© Libro N° 4014. Yo Me Atrevo. Des Cars, Guy. Colección E.O. Julio 29 de 2017.
Título
original: © Yo Me Atrevo. Guy des
Cars
Versión Original: © Yo Me Atrevo. Guy des Cars
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
YO ME
ATREVO
Guy des Cars
Editado en Francur por
EDITIONS STOCK
Traducción de
BERTA DE TABBUSK
Impreso en la Argentina
Printed
in Argentina
Queda hecho el depósito
que previene la ley 11.723
@ by Juan Goyanarte
Editor Buenos Aires
PRÓLOGO
...Porque me pareció imprescindible hacer una pausa en mi vida
de novelista. Ya hice una, hace unos diez años, al escribir De capa y de pluma.
Era el primer intervalo y la novela de mis novelas. Este es el segundo, que es
la novela del novelista o, si se prefiere, mi propia novela.
La gran diferencia entre ambas obras estriba en que la primera
fue escrita por mí, en cambio, por primera vez en mi carrera, ésta ha sido
escrita con la cooperación de otra persona. Otra persona que me hizo mil y una
preguntas a las cuales no hice más que responder. Preguntas acerca de mí, de
mis prójimos, de mi pasado, de mi trabajo, de mi vida cotidiana. Si esa
persona asumió toda la responsabilidad de sus preguntas, por mi parte no temí
asumir la de mis respuestas.
Ya hace algunos años que varios editores me pedían de trabajar
de esta manera, aunque sólo fuese una vez en mi existencia, para que se me
pudiese conocer tal como soy y no únicamente como el novelista siempre amparado
y oculto tras la afabulación novelesca. Siempre me había negado con el pretexto
de que no veía a quien podría confesarme íntegramente, sin limitaciones, sin
reticencias, sin trabas, ya que mi mal carácter jamás se avino a soportar
colaborador alguno en mis tareas de escritor. Es algo tan delicado descubrir a
los demás la propia verdad de uno..
Y un día, alguien me dijo:
Pensamos haber encontrado por fin el periodista a quien usted
podría contárselo todo y con quien podría entenderse. Es su mejor amigo desde
hace treinta años... —¿Quién es?
—Su hijo Juan, que trabaja en el equipo de París-Match.”
Evidentemente, era una idea que podía seducirme. También era
cierto que mi hijo me conocía mejor que nadie, que jamás nos habíamos separado
y me sería muy difícil ocultarle algo. Cuando se quiere a su hijo y se sabe que
él retribuye ese amor, se le dice todo... Frente a otro, aun cuando sea el
mejor periodista del mundo, uno se vuelve prudente, se desconfía.. Desde el
momento en que me di cuenta que esa desconfianza no podría existir en nuestros
diálogos incisivos, me sentí dispuesto a contestar a todas las preguntas, aun
las más indiscretas.
No me hice ilusiones. Conocía muy bien a Juan, sabia que no
andaría con rodeos para interrogarme ni estaría satisfecho hasta no haberme
hecho decir absolutamente todo cuanto me concernía. Ni a él ni a mí nos costó
trabajo alguno permanecer recíprocamente honestos el uno con el otro durante
nuestras entrevistas.
Él vino a verme como todo hijo que confía en su padre y viene a
pedirle algo.
“No te preocupes, me dijo. Ya sé que estás preparando una nueva
novela. No te incomodaré. Mis preguntas, que ardo en deseos de hacerte desde
hace varios años, están listas: sólo tendrás que contestarlas. Y para ti hasta
será una especie de recreo que te arrancará de tus héroes de ficción.
Hablaremos mucho de un personaje verdadero que conoces mejor que nadie: ¡tú
mismo!
¿Pero tú, hijo mío, como lo ves a ese buen hombre?
—Tal como es, con sus defectos y sus cualidades, como él mismo
jamás se tomó el trabajo o el tiempo de mirarse. ¿Quieres que hagamos
enseguida un primer ensayo? ¿Puedes consagrarme una hora? Si no da resultado,
no proseguiremos la experiencia: tú volverás a tus novelas y yo a mi
periodismo.”
Hubo esa primera hora, seguida por muchas otras. Y fue realmente
un recreo. Espero que será lo mismo para el lector. Lo deseo con todo mi
corazón de padre para el que lo escribió. Pero este libro habrá tenido al menos
una ventaja para mi hijo y para mí: estrechar aun, si es posible, nuestra
amistad.
GUY DES CARS
7 de abril de 1974.
1.
¿MI VIDA? UNA NOVELA
—¿Vas a decirlo todo?
—Seguramente. ¿A quien se lo diría todo sino a ti, hijo mío?
Además, ya lo sabes, siempre digo todo lo que tengo que decir. —¿Palabra de
padre? —Palabra de hombre.
Siempre hemos estado del mismo lado. Y hoy, por primera vez,
henos aquí frente a frente. Y como siempre, cuando estoy frente a mi padre, me
siento fascinado. Tendría que estar blindado, hastiado. Tal vez debiera desconfiar.
Con toda seguridad me aguarda a la vuelta de una pregunta, de una página de
este libro. Va a hablar durante horas. ¿Me dirá la verdad verdadera o la verdad
novelesca? Es capaz de desmenuzar una anécdota para convertirla en
cuatrocientas páginas. Le agrada dinamitar sus personajes, revolverlos de
acuerdo al plan que sólo él conoce, ubicar imprevistos en la página 33, 117 y
293, exactamente en el lugar por él previsto. De todas maneras, aun sus más
fieles lectores son arrastrados por el violento torbellino de su imaginación. Y
esto viene durando desde hace treinta años. Además, no existe ninguna razón
para que se agote este Niágara de palabras, de historias y de libros. Creo que
la fuente es prometedora: locución abundante, rica en ilusiones y evasiones
diversas, recomendada a las lectoras y lectores poco aficionados a la política,
al psicoanálisis y a los problemas metafísicos, pero ávidos de frases simples,
de evasiones, de historias extraordinarias construidas como un mecanismo de
relojería, aunque no falte quien diga que están hechas “con lugares comunes y
clisés”. En cambio, no es aconsejable para los críticos ácidos ni los colegas
envidiosos. Mi padre elige las armes (la novela) y el terreno (el público).
Sabe defenderse solo. Y creo que el duelo es parejo. Con una leve ventaja para
el lector: al fin de cuentas, él es quien decide, cada vez, entrar en el juego.
Por lo tanto, me pongo en guardia y ataco.
—¿Cuál es tu recuerdo de infancia más remoto?
—Es un recuerdo de guerra. En 1916 yo tenía cinco años de edad.
Y ante la ofensiva alemana, mi madre había decidido llevarnos lejos de París, a
mi hermana, mi hermano y yo; en el departamento del Sarthe, a Sourches, donde
se halla el castillo de la familia.
Era una mañana de invierno, muy temprano. Habíamos dejado a pie
la calle Greuze N° 20, donde vivíamos, y yo debía llorar a lágrima viva, alzado
por la nurse que arrastraba a mi hermano Luis. Mi hermana Margarita, que tenía
siete años, vigilaba ansiosamente con mamá la aparición de un hipotético coche.
Tarea inútil. Los vehículos eran escasos. Se tenía la impresión que, como lo
había hecho dos años antes con los famosos taxis del Marne, el general Gallieni
había requisado todos los automóviles1.
Sin embargo teníamos que llegar a la estación Montparnasse para
tomar uno de los escasos trenes que aun circulaban. Los soldados iban hacia el
este, nosotros íbamos hacia el oeste.
Agotada por una noche haciendo paquetes lo más compactos
posible, la nurse inglesa se dejó caer sentada sobre su valija y anunció:
“¡Señora! ¡Es imposible! ¡No llegaremos!”
Mamá, con el obstinado coraje que tienen las madres cuando
quieren salvar a sus hijos de una catástrofe, le respondió:
“¡Lo lograremos, hija! Lo que nos hace falta, es un coche.
¡Ayúdeme más bien, en vez de gemir!
Y allí es donde se sitúa mi primer recuerdo.
En plena mitad o casi de la plaza Iena, mi madre se plantó con
los brazos en cruz, agitando su manguito de piel con una mano y el bolso de la
nurse con la otra.
Algunos coches llenos, algunos fiacres recargados habían pasado
de largo. Aparentemente sus conductores no podían hacer nada por esas dos
mujeres rodeadas de tres niños, patético cuadro como el de todas las familias
desmanteladas por la partida de los maridos, los hijos y todos los hombres
válidos rumbo al frente.
De pronto, bajando desde el Trocadero a toda velocidad —es
decir a unos cincuenta kilómetros por hora— una ambulancia embestía a mi madre.
Recuerdo un grito. El grito que lanzamos los tres, un grito que
resonó en la plaza vacía:
—¡Mamá!
La nurse, paralizada por el susto, no había hecho siquiera un
gesto para avisar a mamá tratar de retenerla.
Con un horrible rechinar de los frenos, la ambulancia cabeceó y
se detuvo a dos metros de mi madre. Su ropa sombría condecía trágicamente con
la cruz roja pintada en los costados del vehículo.
Una cabeza pálida, con bigotes hirsutos, gritó por la
ventanilla. Era el chófer:
“¡Señora! ¡Está local ¡Estuve a punto de arrollarla!
—No estoy loca, señor. Le obligué a detenerse. Es absolutamente
necesario que nos conduzca a la estación Montparnasse. ¿Tiene lugar? por
favor...
—No puede ser, señora. Esta ambulancia está vacía, pero estoy
cumpliendo una misión de servicio. Voy a la estación del Este a buscar heridos
que deben ser conducidos al hospital Val-de-Grace2. Lo lamento con
toda el alma.
—¿Tiene usted una esposa e hijos?
—Sí... ¿Pero a qué viene esta pregunta?
—Porque mi esposo es oficial en el frente. Si le hubiese
ocurrido de encontrarse con la familia de usted
1 En setiembre de 1974 el general Joseph Gallieni requisó
todos los taxis de Paris para conducir soldados al frente, a orillas del río
Marne. Este hecho logró reforzar considerablemente las tropas del general
Joffre quien obtuvo así la brillante victoria del Marne.
2 El Val-de-Grace es el Hospital Militar de París.
en una situación semejante, no habría vacilado ni un segundo. Se
las habría arreglado para conciliar su órden de misión y el deber de ayudar a
una madre desamparada.
—Suba, señora...”
Fue la única respuesta del conductor, impresionado sobre todo
por la calma con que mi madre le había hablado.
Este viaje imprevisto en medio de camillas vacías fue seguido
por otro en ferrocarril. Como era el más pequeño, me habían instalado en la red
porta—valijas. Al principio era muy divertido porque dominaba todo el vagón,
pero tuve pronto la impresión de estar prisionero de esas mallas oscuras. Sólo
pude desentumecerme las piernas en Chartres, durante una parada interminable.
Fue en el andén de esa estación donde tuve mi primera visión de
los horrores de la guerra. Veía sufrir a la gente pero, evidentemente, era muy
pequeño para comprender. Los heridos, acostados sobre los andenes que cubrían
con sus pobres cuerpos ensangrentados, nos miraban con ojos agonizantes.
Algunos se habían arrastrado hasta los toilettes y daban el último suspiro
allí, entre espantosos olores de hombre. Yo apretaba muy fuertemente la mano de
mamá cuando uno de esos desdichados se le prendió del tapado y le dijo esta
frase que oiré durante toda mi vida resonar en mis oídos. pese a que la voz no
era más que un estertor:
“¡Señora! ¡Termine conmigo! ¡Máteme! ¡Sufro demasiado!... “
Y más tarde, cuando escuchaba a ex combatientes contar “su
guerra”, todos decían que aunque los abastecimientos habían sido más o menos
buenos, el servicio de sanidad en cambió, había pronto dejado mucho que desear.
“A parte de tintura de yodo, subrayaba uno de mis tíos, no teníamos ningún
medicamento.”
Para ir de Le Mans a Sourches, o sea una distancia de
veintisiete kilómetros, fuimos instalados en un carro tirado por bueyes. Según
parece, aquel viaje cumplido con un ritmo de otrora, me había encantado.
Después, hay una niebla en mi mente, o con mayor exactitud, una
existencia sin historia para todos nosotros, los jóvenes primos reunidos por la
fuerza de los acontecimientos, vigilados por la nurse que jamás abandonaba un
pequeño paquete de cartas: las que su novio había logrado enviarle. Aquel novio
que no conocíamos nos agradaba porque era inglés y mamá nos había explicado
que se decía un “tommy”. “Tommy”, para los chicos, era fácil de pronunciar.
Pero cuando lo mataron en el frente del Somme3 parece que la
gobernanta enloqueció. Fue llevada de vuelta a su país, no sé cómo. Tuvimos
otra nurse, pero no tenía un “tommy” ...
Había algo que nos excitaba mucho a nosotros, los niños. Nos
excitaba por que todas las mujeres y los ancianos sirvientes aguardaban y
temían ese momento: era el famoso “comunicado de las tres de la tarde”.
Y cuando por intermedio del Estado Mayor nos enterábamos que un
tío o un primo había muerto, mi madre decía: “Otro héroe más. ¿Cuántos serán
necesarios?” Esta frase me impresionaba mucho. Un héroe me parecía muy
importante, formidable. Por razón, sin duda, mañana y tarde formulaba yo a mi
madre
3 En octubre de 1916 las tropas aliadas franco—británicas
combatieron a orillas del río Somme, logrando otra gran victoria decisiva.
esta horrible pregunta:
“Mamá, ¿cuando lo matarán a papá?”
Edad despiadada... Un héroe, a mi criterio, debía morir en la
guerra. Mi papá era forzosamente un héroe. El más grande de los héroes. El más
grande de los papás.
Y conocí a uno de esos héroes de la Gran Guerra. Uno de los más
auténticos y de los más famosos, casi un dios: Guynemer4.
Era nuestro vecino en la calle Greuze. Compartía con su madre la
planta baja del edificio donde residíamos. Y durante algunos meses —yo tenía un
poco más de seis años— lo vi con regularidad. No en avión, no como “as de los
ases” virtuoso del duelo aéreo, no. En cierto modo, era un compañero de juegos.
Llegaba todos los sábados con licencia, en un automóvil torpedo blanco.
Aparecía hacía las quince, pero más de una hora antes mi hermano y yo estábamos
ansiosos, vigilando desde la ventana del portero la esquina de la calle por
donde iba a aparecer. Durante toda la semana habíamos oído hablar de él, de sus
proezas, de sus combates, de sus victorias y también de su coraje y su gran
valentía.
El sábado era pues un gran día. Porque una de las primeras
cosas que hacía al llegar era llevarnos a dar una pequeña vuelta en su bólido;
seguía siempre el mismo itinerario: calle Greuze, rond-point de Longchamp,
avenida Eylau, plaza del Trocadero, calle Greuze... Era una alegría para
nosotros. ¿Acaso creíamos que su coche iba a despegar? Se marchaba de regreso
el domingo por la tarde y para los hijos del portero, lo mismo para nosotros,
la semana se hacía larga hasta el sábado, día en que nuestro “compinche”
Guynemer nos estrecharla entre sus brazos. Nos daba seguridad. Además, al
derribar los aviones alemanes, “daba seguridad” a todos los franceses... Una
noche de alerta sobre París nuestra gobernanta quiso contarnos una historia
para hacernos dormir. Pero estábamos despiertos como lauchas y grandes rayos
de luz se cruzaban en el cielo: los proyectores habían descubierto un
dirigible, un Zeppelín. Teníamos miedo de ese monstruo volador. Entonces, la
nurse nos repetía: “Duerman. El amigo Guynemer no está lejos.”
Pero estaba muy lejos... El sábado siguiente queríamos
aguardarlo como de costumbre, esperando los traquidos de su automóvil. Pero mi
madre nos impidió bajar a lo del portero. Nos dijo: “Hijos míos, recen una
pequeña plegaria para vuestro amigo Guynemer. No volverá más...”
Fue la desesperación, la primera angustia que recuerdo.
Comprendíamos mal la razón por la cual no volveríamos a ver a nuestro héroe,
pero no queríamos creer lo que había dicho nuestra madre. Francia entera no
quería creer esa noticia: “¡Guynemer considerado desaparecido!” Sin embargo,
igual lo estuvimos esperando aquel sábado en nuestro cuarto de juegos. Francia
entera lo esperaba.
A medida que fui creciendo la imagen de Guynemer adquirió mayor
precisión. Creo que su carrera fue y permanecerá siendo ejemplar. Por su salud
frágil, los hombres de la famosa escuadrilla de las Cigüeñas lo habían apodado
“alambre”. Oficial de la Legión de Honor (en aquella época tenía un valor
diferente al de hoy) y capitán a los veintidós años, murió a los veintitrés en
el comando de su avión “El Viejo Charles”, derribado sin duda en el cielo de
Poelkapelle, cerca de Yprés, en Bélgica.
4 Georges Guynemer, aviador nacido en París en 1894. Su
carrera aeronáutica registraba 54 victorias cuando fue derribado el 11 de
setiembre de 1917. Su heroísmo lo convirtió en figura legendaria de la aviación
francesa.
Digo sin duda porque su muerte continúa siendo un poco
misteriosa. Y es mejor así: los héroes deben permanecer un enigma para la posteridad.
Lo que es seguro, es el número de sus victorias en el aire (cincuenta y cuatro
oficiales, ochenta no homologadas por haber tenido lugar detrás de las líneas
alemanas y un total de casi seiscientos combates en veinticinco meses).
Lo más seguro aún es que era un moderno caballero, el primer
caballero del cielo. El “as” alemán Ernst Udet, que se enfrentó con Guynemer y
fue general de la Luftwaffe contó que un día, sobre las Ardenas, su
ametralladora se había engalgado. No podía en absoluto defenderse y Guynemer
podía derribarlo sin el menor riesgo. Entonces, como tenía la costumbre de
hacerlo, Guynemer se aproximó cuanto pudo del Fokker del alemán, a unos diez
metros, le hizo una seña con la mano y desapareció en el cielo. Tal vez sea una
de las razones que impulsaron a las autoridades alemanas para inhumarlo con los
honores militares... Decía: “Cuando no se ha dado todo, no se ha dado nada” y
su lema “dar la cara” le quedaba muy bien. Según las averiguaciones
practicadas, murió de una bala en la frente. Ese día, 11 de septiembre de 1917
“se marchó para alinearse en silencio con los suyos”. Es una frase de Mermoz.
Los años han pasado. Y un día, al visitar el museo del Automóvil
de Compiégne, cuando menos lo esperaba vi, encontré expuesto, el auto de
Guynemer, aquel Sigma de 4 cilindros cuya pintura blanca se volvió amarillenta
con el tiempo. Quise sentarme dentro por un instante. Pero un vago sentimiento
de profanación y tal vez también la presencia del guardián me impidieron
hacerlo. No insistí. Me pregunto si no estuve equivocado. De tiempo en tiempo
hace bien volver a la infancia...
—Hablemos un poco de familia. No quiero decir “viejos papeles”,
sino más bien de algunas siluetas. ¿Hay alguna que te atrae más que otras?
—¡Ah! sí... Entre los que conocí, aparte de mi padre y de mi
madre, hay alguien a quien debo mis mejores recuerdos de infancia y de
juventud, pues era un hombre sorprendente. Fue mi abuelo paterno, el duque des
Cars. Entre los años 1920 y 1925 íbamos a pasar las vacaciones al balneario de
La Baule, sobre la costa atlántica, cuya fama iba creciendo. Con mi madre, mi
hermana y mi hermano nos hospedábamos en uno de esos gigantescos cuarteles
llamados “palaces”, que se asemejan más a un caravanserrallo mundano que a un
hotel de veraneo. Mi abuelo decidió de pronto venir a saludarnos. Pequeño
traslado para ese gran viajero especialmente aficionado a los viajes en
ferrocarril. No podía ver salir un tren sin subirse en él, discutir los
horarios y las combinaciones con el guarda, elogiar las performances de la
locomotora, envidiar al maquinista por su puesto de jefe a bordo pero sin
olvidar, mucho antes que Edouard Herriot5 de estrecharle la
mano, y trabar conversación con los viajeros exaltándoles el placer de mirar
pasar las vacas. Afirmaba: “Sólo duermo bien el tren” y, por humildad,
únicamente viajaba en tercera clase. Por humildad y estrategia, pues después de
haberles recitado el Indicateur Chaix 6 -o su equi-
5 Edouard Herriot (1872—1957). Hombre político, jefe del partido
radical—socialista y alcalde de la ciudad de Lyon, fue varias veces presidente
del Consejo, presidente de la Cámara de diputados y de la Asamblea Nacional.
Gran propulsor de mejoras en los ferrocarriles franceses.
6 Guía y Horacio de ferrocarriles..
valente de la época— a sus vecinos, se dedicaba al apostolado
práctico y sacaba de sus bolsillos una increíble colección de periódicos
moralistas, rosarios bendecidos y estampas piadosas. Inundaba con ellas el
compartimiento recomendando a los viajeros de ir a Lourdes. Creo que conjugó su
pasión y sus convicciones inventando el tren de peregrinaciones. Luego, si el
tren se detenía, desaparecía para ir a saludar al jefe de estación con un
afectuoso “¡Buenos días, viejo amigo!”. Aunque no lo conociese, de todas
maneras éste no tenía ninguna posibilidad de olvidarlo y de no reparar en él.
Este anciano gentilhombre tenía una barba florida que lo hacía asemejarse al
poeta Víctor Hugo. Pero sobre todo —y era lo que más nos fascinaba a nosotros,
sus nietos— se vestía de una manera extraña que, en realidad le permitía estar
siempre listo para partir: levita negra un poco desteñida, sombrero hongo,
paraguas, un impermeable muy largo con capucha (entonces se decía “cauchú”,
como hoy se dice “piloto”) y que le servía de abrigo para el bueno y el mal
tiempo y en todas las latitudes, y un par de botines con elásticos. Había
resuelto el problema del equipaje no llevando ninguno. Compraba en camino lo
que necesitaba, el mínimo imprescindible del cual se deshacía luego. Sin
embargo, llevaba siempre de repuesto un cuello de celuloide que ponía a remojar
por la noche en una palangana de agua, y un cepillo de dientes que sobresalía
perpetuamente del bolsillo izquierdo de su chaleco: estaba por olvidarme casi
de lo esencial. A la manera de los médicos militares que deciden que se está en
invierno o en verano y que el uniforme debe corresponder a las estaciones,
introducía un considerable cambio en su vestimenta permanente dos veces al año:
calcetines negros en invierno, calcetines blancos en verano. Es pues con sus
calcetines blancos que desembarca muy temprano, un día de agosto, en la
estación de La Baule.
Deja que los clientes del hotel se amontonen en el ómnibus
tirado por caballos y trepa en el pescante junto al cochero. ¿Para saborear la
suavidad del verano? Por cierto no. Para discutir con el cochero y, según
decía, “escuchar la filosofía de la voz pública”. En la recepción se hace
anunciar:
“Buenos días, amigo. Soy el duque des Cars. ¿Quiere usted avisar
a mi nuera que llegué con el expreso nocturno?... “
El conserje lo mira con olímpico desprecio.
Hay que admitir que mi abuelo había mejorado aún más su
vestimenta. Habiendo declarado un día que “los pies se hinchan durante los
viajes, especialmente en el tren”, se había quitado los botines reemplazándolos
por un viejo par de zapatillas que tampoco lo abandonaban. Pero para estar
seguros de no olvidar sus botines, no había temido atarlos juntos con un
cordón y colgarlos de su cuello. A las ocho de la mañana, en el hall de ese
hotel elegante, el conserje estaba convencido de hallarse frente a un impostor:
“¡Vaya a contarle esa historia a cualquier otro!
—¡Le repito que quiero ver a mi nuera enseguida! ¡Llámeme a su
director!”
Ante su insistencia y su ira, el conserje manda llamar al
director que aún dormía. Media hora más tarde, éste llama tímidamente a la
puerta de la habitación de mi madre. Con chaqueta bordada y pantalón a rayas,
verdadero jefe de sección de una gran tienda, tomándose las manos nerviosamente
y dando vueltas a su lengua, balbucea, farfulla más bien, su confusión...
“Señora, lamento profundamente tener que importunarla a esta
hora tan temprana. Pero en la recepción hay un individuo que pretende ser su
suegro. ¡Sin embargo, todo me lleva a creer que se trata de un bromista de mal
gusto!
—¿Realmente, señor? ¿Y por qué?, pregunta mi madre.
—Señora, este hombre tiene la traza de un vagabundo.
Hasta lleva un par de botines colgados del cuello con un
cordón...
—¿Botines colgados del cuello? ¡Pero es el duque des Cars!
¡Desde luego que es mi suegro! ¡Ruéguele que suba!”
¡Te imaginas la turbación de ese pobre director! Creyó hallar la
paz enviando flores a mi madre. Con todo, sus sorpresas con aquel duque
disfrazado de vagabundo no habían terminado. Después de una mañana en que nosotros,
los niños, éramos los más felices de la playa con ese abuelo tan poco
convencional y tan afectuoso, volvimos a encontrarnos a mediodía en el inmenso
salón comedor. A nuestra gobernanta —inglesa, naturalmente— le cuesta poco
mantenernos tranquilos, pues estamos fascinados por ese buen abuelo un poco
chiflado.
Se inclina hacía mamá y le dice:
“Noté que este establecimiento está lleno de israelitas...
Nosotros, los católicos, debemos tener valor de nuestras convicciones.” Y se
pone de pie. Y golpea una copa con una cuchara. La campana improvisada extiende
su sonoridad un poco seca en todo el salón. Las voces callan. Todas las
miradas se dirigen a nuestra mesa, el personal se pregunta :¿será un banquete
improvisado? Cuando los ruidos de la vajilla cesan, el orador dice simplemente
estas sorprendentes palabras:
“Lectura del santo Evangelio del día... 'En aquel tiempo...'
Yo estaba estupefacto, todos lo estábamos, clientes y maitre
d'hotel. Y nadie protestó. Terminada la lectura, no nos llegó ningún comentario
de las mesas vecinas. Con una mano, mi abuelo recoge su misal que vuelve al
bolsillo izquierdo de su levita y con la otra, hace desaparecer algunos
mendrugos de los panecillos que habíamos comenzado a mordisquear en la espera
demasiado larga de los fiambres.
“¡Mi almuerzo¡, dijo con picardía.
—¿Pero adonde va?, le pregunta mi madre, intranquila.—¡A
Jerusalén! Pasando por Bruselas... Mi querida nuera, usted y sus hijos me han
dado una gran alegría...”
Vuelve a levantarse y no olvida de bendecirnos. Sus muy buenos
ojos no logran ocultar una verdadera tristeza. Pero nos deja haciendo una
pirueta:
“¡Tengo apenas el tiempo de alcanzar el rápido para París!”
Desaparece como un meteoro, dejándonos llenos de sonrisas pero
con el corazón apenado.
Al salir del salón comedor se cruza con el director a quien
acababan de informar acerca de la lectura del Evangelio, y que se había
cuidado muy bien de interrumpirlo.
“¡Ah!, ¡aquí está usted, amigo mío!, exclama mi abuelo.
Decididamente, se hace esperar... Recuerde bien esto: sólo estimo a las
personas valientes...”
Y en un torbellino —el de la puerta giratoria—, “buen abuelo”
desaparece.
Sólo fue en. ese momento cuando las casi doscientas personas del
salón comedor se arriesgaron a hacer comentarios acerca de su “increíble
tupé”. Entusiasta vagabundo, ya estaba lejos, fuera de alcance de los
sarcasmos. Creo que todos, pequeños y grandes, habíamos recibido una lección de
coraje.
—Era un personaje. ¿Opinas que todavía se encuentra, hoy, en la
aristocracia y en otros sectores de la sociedad, ese tipo de individuo
original que ignora el respeto humano?
—En la aristocracia se lo encuentra cada vez menos,
¡lamentablemente! En otros sectores, conozco algunos muy pintorescos. Creo que
la guerra, y la demagogia mataron esta especie. Hoy en día los personajes están
en vías de desaparición. ¿Háblase de las obras maestras en peligro? Pues bien,
digo que las personas que tienen un carácter bien templado se vuelven cada vez
menos. El aristócrata de hoy —quedan pocos verdaderos— es con frecuencia fastidioso.
Sueña demasiado a menudo con ser personaje de clase. Conozco una multitud de
esa gente cuya única preocupación real es la tarjeta de visita donde figura su
título, verdadero o falso. Cuando hicieron eso, lo han dicho todo. Y cuando se
los ve, se tiene la impresión que llevan un nombre supuesto. Es grave y es
triste. Observa que no es una novedad como estado de espíritu, pero ha tomado
proporciones afligentes. La aristocracia no es un derecho ni un atropello. Es
un estado de ánimo que cada generación debe mantener bajo pena de extinción.
Ese abuelo que tanto me fascinó, podía permitírselo todo. No porque fuese el
duque des Cars. Por el contrario. Su discreción en ese punto es para mí una
cualidad de verdadera nobleza. Se tomaba el derecho de decir a la gente lo que
pensaba de ella, porque ignoraba y despreciaba las habladurías. Era un hombre
recto. Su franqueza, con frecuencia arrogante, sólo era igual a su sinceridad.
Cuando vi por primera vez Cyrano de Bergerac, reconocí a mi abuelo: espíritu,
coraje, honestidad, poesía y ternura, en resumen todos los componentes del
símbolo de la aristocracia. Por eso creo que la merecía, a su aristocracia,
mientras que tantos otros se conforman con ella sin participar de sus virtudes
y fastidian con su genealogías. ¿Era mi abuelo un comediante? Nadie hubiera
podido decírselo dos veces. Sus convicciones religiosas tal vez le habrían
impedido batirse en duelo —no estoy muy seguro— pero sí tengo la certeza que
habría aporreado verbalmente a quien lo hubiese tratado de serlo. El
comediante hace un número en público. En privado, en familia, se desinfla. Mi
abuela era en todas partes y todo el tiempo el mismo. No desempeñaba ningún
papel. Su naturaleza era así. Durante varios años fue consejero general del
Sarthe, ese departamento que queremos mucho tú y yo. Tenía, acerca de la
política y de los políticos en general, puntos de vista que no coincidían mucho
con los de la mayoría de los electores. En eso tampoco tenía pelos en la
lengua. En el seno de la asamblea departamental tuvo, durante varios años, un
enemigo de peso: Joseph Caillaux7, presidente del consejo general,
veleidoso marido de la Señora de Caillaux, la misma que el 16 de marzo de 1914
descargó su revólver sobre Gastón Calmette, el director del diario Le Figaro.
Todos los años, después de las vacaciones, “este buen señor Joseph”, como lo
llamaban los campesinos sarthenses, debía pronunciar el discurso de apertura
de la sesión del consejo general. Además era el único día en que mi abuelo
tomaba la palabra de una manera imprevista en la orden del día, pero que se
repetía con la regularidad del Delenda est Carthago8 del viejo
Catón. Interrumpía a Caillaux con estas palabras, siempre las mismas:
“¡Señor Presidente, viva Juana de Arco!”.
7 Joseph Caillaux (1863—1944), político y economista, creó
en Francia el impuesto a los réditos, ejemplo que siguieron después casi todos
los demás países.
8 Delenda est Carthago: Hay que destruir Cartago. Palabras
con las cuales Catón el Censor (234-149 a. J. C.) terminaba siempre sus
discursos, fuese cual fuese el tema. La frase completa era en realidad Ceterum,
censeo Carthsginem esse delendam: Además, pienso que hay que destruir Cartago.
Se había convertido en un rito. Los bromistas esperaban el
momento de ese famoso “¡Viva Juana de Arco“!: lanzando contra las encías
radicalmente republicanas de Caillaux. Este jamás digirió tal afrenta. Y quince
años más tarde, en Mamers, su ciudad natal, me confesó su suplicio:
“Ese `Viva Juana de Arco' envenenaba todos mis discursos. Yo
sabía, al comienzo de cada sesión inagural que su abuelo lograría ubicarlo.
Todos mis colegas aguardaban ese momento con ansiedad y placer maligno... Un
día creí que no lo iba a decir. Yo había terminado mi texto. Acababa de
rematarlo con un solemne “¡Viva la República!”, cuando él se puso de pie y
agregó, como continuación de mi discurso: “¡Viva Juana de Arco! ¡Porque es a
ella, la santa de la patria, a quien deben aplaudir!” (Se hablaba entonces de
canonizar a Juana de Arco), Hubo una carcajada general y ningún aplauso. ¡Ese
anciano me había robado mi éxito¡”
Hay que creer que ese “¡Viva Juana de Arco¡” había terminado por
envenenar no sólo los discursos de Caillaux, sino también su vida privada,
pues la persona en cuya casa lo vi en Mamers y que era su amiga bienamada, se
llamaba... ¡Señora Purificación!
La franqueza de mi abuelo exigía reciprocidad. Quería que le
dijesen las cosas de frente. Y ello solía dar pintorescos resultados. Una vez
por año convidaba a su mesa a todos los alcaldes de su distrito. Obligación
política que inmediatamente había aumentado con una doble propaganda: invitaba
al mismo almuerzo a todos los curas de las parroquias de dicho distrito. Al
finalizar uno de esos fantásticos banquetes a los que hoy en día no alcanzan
siquiera a igualar las comidas de bodas provincianas; abundantes y con sabrosos
vinos, se sirvieron bols de agua tibia en los que flotaba una rodaja de limón.
Se trataba de un enjuagadedos, marcando la pausa antes del café. La llegada de
ese inesperado brebaje provocó un pánico entre los buenos curas. ¿Qué podría ser
el líquido muy claro en un bol? ¿Una infusión? ¿No podía ser un caldo? Sus
miradas angustiadas se dirigieron hacia su decano, el cura del vecino pueblo de
Conlie. Éste, después de algunos instantes en que debió implorar la ayuda
divina, tuvo el coraje de llevar el enjuagadedos a sus labios y beberse el
contenido, como si ésa fuese la costumbre. ¡Este gesto heroico fue imitado
inmediatamente por todos los buenos sacerdotes! Al abandonar la mesa, el decano
se acerco a mi abuelo y le hizo un elogio en voz alta:
“Señor Duque, ese almuerzo fue de alta calidad. ¡Qué mesa, la
suya¡
Y bajando la voz:
.. Pero como sé que sólo le gusta la verdad, no me guardará
rencor si le hago un ligero reproche... Bueno... ¡El pequeño grog que nos hizo
servir antes del café, pues bien, era un poco desabrido¡”
Querido abuelo... Con él, todo era maravilloso. Me había
enseñado el arte de ser nieto. Cuando estuvo gravemente enfermo, se negó a
recibir un médico y a tener enfermeros en su casa, en su mansión particular,
esa mansión de la calle de Grenelle, donde se encuentra hoy la embajada de la
U.R.S.S.
—¿Esto te aflige?
—No. Por lo menos, así no la han derribado. ¡Destruyeron tantas
mansiones, con imbécil furia! El ex embajador Vinogradov, que era un hombre
encantador, me escribió un día para informarme que al efectuar unos trabajos,
se había encontrado el escudo de armas en una pared. Bueno, el duque, muy
enfermo pues, exigió ser trasladado al hospital San José, en la sala general.
Allí lanzó el último suspiro, vestido con el hábito de lana burda de la tercera
orden franciscana, que le había traído el duque de Alencon. Murió en medio de
la miseria que siempre había combatido y en la tristeza, él que era tan alegre.
Se podría decir: “Murió como vivió: con gran porte” Considero que es algo
grande. Pues, finalmente, su mayor cualidad (y tendría que ser la primera de la
aristocracia) era la humildad. No confundir con la demagogia de aquellos que
no hacen bastante por los demás ni con la suficiencia de los que hacen
demasiado. Este duque era bueno y justo con los humildes, feroz e implacable
con los de su inundo que lo decepcionaban.
Yo adoraba a mi abuelo. Con el tiempo, lo estimo por esta gran
razón: estaba siempre en su lugar.
—Un aristócrata ¿tiene su lugar en el mundo actual?
—Sí. Si está en su lugar, es un “faro”, uno de los guías de su
generación. Allí está su verdadera misión. Durante siglos, los hombres ganaron
su lugar a punta de espada. Hoy en día, deben batirse con ideas. Creo que
tienen un deber absoluto: no inmovilizarse, no conformarse con haber nacido.
Algunos creyeron que eso bastaba. Es mediocre. Creo en la gente con títulos
cuando no hacen de su nacimiento una actividad. Creo en ellos cuando son
mecenas, príncipes de la ciencia, exploradores, promotores de parques de
diversiones, grandes explotadores agrícolas, en fin, cuando hacen algo que
tiene envergadura, cuando han comprendido que en nuestro mundo que se mueve
deben estar lo más cerca posible de la cabeza del movimiento. Sabemos que poco
a poco el trabajo reemplaza al capital. Hace casi cuarenta años, choqué con mi
padre a causa de esta verdad. El duque no era siempre indulgente y el hecho de
ser coronel de húsares no lo disponía a ser complaciente con los indisciplinados.
Yo era —y sigo siéndolo— indisciplinado. Los jesuitas me enviaban de una de sus
“casas” a otra por este leitmotiv: “Brillante alumno, pero mal espíritu”. Cada
vez, el superior afirmaba a mis padres: “Domaremos a este bribón”. Por lo
tanto cuando, a pesar de sus esfuerzos, anuncié a mi padre: “Quiero escribir”,
su respuesta cimbró como un sablazo:
“Tendrás un oficio serio. Serás oficial de caballería y, si
tienes tiempo, redactarás tus Memorias.”
¡De haberle hecho caso, estaría en la Guardia Republicana! ¿Te
das cuenta? Yo debía estar lívido de miedo al atreverme a contestarle:
“Escribiré, y si mis escritos me producen algo, compraré
caballos.”
No compré caballos, pero creo haber hecho bien al desobedecer a
mi padre. Desde entonces, ello ocurre muy a menudo...
—Finalmente, es al convertirte en Guy des Cars que consideras
tener G derecho de ser también el conde des Cars ¿No es demasiado?
—Ello demuestra simplemente que con mi patronímico creé un
seudónimo. Además, me han apodado “Guy des Gares”, lo cual no me incomoda9.
Ahora siento que está contento. Largó una de esas humoradas que
fastidian a sus enemigos aun más que sus libros. Por décima vez, al menos,
vuelve a encender el pequeño cigarro de hoja que se apaga siempre bajo el
aliento de su verbo. Estamos solos en este escritorio de la calle de Anjou.
Testigo silencioso, el grabador gira. Una cortina de lluvia cae sobre la plaza
Luis XVI, cuyos árboles suben hasta nuestra vista.
9 Guy de las Estaciones: retruécano intraducible, en
realidad. El apodo de Guy des Gares (Guy de las Estaciones) le fue dado porque
sus libros se venden mucho en ellas.
Domingo de otoño, barrio desierto: es un momento tierno para
los recuerdos... No puedo resistir al deseo de sacar algunas fotos amarillentas
y grabados de época para jugar el juego de los retratos de familia.
—¿Y los otros, los antepasados, hay alguno a quien te hubiera
agradado verlo vivir de cerca? Un silencio. Elige.
—Si existiese la máquina del tiempo, hay dos a quienes me
gustaría tener en mi mesa para una comida histórica. El primero es una mujer, y
hasta una gran mujer, ya que prohibió a Moliére y a todo su conjunto, de
representar sus comedias en el Lemosín. El hecho ocurrió hacia 1650. Moliére no
era todavía el animador del conjunto del Ilustre Teatro10. El Rey
Sol no lo había calentado todavía con sus rayos y sus subsidios. Moliere -aún
no ha cumplido los treinta años- llega con sus comediantes a las puertas del Lemosín.
Como todo lo que concierne al teatro es mal visto y sus adeptos son
excomulgados, parece que nuestra antepasada, que era una parienta del gobernador
de la provincia, lo presionó a fin de que Moliere instalara su tablado en otra
parte. Hay que decir que Les Cars, cuna de la familia, es una aldea a unos
treinta kilómetros de Sinoges y que la familia gobernó el Lemosín hasta la
Revolución, fecha en que todos sus representantes perdieron la cabeza, exepto
uno que tuvo el tino de sentir que los Convencionales no perdonarían siete
siglos de talla, de prestación y (tal vez) del derecho de pernada.
—Emigró. ¿Es ésa una actitud noble?.
—¡Es una actitud prudente! Según parece, Moliere no olvidó la
afrenta. Veinte años más tarde se vengó, con la última obra que le encargó Luis
XIV. Fue para el casamiento del príncipe Felipe, hermano menor del rey, con la
princesa Palatina Carlota Elisabeth de Baviera. Al Rey Sol no le desagradaba
“dar un puntapié en el hormiguero de la corte”, es decir ver como se hacia
irrisión de algunos defectos de cortesanos y poner en ridículo las modas. Moliére
escribió pues La Condesa de Escarbagnas, donde pone en escena a nuestra furiosa
dama. Sí, en aquella época des Cars se escribía d'Escars.
La Condesa es un acto en prosa al que se le podría poner el
subtítulo de “Cuadros de un salón de provincia”. poniendo en escena a una
“preciosa” 11 —hoy diríamos una snob— que fastidia a todos
porque estuvo en París y todavía permanece asombrada de haber podido hacer ese
viaje. Refiriéndose a sus vecinos provincianos —Moliere sitúa la escena en
Angulema— exclama: “¿Dónde podrían haber aprendido a vivir? ¡No hicieron ningún
viaje a París!”
Es pues una mujer pedante y pretenciosa. Lo divertido es que el
personaje de la condesa y la obra, creada en Saint—Germain el 2 de diciembre de
1671, sirvieron de modelo a Las Mujeres Sabias, creada un año más tarde, en
1672.
Ignoro si la verdadera condesa vivía aun en esa época y si se
reconoció. Según parece, tenía fama de chicanera. Por nada, por un sí o por un
no, les hacía pleitos a todo el mundo, pero como Moliere se había convertido en
el director de la Troupe du Roy (Conjunto teatral del Rey), seguramente no se
atrevió a quejarse: ¡no se le hacía un pleito a Luis XIV!
Querida Condesa... Ya no se la representa desde 1938, aunque
teóricamente está incluida en el repertorio
10 Nombre del primer conjunto de comediantes formado por
Moliere para la corte de Luis XIV.
11 Preciosa: En el siglo XVII, nombre que denominaba a las
mujeres de alta sociedad y que se distinguían por sus modales afectado: y su
lenguaje muy rebuscado.
del Teatro Francés.12 Moliere la había hecho
representar cuarenta y cinco veces, es decir casi tantas como Las Mujeres
sabias. En doscientos sesenta y siete años, La Condesa sólo subió a escena
seiscientos veinticuatro veces, o sea alrededor de docientos treinta veces por
siglo. No basta para alcanzar la inmortalidad. Pero se vengó: no saludó a
Moliere cuando se programaron los homenajes por el tercer centenario de su
muerte...
—¿A menos que sea Moliere quien se vengó: imponiéndole la
penitencia del olvido?
¿Son rencorosos los des Cars?
—No lo creo. Pero algunos, entre los que me incluyo, tienen
buena memoria...
—¿A propósito de memoria, la gente recuerda mejor a tu otro
invitado a esa cena imposible?
—Los “pies-negros”13 no pueden haberlo olvidado.
Dio Argel a Francia en 1830. Además, somos viejos amigos, él y yo... Su busto
está a pocos pasos de este escritorio, en el comedor...
—¿Podríamos hacerle una pequeña visita? Podrías hablarme de él
frente a él. Y quien sabe, si no está de acuerdo, tal vez proteste...
Luce, sobre un aparador, tallado en bronce. Es él realmente
quien preside los ágapes familiares. —Preséntanos...
—Amadeo, Francisco, Regis de Pérusse, duque des Cars, teniente
general al mando de la 31 división del cuerpo expedicionario del ejército de
África, bajo las órdenes del mariscal de Bourmont14. Francamente —y
como no me parezco a él en absoluto, puedo decirlo— es muy lindo. Boca sensual,
cabellera abundante y rubia, ojos que según parece eran azules como los de mi
padre, patillas discretas. En cuanto a sus condecoraciones sobre el pecho, tiene
el buen gusto de no abusar de ellas.
Ves, nos mira sin severidad pero sin indulgencia. Cada vez que
nuestros ojos se cruzan, pienso en la divisa de la familia —la suya, la
nuestra: “Haz lo que debas, ocurra lo que ocurriere”. Francamente, esta divisa
no me encanta mucho. Hoy en día tiene un aspecto fatalista que me decepciona.
Sólo desde la época de San Luis hasta 1830 este “ocurra lo que ocurriere”
significaba la voluntad de divina. Era, escrito de otra manera “Si Dios
quiere”. En cambio “Haz lo que debas” me agrada mucho. Y nuestro conquistador
hizo lo que debía: conquistó, y por una vez no fue una matanza exagerada. No te
diré de todos modos que fue un paseo de placer. Con sus diez mil hombres, se
dió por entero a su misión.
En cuatro días, del 25 al 29 de junio de 1830, su división
perdió, ella sola, mil combatientes. Siempre reclamaba el honor de estar en
primera fila, y en la toma de Argel sostuvo con frecuencia las posiciones más
difíciles. Encontré —aunque no soy una rata de archivos— una semblanza de él
hecha por el príncipe de Schwartzenberg, hijo del mariscal que encabezaba la
última coalición de 1815.
12 Teatro Francés o Comédie Francaise: Teatro oficial,
situado en París y en el que se representan obras del repertorio clásico. Fue
fundado en 1680 por orden de Luis XIV.
13 Pieds-noirs (pies negros): designación que se da a los
colonos franceses establecidos en África del Norte y que regresaron a Francia
después de la independencia de Argel, convertida en república el 14 de julio de
1962.
14 General conde Luis de Bourmont (1773-1846). Fue el comandante
en jefe del ejército que en 1830 conquistó Argel, convirtiendo este territorio
africano en colonia francesa.
Escribió lo siguiente: “El general merecía completamente el
afecto y la consideración que todos le otorgaban. Bravo frente al enemigo,
amable en sus modales, reunía las cualidades del soldado con las del hombre de
mundo. En los combates, y por la manera como soportaba el cansancio, se lo
hubiera tomado por un granadero. Era un verdadero ejemplo de la antigua
caballería francesa; era honrado aun por aquella parte del ejército cuyas
opiniones políticas lo alejaban más de él. Allí donde el peligro era mayor, daba
el ejemplo del más hermoso valor y las órdenes más sabias. Sabía cuidar la vida
del soldado y exponer la suya.”
Sí, ya sé, es un poco largo, un poco laudatorio, pero al mirarlo
lo imagino muy bien así. Ni bruto ni cobarde... Y cuando Bourmont tomó
oficialmente posesión de Argel, el 3 de julio, se comprometió con el rey de
Argel en varios puntos, especialmente “a respetar a las mujeres de los
habitantes de Argel. El general en jefe toma este compromiso sobre su honor”.
Estoy seguro que el duque des Cars fue muy estricto en el cumplimiento de esta
órden. Sin embargo, pienso que también sabía conquistar los corazones.
¿Será la llama avivada de los recuerdos? Me parece que el rostro
de bronce se animó, iluminado por una sonrisa casi cómplice...
—¿Actualmente, hay todavía conquistadores?
—Ya no queda gran cosa para conquistar por medio de las armas.
Pero existe un país que se está conquistando a sí mismo: Brasil. Desde Manaus
hasta la frontera del Perú y de Colombia, el Amazonas es escenario de una verdadera
conquista del Oeste de la América del Sur. Cosa increíble: acaban de descubrir
un afluente del Amazonas, de quinientos kilómetros de largo. ¡Un río como el
Sena y que nadie conocía! Es fascinante. Es una lección para todos los que
pretenden que estamos mejor informados que hace diez años... Los hombres del
espacio ¿son conquistadores? No lo creo. Hay demasiada técnica y automatismos
en una misión. Tal vez soy injusto, pero después de los primeros pasos sobre la
luna, el entusiasmo, de los millones de terráqueos retenidos por la gravedad,
cayó a cero. Mira, mientras hablamos, el equipo de Skylab está en el aire desde
hace un mes. ¿Quién se preocupa de ello, aparte de los especialistas? Se ha
convertido en rutina, casi una rúbrica como la de los accidentes de tránsito.
¿No te parece chocante, a ti que eres periodista?
—Existe sobre todo una ley terrible: la de la relatividad de la
actualidad. Esta ley se verifica constantemente en los periódicos de
provincia: “Un cartero se ahoga en el Sarthe” puede figurar en primera página
junto a “Tres millones de muertos de hambre en la India” o “Regreso del
Skylab”.
—Tal vez sea por eso, justamente, que esos astronautas no son
conquistadores: estamos siempre al corriente de lo que les sucede. Se los puede
ayudar, se los puede salvar. En cambio, cuando la información no existía, sólo
se conocía el resultado, a menudo con gran retraso. Cuando Stanley y
Livingstone penetraban profundamente en África, el sonido del tambor indígena
no atravesaba el Mediterráneo. Los conquistadores fueron, ante todo, gentes de
quienes se carecía de noticias.. .
—Sin embargo, me parece que tuviste noticias del general, o más
bien, noticias de su estatua...
—Sí. Tristes noticias, por otra parte... Todo había comenzado
bien, si puedo decirlo así, con un decreto presidencial del 28 de mayo de 1912
autorizando la erección del busto del general, a pedido del consejo municipal
de Dély-Ibrahim, por una propuesta del prefecto de Argel y la opinión del
gobernador general de Argel. Dély—Ibrahim es el campo de batalla donde cimentó
su fama l ilustre militar duque des Cars. Había instalado su cuartel general en
un bosquecillo. Con el correr del tiempo, este bosquecillo conoció otras
estrategias, otras tácticas. Los enamorados se sentían seguros en él para
amarse sin testigos. Hasta dicen que el zócalo del busto estaba cubierto de
conmovedoras inscripciones: “Tuyo para toda la vida”, o “Tú y yo”, enmarcadas
en el perímetro de un corazón. En resumen, el general veía la vida color de
rosa...
Al firmar el decreto, el señor Armando Fallieres había
demostrado ser el presidente de una república agradecida por las conquistas
coloniales del rey Carlos X. Republicanos o monárquicos, bajo el sol argelino
todos eran franceses. Ya sabemos que sucedió después. Con el advenimiento de
la República Argelina, el duque des Cars -no fue el único- fue declarado
persona no grata. Su busto había dejado de “conservar en medio de las poblaciones
rurales del Sahel el carácter del noble, distinguido y generoso soldado” para
convertirse en símbolo arrogante de la colonización. El general fue asesinado
en forma póstuma: una sangrienta mañana de la independencia, una bala de
revolver atravesó su busto de bronce. Más tarde, en Argel, quisieron cambiarle
el nombre a la calle des Cars. Desde entonces, en varios países de África desaparecieron
decenas de nombres franceses, aun los de las capitales. Por ej. Fort-Lamy,
capital de la República del Chad se llama ahora Najamena. El único nombre que
escapó a esta revolución cultural es el del general de Gaulle. La independencia
de las naciones se reconoce por sus facultades de darse un nuevo estado civil.
Después de haber sido “asesinado”, el duque fue “exiliado”. Una
escena de intensa emoción tuvo lugar en el patio de un cuartel de los
alrededores de Argel. El coronel del Monclin, jefe del gabinete del general Le
Masson, comandante del cuerpo de Ejército de Argel, había sido encargado de
reunir en Reghaia, en un patio del Estado Mayor, las estatuas y monumentos
transportables erigidos en honor de los conquistadores franceses, todos los
que habían permitido que durante casi ciento treinta años Argelia fuese un
departamento francés y Argel la segunda ciudad de Francia. Aproximadamente unos
treinta hombres. Sus estatuas y sus bustos fueron puestos en fila. Algunos ya
habían sufrido la descolonización. En cierto modo el oficial les paso revista.
Era manera una manera emocionante de pasar lista a los muertos... Parece que
hubo un minuto de silencio ante esos testigos silenciosos, tal sólo cubiertos
por el polvo de su gloria y todos —de bronce o de piedra— decapitados,
mutilados o destrozados pero firmen por última vez bajo el cielo de la Mitidja,
esa amplia llanura argelina rica en cultivos. ¿Pensaban tal vez que la
expedición de Argel había sido efectivamente decidida un 13 de mayo —sí el 13
de mayo de 1830?... Los conquistadores desarmados emprendieron el camino hacia
Francia, que ya no era la metrópolis. El general viajó por cuenta del ejército
hasta Marsella.
Regreso sin boato, casi apresurado, de un duque devuelto
también a su país. Esperó en un cajón el momento de ser retirado de la aduana.
Luego, la familia se ocupó de hacerlo trasladar a París. Su viaje terminó una
mañana en la estación de Batignolles donde se le dio de baja contra entrega de
su papeleta de transporte: Argel—París vía Marsella.
El general estaba en regla, listo para ser jubilado. Y fue
jubilado en el castillo familiar de Sourches, cerca de Le Mans, a pesar de que
había sido convenido que nos correspondía a nosotros tenerlo...
—¿Entonces, sólo heredaste una copia?
—Sí. Su valor histórico es evidentemente escaso, ya que viene
del desván de una vieja tía. Pero, finalmente, creo que prefiero verlo intacto
sin su herida en el costado izquierdo. Nos hizo mucho daño a todos y para
nosotros aun sigue sangrando. Pero nuestro busto conoció una gloria que le
pueda ser envidiada por el original: la de la televisión. Fue en octubre de
1971. Recuerdas, sin duda, que la conocida locutora y animadora Eliane Víctor
me había pedido de hacer la última emisión de la serie: El Invitado del
Domingo. Tuve el placer de reunir en esta representación televisiva a algunos
amigos: Gastón. Bonheau, el historiador Arnaud Chaffanjon, el querido Roger
Cazes, dueño de la inigualable cervecería Lipp a la que suelo concurrir noche
por medio y Enrico Macias.
Sin hacer política —jamás lo hago— tenía deseos de rendir
homenaje al general. Llega el domingo. Transporto el busto al estudio de la
calle Cognacq-Jay. El guardián, desconfiado ante el bronce que no tenía
permiso de entrada, me interroga:
“¿Va usted al almacén de accesorios?”.
—Voy al estudio desde el cual se transmite El invitado del
domingo. Yo soy el invitado...
—Ah, bueno.... ¿Y es suyo, esto? —”¿Esto?”. Sí, es mío. Un
antepasado...
—De todas maneras, llene el formulario. De lo contrario, no
podría llevárselo de vuelta.
La O. R. T. F.15 se había vuelto prudente como
consecuencia de la desaparición de ciertos accesorios. Los instrumentos de
música, especialmente los pianos de cola, tenían tendencia, según me dijeron, a
ser mudados por hábiles rateros de estudios estilo Arséne Lupin.16
Lleno: “Nombre de la emisión, origen del accesorio, destino”.
Doblo el papel y lo pongo en mi bolsillo.
El busto es instalado entre plantas verdes. Se habían previsto
algunas pausas musicales para amenizar el programa. La primera estaba a cargo
de una orquesta compuesta únicamente por mujeres. Conjunto emocionante —uno de
los últimos en su género, que deleitaba a los clientes de la cervecería
Maxéville, en el boulevard Montmartre. Ejecutando sus valses lánguidos bajo la
mirada del duque de bronce, las damas ensayan. Dé pronto, una de las
violinistas, con la vista perdida en el desorden de cables y proyectores, lanza
un breve grito:
—¡Ese es el general des Cars!
Nativa de Argel, la violinista acababa de reconocer a este “pies
negros”, devuelto a su país como ella.
Luego Enrico Macías tuvo el amable gesto de amistad de cantar
una canción de amor inédita. Los camarógrafos encuadraron en una misma imagen
al que París había tomado entre sus brazos con el que había tomado Argel.
Decididamente, el general estaba entre conocidos...
Pero aunque el de actuar en televisión pueda ser algo digno de
envidia, no siempre lo facilita todo. Cuando, cuatro horas más tarde, volví a
encontrarme frente a la casilla del guardián, se había producido un cambio de
equipo. El nuevo responsable, descubriendo el busto, me dijo:
“¿Es un accesorio personal?
—Sí... Lo traje para El Invitado del domingo.
—Yo, desde aquí no veo las emisiones, sabe...” Lógico. Y sin
perder su sentido administrativo, prosiguió:
“¿Tiene que haber llenado un formulario de entrada?” Me hurgo
los bolsillos. Nada que se parezca a una declaración de importación temporal a
la O. R. T. F. ¡Había perdido el papel!
15 O. R. T. F.: Siglas de Organización de Radio y Televisión
Francesas.
16 Famoso personaje de las novelas policiales de Maurice
Leblanc.
“Lo lamento mucho... No lo encuentro... Es una estupidez...
—Ah, señor, es muy fastidioso eso... ¡Tenemos órdenes muy
estrictas!... “
La llegada de uno de los realizadores del programa me salvó...
En la mirada del guardián me pareció ver este comentario
lacónico:
“Otro general que pasa...”
Moraleja: en la televisión como en cualquier otra parte, es
fácil ser célebre, es mucho más difícil ser conocido.
—En tu calidad de “hijo de buena familia”, fuiste naturalmente
educado por los jesuítas. ¿Es un buen recuerdo?
—Doce años pupilo, levantándome a las seis y media, rompiendo el
hielo de los lavatorios por la mañana en invierno, versiones griegas y latinas
de cuatro páginas, pescado no siempre fresco los viernes pero que había que
masticar mientras un alumno leía la vida de un santo, castigos duros y la misa
considerada como una distracción, no constituye, a priori, buenos recuerdos...
Sin embargo, con los “buenos Padres” (en “nuestras Casas” como
dicen los jesuítas cuando hablan de sus instituciones) le tomé gusto... al
teatro. Si en la actualidad una buena revista del Folies Bergére me gusta tanto
como una buena obra de teatro popular, es un poco porque los jesuitas eran
grandes organizadores de espectáculos. Con una maestría digna de Cecil B. de
Mille (“Cecil billete de Mil”, como decía Henri Jeanson) transformaban los buenos
alumnos en malos conjuntos teatrales. Conjuntos cuyo repertorio nada tenía que
envidiar al de las giras por las provincias, que representan, sin tener el
talento ecléctico de la Comédie Francaise, La Pulga en la oreja en matinée y
Ruy Blas en la función de la noche.
Evidentemente, con los jesuítas, hacíamos más bien un teatro de
carácter moralizador.
Mi primer papel —cuando digo primero, es por orden cronológico—
era una modesta aparición en Tarcisius, una tragedia desde luego, cuya trama se
desarrollaba a comienzos de la era cristiana. Tarcisius era una obra
edificante: cinco actos adaptados de una leyenda, ya no recuerdo por quien. Un
joven patricio, Tarcisius, que había sido encargado de llevar la Eucaristía
durante las persecuciones de Nerón, prefería dejarse apedrear por la multitud
de paganos antes que entregar su precioso Tesoro. La acción trasladaba el
espectador a las catacumbas donde el papa Calixto decía una misa, y también al
Foro donde se realizaba una gran fiesta, es decir una especie de ballet
púdicamente pautado por uno de los padres, aconsejado por el monitor de
educación física.
Dije que los buenos alumnos tenían derecho a tomar parte de esas
obras. Pero mi aplicación a los estudios era más bien relajada. Me interesaba
mucho más un proyecto de periódico (que luego se convirtió en el de los Ex—Alumnos)
que los relatos de Jenofonte, las páginas de Tácito o el cuadrado de la
hipotenusa. Por lo tanto nada me destinaba a subir sobre las tablas del
colegio.
En vez de cosechar buenas o malas notas al final de cada
semana, obteníamos... vocales del alfabeto: A, E, I, O. A para los alumnos de
muy buena conducta y muy estudiosos, O para los revoltosos y haraganes, E, I
para los medianos. Debido a mi rebeldía —los jesuitas decían “mal espíritu”—
tenía con frecuencia O, en cierto modo cero. Pero cuando descubrí el pequeño
anuncio colocado en una pared del atrium (locutorio) por el conserje,
anunciando que sólo los alumnos A tendrían un papel en Tarcisius, un súbito
celo me impulsó a realizar esfuerzos muy interesados. Tuve notas mucho
mejores. Logré obtener el derecho a tener una letra A en mi boletín de
calificaciones. Era un milagro, lo cual resultaba muy normal tratándose de una
tragedia cristiana ...
Tragedia de gran espectáculo: ¡éramos más de cien en escena! La
figuración era tanto más numerosa cuanto que era gratuita. El director de
escena que era el presidente de los Ex—Alumnos, un cierto barón de Berwick, nos
reunió para leernos la obra, y una vez terminada la lectura dijo:
Llenaré el papel del papa. ¿Quién quiere ser cristiano?”
Todos los dedos se levantaron.
—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!
—¿Y quien quiere ser pagano?
Un silencio no católico fue la única respuesta. El director de
escena se hizo convincente.
—Vamos, niños ... De todas maneras necesitamos paganos... No
demasiado, por cierto, pero de todas maneras.. .
