiera dónde se
encontraban podía ganar tiempo yendo a buscarla con su coche... Todos estos
interrogantes, sumados al bullicio de la recepción, le ponían los nervios de
punta. De modo que cuando su madre le dijo: "Esto no me parece muy serio
en una joven que tiene tan buena reputación", le contestó con un tono
bastante vivo:
—Si Sylvia no está aún aquí, mamá, es porque tendrá alguna razón
grave. Quizá se sienta mal. Voy a hacer una escapada hasta su casa en mi auto.
Si llegara entretanto, dile que regreso dentro de cinco minutos.
En la avenida Foch fue tiempo perdido llamar y golpear la puerta
del departamento de la planta baja, y preguntar a la portera si no había visto
pasar recientemente a la joven propietaria. Sylvia no estaba en su casa.
"¡Con tal que no le haya ocurrido algún accidente!", pensó el joven,
al regresar a su casa con la secreta esperanza de que lo hubiera precedido. A
las diecinueve ya los invitados no podían esperar más a esa novia invisible y
comenzaron a retirarse, despidiéndose con vagas fórmulas de cortesía que, bajo
una forma disfrazada, adquirían el sentido de verdaderas condolencias. El novio
no sabía qué pensar, cuando se le ocurrió, ya desesperado, telefonear por si
acaso al domicilio de la tía de Sylvia. Estaba enterado que la señora de Werner
desde hacía dos días había abandonado París para iniciar su vuelta al mundo,
pero su novia le informó que los domésticos permanecían en la calle de la
Universidad, ¿Quizás alguno de ellos pudiera informarle acerca de la joven?
Cuando una voz de hombre respondió, Gilbert, luego de darse a conocer,
preguntó:
—¿Por casualidad no sabría dónde se encuentra la señorita Sylvia
en estos momentos?
— ¿Qué señorita? —preguntó la voz asombrada del servidor—. Aquí
no hay más que la "señora Werner".
La voz pareció velarse para agregar después, en una especie de
sollozo:
—... ¡Pobre señora!
Gilbert preguntó con inquietud:
—¿Le ha ocurrido algo?
—¿El señor no sabe que la señora ha fallecido? —respondió con
voz acompasada y glacial el mucamo de alta escuela.
Gilbert dejó caer el receptor de sorpresa. Pero lo retomó en
seguida. Por fin comprendía el motivo por el cual la desgraciada Sylvia no
había podido asistir al cóctel, transformado así brutalmente en una
manifestación mundana fuera de lugar. De nuevo preguntó al servidor de la
señora Werner:
—Pero en fin, ¿cómo ha ocurrido? La señora Werner me recibió el
lunes último y me pareció encontrarse en perfecta salud... ¿Fue un accidente?
—No, señor.
—¿Ha sufrido una congestión en el barco?
—La señora ha fallecido aquí, señor... Ahora se halla arriba, en
su cuarto, donde yace.
—¿Sin duda su sobrina se halla a su lado, velándola?
—Nosotros no conocemos a la sobrina de la señora, señor.
—Mi amigo, la pena lo hace desvariar... Es conmovedor demostrar
tal adhesión a su patrona, pero déme algunos informes, ¿la señora Werner no
salió ayer para El Havre?
—Sí. señor.,. Y regresó esta mañana a las nueve...
—¿Estaba ya muy enferma?
—No, señor... La señora Werner parecía contrariada, pero gozaba
de excelente salud. Se encerró en su cuarto, y recién a la una de la tarde la
encontraron muerta.
Gilbert colgó el aparato. Los detalles ya no le interesaban. Su
amor por Sylvia y los más elementales deberes de cortesía le obligaban a dar la
noticia a los invitados aún presentes. El duelo que acongojaba a Sylvia lo
alcanzaba directamente. Los invitados así lo comprendieron y se mostraron al
fin más discretos al partir. Siguiendo el consejo de su madre, el joven decidió
ir inmediatamente a inclinarse ante el cuerpo de aquella que lo había recibido
con tanta amabilidad seis días antes. Pensó también que Sylvia debía sentirse
sola y desamparada, ¿Acaso la señora Werner no era su única parienta? Gilbert
acompañaría a su novia durante el velatorio.
Mientras recorría en su auto el trayecto entre el domicilio
familiar y el hotel de la calle de la Universidad, no piulo dejar de pensar en
la fragilidad de los proyectos humanos. ¿La señora Werner no se. proponía
realizar una vuelta al mundo? El viaje que acababa de comenzar la llevaría
infinitamente más lejos...
No bien franqueó el umbral del vasto hotel particular sintió, al
ver los rostros de los servidores, que la consternación imperaba allí. El
doméstico que acababa de abrirle la puerta lo miró con aire de desconcierto
cuando le preguntó:
—¿Dónde está la señorita?
Como el servidor parecía realmente no comprenderle, Gilbert le
dijo con una gran dulzura:
—¡Vamos, amigo, cálmese un poco! Yo soy el novio de la señorita
Sylvia...
El mucamo abría cada vez más desmesuradamente los ojos. El joven
insistió, sin embargo:
—Usted sabe... La señorita Sylvia... La sobrina de la señora
Werner y su ahijada... Sé que no venía mucho aquí, pero, ¿quizá la han visto
ayer martes por la mañana? Por lo demás, ahora seguramente ha de estar aquí...
¿Dónde se halla el cuerpo?
El servidor se contentó, a guisa de respuesta, ton subir la gran
escalera. Eso quería decir que la tía de Sylvia reposaba su último sueño en su
dormitorio... Gilbert trepó rápidamente la escalera y tuvo la sorpresa de
encontrarse en el pasillo del primer piso, en presencia de un agente de policía
que le pidió que se identificara. Una vez que lo hubo hecho, sin siquiera
reflexionar en lo inverosímil de semejante cosa en tal lugar, el agente le dijo
en voz baja, designándole una puerta:
—Está ahí..., no haga ruido... Si no el médico legista le hará
expulsar.
Gilbert penetró en el cuarto y quedó inmóvil junto a la puerta
ante el espectáculo que se ofrecía a su vista. Sólo en ese instante recuperó la
conciencia de sí mismo y comprendió que algo terrible había pasado.
La muerta reposaba sobre el lecho, el rostro definitivamente
crispado en un rictus del más allá: los ojos fijos, abiertos, parecían
contemplar un personaje invisible y monstruoso, Gilbert experimentó la horrible
impresión, de que la tía de Sylvia continuaba sufriendo atrozmente en la
muerte. Al pie del lecho estaba instalada una mesa recubierta por un paño
blanco, sobre la cual se veían dos candelabros encendidos, un recipiente de
agua bendita y el bol que las visitas debían utilizar para hacer el signo de la
cruz simbólico. Seguramente esa mesa habría sido instalada por la mucama y el
anciano mayordomo que se encontraban arrodillados en el fondo de la pieza,
rezando el rosario. Velaban al ama a quien habían servido durante años. A un
lado del lecho un grupo de tres personajes discutía. Por algunos trozos de su
conversación, sostenida en un tono bastante bajo por respeto a la difunta,
Gilbert creyó comprender que se encontraba en presencia de dos médicos y un
inspector de policía. Los "señor profesor" alternaban con los
"señor comisario" y "señor médico legista". Verosímilmente
se trataba de expedir el permiso de inhumación, pero parecían presentarse
dificultades.
El joven observó atentamente la habitación: ¡no había trazas de
Sylvia! ¿Qué podía estar haciendo en un momento semejante? Sin embargo, tendría
que encontrarse ante ese lecho... Estos confusos pensamientos fueron
interrumpidos por la voz, bastante ruda, del personaje al cual los otros dos
llamaban "el señor comisario", que preguntó:
—¿Quién es usted, señor?
—Casi un miembro de la familia —respondió sin vacilación el
recién llegado.
—Tengo entendido que la señora Werner no tenía ninguna familia
—respondió el comisario.
—Olvida usted a su sobrina, que es asimismo mi novia —observó el
joven.
El comisario lo contempló con asombro, antes de responder:
—La señora Werner jamás ha tenido ninguna sobrina.
El rostro de Gilbert enrojeció: esa afirmación puramente
gratuita de un policía cualquiera tenía algo de insultante para Sylvia. Se
detuvo, sin embargo, por respeto a la presencia de la difunta, y prefirió
desviar la conversación preguntando:
—¿De qué ha muerto la señora Werner?
Los tres personajes lo miraron con verdadero estupor. Uno de
ellos, aquel a quien llamaban "el señor profesor", acabó por
responder:
—¡De modo que no lo sabía al venir aquí!.. . En fin, ya que
pretende ser un poco pariente suyo, le debemos la verdad... Según las
comprobaciones de mi eminente colega el señor médico legista, la señora
"Werner se ha suicidado hoy a mediodía por la absorción de cianuro de
potasio.
Ahora le correspondió a Gilbert quedar un instante estupefacto.
Una sola pregunta, bastante tonta, pero natural, le vino a los labios:
—Pero... ¿por qué?
—Mi querido señor —respondió el comisario—, si usted nos lo
puede decir, le estaríamos muy reconocidos. ¡Precisamente en ese "por
qué" reside todo el misterio! La señora Werner ha escrito, minutos antes
de darse voluntariamente la muerte, una carta, que colocó bien a la vista sobre
esta mesa de luz y en la cual declara simplemente que la existencia le pesa y
que ha decidido ponerle fin. ¿Usted la conocía bien?
—Muy poco —confesó Gilbert—. No la he visto más que una vez, el
lunes último, cuando vine a preguntarle si acordaba su consentimiento para la
boda de su sobrina conmigo.
—¡Decididamente insiste en que hay una sobrina! Usted se halla
en formal contradicción con los domésticos, quienes afirman que la señora
Werner no tenía ninguna parienta. ¿Cómo se llama esa sobrina?
—Lleva el mismo nombre que su tía: Sylvia... Sylvia Mernier.
Habita en la avenida Foch y voy a casarme con ella dentro de seis días. Sé que
Sylvia es la única parienta de la difunta.
—¿Y cómo es posible que no se encuentre aquí?
—Me hago la misma pregunta que usted, señor comisario. Sólo
encuentro una explicación posible. Si los domésticos de la señora Werner tienen
la convicción de que no tenía ningún pariente, pueden no haber informado a esta
última. ¡Es espantoso, señores!... ¡Mi novia no sabe aún que ha muerto su
madrina! ¡Es absolutamente necesario que la encuentre antes de que venga aquí,
pues debo prepararla para semejante golpe!
Abandonó rápidamente la habitación, sin tomarse ni el tiempo ni
el trabajo de agregar una palabra. En el momento en que llegaba al término de
la escalera, sintió que una mano se posaba sobre su brazo. Se volvió y
reconoció al viejo mayordomo que acababa de ver, recitando su rosario, ante el
lecho de la muerta.
—Señor Pernet —dijo el servidor en voz baja—, tengo algo que
darle.. . Es una carta, escrita antes de su muerte por la señora Werner, y que
ella me confió especialmente. Esa carta le está destinada... Si quiere
acompañarme hasta la biblioteca, pienso que estará más cómodo allí para
enterarse de su contenido. Yo montaré guardia en el vestíbulo, ante la puerta,
para que nadie venga a importunarlo.
Gilbert lo había escuchado con un asombro cada vez más en
aumento. ¿Por qué la tía de Sylvia había tenido necesidad de escribirle antes
de suicidarse ?. .. ¿A él, a quien había visto sólo una vez? Era extravagante.
De todos modos se dejó conducir por el mayordomo hasta la biblioteca. Después
de cerrar con precaución la puerta del vestíbulo, el mayordomo continuó:
—He aquí la carta... En el sobre figuran su nombre y apellido,
acompañados por esta mención en el ángulo izquierdo, escrita de mano de la
señora: "A cargo de Honoré, quien en su oportunidad entregará esta carta
al destinatario". Antes de comenzar su lectura, me parece oportuno decirle
en qué circunstancias me la ha. dado la señora.. . Sería más o menos las
once... Yo estaba en la despensa. Sonó el timbre. Levanté la vista al tablero
de servicio: era a mí a quien la señora llamaba. Subí. Se hallaba sentada ante
el pequeño escritorio que se encuentra en su cuarto y me dijo:
—Honoré, ¿recuerda usted al joven que vino a visitarme el lunes
último a las quince? —Perfectamente, señora.
—¿Sería capaz de reconocerlo no importa dónde? —Ciertamente,
señora. —Bien. Se llama Gilbert Pernet. He aquí, en un papel aparte, su
dirección. Es posible, Honoré, que dentro de muy poco un grave acontecimiento
sobrevenga en mi vida... Si se produjera, y pese a cuánto eso pueda afectarlo,
le pido entregue esta carta en las propias manos del señor Pernet. ¡Nadie más
que él debe enterarse de su contenido, ni siquiera usted! ¿Me lo promete?
—La señora puede contar conmigo. . —Lo sé. Usted es el
único en quien tengo una confianza absoluta. Guarde esta carta y espere, para
entregarla, a que el acontecimiento haya ocurrido. —¿La señora se siente mal?
—No, mi buen Honoré. Tranquilícese: conservo todos mis sentidos
y no actúo a la ligera. ¡Hasta la vista, Honoré, y gracias!"
Anteayer le pregunté a la señora si había alguna modificación
respecto a la hora del almuerzo. Me respondió que lo tomaría en el comedor, a
las doce y treinta, como de costumbre. Como a la una no había descendido me
permití subir para informarle que la comida estaba servida. Golpeé repetidas
veces y al no obtener respuesta, empujé un poco la puerta. Entonces contemplé
el horrible espectáculo. La pobre señora yacía en tierra, con los ojos
extraviados. Sobre la mesa de luz se encontraba otro sobre con esta mención:
"Al señor comisario del VII° distrito". Ya conoce el resto... ¿No es
terrible para mí, que he servido lealmente a la señora durante veinticinco
años? Anteriormente fui el mayordomo del señor Werner. —¡Ah! ¿Usted lo ha
conocido? ¿Cómo era? —Hizo muy desgraciada a la señora. El viejo servidor se
dirigió hacia el vestíbulo, pero antes de salir se volvió, diciendo:
—Tómese el tiempo necesario. Yo velaré tras la puerta. ¡Si usted
hubiese oído, señor, en qué forma la señora pronunció su nombre ante mí! Creo
que ella lo estimaba muchísimo. ..
Gilbert se encontró solo en la gran habitación, haciendo girar
una y otra vez la carta entre sus manos. Vacilaba aún en abrirla, preguntándose
si en todo aquello no habría alguna confusión del servidor y si en realidad le
estaría destinada. Sin embargo su nombre estaba bien claro en el sobre... Y de
pronto se sintió presa de un extraño malestar. ¡No era posible! Sin duda era
juguete de una alucinación: ¡la escritura del sobre era la misma escritura de
su novia! Sólo Sylvia podía escribir así su nombre: Gilbert Pernet, con una G
desmesurada y una P cuya pata se insinuaba apenas. Imposible equivocarse.
¡Durante quince meses había leído y releído tantas cartas de amor dirigidas por
ella! Cada vez que recibía una nueva misiva, la había conservado un instante entre
sus manos antes de abrirla, tal como lo hacía en ese momento con la de la
señora Werner. Era también el mismo papel azul, impregnado del mismo perfume...
Gilbert se sentía invadido por la locura... Febrilmente esta vez, abrió el
sobre. Contenía muchas hojas que comenzó a leer con avidez:
Mi amor:
¡Has recibido tantas cartas mías que tal vez te figures que ya
no tengo más nada que confiarte! Te equivocas, querido. Una enamorada jamás
acaba de decirlo todo. Sólo se calla con la muerte. Pero antes, cuando te
escribía, me impulsaba solamente el deseo de hacerlo... En cambio ahora, esta
carta —la última que recibirás de mí— es más bien el cumplimiento de un deber.
Por eso te suplico, desde estas primeras palabras, que me perdones... Si,
Gilbert, todo nuestro amor fue edificado sobre una mentira... La Sylvia que tú
amas no es en realidad la mujer con que sueñas. Hay en mi dos mujeres: ahora
las conoces a las dos. Lo que voy a contarte seguramente te parecerá loco,
incluso insensato; sin embargo, es verdad...
El joven no se atrevió a leer más. Temía, al hacerlo, descubrir
algo de lo cual no hubiera querido ni debido enterarse. Tuvo que apelar a todo
lo que le quedaba de voluntad para proseguir. Así fue cómo conoció, desde la
primera página, la extraña doble existencia de su bienamada, la vida alucinante
de aquella mujer por la cual había abandonado a una novia. Devoró las palabras
arrojadas apresuradamente sobre el papel. En cierto momento, sin embargo, debió
interrumpir de nuevo la lectura para sentarse, aniquilado... Después su mirada
volvió hacia las páginas azules para leer las últimas frases:
.. .He aquí, mi Gilbert, relatada en unas pocas páginas y para
ti solo, toda mi pobre historia. Tú comprenderás tanto como yo que no era
posible ceder al miserable que tenía mi felicidad en sus manos. Una puede
abandonarse a un joven dios, pero no a un demonio.,.. Creo que ese personaje es
el diablo, pero no estoy segura... ¿Quién podría estar seguro de ello? Si Graig
lo fuera, ¿habría sido capaz de sentir una pasión por una criatura terrestre? Y
también me perdonarás haber querido seguir siendo tu novia, pues lo seguiré
siendo en la, muerte... Lamento asimismo la pequeña comedia que te jugué al
recibirte aquí bajo mi verdadero aspecto. ¿Pero no era necesario, para saber si
también eras sincero cuando estando lejos hablabas de mí con otras personas?
Sí, realmente ahora puedo escribirlo: ¡tengo la certidumbre de haber sido amada
por ti como pocas mujeres podrán alabarse de haberlo sido!
¡Tú también fuiste adorado! Y eso no era nada al lado de lo que
hubieras conocido en nuestro viaje de bodas. No me reproches no haberte dicho
"sí" antes... Cuando pronuncié esa palabra, tan cargada de
consecuencias, fue porque al fin había decidido darme a ti. Desde la noche en
que te vi por primera vez en Montecarlo. te convertiste en mi amor, sin que ni
siquiera lo sospechases. Era justo, después de quince meses de noviazgo —que te
habrán parecido interminables y a mí demasiado cortos— que tuvieras tu recompensa.
TU día en que te dije sí, mi sacrificio a tu persona era total. Sabía que no me
quedaba más que un período de juventud muy limitado, pero quería que lo
aprovecharas totalmente.
Luego de nuestro hermoso casamiento hubiéramos partido para las
Baleares. Y tú me hubieras tomado según tu deseo o tus caprichos a no importa
qué instante del día o de la noche. Para nosotros no habría habido ni aurora ni
crepúsculo... Nuestros besos hubieran sido tan ardientes a la salida del sol
como al claro de luna. Ninguna de las pequeñas mezquindades de la existencia en
común hubiera tenido tiempo de revelársenos y, al término de mi juventud,
después de haberme entregado a ti por última vez, me las habría arreglado para
desaparecer. Las aguas del Mediterráneo estarían muy cerca y hubieran sido
acogedoras...
Me habría dejado llevar por ellas, ahogándome en un reflejo del
cielo.
Entonces tú me hubieras echado de menos toda la vida, Gilbert.
Aun si desposaras a otra mujer —a lo que tendrías el más absoluto derecho— ella
nunca llegaría a hacerte olvidar a aquella maravillosa Sylvia que te había dado
tanto de sí en tan pocos días. Serías uno de esos pocos hombres que pueden
decir: He sido adorado por una mujer única en el mundo. En ese recuerdo,
incluso, habrías encontrado una satisfacción que ya no podrás tener en el
porvenir.
He aquí, mi amor, por qué no puedes reprocharme el haberte dicho
sí... He aquí también por qué mi secreto, que se ha convertido en nuestro, no
debe ser conocido por nadie... Los otros no lo comprenderían. ¡Adiós, Gilbert!
Si te he confesado todo es para que me olvides pronto e intentes rehacer tu
vida. ¡Parte! Vete hacia cielos más clementes, hacia climas más dulces, en
donde encontrarás la nueva compañera. Ella será al fin, sin afeites ni
mentiras, la mujer verdaderamente joven a la que tienes derecho. ¡De todo
corazón te deseo que esa tercera novia te ame con la ternura de la mujer de
cuarenta años y el deslumbramiento de una jovencita!
Pero antes de dejarte para siempre te suplico que pongas
término, con toda la fuerza de que es capaz U juventud, a la acción de ese
Graig, cuya dirección te he indicado más arriba. Sólo tú puedes hacerlo porque
conoces mi historia. A cualquier precio es necesario impedir que ese hombre
siga haciendo daño a otros. ¡Es preciso denunciarlo a un mundo incrédulo! ¡Hay
que abatirlo! Sé que está muy mal, en una última carta de amor, dar tales
consejos a quien iba a convertirse en mi amante. Hubiera desead tanto emplear
en estas páginas sólo palabras de ternura, pero no puedo... ¿Acaso en el
momento de morir, una enamorada no tiene derecho de gritar su alegría o su
odio? Mi alegría fuiste tú. ¡Mi odio es él! Cuando ambos se enfrenten, yo
estaré en tu sombra para ayudarte. Sólo te pido que no pierdas un instante en
hacerlo. Si tú eres joven, Graig es astuto. Si tú posees entusiasmo, él tiene
todos los vicios. ¡Adiós...!
Gilbert salió de la biblioteca y ascendió lentamente la escalera
seguido por Honoré. Al llegar al umbral del dormitorio miró desde allí, sin
aproximarse más, el rostro crispado de la muerta. Las miradas del joven iban
alternativamente de las hojas azules a la contemplación de Sylvia... Sí, era
sin duda la misma escritura. Y al final de todo aquel drama silencioso, había
un personaje a quien abatir.
Dulcemente abandonó la habitación, después de echar una última
mirada de adiós a aquella que había encarnado su primer gran amor, y volvió a
descender los escalones sin prestar siquiera atención al mayordomo que lo
acompañó hasta su automóvil. El coche atravesó París a una velocidad loca,
antes de detenerse frente al número 13 de la calle Longpont. A esa hora tardía,
la calle estaba tan desierta como la noche en que la señora Werner había
regresado precipitadamente de Montecarlo.
Después de permanecer un instante inmóvil ante el portal rojo,
se decidió a llamar. El portal se entreabrió y el visitante penetró rápidamente
empujando al servidor chino que intentó impedirle el paso. Atravesó a la
carrera el vestíbulo de mármol y llegó a un salón donde no había nadie. Del
salón pasó de un salto a una habitación vecina: era el gabinete de trabajo,
bastante poco iluminado por un velador colocado sobre el escritorio central.
Detrás de ese escritorio atiborrado de papeles, un hombre de rostro lívido,
vestido con un saco de entrecasa de terciopelo verde oscuro, escribía... Al
llegar el visitante, el hombre de la cabellera gris levantó la cabeza y, antes
de que el joven hubiera pronunciado una sola palabra, dijo con voz dulce:
—Si no me equivoco, usted es Gilbert, ¿verdad ?... Joven, estoy
encantado de conocerlo, por fin...
Se puso de pie. sin perder un ápice de su calma, y fue hacia el
joven tendiéndole la mano y agregando:
—En el fondo, creo que le he hecho un gran servicio...
Hasta tal punto desconcertó a Gilbert el cinismo del barón, que
permaneció como petrificado en el centro de la pieza. Después de haberlo
observado con una sonrisa irónica durante algunos instantes, Graig preguntó con
tono zumbón:
—¿Qué diría de un aperitivo para reponerse de sus emociones? Un
trago seco me parece lo más indicado.
Por fin el joven pudo articular:
—¡Yo vengo a matarlo!
—¡He ahí todo un programa! Concibo perfectamente que sienta
deseos de ejecutarlo, pero me gustaría saber por qué motivo, desde nuestro
primer encuentro, quiere llegar a semejante extremo.
—Porque debo tratarlo como a un criminal de derecho común... Es
usted el único responsable de la muerte de Sylvia y de mi desgracia. Podría
denunciarlo a la policía por todas sus maquinaciones, pero la policía haría una
investigación y el asunto sería demasiado largo. Prefiero arreglar las cosas yo
mismo, en seguida. Nada mejor que una justicia expeditiva.
—¡Me gusta mucho semejante intransigencia! Ella es el exacto
reflejo de su dinamismo juvenil.. ¿De modo que es usted desgraciado?
—¡Como jamás ningún hombre lo ha sido!
—¿Tanto amaba a la señora Werner?
—Amaba a Sylvia...
—Desgraciadamente, Sylvia sólo existía porque yo lo quería. En
cambio la señora Werner hubiera podido vivir mucho tiempo si no hubiera puesto
fin a sus días. Su línea de vida era prometedora.
—Al matarse, me ha dado una última prueba de amor.
—Eso es hermoso..., muy hermoso —repitió dulcemente Graig—. Pero
por desgracia no sirve para nada... Mucho mejor hubiera hecho en vivir como yo
le aconsejaba. Usted la olvidará un día u otro.
—¡Jamás!
—He ahí una palabra, joven, que es un gran error pronunciar a su
edad... Sinceramente, me gustaría hacer algo por usted, pues me resulta muy
simpático. ¡Y le aseguro que no todo el mundo despierta la simpatía de Graig!
Tal vez le cueste creerme, pero siento algunos remordimientos por cuanto acaba
de ocurrir... Oh, no lamento el gesto de Sylvia Werner, ya que al fin está
tranquila. Lo lamento por los que quedan tras de ella, es decir, por usted. ..
Y como me siento también un poco responsable a su respecto, me considero
obligado a sacarlo de todo esto. Lo veo desamparado, vacilante, sin saber ya
qué camino seguir... ¿Aceptaría que yo lo guiara?
—¿Como lo hizo con Sylvia, desde el día en que ella lo encontró
en la embajada de los Estados Unidos? —¡Ah! ¿Está al corriente? —Me lo ha
contado todo en una carta. — ¿Su última carta de amor, sin duda? Una carta que
usted guarda fervorosamente sobre su corazón, en el bolsillo interior izquierdo
de su saco... Desde aquí la veo... Incluso hasta podría decirle el contenido
sin necesidad de que la saque del bolsillo... ¡Estoy completamente de acuerdo
en que conserve así esa emocionante misiva! Más tarde ella irá a enriquecer su
colección y ya verá qué agradable sensación le dará al releerla con muchas
otras— las de mujeres que destronarán en su corazón generoso el recuerdo de
Sylvia— cuando ya no esté en la edad de las conquistas fáciles... Dichas cartas
serán para usted una especie de consuelo. Y cuando vuelva a colocarlas en su
estuche precioso, pensará: "Ninguno de los jóvenes que me siguen podrá
decir que fue tan amado como yo". Y eso le hará sonreír.
—¡Cállese!
¿Por qué ocultar la verdad? ¿Acaso no se encuentra usted en mejores
condiciones que nadie para apreciar la amargura de una larga mentira de mujer?
El joven se había dejado caer en un sillón y lloraba como un
niño. Sus lágrimas, que se habían contenido ante el espectáculo de la muerte,
corrían ahora, densas de pesares inexpresados. Lo que acababa de saber durante
las últimas horas era superior a sus fuerzas. Para él, aquello era la
catástrofe: hubiera querido morir como aquella mujer... Ni siquiera se atrevía
a pronunciar mentalmente el nombre tan dulce: Sylvia... Nombre que sólo podía
aplicar a la joven encontrada en el "bowling, y ésa nunca había existido...
Sylvia sólo era la sombra de la señora "Werner.
El joven sentía vacilar su razón y había perdido toda energía.
Después de contemplarlo, esta vez con más piedad que ironía, Graig prosiguió:
—No me gusta ver a las gentes desdichadas... Eso me entristece,
aunque soy de un natural más bien alegre.
Gilbert alzó la cabeza para observar a su vez a su interlocutor.
¿Cómo ese siniestro personaje de voz aterciopelada, de tinte marmóreo y traza
hoffmanesca podía pretender tener un genio alegre? Todo en él, y en la
atmósfera que lo rodeaba sonaba a falso, destilaba la desesperanza. —¿Y ahora,
qué piensa hacer!
Gilbert bajó la cabeza. ¿Cómo podía saberlo después de tal
choque? La voz dulzona continuó, alucinante:
—No hay duda que matarme sería una excelente descarga para sus
nervios. ¿Pero después? Siempre es peligroso suprimir a alguien.., Además, ¿y
si acaso yo fuera de esa clase de muertos que gozan eternamente de buena salud?
¿No piensa que de ser posible ya me hubieran matado hace mucho? Pero ocurre que
soy tan indispensable como los elementos, como el agua, como el fuego...
—"Ella" bien me previno en su carta que usted, en
efecto, quema a todos los que se le acercan.
—¡Las mujeres son tan mariposas! La señora Werner me ha
comprendido mal, y sobre todo cometió un imperdonable error a mi respecto al
tomar por una simple amistad un sentimiento que era mucho más fuerte en mí.
Como la mayor parte de sus hermanas creyó que era la única en el mundo capaz de
sentir grandes alegrías o grandes dolores... ¡Pero también yo soy capaz de
sufrir! Gilbert se había puesto de pie, muy pálido: —¿Cómo? —exclamó, avanzando
amenazadoramente hacia el viejo—. ¿Quiere insinuar que usted también se hallaba
enamorado de ella?
—Ya hablaremos de eso más tarde, jovencito... Por el momento,
reitero mi pregunta: ¿qué piensa hacer?—Lo ignoro. ¿Y qué puede importarle eso?
—Aprecio tal confesión. Es una prueba de que se vuelve razonable, pues reconoce
al fin su impotencia ante el curso de los acontecimientos. Los hombres
proponen y "otros" disponen... Ahora bien, si usted renuncia a
hacerme desaparecer, ¿tal vez intentaría suicidarse?
—Hace un instante lo pensé, al pasar en auto por el puente de la
Concorde.
—Pero en seguida se dijo que el agua del Sena era decididamente
demasiado fría. ¡He ahí otra prueba de buen sentido! Sólo que sí ninguno de los
dos muere, tenemos que decidirnos a vivir. ¿Y cómo viviremos? —¿Por qué
"viviremos"?
—¿Acaso nuestros destinos no están ya ligados? ¿No somos ambos
un poco responsables, sin serlo demasiado y a títulos diversos, de la muerte de
una mujer? Usted, por haberse hecho amar tanto y yo porque ella tuvo miedo de
volverme a ver... Ahora entre nosotros hay el cadáver de una enamorada... Y si
tal situación no conduce a un duelo a muerte entre dos hombres, corre el riesgo
de sellar una amistad. Como ninguno de los dos tenemos intención de batirnos en
duelo, pues sabemos que eso no aprovechará a nadie, ¿por qué no nos haríamos
grandes amigos? —¿Usted está loco?
—Todo lo contrario: muy lúcido. Escúcheme: su vida está
destrozada.. Así lo cree usted, al menos... Nada tiene que hacer en París por
el momento, ni siquiera en Francia... Lo mejor para usted, pues, sería partir
inmediatamente. Eso le evitará un escándalo lamentable, así como a sus queridos
padres, a los cuales probablemente no tendrá la intención de contarles toda
esta extraña historia. No la creerían, como tampoco la creería nadie de su
amistad. ¡El mundo es tan escéptico! ¿No querrá cubrir de ridículo a los suyos,
verdad? En fin, es usted todavía muy joven y muy capaz de desencadenar nuevas
pasiones... Pero hay que esperar un poco... ¿Qué le parece un viaje?Eso le
cambiaría las ideas y no se apartaría mucho del programa que se había trazado.
¿No debía hacer próximamente un viaje de bodas? En lugar de hacerlo con ella,
podría muy bien hacerlo conmigo...
Gilbert lo contemplaba estupefacto.
—¿Por qué esos grandes ojos de asombro? Desde luego, reconozco
que la presencia de un viejo señor como yo no vale la de una joven, pero en
fin, estimo poder ser un compañero de ruta muy agradable. Hasta pienso que en
el curso de nuestra gira podré enseñarle un cierto número de cosas que más
tarde le serán útiles... ¿Nunca ha oído decir que los viajes forman a la
juventud? Pero es necesario que durante los viajes la juventud sea orientada...
Telémaco fue un joven perfecto porque tuvo un excelente preceptor. ¿Y qué
mentor mejor que yo podría encontrar, en el difícil período por el que ahora
atraviesa, para poner en orden sus asuntitos sentimentales? ¡Vamos, joven,
déjese tentar...! ¿Se ha quedado mudo? Voy a hacerle una última proposición :
concédame sólo unas semanas para cambiarle su manera de pensar. Si lo consigo,
será el primero en agradecédmelo. Si no logro mi fin, le permitiré entonces
matarme o denunciarme a todas las policías del mundo como prefiera... Mi oferta
es sincera.
—¡Usted es incapaz de lealtad!
—Soy el personaje más leal del mundo cuando se respetan los
pactos firmados conmigo.
—¿Sin duda querrá que firmemos un pacto con sangre, como se lo
exigió a ella?
—Su palabra me basta.
—¿Y adonde me lleva?
—Téngame confianza. No va a aburrirse...
—Después de todo, lo mismo me da una cosa u otra...
—Es exactamente lo que yo pensaba... Partiremos dentro de unos
minutos.
—¿Y mi equipaje?
—Lo he previsto todo. Ya lo ha precedido al lugar donde iremos.
—¿No querrá decir que ha penetrado en mi casa para tomar mi
ropa?
—Nunca hubiera llevado la indiscreción tan lejos. No, los trajes
que lo acompañarán en este viaje son nuevos, cortados a medida para usted. ¡Le
encantarán! Conozco sus gustos... Incluso creo no haber cometido ningún error
en la elección de las corbatas... ¿Partimos ?
—¿Y mis padres?
—No me parece indispensable que los vea, por el momento. Espere
más bien a su regreso, cuando la tormenta familiar haya pasado. Recuerde la
cólera de su señor padre cuando le anunció que rompía su noviazgo con
Yolande... A propósito de Yolande, ¿hace mucho que no ha tenido noticias de
ella ?
—En efecto, desde nuestra ruptura. —Tendré, entonces, el placer
de dárselas... Yolanda «e ha casado hace dos meses con un joven muy simpático,
pero sin fortuna... Y ya lo lamenta... Con decirle que ni siquiera han podido
ofrecerse un viaje de bodas. Ya ve cómo las cosas están mal hechas aquí
abajo... Le cuento todos estos pequeños chismes pensando en un viejo refrán que
dice: "Siempre se vuelve a los primeros amores..." En fin, cambiemos
de tema y bebamos el cóctel de la partida. No quiero brindar "Por su salud",
ni "Por sus amores", pues sé que la primera es floreciente; en cuanto
a los amores, de ello ya hablaremos más tarde... El único deseo que me resta
cumplir es brindar "¡Por nuestro viaje!"
Gilbert bebió el cóctel sin responder. La puerta de la
biblioteca acababa de abrirse: dos servidores chinos estaban en el umbral y se
inclinaron en silencio.
—Eso quiere decir en chino, mi querido Gilbert, que mi auto nos
espera. En lo que concierne a su elegante coche, acabo de hacerlo conducir a su
garaje, donde lo guardarán y podrá encontrarlo a su regreso. ¡En marcha,,!
El joven se dejó llevar. Graig lo había tomado amigablemente del
brazo, como si saliera de paseo con un gran hijo. Gilbert ya no tenía fuerzas
para luchar, ni siquiera para pensar. Prefería dejarse conducir, incluso aunque
debiera encontrar el infierno al final de su camino.
En medio de una noche sin luna ni estrellas el auto del barón
fue a detenerse en el aeródromo civil de Villacoubley, junto a un boeing cuyas
alas, en la oscuridad, adquirían proporciones gigantescas. Gilbert apenas tuvo
tiempo de observar que ellos, con excepción de la tripulación, eran los únicos
pasajeros en la amplia carlinga convertida en un salón volante de un lujo
increíble. En el momento en que el aparato despegó, Graig dijo:
—Me gusta el avión. Gracias a él se tiene la impresión de que la
tierra es ridículamente chica...
Gilbert lo contempló sin responder y se arrellanó en un pullman.
Unos minutos después estaba cabeceando. Graig lo miró con una sonrisa
indulgente. Tras todas las emociones que acababa de vivir, el joven había
cedido a la fatiga. Al día siguiente, cuando el sol dorara el mar de nubes que
se extendía hasta perderse de vista bajo el gran pájaro rojo —el color
predilecto del barón—, Gilbert despertaría con la impresión de salir de una
pesadilla.
Cuando volvió a abrir los ojos, necesitó un cierto tiempo para
ordenar sus ideas. Su primer cuidado fue echar una mirada al paisaje: era de
una monotonía absoluta. El avión volaba entre ciclo y agua. El sol era
deslumbrante. De no ser por eso el azul del cielo se hubiera confundido con el
del océano, pero el reverbero de los ardientes rayos, por un lado, y el de
imperceptibles copos de espuma blancos, por otro, permitían, incluso a un ojo
poco experimentado, hacer una discriminación entre los dos matices. La segunda
mirada de Gilbert fue para Graig. Este último, que parecía sumido en la atenta
lectura de una revista ilustrada, preguntó en seguida, sin levantar la cabeza:
—¿Durmió bien?
—Me parece... ¿Dónde estamos?
—Puede verlo tanto como yo: sobre el mar... Si todo va bien,
dentro de poco aterrizaremos en el país que he escogido como primera escala del
viaje.
—¿Puedo saber cuál es?
—La Argentina... Dentro de una hora tomará contacto con el
suelo de la América del Sur, en una de las más grandes ciudades que conozco:
Buenos Aires... ¿No le encanta?
—¿Pretende deslumbrarme? —respondió el joven con tono glacial—.
¿Y qué haremos ahí ?
—Estaremos muy ocupados. Tengo la ventaja de ser muy conocido en
ese país joven y nuevo, donde no se me ve desde hace cierto tiempo... Sí,
cuando me encuentro en Francia, y especialmente en París, me cuesta mucho
arrancarme a la dulzura de vivir de su país. Se dice de Francia que es la
capital del espíritu... Pienso que también es la de los placeres... ¿Y qué
sería yo sin los placeres ?
—¿Por qué dice "su país"? ¿No es también el suyo? —Mi
nacionalidad —reconoció Graig— jamás ha sido bien determinada... Todos los
países me toleran, porque no pueden hacer otra cosa, pero ninguno de ellos
puede decir que es mi tierra de predilección." —¿Alguna vez ha tenido
amigos? —¡Qué extraña pregunta me hace! Tengo muchas personas que me están
obligadas. Ellas afirman que son mis amigas, y no estoy persuadido de
ello. Ya las verá en número considerable dentro de poco, en el aeródromo de
Buenos Aires. Se apretujarán en torno del aparato para preguntarme qué tal
viaje he hecho. Naturalmente, todos los diarios argentinos han debido anunciar
esta mañana mi retorno, con gruesos titulares, en la sección sociales. No me
desagrada tener una reputación de hombre de mundo... Todas esas gentes que me
cubrirán de flores tienen necesidad de mí. Ya se dará cuenta usted solo. Si me
lo permite, y con el único fin de que sea bien recibido, lo haré pasar por mi
sobrino... Tal condición, sumada a la de francés, le abrirá muchas puertas.
Pero como siempre es muy impresionante para un joven extranjero el conocer un
país que nunca ha visto, he resuelto vencer su timidez, inmediatamente,
ofreciendo esta misma noche un gran baile en mi hotel particular de Palermo.
—¿Tiene también una casa en Buenos Aires? —Sí, joven, en el
barrio más atractivo de la ciudad... Los jardines de Palermo son algo así como
una feliz amalgama de Park Monceau y del Bois de Boulogne, al que se le
hubieran agregado algunas palmeras... Me gusta mucho poseer, diseminadas un
poco por todo el mundo, casas montadas, a las que pueda llegar cuando se me
ocurra. La vida de hotel me horroriza: ¡as tan vacía! En la actualidad, lo?
mejores hoteles del muido se hallan frecuentados por gente tan fastidiosa... Ya
no se encuentran aquellos aventureros de gran clase que solían otorgar cierta
sal a la vida hotelera... Así, pues, esta noche ofreceré un baile en mi casa.
Pero las invitaciones han sido hechas con tiempo ¡toda la América del Sur se
aprestará en mis salones para festejar mi retorno! ¡Adoro los bailes, muchacho!
Por todas partes se ha dicho, escrito y repetido, que yo era el ,único
personaje capaz de dirigirlos... Lo cual es bastante cierto. Todo puede ocurrir
en un baile: allí se codean gentes de los más diversos medios, se conocen,
aprenden a amarse, se separan tras una última danza, se enemistan o se celan
... Realmente, los bailes son una institución muy hermosa ... Si los hombres no
los hubieran inventado, creo que les hubiera sugerido la idea. ..
Gilbert escuchaba a Graig mientras se preguntaba si su cinismo
podía tener límites. El barón no pareció prestar la menor atención a esa muda
observación y continuó:
—Para usted, que tan poco ha viajado, un baile es esencialmente
el lugar típico donde podrá descubrir los gustos, las costumbres, las modas y
las aspiraciones de un pueblo. No olvidemos que el alma de un individuo se
desnuda en sus danzas. Esta noche, por ejemplo, conocerá nuevas mujeres. Me he
esforzado en reunir para usted las criaturas más lindas, las más finas y
seductoras de toda la América del Sur. Quería ofrecérselas en un gran ramo...
Habrá chilenas, brasileñas, colombianas, peruanas, argentinas, en fin... Será
para usted, joven, una velada muy interesante, quizás apasionante, y sobre todo
instructiva. He ahí el Río de la Plata. Esa ciudad blanca que ve a su derecha
es Montevideo. Dentro de media hora estaremos en Buenos Aires.
Era medianoche cuando los primeros invitados al baile ofrecido
por el señor barón Graig hicieron su entrada en el hotel iluminado. Graig
permanecía a la entrada del gran salón para recibir a sus innumerables amigos.
Su memoria de las fisonomías era prodigiosa. Los invitados no tenían necesidad
de dar su nombre al mayordomo, promovido a las funciones de "jefe de
protocolo privado del señor barón" Graig identificaba a su interlocutor al
primer golpe de vista. De. vez en cuando se inclinaba, sonriente, hacia el
joven que se mantenía inmóvil, a su derecha, para repetirle un nombre o hacerle
una observación sobre alguno de los personajes que acababan de pasar ante él.
El joven, de contextura atlética, no se parecía en nada a Graig,
quien lo presentaba así a todos los recién llegados: "Mi sobrino,
Gilbert... ". Lo más extraordinario era que ni uno solo de los invitados
parecía dispuesto a poner en duda las palabras del ilustre barón. Asimismo,
todos le reprochaban "no haber vuelto antes a la Argentina". Graig se
contentaba con responder que sus múltiples ocupaciones le habían retenido durante
los últimos años en Europa. Y Gilbert no pudo menos de comprobar que su huésped
era tan conocido en Buenos Aires como en París: el personaje era de todas
partes y de ninguna...
Según su promesa, las sudamericanas desfilaban, acompañadas por
sus maridos o sus amantes, ante un Gilbert cuyos ojos se agrandaban un poco más
a cada nueva aparición. Graig no le había mentido: realmente eran ideales
aquellas mujeres escapadas de países soleados, aunque de tipos tan diferentes,
sin embargo. Las chilenas, de ojos aterciopelados alternaban con las
brasileñas, de piel cobriza, o las peruanas, con pesados cabellos de ébano. Las
colombianas se destacaban por la expresión de extrema dulzura que impregnaba
sus rostros. Únicas, en el lote incomparable, las argentinas parecían
desembarcadas de Europa... Sus peinados, sus vestidos, sus perfumes, tenían el
sello de París. Esas seductoras criaturas utilizaban, sin cometer la menor
falla de mal gusto, los artificios inventados por el genio francés para
embellecer a la mujer del mundo...
Gilbert se sentía mareado, embriagado de presencias femeninas.
De vez en cuando Graig le dirigía una rápida mirada y parecía divertirse
enormemente con las expresiones de éxtasis y de deseo de su seudosobrino. El
prestigioso desfile duró más de una hora. La ola de invitados, después de pasar
ante los dos hombres, se repartía por los salones donde la esperaban las
mejores orquestas de tango que jamás hubiera escuchado el joven. Pero de
pronto, en el momento en que comenzaba a dejarse atrapar por el lánguido ritmo
capaz de hacerle olvidar a la vieja Europa, un rostro de mujer, ausente e
irreal, se superpuso en su memoria a todos aquellos de carne que podía
contemplar en los salones de Graig. Y comprendió que el recuerdo de Sylvia,
sumado al de las promesas cambiadas y los proyectos interrumpidos por una
muerte brutal, sería más fuerte que iodo. Ninguna sudamericana, por atractiva
que fuese, conseguiría igualar a aquella que había sabido ser la más ideal de
las novias... Y Gilbert, nuevamente desesperado, se sintió presa de un
irrazonable deseo de huir... No tenía derecho a seguir mostrándose débil ante
la memoria de Sylvia, ante sí mismo, ante Graig, sobre todo, a quien debió
haber abatido como una bestia peligrosa la tarde en que fue a forzar su
madriguera.
¡Cuarenta y ocho horas apenas habían corrido desde ese momento y
él se encontraba en Buenos Aires, de pie junto al hombre a quien habría debido
execrar, dócil como un hijo de familia que asistiera correctamente a su primer
baile! Su situación era ridícula. ¡Pero no tenía valor para dar el menor paso
hasta la salida o cumplir el gesto que lo libraría para siempre del dominio
diabólico! Mientras desfilaban ante él todos esos desconocidos y todas esas
lindas mujeres le dirigían sus sonrisas más zalameras, únicamente porque creían
que era el sobrino de Graig, comprendía el poder misterioso y terrible del
huésped... Asimismo adivinaba hasta qué punto Sylvia, la pobre Sylvia, habría
sufrido al saberse dominada por semejante personaje. Sylvia, cuyo orgullo de.
mujer cabal habría debido rebelarse mil veces. Sylvia, que no había aceptado
esa humillación porque lo amaba, a él, "el pequeño Gilbert...—".
Y él se sentía la nueva víctima del monstruo. Graig destruía
todo, sin parecer siquiera hacer el mal: su sonrisa perpetua acababa por
triunfar de las más firmes resistencias, porque poseía el terrible poder de
satisfacer los deseos inmediatos.
Perdido en estas meditaciones, Gilbert no se había dado cuenta
que el barón acababa de observarlo muy atentamente, antes de decir:
—¿No se divierte? ¡Parece tan sombrío! Voy a tratar de
alegrarlo...
Apenas había pronunciado estas palabras cuando el rostro de
Gilbert pareció radiante de curiosidad. Sus ojos brillaron con un intenso fuego
mientras todo su ser se tendía hacia una visión que acababa de encuadrarse en
la puerta de entrada del vestíbulo... Aparición, sin embargo, bien de carne y
hueso —pelirroja, de ojos garzos sombreados por inmensas pestañas— y ante la
cual se sentía el imperioso deseo de abrazar su talle, moldeado por ;m vestido
verde, ajustado como una vaina, que constituía el más asombroso modelo de la
reunión. Las alhajas se reducían a tres esmeraldas: dos talladas en forma de
pera y pendientes del lóbulo de cada oreja, la tercera rectangular, colocada en
el anular derecho y cuyo brillo glauco se reflejaba sobre la piel de las manos.
