© Libro N° 4013. Allouma Y Otros Relatos Cortos. De Maupassant Guy. Compilador Molina Miranda, Guillermo. Colección E.O.
Julio 29 de 2017.
Título
original: © Allouma Y Otros
Relatos Cortos. Guy de Maupassant. Compilador GMM
Versión Original: © Allouma Y Otros Relatos
Cortos. Guy de Maupassant. Compilador GMM
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ALLOUMA Y OTROS RELATOS CORTOS
Guy de Maupassant
Compilador
Guillermo Molina Miranda
CONTENIDO
GUY DE MAUPASSANT
LA NOCHE
ARREPENTIMIENTO
EL ARMARIO
UN ARDID
APARICIÓN
ANTÓN
AMOROSA
AMOR
EL AMIGO PATIENCE
EL AMIGO JOSEPH
ALLOUMA
ALGO SOBRE LOS GATOS
LOS ALFILERES
GUY DE MAUPASSANT
(Henry René Albert Guy de Maupassant; Miromesnil, Francia,
1850 - Passy, id., 1893) Novelista francés. A pesar de que provenía de una
familia de pequeños aristócratas librepensadores, recibió una educación
religiosa; en 1868 provocó su expulsión del seminario, en el que había
ingresado a los trece años, y al año siguiente inició en París sus estudios de
derecho, interrumpidos por la guerra franco-prusiana y que reemprendería en
1871.
Guy de Ma upassant
En 1879, su padre logró que ingresara en el ministerio de
Instrucción Pública, que pronto abandonó para dedicarse a la literatura, por
consejo de su gran maestro y amigo Gustave Flaubert. Éste lo introdujo en el
círculo de escritores de la época, como Émile Zola, Iván Turgueniev, Edmond
Goncourt y Henry James.
Su primer éxito, que apareció un mes antes de la muerte de
Flaubert, fue el célebre cuento Bola de sebo, recogido en el volumen colectivo
Las noches de Medan (1880). El mismo año publicó su libro de poemas, Versos.
Afectado durante toda su vida de graves trastornos nerviosos, en 1892, tras un
intento de suicidio en Cannes, fue ingresado en el manicomio de París, donde
murió, después de dieciocho meses de agonía, de una parálisis general.
Maupassant es autor de una extensa obra entre cuentos y
novelas, en general de corte naturalista. De ellas cabe señalar: La casa
Tellier (1881); Los cuentos de la tonta (1883); Al sol, Las hermanas Roudoli y
La señorita Harriet (1884); Cuentos del día y de la noche (1885); La orla
(1887); las novelas Una vida (1883), Bel Ami (1885) y Pierre y Jean (1888).
Después de su muerte se publicaron varias colecciones de cuentos: La cama
(1895); El padre Milton (1899) y El vendedor (1900).
Fuente:
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/maupassant.htm
LA NOCHE
(La nuit, 1887)
Un ejemplo de lo
fantástico obtenido con poquísimos medios: esta narración no es más que un
paseo por París, una ajustada relación de las sensaciones que el noctámbulo
Maupassant experimentaba en cada anochecer. Pero aquí, una sensación opresiva,
de pesadilla, ocupa el cuadro de principio a fin, intensificándose cada vez
más. La ciudad es siempre la misma, calle a calle y palacio a palacio, pero
primero desapareren las personas, después, las luces; el bien conocido
escenario parece contener solamente el miedo del absurdo y de la muerte.
Maupassant
(1850–1893) tiene también un puesto en la literatura fantástica por una serie
de textos escritos en los años que preceden u su crisis de locura sin retorno:
las imágenes cotidianas liberan un sentimiento de terror.
LA NOCHE
(Pesadilla)
AMO la noche con
pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo,
profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven,
con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda
mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire
azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye
en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado
por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me cansa y
me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y
salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada
pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.
Pero cuando el sol
desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A
medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más
activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la
ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los
colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto
imperceptible.
Entonces tengo
ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los
gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.
Salgo, unas veces
camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París
donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores
furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarle a uno.
Pero ¿cómo explicar
lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé,
ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.
El caso es que ayer
–¿fue ayer?– Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes,
otro año –no lo sé–. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues
el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿desde
cuándo...? ¿Quién lo dirá? Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como
todas las noches después de la cena. Hacía bueno, una temperatura agradable,
hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río
negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle,
que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de
astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las
farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las
tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días
de sol espléndido.
En el bulevar
resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba, o bebía. Entré un momento al
teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y
salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro
de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la
barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y
crusa.
Me dirigí hacia los
Campos Elíseos, donde los cafés concierto párecían hogueras entre el follaje.
Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían arboles
fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destelleantes y
pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían
palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del
feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.
Me detuve bajo el
Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida
estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los
astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad
donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.
Entré en el Bois de
Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de
mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la
locura.
Anduve durante
mucho, mucho tiempo. Luego volví.
¿Qué hora sería
cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y
nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.
Por primera vez,
sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía
frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía
pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de
policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada
iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de
vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles.
Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían,
invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo
que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de
las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se
iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras
otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata,
verdes, de un verde esmeralda.
Los seguí, y luego
volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había
nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban.
Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las
dos.
Una fuerza me
empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me
di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera
distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la
impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había
ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.
Volví sobre mis
pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château–d'Eau, sin
embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció.
Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A
la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía
hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la
calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida
hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su
farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté: –¿Amigo, qué hora es?
–¡Y yo que sé!
–gruñó–. No tengo reloj.
Entonces me di
cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta
época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún
tardaría tanto en amanecer...
«Iré al mercado de
Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».
Me puse en marcha,
pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque,
reconociendo las calles, contándolas.
Ante el Crédit
Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la
deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía
un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de
caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un
instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las
calles solitarias y negras, negras como la muerte.
Una vez más me
perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte,
ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo.
Nada.
«¿Dónde estaban los
agentes de policía?", me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no
respondió nadie.
Llamé más fuerte.
Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche
impenetrable.
Grité más fuerte:
«¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi desesperada
llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía
cerillas. Oí el leve tic–tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y
extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio!
Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando
los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba
negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.
¿Qué hora podía
ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas
desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.
Me decidí a llamar
a la primera cochera. Toqué el timbre de cobre, que sonó en toda la casa; sonó
de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio.
Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé...
Nada.
Tuve miedo. Corrí a
la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo
donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando
con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis
pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto, vi que
había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni
un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores.
Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.
Un espantoso terror
se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?
Me marché. Pero, ¿y
la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?
Ningún reloj sonaba
en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi
reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj... ya no sonaba... se
había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la
ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada
más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.
Me encontraba en
los muelles, y un frío glacial subía del río.
¿Corría aún el
Sena?
Quise saberlo,
encontré la escalera, bajé... No oía la corriente bajo los arcos del puente...
Unos escalones más... luego la arena... el fango... y el agua... hundí mi
brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría... casi helada... casi
detenida... casi muerta.
Y sentí que ya
nunca tendría fuerzas para volver a subir... y que iba a morir allí abajo... yo
también, de hambre, de cansancio, y de frío.
***
ARREPENTIMIENTO
Regret
I
El señor Saval acaba de levantarse. Llueve. Es un triste
día de otoño; las hojas caen. Caen lentamente con la lluvia, formando también
una lluvia más apretada y más lenta. El señor Saval no está satisfecho. Va de
la chimenea a la ventana y de la ventana a la chimenea. La vida tiene días
tristes, y para el señor Saval en adelante sólo tendrá días tristes, porque ha
cumplido sesenta y dos años. Está solo, soltero, sin familia, sin nadie que se
interese por él. ¡Es muy triste morir aislado sin dejar un afecto profundo!
Piensa en su vida sin encantos y sin atractivos. Y
recuerda en el pasado, en su niñez lejana, la casa paterna, el colegio, las
vacaciones, la Universidad. Luego, la muerte de su padre.
Vive con su madre; viven los dos, el joven y la vieja,
tranquilamente, sin desear nada. Pero la
madre muere también.
Qué triste vida!
Y el hijo queda solo. Envejece y morirá, cualquier día.
Desapareciendo él, todo habrá terminado; todo, ni rastro de Pablo Saval sobre
la tierra. ¡Qué terrible cosa! Y otros vivirán, amarán, reirán. Si, habrá
siempre quien se divierta, y él no se divierte nunca.
Es raro que se pueda reír y estar alegre con la certeza de
la muerte. Si la muerte fuera sólo probable, aún habría esperanza; pero no, es
tan segura como la noche después del día.
¡Y aún si la vida tuviera encantos! Desde que nació no
hizo nada. No tuvo aventuras, ni grandes goces, ni éxitos, ni satisfacciones de
ninguna especie. Nada, no había hecho nada; su vida se redujo a levantarse,
vestirse, comer y acostarse; todo a horas fijas. Y así pasó en este mundo
sesenta y dos años. Ni siquiera se había casado, como la mayor parte de los
hombres. ¿Por qué? Si, ¿por qué no se había casado? Pudo hacerlo, pues tenía
bastante renta para mantener a una familia.
¿Tal vez no se le había presentado la ocasión?... Acaso. Pero se buscan las ocasiones. Era un
poco negligente, abandonado... Eso fue
la causa de todo: su daño, su defecto, su vicio. ¡Cuántas gentes malbaratan su
vida por abandono! ¡Es tan difícil para ciertas naturalezas moverse, agitarse,
hablar, insistir!
II
Nadie le había querido. Ninguna mujer durmió sobre su
pecho en completo abandono de amor.
Desconocía las deliciosas angustias del que aguarda, el
divino estremecimiento de una mano sintiendo la opresión de otra, el éxtasis de
la pasión triunfante. Qué dicha sobrehumana debe de inundar el corazón cuando
los labios de dos bocas se acarician por vez primera, cuando cuatro brazos,
oprimiéndose, forman de dos seres uno solo, un ser inmensamente feliz, un alma
de dos almas, ansiosas la una de la otra!
El señor Saval se había sentado junto a la chimenea,
envuelto en su bata.
Ciertamente su vida estaba frustrada, en absoluto
frustrada. sin embargo, una vez tuvo un amor; había querido a una mujer
secretamente, dolorosamente y
descuidadamente, como lo hacia todo. Sí, había
querido a su amiga la señora de Sandres, mujer de un antiguo camarada.
¡Oh, sí la hubiese conocido soltera! Pero la conoció tarde, cuando ya estaba
casada. El también se hubiera casado con aquella mujer que le inspiró amor
desde el primer instante, y a la cual siempre quiso.
Recordaba sus emociones de cada vez que la veía, sus
tristezas .de cuando se apartaba, las veces que no pudo en toda la noche
descansar pensando en ella.
Por la mañana se sentía menos apasionado que por la noche.
¿Qué motivo habría?
¡Qué bonita, qué rubia, qué rizada era en sus años
floridos! Sandres no era el hombre que aquella mujer necesitaba. Sin embargo, a
los cincuenta y ocho años ella parecía dichosa.
¡Oh, si le hubiera querido en otro tiempo!
... ¡Si le hubiera querido! Y ¿quién sabe si le había
querido?
Si hubiese adivinado aquel amor profundo... Y ¿quién sabe
si lo adivinó alguna vez? Y sí lo adivinó, ¿qué pensaría entonces? Y si él
hablara, ¿qué hubiese contestado ella?
Y Saval se hacía mil preguntas más, reviviendo su pasado,
interesándose por buscar y recoger una porción de sucesos insignificantes.
Recordaba las horas que pasaron en casa de Sandres,
jugando a las cartas, cuando la mujer
era bonita y joven. Y recordaba cuantas palabras le había dicho ella y
las entonaciones que usó para decírselas; recordaba las mudas sonrisas que
significaron tantas cosas.
Recordaba los paseos de los tres a la orilla del Sena, los
almuerzos campestres en domingo siempre, porque Sandres estaba empleado en la
Subprefectura. Y de pronto le sorprendió la imagen clara de una hora pasada con
ella en un bosque, junto al rio.
III
Habían salido por la mañana, llevando sus provisiones en
paquetes. Era un día de primavera, uno de esos días en que hasta el aire
embriaga. Todo estaba perfumado y brindando goces. y los pájaros cantaban mejor
y volaban con más ligereza.
Habían comido sobre la hierba, a la sombra de un sauce,
cerca del agua adormecida por el sol. El aire tibio, impregnado en perfumes de
savia, se respiraba con delicia.
¡Qué dulzuras las de aquel día!
Después de almorzar, Sandres se había dormido al pie de un
árbol.
—El mejor sueño de su vida —según dijo cuando despertó.
La señora de Sandres, del brazo de Saval, paseaba por la
orilla del río.
Apoyándose .mucho en él, reía diciendo:
—Estoy un poco borracha, bastante borracha.
Saval, mirándola fijamente, sentía estremecimientos y
palpitaciones; palidecia, temiendo que sus ojos no se mostraran con exceso
atrevidos, que un temblor de su mano revelara su secreto.
Ella se había hecho una corona con flexibles tallos y con
lirios le agua, y le preguntó:
—¿Le gusto a usted asi?
Como él no contestó nada —no se le ocurría nada que
contestar, y más fácil hubiérale sido caer a sus pies de rodillas—, ella soltó
la risa, una risa casi burlona y despechada, gritándole:
—¡Tonto, más que tonto! Hable usted al menos.
El estuvo a
punto de llorar,
sin que acudiese ni una sola
palabra en su ayuda.
Y todo esto lo recordaba como el primer día.
¿Por qué le había dicho ella: "Tonto, más que tonto;
hable usted al menos"
Recordaba de qué
modo, con cuánta dulzura le oprimía, apoyándose en él.
Y al inclinarse para pasar por debajo de un árbol de ramas caídas, la oreja de
la señora Sandres había rozado la mejilla del señor Saval, ¡su
mejilla!, y él había retirado la cabeza con un movimiento
brusco para que no creyera ella voluntario aquel contacto.
Cuando él dijo: "¿Le parece si es hora de que
volvamos?", ella le arrojó una mirada singular. Cierto; le miró entonces
de un modo extraño. De pronto no lo tomó en cuenta y al cabo de los años lo
recordaba minuciosamente.
Ella le había dicho:
—Como usted
quiera; si está usted cansado ya, volveremos.
Y él había contestado:
—Yo no me fatigo, señora; pero es posible que Sandres haya
despertado.
Y ella replicó, encogiéndose de hombros.
—Si teme usted que haya despertado ml marido, es otra
cosa; volvamos.
Al volver ella silenciosa, ya no se apoyaba en el brazo de
su amigo. ¿Por qué?
Este "porqué" no había encontrado respuesta y era una
preocupación constante. Al cabo de los años, el señor Saval creyó entrever algo
que no había entendido nunca.
Acaso ella...
IV
Ruborizándose, se levantó conmovido, emocionado, como si
treinta años antes hubiera oído en labios de la señora Sandres un "¡te
quiero!"
¿Seria posible acaso? Esta sospecha que despertaba en su
espíritu le torturó. ¿Era posible que a
su tiempo no viese, no adivinase nada?
¡Oh, si eso fuera cierto, si hallándose tan cerca de la
dicha no hubiera sabido aprovecharla!
Se resolvió. Le ahogaban las dudas. Quería saber la
verdad. ¡La verdad!
Se vistió de prisa, de cualquier modo, pensando: "He
cumplido sesenta y dos años; ella tiene
cincuenta y ocho. Bien puedo permitirme la pregunta." Y salió.
La casa de Sandres estaba en la otra acera de la misma
calle, casi frente a la casa de Saval.
La criada se extrañó de verle tan temprano.
—¡Usted por aquí
a estas horas,
señor
Saval! ¿Ha ocurrido algo?
Saval contestó:
—Nada, hija mía. Pero di a la señora que necesito hablar
con ella lo antes posible.
—La señora está en la cocina preparando
confituras
para el invierno
y no está presentable para visitas, como usted
puede suponer
—Bueno; dile que necesito hacerle una pregunta importante.
La muchacha se fue y Saval recorría el salón con pasos
nerviosos. Se sentía desligado, resuelto
en semejante ocasión.
¡Oh! Iba entonces a preguntarle aquello como le hubiera
preguntado por una receta de cocina. ¡Tenía ya sesenta y dos años!
Se abrió la puerta y entró la señora. Era ya una matrona
muy abultada, con las mejillas redondas y la risa fácil y sonora. Su gordura no
le permitía fácilmente acercar los brazos al talle y llevaba los brazos
desnudos y salpicados de almíbar. Al entrar preguntó con inquietud:
—¿Qué le ocurre a usted, amigo mío; está enfermo?
Y él respondió:
—No estoy enfermo, amiga y señora; pero me escarabajea una
duda, para mí de mucha importancia, que me oprime el corazón, y vengo a que usted me la resuelva.
¿Promete contestarme con sinceridad?
Ella sonrió, diciendo:
—He sido siempre muy sincera. Pregunte.
—Pues ahí va. Yo he vivido enamorado, queriendo a usted
siempre, desde que la vi por vez primera.
¿Usted lo sospechaba?
Ella contestó,
riendo, con algo de la ternura que
impregnó en otro tiempo sus
palabras:
—¡Tonto, más que tonto¡Lo supe desde el primer día.
Saval, temblando, balbució:
—¿Usted lo sabía? Entonces... Y se contuvo.
Ella preguntó:
—Entonces... ¿qué?
Saval, decidiéndose, continuó:
—Entonces, ¿qué pensaba usted? ¿Qué..., qué..., qué me
hubiera contestado?
Ella, riendo mucho, mientras una gota de almíbar se
deslizaba por sus dedos, le dijo:
—Como usted
nada preguntó... ¡No
era cosa de que yo me declarase!
Avanzando hacia ella, Saval insistía:
—Dígame, dígame... ¿Recuerda usted una tarde, cuando
Sandres se durmió sobre la hierba, después de almorzar, y nos fuimos juntos,
del brazo, lejos?...
Se detuvo. La señora no dejaba de reír, mirándole
fijamente a los ojos.
—¡Vaya si me acuerdo!
Saval prosiguió, estremeciéndose:
—Pues, bueno; si aquel día yo hubiera sido..., yo hubiera
sido... algo más osado..., ¿qué hubiera hecho usted?
Ella, sonriendo como una mujer dichosa, que no tiene de
qué arrepentirse ni desear nada, respondió francamente, con voz clara y una
punta de ironía:
—Hubiera cedido seguramente.
Y dejándole plantado volvió a la cocina.
V
Saval salió a la calle aterrado como después de un
desastre. Andaba como impulsado por un instinto en dirección al río, sin pensar
adónde iba, mojándose, porque llovía mucho. Su traje chorreaba; su sombrero,
deformado parecía un canal. Y andaba sin descanso hasta llegar al
sitio donde almorzaron aquella mañana.
El recuerdo lejano le torturaba el corazón.
Se sentó al pie de los árboles, desnudos ya de hojas, y
lloró.
Le Gaulois, 4 de noviembre de 1883
EL ARMARIO
L’armoire
Hablábamos de mujeres
galantes, la eterna conversación
de los hombres.
Uno dijo:
—Voy a referir un suceso extraño. Y era como sigue:
Un anochecer de invierno se apoderó de mí un abandono
perturbador; uno de los terribles abandonos que dominan cuerpo y alma de cuando
en cuando. Estaba solo, y comprendí que me amenazaba una crisis de tristeza,
esas tristezas lánguidas que pueden conducirnos al suicidio.
Me puse un abrigo y salí a la calle. Una lluvia menuda me
calaba la ropa, helándome los huesos. En los cafés no había gente. Y ¿Adónde
ir? ¿Dónde pasar dos horas? Decidime a entrar en Folies-Bergére, divertido mercado carnal.
Había escaso público; los hombres vulgares, y las mujeres,
las mismas de siempre, las miserables mozas desapacibles, fatigadas, con esa
expresión de imbécil desdén que muestran todas, no sé por qué.
De pronto descubrí entre aquellas pobres criaturas
despreciables a una joven fresca, linda, provocadora. La detuve y brutalmente,
sin reflexionar, ajusté con ella el precio de la noche. Yo no quería volver a
mi casa.
Y la seguí. Vivia en la calle de los Mártires. La escalera
estaba oscura. Subí despacio, encendiendo cerillas.
Ella se detuvo en el cuarto piso, y cuando entramos en su
habitación, echando el cerrojo de su
puerta, me preguntó:
—¿Piensas quedarte aquí hasta mañana?
—Eso me propongo; eso convinimos.
Bien, mi vida, lo pregunté por curiosidad. Aguárdame un
minuto que enseguida vuelvo.
Y me dejó a oscuras. Oí cerrar dos puertas; luego me
pareció que aquella mujer hablaba con alguien.
Quedé sorprendido, inquieto. La idea de un chulo me turbó,
aun cuando tengo bastante fuerza defenderme.
"Veremos lo que sucede", pensé.
Y afinando el oído, escuchaba. Se movían con grandes
precauciones para no
hacer ningún ruido. Luego sentí abrir otra puerta y me pareció que
hablaban, pero muy bajo.
La moza volvió al fin con una bujía, diciéndome:
—Ya puedes entrar.
Entré, y pasando por un comedor donde sin duda nunca se
come, me condujo a un gabinete alcoba.
—Ponte cómodo, mi vida.
Yo lo inspeccionaba todo y no encontraba cosa que pudiera
causarme inquietud.
Ella se desnudó tan de prisa, que ya estaba en la cama
cuando yo no me había quitado aún el abrigo.
Y riendo, prosiguió:
—¿Qué te ocurre? ¿Te has convertido en estatua de sal?
Acaba y ven.
Así lo hice.
A los cinco minutos me daban intenciones de vestirme
y escapar. Pero
el maldito abandono que me
amenazó en mi casa con tristezas crueles, me quitaba las energías,
reteniéndome, a disgusto mío, en aquella cama pública. El encanto sensual que
me había hecho sentir aquella criatura en el teatro, desapareció cuando la vi
tan cerca y deseosa de complacerme. Su carne vulgar, semejante a la de todas, y
sus besos insípidos, me desilusionaron.
Para entretenerme
le hice varias preguntas:
—¿Hace mucho que vives en esta casa?
—El quince de febrero hará seis meses.
—Y antes, ¿en dónde vivías?
—En la calle Clauzel. Pero la portera la tomó conmigo y
tuve que despedirme.
Relatóme con detalles minuciosos aquella historia.
De pronto sentí ruido cerca de nosotros; así como un
suspiro; después un roce ligero, como si alguien se removiera sobre una silla.
Me senté con viveza en la cama, preguntando:
—¿Qué significa ese ruido?
Ella respondió tranquilamente:
—No te importe, mi vida; es en el otro
cuarto. Como son tan delgadas las paredes, todo se oye.
¡Hacen unas casas! ¡De cartón!
