© Libro N°. 3052. Narciso Y
Goldmundo. Hesse, Hermann. Colección E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Narziss Umd Goldmund
Versión Original: © Narciso Y Goldmundo. Hermann Hesse
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NARCISO Y GOLDMUNDO
Hermann Hesse
Traducción de Luis TOBÍO
PRIMERA EDICI0N Julio de 1948
VIGESIMO CUARTA EDICIÓN Noviembre de 1984
IMPRESO EN LA ARGENTINA
ISBN 950-07-0159-6
TITULO DEL ORIGINAL EN ALEMÁN: "NARZISS UMD GOLDMUND"
© 1957. Hermann Hesse.
CAPÍTULO I
Ante la puerta de entrada del convento de Mariabronn —un arco de
medio punto sustentado en pequeñas columnas geminadas— alzábase, en el mismo
borde del camino, un castaño, solitario hijo del mediodía que un romero había
traído en otro tiempo, árbol gallardo de robusto tronco. Su redonda copa pendía
blandamente sobre el camino y aspiraba las brisas a pleno pulmón. Por la
primavera, cuando todo era ya verde en derredor y hasta los nogales del
convento ostentaban su rojizo follaje nuevo, aún demoraba buen trecho la
aparición de sus hojas. En la época en que son más cortas las noches, hacía
surgir de entre la fronda los pálidos rayos verdeclaros de sus extrañas flores,
cuyo áspero olor evocaba recuerdos y oprimía. Y en octubre, recogida la uva y
las otras frutas, caían de su copa amarillenta, al soplo del viento del otoño,
los espinosos erizos, que no todos los años llegaban a madurez, y que los
rapaces del convento se disputaban y el subprior Gregorio, oriundo de Italia,
asaba en la chimenea de su celda. Exótico y tierno, el hermoso árbol mecía ante
la puerta del convento su copa, huésped delicado y friolento venido de otras
regiones, pariente secreto de las esbeltas y mellizas columnas de arenisca de
la entrada y de los adornos, labrados en piedra, de ventanas, cornisas y
pilares, amado de los italianos y otras gentes latinas, y pasmo, por
extranjero, de los naturales del país.
Varias generaciones de alumnos del convento habían ya pasado
bajo aquel árbol forastero: las pizarras bajo el brazo, parloteando, riendo,
jugando, riñendo, según la estación descalzos o calzados y con una flor en la
boca, una nuez entre los dientes o una bola de nieve en la mano. Constantemente
llegaban nuevos muchachos; cada dos años las caras eran otras, en su mayoría
parecidas, con pelo rubio y ensortijado. Algunos se quedaban allí, se hacían
novicios, luego monjes, eran tonsurados, vestían hábito y cordón, leían libros,
doctrinaban a los muchachos, envejecían, morían. Otros, terminados los
estudios, regresaban a sus hogares, ora castillos nobiliarios ora moradas de
comerciantes o artesanos, corrían por el mundo entregados a sus diversiones y
quehaceres, quizá, ya hombres cabales, hacían alguna vez una visita al
convento, llevaban a los frailes sus hijos pequeños para que recibieran
enseñanza, permanecían un instante contemplando, sonrientes y pensativos, el
viejo castaño y tornaban a desaparecer. En las celdas y salones del convento,
entre los sólidos arcos semicirculares de las ventanas y las recias columnas
geminadas de piedra roja, se vivía, se enseñaba, se estudiaba, se administraba,
se gobernaba; muchas especies de artes y ciencias, sagradas y profanas, claras
y recónditas se cultivaban en aquel lugar, y se transmitían de unas
generaciones a otras. Los religiosos escribían y comentaban libros, ideaban
sistemas, coleccionaban obras de los antiguos, hacían códices miniados, velaban
por la fe del pueblo y se sonreían de ella. Erudición y piedad, candor y
disimulo, sabiduría del Evangelio y sabiduría de los griegos, magia blanca y
magia negra, todo florecía allí en mayor o menor grado, para todo había lugar.
Había lugar tanto para la vida anacorética y la penitencia como para la
sociabilidad y las comodidades; del carácter del abad que estuviese al frente y
de las tendencias dominantes de la época dependía el que prevaleciera y
predominara lo uno o lo otro. Unas veces el convento gozaba de renombre y era
muy visitado por causa de sus exorcistas, otras por su música excelente, otras
por algún santo varón que realizaba curaciones y prodigios, otras por sus sopas
de lucio y sus pasteles de hígado de venado, cada cosa en su tiempo. Y entre la
grey de monjes y discípulos, de los devotos y los tibios, los que ayunaban y
los que se regalaban, entre los muchos que allá iban, vivían y morían, siempre
había alguno singular a quien todos querían o a quien todos temían, que parecía
elegido y del que seguía hablándose largo tiempo, cuando sus contemporáneos
habían caído ya en el olvido.
También ahora moraban en el convento de Mariabronn dos
individuos singulares, el uno viejo y el otro joven. Todos los hermanos, cuya
muchedumbre llenaba celdas, capillas y aulas, los conocían y tenían fija en
ellos su atención. El viejo era el abad Daniel, y el joven, el educando
Narciso, quién, aunque había comenzado el noviciado hacía poco, se le empleaba
ya, debido a sus excepcionales dotes y pasando por alto la costumbre, como
maestro, especialmente en griego. Los dos, el abad y el novicio, gozaban de
gran prestigio en la casa y eran objeto de curiosa observación: se les admiraba
y se les envidiaba, y, en secreto, se les censuraba también.
Los más profesaban afecto al abad. No tenía enemigos; era un
hombre lleno de bondad, de sencillez, de humildad, únicamente los eruditos del
convento mezclaban en su amor cierto desdén, pues el abad Daniel, aunque fuese
un santo, un letrado ciertamente no lo era. Poseía esa simplicidad que es
sabiduría, pero su latín era modesto y el griego lo desconocía por completo.
Esos pocos que, en algunas ocasiones, se sonreían de la candidez
del abad, eran los que más entusiasmo sentían por Narciso, el niño prodigio, el
apuesto jovenzuelo, con su elegante griego, sus aristocráticos modales, su
serena y penetrante mirada de pensador y sus labios finos, hermosos y
enérgicos. Los espíritus cultos lo apreciaban por su maravilloso conocimiento
de la lengua griega, la gran mayoría de sus compañeros lo amaba por su
distinción y su nobleza, y muchos se habían prendado de él. Y el que fuera tan
reposado y contenido y tuviera tan cortesanas maneras desagradaba a algunos.
El abad y el novicio soportaban, cada cual a su modo, el destino
de los elegidos, y también dominaban y sufrían cada cual a su modo. Sentían
ambos mayor afinidad y atracción entre sí que respecto a todos los demás
moradores del convento; y sin embargo ni solían reunirse a solas ni podían
acostumbrarse a su mutua compañía. El abad trataba al joven con la mayor
solicitud, con la mayor consideración; cuidábalo como a un hermano excepcional,
frágil, quizá maduro antes de tiempo, quizás en peligro. El joven recibía todos
los mandatos, consejos y alabanzas del abad con irreprochable actitud; jamás
contradecía, jamás se malhumoraba; y si era exacto el juicio del abad de que no
tenía más defecto que el orgullo, ese defecto sabía ocultarlo a maravilla. Nada
podía decirse de él: era perfecto y superior a todos. Empero, fuera de los
eruditos, tenía pocos amigos verdaderos; su distinción lo envolvía como en un
aire helado.
—Narciso —díjole cierta vez el abad, luego de oírlo en
confesión—: Yo me acuso de haber formado sobre ti un juicio severo. Te he
tenido a menudo por orgulloso, lo que acaso sea injusto. Estás muy solo, joven
hermano mío, vives aislado y, aunque no te faltan admiradores, careces de
amigos. Quisiera tener motivo para censurarte en alguna ocasión mas no lo
encuentro. Quisiera que fueses, de cuando en cuando, indócil, como suelen ser
los muchachos de tu edad. Nunca lo eres. A veces me preocupas un poco, Narciso.
El joven abrió sus ojos oscuros y miró al anciano.
—Deseo con toda mi alma, reverendo padre, no causaros la menor
preocupación. Quizá sea yo, en efecto, orgulloso, reverendo padre. Y os pido
que me impongáis la consiguiente pena. Yo mismo siento a veces el deseo de
castigarme. Enviadme a una ermita, padre, o bien mandadme realizar menesteres
inferiores.
—Eres demasiado joven para lo uno y lo otro, hermano querido
—dijo el abad—. Sin contar que, dada tu aptitud para las lenguas y tu talento,
supondría despreciar esos dones que Dios te ha dado el que yo te encomendara
menesteres inferiores. Es más que probable que llegues a ser maestro y erudito.
¿Por ventura no lo anhelas tú mismo?
—Perdonad, padre; no sé, en forma cabal, lo que deseo. Sin duda
que siempre me proporcionarán gozo las ciencias; no podría ser de otro modo.
Pero no creo que sean las ciencias, en el futuro, mi único campo de actividad.
No son siempre los deseos los que determinan el destino y la misión de un
hombre, sino otra cosa, algo predeterminado.
El abad escuchaba y se iba poniendo serio. Sin embargo, su viejo
rostro se iluminó con una sonrisa cuando dijo:
—El conocimiento que he alcanzado a tener de los hombres, me
lleva a pensar que todos nosotros, especialmente en la mocedad, propendemos un
tanto a confundir la providencia con nuestros deseos. Y ya que crees conocer de
antemano tu sino, quisiera que me dijeses para qué te consideras llamado.
Narciso entornó sus ojos oscuros que desaparecieron bajo las
largas pestañas negras. Permanecía callado.
—Habla, hijo mío —profirió admonitoriamente, tras prolongada
espera, el abad. Y Narciso, la voz apagada, los ojos caídos, comenzó a hablar:
—Creo saber, reverendo padre, que estoy, ante todo, determinado
para la vida del claustro. Estoy convencido de que seré monje, sacerdote,
subprior y acaso abad. Y esto no lo creo porque lo desee. No son cargos lo que
mi deseo busca. Pero los cargos me serán impuestos.
Los dos estuvieron callados un buen rato.
—¿Y por qué crees tal cosa? —preguntó con voz pausada el
anciano—. ¿Qué cualidad tuya, aparte el saber, es la que se manifiesta en tal
creencia?
-Es una cualidad —dijo Narciso lentamente— que consiste en
sentir y darme cuenta de la índole y sino de las personas, no sólo de los míos
sino también de los de los otros. Esa cualidad me obliga a servir a los demás,
dominándolos. Si no hubiese nacido para la vida del claustro, tendría que ser
juez u hombre de estado.
—Pudiera ser —asintió el abad con la cabeza—. ¿Por ventura has
experimentado en casos concretos ese don tuyo de conocer a los hombres y sus
destinos?
—Ciertamente.
—¿Estarías dispuesto a señalarme algún ejemplo?
—Lo estoy.
—Perfectamente. Como yo no quisiera penetrar en los secretos de
nuestros hermanos ni en lo que puedan saber, ¿querrías decirme lo que piensas
saber sobre mí, sobre tu abad Daniel?
Narciso alzó los párpados y miró al abad en los ojos.
—¿Es una orden, reverendo padre?
—Sí, es una orden.
—Muy duro se me hace hablar, padre.
—También a mí se me hace duro, hermano, ordenarte que hables. Y
lo hago. ¡Habla!
Narciso bajó la cabeza, y dijo musitando:
—Poco es lo que de vos sé, reverendo padre. Sé que sois un
servidor de Dios a quien más placería apacentar cabras o tañer la esquila de
una ermita y confesar a los labriegos que regir un gran convento. Sé que
profesáis especial amor a Nuestra Señora la Madre de Dios y que es a ella a
quien principalmente dirigís vuestros rezos. Unas veces rezáis porque las
ciencias griegas y de otras especies que en este convento se cultivan jamás
lleguen a acarrear confusión ni daño a las almas de vuestros subordinados. Otras
veces rezáis porque no lleguéis a perder la paciencia con el sub-prior
Gregorio. Y otras pedís un dulce final. Y yo estoy seguro que seréis oído y que
tendréis una muerte tranquila.
Hízose el silencio en el pequeño gabinete del abad. Finalmente
habló el anciano.
—Eres un iluso y tienes visiones —declaró en tono amistoso—. Y
las visiones pías y amables pueden ser también engañosas; no te fíes de ellas
como yo tampoco me fío... Díme, hermano iluso, ¿eres capaz de ver lo que en el
fondo del corazón pienso sobre este asunto?
—Veo, padre, que vuestros pensamientos son sumamente benévolos.
Pensáis lo siguiente: "Este joven corre cierto peligro, tiene visiones,
tal vez ha meditado demasiado. Quizá deba ponerle una penitencia, no le hará
mal. Pero la penitencia que le imponga la tomaré también sobre mí"... Esto
es lo que hace poco pensabais.
El abad se levantó. Y sonriendo, hizo al novicio una inclinación
con la cabeza para despedirse.
—Está bien —dijo—. No tomes tus visiones demasiado en serio,
hermano; Dios nos exige algo más que tener visiones. Admitamos que has halagado
a un viejo anunciándole una muerte tranquila. Y admitamos también que el viejo
ha escuchado complacido un instante tal anuncio. Ya es bastante. Mañana,
después de la misa del alba, rezarás un rosario; lo rezarás con humildad y
recogimiento y no a la ligera, y yo haré lo mismo. Y ahora vete, Narciso; harto
hemos hablado.
En otra ocasión, tuvo el abad Daniel que mediar entre el más
joven de los padres maestros y Narciso que no se habían podido poner de acuerdo
sobre cierto punto del plan de estudios. Narciso insistía con gran empeño en
que se introdujeran ciertos cambios en la enseñanza y los justificaba con
convincentes razones; mas el padre Lorenzo, llevado de una especie de celos, se
negaba a aceptarlos. A cada conversación que sobre el tema sostenían, seguían
días de desazonado silencio y de enfurruñe, hasta que Narciso, seguro de estar
en lo cierto, tornaba a tocar el tema.
El padre Lorenzo terminó por decirle, un tanto ofendido:
—Vamos a poner término a esta disputa, Narciso. Bien sabes que
es a mí a quien corresponde decidir y no a ti, porque tú no eres mi colega sino
mi ayudante y tienes que someterte a mi criterio. Pero ya que la cuestión te
parece de tanto momento y mi superioridad se debe a la jerarquía, y en modo
alguno al saber y al talento, no quiero tomar yo la decisión sino que
llevaremos el asunto al padre abad y que él resuelva.
Así lo hicieron. Y el abad Daniel escuchó con paciencia y
amabilidad la disputa de los dos letrados sobre la manera corno debía enseñarse
la gramática. Luego que cada cual hubo expuesto y fundamentado con todo detalle
sus puntos de vista, el anciano los miró con expresión bienhumorada, meneó un
poco la encanecida cabeza y dijo:
—Sobrado sabéis, mis amados hermanos, que de esas cosas entiendo
menos que vosotros. Narciso merece elogio por tomarse tanto interés por la
escuela y querer mejorar el plan de estudios. Pero si su superior es de otro
parecer, Narciso no tiene más remedio que callarse y obedecer, pues el
mantenimiento del orden y la disciplina en esta casa vale más que todas las
reformas escolares. Tengo que censurar a Narciso por no haber sabido ceder. Y,
por lo demás, jóvenes eruditos, hago votos por que nunca os falten superiores
menos inteligentes que vosotros; nada hay mejor contra el orgullo.
Y con esta bondadosa agudeza los despidió. Pero en los días
siguientes no dejó de observarlos para ver si entre ellos volvía a haber paz y
armonía.
Una nueva cara hizo por entonces su aparición en el convento,
que tantas veía ir y venir, y aquella nueva cara no era de las que pasaban
inadvertidas y se olvidaban pronto. Tratábase de un mozo a quien su padre había
hecho inscribir hacía tiempo y que llegó un día de primavera para seguir
estudios en el colegio conventual. Apenas el muchacho y su padre ataron los
caballos al tronco del castaño, salió por la puerta del convento, a su
encuentro, el hermano portero.
El joven alzó la mirada hacia el árbol, que mostraba aún la
desnudez del invierno.
—Nunca vi un árbol como éste —dijo—. Es hermoso, admirable. Me
gustaría saber qué nombre tiene.
El padre, hombre entrado en años, de rostro cuidado y un tanto
amargado, no hizo el menor caso de las palabras del jovenzuelo. Pero el
portero, a quien el garzón cayó en gracia desde el primer momento, satisfizo su
curiosidad. Él se lo agradeció gentilmente, le tendió la mano y le dijo:
—Me llamo Goldmundo y vengo a estudiar en la escuela.
El hermano, luego de dirigirle una sonrisa, condujo a los recién
llegados a través de la puerta principal, y subió con ellos la ancha escalera
de piedra. Goldmundo entraba en el convento sin el menor temor, seguro de haber
encontrado ya en aquel lugar dos seres de quienes podía hacerse amigo: el árbol
y el portero.
Los forasteros fueron recibidos primeramente por el padre
regente, y al anochecer los recibió también el abad. En ambas entrevistas, el
padre de Goldmundo, funcionario imperial, presentó a su hijo y fue invitado a
quedarse unos días como huésped de la casa. Sin embargo, sólo hizo uso por una
noche de la hospitalidad que se le ofrecía, alegando tener que regresar al día
siguiente. Ofreció al convento uno de sus dos caballos y el regalo fue
aceptado. La conversación con los religiosos discurrió cortés y fría; pero
tanto el abad como el padre regente miraban con gran complacencia a Goldmundo,
que permanecía respetuosamente callado; desde el primer momento sintieron
simpatía por aquel joven hermoso y tierno. Al día siguiente, vieron partir al
padre sin el menor pesar, y muy contentos se quedaron con el hijo. Goldmundo
fue presentado a los maestros, y se le dio una cama en el dormitorio de los
escolares. Reverente y entristecido, se despidió de su padre y permaneció sin
moverse del sitio, siguiéndolo con la mirada, hasta que hubo desaparecido por
la angosta puerta arqueada del patio exterior, entre el granero y el molino.
Una lágrima pendía de sus largas pestañas rubias cuando se volvió; y entonces
se le acercó el portero y le dio un amable golpecillo en el hombro.
—No te pongas triste, señorín —díjole en tono de consuelo—. Los
más de los que aquí llegan sienten al comienzo una miaja de morriña, del padre,
de la madre, de los hermanos. Pero pronto verás que aquí no se pasa mal, en
modo alguno.
—Gracias, hermano portero —profirió el mozo—. No tengo ni
hermanos ni madre; sólo padre.
En tal caso, encontrarás aquí camaradas y sabiduría y música y
juegos nuevos que no conoces, y otras mil cosas, ya verás. Cuando necesites
estar con alguien que te quiera bien, ven junto a mí.
Goldmundo le dirigió una sonrisa.
—¡Oh gracias, muchas gracias! Si deseáis proporcionarme ya una
alegría, llevadme sin demora junto al caballo que dejó mi padre. Quisiera
saludarlo y ver cómo se encuentra.
El portero lo condujo incontinenti a la cuadra que estaba junto
al granero. Percibíase allí, en medio de la tibia penumbra, un penetrante olor
a caballo, a estiércol y a cebada. Junto a uno de los pesebres, Goldmundo
descubrió al caballo zaino que le había traído. El animal le reconoció en
seguida y alargó hacia él la cabeza. El muchacho le echó los brazos al cuello,
apretó la mejilla contra aquella ancha frente moteada de blanco y,
acariciándolo tiernamente, le susurró al oído:
—¡Hola, mi Careto valiente, mi caballito lindo! ¿Cómo te va? ¿Me
sigues queriendo? ¿Te dan bien de comer? ¿Te acuerdas mucho de casa? ¡Qué bien,
mi trotoncillo, mi Caretilo, que te hayas quedado aquí conmigo! He de venir
muchas veces a tu lado, para estar contigo, para verte.
Y extrayendo de la bocamanga un trozo del pan del desayuno, que
había apartado, se lo dio a comer en pedacitos. Luego se despidió de él y
siguió al portero hasta el patio, que era tan grande como la plaza del mercado
de una gran, ciudad y estaba poblado parcialmente de tilos. En la entrada
interior dio gracias al portero y le tendió la mano; y en seguida advirtió que
ya se había olvidado del camino para ir a su aula que el día anterior le habían
enseñado. Soltó una breve risa, se sonrojó y suplicó al portero que lo llevara
allá, lo que él hizo de buen grado. Instantes después entraba en la clase. En
los bancos hallábanse sentados hasta una docena de muchachos, y el ayudante
Narciso se volvió.
—Soy Goldmundo —dijo—, el nuevo alumno.
Narciso lo saludó con pocas palabras, sin sonreírse, le indicó
un lugar en el último banco y prosiguió su tarea.
Goldmundo se sentó. Sorprendióle encontrarse con un maestro tan
joven, apenas unos años mayor que él, y también le sorprendió y le alegró
sobremanera el que fuese tan apuesto, tan distinguido, tan serio y, a la vez,
tan atrayente y encantador. El portero se le había mostrado muy atento, el abad
lo había recibido afectuosamente, allá en la cuadra estaba Careto, que era un
pedacito de la patria; ¡Y hete ahora aquí este maestro asombrosamente joven,
grave como un erudito y delicado como un príncipe, y con esta voz serena,
reposada, mesurada, cautivadora! Escuchaba complacido lo que allí se decía,
aunque no lo comprendiera desde el primer momento. Sentíase feliz. Había venido
a dar en medio de unos hombres excelentes, amables, y estaba decidido a amarlos
y a buscar su amistad. Por la mañana, cuando se encontraba en el lecho, luego
de despertarse, había notado una opresión, y que aún no había desaparecido el
cansancio del largo viaje; y al despedirse de su padre, había tenido que llorar
un poco. Pero ahora habían desaparecido esas murrias, estaba contento.
Contemplaba una y otra vez, y largamente, al joven profesor, recreándose en su
porte erguido y esbelto, sus ojos de brillar frío, sus labios enérgicos que
formaban las sílabas con claridad y firmeza, su voz alada, infatigable.
