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Libro N° 4014. Yo Me Atrevo. Des Cars, Guy.

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© Libro N° 4014. Yo Me Atrevo. Des Cars, Guy. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Yo Me Atrevo. Guy des Cars

 

Versión Original: © Yo Me Atrevo. Guy des Cars

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/10/yo-me-atrevo-guy-des-cars.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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YO ME ATREVO

Guy des Cars

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Editado en Francur por

EDITIONS STOCK

Traducción de

BERTA DE TABBUSK

Impreso en la Argentina

Printed in Argentina

 

Queda hecho el depósito

que previene la ley 11.723

 

@ by Juan Goyanarte

Editor Buenos Aires



 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

...Porque me pareció imprescindible hacer una pausa en mi vida de novelista. Ya hice una, hace unos diez años, al escribir De capa y de pluma. Era el primer intervalo y la novela de mis novelas. Este es el segundo, que es la novela del novelista o, si se prefiere, mi propia novela.

La gran diferencia entre ambas obras estriba en que la primera fue escrita por mí, en cambio, por primera vez en mi carrera, ésta ha sido escrita con la cooperación de otra persona. Otra persona que me hizo mil y una pre­guntas a las cuales no hice más que responder. Preguntas acerca de mí, de mis prójimos, de mi pasado, de mi tra­bajo, de mi vida cotidiana. Si esa persona asumió toda la responsabilidad de sus preguntas, por mi parte no temí asu­mir la de mis respuestas.

Ya hace algunos años que varios editores me pedían de trabajar de esta manera, aunque sólo fuese una vez en mi existencia, para que se me pudiese conocer tal como soy y no únicamente como el novelista siempre amparado y oculto tras la afabulación novelesca. Siempre me había negado con el pretexto de que no veía a quien podría con­fesarme íntegramente, sin limitaciones, sin reticencias, sin trabas, ya que mi mal carácter jamás se avino a soportar colaborador alguno en mis tareas de escritor. Es algo tan delicado descubrir a los demás la propia verdad de uno..

Y un día, alguien me dijo:

Pensamos haber encontrado por fin el periodista a quien usted podría contárselo todo y con quien podría enten­derse. Es su mejor amigo desde hace treinta años... —¿Quién es?

—Su hijo Juan, que trabaja en el equipo de París-­Match.”

Evidentemente, era una idea que podía seducirme. También era cierto que mi hijo me conocía mejor que nadie, que jamás nos habíamos separado y me sería muy difícil ocultarle algo. Cuando se quiere a su hijo y se sabe que él retribuye ese amor, se le dice todo... Frente a otro, aun cuando sea el mejor periodista del mundo, uno se vuelve prudente, se desconfía.. Desde el momento en que me di cuenta que esa desconfianza no podría existir en nuestros diálogos incisivos, me sentí dispuesto a con­testar a todas las preguntas, aun las más indiscretas.

No me hice ilusiones. Conocía muy bien a Juan, sabia que no andaría con rodeos para interrogarme ni estaría satisfecho hasta no haberme hecho decir absolutamente todo cuanto me concernía. Ni a él ni a mí nos costó tra­bajo alguno permanecer recíprocamente honestos el uno con el otro durante nuestras entrevistas.

Él vino a verme como todo hijo que confía en su padre y viene a pedirle algo.

“No te preocupes, me dijo. Ya sé que estás preparando una nueva novela. No te incomodaré. Mis preguntas, que ardo en deseos de hacerte desde hace varios años, están listas: sólo tendrás que contestarlas. Y para ti hasta será una especie de recreo que te arrancará de tus héroes de ficción. Hablaremos mucho de un personaje verdadero que conoces mejor que nadie: ¡tú mismo!

¿Pero tú, hijo mío, como lo ves a ese buen hombre?

—Tal como es, con sus defectos y sus cualidades, como él mismo jamás se tomó el trabajo o el tiempo de mi­rarse. ¿Quieres que hagamos enseguida un primer ensayo? ¿Puedes consagrarme una hora? Si no da resultado, no proseguiremos la experiencia: tú volverás a tus novelas y yo a mi periodismo.”

Hubo esa primera hora, seguida por muchas otras. Y fue realmente un recreo. Espero que será lo mismo para el lector. Lo deseo con todo mi corazón de padre para el que lo escribió. Pero este libro habrá tenido al menos una ventaja para mi hijo y para mí: estrechar aun, si es posible, nuestra amistad.

 

GUY DES CARS

7 de abril de 1974.



 

 

 

 

1.

¿MI VIDA? UNA NOVELA

 

 

 

—¿Vas a decirlo todo?

—Seguramente. ¿A quien se lo diría todo sino a ti, hijo mío? Además, ya lo sabes, siempre digo todo lo que tengo que decir. —¿Palabra de padre? —Palabra de hombre.

Siempre hemos estado del mismo lado. Y hoy, por primera vez, henos aquí frente a frente. Y como siempre, cuando estoy frente a mi padre, me siento fascinado. Ten­dría que estar blindado, hastiado. Tal vez debiera des­confiar. Con toda seguridad me aguarda a la vuelta de una pregunta, de una página de este libro. Va a hablar durante horas. ¿Me dirá la verdad verdadera o la verdad novelesca? Es capaz de desmenuzar una anécdota para con­vertirla en cuatrocientas páginas. Le agrada dinamitar sus personajes, revolverlos de acuerdo al plan que sólo él co­noce, ubicar imprevistos en la página 33, 117 y 293, exac­tamente en el lugar por él previsto. De todas maneras, aun sus más fieles lectores son arrastrados por el violento torbellino de su imaginación. Y esto viene durando desde hace treinta años. Además, no existe ninguna razón para que se agote este Niágara de palabras, de historias y de libros. Creo que la fuente es prometedora: locución abun­dante, rica en ilusiones y evasiones diversas, recomendada a las lectoras y lectores poco aficionados a la política, al psicoanálisis y a los problemas metafísicos, pero ávidos de frases simples, de evasiones, de historias extraordinarias construidas como un mecanismo de relojería, aunque no falte quien diga que están hechas “con lugares comunes y clisés”. En cambio, no es aconsejable para los críticos ácidos ni los colegas envidiosos. Mi padre elige las armes (la novela) y el terreno (el público). Sabe defenderse solo. Y creo que el duelo es parejo. Con una leve ventaja para el lector: al fin de cuentas, él es quien decide, cada vez, entrar en el juego.

Por lo tanto, me pongo en guardia y ataco.

—¿Cuál es tu recuerdo de infancia más remoto?

—Es un recuerdo de guerra. En 1916 yo tenía cinco años de edad. Y ante la ofensiva alemana, mi madre había decidido llevarnos lejos de París, a mi hermana, mi her­mano y yo; en el departamento del Sarthe, a Sourches, donde se halla el castillo de la familia.

Era una mañana de invierno, muy temprano. Había­mos dejado a pie la calle Greuze N° 20, donde vivíamos, y yo debía llorar a lágrima viva, alzado por la nurse que arrastraba a mi hermano Luis. Mi hermana Margarita, que tenía siete años, vigilaba ansiosamente con mamá la aparición de un hipotético coche. Tarea inútil. Los vehícu­los eran escasos. Se tenía la impresión que, como lo había hecho dos años antes con los famosos taxis del Marne, el general Gallieni había requisado todos los automóviles1.

Sin embargo teníamos que llegar a la estación Montpar­nasse para tomar uno de los escasos trenes que aun circu­laban. Los soldados iban hacia el este, nosotros íbamos hacia el oeste.

Agotada por una noche haciendo paquetes lo más com­pactos posible, la nurse inglesa se dejó caer sentada sobre su valija y anunció:

“¡Señora! ¡Es imposible! ¡No llegaremos!”

Mamá, con el obstinado coraje que tienen las madres cuando quieren salvar a sus hijos de una catástrofe, le res­pondió:

“¡Lo lograremos, hija! Lo que nos hace falta, es un co­che. ¡Ayúdeme más bien, en vez de gemir!

Y allí es donde se sitúa mi primer recuerdo.

En plena mitad o casi de la plaza Iena, mi madre se plantó con los brazos en cruz, agitando su manguito de piel con una mano y el bolso de la nurse con la otra.

Algunos coches llenos, algunos fiacres recargados ha­bían pasado de largo. Aparentemente sus conductores no podían hacer nada por esas dos mujeres rodeadas de tres niños, patético cuadro como el de todas las familias des­manteladas por la partida de los maridos, los hijos y todos los hombres válidos rumbo al frente.

De pronto, bajando desde el Trocadero a toda veloci­dad —es decir a unos cincuenta kilómetros por hora— una ambulancia embestía a mi madre.

Recuerdo un grito. El grito que lanzamos los tres, un grito que resonó en la plaza vacía:

—¡Mamá!

La nurse, paralizada por el susto, no había hecho si­quiera un gesto para avisar a mamá tratar de retenerla.

Con un horrible rechinar de los frenos, la ambulancia cabeceó y se detuvo a dos metros de mi madre. Su ropa sombría condecía trágicamente con la cruz roja pintada en los costados del vehículo.

Una cabeza pálida, con bigotes hirsutos, gritó por la ventanilla. Era el chófer:

“¡Señora! ¡Está local ¡Estuve a punto de arrollarla!

—No estoy loca, señor. Le obligué a detenerse. Es absolutamente necesario que nos conduzca a la estación Mont­parnasse. ¿Tiene lugar? por favor...

—No puede ser, señora. Esta ambulancia está vacía, pe­ro estoy cumpliendo una misión de servicio. Voy a la es­tación del Este a buscar heridos que deben ser conducidos al hospital Val-de-Grace2. Lo lamento con toda el alma.

—¿Tiene usted una esposa e hijos?

—Sí... ¿Pero a qué viene esta pregunta?

—Porque mi esposo es oficial en el frente. Si le hubiese ocurrido de encontrarse con la familia de usted

 

1 En setiembre de 1974 el general Joseph Gallieni requisó todos los taxis de Paris para conducir soldados al frente, a orillas del río Marne. Este hecho logró reforzar considerablemente las tropas del general Joffre quien obtuvo así la brillante victoria del Marne.

 

2 El Val-de-Grace es el Hospital Militar de París.

en una situación semejante, no habría vacilado ni un segundo. Se las habría arreglado para conciliar su órden de misión y el deber de ayudar a una madre desamparada.

—Suba, señora...”

Fue la única respuesta del conductor, impresionado so­bre todo por la calma con que mi madre le había hablado.

 

Este viaje imprevisto en medio de camillas vacías fue seguido por otro en ferrocarril. Como era el más pequeño, me habían instalado en la red porta—valijas. Al principio era muy divertido porque dominaba todo el vagón, pero tuve pronto la impresión de estar prisionero de esas mallas oscuras. Sólo pude desentumecerme las piernas en Chartres, durante una parada interminable.

Fue en el andén de esa estación donde tuve mi primera visión de los horrores de la guerra. Veía sufrir a la gente pero, evidentemente, era muy pequeño para comprender. Los heridos, acostados sobre los andenes que cubrían con sus pobres cuerpos ensangrentados, nos miraban con ojos agonizantes. Algunos se habían arrastrado hasta los toilettes y daban el último suspiro allí, entre espantosos olores de hombre. Yo apretaba muy fuertemente la mano de mamá cuando uno de esos desdichados se le prendió del tapado y le dijo esta frase que oiré durante toda mi vida resonar en mis oídos. pese a que la voz no era más que un estertor:

“¡Señora! ¡Termine conmigo! ¡Máteme! ¡Sufro dema­siado!... “

Y más tarde, cuando escuchaba a ex combatientes contar “su guerra”, todos decían que aunque los abastecimientos habían sido más o menos buenos, el servicio de sanidad en cambió, había pronto dejado mucho que desear. “A parte de tintura de yodo, subrayaba uno de mis tíos, no teníamos ningún medicamento.”

 

Para ir de Le Mans a Sourches, o sea una distancia de veintisiete kilómetros, fuimos instalados en un carro tirado por bueyes. Según parece, aquel viaje cumplido con un rit­mo de otrora, me había encantado.

Después, hay una niebla en mi mente, o con mayor exactitud, una existencia sin historia para todos nosotros, los jóvenes primos reunidos por la fuerza de los aconteci­mientos, vigilados por la nurse que jamás abandonaba un pequeño paquete de cartas: las que su novio había logrado enviarle. Aquel novio que no conocíamos nos agradaba por­que era inglés y mamá nos había explicado que se decía un “tommy”. “Tommy”, para los chicos, era fácil de pro­nunciar. Pero cuando lo mataron en el frente del Somme3 parece que la gobernanta enloqueció. Fue llevada de vuelta a su país, no sé cómo. Tuvimos otra nurse, pero no tenía un “tommy” ...

Había algo que nos excitaba mucho a nosotros, los ni­ños. Nos excitaba por que todas las mujeres y los ancianos sirvientes aguardaban y temían ese momento: era el famoso “comunicado de las tres de la tarde”.

Y cuando por intermedio del Estado Mayor nos ente­rábamos que un tío o un primo había muerto, mi madre decía: “Otro héroe más. ¿Cuántos serán necesarios?” Esta frase me impresionaba mucho. Un héroe me parecía muy importante, formidable. Por razón, sin duda, mañana y tarde formulaba yo a mi madre

 

3 En octubre de 1916 las tropas aliadas franco—británicas comba­tieron a orillas del río Somme, logrando otra gran victoria decisiva.

esta horrible pregunta:

“Mamá, ¿cuando lo matarán a papá?”

Edad despiadada... Un héroe, a mi criterio, debía mo­rir en la guerra. Mi papá era forzosamente un héroe. El más grande de los héroes. El más grande de los papás.

 

Y conocí a uno de esos héroes de la Gran Guerra. Uno de los más auténticos y de los más famosos, casi un dios: Guynemer4.

Era nuestro vecino en la calle Greuze. Compartía con su madre la planta baja del edificio donde residíamos. Y durante algunos meses —yo tenía un poco más de seis años— lo vi con regularidad. No en avión, no como “as de los ases” virtuoso del duelo aéreo, no. En cierto modo, era un compañero de juegos. Llegaba todos los sábados con licencia, en un automóvil torpedo blanco. Aparecía hacía las quince, pero más de una hora antes mi hermano y yo estábamos ansiosos, vigilando desde la ventana del portero la esquina de la calle por donde iba a aparecer. Durante toda la semana habíamos oído hablar de él, de sus proezas, de sus combates, de sus victorias y también de su coraje y su gran valentía.

El sábado era pues un gran día. Porque una de las pri­meras cosas que hacía al llegar era llevarnos a dar una pe­queña vuelta en su bólido; seguía siempre el mismo itine­rario: calle Greuze, rond-point de Longchamp, avenida Eylau, plaza del Trocadero, calle Greuze... Era una alegría para nosotros. ¿Acaso creíamos que su coche iba a des­pegar? Se marchaba de regreso el domingo por la tarde y para los hijos del portero, lo mismo para nosotros, la se­mana se hacía larga hasta el sábado, día en que nuestro “compinche” Guynemer nos estrecharla entre sus brazos. Nos daba seguridad. Además, al derribar los aviones ale­manes, “daba seguridad” a todos los franceses... Una no­che de alerta sobre París nuestra gobernanta quiso contar­nos una historia para hacernos dormir. Pero estábamos des­piertos como lauchas y grandes rayos de luz se cruzaban en el cielo: los proyectores habían descubierto un dirigible, un Zeppelín. Teníamos miedo de ese monstruo volador. Enton­ces, la nurse nos repetía: “Duerman. El amigo Guynemer no está lejos.”

Pero estaba muy lejos... El sábado siguiente queríamos aguardarlo como de costumbre, esperando los traquidos de su automóvil. Pero mi madre nos impidió bajar a lo del portero. Nos dijo: “Hijos míos, recen una pequeña plega­ria para vuestro amigo Guynemer. No volverá más...”

 

Fue la desesperación, la primera angustia que recuerdo. Comprendíamos mal la razón por la cual no volveríamos a ver a nuestro héroe, pero no queríamos creer lo que había dicho nuestra madre. Francia entera no quería creer esa noticia: “¡Guynemer considerado desaparecido!” Sin em­bargo, igual lo estuvimos esperando aquel sábado en nues­tro cuarto de juegos. Francia entera lo esperaba.

A medida que fui creciendo la imagen de Guynemer adquirió mayor precisión. Creo que su carrera fue y per­manecerá siendo ejemplar. Por su salud frágil, los hombres de la famosa escuadrilla de las Cigüeñas lo habían apodado “alambre”. Oficial de la Legión de Honor (en aquella época tenía un valor diferente al de hoy) y capitán a los veintidós años, murió a los veintitrés en el comando de su avión “El Viejo Charles”, derribado sin duda en el cielo de Poel­kapelle, cerca de Yprés, en Bélgica.

 

4 Georges Guynemer, aviador nacido en París en 1894. Su carrera aeronáutica registraba 54 victorias cuando fue derribado el 11 de setiembre de 1917. Su heroísmo lo convirtió en figura legendaria de la aviación francesa.

Digo sin duda porque su muerte continúa siendo un poco misteriosa. Y es mejor así: los héroes deben permanecer un enigma para la pos­teridad. Lo que es seguro, es el número de sus victorias en el aire (cincuenta y cuatro oficiales, ochenta no homolo­gadas por haber tenido lugar detrás de las líneas alemanas y un total de casi seiscientos combates en veinticinco meses).

Lo más seguro aún es que era un moderno caballero, el primer caballero del cielo. El “as” alemán Ernst Udet, que se enfrentó con Guynemer y fue general de la Luft­waffe contó que un día, sobre las Ardenas, su ametralladora se había engalgado. No podía en absoluto defenderse y Guynemer podía derribarlo sin el menor riesgo. Entonces, como tenía la costumbre de hacerlo, Guynemer se aproxi­mó cuanto pudo del Fokker del alemán, a unos diez metros, le hizo una seña con la mano y desapareció en el cielo. Tal vez sea una de las razones que impulsaron a las autoridades alemanas para inhumarlo con los honores militares... De­cía: “Cuando no se ha dado todo, no se ha dado nada” y su lema “dar la cara” le quedaba muy bien. Según las ave­riguaciones practicadas, murió de una bala en la frente. Ese día, 11 de septiembre de 1917 “se marchó para ali­nearse en silencio con los suyos”. Es una frase de Mermoz.

 

Los años han pasado. Y un día, al visitar el museo del Automóvil de Compiégne, cuando menos lo esperaba vi, encontré expuesto, el auto de Guynemer, aquel Sigma de 4 cilindros cuya pintura blanca se volvió amarillenta con el tiempo. Quise sentarme dentro por un instante. Pero un vago sentimiento de profanación y tal vez también la presencia del guardián me impidieron hacerlo. No insistí. Me pregunto si no estuve equivocado. De tiempo en tiempo hace bien volver a la infancia...

 

—Hablemos un poco de familia. No quiero decir “vie­jos papeles”, sino más bien de algunas siluetas. ¿Hay algu­na que te atrae más que otras?

—¡Ah! sí... Entre los que conocí, aparte de mi padre y de mi madre, hay alguien a quien debo mis mejores recuerdos de infancia y de juventud, pues era un hombre sorprendente. Fue mi abuelo paterno, el duque des Cars. Entre los años 1920 y 1925 íbamos a pasar las vacaciones al balneario de La Baule, sobre la costa atlántica, cuya fama iba creciendo. Con mi madre, mi hermana y mi hermano nos hospedábamos en uno de esos gigantescos cuarteles llamados “palaces”, que se asemejan más a un caravanserrallo mundano que a un hotel de veraneo. Mi abuelo decidió de pronto venir a saludarnos. Pequeño traslado para ese gran viajero especialmente aficionado a los viajes en ferrocarril. No podía ver salir un tren sin subirse en él, discutir los horarios y las combinaciones con el guarda, elogiar las performances de la locomotora, en­vidiar al maquinista por su puesto de jefe a bordo pero sin olvidar, mucho antes que Edouard Herriot5 de estre­charle la mano, y trabar conversación con los viajeros exal­tándoles el placer de mirar pasar las vacas. Afirmaba: “Sólo duermo bien el tren” y, por humildad, únicamente viajaba en tercera clase. Por humildad y estrategia, pues después de haberles recitado el Indicateur Chaix 6 -o su equi-

 

5 Edouard Herriot (1872—1957). Hombre político, jefe del par­tido radical—socialista y alcalde de la ciudad de Lyon, fue varias veces presidente del Consejo, presidente de la Cámara de diputados y de la Asamblea Nacional. Gran propulsor de mejoras en los fe­rrocarriles franceses.

 

6 Guía y Horacio de ferrocarriles..

valente de la época— a sus vecinos, se dedicaba al apostolado práctico y sacaba de sus bolsillos una increíble colección de periódicos moralistas, rosarios bendecidos y estampas piadosas. Inundaba con ellas el compartimiento recomendando a los viajeros de ir a Lourdes. Creo que conjugó su pasión y sus convicciones inventando el tren de peregrinaciones. Luego, si el tren se detenía, desapa­recía para ir a saludar al jefe de estación con un afectuoso “¡Buenos días, viejo amigo!”. Aunque no lo conociese, de todas maneras éste no tenía ninguna posibilidad de olvidarlo y de no reparar en él. Este anciano gentilhombre tenía una barba florida que lo hacía asemejarse al poeta Víctor Hugo. Pero sobre todo —y era lo que más nos fasci­naba a nosotros, sus nietos— se vestía de una manera extra­ña que, en realidad le permitía estar siempre listo para partir: levita negra un poco desteñida, sombrero hongo, paraguas, un impermeable muy largo con capucha (enton­ces se decía “cauchú”, como hoy se dice “piloto”) y que le servía de abrigo para el bueno y el mal tiempo y en to­das las latitudes, y un par de botines con elásticos. Había resuelto el problema del equipaje no llevando ninguno. Compraba en camino lo que necesitaba, el mínimo impres­cindible del cual se deshacía luego. Sin embargo, llevaba siempre de repuesto un cuello de celuloide que ponía a remojar por la noche en una palangana de agua, y un ce­pillo de dientes que sobresalía perpetuamente del bolsillo izquierdo de su chaleco: estaba por olvidarme casi de lo esencial. A la manera de los médicos militares que deciden que se está en invierno o en verano y que el uniforme debe corresponder a las estaciones, introducía un considerable cambio en su vestimenta permanente dos veces al año: cal­cetines negros en invierno, calcetines blancos en verano. Es pues con sus calcetines blancos que desembarca muy temprano, un día de agosto, en la estación de La Baule.

Deja que los clientes del hotel se amontonen en el ómni­bus tirado por caballos y trepa en el pescante junto al cochero. ¿Para saborear la suavidad del verano? Por cierto no. Para discutir con el cochero y, según decía, “escuchar la filosofía de la voz pública”. En la recepción se hace anunciar:

“Buenos días, amigo. Soy el duque des Cars. ¿Quiere usted avisar a mi nuera que llegué con el expreso noc­turno?... “

El conserje lo mira con olímpico desprecio.

Hay que admitir que mi abuelo había mejorado aún más su vestimenta. Habiendo declarado un día que “los pies se hinchan durante los viajes, especialmente en el tren”, se había quitado los botines reemplazándolos por un viejo par de zapatillas que tampoco lo abandonaban. Pero para estar seguros de no olvidar sus botines, no ha­bía temido atarlos juntos con un cordón y colgarlos de su cuello. A las ocho de la mañana, en el hall de ese hotel elegante, el conserje estaba convencido de hallarse frente a un impostor:

“¡Vaya a contarle esa historia a cualquier otro!

—¡Le repito que quiero ver a mi nuera enseguida! ¡Llá­meme a su director!”

Ante su insistencia y su ira, el conserje manda llamar al director que aún dormía. Media hora más tarde, éste llama tímidamente a la puerta de la habitación de mi ma­dre. Con chaqueta bordada y pantalón a rayas, verdadero jefe de sección de una gran tienda, tomándose las manos nerviosamente y dando vueltas a su lengua, balbucea, far­fulla más bien, su confusión...

“Señora, lamento profundamente tener que importunar­la a esta hora tan temprana. Pero en la recepción hay un individuo que pretende ser su suegro. ¡Sin embargo, todo me lleva a creer que se trata de un bromista de mal gusto!

—¿Realmente, señor? ¿Y por qué?, pregunta mi madre.

—Señora, este hombre tiene la traza de un vagabundo.

Hasta lleva un par de botines colgados del cuello con un cordón...

—¿Botines colgados del cuello? ¡Pero es el duque des Cars! ¡Desde luego que es mi suegro! ¡Ruéguele que suba!”

¡Te imaginas la turbación de ese pobre director! Creyó hallar la paz enviando flores a mi madre. Con todo, sus sorpresas con aquel duque disfrazado de vagabundo no habían terminado. Después de una mañana en que noso­tros, los niños, éramos los más felices de la playa con ese abuelo tan poco convencional y tan afectuoso, volvimos a encontrarnos a mediodía en el inmenso salón comedor. A nuestra gobernanta —inglesa, naturalmente— le cuesta po­co mantenernos tranquilos, pues estamos fascinados por ese buen abuelo un poco chiflado.

Se inclina hacía mamá y le dice:

“Noté que este establecimiento está lleno de israeli­tas... Nosotros, los católicos, debemos tener valor de nues­tras convicciones.” Y se pone de pie. Y golpea una copa con una cuchara. La campana improvisada extiende su so­noridad un poco seca en todo el salón. Las voces callan. Todas las miradas se dirigen a nuestra mesa, el personal se pregunta :¿será un banquete improvisado? Cuando los rui­dos de la vajilla cesan, el orador dice simplemente estas sorprendentes palabras:

“Lectura del santo Evangelio del día... 'En aquel tiempo...'

Yo estaba estupefacto, todos lo estábamos, clientes y maitre d'hotel. Y nadie protestó. Terminada la lectura, no nos llegó ningún comentario de las mesas vecinas. Con una mano, mi abuelo recoge su misal que vuelve al bolsillo iz­quierdo de su levita y con la otra, hace desaparecer algunos mendrugos de los panecillos que habíamos comenzado a mordisquear en la espera demasiado larga de los fiambres.

“¡Mi almuerzo¡, dijo con picardía.

—¿Pero adonde va?, le pregunta mi madre, intranquila.—¡A Jerusalén! Pasando por Bruselas... Mi querida nuera, usted y sus hijos me han dado una gran alegría...”

Vuelve a levantarse y no olvida de bendecirnos. Sus muy buenos ojos no logran ocultar una verdadera tris­teza. Pero nos deja haciendo una pirueta:

“¡Tengo apenas el tiempo de alcanzar el rápido para París!”

Desaparece como un meteoro, dejándonos llenos de sonrisas pero con el corazón apenado.

Al salir del salón comedor se cruza con el director a quien acababan de informar acerca de la lectura del Evan­gelio, y que se había cuidado muy bien de interrumpirlo.

“¡Ah!, ¡aquí está usted, amigo mío!, exclama mi abue­lo. Decididamente, se hace esperar... Recuerde bien esto: sólo estimo a las personas valientes...”

Y en un torbellino —el de la puerta giratoria—, “buen abuelo” desaparece.

Sólo fue en. ese momento cuando las casi doscientas personas del salón comedor se arriesgaron a hacer comen­tarios acerca de su “increíble tupé”. Entusiasta vaga­bundo, ya estaba lejos, fuera de alcance de los sarcasmos. Creo que todos, pequeños y grandes, habíamos recibido una lección de coraje.

 

—Era un personaje. ¿Opinas que todavía se encuen­tra, hoy, en la aristocracia y en otros sectores de la socie­dad, ese tipo de individuo original que ignora el respeto humano?

—En la aristocracia se lo encuentra cada vez menos, ¡lamentablemente! En otros sectores, conozco algunos muy pintorescos. Creo que la guerra, y la demagogia mataron esta especie. Hoy en día los personajes están en vías de desaparición. ¿Háblase de las obras maestras en peligro? Pues bien, digo que las personas que tienen un carácter bien templado se vuelven cada vez menos. El aristócrata de hoy —quedan pocos verdaderos— es con frecuencia fas­tidioso. Sueña demasiado a menudo con ser personaje de clase. Conozco una multitud de esa gente cuya única preo­cupación real es la tarjeta de visita donde figura su título, verdadero o falso. Cuando hicieron eso, lo han dicho todo. Y cuando se los ve, se tiene la impresión que llevan un nombre supuesto. Es grave y es triste. Observa que no es una novedad como estado de espíritu, pero ha tomado proporciones afligentes. La aristocracia no es un derecho ni un atropello. Es un estado de ánimo que cada genera­ción debe mantener bajo pena de extinción. Ese abuelo que tanto me fascinó, podía permitírselo todo. No porque fuese el duque des Cars. Por el contrario. Su discreción en ese punto es para mí una cualidad de verdadera noble­za. Se tomaba el derecho de decir a la gente lo que pen­saba de ella, porque ignoraba y despreciaba las habladu­rías. Era un hombre recto. Su franqueza, con frecuencia arrogante, sólo era igual a su sinceridad. Cuando vi por primera vez Cyrano de Bergerac, reconocí a mi abuelo: espíritu, coraje, honestidad, poesía y ternura, en resumen todos los componentes del símbolo de la aristocracia. Por eso creo que la merecía, a su aristocracia, mientras que tantos otros se conforman con ella sin participar de sus virtudes y fastidian con su genealogías. ¿Era mi abuelo un comediante? Nadie hubiera podido decírselo dos veces. Sus convicciones religiosas tal vez le habrían impedido batirse en duelo —no estoy muy seguro— pero sí tengo la certeza que habría aporreado verbalmente a quien lo hu­biese tratado de serlo. El comediante hace un número en público. En privado, en familia, se desinfla. Mi abuela era en todas partes y todo el tiempo el mismo. No desem­peñaba ningún papel. Su naturaleza era así. Durante va­rios años fue consejero general del Sarthe, ese departa­mento que queremos mucho tú y yo. Tenía, acerca de la política y de los políticos en general, puntos de vista que no coincidían mucho con los de la mayoría de los electores. En eso tampoco tenía pelos en la lengua. En el seno de la asamblea departamental tuvo, durante varios años, un enemigo de peso: Joseph Caillaux7, presidente del con­sejo general, veleidoso marido de la Señora de Caillaux, la misma que el 16 de marzo de 1914 descargó su revól­ver sobre Gastón Calmette, el director del diario Le Fi­garo. Todos los años, después de las vacaciones, “este buen señor Joseph”, como lo llamaban los campesinos sarthen­ses, debía pronunciar el discurso de apertura de la sesión del consejo general. Además era el único día en que mi abuelo tomaba la palabra de una manera imprevista en la orden del día, pero que se repetía con la regularidad del Delenda est Carthago8 del viejo Catón. Interrumpía a Caillaux con estas palabras, siempre las mismas:

“¡Señor Presidente, viva Juana de Arco!”.

 

7 Joseph Caillaux (1863—1944), político y economista, creó en Francia el impuesto a los réditos, ejemplo que siguieron después casi todos los demás países.

 

8 Delenda est Carthago: Hay que destruir Cartago. Palabras con las cuales Catón el Censor (234-149 a. J. C.) terminaba siempre sus discursos, fuese cual fuese el tema. La frase completa era en realidad Ceterum, censeo Carthsginem esse delendam: Además, pien­so que hay que destruir Cartago.

Se había convertido en un rito. Los bromistas espera­ban el momento de ese famoso “¡Viva Juana de Arco“!: lanzando contra las encías radicalmente republicanas de Caillaux. Este jamás digirió tal afrenta. Y quince años más tarde, en Mamers, su ciudad natal, me confesó su suplicio:

“Ese `Viva Juana de Arco' envenenaba todos mis discursos. Yo sabía, al comienzo de cada sesión inagural que su abuelo lograría ubicarlo. Todos mis colegas aguar­daban ese momento con ansiedad y placer maligno... Un día creí que no lo iba a decir. Yo había terminado mi texto. Acababa de rematarlo con un solemne “¡Viva la República!”, cuando él se puso de pie y agregó, como continuación de mi discurso: “¡Viva Juana de Arco! ¡Por­que es a ella, la santa de la patria, a quien deben aplau­dir!” (Se hablaba entonces de canonizar a Juana de Arco), Hubo una carcajada general y ningún aplauso. ¡Ese anciano me había robado mi éxito¡”

Hay que creer que ese “¡Viva Juana de Arco¡” había terminado por envenenar no sólo los discursos de Cai­llaux, sino también su vida privada, pues la persona en cuya casa lo vi en Mamers y que era su amiga bien­amada, se llamaba... ¡Señora Purificación!

La franqueza de mi abuelo exigía reciprocidad. Que­ría que le dijesen las cosas de frente. Y ello solía dar pin­torescos resultados. Una vez por año convidaba a su mesa a todos los alcaldes de su distrito. Obligación política que inmediatamente había aumentado con una doble propa­ganda: invitaba al mismo almuerzo a todos los curas de las parroquias de dicho distrito. Al finalizar uno de esos fantásticos banquetes a los que hoy en día no alcanzan siquiera a igualar las comidas de bodas provincianas; abundantes y con sabrosos vinos, se sirvieron bols de agua tibia en los que flotaba una rodaja de limón. Se trataba de un enjuagadedos, marcando la pausa antes del café. La llegada de ese inesperado brebaje provocó un pánico entre los buenos curas. ¿Qué podría ser el líquido muy claro en un bol? ¿Una infusión? ¿No podía ser un caldo? Sus miradas angustiadas se dirigieron hacia su decano, el cura del vecino pueblo de Conlie. Éste, después de al­gunos instantes en que debió implorar la ayuda divina, tuvo el coraje de llevar el enjuagadedos a sus labios y beberse el contenido, como si ésa fuese la costumbre. ¡Este gesto heroico fue imitado inmediatamente por todos los buenos sacerdotes! Al abandonar la mesa, el decano se acerco a mi abuelo y le hizo un elogio en voz alta:

“Señor Duque, ese almuerzo fue de alta calidad. ¡Qué mesa, la suya¡

Y bajando la voz:

.. Pero como sé que sólo le gusta la verdad, no me guardará rencor si le hago un ligero reproche... Bue­no... ¡El pequeño grog que nos hizo servir antes del café, pues bien, era un poco desabrido¡”

Querido abuelo... Con él, todo era maravilloso. Me había enseñado el arte de ser nieto. Cuando estuvo grave­mente enfermo, se negó a recibir un médico y a tener enfermeros en su casa, en su mansión particular, esa man­sión de la calle de Grenelle, donde se encuentra hoy la embajada de la U.R.S.S.

—¿Esto te aflige?

—No. Por lo menos, así no la han derribado. ¡Destru­yeron tantas mansiones, con imbécil furia! El ex embaja­dor Vinogradov, que era un hombre encantador, me escri­bió un día para informarme que al efectuar unos trabajos, se había encontrado el escudo de armas en una pared. Bueno, el duque, muy enfermo pues, exigió ser trasla­dado al hospital San José, en la sala general. Allí lanzó el último suspiro, vestido con el hábito de lana burda de la tercera orden franciscana, que le había traído el duque de Alencon. Murió en medio de la miseria que siempre había combatido y en la tristeza, él que era tan alegre. Se podría decir: “Murió como vivió: con gran porte” Considero que es algo grande. Pues, finalmente, su mayor cualidad (y tendría que ser la primera de la aristocracia) era la humildad. No confundir con la demagogia de aque­llos que no hacen bastante por los demás ni con la sufi­ciencia de los que hacen demasiado. Este duque era bueno y justo con los humildes, feroz e implacable con los de su inundo que lo decepcionaban.

Yo adoraba a mi abuelo. Con el tiempo, lo estimo por esta gran razón: estaba siempre en su lugar.

—Un aristócrata ¿tiene su lugar en el mundo actual?

—Sí. Si está en su lugar, es un “faro”, uno de los guías de su generación. Allí está su verdadera misión. Durante siglos, los hombres ganaron su lugar a punta de espada. Hoy en día, deben batirse con ideas. Creo que tienen un deber absoluto: no inmovilizarse, no conformarse con haber nacido. Algunos creyeron que eso bastaba. Es me­diocre. Creo en la gente con títulos cuando no hacen de su nacimiento una actividad. Creo en ellos cuan­do son mecenas, príncipes de la ciencia, explorado­res, promotores de parques de diversiones, grandes ex­plotadores agrícolas, en fin, cuando hacen algo que tiene envergadura, cuando han comprendido que en nues­tro mundo que se mueve deben estar lo más cerca posible de la cabeza del movimiento. Sabemos que poco a poco el trabajo reemplaza al capital. Hace casi cuarenta años, choqué con mi padre a causa de esta verdad. El duque no era siempre indulgente y el hecho de ser coronel de húsares no lo disponía a ser complaciente con los indis­ciplinados. Yo era —y sigo siéndolo— indisciplinado. Los jesuitas me enviaban de una de sus “casas” a otra por este leitmotiv: “Brillante alumno, pero mal espíritu”. Cada vez, el superior afirmaba a mis padres: “Domare­mos a este bribón”. Por lo tanto cuando, a pesar de sus esfuerzos, anuncié a mi padre: “Quiero escribir”, su res­puesta cimbró como un sablazo:

“Tendrás un oficio serio. Serás oficial de caballería y, si tienes tiempo, redactarás tus Memorias.”

¡De haberle hecho caso, estaría en la Guardia Repu­blicana! ¿Te das cuenta? Yo debía estar lívido de miedo al atreverme a contestarle:

“Escribiré, y si mis escritos me producen algo, compra­ré caballos.”

No compré caballos, pero creo haber hecho bien al desobedecer a mi padre. Desde entonces, ello ocurre muy a menudo...

—Finalmente, es al convertirte en Guy des Cars que consideras tener G derecho de ser también el conde des Cars ¿No es demasiado?

—Ello demuestra simplemente que con mi patronímico creé un seudónimo. Además, me han apodado “Guy des Gares”, lo cual no me incomoda9.

 

Ahora siento que está contento. Largó una de esas hu­moradas que fastidian a sus enemigos aun más que sus libros. Por décima vez, al menos, vuelve a encender el pe­queño cigarro de hoja que se apaga siempre bajo el aliento de su verbo. Estamos solos en este escritorio de la calle de Anjou. Testigo silencioso, el grabador gira. Una cortina de lluvia cae sobre la plaza Luis XVI, cuyos árboles su­ben hasta nuestra vista.

 

 

9 Guy de las Estaciones: retruécano intraducible, en realidad. El apodo de Guy des Gares (Guy de las Estaciones) le fue dado porque sus libros se venden mucho en ellas.

Domingo de otoño, barrio de­sierto: es un momento tierno para los recuerdos... No puedo resistir al deseo de sacar algunas fotos amarillen­tas y grabados de época para jugar el juego de los retra­tos de familia.

—¿Y los otros, los antepasados, hay alguno a quien te hubiera agradado verlo vivir de cerca? Un silencio. Elige.

—Si existiese la máquina del tiempo, hay dos a quienes me gustaría tener en mi mesa para una comida histórica. El primero es una mujer, y hasta una gran mujer, ya que prohibió a Moliére y a todo su conjunto, de representar sus comedias en el Lemosín. El hecho ocurrió hacia 1650. Moliére no era todavía el animador del conjunto del Ilustre Teatro10. El Rey Sol no lo había calentado todavía con sus rayos y sus subsidios. Moliere -aún no ha cumplido los treinta años- llega con sus comediantes a las puertas del Lemosín. Como todo lo que concierne al teatro es mal visto y sus adeptos son excomulgados, pare­ce que nuestra antepasada, que era una parienta del gober­nador de la provincia, lo presionó a fin de que Moliere instalara su tablado en otra parte. Hay que decir que Les Cars, cuna de la familia, es una aldea a unos treinta kilómetros de Sinoges y que la familia gobernó el Le­mosín hasta la Revolución, fecha en que todos sus repre­sentantes perdieron la cabeza, exepto uno que tuvo el tino de sentir que los Convencionales no perdonarían siete siglos de talla, de prestación y (tal vez) del dere­cho de pernada.

—Emigró. ¿Es ésa una actitud noble?.

—¡Es una actitud prudente! Según parece, Moliere no olvidó la afrenta. Veinte años más tarde se vengó, con la última obra que le encargó Luis XIV. Fue para el casa­miento del príncipe Felipe, hermano menor del rey, con la princesa Palatina Carlota Elisabeth de Baviera. Al Rey Sol no le desagradaba “dar un puntapié en el hormiguero de la corte”, es decir ver como se hacia irrisión de algunos defectos de cortesanos y poner en ridículo las modas. Mo­liére escribió pues La Condesa de Escarbagnas, donde pone en escena a nuestra furiosa dama. Sí, en aquella época des Cars se escribía d'Escars.

La Condesa es un acto en prosa al que se le podría po­ner el subtítulo de “Cuadros de un salón de provincia”. poniendo en escena a una “preciosa” 11 —hoy diríamos una snob— que fastidia a todos porque estuvo en París y toda­vía permanece asombrada de haber podido hacer ese via­je. Refiriéndose a sus vecinos provincianos —Moliere si­túa la escena en Angulema— exclama: “¿Dónde podrían haber aprendido a vivir? ¡No hicieron ningún viaje a París!”

Es pues una mujer pedante y pretenciosa. Lo divertido es que el personaje de la condesa y la obra, creada en Saint—Germain el 2 de diciembre de 1671, sirvieron de modelo a Las Mujeres Sabias, creada un año más tarde, en 1672.

Ignoro si la verdadera condesa vivía aun en esa época y si se reconoció. Según parece, tenía fama de chicanera. Por nada, por un sí o por un no, les hacía pleitos a todo el mundo, pero como Moliere se había convertido en el director de la Troupe du Roy (Conjunto teatral del Rey), seguramente no se atrevió a quejarse: ¡no se le hacía un pleito a Luis XIV!

Querida Condesa... Ya no se la representa desde 1938, aunque teóricamente está incluida en el repertorio

 

10 Nombre del primer conjunto de comediantes formado por Moliere para la corte de Luis XIV.

 

11 Preciosa: En el siglo XVII, nombre que denominaba a las mujeres de alta sociedad y que se distinguían por sus modales afectado: y su lenguaje muy rebuscado.

del Teatro Francés.12 Moliere la había hecho representar cuarenta y cinco veces, es decir casi tantas como Las Mu­jeres sabias. En doscientos sesenta y siete años, La Condesa sólo subió a escena seiscientos veinticuatro veces, o sea alrededor de docientos treinta veces por siglo. No basta para alcanzar la inmortalidad. Pero se vengó: no saludó a Moliere cuando se programaron los homenajes por el tercer centenario de su muerte...

—¿A menos que sea Moliere quien se vengó: impo­niéndole la penitencia del olvido?

¿Son rencorosos los des Cars?

—No lo creo. Pero algunos, entre los que me incluyo, tienen buena memoria...

—¿A propósito de memoria, la gente recuerda mejor a tu otro invitado a esa cena imposible?

—Los “pies-negros”13 no pueden haberlo olvidado. Dio Argel a Francia en 1830. Además, somos viejos amigos, él y yo... Su busto está a pocos pasos de este escritorio, en el comedor...

—¿Podríamos hacerle una pequeña visita? Podrías ha­blarme de él frente a él. Y quien sabe, si no está de acuer­do, tal vez proteste...

Luce, sobre un aparador, tallado en bronce. Es él real­mente quien preside los ágapes familiares. —Preséntanos...

—Amadeo, Francisco, Regis de Pérusse, duque des Cars, teniente general al mando de la 31 división del cuerpo expedicionario del ejército de África, bajo las ór­denes del mariscal de Bourmont14. Francamente —y como no me parezco a él en absoluto, puedo decirlo— es muy lindo. Boca sensual, cabellera abundante y rubia, ojos que según parece eran azules como los de mi padre, patillas discretas. En cuanto a sus condecoraciones sobre el pecho, tiene el buen gusto de no abusar de ellas.

Ves, nos mira sin severidad pero sin indulgencia. Cada vez que nuestros ojos se cruzan, pienso en la divisa de la familia —la suya, la nuestra: “Haz lo que debas, ocurra lo que ocurriere”. Francamente, esta divisa no me encanta mucho. Hoy en día tiene un aspecto fatalista que me decepciona. Sólo desde la época de San Luis hasta 1830 este “ocurra lo que ocurriere” significaba la voluntad de divina. Era, escrito de otra manera “Si Dios quiere”. En cambio “Haz lo que debas” me agrada mucho. Y nuestro conquistador hizo lo que debía: conquistó, y por una vez no fue una matanza exagerada. No te diré de todos modos que fue un paseo de placer. Con sus diez mil hombres, se dió por entero a su misión.

En cuatro días, del 25 al 29 de junio de 1830, su división perdió, ella sola, mil comba­tientes. Siempre reclamaba el honor de estar en primera fila, y en la toma de Argel sostuvo con frecuencia las po­siciones más difíciles. Encontré —aunque no soy una rata de archivos— una semblanza de él hecha por el príncipe de Schwartzenberg, hijo del mariscal que encabezaba la última coalición de 1815.

 

12 Teatro Francés o Comédie Francaise: Teatro oficial, situado en París y en el que se representan obras del repertorio clásico. Fue fundado en 1680 por orden de Luis XIV.

 

13 Pieds-noirs (pies negros): designación que se da a los colonos franceses establecidos en África del Norte y que regresaron a Francia después de la independencia de Argel, convertida en república el 14 de julio de 1962.

 

14 General conde Luis de Bourmont (1773-1846). Fue el coman­dante en jefe del ejército que en 1830 conquistó Argel, convirtiendo este territorio africano en colonia francesa.

Escribió lo siguiente: “El gene­ral merecía completamente el afecto y la consideración que todos le otorgaban. Bravo frente al enemigo, amable en sus modales, reunía las cualidades del soldado con las del hombre de mundo. En los combates, y por la manera como soportaba el cansancio, se lo hubiera tomado por un granadero. Era un verdadero ejemplo de la antigua caballería francesa; era honrado aun por aquella parte del ejército cuyas opiniones políticas lo alejaban más de él. Allí donde el peligro era mayor, daba el ejemplo del más hermoso valor y las órdenes más sabias. Sabía cuidar la vida del soldado y exponer la suya.”

Sí, ya sé, es un poco largo, un poco laudatorio, pero al mirarlo lo imagino muy bien así. Ni bruto ni co­barde... Y cuando Bourmont tomó oficialmente posesión de Argel, el 3 de julio, se comprometió con el rey de Argel en varios puntos, especialmente “a respetar a las mujeres de los habitantes de Argel. El general en jefe toma este compromiso sobre su honor”. Estoy seguro que el duque des Cars fue muy estricto en el cumplimiento de esta órden. Sin embargo, pienso que también sabía con­quistar los corazones.

¿Será la llama avivada de los recuerdos? Me parece que el rostro de bronce se animó, iluminado por una son­risa casi cómplice...

—¿Actualmente, hay todavía conquistadores?

—Ya no queda gran cosa para conquistar por medio de las armas. Pero existe un país que se está conquistando a sí mismo: Brasil. Desde Manaus hasta la frontera del Perú y de Colombia, el Amazonas es escenario de una verda­dera conquista del Oeste de la América del Sur. Cosa in­creíble: acaban de descubrir un afluente del Amazonas, de quinientos kilómetros de largo. ¡Un río como el Sena y que nadie conocía! Es fascinante. Es una lección para todos los que pretenden que estamos mejor informados que hace diez años... Los hombres del espacio ¿son con­quistadores? No lo creo. Hay demasiada técnica y automa­tismos en una misión. Tal vez soy injusto, pero después de los primeros pasos sobre la luna, el entusiasmo, de los millones de terráqueos retenidos por la gravedad, cayó a cero. Mira, mientras hablamos, el equipo de Skylab está en el aire desde hace un mes. ¿Quién se preocupa de ello, aparte de los especialistas? Se ha convertido en ru­tina, casi una rúbrica como la de los accidentes de trán­sito. ¿No te parece chocante, a ti que eres periodista?

—Existe sobre todo una ley terrible: la de la relati­vidad de la actualidad. Esta ley se verifica constantemen­te en los periódicos de provincia: “Un cartero se ahoga en el Sarthe” puede figurar en primera página junto a “Tres millones de muertos de hambre en la India” o “Re­greso del Skylab”.

—Tal vez sea por eso, justamente, que esos astronau­tas no son conquistadores: estamos siempre al corriente de lo que les sucede. Se los puede ayudar, se los puede salvar. En cambio, cuando la información no existía, sólo se conocía el resultado, a menudo con gran retraso. Cuan­do Stanley y Livingstone penetraban profundamente en África, el sonido del tambor indígena no atravesaba el Mediterráneo. Los conquistadores fueron, ante todo, gen­tes de quienes se carecía de noticias.. .

—Sin embargo, me parece que tuviste noticias del ge­neral, o más bien, noticias de su estatua...

—Sí. Tristes noticias, por otra parte... Todo había comenzado bien, si puedo decirlo así, con un decreto pre­sidencial del 28 de mayo de 1912 autorizando la erección del busto del general, a pedido del consejo municipal de Dély-Ibrahim, por una propuesta del prefecto de Argel y la opinión del gobernador general de Argel. Dély—Ibra­him es el campo de batalla donde cimentó su fama l ilustre militar duque des Cars. Había instalado su cuartel general en un bosquecillo. Con el correr del tiempo, este bosquecillo conoció otras estrategias, otras tácticas. Los enamorados se sentían seguros en él para amarse sin tes­tigos. Hasta dicen que el zócalo del busto estaba cubierto de conmovedoras inscripciones: “Tuyo para toda la vida”, o “Tú y yo”, enmarcadas en el perímetro de un corazón. En resumen, el general veía la vida color de rosa...

Al firmar el decreto, el señor Armando Fallieres había demostrado ser el presidente de una república agradeci­da por las conquistas coloniales del rey Carlos X. Repu­blicanos o monárquicos, bajo el sol argelino todos eran franceses. Ya sabemos que sucedió después. Con el ad­venimiento de la República Argelina, el duque des Cars -no fue el único- fue declarado persona no grata. Su busto había dejado de “conservar en medio de las pobla­ciones rurales del Sahel el carácter del noble, distinguido y generoso soldado” para convertirse en símbolo arrogante de la colonización. El general fue asesinado en forma póstuma: una sangrienta mañana de la independencia, una bala de revolver atravesó su busto de bronce. Más tarde, en Argel, quisieron cambiarle el nombre a la calle des Cars. Desde entonces, en varios países de África desa­parecieron decenas de nombres franceses, aun los de las capitales. Por ej. Fort-Lamy, capital de la República del Chad se llama ahora Najamena. El único nombre que escapó a esta revolución cultural es el del general de Gaulle. La independencia de las naciones se reconoce por sus facultades de darse un nuevo estado civil.

Después de haber sido “asesinado”, el duque fue “exiliado”. Una escena de intensa emoción tuvo lugar en el patio de un cuartel de los alrededores de Argel. El coronel del Monclin, jefe del gabinete del general Le Masson, comandante del cuerpo de Ejército de Argel, ha­bía sido encargado de reunir en Reghaia, en un patio del Estado Mayor, las estatuas y monumentos transpor­tables erigidos en honor de los conquistadores franceses, todos los que habían permitido que durante casi ciento treinta años Argelia fuese un departamento francés y Argel la segunda ciudad de Francia. Aproximadamente unos treinta hombres. Sus estatuas y sus bustos fueron puestos en fila. Algunos ya habían sufrido la descoloni­zación. En cierto modo el oficial les paso revista. Era manera una manera emocionante de pasar lista a los muertos... Parece que hubo un minuto de silencio ante esos testigos silenciosos, tal sólo cubiertos por el polvo de su gloria y todos —de bronce o de piedra— decapitados, mutilados o destrozados pero firmen por última vez bajo el cielo de la Mitidja, esa amplia llanura argelina rica en cultivos. ¿Pensaban tal vez que la expedición de Argel había sido efectivamente decidida un 13 de mayo —sí el 13 de mayo de 1830?... Los conquistadores desarmados empren­dieron el camino hacia Francia, que ya no era la metró­polis. El general viajó por cuenta del ejército hasta Mar­sella.

Regreso sin boato, casi apresurado, de un duque de­vuelto también a su país. Esperó en un cajón el momento de ser retirado de la aduana. Luego, la familia se ocupó de hacerlo trasladar a París. Su viaje terminó una mañana en la estación de Batignolles donde se le dio de baja contra entrega de su papeleta de transporte: Argel—París vía Marsella.

El general estaba en regla, listo para ser jubilado. Y fue jubilado en el castillo familiar de Sourches, cerca de Le Mans, a pesar de que había sido convenido que nos correspondía a nosotros tenerlo...

—¿Entonces, sólo heredaste una copia?

—Sí. Su valor histórico es evidentemente escaso, ya que viene del desván de una vieja tía. Pero, finalmente, creo que prefiero verlo intacto sin su herida en el costado iz­quierdo. Nos hizo mucho daño a todos y para nosotros aun sigue sangrando. Pero nuestro busto conoció una gloria que le pueda ser envidiada por el original: la de la televisión. Fue en octubre de 1971. Recuerdas, sin duda, que la conocida locutora y animadora Eliane Víctor me había pedido de hacer la última emisión de la serie: El Invitado del Domingo. Tuve el placer de reunir en esta representación televisiva a algunos amigos: Gastón. Bonheau, el historiador Arnaud Chaffanjon, el querido Ro­ger Cazes, dueño de la inigualable cervecería Lipp a la que suelo concurrir noche por medio y Enrico Macias.

Sin hacer política —jamás lo hago— tenía deseos de rendir homenaje al general. Llega el domingo. Transpor­to el busto al estudio de la calle Cognacq-Jay. El guar­dián, desconfiado ante el bronce que no tenía permiso de entrada, me interroga:

“¿Va usted al almacén de accesorios?”.

—Voy al estudio desde el cual se transmite El invitado del domingo. Yo soy el invitado...

—Ah, bueno.... ¿Y es suyo, esto? —”¿Esto?”. Sí, es mío. Un antepasado...

—De todas maneras, llene el formulario. De lo con­trario, no podría llevárselo de vuelta.

La O. R. T. F.15 se había vuelto prudente como con­secuencia de la desaparición de ciertos accesorios. Los ins­trumentos de música, especialmente los pianos de cola, tenían tendencia, según me dijeron, a ser mudados por hábiles rateros de estudios estilo Arséne Lupin.16

Lleno: “Nombre de la emisión, origen del accesorio, destino”. Doblo el papel y lo pongo en mi bolsillo.

El busto es instalado entre plantas verdes. Se habían previsto algunas pausas musicales para amenizar el pro­grama. La primera estaba a cargo de una orquesta com­puesta únicamente por mujeres. Conjunto emocionante —uno de los últimos en su género, que deleitaba a los clientes de la cervecería Maxéville, en el boulevard Mont­martre. Ejecutando sus valses lánguidos bajo la mirada del duque de bronce, las damas ensayan. Dé pronto, una de las violinistas, con la vista perdida en el desorden de cables y proyectores, lanza un breve grito:

—¡Ese es el general des Cars!

Nativa de Argel, la violinista acababa de reconocer a este “pies negros”, devuelto a su país como ella.

Luego Enrico Macías tuvo el amable gesto de amistad de cantar una canción de amor inédita. Los camarógra­fos encuadraron en una misma imagen al que París ha­bía tomado entre sus brazos con el que había tomado Argel. Decididamente, el general estaba entre conocidos...

Pero aunque el de actuar en televisión pueda ser algo digno de envidia, no siempre lo facilita todo. Cuando, cuatro horas más tarde, volví a encontrarme frente a la casilla del guardián, se había producido un cambio de equipo. El nuevo responsable, descubriendo el busto, me dijo:

“¿Es un accesorio personal?

—Sí... Lo traje para El Invitado del domingo.

—Yo, desde aquí no veo las emisiones, sabe...” Lógico. Y sin perder su sentido administrativo, pro­siguió:

“¿Tiene que haber llenado un formulario de entrada?” Me hurgo los bolsillos. Nada que se parezca a una de­claración de importación temporal a la O. R. T. F. ¡Ha­bía perdido el papel!

 

15 O. R. T. F.: Siglas de Organización de Radio y Televisión Francesas.

 

16 Famoso personaje de las novelas policiales de Maurice Leblanc.

“Lo lamento mucho... No lo encuentro... Es una estupidez...

—Ah, señor, es muy fastidioso eso... ¡Tenemos órdenes muy estrictas!... “

La llegada de uno de los realizadores del programa me salvó...

En la mirada del guardián me pareció ver este comen­tario lacónico:

“Otro general que pasa...”

Moraleja: en la televisión como en cualquier otra parte, es fácil ser célebre, es mucho más difícil ser conocido.

 

—En tu calidad de “hijo de buena familia”, fuiste na­turalmente educado por los jesuítas. ¿Es un buen re­cuerdo?

—Doce años pupilo, levantándome a las seis y media, rompiendo el hielo de los lavatorios por la mañana en invierno, versiones griegas y latinas de cuatro páginas, pes­cado no siempre fresco los viernes pero que había que masticar mientras un alumno leía la vida de un santo, castigos duros y la misa considerada como una distracción, no constituye, a priori, buenos recuerdos...

Sin embargo, con los “buenos Padres” (en “nuestras Casas” como dicen los jesuítas cuando hablan de sus insti­tuciones) le tomé gusto... al teatro. Si en la actualidad una buena revista del Folies Bergére me gusta tanto como una buena obra de teatro popular, es un poco porque los jesuitas eran grandes organizadores de espectáculos. Con una maestría digna de Cecil B. de Mille (“Cecil billete de Mil”, como decía Henri Jeanson) transformaban los bue­nos alumnos en malos conjuntos teatrales. Conjuntos cuyo repertorio nada tenía que envidiar al de las giras por las provincias, que representan, sin tener el talento ecléctico de la Comédie Francaise, La Pulga en la oreja en matinée y Ruy Blas en la función de la noche.

Evidentemente, con los jesuítas, hacíamos más bien un teatro de carácter moralizador.

 

Mi primer papel —cuando digo primero, es por orden cronológico— era una modesta aparición en Tarcisius, una tragedia desde luego, cuya trama se desarrollaba a comien­zos de la era cristiana. Tarcisius era una obra edificante: cinco actos adaptados de una leyenda, ya no recuerdo por quien. Un joven patricio, Tarcisius, que había sido encar­gado de llevar la Eucaristía durante las persecuciones de Nerón, prefería dejarse apedrear por la multitud de paga­nos antes que entregar su precioso Tesoro. La acción tras­ladaba el espectador a las catacumbas donde el papa Ca­lixto decía una misa, y también al Foro donde se realizaba una gran fiesta, es decir una especie de ballet púdicamen­te pautado por uno de los padres, aconsejado por el moni­tor de educación física.

Dije que los buenos alumnos tenían derecho a tomar parte de esas obras. Pero mi aplicación a los estudios era más bien relajada. Me interesaba mucho más un proyecto de periódico (que luego se convirtió en el de los Ex—Alum­nos) que los relatos de Jenofonte, las páginas de Tácito o el cuadrado de la hipotenusa. Por lo tanto nada me des­tinaba a subir sobre las tablas del colegio.

En vez de cosechar buenas o malas notas al final de ca­da semana, obteníamos... vocales del alfabeto: A, E, I, O. A para los alumnos de muy buena conducta y muy estu­diosos, O para los revoltosos y haraganes, E, I para los me­dianos. Debido a mi rebeldía —los jesuitas decían “mal espíritu”— tenía con frecuencia O, en cierto modo cero. Pero cuando descubrí el pequeño anuncio colocado en una pared del atrium (locutorio) por el conserje, anunciando que sólo los alumnos A tendrían un papel en Tarcisius, un súbito celo me impulsó a realizar esfuerzos muy intere­sados. Tuve notas mucho mejores. Logré obtener el dere­cho a tener una letra A en mi boletín de calificaciones. Era un milagro, lo cual resultaba muy normal tratándose de una tragedia cristiana ...

Tragedia de gran espectáculo: ¡éramos más de cien en escena! La figuración era tanto más numerosa cuanto que era gratuita. El director de escena que era el presidente de los Ex—Alumnos, un cierto barón de Berwick, nos reunió para leernos la obra, y una vez terminada la lectura dijo:

Llenaré el papel del papa. ¿Quién quiere ser cris­tiano?”

Todos los dedos se levantaron.

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!

—¿Y quien quiere ser pagano?

Un silencio no católico fue la única respuesta. El di­rector de escena se hizo convincente.