Una extraordinaria criatura, que so destacaba netamente de todas las otras. Una
mujer rara también, cuyo encanto, un poco vulgar, casi era un desafío a las
bellezas clásicas. La recién llegada era más que hermosa: Gilbert se convenció
de ello a la primera mirada. Fue como si un soplo de locura se apoderara de él.
como si fuera súbitamente sumergido por todo el rojizo resplandor de aquella
cabellera opulenta. .. Realmente, aquella criatura, de la que emanaba una
prodigiosa sensualidad, era la más sorprendente que Gilbert había encontrado
nunca...
Después que Graig hubo besado la mano que le tendió la joven con
una gracia mezclada con deliberado impudor, hizo, por enésima vez, la trivial
presentación de rigor:
—Mi sobrino Gilbert... La señora Serena Alguavil...
Gilbert permaneció mudo y extasiado... ¡Muy poco le importaba el
nombre de familia de la señora de la cabellera roja! Lo vínico que importaba
para él, era que se llamaba Serena. .. Un nombre sedante que hubiera podido
convenirle a maravilla si se admitiera que una aparente serenidad constituye la
forma más perfecta de la hipocresía femenina. ¿Acaso Serena no ofrecía al
admirador anónimo la maravillosa ilusión de no ser inaccesible? ¿No hay en el
mundo mujeres que atraviesan la vida dando la impresión de no poder abandonar
nunca su frigidez, mientras otras, por el contrario, en seguida dejan suponer
que están listas a fundirse a los primeros rayos ardientes del deseo?Sin
ninguna duda, Serena pertenecía a la segunda categoría. Después que ella entró
al salón donde el tango nostálgico acababa por arrastrar a lodo el mundo, Graig
preguntó negligentemente a quien parecía querer hacer su discípulo:
—¿Qué le parece esa joven?
Gilbert respondió sin vacilación:
—¡Jamás he conocido ninguna más deseable!
—Somos de la misma opinión. Serena encarna lo mejor que he
conocido en su género. Ahora, sea franco, Gilbert: ¡no es más seductora que
Sylvia?
Gilbert confesó entonces, bajando la cabeza:
—Ya no entiendo nada...
Graig no quiso abusar de su triunfo:
—¿Por qué, pues, no entablar con ella una relación más profunda?
Obsérvela ahora: rechaza a todos los bailarines. Pero tengo la seguridad de que
se sentiría encantada si usted la invita. ¡No puede imaginarse el prestigio que
tienen los franceses para las mujeres, en cuanto están lejos de su país!
El joven no se hizo repetir dos veces la tentadora invitación.
Unos segundos más tarde enlazaba aquel cuerpo siempre listo a abandonarse.
Mientras danzaban, la devoraba con la vista y tuvo la impresión de que los ojos
garzos sólo habían estado esperando ese instante desde que habían venido a la
tierra... En ese minuto Gilbert olvidó, por la primera vez, que había tenido
una novia llamada Sylvia...
Hacía mucho que era de día cuando cesaron los tangos. Los
últimos convidados se habían despedido después de deshacerse en alabanzas sobre
"la maravillosa noche..." Graig, como propietario, acompañado por el
mayordomo, hacía una recorrida general por los salones para ver si alguna
elegante había perdido alguna alhaja rara o, más prosaicamente, olvidado una
polvera... De pronto su atención fue atraída por una pareja que permanecía
tiernamente enlazada sobre un diván, en una de las salitas, y para la cual el tiempo
no parecía existir. Después de indicarle al mayordomo con una seña que se
alejara con toda la discreción requerida por las circunstancias, se aproximó
suavemente a los enamorados, a quienes murmuró:
—¿No les parece que ya ha llegado el momento de irse a reposar?
Gilbert se puso de pie, confundido, con el rostro contrariado.
Serena, al contrario, no pareció incomodarse en absoluto por la observación del
barón, a quien miró de arriba abajo con impertinencia, respondiéndole en un
francés aproximativo y sonoro, en el que algunas expresiones tomadas del argot
venían a romper la monotonía de un mismo lenguaje:
—¡Por favor mi querido amigo, podría haber hecho una entrada más
discreta! Pero se lo perdono porque su sobrino francés me agrada
infinitamente...
—Me deja usted, a un tiempo halagado y encantado. .. En suma,
según su opinión, el baile ha sido un éxito?
—¡Un triunfo!
—Tal apreciación en su boca, mi querida Serena, adquiere mi
valor muy particular. ¿No es usted acaso la reina incontestada de los placeres
de Buenos Aires?
—Me gusta divertirme... Sobre todo, adoro hablar francés...
—A través de su ceceo ese idioma adquiere un encanto
suplementario —afirmó Graig—. Pero ahora debe ser razonable... Nosotros
también... Le daré a mi sobrino el número de su teléfono... ¿A qué hora la
puede llamar sin temor de despertarla?
—Hacia las seis de la tarde...
—¡La felicito sinceramente por dormir hasta esa hora! ¡Las
jornadas son tan largas en este país y hace tanto calor! Nada como el fresco
vesperal...
—Yo prefiero la noche... ¡Hasta esta noche, Gilbert!
Y a usted, mi querido amigo, una vez más, toda mi gratitud...
Fue la última en descender la escalinata para introducirse en el
interior de un inmenso Rolls—Royce negro, cuyo ceremonioso chofer estaba ya
acostumbrado a pasar las noches en blanco.
Gilbert vio partir a Serena con desesperación. De buena gana
hubiera abandonado de inmediato a Graig para acompañar a la joven donde ella
quisiera llevarlo... El barón puso fin a sus fantasías con. una pregunta:
—¿Todavía me guarda rencor por haberlo arrancado tan bruscamente
de Francia y de París?
—Nunca le he reprochado este viaje. Lo que no le perdono es la
muerte de la señora Werner.
Por su propia voluntad no había pronunciado el nombre de Sylvia,
recién destronado por el de Serena... Para ello habían sido suficientes unas
horas de danza y de sueños...
Graig, que ya había adivinado el cambio, dijo alegremente:
—Puesto que ya puede referirse a ese molesto incidente en tiempo
pasado, ahora me detestará menos... ¡Es muy bueno no ser rencoroso!... Pero
cuente conmigo. Si insiste en eso, dentro de muy poco recobrará a Serena.
—Mantengo lo dicho —exclamó Gilbert—. ¡Ya no podré pasarme sin
ella!
—Es justamente lo que yo pensaba. .. Permítame, sin embargo,
hacer gala de cierta prudencia con respecto a sus sentimientos íntimos. Ellos
me resultan muy simpáticos, pero son demasiado repentinos... Reconózcalo: a
veces se cambia de opinión. En lo que a usted le concierne, esto le ha ocurrido
ya tres veces: Yolande, Sylvia, Serena... ¿Para cuándo la cuarta novia?
—No la habrá. Ni siquiera una tercera. No quiero volver a
pronunciar nunca más esas palabras ridículas: ¡mi novia!... Serena será mi
amante, simplemente.
—No podría ser de otro modo por el momento —confirmó Graig—. La
señora Alguavil no es aún viuda y si; marido es justamente uno de mis buenos
amigos... Ya le explicaré esto más tarde. Mientras tanto, le deseo que pase
buenas noches... Esta es la puerta de su cuarto. ¿A qué hora quiere que mi
ayuda de cámara lo despierte? —A la tarde. A las cinco...
—Así tendrá el tiempo necesario para reponerse antes de
despertar por teléfono, a su vez, a la señora Serena ... Las cinco de la
tarde... No será un desayuno lo que entonces tomará, sino una sustancial
merienda... Hasta mañana, mi pequeño Gilbert. ¡No se imagina cuánto aprecio su
juventud! Me gusta, sobre todo porque no tiene ideas fijas...
El joven se dejó caer sobre el lecho, agotado por la fatiga,
sin tomarse siquiera el trabajo de quitarse
el frac. De modo que se sintió de lo más asombrado al despertar, al encontrarse
arrellanado en un pullman y vestido con un saco de viaje de tweed inglés. Le
fue necesario cierto tiempo para darse cuenta de la situación: de nuevo se
encontraba instalado en el avión que volaba como antes por encima de un mar de
nubes. Gilbert saltó de su asiento y se precipitó hacia Graig, que leía en otro
pullman situado más adelante. —¿Qué significa esto? —Ya lo ve: volamos. —¿Por
qué?
—En seguida lo sabrá. ¿Ha dormido bien, por lo menos? Se lo veía
muy fatigado y he dado órdenes para que se tomaran todas las precauciones a fin
de evitar que lo despertaran.
—¿Así que me ha hecho transportar dormido desde su casa de
Palermo hasta el avión?
—Naturalmente. He estado a su lado todo el trayecto. Dormía como
un niño, mi pequeño Gilbert. Para mí fue verdaderamente una maravilla
contemplarlo... ¿Le han dicho ya que es aún más hermoso cuando duerme que en su
actividad?
—¡Usted tiene el don de desviar la conversación cuando teme que
se le hagan preguntas incómodas!
—Ninguna pregunta me incomoda...
—En ese caso, he aquí cuatro: ¿dónde estamos en este momento?
¿Adonde vamos? ¿Por qué hemos dejado Buenos Aires? ¿Dónde está Serena?
—¡Me gusta esa franqueza brutal! Además, tengo la convicción de
que de las cuatro preguntas, la última es la que más le interesa. Respetaré,
sin embargo, el orden en que me las ha planteado para responderlas... En el
preciso momento en que le hablo, nos hallamos encima de la selva brasileña, muy
cerca de la latitud del Ecuador... Mañana por la mañana, si todo va bien —y no
hay ninguna razón, conmigo, para que las cosas vayan mal— aterrizaremos en el
magnífico aeródromo de Los Ángeles... ¡Por qué hemos dejado Buenos Aires?
Porque consideré que se había enamorado demasiado pronto de la dama pelirroja.
La precipitación, en todo, y principalmente en cuestiones de amor, corre el
riesgo de producir amargas desilusiones... ¿Dónde está Serena? Por supuesto
durmiendo. Y sólo la despertará de ese sueño el llamado telefónico de algún
amante...
—¿Un amante? Sólo yo debía llamarla a las seis. —No pienso que
aún tendrá deseos de hacerlo cuando le haya contado su historia.
—¡Quiero volverla a ver, Graig! —Si después de escucharme,
insiste en tal deseo, le prometo que volverá a verla. Por el momento, quiero
aprovechar el aislamiento en que ambos nos encontramos, a finco mil metros de
altitud y al abrigo de los oídos indiscretos, para hacerle ciertas
revelaciones... Pero antes permítame hacerle una pregunta: ¿no siente hambre?
—Confieso que...
—Los viajes fatigan... Soy de la misma opinión. Graig oprimió un
botón. De inmediato apareció, venida de la parte posterior del aparato, una
elegante hostess, que dispuso sobre una mesita los elementos de un cómodo
almuerzo. El barón esperó a que Gilbert se encontrara suficientemente
restaurado para comenzar:
—Serena, mi joven amigo, no fue siempre la criatura adulada y
envidiada que conocimos ayer... La primera vez que la encontré fue en uno de
los establecimientos nocturnos que abundan en ciertos barrios excéntricos de
Buenos Aires... Naturalmente, un hombre de mi rango no debiera ir a
satisfacerse en esos lugares, pero cuanto más me conozca se dará cuenta que no
me disgusta encanallarme de vez en cuando. Tal hábito forma un poco parte de mi
sistema de vida. No está mal que un auténtico señor se mezcle a veces con el
populacho. Ahora bien. Serena se encontraba en el establecimiento nocturno,
no en calidad de cliente, sino de empleada. Su trabajo consistía en
atraer a la clientela con su atractivo. Es inútil, creo, que le describa esta
profesión, respecto a la cual su caro París nada tiene que envidiar a las otras
capitales. ¡Realmente era espléndida aquella bailarina, cuya opulenta cabellera
de un auténtico tono rojizo encuadraba un par de ojos garzos inmensos! Cuando
un nuevo "cliente" —era mi caso aquella noche— penetraba al
establecimiento, su mirada no podía menos que ser atraída por las piernas,
largas, sólidas e impúdicamente cruzadas de la provocante criatura sentada en
un taburete del bar, donde bebía displicentemente un ginn fizz. De vez en
cuando se volvía hacia la sala, en busca del hombre de una, noche sobre quien
poner sus miras. Pues ella era muy difícil y no aceptaba a cualquier que la
invitara. ¡Era ella la que escogía! Y para que aceptase bailar con un hombre
era preciso que, realmente, el juego le interesara. Desde la primera mirada
sabía valuar la capacidad monetaria del recién llegado y muy raramente se
equivocaba. Si se la observaba con un poco de atención, se tenía la impresión
de que aquella hermosa mujer sólo había venido a la tierra para seducir a los
pobres hombres y hacerles pagar cara la locura de una noche. No se trataba en
ella de un cálculo interesado, sino más bien de una necesidad. Si hacía el
amor, tenía que ser porque sintiera el deseo de hacerlo... Esa joven pelirroja
no tenía nada en común con la vulgar peripatética. Todo en ella
desprendía una auténtica sensualidad a flor de piel, incapaz de
resistirse al placer efímero, ni a ningún placer en general.
Pero como amaba los placeres, necesitaba dinero, mucho dinero,
que derrochaba tan pronto como lo ganaba... Dinero al que no le concedía ningún
valor, ni se lo concedería jamás. ¡Siempre correría entre sus dedos! Su único
sueño era tener lo suficiente para satisfacer todos sus caprichos. Una
muchacha, en suma, que necesitaba vivir intensamente y en un gran tren. E
incluso era emocionante pensar que toda la sensualidad del mundo se escondía
bajo ese nombre angélico y engañoso: Serena... Tenía la serenidad de los seres
seguros de su poder y de su resistencia.
En cuanto franqueé por primera vez el umbral del establecimiento
sentí posarse sobre mí la pesada mirada de la muchacha pelirroja. Sensación
nada desagradable, por cierto, pues era algo así como una caricia desde
lejos... Ella estaba envuelta, también, en el misterio indispensable a un
primer encuentro... ¡Pero realmente era la primera vez que veía aquel rostro?
Durante algunos segundos mi memoria infalible fue puesta en jaque, pero de
pronto la luz se hizo y fue para mí un deslumbramiento. ¿Cómo yo, que buscaba
desesperadamente la joven más sensual del mundo, no había pensado antes en
aquella mujer? Ni siquiera tenía que decirme su nombre. Ya lo conocía: Serena.
¡Una asombrosa Serena a la que sólo había conocido una sola vez
y a distancia, pero a la que no podría olvidar jamás! Esto me lleva de nuevo a
dos años atrás, exactamente al tiempo de mi anterior viaje a la América del
Sur. Pero no a Buenos Aires, ni siquiera a la Argentina. Yo estaba entonces en
Altamasco, un pequeño pueblecito de Chile, perdido en plena cordillera de los
Andes, a una decena de kilómetros del Ferrocarril Trasandino, y no muy lejos de
la frontera chileno—argentina.
¿Por qué me encontraba yo en Altamasco, mi querido amigo?
Simplemente para satisfacer una de mis pasiones favoritas, la caza de la
paloma... ¿Por qué no iba a gustarme esa caza tan especial, que no se parece a
ninguna otra? Y la región de Altamasco es reputada por las grandes emigraciones
de palomas que pasan por allí. Así, pues, decidí hacer una estadía en el lugar.
Estadía que nada tenía de encantadora desde el punto de vista
del confort. Pero el verdadero cazador debe saber acomodarse a todo...
Altamasco sólo posee un albergue cuya suciedad podría dar ventaja a los
rincones más aislados de su Macizo Central y a los más miserables albergues
italianos. .. Allí pasé mi primera noche sobre un colchón infestado de chinches
y colocado, con una veintena de otros, a lo largo de los muros de una sala
única, en el centro de la cual se encontraba una mala estufa, que daba más humo
que calor. ¡Con mi imperioso deseo de "buen fuego" yo me encontraba
de lo más incómodo allí! Tanto más porque el humo sólo escapaba por un agujero
central, practicado en el techo de paja, que hacía a la vez de boca de
ventilación y de chimenea.
Si los hombres se encontraban tendidos sobre los colchones a lo
largo de los muros, los animales —caballos, muías— dormían tranquilamente en
medio de la pieza, formando un círculo de extrañas sombras alrededor de la
estufa central. Las lauchas, asimismo, se paseaban un poco por todas partes;
principalmente sobre los rostros de los durmientes... Con decirle que no le
desearía ni a mi peor enemigo que pasase una noche en el albergue de Altamasco!
No bien asomó el alba, salí de aquella pocilga nauseabunda para respirar el
aire fresco de la mañana en la única placita del pueblo.
Este, que me había parecido de lo más animado la víspera, se
encontraba ahora totalmente desierto. El posadero, a quien le pregunté el
motivo, me informó que un gran duelo entristecía a Altamasco. Juan, el más
hermoso y el más fuerte mozo del pueblo, había sido misteriosamente asesinado
dos días antes. Nos encontrábamos en la mañana de las exequias. Algunos minutos
más tarde, en efecto, vi pasar ante nosotros el cortejo fúnebre. El pueblo
entero escoltaba al bello Juan hasta su última morada.
—Observe el ataúd —me susurró el hostelero— ¡Es una caja
maldita!"
—¿Qué quiere usted decir?"
El buen hombre me hizo señas de callar. Sin embargo, aquel
ataúd, llevado a hombro por seis fuertes mocetones, se parecía a todos los
ataúdes... Entre las mujeres que seguían a la "caja maldita", me
llamó la atención una, pelirroja, bastante extraña, y cuyos rasgos estaban
ocultos en parte por una mantilla.
—¡Serena!" —murmuró el posadero. —¿Su viuda?"
—¡No!"
Los vecinos me arrojaban miradas hostiles a causa de mis
preguntas indiscretas. De modo que fue sólo mucho más tarde, en la noche, al
regreso de mi primera jornada de caza, cuando conocí por fin —ante una buena
taza de café y por boca del mismo posadero— la prodigiosa historia del ataúd
del bello Juan. ..
Este, de unos treinta años, desempeñaba desde hacía ya tiempo
las funciones de jefe y único empleado de la pequeña estación, situada en la
línea del Trasandino, por la cual se comunicaba Altamasco. Estación
completamente aislada y distante del pueblo, como ya hemos dicho, por lo menos
una decena de kilómetros. En ella las jornadas debían transcurrir largas,
monótonas e interminables para Juan a quien sólo su pobreza obligaba a
conservar una profesión tan solitaria. Pero, felizmente para él, era de una tal
belleza masculina que la pelirroja Serena —sin duda una de las muchachas más
atractivas de la cordillera— quedó prendada de él.
Si respecto a Serena sólo hubiera sido cuestión de su extrema
sensualidad, todo hubiera podido arreglarse para dicha de los jóvenes, pero
ella estaba también devorada por un ansia desmesurada de lujo, lo que no es,
después de todo, más que el corolario normal de la sensualidad... Fue entonces
cuando entró en escena un nuevo personaje, un cierto Fernando, aventurero
español, que venía de no se sabe dónde. Gracias a su dinero, Fernando había
logrado deslumbrar a Altamasco, donde nadie era muy rico. Por lo demás , usted
sabe tan bien como yo que el dinero es el más seguro de los corruptores. A
menudo me ocurre tener que recurrir a sus servicios para lograr mis fines. Sólo
él es capaz de podrirlo todo y de ahogar los más nobles sentimientos, incluso
el amor. Ahora bien, Fernando llegó con los bolsillos atiborrados de pesos en
un momento en que la sensualidad de Serena estaba insatisfecha, porque no la
respaldaba el lujo que permite todos los placeres... Naturalmente, sucedió lo
que tenía que suceder: una mañana de primavera, el bello y pobre Juan oyó,
desde la estación, el tañido de la campana de la misión llamando a los fieles
al casamiento de Serena y Fernando.
Sin duda, el hombre abandonado debió apretar los puños de rabia,
con el deseo de obtener algún día un brillante desquite. Pero poseía bastante
fuerza de carácter para saber ocultar su pena, momentáneamente, a la faz de los
otros. Y continuó viviendo casi como un ermitaño, en su estación, sin franquear
los pocos kilómetros que lo separaban del pueblo más que cuando se veía
obligado a ello por las necesidades del servicio. Sólo frecuentaba otros seres
humanos dos veces por semana, al paso del Trasandino. Los martes, el tren
llegaba de Buenos Aires, después de atravesar toda la pampa y franquear la
cordillera por uno de los túneles más largos del mundo. Los viernes, ese mismo
tren regresaba de Santiago. La parada en la pequeña estación sólo duraba unos
minutos. Cuando el convoy partía, la vida recomenzaba, monótona y triste, para
el solitario.
Un viernes, el Trasandino llegó de Santiago, como de costumbre,
un poco antes de la caída de la noche. Por un azar bastante curioso, aquella
tarde nadie había venido del pueblo para admirar el tren internacional y a sus
viajeros, que encarnaban a ojos de los indígenas el colino del progreso y todos
los refinamientos de la civilización. Ver el paso del Trasandino constituía,
para aquella gente simple, algo más que una selecta distracción: ¡un verdadero
sueño! Sobre todo las hijas de Altamasco eran quienes se mostraban más golosas
del espectáculo. Las elegantes de Chile o la Argentina, o de países mucho más
lejanos, que se mostraban en las ventanillas del tren de lujo, ¿no aparecían
acaso como las mejores embajadoras de una moda que tan pocas oportunidades tenía
de imponerse en Altamasco? El solo contemplarlas, ya les resultaba un regalo,
que les daba ideas...
Pero aquel viernes no había ni un solo curioso en el andén de la
pequeña estación, ni tampoco ningún pasajero. Sólo se encontraba el jefe de la
estación, el bello Juan. El Trasandino acababa de detenerse.
—¡Juan! —gritó el jefe del tren—. ¡Tienes tres encomiendas para
Altamasco! ¡Y qué encomiendas!"
El joven jefe de la estación no podía dar crédito a sus oídos.
¡Tres encomiendas para Altamasco! ¡Aquello era un prodigio! Desde que
desempeñaba sus funciones no tenía memoria de un envío tan importante de
mercaderías.
El primer bulto era una pequeña caja metálica, herméticamente
sellada, con la dirección de la muy modesta sucursal del Banco de Chile en
Altamasco.
—Firma el recibo del Correo por esta cajita —continuó el jefe
del tren—. ¡Y mucho ojo! Sin duda es dinero para el Banco. Ponía en lugar
seguro. El asunto es serio.
La segunda encomienda era una motocicleta, una de esas
deslumbrantes máquinas cromadas que Juan había .soñado siempre poseer para
franquear las gargantas de los Andes. La motocicleta de fabricación alemana parecía
nueva. ¡Y la etiqueta, atada al manubrio, indicaba como destinatario a
Fernando! El infante Fernando, el español que tenía tanto dinero y que sin duda
quería deslumbrar aún más a Serena con esa nueva adquisición...
La sola vista de la tercera encomienda dejó tan estupefacto a
Juan como había dejado a los empleados del tren. Era un ataúd muy pesado, cuya
cubierta llevaba la dirección de un tal Alvirás, que en Altamasco acumulaba la
profesión de carpintero con la de sepulturero.
—¿Alvirás no tendrá madera para hacer un ataúd? —se preguntó
Juan.
—Ese ataúd seguramente es menos precioso que la cajita —dijo el
jefe del tren— pero va a adornar agradablemente tu estación por algunas
horas."
Juan pensó que, en efecto el carpintero Alvirás no vendría hasta
el día siguiente en busca del ataúd. ¡La perspectiva de pasar una noche en
compañía de tal encomienda, en la única sala de la estación, no tenía nada de
muy agradable! Luego de tratar en vano de levantar la tapa del ataúd, exclamó:
—¡Qué pesado es!
—Y sin embargo está vacío —dijo uno de los empleados del tren—.
Con Pedro, el estafetero, lo "ensayamos " anoche en el furgón de
equipajes... Queríamos ver si uno está muy oprimido allí. Y bien, ¡en absoluto!
Ese cajón ha sido hecho para un cliente de gran talla. Pero es igual: produce
una extraña impresión hallarse estirado allí dentro..."
Juan había observado que la cubierta era mantenida en su
encastramiento por una cuerda que rodeaba el ataúd. Ayudado por el jefe del
tren y dos empleados del vagón postal, transportó las tres encomiendas a la
sala, donde tomó la precaución de cerrar con doble vuelta de llave un
mueblecito donde guardó la caja metálica, y en el que conservaba sus bienes más
preciosos: un poco de dinero, dos brazaletes que su madre le había dejado al
morir, y una amarillenta fotografía de Serena.
Después de una pitada del silbato, el Trasandino partió
lentamente y Juan se encontró de nuevo solo hasta el martes, día en que el tren
regresaría de Buenos Aires.
Una inspección más minuciosa de las encomiendas le hizo
descubrir un pequeño reguero de nafta que fluía gota a gota del tanque de la
motocicleta. La máquina parecía lista para partir, con sus neumáticos bien
inflados. Juan se preguntó como los empleados de la estación en Santiago habían
aceptado esa motocicleta con el tanque lleno pues los reglamentos
internacionales de los ferrocarriles lo prohíben formalmente.
De todas maneras había que avisar sin tardanza a los interesados
la llegada de sus respectivas encomiendas. Juan tardó un largo rato en
decidirse.— entre los destinatarios figuraba Fernando, y por nada del mundo el
despechado amante hubiera querido encontrar de nuevo a Serena. Pero el deber
profesional venció. Después de echar una última mirada al mueble donde guardaba
la preciosa cajita, a la motocicleta y al ataúd, salió llevando consigo la
llave de la sala. Ya en el camino, marchó de prisa, pensando cada vez ~ más en
Serena y, poco a poco, la idea de volverla a ver no le pareció tan terrible.
Casi llegó a agradecer al destino que había hecho expedir aquella
motocicleta...
Pero de pronto se detuvo. Se revisó: había olvidado el recibo de
la caja metálica, que debía presentar en el Banco. Tras desandar su camino,
sacó las llaves y abrió la puerta de la estación. La sala estaba sumida en la
oscuridad más completa. ¿Pero qué pasaba? Juan acababa de escuchar un ligero
ruido, una especie de roce proveniente del lugar donde se encontraba el
ataúd... Avanzó con prudencia, aproximándose cada vez más. .. Y de improviso,
en la noche, una mano se aferró a una de sus piernas para hacerlo caer. De un
salto Juan consiguió desprenderse y creyó ver la mano que volvía
precipitadamente al interior del ataúd. La tapa volvió también a su sitio.
Después, nada se movió...
Enloquecido, carente de toda arma, el joven adoptó una solución
desesperada: se sentó sobre el ataúd. De ese modo la cubierta no podría
levantarse de nuevo para dejar pasar la mano... Y de golpe, una idea —que quizá
fue su salvación— cruzó por su mente. ¡.Cómo no lo había pensado antes? Allí
cerca, colocada contra el muro, a un metro apenas del ataúd, estaba la caja de
herramientas en la cual se encontraban los instrumentos de trabajo que
utilizaba para las reparaciones de urgencia y los trabajos de carpintería
corrientes, que se imponían casi a diario en la vetusta construcción... Estirar
la pierna, sin abandonar su extraño asiento y atraer hacia sí la caja,
empujándola con el pie, fue para Juan cosa de unos segundos... Luego de extraer
de ella un martillo y un puñado de largos clavos, comenzó su trabajo... ¡Un
horrible trabajo, en verdad! Los clavos se hundieron rápidamente, uno por uno,
clavando la tapa del ataúd... ¡Uno se estremece al solo imaginar el siniestro,
eco de aquellos martillazos en la noche!
Juan se hallaba jadeante y con la frente empapada en sudor
cuando dejó caer el martillo. Todo había terminado: el que se había escondido
en el ataúd estaba al fin bien seguro, pese a los esfuerzos desesperados que
hizo para tratar de levantar la tapa, al darse cuenta de que la estaban
clavando ... Ahora el hombre encerrado ya no se movía... Juan podía partir.
Salió nuevamente de la estación y corrió, semienloquecido, hasta el pueblo...
Dos horas más tarde un camión —en el cual se habían instalado
Juan, el jefe de carabineros de Altamasco y algunos notables armados se detuvo
ante la estación. Todos penetraron en la sala silenciosa. En cuanto Juan
encendió la lámpara de aceite suspendida del techo, distinguieron el ataúd.
Nada se movía en su interior...
Después de colocar dos hombres junto al camión, con los fusiles
apuntados hacia la cubierta, el jefe de carabineros ordenó a Juan:
—¡Desclávelo!
El jefe de la estación procedió a retirar los clavos, uno por
uno, con una tenaza. Cuando el último hubo saltado, a una seña del carabinero
alzó la tapa. La lámpara iluminó entonces un cuerpo inmóvil: ¡era Fernando, el
español! Juan no podía creer a sus ojos. El rostro de Fernando estaba violáceo,
convulsionado, horrendo.
—Está muerto" —dijo simplemente uno de los hombres, después
de haber colocado su oreja sobre el pecho de Fernando—. Y en ese momento se dio
cuenta que la mano derecha del cadáver se hallaba crispada sobre un puñal con
la punta dirigida hacia la abertura.
El camión regresó a Altamasco llevando —además de los vivos— el
ataúd y su ocupante, la motocicleta y la cajita metálica, que Juan había
entregado al jefe de los carabineros.
Como puede imaginarse, al día siguiente el pueblo entero sólo
hablaba de la trágica muerte de Fernando. Pero nadie osaba censurar al bello
Juan, que sin duda alguna había obrado en un caso de legítima defensa. Este
último, por otra parte, iba, a lo que parece, de casa en casa, repitiendo a
quien quisiera oírlo:
—¡Yo no maté a Fernando! Simplemente, lo encerré en el ataúd.
¡No sabía que era él!
Un juez de instrucción, enviado desde Santiago, tuvo mucho
trabajo en desentrañar este asunto, pero finalmente Juan fue absuelto, como
resultado de las conclusiones que se hicieron públicas seis meses más tarde.
—¿Y cuáles fueron ellas? —preguntó Gilbert.
—Confiese, mi querido amigo, que esta historia no carece de
pintoresquismo. Las conclusiones impresionaban por su gran lógica. El español
Fernando era un aventurero de una cierta envergadura. Sin profesión alguna bien
determinada, siempre había logrado proveerse de dinero. ¡Para él lodos los
medios eran buenos! Después de desposar a la seductora Serena, se dio cuenta de
que su joven mujer era locamente derrochadora. Pero como ella sabía ser
asimismo una amante incomparable, prefirió continuar satisfaciendo mis
caprichos. Llegó hasta el punto de solicitar un crédito al director de la
pequeña sucursal del Banco de Chile de Altamasco. En el curso de la
conversación el director cometió la imprudencia de responderle que nada podía
hacer por el momento, pero que esperaba una importante remesa de fondos enviada
por la casa central de Santiago... Y le aconsejó que volviera a verlo ocho días
más tarde...
Sabiendo muy bien que el único medio de transporte postal entre
Santiago y Altamasco era el Trasandino, el español hizo un rápido cálculo: si
los fondos venían de Santiago, llegarían en el Trasandino el viernes siguiente.
Entonces, ¿para qué pedir un préstamo cuando podía apoderarse de toda la suma
esperada? Con mayor razón porque sabía, además que en ese mismo tren venía una
magnífica motocicleta alemana, que él mismo encargara unas semanas antes; al
representante de la marca en Santiago. Recordaba perfectamente, asimismo, haber
exigido al vendedor que el depósito estuviera lleno de nafta. En esa forma
retiraría personalmente la máquina de la estación y regresaría en ella, para
hacer una ruidosa y llamativa entrada en el pueblo. El representante de la marca
no se atrevió a rehusarse al deseo de un cliente que había pagado totalmente
por adelantado el monto de la compra. ¡Los clientes serios son tan raros!
Desde ese momento el plan del aventurero estaba trazado: el
jueves, víspera del paso del Trasandino, declaró que partía por cuarenta y ocho
horas a la montaña, a la caza de la paloma. Y se dirigió directamente por los
senderos hasta la estación del Trasandino anterior a Altamasco, viniendo de
Santiago. Allí se ocultó hasta la llegada del tren. Después, aprovechando la
detención del convoy y la costumbre del jefe del tren de conversar con cada
jefe de estación, se deslizó en el furgón de equipaje. Sospechaba que en algún
lugar del mismo estaba escondida o quizá guardada en algún armario especial, la
preciosa cajita metálica. Su motocicleta también estaba ahí... Y descubre
asimismo el ataúd, que hasta entonces no había intervenido para nada en su plan...
El ataúd lo tienta. La etiqueta pegada sobre la cubierta indica
que va destinado al carpintero—sepulturero de Altamasco. Por consiguiente será
descendido en la próxima estación... Y desde la partida de Santiago, sin duda,
el jefe de tren o alguno de los estafeteros ya habrían levantado la lapa para
comprobar si se hallaba vacío. ¿.Quién tendría ahora la curiosidad mórbida de
repetir ese gesto? Nadie. De modo que ese ataúd podría resultar, para Fernando,
el modo ideal de abandonar el tren —sin ser notado por Juan que lo conocía
demasiado— en la estación de Altamasco, e introducirse de incógnito en la única
sala del edificio, donde se hallaría en compañía de su motocicleta y de la
preciosa cajita... Había que correr el riesgo... Fernando se acostó en el ataúd
y dejó caer la tapa...
El Trasandino partió. Pero durante el trayecto de una treintena
de kilómetros, que separa las dos estaciones, el jefe del tren, con la ayuda de
los estafeteros, creyó prudente atar con una cuerda la pesada encomienda
constituida por el ataúd. En esa forma la caja y su cubierta formarían un solo
bloque durante el delicado traslado del furgón a la sala de la estación. Este
fue el comienzo de la perdición de Fernando. Es evidente que los empleados del
tren debieron encontrar el ataúd mucho más pesado cuando lo bajaron en
Altamasco. Pero tenían prisa —la parada era corta y estaban las otras
encomiendas— y sobre todo, no podían abrigar ninguna sospecha, después de haber
tenido la grotesca ocurrencia de probar por sí mismos la comodidad del ataúd al
principio del viaje.
El segundo error de Fernando fue su precipitación para salir de
su encierro voluntario. Es verdad que semejante estadía, aunque fuera de lo más
breve, debía resultar en extremo penosa. Por otra parte es casi seguro que sólo
levantando de vez en cuando y con infinitas precauciones la cubierta, para
renovar la provisión de oxígeno que necesitaba, podía mantenerse dentro. Pero
una vez asegurada la tapa con la cuerda, tal maniobra debió resultarle mucho
más difícil y la rarefacción del aire se transformó progresivamente en un atroz
sufrimiento. Es comprensible, pues, que Fernando tuviera prisa por liberarse de
una posición tan molesta.
De modo que no bien creyó que Juan había partido para el pueblo
pasó, sin esperar más, su mano armada con el cuchillo a través de la juntura,
para cortar la cuerda. Desgraciadamente, el jefe de la estación regresó unos
instantes más tarde, en busca del recibo olvidado. A Fernando, que se sentía ya
descubierto, sólo le quedaba una solución desesperada: intentar aferrar una
pierna de Juan —que se había acercado al ataúd en la oscuridad— para
derribarlo, cortar la cuerda, salir del cajón y apuñalar a su rival. Aunque
sabía que no tenía la menor oportunidad de éxito en su golpe si Juan tomaba la
precaución de permanecer de pie a una buena distancia del ataúd.
Una vez muerto el jefe de la estación, el español sólo tenía que
violentar el pequeño mueble donde Juan había encerrado el dinero, vaciar la
cajita y saltar a su motocicleta que en efecto se hallaba en perfectas
condiciones de marcha. Después le habría sido muy fácil huir a la Argentina por
la garganta de los Andes. Se le encontró encima un pasaporte en regla. En
cuanto a la bella Serena, es casi seguro que Fernando hubiera encontrado un
medio cualquiera para qué dejara Altamasco un poco más tarde y fuera a reunirse
con él a algún lugar donde estuviese fuera de peligro. Esto no habría
presentado grandes dificultades: ¿quién habría podido sospechar —en caso de que
el golpe saliera bien— que el ocupante del ataúd era Fernando? ¡Nadie lo había
visto!
—¿No cree usted que Serena estaba de acuerdo con él para que
intentara el robo, y que se hallaba perfectamente al corriente?
—Mi querido Gilbert, como todos los que se han nutrido de
literatura policial, no carece de un cierto sentido de investigación... Y
justamente, volvamos a nuestra encantadora pelirroja. Pues ya habrá usted
comprendido que si me he tomado el trabajo de extenderme sobre ciertos detalles
de esta curiosa historia "fue sólo para permitirle descubrir mejor la
verdadera personalidad de aquélla a quien tanto admiró ayer p la noche en el
instante preciso en que ella va a entrar en acción. Ese momento ha llegado.
La idea del bello Juan de sentarse sobre el ataúd y clavar la
cubierta, puso fin brutalmente al audaz proyecto del español, quien murió por
asfixia al no poder ya renovar el aire.
—¿Cómo es eso? Usted acaba de referirse a la muerte del esposo
de Serena. Sin embargo, hace un momento me dijo que cuando llegó a Altamasco un
año atrás vio pasar el entierro del bello Juan, misteriosamente asesinado tres
días antes y que ese día vio por primera vez el rostro de Serena ¿Cómo se
entiende?
—¡Que encantadora impaciencia la suya, joven! Prosigo... Después
de la absolución recaída sobre él, el bello Juan adquirió en toda la región una
increíble popularidad. En pocos días se convirtió en una especie de héroe de la
cordillera. Hasta se le dio un título bastante raro: el jefe de
estación—sepulturero. Las mujeres están hechas de tal manera que lo que buscan
ante todo en un hombre es que tenga fortuna o que se hable de él... En cuanto a
dinero, el bello Juan nunca tuvo nada, pero por el contrario su celebridad era
cada vez mayor. No hubo una sola muchacha de Altamasco que no acariciase el
secreto sueño de hacer de aquel robusto mozo que vacilaba en encerrar viva a la
gente en ataúdes— su esposo, o por lo menos su amante. Entre el lote de las
postulantes, hasta la misma Serena —olvidando rápidamente su viudez— no tuvo
ninguna vergüenza en reanudar tiernas relaciones con quien había sido su amante
desdeñado.
Cosa extraña, al final del proceso —que terminó ,con el triunfo
del jefe de la estación— Serena pidió conservar dos recuerdos: el puñal
encontrado en la mano de su marido y el ataúd que el carpintero Alvirás le
vendió de muy buena gana. De ese modo Serena vivió más de un año entero entre
la motocicleta comprada por su esposo, el puñal y el ataúd... Los tres objetos
se hallaban reunidos en una de las piezas de su casa, que ella había convertido
en una especie de museo del recuerdo, o de cámara ardiente en la cual sólo los
íntimos tenían derecho de penetrar.
Muchas veces Juan aconsejó a la viuda, ahora convertida en su
amante, desprenderse de aquellos objetos que sólo podían evocar en su espíritu
el recuerdo de un drama atroz. Pero Serena nunca quiso oírlo. Lo que no le
impedía, por otra parte, hacerle frecuentes visitas a su bello amante, que
continuaba desempeñando con celo las funciones de jefe en la pequeña estación.
Era allí precisamente donde tenían lugar los encuentros entre la viuda de
Fernando y su caballero enamorado.
Pero una tarde de otoño, en que Serena se hizo acompañar para ir
desde el pueblo a la estación, por una de sus más fieles amigas —una muchacha
llamada Luz— la joven se asombró al ver que la sala se hallaba completamente a
oscuras ¿Juan habría salido para hacer alguna reparación en las vías?Con todo,
se decidió a abrir la puerta y lanzó un grito de horror: Juan se hallaba
tendido en pleno centro de la sala, de espalda contra el suelo y los brazos
abiertos en cruz, con un puñal clavado hasta el mango en el corazón... Serena
se desvaneció en los brazos de Luz: el puñal era el mismo de Fernando,
entregado a Serena a su pedido y que ella conservaba religiosamente en su casa,
de donde debió haber sido robado esa misma mañana, pues justamente la víspera
se lo había hecho admirar a Luz.
Como podrá imaginarse, la noticia del asesinato de Juan causó
aún más sensación que la de la muerte de Fernando. La gente supersticiosa —y
son legión en América del Sur— declararon que aquella estación era uno de los
lugares de estadía del demonio, y que era necesario exorcizarlo. Personalmente
puedo asegurarle que el demonio prefiere frecuentar lugares más alegres... En
cuanto a las sesiones de exorcismo con rociamiento de agua bendita, no le
impiden seguir gozando de buena salud...
Todo el pueblo de Altamasco acompañó a Juan hasta su última
morada. Pero como había muerto muy pobre Serena no vaciló en desprenderse del
ataúd de Fernando para que su bello amante no fuese enterrado en la fosa común,
en la tierra desnuda.
De más está decirle, mi querido Gilbert, que después de haber
visto pasar el entierro y haber oído las explicaciones del posadero, no demoré
mucho en visitar el lugar del crimen. Ya se habrá dado cuenta que mi curiosidad
por todo lo que sale de lo común, es extrema... Inspeccioné la sala de la
pequeña estación y no tuve que hacer un gran esfuerzo cerebral para imaginar la
posición de las tres encomiendas la noche en que Fernando perdió la vida... La
motocicleta debió de estar apoyada en el muro de la izquierda... Un poco más
lejos se veía, siempre pegado a esa misma pared, el mueblecito en el cual el
jefe de la estación había encerrado la preciosa cajita atiborrada de pesos...
El ataúd, por el contrario, debió haber sido depositado contra el muro
opuesto.. ..La caja de herramientas, que Juan había utilizado para enterrar
vivo al español, ya no se encontraba allí. Pero después de todo, eso era un
detalle sin importancia. El encadenamiento de los acontecimientos que se habían
desarrollado aquella noche, era más o menos lógico. Pero lo que ya no lo era
tanto era la razón por la cual el bello Juan, un año más tarde, había sido, a
su vez. asesinado.
Uno de sus amigos —gran entusiasta como yo de la caza de la
paloma y que me había acompañado a aquella risita a la estación— insistía en
repetirme que "Fernando, el legítimo propietario del puñal, había debido
salir de su tumba para reempuñar su arma", cosa que no lograba
convencerme. Tal explicación, que me recordaba ciertas historias corsas de un
escritor francés, Mérimée, resultaba demasiado gratuita... Yo estaba pensativo,
lo que raramente me ocurre. Ya fuese por el hecho de hallarme en el lugar donde
se habían producido los acontecimientos, o bien por esa facultad que poseo de
olfatear la verdad, comprendía que única explicación posible estaba en la
mujer... En aquella Serena que nunca debió amar al español, con quien sólo se
había casado persuadida de que la fortuna de ese hombre le permitiría
satisfacer completamente su insaciable sensualidad.
El bello Juan, en verdad, era un magnífico amante, pero
demasiado pobre. El drama para Serena consistía en que también el español
pronto se encontró sin dinero... Pero con él se había casado: ¡era su marido!
Como la mayor parte de las chilenas, Serena posee un sentido muy agudo de lo
que ella considera "su deber de esposa"... Deber que la obligaba a
vengarlo. A sus ojos, el asesino de su marido no era otro que el bello Juan,
que clavó la tapa del ataúd. Entonces decide matarlo con el puñal de Fernando,
cuya invisible presencia le dará fuerzas para cumplir el gesto. Y, muerto Juan,
lo hará enterrar en el ataúd que hasta entonces conservara celosamente, y en el
que Fernando exhaló su último suspiro... Para lograr tal fin la hermosa Serena
utilizó un procedimiento tan viejo como todas las falsas enamoradas del mundo:
insensible, pero ostensiblemente, reanudó sus relaciones con el bello Juan, lo
que le permitió hacerle frecuentes visitas en la estación.
La mañana del asesinato de aquel que nuevamente se había
convertido en su amante, tomó el puñal que conservaba en su casa y que había
tenido cuidado de hacer admirar la víspera a su amiga Luz, la misma que iba a
acompañarla a la estación esa tarde. Fue sola a la estación y hundió el puñal
en el corazón de Juan, probablemente en el instante en que aquél se disponía a
abrazarla. Después regresó a su casa. Por la tarde, cuando volvió a la estación
en compañía de Luz —que resultaba así una maravillosa testigo de su aparente
inocencia— fue lo bastante astuta para simular un desvanecimiento a la vista
del cadáver. Y es indudable que el momento más exquisito de su venganza fue el
que vivió siguiendo el féretro... La expresión de su rostro, desgraciadamente
oculto en parte por la mantilla, me llamó la atención cuando la vi por primera
vez en el cortejo fúnebre. Y ésa fue sin duda la razón por la cual la reconocí,
dos años más tarde, cuando volví a encontrarla en el night—club de Buenos
Aires... El hecho de que aquella mujer se encontrase allí indicaba que la
investigación policial acerca del asesinato del bello Juan no había dado ningún
resultado, a menos que Serena hubiese logrado poner una frontera entre ella y
Chile, donde quizás era buscada por asesina. La segunda hipótesis me pareció
popo plausible. En efecto, durante los últimos años los criminales de derecho
común ya no pueden acogerse al derecho de asilo y son automáticamente pasibles
de extradición en. virtud de un acuerdo internacional concluido entre todas las
policías de los países civilizados.
Si Serena se hallaba encaramada sobre el taburete de un bar, era
simplemente porque se sabía bien segura en la Argentina, donde habría debido
llegar algunos meses después del entierro de Juan. La manera en que había
operado para elaborar y ejecutar su crimen demostraba que ella era demasiado
astuta para abandonar Altamasco inmediatamente después del entierro. Y sin duda
había venido a Buenos Aires, para encontrar de nuevo los medios financieros con
que satisfacer su sensualidad. ¡El único que había descubierto su secreto era
yo! Fuerte por lo que sabía, sólo era necesario tener un poco de paciencia...