Mi abandono era tan grande, que me arrebujé de nuevo entre
sábanas. Y proseguimos la conversación. Movido por la estúpida curiosidad que
induce a todos los hombres a conocer la primera falta de las mujeres galantes,
como para encontrar en ellas un rastro de inocencia, tal vez evocada por una
frase ingenua que ofrece la imagen del pudor perdido, pues aun cuando mienten
se descubre alguna vez entre mentiras algo conmovedor, le dije:
—Vaya, cuéntame cómo cediste al primer amante.
—Yo era criada en el restaurante Marinero de Agua Dulce, y
un señorito me forzó mientras le hacía la cama.
Recordé la teoría de un médico amigo, un observador
filósofo que, por hacer servicio en un hospital de mujeres, conoce todas las
flaquezas de las pobres criaturas victimas de la embestida brutal del macho
errante con dinero en el bolsillo.
—Siempre —me decía—, siempre una moza es vencida por un
hombre de su clase o condición. Tengo anotadas muchas observaciones acerca del
asunto. Se acusa a los ricos de coger la flor de la inocencia entre las niñas
pobres. No es verdad. Los. ricos pagan luego las flores tronchadas; las cogen
en la segunda floración, pero no cortan jamás el primer capullo.
Reí, mirando a mi compañera.
—Ya sabes que conozco tu historia. El señorito no era el
primero. Hubo antes otro.
—Te lo juro, mi vida.
—Mientes, mi cielo.
—No, no; te lo juro.
—Mientes... Vaya, dime la verdad. Ella dudó, asombrada; yo
continué.
—Soy adivino, somnámbulo. Ahora no me dices la verdad.
Cuando te duermas yo haré que la digas.
Tuve miedo; era estúpida como todas, balbució:
—¿Cómo lo has adivinado?
—Vamos, dilo.
—¡Ah! La primera vez casi no fué nada. Para una fiesta
contrataron a un gran cocinero. Desde que Alejandro llegó, dispuso de toda la
fonda. El amo, el ama, estaban a sus órdenes, como si fuera un rey. Desde la
cocina gritaba: "¡Manteca! ¡Huevos! ¡Coñac! " Y era necesario llevarle corriendo lo que pedía,
porque si no se incomodaba mucho y daba miedo.
Cuando hubo acabado, sentóse a fumar su pipa frente a la
puerta, y al pasar yo con una pila de platos, me dijo:
—Muchacha, vente conmigo a la ribera para enseñarme la
campiña.
Fui con él como una tonta, y apenas llegamos a la orilla
del río, me forzó con tal prisa, que apenas me di cuenta de lo que hizo. Luego
se fue en el tren de las nueve. No le vi más.
—Y ¿así acabó todo?
—Creo que Angel es hijo suyo.
—¿Quién es Angel?
—Mi nene.
—¡Ah! Muy bien. Y luego dijiste al señorito que te había
hecho la criatura, ¿no es cierto?
—Si.
—¿Tenia dinero el señorito?
—Algo. Me dejó una renta de trescientos francos.
Aquellas
confianzas me divertían.
Proseguí.
—Muy bien, mi
cielo; muy bien.
Sois menos tontas de lo que parece. Y ¿cuántos años tiene Angel?
—Doce. Hará su
primera comunión en primavera.
—Bravo. Y desde que te ocurrió esa... desgracia... te
dedicaste al oficio...
Suspiró, resignada.
—Se hace lo que se puede...
Un ruido, bastante fuerte, me hizo saltar de la cama. No
me cabía duda; era el ruido que produce un cuerpo que se desploma y luego se
levanta de nuevo agarrándose a la pared.
Cogí la bujía y miré alrededor, furioso. Ella se había
levantado también, y
trataba de contenerme,
repitiendo:
—No es nada, mi vida; te aseguro que no es nada.
Pero yo, que sabía ya dónde se produjo el ruido, me dirigí
a un armario que había junto a la cabecera de la cama y lo abrí de par en
par...
Tembloroso, aterrado, con los ojos muy abiertos y
brillantes, apareció un chiquillo anémico y débil agarrado a los barrotes de
una silla, de la cual había caído, sin duda.
Al verme rompió a llorar, tendiendo los brazos hacia su
madre.
—Yo no tengo
la culpa, mamá;
yo no tengo la culpa. Estaba
dormido y me caí. No me castigues; yo no tengo la culpa.
Acercándome a la mujer, dije:
—¿Qué significa esto?
Ella, confusa y
desalentada, respondió entre
dientes:
—Ya lo ves. No gano bastante para tenerlo pensionista y no
puedo pagar un cuarto mayor. Duerme conmigo cuando no hay nadie, y cuando
alguien viene por una hora o dos, lo escondo en el armario. Pero cuando hay
cliente para toda la noche se cansa y le duelen los riñones
de dormir en la silla... Tampoco él tiene la culpa. Quisiera verte
durmiendo en una silla, metido en un armario... Ya veríamos...
Irritándose, gritaba.
El niño seguía llorando.
Yo también sentía ganas de llorar. Y volví a mi casa
tristemente.
Gil Blas, 16 de diciembre de 1884
UN ARDID
Une ruse
El médico y la enferma charlaban junto al fuego de la
chimenea.
La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas
ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas: un poco de
anemia, nervios y algo de esa fatiga que sienten los recién casados al fin de
su primer mes de unión, cuando ambos son jóvenes, enamorados y ardientes.
Estaba media acostada en su chaise- longue y decía:
—No, doctor; yo no comprendo ni comprenderé jamás que una
mujer engañe a su marido. ¡Admito que no lo quiera, que no tenga en cuenta sus
promesas, sus juramentos!... Pero, ¿cómo osar entregarse a otro hombre? ¿Cómo
ocultar eso a los ojos del mundo? ¿Cómo es posible amar en la mentira y en la
traición?
El medico contestó sonriendo:
—En cuanto a eso, es bien fácil. Crea usted que no se
piensa en nada de eso; que esas reflexiones no le ocurren a la mujer que se
propone engañar a su marido. Es más: estoy seguro que una mujer no está
preparada para sentir el verdadero amor sino después de haber pasado por todas
las promiscuidades y todas las molestias del matrimonio que, según un ilustre
pensador, no es sino un cambio de mal humor durante el día y de malos olores
durante la noche. Nada más cierto. Una mujer no puede amar apasionadamente sino
después de haber estado casada. Si se pudiera comparar con una casa, diría que
no es habitable hasta que un marido ha secado los muros. En cuanto a disimular,
todas las mujeres lo saben hacer de sobra cuando llega la ocasión. Las menos
experimentadas son maravillosas y salen del paso ingeniosamente en los momentos
más difíciles.
La joven enferma hizo un gesto de incredulidad y contestó:
—No, doctor; sólo después se le ocurre a una lo que debió
haber hecho en las circunstancias
difíciles y peligrosas; y las mujeres están siempre mucho
más expuestas que los hombres a aturdirse, a perder la cabeza.
El médico exclamó con acento asombrado:
—¡Al contrario, señora! Nosotros somos los que tenemos la
inspiración después... ¡pero ustedes!...
Mire usted, voy a contarle una aventura que le sucedió a
una clienta mía, a la que yo creía impecable, una verdadera virtud salvaje. El
suceso ocurrió en una capital de provincia.
Una noche dormía profundamente y entre sueños me parecía
oír que las campanas de una iglesia próxima tocaban a fuego. De pronto me
desperté; era la campanilla de la puerta de la calle que sonaba
desesperadamente; como mi criado parecía no responder, agité a mi vez el cordón
que pendía junto a mi cama y a los pocos momentos el ruido de
puertas al abrirse y cerrarse precipitadamente, y el de unos pasos en la
habitación inmediata a la mía, vino a turbar el silencio de la casa. Juan entró
en mi cuarto y me entregó una carta que decía: "Madame Selictre ruega con
insistencia al doctor Sileón que venga inmediatamente a su casa, calle de...
número..."
Reflexioné unos instantes; pensaba: Crisis de nervios,
vapores, ¡bah... bah!... tengo mucho sueño.
Y contesté: "El doctor Sileón, encontrándose enfermo,
ruega a su madame Selictre tenga la bondad de dirigirse a su colega el doctor
Bonnet".
Puse la carta dentro de un sobre, se la entregué a Juan y
me volví a dormir.
Apenas había transcurrido media hora cuando la campanilla
de la calle sonó de nuevo y mi criado entró diciéndome:
—Ahí está una persona que no sé a punto fijo si es hombre
o mujer, tan tapada viene, que desea hablar en el acto con el señor. Dice que
se trata de la vida de dos personas.
—Que entre quien sea —dije, sentándome en la cama. Y en
aquella postura esperé.
Una especie de negro fantasma apareció, y cuando Juan hubo
salido se descubrió. Era madame Berta
Selictre, una mujer
joven, casada desde hacía tres años con un rico comerciante de la
ciudad, que pasaba por haberse unido a la muchacha más bonita de la provincia.
Aquella mujer estaba horriblemente pálida y tenía ese
semblante crispado de las personas dominadas por el más profundo terror: sus
manos temblaban; dos veces trató de hablar: ningún sonido salió de su garganta.
Al fin balbuceó:
—Pronto... pronto... doctor... venga usted.
Mi amante acaba de morir en mi propia habitación...
Medio sofocada se detuvo; después repuso:
—Mi marido va... va a volver del casino...
Salté de la cama sin pensar que estaba en camisa y en
pocos segundos me vestí.
—¿Es usted misma quien ha venido hace un rato?
Ella, de pie como una estatua petrificada por la angustia,
murmuró:
—No... ha sido mi doncella... ella lo sabe...
Después de un silencio, continuó:
—Yo me quedé a su lado...
Y una especie de grito de horrible dolor salió de sus
labios y rompió a llorar desconsoladamente, con sollozos y espasmos, durante
dos o tres minutos; de pronto sus
suspiros cesaron, sus lágrimas cesaron de brotar como si las hubiera secado un
fuego interior; y con un acento trágico dijo:
—Vamos pronto.
Yo estaba ya vestido, pero exclamé:
—Demonio, no me he acordado de dar la orden de enganchar
la berlina...
Ella respondió:
—Yo he traído
coche... El suyo
que lo esperaba a la puerta de mi
casa.
Berta se envolvió, ocultando la cara bajo su abrigo, y
salimos.
Cuando estuvo a mi lado en la oscuridad del coche me cogió
una mano, y oprimiéndola entre sus finos dedos balbuceó con sacudidas en su
voz, que reflejaban la angustia de su corazón destrozado:
—¡Oh, amigo mío! ¡Si usted supiera cuánto sufro! Lo
quería, lo adoraba con locura, como una insensata, desde hace seis meses!
Yo le pregunté:
—¿Están despiertos en su casa de usted? Berta contestó:
—No, nadie, excepto
Rosa, que está enterada de todo.
El carruaje se detuvo a la puerta de su casa; todos
dormían, en efecto; entramos por una
puerta excusada y subimos hasta el primer piso sin hacer ruido. La.
doncella, azorada, estaba sentada en el piso, en lo alto de la escalera, con
una vela encendida y colocada sobre el
suelo, no habiéndose atrevido a permanecer al lado del muerto.
Penetramos en la habitación, que se encontraba en el
mayor desorden, como después de una
lucha. La cama estaba completamente deshecha y una de las
sábanas caía sobre la alfombra; toallas mojadas, que habían servido para frotar
las sienes del amante, yacían en tierra al lado de un cubo y de un jarro de
agua. Un singular olor de vinagre mezclado a esencia de Loubin se esparcía por
la atmósfera. El cadáver estaba extendido boca arriba en medio de la
habitación. Me acerqué a él, lo observé, lo pulsé, abrí sus ojos, palpé sus
manos; después, volviéndome hacia las dos mujeres que temblaban en un rincón
del cuarto, les dije:
—Ayúdenme ustedes a llevarlo hasta la cama.
Lo colocamos suavemente sobre el lecho: le ausculté el
corazón, coloqué un espejo junto a su boca y murmuré:
—No hay nada
que hacer, vistámoslo pronto.
Fue aquella
una escena terrible. Yo iba cogiendo uno tras otro sus
miembros y los dirigía hacia los vestidos que acercaban las dos mujeres.
Le pusimos las botas, los pantalones, el
chaleco, después el frac, donde nos costó mucho trabajo lograr hacer entrar los
brazos. Las dos mujeres se pusieron de rodillas para abrocharle los botones de
las botas: yo las alumbraba con una vela, pero como los pies se habían hinchado
un poco, aquella tarea se hizo horriblemente difícil. La dificultad era mayor
porque no habían encontrado a mano el abrochador, las mujeres tuvieron que
hacer uso de sus horquillas.
Tan pronto como
estuvo terminada la horrible toilette, contemplé nuestra obra y dije:
—Convendría peinarlo un poco.
La doncella trajo el peine y el cepillo de su ama; pero
como temblara y arrancase, con movimientos involuntarios, los cabellos largos y
desordenados del cadáver, madame Selictre se apoderó violentamente del peine y
alisó la cabellera con suavidad, con dulzura, como si estuviera acariciando una
cabeza viva.
Le sacó la raya, le cepilló la barba y retorció los
bigotes con sus manos, como tenía costumbre, sin duda, de hacerlo en sus
amorosas familiaridades.
De pronto, arrojando lo que tenía en las manos, cogió la
cabeza inerte de su amante y clavó una intensa y desesperada mirada en aquella
cara inmóvil; después, dejándose caer sobre él, comenzó a abrazarlo y a besarlo
furiosamente. Sus besos caían como golpes sobre su cerrada boca, sobre sus
apagados ojos, sobre sus sienes y su frente... Y acercándose a su oído, como si
hubiera podido escucharla, balbuceó, repitiendo diez veces seguidas con un
acento desgarrador:
—Adiós, amor mío; adiós, amor mío... Un reloj dio las
doce.
Ye sentí un estremecimiento:
—¡Las doce ya!..., la hora en que cierran el casino...
¡Vamos, señora, energía!
Madame Selictre se puso en pie.
—Llevémoslo al salón —ordené a las dos mujeres; lo
trasladamos entre los tres y lo sentamos en un sillón. Después encendí las
luces.
Apenas había terminado esta operación, cuando la puerta de
la calle se abrió y se cerró pesadamente. Era el marido que volvía.
—¡Rosa —grité—; traiga usted las botellas y el cubo y
arregle usted un poco el cuarto de la señora; pronto, despáchese usted que ya
llega M. Selictre...
Yo oía los pasos que subían, que se acercaban... Unas
manos en la sombra palpaban los muros... Entonces dije en alta voz:
—Por aquí, por
aquí, M. Selictre;
ha ocurrido un accidente desgraciado.
Bajo el dintel de la puerta apareció el marido,
estupefacto, con un cigarro en la boca y
preguntando:
—¿Qué? ¿Qué es?... ¿Que sucede?... Fui hacia él y le dije:
—Querido amigo, aquí me tiene usted en una gran
incertidumbre. He venido algo tarde con X... a charlar un rato con su mujer de
usted. De pronto X... se ha desmayado, y, a pesar de nuestros cuidados, hace
dos horas que permanece sin conocimiento. No he querido llamar a nadie estando
yo aquí... Ayúdeme usted a bajarlo hasta el coche; voy a llevarlo a su casa y
allí podré cuidarlo mejor...
El marido, sorprendido, pero sin la menor desconfianza, se
quitó el sombrero y tomópor debajo de los
brazos a su rival, ya inofensivo.
Yo lo cogí por las piernas y comenzamos a bajar la escalera alumbrados por la
mujer.
Cuando llegamos delante de la puerta procuré enderezar
el cadáver, hablándole para engañar al cochero:
—Vamos, amigo mío, esto no será nada. Se siente usted ya
mejor, ¿verdad? Vamos, un poco de valor, haga usted un esfuerzo...
Como yo comprendía que se iba a desplomar, como sentía que
se escurría entre mis manos, le di un empujón con el hombro que lo echó hacia
delante, cayendo dentro del coche; yo subí tras él.
El marido, inquieto, me preguntó:
—¿Cree usted que será grave?
—No —contesté sonriendo para tranquilizarle, y miré a su
mujer. Ésta había apoyado su brazo en el de su marido legítimo y tenía la
mirada fija en el fondo oscuro del coche.
Les dije adiós y di al cochero orden de partir. Durante
todo el camino llevé apoyada sobre mi hombro la cabeza del muerto.
Cuando llegamos a su casa dije que había perdido el
conocimiento dentro del coche.
Lo ayudé a subir a su cuarto, donde certifiqué la
defunción. Allí tuve que representar otra comedia ante la familia acongojada
del dolor... Después me volví a mi casa y me metí en la cama, renegando de los
enamorados.
El doctor calló, siempre sonriente. La joven, crispada,
preguntó:
—¿Por qué me
ha contado usted
esa historia tan horrible?
El médico, saludando
galantemente, contestó:
—Para ofrecerle a usted mis servicios, si llega el caso.
Gil Blas, 25 de septiembre de 1882
APARICIÓN
Apparition
Se hablaba de
secuestros a raíz de un reciente
proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa
antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que era
verdadera.
Entonces el viejo marqués de la Tour- Samuel, de ochenta y
dos años, se levantó y se apoyó en la chimenea. Dijo, con voz un tanto
temblorosa:
Yo también sé algo extraño, tan extraño que ha sido la
obsesión de toda mi vida. Hace ahora cincuenta y seis años que me ocurrió esta
aventura, y no pasa ni un mes sin que la reviva en sueños. De aquel día me ha
quedado una marca, una huella de miedo, ¿entienden? Sí, sufrí un horrible temor
durante diez minutos, de una forma tal que desde entonces una especie de terror
constante ha quedado para siempre en mi alma. Los ruidos inesperados me hacen
sobresaltar hasta lo más profundo; los
objetos que distingo mal en las sombras de la noche me producen un deseo loco'
de huir. Por las noches tengo miedo.
¡Oh!, nunca hubiera confesado esto antes de llegar a la
edad que tengo ahora. En estos momentos puedo contarlo todo. Cuando se tienen
ochenta y dos años está permitido no ser
valiente ante los peligros
imaginarios.
Ante los peligros verdaderos jamás he retrocedido,
señoras.
Esta historia alteró de tal modomi espíritu,: me trastornó
de una forma tan profunda, tan
misteriosa, tan horrible, que jamás hasta ahora la he contado. La he guardado
en el fondo más íntimo de mí, en ese fondo donde uno guarda los secretos
penosos, los secretos vergonzosos, todas las debilidades inconfesables que
tenemos en nuestra existencia.
Les contaré la aventura tal como ocurrió, sin intentar
explicarla. Por supuesto es explicable, a menos que yo haya sufrido una hora de
locura. Pero no, no estuve loco, y les daré la prueba.
Imaginen lo que quieran. He aquí los hechos desnudos.
Fue en 1827, en el mes de julio. Yo estaba de guarnición
en Ruán.
Un día, mientras paseaba por el muelle, encontré a un
hombre que creí reconocer sin recordar exactamente quién era. Hice
instintivamente un movimiento para detenerme. El desconocido captó el gesto, me
miró y se me echó a los brazos.
Era un amigo de juventud al que había querido mucho. Hacía
cinco años que no lo veía, y desde entonces parecía haber envejecido medio
siglo. Tenía el pelo completamente blanco; y caminaba encorvado, como agotado.
Comprendió mi sorpresa y me contó su vida. Una terrible desgracia lo había
destrozado.
Se había enamorado
locamente de una joven, y se había casado con ella en una especie de éxtasis de
felicidad. Tras un año de una felicidad sobrehumana y de una pasión inagotada,
ella había muerto repentinamente de una enfermedad cardíaca, muerta por su
propio amor, sin duda.
Él había abandonado su quinta el mismo día del entierro, y
había acudido a vivir a su casa en Ruán.
Ahora vivía allí, solitario y desesperado, carcomido por
el dolor, tan miserable que sólo pensaba en el suicidio.
—Puesto que te he encontrado de este modo —me dijo—, me
atrevo a pedirte que me hagas un gran servicio: ir a buscar a mi quinta, al
secreter de mi habitación, de nuestra habitación, unos papeles que necesito urgentemente. No puedo
encargarle esta misión a un subalterno o a un empleado porque es precisa una
impenetrable discreción y un silencio absoluto. En cuanto a mí, por nada del
mundo volvería a entrar en aquella casa.
»Te daré la llave de esa habitación, que yo mismo
cerré al
irme, y la llave de misecreter.
Además le entregarás una nota mía a mi jardinero que te abrirá la quinta.
»Pero ven a desayunar conmigo mañana, y hablaremos de todo
eso.
Le prometí hacerle aquel sencillo servicio.
No era más que un paseo para mí, su quinta se hallaba a
unas cinco leguas de Ruán. No era más que una hora a caballo.
A las diez de la mañana siguiente estaba en su casa.
Desayunamos juntos, pero no pronunció ni veinte palabras. Me pidió que le
disculpara; el pensamiento de la visita que iba a efectuar yo en aquella
habitación, donde yacía su felicidad, le trastornaba, me dijo. Me pareció en
efecto singularmente agitado, preocupado, como si en su alma se hubiera librado
un misterioso combate.
Finalmente me explicó con exactitud lo que tenía que
hacer. Era muy
sencillo. Debía tomar dos
paquetes de cartas y un fajo de papeles cerrados en el primer cajón de la
derecha del mueble del que tenía la llave. Añadió:
—No necesito suplicarte que no los mires.
Me sentí casi herido por aquellas palabras, y se lo dije
un tanto vivamente.
Balbuceó:
—Perdóname, sufro demasiado. Y se echó a llorar.
Me marché una hora más tarde para cumplir mi misión.
Hacía un tiempo
radiante, y avancé
al trote largo por los prados, escuchando el canto de las alondras y el
rítmico sonido de mi sable contra mi bota.
Luego entré en
el bosque y puse mi caballo al
paso. Las ramas de los árboles me acariciaban el rostro; y a veces atrapaba una
hoja con los dientes y la masticaba ávidamente, en una de estas alegrías de
vivir que nos llenan, no se sabe por qué, de una felicidad tumultuosa y como
inalcanzable, una especie de embriaguez de fuerza.
Al acercarme a la quinta busqué en el bolsillo la carta
que llevaba para el jardinero, y me di cuenta con sorpresa de que estaba
lacrada. Aquello me irritó de tal modo que estuve a punto de volver sobre mis
pasos sin cumplir mi encargo. Luego
pensé que con aquello mostraría una sensibilidad de mal gusto. Mi amigo había
podido cerrar la carta sin darse cuenta de ello, turbado como estaba.
La casa parecía llevar veinte años abandonada. La barrera,
abierta y podrida, se mantenía en pie nadie sabía cómo. La hierba llenaba los
caminos; no se distinguían los arriates del césped.