—Vamos, niños ... De todas maneras necesitamos paga­nos... No demasiado, por cierto, pero de todas maneras.. .

Su mirada pesada de reproches iba del uno al otro. Prosiguió:

—Bueno. En estas condiciones, voy a designar un vo­luntario.. .

Y el primer “voluntario” fui yo.

¡Tú! Eres el más pequeño, así estará bien. Pasa a la izquierda, los cristianos a mi derecha...”

El “papa” se tomaba por Dios Padre. Los cristianos a su derecha, los paganos a su izquierda; su reparto adqui­ría sentido de juicio Final.

 

Una hora antes de la representación, recibimos la ór­den de ir a hacernos maquillar.

Con sus manos untuosas, el “papa” en persona espar­cía una crema de base sobre los rostros de los colegiales que se presentaban ante él. Y para mí, el maquillaje era la clave del teatro. Sin maquillaje, no había teatro. Pie­rre Gaxotte, el sonriente académico, contaba que un día, habiendo obsequiado una platea a su cocinera, ésta no volvió satisfecha de su velada.

“—¿Pero por qué?, le preguntó Pierre Gaxotte. ¿No le agradó la obra?

—Eso no era teatro, señor. Para mí, el teatro es una reina que sufre desgracias...”

Fórmula admirable... Pues bien, para mí, en aque­lla época, el teatro ante todo actores maquillados. El “make-up” que fue más tarde tan elaborado en Hollywood era un verdadero pasaporte para las tablas.

 

—¡Cada cual a su turno! ¡No empujen o los suspen­do!” amenazaba el “papa” para canalizar la marea huma­na que se apretujaba frente a sus potes de crema. ¿Una suspensión? ¿Ser suspendido por el “papa” en vez de re­presentar? ¡Habría sido como una excomunión!

Fue el momento en que el muchacho queme seguía me dio un golpecito en el hombro. Me volví.

—¿Eres pagano, tú?, me preguntó con desconfianza.

—Sí... ¿Tú, no?

—¡Yo soy cristiano! ¡Entonces, paso antes que tú! Los paganos son maquillados después de los cristianos...”

De cristiano en cristiano tuve que retroceder hasta el final de la fila.

Cuando finalmente llegué ante “Su Santidad”, me dio una palmada amistosa semejante a la de la Confirmación y me confesó:

“No tengo más crema de base ... Pero eres tan moreno que no necesitas maquillaje... Saldrá bien, no te preo­cupes.” ¡Ya no había crema de base! Sentí la rabia subir­me al pecho. Era demasiado: ¡había cedido mi lugar y, como pagano, me habían perseguido! ¡El colmo! ¡Re­presentar sin estar maquillado, qué verguenza! Toda la gente, es decir mis padres, mi familia, toda la gente me iba a reconocer...

 

Mi papel era mudo y no aparecía mucho en escena. Esto me hace pensar en el famoso sketch de Fernand Ray­naud, la historia del alabardero en un sombrío drama que dice: ¡Sólo aparecía en el quinto acto!

Sin embargo, a pesar de la ausencia de texto, tenía —si así puedo expresarlo— algo qué decir: con una mí­mica indicaba a la multitud que Tarcisius era cristiano. Lo denunciaba. Y cuando ese momento de gran suspenso llegó puse toda mi rabia de chiquillo afligido en mi gesto de delación ... Y más tarde me vengué del barón que me había perseguido diciendo que era por cierto el peor papa que jamás había visto en escena...

El teatro se había convertido en una ocupación pri­vilegiada para un pequeño grupo del que yo formaba parte. Nuestro interés por los estudios era intermitente. En cuanto era cuestión de una nueva obra, abandonaba provisoriamente la zona de O para integrar la de A. Así, tomé parte en La Bella Elena, púdicamente transformada en Viaje de Aquiles. Era realmente la historia de una aven­tura, pero no se asemejaba mucho a la imaginada por Meilhac y Halévy. Hasta los chispeantes estribillos y la alegre música de Offenbach habían sido “arreglados” por el profesor de música. Mucho mas tarde, cuando ví la obra íntegramente, experimenté ciertas sorpresas.

También representé Esther y Athalie... en “travesti” A los jesuitas parecía gustarles con locura los disfraces. Representé (es una locura, todo lo que representé) L' Gendre de Monsieur Poirier (El yerno del Señor Poirier) sin su hija. Había sido reemplazada por un. “hermano” cuyo papel era perfectamente grotesco. El colmo de los colmos fue sin duda la adorable Triple-patte de Tristan Bernard: ¡todos los papeles femeninos habían sido supri­midos!

¡Cuándo pienso que hoy hay gente que se queja de la censura! En aquella época se podría haber constituido una nueva S.P.A. (Sociedad de Protección a los Autores) pues a algunos les habría resultado difícil reconocer su prosa o sus versos en esas versiones adaptadas, atenuadas y asexuadas. Otros habrían sin duda quedado encantados ser representado en los patronatos no dejaba de ser una referencia.

 

—Todo esto constituye buenos recuerdos...

—Ahora sí, pero en aquel momento, yo lo tomaba todo muy en serio.

—¿De todos modos no fuiste al conservatorio?

—Ni pensarlo... Y mi padre, enterado de mis incli­naciones por lo que no era aun la vida de artista, me dijo un día:

“Los estudios, está muy bien, pero necesitas un oficio manual.” Y mi hermano y yo tomamos lecciones de zapa­tería y de carpintería.

Ello ocurría en Saint-Symphorien, esa aldea sarthense donde nos sentimos en familia, a dos kilómetros del cas­tillo. Temamos: unos diez años de edad y durante tres veranos, he trabajado con artesanos de la aldea. Inútil decirte que estábamos encantados ¡Nos sentíamos útiles y veíamos el resultado de nuestros esfuerzos. Logré hacer un par de galochas, esos calzados de madera que vienen desde el fondo de nuestra historia ya que la galocha era el cal­zado o el sueco galo... Y me sentí muy orgulloso de colgar ese par junto a los otros, colgados a un hilo en la pared del taller que olía a cuero y a cola.

Esos tres años de trabajos prácticos de vacaciones fue­ron recompensados por un certificado de aprendiz zapa­tero. Es mi más hermoso diploma. Mi hermano se intere­saba más por el trabajo en madera.

El carpintero, que trabajaba para todos, hacía también los ataúdes. Era realmente apasionante. Adorábamos verlo preparar modelos diferentes, de diversos tamaños. Y un día llegamos horriblemente retrasados para almorzar en Sourches. Era espantoso. Ya habían tocado la campana. Mi padre, que no aguantaba tener hambre, ya estaba en la mesa y nos recibió glacialmente.

“¿Por qué están retrasados? El carpintero sabe muy bien que tienen que estar a la hora. .. “, rugió.

No tuvimos necesidad de mentir.

“Padre (sólo tuve derecho a tratarlo de usted cuando llegué a la mayoría de edad) es debido al entierro del cafetero...”

Mi padre se puso lívido. Para el duque des Cars no era una razón.

“¿Cómo?

—Pero es la verdad... Hace un rato que lo enterraron. Fuimos al cementerio... Era normal. Es que, en gran parte, nosotros habíamos fabricado su ataúd...”

 

La noche cae, con el silencio. Pero el museo de sus recuerdos está siempre abierto. Para la memoria no hay hora ni día. En el otro extremo de la habitación, entre dos ven­tanas, se destaca un retrato en pie. Inmenso, magnífico. Un retrato de mujer. Tiene el porte de una gran dama. Tenemos la impresión de haberla conocido en una no­vela de Proust. Es bella. Inmensos ojos negros le devoran el rostro, un rostro de jovencita. Pero el talle ajustado en un vestido severo revela que ya es una mujer.

—¿Miras a mamá? Fue una de las mujeres más her­mosas de su tiempo. Un tiempo, además, en que la moda vestía admirablemente a todas las mujeres. Ese retrato —realizado en 1903— me inspiró una novela: La Impos­tora. Cuando yo era un niño y miraba ese cuadro. me pa­recía que mamá representaba tener más edad que en la realidad. Era todavía la época en que la mujer de treinta años era una mujer más que madura. Veinte años más tarde, al mirar este mismo retrato, tuve la impresión que mi madre había rejuvenecido. Entretanto todas las muje­res habían aprendido a hacer trampa con su edad y con su belleza. La Impostora es una mujer que ha dejado de en­vejecer, es decir que a los cincuenta años puede aparentar treinta y cinco.

—Creo que esta hermosa dama venía de muy lejos...

—Sí. Llegaba literalmente del extremo del mundo, de un país que pocos franceses conocen, pero que algunos han levantado hasta las nubes cuando intervino en una aventura política desastrosa. Por otra parte, los mismos intentaron recientemente de movilizar la intelligentsia para acudir en su auxilio: el país se equivocaba de re­volución. ¡Pues bien, sí! Es Chile. Mamá era chilena y en virtud a esta lejana nacionalidad, tuve la oportuni­dad de descubrir una América del Sur fabulosa, Y sin embargo, fui enviado allá “en exilio'.. .

—¿De todos modos no era un presidio?

—¡Era el paraíso! Sólo te hablaré del Chile que conocí. No se hacían revoluciones sino cosas mucho más agradables, en un marco que me parece ser uno de los más bellos del mundo.

 

 

 



Antepasados a quienes profeso gran cariño. Un conquistador: el General duque des Cars. En 1830 ocupó Argel (una de cuyas calles llevó su nombre) y fue el primero en entrar en la ciudad. Para hacer conocer esta victoria al resto del Ejército de Afrecha uno de sus soldadas improviso una bandera atada a su camisa a una rama de higuera. La recuperó hecha jirones.

 

 

 

 

 

 



Una mujer admirable: la duquesa de Tourzel. Llamada por Luis XVI y María ira ocupar el cargo de gobernanta de los príncipes reales, el Delfín Royale, fue entre 1789 y 1795, un testigo de primer plano de la Realeza. Durante la desdichada huida a Varennes en 1791, por fajaba con un pasaporte a nombre de la baronesa de Korf. En el ato a ella, el rey se hacía pasar por su mayordomo y la reina por su lama. Sus memorias constituyen un apasionante reportaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Un personaje maravilloso: mi abuelo. No podía ver salir un tren sin subirse en él. Al­gunos meses más tarde, terminaba su viaje en Tierra Santa. Perfecto conocedor de los horarios de ferrocarriles, viajaba tanto en verano como            en invierno con mendrugos de pan en los bolsillos de su levita, rosarios que, distribuía en las salas de espera de las estaciones y un par de botines colgados de su cuello por me­dio de un cordón. Era su único equipaje.

 

Sourches, en el departamento del Sarthe, en la época en que mi hermano y yo vivíamos allí con nuestros padres. Más tarde fue el árbol del patio de honor, el castillo permanece invicto y habitable, los sótanos son inmensos: durante la Segunda Guerra Mundial, el Museo del depositó durante varios meses en ellos algunos cuadros famosos como La de la Medusa, de Géricault y numerosas obras de Delacroix.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La aventura comenzó en... Nancy. Teóricamente, yo estudiaba derecho. En la década de 1930 el derecho era un biombo tras el cual se amparaban muchos hijos de buena familia que no sabían muy bien qué hacer y cuyos padres tampoco sabían qué hacer. Como mi padre me había dado ocho días para elegir una carrera, simulé darme por vencido. Pero yo sabía muy bien que quería escribir, aunque no actas notariales... Tendría pues una coartada oficial al mismo tiempo que mantenía mis sueños secretos. Felizmente, mis estudios se desarrollaban más en las cervecerías que en las aulas magnas. ¿Qué importancia podía tener de saber que en de­recho romano existía una diferencia entre el matrimonio cum manu y el matrimonio sine manu? Para mí, ninguna. Cada día era testigo de un impresionante número de ma­trimonios por detrás de la iglesia. A fuerza de vivir en una atmósfera de matrimonios, me enamore. Algunas buenas lenguas informaron a mi padre. El informe fue agravado por resultados de exámenes particularmente de­sastrosos.

Como de costumbre, el duque tomó inmediatamente una decisión:

¡Hijo mío, basta¡ Te vas a marchar muy lejos. Y es­pero que este alejamiento te haga tomar la vida en serio. Tienes veinticuatro horas para preparar tu equipaje...”

Lo dijo con su tono militar habitual. Era una orden que excluía toda réplica. Pero ese día, yo no tuve deseos de contestarle. Pasé una noche de fiebre: ¡partía hacia Chile¡ ¡A veinte mil kilómetros de Lorena! Tuve algunas lágrimas para mis amigas y para mis noches pasadas en garabatear versos de revistas o cuentos sobre la mesa de una cervecería, entre chops y platos de fiambres. Prosa alimenticia, en cierto modo, que entonces sólo me produ­cía sueños de gloria... ¡Pero allí estaba la aventura! Partir tras las huellas de Pizarro, atravesar la Cordillera de los Andes, contemplar la Cruz del Sur, bañarse en el Pacífico: ¡todo eso era fabuloso! Por otra parte, el viaje tan bien lo era, desde luego, pues en esa época los medios d transporte satisfacían el placer de viajar. Daban el tiempo de tener la impresión de estar viajando... ¡Una impresión exquisita que la velocidad de los Boeing ha borrado casi por completo, actualmente! Hoy se experimenta una frustración... Sólo algunos sacos postales tomaba el avión. La Aeropostal había sido creada, pero “la línea aun no llevaba pasajeros. Para mí: barco hasta Buenos Aires, ferrocarril de Buenos Aires a Santiago; en resumen varias semanas de viaje. Aproximadamente, la expedición tenía el ritmo de la de los conquistadores.

—¿Cual fue tu primer “impacto” de América del Su¡

—Brasil, pues Río fue la primera escala del Conte Verde, un paquebote italiano en el que había sido embarcado. Pero Río ha sido descrito tantas veces que no podría decirte nada que no sepas. En el momento fue en Santo: el puerto de Sáo Paulo, donde experimenté una gran in presión. Santos era uno de los grandes centros de explotación del café. En las dársenas, centenares de negros descargaban trenes enteros de café y llenaban los barcos con destinos a Europa. En los muelles, un espantoso olor a café impregnaba las narices. Y observé que todas las locomotoras de los trenes de pasajeros iban en la parte posterior del convoy. La explicación era simple: como Europa n podía vender más carbón al Brasil, las locomotoras eran alimentadas con café. Pero el olor era tan fuerte que par no incomodar a los viajeros, las máquinas empujaban le vagones en vez de arrastrarlos.

—El abuelo de los botines alrededor del cuello hubiera estado encantado...

—¡Seguramente! Sobre todo en Buenos Aires encontré, una literatura ferroviaria. La librería francesa había dedicado una vidriera íntegra a La Madona de los coches-cama. Sentí la necesidad de entrar. El librero, señor Be­navides, era encantador, regordete y con anteojos con mon­tura de oro...

“¡Ah! ¡señor! ¡Cuanto me alegro de ver un fran­cés!...”

Lo felicité por su carencia de acento español.

“Es que, me dijo, leo mucho en vuestra lengua.

—¿Y cuales son sus autores preferidos?

—Vamos, no cabe la menor duda: ¡los dos más gran­des, es decir Maurice Dekobra y Balzac!

Observa el orden de la elección. Me recuerda una anéc­dota reciente. Una noche, yendo con mi coche por puerta Maillot, no me detengo cuando el semáforo tenía luz amarilla. Me silba un agente en moto a quien yo no había visto. Adopto una actitud afligida, sinceramente apesa­dumbrado. Le doy a entender que no volveré a hacer­lo... No hay caso. Tengo que pagar la multa. Algunos lías más tarde, un amigo inteligente que además es pro­ductor de audiciones literarias en la radio y en la tele­visión, Pierre Lhoste, se encontraba en un café-restaurant le Val-de-Marne. Vive al lado y va con frecuencia allí, por las tardes, cuando la sala está vacía, para leer algún libro a fin de preparar sus programas.

La patrona se le acerca y le dice:

¿Ah, señor Lhoste, usted que ve a los escritores, tal vez conoce a Guy des Cars?

—Lo conozco muy bien. ¿Por qué?

—Usted sabe que Fernando, mi esposo, es agente de tránsito motorizado. ¡Y le hizo una boleta a Guy des Cars! Por un semáforo con luz roja!

—Pero... ¿No veo lo que puedo hacer?

—¡Señor Lhoste, es espantoso! ¡Es mi autor favorito! ¡Sólo leo a Guy des Cars! Antes, me gustaba Balzac...

De todas maneras...

¡Y era verdad! ... La mujer del agente tenía todos mis libros, es decir, unos treinta. Se los dediqué durante una maravillosa comida organizada por Pierre Lhost.

—¿Y la multa? Era un poco como un autógrafo d agente de tránsito...

—¡La pagué! Pero finalmente, yo soy quien salió ganancioso: había encontrado una lectora incondicional. Desafío a cualquier colega pretender que esto no es una verdadera satisfacción...

 

—¿Y respecto a Chile? ¿Dónde quedamos?

—Nos estamos acercando... a sesenta kilómetros p/ hora. En tren, desde luego. Pero, ¡que tren! Tal vez se menos célebre que el Transiberiano, pero es de la misa raza, y aunque realiza un trayecto mucho más corto, pertenece a la misma familia. Es el Trasandino, que une Buenos Aires con Santiago de Chile... Mil quinientos kilómetros a través de la pampa de los gauchos y los trágicos Andes de Mermoz y de Guillaumet. Veintiséis horas de humo y de garganta seca (porque en aquella época la vía no poseía balasto) para llegar a Mendoza, al pié de los Andes, esa barrera de siete mil metros de altura segundo techo del mundo después del Himalaya.

En Mendoza cambié de tren: la vía de montaña o a cremallera y trocha angosta. En mi compartimiento, un hombre elegante y que no para de hablarme de la Argentina desde hace varias horas —los bueyes, los gauchos, tango— saca un cajoncito rectangular y lo coloca sobre sus rodillas como un tesoro frágil. Subimos lentamente una locomotora adelante, otra atrás. De vez en cuando horribles chirridos inmovilizan el convoy. Hay cabras que traen la hierba amarillenta que crece entre los durmientes. Todo pasa en familia. Los pasajeros bajan, golpe. las manos, gritan, espantan los rebaños. El tren vuelve ponerse en marcha.

Señalando con su índice hacía la cordillera, mi vecino me dice sencillamente estas palabras:

“¡El rey!”

Se trata realmente de un rey. El rey de los Andes, el Aconcagua, segunda cumbre del mundo después del Ever­est y que se aproxima a los siete mil metros. El panorama s fantástico. Cúspides heladas a pérdida de vista; todas tienen cinco mil metros y aun más.

No noté que mi vecino había abierto su cajoncito para atar del mismo... ¡una botella de champaña! De cham­aca francesa, envuelta en una hoja de La Prensa, el gran diario de Buenos Aires. Mi asombro lo divierte. Me exp­lica, en español:

“Dentro de cinco minutos entraremos en un túnel. La travesía dura media hora. Al llegar exactamente al medio, usted oirá un timbre. Es la frontera. Estaremos en Chile. Cada vez que paso, bebo champaña para acele­rar la reconciliación de mi país, la Argentina, con Chile. No está muy fresco, pero no importa. Mire: ahí tiene el Cristo de los Andes. Esta estatua colosal ha sido erigida para celebrar, también, esta reconciliación.”

Apenas terminó de hablar, ya estábamos en la obscuridad. Teníamos rocas de cinco mil metros de altura por encima de nuestras cabezas y ninguna luz en el compartimento. Pero el argentino me encendió su encendedor. La dama me permitía ver sus mangas blancas. Estaba atarea­do en destapar la botella. Sacó dos vasitos de metal y me tendió uno en el momento en que, en el estrépito ampliado de esos vagones de madera que corrían bajo la cordillera, un timbre - accionado por el paso del tren, dominó esos ruidos sordos.

“Permítame darle la bienvenida a Chile, el país de su padre. ¡Salud, amor y pesetas!”

Y agregó: “Y el tiempo para gustarlas.”

Me sentí muy emocionado. La champaña —no era excelente ni helada— se me anudó en la garganta. Ya no espera ha más que una sola cosa: salir del túnel.

Cuando ello ocurrió no tuve la impresión de estar el un país soleado sino más bien en la brumas inglesas, en lo alrededores de Manchester. ¡Estábamos negros! Las mangas blancas tenían el color de una vieja frazada gastada pelada. Pero era feérico. Allí estaba la extraordinaria luminosidad de los Andes. A nuestra derecha teníamos el “lago de los Incas”, antiguo cráter cuya profundidad es aún desconocida y cuyas aguas verdes inmóviles reflejan los glaciares del Aconcagua.

La primera estación chilena apareció como una bendición: hacía treinta y dos horas que viajábamos.

Mi amable compañero me sugirió bajar al andén par, desentumecernos, lo cual nos recalentaría un poco.

“Tenemos tiempo: la máquina está tan seca como nosotros. Pero a ella, le dan agua.”

Me palmeó el hombro riendo. De pronto me miró serio.

“¡Hombre! ¿Quiere usted escribir historias? Voy a contarle una auténtica. Ocurrió aquí mismo... ¿ Le agradaría escucharla?”

Moría de deseos de contarle. Y yo me consideraba muy afortunado: nada es mejor, cuando se descubre un país como escucha un relato en el mismo lugar en que lo han vivido sus protagonistas. ¡No quise perder esta posibilidad!

 

“La estación donde estamos se encuentra a cuatro kilómetros de una pequeña ciudad aislada: Altamasco. Alguna casas, una sola posada. Hace unos diez años, llegué aquí con algunos amigos. Habíamos venido a cazar torcaza: grande y única distracción del lugar. Fue una noche espantosa pesada en compañía de chinches y ratas. Nos apretujábamos los unos contra los otros, casi asfixiados por la estufa que despedía más que calor. Al alba nos fuimos a la plaza de la ciudad para respirar un aire helado, pero puro.

No había nadie en las calles. Pregunté al posadero:

“¿Dónde están los habitantes?

“—¡Ah señor! Altamasco está de duelo. Pedro, un guapo muchacho, fue asesinado dos días atrás y lo entierran esta mañana.”

“En efecto, algunos instantes más tarde, un ataúd lle­vado por seis hombres y seguido por una multitud silencio­sa pasó ante nosotros. El posadero me dijo en voz baja:

“Ese ataúd... ¡Es un cajón maldito!

“¿Maldito?

“Me hizo señas para que me callara antes de señalar a una mujer con el rostro velado por su mantilla, y mur­muró:

“¡Conchita!

“¿Su viuda?

“—No...

`Ante las miradas terribles de mis vecinos, desaparecí. Por la noche, después de la caza, sentado ante un tazón de mate el posadero habló:

`Pedro tenía treinta años. Era jefe y único empleado de esta estación desde hace cinco años. Cinco años en la sole­dad de los Andes, cinco años viviendo un poco dos veces por semana: los martes y los viernes, cuando ve y vuelve el Trasandino. Pedro, pues, había tenido tiempo de enamorar­se de Conchita, la muchacha más linda de Altamasco, pero llegó un aventurero español llamado Fernando Claro. Tenía los bolsillos atiborrados de pesos. Conchita, ambi­ciosa, se apresuró en conquistarlo y él se casó con ella. Y cuando las campanas de la misión nos llamaron a to­dos para asistir a la boda, Pedro fue el único ausente.

“Pasaron los meses.

“Un martes, el jefe del tren grita a Pedro:

“¡Hay tres encomiendas para Altamasco! ¡Y qué en­comiendas!

“¿Tres encomiendas? Pedro estaba asombrado. En cinco años jamás había habido una remesa tan importan­te. La primera era un cajón precintado dirigido a la mo­desta sucursal del Banco de Chile en Altamasco.

“Vamos, fírmame el recibo, Pedro. Es dinero. Fuera de broma: guárdalo en un lugar seguro antes de llevarlo al banco.”

La segunda era una nota inglesa, procedente de Lon­dres, nueva y dirigida a... ¡Fernando Claro! El español iba a seguir deslumbrando a los habitantes de Altamasco con su máquina...

“Sólo con ver la tercera encomienda Pedro quedó tan entupefacto como lo había estado el jefe del tren. Desti­natario: señor Alviras, carpintero y sepultero de la ciudad. Era un ataúd.

¿Acaso Alviras no tiene más madera para hacer un ataúd?, preguntó el jefe del tren. No sé...

“—En todo caso es pesado y sin embargo, está vacío: lo probé anoche, en el furgón de equipajes. Es muy con­fortable: un gran modelo... Bueno, Pedro, hasta el vier­nes... ¡Hasta luego!

“ El silencio de los Andes cayó nuevamente sobre la estación.

“Pedro comenzó por guardar el cajoncito del banco en el único mueble donde conservaba sus más preciados bienes: algunos billetes, dos brazaletes que su madre le había dejado al morir y una vieja fotografía requebrajada de Conchita.

“Al admirar la moto comprueba que sale un poco de nafta del tanque. ¡Pero está prohibido por el regla­mento!, piensa Pedro. ¿Cómo pudieron, en Santiago, re­gistrar la moto con el tanque lleno? “ Misterio ... De todas maneras hay que avisar al destinatario. Y el desti­natario es Fernando, su rival... Pero al fin de cuentas, Pedro bendice la llegada de esta moto: en casa del espa­ñol quizá tenga suerte de ver a Conchita. Aprovechará el viaje para avisar al banco y al señor Alviras. Aunque seguramente este último no podrá venir a buscar su ataúd antes del domingo...

“En el camino a Altamasco, Pedro se detiene de pron­to. Busca en sus bolsillos. ¡Olvidó el recibo del banco! Lo dejó en su cofre... Da media vuelta. La sala de espera está oscura. El ataúd está allí. En el momento en que pasa por delante, Pedro oye un leve ruido que parece provenir del mismo. Al mismo tiempo su pierna derecha tropieza con un objeto invisible. Da un salto para evitarlo y sólo tiene tiempo de ver una mano que desaparece den­tro del ataúd... ¡Madre de Dios! La tapa vuelve a su lu­gar. Con las sienes palpitándole, Pedro corre a buscar su caja de herramientas y se sienta, enloquecido, sobre el ataúd cuya tapa comienza a clavar con grandes martilla­zos. Siente por debajo de él que algo hace un esfuerzo por levantar la tabla, pero muy pronto, la resistencia cede. El que está oculto allí cayó en la trampa... Sudoroso, Pedro corre a la ciudad. Una hora más tarde un grupo de hombres se acerca a la estación encabezado por Pedro y el jefe de los carabineros. Todos los hombres están arma­rlos exepto uno que trae su maletín: es el médico. Rodean el ataúd. Después de dos minutos de silencio total, el cara­binero ordena:

“¡Desclava, Pedro!

“Los clavos saltan, uno tras otro. Alguien sostiene una linterna: un hombre inmóvil aparece acostado en el ataúd. Su rostro convulsionado es horrible. ¡Es Fernando! Es­tupor entre todos los presentes. El médico se inclina sobre el pecho de Fernando. Está muerto. Pero todos observan que su mano derecha tiene fuertemente apretado un puñal.. .

“Cuando regresan a la ciudad, el jefe de los carabineros, lleva el cajon del banco, dos de sus hombres cargan el ataúd mucho más liviano ahora, otros dos instalaron el cuerpo sobre una camilla improvisada. Pedro está en­loquecido: parece que esa visión de horror lo hubiese anonadado.

“Al día siguiente, todo Altamasco estaba alterado. Pe­dro repetía a los carabineros: ¡Yo no maté a Fernando! Sólo encerré a un hombre. Tuve miedo. No sabía quien era. ¡Lo juro!”

“El puñal del muerto aboga en favor de Pedro: legí­tima defensa.

“El juez de instrucción, que vino especialmente de Santiago por el tren del viernes siguiente dictó un sobreseimiento. El caso sólo fue conocido con todos sus de­talles, un año más tarde. Fernando siempre había conse­guido dinero por medios dudosos. Conchita, muy gasta­dora, acrecentó sus necesidades. Pidió un préstamo al director de la sucursal del Banco de Chile. Éste, impru­dente, dijo a Fernando que justamente esperaba una importante llegada de fondos procedente de Santiago con el próximo Trasandino. Fernando sabía que en ese mismo tren se hallaba su moto encargada seis meses antes. Desde entonces, su plan es simple. Anuncia a Conchita que se va a cazar torcazas. Va hasta Guenosca, la última estación antes de Altamasco; allí el Trasandino se detiene dos mi­nutos. Aprovecha que el jefe del tren está conversando con el jefe de estación para escabullirse adentro del vagón de equipajes. Ve su moto pero no repara enseguida en el cajoncito, probablemente guardado aparte. ¡Vaya, un ataúd! ... ¿Vacío? ¿Para Altamasco? ¿No es acaso el escon­dite ideal para él? Lamentablemente, algunos minutos antes de Altamasco y cuando Fernando va está instalado en él, el jefe del tren coloca una cuerda alrededor del ataúd para mantener la tapa... Por eso fue que Pedro vio esa mano que trataba de cortar la cuerda... Si Fer­nando lo hubiese logrado, tal vez habría huido en la motocicleta con el cajoncito por el paso de los Andes para llegar a la Argentina. . .

“¿Pero Pedro? ¿Cómo murió?

“¡Ah, ah!... ¿le gusta mi historia?, me dijo el argen­tino.

“No está completa: falta el final, la muerte de Pe­dro...

“Todavía tenemos algunos minutos... Venga a la sala de espera... Es importante, para ambientarnos...”

“Entramos en la única sala de la estación. Creí que encontraría la atmósfera de misterio imprescindible para el crimen. El lugar era vulgar, desnudo, con paredes blanqueadas. Continuó:

“Sí, ya sé... Decepciona un poco. La compañía refac­cionó todo hace dos años... Después de esta aventura, Pedro adquirió una increíble popularidad. Y Conchita empezó a verlo de nuevo. ¡Extraña mujer, esta Conchita! Había pedido al magistrado la autorización de conservar el puñal hallado en la mano de su esposo y el ataúd que el carpintero le vendió muy gustoso: ninguna familia lo habría querido para ninguno de sus muertos. El magis­trado aceptó con la condición que conservara intactos el puñal y el ataúd para ponerlos a disposición de la justicia en caso necesario.

“Y así vivió durante un año. Toda la ciudad le decía: “¡Conchita, estás local ¡Líbrate de esos recuerdos maca­bros!” En vez de contestar, sus ojos lanzaban relámpagos. Una tarde de otoño vino a la estación acompañada por su fiel amiga Luz. La sala —esta sala donde estamos­ estaba oscura. ¿Había salido Pedro? No. Pedro estaba ex­tendido junto a la pared, con los brazos en cruz, la cabeza vuelta hacia el muro, el puñal plantado hasta el mango en el corazón... ¡El puñal de Fernando! ¿Se imagina el estupor de la gente de aquí? ¡Pedro asesinado! Como no tenía recursos, Conchita ofreció el ataúd a su vez amante, para que Pedro no fuese enterrado en la fosa común... La estación se volvió maldita. Las ancianas, en una in­creíble mezcla de misticismo cristiano y leyendas indígenas, se pusieron a rezar en voz alta. Los ojos sombríos decían de miedo, del diablo o de los malos espíritus. La gente estaba tan impresionada que uno de mis compañeros de caza quiso, durante el trayecto de regreso, encontrar una explicación al crimen. Y no vaciló en decirnos con la mayor seriedad del mundo: “Fernando, el legítimo dueño del puñal salió de su tumba para recuperar su arma y vengarse hincándola en el corazón de su rival”. Es esta una explicación que no hubiera desaprobado Merimée, el autor de la famosa novela “Carmen” ...

¿Era cierto? ¿Era, pues, la verdad?

—A mi modo de ver, la verdad era aun más chilena. Conchita sólo se había casado con Fernando para dejar el desierto helado de los Andes. No lo amaba. pero era su marido. Y Pedro le había quitado esa posibilidad... Por lo tanto, Pedro debía morir a su vez. Entonces, diabó­lica como lo son todas las mujeres y especialmente las chilenas, reanudó sus relaciones con Pedro. Al ser nueva­mente su amante, logró disipar su desconfianza. Y como clamaba a voz en cuello su felicidad de haber encontrado otra vez el único verdadero amor de su vida, todo Alta­masco pensó que jamás habría tenido que abandonar a un muchacho como Pedro... Pero una noche, tal vez en el momento en que iban a abrazarse, lo apuñaló. Para ella, esto sólo fue el comienzo de la venganza. La apo­teosis tuvo lugar cuando siguió el ataúd por segunda vez ... Pero ese día nadie vio su rostro que mantuvo íntegramente disimulado bajo la mantilla... Una maña­na tomó el Trasandino en dirección a la Argentina. Jamás se la volvió a ver.. .

—¿Y la encuesta?

—No dio resultado. Ninguna prueba. Caso archivado. Su única consecuencia fue que durante años la compañía no pudo conseguir un jefe de estación... Sólo hace dos años que la estación ha vuelto a ser habilitada. El nuevo jefe vino con toda su familia compuesta por sus dos hijos y un primo. Pero la compañía de los Ferrocarriles Chi­lenos tuvo que instalarle esa casa que está del otro lado de la vía y, además, vaciar esta sala y borrar de ella toda impresión lúgubre...

El argentino me observaba. Podía alegrarse de su efec­to. Yo estaba fascinado.

Un silbato me arrancó de mis ensoñaciones...

“¿Venga, amigo, supongo que no querrá perder el tren y quedarse usted también en la estación maldita?

Francamente, creo que me habría agradado pasar en ella por lo menos una noche...

 

—¿Si lo comprendo bien, esta historia tuvo cierta influencia en tus proyectos?

—¡Una enorme influencia) Confirmaba mis gustos que se resumían en un verbo: escribir. Ya sabía que escribirá historias parecidas a ésta, verídica, de Altamasco; es decir, aventuras en las que el amor ocuparía el primer lugar. Una historia en la que el amor está constantemente en filigrana, es una novela... Además, trasladé esta historia a un cuento, La estación del crimen, y Conchita se con­virtió en una de las heroínas de mi novela Siete Mujeres.

—Llegabas a un Chile muy romántico. ¿Acaso la reali­dad no era menos atrayente?

—¡Por el contrario) Esta historia me pareció casi vulgar después de haber pasado algunos meses en ese país donde todo es posible. Porque nada es exagerado en un país de terremotos y de mujeres admirables...

—Has visto cómo vive Chile. ¿Pero, has vivido como un chileno?

—Me esforcé por hacerlo. ¿De otro modo, dónde esta­ría el interés del viaje? Además, no me costó un gran esfuerzo ya que gracias a mi madre el cincuenta por ciento de mi sangre es chilena. El instinto manda... Me adapté al ritmo chileno, comí cocina chilena, leí los diarios chilenos, compartí la vida de mis numerosos primos chilenos. Eso me convenía mucho porque en Santiago habían comprendido desde hace largo tiempo que es mejor trabajar pronto y bien que lentamente y mal. En el momento en que llegué. Santiago era una mezcla de rascacielos neoyorquinos y de casas de una sola planta. Las avenidas tienen dimensiones californianas. Yo vivía en la Alameda de las Delicias n° 1656; la Alameda es una arteria de seis kilómetros de largo.

Los habitantes eran como las habitaciones: extre­mos... Muy ricos o muy pobres. Por una parte, grandes propietarios rurales, banqueros, industriales. La familia Edwards —la de mi madre— pertenecía a esta categoría. Por la otra, el roto chileno, pueblo bajo cuya ignorancia y miseria sobrepasaban entonces todo cuanto podrá ima­ginarse en Europa. En aquella época, la pequeña burgue­sía, sin la cual las verdaderas revoluciones no pueden estallar, no estaba todavía muy desarrollada. Cuando se la encontraba, era de origen alemán o francés. Comí varias veces en la casa de un cierto señor von Schoeders. A pesar de su nombre era almirante de la armada chilena. El Bolívar chileno, hacia 1820, se llamaba O'Higgins. Y no se puede decir que el general Pinochet tenga un apellido que evoca el Pacífico del Sur...

Cierta atmósfera de inseguridad bañaba los días y las noches. Una noche de diciembre, en un lujo insólito, un banquete reunía dos mil cubiertos. Una personalidad política con quien me había encontrado aquella misma tarde me dijo: “Esta noche se teme un atentado con una bomba.”

A las veintidós, todo un despliegue de fuerzas protege los accesos del Club de la Unían, el Jockey Club de San­tiago, no muy lejos del palacio de la Moneda, la casa de gobierno chilena, que fue bombardeada en septiembre último. Un escuadrón de jinetes muy impresionantes, los Carabineros de Chile, montaba la guardia. Una multitud hostil es contenida a distancia. Cada mujer con vestido de fiesta que baja de un coche es injuriada. Los insultos llegan desde los grupos apiñados. Algunas invitadas se asustan y se apresuran a penetrar bajo el porche; otras, con real coraje, hacen frente sonriendo. A las doce menos diez de la noche, en una terraza desde la que se domina a Santiago, y en un ambiente tenso, termina la cena. De pronto, en la calle suena una débil detonación. Hay pánico. Mesas volcadas, gritos de mujeres, todos corren hacia los ascensores. Pero el tiro permanece aislado. No hay ráfagas ni bombas. Con mucho trabajo, el personal del comedor hace renacer la calma gritando: “¡No es nada! Es un petardo lanzado por un niño!” Increíble­mente, el miedo desaparece enseguida. Una especie de inconsciencia transforma el falso tumulto en animadísima reunión de gala. Mucho tiempo después el primo que me acompañaba me reveló que el petardo era realmente una bomba cuyo fulminante había fallado y la explosión no había matado siquiera a un gato. Y agregó:

“¡Por suerte! ¡Pues si hubiese explotado, habrías visto de lo que es capaz la multitud chilena! ¡Es espantoso!

—Todas las multitudes son ciegas...

—Aquí, es peor. En Chile, la multitud va desde la despreocupación hasta el fanatismo. ¿Sabes lo que sucedió durante el último terremoto de Valparaíso? En el teatro estaban representando El Abate Constantino. El sismo tuvo lugar en plena función. Las paredes se derrumbaron. el escenario se abrió en dos, decenas de espectadores fueros aplastados. Centenares de ellos se encontraron en la calle llena de grietas con los actores vestidos con la ropa de sus personajes y, entre ellos, el que hacía el papel protagónico del abate Constantino. Evidentemente, tenía una sotana. Algunas mujeres lo vieron y corrieron hacia él suplicán­dole de darles la absolución. El pobre actor clamaba su incompetencia diciendo: “¡Soy un actor! ¡No soy un sacer­dote) ¡Déjenme tranquilo!” Pero todas las casas seguían derrumbándose como castillos de naipes. La calle era un abismo. Las mujeres, enloquecidas, seguían acosándolo: “¡Piedad! ¡La absolución!” El “sacerdote”, apretujado y empujado, trataba de librarse de ellas; su sotana estaba hecha jirones. Después de una verdadera lucha logró por fin soltarse, trepó entonces los peldaños de la escalinata de la catedral y, frente a la muchedumbre frenética, comenzó, temblando, a esbozar gestos de bendición absol­ventes para esos centenares de personas de hinojos que creían vivir el fin del mundo... ¿Te das cuenta lo que es la multitud chilena?

—Me doy cuenta que en Chile, como en cualquier otra parte, sólo la fe es lo que salva. .. “

 

La miseria chilena se asemejaba a la de Nápoles: daba lugar a hurtos y robos organizados por bandas de chi­quillos controladas por algún adulto. Era, imposible dejar un auto estacionado en el centro de Santiago —aunque no fuese más que por diez minutos— sin dejarlo al cuidado de uno de esos chicos de grandes ojos negros. No era extraño encontrar al muchacho todo ensangrentado: había tenido que pelear con otros muchachitos que querían robar algo del coche, generalmente el tapón del radiador. Este accesorio era llevado a los dueños de garajes que daban un peso al chiquillo y pedían cinco a quien se lo quisiese comprar. La sonrisa con qué exhibían su colec­ción de tapones no necesitaba comentarios. Para luchar contra ese comercio lucrativo, floreciente sobre todo de noche, los automovilistas habían tomado la costumbre de sacar el tapón al estacionar su auto y ponérselo en el bolsillo. Resultaba realmente un espectáculo curioso todos esos caballeros vestidos de frac o de smoking con los bol­sillos abultados, deformados, Fernand Raynaud habría dicho que tenían “algo así como un defecto”.

 

 

Mis padres en 1903. Se conocieron en un baile. En aquella velada, de máscaras se hallaban presentes todos los extranjeros de paso por París, ataviados con sus trajes nacionales. Mi padre no había querido ver de cerca a "las bellas forasteras". Pero en plena noche, sus amigos lo des­pertaron, lo obligaron a vestirse de gala gritándole: "¡Hemos encontra­do a la que será su esposa! ¡Es espléndida!" Y mi padre quedó ató­nito de bailar el vals con una "sal­vaje": mi madre, procedente de Chile, cubierta de alhajas de plata y adornos de pluma, lucía un traje de india araucana. Mi padre se enamoró instantáneamente de ella.

 

 

 

 

Ante este retrato de mi madre, me siento siempre niño. Era una mujer extraordinaria. Este cuadra, que la representa cuando tenía veinte años, me inspiró la novela La Impostora, historia de una mujer que no enve­jeció. Y para mí, mimadre jamás envejeció. Aun después de trans­curridos varios decenios, nunca olvidó a Chile, su país de origen. Está enterrada con un puñado de tierra de los Andes entre las manos. (Foto PansU'France-Soir)

 

 

 

 



En la época en que estudiaba en la escuela de los Jesuítas era calificado como "buen alumno pero mal espíritu" porque había fundado un dia­rio clandestino que sigue exis­tiendo y se convirtió en el periódico de los ex-alumnos. Ese "mal espíritu" me valió ser trasladado a varias "casas" de los buenos Padres.

 

 

 

 

Los jesuítas adoraban montar obras de teatro. Aquí, en Franklin, en junio de 1922, los afortunados alumnos que representaban Tarcisius, un sombrío drama cristiano. Co­mo yo era muy moreno (pri­mera fila, tercero desde la derecha), tenía un alma ne­gra: desempeñaba él papel de un vil pagano que denuncia a un catecúmeno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



—¿No era Chile entero que tenía “algo así como un defecto”?

—¡Me doy cuenta lo que quieres decir! No me corres­ponde a mí responder a preguntas de política, ni siquiera a alusiones. ¡Nunca hice política, jamás la haré! Ello no me impide tener una opinión que tal vez sorprendería a muchos de mis lectores. Pero no me leen por eso. Tienen razón. Mi tarea consiste tan sólo en distraerlos, ofrecién­doles una evasión; lo cual, en nuestra época, no está del todo mal.

—Formulemos la pregunta de otra manera: los acon­tecimientos recientes, sin embargo, ¿te han impresionado?

—Me entristecieron sin sorprenderme: la mitad de mi sangre reaccionó ya, Chile es realmente mi segunda patria. Por eso, al contrario de los periodistas que han solido contar tan sólo lo que les han dicho, preferí callar y sufrir en silencio. Además, hacía mucho tiempo que Chile estaba enfermo, mucho tiempo que, personalmente, yo pensaba que eso terminaría mal... Cuando los grandes latifundios fueron parcelados por las leyes de Allende, la tierra fue repartida entre los campesinos pero no se les dio los medios de cultivarla. Esa es la causa de los fracasos, de un cierto desapego de la tierra. Muchas cosas surgieron de ello.

—¿Y ese ejército chileno que desempeñó el papen de árbitro en una situación política que parecía bastante inexplicable qué piensas de él?

—Es un verdadero ejército, porque son militares de carrera. Sin embargo, durante muchos años supo mantener su lugar, que es asegurar la defensa del país, y sin hacer política.

—No obstante la junta, representa todos los poderes políticos ejercidos por el ejército..

—Estoy convencido que, si en vez de un gobierno de izquierda hubiese sido un gobierno de extrema derecha el que habría conducido el país a la ruina, el ejército chileno hubiera obrado de la misma manera. Chile es la primera nación iberoamericana que, desde 1830, puso el ejército al servicio del derecho y del orden.

—Se ha dicho y se ha escrito, se ha visto que ese ejér­cito desfilaba como el antiguo ejército alemán, con paso de ganso y que en cierta época, hasta había usado el casco con pico...

—Es exacto. ¿Y sabes por qué? Por culpa de un error de Francia.

—¿Eso es novela?

—Eso es la vedad, una verdad que muchos periodistas olvidaron de recordar. Remontémonos hasta antes de la guerra de 1914-1918... En aquella época, tu bisabuelo materno, Agustín Edwards, que era presidente del Senado chileno y uno de los hombres políticos más importantes del país, quería, en un todo de acuerdo con su gobierno, modernizar el ejército chileno... Entonces sólo existían dos grandes ejércitos en el mundo: el ejército francés y el alemán. Primero se dirigió a Francia pidiéndole enviar a su país ochenta jóvenes oficiales, —treinta de infantería, veinte de caballería, veinte de artillería y diez marinos, las cuatro armas de la época pues la aviación no existía aún—, recientemente egresados de las respectivas escuelas militares de Saint—Cyr, Saumur, Fontainebleau y de la Escuela naval, para que viniesen como oficiales instructo­res durante tres años con un sueldo, pagado por Chile, equivalente al de un coronel del ejército francés (aunque la mayoría de ellos en realidad sólo tenían el grado de teniente) ; este sueldo sería agregado a numerosas ventajas de vida:

Ello ocurría en 1911, el año de mi nacimiento. El presidente del Consejo francés era entonces aquel mismo Joseph Caillaux de quien ya hemos hablado a propósito de otro de tus bisabuelos, el hombre “de los botines col­gados alrededor de su cuello”, el que repetía “¡Viva Juana de Arco l”

Joseph Caillaux contestó a mi abuelo chileno, con una carta muy cortés, que tuve el placer de leer y que se conserva cuidadosamente en Chile. Escribía que el gobier­no de la IIIP República se sentía muy complacida del honor que se le hacía al ejército francés pero que, lamen­tablemente, Francia no podía separarse de uno solo de sus jóvenes oficiales pues tenía muchos motivos para temer un conflicto inminente con una gran potencia europea.

Esto ocurría en el momento del incidente de Agadir. La cañonera alemana Panther había ido a hacer una demostración de fuerza frente a las costas marroquíes. Luego Alemania había dejado Marruecos en virtud de la cesión, por parte de Francia, de una porción del territorio del Congo. Pero en realidad, Caillaux, que odiaba a Inglaterra y siempre había manifestado sentimientos ger­manáfilos, pensaba sinceramente, creo, que estábamos al borde de una nueva guerra contra Inglaterra.

El gobierno chileno, muy decepcionado de semejante respuesta de Francia, se dirigió al otro país que tenía un gran ejército: Alemania. El Kaiser Guillermo II no perdió un segundo: inmediatamente hizo salir de sus grandes escuelas militares los ochenta oficiales instructores solici­tados para formar el nuevo ejército chileno. Y desembar­caron en Chile, jóvenes, hermosos, rubios, arrogantes, con monóculo, agasajados y recibidos en la mejor sociedad, casi como dioses de la guerra. .. Cuantas veces he oído a mis propias tías, las hermanas menores de mi madre, contarme que “¡Era espantoso bailar con esos oficiales ale­manes que bailaban el vals sin abandonar sus sables!”

—¿Habrá sido el respeto por el sable o el prestigio de los uniformes? Muchas de esas jóvenes chilenas, muy morenas, se casaron con esos jóvenes alemanes quienes, después de haber terminado su período de instructores se quedaron en Chile y —con la anuencia del Kaiser ­adoptaron la nacionalidad chilena para convertirse en auténticos “oficiales chilenos”. Por eso si alguna vez llegas tú también a ir a Chile, verás que es un país donde hay muchas mujeres morenas, pero también admirables rubias con grandes ojos negros... La raza de los guerreros germánicos con las descendientes de los conquistadores sólo podía dar felices resultados...

Sobrevino la guerra de 1914 y con ella la aparición, en las aguas territoriales de Chile, de la famosa escuadra del Graf von Spee. Sin embargo, Chile había permanecido intencionalmente neutral pues proveía salitre, ese polvo imprescindible entonces para las armas de fuego, tanto a los aliados franco—ingleses como a los alemanes.

Von Spee, aristócrata de gran linaje así como excelente marino, estaba al frente de cinco cruceros de batalla los cuales, durante los primeros tiempos de la guerra mundial, arrasaron el Pacífico Sur echando a pique a todos los navíos cargados de tropas procedentes de Australia o de la India para socorrer a la metrópolis inglesa, así como a los barcos de carga que llevaban abastecimientos. Era muy grave. Tan catastrófico que el joven Winston Chur­chill, que era entonces Primer lord del Almirantazgo, se sintió conmovido.

Su emoción era tanto más comprensible por cuanto era prácticamente imposible librar batalla contra la famosa escuadra enemiga. En cuanto von Spee había cumplido su tarea destructora, iba a toda máquina a refugiarse en el acogedor puerto de Valparaíso donde, en territorio neutro, podía “carbonear” a sus anchas (el mazut no existía entonces) , abastecerse de todo y permitir a sus valientes tripulantes descansar un poco. Para esos marinos, Val­paraíso era, como lo indica su nombre, “el valle del Paraíso”.

Lo que arregló las cosas para los aliados fue que tu propio tío abuelo, el hermano de mi madre que también fue mi primo, Agustín Edwards, hijo del presidente del Senado (todos los hijos mayores de esta familia, de origen. inglés, llevan el nombre de Agustín) , se encontraba en la Embajada de Chile en Londres y era uno de los más grandes amigos de Winston Churchill. Éste le comunicó sus preocupaciones respecto al Pacífico Sur. Y ambos ami­gos decidieron enviar, redactado en código ultra secreto, un telegrama al gobierno chileno expresándole que si no tomaba la decisión de obligar al almirante von Spee a dejar el puerto de Valparaíso dentro de las próximas seis semanas, los aliados ingleses y franceses no vacilarían en declarar la guerra a Chile.

Era un ultimátum amparado tras un nuevo “telegrama de Ems”17. Pues no era la verdad realmente... No sólo los aliados no tenían la intención de romper con Chile, país neutral, cuyo buen salitre les era imprescindible para sus cañones, sino que tampoco tenían un sólo hombre de tropa para enviar allá, ya que los suyos estaban muy ocu­pados en el frente norte y en los Dardanelos. El famoso telegrama había sido íntegramente fabricado por Chur­chill y retransmitido por su cómplice, mi padrino, gracias a la vía diplomática.

De todas maneras produjo tal efecto que von Spee se vio obligado a obedecer las órdenes del gobierno chileno.

Seis semanas más tarde sus cruceros !levaban el ancla y abandonaban Valparaíso. . Pero lo que el almirante ale­mán ignoraba —lo mismo que el gobierno chileno— e a que ese plazo de seis semanas era exactamente el que nece­sitaban los coraceros y cruceros de la Home Fleet para llegar al Pacífico Sur pasando por el Estrecho de Ma­gallanes .. .

 

17 En julio de 1870 fue redactado en la ciudad de Ems el tele­grama enviado por Bismarck declarando la guerra a Francia.

 

Allí estaban los pesados acorazados del almirante Cradock, venidos en el mayor secreto y esperando la escuadra de von Spee a su salida de las aguas territoriales chilenas, apuntándola con sus cañones de 350... Era el 19 de noviembre de 1914. Fue la fantástica batalla naval de Coronel donde la supremacía alemana en el Pacífico Sur fue consolidada por la derrota de la escuadra inglesa. Sin embargo, también hubo pérdidas del lado alemán. Algunas familias chilenas se vieron enlutadas. ¿Cómo extrañarse de ello? Si en 1911 Francia hubiese enviado a Chile los jóvenes oficiales que este país le había pedido, creo que hubiese habido pocas posibilidades de que la escuadra de von Spee viniese a abastecerse y a descansar en la hospitalaria bahía de Valparaíso. Además, aquel pasado tiene aun resonancias actuales ya que el cónsul alemán en Santiago, Dr. Bohmuller entregó recientemente a uno de los generales de la junta un cheque de 25.000 Deutsche Mark obsequiado por la Union para la Amistad Germano—Chilena... ¿Qué te parece?

—Me parece que me habría gustado tenerte como profesor de historia... Pero no alcanzo a darme cuenta que papel representó en este caso tu otro abuelo, el duque de los botines...

—A eso voy... La derrota alemana tuvo lugar el 11 de noviembre de 1918 y, en 1920, Joseph Caillaux com­pareció ante la Corte Suprema y fue condenado por “correspondencia con el enemigo durante la guerra”. Después de haberle sido concedida la amnistía en 1924, volvió a ser ministro de Finanzas en 1925... ¡Sí! Francia no es tan rencorosa. Mi abuelo paterno tenía buena memoria.

Encontrándose con Joseph Caillaux en 1920 en el andén de la estación de Le Mans después que éste fuera condenado, le dijo:

“Señor Presidente, estoy desolado de cuanto acaba de ocurrirle, pero no me sorprende: en 1911, cuando se negó a enviar instructores franceses para el ejército chileno, era porque usted estaba convencido que íbamos a tener otra guerra contra los ingleses... Entonces, confiese que no le gustan los ingleses.”

Y como Caillaux permanecía callado, prosiguió:

“A mi tampoco me gustan los ingleses...

—¿A usted, señor duque, por qué?

—¡Porque quemaron a Juana de Arco! Continúo: fue pues con una clara impresión de tran­quilidad que dejé Santiago para marcharme al sur. Quería vivir en un fundo, el equivalente chileno de la estancia argentina. El fundo es una propiedad inmensa, pocas veces inferior a dos mil hectáreas y que suele tener hasta cinco mil, animada por los huasos, esos cowboys de Sudamérica, aislados del mundo bajo su sombrero y arrebujados en su poncho cuando sopla fuerte el viento de la Cordillera. Como su émulo del Far West, el huaso es inseparable de su caballo. También tiene una mujer que usa seis faldas y tres pañoletas con flecos sobre los hombros. Una mujer que adora todo lo que brilla porque cree que las alhajas de oro y de plata están hechas para retener los rayos del sol y para entrechocarse a cada paso.

La campiña chilena es el país de los grandes espacios. Es allí donde mejor está representado ese territorio, que vemos muy largo en los atlas, y que se estira hacia Tierra del Fuego y el Estrecho de Magallanes. ¡Tiene apenas ciento cincuenta kilómetros de ancho por cuatro mil de largo! Arrinconados entre los Andes y el Pacífico, resigna­dos a comer una magra hierba de sabana, las ovejas de la Compañía lanera se contaban por millones, descendientes de las veinte mil que habían sido importadas en ese desierto desde Australia, a principios del siglo. Yo estaba en el corazón de esos fundos. Había un gran mapa que tenía, pinchados, minúsculos banderines numerados. Re­presentaban el lugar exacto donde, cada día, se encontraba un rebaño. Era una mañana de verano, Eran las ocho. Uno de los directores de la compañía me mostró un ban­derín. Llevaba el n° 73.

“Es el rebaño más cercano de nosotros, me dijo. Está a siete horas de marcha (en oveja—kilómetro/hora) . —¿Cómo puede estar tan seguro? —Lo sabemos...”

A los diez minutos, un pequeño avión (con un motor Ford, creo) despegó hacia el sur. Veinte minutos más tarde, el piloto regresó confirmando que el rebaño n° 73, compuesto de diez mil cabezas, se hallaba en el lugar indicado. Le pregunté:

“¿Y cómo traen de vuelta a todos esos animales?

—Aquí, ignoramos la existencia de pastores. Sólo tenemos los perros. Trabajan de a dos. Ya va a ver el resultado.”

Desde la perrera hizo largar dos perros, de pelo corto, también importados de Australia. Eran, según me expli­caron, perros de “enlace” que sólo conocían al rebaño n° 73. Los vi salir corriendo hacia el horizonte, volverse dos pequeños puntos negros y desaparecer. Su llegada al rebaño avisaría a los perros de guardia los cuales jamás dejaban ese rebaño. Y las ovejas se pondrían en marcha hacia la casa principal donde estábamos. Llegarían en el tiempo previsto, con tolerancia de una hora más o menos.

Pasé todo el día a caballo y por la noche, hacia las diecinueve, se produjo el milagro. Casi súbitamente, el horizonte pareció oscurecerse. Una especie de gigantesca nube de polvo. un viento de arena inesperada, se dirigió hacia nosotros. Cuarenta mil patas de ovejas hollabas el suelo oscuro. La masa ondulante avanzaba como una inmensa ola. Las ovejas color gris antracita se habían vuelto blancas.

“El polvo desaparece cuando se los esquila”, me dijo un especialista.

Y esto no era nada: ¡algunos rebaños caminaban veinte días y veinte noches!

Y en estas grandes maniobras de la lana, no se encon­traba un solo ser humano. Sin atropellarse, sin error y sin daños, millares de ovejas tenían por únicos guías a sus perros. Fue la primera vez de mi vida en que tuve real­mente la impresión que el hombre, si quisiera, podría ser un director de orquesta invisible.

—¿Cómo dejaste Chile?

—De la misma manera que había venido: a causa de una mujer...

¡Incorregible!

—Para corregirme ya era demasiado tarde. Me marché después de haber permanecido un tiempo en Valparaíso, el gran puerto del Pacífico, especie de San Francisco de la América del Sur. Allí, hice una buena provisión de historias, de leyendas y de cuentos de los mares del sur, relatados con un talento innato por Papá Vengotchea, viejo lobo de mar descendiente de los primeros vascos emigrados, personaje al estilo de Jack London. Sentaba sus reales en una mala taberna de hermoso nombre: La Luz del Mundo. Esta “Luz del Mundo” era ante todo una torre de Babel. Se oía hablar todos los idiomas. Papá Vengotchea daba el ejemplo: relataba sus historias en una jerga hispano—francesa, blasfemaba en holandés y bebía, seguramente, como un polaco. Pasé con él mis últimos momentos en Chile. Volviendo de Viña del Mar —el espléndido balneario chileno— donde había apreciado la tez idealmente morena de las señoritas, encontré un tele­grama de Francia. Otra vez, mis sentimientos no satisfacían a mi padre. Una vez más había tenido otras noticias que las que yo le enviaba. “Reserva tu pasaje en próximo barco para Europa. Es tiempo que regreses para hacer tu servicio militar. Peter”.

Así era como mi padre firmaba siempre los telegramas que me enviaba. Sin duda para obligarme a no perder el poco latín que había conservado de mis numerosas ver­siones latinas hechas con los jesuitas... Mi tristeza divirtió mucho a Papá Vengotchea.

“¡Pero felizmente te has enamorado!, exclamó. Nues­tras chicas son bellas. Están hechas para ser amadas. A los veinte años, hay que estar loco. ¡De lo contrario, no se tiene veinte años! ... “

Y con acento más grave, me hizo esta observación, entre dos volutas de humo arrojadas por su corta pipa de barro:

“Si todos los hombres que han atravesado los mares pudiesen decir la verdadera causa de su partida, en el muelle siempre se encontraría a una mujer..:”

 

Mi enfermedad de amor debía ser muy leve: al llegar a Cuba ya me había sanado. Es cierto que en aquella época La Habana tenía una sólida fama de Babilonia del Caribe. Era poco antes que un pequeño coronel regor­dete, Fulgencio Batista, se convirtiese en dictador de Cuba, el mismo que Fidel Castro depuso durante la noche del 19 de enero de 1959. En el tiempo de mi escala todos los comercios eran prósperos en La Habana y los americanos eran bienvenidos. Cada día, un navío blanco de la United Fruit volcaba su contingente de multimillonarios quienes, después de haber resistido a la crisis económica, se habían embarcado en Miami. Huyendo de las secuelas de la prohibición, venían a saborear el buen rhum que mez­claban sin escrúpulos con el whisky. Cuba estaba podrida por el dinero. Era la isla de todos los placeres.

En el centro de La Habana, en cuanto llegaba la noche, las calles se transformaban en verdaderos lupana­res al aire libre. Las muchachas casi desnudas se vendían en racimos. Y para llegar a sus fines, habían aprendido el arte de ocultar parcialmente sus rostros bajo pequeños velos. Ello permitía adivinar sus ojos sólo con ver sus bocas... Método de encanto que era un preludio al que emplean habitualmente las bellas de hoy —y aun las menos.