Hubiera sido un gran error invitarla a beber o a danzar la
primera noche que llegué al bar. Me pareció preferible instalarme solo, en una
mesa bien visible, al borde de la pista de baile. Allí, sabiendo muy bien que
la muchacha no cesaría de observar al solitario acaudalado que yo encarnaba,
encargué lo mejor de lo mejor, que apenas probaba, prefiriendo deleitarme
interiormente ante el espectáculo del maitre que vaciaba con una prodigiosa
destreza las botellas ventrudas en el balde de hielo, en el momento preciso en
que yo parecía no prestar atención a lo que pasaba en mi propia mesa... Gracias
a mi táctica, abandoné el establecimiento al alba, con las ideas perfectamente
claras, no sin haber producido una gran impresión sobre el personal: la adición
que pagué era de las más sustanciosas... No vacilé en distribuir algunas
propinas reales a la orquesta, que me había aturdido durante horas..., Hice
tanto y tan bien que cuando volví a mi suntuoso coche, cuyo interminable capot
precedía a un chofer impecable, fui seguido por los murmullos aduladores, las
sonrisas satisfechas y los saludos obsequiosos que constituyen la clásica
despedida del estado mayor de una boite hábilmente dirigida. No había invitado
a bailar a nadie, declinando cortésmente las invitaciones apremiantes de las
competidoras de Serena. Permanecí —durante esas falsas horas de olvido—
haciendo el papel del señor distinguido y rico a millones, que no necesita
entablar nuevas relaciones... Tampoco la pelirroja había abandonado su
taburete, para poder observarme mejor. No me fue necesario, al retirarme,
volverme hacia el bar para adivinar que los ojos garzos me seguían hasta la
puerta con una insostenible expresión de codicia mezclada de pena.
A la noche siguiente, a la misma hora, volví a ocupar mi mesa en
el establecimiento. La pelirroja estaba allí, sobre el mismo taburete,
saboreando otro gin—fizz... Al penetrar en la sala sentí que sus ojos se
agrandaban de curiosidad y quizá también de satisfacción. Volví a partir al
alba después de haber adoptado la misma actitud de la noche anterior. ¡Y así
durante cinco noches consecutivas! Desde la tercera, la joven pelirroja ya se
había informado. Yo sabía que mi chófer era charlatán y tampoco ignoraba que
las chicas en busca de aventuras no vacilan en utilizar los servicios rápidos
del botones del establecimiento para hacer su elección sin riesgo de
equivocarse. El botones fue el enlace indispensable y vivó entre mi chofer y la
joven, quien se enteró en esa forma de que yo era un señor celosamente rico,
propietario del lujoso hotel donde acababa de pasar la noche y universalmente
conocido en todas las capitales del placer. El puente estaba echado. "Mi
cuantioso encanto" operaba casi sin que yo lo supiera. Sólo tenía que
esperar. .. A la sexta noche la espera no fue larga. La joven se decidió por
fin a dejar su taburete y a sacrificar el orgullo —en el cual creía juicioso
encerrar su belleza fácil—, para aproximarse a mi mesa y decirme con una cierta
indolencia que no carecía de gracia:
—Ya hace muchas noches que lo observo, señor...
¿Por qué está siempre solo?"
—Todo el mundo me aburre, señorita...
—¿También yo?
—Incluso usted.
—¡Qué pena! ¡Estoy tan harta de beber gin en el bar! ¿No podría
ofrecerme un poco de champaña?
La frase era bastante tonta para una mujer que había sabido dar
pruebas de tanta habilidad criminal, pero poco importaba... ¿Acaso lo esencial
no era que hubiese venido por sí sola a arrojarse, si puedo expresarme así, en
la boca del lobo? Ahora —sin que ella ni siquiera lo sospechase y mientras
creía, al contrario, haberle echado por fin el guante al personaje raro que iba
a permitirle satisfacer totalmente sus deseos— yo la tenía a mi merced. . Así
pues, con una simple inclinación de cabeza le di a entender que estaría
encantado de verla tomar asiento a mi mesa...
Por supuesto, el maitre se precipitó para alcanzarle una silla,
al mismo tiempo que le deslizaba en el oído algunas palabras que no pude oír,
pero que seguramente debían decir: "¡Atención, Serena! Sé hábil... Es un
cliente importante... ¡No queremos perderlo!..." Por toda respuesta la
joven dirigió a aquel subalterno una mirada de desprecio que podía significar:
"No te inquietes, Roberto. No soy una tonta... Me he tomado mi tiempo,
pero ahora que me he introducido en la plaza, sabré mantenerme en ella. Conseguiré
a este viejo como he conseguido a los otros". Para ser franco, mi querido
Gilbert, debo confesarle enseguida que no fue ella quien me tuvo, sino yo quien
la he utilizado exactamente como deseaba...
Graig cesó de hablar para beber un trago de un vino que pareció
saborear. Con el vaso en la mano y haciendo espejear el líquido generoso,
exclamó:
—¡Cómo aprecio sus vinos de Francia, Gilbert! Todos los países
del mundo tratan de imitarlos, pero ninguno lo conseguirá jamás. Este
Chambertin desprende un calor generoso. .. ¡Necesito tanto el calor!...
Después de dejar el vaso, continuó con voz suave:
—Calor que también se desprendía del cuerpo de la mujer
pelirroja... Usted ya se había dado cuenta, tan bien como yo, que la
sensualidad de Serena es ardiente... Pero lo importante para mí, desde el
instante en que estuvo a mi. lado, fue darle la convicción de que yo, por el
contrario, era de hielo. Usted ha podido comprobar, igualmente, que lo consigo
bastante bien cuando quiero tomarme ese trabajo ... Así, la joven se vio
obligada a hacer esfuerzos desesperados y a desplegar todos los recursos de
seducción que puede inventar la imaginación de una mujer sensual para lograr
sus fines. Cosa que me permitió medir exactamente la amplitud de sus
posibilidades en ese dominio...
He encontrado muchas mujeres en el curso de mi curiosa e
interminable existencia, pero jamás he conocido una que haya logrado acumular
más medios físicos en menos tiempo para tratar de seducirme. ¡Realmente aquella
noche Serena estuvo prodigiosa! Y lo que no es poco decir: provocó mi
admiración. Comprendí que jamás se había esforzado tanto en mostrarse atractiva
y que jamás lo sería tanto. La muchacha me pareció hallarse entonces en el
apogeo de su necesidad desenfrenada e insaciable de placer: resultaba magnífica
y como transfigurada. En ese momento tuve la seguridad de no haber perdido mi
tiempo en las noches precedentes, y le dije, sin dejarle la posibilidad de
recobrarse:
—Usted puede y debe ser una eterna amante, que se ofrezca cuando
se le antoje y a quien le plazca, sin tener jamás que preocuparse de las
contingencias un poco estúpidas de .la existencia. En la actualidad se arrastra
en esta siniestra boíte con la esperanza, acariciada por todas las muchachas de
la tierra, de hallar a alguien que por fin le permitirá satisfacer sus
pasiones. Hay que creer que no está muy errada, pues eso puede producirse hoy
mismo... Sí, yo soy la persona que usted busca... Yo la sentía desgraciada,
ansiosa, inquieta sobre su taburete del bar. Seguramente se preguntaría si tal
momento llegaría jamás. Pues bien: ha llegado. Si usted quiere, vamos a hacer
un pacto, el cual sin duda le parecerá bastante insensato, pero que será el
único que podrá darle, en el mismo instante en que esté concluido, lo que usted
persigue. ¡Pero tenga presente, asimismo, que jamás volveré a hacerle tal
proposición! Tiene que responder inmediatamente «sí» o «no»... Se trata de
esto: estoy listo a garantizarle hasta el fin de sus días el más grande lujo
que pueda soñar, con todos los placeres y todas las facilidades que se
desprenden del mismo, si acepta cederme, en cambio, su sensualidad. Pero
entendámonos ¡yo no hablo de su sensualidad física.
Esa se la dejo de buen grado. Lo que necesito es su sensualidad
«moral»...
"Sé muy bien que una hermosa muchacha como usted sólo tiene
una cosa que vender: su cuerpo. No es él lo que me interesa. Es sólo un
instrumento de bajos placeres. ¡Lo que realmente cuenta para mí es lo que
ocurre en su alma! Son sus pensamientos, sus sueños eróticos, sus apetitos
carnales, mi necesidad de tener un contacto inmediato y total con quienes se le
acercan. Su corazón ansia abrirse, darse, envilecerse, dejarse ensuciar
también.. Todo eso es lo que debe cederme en cuanto tenga el lujo. Pero a partir
del instante en que su sensualidad esté saciada, no bien su carne pida gracia y
ya no tenga dedeos de nada, dejará de interesarme. ¡Es ahora cuando usted es
apasionante! Para mí usted es sólo un hermoso animal, pero sobre todo no tome
este juicio en un sentido peyorativo. En efecto, estimo que la sensualidad es
una de las cualidades esenciales de la mujer. ¡Sin ella ninguna mujer es
completa! Necesito su sensualidad para insuflársela a otra, que carece de ella
terriblemente.— ¿Qué puede importarle perderla, pues con todo lo que yo le daré
tendrá el estado del alma de una mujer satisfecha?... Espero su respuesta.
Ella me contempló con mía especie de asombro mezclado de
incomprensión. Finalmente respondió, probándome con eso que no estaba
desprovista en absoluto de inteligencia :
—¿Cómo puede imaginarse, señor, que voy a ceder aquello por lo
que siempre he vivido? ¿Podría seguir interesándome la vida si perdiera mi
sensualidad?
—¡Pero, justamente porque usted es sensual necesita el lujo,
señora! Yo se lo doy. Y de todos modos, conservará la sensualidad física, lo
que le permitirá hacer mil y una conquistas...
—¿Cree que necesito el lujo para obtener ese resultado?
—Lo creo sinceramente ya que conozco una de sus precedentes
experiencias en ese dominio...
—¿Qué quiere decir?
—¿Por casualidad, no ha oído usted hablar de un pueblecito
chileno llamado Altamasco, señora?"
En ese momento, mi querido Gilbert, se produjo un silencio, un
largo silencio... La luz difusa de la boite nocturna no fue, sin embargo, lo
suficientemente débil para impedirme comprobar que el rostro de mi encantadora
invitada había palidecido. Lo que me permitió continuar con la suavidad que me
es habitual:
—...No vaya a creer, sobre todo, señora, que le reprocho haber
vivido en Altamasco, y menos haberse desposado con un español... Sin embargo,
cuando realizó ese casamiento tengo la impresión de que no lo hizo por amor...
Ni por pasión... ¿No fue más bien porque tenía la impresión de que Fernando era
rico? En cuanto a sus ansias de sensualidad ya hacía mucho que había encontrado
el medio de calmarlas con las caricias del bello Juan, ¿verdad? Su único error
fue abandonar totalmente a ese amante excepcional hasta el momento en que su
esposo encontró una muerte atroz en una sala de estación... ¿Recuerda esa
sala?...
—¿Por qué la recordaría ya que jamás he puesto los pies en tal
sala?
—¿Será muy frágil su memoria, señora? En efecto, en Altamasco el
comentario público asegura que fue usted, acompañada por una de sus amigas,
llamada Luz, quien habría descubierto cierta tarde, en la estación, el cuerpo
del pobre Juan asesinado... Naturalmente, no sólo el comentario público relata
esos hechos... Los datos de la policía que han servido para el proceso, dan fe
de ello... Incluso llegan a precisar que usted se habría desvanecido ante la
vista de aquel horrible espectáculo... ¡Cosa muy explicable! ¡Un puñal clavado
en un pecho es un espectáculo atroz!"
Por segunda vez Serena permaneció muda.
—Comprendo también, señora, que usted no quiera remover tales
recuerdos...
—¿Quién es usted?" —me preguntó ella bruscamente, como si
se arrancara de una visión de pesadilla.
—No voy a responderle, como en los anónimos, que soy «un amigo
que la quiere bien»... Ante todo porque estoy interdicto, por mi propia
naturaleza, para hacer el bien. Pero al menos no le deseo mal: lo que ya es
importante para usted... Adivino lo que piensa: ¡no, no soy de la policía! Incluso
le tengo horror y mis favores se dirigen más bien al campo opuesto... Por tal
motivo no le revelaré a nadie en el mundo que yo también sé que antes de esa
visita a la estación, por la tarde, en compañía de su amiga Luz, ya había ido
la misma mañana al lugar pero sola. Y que allí...
—¡Calle! Se lo suplico...
—Es muy bueno verla al fin comprensiva, mi encantadora Serena.
¿Eso significa que está dispuesta a aceptar el pequeño pacto que le he
propuesto?.
—Lo acepto —respondió ella con voz sorda. ¿Para qué, Gilbert, le
habría dado más detalles sobre sus acciones pasadas? La detención de una chica
tan hermosa no hubiera hecho resucitar al bello jefe de la estación. Arranqué a
la bella de la boite nocturna y la presenté desde el día siguiente a un hombre
cuya fortuna ora inmensa y que no vaciló, siguiendo mis consejos, y después de
algunas noches de amor, en darle su nombre. Así fue cómo la pelirroja Serena se
convirtió en la muy respetable señora Alguavil, a quien usted conoció ayer.
Después, esa joven ha tenido todo cuanto una criatura como ella
puede soñar en poseer: vestidos, alhajas, pieles, automóviles. .. Y lo que ella
creía ser "la aventura cotidiana" continuaba llenándole el vacío de
su existencia ociosa. Reconozco por otra parte que todavía es seductora y aún
puede ilusionar a un joven como usted, que carece de la experiencia .suficiente
para saber que la verdadera sensualidad puede conducir hasta el crimen...
—De todos modos —observó Gilbert— ha faltado a la palabra que le
dio a ésa mujer al contarme su historia.
—¡Con usted, los secretos quedan en familia! ¿Acaso no es mi
sobrino para ella? Y no creo que después de haber admirado tanto a una mujer
una noche fuere lo bastante malvado para traicionarla al día siguiente,
conociendo el más grave de sus secretos... Semejante actitud, joven, no
cuadraría con una naturaleza tan generosa como la suya...
—Le ruego que me dispense sus lecciones de moral. —Naturalmente,
comprendo que se sienta un poco decepcionado con respecto a esa mujer. Pero un
día le prometo hacerle conocer en otra, la auténtica y magnífica sensualidad
que le he tomado... Después de todo, al cedérmela contra la promesa de mi
silencio, Serena no se ha mostrado más tonta que su ex novia, Sylvia. al
cederme una parcela de su juventud a cambio de una promesa de felicidad.
—¿Qué ha hecho con la juventud de una y con la sensualidad de la
otra?
—Amigo, eso sólo lo sabrá al término de este viaje...
¡Revelárselo antes sería inútil! ¡No lo comprendería! Le hace falta aún vivir
algunas experiencias femeninas antes de poder reconocer con toda franqueza que
esa juventud y esa sensualidad han sido maravillosamente utilizadas. Y aquí he
terminado con la historia de Serena, la argentina... —¿Después de eso, ella
nunca le pidió que le restituyera su verdadera sensualidad?
—No se atrevería... ¡Y aunque lo hubiera hecho no se la hubiese
devuelto!
—¿Por qué? Eso no es justo... ¿Acaso no le devolvió n Sylvia su
año de juventud?
—¡Con aquella querida Sylvia que usted y yo hemos amado!, fue
una cosa muy distinta, que sólo podrá comprender igualmente, un poco más
tarde... La sensualidad dura. la juventud pasa...
—¿Está seguro?
—Estoy, desgraciadamente, mejor colocado que usted para
decirlo... Y puede estar tranquilo respecto a este punto: ¡su juventud también
pasará! Por desgracia, cuando se aperciba de ello, ¡será demasiado tarde! Pero
como yo quiero actuar en perfecta camaradería con usted, me hago un deber
plantearle una última pregunta: ahora que conoce todo cuanto hay que saber de
Serena, ¿tiene siempre el mismo deseo de volverla a ver? Si su respuesta es
afirmativa, daré inmediatamente instrucciones y el avión regresará a Buenos
Aires.
—¿Sería capaz de hacerlo? —Ya lo creo...
El joven tuvo algunos segundos de vacilación antes de responder:
—Y bien: ¡no! ¡No quiero volver a ver a esa mujer! Si ahora la
encontrara pensaría siempre que la falta algo: su verdadera sensualidad.
Seguramente tendrá usted razón: la que yo creía haber descubierto ayer por la
noche no era más que la copia de ella misma.
—Reconozca, por lo menos, que ella logra ilusionar en el
momento.
—Sí... ¿Cree que un día seré capaz, a mi turno, de no engañarme
respecto a una mujer?
—Necesitará tiempo para ello... Pero consuélese: ¡la mayoría de
los hombres no lo logran jamás! Por lo menos usted tiene la suerte de contarme
entre sus amigos...
El viaje prosiguió, silencioso. Antes de abandonarse de nuevo al
sueño, el joven preguntó:
—¿Por qué vamos a Los Ángeles?
—Por casualidad, sería usted el único individuo en el mundo que
nunca ha oído hablar de Hollywood.
—¿Hollywood?— y Gilbert repitió maquinalmente el nombre de
resonancias fabulosas, sin parecer concederle mayor importancia. París,
anteayer, Buenos Aires ayer, Hollywood mañana. .. La cabeza le daba vueltas...
¡Necesitaba tanto olvidar! La tierra le parecía increíblemente pequeña y
ridícula desde que había conocido a Graig.
El aterrizaje en Los Ángeles hubiera sido igual a todos los
aterrizajes del mundo si el Boeing rojo no hubiese sido recibido por Gloria
Field...
Gilbert, cuyo sueño aéreo transcurrió sin incidentes, creía
encontrarse aún en medio de un sueño vertiginoso cuando reconoció al pie de la
escalerilla móvil que permitía a los pasajeros abandonar el aparato, a la
estrella platinada a quien tantas veces había admirado en la pantalla y de la
cual había estado vagamente enamorado, al igual que millares de espectadores,
tan fieles como anónimos. Ver a Gloria Field en carne y hueso, contemplar la
boca escarlata y maravillosamente dibujada, que se repartía el rostro con los
clásicos anteojos negros de ancha montura de fantasía, era una sensación que
muchos de sus amigos hubieran querido probar...
Graig, al contrario, parecía hallar lo más natural que la
vedette universal mente conocida fuese a esperarlo a la llegada de su avión.
Sin duda alguna ella y él se conocían desde hacía mucho, a juzgar por la
atmósfera de gran amistad de las primeras palabras que cambiaron. En el preciso
momento en que Graig presentó su "protegido" a Gloria, se escucharon
ligeros chasquidos. Gilbert se volvió para ver que una doble fila de
fotógrafos, los unos de pie, los otros con la rodilla en tierra, acababan de
fijar en la película el minuto emocionante en que él besaba la mano tendida,
con una extrema galantería, por la vedette. Esta, que esbozó una sonrisa al
leer sobre el rostro del joven la estupefacción ante tal asalto de reporteros,
dijo en un francés encantador y aproximativo:
—¡Mis agentes de publicidad son terribles! No puedo hacer el
menor desplazamiento por mi solo placer sin verme rodeada por una nube de
operadores cuya misión es fotografiar todos mis gestos... ¡es espantoso!
Foro estas últimas palabras fueron pronunciadas sin convicción.
Gilbert comprendió en seguida que la estrella no pedía otra cosa que lo
"espantoso" durase el mayor tiempo posible.. . El día en que los
fotógrafos ya no estuvieran para sorprender sus actitudes más íntimas, no
habría más Gloria Field para el público. Eso significaría que ella también
habría ido a reunirse definitivamente con la cohorte inconsolable de las
vedettes olvidadas.
Gloria y Graig se dirigieron hacia la salida del aeródromo,
cambiando mil frases que fueron los únicos en oír ¡De veras parecían tener que
confiarse una multitud de secretos! Gilbert, que los seguía, tuvo entonces la
oportunidad de observar a sus anchas a la star. No pudo menos de reconocer que
esa Gloria Field —que hacía arder todas las pantallas de la tierra y que atraía
multitudes en los días de fiestas a las salas oscuras— ya no estaba en su
primera juventud... Lo contrario hubiera sido, por otra parte, sorprendente:
¿acaso el reino de Gloria Field no duraba ya más de veinte años? Si su imagen
aún podía ilusionar, su persona física no engañaba a quienes lograban
acercársele. Estos podían darse cuenta que los anteojos negros eran
indispensables... Todo en Gloria —desde la menor palabra hasta el gesto más
trivial— era estudiado. La star vivía sólo para el público y, con el tiempo,
acabó por hacerlo el elemento indispensable de su existencia.
Gloria, Graig y Gilbert tomaron asiento en un inmenso Cadillac
blanco, cuyo techo de plexiglass daba a todos los extasiados transeúntes la
posibilidad de contemplar a los ocupantes de un coche tan poco discreto. Un
detalle llamó la atención del joven: la patente del auto no tenía ningún
número. Sobre las dos placas, adelante y atrás, sólo se veía destacado en
gruesas letras negras sobre fondo amarillo el nombre de la propietaria: Gloria
Field. ¿No era suficiente?¿Semejante celebridad hubiera podido permitir que la
clasificaran, como a los millones de automovilistas del mundo, con un número
anónimo?
—Gloria desea absolutamente que nos alberguemos en su casa —le
confió Graig a Gilbert. Después agregó sonriente—: ¿Cómo no aceptar tan
tentadora invitación?
El joven ya estaba decidido a no resistir ninguna tentación,
sobre todo cuando la misma se presentaba bajo la forma de una star
internacional ¿Cuántos hombres podían alabarse de haber habitado en casa de
Gloria Field, cuya reputación de inaccesible era legendaria? Para las
multitudes, Gloria Field había sabido seguir siendo la mujer del misterio
sabiamente organizado. Y había logrado, asimismo, hacerse llamar "la
divina"...
Gilbert se sentía sumamente halagado de hallarse sentado, en el
fondo del Cadillac blanco, entre "Ella" y Graig. Eso le daba la
sensación de ser el rey de la fiesta, pero hubiera preferido mucho más que
Graig no estuviera allí y que el paseo fuera por los Campos Elíseos, donde
todos los amigos que encontrara palidecerían de envidia al verlo... Casi llegó
a lamentar hallarse solamente en el interminable bulevar que une Los Ángeles a
Beverly—Hills, ese paraíso residencial del cinematógrafo donde todas las estrellas
del mundo cifran su orgullo en poseer una mansión con un conjunto de patios,
grandes ventanales, piscinas y terrazas floridas.
Fue Gloria, la inaccesible, quien interrumpió la ola de sus
meditaciones juveniles, preguntándole:
—¿Es la primera vez que viene a California?
—No conocía los Estados Unidos —confesó gentilmente el joven.
—¡Oh, qué excitante! Yo le haré descubrir América en mi home...
Esta noche daré un party en su honor. Conocerá a todo Hollywood... ¡Y Hollywood
es un poco el corazón de la América! ¡Si supiera la cantidad de amigos que
tiene aquí su tío! ¡Es tan bueno! ¡Tanta gente le debe su éxito!
—Verdaderamente, mi querida Gloria —no pudo dejar de decir
Graig, con una modestia que Gilbert aún no le conocía— usted va a hacerme
enrojecer ante mi familia...
—¡Oh!—exclamó Gloria de pronto—. ¿Qué les parece si comiéramos
un hot—dogs? ¿No tienen hambre?
—No mucho —confesó Graig—. Pero si eso le place...
Hace mucho que muero de ganas de comer hot—dogs en alguno de
esos pequeños puestos que bordean nuestros caminos y nuestras avenidas. ¿No
quiere usted, Gilbert?
A una orden de la estrella, el Cadillac se detuvo ante el primer
drugstore que se presentó. Gloria ni siquiera había esperado la respuesta de
Gilbert. ¿Acaso los hombres no debían ser siempre de su misma opinión, aunque
no tuvieran hambre ?
El vendedor de hot—dogs era un negro, cuya piel de ébano
contrastaba con su saco y su birrete blancos. En el momento en que Gloria Field
comenzó a comer un sándwich con salchichas calientes, Gilbert oyó de nuevo el
ruido seco de un aparato fotográfico. ¡Uno de los operadores del aeródromo se
encontraba allí! Esta presencia inoportuna le resultó desagradable al joven,
quien le hizo la observación a Graig.
—Bien se ve —respondió éste— que usted aún no se ha
familiarizado con la vida americana y sobre todo con la de Hollywood... Sepa de
una vez por todas que los menores gestos de nuestra bella estrella son fijados
en películas para inundar en seguida las innumerables revistas de cine o
ilustradas. Es uno de los pequeños inconvenientes de la celebridad : Gloria
Field no tiene derecho a tener una vida privada. Tampoco la busca, por otra
parte... Y sobre todo, no vaya a pensar que ese bravo fotógrafo nos ha seguido
hasta aquí. Al contrario, nos ha precedido. Los servicios personales de
publicidad de Gloria lo tienen al tanto, cada mañana, de todas las idas y
venidas de la vedette. Por ello le han informado que hoy, a tal hora precisa,
"nuestra" star experimentaría un súbito e imperioso deseo de comer
hot—dogs ...
—¿De modo que no era real su deseo? —preguntó el joven
desconcertado.
—Mírela: finge amar ese plato popular... Lo que causará un buen
efecto, en las fotografías, a las multitudes americanas, que se pasmarán
diciendo: "¡Ya ven qué simple es la Divina! No vacila en hacer detener su
lujoso automóvil para saborear unos hot—dogs, como nosotros ¡Que mujer
asombrosa! Tan lejana en sus filmes, pero tan natural en la vida... " Y la
comedia, joven, se representará pava alegría de las masas. La existencia de
Gloria es sólo una empresa permanente y monstruosa de publicidad.
En realidad la estrella apenas probó los hot—dogs. Cuando estimó
que el negro había sonreído suficientemente a su lado y que los fotógrafos
habían tomado las vistas necesarias invitó a sus huéspedes a subir de nuevo al
auto para acompañarla hasta su residencia de Beverly—Hills.
Gilbert estaba pensativo... La atracción del primer momento
decayó por completo cuando penetró en la casa de la vedette: el orgullo de ser
admitido a tal honor se desvanecía ante la idea de que quizás hubiera,
disimulada tras cada macizo de hortensias, una cámara indiscreta, y cu todas
las habitaciones aparatos registradores ocultos para captarlas más triviales
conversaciones. Todo el deseo que Gilbert pudo experimentar por un instante
ante la criatura "estereotipada" había desaparecido. Ya sólo tenía
una idea: partir.
A pesar de ello tuvo que asistir a la recepción. Graig no dejaba
de repetirle: "En el curso de esta fiesta tendrá oportunidad de ver a las
mujeres más lindas de Hollywood", pero Gilbert se sentía de mármol. Esas
mujeres, vestidas con un gusto discutible y que, precisamente, parecían tener
debilidad por los modelos con tonos de bombón derretido. eran casi demasiado
lindas... Contemplando las bellezas californianas, de cuerpos perfectos, de
dentaduras prefabricadas y pestañas postizas, desmesuradas, Gilbert, por
primera vez en su vida, casi llegó a extrañar a las mujeres feas...
—¿Qué es lo que no le gusta? —le preguntó Graig—. Parece tan
aburrido como al comienzo de mi baile en Buenos Aires... ¡No me agrada que la
gente esté triste!
—¡Déjeme tranquilo! ¿Cree que parecería mal educado si me retiro
a mi habitación?
—¡Nadie lo notaría! ¿No observó que la mayor parto de los
invitados han llegado a la fiesta en un estado de ebriedad avanzada? Eso
también es una moda americana... que pasará más difícilmente que las otras.
Échele la culpa al señor que inventó el primer cóctel.
Ese señor bien podría ser usted... Me parece que sería perfecto
como barman del Diablo...
Graig se contentó con sonreír antes de agregar: —He aquí a su
encantadora dueña de casa que viene en su busca... Es generalmente la hora
exquisita en que gusta confiar sus tiernos secretos. ¡Ah!, secretos de una
intimidad muy relativa y que ya han dado por anticipado la vuelta al inundo...
Finja escucharlos: eso le causará placer.
—¡Mi querido francesito! —así era domo Gloria Field, desde el
principio del party, se había habituado a llamar a Gilbert—. Venga conmigo a la
piscina...
Gilbert no tenía el menor deseo de acompañarla hasta la piscina
prometedora, pero Gloria jamás se cuidaba de los deseos de los demás,
prefiriendo ante todo satisfacer los suyos. Tomó gentilmente por el brazo a su
"querido francesito" para llevarlo hacia el rectángulo de agua
transparente instalado en el centro de una rosaleda iluminada por proyectores
multicolores. ¿No era ése acaso el decorado soñado para que en cada uno de sus
parties el baño de medianoche pudiera prolongarse hasta el alba?
El espectáculo de las mallas de baño mezclándose a los smokings
blancos, bajo una luz indirecta, no era para desagradar a un hombre joven. Una
orquesta de música suave derramaba sobre esa saturnal de los tiempos modernos
una armonía discreta, pero suficiente para constituir el fondo musical de aquel
sueño organizado... Los cuerpos de las náyades, tendidas sobre el césped en
torno de la piscina, se revolcaban en el frescor de un rocío vesperal. Por
todas partes se entrelazaban las cuerpos y Gilbert tuvo la certidumbre de que
la licencia no sólo era permitida sino, inclusive, incitada, en ese mundo
descentrado. Sólo Gloria conservaba una calma flemática. Durante toda la
velada, Gilbert no había cesado de observarla: Gloria Field sólo daba sus
recepciones para lucirse aún un poco más. Y se acababa por no fijarse más que
en ella... A su lado, todas las otras mujeres —cualquiera fuera su esplendor—
parecían unas cualquieras. El brillo calculado de la dueña de casa las
pulverizaba. Y como muchos otros antes que él, Gilbert no podía menos de
sentirse prodigiosamente intrigado por aquella criatura del cine, cuyo poder de
atracción era indudable.
La "Divina" tenía algo de fascinante... De su persona
se desprendía ese magnetismo indefinible que hace que una artista posea una
"presencia". Y eso se duplicaba en la pantalla. ¿.Cómo los
espectadores de las salas oscuras no iban a ser conquistados por esa mujer
milagrosa? Todos debían encontrarse en el mismo estado de espíritu que Gilbert,
quien acababa de dejarse conducir dócilmente hasta una glorieta cuyas arcadas
crujían bajo el peso de las rosas y que se encontraba fuera del campo luminoso
de los proyectores. En ese rincón, el más sombrío del parque, había un ancho
colchón neumático colocado en el suelo, Gloria se tendió en él, lo más
naturalmente del mundo, sin inquietarse en lo más mínimo de que se le arrugara
el vestido de noche, de lame dorado, que moldeaba su silueta, aún joven. Su
única preocupación en ese momento era saber si podía representar el papel de
enamorada, por algunos instantes, con el "querido francesito". Porque
ella jamás cesaba de representar y de creerse ante las cámaras en todos los
momentos de su vida. También sus noches lánguidas eran idénticas unas a otras.
Lo único que cambiaba eran los hombres que se sucedían en ellas... Gloria
estimaba que una sola velada era largamente suficiente para conocer por
completo a un hombre... Es verdad que su juicio era de lo más superficial. Ante
todo, su partenaire —a la actriz, marcada por la larga práctica de su
profesión, ni inquiera se le pasaba por la mente que los hombres, ya estuvieran
sobre la plataforma de un estudio o en la vida corriente, fueran otra cosa que
sus partenaires— debía ser hermoso, muy hermoso. Si tenía, además, el mérito de
ser extranjero, corría el riesgo de agradarle... ¿Y Gilbert no reunía acaso las
condiciones primordiales y no llegaba de un país donde la fama de los hombres
era ya un hecho? El joven acababa de sentarse sobre el colchón junto a la
estrella ya tendida en una pose extática cuyos efectos dominaba desde hacía
mucho en la pantalla. El joven podía contemplar el rostro de pómulos salientes,
los ojos inmensos, la nariz fina, el cuello aristocrático, las orejas menudas,
el célebre peinado con un mechón sobre la frente y los cabellos lacios cayendo
sobre la nuca... El peinado de una Cleopatra exagerada, que todas las
dactilógrafas del mundo tratarían de copiar. Peinado especialmente apto para
los abrazos apasionados, para las echadas de cabeza Inicia atrás y los pesados
párpados que se entrecierran en el momento psicológico, para los largos besos,
en fin, sin los cuales el mejor de los filmes terminaría mal para todo el
mundo. Cuanto más miraba Gilbert a la mujer tendida, más comprendía que la
Divina era la heroína—tipo del beso final.
Por fin la diva se decidió a entreabrir la boca, conservando los
párpados bajos, para decir:
—Sueño con filmar en París...
Expresaba así la ambición de todas las estrellas consagradas,
pero este primer impulso fue rebajado por una consideración de orden más
práctico:
—...Es lamentable que se pague tan mal a los artistas en su
país...
Gilbert comprendió que la cuestión monetaria privaba sobre todo.
A pesar de su inmensa fortuna, la actriz era insaciable. Pensaría sin duda en
su vejez, o en alguna anciana madre, abandonada en alguna parte del mundo,
aunque sabía muy bien que continuaría aferrada desesperadamente a su carrera
para que "los viejos .días" sólo llegaran en último extremo... En
cuanto a la "anciana madre" Gloria la ignoraba desde el día de su
nacimiento. Sentimiento que algunas veces ponía en su boca, besada por todos
los primeros galanes del mundo, un pliegue bastante amargo. Claro que si la
mujer que la trajo al mundo hubiera podido sospechar que un día esa cosita
rosada, lloriqueante y ondulada, se convertiría en la ilustre Gloria Field
—representando un capital oro— sin duda se habría dedicado en cuerpo y alma a
la tarea de educarla hasta el éxito final.
Por las palabras que acababa de pronunciar, Gilbert comprendió
que la estrella tenía por principio absoluto hablar casi sin mover los labios.
El menor esfuerzo vocal podría fatigarla y debía conservar intacta su preciosa
voz grave, cuyo timbre había sido amplificado por todos los micrófonos de la
tierra.
Como la mayor parte de las estrellas, sus hermanas, Gloria era
desesperadamente snob: esa recepción fastuosa y bastante ridícula, en la cual
los efectismos llamativos se mezclaban con el sentido publicitario, era una
prueba de ello. Y Gilbert ardía en deseos de dar una buena lección a esa mujer
de bajo origen que creía que bastaban algunas actitudes estudiadas para parecer
una mujer de mundo. Tenía que demostrar a la "Divina" que el
"francesito" no la tomaba del todo en serio... Se inclinó sobre el
rostro diáfano —en el cual la vida parecía siempre a punto de detenerse— para
decirle a su turno, con una voz muy dulce:
—Gracias a usted paso una noche inolvidable... ¿Puedo hacerle
una pregunta bastante indiscreta: es usted tan apasionada en la vida real como
en la pantalla?
Los labios escarlatas hicieron un esfuerzo sobrehumano para
dejar pasar, en un suspiro, esta frase definitiva y agotadora, que resumía todo
un programa publicitario:
—¿A quién podría amar?
.Gilbert adivinó inmediatamente que sólo lo contrario debía ser
cierto. La bella Gloria estaba lista a amar a todo el mundo, desde el primer
recién llegado que se cruzara en su camino hasta el personaje más ilustre. Ella
amaba a todos, aunque fuera todo durante unos segundos, porque podían serle
útiles a su reputación de "la más grande enamorada del siglo". Los
amaba porque se amaba a sí misma y no podía admitir que un hombre no cayese
enamorado inmediatamente de "su" divinidad.
—¿Ha apreciado mi última película? —preguntó con un tono que se
esforzó en hacer lo más despegado posible de los bienes de este mundo.
Gilbert no se dejó engañar. Sólo un viejo fondo de galantería lo
puso en la obligación de responder:
—¡Está admirable en ella!
Una frase que no lo comprometía demasiado, pues no había visto
esa película... Y ahora que estaba a su lado, se juraba que jamás iría a ver
ninguna otra de la estrella. Para él, la mujer del misterio se había
evaporado...
Así permanecieron sobre el colchón neumático, ella tendida y el
sentado, durante una hora, o quizás hasta dos... ¡El tiempo no importaba! Nadie
vino a interrumpirlos, ni siquiera Graig. Y Gilbert experimentó un real alivio
al no sentir por una vez al menos, pesar sobre él la presencia del temible
personaje. Era bastante increíble, pero gracias a Gloria Field, ya no era
espiado o adivinado en sus pensamientos, incluso antes mismo de que los
expresara. De eso le estaba agradecido a la Divina. A intervalos muy espaciados
cambiaron aún algunas vagas palabras sobre los temas más generales y más
impersonales: el cine, América, Francia, París... La conversación era trivial,
difícil inclusive, pues la star parecía estar haciéndole una gracia insigne a
su interlocutor cada vez que condescendía en contestarle. Tal actitud acabó por
fatigar al joven, que prefirió encerrarse en un mutismo soñador.
Por una última vez intentó romper el silencio, preguntando:
—¿Conoce al barón Graig desde hace mucho tiempo?
Ella no respondió. Continuaba con los ojos cerrados y su
respiración era regular, Gilbert se inclinó: ¡la bella Gloria se había dormido!
El joven fue presa de un acceso de rabia indescriptible ante la idea de que ése
era el único efecto que su presencia había producido en la amante N° 1 del
cine. Entonces quiso tener un desquite, que debía ser deslumbrante para reparar
la afrenta permanente que desde hacía veinte años aquella mujer infligía a
millones de hombres en el mundo, haciéndolos creer que sólo ella era capaz de
encarnar a las grandes enamoradas. Gilbert se inclinó para besar fogosamente a
la actriz dormida: ¡al menos ése no sería un beso trucado! Cuando lo recibiera,
por una vez al menos, la Divina no representaría una comedia. ¿No pertenecía
ella a esa categoría de mujeres a las que hay que besar cuando están
inconscientes, si no se quiere tener demasiados fastidios o desilusiones?
Mientras aplicaba fuertemente sus labios vengadores contra los
labios, dóciles, de la estrella, Gilbert tuve un sobresalto; un relámpago de
magnesio acababa de desgarrar la noche californiana a unos pocos metros de
él... Al alzar la cabeza divisó a cinco o seis fotógrafos que se apresuraban a
guardar sus aparatos en sus estuches de cuero antes de huir. Uno de ellos sin
embargo, insistió. Un segundo relámpago de magnesio le permitió tomar un primer
plano del "gentil francesito" en una posición particularmente
ridícula. Pero cuando se levantaba de un salto para lanzarse sobre el grupo
indiscreto de los fotógrafos, la lánguida voz de Gloria lo detuvo susurrándole:
—Usted sabe besar. Recomience...
Siempre con .los párpados cerrados, sus labios se entreabrían, a
la espera... El joven quedó desconcertado:
—¿Así que entonces no dormía?
—Yo duermo cuando quiero, pero nunca junto al hombre de quien
deseo un beso. Represento muy bien a las tentadoras, y me gusta encarnarlas
tanto en la vida como en la pantalla... Además, sabía que los fotógrafos de mi
oficina de propaganda deseaban tomar una foto sensacional. Mañana, mi pequeño
Gilbert será famoso en toda América... La foto de ese beso aparecerá
reproducida en la primera página de todos los periódicos, con este título a
cuatro columnas y grandes letras: ¿La Divina está por casarse con un francés?
Por supuesto, no me casaré con usted más que con los otros, pero será una
excelente publicidad, pues la acción de mi próximo filme, ocurre en Francia...
Si consiente en recomenzar, obtendríamos una fotografía muy superior,
seguramente...
Gilbert se hallaba tan sofocado que pasó un largo rato antes de
que pudiera preguntar:
—¿Tiene usted una piedra en el lugar del corazón?
Esta vez los párpados de largas pestañas se alzaron para
descubrir dos ojos falsamentes cándidos, más elocuentes que cualquier boca y
que parecía decir: "Usted sabe perfectamente que no tengo derecho a tener
una vida privada. ¡Yo no me pertenezco!... Soy propiedad del público".
El joven comprendió esa respuesta muda y, después de levantarse,
volvió inmediatamente al salón donde Graig se hallaba conversando con un
célebre director de escena. El barón interrumpió su diálogo para llevar a su
protegido a otro lugar de la pieza.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—. Parece usted fastidiado.
—Sería demasiado estúpido explicarle las causas. Se me reiría en
la cara.
—Creo adivinar el motivo: ¿decepcionado ?
—Ni siquiera eso... Más bien, vejado...
Graig se echó a reír.
—¡Eso es magnífico, muchacho! Sería sumamente injusto que sólo
fuera de éxito en éxito.
—¡Vayámonos de aquí!—suplicó Gilbert.
—Se hará según sus deseos. Ya le dije, antes de emprender este
viaje, que esperaba llegar a ser el compañero ideal. Quiero probárselo...
Dentro de una hora despegaremos del aeródromo de Los Ángeles. ¿No lo lamentará
después ?
—De ninguna manera. Ya conozco lo que es Hollywood.
—¡No generalice! No porque haya tenido una decepción pasajera
debe culpar a todo el santuario del cine.
Gilbert reflexionó un instante antes de responder:
—Seguramente debo amar demasiado lo auténtico para habituarme a
un mundo en el que sólo se fabrican imágenes...
El avión rojo despegó en plena noche. Gilbert ni siquiera se
atrevió a preguntarle a Graig hacia qué destino desconocido o hacia qué nueva
mujer lo conducía. Se sentía de tal modo ridículo que hubiera querido
encontrarse solo en un desierto o en una isla perdida. Quizás allí conseguiría
poner en orden sus ideas cada vez más confusas acerca de la mujer. Pero, como
siempre, Graig fue implacable :
—No me parece con muchos deseos de oír la historia de Gloria
Field. Sin embargo, creo necesario que la conozca... Gloria Field se llama en
realidad Hilda Sturmer. Fui yo quien la abrumé, al principio de su vertiginosa
carrera cinematográfica, con ese seudónimo internacional, de resonancias más
inglesas que sajonas. Gloria es uno de esos nombres bastante elocuentes por sí
mismos como para presagiar el más alto destino a quien lo lleva. Cuando usted
sepa toda la historia de la morena Hilda Sturmer, convendrá conmigo en que
ningún otro nombre podía convenirle más. En cuanto a Field, es un apellido de
todas partes y ninguna. Lo veo fruncir las cejas... Sí, esto también se lo
puedo confiar de hombre a hombre: ... ¡nuestra estrella platinada no tiene nada
de rubio! Sus cabellos eran del más hermoso negro cuervo. También sus ojos eran
negros, y siguen siéndolo. Comió, no podía cambiarle el color de los ojos —una
de las raras cosas que permanecen inmutables en el individuo— sólo podía
hacerle aclarar los cabellos al extremo. El contraste de los inmensos ojos
negros con su cabellera rubia resultó así uno de los primeros elementos
indispensables para la creación de una estrella internacional. ¡Nada es
auténtico en Hilda Sturmer! ¡Todo es fabricado! Usted lo comprendió porque no
es tonto, pero desgraciadamente la inmensa mayoría de los hombres ama lo
falso...
... Cuando conocí a Hilda, era sólo una linda muchacha de
dieciocho años, vendedora en una pastelería de Viena. No sé si a usted le
ocurre lo mismo, pero siempre he tenido una marcada debilidad por los postres y
especialmente por la pastelería vienesa... Un día, con la intención de comprar
una torta de hojaldre desbordante de crema, penetré hace veinticinco años —esto
no rejuvenece a nuestra heroína y no hablo de mí, pues yo no envejezco— en una
adorable tienda rosa con lindas vendedoras vestidas con maravillosos delantales
gris perla. El conjunto resultaba un poco rococó, encantador y no muy original.
Soto Hilda se destacaba en el lote y en seguida comprendí que la vida de esa
joven debía ser radicalmente distinta para que ella realmente pudiese tener el placer
de vivirla.
Mientras saboreaba mi milhojas me permití entablar una
conversación con la vendedora. Creo poder relatársela, a despecho del cuarto de
siglo transcurrido, con una escrupulosa fidelidad. Poseo, en efecto, lo que el
común de los mortales ha tomado la mala costumbre de llamar: "una memoria
infernal".
—Señorita —le pregunté lo más cortésmente del mundo—. Está usted
realmente a gusto en esta encantadora boutique.
—No, señor. Tengo horror a los postres, cuya sola vista me
recuerda una aguda indigestión... Además, oreo valer mucho más de lo que hago.
—Estoy convencido de ello, señorita. Es usted hermosa.
—¡Ya lo sé! Pero aquí nadie lo nota... ¡La gente sólo entra a
este negocio para comer! En rigor, encuentran bien que unas lindas vendedoras
les presenten las golosinas, que en esa forma les parecen más deleitables...
Pero no conciben que existan las vendedoras sin las masas. Yo tengo la
sensación de ser aquí apenas un complemento, cuando en cambio sueño con ser la
mujer por la cual todo se trastorna, y no la joven que responde servilmente al
menor llamado de los demás.
—Dicho de otro modo, señorita, ¿usted querría que las multitudes
se desplazaran para venir a admirarla? —Un poco eso.
—Su ambición es grande... Incluso es una de las más desmesuradas
que me he encontrado en una joven de su edad. Estoy seguro que pasaría sobre
sus mismos padres para lograr sus deseos.
—No hablemos de mis padres: no los tengo... —Comprendo entonces
que nada la retenga... Sin embargo, ¿,y si se enamorara?"
La joven morena se echó a reír, con una risa que parecía decir:
"¿Me ha mirado bien? Me sé demasiado bella para enamorarme. Serán los
otros quienes se enamoren de mí. Eso es asunto de ellos, mi querido
señor..."
Me puse a reflexionar, Gilbert, y llegué hasta a olvidarme de un
segundo milhojas que esperaba en mi plato... La ambición de aquella vienesa
inculta no tenía límites. ¿Qué ocurriría cuando se le diera el barniz necesario
y las cartas de triunfo indispensables: lindos vestidos, la posibilidad de ir a
diario a su peluquero si lo deseara, y el "porte", sobre todo, que
confiere a la modesta hija de un portero la apariencia de una gran dama, por
poco que su profesor de buenas maneras no sea muy torpe? ¿Qué pedía Hilda
Sturmer? No mucho, en suma: satisfacer su ambición... Según mi vieja costumbre
le ofrecí de inmediato un pequeño pacto.
—Yo le garantizo que de aquí a un año los magnates de Hollywood
se disputarán su preciosa persona y que dentro de cinco años usted será la
artista más célebre, la más admirada y la más amada de todas las pantallas del
mundo. Su nombre, que habrá que cambiar, se desplegará en letras luminosas,
inmensas, tanto en Broadway como en los Campos Elíseos, Las gentes harán colas,
durante horas, bajo la lluvia o bajo el sol tórrido, para poder engolfarse en
las salas oscuras donde su sombra gigantesca los hará pasmar de gozo. Su
carrera será asimismo la más larga y la más durable que haya conocido una
intérprete de cine. Llegará a ser multimillonaria, aunque siento que el dinero
le importa mucho menos por sí mismo que por las facilidades que le dará para
satisfacer su ambición. Me es necesaria para una mujer que .se halla totalmente
desprovista de ella... ¿Acepta mi oferta?"
Ella era joven, Gilbert: aceptó... La convertí en Gloria Field.
Pero, como Serena desde que me ofreció su sensualidad insensata, la seudo
Gloria cesó de ser interesante a mis ojos, a partir del momento en que adquirí
su ambición inicial. A medida que usted progresa en experiencia, se dará cuenta
que las gentes cuyos deseos se hallan colmados —y principalmente las mujeres—
cesan de tener el menor atractivo. Nada es más insípido que una esposa
satisfecha y tranquila. Quien dice quietud perfecta dice aburrimiento
prolongado. .. En el fondo, la Divina es sólo una desgraciada: compadezcámosla.