Al ruido que hice golpeando con el pie un postigo, un
viejo salió por una puerta lateral y pareció estupefacto de verme. Salté al
suelo y le entregué la carta. La leyó, volvió a leerla, le dio la vuelta, me
estudió de arriba abajo se metió el papel en el bolsillo y dijo:
—¡Y bien! ¿Qué es lo que desea? Respondí bruscamente:
—Usted debería de
saberlo, ya que ha recibido dentro de ese sobre las órdenes de su amo;
quiero entrar en la casa.
Pareció aterrado. Declaró:
—Entonces, ¿piensa entrar en... en su habitación?
Empecé a impacientarme.
—¿Por Dios! ¿Acaso tiene usted intención de interrogarme?
Balbuceó:
—No..., señor..., pero es que... es que no se ha abierto
desde... desde... la muerte. Si quiere esperarme cinco minutos, iré... iré a
ver si...
Le interrumpí colérico.
—¡Ah! Vamos, ¿se está burlando de mí? Usted no puede
entrar, porque aquí está la llave.
No supo qué decir.
—Entonces, señor, le indicaré el camino.
—Señáleme la escalera
y déjeme sólo. Sabré encontrarla sin usted.
—Pero.... señor... sin embargo... Esta vez me irrité
realmente.
—Está bien, cállese, ¿quiere? O se las verá conmigo.
Lo aparté violentamente
y entré en la
casa.
Atravesé
primero la cocina,
luego dos pequeñas habitaciones
que ocupaba aquel hombre con su mujer. Franqueé un gran
vestíbulo, subí la escalera, y reconocí la puerta indicada por mi amigo.
La abrí sin problemas y entré.
El apartamento estaba tan a oscuras que al principio no
distinguí nada. Me detuve, impresionado
por aquel olor mohoso y húmedo de las
habitaciones vacías y cerradas, las habitaciones muertas. Luego,
poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y
vi laramente una gran pieza en desorden, con una cama sin sábanas, pero con sus
colchones y sus almohadas, de las que una mostraba la profunda huella de un
codo o de una cabeza, como si alguien acabara de apoyarse en ella.
Las sillas aparecían en desorden. Observé que una puerta,
sin duda la de un armario, estaba entreabierta.
Me dirigí primero a la ventana para dar entrada a la luz
del día y la abrí; pero los hierros de las contraventanas estaban tan oxidados
que no pude hacerlos ceder.
Intenté incluso forzarlos con mi sable, sin conseguirlo.
Irritado ante aquellos esfuerzos inútiles, y puesto que mis ojos se habían
acostumbrado al final perfectamente a las sombras, renuncié a la esperanza de
conseguir más luz y me dirigí al secreter.
Me senté en un sillón, corrí la tapa, abrí el cajón
indicado. Estaba lleno a rebosar. No necesitaba más que tres paquetes, que
sabía cómo reconocer, y me puse a buscarlos.
Intentaba descifrar con los ojos muy abiertos lo escrito
en los distintos fajos, cuando creí escuchar, o más bien sentir, un roce a mis
espaldas. No le presté atención, pensando que una corriente de aire había agitado alguna tela. Pero, al cabo de un minuto, otro
movimiento, casi indistinto, hizo que un pequeño estremecimiento desagradable
recorriera mi piel. Todo aquello era tan estúpido que ni siquiera quise
volverme, por pudor hacia mí mismo. Acababa de descubrir el segundo de los
fajos que necesitaba y tenía ya entre mis manos el tercero cuando un profundo y
penoso suspiro, lanzado contra mi espalda, me hizo dar un salto alocado a dos
metros de allí. Me volví en mi
movimiento, con la mano en la empuñadura de mi sable, y ciertamente, si
no lo hubiera sentido a mi lado, hubiera
huido de allí como un cobarde.
Una mujer alta vestida de blanco me contemplaba, de pie
detrás del sillón donde yo había estado sentado un segundo antes.
¡Mis miembros sufrieron una sacudida tal que estuve a
punto de caer de espaldas! ¡Oh! Nadie puede comprender, a menos que los haya
experimentado, estos espantosos y estúpidos terrores. El alma se hunde; no se
siente el corazón; todo el cuerpo se vuelve blando como una esponja, cabría
decir que todo el interior de uno se desmorona.
No creo en los fantasmas; sin embargo, desfallecí bajo el
horrible temor a los muertos, y sufrí, ¡oh!, sufrí en unos instantes más que en
todo el resto de mi vida, bajo la irresistible angustia de los terrores sobrenaturales.
¡Si ella no hubiera hablado, probablemente ahora estaría
muerto! Pero habló; habló con una voz dulce y dolorosa que hacía vibrar los
nervios. No me atreveré a decir que recuperé el dominio de mí mismo y que la
razón volvió a mí. No. Estaba tan extraviado que no sabía lo que hacía; pero
aquella especie de fiereza íntima que hay en mí, un poco del orgullo de mi
oficio también, me hacían mantener, casi pese a mí mismo, una actitud honorable. Fingí ante mí, y ante ella sin
duda, ante ella, fuera quien fuese, mujer o espectro. Me di cuenta de todo
aquello más tarde, porque les aseguro que, en el instante de la aparición, no
pensé en nada. Tenía miedo.
—¡Oh, señor! —me dijo—.
¡Podéis hacerme un gran servicio!
Quise responderle, pero me fue imposible pronunciar una
palabra. Un ruido vago brotó de mi garganta.
—¿Querréis? —insistió—. Podéis salvarme, curarme. Sufro
atrozmente. Sufro, ¡oh, sí, sufro!
Y se sentó suavemente en mi sillón. Me miraba.
—¿Querréis?
Afirmé con la
cabeza incapaz de
hallar todavía mi voz.
Entonces ella me tendió un peine de carey y murmuró:
—Peinadme, ¡oh!,
peinadme; eso me curará; es preciso que me peinen. Mirad mi cabeza... Cómo
sufro; ¡cuanto me duelen los cabellos!
Sus cabellos
sueltos, muy largos, muy negros, me
parecieron, colgaban por encima del respaldo del sillón y llegaban hasta el
suelo.
¿Por qué hice aquello? ¿Por qué recibí con un
estremecimiento aquel peine, y por qué tomé en mis manos sus largos cabellos
que dieron a mi piel una sensación de frío atroz, como si hubiera manejado
serpientes? No lo sé.
Esta sensación permaneció en mis dedos, y me estremezco
cuando pienso en ella.
La peiné. Manejé no sé cómo aquella cabellera de hielo. La
retorcí, la anudé y la desanudé; la trencé como se trenza la crin de un
caballo. Ella suspiraba, inclinaba la cabeza, parecía feliz.
De pronto me dijo «¡Gracias!», me arrancó el peine las
manos y huyó por la puerta que había observado que estaba entreabierta.
Ya solo, sufrí durante unos segundos ese trastorno de
desconcierto que se produce al despertar después de una pesadilla. Luego
recuperé finalmente los sentidos; corrí a la ventana y rornpí las
contraventanas con un furioso golpe.
Entró un chorro de luz diurna. Corrí hacia la puerta por
donde ella se había ido. La hallé cerrada e infranqueable.
Entonces me invadió una fiebre de huida, un pánico, el
verdadero pánico de las batallas. Cogí bruscamente los tres paquetes de cartas
del abierto secreter; atravesé corriendo el apartamento, salté los peldaños de
la escalera de cuatro en cuatro, me hallé fuera no sé por dónde, y, al ver a mi
caballo a diez pasos de mí, lo monté de un salto y partí al galope.
No me detuve más que en Ruán, delante de mi alojamiento.
Tras arrojar la brida a mi ordenanza, me
refugié en mi
habitación, donde me encerré para reflexionar.
Entonces, durante una hora, me pregunté ansiosamente si no
habría sido juguete de una alucinación. Ciertamente, había sufrido una de
aquellas incomprensibles sacudidas nerviosas, uno de aquellos trastornos del
cerebro que dan nacimiento a los milagros y a los que debe su poder lo
sobrenatural.
E iba ya a creer en una visión, en un error de mis
sentidos, cuando me acerqué a la
ventana. Mis ojos, por azar,
descendieron sobre mi pecho. ¡Mi dormán estaba lleno de largos cabellos
femeninos que se habían enredado en los botones!
Los cogí uno por uno y los arrojé fuera por la ventana con
un temblor de los dedos.
Luego llamé a mi ordenanza. Me sentía demasiado
emocionado, demasiado trastornado para ir aquel mismo día a casa de mi amigo.
Además, deseaba reflexionar a fondo lo que debía decirle.
Le hice llevar las cartas, de las que extendió un recibo
al soldado. Se informó sobre mi. El soldado
le dijo que no me encontraba bien, que había sufrido una ligera
insolación, no sé qué. Pareció inquieto.
Fui a su casa a la mañana siguiente, poco después de
amanecer, dispuesto a contarle la verdad. Había salido el día anterior por la
noche y no había vuelto.
Volví aquel mismo día, y no había vuelto.
Aguardé una semana. No reapareció. Entonces previne a la
justicia. Se le hizo buscar por todas partes, sin descubrir la más mínima
huella de su paso o de su destino.
Se efectuó una visita minuciosa a la quinta abandonada. No
se descubrió nada sospechoso allí.
Ningún indicio reveló que hubiera alguna mujer oculta en
aquel lugar.
La investigación no llegó a ningún resultado, y las pesquisas fueron abandonadas.
Y, tras cincuenta y seis años, no he conseguido
averiguar nada. No sé nada más.
La Gaulois, 4 de abril de 1883
ANTÓN
Toine
I
Se le conocía en diez leguas redonda. Triple Antón, Antón
a secas o Antón Pepino, que de tantas maneras llamaban las gentes al señor
Antonio Machablé, posadero en Tournevent, famoso aquel pobre lugarejo, perdido
en un repliegue del valle que se prolonga hasta el mar. Las diez casuchas que
lo forman se han guarecido en la hondonada como se guarecen las alondras en un
surco para librarse del huracán y eran una especie de feudo para el señor
Antón, apodado también Triple Antón, aludiendo a su excesiva gordura y a este
dicharacho que no se le caía de la boca:
—Mi triple anís, es el primero de Francia.
Otros le apodaron Antón Pepino porque, además de parecerlo
por lo rechoncho y abotargado a cuantos le preguntaban:
—¿Qué podríamos tomar? Invariablemente respondía:
—Para hacer boca, tengo pepinos en vinagre que no los hay
mejores: tómalos, yerno.
Solía llamar yerno a todos, él, que nunca tuvo hija casada
ni por casar.
Sí; conocía todo el mundo a Antón, Triple Antón o Antón
Pepino, el hombre más obeso, no sólo de la comarca, sino de la región. Su casa
parecía irrisoriamente pequeña para hospedarle, y cuando se le veía en pie,
junto a la puerta, donde pasaba horas y horas, la gente se preguntaba cómo
podía entrar y salir sin gran esfuerzo.
Entraba cada vez que aparecía un a parroquiano, porque todos los que saboreaban
el triple anís de Antón solían invitarle a vaciar la dado primera copa.
Su establecimiento lucía este rotulo: Tertulia de los
Amigos; y, en verdad, el señor Antón era un amigo de toda la comarca. Iban
desde Fécamp y desde Montivilliers algunos desocupados para oír sus bromas,
pues tenía tanta gracia, que hubiera hecho reír a una lápida sepulcral aquel
triple gordo. Tenía un modo particular
de hacer burla de todo el mundo sin enfadar a nadie, una manera propia
de guiñar los ojos indicando lo que no decía; y sus accesos de risa, retorciendo
el corpachón y golpeándose los muslos, alegraban al más hipocondríaco. Además,
bebía cuanto le daban, con los ojos alegres, con la doble satisfacción de
aumentar la venta y darse un gusto.
Lo más gracioso era verle regañar con su mujer. Una
comedia. Y en treinta y un años de matrimonio no tuvieron un día de paz,
andando siempre a la greña; pero Antón se guaseaba mientras ella se ponía
furiosa. Era una campesina forzuda, flaca,
insolente; ocupándose de sus gallinas y de sus pollos, adquirió fama de
saber engordarlos.
Cuando había comilona en alguna casa principal de Fécamp,
nunca faltaban unos pollos comprados en
la Tertulia de los Amigos.
Era desapacible por naturaleza y ninguna cosa la
contentaba. Quejosa de todo, lo estaba principalmente de su marido. La
molestaba su alegría, su fama de hombre campechano, su inquebrantable salud, su
obesidad. Le miraba despreciativamente al verle ganar dinero sin hacer nada y al
verle comer y beber por ocho; no pasaba día sin que le dijera:
—¿No estarías mejor en el establo de los cerdos? Me
repugna verte con tantísima grasa.
Y otras veces:
—Aguarda, lo hemos de ver; reventarás cuando menos lo
pienses, como un saco viejo. Antón, riendo con
ganas y dándose golpes en el vientre, respondía:
—¡Eh, señora llueca; procura engordar así tus pollos. A
ver si lo consigues.
Y arremangándose y luciendo su brazo desnudo proseguía:
—Aquí tienes un alón; míralo, ¿te gusta?
Los parroquianos manoteaban muertos de risa, escupiendo y
atragantándose, locos de cijo.
La mujer, furiosa, gritaba:
—Espera..., espera... Ya reventarás como un saco viejo.
Y entraba en el corral cerrando la puerta, porque la
molestaba oír las carcajadas.
En realidad, la gordura de Antón era sorprendente y
aumentaba de día en día, cada vez más colorado, más rollizo, con apariencias de
una salud sobrehumana.
—Espera un poco..., ya veremos lo que sucederá.
II
Y sucedió que Antón tuvo un ataque de parálisis. Metieron
al coloso en una alcobita detrás del mostrador, para que pudiese oír las
conversaciones de los parroquianos y hablar con los amigos, porque su cerebro y
su lengua estaban expeditos, mientras el enorme corpachón dormía, inmóvil
siempre.
Al principio se creyó que sus musculosas piernas
recobrarían algo del vigor perdido; pero desvanecida toda esperanza, pasó la
vida en aquel rincón, del cual una vez a la semana solían sacarle cuatro
vecinos para dar lugar a que le hiciesen la cama.
No perdió su jovialidad, pero se mostraba tímido y
humilde, temeroso como una criatura de su mujer, la cual repetía constante:
—Ahí lo tenéis... Inútil para todo... Comías como un
cerdo... ¡No podía
suceder otra cosa!
Él no replicaba; solamente guiñaba sus ojos cuando ella no
lo veía. Su distracción única era oír las conversaciones y dialogar a través
del tabique.
—Hola, mi yerno, ¿eres Celestino?
—Sí. ¿Qué haces en esa pocilga? ¿Cuándo echas a correr?
—Correr
precisamente, no; pero ni adelgazo ni se me ablandan las
carnes; ¡buena madera!
Más adelante hizo entrar a sus íntimos, aun cuando le
desconsolaba que bebieran sin poder acompañarlos.
—Mi único duelo, no catarlo, ¡ni siquiera olerlo!
Y la voz chillona de la mujer gritaba:
—Ya le veis, ¡hay que darle de comer, hay que lavarle como
a un cerdo!
A veces un gallo de plumas rojas entraba por la ventana
observándolo todo y lanzando un cacareo; y otras veces los pollos
persiguiéndose y revoloteando, subían a la cama o buscaban por el suelo migas
de pan.
Todos los amigos, poco a poco, sin distinción, fueron
entrando y sentándose alrededor del gordo.
Paralítico y todo, el famoso guasón los divertía. ¡Hubiera
hecho reír al diablo! Tres, no faltaban jamás: Celestino Maloisel, muy seco y
algo torcido, como un tronco de manzano; Próspero Horslaville, pequeño, flaco,
muy zorro, con las narices como un hurón, y Cesáreo Paumelle, que no hablaba
nunca, pero que, sin embargo, se divertía grandemente.
Entraban una tabla del patio y sobre la cama jugaban al
dominó, desde las dos hasta las seis.
Pero la mujer se ponía insoportable. No podía tolerar
que su marido
continuara divirtiéndose y que los otros jugaran allí. En lo más
interesante de una partida, como pudiera daba un meneo a la tabla, recogía las
fichas y las ponía en una mesa del establecimiento, diciendo que ya era
bastante mantener un vago, sin buscarle distracciones, lo cual parecía un insulto para las pobres gentes que trabajan sin cesar
ganando lo que se comen.
Celestino y Cesáreo bajaban la cabeza; pero Próspero,
divertido con las cóleras de la mujer, las provocaba.
Un día, viéndola más furiosa que de costumbre, dijo:
—¿Sabes lo que haría yo en tu pellejo?
Ella esperó que se lo explicara, clavando en él sus verdes
ojos de lechuza.
—Pues como Antón
Pepino tiene tanto calor en la cama, le haría empollar
huevos.
Ella quedó indecisa, temiendo la burla, y observando el
rostro del campesino, el cual prosiguió:
—Yo le pondría cinco debajo de cada brazo, al mismo tiempo
de apartar una llueca. Y nacerían igual. En cuanto salieran del cascarón los
pollos que Antón hubiese incubado, mezclándolos con los de la llueca se
criarían perfectamente.
La mujer, algo incrédula, preguntó:
—¿Es posible?
—¿Por qué no ha de ser posible? Lo mismo que salen pollos
de una incubadora, de un cajón
caliente pueden salir de una
cama.
Todo es que haya calor.
Este
razonamiento fue bastante
para convencerla.
Y a los ocho días entró en el cuarto de su marido con el
delantal lleno de huevos.
—Acabo de apartar a la parda con diez huevos; ahí
tienes otros diez
para ti.
¡Cuidadito con romper alguno!
Antón, asombrado, preguntó:
—Pero ¿qué piensas?
—Que sirvas de algo: incuba.
El paralítico reía, y acabó por enfadarse al ver la
insistencia de su esposa; resistió, negándose resueltamente a consentirlo,
hasta que la furia declaró:
—No comerás mientras no lo hagas; veremos lo que sucede.
Antón callaba, inquieto.
A mediodía gritó:
—¿No está hecho el guisado?
La mujer dijo a voces desde la cocina:
—No hay guisado para los cerdos.
Antón supuso que seria una broma, y después de aguardar
inútilmente, suplicó, amenazó, se desesperó, dio golpes en la pared con la
cabeza... y, al fin, tuvo que resignarse, que admitir los cinco huevos en cada
sobaco.
Entonces ella le dio la comida.
Cuando sus amigos entraron por la tarde, creyeron que se
agravaba la dolencia de Antón; estaba quieto, sofocado.
Pusieron la tabla y jugaron al dominó como todos los
días. Pero Antón movía los brazos con mucha dificultad, con precauciones
infinitas.
—¿Se te ha corrido arriba la parálisis?— preguntó
Próspero.
—Siento una pesadez en la espalda...
Entraban dos hombres en el establecimiento; los jugadores
callaron. Eran el señor alcalde y un concejal. Pidieron dos copas del triple y
continuaron la conversación que traían. Como hablaban muy bajo, Antón quiso
levantar la cabeza para oír mejor, hizo un movimiento brusco sin acordarse de
los huevos y... ¡no fue mala tortilla!
Sintiendo la humedad, soltó un taco redondo, la mujer
acudió, adivinando en seguida la catástrofe.
Un momento estuvo inmóvil, demasiado sofocada para
expresar su indignación; luego, acercándose más al paralítico, empezó a
golpearle.
Antón callaba, y no se movía por no estropear los cinco
huevos del otro lado que no se habían roto; además, creía necesaria mucha
prudencia; pero sus tres amigos reían a
mandíbula batiente, chillando,
tosiendo, sonándose como locos.
III
La mala pécora le venció; Antón se vio obligado a
prescindir del juego y atender sólo a la incubación. Su esposa le castigaba
duramente, dejándole sin comida, y, para no pasar hambre, el desdichado ni se
movía, ni alzaba la voz, temeroso a cada instante de un contratiempo. Le
preocupaba mucho la gallina parda, llueca entonces, ¡cómo él!, y decía:
—¿Hoy, come?
La mujer no paraba: del gallinero al cuarto de Antón, y
del cuarto al gallinero, poseída por la reocupación de los huevos incubados en
la cama y en el nido.
Los campesinos de la comarca iban a preguntar por Antón,
curiosos y serios;
Entraban despacio decían:
—¿Sigues bien?
—Muy bien; pero el calor me sofoca y me dan hormigueos...
—¿Cuándo sales de tu cuidado?
—No lo sé, no lo sé.
Una mañana entró la mujer en el cuarto, diciendo muy
conmovida:
—¡La parda tiene siete polluelos!
Antón preguntó con ansia, con angustia, como una
primeriza en vísperas
de ser madre:
—¿De manera que falta poco? La mujer, temerosa de un mal
resultado, respondió condureza:
—¡Ya lo veremos!
Aguardaron.
Los amigos que
sabían la proximidad del suceso,
llegaban con alguna inquietud.
Se hablaba de
lo mismo en
todas las casas. Iban
los vecinos enterándose
de puerta en puerta.
El gordo se amodorró a eso de las tres. Dormía. Le
despertó un cosquilleo inexplicable en el sobaco derecho. Llevó al sitio la
mano izquierda y palpó un animalillo cubierto de plumas.
Emocionado profundamente, gritó de tal modo que invadieron
su alcoba todos los parroquianos que
llenaban a tal hora el establecimiento; hicieron círculo alrededor como si
fuesen a presenciar unos títeres, y la mujer,
acercándose, cogió al animalito sobre las propias barbas de Antón.
Reinaba entre los presentes un silencio profundo. Era un
día caluroso de abril, y por la ventana se oía el cloqueo de la gallina parda
llamando a los recién nacidos.
Antón, que sudaba de angustia, de afán y de inquietud,
murmuró:
—Ya siento salir otro en el brazo izquierdo.
La mujer hundió en la cama su mano descarnada y sacó el
segundo pollito con precauciones de comadrona.
Todos los vecinos querían ver aquello y contemplaban el
pollo de gallina como si fuera un fenómeno.
Durante veinte minutos
no pasó nada; luego, cuatro picaron a la vez el
cascarón.
Hubo rumores de asombro entre los que presenciaban el
extraño suceso, y Antón sonrió, empezando a enorgullecerse de aquella
paternidad inesperada.
Lo cierto es que no se había visto nada semejante.
El gordo anunció:
—Ya llevo seis; ¡qué bautizo! Y le rieron mucho la gracia.
Desde que asaltaron la alcoba los que se hallaban reunidos
en el establecimiento, poco a poco se había ido llenando la tienda otra vez y
al aire libre aguardaban muchos más. Todos repetían:
—¿Cuántos han salido?
— ¡Ya tiene seis!
La mujer llevó a la llueca este incremento de la familia y
la pobre llueca erizaba sus plumas y extendía las alas para dar abrigo a la
prole que de tal modo aumentaba.
—¡Ya tenemos otro!—gritó, regocijándose, Antón.