Su mirada pesada de reproches iba del uno al otro. Prosiguió:
—Bueno. En estas condiciones, voy a designar un voluntario.. .
Y el primer “voluntario” fui yo.
¡Tú! Eres el más pequeño, así estará bien. Pasa a la izquierda,
los cristianos a mi derecha...”
El “papa” se tomaba por Dios Padre. Los cristianos a su derecha,
los paganos a su izquierda; su reparto adquiría sentido de juicio Final.
Una hora antes de la representación, recibimos la órden de ir a
hacernos maquillar.
Con sus manos untuosas, el “papa” en persona esparcía una crema
de base sobre los rostros de los colegiales que se presentaban ante él. Y para
mí, el maquillaje era la clave del teatro. Sin maquillaje, no había teatro. Pierre
Gaxotte, el sonriente académico, contaba que un día, habiendo obsequiado una
platea a su cocinera, ésta no volvió satisfecha de su velada.
“—¿Pero por qué?, le preguntó Pierre Gaxotte. ¿No le agradó la
obra?
—Eso no era teatro, señor. Para mí, el teatro es una reina que
sufre desgracias...”
Fórmula admirable... Pues bien, para mí, en aquella época, el
teatro ante todo actores maquillados. El “make-up” que fue más tarde tan
elaborado en Hollywood era un verdadero pasaporte para las tablas.
—¡Cada cual a su turno! ¡No empujen o los suspendo!” amenazaba
el “papa” para canalizar la marea humana que se apretujaba frente a sus potes
de crema. ¿Una suspensión? ¿Ser suspendido por el “papa” en vez de representar?
¡Habría sido como una excomunión!
Fue el momento en que el muchacho queme seguía me dio un
golpecito en el hombro. Me volví.
—¿Eres pagano, tú?, me preguntó con desconfianza.
—Sí... ¿Tú, no?
—¡Yo soy cristiano! ¡Entonces, paso antes que tú! Los paganos
son maquillados después de los cristianos...”
De cristiano en cristiano tuve que retroceder hasta el final de
la fila.
Cuando finalmente llegué ante “Su Santidad”, me dio una palmada
amistosa semejante a la de la Confirmación y me confesó:
“No tengo más crema de base ... Pero eres tan moreno que no
necesitas maquillaje... Saldrá bien, no te preocupes.” ¡Ya no había crema de
base! Sentí la rabia subirme al pecho. Era demasiado: ¡había cedido mi lugar
y, como pagano, me habían perseguido! ¡El colmo! ¡Representar sin estar
maquillado, qué verguenza! Toda la gente, es decir mis padres, mi familia, toda
la gente me iba a reconocer...
Mi papel era mudo y no aparecía mucho en escena. Esto me hace
pensar en el famoso sketch de Fernand Raynaud, la historia del alabardero en
un sombrío drama que dice: ¡Sólo aparecía en el quinto acto!
Sin embargo, a pesar de la ausencia de texto, tenía —si así
puedo expresarlo— algo qué decir: con una mímica indicaba a la multitud que
Tarcisius era cristiano. Lo denunciaba. Y cuando ese momento de gran suspenso
llegó puse toda mi rabia de chiquillo afligido en mi gesto de delación ... Y
más tarde me vengué del barón que me había perseguido diciendo que era por
cierto el peor papa que jamás había visto en escena...
El teatro se había convertido en una ocupación privilegiada
para un pequeño grupo del que yo formaba parte. Nuestro interés por los
estudios era intermitente. En cuanto era cuestión de una nueva obra, abandonaba
provisoriamente la zona de O para integrar la de A. Así, tomé parte en La Bella
Elena, púdicamente transformada en Viaje de Aquiles. Era realmente la historia
de una aventura, pero no se asemejaba mucho a la imaginada por Meilhac y
Halévy. Hasta los chispeantes estribillos y la alegre música de Offenbach
habían sido “arreglados” por el profesor de música. Mucho mas tarde, cuando ví
la obra íntegramente, experimenté ciertas sorpresas.
También representé Esther y Athalie... en “travesti” A los
jesuitas parecía gustarles con locura los disfraces. Representé (es una locura,
todo lo que representé) L' Gendre de Monsieur Poirier (El yerno del Señor
Poirier) sin su hija. Había sido reemplazada por un. “hermano” cuyo papel era
perfectamente grotesco. El colmo de los colmos fue sin duda la adorable
Triple-patte de Tristan Bernard: ¡todos los papeles femeninos habían sido suprimidos!
¡Cuándo pienso que hoy hay gente que se queja de la censura! En
aquella época se podría haber constituido una nueva S.P.A. (Sociedad de
Protección a los Autores) pues a algunos les habría resultado difícil reconocer
su prosa o sus versos en esas versiones adaptadas, atenuadas y asexuadas. Otros
habrían sin duda quedado encantados ser representado en los patronatos no
dejaba de ser una referencia.
—Todo esto constituye buenos recuerdos...
—Ahora sí, pero en aquel momento, yo lo tomaba todo muy en
serio.
—¿De todos modos no fuiste al conservatorio?
—Ni pensarlo... Y mi padre, enterado de mis inclinaciones por
lo que no era aun la vida de artista, me dijo un día:
“Los estudios, está muy bien, pero necesitas un oficio manual.”
Y mi hermano y yo tomamos lecciones de zapatería y de carpintería.
Ello ocurría en Saint-Symphorien, esa aldea sarthense donde nos
sentimos en familia, a dos kilómetros del castillo. Temamos: unos diez años de
edad y durante tres veranos, he trabajado con artesanos de la aldea. Inútil
decirte que estábamos encantados ¡Nos sentíamos útiles y veíamos el resultado
de nuestros esfuerzos. Logré hacer un par de galochas, esos calzados de madera
que vienen desde el fondo de nuestra historia ya que la galocha era el calzado
o el sueco galo... Y me sentí muy orgulloso de colgar ese par junto a los
otros, colgados a un hilo en la pared del taller que olía a cuero y a cola.
Esos tres años de trabajos prácticos de vacaciones fueron
recompensados por un certificado de aprendiz zapatero. Es mi más hermoso
diploma. Mi hermano se interesaba más por el trabajo en madera.
El carpintero, que trabajaba para todos, hacía también los
ataúdes. Era realmente apasionante. Adorábamos verlo preparar modelos
diferentes, de diversos tamaños. Y un día llegamos horriblemente retrasados
para almorzar en Sourches. Era espantoso. Ya habían tocado la campana. Mi
padre, que no aguantaba tener hambre, ya estaba en la mesa y nos recibió
glacialmente.
“¿Por qué están retrasados? El carpintero sabe muy bien que
tienen que estar a la hora. .. “, rugió.
No tuvimos necesidad de mentir.
“Padre (sólo tuve derecho a tratarlo de usted cuando llegué a la
mayoría de edad) es debido al entierro del cafetero...”
Mi padre se puso lívido. Para el duque des Cars no era una
razón.
“¿Cómo?
—Pero es la verdad... Hace un rato que lo enterraron. Fuimos al
cementerio... Era normal. Es que, en gran parte, nosotros habíamos fabricado su
ataúd...”
La noche cae, con el silencio. Pero el museo de sus recuerdos
está siempre abierto. Para la memoria no hay hora ni día. En el otro extremo de
la habitación, entre dos ventanas, se destaca un retrato en pie. Inmenso,
magnífico. Un retrato de mujer. Tiene el porte de una gran dama. Tenemos la
impresión de haberla conocido en una novela de Proust. Es bella. Inmensos ojos
negros le devoran el rostro, un rostro de jovencita. Pero el talle ajustado en
un vestido severo revela que ya es una mujer.
—¿Miras a mamá? Fue una de las mujeres más hermosas de su
tiempo. Un tiempo, además, en que la moda vestía admirablemente a todas las
mujeres. Ese retrato —realizado en 1903— me inspiró una novela: La Impostora.
Cuando yo era un niño y miraba ese cuadro. me parecía que mamá representaba
tener más edad que en la realidad. Era todavía la época en que la mujer de
treinta años era una mujer más que madura. Veinte años más tarde, al mirar este
mismo retrato, tuve la impresión que mi madre había rejuvenecido. Entretanto
todas las mujeres habían aprendido a hacer trampa con su edad y con su
belleza. La Impostora es una mujer que ha dejado de envejecer, es decir que a
los cincuenta años puede aparentar treinta y cinco.
—Creo que esta hermosa dama venía de muy lejos...
—Sí. Llegaba literalmente del extremo del mundo, de un país que
pocos franceses conocen, pero que algunos han levantado hasta las nubes cuando
intervino en una aventura política desastrosa. Por otra parte, los mismos
intentaron recientemente de movilizar la intelligentsia para acudir en su
auxilio: el país se equivocaba de revolución. ¡Pues bien, sí! Es Chile. Mamá
era chilena y en virtud a esta lejana nacionalidad, tuve la oportunidad de
descubrir una América del Sur fabulosa, Y sin embargo, fui enviado allá “en
exilio'.. .
—¿De todos modos no era un presidio?
—¡Era el paraíso! Sólo te hablaré del Chile que conocí. No se
hacían revoluciones sino cosas mucho más agradables, en un marco que me parece
ser uno de los más bellos del mundo.
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Antepasados a quienes profeso gran cariño. Un conquistador: el
General duque des Cars. En 1830 ocupó Argel (una de cuyas calles llevó su
nombre) y fue el primero en entrar en la ciudad. Para hacer conocer esta
victoria al resto del Ejército de Afrecha uno de sus soldadas improviso una
bandera atada a su camisa a una rama de higuera. La recuperó hecha jirones.
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Una mujer admirable: la duquesa de Tourzel. Llamada por Luis XVI
y María ira ocupar el cargo de gobernanta de los príncipes reales, el Delfín
Royale, fue entre 1789 y 1795, un testigo de primer plano de la Realeza.
Durante la desdichada huida a Varennes en 1791, por fajaba con un pasaporte a
nombre de la baronesa de Korf. En el ato a ella, el rey se hacía pasar por su
mayordomo y la reina por su lama. Sus memorias constituyen un apasionante
reportaje.
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Sourches, en el departamento del Sarthe, en la época en que mi
hermano y yo vivíamos allí con nuestros padres. Más tarde fue el árbol del
patio de honor, el castillo permanece invicto y habitable, los sótanos son
inmensos: durante la Segunda Guerra Mundial, el Museo del depositó durante
varios meses en ellos algunos cuadros famosos como La de la Medusa, de
Géricault y numerosas obras de Delacroix.
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La aventura comenzó en... Nancy. Teóricamente, yo estudiaba derecho.
En la década de 1930 el derecho era un biombo tras el cual se amparaban muchos
hijos de buena familia que no sabían muy bien qué hacer y cuyos padres tampoco
sabían qué hacer. Como mi padre me había dado ocho días para elegir una
carrera, simulé darme por vencido. Pero yo sabía muy bien que quería escribir,
aunque no actas notariales... Tendría pues una coartada oficial al mismo tiempo
que mantenía mis sueños secretos. Felizmente, mis estudios se desarrollaban más
en las cervecerías que en las aulas magnas. ¿Qué importancia podía tener de
saber que en derecho romano existía una diferencia entre el matrimonio cum
manu y el matrimonio sine manu? Para mí, ninguna. Cada día era testigo de un
impresionante número de matrimonios por detrás de la iglesia. A fuerza de
vivir en una atmósfera de matrimonios, me enamore. Algunas buenas lenguas
informaron a mi padre. El informe fue agravado por resultados de exámenes
particularmente desastrosos.
Como de costumbre, el duque tomó inmediatamente una decisión:
¡Hijo mío, basta¡ Te vas a marchar muy lejos. Y espero que este
alejamiento te haga tomar la vida en serio. Tienes veinticuatro horas para
preparar tu equipaje...”
Lo dijo con su tono militar habitual. Era una orden que excluía
toda réplica. Pero ese día, yo no tuve deseos de contestarle. Pasé una noche de
fiebre: ¡partía hacia Chile¡ ¡A veinte mil kilómetros de Lorena! Tuve algunas
lágrimas para mis amigas y para mis noches pasadas en garabatear versos de
revistas o cuentos sobre la mesa de una cervecería, entre chops y platos de
fiambres. Prosa alimenticia, en cierto modo, que entonces sólo me producía
sueños de gloria... ¡Pero allí estaba la aventura! Partir tras las huellas de
Pizarro, atravesar la Cordillera de los Andes, contemplar la Cruz del Sur,
bañarse en el Pacífico: ¡todo eso era fabuloso! Por otra parte, el viaje tan
bien lo era, desde luego, pues en esa época los medios d transporte satisfacían
el placer de viajar. Daban el tiempo de tener la impresión de estar viajando...
¡Una impresión exquisita que la velocidad de los Boeing ha borrado casi por
completo, actualmente! Hoy se experimenta una frustración... Sólo algunos sacos
postales tomaba el avión. La Aeropostal había sido creada, pero “la línea aun
no llevaba pasajeros. Para mí: barco hasta Buenos Aires, ferrocarril de Buenos
Aires a Santiago; en resumen varias semanas de viaje. Aproximadamente, la
expedición tenía el ritmo de la de los conquistadores.
—¿Cual fue tu primer “impacto” de América del Su¡
—Brasil, pues Río fue la primera escala del Conte Verde, un
paquebote italiano en el que había sido embarcado. Pero Río ha sido descrito
tantas veces que no podría decirte nada que no sepas. En el momento fue en
Santo: el puerto de Sáo Paulo, donde experimenté una gran in presión. Santos
era uno de los grandes centros de explotación del café. En las dársenas,
centenares de negros descargaban trenes enteros de café y llenaban los barcos
con destinos a Europa. En los muelles, un espantoso olor a café impregnaba las
narices. Y observé que todas las locomotoras de los trenes de pasajeros iban en
la parte posterior del convoy. La explicación era simple: como Europa n podía
vender más carbón al Brasil, las locomotoras eran alimentadas con café. Pero el
olor era tan fuerte que par no incomodar a los viajeros, las máquinas empujaban
le vagones en vez de arrastrarlos.
—El abuelo de los botines alrededor del cuello hubiera estado
encantado...
—¡Seguramente! Sobre todo en Buenos Aires encontré, una
literatura ferroviaria. La librería francesa había dedicado una vidriera
íntegra a La Madona de los coches-cama. Sentí la necesidad de entrar. El
librero, señor Benavides, era encantador, regordete y con anteojos con montura
de oro...
“¡Ah! ¡señor! ¡Cuanto me alegro de ver un francés!...”
Lo felicité por su carencia de acento español.
“Es que, me dijo, leo mucho en vuestra lengua.
—¿Y cuales son sus autores preferidos?
—Vamos, no cabe la menor duda: ¡los dos más grandes, es decir
Maurice Dekobra y Balzac!
Observa el orden de la elección. Me recuerda una anécdota
reciente. Una noche, yendo con mi coche por puerta Maillot, no me detengo
cuando el semáforo tenía luz amarilla. Me silba un agente en moto a quien yo no
había visto. Adopto una actitud afligida, sinceramente apesadumbrado. Le doy a
entender que no volveré a hacerlo... No hay caso. Tengo que pagar la multa.
Algunos lías más tarde, un amigo inteligente que además es productor de
audiciones literarias en la radio y en la televisión, Pierre Lhoste, se
encontraba en un café-restaurant le Val-de-Marne. Vive al lado y va con
frecuencia allí, por las tardes, cuando la sala está vacía, para leer algún
libro a fin de preparar sus programas.
La patrona se le acerca y le dice:
¿Ah, señor Lhoste, usted que ve a los escritores, tal vez conoce
a Guy des Cars?
—Lo conozco muy bien. ¿Por qué?
—Usted sabe que Fernando, mi esposo, es agente de tránsito
motorizado. ¡Y le hizo una boleta a Guy des Cars! Por un semáforo con luz roja!
—Pero... ¿No veo lo que puedo hacer?
—¡Señor Lhoste, es espantoso! ¡Es mi autor favorito! ¡Sólo leo a
Guy des Cars! Antes, me gustaba Balzac...
De todas maneras...
¡Y era verdad! ... La mujer del agente tenía todos mis libros,
es decir, unos treinta. Se los dediqué durante una maravillosa comida
organizada por Pierre Lhost.
—¿Y la multa? Era un poco como un autógrafo d agente de
tránsito...
—¡La pagué! Pero finalmente, yo soy quien salió ganancioso:
había encontrado una lectora incondicional. Desafío a cualquier colega
pretender que esto no es una verdadera satisfacción...
—¿Y respecto a Chile? ¿Dónde quedamos?
—Nos estamos acercando... a sesenta kilómetros p/ hora. En tren,
desde luego. Pero, ¡que tren! Tal vez se menos célebre que el Transiberiano,
pero es de la misa raza, y aunque realiza un trayecto mucho más corto,
pertenece a la misma familia. Es el Trasandino, que une Buenos Aires con
Santiago de Chile... Mil quinientos kilómetros a través de la pampa de los
gauchos y los trágicos Andes de Mermoz y de Guillaumet. Veintiséis horas de
humo y de garganta seca (porque en aquella época la vía no poseía balasto) para
llegar a Mendoza, al pié de los Andes, esa barrera de siete mil metros de
altura segundo techo del mundo después del Himalaya.
En Mendoza cambié de tren: la vía de montaña o a cremallera y
trocha angosta. En mi compartimiento, un hombre elegante y que no para de
hablarme de la Argentina desde hace varias horas —los bueyes, los gauchos,
tango— saca un cajoncito rectangular y lo coloca sobre sus rodillas como un
tesoro frágil. Subimos lentamente una locomotora adelante, otra atrás. De vez
en cuando horribles chirridos inmovilizan el convoy. Hay cabras que traen la
hierba amarillenta que crece entre los durmientes. Todo pasa en familia. Los
pasajeros bajan, golpe. las manos, gritan, espantan los rebaños. El tren vuelve
ponerse en marcha.
Señalando con su índice hacía la cordillera, mi vecino me dice
sencillamente estas palabras:
“¡El rey!”
Se trata realmente de un rey. El rey de los Andes, el Aconcagua,
segunda cumbre del mundo después del Everest y que se aproxima a los siete mil
metros. El panorama s fantástico. Cúspides heladas a pérdida de vista; todas
tienen cinco mil metros y aun más.
No noté que mi vecino había abierto su cajoncito para atar del
mismo... ¡una botella de champaña! De chamaca francesa, envuelta en una hoja
de La Prensa, el gran diario de Buenos Aires. Mi asombro lo divierte. Me explica,
en español:
“Dentro de cinco minutos entraremos en un túnel. La travesía
dura media hora. Al llegar exactamente al medio, usted oirá un timbre. Es la
frontera. Estaremos en Chile. Cada vez que paso, bebo champaña para acelerar
la reconciliación de mi país, la Argentina, con Chile. No está muy fresco, pero
no importa. Mire: ahí tiene el Cristo de los Andes. Esta estatua colosal ha
sido erigida para celebrar, también, esta reconciliación.”
Apenas terminó de hablar, ya estábamos en la obscuridad.
Teníamos rocas de cinco mil metros de altura por encima de nuestras cabezas y
ninguna luz en el compartimento. Pero el argentino me encendió su encendedor.
La dama me permitía ver sus mangas blancas. Estaba atareado en destapar la
botella. Sacó dos vasitos de metal y me tendió uno en el momento en que, en el
estrépito ampliado de esos vagones de madera que corrían bajo la cordillera, un
timbre - accionado por el paso del tren, dominó esos ruidos sordos.
“Permítame darle la bienvenida a Chile, el país de su padre.
¡Salud, amor y pesetas!”
Y agregó: “Y el tiempo para gustarlas.”
Me sentí muy emocionado. La champaña —no era excelente ni
helada— se me anudó en la garganta. Ya no espera ha más que una sola cosa:
salir del túnel.
Cuando ello ocurrió no tuve la impresión de estar el un país
soleado sino más bien en la brumas inglesas, en lo alrededores de Manchester.
¡Estábamos negros! Las mangas blancas tenían el color de una vieja frazada
gastada pelada. Pero era feérico. Allí estaba la extraordinaria luminosidad de
los Andes. A nuestra derecha teníamos el “lago de los Incas”, antiguo cráter
cuya profundidad es aún desconocida y cuyas aguas verdes inmóviles reflejan los
glaciares del Aconcagua.
La primera estación chilena apareció como una bendición: hacía
treinta y dos horas que viajábamos.
Mi amable compañero me sugirió bajar al andén par,
desentumecernos, lo cual nos recalentaría un poco.
“Tenemos tiempo: la máquina está tan seca como nosotros. Pero a
ella, le dan agua.”
Me palmeó el hombro riendo. De pronto me miró serio.
“¡Hombre! ¿Quiere usted escribir historias? Voy a contarle una
auténtica. Ocurrió aquí mismo... ¿ Le agradaría escucharla?”
Moría de deseos de contarle. Y yo me consideraba muy afortunado:
nada es mejor, cuando se descubre un país como escucha un relato en el mismo
lugar en que lo han vivido sus protagonistas. ¡No quise perder esta
posibilidad!
“La estación donde estamos se encuentra a cuatro kilómetros de
una pequeña ciudad aislada: Altamasco. Alguna casas, una sola posada. Hace unos
diez años, llegué aquí con algunos amigos. Habíamos venido a cazar torcaza:
grande y única distracción del lugar. Fue una noche espantosa pesada en
compañía de chinches y ratas. Nos apretujábamos los unos contra los otros, casi
asfixiados por la estufa que despedía más que calor. Al alba nos fuimos a la
plaza de la ciudad para respirar un aire helado, pero puro.
No había nadie en las calles. Pregunté al posadero:
“¿Dónde están los habitantes?
“—¡Ah señor! Altamasco está de duelo. Pedro, un guapo muchacho,
fue asesinado dos días atrás y lo entierran esta mañana.”
“En efecto, algunos instantes más tarde, un ataúd llevado por
seis hombres y seguido por una multitud silenciosa pasó ante nosotros. El
posadero me dijo en voz baja:
“Ese ataúd... ¡Es un cajón maldito!
“¿Maldito?
“Me hizo señas para que me callara antes de señalar a una mujer
con el rostro velado por su mantilla, y murmuró:
“¡Conchita!
“¿Su viuda?
“—No...
`Ante las miradas terribles de mis vecinos, desaparecí. Por la
noche, después de la caza, sentado ante un tazón de mate el posadero habló:
`Pedro tenía treinta años. Era jefe y único empleado de esta
estación desde hace cinco años. Cinco años en la soledad de los Andes, cinco
años viviendo un poco dos veces por semana: los martes y los viernes, cuando ve
y vuelve el Trasandino. Pedro, pues, había tenido tiempo de enamorarse de
Conchita, la muchacha más linda de Altamasco, pero llegó un aventurero español
llamado Fernando Claro. Tenía los bolsillos atiborrados de pesos. Conchita,
ambiciosa, se apresuró en conquistarlo y él se casó con ella. Y cuando las
campanas de la misión nos llamaron a todos para asistir a la boda, Pedro fue
el único ausente.
“Pasaron los meses.
“Un martes, el jefe del tren grita a Pedro:
“¡Hay tres encomiendas para Altamasco! ¡Y qué encomiendas!
“¿Tres encomiendas? Pedro estaba asombrado. En cinco años jamás
había habido una remesa tan importante. La primera era un cajón precintado
dirigido a la modesta sucursal del Banco de Chile en Altamasco.
“Vamos, fírmame el recibo, Pedro. Es dinero. Fuera de broma:
guárdalo en un lugar seguro antes de llevarlo al banco.”
La segunda era una nota inglesa, procedente de Londres, nueva y
dirigida a... ¡Fernando Claro! El español iba a seguir deslumbrando a los
habitantes de Altamasco con su máquina...
“Sólo con ver la tercera encomienda Pedro quedó tan entupefacto
como lo había estado el jefe del tren. Destinatario: señor Alviras, carpintero
y sepultero de la ciudad. Era un ataúd.
¿Acaso Alviras no tiene más madera para hacer un ataúd?,
preguntó el jefe del tren. No sé...
“—En todo caso es pesado y sin embargo, está vacío: lo probé
anoche, en el furgón de equipajes. Es muy confortable: un gran modelo...
Bueno, Pedro, hasta el viernes... ¡Hasta luego!
“ El silencio de los Andes cayó nuevamente sobre la estación.
“Pedro comenzó por guardar el cajoncito del banco en el único
mueble donde conservaba sus más preciados bienes: algunos billetes, dos
brazaletes que su madre le había dejado al morir y una vieja fotografía
requebrajada de Conchita.
“Al admirar la moto comprueba que sale un poco de nafta del
tanque. ¡Pero está prohibido por el reglamento!, piensa Pedro. ¿Cómo pudieron,
en Santiago, registrar la moto con el tanque lleno? “ Misterio ... De todas
maneras hay que avisar al destinatario. Y el destinatario es Fernando, su
rival... Pero al fin de cuentas, Pedro bendice la llegada de esta moto: en casa
del español quizá tenga suerte de ver a Conchita. Aprovechará el viaje para
avisar al banco y al señor Alviras. Aunque seguramente este último no podrá
venir a buscar su ataúd antes del domingo...
“En el camino a Altamasco, Pedro se detiene de pronto. Busca en
sus bolsillos. ¡Olvidó el recibo del banco! Lo dejó en su cofre... Da media
vuelta. La sala de espera está oscura. El ataúd está allí. En el momento en que
pasa por delante, Pedro oye un leve ruido que parece provenir del mismo. Al
mismo tiempo su pierna derecha tropieza con un objeto invisible. Da un salto
para evitarlo y sólo tiene tiempo de ver una mano que desaparece dentro del
ataúd... ¡Madre de Dios! La tapa vuelve a su lugar. Con las sienes
palpitándole, Pedro corre a buscar su caja de herramientas y se sienta,
enloquecido, sobre el ataúd cuya tapa comienza a clavar con grandes martillazos.
Siente por debajo de él que algo hace un esfuerzo por levantar la tabla, pero
muy pronto, la resistencia cede. El que está oculto allí cayó en la trampa...
Sudoroso, Pedro corre a la ciudad. Una hora más tarde un grupo de hombres se
acerca a la estación encabezado por Pedro y el jefe de los carabineros. Todos
los hombres están armarlos exepto uno que trae su maletín: es el médico.
Rodean el ataúd. Después de dos minutos de silencio total, el carabinero
ordena:
“¡Desclava, Pedro!
“Los clavos saltan, uno tras otro. Alguien sostiene una
linterna: un hombre inmóvil aparece acostado en el ataúd. Su rostro
convulsionado es horrible. ¡Es Fernando! Estupor entre todos los presentes. El
médico se inclina sobre el pecho de Fernando. Está muerto. Pero todos observan
que su mano derecha tiene fuertemente apretado un puñal.. .
“Cuando regresan a la ciudad, el jefe de los carabineros, lleva
el cajon del banco, dos de sus hombres cargan el ataúd mucho más liviano ahora,
otros dos instalaron el cuerpo sobre una camilla improvisada. Pedro está enloquecido:
parece que esa visión de horror lo hubiese anonadado.
“Al día siguiente, todo Altamasco estaba alterado. Pedro
repetía a los carabineros: ¡Yo no maté a Fernando! Sólo encerré a un hombre.
Tuve miedo. No sabía quien era. ¡Lo juro!”
“El puñal del muerto aboga en favor de Pedro: legítima defensa.
“El juez de instrucción, que vino especialmente de Santiago por
el tren del viernes siguiente dictó un sobreseimiento. El caso sólo fue
conocido con todos sus detalles, un año más tarde. Fernando siempre había
conseguido dinero por medios dudosos. Conchita, muy gastadora, acrecentó sus
necesidades. Pidió un préstamo al director de la sucursal del Banco de Chile.
Éste, imprudente, dijo a Fernando que justamente esperaba una importante
llegada de fondos procedente de Santiago con el próximo Trasandino. Fernando
sabía que en ese mismo tren se hallaba su moto encargada seis meses antes.
Desde entonces, su plan es simple. Anuncia a Conchita que se va a cazar
torcazas. Va hasta Guenosca, la última estación antes de Altamasco; allí el
Trasandino se detiene dos minutos. Aprovecha que el jefe del tren está
conversando con el jefe de estación para escabullirse adentro del vagón de
equipajes. Ve su moto pero no repara enseguida en el cajoncito, probablemente
guardado aparte. ¡Vaya, un ataúd! ... ¿Vacío? ¿Para Altamasco? ¿No es acaso el
escondite ideal para él? Lamentablemente, algunos minutos antes de Altamasco y
cuando Fernando va está instalado en él, el jefe del tren coloca una cuerda
alrededor del ataúd para mantener la tapa... Por eso fue que Pedro vio esa mano
que trataba de cortar la cuerda... Si Fernando lo hubiese logrado, tal vez
habría huido en la motocicleta con el cajoncito por el paso de los Andes para
llegar a la Argentina. . .
“¿Pero Pedro? ¿Cómo murió?
“¡Ah, ah!... ¿le gusta mi historia?, me dijo el argentino.
“No está completa: falta el final, la muerte de Pedro...
“Todavía tenemos algunos minutos... Venga a la sala de espera...
Es importante, para ambientarnos...”
“Entramos en la única sala de la estación. Creí que encontraría
la atmósfera de misterio imprescindible para el crimen. El lugar era vulgar,
desnudo, con paredes blanqueadas. Continuó:
“Sí, ya sé... Decepciona un poco. La compañía refaccionó todo
hace dos años... Después de esta aventura, Pedro adquirió una increíble
popularidad. Y Conchita empezó a verlo de nuevo. ¡Extraña mujer, esta Conchita!
Había pedido al magistrado la autorización de conservar el puñal hallado en la
mano de su esposo y el ataúd que el carpintero le vendió muy gustoso: ninguna
familia lo habría querido para ninguno de sus muertos. El magistrado aceptó
con la condición que conservara intactos el puñal y el ataúd para ponerlos a
disposición de la justicia en caso necesario.
“Y así vivió durante un año. Toda la ciudad le decía:
“¡Conchita, estás local ¡Líbrate de esos recuerdos macabros!” En vez de
contestar, sus ojos lanzaban relámpagos. Una tarde de otoño vino a la estación
acompañada por su fiel amiga Luz. La sala —esta sala donde estamos estaba
oscura. ¿Había salido Pedro? No. Pedro estaba extendido junto a la pared, con
los brazos en cruz, la cabeza vuelta hacia el muro, el puñal plantado hasta el
mango en el corazón... ¡El puñal de Fernando! ¿Se imagina el estupor de la
gente de aquí? ¡Pedro asesinado! Como no tenía recursos, Conchita ofreció el
ataúd a su vez amante, para que Pedro no fuese enterrado en la fosa común... La
estación se volvió maldita. Las ancianas, en una increíble mezcla de
misticismo cristiano y leyendas indígenas, se pusieron a rezar en voz alta. Los
ojos sombríos decían de miedo, del diablo o de los malos espíritus. La gente
estaba tan impresionada que uno de mis compañeros de caza quiso, durante el trayecto
de regreso, encontrar una explicación al crimen. Y no vaciló en decirnos con la
mayor seriedad del mundo: “Fernando, el legítimo dueño del puñal salió de su
tumba para recuperar su arma y vengarse hincándola en el corazón de su rival”.
Es esta una explicación que no hubiera desaprobado Merimée, el autor de la
famosa novela “Carmen” ...
¿Era cierto? ¿Era, pues, la verdad?
—A mi modo de ver, la verdad era aun más chilena. Conchita sólo
se había casado con Fernando para dejar el desierto helado de los Andes. No lo
amaba. pero era su marido. Y Pedro le había quitado esa posibilidad... Por lo
tanto, Pedro debía morir a su vez. Entonces, diabólica como lo son todas las
mujeres y especialmente las chilenas, reanudó sus relaciones con Pedro. Al ser
nuevamente su amante, logró disipar su desconfianza. Y como clamaba a voz en
cuello su felicidad de haber encontrado otra vez el único verdadero amor de su
vida, todo Altamasco pensó que jamás habría tenido que abandonar a un muchacho
como Pedro... Pero una noche, tal vez en el momento en que iban a abrazarse, lo
apuñaló. Para ella, esto sólo fue el comienzo de la venganza. La apoteosis
tuvo lugar cuando siguió el ataúd por segunda vez ... Pero ese día nadie vio su
rostro que mantuvo íntegramente disimulado bajo la mantilla... Una mañana tomó
el Trasandino en dirección a la Argentina. Jamás se la volvió a ver.. .
—¿Y la encuesta?
—No dio resultado. Ninguna prueba. Caso archivado. Su única
consecuencia fue que durante años la compañía no pudo conseguir un jefe de
estación... Sólo hace dos años que la estación ha vuelto a ser habilitada. El
nuevo jefe vino con toda su familia compuesta por sus dos hijos y un primo.
Pero la compañía de los Ferrocarriles Chilenos tuvo que instalarle esa casa
que está del otro lado de la vía y, además, vaciar esta sala y borrar de ella
toda impresión lúgubre...
El argentino me observaba. Podía alegrarse de su efecto. Yo
estaba fascinado.
Un silbato me arrancó de mis ensoñaciones...
“¿Venga, amigo, supongo que no querrá perder el tren y quedarse
usted también en la estación maldita?
Francamente, creo que me habría agradado pasar en ella por lo
menos una noche...
—¿Si lo comprendo bien, esta historia tuvo cierta influencia en
tus proyectos?
—¡Una enorme influencia) Confirmaba mis gustos que se resumían
en un verbo: escribir. Ya sabía que escribirá historias parecidas a ésta,
verídica, de Altamasco; es decir, aventuras en las que el amor ocuparía el
primer lugar. Una historia en la que el amor está constantemente en filigrana,
es una novela... Además, trasladé esta historia a un cuento, La estación del
crimen, y Conchita se convirtió en una de las heroínas de mi novela Siete
Mujeres.
—Llegabas a un Chile muy romántico. ¿Acaso la realidad no era
menos atrayente?
—¡Por el contrario) Esta historia me pareció casi vulgar después
de haber pasado algunos meses en ese país donde todo es posible. Porque nada es
exagerado en un país de terremotos y de mujeres admirables...
—Has visto cómo vive Chile. ¿Pero, has vivido como un chileno?
—Me esforcé por hacerlo. ¿De otro modo, dónde estaría el
interés del viaje? Además, no me costó un gran esfuerzo ya que gracias a mi
madre el cincuenta por ciento de mi sangre es chilena. El instinto manda... Me
adapté al ritmo chileno, comí cocina chilena, leí los diarios chilenos,
compartí la vida de mis numerosos primos chilenos. Eso me convenía mucho porque
en Santiago habían comprendido desde hace largo tiempo que es mejor trabajar
pronto y bien que lentamente y mal. En el momento en que llegué. Santiago era
una mezcla de rascacielos neoyorquinos y de casas de una sola planta. Las
avenidas tienen dimensiones californianas. Yo vivía en la Alameda de las
Delicias n° 1656; la Alameda es una arteria de seis kilómetros de largo.
Los habitantes eran como las habitaciones: extremos... Muy
ricos o muy pobres. Por una parte, grandes propietarios rurales, banqueros,
industriales. La familia Edwards —la de mi madre— pertenecía a esta categoría.
Por la otra, el roto chileno, pueblo bajo cuya ignorancia y miseria
sobrepasaban entonces todo cuanto podrá imaginarse en Europa. En aquella
época, la pequeña burguesía, sin la cual las verdaderas revoluciones no pueden
estallar, no estaba todavía muy desarrollada. Cuando se la encontraba, era de
origen alemán o francés. Comí varias veces en la casa de un cierto señor von
Schoeders. A pesar de su nombre era almirante de la armada chilena. El Bolívar
chileno, hacia 1820, se llamaba O'Higgins. Y no se puede decir que el general
Pinochet tenga un apellido que evoca el Pacífico del Sur...
Cierta atmósfera de inseguridad bañaba los días y las noches.
Una noche de diciembre, en un lujo insólito, un banquete reunía dos mil
cubiertos. Una personalidad política con quien me había encontrado aquella
misma tarde me dijo: “Esta noche se teme un atentado con una bomba.”
A las veintidós, todo un despliegue de fuerzas protege los
accesos del Club de la Unían, el Jockey Club de Santiago, no muy lejos del
palacio de la Moneda, la casa de gobierno chilena, que fue bombardeada en
septiembre último. Un escuadrón de jinetes muy impresionantes, los Carabineros
de Chile, montaba la guardia. Una multitud hostil es contenida a distancia. Cada
mujer con vestido de fiesta que baja de un coche es injuriada. Los insultos
llegan desde los grupos apiñados. Algunas invitadas se asustan y se apresuran a
penetrar bajo el porche; otras, con real coraje, hacen frente sonriendo. A las
doce menos diez de la noche, en una terraza desde la que se domina a Santiago,
y en un ambiente tenso, termina la cena. De pronto, en la calle suena una débil
detonación. Hay pánico. Mesas volcadas, gritos de mujeres, todos corren hacia
los ascensores. Pero el tiro permanece aislado. No hay ráfagas ni bombas. Con
mucho trabajo, el personal del comedor hace renacer la calma gritando: “¡No es
nada! Es un petardo lanzado por un niño!” Increíblemente, el miedo desaparece
enseguida. Una especie de inconsciencia transforma el falso tumulto en
animadísima reunión de gala. Mucho tiempo después el primo que me acompañaba me
reveló que el petardo era realmente una bomba cuyo fulminante había fallado y
la explosión no había matado siquiera a un gato. Y agregó:
“¡Por suerte! ¡Pues si hubiese explotado, habrías visto de lo
que es capaz la multitud chilena! ¡Es espantoso!
—Todas las multitudes son ciegas...
—Aquí, es peor. En Chile, la multitud va desde la
despreocupación hasta el fanatismo. ¿Sabes lo que sucedió durante el último
terremoto de Valparaíso? En el teatro estaban representando El Abate
Constantino. El sismo tuvo lugar en plena función. Las paredes se derrumbaron.
el escenario se abrió en dos, decenas de espectadores fueros aplastados.
Centenares de ellos se encontraron en la calle llena de grietas con los actores
vestidos con la ropa de sus personajes y, entre ellos, el que hacía el papel
protagónico del abate Constantino. Evidentemente, tenía una sotana. Algunas
mujeres lo vieron y corrieron hacia él suplicándole de darles la absolución.
El pobre actor clamaba su incompetencia diciendo: “¡Soy un actor! ¡No soy un
sacerdote) ¡Déjenme tranquilo!” Pero todas las casas seguían derrumbándose
como castillos de naipes. La calle era un abismo. Las mujeres, enloquecidas,
seguían acosándolo: “¡Piedad! ¡La absolución!” El “sacerdote”, apretujado y
empujado, trataba de librarse de ellas; su sotana estaba hecha jirones. Después
de una verdadera lucha logró por fin soltarse, trepó entonces los peldaños de
la escalinata de la catedral y, frente a la muchedumbre frenética, comenzó,
temblando, a esbozar gestos de bendición absolventes para esos centenares de
personas de hinojos que creían vivir el fin del mundo... ¿Te das cuenta lo que
es la multitud chilena?
—Me doy cuenta que en Chile, como en cualquier otra parte, sólo
la fe es lo que salva. .. “
La miseria chilena se asemejaba a la de Nápoles: daba lugar a
hurtos y robos organizados por bandas de chiquillos controladas por algún
adulto. Era, imposible dejar un auto estacionado en el centro de Santiago
—aunque no fuese más que por diez minutos— sin dejarlo al cuidado de uno de
esos chicos de grandes ojos negros. No era extraño encontrar al muchacho todo
ensangrentado: había tenido que pelear con otros muchachitos que querían robar
algo del coche, generalmente el tapón del radiador. Este accesorio era llevado
a los dueños de garajes que daban un peso al chiquillo y pedían cinco a quien
se lo quisiese comprar. La sonrisa con qué exhibían su colección de tapones no
necesitaba comentarios. Para luchar contra ese comercio lucrativo, floreciente
sobre todo de noche, los automovilistas habían tomado la costumbre de sacar el
tapón al estacionar su auto y ponérselo en el bolsillo. Resultaba realmente un
espectáculo curioso todos esos caballeros vestidos de frac o de smoking con los
bolsillos abultados, deformados, Fernand Raynaud habría dicho que tenían “algo
así como un defecto”.
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Mis padres en
1903. Se conocieron en un baile. En aquella velada, de máscaras se hallaban
presentes todos los extranjeros de paso por París, ataviados con sus trajes
nacionales. Mi padre no había querido ver de cerca a "las bellas forasteras".
Pero en plena noche, sus amigos lo despertaron, lo obligaron a vestirse de
gala gritándole: "¡Hemos encontrado a la que será su esposa! ¡Es
espléndida!" Y mi padre quedó atónito de bailar el vals con una "salvaje":
mi madre, procedente de Chile, cubierta de alhajas de plata y adornos de pluma,
lucía un traje de india araucana. Mi padre se enamoró instantáneamente de ella.
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En la época en
que estudiaba en la escuela de los Jesuítas era calificado como "buen
alumno pero mal espíritu" porque había fundado un diario clandestino que
sigue existiendo y se convirtió en el periódico de los ex-alumnos. Ese
"mal espíritu" me valió ser trasladado a varias "casas" de
los buenos Padres.
Los jesuítas
adoraban montar obras de teatro. Aquí, en Franklin, en junio de 1922, los
afortunados alumnos que representaban Tarcisius, un sombrío
drama cristiano. Como yo era muy moreno (primera fila, tercero desde la
derecha), tenía un alma negra: desempeñaba él papel de un vil pagano que
denuncia a un catecúmeno.
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—¿No era Chile entero que tenía “algo así como un defecto”?
—¡Me doy cuenta lo que quieres decir! No me corresponde a mí
responder a preguntas de política, ni siquiera a alusiones. ¡Nunca hice
política, jamás la haré! Ello no me impide tener una opinión que tal vez
sorprendería a muchos de mis lectores. Pero no me leen por eso. Tienen razón.
Mi tarea consiste tan sólo en distraerlos, ofreciéndoles una evasión; lo cual,
en nuestra época, no está del todo mal.
—Formulemos la pregunta de otra manera: los acontecimientos
recientes, sin embargo, ¿te han impresionado?
—Me entristecieron sin sorprenderme: la mitad de mi sangre
reaccionó ya, Chile es realmente mi segunda patria. Por eso, al contrario de
los periodistas que han solido contar tan sólo lo que les han dicho, preferí
callar y sufrir en silencio. Además, hacía mucho tiempo que Chile estaba
enfermo, mucho tiempo que, personalmente, yo pensaba que eso terminaría mal...
Cuando los grandes latifundios fueron parcelados por las leyes de Allende, la
tierra fue repartida entre los campesinos pero no se les dio los medios de
cultivarla. Esa es la causa de los fracasos, de un cierto desapego de la
tierra. Muchas cosas surgieron de ello.
—¿Y ese ejército chileno que desempeñó el papen de árbitro en
una situación política que parecía bastante inexplicable qué piensas de él?
—Es un verdadero ejército, porque son militares de carrera. Sin
embargo, durante muchos años supo mantener su lugar, que es asegurar la defensa
del país, y sin hacer política.
—No obstante la junta, representa todos los poderes políticos
ejercidos por el ejército..
—Estoy convencido que, si en vez de un gobierno de izquierda
hubiese sido un gobierno de extrema derecha el que habría conducido el país a
la ruina, el ejército chileno hubiera obrado de la misma manera. Chile es la
primera nación iberoamericana que, desde 1830, puso el ejército al servicio del
derecho y del orden.
—Se ha dicho y se ha escrito, se ha visto que ese ejército
desfilaba como el antiguo ejército alemán, con paso de ganso y que en cierta
época, hasta había usado el casco con pico...
—Es exacto. ¿Y sabes por qué? Por culpa de un error de Francia.
—¿Eso es novela?
—Eso es la vedad, una verdad que muchos periodistas olvidaron de
recordar. Remontémonos hasta antes de la guerra de 1914-1918... En aquella
época, tu bisabuelo materno, Agustín Edwards, que era presidente del Senado
chileno y uno de los hombres políticos más importantes del país, quería, en un
todo de acuerdo con su gobierno, modernizar el ejército chileno... Entonces
sólo existían dos grandes ejércitos en el mundo: el ejército francés y el
alemán. Primero se dirigió a Francia pidiéndole enviar a su país ochenta
jóvenes oficiales, —treinta de infantería, veinte de caballería, veinte de
artillería y diez marinos, las cuatro armas de la época pues la aviación no
existía aún—, recientemente egresados de las respectivas escuelas militares de
Saint—Cyr, Saumur, Fontainebleau y de la Escuela naval, para que viniesen como
oficiales instructores durante tres años con un sueldo, pagado por Chile,
equivalente al de un coronel del ejército francés (aunque la mayoría de ellos
en realidad sólo tenían el grado de teniente) ; este sueldo sería agregado a
numerosas ventajas de vida:
Ello ocurría en 1911, el año de mi nacimiento. El presidente del
Consejo francés era entonces aquel mismo Joseph Caillaux de quien ya hemos
hablado a propósito de otro de tus bisabuelos, el hombre “de los botines colgados
alrededor de su cuello”, el que repetía “¡Viva Juana de Arco l”
Joseph Caillaux contestó a mi abuelo chileno, con una carta muy
cortés, que tuve el placer de leer y que se conserva cuidadosamente en Chile.
Escribía que el gobierno de la IIIP República se sentía muy complacida del
honor que se le hacía al ejército francés pero que, lamentablemente, Francia
no podía separarse de uno solo de sus jóvenes oficiales pues tenía muchos
motivos para temer un conflicto inminente con una gran potencia europea.
Esto ocurría en el momento del incidente de Agadir. La cañonera
alemana Panther había ido a hacer una demostración de fuerza frente a las
costas marroquíes. Luego Alemania había dejado Marruecos en virtud de la
cesión, por parte de Francia, de una porción del territorio del Congo. Pero en
realidad, Caillaux, que odiaba a Inglaterra y siempre había manifestado
sentimientos germanáfilos, pensaba sinceramente, creo, que estábamos al borde
de una nueva guerra contra Inglaterra.
El gobierno chileno, muy decepcionado de semejante respuesta de
Francia, se dirigió al otro país que tenía un gran ejército: Alemania. El
Kaiser Guillermo II no perdió un segundo: inmediatamente hizo salir de sus
grandes escuelas militares los ochenta oficiales instructores solicitados para
formar el nuevo ejército chileno. Y desembarcaron en Chile, jóvenes, hermosos,
rubios, arrogantes, con monóculo, agasajados y recibidos en la mejor sociedad,
casi como dioses de la guerra. .. Cuantas veces he oído a mis propias tías, las
hermanas menores de mi madre, contarme que “¡Era espantoso bailar con esos
oficiales alemanes que bailaban el vals sin abandonar sus sables!”
—¿Habrá sido el respeto por el sable o el prestigio de los
uniformes? Muchas de esas jóvenes chilenas, muy morenas, se casaron con esos
jóvenes alemanes quienes, después de haber terminado su período de instructores
se quedaron en Chile y —con la anuencia del Kaiser adoptaron la nacionalidad
chilena para convertirse en auténticos “oficiales chilenos”. Por eso si alguna
vez llegas tú también a ir a Chile, verás que es un país donde hay muchas
mujeres morenas, pero también admirables rubias con grandes ojos negros... La
raza de los guerreros germánicos con las descendientes de los conquistadores
sólo podía dar felices resultados...
Sobrevino la guerra de 1914 y con ella la aparición, en las
aguas territoriales de Chile, de la famosa escuadra del Graf von Spee. Sin
embargo, Chile había permanecido intencionalmente neutral pues proveía salitre,
ese polvo imprescindible entonces para las armas de fuego, tanto a los aliados
franco—ingleses como a los alemanes.
Von Spee, aristócrata de gran linaje así como excelente marino,
estaba al frente de cinco cruceros de batalla los cuales, durante los primeros
tiempos de la guerra mundial, arrasaron el Pacífico Sur echando a pique a todos
los navíos cargados de tropas procedentes de Australia o de la India para
socorrer a la metrópolis inglesa, así como a los barcos de carga que llevaban
abastecimientos. Era muy grave. Tan catastrófico que el joven Winston Churchill,
que era entonces Primer lord del Almirantazgo, se sintió conmovido.
Su emoción era tanto más comprensible por cuanto era
prácticamente imposible librar batalla contra la famosa escuadra enemiga. En
cuanto von Spee había cumplido su tarea destructora, iba a toda máquina a
refugiarse en el acogedor puerto de Valparaíso donde, en territorio neutro,
podía “carbonear” a sus anchas (el mazut no existía entonces) , abastecerse de
todo y permitir a sus valientes tripulantes descansar un poco. Para esos
marinos, Valparaíso era, como lo indica su nombre, “el valle del Paraíso”.
Lo que arregló las cosas para los aliados fue que tu propio tío
abuelo, el hermano de mi madre que también fue mi primo, Agustín Edwards, hijo
del presidente del Senado (todos los hijos mayores de esta familia, de origen.
inglés, llevan el nombre de Agustín) , se encontraba en la Embajada de Chile en
Londres y era uno de los más grandes amigos de Winston Churchill. Éste le
comunicó sus preocupaciones respecto al Pacífico Sur. Y ambos amigos
decidieron enviar, redactado en código ultra secreto, un telegrama al gobierno
chileno expresándole que si no tomaba la decisión de obligar al almirante von
Spee a dejar el puerto de Valparaíso dentro de las próximas seis semanas, los
aliados ingleses y franceses no vacilarían en declarar la guerra a Chile.
Era un ultimátum amparado tras un nuevo “telegrama de Ems”17.
Pues no era la verdad realmente... No sólo los aliados no tenían la intención
de romper con Chile, país neutral, cuyo buen salitre les era imprescindible
para sus cañones, sino que tampoco tenían un sólo hombre de tropa para enviar
allá, ya que los suyos estaban muy ocupados en el frente norte y en los
Dardanelos. El famoso telegrama había sido íntegramente fabricado por Churchill
y retransmitido por su cómplice, mi padrino, gracias a la vía diplomática.
De todas maneras produjo tal efecto que von Spee se vio obligado
a obedecer las órdenes del gobierno chileno.
Seis semanas más tarde sus cruceros !levaban el ancla y
abandonaban Valparaíso. . Pero lo que el almirante alemán ignoraba —lo mismo
que el gobierno chileno— e a que ese plazo de seis semanas era exactamente el
que necesitaban los coraceros y cruceros de la Home Fleet para llegar al
Pacífico Sur pasando por el Estrecho de Magallanes .. .
17 En julio de 1870 fue redactado en la ciudad de Ems el telegrama
enviado por Bismarck declarando la guerra a Francia.
Allí estaban los pesados acorazados del almirante Cradock,
venidos en el mayor secreto y esperando la escuadra de von Spee a su salida de
las aguas territoriales chilenas, apuntándola con sus cañones de 350... Era el
19 de noviembre de 1914. Fue la fantástica batalla naval de Coronel donde la
supremacía alemana en el Pacífico Sur fue consolidada por la derrota de la
escuadra inglesa. Sin embargo, también hubo pérdidas del lado alemán. Algunas
familias chilenas se vieron enlutadas. ¿Cómo extrañarse de ello? Si en 1911
Francia hubiese enviado a Chile los jóvenes oficiales que este país le había
pedido, creo que hubiese habido pocas posibilidades de que la escuadra de von
Spee viniese a abastecerse y a descansar en la hospitalaria bahía de
Valparaíso. Además, aquel pasado tiene aun resonancias actuales ya que el
cónsul alemán en Santiago, Dr. Bohmuller entregó recientemente a uno de los
generales de la junta un cheque de 25.000 Deutsche Mark obsequiado por la Union
para la Amistad Germano—Chilena... ¿Qué te parece?
—Me parece que me habría gustado tenerte como profesor de
historia... Pero no alcanzo a darme cuenta que papel representó en este caso tu
otro abuelo, el duque de los botines...
—A eso voy... La derrota alemana tuvo lugar el 11 de noviembre
de 1918 y, en 1920, Joseph Caillaux compareció ante la Corte Suprema y fue
condenado por “correspondencia con el enemigo durante la guerra”. Después de
haberle sido concedida la amnistía en 1924, volvió a ser ministro de Finanzas
en 1925... ¡Sí! Francia no es tan rencorosa. Mi abuelo paterno tenía buena
memoria.
Encontrándose con Joseph Caillaux en 1920 en el andén de la
estación de Le Mans después que éste fuera condenado, le dijo:
“Señor Presidente, estoy desolado de cuanto acaba de ocurrirle,
pero no me sorprende: en 1911, cuando se negó a enviar instructores franceses
para el ejército chileno, era porque usted estaba convencido que íbamos a tener
otra guerra contra los ingleses... Entonces, confiese que no le gustan los
ingleses.”
Y como Caillaux permanecía callado, prosiguió:
“A mi tampoco me gustan los ingleses...
—¿A usted, señor duque, por qué?
—¡Porque quemaron a Juana de Arco! Continúo: fue pues con una
clara impresión de tranquilidad que dejé Santiago para marcharme al sur.
Quería vivir en un fundo, el equivalente chileno de la estancia argentina. El
fundo es una propiedad inmensa, pocas veces inferior a dos mil hectáreas y que
suele tener hasta cinco mil, animada por los huasos, esos cowboys de
Sudamérica, aislados del mundo bajo su sombrero y arrebujados en su poncho
cuando sopla fuerte el viento de la Cordillera. Como su émulo del Far West, el
huaso es inseparable de su caballo. También tiene una mujer que usa seis faldas
y tres pañoletas con flecos sobre los hombros. Una mujer que adora todo lo que
brilla porque cree que las alhajas de oro y de plata están hechas para retener
los rayos del sol y para entrechocarse a cada paso.
La campiña chilena es el país de los grandes espacios. Es allí
donde mejor está representado ese territorio, que vemos muy largo en los atlas,
y que se estira hacia Tierra del Fuego y el Estrecho de Magallanes. ¡Tiene
apenas ciento cincuenta kilómetros de ancho por cuatro mil de largo!
Arrinconados entre los Andes y el Pacífico, resignados a comer una magra
hierba de sabana, las ovejas de la Compañía lanera se contaban por millones,
descendientes de las veinte mil que habían sido importadas en ese desierto
desde Australia, a principios del siglo. Yo estaba en el corazón de esos
fundos. Había un gran mapa que tenía, pinchados, minúsculos banderines
numerados. Representaban el lugar exacto donde, cada día, se encontraba un
rebaño. Era una mañana de verano, Eran las ocho. Uno de los directores de la
compañía me mostró un banderín. Llevaba el n° 73.
“Es el rebaño más cercano de nosotros, me dijo. Está a siete
horas de marcha (en oveja—kilómetro/hora) . —¿Cómo puede estar tan seguro? —Lo
sabemos...”
A los diez minutos, un pequeño avión (con un motor Ford, creo)
despegó hacia el sur. Veinte minutos más tarde, el piloto regresó confirmando
que el rebaño n° 73, compuesto de diez mil cabezas, se hallaba en el lugar
indicado. Le pregunté:
“¿Y cómo traen de vuelta a todos esos animales?
—Aquí, ignoramos la existencia de pastores. Sólo tenemos los
perros. Trabajan de a dos. Ya va a ver el resultado.”
Desde la perrera hizo largar dos perros, de pelo corto, también
importados de Australia. Eran, según me explicaron, perros de “enlace” que
sólo conocían al rebaño n° 73. Los vi salir corriendo hacia el horizonte,
volverse dos pequeños puntos negros y desaparecer. Su llegada al rebaño
avisaría a los perros de guardia los cuales jamás dejaban ese rebaño. Y las ovejas
se pondrían en marcha hacia la casa principal donde estábamos. Llegarían en el
tiempo previsto, con tolerancia de una hora más o menos.
Pasé todo el día a caballo y por la noche, hacia las diecinueve,
se produjo el milagro. Casi súbitamente, el horizonte pareció oscurecerse. Una
especie de gigantesca nube de polvo. un viento de arena inesperada, se dirigió
hacia nosotros. Cuarenta mil patas de ovejas hollabas el suelo oscuro. La masa
ondulante avanzaba como una inmensa ola. Las ovejas color gris antracita se
habían vuelto blancas.
“El polvo desaparece cuando se los esquila”, me dijo un
especialista.
Y esto no era nada: ¡algunos rebaños caminaban veinte días y
veinte noches!
Y en estas grandes maniobras de la lana, no se encontraba un
solo ser humano. Sin atropellarse, sin error y sin daños, millares de ovejas
tenían por únicos guías a sus perros. Fue la primera vez de mi vida en que tuve
realmente la impresión que el hombre, si quisiera, podría ser un director de
orquesta invisible.
—¿Cómo dejaste Chile?
—De la misma manera que había venido: a causa de una mujer...
¡Incorregible!
—Para corregirme ya era demasiado tarde. Me marché después de
haber permanecido un tiempo en Valparaíso, el gran puerto del Pacífico, especie
de San Francisco de la América del Sur. Allí, hice una buena provisión de
historias, de leyendas y de cuentos de los mares del sur, relatados con un
talento innato por Papá Vengotchea, viejo lobo de mar descendiente de los
primeros vascos emigrados, personaje al estilo de Jack London. Sentaba sus
reales en una mala taberna de hermoso nombre: La Luz del Mundo. Esta “Luz del
Mundo” era ante todo una torre de Babel. Se oía hablar todos los idiomas. Papá
Vengotchea daba el ejemplo: relataba sus historias en una jerga
hispano—francesa, blasfemaba en holandés y bebía, seguramente, como un polaco.
Pasé con él mis últimos momentos en Chile. Volviendo de Viña del Mar —el
espléndido balneario chileno— donde había apreciado la tez idealmente morena de
las señoritas, encontré un telegrama de Francia. Otra vez, mis sentimientos no
satisfacían a mi padre. Una vez más había tenido otras noticias que las que yo
le enviaba. “Reserva tu pasaje en próximo barco para Europa. Es tiempo que
regreses para hacer tu servicio militar. Peter”.
Así era como mi padre firmaba siempre los telegramas que me
enviaba. Sin duda para obligarme a no perder el poco latín que había conservado
de mis numerosas versiones latinas hechas con los jesuitas... Mi tristeza
divirtió mucho a Papá Vengotchea.
“¡Pero felizmente te has enamorado!, exclamó. Nuestras chicas
son bellas. Están hechas para ser amadas. A los veinte años, hay que estar
loco. ¡De lo contrario, no se tiene veinte años! ... “
Y con acento más grave, me hizo esta observación, entre dos
volutas de humo arrojadas por su corta pipa de barro:
“Si todos los hombres que han atravesado los mares pudiesen
decir la verdadera causa de su partida, en el muelle siempre se encontraría a
una mujer..:”
Mi enfermedad de amor debía ser muy leve: al llegar a Cuba ya me
había sanado. Es cierto que en aquella época La Habana tenía una sólida fama de
Babilonia del Caribe. Era poco antes que un pequeño coronel regordete,
Fulgencio Batista, se convirtiese en dictador de Cuba, el mismo que Fidel
Castro depuso durante la noche del 19 de enero de 1959. En el tiempo de mi
escala todos los comercios eran prósperos en La Habana y los americanos eran
bienvenidos. Cada día, un navío blanco de la United Fruit volcaba su contingente
de multimillonarios quienes, después de haber resistido a la crisis económica,
se habían embarcado en Miami. Huyendo de las secuelas de la prohibición, venían
a saborear el buen rhum que mezclaban sin escrúpulos con el whisky. Cuba
estaba podrida por el dinero. Era la isla de todos los placeres.
En el centro de La Habana, en cuanto llegaba la noche, las
calles se transformaban en verdaderos lupanares al aire libre. Las muchachas
casi desnudas se vendían en racimos. Y para llegar a sus fines, habían
aprendido el arte de ocultar parcialmente sus rostros bajo pequeños velos. Ello
permitía adivinar sus ojos sólo con ver sus bocas... Método de encanto que era
un preludio al que emplean habitualmente las bellas de hoy —y aun las menos.
Lo cierto es que, en cuanto se trata de mujeres en el mundo, se
encuentra la influencia francesa. Olvidemos los dancings de pesada atmósfera
donde el olor a rhum daba náuseas y donde la rumba derrengaba todos los
cuerpos, bodegones que llevaban el nombre de Moulin-Rouge o Sass-Souci. Son
demasiado conocidos. En cambio, era menos conocido el tráfico muy folklórico
de films franceses exhibidos en salas de baja categoría. Mi chófer de taxi me
ponderaba esas películas especiales. Y como le contestaba en castellano, simuló
tomarme por un sudamericano, agregando:
“Señor, tendría que ir a ver uno de esos films franceses... Las
actrices son hermosas y hacen cosas tan extraordinarias!”
Era tentador. Hasta era imposible no ir, como sería inconcebible
que un francés que vaya hoy a Bangkok y no gustase las delicias de los
“institutos de masaje”, y esto siempre gracias a la complicidad de un chófer de
taxi. Bueno, me dejé llevar a una de esas oficinas de ensueños...