Lo cierto es que, en cuanto se trata de mujeres en el mundo, se encuentra la influencia francesa. Olvidemos los dancings de pesada atmósfera donde el olor a rhum daba náuseas y donde la rumba derrengaba todos los cuerpos, bodegones que llevaban el nombre de Moulin-Rouge o Sass-Souci. Son demasiado conocidos. En cambio, era me­nos conocido el tráfico muy folklórico de films franceses exhibidos en salas de baja categoría. Mi chófer de taxi me ponderaba esas películas especiales. Y como le contestaba en castellano, simuló tomarme por un sudamericano, agregando:

“Señor, tendría que ir a ver uno de esos films fran­ceses... Las actrices son hermosas y hacen cosas tan extraordinarias!”

Era tentador. Hasta era imposible no ir, como sería inconcebible que un francés que vaya hoy a Bangkok y no gustase las delicias de los “institutos de masaje”, y esto siempre gracias a la complicidad de un chófer de taxi. Bueno, me dejé llevar a una de esas oficinas de ensueños...

—¿Preocupado por documentarte?

¡Por curiosidad, hijo mío! ¡Y sobre todo no digas que no hubieras hecho como tu padre! Seamos francos: mi sorpresa fue total... El film anunciado afuera era un clásico: ya lo había visto en París cinco años antes. Supon­gamos que era un largo metraje de la clase de un Pagnol, de un Feyder o de un Renoir. Las pocas fotos resquebra­jadas exhibidas afuera sólo mostraban vedettes célebres en Francia. Pero viendo todos esos hombres muy excitados que penetraban en el extraño establecimiento, supuse que debía haber un misterio, otra razón de éxito.

Entré con los elogiosos comentarios de mi chófer quien, él mismo se había adjudicado un substancioso “porcen­taje” sobre el precio del trayecto.

“¡No lo lamentará, señor! ¡Ya verá)”

Y vi. La función comenzaba. Al principio, nada excep­cional. Era realmente un film que había visto en París. Pero muy pronto se volvió imposible de reconocer. Los actores, desnudos, y sin que la acción lo exigiese, hacían el amor con una convicción salvaje que provocaba la histeria de los espectadores electrizados por lo que aconte­cía en la pantalla. ¡Y lo que acontecía! Luego el joven galán, tipo Charles Boyer, y la enamorada, del tipo de Danielle Darrieux, volvían a verse vestidos no se sabía como. Algunos planos inocentes y, ¡hop!, otra vez Sodoma y Gomorra se introducían en el argumento original. ¡Era asombroso)

—Yo estaba desconcertado! Las secuencias pornográfi­cas se sucedían cada cinco minutos con una insistencia agotadora. Un solo detalle lo explicaba todo. En las escenas “atrevidas”, jamás se veía el rostro de los actores. Sólo se podía apreciar la parte de su cuerpo que era lo único que importaba en esos grandes momentos de acción directa... Piratas de nuevo género habían cortado los films para intercalar entre dos escenas originales secuen­cias “representadas” por personas por cierto muy talento­sas pero que nada tenían que ver con nuestras vedettes. He ahí por qué toda una generación de actores y actrices franceses tenían en Cuba una fama de la que no sospe­chaban. ¡Y eran célebres porque su talento llegaba hasta por debajo del ombligo) Una manera astuta de evitar los problemas de doblaje y de subtítulos ...

—¿Le contaste todo eso a tu familia?

—No. ¡No tenía la intención de agravar mi caso! Pien­sa que Cuba tuvo durante mucho tiempo esa fama de ciudad muy libre... Aun después de la guerra, mientras varias capitales del placer se habían hundido en la sobrie­dad de costumbres, La Habana seguía manteniendo muy alto la antorcha de la licencia. Cuando Batista dio su se­gundo golpe de estado en marzo de 1952, prometió “librar la isla del gangsterismo bajo todas sus formas”. Lo que sucedió fue todo lo contrario: lupanares, cines cochi­nos, el vicio y la corrupción llegaron a una expansión máxima.. .

El final de mi viaje fue más descansado. A bordo de la nave Reina del Pacífico, barco de la Pacific Steam, se veía que Inglaterra seguía siendo la dueña de los mares. El contingente de damas octogenarias viudas, proceden­tes de algún lugar de Mayfair o de Sussex, agregando a la comida hervida y desabrida, no incitaban mucho a ha­cer picardías. Salvo, tal vez, por abnegación en alguna isla desierta, después de un naufragio. . .

En ese barco conocí a un hombre muy fino y muy ex­traño: uno de esos espíritus encantadores que en todas partes se encuentran cómodos y son curiosos de saberlo todo. Era Noel Coward, el Sacha Guitry inglés, que dejó brillantes comedias, entre ¡las cuales se encuentran esos Amantes terribles que recientemente tuvieron mucho éxi­to en París. Entre la caoba y los mullidos sillones del bar, Noel Coward hablaba. Para mí fue delicioso...

“¿Conoce usted la mejor historia inglesa de la Amé­rica del Sur?, me preguntó.

—No, pero presiento que no demoraré en cono­cerla. .. “

Hizo una señal al camarero del bar, que se acercó: “¿Sir?

—¿Quiere, tener la gentileza de prestarme por algunos instantes el mapa que me mostró el otro día?”

El marero sacó de un armario una carta enrrollada de América del Sur. dibujada a fines del siglo XIX. Un mapa estrictamente inglés.

“¿Qué nota?”, me preguntó Coward.

Saltaba a la vista: Bolivia no figuraba en el mapa. O más bien, en su lugar, se leía una palabra inesperada: “Desierto”.

“¡Es increíble!”

—¿Verdad? Figúrese que cuando nosotros (naturalmen­te, se trata de Inglaterra) quisimos trabar serias relaciones comerciales con ese país, nuestro representante fue muy recibido. Lo pasearon sobre un asno y, circunstancia agra­vante, ¡con la cara mirando hacia la cola del animal! Hu­bo un incidente diplomático. Según la opinión de mu­chos ingleses, tendríamos que haberle declarado la guerra. Ustedes, los franceses, ¿no lo hicieron acaso por un golpe de abanico dado a vuestro cónsul de Argel? Nuestra ven­ganza fue más discreta. Talentosos y activos cartógrafos, inspirados por sentimientos de indignación, consideraron que Bolivia era tan solo un país de salvajes. Suprimieron su nombre del mapa y pusieron el “desierto” que usted ve... Evidentemente, con las fantásticas riquezas en mi­nas de estaño y la posición de la familia Patiño, el For­eing Office trató de hacer desaparecer todos los mapas piratas como éste. El barman se niega a vendérmelo... Tiene razón. Bolivia podría decidir a su vez que este “desierto” es un insulto y llevar la mayor parte de su es­taño a otro lugar que no sea Liverpool. Ya ve, es un documento histórico que todavía podría acarrear proble­mas. .. “

Noel Coward, cuya misoginia era famosa, me inspiró una obra de teatro. Ello venía bien: yo sentía el deseo de descansar antes de regresar a Francia. Hacía varios me­ses que no había escrito nada. Ya no daba más. Por lo tanto me encerré durante doce días y doce noches en mi camarote. El resultado fue una comedia: Crucero para damas solas. Evidentemente, no había ido a sacar el argu­mento más lejos de la cubierta superior del barco. Pero la historia de un soltero empedernido que se embarca en un navío que hace la vuelta al mundo para huir de las mujeres y se encuentra frente a una jauría de viudas ale­gres o histéricas, encerrado en su prisión flotante, me di­vertía. Un año más tarde el tema divirtió también al di­rector de un teatro parisiense. Debía tener pocos manus­critos. Para mi mayor sorpresa, Crucero para damas solas se representó ciento quince veces, es decir durante cuatro meses en el teatro de la Potinieri. Pequeño teatro, peque­ño éxito. Pero saqué la conclusión que las obras escritas más a prisa no son siempre las peores.

—Pero antes de eso estuviste, según la órden de tu pa­dre, “bajo banderas”...

—Mas bien estuve bajo los sarcasmos y las fajinas. De­bo reconocer que lo tenía todo para degradar a mis jefes y, sobre todo, a mis sub-jefes. Primero, al ser enviado al regimiento 30 de dragones de Metz, comuniqué mi pesar a un buen sacerdote, el abate Vidis, entonces vicario de San Pedro de Chaillot. “¿Pero por qué, mi pequeño Guy? ¡Está muy bien, los dragones!”, me aseguraba. Siempre me había llamado “mi pequeño Guy”. Metz no me en­cantaba. Había esperado poder ingresar al ler. regimiento de caballería de Alencon, que era el sucesor del 14° de húsares. diezmado durante la Guerra Mundial. Esa unidad había sido comandada por el coronel de Hautecloque, tío de Leclerc. Y sobre todo, mi padre había sido su jefe de escuadrón. “¡Ah! ¡pero nuestro encuentro resulta mara­villoso!” exclamó el abate. Y lleno de unción, agregó ba­jando el tono de su voz: Yo me encargo de ello. Voy in­mediatamente a confesar al subsecretario de estado del mi­nisterio de Guerra... ¡Su penitencia no será tres avema­rías, sino la obligación imperiosa de transferirlo de los dragones a los húsares! Mientras no lo haga, no tendrá mi absolución más que en forma “condicional”.

Ya te imaginas que mi situación de cambio, ocho días más tarde, no incitaba a mis nuevos superiores a esperar­me con un comité de recepción. Tenía la triple culpa de ser recomendado, de tener, según el médico—mayor “un apellido—que—se—destornilla” y de ser “intelectual”. ¡Era de­masiado!

Desde el momento de mi llegada caí entre las garras del suboficial en jefe. Podría haber sido bautizado por Courteline, el autor de obras cómicas: se llamaba Trousse­coc. Jamás olvidaré la primera órden que recibí de él: ¿Usted estudió derecho, bellas letras? O sea, mucha teoría. ¡No me gusta! ¡Entretanto, vaya a hacer un poco de prac­tica barriendo las hojas secas del patio del cuartel¡”

Te juro que cumplí la órden con idéntica conciencia de todos los profesionales de la escoba. Pero según Trou­ssecoc, mi tarea era lamentable. Dos horas más tarde me dijo, rojo de rabia:

“¿Quién le enseñó a manejar una escoba?

—¡Nadie, mi teniente! (coquetería de los suboficiales en jefe de caballería, se hacía llamar “mi teniente”)

—¡Ya se vé! rugió. ¡Todos esos intelectuales, son unos pobres diablos! ¡Así que vaya cuidándose¡”

Con la escoba en la mano, obedecí, sintiendo que se aproximaba el temporal. Después de haberme escudriñado de arriba abajo con un desprecio que me pareció republicano, me soltó la palabra suprema, el término que bus­caba desde el comienzo de su ira:

“¡Especie de imbroglio!”

Nunca supe exactamente lo que era imbroglio en uni­forme, pero comprendí lo que era una escoba.. .

—¿Al fin de cuentas representabas Las alegrías del es­cuadrón?

—Sí, algo de eso había. Pasémoslo por alto. La víspera del día en que me dieron de baja, el capitán me hizo llamar:

“¿Entonces, des Cars? ¿Qué se propone hacer en la vida civil?”

Me atreví a contestarle:

“¡Periodismo, mi capitán!”

Silencio. Estaba consternado.

“¡Vamos, no está hablando en serio! ¡Semejante oficio! Sabe, des Cars, —y veo muchos jóvenes como usted— tal como lo conozco, lo vería mejor como comerciante...

—¡Pero mi capitán, el periodismo se asemeja a ese ofi­cio. Un buen reporter, un buen redactor siempre tiene algo para vender¡”

Era una “salida”, bastante mala además, una manera de no decirle que durante mi última licencia había corri­do a la calle de Verneuil, a la dirección del nuevo sema­nario que estaba a punto de salir: Pantagruel. Ya en aque­lla época, la única posibilidad de iniciarse para un joven era tratar de integrar el equipo de un periódico nuevo. Cuando hace mucho tiempo que aparece, es mucho más difícil. Había llegado agitado, lleno de ideas de reportajes, pletórico de “textos inéditos”, En suma, no creía como todos los jóvenes de esa edad: tenía más “genio” que ex­periencia...

Fui recibido muy amablemente, y hasta cortésmente. El director —fina corbata y fino bigote— me despidió con una frase que hay que haber oído: “Tengo su domicilio.

Le escribiré...” ¡No sería la última vez que habría de oírla! Y aquellos que jamás la escucharon en este oficio, no son verdaderos periodistas.

—¿Por qué es necesario haber oído esa frase? ¿Acaso es obligatorio pasar las de Caín?

—Uno podría evitarlo, pero es inútil. Desempeña el papel de un revelador fotográfico. Dicen que la vida está hecha de fracasos. Una vocación también. El fracaso es la mejor prueba. Permite ver lo que uno tiene adentro. Mi capitán no me tenía confianza. Mi familia tampoco, ya que me cortó inmediatamente los víveres. Yo era el único en creer que llegaría a escribir un día u otro (¡más bien otro, por el momento!). Y nadie -sobre todo yo-­no podía hacer nada. Tenía el virus de una fiebre que jamás se cura.

—¿Así que, según tus padres, escribir era una enfer­medad vergonzosa? ¿Te han perdonado?

—Mi padre murió durante la guerra, justo después de la publicación de mi primer libro El Oficial sin nombre, ese relato de nuestra guerra hasta el 25 de junio de 1945. El libro salió con éxito. Mi padre no se negó a leerlo. Y hasta me dijo: “¡Por lo menos lograste hacer algo mili­tar!” Es probable que murió convencido que sólo escribi­ría crónicas de guerra.

Mamá fue diferente. Ella vivió más tiempo. Tuvo la oportunidad de leer unas quince novelas mías. El tiempo de ver, en el caso que no se hubiera dado cuenta antes, que yo estaba empecinado.

—Bueno, sin dinero, sin apoyo, ya no eras el hijo de papá...

¡Peor que eso. Era “¡hijo de duque!”. Evidentemente, hoy en día toda la gente trabaja, o casi. Entre los años 1932—1936 era una costumbre ignorada en mi ambiente. Tenía un nombre incómodo para imponerme fuera del ejército, (ya viste que resultado dio) , el clero (los jesuitas me habían dicho “Cuando se sale de nuestras casas, es pa­ra ser jesuita o de lo contrario, se toma un mal camino”), la diplomacia (lo cual no era innato en mí) o la agricul­tura (yo sólo quería vivir en París). En resumen, de acuerdo con los criterios aristocráticos, yo no tenía ningún porvenir. Mi padre le decía a mi madre: “¿Quiere escribir tonterías? Ya cambiará de idea cuando tenga hambre”.

Pasé hambre hasta El Oficial sin nombre que dio un nue­vo sentido a mi nombre. Hasta entonces, de todos modos se produjeron algunos pequeños milagros. El mismo día de mi regreso a la vida civil, el director de Pantagruel, ese futuro periódico al cual yo había acudido, me llamó. Era un hombre de palabra. Y de palabras. Me preguntó:

“¿Quiere usted hacer la columna de la moda masculina? “

¡Esperaba cualquier cosa menos eso¡ Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reír. Era grave. Para convencer­me, agregó: “Treinta líneas como máximo”. Y terminó con esta humorada: “No corre prisa, pero las necesito para mañana por la mañana...” Ocurrencia que siempre tie­ne lugar en los diarios, al menos en lo que a mí se refiere. Cada vez que se me solicitan una nota, es tan urgente que es para ayer.

—En la prensa siempre hay apuro...

—Ya me di cuenta. Naturalmente, yo no tenía ningu­na competencia en materia de modas. Semejante laguna no impide a un periodista hacer una nota. Más aún, cuan­do carece de documentación es cuando demuestra sus rea­les dotes. Esa tarde, mi documentación se resumía a una viejo catálogo de la gran tienda La Belle Jardiniére. Era del año 1930, pero encontré términos técnicos que darían apariencia de seriedad. “París” la historia burlesca de un caballero vestido como los hermanos Marx. Queriendo ser elegante había, hecho innovaciones. Queriendo ser moderno, había utilizado triquiñuelas como el moño para smoking previamente anudado. Pero una serie de catástrofes vestimentarias lo ridiculizaban en medio de una multitud realmente elegante.

A la medianoche me sentía orgulloso de mi nota. A las nueve de la mañana, lo estaba mucho menos. Tími­damente, la dejé a una dactilógrafa de la redacción y empecé a vivir las angustias del día de la publicación. Ocho días de nerviosidad. Ninguna noticia. Por más que me dijese “¡Buenas noticias!”, no dormía. Y un viernes, en el primer número de Pantagruel, apareció mi nota, mi primera nota (no, yo decía todavía “artículo”) .

—¿Estaba firmado Guy des Cars?

—¡Ni pensarlo! Mi padre me había prohibido usar el apellido de la familia. Mis escritos debían permanecer discretos. Había adoptado un seudónimo: “Giglio”. No era muy brillante al lado de mis colegas y mayores que podían firmar Marcel Aymé, Royer Varcel, Pierre Very, Claude Ferrare o Daniel Rops, quien, ya, hacía la cró­nica religiosa. ¡Paciencia! Había alcanzado esa primera etapa del oficio: aparecer en letras de molde. Apelo a todos aquellos a quienes una firma ha hecho célebres y a aquellos otros, mucho más numerosos, que no salieron por ello del anonimato. Todos conocieron esa ansiedad de verse por primera vez en negro sobre blanco.

—”Giglio”, era un apodo. Pero, dime, ¿eres o no par­tidario de los seudónimos?

Escucha, francamente, firmar X o Z me hacía sentir incómodo. Pero eso no era nada. Estaba en la clandes­tinidad. Creo que hay que hacer una diferencia entre el seudónimo honesto y el que no lo es. El seudónimo hones­to es aquel que no induce al lector en error; al lector no le importa mucho Maxime Dupont en vez de Theodule Durant. No cambia nada. Es una coquetería nada más. Algunas veces es impuesta por varias colaboraciones en diferentes periódicos, y hasta en un mismo periódico.

Además, permite hacer economía de personal.

Solamente es una manera de multiplicarse, hasta de especializarse. Cuando uno lee Jacques Laurent al pie de una página o en la carátula de un libro, se espera un texto político, tal vez panfletario. Pero al leer Cécil Saint­ Laurent, uno piensa en Carolina querida. En ambos ca­sos el mismo hombre es el autor. Y justamente es honesto permanecer siendo el mismo hombre. Cuando se lee Le­jos de ti esta primavera, novela rosa y optimista, nadie sospecha que su autora María Westmacott es en realidad Agatha Christie la gran dama de la novela policial. No tiene ninguna importancia: son dos facetas, dos talentos de un mismo autor. Pero si por ejemplo un señor Cohen se pone a firmar d'Estissac —¡lo he visto!— hay engaño. Y si Cohen escribe en Le Novel Observateur y firma La Rochefoucauld en Le Figaro, es una estafa. En otros tér­minos, eso se llama comer a dos carrillos. Y eso es inadmi­sible. Tanto más inadmisible que está prácticamente admitido en la prensa y en la edición. Se podría hacer listas de gente que se otorga nombres de acuerdo con el ar­tículo o el libro que van a escribir. Si te parece, compren­do el seudónimo cuando es mesurado en su elección y en utilización. Los diferentes seudónimos de un mismo au­tor deben estar todos en el mismo tono y servir la misma causa. De lo contrario, no estoy de acuerdo. Y de sus orí­genes. El que se llama Rothschild o Cohen, firma Roths­child o Cohen. El que se llama Dupont, que firme Du­pont. Escribir en un terrible poder, una terrible respon­sabilidad. Un seudónimo demasiado engañoso, es un sub­terfugio, una cobardía que no honra a nadie. Realmente, cuando sé que uno de los “faros” de la inteligentsia de izquierda, “gran reporter” —¿o acaso los habría peque­ños?— de Le Nouvel Observateur firmó con nombre pres­tado alguna nota en una revista que está en las antípodas de sus ideas, y ello sólo porque el dinero burgués no te­nía tan mal olor, digo que es hacer trampa. Es aun más grave: es renegar un poco de sí mismo. Evidentemente, lo que digo nada tiene que ver con los cambios de nom­bre, especialmente al comienzo de la carrera. Se le puede asimilar a la elección de un seudónimo definitivo. Desde luego, la hipocresía nada tiene que ver con éstos. Ningún lector del Canard Enchainé creerá que un o una periodista se llama realmente Valentina de Cuacuá. Querida Valen­tina... Me recuerda el comienzo particularmente feroz de una nota de Henri Jeanson. “El hombre que enseñó a ha­blar al cine francés” dándole diálogos chispeantes, el pole­mista que por un momento prestó su pluma a la amiga Valentina, poco antes de su muerte escribía todos los mar­tes una crónica sabrosa en L'Aurore. Un martes pues, Jeanson, que siempre tenía algo que decir contra la O.R.T.F., tenía entre ojos a no recuerdo qué programa. Fasti­diaba a la productora de dicho programa con esas pala­bras (cito de memoria) : “¿Conoce usted a Lucile de Gu­yencourt (la productora)? ¿Quién es? Es, sin duda, una telefonista...” Lucile de Guyencourt, lindo nombre de heroína de novela, es tal vez el verdadero nombre de esa dama a quien no conozco. Pero lo que quería decir Jean­son era, creo, que hay casos en que un nombre demasia­do relamido, aun cuando sea auténtico, suena como falso. Además, puedo ponerme en la misma situación. Hace al­gún tiempo recibí una carta de una lectora perpleja que me escribía: “Señor, leo todos sus libros. Algunos me agradan mucho. Pero hay algo que realmente me moles­ tas su nombre. ¡Es ridículo! ¿Por qué eligió semejante seudónimo? Supongo que demasiado tarde para cambiar­lo. ¡Qué lástima!”

Lo lamento mucho, querida lectora— . Recibí este nom­bre cuando nací, y lo uso.

—Dices esto ahora, pero no lo usaste enseguida..

—¿Me quieres fastidiar? Escucha, tres días después que apareció el número uno de Pantagruel, mi director me lla­mó y me dijo: “Muy buena, su nota, ¡Hizo reír a mi mu­jer, y con esto le digo todo! Sin embargo me hizo un re­proche relacionado con el periódico: no hay correo sen­timental. ¿Quiere hacerlo?” Evidentemente, aprovecho la oportunidad. ¡Perfecto! Hágame cien líneas, cortaremos. Pera mañana, como de costumbre. ¡Desde luego! con otro seudónimo!” Para el correo sentimental, paño de lágrimas de los amores contrariados o decepcionados, ya tenía pen­sado un título: “Mis Confidencias” Y, naturalmente, fir­maría, Sinovia. Este hallazgo me alegraba. Sin embargo ha­bía que escribir con gravedad, dar en el tono adecuado. Evidentemente, tuve que informarme acerca de algunos as­pectos de la psicología femenina que aún desconocía. Como distaba de ser antifemeninista, me resultó fácil. Por lo tan­to inventé tres cartas de lectores, dos de mujeres, una de hombres, lo cual era una audacia para esa sección, ya que sólo las mujeres tenían derecho a llorar por correo. Dos de las cartas eran “casos desesperados”, la tercera, la del hombre, trataba “un amor con porvenir incierto”.

—¿Las cartas de los correos sentimentales son siempre inventadas?

—Por supuesto que no. Pero mi ejemplo es el de todos los periódicos que comienzan. Si después del primer núme­ro reciben de todo —estímulo felicitaciones, cóleras, indig­naciones—, en ese lote de cartas es difícil encontrar algo con qué establecer un primer correo sentimental. Hay que empezar. Es casi seguro que las cartas publicadas en un número uno son falsas. Y a menudo también las del se­gundo. Debido a las demoras, el segundo número se escri­be con la huella del primero. Después, en los periódicos serios, basta con abrir las cartas recibidas: siempre se en­cuentra algo para hacer el correo sentimental. Digamos que los dos primeros “correos” constituyen una llamada de ofertas. La gente adora contar sus penas. Escriben. Y todo lo que se pudo haber inventado en las “cartas de muestra” queda aún por debajo de lo que un periódico suele recibir. El correo sentimental es muy importante. Es una sección que tiene sus fanáticos, como el horóscopo y los crucigramas. Hay que manejarla con cuidado y talento. ¿No es acaso una pequeña sopapa de frescura, de humor, de ternura, abierta en una atmósfera de confesión, una espe­cie de cita fiel dada a los solitarios, a los perdidos, a los abandonados o que creen estarlo, lo cual es lo mismo? Marcelle Segal, que dirige el correo sentimental de la re­vista Elle, lo hace con una delicadeza, una emoción real­mente notables.

—¿Entonces lees todos los correos sentimentales? ¿Las lectoras de Guy des Cars escriben al correo sentimental?

—Leo lo que me interesa. Y lo que me interesa es la vida, las mujeres, los hombres. ¿Si son mis lectoras? Tal vez. A todas las mujeres les gusta contar sus cosas. Desde hace treinta años —digamos más bien, desde treinta y tres novelas— cada semana encuentro mujeres (o recibo cartas) que me dicen:— “Concédame cinco minutos, le contaré mi vida, ¡es una verdadera novela!”. Lamentablemente, un periódico no puede publicar todas las cartas que recibe. En algunos casos, el correo sentimental se convertiría en el correo corporal. Hace cuatro o cinco años, el jefe de re­dacción de una revista femenina me mostró una carta que tenía todo el aspecto de ser auténtica y en la cual una lec­tora hacía las preguntas claves del correo: “Mi marido se aleja de mí. ¿Qué debo hacer?” y en posdata, esta otra pre­gunta dirigida a la directora de la sección “Belleza” : “Ten­go un hueco en el bajo vientre. ¿Qué me aconseja?” Esta lectora tenía sin duda problemas delicados, pero la manera en que los había formulado era pintoresca. Las reacciones y los comentarios de la redacción fueron lo que puedes ima­ginar. Pero los más floridos eran los obreros de la imprenta del periódico. Hicieron componer en letras enormes -tan grandes como las de un título de France-Soir- la pregunta y debajo colocaron una lista de “sugerencias” para ayu­dar a esta lectora decididamente muy confundida. La con­testación que recibió fue sensiblemente diferente de esos “consejos” que permanecieron varias semanas pegados a la pared del taller de composición...

—¿”Sinovia” daba buenos consejos?

—Me divertí mucho contestando las verdaderas cartas. Pero a menudo, eran patéticas, angustias. Sentía una im­presión de responsabilidad muy grave. ¿Quién sabe si una respuesta no puede impulsar a un lector o a una lectora al suicidio o a una locura, como por ejemplo, casarse por que tiene miedo de la soledad? La redacción de un correo sentimental tendría que ser asexuada, es decir no es siem­pre bueno que una mujer. Generalmente es una periodista que se ocupa de esta sección. Cuestión de intuición o de sensibilidad, dicen. Además, fue para respetar ese domi­nio reservado en principio a la mujer que había elegido “Sinovia”. Pero después de todo, un periódico muy orga­nizado y deseoso de ayudar a su clientela, tendría que poder hacer contestar, según las cartas o según los casos, por una mujer o por un hombre. Cuando firmaba “Sino­via”, me esforzaba por asumir reacciones de mujer ante la cual contestaba. Pero algunas veces, me habría gustado dar mi punto de vista de hombre. Otras veces, hacía trampa...

—¿Es decir?

—Había recibido una carta que decía esto: “... Soy más bien hermosa y sólo tengo dieciocho años. Mi mayor sueño es convertirme en vedette de revista, como en el Casino de París. No me molestaría presentarme en un escenario con poca ropa. Mis padres consienten pero con la condi­ción que ser bailarina desnuda sea un cargo bien remunerado. ¿Puede usted aconsejarme?” Le contesté: “A su edad, no hay que descubrirse.­

—¿Y estabas satisfecho con esa respuesta? —Pues, sí...

—¿Llamas a eso buen consejo? Me parece somero.

—Vale tanto como cualquier otro... Hoy, tal vez le habría contestado a esta lectora que convertirse en una “reina de la escalera—bien—bajada—con—plumas—y—strass” es uno de los oficios más agotadores que existen. En cuanto el dinero, en ese oficio como otro, es escaso para los princi­piantes. Henri Varna, el inigualable y siempre inigualado director del teatro Mogador y, justamente del Casino de París, estaba persuadido que era así. Varne me agradaba mucho. Era increíble, inverosímil, genial y tónico. Era verdadero y lleno de astucias. Así, cuando Line Renaud conducía enérgicamente una de las revistas del Casino, a pesar de su coraje y su resistencia física, no siempre tra­bajaba en las matinés del domingo. Conducir una gran revista durante toda la semana, créeme, “hay que hacerlo”. Por lo tanto, el domingo Varna hacía reemplazar a Line por una desconocida, llena de condiciones y que había sido sacada del batallón de “girls”, llamada Zazie Varnel. Varna... Varnel: un padrinazgo, en cierto modo. En la taquilla del Casino, justo en el momento de la llegada de los espectadores, los domingos por la tarde aparecía un le­trero discreto: “La Señora Renaud es reemplazada por la Señorita Zazie Varnel.” Los norteamericanos, los holande­ses y otros turistas en plena digestión no siempre veían la diferencia, especialmente cuando estaban sentados lejos del escenario. Ni podían siquiera notarlo, ya que numerosas canciones eran grabadas en play—back. Oían la voz de Line, a falta de admirar su plástica y su talento. Pues bien, Zazie Varnel, “doble” del domingo y simple bailarina las otras noches, a pesar de su promoción seguía recibiendo, poco más o menos, la misma paga fijada por la tarifa de baila­rina.

Cuando yo era “Sinovia” hacía como Zazie en el Casino: me multiplicaba. Pues algunos días después de haberme hecho cargo del correo sentimental, mi director me mandó a llamar nuevamente y me anunció: “Esta semana, des Cars, le pido hacer la crítica dramática. Se han estrenado un montón de obras. Le doy carta blanca para elegir.” Estaba aturdido de alegría. ¡Y también de preocupación! Me acosaba una especie de angustia... Por una parte, me decía: “Es lo que querías, descubrir poco a poco los dife­rentes aspectos del oficio... ¡He aquí una gran oportunidad! A ti te toca obrar...” Por la otra, me preguntaba: “¿Acaso, a pesar de las apariencias, no sirvo para esto? Es­toy cambiando continuamente de especialidad: “Giglio”, “Sinovia” y ahora, el teatro... ¿Tal vez me prueban en todas las secciones antes de largarme?...”. Rápidamente rechacé esta segunda hipótesis con total inconsciencia. Sólo una cosa contaba: tenía que escribir doscientas líneas para el día siguiente. ¿Y como firmaría esa crítica, esa primera verdadera nota? Se aproximaba a mis deseos, por lo tanto adoptaría un seudónimo muy parecido a mi nombre: “Guy Des Cars”. Además, era mi padre quien me había consentido esa generosidad diciéndome: “Desrac, no es ridículo y no compromete abiertamente a la familia”. El duque, mi padre, me cedía en realidad su propio seudónimo: era con ese nombre que se había inscripto a los veinte años para correr carreras de bicicletas en el Velódromo de las Artes Liberales que, más tarde se convirtió en el Velódromo de Invierno, el célebre “Vel'd'Hiv”, como lo llaman los pari­sienses. Sin embargo algunos corredores habían logrado desenmascarar su identidad y el futuro duque —su padre vivía aún— había sido bautizado “el Marqués de la Pe­queña Reina”.

Después de Guy Desrac utilicé un cuarto seudónimo que, en realidad es tu nombre.,. . —¿El mío?

Cuando naciste, firmé muchas veces Jean Cardes, en cierto modo Jean des Cars. La inversa no vale tanto como el real, pero de este modo debo haberte inoculado ese famoso microbio... Volvamos a esa crítica dramática (dos palabras tristes, entre paréntesis: “Crítica” unido a “dramática”, ¡pocas veces da personajes alegres!) . Había tenido la suerte de aplaudir una obra de Alfred Savoir: La Vía Láctea, representada por Harry Baur y Alice Cocéa en el teatro des Mathurins. Mis colegas, mis mayores, en fin los críticos dramáticos patentados, habían llevado esa obra a las nubes. Me había desagradado porque ponía en escena la vida privada de Sacha Guitry. Me parecía un procedimiento poco noble. Y lo escribí en mi nota que fue más bien una crítica de los críticos. Un raudal de cartas —y no cartas para Sinovia— me aprobó. Una de ellas me emocionó: era de Francis de Croisset, el delicioso autor de El Hechizo Cingalés, en la que me decía: “es una vergüenza atacar la vida íntima de un colega.” Como Croisset estaba en víspera de que le representasen su obra Vuelo Nupcial en el teatro de la Michodiere, aproveché para pedirle una nota de preestreno. Mi director, encan­tado, me mandó llamar una vez más y por primera vez me dijo “querido amigo”. Ahí fue donde comenzaron mis pesares...

—¿Te despidió cortésmente?

—Me promovía en estos términos: “Cuento con usted. Ocúpese de la totalidad del próximo número. Salvo, des­de luego, de mi página de política extranjera. ¡Es sa­grada!”

Todo el periódico. En fin, casi..., ¡pero ni el menor aumento de sueldo! Me lancé en lo que fue mi primera batalla de prensa. Pues ya en esa época, los diarios vivían en permanente paradoja. Un gran tiraje no siempre corre parejo con ingresos publicitarios importantes. Pantagruel había comenzado en forma fulminante. Al llegar al cuarto número ya vendíamos más de cien mil ejemplares. Buen principio, creo. Lamentablemente, el jefe de publicidad no era demasiado talentoso. Los anunciadores, como se dice hoy en día, llegaban a nuestras páginas con mucha timidez.

—¿Era tal vez por el tono del diario?

—No lo creo. Pantagruel era, ante todo, un periódico alegre, “el semanario de asombrosa fantasía y médula sus­tantífica”. Resumiendo: Rabelais era nuestro director es­piritual. No era tan malo... El problema era simple: las Mensajerías Hachette sólo pagaban las entradas de venta seis meses después de la aparición del primer nú­mero. Por lo tanto necesitábamos dinero para aguantar seis meses. Al cabo de tres meses, la situación era catas­trófica, no nos pagaban y la imprenta exigía la entrega inmediata de fuertes sumas. Era en esas condiciones que mi director me había promovido: la promoción del chivo emisario antes que el barco se fuera a pique.

—¿Entonces era un obsequio envenenado?

—Yo no lo sabía y de todos modos era apasionante. Todas las esperanzas del equipo, todas nuestras fuerzas estaban en esas páginas. Teníamos que seguir aguantando tres meses y estaríamos salvados. Cuando supliqué a nues­tro estimado director de sostener por sus medios diversos y poderosos su periódico, me declaró con un aire muy suelto: “Querido amigo (!decididamente, este apelativo era de mal agüero!), necesito descanso. Me voy al sur con mi esposa. Perdí trescientos mil francos en esta aventura. No es terrible. Para mí, es un golpe de bacará. Arréglese como pueda...” Estaba aterrado y tomé el partido de no contar a los demás colaboradores los términos exactos de ese director que confundía el tapete verde con las páginas blancas. Además, se llamaba Mill, Henri—Louis Mill (no confundir con Hervé Mille que fue consejero de Jean Prouvost). Si hubiese contado su punto de vista, su linda corbata habría corrido el riesgo de ser arrugada por la ira de todos los colaboradores del periódico. Había que seguir apareciendo, aun con menos número de pági­nas. ¡Sobre todo, había que estar en venta en los quioscos) A cualquier precio y sobre todo al precio más bajo.. . Se me ocurrió visitar a todos los “comanditarios” del pe­riódico, esa gente invisible a la que sólo se ve cuando los negocios marchan mal. Me hace pensar en esta definición del banquero: “Un señor que presta una sombrilla cuando hay sol pero niega un paraguas cuando llueve.” En cierto modo había un triunvirato de comanditarios: la fuente principal de los fondos era protestante, la publicidad es­taba controlada por los israelitas y el “valor moral” se hallaba garantizado por un jesuita.

—Era un periódico ecuménico...

—Más bien era la guerra: la de puertas cerradas. Sólo me quedaba una solución: hablar con mi padre. Él no apreciaba mis actividades, pero sabía que no era un ca­pricho ni algo momentáneo. Veía que yo me enganchaba. Padre fue muy breve y muy eficaz: “¿Entonces el próximo número no aparecerá? me dijo. Es una lástima. ¿Cuánto necesitas para pagar la imprenta y aparecer?” Me prestó la suma, lo cual no he olvidado. Cuando lo dejé para correr a la imprenta, mi padre agregó: “Esta maldita pu­blicidad.... tiene que venir... Tuvieron doce números. ¿Por lo tanto, el que va a aparecer es el decimotercero? Es buena señal.. .­

El número trece quedó armado en doce días, con todo el calor del mes de julio. Tristán Deréme dio uno de sus más hermosos poemas, Pierre Véry, el hombre que escribió El Asesinato de Papá Noel y Goupi Manos Rojas entregó una sorprendente “Variación sobre los hechos policiales”, los caricaturistas como Alain Saint—Ogan, autor de Zig y Pulga, afinaron sus lápices para tener una inspiración más feroz, los secretarios de redacción pasaron la noche en el “mármol” para corregir las pruebas. Y el viernes por la mañana Pantagruel estaba en todos los quioscos.

Brillante, tónico, logrado, creó. El colaborador directo del señor Mill —que se había vuelto invisible— un buen viejo que se llamaba Georges Champenois, me repetía, tamborileando en los brazos del sillón del director fantasma:

“¡Tengo confianza) Gracias a su padre, tuvimos un milagro) Tendremos otros. Tengo un hermano que es monje en Africa. Estoy seguro que reza por nosotros. Y además, hoy es viernes. Para un número trece, no se pue­de pedir mejor...”

Lamentablemente, jamás salió el número catorce.

—¿Eres supersticioso?

—No, trae mala suerte. ¡A pesar del monje de Africa, a pesar del gesto de mi padre, Pantagruel estaba bien muerto) La aventura rabelesiana se había transformado en derrota: las oficinas de la calle Verneuil permanecieron desiertas. Las dactilógrafas fueron las primeras en volar como gorriones. No se podía esperar nada: las cajas es­taban desesperadamente vacías, los gestos habían sido de­masiado elevados. Yo estaba decepcionado, asqueado, he­rido en mi orgullo —sí, lo confieso— y fastidiado por una deuda moral con mi padre y deudas reales con cada uno de nosotros. Como jefe de redacción, había ordenado no­tas que no podían ser publicadas... Pero todos mis ami­gos tuvieron una comprensión extraordinaria: ninguno de los colaboradores vino a reclamar nada. Habíamos jugado y perdido. Las indemnizaciones no existían. Tra­bajábamos en plena seguridad social. No teníamos ningún derecho. En esa época, la prensa era una total aventura: era al mismo tiempo un oficio “actual y de porvenir”...

Hoy en día, las indemnizaciones —cuando las hay— ate­núan seriamente los riesgos.

 

Jamás olvidaré aquella noche de verano en que dejé, abatido, el edificio de fuego de nuestro periódico. En la placa dorada todavía se podía leer en letras negras el pro­metedor epígrafe: “Pantagruel, el semanario de asombrosa fantasía y médula sustantífica”; le pegué un cartel impro­visado: “Requiescat in pasivo”...

 

—¿Una oración fúnebre al estilo de Le Canard En­chainé?

—Más bien un adiós al amigo... en los términos que habían sido los de nuestras relaciones.

—Hace un rato me hablaste de la paradoja de la pu­blicidad y de los grandes tirajes...

—Volví a pensar en ese pobre Pantagruel hace un año y medio, cuando fue anunciada la muerte de un gigante de la prensa mundial: Life. ¡Evidentemente, no se puede comparar Pantagruel con Life! Pero también es la pu­blicidad, o más bien la falta de ella, que origina el fracaso de la mayoría de los periódicos. En el caso de Li f e no deja de ser asombroso ver que un periódico que tiraba más de seis millones de ejemplares —lo cual es fabuloso— no lograba ya atraer a los anunciadores. Estos ya no creían en él, y el periódico seguía, gigante agrietado, pero gi­gante. Sin embargo, no es la única razón de su desapa­rición: de los seis millones de ejemplares, había muy pocos millones vendidos al público. Todos los demás, eran abonados. Y en esto existe un doble problema. Por una parte, esa inmensa marea de papel transportada por tren y por avión costaba una fortuna porque las tarifas postales habían aumentado un cincuenta por ciento, creo. Por otra parte, una política de “relance” había propuesto esos mismos abonos a condiciones muy ventajosas de este tipo: “Economice cincuenta, por ciento. Un año por el precio de seis meses.” Muchas publicaciones lo hacen. Es un cebo.

Creo que es un error rebajar la tarifa de un periódico.

Lo que apenas es valedero para la prensa especializada y técnica, lo es aún menos para la información general.

Rebajar los precios significa rebajar el valor de lo que se vende. Lo esencial es mantener la calidad. Cuando Hug Hefner, el fabuloso propietario de Play boy aumentó su precio, fue para mantener una calidad constante. No perdió un solo lector. ¡Sin embargo, pasó de medio dólar a un dólar! En resumen, lo terrible es la diferencia entre las reacciones de los lectores y las de los anunciadores. Un diario empieza o vuelve a empezar. Sus ventas aumen­tan, su posición se afirma. Los anunciadores registran este favor del público, incluyen ese periódico en sus progra­mas, pero el resultado de las páginas de publicidad no se nota antes de dos, o tres o hasta seis meses. Si entre­tanto el periódico decae, en el momento en que le llegue el flujo publicitario tendrá al mismo la diferencia del público ... Por eso es que en ciertos momentos algunos periódicos aparecen como verdaderos catálogos y sólo se oye esta frase alarmante: “¡Únicamente tiene publici­dad!”

—Si dirigieras un periódico, te verías obligado a te­ner publicidad. ¿Entonces qué harías?

—Admitiendo que sea competente para hacerlo. Y pien­so ser demasiado independiente para dirigir un perió­dico hoy en día.... Si ocurriese, creo que sería como todos los demás directores de periódicos: soñaría con tener que elegir más entre Renault o Volkswagen y tener un pe­riódico que sólo tuviera páginas de redacción. Desde ese punto de vista, en Francia hay un solo periódico verda­dero: Le Canard Enchainé ... Vive bien —y hasta muy bien— sin anunciadores. ¡Todos los demás se han conver­tido —son los publicistas quienes dictan su ley y su len guaje— en “soportes redaccionales”! ¡Qué expresión tan triste¡

—¿Después del fracaso de Pantagruel volviste a casa de “papá y mamá”?

Sí, pero para anunciarles que continuaba... ¡Un dia­rio ha muerto, viva otro diario! Y tuve razón. Por París comenzaba a correr un ruido sumamente agradable. León Bailby, ese gran patrón de prensa, preparaba un nuevo diario: Le Jour, que debía suceder a su Intram, al que le hacía competencia Paris—Soir. Hay que decir que bus­caba nuevos talentos... ¡París abundaba de “nuevos”, pero respecto a “talentos”, sólo ellos mismos lo creían! Esta vez jugué todas mis cartas con mi padre y le anun­cié: “Voy a pedir una entrevista con Bailby. Con el nom­bre de Desrac, por supuesto...”

Lamentablemente, toda la prensa parisiense tenía en­trevistas con Bailby antes que yo... incluyendo los pe­riodistas que lo criticaban desde años atrás, pero que —desocupación obliga— intentaban meterse en esa lucha a brazo partido que es el nacimiento de un periódico. La antesala y los salones de la residencia donde vivía Leon Balby, en la margen izquierda del Sena, se habían conver­tido en salas de espera. Llegué adelantado, por supuesto, para la cita fijada por un secretario de voz mecánica que me había dicho: “Venga a las quince.” A las dieciocho, todavía estaba allí. Un ruido de puertas que se abren y se cierran martillaban esas horas que por momentos me producían calambres. Finalmente un señor muy suave, rizado y con uñas manicuradas, vino a anunciarme que el “Patrón” no podría recibirme pero me llamaría en cuanto le fuese posible. Farfullé “No importa”, pero en realidad, me importaba mucho. Estaba furioso y enloque­cido. Mi padre, como siempre en su vida de oficial de caballería, tomó una decisión inmediata: “Pasado ma­ñana nos marchamos al Sarthe. Prepara tus valijas. La prueba que acabas de hacer en Pantagruel y el no recibimiento de Leon Bailby demuestra mejor que mis con­sejos que no tienes ningún porvenir en el periodismo.”

¡Y yo creía que mi padre había comprendido!

Pero hacia las nueve de esa misma noche se produjo otro milagro.... Milagro que había tomado la forma de una carta expreso firmada por Leon Bailby: “Le presento mis disculpas por hoy. Venga a verme mañana por la mañana a las nueve.” Entré corriendo a la habitación de mi padre blandiendo la carta. Evidentemente, dije, el señor Bailby es un hombre muy ocupado. Hay que per­donarle sus contratiempos. Pero ya que me espera mañana, es casi seguro que me integrará en su nuevo equipo...”

—¿No sospechaba nada?

—Creer en sí mismo nadie cree en nosotros, es un tó­nico imprescindible. Hay que tener un dinamismo fo­goso para todo lo que uno hace! El mundo no se incendia con una vela.

A las nueve en punto penetré en el vestíbulo de la residencia de Bailby. A las trece estaba todavía allí, des­pués de haber visto desfilar todo lo que París contaba como personalidades políticas y literarias. Debía haber ocurrido un acontecimiento importante para que mi en­trevista tuviese que haber sido retrasada. ¡Porque, al fin de cuentas, la carta expreso arrugada en mi bolsillo me demostraba que yo no había soñado! Sin embargo ocurrió lo que temía: el distinguido caballero de la víspera vol­vía hacia mí, como ejecutante de los bajos menesteres de antesala: “El señor Bailby está realmente apenado y lo lamenta mucho. ¿Podría usted volver alrededor de las quince? Tal vez pueda recibirlo..

Yo estaba ebrio de rabia, pero había hecho mi plan: ¡tenía que ver a Bailby) Sólo esa entrevista podría poner en marcha todo el engranaje. Cuando durante el almuer­zo, mi padre me preguntó con aire de sospechosa qué ha­bía resultado de mi entrevista, ¡mentí para salvar mi honor! “Conversamos durante dos horas, aseguré desvian­do la mirada. Como quería discutir otros problemas con­migo, me rogó volver a las quince... No sé a que hora saldré de allí!” Esta última frase era la única verdadera: yo lo sabía, pero esperaría. Y esa mentira me había hecho bien.

También podría haber dicho “Nadie es profeta en su familia.” Era absolutamente necesario que a su visita yo no pasara por un fracasado o un saltimbanquis, como decía una de mis buenas tías... A las tres de la tarde volví a “mi” silla y finalmente, mientras elucubraba los sueños más insólitos, el secretario con aspecto de emplea­do de oficina pública me soltó la frase sésamo: “El señor Bailby lo va a recibir. Tenga usted a bien seguirme...” Y me encontré de pronto en el escritorio del Patrón, frente a un gran hombre que era muy pequeño, pero seguido como un gallo dominador... Durante algunos segundos, sin pronunciar palabra, me escudriñó con sus ojos azul claro, muy penetrantes, Posteriormente pude comprobar, como todos los que conocieron a León Bailby, que siempre se entregaba a esta especie de justa silencio­sa para medir al adversario, es decir, el visitante. Noventa y nueve veces de cada cien salía victorioso de este duelo de intimidación. Sin duda era esa razón humana, mucho más que por motivos profesionales o financieros, lo que incitaba a sus colaboradores subyugados, y aun a sus ene­migos, a llamarlo Patrón. Pero de la boca de los oposi­tores, esa palabra mágica y un poco servil salía con difi­cultad... Sin duda se creían superiores y se considera­ban humillados al decir “Sí, Patrón... No, Patrón.”

—¿Tú también lo llamaste Patrón?

—No el primer día, por supuesto, ya que yo también era un opositor que quería olvidar el ambiente en el cual había sido educado. Siempre había oído decir alrededor de mí, cuando la gente se dirigía a mis padres “Sí, señor duque, sí, señora duquesa...” Entonces, Patrón, para un gran burgués como Bailby, me molestaba... Lo cual demuestra que yo era tan tonto como todos mis colegas. Pensábamos que lo sabíamos todo, que llevábamos la cien­cia en la sangre... y que todo lo que los demás habían hecho antes de nosotros no valía nada. Teníamos el orgu­llo de nuestra juventud unido al desprecio de nuestros mayores. en el fondo, como todos los jóvenes que gritan hoy en día, —sean de derecha o de izquierda—, sólo éramos pequeños imbéciles...

Hice como todo el mundo sólo después que León Bail­by me incluyó en el equipo de su periódico. Era normal. No lo de hacer como todo el mundo, sino llamarlo así. No era apatía ni reconocimiento servil. Era respeto y ad­miración por un gran tipo que sabía ser al mismo tiempo un verdadero periodista y un verdadero director de pe­riódico, dos cosas que no siempre corren forzosamente parejas: un solista talentoso no es obligatoriamente un buen director de orquesta. León Bailby era un auténtico “lord” de la prensa en el sentido de los magnates anglo­americanos como Hearst, Luce o Beaverbrook, uno de esos gigantes que Orson Welles simbolizó en su famoso film Citizen Kane. No resultaba molesto llamarlo Patrón, por­que lo era. Lo fastidioso habría sido llamar Patrón a alguien que no lo mereciese. En Francia, el último hom­bre de prensa que merece en la actualidad esta denomi­nación controlada de Patrón es Jean Prouvost, el último gigante de una raza en vías de extinción. Es el último dinosaurio de la prensa. Pierre Lazareff era un gran pe­riodista, un director sagaz, pero no un patrón. Marcel Dessaut es un industrial que lanzó un seminario que para él sólo representa un peón más en un tablero de ajedrez donde ya existen aviones y salas de cinematógrafo. Ad­mito también que es una cuestión de costumbre. En ciru­gía, por ejemplo, a un “gran patrón”, sus asistentes lo llaman “Señor”. Tal vez haya en ello un poco de coque­tería... Y me pregunto si Francoise Giroud, la directora de L'Express, ¿no elocubra también secretamente el sue­ño de ser llamada. a su vez “la Patrona”?

—¿Esta primera entrevista con Bailby, duró dos horas como lo habías pretendido?

—No alcanzó a durar tres minutos. Me preguntó:

“¿Es usted Desrac? Leí sus notas en Pantagruel. Tenían vida. ¿Qué edad tiene?

—Veintidós años, señor.

—¿Y cómo, un joven de su edad, concibe un periódico moderno como el que voy a lanzar?

La pregunta era a la vez cara y embarazosa. Busqué una fórmula, pero me quedaba atravesada en la garganta. Sin embargo, pude articular:

“Permítame, a mi vez, de hacerle una pregunta: ¿con cuántas páginas desea usted salir?

—Doce páginas.

—Dentro de cuarenta y ocho horas le traeré siete maquetas de doce páginas, una por cada día de la semana.” No pareció asombrarse. Yo estaba decepcionado... “Bueno, las espero. No tiene más que entregárselas al mayordomo. .. “

Evidentemente, había presumido. ¿Cómo realizar esas maquetas tan pronto y sin dinero?

Logré reunirme con algunos compañeros de Panta­gruel y la misma noche, en un café de la calle La Fayette, bosquejábamos a grandes trazos páginas y páginas. En la euforia de sandwiches y cerveza, decidimos hacer compo­ner esas maquetas. “Esto impresionará a Bailby”, pensé... Secretamente, en un rincón del mármol de Le Petit Jour­nal y gracias a complicidades internas, nuestras maquetas tomaron una forma presentable. Raymond Patenotre, en­tonces propietario de Le Petit Journal y uno de los gran­des rivales de Bailby no habría apreciado tal vez este em­piezo de su material. Ebrio de confianza presenté el in­menso cartón a uno de los mayordomos de Le Jour.

“¡Otras maquetas más!” me dijo el cancerbero. Póngalas allí, en el montón...”

¡Y yo que creía haber sido el único en asombrar a León Bailby! Veinte, treinta juegos de maquetas estaban allí, amontonados... Coloqué las mías encima de todas, pues me había parecido que en los diarios los últimos so­lían ser mejor tratados que los primeros... Dos días más tarde una nueva carta por expreso de Bailby me anun­ciaba que estaba en el servicio de reportajes del Jour. Me sentí muy orgulloso. Corrí a tomar el primer tren que salía para Le Mans y presenté a mi padre la carta que me desagraviaba a sus ojos. Me contestó: “Así que vas a trabajar con León Bailby. Está muy bien. ¿Y des­pués?” Tuve apenas tiempo de regresar a París y penetrar en ese hall de los Champs-Elysées donde se estaban pre­parando grandes cosas. . .

Transcurrieron varios días. Hacía las noticias policia­les y entrevistaba a “personalidades literarias” ... Una mañana, por la ventana del jefe de la oficina de informes, miré el sol. Un sol pintado sobre enormes carteles y que simbolizaba el nacimiento de Le Jour. Cubrían las pare­des de París. El suspenso había sido bien orquestado. Bailby tenía un innegable sentido de la publicidad. ¿No fue él, acaso, quien inventó y explotó a fondo aquello de los “avisos clasificados”? Esos avisos clasificados que proporcionan lectores asiduos. Le Figaro bien lo sabe.

La mañana no terminaba nunca. La “conferencia” a la que sólo asistían los jefes de sección debía se apasio­nante.

Salí un instante al corredor y tropecé con el jefe de informes encargado de formar a los jóvenes reporters, que agitaba unos papeles. Me dijo: “¡Tengo algo formidable para usted! El patrón le otorga todos sus privilegios. Pero se lo explicaré a solas. ¡Venga! Entró en su escritorio gritando “¡A trabajar!” Las cabezas de los quince jóvenes que rodeaban la gran mesa escritorio se levantaron a la vez. La jauría palpitante que aguardaba su pitanza.. “¡Silencio!” chilló el excelente hombre. Además, nadie había pronunciado una sola palabra. Ese buen Bracon­nier—Hennequin —era su nombre— repartía los reportajes: entrevistar a una estrella americana a su llegada a la es­tación Saint—Lazare, “cubrir” una noticia sensacional a doscientos kilómetros de París, ir al salón del Automóvil, en resumen, todo el quehacer cotidiano. A medida que pasaban los encargados de notas, mi paciencia iba crecien­do... Cuando la bandada de gorriones se hubo disper­sado, Braconnier— Hennequin me palmeó el hombro y me dijo: “Usted tiene suerte!”

Se comentaban en París algunos grandes escándalos. Un hombre, sobre todo, aparecía en todos los diarios y azuzaba el interés de todos los espíritus: Stavisky. Me restregaba las manos por adelantado.

“El Patrón quiere que usted haga un gran reportaje sobre la calefacción urbana...”

Me quedé asombrado.

“¿Sobre qué...?

—¡La calefacción urbana! ... Cómo, ¿no sabe lo que es? ¿No sabe que en Nueva York y en Berlín los edificios utilizan ese sistema? ¡París está muy atrasado en ese pun­to, pero se hicieron algunas experiencias y usted las va a relatar!”

¡Adiós al caso Stavisky, adiós el gran golpe, adiós los escándalos! Estaba nuevamente en la vía muerta de aque­llos que sirven para todo...

“Es muy simple, continuó el buen hombre, conven­cido. Caminé a la largo del muelle de Bercy. Hay allí una usina desocupada, que era de los talleres del subterráneo. Han instalado las primeras calderas especiales para dar calefacción a una parte del bulevar Henri IV. Este es el nombre del director de la usina. Dicen que los resultados son sorprendentes... Necesito la nota para esta noche a las veintiuna a más tardar.”

El apurón, de acuerdo, pero ese tema no me recalen­taba el corazón...

El director de la usina era un hombre fastidioso, bizco, puntilloso, un admirable politécnico. Me hablaba de ci­fras, calorías, cubicaciones, ganancia de calor, economías y pensaba sin duda que el reporter de Le Jour poseía só­lidos conocimientos matemáticos y físicos.

Él hablaba. Yo le dejaba hablar mientras garabateaba lo poco que lograba comprender. Cuando me dijo: “Bien, ¡ya lo sabe todo!” me despedí de él. Sus palabras trataban de darme confianza: “Con los datos que acabo de darle, ¡tiene con qué escribir un artículo de primer orden!”

¡Para mí era más bien una catástrofe! No había com­prendido nada. O más bien había comprendido que ese invento era, según sus propios términos, algo que revo­lucionaba la vida cotidiana de un barrio de París y que muy pronto París entero tendría calor gracias a esta cale­facción urbana. Pero los parisienses del bulevar Henri IV, los usuarios —aun no se decía consumidores— ¿qué pensa­ban de ello? En realidad, importaba poco, pero sus reac­ciones me permitirían tal vez representar un papel hu­mano, vivo y tal vez comprensible.

Penetré por el portón de un edificio del bulevar Henri IV. La portera, naturalmente, estaba en la escalera, pero aparentemente no por su propio gusto:

“¿La calefacción urbana? ¡Es espantosa! Mire mi es­calera... ¡Está siempre asquerosa! ¡Ah, créame, no le haré ninguna propaganda!”, me contestó.

Vaya, vaya... Tenía un elemento fundamental para mi nota: todos sabemos que el punto de vista de una por­tera es la síntesis de los habitantes del edificio. De todas maneras, había que verificar. El inquilino del primer piso se quejaba de ahogarse, el del segundo tenía calor en la sala y frío en el cuarto de baño, el del tercero vivía con tres tricotas de lana, el del cuarto... Más bien la del cuarto, una encantadora morenita, había solucionado el problema: “¡Yo, me dijo, prefiero las estufas eléctricas!” Aparentemente, no tenía frío... Estaba en pijamas y como yo también necesitaba calor, ella supo recalentarme... Hacia las siete de la noche, cuando me dijo “Creía que hacías un reportaje”, salté; ¡hacía tanto calor en su de­partamento que había olvidado la calefacción urbana! “¡Pronto! Dame papel...”

“¡Pronto! Dame papel...” En una hora había borronea­do unas quince hojas. ¡La nota estaba escrita en versos! El cordial recibimiento de mi anfitriona me había impul­sado a despertar una musa a lo cual no hubiera tenido que molestar... Los versos no eran muy ricos: “Caloría” rimaba con “María”, su nombre. Pero esas rimas habían tenido la ventaja de darme fuerzas para enfrentar el jui­cio del Patrón. Mi trabajo se había convertido en una epopeya de la calefacción urbana a través de las calles, los bulevares y las avenidas de París. Un París que tenía nuevas calles calientes... Agradecí sinceramente a María: gracias a ella los lectores de Le Jour encontrarían un po­co de poesía en sus calderas.

El jefe de redacción tenía un nombre que tendría que haber despertado mis inquietudes: se llamaba Destin.

“Usted quiere absolutamente hablar de la calefacción urbana en verso?, me preguntó con ironía.

—¡Es imprecindible! Cambiará un poco.

Bueno, primero lo voy a mostrar al patrón antes de mandarlo a componer. Es “su” tema. El decidirá.”

Para mí, no cabía duda alguna: León Bailby estaría encantado. Pero al día siguiente sufrí una cruel decepción:

mi nota no figuraba en el número. Cuando llegué al periódico, Braconnier—Hennequin me recibió con frialdad:

“¿Usted se cree muy hábil con sus versos caloríficos? El Patrón está furioso. Ya lo mandó llamar una vez.. .”

Llegar tarde era el error más grave que se pudiese cometer respecto a un León Bailby. Al entrar en su ofi­cina, pensaba defenderme. El Patrón no me dio tiempo para hacerlo:

“Mi querido amigo (ya me había llamado así...) usted me era muy simpático (lo cual demostraba que ya no lo era). Es la única razón por la cual le había confiado un tema que nadie trató. Usted prefirió hacer una elegía sobre las desventuras de algunos inquilinos. Tenía un excelente tema de reportaje, lo echó a perder. Ahora, está quemado: no puedo mandar a nadie para hacer otra en­trevista al ingeniero que lo recibió a usted. ¿Qué pensaría de mí? Usted carece de psicología. Sin embargo sabe que Le Jour debe ser deslumbrante. ¡Y no lo será con poemas ridículos! ¡Ya no pertenece a la casal” Y me remató con un golpe de gracia: “Le será difícil ubicarse en otro perió­dico cuando sepan que me he visto obligado a separar­me de usted...”

La guillotina había caído. La cuchilla también había decidido la muerte de otro principiante de origen belga, pero despedido por otras razones. Había hecho una nota acerca de no recuerdo qué acontecimiento. Bailby estaba encantado, entusiasmado. Pero un soplón se había creído obligado de ir a decir al Patrón que ese joven no había visto el acontecimiento que relataba y que había escrito todo lo que decía en la mesa de un cafetín próximo...