Mas cuando hubo terminado la clase y los discípulos se
levantaron ruidosamente de sus asientos, Goldmundo dió un respingo y advirtió,
un tanto avergonzado, que había estado durmiendo un buen rato. Y no fue él sólo
quien lo advirtió, sino también sus compañeros de banco, que lo comunicaron por
lo bajo a los demás. Y apenas el joven profesor abandonó el aula, los
discípulos se lanzaron sobre Goldmundo, dándole tirones y empelladas de todos
lados.
—¿Qué tal has dormido? —le preguntó uno riéndose burlonamente.
—¡Magnífico alumno! —soltó otro con mofa—. No hay duda que
llegará a ser una lumbrera. Marmotea ya en la primera lección.
—Metamos en la cama al pequeñuelo —propuso otro. Y le agarraron
por los brazos y las piernas para llevárselo entre risas.
El sobresalto que ello produjo a Goldmundo se convirtió en
iracundia. Repartió cachetes a su alrededor, intentó desembarazarse, recibió
varios golpes y, al cabo, lo dejaron; sólo uno le seguía sujetando un pie. De
un fuerte tirón logró soltarse de éste y se abalanzó sobre el más vigoroso, que
le hizo frente y se enzarzó con él en furiosa pelea. Su adversario era un
sujeto fornido; todos los presentes contemplaban la lucha con gran emoción.
Como Goldmundo no era vencido y conseguía asestar algunos buenos puñetazos al
forzudo, empezó a ganarse amigos entre los camaradas, antes que conociera el
nombre de ninguno. Pero, de pronto, todos se largaron de allí atropelladamente;
y apenas desapareció el último entró el padre Martín, el regente, quien se
detuvo delante del muchacho, que se había quedado solo. Sorprendido,
contemplaba al joven, cuyos ojos azules tenían un mirar desconcertado en aquel
rostro congestionado y un tanto maltrecho.
—¿Qué te ha sucedido? —le preguntó— ¿Tú eres Goldmundo, verdad?
¿Te han hecho algo esos picaros?
—No, no —dijo el mozo—. Ya le ajusté las cuentas.
—¿A quién?
—No sé. No conozco aún a ninguno. Uno de ellos se peleó conmigo.
—¿Ah sí? ¿Fue él quien empezó?
—No lo sé. No, creo que fui yo mismo el que empezó. Quisieron
burlarse de mí y me enojé.
—¡Bien empiezas, hijo mío! Te advierto, pues, que si te vuelves
a pelear aquí en el aula serás castigado. Y ahora a tomar la merienda.
¡Andando!
El padre, sonriendo, lo siguió con la mirada. Iba avergonzado y,
mientras caminaba, trataba de peinarse con los dedos el rubio y revuelto
cabello.
El propio Goldmundo reconocía que el primer acto de su vida en
el convento había sido en extremo grosero y desatinado; y, harto arrepentido,
buscó y encontró en la merienda a sus condiscípulos. Fue acogido con toda
consideración y cordialidad, se reconcilió caballerosamente con sus enemigos y,
desde aquel instante, se sintió plenamente aceptado en el grupo.
CAPÍTULO II
Aunque era buen amigo de todos, no encontró en seguida un
verdadero amigo; entre sus condiscípulos no había ninguno respecto al cual
sintiera singular afinidad o inclinación. Ellos, en cambio, estaban
maravillados de haber encontrado en el arrojado púgil —en el que creyeran ver
un simpático camorrista— a un compañero extremadamente pacífico que más bien
parecía aspirar a la gloria de un alumno ejemplar.
Había en el convento dos hombres que cautivaban su corazón, que
le placían, que ocupaban su pensamiento y por los que sentía admiración, amor y
respeto: el abad Daniel y el ayudante de clase Narciso. Al abad inclinábase a
tenerlo por un santo; su sencillez y bondad, su mirada clara, atenta, su modo
humilde de mandar y regir como si estuviera cumpliendo un servicio, sus
ademanes corteses y reposados, todo en él le atraía poderosamente. Nada le
agradaría más que llegar a ser el servidor personal de este hombre piadoso,
obedeciéndole y atendiéndole constantemente, haciéndole permanente ofrenda de
su juvenil impulso de devoción y entrega, y aprendiendo de él una vida pura,
noble, santa. Pues Goldmundo se proponía no tan sólo concluir los estudios de
la escuela sino, además, de ser posible, quedarse en el convento del todo y
para siempre y consagrar su vida a Dios. Tal era su voluntad, tal el deseo y
mandato de su padre, y eso mismo había Dios determinado y exigido. Aunque nadie
parecía advertirlo, aquel muchacho gallardo, radiante, llevaba una carga sobre
sí, una carga original, una secreta determinación para la penitencia y el
sacrificio. Ni el abad lo descubrió, pese a que el padre de Goldmundo le había
hecho ciertas indicaciones y le había expresado francamente su deseo de que el
hijo se quedara para siempre allí, en el convento. Cabía pensar que hubiese
alguna mancha en el nacimiento de Goldmundo, algo que se callaba y que
reclamaba expiación. Pero el abad, a quien el padre no resultó agradable, había
acogido sus palabras y su persona toda, un tanto presuntuosa, con cortés
frialdad y no dio a sus indicaciones mayor importancia.
El otro que había despertado el amor de Goldmundo veía con más
penetración y adivinaba más, pero se mantenía retraído. Narciso se había dado
cuenta cabal de qué encantador pájaro de oro había volado hacia él. Aislado en
su excelencia y superioridad, venteó en seguida en Goldmundo al espíritu afín,
aunque semejaba en todo su contrario. Mientras Narciso era sombrío y magro,
Goldmundo aparecía radiante y lleno de vida, Y así como el primero parecía ser
un espirito reflexivo y analítico, el segundo daba la impresión de ser un
soñador y tener alma infantil. Pero, por encima de las contraposiciones, había
algo común que los unía: ambos eran hombres distinguidos, ambos se
diferenciaban de los otros por ciertas señales y dotes manifiestas y ambos
habían recibido una especial advertencia del destino.
Con apasionado fervor inició Narciso el contacto con esta alma
joven cuya índole y destino había ya descubierto. Y Goldmundo, por su parte,
profesaba encendida admiración a su hermoso e inteligentísimo maestro. Pero
Goldmundo era tímido; no se le ocurría otro procedimiento para ganarse a
Narciso que el de esforzarse hasta el agotamiento en ser un discípulo atento y
estudioso. Y no era sólo la timidez lo que le detenía. Deteníale también cierto
sentimiento de que Narciso era para él un peligro. No podía tener a un tiempo
por ideal y por modelo al bueno y humilde abad y al agudo, erudito y precoz
Narciso. Y, sin embargo, perseguía con todas las espirituales energías de su
mocedad los dos ideales incompatibles. Esto le hacía sufrir a menudo. A las
veces, en los primeros meses de su permanencia en la escuela, sentía en el
corazón tal confusión y desgarramiento que le venía con fuerza la tentación de
huir de allí o de desahogar en el trato con sus camaradas su angustia y su
interna cólera. Con frecuencia, cualquier pequeña broma o impertinencia de
estudiantes encendía súbitamente en él, de ordinario bondadoso, tan violenta
furia y enojo, que sólo haciendo apelación a todas sus fuerzas podía dominarse
y alejarse de allí con los ojos cerrados, pálido como un cadáver y en silencio.
Iba entonces a la cuadra, junto al caballo Careto, apoyaba la cabeza en su
cuello, lo besaba y se ponía a llorar. Y su dolencia fue agravándose y llegó a
hacerse manifiesta. Se le enflaquecieron las mejillas, tenia a menudo la mirada
apagada e hízose rara aquella risa suya qre todos amaban.
Ni él mismo sabía lo que le pasaba. Era su más sincero deseo y
voluntad ser un buen alumno, iniciar prontamente el noviciado y convertirse
luego en un piadoso y tranquilo hermano de los padres; creía que todas sus
energías y facultades se orientaban hacia ese pío y dulce propósito y nada
sabía de otros afanes. Por eso le resultaba extraño y triste advertir cuan
difícil era de alcanzar tan simple y hermoso objetivo. Desalentábale y
sorprendíale descubrir a veces en sí inclinaciones y estados de ánimo censurables:
distracción y repelencia en el estudio, sueños y fantasías, o bien somnolencia
en las lecciones, rebeldía y antipatía hacia el profesor de latín,
irritabilidad y colérica impaciencia para con sus condiscípulos. Y lo más
desconcertante era que su amor hacia Narciso no se compadecía bien con el que
profesaba al abad Daniel. Al mismo tiempo, creía, en ocasiones, descubrir por
íntima convicción que también Narciso le amaba, que se interesaba por él y que
le esperaba.
Los pensamientos de Narciso se ocupaban de él mucho más de lo
que el mozuelo presumía. Anhelaba trabar amistad con aquel joven hermoso,
despejado, placiente; adivinaba en él su polo opuesto y su complemento,
quisiera atraérselo, dirigirlo, instruirlo, elevarlo y conducirlo a plena
floración. Pero se retraía. Y ello por varios motivos, casi todos conscientes.
Impedíaselo, singularmente, la repugnancia que le inspiraban los maestros y
monjes, no escasos en número, que se enamoraban de Discípulos y novicios. Con
harta frecuencia había él mismo sentido sobre sí la mirada codiciosa de hombres
de edad y con harta frecuencia también había respondido a sus amabilidades y
zalamerías con un mudo rechazamiento. Ahora los comprendía mejor. Veía cuan
seductor sería amar al hermoso Goldmundo, provocar su risa encantadora,
acariciar con tierna mano su cabello rubio. Pero jamás lo haría, nunca jamás.
De otra parte, como ayudante de clase que tenía la condición de maestro, aunque
sin su dignidad ni autoridad, habíase acostumbrado a guardar una especial
cautela y circunspección. Habíase habituado a tratar a quienes eran casi de su
misma edad como si les llevara veinte años, y también a evitar severamente toda
preferencia hacia alguno de ellos y a mostrar la máxima justicia y solicitud
con los escolares que le resultaban antipáticos. Su servicio era un servicio
que prestaba al espíritu; a él había consagrado su austera vida, y únicamente
en secreto, en momentos de flaqueza, se permitía recrearse en el orgullo y en
su superior saber e inteligencia. No; por seductora que fuese la amistad con
Goldmundo, constituía un peligro y no debía permitir que rozara la médula de su
vida. La médula y el sentido de su vida era el servicio al espíritu, el
servicio a la palabra; era la tranquila, excelsa, altruista tarea de dirigir a
sus discípulos —y no sólo a ellos— hacia altos objetivos espirituales.
Más de un año llevaba ya Goldmundo en Mariabronn; muchas veces
había jugado ya con sus camaradas, bajo los tilos del patio y bajo el bello
castaño, los juegos escolares, a las carreras, a la pelota, a los bandidos y a
las batallas con bolas de nieve. Era llegada la primavera, pero Goldmundo
sentíase cansado y débil, dolíale a menudo la cabeza y, en la escuela, le
costaba trabajo mantenerse despierto y atento.
Un anochecer le habló Adolfo, aquel alumno cuyo primer encuentro
con él había sido una pelea y con quien, en el último invierno, había empezado
a estudiar a Euclides. Era después de la cena, en aquella hora de libertad en
que estaba permitido jugar en las celdas, charlar en las habitaciones de los
escolares y también pasear por el patio exterior del convento.
—Goldmundo —le dijo cuando bajaba con él la escalera—: quiero
revelarte algo, algo muy divertido. Pero como eres un joven ejemplar y acaso
aspiras a ser obispo, dame primero tu palabra de que no faltarás al
compañerismo y no me delatarás a los maestros.
Goldmundo se lo prometió sin reparo alguno. Él bien sabía que
existía un honor conventual y un honor escolar que, a veces, eran antagónicos;
pero, como en todas partes, las leyes consuetudinarias tenían más fuerza que
las escritas, y, mientras fuese estudiante, jamás infringiría las leyes y
conceptos de honor del estudiantado.
Adolfo lo condujo cuchicheando, a través de la puerta del
convento, bajo los árboles. Refirióle que había unos cuantos camaradas
resueltos, entre los cuales se contaba, que continuaban el viejo uso de
acordarse, de cuando en cuando, que no eran monjes y abandonar por una noche el
convento para ir al pueblo. Era una diversión y una aventura que no rehuía
ningún hombre de pro. Se regresaba en la misma noche.
—Pero a esas horas está cerrada la puerta —objetó Goldmundo.
Naturalmente que estaba cerrada; en eso consistía, precisamente,
la gracia de la cosa. Conocíanse empero caminos secretos para entrar sin ser
notado; no era la primera vez.
Goldmundo recordaba. Ya había oído otra vez la frase "Ir al
pueblo". Con ella se designaban las excursiones nocturnas de los pupilos
en busca de toda suerte de secretos placeres y aventuras. La ley del convento
lo castigaba severamente. Se espantó. Ir "al pueblo" era pecado,
estaba prohibido. Pero comprendía perfectamente que eso mismo podía engendrar
en los "hombres de pro" la convicción de que el correr aquel riesgo
era algo que el honor escolar imponía; y comprendía también que suponía una
cierta distinción el ser invitado a tal aventura.
De buena gana hubiese respondido negativamente y retornado al
convento a la carrera para meterse en la cama. Estaba muy fatigado, sentíase
enfermo, le había dolido la cabeza toda la tarde. Pero se avergonzaba un poco
delante de Adolfo. ¡Y quién sabe! Quizás encontrase allá afuera, en la
aventura, algo hermoso y nuevo, algo que hiciera olvidar el dolor de cabeza, la
postración y todas las demás molestias. Era una excursión al mundo, escondida y
prohibida, es verdad, no muy honrosa, mas, al cabo, tal vez una liberación, una
experiencia. Permanecía vacilante mientras Adolfo le hablaba; y, de repente, se
echó a reír y dijo que sí.
Adolfo y él se perdieron inadvertidos bajo los tilos en el ancho
patio a oscuras cuya puerta exterior estaba ya cerrada a aquella hora. El
camarada lo condujo al molino del convento, por donde, a causa del anochecer y
el ruido de las ruedas, era fácil escabullirse sin ser vistos ni oídos. Por una
ventana vinieron a dar, enteramente envueltos en tiniebla, sobre un húmedo y
resbaladizo andamio de tablas de madera, una de las cuales hubieron de arrancar
y colocar sobre el arroyo para pasar al otro lado. Estaban ya afuera, en el
camino real, que despedía un resplandor apagado y desaparecía en el negro
bosque. Todo aquello era emocionante y misterioso y agradaba sobremanera al
muchacho.
En el linde del bosque encontrábase ya un camarada Conrado, y,
luego de esperar un largo rato, llegó, a paso tirado, otro, el espigado
Eberardo. Los cuatro mozos echaron a andar a través del bosque. Alzábase sobre
sus cabezas rumor de aves nocturnas y algunas estrellas se mostraban con clara
humedad entre tranquilas nubes. Conrado charlaba y contaba chistes y los otros
se los reían a veces. Sin embargo, encima de ellos se cernía, temerosa y
solemne, la emoción de la noche, y sus corazones latían con más fuerza.
Traspuesto el bosque, al cabo de una breve hora, llegaron al
pueblo. Allí parecía dormir todo; las bajas fachadas fulguraban pálidamente,
cruzadas por las oscuras viguetas del entramado, no había luz en parte alguna.
Adolfo iba delante. Pasaron junto a varias viviendas despaciosamente y en
silencio, saltaron una cerca, se encontraron en un jardín, avanzaron por la
blanda tierra de los arriates, tropezaron en unas escaleras y se detuvieron
ante la pared de una casa. Adolfo pulsó en una puertaventana, aguardó, volvió a
pulsar. Percibíase ruido en el interior y no tardó en verse luz; se abrió el
postigo; y, uno tras otro, entraron por la ventana en una cocina de negra
chimenea y suelo terrino. En el hogar había un pequeño candil en cuya tenue
torcida temblaba una llama débil. Hallábase allí, de pie, una joven, una flaca
moza campesina, que tendió la mano a los recién llegados; y, detrás de ella,
apareció, surgiendo de la oscuridad, otra, una niña de largas trenzas negras.
Adolfo llevaba consigo algunos obsequios, media hogaza del blanco pan
conventual y algo más en una bolsa de papel: Goldmundo supuso que sería un poco
de incienso o de cera o cosa parecida. La muchacha de las trenzas salió,
tanteando, sin luz, la puerta, permaneció afuera un largo rato y volvió luego
con una jarra grisácea ornada de flores azules que alargó a Conrado. Después de
echar un trago, Conrado pasó la jarra a los otros y todos bebieron: era mosto
de manzana.
Al fulgor de la mezquina llama del candil, sentáronse las dos
muchachas en unos pequeños y duros escabeles, y a su alrededor, en el suelo,
los escolares. Pusiéronse a conversar en voz baja y, entretanto, corría el
mosto; Adolfo y Conrado llevaban la palabra. A veces se levantaba uno de ellos
y acariciaba el pelo y la nuca a la flaca; a la pequeña nadie la tocaba.
Goldmundo pensaba que la mayor debía ser la criada, y la linda pequeña, la hija
de la casa. Por lo demás, le era indiferente; nada se le daba porque jamás
volvería a este lugar. La evasión a hurtadillas y la marcha nocturna por el
bosque, eso sí era hermoso; era algo nuevo, emocionante, misterioso y, ello no
obstante, sin peligro. Cierto que estaba prohibido; pero la violación de esa
prohibición no agobiaba demasiado la conciencia. En cambio esto de ahora, esta
visita nocturna a las muchachas, sentía que era algo más que una cosa
simplemente prohibida, que era un pecado. Quizá para los otros tratábase
asimismo de un pequeño desliz, mas no para él; a él, destinado a la vida del
claustro y al ascetismo, no le estaba permitido jugar con muchachas. No; no
volvería. Pero su corazón latía fuertemente y con temor en la penumbra
candileña de la mísera cocina.
Sus compañeros echábanselas de héroes ante las jóvenes y se
daban importancia intercalando frases latinas en la conversación. Los tres
parecían gozar de favor con la criada, a la que se allegaban de tanto en tanto
con sus pequeñas y desmañadas caricias, de las que la más tierna era un tímido
beso. Demostraban conocer por modo cabal lo que aquí les estaba permitido. Y
como toda la conversación discurría en tono de susurro, la escena resultaba un
poco cómica, aunque Goldmundo no lo veía así. Encogido en el suelo, quieto,
permanecía con los ojos fijos en la llamita del candil sin decir palabra. A las
veces, cogía al vuelo, con una mirada de soslayo un tanto anhelosa, alguna de
las ternezas que los otros se cambiaban. Por lo demás, tenía la vista clavada
hacia delante. Mucho le hubiese agradado contemplar a su sabor a la pequeña de
las trenzas; pero esto justamente se lo prohibía a sí mismo. Sin embargo, si
alguna vez su voluntad se aflojaba y su mirada se extraviaba en el sereno y
dulce rostro de la mozuela, siempre encontraba sus ojos oscuros fijos en él,
contemplándolo como hechizada.
Transcurrida tal vez una hora —que a Goldmundo le pareció
larguísima, la más larga de su vida— cesaron las charlas y ternuras de los
escolares y se h¡zo la calma. Estaban un poco confusos y Eberardo empezó a
bostezar. La criada les indicó que era ya hora de partir. Todos se levantaron y
le dieron la mano, Goldmundo el último. Luego se despidieron de igual modo de
la muchacha, Goldmundo también el último. Y, finalmente, Conrado saltó por la
ventana, siguiéndole Eberardo y Adolfo. Cuando Goldmundo iba a saltar, sintió
que una mano lo sujetaba por el hombro. No podía detenerse; sólo cuando hubo
posado los pies afuera, en el suelo, se volvió lentamente. A la ventana estaba
asomada la jovencilla de las trenzas.
—¡Goldmundo! —musitó. Él permaneció inmóvil—. ¿Vendrá otra vez?
—le preguntó seguidamente. Su tímida voz era tan sólo un hálito.
Goldmundo movió la cabeza negativamente. Ella tendió hacia él
las manos y le tomó entre ellas la cabeza; Goldmundo sentía en las sienes el
calor de aquellas manos pequeñas. Después, la muchachada se inclinó
profundamente hasta allegar sus ojos oscuros a los del garzón.
—¡Ven otra vez! —le susurró; y sus labios rozaron los de él en
un beso infantil.
Echó a correr tras los otros por el pequeño jardín, tropezó y
cayó sobre los arriates, percibió olor de tierra húmeda y de estiércol, se
hirió la mano en un rosal, trepó por el vallado y siguió, trotando, a sus
compañeros, alejándose del pueblo, a través del bosque. "¡Nunca
más!", decía imperativamente su voluntad. "¡Vuelve mañana!",
imploraba sollozando el corazón.
Nadie encontró a aquellos pájaros nocturnos y retornaron sin
obstáculos a Mariabronn. Salvaron el arroyo, pasaron por el molino, cruzaron la
plaza de los tilos, siguieron clandestinos caminos sobre los aleros y, al cabo
entraron, por una ventana ajimezada, en el convento y se encaminaron al
dormitorio.
A la mañana siguiente, fue menester despertar a almohadazos al
espigado Eberardo, tan profundo era su sueño. Todos se presentaron a su hora en
la misa del alba, en el desayuno, en el aula, pero Goldmundo tenía mala cara,
tan mala que el padre Martín le preguntó si se encontraba enfermo. Adolfo le
lanzó una mirada admonitoria y él dijo que no sentía nada. Pero en la clase de
griego, a eso del mediodía, Narciso no le quitaba ojo de encima. También él
había notado que Goldmundo estaba enfermo, pero se mantuvo callado y se redujo
a observarlo atentamente. Al terminar la lección, lo llamó a su lado. Para no
despertar sospechas en los alumnos, le encargó hacer algo en la biblioteca. Y
allá lo siguió:
—Goldmundo —le dijo—, ¿puedo ayudarte en algo? Veo que no andas
bien. Tal vez estés enfermo. Mejor será que te metas en cama; te haremos tomar
un caldo y un vaso de vino. Hoy no tienes la cabeza para el griego.