—¿Preocupado por documentarte?
¡Por curiosidad, hijo mío! ¡Y sobre todo no digas que no
hubieras hecho como tu padre! Seamos francos: mi sorpresa fue total... El film
anunciado afuera era un clásico: ya lo había visto en París cinco años antes.
Supongamos que era un largo metraje de la clase de un Pagnol, de un Feyder o
de un Renoir. Las pocas fotos resquebrajadas exhibidas afuera sólo mostraban
vedettes célebres en Francia. Pero viendo todos esos hombres muy excitados que
penetraban en el extraño establecimiento, supuse que debía haber un misterio,
otra razón de éxito.
Entré con los elogiosos comentarios de mi chófer quien, él mismo
se había adjudicado un substancioso “porcentaje” sobre el precio del trayecto.
“¡No lo lamentará, señor! ¡Ya verá)”
Y vi. La función comenzaba. Al principio, nada excepcional. Era
realmente un film que había visto en París. Pero muy pronto se volvió imposible
de reconocer. Los actores, desnudos, y sin que la acción lo exigiese, hacían el
amor con una convicción salvaje que provocaba la histeria de los espectadores
electrizados por lo que acontecía en la pantalla. ¡Y lo que acontecía! Luego
el joven galán, tipo Charles Boyer, y la enamorada, del tipo de Danielle
Darrieux, volvían a verse vestidos no se sabía como. Algunos planos inocentes
y, ¡hop!, otra vez Sodoma y Gomorra se introducían en el argumento original.
¡Era asombroso)
—Yo estaba desconcertado! Las secuencias pornográficas se
sucedían cada cinco minutos con una insistencia agotadora. Un solo detalle lo
explicaba todo. En las escenas “atrevidas”, jamás se veía el rostro de los
actores. Sólo se podía apreciar la parte de su cuerpo que era lo único que
importaba en esos grandes momentos de acción directa... Piratas de nuevo género
habían cortado los films para intercalar entre dos escenas originales secuencias
“representadas” por personas por cierto muy talentosas pero que nada tenían
que ver con nuestras vedettes. He ahí por qué toda una generación de actores y
actrices franceses tenían en Cuba una fama de la que no sospechaban. ¡Y eran
célebres porque su talento llegaba hasta por debajo del ombligo) Una manera
astuta de evitar los problemas de doblaje y de subtítulos ...
—¿Le contaste todo eso a tu familia?
—No. ¡No tenía la intención de agravar mi caso! Piensa que Cuba
tuvo durante mucho tiempo esa fama de ciudad muy libre... Aun después de la
guerra, mientras varias capitales del placer se habían hundido en la sobriedad
de costumbres, La Habana seguía manteniendo muy alto la antorcha de la
licencia. Cuando Batista dio su segundo golpe de estado en marzo de 1952,
prometió “librar la isla del gangsterismo bajo todas sus formas”. Lo que
sucedió fue todo lo contrario: lupanares, cines cochinos, el vicio y la
corrupción llegaron a una expansión máxima.. .
El final de mi viaje fue más descansado. A bordo de la nave
Reina del Pacífico, barco de la Pacific Steam, se veía que Inglaterra seguía
siendo la dueña de los mares. El contingente de damas octogenarias viudas,
procedentes de algún lugar de Mayfair o de Sussex, agregando a la comida
hervida y desabrida, no incitaban mucho a hacer picardías. Salvo, tal vez, por
abnegación en alguna isla desierta, después de un naufragio. . .
En ese barco conocí a un hombre muy fino y muy extraño: uno de
esos espíritus encantadores que en todas partes se encuentran cómodos y son
curiosos de saberlo todo. Era Noel Coward, el Sacha Guitry inglés, que dejó
brillantes comedias, entre ¡las cuales se encuentran esos Amantes terribles que
recientemente tuvieron mucho éxito en París. Entre la caoba y los mullidos
sillones del bar, Noel Coward hablaba. Para mí fue delicioso...
“¿Conoce usted la mejor historia inglesa de la América del
Sur?, me preguntó.
—No, pero presiento que no demoraré en conocerla. .. “
Hizo una señal al camarero del bar, que se acercó: “¿Sir?
—¿Quiere, tener la gentileza de prestarme por algunos instantes
el mapa que me mostró el otro día?”
El marero sacó de un armario una carta enrrollada de América del
Sur. dibujada a fines del siglo XIX. Un mapa estrictamente inglés.
“¿Qué nota?”, me preguntó Coward.
Saltaba a la vista: Bolivia no figuraba en el mapa. O más bien,
en su lugar, se leía una palabra inesperada: “Desierto”.
“¡Es increíble!”
—¿Verdad? Figúrese que cuando nosotros (naturalmente, se trata
de Inglaterra) quisimos trabar serias relaciones comerciales con ese país,
nuestro representante fue muy recibido. Lo pasearon sobre un asno y,
circunstancia agravante, ¡con la cara mirando hacia la cola del animal! Hubo
un incidente diplomático. Según la opinión de muchos ingleses, tendríamos que
haberle declarado la guerra. Ustedes, los franceses, ¿no lo hicieron acaso por
un golpe de abanico dado a vuestro cónsul de Argel? Nuestra venganza fue más
discreta. Talentosos y activos cartógrafos, inspirados por sentimientos de
indignación, consideraron que Bolivia era tan solo un país de salvajes.
Suprimieron su nombre del mapa y pusieron el “desierto” que usted ve...
Evidentemente, con las fantásticas riquezas en minas de estaño y la posición
de la familia Patiño, el Foreing Office trató de hacer desaparecer todos los
mapas piratas como éste. El barman se niega a vendérmelo... Tiene razón.
Bolivia podría decidir a su vez que este “desierto” es un insulto y llevar la
mayor parte de su estaño a otro lugar que no sea Liverpool. Ya ve, es un
documento histórico que todavía podría acarrear problemas. .. “
Noel Coward, cuya misoginia era famosa, me inspiró una obra de
teatro. Ello venía bien: yo sentía el deseo de descansar antes de regresar a
Francia. Hacía varios meses que no había escrito nada. Ya no daba más. Por lo
tanto me encerré durante doce días y doce noches en mi camarote. El resultado
fue una comedia: Crucero para damas solas. Evidentemente, no había ido a sacar
el argumento más lejos de la cubierta superior del barco. Pero la historia de
un soltero empedernido que se embarca en un navío que hace la vuelta al mundo
para huir de las mujeres y se encuentra frente a una jauría de viudas alegres
o histéricas, encerrado en su prisión flotante, me divertía. Un año más tarde
el tema divirtió también al director de un teatro parisiense. Debía tener
pocos manuscritos. Para mi mayor sorpresa, Crucero para damas solas se
representó ciento quince veces, es decir durante cuatro meses en el teatro de
la Potinieri. Pequeño teatro, pequeño éxito. Pero saqué la conclusión que las
obras escritas más a prisa no son siempre las peores.
—Pero antes de eso estuviste, según la órden de tu padre, “bajo
banderas”...
—Mas bien estuve bajo los sarcasmos y las fajinas. Debo
reconocer que lo tenía todo para degradar a mis jefes y, sobre todo, a mis
sub-jefes. Primero, al ser enviado al regimiento 30 de dragones de Metz,
comuniqué mi pesar a un buen sacerdote, el abate Vidis, entonces vicario de San
Pedro de Chaillot. “¿Pero por qué, mi pequeño Guy? ¡Está muy bien, los
dragones!”, me aseguraba. Siempre me había llamado “mi pequeño Guy”. Metz no me
encantaba. Había esperado poder ingresar al ler. regimiento de caballería de
Alencon, que era el sucesor del 14° de húsares. diezmado durante la Guerra
Mundial. Esa unidad había sido comandada por el coronel de Hautecloque, tío de
Leclerc. Y sobre todo, mi padre había sido su jefe de escuadrón. “¡Ah! ¡pero
nuestro encuentro resulta maravilloso!” exclamó el abate. Y lleno de unción,
agregó bajando el tono de su voz: Yo me encargo de ello. Voy inmediatamente a
confesar al subsecretario de estado del ministerio de Guerra... ¡Su penitencia
no será tres avemarías, sino la obligación imperiosa de transferirlo de los
dragones a los húsares! Mientras no lo haga, no tendrá mi absolución más que en
forma “condicional”.
Ya te imaginas que mi situación de cambio, ocho días más tarde,
no incitaba a mis nuevos superiores a esperarme con un comité de recepción.
Tenía la triple culpa de ser recomendado, de tener, según el médico—mayor “un
apellido—que—se—destornilla” y de ser “intelectual”. ¡Era demasiado!
Desde el momento de mi llegada caí entre las garras del
suboficial en jefe. Podría haber sido bautizado por Courteline, el autor de
obras cómicas: se llamaba Troussecoc. Jamás olvidaré la primera órden que
recibí de él: ¿Usted estudió derecho, bellas letras? O sea, mucha teoría. ¡No
me gusta! ¡Entretanto, vaya a hacer un poco de practica barriendo las hojas
secas del patio del cuartel¡”
Te juro que cumplí la órden con idéntica conciencia de todos los
profesionales de la escoba. Pero según Troussecoc, mi tarea era lamentable.
Dos horas más tarde me dijo, rojo de rabia:
“¿Quién le enseñó a manejar una escoba?
—¡Nadie, mi teniente! (coquetería de los suboficiales en jefe de
caballería, se hacía llamar “mi teniente”)
—¡Ya se vé! rugió. ¡Todos esos intelectuales, son unos pobres
diablos! ¡Así que vaya cuidándose¡”
Con la escoba en la mano, obedecí, sintiendo que se aproximaba
el temporal. Después de haberme escudriñado de arriba abajo con un desprecio
que me pareció republicano, me soltó la palabra suprema, el término que buscaba
desde el comienzo de su ira:
“¡Especie de imbroglio!”
Nunca supe exactamente lo que era imbroglio en uniforme, pero
comprendí lo que era una escoba.. .
—¿Al fin de cuentas representabas Las alegrías del escuadrón?
—Sí, algo de eso había. Pasémoslo por alto. La víspera del día
en que me dieron de baja, el capitán me hizo llamar:
“¿Entonces, des Cars? ¿Qué se propone hacer en la vida civil?”
Me atreví a contestarle:
“¡Periodismo, mi capitán!”
Silencio. Estaba consternado.
“¡Vamos, no está hablando en serio! ¡Semejante oficio! Sabe, des
Cars, —y veo muchos jóvenes como usted— tal como lo conozco, lo vería mejor
como comerciante...
—¡Pero mi capitán, el periodismo se asemeja a ese oficio. Un
buen reporter, un buen redactor siempre tiene algo para vender¡”
Era una “salida”, bastante mala además, una manera de no decirle
que durante mi última licencia había corrido a la calle de Verneuil, a la
dirección del nuevo semanario que estaba a punto de salir: Pantagruel. Ya en
aquella época, la única posibilidad de iniciarse para un joven era tratar de
integrar el equipo de un periódico nuevo. Cuando hace mucho tiempo que aparece,
es mucho más difícil. Había llegado agitado, lleno de ideas de reportajes,
pletórico de “textos inéditos”, En suma, no creía como todos los jóvenes de esa
edad: tenía más “genio” que experiencia...
Fui recibido muy amablemente, y hasta cortésmente. El director
—fina corbata y fino bigote— me despidió con una frase que hay que haber oído:
“Tengo su domicilio.
Le escribiré...” ¡No sería la última vez que habría de oírla! Y
aquellos que jamás la escucharon en este oficio, no son verdaderos periodistas.
—¿Por qué es necesario haber oído esa frase? ¿Acaso es
obligatorio pasar las de Caín?
—Uno podría evitarlo, pero es inútil. Desempeña el papel de un
revelador fotográfico. Dicen que la vida está hecha de fracasos. Una vocación
también. El fracaso es la mejor prueba. Permite ver lo que uno tiene adentro.
Mi capitán no me tenía confianza. Mi familia tampoco, ya que me cortó
inmediatamente los víveres. Yo era el único en creer que llegaría a escribir un
día u otro (¡más bien otro, por el momento!). Y nadie -sobre todo yo-no podía
hacer nada. Tenía el virus de una fiebre que jamás se cura.
—¿Así que, según tus padres, escribir era una enfermedad
vergonzosa? ¿Te han perdonado?
—Mi padre murió durante la guerra, justo después de la
publicación de mi primer libro El Oficial sin nombre, ese relato de nuestra
guerra hasta el 25 de junio de 1945. El libro salió con éxito. Mi padre no se
negó a leerlo. Y hasta me dijo: “¡Por lo menos lograste hacer algo militar!”
Es probable que murió convencido que sólo escribiría crónicas de guerra.
Mamá fue diferente. Ella vivió más tiempo. Tuvo la oportunidad
de leer unas quince novelas mías. El tiempo de ver, en el caso que no se
hubiera dado cuenta antes, que yo estaba empecinado.
—Bueno, sin dinero, sin apoyo, ya no eras el hijo de papá...
¡Peor que eso. Era “¡hijo de duque!”. Evidentemente, hoy en día
toda la gente trabaja, o casi. Entre los años 1932—1936 era una costumbre
ignorada en mi ambiente. Tenía un nombre incómodo para imponerme fuera del
ejército, (ya viste que resultado dio) , el clero (los jesuitas me habían dicho
“Cuando se sale de nuestras casas, es para ser jesuita o de lo contrario, se
toma un mal camino”), la diplomacia (lo cual no era innato en mí) o la agricultura
(yo sólo quería vivir en París). En resumen, de acuerdo con los criterios
aristocráticos, yo no tenía ningún porvenir. Mi padre le decía a mi madre:
“¿Quiere escribir tonterías? Ya cambiará de idea cuando tenga hambre”.
Pasé hambre hasta El Oficial sin nombre que dio un nuevo
sentido a mi nombre. Hasta entonces, de todos modos se produjeron algunos
pequeños milagros. El mismo día de mi regreso a la vida civil, el director de
Pantagruel, ese futuro periódico al cual yo había acudido, me llamó. Era un
hombre de palabra. Y de palabras. Me preguntó:
“¿Quiere usted hacer la columna de la moda masculina? “
¡Esperaba cualquier cosa menos eso¡ Tuve que hacer un gran
esfuerzo para no reír. Era grave. Para convencerme, agregó: “Treinta líneas
como máximo”. Y terminó con esta humorada: “No corre prisa, pero las necesito
para mañana por la mañana...” Ocurrencia que siempre tiene lugar en los
diarios, al menos en lo que a mí se refiere. Cada vez que se me solicitan una
nota, es tan urgente que es para ayer.
—En la prensa siempre hay apuro...
—Ya me di cuenta. Naturalmente, yo no tenía ninguna competencia
en materia de modas. Semejante laguna no impide a un periodista hacer una nota.
Más aún, cuando carece de documentación es cuando demuestra sus reales dotes.
Esa tarde, mi documentación se resumía a una viejo catálogo de la gran tienda
La Belle Jardiniére. Era del año 1930, pero encontré términos técnicos que
darían apariencia de seriedad. “París” la historia burlesca de un caballero
vestido como los hermanos Marx. Queriendo ser elegante había, hecho
innovaciones. Queriendo ser moderno, había utilizado triquiñuelas como el moño
para smoking previamente anudado. Pero una serie de catástrofes vestimentarias
lo ridiculizaban en medio de una multitud realmente elegante.
A la medianoche me sentía orgulloso de mi nota. A las nueve de
la mañana, lo estaba mucho menos. Tímidamente, la dejé a una dactilógrafa de
la redacción y empecé a vivir las angustias del día de la publicación. Ocho
días de nerviosidad. Ninguna noticia. Por más que me dijese “¡Buenas
noticias!”, no dormía. Y un viernes, en el primer número de Pantagruel,
apareció mi nota, mi primera nota (no, yo decía todavía “artículo”) .
—¿Estaba firmado Guy des Cars?
—¡Ni pensarlo! Mi padre me había prohibido usar el apellido de
la familia. Mis escritos debían permanecer discretos. Había adoptado un
seudónimo: “Giglio”. No era muy brillante al lado de mis colegas y mayores que
podían firmar Marcel Aymé, Royer Varcel, Pierre Very, Claude Ferrare o Daniel
Rops, quien, ya, hacía la crónica religiosa. ¡Paciencia! Había alcanzado esa
primera etapa del oficio: aparecer en letras de molde. Apelo a todos aquellos a
quienes una firma ha hecho célebres y a aquellos otros, mucho más numerosos,
que no salieron por ello del anonimato. Todos conocieron esa ansiedad de verse
por primera vez en negro sobre blanco.
—”Giglio”, era un apodo. Pero, dime, ¿eres o no partidario de
los seudónimos?
Escucha, francamente, firmar X o Z me hacía sentir incómodo.
Pero eso no era nada. Estaba en la clandestinidad. Creo que hay que hacer una
diferencia entre el seudónimo honesto y el que no lo es. El seudónimo honesto
es aquel que no induce al lector en error; al lector no le importa mucho Maxime
Dupont en vez de Theodule Durant. No cambia nada. Es una coquetería nada más.
Algunas veces es impuesta por varias colaboraciones en diferentes periódicos, y
hasta en un mismo periódico.
Además, permite hacer economía de personal.
Solamente es una manera de multiplicarse, hasta de
especializarse. Cuando uno lee Jacques Laurent al pie de una página o en la
carátula de un libro, se espera un texto político, tal vez panfletario. Pero al
leer Cécil Saint Laurent, uno piensa en Carolina querida. En ambos casos el
mismo hombre es el autor. Y justamente es honesto permanecer siendo el mismo
hombre. Cuando se lee Lejos de ti esta primavera, novela rosa y optimista,
nadie sospecha que su autora María Westmacott es en realidad Agatha Christie la
gran dama de la novela policial. No tiene ninguna importancia: son dos facetas,
dos talentos de un mismo autor. Pero si por ejemplo un señor Cohen se pone a
firmar d'Estissac —¡lo he visto!— hay engaño. Y si Cohen escribe en Le Novel
Observateur y firma La Rochefoucauld en Le Figaro, es una estafa. En otros términos,
eso se llama comer a dos carrillos. Y eso es inadmisible. Tanto más
inadmisible que está prácticamente admitido en la prensa y en la edición. Se
podría hacer listas de gente que se otorga nombres de acuerdo con el artículo
o el libro que van a escribir. Si te parece, comprendo el seudónimo cuando es
mesurado en su elección y en utilización. Los diferentes seudónimos de un mismo
autor deben estar todos en el mismo tono y servir la misma causa. De lo
contrario, no estoy de acuerdo. Y de sus orígenes. El que se llama Rothschild
o Cohen, firma Rothschild o Cohen. El que se llama Dupont, que firme Dupont.
Escribir en un terrible poder, una terrible responsabilidad. Un seudónimo
demasiado engañoso, es un subterfugio, una cobardía que no honra a nadie.
Realmente, cuando sé que uno de los “faros” de la inteligentsia de izquierda,
“gran reporter” —¿o acaso los habría pequeños?— de Le Nouvel Observateur firmó
con nombre prestado alguna nota en una revista que está en las antípodas de
sus ideas, y ello sólo porque el dinero burgués no tenía tan mal olor, digo
que es hacer trampa. Es aun más grave: es renegar un poco de sí mismo.
Evidentemente, lo que digo nada tiene que ver con los cambios de nombre,
especialmente al comienzo de la carrera. Se le puede asimilar a la elección de
un seudónimo definitivo. Desde luego, la hipocresía nada tiene que ver con
éstos. Ningún lector del Canard Enchainé creerá que un o una periodista se
llama realmente Valentina de Cuacuá. Querida Valentina... Me recuerda el
comienzo particularmente feroz de una nota de Henri Jeanson. “El hombre que
enseñó a hablar al cine francés” dándole diálogos chispeantes, el polemista
que por un momento prestó su pluma a la amiga Valentina, poco antes de su
muerte escribía todos los martes una crónica sabrosa en L'Aurore. Un martes
pues, Jeanson, que siempre tenía algo que decir contra la O.R.T.F., tenía entre
ojos a no recuerdo qué programa. Fastidiaba a la productora de dicho programa
con esas palabras (cito de memoria) : “¿Conoce usted a Lucile de Guyencourt
(la productora)? ¿Quién es? Es, sin duda, una telefonista...” Lucile de
Guyencourt, lindo nombre de heroína de novela, es tal vez el verdadero nombre
de esa dama a quien no conozco. Pero lo que quería decir Jeanson era, creo,
que hay casos en que un nombre demasiado relamido, aun cuando sea auténtico,
suena como falso. Además, puedo ponerme en la misma situación. Hace algún
tiempo recibí una carta de una lectora perpleja que me escribía: “Señor, leo
todos sus libros. Algunos me agradan mucho. Pero hay algo que realmente me
moles tas su nombre. ¡Es ridículo! ¿Por qué eligió semejante seudónimo?
Supongo que demasiado tarde para cambiarlo. ¡Qué lástima!”
Lo lamento mucho, querida lectora— . Recibí este nombre cuando
nací, y lo uso.
—Dices esto ahora, pero no lo usaste enseguida..
—¿Me quieres fastidiar? Escucha, tres días después que apareció
el número uno de Pantagruel, mi director me llamó y me dijo: “Muy buena, su
nota, ¡Hizo reír a mi mujer, y con esto le digo todo! Sin embargo me hizo un
reproche relacionado con el periódico: no hay correo sentimental. ¿Quiere
hacerlo?” Evidentemente, aprovecho la oportunidad. ¡Perfecto! Hágame cien
líneas, cortaremos. Pera mañana, como de costumbre. ¡Desde luego! con otro
seudónimo!” Para el correo sentimental, paño de lágrimas de los amores
contrariados o decepcionados, ya tenía pensado un título: “Mis Confidencias”
Y, naturalmente, firmaría, Sinovia. Este hallazgo me alegraba. Sin embargo había
que escribir con gravedad, dar en el tono adecuado. Evidentemente, tuve que
informarme acerca de algunos aspectos de la psicología femenina que aún
desconocía. Como distaba de ser antifemeninista, me resultó fácil. Por lo tanto
inventé tres cartas de lectores, dos de mujeres, una de hombres, lo cual era
una audacia para esa sección, ya que sólo las mujeres tenían derecho a llorar
por correo. Dos de las cartas eran “casos desesperados”, la tercera, la del
hombre, trataba “un amor con porvenir incierto”.
—¿Las cartas de los correos sentimentales son siempre
inventadas?
—Por supuesto que no. Pero mi ejemplo es el de todos los
periódicos que comienzan. Si después del primer número reciben de todo
—estímulo felicitaciones, cóleras, indignaciones—, en ese lote de cartas es
difícil encontrar algo con qué establecer un primer correo sentimental. Hay que
empezar. Es casi seguro que las cartas publicadas en un número uno son falsas.
Y a menudo también las del segundo. Debido a las demoras, el segundo número se
escribe con la huella del primero. Después, en los periódicos serios, basta
con abrir las cartas recibidas: siempre se encuentra algo para hacer el correo
sentimental. Digamos que los dos primeros “correos” constituyen una llamada de
ofertas. La gente adora contar sus penas. Escriben. Y todo lo que se pudo haber
inventado en las “cartas de muestra” queda aún por debajo de lo que un
periódico suele recibir. El correo sentimental es muy importante. Es una
sección que tiene sus fanáticos, como el horóscopo y los crucigramas. Hay que
manejarla con cuidado y talento. ¿No es acaso una pequeña sopapa de frescura,
de humor, de ternura, abierta en una atmósfera de confesión, una especie de
cita fiel dada a los solitarios, a los perdidos, a los abandonados o que creen
estarlo, lo cual es lo mismo? Marcelle Segal, que dirige el correo sentimental
de la revista Elle, lo hace con una delicadeza, una emoción realmente
notables.
—¿Entonces lees todos los correos sentimentales? ¿Las lectoras
de Guy des Cars escriben al correo sentimental?
—Leo lo que me interesa. Y lo que me interesa es la vida, las
mujeres, los hombres. ¿Si son mis lectoras? Tal vez. A todas las mujeres les
gusta contar sus cosas. Desde hace treinta años —digamos más bien, desde
treinta y tres novelas— cada semana encuentro mujeres (o recibo cartas) que me
dicen:— “Concédame cinco minutos, le contaré mi vida, ¡es una verdadera
novela!”. Lamentablemente, un periódico no puede publicar todas las cartas que
recibe. En algunos casos, el correo sentimental se convertiría en el correo
corporal. Hace cuatro o cinco años, el jefe de redacción de una revista
femenina me mostró una carta que tenía todo el aspecto de ser auténtica y en la
cual una lectora hacía las preguntas claves del correo: “Mi marido se aleja de
mí. ¿Qué debo hacer?” y en posdata, esta otra pregunta dirigida a la directora
de la sección “Belleza” : “Tengo un hueco en el bajo vientre. ¿Qué me
aconseja?” Esta lectora tenía sin duda problemas delicados, pero la manera en
que los había formulado era pintoresca. Las reacciones y los comentarios de la
redacción fueron lo que puedes imaginar. Pero los más floridos eran los
obreros de la imprenta del periódico. Hicieron componer en letras enormes -tan
grandes como las de un título de France-Soir- la pregunta y debajo colocaron
una lista de “sugerencias” para ayudar a esta lectora decididamente muy
confundida. La contestación que recibió fue sensiblemente diferente de esos
“consejos” que permanecieron varias semanas pegados a la pared del taller de
composición...
—¿”Sinovia” daba buenos consejos?
—Me divertí mucho contestando las verdaderas cartas. Pero a
menudo, eran patéticas, angustias. Sentía una impresión de responsabilidad muy
grave. ¿Quién sabe si una respuesta no puede impulsar a un lector o a una
lectora al suicidio o a una locura, como por ejemplo, casarse por que tiene
miedo de la soledad? La redacción de un correo sentimental tendría que ser
asexuada, es decir no es siempre bueno que una mujer. Generalmente es una
periodista que se ocupa de esta sección. Cuestión de intuición o de sensibilidad,
dicen. Además, fue para respetar ese dominio reservado en principio a la mujer
que había elegido “Sinovia”. Pero después de todo, un periódico muy organizado
y deseoso de ayudar a su clientela, tendría que poder hacer contestar, según
las cartas o según los casos, por una mujer o por un hombre. Cuando firmaba
“Sinovia”, me esforzaba por asumir reacciones de mujer ante la cual
contestaba. Pero algunas veces, me habría gustado dar mi punto de vista de
hombre. Otras veces, hacía trampa...
—¿Es decir?
—Había recibido una carta que decía esto: “... Soy más bien
hermosa y sólo tengo dieciocho años. Mi mayor sueño es convertirme en vedette
de revista, como en el Casino de París. No me molestaría presentarme en un
escenario con poca ropa. Mis padres consienten pero con la condición que ser
bailarina desnuda sea un cargo bien remunerado. ¿Puede usted aconsejarme?” Le
contesté: “A su edad, no hay que descubrirse.
—¿Y estabas satisfecho con esa respuesta? —Pues, sí...
—¿Llamas a eso buen consejo? Me parece somero.
—Vale tanto como cualquier otro... Hoy, tal vez le habría
contestado a esta lectora que convertirse en una “reina de la
escalera—bien—bajada—con—plumas—y—strass” es uno de los oficios más agotadores
que existen. En cuanto el dinero, en ese oficio como otro, es escaso para los
principiantes. Henri Varna, el inigualable y siempre inigualado director del
teatro Mogador y, justamente del Casino de París, estaba persuadido que era
así. Varne me agradaba mucho. Era increíble, inverosímil, genial y tónico. Era
verdadero y lleno de astucias. Así, cuando Line Renaud conducía enérgicamente
una de las revistas del Casino, a pesar de su coraje y su resistencia física,
no siempre trabajaba en las matinés del domingo. Conducir una gran revista
durante toda la semana, créeme, “hay que hacerlo”. Por lo tanto, el domingo
Varna hacía reemplazar a Line por una desconocida, llena de condiciones y que
había sido sacada del batallón de “girls”, llamada Zazie Varnel. Varna...
Varnel: un padrinazgo, en cierto modo. En la taquilla del Casino, justo en el
momento de la llegada de los espectadores, los domingos por la tarde aparecía
un letrero discreto: “La Señora Renaud es reemplazada por la Señorita Zazie
Varnel.” Los norteamericanos, los holandeses y otros turistas en plena
digestión no siempre veían la diferencia, especialmente cuando estaban sentados
lejos del escenario. Ni podían siquiera notarlo, ya que numerosas canciones
eran grabadas en play—back. Oían la voz de Line, a falta de admirar su plástica
y su talento. Pues bien, Zazie Varnel, “doble” del domingo y simple bailarina
las otras noches, a pesar de su promoción seguía recibiendo, poco más o menos,
la misma paga fijada por la tarifa de bailarina.
Cuando yo era “Sinovia” hacía como Zazie en el Casino: me
multiplicaba. Pues algunos días después de haberme hecho cargo del correo
sentimental, mi director me mandó a llamar nuevamente y me anunció: “Esta
semana, des Cars, le pido hacer la crítica dramática. Se han estrenado un
montón de obras. Le doy carta blanca para elegir.” Estaba aturdido de alegría.
¡Y también de preocupación! Me acosaba una especie de angustia... Por una
parte, me decía: “Es lo que querías, descubrir poco a poco los diferentes aspectos
del oficio... ¡He aquí una gran oportunidad! A ti te toca obrar...” Por la
otra, me preguntaba: “¿Acaso, a pesar de las apariencias, no sirvo para esto?
Estoy cambiando continuamente de especialidad: “Giglio”, “Sinovia” y ahora, el
teatro... ¿Tal vez me prueban en todas las secciones antes de largarme?...”.
Rápidamente rechacé esta segunda hipótesis con total inconsciencia. Sólo una
cosa contaba: tenía que escribir doscientas líneas para el día siguiente. ¿Y
como firmaría esa crítica, esa primera verdadera nota? Se aproximaba a mis
deseos, por lo tanto adoptaría un seudónimo muy parecido a mi nombre: “Guy Des
Cars”. Además, era mi padre quien me había consentido esa generosidad
diciéndome: “Desrac, no es ridículo y no compromete abiertamente a la familia”.
El duque, mi padre, me cedía en realidad su propio seudónimo: era con ese
nombre que se había inscripto a los veinte años para correr carreras de
bicicletas en el Velódromo de las Artes Liberales que, más tarde se convirtió
en el Velódromo de Invierno, el célebre “Vel'd'Hiv”, como lo llaman los parisienses.
Sin embargo algunos corredores habían logrado desenmascarar su identidad y el
futuro duque —su padre vivía aún— había sido bautizado “el Marqués de la Pequeña
Reina”.
Después de Guy Desrac utilicé un cuarto seudónimo que, en
realidad es tu nombre.,. . —¿El mío?
Cuando naciste, firmé muchas veces Jean Cardes, en cierto modo
Jean des Cars. La inversa no vale tanto como el real, pero de este modo debo
haberte inoculado ese famoso microbio... Volvamos a esa crítica dramática (dos
palabras tristes, entre paréntesis: “Crítica” unido a “dramática”, ¡pocas veces
da personajes alegres!) . Había tenido la suerte de aplaudir una obra de Alfred
Savoir: La Vía Láctea, representada por Harry Baur y Alice Cocéa en el teatro
des Mathurins. Mis colegas, mis mayores, en fin los críticos dramáticos
patentados, habían llevado esa obra a las nubes. Me había desagradado porque
ponía en escena la vida privada de Sacha Guitry. Me parecía un procedimiento
poco noble. Y lo escribí en mi nota que fue más bien una crítica de los
críticos. Un raudal de cartas —y no cartas para Sinovia— me aprobó. Una de
ellas me emocionó: era de Francis de Croisset, el delicioso autor de El Hechizo
Cingalés, en la que me decía: “es una vergüenza atacar la vida íntima de un
colega.” Como Croisset estaba en víspera de que le representasen su obra Vuelo
Nupcial en el teatro de la Michodiere, aproveché para pedirle una nota de
preestreno. Mi director, encantado, me mandó llamar una vez más y por primera
vez me dijo “querido amigo”. Ahí fue donde comenzaron mis pesares...
—¿Te despidió cortésmente?
—Me promovía en estos términos: “Cuento con usted. Ocúpese de la
totalidad del próximo número. Salvo, desde luego, de mi página de política
extranjera. ¡Es sagrada!”
Todo el periódico. En fin, casi..., ¡pero ni el menor aumento de
sueldo! Me lancé en lo que fue mi primera batalla de prensa. Pues ya en esa
época, los diarios vivían en permanente paradoja. Un gran tiraje no siempre
corre parejo con ingresos publicitarios importantes. Pantagruel había comenzado
en forma fulminante. Al llegar al cuarto número ya vendíamos más de cien mil
ejemplares. Buen principio, creo. Lamentablemente, el jefe de publicidad no era
demasiado talentoso. Los anunciadores, como se dice hoy en día, llegaban a
nuestras páginas con mucha timidez.
—¿Era tal vez por el tono del diario?
—No lo creo. Pantagruel era, ante todo, un periódico alegre, “el
semanario de asombrosa fantasía y médula sustantífica”. Resumiendo: Rabelais
era nuestro director espiritual. No era tan malo... El problema era simple:
las Mensajerías Hachette sólo pagaban las entradas de venta seis meses después
de la aparición del primer número. Por lo tanto necesitábamos dinero para
aguantar seis meses. Al cabo de tres meses, la situación era catastrófica, no
nos pagaban y la imprenta exigía la entrega inmediata de fuertes sumas. Era en
esas condiciones que mi director me había promovido: la promoción del chivo
emisario antes que el barco se fuera a pique.
—¿Entonces era un obsequio envenenado?
—Yo no lo sabía y de todos modos era apasionante. Todas las
esperanzas del equipo, todas nuestras fuerzas estaban en esas páginas. Teníamos
que seguir aguantando tres meses y estaríamos salvados. Cuando supliqué a nuestro
estimado director de sostener por sus medios diversos y poderosos su periódico,
me declaró con un aire muy suelto: “Querido amigo (!decididamente, este
apelativo era de mal agüero!), necesito descanso. Me voy al sur con mi esposa.
Perdí trescientos mil francos en esta aventura. No es terrible. Para mí, es un
golpe de bacará. Arréglese como pueda...” Estaba aterrado y tomé el partido de
no contar a los demás colaboradores los términos exactos de ese director que
confundía el tapete verde con las páginas blancas. Además, se llamaba Mill, Henri—Louis
Mill (no confundir con Hervé Mille que fue consejero de Jean Prouvost). Si
hubiese contado su punto de vista, su linda corbata habría corrido el riesgo de
ser arrugada por la ira de todos los colaboradores del periódico. Había que
seguir apareciendo, aun con menos número de páginas. ¡Sobre todo, había que
estar en venta en los quioscos) A cualquier precio y sobre todo al precio más
bajo.. . Se me ocurrió visitar a todos los “comanditarios” del periódico, esa
gente invisible a la que sólo se ve cuando los negocios marchan mal. Me hace
pensar en esta definición del banquero: “Un señor que presta una sombrilla
cuando hay sol pero niega un paraguas cuando llueve.” En cierto modo había un
triunvirato de comanditarios: la fuente principal de los fondos era
protestante, la publicidad estaba controlada por los israelitas y el “valor
moral” se hallaba garantizado por un jesuita.
—Era un periódico ecuménico...
—Más bien era la guerra: la de puertas cerradas. Sólo me quedaba
una solución: hablar con mi padre. Él no apreciaba mis actividades, pero sabía
que no era un capricho ni algo momentáneo. Veía que yo me enganchaba. Padre
fue muy breve y muy eficaz: “¿Entonces el próximo número no aparecerá? me dijo.
Es una lástima. ¿Cuánto necesitas para pagar la imprenta y aparecer?” Me prestó
la suma, lo cual no he olvidado. Cuando lo dejé para correr a la imprenta, mi
padre agregó: “Esta maldita publicidad.... tiene que venir... Tuvieron doce
números. ¿Por lo tanto, el que va a aparecer es el decimotercero? Es buena
señal.. .
El número trece quedó armado en doce días, con todo el calor del
mes de julio. Tristán Deréme dio uno de sus más hermosos poemas, Pierre Véry,
el hombre que escribió El Asesinato de Papá Noel y Goupi Manos Rojas entregó
una sorprendente “Variación sobre los hechos policiales”, los caricaturistas
como Alain Saint—Ogan, autor de Zig y Pulga, afinaron sus lápices para tener
una inspiración más feroz, los secretarios de redacción pasaron la noche en el
“mármol” para corregir las pruebas. Y el viernes por la mañana Pantagruel
estaba en todos los quioscos.
Brillante, tónico, logrado, creó. El colaborador directo del
señor Mill —que se había vuelto invisible— un buen viejo que se llamaba Georges
Champenois, me repetía, tamborileando en los brazos del sillón del director
fantasma:
“¡Tengo confianza) Gracias a su padre, tuvimos un milagro)
Tendremos otros. Tengo un hermano que es monje en Africa. Estoy seguro que reza
por nosotros. Y además, hoy es viernes. Para un número trece, no se puede
pedir mejor...”
Lamentablemente, jamás salió el número catorce.
—¿Eres supersticioso?
—No, trae mala suerte. ¡A pesar del monje de Africa, a pesar del
gesto de mi padre, Pantagruel estaba bien muerto) La aventura rabelesiana se
había transformado en derrota: las oficinas de la calle Verneuil permanecieron
desiertas. Las dactilógrafas fueron las primeras en volar como gorriones. No se
podía esperar nada: las cajas estaban desesperadamente vacías, los gestos
habían sido demasiado elevados. Yo estaba decepcionado, asqueado, herido en
mi orgullo —sí, lo confieso— y fastidiado por una deuda moral con mi padre y
deudas reales con cada uno de nosotros. Como jefe de redacción, había ordenado
notas que no podían ser publicadas... Pero todos mis amigos tuvieron una
comprensión extraordinaria: ninguno de los colaboradores vino a reclamar nada.
Habíamos jugado y perdido. Las indemnizaciones no existían. Trabajábamos en
plena seguridad social. No teníamos ningún derecho. En esa época, la prensa era
una total aventura: era al mismo tiempo un oficio “actual y de porvenir”...
Hoy en día, las indemnizaciones —cuando las hay— atenúan
seriamente los riesgos.
Jamás olvidaré aquella noche de verano en que dejé, abatido, el
edificio de fuego de nuestro periódico. En la placa dorada todavía se podía
leer en letras negras el prometedor epígrafe: “Pantagruel, el semanario de
asombrosa fantasía y médula sustantífica”; le pegué un cartel improvisado:
“Requiescat in pasivo”...
—¿Una oración fúnebre al estilo de Le Canard Enchainé?
—Más bien un adiós al amigo... en los términos que habían sido
los de nuestras relaciones.
—Hace un rato me hablaste de la paradoja de la publicidad y de
los grandes tirajes...
—Volví a pensar en ese pobre Pantagruel hace un año y medio,
cuando fue anunciada la muerte de un gigante de la prensa mundial: Life.
¡Evidentemente, no se puede comparar Pantagruel con Life! Pero también es la publicidad,
o más bien la falta de ella, que origina el fracaso de la mayoría de los
periódicos. En el caso de Li f e no deja de ser asombroso ver que un periódico
que tiraba más de seis millones de ejemplares —lo cual es fabuloso— no lograba
ya atraer a los anunciadores. Estos ya no creían en él, y el periódico seguía,
gigante agrietado, pero gigante. Sin embargo, no es la única razón de su
desaparición: de los seis millones de ejemplares, había muy pocos millones
vendidos al público. Todos los demás, eran abonados. Y en esto existe un doble
problema. Por una parte, esa inmensa marea de papel transportada por tren y por
avión costaba una fortuna porque las tarifas postales habían aumentado un
cincuenta por ciento, creo. Por otra parte, una política de “relance” había
propuesto esos mismos abonos a condiciones muy ventajosas de este tipo:
“Economice cincuenta, por ciento. Un año por el precio de seis meses.” Muchas
publicaciones lo hacen. Es un cebo.
Creo que es un error rebajar la tarifa de un periódico.
Lo que apenas es valedero para la prensa especializada y
técnica, lo es aún menos para la información general.
Rebajar los precios significa rebajar el valor de lo que se
vende. Lo esencial es mantener la calidad. Cuando Hug Hefner, el fabuloso
propietario de Play boy aumentó su precio, fue para mantener una calidad
constante. No perdió un solo lector. ¡Sin embargo, pasó de medio dólar a un
dólar! En resumen, lo terrible es la diferencia entre las reacciones de los
lectores y las de los anunciadores. Un diario empieza o vuelve a empezar. Sus
ventas aumentan, su posición se afirma. Los anunciadores registran este favor
del público, incluyen ese periódico en sus programas, pero el resultado de las
páginas de publicidad no se nota antes de dos, o tres o hasta seis meses. Si
entretanto el periódico decae, en el momento en que le llegue el flujo
publicitario tendrá al mismo la diferencia del público ... Por eso es que en
ciertos momentos algunos periódicos aparecen como verdaderos catálogos y sólo
se oye esta frase alarmante: “¡Únicamente tiene publicidad!”
—Si dirigieras un periódico, te verías obligado a tener
publicidad. ¿Entonces qué harías?
—Admitiendo que sea competente para hacerlo. Y pienso ser
demasiado independiente para dirigir un periódico hoy en día.... Si ocurriese,
creo que sería como todos los demás directores de periódicos: soñaría con tener
que elegir más entre Renault o Volkswagen y tener un periódico que sólo
tuviera páginas de redacción. Desde ese punto de vista, en Francia hay un solo
periódico verdadero: Le Canard Enchainé ... Vive bien —y hasta muy bien— sin
anunciadores. ¡Todos los demás se han convertido —son los publicistas quienes
dictan su ley y su len guaje— en “soportes redaccionales”! ¡Qué expresión tan
triste¡
—¿Después del fracaso de Pantagruel volviste a casa de “papá y
mamá”?
Sí, pero para anunciarles que continuaba... ¡Un diario ha
muerto, viva otro diario! Y tuve razón. Por París comenzaba a correr un ruido
sumamente agradable. León Bailby, ese gran patrón de prensa, preparaba un nuevo
diario: Le Jour, que debía suceder a su Intram, al que le hacía competencia
Paris—Soir. Hay que decir que buscaba nuevos talentos... ¡París abundaba de
“nuevos”, pero respecto a “talentos”, sólo ellos mismos lo creían! Esta vez
jugué todas mis cartas con mi padre y le anuncié: “Voy a pedir una entrevista
con Bailby. Con el nombre de Desrac, por supuesto...”
Lamentablemente, toda la prensa parisiense tenía entrevistas
con Bailby antes que yo... incluyendo los periodistas que lo criticaban desde
años atrás, pero que —desocupación obliga— intentaban meterse en esa lucha a
brazo partido que es el nacimiento de un periódico. La antesala y los salones
de la residencia donde vivía Leon Balby, en la margen izquierda del Sena, se
habían convertido en salas de espera. Llegué adelantado, por supuesto, para la
cita fijada por un secretario de voz mecánica que me había dicho: “Venga a las
quince.” A las dieciocho, todavía estaba allí. Un ruido de puertas que se abren
y se cierran martillaban esas horas que por momentos me producían calambres.
Finalmente un señor muy suave, rizado y con uñas manicuradas, vino a anunciarme
que el “Patrón” no podría recibirme pero me llamaría en cuanto le fuese
posible. Farfullé “No importa”, pero en realidad, me importaba mucho. Estaba
furioso y enloquecido. Mi padre, como siempre en su vida de oficial de
caballería, tomó una decisión inmediata: “Pasado mañana nos marchamos al
Sarthe. Prepara tus valijas. La prueba que acabas de hacer en Pantagruel y el
no recibimiento de Leon Bailby demuestra mejor que mis consejos que no tienes
ningún porvenir en el periodismo.”
¡Y yo creía que mi padre había comprendido!
Pero hacia las nueve de esa misma noche se produjo otro
milagro.... Milagro que había tomado la forma de una carta expreso firmada por
Leon Bailby: “Le presento mis disculpas por hoy. Venga a verme mañana por la
mañana a las nueve.” Entré corriendo a la habitación de mi padre blandiendo la
carta. Evidentemente, dije, el señor Bailby es un hombre muy ocupado. Hay que
perdonarle sus contratiempos. Pero ya que me espera mañana, es casi seguro que
me integrará en su nuevo equipo...”
—¿No sospechaba nada?
—Creer en sí mismo nadie cree en nosotros, es un tónico
imprescindible. Hay que tener un dinamismo fogoso para todo lo que uno hace!
El mundo no se incendia con una vela.
A las nueve en punto penetré en el vestíbulo de la residencia de
Bailby. A las trece estaba todavía allí, después de haber visto desfilar todo
lo que París contaba como personalidades políticas y literarias. Debía haber
ocurrido un acontecimiento importante para que mi entrevista tuviese que haber
sido retrasada. ¡Porque, al fin de cuentas, la carta expreso arrugada en mi
bolsillo me demostraba que yo no había soñado! Sin embargo ocurrió lo que
temía: el distinguido caballero de la víspera volvía hacia mí, como ejecutante
de los bajos menesteres de antesala: “El señor Bailby está realmente apenado y
lo lamenta mucho. ¿Podría usted volver alrededor de las quince? Tal vez pueda
recibirlo..
Yo estaba ebrio de rabia, pero había hecho mi plan: ¡tenía que
ver a Bailby) Sólo esa entrevista podría poner en marcha todo el engranaje.
Cuando durante el almuerzo, mi padre me preguntó con aire de sospechosa qué había
resultado de mi entrevista, ¡mentí para salvar mi honor! “Conversamos durante
dos horas, aseguré desviando la mirada. Como quería discutir otros problemas
conmigo, me rogó volver a las quince... No sé a que hora saldré de allí!” Esta
última frase era la única verdadera: yo lo sabía, pero esperaría. Y esa mentira
me había hecho bien.
También podría haber dicho “Nadie es profeta en su familia.” Era
absolutamente necesario que a su visita yo no pasara por un fracasado o un
saltimbanquis, como decía una de mis buenas tías... A las tres de la tarde
volví a “mi” silla y finalmente, mientras elucubraba los sueños más insólitos,
el secretario con aspecto de empleado de oficina pública me soltó la frase
sésamo: “El señor Bailby lo va a recibir. Tenga usted a bien seguirme...” Y me
encontré de pronto en el escritorio del Patrón, frente a un gran hombre que era
muy pequeño, pero seguido como un gallo dominador... Durante algunos segundos,
sin pronunciar palabra, me escudriñó con sus ojos azul claro, muy penetrantes,
Posteriormente pude comprobar, como todos los que conocieron a León Bailby, que
siempre se entregaba a esta especie de justa silenciosa para medir al
adversario, es decir, el visitante. Noventa y nueve veces de cada cien salía
victorioso de este duelo de intimidación. Sin duda era esa razón humana, mucho
más que por motivos profesionales o financieros, lo que incitaba a sus
colaboradores subyugados, y aun a sus enemigos, a llamarlo Patrón. Pero de la
boca de los opositores, esa palabra mágica y un poco servil salía con dificultad...
Sin duda se creían superiores y se consideraban humillados al decir “Sí,
Patrón... No, Patrón.”
—¿Tú también lo llamaste Patrón?
—No el primer día, por supuesto, ya que yo también era un
opositor que quería olvidar el ambiente en el cual había sido educado. Siempre
había oído decir alrededor de mí, cuando la gente se dirigía a mis padres “Sí,
señor duque, sí, señora duquesa...” Entonces, Patrón, para un gran burgués como
Bailby, me molestaba... Lo cual demuestra que yo era tan tonto como todos mis
colegas. Pensábamos que lo sabíamos todo, que llevábamos la ciencia en la
sangre... y que todo lo que los demás habían hecho antes de nosotros no valía
nada. Teníamos el orgullo de nuestra juventud unido al desprecio de nuestros
mayores. en el fondo, como todos los jóvenes que gritan hoy en día, —sean de
derecha o de izquierda—, sólo éramos pequeños imbéciles...
Hice como todo el mundo sólo después que León Bailby me incluyó
en el equipo de su periódico. Era normal. No lo de hacer como todo el mundo,
sino llamarlo así. No era apatía ni reconocimiento servil. Era respeto y admiración
por un gran tipo que sabía ser al mismo tiempo un verdadero periodista y un
verdadero director de periódico, dos cosas que no siempre corren forzosamente
parejas: un solista talentoso no es obligatoriamente un buen director de
orquesta. León Bailby era un auténtico “lord” de la prensa en el sentido de los
magnates angloamericanos como Hearst, Luce o Beaverbrook, uno de esos gigantes
que Orson Welles simbolizó en su famoso film Citizen Kane. No resultaba molesto
llamarlo Patrón, porque lo era. Lo fastidioso habría sido llamar Patrón a
alguien que no lo mereciese. En Francia, el último hombre de prensa que merece
en la actualidad esta denominación controlada de Patrón es Jean Prouvost, el
último gigante de una raza en vías de extinción. Es el último dinosaurio de la
prensa. Pierre Lazareff era un gran periodista, un director sagaz, pero no un
patrón. Marcel Dessaut es un industrial que lanzó un seminario que para él sólo
representa un peón más en un tablero de ajedrez donde ya existen aviones y
salas de cinematógrafo. Admito también que es una cuestión de costumbre. En
cirugía, por ejemplo, a un “gran patrón”, sus asistentes lo llaman “Señor”.
Tal vez haya en ello un poco de coquetería... Y me pregunto si Francoise
Giroud, la directora de L'Express, ¿no elocubra también secretamente el sueño
de ser llamada. a su vez “la Patrona”?
—¿Esta primera entrevista con Bailby, duró dos horas como lo
habías pretendido?
—No alcanzó a durar tres minutos. Me preguntó:
“¿Es usted Desrac? Leí sus notas en Pantagruel. Tenían vida.
¿Qué edad tiene?
—Veintidós años, señor.
—¿Y cómo, un joven de su edad, concibe un periódico moderno como
el que voy a lanzar?
La pregunta era a la vez cara y embarazosa. Busqué una fórmula,
pero me quedaba atravesada en la garganta. Sin embargo, pude articular:
“Permítame, a mi vez, de hacerle una pregunta: ¿con cuántas
páginas desea usted salir?
—Doce páginas.
—Dentro de cuarenta y ocho horas le traeré siete maquetas de
doce páginas, una por cada día de la semana.” No pareció asombrarse. Yo estaba
decepcionado... “Bueno, las espero. No tiene más que entregárselas al
mayordomo. .. “
Evidentemente, había presumido. ¿Cómo realizar esas maquetas tan
pronto y sin dinero?
Logré reunirme con algunos compañeros de Pantagruel y la misma
noche, en un café de la calle La Fayette, bosquejábamos a grandes trazos
páginas y páginas. En la euforia de sandwiches y cerveza, decidimos hacer componer
esas maquetas. “Esto impresionará a Bailby”, pensé... Secretamente, en un
rincón del mármol de Le Petit Journal y gracias a complicidades internas,
nuestras maquetas tomaron una forma presentable. Raymond Patenotre, entonces
propietario de Le Petit Journal y uno de los grandes rivales de Bailby no
habría apreciado tal vez este empiezo de su material. Ebrio de confianza
presenté el inmenso cartón a uno de los mayordomos de Le Jour.
“¡Otras maquetas más!” me dijo el cancerbero. Póngalas allí, en
el montón...”
¡Y yo que creía haber sido el único en asombrar a León Bailby!
Veinte, treinta juegos de maquetas estaban allí, amontonados... Coloqué las
mías encima de todas, pues me había parecido que en los diarios los últimos solían
ser mejor tratados que los primeros... Dos días más tarde una nueva carta por
expreso de Bailby me anunciaba que estaba en el servicio de reportajes del
Jour. Me sentí muy orgulloso. Corrí a tomar el primer tren que salía para Le
Mans y presenté a mi padre la carta que me desagraviaba a sus ojos. Me
contestó: “Así que vas a trabajar con León Bailby. Está muy bien. ¿Y después?”
Tuve apenas tiempo de regresar a París y penetrar en ese hall de los
Champs-Elysées donde se estaban preparando grandes cosas. . .
Transcurrieron varios días. Hacía las noticias policiales y
entrevistaba a “personalidades literarias” ... Una mañana, por la ventana del
jefe de la oficina de informes, miré el sol. Un sol pintado sobre enormes
carteles y que simbolizaba el nacimiento de Le Jour. Cubrían las paredes de
París. El suspenso había sido bien orquestado. Bailby tenía un innegable
sentido de la publicidad. ¿No fue él, acaso, quien inventó y explotó a fondo
aquello de los “avisos clasificados”? Esos avisos clasificados que proporcionan
lectores asiduos. Le Figaro bien lo sabe.
La mañana no terminaba nunca. La “conferencia” a la que sólo
asistían los jefes de sección debía se apasionante.
Salí un instante al corredor y tropecé con el jefe de informes
encargado de formar a los jóvenes reporters, que agitaba unos papeles. Me dijo:
“¡Tengo algo formidable para usted! El patrón le otorga todos sus privilegios.
Pero se lo explicaré a solas. ¡Venga! Entró en su escritorio gritando “¡A
trabajar!” Las cabezas de los quince jóvenes que rodeaban la gran mesa
escritorio se levantaron a la vez. La jauría palpitante que aguardaba su
pitanza.. “¡Silencio!” chilló el excelente hombre. Además, nadie había pronunciado
una sola palabra. Ese buen Braconnier—Hennequin —era su nombre— repartía los
reportajes: entrevistar a una estrella americana a su llegada a la estación
Saint—Lazare, “cubrir” una noticia sensacional a doscientos kilómetros de
París, ir al salón del Automóvil, en resumen, todo el quehacer cotidiano. A
medida que pasaban los encargados de notas, mi paciencia iba creciendo...
Cuando la bandada de gorriones se hubo dispersado, Braconnier— Hennequin me
palmeó el hombro y me dijo: “Usted tiene suerte!”
Se comentaban en París algunos grandes escándalos. Un hombre,
sobre todo, aparecía en todos los diarios y azuzaba el interés de todos los
espíritus: Stavisky. Me restregaba las manos por adelantado.
“El Patrón quiere que usted haga un gran reportaje sobre la
calefacción urbana...”
Me quedé asombrado.
“¿Sobre qué...?
—¡La calefacción urbana! ... Cómo, ¿no sabe lo que es? ¿No sabe
que en Nueva York y en Berlín los edificios utilizan ese sistema? ¡París está
muy atrasado en ese punto, pero se hicieron algunas experiencias y usted las
va a relatar!”
¡Adiós al caso Stavisky, adiós el gran golpe, adiós los
escándalos! Estaba nuevamente en la vía muerta de aquellos que sirven para
todo...
“Es muy simple, continuó el buen hombre, convencido. Caminé a
la largo del muelle de Bercy. Hay allí una usina desocupada, que era de los
talleres del subterráneo. Han instalado las primeras calderas especiales para
dar calefacción a una parte del bulevar Henri IV. Este es el nombre del
director de la usina. Dicen que los resultados son sorprendentes... Necesito la
nota para esta noche a las veintiuna a más tardar.”
El apurón, de acuerdo, pero ese tema no me recalentaba el
corazón...
El director de la usina era un hombre fastidioso, bizco,
puntilloso, un admirable politécnico. Me hablaba de cifras, calorías,
cubicaciones, ganancia de calor, economías y pensaba sin duda que el reporter
de Le Jour poseía sólidos conocimientos matemáticos y físicos.
Él hablaba. Yo le dejaba hablar mientras garabateaba lo poco que
lograba comprender. Cuando me dijo: “Bien, ¡ya lo sabe todo!” me despedí de él.
Sus palabras trataban de darme confianza: “Con los datos que acabo de darle,
¡tiene con qué escribir un artículo de primer orden!”
¡Para mí era más bien una catástrofe! No había comprendido
nada. O más bien había comprendido que ese invento era, según sus propios
términos, algo que revolucionaba la vida cotidiana de un barrio de París y que
muy pronto París entero tendría calor gracias a esta calefacción urbana. Pero
los parisienses del bulevar Henri IV, los usuarios —aun no se decía
consumidores— ¿qué pensaban de ello? En realidad, importaba poco, pero sus
reacciones me permitirían tal vez representar un papel humano, vivo y tal vez
comprensible.
Penetré por el portón de un edificio del bulevar Henri IV. La
portera, naturalmente, estaba en la escalera, pero aparentemente no por su
propio gusto:
“¿La calefacción urbana? ¡Es espantosa! Mire mi escalera...
¡Está siempre asquerosa! ¡Ah, créame, no le haré ninguna propaganda!”, me
contestó.
Vaya, vaya... Tenía un elemento fundamental para mi nota: todos
sabemos que el punto de vista de una portera es la síntesis de los habitantes
del edificio. De todas maneras, había que verificar. El inquilino del primer
piso se quejaba de ahogarse, el del segundo tenía calor en la sala y frío en el
cuarto de baño, el del tercero vivía con tres tricotas de lana, el del
cuarto... Más bien la del cuarto, una encantadora morenita, había solucionado
el problema: “¡Yo, me dijo, prefiero las estufas eléctricas!” Aparentemente, no
tenía frío... Estaba en pijamas y como yo también necesitaba calor, ella supo
recalentarme... Hacia las siete de la noche, cuando me dijo “Creía que hacías
un reportaje”, salté; ¡hacía tanto calor en su departamento que había olvidado
la calefacción urbana! “¡Pronto! Dame papel...”
“¡Pronto! Dame papel...” En una hora había borroneado unas
quince hojas. ¡La nota estaba escrita en versos! El cordial recibimiento de mi
anfitriona me había impulsado a despertar una musa a lo cual no hubiera tenido
que molestar... Los versos no eran muy ricos: “Caloría” rimaba con “María”, su
nombre. Pero esas rimas habían tenido la ventaja de darme fuerzas para
enfrentar el juicio del Patrón. Mi trabajo se había convertido en una epopeya
de la calefacción urbana a través de las calles, los bulevares y las avenidas
de París. Un París que tenía nuevas calles calientes... Agradecí sinceramente a
María: gracias a ella los lectores de Le Jour encontrarían un poco de poesía
en sus calderas.
El jefe de redacción tenía un nombre que tendría que haber
despertado mis inquietudes: se llamaba Destin.
“Usted quiere absolutamente hablar de la calefacción urbana en
verso?, me preguntó con ironía.
—¡Es imprecindible! Cambiará un poco.
Bueno, primero lo voy a mostrar al patrón antes de mandarlo a
componer. Es “su” tema. El decidirá.”
Para mí, no cabía duda alguna: León Bailby estaría encantado.
Pero al día siguiente sufrí una cruel decepción:
mi nota no figuraba en el número. Cuando llegué al periódico,
Braconnier—Hennequin me recibió con frialdad:
“¿Usted se cree muy hábil con sus versos caloríficos? El Patrón
está furioso. Ya lo mandó llamar una vez.. .”
Llegar tarde era el error más grave que se pudiese cometer
respecto a un León Bailby. Al entrar en su oficina, pensaba defenderme. El
Patrón no me dio tiempo para hacerlo:
“Mi querido amigo (ya me había llamado así...) usted me era muy
simpático (lo cual demostraba que ya no lo era). Es la única razón por la cual
le había confiado un tema que nadie trató. Usted prefirió hacer una elegía
sobre las desventuras de algunos inquilinos. Tenía un excelente tema de
reportaje, lo echó a perder. Ahora, está quemado: no puedo mandar a nadie para
hacer otra entrevista al ingeniero que lo recibió a usted. ¿Qué pensaría de
mí? Usted carece de psicología. Sin embargo sabe que Le Jour debe ser
deslumbrante. ¡Y no lo será con poemas ridículos! ¡Ya no pertenece a la casal”
Y me remató con un golpe de gracia: “Le será difícil ubicarse en otro periódico
cuando sepan que me he visto obligado a separarme de usted...”
La guillotina había caído. La cuchilla también había decidido la
muerte de otro principiante de origen belga, pero despedido por otras razones.
Había hecho una nota acerca de no recuerdo qué acontecimiento. Bailby estaba
encantado, entusiasmado. Pero un soplón se había creído obligado de ir a decir
al Patrón que ese joven no había visto el acontecimiento que relataba y que
había escrito todo lo que decía en la mesa de un cafetín próximo...
Según parece, Bailby estaba furioso. Era un error, creo, pues
excepto si ese reporter hubiese dicho enormidades, demostraba que tenía aun más
talento que los demás.
En resumen, Bailby lo despidió. Era Georges Simenson.
Y, cuando mucho más tarde, un amigo, René Lignac, dijo a León
Bailby: “de todos modos usted despidió a Simenon y a des Cars. ¿No lo lamentó?”
León Bailby contestó, soberbio: “Ellos, era diferente. Cuando sentí que esos
dos jóvenes tenían una gran personalidad, preferí devolverles enseguida su
libertad...”