—¿Por qué quiso que la conociera si sabía de antemano que no me
agradaría?
—Por dos razones: para apartarlo para siempre de lo falso, que
detestará en adelante y para... Pero esto ya es otro asunto, que recién
comprenderá más tarde. Entre tanto, sólo le pido que proceda a una pequeña
recapitulación: de Sylvia obtuve un año de juventud, de Serena la sensualidad,
de Gloria la ambición... Piense ahora en el prodigioso secreto cuyo enigma los
hombres tratan en vano de penetrar: ¡el Secreto de la Mujer Ideal! Imagínese
incluso que estoy a punto de crear esa mujer extraordinaria y hacérsela
conocer: ¿qué cualidades exigiría de ella?
—¡Todas!
—Su respuesta, joven, es a la vez demasiado exacta y demasiado
imprecisa. Todas las cualidades en las cuales usted sueña se resumen para mí en
siete esenciales: la juventud, la sensualidad, la ambición, el espíritu de
dominio, el gusto de la esclavitud, el sentido burgués y la belleza. —¡Olvida
usted la fantasía!
—En verdad, es indispensable para que esa mujer no sea aburrida,
pero no la coloco en el orden de las cualidades esenciales. La fantasía se
desprende naturalmente de una amalgama de la juventud y la sensualidad. —¿Y el
encanto?
—Eso no. es una cualidad: las resume a todas. Le garantizo que
la mujer cuya imagen acabo de bosquejarle tendrá "un encanto innegable.
—¿Y el amor?
—¿La mujer enamorada...? ¡Qué romántico resulta usted, mi
pequeño Gilbert! ¿Es realmente una cualidad en una mujer el estar enamorada?
¿No sería más bien un defecto o al menos una laguna? Una mujer enamorada pierde
todos sus atractivos para aquellos de quienes no está enamorada. .. Créame que
una mujer —que posea la sensualidad, la ambición, el espíritu de dominio y
gusto de la esclavitud reunidos en ella— puede muy bien no estar enamorada. —¿Y
la sinceridad?
—¿A usted le gustan las mujeres francas? ¡Resultan tan
incómodas! En cambio, la mentirosa es una criatura atrayente al máximo. Las
mujeres lo han comprendido, por lo demás, desde hace mucho tiempo... Digamos
desde Eva, su madre común: ¡Adán la adoró porque le había mentido! Yo no puedo
colocar la franqueza entre las cualidades esenciales de la mujer. En cuanto a
la mentira, no vale la pena tomarse el trabajo de adquirirla para la mujer
ideal, pues se encontrará automáticamente en ella.
—Tiene usted respuesta para todo. Sin embargo, sobre las siete
cualidades que me ha enumerado, sólo hay dos que a mi criterio son esenciales:
la juventud y la belleza... ¡En cambio las otras...!
—Esperaba esa observación... No olvidé que la juventud y la
belleza son, para nuestra Mujer Ideal, dos cualidades físicas que cualquier
imbécil puede descubrir a la primera ojeada. Las otras cinco, al contrario, son
de orden interno; digamos, si lo prefiere, que son cualidades morales, aunque
no me gusta nada esta última palabra... ¡La moral y yo estamos peleados a muerte!
—En tal caso, seguramente ha olvidado en su lista el valor
moral... Estimo, y creo que muchos hombres serán de mi misma opinión, que es la
primera de todas las cualidades.
—¡De ninguna manera en mi sistema, joven! Siempre he ignorado lo
que usted llama el valor moral. Si usted lo admite, será inútil continuar este
viaje: prefiero llevarlo directamente a París... En efecto, ese llamado
"valor moral" puede, en rigor, acordarse con la juventud, con la
belleza y con el sentido burgués, pero de ningún modo con la sensibilidad, la
ambición, el espíritu de dominio y el gusto de la esclavitud.
—¿No le parece que mejor sería colocar esas cuatro últimas
cualidades bajo el rótulo de "defectos"?
—Son defectos, en realidad, según el lenguaje de las personas
llamadas "virtuosas". Pero tales defectos me parecen indispensables
para hacer una mujer completa: usted mismo los aprecia. ¿La sensualidad
estremecedora que emanaba de la pelirroja Serena le parecía desagradable?
—Reconozco que no —confesó el joven—. ¿Pero la ambición de
Gloria?
—Ella también tenía su encanto antes de que la Divina hubiera
satisfecho su deseo. La mujer ideal debe ser ambiciosa, si no carecería de
personalidad. Una mujer contenta de su suerte ya no es una mujer, sino un ser
que ha limitado su horizonte. No es eso lo que un joven inteligente busca en su
compañía.
—Tengo en París amigos notables que se han casado con burguesas
y están muy felices —afirmó Gilbert.
—Eso es lo que ellos dicen... o lo creen así hasta el día que
despiertan de su corto sueño. Su despertar seré entonces terrible: yo no
quisiera estar en su corazón en ese momento y menos en el sitio de sus dignas
esposas. Pero justamente acaba de aludir a una de las cualidades que he
calificado de esenciales: el sentido burgués. Si esos jóvenes de quienes me
habla con entusiasmo han experimentado la necesidad de asociar sus existencias
con las de mujeres que poseen ese sentido, es porque lo necesitan... Ya hablaremos
de eso un poco más tarde: ¡no nos anticipemos!
—En suma, hasta el presente me ha hecho conocer tres mujeres, de
las cuales usted ha tomado las tres primeras cualidades: juventud, sensualidad,
ambición... ¿Donde están las otras cuatro?
—¿Cuándo tendrá un poco de paciencia? —respondió el barón con
una sonrisa que se esforzaba en hacer indulgente—. Antes de presentarle esas
cuatro criaturas selectas es indispensable que sepa si tiene deseos de
proseguir este viaje o prefiere regresar a París.
Gilbert permaneció silencioso. Una lucha se libraba en su
espíritu. Se sentía preso de mil sentimientos contradictorios. Si volvía a
París de inmediato, se encontraría allí con la atmósfera catastrófica del drama
del cual había querido escapar. El tiempo corrido no bastaba para curar las
llagas de su propio orgullo y el de su familia. ¿Cómo lo recibirían después de
la misteriosa desaparición de Sylvia y el suicidio simultáneo de su tía, la
señora de Werner? Tendría que ocultarse, a su vez, para aparecer ridículo y
odioso a los ojos del mundo... Nadie creería en su aventura, aunque la contara
a cuantos encontrara. Poco a poco se lo colocaría en 3° categoría de los
desequilibrados y se lo compadecería. A eso temía sobre todo: a los treinta
años, cuando uno se sabe joven y fuerte, se prefiere morir antes que resultar
objeto de lástima... En cambio, si permanecía con Graig, sabía de antemano que
sería arrastrado a una aventura en la que sin duda perdería la razón. .. ¡De
todas maneras sería una aventura apasionante para vivirla! Reflexionando le
pareció que el barón se hallaba en lo cierto: la mujer que poseyera las siete
cualidades enumeradas sería ideal... ¡Además era el único hombre al que su
extraño cicerone admitiría presentar a la criatura perfecta! Su decisión estaba
tomada. Preguntó:
—¿En qué país va a hacerme conocer a la mujer que le ha cedido
su espíritu de dominio?
—¡En la Unión Soviética, joven! Tenemos mucha suerte. En esta
época es primavera. No hará mucho frío. Tengo horror a la nieve: ¿y usted ?
—¡A fuerza del vivir a su lado uno acaba por habituarse a lo que
arde!
—La cuarta persona que tendré el gran honor de presentarle se
llama Olga.
Olga recibió a Graig y a Gilbert en la sala común de las
"Mujeres Deportistas Moscovitas", de las cuales era a la vez la
animadora incomparable y la presidenta—delegada por el Soviet Supremo. Entre
sus muchas responsabilidades Olga tenía la de regimentar a centenares de
jóvenes, para hacerlas desfilar, en apretados batallones, en la Plaza Roja, los
días de los desfiles espectaculares.
Como Serena, como Gloria, también ella parecía conocer a Graig
desde hacía mucho: ambos se tuteaban. Cosa que, por lo demás, no hubiera sido
una prueba suficiente de su vieja amistad, pues todo el mundo se tutea en la
república de los camaradas.
En cuanto la vio, con sus cabellos rubio ceniza muy cortos, que
le daban una apariencia más masculina que femenina, Gilbert quedó fascinado. La
mirada de Olga era glauca, impenetrable, alternativamente zalamera y cruel,
pero siempre lejana. Esa mujer —a la cual era muy difícil darle una edad
precisa— parecía no estar nunca cerca de aquellos con quienes vivía o
conversaba. Todo su ser vibrante, que se abandonaba a veces a languideces
inexplicables para los occidentales, parecía vivir un sueño inmenso y perderse
en la muda contemplación de las estepas infinitas... En ciertos momentos sus
ojos transparentes se llenaban de pronto de lágrimas, luego se secaban con la
misma rapidez. Antes de ser mujer, Olga era eslava.
Mujer lo era, sin embargo, gracias a ese indefinible encanto de
su raza, que tanta tinta ha hecho correr. Y sin embargo, no había nada
rebuscado, la menor coquetería en su vestimenta, compuesta por una casaca roja,
ceñida al cuello y que caía sobre un pantalón de pana negra. Llevaba botas.
Aquella alma atormentada no podía menos que ser complicada e
inasible. Un corazón siempre dispuesto a entregarse, sin darse jamás realmente.
Era una perpetua dualidad. Se sentía sobre todo que aquella mujer no pertenecía
a nadie y que quería conservar su libertad.
Hablaba en un francés que a través de su garganta, adquiría
sonoridades desconocidas. Bebía grandes sorbos de vodka con la misma seguridad
que un cosaco del Ural, vaciando de un solo trago el vaso casi lleno hasta los
bordes. Realmente, esa criatura, cuya apariencia parecía bastante frágil bajo
su disfraz de amazona moderna, encarnaba a la Mujer Fuerte, pero no exactamente
aquella de que habla el Evangelio.
—Bueno, camarada barón, ¿para qué has venido a verme con tu
joven compañero?
—Quería que él te conociera, camarada Olga... ¡Eres una mujer
apasionante!
—¿Pensará de veras lo mismo tu amigo francés? Como lodos los que
vienen de los países capitalistas, me mira con asombro... Pero tú, camarada
barón, que no eres de ningún país, ¿cómo puedes tener una opinión de mí?
—¡Tengo una excelente!
—Eres la primera persona que me dice eso. Generalmente los
hombres me temen.
—¡Son unos tontos! Mira a mi amigo Gilbert, en cambio : él no te
teme. Créeme. Tiene la garra suficiente para medirse con una mujer de tu
especie. Tú no lo intimidas. ¿Otro poco de vodka? —¡Mucho vodka! Después de
beber, ella dijo:
—No se te ve con frecuencia, camarada barón; sé que prefieres
vivir entre los capitalistas. Sin embargo, te equívocas. Serías mucho más feliz
entre nosotros.. . Pero yo te conozco: siempre vuelves aquí cuando tienes algo
que pedirme. ¿Qué es lo que quieres ahora?
—Por una vez, al menos, la camarada Olga se engaña —bromeó
Graig—. No sólo no vengo a pedirle nada sino que traigo un regalo. Un magnífico
regalo: un joven francés que le admira... ¿No es verdad Gilbert?
Este último no respondió. Graig lo observaba sonriendo. Una vez
más, Gilbert estaba enamorado: no parecía saciarse en la contemplación de la
extraña Olga. Sus labios, ligeramente entreabiertos, parecían beber con delicia
cada palabra que salía de la boca eslava. Todo cuanto decía la rusa adquiría de
inmediato carácter de oráculo en el espíritu del joven .
La mirada penetrante de Graig iba alternativamente de Olga —que
continuaba fumando tranquilamente como si no notara la turbación suscitada en
el alma del joven— a Gilbert, que perdía pie con rapidez desconcertante. Era el
eterno juego del gato y el ratón, con una diferencia: esta vez la mujer
ambiciosa triunfaría del macho indeciso. Y Graig pensó que esa belleza eslava,
cuyo insaciable corazón ocultaba perpetuamente una sorda rebeldía, quizá fuera
la compañera más conveniente para el ridículo personaje a quien paseaba
alrededor del mundo tratando de hacerle descubrir el verdadero rostro de la
mujer.
Graig tenía ya la certidumbre de que ninguna otra, desde Yolande
hasta Gloria, pasando por una Sylvia y una Serena, había producido aún
semejante impresión sobre su joven compañero.
Este permanecía extasiado, perdido de admiración, como si
saboreara por anticipado el placer que podía experimentar en ser dominado por
semejante criatura, en abdicar ante un ser de apariencia física más frágil que
la suya. Lo que ocurría en el atormentado cerebro y en el corazón aún joven de
Gilbert era la consecuencia lógica de la vida que ese hijo de grandes burgueses
había llevado hasta ese día... Con su belleza de macho, su fortuna, la
situación cómoda de un padre al que tuvo la suerte de hallar siempre a su lado,
Gilbert se había instalado triunfalmente en la vida. Sin haber conocido nunca
una dificultad real, acabó por creerse aguerrido y fuerte porque sólo había
tenido que derribar puertas abiertas. Nadie se le había resistido nunca; ni los
camaradas de colegio, ni los amigos de la juventud, ni las muchachas que,
todas, más o menos, se enamoraban de él, ni las mujeres casadas que incluso
llegaban a lamentar no haberlo conocido en la época en que ellas aún podían
escoger...
Nadie, ni ningún accidente, obstaculizó el curso de los
acontecimientos felices que se sucedieron, para hacerle creer al joven que todo
era fácil. En efecto, nada notable se había producido hasta el día en que tomó
conciencia de que el amor irrazonado que Sylvia le inspiró se transformó de
pronto en drama. Incluso en la actualidad no comprendía del todo bien ¡o
ocurrido ni había tenido tiempo de analizar su propio estado de ánimo en el
momento de conocer la carta de adiós de aquélla que fuera su segunda novia.
Graig se había presentado de golpe para arrastrarlo a un
torbellino vertiginoso e impedirle reflexionar. El barón logró, así, ahogar
parcialmente, desde el comienzo, un dolor de niño que hubiera odiado
transformarse en una herida incurable. Para llegar a sus fines, Graig no se
detuvo ante los medios más bajos y los más materialistas. Había curado el mal
con otro mal, sustituyendo a una difunta por una pelirroja de prodigiosa
sensualidad. La estrella platinada sucedió luego a la argentina. La rusa reemplazaba
a la americana... Parecía que ya nunca Graig lo dejaría tranquilo, aturdiéndolo
hasta convertirlo en un robot incapaz de discernir él solo sus propios
sentimientos. El joven sentía que se hundía lenta pero seguramente y que en el
porvenir se hallaría siempre bajo el dominio de Graig, a menos que alguien
viniera en su socorro, alguien tan fuerte como el barón, alguien capaz de
luchar con armas iguales con el personaje maquiavélico.
¡Y he aquí que ese alguien se presentaba bruscamente bajo la
forma extraordinaria de Olga! ¿Sentía Gilbert que quizá en esa mujer podría
encontrar la aliada necesaria? Lo más extraño de todo es que Graig iba a caer
en su propia trampa: ¿no acababa él mismo de presentarle a la eslava? Sólo que
Gilbert olvidaba un detalle que debía tener muy presente después de haber
aprendido a conocer a Graig. Y era que el barón adivinaba todo, principalmente
los más íntimos pensamientos, aun antes de ser formados. Absorto en la
contemplación de Olga, hechizado por el encanto eslavo, el joven no se daba
cuenta de que Graig sabría evitar a tiempo el peligro de cualquier competencia.
Por él momento, el barón continuaba mostrándose persuasivo
respecto a Olga:
—¿No te gustaría, camarada, que te dejara sola con mi
joven amigo? ¡Podrías enseñarle tantas cosas sobre tu gran Unión de las
Repúblicas Socialistas Soviéticas! ¿No te das cuenta que sólo quiere, dejarse
convencer? Está dispuesto a escucharte, ¿y quién sabe?, tal vez se convierta
él, a su vez, en su mundo capitalista, en el más ferviente propagandista del
socialismo; y a ti, camarada, que nunca has franqueado las fronteras, ¿no te
interesa descubrir personalmente las reacciones de un hijo de burgueses, lleno
de ardor y buena voluntad? .
La voz tentadora se había tornado dulce, muy dulce, tanto para
Olga como para Gilbert. Por la mirada lejana de la eslava pasó un fulgor
fugitivo, en el cual centelleaban todas las crueles codicias del mundo, y su
voz ronca dijo a Graig:
—Déjanos, camarada...
Algunos minutos más tarde, sin que el joven siquiera se diera
cuenta de cómo había ocurrido la desaparición de Graig, Olga y Gilbert se
encontraron solos en una habitación sumariamente amueblada, donde había un
jergón de paja tirado en el suelo.
—Desnúdate —ordenó la mujer que permanecía vestida. El hombre
obedeció, dominado. Cuando estuvo desnudo, ella le dijo: —Realmente eres
hermoso y me deseas... Graig tenía razón... ¿Pero sabes lo que es ser mi
esclavo ?
Olga había tomado un látigo y continuó, con una voz ronca,
mientras se aproximaba a él:
—¡Tú bien quisieras tomarme, perro burgués! ¿Quisieras poder
alabarte, de regreso a tu país, de haber hecho el amor con una chica de Moscú?
Sólo que a mí todavía no me gustas... ¡No eres tú quien tiene el derecho de
escoger sino yo! ¡Y yo únicamente me entrego a quienes primero domestico! Sólo
después de obedecerme se tiene el derecho a la recompensa... ¡Tú todavía no
estás maduro! Serían necesarios meses, años, sin duda, para hacerte abdicar de
toda voluntad. Estás podrido por el mundo demasiado fácil y podrido en que te
has acostumbrado a vivir. Además, eres sólo débil: ¡cualquier mujer débil te
atrae!
La debilidad no tiene nada que ver con la obediencia... ; No te
acerques, perro, si no te castigo!... ¿Sabes tú que para nosotras, las hijas de
la, Nueva Rusia, ustedes los hombres ya no cuentan? Sólo nos servimos de
ustedes para triunfar en lo que emprendemos o para satisfacer un deseo animal.
—No puedo creer —dijo el joven— que una mujer como tú no me
desee...
—¿Así que te crees irresistible? ¿Qué es lo que Graig te ha
dicho de mí?
—Nada. Solamente nos presentó. Y eso ha sido suficiente.
—Para ti, pero no para mí. ¿No te ha contado que cuando tenía
dieciocho años un camarada soldado me violó en Leningrado?... Entonces yo sólo
creía en dos cosas: ¡en el amor y en mi patria! Desde aquella noche, cesé de
creer en el amor del hombre, pero en cambio el amor por mi patria creció en mí.
¡Ya no me quedaba ningún otro sentimiento! Comprendí que habitaba en el único
país del mundo donde la igualdad de los sexos no es una vana palabra, y donde
podría, si era bastante fuerte, hacer pagar cien veces al hombre el mal que
acababa de hacerme al arrancarme mi más grande ilusión. Yo estaba herida en mi
carne, pero después he azotado a los hombres... Los he visto arrastrarse,
suplicarme que los perdone: jamás lo he hecho. ¿Por qué ceder a los brutos? Hay
que ser más dura que ellos.
—Todo cuanto acabas de decirme, camarada, explica tu amargura,
pero ella no se justifica conmigo, que no te deseo ningún mal... ¿A qué ocultar
tu verdadera naturaleza tras una falsa caparazón? ¿Cómo puedo creer que no
existe en ti pese a tu afán de dominio, una mujer como las otras?
—¿Como ésas que encuentras en Francia? Para probarte que no me
les parezco en nada, te voy a contar —¡y sabe que jamás lo he hecho a nadie!—
una aventura que me sucedió... Tenía veintidós años y servía con celo al
Partido que, al darme poderes que jamás hubiera conocido bajo el antiguo
régimen, me permitía saciar mi deseo de venganza sobre el hombre. Acababa de
ser nombrada Comisaria del Servicio Social. El azar de una de mis giras de
inspección me llevó a una mina de sal en la que trabajaban detenidos
políticos... En la larga columna de hombres que se dirigían a su trabajo
observé a uno cuyo continente orgulloso y despreciativo me intrigó. Era un
antiguo noble, el príncipe Boris. Aún era hermoso, pese al duro trabajo que le
habían impuesto. Los guardianes que conducían esa obra a golpes de
"knut", me aseguraron que era indomable. Entonces decidí someterlo y
lograr lo que los guardias ignorantes no habían conseguido. Quería hacerle
sentir a ese aristócrata presuntuoso lo que eran el poder y la voluntad de una
hija del pueblo en un país donde el pueblo, por fin, se había convertido en el
amo.
Me hice traer al prisionero, que fue liberado de su trabajo y me
lo adjunté como subalterno. ¡Los extraños goces que experimentaba al dar
órdenes a aquel noble que se había hecho servil, sobrepasan todos cuantos he
conocido después! El, tan orgulloso antaño ante los hombres, me lustraba las
botas, me encendía el fuego cuando la isba donde nos alojábamos estaba helada,
preparaba mi té... Sólo tenía que mirarlo fijamente cuando tenía veleidades de
rebeldía : inmediatamente el perro que había en él agachaba el lomo. Durante
las primeras semanas me preguntaba si actuaba así por temor a ser enviado de
nuevo a las minas de sal o si tenía miedo de mí. Y un día comprendí. ¡El
hermoso Boris estaba enamorado de mí! Era obediente por amor... Aquel hombre,
treinta años mayor que yo y que había pertenecido a la Guardia del Zar, se
había convertido en mi lacayo. ¡El lacayo enamorado de su ama, a la cual estaba
dispuesto a besarle los pies delante de cualquiera! El amor de aquel hombre no
me desagradaba. Todas las otras chicas del pueblo me envidiaban... ¡Es que yo
era más fuerte que todas!
Una noche, aquel perro de Boris se convirtió en mi amante. ¿No
era justo que la hija del pueblo triunfante se hiciera tomar por un noble
vencido? Cuando hacía el amor, Boris era un boyardo. Yo lo utilizaba. No podía
pasarse sin. mí y me obedecía ciegamente. Durante ln jornada le hacía padecer
todas las vergüenzas que su decadente raza jamás hubiera tolerado Rabia,
también, que si un día aquel hombre volviera al poder, me haría azotar como a
una perra en la plaza pública. De modo que tomé mis precauciones: era yo quien
lo azotaba. Mientras las correas de cuero se hundían en su piel, él me
contemplaba con sus grandes ojos húmedos, muy semejantes a los de una bestia
que no comprende por qué su amo la castiga. Estaba domado. Por la noche, yo me
entregaba a ese cuerpo cuya carne estaba aún magullada por las marcas
sangrientas de mi "knut". ¡Jamás ninguna mujer del mundo ha hecho ni
hará mejor el amor que yo con Boris!
Yo le había devuelto el gusto de la mujer, que los trabajos
forzados casi le habían hecho perder. Lo llevé conmigo a Moscú. Una mañana,
después de ausentarme para hacer una relación de mi informe a mis jefes,
regresé antes de lo pensado. Boris estaba acostado en mi cama en tren de hacer
el amor con otra mujer libre. Arrojé a la mujer y até a mi amante con las
correas que utilizaba cuando quería azotarlo. Se dejó hacer, dócil, creyendo
que, una vez más, después de darle el "knut", sería su amante...
Cuando lo vi reducido a la impotencia total, le apreté fuertemente las puños
con dos correas de cuero... Tan fuerte que se desvaneció de dolor y la sangre
dejó de circular por sus manos.
... Se le pusieron violetas, después negras... Con un cuchillo
de cocina, corté la piel de las manos, un poco encima de las correas. Cuando lo
hube hecho, tiré lentamente de la piel, como se hace con la de las serpientes.
En ese momento volvió en sí de su desmayo para lanzar un aullido que no
olvidaré jamás y que me produjo una inmensa alegría... Algunos segundos más
tarde, expiraba... Como yo me había servido de su cuerpo, estimé que me
pertenecía y decidí utilizar la piel de sus manos que habían osado acariciar a
otra mujer en mi ausencia. Me hice con ella un par de guantes que jamás
abandono: helos aquí... Mi mano goza en este guante de un terciopelo nuevo...
Huélelo, camarada francés ... ¿No te parece que el olor de la piel de hombre es
fuerte? Se diría la de un puerco...
La camarada Olga colocó sobre las narices estremecidas de
Gilbert el par de guantes ennegrecidos, para que él pudiera respirar el extraño
perfume. El joven retrocedió horrorizado, volviendo la cabeza. Pero la mujer se
irguió ante él, y después de haberse abierto su corpiño, ordenó muy calma:
—Ahora, desnúdame... Acabarás por las botas... Tú también eres sólo un perro,
pero yo te doy permiso para que me tomes...
El joven, petrificado, no se movió. —¿Ya no me deseas más,
camarada? —¡Usted me causa horror!
—¿Me dices "usted"...? ¡Eso ya no
existe en la Unión Soviética!
Los ojos glaucos brillaron de furor mientras ella aullaba:
—¡Y tú tenías la presunción de hacer el amor conmigo! ¡Un perro
cobarde como tú que casi se desvanece porque se le da a oler unos guantes de
piel de hombre! ¡Si pudieras verte en este momento, camarada, te encontrarías
ridículo y lamentable! ¡Merecerías, tú también, que te azotara hasta sangrar
por haberte permitido codiciarme! Pero ni siquiera mereces ese honor...
¡Vístete! es lo mejor que puedes hacer...
Escupió sobre el piso para expresar su desprecio. Gilbert se
vistió aún más rápidamente de lo que se había desnudado. Mientras se anudaba la
corbata, un golpecito discreto se oyó en la única puerta de la habitación.
—¡Entra, camarada! —gritó Olga. Graig apareció, sonriente, preguntando con voz
suave: —¿Lo han pasado bien?
—¡Magnífico, camarada! —respondió Olga con un tono de profundo
desprecio.
—¿Verdad, camarada Olga, que mi joven amigo es encantador?
La mujer encendió un cigarrillo antes de responder: —Yo me
pregunto, camarada barón, por qué te paseas por el mundo con él. Si consentí en
darle una oportunidad, fue solamente porque no puedo negarte nada...
Sin pronunciar una palabra, Graig se llevó al joven. Sólo cuando
hubieran salido de la casa le dijo:
—Sabía que la camarada Olga le interesaría... ¿Qué hacemos
ahora?
—¡Partamos, Graig!
—¿Ya? .. De acuerdo. Pero, ¿adonde?
—¡Adonde quiera, a condición de que este lejos, muy lejos, de
esa mujer!
—Es curioso cuan rápidamente ha cambiado de opinión, mi pequeño
Gilbert. Pues en fin, hace un momento, hasta llegó a pensar en hacer a Olga su
aliada contra mí...
—Creo que es la primera vez, Graig, que prefiero su compañía a
cualquiera...
—¡Bueno, todo tiene un principio! Ya verá que antes del fin de
este viaje acabaremos por ser los mejores amigos del mundo... Comprendo
perfectamente lo que ahora necesita: un excelente derivativo. Ninguno mejor que
otra mujer...
—¿Todavía más?
—¡Naturalmente! Otra mujer cuya cualidad esencial sea
exactamente la contraria de la de Olga.: una encantadora criatura que, en lugar
de gustarle dominar a los hombres, sueñe con ser su esclava.
Dos horas más tarde se encontraban de nuevo en el avión, ya
lejos de Moscú. Gilbert yacía postrado en su pullman. Graig le preguntó con
dulzura:
—¿Realmente le causó una gran impresión esa mujer?
Y como el joven no respondiera, insistió:
—Sin embargo, tuve la impresión muy neta de que la admiraba. ¿No
era magnífica en su orgullo mezclado de calma?
Entonces Gilbert estalló:
—¡Basta Graig, no me hable jamás de esa mujer!... Sí, ella me
gustó... Quizá ninguna me había parecido hasta entonces más deseable, tal vez
porque era indomable. Pero su relato era demasiado horrible. Lo que más me
sorprendió fue el tono con que me lo hizo. Todo ese horror le parecía lo
natural. Su voz era glacial mientras relataba la muerte de Boris... Graig, ya
no sé si debo odiarlo por haberme hecho conocer tal monstruo, o al contrario,
estarle agradecido por haberme hecho descubrir un tipo de mujer desconocido en
nuestra civilización latina.
—¡No diga tonterías, mi pequeño Gilbert! Ese género de mujer,
ansiosa de mando, existe en todos los países y en todas las latitudes...
—¡Pero no con esa crueldad!
—Todas las mujeres son crueles cuando quieren lograr sus
fines...
—Quisiera hacerle una última pregunta a su respecto... Después,
¡jamás volveremos a hablar de ella! Pero me cuesta creer, pese a toda su fuerza
y a su prodigioso poder de persuasión, que haya podido decidirla a cederle su
voluntad de dominio. De ser así, ella no hubiese tenido el valor ni siquiera el
deseo de contarme la historia de Boris.
— ¡Acaba de poner el dedo sobre un punto que me es
particularmente sensible!... Conocí a Olga durante la última guerra, en
momentos en que la situación de la Unión Soviética era muy grave. El fulminante
avance alemán había llevado a las tropas blindadas de Hitler hasta las puertas
de Moscú. Olga pertenecía a un grupo de guerrilleros que tenían por misión
hostigar a las tropas enemigas para retardar lo más posible su avance. ¡Y ella
acababa de ser hecha prisionera, con las armas en la mano y de civil! Las leyes
de la guerra la asimilaban a un francotirador y, como tal, no podía ser
considerada prisionera de guerra. Los alemanes no gastaban bromas con este
género de combatientes y los fusilaban inmediatamente.
Su suerte fue que la encerraran, durante la noche, en una
habitación provisional, habiéndose dispuesto su fusilamiento para el día
siguiente, al rayar el alba.
Cuando me enteré por uno de mis amigos, brillante comandante de
la Wehrmacht, que una mujer se encontraba entre los guerrilleros rusos que
acababan de ser detenidos, tuve la curiosidad de conocerla. Mi amigo el
comandante me facilitó las cosas. Un cuarto de hora más tarde me hallaba frente
a frente con la prisionera, en un sombrío reducto donde había sido encerrada
sola.
—¿Pero qué hacía usted en esa época, en medio de las tropas
alemanas de invasión?
—Sepa, joven y brillante caballerito, que mi sitio está siempre
donde hay un desastre en el mundo. Los hombres que se matan entre ellos, las
ciudades quemadas, las ruinas que se acumulan, constituyen para mí el trampolín
ideal para extender mi reino... ¡No me interesan los hombres cuando son
felices! Por otra parte, sólo vienen a mi encuentro cuando son desdichados o
—lo que es lo mismo— cuando tienen alguna necesidad imperiosa que no pueden
satisfacer...
—¿Sabían en la Wehrmacht quién era usted realmente? —Yo estaba
incorporado en ella en calidad de oficial intérprete. ¡Ya debe haber sospechado
que ninguna lengua en el mundo ofrece secretos para mí! Y durante esa campaña
los alemanes carecían terriblemente de gente que hablara correctamente el ruso.
A sus ojos, yo les resultaba, pues, indispensable... Por otra parte, mi amigo
el comandante sólo me concedió autorización para visitar a la prisionera con la
condición expresa de que la hiciese hablar para sacarle los mayores datos
posibles acerca de otro grupo de guerrilleros de la región.
—¿Pero entonces, como oficial—intérprete, llevaba el
uniforme ?
—¡Naturalmente! Un espléndido uniforme negro de nazi... ¡Le
aseguro que tenía un gran porte! Pero en el momento en que penetré a la prisión
donde se hallaba Olga, ella me miró, durante los primeros segundos con un odio
apenas disimulado... Después sus ojos parecieron desinteresarse de mi persona
para perderse en no sé qué sueño. Confieso que experimenté en ese momento,
hacia esa orgullosa criatura, el mismo sentimiento que usted experimentó por
ella antes de que le contara su cruel historia. Por eso comprendo su confusión
actual: uno puede prendarse de semejante mujer. Desgraciadamente, tengo la
seguridad de que si tal sentimiento dura, uno está perdido...
—Si a usted le ocurriera eso, Graig, no creo que arriesga ría
gran cosa...
—¿Quién sabe?... ¡Las mujeres son tan fuertes!...
—No ha nacido todavía la que pueda conquistarlo.
—Todavía no, en efecto... Pero usted, mi joven amigo, hizo bien
en huir de Olga. Al abandonarla ha dado una prueba, de valor: sinceramente, lo
admiré hace un rato... ¡Por otra parte, es la primera vez! Y puede contar
conmigo para poder olvidar a esa mujer desde la próxima etapa.
Mi primera conversación nocturna con la condenada sin remisión
me pareció descubrir toda su personalidad. Como sabía que iba a morir, le
ofrecí que me cediera su voluntad de dominio. A cambio de la misma me
comprometía a obtener para ella un favor excepcional de mi amigo el comandante,
durante las últimas horas que le quedaban para vivir. Ella me respondió con una
altivez soberbia:
—Camarada, yo no tengo ninguna confianza en ti y no quiero deber
nada a la «bondad» de los nazis. ¡Si pudiera reventarles los ojos a todos antes
de morir, lo haría con gusto!
—No se trata —respondí— de agachar la cabeza ante los enemigos
de tu país, sino de hacer un acuerdo secreto conmigo solamente, que hoy me
encuentro en el campo nazi, pero mañana puedo muy bien hallarme en el campo
ruso. Yo no tengo convicciones muy definidas, y mi misión es más bien endulzar
la miserable existencia terrestre de los hombres, ofreciéndoles, cuando puedo,
los placeres que les están prohibidos... ¿Qué último placer quisieras conocer
tú, camarada?
—"La libertad, para poder abatirte en seguida como a un
perro" —me respondió la insolente e indomable criatura.
—¡Eres muy golosa, camarada! Sin embargo, si te hiciera huir
antes del alba, ¿me cederías en cambio lo que te pido?
—Desde hace mucho tiempo que en la Unión Soviética hemos dado un
sitio de honor al trueque, pero no cambiaré mi voluntad de dominio por mi
libertad. Si saliera de esta prisión, la necesitaría más que nunca para reinar
sobre aquellos que he jurado sojuzgar. Y prefiero morir antes de caer de nuevo
en la masa ciega de aquellos que obedecen a consignas burguesas caducas.
—¿Por qué mezclar siempre la política a tus sentimientos,
camarada?
—Yo no siento nada; en cambio, la política es útil. Déjame
ahora. Quiero prepararme para morir."
Sólo me quedaba retirarme. Por primera vez en mi vida acababa de
sufrir un fracaso. La energía de aquella mujer alteraba mi vasto proyecto. Sin
embargo, necesitaba esa voluntad de dominación para insuflársela a la Mujer
Ideal que preparaba desde hacía años en silencio. Y ninguna mujer en el mundo
—acababa de tener la prueba deslumbrante de ello— poseía una voluntad de
dominio comparable a la de la roja Olga. Para que mi experiencia alcanzara un
éxito completo, las siete cualidades indispensables debían tomarse a siete
criaturas que las poseyeran en su máximo grado en el mundo. Ahora bien, jamás
encontraría a otra Olga... Me decidí entonces por una decisión desesperada, que
de haber fracasado hubiese podido tener muy graves consecuencias.
Provisto de un salvoconducto hice poner en libertad a la rusa,
so pretexto de que sus revelaciones eran del más alto interés y debían ser
hechas personalmente ante el Estado Mayor. Yo mismo la llevaría en un auto.
Después de andar algunos kilómetros, habiendo llegado a un lugar
desierto donde no se distinguía a ningún alemán me detuve. Entonces le di
dinero y una metralleta para que se defendiera hasta que lograra reunirse con
un grupo de guerrilleros.
La noche era oscura y sin estrellas. Una noche que parecía haber
sido encargada ex profeso por mí para que Olga pudiera huir sin ser perseguida
ni por su sombra. Apenas distinguía su rostro cuando me preguntó en voz baja,
en el momento de separarnos.
—¿Por qué has hecho esto, camarada? Ya te he dicho, sin embargo,
que no te daría nada a cambio de mi libertad.
—Porque admiro tu valor, camarada. Tú eres la primera mujer que
ha sabido resistir a mis ofertas tentadoras. Bien sé que preferirías morir
antes que alienar tu más bella cualidad.
—Escucha, camarada. Yo quisiera a mi turno hacer algo por ti...
Te permito tomar de mi voluntad de dominio la cantidad que necesitas para dar
suficiente voluntad a otras... Poseo tanta que me siento capaz de prestártela
sin que eso me disminuya... Y sólo tengo un deseo: que el día que hagas pasar
un poco de mi alma a otras almas, ellas se resistan salvajemente a su turno.
Entonces dirás: «¡Era un jefe la camarada Olga». Dame ahora un apretón de manos
como lo .harías con un hombre. Eso probará que no tengo miedo de asociarme con
el diablo a condición de que me ayude.
—¿Ella también lo identificó? —preguntó Gilbert. — Eso creyó
ella, mi querido... Es tan fácil, cuando se encuentra un personaje que sale de
lo ordinario, decir: " ¡es el diablo en persona!" En el fondo el
diablo tiene demasiadas buenas espaldas, carga con todo... Poco le importaba
aquella noche quien fuera yo. ¿Acaso lo esencial para ella no era seguir viva,
para dar libre curso a su deseo de dominio? Raramente, Gilbert. el
"camarada barón", ha estrechado con más placer la mano de un ser
humano. Si mi victoria sobre ella fue sólo parcial, no me quejo: el adversario
era de envergadura, como habrá podido darse cuenta. Y yo le tomé bastante
voluntad de dominio como para dotar a aquella que lo necesitaba... Pero tenía
razón esa Olga: ¡en . ella las reservas de su cualidad dominante son
inagotables! Sus últimas palabras antes de nuestra separación, fueron: —Si el
azar quiere que volvamos a encontrarnos, camarada, sabe que estaré siempre a tu
disposición para darte nuevas cantidades de lo que me has pedido".
—No fue necesario. Mi Mujer Ideal está suficientemente
provista... La única vez que le he pedido un servicio a Olga, fue para su
placer, mi pequeño Gilbert... Desgraciadamente, no supo aprovechar la
ocasión...
—¿Y ahora hacia qué punto del globo volamos? —Hacia un rincón
adorable. Mañana por la noche nos hallaremos en un .lugar de sueño, que ha
inspirado desde hace siglos a todos los cuentistas del mundo... Un. lugar muy
cerrado, asimismo, ya que siempre han excitado la curiosidad de las multitudes,
sin que ellas pueden saber exactamente lo que ocurre allí...
... El decorado que nos espera se halla impregnado de perfumes
violentos y sutiles que pronto han de hacerle olvidar la cruda realidad de la
Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas y que a mí, Graig, me darán la
maravillosa ilusión de que la visión más sorprendente de mi existencia eterna
no fue la de una mujer joven, con los vestidos en jirones y un metralleta bajo
el brazo, perdiéndose sola en medio de la soledad y el silencio de la estepa
desierta, cierta noche en que la muerte la había rechazado...
Mohamed Ben Setouf era el sultán más poderoso del Heyaz y uno de
los más envidiados de la Arabia Feliz. El respeto con que las multitudes lo
rodeaban se debía en gran parte a la reputación universal de su ilustre harén.
Como el rey Pausóle, Mohamed Ben Setouf poseía trescientas sesenta y cinco
mujeres, o sea una por cada día del año... No siendo la justicia en el amor
cosa de este mundo, las sumisas esposas sólo tenían derecho a las caricias de
su amo y señor sólo una vez por año. El resto del tiempo buscaban consuelo en
las prácticas emocionantes honradas por las ilustres habitantes de la isla de
Lesbos.
No había rastros de hombre en el gineceo, como no fuera el Gran
Eunuco, que respondía al nombre muy corto de Alí. La tarea de Alí con tantas
mujeres que vigilar, era aplastante: el gordo hombrecito mofletudo, cuya cabeza
se realzaba con un presuntuoso tarbouch rojo, pasaba la mayor parte de sus
jornadas y de sus noches tratando de evitar las discusiones y las luchas
femeninas inevitables, que la presencia de trescientas sesenta y cinco hembras
en celo, encerradas en un espacio relativamente restringido, no podía dejar de
suscitar. Las dimensiones de ese harén rosa y verde, que sin embargo parecían
vastas al extranjero a quien el sultán acordaba el insigne favor de hacer una
visita, eran insuficientes para las trescientas sesenta y cinco maravillosas
criaturas, condenadas a vivir entre ellas en una perpetua promiscuidad.
Aquella mañana Alí se hallaba muy atareado. Su amo lo había
hecho llamar la víspera para explicarle que al día siguiente debía hacer los
honores del gineceo a dos visitantes de calidad llegados en avión.
—Esos dos amigos —explicó el sultán Mohamed a su fiel eunuco—
habitan en Francia, un país donde los hombres creen conocer a las mujeres. Yo
quiero abatir ese orgullo y demostrarles que nosotros, los orientales, no
tenemos nada que envidiarles en ese terreno.
—Así se hará, ¡oh Mohamed! —respondió Alí con su vocecita de
falsete— de acuerdo a tu voluntad... Haz que Alá inspire a tus esposas el pudor
indispensable durante la visita de esos rumis.
—Si Alá olvidara inspirarlo, oh Alí, cuento con la vigilancia de
tu látigo cuyos efectos siempre se han mostrado saludables.
Fortalecido con estas instrucciones y con la confianza que
depositaba en él su amo, Alí iba de una mujer a la otra rezongando, dando
órdenes, fustigando. El resultado práctico fue que, en el momento en que Graig
y Gilbert penetraron al patio interior del harén, la efervescencia suscitada
por el anuncio de la visita de los extranjeros se hallaba en su colmo: no había
una sola de las esposas de Mohamed que no estuviese tan enervada como el Gran
Eunuco mismo.
Era adorable aquel patio interior cuyo suelo, recubierto de
mosaicos, dejaba un importante lugar a innumerables fuentes ovales o
rectangulares. En el centro de cada una de las fuentes susurraba un chorro de
agua cuyos arabescos traslúcidos cambiaban perpetuamente de color bajo el
efecto del sol de Arabia. El patio se hallaba rodeado por otro patio cubierto,
sobre el cual daban las puertas con rejas de madera de las habitaciones de las
esposas. Estas, de pie tras sus rejas, observaban con viva curiosidad a los dos
extranjeros a los cuales Alí se esforzaba en dar todas las explicaciones
deseables, acompañadas por repetidas reverencias con su obeso vientre. Todas
las mujeres llevaban el velo o haik: sólo sus ojos inmensos y la parte inferior
de la frente eran accesibles a las miradas de los visitantes. Las esposas de
Mohamed, con la mitad de sus rostros oculta, parecían todas lindas. Por un
extraño efecto de óptica sus ojos se agrandaban así desmesuradamente, y el
misterio con que se rodeaban añadía una nota rara a la insatisfecha curiosidad
de Gilbert.
Graig se mostraba más indiferente. Parecía encontrar tan natural
ese espectáculo que su compañero llegó a preguntarle si también él no poseía un
harén, oculto en alguna parte, en la vieja Europa. Pero el barón parecía
hallarse decidido a no mostrarse egoísta en este viaje... Comprendió que
Gilbert moría de deseos de ver a esas mujeres de más cerca y hablarles si fuera
necesario. Entonces le dio a Alí una breve orden en árabe:
—Suéltalas.
El Gran Eunuco dio tres golpecitos con sus manos regordetas. Esa
señal equivalía a la campanada que anuncia en los colegios el principio del
recreo. Las mujeres sólo parecían esperar ese momento en que se les concedía
una relativa libertad. Salieron como furias de sus habitaciones con puertas
enrejadas para precipitarse sobre los visitantes lanzando pequeños gritos
guturales. Gilbert tuvo un momento de inquietud: ¡aquellas mujeres histéricas
constituían un verdadero batallón dispuesto a todos los asaltos! Por fortuna
Alí estaba allí con su látigo, que rápidamente puso fin a esa lisonjera
demostración, obligando a las esposas del sultán a permanecer en círculo, a una
prudente distancia de los distinguidos huéspedes. Con todo, Gilbert estaba
intimidado. Se sentía la presa masculina de trescientos sesenta y cinco pares
de ojos que lo devoraban con avidez. Experimentaba la curiosa sensación de
haberse transformado en un animal raro que evolucionara en una viviente prisión
con paredes de carne.
—¿Cuál le gusta más? —preguntó Graig riendo.
—Eso no se puede saber —respondió el joven, turbado—. Para sacar
algo de esta colección tan particular sería necesario que las mujeres se
quitaran los velos a fin de que uno pudiera elegir.
—Las mujeres no desean otra cosa, y desde el momento en que
Mohamed le ha permitido penetrar al santuario donde esconde sus amores, sin
duda le concederá también ciertos privilegios.
—Permítame tener algunas dudas al respecto... Su viejo sátrapa
no me hace el efecto de ser muy tierno. Sus cejas hirsutas, espesas y unidas,
más bien dan la impresión de que debe ser muy celoso. Y los celos de un sultán
sólo puede traducirse en el cuello cortado para el audaz que se atreva a cazar
en sus dominios...
—¡Qué mal conoce usted, joven, la hospitalidad oriental!
Mientras sea el huésped del sultán no tiene nada que temer y posee todos los
derechos. Claro que cuando esté fuera de las murallas de su palacio, será otra
historia. Entonces podría correr el riesgo de ser asesinado por mercenarios
anónimos. Pero tranquilícese: yo estaré allí... Y bien sabe que nacía malo
puede ocurrirle mientras esté conmigo.
—Si es así, trataré de responder a su pregunta. Pídale al eunuco
que ordene a las mujeres quitarse los velos.
En el momento en que Graig iba a abrir la boca para decir
algunas palabras en árabe al abundante Alí, Gilbert lo cogió por el brazo para
hacerle una observación:
—Es curioso, todas estas mujeres son morenas, excepto una que es
rubia como el trigo y cuyos cabellos de oro sobresalen del haik. ¿Quizás a
Mohamed no le atraigan las rubias?
—Joven, acaba de descubrir un extraño secreto de este harén...
El sultán, en efecto, prefiere a las morenas, como lo son todas las mujeres de
Oriente. ¡Las rubias son raras en estos parajes! El único ejemplar que usted
ve, ha venido directamente del Reino Unido.
—¿Inglesa? —preguntó Gilbert, estupefacto.
—Pura sangre. Es una joven de excelente familia... Ya que usted
habla a la perfección su lengua —lo observé en Beverly—Hills— ¿por qué no trata
de conocerla más a fondo?
Aun antes de que el joven respondiera, el barón le dijo a Alí
algunas palabras en árabe y aquél hizo un simple signo con la mano. La inglesa
se adelantó, siempre con el rostro velado. Con una ligera inclinación de cabeza
y sin pronunciar palabra, invitó a los visitantes a seguirla, lo que hicieron,
no sin notar la inmensa decepción de las "esposas" morenas. Unos
instantes después, Gilbert y Graig se encontraron sentados en el suelo, sobre
la alfombra, según la moda oriental, en la dorada prisión de la cautiva blonda.