Pero se había equivocado. No era otro, eran tres más. ¡Un
triunfo! El último rompió su cascarón a
las siete. ¡Los diez habían salido! Y el gordo, borracho de alegría,
besó al último con tanta efusión, que a poco más lo espachurra entre sus
labios. Quería quedárselo en la cama toda la
noche, dominado por una ternura de madre hacia el pobre ser que debía la
vida; pero la mala pécora se lo llevó, como se había llevado los otros, desoyendo
la súplica del marido.
Los testigos de aquel suceso iban retirándose,
comentándolo; Próspero quedó el último, e hizo al gordo esta pregunta:
—¿Me convidas, para cuando estén ya cebados, a comer uno
con tomate?
La idea sublime de comer un pollo con tomate iluminó el
semblante de Antón, el Triple Antón, con sincero entusiasmo repuso:
—¡Vaya si te convido! Quedas convidado para lo que dices,
yerno.
Gil Blas, 6 de enero de 1885
AMOROSA
Etrennes
Después de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso
al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia.
Tenía costumbre de acabar así la última noche del año,
solo, escribiendo; recordaba cuanto le había ocurrido en doce meses, todo lo
acabado, todo lo muerto, y al surgir entre sus meditaciones la imagen de un
amigo, escribía una frase afectuosa, el saludo cordial de Año Nuevo. Se sentó,
abrió un cajón y sacando una fotografía, después de mirarla y darle un beso, la
dejó encima de la mesa y empezó una carta:
"Mi adorable Irene: Habrás recibido un recuerdo mío;
ahora, solo en mi casa, pensando en ti..."
No pasó adelante; dejando la pluma, se levantó; iba y
venia...
Desde marzo tenía una querida, no una querida como las
otras, mujer de aventuras, actriz, callejera o mundana; era una mujer a la que
había pretendido y logrado con verdadero amor.
El ya no era un joven; pero distando todavía de ser viejo,
miraba seriamente las cosas a través de un prisma positivo y práctico.
"Hizo balance" de su pasión, como lo hacía
siempre al terminar el año, de sus amistades y de todas las variaciones y
sucesos de su existencia.
Ya calmado su
primer apasionamiento ardoroso, podía
examinar con precisión hasta qué punto la quería y cuál pudiera ser el porvenir
de aquellos amores.
Descubrió arraigado en su alma un cariño profundo, mezcla
de ternura, encanto y agradecimiento,
poderosos lazos que sujetan para toda la vida.
Un campanillazo le hizo estremecer. Dudó.
¿Abriría? Es preciso abrir a un desconocido, que al pasar
llama en la noche de Año Nuevo.
Cogió una bujía, salió al recibimiento, hizo girar la
llave, trajo hacia sí la puerta... y vio en el descansillo a su querida, pálida
como un cadáver y apoyando una mano en la pared.
Sorprendido, preguntó:
—¿Qué te pasa? Ella dijo:
—¿Puedo entrar?
—¡Ya lo creo!
—¿No me verá nadie?
—Absolutamente nadie.
—¿Ibas a salir?
—No.
Entró —como quien tiene muy conocida la casa— y
desplomándose, casi desmayada, en el diván del gabinete, rompió a llorar, con
la cara entre las manos.
El, arrodillado junto a ella, procuraba suavemente
descubrir y ver sus ojos, repitiendo:
—Irene, Irene mía, ¿por qué lloras? Te lo suplico. ¡Dime
por qué lloras!
La mujer balbució entre sollozos:
—¡No puedo.., vivir así! No la comprendía.
—¿Vivir así? ¿Cómo?
—No puedo vivir así... en mi casa. No quise decírtelo nunca, pero es horrible...
No puedo..., sufro demasiado... Me atormenta...
Me ha maltratado!...
—¿Tu marido?
—Sí...
—¡Ah!...
Le sorprendió, porque
no imaginaba— ¡cómo imaginarlo! —
que fuera brutal con su querida el marido;
un hombre de
finos modales, que frecuentaba el casino, la sala de armas, paseos y
escenarios; jinete y tirador; muy
conocido y estimado en sociedad, correcto y cortés; hombre de pocos,
alcances y de limitados conocimientos, pero con la inteligencia indispensable
para discurrir como todas las gentes de su mundo y respetar las preocupaciones
y rutinas elegantes.
Parecía ocuparse de su mujer, como debe hacerlo un hombre
,acaudalado y aristócrata: atendiendo a sus caprichos, a su salud, a sus trajes
y dejándola perfectamente libre.
Desde que Randal fue presentado a Irene y ella le recibió
con agrado, tuvo derecho a las deferencias que todo marido culto sabe guardar a
los contertulios de su mujer. Cuando Randal pasó de ser amigo a ser amante, las
deferencias del esposo aumentaron, es natural.
Y como nada le hizo sospechar de que hubiese tempestades
íntimas en aquel matrimonio, le
sorprendía mucho esta revelación inesperada.
¡Te ha maltratado! No llores y dime cómo fue.
Irene contó una historia muy larga: sus desavenencias, al
principio triviales, más hondas de día en día, la incompatibilidad de sus
temperamentos.
Empezaron las disputas, acabando en una separación
completa; el marido se mostró suspicaz,
violento. Más adelante,
celoso, celoso de Randal; y acababa de maltratarla.
—... No vuelvo a mi casa, no. Dime lo que debo hacer.
Jacobo se había sentado muy cerca, y le cogió las manos.
—Piénsalo mucho, y no lo hagas ciegamente; que todas las
culpas caigan sobre tu marido; tu salva
tu posición de mujer irreprochable.
Mirándole con inquietud, Irene le preguntó:
—¿Qué me aconsejas?
—Vuelve a tu casa y sufre.con resignación hasta encontrar
un pretexto para separarte con todos los honores.
—¿No es algo cobarde tu consejo?
—Es prudente. No puedes arrojar por la ventana tu honra y
las atenciones que debes a tu familia. ¡Qué dirán de ti si renuncias a todo en
un momento de locura!
Irene se levantó excitada, violenta:
—No puedo más. Todo acabó.¡Se acabó, se acabó y se acabó!
Luego,
apoyando ambas manos
en el pecho de su amante, le miró
a los ojos.
—¿Me quieres?
—Mucho.
—¿De veras?
—¡Tan de veras!
—Pues bien; viviremos juntos en tu casa. Randal exclamó
asombrado:
—¿En mi casa? ¿Conmigo? ¿Te has vuelto loca?
¿Comprometerte, deshonrarte para toda la
vida?
Ella repuso, lentamente,
con seriedad, midiendo las
palabras:
—Oye, Jacobo. Me
ha prohibido que te
vea. Yo no soy mujer de las que mienten y engañan. Si
vuelvo a mi casa, no volveré más a la tuya.
Elige.
—Si te divorciases, nos casaríamos.
—Era necesario esperar dos o tres años... Tu cariño,
¿tiene tanta paciencia? ¿No se sublevaría en ese tiempo?
—Reflexiona. Si te quedas hoy aquí, mañana te
reclamará; es tu
marido: el derecho le asiste, le
.ampara la ley.
—No me interesa quedarme aquí, lo que yo quiero es ir
contigo a cualquier parte. Si me quieres, vámonos a donde tu digas, y si no me
quieres, adiós.
Jacobo la detuvo:
—Irene, ten calma;
Ella no quería oírle; con los ojos llenos de lágrimas,
repetía:
—Déjame..., déjame..., déjame...
La hizo sentar a la fuerza y se arrodilló de nuevo a sus
pies. Trató —acumulando
reflexiones y consejos— de hacerle comprender lo
irreparable de aquella resolución. Estuvo elocuente, y hasta en su mismo cariño
halló argumentos convincentes.
Le suplicó una y mil veces que le atendiera, que razonara como él, que no se
ofuscase.
Fría, serena, cuando Jacobo calló, Irene dijo:
—Está bien; permite que me levante y que me vaya
—No; eso, no.
—Déjame. Tú me rechazas, me voy
—Te vas, pensando que no te quiero.
—Me rechazas.
—¡Dime si tu resolución, si tu loca resolución, de la cual
te arrepentirás luego, es irrevocable!
—Sí... Pero ¡déjame!
—No; si estás decidida, mi casa es tu casa. Nos iremos lo
antes posible a un lugar seguro; te acompañaré, te seguiré...
—No; no quiero
que te sacrifiques.
Comprendo... que te sacrificas.
—Espera; hice cuanto pude para convencerte; no quise
contribuir a perjudicarte. Pero lo que tú hagas, yo lo
acepto.
Irene volvió a sentarse, le miró a los ojos fijamente y
dijo:
—Habla; explícame cómo te convenciste cuando te proponías
convencerme; dime lo que has pensado.
—No he pensado nada. Te advierto que haces una
locura, una terrible
y dolorosa locura. Insistes, y te
pido mi parte; lo de cada uno debe
ser de los dos: tu locura, como todo.
—Tampoco me convences.
—Oyeme bien. No se trata ni de sacrificio ni de
abnegación. Cuando comprendí que te amaba, pensé lo que debieran pensar todos
los amantes en situaciones parecidas: "El hombre que pretende a una mujer,
que la enamora, que la consigue, contrae un sagrado compromiso. Naturalmente,
cuando se trata de una como tú y no de una mujer fácil y casquivana.
El matrimonio, que tiene mucha importancia social, un gran
valor legal, a mi juicio, vale poco, moralmente, por las condiciones que lo
determinan.
Así, cuando una mujer sujeta por ese lazo jurídico, pero
que no quiere a su esposo, que no puede quererle, cuyo corazón es libre, siente
cariño por un hombre y se hace suya, ese hombre se compromete más en ese mutuo
consentimiento que formalizando legalmente un matrimonio.
Y si ella y él son personas honradas, la unión debe ser
más íntima y estrecha que si la consagraran todas las ceremonias.
En tales circunstancias, la mujer se arriesga mucho. Y,
porque no lo ignora, porque lo da todo, su corazón, su cuerpo, su alma, su honor, su vida; porque se ha resignado a sufrir todas las
miserias y todas las derrotas; porque realiza su amor heroicamente; porque se
ha resuelto a desafiar las iras de su
marido, que puede matarla, y el desprecio del mundo, que puede perderla, ¡es
digna de respeto! Por eso también su amante,
al pretenderla, debió pensarlo y
prevenirlo todo, preferiría siempre a todo, en cualquier circunstancia. No
tengo nada que añadir. Advertí primero —como un hombre prudente; ahora ya puedo hablarcomo un hombre
apasionado. ¡Soy tuyo!
Radiante de alegría, Irene selló sus labios con un beso.
—Viviremos como siempre; no ha pasado nada: he fingido...
Quise ver cuánto me querías... Una prueba muy arriesgada... Ya la hice... ¡Qué
feliz Año Nuevo me ofreces!
Gil Blas, 7 de enero de 1887
AMOR
Amour
Páginas del «Diario de un cazador»
...En la crónica de sucesos de un periódico acabo de leer
un drama pasional. Uno que la ha matado y se ha matado después; es decir, uno
que amaba. ¿Qué importan él y ella? Sólo su amor me importa; y no porque me
enternezca, ni porque me asombre, ni porque me conmueva ni me haga soñar, sino
porque evoca en mí un recuerdo de la mocedad, recuerdo extraño de una cacería
en que se me apareció el Amor como se aparecían a los primeros cristianos
cruces misteriosas en la serenidad de los cielos.
Nací con todos los instintos y las emociones del hombre
primitivo, muy poco atenuados por las sensaciones y los razonamientos de la
civilización. Amo la caza con pasión, y la bestia ensangrentada, con sangre en
su plumaje, ensangrentándome las manos, me hace desfallecer de gusto.
Aquel año, al final del otoño, se presentó impetuosamente
el frío, y mi primo Karl de Ranyule me invitó a cazar con él a la alborada;
había patos magníficos en los pantanos de su posesión.
Mi primo, un buen mozo de cuarenta años, encarnado, con
mucha vida en el cuerpo y muchos poles en la cara, semibruto y semicivilizado,
de alegre carácter, dotado de ese esprit gaulois que tan agradablemente vela
las deficiencias del ingenio, vivía en una especie de cortijo con aires de
castillo señorial, escondido en un amplio valle.
Coronaban las colinas de la derecha y de la izquierda
hermosos bosques señoriales, con árboles antiquísimos y poblados de caza
excelente. Algunas veces se abatían allí águilas soberbias, y esos pájaros
errantes, que raramente se aventuran en países demasiados poblados
para su azorada independencia, encontraban en
aquella selva secular asilo seguro, como si reconocieran en ella alguna rama
que en otros tiempos los acogiera durante sus excursiones sin rumbo.
El valle estaba cubierto de exuberantes pastos regados
abundantemente, que señalaban, con la gradación en el calor, el camino del
pantano allá a lo lejos, casi en el fondo de la finca.
Mi primo lo cuidaba con esmero digno del mejor de los
parques, y con razón, pues era aquel pantano la mejor región de caza que he
conocido. Entre aquellos innumerables islotillos verdes que le daban vida había
arroyuelos estrechos por los que se deslizaban las barcas. Mudas sobre el agua
muerta, frotando los juncos, ahuyentaban a los peces y a los pájaros que
desaparecían, éstos entre las espigas, aquellos entre las raíces de las altas
hierbas.
Soy admirador apasionado del agua: el mar demasiado
grande, demasiado vivo, de imposible posesión; los ríos que pasan, que huyen,
que se van, y, sobre todo, los pantanos
en que bulle la vida indescifrable de los animales acuáticos. Un pantano es un
mundo sobre la tierra, un mundo aparte, con vida propia, con pobladores
permanentes y con habitantes de un día; con sus ruidos, con sus voces, y,
singularmente, con un característico misterio; nada que tanto conturbe, que
tanto inquiete, que tanto asuste algunas veces. ¿Por qué ese miedo singular que
se siente en esas llanuras cubiertas de agua? ¿Será por el rumor vago de las
aguas, por los fuegos fatuos, por el silencio profundo que lo envuelve en las
noches de calma, por la bruma caprichosa que viste con sudario de muerte a los
juncos, por el hervor casi imperceptible de aquel mundo tan dulce, tan fugaz;
pero más aterrador a veces que el estruendo de los cañones de los hombres y de
las tempestades del cielo? ¿Qué tendrán en común los pantanos de los países del ensueño y esas
regiones espantables que ocultan un secreto inescrutable y peligroso?
Un misterio profundo, grave, flota sobre aquellas brumas:
¡el misterio mismo de la creación! ¿No fue en el agua sin movimiento y fangosa,
en la humedad triste de la tierra, mojada bajo los colores del sol, donde vibró
y surgió a la luz el primer germen de vida?
Llegué por la noche a casa de mi primo. Hacía un frío que
helaba las piedras.
Durante la comida en la vasta sala, donde los muebles y
las paredes y el techo estaban cubiertos de pájaros disecados, y donde hasta mi
primo, con aquella chaqueta de piel de foca, parecía un animal exótico de los
países helados, el buen Karl me dijo lo que había preparado para aquella misma
noche.
Debíamos ponernos en marcha a las tres de la madrugada,
con objeto de llegar a las cuatro y media al punto designado para la cacería.
Allí nos habían construido una cabaña
para abrigarnos de ese viento terrible de la mañana que rasga las carnes como
una sierra, la corta como una espada, la hiere como una aguja envenenada, la
retuerce como tenazas y la quema como el fuego.
Mi primo se frotaba las manos.
—Nunca he visto una helada como esta — me decía.
Y a las seis de la tarde teníamos 12 grados bajo cero.
Apenas terminada la comida, me eché en la cama y me quedé
dormido, mirando las llamas que regocijaban la chimenea.
A las tres en punto me despertaron. Me abrigué con una
piel de carnero, y después de tomar cada uno dos tazas de café hirviendo y dos
copas de coñac abrasador, nos pusimos en camino acompañados por un guarda y por
nuestros perros Plongeon y Pierrot.
Al dar los primeros pasos me sentía helado hasta has
huesos. Era una de esas noches en que la tierra parece muerta de frío. El aire
glacial hace tanto daño que parece palpable; no lo agita soplo alguno; diríase
que está inmóvil; muerde, traspasa, mata los árboles, los insectos, los
pajarillos que caen muertos sobre el suelo duro y se endurecen en seguida para
el fúnebre abrazo del frío.
La luna, en el último cuarto, pálida, parecía también
desmayada en el espacio; tan débil que no le quedaban ya fuerzas para marcharse
y se estaba allí arriba inmóvil, paralizada también por el rigor del cielo
inclemente. Repartía sobre el mundo luz apagadiza y triste, esa luz amarillenta
y mortecina que nos arroja todos los meses al final de su resurrección.
Karl y yo íbamos uno al lado del otro, con la espalda
encorvada, las manos en los bolsillos
y la escopeta debajo del brazo.
Nuestro calzado, envuelto en lana a fin de que pudiéramos
caminar sin resbalar por la escurridiza tierra helada, no hacía ruido: yo iba
contemplando el humo blancuzco que producía el aliento de nuestros perros.
Pronto estuvimos a la orilla del pantano y nos internamos
por una de las avenidas de juncos que la rodean.
Nuestros codos, al rozar con las largas hojas del junco,
iban dejando en pos de nosotros un ruidillo misterioso que contribuyó a que me
sintiese poseído, como nunca, por la singular y poderosa emoción que hace
siempre nacer en mí la proximidad de un
pantano.
Aquel en el cual nos
encontrábamos estaba muerto, muerto de frío.
De pronto, al revolver una de las calles de juncos,
apareció a mi vista la choza de hielo que habían levantado para ponernos al
abrigo de la intemperie. Entré en ella, y como todavía faltaba más de una hora
para que se despertaran las aves errantes que íbamos a perseguir, me envolví en
mi manta y traté de entrar un poco en calor.
Entonces, echado boca arriba, me puse a mirar a la luna,
que, vista a través de las paredes vagamente transparentes de aquella vivienda
polar, aparecía ante mis ojos con cuatro cuernos.
Pero el frío del helado pantano, el frío de aquellas
paredes, el frío que caía del firmamento, se metió hasta mis huesos de una
manera tan terrible que me puse a toser.
Mi primo Karl, alarmado por aquella tos, me dijo lleno de
inquietud:
—Aunque no matemos mucho hoy, no quiero que te resfríes;
vamos a encender lumbre.
Y dio orden al guardia para que cortara algunos juncos.
Hicieron un montón de ellos en medio de la choza, que
tenía un agujero en el techo para dejar salir el humo; y cuando la llama rojiza
empezó a juguetear por las cristalinas paredes, éstas empezaron a fundirse
suavemente y muy poco a poco, como si aquellas piedras de hielo echaran a
sudar.
Karl, que se había quedado fuera, me gritó:
—Ven a ver esto.
Salí y me quedé absorto de asombro. La choza, en forma de
cono, parecía un monstruoso diamante rosa, colocado de pronto sobre el agua
helada del pantano. Y dentro se veían dos sombras fantásticas: las de nuestros
perros que se estaban calentando.
Un graznido extraño, graznido errante, perdido, se oyó
allá en lo alto, por encima de nuestras cabezas. El reflejo de nuestra hoguera
despertaba a las aves salvajes.
No hay nada que me conmueva tanto como ese primer grito de
vida que no se ve y que corre por el aire sombrío, rápido, lejano, antes de que
se aparezca en el horizonte la primera claridad de los días de invierno. Me
parece, a esa hora glacial del alba, que ese grito fugitivo, escondido entre
las plumas de un pajarraco, es un suspiro del alma del mundo.
—Apaguen la hoguera —decía Karl—, que ya amanece.
Y, en efecto, comenzaba a clarear, y las bandadas de patos
formaban amplias manchas de color,
pronto borradas en el firmamento.
Brilló un fogonazo en la oscuridad; Karl acababa de
disparar su escopeta; los perros salieron a la carrera. Entonces, de minuto en
minuto, unas veces él, otras yo, nos echábamos la escopeta a la cara en cuanto
por encima de los juncos aparecía la sombra de una tribu voladora. Y Pierrot y
Plongeon, sin aliento, gozosos, entusiasmados, nos traían, uno tras otro, patos
ensangrentados que, moribundos, nos miraban melancólicamente.
Había amanecido un día claro y azul; el sol iba
levantándose allá, en el fondo del valle.
Ya nos disponíamos a marcharnos cuando dos aves, con el
cuello estirado y las alas tendidas, se
deslizaron bruscamente por encima de nuestras cabezas. Tiré. Una de
ellas cayó a mis pies. Era una cerceta de pechuga plateada. Entonces se oyó un
grito en el aire, grito de pájaro que fue un quejido corto, repetido,
desgarrador; y el animalito que había salvado la vida empezó a revolotear por encima
de nuestras cabezas mirando a su compañera, que yo tenía muerta entre mis
manos.
Karl, rodilla en tierra, con la escopeta en la cara, la
mirada fija, esperaba a que estuviese a tiro.
—¿Has matado a la hembra? —dijo—. El macho no escapará.
Y, en efecto, no se escapaba. Sin dejar de revolotear por
encima de nosotros, lloraba desconsoladamente.
No recuerdo gemido alguno de dolor que me haya desgarrado
el alma tanto como el reproche lamentable de aquel pobre animal, que se perdía
en el espacio.
De cuando en cuando
huía bajo la amenaza de la escopeta, y parecía dispuesto a continuar su camino
por el espacio. Pero no pudiendo decidirse a ello, pronto volvía en busca de su
hembra.
—Déjala en el suelo —me dijo Karl—. Verás como se acerca.
Y así fue. Se acercaba, inconsciente del peligro que
corría, loco de amor por la que yo había matado.
Karl tiró: aquello fue como si hubiera cortado el hilo que
tenía suspendida al ave. Vi una cosa negra que caía; oí el ruido que produce al
chocar con las juncos, y Pierrot me la trajo en
la boca.
Metí al pato, frío ya, en un mismo zurrón... y aquel mismo
día salí para París.
Gil Blas, 7 de diciembre de 1883
EL AMIGO PATIENCE
L’ami Patience
—¿Qué se hizo Leremy?
—Es capitán en el sexto de Dragones.
—¿Y Puisón?
—Subprefecto.
—¿Y Racollet?
—Murió.
Buscábamos en los rincones de la memoria nombres de los
compañeros de nuestra juventud, los cuales no hablamos visto en muchos años.
A otros los encontrábamos con frecuencia, ya calvos o
encanecidos, con mujer propia y abundante familia, cosa que nos estremecía
desagradablemente, mostrándonos cuán frágil es la existencia y cuán pronto cambia y envejece todo.
Mi amigo preguntó:
—¿Y Patience, el gran Patience? Lancé una especie de
alarido
—¡Ah! En cuanto a ése... La historia es larga. Escucha.