La libertad, era la puerta.
Ese fue mi despedida de León Bailby. La primera. Más adelante,
volví a trabajar para él y, en 1941, me pidió trozos de El Oficial sin nombre
para L'Alerte, un semanario que había creado en Niza. Después de la guerra lo
reemplacé en la tarea de organizar el baile de las Camitas Blancas,18 cuando
esta obra tenía todavía algún sentido. Ya lo dije en De capa y de pluma, pero
puedo volver a decir que a pesar, y tal vez a causa de su autoritarismo, León
Bailby era un gran señor. Como director de periódico, conocía a fondo el arte
de reunir gente que no tiene ningún punto en común para obtener la opinión del
público. Aplicaba el método de la mezcla alrededor de su mesa —excelente— donde
reunía a las personas más diversas: Merlene Dietrich, el arzobispo de París,
Mary Marquet, Mermoz, el secretario perpetuo de la Academia Francesa, un médico
célebre y un joven redactor de mi estilo. Llamaba esto “La política de los
almuerzos”. Bailby sabía que esas personas, tan diferentes, terminaba por intercambiar
ideas y que esas ideas serían el reflejo de la opinión. Hacía participar a sus
invitados de los temas del día, recogía sus opiniones y cuando se habían marchado,
decía al principiante: “¿Oyó lo que les interesa?” Redactaba el editorial del
Jour del día siguiente, esas famosas cincuenta líneas en segunda columna... La
nota del Patrón representaba la reacción del setenta y cinco por ciento de los
franceses ante los acontecimiento de los cuales se habían enterado la víspera.
Esos lectores estaban satisfechos; “Bailby piensa como yo”, lo que equivalía
a decir: “Soy inteligente como Bailby, escribe lo que yo pienso.” Aun si las
hábiles plumas editorialistas de hoy no practican la política de los almuerzos,
es en un editorial donde mejor se encuentra esta primera verdad que consiste en
no comprar un diario para hacerse una opinión sino más bien para encontrar la
propia o, en su falta, una que convenga. Cuando la opinión del periódico no
agrada más al lector, el periódico pierde ese lector.
—¿Al dejar Le Jour no entraste a la calefacción urbana?
—¡No! Prefería tener frío. Y tuve mucho frío, invierno. Aunque
tuve el pequeño milagro de Crucero para damas solas, mi comedia representada en
el teatro de la Potiniere. Esta obra tuvo como consecuencia hacer saltar el
último puente que unía con mi familia. Mi padre explotó: “Que mi hijo escriba
en las gacetas, vaya y pase, pero para el teatro popular, eso no, ¡jamás!” No
vino a aplaudirme. Sin embargo, ya lo dije, tuvo cierto éxito. Sobre todo que
el teatro donde se representaba había tenido últimamente una sucesión de
fracasos totales. La comedia que había precedido la mía no había alcanzado más
de veinte funciones.
18 Fiesta de beneficencia que se celebra anualmente a favor
del Hospital de Niños.
El autor, al darse cuenta que su obra no atraía multitudes,
contrató un garagista vecino al mercado Saint—Honoré:
“¿Cuantos autos de clientes tiene entre las siete de la noche y
las siete de la mañana, y que no salen?, le había preguntado.
—Unos cincuenta, contestó el garagista. ¿Por qué?
—Se los alquilo todos esta noche entre las ocho y la medianoche.
Usted los llevará uno por uno a la calle Louis—Le—Grand, frente a la entrada
del teatro de la Potiniere. Arréglese para que la fila de autos se prolongue
en la calle Daunou y la Avenida de la Opera. Encienda los focos y ciérrelos con
llave... ¿Cuánto me cobrará?”
Al margen de esto, el autor contrató a dos individuos que hizo
vestir de agentes de tránsito. ¡Agentes sorprendentes que tenían la misión de
orientar todo el tránsito hacia el teatro! En un cuarto de hora —hoy bastaría
un minuto— hubo un atascamiento increíble. Los automovilistas, los peatones se
preguntaban. Los agentes contestaban: “Es la muchedumbre que ve a la Potinere.
Representan una nueva obra...” Los curiosos atraídos, que se dirigían hacia el
teatro encontraban el cartel: “No hay más localidades”. El vendedor de
entradas, encerrado tras las rejas de la taquilla les decía a manera de
consuelo: “Vengan mañana por la mañana, al abrirse la boletería, a las once.
Tal vez encuentren localidades.” Tranquilo, el futuro espectador dejaba el
vestíbulo iluminado bajo la mirada del acomodador que cuidaba adoptar un aire
afligido diciendo: “¡Ni siquiera tengo un solo programa, los vendí todos!” Lo
que el futuro espectador no sabía era que la sala estaba sumida en la oscuridad
de las noches sin función, aunque era noche de función. ¡Ningún espectador
había venido! Situación excepcional que acaba de repetirse recientemente en el
teatro Fontaine con El honor de Cipolino. En cuanto a los programas, no había
porque parecía inútil imprimir más... A media noche los autos fueron llevados
por el garagista, uno por uno, con la ayuda del guardián. A esa hora nadie se
interesaba por lo que ocurría en la calle Louis le Grand. El juego se repitió
tres noches seguidas. Tres noches durante las cuales el teatro “tuvo funciones
a puertas cerradas” sin tener función. Por la mañana del cuarto día, considerando
que había traído bastante gente, el autor hizo abrir realmente el teatro. Ya no
había autos en la calle, pero el teatro estaba lleno de verdaderos espectadores
que habían pagado su localidad. ¡Y furiosos! A la salida, ninguno lograba
contestar esta inverosímil pregunta: ¿cómo pudo haber habido tanta gente en las
representaciones anteriores? Sin embargo, el autor no sólo tuvo éxito en la
publicidad. Hábil vodevilista se convirtió en autor de gran éxito con Bichon y
con “La zurra”, y su nombre se identifica con el teatro del Palais—Royal, del
que fue director: Jean de Letraz.
Mis modestos derechos de autor se esfumaron en algunas comidas
con compañeros de infortunio. Y pronto tuve que vender mi más preciado bien: un
pequeño auto negro y blanco, último cordón umbilical que demostraba que había
tenido una familia. Me mudé a la margen izquierda, uno de esos lugares donde
“sopla el espíritu”, como hubiera dicho Maurice Barres. En aquella séptima
circunscripción, llena de funcionarios, de solteronas que vuelven de misa, de
misioneros que van o vuelven de Africa o Asia, es ese barrio donde se oye sonar
la hora a cada minuto, encontré un hotel no muy caro cuyo nombre me dedujo:
Hotel Juana de Arco y de los Peones de Mudanza reunidos... En Caen ya había
encontrado el hotel de la Plaza Real frente a la Plaza de la república, pero
esto...
¡Juana de Arco casada, y casada con empresarios o peones de
mudanzas, era históricamente nuevo! ... y práctico. Porque, para ser franco,
no estaba lejos del departamento de mi madrina, hermana de mi padre, única persona
de la familia que consentía en ver al “saltimbanquis”. Vivía en la calle de
Bellechasse. Se llamaba Agustina. Yo le había bautizado “Tía Titina” y jamás
olvidé que se preocupaba por pagar mi cuenta del hotel cuando ésta autorizaba a
mi hotelero a mirarme de mala manera, en forma sospechosa, con una mirada que
yo trataba de evitar porque significaba: “Usted me debe dos semanas.
¿Cuando piensa pagármelas?”
A pesar de la discreta generosidad de mi madrina, mis fines de
mes duraban tres semanas. Aunque hoy duran menos tiempo, no olvido los
desayunos, almuerzos y cenas de café con leche y media lunas.
Un día mi situación fue crítica. Había comido, en ambos sentidos
del término, las pequeñas liberalidades de la “Señorita Agustina”, como decía
su apoderado. Había pasado horas ennegreciendo lo que Audiberti llamó “las
cuartillas de la noche” y que tenía nombre de “novela” o de “comedia en tres
actos”. Pero nadie los quería. Mi hotelero me amenazaba con expulsarme y me
divertía: “¡Irá al Ejército de Salvación!”
Necesitaba seiscientos francos. Ya que no los encontraba en mi
imaginación ni en mi buhardilla, tenía que buscar afuera. La desesperación me
condujo naturalmente al barrio latino, en ese privilegiado lugar de la bohemia
que era el café Dupont. “Todo es bueno en lo de Dupont”, ya sabe, sobre todo
cuando se sale de una habitación mal alumbrada, con calefacción rudimentaria.
Eso era vida, con camareros que va y vienen, ruidos de platos, de vasos, risas
y hasta el alumbrado que daba buen semblante o casi, a los hambrientos. Acababa
de sentarme a una mesa cuando observé un grupo muy animado.
En el centro, un personaje extraño que ya había visto varias
veces, peroraba y expresaba en una forma digna del café Del Comercio. Usaba
monóculo y polainas blancas, tendría unos sesenta años pasados y tenía el buen
gusto de jamás pagar lo que consumía. Prefería que los estudiantes que lo
escuchaban —seres llenos de porvenires ocupasen de ese detalle. En cambio, les
prodigaba consejos. ?Cómo hacía? Tenía el arma adecuada: la tarjeta de visita.
En ella se leía primero su nombre que evocaba un personaje de Feydau:
“Filiberto de Maisontout”. Debajo, en letra cursiva, despertaba la admiración
saber que era”hombre de letras, redactor de los principales diarios y
semanarios parisienses, cronista social, secretario perpetuo de la Asociación
de poetas independientes”. Si no había agregado “abonado del gas” era sin duda
porque hacía mucho tiempo que en su casa le habían cortado el gas...
Ante su auditorio que lo escuchaba con beatitud, dejaba
entender que ya no había buenos periodistas. Pero que si queríamos seguir sus
consejos, nosotros, los jóvenes, llegaríamos tal vez a realzar el nivel de la
profesión. En realidad, mandaba noticias gastadas a gacetas literarias de
provincia y algunas veces alimentaba revistas libertinas con informaciones
dudosas o que frisaban el chantaje. Así iba por la vida, sobre la cuerda tensa
desde hacía cuarenta años, pero jamás había caído. Astuto, brillante a veces,
ocultaba mal una pereza visceral. Lo cual le aseguraba un público fiel: la
fastidiosa cohorte de gente que cuenta sus obras pero jamás las escribe. En el
punto en que yo me hallaba, con su facilidad para la pirueta, podía tal vez
tener el rasgo genial capaz de salvarme. Sé levantó. La “lección del día” había
terminado; sus discípulos, nutridos de ilusiones, se habían marchado. Me
dirigí hacia él y le expliqué la urgencia de mis problemas.
“¿Cuánto te queda en el bolsillo?, me preguntó a manera de
solución.
—Doce francos.
—¡Es más de lo que se necesita para triunfar! Ven conmigo a los
Deux Mogots.”
Al llegar a este otro templo de la literatura oral, Filiberto
ordenó con voz fuerte:
Tenía una pasión: la moto. La cual no coincidía del todo con el
gusto de mi padre. Un día, en una bajada, me adelanté como un meteoro al Delage
en el que viajaban él y mi madre. El chofer debió girar bruscamente el volante.
A su regreso, mi padre, a quien mi velocidad no le había parecido divertida, me
confiscó mi "ruidosa máquina".
El microbio de
escribir me roían. Pero debí marcharme golpeando la puerta del castillo. Mi
padre decía: "¿Quiere escribir? ¡Ya le pasarán las ganas cuando se muera
de hambre!" No estaba del todo equivocado. Fue el tiempo difícil de los
"almuerzos-café fon leche" y de las
"cenas-cigarrillos". Pero sigo teniendo hambre de escribir.
“¡Mozo, dos medios litros de cerveza bien servidos, sin
demasiada espuma! ¡y algo para escribir!”
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Dos medios litros significaba tres francos, o sea la cuarta
parte de mi capital, “nuestro” capital, pues seguramente Filiberto estaba “un
poco apretado en ese momento”. Al ver mi angustia muda, trató de hacerme
razonar:
“Es necesario tomar algo si se quiere tener papel del negocio
gratis. Bueno, ¿quieres ser periodista? Ante todo, ¿en qué especialidad?
¿política?
—No, es aleatorio y poco interesante —¿Deportes?
—No me gustan los deportes.
—Te apruebo. Sólo hay uno digno del hombre: el caballo A
propósito, ¿quieres un dato para la primera carrera de mañana en Auteuil?
—No creo que sea el momento...
—Quedan entonces los temas literarios. Veamos París Soir. Si en
este diario no literario encontramos una pequeña nota literaria, es que
realmente París—Soir no pudo hacer de otra manera. Y si le interesa a
París—Soir, interesará a todo el mundo, incluyendo las porteras y las
costureras. ¡Busquemos!...”
Pasó revista a todo: escándalos, noticias de policía, crisis del
franco, y de pronto me dijo:
“¡Aquí está lo que nos hace falta!”
Apuntando con el dedo en la tercera columna de la cuarta página
me mostraba un pequeño título: “Juliette Adam va a ser centenaria.”
En la actualidad, Juliette Adam es un nombre que tal vez no dice
gran cosa. Había sido una reina de los salones literarios, fundadora de La
Nouvelle Revue, una especie de Marie—Laure de Noailles. Vivía retirada en la
abadía de Gif, en el fondo del valle de Chevreuse, en medio de recuerdos
deslumbrantes. Durante mi breve permanencia en Le Jour, León Bailby me había
enviado a recoger algunas confidencias caídas de esa boca de oro. No había sido
sencillo. Arrugada, encogida en un cochecito, esta mujer que había sido tan
brillante había caído en la chochez. Su cerebro usado sólo se encendía cuando
llegaba para ella la hora de... ¡los títeres! Sí, un verdadero teatro de
títeres que demostraban a las claras que había vuelto a la infancia. Unica
espectadora, escuchaba los textos de las obras que había escrito otro,
cincuentena años antes, para marionetas cuyos trajes habían sido confeccionados
y bordados por amigas selectas, como la duquesa de Uzés. La cuidadora
balbuceaba esos textos, el guardián agitaba los muñecos y Juliette Adam, con la
mirada perdida, tenía la frente serena de aquellos que están próximos a
marcharse para ir a vivir en un mundo mejor. Lo cual no era sorprendente:
¡tenía noventa y nueve años! Conocí entonces las angustias del reportaje
imposible: aquel en el cual el entrevistado no dice nada. También supe que
imposible no era periodístico. Mi nota había salido con el título “Juliette
Adam ha confesado a nuestro enviado especial...” No me había confesado nada,
pero su enfermera me mostró el “Arbol de la Victoria”, el que el mariscal
Franchet d'Esperey, comandante del primer grupo de ejércitos en 1914, había
hecho transplantar de un bosque de Argona al jardín de esta abadía. En el
árbol había una placa en la que se podía leer: “A la que siempre conservó una
fe inquebrantable en los destinos de Francia. Pueda este árbol, uno de los
pocos que sobrevivieron a la hecatombe de Argona, volver a florecer en la
tierra calma de una abadía. Su lugar no podría estar en ningún otro lugar. En
el sitio de donde fue desenterrado, duermen millares de soldados nuestros.”
Esas emocionantes líneas era todo lo que Juliette Adam me había
enseñado, si así puedo decir. Tenía la impresión de haber desenterrado un
cadáver. Pero, se sabe muy bien, los cadáveres hablan. En los periódicos y en
las novelas policiales....
Filiberto de Maisontout había aceptado mi testimonio con
satisfacción.
“¡Perfecto!, me aseguró. Redáctame una pequeña nota acerca de
ella. Tú, al menos, la viste. Si llegas a vender tu nota por cien francos, es
que tienes talento; de lo contrario, ¡vende tiradores! Entiéndeme bien: el
periodismo es un oficio que jamás carece de material. En cualquier parte se
encuentra papel. Mientras que el capital, está allí, en tu cabeza. O no está y
no harás nada bueno sin ideas, sin imaginación, sin observación.”
Escribí dos páginas llenas de tachaduras, vigilado por el
asombroso Filiberto, falsamente perdido en volutas de humo. Las leyó y muy
seguro declaró:
Podemos ir a dormir. Mañana todo marchará bien.
—¿Dormir? ¡Pero no puedo volver a mi hotel!, le recordé.
—Vamos... Esta noche te alojarás en mi casa.”
El alojamiento de Filiberto no era mucho mejor que el mío, pero
según él tenía la ventaja de tener un buen vecindario: la Sorbona. En ese hotel
de la calle Cujas, en el sexto piso, Filiberto era un gran señor de la miseria,
el primo vivo de aquel pintoresco personaje de Roland Dorgéles, el Marqués de
la Déche. Como había una sola cama y el frío apretaba, me preguntó muy
cortésmente:
“¿Saco o pantalón?”
Hablaba de su único pijama. Nos lo jugamos a la suerte y me tocó
el saco. La calma no era de rigor en el edificio que tendría que haberse
llamado Hotel del Libre Intercambio. La escalera sonora y una grifería
indiscreta revelaban breves encuentros. Filiberto ya no les hacía caso. Desde
lo alto de su sexto piso, planeaba sobre todas las debilidades humanas.
El sol de Austerlitz —dixit Filiberto— brillaba ya cuando me
preguntó:
“¿Te quedan ocho francos?
—Ni un céntimo más...
—Empecemos por tomar un desayuno digno de ese nombre.
—Por favor, le pregunté fastidiado, ¿que voy a hacer?
—¡Paciencia) ¡Hay que saber esperar y arremeter de golpe!”
Me pidió mis últimos francos y volvió triunfante con un cospel
para el teléfono exclamando:
“¡Aquí está tu porvenir!
—¿A quién vamos a llamar?
Al director de Gringoire...”
Gringoire era un semanario de derecha dirigido por Horace de
Carbuccia.
Gringoire permanecerá tristemente célebre en la historia de la
política francesa porque más tarde, después de una encarnizada campaña, el 18
de noviembre de 1936 empujó al suicidio al ministro del Interior del Frente
Popular, Roger Salengro. Filiberto prosiguió:
“Carbuccia es snob. Tu nombre le agradará. Te recibirá.”
Por más que protesté que mi nombre sólo me atraía envidia e
incomprensión en los periódicos —y olvido de parte de mi familia— Filiberto no
estaba de acuerdo. Hizo el llamado telefónico.
“¿Hola, Gringoire? Quisiera hablar con el director. ¿No está? ¿A
que hora estará en su despacho? ¿A las dieciséis? ¿Quiere hacerle decir que el
señor des Cars lo visitará a las cuatro y media? Anote bien el nombre,
señorita, en dos palabras. Gracias, señorita... Hasta luego, señorita...
—¡Finalmente estás loco, Filiberto!—¡A ti te toca jugar! Debes
venderle tu nota... Lo que necesitas hoy es caradurismo. Te dejo, porque estoy
invitado a almorzar en un restaurant chino... Hasta la noche...”
Desapareció. Yo no estaba muy seguro que estuviese invitado a
ese almuerzo, pero sí tenía la certeza que lo conseguiría.
En las oficinas de Gringoire, en la avenida Rapp, después de
haber llenado la ficha de visitante, vi pasar varias celebridades que ya había
visto en el periódico de León Bailby. ¡No era posible! ¡No iba a empezar de
nuevo a esperar!
El mayordomo me llamó. Hinchado de “Filibertina”, empecé a
largar un discurso insensato ante Horace de Carbuccia:
“Mi querido señor, sé que sus minutos son tan valiosos como los
míos (para los míos, era falso) . Pero leo apasionadamente su semanario
(segunda mentira) y observé un grave olvido en sus columnas literarias:
Gringoire omitió hablar de Juliette Adam, gloria casi nacional de quien se va a
celebrar el centenario. Es tanto más sorprendente cuanto que periódicos como París—Soir
no vacilaron en dedicarle un cuarto de columna...”
La cosa podía resultar o no. Por el rubor que invadía el cráneo
calvo de Horace de Carbuccia, vi que resultaba, Era necesario empezar
inmediatamente el segundo round:
“Si me permito hacerle notar esta pequeña laguna es tan sólo
porque me considero como un verdadero amigo de su empresa y porque conozco
íntimamente a Juliette Adam. Creí hacerle un pequeño favor borroneando anoche
con mis amigos, mientras tomábamos una copa en los Deux Magots, algunas líneas
acerca de la solitaria de Gif. Pienso que pueden bastar para servir de base al
artículo que usted encargará a uno de sus redactores...”
Y me puse de pie.
“¡Se lo ruego, señor des Cars!, exclamó Horace de Carbuccia.
Quédese un momento. Su gestión me complace.”Ya estaba leyendo las páginas con
membrete de los Deux Magots:
“Vea usted, lo que más me complacería sería publicar esta
semblanza tal como está, con su firma, si acepta...” ¿Si yo aceptaba? Permanecí
mudo de estupor. ¡Tomaba mi nota y estaría firmada con mi verdadero nombre!
¡Adiós, Sinovia; adiós Giglio, adiós, Desrac!
“Será para el número próximo. Le agradezco su idea...
Ah, a propósito, ¿puede usted darme el domicilio de su banco
para hacerle llegar el importe por cheque?
¡Un cheque! Era feérico. Y catastrófico, pues no tenía cuenta
bancaria. ¡Y no podía pedir dinero en efectivo a un hombre tan cortés!
Repliqué:
“Ya que usted desea arrebatarme esta colaboración imprevista,
es preferible que me haga un cheque que depositaré yo mismo en mi banco...”
Sin pestañear, firmó un hermoso rectángulo color verde después
de haber escrito en el una cantidad que me esforzaba por mirar. Deslicé el
cheque en mi billetera, muy flaca, y me despedí de este “gran director” quien,
al acompañarme hasta la puerta de su despacho me dirigió estas amables
palabras:
“Espero que su colaboración en Gringoire no habrá de detenerse
en este primer artículo...”
Sin embargo, fue lo que sucedió. Nuestra manera de pensar era
totalmente opuesta.
Una vez en la calle, miré el cheque: ¡mil francos! Tenía
náuseas de felicidad. ¡Mil francos! ¡Significaba pagar el hotel, algunos días
fastuosos con dos comidas, un almuerzo y una cena; significaba también decenas
de medios litros con Filiberto! Era, sobre todo, mi primera nota firmada sin
seudónimo: la prueba irrefutable que ese oficio de escribir podía ser el mío.
Existía un solo inconveniente: ¡el cheque estaba cruzado!
¡Había cometido una idiotez al hablar de “mi” banco!
En el café Dupont del barrio latino me encontré con Filiberto.
Prudente, no había pedido nada antes de mi regreso.
“¿Entonces, como te fue?, me preguntó con ejemplar calma.
—Ya me había dicho que si vendía mi nota por cien francos tenía
algún talento. .
—Te lo dije y te vuelvo a decir.
—¡La vendí mil francos! Y agité el cheque en alto. Filiberto
hizo un solo comentario: “¡Mozo! ¡Dos coñacs tres estrellas!”
Para él era un digestivo, para mi un aperitivo. Y sin pérdida de
tiempo, siempre muy práctico, añadió: “Endosa ese cheque. Lo voy a cambiar en
la caja. Me conocen ... Tendrás tu dinero en efectivo.”
En la euforia corrí al Hotel Juana de Arco y. .. lo que sigue.
El hotelero no tuvo tiempo de acorralarme al pie de la escalera. Le grité:
“¡Prepárame mi cuenta! Cambio de hotel. ¡Decididamente, el suyo
es siniestro!
Esa noche, con Filiberto, rendimos pleitesía a la diosa Suerte,
madre bienhechora de la prensa. Al alba, sin deudas pero todavía con algunos
centenares de francos, tenía la certeza que ya no viviría sólo de esperanza.
Lamentablemente, poco tiempo después, Filiberto desapareció. Por causa de su
cuenta del hotel de la calle Cujas. Lo busqué en vano. La bohemia era su último
domicilio conocido. ¡Qué ser extraño... ¡Y qué hombre de prensa! Al hacerme
leer París—Soir, ¿no me había demostrado acaso que leer los periódicos es la
gran actividad de los periodistas? Además, es una receta siempre apreciada en
el oficio. Se la podría nombrar “ley de la correa de entrenamiento”. Consiste,
para un periodista, en retomar lo que han escrito, dicho, visto y oído sus
colegas. Con la multiplicación de los medios informativos, hay trabajo. Esta
revista de prensa permite con frecuencia encontrar un tema para un reportaje,
para una nota. Así, algunos casos pueden ser tomados con importancia excesiva,
ampliados y, algunas veces, deformados. Esta “complementariedad” —no me gusta
esta palabra, pero no encuentro otra— da lugar a que una breve información de
algunas líneas en un diario se convierta en dos páginas en un semanario, una
foto en una revista mensual, dos minutos en la radio o en la televisión. y
viceversa. Hay un eco imprevisible y a menudo incontrolado. En el nivel
internacional, los informes de un diario de San Francisco pueden ser tomados,
comentados, analizados por un diario de París y llevados a Teheran. De esa mezcla
nace la actualidad. En el fondo, la prensa es un verdadero mercado común.
Filiberto de Maisontout lo había comprendido muy bien: era de donde sacaba lo
esencial de su prestigio.
—¿Y después de esa nota, las puertas de los periódicos se
abrieron ampliamente para ti?
—¡Lejos de eso! Pero algunas, entreabiertas, me permitieron
vivir y sobrevivir sólo escribiendo. Era duro y espléndido. Una época en la que
todo era posible.
—¿Lamentas esa vida?
—Ahora son mis mejores recuerdos, los de un cierto tiempo
perdido. Podría lamentarlo, pero no lo hago. Vivo mejor, pero vivo siempre y
únicamente de mi pluma. Para mí, es lo único que cuenta.
Había empezado una novela de ambiente circense. El circo me
fascinaba y sigue fascinándome. Pero para ver de cerca a “las gentes del viaje”
y su mitología secreta, había una sola solución: obtener un contrato para
trabajar en el circo. No sabía todavía cómo ni para qué, pero era
imprescindible. Además, ello tendría la inmensa ventaja de arrancarme a una
existencia monótona y gris, que era la de todos los días. Cambiaría la
mediocridad por las lentejuelas, el olor de las fieras y las notas graves del
helicón de la orquesta. En esto también se produjo un pequeño milagro con
grandes efectos: un circo ambulante internacional, el circo Gleich, que debía
venir próximamente a Francia buscaba un secretarlo general francés para ocupar
se de la publicidad en el interior del hexágono. ¡Era exactamente lo que yo
necesitaba!
Ocho días más tarde, provisto de una promesa de contrato por
seis meses, desembarqué en Milan, última etapa del circo antes de llegar a
Francia. Me impresioné muchísimo ante esa gigantesca lona, esa vela de un
navío que habría de ser el mío y que todas las noches se llenaba con seis mil
espectadores que se deleitaban con la risa de los clowns, la elegancia de la
alta escuela de ejercicios hípicos y la angustia del trapecio volador. Ese
circo tenía casi quinientas personas empleadas. Era una ciudad, un mundo
alimentado por cinco cocinas diferentes: una cocina europea para la dirección,
una cocina china para los conjuntos orientales, una cocina de Europa central
para los jinetes checos, una cocina alemana para los equilibristas y una cocina
nórdica para la aldea lapona. ¿Cómo olvidar mi llegada en esa mezcla de olores
y de relentes? Era realmente el gusto de la cocina llamada “internacional” que
se encuentra en los hoteles y en la que todos los ingredientes, todas las
recetas —perdiendo su nacionalismo— se contradicen y se anulan para
convertirse en una mixtura que tiene siempre el mismo gusto, es decir, que no
tiene ninguno.
El director de ese circo parecía salir de una litografía inglesa
con escenas de cacería: rostro rojo, chaqueta roja, un verdadero langostín. Muy
alto, no descuidaba de ajustarse el monóculo para hablar inclinándose y
mirándose en sus botas impecables. Jugaba distraídamente con su fusta, que era
para él su cetro de mando. Cuando llegué, este hombre impresionante que usaba
galera de copa y guantes blancos, me esperaba en la entrada de su carpa
directorial, nuevo Campo del Paño de oro.19 La orquesta no
ejecutaba
La Marsellesa porque las relaciones franco italianas eran más
bien tensas. Tocaba la marcha Sambre-et-Meuse, lo cual demuestra que el circo
no conoce las fronteras. Yo estaba asombrado. Esta recepción tan inesperada
como espectacular me hacía penetrar en el mundo de la pista. En cierto sentido,
jamás salí de él.
Comprobé muy pronto que mi trabajo exigía ante todo una
organización eficaz. Animé la vanguardia del circo, la que llega a una ciudad
ocho días antes que la carpa para verificar con la municipalidad el solar donde
habrá de instalarse el circo con sus carromatos. En aquella época. en cada
ciudad o casi, ese terreno solía ser el de la feria, se podía alquilar sin
dificultades. Actualmente, encontrar en Francia un lugar para instalar un circo
implica acrobacias fuera de programa. Jean Richard (un hombre aun más
maravilloso de lo que se cree y hacia quien tengo gran admiración) me había
hablado de eso la víspera de su accidente,
19 Nombre dado al llano próximo al Paso de Calais donde en
1520, el rey de Francia Francisco I se entrevistó con Enrique VIII de
Inglaterra para negociar una alianza contra Carlos V, rey de España y emperador
de Alemania.
esa pesadilla que nos dejó a todos con el corazón palpitando.
En Francia, el circo no forma parte de la “cultura”. Y yo,
cuando oigo pronunciar la palabra cultura, pienso también en el circo.
Dicen que es un espectáculo para niños. Esto es completamente
falso. El circo es un espectáculo para todos, chicos y grandes. Me gustaría que
lo digan y lo reconozcan. Además, a pesar de los relativos esfuerzos del señor
Druon, a pesar de la función de gala anual de la asociación La Pista, a pesar
de algunas buenas voluntades, el circo sigue siendo un paria. Lo digo
claramente: es escandaloso. Nos han inundado de “Casas de la cultura”, de
“Centros de expresión dramática, teatral, corporal” y todo lo que quieran,
todavía no he visto que los poderes públicos tomen las medidas necesarias para
ayudar al circo en la misma proporción que al cine y al teatro. ¿Donde está el
texto que piensa prever la llegada de un circo en una ciudad? Si existe, que me
lo muestren. Y sobre todo, que se aplique. Jean Richard me lo ha recordado muy
bien:
en Alemania federal, en Italia, en Holanda en Suiza, en resumen,
en los países que no son particularmente subdesarrollados, los textos
oficiales obligan a las municipalidades de prever el lugar para un circo. En
Francia se hacen playas de estacionamiento para automóviles. Y el circo queda
relegado en los suburbios, lejos del centro, lejos de la ciudad a la que podría
inundar con su magia. Y en esos países que cité, si se olvidara al circo habría
revoluciones.
Sería un atentado al derecho al espectáculo. Entre nosotros, el
circo es un pariente pobre. ¡Qué tristeza y que injusticia! Sus enemigos —en
general gente que no entiende nada— pretenden, mayormente, que plantearía problemas
de circulación, de seguridad, etc. Son pretextos de mala fe. Cuando la carpa
azul y roja de Jean Richard se instaló el año pasado en la plaza Clichy, en
pleno corazón de París, con el éxito que todos hemos podido apreciar, los
problemas fueron solucionados. Para la mayor alegría de sus millares de
espectadores. Agradezcamos al promotor que tuvo la idea de hacer revivir con
brillo y calidad el hueco desesperadamente negro del destruido cine Gaumont—Palace.
También se dice: “En la televisión está La Pista de las estrellas.” Por cierto,
fue un buen programa, pero el mismo tiempo apuñaló por la espalda al verdadero
circo, al que huele a aserrín, a fieras, al que se puede tocar y palpar, el del
sudor y del coraje. Muchos telespectadores, al recibir de este modo el circo a
domicilio, perdieron el gusto del contacto directo y el deseo de trasladarse.
¡Y a pesar de esa terrible competencia, cuando una carpa llega a una ciudad
que, todavía lo acepta, qué alegría y qué éxito! De sus cuatro mil localidades
(como término medio), se encuentran muy pocas vacías. Evidentemente, lo que
digo se refiere al circo ambulante. El circo fijo, es más difícil. En Francia
sólo queda el circo de Invierno. Debo haber otro en Dinamarca o en Suecia, uno
en España y es más o menos todo lo que queda en Europa. El circo de Invierno...
Entre los hermosos edificios que jalonan el bulevar que une la plaza de la République
con la plaza de la Bastille —un bulevar tricolor—. ese polígono color crema es
una obra maestra en peligro. No lejos de allí un ministro, que sin embargo
había escrito L'Espoir (La Esperanza), dejó que se demoliera el Ambigu, aquel
hermoso teatro cuyo frente estaba adornado con bustos de odaliscas resignadas.
Todo alrededor, amenazan las playas de estacionamiento. Pues bien, es necesario
que el barrio de Filles-du-Calvaire no tenga un nuevo mártir. El circo de
Invierno debe ser defendido contra los peligros del cemento, del parque
automotor y de lo que se atreven a llamar el urbanismo. Estén tranquilos: por
el momento todo anda bien a bordo el báculo vigilante del amo del lugar. Nombré
a Joseph Bouglione, el patriarca, el patrón, un verdadero director de circo,
jefe de una tribu de la que por lo menos setenta miembros trabajan con él,
luchan con él para que un determinado circo no muera. A él, que lleva
eternamente sombreros de ala ancha, me gustaría saludarlo con mi sombrero. El
circo de Invierno: ¿qué quiere decir? Quiere decir una temporada de París, o
lo que queda de ella. Cuatro, cinco meses de actividad visible, rentable. Pero
significaba todo un año de gastos, de previsión social, de contratos en
perspectiva, de programas que hay que componer. ¿No es algo maravilloso,
admirable y digno de elogio ? ¡Ah! ¡qué largo es el verano en ese barrio de
París! Por una vez me gustaría que el invierno dure todo un año. Entren en el
circo de Invierno... Sí, entren conmigo. Es un monumento, pero no un museo: se
encuentra vida, se encuentra la evasión y el ensueño. En cada representación,
deslizándose entre lo espectadores que convergen, se encuentra este hombre,
Joseph Bouglione, cuyo nombre brilla en todas partes donde se habla seriamente
de circo. Y mientras sigan brillando esas letras de oro, será grato sentarse
allí donde patalean los niños, allí donde Jerry Lewis lloró de emoción, allí
donde una noche de función de Gala de la Union, ante un verdadero Todo París
vestido de smoking, un proyector indiscreto enfocó un mozo de pista que recogía
una copiosa bosta de elefante: Marlene Dietrich convertida por un instante en
el Angel Azul de la pista. Ya sabe: el circo es una familia. Buoglione es una
familia. Los hijos de Joseph han tomado, bajo la carpa, la antorcha de su
padre. Y esto es reconfortante. Su nombre mágico y los Pinder. de Jean Richard,
de Rancy atraen a las multitudes con la calidad, respetando al público. Es
mejor no hablar de otros grandes nombres que recientemente se han vendido para
espectáculos gratuitos, sin relación con lo que se puede esperar del círculo de
oro que es una pista, pálidas copias de un music—hall traicionado, adulterado y
cuyas localidades se encontraban en los supermercados, colocadas gratuitamente
entre un paquete de jabón en polvo y una caja de pescado congelado... Era
grave, pues cuando un verdadero espectáculo circence, un espectáculo pago, un
espectáculo de calidad llegaba después en la misma ciudad, el público tenía una
reacción: “Acabamos de ver circo gratuito. ¡Y tienen el descaro de hacernos
pagar)” Esa traición no les dio suerte a sus autores. Los nombres
desaparecieron, los leones y los carromatos fueron vendidos en público subasta.
Es doloroso. Pero todos aquellos que se esmeran por seleccionar números del
mundo entero, los que cuidan los trajes de los músicos y de las acomodadoras,
los que se preocupan por dar buena calefacción en la sala, en resumen `los que
organizan un buen espectáculo, tradicional pero no lastimoso, ágil y feérico
esos, creo, siempre tendrán el público consigno. Jean Richard dijo esta hermosa
fórmula: “El circo de mañana será el de ayer.” Yo quisiera, sobre todo, que se
deje de emplear la palabra circo como sinónimo de barullo y desorden. Por el
contrario, un buen espectáculo de circo nada debe a la improvisación.
Este año 1974 es el nacimiento del primer festival internacional
del Circo. Evidentemente, sólo puedo aplaudir semejante iniciativa que
pertenece al príncipe Rainiero de Mónaco. Pero lamento un poco que este
festival no tenga lugar en París... Un París que tendría que estar avergonzado
ante los esfuerzos del sonriente Principado. ¡Paciencia! Como en la canción,
“Iremos a Monte Carlo”... Observa que es un lugar al que me agrada ir, y mis
pasos me llevan con frecuencia allí. A pesar de todo, sólo hay un Mónaco en el
mundo.
En 1941, cuando los camareros del Hotel de París llevaban el
desayuno a la clientela, le decían: “Usted tendría que leer El Oficial sin
nombre... ¡Es un libro formidable)” Yo no tenía nada que ver con esta
publicidad discreta pero eficaz. Me permitió entrar en el oficio por la puerta
de servicio... Además, Mónaco es también un lugar donde se hizo ilustre mi
abuelo, el hombre de los botines colgados alrededor del cuello Y cada vez que
voy al Principado, no puedo dejar de pensar en lo que ocurrió en el patio del
palacio principesco, allá por 1905...
Aquel día, el príncipe Alberto de Mónaco, bisabuelo de Raniero,
esperaba a mi abuelo. El príncipe Alberto, gran viajero, gran explorador
oceanográfico —el famoso museo lleva su nombre— había invitado a almorzar al
duque des Cars en compañía del duque de Alencon. ¿Sería para hablar de
aventuras extraordinarias en el Artico, de viajes en globo u otras
expediciones lejanas? No lo sé. Pero estoy seguro que era para conversar
acerca de viajes y de medio transporte.
Con sombreros de copa y levitas ribeteadas en seda, los dos
duques bajan del tren de París para subir en un coche tirado por cuatro
caballos (porque las lomas son empinadas en Mónaco) enviado por S.A.S. el
Príncipe Alberto. Era un agradable paseo en coche abierto: los dos hombres
aprovechan al máximo ese decorado que ya evocaba el de una opereta.
¡En el momento de entrar en el patio del Palacio, el piso del
coche se desfonda! Con el ruido de las ruedas que martillan los adoquines,
absorbido en conducir majestuosamente sus caballos haciendo vibrar su látigo,
¡el cochero no nota nada, no oye nada, no sospecha nada! Sin embargo, los dos
hombres gritan a voz en cuello: “¡Deténgase, cochero, deténgase!” El coche
sigue andando como si no ocurriese nada. Entonces los testigos tuvieron esta
inolvidable visión: agarrándose a los almohadones y a las portezuelas, los dos
hombres... ¡corrían con el coche! ¡Sus piernas y sus pies pasaban por el
agujero del piso desfondado y galopaban, arrastrados en un verdadero
engranaje! Esos cuatro pies entre esas cuatro ruedas, ya no eran el duque des
Cars y el duque de Alecon, eran Laurel y Hardy en Mónaco! ¡Agotados, sudorosos
chillaban!
Después de hacer una vuelta de honor que estuvo a punto de
acabar con ellos, el cochero detuvo por fin a sus corceles frente a la
escalinata. . .
Un mayordomo abrió la portezuela del coche... ¡para encontrar
dos cuerpos casi encogidos, cubiertos de polvo, dos hombres—tronco! Con la
corbata desatada, el cuello torcido, la levita informe, estaban al borde de la
apoplejía y del agotamiento. El edecán del Príncipe captó con mirada experta
ese rápido mini drama... Y lo más protocolarmente del mundo, se inclinó hacia
mi abuelo que resollaba como una foca: , “Señor Duque ... ¡No tenía que darse
tanta prisa! ¡Está usted muy adelantado!”
En Mónaco, ya sabían recibir.
Ayer, pues, cuando mi despacho estaba en uno de los carromatos
del circo Gleich, me ocupaba también de los carteles y de la prensa, cuyo papel
era el más importante.
A propósito, ¿qué diarios tienen, hoy en día un especialistas
en circo? ¿Alguien que lo quiera, que lo comprenda y lo critique si hace falta?
Conozco una buena especialista, honesta y competente: Jacqueline Cartier, de
France—Soir. Sabe de lo que habla. Hay otros. Pero, ¿cuántos? Con demasiada
frecuencia los diarios delegan un periodista de la sección “Espectáculos”. Si
es viejo, ello no rejuvenece al circo. Si es joven, piensa sobre todo en el
music—hall. Lo cual puede llegar a ser contradictorio, como lo demuestra el
artículo que un periodista, indigno de ese nombre, muy aficionado a los
cantantes pop, escribió recientemente en un periódico del sur de Francia una
noche en que se encontraban allí, al mismo tiempo, un circo y un conocido
cantante. ¡Al ver que el público de esta ciudad del Rosellón se había
repartido en dos tercios para el circo y un tercio para el cantante, este
redactor no había temido escribir que “la munici-
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Noviembre de
1939, en un rincón de las Ardenas. Después de la breve campana y el armisticio
de 1940, asqueado por esa derrota, sin batalla escribí mi primer Libro: El oficial Sin
nombre. Un primer libro siempre es algo biográfico. El oficial
sin nombre era yo, pero también era millares de hombres que pensaban
como yo. Y en el fondo, fue la guerra lo que me permitió escribir.
Tengo dos
amores: la novela y el circo. Mi primera novela verdadera fueLa dama del
circo. Para escribirla seguí varias carpas y levantando un poco él
borde de sus lonas entré en la gran familia de la gente del viaje. Aquí, estoy
con los que fueron mis primeros amigos de la Pista (de izq. a der.), los
clowns Bario, Mimile y Darío.
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palidad hubiera tenido que prohibir al circo de dar una función
la misma noche!”... A ese joven lobo tendrían que haberlo encerrado en la jaula
de tigres.. .
Yo llenaba también las funciones de intendente. ¿Alguien tiene
idea de lo que representa los problemas de abastecimiento para los animales,
forraje para los elefantes, carne para las fieras, avena para los caballos, y
otros elementos como aserrín muy blanco para los osos blancos? Era un ambiente
extraordinario y tuve suerte de haberlo conocido. Me hizo ver esa gran calidad
de la gente del viaje: la simplicidad en el esfuerzo que a menudo relega las
otras glorias del espectáculo al nivel de histrionismo. La gente del circo
tiene tal vez un solo histrionismo: el del riesgo. El trapecista no es el único
que desafía la muerte. ¿Y el domador? ¿Y el que baila en la cuerda tensa? ¿Y el
malabarista a caballo? ¿No practican ellos también una sobrepuja a la
dificultad? Finalmente, la gente del viaje permanece con frecuencia en el
anonimato. En el circo, no hay vedettes. En Francia, después de haber nombrado
a Zavatta —un gran clown—, ¿en qué otro se piensa? ¿Cinco nombres? Apenas... Se
dice: “Ese trapecista era fantástico, ¿pero cómo se llama?” Pocos recordaran
por ejemplo, que Enzo Cardona era ese trapecista que mantuvo a millares de
espectadores sin aliento. Esta discreción contrasta con la ausencia de
artimañas en la pista. En el teatro, si un actor experimenta un malestar, se
baja el telón y el misterio separa la sala del escenario. En la pista, lo
llevan a la vista de todos los espectadores y la función sigue. ¿Habráse dicho
suficientemente que en el circo había que saber hacer de todo? ¿Habráse notado
que la acomodadora que conduce a los espectadores a la tercera fila y la
equilibrista con sombrilla son la misma persona? ¿Alguien se dio cuenta que ese
vendedor de programas y el augusto payaso son el mismo hombre? Sí, el circo es
una escuela de todos los instantes, de todos los oficios..., y del sueldo
único.
El clown, personaje imprescindible del mundo en que yo vivía,
era Porto. Me atrevo a decir mi amigo Porto. Gracias a él, pasé horas
extraordinarias disertando en su carromato sacudido por los caminos del
Mediodía de Francia. Hablaba y de vez en cuando lanzaba una mirada enamorada
a los geranios que enmarcaban la minúscula ventana de su casa rodante, para
ver si uno de sus “pensionista” no se había caído durante el trayecto por
culpa de una piedra... Porto —¿de dónde le venía el nombre? ¿De su país natal?—
me había hecho reír cuando yo era niño. Había aceptado ser el súfrelotodo de
sus colegas enardecidos: Chocolat (sí, un “Chocolat” clown blanco), Cairoli,
Alex y Maís. Y todo París lo aplaudía en invierno en la pista de esa joya hoy
destrozada y arrasada, que fue el circo Medrano... El querido Medrano que han
permitido demoler. La ciudad de París no tuvo la elegancia de tener
consideración por su suerte. Medrano fue demolido en vísperas de su
centenario... Si hubiese alcanzado su centésimo año, habría sido clasificado,
y por lo tanto, salvado. Simplemente, le impidieron llegar a ser centenario.
Esas son las aberraciones administrativas. . . ¿No era acaso Medrano un lugar
ideal para instalar por fin un museo del Circo y también fundar una Escuela del
Circo, tal como Annie Fratellini y Pierre Etaix la sueñan desde hace tantos
años? Era muy normal que Medrano descansase un poco y permitiese a los jóvenes
de aprenderlo todo y perfeccionar un número. ¡Allí podría haberse encontrado
el circo del porvenir! No puedo pasar por ese bulevar sin sentir que se me
encoge el corazón. Una gran luz se apagó en Montmartre.
Además, resulta curioso ese sentimiento de tristeza que acecha
cuando se habla de circo... Porto murió durante la guerra. Como su antepasado,
Cirano, ese bufón etéreo debe haber subido a la luna, sin el auxilio de
ninguna máquina, a esa luna de plata que había dejado un tiempo para distraer
millares de terráqueo. Él, que había detenido el aliento pulsando las cuerdas
de su guitarra o tocando su célebre jazzo—flauta bajo el proyector, había
esperado seguramente, para morir, que un rayo de luna viniera a llevárselo.
Nacido clown, muerto clown, no podía despedirse de nosotros como todo el
mundo. Después de tantos chascarrillos y piruetas, aprovechó su muerte para
hacernos una buena broma, la última. Su cuerpo, minado por la tuberculosis,
descansaba ya en un cementerio del Mediodía de Francia cuando sus amigos
pudieron, por fin, darle una despedida decente. Mozos de pista, payasos y
chillones, los grandes nombres de Boulicot, Zavatta y Bario, de Alex y de Maís,
todos los caballeros del aserrín y de la alfombrada de yute estaban presentes.
La ceremonia tuvo lugar en la parroquia de adopción del clown en
París, una iglesia de la parte alta de Montmartre, sobre la Butte, la famosa
colina. Sin uniformes galonados, sin harina ni nariz roja, rodeaban el
catafalco, muy iluminado pero que, de todos modos permanecía negro.
“Felizmente, me dijo un viejo clown durante la absolución, que
Porto no está allí abajo. No estaba hecho para estos colores. La tierra roja de
su cementerio de Provenza le queda mejor.”
Otro compañero de risas agregó:
“¡Qué fenómeno, este Porto! Ni siquiera asiste al entierro20 que
le brindamos... ¡Se perdió su entrada!”
Después de la absolución sus amigos quisieron desfilar. ¿Pero
desfilar ante quién? ¿Estrechar qué manos? Porto no tenía más familia. Su
hija, a quien adoraba, había muerto dos años antes que él. Sin embargo, hacía
falta un desfile. En el espíritu de todos, la ceremonia no habría estado
completa. Fue Alex, uno de sus últimos compañeros quien asumió el papel de
“señores y señoras de la familia”. Representaba toda la gran familia del
circo, estrechando las manos que acababan de soltar el hisopo. Nadie pensó en
cuantas volteretas, cuantas carcajadas, cuantos puntapiés en el trasero habían
sido necesarios para pagar ese servicio religioso, esos cirios y esas primeras
flores de otoño. La oración fúnebre de Porto fue breve y, desde luego, fue un
clown quien la pronunció:
“No os hablaré de él: no se habla de la gente a quien se va a
ver de nuevo...”
20 Había hecho mejor: Hoy puedo revelar que este clown que
aprovechó un servicio religioso en una iglesia católica era israelita. (Nota
del autor.)
Y mientras bajábamos la calle Saint—Vincent, me dijo:
“¿Ah? ¿No sabías? Porto está allá arriba... Hace reír a todos
los santos del Paraíso. .. “
La muerte de un clown puede ser menos triste que su vida.
El circo había terminado su gira en Francia. Mis funciones de
secretario general terminarían en Bruselas. Pero fue al dejar oficialmente la
vida —la verdadera vida— de saltimbanquis cuando encontré a un hombre poco
común.
Estaba sentado frente a mí en el coche comedor del tren que me
traía de regreso a París. Cuando digo frente a mí, tendría que precisar que me
tapaba toda la vista sobre el resto del vagón. Pesaba ciento cuarenta kilos,
peso fenomenal que le quedaba muy bien pues era un fenómeno.. . Simpático e
inquietante al mismo tiempo, había engullido el “menú presentado por el chef y
preparado por el cocinero Y...”, cuando me dijo:
“¡Realmente, estas comidas de los coches—comedores franceses son
muy insuficientes, y tan caros! En los Estados Unidos y en Europa central son
suculentos y confortables.
—¿Viajó usted mucho, caballero?
—Como dice la canción: di tres veces la vuelta al mundo.”
Y sacó su tarjeta de visita. No tenía nada que envidiarle a la
de Filiberto de Maisontout. Leí: “Adolfo MacNorton, el único hombre acuario.”
Yo estaba asombrado y encantado. ¡Ya había conocido al
hombre—cañón, a la mujer barbuda, a las hermanas siamesas, pero jamás al
hombre acuario!
Ante mi extrañeza, prosiguió:
“¿Usted se pregunta sin duda qué es un hombre acuario? Pues
bien, soy como los rumiantes: tengo un doble estómago. Y esta anomalía me
permitió hacer fortuna ...
—¡Usted sería una atracción sensacional para un circo!
Me fulminó con una mirada tan pesada como él y me dijo.
“Si bien consentí en hacer algunas apariciones en los escenarios
de los más grandes music-halls del mundo, es no obstante en los salones donde
mi fama se consolidó. En efecto, ¿qué es lo que resulta incómodo en una reunión
elegante? La falta de cordialidad... Pues bien, yo he introducido ese calor
humano en los ambientes un poco empachados, un poco estirados. Porque la
distracción que brindo es sana, honesta y de buen gusto. Si alguna vez teme ver
a sus invitados aburrirse durante una comida, no vacile en recurrir a mí: ¡le
garantizo un final de velada memorable!”
Confieso que tengo cierta debilidad por la gente rara, por los
personajes. Los drogadictos, los alcoholistas no me interesan, pero aquellos
que tienen algún rasgo peculiar, en fin todos los que se apartan de lo
corriente, me atraen. Los fenómenos que se veían en las ferias algunos años
atrás son un poco la sal de lo novelesco, aun cuando, algunas veces, sus
“curiosidades naturales” sean más bien artificiales.
Apenas llegué a París no resistí al placer de ver al
hombre—acuario en el ejercicio de sus talentos. Reservé la sala posterior de un
café del barrio latino para brindar una pequeña velada entre amigos.
El enorme Mac Norton vino vestido con un frac negro con reflejos
verdosos. Lo acompañaba la señora Mac Norton, deslumbrante en un vestido de
noche bordado con lentejuelas. La aparición de esa pareja imponente hizo
sensación en el pequeño café. Después de haber sido cerradas las puertas de la
sala posterior, la señora Mac Norton preparó los accesorios: una jarra de agua,
un embudo y una pecera en la que se movían pececillos rojos y ranas.. .
Con el tono solemne de los conferencistas de los Anuales,
MacNorton comenzó:
“Señoras, señoritas, señores, me honro de poder realizar ante
vosotros algunos juegos de física de entretenimiento que no ofrece ningún
peligro para los animalitos que veis aquí... Os solicito toda vuestra atención.
Ante todo, voy a constituir un lago en el bolsillo de mi estómago...”
Su esposa—ayudante introdujo el embudo en la boca del
hombre—acuario y volcó el contenido de la jarra: tres litros.
“Ya está. Ahora voy a tragar estos encantadores animalitos...”
dijo el enorme hombre.
Como una de mis amigas había contenido una reacción de asco,
MacNorton la tranquilizó:
“No tema nada, señorita... Trabajo con las mismas ranas y con
los mismos pececillos desde hace años...”
Se había quitado la chaqueta y arremangado las mangas de la
camisa. Hundió el brazo hasta el codo en la pecera, tomó los peces y los
batracios uno por uno, y los tragó...
“¡Ya está! ... ¡Están nadando!. .. ¡Los siento! ¡Retozan en mi
estómago!...” explicó el fenómeno.
De todas maneras estábamos asombrados y permanecíamos en
silencio. MacNorton se dirigió a la señorita que había experimentado una
náusea:
“Señorita..., ¿desea usted que saque primero una rana o un
pececillo?”
La joven lanzó un grito de horror. La pata de una rana acababa
de aparecer entre los labios fofos de MacNorton. No tenía un aspecto muy
agradable.
Grité:
“¡Rana!”
Soltó el pequeño batracio. Volví a gritar:
“¡Pececillo!”
Fue un pez, lo que apareció en la boca del hombre.
Luego mis amigos trataron de complicar la tarea del fenómeno.
Pero con un virtuosismo increíble, el hombre expectoraba a pedido rana o
pececillo, que regresaban a su acuario de vidrio. No faltaba uno solo, Y,
aparentemente, no habían sufrido con ese viaje al centro de un hombre. Los
espectadores, en cambio, estaban muy incómodos. Mientras MacNorton vaciaba,
como un geiser ambulante, los tres litros de su “lago”, uno de mis amigos me
dijo:
“Tendrías que asociarte con él e inventar el “zoo—digestivo”.
¡Después de todo, hubo el café concierto !...”
Decir que el hombre—acuario terminó su número con aplausos sería
exagerado. Mis amigos conocían mi afición por las rarezas y lo insólito, pero
el hombre acuario dejaba detrás de sí una curiosa impresión de gárgara...
Mientras volvía a vestirse y su esposa ordenaba el material, MacNorton me
explicó:
“¿Usted está un poco desconcertado, jovencito, verdad? Sí, la
primera vez que se asiste a mi demostración, siempre se recibe fríamente... En
el fondo, sólo soy un gran desconocido. ¡No importa! Después de mi muerte,
seguirán hablando de mí. Legué mi estómago, por testamento, a la Academia de
Ciencias. Los especialistas verán entonces que era el de un hombre honrado...
¡Piense un instante en todo lo que podría disimular mi panza! Se acabarían las
aduanas...”
En el momento en que estábamos por dejar el pequeño café situado
cercado de la calle du Bac, el patrón, que había asistido a todo ese gorgoteo,
impresionado sin duda por esos vasos comunicantes y esos juegos de agua, se
acercó al hombre—acuario y le dijo:
“Señor MacNorton... ¿Me permite convidarlo con una copa? ¡Debe
tener mucha sed! El pescado y las ranas, a mí, siempre me dejan el garguero
seco... ¿A usted no?
Después de aquella primera permanencia en el mundo del circo que
me había familiarizado con esa gente maravillosa y ese ambiente siempre
desconocido hoy, volví a mis primeros amores, durante el tiempo necesario de
preparar mi novela. Paul Lévy, veterano periodista que había hecho fortuna con
su semanario Aux Ecoutes —que sobrevivió a la guerra y desapareció hace unos
cinco años—, había lanzado un diario, Aujaurd'hui. Le propuse de tomarme en su
equipo y me contestó:
“De acuerdo. Pero con la condición absoluta que me traiga dos
interviews que necesito imprescindiblemente: uno a Branly y otro al Dr. de
Mantel... “
Branly y de Mantel. ¡Esta vez era “reportaje en grande”! Pero
también eran dos celebridades que desconfiaban de los periodistas... Comencé
por Branly, pues me parecía que de ambos sería el que más cooperaría conmigo.
Me equivoqué. No quiero decir que Branly me haya sido hostil o
desagradable. Por el contrario. Pero en cuanto a cooperación, no mucha...
Edouard Branly tenía cerca de noventa y dos años. Era tan célebre como un
Pasteur. Pero él no había ayudado a los hombres a curarse; les había permitido
oírse al inventar el revelador de ondas, la futura radio, que entonces se
llamaba Telefonía sin hilos.
Me recibió en su laboratorio monacal de la Facultad católica.
Tenía el uniforme de los hombres de ciencia: un guardapolvo blanco. Y detrás de
los lentes, sus ojos no abandonaban una aguja que oscilaba sobre un cuadrante.
No decía nada. El instante era casi religioso y no me atreví a romper el
silencio. Aproveché ese tiempo para anotar en mi libreta una breve descripción
de ese santuario de las ondas. Pero los minutos transcurrían. Desde que su
asistente me había introducido junto al gran hombre, este último no había dicho
otra cosa que “Buenos días. Siéntese allí.”
Una carraspera en un altoparlante antediluviano me recordaba la
que oía por la noche, después que apagaban las luces en el dormitorio cuando
estaba pupilo en el colegio de los jesuitas. Un compañero aficionado a la radio
había instalado un receptor a galena con una red de diecisiete juegos de
auriculares unidos el receptor por muchos metros de alambre disimulados en las
ranuras del piso. Durante la hora de los deberes y del estudio de la tarde,
aprovechando la pequeña confusión que precedía la oración, nuestro técnico
hacía circular una nota discreta disimulada entre dos cuadernos de versiones
griegas: “Esta noche, a las nueve”.
A la hora indicada, los auriculares salían de bajo de las
almohadas y cubrían nuestras cabezas. Sobre todo, había que poner mucho algodón
en los audífonos para callar el menor chirrido: el celador no andaba lejos.
Bajo las frazadas corríamos el riesgo de asfixiarnos, pero valía la pena.
Primero se recibían los parásitos bajo la forma de horribles
descargas en los oídos. El operador tenía que levantarse para hacer los
últimos ajustes del receptor instalado en su mesa de luz. Era un riego. Para
disimular, el muchacho secaba ruidosamente su vaso de noche y el ruido de su
pequeño chorro cubría los otros, menos naturales, del ajuste. Luego se podía
oír el Concierto Mayol, las FolíesBergére o bien obras de teatro. Así es como
escuché Topaze seis años antes de verlo. Pero Pagnol es tan auténtico, que
basta oírlo para verlo... Como el impuesto de la O.R.T.F., nuestro abono era
costoso. Y pagadero por adelantado: al comienzo de la semana entregábamos toda
nuestra provisión semanal de chocolate al operador. A él, no le gustaba el
chocolate y lo vendía a los abonados. Lo he vuelto a ver recientemente. No, no
es “hombre de radio”, su fuerte voz no se oye por las ondas nacionales o
periféricas. Sin embargo, siempre hace un poco de radio. En Madagascar, por
encima de los ríos y de las selvas de la Gran Isla, su voz corre para llamar un
médico, pedir un auxilio o contestar siempre listo a los que pueden necesitar
de él. Es jesuita —¡lo que es, escuchar la radio!— y en calidad de tal recorre
la selva, evangeliza, ve al Papa y a ciertos altos funcionarios. En Madagascar,
donde los franceses ahora necesitan un visa, es algo así como la última voz de
Francia.
Una noche estábamos especialmente excitados. Eran casi las
veintidós y todo París se había dado cita en el Bourget para aclamar a uno de
los primeros vencedores del cielo, y en todo caso del cielo del Atlántico
norte: Lindbergh. Era la primera travesía aérea de los Estados Unidos a —
Europa.
De auricular en auricular, de cama en cama, todo el dormitorio
era un solo eco: “¡Pasó! ¡Salió vencedor! ¡Lindberg acababa de cubrir 5.800
kilómetros en 33 horas 30.. . y sin escalas! ¡Era fabuloso! Nuestros sueños más
épicos quedaban superados. Semejante noticia llegó a oídos de los celadores
quienes, sin embargo, no escucharon un receptor de galena. Después que hubo
pasado el momento de admiración beatífica, se dieron cuenta que el informe nos
había llegado antes que los diarios de la mañana, que, por otra parte, estaban
reservados a los profesores. La duda empezó a planear, como el avión de
Linbergh, el Spirit of Saint Louis... Se iba a descubrir el pastel. Iban a
llover los castigos, sin hablar de confesiones provocadas para hacer perdonar.
Al alba, el operador —decididamente un conductor de hombres— tuvo una idea
genial:
“¡Rápido! ¡vamos todos a afeitarnos!”
¿Afeitarnos? Debíamos tener tres pelos locos en la barbilla, ni
siquiera eso... En realidad, era un ardid. Mientras diecisiete manos untaban
con la brocha las mejillas imberbes, otras diecisiete manos cortaban hilos,
destruían los audífonos y disimulaban el receptor encima de un tan que de agua.
No faltó un celador que viniese a preguntarnos: “¿Qué les pasa,
que todos se afeitan esta mañana?”