Largo trecho estuvo esperando una respuesta. El pálido muchacho
lo miraba con ojos turbados, bajó la cabeza, tornó a erguirla, frunció los
labios, quiso hablar y no pudo. De súbito, se desplomó hacia un costado, apoyó
la cabeza en un atril, entre los dos ángeles de roble que lo adornaban, y
rompió a llorar. Narciso se quedó desconcertado y, durante un rato, permaneció
con la vista apartada. Finalmente tomó por los brazos al sollozante y lo
levantó.
—Bueno, bueno —dijo con amabilidad mucho mayor de la que
Goldmundo había hasta entonces advertido en sus palabras—. Bueno, amice, llora,
que eso te aliviará en seguida. Siéntate y no hables. Bien se ve que no puedes
más; tal vez has estado haciendo esfuerzos toda la mañana para mantenerte de
pie y para que no se te notase nada, lo que merece encomio. Ahora llora
libremente, es lo mejor que puedes hacer. ¿No? ¿Ya has terminado? ¿Ya puedes
tenerte de pie? Bien, ahora iremos a la enfermería y te acostarás y esta noche
te encontrarás mejor. ¡Vamos!
Eludiendo los aposentos de los escolares, lo condujo a la
enfermería, le indicó uno de los dos lechos vacíos que allí había y, cuando
Goldmundo, obediente, empezó a desvestirse, salió a dar cuenta al padre regente
de la enfermedad del muchacho. Encargó también para él en la cocina, como lo
prometiera, una sopa y un vaso de vino de enfermo; ambos beneficia, muy usados
en los conventos, placían sobremanera a la mayoría de los enfermos leves.
Mientras yacía en su lecho de enfermo, trataba Goldmundo de
librarse de la confusión que lo poseía. Una hora antes quizás hubiese podido
descubrir la causa de aquella inmensa fatiga, la índole de aquel mortal
cansancio del alma que le dejaba vacía la cabeza y le hacía arder los ojos. Era
el esfuerzo poderoso, renovado en cada minuto y en cada minuto frustrado, de
olvidarse de la noche anterior... o, por mejor decir, no de la noche, no de la
insensata y deliciosa huida del convento cerrado, ni de la caminata por el
bosque, ni del improvisado y resbaladizo puentecillo sobre el negro arroyo
molinero, ni tampoco del escalar cercas, entrar y salir por ventanas,
deslizarse por corredores, sino únicamente de aquel instante junto a la oscura
ventana de la cocina, del aliento y las palabras de la muchacha, de la presión
de sus manos, del beso de sus labios.
Pero ahora había advenido otra cosa, un nuevo espanto, una nueva
experiencia. Narciso se había interesado por él, Narciso lo amaba, Narciso se
había molestado por él... el delicado Narciso, el distinguido, el inteligente,
con su boca de labios finos y levemente burlones. ¡Y él, por su parte, no había
sabido contenerse en su presencia, se sintió abochornado y se puso a balbucear
y terminó con gemidos! En vez de ganarse a aquel ser superior con las más
nobles armas, con el griego, con la filosofía, con heroísmo espiritual y un
digno estoicismo, había perdido ante él la serenidad en manera flaca y
lastimosa. Jamás se lo perdonaría a sí mismo, nunca jamás podría mirarle a los
ojos sin avergonzarse.
Con el llanto se había descargado la gran tensión que
experimentaba; la calma soledad de la estancia, el lecho amable, le trajeron
alivio; y su desesperación se mitigó. Pasada una hora, entró un hermano lego
con una sopa de harina, un pedacito de pan y una pequeña copa llena de vino,
del vino que los escolares solamente bebían los días de fiesta. Goldmundo comió
y bebió, dejó el plato medio vacío, lo puso a un lado y quiso tornar a sus
pensamientos, pero no pudo. Volvió a coger el plato y tomó unas cucharadas más.
Y cuando, poco después, abrióse la puerta lentamente y entró Narciso para ver
al doliente, encontrólo durmiendo y notó que le había vuelto el color a las
mejillas. Estuvo un largo rato contemplándolo con amor, con inquiridora
curiosidad y también con algo de envidia. Advertía que Goldmundo no estaba
enfermo, que no necesitaría enviarle vino al día siguiente. Pero sabía también
que se había roto el hielo, que serían amigos. Hoy era Goldmundo el que
precisaba de él y el que recibía sus servicios. Mañana quizá fuese él el débil
y el necesitado de ayuda y de amor. Y si ese caso llegara, podría recibirlos de
este muchacho.
CAPÍTULO III
Extraña amistad fue la que se inició entre Narciso y Goldmundo;
pocos la veían con buenos ojos y, en ocasiones, podía parecer que a ellos
mismos desplaciera.
Al principio, a quien se le hacía más difícil era a Narciso, el
pensador. Para él todo era espíritu, incluso el amor; le resultaba imposible
ceder irreflexivamente a cualquier seducción. Fue en aquella amistad el
espíritu dirigente, y por mucho tiempo únicamente él tuvo plena conciencia de
su destino, alcance y sentido. Mucho tiempo permaneció solitario en medio del
amor, sabiendo que el amigo sólo llegaría a pertenecerle realmente cuando lo
hubiese encaminado al conocimiento. Goldmundo se dio a aquella nueva vida con
ternura y apasionamiento, alegremente, sin meditar; Narciso, en cambio, aceptó
el alto destino de modo consciente y responsable.
Para Goldmundo fue, al comienzo, liberación y curación. Su
juvenil necesidad de amor acababa de ser despertada con grande brío, y, a la
vez, espantada sin esperanza, por la mirada y el beso de una linda mocita. Pues
en su interior sentía que todo lo que había sido hasta allí el sueño de su
vida, todas las cosas en que creía, lo que estimaba su vocación y su misión,
veíanse amenazados en su misma raíz por la mirada de aquellos ojos negros.
Destinado por su padre a la vida del claustro, acatando sin reservas tal
decisión, consagrado a un ideal piadoso y de heroísmo ascético con el fuego de
los primeros entusiasmos juveniles, en el primer encuentro huidizo, en la
primera llamada de la vida a sus sentidos, en el primer contacto con lo
femenino había descubierto en forma indubitable que allí estaba su enemigo y su
demonio, que el peligro que le acechaba era la mujer. Y ahora, el destino le
traía la salvación, ahora venía hacia él, en el más apurado trance, esta
amistad que ofrecía a sus anhelos un florido jardín y a su veneración un nuevo
altar. Aquí podía amar, podía entregarse sin pecado, dar su corazón a un amigo
admirado, de más edad y más inteligente, transformar, espiritualizar las
peligrosas llamas de los sentidos en el noble fuego del sacrificio. Pero ya en
la primera primavera de esta amistad tropezó con extraños obstáculos, con
frialdades enigmáticas e inesperadas, con alarmantes exigencias. Pues estaba
muy lejos de considerar a su amigo como su contrario y su polo opuesto. Se le
ocurría que bastaba el amor, la afección sincera, para hacer de dos personas
una sola, para borrar diferencias y superar oposiciones. ¡Mas cuan áspero y
seguro de sí mismo, cuan categórico e implacable este Narciso! Parecía que ni
conociera ni deseara la inocente entrega de sí mismo, el grato errar en
compañía por el país de la amistad. Cabía pensar que ignoraba y no sufría los
caminos sin objetivo,
el divagar soñador. Cierto que, cuando Goldmundo estuvo como
enfermo, se había preocupado por él, cierto que lo ayudaba y aconsejaba en
todos los asuntos de la escuela y del estudio, que le explicaba los pasajes
difíciles de los libros, que ampliaba sus perspectivas en los reinos de la
gramática, la lógica, la teología; pero nunca parecía hallarse contento y
plenamente acorde con el amigo y, a menudo, hasta se diría que sé reía de él y
que no lo tomaba en serio. Goldmundo sentía, en verdad, que no era aquello
simple pedantería, mera presunción del más viejo e inteligente, que allí se
escondía algo más, algo más hondo, más importante. Mas no podía sondear la
hondura de aquel espíritu, por lo que su amistad con frecuencia le causaba
tristeza y perplejidad. En realidad, Narciso se daba cabal cuenta de las
prendas que a su amigo adornaban, no era ciego para su fresca hermosura ni para
su sana vitalidad y su plenitud florida. En modo alguno era un maestro que
quisiera alimentar con griego a una joven alma apasionada, o responder con
lógica a un amor inocente. Por el contrario, amaba extremadamente al blondo
mancebo y esto le suponía un peligro, pues el amar no era para él un estado
natural sino un prodigio. No debía enamorarse, recrearse en la deleitosa
contemplación de aquellos lindos ojos, en la proximidad de aquella floreciente,
luminosa belleza rubia; no debía permitir que aquel amor se demorara en lo
sensual ni siquiera un instante pasajero. Pues si Goldmundo se sentía destinado
al claustro y al ascetismo y a un permanente esfuerzo hacia la santidad,
Narciso estaba, de hecho, destinado a una vida de tal jaez. El amor sólo le
estaba permitido en una única forma, la superior. Pero Narciso no creía que la
vocación de Goldmundo fuera el ser asceta. Sabía leer en los hombres más
distintamente que cualquier otro, y en este caso, como amaba, leía con acrecida
claridad. Veía ]a naturaleza de Goldmundo que, a pesar de su oposición,
comprendía íntimamente porque era la otra mitad perdida de sí mismo. Veíala
acorazada con un caparazón de fantasías, errores de educación y palabras
paternas, y adivinaba desde hacía tiempo el nada complicado secreto de aquella
vida joven. Clara se le aparecía su misión: descubrir ese secreto al que lo
llevaba, libertarle de su caparazón, devolverle su verdadera naturaleza. Era
una seria tarea, y lo más serio de aquello era que quizá perdería el amigo.
Avanzaba hacia su objetivo con extraordinaria lentitud. Pasaron
meses antes de que fuera posible tan sólo un primer ataque serio, una
conversión de tono profundo entre ambos. Tan alejados estaban, pese a toda
amistad, tan tenso estaba el arco entre ellos. Marchaban a la par, el uno
vidente, el otro ciego; el que el ciego ignorase su ceguera sólo suponía un
alivio para él mismo.
Narciso abrió la primera brecha cuando trató de indagar el
suceso que había encaminado hacia él al desconcertado muchacho en un momento de
debilidad. Esa indagación fue menos dificultosa de lo que había pensado. Hacía
tiempo que Goldmundo sentía la necesidad de confesar lo acaecido en aquella
noche; mas, fuera del abad, nadie había que le inspirara suficiente confianza,
y el abad no era su confesor. Al recordarle ahora Narciso, en un instante que
estimó favorable, aquel comienzo de su amistad y rozar con tiento el secreto,
declaró sin rodeos:
—Lástima que aún no hayas recibido las órdenes y que no puedas
confesar; bien me agradaría librarme de esa cosa por la confesión, y de buena
gana cumpliría la condigna penitencia. Pero a mi confesor no puedo decírsela.
Cautelosa, astutamente, Narciso siguió zahondando; habíase
encontrado la pista.
—Sin duda te acuerdas —profirió tentando— de aquella mañana en
que parecías enfermo; no la has olvidado, porque en aquella ocasión nos hicimos
amigos. Muchas veces he tenido que pensar en eso. Tal vez no te diste cuenta,
pero por entonces me sentía tremendamente desamparado.
—¿Desamparado tú? —exclamó incrédulo el amigo.—¡Si el
desamparado y el desvalido era yo! ¿Acaso no era yo el que estaba allí hipando,
sin decir palabra, y el que al cabo se echó a llorar como un niño? Aun hoy me
avergüenzo de aquel episodio; estaba convencido de que nunca más podría
presentarme ante tus ojos. ¡Haberme visto en un estado de tan lastimosa
flaqueza!
Narciso avanzó tanteando el terreno.
—Comprendo —dijo— que aquello te resultase desagradable. Eso de
llorar delante de un extraño, de un profesor, es cosa en verdad impropia de un
hombre firme y valiente como tú. Por eso creí que estabas enfermo. Cuando la
fiebre asciende, hasta un Aristóteles puede comportarse de inexplicable modo.
¡Pero en aquel momento tú no estabas doliente, no tenías la menor calentura! Y
por esa razón sentías vergüenza. Nadie se avergüenza de tener fiebre, ¿verdad?
Estabas avergonzado porque otra cosa te poseía, porque algo te había subyugado.
¿Acaso había acaecido algo de particular?
Goldmundo demoró un poco la respuesta y, finalmente, dijo con
voz pausada:
—En efecto, había acaecido algo de particular. Permíteme que te
tome por mi confesor; alguna vez habría de decirlo.
Y con la cabeza baja refirió al amigo la historia de aquella
noche.
Narciso, sonriendo, expresó luego:
—Bien. Lo de "ir al pueblo" está, en efecto,
prohibido. Pero hay muchas cosas prohibidas que uno puede hacer y reírse luego
de haberlas hecho; o bien se apela a la confesión y la cosa queda borrada y ya
no hay más que preocuparse. ¿Por qué no habías de cometer tú también alguna
vez, como casi todos los escolares, esas pequeñas locuras? No tiene tanta
gravedad.
Sin rebozo, airado, prorrumpió Goldmundo:
—¡Hablas, en verdad, como un maestro! Tú sabes bien de lo que se
trata. Naturalmente, yo no veo pecado grave en burlarse alguna vez de las
reglas de la casa y tomar parte en alguna picardía de escolares, aunque ello no
pueda, ciertamente, considerarse como adecuado ejercicio preparatorio para la
vida del claustro.
—¡Alto ahí! —exclamó Narciso con energía—. ¿Por ventura ignoras
que precisamente esos ejercicios preparatorios fueron necesarios para muchos
piadosos padres? ¿Es que no sabes que uno de los más cortos caminos para una
vida de santidad* puede ser una vida de libertinaje?
—¡Ah, cállate! —profirió Goldmundo con expresión de disgusto—.
Quise decir que no era esa pequeña desobediencia lo que me causaba
remordimiento. Era otra cosa. Era la muchacha. ¡Era una sensación que no
acierto a describirte! La sensación de que, si cedía a aquella seducción, si
solamente tendía la mano para tocar a la joven, nunca más podría retroceder; y
de que entonces el pecado, como un abismo infernal, me tragaría y no me
soltaría ya. Y de que concluirían todos los sueños hermosos, toda virtud, todo
amor a Dios y al bien.
Narciso asintió con la cabeza, caviloso.
—El amor a Dios —dijo pausadamente, escogiendo las palabras— no
siempre se identifica con el amor del bien. ¡Ah, si eso fuera tan sencillo! Lo
bueno, según sabemos, se contiene en los mandamientos. Mas debes saber que Dios
no está tan sólo en los mandamientos, que ellos no son sino una mínima parte de
Él. Puedes observar los mandamientos y estar, sin embargo, muy lejos de Dios.
—¿Acaso no me comprendes? —se dolió Goldmundo.
—Sí, te comprendo. Tú ves en la mujer, en el sexo, la esencia de
lo que llamas "mundo" y "pecado". En cuanto a los otros
pecados, te parece, o bien que no eres capaz de cometerlos, o que, si los
cometieras, no te abrumarían porque los confesarías y te verías libre de ellos.
¡Sólo ese otro pecado no!
—Es verdad. Eso es exactamente lo que siento.
—Ya ves que te comprendo. Y, a decir verdad, no te equivocas
mucho; la historia de Eva y la serpiente no es una simple fábula ociosa. Con
todo, no tienes razón, amigo mío. La tendrías si fueses el abad Daniel o tu
patrón bautismal, San Crisóstomo, si fueses obispo o sacerdote, o incluso un
humilde y sencillo fraile. Pero nada de eso eres. Tú eres un escolar, y aunque
deseas quedarte para siempre en el claustro, o aunque tu padre tenga tal deseo
para ti, todavía no has hecho voto alguno ni recibido ninguna orden. Si hoy o
mañana te vieses seducido por una linda joven,y sucumbieras a la tentación, no
habrías faltado a ningún juramento ni quebrantado ningún voto.
—¡Ningún voto escrito! —exclamó Goldmundo muy excitado—. Pero sí
un voto no escrito, el más sacrosanto, que llevo dentro de mí. ¿No te das
cuenta que lo que puede valer para otros no es válido para mí? Tampoco tú has
sido ordenado, ni has hecho votos, y sin embargo jamás te permitirías tocar a
una mujer. ¿O es que me engaño? ¿No eres tú así? ¿No eres tal como yo te creo?
¿No has prestado ya en tu corazón el juramento que aún no prestaste con
palabras y ante los superiores, y no te sientes obligado por él para siempre?
¿Acaso no eres como yo?
—No, Goldmundo, no soy como tú, no soy como crees. Es verdad que
también yo guardo un voto no pronunciado, en eso tienes razón. Pero en modo
alguno soy igual a ti. Voy a decirte hoy algo de lo que un día te acordarás.
Nuestra amistad no tiene otro objetivo ni sentido que mostrarte cuan totalmente
distinto eres de mí.
Goldmundo se quedó paralizado, atónito; Narciso había hablado
con una mirada y un tono que no admitían réplica. Calló. Pero ¿por qué dijo
Narciso tales palabras? ¿Por que había de ser el voto no pronunciado de Narciso
más santo que el suyo propio? ¿Es que no lo tomaba en serio, que en él no veía
más que a un niño? De nuevo comenzaron las confusiones y las tristezas de
aquella singular amistad.
Narciso no tenía ya dudas sobre la índole del secreto de
Goldmundo. Era Eva, nuestra primera madre, la que estaba detrás. Mas ¿cómo era
posible que en un joven tan bello, tan sano, tan espléndido, el sexo, al
despertarse, tropezara con tan acerba hostilidad? Por fuerza debía intervenir
allí algún demonio, algún oculto enemigo que había logrado hender interiormente
a aquel hombre magnífico y desavenirlo con sus primarios impulsos. En fin:
había que descubrir ese demonio, había que conjurarlo y hacerlo aparecer y
entonces podría vencérsele.
Entretanto, los compañeros rehuían cada vez más la compañía de
Goldmundo y lo abandonaban, o, por mejor decir, se sentían abandonados por él
y, en cierto sentido, traicionados. Ninguno veía con agrado su amistad con
Narciso. Los maliciosos la desacreditaban calificándola de contranatural, sobre
todo aquellos que habían estado enamorados de alguno de los dos mancebos. Pero
también los otros, los que rechazaban toda sospecha de depravación, meneaban
desaprobatoriamente la cabeza. No había quien los defendiera; al unirse tan
estrechamente, parecía que quisieran aislarse altaneramente, como aristócratas,
de los demás por estimarlos de más bajo metal;
y esto iba contra el compañerismo y contra la hermandad
conventual y contra lo cristiano.
Muchos rumores, quejas y calumnias sobre ambos llegaron a oídos
del abad Daniel. En más de cuarenta años de vida monacal había sido testigo de
muchas amistades juveniles; integraban el cuadro general del convento, eran un
bello complemento, a veces un entretenimiento, a veces un peligro. Él se
mantenía retraído, con los ojos abiertos, sin intervenir. Una amistad de
carácter tan apasionado y exclusivo era fenómeno poco común, y, evidentemente,
no estaba desprovista de peligros, pero, como no dudaba de su pureza, dejó que
las cosas siguieran su curso. Si Narciso no ocupara un singular lugar
intermedio entre alumnos y profesores, el abad no hubiese vacilado en dictar
algunas ordenanzas que separaran a unos de otros. No era bueno para Goldmundo
apartarse de sus condiscípulos y mantener únicamente estrecho trato con uno
mayor que él, con un maestro. Pero ¿acaso estaba bien poner estorbos en su
carrera excepcional a Narciso, al extraordinario e inteligentísimo Narciso a
quien todos los profesores consideraban como igual y aun superior en lo
intelectual, alejándolo de las tareas docentes? Si Narciso no hubiese
demostrado que era un excelente profesor, si su amistad lo hubiese arrastrado a
la negligencia y la parcialidad, lo habría retirado inmediatamente. Pero contra
él no había nada concreto, sino sólo las murmuraciones y las envidiosas
sospechas de los otros. Por otra parte, el abad estaba enterado de las dotes
singulares de Narciso, de su penetrante aunque quizás un poco presuntuoso
conocimiento de los hombres. Si bien no sobrestimaba tales dotes, y otras le
hubiesen agradado más, no dudaba que Narciso había descubierto algo en el
estudiante Goldmundo, algo singular, y que le conocía mejor que él o que
cualquier otro. Al abad sólo le había llamado la atención en Goldmundo, aparte
la gracia cautivadora de su persona, cierto celo precoz e incluso un poco
insolente con el que parecía sentirse ya ahora en el convento, pese a que no
era más que un alumno y un huésped, como de la casa y casi como miembro de la
comunidad. Juzgaba que no debía temer que Narciso favoreciera, y mucho menos
estimulara, ese celo conmovedor pero inmaturo. Más bien había que temer
respecto a Goldmundo que su amigo le contagiara una cierta adustez y orgullo
intelectual. Con todo, no creía que en este caso fuese grande el peligro, y
podía correrse el albur. Al pensar en cuánto más fácil, tranquilo y cómodo es
para un superior regir hombres comunes y corrientes que naturalezas
excepcionales y fuertes, no podía menos de suspirar y sonreír a un tiempo. No,
no quería dejarse contagiar por la desconfianza, no quería mostrarse
desagradecido habiéndosele encomendado dos individuos de excepción.