Fui en visita de inspección a Limoges, hace
cuatro años, y mientras aguardaba la hora de comer, me aburría
solemnemente sentado en el café de la plaza del
Teatro. Los comerciantes entraban por grupos de dos, tres o cuatro, a
tomar el vermut o el ajenjo; hablaban en voz alta de los negocios, reían
estrepitosamente y bajaban el tono
para comunicarse cosas
importantes o delicadas.
Yo me decía: "¿Qué haré después de comer?" Y me
horrorizaba pensar en lo interminables que resultan las noches en una capital
de provincia, en el vagar pausado y siniestro a través de las calles
desconocidas, en la tristeza abrumadora
que al viajero solitario comunican los transeúntes, extraños a él en todo y por
todo, por la hechura del traje, por la forma del sombrero, por sus costumbres y
por su pronunciación; tristeza penetrante que se desprende también de las
casas, de las tiendas, de los coches, de los ruidos ordinarios del tráfico;
tristeza desgarradora que nos hace apresurar poco a poco el paso como si
estuviésemos perdidos en un país peligroso y opresor, que nos hace desear el
hotel, el abominable hotel, cuyas habitaciones guardan un vaho pestilente, cuyo
lecho induce a reflexiones y provoca estremecimientos, cuyos lavabos conservan
cabellos y grasa de otros huéspedes.
Pensando en todo esto, veía encender las luces de gas y
sentía multiplicarse mi desolación y mi
angustia a medida que cerraba la noche. ¿Qué haría yo después de comer? Me
hallaba solo, enteramente solo y despistado.
Un señor gordo fue a sentarse junto a la mesa próxima, y
ordenó con voz formidable:
—Mozo, mi witter.
El mi sonaba en la frase como un cañonazo. Comprendí en
seguida que todo era suyo, muy suyo, en la existencia, y no de otro; que tenía
su carácter, su apetito, su pantalón, su "no importa qué", de un modo
especial, absoluto, propio, más completo que cualquiera. Luego, miró en torno,
con expresión de hombre satisfecho. Le trajeron su witter, y pidió:
—Mi periódico.
Yo me preguntaba: "¿Cuál puede ser su
periódico?" El titulo bastaría para revelarme sus opiniones, sus teorías,
sus principios, sus manías y sus simplezas.
El mozo le llevó Le Temps, y quedé sorprendido, porque Le
Temps es un diario serio, doctrinal, reposado. Y pensé: "Será un hombre
prudente, de buenas costumbres, de hábitos regulares, un buen burgués, en
fin."
Montó en su nariz sus lentes de oro, y antes de comenzar
su lectura, extendió de nuevo la mirada en torno suyo. Al advertir mi
presencia, se puso a examinarme con tal insistencia que ya me iba cargando; y
me disponía a interrogarle duramente cuando exclamó:
—¡Caracoles! Me parece tener delante a Gontran Lardoys.
Le respondí:
—Sí, caballero; soy ese que usted nombra.
Se levantó bruscamente y me tendió los brazos.
—¡Tanto tiempo sin verte! ¿Cómo estás? Algo sorprendido,
porque no le reconocía, dije:
—Bien..., gracias... ¿Y usted? Soltó la carcajada.
—Juraría que no me recuerdas.
—No..., la verdad... Y, sin embargo, me parece...
Me puso una mano en el hombro.
—Basta de bromas.
Yo soy Patience Robert; soy tu amigo, tu camarada.
Entonces lo reconocí
y le estreché
las manos que me tendía.
—Y tú, ¿cómo estás?
—Yo, divinamente. ¿Qué haces por aquí? Le di cuenta de mi
visita de inspección.
—¿No estarás descontento de tu suerte?
—No del todo, ¿y tú?
Con aire de triunfo me respondió:
—Yo estoy como el pez en el agua.
—¿A qué te dedicas?
—A los negocios.
—¿Ganas mucho dinero?
—Mucho; soy muy rico. Mañana, si quieres, te daré de
almorzar en mi casa, calle del Gallo, número diecisiete. Ya verás qué
instalación.
Creí verle dudar
un momento; luego prosiguió:
—¿Eres tan alegre como antes?
—No he variado.
—¿No te casaste?
—No.
—Hiciste bien. ¿Y te gustan como siempre los jolgorios y
las patatas?
Me iba resultando deplorablemente vulgar. A pesar de todo,
le respondí:
—Me gustan como siempre.
—¿Y las guapas mozas?
—Más que nunca.
Se rió muy satisfecho, y dijo:
—Mejor que mejor.
¿Recuerdas nuestra primera locura
en Burdeos? ¡Qué noche!
En efecto, recordé aquélla y otras posteriores. Reímos. El
golpeaba la mesa con los puños; yo le pregunté bruscamente:
—Y tú, ¿no te casaste?
—Si; hace diez años, y tengo cuatro criaturas
hermosísimas. Ya las verás mañana, y a su madre también.
Hablábamos a voces; los parroquianos del café nos
observaban sorprendidos.
De pronto mi amigo miró la hora en su reloj, un cronómetro
inmenso, y exclamó:
—¡Caracoles! Mucho lo siento, pero necesito dejarte,
porque tengo que
hacer esta noche.
Se levantó, estrechándome las manos, y sacudiéndolas como
si quisiera arrancarme los brazos, dijo:
—Hasta mañana, ya lo sabes; a mediodía. Pasé la mañana
trabajando con el Interventor de Hacienda, que me invitó a almorzar; pero le
dije que tenía cita con un amigo. Salió acompañándome, y le pregunté:
—¿Sabe usted dónde
está la calle
del Gallo?
—Si; está un poco lejos. Yo le guiaré. Y nos pusimos en
camino.
Era una calle ancha, hermosa, que se abría en un extremo
de la ciudad. El número 17 correspondía a una
especie de hotel con jardín. La fachada, adornada con pinturas al estilo
italiano, me pareció de mal gusto. Se veían diosas reclinadas sobre cojines,
otras entre nubes, que ocultaban sus íntimas bellezas. Dos amorcillos de piedra
sostenían el número.
—Esta es la casa.
Sorprendido al oírme, el interventor de Hacienda hizo un
gesto brusco y singular, pero no dijo
nada. Nos despedimos con un apretón de manos.
Llamé a la puerta. Salió una criada.
—El señor Robert, ¿vive aquí?
—¿Desea usted hablarle?
—Sí.
El vestíbulo estaba elegantemente adornado con pinturas
debidas al pincel de un artista local.
Pablo y Virginia se besaban a la sombra de las palmeras,
bañadas en rojiza claridad. Un farol oriental y antipático pendía del techo.
Varias puertas estaban ocultas bajo cortinajes llamativos.
Pero lo que más me chocaba de todo era el olor. Un olor
nauseabundo y perfumado, que recordaba los polvos de arroz y el moho de las
cuevas. Un olor indefinible en una atmósfera pesada, abrumadora, como la de las
estufas. Subí, siguiendo a la criada, por una escalera de mármol, revestida con
una alfombra de género oriental, y me introdujeron en un salón suntuoso.
Solo ya, miré lo que me rodeaba. Los muebles eran ricos,
pero no elegantes, y denotaban una presunción excesiva. Grabados del
siglo XVIII representaban mujeres muy peinadas y casi
desnudas, sorprendidas en actitudes interesantes por caballeros galanteadores;
una señora echada en un lecho desordenado daba con el pie a un perrillo
envuelto entre las sábanas; otra resistía dulcemente a su amante, cuya mano se
ocultaba debajo de los vestidos; un dibujo presentaba cuatro pies, cuyos cuerpos se adivinaban,
ocultos detrás de una cortina. El salón estaba rodeado de anchos y muelles
divanes y todo él impregnado en el olor enervante y molesto que me dio en las
narices desde el vestíbulo.
Algo de sospechoso y repugnante se revelaba en los muros,
en las colgaduras, en los muebles, en todo.
Me acerqué a la ventana para mirar el jardín que se
extendía a espaldas del hotel. Era grande, bien sombreado y soberbio. Un ancho
paseo rodeaba un macizo de verdura, en cuyo centro había un surtidor.
De pronto, entre los arbustos, aparecieron tres damas;
andaban lentamente, cogidas por el
brazo, cubiertas con largos peinadores blancos recargados de encajes.
Dos eran rubias y la otra morena. Luego volvieron a
desaparecer entre los árboles.
Quedé sobrecogido, encantado ante aquella breve y
agradable aparición, que hizo surgir en mi todo un mundo poético. Se habían
mostrado apenas, a una conveniente luz
entre los verdores del ramaje, en
jardínsecreto y delicioso, evocando en mi memoria las hermosas damas del
siglo XVIII que vagaban a la sombra de los álamos, aquellas hermosas damas
cuyos ligeros amores reproducían los grabados galantes del salón.
Y envidié aquel tiempo dichoso, florido, espiritual,
perversamente ingenuo, en que las costumbres eran tan plácidas y las caricias
tan fáciles...
Una voz atronadora me hizo estremecer. Patience había
entrado en la sala, radiante como siempre,
y me tendía las manos.
Mirándome a los ojos, con solapada expresión, propia de
ciertas confidencias, y haciendo un gesto napoleónico, me hizo reparar en el
lujo, en su jardín y en las tres mujeres, que volvieron a dejarse ver; luego,
con voz triunfante y llena de orgullo, exclamó:
—¡Quién diría que todo esto lo empecé con mi esposa y mi
cuñada solamente!
Gil Blas, 4 de septiembre de 1883
EL AMIGO JOSEPH
L’ami Joseph
Todo el Invierno se habían tratado íntimamente en Paris.
Después de dejar de verse, como siempre ocurre, al salir del colegio, los dos
amigos se habían encontrado nuevamente una tarde en sociedad, ya viejos y
canosos, soltero el uno y el otro casado ya.
El señor de Méroul pasaba seis meses en Paris y seis en su
castillito de Tourbeville.
Habiéndose casado con la hija de un castellano de los
alrededores, había llevado una vida buena y sosegada en la indolencia del
hombre que no tiene ninguna ocupación.
De temperamento tranquilo y cerebro limitado, sin audacia de inteligencia, sin rebeldías
independientes, transcurría para él todo el tiempo recordando dulcemente el
pasado, deplorando las costumbres y las
instituciones de ahora y repitiendo a
cada instante a su mujer, que elevaba los ojos al cielo y en ocasiones también las manos en señal de
asentimiento enérgico:
—¿Bajo qué Gobierno vivimos, Dios mio?
La señora de Méroul se parecía intelectualmente a su
marido como una hermana a su hermano. Sabía,
por tradición, que se ha de respetar sobre todo al Papa y al rey.
Y los amaba y los respetaba desde el fondo del corazón
con exaltación poética,
con fidelidad hereditaria, con ternura de mujer bien nacida. Era buena
hasta los repliegues del alma.
No había tenido hijos, y lo lamentaba sin cesar. Cuando el
señor de Méroul encontró en un baile a José Mouradour, su antiguo camarada,
experimentó una alegría profunda y
sencilla, porque se habían querido mucho en su juventud.
Después de las exclamaciones de sorpresa ocasionadas por
los cambios que la edad había producido en su cuerpo y en su rostro, se habían
informado recíprocamente acerca de sus existencias.
José Mouradour, un meridional, se había hecho consejero
general en su país. De francos modales,
hablaba vivamente y sin vacilaciones,
emitiendo su parecer como quien desconoce los miramientos. Era republicano,
pertenecía a esa raza de republicanos bonachones para quienes la llaneza es una
ley y que llevan la independencia de palabra hasta la brutalidad.
Se presentó en la morada de su amigo, e inmediatamente fue
amado por su cordialidad nada exigente, a pesar de sus avanzadas opiniones.
La señora de Méroul exclamaba:
—¡Qué desdicha! ¡Un hombre tan encantador!
El señor de Méroul decía, dirigiéndose a su amigo, en tono
sentido y confidencial:
—No puedes figurarte el daño que hacéis a nuestro país.
Le amaba, sin embargo; porque nada es más sólido que las amistades infantiles reanudadas en la edad madura. José Mouradour se burlaba de la
mujer y del marido; les llamaba "amables tortugas", y a veces se deshacía en sonoras exclamaciones contra las
gentes atrasadas, contra los prejuicios y las tradiciones.
Cuando dejaba correr así el torrente de su elocuencia
democrática, el matrimonio, contrariado, se callaba, por conveniencia y
consideración; luego el esposo trataba de cambiar de asunto para evitar las
discusiones. No se veía a José Mouradour
más que en la intimidad.
Llegó el estío. La mayor alegría de los Méroul consistía
en recibir a sus amigos en su posesión de Tourbeville. Era aquélla una alegría
íntima y sana, una alegría de buenas gentes y de propietarios campesinos.
Salían hasta la vecina estación a recibir a los invitados, y los llevaban en un
coche, no escaseando las alabanzas sobre su país, sobre la vegetación, sobre el
estado de los caminos en la provincia, sobre la limpieza de las casas de los
labriegos, sobre la gordura de los ganados, sobre todo lo que se distinguía en
el horizonte.
Hacían observar que su caballo trotaba de un modo
admirable, para ser un animal empleado, gran parte del año, en los trabajos
campestres; y esperaban con ansiedad la opinión del recién llegado sobre su
dominio, sensibles a la menor palabra, agradecidos a la menor intención
favorable. José Mourador fue invitado, y anunció su viaje.
La mujer y el marido habían acudido a la estación,
encantados de poder hacer los honores de su casa.
En cuanto les echó la vista encima, José Mouradour saltó
de su coche con una vivacidad que aumentó su satisfacción. Les estrechó la
mano, los felicitó, les llenaba de
cumplidos.
A lo largo de la carretera fue encantador; se admiró de la
altura de los árboles, del espesor de los sembrados, de la rapidez de su
cabalgadura.
Cuando echó pie a tierra, en el vestíbulo del castillo, el
señor de Méroul le dijo con cierta amistosa solemnidad:
—Estás en tu casa.
José' Mouradour respondió:
—Gracias, querido; ya lo sabia. Por otra parte, yo no
gasto ceremonias con los amigos. No comprendo la hospitalidad de otra manera.
Luego subió a su aposento, para disfrazarse de aldeano,
según dijo, y volvió a bajar
vestido de azul, con sombrero de
anchas alas y botas amarillas, en un abandono completo de parisiense en el campo. Parecía también
haberse vuelto más ordinario, más jovial, más familiar; Diríase que había
tomado con aquel traje campestre una despreocupación y una desenvoltura que
juzgaba de acuerdo con las circunstancias. Su nuevo aire chocó algo a los
señores de Méroul, que continuaban siempre serios y dignos, hasta en sus
tierras, como si la partícula que precedía a su nombre les hubiese obligado a
usar de ciertas ceremonias, aun en la intimidad.
Después del desayuno fueron a visitar las granjas. Y el
parisiense confundió a los respetuosos labriegos con su llaneza de expresión.
Por la noche cenaba en la casa el cura, el viejo y
corpulento cura, convidado de todos los domingos, y a quien se había invitado
aquel día, excepcionalmente, en honor
del recién llegado.
Al reparar en él, José Mouradour hizo un gesto, y después
le miró con admiración, como si se hubiese tratado de un raro ser de una casta
especial que nunca había visto tan de cerca. Refirió, en el transcurso de la
comida anécdotas libres, propias de la intimidad, pero que los Méroul no creían
convenientes en presencia de un eclesiástico. No decía nunca "señor
abate", sino "señor", a secas, y puso en grandes aprietos al
sacerdote con consideraciones filosóficas acerca de las diversas supersticiones
reinantes en la superficie del globo. Decía:
—Su Dios de usted, señor, es de aquellos que hay que
respetar, pero también de los que han de discutirse. El mío se llama Razón; fue
en todo tiempo el enemigo del de ustedes.
Los Méroul, desespérados, se ésforzaban para cambiar de
conversacion. El cura se marchó muy pronto.
Entonces el marido dijo suavemente:
—Tal vez hayas ido algo lejos con ese sacerdote.
Pero José exclamó en seguida:
—¡Esta es buena! ¿Me iba yo a molestar por un ensotanado?
Pues mira, pensaba decirte que me dieras el gusto de no imponerme ese buen
hombre durante las comidas. Tratadle vosotros cuanto queráis, los domingos y
días laborables, mas no se lo sirváis a los amigos, ¡recórcholis!
—Pero, querido, su carácter sagrado... José Mouradour le
interrumpió:
—Sí, ya sé que es necesario tratarlos como si fueran
doncellitas. ¡Lo sé, lo sé! Mas cuando esas gentes respeten mis
creencias, entonces respetaré yo las suyas.
Y no pasó más aquel día.
Cuando la señora de Méroul entró en su salón, divisó
encima de la mesa tres periódicos, que la hicieron retroceder: El Voltaire, La
República Francesa y La Justicia.
En seguida José
Mouradour, siempre vestido de azul,
apareció en el umbral, leyendo con atención el Intransigente, Y exclamó:
—Viene aquí un
hermoso artículo de
Rochefort. Este mozo es admirable.
Leyó aquel trabajo en voz alta, subrayando los conceptos
enérgicos, tan entusiasmado que no vio que entraba su amigo.
El señor de Méroul tenía en la mano El Galo para él y El
Clarin para su señora.
La ardiente prosa del magistral escritor que derribara el
Imperio, declamada con violencia, cantada con el acento del Mediodía, resonaba
en el pacífico salón, sacudía los viejos cortinajes de rectos pliegues, parecía
descargar sobre la pared, sobre los grandes sillones de tapicería, sobre los
graves muebles colocados desde hacia un siglo en los mismos lugares, una granizada de palabras chillonas,
desvergonzadas, irónicas y ruidosas.
El hombre y la mujer, en pie el uno, sentada la otra,
escuchaban con estupor, tan escandalizados, que no hacían un gesto.
Mouradour lanzó la frase final como se despide un cohete,
y en seguida declaró con triunfante tono:
—¿Eh? ¿No es bueno esto?
De pronto reparó en los dos periódicos que llevaba su
amigo, y quedó lleno de sorpresa. Luego avanzó hacia él a grandes zancadas,
preguntando con tono furibundo:
—¿Qué vas a hacer de esos papeles?
El señor de Méroul respondió, titubeando:
—Pues son..., son mis..., mis periódicos.
—¡Tus periódicos! ... ¡A ver eso! ¿Te burlas de mí? Vas a
hacerme el favor de leer los míos, que te
despabilarán las ideas; en cuanto a los tuyos..., he aquí
lo que hago yo de ellos...
Y, antes que su amigo, lleno de asombro, pudiera
defenderse, había cogido las dos hojas y las tiraba por el balcón. Luego
depositó gravemente La Justicia en manos de la señora de Méroul, dió El
Voltaire al marido y se arrellanó en un sillón para acabar de leer El
Intransigente.
El hombre y la mujer, por delicadeza, aparentaron leer un
poco; luego dejaron las hojas republicanas, que tocaban con la punta de los
dedos como si hubieran estado llenas de veneno.
Entonces volvió él a echarse a reír y declaró
inmediatamente:
—Ocho días de esta alimentación, y os convierto a mis
ideas.
En efecto, al cabo de ocho días gobernaba la casa. Había
cerrado la puerta al cura, a quien la señora
de Méroul visitaba en secreto; había prohibido la entrada en el castillo
de El Clarin y El Galo, que un criado iba misteriosamente a buscar al correo,
escondiéndolos, al entrar, bajo el canapé; lo ordenaba todo a su guisa, siempre encantador,
bonachón siempre, tirano, jovial y topoderoso.
Mientras tanto, otros amigos, gente piadosa y legitimista,
habían de llegar. Los castellanos
juzgaron imposible un encuentro y, no sabiendo qué hacer, anunciaron un
día a José Mouradour que se veían obligados a ausentarse algunos días, con
motivo de un pequeño asunto, y le rogaron se quedase allí solo. El no se
inmutó, y les dijo:
—Muy bien; me es igual; os esperaré hasta que volváis. Ya
os lo he dicho: entre amigos no debe haber ceremonias. Hacéis bien en ir a despachar vuestros
asuntos ¡qué diantre! No me molestaré por eso; muy al contrario, ello me pone
en buena armonía con vosotros. Marchaos, amigos míos; os espero.
El señor y la señora de Méroul se fueron al día siguiente.
Aún los aguarda.
Le Gaulois, 3 de junio de 1883
ALLOUMA
Allouma
I
Si en tu viaje a Argel —me había dicho mi amigo— te
acercases por casualidad a Bordj Ebbaba, no dejes de hacer una visita a mi
antiguo camarada el colono Auballe.
Había olvidado el nombre de Ebbaba y el del colono
Auballe, cuando, por pura casualidad, llegué a su casa.
Hacía cerca de un mes que recorría a pie toda esa
magnífica región que se extiende entre Argel y Cherchell, Orleansville y
Tiaret, árida a trozos y a trozos poblada de árboles, grandiosa e intima. Se
encuentran allí entre dos montes, en
angosto valle, frondosos pinares que los torrentes cubren en
invierno. Enormes árboles, cruzados sobre la torrentera, sirven de puente a los
árabes y también a los bejucos que, enroscándose a los troncos muertos, les
procuran el adorno de una vida.
Hállanse en desconocidos pliegues de montaña parajes de
una belleza aterradora y arroyuelos cuyas orillas cubiertas de adelfas tienen
un encanto indescriptible.
Pero lo que dejó en mi corazón los más gratos recuerdos de
esta excursión, fueron las caminatas de por la tarde a lo largo de los
senderos, casi sin árboles, que atraviesan aquellas ondulaciones
de la costa, desde donde se domina un inmenso país
montañoso y rojizo entre el azulado mar y la cordillera del Ouarsenis, que
ostenta en sus cimas el bosque de cedros de Tenlent-et-Haad.
Aquel día me extravié. Acababa de trepar a la cresta de un
monte desde donde había divisado, por encima de una serie de colinas, la larga
planicie de la Mitidja, y detrás, en la cumbre de otra cordillera, tan distante
que apenas se veía, el extraño monumento que llaman la Tumba de la Cristiana.
sepulcro, según se cuenta, de una
familia de reyes mauritanos.
Descendía, encaminándome hacia el Sur, divisando frente a
mi, limitada por las cimas que a la entrada
del desierto se yerguen hacia
aquel cielo clarísimo, una comarca montañosa y aleonada, como si todas sus
colinas estuviesen cubiertas de pieles de león cosidas unas a otras. De trecho
en trecho, en medio de aquellos montes, uno más alto que los que
tenía al lado, elevaba su cumbre puntiaguda y amarilla,
semejante al encrespado lomo de un camello.
Yo andaba de prisa, más ligero cada vez, como se camina
cuando se baja de lo alto de una montaña por sus tortuosos senderos.
Nada pesa en estas ligeras caminatas animadas por el vivo
aire de las alturas; nada pesa: ni el cuerpo, ni el corazón, ni los
pensamientos, ni siquiera las preocupaciones.