Diecisiete voces contestaron:
“¡Es en honor de Lindbergh, padre!”
—¿Lindbergh? ¡Ah! ¿el Superior les anunció esta hermosa hazaña?
En ese caso, jovencitos hicieron bien...
Lindbergh jamás supo que había sido el último héroe de nuestra
radio clandestina.
Edouard Branly seguía sin hablar. Finalmente, me arriesgué:
“Señor Branly... Perdone mi indiscreción, pero...¿qué
experiencia es ésta que no absorbo tanto?” Su respuesta fue breve:
“Investigo... “
Una palabra que resumía la vocación de este hombre. Ahora, su
mirada iba de su pequeña aguja a un gran Cristo, único ornamento de la pared.
Branly interrogaba la aguja y parecía recibir la respuesta del Cristo. La aguja
lo inquietaba, el Cristo lo tranquilizaba. El rostro, que parecía esculpido en
una vieja piña, se volvía liso, radiante.
“Investigo”, repitió el físico.
Branly ya había hallado la fe. Me dijo:
“Mi misión es trabajar en silencio para ayudar a los hombres a
comprender algunos milagros de la Ciencia, los que el creador consciente en
revelarnos poco a poco”.
Branly había entregado su persona y también su religión a la
Ciencia. No concebía la una sin la otra. La impresión que dejaba ese anciano,
trabajando con medios casi improvisados debido a las escasez de las
subvenciones, y hallando su luz espiritual en la visión del Gólgota, era
magnífica.
Debí, sin duda, exagerar un poco el aspecto místico en mi nota,
pues luego de haberla leído, Paul Levy me declaró:
“Dicen siempre que los judíos se sostienen entre ellos, pero
ustedes los católicos, cuando se ponen a hacerlo... ¡son un verdadero dique!”
Y, naturalmente, esa nota llevó por título “Investigo”, por
Edouard Branly.
Aparentemente satisfecho, mi director me sometió a mi segunda
prueba: hacer un interview al Dr. de Martel...
Thierry de Martel era el más famoso cirujano del momento. Tenía
la gloria del profesor Bernard y a tenacidad del profesor Guimet. La
especialidad de este gran maestro del bisturí era el cerebro. No se inclinaba
sobre los —muy vacíos— de las encantadoras jovencitas que lo rodeaban, pero
operaba gratuitamente los de los desdichados que tenían un tumor. Había dos
doctores de Martel: el que, ocasionalmente, complacía a una de su clientas snob
operándola de apendicitis en su lujosa clínica de la calle Piccini, y el otro
que pasaba horas sobre las meninges de un pobre infeliz en su clínica popular
cerca de la calle Vercingétorix.. .
Todo había sido dicho y escrito de acuerdo a ese plan. Mi nota
fue ciertamente una nota cualquiera, pero el doctor de Martel tuvo la
corrección de enviarme unas líneas:
“Gracias. ¡Hay par fin un periodista que no me hizo decir
demasiadas tonterías!”
Era muy amable. Martel, como todos los personajes de actualidad,
era un buen tema de reportaje. Pero como a todo personaje, solían atribuirle
expresiones que no eran las suyas. Esto se hace, algunas veces. Hacer hablar a
la gente, es bueno para vender una nota.
Martel tenía una extraordinaria conciencia profesional. Uno de
mis amigos fue testigo de ello. Una mañana, el cirujano lo llama por teléfono.
“¡Hola! ¿Siempre tienes tu pabellón de caza en el bosque de
Ecouves? ¿Sí? Perfecto... Me invitó para el fin de semana... Ven a buscarme a
mi dispensario... ¿De acuerdo?
—¡De acuerdo!—¡Ah!... Sé amable. Avisa a tu guarda de caza que
me consiga una docena de pajaritos. Dile de matar seis hacia las tres de la
tarde y de mantener vivos a los otros seis. ¡Que no los haga sufrir y sobre,
todo, que no les lastime la cabezal”
Después de una cena brillante en que Martel se prodigó en
ocurrencias ingeniosas, y mientras se levantaba para dar migas de pan a seis
jilgueros encerrados en una jaula, dijo antes de subir a su cuarto:
“¡Siento que voy a pasar una buena noche!”
A las cuatro de la madrugada, el dueño de casa despertado por
ruidos de pasos en la escalera. Intrigado, salió de su cuarto, justo a tiempo
para ver a la mujer del guarda de caza que subía con una bandeja.
“¿Qué es eso?
—Café negro para el doctor. Me recomendó muy especialmente
anoche de llevárselo a las cuatro en el desván.
Me dijo que pasada la noche allí...”
Lleno de curiosidad, el amigo siguió a la cocinera. La alta
silueta del cirujano en bata se recortaba en la claridad de una lámpara de
petróleo colocada sobre una viga transversal. Junto a la lámpara se
encontraban los cuerpos de los seis pájaros matados por el guarda. En la jaula
había cinco pájaros vivos, mal despiertos sin duda, y que observaban
intranquilos a su congénere, el texto, mantenido apretado en la mano izquierda
del médico cuya mano derecha manejaba con cuidado un extraño aparato que hurgaba
en el interior del pequeño cráneo. Los ojos del doctor de Martel se habían
vuelto enormes: se ocultaban detrás de un par de lentes de aumento semejantes a
los de los corredores de automóviles. Cuando se acercaron los visitantes, el
cirujano dijo:
“¡Chist!”
En un silencio total —la cocinera estuvo a punto de soltar su
bandeja, por la emoción— el desván se había vuelto el antro del doctor
Caligari. Bruscamente, la mano derecha dejó de manejar el acero cromado, la
izquierda aflojó el pajarillo que quedó inerte en el hueco de la mano: el
cuerpecito fue colocado sobre el piso de la jaula donde su llegada provocó un
alboroto de gritos y alas agitadas.
Martel miraba fijamente el pájaro. Transcurrieron cinco
minutos. Luego, el jilguero movió una pata, un ala; y por fin la cabeza. Vivía.
Revivía. El cirujano se quitó los lentes; estaba sudoroso y como agotado por
una fuerte tensión nerviosa.
“Esta semana tengo que hacer seis operaciones desesperadas en
mi clínica de la puerta de Orléans, dijo con voz muy tranquila. Seis
desdichados sin recursos a quienes no tengo derecho de decepcionar. Necesitaba
hacerme la mano. Las cajas craneanas de los pájaros son las más pequeñas que
existen y verdaderos modelos para este tipo de operaciones. .. “
Mi amigo preguntó:
“¿Pero por qué hay seis pájaros muertos y seis vivos?
— Porque ensayé por partida doble. Primero con los muertos,
luego con los vivos. El lunes estaré en condiciones para explorar el cerebro
de mis seis pacientes. No tengo derecho a cometer un error...”
Con mirada tierna observaba el último de los operados que
comenzaba a recuperar todas sus fuerzas:
“Son encantadores... Y quiero hacerle notar que no fui yo quien
mató a los otros... Me horroriza, eso... Sólo quiero a la vida”.
Sin embargo, el doctor de Martel se dio muerte cuando los
primeros blindados alemanes pasaron bajo sus ventanas de la avenida Foch, en
junio de 1940, en dirección al Arco de Triunfo, donde se encuentra la tumba del
Soldado Desconocido.
He recordado esa paciencia, esa valentía prudencia, ese respeto
de los hombres al evocar a otro personaje inmortal que adoraba la vida: Louis
Armand. Una fuerza, un espíritu, una inteligencia bondad poco comunes. Nos
habíamos conocido en el tren —lo que era normal para él, antiguo director de la
S.N.C.F.21.
21 Siglas de Société Nationale des Chemins de Fer: Compañía
nacional de Ferrocarriles.
Venía a Le Mans para hacer una conferencia que yo le había
pedido: “En la confluencia de las ciencias físicas y humanas”, ante el público
de la Academia del Maine que yo presidía entonces. Louis Armand estaba muy bien
en la confluencia de la ciencia y del hombre, del humor y del trabajo.
Evidentemente, en el tren todos lo conocían y él también conocía a todos. Un
festival de inspectores, de mozos de coche—comedor (¡por una vez, qué
servicio)) y jefes de estación. Hablaba de tracción eléctrica y yo comprendía.
Hablaba del tráfico dantesco entre París y Lyon, y de las vías férreas de
interés secundario. Eso, lo comprendía yo muy bien. Ese hombre universal, que
volví a ver varias veces y me honró con una amistad sin señales rojas ni
túneles, me escribió con frecuencia cartas que merecerían un premio en el
concurso Lépine: invención, observación, astucia y visión del mundo a largo
plazo, he allí todo lo que contienen sus misivas. La última me llegó el día de
su muerte. Había sido echada al correo la víspera y me pregunto siempre, por un
reflejo muy egoísta, si, en el fondo, no fue ésa la última escrita por ese
hombre apasionante. Sería demasiado hermoso. Pero ese cuentista inagotable, ese
gran hablador —hablaba casi tanto como yo, lo que no es decir poco— jamás
dejaba de perfeccionarse. Decía: “Los hombres sólo pueden utilizar la ciencia
si viven con ella las veinticuatro horas del día”.
Y cuando yo le preguntaba:
¿Está libre el sábado a la hora de almorzar?” Me contestaba.
“Me voy a mi casa de Normandía con mis nietos. Voy a poder
distraerme con ellos... ¡Un verdadero descanso)”
¿Qué hacía para descansar? ¡Construía una campana electrónica)
... Para sus nietos. Para él. Para nosotros. Para que la ciencia no se
adelantase a él durante el fin de semana.
Proseguí mis colaboraciones múltiples. Los periódicos crecían
como hongos, casi todos financiados por algún partido político: S.F.LO.,
radicales—socialistas, Cruz—de—Fuego —todos querían tener el suyo. Excepto a
algunos periodistas, entre los cuales me incluía y a quienes la política
dejaba indiferente.
La situación era grave: la prensa estaba desacreditada por
hombres ajenos a ese oficio y cuyo único interés era la propaganda electoral,
el chantaje y otros medios de ejercer presión sobre los gobiernos que se
sucedían con una rapidez desconcertante. Hoy, por lo menos, no hay tantos
aficionados en la profesión. Tengo horror de los aficionados. Un trabajo bien
hecho, es lo mejor que existe.
Generalmente, entraba a un periódico por la puerta pequeña,
trayendo alguna noticia. Si gustaba, me bombardeaban con funciones tan
indefinidas como variadas. Se hacía de todo porque si no se podía hacer de
todo, uno pronto quedaba eliminado. Era lo contrario de la especialización que
es, dicen, la panacea de hoy. Felizmente, los diarios morían también muy
pronto, lo cual nos impedía envejecer. Como se comenzaba siempre, siempre se
permanecía joven...
Terminé por conseguir un gran reportaje en un país que iba, poco
tiempo después, a alimentar copiosamente las páginas de la prensa europea —y
particularmente la francesa—. Ese país era España que se hundía en la guerra
civil. La revolución acababa de destronar al rey Alfonso XIII y a su presidente
de Consejo, general Baranguer, llamado Segundo de Rivera en recuerdo de su
predecesor.
Como yo hablaba castellano, me encontré —una vez no es
costumbre— con una suntuosa provisión para mis gastos de reportaje que había de
durar seis semanas. Traje una serie de notas que fueron censuradas. No en
España, sino en París, donde mucha gente tenía interés en que el caos que
desgarraba al país no fuese revelado al público francés. Dejemos eso... No
desenterremos viejos cadáveres. Están ya lo de más de un millón de muertos
cuyos restos —en fin, los que se pudo juntar— fueron reunidos por Franco, hace unos
quince años, en la famosa necrópolis subterránea del Valle de los Caídos,
dominando por una inmensa cruz.
De España, prefiero conservar un recuerdo novelesco. Y no es una
casualidad. Por lo menos, es eterno. Ocurrió en Valencia, donde me habían
recomendado visitar el museo de la Tauromaquia. Un museo de los ex
combatientes de la arena, soldados de la muleta22 y toros de
afiladas astas. Y como todo verdadero museo, éste tenía un guía. Por una
peseta, hacía hablar las vitrinas. Por dos pesetas, Sombreros y mantillas.
Pasábamos revista a los grandes toros y a los grandes matadores cuya fuerza
(para los primeros) y cuyo coraje (para los segundos) había hecho vibrar las
multitudes de los domingos por la tarde, ya estuviesen apretujadas en las
localidades a la sombra o al sol. Fotografiados, embalsamados, convertidos en
estatuas, los toros habían entrado en la leyenda y en el museo, sobre todo si
habían ensartado a varios matadores...
Ya me había detenido frente a una vitrina sorprendente: se
exponía en ella una mantilla blanca junto a un violín. Una guitarra hubiera
parecido normal. Pero un violín ¿por qué?
Evidentemente, para el guía esta vitrina era el punto
estratégico de la visita. O bien la presencia del violín era considerada normal
y el visitante no se detenía, o bien se asombraba y hacía preguntas al guía, lo
cual alargaba sensiblemente la duración de la visita.
“¡Ahí señor... veo que está usted intrigado. Esta vitrina es el
recuerdo de una historia trágica, la más bella y la más insólita historia de
toros de todo el país ...
—Cuénteme... “
Me la contó y, en efecto, es una bella historia...
Hace mucho tiempo, el segundo violín de la Opera de Valencia se
llamaba Antonio López. Antonio era un hombre modesto cuya única pasión era
sostener lo mejor posible su arco así como las voces de los grandes nombres
del bel canto. Desdichadamente, desde su lugar en el foso de la orquesta, el
violinista no tenía el placer de ver a sus artistas preferidos ni toda la sala
brillante y perfumada de las noches de gala. Sólo veía al director de orquesta,
lo cual era suficiente para tocar, y una parte del proscenio, lo cual era
suficiente para ver uno o dos rostros de espectadores selectos que arrojaban
miradas desdeñosas sobre el foso donde cuarenta talentos anónimos permanecían
desconocidos. Una noche de gala, mientras esos músicos se empeñaban en la
obertura del Barbero de Sevilla, la puerta del palco avant scéne se abrió para
dar paso a la más vivaz de las bellas, Juanita, escoltada por su padre, don
Alonso Balmoral y Tras Los Montes.
Por una de esas casualidades que transforman una existencia,
Antonio había alzado la vista hacia ese penumbroso lugar de la sala justo en el
momento en que el rostro de Juanita se había inclinado sobre el escenario.
Era hermosa. Desde que estaba en la orquesta de la Opera —hacia
más de cinco años— Antonio no había visto una mujer tan bella. Trató de llamar
su atención, pero las notas más cristalinas no debían subir hasta el palco:
22 Trozo de tela roja que los matadores utilizan para excitar
al toro (N. del autor).
la hermosa Juanita sólo tenía ojos— para un joven tenor que,
justamente, esa noche hacía su presentación en Valencia. Antonio lo había
visto en los ensayos. Ese tenor era un verdadero tenor: corto de piernas,
adiposo, pretencioso, lanzaba miradas grotescas como los enamorados de los
malos films mudos... “¡Qué lástima! ¡Qué disparate!” Pensaba Antonio.
Antonio había esperado cinco años que un hermoso rostro
iluminara ese palco que permanecía vacío con demasiada frecuencia. ¡Y ahora
ese rostro no lo miraba a él, el músico! El tenor le había robado “su” Juanita.
Antonio tocaba su partitura casi inconsciente. Febril, sólo vivía para las
pausas de la música que le permitían levantar la cabeza hacia el palco,
estuche maravilloso que atesoraba la belleza de Juanita. Antonio estaba
enamorado. Y sabía, desde luego, que su amor crecería, pues era español... Pero
Juanita, tan próxima y tan lejana, no pestañeó siquiera para el pobre
rascatripas del foso.
Después de la función, Antonio guardó su violín y su arco, pero
el aguijón de los celos había herido su corazón. Elucubró un plan muy simple.
Llegó el día de la próxima función de gala. Más de una hora
antes de levantarse el telón, mientras detrás del pesado terciopelo rojo los
utileros y los maquinistas terminaban los últimos preparativos exigidos por la
puesta en escena, Antonio se sentó ante su atril, solo en el foso. Antonio
rezaba. Rezaba para que la bella no llegase tarde. Por una noche, los dioses
del amor favorecieron a Antonio: Juanita, seguida por su hidalgo padre,
apareció deslumbrante en el palco más de veinte minutos antes de las primeras
notas de la obertura. Estaba aún más hermosa que la primera vez.
“Oh, padre mío, no pudo evitar de decir la joven, vea a ese
músico que ya está en su lugar. Está solo. ¿Por qué se adelantó tanto?
—Hija mía, respondió don Alonso, ese violinista es ciertamente
un puro artista enamorado de la música; deseoso de impregnarse de la atmósfera
de la Opera, viene a recogerse antes de tocar”.
Mientras su padre le daba esta docta explicación, Juanita, con
los ojos pegados a sus gemelos de nácar, descubría a este violinista
consciente. Fue su perdición: ¡Antonio era bello! La miraba. Sus ojos parecían
decir: “Voy a tocar para usted, porque la amo.” Antonio era otro hombre. Su
plan había dado resultado: Juanita había reparado en el.
La función comenzó. Juanita trataba de no escuchar a ese
presuntuoso tenor. Velaba su dulce rostro con el abanico de carey de su finada
madre doña Isabel. Ese pequeño biombo le ocultaba las ridículas miradas del
comediante. Hasta llegaba a cerrar los ojos para tratar de reconocer, en ese
mar de armonías, las notas ejecutadas por el arco de ese violinista cuyo nombre
ni siquiera conocía. Una corriente subía desde el foso de la orquesta hacia
las damas de yeso con polvorientos senos que enmarcaban el palco, para volver a
bajar hacia el segundo violín, después de haberse detenido algunos instantes
bajo una mantilla. Esa corriente tenía un nombre de río: el Amor. El Amor que
en ese país de sol y en otra —historia de tauromaquia, titulada Carmen, ya
había cometido muchísimas maldades.
La velada terminó con una apoteosis a la vez muda y musical.
Antonio, impulsado por su pasión, se levantó e hizo un saludo hacia el palco,
lo cual le valió indignadas represiones del director de orquesta: ¡un segundo
violín que saluda al público! ¡Era intolerable! ¿quién creía ser? Además, era
también lo que había pensado don Alonso al dejar su palco.
Pero, de noche de gala en noche de gala, Antonio, continuó
haciendo su corte. Sólo vivía esperando ese momento... Tres horas por mes, en
cada función de gala, se sentía un dios y Juanita se interesaba cada vez menos
en lo que acontecía en el escenario.
A diferencia de amor, la Opera tiene temporadas. Era el mes de
mayo: el teatro cerró sus puertas hasta después de las vacaciones.
Para Antonio fue el tiempo de la desesperación, imprescindible
en ese género de aventuras. En su buhardilla leprosa —donde no podía estar de
pie para tocar el violín—Antonio roía su amor contrariado por esos infames
meses de verano.
Tuvo el coraje de presentarse en la residencia del padre de
Juanita con el pretexto de una “comunicación urgente.”
“Don Alonso”, declaró al hidalgo, a quien ya consideraba como
su suegro, soy pobre pero honrado. Concédame la mano de su hija...
—¡Jamás aulló el padre noble! ¡Jamás la hija de un Balmoral y
Tras Los Montes será la esposa de un oscuro rascatripas! ¡Antes la muerte que
el deshonor!”
Decididamente, era la representación de Carmen.
Y Antonio, por uno de esos efectos bien conocidos de la
balística debido a las botas de un lacayo estilizado y mercenario, se encontró
de pronto en la calle. Antonio, arrojado por la puerta, volvió esa misma noche
bajo las ventanas de la bella, armado con su violín que destilaba la Serenata
de Toselli y los Millones de ese pobre Arlequín, que siempre fue tocado por
violinistas sin un centavo.
Pero la servidumbre de don Alonso hizo huir a Antonio. Pero no
demasiado a prisa. Antonio había tenido el tiempo de recoger un mensaje
arrugado en un guante de terciopelo. Habiendo escapado a los sirvientes de don
Alonso, atrincherado en su buhardilla, leyó estas palabras milagrosas: “Lo
amo. Mi padre es intratable. Sólo le concederá mi mano si vuelve célebre.”
Antonio no lo pensó mucho. Para ser célebre pronto, en España,
existe un solo medio: hacerse torero.
Antonio tuvo entonces una doble vida. Aprendiz de matador
durante el día violinista durante la noche. Por un año, manipuló la capa, hizo
como los muchachos que se cargan con un par de cuernos fijos sobre una rueda de
madera. Se volvió “tauromaníaco”. Y peseta tras peseta. ahorró sobre sus
escasos emolumentos para comprar al sastre de la Opera un viejo traje de luces
que desde mucho tiempo ya no brillaba. Antonio sabía que el ridículo no mata,
sobre todo cuando se está enamorado. Sólo el deshonor es mortal: don Alonso se
lo había echado en cara.
Finalmente, Antonio pudo hacer su presentación como matador. En
la corrida no figuraban grandes nombres. pero la integraban ciertas esperanzas
que llegarían lejos si no recibían algunas cornadas antes. Era el domingo de
Pascua. Todo Valencia estaba presente para olvidar los rigores de la semana
santa.
Juanita había logrado decidir a su padre de asistir. Don Alonso
le contestó:
“¡Ese violinista está loco! Pero en este día de Resurrección,
tal vez Dios sea clemente con él ... “
Juanita tuvo el atrevimiento de contestar a su padre:
“Es un muchacho valiente.”
Antonio estaba sublime. Pase tras pase dominaba al toro que ya
no sabía donde arremeter con los cuernos.
Juanita disimulaba mal su admiración. Don Alonso permanecía
mudo. Pero el momento de la verdad llegó. Era la puesta a muerte. Antonio puso
una rodilla en tierra y arrojó la muleta que excitaba el toro. La multitud no
descubrió una espada sino... ¡un arco y un violín! Siempre con la rodilla en
tierra, el matador inició la obertura de Guillermo Tell. La multitud, de entre
la que se había levantado un clamor, estaba ahora inmóvil y silenciosa de
asombro. Juanita tenía la palidez de un personaje del Greco. Después que pasó
el momento de estupor, don Alonso farfulló en su bigote encerado:
“¡Caramba! ¡Qué desfachatez!”
Lamentablemente, al toro no le agradaba la música de Rossini.
Ensartó el violín y al matador. Sobre la arena del ruedo, hubo una gran mancha
de sangre, de cuerdas torcidas y un hombre destrozado.
Todo Valencia asistió al entierro de Antonio. Don Alonso
repetía: “Yo lo había dicho: ¡ese violinista estaba loco!” En cuanto a Juanita,
desgarrada por eternos lamentos y la desesperación, terminó recientemente sus
días en el convento de las Hermanas Agustinas después de haber legado al museo
la mantilla que había llevado en la Opera y el violín que hizo restaurar
pagando un alto precio.
Deslicé otra peseta en la mano del guía que me había contado
esta historia. Me servirá de tema para una novela.
Pero el guía me retuvo un instante delante de una foto ya
amarilla, que estaba en la parte inferior de la vitrina.
“Es el toro que mató a Antonio, me dijo. Se le concedió el
derecho de no ser sacrificado, privilegio excepcional pues había encornado a
varios matadores. Pero desde la muerte de Antonio, todo Valencia lo llamaba
Stradivarius...”
Más tarde me inicié en la novela policial. Dura escuela... La
oportunidad se presentó con motivo de la Exposición de 1937. Sí, ello no me
rejuvenece, pero brinda la oportunidad de hablar del autor del cartel de ese
“Expo 37”: Paul Colin. Todo el mundo tendría que admirar a Paul Colin, el
hombre que dibujó el famoso afiche de Josefina Baker con un cinturón de bananas
para la Revista Negra, donde se presentó en 1925. Gran pintor, afichista lleno
de ideas, tiene otros talentos para brillar en sociedad, tales como la
prestidigitación y el de contar historias raras. Dos razones suficientes para
querer a un hombre. Un día me contó una ocurrencia de Picasso que es bastante
sabrosa. Sucedió en un restaurant del sur de Francia. Al terminar la comida.
Picasso y algunos amigos pidieron la cuenta. Desde luego, debieron ser más bien
los amigos quienes tenían la intención de pagar, pues el autor de la famosa
Paloma no gozaba de fama por su prodigalidad. Hasta se decía que era muy avaro.
El patrón se inclina hacia Picasso y le dice:
“¡Ah! ¡señor Picasso! ... Si me atreviese le pediría... Me
gustaría tanto que me haga un dibujo allí, en una esquina del mantel... Desde
luego, usted sería mi invitado...”
Picasso dibuja, rasga el trozo de mantel de papel y se lo da al
patrón.
Este, con aire un poco incómodo agrega:
“¿Sería pedir demasiado que firme su dibujo? Comprenda—usted,
así tendría más valor...
—¡Ah no!, responde Picasso. Le pagué mi comida, de acuerdo,
¡Pero no le compré su cafetín!”
El semanario Dernain era dirigido por un ilustre desconocido
que se llamaba Pecquery, pero que firmaba Jacques La Bréde. Siempre la
“seudonimia” ... El dinero de ese periódico pertenecía a un cierto
Hirsch—Motmartrain, hijo del ex miembro del partido radical socialista. La prensa
no lo apasionaba. Lo único importante para él era su firma de aparatos
eléctricos Ampli-Lux. Y lo que más le interesaba aún, obtener la concesión del
alumbrado de la Exposición de 1937.
Por lo tanto tuvo, y era normal, una idea luminosa: crear un
periódico especial para la Exposición, un diario fabricado en el mismo lugar de
este encuentro internacional. En realidad, este periódico haría una crónica de
la Expo mucho antes que ésta abriese sus puertas. Con una prosa que brillaba
por su chatura, el interés de todos era: atraído acerca de las maravillas
técnicas del Ampli-Lux Esta publicidad clandestina dio sus frutos. Ampli-Lux
iluminó la Expo.
Yo trabajaba para el semanario cuando el señor Hirsch—Montmartrain
me anunció la creación del diario del mismo nombre: Demain. Pero le hacía falta
otra idea.
Las novelas policiales estaban de moda. Muchos autores ya no
dormían desde que la querida Agatha Christie había, algunos años antes,
revolucionado el género con su famoso libro El Crimen de Roger Ackroyd, enigma
en el cual, como se sabe, el asesino es el narrador. Como yo no tenía el
talento de esta querida Agatha, propuse a nuestro “financista” una novela
policial de la cual escribiría el primer capítulo y los siguientes serían
redactados por los lectores.
Pecquery, alias La Bréde, estuvo a punto de abrazarme por esta
idea. Como su contador era distraído y percimonioso, aproveché en tratar de
“venderle” la idea. No me dio un solo céntimo por adelantado, ni aun atrasado,
de todo lo que me había prometido.
Así fue como apareció El Crimen de la Exposición. Yo sabía donde
hacerse iniciar la historia. Sabía que tenía que transcurrir íntegramente entre
los cuarenta y dos pabellones extranjeros y los stands y atracciones franceses
de la Expo. Pero era el lector quien debería decidir lo que ocurriría. . .
Primer capítulo: “Asesinato en el planetario.” Trescientas líneas, tres
víctimas, empezaba bien. Veinticuatro horas después de esta publicación, las
oficinas del diario, acostumbradas a una calma serena, fueron teatro de una
bulimia de lectura. Invadidos por asombrosas “continuaciones” propuestas por
nuestros lectores, nos esforzábamos en elegir. Las mujeres se habían
desenfrenado. Hay que admitir que las noticias policiales habían excitado la
imaginación. Se hablaba mucho del “crimen del subte” el de una joven apuñalada
en un vagón vacío en la estación Porte—Dorée... Entretanto, después de mil
dificultades y atrasos, en medio de las huelgas del Frente Popular, la Expo
terminó por abrir sus puertas y nuestros lectores, colaboradores entusiastas,
recorrieron todos los rincones de los pabellones para situar un crimen
suplementario. ¡Con ellos, la Expo se convertía en un lugar muy malsano y se
llegaba a comprender porqué Albert Lebrum, el presidente de la República, la
había inaugurado a paso acelerado!
Había cambiado la miseria por una falsa bohemia más confortable.
Este género de metamorfosis profunda puede ser espectacular, y en este caso es
un poco indecente. También puede ser discreto... En mi caso, me hallaba entre
los dos. Pero tenía un verdadero lujo, un lujo imprescindible, una venganza
deleitosa: ¡me había mandado hacer un smoking! En esa época, las oportunidades
de usar una “corbata negra” eran casi cotidianas. Uno se vestía. Y cada vez que
me veía obligado a aparentar “ser distinguido”, me dirigía, un poco humillado,
hacia el Cor de chasse; esa renombrada tienda de Saint—Germain—des—Prés donde,
por un precio fijo, es posible vestirse como un lord. Y cada vez, me sentía
deprimido. Parece ser algo vicioso, ponerse por una noche, un traje alquilado.
El frac o el smoking alquilado constituye la mayor humillación del hombre que
quiere aparentar lo que no es del todo. A pesar de que esos cubrevergüenzas son
muy prácticos. Y sorprendentes. Se encontraba de todo, en esa tiendita de los
milagros. ¡Y qué mina de novelas! En el bolsillo del saco de un smoking
encontré un papel arrugado que había escapado a la vigilancia de los
retocadores y al vapor de la tintorería. Leí con dificultad estas palabras
llenas de promesa: Genoveva X ... plaza Larnartine. No ir después de las
veintidós. La portera es desconfiada y tiene mal carácter.” ¿Qué seductor había
olvidado en este bolsillo tan valioso dato? ¿Acaso había tropezado con el
cancerbero que lo había denunciado a un padre, a un esposo, a otro amante, tal
vez?... Si mi predecesor en este saco había llamado de la campanilla, ¿quizá
habría provocado un drama, o un crimen? Después de todo, ese galán distraído
merecía su infortunio. Cuando una dama espera, no se la hace esperar. A menos
que este hombre haya espiado a su bella, y se haya informado respecto a
ella... ¡Ya está! ¡Lo tenía!... Era un detective privado... Algún día tendré
que escribir esa novela. Tengo el título, engañoso: El Amor en alquiler.
El fantasma de la guerra se había alejado de Munich y yo veía la
vida color de rosa. Un gran período sudamericano me proponía ir a hacer un
reportaje a Extremo Oriente y un muy viejo y muy sólido diario parisiense me
ofrecía un puesto de jefe de redacción adjunto. ¡Elegir! ¡Qué lujo!
Se presentó una tercera solución, que en realidad no esperaba.
¡Ya no cabía vacilar, ni elegir! Era la movilización. Era el 19 de septiembre
de 1939. ¡La guerra! habíamos terminado por creer que se la evitaría
permanentemente. . . Las palabras de mi padre volvían a surgir como un
fantasma: “¿Quieres escribir? Primero serás militar.” Esta vez yo no podía
invertir esa órden.
Apenas había subido el primer peldaño y, ¡hop!, volvía la
incertidumbre del mañana. Volvía para millares de jóvenes, millares de hombres
cuya opinión importaba poco, pero cuya vida era valiosa. Sin embargo, había una
certeza: íbamos a envejecer. Jamás se ha visto a alguien que haya rejuvenecido
en la guerra. El otro día encontré una libreta toda destrozada en la que
anotaba ideas nuevas, planes de novelas, reflexiones que consideraba útiles. En
la fecha del 3 de septiembre de 1939, día de mi movilización efectiva,
escribí: “Hoy, cambio de vida.”
Era cierto. El cordón umbilical estaba cortado. La primera
víctima de la guerra fue nuestra juventud.
—En 1914 también hubo una generación sacrificada.
—Sí, pero había tenido tiempo de aprovechar de la vida antes de
la hecatombe, La “Belle Epoque”, hubo gente que le gustó... ¡Nosotros, a los
Años Locos no los conocimos! Diez años no es suficiente para bailar el chárleston
y apreciar a las jovencitas falsamente vaporosas en los vestidos del modisto
Poiret. Habíamos pasado hambre —yo un poco menos que los demás, es cierto— y
hacía diez años que nos venían repitiendo que el ”próximo” sería terrible... Es
en la único que no nos han mentido. No podíamos ir a la guerra cantando. No
habíamos sido preparados, “propagandizados” para eso. Y creo que no teníamos
realmente deseos de “tragar alemanes”, como decían en el café du Commerce.
—La movilización quiebra tus esperanzas. ¿Qué haces entonces?
—Me encuentro en el Sarre, en la batalla del Ailette y en la
debacle de junio de 1940. Hago la guerra de millares de franceses, la que duró
diez meses.
Un armisticio puso punto final a todos nuestros esfuerzos.
“¡Ustedes no han peleado!”, protestaban nuestros mayores, los de 1914. Pero
olvidaban que no siempre basta con la tripa. Sin cañones, sin municiones, sin
transmisiones, sin equipos y sin oficialidad capaz, nos quedaba un solo
derecho: el de cubrirnos la cabeza con ceniza... Porque sólo habíamos tenido
ciento treinta y cinco mil muertos en tres semanas, doscientos cincuenta mil
heridos y dos millones y medio de prisioneros, estábamos condenados al silencio
impuesto por la vergüenza. Me negué. Reaccioné. Escribí El Oficial sin nombre.
Pero ya ves, paradójicamente, esta guerra que había quebrado mis
esperanzas, me dio otras. Y otras ilusiones, y otras razones de vivir.
Me hizo descubrir ambientes que sólo había contorneado: los de
las Letras y, particularmente, los de la edición. El Oficial sin nombre es
también eso. Una puerta grande abierta sobre una batalla a cuchillo, una guerra
paralela, mi guerra secreta de autor después de mi guerra de Francés.
¿El terreno a conquistar? ¡Vamos! Es la última selva ,virgen.
Además, le consagré una obra de teatro que duerme aquí, en este cajón. Pierre
Fresnay la leyó. Le pareció buena.
Ocurre en los corredores de una editorial: la historia de un
joven autor cuyo manuscrito fue retenido... ¡El desdichado no sabe lo que le
espera!
Acaba de penetrar en la más auténtica, la más peligrosa y la
más fabulosa de las legiones poco conocidas.
¿El título de esta obra? ¡La jungla!
2.
LA JUNGLA
—¿Cómo entraste en esa jungla?
—¡Por una marca de jabón!
—? ...
¡Oíste bien: por una marca de jabón! Pero, evidentemente, es
toda una historia.
En cuanto fui desmovilizado, me destinaron de oficio al comando
pacífico de un Taller de la juventud en el Var. Empresa de espíritu generoso,
pero construida sin discernimiento por un general bigotudo común viejo galo, el
general de La Porte Du Theil.
Cometía el error de creer que la juventud francesa, todavía
independiente porque se hallaba en la zona llamada “libre”, podría ser
renovado por algunos preceptos de patrocinio y de escutismo. Olvidaba que
cuando se ha recibido una patada en el culo, sólo existe un método para borrar
el mal recuerdo: devolverla.
Pero los jóvenes del campo de Agay donde yo había sido enviado
eran demasiado débiles para devolver nada. Porque nada tenían que dar. Eran
tres mil que venían un poco de todas partes y que habían sido agrupados más mal
que bien. Como mayores, habían sido arrastrados en la debacle, sumergidos por
la marca de los que huían y de los que tenían pánico. Movilizados dos meses
antes para recibir una instrucción militar apresurada, se habían dispersado en
diversas unidades combatientes. Pero esas unidades, en las que les habían
vagamente aprendido a desamar un fusil ametralladora, se habían a m vez
replegado ante el espantoso empuje hacia el sur. La guerra, que ellos no habían
empezado siquiera, había terminado ya. Por lo menos, así lo creían. Y esta
juventud, que tendría que haber gritado sus veinte años —es decir, gritar su
ira y su asco—, esta juventud se encongaba reunida bajo el sol y el ojo
bondadoso de la guardia móvil.
Una certeza: esos muchachos no necesitaban sermones ni
gendarmes. Necesitaban jefes y sólo recibían papeluchos. Desde
Clermont—Ferrand, el estado mayor del general de La Porte Du Theil nos
inundaba de instrucciones, de circulares y de notas de servicio. ¿Era eso la
nueva Francia? Tenia que haber un error. La antigua no había muerto del todo el
25 de junio de 1940, la debacle no lo había barrido todo: la administración
militar seguía aguantando.
La aplicación de esas páginas imperativas era imposible. Los
que las habían redactado no habían tratado de ponerlas al alcance de los
destinatarios.
De ese fárrago, yo había deducido el objeto de nuestra
instalación en Agay: “Ustedes están en el Esterel para hacer carbón de leña.”
Los incendios de bosques no eran todavía una calamidad. Estábamos en zona
libre, no en “zona roja”.
El equipo y la vestimenta dejaban mucho que desear. Me enteré
por casualidad que la intendencia militar de Marsella poseía cincuenta mil
pantalones cortos inicialmente destinados a nuestras tropas coloniales y
apiladas en unos depósitos en forma provisoria. Todos sabemos que lo provisorio
está hecho para durar mucho tiempo.
El intendente que me recibió en Marsella era un perfecto tipo
de imbécil visceral.
“¿Y usted se figura, chilló apoplético después que le hube
participado mi requerimiento, que nos tomamos el trabajo de almacenar esos
cincuenta mil calzones únicamente para que sus muchachos puedan pavonearse en
las playas de la Costa Azul?
—Sólo le pido dos por muchacho, o sea mil...
—¡Jamás! Sepa, amigo mío, que la gran fuerza de la intendencia
es saber almacenar. Los tenemos, los conservamos. Son nuestra fuerza.
—En efecto, acabo de comprobarlo esta guerra relámpago en la
que no recibíamos nada en línea y teníamos que llorar para conseguir un par de
borceguíes...
—¡Los teníamos, pero almacenados!
—¿Sin duda para uso de los alemanes quienes, ellos, no se harán
problemas en tomarlos?
—¡Aquí estamos en Francia libre!
—Por el momento.. .”
Se levantó, algo tranquilizado:
—” ¡Sígame!”
Lo seguí. Sus depósitos estaban llenos a reventar. Con profunda
satisfacción, con el gesto amplio del hombre que tiene buena conciencia, me
mostraba sus pilas de chaquetas, de capotes, de fajas de lana.
“¡Usted no querrá, supongo, meter desorden en todo esta tan bien
ordenado! Mi decisión está tomada. No toco nada. Pero como no soy malvado, voy
a sacarlo del apuro. ¿Le alcanza veinte pantalones de tela cruda?
—Somos tres mil... (“al llegar al puerto”, tenía yo deseos de
agregar para complacer a Corneille y a su Cid) .
—A mí sólo me sobran veinte pantalones de la cantidad prevista
para mi reserva. Tómelo o déjelo.”
Lo dejé.
Para sacudir a esos jóvenes decidí hacerles construir una aldea
en pleno Esterel1. La noticia corrió por encima de las rocas rojas
y de los pinares, luego llegó hasta Marsella donde Roland Dorgeles, siempre al
acecho de una nota para Gringoire, decidió venir a visitarnos. Dorgeles seguía
viviendo el momento de su célebre libro sobre 1914/1918, Las Cruces de Medera.
Desde la primera guerra había conservado, más de veinte años después, un
espíritu muy militar. Jamás se había desmovilizado del todo.
Después de haber probado la sopa de nuestro taller —y pasado la
noche en un hotel de Agal— publicó, a la semana siguiente, una nota titulada:
Juventud con los brazos desnudos en aquel mismo semanario donde yo había
ganado mis primeros mil francos.
El artículo tuvo un solo defecto: ser demasiado veraz.
Dorgeles expresaba exactamente lo que simbolizaban esos
muchachos con el torso desnudo que talaban árboles, aserraban, cortaban,
transportaban y juntaban troncos para construir esa aldea. Para vivir una
nueva vida, aunque no tuviesen nada que reprocharse, habían unido sus
divergencias. Los estudiantes pari-
1 Gran macizo cristalino de Provenza.
risienses eran compañeros de los campesinos del Gard, los
guapos de Marsella se habían aliado con los Corsos. Era la plaza del trabajo.
Un trabajo que habría de dar una aldea con su alcaldía, su iglesia, su correo.
Dorgelés mirado muy bien: ya no eran jóvenes vigilados por la
gendarmería, sino Francia. La verdadera. No la de Vichy, ni siquiera la de
Clermont—Ferrand donde esa nota indignó a los superiores: ¡nos atrevíamos a
construir una aldea! Las instrucciones no lo habían previsto.
Pero esa nota, la leímos en voz alta, ávidamente, a la luz de
los fogones. Y surgió la idea de un periódico. Fue el más hermoso de todos
aquellos en los cuales he colaborado, por haber sido el más efímero: Jeune
France tuvo un solo número, pero con un tiraje de millares de ejemplares,
impreso en las prensas del Petit Marseillais y que, salido de la Canebiére2,
se irradió por toda la Costa.
El editorial que yo había tenido la audacia de firmar fue
reproducido por varios diarios del Mediodía de Francia, y terminó de
indisponerme con las cabezas pensantes de Clermont—Ferrand. Vichy me declaró
entre los revolucionarios, sin darse cuenta del honor que ello representaba
para mí. Una nota imperiosa —¡Otra más!— me borró de la oficialidad de los
Talleres de la juventud.
Acompañado por Arnaud de Pierrebourg y Charles de Latour —se
habían declarado solidarios de mis audacias— me dirigí a Clermont—Ferrand para
ver al “gran jefe”, el galo.
“Evidentemente, me dijo, su juventud, su dinamismo son
magníficos... Pero pasarán antes que yo me rectifique. Sus métodos originales
paralizan mi acción que es más reflexiva, más metódica, más lenta y, sobre
todo, más segura.”
En 1945 pude medir las consecuencias de esa calina y de esa
resignación del gobierno de Vichy.
Traté de defenderme durante dos horas: tarea inútil; el general
era una pared en uniforme.
Ultimo intento para hacerme comprender: ver personalmente al
ministro de la juventud. Me recibió, me escuchó muy amablemente durante largo
rato. Aprobó todo lo que yo le dije, pero no me ayudó en nada, copio
generalmente ocurre. El señor ministro solo contaba con los inspectores de
finanzas y los politécnicos que lo rodeaban para hablar a la juventud y
“ponerla en el camino del honor y de la virtud”. Para mí era la primerísima
vez que un financista —se ocupaba del Banco de Indochina— se encargaba de semejante
misión.
Lo juré: no volvería a poner los pies en ese cesto de cangrejos.
Sentado sobre mi valija, esperé en el andén de la estación de
Lyon—Perrache que un hipotético y repleto tren me llevase lejos de esas
pequeñeces. Había perdido tres meses. Para nada. La aldea jamás sería
terminada, el Taller de Agay se derrumbaría como los demás y los muchachos,
librados a sí mismos, se entregarían a las actividades mucho más lucrativas
del mercado negro que ya comenzaba a gangrenar la vida. Era desesperante.
Estaba asqueado. Y sólo veía un medio para librarme de la opresión y del
opresor: escribir un libro.
Me encerraría en un retiro necesario para la redacción de ese
libro. Construiría cada página, cada frase para que surja mi desconcierto, y en
lo posible para mostrar en que drama se había hundido una Francia de rodillas.
Con mi aprendizaje de periodista y mi inexperiencia de autor, alumbraría un
relato de esa insen-
2 Famosa avenida de Marsella.
sata campaña de 1939/1940. El relato comenzaría el día en que la
movilización me había sorprendido, un año antes, en Cannes. Y terminaría
ahora. Y en el pasillo del convoy asmático y atorado que me traía, hallé el
título: El oficial sin nombre.
—¿Eras tú el oficial sin nombre?
—Lo escribí, pero no soy el héroe. Yo no aparezco. El lector es
ese soldado desconocido. Un lector que, en el momento en que apareció el libro
(en 1941) iba a revivir en el papel la siniestra aventura que había vivido realmente
durante algunos meses. Además, si ese título me agradó y fue el único en ocupar
mi mente para ese libro, creo que es porque da la impresión de haber sido
escrito por todos los combatientes de ese trozo de guerra y no por un solo
señor que cuenta su guerra ... Y si ese libro tuvo éxito es porque fue el
primero en decir “¡no!” en vez de mea culpa. Apareció en el momento en que más
se necesitaba un libro de ese género. Tuve mucha suerte que fuese el mío.
¿Hay “momentos” para publicar un libro?
—Hay corrientes de reacción, resistencias a una intoxicación, a
una verdad monocorde. De pronto, la gente está harta y está madura para montar
el caballo que va hacia la nueva dirección. Los éxitos fabulosos de dos libros
recientes: Papillón y Love Story, ilustran muy bien esos momentos propicios.
Papillón fue un estallido en la melancolía que siguió a 1968, y en un clima
político apagado; Francia había dicho no a de Gaulle, quien había decidido
retirarse. Papillon era la evasión, la suya y la del lector. Love Story era la
reacción antiporno, el regreso al sentimiento y a las leyes eternas del
corazón; era la victoria de Romeo y Julieta sobre la Historia de O. Esos dos
libros llegaron en el momento adecuado. Pero, por definición, un momento no
dura. Y ser el best—seller de un momento es muy diferente que hacer toda una
carrera que dura. Después de Papillón, Henri Charriére nos dio Banco. Un Banco
en el cual perdió todo el interés que habían suscitado sus primeras aventuras.
Y creo que hubiese sido mejor que “Papi” muriese antes de Banco. ¿Y el autor
de Love Story, Erich Segal? Dicen que no quiere oír más hablar de novelas...
Pues bien, El Oficial sin nombre podría haber sido mi comienzo y mi fin. Si hubiese
seguido hablando de mi mismo, no habría sido novelista. Uno habla de sí mismo
una vez. Se escribe el libro que uno lleva en sí. Pero, ¿y después? Eso es
terrible: esa es la vuelta: se tiene recuerdos o se tiene imaginación.
—Me anunciaste una historia de jabón...
—Cuando terminé el manuscrito, un amigo se empeñó en hacérselo
leer a Francis Carco... Querido Francis, hombre delicioso, encantador autor de
Jesús La Caille, de El Hombre acosado, y de Dulce Cabaret, académico Goncourt
liberal (lo cual no es corriente) : fue gracias a él que se publicó mi libro.
Careo leyó mis cuartillas en una noche y al día siguiente me
dijo simplemente:
“Me agrada. ¡Sobre todo, no lo toques más!”
Se lo propuso a un adinerado ocioso que quería convertirse en
“el gran editor de la zona libre.” Ya se vería lo que era bueno. Pero,
prudente, prefería autores de renombre. Un desconocido, era mala señal. Con
soberbia lógica absurda contestó a Carco, refiriéndose a mí: “Si fuese célebre,
se sabría.”
Otros tres editores contestaron que no era el momento de
publicar semejante libro. Bernard Grasset no quiso leerlo siquiera. “El título
es malo”, dijo. Tengo un libro que va a provocar una desgracia: Veintiséis
hombres, de Jean de Baroncelli (actual esposo de Sophie Desmarets y crítico
cinematógrafico del diario Le Monde) . Incansable, empecinado, Careo se había
convertido en un amigo y mi representante. De Niza a Marsella, trataba de
ubicar este Oficial sin nombre nacido de un autor desconocido. ¿Por qué tanto
trabajo Francis Careo? Sin duda porque era un poeta, el poeta de La Bohemia y
mi corazón, el de una juventud burlona, la de los Apaches y las mujeres, cuando
el barrio Latino tenía corazón y Montmartre tenía espíritu. Yo era joven. Era
bohemio. Esto agradaba a Careo.
Careo era más obstinado que yo. “¡Lo logré!”, me aseguraba
después de cada encuentro negativo. Yo comenzaba a perder las esperanzas y a
resignarme. Después de todo, había escrito el libro y me sentía un poco mejor.
A fin de pensar en otra cosa, y porque Careo insistía, acepté ir
a una cena en casa de unos desconocidos. Frente a mi estaba sentado una especie
de Mefisto muy barbudo. Al terminar la comida, una de esas sorprendentes
comidas de guerra en las que cada cual entrega sus tickets de racionamiento, se
presentó en estos términos: “Soy el señor Couiteas de Faucamberghe,
industrial.”
Y para explicar su nombre poco corriente, agregó que era
griego—belga y ex campeón de tenis. A mí me parecía que tenía el aspecto de un
emir disfrazado de Europeo. Me miraba ligeramente divertido:
—¿Entonces, prosiguió, es usted quien escribió el coso respecto
a la guerra? Careo me habló de eso. Tendría que mandar imprimir ese libraco.
—Ningún editor lo acepta... ¿Para qué arriesgar el poco papel
que tienen editando a un desconocido?
—¡Pero es excelente!
—Lo dice usted...
—Créame, joven. Conozco muy bien a los editores. Son verdaderos
piratas del pensamiento. Si por desgracia alguno—hubiese decidido editar y
lanzar su libro, habría sido pagándole un porcentaje de hambre con el pretexto
de la guerra. Le habría hecho firmar un contrato atándolo a su editorial
durante años. Un autor joven, sobre todo en estos momentos, siempre se deja
tomar por la trampa del primer cheque. Es el comienzo de su esclavitud. Tiene
que escribir sin descanso. El autor joven que produce demasiado y muy a prisa
queda vacío al cabo de algunos años. El editor tomó lo que tenía de mejor en
él. Cuando ese contrato, que sólo es un engaño, llega a su vencimiento, el
editor abandona al autor que ya no es muy joven y que se encuentra con mucho
papel garabateado y sin porvenir alguno.
—No es muy alentador...
—¿Verdad? Por eso, siempre es preferible editar uno mismo su
primer libro. Si resulta un éxito, es célebre de golpe. En ese momento —y sólo
en ese momento— todos los editores le correrán atrás. Entonces podrá elegir
discutir en un plan de igualdad y tal vez imponer sus condiciones.
Había escuchado ese discurso realmente encantado. Pero también
con una ligera inquietud. Al escribir mi libro, no había pensado en todo
eso... ¿Era cierto lo que afirmaba el señor Couiteas de Faucamberghe?
Para terminar de convencerme, me tendió su tarjeta:
—Venga a verme mañana a Niza. Lo espero a las once.
Pero a la mañana siguiente, esas palabras me parecían exageradas
y engañosas... Califiqué mi conversación como esas promesas que dicen: “Soy el
hombre que usted necesita. Usted es el que yo busco.”
A las dos, el conserje del pequeño hotel donde yo me alojo me
anunció que me llamaban por teléfono:
—¿Hola? Habla Couiteas de Faucamberghe. Lo estuve esperando...
—Escuche, señor, su proposición no me interesa.
—¿Cómo dice? ¡No sea terco! Tiene un tren para Niza a las
cuatro. Lo espero a las cinco. Y podrá regresar esta misma noche. No olvide el
manuscrito.
¿Mecenas? ¿Pigmalión? en todo caso, obcecado.
Este griego—belga ocupaba una suite en el plaza. No me recibió
como, en principio, acostumbra a hacerlo un editor. Estaba completamente
desnudo, acostado boca abajo, mientras una enfermera le aplicaba ventosas. Al
pie de la cama una dactilógrafa escribía a máquina una carta dictada por el
señor Couiteas y lo que sigue.
—¡Ah! aquí está el escritor!, exclamó sin volverse para no hacer
caer las ventosas. ¿Tiene su coso? ¿Cómo es el título?
—El Oficial sin nombre.
—No está mal. Lo leeré esta noche para tratar de dormir. Si no
me quedo dormido al cabo de un cuarto de hora, Significa que lo leeré íntegro.
Y entonces lo edito, sea bueno o malo...
¿Tiene una imprenta?
—Fabrico jabón sin tickets (¡ya hemos llegado!). Tengo papel
para las etiquetas y los envoltorios. Para mayor seguridad, en cada ejemplar de
su libro pondré bonos para mi jabón. La gente carece de jabón pero necesita
lavarse, de todas maneras, Comprarán todo, jabón y libro, porque en la zona
libre no tiene nada para leer. Es excelente cuando la gente está obligada a
quedarse en su casa: lee: Si ese libraco llega a agrandarme, lo colocaré en
todas partes. Empezaré tirando cincuenta mil ejemplares. Algo que jamás se hizo
para un desconocido. Pero le advierto: ¡ni un centavo ahora! Si las cosas
marchan, primero recuperaré mis gastos; además, tiene la posibilidad de ganar
muchísimo dinero. Pongamos un precio bajo y redondo: veinte francos. Usted
puede llegar a cobrar unos trescientos cincuenta mil francos. No le hago
contrato, pero usted se compromete por escrito a pagarme el diez por ciento de
toda su producción literaria durante diez años. Elegirá usted mismo sus
editores. Y para terminar, un último punto: no hago ninguna publicidad. La
mejor propaganda para un libro es encontrarlo en todas partes, principalmente
en las bibliotecas de las estaciones de la zona libre. ¡Con toda la gente que
pasa por allí! Es necesario que un viajero vea ese libro expuesto en Vichy, en
la vidriera ambulante, que lo vea de nuevo en Lyon y en Marsella. Tendrá el
noventa y nueve por ciento de las probabilidades para que lo compre al llegar a
Niza. Si está de acuerdo, no tiene más que firmar al pie de este papel, después
de la mención “Leído y aprobado”.
Por fin dejó de hablar. Lo había dicho todo con un tono
monocorde y sin prisa, a la manera de la gente que sabe lo que hace. Le pedí un
cuarto de hora para reflexionar. En realidad, sabía que Francis Carco, que
acababa de llegar a Niza, se alojaba en el mismo hotel Plaza. Se lo conté todo
más o menos con la misma rapidez que lo había hecho el fabricante de jabón.
—¡Firma sin vacilar!, fue la respuesta de Carco. Jamás volverá a
encontrar una oportunidad semejante. Evidentemente, no es un contrato de
edición muy normal. Pero este buen hombre no es un editor como los demás. Es un
comanditario, bastante deportivo, hay que admitirlo. ¡Firma!
—¿Y los bonos para el jabón?
—¡Ya veremos! ¡Firma!
Firmé, temblando de emoción.
Las predicciones del señor Couiteas de Faucamberghe, jabonero y
editor fuera de serie, fueron inexactas. No había previsto —y yo menos que él—
que los cincuenta mil ejemplares se venderían en un mes. ¡y se vendieron sin un
solo bono para el jabón! Justo en el momento de ponerlos en venta, supliqué al
señor Couiteas de Faucamberghe que no colocase bonos para su jabón en los
cinco primeros mil ejemplares. “¡De acuerdo!, me contestó. Corro ese riego y
usted también, porque si no se vende...”
El “coso”, como lo llamaba, se vendió como panecillos
(¡admitiendo que se hubiese encontrado panecillos en 1946!). Los cinco mil
ejemplares no alcanzaron. Mi editor puso el total de los ejemplares en venta.
De todos modos era gracias al jabón que ni¡ libro había sido impreso: el
impresor Robaudy, de Cannes, hacía el libro sobre las bobinas de papel
destinado a los jabones. Conservé los últimos ejemplares de esa edición en un
papel que se volvió amarillo. Un papel de guerra que habría tenido que ser
llamado papel—jabón. El jabón no era como mi oficial, tenía un nombre: Manda.
Ofrecía la particularidad de no limpiar, de no hacer grumos y de cubrir las
manos con una pasta horrible. Un verdadero jabón de bromas y trampas.
Al cabo de seis meses, Carco, encantado, me llamó:
“¡Y ahora, el Goncourt!”
¡El Goncourt! Con solo pronunciar ese nombre, ese premio tan
codiciado —el único nombre de recompensa literarias que todos recuerdan—, con
sólo pensar en él todo joven autor se siente desfallecer. Carco estaba desenfrenado:
“Escucha, tu libro marcha muy bien, y sin embargo los alemanes
lo han prohibido en la zona ocupada. Sería estupendo si El Oficial obtuviese el
premio. ¡Por primera vez se vería un Goncourt concedido a un libro prohibido en
las dos terceras partes del territorio francés! Trabaja en tu próxima libraco y
no te muevas. Hacerse el muerto es la primera condición para obtener el
Goncourt. No te digo más nada. Me encargo de los primeros contactos.”
Como Francia, los académicos Goncourt estaban divididos. ¡Ya!
Cada una de las dos Francias tenía su literatura. El campeón de la zona
ocupada era Sacha Guitry, el de la zona libre era Francis Carco. El gran
elector era René Bénjamin. Su misión consistía en poner a sus colegas de
acuerdo para la elección de un libro. Se sabe que no era tarea sencilla. Pasaba
su tiempo en los trenes, yendo de una zona a la otra. Imaginemos hoy a través a
Hervé Bazin yendo y viniendo al sur, entre Francoise Mallet—Joris y Einmanuel
Robles... Necesitaría un boleto circular y una valija (diplomática) .
Carco hacía estrategia académica. Sabes, la que también se
aplica —especialmente— en la Academia Francesa cuando sus miembros eligen un
nuevo inmortal: no votan contra un colega. Carco sabía explotar los rencores
de cada uno, azuzar a tal contra cual para lograr el resultado apetecido: un
voto nulo compartido o una elección... Francis consiguió convencer a Jean
Ajalbert. Este académico había comprendido que a falta de talento o de
lectores, hay que hacerse notar .¡Y vaya si reparaban en él! En la Croisette,
la hermosa avenida costera de Cannes, en pleno mes de agosto, vestía un grueso
sobretodo, una larga bufanda como los chiquillos de los Cuentos de Andersen y
sombrero de alas anchas.
“¡Sabe usted, me dijo, cuando paso, la gente dice: Es Jean
Ajalbert, de la academia Goncourt. Vea, querido amigo, lo importante en nuestro
oficio es saber darse una personalidad.”
Carco sabía que Guitry no votaría por un libro de guerra que
exaltaba el sentimiento nacional. Ajalbert, que trataba a Guitry de “bribón”,
hizo una gran declaración en Niza para decir que me daría su voto. Carco,
Ajalbert: ya eran dos para mí. Reconozco que Jean Ajalbert tuvo sus méritos,
no cedió a pesar de las súplicas de su mujer. Si los hombres a ponerse de
acuerdo sobre la espalda de una mujer —si así puedo decir—, la inversa no es
siempre tal. Las esposas de los académicos Goncourt de aquella época se odiaban
todas y desempeñaban el papel de un picador. Excitaban a sus maridos a favor o
en contra de un candidato. El aspecto físico de éste, o su manera de hacer la
mano eran determinantes. Y no vaya a creerse que ese género de influencias
desapareció por completo. Hasta con escuchar lo que se dice en el ambiente
literario hacia el mes de noviembre o el día de una elección. Ese día, el
editor agasaja a su autor, héroe de la jornada, con un gran cocktail al que la
mitad de las personas que asistan no leyeron las obras del laureado. No
importa: la otra mitad las leyó. Y en esta mitad se encuentran las esposas de
los electores que cuentan la elección de su propio marido o bien el día en que
ganó tal o cual premio. Cuando son viudas, son temibles. Recordamos esa
hermosa obra de André Roussin, Las Gloriosas, lúcido retrato de las esposas de
los que creen ser grandes hombres. Roussin tiene allí una frase inquietante y
verdadera: “Nadie sabe en vida de lo que es capaz su viuda.”
La voz de Ajalbert arrastró la de Lucien Descaves a quien
llamaban el “Goncourt que jamás viene a los almuerzos”. Esa comida en el
Drauant, famoso almuerza frente a la plaza Gaillon, tan tradicional como un desfile
del 14 de julio, es el último momento de la “cocina” del premio: se otorga
inmediatamente después. Pero algunas veces, ese almuerzo no termina nunca. Los
periodistas esperan. Y algunas veces también, son decepcionados. Por eso, en
1925 fundaron el premio Theophraste Renaudot para entretenerse un poco durante
el almuerzo de los Goncourt y, eventualmente, corregir su elección. El
laureado del Renaudot sólo recibe... una invitación para almorzar.
Desde la muerte de Honoré Rosny —su libro La guerra del fuego,
famosa novela de los hombres prehistóricos le había hecho merecer el
sobrenombre de “Mamut”—, los Goncourt eran solo nueve; la mayoría era pues de
cinco votos.
Carco me dijo: “Vamos a tratar de conseguir el de Leo Larguier.
Es muy amigo de Dorgeles. Yo, estoy disgustado con Dorgeles. Por el momento...
Bastaría con que yo le pida de votar por ti para que haga lo contrario...”
Larguier, al finalizar uno de esos agotadores almuerzos
literarios, fue muy franco:
“No me gustan mucho los libros de guerra, sobre todo de la que
ustedes perdieron. Todo el mundo sabe que terminó con vuestra derrota. ¡Se sabe
el final!”
Me miraba para medir el efecto de su oráculo. Pasó un ángel, el
ángel de la benevolencia:
“De todas maneras votaré por su libro. Tiene algunas
cualidades.. . “
¡Demasiado amable!
Cuatro votos. Carco sonreía. “Con el de Dorgeles, habremos
ganado!, dijo. Pero también tenemos que asegurarnos el de Daudet.” León Daudet,
el hijo del autor de Cartas de mi molino, el temible polemista de L'Action
Franjaise, tenía setenta y cuatro años. Estaba gravemente enfermo. Escribimos
a su esposa para que lo decidiese a concederme su voto.