Según parece, Bailby estaba furioso. Era un error, creo, pues excepto si ese reporter hubiese dicho enormidades, demostraba que tenía aun más talento que los demás.

En resumen, Bailby lo despidió. Era Georges Simenson.

Y, cuando mucho más tarde, un amigo, René Lignac, dijo a León Bailby: “de todos modos usted despidió a Simenon y a des Cars. ¿No lo lamentó?” León Bailby con­testó, soberbio: “Ellos, era diferente. Cuando sentí que esos dos jóvenes tenían una gran personalidad, preferí devolverles enseguida su libertad...”

La libertad, era la puerta.

Ese fue mi despedida de León Bailby. La primera. Más adelante, volví a trabajar para él y, en 1941, me pidió trozos de El Oficial sin nombre para L'Alerte, un semanario que había creado en Niza. Después de la gue­rra lo reemplacé en la tarea de organizar el baile de las Camitas Blancas,18 cuando esta obra tenía todavía algún sentido. Ya lo dije en De capa y de pluma, pero puedo volver a decir que a pesar, y tal vez a causa de su autori­tarismo, León Bailby era un gran señor. Como director de periódico, conocía a fondo el arte de reunir gente que no tiene ningún punto en común para obtener la opinión del público. Aplicaba el método de la mezcla alrededor de su mesa —excelente— donde reunía a las personas más di­versas: Merlene Dietrich, el arzobispo de París, Mary Marquet, Mermoz, el secretario perpetuo de la Academia Francesa, un médico célebre y un joven redactor de mi estilo. Llamaba esto “La política de los almuerzos”. Bailby sabía que esas personas, tan diferentes, terminaba por in­tercambiar ideas y que esas ideas serían el reflejo de la opinión. Hacía participar a sus invitados de los temas del día, recogía sus opiniones y cuando se habían mar­chado, decía al principiante: “¿Oyó lo que les interesa?” Redactaba el editorial del Jour del día siguiente, esas famosas cincuenta líneas en segunda columna... La nota del Patrón representaba la reacción del setenta y cinco por ciento de los franceses ante los acontecimiento de los cuales se habían enterado la víspera. Esos lectores esta­ban satisfechos; “Bailby piensa como yo”, lo que equi­valía a decir: “Soy inteligente como Bailby, escribe lo que yo pienso.” Aun si las hábiles plumas editorialistas de hoy no practican la política de los almuerzos, es en un editorial donde mejor se encuentra esta primera verdad que consiste en no comprar un diario para hacerse una opinión sino más bien para encontrar la propia o, en su falta, una que convenga. Cuando la opinión del perió­dico no agrada más al lector, el periódico pierde ese lector.

—¿Al dejar Le Jour no entraste a la calefacción urbana?

—¡No! Prefería tener frío. Y tuve mucho frío, invier­no. Aunque tuve el pequeño milagro de Crucero para damas solas, mi comedia representada en el teatro de la Potiniere. Esta obra tuvo como consecuencia hacer sal­tar el último puente que unía con mi familia. Mi padre explotó: “Que mi hijo escriba en las gacetas, vaya y pase, pero para el teatro popular, eso no, ¡jamás!” No vino a aplaudirme. Sin embargo, ya lo dije, tuvo cierto éxito. Sobre todo que el teatro donde se representaba había teni­do últimamente una sucesión de fracasos totales. La come­dia que había precedido la mía no había alcanzado más de veinte funciones.

 

18 Fiesta de beneficencia que se celebra anualmente a favor del Hospital de Niños.

El autor, al darse cuenta que su obra no atraía multitudes, contrató un garagista vecino al mer­cado Saint—Honoré:

“¿Cuantos autos de clientes tiene entre las siete de la noche y las siete de la mañana, y que no salen?, le había preguntado.

—Unos cincuenta, contestó el garagista. ¿Por qué?

—Se los alquilo todos esta noche entre las ocho y la medianoche. Usted los llevará uno por uno a la calle Louis—Le—Grand, frente a la entrada del teatro de la Po­tiniere. Arréglese para que la fila de autos se prolongue en la calle Daunou y la Avenida de la Opera. Encienda los focos y ciérrelos con llave... ¿Cuánto me cobrará?”

Al margen de esto, el autor contrató a dos individuos que hizo vestir de agentes de tránsito. ¡Agentes sorprendentes que tenían la misión de orientar todo el tránsito hacia el teatro! En un cuarto de hora —hoy bastaría un minuto— hubo un atascamiento increíble. Los automovilistas, los peatones se preguntaban. Los agentes contestaban: “Es la muchedumbre que ve a la Potinere. Re­presentan una nueva obra...” Los curiosos atraídos, que se dirigían hacia el teatro encontraban el cartel: “No hay más localidades”. El vendedor de entradas, encerrado tras las rejas de la taquilla les decía a manera de consuelo: “Vengan mañana por la mañana, al abrirse la boletería, a las once. Tal vez encuentren localidades.” Tranquilo, el futuro espectador dejaba el vestíbulo iluminado bajo la mirada del acomodador que cuidaba adoptar un aire afligido diciendo: “¡Ni siquiera tengo un solo programa, los vendí todos!” Lo que el futuro espectador no sabía era que la sala estaba sumida en la oscuridad de las no­ches sin función, aunque era noche de función. ¡Ningún espectador había venido! Situación excepcional que acaba de repetirse recientemente en el teatro Fontaine con El honor de Cipolino. En cuanto a los programas, no ha­bía porque parecía inútil imprimir más... A media noche los autos fueron llevados por el garagista, uno por uno, con la ayuda del guardián. A esa hora nadie se interesaba por lo que ocurría en la calle Louis le Grand. El juego se repitió tres noches seguidas. Tres noches durante las cuales el teatro “tuvo funciones a puertas cerradas” sin tener función. Por la mañana del cuarto día, conside­rando que había traído bastante gente, el autor hizo abrir realmente el teatro. Ya no había autos en la calle, pero el teatro estaba lleno de verdaderos espectadores que ha­bían pagado su localidad. ¡Y furiosos! A la salida, nin­guno lograba contestar esta inverosímil pregunta: ¿cómo pudo haber habido tanta gente en las representaciones an­teriores? Sin embargo, el autor no sólo tuvo éxito en la publicidad. Hábil vodevilista se convirtió en autor de gran éxito con Bichon y con “La zurra”, y su nombre se identifica con el teatro del Palais—Royal, del que fue di­rector: Jean de Letraz.

Mis modestos derechos de autor se esfumaron en algu­nas comidas con compañeros de infortunio. Y pronto tuve que vender mi más preciado bien: un pequeño auto negro y blanco, último cordón umbilical que demostraba que ha­bía tenido una familia. Me mudé a la margen izquierda, uno de esos lugares donde “sopla el espíritu”, como hu­biera dicho Maurice Barres. En aquella séptima circuns­cripción, llena de funcionarios, de solteronas que vuelven de misa, de misioneros que van o vuelven de Africa o Asia, es ese barrio donde se oye sonar la hora a cada minuto, encontré un hotel no muy caro cuyo nombre me dedujo: Hotel Juana de Arco y de los Peones de Mudanza reu­nidos... En Caen ya había encontrado el hotel de la Pla­za Real frente a la Plaza de la república, pero esto...

¡Juana de Arco casada, y casada con empresarios o peones de mudanzas, era históricamente nuevo! ... y prác­tico. Porque, para ser franco, no estaba lejos del depar­tamento de mi madrina, hermana de mi padre, única per­sona de la familia que consentía en ver al “saltimban­quis”. Vivía en la calle de Bellechasse. Se llamaba Agus­tina. Yo le había bautizado “Tía Titina” y jamás olvidé que se preocupaba por pagar mi cuenta del hotel cuando ésta autorizaba a mi hotelero a mirarme de mala manera, en forma sospechosa, con una mirada que yo trataba de evitar porque significaba: “Usted me debe dos semanas.

¿Cuando piensa pagármelas?”

A pesar de la discreta generosidad de mi madrina, mis fines de mes duraban tres semanas. Aunque hoy duran menos tiempo, no olvido los desayunos, almuerzos y cenas de café con leche y media lunas.

Un día mi situación fue crítica. Había comido, en ambos sentidos del término, las pequeñas liberalidades de la “Señorita Agustina”, como decía su apoderado. Ha­bía pasado horas ennegreciendo lo que Audiberti llamó “las cuartillas de la noche” y que tenía nombre de “no­vela” o de “comedia en tres actos”. Pero nadie los quería. Mi hotelero me amenazaba con expulsarme y me diver­tía: “¡Irá al Ejército de Salvación!”

Necesitaba seiscientos francos. Ya que no los encon­traba en mi imaginación ni en mi buhardilla, tenía que buscar afuera. La desesperación me condujo naturalmen­te al barrio latino, en ese privilegiado lugar de la bohemia que era el café Dupont. “Todo es bueno en lo de Du­pont”, ya sabe, sobre todo cuando se sale de una habi­tación mal alumbrada, con calefacción rudimentaria. Eso era vida, con camareros que va y vienen, ruidos de platos, de vasos, risas y hasta el alumbrado que daba buen semblante o casi, a los hambrientos. Acababa de sentar­me a una mesa cuando observé un grupo muy animado.

En el centro, un personaje extraño que ya había visto varias veces, peroraba y expresaba en una forma digna del café Del Comercio. Usaba monóculo y polainas blan­cas, tendría unos sesenta años pasados y tenía el buen gusto de jamás pagar lo que consumía. Prefería que los estudiantes que lo escuchaban —seres llenos de porvenires ocupasen de ese detalle. En cambio, les prodigaba con­sejos. ?Cómo hacía? Tenía el arma adecuada: la tarjeta de visita. En ella se leía primero su nombre que evocaba un personaje de Feydau: “Filiberto de Maisontout”. De­bajo, en letra cursiva, despertaba la admiración saber que era”hombre de letras, redactor de los principales diarios y semanarios parisienses, cronista social, secretario perpe­tuo de la Asociación de poetas independientes”. Si no había agregado “abonado del gas” era sin duda porque ha­cía mucho tiempo que en su casa le habían cortado el gas...

Ante su auditorio que lo escuchaba con beatitud, de­jaba entender que ya no había buenos periodistas. Pero que si queríamos seguir sus consejos, nosotros, los jóve­nes, llegaríamos tal vez a realzar el nivel de la profesión. En realidad, mandaba noticias gastadas a gacetas literarias de provincia y algunas veces alimentaba revistas li­bertinas con informaciones dudosas o que frisaban el chantaje. Así iba por la vida, sobre la cuerda tensa desde hacía cuarenta años, pero jamás había caído. Astuto, bri­llante a veces, ocultaba mal una pereza visceral. Lo cual le aseguraba un público fiel: la fastidiosa cohorte de gente que cuenta sus obras pero jamás las escribe. En el punto en que yo me hallaba, con su facilidad para la pirueta, podía tal vez tener el rasgo genial capaz de salvarme. Sé levantó. La “lección del día” había terminado; sus dis­cípulos, nutridos de ilusiones, se habían marchado. Me dirigí hacia él y le expliqué la urgencia de mis pro­blemas.

“¿Cuánto te queda en el bolsillo?, me preguntó a ma­nera de solución.

—Doce francos.

—¡Es más de lo que se necesita para triunfar! Ven conmigo a los Deux Mogots.”

Al llegar a este otro templo de la literatura oral, Fi­liberto ordenó con voz fuerte:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Tenía una pasión: la moto. La cual no coincidía del todo con el gusto de mi padre. Un día, en una bajada, me adelanté como un meteoro al Delage en el que viajaban él y mi madre. El chofer debió girar bruscamente el volante. A su regreso, mi padre, a quien mi velocidad no le había parecido divertida, me confiscó mi "ruidosa máquina".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



El microbio de escribir me roían. Pero debí marcharme golpeando la puerta del castillo. Mi padre decía: "¿Quiere escribir? ¡Ya le pasarán las ganas cuando se muera de hambre!" No estaba del todo equivocado. Fue el tiempo difícil de los "almuerzos-café fon leche" y de las "cenas-cigarrillos". Pero sigo teniendo hambre de escribir.

 

 

 

 

 “¡Mozo, dos medios litros de cerveza bien servidos, sin demasiada espuma! ¡y algo para escribir!”

 

Dos medios litros significaba tres francos, o sea la cuar­ta parte de mi capital, “nuestro” capital, pues seguramen­te Filiberto estaba “un poco apretado en ese momento”. Al ver mi angustia muda, trató de hacerme razonar:

“Es necesario tomar algo si se quiere tener papel del negocio gratis. Bueno, ¿quieres ser periodista? Ante todo, ¿en qué especialidad? ¿política?

—No, es aleatorio y poco interesante —¿Deportes?

—No me gustan los deportes.

—Te apruebo. Sólo hay uno digno del hombre: el caballo A propósito, ¿quieres un dato para la primera carrera de mañana en Auteuil?

—No creo que sea el momento...

—Quedan entonces los temas literarios. Veamos París­ Soir. Si en este diario no literario encontramos una peque­ña nota literaria, es que realmente París—Soir no pudo hacer de otra manera. Y si le interesa a París—Soir, inte­resará a todo el mundo, incluyendo las porteras y las costureras. ¡Busquemos!...”

Pasó revista a todo: escándalos, noticias de policía, crisis del franco, y de pronto me dijo:

“¡Aquí está lo que nos hace falta!”

Apuntando con el dedo en la tercera columna de la cuarta página me mostraba un pequeño título: “Juliette Adam va a ser centenaria.”

En la actualidad, Juliette Adam es un nombre que tal vez no dice gran cosa. Había sido una reina de los salones literarios, fundadora de La Nouvelle Revue, una especie de Marie—Laure de Noailles. Vivía retirada en la abadía de Gif, en el fondo del valle de Chevreuse, en medio de recuerdos deslumbrantes. Durante mi breve per­manencia en Le Jour, León Bailby me había enviado a recoger algunas confidencias caídas de esa boca de oro. No había sido sencillo. Arrugada, encogida en un cochecito, esta mujer que había sido tan brillante había caído en la chochez. Su cerebro usado sólo se encendía cuando lle­gaba para ella la hora de... ¡los títeres! Sí, un verdadero teatro de títeres que demostraban a las claras que había vuelto a la infancia. Unica espectadora, escuchaba los textos de las obras que había escrito otro, cincuentena años antes, para marionetas cuyos trajes habían sido confec­cionados y bordados por amigas selectas, como la duquesa de Uzés. La cuidadora balbuceaba esos textos, el guardián agitaba los muñecos y Juliette Adam, con la mirada per­dida, tenía la frente serena de aquellos que están próximos a marcharse para ir a vivir en un mundo mejor. Lo cual no era sorprendente: ¡tenía noventa y nueve años! Conocí entonces las angustias del reportaje imposible: aquel en el cual el entrevistado no dice nada. También supe que imposible no era periodístico. Mi nota había salido con el título “Juliette Adam ha confesado a nuestro enviado especial...” No me había confesado nada, pero su enfer­mera me mostró el “Arbol de la Victoria”, el que el ma­riscal Franchet d'Esperey, comandante del primer grupo de ejércitos en 1914, había hecho transplantar de un bos­que de Argona al jardín de esta abadía. En el árbol había una placa en la que se podía leer: “A la que siempre con­servó una fe inquebrantable en los destinos de Francia. Pueda este árbol, uno de los pocos que sobrevivieron a la hecatombe de Argona, volver a florecer en la tierra calma de una abadía. Su lugar no podría estar en ningún otro lugar. En el sitio de donde fue desenterrado, duermen millares de soldados nuestros.”

Esas emocionantes líneas era todo lo que Juliette Adam me había enseñado, si así puedo decir. Tenía la impre­sión de haber desenterrado un cadáver. Pero, se sabe muy bien, los cadáveres hablan. En los periódicos y en las no­velas policiales....

Filiberto de Maisontout había aceptado mi testimonio con satisfacción.

“¡Perfecto!, me aseguró. Redáctame una pequeña nota acerca de ella. Tú, al menos, la viste. Si llegas a vender tu nota por cien francos, es que tienes talento; de lo contrario, ¡vende tiradores! Entiéndeme bien: el periodismo es un oficio que jamás carece de material. En cualquier parte se encuentra papel. Mientras que el capital, está allí, en tu cabeza. O no está y no harás nada bueno sin ideas, sin imaginación, sin observación.”

Escribí dos páginas llenas de tachaduras, vigilado por el asombroso Filiberto, falsamente perdido en volutas de humo. Las leyó y muy seguro declaró:

Podemos ir a dormir. Mañana todo marchará bien.

—¿Dormir? ¡Pero no puedo volver a mi hotel!, le re­cordé.

—Vamos... Esta noche te alojarás en mi casa.”

El alojamiento de Filiberto no era mucho mejor que el mío, pero según él tenía la ventaja de tener un buen vecindario: la Sorbona. En ese hotel de la calle Cujas, en el sexto piso, Filiberto era un gran señor de la miseria, el primo vivo de aquel pintoresco personaje de Roland Dor­géles, el Marqués de la Déche. Como había una sola cama y el frío apretaba, me preguntó muy cortésmente:

“¿Saco o pantalón?”

Hablaba de su único pijama. Nos lo jugamos a la suerte y me tocó el saco. La calma no era de rigor en el edificio que tendría que haberse llamado Hotel del Libre Inter­cambio. La escalera sonora y una grifería indiscreta reve­laban breves encuentros. Filiberto ya no les hacía caso. Desde lo alto de su sexto piso, planeaba sobre todas las debilidades humanas.

El sol de Austerlitz —dixit Filiberto— brillaba ya cuan­do me preguntó:

“¿Te quedan ocho francos?

—Ni un céntimo más...

—Empecemos por tomar un desayuno digno de ese nombre.

—Por favor, le pregunté fastidiado, ¿que voy a hacer? —¡Paciencia) ¡Hay que saber esperar y arremeter de golpe!”

Me pidió mis últimos francos y volvió triunfante con un cospel para el teléfono exclamando:

“¡Aquí está tu porvenir!

—¿A quién vamos a llamar?

Al director de Gringoire...”

Gringoire era un semanario de derecha dirigido por Horace de Carbuccia.

Gringoire permanecerá tristemente célebre en la historia de la política francesa porque más tarde, después de una encarnizada campaña, el 18 de noviembre de 1936 empujó al suicidio al ministro del Interior del Frente Popular, Roger Salengro. Filiberto prosiguió:

“Carbuccia es snob. Tu nombre le agradará. Te recibirá.”

Por más que protesté que mi nombre sólo me atraía envidia e incomprensión en los periódicos —y olvido de parte de mi familia— Filiberto no estaba de acuerdo. Hizo el llamado telefónico.

“¿Hola, Gringoire? Quisiera hablar con el director. ¿No está? ¿A que hora estará en su despacho? ¿A las dieciséis? ¿Quiere hacerle decir que el señor des Cars lo visitará a las cuatro y media? Anote bien el nombre, señorita, en dos palabras. Gracias, señorita... Hasta luego, señorita...

—¡Finalmente estás loco, Filiberto!—¡A ti te toca jugar! Debes venderle tu nota... Lo que necesitas hoy es caradurismo. Te dejo, porque estoy invitado a almorzar en un restaurant chino... Hasta la noche...”

Desapareció. Yo no estaba muy seguro que estuviese invitado a ese almuerzo, pero sí tenía la certeza que lo conseguiría.

En las oficinas de Gringoire, en la avenida Rapp, des­pués de haber llenado la ficha de visitante, vi pasar varias celebridades que ya había visto en el periódico de León Bailby. ¡No era posible! ¡No iba a empezar de nuevo a esperar!

El mayordomo me llamó. Hinchado de “Filibertina”, empecé a largar un discurso insensato ante Horace de Car­buccia:

“Mi querido señor, sé que sus minutos son tan valiosos como los míos (para los míos, era falso) . Pero leo apasio­nadamente su semanario (segunda mentira) y observé un grave olvido en sus columnas literarias: Gringoire omitió hablar de Juliette Adam, gloria casi nacional de quien se va a celebrar el centenario. Es tanto más sorprendente cuanto que periódicos como París—Soir no vacilaron en dedicarle un cuarto de columna...”

La cosa podía resultar o no. Por el rubor que invadía el cráneo calvo de Horace de Carbuccia, vi que resultaba, Era necesario empezar inmediatamente el segundo round:

“Si me permito hacerle notar esta pequeña laguna es tan sólo porque me considero como un verdadero amigo de su empresa y porque conozco íntimamente a Juliette Adam. Creí hacerle un pequeño favor borroneando anoche con mis amigos, mientras tomábamos una copa en los Deux Magots, algunas líneas acerca de la solitaria de Gif. Pienso que pueden bastar para servir de base al artículo que usted encargará a uno de sus redactores...”

Y me puse de pie.

“¡Se lo ruego, señor des Cars!, exclamó Horace de Car­buccia. Quédese un momento. Su gestión me complace.”Ya estaba leyendo las páginas con membrete de los Deux Magots:

“Vea usted, lo que más me complacería sería publicar esta semblanza tal como está, con su firma, si acepta...” ¿Si yo aceptaba? Permanecí mudo de estupor. ¡Tomaba mi nota y estaría firmada con mi verdadero nombre! ¡Adiós, Sinovia; adiós Giglio, adiós, Desrac!

“Será para el número próximo. Le agradezco su idea...

Ah, a propósito, ¿puede usted darme el domicilio de su banco para hacerle llegar el importe por cheque?

¡Un cheque! Era feérico. Y catastrófico, pues no tenía cuenta bancaria. ¡Y no podía pedir dinero en efectivo a un hombre tan cortés! Repliqué:

“Ya que usted desea arrebatarme esta colaboración im­prevista, es preferible que me haga un cheque que depo­sitaré yo mismo en mi banco...”

Sin pestañear, firmó un hermoso rectángulo color verde después de haber escrito en el una cantidad que me esfor­zaba por mirar. Deslicé el cheque en mi billetera, muy flaca, y me despedí de este “gran director” quien, al acom­pañarme hasta la puerta de su despacho me dirigió estas amables palabras:

“Espero que su colaboración en Gringoire no habrá de detenerse en este primer artículo...”

Sin embargo, fue lo que sucedió. Nuestra manera de pensar era totalmente opuesta.

Una vez en la calle, miré el cheque: ¡mil francos! Te­nía náuseas de felicidad. ¡Mil francos! ¡Significaba pagar el hotel, algunos días fastuosos con dos comidas, un almuer­zo y una cena; significaba también decenas de medios litros con Filiberto! Era, sobre todo, mi primera nota firmada sin seudónimo: la prueba irrefutable que ese oficio de escribir podía ser el mío.

Existía un solo inconveniente: ¡el cheque estaba cru­zado! ¡Había cometido una idiotez al hablar de “mi” banco!

En el café Dupont del barrio latino me encontré con Filiberto. Prudente, no había pedido nada antes de mi regreso.

“¿Entonces, como te fue?, me preguntó con ejemplar calma.

—Ya me había dicho que si vendía mi nota por cien francos tenía algún talento. .

—Te lo dije y te vuelvo a decir.

—¡La vendí mil francos! Y agité el cheque en alto. Filiberto hizo un solo comentario: “¡Mozo! ¡Dos coñacs tres estrellas!”

Para él era un digestivo, para mi un aperitivo. Y sin pérdida de tiempo, siempre muy práctico, añadió: “Endosa ese cheque. Lo voy a cambiar en la caja. Me conocen ... Tendrás tu dinero en efectivo.”

En la euforia corrí al Hotel Juana de Arco y. .. lo que sigue. El hotelero no tuvo tiempo de acorralarme al pie de la escalera. Le grité:

“¡Prepárame mi cuenta! Cambio de hotel. ¡Decidida­mente, el suyo es siniestro!

Esa noche, con Filiberto, rendimos pleitesía a la diosa Suerte, madre bienhechora de la prensa. Al alba, sin deu­das pero todavía con algunos centenares de francos, tenía la certeza que ya no viviría sólo de esperanza. Lamenta­blemente, poco tiempo después, Filiberto desapareció. Por causa de su cuenta del hotel de la calle Cujas. Lo busqué en vano. La bohemia era su último domicilio conocido. ¡Qué ser extraño... ¡Y qué hombre de prensa! Al hacerme leer París—Soir, ¿no me había demostrado acaso que leer los periódicos es la gran actividad de los periodistas? Ade­más, es una receta siempre apreciada en el oficio. Se la podría nombrar “ley de la correa de entrenamiento”. Con­siste, para un periodista, en retomar lo que han escrito, dicho, visto y oído sus colegas. Con la multiplicación de los medios informativos, hay trabajo. Esta revista de prensa permite con frecuencia encontrar un tema para un re­portaje, para una nota. Así, algunos casos pueden ser tomados con importancia excesiva, ampliados y, algunas veces, deformados. Esta “complementariedad” —no me gus­ta esta palabra, pero no encuentro otra— da lugar a que una breve información de algunas líneas en un diario se convierta en dos páginas en un semanario, una foto en una revista mensual, dos minutos en la radio o en la tele­visión. y viceversa. Hay un eco imprevisible y a menudo incontrolado. En el nivel internacional, los informes de un diario de San Francisco pueden ser tomados, comen­tados, analizados por un diario de París y llevados a Teheran. De esa mezcla nace la actualidad. En el fondo, la prensa es un verdadero mercado común. Filiberto de Maisontout lo había comprendido muy bien: era de donde sacaba lo esencial de su prestigio.

—¿Y después de esa nota, las puertas de los periódicos se abrieron ampliamente para ti?

—¡Lejos de eso! Pero algunas, entreabiertas, me per­mitieron vivir y sobrevivir sólo escribiendo. Era duro y espléndido. Una época en la que todo era posible.

—¿Lamentas esa vida?

—Ahora son mis mejores recuerdos, los de un cierto tiempo perdido. Podría lamentarlo, pero no lo hago. Vivo mejor, pero vivo siempre y únicamente de mi pluma. Para mí, es lo único que cuenta.

Había empezado una novela de ambiente circense. El circo me fascinaba y sigue fascinándome. Pero para ver de cerca a “las gentes del viaje” y su mitología secreta, había una sola solución: obtener un contrato para trabajar en el circo. No sabía todavía cómo ni para qué, pero era imprescindible. Además, ello tendría la inmensa ventaja de arrancarme a una existencia monótona y gris, que era la de todos los días. Cambiaría la mediocridad por las lente­juelas, el olor de las fieras y las notas graves del helicón de la orquesta. En esto también se produjo un pequeño milagro con grandes efectos: un circo ambulante interna­cional, el circo Gleich, que debía venir próximamente a Francia buscaba un secretarlo general francés para ocupar se de la publicidad en el interior del hexágono. ¡Era exac­tamente lo que yo necesitaba!

Ocho días más tarde, provisto de una promesa de con­trato por seis meses, desembarqué en Milan, última etapa del circo antes de llegar a Francia. Me impresioné muchí­simo ante esa gigantesca lona, esa vela de un navío que habría de ser el mío y que todas las noches se llenaba con seis mil espectadores que se deleitaban con la risa de los clowns, la elegancia de la alta escuela de ejercicios hípicos y la angustia del trapecio volador. Ese circo tenía casi quinientas personas empleadas. Era una ciudad, un mundo alimentado por cinco cocinas diferentes: una cocina euro­pea para la dirección, una cocina china para los conjuntos orientales, una cocina de Europa central para los jinetes checos, una cocina alemana para los equilibristas y una cocina nórdica para la aldea lapona. ¿Cómo olvidar mi llegada en esa mezcla de olores y de relentes? Era realmen­te el gusto de la cocina llamada “internacional” que se encuentra en los hoteles y en la que todos los ingredientes, todas las recetas —perdiendo su nacionalismo— se contra­dicen y se anulan para convertirse en una mixtura que tiene siempre el mismo gusto, es decir, que no tiene nin­guno.

El director de ese circo parecía salir de una litografía inglesa con escenas de cacería: rostro rojo, chaqueta roja, un verdadero langostín. Muy alto, no descuidaba de ajus­tarse el monóculo para hablar inclinándose y mirándose en sus botas impecables. Jugaba distraídamente con su fusta, que era para él su cetro de mando. Cuando llegué, este hombre impresionante que usaba galera de copa y guantes blancos, me esperaba en la entrada de su carpa directorial, nuevo Campo del Paño de oro.19 La orquesta no ejecutaba

La Marsellesa porque las relaciones franco italianas eran más bien tensas. Tocaba la marcha Sambre-et-Meuse, lo cual demuestra que el circo no conoce las fronteras. Yo estaba asombrado. Esta recepción tan inesperada como espectacular me hacía penetrar en el mundo de la pista. En cierto sentido, jamás salí de él.

Comprobé muy pronto que mi trabajo exigía ante todo una organización eficaz. Animé la vanguardia del circo, la que llega a una ciudad ocho días antes que la carpa para verificar con la municipalidad el solar donde habrá de instalarse el circo con sus carromatos. En aquella época. en cada ciudad o casi, ese terreno solía ser el de la feria, se podía alquilar sin dificultades. Actualmente, encontrar en Francia un lugar para instalar un circo implica acro­bacias fuera de programa. Jean Richard (un hombre aun más maravilloso de lo que se cree y hacia quien tengo gran admiración) me había hablado de eso la víspera de su accidente,

 

19 Nombre dado al llano próximo al Paso de Calais donde en 1520, el rey de Francia Francisco I se entrevistó con Enrique VIII de Inglaterra para negociar una alianza contra Carlos V, rey de España y emperador de Alemania.

esa pesadilla que nos dejó a todos con el corazón palpitando.

En Francia, el circo no forma parte de la “cultura”. Y yo, cuando oigo pronunciar la palabra cultura, pienso también en el circo.

Dicen que es un espectáculo para niños. Esto es com­pletamente falso. El circo es un espectáculo para todos, chicos y grandes. Me gustaría que lo digan y lo reconozcan. Además, a pesar de los relativos esfuerzos del señor Druon, a pesar de la función de gala anual de la asociación La Pista, a pesar de algunas buenas voluntades, el circo sigue siendo un paria. Lo digo claramente: es escandaloso. Nos han inundado de “Casas de la cultura”, de “Centros de expresión dramática, teatral, corporal” y todo lo que quieran, todavía no he visto que los poderes públicos tomen las medidas necesarias para ayudar al circo en la misma proporción que al cine y al teatro. ¿Donde está el texto que piensa prever la llegada de un circo en una ciudad? Si existe, que me lo muestren. Y sobre todo, que se aplique. Jean Richard me lo ha recordado muy bien:

en Alemania federal, en Italia, en Holanda en Suiza, en resumen, en los países que no son particularmente subde­sarrollados, los textos oficiales obligan a las municipali­dades de prever el lugar para un circo. En Francia se hacen playas de estacionamiento para automóviles. Y el circo que­da relegado en los suburbios, lejos del centro, lejos de la ciudad a la que podría inundar con su magia. Y en esos países que cité, si se olvidara al circo habría revoluciones.

Sería un atentado al derecho al espectáculo. Entre noso­tros, el circo es un pariente pobre. ¡Qué tristeza y que injusticia! Sus enemigos —en general gente que no entien­de nada— pretenden, mayormente, que plantearía pro­blemas de circulación, de seguridad, etc. Son pretextos de mala fe. Cuando la carpa azul y roja de Jean Richard se instaló el año pasado en la plaza Clichy, en pleno corazón de París, con el éxito que todos hemos podido apreciar, los problemas fueron solucionados. Para la mayor alegría de sus millares de espectadores. Agradezcamos al promo­tor que tuvo la idea de hacer revivir con brillo y calidad el hueco desesperadamente negro del destruido cine Gau­mont—Palace. También se dice: “En la televisión está La Pista de las estrellas.” Por cierto, fue un buen progra­ma, pero el mismo tiempo apuñaló por la espalda al ver­dadero circo, al que huele a aserrín, a fieras, al que se puede tocar y palpar, el del sudor y del coraje. Muchos telespectadores, al recibir de este modo el circo a domi­cilio, perdieron el gusto del contacto directo y el deseo de trasladarse. ¡Y a pesar de esa terrible competencia, cuan­do una carpa llega a una ciudad que, todavía lo acepta, qué alegría y qué éxito! De sus cuatro mil localidades (como término medio), se encuentran muy pocas vacías. Evidentemente, lo que digo se refiere al circo ambulante. El circo fijo, es más difícil. En Francia sólo queda el circo de Invierno. Debo haber otro en Dinamarca o en Suecia, uno en España y es más o menos todo lo que queda en Europa. El circo de Invierno... Entre los hermosos edi­ficios que jalonan el bulevar que une la plaza de la Ré­publique con la plaza de la Bastille —un bulevar tricolor—. ese polígono color crema es una obra maestra en peligro. No lejos de allí un ministro, que sin embargo había escrito L'Espoir (La Esperanza), dejó que se demoliera el Ambigu, aquel hermoso teatro cuyo frente estaba adornado con bustos de odaliscas resignadas. Todo alrededor, amenazan las playas de estacionamiento. Pues bien, es necesario que el barrio de Filles-du-Calvaire no tenga un nuevo mártir. El circo de Invierno debe ser defendido contra los peli­gros del cemento, del parque automotor y de lo que se atreven a llamar el urbanismo. Estén tranquilos: por el momento todo anda bien a bordo el báculo vigilante del amo del lugar. Nombré a Joseph Bouglione, el patriarca, el patrón, un verdadero director de circo, jefe de una tribu de la que por lo menos setenta miembros trabajan con él, luchan con él para que un determinado circo no muera. A él, que lleva eternamente sombreros de ala ancha, me gustaría saludarlo con mi sombrero. El circo de Invier­no: ¿qué quiere decir? Quiere decir una temporada de París, o lo que queda de ella. Cuatro, cinco meses de actividad visible, rentable. Pero significaba todo un año de gastos, de previsión social, de contratos en perspectiva, de programas que hay que componer. ¿No es algo maravi­lloso, admirable y digno de elogio ? ¡Ah! ¡qué largo es el verano en ese barrio de París! Por una vez me gustaría que el invierno dure todo un año. Entren en el circo de Invier­no... Sí, entren conmigo. Es un monumento, pero no un museo: se encuentra vida, se encuentra la evasión y el ensueño. En cada representación, deslizándose entre lo espectadores que convergen, se encuentra este hombre, Joseph Bouglione, cuyo nombre brilla en todas partes donde se habla seriamente de circo. Y mientras sigan brillando esas letras de oro, será grato sentarse allí donde patalean los niños, allí donde Jerry Lewis lloró de emoción, allí donde una noche de función de Gala de la Union, ante un verdadero Todo París vestido de smoking, un proyector indiscreto enfocó un mozo de pista que recogía una copiosa bosta de elefante: Marlene Dietrich conver­tida por un instante en el Angel Azul de la pista. Ya sabe: el circo es una familia. Buoglione es una familia. Los hijos de Joseph han tomado, bajo la carpa, la antorcha de su padre. Y esto es reconfortante. Su nombre mágico y los Pinder. de Jean Richard, de Rancy atraen a las multitudes con la calidad, respetando al público. Es mejor no hablar de otros grandes nombres que recientemente se han vendido para espectáculos gratuitos, sin relación con lo que se puede esperar del círculo de oro que es una pista, pálidas copias de un music—hall traicionado, adulterado y cuyas localidades se encontraban en los su­permercados, colocadas gratuitamente entre un paquete de jabón en polvo y una caja de pescado congelado... Era grave, pues cuando un verdadero espectáculo circence, un espectáculo pago, un espectáculo de calidad llegaba después en la misma ciudad, el público tenía una reacción: “Acabamos de ver circo gratuito. ¡Y tienen el descaro de hacernos pagar)” Esa traición no les dio suerte a sus autores. Los nombres desaparecieron, los leones y los carromatos fueron vendidos en público subasta. Es doloroso. Pero todos aquellos que se esmeran por seleccionar números del mundo entero, los que cuidan los trajes de los músicos y de las acomodadoras, los que se preocupan por dar buena calefacción en la sala, en resumen `los que organizan un buen espectáculo, tradicional pero no lastimoso, ágil y feé­rico esos, creo, siempre tendrán el público consigno. Jean Richard dijo esta hermosa fórmula: “El circo de mañana será el de ayer.” Yo quisiera, sobre todo, que se deje de emplear la palabra circo como sinónimo de barullo y de­sorden. Por el contrario, un buen espectáculo de circo nada debe a la improvisación.

Este año 1974 es el nacimiento del primer festival inter­nacional del Circo. Evidentemente, sólo puedo aplaudir semejante iniciativa que pertenece al príncipe Rainiero de Mónaco. Pero lamento un poco que este festival no tenga lugar en París... Un París que tendría que estar avergonzado ante los esfuerzos del sonriente Principado. ¡Paciencia! Como en la canción, “Iremos a Monte Carlo”... Observa que es un lugar al que me agrada ir, y mis pasos me llevan con frecuencia allí. A pesar de todo, sólo hay un Mónaco en el mundo.

En 1941, cuando los camareros del Hotel de París lle­vaban el desayuno a la clientela, le decían: “Usted tendría que leer El Oficial sin nombre... ¡Es un libro formidable)” Yo no tenía nada que ver con esta publicidad discreta pero eficaz. Me permitió entrar en el oficio por la puerta de servicio... Además, Mónaco es también un lugar don­de se hizo ilustre mi abuelo, el hombre de los botines colgados alrededor del cuello Y cada vez que voy al Principado, no puedo dejar de pensar en lo que ocurrió en el patio del palacio principesco, allá por 1905...

Aquel día, el príncipe Alberto de Mónaco, bisabuelo de Raniero, esperaba a mi abuelo. El príncipe Alberto, gran viajero, gran explorador oceanográfico —el famoso museo lleva su nombre— había invitado a almorzar al duque des Cars en compañía del duque de Alencon. ¿Sería para hablar de aventuras extraordinarias en el Artico, de viajes en glo­bo u otras expediciones lejanas? No lo sé. Pero estoy segu­ro que era para conversar acerca de viajes y de medio trans­porte.

Con sombreros de copa y levitas ribeteadas en seda, los dos duques bajan del tren de París para subir en un coche tirado por cuatro caballos (porque las lomas son empinadas en Mónaco) enviado por S.A.S. el Príncipe Alberto. Era un agradable paseo en coche abierto: los dos hombres aprovechan al máximo ese decorado que ya evo­caba el de una opereta.

¡En el momento de entrar en el patio del Palacio, el piso del coche se desfonda! Con el ruido de las ruedas que martillan los adoquines, absorbido en conducir majestuo­samente sus caballos haciendo vibrar su látigo, ¡el cochero no nota nada, no oye nada, no sospecha nada! Sin embargo, los dos hombres gritan a voz en cuello: “¡Deténgase, coche­ro, deténgase!” El coche sigue andando como si no ocurrie­se nada. Entonces los testigos tuvieron esta inolvidable vi­sión: agarrándose a los almohadones y a las portezuelas, los dos hombres... ¡corrían con el coche! ¡Sus piernas y sus pies pasaban por el agujero del piso desfondado y galopa­ban, arrastrados en un verdadero engranaje! Esos cuatro pies entre esas cuatro ruedas, ya no eran el duque des Cars y el duque de Alecon, eran Laurel y Hardy en Mónaco! ¡Agotados, sudorosos chillaban!

Después de hacer una vuelta de honor que estuvo a pun­to de acabar con ellos, el cochero detuvo por fin a sus cor­celes frente a la escalinata. . .

Un mayordomo abrió la portezuela del coche... ¡pa­ra encontrar dos cuerpos casi encogidos, cubiertos de polvo, dos hombres—tronco! Con la corbata desatada, el cuello torcido, la levita informe, estaban al borde de la apoplejía y del agotamiento. El edecán del Príncipe captó con mirada experta ese rápido mini drama... Y lo más protocolarmente del mundo, se inclinó hacia mi abuelo que resollaba como una foca: , “Señor Duque ... ¡No tenía que darse tanta prisa! ¡Es­tá usted muy adelantado!”

En Mónaco, ya sabían recibir.

Ayer, pues, cuando mi despacho estaba en uno de los carromatos del circo Gleich, me ocupaba también de los carteles y de la prensa, cuyo papel era el más importante.

A propósito, ¿qué diarios tienen, hoy en día un especia­listas en circo? ¿Alguien que lo quiera, que lo comprenda y lo critique si hace falta? Conozco una buena especialista, honesta y competente: Jacqueline Cartier, de France—Soir. Sabe de lo que habla. Hay otros. Pero, ¿cuántos? Con demasiada frecuencia los diarios delegan un periodista de la sección “Espectáculos”. Si es viejo, ello no rejuvenece al circo. Si es joven, piensa sobre todo en el music—hall. Lo cual puede llegar a ser contradictorio, como lo demuestra el artículo que un periodista, indigno de ese nombre, muy aficionado a los cantantes pop, escribió recientemente en un periódico del sur de Francia una noche en que se en­contraban allí, al mismo tiempo, un circo y un conocido cantante. ¡Al ver que el público de esta ciudad del Rose­llón se había repartido en dos tercios para el circo y un tercio para el cantante, este redactor no había temido es­cribir que “la munici-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Noviembre de 1939, en un rincón de las Ardenas. Después de la breve campana y el armisticio de 1940, asqueado por esa derrota, sin batalla escribí mi primer Libro: El oficial Sin nombre. Un primer libro siempre es algo biográfico. El oficial sin nombre era yo, pero también era millares de hombres que pensaban como yo. Y en el fondo, fue la guerra lo que me permitió escribir.

 

 

 



Tengo dos amores: la no­vela y el circo. Mi primera novela verdadera fueLa dama del circo. Para es­cribirla seguí varias carpas y levantando un poco él borde de sus lonas entré en la gran familia de la gente del viaje. Aquí, es­toy con los que fueron mis primeros amigos de la Pis­ta (de izq. a der.), los clowns Bario, Mimile y Darío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con uno de los mas grandes y famosos clowns, Grock, en "ropa de calle”. Me describía su increíble palacio en la Riviera Italiana, cerca de Imperia. Todo, allí lo glorificaba, aún los macizos de flores tallados en forma de su célebre cabeza. Su vajilla llevaba grabado un pequeño violín cruzado por un arco. Su escudo de armas, en cierto modo. Ya hay el Palacio del Cartero Caballo. Es posible que algún día escriba la novela El Castillo del Clown.

 

 

 

 

 

 

 



palidad hubiera tenido que prohibir al circo de dar una función la misma noche!”... A ese joven lobo tendrían que haberlo encerrado en la jaula de tigres.. .

Yo llenaba también las funciones de intendente. ¿Al­guien tiene idea de lo que representa los problemas de abas­tecimiento para los animales, forraje para los elefantes, carne para las fieras, avena para los caballos, y otros ele­mentos como aserrín muy blanco para los osos blancos? Era un ambiente extraordinario y tuve suerte de haberlo conocido. Me hizo ver esa gran calidad de la gente del viaje: la simplicidad en el esfuerzo que a menudo relega las otras glorias del espectáculo al nivel de histrionismo. La gente del circo tiene tal vez un solo histrionismo: el del riesgo. El trapecista no es el único que desafía la muerte. ¿Y el domador? ¿Y el que baila en la cuerda tensa? ¿Y el malabarista a caballo? ¿No practican ellos también una so­brepuja a la dificultad? Finalmente, la gente del viaje permanece con frecuencia en el anonimato. En el circo, no hay vedettes. En Francia, después de haber nombrado a Zavatta —un gran clown—, ¿en qué otro se piensa? ¿Cinco nombres? Apenas... Se dice: “Ese trapecista era fantástico, ¿pero cómo se llama?” Pocos recordaran por ejemplo, que Enzo Cardona era ese trapecista que mantuvo a millares de espectadores sin aliento. Esta discreción contrasta con la ausencia de artimañas en la pista. En el teatro, si un actor experimenta un malestar, se baja el telón y el misterio separa la sala del escenario. En la pista, lo llevan a la vis­ta de todos los espectadores y la función sigue. ¿Habráse di­cho suficientemente que en el circo había que saber hacer de todo? ¿Habráse notado que la acomodadora que condu­ce a los espectadores a la tercera fila y la equilibrista con sombrilla son la misma persona? ¿Alguien se dio cuenta que ese vendedor de programas y el augusto payaso son el mismo hombre? Sí, el circo es una escuela de todos los ins­tantes, de todos los oficios..., y del sueldo único.

 

El clown, personaje imprescindible del mundo en que yo vivía, era Porto. Me atrevo a decir mi amigo Porto. Gracias a él, pasé horas extraordinarias disertando en su carromato sacudido por los caminos del Mediodía de Fran­cia. Hablaba y de vez en cuando lanzaba una mirada ena­morada a los geranios que enmarcaban la minúscula ven­tana de su casa rodante, para ver si uno de sus “pensionis­ta” no se había caído durante el trayecto por culpa de una piedra... Porto —¿de dónde le venía el nombre? ¿De su país natal?— me había hecho reír cuando yo era niño. Ha­bía aceptado ser el súfrelotodo de sus colegas enardecidos: Chocolat (sí, un “Chocolat” clown blanco), Cairoli, Alex y Maís. Y todo París lo aplaudía en invierno en la pista de esa joya hoy destrozada y arrasada, que fue el circo Medrano... El querido Medrano que han permitido de­moler. La ciudad de París no tuvo la elegancia de tener consideración por su suerte. Medrano fue demolido en vísperas de su centenario... Si hubiese alcanzado su centé­simo año, habría sido clasificado, y por lo tanto, salvado. Simplemente, le impidieron llegar a ser centenario. Esas son las aberraciones administrativas. . . ¿No era acaso Me­drano un lugar ideal para instalar por fin un museo del Circo y también fundar una Escuela del Circo, tal como Annie Fratellini y Pierre Etaix la sueñan desde hace tan­tos años? Era muy normal que Medrano descansase un poco y permitiese a los jóvenes de aprenderlo todo y perfeccio­nar un número. ¡Allí podría haberse encontrado el circo del porvenir! No puedo pasar por ese bulevar sin sentir que se me encoge el corazón. Una gran luz se apagó en Montmartre.

Además, resulta curioso ese sentimiento de tristeza que acecha cuando se habla de circo... Porto murió durante la guerra. Como su antepasado, Cirano, ese bufón etéreo de­be haber subido a la luna, sin el auxilio de ninguna má­quina, a esa luna de plata que había dejado un tiempo para distraer millares de terráqueo. Él, que había detenido el aliento pulsando las cuerdas de su guitarra o tocando su célebre jazzo—flauta bajo el proyector, había esperado seguramente, para morir, que un rayo de luna viniera a llevárselo. Nacido clown, muerto clown, no podía despe­dirse de nosotros como todo el mundo. Después de tantos chascarrillos y piruetas, aprovechó su muerte para hacer­nos una buena broma, la última. Su cuerpo, minado por la tuberculosis, descansaba ya en un cementerio del Mediodía de Francia cuando sus amigos pudieron, por fin, darle una despedida decente. Mozos de pista, payasos y chillones, los grandes nombres de Boulicot, Zavatta y Bario, de Alex y de Maís, todos los caballeros del aserrín y de la alfombrada de yute estaban presentes.

La ceremonia tuvo lugar en la parroquia de adopción del clown en París, una iglesia de la parte alta de Montmartre, sobre la Butte, la famosa colina. Sin uniformes ga­lonados, sin harina ni nariz roja, rodeaban el catafalco, muy iluminado pero que, de todos modos permanecía negro.

“Felizmente, me dijo un viejo clown durante la abso­lución, que Porto no está allí abajo. No estaba hecho para estos colores. La tierra roja de su cementerio de Provenza le queda mejor.”

Otro compañero de risas agregó:

“¡Qué fenómeno, este Porto! Ni siquiera asiste al en­tierro20 que le brindamos... ¡Se perdió su entrada!”

Después de la absolución sus amigos quisieron desfi­lar. ¿Pero desfilar ante quién? ¿Estrechar qué manos? Por­to no tenía más familia. Su hija, a quien adoraba, había muerto dos años antes que él. Sin embargo, hacía falta un desfile. En el espíritu de todos, la ceremonia no habría estado completa. Fue Alex, uno de sus últimos compañe­ros quien asumió el papel de “señores y señoras de la fa­milia”. Representaba toda la gran familia del circo, estre­chando las manos que acababan de soltar el hisopo. Nadie pensó en cuantas volteretas, cuantas carcajadas, cuantos puntapiés en el trasero habían sido necesarios para pagar ese servicio religioso, esos cirios y esas primeras flores de otoño. La oración fúnebre de Porto fue breve y, desde luego, fue un clown quien la pronunció:

“No os hablaré de él: no se habla de la gente a quien se va a ver de nuevo...”

 

 

20 Había hecho mejor: Hoy puedo revelar que este clown que aprovechó un servicio religioso en una iglesia católica era israelita. (Nota del autor.)

Y mientras bajábamos la calle Saint—Vincent, me dijo:

“¿Ah? ¿No sabías? Porto está allá arriba... Hace reír a todos los santos del Paraíso. .. “

La muerte de un clown puede ser menos triste que su vida.

El circo había terminado su gira en Francia. Mis fun­ciones de secretario general terminarían en Bruselas. Pero fue al dejar oficialmente la vida —la verdadera vida— de saltimbanquis cuando encontré a un hombre poco común.

Estaba sentado frente a mí en el coche comedor del tren que me traía de regreso a París. Cuando digo frente a mí, tendría que precisar que me tapaba toda la vista sobre el resto del vagón. Pesaba ciento cuarenta kilos, peso feno­menal que le quedaba muy bien pues era un fenómeno.. . Simpático e inquietante al mismo tiempo, había engullido el “menú presentado por el chef y preparado por el co­cinero Y...”, cuando me dijo:

“¡Realmente, estas comidas de los coches—comedores franceses son muy insuficientes, y tan caros! En los Estados Unidos y en Europa central son suculentos y confortables.

—¿Viajó usted mucho, caballero?

—Como dice la canción: di tres veces la vuelta al mundo.”

Y sacó su tarjeta de visita. No tenía nada que envidiar­le a la de Filiberto de Maisontout. Leí: “Adolfo MacNor­ton, el único hombre acuario.”

Yo estaba asombrado y encantado. ¡Ya había conocido al hombre—cañón, a la mujer barbuda, a las hermanas sia­mesas, pero jamás al hombre acuario!

Ante mi extrañeza, prosiguió:

“¿Usted se pregunta sin duda qué es un hombre acua­rio? Pues bien, soy como los rumiantes: tengo un doble estómago. Y esta anomalía me permitió hacer fortuna ...

—¡Usted sería una atracción sensacional para un circo!

Me fulminó con una mirada tan pesada como él y me dijo.

“Si bien consentí en hacer algunas apariciones en los escenarios de los más grandes music-halls del mundo, es no obstante en los salones donde mi fama se consolidó. En efecto, ¿qué es lo que resulta incómodo en una reunión elegante? La falta de cordialidad... Pues bien, yo he in­troducido ese calor humano en los ambientes un poco em­pachados, un poco estirados. Porque la distracción que brindo es sana, honesta y de buen gusto. Si alguna vez teme ver a sus invitados aburrirse durante una comida, no vacile en recurrir a mí: ¡le garantizo un final de velada memorable!”

Confieso que tengo cierta debilidad por la gente rara, por los personajes. Los drogadictos, los alcoholistas no me interesan, pero aquellos que tienen algún rasgo peculiar, en fin todos los que se apartan de lo corriente, me atraen. Los fenómenos que se veían en las ferias algunos años atrás son un poco la sal de lo novelesco, aun cuando, algunas veces, sus “curiosidades naturales” sean más bien artificiales.

Apenas llegué a París no resistí al placer de ver al hombre—acuario en el ejercicio de sus talentos. Reservé la sala posterior de un café del barrio latino para brindar una pequeña velada entre amigos.

El enorme Mac Norton vino vestido con un frac negro con reflejos verdosos. Lo acompañaba la señora Mac Nor­ton, deslumbrante en un vestido de noche bordado con lentejuelas. La aparición de esa pareja imponente hizo sensación en el pequeño café. Después de haber sido cerra­das las puertas de la sala posterior, la señora Mac Norton preparó los accesorios: una jarra de agua, un embudo y una pecera en la que se movían pececillos rojos y ranas.. .

Con el tono solemne de los conferencistas de los Anuales, MacNorton comenzó:

“Señoras, señoritas, señores, me honro de poder realizar ante vosotros algunos juegos de física de entretenimiento que no ofrece ningún peligro para los animalitos que veis aquí... Os solicito toda vuestra atención. Ante todo, voy a constituir un lago en el bolsillo de mi estómago...”

Su esposa—ayudante introdujo el embudo en la boca del hombre—acuario y volcó el contenido de la jarra: tres litros.

“Ya está. Ahora voy a tragar estos encantadores anima­litos...” dijo el enorme hombre.

Como una de mis amigas había contenido una reacción de asco, MacNorton la tranquilizó:

“No tema nada, señorita... Trabajo con las mismas ranas y con los mismos pececillos desde hace años...”

Se había quitado la chaqueta y arremangado las man­gas de la camisa. Hundió el brazo hasta el codo en la pe­cera, tomó los peces y los batracios uno por uno, y los tragó...

“¡Ya está! ... ¡Están nadando!. .. ¡Los siento! ¡Re­tozan en mi estómago!...” explicó el fenómeno.

De todas maneras estábamos asombrados y permanecía­mos en silencio. MacNorton se dirigió a la señorita que había experimentado una náusea:

“Señorita..., ¿desea usted que saque primero una rana o un pececillo?”

La joven lanzó un grito de horror. La pata de una rana acababa de aparecer entre los labios fofos de MacNorton. No tenía un aspecto muy agradable.

Grité:

“¡Rana!”

Soltó el pequeño batracio. Volví a gritar:

“¡Pececillo!”

Fue un pez, lo que apareció en la boca del hombre.

Luego mis amigos trataron de complicar la tarea del fenómeno. Pero con un virtuosismo increíble, el hombre expectoraba a pedido rana o pececillo, que regresaban a su acuario de vidrio. No faltaba uno solo, Y, aparente­mente, no habían sufrido con ese viaje al centro de un hombre. Los espectadores, en cambio, estaban muy incó­modos. Mientras MacNorton vaciaba, como un geiser ambulante, los tres litros de su “lago”, uno de mis amigos me dijo:

“Tendrías que asociarte con él e inventar el “zoo—diges­tivo”. ¡Después de todo, hubo el café concierto !...”

Decir que el hombre—acuario terminó su número con aplausos sería exagerado. Mis amigos conocían mi afición por las rarezas y lo insólito, pero el hombre acuario dejaba detrás de sí una curiosa impresión de gárgara... Mientras volvía a vestirse y su esposa ordenaba el material, MacNor­ton me explicó:

“¿Usted está un poco desconcertado, jovencito, verdad? Sí, la primera vez que se asiste a mi demostración, siempre se recibe fríamente... En el fondo, sólo soy un gran des­conocido. ¡No importa! Después de mi muerte, seguirán hablando de mí. Legué mi estómago, por testamento, a la Academia de Ciencias. Los especialistas verán entonces que era el de un hombre honrado... ¡Piense un instante en todo lo que podría disimular mi panza! Se acabarían las aduanas...”

En el momento en que estábamos por dejar el pequeño café situado cercado de la calle du Bac, el patrón, que había asistido a todo ese gorgoteo, impresionado sin duda por esos vasos comunicantes y esos juegos de agua, se acercó al hombre—acuario y le dijo:

“Señor MacNorton... ¿Me permite convidarlo con una copa? ¡Debe tener mucha sed! El pescado y las ranas, a mí, siempre me dejan el garguero seco... ¿A usted no?

 

Después de aquella primera permanencia en el mundo del circo que me había familiarizado con esa gente mara­villosa y ese ambiente siempre desconocido hoy, volví a mis primeros amores, durante el tiempo necesario de pre­parar mi novela. Paul Lévy, veterano periodista que había hecho fortuna con su semanario Aux Ecoutes —que sobrevivió a la guerra y desapareció hace unos cinco años—, había lanzado un diario, Aujaurd'hui. Le propuse de to­marme en su equipo y me contestó:

“De acuerdo. Pero con la condición absoluta que me traiga dos interviews que necesito imprescindiblemente: uno a Branly y otro al Dr. de Mantel... “

Branly y de Mantel. ¡Esta vez era “reportaje en grande”! Pero también eran dos celebridades que desconfiaban de los periodistas... Comencé por Branly, pues me parecía que de ambos sería el que más cooperaría conmigo.

Me equivoqué. No quiero decir que Branly me haya sido hostil o desagradable. Por el contrario. Pero en cuanto a cooperación, no mucha... Edouard Branly tenía cerca de noventa y dos años. Era tan célebre como un Pasteur. Pero él no había ayudado a los hombres a curarse; les había permitido oírse al inventar el revelador de ondas, la futura radio, que entonces se llamaba Telefonía sin hilos.

Me recibió en su laboratorio monacal de la Facultad católica. Tenía el uniforme de los hombres de ciencia: un guardapolvo blanco. Y detrás de los lentes, sus ojos no abandonaban una aguja que oscilaba sobre un cuadrante. No decía nada. El instante era casi religioso y no me atreví a romper el silencio. Aproveché ese tiempo para anotar en mi libreta una breve descripción de ese santuario de las ondas. Pero los minutos transcurrían. Desde que su asistente me había introducido junto al gran hombre, este último no había dicho otra cosa que “Buenos días. Sién­tese allí.”

Una carraspera en un altoparlante antediluviano me recordaba la que oía por la noche, después que apagaban las luces en el dormitorio cuando estaba pupilo en el colegio de los jesuitas. Un compañero aficionado a la radio había instalado un receptor a galena con una red de diecisiete juegos de auriculares unidos el receptor por muchos metros de alambre disimulados en las ranuras del piso. Durante la hora de los deberes y del estudio de la tarde, aprovechando la pequeña confusión que precedía la ora­ción, nuestro técnico hacía circular una nota discreta di­simulada entre dos cuadernos de versiones griegas: “Esta noche, a las nueve”.

A la hora indicada, los auriculares salían de bajo de las almohadas y cubrían nuestras cabezas. Sobre todo, había que poner mucho algodón en los audífonos para callar el menor chirrido: el celador no andaba lejos. Bajo las fra­zadas corríamos el riesgo de asfixiarnos, pero valía la pena.

Primero se recibían los parásitos bajo la forma de horribles descargas en los oídos. El operador tenía que levan­tarse para hacer los últimos ajustes del receptor instalado en su mesa de luz. Era un riego. Para disimular, el mucha­cho secaba ruidosamente su vaso de noche y el ruido de su pequeño chorro cubría los otros, menos naturales, del ajuste. Luego se podía oír el Concierto Mayol, las Folíes­Bergére o bien obras de teatro. Así es como escuché Topaze seis años antes de verlo. Pero Pagnol es tan auténtico, que basta oírlo para verlo... Como el impuesto de la O.R.T.F., nuestro abono era costoso. Y pagadero por adelantado: al comienzo de la semana entregábamos toda nuestra provi­sión semanal de chocolate al operador. A él, no le gustaba el chocolate y lo vendía a los abonados. Lo he vuelto a ver recientemente. No, no es “hombre de radio”, su fuerte voz no se oye por las ondas nacionales o periféricas. Sin embargo, siempre hace un poco de radio. En Madagascar, por encima de los ríos y de las selvas de la Gran Isla, su voz corre para llamar un médico, pedir un auxilio o con­testar siempre listo a los que pueden necesitar de él. Es jesuita —¡lo que es, escuchar la radio!— y en calidad de tal recorre la selva, evangeliza, ve al Papa y a ciertos altos funcionarios. En Madagascar, donde los franceses ahora necesitan un visa, es algo así como la última voz de Francia.

Una noche estábamos especialmente excitados. Eran casi las veintidós y todo París se había dado cita en el Bourget para aclamar a uno de los primeros vencedores del cielo, y en todo caso del cielo del Atlántico norte: Lindbergh. Era la primera travesía aérea de los Estados Unidos a — Europa.

De auricular en auricular, de cama en cama, todo el dormitorio era un solo eco: “¡Pasó! ¡Salió vencedor! ¡Lind­berg acababa de cubrir 5.800 kilómetros en 33 horas 30.. . y sin escalas! ¡Era fabuloso! Nuestros sueños más épicos quedaban superados. Semejante noticia llegó a oídos de los celadores quienes, sin embargo, no escucharon un recep­tor de galena. Después que hubo pasado el momento de admiración beatífica, se dieron cuenta que el informe nos había llegado antes que los diarios de la mañana, que, por otra parte, estaban reservados a los profesores. La duda empezó a planear, como el avión de Linbergh, el Spirit of Saint Louis... Se iba a descubrir el pastel. Iban a llover los castigos, sin hablar de confesiones provocadas para hacer perdonar. Al alba, el operador —decididamente un conductor de hombres— tuvo una idea genial:

“¡Rápido! ¡vamos todos a afeitarnos!”