Aquel día no sentía en mi nada de cuanto aplasta y tortura
nuestra existencia, y notaba tan sólo el placer de aquel descenso.
Divisaba a lo lejos campamentos árabes, tiendas negruzcas,
puntiagudas, agarradas al suelo como los mariscos a las rocas, y chozas,
cabañas de ramas y madera de las que salía un humo gris. Formas blancas,
hombres o mujeres, vagaban con lentitud en torno de ellas, y la brisa de la
tarde llevaba a mis oídos el tintineo de las esquilas de los ganados.
Los madroños del sendero que yo seguía se inclinaban
extraordinariamente cargados con sus frutos color púrpura, que esparcían por el
camino. Parecían árboles mártires; se hallaban enteramente bañados en un sudor
sangriento; del tronco de cada una de sus ramas pendía un grano encarnado
semejante a una gota de sangre.
En torno de ellos, la tierra estaba completamente roja, y
el pie, aplastando el redondo y rojizo fruto, dejaba en el suelo huellas de
asesinato. A veces, pegando un brinco, cogía al paso los más maduros para
comérselos.
Los valles iban envolviéndose en un vapor que surgía
lentamente, como el vaho de la piel del buey; y en la cordillera que cerraba el
horizonte en la frontera del Sáhara, resplandecía un cielo maravilloso. Largos
regueros dorados alternaban con regueros de sangre—¡más sangre!, sangre y oro,
toda la historia humana—, y entre ellos se abría a veces una angosta grieta de
un azul verdusco, infinitamente lejano como el sueño.
¡Oh, qué lejos! ¡Qué lejos estaba de todas las cosas y
de todas las gentes que son objeto de
las conversaciones en los bulevares; y hasta de mí mismo, convertido en una
especie de ser errante, sin conciencia y sin pensamiento; y qué lejos también
de mi camino, en el cual ya no pensaba, pues al acercarse la noche me di cuenta
de que me había extraviado!
Sobre la tierra caía la sombra como un alud de tinieblas,
y ya no descubría frente a mí más que la montaña, que se perdía a lo lejos.
Como de pronto divisara unas tiendas en un vallecito, bajé
y traté de hacer comprender al primer árabe que me salió al paso la dirección
que yo buscaba.
¿Me entendió? Lo ignoro; ello es que me habló largo rato sin que yo comprendiese nada.
Desesperado, me disponía a pasar la noche sobre una
alfombra junto al campamento,
cuando creí oír, entre las
extrañas palabras que salían de su boca, el nombre de Bordj-Ebbaba.
Repetí:
—Bordj-Ebbaba. ¡Sí; eso es!
Y le enseñé dos francos: una fortuna. El echó a andar; le
seguí. ¡Oh! Seguí mucho tiempo, en la noche oscura, a aquel pálido fantasma que
corría descalzo delante de mi por los senderos pedregosos donde yo tropezaba
sin cesar.
De repente brilló una luz. Llegábamos delante de la puerta
de una casa blanca, especie de fortín de paredes rectas y sin ventanas exteriores.
Llamé; varios perros aullaron dentro. Una voz francesa
preguntó:
—¿Quién está ahí? Respondí:
—¿Vive aquí el señor Auballe?
—Esta es su casa.
Abrieron y me hallé en presencia del propio señor Auballe,
un buen mozo rubio, con aspecto de hércules bonachón, calzado con babuchas y
con su pipa en la boca.
Le di mi nombre, y él me tendió ambas manos, diciéndome:
—Está usted en su casa, caballero.
Un cuarto de hora más tarde comía con avidez frente a mi
huésped, que seguía fumando.
Yo conocía su historia. Después de haber gastado mucho
dinero con las mujeres, había empleado los restos de su fortuna en tierras
argelinas y se dedicaba al cultivo de la vid.
Los viñedos marchaban bien; era dichoso, y tenía la
tranquila expresión del hombre satisfecho.
No podía yo comprender cómo aquel
parisiense, calavera, había podido acostumbrarse a una vida tan monótona en
aquella soledad, y pregunté:
—¿Cuánto
tiempo hace que
está usted aquí?
—Nueve años.
—Y ¿no ha
sentido usted grandes tristezas?
—No; se acostumbra uno a este país y se
acaba por amarlo. Usted no sabe cómo va apoderándose de
las gentes por una porción de pequeños instintos animales que desconocemos en
nosotros. Nos aficionamos a él, en primer término, por nuestros órganos, a los
cuales procura secretas satisfacciones que no razonamos. El aire y el clima
conquistan nuestra carne a pesar nuestro, y la alegre luz que lo inunda
mantiene a poca costa el espíritu claro y satisfecho. Entra en nosotros a
torrentes, sin cesar, por los ojos, y diríase que lava todos los rincones sombríos
del alma.
—Pero ¿y las mujeres?
—¡Ah! ... Escasean algo.
—¿Algo nada más?
—Caramba, si...; algo. Porque siempre hay, en las tribus,
indígenas complacientes que piensan en las noches del rumí.
Se volvió hacia el árabe que me servía, un mocetón moreno,
cuyos negros ojos brillaban bajo el turbante, y le dijo:
—Vete, Mohamed; te llamaré cuando te necesite —luego,
dirigiéndose a mí, añadió—:
Comprende el franués, y voy a contarle a usted una
historia en la cual ha desempeñado él un papel importantísimo.
Y cuando aquel
hombre hubo salido, el señor Auballe principió en los siguientes
términos:
—Llevaba yo aquí unos cuatro años sin estar completamente
instalado bajo todos
conceptos en este país cuya lengua empezaba a silabear, y
me veía obligado, para no romper por
entero con pasiones que me han sido fatales, a hacer de cuando en cuando un
viaje de varios días a Argel.
Había comprado esta, grania, este bordf, antiguo puesto
fortificado, a unos centenares de metros del campamento indígena, cuyos hombres
empleo en mis cultivos. En esa tribu, fracción de los Oulad-Taadja, escogí
cuando llegué, para mi servicio particular, a un gallardo mozo, el mismo que
acaba de ver usted, Mohamed ben Lam’har, que muy pronto empezó a tomarme gran
cariño. Como no quería dormir en una casa a la cual no estaba acostumbrado,
levantó su tienda a pocos pasos de mi puerta, con el fin de que pudiese yo
llamarle desde la ventana.
¿Adivina usted mi existencia?
Pasaba todo el día recorriendo desmontes y plantaciones,
cazaba algo, iba a comer con los oficiales de los vecinos puestos o bien venían
ellos a comer a mi casa.
En cuanto a... placeres, ya le hablé a usted de los míos;
Argel me ofrecía los más refinados; y de cuando en cuando un árabe complaciente
y compasivo me detenía en mitad de un
paseo para hacerme
la proposición de llevar a mi casa, por la noche, una mujer de la tribu.
Aceptaba en ocasiones, pero generalmente rehusaba, por temor a los enemigos que
aquello pudiera proporcionarme.
Y una noche, al principiar el estío, regresando de dar un
vistazo a mis posesiones y teniendo necesidad de decir algo a Mohamed, entré en
su tienda sin llamarle. Esto me ocurría a cada paso.
Sobre una de
esas grandes alfombras rojas de larga pelambre, de
Djebel-Amor, espesas y suaves como un colchón, una mujer, una muchacha, desnuda casi, dormía con los brazos cruzados
sobre los ojos. Su cuerpo blanco, de una blancura que relucía bajo el rayo de
luz de la cortina levantada, se me apareció como una de las más perfectas
muestras de la raza humana que en mi vida habla visto.
Las mujeres son aquí hermosas. altas y de una rara armonía
de rasgos y líneas.
Algo confuso, dejé caer la cortina que cerraba la tienda y
me fui a casa.
Me gustan las mujeres. El rayo de aquella visión me había
atravesado y quemado, reanimando en mis venas
el antiguo y temible ardor al
cual debo el estar aquí. Hacia calor, corría el mes de julio y pasé casi toda
la noche en la ventana, fijos los ojos en la sombría mancha que dibujaba en el
suelo la tienda de Mohamed.
Cuando al siguiente día éste penetró en mi aposento, le
miré cara a cara, y él bajó la cabeza,
como hombre confuso,
culpable
¿Adivinaba lo que yo sabía?
—Por ventura, ¿estás casado. Mohamed?— le pregunté
bruscamente.
Le vi ponerse encarnado, y balbució:
—No, señor.
Le obligaba a hablar francés y a darme lecciones de árabe,
lo que producía con frecuencia una lengua lntermedia de las más incoherentes.
Repuse:
—Entonces, ¿por qué hay una mujer en tu casa?
El murmuró:
—Es del Sur.
—¡Ah! ¿Es del Sur? Pero eso no explica su estancia en tu
tienda.
Sin responder a mi pregunta. Mohamed me dijo entonces:
—Es muy bonita.
—¡Ah! ¡Es verdad! Pues bien: otra vez, cuando te llegue
una bella mujer del Sur, procura hacerla entrar en mi casa y no en la tuya.
¿Oyes. Mohamed?
El respondió con mucha seriedad:
—Sí, señor.
Confieso que pasé todo el día bajo la emoción agresiva del
recuerdo de aquella muchacha árabe tendida sobre una alfombra roja, y que, al
regresar a casa a la hora de comer, tuve un deseo inmenso de atravesar
nuevamente la tienda de Mohamed. Durante la velada, éste prestó su servicio
como de costumbre, moviéndose en torno mío con su impasible rostro, y varias
veces estuve a punto de preguntarle si tenía intención de conservar mucho
tiempo bajo su techo de piel de camello a aquella señorita del Sur, tan linda.
A eso de las nueve, acosado siempre por la afición a la
mujer, tenaz, como el instinto de la caza entre los perros, salí para tomar el
fresco y pasear un poco alrededor del cono de tela negruzca, a través del cual
distinguía el brillante punto de una luz.
Luego me alejé, para no ser sorprendido por Mohamed
en los alrededores
de su habitación.
Al regresar, una
hora más tarde,
vi claramente el perfil del moro bajo su tienda.
Sacando del bolsillo mi llave, penetré en el bordj donde
se acostaban, haciéndome compañía,
mi intendente, dos labradores
franceses y una vieja cocinera traída de Argel.
Subí la escalera, quedando sorprendido al ver luz
por las rendijas
de mi puerta.
Abriendo al punto, distinguí delante de mi, sentada en una
silla de paja, al lado de la mesa, sobre
la cual ardía una bujía, una
muchacha de rostro de ídolo, que parecía esperarme tranquilamente, adornada con
todas las chucherías de plata que las mujeres del Sur llevan en las piernas, en
los brazos, en la garganta y hasta sobre el vientre. Sus ojos, agrandados por
el khol, se fijaban en mí con insistencia, y cuatro pequeños signos azules.
delicadamente tatuados sobre la carne,
estrellaban su frente, sus mejillas y su barba. Los brazos, cargados de
pulseras, descansaban sobre los muslos, que recubría, pendiendo de los hombros
la especie de gebba de seda roja que vestía.
Al verme entrar, se levantó y quedó en pie delante de mí,
cubierta por sus joyas salvajes, en
actitud de altiva sumisión.
—¿Qué haces ahí? — le dije en árabe.
—Me encuentro donde estoy porque se me ha mandado venir
—¿Quién te lo ha mandado?
—Mohamed.
—Bien está. Siéntate.
Obedeció, bajando
los ojos, y yo permanecí
enfrente, examinándola.
El semblante era extraño, regular, fino y algo bestial,
pero místico cual el de un buda. Los labios eran duros y estaban coloreados por
una especie de florescencia encarnada que
se encontraba además en
su cuerpo, indicando una ligera
mezcla de sangre negra, aunque las manos y los brazos fuesen de una blancura
irreprochable.
No sabía qué hacer, y me sentía turbado, tentado y
confuso. A fin de ganar tiempo y poder reflexionar, le hice otras preguntas
acerca de su origen, su llegada al país y sus relaciones con Mohamed. Pero ella
no respondió sino a las que menos me interesaban, y me fue imposible saber por
qué habla venido, con qué propósito. de orden de quién, en qué momento ni lo
que
había ocurrido entre ella y mi servidor. Cuando ya me
disponía a decirle: «Vuelve a la tienda de Mohamed», ella, adivinándolo quizá,
se irguió bruscamente, y levantando los dos brazos descubiertos, cuyos sonoros
brazaletes resbalaron hacia sus hombros, cruzó las manos detrás de mi cuello, atrayéndome con expresión de voluntad suplicante e irresistible.
Sus ojos,
encendidos por el deseo de seducir, por esa necesidad de vencer al hombre, que
hace que la impura mirada de las mujeres sea tan fascinadora como la de los
felinos, me llamaban me llamaban, me encadenaban, me dejaban sin valor para
resistir, despertaban en mí un ardor impetuoso que me sublevaba. Fué aquélla
una lucha corta, sin palabras, violenta, entre las pupilas solamente, la eterna
lucha en que forcejean los dos brutos humanos, el macho y la hembra, y en la
cual el macho es siempre vencido.
Sus manos, cruzadas sobre mi nuca, me atraían con presión
lenta, creciente, irresistible; como una fuerza mecánica, hacia la sonrisa
animal de sus labios rojos, donde posé de pronto los míos, abrazando aquel
cuerpo casi desnudo y cargado de adornos de plata, que resonaron, de la
garganta a los piés, bajo mi presión.
Se mostraba ligera y sana como una bestia y tenía
expresiones, movimientos, gracias y una especie de olor de gacela que me
hicieron encontrar en sus besos un raro sabor desconocido, extraño a mis
sentidos como el sabor de una fruta de los trópicos.
Muy pronto..., digo muy prónto y fué tal vez a la
madrugada, la quise despedir, pensando que se marcharía como había venido, y
sin preguntarme qué haría yo de ella o qué haría ella de mí.
Pero en cuanto comprendió mi intención, murmuró:
—Si me echas de aquí, ¿adónde iré? Por la
noche tendré que dormir en el suelo. Déjame quedarme
sobre la alfombra, al pie de tu cama.
¿Qué podía contestarle? ¿Qué podía hacer?
Pensé que Mohamed miraría sin duda a su vez por la ventana
iluminada de mi aposento, y preguntas de toda especie, que no me había hecho en
la turbación de los primeros instantes, se formularon con claridad.
—Quédate— le dije—, y hablemos.
Un segundo me había bastado para tomar mi resolución.
Puesto que aquella muchacha fue echada en mis brazos, la
conservaría, haría de ella una especie de querida esclava, teniéndola oculta en
el fondo de mi casa, a la manera de las mujeres del harén.
El día que me cansara me sería muy fácil deshacerme de
ella de cualquier modo, pues, bajo el
sol africano, estas criaturas nos
pertenecen casi en cuerpo y alma.
Le dije:
—Quiero ser bueno para ti; te trataré de modo que no seas
desgraciada, pero quiero saber de quién eres y de dónde vienes.
Ella comprendió que era preciso hablar, y me contó su
historia, o, mejor dicho, una historia, porque debió mentir del principo al
fin, como mienten siempre todos los árabes, con o sin motivo.
Es la mentira uno de los rasgos más sorprendentes e
incomprensibles del carácter indígena. Esos hombres en quienes el islamismo ha
encarnado hasta formar parte de ellos, hasta modelar sus instintos, hasta
modificar la raza entera y diferenciarla de las demás en lo moral, tanto como
el color de la piel diferencia al negro del blanco, son embusteros hasta la
medula. Tan embusteros, que no se puede nunca hacer caso de sus palabras.
¿Deben esto a su religión? Lo ignoro.
Es necesario haber vivido entre ellos para saber hasta qué
punto la mentira forma parte de su ser, de su corazón, de su alma, habiéndose
convertído en ellos en una especie de segunda naturaleza, una necesidad en de
la vida.
La joven me contó que era hija de un caíd de los Ouled
Sidé Chelk y de una mujer robada por él en una razzia a los touaregs. Esta
mujer debía de ser una esclava negra, o proceder al menos de un primer cruce de
sangre árabe y sangre negra. Sabido es que las negras son muy apreciadas en el
harén, donde desempeñan el papel de afrodisíacas.
Nada de este origen aparecía, por otra parte, fuera del
color purpurino de los labios y los sombríos pezones de sus senos alargados,
puntiagudos y recios, como levantados por medio de resortes. No podía engañarse
en esto una mirada inteligente. Pero
todo lo demás pertenecía a la hermosa raza del Sur, blanca, esbelta, cuya fina
cara la forman lineas rectas y sencillas, como una cabeza de imagen india. Los
ojos, muy separados, aumentaban todavía el aspecto algo divino de aquella
vagabunda del desierto.
De su existencia verdadera nada supe con precisión. Me la
refirió con detalles incoherentes que parecían surgir por el azar en una
memoria en desorden; y los mezclaba con observaciones deliciosamente pueriles,
toda una virgen del mundo nómada nacida en un cerebro de ardilla que ha saltado
de tienda en tienda, de campamento en campamento, de tribu en tribu.
Y todo ello lo decía con la expresión severa que siempre
tuvo ese pueblo zaherido, con gestos de
ídolo que chismorrea y una gravedad algo cómica.
Cuando acabó, noté que no había retenido nada de aquella
larga historia llena de acontecimientos insignificantes, almacenados en su
ligero seso, y me pregunté si no se había sencillamente limitado a burlarse de
mi con aquella charla hueca y seria que nada me decía acerca de su persona ni
sobre ningún hecho de su vida.
Y pensaba en ese pueblo vencido en medio del cual
campamos, mejor dicho, que campa en medio
de nosotros, cuyo idioma empezamos a hablar, que a diario vemos vivir bajo la tela transparente de sus
tiendas, al que imponemos nuestras leyes, nuestros reglamentos y nuestras
costumbres, y del cual lo ignoramos todo, todo, ¿oye usted? Como si no
estuviésemos únicamente ocupados en mirarle desde hace ya cerca de sesenta
años.
No sabemos lo que sucede bajo esa cabaña de ramas y bajo
ese pequeño cono de tela sujeta al suelo por medio de estacas, a veinte metros
de nuestras puertas; como no sabemos tampoco lo que hacen, lo que piensan, lo
que son esos árabes llamados civilizados de las viviendas moriscas de Argel.
Detrás de la pared enyesada de su vivienda en las ciudades, detrás del tabique
de ramas de su choza o detrás de la delgada cortina de piel de camello que
sacude el viento, viven junto a nosotros desconocidos, misteriosos, embusteros,
disimulados, sumisos, sonrientes, impenetrables. ¿Qué me diría usted si le
asegurase que, mirando desde lejos con mi lente el vecino campamento, adivino
que tienen supersticiones, ceremonias, mil costumbres que nosotros ignoramos
todavía, cuya existencia ni siquiera sospechamos?
Tal vez nunca un
pueblo conquistado a viva fuerza supo sustraerse tan por completo a la
dominación real, a la influencia moral y a la investigación encarnizada, pero
inútil, del vencedor.
Pues bien: esta infranqueable y secreta barrera que la Naturaleza,
incomprensible, ha levantado entre las razas, la sentía súbitamente, como nunca
la había sentido, levantarse entre aquella muchacha árabe y yo, entre aquella
mujer que acababa de darse, de entregarse, de ofrecer su cuerpo a mis caricias,
y yo, que la había poseido.
Le pregunté, pensando en esto por vez primera:
—¿Cómo te llamas?
Había estado unos instantes sin hablar y la vi
estremecerse cual si hubiese olvidado que yo estaba allí, junto a ella.
Entonces, en sus ojos clavados en mí, adiviné que aquel minuto había bastado
para que el sueño la acometiese, un sueño irresistible y brusco, casi
instantáneo, como todo lo que se apodera de los sentidos movibles de las
mujeres.
Respondió negligentemente, teniendo en la boca un bostezo:
—Allouma.
—¿Tienes ganas de dormir?—agregué.
—Sí —me contestó.
—Pues bien: duerme.
Se estiró tranquilamente al lado mío, tumbada boca abajo y
con la frente apoyada en sus brazos, y sentí casi en seguida que su fugitivo
pensamiento de salvaje se había extinguido en el reposo.
Echado junto a ella, me puse entonces a reflexionar, tratando
de explicarme lo ocurrido. ¿Por me la habría dado Mohamed?
¿Obró como servidor magnánimo que se sacrifica por su amo hasta cederle la
mujer por él atraida a su tienda, o había obedecido a un pensamiento más
complejo, más práctico, menos generoso, echando en mi cama aquella muchacha que
me había agradado? Tratándose de mujeres, tiene el árabe todos los rigores
pudibundos y todas las complacencias inconfesables; y su moral rigurosa y débil
no es más comprensible que sus otros sentimientos. Probable es que me
anticipase, penetrando casualmente en su tienda, a las benévolas intenciones de
aquel previsor criado que me destinaba aquella mujer, su amiga, su cómplice,
tal vez su amante.
Todas estas suposiciones me asaltaron y me fatigaron de
tal modo, que poco a poco caí a mi vez en un sueño profundo.
Me despertó el chirriar de mi puerta; Mohamed entraba,
según costumbre, a despertarme.
Abrió la ventana, por donde penetró una oleada de
claridad, iluminando sobre la cama el cuerpo de Allouma, que continuaba
dormida, y a continuación recogió de la alfombra mi pantalón, mi chaleco y mi
chaqueta, a fin de cepillarlos. No miró a la mujer tumbada a mi lado; no
pareció saber o notar que estaba allí; conservaba su gravedad ordinaria; los
mismos modales, idéntica fisonomía. Pero la luz, el movimiento, el ligero ruido
de los descalzos pies del hombre y la sensación del aire puro en la piel y en los
pulmones, sacaron a Allouma de su entorpecimiento.
Estiró los brazos, se volvió, abrió los ojos, me miró,
miró a Mohamed con la misma indiferencia y se incorporó, quedando sentada.
Luego murmuro:
—Tengo hambre.
—¿Qué quieres comer?—le pregunté.
—Kahoua.
—¿Café y pan con manteca?’
—Sí.
Mohamed, en pie junto a la cama y con la ropa mía bajo el
brazo, esperaba órdenes.
—Trae el desayuno para Allouma y para mi
—le dije.
El salió del cuarto sin que su rostro revelase la más leve
sorpresa o el menor enfado.
Cuando estuvimos solos, pregunté a la joven árabe:
—¿Quieres habitar en mi casa?
—Sí, lo quiero.
—Tendrás una habitación para tí sola y una mujer a tus
órdenes.
—Eres generoso, y yo te lo agradezco.
—Pero si no te portas bien, te arrojaré de aquí.
—Haré cuanto me mandes.
Tomó mi mano y la besó en señal de sumisión.
Volvió a entrar
Mohamed, trayendo el desayuno en una bandeja. Le dije:
—Allouma se queda en casa. Alfombrarás la habitación que
hay al final del corredor, y harás venir, para que la sirva, a la mujer de
Abd-el-Kader-el-Hadara.