Narciso cavilaba mucho sobre su amigo. Su raro don de descubrir
y captar intuitivamente la índole y la vocación de los hombres se había
pronunciado ya, hacía tiempo, respecto a Goldmundo. La vitalidad de aquel
joven, el brillo que irradiaba, hablaban con meridiana claridad: llevaba en sí
todas las señales de una personalidad vigorosa, de un hombre ricamente dotado,
así en los sentidos como en el alma, quizá de un artista, en todo caso, de un
sujeto de gran fuerza de amor cuya vocación y cuya dicha consistían en ser
inflamable y en su capacidad de entrega y dedicación. ¿Por qué motivo este ser
inclinado al amor, este individuo de sentidos delicados y ricos que con tanta
hondura podía gozar y amar del aroma de una flor, de un amanecer, de un
caballo, del vuelo de un pájaro, se había empeñado en ser hombre espiritual y
asceta? Mucho le daba esto que pensar. Sabía que el padre de Goldmundo había
favorecido esa afición. Pero ¿podía él haberla originado? ¿Con qué hechizo
había embrujado a su hijo para hacerle creer en esa vocación y ese deber? ¿Qué
clase de hombre sería el padre? Aunque muy a menudo había llevado la
conversación a tratar de él, y Goldmundo había hablado bastante, Narciso no
podía representárselo, no podía verlo. ¿No era esto ya extraño y sospechoso?
Cuando Goldmundo le hablaba de una trucha que había apresado en su infancia,
cuando describía una mariposa, imitaba el grito de un pájaro o hablaba de un
camarada, de un perro o de un mendigo, surgían imágenes y podía verse algo.
Cuando hablaba de su padre, no se veía nada. No; si el padre fuera realmente en
la vida de Goldmundo una figura tan importante, tan poderosa, tan dominadora,
lo hubiera descrito de otro modo, hubiese podido presentar otras imágenes de
él. Narciso no tenía un alto concepto del padre, no le agradaba; a las veces,
hasta dudaba de que fuese en verdad su padre. Era un ídolo vano. Mas ¿de dónde
le venía esa fuerza? ¿Cómo había podido llenar el alma de Goldmundo de sueños
tan extraños a la esencia de esa alma?
También Goldmundo cavilaba no poco. Por seguro que se sintiese
del entrañable amor de su amigo experimentaba constantemente la penosa
sensación de que no lo tomaba muy en serio y de que le trataba un poco como a
un niño. ¿Y qué significaba eso, que siempre le repetía, de que no era como él?
Esas cavilaciones no le absorbían, sin embargo, días enteros. No
era Goldmundo capaz de prolongadas meditaciones. Otras cosas había que hacer a
lo largo del día. Iba con frecuencia junto al hermano portero; se sentía muy
bien a su lado. Una y otra vez pedía, y con maña lograba, que le dejaran montar
durante una o dos horas el caballo Careto; además era muy querido entre los que
moraban alrededor del monasterio, especialmente en casa del molinero con cuyo
criado iba, a menudo, a acechar las nutrias, o bien hacía tortas de fina harina
flor que Goldmundo distinguía de las otras especies de harina con los ojos
cerrados, sólo por el olor. Aunque pasaba mucho tiempo con Narciso, le quedaban
todavía algunas horas para entregarse a sus viejos hábitos y placeres. Los
oficios divinos le resultaban también, en su mayor parte, un placer: gustábale
cantar en el coro de los escolares, gustábale rezar un rosario ante algún altar
favorito y escuchar el hermoso y solemne latín de la misa, y, entre nubes de
humo, ver resplandecer el oro de los objetos del culto y de los ornamentos y
contemplar en las columnas las tranquilas y graves imágenes de los santos, los
Evangelistas con sus animales simbólicos y Santiago con sombrero y zurrón de
peregrino.
Sentíase atraído por estas imágenes y se complacía en pensar que
aquellas figuras de piedra y de madera mantenían una misteriosa relación con su
persona, tal vez como inmortales y omniscientes padrinos, protectores y guías
de su vida. Asimismo advertía en sí un amor y un secreto y dulce vínculo con
las columnas y capiteles de puertas y ventanas y con los adornos de los
altares, con aquellos astrágalos y molduras tan bellamente labrados, con
aquellas flores y aquellas hojas lozanas que prorrumpían de la piedra de las
columnas y formaban ondulaciones y pliegues expresivos y enternecedores.
Aparecíasele como un misterio maravilloso y profundo el que al lado de la
naturaleza, con sus plantas y animales, existiese esta otra naturaleza muda,
hecha por el hombre, estos hombres, animales y plantas de piedra y de madera.
No era raro que se pasara alguno de sus momentos libres copiando aquellas
figuras, cabezas de animales y manojos de hojas, y, a veces, intentaba también
dibujar flores, caballos y rostros de la realidad.
Y le agradaban sobremanera los cánticos eclesiásticos,
especialmente las canciones marianas. Placíanle el ritmo severo y firme de
estos cantos, sus imploraciones y alabanzas, repetidas una y otra vez. Podía
seguir con recogimiento su devoto sentido, o bien, olvidándose del sentido,
gozar de la majestuosa cadencia de aquellos versos y dejar henchirse el alma de
ellos, de aquellas notas prolongadas y graves, de aquellas vocales llenas, de
las piadosas repeticiones. En el fondo de su corazón no le atraía la ciencia,
no le atraían la gramática ni la lógica, aunque también ellas tenían su
belleza; le agradaba más el mundo de imágenes y sonidos de la liturgia.
De cuando en cuando, interrumpía también por un instante el
distanciamiento que entre él y sus condiscípulos se había producido. Con el
tiempo, vino a resultarle molesto y aburrido verse rodeado de desvío y
frialdad; a veces, se esforzaba durante un largo rato por hacer reír a un
malhumorado vecino de banco o por hacer hablar a un callado vecino de lecho, y
tenía éxito, y se mostraba amable y recobraba el afecto de algunos ojos,
algunos rostros y algunos corazones. En dos casos, y por obra de tales reconciliaciones,
logró, bien contra su voluntad, que volvieran a invitarle a "ir al
pueblo". Entonces se asustaba y rechazaba rápidamente la invitación. No;
no fue más al pueblo; y, además, había conseguido olvidar a la muchacha de las
trenzas y no pensar nunca en ella o, por mejor decir, casi nunca.
CAPÍTULO IV
Durante largo tiempo los intentos de asedio de Narciso fueron
impotentes para penetrar el secreto de Goldmundo. Durante largo tiempo se
esforzó, al parecer en vano, por despertarlo, por enseñarle el lenguaje en que
podía comunicarse ese secreto.
Lo que el amigo le había referido sobre su origen y su patria no
suscitó imagen alguna. Aparecía en sus relatos un padre envuelto en sombras,
impreciso pero venerado, y, luego, el recuerdo de una madre desaparecida o
muerta que no era sino un pálido nombre. Poco a poco, Narciso, diestro en leer
en las almas, llegó a descubrir que su amigo pertenecía a ese tipo de hombres
en que se ha borrado una parte de su vida, que, bajo el peso de alguna
desgracia o hechizo, debieron resignarse a olvidar una porción de su pasado.
Comprendía que, en este caso, el mero preguntar y aconsejar no valía de nada; y
comprendía también que había confiado con exceso en el poder de la razón y que
había hablado mucho en vano.
No era, en cambio, vano el amor que le unía al amigo y la
costumbre de estar a menudo con él. A pesar de la profunda diferencia de sus
caracteres, habían aprendido mucho el uno del otro: gradualmente, había ido
naciendo entre ellos, junto al lenguaje de la razón, un lenguaje espiritual y
de signos, al modo como entre dos moradas puede haber una calle por la que
pasan los carruajes y los jinetes pero aparte de la cual surgen muchos pequeños
caminos de recreo, caminos laterales, caminos ocultos: caminitos de niños,
sendas para enamorados, caminos apenas perceptibles de perros y gatos. Paso a
paso, la viva fantasía de Goldmundo había ido penetrando, a través de varios
caminos mágicos, en los pensamientos del amigo y en su lenguaje, y Narciso, por
su parte, había llegado a entender y sentir sin palabras el genio y modo de ser
de Goldmundo. A la lumbre del amor maduraban lentamente nuevos vínculos entre
las dos almas y sólo después vinieron las palabras. Y así cierta vez, un día de
asueto, en la biblioteca, inesperadamente, hubo entre los amigos una
conversación que los situó de repente en el centro del problema de la esencia y
sentido de su amistad y que proyectó luces nuevas a gran distancia.
En aquella sazón hablaron de astrología, que en el convento no
se cultivaba y estaba prohibida, y Narciso dijo que la astrología era una
tentativa para introducir orden y sistema en la considerable diversidad de
tipos de hombres, destinos y vocaciones. En este punto intervino Goldmundo:
—Tú siempre estás hablando de diferencias, en tal manera que,
poco a poco, he llegado a la conclusión de que esa es tu más peculiar
característica. Cuando hablas de la gran diferencia que, por ejemplo, hay entre
tú y yo, tengo la impresión de que la diferencia existe únicamente en tu
extraña manía de buscar diferencias.
Narciso:
—Acabas de dar en el clavo. La verdad es que para ti las
diferencias no tienen mayor importancia, en tanto que a mí me parecen lo único
importante. Soy, por mi misma esencia, un erudito, mi vocación es la ciencia. Y
la ciencia, para citar tus propias palabras, no es otra cosa sino la manía de
buscar diferencias. No pudiera definirse mejor su esencia. Para nosotros, los
hombres de ciencia, nada hay más importante que establecer distinciones; la
ciencia es el arte de la diferenciación. Así, por ejemplo, conocer a un
individuo es descubrir en él aquellas notas que lo distinguen de los demás.
Goldmundo:
—Perfectamente. El uno calza zuecos y es labriego, y el otro
lleva en la cabeza una corona y es rey. Esas son, evidentemente, diferencias.
Pero hasta los niños las advierten sin necesidad de ciencia.
Narciso:
—Mas si el labriego y el rey llevan iguales vestidos, el niño ya
no acierta a distinguirlos.
Goldmundo:
—Y la ciencia tampoco.
Narciso:
—Quizá sí. No es más sagaz que el niño, conforme, pero tiene más
paciencia; no se atiene exclusivamente a las señales más externas y groseras.
Goldmundo:
—Eso lo hace también todo niño inteligente. Descubrirá al rey
por la mirada o el porte. En fin, para decirlo con pocas palabras: Vosotros los
eruditos sois unos orgullosos y siempre nos tenéis por tontos a los demás. Se
puede ser muy inteligente sin necesidad de ciencia alguna.
Narciso:
—Me alegra que empieces a verlo. Y pronto verás también que no
me refiero a la inteligencia cuando hablo de la diferencia que existe entre tú
y yo. Yo no digo: tú eres más inteligente o más tonto, mejor o peor. Digo tan
sólo que eres distinto.
Goldmundo:
—Eso es fácil de entender. Pero tú no hablas solamente de
diferencias de los rasgos externos sino a menudo también de diferencias del
destino, de la vocación. ¿Por qué, por ejemplo, habría de ser tu vocación
distinta de la mía? Como yo, eres cristiano, estás decidido a seguir la vida
del claustro y eres hijo del buen Padre que está en los cielos. Tenemos el
mismo fin: la dicha eterna. Nuestra vocación es la misma: retornar a Dios.
Narciso:
—Muy bien. En el tratado de dogmática un hombre es,
evidentemente, igual a otro, pero en la vida no. Pienso en el discípulo amado
del Salvador, en cuyo pecho reclinaba la cabeza, y en aquel otro discípulo que
lo traicionó. ¿No tenían ambos la misma vocación?
Goldmundo:
—¡Eres un sofista, Narciso! Por ese camino no podremos
acercarnos.
Narciso:
—No podremos acercarnos por ningún camino.
Goldmundo:
—¡No digas eso!
Narciso:
—Te lo digo absolutamente en serio. Nuestra tarea no consiste en
aproximarnos, como no se juntan el sol y la luna, ni el mar y la tierra.
Nosotros, caro amigo, somos el sol y la luna, el mar y la tierra. Nuestro
objetivo no es el cambiarnos uno en otro sino el conocernos mutuamente y
acostumbrarnos a ver y venerar cada cual en el otro lo que él es, la pareja y
el complemento.
Conturbado, Goldmundo permanecía con la cabeza baja y su rostro
se había vuelto triste.
Finalmente dijo:
—¿Es por esa causa por lo que sueles no tomar en serio mis
pensamientos?
Narciso demoró un poco la respuesta. Luego profirió con voz
clara y firme:
—Sí, es por eso. Debes acostumbrarte, querido Goldmundo, a que
sólo te tome en serio a ti mismo. Créeme: tomo en serio cada sonido de tu voz,
cada uno de tus gestos, cada sonrisa tuya. Pero, en cambio, tus pensamientos ya
no los tomo tan en serio. En ti tomo en serio lo que estimo esencial y
necesario. ¿Por qué pretendes que se dedique especial consideración
precisamente a tus pensamientos, teniendo tantas otras prendas?
Goldmundo se sonrió con amargura.
—Bien lo decía yo; para ti he sido siempre un niño, nada más.
Narciso se mantuvo firme.
—Una parte de tus pensamientos son, a mi parecer, pensamientos
infantiles. Recuerda lo que antes hablamos de que un niño inteligente no tiene
por qué ser más tonto que un erudito. Pero si el niño quiere opinar en cosas de
ciencia, el erudito no lo tomará en serio.
Goldmundo exclamó con vehemencia:
—También te sonríes de mí cuando no hablo de ciencia. Por
ejemplo, procedes en toda ocasión como si mi piedad, mis esfuerzos para
progresar en los estudios, mi aspiración a la vida monástica fueran pura
niñería.
Narciso lo miró con grave semblante:
—Te tomo en serio cuando eres Goldmundo. Pero no siempre eres
Goldmundo. Y lo único que anhelo es que seas total y enteramente Goldmundo. Tú
no eres un erudito ni un monje; un erudito o un monje pueden hacerse de una
madera inferior. Crees que te tengo por poco ilustrado, poco versado en lógica
o por poco piadoso. En modo alguno; pero, a mi ver, no eres lo bastante tú
mismo.
Si de aquella conversación se retiró Goldmundo confuso y hasta
herido, pocos días después mostraba deseos de proseguirla. Esta vez acertó
Narciso a darle una imagen de las diferencias entre sus respectivas índoles,
que podía aceptar más fácilmente.
Narciso se expresó con calor, sintiendo que Goldmundo dejaba
ahora entrar las palabras del amigo con más libertad y más grato acogimiento en
su alma, que ya lo dominaba. Animado por el éxito, dijo más de lo que se había
propuesto, entusiasmándose con sus propias frases.
—Escucha —le dijo—. Nada más que en una cosa te aventajo: yo
estoy despierto mientras que tú lo estás tan sólo a medias y, a veces, duermes
por completo. Llamo despierto a aquel que, con la razón y la conciencia, se
conoce a sí mismo y conoce sus más íntimas fuerzas, impulsos y flaquezas
irracionales, y sabe contar con ellas. El aprender esto es el sentido que para
ti puede tener nuestro encuentro. En ti, Goldmundo, el espíritu y la
naturaleza, la conciencia y el mundo de los ensueños se hallan muy distanciados;
Has olvidado tu infancia, y ella desde el hondón de tu alma te solicita. Y te
hará sufrir hasta que le prestes oídos... Bueno; de esto basta. Como te decía,
pues, en lo de estar en vela soy más fuerte que tú; aquí te aventajo y, por
eso, puedo serte de provecho. En todo lo demás, querido, eres superior a mí...
digo, lo serás en cuanto te hayas encontrado a ti mismo.
Goldmundo escuchaba asombrado; pero al oír aquello de: "Has
olvidado tu infancia", dio un respingo como alcanzado por una flecha, sin
que Narciso lo advirtiera, porque, según su costumbre, permanecía casi
constantemente, mientras hablaba, con los ojos cerrados o mirando hacia abajo
como si de esa suerte le fuera más fácil encontrar las palabras. No reparó que
Goldmundo contrajo, de pronto, el rostro, y empezó a demudarse.
—Superior.. . yo a ti —balbuceó Goldmundo, sólo por decir algo.
Parecía que se hubiese quedado entumecido.
—Así es —prosiguió Narciso—. Las naturalezas de tu tipo, los que
tienen sentidos fuertes y finos, los iluminados, los soñadores, poetas,
amantes, son, casi siempre, superiores a nosotros, los hombres de cabeza.
Vuestra raíz es maternal. Vivís de modo pleno, poseéis la fuerza del amor y de
la intuición. Nosotros, los hombres de intelecto, aunque a menudo parecemos
conduciros y regiros, no vivimos plenamente sino de modo seco y descarnado. Es
vuestra la plenitud de la vida, el jugo de los frutos, el jardín del amor, la
maravillosa región del arte. Vuestra patria es la tierra y la nuestra la idea.
El peligro que os acecha es el de ahogaros en el mundo sensual; a nosotros nos
amenaza el de asfixiarnos en un recinto sin aire. Tú eres artista y yo
pensador. Tú duermes en el regazo de la madre y yo velo en el desierto. Para mí
brilla el sol y para ti la luna y las estrellas; tú sueñas con muchachas y yo
con mancebos...
Con los ojos muy abiertos Goldmundo había estado escuchando lo
que Narciso decía con cierto transporte oratorio. Algunas de sus palabras se le
habían clavado como espadas; al oír las últimas se puso pálido y cerró los
ojos; y como Narciso lo advirtiera y, alarmado, inquiriera la causa, respondió,
blanco como un muerto, con la voz apagada:
—Ya me aconteció una vez que delante de ti perdiera el dominio
de mí mismo y me echara a llorar... tú lo recuerdas. Eso no puede repetirse,
nunca me lo perdonaría... ¡y a ti tampoco! Márchate en seguida y déjame solo;
me has dicho palabras terribles.
Narciso se hallaba sumamente perplejo. Estaba entusiasmado de
sus propias palabras, tenía la sensación de haberse expresado mejor que en
ninguna otra ocasión. Y veía consternado que algunas de esas palabras habían
impresionado hondamente al amigo, que había herido alguna cuerda sensible.
Resultábale penoso dejarlo solo en aquel instante y se demoró unos segundos;
mas el ceño de Goldmundo lo disuadió y se alejó de allí desconcertado para que
el amigo pudiera tener la soledad que necesitaba.
Esta vez la tensión que embargaba el alma de Goldmundo no se
resolvió en lágrimas. Permanecía inmóvil, con una sensación de haber sufrido
profunda e irremediable herida, como si su amigo le hubiese hincado un puñal en
medio del pecho, respirando dificultosamente, con el corazón mortalmente
apretado, el rostro pálido como la cera, las manos paralizadas. Era la misma
congoja de aquel día aunque más fuerte; era el mismo ahogo interior, la misma
sensación de tener que afrontar algo terrible, algo enteramente insoportable.
Pero en esta ocasión ningún sollozo salvador le ayudó a vencer su congoja.
Santa Madre de Dios, ¿qué era esto? ¿Qué había acontecido? ¿Acaso lo habían
asesinado? ¿O había él dado muerte a alguien? ¿Qué cosa terrible se había
dicho?
Expelía el aliento jadeando; y, como un envenenado,
experimentaba la angustiosa sensación de que tenía que liberarse de algo mortal
que se escondía en sus entrañas. Con movimientos de un nadador salió
precipitadamente del cuarto, enderezó inconscientemente hacia los lugares más
silenciosos y desiertos del convento, atravesó corredores y escaleras y, al
cabo, se encontró al aire libre. Había venido a dar al más recogido refugio del
convento, al claustro en el que el cielo, inundado de sol, resplandecía sobre
los verdes arriates y el aroma de las rosas se difundía en delicados hilos
temblorosos a través de aquel aire fresco confinado en piedra trasudada.
Sin sospecharlo, Narciso había hecho en aquella ocasión lo que
desde hacía tiempo constituía su anhelado objetivo: había invocado por su
nombre al demonio que poseía a su amigo, se había enfrentado con él. Alguna de
sus palabras había rozado el secreto que yacía en el corazón de Goldmundo y ese
secreto sé había encabritado en furioso dolor. Narciso vagó largo rato por el
convento en busca del amigo, pero no lo encontró en parte alguna.
Estaba Goldmundo debajo de uno de los sólidos arcos de piedra
que comunicaban los corredores con el jardincillo claustral. De lo alto de cada
una de las columnas que sostenían el arco le miraban con ojos espantados tres
cabezas de animales, tres pétreas cabezas de perros o lobos. La herida le dolía
horriblemente y no distinguía camino hacia la luz, hacia la razón. Una angustia
mortal le apretaba el caello y el estómago. Y como maquinalmente volviera
hacia- arriba la vista, paró su atención en uno de los capiteles, y, de pronto,
tuvo la sensación de que aquellas tres feroces cabezas estaban dentro de sus
entrañas, con los ojos desorbitados y ladrando.
"Voy a morirme en seguida", pensó horrorizado, Y
luego, temblando de pavor, se dijo: "Perderé la razón, me devorarán estas
fauces horrendas."
Y con una brusca contracción se desplomó al pie de la columna.
El dolor era excesivo, había llegado al límite. Un desvanecimiento lo envolvió
con su velo; y con el rostro hundido, desapareció en una ansiada anulación del
ser.
El abad Daniel no había tenido un día muy placentero. Dos monjes
viejos se le habían presentado todo excitados, regañando y acusándose, reñidos
otra vez por causa de antiguas y mezquinas envidias. Los escuchó con paciencia,
los amonestó aunque en vano, finalmente los despidió con dureza, imponiéndoles
a los dos una pena bastante severa, y se quedó con la impresión de que su
determinación resultaría inútil. Deprimido, buscó refugio en la cripta, estuvo
un rato rezando y cuando se levantó no se sentía más animado. Luego, atraído
por el insinuante perfume de las rosas, decidió ir al claustro para aspirar
aquel aroma. Allí se encontró al escolar Goldmundo desmayado sobre las
baldosas. Mirólo tristemente, asustado de la palidez y apagamiento de aquella
faz moza, de ordinario tan bella. El día había sido poco grato; ¡y ahora esto!
intentó levantar al muchacho pero le faltaban fuerzas, Suspirando hondamente,
el anciano fue a llamar a dos hermanos jóvenes para que lo llevaran arriba, y
envió también al padre Anselmo, que era médico. Además, hizo buscar a Narciso
que apareció en seguida y se presentó ante él.