¿Afeitarnos? Debíamos tener tres pelos locos en la bar­billa, ni siquiera eso... En realidad, era un ardid. Mien­tras diecisiete manos untaban con la brocha las mejillas imberbes, otras diecisiete manos cortaban hilos, destruían los audífonos y disimulaban el receptor encima de un tan que de agua.

No faltó un celador que viniese a preguntarnos: “¿Qué les pasa, que todos se afeitan esta mañana?”

Diecisiete voces contestaron:

“¡Es en honor de Lindbergh, padre!”

—¿Lindbergh? ¡Ah! ¿el Superior les anunció esta hermosa hazaña? En ese caso, jovencitos hicieron bien...

Lindbergh jamás supo que había sido el último héroe de nuestra radio clandestina.

Edouard Branly seguía sin hablar. Finalmente, me arriesgué:

“Señor Branly... Perdone mi indiscreción, pero...¿qué experiencia es ésta que no absorbo tanto?” Su respuesta fue breve: “Investigo... “

Una palabra que resumía la vocación de este hombre. Ahora, su mirada iba de su pequeña aguja a un gran Cris­to, único ornamento de la pared. Branly interrogaba la aguja y parecía recibir la respuesta del Cristo. La aguja lo inquietaba, el Cristo lo tranquilizaba. El rostro, que parecía esculpido en una vieja piña, se volvía liso, radiante.

“Investigo”, repitió el físico.

Branly ya había hallado la fe. Me dijo:

“Mi misión es trabajar en silencio para ayudar a los hombres a comprender algunos milagros de la Ciencia, los que el creador consciente en revelarnos poco a poco”.

Branly había entregado su persona y también su reli­gión a la Ciencia. No concebía la una sin la otra. La im­presión que dejaba ese anciano, trabajando con medios casi improvisados debido a las escasez de las subvenciones, y hallando su luz espiritual en la visión del Gólgota, era magnífica.

Debí, sin duda, exagerar un poco el aspecto místico en mi nota, pues luego de haberla leído, Paul Levy me declaró:

“Dicen siempre que los judíos se sostienen entre ellos, pero ustedes los católicos, cuando se ponen a hacerlo... ¡son un verdadero dique!”

Y, naturalmente, esa nota llevó por título “Investigo”, por Edouard Branly.

Aparentemente satisfecho, mi director me sometió a mi segunda prueba: hacer un interview al Dr. de Martel...

Thierry de Martel era el más famoso cirujano del momento. Tenía la gloria del profesor Bernard y a tenacidad del profesor Guimet. La especialidad de este gran maestro del bisturí era el cerebro. No se inclinaba sobre los —muy vacíos— de las encantadoras jovencitas que lo rodeaban, pero operaba gratuitamente los de los desdicha­dos que tenían un tumor. Había dos doctores de Martel: el que, ocasionalmente, complacía a una de su clientas snob operándola de apendicitis en su lujosa clínica de la calle Piccini, y el otro que pasaba horas sobre las menin­ges de un pobre infeliz en su clínica popular cerca de la calle Vercingétorix.. .

Todo había sido dicho y escrito de acuerdo a ese plan. Mi nota fue ciertamente una nota cualquiera, pero el doctor de Martel tuvo la corrección de enviarme unas líneas:

“Gracias. ¡Hay par fin un periodista que no me hizo decir demasiadas tonterías!”

Era muy amable. Martel, como todos los personajes de actualidad, era un buen tema de reportaje. Pero como a todo personaje, solían atribuirle expresiones que no eran las suyas. Esto se hace, algunas veces. Hacer hablar a la gente, es bueno para vender una nota.

Martel tenía una extraordinaria conciencia profesional. Uno de mis amigos fue testigo de ello. Una mañana, el cirujano lo llama por teléfono.

“¡Hola! ¿Siempre tienes tu pabellón de caza en el bos­que de Ecouves? ¿Sí? Perfecto... Me invitó para el fin de semana... Ven a buscarme a mi dispensario... ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo!—¡Ah!... Sé amable. Avisa a tu guarda de caza que me consiga una docena de pajaritos. Dile de matar seis hacia las tres de la tarde y de mantener vivos a los otros seis. ¡Que no los haga sufrir y sobre, todo, que no les las­time la cabezal”

Después de una cena brillante en que Martel se prodigó en ocurrencias ingeniosas, y mientras se levantaba para dar migas de pan a seis jilgueros encerrados en una jaula, dijo antes de subir a su cuarto:

“¡Siento que voy a pasar una buena noche!”

A las cuatro de la madrugada, el dueño de casa des­pertado por ruidos de pasos en la escalera. Intrigado, salió de su cuarto, justo a tiempo para ver a la mujer del guarda de caza que subía con una bandeja.

“¿Qué es eso?

—Café negro para el doctor. Me recomendó muy especialmente anoche de llevárselo a las cuatro en el desván.

Me dijo que pasada la noche allí...”

Lleno de curiosidad, el amigo siguió a la cocinera. La alta silueta del cirujano en bata se recortaba en la claridad de una lámpara de petróleo colocada sobre una viga trans­versal. Junto a la lámpara se encontraban los cuerpos de los seis pájaros matados por el guarda. En la jaula había cinco pájaros vivos, mal despiertos sin duda, y que obser­vaban intranquilos a su congénere, el texto, mantenido apretado en la mano izquierda del médico cuya mano de­recha manejaba con cuidado un extraño aparato que hur­gaba en el interior del pequeño cráneo. Los ojos del doctor de Martel se habían vuelto enormes: se ocultaban detrás de un par de lentes de aumento semejantes a los de los corredores de automóviles. Cuando se acercaron los visi­tantes, el cirujano dijo:

“¡Chist!”

En un silencio total —la cocinera estuvo a punto de soltar su bandeja, por la emoción— el desván se había vuelto el antro del doctor Caligari. Bruscamente, la mano derecha dejó de manejar el acero cromado, la izquierda aflojó el pajarillo que quedó inerte en el hueco de la mano: el cuerpecito fue colocado sobre el piso de la jaula donde su llegada provocó un alboroto de gritos y alas agitadas.

Martel miraba fijamente el pájaro. Transcurrieron cin­co minutos. Luego, el jilguero movió una pata, un ala; y por fin la cabeza. Vivía. Revivía. El cirujano se quitó los lentes; estaba sudoroso y como agotado por una fuerte tensión nerviosa.

“Esta semana tengo que hacer seis operaciones deses­peradas en mi clínica de la puerta de Orléans, dijo con voz muy tranquila. Seis desdichados sin recursos a quienes no tengo derecho de decepcionar. Necesitaba hacerme la mano. Las cajas craneanas de los pájaros son las más pe­queñas que existen y verdaderos modelos para este tipo de operaciones. .. “

Mi amigo preguntó:

“¿Pero por qué hay seis pájaros muertos y seis vivos?

— Porque ensayé por partida doble. Primero con los muertos, luego con los vivos. El lunes estaré en condicio­nes para explorar el cerebro de mis seis pacientes. No ten­go derecho a cometer un error...”

Con mirada tierna observaba el último de los operados que comenzaba a recuperar todas sus fuerzas:

“Son encantadores... Y quiero hacerle notar que no fui yo quien mató a los otros... Me horroriza, eso... Sólo quiero a la vida”.

Sin embargo, el doctor de Martel se dio muerte cuando los primeros blindados alemanes pasaron bajo sus ventanas de la avenida Foch, en junio de 1940, en dirección al Arco de Triunfo, donde se encuentra la tumba del Soldado Desconocido.

He recordado esa paciencia, esa valentía prudencia, ese respeto de los hombres al evocar a otro personaje inmor­tal que adoraba la vida: Louis Armand. Una fuerza, un espíritu, una inteligencia bondad poco comunes. Nos habíamos conocido en el tren —lo que era normal para él, antiguo director de la S.N.C.F.21.

 

 

21 Siglas de Société Nationale des Chemins de Fer: Compañía nacional de Ferrocarriles.

Venía a Le Mans para hacer una conferencia que yo le había pedido: “En la con­fluencia de las ciencias físicas y humanas”, ante el público de la Academia del Maine que yo presidía entonces. Louis Armand estaba muy bien en la confluencia de la ciencia y del hombre, del humor y del trabajo. Evidentemente, en el tren todos lo conocían y él también conocía a todos. Un festival de inspectores, de mozos de coche—comedor (¡por una vez, qué servicio)) y jefes de estación. Hablaba de tracción eléctrica y yo comprendía. Hablaba del tráfico dantesco entre París y Lyon, y de las vías férreas de interés secundario. Eso, lo comprendía yo muy bien. Ese hombre universal, que volví a ver varias veces y me honró con una amistad sin señales rojas ni túneles, me escribió con fre­cuencia cartas que merecerían un premio en el concurso Lépine: invención, observación, astucia y visión del mun­do a largo plazo, he allí todo lo que contienen sus misivas. La última me llegó el día de su muerte. Había sido echada al correo la víspera y me pregunto siempre, por un reflejo muy egoísta, si, en el fondo, no fue ésa la última escrita por ese hombre apasionante. Sería demasiado hermoso. Pero ese cuentista inagotable, ese gran hablador —hablaba casi tanto como yo, lo que no es decir poco— jamás dejaba de perfeccionarse. Decía: “Los hombres sólo pueden uti­lizar la ciencia si viven con ella las veinticuatro horas del día”.

Y cuando yo le preguntaba­:

¿Está libre el sábado a la hora de almorzar?” Me contestaba.

“Me voy a mi casa de Normandía con mis nietos. Voy a poder distraerme con ellos... ¡Un verdadero descanso)”

¿Qué hacía para descansar? ¡Construía una campana electrónica) ... Para sus nietos. Para él. Para nosotros. Para que la ciencia no se adelantase a él durante el fin de semana.

 

Proseguí mis colaboraciones múltiples. Los periódicos crecían como hongos, casi todos financiados por algún partido político: S.F.LO., radicales—socialistas, Cruz—de—Fue­go —todos querían tener el suyo. Excepto a algunos perio­distas, entre los cuales me incluía y a quienes la política dejaba indiferente.

La situación era grave: la prensa estaba desacreditada por hombres ajenos a ese oficio y cuyo único interés era la propaganda electoral, el chantaje y otros medios de ejercer presión sobre los gobiernos que se sucedían con una rapidez desconcertante. Hoy, por lo menos, no hay tantos aficiona­dos en la profesión. Tengo horror de los aficionados. Un trabajo bien hecho, es lo mejor que existe.

Generalmente, entraba a un periódico por la puerta pe­queña, trayendo alguna noticia. Si gustaba, me bombar­deaban con funciones tan indefinidas como variadas. Se hacía de todo porque si no se podía hacer de todo, uno pronto quedaba eliminado. Era lo contrario de la especia­lización que es, dicen, la panacea de hoy. Felizmente, los diarios morían también muy pronto, lo cual nos impedía envejecer. Como se comenzaba siempre, siempre se perma­necía joven...

Terminé por conseguir un gran reportaje en un país que iba, poco tiempo después, a alimentar copiosamente las páginas de la prensa europea —y particularmente la francesa—. Ese país era España que se hundía en la guerra civil. La revolución acababa de destronar al rey Alfonso XIII y a su presidente de Consejo, general Baranguer, llamado Segundo de Rivera en recuerdo de su predecesor.

Como yo hablaba castellano, me encontré —una vez no es costumbre— con una suntuosa provisión para mis gastos de reportaje que había de durar seis semanas. Traje una serie de notas que fueron censuradas. No en España, sino en París, donde mucha gente tenía interés en que el caos que desgarraba al país no fuese revelado al público francés. Dejemos eso... No desenterremos viejos cadáveres. Están ya lo de más de un millón de muertos cuyos restos —en fin, los que se pudo juntar— fueron reunidos por Franco, hace unos quince años, en la famosa necrópolis subterrá­nea del Valle de los Caídos, dominando por una inmen­sa cruz.

De España, prefiero conservar un recuerdo novelesco. Y no es una casualidad. Por lo menos, es eterno. Ocurrió en Valencia, donde me habían recomendado visitar el mu­seo de la Tauromaquia. Un museo de los ex combatientes de la arena, soldados de la muleta22 y toros de afiladas astas. Y como todo verdadero museo, éste tenía un guía. Por una peseta, hacía hablar las vitrinas. Por dos pesetas, Sombreros y mantillas. Pasábamos revista a los grandes toros y a los grandes matadores cuya fuerza (para los pri­meros) y cuyo coraje (para los segundos) había hecho vibrar las multitudes de los domingos por la tarde, ya es­tuviesen apretujadas en las localidades a la sombra o al sol. Fotografiados, embalsamados, convertidos en estatuas, los toros habían entrado en la leyenda y en el museo, sobre todo si habían ensartado a varios matadores...

Ya me había detenido frente a una vitrina sorprenden­te: se exponía en ella una mantilla blanca junto a un vio­lín. Una guitarra hubiera parecido normal. Pero un violín ¿por qué?

Evidentemente, para el guía esta vitrina era el punto estratégico de la visita. O bien la presencia del violín era considerada normal y el visitante no se detenía, o bien se asombraba y hacía preguntas al guía, lo cual alargaba sen­siblemente la duración de la visita.

“¡Ahí señor... veo que está usted intrigado. Esta vi­trina es el recuerdo de una historia trágica, la más bella y la más insólita historia de toros de todo el país ...

—Cuénteme... “

Me la contó y, en efecto, es una bella historia...

 

Hace mucho tiempo, el segundo violín de la Opera de Valencia se llamaba Antonio López. Antonio era un hom­bre modesto cuya única pasión era sostener lo mejor po­sible su arco así como las voces de los grandes nombres del bel canto. Desdichadamente, desde su lugar en el foso de la orquesta, el violinista no tenía el placer de ver a sus artistas preferidos ni toda la sala brillante y perfumada de las noches de gala. Sólo veía al director de orquesta, lo cual era suficiente para tocar, y una parte del proscenio, lo cual era suficiente para ver uno o dos rostros de espec­tadores selectos que arrojaban miradas desdeñosas sobre el foso donde cuarenta talentos anónimos permanecían des­conocidos. Una noche de gala, mientras esos músicos se empeñaban en la obertura del Barbero de Sevilla, la puer­ta del palco avant scéne se abrió para dar paso a la más vivaz de las bellas, Juanita, escoltada por su padre, don Alonso Balmoral y Tras Los Montes.

Por una de esas casualidades que transforman una exis­tencia, Antonio había alzado la vista hacia ese penumbroso lugar de la sala justo en el momento en que el rostro de Juanita se había inclinado sobre el escenario.

Era hermosa. Desde que estaba en la orquesta de la Opera —hacia más de cinco años— Antonio no había visto una mujer tan bella. Trató de llamar su atención, pero las notas más cristalinas no debían subir hasta el palco:

22 Trozo de tela roja que los matadores utilizan para excitar al toro (N. del autor).

la hermosa Juanita sólo tenía ojos— para un joven tenor que, justamente, esa noche hacía su presentación en Va­lencia. Antonio lo había visto en los ensayos. Ese tenor era un verdadero tenor: corto de piernas, adiposo, preten­cioso, lanzaba miradas grotescas como los enamorados de los malos films mudos... “¡Qué lástima! ¡Qué disparate!” Pensaba Antonio.

Antonio había esperado cinco años que un hermoso rostro iluminara ese palco que permanecía vacío con dema­siada frecuencia. ¡Y ahora ese rostro no lo miraba a él, el músico! El tenor le había robado “su” Juanita. Antonio tocaba su partitura casi inconsciente. Febril, sólo vivía pa­ra las pausas de la música que le permitían levantar la ca­beza hacia el palco, estuche maravilloso que atesoraba la belleza de Juanita. Antonio estaba enamorado. Y sabía, desde luego, que su amor crecería, pues era español... Pero Juanita, tan próxima y tan lejana, no pestañeó siquie­ra para el pobre rascatripas del foso.

Después de la función, Antonio guardó su violín y su arco, pero el aguijón de los celos había herido su corazón. Elucubró un plan muy simple.

Llegó el día de la próxima función de gala. Más de una hora antes de levantarse el telón, mientras detrás del pesado terciopelo rojo los utileros y los maquinistas termi­naban los últimos preparativos exigidos por la puesta en escena, Antonio se sentó ante su atril, solo en el foso. Antonio rezaba. Rezaba para que la bella no llegase tarde. Por una noche, los dioses del amor favorecieron a Antonio: Juanita, seguida por su hidalgo padre, apareció deslum­brante en el palco más de veinte minutos antes de las pri­meras notas de la obertura. Estaba aún más hermosa que la primera vez.

“Oh, padre mío, no pudo evitar de decir la joven, vea a ese músico que ya está en su lugar. Está solo. ¿Por qué se adelantó tanto?

—Hija mía, respondió don Alonso, ese violinista es ciertamente un puro artista enamorado de la música; de­seoso de impregnarse de la atmósfera de la Opera, viene a recogerse antes de tocar”.

Mientras su padre le daba esta docta explicación, Juani­ta, con los ojos pegados a sus gemelos de nácar, descubría a este violinista consciente. Fue su perdición: ¡Antonio era bello! La miraba. Sus ojos parecían decir: “Voy a tocar para usted, porque la amo.” Antonio era otro hombre. Su plan había dado resultado: Juanita había reparado en el.

La función comenzó. Juanita trataba de no escuchar a ese presuntuoso tenor. Velaba su dulce rostro con el aba­nico de carey de su finada madre doña Isabel. Ese peque­ño biombo le ocultaba las ridículas miradas del comediante. Hasta llegaba a cerrar los ojos para tratar de reconocer, en ese mar de armonías, las notas ejecutadas por el arco de ese violinista cuyo nombre ni siquiera conocía. Una corrien­te subía desde el foso de la orquesta hacia las damas de yeso con polvorientos senos que enmarcaban el palco, para volver a bajar hacia el segundo violín, después de haberse detenido algunos instantes bajo una mantilla. Esa corrien­te tenía un nombre de río: el Amor. El Amor que en ese país de sol y en otra —historia de tauromaquia, titulada Carmen, ya había cometido muchísimas maldades.

La velada terminó con una apoteosis a la vez muda y musical. Antonio, impulsado por su pasión, se levantó e hizo un saludo hacia el palco, lo cual le valió indigna­das represiones del director de orquesta: ¡un segundo vio­lín que saluda al público! ¡Era intolerable! ¿quién creía ser? Además, era también lo que había pensado don Alonso al dejar su palco.

Pero, de noche de gala en noche de gala, Antonio, continuó haciendo su corte. Sólo vivía esperando ese momen­to... Tres horas por mes, en cada función de gala, se sentía un dios y Juanita se interesaba cada vez menos en lo que acontecía en el escenario.

 

A diferencia de amor, la Opera tiene temporadas. Era el mes de mayo: el teatro cerró sus puertas hasta después de las vacaciones.

Para Antonio fue el tiempo de la desesperación, impres­cindible en ese género de aventuras. En su buhardilla le­prosa —donde no podía estar de pie para tocar el violín—­Antonio roía su amor contrariado por esos infames meses de verano.

Tuvo el coraje de presentarse en la residencia del padre de Juanita con el pretexto de una “comunicación urgente.”

“Don Alonso”, declaró al hidalgo, a quien ya consi­deraba como su suegro, soy pobre pero honrado. Concéda­me la mano de su hija...

—¡Jamás aulló el padre noble! ¡Jamás la hija de un Balmoral y Tras Los Montes será la esposa de un oscuro rascatripas! ¡Antes la muerte que el deshonor!”

Decididamente, era la representación de Carmen.

Y Antonio, por uno de esos efectos bien conocidos de la balística debido a las botas de un lacayo estilizado y mer­cenario, se encontró de pronto en la calle. Antonio, arro­jado por la puerta, volvió esa misma noche bajo las ven­tanas de la bella, armado con su violín que destilaba la Serenata de Toselli y los Millones de ese pobre Arlequín, que siempre fue tocado por violinistas sin un centavo.

Pero la servidumbre de don Alonso hizo huir a Antonio. Pero no demasiado a prisa. Antonio había tenido el tiempo de recoger un mensaje arrugado en un guante de terciopelo. Habiendo escapado a los sirvientes de don Alon­so, atrincherado en su buhardilla, leyó estas palabras milagrosas: “Lo amo. Mi padre es intratable. Sólo le concederá mi mano si vuelve célebre.”

Antonio no lo pensó mucho. Para ser célebre pronto, en España, existe un solo medio: hacerse torero.

Antonio tuvo entonces una doble vida. Aprendiz de matador durante el día violinista durante la noche. Por un año, manipuló la capa, hizo como los muchachos que se cargan con un par de cuernos fijos sobre una rueda de madera. Se volvió “tauromaníaco”. Y peseta tras peseta. ahorró sobre sus escasos emolumentos para comprar al sastre de la Opera un viejo traje de luces que desde mucho tiempo ya no brillaba. Antonio sabía que el ridículo no mata, sobre todo cuando se está enamorado. Sólo el des­honor es mortal: don Alonso se lo había echado en cara.

Finalmente, Antonio pudo hacer su presentación como matador. En la corrida no figuraban grandes nombres. pero la integraban ciertas esperanzas que llegarían lejos si no recibían algunas cornadas antes. Era el domingo de Pascua. Todo Valencia estaba presente para olvidar los rigores de la semana santa.

Juanita había logrado decidir a su padre de asistir. Don Alonso le contestó:

“¡Ese violinista está loco! Pero en este día de Resurrec­ción, tal vez Dios sea clemente con él ... “

Juanita tuvo el atrevimiento de contestar a su padre:

“Es un muchacho valiente.”

Antonio estaba sublime. Pase tras pase dominaba al toro que ya no sabía donde arremeter con los cuernos.

Juanita disimulaba mal su admiración. Don Alonso permanecía mudo. Pero el momento de la verdad llegó. Era la puesta a muerte. Antonio puso una rodilla en tierra y arrojó la muleta que excitaba el toro. La multitud no des­cubrió una espada sino... ¡un arco y un violín! Siempre con la rodilla en tierra, el matador inició la obertura de Guillermo Tell. La multitud, de entre la que se había levantado un clamor, estaba ahora inmóvil y silenciosa de asombro. Juanita tenía la palidez de un personaje del Greco. Después que pasó el momento de estupor, don Alon­so farfulló en su bigote encerado:

“¡Caramba! ¡Qué desfachatez!”

Lamentablemente, al toro no le agradaba la música de Rossini. Ensartó el violín y al matador. Sobre la arena del ruedo, hubo una gran mancha de sangre, de cuerdas tor­cidas y un hombre destrozado.

Todo Valencia asistió al entierro de Antonio. Don Alon­so repetía: “Yo lo había dicho: ¡ese violinista estaba loco!” En cuanto a Juanita, desgarrada por eternos lamentos y la desesperación, terminó recientemente sus días en el con­vento de las Hermanas Agustinas después de haber legado al museo la mantilla que había llevado en la Opera y el violín que hizo restaurar pagando un alto precio.

Deslicé otra peseta en la mano del guía que me había contado esta historia. Me servirá de tema para una novela.

Pero el guía me retuvo un instante delante de una foto ya amarilla, que estaba en la parte inferior de la vitrina.

“Es el toro que mató a Antonio, me dijo. Se le con­cedió el derecho de no ser sacrificado, privilegio excepcional pues había encornado a varios matadores. Pero desde la muerte de Antonio, todo Valencia lo llamaba Stradiva­rius...”

Más tarde me inicié en la novela policial. Dura escue­la... La oportunidad se presentó con motivo de la Expo­sición de 1937. Sí, ello no me rejuvenece, pero brinda la oportunidad de hablar del autor del cartel de ese “Expo 37”: Paul Colin. Todo el mundo tendría que admirar a Paul Colin, el hombre que dibujó el famoso afiche de Josefina Baker con un cinturón de bananas para la Revista Negra, donde se presentó en 1925. Gran pintor, afichista lleno de ideas, tiene otros talentos para brillar en sociedad, tales como la prestidigitación y el de contar historias raras. Dos razones suficientes para querer a un hombre. Un día me contó una ocurrencia de Picasso que es bastante sabrosa. Sucedió en un restaurant del sur de Francia. Al terminar la comida. Picasso y algunos amigos pidieron la cuenta. Desde luego, debieron ser más bien los amigos quienes tenían la intención de pagar, pues el autor de la famosa Paloma no gozaba de fama por su prodigalidad. Hasta se decía que era muy avaro. El patrón se inclina hacia Picasso y le dice:

“¡Ah! ¡señor Picasso! ... Si me atreviese le pediría... Me gustaría tanto que me haga un dibujo allí, en una esquina del mantel... Desde luego, usted sería mi invi­tado...”

Picasso dibuja, rasga el trozo de mantel de papel y se lo da al patrón.

Este, con aire un poco incómodo agrega:

“¿Sería pedir demasiado que firme su dibujo? Compren­da—usted, así tendría más valor...

—¡Ah no!, responde Picasso. Le pagué mi comida, de acuerdo, ¡Pero no le compré su cafetín!”

 

El semanario Dernain era dirigido por un ilustre des­conocido que se llamaba Pecquery, pero que firmaba Jac­ques La Bréde. Siempre la “seudonimia” ... El dinero de ese periódico pertenecía a un cierto Hirsch—Motmartrain, hijo del ex miembro del partido radical socialista. La pren­sa no lo apasionaba. Lo único importante para él era su firma de aparatos eléctricos Ampli-Lux. Y lo que más le interesaba aún, obtener la concesión del alumbrado de la Exposición de 1937.

Por lo tanto tuvo, y era normal, una idea luminosa: crear un periódico especial para la Exposición, un diario fabricado en el mismo lugar de este encuentro internacio­nal. En realidad, este periódico haría una crónica de la Expo mucho antes que ésta abriese sus puertas. Con una prosa que brillaba por su chatura, el interés de todos era: atraído acerca de las maravillas técnicas del Ampli-Lux Esta publicidad clandestina dio sus frutos. Ampli-Lux ilu­minó la Expo.

Yo trabajaba para el semanario cuando el señor Hirs­ch—Montmartrain me anunció la creación del diario del mismo nombre: Demain. Pero le hacía falta otra idea.

Las novelas policiales estaban de moda. Muchos autores ya no dormían desde que la querida Agatha Christie había, algunos años antes, revolucionado el género con su famoso libro El Crimen de Roger Ackroyd, enigma en el cual, como se sabe, el asesino es el narrador. Como yo no tenía el talento de esta querida Agatha, propuse a nuestro “financista” una novela policial de la cual escribiría el primer capítulo y los siguientes serían redactados por los lectores.

Pecquery, alias La Bréde, estuvo a punto de abrazarme por esta idea. Como su contador era distraído y percimo­nioso, aproveché en tratar de “venderle” la idea. No me dio un solo céntimo por adelantado, ni aun atrasado, de todo lo que me había prometido.

Así fue como apareció El Crimen de la Exposición. Yo sabía donde hacerse iniciar la historia. Sabía que tenía que transcurrir íntegramente entre los cuarenta y dos pa­bellones extranjeros y los stands y atracciones franceses de la Expo. Pero era el lector quien debería decidir lo que ocurriría. . . Primer capítulo: “Asesinato en el planetario.” Trescientas líneas, tres víctimas, empezaba bien. Veinti­cuatro horas después de esta publicación, las oficinas del diario, acostumbradas a una calma serena, fueron teatro de una bulimia de lectura. Invadidos por asombrosas “con­tinuaciones” propuestas por nuestros lectores, nos esforzábamos en elegir. Las mujeres se habían desenfrenado. Hay que admitir que las noticias policiales habían excitado la imaginación. Se hablaba mucho del “crimen del subte” el de una joven apuñalada en un vagón vacío en la estación Porte—Dorée... Entretanto, después de mil dificultades y atrasos, en medio de las huelgas del Frente Popular, la Expo terminó por abrir sus puertas y nuestros lectores, colaboradores entusiastas, recorrieron todos los rincones de los pabellones para situar un crimen suplementario. ¡Con ellos, la Expo se convertía en un lugar muy malsano y se llegaba a comprender porqué Albert Lebrum, el presidente de la República, la había inaugurado a paso acelerado!

 

Había cambiado la miseria por una falsa bohemia más confortable. Este género de metamorfosis profunda puede ser espectacular, y en este caso es un poco indecente. También puede ser discreto... En mi caso, me hallaba entre los dos. Pero tenía un verdadero lujo, un lujo imprescindible, una venganza deleitosa: ¡me había mandado hacer un smoking! En esa época, las oportunidades de usar una “corbata negra” eran casi cotidianas. Uno se vestía. Y cada vez que me veía obligado a aparentar “ser distinguido”, me dirigía, un poco humillado, hacia el Cor de chasse; esa renombrada tienda de Saint—Germain—des—Prés donde, por un precio fijo, es posible vestirse como un lord. Y cada vez, me sentía deprimido. Parece ser algo vicioso, ponerse por una noche, un traje alquilado. El frac o el smoking alquilado constituye la mayor humillación del hombre que quiere aparentar lo que no es del todo. A pesar de que esos cubrevergüenzas son muy prácticos. Y sorprendentes. Se encontraba de todo, en esa tiendita de los milagros. ¡Y qué mina de novelas! En el bolsillo del saco de un smoking encontré un papel arrugado que había escapado a la vigi­lancia de los retocadores y al vapor de la tintorería. Leí con dificultad estas palabras llenas de promesa: Genoveva X ... plaza Larnartine. No ir después de las veintidós. La portera es desconfiada y tiene mal carácter.” ¿Qué seductor había olvidado en este bolsillo tan valioso dato? ¿Acaso había tropezado con el cancerbero que lo había denunciado a un padre, a un esposo, a otro amante, tal vez?... Si mi predecesor en este saco había llamado de la campanilla, ¿quizá habría provocado un drama, o un crimen? Después de todo, ese galán distraído merecía su infortunio. Cuando una dama espera, no se la hace esperar. A menos que este hombre haya espiado a su bella, y se haya informado res­pecto a ella... ¡Ya está! ¡Lo tenía!... Era un detective privado... Algún día tendré que escribir esa novela. Tengo el título, engañoso: El Amor en alquiler.

El fantasma de la guerra se había alejado de Munich y yo veía la vida color de rosa. Un gran período sudame­ricano me proponía ir a hacer un reportaje a Extremo Oriente y un muy viejo y muy sólido diario parisiense me ofrecía un puesto de jefe de redacción adjunto. ¡Elegir! ¡Qué lujo!

Se presentó una tercera solución, que en realidad no esperaba. ¡Ya no cabía vacilar, ni elegir! Era la movilización. Era el 19 de septiembre de 1939. ¡La guerra! había­mos terminado por creer que se la evitaría permanente­mente. . . Las palabras de mi padre volvían a surgir como un fantasma: “¿Quieres escribir? Primero serás militar.” Esta vez yo no podía invertir esa órden.

Apenas había subido el primer peldaño y, ¡hop!, vol­vía la incertidumbre del mañana. Volvía para millares de jóvenes, millares de hombres cuya opinión importaba poco, pero cuya vida era valiosa. Sin embargo, había una certeza: íbamos a envejecer. Jamás se ha visto a alguien que haya rejuvenecido en la guerra. El otro día encontré una libreta toda destrozada en la que anotaba ideas nuevas, planes de novelas, reflexiones que consideraba útiles. En la fecha del 3 de septiembre de 1939, día de mi movilización efec­tiva, escribí: “Hoy, cambio de vida.”

Era cierto. El cordón umbilical estaba cortado. La pri­mera víctima de la guerra fue nuestra juventud.

—En 1914 también hubo una generación sacrificada.

—Sí, pero había tenido tiempo de aprovechar de la vida antes de la hecatombe, La “Belle Epoque”, hubo gente que le gustó... ¡Nosotros, a los Años Locos no los conocimos! Diez años no es suficiente para bailar el chár­leston y apreciar a las jovencitas falsamente vaporosas en los vestidos del modisto Poiret. Habíamos pasado hambre —yo un poco menos que los demás, es cierto— y hacía diez años que nos venían repitiendo que el ”próximo” sería terrible... Es en la único que no nos han mentido. No podíamos ir a la guerra cantando. No habíamos sido pre­parados, “propagandizados” para eso. Y creo que no tenía­mos realmente deseos de “tragar alemanes”, como decían en el café du Commerce.

—La movilización quiebra tus esperanzas. ¿Qué haces entonces?

—Me encuentro en el Sarre, en la batalla del Ailette y en la debacle de junio de 1940. Hago la guerra de milla­res de franceses, la que duró diez meses.

Un armisticio puso punto final a todos nuestros esfuer­zos. “¡Ustedes no han peleado!”, protestaban nuestros mayores, los de 1914. Pero olvidaban que no siempre basta con la tripa. Sin cañones, sin municiones, sin transmisiones, sin equipos y sin oficialidad capaz, nos quedaba un solo derecho: el de cubrirnos la cabeza con ceniza... Porque sólo habíamos tenido ciento treinta y cinco mil muertos en tres semanas, doscientos cincuenta mil heridos y dos millones y medio de prisioneros, estábamos condenados al silencio impuesto por la vergüenza. Me negué. Reaccioné. Escribí El Oficial sin nombre.

Pero ya ves, paradójicamente, esta guerra que había quebrado mis esperanzas, me dio otras. Y otras ilusiones, y otras razones de vivir.

Me hizo descubrir ambientes que sólo había contor­neado: los de las Letras y, particularmente, los de la edi­ción. El Oficial sin nombre es también eso. Una puerta grande abierta sobre una batalla a cuchillo, una guerra paralela, mi guerra secreta de autor después de mi guerra de Francés.

¿El terreno a conquistar? ¡Vamos! Es la última selva ,virgen. Además, le consagré una obra de teatro que duerme aquí, en este cajón. Pierre Fresnay la leyó. Le pareció buena.

Ocurre en los corredores de una editorial: la historia de un joven autor cuyo manuscrito fue retenido... ¡El desdichado no sabe lo que le espera!

Acaba de penetrar en la más auténtica, la más peli­grosa y la más fabulosa de las legiones poco conocidas.

¿El título de esta obra? ¡La jungla!



2.
LA JUNGLA

 

 

 

—¿Cómo entraste en esa jungla?

—¡Por una marca de jabón!

—? ...

¡Oíste bien: por una marca de jabón! Pero, eviden­temente, es toda una historia.

En cuanto fui desmovilizado, me destinaron de oficio al comando pacífico de un Taller de la juventud en el Var. Empresa de espíritu generoso, pero construida sin discernimiento por un general bigotudo común viejo galo, el general de La Porte Du Theil.

Cometía el error de creer que la juventud francesa, todavía independiente porque se hallaba en la zona lla­mada “libre”, podría ser renovado por algunos preceptos de patrocinio y de escutismo. Olvidaba que cuando se ha recibido una patada en el culo, sólo existe un método para borrar el mal recuerdo: devolverla.

Pero los jóvenes del campo de Agay donde yo había sido enviado eran demasiado débiles para devolver nada. Porque nada tenían que dar. Eran tres mil que venían un poco de todas partes y que habían sido agrupados más mal que bien. Como mayores, habían sido arrastrados en la debacle, sumergidos por la marca de los que huían y de los que tenían pánico. Movilizados dos meses antes para recibir una instrucción militar apresurada, se habían dis­persado en diversas unidades combatientes. Pero esas uni­dades, en las que les habían vagamente aprendido a de­samar un fusil ametralladora, se habían a m vez replegado ante el espantoso empuje hacia el sur. La guerra, que ellos no habían empezado siquiera, había terminado ya. Por lo menos, así lo creían. Y esta juventud, que ten­dría que haber gritado sus veinte años —es decir, gritar su ira y su asco—, esta juventud se encongaba reunida bajo el sol y el ojo bondadoso de la guardia móvil.

Una certeza: esos muchachos no necesitaban sermones ni gendarmes. Necesitaban jefes y sólo recibían papelu­chos. Desde Clermont—Ferrand, el estado mayor del ge­neral de La Porte Du Theil nos inundaba de instruccio­nes, de circulares y de notas de servicio. ¿Era eso la nueva Francia? Tenia que haber un error. La antigua no había muerto del todo el 25 de junio de 1940, la debacle no lo había barrido todo: la administración militar seguía aguantando.

La aplicación de esas páginas imperativas era impo­sible. Los que las habían redactado no habían tratado de ponerlas al alcance de los destinatarios.

De ese fárrago, yo había deducido el objeto de nuestra instalación en Agay: “Ustedes están en el Esterel para hacer carbón de leña.” Los incendios de bosques no eran todavía una calamidad. Estábamos en zona libre, no en “zona roja”.

El equipo y la vestimenta dejaban mucho que desear. Me enteré por casualidad que la intendencia militar de Marsella poseía cincuenta mil pantalones cortos inicial­mente destinados a nuestras tropas coloniales y apiladas en unos depósitos en forma provisoria. Todos sabemos que lo provisorio está hecho para durar mucho tiempo.

El intendente que me recibió en Marsella era un per­fecto tipo de imbécil visceral.

“¿Y usted se figura, chilló apoplético después que le hube participado mi requerimiento, que nos tomamos el trabajo de almacenar esos cincuenta mil calzones únicamente para que sus muchachos puedan pavonearse en las playas de la Costa Azul?

—Sólo le pido dos por muchacho, o sea mil...

—¡Jamás! Sepa, amigo mío, que la gran fuerza de la intendencia es saber almacenar. Los tenemos, los conser­vamos. Son nuestra fuerza.

—En efecto, acabo de comprobarlo esta guerra relám­pago en la que no recibíamos nada en línea y teníamos que llorar para conseguir un par de borceguíes...

—¡Los teníamos, pero almacenados!

—¿Sin duda para uso de los alemanes quienes, ellos, no se harán problemas en tomarlos?

—¡Aquí estamos en Francia libre!

—Por el momento.. .”

Se levantó, algo tranquilizado:

—” ¡Sígame!”

Lo seguí. Sus depósitos estaban llenos a reventar. Con profunda satisfacción, con el gesto amplio del hombre que tiene buena conciencia, me mostraba sus pilas de chaquetas, de capotes, de fajas de lana.

“¡Usted no querrá, supongo, meter desorden en todo esta tan bien ordenado! Mi decisión está tomada. No toco nada. Pero como no soy malvado, voy a sacarlo del apu­ro. ¿Le alcanza veinte pantalones de tela cruda?

—Somos tres mil... (“al llegar al puerto”, tenía yo deseos de agregar para complacer a Corneille y a su Cid) .

—A mí sólo me sobran veinte pantalones de la canti­dad prevista para mi reserva. Tómelo o déjelo.”

Lo dejé.

Para sacudir a esos jóvenes decidí hacerles construir una aldea en pleno Esterel1. La noticia corrió por enci­ma de las rocas rojas y de los pinares, luego llegó hasta Marsella donde Roland Dorgeles, siempre al acecho de una nota para Gringoire, decidió venir a visitarnos. Dorgeles seguía viviendo el momento de su célebre libro so­bre 1914/1918, Las Cruces de Medera. Desde la primera guerra había conservado, más de veinte años después, un espíritu muy militar. Jamás se había desmovilizado del todo.

Después de haber probado la sopa de nuestro taller —y pasado la noche en un hotel de Agal— publicó, a la semana siguiente, una nota titulada: Juventud con los brazos desnudos en aquel mismo semanario donde yo ha­bía ganado mis primeros mil francos.

El artículo tuvo un solo defecto: ser demasiado veraz.

Dorgeles expresaba exactamente lo que simbolizaban esos muchachos con el torso desnudo que talaban árbo­les, aserraban, cortaban, transportaban y juntaban tron­cos para construir esa aldea. Para vivir una nueva vida, aunque no tuviesen nada que reprocharse, habían unido sus divergencias. Los estudiantes pari-

 

1 Gran macizo cristalino de Provenza.

risienses eran compa­ñeros de los campesinos del Gard, los guapos de Marsella se habían aliado con los Corsos. Era la plaza del trabajo. Un trabajo que habría de dar una aldea con su alcaldía, su iglesia, su correo.

Dorgelés mirado muy bien: ya no eran jóvenes vigi­lados por la gendarmería, sino Francia. La verdadera. No la de Vichy, ni siquiera la de Clermont—Ferrand don­de esa nota indignó a los superiores: ¡nos atrevíamos a construir una aldea! Las instrucciones no lo habían pre­visto.

Pero esa nota, la leímos en voz alta, ávidamente, a la luz de los fogones. Y surgió la idea de un periódico. Fue el más hermoso de todos aquellos en los cuales he colaborado, por haber sido el más efímero: Jeune France tuvo un solo número, pero con un tiraje de millares de ejemplares, impreso en las prensas del Petit Marseillais y que, salido de la Canebiére2, se irradió por toda la Costa.

El editorial que yo había tenido la audacia de firmar fue reproducido por varios diarios del Mediodía de Fran­cia, y terminó de indisponerme con las cabezas pensantes de Clermont—Ferrand. Vichy me declaró entre los revolu­cionarios, sin darse cuenta del honor que ello represen­taba para mí. Una nota imperiosa —¡Otra más!— me bo­rró de la oficialidad de los Talleres de la juventud.

Acompañado por Arnaud de Pierrebourg y Charles de Latour —se habían declarado solidarios de mis auda­cias— me dirigí a Clermont—Ferrand para ver al “gran je­fe”, el galo.

“Evidentemente, me dijo, su juventud, su dinamismo son magníficos... Pero pasarán antes que yo me recti­fique. Sus métodos originales paralizan mi acción que es más reflexiva, más metódica, más lenta y, sobre todo, más segura.”

En 1945 pude medir las consecuencias de esa calina y de esa resignación del gobierno de Vichy.

Traté de defenderme durante dos horas: tarea inútil; el general era una pared en uniforme.

Ultimo intento para hacerme comprender: ver per­sonalmente al ministro de la juventud. Me recibió, me escuchó muy amablemente durante largo rato. Aprobó todo lo que yo le dije, pero no me ayudó en nada, copio generalmente ocurre. El señor ministro solo contaba con los inspectores de finanzas y los politécnicos que lo ro­deaban para hablar a la juventud y “ponerla en el ca­mino del honor y de la virtud”. Para mí era la primerí­sima vez que un financista —se ocupaba del Banco de Indochina— se encargaba de semejante misión.

Lo juré: no volvería a poner los pies en ese cesto de cangrejos.

Sentado sobre mi valija, esperé en el andén de la estación de Lyon—Perrache que un hipotético y repleto tren me llevase lejos de esas pequeñeces. Había perdido tres meses. Para nada. La aldea jamás sería terminada, el Taller de Agay se derrumbaría como los demás y los mu­chachos, librados a sí mismos, se entregarían a las activi­dades mucho más lucrativas del mercado negro que ya comenzaba a gangrenar la vida. Era desesperante. Estaba asqueado. Y sólo veía un medio para librarme de la opre­sión y del opresor: escribir un libro.

Me encerraría en un retiro necesario para la redac­ción de ese libro. Construiría cada página, cada frase para que surja mi desconcierto, y en lo posible para mostrar en que drama se había hundido una Francia de rodillas. Con mi aprendizaje de periodista y mi inexperiencia de autor, alumbraría un relato de esa insen-

 

 

2 Famosa avenida de Marsella.

sata campaña de 1939/1940. El relato comenzaría el día en que la movili­zación me había sorprendido, un año antes, en Cannes. Y terminaría ahora. Y en el pasillo del convoy asmático y atorado que me traía, hallé el título: El oficial sin nombre.

—¿Eras tú el oficial sin nombre?

—Lo escribí, pero no soy el héroe. Yo no aparezco. El lector es ese soldado desconocido. Un lector que, en el mo­mento en que apareció el libro (en 1941) iba a revivir en el papel la siniestra aventura que había vivido real­mente durante algunos meses. Además, si ese título me agradó y fue el único en ocupar mi mente para ese libro, creo que es porque da la impresión de haber sido escrito por todos los combatientes de ese trozo de guerra y no por un solo señor que cuenta su guerra ... Y si ese libro tuvo éxito es porque fue el primero en decir “¡no!” en vez de mea culpa. Apareció en el momento en que más se necesitaba un libro de ese género. Tuve mucha suerte que fuese el mío.

¿Hay “momentos” para publicar un libro?

—Hay corrientes de reacción, resistencias a una intoxi­cación, a una verdad monocorde. De pronto, la gente está harta y está madura para montar el caballo que va hacia la nueva dirección. Los éxitos fabulosos de dos libros re­cientes: Papillón y Love Story, ilustran muy bien esos momentos propicios. Papillón fue un estallido en la me­lancolía que siguió a 1968, y en un clima político apagado; Francia había dicho no a de Gaulle, quien había deci­dido retirarse. Papillon era la evasión, la suya y la del lector. Love Story era la reacción antiporno, el regreso al sentimiento y a las leyes eternas del corazón; era la victoria de Romeo y Julieta sobre la Historia de O. Esos dos libros llegaron en el momento adecuado. Pero, por definición, un momento no dura. Y ser el best—seller de un momento es muy diferente que hacer toda una carrera que dura. Después de Papillón, Henri Charriére nos dio Banco. Un Banco en el cual perdió todo el interés que habían suscitado sus primeras aventuras. Y creo que hu­biese sido mejor que “Papi” muriese antes de Banco. ¿Y el autor de Love Story, Erich Segal? Dicen que no quiere oír más hablar de novelas... Pues bien, El Oficial sin nombre podría haber sido mi comienzo y mi fin. Si hu­biese seguido hablando de mi mismo, no habría sido no­velista. Uno habla de sí mismo una vez. Se escribe el li­bro que uno lleva en sí. Pero, ¿y después? Eso es terrible: esa es la vuelta: se tiene recuerdos o se tiene imaginación.

—Me anunciaste una historia de jabón...

—Cuando terminé el manuscrito, un amigo se empeñó en hacérselo leer a Francis Carco... Querido Francis, hombre delicioso, encantador autor de Jesús La Caille, de El Hombre acosado, y de Dulce Cabaret, académico Goncourt liberal (lo cual no es corriente) : fue gracias a él que se publicó mi libro.

Careo leyó mis cuartillas en una noche y al día siguien­te me dijo simplemente:

“Me agrada. ¡Sobre todo, no lo toques más!”

Se lo propuso a un adinerado ocioso que quería con­vertirse en “el gran editor de la zona libre.” Ya se vería lo que era bueno. Pero, prudente, prefería autores de renombre. Un desconocido, era mala señal. Con soberbia lógica absurda contestó a Carco, refiriéndose a mí: “Si fuese célebre, se sabría.”

Otros tres editores contestaron que no era el momento de publicar semejante libro. Bernard Grasset no quiso leerlo siquiera. “El título es malo”, dijo. Tengo un libro que va a provocar una desgracia: Veintiséis hombres, de Jean de Baroncelli (actual esposo de Sophie Desmarets y crítico cinematógrafico del diario Le Monde) . Incan­sable, empecinado, Careo se había convertido en un amigo y mi representante. De Niza a Marsella, trataba de ubicar este Oficial sin nombre nacido de un autor desconocido. ¿Por qué tanto trabajo Francis Careo? Sin duda porque era un poeta, el poeta de La Bohemia y mi corazón, el de una juventud burlona, la de los Apaches y las mujeres, cuando el barrio Latino tenía corazón y Montmartre tenía espíritu. Yo era joven. Era bohemio. Esto agradaba a Careo.

Careo era más obstinado que yo. “¡Lo logré!”, me ase­guraba después de cada encuentro negativo. Yo comenzaba a perder las esperanzas y a resignarme. Después de todo, había escrito el libro y me sentía un poco mejor.

A fin de pensar en otra cosa, y porque Careo insistía, acepté ir a una cena en casa de unos desconocidos. Frente a mi estaba sentado una especie de Mefisto muy barbudo. Al terminar la comida, una de esas sorprendentes comidas de guerra en las que cada cual entrega sus tickets de racionamiento, se presentó en estos términos: “Soy el señor Couiteas de Faucamberghe, industrial.”

Y para explicar su nombre poco corriente, agregó que era griego—belga y ex campeón de tenis. A mí me parecía que tenía el aspecto de un emir disfrazado de Europeo. Me miraba ligeramente divertido:

—¿Entonces, prosiguió, es usted quien escribió el coso respecto a la guerra? Careo me habló de eso. Tendría que mandar imprimir ese libraco.

—Ningún editor lo acepta... ¿Para qué arriesgar el poco papel que tienen editando a un desconocido?

—¡Pero es excelente!

—Lo dice usted...

—Créame, joven. Conozco muy bien a los editores. Son verdaderos piratas del pensamiento. Si por desgracia al­guno—hubiese decidido editar y lanzar su libro, habría sido pagándole un porcentaje de hambre con el pretexto de la guerra. Le habría hecho firmar un contrato atándolo a su editorial durante años. Un autor joven, sobre todo en estos momentos, siempre se deja tomar por la trampa del primer cheque. Es el comienzo de su esclavitud. Tiene que escribir sin descanso. El autor joven que produce demasiado y muy a prisa queda vacío al cabo de algunos años. El editor tomó lo que tenía de mejor en él. Cuando ese contrato, que sólo es un engaño, llega a su vencimiento, el editor abandona al autor que ya no es muy joven y que se encuentra con mucho papel garabateado y sin porvenir alguno.

—No es muy alentador...

—¿Verdad? Por eso, siempre es preferible editar uno mismo su primer libro. Si resulta un éxito, es célebre de golpe. En ese momento —y sólo en ese momento— todos los editores le correrán atrás. Entonces podrá elegir discutir en un plan de igualdad y tal vez imponer sus con­diciones.

Había escuchado ese discurso realmente encantado. Pero también con una ligera inquietud. Al escribir mi li­bro, no había pensado en todo eso... ¿Era cierto lo que afirmaba el señor Couiteas de Faucamberghe?

Para terminar de convencerme, me tendió su tarjeta:

—Venga a verme mañana a Niza. Lo espero a las once.

Pero a la mañana siguiente, esas palabras me parecían exageradas y engañosas... Califiqué mi conversación como esas promesas que dicen: “Soy el hombre que usted necesita. Usted es el que yo busco.”

A las dos, el conserje del pequeño hotel donde yo me alojo me anunció que me llamaban por teléfono:

—¿Hola? Habla Couiteas de Faucamberghe. Lo estuve esperando...

—Escuche, señor, su proposición no me interesa.

—¿Cómo dice? ¡No sea terco! Tiene un tren para Niza a las cuatro. Lo espero a las cinco. Y podrá regresar esta misma noche. No olvide el manuscrito.

¿Mecenas? ¿Pigmalión? en todo caso, obcecado.

Este griego—belga ocupaba una suite en el plaza. No me recibió como, en principio, acostumbra a hacerlo un editor. Estaba completamente desnudo, acostado boca abajo, mientras una enfermera le aplicaba ventosas. Al pie de la cama una dactilógrafa escribía a máquina una carta dictada por el señor Couiteas y lo que sigue.

—¡Ah! aquí está el escritor!, exclamó sin volverse para no hacer caer las ventosas. ¿Tiene su coso? ¿Cómo es el título?

—El Oficial sin nombre.

—No está mal. Lo leeré esta noche para tratar de dor­mir. Si no me quedo dormido al cabo de un cuarto de hora, Significa que lo leeré íntegro. Y entonces lo edito, sea bueno o malo...

¿Tiene una imprenta?

—Fabrico jabón sin tickets (¡ya hemos llegado!). Ten­go papel para las etiquetas y los envoltorios. Para mayor seguridad, en cada ejemplar de su libro pondré bonos para mi jabón. La gente carece de jabón pero necesita lavarse, de todas maneras, Comprarán todo, jabón y libro, porque en la zona libre no tiene nada para leer. Es exce­lente cuando la gente está obligada a quedarse en su casa: lee: Si ese libraco llega a agrandarme, lo colocaré en todas partes. Empezaré tirando cincuenta mil ejemplares. Algo que jamás se hizo para un desconocido. Pero le advierto: ¡ni un centavo ahora! Si las cosas marchan, primero recu­peraré mis gastos; además, tiene la posibilidad de ganar muchísimo dinero. Pongamos un precio bajo y redondo: veinte francos. Usted puede llegar a cobrar unos trescientos cincuenta mil francos. No le hago contrato, pero usted se compromete por escrito a pagarme el diez por ciento de toda su producción literaria durante diez años. Ele­girá usted mismo sus editores. Y para terminar, un último punto: no hago ninguna publicidad. La mejor propaganda para un libro es encontrarlo en todas partes, principal­mente en las bibliotecas de las estaciones de la zona libre. ¡Con toda la gente que pasa por allí! Es necesario que un viajero vea ese libro expuesto en Vichy, en la vidriera ambulante, que lo vea de nuevo en Lyon y en Marsella. Tendrá el noventa y nueve por ciento de las probabilidades para que lo compre al llegar a Niza. Si está de acuerdo, no tiene más que firmar al pie de este papel, después de la mención “Leído y aprobado”.

Por fin dejó de hablar. Lo había dicho todo con un tono monocorde y sin prisa, a la manera de la gente que sabe lo que hace. Le pedí un cuarto de hora para reflexionar. En realidad, sabía que Francis Carco, que acababa de llegar a Niza, se alojaba en el mismo hotel Plaza. Se lo conté todo más o menos con la misma rapidez que lo había hecho el fabricante de jabón.

—¡Firma sin vacilar!, fue la respuesta de Carco. Jamás volverá a encontrar una oportunidad semejante. Eviden­temente, no es un contrato de edición muy normal. Pero este buen hombre no es un editor como los demás. Es un comanditario, bastante deportivo, hay que admitirlo. ¡Firma!

—¿Y los bonos para el jabón?

—¡Ya veremos! ¡Firma!

Firmé, temblando de emoción.

Las predicciones del señor Couiteas de Faucamberghe, jabonero y editor fuera de serie, fueron inexactas. No había previsto —y yo menos que él— que los cincuenta mil ejemplares se venderían en un mes. ¡y se vendieron sin un solo bono para el jabón! Justo en el momento de ponerlos en venta, supliqué al señor Couiteas de Faucam­berghe que no colocase bonos para su jabón en los cinco primeros mil ejemplares. “¡De acuerdo!, me contestó. Corro ese riego y usted también, porque si no se vende...”

El “coso”, como lo llamaba, se vendió como pane­cillos (¡admitiendo que se hubiese encontrado panecillos en 1946!). Los cinco mil ejemplares no alcanzaron. Mi editor puso el total de los ejemplares en venta. De todos modos era gracias al jabón que ni¡ libro había sido im­preso: el impresor Robaudy, de Cannes, hacía el libro sobre las bobinas de papel destinado a los jabones. Con­servé los últimos ejemplares de esa edición en un papel que se volvió amarillo. Un papel de guerra que habría tenido que ser llamado papel—jabón. El jabón no era como mi oficial, tenía un nombre: Manda. Ofrecía la parti­cularidad de no limpiar, de no hacer grumos y de cubrir las manos con una pasta horrible. Un verdadero jabón de bromas y trampas.

Al cabo de seis meses, Carco, encantado, me llamó:

“¡Y ahora, el Goncourt!”

¡El Goncourt! Con solo pronunciar ese nombre, ese premio tan codiciado —el único nombre de recompensa literarias que todos recuerdan—, con sólo pensar en él todo joven autor se siente desfallecer. Carco estaba de­senfrenado:

“Escucha, tu libro marcha muy bien, y sin embargo los alemanes lo han prohibido en la zona ocupada. Sería estupendo si El Oficial obtuviese el premio. ¡Por primera vez se vería un Goncourt concedido a un libro prohibido en las dos terceras partes del territorio francés! Trabaja en tu próxima libraco y no te muevas. Hacerse el muerto es la primera condición para obtener el Goncourt. No te digo más nada. Me encargo de los primeros contactos.”

Como Francia, los académicos Goncourt estaban divi­didos. ¡Ya! Cada una de las dos Francias tenía su litera­tura. El campeón de la zona ocupada era Sacha Guitry, el de la zona libre era Francis Carco. El gran elector era René Bénjamin. Su misión consistía en poner a sus cole­gas de acuerdo para la elección de un libro. Se sabe que no era tarea sencilla. Pasaba su tiempo en los trenes, yendo de una zona a la otra. Imaginemos hoy a través a Hervé Bazin yendo y viniendo al sur, entre Francoise Mallet—Joris y Einmanuel Robles... Necesitaría un bo­leto circular y una valija (diplomática) .

Carco hacía estrategia académica. Sabes, la que tam­bién se aplica —especialmente— en la Academia Francesa cuando sus miembros eligen un nuevo inmortal: no vo­tan contra un colega. Carco sabía explotar los rencores de cada uno, azuzar a tal contra cual para lograr el re­sultado apetecido: un voto nulo compartido o una elec­ción... Francis consiguió convencer a Jean Ajalbert. Es­te académico había comprendido que a falta de talento o de lectores, hay que hacerse notar .¡Y vaya si reparaban en él! En la Croisette, la hermosa avenida costera de Can­nes, en pleno mes de agosto, vestía un grueso sobretodo, una larga bufanda como los chiquillos de los Cuentos de Andersen y sombrero de alas anchas.

“¡Sabe usted, me dijo, cuando paso, la gente dice: Es Jean Ajalbert, de la academia Goncourt. Vea, querido amigo, lo importante en nuestro oficio es saber darse una personalidad.”

Carco sabía que Guitry no votaría por un libro de guerra que exaltaba el sentimiento nacional. Ajalbert, que trataba a Guitry de “bribón”, hizo una gran decla­ración en Niza para decir que me daría su voto. Carco, Ajalbert: ya eran dos para mí. Reconozco que Jean Ajal­bert tuvo sus méritos, no cedió a pesar de las súplicas de su mujer. Si los hombres a ponerse de acuerdo sobre la espalda de una mujer —si así puedo decir—, la inversa no es siempre tal. Las esposas de los académicos Goncourt de aquella época se odiaban todas y desempeñaban el pa­pel de un picador. Excitaban a sus maridos a favor o en contra de un candidato. El aspecto físico de éste, o su manera de hacer la mano eran determinantes. Y no vaya a creerse que ese género de influencias desapareció por completo. Hasta con escuchar lo que se dice en el ambiente literario hacia el mes de noviembre o el día de una elec­ción. Ese día, el editor agasaja a su autor, héroe de la jornada, con un gran cocktail al que la mitad de las per­sonas que asistan no leyeron las obras del laureado. No importa: la otra mitad las leyó. Y en esta mitad se en­cuentran las esposas de los electores que cuentan la elec­ción de su propio marido o bien el día en que ganó tal o cual premio. Cuando son viudas, son temibles. Recor­damos esa hermosa obra de André Roussin, Las Glorio­sas, lúcido retrato de las esposas de los que creen ser gran­des hombres. Roussin tiene allí una frase inquietante y verdadera: “Nadie sabe en vida de lo que es capaz su viuda.”

La voz de Ajalbert arrastró la de Lucien Descaves a quien llamaban el “Goncourt que jamás viene a los al­muerzos”. Esa comida en el Drauant, famoso almuerza frente a la plaza Gaillon, tan tradicional como un des­file del 14 de julio, es el último momento de la “cocina” del premio: se otorga inmediatamente después. Pero al­gunas veces, ese almuerzo no termina nunca. Los perio­distas esperan. Y algunas veces también, son decepciona­dos. Por eso, en 1925 fundaron el premio Theophraste Renaudot para entretenerse un poco durante el almuer­zo de los Goncourt y, eventualmente, corregir su elección. El laureado del Renaudot sólo recibe... una invitación para almorzar.

Desde la muerte de Honoré Rosny —su libro La guerra del fuego, famosa novela de los hombres prehistóricos le había hecho merecer el sobrenombre de “Mamut”—, los Goncourt eran solo nueve; la mayoría era pues de cinco votos.

Carco me dijo: “Vamos a tratar de conseguir el de Leo Larguier. Es muy amigo de Dorgeles. Yo, estoy disgustado con Dorgeles. Por el momento... Bastaría con que yo le pida de votar por ti para que haga lo contrario...”

Larguier, al finalizar uno de esos agotadores almuer­zos literarios, fue muy franco:

“No me gustan mucho los libros de guerra, sobre todo de la que ustedes perdieron. Todo el mundo sabe que terminó con vuestra derrota. ¡Se sabe el final!”