—Sí, señor.
No hubo más.
Una hora después mi hermosa árabe estaba instalada en una
habitación amplia y clara; y como yo fuera a cerciorarme de que todo marchaba
bien, la joven se me acercó para pedirme, en tono de súplica, que le regalase
un armario de espejo. Se lo prometí, dejándola luego sentada sobre una alfombra
de Djebel-Amor, con un cigarrillo en la boca y charlando con la vieja árabe que
mandé llamar, como si se conocieran de muchos años.
II
Durante un mes fui muy dichoso con ella, habiéndome
aficionado de un modo extraño a aquella criatura de raza distinta a la mía, que
se me antojaba casi de otra especie, como nacida en un lejano planeta.
No la amaba, no; no se ama a las muchachas de ese
continente primitivo. Entre ellas y nosotros, aun entre ellas y sus machos
naturales, los árabes, nunca se abre la florecilla azul de los países del
Norte. Están demasiado cerca de la animalidad humana, tienen un corazón
demasiado rudimentario, una sensibilidad muy poco refinada para despertar en
nuestras almas esa exaltación sentimental que constituye la poesía del amor.
Nada intelectual, ninguna embriaguez ideal se une a la sensual embriaguez que
en nosotros provocan esos seres encantadores y nulos.
Nos dominan, sin embargo; nos sujetan como las otras, pero
de un modo distinto, menos tenaz, menos cruel, menos doloroso.
No podría explicar con precisión lo que sentía por aquella
mujer. Le decía a usted, hace
poco, que este país, esta África
desnuda, sin artes, exenta de todos los goces intelectuales, conquista poco a
poco nuestra carne con un encanto desconocido y poderoso, con la caricia del
aire, con la constante dulzura de sus crepúsculos, con su luz deliciosa, con el
discreto bienestar en que baña todos nuestros órganos. Pues
bien: Allouma me conquistó de igual manera, con mil atractivos ocultos,
poderosos y físicos, con la penetrante seducción, no de sus besos, pues la
adornaba una negligencia verdaderamente oriental, sino con sus dulces
abandonos.
La dejaba en libertad de entrar y salir a su antojo, y
cada dos días iba a pasar una tarde en el campamento vecino con las mujeres de
mis agricultores indígenas. Se paseaba también mañanas enteras mirándose en la
luna del armario de caoba que le había hecho traer de Miliana. Se admiraba a
conciencia, en pie, ante la gran puerta de cristal, donde seguía sus
movimientos con atención profunda y
grave. Caminaba con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, para examinar sus
caderas; se volvía, se alejaba y se acercaba, y después, cansada al fin de
moverse, se sentaba en un cojín y permanecía frente a si misma, con los ojos en
los ojos, grave el semblante y absorta el alma en aquella contemplación.
Muy pronto observé que salía casi todos los días después
del almuerzo, para no volver hasta por la noche.
Algo inquieto, pregunté a Mohamed si sabía lo que podía
hacer durante aquellas largas horas de ausencia. Me respondió tranquilamente:
—No te preocupe eso. Es que se acerca el Ramadán. Debe de
ir a hacer oración.
El también parecía encantado con la presencia de Allouma
en la casa; pero ni una sola vez sorprendí entre ellos la menor señal
sospechosa; ni una sola vez parecieron esconderse de mí, entenderse, ocultarme
algo.
Yo aceptaba la
situación tal como la describo, sin comprenderla, dejando
que obrasen el tiempo, la casualidad y la vida.
Muchas veces,
después de inspeccionar mis tierras, mis viñas, mis desmontes, daba a pie
largos paseos. Ya conoce usted los hermosos bosques de esta parte de Argel,
esos barrancos casi impenetrables donde los abetos derribados obstruyen los
torrentes y esos vallecitos cubiertos de adelfas que, desde lo alto de las
montañas, parecen tapices orientales extendidos a lo largo de los arroyos. Sabe
usted que a cada momento, en esos bosques y esas orillas donde se diría que
nadie ha penetrado aún, se encuentra de pronto la blanca cúpula de una koubba
en que se hallan encerrados los huesos de un humilde morabito, de un morabito
aislado, a quien visitan apenas algunos fieles llegados del próximo aduar con
un cirio en el bolsillo para encenderlo sobre la tumba del santo.
Pues bien: una tarde, al volver de mi paseo, acerté a
cruzar por delante de una de esas capillas mahometanas; y dirigiendo una mirada
por la puerta constantemente abierta de par en par, divisé una mujer que oraba
delante de la reliquia. Era un delicioso cuadro aquella árabe sentada en el
suelo del destartalado recinto en que el aire penetraba libremente, reuniendo
en los rincones, en montoncitos amarillentos, las finas hojas secas caídas de
los pinos. Me acerqué para mirar mejor. Y reconoci a Allouma. Ella no me vio ni
me sintió, entregada por completo a sus oraciones al santo. Hablaba a media
voz, le hablaba, creyendo estar sola con él, contando al siervo de Dios todas
sus preocupaciones. A veces callaba unos segundos para meditar, para recordar
lo que aún tenía que decirle, para no olvidar ninguna de las confidencias que
debía hacerle; y se animaba a veces también como si él la hubiese respondido,
aconsejándole algo que ella no quería hacer y que combatía con razones.
Me alejé sin hacer ruido, de igual modo que me había
acercado, y me fui a comer.
Al anochecer la llamé a mi aposento, viéndola entrar en él
con una expresión de inquietud que de ordinario no tenía.
—Siéntate ahí —le dije, haciéndole sitio a mi lado en el
sofá.
Obedeció. Mas como yo me inclinara hacia ella con
intención de darle un beso, apartó la cabeza vivamente.
Quedé estupefacto, y le pregunté:
—¿Qué significa eso?
—Estamos en el Ramadán. Yo me eché a reír.
—¿Y te prohibe el morabito que te dejes abrazar durante el
Ramadán?
—¡Oh, sí! ¡Tú eres rumí y yo soy árabe!
—¿Y fuera un pecado grave hacer lo que te pido?
—¡Oh, si!
—Según eso, ¿no comiste hoy nada hasta ponerse el sol?
—No; nada.
—Pero ¿comiste una vez puesto el sol?
—Sí.
—Pues bien: ya que es completamente de noche, no puedes
ser más severa para la boca que para lo demás.
Ella parecía crispada, ofendida, herida, y me replicó con
una altivez que nunca le había visto emplear:
—Si una muchacha árabe se dejase tocar por un rumí durante
el Ramadán, quedaría maldita para siempre.
—Y ¿durará esto todo el mes?
Ella respondió con convicción:
—Si; todo el mes del Ramadán. Tomé una expresión irritada,
y le dije:
—Pues bien: puedes irte a pasar con tu familia ese
Ramadán.
Ella tomó mis manos en las suyas, estrechándolas contra su
pecho.
—¡Oh, no seas malo — exclamó—, te lo ruego! ¡Ya verás qué
bien me porto contigo!
Haremos juntos
el Ramadán, ¿quieres?
Te cuidaré, te mimaré; pero no seas malo.
No pude menos de sonreír; tan chocante era en su
desolación; y la envié a dormir a su cuarto.
Una hora después, al ir a acostarme, dieron en mi puerta
dos golpecitos tan ligeros, que apenas los oí.
—¡Adelante!—dije, y vi aparecer a Allouma con una gran
bandeja llena de golosinas árabes: de
croquetas azucaradas, fritas
y salteadas, con toda una extraña pastelería nómada.
La muchacha reía, mostrando sus hermosos dientes, y
repitió:
—Vamos a hacer juntos el Ramadán.
Ya sabe usted que al ayuno, comenzado con la aurora y
terminando con el crepúsculo, en el momento en que la vista no distingue un
hilo blanco de uno negro, siguen todas las noches pequeñas fiestas íntimas, en
que se come hasta la madrugada. Resulta de esto que, para los indígenas poco
escrupulosos, el Ramadán consiste no más en hacer del día noche y de la noche
día. Pero Allouma llevaba más allá la delicadeza de conciencia. Depositó su
bandeja entre los dos, sobre el sofá, y tomando con sus finos dedos una azucarada
bolilla, me la puso en la boca, murmurando:
—Es muy bueno; cómetelo.
Mastiqué el ligero
pastel, que era excelente, en efecto, y le pregunté:
—¿Lo has hecho tú?
—Sí.
—¿Para mí?
—Si; para ti.
—¿Para hacerme soportar el Ramadán?
—Sí. ¡No seas
malo! Todos los
días haremos lo mismo.
¡Oh, qué mes tan terrible pasé! Un mes azucarado,
dulzarrón, irritante; un mes de cariñitos y tentaciones, de cóleras y vanos
esfuerzos contra una invencible resistencia.
Luego, cuando llegaron los tres días del Beiram, los
celebré a mi manera y no volví a acordarme del Ramadán.
Transcurrió el estío, que fue muy caluroso. Al comenzar el
otoño, Allouma me pareció preocupada, distraída, indiferente a todo.
Y, una noche, habiéndola hecho llamar, no la encontraron
en su aposento. Pensé que vagaría por la casa y di orden de que la buscasen al
punto. Había salido y no había vuelto. Abrí la ventana y grité:
—¡Mohamed!
La voz del hombre acostado bajo su tienda respondió:
—¡Mande el señor!
—¿jSabes dónde está Allouma?
—No, señor. Pero ¿qué dice usted? ¿Ha desaparecido?
Pocos segundos después el árabe entraba en mi aposento,
tan trastornado, que no podía dominar su turbación. Me preguntó:
—¿Ha desaparecido Allouma?
—Sí; ha desaparecido.
—No es posible.
—Búscala, pues —le dije entonces.
Permanecía en pie, pensativo, buscando en su imaginación,
sin comprender.
Entró después en la habitación donde la ropa de Allouma
cubría el suelo, en un desorden oriental. Todo lo examinó como un policía, lo
oliscó, mejor dicho, como un perro; en seguida, incapaz de hacer un esfuerzo
profundo, murmuró con resignación:
—¡Se ha marchado; sí, se ha marchado!
Yo temía un accidente, una caída al fondo de un
precipicio, e hice que se levantasen cuantos
hombres había en el campamento, con orden de recorrerlo
todo hasta encontrarla.
Se la buscó toda la
noche, todo el día siguiente, toda la semana. No se descubrió ni una sola
huella que pusiera sobre su pista. Yo sufría, la echaba de menos; mi casa me
parecía vacía, y desierta mi existencia. Ideas inquietantes cruzaban al propio
tiempo mi cerebro. Temía que la hubiesen robado, asesinado tal vez. Pero,
siempre que trataba de interrogar a Mohamed y de comunicarle mis aprensiones,
él respondía invariablemente:
—No; se ha marchado.
Luego agregaba la palabra árabe r’éza!e, que significa
«gacela», como para dar a entender que
corría mucho y estaba muy lejos.
Pasaron tres semanas y ya no esperaba volver a ver a mi
querida árabe, cuando una mañana Mohamed, con el semblante radiante de alegría,
penetró en mi aposento y me dijo:
—¡Señor, Allouma ha vuelto!. Salté de la cama, y le
pregunté:
—¿En dónde está?
—¡Allá abajo, al pie del árbol! ¡No se atreve a venir!
Y con el brazo extendido me mostraba por la ventana una
mancha blancuzca al pie de un olivo.
Me vestí y salí. Al acercarme a aquel lío de ropa blanca,
que parecía tirado
contra el retorcido tronco,
reconocí los grandes ojos sombríos, las estrellas tatuadas, el semblante
alargado y regular de la muchacha que me había seducido. A medida que avanzaba,
se apoderaba de mí la cólera, sentía un fuerte deseo de golpearla, de hacerla
sufrir, de vengarme.
Desde lejos grité:
—¿De dónde vienes?
Ella no respondió, y permaneció inmóvil, inerte, como si
viviese apenas, esperando los efectos de mi furia, pronta a recibir mis golpes.
Yo estaba en pie junto a ella, contemplando con estupor
los harapos que la cubrían, aquellos pingajos de seda y lana cubiertos de
polvo, desgarrados, miserables.
Repetí con la mano alzada como sobre un perro:
—¿De dónde vienes? Ella murmuró:
—De allá abajo.
—¿De dónde?
—De la tribu.
—¿De qué tribu?
—De la mía.
—¿Por qué te marchaste?
Viendo que no le pegaba, cobró algunos ánimos, y en voz
baja añadió:
—Era
necesario..., era necesario...
No podía seguir viviendo en la casa.
Vi lágrimas en sus ojos, y en seguida me enternecí como un
animal. Me incliné sobre ella, y distinguí, al volverme para sentarme, a
Mohamed, que nos acechaba desde lejos.
Añadí, con mucha dulzura:
—Vamos a ver: ¿por qué te marchaste?
Entonces me contó que desde hacía mucho tiempo sentía en
su corazón de nómada el irresistible deseo de volver bajo las tiendas, de
tumbarse, de correr, de arrastrarse sobre la arena, de vagar con los rebaños de
llanura en llanura, de no sentir sobre la cabeza, entre las estrellas amarillas
del cielo y las estrellas azules de su rostro, más que la delgada cortina de
tela gastada y recosida, a través de la cual se distinguen puntos de fuego
cuando por la noche se despierta.
Me hizo comprender esto con términos sencillos y
enérgicos, tan justos, que me cercioré de que no mentía; sentí piedad por ella,
y le pregunté:
—¿Por qué no me dijiste que deseabas ausentarte por algún
tiempo?
—Porque no habrías querido...
—Prometiéndome volver, te hubiera dejado.
—No me habrías querido creer. Se reía al observar que
ya no estaba
enfadado, y añadió:
—Ya ves, esto ha concluido; he vuelto a mi casa: heme
aquí. Me hacía falta pasar unos
días allá abajo. Ya tengo bastante; ya estoy curada. He
vuelto y me siento bien. Estoy satisfecha.
Tú no eres malo.
—Vamos a casa —le dije.
Se levantó. Cogí su mano, su fina mano de largos y
torneados dedos; y triunfante con sus harapos,
bajo la música de sus anillos, de sus brazaletes, de sus
collares y sus placas, se encaminó gravemente hacia mi vivienda, donde nos
aguardaba Mohamed.
Antes de entrar, repetí:
—Allouma, siempre que quieras volver a tu país, pídeme
permiso para ello; te lo daré.
Ella me preguntó con desconfianza:
—¿Me lo prometes?
—Si; te lo prometo.
—Pues yo también te lo prometo. Cuando me sienta mal —y se
llevó las manos a la frente con un
gesto
magnifico —te diré:
«Necesito ir allá
abajo.» Y tú me dejarás marchar.
La acompañé a su aposento, seguido de Mohamed, que llevaba
agua, pues todavía no se había podido comunicar a la mujer de
Andel-Kader-el-Hadara que su ama había vuelto.
Allouma entró, vio el armario de espejo y, con el rostro
iluminado, corrió a él como se corre hacia una madre a quien se ve después de
creerla perdida. Se miró breves segundos, hizo una mueca, y luego, con voz en
que se notaba algún enfado, dijo al claro cristal:
—Aguarda; tengo vestidos de seda en el armario. Muy pronto
seré hermosa.
La dejé sola, haciendo la coqueta ante sí misma.
Nuestra vida volvió a ser como antes, sufriendo yo más
cada vez el atractivo singular, enteramente físico, de aquella mujer por quien
sentía al propio tiempo una especie de desdén paternal.
Durante seis meses todo marchó bien; un día observé que
volvía a estar nerviosa, agitada, algo triste. Le dije entonces:
—¿Qué te pasa? ¿Quieres volver a tu tribu?
—Si, quiero ir allá.
—¿No te atrevías a decírmelo?
—No me atrevía.
—Pues márchate cuando quieras; te lo permito.
Cogió mis manos y las besó, cossa que hacía en todos sus
impulsos de agradecimiento, y, al siguiente día, ya no la encontré en casa.
Regresó como la otra vez, al cabo de tres semanas
aproximadamente, y como entonces, andrajosa, renegrida por el polvo y el sol;
harta de vida nómada, de arena y de libertad. En dos años fue cuatro veces a su
país.
Recibía yo siempre alegremente, sin celos, porque para mí
los celos no pueden nacer más que, del amor tal como lo comprendemos nosotros.
Cierto que la habría podido matar si la hubiera sorprendido engañándome; pero la
habría matado casi como se mata
por pura violencia a un perro que desobedece. No hubiera sentido esos
tormentos, ese fuego roedor, esa enfermedad horrible: los celos del Norte.
Acabo de decir que hubiera podido matarla como se mata a
un perro desobediente. La amaba, en efecto, casi como se ama a un animal
rarísimo, perro o caballo, imposible de reemplazar. Era una bestia admirable,
una bestia sensual, una bestia de placer con cuerpo de mujer.
No podría decir
a usted qué
distancia inconmensurable
separaba nuestras almas, aunque nuestros corazones se hubiesen
tal vez rozado en ciertos momentos y dado calor el uno al otro. Era Allouma
algo de mi casa, de mi vida, una necesidad para mí, hombre materializado que no
tiene más ojos y sentidos.
Una mañana, Mohamed entró en mi alcoba con una extraña
expresión en el semblante, con esa mirada inquieta de los árabes, que se
asemeja a la mirada medrosa del gato frente al perro.
Viéndole de aquel modo, le pregunté:
—¿Qué hay? ¿Qué sucede?
—Allouma se ha marchado. Yo me eché a reír.
—¡Se ha marchado! Y ¿adónde?
—¡8e ha marchado para siempre, señor!
—¡Cómo! ¿Para siempre?.
—Sí, señor.
—Tú estás loco, muchacho.
—No, señor.
—¿Por qué se ha de haber marchado? Y
¿cómo? A ver, explícate.
El permanecía inmóvil, no queriendo hablar; después, de repente, tuvo una de
esas explosiones de cólera árabe que nos
obligan en las calles de las ciudades a pararnos ante
dos energúmenos, cuyo silencio y gravedad orientales dan
bruscamente lugar a las extremadas gesticulaciones y a las vociferaciones más escandalosas.
Y comprendí en medio de sus gritos que Allouma había huido
con mi pastor.
Tuve que calmar a Mohamed e irle arrancando uno a uno los
detalles de lo ocurrido.
Larga fue la tarea; por fin supe que, desde hacía ocho
días, espiaba a mi querida, que tenía citas en el vecino bosque de cactos o en
el barranco de las adelfas, con una especie de vagabundo recibido como pastor
por mi intendente, a fines del mes anterior.
La pasada noche, Mohamed la había visto salir y no la
volvió a ver; y repetía, exasperándose:
—¡Se ha marchado, señor; se ha marchado!
No sé por qué; pero su convicción, la convicción de
aquella fuga con el vagabundo, se apoderó de mí en un instante, absoluta,
irresistible. Aquello era absurdo, inverosímil y cierto, en virtud de lo
irracional, que es la única lógica de las mujeres.
Encolerizado, con el
corazón oprimido, trataba de
representarme las facciones de aquel hombre; y recordé de pronto que la semana
anterior le había visto en pie sobre un montón de piedras en medio de su rebaño
y mirándome fijamente.
Era una especie de beduíno, alto, en quien el color de los
miembros desnudos se confundía con el de
sus harapos; un tipo de bruto bárbaro, de pronunciados pómulos, nariz
encorvada, barba saliente y secas piernas; un alto esqueleto vestido de harapos
y con traidores ojos de chacal.
No me cabía duda; sí, había huido con aquel miserable.
¿Por qué? Porque era Allouma una hija de la arena. Otra, en París, hija de la
acera, hubiera huido con mi cochero o con cualquier holgazán del arroyo.
—Está bien —dije a Mohamed—. Si se ha marchado, peor para
ella.
Tengo que escribir unas cartas.
Déjame solo.
Se retiró, sorprendido por mi calma. Yo me levanté, abrí
la ventana y aspiré grandes bocanadas, que me llegaban al fondo del pecho, el
asfixiante aire del Sur, pues el siroco soplaba.
Luego me dije:
¡Qué remedio! Es una…, mujer como tantas otras. ¿Sabe
alguien lo que les hace amar, seguir o abandonar a un hombre?
Si se sabe en ocasiones…, generalmente nadie lo adivina. A
veces, se sospecha.
¿Por qué desapareció
con aquel bruto repugnante? ¿Por qué? Tal vez porque
desde hace algún tiempo el viento viene del Sur casi de ordinario.
¡Eso basta! ¡Un soplo! ¿Sabe ella, saben ellas,
generalmente, aun las más listas y perspicaces, por que obran? ¡Cómo lo sabe la
veleta girando al viento! Una brisa insensible mueve la flecha de hierro, de
cobre, de palastro o de madera, lo mismo que una influencia imperceptible, una
impresión inexplicable agita e impulsa a las resoluciones el mudable corazón de
las mujeres, ya sean de la ciudad, del campo, del arrabal o del desierto.
Pueden saber luego, si razonan y comprenden, por qué
hicieron aquello y no lo otro; pero lo ignoran por el momento, porque son
juguete de su caprichosa sensibilidad;
aturdidas esclavas de los
acontecimientos, del medio ambiente, de las emociones, de los encuentros y de
todos los rozamientos que estremecen su alma y su carne.
El señor Auballe se había pueto en pie. Dio unos pasos, me
miró y dijo sonriendo:
—¡Ahí tiene usted un amor del desierto!
Le pregunté:
—¿Y si volviera?
—¡Indecente
muchacha!—murmuró—.
¡Mucho lo celebraría, a pesar de todo!
—Y ¿perdonaría usted al pastor?
—Naturalmente. Tratándose de mujeres, el hombre debe
siempre perdonar… o ignorar.
L’Echo de Paris, 10 de febrero de 1889
ALGO SOBRE LOS GATOS
I
Estaba yo días pasados sentado en un banco fuera de la
puerta de mi casa, en pleno sol, delante de un encañado de anémonas fondas,
leyendo un libro publicado últimamente, un libro honrado, cosa rara y también
encantadora: El tonelero, de Jorge Duval. Un gran gato blanco que tiene el
jardinero saltó a mis rodillas y con su impulso cerró el libro, que yo coloqué
a mi lado para acariciar al animal.
Hacía calor; un aroma de flores nuevas, tímido aún,
intermitente, ligero, cruzaba la atmósfera, que se estremecía también de cuando
en cuando con escalofríos que llegaban de las altas cumbres nevadas que yo
distinguía a lo lejos.