—¿Lo sabes ya?—le preguntó,
—¿Lo de Goldmundo? Si, reverendo padre, acaban de decirme que
está enfermo o que ha sufrido un accidente y que fue menester llevarlo en
brazos.
—Así es. Lo encontré tendido en el claustro donde, dicho sea de
paso, nada tenía que ir a hacer. No ha sufrido un accidente sino que se ha
desmayado. Esto me desagrada. Pienso que quizá tengas tú algo que ver con la
cosa o, al menos, sepas algo, pues eres su amigo íntimo. Por eso te llamé.
Habla.
Narciso, con su acostumbrada contención en la actitud y el
habla, refirió a grandes rasgos la conversación que había sostenido en aquel
día con Goldmundo y la gran impresión que, por modo sorprendente, sus palabras
le habían causado. El abad, con aire un tanto contrariado, meneó la cabeza.
—Singulares conversaciones son ésas —dijo, esforzándose por
mantener la calma. —La conversación que me acabas de relatar podría calificarse
de intromisión en un alma ajena: es, en cierto modo, una conversación de las
que sólo se tienen con el director espiritual. Pero tú no eres el director
espiritual de Goldmundo. Tú no puedes ser director espiritual de nadie porque
aún no has recibido las órdenes. ¿Cómo es posible que hayas adoptado con un
alumno el tono de consejero en cosas que son de la exclusiva competencia del
director espiritual: Ello, como ves, ha acarreado funestas consecuencias.
—Las consecuencias —declaró Narciso en tono suave pero resuelto—
no las conocemos todavía, reverendo padre. Me alarmó un poco lo violento del
efecto, pero no abrigo la menor duda de que las consecuencias de nuestra
conversación serán beneficiosas para Goldmundo.
—Las consecuencias ya las veremos. No hablo ahora de ellas sino
de tu proceder. ¿Qué fue lo que te impulsó a sostener tales pláticas con
Goldmundo?
—Como sabéis, es mi amigo. Siento hacía él una especial
inclinación y creo haberle comprendido bien. Habéis dicho que mi conducta con
él es la que corresponde a un director espiritual. Yo no me he arrogado ninguna
clase de autoridad espiritual pero creí conocerlo algo mejor de lo que a sí
propio se conoce.
El abad se encogió de hombros.
—Sé que esa es tu especialidad. Esperemos que con ello no hayas
ocasionado mal alguno... ¿Acaso está enfermo Goldmundo? Quiero decir si nota
algo, si se siente desfallecido o si duerme mal o si está inapetente o si tiene
algún dolor.
—No, hasta hoy estaba sano. Sano de cuerpo.
—¿Y de lo demás?
—Del alma sí está enfermo. Bien sabéis que se encuentra en la
edad en que comienzan las luchas con el instinto sexual.
—Lo sé. ¿Anda por los diecisiete años?
—Tiene dieciocho.
—Dieciocho. En efecto. Ya es tiempo. Pero esas luchas son cosa
natural, por la que tienen que pasar todos. No por eso se puede decir que esté
enfermo del alma.
—No, reverendo padre, por eso sólo no. Pero Goldmundo venía ya
estando enfermo del alma, desde hace tiempo, y por esa razón son esas luchas
más peligrosas para él que para otros. Sufre, a mi parecer, porque ha olvidado
una parte de su pasado.
—¿Ah sí? ¿Y qué parte?
—Su madre y todo lo que con ella se relaciona. Tampoco yo sé
nada concreto sobre esto; lo único que sé es que ahí debe estar la raíz de su
enfermedad. Aparentemente Goldmundo no conoce nada de su madre por haberla
perdido temprano. Pero da la impresión de que se avergonzara de ella. Y, sin
embargo, de ella ha debido heredar las más de sus prendas, pues, por lo que de
su padre cuenta, sorprende que haya podido éste tener un hijo tan gallardo, tan
inteligente y de tanta personalidad. Estas cosas no las sé por haberlas oído
sino que las deduzco de ciertos indicios.
El abad, que al principio se había burlado un poco en su
interior de aquellas manifestaciones por estimarlas impertinentes y
presuntuosas, y a quien todo el asunto resultaba enojoso y molesto, empezó a
reflexionar. Recordó al padre de Goldmundo, aquel sujeto un tanto amanerado y
reservado, y también recordó, de pronto, ciertas palabras que le oyera sobre la
madre de Goldmundo. Según él, había sido su oprobio y su vergüenza, y lo había
abandonado, por lo que puso el mayor empeño en borrar en el hijo el recuerdo de
la madre y reprimir todas las malas inclinaciones que pudiera haber heredado de
ella. Aseguraba haber alcanzado felizmente su propósito y que el muchacho,
para expiar las faltas de la madre, estaba dispuesto a consagrar
su vida a Dios.
Nunca le había resultado Narciso al abad menos grato que ahora.
Y sin embargo... ¡qué bien había acertado el caviloso, qué bien parecía conocer
a Goldmundo!
Interrogado de nuevo, para terminar, sobre lo acontecido en
aquel día, dijo Narciso:
—Yo no me propuse provocar la violenta conmoción que hoy
experimentó Goldmundo. Le recordé que no se conoce a sí mismo, que se ha
olvidado de su infancia y de su madre. Alguna de mis palabras ha debido herirle
y penetrar en la oscuridad contra la que lucha desde hace ya tiempo. Estaba
como privado de espíritu, me miraba como si ya no me conociera ni se conociera
a sí mismo. Muchas veces le había dicho que estaba dormido, que no se hallaba
verdaderamente despierto. Ahora se ha despertado, no tengo la menor duda.
El abad lo despidió sin reprimenda aunque prohibiéndole que, por
el momento, fuese a ver al doliente.
Mientras tanto, el padre Anselmo había hecho acostar en una cama
al desmayado y se sentó a su vera. No juzgó indicado hacerlo volver en sí por
procedimientos enérgicos. El joven tenía muy mal aspecto. Aquel anciano de
rostro bueno y arrugado contemplaba al muchacho con expresión afectuosa. Empezó
tomándole el pulso y auscultándole el corazón. No hay duda —pensaba—; el mozo
ha comido algo que no debía, se ha dado un atracón de acederillas o cosa por el
estilo; bien se echa de ver. No pudo examinarle la lengua. A Goldmundo le tenía
simpatía, pero, en cambio, a su amigo, a aquel precoz profesor tan
excesivamente joven, no lo podía aguantar. Y con razón. De seguro que Narciso
era uno de los culpables del estúpido episodio. ¿Qué necesidad tenía este
muchacho tan sano y tan fresco, con sus ojos zarcos, qué necesidad tenía esta
alma dulce y sencilla de trabar amistad precisamente con ese arrogante erudito,
con ese vacuo gramático que estima más importante su griego que todo lo que hay
de vivo en el mundo?
Cuando, después de un largo rato, se abrió la puerta y entró el
abad, el padre seguía sentado y con la mirada fija en la cara del desmayado.
¡Qué rostro amable, joven, candido! Estaba a su lado, debía curarlo y pensaba
que probablemente no le sería posible. El desvanecimiento podía, ciertamente,
provenir de un cólico; le prescribiría vino caliente, quizá ruibarbo. Pero
cuanto más miraba aquella faz desencajada y de verdosa palidez, más se
inclinaban sus sospechas hacia otro lado, más peligroso. El padre Anselmo tenía
experiencia. Muchas veces, en el curso de su larga vida, había visto posesos.
Titubeaba en formular la sospecha incluso ante él mismo. Esperaría y
observaría. Pero si este pobre muchacho —pensaba furioso— ha sido realmente
embrujado, no sería menester ir a buscar muy lejos al culpable; y el culpable
debería recibir su merecido.
El abad se acercó, miró al enfermo y, suavemente, le entreabrió
uno de los párpados.
—¿Es posible hacerlo volverlo en sí? —preguntó.
—Quisiera esperar un poco. El corazón está bien. No debemos
permitir que lo visite nadie.
—¿Hay peligro?
—No lo creo. No aparece lesión en parte alguna y no hay huellas
de golpe ni caída. Se ha desmayado, quizás a causa de un cólico. Los dolores
muy intensos hacen perder el sentido.. Si fuera envenenamiento; tendría fiebre.
No; se despertará y vivirá.
—¿No podría ser cosa del ánimo?
—No diría yo que no. ¿Hay algán indicio? ..-Acaso ha recibido un
fuerte susto? ¿Una noticia de muerte? ¿Tuvo aíguna disputa violenta, sufrió
algún agravio? Entonces todo quedaría explicado.
—No lo sabemos. Cuidad de que nadie venga junto a él. Os ruego
que permanezcáis a su lado hasta que recobre el sentido. Si las cosas se
pusieran peor, llamadme aunque sea de noche.
Antes de retirarse, el anciano se inclinó de nuevo sobre el
enfermo; pensaba en su padre y en el día que le trajeron aquel mancebo de linda
y serena cabeza rubia y del cariño que todos concibieron por él desde el primer
momento. También él lo había recibido con complacencia. Pero Narciso tenía
razón en lo que decía de que el muchacho en nada recordaba a su padre. ¡Ah,
cuantas preocupaciones por doquiera, cuan insuficiente nuestra acción! ¿Habría
quizá descuidado algo en lo tocante a este pobre muchacho? ¿Se le habría dado
el confesor que le convenía? ¿Estaba bien que nadie de toda la casa supiera
tanto sobre ese alumno como Narciso? ¿Podía darle ayuda quien se encontraba
todavía en el noviciado, que ni era hermano ni había recibido las órdenes, y
cuyos pensamientos y concepciones tenían aquel aire de desagradable
superioridad y casi de hostilidad? ¿No se vendría tratando también a Narciso
equivocadamente, desde hacía tiempo? ¿No se ocultaría detrás de aquella máscara
de obediencia algo malo, tal vez; un pagano? Y no cabía olvidar que él era, en
parte, responsable de lo que aquellos jóvenes llegaran a ser más adelante.
Cuando Goldmundo volvió en sí, era ya de noche. Sentía la cabeza
vacía y atontada. Se sentía tendido en un lecho; no sabía dónde estaba y
tampoco pensaba en eso, le era indiferente, Pero ¿en dónde había estado? ¿De
dónde venía, de qué lugar de extraños acaecimientos? En alguna parte había
estado, muy lejana, había visto algo, algo extraordinario, espléndido, terrible
también e inolvidable... a pesar de lo cual lo había olvidado. ¿Dónde fue? ¿Qué
era lo que había aparecido delante de él, tan grande, tan doloroso, tan
dichoso, y que luego se había desvanecido?
Escuchaba hondamente dentro de sí, allí donde poco antes algo se
había abierto con violencia, había sucedido algo, ... ¿qué? Ascendían girando
confusos entreveros de figuras, veía cabezas de perro, tres cabezas de perro, y
percibía aroma de rosas. ¡Qué angustia había sufrido! Cerró los ojos. ¡Qué
terrible angustia había sufrido! Se adormeció de nuevo.
Y de nuevo se despertó, e incluso al desaparecer el mundo
ilusorio que desfilaba a la carrera, seguía viendo aquello, volvía a encontrar
la imagen y se estremecía como en doloroso deleite. Veía, ahora veía con
claridad. La veía. Veía aquella mujer magnífica, radiante, de boca de flor, de
luminosos cabellos. Veía a su madre. Y al mismo tiempo, creía oír una VOZ que
le decía: “Tú has olvidado tu infancia." ;De quién era aquella voz?
Escuchó atentamente, reflexionó y cayó en la cuenta. Era Narciso. ¿Narciso? Y
en un instante, de golpe, todo tornaba a estar allí: se acordaba, su mente se
había iluminado. ¡Oh madre, madre! Montañas de escombros, océanos de olvido se
habían alejado, se habían desvanecido; la desaparecida volvía a mirarle con
ojos zarcos, divinos, la inmensamente amada.
El padre Anselmo, que se había dormido en el sillón al lado de
la cama, se despertó. Oía al enfermo moverse, lo oía respirar. Se levantó
cautelosamente.
—¿Quién anda ahí? —inquirió Goldmundo.
—No te inquietes, soy yo. Voy a hacer luz.
Encendió la lámpara y el resplandor cayó sobre su rostro
arrugado y bondadoso.
—¿Acaso estoy enfermo? —preguntó el joven.
—Sufriste un desmayo, hijo mío. Dame la mano que voy a
examinarte el pulso. ¿Cómo te sientes?
—Bien. Gracias, padre Anselmo. Sois muy bueno. Me encuentro
bien. Sólo un poco cansado.
—Naturalmente que has de estarlo. Pronto volverás a dormirte.
Antes, tomarás un sorbo de vino caliente, ya está preparado. Beberemos juntos
una copa, como buenos camaradas.
Habíase cuidado de tener a punto una jarrita de vino de enfermo
metida en un recipiente con agua caliente.
—Los dos hemos dormido un buen rato —dijo, riéndose, el médico—.
Bravo enfermero, dirás tú, que no es capaz de permanecer en vela. ¿Qué
quieres?, somos hombres. Y ahora, mozuelo, echémonos al coleto un traguillo de
este mágico filtro, que no hay nada rnejor que estas pequeñas y reservadas
libaciones nocturnas. Asi, pues, ¡a tu salud!
Goldmundo soltó la risa, chocó la copa y probó. El vino caliente
estaba aromatizado con canela y clavo, y endulzado con azúcar; jamás había
bebido vino como aquél. Recordó haber estado enfermo otra vez y que, en aquella
ocasión, lo había atendido Narciso. Ahora era el padre Anselmo, y en verdad que
lo trataba con sumo cariño. Mucho le placía, le resultaba altamente grato y
singular estar allí tendido, al fulgor de la pequeña lámpara, y, en medio de la
noche, beber una copa de dulce vino caliente con el viejo padre.
—¿Te duele el vientre? —le preguntó el anciano.
—No.
—Creí que pudieras haber tenido un cólico, Goldmundo. No se
trata, pues, de eso. Enseña la lengua. Vuestro padre Anselmo, una vez más, se
ha quedado a oscuras. Mañana seguirás tranquilamente en cama; yo vendré luego y
te examinaré. ¿Has terminado ya con el vino? Muy bien; que te aproveche. Vamos
a ver si queda algo. Aún llega para que nos tomemos media copa más cada uno, si
lo repartimos honradamente... ¡Vaya, vaya! ¡Menudo susto nos has dado,
Goldmundo! Estabas tirado en el claustro que parecías una criatura muerta. ¿De
verdad no te duele el vientre?
Se echaron a reír y compartieron honradamente el resto del vino
de enfermo; el padre hacía bromas y Goldmundo le miraba, agradecido y
regocijado, con ojos que habían recobrado su transparencia. Luego, el viejo se
fue a acostar.
Goldmundo permaneció todavía despierto un rato; las imágenes
tornaron a surgir lentamente de su interior, volvieron a llamear las palabras
del amigo y de nuevo apareció en su alma aquella mujer rubia y resplandeciente,
la madre; su imagen cruzaba a través de él como un cálido vientecillo, como una
nube de vida, de calor, de ternura y de íntima admonición. ¡Oh madre! ¡Cómo
había podido olvidarla!
CAPÍTULO V
Goldmundo, ciertamente, había conocido hasta allí algunas cosas
referentes a su madre, pero sólo por relatos de otros; su imagen ya se le había
borrado, y, de lo poco que sobre ella creía saber, lo más se lo había callado a
Narciso. La madre era algo de lo que no se debía hablar, de lo que había que
avergonzarse. Había sido una bailarina, una mujer hermosa e indómita de casta
distinguida aunque malvada y pagana. El padre de Goldmundo, según él mismo
contaba, la había recogido de la miseria y la ignominia; como barruntaba que
fuese pagana, la hizo bautizar e instruir en la religión; y luego la tomó por
esposa y la convirtió en una mujer respetada. Pero ella, tras algunos años de
vida tranquila y ordenada, recordó sus viejas mañas, dio escándalos y sedujo a varios
hombres, permanecía ausente de casa durante días y semanas, adquirió fama de
bruja y, finalmente, después de haber ido en su busca el marido repetidas
veces, admitiéndola de nuevo a su lado, desapareció para siempre. Su fama, su
mala fama, perduró algún tiempo, llameando como la cola de un cometa, y luego
se apagó. El esposo se repuso lentamente de los años de inquietud, temor,
vergüenza y constantes sorpresas que ella le había deparado. En lugar de la
esposa perdida, educaba ahora a su hijito, muy parecido a la madre en rostro y
figura. El hombre se había vuelto amargado y santurrón, y trató de infundir en
Goldmundo la convicción de que debía ofrendar su vida a Dios para expiar los
pecados de la madre.
Esto era, sobre poco más o menos, lo que el padre de Goldmundo
solía referir de la esposa perdida, si bien no le agradaba tocar el tema; y
también al abad le había hecho algunas indicaciones al respecto el día que
trajo al convento a Goldmundo. El hijo sabía todo eso, como una leyenda
terrible; aunque había llegado a relegarlo a un plano secundario y casi a
olvidarlo. En cambio había olvidado y perdido por entero la imagen real de la
madre, aquella otra imagen, totalmente diferente, que no se había compuesto con
los relatos del padre y los criados y con oscuros y fantásticos rumores. Su
propio recuerdo de la madre, el real, el vivido, se le había borrado. Y ahora
esa imagen, la estrella de sus primeros años, tornaba a aparecer. Dijo a su
amigo:
—Es inconcebible que haya podido olvidar eso. A nadie he amado
tanto en mi vida como a mi madre, tan sin reservas y apasionadamente; a nadie
he venerado, admirado tanto; era para mí el sol y la luna. No me explico cómo
pudo ser que se oscureciera en mi alma esa imagen radiante y que, poco a poco,
se fuera transformando en esa bruja maligna, macilenta, informe, que fué para
mi padre y para mí durante muchos años.
Hacía poco que Narciso terminara su noviciado y tomara el
hábito. Por modo extraño, sus relaciones con Goldmundo habían experimentado un
cambio. Pues Goldmundo, que antes desdeñara a menudo las indicaciones y
advertencias del amigo por ver en ellas impertinente presunción de superior
inteligencia y voluntad, estaba, desde el gran suceso, lleno de asombrada
admiración hacia su sabiduría. ¡Cuántas de sus palabras se cumplieron como
profecías, cuan hondo lo había calado este hombre singular, cuan certeramente había
descubierto el secreto de su vida, su oculta herida, con qué sagacidad lo había
curado!
Pues el joven parecía curado. No sólo no le había traído aquel
desmayo funestas consecuencias, sino que se había como derretido lo que en su
ser había de caprichoso, de precoz, de falso, aquella prematura inclinación al
claustro, aquella creencia de que estaba obligado a servir a Dios de una
especial manera. El muchacho parecía haberse vuelto, a la vez, más viejo y mas
joven desde que se había encontrado a sí mismo. Y todo eso se lo debía a
Narciso.
Narciso, por su parte, trataba últimamente a su amigo con suma
circunspección; mientras éste le tributaba tan extremada admiración,
mostrábasele él modesto y sin aquellos aires de superioridad y magisterio. Veía
a Goldmundo nutrido de energías de ignota procedencia que a él le faltaban;
había podido promover su surgimiento pero en modo alguno participaba de ellas.
Con gozo observaba cómo se liberaba de su dirección, y, sin embargo, a veces
estaba triste. Se sentía como un escalón ya traspasado, como una cáscara
desechada; veía cercano el final de aquella amistad que tanto había significado
para él. Sin embargo, seguía sabiendo sobre Goldmundo más de lo que éste mismo
sabía; pues aunque había vuelto a encontrar su alma y estaba pronto a seguir su
llamada, no adivinaba aún adonde lo conduciría. Narciso sí lo adivinaba y no
podía hacer nada; el camino de su predilecto llevaba a regiones en las que él
mismo jamás pondría el pie.
El interés de Goldmundo por las ciencias menguó
considerablemente. También desapareció su inclinación a disputar cuando
conversaba con el amigo, y ahora se avergonzaba al recordar algunas charlas de
otro tiempo. A todo esto habíase despertado últimamente en Narciso, por causa
de la conclusión de su noviciado o bien por lo que le sucediera con su
camarada, un ansia de apartamiento, ascetismo y ejercicios espirituales, una
tendencia al ayuno y a los rezos prolongados, a confesarse con frecuencia y a
las penitencias voluntarias; y Goldmundo podía comprender y casi compartir esa
tendencia. Desde su curación, su instinto se había aguzado grandemente; y si
todavía no tenía la menor noticia sobre sus objetivos futuros percibía con
fuerte y a menudo angustiosa claridad que su destino se aprestaba, que acababa
de pasar una cierta vacación de inocencia y sosiego y que todo en él estaba
tenso y dispuesto. Con frecuencia esa intuición lo hacía feliz y le mantenía en
vela buena parte de la noche como un dulce enamoramiento; pero otras muchas
veces le causaba oscura y honda congoja. La madre, largo tiempo perdida, había
retornado junto a él; eso constituía una dicha inmensa. Mas, ¿adonde conducía
su seductora llamada? A lo incierto, al cautiverio, al peligro, quizás a la muerte.