La puerta de rejas que daba al patio se cerró tras ellos. A través de los
barrotes de madera se podían distinguir los ojillos penetrantes de Alí,
vigilando sus menores gestos. El joven se lo hizo notar a Graig, quien
respondió:
—No se lamente demasiado... El sultán nos hace un gran honor al
darnos permiso para hablar con una de sus mujeres a rostro descubierto. En
principio, el acceso al harén está prohibido a todos los hombres, a excepción
del bravo Alí, que no es peligroso. Sólo las mujeres extranjeras pueden ser
recibidas de vez en cuando en estas habitaciones donde las princesas de Oriente
pasan su tiempo en soñar, en dormir y en fumar largos cigarrillos de papel de
Armenia, en perfumarse, en adornarse con todos los collares y brazaletes
imaginables, en hartarse a lo largo del día con rahat—loukoum, en cantar el
amor, las hazañas guerreras o las bellezas del mundo acompañándose con la
guzla, esperando, en fin, que su amo y señor se digne a llamarlas a su lecho
real para saciar un deseo intermitente.
—Curiosa existencia —confirmó Gilbert.
—Francamente —replicó Graig—, cambiando el rahat—loukoum por las
cajas de bombones y la guzla por el pick—up, ¿le parece que se diferencia tanto
de la de ciertas hetairas parisienses que usted conoce? Con su excesivo celo
democrático, Francia ha querido también poner el harén al alcance de todos...
Periódicamente autoriza la apertura o decreta el cierre de las casas llamadas
"especiales", en las cuales el visitante se encuentra en un estado de
inferioridad muy marcado con respecto a Mohamed, pues no posee como éste el
raro privilegio de la exclusividad... La mujer sometida a un solo hombre lo
esta realmente... sometida a muchos, ya es más dudoso.
—Ese enunuco me fastidia... ¿No podría hacerlo partir?
—Me cuidaría muy bien de hacerlo. Es para nosotros e! mejor
garante de nuestra tranquilidad. Ha recibido orden de su amo de permanecer aquí
para evitar cualquier gesto impertinente de su parte. Mohamed me conoce desde
hace mucho. Sabe bien que soy sólo un viejo caballo de noria, ya con mucha
experiencia acerca de todos los placeres efímeros... No es a mí a quien teme,
sino a ustedes. Cuando digo "ustedes" me refiero también a su
juventud... Ella resulta temible hasta para un sultán, porque la juventud no se
para en contingencias cuando desea alguna cosa o a alguien. Ahora puede
contemplar cuanto quiera a la encantadora persona que acaba de acuclillarse
ante usted, pero ¡prohibido tocar! Mire cómo sus ojos grises nos observan en
este momento. Creo que ya es tiempo de que nos mostremos ante esta europea
dirigiéndole algunas palabras amables como los perfectos gentlemen que ella
espera encontrar. Tenga presente que ella nada ha comprendido de lo que
acabamos de decir pues, como buena hija de Álbum que se respete, no sabe, otra
lengua que la suya... Al igual que sus hermanas, debe de ser muy locuaz, sólo
que el protocolo oriental le prohíbe abrir la boca la primera: apenas si tiene
el derecho de respondernos. ¡Es extraño comprobar hasta qué punto una inglesa
ha llegado a someterse a tal disciplina! Hágale algunas preguntas en inglés.
Usted es quien le interesa, no yo. A mí me conoce desde hace mucho.
Gilbert permaneció mudo.
—¿Habrá perdido, a su vez, el uso de la palabra? —preguntó
Graig.
Luego de un momento de vacilación el joven le respondió en
francés:
—La verdad, no sé qué decirle.
—Para facilitarle la tarea, voy a ayudarlo un poco... Ella se
llama Aixa.
—No es un nombre muy inglés.
—¡No lo es en absoluto! Es el nombre que Mohamed le hizo dar
cuando consintió, después de muchas vacilaciones, en aceptarla en su precioso
conjunto... En realidad, el verdadero nombre de esta joven británica es
Margaret: me parece difícil nada más inglés. Por lo demás, Alí tuvo mucho
trabajo en inculcarle algunas vagas nociones da árabe para las raras horas de
intimidad que Mohamed quiere acordarse. Porque el sultán no sabe una palabra de
inglés. .. Aunque bien sé que en determinados momentos los actos cuentan más
que las palabras... ¿Y si le preguntara en inglés, a guisa de introducción, si
quiere quitarse el velo? Esa barrera de tela transparente —ligera, voluptuosa,
y sin embargo cierta— dejaría de interponerse entre ustedes dos... Después,
abandónese a su inspiración...
Gilbert hizo la pregunta que Graig le aconsejaba. Aixa, alias
Margaret, cumplió su deseo con una rapidez maravillosa, ¡y el joven pudo, por
fin, contemplarla a placer!... Pero muy pronto lamentó haberle pedido ese
gesto. Lo que había de mejor en el rostro frío y regular de la hermosa y rubia
hija de Albión, eran los ojos grises, a los cuales el velo daba una expresión
que perdían cuando mostraba todo el rostro. El joven comprendió entonces el
refinamiento de Oriente, que sabe hacer seductora a la mujer más trivial
disimulando con arte, bajo velos, las partes de su rostro o de su cuerpo que
merecen ser ocultadas.
Aixa Margaret era la encarnación viva de la belleza inglesa,
cuya piel lechosa y la sonrisa permanente constituyen preciosos elementos para
la tapa de las revistas ilustradas. Era el triunfo mismo de la impersonalidad,
reducida a unas cuantas ideas fijas. De éstas, una sobre todo, había orientado
su curioso destino de mujer de harén.
Después de haber contemplado largamente esa belleza insulsa, que
era la negación de la sensualidad y lo opuesto de una Serena, el joven le
preguntó:
—¿Cómo vino a parar aquí?
—Poco importa el medio —respondió Aixa—. Lo esencial para mí era
pertenecer a este harén: mi sueño se ha realizado.
—¿Es usted feliz?
—¡Ninguna mujer libre de la vieja Inglaterra puede conocer una
dicha semejante a la mía!
—Lo que Margaret no osa confesar —susurró Graig— es que desde la
edad de dieciséis años deseaba ardientemente convertirse en una de las esposas
de un sultán. Todos los sueños son posibles entre las brumas de Manchester, la
exquisita ciudad donde nació Margaret... ¿Qué opina usted, Gilbert?
—Pienso que esta situación de mujer—esclava de un árabe es
perfectamente degradante para una joven educada en uno de los primeros países
donde las mujeres han adquirido el acceso a todas las situaciones masculinas.
Aixa lo miró con sus ojos grises e inexpresivos, sin parecer
comprender. Dejó que Gilbert desarrollara en inglés a Graig, con un ardor y una
experiencia juveniles, sus pequeñas ideas acerca de los harenes y sobre la
vergüenza que representaban para la condición humana. Cuando aquél hubo
terminado su tirada, la inglesa le respondió con una calma imperturbable y un
candor que desarmaba:
—No comprendo, señor, todas sus críticas... Piense Que si estoy
aquí, es por mi propia voluntad y que me hubiera sido imposible vivir en otra
parte sin experimentar, hasta la muerte, la pena de no haber conocido esta
existencia, que me fuera descrita por una hermana de mi madre. En efecto, mi
tía, en el curso de sus innumerables viajes, tuvo ocasión de penetrar en
numerosos harenes. Ninguno la impresionó tanto como el del gran Mohamed Ben
Setouf, sultán venerado de toda la Arabia. Ella me describió a ese príncipe de
Oriente como al más fastuoso que hubiera conocido: ¿no llevaba su refinamiento
hasta poseer una esposa por cada día del año?
Mi madre era viuda. Yo recibí una esmerada educación y al morir
mi padre me dejó una cuantiosa fortuna. Pasé la adolescencia entre mi casa de
Manchester y diferentes pensionados. Al igual que todas mis amigas practicaba
deportes y era romántica. Pero para mí, el único verdadero romance de amor era
—después de los relatos de mi tía y de la lectura de Las Mil y Una Noches— el
que una joven, nacida como yo en la libre Inglaterra, podía vivir con un hombre
al que alienaría voluntariamente toda su persona, cuando cumpliera su mayoría
de edad. ¿Y qué hombre es más fuerte que aquel que posee trescientas sesenta y
cinco mujeres? Necesitaba ser absolutamente dominada para sentirme feliz. Por
consiguiente, tenía que llegar a ser menos aún que una sirvienta: la cortesana—esclava.
He leído y releído con pasión la vida de las grandes esclavas de la antigüedad.
Ellas supieron encontrar goces inigualados en la obediencia absoluta al hombre,
sabiendo que la primera función de la mujer es la de satisfacer los apetitos
carnales de su amo.
Tomé mi decisión. Costase lo que costase, llegaría al palacio de
Mohamed y le pediría que me incluyera entre sus esposas, así debiera ser la más
humilde de todas. Yo era virgen: sólo él tendría el derecho de hacer de mí una
mujer cuando su deseo lo inspirara. Permanecería en el harén, perdida en medio
de las otras, todo el tiempo que fuera necesario, a la espera de que él
quisiera... A los diecinueve años abandoné Inglaterra, haciéndole cree a mi
madre que partía para un viaje alrededor del mundo. Jamás he vuelto a verla
después, ni tengo el menor deseo, así como a nadie de las personas que conocía.
Hace de esto ya seis años... ¡Desde el día de mi mayoría legal, ninguna policía
del mundo puede obligarme a regresar a Manchester...!
Para aproximarme a Mohamed debí vencer enloquecedoras
dificultades. El palacio está bien guardado. Y jamás lo hubiese conseguido de
no haber encontrado a este querido barón, un íntimo amigo del sultán, gracias a
él me recibió y pude expresarle, por intermedio de Graig, que me servía de
intérprete, mi deseo de ser tomada como esposa...
—No recuerdo —confesó Graig— haber llevado nunca a cabo misión
más delicada... El excelente sultán estaba convencido de que la blonda Margaret
se burlaba de él, cuando precisamente ella actuaba con la mayor sinceridad.
Incluso la tomó por una periodista sin escrúpulos, deseosa de hacer un
reportaje sensacional sobre un harén y dispuesta para ello a utilizar cualquier
subterfugio. A fuerza de persuasión y con mucha paciencia pude decidirlo a
tomar en consideración el ofrecimiento de mi "protegida". Mohamed me
pidió algunos días de reflexión, diciéndome que me haría llamar... Margaret y
yo esperamos seis semanas durante las cuales ella no cesaba de lamentarse. Bajo
una apariencia más bien fría, esta joven oculta la asombrosa obstinación
característica de su raza... En fin, un emisario del sultán vino a buscarme
para conducirme al palacio, declarando que mi amigo Mohamed quería verme solo,
sin Margaret. Acudí de inmediato a la cita, suplicándole a esta personita que
tuviera un poco de paciencia. ¿Recuerda usted, Margaret, que ese día me dijo,
con una resolución feroz: "Si Mohamed no me toma por esposa, lo
mataré"?
¡Pobre Mohamed! Nunca sospechó el peligro que ha corrido... .
Me recibió con su cortesía proverbial, pero declarándome
abiertamente que pese a su inmenso deseo de darme placer, le era imposible
tomar por esposa a esta joven inglesa sin correr el riesgo de atraerse
complicaciones diplomáticas con un país cuya amistad deseaba conservar. Le
respondí que no tenía nada que temer sobre ese punto particular y que el
gobierno de su Graciosa Majestad se desinteresaba totalmente de los hechos y
gestos de la joven Margaret mientras los mismos no comprometieran la seguridad
del Imperio.
Mohamed agregó que no se explicaba el violento deseo de la joven
inglesa por su augusta persona. Entonces le hice notar que los más grandes
amores pertenecen al misterio y que los corazones de las mujeres son
insondables... Estuvo enteramente de acuerdo conmigo sobre este punto y me
expresó una tercera objeción:
—Yo poseo ya trescientas sesenta y cinco esposas, una por cada
día del año. Cada una de ellas me da plena y entera satisfacción en el trabajo
que le exijo una vez por año... Y no puedo hacer envenenar á una de ellas por
mi Gran Eunuco para dejar sitio a su inglesa...
—Mi querido Mohamed, usted olvida los años bisiestos.
Precisamente éste es uno... ¿Qué mujer utilizará el 366 día?
Seguramente mi último argumento lo conmovió, pues me dijo:
"¡Es cierto! Ya he tenido algunos disgustos por tal motivo.
Cuando llegan esos años largos me he visto obligado a tomar dos días seguidos
la esposa que más me gustaba, pero Alí me hizo notar que dicha actitud podía
causar graves perturbaciones en la vida apacible del harén. Ese favor
suplementario acabaría por despertar celos inútiles. Lo que ustedes en Europa
llaman "el eterno femenino" también hace estragos en estas regiones,
mi querido barón. Así pues, me he visto obligado, como medida de prudencia y
por espíritu de equidad, a pasarme sin esposa durante veinticuatro horas, cada
cuatro años... Lo que para mí es un suplicio intolerable ... Ese día me siento
muy desdichado: no duermo, no como. Es un régimen que no me conviene en
absoluto. El único remedio sería que tuviera una 366 esposa que consintiera en
compartir mi lecho sólo cada cuatro años... ¿Cree que su inglesa aceptaría?
"¡Ella aceptará, Mohamed! Si bien ella posee en el más alto
grado el deseo de ser una de sus esposas, puedo certificarle que ese deseo es
puramente cerebral... Admitamos que sólo sea un capricho de una joven
empecinada que quiere romper con los austeros principios inculcados en su
primera infancia... Pero Margaret no tiene nada de temperamento... Estará muy
satisfecha con su proposición.
—En ese caso —me dijo el sultán, con el tono solemne que toma en
las grandes circunstancias— dígale que consiento en aceptarla por esposa...
Cuando le comuniqué la feliz nueva a Margaret, mi querido
Gilbert. ésta no pudo más de alegría y me besó... ¿No es cierto, Margaret?
—¡Y de nuevo estoy dispuesta a hacerlo, tan feliz soy!
—respondió la blonda y 366 esposa de Mohamed Ben Setouf.
El joven la miró, aterrado, preguntándose hasta dónde podía
llegar la aberración femenina.
—Antes de introducir a Margaret en el palacio —prosiguió Graig—
le previne que ya no podría salir jamás de él y que sería para siempre la
esposa del sultán. Le informé asimismo que su futuro esposo exigía que se
cambiara de nombre. Margaret era un nombre adecuado para la verde Albión, pero
impropio bajo el cielo de Arabia. Alí, el Gran Eunuco, sería el encargado de
encontrar un nuevo nombre. ¡No era tarea fácil! El nuevo nombre debía ser
distinto del de las otras trescientas sesenta y cinco esposas. Así fue cómo
algunas horas más tarde, cuando la puerta baja del harén se cerró
definitivamente tras de ella, la blonda Margaret se desvaneció a la, faz del
mundo para ceder su sitio a una nueva esclava velada: Aixa.
—¿Y usted vive en este infierno desde hace seis años? — preguntó
Gilbert.
—¡Es un maravilloso paraíso, contra cuyos muros vienen a
romperse todos los ruidos de la tierra! —respondió sentenciosamente Aixa.
—¿No pretenderá hacerme creer que, en seis años, ese viejo
sultán sólo la ha tomado una vez?
—Sin embargo, ésa es la verdad —afirmó la esposa rubia—. Espero
con impaciencia mi segunda luna de amor, dentro de dos años... Esa espera es el
reflejo exacto de lo que debería ser la existencia de todas las mujeres...
Nosotras hemos sido creadas para esperar, alternativamente, el capricho de
nuestros amos, los hombres, o la venida al mundo del niño que les ofrecemos. En
Europa se tiende demasiado a olvidar que, en amor, es el hombre quien da y la
mujer la que recibe.
—¿Cree sinceramente en todo cuanto acaba de decirme?—preguntó
aún el joven.
Aixa se contentó con dejar entrever sobre su rostro, de
ordinario inmóvil, una sonrisa extática, más elocuente que cualquier palabra.
Graig respondió por ella:
—¡Por supuesto que lo cree, Gilbert! Si no, hace mucho que
hubiera encontrado un medio cualquiera de huir... Grábese bien en su espíritu,
de una vez por todas, que ninguna de estas mujeres, cuyos departamentos dan a
ese vasto patio interior, desea abandonar el lugar donde ha vivido, donde vive
y donde seguirá viviendo a la espera... ¿El mundo árabe anda peor que los
otros, acaso, porque la mayor parte de sus mujeres no tratan de ser abogados,
ni médicos ni diputados, y prefieren contentarse con una vida casi animal?
Gilbert no tenía nada que responder. Graig le dijo alegremente :
—¿Tiene otras preguntas que hacerle a nuestra encantadora Aixa?
—No.
—En ese caso, creo que debemos retirarnos.
—Se lo iba a pedir —gruñó sordamente el joven.
—.. .Retirarnos —continuó Graig— rogando a la 366 esposa de
Mohamed que quiera aceptar este modesto presente, que nos hemos permitido
traerle de París...
—¿Una alhaja? —preguntó Aixa con vivacidad, mientras sus ojos
grises se iluminaban de codicia.
—Decididamente, mi querido Gilbert, creo que sólo las joyas son
capaces de arrancar a todas las mujeres del mundo de su torpor voluntario.
—No a todas... —murmuró el joven—. Usted olvida a Olga.
—No la olvido... Ella apreciaba también las alhajas, pero de
otra clase... Usted no la ha visto un día de gran desfile del Ejército Rojo,
con el pecho lleno de condecoraciones ... Esa clase de fruslerías es la que a
ella le gusta. Aixa, en cambio, prefiere estas otras: obsérvela.
La blonda esposa abrió febrilmente el pequeño estuche con la
marca de una casa de la "rué de la Paix" para extraer un solitario
que inmediatamente colocó en su anular. Luego estiró el brazo para verlo
brillar desde lejos.
—Hace seis años —continuó Graig— debí haberle regalado un anillo
de compromiso... Hoy he querido reparar mi imperdonable olvido. ¡Adiós,
Margaret! Sólo podemos desearle, al retirarnos, que continúe siendo tan
feliz...
Le besó la mano. Gilbert hizo otro tanto. Esta doble señal de
deferencia, que le recordaba una costumbre de la vieja Europa, pareció causarle
un real placer a la pequeña inglesa, siempre acurrucada sobre la alfombra.
El joven había retenido la mano de Aixa en la suya, para
decirle:
—¿Sería muy indiscreto, o aún inconveniente, hacerle una última
pregunta de orden bastante íntimo?
—No —respondió ella—. Acabo de comprobar que es usted un
gentleman, por su gesto de adiós. ¡Y un gentleman sabe conservar para sí solo
las confidencias de una dama!
—Le agradezco su confianza, Aixa. ¿Podría contarme brevemente,
usted que ya ha tenido el honor de compartir el lecho con el sultán, cómo
transcurre su noche de amor?
—Temo, Gilbert —declaró Graig— que usted sobrepasa sensiblemente
los límites de la benevolente hospitalidad que nos ofrece el excelente
Mohamed...
—Al contrario, querido amigo —respondió Aixa con viveza—. La
pregunta de su joven compañero no me incomoda en absoluto. Y me siento
encantada de responderle, tanto más porque me gustaría ver desvanecerse en la
mente de los extranjeros esas absurdas leyendas que corren, desde hace años,
acerca de la vida simple de los harenes... Cuando una di? nosotras ve, al fin,
llegar el día bendito en que ella tiene el derecho de ofrecerse a Mohamed, se
adorna con sus joyas preferidas y repite mentalmente el cuento que Alí le ha
enseñado durante meses.
—¿Cómo? ¿Un cuento? —preguntó Gilbert.
—Mohamed es un niño grande... Su bondad sólo se iguala con sus
cóleras... Antes de hacer el amor con la esposa del día, a él le gusta verla
acurrucada a sus pies y oírle contar una bella historia, que escucha extasiado
mientras fuma su hachich. ¿No es un poco como todos los hombres, que necesitan
sentirse siempre encantados? ¿Y no es papel de nosotras, las mujeres, el rodear
de encantos a quien hemos escogido por amo?Cuando el cuento es del agrado de
Mohamed, la esposa tiene derecho a todos sus favores.
—¿Y el Gran Eunuco es el que elige los cuentos? ¿Por qué no los
inventa usted misma, Aixa? —dijo el joven.
—La mujer de Oriente no está hecha para torturar su
imaginación... Alí reúne a sus funciones especialísimas, un prodigioso talento
de narrador... Todas las noches cuenta un cuento distinto y eso desde hace
años... Además, tiene así la ventaja de saber cuáles son los cuentos que
Mohamed ya conoce... sería terrible si el sultán oyera a una de sus esposas
contarle una historia que otra le hubiera contado antes...
—¿Qué pasaría?¿Mohamed la mataría?
—No —respondió Aixa, con una expresión de espanto—. La venganza
de Mohamed sería peor: enviaría a esa esposa, incapaz de contarle un cuento, de
vuelta al harén, donde su castigo consistiría en esperar otro año antes de ser
tomada...
—¿Y no siente celos de las trescientas sesenta y cinco esposas
que están cuatro veces más a menudo que usted con Mohamed? —preguntó aún
Gilbert.
—No. Cuanto más larga es mi espera, mayor es mi placer ... Alí
me reserva también los mejores cuentos, porque sabe que Mohamed me ve mucho
menos. Tengo todo el tiempo necesario para aprenderlos de memoria en árabe.
—Si Aixa fuera tan gentil —dijo dulcemente Graig— nos contaría
el cuento que le ha enseñado el bravo Alí para la primera noche de amor que
tuvo con Mohamed.
El joven sonrió. Aixa debió tomar esta sonrisa por una
aprobación, pues respondió:
—Si eso les causa placer... ¿En árabe?
—¡En inglés! —pidió Graig—. Nuestro joven amigo no tiene aún la
dicha de pertenecer al admirable instituto de las lenguas orientales.
—Trataré de traducirlo al inglés, como Alí ya lo hizo para mí
—respondió Aixa.
Y con su vocecita gangosa comenzó:
"Los enemigos de un sultán robaron a la fuerza de su harén
a una de sus esposas y se la llevaron. Pero la mujer logró escapar de sus
raptores y se puso en marcha hacia el harén. En el camino encontró a un león
que la colocó sobre su lomo y la condujo hasta el palacio del sultán. Este se
alegró de su regreso y le preguntó quién la había robado.
—Un león —respondió ella—. Fue bueno conmigo, pero tenía muy mal
aliento.
"El león, que estaba agazapado cerca de allí, oyó estas
palabras y se fue.
"Para recompensar a su esposa por haberle sido fiel, el
sultán le permitió salir del harén cuando quisiera y pasearse por los jardines
del palacio. Algunas jornadas pasaron, durante las cuales la feliz esposa pudo
ir, bajo las palmeras del oasis, a respirar el aire refrescante de la noche. Un
día encontró un león que le dijo:
—Toma un trozo de leño y golpéame.
—No te golpearé —dijo ella— porque un león me hizo un gran
favor. Y no sé si fuiste tú u otro.
—Fui yo.
—Entonces no puedo golpearte.
—¡Golpéame con ese trozo de leño o te devoro!
Ella tomó entonces un leño, lo golpeó y lo hirió. Entonces el
león le dijo:
—Ahora puedes partir.
Dos o tres meses después, el león y la mujer volvieron a
encontrarse bajo las palmeras. El león le dijo:
—Mira el lugar donde me has herido. ¿Se ha curado o no?
—Se ha curado —respondió la mujer.
—¿El pelo ha vuelto a crecer?
—Así es.
—Por lo general, una herida se cura —dijo entonces el león—,
pero no el mal que hace una frase maligna. Prefiero una cuchillada a las
calumnias de una lengua de mujer.
"Dicho esto, se la llevó y se la comió".
—Este cuento, inventado por Alí —concluyó ingenuamente Aixa—
llenó de gusto a Mohamed, quien después de reír a sus anchas hizo aquella noche
como el león y se arrojó sobre mí, para arrebatarme lo que tenía de más
precioso... Gilbert hizo una mueca a guisa de adiós y prefirió abandonar la
habitación de la esclava blonda sin agregar palabra. Cuando Alí cerró la puerta
enrejada detrás de los visitantes, Aixa—Margaret se levantó lentamente el haik
sobre su rostro, para no turbar la pesada armonía del lugar donde olla había
escogido vivir y donde ya aprendía de memoria el cuento de su segunda noche de
amor...
Unos momentos antes de ascender al avión, Gilbert confió a
Graig:
—Me remuerde la idea de haber abandonado a esa europea en el
harén de Mohamed Ben Setouf... ¿No le parece que mi deber sería retornar al
palacio esta noche, para ayudarle a huir?
—Ella no lo desea y se negaría a acompañarlo.
—¡Si fuera necesario, la robaría a la fuerza! ¡Este secuestro
voluntario es escandaloso y constituye una verdadera vergüenza para nosotros
los europeos y para el pueblo inglés en particular!
—Antes de formarse semejante juicio, espere que le explique por
qué me interesé particularmente en el caso de esa jovencita.
Gilbert no insistió. Sólo cuando el aparato despegó, dijo:
—¿No pretenderá hacerme creer que a esa inglesa calma y
reflexiva le ha pedido que le ceda su gusto por la esclavitud y por la
obediencia pasiva al hombre?
—¿Por qué no? ¡Jamás hasta ahora había encontrado una mujer que
poseyera en tal grado ese deseo! Contrariamente a las otras esposas de Mohamed,
destinadas desde su nacimiento a ser encerradas en un harén, esta joven libre
quería alienar voluntariamente su libertad... La blonda Margaret sentía la
necesidad de obedecer al hombre con la misma violencia que la salvaje Olga
sentía la necesidad de dominarlo. Las dos criaturas que acabo de hacerle
conocer constituyen para mí las dos notas extremas sobre el teclado de las
siete cualidades esenciales. Mucho tiempo me he preguntado qué locura había
podido germinar en la romántica cabeza de esa inglesita bien educada. Y he
llegado a la conclusión de que su decisión no era de ninguna manera una locura,
sino que encerraba mucha sabiduría. El destino de esa rubia anglosajona era
pertenecer a un príncipe bronceado del Cercano Oriente.
—¡Ella le pertenece tan poco!
—Se equivoca, Gilbert. Las mujeres de harén pertenecen mucho más
a su esposo que cualquier mujer libre... No es el acto físico lo que cuenta en
el amor: ¡es demasiado breve! Sólo el largo deseo que lo precede y la
satisfacción que le sigue, procuran verdaderos placeres... Los orientales
gentes refinadas, lo han comprendido desde hace mucho tiempo, y podrían darle
saludables lecciones a ustedes, los franceses, siempre urgidos... Pero volvamos
a Margaret... Cuando comprendí que su deseo de obediencia al macho estaba
desarrollado hasta tal punto en su corazón de muchacha, le prometí hacerla
aceptar como esposa por Mohamed. Cuando ese sueño estuviera realizado, me
cedería, en cambio, su necesidad de ser esclava, que yo quería insuflar a la
Mujer Ideal. Es por eso eme la esposa Aixa, a quien acaba de conocer, es menos
interesante que la virgen Margaret, del sueño insatisfecho. ..
Pero como no quería tener complicaciones con el gobierno muy
poderoso de su Graciosa Majestad británica, me mostré tan prudente como
Mohamed... Cuando le afirmé a este último que no tenía nada que temer de
Inglaterra porque osara introducir en su harén una "pensionista"
británica, estaba seguro de lo que decía. Sabía que, en realidad, Mohamed Ben
Setouf era un personaje mucho más inquietante de lo que podían dejarlo suponer
sus afables maneras. Es un hombre que sólo relativamente teme a Inglaterra y
prácticamente a nadie. Sobre todo, se cree muy fuerte porque el subsuelo de los
países sobre los cuales reina como déspota absoluto, encierra inmensas napas de
petróleo. Y Mohamed no retrocede jamás ante los benéficos suplementarios que
puede reportarle la venta clandestina de apreciables cantidades del precioso
líquido a los países enemigos de Gran Bretaña. Esto pese al contrato que lo
liga actualmente con una sociedad de explotación petrolera inglesa.
Usted conoce suficientemente a los ingleses para saber que a
ellos no les agrada en absoluto esta clase de trampas a un contrato debidamente
establecido... Pero, desde que sólo poseen una fuerza militar muy reducida en
Oriente, casi no tienen la posibilidad de obligar a ese maligno Mohamed a
respetar sus compromisos, ni a controlar esas cesiones clandestinas.
Prácticamente, sólo les resta un solo medio de control indirecto... Medio
oculto, pero muy eficaz, y al cual siempre han recurrido cuando la situación es
muy delicada: utilizar el Intelligence Service.
Ignoro si usted piensa lo mismo, pero tengo en gran estima a
dicha institución. Incluso debo reconocer que cada «no de los miembros que la
componen podían haber sido formados en mi escuela... Ocurre a veces que el
Intelligence Service emplea métodos de trabajo diabólicos, que me encantan.
Debo decirle, además, que siempre he hecho mis grandes y pequeñas entradas en
todos los servicios secretos de la tierra. ¿No soy la encarnación misma del
mejor y más discreto «gente de informaciones? Siempre llego adonde me necesitan
y desaparezco en cuanto no se necesita mi ayuda...
El Intelligence Service, que sin embargo no es corto de ideas ni
carece de personal calificado, no había encontrado aún el agente ideal que le
permitiera estar bien informado acerca de las negociaciones desleales de un
Mohamed Ben Setouf. La gente del Cercano Oriente se ha hecho muy desconfiada.
En cada desconocido que se les aproxima creen desabrir una reencarnación de
Lawrence de Arabia. Esto sucede particularmente respecto a los rostros
masculinos, pero no ocurre lo mismo con los femeninos. El sexo débil —para todo
oriental que se respete— sólo sirve para asegurarle las distracciones de las
que se halla ávido. Y según él, es muy raro que la mujer sea capaz de
intervenir inteligentemente en los negocios, que son del dominio del hombre.
Para el oriental la mujer —aun si ella abandona su velo y reclama a gritos su
emancipación— será siempre un ser inferior ... No se cambia una raza, mi
querido...
Esta convicción se halla sólidamente arraigada tanto en los
árabes de baja condición como en los príncipes, entre los cuales, Mohamed Ben
Setouf se califica en primer lugar. El no escapa, pues, a la regla que quiere
que todo príncipe de Arabia tenga cuatro deseos: vender la mayor cantidad
posible de petróleo, para ganar más dólares o libras esterlinas; recibir como
regalo de las compañías petroleras unos Rolls—Royce o unos Cadillac de cromos
deslumbrantes; poseer en cada habitación de sus palacios una heladera de último
modelo, para mostrarla orgullosamente a los visitantes extranjeros importantes,
y eso aunque el agua sea demasiado escasa para permitirles funcionar. y poseer,
en fin, gracias a la fortuna acumulada, el más hermoso y el más variado de los
harenes. Reconozca que nuestro amigo Mohamed había logrado colmar
espléndidamente este último y supremo deseo...
Les expliqué a los hombres del Intelligence Service que la única
manera de introducir un agente en la intimidad de Mohamed era haciéndole
aceptar una nueva esposa juiciosamente escogida. El sultán no desconfiaría de
ella y yo me encargaría de hacer de intermediario.
Ahora bien, ¿no teníamos acaso en Margaret, por una inesperada
casualidad, una persona cien por ciento británica que voluntariamente quería
desempeñar ese papel?... Pero los grandes patrones de Londres son aún más
desconfiados que un príncipe del Cercano Oriente. Cuando les hablé de la joven
de Manchester sólo me creyeron a medias.
Me vi entonces obligado a presentarles la futura heroína, la
cual fue sometida, por los especialistas del reclutamiento y la formación del
personal a un examen sumamente severo. Además de mil tests que probarían la
firmeza de sus convicciones y que ella realmente quería convertirse en una
mujer de harén, sus respuestas a los examinadores fueron poco más o menos las
mismas que tuvo para usted hace un rato.
Finalmente fue aceptada, pero no dejó de guardarme cierto rencor
por haberla obligado a confesar su gran sueño ante gente que, para ella, eran
sólo policías disfrazados. Debí hacerla entrar en razón y creo acordarme
fielmente del argumento que entonces empleé:
"Querida y pequeña Margaret, ¿no cree que sería magnífico
para usted a la vez que .satisface el imperioso deseo de su corazón, no
mostrarse ingrata con respecto a su noble pías, a quien continuaría sirviendo
como digna hija de Albión?".
Primero los ojos grises miraron asombrados y en seguida su
rostro rosa enrojeció. De ese modo expresaba su sentimiento de vergüenza por no
haber comprendido de inmediato la misión sublime a la cual podía consagrarse
secretamente. Margaret había enrojecido: ¡estaba salvado! ¡Ah, joven! Si las
gentes de los otros países poseyeran el sentido nacional tan desarrollado como
los ingleses, sólo existirían grandes pueblos en el mundo...
—¿Finalmente aceptó?
—Por supuesto. Ya la ha visto en el harén... De lo contrario no
me hubiera tomado el trabajo de defender su causa ante el sultán.
—¿Pero una mujer tan enclaustrada, qué informes interesantes
puede obtener sobre el tráfico de petróleo practicado por Mohamed?
—¡Puede saberlo todo! ¡Y ella lo sabe todo! ¿Olvida que en el
gineceo vive en contacto permanente con las otras trescientas sesenta y cinc»
mujeres?... ¿Qué mejor pasatiempo existe para todas ellas que la conversación?
Las mujeres de los harenes son charlatanas, es cosa sabida. Y, ¿cree que puede
existir sobre la tierra un hombre aunque sea Mohamed Ben Setouf, que no tenga
confianza por lo menos con dos o tres de las trescientas sesenta y cinco
mujeres que comparten su lecho? ¡Eso jamás se ha visto!
El gran Mohamed es como todos. Una noche u otra, bajo el calor
de las caricias, se deja llevar a las confidencias... Sin duda hace promesas de
este género: "si vendo un poco de petróleo a X, que me lo paga más caro
que los ingleses te regalaré una hermosísima piedra preciosa, oh Fátima
adorada. .." O bien, quizá interroga así a una de sus mujeres: "Tú
que acabas de inventar un cuento tan bello esta noche, ¿serías capaz de
predecirme el porvenir y decirme si Fulano o Mengano va a comprarme pronto
petróleo?" Aparte del amor, ¿en qué puede pensar Mohamed si no es en su
querido petróleo?... Y si una sola de las mujeres oye un nombre, todas tendrán
la oportunidad de enterarse del mismo algunas horas más tarde... Todas,
incluida Margaret Aixa.
—¡Pero usted me dijo que ella sólo sabía ingle,?... Y las otras
esposas conversan entre sí en árabe!
—Lo que es una ventaja. En esa forma comentan cualquier cosa
delante de Aixa sin desconfiar de ella... ¿Y quién nos dice que esta última no
ha aprendido en secreto la lengua del profeta? Se lo repito: los ingleses son
capaces de cualquier cosa cuando se trata de la grandeza de su país... En todo
caso, lo cierto es que —desde la entrada de Aixa en el harén— Mohamed Ben
Setouf no vende un centilitro de petróleo a un tercero sin que el gobierno
británico no esté informado.
—¿Y cómo puede ella transmitir los informes?
—Por excelentes intermediarios... ¿No observó usted que en el
momento en que nos despedimos de ella, la inglesita me deslizó un billete en la
mano?Helo aquí... Si me promete una discreción absoluta, le revelaré el
contenido.
Incrédulo ante el trozo de papel que Graig acababa de desplegar
sin ninguna prisa, el joven respondió:
—Juro ser discreto.
—Lea entonces.
Y Gilbert leyó esta corta frase sibilina, redactada en inglés:
BLACK GOLD GOES EAST.
—Lo que significa —continuó Graig— que el precioso líquido va en
la actualidad en una dirección completamente contraria a Inglaterra... ¿Se ha
convencido ahora de la utilidad de la presencia de una Margaret—Aixa, la
esclava voluntaria, en el harén de Mohamed ?
—¿Qué va a hacer con ese mensaje?
—Transmitirlo por la radio de a bordo a mis amigos de Londres.
—¿Por qué hace ese trabajo?
—Por mi destino, mi querido Gilbert. Debo ser apto en todos los
oficios.
—Me pregunto qué ventaja puede reportarle eso. —Ninguna... por
el momento. Pero soy paciente. Y adoro hacer favores.
El Boeing había ya alcanzado el decorado inmutable de las nubes,
y el joven las contempló con cierta laxitud antes de preguntar:
—Dígame, Graig esa Mujer Ideal, de la que tantas veces me ha
hablado, ¿existe realmente ?
—¿Si existe? ¡Pero mi querido! ¿Se atrevería a dudar de mi
palabra? Incluso puedo adelantarle desde ahora que esa criatura de sueño,
inventada por mí, se llama Lea. Yo escogí ese nombre para ella, pues me parece
que hace un hermoso contraste con su belleza... Pero antes de que se la
presente en todo su radiante esplendor, es indispensable que conozca a aquella
de quien he tomado la sexta cualidad esencial: el sentido burgués. Es una suiza
alemana que responde al nombre de Greta... Sí, en efecto, he omitido informarle
que dentro de tres horas aterrizaremos en Interlagos... ¿Conoce ese encantador
lugar de veraneo que, como su nombre lo indica, se encuentra entre dos lagos:
el de Brienz y el de Thun?
—Muchas veces he oído hablar de él, pero jamás he ido allí... A
decir verdad, siempre he temido aburrirme en esa parte de Suiza.
—¿El aburrimiento? Pues bien: eso contribuye en gran parte al
encanto del país... ¡Un país tan hermoso Mío se puede tener todo a la vez: el
esplendor de un lugar y la alegría del corazón. Pero cuando usted haya
contemplado la Jungfrau casi se sentirá un hombre feliz... Yo sé que en este
momento hay algo que lo atormenta y lo preocupa: continúa pensando en la joven
inglesa que hemos dejado atrás, en el harén de Mohamed... ¡Le aseguro, Gilbert,
que comete el más grande error al inquietarse por ella! Si esto puede servirle
de consuelo, quisiera recordarle una de esas verdades árabes que ya han dado la
vuelta al mundo, pero que no carecen de buen sentido. Por lo demás, el Gran
Eunuco hubiera podido decírsela tan bien como yo. Ella proclama que Alá os
grande, que Mahoma es su profeta, y que la vida no es más que un horrible,
desierto por el cual la caravana pasa sin preocuparse de los perros que ladran.
Ya era noche cerrada cuando el Boeing volvió a tomar contacto
con el suelo. En cuanto el avión se detuvo, Graig preguntó a Gilbert:
—¿Qué b parece una pequeña caminata para desentumecernos las
piernas después de estas largas horas de inmovilidad?
El joven accedió. Apenas acababan de dar algunos pasos para
alejarse del aparato, cuando los motores del Boeing dejaron oír de nuevo su
rugido. Gilbert se volvió sorprendido: el avión rodaba sobre la pista para
volver a emprender vuelo.
—¿Sale de nuevo? —preguntó el joven.
—Sí. Hay que saber variar los placeres al viajar y ya hemos
utilizado suficientemente este medio de locomoción rápido, pero que no ofrece
mayores atractivos. Viajar demasiado en avión resulta fastidioso...
—¿Y nuestros equipajes?
—Usted no dejará nunca de sorprenderme, mi pequeño. ¿Se preocupa
ahora por algunas valijas, justamente en el momento en que progresamos, de día
en día y de hora en hora, en nuestro apasionante descubrimiento de la conducta
femenina ?
—¿Pero dónde estamos?
—Ya le he anunciado nuestra etapa: hemos aterrizado en el
encantador valle de Interlagos... Estas luces, que acaban de encenderse a
nuestra izquierda, son las del pequeño pueblecito, constituido en su mayor
parte por hoteles de todas las categorías. Puede afirmarse que Interlagos es
uno de los lugares más importantes del turismo suizo. Esa larga construcción,
más elevada que las otras y brillantemente iluminada, que usted puede
distinguir a lo lejos, es el palacio del lugar, el hotel Victoria ... Establecimiento
de gran categoría, cuyo director es uno de mis buenos amigos...
Por el contrario, si a nuestra derecha ve muchas menos luces, es
porque estamos al pie de una de las más emocionantes cumbres de los Alpes
suizos: la ilustre Jungfrau, cantada por todos los poetas... Por supuesto, la
noche le impide verla, pero no se desconsuele por eso. Aun en pleno día esa
cumbre, de 4.158 metros, permanece la mayor parte del tiempo perdida en las
nubes. Siempre he pensado que ésa debía ser la verdadera razón por la cual los
hombres han bautizado a esta montaña con el nombre de Jungfrau... Como una
joven púdica que deseara permanecer inviolada, la Jungfrau se oculta tras velos
vaporosos... Sólo en los raros momentos en que éstos se desgarran, la
deslumbrante novia de los enamorados de la montaña aparece en todo su esplendor
virginal. Deseemos que mañana por la mañana, seducida por su fogosidad juvenil,
la Jungfrau consienta en mostrarse a usted cuando los últimos reflejos rosados
de la aurora acaricien su blancura inmaculada... Si tal ocurriera, tengo
motivos para temer, mi pequeño Gilbert, que una vez más termine enamorado.
Desgraciadamente, sería un amor sin esperanza: la montaña no paga jamás...
Pero antes que la Jungfrau se presente ella misma a usted, tengo
la intención de presentarle a Greta esta misma noche. Esta marcha nocturna nos
conduce directamente al teatro del aire libre de Interlagos. ¿Habla usted
alemán? —No sé una palabra.
—Es lamentable, pero no catastrófico. Lo importante, cuando se
asiste a una representación teatral en una lengua que uno ignora, no es tanto
lo que dicen las actores, sino la manera en que lo expresan. Por eso me
entusiasma siempre el teatro chino, donde los intérpretes, prácticamente, no
necesitan el texto pues son los más maravillosos mimos del mundo.
La pieza a cuya representación vamos A asistir es una de las
obras clásicas de la lengua alemana: el Guillermo Tell de Schiller... Una obra
tan elocuente que muy raras veces se la representa en el mundo a excepción de
la valiente Suiza, donde la popularidad del héroe es inmensa.
Lo más curioso de estos grandes espectáculos, que se llevan a
cabo cada año, durante el verano, desde 1912, es que los actores son
exclusivamente aficionados. El hombre que interpreta el papel de Guillermo Tell
es un farmacéutico de la ciudad. El personaje de su feroz adversario, el
Landvogt Gessler, está a cargo de un médico. Es un reparto que no deja de tener
gracia, pues, como se sabe, en una pequeña ciudad es muy raro que el médico sea
amigo del farmacéutico. El primero no perdona al segundo ganar más dinero que
él, y el segundo lamenta no poder redactar las recetas.
No todos estos artistas—aficionados se expresan con la bella
lengua de Schiller, y prefieren utilizar el "suizo—alemán", especie
de dialecto difundido en el Oberlan—Bernois y que a los mismos alemanes les
resulta difícil entender. De manera que no se atormente si le ocurre como a
ellos: conténtese con mirar. La historia de ese bravo Guillermo Tell, usted la
conoce: es la de la liberación del territorio suizo por un campesino valiente,
que se atrevió a recoger el desafío lanzado por los enemigos de su patria,
traspasando con una flecha, lanzada por su ballesta, una manzana colocada en
equilibrio sobre la cabeza de su hijo.
Si aquel día el héroe dio pruebas de una notable sangre fría
debemos admirar también a su esposa, la dulce Armgard, quien durante la ruda
prueba de la cual dependía la suerte del país, tuvo que sufrir todo cuanto una
madre puede sufrir cuanto está en juego la vida de su hijo. Ese patético y
doloroso papel, que Schiller ha desarrollado con su drama será representado por
Greta... "Nuestra" Greta es en la vida diaria, una auténtica granjera
que, aparte de sus méritos agrícolas, tiene también el de ser viuda, como lo
era Sylvia.
Viudez cuyo origen no deja de presentar cierta analogía con la
viudez de la señora Werner: como ella, la encantadora Greta era muy desgraciada
en su matrimonio. Y usted me conoce lo suficiente como para saber que ningún
espectáculo me resulta más penoso que el de una joven y linda mujer triste. . .
Así, no he vacilado en tomar algunas disposiciones destinadas a alegrar la
existencia de esa nueva victima de la vida conyugal...
Fue de acuerdo a mis consejos que ella se lanzó a la carrera
teatral. Todos los años, durante los meses de julio y agosto, ya no es ella
solamente la robusta patrona de una granja. Tres veces por semana, al caer la
noche, se convierte —bajo las luces de los reflectores de un inmenso teatro al
aire libre— en Armgard, en la muy fiel y muy digna esposa de Guillermo Tell. .
. He pensado que ese aspecto, bastante inesperado, de una mujer encantadora, no
dejaría de agradarle... Llegamos ahora al lugar de sus proezas dramáticas ...
Vea: una inmensa multitud se apretuja a la entrada del teatro. Este Wilhelm
Tell Freilichspiele o "Representación de Guillermo Tell al aire
libre" es un gran éxito popular. La pieza ya ha sido dada ante más de
medio millón de espectadores... ¡Felizmente he tomado la precaución de hacernos
reservar dos buenos lugares, en pleno centro de la platea y próximos al
escenario, para que pueda saciarse con la muy artística visión de Greta, alias
"la señora de Guillermo Tell... "
A través de sus cinco actos el drama de Schiller resultó, como
prometía, todo lo solemne y patriótico que era de desear. Al final de la
representación, cuando los reflectores se extinguieron sobre la visión de las
banderas de los Cuatro Cantones plantadas en tierra para simbolizar la unión
definitiva del pueblo suizo, fue la apoteosis.
—¿Qué reflexiones le ha sugerido esta noble epopeya? —preguntó
Graig a su joven compañero.
—Considero que es una suerte para Suiza tener en su folklore
histórico mi personaje como ese Guillermo Tell.
—Es usted injusto, mi querido joven. Nuestros amigos de Suiza
tienen otra gran epopeya en su activo: la masacre en Versalles de sus
compatriotas, fieles al rey, durante la Revolución de 1789... Como
representación de gran espectáculo tienen también la asombrosa Fiesta de los
Vinos, en Vevey, que se realiza sólo cada cuarto de siglo... Como comedia
permanente, han tenido las memorables discusiones de la SDN, en Ginebra, a las
cuales ha sucedido en la actualidad la palabrería de la ONU... Créame, los suizos
son muy afortunados. En el aspecto pintoresco ¿no poseen acaso sus innumerables
telesféricos, sus funiculares o sus trencitos a cremallera como ese que
asciende valientemente al asalto de la Jungfraul Y en cuanto a lo seductor,
tienen a una Greta... ¿Cómo la encuentra?