¡Si eso seguía, harían votar hasta a los muertos!
Yo asistía, impasible y asombrado, a esta cocina. En esas
grandes maniobras en las que yo era nada más que un instrumento que sólo tenía
el derecho de callar, descubrí con tristeza que ya no se trataba de aquilatar
el valor de un primer libro. La carrera al premio tenía lugar sin mí. La
querella política se sobreponía a cualquier otra consideración. ¿El libro?
Nadie se ocupaba de él... Desde luego, estábamos en guerra. Pero los Goncourt
tienen la especialidad de hacerse la guerra. Hemos visto que entre ellos las
reconciliaciones siguen a las disputas y a las que renuncian preceden el
acuerdo cordial. En general, el candidato no tiene nada que ver. Y en verdad,
creo que esas historias no interesan a nadie. Salvo a los que quieren conseguir
el premio a toda costa... Hay candidatos que se enferman. ¡Ah! esas visitas,
esas dedicatorias, esas esperas junto al teléfono!
Fue en ese momento cuando los alemanes levantaron la prohibición
del libro en la zona ocupada. Jean Fayar lo editó en París. El día del Goncourt
llegó por fin. La “academia Carco” se reunió en Niza, con periodistas, para
dar a El Oficial sin nombre lo que se llamó el “Goncourt de la zona libre”. En
París, a la misma hora, en el resturant Drouant, detrás de las famosas botellas
de vino blanco, pero por una vez sin almuerzo, la “academia parisiense”
concedió el Goncourt oficial a Viento de marzo de Henri Pourrat. El
acontecimiento es casi histórico: por primera vez desde su fundación en 1903,
el premio Goncourt no era otorgado a la primera obra de un joven autor. Viento
de marzo había salido algunos años antes y era imposible encontrarlo en
librería. Su autor, que había pasado los cincuenta años, no era candidato al
premio sino a miembro de la academia. Es una astucia que se llevó a cabo varias
veces en ambos sentidos. Un autor quiere formar parte de la academia: le dan el
premio. Es un buen negocio. Inversamente: un autor desea el premio Goncourt, lo
nombran académico Goncourt. Es una mala pasada: ¡ahora está obligado a leer a
los demás, en cambio quería que lo leyesen a él! Conmigo había otro candidato
desdichado: Frison Roche que también se iniciaba con su primer libro, Primero
en la cuerda. Nos consolamos. Estábamos fuera de Goncourt. Y recuerdo a todos
los “fuera de Goncourt” que Barres, Alain—Fournier, Bernanos , Montherlant, Morand,
Giraudoux, Mauriac, Aragon y Bazin también lo estuvieron. Hervé Bazin, hoy
presidente de la Academia, expresó: “Veinte por ciento de los laureados no
deberían serlo y veinte por ciento de los grandes escritores merecían el
premio.” Después de todo, tal vez tuve suerte de haber escapado a ese premio.
Porque si empezamos a hacer cuentas, de casi setenta premios Goncourt, ¿cuantos
mantuvieron su promesa? ¿Cuantos laureados hicieron carrera después de aquel
primer libro? ¿Cuantos siguieron siendo leídos al año siguiente de su premio?
Veinticinco, al máximo. Lo que quiere decir, en resumen, que dos de cada tres
Goncourt cayeron en el olvido, ya sea inmediatamente después, ya sea con el
tiempo. El Goncourt puede ser un trampolín y un final. Desde luego, un jurado
puede equivocarse. Un hermoso libro, un gran libro, puede no gustar. Pero con
frecuencia la decisión obedece a consideraciones ajenas a la calidad de la
obra. ¿Arreglo de cuentas? Suele suceder. ¿Objeciones o razones políticas?
También suele suceder. Creo que ya sería tiempo de ocuparse solamente del
valor real de un libro, y punto. ¡No porque un escritor sea considerado de
derecha o de izquierda, significa que tiene talento!
A menudo también, es el editor quien se convierte en “vedette”
del premio, y no el autor. Hay editores para Goncourt. Gallimard tiene una
buena lista de laureados: entre 1949 y 1970, catorce de los veinte Goncourt
fueron de la “cabaña” Gallimard. Algunos editores con dificultades pudieron
sobrevivir gracias a ese premio. Los hay a quienes no les interesa, como
también hay autores a los cuales no les importa.
—No me digas que no te sentiste decepcionado.. .
—No lo digo. Tener el premio Goncourt para un primer libro es un
rótulo. Ya no es una condición necesaria y suficiente para escribir, interesar
a sus lectores y vivir de lo que se escribe. Ese premio es un
Entra dos
novelas tuve la responsabilidad de organizar el XXV baile de las "Camitas
Blancas". En aquella época, 1953, era fabuloso: una deslumbrante velada a
la que se agregaba, por una vez, un verdadero "buen espectáculo". A
pesar de las protestas elegí, para cambiar de marco la nueva
sala del Moulin Rouge que acababa de ser restaurada. Por una noche, el templo
del Can-Can se convirtió en la sucursal parisiense de Hollywood, En cartel:
Carlos Chaplin, Bing Crosby, Gary Cooper, Josefine Baker, Peter Ustinov,
venidos todos gratuitamente. Hasta Lily Pons, la ilustrísima cantante francesa
que triunfaba, en el Metropolitan Opera de Nueva York. Esta foto fue tomada
cuando la diva bajaba de su automóvil, un Cadillac.
¿Casualidad o broma? Sucedió en Le Croisie, ciudad balnearia
sobre el Atlántico, en 1969. Un librero me exhibía entre las curiosidades. Tal
vez tenía razón: los escritores son personas curiosas. Jamás parecen estar
trabajando.
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Sí, soy yo ...
Según este dibujo de J. Redon, publicado por París-Match "vendo
mi verdura como un "verdulero y preguntó "¿Y con ésto, qué más quiere
llevar?" "Un nabo" (es decir un bodrio), contestan los críticos
con tono seco. No es un acierto: un día, en Burdeos, una señora me trajo un
libro para que se lo firme; lo llevaba en su
bolsa de compras domésticas abarrotada de provisiones. "Es porque usted
está en el camino del mercado", me dijo.
buen negocio para el autor y para el editor. A pesar del cheque
de cincuenta francos para el autor, garantiza una edición de cien mil
ejemplares como mínimo. Si el libro agrada, esa cifra puede duplicarse y hasta
triplicarse. Ahora bien, teóricamente, el premio consagra un autor novel y, con
preferencia, una novela. Los hermanos Goncourt se habían impuesto la finalidad
de descubrir talentos. ¿Entonces, qué objeto tiene un premio otorgado a un
autor conocido? Por ejemplo, Jacques Laurent tuvo el Goncourt en 1971 para Las
Tonterías. No tiene ninguna finalidad. Hace años que escribe. Carolina querida
ya tenía cinco millones de lectores. Ese premio no agregó nada a su carrera.
En semejante caso, el premio carece de finalidad, se desvía de su vocación. Es
como una reparación a posteriori, una consagración global como el Nobel, una
prueba que algunas veces los “jueces” tratan de ponerse a la par del público
que dio su veredicto mucho tiempo antes. En pocos meses se vendieron quinientos
mil ejemplares de El Oficial sin nombre. Era suficiente para crearme algunas
enemistades.
—¿Estás seguro que no te hiciste ningún complejo?
—¿Un complejo; No me hago ningún complejo: ni de superioridad ni
de inferioridad. Mis libros se venden. ¿Y qué? Creo sinceramente que es
terrible obtener un premio tan considerable como el Goncourt, porque después
hay que continuar. Sí, digo bien: hay que continuar.
Muchos autores lo olvidan. Tal vez me habría dormido sobre mis
laureles. Honestamente, aunque resulte molesto, ese día comprendí que iba a
escribir sin preocuparme por el qué dirán, por las opiniones académicas ni de
la crítica. Lo único que cuenta es el público. Al escribir para los premios, el
escritor somete a ser marcado por determinadas fechas: es el Goncourt de tal
año, el Renaudot, el Iteraliado, etc. Envejece, ¿sabes? Y a diferencia de los
buenos vinos de tal o cual cosecha, los autores marcados por una fecha no
siempre mejoran al envejecer.
—Pero ni un autor “sin premio se convierte en un best— seller
como tú, en cierto modo se está vengando. ¿Es tu carrera una venganza?
—¡No soy tan malvado! El juicio de unos pocos es una cosa, el
del público es otra. Cuando me anunciaron el resultado del voto emitido en el
restaurant Drouant, cené opíparamente y al día siguiente empecé a escribir mi
libro sobre el tema del circo. Estaba decidido: había elegido escribir para el
público, no para un tribunal del que uno pregunta a veces de donde sacan los
asesores su autoridad. Además, fue La dama del Circo, mi segundo libro pero mi
primera novela, el que provocó mi ruptura con la mayoría de los críticos que
dicen estar inspirados.
Sin embargo, habían recibido El Oficial excepcionalmente bien.
Conservé todos los recortes de los diarios de aquella época. Fue la primera y
la última vez en que fueron unánimes para uno de mis libros. Con el tiempo,
comprendí la razón. Cuando un joven autor publica su primer libro y éste es
interesante, las críticas son elogiosas. Los hombres y las mujeres que las
redactaron cumplen de esta manera la parte más importante de su misión, que
consiste en revelar al público un autor y un libro. Un principiante no
compromete. El estímulo tampoco cuesta nada. En este caso, la crítica.
representó el papel de un guía. Pero después, si el principiante persevera, las
cosas se echan a perder. Están aquellos a quienes gusta y aquellos a quienes
no gusta. Y sobre todo están los lectores a quienes también gusta o no gusta.
Un crítico temerá pasar por imbécil si vapulea algo que puede llegar a tener
mucho éxito. Si los éxitos se repiten con el público y si el crítico está cada
vez menos seducido por los libros de esos autores, asistimos a ese divorcio tan
frecuente entre las camarillas y el gran público.
Cuando apareció La Dama del circo fui propinado por uno de los
mayores vapuleos que se puede cosechar para un libro. Esa novela es la historia
de una ecuyére, una artista ecuestre, que se vuelve loca a consecuencia de una
caída de caballo. Alain Laubereaux era el crítico más envenenado del momento.
Sus juicios eran ejecuciones. En su crónica literario del Petit Parisien —la
más leída escribió: “¡A propósito de esta historia de dama de circo y de
caballo, se tiene la impresión a cada página que es el caballo quien escribe!”
¡Cuando cae, duele¡ Sobre todo para una primera novela. Pues era
la novela lo que me apasionaba. Otros expertos fueron feroces porque yo había
hecho trampa. Después de El Oficial sin nombre esperaban otro libro de guerra.
Me habían catalogado como escritor militar, un poco como lo había hecho mi
padre. Esperaban una continuación. ¡Algo así como El Hijo del Oficial sin nombre!
Pero había escrito una novela. Según ellos, no había respetado la regla del
juego. Había cambiado de género...
—Contéstame con franqueza: ¿tienes en cuenta las críticas?
—Depende si quienes las han escrito son personas honestas o
deshonestas.
¿Qué es un crítico honesto?
—Ante todo —se olvida con demasiada frecuencia es alguien que
no conoce al autor. Quiero decir, personalmente. Ese es el problema de todo
periodista que ve de cerca a un personaje de actualidad de quien habla y olvida
de separar al hombre del profesional, la vida de la obra. Hay que admitir que
es muy difícil. Pero es imprescindible. Y escaso. Conozco a algunos críticos.
Pocos son aquellos que en el momento de redactar o de dar su impresión se
desprende de su sentimiento para guardar sólo su juicios.
Lo experimenté cien veces. Tomemos el caso de un crítico a quien
no le agradan mis libros, pero que está obligado a hablar de ellos para un
artículo (pobre hombre) Viene a hacerme un interview. Si la entrevista es
cordial corrige un poco su opinión con el pretexto de que el hombre vale más de
lo que escribe. En 1970, por ejemplo, Pierre Demeron quería verme para una nota
en Lui. Combinamos un almuerzo en el restaurant Ledoyen. Después de ese
almuerzo, Demeron que ya había acumulado bastante material como para hacer una
nota bastante malvada contra mí, borró aquí y allá algunas maldades, algunos
rasgos agudos, ¡y Dios sabe que lo tiene!, Pues bien, esa nota —la más extraña
de las que me fueron consagradas— no era totalmente honesta... Señaló, para
los cascarrabias, que el almuerzo era bueno, sin más. Si a la inversa, un
crítico tolera mis libros pero considera que, decididamente soy un ser al que
no se lo puede pasar, agrega pimienta en la salsa de su juicio. Su crítica
tampoco es honesta.
En materia de juicios, no sólo en París se tiene buen pico.
Llego a pensar que las críticas más honestas son las que se leen en los diarios
de provincia. Esos textos están escritos lejos de los ecos de cierta vida
parisiense. Sus autores juzgan tan sólo el resultado: el libro. Además, es en
esos mismos diarios que, salvo excepciones, aparecieron las notas mejor hechas
respecto a mis novelas. Quiero decir las más inteligentes y con frecuencia las
más severas. Sin concesiones, sin complacencia, los artículos de Le Courrier
Picard, Le RéVeil d'Agen ou Les Dernieres Nouvelles d'Alace están escritos de
otra manera, argumentados y estructurados, que las tazas de agua tibia y mala
fe de algunos diarios parisienses. Parece que provoco una sonrisa cuando digo
que un artículo en Le Courrier de l'Quest o en La Montagne es más importante
para mí que la hiel parisiense. Pues bien, deseo a todos esos autores que no
pueden escribir que tengan la mitad de lo que tuve en la prensa nacional:
hallarán verdaderos profesionales, no maniquíes con humores y sólo pegan zarpazos
porque está de moda.
La objetividad consiste en decir “No me agrada lo que escribe el
señor X..., pero considero que en su género está bien escrito”, o por el
contrario: “Me gusta lo que hace, pero esta vez estoy muy decepcionado”. La
objetividad es ante todo, un color que se anuncia. Si no le agrada, no
comunique su desagrado a los demás. Si le agrada, no obligue a los demás a que
le agrade.
El crítico honesto es también el que no se opone a su placer. Si
el libro no le cae de las manos a la página 30 y si ha sido subyugado por la
magia de la historia o del escrito a tal punto que no pudo soltar el libro, que
no venga a decir: “No pude evitar de terminarlo, pero en verdad es demasiado
malo”. Esto me hace pensar en aquellas críticas del Monde hechas por literatos
que tratan de demostrar que un libro les ha gustado pero que se equivocaron y
que, si al público le agrada, éste se equivoca.
Parecería que esa gente hace el amor y que en el momento de
disfrutar de su placer, se niegan a ello, furiosos de haberse dejado arrastrar
tan lejos.
—¿Y si por ventura alguien se queda dormido al leer uno de tus
libros, qué piensas?
—Tengo un slogan listo: “¡Lean a des Cars y dormirán sin
demora!” De esta manera, algún día tal vez vendan mis libros en las farmacias.
¡Qué aumento de venta!
—¿Cómo terminó la guerra para ti?
—Aquí mismo, en este departamento. La guerra terminó
definitivamente bajo mis ventanas. Allí es donde fue negociada la rendición de
París por Raoul Nordling. Cónsul general de Suecia y Jean Laurent, director del
Banco de Indochina. Ese día pude asomarme al balcón, como centenares de
parisienses en el barrio. El carro Panzer apuntaba toda la calle de Anjou con
su cañón que ya no habría de matar a nadie. París ardía, sí, pero de fiebre de
liberación aumentada con las últimas ráfagas intercambiadas por los bandos
combatientes. En aquel mes de agosto de 1944, un solo grito recorría las calles
vacías de bicicletas y de motos:
“¡Ahí están ellos!”
“Ellos” eran Leclerc y su división blindada.
Cuando los norteamericanos se dispersaron en nuestras calles,
asistí a una escena sorprendente. Ocurrió allí abajo, a cien metros de aquí,
en la plaza Luis XVI. Un jeep patrullaba lentamente. Cuatro soldados
norteamericanos —tres blancos y un negro— acababan de detenerse frente a este
islote arbolado. Yo había atravesado el bulevar Haussman y venía hacia ellos.
Estaban sorprendidos por el momento extraño y, no podemos negarlo, lúgubre, que
dio su nombre a la plaza. En la Capilla Expiatoria, especie de necrópolis de
la Revolución. Fue construida por Luis XVIII en memoria de Luis XVI y de María
Antonieta, cuyos restos permanecieron inhumados allí antes de ser trasladados
a la iglesia de Saint—Denis. Bajo este suelo que aun hoy remueven los niños
para levantar efímeras fortalezas, duermen dos mil ochocientas treinta
personas, verdugos y víctimas del periodo llamado del Terror: Charlotte Corday,
Madame du Barry, el violento político Jacques Hébert, Philipe—Egalité, primo de
Luis XVI y que contribuyó a su muerte, el poeta Fabre d'Eglantine, la princesa
de Lamballe, los guardias suizos muertos defendiendo las Tullerías. Allí
están, en este lugar que fue el cementerio de la Madeleine y es ahora el foso
común más emocionante de París. Yo venía hacia este lugar porque me parecía
que, por una vez, Liberación rimaba con Revolución. Una breve visita a mis
vecinos que estaban hartos de asustar o hacer estremecer a la gente. Y he aquí
que el negro, un sargento, me pregunta qué es un monumento, empleando esa
lengua que evoca aquel buen viejo sur estadounidense, el algodón, los barcos
con ruedas. Le hablé de Luis XVI y de María Antonieta en un francés espantoso.
“¡María Antonieta!”, exclamó con la voz llena de pasta (era
goma de mascar). Y apuntando el dedo índice contra el cuello, describió un
rápido círculo de izquierda a derecha. Era evidente: hablaba de la guillotina.
¡Yes!. . .” confirmé, ajeno a todo riesgo.
Y el rostro del negro se volvió muy gris, si así puede decirse.
No estoy muy seguro, pero creo que habría llorado si el jefe de la patrulla no
hubiese dado al chófer la orden de seguir hacia la estación Saint— Lazare. El
sargento negro me agradeció con una amplia sonrisa diciendo “¡New Orleans!” y
tendiéndome un paquete de goma de mascar en el que se leía “US Army.”
¡La Fayette, aquí están!
La goma de mascar me horroriza, pero conservé ese paquete que
debe estar en alguna parte, entre mis papeles. Permanecí largo rato
consternado.
¡Acababa de descubrir América!
En París, tener una casa frente a una plaza es el colmo de la
felicidad. Una felicidad poco frecuente y amenazada hoy en día. Masa sombría en
las noches de invierno, transparente bajo la luz de la luna en las noches de
verano, la plaza Luis XVI es un lugar curioso. No tiene nada que ver con el
cuadrado de césped adornado en su centro por la estatua de un célebre
desconocido. Aquel día, cuando empujé el portoncito enrejado que los chiquillos
golpean mil veces por día, y después que el guardián a quien yo conocía muy
bien me dejó solo con las sombras, llegaron hasta mí unos murmullos confusos,
luego voces nítidas levantaron sus ecos en mi imaginación.
Eran las voces del recuerdo, las voces de aquellas cabezas
segadas por la Revolución. Esas voces me hacían preguntas:
“¿Qué hacen para acoger a esos prisioneros y a esos deportados
que acaban de soportar durante cinco años el infierno de Dante en los campos de
suplicio de Buchemwald, de Dachau y de Auschwitz? ¿Francia va realmente a
inclinarse sobre sus angustias físicas y morales?”
“París vivió bajo la bota alemana durante cuatro años. Nosotros
también ¡Ten cuidado!: los caminos que bordean nuestro cementerio van a
ostentar carteles electorales. ¡Habrá hasta diecisiete partidos políticos
diferentes! ¿Hiciste la guerra para ver renacer la República de los Partidos
cuya podredumbre ya había comprendido en 1936?
“¿Por qué vemos desde nuestras tumbas tanta gente disfrazada,
con uniformes que acaban de sacar de un ropero, y a quien le cuesta dar la
impresión de que está acostumbrado a usarlos?”
Iba a contestar a esas críticas que sólo yo oía cuando una voz
más potente que las demás, una voz que dominaba las quejas de ese cementerio,
me espetó:
“¡Mírame! La naturaleza me habla hecho como un atleta. ¡Yo
construí el mundo nuevo! ¡La Revolución es obra mía!”
No me podía equivocar: era Danton quien hablaba. ¿Qué hacía
allí? Su voz de trueno se golpeaba contra las bóvedas de la Capilla Expiatoria
y caía luego sobre las cabezas inquietantes del Tribunal revolucionario.
“!Un acusado como yo responde ante el jurado, pero no le habla!,
decía Danton. No sois más que magistrados de un día, instrumentos de una
política de lo peor, y seréis llevados con ella. Pero Francia me oirá. Ella
conoce mi voz. En las horas en que su destino se jugaba en las fronteras, mi
voz exaltó el patriotismo y tendió todos los resortes. ¿Es acaso insultar al
Tribunal, recordarle la historia? Los cobardes que nos arrojaron en la cárcel,
¿donde estaban, qué hacían el 10 de agosto? Cometí el error de confiar en la
justicia; ella no es de este mundo. ¡La Revolución es un sueño y una utopía!”
Me tapé los oídos para no seguir oyendo la voz extraña de ese
gigante mal dormido. Salí de París respiraba y revivía. Pero como la vida
normal no volvía bastante pronto, el otoño se había adelantado. Una nueva
estación, una nueva vida; esta vez tendríamos realmente la impresión de
renovarnos.
Atravesé nuevamente mi plaza. Las hojas muertas, abundantes ya,
se alegraban de la ausencia de los barrenderos municipales. En los caminos,
aprovechaban la ocasión para tornarse más rojizas. Los gorriones habían callado,
las palomas ya no arrullaban. Bajo mis pasos, los muertos habían vuelto a su
sueño eterno.
De todas maneras, para no despertarlos, salí en puntas de pie
sin golpear el portoncito.
En el fondo, yo tenía suerte. La guerra me había impulsado a
escribir un libro que era un éxito. La guerra me había permitido realizar mi
sueño obcecado: escribir. La guerra me había conservado en mi oficio. Tantos
otros, en cambio, se vieron obligados a olvidar todo lo que sabían y volver a
aprenderlo.
Acababa de publicar mi segunda novela, El Maestro de obra, que
fue reeditada, después que la hube modificado, bajo el título de La Catedral
del odio. Es la historia de un arquitecto que sueña con construir una nueva
catedral en París, en el “rond—point” de la Défense. Un sueño que nunca pudo
concretarse.
Para cambiar me disponía a dedicarme a textos más cortos, pero
más difíciles: el cuento.
Actualmente, en Francia, el cuento es un género literario que
no ocupa el lugar que merece. Y me atrevo a decir que merece el primer lugar.
El cuento lo tiene todo: una historia, personajes, un estilo. En su mayoría,
los diarios no se ocupan del cuento. Y los editores tampoco creen mucho en él.
No sólo es una lástima, es dramático. Pues se deja agotar la fuente principal
de la novela. Hay personas que han escrito cuentos extraordinarios y nunca
fueron buenos novelistas. Pero jamás se vio un buen novelista que no sepa
escribir “más corto” al hacer un cuento. Un cuento, es un comienzo, un centro,
un desenlace. No hay tiempo que perder: se llega enseguida al tema. Pero hay
que decirlo en treinta o cincuenta páginas, algunas veces menos. Cuando se
.sabe relatar una historia, poco importa la distancia. El cuento es la reserva
de la imaginación novelesca.
Personalmente, el cuento es un género que adoro. Escribí
centenares de ellos para ejercitarme. Muchos duermen en este armario. Durante
dos años, hasta diciembre de 1973, publiqué un cuento por semana en París.
Primero porque me agrada mucho lo que llaman equivocadamente la “prensa
sentimental” —prefiero “prensa del amor”— y también porque el cuento es, para
un novelista, un excelente medio de mantenerse en forma. Un novelista es
indigno de ese hermoso título si no tiene varios cuentos en la mente. Los vínculos
del cuento con lo novela son evidentes. Y los Goncourt tuvieron, por lo menos,
una feliz iniciativa por la cual los felicito, en este año de mala gracia de
1974: decidieron crear un “Goncourt del cuento”.
¡Por fin, he allí una medida inteligente en el mundo literario)
Jóvenes y menos jóvenes tendrán la esperanza de ver coronar sus esfuerzos, sus
talentos, sus gustos. Pues, cuando se empieza, ¿por qué escribir novelas
sabiendo que no pueden ser publicadas en ninguna parte? Algunas veces —y éste
es el caso— el órgano crea la función. Si hay lugar para los cuentos, lo habrá
para los cuentistas. Los pequeños cuentos hacen buenos novelistas. Opino que es
lo más seguro que se puede realizar contra la escasez de novelistas.
Aquella noche, al salir de la plaza, volví aquí, a mi
departamento. Tenía el deseo de escribir una historia que me evadiera de este
París cuyo nuevo aliento era débil todavía. Recuerdo haber trabajado toda la
noche, lleva do por la imaginación, corriendo detrás de mi estilográfica en un
papel ordinario que había que economizar.
Hoy vuelvo a sacar ese cuento porque quiero mucho a mis
lectores. Ellos son como yo: les gustan las historias. Pero por una vez, el
amor no desempeña ningún papel. Es una historia de hombres, que ocurre en
alguna parte, en los mares del Sur. Se inspira en un relato que me hizo Papá
Vengotchea, aquel viejo lobo de mar que conocí en Valparaíso antes de dejar
Chile. Le puse el título de El Misterio del Santa Clara.
“Soy un viejo marino: durante cuarenta años el mar ha sido mi
amante favorita y hoy soy un anciano. Y desde que he dejado de navegar, pienso
sin cesar en una extraña aventura. Algunas veces me despierta durante la noche.
Es una pesadilla.
“En aquella época, traficaba con Mao. Mao, en lengua polinesia
significa tiburón. Era el nombre de un pequeño carguero de novecientas
toneladas que me permitía transportar todo lo que tenía valor comercial en el
Pacífico Sur.
“Volvía de Auckland, puerto del norte de Nueva Zelandia donde
había liquidado un cargamento de copia y me había detenido en Numea para dejar
trescientas toneladas de lana bruta esquilada; en rebaños del sur de Chile. Me
disponía a zarpar rumbo a las islas de Salomón.
“El 3 de febrero por la mañana, cerca de las once, dos días
antes de mi partida, llega a Numea una goleta de Espíritu Santo. Apenas
desembarcados, los marineros, en su mayoría naturales de las Nuevas Hébridas,
cuentan en todos los bares que cuatro días antes de llegar a Numea encontraron
un extraño navío sin tripulación que navegaba a un largo amura a estribor
hacia el noroeste. Una cosa sombría, parecida a un ahorcado, se balanceaba de
uno de los pequeños palos de proa, En dos horas, todo Numea hablaba del buque
fantasma y de amotinamientos. Los Amotinados del Bounty habían hallado
sucesores.
“Sólo los pocos europeos que frecuentaban el puerto se encogían
de hombros.
“Durante la noche, una escuna de cuatrocientos toneladas que
venía de Santa Cruz, recaló en Numea. Al alba, nueva emoción entre los marinos:
la tripulación de la escuna cuenta que en la noche del 31 de enero, hacía las
veintitrés, evitaron chocar con una nave de tres palos que navegaba amura a
estribor sin velas y con los fuegos apagados. Llamaron tres veces, dando voces,
a los hombres del velero. Después de la tercera vez les pareció escuchar un
aullido inhumano procedente de algún lugar de la popa, debajo de la toldilla:
era cuanto les había sido posible precisarlo.
“Alrededor de las trece yo me encontraba en el semáforo para
consultar el pronóstico meteorológico; en ese momento el carguero irlandés New
Zealand, que venía de Shangai, pidió por el piloto. Indicó también a la capitanía
que había recogido a su bordo veintiséis hombres del velero chileno Santa
Clara. Lo relacioné con la historia que desde hacía veinticuatro horas hacía
hablar a los marinos, más sedientos aun que de costumbre.
“Embarco con el piloto que va a guiar el New Zaeland. Me
presentó al comandante, el capitán Maxwell, y lo pongo al corriente de lo que
provoca nuestra curiosidad. Durante la maniobra de entrada al puerto me explica
lo que sabe:
“Recogí a los rescatados dos días antes, es decir el 2 de
febrero, alrededor de las quince, me dijo. Estaban agotados, medio muertos de
hambre y de sed, arrumbados en el fondo de dos chalupas y una ballenera. Uno de
ellos decía ser el segundo del Santa Clara. Le pregunté que les había sucedido,
a ellos y a su barco. Me explicó que a mediados de diciembre habían zarpado del
pequeño puerto de Iquique, en el norte de Chile, especializado en nitratos. El
Santa Clara debía seguir la ruta del Este a fin de utilizar el monzón del
noreste que sopla de octubre a abril.
“El capitán del Santa Clara era un gigante moreno, con físico de
pirata: cabeza cuadrada, amplia frente, nariz y orejas pobladas de largos
pelos, una mandíbula de dogo que mordía sin cesar una corta pipa. Carecía de
cuello, hombros de luchador, un pecho de oso, brazos como mástiles de carga,
puños como yunques. No parecía un mal tipo, pero era violento. Se enfurecía con
frecuencia con tanto ímpetu que rompía todo lo— que le ofrecía resistencia. En
esos terribles momentos era preferible no oponerse a Ignacio Lamarca,
comandante del Santa Clara desde hacía ocho años.
“Hasta fines de enero la travesía fue monótona. El 25, el velero
se hallaba al sur de la Nuevas Hébridas, a unas ciento veinte millas de la isla
de Efate. Desde la víspera, la brisa tiene bruscas irregularidades. El barómetro
sube con demasiada prisa, la atmósfera es pesada. Lamarca reduce el velámen y
sólo conserva las velas bajas. Por la mañana, el mar se vuelve gris y picado,
agitado por un viento que gira constantemente. El barco cabecea.
“Una fuerte ola se rompe estrepitosamente contra la parte
delantera del casco a estribor, levanta la nave que cae entre racimos de
espuma. La arboladura vibra como atravesada por una onda surgida del fondo del
océano.
“A consecuencia del espantoso choque, se rompe el gran volante,
la verga oscila sobre estribor, cae en la cubierta y destroza la parte
posterior de la camareta donde se encuentra el taller de carpintería.
“Es un tifón.
“Lamarca calcula su centro a unas sesenta millas al sur y ordena
poner proa rumbo al noroeste para apartarse. El capitán deja a su segundo la
tarea de mandar reparar los destrozos y se retira a la cámara de oficiales para
redactar su informe de las averías. El aire arde, los hombres trabajan mal.
A las dieciséis, al cambio de turno, hay tres hombres ebrios,
uno de los cuales es el timonel. Es un chileno plácido, astuto tan solo para
obtener tafia3 . Siguiendo su vieja costumbre, guardó su ración
cotidiana durante varios días y la bebió de un solo trago. En la barra, chilla
una canción de tugurio, sin preocuparse del rumbo a seguir. Al darse cuenta
que el compás se desvió media vuelta de timón, vuelve el navío a su ruta. La
maniobra es brutal.
“Abajo, Lamarca escribe su informe. O más bien, trata de
hacerlo. Ya recomenzó dos veces. Ese maldito balanceo volcó el tintero sobre
los papeles. Y Lamarca blasfema palabras terribles entre sus dientes que
muerden con fuerza su pipa. El calor recuerda el del mar Rojo. Pero además se
agregan emanaciones de pintura, de barniz, de maderas exóticas y el olor acre
que sube desde la bodega, atravesando los tabiques: el color de la copra.
“¡Mil truenos! chilla Lamarca. ¡Despreciado timonel! ¡Borracho
condenado! ¡Conserva tu dirección o te arrojo a los tiburones!”
“La voz pastosa e interrumpida por el hipo del timonel llega
hasta el capitán. Canta: “Las mujeres desnudas nos servían rhum a raudales.. .”
“En ese momento el Capitán Lamarca subraya cuidadosamente una
palabra. Pero un movimiento brusco de la nave hace desviar su pluma y el trazo
atraviesa toda la hoja.
“¡Por tu madre! grita Lamarca, ¡te voy a enseñar como se maneja
el timón, perro de huaso!”
De un salto, el capitán está sobre el beodo. Agarra el hombre
del cuello, lo sacude como un gigante sacudiría un cocotero y aulla:
“¡Oeste—noroeste, imbécil! ¿No ves el compás? ¡Es lo único que
tienes que hacer! ¡Haces unas guiñadas como para arrancar los mástiles! ¡Todo
se cae allá abajo! ¡Mándate mudar, timonel! ¡Un grumete sería menos torpe que
tú!”
“Y con un golpe brusco, hace rodar el hombre. El beodo va
rodando hasta la escalera de la toldilla por la que cae dando tumbos y su
cabeza va a golpearse contra el pie de un torno.
“Lamarca llama a un hombre:
“¡Tú, toma el timón y conserva el rumbo, o te rompo en dos!
“El segundo interviene:
3 Tafia: Aguardiente de caña de azúcar (N. del autor) .
de Sola,
en Le Monde. Mi nieta asegura que existe
gran parecido.
Excepto que no uso reloj (el tiempo
que pasa me
entristece) y no tengo alas
(no soy un
ángel). (Foto Paris-Match).
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Cuando alguien
me pregunta: ¿Se toma usted en serio?", contesto: "Tomo a mi público
en serio". Quiero a mis lectores. Me agrada conocerlos. Y para conocerlos,
nada es mejor como una tarde dedicada a firmar libros (aquí, en Saint-Tropez,
en agosto de 1973. Existe un solo inconveniente: es en ese momento cuando suele
ocurrir el verdadero calambre del escritor. Algunas veces, la dedicatoria
suele tener carácter de prueba olímpica.(Foto R. Lamant).
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Mi tesoro: el
armario de las ideas. Está atiborrado de cuentos que escribí para mí, de.
novelas que espero terminar algún día. Cuentos y novelas se hallan a la espera.
¿En el Purgatorio? Tal vez. Creo más bien que los escritores tienen su
infierno, como las Bibliotecas Nacionales. (Foto M. Pansu-France-Soir).
“Capitán, el timonel está herido...
—¡Que reviente! chilla Lamarca desapareciendo nuevamente en la
cámara de oficiales.
El timonel está extendido sobre la espalda, inanimado... Bajo
su cabeza, crece un charco de sangre que penetra en las ranuras de la cubierta.
El segundo se inclina y pasa su mano bajo la nuca del hombre herido. La retira
rápidamente.
“Capitán, dice, ¡está todo roto! ¡Está perdido!”
“Abajo, Lamarca escribe. Palidece apenas cuando el segundo
penetra en la cámara de oficiales: —Capitán, ¡el timonel ha muerto!
“ Lamarca hecha una bocanada de su pipa, encendida por una vez,
y ordena:
“ Póngalo en el camarote del pasajero. Antes de dos días
estaremos en Puerto Havannah.
—En la cubierta, el perro de a bordo se pone a aullar. Algunos
marineros tienen el deseo de enviarlo hacia el fondo, pero no se atreven. Todo
se ha vuelto un mal presagio. Formando círculo alrededor del cadáver, tratan de
no mirar las pesadas nubes bajas que corren en el cielo, el gris sucio del mar,
las olas violentas que persiguen la nave y el aullido modulado de las ráfagas
en el aparejo. Creían alejarse del tifón, éste cambió de rumbo: ahora van hacia
él, directamente. 'Es por culpa de este timonel borracho que nos pasa todo
esto, piensan. Saben que su capitán e insolente, brutal pero es justo. El timonel
necesitaba un castigo, es cierto. Fue un poco severo, también es cierto.
¡Paciencia! Dentro de algunos instantes, el agua se cerrará sobre él... ¡Tanto
mejor! porque extendido así, con los brazos en cruz, el rostro vuelto hacia el
cielo color plomo, parece atraer una maldición sobre el barco. ¡Que lo sumerjan
pronto!
“ Pero el segundo acaba de subir y da la orden al primer
teniente:
“ Colóquelo en el camarote del pasajero. ¡Lo dejaremos en
Puerto Havannah!'
—¡Quedarse con el muerto! Los hombres están consternados. Sus
rostros burilados se vuelven hostiles. El mismo pensamiento se apodera de
todos: el fuego del cielo va a vengarse sobre el Santa Clara.
“ Dos marineros designados por el contramaestre levantan en
silencio el cuerpo y lo llevan a la proa. El camarote situado a estribor se
abre sobre la crugía que conduce a la cámara de oficiales. La cucheta muy alta
se halla a la izquierda, contra el tabique delantero. En este espacio, a cinco
pies del piso, hay una repisa. A través de una ventanilla sucia, pasa una luz
escasa. Un lavabo, un ropero, una banqueta de viejo cuero: es todo el mobiliario.
Los tabiques están recubiertos por una pintura que debe haber sido blanca.
“ El contramaestre hace extender el cuerpo sobre la cucheta. Una
soga pasaba bajo las axilas lo retiene un clavo puesto al lado de la repisa. Un
hombre enciende una linterna. Esta es la luz que va a velar al muerto, desde
el techo donde se la ha suspendido.
—Hacia las diecinueve, el Santa Clara salió de la zona del
tifón. El oleaje, largo, acaricia el casco. Por la noche, los hombres se amontonaron
en sus camarotes. No juegan, no hablan. La muerte está demasiado cerca. Reina
aquel horrible malestar que, en el mar, precede a las catástrofes y que
nosotros, los que hacemos la ruta de los mares del Sur, conocemos muy bien.
“De pronto, desde popa, un aullido rompe el silencio. Todos se
precipitan en esa dirección. En la crujía, el primer teniente suelta una
blasfemia: tropezó con una masa inerte que yacía en el piso. Alguien enciende
un encendedor. ¡Es el capitán Lamarca! Inerte, con los ojos en blanco, el
rostro crispado en una expresión de intenso miedo. Un miedo que se contagia a
esos hombres rudos que están alrededor de él. De pronto, la puerta del camarote
se abre en el ruido sordo de las hojas que golpea el tabique. En el rectángulo
apenas iluminado por la lámpara, es... ¡el muerto que se levanta! Con los ojos
glaucos, un rictus atravesándole su ancha cara de borracho, el muerto está
frente a ellos. Cunde el pánico. El segundo y los dos tenientes no tienen
tiempo de reaccionar: la ola de temor que se extendió entre la tripulación los
arrastra. Hay manos que forcejean, puños que golpean rostros. Una pelea ciega
llena de crugía. En la oscuridad se levanta un grito: “¡Huyamos!” La idea
atravesó las mentes y empuja los cuerpos hacia la cubierta: “¡Hay que huir de
este navío que lleva un fantasma! ¡La muerte nos persigue!” Los marineros ven
por todas partes manos de espectros que lo sujetan de los brazos, de las
piernas, de los cabellos, de la garganta. El rostro de un muerto enloqueció la
tripulación del Santa Clara. Lanzan los botes al mar y todos se arrojan en
ellos en casi una sola zambullida. En su enloquecida desesperación reparar apenas
en un hombre que aparece como enajenado por la crugía, profiriendo aullidos
inarticulados, vapuleando el aire como si quisiera derribar a un enemigo
invisible.
“ Luego de atar juntas las dos chalupas y la ballenera,
navegaron durante cinco días a la deriva. Y el 2 de febrero los recogí a bordo
del New Zealand. Tal es el relato que me hizo el segundo”.
“Al día siguiente, justo antes que amaneciese de golpe como
siempre ocurre en el Trópico, me embarqué en mi Mao rumbo a las islas Salomón.
Pero la visión de ese navío errante me obsesionaba. Por lo tanto desvié mi ruta
hacia el noreste con la remota esperanza de cruzar el Santa Clara, al que nadie
se había atrevido acercarse desde que iba a la deriva.
“Tres días más tarde, con los ojos casi cerrados a fuerza de
escudriñar el horizonte, lo divisé. Era con seguridad uno de los veleros más
majestuosos que han navegado bajo bandera chilena. Su casco negro se destacaba
nítidamente sobre los fondos claros y los ramos de corales que emergían del
agua. No fue fácil acercarnos, pero cuando llegamos a la distancia suficiente
como para ser oídos, comprobé que había un ahorcado en uno de los pequeños
palos de proa. Mandé bajar una chalupa al agua y con cinco compañeros, fuertes
y bien armados, remamos hacia el barco fantasma.
“Apenas apoyamos el pie en la cubierta percibimos una especie de
queja procedente de bajo de la toldilla. Cargamos una bala en nuestras
carabinas y avanzamos. La puerta de la toldilla está obstruída por un
amontonamiento de trozos de madera, de cajones; la puerta misma está clavada.
“Uno de mis hombres, a quien había mandado descolgar el
ahorcado me dice al oído:
—El ahorcado es un oficial. Aquí están sus documentos...”
“Echó un vistazo: efectivamente, es el segundo teniente.”¡Más
tarde!, le digo. ¡Empujemos primero la puerta! “Detrás de ésta, los quejidos se
transformaron en gritos atroces. Estamos dispuestos a todo. La puerta cede bajo
nuestro impulso y nuestros golpes dados con las culatas de los fusiles. Un
perro se abalanza, desde la oscuridad, sobre mi compañero de la derecha. Está
cubierto de baba. Lo mató de un pistoletazo. La sangre se mezcla con la baba
que le avistó el pelo del pecho. Cambiamos una mirada y penetramos en la
crugía. Hay un insostenible olor a podredumbre. En ese momento, la nave oscila
levemente, una puerta se abre con un crujido... Un hombre se levanta ante
nosotros. O más bien, los restos de un hombre. Ese espectro descompuesto es
una visión horrorosa. Es más fuerte que yo: retrocedo. Pero la presencia de mis
compañeros petrificados como yo me obliga a reaccionar. Nos adelantamos. El
espectro es un cadáver colgado a una repisa a la izquierda de la puerta. Sus
piernas están desgarradas, la sangre se nos pega a los pies. El perro,
encerrado en la crugía y hambriento, había comenzado a devorar el cadáver y se
volvió rabioso. Pero me pregunto: ¿por qué hay dos ahorcados a bordo? ¿Es el
timonel, quien está ante mí?
“En medio de papeles arrugados, en la cámara de oficiales,
encontré el informe inconcluso del capitán Lamarca. Pero del capitán, no hay la
menor huella. Hemos revisado por todas partes, desde la bodega hasta las
jarcias.
“Remolqué el Santa Clara hasta las islas Salomón. Su tripulación
se dispersó, ningún armador quiso el barco que fue destruido en Valparaíso,
allí mismo donde había sido construido. Traté, durante mucho tiempo, de reconstruir
los dramas que se había desarrollado a bordo del velero. Con el tiempo y a
pesar del silencio de algunos marineros del barco con quienes me encontré por
casualidad, llegué a la siguiente conclusión:
“La puerta del camarote, mal cerrada, se abre en el momento en
que el capitán Lamarca sale de su cámara de oficiales. El muerto, el timonel,
colocado bajo la cucheta se deslizó y se halla suspendido por la cuerda que lo
sostiene al clavo. Su silueta aparece en el marco de la puerta. Lamarca lanza
un grito y se desvanece de miedo. La misma escena se reproduce cuando la
tripulación acude en su auxilio... Lamarca se recupera cuando los últimos
hombres se amontonan en los botes. Pero él ha perdido el juicio y quiere
arrojarse al mar. El segundo teniente, que es probablemente el último hombre
que permanece a bordo, trata de impedírselo. Pero Lamarca, que se ha vuelto
loco, lo mata de un golpe y lo cuelga en el pequeño palo de proa como castigo.
Pues el oficial también tenía el cráneo partido y no podría haberse ahorcado
él mismo en ese estado.
“El capitán Lamarca, entre un espectro y un ahorcado perdió la
poca razón que le quedaba. Se zambulló y seguramente se ahogó, con lo cual hay
un tercer muerto a causa del Santa Clara: uno por accidente, uno por asesinato,
uno por locura.
“Así hay barcos que matan a sus oficiales y su tripulación, del
mismo modo que hay casas con fantasmas que matan a sus ocupantes.
“En el Pacífico sur, las maldiciones y las fatalidades suelen
unirse.
“De esa unión nace una criatura fabulosa. En todos los mares del
globo, lleva el mismo nombre. “Se llama una leyenda.. . “
—El otro día, a un crítico que te llamaba escritor, le contaste
un poco fastidiado, que eras un novelista. ¿Por qué?
—Escritor y novelista no son sinónimos. Y en ciertos momentos
ambas denominaciones pueden ser opuestas. Ya sé que te puede parecer una
diferenciación sutil. Para ¡ni, es capital.
Escritor: persona que escribe. Agrego: Y que vive de sus
escritos. Creo que es la definición más general, más simple y también la más
exacta. Pero aun así, los críticos y el público dan un sentido diferente a esta
noción. Para los críticos, escritor sobreentiende a alguien que escribe bien,
cuya pluma es brillante, que emplea fórmulas impactantes y que se expresa en
un lenguaje puro u original.
Con este criterio, André Maurois y Louis—Ferdinand Céline son
dos escritores. De su prosa se conservarán citas, pensamientos, “hermosas
frases”. El novelista, por su parte, es una categoría de escritores. Hablando
en términos médicos, el escritor es el generalista, el novelista es un especialista.
¿Y qué es un novelista? El novelista es alguien que escribe novelas, es decir,
historias. Parece evidente, ¡Sin historia no hay novelas! Evidentemente, hay
diferentes géneros novelescos. Pero afortunadamente se los puede agrupar en
dos tipos: la novela psicológica y la novela de acción. Sé muy bien que la
psicología es una serie de acciones internas. Digamos, en resumen, que la
novela psicológica trata de cautivar el interés del lector mediante las
reacciones de los personajes ante situaciones poco extraordinarias, en cambio
la novela de acción atrapará al lector mediante las reacciones de los mismos
personajes ante situaciones extraordinarias. En otros términos, en el primer
caso la psicología tiene prioridad sobre los acontecimientos; en el segundo, el
acontecimiento tiene prioridad sobre la psicología. Creo que mis novelas
pertenecen a est última categoría. Mauriac, por ejemplo, pertenece a la
primera. Evidentemente, hay interferencias. Una novela de acción puede
contener una psicología muy exacta de los personajes, e inversamente.
Pero un libro que no tiene acción ni psicología, no es una
novela, ¡o acaso tal vez sea lo que se ha dado en llamar “la nueva novela” ?
Está muerto antes de haber existido. Lo enterró “la vieja novela”.
Y en estos dos grupos, hay una regla constante: distraer al
lector. Cuando digo esto a personas que se creen superiores, me divierte su
reacción. Nueve veces de cada diez, me dicen:
“¿Distraer? ¿donde queda la cultura, entonces?”
Ahí es donde los atajo.
La cultura es como la mermelada: cuanto menos hay, más se la
esparce. La cultura, tanto puede ser France—Soir (página 3: noticias de
policía) como Gide y Gastón Leroux. Lamentablemente, también es Marguerite
Duras y otros “aliteratos”. Pero en este caso hay que sujetarse, pues está
escrito en una lengua hermética que no figura en el programa de la Escuela de
Idiomas Orientales y sería más bien de la familia del cemento armado.
Sí, una novela debe distraer. Así sean impulsos del corazón o la
aventura de los hombres, una novela es un pasaje de primera clase para la
evasión. Hoy en día, los snobs tienen miedo de distraerse. Se hacen un
complejo: quieren “culturarse”. Entonces, estos desdichados se hunden en libros
que no tienen deseos de leer. Sufren frase por frase. Los aburre, los
desconcierta, pero cuanto más les duele, mejor. Se creen obligados de llegar
hasta el final porque temen no estar “en la onda”. ¿No tienden nada? ¡Paciencia!
Seguramente, es genial. ¿Entienden pero no les interesa? ¡Paciencia! Algún día
les servirá. El libro está en la lista de los best—sellers de L'Express y Le
Nouvel Observateur dice a su respecto: “Un libro importante”. O bien: “El libro
más importante de la temporada”. Entonces, “ellos se culturan”... Lo acepto.
¡Pero los infelices! Olvidan que la lectura es ante todo un placer. Conozco un
solo criterio para un libro, novela o no novela, histórico o relato de viaje,
confesiones o recuerdos, etc.: no ser aburrido.
Distraer no quiere decir embrutecer. Se puede informa
distrayendo. Es lo que todos tendríamos que hacer.
—Hay personas que en un libro buscan algo más que la evasión.
—Ya te veo venir... Buscan los problemas, consideran que todo
aquello que es severo, hasta oscuro, es interesante. “¿Las novelas? ¡Dejen eso
para las secretarias y los porteros!” Así es como piensa esa gente. Y hay
autores que piensan como ellos, que escriben a su medida. Son los autores que
dicen “Tengo un mensaje.” ¡Yo, cuando tengo un mensaje, voy al correo!
No tengo mensaje, pero tengo una misión, sagrada y obligatoria
para todo novelista: distraer relatando una historia.
Son muy amables todas esas personas que hablan de literatura con
aires de conspiradores, como si la verdad del mundo estuviese en esa palabra.
“La literatura” no existe. Hay libros buenos y los hay malos. Todos los géneros
son posibles, excepto el género fastidioso. Que se relate el cultivo de las
frutillas en Uzbekistán o Las Dos Huérfanas, es la misma cosa: hay que
interesar y retener al lector. Porque, al fin de cuentas, es para él que se
escribe.
Si tengo interés en recalcar esta diferencia entre escritor y
novelista, no es por racismo... Sería más bien para mezclar. No soy más que un
novelista, pero lo soy. Demasiados autores se dicen novelistas porque han
escrito una novela. No quiero decir que sea fácil escribir su propia autobiografía
o poner en un primer libro todo lo que cuenta para uno, todo lo que se tiene en
la mente o en el cuerpo. Pero con —frecuencia, en el segundo libro, ya nada
marcha bien. Al autor no le queda mucho qué decir. Un novelista siempre tiene
algo que relatar.
Existe una cantidad de escritores que jamás serán novelistas
mientras que un novelista, en lo posible debe ser también un escritor.
Alain—Fournier nos dejó un libro que es una obra maestra: El Gran Meaulnes. Es
un escritor.
Nada nos dice que su segundo libro hubiera sido interesante.
Pierre Benoit, por su parte, es un verdadero novelista. Se renovó. Relató
historias diferentes. No se convirtió en novelista con su primer libro, pero
sí, tal vez, con el quinto. Colette me dijo un día: “No te hagas ilusiones.
Tu verdadera carrera empezará con el décimo libro,”
Desde luego, hay algunos casos de escritores que son verdaderos
novelistas. En Francia, creo que Mauriac es el ejemplo más acabado de esta
mezcla. Pero hay que admitirlo muy bien: son los mismos autores quienes a
menudo se empeñan en que los llaman escritores. Escritor, queda bien. Es
colocarse un poco por encima de los demás. En esa palabra y en, la
interpretación que le dan existe casi una noción social. En las peticiones y en
las reivindicaciones, se suelen ver aparecer “escritores”. La prensa llamada de
izquierda tiene, por su parte, la especialidad de separar sus militantes en
“intelectuales” y “trabajadores”... El intelectual es un poco ese nuevo hombre
del hombre de letras. Escritor, es una categoría socio—profesional. Novelista
es todavía la bohemia, la vida de artista. Se dice: “Ya sabe usted, X ... , el
novelista. .. “ Y siempre hay un no sé qué de peyorativo en esa precisión. Se
sobreentiende: “Sí, escribe novelas, historias sin sentido. ¿Pero de donde saca
todo eso?” De la imaginación, querida señora.
Pues sin imaginación, el novelista no es más que un impostor.
—¿No te molesta que digan: “Guy des Cars es un novelista
popular” ?
—¡Todo el contrario! ¡Lo que me molestaría, sería ser impopular!
—¿Qué es un novelista popular?
—Alguien que escribe para un máximo de personas y cuyos lectores
se encuentran en todas las profesiones, todas las categorías sociales y de
todas las edades. Esto, que parece muy simple es, sin embargo, lo más difícil.
Hace algunos años, una joven, encantadora además y que tiene
talento, me hablaba de sus libros, Su nombre comienza a aparecer con
regularidad en las vidrieras de las librerías. Escribe novelas que no están mal
hechas. ¿Cuantas escribió: cinco, seis? No lo sé, pero ya son unas cuantas.
Sin embargo, esta novelista que se llama Christine Arnothy y de quien la
crítica anunció sus verdaderas cualidades, me confesaba su decepción al ver que
un de sus libros no había producido en el público el impacto que ella esperaba.
Iba a decirle algunas palabras amables como “La calidad vale más que la
cantidad” cuando, con un giro, acudió a su propio socorro:
“Qué quiere, querido amigo, me dijo, mis libros no tienen tanto
éxito como los suyos, pero yo escribo para los genios y para los locos. .. “
Le contesté:
“¡Y yo, querida señora, escribo para los otros!”
Se ha echado a perder la noción de novela popular. Se ha dicho:
“Es literatura para porteros y costureras.” También se ha dicho: “Es
Confidencias y Nosotros Dos.” O bien: “Es folletín”. Hasta se ha llegado a
decir que “desde mayo de 1968 ese género de literatura no interesa más a
nadie”. Realmente, hay pobre gente a quienes mayo de 1968 dejó trastornadas. No
se repusieron. No terminan de reponerse. En un sentido, las comprendo. Nada es
más triste que una revolución fracasada.
—¿Eres un revolucionario? Es algo inesperado...
—Escucha, una vez por todas, sólo conozco una justicia: la del
trabajo. En cuanto a ser revolucionario, mi padre me trataba de comunista. ¡Así
que ya ves, todo es relativo!
Vuelvo a la novela porque lo demás no es mi tema.
En el fondo, la expresión novela popular es un pleonasmo. Debe
decirse tan tolo la novela, tal como se forjó a partir del siglo XIX. La novela
tuvo varios padres y no todos fueron reconocidos. Siempre se cita a Balzac,
Zola, Flaubbert, Dumas, etc. Hay otros. La madre de la novela es bien conocida:
es la imaginación. Así que cuando en la actualidad se dice de una novela: “Es
un verdadero folletín”, se rinde justicia a la novela pues la mayoría de las
veces, nació del folletín, es decir de una aventura que tenía un episodio en
cada número del periódico en que se publicaba. En cada uno de estos episodios
tenía que suceder algo. El suspenso final que dejaba ansioso al lector con el
tradicional “Continuará”, existe siempre. Pero hoy en día, es en cada página de
una novela que debe suceder algo. El episodio, es la página. “Continuará”, se
da vuelta la hoja.
Esto, para los orígenes.
Con frecuencia, por popular se sobreentiende mediocre. Se dice
burlonamente: “Es para las masas. La élite lee otra cosa.” ¡Qué racismo! ¡Qué
pretensiones! Es curiosa esta nota que consiste en rechazar todo lo que gusta
al público. Por el hecho de ser un éxito, tiene que ser vulgar, estúpido,
pesado y poco intelectual. Lo oí cuando hacía la cola para ir a ver Las
Aventuras de Ribbi Jacob. “Oh, sabe, decían, con de Funes no se va muy lejos.”
Pues sí, se va muy lejos, más lejos que un millón de espectadores... También
nos dijeron: “¿Papillón? Se sabe que él no le escribió... Así que todo eso es
vulgar.” No importa. El millón de ejemplares era merecido. Pues bien, esas
masas, —prefiero decir el público— no se equivocan. Gran público no excluye
belleza, trabajo cuidadoso, refinamiento. Lejos de ahí. El público es el mejor
regulador. Sabe poner todo en su lugar.
Por popular se sobreentiende pasado de moda. Y esto es un enorme
error. Hasta la guerra de 1939, si bien la gente que compraba un libro era poco
numerosa, al menos pertenecía a categorías sociales definidas: abogados, médicos,
profesores, estudiantes, para lo esencial, a los cuales se podría agregar
“gente de mundo” que tenía tiempo y rentas. Hoy, todo el mundo sabe leer. Y
todo el mundo puede leer con las colecciones de bolsillo. Pero estas colecciones
no están reservadas únicamente para quienes vacilan en pagar treinta francos
por un libro. Todo el mundo lee libros de esas ediciones llamadas populares.
Son muy prácticas, hasta las hay elegantes y no desmerecen una biblioteca. De
tal suerte que el público halla dos maneras de leer: una cara y la otra barata.
Pero lo notable es que dos productos no se molestan el uno al otro. Con
frecuencia, una edición suele ayudar a la otra. ¿Entonces? Pues bien, hoy, la
palabra popular adquiere un nuevo sentido. Popular no quiere decir solamente
gente de suburbio y subdesarrollada. Popular quiere decir ahora todo el
público. Desde el académico hasta la telefonista, desde el ejecutivo hasta el
obrero. Entonces sí, soy un novelista popular. Tengo carpetas llenas de cartas
que tanto me llegan del Instituto de Francia como del pueblo suburbano de
Sarcelles, de un profesor adjunto como del dueño de un garaje. No, no estoy en
todas partes, pero tengo lectores en todas partes. Y un novelista que tiene
lectores en todos los ambientes es un novelista popular. Una vez más, escribo
para todo el mundo. Tanto peor para aquellos a quien nadie lee. Una vez más, se
consuelan diciendo: “Escribo para la élite.” Y sus amigos aplauden ruidosamente
declarando con aire de superioridad: “Sí, sabe, lo que escribe es muy especial.
.. “
Finalmente, por popular se entiende que le elección de los temas
es rebuscada, que los personajes son estereotipados, que las situaciones son
inverosímiles y se termina con este veredicto: “¡Todo eso, es pura novela!”
Frase terrible... Frase a doble filo: la imaginación tiene que
haber sido bastante fuerte para sacudir la vida y presentarla en una forma
atrayente para el lector. Sin embargo debe mantenerse mesurada para que la
intriga sea plausible, posible. La novela tiene personajes corrientes pero
siempre enfrentados a situaciones extraordinarias.
Si una vez que cerró el libro el lector sale de su casa, debe
poder encontrarse con el protagonista o vivir una aventura como la que éste
vive en el libro. La novela es lo cotidiano que se encuentra con lo
excepcional. Nunca hay demasiadas imaginación en una novela, pero hay que
controlarla y destilarla como si fuese perfume.
Para resumir esos nuevos aspectos de la novela popular, dejo por
una vez la palabra al Ganará Enchainé, pues según mi criterio no se ha escrito
nada más exacto a este respecto. El redactor que firmó este artículo del 6 de
agosto de 1969 estaba bien inspirado ya que habla de la “literatura de
disuasión” (¡bella fórmula!) y dice: es “la que disuade los fastidios de toda
cilindrada de envenenar vuestros pocos placeres. Tengo estima para los
verdaderos novelistas de disuasión. Juegan limpios la droga que os inyectan es
de primera, no es cara y es inofensiva, no deja rastros en ningún rincón de
vuestro organismo. Y cuidado, un minuto, señores incondicionales de la crítica
universitarias aunque piensen lo contrario, no cualquiera puede escribir
exitosamente una novela de disuasión!...”
No deba nada al Canard, y, lógicamente, tampoco el Canard me
debe nada. Pero aquí agradezco al autor de haber puesto las cosas en su punto.
Su actitud me parece valedera, más que nunca... ¡tanto más que , dicen, mis
libros están en la biblioteca de nuestros submarinos nucleares! De la
literatura de disuasión a la fuerza de disuasión, sólo hay algunos átomos.
Uno noche quise decir, más o menos, estas verdades acerca de la
novela popular. Fue en la televisión, en el programa llamado literario
Pots-scriptum, que ya no se propala. Por otra parte es una lástima porque, por
una vez, no era la República de los Compañeros. Ese programa era el foso de los
leones. Uno no tenía enfrente turiferarios que le preguntaban sobre la
trascendencia de su último libro y la condición del hombre a través de su obra.
No, no era una Sociedad de Administración Mutua en la que Dupont decía a Durand
“Que hermoso libro, el suyo” y Durand contestaba a Dupont “¿No es cierto? A mí
también me parece”.
En Post-scriptum no había contemplaciones, no era para arrojarse
flores. Por una vez, hablando de libros, uno no se ponía a roncar. Michel
Polac, el animador, tenía la sustancia de devolver la pelota, y ello contribuía
a hacer un buen espectáculo, siempre vivo. Evidentemente, era demasiado bueno,
han suprimido ese programa...
Tenía un solo defecto, mínimo: lo contradictores no siempre
jugaban limpio.
La noche en que fui invitado, el jefe fastidiador era Jean—Louis
Bory. Conozco bien a Bory (desde el punto de vista literario). Lo conozco desde
su libro: Mi aldea en la hora alemana que tuvo el premio Goncourt en 1945. Y yo
había aceptado a bajar en la arena de Post-scriptum porque a él le agrada la
novela, la verdadera novela, y la conoce bien. Hasta hizo un brillante estudio
sobre Eugéne Sue, el autor de los Misterios de París. Ello no quiere decir que
yo me considere Eugene Sue ni que a Bory le gusten mis libros...