Me miraba para medir el efecto de su oráculo. Pasó un ángel, el ángel de la benevolencia:

“De todas maneras votaré por su libro. Tiene algunas cualidades.. . “

¡Demasiado amable!

Cuatro votos. Carco sonreía. “Con el de Dorgeles, habremos ganado!, dijo. Pero también tenemos que asegurarnos el de Daudet.” León Daudet, el hijo del autor de Cartas de mi molino, el temible polemista de L'Ac­tion Franjaise, tenía setenta y cuatro años. Estaba gra­vemente enfermo. Escribimos a su esposa para que lo de­cidiese a concederme su voto.

¡Si eso seguía, harían votar hasta a los muertos!

Yo asistía, impasible y asombrado, a esta cocina. En esas grandes maniobras en las que yo era nada más que un instrumento que sólo tenía el derecho de callar, des­cubrí con tristeza que ya no se trataba de aquilatar el valor de un primer libro. La carrera al premio tenía lugar sin mí. La querella política se sobreponía a cual­quier otra consideración. ¿El libro? Nadie se ocupaba de él... Desde luego, estábamos en guerra. Pero los Gon­court tienen la especialidad de hacerse la guerra. Hemos visto que entre ellos las reconciliaciones siguen a las disputas y a las que renuncian preceden el acuerdo cor­dial. En general, el candidato no tiene nada que ver. Y en verdad, creo que esas historias no interesan a nadie. Salvo a los que quieren conseguir el premio a toda costa... Hay candidatos que se enferman. ¡Ah! esas visi­tas, esas dedicatorias, esas esperas junto al teléfono!

Fue en ese momento cuando los alemanes levantaron la prohibición del libro en la zona ocupada. Jean Fayar lo editó en París. El día del Goncourt llegó por fin. La “academia Carco” se reunió en Niza, con periodistas, pa­ra dar a El Oficial sin nombre lo que se llamó el “Gon­court de la zona libre”. En París, a la misma hora, en el resturant Drouant, detrás de las famosas botellas de vino blanco, pero por una vez sin almuerzo, la “academia pa­risiense” concedió el Goncourt oficial a Viento de marzo de Henri Pourrat. El acontecimiento es casi histórico: por primera vez desde su fundación en 1903, el premio Gon­court no era otorgado a la primera obra de un joven autor. Viento de marzo había salido algunos años antes y era imposible encontrarlo en librería. Su autor, que ha­bía pasado los cincuenta años, no era candidato al premio sino a miembro de la academia. Es una astucia que se llevó a cabo varias veces en ambos sentidos. Un autor quiere formar parte de la academia: le dan el premio. Es un buen negocio. Inversamente: un autor desea el premio Goncourt, lo nombran académico Goncourt. Es una mala pasada: ¡ahora está obligado a leer a los demás, en cambio quería que lo leyesen a él! Conmigo había otro candidato desdichado: Frison Roche que también se iniciaba con su primer libro, Primero en la cuerda. Nos consolamos. Estábamos fuera de Goncourt. Y recuerdo a todos los “fuera de Goncourt” que Barres, Alain—Fournier, Bernanos , Montherlant, Mo­rand, Giraudoux, Mauriac, Aragon y Bazin también lo estuvieron. Hervé Bazin, hoy presidente de la Academia, expresó: “Veinte por ciento de los laureados no deberían serlo y veinte por ciento de los grandes escritores mere­cían el premio.” Después de todo, tal vez tuve suerte de haber escapado a ese premio. Porque si empezamos a hacer cuentas, de casi setenta premios Goncourt, ¿cuantos mantuvieron su promesa? ¿Cuantos laureados hicieron carrera después de aquel primer libro? ¿Cuantos siguieron siendo leídos al año siguiente de su premio? Veinticinco, al máximo. Lo que quiere decir, en resumen, que dos de cada tres Goncourt cayeron en el olvido, ya sea inmedia­tamente después, ya sea con el tiempo. El Goncourt puede ser un trampolín y un final. Desde luego, un jurado pue­de equivocarse. Un hermoso libro, un gran libro, puede no gustar. Pero con frecuencia la decisión obedece a con­sideraciones ajenas a la calidad de la obra. ¿Arreglo de cuentas? Suele suceder. ¿Objeciones o razones políticas? También suele suceder. Creo que ya sería tiempo de ocu­parse solamente del valor real de un libro, y punto. ¡No porque un escritor sea considerado de derecha o de iz­quierda, significa que tiene talento!

A menudo también, es el editor quien se convierte en “vedette” del premio, y no el autor. Hay editores para Goncourt. Gallimard tiene una buena lista de laureados: entre 1949 y 1970, catorce de los veinte Goncourt fueron de la “cabaña” Gallimard. Algunos editores con dificul­tades pudieron sobrevivir gracias a ese premio. Los hay a quienes no les interesa, como también hay autores a los cuales no les importa.

—No me digas que no te sentiste decepcionado.. .

—No lo digo. Tener el premio Goncourt para un primer libro es un rótulo. Ya no es una condición necesaria y su­ficiente para escribir, interesar a sus lectores y vivir de lo que se escribe. Ese premio es un

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Entra dos novelas tuve la responsabilidad de organizar el XXV baile de las "Camitas Blancas". En aquella época, 1953, era fabuloso: una deslumbrante velada a la que se agregaba, por una vez, un verdadero "buen espectáculo". A pesar de las protestas elegí, para cambiar de marco la nueva sala del Moulin Rouge que acababa de ser restaurada. Por una noche, el templo del Can-Can se convirtió en la sucursal parisiense de Hollywood, En cartel: Carlos Chaplin, Bing Crosby, Gary Cooper, Josefine Baker, Peter Ustinov, venidos todos gratuita­mente. Hasta Lily Pons, la ilustrísima cantante francesa que triunfaba, en el Metropolitan Opera de Nueva York. Esta foto fue tomada cuando la diva bajaba de su automóvil, un Cadillac.

 

 

 

 

 

 

 



¿Casualidad o broma? Sucedió en Le Croisie, ciudad balnearia sobre el Atlántico, en 1969. Un librero me exhibía entre las cu­riosidades. Tal vez tenía razón: los escritores son personas cu­riosas. Jamás parecen estar trabajando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Sí, soy yo ... Según este dibujo de J. Redon, publicado por París-Match "vendo mi verdura como un "verdulero y preguntó "¿Y con ésto, qué más quiere llevar?" "Un nabo" (es decir un bodrio), contestan los críticos con tono seco. No es un acierto: un día, en Burdeos, una señora me trajo un libro para que se lo firme; lo llevaba en su bolsa de compras domésticas abarrotada de provisiones. "Es porque usted está en el camino del mercado", me dijo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

buen negocio para el au­tor y para el editor. A pesar del cheque de cincuenta francos para el autor, garantiza una edición de cien mil ejemplares como mínimo. Si el libro agrada, esa cifra pue­de duplicarse y hasta triplicarse. Ahora bien, teóricamente, el premio consagra un autor novel y, con preferencia, una novela. Los hermanos Goncourt se habían impuesto la finalidad de descubrir talentos. ¿Entonces, qué objeto tiene un premio otorgado a un autor conocido? Por ejem­plo, Jacques Laurent tuvo el Goncourt en 1971 para Las Tonterías. No tiene ninguna finalidad. Hace años que escribe. Carolina querida ya tenía cinco millones de lec­tores. Ese premio no agregó nada a su carrera. En seme­jante caso, el premio carece de finalidad, se desvía de su vocación. Es como una reparación a posteriori, una con­sagración global como el Nobel, una prueba que algunas veces los “jueces” tratan de ponerse a la par del público que dio su veredicto mucho tiempo antes. En pocos meses se vendieron quinientos mil ejemplares de El Oficial sin nombre. Era suficiente para crearme algunas enemistades.

—¿Estás seguro que no te hiciste ningún complejo?

—¿Un complejo; No me hago ningún complejo: ni de superioridad ni de inferioridad. Mis libros se venden. ¿Y qué? Creo sinceramente que es terrible obtener un premio tan considerable como el Goncourt, porque des­pués hay que continuar. Sí, digo bien: hay que continuar.

Muchos autores lo olvidan. Tal vez me habría dormido sobre mis laureles. Honestamente, aunque resulte molesto, ese día comprendí que iba a escribir sin preocuparme por el qué dirán, por las opiniones académicas ni de la crítica. Lo único que cuenta es el público. Al escribir para los premios, el escritor somete a ser marcado por determinadas fechas: es el Goncourt de tal año, el Re­naudot, el Iteraliado, etc. Envejece, ¿sabes? Y a diferen­cia de los buenos vinos de tal o cual cosecha, los autores marcados por una fecha no siempre mejoran al envejecer.

—Pero ni un autor “sin premio se convierte en un best— seller como tú, en cierto modo se está vengando. ¿Es tu carrera una venganza?

—¡No soy tan malvado! El juicio de unos pocos es una cosa, el del público es otra. Cuando me anunciaron el resultado del voto emitido en el restaurant Drouant, cené opíparamente y al día siguiente empecé a escribir mi libro sobre el tema del circo. Estaba decidido: había elegido escribir para el público, no para un tribunal del que uno pregunta a veces de donde sacan los asesores su autoridad. Además, fue La dama del Circo, mi segundo libro pero mi primera novela, el que provocó mi ruptura con la mayoría de los críticos que dicen estar inspirados.

Sin embargo, habían recibido El Oficial excepcional­mente bien. Conservé todos los recortes de los diarios de aquella época. Fue la primera y la última vez en que fueron unánimes para uno de mis libros. Con el tiempo, comprendí la razón. Cuando un joven autor publica su primer libro y éste es interesante, las críticas son elogiosas. Los hombres y las mujeres que las redactaron cumplen de esta manera la parte más importante de su misión, que consiste en revelar al público un autor y un libro. Un principiante no compromete. El estímulo tampoco cuesta nada. En este caso, la crítica. representó el papel de un guía. Pero después, si el principiante persevera, las cosas se echan a perder. Están aquellos a quienes gus­ta y aquellos a quienes no gusta. Y sobre todo están los lectores a quienes también gusta o no gusta. Un crítico temerá pasar por imbécil si vapulea algo que puede llegar a tener mucho éxito. Si los éxitos se repiten con el pú­blico y si el crítico está cada vez menos seducido por los libros de esos autores, asistimos a ese divorcio tan fre­cuente entre las camarillas y el gran público.

Cuando apareció La Dama del circo fui propinado por uno de los mayores vapuleos que se puede cosechar para un libro. Esa novela es la historia de una ecuyére, una artista ecuestre, que se vuelve loca a consecuencia de una caída de caballo. Alain Laubereaux era el crítico más envenenado del momento. Sus juicios eran ejecuciones. En su crónica literario del Petit Parisien —la más leída­ escribió: “¡A propósito de esta historia de dama de circo y de caballo, se tiene la impresión a cada página que es el caballo quien escribe!”

¡Cuando cae, duele¡ Sobre todo para una primera novela. Pues era la novela lo que me apasionaba. Otros expertos fueron feroces porque yo había hecho trampa. Después de El Oficial sin nombre esperaban otro libro de guerra. Me habían catalogado como escritor militar, un poco como lo había hecho mi padre. Esperaban una continuación. ¡Algo así como El Hijo del Oficial sin nom­bre! Pero había escrito una novela. Según ellos, no había respetado la regla del juego. Había cambiado de gé­nero...

—Contéstame con franqueza: ¿tienes en cuenta las críticas?

—Depende si quienes las han escrito son personas ho­nestas o deshonestas.

¿Qué es un crítico honesto?

—Ante todo —se olvida con demasiada frecuencia­ es alguien que no conoce al autor. Quiero decir, perso­nalmente. Ese es el problema de todo periodista que ve de cerca a un personaje de actualidad de quien habla y olvida de separar al hombre del profesional, la vida de la obra. Hay que admitir que es muy difícil. Pero es im­prescindible. Y escaso. Conozco a algunos críticos. Pocos son aquellos que en el momento de redactar o de dar su impresión se desprende de su sentimiento para guardar sólo su juicios.

Lo experimenté cien veces. Tomemos el caso de un crítico a quien no le agradan mis libros, pero que está obligado a hablar de ellos para un artículo (pobre hom­bre) Viene a hacerme un interview. Si la entrevista es cordial corrige un poco su opinión con el pretexto de que el hombre vale más de lo que escribe. En 1970, por ejemplo, Pierre Demeron quería verme para una nota en Lui. Combinamos un almuerzo en el restaurant Ledo­yen. Después de ese almuerzo, Demeron que ya había acumulado bastante material como para hacer una nota bastante malvada contra mí, borró aquí y allá algunas maldades, algunos rasgos agudos, ¡y Dios sabe que lo tie­ne!, Pues bien, esa nota —la más extraña de las que me fueron consagradas— no era totalmente honesta... Se­ñaló, para los cascarrabias, que el almuerzo era bueno, sin más. Si a la inversa, un crítico tolera mis libros pero considera que, decididamente soy un ser al que no se lo puede pasar, agrega pimienta en la salsa de su juicio. Su crítica tampoco es honesta.

En materia de juicios, no sólo en París se tiene buen pico. Llego a pensar que las críticas más honestas son las que se leen en los diarios de provincia. Esos textos están escritos lejos de los ecos de cierta vida parisiense. Sus autores juzgan tan sólo el resultado: el libro. Además, es en esos mismos diarios que, salvo excepciones, aparecie­ron las notas mejor hechas respecto a mis novelas. Quiero decir las más inteligentes y con frecuencia las más severas. Sin concesiones, sin complacencia, los artículos de Le Courrier Picard, Le RéVeil d'Agen ou Les Dernieres Nou­velles d'Alace están escritos de otra manera, argumentados y estructurados, que las tazas de agua tibia y mala fe de algunos diarios parisienses. Parece que provoco una son­risa cuando digo que un artículo en Le Courrier de l'Quest o en La Montagne es más importante para mí que la hiel parisiense. Pues bien, deseo a todos esos auto­res que no pueden escribir que tengan la mitad de lo que tuve en la prensa nacional: hallarán verdaderos profe­sionales, no maniquíes con humores y sólo pegan zarpa­zos porque está de moda.

La objetividad consiste en decir “No me agrada lo que escribe el señor X..., pero considero que en su género está bien escrito”, o por el contrario: “Me gusta lo que hace, pero esta vez estoy muy decepcionado”. La objetivi­dad es ante todo, un color que se anuncia. Si no le agrada, no comunique su desagrado a los demás. Si le agrada, no obligue a los demás a que le agrade.

El crítico honesto es también el que no se opone a su placer. Si el libro no le cae de las manos a la página 30 y si ha sido subyugado por la magia de la historia o del escrito a tal punto que no pudo soltar el libro, que no venga a decir: “No pude evitar de terminarlo, pero en verdad es demasiado malo”. Esto me hace pensar en aquellas críticas del Monde hechas por literatos que tra­tan de demostrar que un libro les ha gustado pero que se equivocaron y que, si al público le agrada, éste se equivoca.

Parecería que esa gente hace el amor y que en el momento de disfrutar de su placer, se niegan a ello, furiosos de haberse dejado arrastrar tan lejos.

—¿Y si por ventura alguien se queda dormido al leer uno de tus libros, qué piensas?

—Tengo un slogan listo: “¡Lean a des Cars y dormi­rán sin demora!” De esta manera, algún día tal vez ven­dan mis libros en las farmacias. ¡Qué aumento de venta!

—¿Cómo terminó la guerra para ti?

—Aquí mismo, en este departamento. La guerra ter­minó definitivamente bajo mis ventanas. Allí es donde fue negociada la rendición de París por Raoul Nordling. Cónsul general de Suecia y Jean Laurent, director del Banco de Indochina. Ese día pude asomarme al balcón, como centenares de parisienses en el barrio. El carro Pan­zer apuntaba toda la calle de Anjou con su cañón que ya no habría de matar a nadie. París ardía, sí, pero de fie­bre de liberación aumentada con las últimas ráfagas in­tercambiadas por los bandos combatientes. En aquel mes de agosto de 1944, un solo grito recorría las calles vacías de bicicletas y de motos:

“¡Ahí están ellos!”

“Ellos” eran Leclerc y su división blindada.

Cuando los norteamericanos se dispersaron en nuestras calles, asistí a una escena sorprendente. Ocurrió allí aba­jo, a cien metros de aquí, en la plaza Luis XVI. Un jeep patrullaba lentamente. Cuatro soldados norteamericanos —tres blancos y un negro— acababan de detenerse frente a este islote arbolado. Yo había atravesado el bulevar Haussman y venía hacia ellos. Estaban sorprendidos por el momento extraño y, no podemos negarlo, lúgubre, que dio su nombre a la plaza. En la Capilla Expiatoria, espe­cie de necrópolis de la Revolución. Fue construida por Luis XVIII en memoria de Luis XVI y de María Anto­nieta, cuyos restos permanecieron inhumados allí antes de ser trasladados a la iglesia de Saint—Denis. Bajo este suelo que aun hoy remueven los niños para levantar efí­meras fortalezas, duermen dos mil ochocientas treinta personas, verdugos y víctimas del periodo llamado del Terror: Charlotte Corday, Madame du Barry, el violento político Jacques Hébert, Philipe—Egalité, primo de Luis XVI y que contribuyó a su muerte, el poeta Fabre d'Eg­lantine, la princesa de Lamballe, los guardias suizos muer­tos defendiendo las Tullerías. Allí están, en este lugar que fue el cementerio de la Madeleine y es ahora el foso común más emocionante de París. Yo venía hacia este lugar porque me parecía que, por una vez, Libera­ción rimaba con Revolución. Una breve visita a mis veci­nos que estaban hartos de asustar o hacer estremecer a la gente. Y he aquí que el negro, un sargento, me pregunta qué es un monumento, empleando esa lengua que evoca aquel buen viejo sur estadounidense, el algodón, los barcos con ruedas. Le hablé de Luis XVI y de María Antonieta en un francés espantoso.

“¡María Antonieta!”, exclamó con la voz llena de pas­ta (era goma de mascar). Y apuntando el dedo índice contra el cuello, describió un rápido círculo de izquierda a derecha. Era evidente: hablaba de la guillotina.

¡Yes!. . .” confirmé, ajeno a todo riesgo.

Y el rostro del negro se volvió muy gris, si así puede decirse. No estoy muy seguro, pero creo que habría llora­do si el jefe de la patrulla no hubiese dado al chófer la orden de seguir hacia la estación Saint— Lazare. El sar­gento negro me agradeció con una amplia sonrisa dicien­do “¡New Orleans!” y tendiéndome un paquete de goma de mascar en el que se leía “US Army.”

¡La Fayette, aquí están!

La goma de mascar me horroriza, pero conservé ese paquete que debe estar en alguna parte, entre mis papeles. Permanecí largo rato consternado.

¡Acababa de descubrir América!

En París, tener una casa frente a una plaza es el colmo de la felicidad. Una felicidad poco frecuente y amenazada hoy en día. Masa sombría en las noches de invierno, trans­parente bajo la luz de la luna en las noches de verano, la plaza Luis XVI es un lugar curioso. No tiene nada que ver con el cuadrado de césped adornado en su cen­tro por la estatua de un célebre desconocido. Aquel día, cuando empujé el portoncito enrejado que los chiquillos golpean mil veces por día, y después que el guardián a quien yo conocía muy bien me dejó solo con las sombras, llegaron hasta mí unos murmullos confusos, luego voces nítidas levantaron sus ecos en mi imaginación.

Eran las voces del recuerdo, las voces de aquellas ca­bezas segadas por la Revolución. Esas voces me hacían preguntas:

“¿Qué hacen para acoger a esos prisioneros y a esos deportados que acaban de soportar durante cinco años el infierno de Dante en los campos de suplicio de Buchem­wald, de Dachau y de Auschwitz? ¿Francia va realmente a inclinarse sobre sus angustias físicas y morales?”

“París vivió bajo la bota alemana durante cuatro años. Nosotros también ¡Ten cuidado!: los caminos que bor­dean nuestro cementerio van a ostentar carteles electora­les. ¡Habrá hasta diecisiete partidos políticos diferentes! ¿Hiciste la guerra para ver renacer la República de los Partidos cuya podredumbre ya había comprendido en 1936?

“¿Por qué vemos desde nuestras tumbas tanta gente disfrazada, con uniformes que acaban de sacar de un ro­pero, y a quien le cuesta dar la impresión de que está acostumbrado a usarlos?”

Iba a contestar a esas críticas que sólo yo oía cuando una voz más potente que las demás, una voz que domi­naba las quejas de ese cementerio, me espetó:

“¡Mírame! La naturaleza me habla hecho como un atleta. ¡Yo construí el mundo nuevo! ¡La Revolución es obra mía!”

No me podía equivocar: era Danton quien hablaba. ¿Qué hacía allí? Su voz de trueno se golpeaba contra las bóvedas de la Capilla Expiatoria y caía luego sobre las cabezas inquietantes del Tribunal revolucionario.

“!Un acusado como yo responde ante el jurado, pero no le habla!, decía Danton. No sois más que magistrados de un día, instrumentos de una política de lo peor, y seréis llevados con ella. Pero Francia me oirá. Ella cono­ce mi voz. En las horas en que su destino se jugaba en las fronteras, mi voz exaltó el patriotismo y tendió todos los resortes. ¿Es acaso insultar al Tribunal, recordarle la historia? Los cobardes que nos arrojaron en la cárcel, ¿donde estaban, qué hacían el 10 de agosto? Cometí el error de confiar en la justicia; ella no es de este mundo. ¡La Revolución es un sueño y una utopía!”

Me tapé los oídos para no seguir oyendo la voz extraña de ese gigante mal dormido. Salí de París respiraba y revi­vía. Pero como la vida normal no volvía bastante pronto, el otoño se había adelantado. Una nueva estación, una nueva vida; esta vez tendríamos realmente la impresión de renovarnos.

Atravesé nuevamente mi plaza. Las hojas muertas, abundantes ya, se alegraban de la ausencia de los barren­deros municipales. En los caminos, aprovechaban la oca­sión para tornarse más rojizas. Los gorriones habían calla­do, las palomas ya no arrullaban. Bajo mis pasos, los muertos habían vuelto a su sueño eterno.

De todas maneras, para no despertarlos, salí en puntas de pie sin golpear el portoncito.

 

En el fondo, yo tenía suerte. La guerra me había im­pulsado a escribir un libro que era un éxito. La guerra me había permitido realizar mi sueño obcecado: escribir. La guerra me había conservado en mi oficio. Tantos otros, en cambio, se vieron obligados a olvidar todo lo que sabían y volver a aprenderlo.

Acababa de publicar mi segunda novela, El Maestro de obra, que fue reeditada, después que la hube modi­ficado, bajo el título de La Catedral del odio. Es la his­toria de un arquitecto que sueña con construir una nueva catedral en París, en el “rond—point” de la Défense. Un sueño que nunca pudo concretarse.

Para cambiar me disponía a dedicarme a textos más cortos, pero más difíciles: el cuento.

Actualmente, en Francia, el cuento es un género lite­rario que no ocupa el lugar que merece. Y me atrevo a decir que merece el primer lugar. El cuento lo tiene todo: una historia, personajes, un estilo. En su mayoría, los diarios no se ocupan del cuento. Y los editores tampoco creen mucho en él. No sólo es una lástima, es dramático. Pues se deja agotar la fuente principal de la novela. Hay personas que han escrito cuentos extraordinarios y nunca fueron buenos novelistas. Pero jamás se vio un buen nove­lista que no sepa escribir “más corto” al hacer un cuento. Un cuento, es un comienzo, un centro, un desenlace. No hay tiempo que perder: se llega enseguida al tema. Pero hay que decirlo en treinta o cincuenta páginas, algunas veces menos. Cuando se .sabe relatar una historia, poco importa la distancia. El cuento es la reserva de la ima­ginación novelesca.

Personalmente, el cuento es un género que adoro. Escribí centenares de ellos para ejercitarme. Muchos duer­men en este armario. Durante dos años, hasta diciembre de 1973, publiqué un cuento por semana en París. Primero porque me agrada mucho lo que llaman equi­vocadamente la “prensa sentimental” —prefiero “prensa del amor”— y también porque el cuento es, para un novelista, un excelente medio de mantenerse en forma. Un novelista es indigno de ese hermoso título si no tiene varios cuentos en la mente. Los vínculos del cuento con lo novela son evidentes. Y los Goncourt tuvieron, por lo menos, una feliz iniciativa por la cual los felicito, en este año de mala gracia de 1974: decidieron crear un “Gon­court del cuento”.

¡Por fin, he allí una medida inteligente en el mundo literario) Jóvenes y menos jóvenes tendrán la esperanza de ver coronar sus esfuerzos, sus talentos, sus gustos. Pues, cuando se empieza, ¿por qué escribir novelas sabiendo que no pueden ser publicadas en ninguna parte? Algu­nas veces —y éste es el caso— el órgano crea la función. Si hay lugar para los cuentos, lo habrá para los cuentistas. Los pequeños cuentos hacen buenos novelistas. Opino que es lo más seguro que se puede realizar contra la escasez de novelistas.

Aquella noche, al salir de la plaza, volví aquí, a mi departamento. Tenía el deseo de escribir una historia que me evadiera de este París cuyo nuevo aliento era débil todavía. Recuerdo haber trabajado toda la noche, lleva do por la imaginación, corriendo detrás de mi estilográfica en un papel ordinario que había que economizar.

Hoy vuelvo a sacar ese cuento porque quiero mucho a mis lectores. Ellos son como yo: les gustan las historias. Pero por una vez, el amor no desempeña ningún papel. Es una historia de hombres, que ocurre en alguna parte, en los mares del Sur. Se inspira en un relato que me hizo Papá Vengotchea, aquel viejo lobo de mar que conocí en Valparaíso antes de dejar Chile. Le puse el título de El Misterio del Santa Clara.

“Soy un viejo marino: durante cuarenta años el mar ha sido mi amante favorita y hoy soy un anciano. Y des­de que he dejado de navegar, pienso sin cesar en una extraña aventura. Algunas veces me despierta durante la noche. Es una pesadilla.

“En aquella época, traficaba con Mao. Mao, en lengua polinesia significa tiburón. Era el nombre de un pequeño carguero de novecientas toneladas que me permitía trans­portar todo lo que tenía valor comercial en el Pacífico Sur.

“Volvía de Auckland, puerto del norte de Nueva Ze­landia donde había liquidado un cargamento de copia y me había detenido en Numea para dejar trescientas to­neladas de lana bruta esquilada; en rebaños del sur de Chile. Me disponía a zarpar rumbo a las islas de Salomón.

“El 3 de febrero por la mañana, cerca de las once, dos días antes de mi partida, llega a Numea una goleta de Espíritu Santo. Apenas desembarcados, los marineros, en su mayoría naturales de las Nuevas Hébridas, cuentan en todos los bares que cuatro días antes de llegar a Numea encontraron un extraño navío sin tripulación que nave­gaba a un largo amura a estribor hacia el noroeste. Una cosa sombría, parecida a un ahorcado, se balanceaba de uno de los pequeños palos de proa, En dos horas, todo Numea hablaba del buque fantasma y de amotinamientos. Los Amotinados del Bounty habían hallado sucesores.

“Sólo los pocos europeos que frecuentaban el puerto se encogían de hombros.

“Durante la noche, una escuna de cuatrocientos tone­ladas que venía de Santa Cruz, recaló en Numea. Al alba, nueva emoción entre los marinos: la tripulación de la escuna cuenta que en la noche del 31 de enero, hacía las veintitrés, evitaron chocar con una nave de tres palos que navegaba amura a estribor sin velas y con los fuegos apagados. Llamaron tres veces, dando voces, a los hom­bres del velero. Después de la tercera vez les pareció escu­char un aullido inhumano procedente de algún lugar de la popa, debajo de la toldilla: era cuanto les había sido posible precisarlo.

“Alrededor de las trece yo me encontraba en el semá­foro para consultar el pronóstico meteorológico; en ese momento el carguero irlandés New Zealand, que venía de Shangai, pidió por el piloto. Indicó también a la capi­tanía que había recogido a su bordo veintiséis hombres del velero chileno Santa Clara. Lo relacioné con la his­toria que desde hacía veinticuatro horas hacía hablar a los marinos, más sedientos aun que de costumbre.

“Embarco con el piloto que va a guiar el New Zaeland. Me presentó al comandante, el capitán Maxwell, y lo pongo al corriente de lo que provoca nuestra curiosidad. Durante la maniobra de entrada al puerto me explica lo que sabe:

“Recogí a los rescatados dos días antes, es decir el 2 de febrero, alrededor de las quince, me dijo. Estaban ago­tados, medio muertos de hambre y de sed, arrumbados en el fondo de dos chalupas y una ballenera. Uno de ellos decía ser el segundo del Santa Clara. Le pregunté que les había sucedido, a ellos y a su barco. Me explicó que a mediados de diciembre habían zarpado del peque­ño puerto de Iquique, en el norte de Chile, especializado en nitratos. El Santa Clara debía seguir la ruta del Este a fin de utilizar el monzón del noreste que sopla de octubre a abril.

“El capitán del Santa Clara era un gigante moreno, con físico de pirata: cabeza cuadrada, amplia frente, na­riz y orejas pobladas de largos pelos, una mandíbula de dogo que mordía sin cesar una corta pipa. Carecía de cuello, hombros de luchador, un pecho de oso, brazos como mástiles de carga, puños como yunques. No parecía un mal tipo, pero era violento. Se enfurecía con frecuen­cia con tanto ímpetu que rompía todo lo— que le ofrecía resistencia. En esos terribles momentos era preferible no oponerse a Ignacio Lamarca, comandante del Santa Clara desde hacía ocho años.

“Hasta fines de enero la travesía fue monótona. El 25, el velero se hallaba al sur de la Nuevas Hébridas, a unas ciento veinte millas de la isla de Efate. Desde la víspera, la brisa tiene bruscas irregularidades. El baró­metro sube con demasiada prisa, la atmósfera es pesada. Lamarca reduce el velámen y sólo conserva las velas bajas. Por la mañana, el mar se vuelve gris y picado, agitado por un viento que gira constantemente. El barco cabecea.

“Una fuerte ola se rompe estrepitosamente contra la parte delantera del casco a estribor, levanta la nave que cae entre racimos de espuma. La arboladura vibra como atravesada por una onda surgida del fondo del océano.

“A consecuencia del espantoso choque, se rompe el gran volante, la verga oscila sobre estribor, cae en la cu­bierta y destroza la parte posterior de la camareta donde se encuentra el taller de carpintería.

“Es un tifón.

“Lamarca calcula su centro a unas sesenta millas al sur y ordena poner proa rumbo al noroeste para apar­tarse. El capitán deja a su segundo la tarea de mandar reparar los destrozos y se retira a la cámara de oficiales para redactar su informe de las averías. El aire arde, los hombres trabajan mal.

A las dieciséis, al cambio de turno, hay tres hombres ebrios, uno de los cuales es el timonel. Es un chileno plácido, astuto tan solo para obtener tafia3 . Siguiendo su vieja costumbre, guardó su ración cotidiana durante va­rios días y la bebió de un solo trago. En la barra, chilla una canción de tugurio, sin preocuparse del rumbo a se­guir. Al darse cuenta que el compás se desvió media vuel­ta de timón, vuelve el navío a su ruta. La maniobra es brutal.

 “Abajo, Lamarca escribe su informe. O más bien, trata de hacerlo. Ya recomenzó dos veces. Ese maldito balanceo volcó el tintero sobre los papeles. Y Lamarca blasfema palabras terribles entre sus dientes que muerden con fuerza su pipa. El calor recuerda el del mar Rojo. Pero además se agregan emanaciones de pintura, de barniz, de maderas exóticas y el olor acre que sube desde la bo­dega, atravesando los tabiques: el color de la copra.

“¡Mil truenos! chilla Lamarca. ¡Despreciado timonel! ¡Borracho condenado! ¡Conserva tu dirección o te arrojo a los tiburones!”

“La voz pastosa e interrumpida por el hipo del timo­nel llega hasta el capitán. Canta: “Las mujeres desnudas nos servían rhum a raudales.. .”

“En ese momento el Capitán Lamarca subraya cuida­dosamente una palabra. Pero un movimiento brusco de la nave hace desviar su pluma y el trazo atraviesa toda la hoja.

“¡Por tu madre! grita Lamarca, ¡te voy a enseñar como se maneja el timón, perro de huaso!”

De un salto, el capitán está sobre el beodo. Agarra el hombre del cuello, lo sacude como un gigante sacudi­ría un cocotero y aulla:

“¡Oeste—noroeste, imbécil! ¿No ves el compás? ¡Es lo único que tienes que hacer! ¡Haces unas guiñadas como para arrancar los mástiles! ¡Todo se cae allá abajo! ¡Mán­date mudar, timonel! ¡Un grumete sería menos torpe que tú!”

“Y con un golpe brusco, hace rodar el hombre. El beodo va rodando hasta la escalera de la toldilla por la que cae dando tumbos y su cabeza va a golpearse contra el pie de un torno.

“Lamarca llama a un hombre:

“¡Tú, toma el timón y conserva el rumbo, o te rompo en dos!

“El segundo interviene:

 

 

3 Tafia: Aguardiente de caña de azúcar (N. del autor) .

 

Este también soy yo, según parece, visto por Vásquez

de Sola, en Le Monde. Mi nieta asegura que existe

gran pare­cido. Excepto que no uso reloj (el tiempo

que pasa me entristece) y no tengo alas

(no soy un ángel). (Foto Paris-Match).

 

 

 

 

 

 

 

 



Cuando alguien me pregunta: ¿Se toma usted en serio?", con­testo: "Tomo a mi pú­blico en serio". Quiero a mis lectores. Me agrada conocerlos. Y para conocerlos, nada es mejor como una tar­de dedicada a firmar libros (aquí, en Saint-Tropez, en agosto de 1973. Existe un solo inconveniente: es en ese momento cuando suele ocurrir el verda­dero calambre del es­critor. Algunas veces, la dedicatoria suele te­ner carácter de prueba olímpica.(Foto R. Lamant).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Mi tesoro: el armario de las ideas. Está atiborrado de cuentos que escribí para mí, de. novelas que espero terminar algún día. Cuentos y novelas se hallan a la espera. ¿En el Purgatorio? Tal vez. Creo más bien que los escritores tienen su infierno, como las Bibliotecas Nacionales. (Foto M. Pansu-France-Soir).

 

 

 

 

 

“Capitán, el timonel está herido...

—¡Que reviente! chilla Lamarca desapareciendo nueva­mente en la cámara de oficiales.

El timonel está extendido sobre la espalda, inani­mado... Bajo su cabeza, crece un charco de sangre que penetra en las ranuras de la cubierta. El segundo se incli­na y pasa su mano bajo la nuca del hombre herido. La retira rápidamente.

“Capitán, dice, ¡está todo roto! ¡Está perdido!”

“Abajo, Lamarca escribe. Palidece apenas cuando el se­gundo penetra en la cámara de oficiales: —Capitán, ¡el timonel ha muerto!

“ Lamarca hecha una bocanada de su pipa, encendida por una vez, y ordena:

“ Póngalo en el camarote del pasajero. Antes de dos días estaremos en Puerto Havannah.

—En la cubierta, el perro de a bordo se pone a aullar. Algunos marineros tienen el deseo de enviarlo hacia el fondo, pero no se atreven. Todo se ha vuelto un mal presagio. Formando círculo alrededor del cadáver, tratan de no mirar las pesadas nubes bajas que corren en el cielo, el gris sucio del mar, las olas violentas que persi­guen la nave y el aullido modulado de las ráfagas en el aparejo. Creían alejarse del tifón, éste cambió de rumbo: ahora van hacia él, directamente. 'Es por culpa de este timonel borracho que nos pasa todo esto, piensan. Saben que su capitán e insolente, brutal pero es justo. El timo­nel necesitaba un castigo, es cierto. Fue un poco severo, también es cierto. ¡Paciencia! Dentro de algunos instan­tes, el agua se cerrará sobre él... ¡Tanto mejor! porque extendido así, con los brazos en cruz, el rostro vuelto hacia el cielo color plomo, parece atraer una maldición sobre el barco. ¡Que lo sumerjan pronto!

“ Pero el segundo acaba de subir y da la orden al primer teniente:

“ Colóquelo en el camarote del pasajero. ¡Lo deja­remos en Puerto Havannah!'

—¡Quedarse con el muerto! Los hombres están cons­ternados. Sus rostros burilados se vuelven hostiles. El mis­mo pensamiento se apodera de todos: el fuego del cielo va a vengarse sobre el Santa Clara.

“ Dos marineros designados por el contramaestre le­vantan en silencio el cuerpo y lo llevan a la proa. El cama­rote situado a estribor se abre sobre la crugía que con­duce a la cámara de oficiales. La cucheta muy alta se halla a la izquierda, contra el tabique delantero. En este es­pacio, a cinco pies del piso, hay una repisa. A través de una ventanilla sucia, pasa una luz escasa. Un lavabo, un ropero, una banqueta de viejo cuero: es todo el mobilia­rio. Los tabiques están recubiertos por una pintura que debe haber sido blanca.

“ El contramaestre hace extender el cuerpo sobre la cucheta. Una soga pasaba bajo las axilas lo retiene un clavo puesto al lado de la repisa. Un hombre enciende una linterna. Esta es la luz que va a velar al muerto, des­de el techo donde se la ha suspendido.

—Hacia las diecinueve, el Santa Clara salió de la zona del tifón. El oleaje, largo, acaricia el casco. Por la noche, los hombres se amontonaron en sus camarotes. No juegan, no hablan. La muerte está demasiado cerca. Reina aquel horrible malestar que, en el mar, precede a las catástrofes y que nosotros, los que hacemos la ruta de los mares del Sur, conocemos muy bien.

“De pronto, desde popa, un aullido rompe el silen­cio. Todos se precipitan en esa dirección. En la crujía, el primer teniente suelta una blasfemia: tropezó con una masa inerte que yacía en el piso. Alguien enciende un encendedor. ¡Es el capitán Lamarca! Inerte, con los ojos en blanco, el rostro crispado en una expresión de inten­so miedo. Un miedo que se contagia a esos hombres rudos que están alrededor de él. De pronto, la puerta del cama­rote se abre en el ruido sordo de las hojas que golpea el tabique. En el rectángulo apenas iluminado por la lámpara, es... ¡el muerto que se levanta! Con los ojos glaucos, un rictus atravesándole su ancha cara de borra­cho, el muerto está frente a ellos. Cunde el pánico. El segundo y los dos tenientes no tienen tiempo de reaccio­nar: la ola de temor que se extendió entre la tripulación los arrastra. Hay manos que forcejean, puños que golpean rostros. Una pelea ciega llena de crugía. En la oscuridad se levanta un grito: “¡Huyamos!” La idea atravesó las mentes y empuja los cuerpos hacia la cubierta: “¡Hay que huir de este navío que lleva un fantasma! ¡La muerte nos persigue!” Los marineros ven por todas partes manos de espectros que lo sujetan de los brazos, de las piernas, de los cabellos, de la garganta. El rostro de un muerto enloqueció la tripulación del Santa Clara. Lanzan los botes al mar y todos se arrojan en ellos en casi una sola zambullida. En su enloquecida desesperación reparar ape­nas en un hombre que aparece como enajenado por la crugía, profiriendo aullidos inarticulados, vapuleando el aire como si quisiera derribar a un enemigo invisible.

“ Luego de atar juntas las dos chalupas y la ballenera, navegaron durante cinco días a la deriva. Y el 2 de fe­brero los recogí a bordo del New Zealand. Tal es el relato que me hizo el segundo”.

 

“Al día siguiente, justo antes que amaneciese de golpe como siempre ocurre en el Trópico, me embarqué en mi Mao rumbo a las islas Salomón. Pero la visión de ese navío errante me obsesionaba. Por lo tanto desvié mi ruta hacia el noreste con la remota esperanza de cruzar el Santa Clara, al que nadie se había atrevido acercarse desde que iba a la deriva.

“Tres días más tarde, con los ojos casi cerrados a fuer­za de escudriñar el horizonte, lo divisé. Era con seguridad uno de los veleros más majestuosos que han navegado bajo bandera chilena. Su casco negro se destacaba nítidamente sobre los fondos claros y los ramos de corales que emergían del agua. No fue fácil acercarnos, pero cuando llegamos a la distancia suficiente como para ser oídos, comprobé que había un ahorcado en uno de los pequeños palos de proa. Mandé bajar una chalupa al agua y con cinco com­pañeros, fuertes y bien armados, remamos hacia el barco fantasma.

“Apenas apoyamos el pie en la cubierta percibimos una especie de queja procedente de bajo de la toldilla. Car­gamos una bala en nuestras carabinas y avanzamos. La puerta de la toldilla está obstruída por un amontonamien­to de trozos de madera, de cajones; la puerta misma está clavada.

“Uno de mis hombres, a quien había mandado des­colgar el ahorcado me dice al oído:

—El ahorcado es un oficial. Aquí están sus docu­mentos...”

“Echó un vistazo: efectivamente, es el segundo teniente.”¡Más tarde!, le digo. ¡Empujemos primero la puerta! “Detrás de ésta, los quejidos se transformaron en gri­tos atroces. Estamos dispuestos a todo. La puerta cede ba­jo nuestro impulso y nuestros golpes dados con las culatas de los fusiles. Un perro se abalanza, desde la oscuridad, sobre mi compañero de la derecha. Está cubierto de baba. Lo mató de un pistoletazo. La sangre se mezcla con la baba que le avistó el pelo del pecho. Cambiamos una mirada y penetramos en la crugía. Hay un insostenible olor a podredumbre. En ese momento, la nave oscila leve­mente, una puerta se abre con un crujido... Un hombre se levanta ante nosotros. O más bien, los restos de un hom­bre. Ese espectro descompuesto es una visión horrorosa. Es más fuerte que yo: retrocedo. Pero la presencia de mis compañeros petrificados como yo me obliga a reaccionar. Nos adelantamos. El espectro es un cadáver colgado a una repisa a la izquierda de la puerta. Sus piernas están desga­rradas, la sangre se nos pega a los pies. El perro, encerrado en la crugía y hambriento, había comenzado a devorar el cadáver y se volvió rabioso. Pero me pregunto: ¿por qué hay dos ahorcados a bordo? ¿Es el timonel, quien está ante mí?

“En medio de papeles arrugados, en la cámara de ofi­ciales, encontré el informe inconcluso del capitán Lamarca. Pero del capitán, no hay la menor huella. Hemos revisado por todas partes, desde la bodega hasta las jarcias.

“Remolqué el Santa Clara hasta las islas Salomón. Su tripulación se dispersó, ningún armador quiso el barco que fue destruido en Valparaíso, allí mismo donde había sido construido. Traté, durante mucho tiempo, de recons­truir los dramas que se había desarrollado a bordo del velero. Con el tiempo y a pesar del silencio de algunos marineros del barco con quienes me encontré por casua­lidad, llegué a la siguiente conclusión:

“La puerta del camarote, mal cerrada, se abre en el momento en que el capitán Lamarca sale de su cámara de oficiales. El muerto, el timonel, colocado bajo la cucheta se deslizó y se halla suspendido por la cuerda que lo sos­tiene al clavo. Su silueta aparece en el marco de la puerta. Lamarca lanza un grito y se desvanece de miedo. La misma escena se reproduce cuando la tripulación acude en su auxilio... Lamarca se recupera cuando los últimos hombres se amontonan en los botes. Pero él ha perdido el juicio y quiere arrojarse al mar. El segundo teniente, que es probablemente el último hombre que permanece a bordo, trata de impedírselo. Pero Lamarca, que se ha vuelto loco, lo mata de un golpe y lo cuelga en el pequeño palo de proa como castigo. Pues el oficial también tenía el crá­neo partido y no podría haberse ahorcado él mismo en ese estado.

“El capitán Lamarca, entre un espectro y un ahorcado perdió la poca razón que le quedaba. Se zambulló y segu­ramente se ahogó, con lo cual hay un tercer muerto a causa del Santa Clara: uno por accidente, uno por ase­sinato, uno por locura.

“Así hay barcos que matan a sus oficiales y su tripu­lación, del mismo modo que hay casas con fantasmas que matan a sus ocupantes.

“En el Pacífico sur, las maldiciones y las fatalidades suelen unirse.

“De esa unión nace una criatura fabulosa. En todos los mares del globo, lleva el mismo nombre. “Se llama una leyenda.. . “

 

—El otro día, a un crítico que te llamaba escritor, le contaste un poco fastidiado, que eras un novelista. ¿Por qué?

—Escritor y novelista no son sinónimos. Y en ciertos momentos ambas denominaciones pueden ser opuestas. Ya sé que te puede parecer una diferenciación sutil. Para ¡ni, es capital.

Escritor: persona que escribe. Agrego: Y que vive de sus escritos. Creo que es la definición más general, más sim­ple y también la más exacta. Pero aun así, los críticos y el público dan un sentido diferente a esta noción. Para los críticos, escritor sobreentiende a alguien que escribe bien, cuya pluma es brillante, que emplea fórmulas impac­tantes y que se expresa en un lenguaje puro u original.

Con este criterio, André Maurois y Louis—Ferdinand Céline son dos escritores. De su prosa se conservarán citas, pen­samientos, “hermosas frases”. El novelista, por su parte, es una categoría de escritores. Hablando en términos médi­cos, el escritor es el generalista, el novelista es un especia­lista. ¿Y qué es un novelista? El novelista es alguien que escribe novelas, es decir, historias. Parece evidente, ¡Sin historia no hay novelas! Evidentemente, hay diferentes gé­neros novelescos. Pero afortunadamente se los puede agru­par en dos tipos: la novela psicológica y la novela de acción. Sé muy bien que la psicología es una serie de acciones in­ternas. Digamos, en resumen, que la novela psicológica trata de cautivar el interés del lector mediante las reacciones de los personajes ante situaciones poco extraordinarias, en cambio la novela de acción atrapará al lector mediante las reacciones de los mismos personajes ante situaciones extraordinarias. En otros términos, en el primer caso la psicología tiene prioridad sobre los acontecimientos; en el segundo, el acontecimiento tiene prioridad sobre la psicología. Creo que mis novelas pertenecen a est última cate­goría. Mauriac, por ejemplo, pertenece a la primera. Evi­dentemente, hay interferencias. Una novela de acción pue­de contener una psicología muy exacta de los personajes, e inversamente.

Pero un libro que no tiene acción ni psicología, no es una novela, ¡o acaso tal vez sea lo que se ha dado en llamar “la nueva novela” ? Está muerto antes de haber existido. Lo enterró “la vieja novela”.

Y en estos dos grupos, hay una regla constante: distraer al lector. Cuando digo esto a personas que se creen supe­riores, me divierte su reacción. Nueve veces de cada diez, me dicen:

“¿Distraer? ¿donde queda la cultura, entonces?”

Ahí es donde los atajo.

La cultura es como la mermelada: cuanto menos hay, más se la esparce. La cultura, tanto puede ser France—Soir (página 3: noticias de policía) como Gide y Gastón Le­roux. Lamentablemente, también es Marguerite Duras y otros “aliteratos”. Pero en este caso hay que sujetarse, pues está escrito en una lengua hermética que no figura en el programa de la Escuela de Idiomas Orientales y sería más bien de la familia del cemento armado.

Sí, una novela debe distraer. Así sean impulsos del corazón o la aventura de los hombres, una novela es un pasaje de primera clase para la evasión. Hoy en día, los snobs tienen miedo de distraerse. Se hacen un complejo: quieren “culturarse”. Entonces, estos desdichados se hunden en libros que no tienen deseos de leer. Sufren frase por frase. Los aburre, los desconcierta, pero cuanto más les duele, mejor. Se creen obligados de llegar hasta el final porque temen no estar “en la onda”. ¿No tienden nada? ¡Paciencia! Seguramente, es genial. ¿Entienden pero no les interesa? ¡Paciencia! Algún día les servirá. El libro está en la lista de los best—sellers de L'Express y Le Nouvel Observateur dice a su respecto: “Un libro importante”. O bien: “El libro más importante de la temporada”. Enton­ces, “ellos se culturan”... Lo acepto. ¡Pero los infelices! Olvidan que la lectura es ante todo un placer. Conozco un solo criterio para un libro, novela o no novela, his­tórico o relato de viaje, confesiones o recuerdos, etc.: no ser aburrido.

Distraer no quiere decir embrutecer. Se puede infor­ma distrayendo. Es lo que todos tendríamos que hacer.

—Hay personas que en un libro buscan algo más que la evasión.

—Ya te veo venir... Buscan los problemas, consideran que todo aquello que es severo, hasta oscuro, es interesante. “¿Las novelas? ¡Dejen eso para las secretarias y los porte­ros!” Así es como piensa esa gente. Y hay autores que pien­san como ellos, que escriben a su medida. Son los autores que dicen “Tengo un mensaje.” ¡Yo, cuando tengo un men­saje, voy al correo!

No tengo mensaje, pero tengo una misión, sagrada y obligatoria para todo novelista: distraer relatando una historia.

Son muy amables todas esas personas que hablan de literatura con aires de conspiradores, como si la verdad del mundo estuviese en esa palabra. “La literatura” no existe. Hay libros buenos y los hay malos. Todos los géneros son posibles, excepto el género fastidioso. Que se relate el cultivo de las frutillas en Uzbekistán o Las Dos Huér­fanas, es la misma cosa: hay que interesar y retener al lector. Porque, al fin de cuentas, es para él que se escribe.

Si tengo interés en recalcar esta diferencia entre escritor y novelista, no es por racismo... Sería más bien para mez­clar. No soy más que un novelista, pero lo soy. Demasiados autores se dicen novelistas porque han escrito una novela. No quiero decir que sea fácil escribir su propia autobio­grafía o poner en un primer libro todo lo que cuenta para uno, todo lo que se tiene en la mente o en el cuerpo. Pero con —frecuencia, en el segundo libro, ya nada marcha bien. Al autor no le queda mucho qué decir. Un novelista siem­pre tiene algo que relatar.

Existe una cantidad de escritores que jamás serán nove­listas mientras que un novelista, en lo posible debe ser también un escritor. Alain—Fournier nos dejó un libro que es una obra maestra: El Gran Meaulnes. Es un escritor.

Nada nos dice que su segundo libro hubiera sido intere­sante. Pierre Benoit, por su parte, es un verdadero nove­lista. Se renovó. Relató historias diferentes. No se convirtió en novelista con su primer libro, pero sí, tal vez, con el quinto. Colette me dijo un día: “No te hagas ilusiones.

Tu verdadera carrera empezará con el décimo libro,”

Desde luego, hay algunos casos de escritores que son verdaderos novelistas. En Francia, creo que Mauriac es el ejemplo más acabado de esta mezcla. Pero hay que admi­tirlo muy bien: son los mismos autores quienes a menudo se empeñan en que los llaman escritores. Escritor, queda bien. Es colocarse un poco por encima de los demás. En esa palabra y en, la interpretación que le dan existe casi una noción social. En las peticiones y en las reivindicacio­nes, se suelen ver aparecer “escritores”. La prensa llamada de izquierda tiene, por su parte, la especialidad de separar sus militantes en “intelectuales” y “trabajadores”... El intelectual es un poco ese nuevo hombre del hombre de letras. Escritor, es una categoría socio—profesional. Nove­lista es todavía la bohemia, la vida de artista. Se dice: “Ya sabe usted, X ... , el novelista. .. “ Y siempre hay un no sé qué de peyorativo en esa precisión. Se sobreentiende: “Sí, escribe novelas, historias sin sentido. ¿Pero de donde saca todo eso?” De la imaginación, querida señora.

Pues sin imaginación, el novelista no es más que un impostor.

—¿No te molesta que digan: “Guy des Cars es un nove­lista popular” ?

—¡Todo el contrario! ¡Lo que me molestaría, sería ser impopular!

—¿Qué es un novelista popular?

—Alguien que escribe para un máximo de personas y cuyos lectores se encuentran en todas las profesiones, todas las categorías sociales y de todas las edades. Esto, que parece muy simple es, sin embargo, lo más difícil.

Hace algunos años, una joven, encantadora además y que tiene talento, me hablaba de sus libros, Su nombre comienza a aparecer con regularidad en las vidrieras de las librerías. Escribe novelas que no están mal hechas. ¿Cuan­tas escribió: cinco, seis? No lo sé, pero ya son unas cuantas. Sin embargo, esta novelista que se llama Christine Arnothy y de quien la crítica anunció sus verdaderas cualidades, me confesaba su decepción al ver que un de sus libros no había producido en el público el impacto que ella esperaba. Iba a decirle algunas palabras amables como “La calidad vale más que la cantidad” cuando, con un giro, acudió a su propio socorro:

“Qué quiere, querido amigo, me dijo, mis libros no tienen tanto éxito como los suyos, pero yo escribo para los genios y para los locos. .. “

Le contesté:

“¡Y yo, querida señora, escribo para los otros!”

Se ha echado a perder la noción de novela popular. Se ha dicho: “Es literatura para porteros y costureras.” También se ha dicho: “Es Confidencias y Nosotros Dos.” O bien: “Es folletín”. Hasta se ha llegado a decir que “desde mayo de 1968 ese género de literatura no interesa más a nadie”. Realmente, hay pobre gente a quienes mayo de 1968 dejó trastornadas. No se repusieron. No terminan de reponerse. En un sentido, las comprendo. Nada es más triste que una revolución fracasada.

—¿Eres un revolucionario? Es algo inesperado...

—Escucha, una vez por todas, sólo conozco una justicia: la del trabajo. En cuanto a ser revolucionario, mi padre me trataba de comunista. ¡Así que ya ves, todo es relativo!

Vuelvo a la novela porque lo demás no es mi tema.

En el fondo, la expresión novela popular es un pleo­nasmo. Debe decirse tan tolo la novela, tal como se forjó a partir del siglo XIX. La novela tuvo varios padres y no todos fueron reconocidos. Siempre se cita a Balzac, Zola, Flaubbert, Dumas, etc. Hay otros. La madre de la novela es bien conocida: es la imaginación. Así que cuando en la actualidad se dice de una novela: “Es un verdadero folle­tín”, se rinde justicia a la novela pues la mayoría de las veces, nació del folletín, es decir de una aventura que tenía un episodio en cada número del periódico en que se publicaba. En cada uno de estos episodios tenía que suceder algo. El suspenso final que dejaba ansioso al lector con el tradicional “Continuará”, existe siempre. Pero hoy en día, es en cada página de una novela que debe suceder algo. El episodio, es la página. “Continuará”, se da vuelta la hoja.

Esto, para los orígenes.

Con frecuencia, por popular se sobreentiende mediocre. Se dice burlonamente: “Es para las masas. La élite lee otra cosa.” ¡Qué racismo! ¡Qué pretensiones! Es curiosa esta nota que consiste en rechazar todo lo que gusta al público. Por el hecho de ser un éxito, tiene que ser vulgar, estúpido, pesado y poco intelectual. Lo oí cuando hacía la cola para ir a ver Las Aventuras de Ribbi Jacob. “Oh, sabe, decían, con de Funes no se va muy lejos.” Pues sí, se va muy lejos, más lejos que un millón de espectadores... También nos dijeron: “¿Papillón? Se sabe que él no le escribió... Así que todo eso es vulgar.” No importa. El millón de ejemplares era merecido. Pues bien, esas masas, —prefiero decir el público— no se equivocan. Gran público no excluye belleza, trabajo cuidadoso, refinamiento. Lejos de ahí. El público es el mejor regulador. Sabe poner todo en su lugar.

Por popular se sobreentiende pasado de moda. Y esto es un enorme error. Hasta la guerra de 1939, si bien la gente que compraba un libro era poco numerosa, al menos pertenecía a categorías sociales definidas: abogados, médi­cos, profesores, estudiantes, para lo esencial, a los cuales se podría agregar “gente de mundo” que tenía tiempo y rentas. Hoy, todo el mundo sabe leer. Y todo el mundo puede leer con las colecciones de bolsillo. Pero estas colec­ciones no están reservadas únicamente para quienes vacilan en pagar treinta francos por un libro. Todo el mundo lee libros de esas ediciones llamadas populares. Son muy prác­ticas, hasta las hay elegantes y no desmerecen una biblio­teca. De tal suerte que el público halla dos maneras de leer: una cara y la otra barata. Pero lo notable es que dos productos no se molestan el uno al otro. Con frecuencia, una edición suele ayudar a la otra. ¿Entonces? Pues bien, hoy, la palabra popular adquiere un nuevo sentido. Popu­lar no quiere decir solamente gente de suburbio y subde­sarrollada. Popular quiere decir ahora todo el público. Des­de el académico hasta la telefonista, desde el ejecutivo hasta el obrero. Entonces sí, soy un novelista popular. Tengo carpetas llenas de cartas que tanto me llegan del Instituto de Francia como del pueblo suburbano de Sarcelles, de un profesor adjunto como del dueño de un garaje. No, no estoy en todas partes, pero tengo lectores en todas partes. Y un novelista que tiene lectores en todos los ambientes es un novelista popular. Una vez más, escribo para todo el mundo. Tanto peor para aquellos a quien nadie lee. Una vez más, se consuelan diciendo: “Escribo para la élite.” Y sus amigos aplauden ruidosamente declarando con aire de superioridad: “Sí, sabe, lo que escribe es muy espe­cial. .. “

Finalmente, por popular se entiende que le elección de los temas es rebuscada, que los personajes son estereo­tipados, que las situaciones son inverosímiles y se termina con este veredicto: “¡Todo eso, es pura novela!”

Frase terrible... Frase a doble filo: la imaginación tiene que haber sido bastante fuerte para sacudir la vida y presentarla en una forma atrayente para el lector. Sin embargo debe mantenerse mesurada para que la intriga sea plausible, posible. La novela tiene personajes corrientes pero siempre enfrentados a situaciones extraordinarias.

Si una vez que cerró el libro el lector sale de su casa, debe poder encontrarse con el protagonista o vivir una aventura como la que éste vive en el libro. La novela es lo cotidiano que se encuentra con lo excepcional. Nunca hay demasiadas imaginación en una novela, pero hay que controlarla y destilarla como si fuese perfume.

Para resumir esos nuevos aspectos de la novela popular, dejo por una vez la palabra al Ganará Enchainé, pues se­gún mi criterio no se ha escrito nada más exacto a este respecto. El redactor que firmó este artículo del 6 de agosto de 1969 estaba bien inspirado ya que habla de la “literatu­ra de disuasión” (¡bella fórmula!) y dice: es “la que disua­de los fastidios de toda cilindrada de envenenar vuestros pocos placeres. Tengo estima para los verdaderos novelistas de disuasión. Juegan limpios la droga que os inyectan es de primera, no es cara y es inofensiva, no deja rastros en ningún rincón de vuestro organismo. Y cuidado, un minu­to, señores incondicionales de la crítica universitarias aun­que piensen lo contrario, no cualquiera puede escribir exitosamente una novela de disuasión!...”

No deba nada al Canard, y, lógicamente, tampoco el Canard me debe nada. Pero aquí agradezco al autor de haber puesto las cosas en su punto. Su actitud me parece valedera, más que nunca... ¡tanto más que , dicen, mis libros están en la biblioteca de nuestros submarinos nuclea­res! De la literatura de disuasión a la fuerza de disuasión, sólo hay algunos átomos.

Uno noche quise decir, más o menos, estas verdades acerca de la novela popular. Fue en la televisión, en el programa llamado literario Pots-scriptum, que ya no se propala. Por otra parte es una lástima porque, por una vez, no era la República de los Compañeros. Ese programa era el foso de los leones. Uno no tenía enfrente turiferarios que le preguntaban sobre la trascendencia de su último libro y la condición del hombre a través de su obra. No, no era una Sociedad de Administración Mutua en la que Dupont decía a Durand “Que hermoso libro, el suyo” y Durand contestaba a Dupont “¿No es cierto? A mí también me parece”.

En Post-scriptum no había contemplaciones, no era para arrojarse flores. Por una vez, hablando de libros, uno no se ponía a roncar. Michel Polac, el animador, tenía la sustancia de devolver la pelota, y ello contribuía a hacer un buen espectáculo, siempre vivo. Evidentemente, era demasiado bueno, han suprimido ese programa...

Tenía un solo defecto, mínimo: lo contradictores no siempre jugaban limpio.