Pero el sol quemaba, pinchaba como uno de esos días en que
hurga en la tierra y la hace vivir, como cuando hiende el grano de semilla y
estimula los gérmenes dormidos y las yemas de las plantas, para que se abran
las hojas nuevas. El gato se retorcía encima de mis rodillas, tumbado de
espaldas y con las patas en alto, abriendo y cerrando las zarpas, entreabriendo
los labios para enseñar sus puntiagudos colmillos y con la línea de su pupila
apenas perceptible en los ojos verdes. Yo acariciaba y manoseaba a aquel animal
perezoso y nervioso, flexible como tela de seda suave, tibio, encantador y
peligroso. Ronroneaba de gusto, pero dispuesto a morder, porque es tan
aficionado a arañar como a que le acaricien. Estiraba el cuello, se retorcía y
si yo alzaba la mano él se levantaba y alargaba la cabeza hacia arriba hasta
tocármela.
Yo excitaba sus nervios, y él también excitaba los míos,
porque estos animales encantadores y pérfidos me inspiran cariño y también
repulsión. Me gusta tocarlos y sentir cómo resbala debajo de mi mano su pelo
sedoso que cruje, su piel caliente, delicada y fina. No hay cosa más suave ni
que produzca en la epidermis una sensación más exquisita, más refinada, más
extraña que 1a envoltura tibia y vibrante del gato. Pero esa envoltura viva
despierta en mis dedos una comezón rara y feroz de estrangular al animal que
estoy acariciando. Tengo la plena sensación de que él rabia por morderme y
desgarrar mi carne, y ese anhelo suyo que yo siento plenamente pasa a mí como
un fluido que él me transfiere y que penetra por la punta de mis dedos al
contacto de su pelo cálido, y sube, sube a todo lo largo de mis nervios y de
mis miembros, hasta mi corazón, hasta mi cerebro y me impregna, y corre por
toda mi piel dándome dentera. Constantemente, sin interrupción, siento en los
pulpejos de mis diez dedos el cosquilleo vivo y suave que me cala y me invade.
Y si el animal empieza, si me muerde o me araña, lo agarro
del cuello, lo hago girar en el aire y lo lanzo a lo lejos como piedra con una
honda, con tal rapidez y brutalidad, que no le dejo tiempo para vengarse.
Recuerdo que siendo niño me inspiraban ya los gatos este
cariño, alternado con súbitos impulsos de ahogarlos con mis manecitas. Estando
cierto día en un extremo del jardín, a la entrada del bosque, distinguí de
pronto una cosa gris que se retorcía entre las hierbas altas. Me acerqué a ver
lo que era, y me encontré a un gato gris que había metido el cuello en un lazo,
y que se ahogaba, que estaba en los últimos estertores, que se moría. Se
retorcía, arañaba el suelo, saltaba, caía inerte, repetía la maniobra y su
respiración ronca, apresurada, semejaba el ruido que hace una bomba aspirante;
me parece estar oyendo todavía aquel ruido horrible. No hubiera tenido ninguna
dificultad en coger un azadón y cortar el lazo; hubiera podido también llamar a
un criado o a mi padre. No, señor; permanecí inmóvil, con el corazón
palpitante, y le vi morir con un regocijo tembloroso y cruel. ¡Era un gato! Si
se hubiese tratado de un perro, habría sido yo capaz de cortar con mis dientes
el alambre de cobre, antes que permitir que padeciese un solo momento más. Y
cuando estuvo muerto, completamente muerto, caliente todavía, le palpé el
cuerpo con mis dedos y le tiré de la cola.
II
A pesar de todo, son encantadores, y lo son más que nada
porque al acariciarlos cuando se refriegan en nuestra carne y ronronean
retorciéndose encima de nosotros y nos miran con sus ojos amarillos haciendo
como que no nos ven, se siente la certidumbre de la falsía de su ternura y del
pérfido egoísmo que hay en su satisfacción.
Hay mujeres que nos producen también esta misma sensación;
mujeres deliciosas, tiernas, de ojos claros y falsos, que nos han elegido para
darse un baño superficial de amor. Cuando se está a su lado y vienen a nosotros
con los brazos abiertos y ofreciéndose al beso; cuando las estrechamos contra
nosotros con el corazón palpitante y paladeamos el gozo sensual y sabroso de su
caricia delicada, nos damos perfecta cuenta de que tenemos entre nuestras manos
una gata, una gata con uñas y colmillos; una gata pérfida, astuta, amante y
enemiga, que morderá en cuanto se hastíe de los besos.
Todos los poetas han sido aficionados a los gatos.
Baudelaire los exaltó maravillosamente. Es conocido aquel admirable soneto
suyo:
Mansos al par que fuertes, son los gatos queridos
de los enamorados y los sabios austeros
que, con la edad madura, se hacen también caseros
y buscan, friolentos, tibio calor de nidos.
Amigos de la ciencia y el amoroso arrullo,
gustan de los silencios, y a la noche son fieles.
A Erebo le sirvieran de fúnebres corceles
si acaso ellos al freno doblegarán su orgullo.
Toman, cuando meditan, actitudes serenas
de Esfinge del desierto que, sobre las arenas,
se adormece en ensueños de eternas dimensiones.
Sus lomos tan fecundos dan mágicas centellas,
y en sus pupilas místicas, minúsculas estrellas,
como arenillas de oro, forman conste1aciones.
III
Yo experimenté una vez la rara sensación de habitar en el
palacio encantado de la Gata Blanca, en un mágico castillo en el que reinaba
uno de estos animales ondulantes, misteriosos, desconcertantes, el único, tal
vez, al que jamás se siente caminar.
Fue el pasado verano, en esta misma costa del
Mediterráneo.
Hacía en Niza un calor espantoso, y pregunté si no había
en las montañas próximas algún vaIle fresco al que acostumbrasen ir, para poder
respirar, los habitantes del país.
Me dijeron que sí, el de Thorenc, y quise ir allí.
Tuve que trasladarme, en primer lugar, hasta Grasse, la
ciudad de los perfumes, de la que hablaré algún día para contar cómo se
fabrican las esencias quintaesencias de. flores, que valen hasta dos mil
francos el litro. Pasé la velada y la noche en un viejo hotel de la población,
albergue mediocre, en el que la calidad de la comida es tan dudosa corno la
limpieza de las habitaciones. A la mañana siguiente seguí viaje.
La carretera se metía en plena montaña, bordeando
profundos barrancos, dominada por picachos estériles, puntiagudos, salvajes.
Empezaba a pensar en que me habían recomendado un sitio sorprendente para
veraneo; estuve casi tentado de volverme atrás y de regresar a Niza aquélla
misma tarde, cuando se ofreció de pronto a mi vista un monte que parecía cerrar
por completo la cañada, y sobre el monte unas ruinas enormes y admirables,
cuyas siluetas formaban sobre el firmamento torres, muros derruidos y toda una
extraña arquitectura de ciudadela muerta.
Era una antigua encomienda de los Templarios, que en otros
tiempos gobernaban la región de Thorenc.
Siguiendo el contorno de aquel monte; descubrí de
improviso un verde valle, alargado, fresco y tranquilo. En lo más hondo,
praderas, corrientes de agua, sauces; en las vertientes, hasta perderse en el
cielo, pinos.
Frente por frente de la encomienda, del otro lado del
valle, se alza un castillo que está habitado, el castillo de las Cuatro Torres,
que fue construido hacia el año mil quinientos treinta. No tiene, sin embargo,
la más ligera huella del Renacimiento.
Es un pesado y sólido edificio cuadrado, de aspecto
imponente, flanqueado por cuatro torres guerreras, de las que toma el nombre.
Llevaba una carta de recomendación para el propietario de
esta casa solariega, y no consintió que fuese a alojarme al hotel.
Todo el valle es, en efecto, encantador, y no se puede
soñar con sitio más ideal para pasar el verano. Estuve paseando hasta
atardecer, y después de cenar subí al departamento que me habían reservado.
Crucé, en primer término, por una especie de salón que
tenía la paredes tapizadas de viejo cuero de Córdoba, y después, por otro,
habitación en cuyos muros distinguí rápidamente, a la luz de mi vela, cuando
pasaba, antiguos retratos de señoras, algunos de esos cuadros a los que se
refería Gautier cuando escribió:
¡Con qué placer os veo sobre los entrepaños,
en marcos ovalados, oh retratos de hermosas
de otro tiempo; en las manos tenéis pálidas rosas,
cual conviene a unas flores que han cumplido cien años!
Y, por fin, entré en la habitación en que estaba mi cama.
Una vez a solas, me puse a recorrerla. Se hallaba tapizada
de antiguas telas pintadas, en la que se veían torreones color de rosa sobre un
fondo de paisajes azules y grandes pájaros fantásticos entre una fronda de
piedras preciosas.
Dentro de una de las torretas, estaba mi cuarto de aseo.
Las ventanas, anchas hacia el interior y estrechas hacia afuera eran, en fin de
cuentas, las antiguas troneras desde las que mataban al asaltante. Cerré la
puerta, me acosté y me quedé dormido.
Y soñé… Nuestros sueños tienen siempre algo de los
acontecimientos del día. Iba de viaje, entré en un albergue y en él vi sentados
a la mesa, junto al fuego, a un lacayo de lujosa librea y a un albañil,
sorprendente emparejamiento, que a mí no me causó extrañeza alguna. Estaban
hablando de Victor Hugo, que acababa de morir, y yo me mezclé en su
conversación. Por último, marché a acostarme en una habitación cuya puerta no
cerraba bien, y vi de pronto que el criado y el albañil se acercaban de
puntillas a mi mesa, armados de ladrillos.
Desperté bruscamente y transcurrieron algunos momentos sin
que cayese en la cuenta de dónde estaba. Pero me acordé en seguida de los
acontecimientos de la víspera, de mi llegada a Thorenc, del amable recibimiento
que me había dispensado el dueño del castillo… Iba ya a cerrar otra vez los
párpados, cuando vi, si, señores vi en la oscuridad, en las tinieblas, en el
centro de mi habitación, poco más o menos a la altura de la cabeza de un
hombre, dos ojos de fuego que me miraban.
Eché mano a una cerilla y mientras la frotaba oí un ruido,
un ruido muy ligero, un ruido blando como el que produce al caer un trapo
húmedo y retorcido…Al encender la luz no vi en el centro del cuarto más que una
mesa muy grande.
Me levanté, registré las dos habitaciones, miré debajo de
mi cama, en los armarios, ¡nada!
Pensé que todo aquello no había sido otra cosa que una
prolongación, ya despierto, del sueño que había tenido dormido, y volví a
conciliar el sueño, aunque no sin dificultad.
Y volví a soñar. También ahora viajaba, pero era por
Oriente, en el país de mi predilección. Llegué a casa de un turco que vivía en
pleno desierto. Era un turco magnifico; no era un árabe, sino un turco
voluminoso, atento, simpático, vestido de turco, con turbante y una verdadera
tienda de sederías sobre sus espaldas, un auténtico turco del Teatro Francés,
que me dirigía toda clase de cumplidos; estábamos sentados en un muelle diván y
me obsequiaba con confituras.
Un negrito me condujo a mi habitación —todos mis sueños
terminaban, pues, del mismo modo—. Era una habitación azul celeste, perfumada,
con pieles de animales por alfombras; delante del fuego —también esta idea del
fuego me perseguía hasta en el desierto—, sentada en una silla baja, me
esperaba una mujer muy ligera de ropa.
Era del más puro tipo oriental, con estrellas pintadas en
las mejillas, en la frente y en la barbilla, unos ojos inmensos, cuerpo
admirable, algo moreno pero de un moreno cálido que subía a la cabeza.
Mientras ella me miraba, yo decía para mí mismo: «Así es
como yo entiendo la hospitalidad. No recibiríamos de esta manera a un
extranjero en nuestros estúpidos países norteños, en nuestros pueblos de
gazmoñería idiota, de pudor repugnante y moral imbécil.»
Me acerqué a ella y le hablé pero me contestó por señas,
porque no conocía ni una sola palabra de mi idioma, que su amo, turco, sabía a
la perfección.
Más dichoso aún porque ella hablaría, la tomé de la mano y
conduje hasta mi lecho, en donde me tendí a su lado… ¡Siempre despierta uno en
lo mejor! Me desperté, pues, y no fué demasiado grande mi sorpresa al sentir
debajo de la palma de mi mano una cosa cálida y suave, que yo acariciaba
amorosamente.
Al aclararse mis ideas, comprendí que se trataba de un
gato, de un gato rollizo, que dormía tranquilamente, enroscado junto a mi cara.
Lo dejé estar e hice lo mismo que él.
Cuando amaneció, ya no se encontraba allí; llegué a pensar
que todo había sido un sueño, porque no comprendía cómo pudo entrar y salir de
mi habitación estando cerrada la puerta con llave.
Relaté mi aventura, aunque no en todos sus detalles, a mi
amable anfitrión, que se echó a reír, y me dijo:
—Entró por la gatera —y levantando una cortina, me enseñó
un agujero pequeño, negro y redondo, que había en la pared.
Me enteré entonces que en las paredes de casi todas las
casas antiguas de la región existen esos pasadizos largos y estrechos, que
conducen desde la bodega hasta el granero, del cuarto de la criada a la
habitación del señor, pasadizos que hacen del gato el rey y el señor de la
casa.
Va y viene por donde le da la gana, visita sus dominios a
su capricho, puede acostarse en todas las camas, verlo y oírlo todo, estar al
tanto de todos los secretos, costumbres y vergüenzas de la casa.
Todas las habitaciones son suyas, a todas tiene acceso; es
el animal que circula sin que lo sientan, el rondador silencioso, el que se
pasea de noche por la oquedad de los muros.
Me acordé de aquellos otros versos de Baudelaire:
Es el espíritu familiar.
Juzga, inspira, preside
a todo lo que hay, donde él reside.
¿Es un dios? ¿Es un hada tutelar?
LOS ALFILERES
” ¡Ay, amigo mío, qué marrajas son las mujeres!
—¿Por qué dices eso?
—Es que me han jugado una pasada abominable.
—¿A ti?
—Sí, a mí.
—¿Las mujeres o una mujer?
—Dos mujeres.
—¿Dos mujeres al mismo tiempo?
—Sí.
—¡Qué pasada!”
Los dos jóvenes estaban sentados delante de un gran café
del bulevar y bebían licores mezclados con agua, esos aperitivos que parecen
infusiones hechas con todos los matices de una caja de acuarelas.
Tenían más o menos la misma edad: de veinticinco a treinta
años. Uno era rubio y otro moreno. Tenían la semielegancia de los agentes
inmobiliarios, de los hombres que van a la Bolsa y a los salones, que entran en
todas partes, viven en todas partes, aman en todas partes. El moreno prosiguió:
“Te conté mis relaciones, ¿verdad?, con aquella burguesita
encontrada en la playa de Dieppe.
—Sí.
—Amigo mío, ya sabes lo que pasa. Yo tenía una amante en
París, alguien a quien amo infinitamente, una vieja amiga, una buena amiga, una
costumbre, en fin, y la quiero conservar.
—¿Tu costumbre?
—Sí, mí costumbre y a ella. Está casada también con un
buen muchacho, a quien quiero igualmente, un chico muy cordial, ¡un auténtico
camarada! En fin, una casa donde había alojado mi vida.
—¿Y qué?
—¿Y qué? Ellos no pueden salir de París, y me encontré
viudo en Dieppe.
—¿Por qué ibas a Dieppe?
—Por cambiar de aires. Uno no puede estar todo el tiempo
en el bulevar.
—¿Y entonces?
—Entonces encontré en la playa a la chiquilla de la que te
he hablado.
—¿La mujer del jefe de negociado?
—Sí. Se aburría mucho. Su marido, además, sólo iba los
domingos, y es un tipo horroroso. La comprendo perfectamente. Conque nos
divertimos y bailamos juntos.
—¿Y el resto?
—Sí, más adelante. En fin, nos encontramos, nos gustamos,
yo se lo dije, ella me lo hizo repetir para entenderlo mejor, y no puso muchos
obstáculos.
—¿La amabas?
—Sí, un poco; es muy bonita.
—¿Y la otra?
—¡La otra estaba en París! En fin, durante seis semanas la
cosa marchó muy bien y volvimos aquí en los mejores términos. ¿Es que tú sabes
romper con una mujer cuando esa mujer no tiene nada que reprocharte?
—Sí, muy bien.
—¿Cómo haces?
—La abandono.
—Pero ¿cómo te las arreglas para abandonarla?
—No vuelvo por su casa.
—Pero ¿y si ella viene a tu casa?
—Pues… no estoy.
—¿Y si vuelve?
—Le digo que estoy indispuesto.
—¿Y si te cuida?
—Pues…, pues le hago una faena.
—Escribo cartas anónimas a su marido para que la vigile
los días en que la espero.
—¡Eso es grave! Yo no tengo tanta resistencia. No sé
romper. Las colecciono. Las hay a las que sólo veo una vez al año, a otras cada
diez meses, a otras una vez al trimestre, a otras los días que tienen ganas de
cenar en un cabaret. Las que he espaciado no me molestan, pero con frecuencia
tengo problemas con las nuevas, para distanciarlas un poco.
—Entonces…
—Entonces, amigo mío, la pequeña funcionaria era puro
fuego, puras llamas, sin un reproche, ¡como te he dicho! Como su marido se pasa
los días en el Ministerio, ella se ponía en plan de llegar a mi casa de
improviso. Dos veces estuvo a punto de encontrarme con mi costumbre.
— ¡Diablos!
—Sí. Por lo tanto, le señalé a cada cual sus días, días
fijos para evitar confusiones. Lunes y sábados para la antigua. Martes, jueves
y domingos para la nueva.
—¿Por qué esa preferencia?
—¡Ay, amigo mío!, es más joven.
—Eso te daba sólo dos días de descanso a la semana.
—Me basta.
—¡Felicitaciones!
—Ahora bien, figúrate que me ha ocurrido la historia más
ridícula del mundo, y la más fastidiosa. Desde hace cuatro meses todo marchaba
perfectamente; dormía a pierna suelta y era verdaderamente feliz, cuando de
pronto, el lunes pasado, todo se derrumba.
“Yo esperaba a mi costumbre a la hora convenida, la una y
cuarto, fumando un buen cigarro.
“Soñaba despierto, muy satisfecho de mí mismo, cuando
advertí que la hora había pasado. Me sorprendió porque ella es muy puntual.
Pero pensé en un pequeño retraso accidental. Sin embargo, pasa media hora,
después una hora, hora y media, y comprendí que cualquier causa la había
retenido, quizá una jaqueca o un importuno. Son muy fastidiosas esas cosas,
esas esperas… Inútiles, aburridísimas e irritantes. En fin, me resigné, después
salí de casa y, no sabiendo qué hacer, fui a verla.
“La encontré leyendo una novela.
“”¿Qué ocurre?” —le dije.
“Respondió tranquilamente:
“”Querido, no he podido, algo me lo impidió.
“¿El qué?
“Pues mis… ocupaciones.
“Pero… ¿qué ocupaciones?
“Una visita muy pesada.”
“Yo pensaba que no quería decirme la verdadera razón y,
como estaba muy tranquila, me inquietaba aún más. Contaba con recuperar el
tiempo perdido, al día siguiente, con la otra.
“El martes, pues, estaba muy…, muy emocionado y
enamoradísimo, a la espera de la pequeña funcionaria, y hasta me extrañó que no
se adelantase a la hora convenida. Miraba el reloj a cada momento, siguiendo la
aguja con impaciencia.
“La vi pasar el cuarto, después la media, después las dos…
No podía estarme quieto, cruzaba a grandes zancadas mi habitación, pegaba la
frente a la ventana y la oreja a la puerta para escuchar si subía la escalera.
“Dieron las dos y media, ¡después las tres! Cogí el
sombrero y corrí a su casa. ¡Estaba leyendo una novela, amigo mío!
“”¿Qué ocurre?” —le dije con ansiedad.
“Respondió, tan tranquilamente como mi costumbre:
“”Querido, no he podido, algo me lo impidió.
“¿El qué?
“Pues… mis ocupaciones.
“Pero… ¿qué ocupaciones?
“Una visita pesada.”
“Supuse inmediatamente, claro, que lo sabían todo; pero
ella parecía tan plácida, no obstante, tan pacífica, que acabé desechando mi
sospecha, para creer en una extraña coincidencia, pues no podía imaginar
semejante disimulo por su parte. Y tras una hora de amistosa charla,
interrumpida además por veinte entradas de su hijita, tuve que marcharme muy
fastidiado.
“Y figúrate que al día siguiente…
—¿Pasó lo mismo?
—Sí… y también al otro día. Y la cosa duró así tres
semanas, sin una explicación, sin que nada me revelase el porqué de esa extraña
conducta cuyo secreto sospechaba, no obstante.
—¿Lo sabían todo?
— ¡Pues claro! Pero ¿cómo? ¡Ah! Fue un suplicio hasta que
lo averigüé.
—¿Cómo lo supiste por fin?
—Por carta. El mismo día, en los mismos términos, me
despidieron definitivamente.
—Pero…
—Ahora verás… Ya sabes, amigo mío, que las mujeres llevan
siempre encima un ejército de horquillas y alfileres. Las horquillas las
conozco bien, desconfío de ellas, y vigilo, pero los otros son mucho más
pérfidos, esos malditos alfileritos de cabeza negra que nos parecen todos
iguales, porque somos muy brutos, pero que ellas distinguen como nosotros
distinguimos un caballo de un perro.
“Ahora bien, parece que un día mi pequeña funcionaria
había dejado uno de esos chismes reveladores pinchado en una colgadura, junto
al espejo.
“Mi costumbre, al primer vistazo, había visto en la tela
ese puntito negro como una pulga, y sin decir nada lo había cogido, y después
había dejado en el mismo sitio uno de sus alfileres, también negro, pero de un
modelo diferente.
“Al día siguiente, la funcionaria quiso recoger el suyo, y
enseguida reconoció la sustitución; entonces le entró una sospecha, y puso dos,
cruzados.
“La costumbre respondió a esta señal telegráfica con tres
bolas negras, una encima de otra.
“Una vez iniciado este trato, siguieron comunicándose, sin
decirse nada, sólo para espiarse. Después parece que la costumbre, más osada,
enrolló a lo largo de la puntita de acero un delgado papel donde había escrito:
“Lista de Correos, bulevar Malesherbes, C.D.”
“Entonces se escribieron. Yo estaba perdido. Comprenderás
que eso no fue lo único entre ellas. Se comportaban con precaución, con mil
ardides, con toda la prudencia precisa en tales casos. Pero la costumbre tuvo
una idea audaz y le dio una cita a la otra.
“Lo que se dijeron, lo ignoro. Sé sólo que pagué las
consecuencias de su conversación. ¡Y aquí me tienes!
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No las sigues viendo?
—Sí, como amigo; no hemos roto del todo.
—Y ellas, ¿se han vuelto a ver?
—Sí, amigo mío, se han hecho íntimas.
—Vaya, vaya. ¿Y eso no te da una idea?
—No, ¿cuál?
—Pedazo de bobo, la idea de hacerles clavar alfileres
dobles…”


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