Llegué ante un verdadero tribunal. Pues alrededor de Polac y de
Bory, una decena de amargados, de incapaces e impotentes de la pluma me
esperaban en debate en el trabuco de la envidia y la escopeta de la mala fe.
¡Ah! ¡hijos míos! ¡Qué carnicería! Estábamos allí para hablar de
la novela. ¡Fue mi juicio! ¡No iban con vueltas! Además, yo tampoco. Primero,
fui tratado de “ popular. Entonces, les dije que eso me molestaba, lejos de
ello (a ellos les molesta porque hablan de cultura sin lograr ser populares!) .
Luego, me disecaron. Leyeron al azar frases de mis libros que encontraron
insípidas. (De todas maneras, era visiblemente las primeras que leían de mí.
No habían logrado leer un libro entero. Tampoco conocían la conciencia
profesional). Me destrozaron y, finalmente, pronunciaron su veredicto: “Ese
éxito es anormal.” Bory, entre bromas y veras, concluyó: “¡Es fastidioso! ¡Mi
madre sólo lee a Guy des Cars, y sin embargo es una mujer culta!”
¡Pobre señora de Bory, que se equivocaba de literatura! ¡Pobre
Jean Louis Bory que no lograba hacerle leer los buenos libros! No me hicieron
ningún regalo, pero aquella noche, en la televisión la gente se reía —algunos,
de los labios hacia afuera.
Al cabo de uno hora de ese requisitorio, me levanté. Antes de la
audición le había prevenido a Michel Polac que no podría quedarme mucho tiempo
entre esos alegres muchachos. Aunque no soy un autor comprometido, tenía un
compromiso, tomado desde tiempo atrás: ir a cenar con amigos que estaban de
paso por París.
Cuando llegué a la casa de esos amigos, ellos mismos me contaron
que después que me hube marchado, la jauría se había desenfrenado. El encarne.
El grito de ocaso La puesta a muerte. Además, creo que Simenon ha sido tratado
de la misma manara. Esos picadores estaban furiosos, pero me había defendido.
Salvo por Polac y Bory —hombres bien educados, de todos modos— fui declarado
culpable: de escribir para mi placer y el de los lectores, de ex presidiario
barbudo, peludo y con tricota de cuello enrollado, de contraer compromisos para
cenar y con todo eso tener el coraje de decir: “¡Soy popular!”
Demasiado, era demasiado. Me condenaron... sin circunstancias
atenuantes. No he muerto por eso. Y conozco gente que todavía se ríe de aquella
audición. Antes de Arthur Conte, eso eran las “fuerzas de la alegría” en la
Radio—Televisión Francesa.
Debajo de ese requisitorio encontré lo que constituye la base de
las envidias en la edición: algunas veces se perdona el talento, pero es más
difícil admitir el éxito.
Por popular, en fin, se ataca a la noción del éxito, Y lo digo
en voz alta: lo que gusta al público es siempre bueno y el hecho de ser un
desconocido no significa necesariamente ser un genio ni siquiera estar lleno
de cualidades y de talento. La triste historia del plumífero desconocido que
vegeta en su buhardilla antes de ser enterrado en el foso común del olvido, y
de conocer una gloria póstuma que cubre de oro a sus herederos ya no existe. Y
está bien que así sea. Bernard Shaw decía: “El martirio es la única manera de
volverse célebre sin talento. Pero hay que creer que todo viene solo. No basta
con sentarse ante el escritorio y declarar: “Hoy voy a escribir una novela.”
Cada cual es dueño de sí mismo, es cierto. Pero también su propio esclavo. En
lo que concierne, estoy encadenado a mi escritorio ocho horas por día y hace
tiempo que los sábados y los domingos son días como los demás. Y hay quien le
dice a uno: “Debe ser apasionante tener tiempo para escribir. ¡Ah! ¡si tuviese
tiempo!”. Lo fastidioso es que ellos jamás tienen tiempo, los consejeros no son
los redactores. Y además, “eso” no siempre viene. Escribir no es apretar un
botón y producir tantas páginas por hora. Algunas veces es un poco así, es
cierto. Como en todas partes, son muchos los llamados y pocos los elegidos.
Pero creo sinceramente, como lo decía más menos Claude Lelouch en su Radioscopia
por Jacques Chancel, que sólo la gente que tiene algo. Se aferran, trabajan,
producen, creen en ellos y en lo que hacen, no` esperan que la vida les caiga
cocinada, lista para comérsela. A la suerte hay que ayudarla, hay que
provocarla. Me atrevo a decir que algunas veces, se merece.
Escribir es noventa por ciento de transpiración, nueve por
ciento de inspiración y uno por ciento de talento.
También quisiera decir esto: se pretende siempre que los
franceses no leen, “Antes, dicen, no sabían leer. Ahora miran la televisión y
los fines de semana se vuelven locos por los caminos atiborrados de tránsito y
prefieren el ruido del automóvil al silencio de la lectura.— Todo eso es falso.
Ya en 1905, en un libro muy serio titulado Las Librerías de París decían esto:
“¡Los franceses ya no leen, es por culpa de la bicicleta!” Por lo tanto, el
argumento no es muy nuevo. Hay estadísticas —siempre las estadísticas— que
declaran que el 53 % de los franceses jamás leen un libro. Si es cierto, digo
que el 47% , restante leen varios. Seriamente, leen cada vez más. El papel
benéfico de las colecciones de bolsillo es indiscutible. Vuelvo sobre este
punto porque en la colección “J'ai lu”, en la que están reeditados cada uno de
mis libros a medida que van apareciendo, comprobé un fenómeno que no es
reciente peto que toma incremento: el del libro que circula, el libio que se
presta. En esta colección mi novela Sangre de A frica se publicó en dos tomos.
Primero quedé atónito al ver que entre el primer tomo y el segundo había una
diferencia de.. . treinta mil ejemplares. ¡Había más compradores del segundo
tomo que del primero( Lo lógico tendría que haber sido la inversa. Pues bien,
ello no quiere decir que hay gente que sólo leyó el segundo tomo. Las treinta
mil personas pidieron prestado el primer tomo y sólo compraron el segundo.
Los franceses leen cada vez más. Es un mérito, porque los libros
son cada vez más caros. Pero, no leen cualquier cosa. Quiero decir, que no leen
todo lo que se publica. No podrían. ¡Porque cada semana aparecen entre cincuenta
y cien títulos( Si se reflexiona un poco, ¡es espantoso! Aun para quien sea
bulímico de la lectura, es imposible. Hasta ocurre que ciertos críticos
literarios, recargados de tarea, suelen hacer leer un libro por su cesto de
papeles... En cuanto a los libreros, los pobres deben luchar contra un
maremoto. Pues no les llega un solo ejemplar de cada libro. Entonces, la
vidriera de la librería es hoy, ante todo, un problema de sitio. El lugar
privilegiado sigue siendo la pila, junto a la caja. El cliente saca su
billetera o abre su portafolios. Un libro junto a la caja es el niño mimado del
librero. El cliente no puede no verlo. Por lo tanto tiene mayores
probabilidades para comprarlo que si no lo hubiese visto.
Pero puede haber sorpresas.. .
Una vez Carco viajaba por el Mediodía de Francia con su esposa.
El auto se les descompone... delante de una librería de Aviñón. Él se baja del
coche para ir a hablar por teléfono a un taller mecánico, cuando su mujer le
dice:
“¡Francis, mira “ Mira:
“¡Pero esto es increíble: “En efecto, era sorprendente: en la
vidriera de esta librería sólo había libros de... ¡Francis Carco! “¡Oh! ¡divina
avería! exclama Carco. El favorecido autor entra en la librería:
“Perdóneme, señor, excúseme; mi auto se ha descompuesto.
¿Podría usar su teléfono para llamar al taller mecánico más próximo?
—Desde luego.
El mecánico ha sido llamado. Carco quiere pagar la comunicación.
El librero no acepta. Carco piensa que, decididamente, este librero es uno de
los hombres más agradables. Y dando pasos por el negocio, comienza, despacio:
“Ah, tiene usted muy linda librería...
—Dios mío, señor no tengo motivos para quejarme... —¡Y qué linda
vidriera¡”
El librero sonríe tranquilamente. Carco se siente decepcionado.
Piensa: “¿No me habrá reconocido?”. Para estar seguro, continúa: .
—Sí, esta vidriera con un solo autor... Dígame, ¿debe ser un
autor de mucho éxito?
—Oh, no lo crea, señor... ¡En vidriera sólo pongo los libros que
no he podido vender adentro del negocio: “Los franceses leen cada vez más y tal
vez cada vez mejor, porque tienen para elegir. Demasiado para elegir,
lamentablemente... Pues también escriben cada vez más.
La inflación no dejó de lado a la edición... Hoy ya nadie se
extraña cuando alguien dice: ``Escribo un libro”. Es un poco como el registro
de conductor. Todo el mundo lo tiene. Resultado: embotellamiento del tránsito e
imposibilidad de circular. ¿El libro?... Es una verdadera superproducción y
nueva sorpresa a su aparición. Las : dificultades actuales van a detener su
superinflación. No será forzosamente un mal. Y me pregunto si el “buen libro”
no será, simplemente, el que vende. Hay libros que tratan todos los temas y
varios libros del mismo tema. Más del noventa y ,cinco por ciento de los libros
salen con el tiraje mínimo de tres mil ejemplares. Cuando se venden, está bien.
Diez mil, veinte mil ejemplares según .los casos, ya se un pequeño éxito. Cincuenta
mil, es un “libro del año”. Cien mil, es un best seller.
—¿Qué es un best seller? ¿Hay recetas para llegar a ser un best
seller?
—En el sentido propio, un best seller es un libro que alcanza la
mejor venta. La expresión nos llegó de los EE.UU después de la guerra, al mismo
tiempo que la Coca—Cola y la goma de mascar. Es un sinónimo de fuerte tiraje y
de libro grueso. Muchos autores y editores creen que un best seller debe tener
por lo menos quinientas páginas. Un crítico me dijo: “Jamás desconfiamos bastante
de los libros que al caerle a uno sobre el pié le hacen doler.“ En efecto, es
un error de forma muy difundido creer que el grosor es razón de éxito Papillón
tenía quinientas páginas, pero Buenos días Tristeza y Love Story sólo llegaban
a doscientas. Los errores de fondo son muchos más graves. Consisten en creer
que hay recetas. ¡Lamentablemente! No basta con tomar un tema de moda, agregar
un poco de sexo, mucho whisky, viajes o violencia, humor o misterio en dosis
escrupulosas como las de un cocktail. Espolvorear con grandes sentimientos o
droga, y servir caliente en las playas del mes de agosto. Se obtiene lo que
desde algunos años se ha dado en llamar “el libro del verano” (si es grueso,
para que dure todo el verano) o un “libro de vacaciones” (para mí, todo libro
debe brindar vacaciones), pero no es forzosamente el best seller anunciado...
Después de treinta años de oficio y treinta y tres libros, puedo
afirmar que no hay recetas para escribir un best seller. Sería demasiado
sencillo. Pero hay milagros: un libro puede venderse muy bien aun cuando su
éxito parecía aleatorio. Muchos editores parisienses rehusaron el manuscrito
de Papillón. Durante casi seis meses, se estuvo paseando de un comité de
lectura a otro. Cuando, finalmente, Robert Laffont lo publicó, nadie creía al
principio en semejante maremoto, y creo que de buena gana habría cedido ese
libro a otra editorial. Luego ocurrió lo imprevisible.
Si vuelvo a hablar de Papillón es porque aun hay mucha gente
que no se repuso. Del libro y de su éxito. Y porque, desde entonces, cada
verano, hay autores y editores que tratan de volver a “pegar el golpe de
Papillón”. . .
Henri Charriere tuvo una “hermana” literaria de éxito más
modesto: Manouche, la truculenta, la enorme, la increíble Manouche, mucho más
fantástica en la vida que en su biografía escrita por Roger Peyrefitte. Y desde
estos dos libros asistimos a una floración de libros testimonios-documentos-confesiones
intérlopes. La prisión y el Ambiente se han vuelto escuelas de escribir.
Alguien debió lanzar un slogan: “Si usted estuvo preso, sabe escribir.” Es a
quien contara sus andanzas, sus aventuras, sus amores y sus rompimientos..
Estas dos enfermedades: la “Papillonitis” y la ”Manouchitis” invadieron todo
el mundo editorial. Conozco quienes han desarmado, vuelto a armar, hecho la
autopsia de esos dos libros para saber la razón de su éxito. Y los editores se
vieron inundados de manuscritos cuyos autores afirmaban que eran “el nuevo
Papillón,” “la nueva Manouche”. Entre esos textos hay seguramente buenos
libros. Hasta hay gente —¿por qué no? que vivieron o recogieron aventuras aun
más apasionantes que las ya publicadas. El fastidio es que todo el mundo quiere
repetir “el golpe de Papillón”, todo el mundo busca ser el best seller. Pero,
por definición, un libro sólo es best seller cuando está en venta y si cada día
se venden centenares de ejemplares.
Aquí, sobre mi escritorio, tengo dos cartas muy significativas,
muy diferentes, pero que siguen la misma finalidad. Han sido escritas por dos
mujeres.
Primero carta (paso por alto ciertos detalles que permitirían
identificar a la autora) ...—¿Señor, quisiera ayudarme? Deseo escribir un libro
que seguramente dará el mismo rendimiento que Papillón Pero no puedo hacerlo
sola. Pienso que podríamos compartirlo.
PS. No enviaré nada por carta. Es demasiado importante.”
Segunda carta (la reproduzco casi in extenso)
“Señor. el viejo truhán de Papillón enamorándose (tal vez por
primera vez en su vida) a los sesenta y tres años y, lo que es más,
enamorándose por correspondencia de una inválida. Delirante, ¿verdad? Sin
embargo, la historia es verídica, y la inválida soy yo. Buena prueba: le envío
una fotocopia de puño y letra de Papillón.
En ese documento manuscrito se lee:
Sofía, eres la más extraordinaria de las amigas. La luz de tus
ojos, el calor de tu alma, tu corazón que se abre en tus cartas, ese todo eres
tú, Sofía, a quien amo. Tu amigo Papillón. 12/10/1969.”
La carta continúa:
... Papillón ha muerto, y ahora puedo hablar. Pero no puedo
escribir porque estoy muy enferma de la vista Entonces los pocos amigos íntimos
que están al corriente de esta historia tuvieron esta profunda reflexión “¡Parece
una novela de Guy des Cars!” Por eso, apreciado señor, ya que la vox populi se
ha pronunciado, me dirijo usted. ¿Aceptaría ser mi “negro” 4 en
el sentido más peyrefitiano del término? Guy des Cars relatando el gran amor
secreto y desdichado (desde luego) de Papillón, creo que podría ser un nuevo
best seller en vista, ¿verdad?”
—¿Fuiste alguna vez “negro” de alguien?
—¡Jamás! Y jamás lo seré. Unicamente puedo trabajar solo. Soy mi
propio encuestador y mi propio documentalista. Y a todos cuantos afirman que
tengo negros. les confieso: sí, tengo un “negro”. Se llama Guy des Cars, Y
desde 1941, ¡es él quien escribe mis libros!
Estas dos cartas son las más típicas que recibí de este género.
Estas mujeres tal vez puedan tener un buen libro. La primera aventura podría
ser “Mas fuerte que Papillón” y la segunda una nueva continuación a la aventura
del más célebre de nuestros convictos desde Vidcq: “Un amor de Papillón'. Tal
vez podría haber dos buenos libros. Desdichadamente, la obsesión del
best—seller lo falsea todo. “¿Por que no yo? piensan. Lo que tengo que decir
sería mucho más interesante que todas esas tonterías...” Algunas veces es
cierto. Algunas veces...
Pero los milagros son escasos.
Una cosa es escribir un libro que se vende. Otra, es lograr
varios. Después de treinta años de oficio y treinta y tres libros, me atrevo a
decirlo: no nace best seller como se nace poeta o músico.
—¿Entonces como explicas que cada uno de tus libros sea editado,
desde el comienzo, con cien mil ejemplares? ¿Tienes algún truco? ¡Confiésalo!
— Lo confieso: ¡no tengo ningún truco! Los trucos pueden servir
una vez, dos veces, pero no para treinta libros. Troyat, Bazin, Lartéguy,
Gérard de Vílliers, La Pierre y Collins, etc., no tienen ningún truco. Pero si
no hay receta, en cambio hay leyes. Esto es cierto. Y ya que estamos en
familia, te voy a decir las leyes que observo lo más escrupulosamente posible.
Es evidente que sólo son valederas para la novela y el género de novelas que
escribo.
Primera ley: relatar una historia. jamás relatar la misma y
cambiar de ambiente en cada libro.
Esta historia debe aproximarse al máximo a una “verdad
posible”. Jules de Goncourt, uno de los hermanos que fundó el premio, escribió
un día a Flaubert: “La novela es la única historia verdadera.”
Segunda ley: hacer un plan detallado antes de empezar la
redacción propiamente dicha. Esto, es capital. Y tal vez sea la única cosa
buena que he retenido de mi paso por los jesuitas donde me hicieron entrar en
la cabeza, a fuerza de aplazos, un pequeño libro del cardenal Grente (de la
Academia francesa...) titulado:
4 Escritor que escribe para otro, generalmente de prestigio,
que es quién firma las obras.
La Composición francesa y el estilo. Hay que saber lo que va a
ocurrir en la página 30, 100 y 150. ¡Así, se tiene la posibilidad de no perder
el hilo y también la tiene el lector!
Tercera ley: relatarse la historia a sí mismo en un cuarto de
hora. Si uno se la cuenta sin dificultad, es que vale.
Cuarta ley: tener siempre un número impar de personajes. Y
cuando la acción se agota, introducir un nuevo personaje.
Quinta ley: Que hacerle al lector la confidencia de uno parte de
la acción que los propios personajes de la novela ignoran.
Personalmente, fue cuando observé esas leyes al pie de la letra
que mis libros impactaron más al público. Pero tardé unos diez años en
descubrirlas. . . y veinte años en aplicarlas. ¡Y continuaré! En realidad, se
resumen en un principio muy simple: para que un lector sea fiel, hay que
brindarle cada vez un producto riguroso, es decir establecido según criterios
que me honro en haber creado para no recaer en los senderos de la, eterna
rutina novelesca. El lector se vuelve fácilmente hogareño. Tiene sus costumbres.
Estoy seguro de haberle dado algunas. Tal vez por eso me permanece fiel. Y
pienso que esta regla puede aplicarse a todos mis colegas que, de libro en
libro, lograron retener sus lectores. Si el autor tiene buenas costumbres, debe
conservarlas. !Nadie imaginaría a Simenon escribiendo como Robbe—Grillet!
Ya ves, hace tres años, Le Monde me consagró una página. Yo
podía temer cualquier cosa de ese análisis que —es lo menos que puedo decir— no
me reportó nada salvo algunos comentarios envidiosos tales como: “¿Vid? Le
Monde habla de usted.” Y el silencio que seguía para observar mi reacción, yo
veía diseñarse dos tipos de adulones los que pensaban “Si Le Monde habla de él,
tendré que leer uno de sus libros”; y los otros: “ELe Monde habla de él? ¡Esto
es el colmo! Pues bien, Le Monde que es un diario a la vez falsamente objetivo
y objetivamente falso tuvo, con la pluma de Paul Morelle que vino a hacerme un
reportaje, una definición exacta: “Un Guy des Cars es una imagen de marca como
nace una en cada época”. Quería decir que soy un “producto Ello no me molesta,
pues es verdad. Ciertas épocas tuvieron un Ponson du Terrail, un Georges
Ohnet, un Delly, un Pierre Benoit. Un des Cars es como el vino nuevo del centro
de Francia: es esperado cada año, con sus cualidades y sus defectos.
Y aquí llegaremos a una nueva definición del best seller. Con
frecuencia, el best seller no es el libro sino el autor mismo. El autor que,
regularmente, entrega al público un producto determinado. Así es como se dirá:
“El nuevo Troyat, el nuevo Lartéguy”, etc. Y esta con fusión,
muy comprensible, puede llevar a resultados sorprendentes. El público,
previamente conquistado, consagra con los ojos cerrados a un autor. Y hay
ciertos autores cuyos libros están “vendidos” antes de ser puestos en venta.
Pero si este autor escribe que tiene menor éxito, es un autor best seller cuyo
último libro gustó menos. Esto ocurre con todos los autores de varios libros. Y
los grandes éxitos no siempre están en las listas de best sellers...
—¿Qué piensas de esas listas?
—Tal vez me encuentres asesinado, pero me atrevo a decir que la
mayor parte del tiempo están adulteradas y, por lo menos, incompletas, falsas y
arbitrarias.
Tomemos la lista publicada cada semana por L'E.xpress pues es
la más conocida y la que tiene mayor influencia en Francia. Se titula: “Los
éxitos de la semana”, y la primera anomalía reside en ese título ya que en
ella figuran libros que están en venta desde hace ... tres, cuatro meses, y
libros que recién salidos de máquina no están todavía en venta en todas las
librerías. Después de todo, estoy seguro que también podría poner en lugar
destacado la milésima edición de Los tres hombres Mosqueteros y, por qué no,
libros de cocina que se agotan rápidamente después de cada edición, campeones
fuera de categoría y de los cuales jamás se habla en esas columnas selectivas.
Sería más honesto hacer competir libros publicados en la misma fecha.
Después de la mezcla de las fechas, está la mezcla de los
géneros. Y esto es más grave. No es posible poner en su mismo terreno una
novela y un documento, un libro de arte y una obra técnica, un panfleto y memorias,
una novela policial y un álbum de historietas. Algunos diarios como
France—Soir o Valeurs actuelles se cuidan de establecer la diferencia entre las
novelas, los ensayos, los libros de historia, las novelas policiales, etc. Esta
diferenciación es imprescindible. Lamentablemente, no es una regla absoluta.
Una obra acerca de Rembrandt cuyo precio es de alrededor de cien francos, un
libro que trata de un asunto como el que conmovió la opinión pública como el de
Bray-en-Artois y las Memorias de la dama—pipirooni del Concierto Mayol, no van
dirigidas al mismo público. Por lo tanto no pueden tener el mismo impacto. Sus
cifras de venta no pueden compararse. Según la categoría y el precio, una
venta de diez mil ejemplares puede representar un éxito mayor que veinte mil
ejemplares: esas diferencias no se encuentran en el cuadro semanal de
L'Express.
Oigo las objeciones: “No son las categorías lo que cuenta, sino
las cifras, única prueba del éxito.”
¿Las cifras? Ah, sí, hablemos un poco de ellas...
¡Si se publicaran las notas de venta, es decir las cifras
reales, habría algunas sorpresas! Se vería que tal libro que figuran la lista,
no es en realidad un best seller. Se vería también que tal otro, que tiene un
franco éxito, no figura en ella.
Esto merece una explicación. Veo con frecuencia a varios grandes
libreros, es decir, gentes que conocen bien su oficio: saben lo que venden en
cantidad y en calidad.
Pues bien, cada semana o casi, son los primeros en sorprenderse
por el cuadro de L'Express. Porque a menudo, de los diez libros que forman
parte de ese pelotón que encabeza la lista, ellos, esos libreros, no vendieron
ninguno desde varios días. ¡Cuando han vendido uno, no es el número 1 ni
siquiera el número 10!
¿Cómo se establecen esas listas? Oficialmente, según los datos
proporcionados por libreros, unos cincuenta al máximo en toda Francia, Bélgica
y Suiza de idioma francés, elegido en función de su importancia, de su “posición
estratégica”. Pero hay que tener cuidado. Algunas grandes librerías
impresionantes por el número de volúmenes que pueden recibir, apilar y ofrecer,
no son obligatoriamente —las que venden mayor cantidad de libros Son lugares de
paso. Muchas personas hojean, miran, examinan. ¿Cuántos compran? No estoy
seguro que, en proporción, se compren más libros en la— sección “Librería” de
un ”drugstore” que en una librería de barrio.
Todos los días desfilan centenares de millares de personas por
la estación Saint—Lazare. No todas toman el tren.
Interrogamos a dos libreros. Uno dirá: “El libro ciñe vendo bien
en este momento es el de Y...” El otro contestará: “Es el libro de Z...” —La
librería más grande de la ciudad de Marmande no vende tal vez los mismos libros
que la de la ciudad de Nancy. Un librero vecino de la Estación del Este no
vende los mismos libros que una librería de la avenida Víctor Hugo. El verano
pasado en Saint-Tropez, el libro que se vendía bien en el. momento en que yo
pasé era Un erizo de mar en el caviar, de Philippe Bouvard. A pocos cientos de
metros de allí, era el de Pierre Rey: El Griego, el que se vendía mejor. Las
librerías son un poco como las cortes de la Justicia cuyos jurados tienen
veredictos diferentes según los casos y los lugares. Por lo tanto, quiero
señalar que un best seller es un libro que se vende bien en todas las librerías
y no solamente en algunas.
De una librería a otra, esos matices dan evidentemente
resultados diferentes, y hasta contradictorios. Como en el tiercé5,
algunos llegan en órden, otros en desorden. ¡Cuando llegan! Pues si se toman
otras listas que son la publicada por el semanario de la calle de Berri, vemos
que el número 1 de L'Express es el número 5 de FranceSoir y que el número 5 de
France—Soir no figura en L'Express. Vaya... Vaya ...
Se podría decir que cada librero puede establecer propia lista.
Pero para tener un resultado honesto, valedero y completo, habría que reunir
todos los —resultados de todos .los libreros de Francia. Como evidentemente es
imposible, hay que conformarse. con aproximaciones y con interpretaciones. En
el fondo, es el mismo principio que la encuesta de opiniones: se interrogan dos
mil personas y se presenta sus respuestas a veinte millones de ciudadanos. Y
la minoría interrogada constituye: “Esto es lo que los franceses piensan de tal
cosa. ..”
Vayamos más lejos. Tomemos una librería “seleccionada”, es
decir una librería que un editor sabe que comunicará sus resultados de venta a
un periódico para establecer su lista. Nada impide al editor de hacer comprar
bajo cuerda, por falsos clientes, varios ejemplares de su propio libro. Si cada
día, quince o veinte personas “lo compran”, el librero, al quedarse con pocos
ejemplares, vuelve a pedir una nueva partida al editor y recomienda su lectura
a sus clientes. Está convencido de buena fe que tiene allí un best—seller ya
que es el libro —o uno de los libros— que vende más. ¿Y qué le cuesta a un
editor hacer comprar mil o tres mil libros? Casi nada, sobre todo cuando el
resultado es que el libro en cuestión se encuentra luego en la lista que
encabeza los de mayor venta, lo cual rotula oficialmente de “best—seller”. Y
si, como los quesos de Port—Salut, lo lleva escrito encima, tiene todas las
probabilidades de llegar a serlo. Todos sabemos que el éxito atrae al éxito...
—¿Es una acusación?
—Es una hipótesis muy seria que me fue dicha por un gran editor,
generalmente muy bien informado.
Para luchar contra el favoritismo, L'Express eliminó de la
selección las casas de venta de las editoriales. Se eliminó la librería
Gallimard para evitar que favorezca los libros de Gallimard, etc. Hasta se ha
eliminado a Larousse: todos saben que el Pequeño Larousse Ilustrado es un
temible competidor: vende, como término medio, setecientos mil ejemplares por
año. ¡Qué best—seller! Por
lo tanto se ha cambiado la lista de las librerías piloto. (Observemos, de paso,
que librería de L`Express figura siempre entre los “puntos referenciales” ...)
¿Qué se obtiene al cambiar de librerías? Otras listas que no son más de fiar
que las primeras. Esto no nos adelanta en la vía de la honestidad y de la
realidad. Tal vez habría una solución si se decidiese al azar, a último
momento, cada semana, qué librerías diesen sus resultados. Tal vez...
Pero estamos lejos de ello. Por cuanto las cifras no son lo
único que determinan las condiciones para figurar en las listas...
5 Apuestas sobre las posibilidades de triunfo de los
caballos en las carreras de los hipódromos de París.
¿Un ejemplo? Un ejemplo entre otros: después de mayo de 1968, la
editorial Tchou publicó un libro del periodista Julien Besancon: Las Paredes
tienen la palabra. Figuró en buen lugar en la lista de L'Express, cuarta o
quinta posición. En el mismo momento la editorial de la Pensée Moderne publicó
El Pequeño libro rojo del General. Se vendía en forma aceptable, pero no
figuraba en la lista. Su editor se extrañó. Hizo una encuesta discreta pero
informativa entre las librerías y descubrió que si bien el libro de la
editorial Tchou se vendía bien, el suyo no se vendía mal: un promedio de
doscientos ejemplares por semana menos que el que figuraba en la lista. Esta
pequeña diferencia permitía teóricamente que El Pequeño libro rojo del
General pudiese figurar también en la lista, en 8a, 9a o 10a posición. Pero
pasaban las semanas y el libro figuraba.
El editor escribió a L'Express, pero no recibió respuesta
alguna.
Este editor comprendió. Ahora publica en su catálogo su propia
lista de best—sellers. Clasifica únicamente los libros publicados por él.
Robert Laffont ya había recurrido a este procedimiento en su boletín
L'Actualité littéraire.
Con este sistema ya no hay descontentos. ¡Todos los editores
tienen best— sellers!
—Pero cuando sale uno de tus libros, generalmente figura en esa
famosa lista. ¡no tienes motivos para quejarte!...
Primero, no me quejo. Digo simplemente que no es porque un libro
figure en esa lista que es un best—seller, y no es porque no figura que no se
vende. Es precisamente porque mis libros figuran en ella, que estudié esta
cocina con mayor atención. Mis libros, como los otros autores, trepan a las
buenas posiciones, bajan, se mueven y luego desaparecen. Ahora bien, mucho
tiempo después de esa desaparición, se siguen vendiendo. La venta de un libro
no se detiene de una semana a otra. Pues no hay que creer que el público vive
al ritmo de esas listas. Tiene otras cosas que hacer. Sólo los apasionados
compran los libros en cuanto salen. Pues bien, con mis propias cifras en mano
pude comprobar las triquiñuelas de esos cuadros de honor. En ciertos momentos,
los libros desaparecen cuando superan los doscientos mil ejemplares. Hay que
preguntarse cuanto hay que vender —¡o no vender!— para que los fabricantes de
listas lo incluyan a uno en ese club donde hay que exhibir su tarjeta de falso
revolucionario para ser admitido. Mira, mientras estamos hablando, los avisos
publicitarios anuncian en el número 1168, del 2 de diciembre de 1973 de
L'Express, en la página 165, El Desafío Democrático: 700.000 ejemplares. Y, muy
junto a esos avisos, el cuadro de los best—sellers de la semana. Sorpresa: ¡El
Desafío Democrático no figura! ¡Extraño! En realidad, la mayoría de los
ejemplares de ese libro fue comprada por el Partido Comunista. Por lo tanto no
es un éxito “de librería”. Y esto me recuerda aquella réplica en una obra de
Sacha Guitry, en la que uno de los personajes, un escritor, dice a un amigo:
“Mi libro se vende bien.” “¡Ah!, contesta el otro, ¿pero se compra? Por cierto
L'Express no es responsable de la publicidad exagerada de sus anunciadores.
Pero si un libro es un best—seller hay que decirlo. Si es un fracaso, hay que
saberlo. Lo encuentro fastidioso para una revista cuyo slogan es: “Los medios
de saber y el coraje de decir.”
Y creo que los libreros, como la mayoría de los lectores,
rectificaron ellos mismos sin hacer alardes. Contra las triquiñuelas y las
manipulaciones existe algo mucha más fuerte y mucho más auténtico que las
encuestas, los ordenamientos y las estadísticas: una corriente que pasa o que
no pasa, es el comentario personal, la opinión de un crítico, la vox populi,
es instinto. Se puede llamar de diferentes maneras, pero siempre es el mismo
fenómeno, y sin él no hay verdadero éxito: si el público está de acuerdo, no
necesita ser alentado. Si el público no está de acuerdo, nada podrá
obligarlo... John Ford, el cineasta que ennobleció las películas del oeste,
sólo se ocupaba de hacer films para el público. Decía: “Un fracaso artístico,
es una lástima. Un fracaso comercial, es imperdonable.” Y el actor Louis
Jouvent insistía en este punto: “En el teatro hay un solo problema. El. del
éxito.”
—¿Puede decirse que hay críticos a quienes no les gustan los
autores de best—sellers?
—Desde luego, sí. Y por la única razón que el público suele
decidir, la mayor parte del tiempo, sin la opinión de los críticos. La
Quinzaine littéraire, una gaceta que se pretende intelectual y casi siempre
sólo logra ser oscura, me hizo un largo interview acerca del mismo problema:
como fabricar un best—seller. ¡Finalmente resulta casi cansador repetir que eso
no se fabrica! El artículo (honesto, por otra parte) estaba precedido por un
subtítulo que contenía una frase inaceptable: “Habitualmente, la crítica no
tiene motivos para hablar de tales libros (best-sellers) . No representan ni un
esfuerzo de escribir ni un deseo de renovación de la literatura.” Entonces,
pregunto: ¿para qué sirven los críticos? La respuesta está un poco más lejos,
en la segunda parte del interview. Redactada por otra persona, se titula:
“Aristóteles igual a Guy des Cars.” ¿Sabe el autor de este título que
Aristóteles murió en 322 antes de Cristo? Una de dos: ¡o yo soy más viejo que
Matusalén, o bien Aristóteles es un escritor novel de quien se va a hablar
mucho! El autor del artículo confiesa su desconcierto: “El éxito
indefinidamente confirmado de la “mala” literatura es un verdadera problema.
Quienes leen “buenos” libros se preguntan siempre la razón del apasionamiento
que suscita la mediocridad hecha libro (...). Parecería que los grandes
libros, al igual que las rosas, suelen florecer y marchitarse sobre ese
“estiércol” vivaz.” Comprendí: el colaborador de La Quinzaine Littéraire
piensa que los best—seller son “malos libros”. Prosigo la lectura —oh, cuan
difícil de su análisis y caigo sobre esta frase que es una importante
contribución a la crítica de hoy en día: “En función de la permanencia del
contenido de la cuestión “curiosa”, se puede decir que todos los escritores,
sin excepciones, son humanistas. Si se descentra el tema (Beckett), si se lo
afirma (Sartre), si se trabaja en su descontrucción por una subversión operada
en el texto (Derrida), no se deja de hablar de él y de restituir las instancias
escatológicas que lo conciernen.”
¿Comprendieron? ¡Bravo! Ustedes son dignos de una suscripción a
La Quinzaine Littéraire!
¿No comprendieron? Tranquilícese: ¡yo tampoco! Hágame un favor:
pidan algunas aclaraciones a la autora de esta pequeña obra maestra, la señora
Anne Fabre—Luce, maestra asistente de literatura francesa en la Universidad de
Nanterre. ¡Copio les digo! Antes del galimatías de la señora Fabre—Luce tuve
derecho a la cincelada pluma de Jean—Francoís Revel. El señor Revel es
periodista —perdón, editorialista— de L'Express. Cada semana, dotado de una
prosa concisa que se aviene bien en una revista de formato reducido, expresa su
opinión acerca de algún problema de política extranjera, de economía, de
sociología. Y he aquí que un día de octubre de 1969, este espíritu superior
—no acepta Ni Marx ni Jesús (es el título de uno de sus libros), pero de todos
modos tiene el descaro de hacer conocer Las ideas de nuestro tiempo (título de
otra obra suya), ha aquí pues que un día se equivoca de sección y se pone a
hablar de libros. Peor aun: ¡de novelas! Y todavía peor: ¡de novelas de Guy des
Cars! Para arrastrarlas en el lodo. De lo cual estaría en su derecho si fuese
crítico literario, novelista o simplemente lector corriente. Tres cualidades
que el señor Revel no posee. Lo fastidioso, para él, es que el señor Revel me
leyó o simuló leerme por deber. ¡Pobre desdichado¡ ¡Cuanto siento por él!
Habiendo comprobado que desde hacía varias semanas mi novela La Víbora seguía
de cerca a Papillón en la lista de los best—sellers y ello —¡colmo de la
audacia! a pocas páginas de su crónica semanal, decidió auscultarme. Quiero
decir, de leerme con la lente del entomólogo que quiere descubrir por fin un
secreto muy oculto. ¡Sinceramente, siento por él! Pero estamos a mano: a mí me
costaría mucho leer sus obras completas y, gracias a Dios, nada me obliga a
hacerlo.
Tiene que haber sufrido, el pobre. ¿Te imaginas? ¡Él, Jean—Francois
Revel, leer a Guy des Cars! Para reponerse de esos pocos malos momentos pasados
en mi execrable compañía, escribió con pluma vengadora que me parezco “un poco
a esos mobiliarios que no son ni modernos ni antiguos, copias baratas de un
juego de comedor Luis XVI, que se venden a plazos”. ¡Pues bien, no me vendo a
plazos y prefiero aun ser falso Luis XVI que auténtico Revel! Y llegar a la
conclusión que, decididamente, el lector es un pobre tipo que no sabe leer
(Sobreentendido: los “buenos libros”) .
El señor Revel se atrevió a titular su crónica: El “buen
público”, después de haber comprobado tristemente que el gran público es
realmente un buen público. Pues bien, señor Revel, concédame hoy el derecho a
responderle en nombre al lector.
El público no es bueno. Es excelente. Y variado. Y difícil. Y
exigente. Y fiel. Tiene derecho a ser todo eso, porque ese público que usted
desprecia paga sus libros. No los recibe en servicio de prensa. Los compra.
¿Sabe usted lo que es, señor Revel, hacer ese gesto? Un gesto definitivo: si el
libro no le agrada después de haberlo leído, nadie se lo reembolsa. ¡Vamos,
señor Revel! Deje que el público se regocije con lo que usted llama con toda su
hiel “la producción novelesca de entretenimiento”, créame: el público no es
bueno. Es más peligroso que usted: Él es quien decide, no usted.
Usted quiso arreglarme las cuentas. Me pregunto si no es porque
llevó Papillón a las nubes, y Papillón no me restó lectores. ¡Maurice Chevalier
me escribió que yo tenía méritos pues no soy un convicto! Usted fue sin duda
uno de los lectores de ese convicto—escritor ya que a sus quinientos diez
páginas le agregó cuatro para explicar su deslumbramiento ante lo que llama “la
literatura oral”. Papillón cristalizaba todo su entusiasmo. ¿Sin duda quiso
usted impedir que mi Víbora lo mordiese?
¿Invento? En ese caso, señor, siempre podrá consolarse pensando
que, decididamente hago malas novelas...
En el extremo opuesto del best—seller, se hallan los manuscritos
que ningún editor quiere publicar. a quienes los escribieron sólo les queda la
solución de pagar la edición. ¿Qué piensas de eso?
—Hace algunos años, un joven que había escrito una novela se
decidía a llevar su manuscrito a una gran— editorial cuyas oficinas se
encontraban , en aquella época, cerca de la plaza del Odeón. Eran las nueve y
treinta de la mañana. El autor, tímido, entregó su manuscrito a una secretaria
que le aseguró que el libro sería leído con el mayor cuidado por el comité de
lectura y que anotó su domicilio para mantenerlo al corriente... El mismo día,
la casualidad quiso que una hora más tarde el nuevo director literario de esta
editorial entrara en funciones y en su oficina. Nombrado recientemente en su
cargo, llegaba, como todo nuevo director, con ideas de organización.
Llamó a su secretaria y le dijo:
“Tráigame los manuscritos que están entre las manos del comité
de lectura.”
La asistente, comedida, trajo en varias veces pilas de textos
dactilografiados que representaban tantas esperanzas y sueños. Se amontonaban
en una pirámide polvorienta.
“Bueno, exclama el nuevo director literario, vamos a empezar a
hacer un poco de limpieza por el sistema vacío.” Y con una mirada que se
suponía experta, recorrió diagonalmente los textos que habían demandado tantos
esfuerzos a sus autores. En dos días, la depuración quedó terminada: el
noventa y cinco por ciento de los manuscritos fue devuelto a sus autores. Pero
el diablo se había deslizado en el juego. El manuscrito traído por el joven, y
que se encontraba en la parte superior de la pila fue devuelto.. veinticuatro
horas después de haber sido entregado, con esta carta alentadora: “Señor,
después de haber estudiado detenidamente su manuscrito y de escuchar la
opinión de varios miembros de nuestro comité de lectura, lamentamos...”
Con este rechazo, el joven soportaba su cuarto fracaso ante un
editor. El más doloroso, también. Lleno de ira y de desesperación, este autor
en busca de editor leyó en las páginas literarias de un diario vespertino un
anuncio publicitario modesto, pero que habría la puerta a las mayores
esperanzas: “Nuevo editor busca manuscritos inéditos para publicar sus
colecciones.”
Era el milagro.
El joven profesor —enseña francés en un liceo parisiense
próximo a la estación Saint—Lazare envió su texto por correo certificado con
acuse de recibo, a esta editorial recientemente instalada a la sombra de
Notre—Dame. Tres semanas más tarde recibió una respuesta que fue otro género de
sorpresa. ¡Su libro iba a ser publicado! ¡Por fin! Lamentablemente, y con
participación en los gastos, el editor pedía a su autor la suma de diez mil
francos actuales...
El joven docente no contestó. Cegado por esta simple frase
mágica: `Teniendo en cuenta las cualidades de su manuscrito, tenemos la
intención de editarlo”, trató de reunir el monto pedido. Su padre, suboficial
jubilado hizo sacrificios sobrehumanos para juntar algunos ahorros. Pero
faltaban dos mil francos para completar los diez mil.
El profesor se disponía a pedir a sus colegas y amigos cuando el
editor le hizo llegar una nueva propuesta de contrato a precio más bajo: sólo
le pedía siete mil francos, lo cual involucraba, evidentemente, una reducción
del tiraje. La novela sólo sería publicada en mil quinientos ejemplares en vez
de tres mil.
Importaba poco.
El profesor aceptó con alegría indescriptible. Pagó, fue
impreso, luego deprimido. En tres años, sólo vendió treinta y cinco ejemplares
de su novela, diez de los cuales a colegas de liceo y uno a su padre...
Los mil cuatrocientos sesenta y cinco ejemplares restantes
dormían, hace todavía poco tiempo, en cajas de cartón, esperando mejor suerte.
El profesor tiene hoy treinta y un años. Felizmente para él,
sigue enseñando.
El libro no le trajo más que la satisfacción de haber sido
publicado. Satisfacción inmensa. Sobre todo cuando se aumenta con un cambio de
identidad. ¿No había acaso recibido de su editor toda una serie de cartas en
cuyos sobres, debajo de su nombre, figuraba este título capaz de hacer renegar
o cualquiera de su propio padre y de su propia madre: “Señor X. .. hombre de
letras...”?
Esta historia es auténtica. Me ha sido contada por el
protagonista en persona. Es una aventura cruel, pero típica. Millares de seres
la han vivido. En la jungla literaria, le edición pagada por el editor
constituye un Matto Grosso, un infierno peor que Amazonia: no está prohibido
penetrar en él, pero se corren grandes riesgos.
En la edición pagada por el autor, el editor acepta publicar el
libro de un autor con la condición que éste pague los gastos de su libro, es
decir el monto total del precio de costo. Es una empresa legal, pero no siempre
honesta. Legal, porque es una manera de utilizar servicios tal como lo asimila
la ley del 11 de marzo de 1957. Pero no hay que creer que es un fenómeno
reciente. Es una práctica casi tan antigua como la edición: durante siglos se
escribieron libros sólo para difundir el pensamiento, y no para obtener lucro
de ellos. Hasta hubo un tiempo en que vender libros resultaba ser de muy mal
gusto. Dicen que era la opinión de Voltaire y de Boileau que no querían
transformar “un arte divino en oficio mercenario”.
Autores que hoy se convirtieron en clásicos, cuando eran a penas
novelas publicaron sus primeros escritos gracias a una parte de la dote de su
buena esposa o gracias a la herencia dejada por un viejo tío que haya tenido la
buena idea de pensar en ayudar a su sobrino. Hasta conocí a un gran jugador de
bacará del casino de Cannes el cual, habiendo logrado no perder todo lo que
había ganado me dijo: “Voy a escribir un libro útil: un tratado del juego. Pero
para tener la seguridad que sea publicado, pagaré a un editor” 6.
Edmond Rostand, Montherlant, Mauriac, Geraldy, Céline, Proust,
Hemmingway, a los cuales se puede agregar un futuro premio Goncourt y un futuro
miembro de la Academia Francesa, pagaron sus primeros libros.
El autor a quien nadie quiere publicar en condiciones normales
cree que el mejor servidor de sí mismo es uno mismo. En general, es cierto. En
las ediciones pagadas por el autor, es falso.
Cualquiera tiene derecho a dar dinero para que lo editen. En
cierto modo, es una subvención que uno se hace a sí mismo. Y un placer. Porque
hay que decirlo: es muy agradable ver su nombre en la tapa de un libro. Todo
marcha bien mientras ese placer se limita a obsequiar a algunos amigos y
parientes, a quienes se brinda un ejemplar enriquecido con una dedicatoria que,
al fin de cuentas, es la página del libro redactado con mayor alegría...
Todo marcha mal cuando, después de haber pagado los llamados
gastos de fabricación y de distribución, uno espera verse en la vidriera del
librero y, por consiguiente, si alguien compra el libro, cobrar los derechos
de autor. En este momento es cuando la empresa legal frisa la deshonestidad.
Porque hay que saberlo: ¡edición pagada por el autor no rima con
derechos de autor)
Los libros jamás son puestos en venta en las librerías ni
distribuidos en la forma normal. Por la buena y suficiente razón que una
distribución supone un tiraje más importante y una organización que aumentaría
considerablemente el precio de costo. Además, los editoras que cobran las
ediciones al autor no necesitan vender los libros que publican: no tienen la
preocupación de cubrir sus gastos. Todo ya está pagado —a veces ampliamente
por el autor. Es un pacto leonino: el editor obtiene jugosos beneficios, el
autor espera y no ve llegar nada.
Por cierto, las apariencias son engañosas.
Una de mis amigas, a pesar de mis consejos de prudencia,
entregó un manuscrito a una floreciente editorial que, de acuerdo con su propia
publicidad, acepta participaciones en los gastos.
Como su novela fue “retenida” (es decir, ella había aceptado
pagar casi once mil francos) , la editorial
6 Y puedo revelar que en 1910, mi abuelo, el duque des Cara,
utilizó una parte de su fortuna para publicar sus Memorias en la Editorial
Plon. Las familia tenía malas costumbres) (Nota del autor.)
—perdón, el servicio comercial— le mandó una carta milagrosa.
Pero como es una editorial que multiplica los milagros, la carta era una carta
tipo. ¡Decía que la autora no solamente sería editada, sino también que su
“aporte financiero” le sería reembolsado) Le precisaban que cobraría “el 40 %
del precio de venta —6,40 francos por ejemplar— sobre 2.900 ejemplares
comercializados”. Para ser más atrayente que esas menudencias de porcentaje,
tenía el cuidado de indicar la cantidad de dinero que ganaría: 18.560 francos
(ya se sabe que los autores no saben calcular; sólo saben recibir cheques) .
Finalmente, última —no menor— precaución: estos beneficios sólo se referían a
la primera edición. Lo cual deja astuciosamente suponer que puede haber
otras...
Al leer todo esto, la mujer de mediana edad que me pedía
consejos, había oído sonar todas las campanas del paraíso... Editada,
reembolsada, pagada: era maravillosa.
El libro apareció. Pero aparte de la familia de la autora, nadie
lo supo y Nadie lo leyó.
La trampa de la edición pagado por el autor funciona bien.
Funciona gracias a la complicidad inconsciente de dos categorías de gente: los
ingenuos y los vanidosos. No lo digo por maldad. Lo digo porque es cierto. La
edición pagada por el autor es, por cierto, una de las formas más elaboradas y
más eficaces de la explotación de la credulidad humana.
Para la mitad de aquellos que han pasado los cuarenta años y
que lo quieren a todo precio, un precio fijado por el editor, les parece una
manera de adquirir cierta notoriedad. Sin embargo, parece que existe más de un
diez por ciento de autores menores de veintiún años. Es considerable. Y creo
que no están equivocados: entre ellos hay por cierto algunos que tienen algo
que decir, para mayor satisfacción de un público. Si, por la obstinación de un
editor, sea legítima o no, ese público no se acerca a ellos, desempeñen el
papel de Lagardere de la edición y ellos se acercan a la clientela. Desde este
punto de vista, esta actividad literaria marginal ha tenido sus letras de
nobleza. Sin ella, nadie hubiera leído los autores que cité más arriba. En la
literatura habría vacíos...
Desdichadamente, las víctimas no siempre son inocentes. Quiero
decir que no toman ninguno precaución. Es cierto que es muy difícil estar al
corriente de las costumbres, de las tarifas, cuando se baja del tren o del
avión en París, porque se ha recibido por fin, después de años, la carta de un
editor que dice: “Sí, su libro me agrada. Sí, lo edito”. Cuando se llega en ese
estado de ánimo —que ha de ser seguramente el ochenta por ciento (le los
casos— se está en estado de inferioridad y es muy normal. Es humano. Es
patético.
Conocí a un hombre encantador, ex coronel de caballería, cuya
debilidad era escribir. Además, lo hacía muy bien. En su escritorio atiborrado
de hermosas ediciones, de cuartillas cubiertas con una caligrafía —la suya— majestuosa
como la de Luis XIV, arropado en una bata casi histórica, escribía desde las
seis de la mañana pensando:
“La literatura pertenece a los que se levantan temprano”. Lo vi
trabajar, pues era un amigo, y como se mantenía tomando café, parecía Balzac
entre dos cartas a Madame Hanska.
A diferencia de Balzac, no lo perseguían los acreedores sino su
editor —lo cual puede ser peor. Este había hallado en este simpático oficial
que poseía algunas rentas, una excelente fuente de entradas. Y el coronel
escribía desde hacía varios años. ¿Qué escribía? Obras militares y de ficción,
novelas, algunas de las cuales eran menos malas que ciertos premios Goncourt.
Los héroes eran patrioteros, atacaban impetuosamente gritando a voz en cuello
“¡Arriba los corazones!” Olía a guerra, a tripa, a héroe, a hombre.
El coronel escribía para su propio placer. ¡Cuanta razón tenía!
Las participaciones que le pedía su editor no lo afectaban. Su familia, algunos
veces, se ofuscaba maliciosamente.
Una tarde en que me contaba su próximo libro, después que lo
hube escuchado con deleite, pues era un hombre generoso (no solamente para su
editor) y un hombre lleno de brío y humor, me dijo:
“Ya sé lo que usted piensa... Mis hijas me dicen que mis libros
me cuestan más caro que una bailarina. Tal vez sea cierto. Pero, sabe, es más
agradable que una bailarina: es menos cansador, ¡porque no me veo obligado a
`conversar con ella! “
Este coronel que me honró con su amistad es, según creo, un
ejemplo único de autor al contado que haya estado satisfecho con su suerte.
Había aceptado la regla del juego y conocía sus límites.
Pero es una excepción. ¿Y como podría ser de otro modo?
Cuando un editor le anuncia a usted que va hacer poner avisos
publicitarios en la muy seria Bibliographie de la France, que los críticos
recibirán un ejemplar de servicio de prensa, que la radio y la televisión
pasarán noticias el mismo día en que páginas enteras de los más grandes diarios
estarán consagradas a la colección en la cual figura su libro, ¿no es para
estar seducido?
Todo está bien, todo es maravilloso. Todo es cierto.
Lo fastidioso es que, salvo excepciones, falta lo más importante
que existe para un libro: estar en las librerías. El libro de edición pagada
por el autor no está hecho para ser comprado normalmente. Sólo puede ser
vendido si el autor se convierte en su propio representante y en su propio
librero.
De todas maneras, esta forma de edición es muy útil. Permite a
mucha gente de expresarse y tal vez sea mejor editar libros que arruinarse
drogándose. Siempre me han dicho que hay tres maneras de arruinarse: “La más
agradable: las mujeres. La más rápida: el juego. La más segura: la
agricultura.” Agreguemos una: “La más engañosa: el libro de edición pagada por
el autor.”
Porque no hay que subestimar el fenómeno. En Le Monde del 4 de
octubre de 1973 leo que el catálogo de la Editorial La Pensée Universelle —qué
bella razón social contiene más de mil títulos. Es considerable. Y hay otras
editoriales. Pero evidentemente, La Pensée Universelle goza de un prestigio
aparte. Es la única empresa del género que se da el lujo —¿pagado por el
autor?— de publicar páginas enteras en Le Monde. Gracias a ello, Le Monde es
prácticamente un único diario cuyos colaboradores destilan alguna que otra vez
algunas gotas de apreciación crítica acerca de las obras en cuestión.
Si tomo Le Monde en la página 17 del 14 de noviembre de 1973,
veo las tres columnas en las que se encuentran los autores: cincuenta por
ciento para las novelas (personalmente me parece bien) , veinticinco por ciento
para poesía (dicen que gracias a ello todavía hay poetas en Francia) y
veinticinco por ciento para ensayo.
En este “extracto del catálogo” todo es sorprendente: los
nombres de los autores (en el noventa por ciento de los casos deben ser
seudónimos, sin duda) , los títulos de los libros, los breves comentarios que
los acompañan y aún, la precisión de los precios.
En la columna “Poesía” encuentro: Mi Cura
en
por Piqueur, 17,12 trancos.
En la columna “Novela”, observo: Cuando las bananas dan fiebre,
Por Marie—Juliette Barrie. “Historia de una familia de obras vitícolas del
Languedoc”, 32.10 francos.
Y en la columna “Ensayo anoto: El Entierro del texto, por
Stephen Marik. “Volver explícito frente a la acusación de la comedia”, 14,98
francos. Le Monde del 4 de octubre de 1973 cita un pasaje bastante delirante
del libro: “ Entonces, el aduanero rió como para desengarcharse las
mandíbulas, y su risa grosera conmovió las paredes grises de la estación de
frontera y estuvo a punto de hacer catapultar el sol por encima de las cumbres
pirenaicas.”
El señor Alain Moreau, sonriente ejecutivo de esta editorial
tiene razón cuando dice (hablando de los demás editores, los que pagan en vez
de hacerse pagar) : “Demasiado a menudo la selección no es más que una
guillotina. ¿Quién puede jactarse de emitir un juicio absoluto acerca de una
obra? Las modas, los imperativos comerciales, las opiniones personales imponen
decisiones subjetivas.”
Es evidente: todos los libros editados normalmente no son dignos
de serlo y no todos los libros cuya edición es pagada por el autor son
ridículos y solo buenos para ser distribuidos entre los amigos.
Después que un editor rechaza un libro, sólo le queda al autor
el recurso de pagar su edición. Pero en lo que no estoy de acuerdo con el señor
Moreau es cuando dice: “Somos la corte de apelación del talento, cuando no del
éxito.” (Valeurs actuelles, 12 de noviembre de 1973).
Bella fórmula, pero fórmula terrible: sólo se obtiene “justicia”
cuando se tiene los medios de “ir a la apelación”. .. La “justicia literaria”
tiene tarifas, precio. No es cuestión de calidad, Y el que está sin un centavo,
se ve rechazado otro vez. Cuando no se tiene dinero, la edición pagada por el
autor no repara las injusticias. Las renueva y las agrava. Es realmente lo
contrario de la asistencia judicial. Una poetista vino a verme un día aquí,
justo antes de una cita que le había concedido un ex diputado borgoñón quien,
entre un debate en la Asamblea Nacional y una gira electoral vivía a costa de
poetas y novelistas en busca de edición. Hacía años que esta buena mujer
ahorraba franco tras franco para editar su libro. La advertí:
—Le aseguro que tendrá una decepción... No volverá a ver a sus
ahorros... Me miraba, incrédula:
—¡Pero ningún otro quiere editarme! ¿Qué hacer?
—Rebaje un cincuenta por ciento del precio que le pida ese
hombre. ¡Seguramente aceptará y aun así será un robo! ...
Se marchó, algo tranquilizada. Dos horas más tarde volvió aquí,
completamente abatida, con esta única explicación:
—”Me pidió demasiado... No tengo bastante talento.”
Esta pobre mujer tenía talento. Lo que le faltaba eran
“talentos” ...
La edición es club cerrado. Lamentablemente, es cierto, no
pueden entrar todos los que quieren, sea cual sea la forma elegida. En la
edición normal, tal vez sea útil tener amigos. En la edición marginal, es
imprescindible tener dinero y estar en condiciones de perderlo.
—¿Si hubieses tenido los medios cuando querías escribir,
habrías recurrido a este sistema?
—Seguramente no y, además, no venía al caso. Al principio, no
tenía medios; después, los editores confiaron en mí. Pero en aquella época no
era como ahora. La furia de escribir y de publicar no se había apoderado de la
gente como actualmente. Y en los años posteriores a la guerra, sólo la gente
que había hecho fortuna en el mercado negro estaba eventualmente en
condiciones de pagar su propia edición. Creo, con toda franqueza, que habría
evitado ese medio. Por una sola razón: impide el contacto con el lector. El
lector es un compañero, un amigo. Pero para un novelista, es aún más: puede se
una mina de aventuras, de situaciones, de problemas reales. La novela viene de
la realidad y vuelve a ella por el sesgo de la ficción.
El lector es la vida. Y con frecuencia, la realidad supera a la
ficción.. .
3.
LA REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN
—En tus novelas ¿cual es la parte de la realidad y cual la de la
ficción?
—Ambas tienen la misma importancia. Un libro que sólo restituye
la realidad es un relato, un testimonio, una especie de largo reportaje. Un
libro que sólo acude a la imaginación es un ensayo, un poema, una fantasía, un
ejercicio de estilo.
Ni uno ni otro son novelas.
Francois Mauriac analizó muy bien esas relaciones
realidad—ficción en unas páginas que ostenta un hermoso título: El Novelista y
sus personajes. En las mismas se lee: “Si la creación consiste en hacer algo
con nada, los personajes que inventan los novelistas no son creados. Nuestras
presuntas criaturas están formadas con elementos tomados de la realidad;
combinamos con mayor o menor destreza todo lo que obtenemos de observar a los
hombres y del conocimiento de nosotros mismos. Los héroes de la novela nacen
del matrimonio que el novelista contrae con la realidad (...) La vida provee al
novelista un punto de partida que le permite aventurarse hacia una dirección
diferente de la que tomó la vida (...) Y sin embargo, gracias a toda esta
artimaña, se logra alcanzar grandes verdades parciales (...).
“La novela es la transposición de lo real y no la reproducción
de lo real.”
Estas líneas, escritas en 1933, me parecen muy exactas. La
novela es una verdad inventada que la imaginación transforma en verdad posible.
Un buen novelista es aquel que logra hacer creer lo que escribe, sobre todo si
lo que escribe es increíble.
En De Capa y de pluma, había revelado a mis lectores los
acontecimientos auténticos que dieron origen a cada una de mis novelas hasta
1964. Desde entonces escribí ocho novelas. Todas, como las que las precedieron
y como las que las seguirán, así lo espero, tienen un punto de partida
auténtico: personajes, situaciones, ambiente. Mi trabajo esencial fue
construir una historia en torno de esos elementos. Si tomo por ejemplo el De
todos los colores, historia de un joven pintor de mucho talento víctima de un “marchand”
de cuadros poco escrupuloso, es porque yo había conocido a este personaje. El
“marchand” existe y es renombrado. Esta base me sirvió de telón de fondo —si me
atrevo a decirlo— para describir los traficantes y el tráfico en Europa y en
los Estados Unidos de las telas falsificadas de los grandes maestros de la
pintura. Entre las viudas abusivas, las estafas, los peritajes y contra—peritajes,
la pintura sale con frecuencia de la crónica de las bellas artes para entrar en
la de los procesos judiciales. Tanto más cuanto la falsificación en materia de
pintura es una de las estafas menos castigadas por el Código penal. Es
desagradable. Pero quiérase o no, es cierto, existe.
Si tomo Madame Carote, la picante historia de una reina
parisiense de la galantería organizada, ¿necesito acaso recordar que tales
mujeres existen? Digo mujeres y no una sola. Mi heroína, Madame Carole, no es
Madame Claude —como alguien lo ha pretendido. Mi personaje es una síntesis. Y,
evidentemente, nadie puede negar la existencia de ese comercio de lujo que es
la vida color de rosa, no es del todo clandestino. No del todo ya que funciona
por mayor satisfacción de todos, policías y clientes.. .
Finalmente, si hablo de mi novela El Donante, la historia de un
hombre que, discretamente, saca un ventajoso provecho de su simiente, puedo
garantizar que en Francia ese hombre existe. Y existen muchas decenas de ellos.