La noche en que fui invitado, el jefe fastidiador era Jean—Louis Bory. Conozco bien a Bory (desde el punto de vista literario). Lo conozco desde su libro: Mi aldea en la hora alemana que tuvo el premio Goncourt en 1945. Y yo había aceptado a bajar en la arena de Post-scriptum porque a él le agrada la novela, la verdadera novela, y la conoce bien. Hasta hizo un brillante estudio sobre Eugéne Sue, el autor de los Misterios de París. Ello no quiere decir que yo me considere Eugene Sue ni que a Bory le gusten mis libros...

Llegué ante un verdadero tribunal. Pues alrededor de Polac y de Bory, una decena de amargados, de incapaces e impotentes de la pluma me esperaban en debate en el trabuco de la envidia y la escopeta de la mala fe.

¡Ah! ¡hijos míos! ¡Qué carnicería! Estábamos allí para hablar de la novela. ¡Fue mi juicio! ¡No iban con vueltas! Además, yo tampoco. Primero, fui tratado de “ popular. Entonces, les dije que eso me molestaba, lejos de ello (a ellos les molesta porque hablan de cultura sin lograr ser populares!) . Luego, me disecaron. Leyeron al azar frases de mis libros que encontraron insípidas. (De todas mane­ras, era visiblemente las primeras que leían de mí. No habían logrado leer un libro entero. Tampoco conocían la conciencia profesional). Me destrozaron y, finalmente, pronunciaron su veredicto: “Ese éxito es anormal.” Bory, entre bromas y veras, concluyó: “¡Es fastidioso! ¡Mi madre sólo lee a Guy des Cars, y sin embargo es una mujer culta!”

¡Pobre señora de Bory, que se equivocaba de literatura! ¡Pobre Jean Louis Bory que no lograba hacerle leer los buenos libros! No me hicieron ningún regalo, pero aquella noche, en la televisión la gente se reía —algunos, de los labios hacia afuera.

Al cabo de uno hora de ese requisitorio, me levanté. Antes de la audición le había prevenido a Michel Polac que no podría quedarme mucho tiempo entre esos alegres muchachos. Aunque no soy un autor comprometido, tenía un compromiso, tomado desde tiempo atrás: ir a cenar con amigos que estaban de paso por París.

Cuando llegué a la casa de esos amigos, ellos mismos me contaron que después que me hube marchado, la jau­ría se había desenfrenado. El encarne. El grito de ocaso La puesta a muerte. Además, creo que Simenon ha sido tra­tado de la misma manara. Esos picadores estaban furiosos, pero me había defendido. Salvo por Polac y Bory —hombres bien educados, de todos modos— fui declarado culpable: de escribir para mi placer y el de los lectores, de ex pre­sidiario barbudo, peludo y con tricota de cuello enrollado, de contraer compromisos para cenar y con todo eso tener el coraje de decir: “¡Soy popular!”

Demasiado, era demasiado. Me condenaron... sin cir­cunstancias atenuantes. No he muerto por eso. Y conozco gente que todavía se ríe de aquella audición. Antes de Arthur Conte, eso eran las “fuerzas de la alegría” en la Radio—Televisión Francesa.

Debajo de ese requisitorio encontré lo que constituye la base de las envidias en la edición: algunas veces se per­dona el talento, pero es más difícil admitir el éxito.

 

Por popular, en fin, se ataca a la noción del éxito, Y lo digo en voz alta: lo que gusta al público es siempre bueno y el hecho de ser un desconocido no significa necesa­riamente ser un genio ni siquiera estar lleno de cualidades y de talento. La triste historia del plumífero desconocido que vegeta en su buhardilla antes de ser enterrado en el foso común del olvido, y de conocer una gloria póstuma que cubre de oro a sus herederos ya no existe. Y está bien que así sea. Bernard Shaw decía: “El martirio es la única manera de volverse célebre sin talento. Pero hay que creer que todo viene solo. No basta con sentarse ante el escritorio y declarar: “Hoy voy a escribir una novela.” Cada cual es dueño de sí mismo, es cierto. Pero también su propio esclavo. En lo que concierne, estoy encadenado a mi escri­torio ocho horas por día y hace tiempo que los sábados y los domingos son días como los demás. Y hay quien le dice a uno: “Debe ser apasionante tener tiempo para escri­bir. ¡Ah! ¡si tuviese tiempo!”. Lo fastidioso es que ellos jamás tienen tiempo, los consejeros no son los redactores. Y además, “eso” no siempre viene. Escribir no es apretar un botón y producir tantas páginas por hora. Algunas veces es un poco así, es cierto. Como en todas partes, son muchos los llamados y pocos los elegidos. Pero creo sinceramente, como lo decía más menos Claude Lelouch en su Radios­copia por Jacques Chancel, que sólo la gente que tiene algo. Se aferran, trabajan, producen, creen en ellos y en lo que hacen, no` esperan que la vida les caiga cocinada, lista para comérsela. A la suerte hay que ayudarla, hay que provocarla. Me atrevo a decir que algunas veces, se merece.

Escribir es noventa por ciento de transpiración, nueve por ciento de inspiración y uno por ciento de talento.

También quisiera decir esto: se pretende siempre que los franceses no leen, “Antes, dicen, no sabían leer. Ahora miran la televisión y los fines de semana se vuelven locos por los caminos atiborrados de tránsito y prefieren el ruido del automóvil al silencio de la lectura.— Todo eso es falso. Ya en 1905, en un libro muy serio titulado Las Librerías de París decían esto: “¡Los franceses ya no leen, es por culpa de la bicicleta!” Por lo tanto, el argumento no es muy nuevo. Hay estadísticas —siempre las estadísticas— que declaran que el 53 % de los franceses jamás leen un libro. Si es cierto, digo que el 47% , restante leen varios. Seriamente, leen cada vez más. El papel benéfico de las colecciones de bolsillo es indiscutible. Vuelvo sobre este punto porque en la colección “J'ai lu”, en la que están reeditados cada uno de mis libros a medida que van apa­reciendo, comprobé un fenómeno que no es reciente peto que toma incremento: el del libro que circula, el libio que se presta. En esta colección mi novela Sangre de A frica se publicó en dos tomos. Primero quedé atónito al ver que entre el primer tomo y el segundo había una diferencia de.. . treinta mil ejemplares. ¡Había más com­pradores del segundo tomo que del primero( Lo lógico tendría que haber sido la inversa. Pues bien, ello no quiere decir que hay gente que sólo leyó el segundo tomo. Las treinta mil personas pidieron prestado el primer tomo y sólo compraron el segundo.

Los franceses leen cada vez más. Es un mérito, porque los libros son cada vez más caros. Pero, no leen cualquier cosa. Quiero decir, que no leen todo lo que se publica. No podrían. ¡Porque cada semana aparecen entre cin­cuenta y cien títulos( Si se reflexiona un poco, ¡es espan­toso! Aun para quien sea bulímico de la lectura, es impo­sible. Hasta ocurre que ciertos críticos literarios, recarga­dos de tarea, suelen hacer leer un libro por su cesto de papeles... En cuanto a los libreros, los pobres deben luchar contra un maremoto. Pues no les llega un solo ejemplar de cada libro. Entonces, la vidriera de la li­brería es hoy, ante todo, un problema de sitio. El lugar privilegiado sigue siendo la pila, junto a la caja. El cliente saca su billetera o abre su portafolios. Un libro junto a la caja es el niño mimado del librero. El cliente no puede no verlo. Por lo tanto tiene mayores probabilidades para comprarlo que si no lo hubiese visto.

Pero puede haber sorpresas.. .

Una vez Carco viajaba por el Mediodía de Francia con su esposa. El auto se les descompone... delante de una librería de Aviñón. Él se baja del coche para ir a hablar por teléfono a un taller mecánico, cuando su mujer le dice:

“¡Francis, mira “ Mira:

“¡Pero esto es increíble: “En efecto, era sorprendente: en la vidriera de esta librería sólo había libros de... ¡Francis Carco! “¡Oh! ¡divina avería! exclama Carco. El favorecido autor entra en la librería:

“Perdóneme, señor, excúseme; mi auto se ha descom­puesto. ¿Podría usar su teléfono para llamar al taller mecá­nico más próximo?

—Desde luego.

El mecánico ha sido llamado. Carco quiere pagar la comunicación. El librero no acepta. Carco piensa que, decididamente, este librero es uno de los hombres más agradables. Y dando pasos por el negocio, comienza, des­pacio:

“Ah, tiene usted muy linda librería...

—Dios mío, señor no tengo motivos para quejarme... —¡Y qué linda vidriera¡”

El librero sonríe tranquilamente. Carco se siente decepcionado. Piensa: “¿No me habrá reconocido?”. Para estar seguro, continúa: .

—Sí, esta vidriera con un solo autor... Dígame, ¿debe ser un autor de mucho éxito?

—Oh, no lo crea, señor... ¡En vidriera sólo pongo los libros que no he podido vender adentro del negocio: “Los franceses leen cada vez más y tal vez cada vez mejor, porque tienen para elegir. Demasiado para elegir, lamentablemente... Pues también escriben cada vez más.

La inflación no dejó de lado a la edición... Hoy ya nadie se extraña cuando alguien dice: ``Escribo un libro”. Es un poco como el registro de conductor. Todo el mundo lo tiene. Resultado: embotellamiento del tránsito e imposi­bilidad de circular. ¿El libro?... Es una verdadera super­producción y nueva sorpresa a su aparición. Las : difi­cultades actuales van a detener su superinflación. No será forzosamente un mal. Y me pregunto si el “buen libro” no será, simplemente, el que vende. Hay libros que tratan todos los temas y varios libros del mismo tema. Más del noventa y ,cinco por ciento de los libros salen con el tiraje mínimo de tres mil ejemplares. Cuando se venden, está bien. Diez mil, veinte mil ejemplares según .los casos, ya se un pequeño éxito. Cincuenta mil, es un “libro del año”. Cien mil, es un best seller.

—¿Qué es un best seller? ¿Hay recetas para llegar a ser un best seller?

—En el sentido propio, un best seller es un libro que alcanza la mejor venta. La expresión nos llegó de los EE.UU después de la guerra, al mismo tiempo que la Coca—Cola y la goma de mascar. Es un sinónimo de fuerte tiraje y de libro grueso. Muchos autores y editores creen que un best seller debe tener por lo menos quinientas páginas. Un crítico me dijo: “Jamás desconfiamos bas­tante de los libros que al caerle a uno sobre el pié le hacen doler.“ En efecto, es un error de forma muy difun­dido creer que el grosor es razón de éxito Papillón tenía quinientas páginas, pero Buenos días Tristeza y Love Story sólo llegaban a doscientas. Los errores de fondo son muchos más graves. Consisten en creer que hay recetas. ¡Lamentablemente! No basta con tomar un tema de moda, agregar un poco de sexo, mucho whisky, viajes o violencia, humor o misterio en dosis escrupulosas como las de un cocktail. Espolvorear con grandes sentimientos o droga, y servir caliente en las playas del mes de agosto. Se ob­tiene lo que desde algunos años se ha dado en llamar “el libro del verano” (si es grueso, para que dure todo el verano) o un “libro de vacaciones” (para mí, todo libro debe brindar vacaciones), pero no es forzosamente el best seller anunciado...

Después de treinta años de oficio y treinta y tres libros, puedo afirmar que no hay recetas para escribir un best seller. Sería demasiado sencillo. Pero hay milagros: un li­bro puede venderse muy bien aun cuando su éxito pare­cía aleatorio. Muchos editores parisienses rehusaron el manuscrito de Papillón. Durante casi seis meses, se estuvo paseando de un comité de lectura a otro. Cuando, final­mente, Robert Laffont lo publicó, nadie creía al princi­pio en semejante maremoto, y creo que de buena gana habría cedido ese libro a otra editorial. Luego ocurrió lo imprevisible.

Si vuelvo a hablar de Papillón es porque aun hay mu­cha gente que no se repuso. Del libro y de su éxito. Y por­que, desde entonces, cada verano, hay autores y editores que tratan de volver a “pegar el golpe de Papillón”. . .

Henri Charriere tuvo una “hermana” literaria de éxito más modesto: Manouche, la truculenta, la enorme, la increíble Manouche, mucho más fantástica en la vida que en su biografía escrita por Roger Peyrefitte. Y desde estos dos libros asistimos a una floración de libros testimo­nios-documentos-confesiones intérlopes. La prisión y el Ambiente se han vuelto escuelas de escribir. Alguien de­bió lanzar un slogan: “Si usted estuvo preso, sabe escribir.” Es a quien contara sus andanzas, sus aventuras, sus amores y sus rompimientos.. Estas dos enfermedades: la “Papi­llonitis” y la ”Manouchitis” invadieron todo el mundo editorial. Conozco quienes han desarmado, vuelto a armar, hecho la autopsia de esos dos libros para saber la razón de su éxito. Y los editores se vieron inundados de manus­critos cuyos autores afirmaban que eran “el nuevo Papi­llón,” “la nueva Manouche”. Entre esos textos hay seguramente buenos libros. Hasta hay gente —¿por qué no?­ que vivieron o recogieron aventuras aun más apasionantes que las ya publicadas. El fastidio es que todo el mundo quiere repetir “el golpe de Papillón”, todo el mundo busca ser el best seller. Pero, por definición, un libro sólo es best seller cuando está en venta y si cada día se venden centenares de ejemplares.

Aquí, sobre mi escritorio, tengo dos cartas muy sig­nificativas, muy diferentes, pero que siguen la misma finalidad. Han sido escritas por dos mujeres.

Primero carta (paso por alto ciertos detalles que per­mitirían identificar a la autora) ...—¿Señor, quisiera ayudarme? Deseo escribir un libro que seguramente dará el mismo rendimiento que Papillón Pero no puedo hacerlo sola. Pienso que podríamos com­partirlo.

PS. No enviaré nada por carta. Es demasiado importante.”

Segunda carta (la reproduzco casi in extenso)

“Señor. el viejo truhán de Papillón enamorándose (tal vez por primera vez en su vida) a los sesenta y tres años y, lo que es más, enamorándose por correspondencia de una inválida. Delirante, ¿verdad? Sin embargo, la historia es verídica, y la inválida soy yo. Buena prueba: le envío una fotocopia de puño y letra de Papillón.

En ese documento manuscrito se lee:

Sofía, eres la más extraordinaria de las amigas. La luz de tus ojos, el calor de tu alma, tu corazón que se abre en tus cartas, ese todo eres tú, Sofía, a quien amo. Tu amigo Papillón. 12/10/1969.”

La carta continúa:

... Papillón ha muerto, y ahora puedo hablar. Pero no puedo escribir porque estoy muy enferma de la vista Entonces los pocos amigos íntimos que están al corriente de esta historia tuvieron esta profunda reflexión “¡Pa­rece una novela de Guy des Cars!” Por eso, apreciado señor, ya que la vox populi se ha pronunciado, me dirijo usted. ¿Aceptaría ser mi “negro” 4 en el sentido más pey­refitiano del término? Guy des Cars relatando el gran amor secreto y desdichado (desde luego) de Papillón, creo que podría ser un nuevo best seller en vista, ¿verdad?”

—¿Fuiste alguna vez “negro” de alguien?

—¡Jamás! Y jamás lo seré. Unicamente puedo trabajar solo. Soy mi propio encuestador y mi propio documen­talista. Y a todos cuantos afirman que tengo negros. les confieso: sí, tengo un “negro”. Se llama Guy des Cars, Y desde 1941, ¡es él quien escribe mis libros!

Estas dos cartas son las más típicas que recibí de este género. Estas mujeres tal vez puedan tener un buen libro. La primera aventura podría ser “Mas fuerte que Papillón” y la segunda una nueva continuación a la aventura del más célebre de nuestros convictos desde Vidcq: “Un amor de Papillón'. Tal vez podría haber dos buenos libros. Desdichadamente, la obsesión del best—seller lo falsea todo. “¿Por que no yo? piensan. Lo que tengo que decir sería mucho más interesante que todas esas tonterías...” Al­gunas veces es cierto. Algunas veces...

Pero los milagros son escasos.

Una cosa es escribir un libro que se vende. Otra, es lograr varios. Después de treinta años de oficio y treinta y tres libros, me atrevo a decirlo: no nace best seller como se nace poeta o músico.

—¿Entonces como explicas que cada uno de tus libros sea editado, desde el comienzo, con cien mil ejemplares? ¿Tienes algún truco? ¡Confiésalo!

— Lo confieso: ¡no tengo ningún truco! Los trucos pueden servir una vez, dos veces, pero no para treinta libros. Troyat, Bazin, Lartéguy, Gérard de Vílliers, La­ Pierre y Collins, etc., no tienen ningún truco. Pero si no hay receta, en cambio hay leyes. Esto es cierto. Y ya que estamos en familia, te voy a decir las leyes que observo lo más escrupulosamente posible. Es evidente que sólo son valederas para la novela y el género de novelas que escribo.

Primera ley: relatar una historia. jamás relatar la misma y cambiar de ambiente en cada libro.

Esta historia debe aproximarse al máximo a una “ver­dad posible”. Jules de Goncourt, uno de los hermanos que fundó el premio, escribió un día a Flaubert: “La novela es la única historia verdadera.”

Segunda ley: hacer un plan detallado antes de empezar la redacción propiamente dicha. Esto, es capital. Y tal vez sea la única cosa buena que he retenido de mi paso por los jesuitas donde me hicieron entrar en la cabeza, a fuerza de aplazos, un pequeño libro del cardenal Grente (de la Academia francesa...) titulado:

 

4 Escritor que escribe para otro, generalmente de prestigio, que es quién firma las obras.

La Composición francesa y el estilo. Hay que saber lo que va a ocurrir en la página 30, 100 y 150. ¡Así, se tiene la posibilidad de no perder el hilo y también la tiene el lector!

Tercera ley: relatarse la historia a sí mismo en un cuarto de hora. Si uno se la cuenta sin dificultad, es que vale.

Cuarta ley: tener siempre un número impar de per­sonajes. Y cuando la acción se agota, introducir un nue­vo personaje.

Quinta ley: Que hacerle al lector la confidencia de uno parte de la acción que los propios personajes de la novela ignoran.

Personalmente, fue cuando observé esas leyes al pie de la letra que mis libros impactaron más al público. Pero tardé unos diez años en descubrirlas. . . y veinte años en aplicarlas. ¡Y continuaré! En realidad, se resumen en un principio muy simple: para que un lector sea fiel, hay que brindarle cada vez un producto riguroso, es decir establecido según criterios que me honro en ha­ber creado para no recaer en los senderos de la, eterna rutina novelesca. El lector se vuelve fácilmente hogareño. Tiene sus costumbres. Estoy seguro de haberle dado al­gunas. Tal vez por eso me permanece fiel. Y pienso que esta regla puede aplicarse a todos mis colegas que, de li­bro en libro, lograron retener sus lectores. Si el autor tiene buenas costumbres, debe conservarlas. !Nadie ima­ginaría a Simenon escribiendo como Robbe—Grillet!

Ya ves, hace tres años, Le Monde me consagró una página. Yo podía temer cualquier cosa de ese análisis que —es lo menos que puedo decir— no me reportó nada salvo algunos comentarios envidiosos tales como: “¿Vid? Le Monde habla de usted.” Y el silencio que seguía para observar mi reacción, yo veía diseñarse dos tipos de adulones los que pensaban “Si Le Monde habla de él, tendré que leer uno de sus libros”; y los otros: “ELe Monde habla de él? ¡Esto es el colmo! Pues bien, Le Monde que es un diario a la vez falsamente objetivo y objetivamente falso tuvo, con la pluma de Paul Morelle que vino a hacerme un reportaje, una definición exacta: “Un Guy des Cars es una imagen de marca como nace una en cada época”. Quería decir que soy un “producto Ello no me molesta, pues es verdad. Ciertas épocas tuvieron un Pon­son du Terrail, un Georges Ohnet, un Delly, un Pierre Benoit. Un des Cars es como el vino nuevo del centro de Francia: es esperado cada año, con sus cualidades y sus defectos.

Y aquí llegaremos a una nueva definición del best seller. Con frecuencia, el best seller no es el libro sino el autor mismo. El autor que, regularmente, entrega al público un producto determinado. Así es como se dirá:

“El nuevo Troyat, el nuevo Lartéguy”, etc. Y esta con fusión, muy comprensible, puede llevar a resultados sorprendentes. El público, previamente conquistado, con­sagra con los ojos cerrados a un autor. Y hay ciertos autores cuyos libros están “vendidos” antes de ser puestos en venta. Pero si este autor escribe que tiene menor éxito, es un autor best seller cuyo último libro gustó menos. Esto ocurre con todos los autores de varios libros. Y los grandes éxitos no siempre están en las listas de best sellers...

—¿Qué piensas de esas listas?

—Tal vez me encuentres asesinado, pero me atrevo a decir que la mayor parte del tiempo están adulteradas y, por lo menos, incompletas, falsas y arbitrarias.

Tomemos la lista publicada cada semana por L'E.x­press pues es la más conocida y la que tiene mayor in­fluencia en Francia. Se titula: “Los éxitos de la sema­na”, y la primera anomalía reside en ese título ya que en ella figuran libros que están en venta desde hace ... tres, cuatro meses, y libros que recién salidos de máquina no están todavía en venta en todas las librerías. Después de todo, estoy seguro que también podría poner en lugar destacado la milésima edición de Los tres hombres Mos­queteros y, por qué no, libros de cocina que se agotan rápidamente después de cada edición, campeones fuera de categoría y de los cuales jamás se habla en esas colum­nas selectivas. Sería más honesto hacer competir libros publicados en la misma fecha.

Después de la mezcla de las fechas, está la mezcla de los géneros. Y esto es más grave. No es posible poner en su mismo terreno una novela y un documento, un libro de arte y una obra técnica, un panfleto y memo­rias, una novela policial y un álbum de historietas. Al­gunos diarios como France—Soir o Valeurs actuelles se cuidan de establecer la diferencia entre las novelas, los ensayos, los libros de historia, las novelas policiales, etc. Esta diferenciación es imprescindible. Lamentablemente, no es una regla absoluta. Una obra acerca de Rembrandt cuyo precio es de alrededor de cien francos, un libro que trata de un asunto como el que conmovió la opinión pública como el de Bray-en-Artois y las Memorias de la dama—pipirooni del Concierto Mayol, no van dirigidas al mismo público. Por lo tanto no pueden tener el mismo impacto. Sus cifras de venta no pueden compararse. Se­gún la categoría y el precio, una venta de diez mil ejem­plares puede representar un éxito mayor que veinte mil ejemplares: esas diferencias no se encuentran en el cua­dro semanal de L'Express.

Oigo las objeciones: “No son las categorías lo que cuenta, sino las cifras, única prueba del éxito.”

¿Las cifras? Ah, sí, hablemos un poco de ellas...

¡Si se publicaran las notas de venta, es decir las cifras reales, habría algunas sorpresas! Se vería que tal libro que figuran la lista, no es en realidad un best seller. Se vería también que tal otro, que tiene un franco éxito, no figura en ella.

Esto merece una explicación. Veo con frecuencia a varios grandes libreros, es decir, gentes que conocen bien su oficio: saben lo que venden en cantidad y en calidad.

Pues bien, cada semana o casi, son los primeros en sor­prenderse por el cuadro de L'Express. Porque a menudo, de los diez libros que forman parte de ese pelotón que encabeza la lista, ellos, esos libreros, no vendieron nin­guno desde varios días. ¡Cuando han vendido uno, no es el número 1 ni siquiera el número 10!

¿Cómo se establecen esas listas? Oficialmente, según los datos proporcionados por libreros, unos cincuenta al máximo en toda Francia, Bélgica y Suiza de idioma francés, elegido en función de su importancia, de su “posi­ción estratégica”. Pero hay que tener cuidado. Algunas grandes librerías impresionantes por el número de volúmenes que pueden recibir, apilar y ofrecer, no son obligatoriamente —las que venden mayor cantidad de libros Son lugares de paso. Muchas personas hojean, miran, examinan. ¿Cuántos compran? No estoy seguro que, en proporción, se compren más libros en la— sección “Librería” de un ”drugstore” que en una librería de barrio.

Todos los días desfilan centenares de millares de personas por la estación Saint—Lazare. No todas toman el tren.

Interrogamos a dos libreros. Uno dirá: “El libro ciñe vendo bien en este momento es el de Y...” El otro con­testará: “Es el libro de Z...” —La librería más grande de la ciudad de Marmande no vende tal vez los mismos libros que la de la ciudad de Nancy. Un librero vecino de la Estación del Este no vende los mismos libros que una librería de la avenida Víctor Hugo. El verano pasado en Saint-Tropez, el libro que se vendía bien en el. momen­to en que yo pasé era Un erizo de mar en el caviar, de Philippe Bouvard. A pocos cientos de metros de allí, era el de Pierre Rey: El Griego, el que se vendía mejor. Las librerías son un poco como las cortes de la Justicia cuyos jurados tienen veredictos diferentes según los casos y los lugares. Por lo tanto, quiero señalar que un best seller es un libro que se vende bien en todas las librerías y no solamente en algunas.

De una librería a otra, esos matices dan evidentemen­te resultados diferentes, y hasta contradictorios. Como en el tiercé5, algunos llegan en órden, otros en desorden. ¡Cuando llegan! Pues si se toman otras listas que son la publicada por el semanario de la calle de Berri, vemos que el número 1 de L'Express es el número 5 de France­Soir y que el número 5 de France—Soir no figura en L'Express. Vaya... Vaya ...

Se podría decir que cada librero puede establecer propia lista. Pero para tener un resultado honesto, vale­dero y completo, habría que reunir todos los —resultados de todos .los libreros de Francia. Como evidentemente es imposible, hay que conformarse. con aproximaciones y con interpretaciones. En el fondo, es el mismo principio que la encuesta de opiniones: se interrogan dos mil per­sonas y se presenta sus respuestas a veinte millones de ciudadanos. Y la minoría interrogada constituye: “Esto es lo que los franceses piensan de tal cosa. ..”

Vayamos más lejos. Tomemos una librería “seleccio­nada”, es decir una librería que un editor sabe que comu­nicará sus resultados de venta a un periódico para esta­blecer su lista. Nada impide al editor de hacer comprar bajo cuerda, por falsos clientes, varios ejemplares de su propio libro. Si cada día, quince o veinte personas “lo compran”, el librero, al quedarse con pocos ejemplares, vuelve a pedir una nueva partida al editor y recomienda su lectura a sus clientes. Está convencido de buena fe que tiene allí un best—seller ya que es el libro —o uno de los libros— que vende más. ¿Y qué le cuesta a un editor hacer comprar mil o tres mil libros? Casi nada, sobre todo cuando el resultado es que el libro en cuestión se encuentra luego en la lista que encabeza los de mayor venta, lo cual rotula oficialmente de “best—seller”. Y si, como los quesos de Port—Salut, lo lleva escrito encima, tiene todas las probabilidades de llegar a serlo. Todos sabemos que el éxito atrae al éxito...

—¿Es una acusación?

—Es una hipótesis muy seria que me fue dicha por un gran editor, generalmente muy bien informado.

Para luchar contra el favoritismo, L'Express eliminó de la selección las casas de venta de las editoriales. Se eliminó la librería Gallimard para evitar que favorezca los libros de Gallimard, etc. Hasta se ha eliminado a Larousse: todos saben que el Pequeño Larousse Ilustrado es un temible competidor: vende, como término medio, setecientos mil ejemplares por año. ¡Qué best—seller! Por lo tanto se ha cambiado la lista de las librerías piloto. (Observemos, de paso, que librería de L`Express figura siempre entre los “puntos referenciales” ...) ¿Qué se obtiene al cambiar de librerías? Otras listas que no son más de fiar que las primeras. Esto no nos adelanta en la vía de la honestidad y de la realidad. Tal vez habría una solución si se decidiese al azar, a último momento, cada semana, qué librerías diesen sus resultados. Tal vez...

Pero estamos lejos de ello. Por cuanto las cifras no son lo único que determinan las condiciones para figurar en las listas...

 

5 Apuestas sobre las posibilidades de triunfo de los caballos en las carreras de los hipódromos de París.

 

¿Un ejemplo? Un ejemplo entre otros: después de mayo de 1968, la editorial Tchou publicó un libro del periodista Julien Besancon: Las Paredes tienen la palabra. Figuró en buen lugar en la lista de L'Express, cuarta o quinta posición. En el mismo momento la editorial de la Pensée Moderne publicó El Pequeño libro rojo del Gene­ral. Se vendía en forma aceptable, pero no figuraba en la lista. Su editor se extrañó. Hizo una encuesta discreta pero informativa entre las librerías y descubrió que si bien el libro de la editorial Tchou se vendía bien, el suyo no se vendía mal: un promedio de doscientos ejemplares por semana menos que el que figuraba en la lista. Esta peque­ña diferencia permitía teóricamente que El Pequeño li­bro rojo del General pudiese figurar también en la lista, en 8a, 9a o 10a posición. Pero pasaban las semanas y el libro figuraba.

El editor escribió a L'Express, pero no recibió respues­ta alguna.

Este editor comprendió. Ahora publica en su catálo­go su propia lista de best—sellers. Clasifica únicamente los libros publicados por él. Robert Laffont ya había recu­rrido a este procedimiento en su boletín L'Actualité li­ttéraire.

Con este sistema ya no hay descontentos. ¡Todos los editores tienen best— sellers!

—Pero cuando sale uno de tus libros, generalmente figura en esa famosa lista. ¡no tienes motivos para que­jarte!...

Primero, no me quejo. Digo simplemente que no es porque un libro figure en esa lista que es un best—seller, y no es porque no figura que no se vende. Es precisamente porque mis libros figuran en ella, que estudié esta cocina con mayor atención. Mis libros, como los otros autores, trepan a las buenas posiciones, bajan, se mueven y luego desaparecen. Ahora bien, mucho tiempo después de esa desaparición, se siguen vendiendo. La venta de un libro no se detiene de una semana a otra. Pues no hay que creer que el público vive al ritmo de esas listas. Tiene otras cosas que hacer. Sólo los apasionados compran los libros en cuanto salen. Pues bien, con mis propias cifras en mano pude comprobar las triquiñuelas de esos cuadros de honor. En ciertos momentos, los libros desaparecen cuando superan los doscientos mil ejemplares. Hay que preguntarse cuanto hay que vender —¡o no vender!— para que los fabricantes de listas lo incluyan a uno en ese club donde hay que exhibir su tarjeta de falso revolucionario para ser admitido. Mira, mientras estamos hablando, los avisos publicitarios anuncian en el número 1168, del 2 de diciembre de 1973 de L'Express, en la página 165, El Desafío Democrático: 700.000 ejemplares. Y, muy junto a esos avisos, el cuadro de los best—sellers de la semana. Sorpresa: ¡El Desafío Democrático no figura! ¡Extraño! En realidad, la mayoría de los ejemplares de ese libro fue comprada por el Partido Comunista. Por lo tanto no es un éxito “de librería”. Y esto me recuerda aquella réplica en una obra de Sacha Guitry, en la que uno de los personajes, un escritor, dice a un amigo: “Mi libro se vende bien.” “¡Ah!, contesta el otro, ¿pero se compra? Por cier­to L'Express no es responsable de la publicidad exagerada de sus anunciadores. Pero si un libro es un best—seller hay que decirlo. Si es un fracaso, hay que saberlo. Lo encuen­tro fastidioso para una revista cuyo slogan es: “Los medios de saber y el coraje de decir.”

Y creo que los libreros, como la mayoría de los lectores, rectificaron ellos mismos sin hacer alardes. Contra las tri­quiñuelas y las manipulaciones existe algo mucha más fuerte y mucho más auténtico que las encuestas, los orde­namientos y las estadísticas: una corriente que pasa o que no pasa, es el comentario personal, la opinión de un crí­tico, la vox populi, es instinto. Se puede llamar de dife­rentes maneras, pero siempre es el mismo fenómeno, y sin él no hay verdadero éxito: si el público está de acuerdo, no necesita ser alentado. Si el público no está de acuerdo, nada podrá obligarlo... John Ford, el cineasta que en­nobleció las películas del oeste, sólo se ocupaba de hacer films para el público. Decía: “Un fracaso artístico, es una lástima. Un fracaso comercial, es imperdonable.” Y el actor Louis Jouvent insistía en este punto: “En el teatro hay un solo problema. El. del éxito.”

—¿Puede decirse que hay críticos a quienes no les gus­tan los autores de best—sellers?

—Desde luego, sí. Y por la única razón que el público suele decidir, la mayor parte del tiempo, sin la opinión de los críticos. La Quinzaine littéraire, una gaceta que se pretende intelectual y casi siempre sólo logra ser oscura, me hizo un largo interview acerca del mismo problema: como fabricar un best—seller. ¡Finalmente resulta casi cansador repetir que eso no se fabrica! El artículo (hones­to, por otra parte) estaba precedido por un subtítulo que contenía una frase inaceptable: “Habitualmente, la crí­tica no tiene motivos para hablar de tales libros (best-sellers) . No representan ni un esfuerzo de escribir ni un deseo de renovación de la literatura.” Entonces, pregunto: ¿para qué sirven los críticos? La respuesta está un poco más lejos, en la segunda parte del interview. Redactada por otra persona, se titula: “Aristóteles igual a Guy des Cars.” ¿Sabe el autor de este título que Aristóteles murió en 322 antes de Cristo? Una de dos: ¡o yo soy más viejo que Matusalén, o bien Aristóteles es un escritor novel de quien se va a hablar mucho! El autor del artículo confiesa su desconcierto: “El éxi­to indefinidamente confirmado de la “mala” literatura es un verdadera problema. Quienes leen “buenos” libros se preguntan siempre la razón del apasionamiento que suscita la mediocridad hecha libro (...). Parecería que los gran­des libros, al igual que las rosas, suelen florecer y marchi­tarse sobre ese “estiércol” vivaz.” Comprendí: el colabora­dor de La Quinzaine Littéraire piensa que los best—seller son “malos libros”. Prosigo la lectura —oh, cuan difícil­ de su análisis y caigo sobre esta frase que es una importante contribución a la crítica de hoy en día: “En función de la permanencia del contenido de la cuestión “curiosa”, se puede decir que todos los escritores, sin excepciones, son humanistas. Si se descentra el tema (Beckett), si se lo afir­ma (Sartre), si se trabaja en su descontrucción por una subversión operada en el texto (Derrida), no se deja de hablar de él y de restituir las instancias escatológicas que lo conciernen.”

¿Comprendieron? ¡Bravo! Ustedes son dignos de una suscripción a La Quinzaine Littéraire!

¿No comprendieron? Tranquilícese: ¡yo tampoco! Há­game un favor: pidan algunas aclaraciones a la autora de esta pequeña obra maestra, la señora Anne Fabre—Luce, maestra asistente de literatura francesa en la Universidad de Nanterre. ¡Copio les digo! Antes del galimatías de la señora Fabre—Luce tuve derecho a la cincelada pluma de Jean—Francoís Revel. El señor Revel es periodista —perdón, editorialista— de L'Ex­press. Cada semana, dotado de una prosa concisa que se aviene bien en una revista de formato reducido, expresa su opinión acerca de algún problema de política extranjera, de economía, de sociología. Y he aquí que un día de oc­tubre de 1969, este espíritu superior —no acepta Ni Marx ni Jesús (es el título de uno de sus libros), pero de todos modos tiene el descaro de hacer conocer Las ideas de nues­tro tiempo (título de otra obra suya), ha aquí pues que un día se equivoca de sección y se pone a hablar de libros. Peor aun: ¡de novelas! Y todavía peor: ¡de novelas de Guy des Cars! Para arrastrarlas en el lodo. De lo cual estaría en su derecho si fuese crítico literario, novelista o simplemente lector corriente. Tres cualidades que el señor Revel no posee. Lo fastidioso, para él, es que el señor Revel me leyó o simuló leerme por deber. ¡Pobre desdichado¡ ¡Cuanto siento por él! Habiendo comprobado que desde hacía varias sema­nas mi novela La Víbora seguía de cerca a Papillón en la lista de los best—sellers y ello —¡colmo de la audacia! ­a pocas páginas de su crónica semanal, decidió auscultar­me. Quiero decir, de leerme con la lente del entomólogo que quiere descubrir por fin un secreto muy oculto. ¡Sin­ceramente, siento por él! Pero estamos a mano: a mí me costaría mucho leer sus obras completas y, gracias a Dios, nada me obliga a hacerlo.

Tiene que haber sufrido, el pobre. ¿Te imaginas? ¡Él, Jean—Francois Revel, leer a Guy des Cars! Para reponerse de esos pocos malos momentos pasados en mi execrable compañía, escribió con pluma vengadora que me parezco “un poco a esos mobiliarios que no son ni modernos ni antiguos, copias baratas de un juego de comedor Luis XVI, que se venden a plazos”. ¡Pues bien, no me vendo a plazos y prefiero aun ser falso Luis XVI que auténtico Revel! Y llegar a la conclusión que, decididamente, el lector es un pobre tipo que no sabe leer (Sobreentendido: los “buenos libros”) .

El señor Revel se atrevió a titular su crónica: El “buen público”, después de haber comprobado tristemente que el gran público es realmente un buen público. Pues bien, señor Revel, concédame hoy el derecho a responderle en nombre al lector.

El público no es bueno. Es excelente. Y variado. Y difícil. Y exigente. Y fiel. Tiene derecho a ser todo eso, porque ese público que usted desprecia paga sus libros. No los recibe en servicio de prensa. Los compra. ¿Sabe usted lo que es, señor Revel, hacer ese gesto? Un gesto definitivo: si el libro no le agrada después de haberlo leído, nadie se lo reembolsa. ¡Vamos, señor Revel! Deje que el público se regocije con lo que usted llama con toda su hiel “la producción novelesca de entretenimiento”, créame: el público no es bueno. Es más peligroso que usted: Él es quien decide, no usted.

Usted quiso arreglarme las cuentas. Me pregunto si no es porque llevó Papillón a las nubes, y Papillón no me restó lectores. ¡Maurice Chevalier me escribió que yo tenía méritos pues no soy un convicto! Usted fue sin duda uno de los lectores de ese convicto—escritor ya que a sus qui­nientos diez páginas le agregó cuatro para explicar su deslumbramiento ante lo que llama “la literatura oral”. Papillón cristalizaba todo su entusiasmo. ¿Sin duda quiso usted impedir que mi Víbora lo mordiese?

¿Invento? En ese caso, señor, siempre podrá consolarse pensando que, decididamente hago malas novelas...

 

En el extremo opuesto del best—seller, se hallan los manuscritos que ningún editor quiere publicar. a quie­nes los escribieron sólo les queda la solución de pagar la edición. ¿Qué piensas de eso?

—Hace algunos años, un joven que había escrito una novela se decidía a llevar su manuscrito a una gran— edi­torial cuyas oficinas se encontraban , en aquella época, cerca de la plaza del Odeón. Eran las nueve y treinta de la mañana. El autor, tímido, entregó su manuscrito a una secretaria que le aseguró que el libro sería leído con el mayor cuidado por el comité de lectura y que anotó su domicilio para mantenerlo al corriente... El mismo día, la casualidad quiso que una hora más tarde el nuevo di­rector literario de esta editorial entrara en funciones y en su oficina. Nombrado recientemente en su cargo, lle­gaba, como todo nuevo director, con ideas de organización.

Llamó a su secretaria y le dijo:

“Tráigame los manuscritos que están entre las manos del comité de lectura.”

La asistente, comedida, trajo en varias veces pilas de textos dactilografiados que representaban tantas esperan­zas y sueños. Se amontonaban en una pirámide polvorienta.

“Bueno, exclama el nuevo director literario, vamos a empezar a hacer un poco de limpieza por el sistema vacío.” Y con una mirada que se suponía experta, recorrió dia­gonalmente los textos que habían demandado tantos es­fuerzos a sus autores. En dos días, la depuración quedó terminada: el noventa y cinco por ciento de los manuscri­tos fue devuelto a sus autores. Pero el diablo se había des­lizado en el juego. El manuscrito traído por el joven, y que se encontraba en la parte superior de la pila fue de­vuelto.. veinticuatro horas después de haber sido en­tregado, con esta carta alentadora: “Señor, después de haber estudiado detenidamente su manuscrito y de escu­char la opinión de varios miembros de nuestro comité de lectura, lamentamos...”

Con este rechazo, el joven soportaba su cuarto fracaso ante un editor. El más doloroso, también. Lleno de ira y de desesperación, este autor en busca de editor leyó en las páginas literarias de un diario vespertino un anuncio publicitario modesto, pero que habría la puerta a las ma­yores esperanzas: “Nuevo editor busca manuscritos inédi­tos para publicar sus colecciones.”

Era el milagro.

El joven profesor —enseña francés en un liceo pari­siense próximo a la estación Saint—Lazare envió su texto por correo certificado con acuse de recibo, a esta editorial recientemente instalada a la sombra de Notre—Dame. Tres semanas más tarde recibió una respuesta que fue otro género de sorpresa. ¡Su libro iba a ser publicado! ¡Por fin! Lamentablemente, y con participación en los gastos, el editor pedía a su autor la suma de diez mil francos actuales...

El joven docente no contestó. Cegado por esta simple frase mágica: `Teniendo en cuenta las cualidades de su manuscrito, tenemos la intención de editarlo”, trató de reunir el monto pedido. Su padre, suboficial jubilado hizo sacrificios sobrehumanos para juntar algunos ahorros. Pero faltaban dos mil francos para completar los diez mil.

El profesor se disponía a pedir a sus colegas y amigos cuando el editor le hizo llegar una nueva propuesta de contrato a precio más bajo: sólo le pedía siete mil fran­cos, lo cual involucraba, evidentemente, una reducción del tiraje. La novela sólo sería publicada en mil quinien­tos ejemplares en vez de tres mil.

Importaba poco.

El profesor aceptó con alegría indescriptible. Pagó, fue impreso, luego deprimido. En tres años, sólo vendió treinta y cinco ejemplares de su novela, diez de los cuales a colegas de liceo y uno a su padre...

Los mil cuatrocientos sesenta y cinco ejemplares res­tantes dormían, hace todavía poco tiempo, en cajas de cartón, esperando mejor suerte.

El profesor tiene hoy treinta y un años. Felizmente para él, sigue enseñando.

El libro no le trajo más que la satisfacción de haber sido publicado. Satisfacción inmensa. Sobre todo cuando se aumenta con un cambio de identidad. ¿No había acaso recibido de su editor toda una serie de cartas en cuyos sobres, debajo de su nombre, figuraba este título capaz de hacer renegar o cualquiera de su propio padre y de su propia madre: “Señor X. .. hombre de letras...”?

Esta historia es auténtica. Me ha sido contada por el protagonista en persona. Es una aventura cruel, pero tí­pica. Millares de seres la han vivido. En la jungla literaria, le edición pagada por el editor constituye un Matto Gro­sso, un infierno peor que Amazonia: no está prohibido penetrar en él, pero se corren grandes riesgos.

En la edición pagada por el autor, el editor acepta publicar el libro de un autor con la condición que éste pague los gastos de su libro, es decir el monto total del precio de costo. Es una empresa legal, pero no siempre honesta. Legal, porque es una manera de utilizar servi­cios tal como lo asimila la ley del 11 de marzo de 1957. Pero no hay que creer que es un fenómeno reciente. Es una práctica casi tan antigua como la edición: durante siglos se escribieron libros sólo para difundir el pensa­miento, y no para obtener lucro de ellos. Hasta hubo un tiempo en que vender libros resultaba ser de muy mal gusto. Dicen que era la opinión de Voltaire y de Boileau que no querían transformar “un arte divino en oficio mercenario”.

Autores que hoy se convirtieron en clásicos, cuando eran a penas novelas publicaron sus primeros escritos gracias a una parte de la dote de su buena esposa o gracias a la herencia dejada por un viejo tío que haya tenido la buena idea de pensar en ayudar a su sobrino. Hasta conocí a un gran jugador de bacará del casino de Cannes el cual, habiendo logrado no perder todo lo que había ganado me dijo: “Voy a escribir un libro útil: un tratado del juego. Pero para tener la seguridad que sea publicado, pagaré a un editor” 6.

Edmond Rostand, Montherlant, Mauriac, Geraldy, Cé­line, Proust, Hemmingway, a los cuales se puede agregar un futuro premio Goncourt y un futuro miembro de la Academia Francesa, pagaron sus primeros libros.

El autor a quien nadie quiere publicar en condicio­nes normales cree que el mejor servidor de sí mismo es uno mismo. En general, es cierto. En las ediciones paga­das por el autor, es falso.

Cualquiera tiene derecho a dar dinero para que lo editen. En cierto modo, es una subvención que uno se hace a sí mismo. Y un placer. Porque hay que decirlo: es muy agradable ver su nombre en la tapa de un libro. Todo marcha bien mientras ese placer se limita a obse­quiar a algunos amigos y parientes, a quienes se brinda un ejemplar enriquecido con una dedicatoria que, al fin de cuentas, es la página del libro redactado con ma­yor alegría...

Todo marcha mal cuando, después de haber pagado los llamados gastos de fabricación y de distribución, uno espera verse en la vidriera del librero y, por consiguien­te, si alguien compra el libro, cobrar los derechos de autor. En este momento es cuando la empresa legal frisa la deshonestidad.

Porque hay que saberlo: ¡edición pagada por el autor no rima con derechos de autor)

Los libros jamás son puestos en venta en las librerías ni distribuidos en la forma normal. Por la buena y sufi­ciente razón que una distribución supone un tiraje más importante y una organización que aumentaría conside­rablemente el precio de costo. Además, los editoras que cobran las ediciones al autor no necesitan vender los libros que publican: no tienen la preocupación de cubrir sus gastos. Todo ya está pagado —a veces ampliamente­ por el autor. Es un pacto leonino: el editor obtiene ju­gosos beneficios, el autor espera y no ve llegar nada.

Por cierto, las apariencias son engañosas.

Una de mis amigas, a pesar de mis consejos de pruden­cia, entregó un manuscrito a una floreciente editorial que, de acuerdo con su propia publicidad, acepta participacio­nes en los gastos.

Como su novela fue “retenida” (es decir, ella había aceptado pagar casi once mil francos) , la editorial

 

6 Y puedo revelar que en 1910, mi abuelo, el duque des Cara, utilizó una parte de su fortuna para publicar sus Memorias en la Editorial Plon. Las familia tenía malas costumbres) (Nota del autor.)

—per­dón, el servicio comercial— le mandó una carta milagrosa. Pero como es una editorial que multiplica los milagros, la carta era una carta tipo. ¡Decía que la autora no sola­mente sería editada, sino también que su “aporte finan­ciero” le sería reembolsado) Le precisaban que cobraría “el 40 % del precio de venta —6,40 francos por ejem­plar— sobre 2.900 ejemplares comercializados”. Para ser más atrayente que esas menudencias de porcentaje, tenía el cuidado de indicar la cantidad de dinero que ganaría: 18.560 francos (ya se sabe que los autores no saben calcu­lar; sólo saben recibir cheques) . Finalmente, última —no menor— precaución: estos beneficios sólo se referían a la primera edición. Lo cual deja astuciosamente suponer que puede haber otras...

Al leer todo esto, la mujer de mediana edad que me pedía consejos, había oído sonar todas las campanas del paraíso... Editada, reembolsada, pagada: era maravillosa.

El libro apareció. Pero aparte de la familia de la autora, nadie lo supo y Nadie lo leyó.

La trampa de la edición pagado por el autor fun­ciona bien. Funciona gracias a la complicidad inconsciente de dos categorías de gente: los ingenuos y los vanidosos. No lo digo por maldad. Lo digo porque es cierto. La edición pagada por el autor es, por cierto, una de las formas más elaboradas y más eficaces de la explotación de la credulidad humana.

Para la mitad de aquellos que han pasado los cuaren­ta años y que lo quieren a todo precio, un precio fijado por el editor, les parece una manera de adquirir cierta notoriedad. Sin embargo, parece que existe más de un diez por ciento de autores menores de veintiún años. Es considerable. Y creo que no están equivocados: entre ellos hay por cierto algunos que tienen algo que decir, para mayor satisfacción de un público. Si, por la obstinación de un editor, sea legítima o no, ese público no se acerca a ellos, desempeñen el papel de Lagardere de la edición y ellos se acercan a la clientela. Desde este punto de vista, esta actividad literaria marginal ha tenido sus letras de nobleza. Sin ella, nadie hubiera leído los autores que cité más arriba. En la literatura habría vacíos...

Desdichadamente, las víctimas no siempre son ino­centes. Quiero decir que no toman ninguno precaución. Es cierto que es muy difícil estar al corriente de las cos­tumbres, de las tarifas, cuando se baja del tren o del avión en París, porque se ha recibido por fin, después de años, la carta de un editor que dice: “Sí, su libro me agrada. Sí, lo edito”. Cuando se llega en ese estado de áni­mo —que ha de ser seguramente el ochenta por ciento (le los casos— se está en estado de inferioridad y es muy nor­mal. Es humano. Es patético.

Conocí a un hombre encantador, ex coronel de caba­llería, cuya debilidad era escribir. Además, lo hacía muy bien. En su escritorio atiborrado de hermosas ediciones, de cuartillas cubiertas con una caligrafía —la suya— ma­jestuosa como la de Luis XIV, arropado en una bata casi histórica, escribía desde las seis de la mañana pensando:

“La literatura pertenece a los que se levantan temprano”. Lo vi trabajar, pues era un amigo, y como se mantenía tomando café, parecía Balzac entre dos cartas a Madame Hanska.

A diferencia de Balzac, no lo perseguían los acreedo­res sino su editor —lo cual puede ser peor. Este había halla­do en este simpático oficial que poseía algunas rentas, una excelente fuente de entradas. Y el coronel escribía desde hacía varios años. ¿Qué escribía? Obras militares y de ficción, novelas, algunas de las cuales eran menos malas que ciertos premios Goncourt. Los héroes eran patrio­teros, atacaban impetuosamente gritando a voz en cuello “¡Arriba los corazones!” Olía a guerra, a tripa, a héroe, a hombre.

El coronel escribía para su propio placer. ¡Cuanta razón tenía! Las participaciones que le pedía su editor no lo afectaban. Su familia, algunos veces, se ofuscaba mali­ciosamente.

Una tarde en que me contaba su próximo libro, des­pués que lo hube escuchado con deleite, pues era un hombre generoso (no solamente para su editor) y un hombre lleno de brío y humor, me dijo:

“Ya sé lo que usted piensa... Mis hijas me dicen que mis libros me cuestan más caro que una bailarina. Tal vez sea cierto. Pero, sabe, es más agradable que una bai­larina: es menos cansador, ¡porque no me veo obligado a `conversar con ella! “

Este coronel que me honró con su amistad es, según creo, un ejemplo único de autor al contado que haya estado satisfecho con su suerte.

Había aceptado la regla del juego y conocía sus límites.

Pero es una excepción. ¿Y como podría ser de otro modo?

Cuando un editor le anuncia a usted que va hacer poner avisos publicitarios en la muy seria Bibliographie de la France, que los críticos recibirán un ejemplar de servicio de prensa, que la radio y la televisión pasarán noticias el mismo día en que páginas enteras de los más grandes diarios estarán consagradas a la colección en la cual figura su libro, ¿no es para estar seducido?

Todo está bien, todo es maravilloso. Todo es cierto.

Lo fastidioso es que, salvo excepciones, falta lo más importante que existe para un libro: estar en las librerías. El libro de edición pagada por el autor no está hecho para ser comprado normalmente. Sólo puede ser vendido si el autor se convierte en su propio representante y en su propio librero.

De todas maneras, esta forma de edición es muy útil. Permite a mucha gente de expresarse y tal vez sea mejor editar libros que arruinarse drogándose. Siempre me han dicho que hay tres maneras de arruinarse: “La más agradable: las mujeres. La más rápida: el juego. La más segu­ra: la agricultura.” Agreguemos una: “La más engañosa: el libro de edición pagada por el autor.”

Porque no hay que subestimar el fenómeno. En Le Monde del 4 de octubre de 1973 leo que el catálogo de la Editorial La Pensée Universelle —qué bella razón social­ contiene más de mil títulos. Es considerable. Y hay otras editoriales. Pero evidentemente, La Pensée Universelle goza de un prestigio aparte. Es la única empresa del género que se da el lujo —¿pagado por el autor?— de publicar páginas enteras en Le Monde. Gracias a ello, Le Monde es prácticamente un único diario cuyos colaboradores destilan alguna que otra vez algunas gotas de apreciación crítica acerca de las obras en cuestión.

Si tomo Le Monde en la página 17 del 14 de noviem­bre de 1973, veo las tres columnas en las que se encuen­tran los autores: cincuenta por ciento para las novelas (personalmente me parece bien) , veinticinco por ciento para poesía (dicen que gracias a ello todavía hay poetas en Francia) y veinticinco por ciento para ensayo.

En este “extracto del catálogo” todo es sorprendente: los nombres de los autores (en el noventa por ciento de los casos deben ser seudónimos, sin duda) , los títulos de los libros, los breves comentarios que los acompañan y aún, la precisión de los precios.

En la columna “Poesía” encuentro: Mi Cura en      

por Piqueur, 17,12 trancos.

En la columna “Novela”, observo: Cuando las bana­nas dan fiebre, Por Marie—Juliette Barrie. “Historia de una familia de obras vitícolas del Languedoc”, 32.10 francos.

Y en la columna “Ensayo anoto: El Entierro del texto, por Stephen Marik. “Volver explícito frente a la acusación de la comedia”, 14,98 francos. Le Monde del 4 de octubre de 1973 cita un pasaje bastante delirante del libro: “ Entonces, el aduanero rió como para desen­garcharse las mandíbulas, y su risa grosera conmovió las paredes grises de la estación de frontera y estuvo a punto de hacer catapultar el sol por encima de las cumbres pire­naicas.”

El señor Alain Moreau, sonriente ejecutivo de esta editorial tiene razón cuando dice (hablando de los demás editores, los que pagan en vez de hacerse pagar) : “Dema­siado a menudo la selección no es más que una guillotina. ¿Quién puede jactarse de emitir un juicio absoluto acerca de una obra? Las modas, los imperativos comerciales, las opiniones personales imponen decisiones subjetivas.”

Es evidente: todos los libros editados normalmente no son dignos de serlo y no todos los libros cuya edición es pagada por el autor son ridículos y solo buenos para ser distribuidos entre los amigos.

Después que un editor rechaza un libro, sólo le queda al autor el recurso de pagar su edición. Pero en lo que no estoy de acuerdo con el señor Moreau es cuando dice: “Somos la corte de apelación del talento, cuando no del éxito.” (Valeurs actuelles, 12 de noviembre de 1973).

Bella fórmula, pero fórmula terrible: sólo se obtiene “justicia” cuando se tiene los medios de “ir a la apela­ción”. .. La “justicia literaria” tiene tarifas, precio. No es cuestión de calidad, Y el que está sin un centavo, se ve rechazado otro vez. Cuando no se tiene dinero, la edición pagada por el autor no repara las injusticias. Las renueva y las agrava. Es realmente lo contrario de la asistencia judicial. Una poetista vino a verme un día aquí, justo antes de una cita que le había concedido un ex diputado borgoñón quien, entre un debate en la Asamblea Nacional y una gira electoral vivía a costa de poetas y novelistas en busca de edición. Hacía años que esta buena mujer ahorraba franco tras franco para editar su libro. La advertí:

—Le aseguro que tendrá una decepción... No vol­verá a ver a sus ahorros... Me miraba, incrédula:

—¡Pero ningún otro quiere editarme! ¿Qué hacer?

—Rebaje un cincuenta por ciento del precio que le pida ese hombre. ¡Seguramente aceptará y aun así será un robo! ...

Se marchó, algo tranquilizada. Dos horas más tarde volvió aquí, completamente abatida, con esta única expli­cación:  

—”Me pidió demasiado... No tengo bastante talento.”

Esta pobre mujer tenía talento. Lo que le faltaba eran “talentos” ...

La edición es club cerrado. Lamentablemente, es cier­to, no pueden entrar todos los que quieren, sea cual sea la forma elegida. En la edición normal, tal vez sea útil tener amigos. En la edición marginal, es imprescindible tener dinero y estar en condiciones de perderlo.

—¿Si hubieses tenido los medios cuando querías escri­bir, habrías recurrido a este sistema?

—Seguramente no y, además, no venía al caso. Al prin­cipio, no tenía medios; después, los editores confiaron en mí. Pero en aquella época no era como ahora. La furia de escribir y de publicar no se había apoderado de la gente como actualmente. Y en los años posteriores a la guerra, sólo la gente que había hecho fortuna en el mer­cado negro estaba eventualmente en condiciones de pa­gar su propia edición. Creo, con toda franqueza, que ha­bría evitado ese medio. Por una sola razón: impide el contacto con el lector. El lector es un compañero, un ami­go. Pero para un novelista, es aún más: puede se una mina de aventuras, de situaciones, de problemas reales. La novela viene de la realidad y vuelve a ella por el sesgo de la ficción.

El lector es la vida. Y con frecuencia, la realidad supe­ra a la ficción.. .



3.
LA REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN

 

 

 

—En tus novelas ¿cual es la parte de la realidad y cual la de la ficción?

—Ambas tienen la misma importancia. Un libro que sólo restituye la realidad es un relato, un testimonio, una especie de largo reportaje. Un libro que sólo acude a la imaginación es un ensayo, un poema, una fantasía, un ejercicio de estilo.

Ni uno ni otro son novelas.

Francois Mauriac analizó muy bien esas relaciones realidad—ficción en unas páginas que ostenta un hermoso título: El Novelista y sus personajes. En las mismas se lee: “Si la creación consiste en hacer algo con nada, los per­sonajes que inventan los novelistas no son creados. Nues­tras presuntas criaturas están formadas con elementos to­mados de la realidad; combinamos con mayor o menor destreza todo lo que obtenemos de observar a los hom­bres y del conocimiento de nosotros mismos. Los héroes de la novela nacen del matrimonio que el novelista contrae con la realidad (...) La vida provee al novelista un punto de partida que le permite aventurarse hacia una dirección diferente de la que tomó la vida (...) Y sin embargo, gracias a toda esta artimaña, se logra alcanzar grandes verdades parciales (...).

“La novela es la transposición de lo real y no la repro­ducción de lo real.”

Estas líneas, escritas en 1933, me parecen muy exactas. La novela es una verdad inventada que la imaginación transforma en verdad posible. Un buen novelista es aquel que logra hacer creer lo que escribe, sobre todo si lo que escribe es increíble.

En De Capa y de pluma, había revelado a mis lectores los acontecimientos auténticos que dieron origen a cada una de mis novelas hasta 1964. Desde entonces escribí ocho novelas. Todas, como las que las precedieron y como las que las seguirán, así lo espero, tienen un punto de par­tida auténtico: personajes, situaciones, ambiente. Mi tra­bajo esencial fue construir una historia en torno de esos elementos. Si tomo por ejemplo el De todos los colores, historia de un joven pintor de mucho talento víctima de un “marchand” de cuadros poco escrupuloso, es porque yo había conocido a este personaje. El “marchand” existe y es renombrado. Esta base me sirvió de telón de fondo —si me atrevo a decirlo— para describir los traficantes y el tráfico en Europa y en los Estados Unidos de las telas falsificadas de los grandes maestros de la pintura. Entre las viudas abusivas, las estafas, los peritajes y contra—pe­ritajes, la pintura sale con frecuencia de la crónica de las bellas artes para entrar en la de los procesos judiciales. Tanto más cuanto la falsificación en materia de pintura es una de las estafas menos castigadas por el Código penal. Es desagradable. Pero quiérase o no, es cierto, existe.

Si tomo Madame Carote, la picante historia de una reina parisiense de la galantería organizada, ¿necesito acaso recordar que tales mujeres existen? Digo mujeres y no una sola. Mi heroína, Madame Carole, no es Madame Claude —como alguien lo ha pretendido. Mi personaje es una síntesis. Y, evidentemente, nadie puede negar la exis­tencia de ese comercio de lujo que es la vida color de rosa, no es del todo clandestino. No del todo ya que fun­ciona por mayor satisfacción de todos, policías y clientes.. .

Finalmente, si hablo de mi novela El Donante, la his­toria de un hombre que, discretamente, saca un ventajoso provecho de su simiente, puedo garantizar que en Francia ese hombre existe. Y existen muchas decenas de ellos. Además, la prensa otorgó a ese tipo de personaje aun poco conocido por nuestra sociedad, el lugar que le corres­ponde. Que alguien se escandalice como aquella señora que me escribió “216 páginas para un poco de esperma, realmente señor, es demasiado!”, o que se comprenda esta actividad, hay que reconocer que hoy en día, ya, una parte del porvenir del hombre se halla, si me atrevo a decirlo, entre las manos de los donantes... Por otra parte, el per­sonaje que me sirvió de modelo es un hombre apasionante que trabaja en una gran empresa de los alrededores de París, conocida en el mundo entero.