No conducía a lo tranquilo, apacible, seguro, a la celda monacal y a la
perduradera comunidad del claustro; su llamada nada tenía que ver con aquellos
mandatos paternos que durante tanto tiempo había él confundido con sus propios
deseos. De este sentimiento, con frecuencia poderoso, angustioso y ardiente
como una violenta sensación física, se alimentaba la piedad de Goldmundo. Al
repetir sus largos rezos ante la santa Madre de Dios, dejaba desbordar el
torrente del sentimiento que hacia su madre lo impulsaba. Pero sus rezos solían
terminar en aquellos sueños maravillosos, deliciosos, que ahora tan a menudo
tenía: sueños durante el día, con los sentidos medio despiertos, sueños de ella
en los que todos los sentidos participaban. Entonces el mundo maternal lo
envolvía en su aroma, miraba enigmático con oscuros ojos de amor, susurraba
profundamente como el mar y el paraíso, balbucía acariciadores sonidos sin
sentido, o, por mejor decir, repletos de sentido, sabía a dulce y a salado,
rozaba levemente con cabellos de seda labios sedientos y ojos. En la madre no
se encontraba solamente todo lo amable y benigno, no había sólo dulce y garza
mirada de amor, sonrisa encantadora, augurio de ventura, tierno consuelo; en
ella había también, bajo hermosa envoltura, todo lo terrible y lo oscuro, todo
apetito, todo temor, todo pecado, todo infortunio, todo nacer, todo tener que
morir. El joven se sumía profundamente en esos sueños, en esa tupida malla de
sentidos vivificados. No surgía en ellos únicamente un ayer amado, de nuevo
encantador: infancia y amor materno, radiante, glorioso amanecer de la vida;
también bullía allí un futuro prometedor, seductor y peligroso. A veces
aquellos sueños, en los que se identificaban la madre, la Virgen y la amante,
se le aparecían luego como crímenes y blasfemias espantosas, como pecados
mortales que nunca podrían expiarse; otras veces encontraba en ellos el máximo
consuelo, la máxima armonía. Llena de misterios, la vida le miraba de hito,
mundo tenebroso e insondable, selva áspera, espinosa, llena de peligros
legendarios... pero eran secretos de la madre, venían de ella, llevaban a ella,
eran aquel pequeño círculo oscuro, aquel pequeño abismo amenazante de sus
claros ojos.
Mucho de la olvidada infancia resurgía en aquellos sueños
maternos; en profundidades inmensas, en apartadísimos lugares florecían muchas
pequeñas flores de recuerdo, espléndidas a la vista, con un perfume lleno de
presentimientos, recuerdos de sentimientos de la infancia, quizá de
experiencias, quizá de sueños. En ocasiones soñaba con peces negros y
plateados, que venían nadando hacia él, que luego entraban, fríos y
escurridizos, en su interior, y lo cruzaban, como mensajeros de felices nuevas
de una realidad más hermosa, y se alejaban meneando la cola, borrosos, y
desaparecían, y en lugar de mensaje habían traído nuevos secretos. Soñaba a
menudo con peces que nadaban y aves que volaban, y cada pez y cada ave eran
criaturas suyas, dependían de él, y él las gobernaba como su propio aliento,
irradiaban de él como una mirada, como un pensamiento, y a él retornaban. Con
frecuencia soñaba con un jardín, un jardín encantado de árboles fantásticos,
flores gigantescas, profundas grutas azul oscuro; entre la hierba centelleaban
ojos de animales desconocidos, por las ramas se deslizaban lisas y nervudas
serpientes, en vides y arbustos pendían en abundancia y con un brillo húmedo
enormes bayas que, al cogerlas, se le hinchaban en la mano y derramaban un zumo
caliente como sangre, o bien tenían ojos y los movían con languidez y astucia;
y Goldmundo se apoyaba a tientas en un árbol, se agarraba a una rama y veía y
sentía que entre ella y el tronco anidaba una maraña de cabellos espesos y
crespos como el pelo del sobaco. Alguna vez soñó consigo mismo o con el santo
de su nombre, soñó con Goldmundo, Crisóstomo1, que tenía una boca de oro y que
con la boca de oro pronunciaba palabras, y las palabras eran pajarillos
voladores que se alejaban en rumorosas bandadas.
Otra vez soñó que era ya hombre hecho y derecho, pero que estaba
sentado en el suelo como un niño, y tenía delante barro, y con el barro hacía
figuras, como un niño: un caballito, un toro, un hombrecillo, una mujercilla.
El modelar aquellas figuras le divertía mucho; a los animales y a los hombres
les ponía unas partes sexuales grotescamente desproporcionadas, y esto le hacía
en sueños mucha gracia. Luego se cansó del juego y lo abandonó, y entonces
sintió que algo cobraba vida a sus espaldas, que algo silencioso y grande se
acercaba, y miró hacia atrás, y vio con profundo asombro y gran espanto, en el
que se mezclaba cierto contento, que sus figuras de barro habían aumentado de
tamaño y vivían. Enormes, gigantes mudos, desfilaban delante de él las figuras,
creciendo constantemente, y pasaban y pasaban, descomunales y silenciosas, y
entraban en el mundo, altas como torres.
En este mundo de ensoñación vivía más que en el real. El mundo
real —aula, claustro, biblioteca, dormitorio y capilla— no era más que
superficie, no era más que una piel delgada y trémula que recubría el mundo
imaginario, lleno de ensueños, suprarreal. La cosa más insignificante bastaba
para abrir un agujero en esa piel delgada: algún vago presentimiento contenido
en el sonar de una frase griega que aparecía en medio de la monótona lección,
un efluvio oloroso que venía del zurrón de las plantas del padre Anselmo, amigo
de herborizar, la vista de una enredadera de piedra que descendía de la columna
de una ventana... cualquier pequeño estímulo de ese jaez era ya suficiente para
perforar la piel de lo real y dejar sueltos, tras la seca y tranquila realidad,
los bramadores abismos, ríos y galaxias de aquel mundo de imágenes anímicas.
Una inicial latina se convertía en el aromado rostro de la madre, una nota
prolongada del Ave en la puerta del paraíso, una letra griega en un caballo
corriendo, en una erecta serpiente que se deslizaba lentamente entre flores; y,
al cabo, volvía a estar allí, en su lugar, la impasible página de la gramática.
Raramente hablaba de estas cosas y sólo en contados casos hacía
a Narciso alguna indicación sobre este mundo de ensueños.
—Tengo para mí —dijo en cierta ocasión— que un pétalo de flor o
un gusanito del camino dicen y encierran en sí mucho más que todos los libros
de la biblioteca. Con letras y palabras nada se puede decir. Acontéceme a veces
escribir alguna letra griega, una theta o una omega, y apenas vuelvo un poco la
pluma, la letra empieza a colear y es ya un pez y en un segundo hace recordar
todos los arroyos y ríos del mundo, todo lo fresco y húmedo, el mar homérico y
las aguas sobre las que caminó San Pedro; o bien la letra se transforma en ave
que endereza la cola, eriza las plumas, se infla, ríe, sale volando... ¿Tú,
Narciso, no das gran importancia a esas letras? Pues bien: yo te digo que con
ellas escribió Dios el mundo.
1 Aunque Crisóstomo ("boca de oro": gold mund) es la
traducción al castellano del nombre del protagonista, se ha preferido conservar
sus raíces germanas para mantener la similitud con el original en lengua
alemana. (N. de la E.)
—Les doy mucha importancia —declaró Narciso tristemente—. Son
letras mágicas con las que pueden conjurarse todos los demonios. Mas, sin duda,
resultan inadecuadas para el ejercicio de las ciencias. El espíritu gusta de lo
consistente y estructurado, y no se confía en sus símbolos; gusta de lo que es
y no de lo que deviene, de lo real y no de lo posible. No tolera que una omega
se convierta en una serpiente o en un ave. El espíritu no puede vivir en la
naturaleza, sino sólo contra ella, como su contrario. ¿Te convences ahora de
que tengo razón cuando digo que jamás serás un erudito?
¡Ah! Sin duda. Tiempo hacía que Goldmundo estaba convencido, que
concordaba con él.
—Ya no me obstino en alcanzar vuestro espíritu—dijo
entrerriéndose—. Me ha pasado con el espíritu y la erudición lo que con mi
padre: creía amarle mucho y ser semejante a él, creía a ciegas todo lo que él
decía. Pero apenas reapareció mi madre, volví a saber lo que es amor, y, ante
su imagen, la de mi padre se tornó de pronto pequeña, sombría y casi odiosa. Y
ahora propendo a considerar todo lo espiritual, lo intelectual, como paterno,
como algo distinto y opuesto a lo maternal, y a desdeñarlo un poco.
Aunque hablaba en tono de broma no logró alegrar el triste
semblante de su amigo. Narciso lo miraba en silencio, su mirada era como una
caricia. En esto dijo:
—Te comprendo perfectamente. No precisamos discutir más; te has
despertado y también has llegado a darte cuenta de la diferencia que existe
entre nosotros dos, de la diferencia entre la raíz materna y la paterna, entre
el alma y el espíritu. Y pronto verás también que tu vida en el convento y tu
esfuerzo hacia una vida monacal eran un error, una invención de tu padre para
expiar la memoria de tu madre e incluso para vengarse de ella. ¿O acaso sigues
creyendo que tu vocación es permanecer toda la vida en el convento?
Goldmundo miraba pensativo las manos de su amigo, aquellas manos
distinguidas, fuertes y delicadas a un tiempo, enjutas y blancas. Nadie podía
dudar que fueran manos de asceta y de erudito.
—Yo no sé —dijo con la voz cantarina, un tanto vacilante,
pausada, que tenía desde hacía algún tiempo—. Yo no lo sé realmente. Juzgas a
mi padre con cierta dureza. Ha sido poco afortunado. Pero tal vez tengas razón.
Llevo más de tres años aquí, en la escuela conventual, y nunca me ha visitado.
Espera que me quede aquí para siempre. Tal vez fuese lo mejor, yo mismo lo he
deseado. Pero hoy ya no sé lo que en verdad quiero y deseo. Antes todo era
sencillo, tan sencillo como las letras del libro de lectura. Ahora nada es ya
sencillo, ni siquiera las letras. Todo tiene ya muchas significaciones y caras.
No sé lo que será de mí, ahora no puedo pensar en esas cosas.
—Ni debes —profirió Narciso—. Ya se verá adonde lleva tu camino.
Ha comenzado encaminándote de nuevo hacia tu madre y ha de acercarte aun más a
ella. En lo que atañe a tu padre, no lo juzgo con excesiva dureza. ¿Quisieras
acaso retornar junto a él?
—No, Narciso, ciertamente que no. En otro caso, lo haría en
cuanto concluyese mis estudios, o incluso ya ahora. Pues como no voy a ser un
erudito, he aprendido ya bastante latín, griego y matemáticas. No, no quiero
retornar junto a él...
Permanecía pensativo, con la mirada abstraída, y de pronto
exclamó:
—¿Cómo consigues, una y otra vez, decirme palabras y hacerme
preguntas que me alumbran por dentro y que me esclarecen mi propio ser? También
ahora fue tu pregunta sobre si yo querría regresar al lado de mi padre la que
me reveló, de repente, que no lo quiero. ¿Cómo lo consigues? Parece que todo lo
supieras. Me has dicho sobre ti y sobre mí muchas cosas que en el momento de
oírlas no comprendí de modo cabal, y que luego me fueron de gran importancia.
Tú fuiste quien calificó de materna a la raíz de mi naturaleza, y has
descubierto que me encontraba bajo el efecto de un hechizo y que había olvidado
mi infancia. ¿De dónde te viene ese don de conocer tan bien a los hombres? ¿No
podría yo adquirirlo?
Narciso meneó sonriéndose la cabeza.
—No, querido, no puedes. Hombres hay que pueden aprender muchas
cosas, pero tú no eres de ésos. Jamás serás de los que todo lo aprenden. ¿Y
para qué? No lo necesitas. Posees otras dotes. Posees más dotes que yo, eres
más rico que yo, y también más débil, tu camino será más hermoso y más difícil
que el mío. A veces querías no comprenderme, con frecuencia te has resistido
como un potro cerril, no siempre fue fácil, y a menudo también he debido
causarte dolor. Tenía que despertarte porque dormías. También el que te hubiese
recordado a tu madre fue doloroso al principio, muy doloroso; apareciste
tendido como un muerto en el suelo del claustro. Tenía que ser... ¡No, no me
acaricies el cabello! ¡No, déjalo! No lo puedo soportar.
—¿Así, pues, no me es posible aprender nada? ¿Seré siempre un
ignorante y un niño?
—Habrá otros de los que aprenderás. De mí, niño, ya no puedes
aprender más.
—No, no —exclamó Goldmundo—, no nos hemos hecho amigos para eso.
¿Qué clase de amistad sería la que, tras un breve período, hubiese alcanzado su
objetivo y pudiese, sencillamente, concluir? ¿Te has cansado ya de mí? ¿Te
resulto ya insoportable?
Narciso se puso a caminar agitado de un lado para otro, con la
vista en el suelo; luego se detuvo frente al camarada.
—No digas eso —declaró dulcemente—; de sobra sabes que no me
resultas insoportable.
Contemplaba con aire dubitativo al amigo; después reanudó su
paseo, yendo y viniendo; volvió a detenerse. Su rostro duro y descarnado se
quedó mirando fijamente a Goldmundo. Con voz baja, pero firme y dura, dijo:
—Escucha, Goldmundo. Nuestra amistad ha sido muy ventajosa;
tenía un objetivo y lo ha alcanzado: te despertó. Espero que no haya concluido;
espero que se renovará una y otra vez y que conducirá a nuevos objetivos. Por
el momento, no hay ninguno a la vista. El tuyo es incierto y no te puedo
encaminar a él ni acompañarte. Pregunta a tu madre, pregunta a su imagen, y
atiende lo que te diga. Pero mi objetivo no radica en lo impreciso, sino aquí
en el convento, y me reclama constantemente. Puedo ser tu amigo, mas no
enamorarme. Soy monje, he hecho los votos. Antes de recibir las órdenes, pediré
que me dispensen por un tiempo de la función de enseñar y durante varias
semanas me retiraré para dedicarme al ayuno y a los ejercicios espirituales. En
ese tiempo no hablaré de nada mundanal, ni siquiera contigo.
Goldmundo comprendió. Y dijo con tristeza:
—Eso quiere decir que harás lo que yo también habría hecho si
hubiese entrado para siempre en la orden. Y una vez que hayas terminado tus
ejercicios, una vez que hayas ayunado y rezado y velado lo bastante.. , ¿a qué
aspirarás?
—Tú lo sabes —expresó Narciso.
—Ciertamente. Al cabo de algunos años serás primer maestro, y
quizá regente de los estudios. Mejorarás la enseñanza, enriquecerás la
biblioteca. Tal vez tú mismo escribas libros. ¿No? Bueno, no los escribirás.
Pero ¿dónde estará el objetivo?
Narciso se sonreía suavemente.
—¿El objetivo? Acaso muera siendo padre regente, o abad, u
obispo. Tanto da. El objetivo consiste en situarme allí donde pueda servir
mejor, donde mi modo de ser, mis cualidades y dotes puedan encontrar terreno
más propicio, el mejor campo de acción. No hay ningún otro objetivo.
Goldmundo:
—¿Ningún otro objetivo para un monje?
Narciso:
—¡Ah sí! La vida de un monje puede tener muchos objetivos:
aprender hebreo, comentar a Aristóteles o embellecer la iglesia del convento o
recluirse y meditar o hacer muchas otras cosas. Esos no son objetivos para mí.
Yo no quiero acrecentar la riqueza del convento ni reformar la orden o la
Iglesia. Lo único que quiero es servir, dentro de mis posibilidades, al
espíritu tal como yo lo entiendo. ¿No es eso un objetivo?
Goldmundo meditó largamente la respuesta.
—Tienes razón —dijo—. ¿Te he estorbado mucho en el camino hacia
tu objetivo?
—¿Estorbado? ¡Ah, Goldmundo, nadie me ha estimulado tanto como
tú! Me has causado dificultades, pero yo no soy enemigo de las dificultades. De
ellas he aprendido y, en parte, las he vencido.
Goldmundo lo interrumpió y, medio en broma, le dijo:
—¡Las has vencido de manera admirable! Pero díme: al ayudarme y
dirigirme y liberarme y sanar mi alma... ¿has servido realmente al espíritu?
Con eso privaste seguramente al convento de un celoso y sumiso novicio, quizás
has formado un enemigo del espíritu que hará, creerá y procurará justamente lo
contrario de lo que estimas bueno.
—¿Por qué no? —declaró Narciso con profunda seriedad—. Sigues,
amigo, conociéndome muy poco. Probablemente he aniquilado en ti a un futuro
monje y, a cambio, te he abierto un camino hacia un destino nada común. Aunque
el día de mañana incendiaras nuestro hermoso convento o predicaras por el mundo
una insensata herejía, ni un instante me arrepentiría de haberte ayudado en tu
camino.
Y, con cordial ademán, puso las manos sobre los hombros del
amigo.
—Escucha, pequeño Goldmundo. De mi objetivo forma también parte
lo siguiente: Aunque fuese yo maestro o abad, confesor o cualquier otra cosa,
nunca quisiera verme en situación de no poder acercarme a un individuo de
recia, valiosa y singular personalidad, y comprenderlo, y explorarlo, y
alentarlo. Y yo te digo que ora lleguemos a ser esto o lo otro y debamos pasar
por tales o cuales cosas, en el momento que me llames en serio y creas
necesitar de mí, jamás me encontrarás inaccesible. Jamás.
Aquello sonaba como una despedida y, de hecho, era el
presentimiento de la despedida. Mientras Goldmundo estaba delante de su amigo
contemplándolo, contemplando aquel semblante enérgico, aquellos ojos fijos,
sintió con absoluta certeza que ya no eran hermanos y camaradas e iguales, que
sus caminos se habían separado. El hombre que ante sí tenía no era un soñador y
tampoco esperaba llamada alguna del destino; era un monje, se había ya
prometido, estaba ya atado a una orden y a una obligación severas, era un servidor
y un soldado de la orden, de la Iglesia, del espíritu. En cambio él mismo,
según acababa de descubrir, era allí un extraño, no tenía patria, y un mundo
desconocido le aguardaba. Lo propio le había sucedido antaño a su madre. Había
abandonado casa y tierra, marido e hijo, comunidad y orden, deber y honor, para
lanzarse a lo incierto, en donde se había abismado hacía tiempo. Carecía de
objetivos, como él. El tener objetivos a otros era dado, a él no. ¡Qué bien
había visto Narciso todo esto desde muy atrás, cómo había acertado!
A partir de aquel día Narciso andaba como desaparecido, parecía
que se hubiese hecho, de pronto, invisible. Otro maestro daba sus lecciones, y
su atril en la biblioteca estaba vacío. Aún seguía allí, no se había vuelto
invisible del todo, podía vérsele, en ocasiones, atravesar el claustro, u
oírsele musitar rezos en alguna de las capillas, arrodillado en el suelo;
sabíase que había iniciado los grandes ejercicios, que ayunaba y que se
levantaba tres veces en la noche para realizar sus prácticas espirituales.
Seguía allí y, sin embargo, se había trasladado a otro mundo; podía vérsele
raramente, mas no era posible llegarse a él, tener nada de común con él,
hablarle.
Goldmundo sabía que Narciso volvería a aparecer, volvería a
ocupar su pupitre de trabajo, su silla en el refectorio, volvería a hablar...
pero de lo que había sido nada retornaría. Narciso no volvería a pertenecerle.
Y mientras consideraba esto, vio también con claridad que únicamente por
Narciso le habían parecido importantes y gratos el convento y la vida monacal,
la gramática y la lógica, el estudio y el espíritu. Le había cautivado su
ejemplo, y el ser como él había sido su ideal. En fin, también continuaba allí
el abad, a quien, asimismo, había venerado y amado y en quien había visto un
alto ejemplo. Pero lo demás, los maestros, los condiscípulos, el dormitorio, el
comedor, la escuela, los ejercicios, las ceremonias religiosas, el convento
entero. .. sin Narciso, carecía para él de todo interés. ¿Qué seguía haciendo
allí? Esperaba; era, bajo el techo del convento, como un irresoluto viandante
que se abriga de la lluvia bajo cualquier techo o árbol, tan sólo para
aguardar, tan sólo como huésped de paso, tan sólo por miedo a la inhospitalidad
del país extranjero.
La vida de Goldmundo en aquella época no era más que un
demorarse y despedirse. Buscaba los lugares que le eran gratos o que encerraban
importancia para él. Con gran extrañeza vino a descubrir cuan pocos eran los
hombres y los rostros de los que le resultaría penoso despedirse. Eran ellos
Narciso y el abad Daniel, y también el bueno y dulce padre Anselmo, y aun
quizás el amable portero y el jovial vecino molinero. . . pero también éstos se
habían tornado ya casi irreales. Más duro se le haría despedirse de la gran
imagen de piedra de la Virgen que estaba en la capilla, y de los apóstoles de
la fachada. Largo tiempo permaneció delante de ellos, así como ante las
hermosas tallas de la sillería del coro, ante el pozo del claustro, ante las
columnas de las tres cabezas de animales; y también estuvo un buen rato apoyado
en los tilos del patio, en el castaño. Todo esto sería para él un recuerdo más
adelante, un pequeño libro de figuras en su corazón. Ya ahora, estando todavía
en medio de aquellas cosas, empezaban a escapársele, perdían realidad y se
cambiaban espectralmente en algo que había sido. Con el padre Anselmo, que se
placía con su compañía, iba a buscar plantas; en la casa del molinero del
convento encontraba al criado y, de vez en cuando, se dejaba convidar a vino y
pescado asado; pero todo era ya extraño y casi un recuerdo. Así como allá, en
la penumbra de la iglesia y en la celda de penitencia, su amigo Narciso se
movía y vivía mientras que para él se había convertido en una sombra, así a su
alrededor todo había perdido realidad y respiraba otoño y caducidad. En su
interior nada había de real y de animado sino la vida, el inquieto latir del
corazón, la dolorosa espina del anhelo, las alegrías y congojas de sus sueños.
A ellos pertenecía y se entregaba. En medio de la lectura o de los estudios,
entre los camaradas de la escuela, podía ensimismarse y olvidarse de todo,
abandonado a los impulsos y las voces de sus adentros que lo arrastraban hacia
pozos llenos de oscura melodía, hacia resplandecientes abismos llenos de
fantásticas experiencias, cuyos sonidos tenían el mismo sonar que la voz de la
madre y cuyos ojos innumerables eran, todos ellos, los ojos de la madre.