—En la escena me pareció bastante bella. —Más bien podría decir:
apetitosa hasta la locura. ¡Y cuando la vea de cerca!... Pero la más elemental
galantería nos obliga a dejarle el tiempo de colgar en una percha de los
vestuarios sus atavíos de señora de Tell, para recobrar su personalidad de
granjera. Es una mujer seria, que estará de regreso en su casa dentro de media
hora. Su granja se encuentra justo a la salida de la ciudad, sobre el camino de
Thun. Para llegar hasta allí vamos a utilizar el medio de locomoción más
encantador que conozco: un fiacre. Sí. Interlagos tiene la inteligencia de
haber conservado un cierto número de esos admirables vehículos hipomóviles, los
únicos que permiten descubrir a fondo la verdadera fisonomía de una ciudad.
Instalados en el fiacre, Graig y Gilbert permanecieron
silenciosos durante el paseo nocturno. Antes de In partida, Graig dijo al
cochero:
—No tenga ninguna prisa. .. No tenemos apuro... Y ció primero
una vuelta completa a la ciudad ñutes de conducirnos hasta la ruta de Thun.
Cuando el vehículo pasó frente al Kursaal iluminado, Gilbert no
pudo dejar de comentar, designando el Casino: —He ahí un lugar donde
seguramente podrá dar libre curso a su amor por la corrupción, ¡verdad?
—¡No crea tal cosa, mi buen amigo! La pasión desenfrenada por el
juego es un vicio que sólo engendra la ruina... ¡Y yo tengo horror por la
pobreza! Yo amo la riqueza. .. El avaro que amontona su oro es mi amigo... No
el jugador. No hay expresión más injustificada, para mí, que decir de alguien:
"hace un juego infernal..." Si yo juego, gano siempre: por eso no me
interesa. Si los otros juegan, acaban siempre por perder: entonces envían sus
cartas a todos los diablos. Y eso no me gusta. Francamente, el juego no me dice
nada...
—Usted gana siempre porque hace trampas.
—¿Acaso le divierten los juegos llamados honestos?
El fiacre acababa de salir de la ciudad.
—Nos aproximamos. Ya estamos por llegar. ¿Distingue allá ese
chalet, cuya silueta típicamente suiza se adivina en la noche, con sus ventanas
de la planta baja iluminadas?
—Sí.
—Es la casa de Greta. Ella ignora nuestra llegada, pero estará
encantada de recibirnos. Es una mujer a la que jamás se la toma desprevenida...
Sea cual sea la hora del día en que uno la visite, su casa está siempre en
orden. Una mujer rara y extraordinaria en su género... Lo que se asombra más en
ella es su calma siempre sonriente. Nunca la he oído levantar la voz. Greta
debe ser la encarnación de la verdadera felicidad doméstica... Lo que no quiere
decir que no tenga algunos defectos. En “sentido burgués" significa
obligaciones que no serían tales para otras mujeres... Por ejemplo, no puede
tolerar el menor desorden. Todo, en su casa, tiene un sitio determinado. Las
comidas se sirven sin un minuto de retardo. Greta se levanta a una hora dada y
se. acuesta a otra, sin admitir la menor trasgresión en los horarios
establecidos, excepto las noches en que hace ,teatro. Jamás esbozaría un gesto
que pudiera alterar el orden impecable de su cómodo interior. En suma, es un
ama de casa perfecta y carente en absoluto de fantasía. Dentro de unos
instantes podrá usted juzgar por sí mismo.
El fiacre se detuvo ante el chalet, cuya puerta de entrada se
entreabrió. Greta apareció sobre el umbral, sonriente.
—¡Me ha reconocido! —murmuró Graig con satisfacción—. Lo
contrario por otra parte, me hubiera asombrado... Pero, en fin, con las mujeres
honestas uno nunca sabe á qué atenerse. Tienen tales reservas de hipocresía,
que de pronto no recuerdan a quienes un poco antes necesitaron.
—¡Por supuesto que sí! Los paisanos se han aburguesado tanto
estos últimos tiempos.
—¡Mi querida pequeña Greta! —exclamó Graig, abrazando
paternalmente a la joven viuda.
A decir verdad, Greta no era en absoluto una mujer pequeña. Todo
lo contrario, era una de esas sólidas criaturas, un poco cuadradas de hombros y
bien plantadas, que han hecho la reputación de Suiza y de su vecina Baviera.
Era rubia, pero de un rubio típicamente alemán. La cabellera, recogida en una
trenza alrededor de la cabeza, contrastaba con la piel del rastro, que no era
blanco, sino de un .tono mate, casi cobrizo.
Dos niños —dos chicos de seis y ocho años— rubios también y
vestidos con encantadores trajes típicos del Oberlaud, estaban uno a cada lado
suyo.
—¿Y estas adorables criaturas? —preguntó Graig, cada vez más
paternal—. ¿Son siempre buenos y corteses con su mamá?
Se volvió hacia Gilbert.
—Francamente, ¿puede imaginarse un cuadro femenino más perfecto?
Querida Greta, le debo dos confidencias: nos morimos de hambre y mi compañero
de viaje no comprende el alemán.
—Eso no importa —respondió Greta, sonriendo—. Yo hablo
"convenientemente" el francés.
Aunque sólo lo hablaba con una marcada pronunciación alemana,
resultaba encantadora.
—¿Tienen hambre? Justamente he preparado un buen fondue para el
regreso del teatro... Eso los reanimará.
—¿Sus hijos estaban también en el Wilhelm Tell Freilichspiele?
—Forman parte del elenco... ¿No los reconoció? Son los hijos de
Guillermo Tell, y sobre la cabeza del mayor colocan la manzana... Se siente muy
orgulloso de ese honor, reservado en la escuela, cada año, al primero de la
clase. Sólo he aceptado presentarme en escena a condición de que mis dos hijos
estuvieran conmigo: jamás me separo de ellos.
—¡Una excelente madre de familia! —subrayó Graig.
Algunos minutos más tarde todos se encontraban instalados
alrededor de una mesa, en el centro de la cual se hallaba colocada una olorosa
marmita conteniendo el fondue.
Greta presidía, con Graig a su derecha y Gilbert a su izquierda.
Los niños estaban a ambos extremos de la mesa. Frente a Greta, el sitio del
dueño de casa permanecía vatio, sin cubierto.
Graig tenía razón de decir que "la mujer de Guillermo
Tell" era endiabladamente apetitosa. Gilbert comenzó a tener conciencia de
ello: la granjera resplandecía de limpieza y salud. Antes de que ella se
sentara, el joven pudo notar que si bien sus piernas eran largas y robustas,
estaban muy bien torneadas, aunque desgraciadamente, los tobillos carecían de
finura. Lo mismo ocurría con las muñecas, y sin embargo las manos no eran
vulgares ni desprovistas de una cierta gracia. Manos que tanto podían mimar a
un niño como acariciar a un amante...
Ahora bien, en cuanto a amante, seguramente Greta no tenía
ninguno. Eso se adivinaba desde el primer contacto, sin saber claramente por
qué. Así pues, el sitio se hallaba vacante. .. La opulenta viuda parecía pronta
de darse al hombre que encarnara al "esposo" en el sentido más
completo que ella daba a esa palabra. Porque Greta debía ser tan difícil como
exigente... Difícil porque sin duda pediría a quien pretendiera ocupar el lugar
vacío un conjunto de cualidades de lo más raras en nuestra época: amor al trabajo,
su moralidad a toda prueba y un amor exclusivo por "su" casa con todo
lo que ella incluía: seres humanos, animales, mobiliario... ¿Exigente? Bastaba
observarla para convencerse de ello. La exuberante mujer seguramente
necesitaría ser satisfecha a horas fijas, para lucir en su plenitud como esas
flores que no pueden pasarse sin el rocío matinal... ¡Todo en la vida de la
bella suiza debería estar reglado, y eso más que nada! Automáticamente,
cualquier nuevo rostro de hombre que se presentase ante ella se convertía —en
su espíritu de mujer obsesionada por la viudez— en un eventual candidato a la
función de "marido". Gilbert lo olfateaba: aquellos limpios ojos que
no dejaban de devorarlo se lo confesaban sin cesar. Y comprendió de inmediato por
qué Graig había querido hacerle conocer a esa mujer. Una amante—esposa, que por
ciertos aspectos de su comportamiento recordaba tanto a la rusa como a la
inglesa, pero que en el fondo era muy diferente de ambas. Como Greta la suiza,
a Olga le gustaba reinar... Sólo que quería hacerlo sobre "los
hombres" en vez de reinar sobre "un" hombre. Y su crueldad
natural le impedía saborear los humildes placeres domésticos. Aixa—Margaret se
parecía a Greta por la necesidad de pertenecer a un solo hombre, pero las
trescientas sesenta y seis esposas de Mohamed admitían la participación, cosa
que resultaría intolerable al corazón orgulloso y puro de la señora de
Guillermo Tell.
Cuanto más escuchaba su conversación con Graig, más se convencía
Gilbert que esa sexta criatura encarnaba el equilibrio de la mujer. Era bella
sin ser deslumbrante, inteligente sin sobrepasar el término medio, interesante
para un esposo, a condición de que éste supiese limitar sus propias
aspiraciones y no pidiese a su mujer satisfacer todos sus deseos, buenos o
malos.
De todas aquellas que había conocido, Greta era la única que
poseía las virtudes de la mujer estable. Por un sinnúmero de pequeñas razones,
que habría sido incapaz de expresar en el momento, Gilbert se sentía, una vez
más, enamorado. Era el triunfo discreto, pero firme, del "sentido
burgués". El joven se veía muy bien en la piel del amo indiscutido en una
granja feliz. Imaginaba lo que podía ser la existencia allí, mimado por esa
esposa modelo que lo esperaría a su retorno del trabajo, a mediodía y a la noche,
con placer y sin impaciencia. Se sentía invadido por un instinto paternal que
no se le había revelado con ninguna de las otras mujeres precedentes. Los dos
pequeños, cuyas cabezas rizadas apenas sobrepasaban el nivel de la mesa, lo
trastornaban. Se convertiría en el protector de esa carnada y sentía nacer en
él el deseo de asumir al fin verdaderas responsabilidades. Si desposaba a
Greta, no. se contentaría con los hijos del otro... Por supuesto, los adoptaría
de todo corazón y encontraría muy dulce sentirse llamar "papá" desde
el día siguiente a su casamiento —sabía desde ya que un amante para la bella
viuda no podía ser sino su marido—, pero él necesitaba otro niño de esa mujer
que era madre tanto como esposa. Todo eso era bueno de imaginar, y muy distinto
de la sensualidad turbada de una Serena o la falsa ambición de una Gloria. Sin
duda en tal unión habría dos inconvenientes: la vida campesina y el acento de
Greta... El primero era, con todo, el más grave: a la naturaleza sólo se puede
volver cuando se la ha dejado... Cosa que no era el caso de Gilbert, ciudadano
de nacimiento y de corazón, que jamás, pensó vivir en otra parte que no fuera
en París o, cuando menas, en otra capital. No tenía la menor afición por la
labranza y menos por la cría de las famosas vacas... El acento de Greta podía
mejorarse con el tiempo y gracias a la práctica continua de la lengua
francesa... Pero aunque no mejorase, era un detalle sin importancia... ¿Acaso
no sería igualmente delicioso oírla murmurar con su gracioso acento extranjero
un "Te quiero" que podría trastornarlo a uno por completo?
Greta era una incomparable ama de casa. Gilbert lo comprobaba no
sólo por la excelencia del fondue, sino también por la calidad del mantel
colocado sobre la mesa y por todos los pequeños detalles de la vida interior de
la casa, cuyas diferentes habitaciones mostró orgullosamente a los visitantes,
luego que se hubieron restaurado. La batería de cocina de cobre dulce
resplandecía a lo largo de los muros de la vasta cocina. La ropa interior,
cuidadosamente plegada, planchada y perfumada a la lavanda, se amontonaba en el
interior de los grandes armarios de pino tallado de la sala común. El piso de
baldosas negras y blancas debía ser lavado por lo menos dos veces al día; el
polvo era desconocido sobre los muebles. Los pequeños rectángulos de las
ventanas, anchas y bajas, no estaban oscurecidos por ninguna mancha; una
impresión de limpieza inmaculada se desprendía del conjunto.
Ante cada mueble Graig se extasiaba, con gran asombro del joven.
Cuando concluyeron de visitar las dependencias de la casa, se volvió hacia
Gilbert, para decir con un largo suspiro:
—¡Qué sedante resulta para grandes viajeros como nosotros,
hallar al fin una atmósfera de paz y de serenidad!
Mudo de asombro, el joven no respondió. Ya no reconocía al
cínico personaje de Palermo o de Beverly Hills, en ese anciano señor bonachón
que hacía a los hijos de Greta esas preguntas que sólo conocen quienes han
aprendido el arte de ser abuelos... ¡Qué abuelo!
Entretanto, Greta parecía no poder apartar su mirada de la
contemplación muda de Gilbert, quien se sentía cada vez más incómodo y sólo
encontraba un medio para escapar a esa aguda observación: bajar los ojos. ¡Era
la primera vez que Gilbert, siempre en el candelero por las mujeres, era
vencido por el encanto tranquilo de una de ellas! Sentase completamente en
ridículo y hubiera querido hallar las palabras adecuadas para expresar a Greta
todo lo que pensaba de ella, así como todo lo que vivía en ese instante. Pero
Graig estaba allí, incomodándolo con su dominio absoluto, conduciendo la
conversación, dominando a los seres e incluso hasta a la calma de la casa,
hallando respuesta a todo, hablando de cocina, de quehaceres domésticos, de
enfermedades infantiles, llegando hasta a inclinarse sobre una labor de bordado
para dar su opinión de experto... Junto a ese personaje universal, que se
adaptaba con una facilidad desconcertante a las situaciones más opuestas,
Gilbert hacía el papel de un oscuro figurante... Y seguramente Greta creería
que el joven era tímido cuando en realidad era todo lo contrario. Gilbert,
desesperado, hubiera hecho cualquier cosa porque el barón se encontrara a mil
leguas de distancia...
—Usted parece triste —le dijo Graig—. ¡Es extraño! Por lo
general, aquellos que se acercan a Greta y penetran en este interior, se
sienten invadidos por una sana alegría.
Gilbert continuó callado. ¿A qué responder a quien siempre
tendría la última palabra?
—Desgraciadamente —continuó Graig— las mejores alegrías son las
más cortas... Ya tenemos qué retirarnos. ¡Nos hallamos lejos de estar al
término de nuestro viaje!
Palabras que resonaron en el corazón de Gilbert como un toque de
agonía. Jamás se detendría la ronda infernal... Jamás podría quedarse solo con
aquella que deseaba... Graig estaría siempre a su lado para volverlo a la
tierra y cortar de golpe sus momentos de evasión hacia la felicidad. Ya era
demasiado: el sentimiento de rebeldía, que zumbaba en su alma juvenil desde
hacía días y días, estaba a punto de desbordar. Por culpa de Graig había debido
renunciar a Sylvia, a Serena, a Olga... Peto esta vez se aferraría
desesperadamente a la suiza. Su cólera se expresó con una corta respuesta:
—Váyase si quiere. Yo me quedaré.
Los ojos penetrantes de Graig lo contemplaron primero con una
expresión de sorpresa divertida. Pero la misma se transformó en seguida en una
expresión de dureza insostenible, que el personaje sin edad acentuó con algunas
palabras pronunciadas entre dientes:
—Acabo de decirle que nuestro viaje no ha terminado... Aún
tenemos una visita muy importante que hacer. Usted podrá volver aquí más
tarde... si quiere.
¡Lo único que realmente quería el joven era que Graig lo dejara
por fin tranquilo! Greta debió comprender el sentimiento que animaba el corazón
del mozo. Acudió en su auxilio con una pregunta muy simple," dirigida al
barón con una gentileza difícil de resistir.
—¿Ya quiere dejarme? ¡Está muy mal! No se lo permitiré hasta que
no les haya enseñado toda la granja...
Graig tuvo que someterse. Y en medio de la noche comenzaron el
paseo alrededor de la casa. Fueron del establo a la porqueriza, de la huerta a
las caballerizas. En todas partes reinaba el orden, la limpieza, la paz, y todo
armonizado por la dulce presencia de una mujer. Se detuvieron por último ante
un granero cuyo portal estaba cerrado. La vista de esa construcción hizo
sonreír a Graig, que preguntó a Greta:
—¿Será aquí donde guarda celosamente el producto de su cosecha?
Ella sonrió a su vez y abrió las dos hojas del portal. Gilbert
quedó pasmado.
¡Al amparo del granero, como si lo estuviera esperando, se
encontraba su propio automóvil! ¡su querido coche verde botella, al que había
abandonado por última vez en la calle Longpont, ante la entrada del hotel de
Graig! Su sola vista le trajo a la memoria los maravillosos paseos por los
alrededores de París, el primer beso cambiado con Sylvia en el ángulo de la
calle Tilsitt y la avenida Foch, el recorrido vertiginoso cumplido entre el
hotel de la calle de la Universidad y la calle Longpont, cuando quiso matar a
Graig... Rememoró la forma en que se dejó arrastrar por Graig, como un niño de
cinco años, siempre listo a seguir a quien le cuenta bellas historias. Ahora
era demasiado tarde: todas las mujeres entrevistas y sus sucesivos
renunciamientos a las mismas lo encadenaban al barón hasta el fin. Entonces,
realmente por primera vez en su existencia, se preguntó para qué servía en la
tierra...
Pero Graig ni siquiera le dejó tiempo de entretenerse en esos
pensamientos.
—Estaba seguro que le alegraría recobrar su lindo coche. Como se
lo prometí, ha sido cuidado durante nuestra ausencia, y está listo para
llevarnos hacia nuevos horizontes... ¿Partimos?
Quizá por curiosidad, pero sobre todo por necesidad de oír de
nuevo el ronroneo de "su" motor. Gilbert se dirigió hacia el coche y
se ubicó ante el volante. Graig se instaló a su lado. A la primera presión del
arranque el motor se puso en marcha como si también el auto se sintiera
satisfecho de recobrar a su amo. Ese coche hacía revivir en Gilbert todo un
pasado. Al sentarse de nuevo en su auto tenía la sensación de encontrarse en su
casa... Ahora, a su vez, era Graig quien se convertía en su huésped y él podría
llevarlo adonde le pareciera, sin verse obligado a dejarse llevar a través de
las nubes según los caprichos de un avión rojo... Incluso podría llevar a Graig
hacia la muerte...
En el momento en que iba a embragar, Graig se dirigió por la
ventanilla a Greta, que permanecía junto al auto:
—Créame que mi amigo y yo lamentamos mucho dejarla... ¡Nos
hubiera gustado tanto quedarnos! ¡Ay! En algún lado debe estar escrito que
Gilbert y yo no podamos hacer lo que deseamos. El mundo nos espera por todas
partes... Y nos hemos convertido digamos en eternos globe—trotters... ¡Hasta
pronto, querida Greta! No nos digamos "adiós", porque ambos sabemos
que en la vida nada es definitivo. ¿No es verdad, Gilbert?
Gilbert no respondió.
—Su silencio —continuó Graig dirigiéndose a la suiza— es
elocuente. Este joven ha tenido mejor oportunidad que nadie, en estos últimos
tiempos, para verificar lo que acabo de decir. Antes de partir, él quisiera
tener una atención con usted, mi pequeña Greta... ¿No es así, Gilbert?
—Sí —murmuró el joven.
—Su felicidad parece completa, Greta... Se diría que nada le
falta. ¿Qué podría enviarle mi joven amigo?
La mujer miró a Gilbert, que continuaba con la vista
obstinadamente fija en el tablero del auto. Después de reflexionar unos
segundos, dijo con voz suave:
—Les he hecho visitar toda la casa. ¿No han notado que en la
cocina faltaba algo muy importante?
—En verdad que no —respondió Graig—. ¿Y usted, Gilbert?
El joven, asombrado por la pregunta de Greta, se decidió por fin
a mirarla, confesando:
—Yo tampoco.
—Por el contrario —continuó el barón—, nos ha parecido que todo
estaba en orden en esa cocina modelo.
—Eso me asombra en un observador de su calidad, señor Graig
—respondió la suiza—. ¡No tengo máquina de lavar!
—¡Cómo no he pensado en ello! —exclamó Graig—. Mi querido
Gilbert, somos imperdonables usted y yo... ¡Sin máquina de lavar! ¿Cómo ha
podido vivir sin ella, mi querida Greta? Esa desgracia será reparada
inmediatamente. Antes de ocho días, Greta recibirá el más perfeccionado da los
modelos americanos, que mi sobrino estará encantado de ofrecerle en recuerdo de
la recepción, a la vez simple y rústica, que usted nos ha ofrecido. ¡Y ese
fondue! ¡Un verdadero regalo!... ¿Estamos de acuerdo, verdad Gilbert?
—Naturalmente —respondió la voz apagada del joven.
—¡Están colmados todos sus deseos, mi encantadora Greta?
—preguntó Graig.
—Lo están —afirmó ella con convicción.
—En ese caso, ya sólo nos resta partir.
Cuando el coche salió de la granja Graig le dirigió a la suiza
una rápida mirada: tenía un rostro angélico y satisfecho. .. Volvióse luego
hacia Gilbert y notó que sus ojos estaban llenos de lágrimas.
El barón tuvo una imperceptible sonrisa bajo la cual se filtraba
un poco de amargura. Sonrisa que quería decir: "La diferencia esencial
entre una pena de amor en una mujer y en un hombre, es que un regalo —incluso
una máquina de lavar— puede atenuar rápidamente el dolor de la dama, mientras
el hombre no deja nunca de recordar su desgracia ..."
El auto avanzó durante algunas minutos antes de que el joven se
decidiera a preguntar a su vecino:
—¿Adonde vamos nosotros?
—Eso depende... Ahora que hemos perdido de vista la granja de
Greta, ¿qué le parece si nos detuviéramos para decidir tranquilamente el punto?
Después de frenar, Gilbert detuvo el motor y escuchó a Graig sin
mirarlo.
—En suma —comenzó éste—, ¿está usted triste? Es lo normal: las
menores partidas ocultan en ellas un pequeño drama. Pero permítame hacerle una
pregunta: ¡quiere que descienda de este automóvil para dejarlo continuar solo
su camino? Ahora ha recobrado su coche, que lo llevará rápidamente a Paris: el
ciclo será cerrado.... ¡Jamás volveremos a vernos, se lo prometo! Lo lamentaré,
mi querido Gilbert, mas creo haberle enseñado ya suficientes cosas útiles para
que en el porvenir evite cometer algunos gruesos errores amatorios. ¿Está de
acuerdo en que los viajes forman a la juventud? ¿Ha hecho definitivamente su
elección en el lote de las mujeres que he tenido el placer y el honor de
presentarle? ¿Está decidido a escoger una de ellas por compañera?¿Tal vez arde
en deseos de dar media vuelta para reunirse de nuevo con Greta, que está pronta
a estrecharlo contra su pecho sin que sea necesario que usted pronuncie la
menor palabra de amor?
Gilbert permanecía inmóvil, con la mirada fija sobre la cinta de
la ruta, las manos crispadas en el volante. Graig dijo entonces, siempre con su
voz dulzona:
—...¿A menos que prefiera conservarme como compañero de viaje?
En ese caso, continuaré guiando sus pasos, aún bastante vacilantes.
—¿Adonde me llevará? —preguntó el joven con brusquedad.
—Hacia la séptima y última criatura que he tomado a pecho
hacerle conocer... ¡Lea, La Mujer Ideal!... Aquella que reúne todas las otras y
que constituye mi obra maestra.
—¿La veré?
—Esta misma noche puede estar en su presencia... Ella nos
espera... Y cuando digo "nos" soy algo presuntuoso... Ella
"lo" espera... ¡Desde un día que le prometí llevarle el compañero
soñado!
—Sin embargo, yo no soy, en absoluto, el hombre ideal.
—Seguramente... Pero usted olvida que si los hombres se muestran
muy exigentes respecto a las cualidades de aquellas que desean por compañeras,
las mujeres lo son infinitamente menos para elegir al preferido de su
corazón... La mujer, mi querido, comete el gran error de dejarse guiar por sus
sentimientos o por sus impulsos del momento, en lugar de fiar sólo en las
decisiones de su cerebro.
—¡Hay mujeres inteligentes, Graig! Me parece, inclusive, que
usted podría agregar una octava cualidad a su Mujer Ideal: la inteligencia.
—Para un hombre normalmente constituido, como usted, ésa no es
una cualidad. Si la mujer es realmente inteligente, trata de suplantar al
hombre y pierde la esencia de las seis cualidades que acabamos de descubrir y
que constituyen su encanto. ¡Desde ese momento ya no es más una compañera, sino
una competidora!
—Sin embargo, Olga...
—Ella era ante todo orgullosa... Y el orgullo es la más grande
prueba de falta de inteligencia. Por eso, al fin de cuentas, he conseguido
obtener de ella lo que yo quería... ¡Había descubierto su punto débil! Créame,
ningún personaje en el mundo está mejor colocado que su viejo amigo Graig para
saborear en silencio la amargura del pecado de orgullo. ..
—¿Esa mujer es hermosa?
—¿Cómo puede hacerme semejante pregunta después de lo que acabo
de decirle?... Al principio no era más que eso: bella... Lea no es "la más
bella mujer del mundo". Esa denominación fastuosa ha sido aplicada
demasiado a criaturas vulgares durantes estos últimos años, para que yo pueda
emplearla. Digamos simplemente que Lea es LA BELLEZA, así como Sylvia fue LA
JUVENTUD, Serena LA SENSUALIDAD, Gloria LA AMBICIÓN, Olga EL ESPÍRITU DE
DOMINACIÓN, Aixa LA MUJER SUMISA y Greta LA BURGUESA. Al principio tuve un ligero
inconveniente que quiero revelarle ... cuando descubrí a Lea me di cuenta, en
el momento mismo en que la vi, que era tonta como sólo puede serlo una linda
mujer. No tenía más que su belleza. Era a la vez mucho y muy poco... Entonces
me dije: mi viejo Graig, acabas de encontrar a la criatura de cuerpo perfecto.
Esta muchacha valdrá muy poco si tú no consigues insuflar en ese molde exterior
admirable las cualidades que la convertirán en la Mujer Ideal. De modo que fue
la belleza lo primero que descubrí. ¡Era indispensable! Sin belleza no se llega
a nada en el mundo... Luego sólo tuve que ponerme en campaña. ¡Aquello fue
largo! Ahora usted ya sabe dónde y cómo he encontrado las seis cualidades que
me faltaban.
—Admito que Lea no fuese ni sensual, ni ambiciosa, ni
dominadora, ni esclava, ni burguesa, pero en fin, Graig, cuando usted la
descubrió, ¿ella tenía, además de su belleza, juventud?
—Ni siquiera eso... querido Gilbert. Pero ésa es otra historia,
de la cual ya hablaremos un poco más tarde en caso de que usted desee que nos
separemos... Espero su decisión.
—Sé que le pareceré un loco de atar —respondió el joven—, pero
usted me ha hablado tanto de la Mujer Ideal que quiero conocerla.
—Su respuesta me prueba definitivamente que no es un loco, sino
por el contrario, un hombre sabio. Jamás hay que contentarse en la vida con una
solución mediocre cuando se sabe que puede encontrarse algo mejor... Su deseo
será cumplido. Esta misma noche le presentaré a Lea, ya que así lo quiere. Por
otra parte, en todo lo que pueda ocurrirle debe reconocer que siempre me he
doblegado ante su libre arbitrio... ¡Los hombres eligen solos su camino! Yo
sólo soy, digamos, el que prepara las vías, el que aparta los obstáculos, el
que facilita las cosas...
—Desde que lo conozco, usted únicamente ha sido un perpetuo
tentador...
—Joven, entre los innumerables nombres, más o menos buenos, con
los cuales los hombres me han colmado desde que la tierra gira, porque ellos
vacilan en pronunciar el verdadero, sólo uno no me ha desagradado: el que usted
acaba de pronunciar. ¿No encuentra que es precioso ser "EL
TENTADOR"?... ¡Qué hermoso oficio!... Ahora no veo ninguna razón para que
no ponga de nuevo el motor en marcha. Su automóvil es rápido, usted conduce
bien, el tanque está lleno de nafta, yo estoy sentado a su derecha: ¡las
condiciones son excelentes! El auto se lanzó velozmente.
—Conozco la ruta —declaró Graig—. No tenemos muchos kilómetros
que recorrer. —¿Nos quedamos en Suiza?
—Vamos, Gilbert. ¿Cómo puede suponer por un segundo que la Mujer
Ideal no habite en Francia? En cuanto hayamos traspuesto la frontera nos
hallaremos en el Jura francés. ¿Conoce el Jura? —Bastante m»l.
—Es lamentable... yo amo ese Jura suyo, Una de las regiones más
verdeantes de Francia... Llueve mucho allí... Pero si el suelo no fuera húmedo
no encontraríamos tantas selvas admirables... En el fondo de una de esas selvas
es donde se esconde —o mejor dicho, donde yo he tomado la precaución de
esconderla— Lea... —¿Qué selva?
—¿Ya curioso? ¡La selva de Chaux, una de las más bellas de su
país! Domina los montes de Arbos y se extiende a lo largo de cincuenta
kilómetros. Pero no estamos aquí para seguir un curso de geografía...
¡Adelante!
La primera parte del viaje fue silenciosa. Gilbert, con el pie
en el acelerador, concentraba toda su atención en el recorrido. Graig parecía
estar agotado, aunque Gilbert no. estaba muy seguro de ello. No porque el viejo
tuviera los ojos cerrados quería decir que dormía. Para convencerse, el joven
rompió el silencio, diciendo:
—Ha omitido explicarme en qué condiciones conoció a Greta y cómo
le pidió su sentido burgués...
—Pensaba que eso ya no le interesaría desde que corremos hacia
la criatura ideal —respondió el barón, sin abrir los ojos—. Y sobre todo, temía
resultarle monótono con todas mis pequeñas historias de mujeres... ¡Oh, la de
Greta es muy simple, como su persona...! Cuando la conocí era sólo una robusta
y bien plantada granjera de veinte años colocada por sus padres en una de las
más viejas familias del país. El día en que la encontré, yo estaba como usted
en este momento, al volante de mi coche: era la época en que adoraba conducir.
Luego fui perdiendo ese gusto y ahora prefiero dejarme conducir por los otros.
Ese día mi motor se había recalentado... ¡Es un fenómeno que se produce con
bastante frecuencia cuando asciendo a un automóvil!
Me vi obligado a detenerme a la entrada de Interlagos para
recoger un poco de agua en un balde, en una fuente pública. Una gallarda
muchacha rubia estaba allí llenando dos jarras. Ella debió comprender mis
pequeñas dificultades mecánicas, pues me ofreció espontáneamente, con una buena
voluntad encantadora, prestarme una de sus jarras, que resultaría muchísimo más
práctica que mi balde para llenar el radiador. Mientras yo cumplía ese trabajo
insípido pero necesario, pude observar a mi antojo a la muchacha: era la
expresión acabada de una raza fuerte. No sé bien por qué... pero ella me gustó
como le gustó a usted... Esa criatura resulta simpática a todo el mundo sin
tener cualidades! físicas o morales extraordinarias... Encarna la honestidad
media, sin esos destellos que arrastran a menudo las peores complicaciones...
En agradecimiento a su gentileza, le ofrecí dejarla en su casa.
La idea de un corto paseo en auto pareció causarle un gran placer. Aceptó y en
seguida comprendí que esa joven siempre sabría contentarse con lo que le
ofrecieran. Sus deseos, comparados a los de las otras mujeres, eran
relativamente modestos; eso mismo constituía uno de los rasgos más atrayentes
de su personalidad... ¡Feliz carácter!
Graig abrió al fin los ojos para pronunciar esas dos últimas
palabras, antes de proseguir.
—Jamás he encontrado mujer que tuviera un humor igual al de
Greta. En cambio la creo incapaz de experimentar grandes impulsos, de amar
ciegamente al peor de los individuos, de vivir una gran pasión... Necesita
conservar el equilibrio en todo. Lo que cuenta para ella es el bienestar, el
confort, la vida apacible y sin historias...
Durante el recorrido de mi coche, me expresó sus ideas sobre una
multitud de cosas. Ideas muy pequeñitas, repletas de buen sentido, que regirían
automáticamente una vida trivial. La escuchaba maravillado, pues estaba
persuadido desde hacía mucho que ese género de mujer había desaparecido del
planeta... ¡Cosa en la que me equivocaba de medio a medio! En efecto, durante
mis interminables peregrinaciones, he tenido luego la oportunidad de darme
cuenta de que son legión aquellas cuyo horizonte se limita a una batería de
cocina bien brillante, a algunas macetas de geranios en un balcón, a algún
tejido que no se acaba nunca en las veladas... Terminé, incluso, por creer que
tales mujeres son necesarias a una multitud de hombres comunes, incapaces de
crearse un hogar si no fuera por ellas. ¡Todo el mundo no puede ser
extraordinario!
La mujer que tenía a mi lado era la encarnación de esas mujeres
destinadas al hombre medio, porque la naturaleza las ha dotado de un sólido
buen sentido. Sé que generalmente los hombres encuentran fastidiosas a tales
mujeres, pero sin embargo un cierto encanto puede emanar de su personalidad
tranquila... ¡Usted mismo lo ha experimentado esta noche! Aunque en usted puede
ser excusable, después de haber tratado criaturas de fuego como Serena, o de
sangre, como Olga. Pero tarde o temprano se acaba por volver a las mujeres
temperadas...
Cuando detuve mi automóvil en el lugar indicado por ella como
siendo la granja que habitaba, me dijo designándome la casa habitación, y en
ese francés gutural que la hace aún más encantadora:
—¿Verdad, señor, que es muy linda la granja en que trabajo?
—Muy linda, señorita.
Y comprendí que el más bello sueño, el más grande, el más
espléndido que jamás pudiera imaginar aquella campesina suiza, sería ser
propietaria de esa granja, con un marido y hermosos niños dentro, una amplia
cocina moderna y ropa oliendo a lavanda... Hacerlo realidad fue para mí un
juego.
En esa granja habitaba también el único hijo de los dueños,
bastante vulgar en su persona y suficientemente insignificante como para que la
joven pudiera sentirse el alma absoluta cuando se casara con él. Pero este
joven —llamado Friedrich— tenía padres, los patrones de Greta, como he dicho,
que no tenían una mentalidad suficientemente democrática para admitir que su
hijo único desposase a una labradora, por robusta y apetitosa que fuera...
Me fue necesario entonces utilizar un medio radical: suprimir a
los padres. Un oportuno accidente de automóvil sobre la ruta de Thun resolvió
el asunto. Fue seguido, naturalmente, por un gran entierro, al día siguiente
del cual el hijo se encontró solo en la bella granja blanca, teniendo por toda
la compañía algunos pares de bueyes, una imponente tropa de vacas lecheras,
cultivos verdeantes, unas cincuenta hectáreas para sembrar, un gallinero lleno
de un pequeño mundo alado y picoteante, y la robusta Greta, en fin, desbordante
de vitalidad y tanto más dispuesta a ocuparse de todo cuanto que ella era la
única presencia femenina que quedaba en las vecindades de Friedrich.
Lo que debía ocurrir fatalmente en parecidas circunstancias, se
produjo. Un año más tarde, a la salida de un brillante concurso de "cuerno
de caza de los Alpes"... A propósito, mi querido Gilbert ¿conoce usted el
cuerno de caza de los Alpes ?
—No.
—¡He ahí una seria laguna en su educación artística! El
"cuerno de caza de los Alpes" es un largo e interminable cuerno —que,
me apresuro a decirlo, no está hecho de cuerno sino de madera— en el cual los
pastores o labradores suizos tienen el hábito de soplar para reunir su ganado o
para comunicarse entre ellos a distancia, de valle en valle.
Si puedo permitirme una comparación, diría que este cuerno es el
tam—tam suizo. Sirve para propagar, mejor que la radio y más rápidamente que
ella, las buenas o malas noticias, de cantón en cantón. Guillermo Tell lo
empleó mucho. El principal inconveniente de este instrumento es su dimensión.
Puede medir, desde la embocadura al pabellón, unos cinco o seis metros.
Imposible llevarlo en brazos o tocarlo desfilando... Para hacerlo sonar debe
colocarse el pabellón en el suelo y doblarse para soplar en la otra extremidad,
en la embocadura. ¡Y le garantizo que es necesario un rudo soplo! Los sonidos
que emite no son siempre graciosos y se los podría ubicar entre el mugido de
una vaca y la sirena de un viejo remolcador... No obstante es un instrumento
musical aún muy apreciado en la Suiza alemana. Los tocadores de cuerno de los
Alpes son personajes a los cuales ninguna mujer puede dejar de dedicarles una
sonrisa enternecida. Y eso, porque cada año, en las fiestas regionales
cantonales, que abundan en el país, la clave de las diversiones son casi
siempre los concursos de tocadores de cuerno.
Friedrich supo demostrarse deslumbrante en esta especialidad en
la fiesta de Interlagos. Su soplo fue maravilloso. Y las largas quejas
exhaladas por su instrumento fueron directas al corazón de Greta... ¡Todo el
mundo no puede ser un arquero del amor!
La reunión terminó con un baile campestre, al son de uno de esos
orfeones de los cuales sólo los suizos parecen poseer el secreto. No sé,
Gilbert, si usted ha escuchado alguna vez un concierto de música típicamente
suiza, pero quedará maravillado si le gustan las ferias... Durante toda la
noche Greta valsó en brazos del héroe de la jornada y, como yo la había
inspirado secretamente, un mes más tarde se las arregló para hallarse encinta.
Se puede tocar el cuerno de caza y ser un caballero. Friedrich
lo probó desposando al cabo de otro mes a aquella que había querido a toda
costa darle un heredero. Fue una encantadora ceremonia, con la novia vestida de
blanco... Evidentemente, reconozco que el equilibrio natural de Greta había
hecho una linda trampa a los principios de la moral burguesa. Pero usted sabe
tan bien como yo, Gilbert, que tales procedimientos se hallan cada vez más en
auge aun entre las familias más respetables. ¿Lo esencial para muchos padres,
no es que su hija esté casada, de una manera o de otra? La joven encinta es
objeto de una reprobación pasajera, sólo hasta el día de su casamiento, que lo
arregla todo, mientras la solterona es objeto de lástima hasta el fin de sus
días. Tenga presente, joven, que más vale dar envidia que piedad, y Greta, con
su extremo buen sentido, lo había comprendido.
Así nació un gordo niño mofletudo, seguido once meses más tarde
por otro niñito que, como usted mismo ha podido verlo, .tiene los ojos color
avellana de su madre. La descendencia del linaje y el porvenir de la granja
estaban asegurados, lo que contribuyó a asegurar al máximo la autoridad de
Greta.
Otro año pasó, al cabo del cual se tenía el derecho de esperar
un nuevo nacimiento, de tal manera parecía que la robusta granjera había
adquirido el hábito de dar a luz a intervalos regulares y periódicos, entre dos
cosechas... Pero nada ocurrió. La maledicencia de los vecinos, nunca bien
intencionados, comenzó a murmurar una explicación de esa carencia. Pretendían
que el marido abandonaba a su esposa para correr tras las muchachas con quienes
bailaba al compás de los orfeones, después de haberlas deslumbrado a ellas
también con sus proezas en el cuerno de caza de los Alpes...
Personalmente, estaría bastante inclinado a creer que tal
actitud —en ese mediocre personaje— fuera, más bien, la baja venganza de un
débil que la prueba de un verdadero temperamento. De los dos, era Greta quien
tenía temperamento y lo sigue teniendo siempre... Friedrich la detestaba por la
manera con que ella sabía manejar la barquilla familiar con una incontestable
autoridad.
Greta no alimentaba sin duda una loca pasión por Friedrich, pero
quería permanecerle fiel por principio, y el comportamiento de su marido le
causó mucha pena. ¿A quién hubiera podido confiarse entonces sino a mí, que
desempeñaba el papel del "viejo amigo de la familia"? Yo, que después
de haberla desembarazado de sus suegros —obtusos y presuntuosos— había
consentido en ser su testigo el día de su casamiento... Yo, que regresaba de
improviso cuando se me creía en el otro extremo del mundo, para interesarme con
una solicitud inquieta por la felicidad de mi protegida... ¿No era el amigo
bonachón para los niños, "el tío de América" para todo el mundo, el
ángel guardián del hogar?
—¿No tiene la impresión, Graig, de estar exagerando demasiado en
este momento? Admito que pueda saberlo todo, pero el ángel guardián ya es un
poco fuerte!
—¿No soy el suyo, mi pequeño .Gilbert?
—¡Usted es mi ángel malo!
—¿Quién puede saberlo...?Pero volvamos a la gentil Greta, la
cual me suplicó que actuara para que su esposo se condujera de otra manera y no
como un vecino indiferente que venía a compartir su lecho sólo porque
necesitaba un poco de calor para dormir. Le respondí que no tenía en absoluto
el poder de hacer milagros. En realidad, sin duda habría podido despertar otra
vez el ardor del marido veleidoso por su compañera abandonada, pero el hombre
era tan insignificante que consideré que el juego no valía la pena. Sabía,
además, que Greta pertenecía desesperadamente a una especie de mujeres en vías
de extinción: la mujer fiel. En verdad, necesitaba un hombre en su lecho a
cualquier precio, pero quería que fuese siempre el mismo, lo que complicaba las
cosas... ¿Qué hubiera hecho en mi lugar... ?
—Puesto que el marido ya no quería nada con ella y —respondió
Gilbert sin vacilación— y ella se obstinaba en no engañarlo, sólo había un
medio para que recobrara su felicidad: ¡suprimir al marido!
—¡Me encanta oírlo hablar en esa forma! Prueba de .que comienza
a aceptar mi teoría de las soluciones radicales ... Así pues, suprimí al
importuno, pero teniendo cuidado de evitar un nuevo accidente de automóvil que
hubiera podido intrigar a la gente. Pensé que Friedrich debía tener un fin
glorioso... Esperé que hubiera un nuevo concurso de tocadores de cuerno de los
Alpes... Algunos segundos antes de que el campeón de soplo pusiera la boca en
la embocadura de su instrumento preferido, tuve la precaución de introducir yo
mismo en dicha embocadura un veneno de mi invención, que ofrece la ventaja de
volatilizarse al cabo de cinco minutos sin dejar rastros. Sólo es eficaz un
lapso muy corto.
Según su costumbre, Friedrich sopló vigorosamente... pero el
sonido que exhaló entonces su instrumento fue como una larga queja que acabó en
un estertor, y, ante centenares de auditores consternados, el virtuoso se
desplomó... Todo el mundo, incluso los médicos, creyó en una embolia producida
por el esfuerzo cumplido para extraer del bárbaro instrumento algunos sonidos
armoniosos. ¿Quién hubiera podido imaginar que la embocadura estaba
envenenada?Los funerales del héroe, alcanzado por la muerte cuando se hallaba
en plena actividad artística, adquirieron carácter nacional y una inmensa
muchedumbre, compuesta sobre todo por delegaciones de tocadores de cuerno de
caza enviadas por todos los cantones, acompañó los restos de Friedrich hasta su
última morada. Hasta llegó a promulgarse una ley que exigía, en el porvenir,
que todos los concurrentes a ese género de concursos debían someterse a un
minucioso examen médico antes de romperse los pulmones en el temible
instrumento.
Greta estaba abrumada. Y a pesar de la conducta de su marido en
los últimos meses, permaneció siempre inconsolable. Sólo que el duelo más cruel
no puede ser eterno cuando la viuda no ha alcanzado la treintena. Poco a poco
el sólido "equilibrio burgués" volvió a predominar en la mujer
desconsolada, quien acabó —según la expresión consagrada que arregla tan bien
las cosas— "por volver a la razón"... ¿No tenía acaso niños que criar
y una granja que dirigir? Ante tales imperativos no tenía derecho a dejarse estar...
No pasó mucho tiempo sin que una amiga de Greta —pasiblemente
inspirada por mí— lograra llevarla de nuevo a un concurso de sonadores de
cuernos de caza, entre los cuales se reveló un nuevo campeón... Esa misma noche
Greta valsaba con él a los acentos de cobre del orfeón...
¡Todas las heridas se cicatrizan, Gilbert! ¡Al son del cuerno de
caza, .Greta estaba de nuevo para tomarla...!
—Ya lo he comprobado...
—Pero hubiera cometido un error en hacerlo. Piense un poco. ¡Una
mujer que le confiesa a usted tranquilamente, después de pasar viuda cuatro
años, que su único deseo es una máquina de lavar! ¡Es el colmo del espíritu
burgués!
—¿Y está completamente seguro, Graig, que hace un momento ha
sido franca al decir eso?
—A decir verdad, no. Usted ha caído a pico en su existencia ...
Esa mujer tiene un corazón demasiado fuerte para no aspirar más que a una
máquina que fabrica espuma. El cambio que se opera en ella desde hace algún
tiempo, es, después de todo, normal. Como ya lo habrá imaginado, le he pedido
que me cediera su sentido burgués a cambio de los pequeños servicios que le he
hecho... Como es una mujer honesta, no sospechó ni por un segundo que su viejo
amigo Graig había dado algunos pequeños empujoncitos destinados a activar esos
acontecimientos corrientes que se nombran: "decesos"... Y como ella
es fundamentalmente buena, sólo ha querido satisfacerme desde el día en que su
sueño burgués estaba realizado. Pero siempre hay un reverso de la medalla:
desde que le tomé su sentido burgués para dárselo a Lea, que se hallaba
absolutamente desprovista del mismo, Greta vive una existencia que no es la
suya. A partir del momento en que su sincero deseo de ser una buena burguesa ha
dejado de actuar pues ha sido satisfecho, corre el peligro de convertirse, de
la noche a la mañana, en la peor de las rameras. ¡Bastaría para ello el simple
llamado de un cuerno de caza de los Alpes!
Graig se calló. Sus párpados se habían cerrado. Hundido en su
asiento parecía haberse dormido nuevamente. Pero sin embargo su voz volvió a
resonar con una extrema lentitud :
—La conclusión del final de la historia de la suiza es que todo
en ella estuvo admirablemente orquestado. Greta no ha sido, sin duda, la que me
ha dado más trabajo, pero tengo la satisfacción de decir que respecto a ella he
actuado con la aparente corrección de un .amigo perfecto. Es muy agradable, mi
querido, endosarse de vez en cuando la piel de un hombre honesto... Por lo
demás, no veo cómo hubiera podido actuar de otra manera con ella. Sí, fue un
trabajo elegante.
De nuevo sólo el ronquido del motor turbaba el silencio en el
auto que continuaba devorando kilómetros en la noche. Transcurrieron largos
minutos antes de que Graig, que mantenía siempre los párpados cerrados, dijera
al joven con esa misma voz dulce que había empleado para jugar al abuelito ante
los niños de Greta:
—No piense más en esa mujer, mi pequeño Gilbert, ni en ninguna
de las otras... ¡Espere a conocer a Lea! Y si por azar, el recuerdo de una de
esas criaturas lo atormenta ahora, conduzca usted más de prisa. Yo no tengo
miedo. Ya ha podido comprobar que mi avión es rápido. En el ritmo trepidante de
nuestra vida moderna, sólo la velocidad lo arregla todo: ella alegra y hace
olvidar...