Además, la prensa otorgó a ese tipo de personaje aun poco conocido por nuestra
sociedad, el lugar que le corresponde. Que alguien se escandalice como aquella
señora que me escribió “216 páginas para un poco de esperma, realmente señor,
es demasiado!”, o que se comprenda esta actividad, hay que reconocer que hoy en
día, ya, una parte del porvenir del hombre se halla, si me atrevo a decirlo,
entre las manos de los donantes... Por otra parte, el personaje que me sirvió
de modelo es un hombre apasionante que trabaja en una gran empresa de los
alrededores de París, conocida en el mundo entero.
Pero lo más asombroso no es la realidad que sirve de punto de
partida a la novela. Es la realidad que crea la novela y, algunas veces ésta la
supera.
Lo comprobé porque después de cada libro recibo una
correspondencia extraordinaria, sumamente variada. Dije, al comienzo de este
libro que las cartas del correo sentimental solían ser inventadas. Las que
recibo, son todas auténticas. Hasta constituyen la novela más increíble y más
fabulosa que se puede concebir. Van desde la señora X... (no menciono el
nombre, pero tu mismo puedes verlo) que me pide con urgencia el domicilio de un
cirujano estético hasta esta lectora parisiense que me declara “Cada vez que
leo sus libros en el subte, ¡me paso de estación!”
No concedo excesiva importancia a las cartas de alabanza o de
felicitaciones, como tampoco a las de decepción, y aun reproches, excepto
cuando proceden de gente sincera, objetiva y documentada. Mucho más sorprendentes
son aquellas que me dicen: “Señor, es increíble: ¡su libro es mi historia!
¿Cómo pudo usted haberla conocido?” O bien: “Esta historia le ocurrió hace tres
años a mi amigo/a. ¿Cómo lo supo?”
En el noventa y nueve por ciento de los casos, jamás oí hablar,
antes de escribir una novela, de la historia de la señora X... a la del señor
Y... La imaginé. Y con frecuencia, la actualidad da un color crudo —el de la
autenticidad— a lo que sólo es creación novelesca.
Resulta pues que si la ficción parte de la realidad, con
frecuencia la ficción llega a la realidad. Este cielo es la vida. La novela es
una verdad. Pero en la vida pueden coexistir varias verdades semejantes,
diferenciadas solamente por algunos matices. La novela es una de esas verdades,
la vida es todas las verdades.
Tres semanas después de la publicación del De todos Los Colores,
en 1967, tuvo lugar en París el caso de la Galería Romanet: trece telas
acababan de ser declaradas falsas. El 3 de julio recibí de Barcelona la carta
de un perito en cuadros antiguos y modernos residente en Zurich. Me decía:
”Regreso de Nueva York y me sorprendí mucho al ver en los negocios de todos los
marchands una numerosa cantidad de cuadros de Bernard Buffet, de Utrillo y de
Chagall. Tuve pruebas que la Park Bernet Callery estaba bajo influencia de
grandes marchands todos ellos judíos. Es importante poner fin a las estafas del
clan muy muy poderoso y muy bien organizado de los marchands neoyorquinos.”
Hasta hubo un lector muy perspicaz que me escribió para preguntarme si yo no
había estado enterado del caso Van Maergeren. Como tuvo una repercusión
espectacular, habría sido difícil no oír hablar del mismo. Había pues estudiado
el caso de este artista anticuario holandés condenado a un año de cárcel el 12
de octubre de 1947 por el Tribunal de Amsterdam, por haber pintado Cristo y la
mujer adúltera, cuadro que los peritos más competente habían atribuido a
Vermeer. Durante la guerra, el mariscal Goering, que entre otras especialidades
menos placenteras, tenía la ficción por la buena pintura, compró varios Vermeer
que no eran sino cuadros de Van Maegeren... Yo había disecado este caso y
muchos otros. Lamento que otro lector, encolerizado, me haya escrito que yo me
complacía en producir “la peor de las literaturas: aquella en que una
imaginación con la fantasía más impugnable rivaliza con la nulidad de la
documentación”
Permítame, querido señor, hacerle notar que lo que se espera de
un novelista es, precisamente, la imaginación.
Cuando usted agrega que “esas historias ya sólo interesan a las
mucamas emancipadas que se abren paso en la vida se equivocan al subestimar la
fascinación que ejerce sobre un público más numeroso de lo que se piensa el
problema de los cuadros verdaderos y falsos. Esto me recuerda a Henry Chapier,
cuando era crítico cinematográfico de Combat y que escribió, el 22 de enero de
1969 refiriéndose al film de Claude Chabrol La Mujer infiel: “Es el mundo de
papá... Estos son problemas de una cierta prehistoria. ¿Hasta qué punto pueden
atañer a una sociedad que evoluciona a pasos de gigante y cuyos problemas al
nivel del individuo son mucho más apasionantes y más complejos?”
Yo no sabía que desde mayo de 1968 las historias de cornudos han
perdido actualidad.
Las aventuras rocambolescas y las triquiñuelas de la pintura
falsificada son una verdadera novela que interesa —en todos los sentidos de
este verbo— a mucha gente. Un magistrado instructor de la corte de apelaciones
de —París me escribió el 18 de julio de 1967 para decirme que yo me hallaba aun
por debajo de la verdad pues, decía, “desde hace ocho años monopolizo en cierto
modo la instrucción de los grandes casos de falsificaciones en materia
artística. Y Créame, se encuentran personas de todos los medios involucradas en
aventuras que usted mismo, señor, a pesar de su imaginación, le habría sido
difícil elucubrar.”
No olvidemos que desde 1945 entraron a los EE.UU por lo menos
140.000 cuadros de Utrillo, 9,428 de Rembrandt, 113,254 sanguinas de Watteau y
que la Mona Lisa de enigmática sonrisa (La Joconda) ¡existe en 24 ejemplares en
América del Norte! En algunas de esas telas, sonríe francamente: está pintada
desnuda. En ese cuadro, sólo la sonrisa es auténtica.
No olvidemos, sobre todo, que la pintura falsificada es, en su
mayor parte, una industria esencialmente francesa....
Hacia 1960 un marchand de cuadros parisiense se embarcó para
Nueva York con un centenar de copias de Corot, de Manet y de Monet.
Poco tiempo antes de su llegada, un cómplice avisó a la aduana
neoyorquina que ese marchand iba a tratar de introducir clandestinamente en los
Estados Unidos cuadros auténticos declarados como falsos.
A la llegada, los aduaneros echaron el guante al marchand. Éste
protestó cortésmente que sólo se trataba de copias, las cuales serían vendidas
como tales. Los expertos de la aduana no creyeron a este hombre que hacía
protestas de su buena fe. Y para demostrarles que estaba equivocado en tomarlos
por imbéciles, examinaron esas telas con la lupa de su convicción y, como
resultado, autentificaron sesenta de las cien copias.
Suprema astucia del marchand: bajó la cabeza y pagó una fuerte
multa, es decir los impuestos aplicados por la ley americana a una obra
auténtica. Pero seis meses más tarde, había cobrado casi siete mil millones de
francos por la venta de sus copias, verdaderas falsificaciones que se habían
convertido en falsos auténticos gracias a los certificados de la aduana
neoyorquina.
Poco tiempo después de la aparición del libro, un gran
coleccionista parisiense me contó la historia siguiente, de la que fue
protagonista.
La escena tiene lugar en un remate. Se presentan las telas de un
pintor recientemente fallecido. Su viuda, apremiada por urgencias económicas,
vende las últimas obras de su marido. Aprovecha la oportunidad para informar
que algunos otros cuadros, vendidos desde hace varios años, pueden ser
falsificaciones y que solamente ella puede decir sin riesgo que tal o cual
otra tela de su pobre esposo es realmente obra de él... Varios dueños de cuadros
la rodean. Entre ellas, el coleccionista en cuestión presenta un pequeño
cuadro. La viuda, echándole apenas una rápida mirada, expresa: “Señor, esa tela
no pudo haber sido realizada por mi finado esposo... ¡Es una falsificación, y
una burda falsificación!”
En ese momento, el coleccionista saca de una carpeta una carta
de puño y letra del pintor, escrita varios años antes. En esta carta, el
artista explicaba las razones financieras muy particulares por las cuales
vendía ese cuadro... sin que su esposado supiese, pues tenía una amante que lo
arruinaba. Esta carta, más eficaz que el más auténtico de los certificados, era
irrefutable.
El coleccionista había prometido guardar silencio mientras el
pintor viviese. Concluyó:
“Señora, vea esta carta: es su propio esposo quien me lo
vendió.”
Se hizo un silencio molesto. Y la viuda, sin perder en absoluto
su serenidad. dejó caer esta frase espléndida:
“Pensándolo bien, señor, es posible. ¡Pero créame, es su peor
cuadro!”
La viuda olvidaba simplemente de señalar que ella era tan sólo
la tercera esposa del pintor y que cuando éste bastante disminuido, se había
casado con ella, prácticamente había dejado de pintar. Y el cuadro en cuestión
había sido pintado bajo el reinado de la segunda esposa, cuando la tercera sólo
era la amante...
Como se ve, la pintura también es una jungla.
En ella, la lucha no es con estilográfica, la lucha es con
cuchillo.
Después de Madame Carole, un muy alto funcionario (a quien
evidentemente no puede nombrar, pero es un lector fiel y exigente) me envió
estas líneas que llevan la fecha del 11 de julio de 1970 y que me parecen de la
más palpitante actualidad: “ ...Es un consuelo saber que a pesar de los
políticos moralistas, las 'casas' de otrora han subsistido en los hermosos
barrios. Para un conservador como soy, esta fijeza es tranquilizadora aunque,
prácticamente no sea explotada.
“Sin embargo, le haré dos observaciones.
“Cuando usted cita precios, da cifras exorbitantes: ¡va a hacer
subir las tarifas!” (Apreciemos de paso la preocupación del funcionario por
luchar contra la inflación) .
En calidad de vecino del barrio de la Medeleine, cuya reputación
en este aspecto es harto conocida, ¿sabe usted que Casanova alquilaba una. casa
por la cale de J'Arcade? Aunque haya sido abate y doctor en derecho canónico,
no debía ser para entretenerse en lecturas piadosas...”
Jacques Chastenet, eminente académico francés e historiador que
supo hacer revivir la lila República, me escribió que “Madame Carole Era una
sabrosa contribución a la historia de nuestro tiempo”. Pero la carta que
prefiero es la de una lectora tolosana: ...”Iba a escribir mis Memorias y usted
se adelantó. Es como para creer que me conoce. Su libro es el relato auténtico
de una cierta parte de mi vida. ¡Es increíble! Todo está relatado, hasta la
muerte de mi pobre y querido esposo que se mató en automóvil en VTFD. Desde
luego, sólo se hallo en su libro los grandes momentos de mi existencia, el
largo período en que estaba en contacto con la encopetada clientela que era la
mía. Piense que soy la más vieja sacerdotisa de los amores ocultos de mi buena
ciudad de Tolosa. No soy “Madame Carole”, soy Jamie, del Mylord l'Arsouille.
Lamentablemente, la edad, los achaques me han obligado a ceder el turno, . . Y
en mi retiro, quise escribir mi vida, la de antes de ocuparme de organizar la
galantería, en la época en que era una de las más hermosas muchachas de Tolosa.
Usted es quien escribió ese libra. Es verdad. Puede controlar lo que le digo.
¿Quién no conoce, en Tolosa, a Mamie del Mylord l'Arsouille? ¡Formo parte de
los monumentos!”
Gracias, querida lectora, a usted a usted a quien no conocía. Y
tomé nota que la espléndida catedral de Saint—Sernin y el grandioso Capitolio
tenían que cuidarse: ¡para las visitas, hay competencia!
Después de Una cierta señora recibí una carta patética que exige
el anonimato. Esta novela plantea el problema de un varoncito criado como una
niña por su madre y que, después de un tratamiento hormonal y una operación se
convierte en...una mujer. Quiérase o no, los transexuales existen, yo no los
inventé. Y su situación en la sociedad, que hace reír a los tontos es, en
realidad, un drama. Esta carta me dice: ... “Demasiado afeminado para conservar
un empleo de hombre suficientemente remunerativo, y demasiado orgulloso para
exhibirme u ofrecer mi cuerpo, me arrojé bajo un camión en la ruta nacional 7.
Me esquivó echándose contra el muro de enfrente. Al salvarme, el chofer se
mató, fijando en mi memoria esa visión de horror para el resto de mi vida. Ese
hombre tenía 26 años, estaba a punto de casarse. Aunque no se me molestó, viví
desganado durante dos años, enviando un poco de dinero a los padres de ese
muchacho cuyo domicilio conseguí —con mucha dificultad— en el hospital. Terminé
por casarme con una joven a quien me esfuerzo de colmar de atenciones y cariño.
Pero no es eficaz y se impuso el deber de no abandonarme. Nuestras relaciones
físicas son dificultosas pero con el tiempo y su comprensión, pude darle un
hijo. Es horrible. Me casé con esta mujer para salvar las apariencias, creyendo
que tendría una vida normal. Lamentablemente... Siento en mí una doble
personalidad y, para decírselo todo, prefiero, aunque ello parezca monstruoso,
“sentirme mujer” que sentirme hombre. A los treinta años, después de haber
provocado la muerte de un hombre, después de haber arruinado la vida de una
mujer, tengo la impresión de ser un sepulturero.
Me obsesiona la idea del suicidio. Confieso que estoy esperando
la terminación de los trámites de una póliza de seguro de vida a favor de mí
mujer y de mi hijo para desaparecer accidentalmente. Y esta vez, tengo que
lograrlo, para expiar. Pero antes, quería agradecerle de haber escrito ese
libro...”
—Tu público es sobre todo femenino: casi el sesenta por ciento
de tus lectores son lectoras. ¿No te obliga a elegir temas determinados,
recalcar preocupaciones de la mujer?
—De ninguna manera. Primero, si bien me leen muchas mujeres,
sus maridos, sus amantes también me leen. Después de ellas. Lo atestigua la
correspondencia que recibo. Hay que decir que ser leído por las mujeres da la
oportunidad de ser leído por los hombres. La inversa es mucho menos frecuente.
No es porque las mujeres suelen tener más tiempo para leer que sus compañeros
masculinos. Desdichadamente —digo bien: desdichadamente— las mujeres trabajan
cada vez más. Pero tratándose de novelas, están tal vez más dispuestas a la
evasión, a la necesidad de distraerse y de pensar en otra cosa que los hombres.
Si en todos mis libros (excepto en El Oficial sin nombre) hay
mujeres, es porque ellas me parecen mucho más apasionantes que los hombres. Sus
cualidades y sus defectos son minas de oro para los novelistas. Y todavía no
se ha leído una gran novela sin una mujer presente al filo de las páginas, ya
sea esposa, amante, madre, colaboradora, amiga o enemiga. Como me agrada la
mujer, traté de pintarla. Esto me dio heroínas y lectoras. Muchas lectoras,
pues las mujeres más femeninas adoran observar, analizar y juzgar a sus
semejantes. Son ellas quienes, furiosa o contentas, me envían las cartas más
comprometidas.
Y si he tratado ciertos problemas que atañen sobre todo a las
mujeres, es por una razón novelesca: es porque esos problemas tienen una
enorme influencia sobre los hombres cuya vida comparten o con quienes se cruzan
diariamente.
Hace cinco años, una lectora —tenía apenas veintidós— me
escribió para sugerirme un libro acerca de la cirugía estética. “Yo era fea, me
decía. Hice modificar mi rostro. Me volví linda pero hasta ahora, ello no cambió
nada en mi vida. A lo sumo perdí un pequeño complejo. Y hoy me pregunto si
valía verdaderamente la pena. Tal vez halle usted en esto material para un
libro”.
Esta carta era impactante. Representaba la síntesis de una
obsesión femenina muy actual y que lo es siempre, aunque más discreta que las
pretendidas voluntades de independencia gritadas por las pasionarias del M. L.
F.: la necesidad de sentirse bella.
Sí, había allí material para un libro. Escrito después de varios
meses de investigaciones y gracias a la ayuda de un gran cirujano muy conocido
en el ambiente cinematográfico y teatral, ese libro es La Insolencia de su
belleza.
Me permitió comprobar que la fealdad —por lo menos la idea que
las mujeres tienen de ella— no conoce las fronteras de la edad, ni las del
medio social, ni aun las del dinero. Evidentemente, no puedo revelar secretos
de orden profesional pero la clientela de los especialistas en cirugía estética
suele ser sorprendente. Y la escala de tarifas no excluye que una persona de
recursos modestos pueda, haciendo sacrificios, realizar una operación estética.
Desde luego, para aquellas que gozan de mayor fortuna, el centímetro de piel
nueva tiene un precio exorbitante. Es, si me atrevo a decir, una cuestión de
aspecto...
Los carteles, las revistas, la publicidad eliminan la fealdad al
ponderar únicamente la belleza. Una belleza al alcance de todas, o casi. Sin
embargo, las mujeres corren así un enorme riesgo del que prácticamente jamás
se habla: sacrifican su personalidad.
Para una estrella de la grande o de la pequeña pantalla resulta
particularmente delicado. Se hace rehacer la nariz, su rostro es más armonioso
pero le falta un no sé qué de encanto y de carácter que tenía antes de haber
sido sometido al bisturí. Esta mujer que tenía la ventaja de ser una linda fea
sólo se ha convertido en una belleza desabrida, apagada. Y para vengarse,
generalmente, esa mujer se dice: “Es un fracaso. El (el cirujano) fracasó
conmigo”. Evidentemente, no lo gritan a voz en cuello. Pero hacen mal. Antes
tenían un rostro interesante. Y eso es siempre más atrayente que la belleza.
Ahondando mi encuesta descubrí una reacción femenina curiosa:
una mujer que se ha vuelto hermosa deja con frecuencia de ser amable, graciosa,
agradable.
Es sorprendente pero es más frecuente de lo que se piensa. A
priori, por fin colmada, liberada de una angustia sorda, descomplejada, la
nueva mujer tendría que ser feliz, por lo tanto agradable. Pues no: se venga de
haber sido fea.
Uno de mis amigos que dirige un laboratorio de análisis tenía
una hija que no era especialmente linda. Pero sus ojos, espléndidos, iluminaban
totalmente ese rostro poco bello. Ella tenía un complejo estúpido,
incontrolable y obcecado como todos los complejos. Su padre terminó por ceder
(ella era menor de edad: la operación requería el consentimiento de sus padres)
. Le hizo remodelar el rostro.
Fui uno de los primeros en verla después de la operación.
Técnicamente, ésta había sido exitosa. Psicológicamente, era una catástrofe:
¡la joven se imaginaba ser otra y particularmente Greta Garbo! Se había vuelto
odiosa, llena de pretensiones. Y creo que fue a causa de ese resultado
imprevisto que di a mi libro el título, no sin cierta maldad, La insolencia de
su belleza.
A riesgo de provocar protestas de parte de los cirujanos
especialistas en estética —nadie puede reprocharles que intenten dar
satisfacción a sus pacientes diré a las mujeres que sienten la tentación de
hacerle trampas a la Naturaleza, es decir a ellas mismas: ¡permanezcan tales
como son! Ese es el encanto que ustedes tienen. No olviden que la belleza
suele ser molesta. Y no me digan que es el hombre de vuestra vida quien les
pidió que se sometan a esa operación. Si las ama, es por lo que son, no por lo
que podrían llevar a ser.
Hay hombres a quienes esas mutilaciones vuelven furiosos y que
hasta llegan a pedir el divorcio por esa razón. Los comprendo. Hasta uno de
ellos me escribió una carta colérica y muy sentida a este respecto. Se trata
del duque de Lévis—Mirepoix, de la Academia francesa, historiador escrupuloso
y lector fiel. Este hombre exquisito me confesó, así, el 11 de julio de 1972:
“... ¡No perdono a su cirujano de haber disminuido el busto de su heroína! ¡La
amplitud de esa coraza que gusta del peligro, es la gloria y el sabor de la
femineidad! ¡Magnificarla, sí! ¡Disminuirla, jamás!”
Qué elegante manera de decir “¡Viva los senos grandes!”
En fin, a menudo tenemos la tentación de decir: “¡Qué hermosa
pareja¡” ante dos seres espléndidos. Pero la belleza asociada a la belleza no
es un seguro contra todo riesgo. Personalmente, jamás comprobé que dos seres
muy hermosos hayan vivido felices juntos durante mucho tiempo. ¿Tal vez porque
están centrados tan sólo sobre su belleza y sobre el efecto que produce?
—Pero todas esas cartas, esas confidencias te transforman un
poco en confesor...
—¡No tengo nada de un vicario escuchando a sus fieles! Esas
cartas constituyen mi alegría. Con las sesiones de firmas de libros constituyen
el único medio de tener un contacto con el público. Esas cartas son
maravillosas de franqueza y de pudor. Por cierto, a la gente le agrada contar
su vida. Y con frecuencia, nadie está allí para escuchar. De ahí el éxito de
las emisiones de “radio strip“.
Durante varios meses, en compañía de la periodista Daniele Lord,
participé en el famoso programa de televisión “Un hombre, una mujer”. Daniel
Lord entrevistaba a los hombres, yo escuchaba y hablaba con las mujeres.
Todas y todos buscaban un compañera o una compañera en la vida.
Ese programa podría haber sido espantoso, de mal gusto, triste.
Fue emocionante, veraz, bienhechor. Se han burlado de él, se han burlado de su
éxito. A mí, ese éxito no me sorprendió. Como la soledad es lo que más existe,
significa que mucha gente se interesa.
No se han dicho —pues a menudo era delicado— los dramas ocultos,
los episodios pintorescos vividos por las personas que se confiaron a nuestro
micrófono. Desde el sacerdote en harapos hasta las mellizas en pos de marido,
pasando por la institutriz que sufría de no tener hijos después de haber
educado los ajenos, era la vida de todos los días, impulsos magníficos, gestos
irrisorios, en fin hombres y mujeres.
Algunos eran lectores. No siempre. Pero charlando con ellos,
tratando de identificarlos lo más fielmente posible, reconocí a mí público:
personas a quienes ocurren muchas cosas, a menudo increíbles y las cuales nos
cruzamos todos los días, es decir, protagonistas de novelas.. .
Después de El Donante, la actualidad volvió a superar a la
ficción. El 7 de julio de 1973 se supo la noticia que Margaret Tuttle,
encantadora esposa de un detenido británico, protestaba porque el ministro
inglés del Interior le rehusaba “la paternidad por correspondencia”. En claro:
las autoridades prohibían al prisionero de tener con su esposa un hijo por
inseminación artificial. Motivo: la ley inglesa prohibe toda relación sexual
entre esposos cuando uno de ambos o ambos están detenidos.
El donante se convirtió en un personaje de moda y el término
tomó un sentido muy diferente del de soplón en una novela policial. Los
franceses descubrieron con sorpresa que desde hacía varios meses ya funcionaban
bancos de esperma instalaron en los grandes hospitales. Reemplazan
oficialmente a los “artesanos”, bienhechores anónimos que pertenecen a la
prehistoria de la inseminación artificial. ¿Tema escandaloso? ¿Tema escabroso?
Francamente, no lo creo. Tema delicado e insólito, ciertamente. Pero tema
verdadero e inédito. Y sólo por eso me pareció interesante. El escándalo no me
interesa pues, por definición, es temporario y provisorio. Mientras que al
tratarse de la condición humana, aun bajo sus formas más inesperadas, me parece
que todavía no lo hemos conocido ni visto todo.
Estudié en la forma que los estudié, todos los casos patológicos
en torno de los cuales construí historias.
—De todas maneras siempre eliges casos extremos, raros. ¿No te
parece que es un poco fácil?
—¿Fácil? ¡Quisiera verte! La novela novelesca tal como me gusta
no es, contrariamente a lo que se piensa, la “novela con agua de rosas”. ¡Es
todo lo contrario) No se hacen buenas novelas con buenos sentimientos. Las cualidades
de las mujeres y de los hombres son mucho menos interesantes que sus defectos.
Cuando digo defectos, entiendo el término en su más amplia acepción. Tanto
puede tratarse de atavismos como de accidentes, de pequeñas mezquindades como
de grandes defectos. En resumen, todo lo que constituye un carácter. Y todos
sabemos que aquellos que tienen carácter —es decir, mal carácter— son más
interesantes que los demás.
Yo no pinto tipos humanos aislados. Es el hecho de ponerlos en
una novela lo que los aísla. El donante es un hombre que hace niños para los
demás. Dista de ser rarísimo. No tengo por qué decir si está bien o si está
mal. No soy moralista, ni filósofo ni médico. No exploto los defectos del
corazón y del cuerpo humano. Sólo sé que en una novela, las cualidades son como
la belleza sin encanto: pronto se vuelve aburrida. Y Bernard Shaw ya lo dijo:
el aburrimiento es un crimen.
Yo pinto a los de mi época y no abro juicio sobre ellos.
El Donante sorprendió a algunos de mis lectores. En efecto, es
un tema sorprendente. He aquí una carta fechada de agosto de 1973. Es anónima
y sin firma. Por lo tanto la cito íntegramente:
“Fieles lectoras de sus novelas, que siempre hemos leído con
renovado placer compramos El Donante con toda confianza, seguras de estar
satisfechas. Profundamente decepcionadas por la historia de esa pareja odiosa
que usted aceptó de hacer publicar con su nombre (y es lo que más lamentamos),
no queremos conservarlo en nuestra. biblioteca, en la que sin embargo figura
casi la totalidad de sus obras, no obsequiarlo a una biblioteca municipal como
lo hacemos algunas veces, por temor que haga más daño que bien. Le enviamos
pues este ejemplar persuadidas que su amigo Luciano Mardoux, alias Adolfo o
Menelao, sabrá, él, obtener un pequeño provecho pecuniario, se entiende...
naturalmente. Tal vez ignora que es mucho más sencillo (y sobre todo más limpio,
en vista de la despreciable finalidad que buscan esta Adriana y este Luciano:
el dinero) de hacer lo que con frecuencia hemos visto hacer en torno a
nosotras: la adopción de un niño abandonado.
“Un grupo de mujeres, algunas casadas, otras solteras, que en
ningún caso querrían recurrir a ese procedimiento vulgar de inseminación.
“Adjunto: un ejemplar de la mencionada novela.”
Señoras, señoritas, permítanme agradecerles por la “mencionada
novela”. Es la primera vez que me devuelven un ejemplar. Habitualmente, es
para que le ponga una dedicatoria. Y prefiero por mucho esa “devolución al
narrador” que la donación a una biblioteca municipal. Las bibliotecas son, en
efecto, lugares que no les gusta mucho a un autor. En la nobleza de un libro
—hablo del objeto— hay algo muy bello que explica que se lo compre o hasta que
se lo robe. Pero prestar un libro por una suma irrisoria o gratuitamente, lo
considero casi un insulto. Y una trampa: el lector no toma así ningún riesgo.
El editor y el autor, ellos, tomaron algunos riesgos de desagradarle... Ves:
hay una frase terrible, la de un lector que le dice: “No me gustó su libro. No
haré ninguna propaganda del mismo en torno mío”. Pero hay una frase aun más
terrible. Hay personas que dicen: “Lo leo gracias a los préstamos de la
biblioteca de mi barrio. ...”
Ustedes me dirán que los libros son caros. No tengo nada que ver
en ello y los míos están entre los menos caros. Y formo parte de los autores
que tienen un público inmenso en las colecciones de bolsillos, es decir, a
precios accesibles para todos.
Dicho esto, ustedes tienen derecho a que el libro no les haya
gustado. Mi derecho, como novelista que pone en escena personajes
contemporáneos, era estudiar el donante. Ustedes escriben que la inseminación
artificiales es un procedimiento escandaloso porque “se funda sobre dinero y
que es más sencillo hacer lo que ha visto hacer en torno suyo: la adopción de
un niño”.
No sé si tienen la felicidad de tener hijos. Si, desdichadamente,
la naturaleza las privase de esa dicha, sepan muy bien esto: la adopción de un
niño jamás es simple. Es grave, es magnífico. Salvo accidentes, la
responsabilidad del éxito o del fracaso de la adopción incumbe a los “padres”.
En los años 1960 un caso de gran repercusión llamó de pronto la atención del
público acerca de ciertos malentendidos que, a pesar de draconiana
precauciones, podían deslizarse en el fenómeno de adopción. Se trataba de una
joven cuyos padres habían adoptado pensando en su propio interés en vez de
pensar en la felicidad de ella. Ese drama terminó con un crimen. Este
consternador caso me emocionó, así como a todos quienes se enteraron del mismo
y, excúseme si me cito, le consagré un libro, La Rebelde. No, la adopción jamás
es sencilla. Ustedes dicen haberla visto hacer en torno suyo. Si ustedes mismas
hubiesen adoptado un niño, no hubieran podido escribirme diciendo que era
simple.
Finalmente, ni ustedes ni yo podemos evitar de comprobar lo
siguiente: gracias a la inseminación artificial, uno de los dos “padres”, por
lo menos es un ascendiente verdadero del niño: la madre. Por lo tanto existe,
de todos modos, un lazo de sangre, indiscutible, natural, aún si fue creado
artificialmente. Y ese lazo, aun la adopción más perfecta no puede
establecerlo. Es la razón por la cual centenares de parejas —millares en los
EE.UU. y en el Japón— prefieren, si pueden y a pesar de los inconvenientes que
usted adivina, recurrir a ese procedimiento que usted califica como vulgar.
Permítame decirle que no hay nada vulgar para una pareja que ve en esta solución
la última esperanza. Por eso pienso que el profesor adjunto David, director
del banco de esperma del hospital Bicetre declaró: “La inseminación artificial
corresponde a una necesidad creciente. En numerosos países tiende en gran
parte a substituir la adopción”. (Le Quotidien du médecin, 22 de junio de
1973.)
Ustedes no son las únicas, queridas lectoras, en no apreciar ese
personaje extraño. Recibí de Manouche —aquella de quien Roger Peyrefitte
escribió la biografía— una tarjeta postal de Córcega. Acababa de anunciar su
próximo matrimonio el cual, poco tiempo después se supo sólo era una falsa
noticia. Me escribía: “¡Oh! isla de amor! Mi prometido, Pascal Tambourini, está
en plena virilidad. ¡No necesito donante!”
Ya ven...
Terminaré asegurándoles que, en una novela, no estoy ni a favor
ni en contra de nada. Una vez más digo: la misión del novelista no es juzgar.
Es contar una historia y describir personajes.
—Es un tema actual. Al elegir temas “en la actualidad”, ¿no
corres acaso el riesgo de marcar una época y llegar algún día a pasar de moda?
—Primero, hace siete años que pensaba en el donante y que sabía
que algún día haría un libro con ese tema. ¡Además, no tengo la pretensión de
escribir para la eternidad! Ya tengo la suerte de escribir y de tener lectores
desde hace casi treinta y cinco años. Hoy en día me leen los hijos de mis
primeros lectores. Franquear el temible umbral de una generación, ya es mucho.
Casi el cuarenta por ciento de mis lectores tienen menos de veinticinco años.
Es maravilloso. Tener lectores de casi todas las edades —casi digo porque no
soy Tintín— resulta un consuelo. Al envejecer, permanezco siendo joven. ¡No me
siento ex combatiente de la pluma¡ Además, es una fuente de feroces envidias...
No trato problemas solamente actuales, es decir demasiado
vinculados con determinada época. Si así fuese, un libro como La Impura,
historia de una modelo que contrae la lepra y que fue publicado en 1946, hace
por lo tanto casi treinta años, no se seguiría vendiendo con regularidad. Ahora
bien, mis lectores fieles no siempre me han leído por orden cronológico. Con
frecuencia, hasta terminan por los primeros libros. ¡Si debo juzgar por sus
reacciones, no tienen entonces la impresión de leer un texto que se remonta a
la época merovingia!
Por detrás de un tema actual me esfuerzo en plantear verdades
eternas: las del corazón. Y creo que no existe auténtica aventura novelesca si
la trama sólo se encadena sobre datos históricos demasiado precisos. Tal vez
hagan falta, pero también hace falta, y en gran medida, un resorte sólido como
los celos o la venganza, es decir un sentimiento que ha hecho correr mucha
tinta ya, y que hará correr todavía toneladas de ella. Las leyes del corazón
explican que la novela sea el género literario que posee mayor número de
tentativas y el público más numeroso. Es una novela, el corazón no envejece,
no tiene fecha fija. Siempre habrá alguna Madame Bovary, Climats, el muy bello
libro de André Maurois tiene por marco los años 1925. Pero su psicología del
hombre frente a varias mujeres es eterna. Alguien escribió: “El novelista debe
tratar de exponer, bajo un aspecto eterno, los aspectos cambiantes de la época
en que vive”. Ese alguien es un gran señor y un gran novelista, con seguridad
el más leído de los novelistas novelescos de la primera mitad del siglo XX. Es
Pierre Benoit. Puede sorprender a algunos y hacer sonreír a otros, pero
siempre se lee La Atlántida, La Castellana del Líbano, Koenigsmark, es decir
libros que fueron publicados entre 1919 y 1929. Libros en los cuales, en un
ambiente moderno, encontramos sirenas y sílfides. Libros que resistieron a la
prueba de la guerra que, como todas las guerras, desmovilizó y llevó al retiro
literario a numerosos novelistas.
—A menudo te compararon con Pierre Benoit. ¿Estás de acuerdo?
—Esa comparación se hizo porque se tiene la manía de los
rótulos. A mí no me corresponde decir si es justificada. No reivindico ese
parentesco (por otra parte, no reivindico ninguno). Tampoco lo rehuso, pues me
complace.
En realidad, nuestro mayor punto de comparación es quizás la
cantidad de libros que hemos publicado. Pierre Benoit escribió cuarenta y seis
novelas. Yo publiqué treinta y tres actualmente tengo unas diez en la mente.
Este parentesco me complace porque Pierre Benoit era un mago del
relato, un gran cuentista y un escritor auténtico. Como yo, fue descubierto y
lanzado por Francis Carco. Con respecto a mí, fue el más indulgente de los
escritores de le generación anterior a la mía. El creador de Antinea me
recibió en una oficina de La Revue des Deux Mondes después de la aparición de
La Impura. Entrevista inolvidable para el debutante que era yo. Me dijo:
“¿Es usted Guy des Cars? Leo poco, pero sé leer. ¡A usted, le he
leído¡” (Jamás escuché, de parte de un escritor consagrado, un elogio tan
extraordinario.)
“Usted logró, prosiguió, contarme en su Impura que un pastor
protestante, una gran modelo parisiense y un tenor italiano de la Scala de
Milán comían un Christrnas pudding una noche de Navidad mientras un misionero
tocaba el armonio, todo ello en una isla perdida del archipiélago Fidji... ¡Lo
más extraordinario es que lo creí!”
Querido Pierre Benoit... ¿Habrá sospechado la alegría que me
proporcionó aquel día?
Más tarde también me dijo: “Jamás escribí una línea sin haber
pensado en su tema durante las tres cuartas partes del año. ¿Una idea? La anoto
al vuelo. ?Un detalle de paisaje, una frase, una palabra? Los anoto. Y poco a
poco, el conjunto toma cuerpo... Hago un plan minucioso, capítulo por
capítulo. Sé por adelantado lo que va a suceder, que necesito tantas páginas...
No es por casualidad que los cantos de La Eneida, que las obras de Recine
tienen sensiblemente el mismo número de versos, la misma duración... Mi libro
está terminado. Entonces, me lo relato a mí mismo. Lo escribo, su usted
prefiere. Siempre me esforcé por tomar al lector por el brazo. El lector es un
prisionero cuya evasión es necesario favorecer, aún sin que él lo sepa.”
Suscribo íntegramente esta confesión. Jamás se debe olvidar que
escribir es un oficio.
Lo que dice Pierre Benoit es otra manera de decir que el
novelista trabaja todo el tiempo, sobre todo si no parece estar trabajando. Y
no puede ser de otra manera: la novela es la vida, y la vida no se detiene. Un
crítico americano me preguntó si yo trabajaba más bien por la mañana que por la
tarde. Le contesté que para un novelista esto no tiene importancia. La novela
no nos deja. No tiene horas ni vacaciones. Nos tiene maniatados. Salvo cuando
está terminado. En ese momento, ya no nos pertenece.
—Cuando se examina tus informes literarios, se lee: “Treinta y
tres novelas en treinta y cinco años, casi veinte millones de ejemplares
vendidos, decenas de traducciones extranjeras. Un francés de cada veinte lee a
Guy des Cars...” Todo esto es un poco la impresión de fábrica, de trabajo en
cadena. No te agrada que hablen del “fenómeno Guy des Cars”. ¿Por qué?
—¡Porque no soy un fenómeno! ¡Para un novelista no hay nada de
fenomenal en escribir novelas! Y no es fenomenal escribirlas regularmente...
Regularidad no quiere decir superproducción. Se está más o menos bien inspirado,
es cierto. Hay autores que dan un libro de vez en cuando. Creo que es más
peligroso no publicar nada que publicar un libro que tiene menos éxito. Se
puede perder la mano muy pronto. Cada lector es una cita perpetuamente
postergada al libro siguiente. Y no hay Que creer que con el tiempo y la
experiencia sea más fácil. Si uno no se renueva haciendo la misma cosa, no
dura. El público aguarda a la vuelta de la esquina. Graham Greene declaró hace
poco: “Escribir una novela no se vuelve más fácil cuando se envejece.” Yo
agregaría: “Es cada vez más difícil.” Seducir es más fácil que retener. ¡Y no
me hables de trabajo en cadena! Tú estás situado mejor que nadie para, saber
que no soy una oficina de escribir donde colaboradores oscuros me preparan la
tarea, ni una sociedad anónima. Algunos críticos creyeron poder decir: “¿Guy
des Cars? ¿Cuántos son? Varios: ¡de otra manera no es posible!” Pues bien, sí
es posible y felizmente no soy el único en el caso. Infórmense, señores: soy un
artesano.
Todavía hay artesanos en la República de las Letras.
¿Cada vez menos?, dicen. Me extrañaría. Pero en ese caso, los
novelistas son tal vez los últimos...
—¿Qué es el éxito, para ti?
—Como para todo el mundo: es agradable y muy engañador. Hace
varios años, durante un viaje en Alemania, me alojé en Munich en un hotel muy
célebre: el Bayerische Hof. El director de la gran revista alemana Quick me
había invitado para proponerme de escribí; un libro especialmente para sus
lectores. Por otra parte, eso no pudo realizarse pues soy incapaz de escribir
un libro a pedido. Pero en fin, como en Alemania todos mis libros están
traducidos y tengo un público fiel, había aceptado el viaje.
En ese hotel me habían reservado un departamento —suntuoso, debe
decirlo—. En el medio de la sala lucía un gigantesco ramo de rosas, acompañado
por la tarjeta del director... Era amable, pero un poco insólito: ¿flores, para
un hombre? ¿Rosas rojas? Ahuyenté mis escrúpulos pensando que tal vez se
trataba de una costumbre. Después de todo, en Tahiti...
Diez minutos después de mi llegada, el camarero de piso trae...
un nuevo ramo de rosas. Con los saludos de un periodista. Yo estaba perplejo.
Al Tercer ramo —tenía la impresión de estar es un invernadero— decidí llamar al
conserje para saber a qué atenerme. Todos estos ramos enviados por hombres se
me volvían muy molestos. Las flores, tengo la costumbre de obsequiarlas, no de
recibirlas. No me pudo dar ninguna explicación, pero me prometió averiguar
inmediatamente. Cuando llegó el cuarto ramo —una verdadera cesta—, yo ya estaba
al borde del pánico. Pero la tarjeta que lo acompañaba era aún más inquietante:
decía simplemente: “¡Gracias por todo y bravo!” ¡Qué quieres, lectores así no
se los ve todos los días! La Callas habría sentido envidia de mi: mi saloncito
se asemejaba a un palco de la Opera en una noche de gala.
Por fin apareció el director. Lo “recibí, enloquecido de rabia,
de todos modos: esos perfumes vaporosos volvían el aire irrespirable. El pobre
hombre adoptó una actitud muy “director afligido”:
“¡Herr des Cars!”, empezó a decir, desolado, las flores no son
para usted. Es un estúpido error, Voy a hacerlas llevar de vuelta,”
¡Entonces, sufrí una decepción!
“¡Ah! ¿Y a quien estaban destinados?, pregunté, lamentándome.
—A su compatriota Martine Carol, que ocupaba este departamento
anoche y que tuvo que marcharse precipitadamente...”
Desde entonces, desconfío de todas las flores, incluyendo los
laureles.. .
¿Estás contento de nuestras conversaciones?
—Siempre estoy contento de charlar contigo.
—¿Me dijiste la verdad?
—Contesté a tus preguntas. En fin, me parece.. .
—Seguramente tienes algo que agregar... ¡Jamás te vi no tener la
última palabra!
Tendría mil. Pero en ese fárrago, hay un recuerdo que me parece
más gracioso que los demás.
—Ya me lo decía yo. . .
—...Uno de tus tíos, abogado, había instalado su estudio en los
antiguos locales de una gran casa de moda. Y un día tuvo la buena idea de
hacerme visitar las habitaciones del último piso, donde habían estado los
talleres del modisto. Hasta tuvo una idea aún más delicada: me dejó solo en
medio de ese pasado, en ese museo insólito y, felizmente, ignorado.
Tengo la impresión que aquel día me había tendido una trampa
amistosa, convencido que ese lugar en el que flotaba un perfume de tiempo
perdido excitaría mi imaginación.
Caí en esa trampa. Y allí, tampoco pude resistir a la necesidad
de borronear cartillas. Esas impresiones podrían titularse: El desván de los
recuerdos.
Otrora... Un otrora que no es tan alejado ya que coincide con mi
infancia, las elegantes —y hay que incluir en esta denominación envidiada a
las mujeres de mundo y de medio mundo, a las majestades reinantes y a las
reinas en exilio, a las esposas de presidentes y a las princesas lejanas, a
las embajadoras y a las extranjeras de calidad, a las antiguas y las nuevas
ricas con cuentas bancarias bien provistas —iban con muy poca frecuencia a la
casa del “gran modisto” para asistir a lo que aún hoy llama una presentación de
colección. Todas esas hermosas damas preferían permanecer en sus casas, en sus
suntuosas residencias del faubaurg Saint— Germain o sus lujosos departamentos
del barrio Monceau, esperando que “el gran modisto” viniese a visitarlas.
Con frecuencia, esa visita coincidía con “el día” habitual de
recepción de una de esas señoras de calidad. Sus amigas recibían entonces
tarjetas con la leyenda, permanentemente grabada y en letra cursiva, para toda
la temporada, y que resumía la principal actividad de la dueña de casa: “La
marquesa de X... recibirá todos los primeros martes del mes, excepto los
martes de cuaresma”, o bien esta otra: “La señora Y... estará en su casa todos
los terceros viernes del mes, de octubre a mayo incluidos, excepto el viernes
santo.”
Esos cartoncitos significaban que, los días fastos, esas damas
reinarían en sus moradas frente a tazas de té, copiosamente acompañadas con
deliciosas masitas de Latinville o suculentos “petit— fours” envueltos en
papel plegado que llevaban la marca Aux Delices.
Y las ex amigas de colegio o las esposas de los amigos de sus
esposas —para quienes ese momento solía ser el del cinco a siete— vendrían a
deleitarse bajo los tapizados dorados, charlando principalmente de la moda sus
fantasías.
Pero cuando el gran modisto venía a amenizar esos ágapes con su
turbulenta presencia, después de haber sido invitado por la dueña de casa, ésta
agregaba a mano en la tarjeta: “El señor X... nos hará el placer de presentar
su nueva colección.” Este solo anuncio bastaba para llenar los hospitalarios
salones de la gran dama.
Rodeado por todo su estado mayor que le permitía presentar sus
últimas creaciones en las mejores condiciones, el modisto se asemejaba a
aquellos mercaderes navegantes de otrora quienes, al volver de lejanos mares,
traían toda una pacotilla de brocatos, de oro, de collares resplandecientes y
piezas de géneros raros que presentaban en la corte de los señores deseosos de
ver renovar los atuendos de las damas que ocupaban su pensamiento.
Un gran modisto de aquellos juicios años que precedieron la
Primera Guerra mundial —y que hasta permaneció unos diez años después de la
hecatombe— tenía entonces un doble apellido con guión: se llamaba Deuillet—Doucet.
Esto se debía a que la casa había surgido de una brillante
sociedad: la del señor Deuillet y el señor Doucet. Dos hombres encantadores que
consiguieron reinar como amos absolutos y universalmente admirados, durante más
de un cuarto de siglo, no sólo en la alta costura francesa sino también en la
alta costura mundial ya que por aquella época existía una sola alta costura:
la de París. Se sabe que desde entonces Roma, Madrid, Londres, Nueva York y
hasta Tokio se convirtieron también en capitales de la mujer.
Pero entre 1895 y 1925, fecha hacia la cual se cerró la ilustre
casa, nadie pudo luchar contra Deuillet—Doucet. La casa de venta y los talleres
de la firma triunfante se hallaban en una arteria del centro de París, a medio
camino de los blandos estuches de alhajas de la plaza Vendome y de los grandes
cafés del bulevar des Italiens en los que se podía saborear, entre otras cosas,
tazas de untuoso chocolate mientras se miraba pasar el ómnibus
Madeleine—Bastille. El nombre de esta calle ya era sinónimo de lujo, de
elegancia y de refinamiento: calle de la Paix. Y en el número 19, casa de los
señores Deuillet y Doucet, todo era tan sólo lujo, elegancia y refinamiento.
Cuando estos dos hombres desembarcaban en la residencia de sus
clientas selectas, lo hacían con una pompa digna de los fastos de la “Belle
apoque”. Su amable cohorte se componía ante todo de “la primera” llamado Jeanne
Lanvin o bien Madame Bruyere. Luego venía el “maquetista”, llamado Paul Poiret
acompañado por el cortador que era el señor Worth o el señor Lelong. También
estaba “lo modista” titular, que tenía la delicada misión de completar los
modelos con prodigiosos sombreros y que respondía al nombre de Caroline
Reboux, Finalmente, estaba el imprescindible peinador que completaba la obra
presentada por los modelos acomodando los rizos —fuesen rubios, morenos o
pelirrojos— a las insaciables exigencias de la moda.
Este último personaje se llamaba señor Desfossé y generalmente
se trasladaba en bicicleta, ese “instrumento de transporte individual”, como se
decía entonces, que en aquella época de vehículos hiposos y de automóviles
flanqueados por cajas con neumáticos, era reservado para algunos privilegiados:
hermosas damas que deambulaban los domingos por la avenida des Acacias después
de la misa de diez en Saint—Honoré d'Eylau, o para campeones bigotudos, con
apretadas mallas rayadas que se aventuraban en lo que no era todavía el
peligroso recorrido de la Vuelta de Francia, inventada por el señor
Desgranges.
Después de la presentación de los modelos vestidos, por
”mannequins” vivas, todas esas damas transmitían sus deseos a los señores
Deuillet y Doucet, que iban de una a otra, con la libreta 49 pedidos en la
mano, Luego les sucedía “la primera” y “el cortador” que hacían una ficha
propia con las medidas de cada una. Es raro —aun en criaturas académicamente
perfectas— que la medida del talle no varíe de uno o dos. centímetros, de una
temporada a otra. Todo era controlado con el mayor cuidado sobre el “original”,
bien en carnes en aquella época, y no tan en huesos, para ser escrupulosamente
llevado, de vuelta al taller, sobre el “doble” de la Señora...
Ese “doble” no salía jamás de la calle de la Paix. Era un
maniquí relleno, posado sobre un trípode, que reproducía fielmente las
ventajas y los inconvenientes del busto de la clienta. De vez en cuando se
apercibe todavía, principalmente en las vidrieras de las modistas de pequeñas
ciudades de provincia, las siluetas rollizas y sin edad de esos maniquíes los
cuales, a pesar de la ausencia de cabeza, de brazos y de piernas, logran de
todos modos, gracias al milagro del busto, del porte y de las caderas, destacar
su propia personalidad. Un maniquí relleno se parece mucho menos a otro maniquí
relleno que una modelo de hoy, que solo tiene una finalidad: parecerse a todas
las demás modelos.. .
En ese desván, allí estaban frente a mí los maniquíes rellenos,
apretados los unos contra los otros en la penumbra, como si buscasen
constituir el último grupo de una elegancia desaparecida. Un centenar de
maniquíes rellenos que parecían burlarse de mí en su mutismo y en su
inmovilidad de granaderos de la moda, cuadrándose en sus recuerdos. Sobre cada
uno de ellos, a la altura del talle, retenida por una alfiler, había una
etiqueta con el nombre de la titular de aquellas formas moldeadas en una piel
clara de tarlatán. Por cierto, algunos de esos bustos, cuyo original debió
enloquecer muchas miradas, desaparecían bajo un polvo comparable al que recubre
las odaliscas de yeso que decoran los palcos bajos de nuestros teatros
subvencionados y en los cuales el plumero habrían olvidado de prodigar sus
caricias desde hace un siglo.
Pero bastaba, en los maniquíes rollizos del desván, con pasar un
dedo para hacer desaparecer el polvo y recobrar el brillo del tiempo en que
estas mujeres sin cabeza tenían conversaciones.
En las etiquetas amarillentas pude leer los títulos y las
cualidades de las distinguidas personas que habían servido de modelo. Así es
como “la señora duquesa de Alencon” tenía por vecina a la “princesa de
Merode”, quien a su vez estaba junto a la bella “Cleo”, que se había permitido
darse su nombre gracias a la complicidad amorosa de un rey. Así es como el
busto insolente de Lyane de Pougy estaba frente al, menos relleno, de Jane
Avril: era normal ya que, en vida se habían odiado... También estaba el “doble”
de la “infanta Eulalia” aplastado por el voluminoso, de su vecina, “Su Majestad
la reina Amelia de Portugal'...
De duquesa en reinas del medio—mundo, de princesas de sangre en
Scheherazadas de las Mil y Unas Locas Noches, con o sin grandes duques rusos,
todo el Gotha, toda la Guía social y aun los nombres más sublimes que todavía
leemos en las guías telefónicas se encontraban en ese desván que, después de haber
sido el desván del olvido, se convertía para mí, de pronto, en un emocionante
pequeño museo parisiense, tan apasionante como los bastidores de la Opera vecina.
Como esas mujeres no tenían rostros, imaginé darles uno. Aquel
al que los señores Deuillet y Doucet debieron encantar cuando se exhibían bajo
las luces de sus salones.
Y prestando el oído, me pareció escuchar que me decían entre una
sonrisa de orgullo y una lágrima apenada:
“Pues sí, así éramos. El mundo entero admiraba nuestras formas
cuando el gran modisto había aceptado vestirlas.”
¿Y de espalda, esas “mujeres—dobles” eran también tan
seductoras?
Lo eran y eran tan mujeres como sus modelos: tenían sus pequeños
secretos. Esos secretos estaban anotados en una ficha. ¿Tal vez fuese la misma
ficha que había sido redactada con cuidado en el momento delicioso del pedido?
Se descubrían las encantadoras triquiñuelas que había que tener en cuenta para
que las hermosas damas fuesen siempre hermosas. Se leía: “¡Cuidado! La señora
Duquesa hizo su cura lo cual significaba que había que ajustar el talle; o
bien: “La señorita de Pougy no tomó las aguas” lo cual indicaba que, por el
contrario, convenía dar un poco más de amplitud... Y esas anotaciones estaban
firmadas ya sea por Jeanne Lanvin, ya sea por Paul Poiret.
Sí, ese desván era realmente un museo y aquellos autógrafos que
colmarían de dicha a los coleccionistas o a los historiadores de París,
merecerían ser expuestos en una vitrina dorada. Alrededor de ellos se dispondría
armoniosamente esos maniquíes, gracias a los cuales glorias y celebridades de
antaños no son mejor conocidas que en las fotografías, porque así las conocemos
casi íntimamente...
La noche había caído en el desván de las elegantes. Cerré su
puesta enternecido, como si me hubiese equivocado de siglo. Lo único que me
quedaba por hacer era marcharme en puntas de pies.
Ya estaba de nuevo frente al n° 19 de la calle de la. Paix
cuando vi pasar dos elegantes del tiempo presente. Sus faldas muy cortas
descubrían ampliamente sus rodillas. Las rodillas pueden tener gracia, pero es
poco frecuente. Estas no tenían ninguna. Coronaban piernas tan delgadas que
parecían haberse puesto de luto por ellas mismas. Las siluetas de ambas jóvenes
eran además, descarnadas, los hombros hundidos se volvían saleros sobre los
bustos confidenciales. Eran mujeres a la moda...
El viejo parisiense que llevo en mí sólo podía callar y mirar
pasar la nueva belleza.
Pero de todas maneras me pregunté si algún día las modelos
descarnadas, todas hueso, no desaparecerían bajo un nuevo asalto de modelos
rellenas todo en carnes...
Uno de los fantasmas con los cuales me crucé en aquel desván de
los recuerdos tuvo que esperar esta primavera de 1974 para revivir. Se trata
de Paul Poiret a quien París rinde por fin justicia, treinta años después de su
muerte. Y es realmente justicia ya que le habían dado el sobrenombre de “Señor
París”.
Poiret, el grande, el fastuoso, el magnífico modisto vuelve a
tener un salón en esta octava circunscripción que había conquistado. Quiero
hablar de la exposición que le consagró el Museo Jacquemart—André.
Después de su paso por la casa de la calle de la Paix, Poiret
reinó muy pronto sobre la moda y la vida parisienses. ¿Acaso no impuso el
corpiño y la falda trabada? ¿No ha librado a la mujer del cepo de la Belle
Epoque para abrirle la puerta a las audacias de los Años Locos? Como Christian
Dior, Paul Poiret fue uno de los hombres que reinventaron la mujer adornándola
con una nueva silueta.
Y si hablo de él, no es para contar lo que se sabe en general,
sino porque tengo la suerte de haberlo conocido. No en la época de su apogeo,
por cierto, pero en la grandiosa también en cierto sentido, de su decadencia y
de su fin, conocida tan sólo por los especialistas.
Era en Cagnes-sur-mer, a comienzos de 1942. En un palomar
situado en lo alto de una difícil escalera, escribía mi primera novela
verdadera, La Dama del Circo. Y una noche, frente a las ventanas abiertas sobre
los aromas de la suavidad nocturna, alguien llamó a mi puerta. No esperaba a
nadie. Me encontré ante un hombre grueso, casi hinchado, pero que tenía una
gracia de libélula. “Soy Paul Poiret”, me dijo. “En otros tiempos,. vestí a su
madre...”
Yo estaba maravillado. Sabía que vivía en la región. O más bien,
que sobrevivía; pero sentí su visita en mi modesto alojamiento como un gran
honor, porque pertenecía a la raza de los creadores. Y a la raza aún más bella
de los creadores que proporcionan trabajo y una razón de vivir a millares de
personas, de la costurerita al modelista, de la modelo al dibujante, pasando
por las numerosas mujeres, célebres o no, que llevaron un vestido firmado por
Poiret. Durante tres meses, hasta mayo, lo vi con regularidad. El hombre era
amargo, pero el artista era siempre sorprendente.
El que había inventado una moda de lujo ya no era más que un
vagabundo mundano. Era ante mí tal como fue en aquella época: vestido con un
sobretodo amarillo, en adelante bata de baño y un pijama rosado. Aun bajo la
lluvia. Cuando este extraño personaje recortaba su silueta sobre las rocas de
La Napoule, sólo tenía derecho a este comentario:
“Es un loco...”
Los que decían esto no sabían. O peor aun: había olvidado. Ese
barbudo macizo —también lo habían apodado “el Taras Bulba del fru—frú” había
deslumbrado a París y a todo el mundo con sus fiestas en su residencia y su
elegante manera de cortar ampliamente en un género porque, según decía “con
otros pequeños no se hace nada grande”... ¿Sabían, habían olvidado esas gentes
que lo criticaban, que también había alojado, agasajado y sobre todo hecho
soñar a personalidades como la bailarina Isadora Duncan o el legendario Boni
de Castellane? ¿Él, cuyos dedos de hada habían sabido convertir un tejido en
vestido y a la mujer más apagada en elegante?
Pero por una venganza del destino, él, que había reinventado la
mujer, era vencido por una mujer, la gran princesa de la alta costura: Cocó
Chanel. Una exposición organizada por Poiret en 1925 y que hubiera debido ser
su triunfo, fue su canto de cisne. Y su caída. Príncipe de las mil y una noches
modernas, Poiret había seguido vistiendo a las mujeres en sultanas o en
huríes, esas criaturas prometidas en el jardín de Alá, mientras que la señorita
Chanel les proponía pullóveres, pantalones y ya hablaba de una moda “week—end”
... “Una moda pobre” decía Poiret refiriéndose a Chanel.
Una moda que lo arruinó. Tuvo que vender todo: yate, casa de
campo, cuadros de grandes maestros. No bastó con eso. Tuvo que inscribirse como
desocupado.
Él, que había impuesto una moda, era a su vez víctima de la
nueva moda.
Aquella noche me propuso seguirlo. Jamás olvidaré esa primera
velada. Para sobrevivir, él que siempre había encarnado la cigarra
despreciando la hormiga, recitaba las Fábulas de La Fontaine en los cafetines
del viejo Niza y otras partes. Era inaudito, increíble. Poeta, la rima era
natural para él. Podría haberse conformado con decir bien esos textos que son
los primeros clásicos que aprenden los niños. Pero no. Cada fábula que recitaba
tomaba en su boca una nueva dimensión. Recuerdo, sobre todo, la del Lobo y el
Cordero. Se había convertido en una verdadera tragedia.
Sin embargo, alrededor de mí, a su llegada ante las mesas muchos
clientes lo tomaban por un artista fracasado, una gloria apagada del
Café—Concierto.
Una pipa apagada que surgía de su barba gris le daba el aspecto
de un lobo de mar. Y mientras magnificaba esos versos, uno de sus brazos, que
estaba paralítico, tenía temblores. Su mano torcía y retorcía el botón de la
chaqueta del pijama. Pero al cabo de algunos compases —pues se tenía la
impresión que “hablaba” en música— esas debilidades del cuerpo se olvidaban y
sólo se escuchaba a un gran comediante.
Cuando terminó, logró un buen éxito. Entonces sus ojos plenos de
lágrimas recuperaban su alegría. La del tiempo perdido. Apoyado sobre su
bastón, volvió hacia mi mesa. Lo felicité sinceramente. Sólo lamentó una cosa:
“Hubiera querido tanto no desaparecer antes de haber vestido,
en una obra feérica, algunos personajes de esas fábulas...”, me dijo.
Durante varios meses me repitió ese deseo. Y una mañana de mayo
de 1944 lo encontraron muerto en su cama.
Dicen que había tenido tiempo de escribir, sobre la pared de su
cuarto, el nombre de todos aquellos que lo habían traicionado, estafado y
burlado.
La prensa le consagró tan sólo unas pocas líneas.
Así como hubo poetas, músicos, pintores malditos, me pregunto si
Paul Poiret no es el primer modisto muerto como un genio: sólo y olvidado, con
la ingratitud por única oración fúnebre.
—Tengo la impresión que nuestro intervalo terminó. Ya que es
así, supongo que vas a ponerte a trabajar en tu próxima novela.
—No dejé de pensarlo, aún mientras te hablaba. Sabes muy bien
que cuando parece que no estoy haciendo nada, es el momento en que más trabajo.
—De todos modos tienes el aspecto tenso, nervioso, casi
fastidiado. ¿Es siempre así cuando comienzan en ti los grandes dolores del
parto novelesco?
—Sí. Es espantoso y maravilloso a la vez. Construir una historia
es un sufrimiento, pero un sufrimiento liberado. Actualmente, estoy todavía en
el período de gestación. Es libro es aún solamente mío. Ningún secretario,
ninguna máquina de escribir me lo han robado. Como escribo todo a mano, demoro
siempre la intervención de la máquina. Además, no sé escribir a máquina, pues
prefiero el verdadero manuscrito: la mano es rabiosa, corrige, tacha, sufre.
Permite dominar mejor la frase y, como decía Colette, domesticar las palabras
que terminan por ablandarse y tomar su lugar.
—¿Y qué hará hacer esta mano?
—Una historia de hechicería, en la que pienso desde hace años y
que transcurre en el Brasil. Sin embargo, es una historia muy actual, algunos
de cuyos elementos acaban de acontecer en alguna parte, a menos que estén a
punto de producirse... Ya no lo! sé muy bien... La Hechicera —será el título de
la novela— es una mujer que me fascina. Lo cual me permite creer que también
fascinará a mis lectores.
—¿Te espera?
—Sé que me acecha. Pero mi suerte es tener contra ella la mejor
de las armas: la amo. La amo con ese amor apasionado que siempre tuve para los
personajes a los cuales me esforcé de dar vida. Y tal vez sea lo que, en un
novelista, se llame el amor al oficio...
Esta primera edición, consta de 3.000 ejemplares y se terminó de
imprimir en Artes Gráficas Cadop, calle Zalartó 1383, Buenos
Aires
Rep. Argentina, el día 4 de abril de 1975.


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