Pero lo más asombroso no es la realidad que sirve de punto de partida a la novela. Es la realidad que crea la novela y, algunas veces ésta la supera.

Lo comprobé porque después de cada libro recibo una correspondencia extraordinaria, sumamente variada. Dije, al comienzo de este libro que las cartas del correo senti­mental solían ser inventadas. Las que recibo, son todas auténticas. Hasta constituyen la novela más increíble y más fabulosa que se puede concebir. Van desde la señora X... (no menciono el nombre, pero tu mismo puedes verlo) que me pide con urgencia el domicilio de un ciru­jano estético hasta esta lectora parisiense que me declara “Cada vez que leo sus libros en el subte, ¡me paso de es­tación!”

No concedo excesiva importancia a las cartas de ala­banza o de felicitaciones, como tampoco a las de decep­ción, y aun reproches, excepto cuando proceden de gente sincera, objetiva y documentada. Mucho más sorprenden­tes son aquellas que me dicen: “Señor, es increíble: ¡su libro es mi historia! ¿Cómo pudo usted haberla conocido?” O bien: “Esta historia le ocurrió hace tres años a mi ami­go/a. ¿Cómo lo supo?”

En el noventa y nueve por ciento de los casos, jamás oí hablar, antes de escribir una novela, de la historia de la señora X... a la del señor Y... La imaginé. Y con fre­cuencia, la actualidad da un color crudo —el de la auten­ticidad— a lo que sólo es creación novelesca.

Resulta pues que si la ficción parte de la realidad, con frecuencia la ficción llega a la realidad. Este cielo es la vida. La novela es una verdad. Pero en la vida pueden coexistir varias verdades semejantes, diferenciadas sola­mente por algunos matices. La novela es una de esas ver­dades, la vida es todas las verdades.

Tres semanas después de la publicación del De todos Los Colores, en 1967, tuvo lugar en París el caso de la Galería Romanet: trece telas acababan de ser declaradas falsas. El 3 de julio recibí de Barcelona la carta de un peri­to en cuadros antiguos y modernos residente en Zurich. Me decía: ”Regreso de Nueva York y me sorprendí mucho al ver en los negocios de todos los marchands una nume­rosa cantidad de cuadros de Bernard Buffet, de Utrillo y de Chagall. Tuve pruebas que la Park Bernet Callery estaba bajo influencia de grandes marchands todos ellos judíos. Es importante poner fin a las estafas del clan muy muy poderoso y muy bien organizado de los marchands neoyorquinos.” Hasta hubo un lector muy perspicaz que me escribió para preguntarme si yo no había estado ente­rado del caso Van Maergeren. Como tuvo una repercusión espectacular, habría sido difícil no oír hablar del mismo. Había pues estudiado el caso de este artista anticuario holandés condenado a un año de cárcel el 12 de octubre de 1947 por el Tribunal de Amsterdam, por haber pin­tado Cristo y la mujer adúltera, cuadro que los peritos más competente habían atribuido a Vermeer. Durante la guerra, el mariscal Goering, que entre otras especialidades menos placenteras, tenía la ficción por la buena pintura, compró varios Vermeer que no eran sino cuadros de Van Maegeren... Yo había disecado este caso y muchos otros. Lamento que otro lector, encolerizado, me haya escrito que yo me complacía en producir “la peor de las literaturas: aquella en que una imaginación con la fantasía más impugnable rivaliza con la nulidad de la documentación”

Permítame, querido señor, hacerle notar que lo que se espera de un novelista es, precisamente, la imaginación.

Cuando usted agrega que “esas historias ya sólo interesan a las mucamas emancipadas que se abren paso en la vida se equivocan al subestimar la fascinación que ejerce sobre un público más numeroso de lo que se piensa el problema de los cuadros verdaderos y falsos. Esto me recuerda a Henry Chapier, cuando era crítico cinematográfico de Combat y que escribió, el 22 de enero de 1969 refiriéndose al film de Claude Chabrol La Mujer infiel: “Es el mundo de papá... Estos son problemas de una cierta prehistoria. ¿Hasta qué punto pueden atañer a una sociedad que evo­luciona a pasos de gigante y cuyos problemas al nivel del individuo son mucho más apasionantes y más complejos?”

Yo no sabía que desde mayo de 1968 las historias de cornudos han perdido actualidad.

Las aventuras rocambolescas y las triquiñuelas de la pintura falsificada son una verdadera novela que interesa —en todos los sentidos de este verbo— a mucha gente. Un magistrado instructor de la corte de apelaciones de —París me escribió el 18 de julio de 1967 para decirme que yo me hallaba aun por debajo de la verdad pues, decía, “desde hace ocho años monopolizo en cierto modo la ins­trucción de los grandes casos de falsificaciones en materia artística. Y Créame, se encuentran personas de todos los medios involucradas en aventuras que usted mismo, señor, a pesar de su imaginación, le habría sido difícil elucubrar.”

No olvidemos que desde 1945 entraron a los EE.UU por lo menos 140.000 cuadros de Utrillo, 9,428 de Rem­brandt, 113,254 sanguinas de Watteau y que la Mona Lisa de enigmática sonrisa (La Joconda) ¡existe en 24 ejemplares en América del Norte! En algunas de esas telas, sonríe francamente: está pintada desnuda. En ese cuadro, sólo la sonrisa es auténtica.

No olvidemos, sobre todo, que la pintura falsificada es, en su mayor parte, una industria esencialmente fran­cesa....

Hacia 1960 un marchand de cuadros parisiense se embarcó para Nueva York con un centenar de copias de Corot, de Manet y de Monet.

Poco tiempo antes de su llegada, un cómplice avisó a la aduana neoyorquina que ese marchand iba a tratar de introducir clandestinamente en los Estados Unidos cuadros auténticos declarados como falsos.

A la llegada, los aduaneros echaron el guante al mar­chand. Éste protestó cortésmente que sólo se trataba de copias, las cuales serían vendidas como tales. Los exper­tos de la aduana no creyeron a este hombre que hacía protestas de su buena fe. Y para demostrarles que estaba equivocado en tomarlos por imbéciles, examinaron esas telas con la lupa de su convicción y, como resultado, autentificaron sesenta de las cien copias.

Suprema astucia del marchand: bajó la cabeza y pagó una fuerte multa, es decir los impuestos aplicados por la ley americana a una obra auténtica. Pero seis meses más tarde, había cobrado casi siete mil millones de francos por la venta de sus copias, verdaderas falsificaciones que se habían convertido en falsos auténticos gracias a los certificados de la aduana neoyorquina.

Poco tiempo después de la aparición del libro, un gran coleccionista parisiense me contó la historia siguiente, de la que fue protagonista.

La escena tiene lugar en un remate. Se presentan las telas de un pintor recientemente fallecido. Su viuda, apre­miada por urgencias económicas, vende las últimas obras de su marido. Aprovecha la oportunidad para informar que algunos otros cuadros, vendidos desde hace varios años, pueden ser falsificaciones y que solamente ella pue­de decir sin riesgo que tal o cual otra tela de su pobre esposo es realmente obra de él... Varios dueños de cua­dros la rodean. Entre ellas, el coleccionista en cuestión presenta un pequeño cuadro. La viuda, echándole apenas una rápida mirada, expresa: “Señor, esa tela no pudo haber sido realizada por mi finado esposo... ¡Es una falsificación, y una burda falsificación!”

En ese momento, el coleccionista saca de una carpeta una carta de puño y letra del pintor, escrita varios años antes. En esta carta, el artista explicaba las razones finan­cieras muy particulares por las cuales vendía ese cuadro... sin que su esposado supiese, pues tenía una amante que lo arruinaba. Esta carta, más eficaz que el más auténtico de los certificados, era irrefutable.

El coleccionista había prometido guardar silencio mien­tras el pintor viviese. Concluyó:

“Señora, vea esta carta: es su propio esposo quien me lo vendió.”

Se hizo un silencio molesto. Y la viuda, sin perder en absoluto su serenidad. dejó caer esta frase espléndida:

“Pensándolo bien, señor, es posible. ¡Pero créame, es su peor cuadro!”

La viuda olvidaba simplemente de señalar que ella era tan sólo la tercera esposa del pintor y que cuando éste bastante disminuido, se había casado con ella, prác­ticamente había dejado de pintar. Y el cuadro en cuestión había sido pintado bajo el reinado de la segunda esposa, cuando la tercera sólo era la amante...

Como se ve, la pintura también es una jungla.

En ella, la lucha no es con estilográfica, la lucha es con cuchillo.

Después de Madame Carole, un muy alto funcionario (a quien evidentemente no puede nombrar, pero es un lector fiel y exigente) me envió estas líneas que llevan la fecha del 11 de julio de 1970 y que me parecen de la más palpitante actualidad: “ ...Es un consuelo saber que a pesar de los políticos moralistas, las 'casas' de otrora han subsistido en los hermosos barrios. Para un conservador como soy, esta fijeza es tranquilizadora aunque, prácticamente no sea explotada.

“Sin embargo, le haré dos observaciones.

“Cuando usted cita precios, da cifras exorbitantes: ¡va a hacer subir las tarifas!” (Apreciemos de paso la preocupación del funcionario por luchar contra la inflación) .

En calidad de vecino del barrio de la Medeleine, cuya reputación en este aspecto es harto conocida, ¿sabe usted que Casanova alquilaba una. casa por la cale de J'Arcade? Aunque haya sido abate y doctor en derecho canónico, no debía ser para entretenerse en lecturas piadosas...”

Jacques Chastenet, eminente académico francés e his­toriador que supo hacer revivir la lila República, me escribió que “Madame Carole Era una sabrosa contribu­ción a la historia de nuestro tiempo”. Pero la carta que prefiero es la de una lectora tolosana: ...”Iba a escribir mis Memorias y usted se adelantó. Es como para creer que me conoce. Su libro es el relato auténtico de una cierta parte de mi vida. ¡Es increíble! Todo está relatado, hasta la muerte de mi pobre y que­rido esposo que se mató en automóvil en VTFD. Desde luego, sólo se hallo en su libro los grandes momentos de mi existencia, el largo período en que estaba en contacto con la encopetada clientela que era la mía. Piense que soy la más vieja sacerdotisa de los amores ocultos de mi buena ciudad de Tolosa. No soy “Madame Carole”, soy Jamie, del Mylord l'Arsouille. Lamentablemente, la edad, los achaques me han obligado a ceder el turno, . . Y en mi retiro, quise escribir mi vida, la de antes de ocuparme de organizar la galantería, en la época en que era una de las más hermosas muchachas de Tolosa. Usted es quien escribió ese libra. Es verdad. Puede controlar lo que le digo. ¿Quién no conoce, en Tolosa, a Mamie del Mylord l'Arsouille? ¡Formo parte de los monumentos!”

Gracias, querida lectora, a usted a usted a quien no conocía. Y tomé nota que la espléndida catedral de Saint—Sernin y el grandioso Capitolio tenían que cuidarse: ¡para las visitas, hay competencia!

Después de Una cierta señora recibí una carta patética que exige el anonimato. Esta novela plantea el problema de un varoncito criado como una niña por su madre y que, después de un tratamiento hormonal y una operación se convierte en...una mujer. Quiérase o no, los transexuales existen, yo no los inventé. Y su situación en la sociedad, que hace reír a los tontos es, en realidad, un drama. Esta carta me dice: ... “Demasiado afeminado para conservar un empleo de hombre suficientemente remunerativo, y demasiado orgulloso para exhibirme u ofrecer mi cuerpo, me arrojé bajo un camión en la ruta nacional 7. Me es­quivó echándose contra el muro de enfrente. Al salvarme, el chofer se mató, fijando en mi memoria esa visión de horror para el resto de mi vida. Ese hombre tenía 26 años, estaba a punto de casarse. Aunque no se me molestó, viví desganado durante dos años, enviando un poco de dinero a los padres de ese muchacho cuyo domicilio conseguí —con mucha dificultad— en el hospital. Terminé por casarme con una joven a quien me esfuerzo de colmar de atenciones y cariño. Pero no es eficaz y se impuso el deber de no abandonarme. Nuestras relaciones físicas son dificul­tosas pero con el tiempo y su comprensión, pude darle un hijo. Es horrible. Me casé con esta mujer para salvar las apariencias, creyendo que tendría una vida normal. La­mentablemente... Siento en mí una doble personalidad y, para decírselo todo, prefiero, aunque ello parezca mons­truoso, “sentirme mujer” que sentirme hombre. A los treinta años, después de haber provocado la muerte de un hombre, después de haber arruinado la vida de una mujer, tengo la impresión de ser un sepulturero.

Me obsesiona la idea del suicidio. Confieso que estoy esperando la terminación de los trámites de una póliza de seguro de vida a favor de mí mujer y de mi hijo para desaparecer accidentalmente. Y esta vez, tengo que lograrlo, para expiar. Pero antes, quería agradecerle de haber es­crito ese libro...”

 

—Tu público es sobre todo femenino: casi el sesenta por ciento de tus lectores son lectoras. ¿No te obliga a elegir temas determinados, recalcar preocupaciones de la mujer?

—De ninguna manera. Primero, si bien me leen mu­chas mujeres, sus maridos, sus amantes también me leen. Después de ellas. Lo atestigua la correspondencia que re­cibo. Hay que decir que ser leído por las mujeres da la oportunidad de ser leído por los hombres. La inversa es mucho menos frecuente. No es porque las mujeres sue­len tener más tiempo para leer que sus compañeros mas­culinos. Desdichadamente —digo bien: desdichadamen­te— las mujeres trabajan cada vez más. Pero tratándose de novelas, están tal vez más dispuestas a la evasión, a la necesidad de distraerse y de pensar en otra cosa que los hombres.

Si en todos mis libros (excepto en El Oficial sin nom­bre) hay mujeres, es porque ellas me parecen mucho más apasionantes que los hombres. Sus cualidades y sus de­fectos son minas de oro para los novelistas. Y todavía no se ha leído una gran novela sin una mujer presente al filo de las páginas, ya sea esposa, amante, madre, colaboradora, amiga o enemiga. Como me agrada la mujer, tra­té de pintarla. Esto me dio heroínas y lectoras. Muchas lectoras, pues las mujeres más femeninas adoran observar, analizar y juzgar a sus semejantes. Son ellas quienes, fu­riosa o contentas, me envían las cartas más comprome­tidas.

Y si he tratado ciertos problemas que atañen sobre todo a las mujeres, es por una razón novelesca: es por­que esos problemas tienen una enorme influencia sobre los hombres cuya vida comparten o con quienes se cruzan diariamente.

Hace cinco años, una lectora —tenía apenas vein­tidós— me escribió para sugerirme un libro acerca de la cirugía estética. “Yo era fea, me decía. Hice modificar mi rostro. Me volví linda pero hasta ahora, ello no cam­bió nada en mi vida. A lo sumo perdí un pequeño com­plejo. Y hoy me pregunto si valía verdaderamente la pena. Tal vez halle usted en esto material para un libro”.

Esta carta era impactante. Representaba la síntesis de una obsesión femenina muy actual y que lo es siempre, aunque más discreta que las pretendidas voluntades de independencia gritadas por las pasionarias del M. L. F.: la necesidad de sentirse bella.

Sí, había allí material para un libro. Escrito después de varios meses de investigaciones y gracias a la ayuda de un gran cirujano muy conocido en el ambiente cine­matográfico y teatral, ese libro es La Insolencia de su belleza.

Me permitió comprobar que la fealdad —por lo me­nos la idea que las mujeres tienen de ella— no conoce las fronteras de la edad, ni las del medio social, ni aun las del dinero. Evidentemente, no puedo revelar secretos de orden profesional pero la clientela de los especialistas en cirugía estética suele ser sorprendente. Y la escala de tarifas no excluye que una persona de recursos modestos pueda, haciendo sacrificios, realizar una operación esté­tica. Desde luego, para aquellas que gozan de mayor for­tuna, el centímetro de piel nueva tiene un precio exor­bitante. Es, si me atrevo a decir, una cuestión de as­pecto...        

 

Los carteles, las revistas, la publicidad eliminan la fealdad al ponderar únicamente la belleza. Una belleza al alcance de todas, o casi. Sin embargo, las mujeres co­rren así un enorme riesgo del que prácticamente jamás se habla: sacrifican su personalidad.

Para una estrella de la grande o de la pequeña pan­talla resulta particularmente delicado. Se hace rehacer la nariz, su rostro es más armonioso pero le falta un no sé qué de encanto y de carácter que tenía antes de haber sido sometido al bisturí. Esta mujer que tenía la ventaja de ser una linda fea sólo se ha convertido en una be­lleza desabrida, apagada. Y para vengarse, generalmen­te, esa mujer se dice: “Es un fracaso. El (el cirujano) fracasó conmigo”. Evidentemente, no lo gritan a voz en cuello. Pero hacen mal. Antes tenían un rostro intere­sante. Y eso es siempre más atrayente que la belleza.

Ahondando mi encuesta descubrí una reacción feme­nina curiosa: una mujer que se ha vuelto hermosa deja con frecuencia de ser amable, graciosa, agradable.

Es sorprendente pero es más frecuente de lo que se piensa. A priori, por fin colmada, liberada de una an­gustia sorda, descomplejada, la nueva mujer tendría que ser feliz, por lo tanto agradable. Pues no: se venga de haber sido fea.

Uno de mis amigos que dirige un laboratorio de aná­lisis tenía una hija que no era especialmente linda. Pero sus ojos, espléndidos, iluminaban totalmente ese rostro poco bello. Ella tenía un complejo estúpido, incontrolable y obcecado como todos los complejos. Su padre ter­minó por ceder (ella era menor de edad: la operación requería el consentimiento de sus padres) . Le hizo re­modelar el rostro.

Fui uno de los primeros en verla después de la ope­ración. Técnicamente, ésta había sido exitosa. Psicológi­camente, era una catástrofe: ¡la joven se imaginaba ser otra y particularmente Greta Garbo! Se había vuelto odiosa, llena de pretensiones. Y creo que fue a causa de ese resultado imprevisto que di a mi libro el título, no sin cierta maldad, La insolencia de su belleza.

 

A riesgo de provocar protestas de parte de los ciru­janos especialistas en estética —nadie puede reprocharles que intenten dar satisfacción a sus pacientes diré a las mujeres que sienten la tentación de hacerle trampas a la Naturaleza, es decir a ellas mismas: ¡permanezcan tales como son! Ese es el encanto que ustedes tienen. No olvi­den que la belleza suele ser molesta. Y no me digan que es el hombre de vuestra vida quien les pidió que se sometan a esa operación. Si las ama, es por lo que son, no por lo que podrían llevar a ser.

Hay hombres a quienes esas mutilaciones vuelven fu­riosos y que hasta llegan a pedir el divorcio por esa ra­zón. Los comprendo. Hasta uno de ellos me escribió una carta colérica y muy sentida a este respecto. Se trata del duque de Lévis—Mirepoix, de la Academia francesa, his­toriador escrupuloso y lector fiel. Este hombre exquisito me confesó, así, el 11 de julio de 1972: “... ¡No perdono a su cirujano de haber disminuido el busto de su heroí­na! ¡La amplitud de esa coraza que gusta del peligro, es la gloria y el sabor de la femineidad! ¡Magnificarla, sí! ¡Disminuirla, jamás!”

Qué elegante manera de decir “¡Viva los senos grandes!”

En fin, a menudo tenemos la tentación de decir: “¡Qué hermosa pareja¡” ante dos seres espléndidos. Pero la belleza asociada a la belleza no es un seguro contra todo riesgo. Personalmente, jamás comprobé que dos seres muy hermosos hayan vivido felices juntos durante mucho tiempo. ¿Tal vez porque están centrados tan sólo sobre su belleza y sobre el efecto que produce?

—Pero todas esas cartas, esas confidencias te transfor­man un poco en confesor...

—¡No tengo nada de un vicario escuchando a sus fie­les! Esas cartas constituyen mi alegría. Con las sesiones de firmas de libros constituyen el único medio de tener un contacto con el público. Esas cartas son maravillosas de franqueza y de pudor. Por cierto, a la gente le agrada contar su vida. Y con frecuencia, nadie está allí para escuchar. De ahí el éxito de las emisiones de “radio strip­“.

 

Durante varios meses, en compañía de la periodista Daniele Lord, participé en el famoso programa de tele­visión “Un hombre, una mujer”. Daniel Lord entrevis­taba a los hombres, yo escuchaba y hablaba con las mu­jeres. Todas y todos buscaban un compañera o una com­pañera en la vida.

Ese programa podría haber sido espantoso, de mal gusto, triste. Fue emocionante, veraz, bienhechor. Se han burlado de él, se han burlado de su éxito. A mí, ese éxito no me sorprendió. Como la soledad es lo que más existe, significa que mucha gente se interesa.

No se han dicho —pues a menudo era delicado— los dramas ocultos, los episodios pintorescos vividos por las personas que se confiaron a nuestro micrófono. Desde el sacerdote en harapos hasta las mellizas en pos de mari­do, pasando por la institutriz que sufría de no tener hijos después de haber educado los ajenos, era la vida de todos los días, impulsos magníficos, gestos irrisorios, en fin hombres y mujeres.

Algunos eran lectores. No siempre. Pero charlando con ellos, tratando de identificarlos lo más fielmente po­sible, reconocí a mí público: personas a quienes ocurren muchas cosas, a menudo increíbles y las cuales nos cruzamos todos los días, es decir, protagonistas de no­velas.. .

Después de El Donante, la actualidad volvió a su­perar a la ficción. El 7 de julio de 1973 se supo la noti­cia que Margaret Tuttle, encantadora esposa de un dete­nido británico, protestaba porque el ministro inglés del Interior le rehusaba “la paternidad por corresponden­cia”. En claro: las autoridades prohibían al prisionero de tener con su esposa un hijo por inseminación arti­ficial. Motivo: la ley inglesa prohibe toda relación se­xual entre esposos cuando uno de ambos o ambos están detenidos.

El donante se convirtió en un personaje de moda y el término tomó un sentido muy diferente del de so­plón en una novela policial. Los franceses descubrieron con sorpresa que desde hacía varios meses ya funciona­ban bancos de esperma instalaron en los grandes hospi­tales. Reemplazan oficialmente a los “artesanos”, bien­hechores anónimos que pertenecen a la prehistoria de la inseminación artificial. ¿Tema escandaloso? ¿Tema esca­broso? Francamente, no lo creo. Tema delicado e insó­lito, ciertamente. Pero tema verdadero e inédito. Y sólo por eso me pareció interesante. El escándalo no me inte­resa pues, por definición, es temporario y provisorio. Mientras que al tratarse de la condición humana, aun bajo sus formas más inesperadas, me parece que todavía no lo hemos conocido ni visto todo.

Estudié en la forma que los estudié, todos los casos patológicos en torno de los cuales construí historias.

—De todas maneras siempre eliges casos extremos, ra­ros. ¿No te parece que es un poco fácil?

—¿Fácil? ¡Quisiera verte! La novela novelesca tal co­mo me gusta no es, contrariamente a lo que se piensa, la “novela con agua de rosas”. ¡Es todo lo contrario) No se hacen buenas novelas con buenos sentimientos. Las cua­lidades de las mujeres y de los hombres son mucho me­nos interesantes que sus defectos. Cuando digo defectos, entiendo el término en su más amplia acepción. Tanto puede tratarse de atavismos como de accidentes, de pe­queñas mezquindades como de grandes defectos. En re­sumen, todo lo que constituye un carácter. Y todos sabe­mos que aquellos que tienen carácter —es decir, mal ca­rácter— son más interesantes que los demás.

Yo no pinto tipos humanos aislados. Es el hecho de ponerlos en una novela lo que los aísla. El donante es un hombre que hace niños para los demás. Dista de ser rarísimo. No tengo por qué decir si está bien o si está mal. No soy moralista, ni filósofo ni médico. No exploto los defectos del corazón y del cuerpo humano. Sólo sé que en una novela, las cualidades son como la belleza sin encanto: pronto se vuelve aburrida. Y Bernard Shaw ya lo dijo: el aburrimiento es un crimen.

Yo pinto a los de mi época y no abro juicio sobre ellos.

El Donante sorprendió a algunos de mis lectores. En efecto, es un tema sorprendente. He aquí una carta fe­chada de agosto de 1973. Es anónima y sin firma. Por lo tanto la cito íntegramente:

“Fieles lectoras de sus novelas, que siempre hemos leído con renovado placer compramos El Donante con toda confianza, seguras de estar satisfechas. Profunda­mente decepcionadas por la historia de esa pareja odio­sa que usted aceptó de hacer publicar con su nombre (y es lo que más lamentamos), no queremos conservarlo en nuestra. biblioteca, en la que sin embargo figura casi la totalidad de sus obras, no obsequiarlo a una biblioteca municipal como lo hacemos algunas veces, por temor que haga más daño que bien. Le enviamos pues este ejem­plar persuadidas que su amigo Luciano Mardoux, alias Adolfo o Menelao, sabrá, él, obtener un pequeño pro­vecho pecuniario, se entiende... naturalmente. Tal vez ignora que es mucho más sencillo (y sobre todo más lim­pio, en vista de la despreciable finalidad que buscan esta Adriana y este Luciano: el dinero) de hacer lo que con frecuencia hemos visto hacer en torno a nosotras: la adop­ción de un niño abandonado.

 

“Un grupo de mujeres, algunas casadas, otras solteras, que en ningún caso querrían recurrir a ese procedimiento vulgar de inseminación.

“Adjunto: un ejemplar de la mencionada novela.”

 

Señoras, señoritas, permítanme agradecerles por la “mencionada novela”. Es la primera vez que me devuel­ven un ejemplar. Habitualmente, es para que le ponga una dedicatoria. Y prefiero por mucho esa “devolución al narrador” que la donación a una biblioteca munici­pal. Las bibliotecas son, en efecto, lugares que no les gusta mucho a un autor. En la nobleza de un libro —hablo del objeto— hay algo muy bello que explica que se lo compre o hasta que se lo robe. Pero prestar un libro por una suma irrisoria o gratuitamente, lo considero casi un insulto. Y una trampa: el lector no toma así ningún ries­go. El editor y el autor, ellos, tomaron algunos riesgos de desagradarle... Ves: hay una frase terrible, la de un lector que le dice: “No me gustó su libro. No haré nin­guna propaganda del mismo en torno mío”. Pero hay una frase aun más terrible. Hay personas que dicen: “Lo leo gracias a los préstamos de la biblioteca de mi barrio. ...”

Ustedes me dirán que los libros son caros. No tengo nada que ver en ello y los míos están entre los menos caros. Y formo parte de los autores que tienen un pú­blico inmenso en las colecciones de bolsillos, es decir, a precios accesibles para todos.

Dicho esto, ustedes tienen derecho a que el libro no les haya gustado. Mi derecho, como novelista que pone en escena personajes contemporáneos, era estudiar el do­nante. Ustedes escriben que la inseminación artificiales es un procedimiento escandaloso porque “se funda sobre dinero y que es más sencillo hacer lo que ha visto hacer en torno suyo: la adopción de un niño”.

No sé si tienen la felicidad de tener hijos. Si, desdi­chadamente, la naturaleza las privase de esa dicha, sepan muy bien esto: la adopción de un niño jamás es simple. Es grave, es magnífico. Salvo accidentes, la responsabilidad del éxito o del fracaso de la adopción incumbe a los “padres”. En los años 1960 un caso de gran repercusión llamó de pronto la atención del público acerca de ciertos malentendidos que, a pesar de draconiana precauciones, podían deslizarse en el fenómeno de adopción. Se tra­taba de una joven cuyos padres habían adoptado pen­sando en su propio interés en vez de pensar en la feli­cidad de ella. Ese drama terminó con un crimen. Este consternador caso me emocionó, así como a todos quie­nes se enteraron del mismo y, excúseme si me cito, le consagré un libro, La Rebelde. No, la adopción jamás es sencilla. Ustedes dicen haberla visto hacer en torno suyo. Si ustedes mismas hubiesen adoptado un niño, no hubieran podido escribirme diciendo que era simple.

Finalmente, ni ustedes ni yo podemos evitar de com­probar lo siguiente: gracias a la inseminación artificial, uno de los dos “padres”, por lo menos es un ascendiente verdadero del niño: la madre. Por lo tanto existe, de todos modos, un lazo de sangre, indiscutible, natural, aún si fue creado artificialmente. Y ese lazo, aun la adopción más perfecta no puede establecerlo. Es la razón por la cual centenares de parejas —millares en los EE.UU. y en el Japón— prefieren, si pueden y a pesar de los incon­venientes que usted adivina, recurrir a ese procedimiento que usted califica como vulgar. Permítame decirle que no hay nada vulgar para una pareja que ve en esta so­lución la última esperanza. Por eso pienso que el pro­fesor adjunto David, director del banco de esperma del hospital Bicetre declaró: “La inseminación artificial co­rresponde a una necesidad creciente. En numerosos países tiende en gran parte a substituir la adopción”. (Le Quo­tidien du médecin, 22 de junio de 1973.)

Ustedes no son las únicas, queridas lectoras, en no apreciar ese personaje extraño. Recibí de Manouche —aquella de quien Roger Peyrefitte escribió la biogra­fía— una tarjeta postal de Córcega. Acababa de anun­ciar su próximo matrimonio el cual, poco tiempo des­pués se supo sólo era una falsa noticia. Me escribía: “¡Oh! isla de amor! Mi prometido, Pascal Tambourini, está en plena virilidad. ¡No necesito donante!”

Ya ven...

Terminaré asegurándoles que, en una novela, no es­toy ni a favor ni en contra de nada. Una vez más digo: la misión del novelista no es juzgar. Es contar una his­toria y describir personajes.

—Es un tema actual. Al elegir temas “en la actuali­dad”, ¿no corres acaso el riesgo de marcar una época y llegar algún día a pasar de moda?

—Primero, hace siete años que pensaba en el donante y que sabía que algún día haría un libro con ese tema. ¡Además, no tengo la pretensión de escribir para la eter­nidad! Ya tengo la suerte de escribir y de tener lectores desde hace casi treinta y cinco años. Hoy en día me leen los hijos de mis primeros lectores. Franquear el temible umbral de una generación, ya es mucho. Casi el cuarenta por ciento de mis lectores tienen menos de veinticinco años. Es maravilloso. Tener lectores de casi todas las edades —casi digo porque no soy Tintín— resulta un consuelo. Al envejecer, permanezco siendo joven. ¡No me siento ex combatiente de la pluma¡ Además, es una fuente de feroces envidias...

No trato problemas solamente actuales, es decir de­masiado vinculados con determinada época. Si así fuese, un libro como La Impura, historia de una modelo que contrae la lepra y que fue publicado en 1946, hace por lo tanto casi treinta años, no se seguiría vendiendo con regularidad. Ahora bien, mis lectores fieles no siempre me han leído por orden cronológico. Con frecuencia, hasta terminan por los primeros libros. ¡Si debo juzgar por sus reacciones, no tienen entonces la impresión de leer un texto que se remonta a la época merovingia!

Por detrás de un tema actual me esfuerzo en plantear verdades eternas: las del corazón. Y creo que no existe auténtica aventura novelesca si la trama sólo se encadena sobre datos históricos demasiado precisos. Tal vez hagan falta, pero también hace falta, y en gran medida, un resorte sólido como los celos o la venganza, es decir un sentimiento que ha hecho correr mucha tinta ya, y que hará correr todavía toneladas de ella. Las leyes del cora­zón explican que la novela sea el género literario que posee mayor número de tentativas y el público más nu­meroso. Es una novela, el corazón no envejece, no tiene fecha fija. Siempre habrá alguna Madame Bovary, Cli­mats, el muy bello libro de André Maurois tiene por marco los años 1925. Pero su psicología del hombre fren­te a varias mujeres es eterna. Alguien escribió: “El novelista debe tratar de exponer, bajo un aspecto eterno, los aspectos cambiantes de la época en que vive”. Ese alguien es un gran señor y un gran novelista, con seguridad el más leído de los novelistas novelescos de la primera mitad del siglo XX. Es Pierre Benoit. Puede sorprender a algu­nos y hacer sonreír a otros, pero siempre se lee La Atlántida, La Castellana del Líbano, Koenigsmark, es decir libros que fueron publicados entre 1919 y 1929. Libros en los cuales, en un ambiente moderno, encontra­mos sirenas y sílfides. Libros que resistieron a la prueba de la guerra que, como todas las guerras, desmovilizó y llevó al retiro literario a numerosos novelistas.

—A menudo te compararon con Pierre Benoit. ¿Estás de acuerdo?

—Esa comparación se hizo porque se tiene la manía de los rótulos. A mí no me corresponde decir si es justi­ficada. No reivindico ese parentesco (por otra parte, no reivindico ninguno). Tampoco lo rehuso, pues me com­place.

En realidad, nuestro mayor punto de comparación es quizás la cantidad de libros que hemos publicado. Pierre Benoit escribió cuarenta y seis novelas. Yo publiqué treinta y tres actualmente tengo unas diez en la mente.

Este parentesco me complace porque Pierre Benoit era un mago del relato, un gran cuentista y un escritor auténtico. Como yo, fue descubierto y lanzado por Fran­cis Carco. Con respecto a mí, fue el más indulgente de los escritores de le generación anterior a la mía. El crea­dor de Antinea me recibió en una oficina de La Revue des Deux Mondes después de la aparición de La Impura. Entrevista inolvidable para el debutante que era yo. Me dijo:

“¿Es usted Guy des Cars? Leo poco, pero sé leer. ¡A usted, le he leído¡” (Jamás escuché, de parte de un escri­tor consagrado, un elogio tan extraordinario.)

“Usted logró, prosiguió, contarme en su Impura que un pastor protestante, una gran modelo parisiense y un tenor italiano de la Scala de Milán comían un Christrnas pudding una noche de Navidad mientras un misionero tocaba el armonio, todo ello en una isla perdida del archipiélago Fidji... ¡Lo más extraordinario es que lo creí!”

Querido Pierre Benoit... ¿Habrá sospechado la ale­gría que me proporcionó aquel día?

Más tarde también me dijo: “Jamás escribí una línea sin haber pensado en su tema durante las tres cuartas partes del año. ¿Una idea? La anoto al vuelo. ?Un detalle de paisaje, una frase, una palabra? Los anoto. Y poco a poco, el conjunto toma cuerpo... Hago un plan minu­cioso, capítulo por capítulo. Sé por adelantado lo que va a suceder, que necesito tantas páginas... No es por ca­sualidad que los cantos de La Eneida, que las obras de Recine tienen sensiblemente el mismo número de versos, la misma duración... Mi libro está terminado. Entonces, me lo relato a mí mismo. Lo escribo, su usted prefiere. Siempre me esforcé por tomar al lector por el brazo. El lector es un prisionero cuya evasión es necesario favore­cer, aún sin que él lo sepa.”

Suscribo íntegramente esta confesión. Jamás se debe olvidar que escribir es un oficio.

Lo que dice Pierre Benoit es otra manera de decir que el novelista trabaja todo el tiempo, sobre todo si no parece estar trabajando. Y no puede ser de otra manera: la novela es la vida, y la vida no se detiene. Un crítico americano me preguntó si yo trabajaba más bien por la mañana que por la tarde. Le contesté que para un nove­lista esto no tiene importancia. La novela no nos deja. No tiene horas ni vacaciones. Nos tiene maniatados. Salvo cuando está terminado. En ese momento, ya no nos per­tenece.

—Cuando se examina tus informes literarios, se lee: “Treinta y tres novelas en treinta y cinco años, casi veinte millones de ejemplares vendidos, decenas de traducciones extranjeras. Un francés de cada veinte lee a Guy des Cars...” Todo esto es un poco la impresión de fábrica, de trabajo en cadena. No te agrada que hablen del “fenómeno Guy des Cars”. ¿Por qué?

—¡Porque no soy un fenómeno! ¡Para un novelista no hay nada de fenomenal en escribir novelas! Y no es feno­menal escribirlas regularmente... Regularidad no quiere decir superproducción. Se está más o menos bien inspira­do, es cierto. Hay autores que dan un libro de vez en cuando. Creo que es más peligroso no publicar nada que publicar un libro que tiene menos éxito. Se puede perder la mano muy pronto. Cada lector es una cita perpetua­mente postergada al libro siguiente. Y no hay Que creer que con el tiempo y la experiencia sea más fácil. Si uno no se renueva haciendo la misma cosa, no dura. El públi­co aguarda a la vuelta de la esquina. Graham Greene declaró hace poco: “Escribir una novela no se vuelve más fácil cuando se envejece.” Yo agregaría: “Es cada vez más difícil.” Seducir es más fácil que retener. ¡Y no me hables de trabajo en cadena! Tú estás situado mejor que nadie para, saber que no soy una oficina de escribir donde cola­boradores oscuros me preparan la tarea, ni una sociedad anónima. Algunos críticos creyeron poder decir: “¿Guy des Cars? ¿Cuántos son? Varios: ¡de otra manera no es posible!” Pues bien, sí es posible y felizmente no soy el único en el caso. Infórmense, señores: soy un artesano.

Todavía hay artesanos en la República de las Letras.

¿Cada vez menos?, dicen. Me extrañaría. Pero en ese caso, los novelistas son tal vez los últimos...

—¿Qué es el éxito, para ti?

—Como para todo el mundo: es agradable y muy engañador. Hace varios años, durante un viaje en Alema­nia, me alojé en Munich en un hotel muy célebre: el Bayerische Hof. El director de la gran revista alemana Quick me había invitado para proponerme de escribí; un libro especialmente para sus lectores. Por otra parte, eso no pudo realizarse pues soy incapaz de escribir un libro a pedido. Pero en fin, como en Alemania todos mis libros están traducidos y tengo un público fiel, había aceptado el viaje.

En ese hotel me habían reservado un departamento —suntuoso, debe decirlo—. En el medio de la sala lucía un gigantesco ramo de rosas, acompañado por la tarjeta del director... Era amable, pero un poco insólito: ¿flores, para un hombre? ¿Rosas rojas? Ahuyenté mis escrúpulos pensando que tal vez se trataba de una costumbre. Des­pués de todo, en Tahiti...

Diez minutos después de mi llegada, el camarero de piso trae... un nuevo ramo de rosas. Con los saludos de un periodista. Yo estaba perplejo. Al Tercer ramo —tenía la impresión de estar es un invernadero— decidí llamar al conserje para saber a qué atenerme. Todos estos ramos enviados por hombres se me volvían muy molestos. Las flores, tengo la costumbre de obsequiarlas, no de reci­birlas. No me pudo dar ninguna explicación, pero me prometió averiguar inmediatamente. Cuando llegó el cuarto ramo —una verdadera cesta—, yo ya estaba al borde del pánico. Pero la tarjeta que lo acompañaba era aún más inquietante: decía simplemente: “¡Gracias por todo y bravo!” ¡Qué quieres, lectores así no se los ve todos los días! La Callas habría sentido envidia de mi: mi salon­cito se asemejaba a un palco de la Opera en una noche de gala.

Por fin apareció el director. Lo “recibí, enloquecido de rabia, de todos modos: esos perfumes vaporosos volvían el aire irrespirable. El pobre hombre adoptó una actitud muy “director afligido”:

“¡Herr des Cars!”, empezó a decir, desolado, las flo­res no son para usted. Es un estúpido error, Voy a hacerlas llevar de vuelta,”

¡Entonces, sufrí una decepción!

“¡Ah! ¿Y a quien estaban destinados?, pregunté, lamen­tándome.

—A su compatriota Martine Carol, que ocupaba este departamento anoche y que tuvo que marcharse preci­pitadamente...”

Desde entonces, desconfío de todas las flores, inclu­yendo los laureles.. .

 

¿Estás contento de nuestras conversaciones?

—Siempre estoy contento de charlar contigo.

—¿Me dijiste la verdad?

—Contesté a tus preguntas. En fin, me parece.. .

—Seguramente tienes algo que agregar... ¡Jamás te vi no tener la última palabra!

Tendría mil. Pero en ese fárrago, hay un recuerdo que me parece más gracioso que los demás.

—Ya me lo decía yo. . .

—...Uno de tus tíos, abogado, había instalado su estudio en los antiguos locales de una gran casa de moda. Y un día tuvo la buena idea de hacerme visitar las habi­taciones del último piso, donde habían estado los talleres del modisto. Hasta tuvo una idea aún más delicada: me dejó solo en medio de ese pasado, en ese museo insólito y, felizmente, ignorado.

Tengo la impresión que aquel día me había tendido una trampa amistosa, convencido que ese lugar en el que flotaba un perfume de tiempo perdido excitaría mi ima­ginación.

Caí en esa trampa. Y allí, tampoco pude resistir a la necesidad de borronear cartillas. Esas impresiones podrían titularse: El desván de los recuerdos.

Otrora... Un otrora que no es tan alejado ya que coincide con mi infancia, las elegantes —y hay que inclu­ir en esta denominación envidiada a las mujeres de mun­do y de medio mundo, a las majestades reinantes y a las reinas en exilio, a las esposas de presidentes y a las prin­cesas lejanas, a las embajadoras y a las extranjeras de calidad, a las antiguas y las nuevas ricas con cuentas ban­carias bien provistas —iban con muy poca frecuencia a la casa del “gran modisto” para asistir a lo que aún hoy llama una presentación de colección. Todas esas hermo­sas damas preferían permanecer en sus casas, en sus sun­tuosas residencias del faubaurg Saint— Germain o sus lu­josos departamentos del barrio Monceau, esperando que “el gran modisto” viniese a visitarlas.

Con frecuencia, esa visita coincidía con “el día” habi­tual de recepción de una de esas señoras de calidad. Sus amigas recibían entonces tarjetas con la leyenda, perma­nentemente grabada y en letra cursiva, para toda la tem­porada, y que resumía la principal actividad de la dueña de casa: “La marquesa de X... recibirá todos los prime­ros martes del mes, excepto los martes de cuaresma”, o bien esta otra: “La señora Y... estará en su casa todos los terceros viernes del mes, de octubre a mayo incluidos, excepto el viernes santo.”

Esos cartoncitos significaban que, los días fastos, esas damas reinarían en sus moradas frente a tazas de té, copiosamente acompañadas con deliciosas masitas de La­tinville o suculentos “petit— fours” envueltos en papel plegado que llevaban la marca Aux Delices.

Y las ex amigas de colegio o las esposas de los amigos de sus esposas —para quienes ese momento solía ser el del cinco a siete— vendrían a deleitarse bajo los tapizados dorados, charlando principalmente de la moda sus fan­tasías.

Pero cuando el gran modisto venía a amenizar esos ágapes con su turbulenta presencia, después de haber sido invitado por la dueña de casa, ésta agregaba a mano en la tarjeta: “El señor X... nos hará el placer de presentar su nueva colección.” Este solo anuncio bastaba para llenar los hospitalarios salones de la gran dama.

Rodeado por todo su estado mayor que le permitía presentar sus últimas creaciones en las mejores condicio­nes, el modisto se asemejaba a aquellos mercaderes nave­gantes de otrora quienes, al volver de lejanos mares, traían toda una pacotilla de brocatos, de oro, de collares resplandecientes y piezas de géneros raros que presentaban en la corte de los señores deseosos de ver renovar los atuendos de las damas que ocupaban su pensamiento.

Un gran modisto de aquellos juicios años que prece­dieron la Primera Guerra mundial —y que hasta perma­neció unos diez años después de la hecatombe— tenía entonces un doble apellido con guión: se llamaba De­uillet—Doucet.

Esto se debía a que la casa había surgido de una brillante sociedad: la del señor Deuillet y el señor Doucet. Dos hombres encantadores que consiguieron reinar como amos absolutos y universalmente admirados, durante más de un cuarto de siglo, no sólo en la alta costura francesa sino también en la alta costura mundial ya que por aque­lla época existía una sola alta costura: la de París. Se sabe que desde entonces Roma, Madrid, Londres, Nueva York y hasta Tokio se convirtieron también en capitales de la mujer.

Pero entre 1895 y 1925, fecha hacia la cual se cerró la ilustre casa, nadie pudo luchar contra Deuillet—Doucet. La casa de venta y los talleres de la firma triunfante se hallaban en una arteria del centro de París, a medio camino de los blandos estuches de alhajas de la plaza Vendome y de los grandes cafés del bulevar des Italiens en los que se podía saborear, entre otras cosas, tazas de untuoso chocolate mientras se miraba pasar el ómnibus Madeleine—Bastille. El nombre de esta calle ya era sinó­nimo de lujo, de elegancia y de refinamiento: calle de la Paix. Y en el número 19, casa de los señores Deuillet y Doucet, todo era tan sólo lujo, elegancia y refinamiento.

Cuando estos dos hombres desembarcaban en la resi­dencia de sus clientas selectas, lo hacían con una pompa digna de los fastos de la “Belle apoque”. Su amable cohorte se componía ante todo de “la primera” llamado Jeanne Lanvin o bien Madame Bruyere. Luego venía el “maquetista”, llamado Paul Poiret acompañado por el cortador que era el señor Worth o el señor Lelong. Tam­bién estaba “lo modista” titular, que tenía la delicada misión de completar los modelos con prodigiosos som­breros y que respondía al nombre de Caroline Reboux, Finalmente, estaba el imprescindible peinador que com­pletaba la obra presentada por los modelos acomodando los rizos —fuesen rubios, morenos o pelirrojos— a las insa­ciables exigencias de la moda.

Este último personaje se llamaba señor Desfossé y generalmente se trasladaba en bicicleta, ese “instrumento de transporte individual”, como se decía entonces, que en aquella época de vehículos hiposos y de automóviles flanqueados por cajas con neumáticos, era reservado para algunos privilegiados: hermosas damas que deambula­ban los domingos por la avenida des Acacias después de la misa de diez en Saint—Honoré d'Eylau, o para cam­peones bigotudos, con apretadas mallas rayadas que se aventuraban en lo que no era todavía el peligroso reco­rrido de la Vuelta de Francia, inventada por el señor Desgranges.

Después de la presentación de los modelos vestidos, por ”mannequins” vivas, todas esas damas transmitían sus deseos a los señores Deuillet y Doucet, que iban de una a otra, con la libreta 49 pedidos en la mano, Luego les sucedía “la primera” y “el cortador” que ha­cían una ficha propia con las medidas de cada una. Es raro —aun en criaturas académicamente perfectas— que la medida del talle no varíe de uno o dos. centímetros, de una temporada a otra. Todo era controlado con el mayor cuidado sobre el “original”, bien en carnes en aquella época, y no tan en huesos, para ser escrupulosa­mente llevado, de vuelta al taller, sobre el “doble” de la Señora...

Ese “doble” no salía jamás de la calle de la Paix. Era un maniquí relleno, posado sobre un trípode, que re­producía fielmente las ventajas y los inconvenientes del busto de la clienta. De vez en cuando se apercibe toda­vía, principalmente en las vidrieras de las modistas de pequeñas ciudades de provincia, las siluetas rollizas y sin edad de esos maniquíes los cuales, a pesar de la ausen­cia de cabeza, de brazos y de piernas, logran de todos modos, gracias al milagro del busto, del porte y de las caderas, destacar su propia personalidad. Un maniquí relleno se parece mucho menos a otro maniquí relleno que una modelo de hoy, que solo tiene una finalidad: parecerse a todas las demás modelos.. .

En ese desván, allí estaban frente a mí los maniquíes rellenos, apretados los unos contra los otros en la penum­bra, como si buscasen constituir el último grupo de una elegancia desaparecida. Un centenar de maniquíes rellenos que parecían burlarse de mí en su mutismo y en su inmovilidad de granaderos de la moda, cua­drándose en sus recuerdos. Sobre cada uno de ellos, a la altura del talle, retenida por una alfiler, había una etiqueta con el nombre de la titular de aque­llas formas moldeadas en una piel clara de tarlatán. Por cierto, algunos de esos bustos, cuyo original de­bió enloquecer muchas miradas, desaparecían bajo un polvo comparable al que recubre las odaliscas de yeso que decoran los palcos bajos de nuestros teatros subvencionados y en los cuales el plumero habrían olvi­dado de prodigar sus caricias desde hace un siglo.

Pero bastaba, en los maniquíes rollizos del desván, con pasar un dedo para hacer desaparecer el polvo y recobrar el brillo del tiempo en que estas mujeres sin cabeza tenían conversaciones.

En las etiquetas amarillentas pude leer los títulos y las cualidades de las distinguidas personas que ha­bían servido de modelo. Así es como “la señora du­quesa de Alencon” tenía por vecina a la “princesa de Merode”, quien a su vez estaba junto a la bella “Cleo”, que se había permitido darse su nombre gracias a la complicidad amorosa de un rey. Así es como el busto insolente de Lyane de Pougy estaba frente al, menos relleno, de Jane Avril: era normal ya que, en vida se habían odiado... También estaba el “doble” de la “infanta Eulalia” aplastado por el voluminoso, de su vecina, “Su Majestad la reina Amelia de Por­tugal'...

De duquesa en reinas del medio—mundo, de prin­cesas de sangre en Scheherazadas de las Mil y Unas Locas Noches, con o sin grandes duques rusos, todo el Gotha, toda la Guía social y aun los nombres más sublimes que todavía leemos en las guías telefónicas se encontraban en ese desván que, después de haber sido el desván del olvido, se convertía para mí, de pronto, en un emocionante pequeño museo parisiense, tan apasionante como los bastidores de la Opera ve­cina.

Como esas mujeres no tenían rostros, imaginé dar­les uno. Aquel al que los señores Deuillet y Doucet debieron encantar cuando se exhibían bajo las luces de sus salones.

Y prestando el oído, me pareció escuchar que me decían entre una sonrisa de orgullo y una lágrima apenada:

“Pues sí, así éramos. El mundo entero admiraba nuestras formas cuando el gran modisto había acep­tado vestirlas.”

¿Y de espalda, esas “mujeres—dobles” eran también tan seductoras?

Lo eran y eran tan mujeres como sus modelos: tenían sus pequeños secretos. Esos secretos estaban ano­tados en una ficha. ¿Tal vez fuese la misma ficha que había sido redactada con cuidado en el momento de­licioso del pedido? Se descubrían las encantadoras tri­quiñuelas que había que tener en cuenta para que las hermosas damas fuesen siempre hermosas. Se leía: “¡Cuidado! La señora Duquesa hizo su cura lo cual significaba que había que ajustar el talle; o bien: “La señorita de Pougy no tomó las aguas” lo cual indicaba que, por el contrario, convenía dar un poco más de amplitud... Y esas anotaciones estaban firmadas ya sea por Jeanne Lanvin, ya sea por Paul Poiret.

Sí, ese desván era realmente un museo y aquellos autógrafos que colmarían de dicha a los coleccionistas o a los historiadores de París, merecerían ser expuestos en una vitrina dorada. Alrededor de ellos se dispon­dría armoniosamente esos maniquíes, gracias a los cua­les glorias y celebridades de antaños no son mejor conocidas que en las fotografías, porque así las cono­cemos casi íntimamente...

 

La noche había caído en el desván de las elegan­tes. Cerré su puesta enternecido, como si me hubiese equivocado de siglo. Lo único que me quedaba por hacer era marcharme en puntas de pies.

Ya estaba de nuevo frente al n° 19 de la calle de la. Paix cuando vi pasar dos elegantes del tiempo presente. Sus faldas muy cortas descubrían ampliamente sus rodillas. Las rodillas pueden tener gracia, pero es poco frecuente. Estas no tenían ninguna. Coronaban piernas tan delgadas que parecían haberse puesto de luto por ellas mismas. Las siluetas de ambas jóvenes eran además, descarnadas, los hombros hundidos se volvían saleros sobre los bustos confidenciales. Eran mujeres a la moda...

El viejo parisiense que llevo en mí sólo podía callar y mirar pasar la nueva belleza.

Pero de todas maneras me pregunté si algún día las modelos descarnadas, todas hueso, no desaparecerían bajo un nuevo asalto de modelos rellenas todo en carnes...

Uno de los fantasmas con los cuales me crucé en aquel desván de los recuerdos tuvo que esperar esta pri­mavera de 1974 para revivir. Se trata de Paul Poiret a quien París rinde por fin justicia, treinta años después de su muerte. Y es realmente justicia ya que le habían dado el sobrenombre de “Señor París”.

Poiret, el grande, el fastuoso, el magnífico modisto vuelve a tener un salón en esta octava circunscripción que había conquistado. Quiero hablar de la exposición que le consagró el Museo Jacquemart—André.

Después de su paso por la casa de la calle de la Paix, Poiret reinó muy pronto sobre la moda y la vida pari­sienses. ¿Acaso no impuso el corpiño y la falda trabada? ¿No ha librado a la mujer del cepo de la Belle Epoque para abrirle la puerta a las audacias de los Años Locos? Como Christian Dior, Paul Poiret fue uno de los hom­bres que reinventaron la mujer adornándola con una nueva silueta.

Y si hablo de él, no es para contar lo que se sabe en general, sino porque tengo la suerte de haberlo cono­cido. No en la época de su apogeo, por cierto, pero en la grandiosa también en cierto sentido, de su decadencia y de su fin, conocida tan sólo por los especialistas.

Era en Cagnes-sur-mer, a comienzos de 1942. En un palomar situado en lo alto de una difícil escalera, escri­bía mi primera novela verdadera, La Dama del Circo. Y una noche, frente a las ventanas abiertas sobre los aromas de la suavidad nocturna, alguien llamó a mi puerta. No esperaba a nadie. Me encontré ante un hom­bre grueso, casi hinchado, pero que tenía una gracia de libélula. “Soy Paul Poiret”, me dijo. “En otros tiem­pos,. vestí a su madre...”

Yo estaba maravillado. Sabía que vivía en la región. O más bien, que sobrevivía; pero sentí su visita en mi modesto alojamiento como un gran honor, porque per­tenecía a la raza de los creadores. Y a la raza aún más bella de los creadores que proporcionan trabajo y una razón de vivir a millares de personas, de la costurerita al modelista, de la modelo al dibujante, pasando por las numerosas mujeres, célebres o no, que llevaron un vestido firmado por Poiret. Durante tres meses, hasta mayo, lo vi con regularidad. El hombre era amargo, pero el artis­ta era siempre sorprendente.

El que había inventado una moda de lujo ya no era más que un vagabundo mundano. Era ante mí tal como fue en aquella época: vestido con un sobretodo amarillo, en adelante bata de baño y un pijama rosado. Aun bajo la lluvia. Cuando este extraño personaje re­cortaba su silueta sobre las rocas de La Napoule, sólo tenía derecho a este comentario:

“Es un loco...”

Los que decían esto no sabían. O peor aun: había olvidado. Ese barbudo macizo —también lo habían apo­dado “el Taras Bulba del fru—frú” había deslumbrado a París y a todo el mundo con sus fiestas en su resi­dencia y su elegante manera de cortar ampliamente en un género porque, según decía “con otros pequeños no se hace nada grande”... ¿Sabían, habían olvidado esas gentes que lo criticaban, que también había alojado, agasajado y sobre todo hecho soñar a personalidades co­mo la bailarina Isadora Duncan o el legendario Boni de Castellane? ¿Él, cuyos dedos de hada habían sabido con­vertir un tejido en vestido y a la mujer más apagada en elegante?

Pero por una venganza del destino, él, que había reinventado la mujer, era vencido por una mujer, la gran princesa de la alta costura: Cocó Chanel. Una ex­posición organizada por Poiret en 1925 y que hubiera debido ser su triunfo, fue su canto de cisne. Y su caída. Príncipe de las mil y una noches modernas, Poiret ha­bía seguido vistiendo a las mujeres en sultanas o en huríes, esas criaturas prometidas en el jardín de Alá, mientras que la señorita Chanel les proponía pullóveres, pantalones y ya hablaba de una moda “week—end” ... “Una moda pobre” decía Poiret refiriéndose a Chanel.

Una moda que lo arruinó. Tuvo que vender todo: yate, casa de campo, cuadros de grandes maestros. No bastó con eso. Tuvo que inscribirse como desocupado.

Él, que había impuesto una moda, era a su vez víc­tima de la nueva moda.

 

Aquella noche me propuso seguirlo. Jamás olvidaré esa primera velada. Para sobrevivir, él que siempre ha­bía encarnado la cigarra despreciando la hormiga, reci­taba las Fábulas de La Fontaine en los cafetines del viejo Niza y otras partes. Era inaudito, increíble. Poeta, la rima era natural para él. Podría haberse conformado con decir bien esos textos que son los primeros clásicos que aprenden los niños. Pero no. Cada fábula que reci­taba tomaba en su boca una nueva dimensión. Recuerdo, sobre todo, la del Lobo y el Cordero. Se había con­vertido en una verdadera tragedia.

Sin embargo, alrededor de mí, a su llegada ante las mesas muchos clientes lo tomaban por un artista fraca­sado, una gloria apagada del Café—Concierto.

Una pipa apagada que surgía de su barba gris le daba el aspecto de un lobo de mar. Y mientras magnificaba esos versos, uno de sus brazos, que estaba para­lítico, tenía temblores. Su mano torcía y retorcía el bo­tón de la chaqueta del pijama. Pero al cabo de algunos compases —pues se tenía la impresión que “hablaba” en música— esas debilidades del cuerpo se olvidaban y sólo se escuchaba a un gran comediante.

Cuando terminó, logró un buen éxito. Entonces sus ojos plenos de lágrimas recuperaban su alegría. La del tiempo perdido. Apoyado sobre su bastón, volvió hacia mi mesa. Lo felicité sinceramente. Sólo lamentó una cosa:

“Hubiera querido tanto no desaparecer antes de ha­ber vestido, en una obra feérica, algunos personajes de esas fábulas...”, me dijo.

Durante varios meses me repitió ese deseo. Y una mañana de mayo de 1944 lo encontraron muerto en su cama.

Dicen que había tenido tiempo de escribir, sobre la pared de su cuarto, el nombre de todos aquellos que lo habían traicionado, estafado y burlado.

La prensa le consagró tan sólo unas pocas líneas.

Así como hubo poetas, músicos, pintores malditos, me pregunto si Paul Poiret no es el primer modisto muerto como un genio: sólo y olvidado, con la ingratitud por única oración fúnebre.

—Tengo la impresión que nuestro intervalo terminó. Ya que es así, supongo que vas a ponerte a trabajar en tu próxima novela.

—No dejé de pensarlo, aún mientras te hablaba. Sabes muy bien que cuando parece que no estoy haciendo nada, es el momento en que más trabajo.

—De todos modos tienes el aspecto tenso, nervioso, casi fastidiado. ¿Es siempre así cuando comienzan en ti los grandes dolores del parto novelesco?

—Sí. Es espantoso y maravilloso a la vez. Construir una historia es un sufrimiento, pero un sufrimiento li­berado. Actualmente, estoy todavía en el período de ges­tación. Es libro es aún solamente mío. Ningún secretario, ninguna máquina de escribir me lo han robado. Como escribo todo a mano, demoro siempre la intervención de la máquina. Además, no sé escribir a máquina, pues pre­fiero el verdadero manuscrito: la mano es rabiosa, co­rrige, tacha, sufre. Permite dominar mejor la frase y, como decía Colette, domesticar las palabras que termi­nan por ablandarse y tomar su lugar.

—¿Y qué hará hacer esta mano?

—Una historia de hechicería, en la que pienso desde hace años y que transcurre en el Brasil. Sin embargo, es una historia muy actual, algunos de cuyos elementos acaban de acontecer en alguna parte, a menos que estén a punto de producirse... Ya no lo! sé muy bien... La Hechicera —será el título de la novela— es una mujer que me fascina. Lo cual me permite creer que también fascinará a mis lectores.

—¿Te espera?

—Sé que me acecha. Pero mi suerte es tener contra ella la mejor de las armas: la amo. La amo con ese amor apasionado que siempre tuve para los personajes a los cuales me esforcé de dar vida. Y tal vez sea lo que, en un novelista, se llame el amor al oficio...

 

 

 

 

Esta primera edición, consta de 3.000 ejemplares y se terminó de

imprimir en Artes Gráficas Cadop, calle Zalartó 1383, Buenos Aires

Rep. Argentina, el día 4 de abril de 1975.

 

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