No bien traspusieron la frontera franco—suiza, Graig salió de
nuevo de su sopor.
—Nos aproximamos... Dentro de unos minutos usted podrá detenerse
ante un albergue que le indicaré, situado a orillas de la selva de Chaux. Allí
comeremos cómodamente: e! hostelero es uno de mis buenos amigos. No conozco
nada que despierte tanto el apetito como un paseo en auto. .. Después del
avión, la representación de Guillermo Tell, el paseo en fiacre, el fondue de
Greta y esta carrera en auto, ¿no le parece que la noche ha sido de lo más
animada?
—Confieso que no me desagradaría llegar... ¿Ese albergue está
lejos de la morada de Lea?
—No. La última etapa será corta.
—En tal caso, ¿por qué no seguir directamente?
—Es indispensable que hagamos algunos preparativos antes de
presentarnos ante la Mujer Ideal... ¿Se hubiera atrevido usted a presentarse
ante una de sus sucesivas novias, Yolande o Sylvia, con la ropa ajada por un
largo viaje?
—¡Lea no es mi novia!
—Joven, no diga: "De esta agua... " Y conténtese con
seguir mis sabios consejos. He aquí el albergue... Puede penetrar al patio
interior: allí su auto estará más seguro.
Cuando Gilbert hizo girar el volante a la izquierda para
penetrar en el patio, la luz de los faros iluminó una enseña metálica que se
balanceaba chirriando bajo una viga que recordaba una horca, y en la cual tuvo
tiempo de leer estas palabras pintadas en rojo: Albergue de la Gente Perdida.
El lugar era siniestro. Ninguna luz se veía en las ventanas,
cuyos postigos eran batidos por el viento. Una alta hierba invadía el patio. El
albergue parecía abandonado desde hacía tiempo y su aspecto justificaba su
nombre. Como no se encendiera ninguna luz, el joven hizo sonar la bocina,
renegando:
—¡Ya todo el mundo está durmiendo en esta barraca!
—No —respondió tranquilamente Graig—: el patrón y el personal de
esta barraca jamás reposan... ¡Ellos dormirán en el otro mundo! Las personas
perdidas vienen a refugiarse aquí a cualquier hora. Después de reconfortarlas
se las orientan hacia el buen camino: aquel que yo elijo para ellas...
—¿Por qué usted?
—¡Yo soy el propietario del albergue! Es una inversión que hice
hace algunos años y de la cual estoy muy satisfecho. Un rendimiento excelente.
¡Es una locura la cantidad de adeptos que me ha proporcionado este albergue! He
aquí al señor Pamphile...
Una sombra grotesca, empuñando un arcaico farol, se había
aproximado al automóvil. Gilbert no pudo distinguir claramente los rasgos del
personaje, pero observó que era jorobado. Cuando éste reconoció a Graig se
curvó en dos —sin que dicha posición obsequiosa fuese muy distinta de la que le
imponía su deformidad— y exclamó con voz ruda:
—¡Señor barón! ¡Si hubiera sabido que el señor barón iba a
visitarnos esta noche...!
Basta, Pamphile —lo interrumpió Graig—. Haznos preparar una de
esas buenas y sólidas comidas que tan bien sube hacer tu digna esposa... ¿Las
habitaciones especiales están listas?
—Siempre están esperando al señor barón y a sus invitados.
—Subamos —dijo Graig.
Gilbert lo siguió trepando los musgosos peldaños de la
escalinata, y se encontró en una larga sala, baja y sombría, cuya única
iluminación provenía del fuego que ardía en una alta chimenea de piedra.
—¡Un verdadero fuego del infierno! —no pudo dejar de evidenciar
el joven.
Graig, que se había aproximado a la chimenea, arrojó una extraña
mirada a su compañero, antes de decir:
—¡Yo amo el fuego, Gilbert! Sólo él purifica todo y deja el
lugar limpio. Así como se pretende que no hay humo sin fuego, creo que no
existe fuego sin llama para alimentarlo y darle la intensa vida que él expande.
Esas habitaciones modernas en las cuales odiosos radiadores reemplazan a las
nobles chimeneas de antaño, parecen siempre vacías ... ¡Lo que hace falta ante
todo es calor! Cuando arde su corazón usted está feliz... Cuando se lo siente
frío uno se aproxima a la tristeza de la muerte... Pero basta de reflexiones...
Voy a conducirlo a su cuarto.
—¿De modo que dormiremos aquí?
—No, le he prometido que esta misma noche estará junto a Lea.—..
¿Para qué repetir que siempre cumplo mis promesas? Pase sólo por un momento a
esa habitación. En ella encontrará vestimentas nuevas que le permitirán
presentarse, con todas las oportunidades de éxito, ante la Mujer Ideal. No debe
descuidar el menor detalle para semejante entrevista, que puede ser muy
delicada. Cuando esté listo, baje de nuevo a esta sala donde la comida de la
señora Pamphile estará servida. Yo también voy a cambiar de ropa.
Gilbert lo siguió sin responder, por la escalera interior, de
carcomidos peldaños de madera, que llevaba a una galería prolongada alrededor
de la sala, a la altura de un primer piso, y a la que daban diferentes puertas.
Graig abrió una:
—He aquí su pieza.
El joven avanzó hacia la habitación y Graig se retiró cerrando
la puerta tras de sí. Por la primera vez, desde el comienzo de su extraño
paseo, Gilbert se sentía solo, al fin.
Como la sala del primer piso, la habitación, tapizada de damasco
rojo, sólo estaba iluminada por el fuego de la chimenea. Después de una mirada
circular el joven comprobó que no existía ningún conmutador eléctrico y que en
ella no se encontraban trazas de lámpara. La pieza, de vastas dimensiones, no
recibía otra luz .que la del fuego. Cuando éste se extinguiera, se produciría
una oscuridad completa hasta que los primeros resplandores del alba liberadora
vinieran a acariciar el damasco rojo. Instintivamente Gilbert buscó la ventana:
no existía ninguna. La puerta, que daba a la galería era la única abertura del
cuarto. La luz solar no tenía derecho a penetrar allí. Las persianas que había
visto desde el patio exterior sólo debían servir para disimular las ventanas
clausuradas. El joven experimentó la desagradable sensación de que el fuego
jamás dejaba de arder en la chimenea del albergue... El fuego estaba allí como
en su casa, y reinaba como déspota absoluto.
Sus comprobaciones fueron interrumpidas por la entrada
indiscreta de una sirvienta que acababa de abrir la puerta. Gilbert se volvió
para observarle que hubiera podido golpear antes de entrar, pero quedó inmóvil
en su sitio. La joven, peinada con dos largas trenzas rojas, parecía
contemplarlo con sus ojos azul claro, de una gran limpidez, cuya expresión era
insostenible, como si aquella muchacha plantada ante él lo mirara sin verlo.
Después de haber depositado sobre el lecho, con infinitas precauciones, una
camisa de seda blanca y un pantalón negro, la joven se dirigió hacia la puerta
con un andar irregular. Gilbert tuvo la impresión de que ella se encontraba en
estado de hipnosis y quiso comprobarlo. En el momento en que ponía la mano
sobre el picaporte de hierro forjado, le dijo:
—¿Por qué esas vestimentas ridículas? ¿Cree usted que estoy de
luto?
La joven se volvió para responderle, mirándole siempre con la
misma intensidad:
—Yo ejecuto las órdenes de mi amo... El me ha dicho que debía
traerle el traje de novio... Es la primera vez que lo usarán: esperaba desde
hacía mucho tiempo en un armario ... ¡Debe ser lindo ese traje!... ¿Usted
también es hermoso ?
Gilbert se aproximó a la pobre joven, y la encontró fea. Manchas
rojizas cubrían su mejillas y sus brazos desnudos. Era pequeña y de carne
grasientamente lechosa. El joven la tomó con dulzura del mentón y la llevó
hasta la chimenea para examinarla de más cerca. Al cabo de un instante,
manteniendo siempre el rostro de la sirvienta levantado hacia el suyo, le
preguntó:
—¿Entonces, no has visto ese traje? —No, monseñor.
—¡No me llames así! Mi nombre es Gilbert... —Mi amo me ha
enseñado —respondió la joven— que debía llamar monseñor a quien por fin ocupara
esta pieza, en la cual las llamas crepitan desde hace años...
—¿De manera que esta pieza nunca ha sido ocupada? —Ningún
extraño ha penetrado en ella antes que usted ... Yo la limpiaba todas las
noches a la espera de su llegada. Mi amo la llama "la pieza del
novio"... ¿Así que usted es el novio?
—¿Cómo me encuentras?
—No sé. monseñor. Pero sin duda debe ser muy bello... La
sirvienta era ciega. Gilbert inclinó aún más su rostro sobre el de la joven
para preguntar en voz baja, como si temiera que los muros tapizados tuvieran
oídos: —¿Tú siempre has sido así? —Sí, monseñor... —¿Y eres feliz? —Sí,
monseñor.
Permaneció pensativo. ¡Quizás era mejor para la pequeña
sirvienta que jamás hubiera visto los rostros de aquellos que habitaban el
albergue!
—¿Pasa mucha gente por aquí? —Depende de las noches... —¿Y
durante el día?
—No conozco el día, monseñor. Pero a menudo he oído decir a mi
amo que nadie pasa de día. —Déjame, sirvienta. Ella se retiró sin ruido.
Largo tiempo Gilbert permaneció perplejo. Su mirada iba
alternativamente de la chimenea a la colcha de satén rojo del lecho, sobre la
cual lo esperaban la camisa blanca y el pantalón negro. Presa de un súbito
frenesí cogió las prendas y las arrojó al fuego. Vio con febril alegría cómo
las llamas las lamían, pero las prendas permanecieron intactas. Rabiosamente
atizó entonces el fuego y las vestimentas continuaron sin quemarse. Se hallaba
inclinado sobre el hogar, cuando una voz calma dijo a sus espaldas:
—¿A qué encarnizarse y perder un tiempo precioso cuando se está
tan próximo a la recompensa suprema?
El espejo que dominaba la chimenea reflejó la imagen de un Graig
desconocido para él. El barón estaba resplandeciente, de frac negro ostentando
su jabot de encaje. La cabellera plateada sobresalía de un sombrero de copa
llevado con soltura soberana, y de sus hombros pendía una amplia capa negra
forrada en seda roja.
Gilbert se volvió, hosco, preguntando:
—¿A qué se deben esas ropas de gala?
—Joven, yo siempre me visto de etiqueta cuando voy a visitar a
Lea... Esta noche he cuidado particularmente mi atuendo. ¡Oh! Es lo más clásico
que pueda pedirse... ¿No le sugiere nada a usted?
—A lo más, un baile...
—Podría ser... Por ejemplo, un baile durante el cual un padre
noble conduciría, con orgullo y emoción, a su gran hijo, para presentarle a
aquella que ha escogido como hija política...
—¡Usted no es mi padre! —aulló Gilbert.
—En estos momentos soy mucho más que eso...
—¡Le odio, Graig!
—Sin embargo, no tengo otro mérito que haberme obstinado en
asegurar su felicidad.
El barón se había aproximado al fuego de donde retiró las
vestimentas tomándolas con los extremos de sus largos dedos transparentes. Se
volvió luego, sonriente, hacia el joven, que lo contemplaba estupefacto, y le
dijo.
—Realmente, soy el único personaje que sabe jugar con fuego...
Su voz suave se tornó acariciante:
—¡Vístase!
Aquello era una orden.
—¡Jamás me pondré esos oropeles! —respondió el joven.
—¡Se atreve a llamar así a esta vestimenta nupcial!
¡Desgraciado! ¿Se figura, quizá que a Lea le gustaría verlo de frac como yo,
envarado en el traje de etiqueta del común de los mortales? ¿No, Gilbert! Mucho
mejor le sentará a su persona esta simple camisa de seda, de cuello largamente
escotado, y este sencillo pantalón, con los cuales se sentirá más sobrio y
natural. ¡La corbata no conviene a su juventud! ¡Quedará mejor con la nuca y el
cuello libres de toda traba vestimentaria, para que pueda avanzar con la cabeza
erguida hacia la Bella de las Bellas! Suprima esas torturas de urca moda
ridícula y no se preocupe por lo que pueda pensar su sastre para snobs o para
su compañerito del bar... ¡Si pudiera, lo presentaría desnudo a Lea! Pero
quiero darle el placer de descubrir por sí misma su musculatura... Tampoco
tiene necesidad de sombrero. En primer lugar, como todos los de su generación,
no sabe saludar, y resultará mucho más bello cuando avance hacia ella con los
cabellos al viento... Apresúrese: no dejaré esta habitación hasta que no lo vea
vestido como debe esta noche...
Gilbert sintió que toda veleidad de resistencia sería inútil. Ya
ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo y acabó por endosarse las vestimentas
que le eran impuestas.
Apenas se hubo vestido cuando sintió todo su cuerpo invadido por
un calor intolerable.
—¡Esta ropa arde, Graig!
—Ya se acostumbrará a ella y no podrá usar otra en adelante...
Lo condujo hasta el espejo y entonces con su voz, de nuevo
dulce, le dijo:
—¡Mírese!
Gilbert retrocedió. Una vez más se preguntaba si no era juguete
de una visión fantástica. Con aquellas prendas sencillas, encuadrado por el
cuello de la camisa ampliamente abierto, su propio rostro parecía
transfigurado. Desde su infancia, alrededor de los catorce años, cuando por
primera vez se contempló en un espejo porque una niña, al pasar lo había mirado
con cierta admiración, se sabía mucho mejor hecho que los otros... Después, los
años habían pasado... Las miradas de las mujeres le hicieron saber que era
hermoso y acabó por acostumbrarse a ello... Pero esa noche, al ver la, imagen
del joven que le devolvía el espejo, comprendió que, en un segundo, había
adquirido la belleza del diablo.
—¿Está satisfecho?... Descendamos... La comida nos espera.
Partiremos en seguida.
En la larga mesa de la sala baja, resplandeciente de cristales,
la comida estaba servida a la francesa: las viandas esperaban sobre la mesa.
Piezas de caza, exquisitamente preparadas, alternaban con las pastas más finas.
La pequeña sirvienta pelirroja estaba ahí, silenciosa, para atender a los dos
convidados.
—Antes de sentarnos debo prevenir a Lea de nuestra llegada
—declaró Graig—. Aproxímese, Gilbert.
Mientras tomaba del cajón de un viejo cofre, un rollo de papel y
una pluma de ganso, el barón gritó con una fuerza vocal que el joven no le
sospechaba:
—¡Pamphile!
El jorobado acudió desde la cocina.
—Ponte junto al fuego para, que pueda ver claro. Necesito tu
joroba.
El contrahecho obedeció, dócil. Graig desenrolló el pergamino y
lo posó sobre la joroba de Pamphile, que le servía de pupitre. Después se
volvió hacia Gilbert:
—Levántese su manga izquierda y acerque el brazo. No le haré
daño. Jamás uso tinta.
Antes de que el joven hubiera tenido tiempo de prevenir su
gesto, Graig le hundió en la carne del brazo un pequeño estilete, que hizo
brotar unas gotas de sangre. Enseguida el barón mojó en ella su pluma de ganso
y escribió unas cuantas palabras en el pergamino aplicado sobre la joroba de.
Pamphile, con una ancha escritura que Gilbert pudo leer:
"LEA, aquel cuya llegada te he anunciado desde hace años se
aproxima... Dentro de pocos instantes estará cerca de ti mi obra maestra...
Ponte tu ropa nupcial y espéralo en tu cuarto. Es joven, fuerte y hermoso. Se
llama Gilbert. La llegada de este hombre es el más bello homenaje que pueda
rendirte el que te ha hecho".
—¿No firma usted? —preguntó Gilbert con impertinencia.
—Es inútil. Lea conoce mi escritura, que nadie puede imitar...
Después de soplar en la tinta de sangre para secarla con su
aliento ardiente, Graig enrolló el pergamino, diciendo: —Mi sello bastará.
Pamphile acababa de presentarle una barra de cera roja que
calentó en la alta llama amarilla de la estufa antes de dejarla correr sobre el
rollo de pergamino. Cuando la cantidad derretida le pareció suficiente, hundió
en ella el sello del gran anillo que jamás se desprendía de su anular derecho.
Gilbert pudo ver las armas grabadas en la cera blanda. Eran simples y se
reducían a un tridente rematado por una corona de barón.
—Esta noche, Pamphile —continuó Graig, dirigiéndose al jorobado—
te permitiré que realices el sueño de tu vida... Vas a, ensillar mi pura
sangre, que relincha de impaciencia en la caballeriza y al que jamás has tenido
el derecho de montar... Te lo presto, jorobado, para que puedas llevar este
mensaje a Lea. ¡Vete! ¡Las patas de mi corcel no necesitan alas!
Pamphile se inclinó hasta el suelo y luego salió. Su rostro
horrible expresaba un infinito reconocimiento hacia su amo.
—Ahora, joven —dijo Graig—, ¡a banquetearnos! ¿Aprecia usted la
buena comida? Yo también. Me gusta todo lo bueno...
La comida había comenzado. La pequeña sirvienta pelirroja presentó
al joven, sucesivamente, las distintas viandas que él rechazó, una tras otra.
—¿No tiene hambre?—preguntó Graig. —Lo que acabo de ver me ha
descorazonado. —Comete un error, Gilbert, Ya le he dicho que debe reponer
fuerzas, pues pronto las necesitará... ¿Un poco de faisán?... ¿Esta perdiz en
escabeche? ¿Estos cangrejos al champaña? ¿Esta trucha salmonada al vino blanco?
A cada enumeración el joven respondía con un negativo movimiento
de cabeza.
—Quizá tenga sed —insistió Graig—. ¡Hace tanto calor aquí! ¿Qué
le parece este rosado de Arbois? Es frutal como la piel de las jóvenes... Ya sé
lo que necesita: ¡un poco de música! ¡Sirvienta! Toma tu guitarra, siéntate
sobre el taburete que te espera ante la chimenea y cántanos una de esas
romanzas que tanto me gustan.
Ya sabes cuál, esa en que se habla de un joven que se hace
esperar.
La sirvientita pelirroja ejecutó las órdenes de Graig,
medrosamente. Mientras sus dedos tañían las cuerdas de la guitarra, cantó con
una voz menuda:
Sueño con un señor
de sangre apasionada,
que con lánguidos mimos
robe mi corazón. .
—¡Otra canción, sirvienta! — aulló Graig — . ¡Esa no! ¡La
detesto, es estúpida!
La voz de la joven de mirada fija recomenzó:
¿Por qué espero?
Lo ignoro.
Tú eres mi amante.
Bien lo siento . . .
— ¡Esa está mejor! — declaró Graig — . ¿Y bien joven, esta
comida con música no lo entusiasma? ¿Sabe que su rostro es siniestro?
Generalmente una despedida de soltero es mucho más alegre... ¡Basta, sirvienta!
Tu guitarra es demasiado ruidosa y no place a monseñor . . . Contemple a esa
pobre idiota que canta a un Príncipe Encantado a quien nunca verá ... No
olvides, sirvienta, que las chicas ciegas no están hechas para los guapos
jóvenes que ven claro... Si pudieras contemplarte verías qué fea eres... ¡Vete!
¡Nos fastidias!
La joven subió de prisa la escalera de madera, tropezando a cada
escalón, con su pobre instrumento apretado contra el pecho. Gilbert prefirió
apartar la vista de todo ese .horror. Un sentimiento de cobardía le hacía temer
ver asomar las lágrimas en los ojos azules y fijos.
Graig se puso de pie con un vaso en la mano : — Beba, joven . .
. ¡por vuestros amores! . . . ¡Porque todas sean bellas! ¿Realmente no quiere
brindar con su viejo compañero de ruta? Me mira como si tuviera deseos de
abofetearme ... No se contenga si de veras ese gesto le causa un placer. ¡No
sería la primera bofetada que he recibido!... Sé soportarlas. ¿No?
¡Decididamente, Gilbert, me decepciona! Ya no es un hombre, mi amigo, sino un
harapo.... Hasta vacilo en conducirlo ante Lea... Pero ya que se lo he prometido...
Luego de vaciar su copa la arrojó contra el piso y gritó entre
el ruido del cristal estrellado:
—¡Mi carroza! ¡Que se haga avanzar mi carroza! Venga, joven:
será la última etapa...
Antes de que Gilbert pudiera recobrarse lo había arrastrado
fuera de la sala, hasta la escalinata ruinosa. El aire de la noche azotó el
rostro del joven, que encontró fuerzas para preguntar:
—¿Dónde está mi automóvil?
—¿Su autito de gigoló? —se burló Graig—. No se imaginará que
vamos a ir a ver a la más extraordinaria criatura del mundo en ese autito
standard, bueno a lo mas para agradar a falsas jóvenes, del tipo Sylvia... Su
llegada, ante Lea es un, acontecimiento que debe estar revestido de cierto
brillo. .. Utilizaremos la carroza de ceremonias que he hecho construir
especialmente para este único viaje. Jamás habrá otra, y la quemaré a su
llegada... Admire esta carroza, Gilbert...
La carroza estaba allí, ante la vieja escalinata de piedra, en
el patio del albergue, reverberando a la luz de las antorchas, sostenidas por
lacayos de pantalón corto y medias blancas, que parecían haber surgido de la
tierra. Las armas de Graig con el tridente y la corona de barón estaban
pintadas en oro sobre el panel de la portezuela. Cuatro potros negros, de
largas crines, piafaban & la espera del instante en que pudieran arrastrar,
a una velocidad vertiginosa, la carroza escarlata del barón. El cochero se
hallaba en su sitio, con el látigo en la mano y cubierto con un tricornio. Dos
postillones, con la clásica casaca roja y la gorra de terciopelo, esperaban,
jinetes en caballos grises y con las trompas de caza alrededor del cuerpo, a
que el pesado vehículo se pusiera en marcha, para hacer sonar a todos los ecos
de la selva dormida, la prodigiosa noticia.— "El señor barón conduce hacia
Lea al hombre que le destina..."
Gilbert tuvo un deslumbramiento y Graig le dio ánimos
diciéndole, con su voz dulce:
—No, no está soñando... Esta carroza existe, yo estoy a su lado
y usted está bien vivo. Ahora va a emprender el más noble de los peregrinajes
para ir a reunirse con la más auténtica de las Princesas Lejanas, que lo espera
en el fondo de esta selva... Postillones: ¡haced sonar la señal de partida!
Empujó al joven al interior de la carroza y se sentó a su
derecha, sobre los cojines de terciopelo rojo. La puerta se cerró mientras se
levantaba el estribo. Las trompas de caza lanzaron su queja y los potros
arrancaron con un estrépito ensordecedor en el que el resonar de los cascos de
los brutos se mezclaba al chirrido de las ruedas enllantadas de hierro contra
los adoquines desparejos del patio interior. Otros lacayos, montados en
anglo—árabes blancos escoltaban la carroza a cada lado, portando antorchas.
Cuando el pesado vehículo pasó ante oí poste que sostenía la enseña, un
relámpago iluminó la noche. Los caballos negros se encabritaron un instante
antes de emprender su carrera bajo el látigo implacable del cochero. Graig
señaló el firmamento por la portezuela, diciéndole a Gilbert:
—Mire: el cielo está nublado. Se ha cubierto la faz para no ver
este espectáculo. ¡No hay luna ni estrellas! Tengo la impresión de que el cielo
tiene miedo de mí esta noche... Un segundo relámpago, seguido de un trueno que
se prolongó al infinito, iluminó las tinieblas.
—Adoro esos relámpagos, Gilbert, y el ruido del trueno que se
aproxima... Anuncian la más hermosa tormenta que jamás se haya visto... Pero el
estrépito de la naturaleza no podrá amedrentar a un joven que corre hacia la
dama de sus pensamientos... ¡Cállese! No estaría aquí, en este momento si la
sombra desconocida de una Mujer Ideal no ocupara su espíritu y poblara sus
pensamientos desde el día en que le hablé de ella. ¡Fue usted solo quien ha
querido verla!
—Graig —dijo el joven, jadeante—, ¿por qué me ha ocultado hasta
este minuto que me conducía al infierno"?
—Al final de este camino, mi querido joven, no existe el
infierno sino un paraíso que he concebido para alguien de su edad...
La carroza y su escolta se lanzaron a través del bosque de
pinos. El galope de los caballos y el eco de las trompas se alejaron del
Albergue de la Gente Perdida. El lugar recobró su calma. Una desgarradura en el
cielo negro descubrió la primera estrella. Las enormes nubes bajas
desaparecieron también hacia el bosque, como si quisieran escoltar a la carroza
roja. Ningún resplandor se filtraba por las ventanas tapiadas y la enseña
enmohecida continuaba chirriando batida por el viento. En una buhardilla, en lo
alto de la cámara tapizada de damasco rojo, unos pequeños dedos lechosos tañían
las cuerdas de una guitarra, sin que ningún sonido saliera de la boca de una
sirvienta pelirroja de ojos inmóviles...
La carrera hacia la Bella continuaba a través de los altos
árboles. Aunque los cristales de las portezuelas estuvieran bajos, la atmósfera
se hacía irrespirable en el interior de la carroza, cuyos dos ocupantes sufrían
violentas sacudidas pese a los largos elásticos en arco.
El camino de la selva por el cual avanzaba la comitiva se
encontraba deshecho por los carromatos de ruedas desmesuradas que lo utilizaban
para transportar troncos de árboles. La carroza del barón Graig era,
ciertamente, el primer vehículo de paseo que se aventuraba por tales huellas.
A pesar del cuello abierto y de su simple camisa, Gilbert se
sofocaba. El sudor perlaba su rostro, tendido hacia el extraño fenómeno que
observaba desde hacía unos instantes por la ventanilla... La tempestad se había
desencadenado, por fin, azotando las ramas de los pinos y arremolinándose en
torno del cortejo formado por la carroza y su escolta. Pero ni los jinetes
portadores de antorchas, ni los postillones con sus trompas de caza, ni las
grupas humeantes de los frisones, ni el techo de la carroza, recibían una sola
gota de esa agua bienhechora, bajo la cual Gilbert hubiera soñado avanzar con
la cabeza desnuda. La lluvia formaba una cortina que se desplazaba en círculo
ni ritmo del galope, sin tocar la escolta de Graig. La misma carroza se hallaba
rodeada por un halo de vapor inexplicable. Gilbert lo hizo notar a su
compañero, que ahora respondió amablemente:
—Cada vez que voy de visita a Lea, ocurre lo mismo... La
tormenta me ayuda en lugar de molestarme, porque obliga a la gente curiosa a
encerrarse para no exponerse a las cataratas celestes. A los hombres no les
agrada la lluvia y sobre todo temen a las tempestades en la selva. Los
vehículos en los cuales yo me instalo emanan tal calor que en su vecindad el
agua del cielo se evapora inmediatamente, transformándose en un vapor
beneficioso que me oculta a las miradas indiscretas. ¡Pues nadie en el mundo,
fuera de mí y de mi gente, debe conocer el lugar exacto donde habita la Mujer
Ideal!
El joven ni siquiera escuchó la explicación y continuó
observando con atención el fenómeno. Los negros potros sólo parecían conocer el
galope, infatigables al igual que los tocadores de trompa. En un recodo del
camino, Gilbert distinguió dos corzas que huían, espantadas por el estrépito.
—Esos animales detestan el son del cuerno de caza —declaró
Graig—. Piensan siempre que un genio maligno les prepara una cacería... ¡Pobres
animalitos de ojos tan límpidos!
Gilbert contempló con estupor a su vecino, que se enternecía al
evocar los ojos de aquellas bestias y se había mostrado incapaz de piedad ante
los ojos sin luz de una sirvienta.
En un momento del recorrido los caballos nuevamente se
encabritaron.
—Tienen miedo a los lobos —explicó Graig—. Observe a su derecha
esos pares de ojos fosforescentes que nos persiguen. .. Es una manada
hambrienta. Hay muchos lobo? en estos parajes, pero yo me las arreglo para que
haya cantidades alrededor de la morada de Lea... ¿No constituyen una guardia
ideal contra aquellos de corazón muy aventurero ?... Mire: los ojos luminosos
han desaparecido... El círculo de los lobos ha sido franqueado: ya estamos muy
cerca de Lea... ¿Se siente feliz? ¿No responde nada? Sin duda experimenta
algunas dificultades en analizar lo que le ocurre... Entonces, joven, lo mejor
es que no analice nada y se deje conducir...
De pronto la carroza se detuvo. El sonar de las trompas se
calló. Graig asomó por la ventanilla su lívido rostro para preguntar:
—¿Qué ocurre?
—Es un hombre, señor barón —respondió uno de los lacayos con
antorchas— que se ha tendido a través del camino.
—¿Aquí? —exclamó, Graig—. ¿Cómo ese impertinente se ha atrevido
o ha podido llegar hasta estos lugares?
¡Tráiganlo!
—Está dormido, señor barón. Los postillones acaban de echar pie
a tierra para examinarlo.
—¿Mis trompas no lo han despertado? —gritó Graig—. ¡Ah, ya veo
de qué se trata! —gruñó a continuación—. ¡Uno que pide la caridad! ¿Y por ese andrajoso
han detenido mi carroza? ¡A caballo los postillones! Vuestro oficio no es
inclinarse sobre los miserables vestidos de sayal sino el hacer sonar las
trompas para que todo se aparte a mi paso. ¡Tocad! ¡Y adelante, al galope!
La carroza se sacudió. Gilbert sintió que las ruedas pasaban
sobre algo blando. En ese instante una alondra dejó .oír su canto.
—¡Le ha hecho una oración fúnebre! —se burló Graig—. ¿Se ha
puesto pálido, joven?
—Ya sabía desde hacía mucho tiempo que usted sólo era un asesino
—respondió sordamente el mozo.
—¿Yo?Soy él mejor de los seres, pero no me gusta que se me
atraviesen en el camino... Además, usted también lo ha aplastado, ya que
también se encuentra en la carroza... Este incidente de ruta, mi querido
Gilbert, es la imagen exacta de la vida actual: para reunirse con una hermosa
muchacha, su juventud no ha vacilado en pasar sobre el cuerpo de un viejo,
encarnación de Un mundo caduco de añejos principios humanitarios. ¡Sólo triunfa
quien es capaz de pisotearlo todo!
—¡Eso es falso, Graig! ¡Estoy seguro de que es falso! ¡Yo no
quise matar a ese santo hombre!
—Bien sé que hay una única persona a quien usted quisiera
suprimir: yo. Sólo que como eso no es posible, le aconsejo contentarse en el
porvenir con los que se le presenten en el camino... ¡Más rápido, cochero!
Por segunda vez, la carroza se había inmovilizado. Pero en esta
ocasión Graig no se asomó por la portezuela y se contentó con decir al joven:
—¿Por qué no abre los ojos? Estamos ante la mansión de Lea...
Gilbert había cerrado voluntariamente los ojos cuando la carroza
se detuvo por segunda vez, con el temor inconsciente de contemplar un nuevo
horror, y apretaba con fuerza los párpados, como si deseara que jamás volvieran
a abrirse ante las monstruosidades imaginadas por el cerebro de Graig. Casi
prefería no ver nada, como la pequeña sirvientita de cabellos rojos, y no podía
creer que las últimas palabras de Graig fuesen ciertas. ¡Y sin embargo, Graig
no mentía jamás! Todo cuanto predecía o prometía se realizaba con una precisión
desconcertante. Como ya no oyera caer la espesa cortina de lluvia alrededor del
carruaje, y con los ojos siempre cerrados, preguntó tímidamente:
—¿Ha cesado la tempestad ?
—Siempre hace buen tiempo en torno de la morada de Lea
—respondió Graig—. Compruébelo usted mismo.
Gilbert se decidió por fin a mirar.
La carroza se había detenido ante un puente levadizo que
permanecía levantado. Ese frágil pasaje era la única comunicación de la morada
de Lea con el resto del mundo. Y aquélla se ofrecía a la vista deslumbrada del
joven bajo el aspecto de un castillo medieval de piedras rojas. Un castillo de
ensueño, como sólo existen en los cuentos de hadas, flanqueado por sus torres
cubiertas de almenas y rodeado por el agua trasparente de los fosas... El
conjunto se elevaba en el centro de un claro del bosque: los pinos habían
quedado lejos. Las piedras rojas del castillo estaban bañadas en una luz
azulada, irreal... A esa hora no era la luz solar, tampoco podía ser un reflejo
de la luna... Era un resplandor del más allá del que los ojos humanos nunca se
saciaban. Gilbert se sentía invadido por esa luz, de la cual todo en torno de
él estaba embebido... los potros frisones, la carroza, los postillones, Graig
mismo... La llama de las antorchas parecía pálida en comparación y Gilbert
comprendía que no tardaría en extinguirse, como borrada por el brillo de su
rival...
Ni un canto de pájaro, ni uno solo de los ruidos nocturnos del
bosque se oía en aquellos lugares, donde reinaba por fin un silencio absoluto
después del ensordecedor estrépito del recorrido. En los fosos del castillo
tampoco resonaba el croar de las ranas.
Graig esperó un largo momento para que el joven pudiera
impregnarse de aquella visión. El joven tenía la impresión de que sus ojos,
deslumbrados sin embargo por todo lo que acababan de entrever entre los altos
árboles, jamás se abrirían lo bastante para registrar la imagen que ahora se
ofrecía a ellos. El barón le dijo entonces con una voz muy dulce, casi
cariñosa:
—Las exigencias cada día más imperiosas de la vida práctica ya
no le permiten salir un poco de los límites de la realidad inmediata. Como a
mucha gente le resulta más cómodo, lo maravilloso ha pasado al plano de la
ciencia. Pero usted no es un sabio, mi pequeño Gilbert. Usted es sólo un
poeta... Y si no lo fuera, no merecería ser aún joven y enamorado. Más a pesar
de todo ¿se atrevería hoy a confesar a sus amigos y conocidos, por ejemplo,
sentiría un gran placer si le contaran la historia de Piel de Asno o cualquier
otra ...
El joven moderno no supo qué responder a su compañero, quien
prosiguió:
—Sin embargo, como toda imagen tiene su razón de ser, lo que
acabo de decir no debe constituir un enigma para usted. Voy a explicárselo
recurriendo a una alegoría, que le revelará el sentido de la loca carrera que
acabamos de hacer a través del bosque para llegar hasta aquí. ¿No le parece que
esa carrera se asemeja mucho a la del niño aterrorizado de la leyenda, que da
la mano a la mujer andrajosa ?... Si estuviéramos en compañía de Aixa—Margaret,
sabia en reservar los más lindos cuentos para su señor y amo, el sultán, pienso
que ella lo narraría así:
"Hay una mujer de rostro escuálido, con la mirada llena de
terror, que va por las tardes golpeando los matorrales donde se ocultan los
escolares vagabundos. Sus vestimentas están desgarradas por las espinas, a
fuerza de remover las zarzas. Sea cual sea el obstáculo que se le oponga, ella
se abre camino hasta la criatura a quien debe ayudar, y por más que ésta se
esconda, acaba siempre por encontrarla.
¡Pero no es con dulces voces como llama a los pequeños, ni los
atrae con sus caricias! Ante su presencia, un frío de hielo se apodera del niño
y cuando ella le habla, aquél siente que su pequeño corazón se llena de dolor.
—Debes regresar a tu casa —le dice la mujer de tez pálida y ojos
huraños—. Tu madre te espera y debes volver."
Si el niño, atormentado al pensar en la recepción que merece,
responde a la mujer, pretendiendo engañarla engañándose a sí mismo:
—¡Vete! Conozco el camino y regresaré en seguida sin ti..."
Ella responde:
—Yo no abandono a aquellos a quienes vine a buscar.
Y por más esfuerzos que el colegial haga por alejarla,
permanecerá a su lado repitiendo:
—Niño: debes regresar..."
Esa mujer no es un hada, y sin embargo comunica el don de la
magia a los culpables a quienes visita. Por ella los niños fugitivos dan a los
vapores luminosos que corren sobre las aguas estancadas, en las cálidas noches
de enero, el siniestro rumor de risas que aterrorizan... Por ella el niño,
inmóvil de espanto, presta al roce de las hojas secas llevadas por el viento el
ruido inquietante de una pisada de hombre... Por ella, en fin, los que se han
retardado en algún claro del bosque transforman en gigantes a los grandes
árboles de ramas extendidas, y pueblan de pronto de acechanzas amenazantes los
caminos atravesados aquí y allá por franjas de luz y de sombra... El niño canta
enloquecidamente y se habla a sí mismo para apartar de su mente aquello que le
espanta. Pero aunque de este modo consiga una efímera victoria, ese triunfo no
lo librará de la mujer que lo obsede. Pues ella posee un medio aún más poderoso
para obligar al vagabundo a abandonar su guarida.
Sopla sobre los labios del niño y los labios de éste se secan.
Entonces le apoya en el pecho su largo dedo y la tortura interior que aquél
experimenta es tan aguda que se levanta de pronto, se resigna al castigo que el
retorno le promete, y deja finalmente que la andrajosa mujer lo tome de la
mano. Luego corre a su vera y sólo se detienen ante la puerta de su casa.
La mujer que recoge de este modo a los niños demorados tiene dos
nombres: se llama el Miedo. Se llama también el Hambre..."
—Usted es ahora como el niño, Gilbert, ¡Tiene miedo y hambre de
una mujer! Basta la expresión de su rostro maravillado en este momento por la
visión de "su" morada, para convencerme de que sigue siendo aún, como
la mayor parte de los hombres, sólo un niño...
Graig se asomó por la ventanilla y dijo a uno de los
postillones, que se mantenía erguido e inmóvil a la espera de sus órdenes:
—¡Tocad la señal de llegada!
Por tres veces consecutivas la trompa de caza dejó oír su
llamado desgarrador, que bien podía ser el aviso que el caballero —agotado por
una larga carrera— envía a la dama que espera con ansiedad en lo alto de una
torre... Y tres veces el mismo llamado fue repetido desde el castillo rojo.
Lentamente, sin ruido de cadenas, el puente levadizo comenzó a descender.
Cuando estuvo al nivel del suelo, Graig dio la señal de partida
con un simple gesto de la mano, sin pronunciar palabra, como si él mismo
temiera turbar el silencio. La carroza roja cruzó el puente, seguida por los
postillones cuyos cuernos de caza permanecieron mudos. Los potros de largas
crines negras marchaban al paso. Gilbert ni siquiera percibía el ruido de los
cascos sobre las maderas del puente. Era como para creer que las patas de los
caballos habían sido envueltas en algodones para no turbar el sueño de una
nueva Bella Durmiente del Bosque.
Cuando el cortejo de Graig pasó bajo la bóveda de piedra del
torreón que guardaba la entrada del patio interior, el joven pudo ver un
inmenso reloj cuyas agujas luminosas y rojas, revestidas de rubíes, marcaban
las doce. La primera campanada sonó en el instante en que la carroza penetraba
al patio. El ruido de ese reloj era irreal, extraño, como todo lo que rodeaba a
Gilbert desde hacía unos instantes... Era un sonido grave, de resonancias
lejanas, que hacían pensar en un gong cuya placa, golpeada por un martillo
mágico, vibrara hasta el infinito...
Cuando la segunda campanada de medianoche resonó, los caballos
se detuvieron al pie de una escalera de mármol de doble revolución, en lo alto
de la cual esperaban siete enanos, vestidos con jubones rojos con las armas del
barón bordadas sobre el pedio. Cada uno de ellos presentaba, sobre una bandeja
de plata, una llave de colores diferentes.
La tercera campanada de medianoche acababa de sonar. Graig,
escoltado por Gilbert, había subido ya la escalinata y tomado la llave que le
presentaba el primer enano: era la negra. El barón la introdujo en la pesada
puerta de hierro de la entrada, que se abrió de par en par, sin crujir sobre
sus goznes.
A la cuarta campanada, Graig y Gilbert, seguidos por los otros
seis enanos, portando cada uno su llave sobre las bandejas de plata, penetraron
en la sala de los guardias. Era una sala inmensa, desierta, enteramente
tapizada con paños negros sobre los cuales se destacaba, en blanco, el
tridente. Gilbert tuvo un momento de vacilación ante esa habitación de aspecto
sepulcral. Pero Graig lo arrastró sin decir nada, hacia la puerta del fondo, en
la cual introdujo la segunda llave, de color azul.
A la quinta campanada del reloj, el barón y su
"protegido" entraron en el salón azul. Este, revestido de terciopelo
azul, se hallaba también tan silencioso y desierto como la sala de los
guardias. Una araña, cuyos cristales habían sido reemplazados por zafiros,
resplandecía derramando mil destellos sobre los visitantes.
Graig atravesó la habitación para detenerse ante una puerta en
la cual introdujo la llave ofrecida por el tercer enano. Al sexto golpe la
puerta se abrió como las precedentes, para descubrir el salón verde, cuyas
paredes y el mobiliario de oro estaban incrustados de esmeraldas. La luz era
glauca. Gilbert se creyó transportado a la famosa caverna de Alí—Babá. En un
instante, olvidó el minuto presente para dejarse arrastrar al pasado, hacia
todos los cuentos maravillosos que habían nutrido su infancia... Ya no era el
apenado compañero de Graig, sino el niño a quien se le cuenta una historia
maravillosa. Esa Lea, hacia la cual él marchaba de sala en sala a través de un
palacio de Asueno, no podía ser otra cosa que una encarnación de Cenicienta o
de Scherezada. Estaba viviendo las Mil y una Noches...
Pero Graig no le dejó tiempo de perderse en sus sueños y lo
condujo de nuevo hacia una cuarta puerta a la que abrió con la llave gris.
En el salón gris no resplandecía ninguna alhaja. Sus cortinajes
de seda ligera temblaron a la entrada de los visitantes como sorprendidos de
que alguien viniera a turbar su secreta intimidad. Era sólo un tocador,
perfumado y delicado, cuyo mueble principal era un peinador situado cerca de la
ventana. Ante ese peinador se veía un taburete, recubierto asimismo de seda
gris, sobre el cual Lea, sin duda se sentaría para peinar su cabellera, cuyos
bucles quizá fueran de oro, o de fuego, o de ébano... Gilbert se sentía ya
impaciente por conocer su color... Cualquiera que fuese, armonizaría con ese
gris cuya tonalidad no hubiera podido ser alcanzada por la más delicada
paleta...
El séptimo golpe del reloj había sonado. Graig introdujo en una
cerradura la llave violeta. El salón de tonos episcopales expandía una luz de
amatista. Esta piedra, a la cual sin embargo los antiguos concedían la
propiedad de preservar de la embriaguez, exaltaba a Gilbert. Se sentía como
embriagado por los olores penetrantes y sutiles que exhalaban las enormes
canastas llenas de violetas dispuestas a lo largo de los muros. En el centro,
ramilletes de pensamientos desbordaban de una jardinera, pareciendo decir al
joven desconocido: "Nunca podrás olvidarnos después de habernos
visto".
La octava campanada había sonado. Sólo quedaban dos enanos.
Graig tomó la penúltima llave, coloreada con el mismo tono rosa pálido del
salón del cual ella abrió la puerta.
Este, de reducidas dimensiones, era la antecámara de la dulzura
y de la gracia... ¡Debía ser muy bueno vivir allí, a la espera de la mujer
adorada! Dos manchas de color se destacaban entre todo ese rosa: un haz de
rosas rojas colocadas sobre un velador, y la silueta de un negro. Era un
gigante, desnudo hasta la cintura, de pie e inmóvil como una estatua, con las
manos apoyadas sobre el pomo de oro de una espada recta, y cuya figura se
destacaba sobre la blancura inmaculada de una puerta. La novena campanada
resonó. Gilbert hubiera querido detener la ronda implacable de las horas. Sus
piernas se negaban a conducirlo. Al pensar en la mujer que quizá lo esperaba
del otro lado del frágil tabique blanco, casi le faltaron las fuerzas para dar
un paso y cogió el brazo de Graig:
—¡No sigamos adelante, se lo suplico!
—¡Demasiado tarde! —respondió simplemente el barón, cogiendo la
última llave, recubierta de oro.
—¿Y si no le gustara? —preguntó aún el joven, con la mirada
enloquecida.
—¡Cállese, pequeño imbécil! Ella lo espera desde que puede amar.
El gigante negro se apartó ante Graig para dejar al descubierto
la cerradura. Graig introdujo en ella la última llave, murmurando a Gilbert,
mientras sonaba la décima campanada:
—He aquí su cámara nupcial...
La puerta se abrió lentamente ante la cámara blanca, y Gilbert
"La" vio...
Después de tomar al joven por los hombros, Graig lo empujó
delante de él. Mientras sonaba la oncena campanada. Gilbert. observó que había
un solo mueble en el centro de la habitación: un lecho con dosel, cuya abertura
entreabierta parecía esperar a los amantes, y cuyos velos de tul, enrollados en
los cordones, parecían prontos a cerrarse... Lea se encontraba sentada sobre el
borde de la ventana, con un vestido de muselina blanca. Su perfil era soñador y
sus finas manos acariciaban con amor un pájaro negro.
Una vez más, el joven se aferró a Graig suplicando:
—¡No me deje a solas con ella!
Pero la puerta blanca se había cerrado tras de Graig. Ahora
Gilbert estaba solo con la Mujer Ideal. Y cuando la duodécima campanada de
medianoche sonó, el joven cayó de rodillas: perdidamente, adoraba a la Belleza
del Mundo...
La mujer que tenía ante él resumía en su figura a todas las
mujeres... Su belleza era indefinible. Lea no era ni verdaderamente morena, ni
rubia, ni pelirroja. Su cabellera oscura se iluminaba de súbito con destellos
de bronce que le daban vida y calor. A pesar de poseer una regularidad griega,
el rostro no era sin embargo ni frío ni tonto. La piel, ligeramente cobriza,
emanaba una intensa sensualidad. La actitud era natural, sin pose. No había
vulgaridad ni en su boca ni en sus manos, de gestos armoniosos; ni en sus
tobillos, de una finura inigualada. Las orejas semejaban frágiles conchillas.
Sus ojos, en fin, no parecían nunca iguales, cambiando sin cesar de colorido,
como si tomaran el color del instante en que vivían o del lugar en que se
encontraban. .. Ojos que podían ser alternativamente negros, para expresar la
dureza; verdes para simbolizar la crueldad; castaños para encarnar la dulzura;
punteados de oro para evocar los celos; de terciopelo también para responder al
amor. Graig no se había equivocado cuando encontró a aquella que encarnaba la
séptima cualidad esencial. ¡Jamás belleza alguna podría haber sido más
perfecta!
El joven permaneció confundido ante la idea de que semejante
criatura hubiera sido estúpida si Graig no le hubiese insuflado las otras
cualidades. Pero tal pensamiento se borró de inmediato, de tal manera estaba
impresionado por el aspecto físico de Lea. El resto le pareció superfino.