CAPÍTULO VI
Un día el padre Anselmo llamó a Goldmundo a su botica, a aquel
simpático cuarto de las hierbas que tenía un olor maravilloso. Aquí se sentía
Goldmundo en su medio. El padre le mostró una planta seca, pulcramente
conservada entre hojas de papel, y le preguntó si la conocía y si podía
describir con exactitud el aspecto que presentaba en los campos. Claro que
podía; la planta se llamaba corazoncillo. Señaló con toda precisión sus
características. El anciano monje quedó satisfecho y encomendó a su joven amigo
que fuera a recoger por la tarde un manojo de aquellas plantas; para ello le
indicó los parajes en que abundaban.
—De ese modo, hijo mío, pasarás una tarde de asueto. Creo que no
tendrás inconveniente y que nada perderás. No es ciencia únicamente vuestra
estúpida gramática, sino que también lo es el conocimiento de la naturaleza.
Goldmundo agradeció aquel grato encargo de coger flores durante
un par de horas en vez de estar sentado en la escuela. Para que el gozo fuese
completo, pidió al hermano caballerizo el caballo Careto, y, en cuanto terminó
el almuerzo, sacó de la cuadra al animal, que le acogió con gran efusión, montó
en él y partió al trote. El día era cálido y luminoso. Estuvo paseando durante
una hora o más, gozando del aire y del aroma de los campos y, sobre todo, del
placer de cabalgar, y luego se acordó de la misión que llevaba y se encaminó a
uno de los lugares que el padre le había señalado. Cuando hubo llegado, arrendó
el caballo a un umbroso arce, y luego de dirigir al animal algunas palabras
amables y darle a comer un poco de pan, se puso a buscar las plantas. Había
allí algunas hazas en barbecho cubiertas de maleza y, entre secas enredaderas
de algarrobas y achicoria de flor azul celeste y descolorida espérgula,
aparecían menguadas, raquíticas amapolas con sus últimas, pálidas flores y
muchas cápsulas ya maduras; algunos montones de pedruscos entre dos campos
estaban poblados de lagartos, aquí se encontraban también las primeras matas de
corazoncíllos con sus flores amarillas, y Goldmundo comenzó su tarea. Después
de haber juntado un buen manojo, se sentó en las piedras para descansar. Como
hacía mucho calor, miraba con codicia la sombra que se advertía en un lejano
linde del bosque; pero no quería alejarse tanto de las plantas y de su caballo,
al que aún podía ver desde el lugar en que se hallaba. Permaneció sentado en
los calientes guijarros, estuvo un rato quieto para ver salir de nuevo a los
lagartos que se habían escondido, aspiró el perfume de los corazoncillos y miró
al trasluz algunas de las hojas para observar sus agujeros, numerosos,
diminutos, como hechos con alfiler.
Es admirable, se decía, que en cada una de estas innumerables
hojillas aparezca un minúsculo cielo estrellado, delicado como una blonda. Pero
todo era admirable e incomprensible, los lagartos, las plantas y también las
piedras, absolutamente todo. El padre Anselmo, que tanto le quería, no podía ya
apañar sus corazoncillos; encontrábase mal de las piernas, al punto que había
días en que le era imposible moverse, sin que su arte médica fuera capaz de
curarlo. Quizá muriera en breve; las hierbas continuarían embalsamando la
estancia, pero el anciano padre ya no estaría allí. Sin embargo, podía aún
vivir largo tiempo, quizá diez o veinte años más, y entonces seguiría teniendo
aquellos finos cabellos blancos y aquellos curiosos hacecillos de arrugas
alrededor de los ojos. En cambio él, Goldmundo, ¿qué sería de él dentro de
veinte años? Ah, todo era incomprensible y, en verdad, triste, aunque, a la
vez, era también hermoso. Nada se sabía. Uno vivía y corría por la tierra o
cabalgaba por los bosques, y muchas cosas le miraban solicitándolo, haciéndole
promesas y despertándole anhelos: una estrella en el atardecer, una campánula
azul, un lago verde caña, los ojos de un hombre o de una vaca, y, a las veces,
era como si fuese a acontecer inmediatamente algo jamás visto y, sin embargo,
largamente ansiado, como si de todo fuera a caer un velo, pero luego aquello
pasaba, y no sucedía nada, y el enigma no se descubría y el secreto
encantamiento no se deshacía y, al final, uno era viejo y tenía un aire tan
agudo como el padre Anselmo o tan prudente como el abad Daniel, y quizá seguía
sin saber nada, siempre esperando y al acecho.
Alzó del suelo una concha vacía de caracol, entre las piedras se
percibía un débil ruido y el sol calentaba con fuerza. Absorto, examinaba las
vueltas de la concha, la grabada espira, el gracioso achicamiento de la
coronita, el vacío conducto en que brillaba el nácar. Cerró los ojos para
sentir las formas tan sólo por el tacto de los dedos, vieja costumbre y juego
en él. Haciendo girar el caracol entre los dedos flojos, palpaba suavemente,
sin hacer presión, acariciando sus formas, embelesado con la maravilla del
modelado, con el encanto de lo corpóreo. Uno de los inconvenientes de la
escuela y de la erudición, pensaba abstraído, consistía en que parecía ser una
de las tendencias del espíritu el verlo y representarlo todo como si fuese
plano y sólo tuviera dos dimensiones. Con eso creía, quizás, haber señalado un
defecto y mengua de toda la actividad intelectual, aunque no pudo retener la
idea, el caracol se le deslizó de los dedos, se sintió cansado y soñoliento.
Con la cabeza inclinada sobre sus hierbas, que, al marchitarse, empezaron a
despedir aroma, cada vez más fuerte, se quedó dormido al sol. Los lagartos
corrían confiados por sus zapatos, en sus rodillas se mustiaban las plantas y,
junto al arce, Careto esperaba, ya impaciente.
Del bosque lejano llegó una persona, una joven en saya azul
desteñida, un pañueluco rojo anudado alrededor del negro cabello, con el rostro
tostado del verano. La mujer se acercó con un atado en la mano y un pequeño
clavel rojo ardiente en la boca. Al descubrir a aquel joven sentado, lo observó
largo rato desde lejos, advirtió, entre curiosa y desconfiada, que dormía, se
aproximó cautelosamente con pies morenos y desnudos, se detuvo muy cerca de él
y se quedó mirándolo. Desapareció su recelo, el bello garzón durmiente no tenía
aspecto peligroso y le agradaba... ¿Cómo había venido a dar aquí, a estos
barbechos? Había recogido flores, ella las contemplaba sonriéndose, estaban ya
medio marchitas.
Goldmundo abrió los ojos, retornando de bosques de ensueño. Su
cabeza descansaba blandamente, descansaba en el regazo de una mujer, y unos
ojos extraños y cercanos miraban cálidos y pardos a los suyos medio dormidos y
asombrados. No se asustó, nada había que temer, aquellas estrellas cálidas y
pardas tenían un dulce fulgor. La mujer se sonrió bajo su sorprendida mirada,
se sonrió con gran dulzura, y, lentamente, también él empezó a sonreír. Sobre
sus labios sonrientes descendió la boca de la joven, y se saludaron con un beso
suavísimo que hizo recordar a Goldmundo en seguida aquella noche en el pueblo y
la muchachuela de las trenzas. Pero el beso no había terminado. La boca
femenina se demoraba en la suya, seguía jugueteando, insistía, cautivaba, se
adueñó de sus labios con fuerza y avidez, se adueñó de su sangre y la despertó
hasta lo más hondo, y, en el largo y mudo juego, aquella mujer morena,
adiestrándolo poco a poco, se entregó al muchacho, le dejó buscar y encontrar,
lo enardeció y apaciguó su ardor. La deliciosa y breve dicha del amor se
extendió sobre él, resplandeció dorada y abrasadora, declinó y se apagó.
Goldmundo estaba tendido con los ojos cerrados y la cara en el pecho de la
mujer. No se había pronunciado ni una sola palabra. Ella permanecía tranquila,
le acariciaba el cabello, le dejó despertarse lentamente. Finalmente, el mozo
abrió los ojos.
—¡Tú! —dijo—. ¡Tú! ¿Quién eres tú?
—Soy Elisa —respondió ella.
—Elisa —repitió el joven paladeando el nombre—. Elisa, eres
encantadora.
Ella le acercó la boca al oído y susurró:
—Oye, ¿ha sido la primera vez? ¿No has amado antes a ninguna
otra?
Goldmundo movió negativamente la cabeza. Luego se levantó de
pronto y paseó a su alrededor la mirada por el campo y el cielo.
—¡Ah! —exclamó—, el sol está ya muy bajo. Tengo que volver.
—¿Adonde?
—Al convento, junto al padre Anselmo.
—¿A Mariabronn? ¿Vives allí? ¿No quieres quedarte un poco más
conmigo?
—Bien me gustaría.
—¡Quédate pues!
—No, no estaría bien. Debo recoger todavía más hierbas.
—¿Estás en el convento?
—Sí, soy alumno. Pero me marcharé de allí. ¿Puedo ir a tu lado,
Elisa? ¿Dónde vives, dónde tienes tu casa?
—No vivo en ninguna parte, tesoro mío. ¿Querrías decirme tu
nombre?... Ah, ¿Conque te llamas Goldmundo? Dame otro beso, pequeño Goldmundo;
después puedes marcharte.
—¿Has dicho que no vives en ninguna parte? ¿Entonces en dónde
duermes?
—Si tú quieres, contigo en el bosque o sobre el heno. ¿Vendrás
esta noche?
—Sí, sí. ¿Adonde debo ir? ¿Dónde te encontraré?
—¿Sabes imitar el graznido de la lechuza?
—Nunca lo intenté.
—Prueba a ver.
Lo intentó. Ella se rió y se quedó satisfecha.
—Esta noche, pues, saldrás del convento y graznarás como una
lechuza; yo estaré cerca. ¿Te gusto de veras, pequeño Goldmundo, niño mío?
—Ah, mucho, mucho es lo que me gustas, Elisa. Vendré. Adiós.
Debo partir.
Anochecía cuando Goldmundo llegó al convento en su caballo, que
jadeaba, y se alegró de encontrar muy atareado al padre Anselmo. Un hermano se
había metido descalzo en el arroyo y se había clavado un tiesto en un pie.
Tenía que ver a Narciso. Preguntó a uno de los hermanos legos
que servían en el refectorio. No, le dijeron, Narciso no vendría a la cena
porque aquel día ayunaba; seguramente estaba durmiendo a aquellas horas, pues
la noche anterior había hecho vigilia. Partió a toda prisa. Durante los largos
ejercicios, su amigo dormía en una de las celdas de penitencia, en la parte
interior del convento. Allá enderezó sin vacilar. Pegó el oído a la puerta; no
se percibía nada. Entró sigilosamente. Ahora no le preocupaba que estuviera
prohibido.
Yacía Narciso en la estrecha tarima, tendido boca arriba,
rígido, el rostro pálido y afilado, las manos cruzadas sobre el pecho: a la luz
del crepúsculo semejaba un muerto. Pero tenía los ojos abiertos y no dormía.
Miró en silencio a Goldmundo, sin reproche, aunque sin rebullir y,
evidentemente, tan ensimismado, tan trasladado a otro tiempo y a otro mundo,
que le costó trabajo reconocer al amigo y entender sus palabras.
—¡Narciso! Perdóname, perdóname, mi buen Narciso, que te
moleste; no lo hago por capricho. Sé que ahora no te está permitido hablar
conmigo, pero a pesar de eso he venido a verte y te suplico con toda el alma
que me atiendas.
Narciso volvió en sí, parpadeando con viveza un instante, como
si se esforzara por despertarse.
—¿Es absolutamente necesario? —preguntó con voz apagada.
—Sí, es necesario. Vengo para despedirme de ti.
—En tal caso, ciertamente que es necesario. No has debido venir
en vano. Ven, siéntate aquí a mi lado. Disponemos de un cuarto de hora; después
comienza la primera vigilia.
Se había levantado y se sentó, macilento, en la desnuda yacija
de tablas; Goldmundo tomó asiento a su vera.
—¡Perdóname! —dijo consciente de su culpabilidad. La celda, la
escueta tarima, el rostro desvelado y extenuado de Narciso, su mirada medio
ausente, todo le revelaba con plena claridad cuánto estorbaba allí.
—Nada hay que perdonar. No te andes con miramientos, no tengo
nada. ¿Dices que quieres despedirte? Entonces, ¿te vas?
—Hoy mismo me voy. ¡Ah, no puedo contártelo! Todo se ha resuelto
súbitamente.
—¿Acaso ha llegado tu padre, o bien has tenido carta de él?
—No, La misma vida vino a visitarme. Me marcho, sin padre, sin
permiso. Seré tu deshonra, pues voy a huir de aquí.
Narciso se miraba los largos y blancos dedos que surgían
descarnados y espectrales de las anchas mangas del hábito. Había una sonrisa,
no en su semblante grave y cansadísimo, sino en su voz, cuando dijo:
—Disponemos de poco tiempo, querido. Díme solamente lo
necesario, y dílo con claridad y precisión.. . ¿O es que soy yo el que debe
decir lo que te ha pasado?
—Dílo —le rogó Goldmundo.
—Tú estás enamorado, jovenzuelo, has conocido a una mujer.
—¿Cómo has podido saberlo ahora otra vez?
—Nada tiene de difícil. El aire que traes, o amice, presenta
todas las señales de esa especie de embriaguez que se llama enamoramiento. Pero
habla, habla.
Goldmundo puso tímidamente la mano en el hombro del amigo.
—Pues bien, tú lo has dicho. Pero en esta ocasión no has
acertado del todo, Narciso, porque no es eso exactamente. Es otra cosa. Verás.
Hallábame yo en medio del campo, allá afuera, y con el calor me quedé dormido;
y cuando desperté, tenía la cabeza en las rodillas de una hermosa mujer y sentí
en seguida que había llegado mi madre para llevarme consigo. No es que yo
tomase a aquella mujer por mi madre, pues tenía ojos pardos, oscuros, y pelo
negro, y mi madre era rubia como yo, tenía un aspecto muy distinto. Y, sin
embargo, era ella, era su llamada, era un mensaje suyo. Como surgida de los
sueños de mi propio corazón, había aparecido allí de repente una bella y
extraña mujer que tenía mi cabeza en su regazo, y me sonreía como una flor y se
mostraba dulce conmigo, y apenas me dio el primer beso sentí en las entrañas un
derretimiento y un extraño dolor. Todas las soledades que siempre había
sentido, todos los sueños, las dulces angustias, los misterios que en mí
dormían, se despertaron, y todo apareció transformado, como hechizado, todo
vino a cobrar un sentido. Me enseñó lo que era una mujer y el misterio que
encerraba. En media hora me hizo varios años más viejo. Ahora sé muchas cosas.
Y supe también inmediatamente que no debía permanecer en esta casa ni un día
más. En cuanto sea de noche, me iré.
Narciso escuchaba y asentía con la cabeza.
—Eso ha llegado de repente —dijo—, pero es, tal vez, lo que yo
esperaba. Mucho he de pensar en ti. Vas a abandonarme, amice. ¿Puedo hacer algo
por ti?
—Si te es posible, hablale a nuestro abad para que no me condene
del todo. Fuera de ti, es la única persona de la casa cuyas opiniones sobre mí
no me son indiferentes. Él y tú.
—Lo sé. .. ¿Deseas algo más?
—Sí, quiero hacerte un ruego. Si, más adelante, piensas en mí
alguna vez, reza por mí. Y... gracias.
—¿Por qué, Goldmundo?
—Por tu amistad, por tu paciencia, por todo. Y también por
haberme escuchado en este día, en que tan duro debe hacérsete. Y porque no has
intentado retenerme.
—¿Por qué había de intentarlo? Tú sabes bien lo que sobre eso
pienso... Pero ¿adonde irás, Goldmundo? ¿Tienes algún objetivo? ¿Vas junto a
esa mujer?
—Sí, me voy con ella. Objetivo, no lo tengo. Ella es una
extranjera, una mujer sin patria, según parece, quizás una gitana.
—Ya. Pero díme, querido, ¿sabes que tal vez el camino que con
ella sigas será corto? No debías confiar con exceso en ella, creo yo. Quizá
tenga parientes, quizá marido. Quién sabe cómo serás recibido.
Goldmundo se apoyó en el amigo.
—Lo sé —profirió—, aunque hasta ahora no había pensado en ello.
Ya te dije que no tenía objetivo alguno. Ni siquiera esa mujer que ha sido tan
tierna conmigo es mi objetivo. Voy junto a ella, pero no voy por ella. Voy
porque tengo que ir, porque oigo una llamada.
Calló y suspiró. Los dos permanecían sentados, apoyados uno en
otro, tristes y, no obstante, felices con el sentimiento de su amistad
inalterable. Prosiguió Goldmundo:
—No debes imaginar que estoy enteramente a ciegas y que no me
doy cuenta de nada. No. Me voy de muy buen grado porque siento que tiene que
ser y por haber vivido hoy algo tan maravilloso. Pero no me figuro, en modo
alguno, que corro en pos de placeres y ventura manifiestos. Calculo que el
camino será arduo. Mas espero que también sea hermoso. ¡Es tan hermoso
pertenecer a una mujer, darse a ella! No te rías de mí aunque parezca disparate
lo que digo. Pero el amar a una mujer, entregarse a ella, meterla dentro de uno
mismo y sentirse, a la vez, metido dentro de ella, ¿no es acaso lo mismo que
eso que tú llamas "estar enamorado" y de lo que te burlas un poco?
Créeme, no es cosa para burlarse. Para mí es el camino que conduce a la vida y
al sentido de la vida... ¡Ah, Narciso, tengo que dejarte! Te quiero, Narciso, y
te doy gracias por haberme hoy sacrificado un poco de tu sueño. Duro se me hace
abandonarte. ¿Te acordarás de mí?
—¡No te apenes ni me apenes! Nunca te olvidaré. Volverás, te
ruego que vuelvas, lo espero. Si alguna vez te va mal, ven a mi lado o
llámame.. . ¡Adiós, Goldmundo, y que Él te ayude!
Se había puesto de pie. Goldmundo lo abrazó. Como sabía que su
amigo tenía prevención a las caricias, no le besó y se contentó con tocarle
suavemente las manos.
Cayó la noche. Narciso cerró tras de sí la puerta de la celda y
se encaminó a la iglesia; sonaban sus sandalias en las baldosas del pavimento.
Goldmundo siguió con ojos amorosos la enjuta figura hasta que desapareció en el
extremo del corredor tragada por la oscuridad, succionada, reclamada por
ejercicios, deberes y virtudes. ¡Qué raro, qué inmensamente extraño e
incomprensible era todo aquello! ¡Y también qué extraño y terrible había sido
lo de ir junto al amigo con el corazón desbordante, con aquella enardecida
embriaguez de amor en un momento que, absorbido por las meditaciones, consumido
por ayunos y vigilias, crucificaba y ofrecía en holocausto su juventud, su
corazón, sus sentidos, y se sometía a la rígida escuela de la obediencia, sólo
para servir al espíritu y para convertirse por entero en minister verbi divinil
Encontráralo tendido, extenuado, apagado, con la faz pálida, las manos
enflaquecidas, que parecía un muerto, y, sin embargo, había acogido en seguida
al amigo con interés y cariño, y al enamorado, que aún trascendía el olor de
una mujer, prestó oídos y sacrificó el exiguo tiempo de reposo entre dos
ejercicios. Era pasmoso, era maravillosamente hermoso que hubiera también tal
suerte de amor, desinteresado, enteramente espiritualizado. ¡Qué distinto del
amor que había conocido el mismo día en medio del campo soleado, de aquel
ebrio, irreflexivo juego de los sentidos! Y las dos cosas eran amor. Ah, y
ahora Narciso había desaparecido, tras haberle mostrado de nuevo con tanta
claridad, en aquel instante último, cuan distintos y desemejantes eran. Narciso
estaba ahora postrado ante el altar, con las rodillas fatigadas, preparado y
purificado para una noche de oración y meditación en la que no dispondría más
que de dos horas de descanso y sueño, mientras él, Goldmundo, huía para
encontrarse con su Elisa en algún lugar entre los árboles y repetir con ella
aquellos dulces juegos animales. Narciso hubiese podido decir sobre eso algo
interesante. Pero Goldmundo no era Narciso. No le incumbía a él sondear aquellos
enigmas y embrollos hermosos y tremendos y decir al respecto cosa de
importancia. No le incumbía sino seguir sus propios, inciertos, desatinados
caminos. No le incumbía sino entregarse y amar, tanto al amigo que rezaba en la
nocturna iglesia como a la mujer joven, hermosa y ardiente que le aguardaba.
Cuando, agitado el corazón por mil encontrados sentimientos, se
escabulló cautelosamente entre los tilos del patio y buscó la salida por el
molino, hubo de sonreírse al recordar, de pronto, aquella noche en que
abandonara el convento en compañía de Conrado por aquel mismo camino
clandestino para "ir al pueblo". Entonces había iniciado la pequeña
escapada prohibida con gran agitación y encubierto temor, y, en cambio, ahora
que se iba para siempre, que se lanzaba por caminos mucho más prohibidos y
peligrosos, no sentía temor alguno, no pensaba en el portero ni en el abad ni
en el maestro.
Esta vez no había andamio alguno junto al arroyo y tenía que
cruzar sin puente. Se despojó de la vestimenta y la arrojó a la otra orilla, y
luego pasó desnudo el arroyo, que era hondo y de fuerte corriente, sumergido
hasta el pecho en el agua helada.
Mientras se vestía, ya en el otro lado, pensaba de nuevo en
Narciso. Veía ahora con grande y humillante claridad que, en aquel momento, no
hacía sino aquello que su amigo había previsto y a lo que le había conducido.
Tornaba a ver con suma nitidez a aquel Narciso inteligente y un tanto burlón
que le había oído decir tantas insensateces y que, en un momento trascendental,
le había abierto los ojos entre dolores. Volvía ahora a oír, muy distintamente,
algunas de las palabras que le había dicho en aquella ocasión: "Tú duermes
en el regazo de la madre y yo velo en el desierto. Tú sueñas con muchachas y yo
con mancebos."