Cuando se tenía la dicha de contemplar el tiempo que se quisiera a semejante
mujer, debía importar muy poco que fuera inteligente o no. Gilbert, extasiado,
olvidaba que todo llega a cansar, hasta la belleza, cuando no hay nada más que
ella... Sólo muy lentamente comprendió el prodigioso trabajo cumplido por Graig
para convertir a Lea en la criatura completa e ideal. Y se prometió
insensiblemente detestar menos al viejo a medida que aumentarse su amor por
aquella a quien el barón tenía razón en llamar: "su obra maestra".
Hubiera permanecido así, postrado, durante horas, si Lea no le
hubiese pedido, sonriendo:
—¡Levántese. Gilbert, por favor! ¡Su posición es muy incómoda!
Su voz era de una dulzura infinita. El joven obedeció bastante
confundido. Ella continuó:
—No le reprocho haber puesto una rodilla en tierra. ¡Era un poco
así como imaginaba que se presentaría ante mí el hombre a quien espero desde
hace tanto tiempo!
—Sin embargo es usted muy joven, Lea...
—¿Qué importa la edad? Se tiene la que uno representa... Pero
también lo amo de pie. Usted es muy grande. Aproxímese...
El avanzó con timidez.
—Tome mis manos...
El obedeció una vez más. La piel era deliciosamente fresca.
—Estrécheme en sus brazos... Siento una necesidad tan grande de
ser suya...
Gilbert la tomó por el talle y la abrazó lentamente, como si
temiera trizar un cuerpo tan precioso. Lea se acurrucó contra su pecho y él
adivinó que la joven temía que él le hiciera daño. Entonces la estrechó con más
fuerza, hasta ahogarla casi. El pecho de Lea se alzó, la respiración se hizo
entrecortada y la boca maravillosa se entreabrió para permitirle gozar
largamente de su tibio dulzor. El pájaro negro había volado. El reloj sonó un
cuarto y una media.
Se hallaban aún enlazados, en ese abrazo que aumentaba su
vértigo, cuando una voz dijo tras ellos:
—No quisiera importunar, pero tengo que hablar a mi yerno...
Era Graig.
El joven lo miró fijamente, sin atreverse a protestar por esta
última denominación ni dejar de estrechar a la maravillosa mujer... Ya tenía
miedo de perderla si la dejaba escapar... Lea miró a Graig con una expresión de
espanto. —Sinceramente —continuó el barón— no puede existir sobre la tierra una
pareja más armoniosa. ¡No se muevan, por favor! No tengo la intención de
fotografiarlos como lo hubiera hecho un reportero de Hollywood. Pero en este
instante desearía tener a mi lado al más grande pintor de todos los tiempos
para poder dejar a las futuras generaciones de amantes la expresión que anima a
la maravillosa pareja que forman.
Se alejó unos pasos hacia atrás, tal como un artista que
quisiera contemplar por última vez la obra que va a entregar a la admiración de
las multitudes.
—Por más que observo, no es preciso un solo retoque... No
necesitan proclamar que son felices: eso se ve. Lea, mi niña, voy a pedirte un
pesado sacrificio: déjame por algunos instantes solo con tu novio. Te lo
devolveré en seguida y ya no te abandonará más... Debo ausentarme para un largo
viaje y quisiera confiarle algunos secretos sobre esta morada donde vivirán en
adelante...
Lea se desprendió lenta y penosamente de Gilbert, para
dirigirse, retrocediendo, hacia el salón rosa, como si no quisiera perder la
visión del hombre amado. Cuando estuvo en el umbral de la puerta le envió un
largo beso.
—¡Es perfecta! —exclamó Graig cuando quedó solo con Gilbert—. En
verdad ella no podía retirarse con más gracia... Y ahora, mi joven amigo,
hablemos nosotros. Escúcheme bien porque tengo los minutos contados... Recuerde
que esta misma noche, después de dejar a Greta, me preguntó: "¿Cuando
usted encontró a Lea, ella poseía, además de su belleza, la juventud?".
Entonces le respondí: "Ya hablaremos de eso más tarde". Pues bien: ha
llegado el momento de hacerlo.
Gilbert contempló a Graig con inquietud, preguntándose de qué
nueva monstruosidad iba a enterarse.
—Hace mucho tiempo que descubrí a la pequeña Lea, Gilbert... En
cuanto la vi, comprendí que jamás volvería a engendrarse en la tierra un cuerpo
más perfecto. Sólo que era estúpida y me era necesario colmar esa laguna
lamentable encontrando las cualidades que la tornarían ideal. Tales búsquedas,
en las diferentes partes del mundo, corrían el riesgo de ser muy largas. Y lo
fueron, en efecto... Hasta tal punto que de no haber encontrado una hábil
estratagema, la pequeña Lea hubiera envejecido. La belleza sólo es completa
cuando está acompañada por la juventud. Desgraciadamente, estas dos cualidades
físicas que se complementan, son sin duda las más perecibles de todas. Si
lograba encontrar suficientes años de juventud para mantener la belleza de Lea
sin arrugas, tendría la tranquilidad necesaria para escoger con discernimiento
las mujeres de las cuales tomaría las otras cinco cualidades
"morales": la lujuria, la ambición, la voluntad de dominio, el
sentido de la esclavitud y ci sentido burgués. Así pues, era importante, desde
el momento en que encontré a Lea —que entonces tenía veintiséis años— que me
pusiera, inmediatamente en busca de otro veintiseiseno año para reemplazar al
que ella poseía naturalmente, cuando éste llegara a su término. Y así en lo
sucesivo, hasta dar fin a mi obra maestra, es decir, la Mujer Ideal. A partir
de ese momento sólo tendría que encontrar cada doce meses un veintiseiseno año
y continuar en esa forma indefinidamente... Como ya ha tenido oportunidad de
conocerme, podrá imaginarse cuan complicado ha sido para mí ese trabajo.
—¿Por qué escogió a Lea cuando tenía veintiséis años más bien
que a los veinte o a los veintisiete?
—Porque sabía que a los veintiséis años Lea se encontraba en el
apogeo de su belleza, que jamás había sido tan bella antes y que lo sería menos
si envejeciera solamente un año. Aquí vuelve a aparecer mi vieja teoría a la
que estimo pertinente y según la cual, las siete cualidades indispensables a la
Mujer Ideal deben ser tomadas cada una a siete mujeres iniciales en el momento
en que ellas las poseen en su máxima plenitud.
—¿Cuántas veces ha encontrado un veintiseiseno año?...
—Varias...
—¿Lo que quiere decir que en realidad Lea debería tener mucha
más edad de la que representa, si no fuera gracias a sus "cuidados"?
—Exactamente.
—¿Puedo saber qué edad tendría si no hubiera tenido digamos —la
dicha— de encontrarlo?
—Naturalmente...
El barón pareció hacer un esfuerzo de memoria. Sus labios
balbucearon rápidamente un número impreciso de nombres femeninos: Catherine,
Glande, Gabrielle, Brigitte...
—No se asombre —dijo sonriente—. Recapitulo simplemente los
nombres de todas las que me han cedido su veintiseiseno año...
Su voz continuó murmurando: Marguerite, Claire, Regine,
Monique... antes de reconocer, lanzando un suspiro:
—Bueno... fueron mucho más numerosas de lo que yo mismo
pensaba... ¡Es una locura cómo pasa el tiempo! En suma, Lea debe tener
exactamente 80 años...
Gilbert lo contempló anonadado.
—¿Habla en serio, Graig ?
—No creo haberle dado hasta aquí la impresión de ser un
bromista.
—¿De modo que ha necesitado —si descubrió a Lea a los veintiséis
años— cincuenta y cuatro años para realizar lo que usted llama su obra maestra?
—No tanto. Está terminada desde hace cuatro años. La última
cualidad que le he insuflado es la que Greta me cedió: el sentido burgués.
Antes de Greta ya había obtenido la satisfacción de Gloria, la star —hace de
esto veinticinco años, como se lo he dejado entender—, dé Serena, la argentina;
de Olga, la rusa; y de Aixa, la inglesa... ¡Cincuenta años no es demasiado para
realizar una obra maestra! Muchos hombres han pasado ese tiempo tratando de
producir una sin lograrlo...
—¿Y qué hacía Lea aquí desde hace cuatro años?
—Lo esperaba... ¿Reconocerá usted que después de haber cumplido
tal obra tenía todo el derecho a mostrarme exigente en la elección de aquel que
le destinaría por compañero?
—¿Y por qué yo y no otro ?
—¿Por qué usted? Ya llegaremos a eso... Sólo que me asombra que
no me haya hablado aún de la primera de todas esas mujeres que usted ha
conocido: Sylvia...
—Es verdad —confesó el joven—. Casi la había olvidado. ..
—¡Yo no! Ya ve cómo es usted infiel a sus amores... ¿Sylvia le
explicó, creo, en su carta de adiós, de qué manera le cambié su veintiseiseno
año?
—Sí —reconoció Gilbert—. Ahora comprendo: ella era sólo una de
las cincuenta y cuatro mujeres que le han cedido su veintiseiseno año.
—Exactamente: ¡una de las cincuenta y cuatro! Y aquí llego, por
paradoja! que esto pueda parecerle, a lamentar haberla conocido... Cuando yo le
tomé su veintiseiseno año Sylvia poseía la más deslumbrante de todas las
juventudes femeninas de entonces.
—Pero luego usted le devolvió ese año.
—No por completo. Sólo once meses en lugar de doce. Henos aquí,
Gilbert, en el punto neurálgico de esta conversación de hombre a hombre...
¿Recuerda que la tarde en que vino por primera vez a casa, con la muy loable
intención de matarme, llegó casi a amenazarme porque le di a entender que yo
también había estado enamorado de esa Sylvia? Entonces le respondí, según mi
costumbre, que ya hablaríamos de eso más tarde... Como todo llega en este
mundo, ese "más tarde" también ha llegado. Ahora puedo confesárselo con
una absoluta franqueza: ¡he amado a Sylvia hasta la locura y la sigo amando,
aunque esté muerta! Ella fue mi favorita. Y porque la quise, así, usted y yo
estamos esta noche en vísperas de otro drama gigantesco...
Había en la voz quebrada de Graig un acento de angustia
indescriptible. Gilbert, sorprendido, confesó:
—No entiendo nada...
—¡Se lo suplico, mi pequeño Gilbert, por una vez al menos, no me
interrumpa! De lo contrario no tendré ni el valor de confesárselo todo ni el
tiempo para emprender nada. ¡Y la catástrofe se producirá!... Ya le he dicho al
principio de esta conversación: los minutos están contados ... Ningún ser
humano ha oído ni podrá oír en el porvenir lo que voy a confiarle...
Aproxímese... ¡Desconfío hasta de los muros de este castillo!... Cuando yo
encontré a Sylvia en el baile de la embajada de los Estados Unidos era sólo el
barón Graig en busca de una mujer cualquiera que me cediera el veintiseiseno
año que necesitaba para Lea. De ordinario esa mujer no me interesaba más que
las otras y no me preocupaba más de ella en cuanto se concluyera el trato...
Más bien sentía cierto desprecio por las muchachas que me cedían su
veintiseiseno año: casi siempre eran sólo inconscientes, incapaces de
reflexionar. Y no les causaba ningún mal tomándoles un año a esa edad.
Pero en el instante en que vi a Sylvia Werner quedé prendado de
ella. ¡Era la primera vez —y juro que será la última— en que Graig se prendaba
de una criatura humana!... No tengo necesidad de describírsela. Ambos la hemos
amado de una manera diferente: yo fui sincero y usted ha creído serlo... ¡Usted
era aún demasiado joven para una mujer así! Veinte años antes que usted,
Gilbert, yo la había invitado a bailar... Ella no comprendió nada... Hice todo
lo posible por atraerla. Le cambié su veintiseiseno año, en lugar de
comprárselo como a las otras... Tampoco comprendió ... Le ofrecí la felicidad y
para lograrlo no vacilé en hacer aplastar a su marido, Horace Werner. Sin duda
había ido demasiado lejos: ella siempre sospechó que yo era el criminal y no
quiso verme durante veinte años. Devoré mi dolor en silencio... Una noche
regresó, envejecida, cambiada, para suplicarme que le devolviera su año de
juventud perdida. Como siempre seguía amándola, no me resigné a verla sufrir, y
sobre todo a no encontrarla tal como la había conocido veinte años antes. Fue
entonces cuando comencé, por la primera vez, a trampearme a mí mismo sobre la
contabilidad de los años de juventud que compraba para Lea... Los once meses
que le devolví fueron a cuenta del año que acababa de comprar a otra para
prolongar la juventud de mi Mujer Ideal. ¡Graig enamorado como un colegial ha
traicionado a Graig creador! ¡Si por lo menos esta traición me hubiera
procurado el amor de Sylvia! ¡Pero yo sabía, cuando ella vino a verme, tras
veinte años de ausencia, que sólo me reclamaba su juventud para seducirlo a
usted, Gilbert!
Estaba enamorada de usted y dispuesta a cualquier sacrificio con
tal de conquistarlo. Sin embargo accedí a lo que me pedía, con la esperanza de
que terminara por cansarse de usted y del juego infernal a que la obligaba so
pretexto de salvar las apariencias. Sólo cuando me di cuenta de que le había
entregado definitivamente su corazón y de que iba a ser suya como jamás había
sido de ninguno de sus amantes anteriores, le propuse el trato abominable:
¡ella no recibiría el último mes si no me concedía al menos una noche de amor!
Se rehusó. Ya conoce el resto. Mi único consuelo fue que ella tampoco le
perteneció a usted...
Graig calló. Gilbert lo contemplaba: el cínico anciano le
pareció casi lamentable, él joven estaba asombrado de haber podido escuchar
hasta el fin esta confesión sin haberse lanzado sobre su interlocutor para
estrangularlo. ¡Todo cuanto acababa de decir Graig sobre Sylvia le resultaba
tan lejano! Aun la imagen de Sylvia, evocada por su nombre, no había desfilado
en sus recuerdos con más fuerza que la de las otras mujeres que Graig le había
presentado después... El barón, una ve?, más, acudió en socorro de sus
pensamientos inciertos:
—¿Pero qué puede representar Sylvia para usted, ahora que conoce
a Lea:! En cambio para mí Lea es como una hija, una hija adoptiva, sobre la
cual me he inclinado con ternura y orgullo durante casi medio siglo para hacer
de ella una perfección. Un escultor se siente demasiado satisfecho de su obra
maestra para amarla con amor. Le dedica sus atentos cuidados y guarda para otra
menos perfecta los desbordamientos de su corazón... Mi pequeño Gilbert, usted
ha sido, sin duda, el gran responsable de todo lo que ha ocurrido. Si usted no
hubiera tenido la maldita idea de ir con su primera novia, Yolande, a una sala
de bacará, seguramente Sylvia jamás lo habría encontrado. Ella no hubiera
vuelto entonces a buscarme para tentar de nuevo al diablo, y yo no habría robado
a Lea los once meses que su eterna juventud necesita. A pesar de todo, yo me he
vengado de usted, porque al fin de cuentas yo siempre gano...
Insensiblemente lo he alejado del recuerdo de Sylvia para
llevarlo a los pies de mi Mujer Ideal. ¿No le parece bastante picante un
triángulo como el nuestro: Sylvia, Gilbert, Graig, en donde aquel que fue
burlado consigue que su rival se enamore perdidamente de su propia hija? He
aquí por qué me gusta llamarlo "mi yerno", aunque sé que este título
no le provoca ningún placer.
Después de un largo momento de reflexión, el joven preguntó:
—¿Qué va a ocurrir a causa de haber retirado once meses de la
juventud de Lea? Y, ante todo, ¿lo sabe ella?
—Ella ignorará siempre mi traición. No debe conocerla, de lo
contrario se volvería loca... ¿Me pregunta qué puede pasar? Algo muy simple y
terrible a la vez... En la actualidad Lea conserva su aspecto joven porque ella
vive el duodécimo mes que no le devolví a Sylvia. Nuestro viaje ha durado
exactamente un mes. Pero si mañana a las doce en punto de la noche no he
logrado un nuevo año de juventud, en cualquier parte del mundo. Lea envejecerá
instantáneamente y representará su edad real: ¡ochenta años!
Gilbert palideció.
—¡No es posible, Graig! —aulló—. ¡No puede dejar que ocurra
semejante cosa! ¡No tiene derecho, después de pasar tantos años para
realizarla, a dejar destruirse así su obra maestra!
—Voy a utilizar todo mi poder para tratar de evitar la
catástrofe... Dentro de unos instantes partiré para encontrar otra mujer de
veintiséis años, a la cual tomaré, de una manera o de otra, el año que
"nosotros" necesitamos. Tenga confianza en mí: ¡tendré éxito!
Espéreme aquí con Lea: se la entrego. Haga de ella su compañera. Jamás podrá
encontrar otra más completa... ¡Hasta la vista, Gilbert! Mañana antes de
medianoche estaré aquí de vuelta con lo que me falta.
Había abierto la puerta del salón rosa. Lea vino de nuevo a
acurrucarse contra el joven y Graig los contempló por última vez antes de
partir.
La silueta de la Pareja Ideal se perfilaba en el vano de la
ventana entreabierta sobre la selva azulada. En el momento en que sus bocas se
aproximaban, el estridente ronquido de los reactores de un avión, que Gilbert
conocía demasiado, atravesó el cielo.
La noche de los amantes había comenzado... Gilbert condujo a Lea
en sus brazos hasta el lecho, que se ofrecía, tentador, a su sed de amor.
Cuando estuvo tendida sobre él, la joven murmuró:
—Quítame las sandalias...
Él lo hizo con una delicadeza infinita y besó apasionadamente
los pies admirables. Ella lo dejó hacer, susurrando en un suspiro:
—Me gusta que me adores así... Tengo la impresión de dominarte
con mi cuerpo tendido, por el cual mueres de deseo. No pasará mucho sin que te
arrastres por el suelo a mis pies.
En ese instante él reconoció lo que Graig había insuflado del
carácter de Olga en la Bella Ideal.
—Ven al lecho, a mi lado... Tiéndete aquí... También yo voy a
quitarte los zapatos.
Y lo hizo con tanta ligereza que él ni siquiera sintió sus
dedos. Una vez descalzo le acarició los pies con su larga cabellera suelta,
repitiendo:
—¡Tú eres mi único amo!
Entonces él comprendió que también en ella estaba la esclava: la
que Graig había encontrado en la pequeña inglesa.
El cuerpo de Lea estaba ahora completamente desnudo ofreciéndose
a las caricias del hombre. La boca, ligeramente entreabierta, parecía decir:
"¡Más... más!" y los ojos expresaban un deseo que no se saciaría
nunca... La hizo suya... En ese abrazo sintió toda la sensualidad de Serena.
No hubo alba porque no hubo crepúsculo. El pájaro negro había
vuelto al borde de la ventana cuando ella dijo, semidormida:
—¡Mi amor, desde que tú eres mío, me siento con fuerzas para
conquistar el mundo! ¡Quisiera verlo a nuestros pies!... Quisiera que mi
nombre, Lea, brillara en todos los rincones de la tierra para que los humanos
puedan pronunciarlo con admiración y repetir a todos los vientos: "¡Lea es
la única mujer que ha triunfado en la vida!"
Gilbert la escuchó pensando que la ambición de Gloria había
pasado también a ella.
—¿Por qué no dices nada? —le preguntó Lea—. ; Tienes hambre tal
vez? Déjame prepararte nuestro primer almuerzo.
Y él adivinó que sólo el alma burguesa de la suiza había podido
inspirar semejantes palabras.
Todas aquellas mujeres estaban en Lea y Lea era .sólo para él.
La terrible pregunta, que no se había atrevido a formularle
hasta después de hacerla suya, y que creía tener el derecho de plantear ahora
que ella le pertenecía, llegó por fin:
—Lea, amor mío, ¿cómo conociste a Graig?
Ella pareció asombrada por semejante cuestión.
—¿Mi padre no te ha dicho nada?
Él tuvo un sobresalto de rebeldía.
—¡Ese personaje no es tu padre, Lea! ¡No puede serlo!
—¿Dónde podré encontrar a uno mejor?¡Él me ha alojado y mimado
como nadie lo hubiera hecho! No te permito decir que él no es mi padre, desde
que él ha reconocido su error.
—¿Qué error?
—Puesto que no te ha contado nada, es porque quería dejarme a mí
ese cuidado. Mi padre jamás actúa a la ligera. Más vale que tú lo sepas todo
ahora que nuestras existencias están ligadas... Durante mis primeros años
crecía como una huérfana. Mi madre murió dos meses después de traerme al mundo
y quienes me recogieron me repetían sin cesar que mi padre la había abandonado
antes de mi nacimiento. ¡Pero yo no podía creer que fuera posible semejante
cosa! Un padre no abandona a la madre de su hija ni a su hija... Y yo respondía
a todos los que se obstinaban en decirme esas palabras crueles: "¡Mienten
ustedes; si yo tengo un padre, él vendrá a buscarme un día para cubrirlos de
vergüenza! Si no viene es porque también él ha muerto... "
y lo esperaba con una confianza invencible día. tras día...
Cierta mañana de vacaciones, encontrándome en una playa del Atlántico, jugando
con las olas, observé que un hombre de cierta edad se había sentado en la arena
y parecía esperar mi salida del agua. Cuando lo hice, extenuada y feliz, para
tenderme al sol, el desconocido se levantó y vino hacia mí. Jamás olvidaré sus
primeras palabras:
—¡Qué hermosa eres! ¡Estoy orgulloso de tenerte por
hija....!"
Yo lo miré con asombro y comprendí... ¡Era él! Él, que había
esperado años y que venía a buscarme a esa playa desierta justamente cuando ya
comenzaba a pensar que sólo lo vería en un mundo mejor...
—¿Qué edad tenías entonces, mi amor? —preguntó el joven.
—Veintiséis años.
Esa cifra resonó dolorosamente en el corazón afiebrado de
Gilbert.
—¿Y qué edad tienes ahora?
—¡La misma! —respondió ella alegremente—. Mi padre conoce el
elixir que impide envejecer. Desde el minuto en que lo encontré, yo sé que no
he cambiado y que no cambiaré nunca. Tampoco él... Él permanece siempre tan
bello con sus sienes plateadas que aureolan su rostro. ¿No es cierto, mi amor,
que mi padre es hermoso?
—¡Demasiado hermoso! —murmuró el joven. —¡Ya no estaba sola en
el mundo, Gilbert! El primer cuidado de mi padre fue adoptarme. No podía
reconocerme, puesto que mi pobre madre lo había hecho algunos días antes de
morir: quería que al menos tuviese yo un nombre. Al adoptarme, mi padre podía
también darme el suyo, pero no dio un nombre nuevo: Lea. —¿Cómo te llamabas
antes ?
—María... Pero mi padre siempre detestó ese nombre, al que no
podía oír pronunciar sin palidecer. Yo quería darle gusto en todo. Y poco a
poco me fui identificando tanto con mi nuevo nombre que creo que ningún otro
podría, convenirme mejor.
El joven no hizo ninguna observación. ¡Y sin embargo!. .. ¿Acaso
no le habían enseñado, desde su infancia, que el demonio teme sobre todo el
nombre de la Virgen de Belén?Y él también prefería llamarla Lea...
Pero sabía también que el barón no podía tener un niño concebido
por una criatura humana. Las relaciones de un personaje de esencia sobrenatural
y una mujer de carne sólo hubieran podido producir un monstruo. Y se negaba a
considerar a la Mujer Ideal como un monstruo. Todo, en la adopción tardía de la
muchacha de veintiséis años, tenía el sello del espíritu satánico de Graig. Una
vez más, había dado pruebas de una habilidad prodigiosa al poner sus miras en
la más hermosa joven del mundo, cuya madre había muerto desde hacía mucho
tiempo y cuyo padre era desconocido. Lea era la hija de no importa quién, pero
para haber .sido tan bella seguramente había sido el fruto de un gran amor.
Graig había utilizado maravillosamente el magnífico vastago de la pasión efímera
de dos criaturas humanas. Seguramente la pequeña María había sido engendrada
por lo que algunos llaman "el pecado", para llegar a ser más tardo la
admirable Lea.
Las caricias que acababa de prodigarle probaban que también era
una Venus de los tiempos modernos. En efecto, cuando la adoptó, Graig había
llevado su refinamiento hasta esperarla en una playa, en el momento de salir
del agua. Como la diosa Afrodita, Lea, Belleza del Mundo, bien podía ser el
fruto de los amores de un dios con la espuma plateada de una ola. Graig había
tomado sus precauciones para que un velo de leyenda envolviera el nacimiento de
su hija adoptiva.
El tañido del reloj arrancó a Gilbert de su éxtasis. Escuchó
reteniendo el aliento, y contó once campanadas.
—Amor mío— dijo Lea—, hace casi veinticuatro horas que estamos
en este lecho. Nunca me había dado cuenta, hasta que te conocí, que el tiempo
pasara tan rápidamente. Me parecía interminable cuando te esperaba, sin saber
si alguna vez llegarías a mi lado.
El joven se sobresaltó. Las palabras que ella acababa de
pronunciar inocentemente lo trastornaban... ¡Eran las once de la noche!
¡Faltaba una hora para las doce y Lea recobraría las arrugas de sus ochenta
años si Graig no regresaba antes! Tal pensamiento lo torturaba. Lea advirtió la
expresión de sufrimiento intolerable que de pronto crispaba su rostro:
—¿Qué tienes, mi amor? ¿Te sientes desdichado?
—¡Demasiado feliz, al contrario! —murmuró el mozo, que no podía
decirle nada.
No tenía a nadie a quien contar su angustia. ¡La hora que
comenzaba se anunciaba atroz! Trataba de convencerse de que todo cuanto le
había dicho Graig era falso y de que aquél llegaría a tiempo como le había
prometido... Fue hasta la ventana y escuchó, con los nervios tensos, en la
esperanza de oír de nuevo el ruido de un avión. Pero sólo el silencio pesaba
sobre el claro del bosque del olvido.
Volvió junto al lecho, sobre el cual Lea se había sentado para
observarlo con amorosa inquietud. Después de mirarlo largamente con sus ojos de
coloridos infinitos, dijo con ternura:
—¿Por qué me ocultas tus pensamientos? Se diría que temes un
peligro. Si existe alguno, quiero vivirlo contigo. Nosotros somos indisolubles.
¡Ninguna fuerza o potencia podrá separarnos nunca!
Él le besó fervorosamente las manos antes de mirarla a su vez y
preguntarle:
—Lea, ¿estarías dispuesta a seguirme si te llevo lejos de aquí?
Los ojos de la amante eran por sí solos una respuesta. Él
continuó con voz más sorda:
—...¿Aunque te arrastrara a la muerte... —La muerte no existe,
mi amor, para los amantes eternos. ..
—Lo sé, Lea... ¿Entonces, estás dispuesta a aprobar lo que yo
haga?
—Sí, Gilbert.
—¡Te amo!... ¡Quiero decírtelo una vez más con toda mi alma!
Quizá sea la última... Quiero que comprendas lo que encarnas para mí y para
todos los jóvenes del mundo que te buscan incansablemente en sus aventuras sin
encontrarte jamás... ¡Reconozco que he tenido demasiada suerte! Mientras
hablaba febrilmente, como si tuviera miedo de no tener tiempo de decirlo todo,
el reloj dio sucesivamente un cuarto, después una media, seguida de otro
cuarto... Hubiera querido colgarse de las agujas de rubíes para detener su
ronda implacable o al menos retardarla hasta que Graig arribara. ¡Pero sentía
que nada podía hacer! Solamente quedaban unos minutos antes de que la Mujer
Ideal se convirtiera en una pobre mujer que sólo conservaría cinco cualidades
morales en un cuerpo envejecido. ¡Nunca podría hacerse a esa idea! Amaba a Lea
tal como él se la imaginaba cuando Graig le hablaba de ella y tal como la vio
por primera vez, acariciando el pájaro negro... Éste permanecía aún sobre el
borde de la ventana, como si esperara el momento de emprender vuelo nuevamente.
Gilbert fue otra vez hasta la ventana, con la loca esperanza de oír al fin el
avión salvador, y al ver el pájaro negro pensó que su destino era mucho menos
cruel que el de ese otro pájaro blanco encarnado por Lea...
No se oía ningún zumbido de motor. El joven, desde su puesto de
observación, no podía apartar sus miradas aterrorizadas de las agujas luminosas
del torreón: la grande se aproximaba a la pequeña que ya la esperaba sobre la
cifra doce. Insensiblemente Gilbert retrocedió hasta el lecho sobre el cual Lea
lo miraba con entera confianza. Cuando sólo estuvo a unos centímetros de su
rostro, alzó lentamente lo» brazos tomo si estuvieran movidos por una fuerza
que los sobrepasaba, y sus manos enlazaron el cuello de la amante. Esperó aún,
silencioso, durante un minuto que fue más largo que un siglo. Lea le dijo
tiernamente:
—Me gustan tus caricias en mi cuello... ¡Tus manos son tan
dulces!
Sólo entonces las manos se crisparon y los dedos se hundieron en
la carne cobriza que se tornó primero blanca y luego violeta. Hubo un estertor
muy leve. Los ojos de Loa permanecían abiertos, desmesurados, mirando fijamente
el amor que huía...
Su cabeza cayó, inerte, sobre la almohada aún impregnada por sus
caricias. Cuando apretó sus. dedos, el joven murmuró: "¡Te amo!"
Lentamente el círculo de la muerte se aflojó. Sobre la carne quedó la marca de
los dedos...
Después se desplomó, sollozando, y cayó de rodillas ante la
joven muerta en el preciso momento en que la primera campanada de medianoche
había resonado en el torreón, y, cuando con los ojos enloquecidos se puso de
pie, para correr hacia la ventana y oír las doce campanadas martillar en su
corazón, vio que el pájaro negro volaba hacia el espacio infinito: era el alma
de Lea. El alma de la Hija del Diablo no podía ser blanca...
Cuando resonó la undécima campanada del reloj, la puerta del
salón rasa se abrió bruscamente para dejar paso a un Graig triunfante... Éste
se detuvo en el umbral... En un instante cambió la expresión de su rostro y
exclamó: —¡Desgraciado! ¿Qué ha hecho? ¡Acaba de aniquilar mi obra maestra en
el instante mismo en que traigo el año que faltaba!
Los ojos de Gilbert se abrieron desmesuradamente y lanzó un
alarido, retorciéndose los brazos, cuando sonó la duodécima campanada:
—... ¡Tuve miedo de ver envejecer a la Belleza del Mundo...!
Graig no respondió y le designó con un gesto la puerta. El joven
salió bajando la cabeza. De nuevo atravesó el salón rosa, después el salón
amatista, el salón gris, el salón esmeralda, el salón azul—zafiro y la sala
negra de los guardias, hasta encontrarse otra vez ante la escalinata de mármol.
Las puertas se habían abierto a su paso sin necesidad de ninguna llave. A
medida que se alejaba, más azuzado se sentía por la maldición de Graig. Cuando
al fin estuvo afuera, comenzó a correr y pasó junto al torreón sin atreverse a
mirar el reloj. El puente levadizo descendió ante él. Lo franqueó oyendo
resonar sus propios pasos sobre los maderos del piso. Cuando se encontró al
otro lado del foso, adivinó, sin necesidad de volverse, que el puente levadizo
acababa de alzarse con un ruido de máquina de guerra.
Echó a correr con todas sus fuerzas por las huellas del camino
dé la selva. La tempestad se desencadenó de nuevo.
Los relámpagos lo cegaban. Esta vez, las gruesas gotas cálidas
no perdonaban su cabeza desnuda. Chorreante, su camisa de seda estaba empapada,
el pantalón se le pegaba a las piernas ya extenuadas. Así corrió cuanto pudo,
hasta tropezar sobre el cuerpo de un monje tendido a través del camino...
Podrían ser las cuatro de la tarde. El barón Graig abandonó su
sitio, detrás del escritorio, para adelantarse, con su amabilidad de costumbre,
hacia la joven morena que acababa de ser introducida por el servidor chino en
el gabinete de trabajo de la calle Longpont.
La "visitante aceptó el cigarrillo que le ofreció su
huésped y tomó asiento con gran naturalidad en el sillón que éste le presentó.
Graig le había besado la mano sin decir palabra. Fue ella quien inició la
conversación.
—Ya ve que soy puntual.
—¡Muy puntual, en efecto! —reconoció el barón.
—Lo mejor sería acabar de una vez con la pequeña suma que me
adeuda —continuó ella, sonriente.
—¿Llama a eso "pequeña suma"? Personalmente me parece
que la cantidad exigida por usted es más bien importante ...
—¿Ha cambiado de opinión con respecto al precio? —preguntó ella
con inquietud.
—Ocurre, mi querida Yolande, que un acontecimiento imprevisto se
ha producido después de la conversación que tuvimos aquí mismo ayer, a la misma
hora...
Aquella que había sido la primera novia de Gilbert contempló
fijamente a su interlocutor sin parecer comprenderlo.
—¿Tiene con usted el ejemplar del contrato que le remití ayer?
—preguntó Graig.
—Sí.
—¿Quiere tener la amabilidad de confiármelo durante algunos
instantes? Quisiera verificar si concuerda exactamente con el que he guardado
para mí... Sí, estos pergaminos escritos a mano presentan el inconveniente de
no poder sacarse con copia como cuando se escribe a máquina. Y siempre puede
deslizarse algún error en una copia manuscrita. ..
Yolande depositó su pergamino sobre el escritorio. Graig examinó
atentamente los dos ejemplares. Después de hacerlo, levantó la cabeza diciendo:
—Todo me parece en regla.,. Sin embargo, el acontecimiento grave
sobrevenido unas horas después de firmar los documentos, me obliga no sólo a
modificar los términos de este contrato, sino incluso a anularlo, pura y
simplemente.
Yolande aplastó su cigarrillo en el cenicero, exclamando.
—¿Pero por qué?
—Me es muy difícil explicárselo —respondió Graig con su voz
dulce—. Sepa, sin embargo, que ayer yo necesitaba su veintiseiseno año, pero
hoy ya me es completamente inútil...
—Lo lamento, mi querido amigo, pero usted ha firmado un contrato
y debe cumplirlo. Ayer he tenido confianza en usted, fiándome de su reputación
universal de perfecto gentleman. Hubiera podido exigir que me entregara la suma
—fijada de común acuerdo como precio de venta de mi veintiseiseno año— en el
momento de firmar el contrato. No lo hice porque usted me dijo que tenía suma
urgencia y necesitaba veinticuatro horas para reunir los fondos necesarios. Fue
usted quien me pidió que viniera a su casa hoy, esta hora. Y usted mismo
agregó: "Será una simple formalidad, que a lo más sólo le llevará unos
minutos". Pero el contrato es válido desde que cada uno pose un ejemplar
firmado.
—El contrato hubiera sido válido, mi querida amiga, si hubiera
utilizado el año que usted me cedió... Desgraciadamente, dolorosas
circunstancias, independientes de mi voluntad, me han impedido utilizar ese
veintiseiseno año, que queda a su disposición, pues se lo devuelvo.
—Dicho de otro modo, ¿se rehúsa a pagarme?
—Le hubiera pagado de haberlo utilizado —respondió Graig,
siempre con una extremada dulzura.
—Ese es su punto de vista, pero yo necesito dinero. —¿Qué piensa
hacer?
—¿Cómo "qué piensa hacer"? Usted sabe muy bien que mi
marido y yo no tenemos fortuna y que no se vive del aire...
—Muchas veces he oído decir "contigo pan y
cebolla...".
—No sólo no respeta su firma —dijo la mujer con vehemencia— sino
que encima se permite gastar bromas de mal gusto. ¡No puedo admitir eso en el
señor barón Graig, que se precia de ser el hombre más educado de su época!
—Querida señora —respondió Graig con voz vibrante—. ¡Tendrá que
admitir muchas otras cosas más en la mezquina y mediocre vida que seguramente
será la suya! Cuando la recibí ayer a mediodía sabía desde hacía mucho que
usted tenía necesidad de dinero. ¡Exactamente desde que hizo ese ridículo
matrimonio con un mozo sin fortuna, a quien no amaba, y sólo para vengarse de
la afrenta que había sufrido a los ojos del mundo el día en que Gilbert rompió
su noviazgo! Permítame hacerle observar que usted ha sido la gran responsable
de todos los problemas pecuniarios que la abruman. Gilbert Pernet tenía una
gran fortuna y usted le gustaba tanto como cualquier otra... Cuando usted lo
conoció era el rey de los indecisos... Después cambió mucho... Usted se lo dejó
robar —la palabra no es demasiado fuerte— por otra mujer a la que sin embargo
no ha desposado.
—¡Sylvia Marnier! ¿Qué ha sido de ella? Desapareció
completamente el día de la muerte de su tía...
—Lo ignoro. Debí ausentarme de París en esa época...
—Se dice que la policía tiene la convicción de que la sobrina ha
envenenado a la tía y que ésa sería la razón de su fuga.
—Por una vez —dijo Graig sonriendo— la policía parece dar
pruebas de cierta sutileza... Pero volvamos a nosotros. Si usted no hubiera
hecho ese matrimonio estúpido y apresurado, Gilbert, transformado después de
algunas semanas de ausencia, la hubiera vuelto a encontrar en su camino. .. Y
como siempre se vuelve a los primeros amores...
—Querido señor, usted se mete en cosas que sólo a mi me
conciernen. Si incluso mi casamiento ha sido un error, estoy dispuesta a sufrir
las consecuencias hasta el fin. ¡Lo que necesito es dinero y lo tendré!
—Sin duda, puede usted robar, o matar, o venderse a algún rico
comanditario... Es usted lo suficientemente encantadora para eso...
—¡Grosero! ¡Devuélvame el contrato que ha firmado: eso me
bastará para hacerle pagar!
—Helo aquí —respondió Graig, tendiéndole el pergamino.
En el momento en que ella se disponía a enrollar la larga hoja
de pergamino, lanzó un grito: —¡Está ardiendo!
—Sólo mi firma y la mención Leído y aprobado que la precede...
—¡Usted le ha prendido fuego, miserable!
—¿Yo? —respondió inocentemente Graig—. ¿Cómo puede imaginarme
capaz de cometer un acto tan vil?Si no hubiera querido devolverle ese
pergamino, no tenía más que romperlo... y todo estaría concluido. No, se trata
en este momento de un fenómeno bastante curioso, que ya había notado, y sobre
el cual tengo la intención de hacer, desde hace tiempo, una detallada
comunicación a la Academia de Ciencias... La tinta roja que empleo a menudo
tiene el inconveniente de inflamarse por nada: un simple rayo solar basta para
ello... Es lo que acaba de ocurrir: el gabinete de trabajo está inundado de luz
y hace un calor sofocante...
Se había inclinado con interés sobre el ejemplar que Yolande
tenía aun en la mano. Un ligero humillo se desprendía de él, acompañado por el
característico olor del pergamino quemado. La hoja se hallaba carbonizada en
los lugares indicados por Graig. La parte de la misma recubierta por el texto
en tinta negra de los artículos del contrato, permanecía intacta.
—¡Mire!
—exclamó Graig—: ¡no sólo a usted le ocurre semejante desgracia!
Observe mi ejemplar, que ha quedado sobre el escritorio. Su firma, precedida
por su Leído y aprobado se ha quemado igualmente: usted ha empleado la misma
tinta. De modo que yo también debiera quejarme y sin embargo no lo hago. Ambos
somos, mi querida Yolande, víctimas de una fatalidad que nos sobrepasa... ¿Qué
podemos hacer, usted y yo, pobres habitantes de este planeta maldito, contra
las fuerzas ocultas de la naturaleza?
Yolande lo miró con estupor, preguntándose si estaría
representando una comedia o si realmente era sincero, tanta desolación
expresaba su rostro. Pero consiguió serenarse, comprendiendo que el comediante
era prodigioso.
—¡Canalla! —exclamó ella, arrojándole al rostro su ejemplar de
pergamino medio calcinado y saliendo precipitadamente.
Pero el viejo, dando pruebas de una extraordinaria agilidad,
había conseguido dar la vuelta a su escritorio y cerrarle el paso ante la
puerta. Se erguía ante ella, calmo, pero más amenazador que si hubiera estado
colérico:
—Hace un momento me preguntó por qué decidí anular ni contrato,
¿verdad? Voy a decírselo...
Le puso ante los ojos un diario del día, agregando: —Lea en la
cuarta columna de la tercera página esa noticia que he recuadrado con lápiz
rojo. ¡No partirá de aquí hasta después de haberla leído!
Subyugada por la mirada magnética, ella comenzó a leer. Cuando
hubo terminado, dijo devolviéndole el periódico:
—No comprendo. ¿Por qué ha de interesarme esa vulgar noticia de
policía!
—Como usted lo ha dicho, es sólo una simple noticia de policía
—silbó la voz de Graig—. Que no comprenda, sólo a inedias me asombra... Pero
insisto en que al menos nos separaremos como buenos amigos. El barón Graig sólo
tiene amigos... y tenga la seguridad de que cualquiera fuere el precio que yo
hubiera estipulado para pagar su juventud, siempre hubiera salido perjudicada.
¡La juventud, Yolande, no tiene precio!
...En el sur de esta selva del Jura, a la que se refiere la
noticia que acaba de leer, corre un río de aguas heladas: el Loue. Yo nunca he
amado el agua, que siempre ha tratado de destruir las obras del fuego, pero no
obstante debo reconocer que las fuentes del Loue ofrecen un raro espectáculo.
Imagínese un gigantesco circo de piedra, en cuya base inferior se abriera una
cascada de aguas vivas e hirvientes. Provienen de un lago subterráneo, del cual
sólo puede distinguirse una pequeña parte cuya superficie alcanzaba
transparencia del cristal. Esa agua, alternativamente calma y turbulenta, pero
siempre límpida, muchas veces ha simbolizado para mí la juventud, en la que uno
se baña para recobrar una frescura desaparecida, y a la que también se teme por
sus arrebatos apasionados. Estas dos cualidades extremas constituyen su fuerza
prodigiosa, contra la cual van a estrellarse sucesivamente los celos de los
mayores, las maquinaciones de los viejos, y hasta las astucias del demonio. La
juventud es una de las raras cosas que siempre me han dejado perplejo...
Hasta ahora había creído contar con ella, pero desde ayer me pregunto si
no me he equivocado. ¡Mientras usted la posea, Yolande, será fuerte! Consérvela
el mayor tiempo posible, porque ella no vuelve más... Aproveche pues con
largueza ese veintiseiseno año que quería venderme. Más tarde, si volvemos, a
encontrarnos, será la primera en agradecerme el habérselo dejado. Sólo entonces
habrá comprendido... Y permítame ahora depositar en su mano el modesto beso que
será precisamente el homenaje que un hombre galante rinde a esa juventud...
Ella no le tendió la mano y abrió la puerta, murmurando:
—Quizás en el fondo tenga razón...
Mientras la puerta se cerraba tras ella, Graig gruñó:
—¡Oh, mi bella, yo siempre tengo razón...!
Después de llamar volvió a sentarse ante su escritorio. El
servidor chino entró empujando la mesita de té con el samovar. Después de
depositar sobre el escritorio una taza para su amo, el silencioso servidor
esperó, inmóvil. Mientras hacía girar la cucharita de plata —grabada con sus
armas extrañas— para hacer fundir el azúcar, el barón Graig dijo dulcemente,
como si se hablara a sí mismo y sin preocuparse de la presencia del doméstico:
—Tal vez he sido un poco severo con esta mujer... No lo
lamento... ¿Acaso no pertenece a esa categoría de criaturas que más desprecio
en el mundo: la mujer interesada? Se las encuentra en todas partes. Pululan
como las moscas. Para ellas, el dinero es un fin, mientras que para mí es sólo
un medio.
—Sí, mi amo —aprobó el servidor.
—¡Te has decidido a hablar, Sen, cuando todos te creían mudo!
¡Es divertido! Todos esos imbéciles que vienen a mendigar a este gabinete nunca
podrán entender que sólo estabas mudo de admiración ante tu amo...
—Sí, mi amo.
—Puesto que estás en tu día de charlatán, vas a leerme en alta
voz este artículo periodístico que he señalado. Lo saborearé tanto como tu té.
de China.
Sen leyó entonces con una voz monocorde:
UN HOMBRE SE VUELVE LOCO FURIOSO
Dole. Esta mañana unos leñadores encontraron en la selva de
Chaux a un hombre de unos treinta años, que erraba con las vestimentas en
jirones. No llevaba ningún documento de identidad y gritaba, cada vez que se le
preguntaba su nombre: "¡Yo he hecho el amor con la Belleza del Mundo!".
Ante la imposibilidad de arrancarle otras palabras, los leñadores lo condujeron
inmediatamente a la gendarmería de Fraisans. Un médico llamado de urgencia,
sólo pitido comprobar un caso de locura caracterizada. El misterioso
desconocido fue luego conducido a la enfermería de Dijon. Las investigaciones
continúan.
—¡Los idiotas! —se burló Graig, sirviéndose una segunda taza de
té—. Sus pequeñas búsquedas humanas podrán continuar por mucho tiempo: ¡no
encontrarán nada más! ¡Todo ha ardido! En cuanto al joven, él repetirá la misma
frase hasta el fin de sus días.. ¡"Mi" Lea lo ha marcado para
siempre!
—Sí, mi amo.
—¡Oh, ya me enervas repitiendo siempre la misma cosa! Acabaré
por creer que tú también estás loco. Lo que mas me fastidia en esta historia es
que Gilbert morirá de muerte natural en el asilo. Sin embargo he hecho todo
cuanto estaba en mi poder para conducirlo poco a poco al suicidio. ¡Es una
lástima! Ves tú, Sen, yo también pago por haberme enamorado de una criatura
humana, de esa Sylvia que me rehusó su cuerpo, pero cuya alma acabó por ser mía
el día en que ella se suicidó. ¡Pero ya estoy harto de almas! ¡Lo que necesito
es un cuerpo de carne y hueso, bien vivo! Y eso... creo que jamás lo tendré.
Sólo un alma lamento la de Gilbert... Me hubiera gustado incorporarla a mi
colección particular, y hubiera resultado muy divertido verla reunirse con la
de Sylvia... Pero se me escapó a último momento... De todos modos, puesto que
las almas de Sylvia y de Gilbert no se encontrarán en el más allá, es que no
habían nacido para entenderse... —Sí, mi amo...
—¡Basta! Es curioso, ,Sen, ver cómo abundan cotidianamente en
los periódicos tantas menudas noticias policiales, que millones de gentes leen
en el mundo y a las cuales nadie concede ninguna importancia... —Sí, mi amo...
—¡Vete!
Sen se retiró en silencio. Una vez solo Graig, con un amplio
gesto, desembarazó su escritorio de todos los papeles que lo cubrían. Después
se tomó la cabeza entre las manos. Quizás el sentido de sus pensamientos era:
"Ya que estoy condenado a hacer el mal sobre esta tierra hasta el fin del
mundo, de qué me ocuparé hoy... ?".
FIN


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