Un instante se le encogió, aterido, el corazón; hallábase
terriblemente solo en medio de la noche. A sus espaldas estaba el convento,
hogar tan sólo de apariencia, pero al que, con todo, amaba y se había ya
acostumbrado.
Mas, a la vez, sentía lo otro, que Narciso había dejado de ser
su guía y despertador monitorio y sabihondo. Sentía que acababa de entrar en
una región en la que él solo encontraba el camino, en la que ningún Narciso
podía ya conducirle. Alegrábase de haberse dado cuenta de esto; le abrumaba y
avergonzaba evocar los tiempos de su dependencia. Ahora veía con plena claridad
y ya no era un niño ni un escolar. Era grato saberlo. Y sin embargo... ¡qué
duro el despedirse! ¡Saber que él estaba arrodillado allá en la iglesia, no
darle nada, no ayudarlo, no poder ser nada para él! ¡Y separarse de él por
largo tiempo, quizá para siempre, y no saber nada de él, y no oír más su voz, y
no ver más sus ojos bellos, nobles!
Echó a andar por la estrecha calzada. Y cuando estuvo a un
centenar de pasos de los muros del convento, se detuvo, tomó aliento y lanzó,
lo mejor que pudo, un graznido de lechuza. Otro graznido similar le respondió,
arroyo abajo, en la lejanía.
"Nos llamamos a gritos, como los animales", pensó,
recordando el amoroso momento de la tarde; y sólo entonces advirtió que él y
Elisa únicamente al final de todo, cuando ya concluían las caricias, habían
cambiado algunas palabras, y, para eso, pocas y sin importancia. ¡Qué largas
conversaciones había sostenido con Narciso! Ahora, en cambio, a lo que parecía,
acababa de entrar en un mundo en que no se hablaba, en el que solamente se
empleaban graznidos de lechuza, en el que las palabras carecían de significación.
Y estaba plenamente conforme, no tenía la menor necesidad de palabras ni de
pensamientos, sino, exclusivamente, de Elisa, de aquel silencioso, ciego, mudo
sentir y hurgar, de aquel manso y suspirante derretirse.
Allí estaba ya Elisa. Venía hacia él, saliendo del bosque.
Goldmundo alargó los brazos, para sentirla, abrazó con manos que tentaban
tiernamente su cabeza, su cabello, su cuello y nuca, su cuerpo esbelto y
aquellas firmes caderas. Ciñéndole el talle con el brazo, se fue con ella, sin
hablar, sin preguntar adonde. Enderezaba, sin duda, hacia el bosque nocturno, y
a él costábale trabajo caminar a su vera; parecía que los ojos de la joven
vieran en la noche, como los de los zorros y las martas, pues jamás daba
tropezón ni traspié. Goldmundo se dejaba llevar a través de la noche, del
bosque, de la ciega y misteriosa región, sin palabras ni pensamientos. Ya no
pensaba en nada, ni siquiera en el convento que acababa de dejar, ni siquiera,
en Narciso.
En silencio recorrieron una oscura parte del bosque, marchando
unas veces sobre blando, mullido musgo y otras sobre duros costillares de
raíces; a veces había sobre sus cabezas jirones del cielo luminoso entre altas
y ralas copas de árboles, y a veces todo estaba en tinieblas; de cuando en
cuando alguna rama les golpeaba en el rostro o alguna zarza se les prendía al
vestido. Ella conocía perfectamente aquellos parajes y se orientaba con gran
seguridad, jamás se detenía, jamás vacilaba. Al cabo de un buen rato vinieron a
encontrarse entre unos pinos solitarios, muy separados; vasto y lejano aparecía
el pálido cielo de la noche, había terminado el bosque, la joven se dirigió a
un valle lleno de prados, olía dulcemente a heno. Vadearon un arroyuelo que
fluía calladamente; aquí, en campo abierto, el silencio era mayor que en medio
del bosque: no había ramaje rumoroso, ni animales nocturnos que saltaban de
pronto, ni crujir de madera seca.
Elisa se detuvo junto a un gran montón de heno.
—Aquí nos quedamos —dijo.
Sentáronse en el heno, respirando, al fin, a sus anchas y
gozando del reposo, los dos un poco cansados. Se tendieron, escuchaban el
silencio, sentían cómo se les iban secando las frentes y las caras se enfriaban
gradualmente. Goldmundo, en placentera fatiga, doblaba, jugando, una rodilla y
la volvía a extender, aspiraba la noche y el aroma del heno en largas
inspiraciones y no pensaba ni en atrás ni en el futuro. Sólo lentamente se dejó
atraer y embelesar por el perfume y el calor de su amada, respondía de tanto en
tanto al acariciar de sus manos y percibía, radiante de dicha, cómo la joven
empezaba, poco a poco, a encenderse a su lado y se le acercaba cada vez más.
No, aquí no se necesitaban palabras ni pensamientos. Sentía con claridad todo
lo que era importante y hermoso, el vigor juvenil y la sana, sencilla belleza
del cuerpo femenino, su enardecimiento y su apetencia; y también sentía con
claridad que en esta ocasión quería ella ser amada de modo distinto del de la
primera vez, que ahora no quería seducirlo y enseñarlo sino esperar su ataque y
su deseo. Dejaba quedamente que las magnéticas corrientes le recorrieran el
cuerpo y percibía lleno de dicha aquel mudo fuego mansamente creciente que en
ellos se agitaba y que convertía su pequeña yacija en centro resollante y
ardoroso de la noche callada.
Cuando, luego de inclinarse sobre el rostro de Elisa, empezó a
besarle los labios, advirtió, de pronto, que los ojos y la frente estaban
envueltos en una suave luz, y se quedó mirando asombrado y vio que el
resplandor subía y se incrementaba rápidamente. Entonces cayó en la cuenta y se
volvió: sobre la línea de los bosques negros y dilatados se elevaba la luna.
Veía derramarse mágicamente la blanca y suave luz por la frente y las mejillas
de la muchacha, por su cuello torneado y delicioso, y, arrobado, dijo con voz
apagada:
—¡Qué hermosa eres!
Sonrió complacido, se incorporó a medias, le abrió delicadamente
el vestido por el pecho y la sostuvo y la libró de su corteza, como una fruta,
hasta que, finalmente, los hombros y el busto brillaron desnudos a la fría luz
de la luna. Con los ojos y los labios seguía extático las delicadas sombras,
mirando y besando; y ella permanecía inmóvil, como hechizada, con la mirada
baja y una grave expresión, como si en aquel instante se hubiese descubierto y
revelado por vez primera, también a ella, su hermosura.
CAPÍTULO VII
Mientras en los campos iba ya haciendo frío y la luna avanzaba
por el cielo, cada vez más alta, los amantes reposaban en su nido, perdidos en
sus juegos, dormitando o durmiendo, acercándose y encendiéndose de nuevo al
despertarse, otra vez enlazados y volviendo de nuevo a adormecerse. Tras el
último abrazo quedaron exhaustos; Elisa se había hundido apretadamente en el
heno y respiraba con trabajo; Goldmundo estaba tendido sobre la espalda, sin
rebullir, y clavaba los ojos en el pálido cielo lunar; en ambos surgió una
inmensa tristeza de la que se libraron con el sueño. Durmieron profunda y
desesperadamente, durmieron con avidez, como si hubiera de ser la última vez,
como si estuviesen condenados a perpetua vigilia y en aquel instante tuvieran
que beber por adelantado todo el sueño del mundo.
Al despertarse, Goldmundo vio a Elisa ocupada en sus negros
cabellos. La contempló un momento distraído y sólo a medias despabilado.
—¿Ya estás despierta? —dijo finalmente.
Ella se volvió de golpe, como asustada.
—Tengo que irme —profirió un tanto cohibida y confusa—. No
quería despertarte.
—Ya lo estoy. ¿Hay que proseguir camino? Porque nosotros no
tenemos hogar.
—Yo, ciertamente —dijo Elisa—. Pero tú perteneces al convento.
—Yo ya no pertenezco al convento, soy como tú, estoy enteramente
solo y no tengo objetivo alguno. Me iré contigo, naturalmente.
La joven apartó la vista.
—No puedes venir conmigo, Goldmundo. Tengo que ir junto a mi
marido; me pegará porque no aparecí en toda la noche. Le diré que me perdí.
Pero, naturalmente, no me creerá.
En aquel punto recordó Goldmundo vividamente que Narciso se lo
había pronosticado con exactitud. Aquí estaba ya.
Se levantó y le alargó la mano.
—Me he equivocado —expresó—. Había creído que seguiríamos
juntos... Pero ¿de veras querías dejarme durmiendo, y marcharte sin despedirte?
—Temí que te enojaras y hasta que me pegases. Que mi marido me
pegue, en fin, nada tiene de particular, es comprensible. Pero no quería que tú
también lo hicieses.
Goldmundo le apretó firmemente la mano.
—Elisa —le dijo—, yo no te pegaré ni hoy ni nunca. ¿No
preferirías quedarte conmigo en vez de ir junto a tu marido pues que te
vapulea?
Ella dio un recio tirón, para desembarazar la mano.
—No, no, no —profirió con voz llorosa. Y como Goldmundo sentía
que el corazón de la mujer ansiaba huir de su lado, y que ella más quería
recibir golpes del otro que buenas palabras de él, soltó la mano, y entonces
Elisa rompió a llorar. Pero, al mismo tiempo, echó a correr. Huía con las manos
en los ojos llorosos. El joven no dijo nada más y la siguió con la mirada.
Sentía piedad de ella viéndola huir por las praderas segadas, llamada y atraída
por cierta fuerza, por una fuerza desconocida que a él debía preocuparle.
Sentía piedad de ella y también un poco de sí mismo; no había tenido suerte, a
lo que parecía; allí quedaba solo y como estúpido, abandonado, desdeñado. Pero,
a la vez, continuaba cansado y soñoliento, jamás había estado tan agotado.
Tiempo habría más tarde para ser desgraciado. Tornó a dormirse y sólo volvió en
sí cuando el sol, ya muy alto, calentaba intensamente.
Ahora estaba descansado; se levantó rápidamente, corrió al
arroyo, se lavó y bebió. Muchos recuerdos le asaltaron, muchas imágenes, muchas
deleitosas y tiernas sensaciones surgían exhalando aroma, como flores exóticas,
de las horas de amor de aquella noche. En ello pensaba cuando inició la marcha
con buen paso; volvía a sentirlo todo, gustaba, olía y palpaba todo de, nuevo,
una y otra vez. ¡Cuántos sueños vino a cumplirle aquella extraña mujer morena,
cuántos botones trajo a floración, cuántas curiosidades y ansias satisfizo y
cuántas nuevas despertó!
Y ante él se extendían campos y praderas, y secos barbechos, y
el bosque oscuro, y más allá tal vez alquerías y molinos, un pueblo, una
ciudad. Por vez primera, el mundo se abría a sus ojos, esperándole, pronto a
acogerlo, a depararle alegrías y tristezas. No era ya un escolar que viera el
mundo desde una ventana; su caminar no era ya un paseo cuyo ineludible término
fuese el regreso. Ese inmenso mundo se había tornado ahora real, de él formaba
parte, en él descansaba su destino, su cielo y su atmósfera eran los propios.
Era un pequeño ser en medio de ese inmenso mundo; pequeño como una liebre, como
un escarabajo, corría por su infinitud azul y verde. En él no sonaba campana
alguna llamando a levantarse del lecho, al oficio en la iglesia, a clase, al
almuerzo.
¡Oh, qué hambre tenía! Media hogaza de pan de cebada, una
escudilla de leche, una sopa de harina... ¡Qué maravillosos recuerdos! Su
estómago se había despertado como un lobo. Pasaba junto a un sembrado, las
espigas estaban ya medio maduras, cogió unas cuantas, las mondó con dedos y
dientes, comía con avidez los menudos granos lechosos, no se cansaba de comer,
y se llenó los bolsillos de espigas. Y luego encontró avellanas, todavía muy
verdes, e hincó con fruición los dientes en las quebradizas cascaras; y también
de ellas hizo provisión.
De nuevo empezaba el bosque, un bosque de pinos con algunos
robles y encinas entreverados; en este lugar había gran abundancia de arándanos
y aquí tomó descanso y comió y se refrescó. Entre la rala y áspera hierba del
bosque veíanse azules campánulas y volaban mariposas morenas y luminosas que
aparecían y desaparecían caprichosas y zigzagueantes. En un bosque como éste
había vivido Santa Genoveva, cuya historia tanto amara siempre. ¡Cómo le
gustaría encontrársela ahora! Tal vez hubiera en medio del bosque una ermita
con un fraile viejo y barbudo que morara en una cueva o en una cabaña de
corteza de árbol. También podían habitar aquí carboneros y, en ese caso, mucho
le gustaría saludarlos. Y hasta quizás hubiese bandidos que, de seguro, no le
harían daño. Muy grato sería topar con gente en este lugar, cualquiera que
fuese su condición. Pero sabía que muy bien pudiera acontecer que estuviese
caminando por el bosque hoy y mañana y otro día más sin hallar a nadie. Y
también esto debía aceptarlo si le estaba determinado. No había que darse
demasiado a la reflexión sino dejar que las cosas vinieran como quisiesen.
Oyó entonces el golpeteo de un pico carpintero y quiso
sorprenderlo; largo rato se esforzó en vano por descubrirlo; al cabo lo logró,
y estuvo contemplando cómo picaba y martillaba el tronco y movía, incansable,
la cabeza. ¡Lástima que no fuese posible hablar con los animales! ¡Qué hermoso
sería llamar al pico carpintero y decirle unas palabras amables y quizás
enterarse de algo de su vida en los árboles, de su trabajo y de su gozo. ¡Ah si
estuviera en las manos de uno el poder cambiar de ser!
Acordóse entonces de las veces que, en horas de ocio, había
dibujado con el pizarrín en la pizarra diversas suertes de figuras, flores,
hojas, árboles, animales, ca-
bezas humanas. Muy a menudo se había entretenido en ese juego,
formando, en ocasiones, como un pequeño dios, criaturas a voluntad, dibujando
en el cáliz de una flor unos ojos y una boca, transformando en dedos las hojas
de una rama, poniendo sobre un árbol una cabeza. Con este juego, a menudo se
había sentido dichoso y encantado durante una hora, practicando una especie de
magia, viendo, sorprendido de sí mismo, cómo de las líneas que trazaba iban
saliendo la hoja de un árbol, el hocico de un pez, el rabo de una zorra, las
cejas de un hombre. De igual modo, pensaba ahora, uno debiera ser capaz de
transmutarse como en aquel tiempo las líneas caprichosas que dibujaba en su
pizarra. Le hubiese placido sobremanera convertirse en un pico carpintero, por
un día o por un mes, y vivir en las copas de los árboles, y correr por lo alto
de los lisos troncos, y punzar con fuerte pico la corteza y, apoyado en las
plumas de la cola, hablar la lengua de los picamaderos y extraer ricas cosas de
la corteza. El martilleo del pájaro sonaba dulce y recio en la sonora madera.
Muchos animales encontró Goldmundo mientras cruzaba el bosque.
Encontró muchas liebres que saltaban inopinadamente de entre la espesura cuando
él se acercaba, y le clavaban la vista y luego daban la vuelta y se alejaban a
la carrera, las orejas gachas y una mancha clara bajo la cola. En un pequeño
calvero halló en el suelo una larga culebra, que no se dio a la fuga; no era
una culebra viva sino su piel vacía, y el joven la tomó en sus manos y se puso
a contemplarla: corríale por el dorso un bello dibujo de tonos grises y
castaños y el sol la traspasaba, era tenue como tela de araña. Vio negros
mirlos de pico amarillo que miraban fijos y encogidos con negras, temerosas
pupilas, y después huían en vuelo rastrero. Los pechirrojos y pinzones
abundaban. En cierto lugar del bosque había un hoyo, un charco lleno de agua
verde y espesa por cuya superficie corrían en revuelta confusión arañas
zancudas, todas agitadas y como posesas, entregadas a un juego incomprensible,
y sobre ellas volaban unas pocas libélulas de alas azul oscuro. Y cierta vez,
cuando ya atardecía, vio algo... mejor dicho, no vio nada más que un revolver
del follaje, y oyó crujir ramas quebradas y chapotear en el fango, y el correr
y atropellar a través de la maleza de un animal lleno de ímpetu, apenas
visible, tal vez un ciervo, tal vez un jabalí. Buen rato estuvo inmóvil,
jadeando de temor; hondamente agitado, escuchaba alejarse al animal, y seguía
escuchando con el corazón palpitante mucho después de haber vuelto el silencio.
No acertó a salir de la selva; tenía que pasar allí la noche.
Mientras elegía un lugar para acostarse y hacía un lecho de musgos, dióse a
imaginar qué sucedería en el caso de que no pudiese salir nunca más de los
bosques y tuviera que quedarse en ellos para siempre. Y concluyó que sería una
gran desgracia. Vivir de frutas silvestres, eso aún podía ser, y también dormir
sobre musgos, sin contar con que, seguramente, conseguiría construirse una
choza y quizás hasta hacer fuego. Mas el estar constantemente a solas, y morar
entre los troncos callados y dormidos, y vivir entre los animales que huyen de
uno y con quienes no es posible conversar, todo eso sería insoportablemente
triste. No ver a hombre viviente, no decir a nadie buenos días y buenas noches,
no poder posar la mirada en ninguna cara, en ningunos ojos, no contemplar ya
muchachas ni mujeres, no percibir más el dulce roce de un beso, no jugar más el
furtivo y delicioso juego de los labios y los miembros, ¡oh, eso sería
inconcebible! Si le fuese dado, pensaba, se convertiría en un animal, en un oso
o un ciervo, aunque para ello debiese renunciar a la felicidad eterna. No
estaría mal ser un oso y amar a una osa; siempre sería mucho mejor que
conservar su razón y su lenguaje y todo lo demás y vivir solitario, triste y
sin amor.
En su lecho de musgos, antes de adormirse, oyó curioso y
temeroso los mil ruidos incomprensibles, enigmáticos de la selva. Ahora eran
sus camaradas, con ellos tenía que convivir, a ellos debía acostumbrarse, tenía
que alternar con ellos y que soportarlos; su compañía eran ahora los raposos y
los corzos, los pinos y los abetos, con ellos tenía que convivir, y compartir
el aire y el sol, y esperar el día, y pasar hambre; de ellos era ahora huésped.
Y luego se durmió, y soñó con animales y hombres, y que era un
oso y devoraba a Elisa entre caricias. En medio de la noche se despertó con un
hondo espanto, sin saber por qué; sentía el corazón inmensamente inquieto y
estuvo cavilando largo rato, sumido en confusión. Recordó que ayer y hoy se
había dormido sin hacer el rezo nocturno. Se levantó, se arrodilló junto a su
yacija y rezó dos veces la oración de la noche, por ayer y por hoy. Y volvió a
dormirse.
A la mañana siguiente miraba el bosque en torno suyo, asombrado;
había olvidado dónde se hallaba. El temor que el bosque le infundía empezó a
ceder, y, con nueva alegría, se confió a la vida nemorosa, aunque seguía
caminando, dirigiendo sus pasos hacia el sol. Pasado un rato, se encontró en
una parte enteramente llana, con poca maleza, en la que no había más árboles
que unos abetos blancos muy gruesos, viejos y rectos; y luego de avanzar un
trecho entre aquellas columnas, empezaron a recordarle las columnas de la
espaciosa iglesia del convento, de aquella iglesia justamente por cuya negra
fachada había visto desaparecer hacía poco a su amigo Narciso... ¿cuándo?
¿Había sido, en verdad, dos días antes?
Sólo al cabo de dos días y dos noches logró salir del bosque.
Con gozo descubrió las señales de la proximidad de los hombres: tierra labrada,
sembrados de avena y centeno, prados entre los cuales discurría algún sendero
visible aquí y allá en pequeños trozos. Cogió algunas espigas de centeno y las
mascó; la tierra cultivada le miraba con gesto amistoso; todo le causaba una
impresión de humanidad, de sociabilidad, tras la vasta incultura de la selva:
el caminillo, la avena, los marchitos, ya emblanquecidos ancianos. Ahora volvía
entre los hombres. Apenas una hora después pasaba junto a una haza en cuyo
lindero se alzaba una cruz, y ante ella se arrodilló y rezó. Luego de faldear
la promi-
nente nariz de un collado, se encontró, de repente, ante un
umbroso tilo, oyó embelesado la canción de una fuente cuya agua caía de un caño
de madera en una pila de madera también, bebió de aquella agua fresca y
exquisita, y distinguió con gran contento unos tejados de paja elevándose sobre
los saúcos cuyas bayas negreaban ya. Más hondamente que todas estas gratas
señales le conmovió el mugir de una vaca que sonó en sus oídos delicioso,
cálido y amable como un saludo y una bienvenida. Se acercó, atisbando, a la
cabaña de la que había partido el mugido. Ante la puerta, sentado en la tierra,
hallábase un muchacho pelirrojo y ojizarco que tenía al lado una olla de barro
llena de agua y hacía, con la tierra y el agua, una masa que embadurnaba ya sus
piernas desnudas. Serio y feliz, estrujaba entre las manos el húmedo lodo, lo
veía salir por entre los dedos, hacía bolas con él, y, para amasarlo y
moldearlo, se ayudaba convenientemente de la barbilla.
—¡Hola rapaz! —dijóle Goldmundo muy cordial. Pero el pequeño,
apenas alzó la mirada y vio a un extraño, abrió bruscamente la boquita,
contrajo el rostro gordezuelo y, a toda prisa, se metió en la casa a gatas
berreando. Goldmundo lo siguió y fue a dar a la cocina, que era muy sombría, y,
como él venía del claro fulgor del mediodía, nada pudo distinguir al principio.
Profirió, por si acaso, un saludo devoto, y no le respondieron; mas sobre los
chillidos del asustado chicuelo empezó a percibirse, cada vez más clara, una
voz débil y cascada que trataba de sosegarlo. Finalmente, en medio de la
oscuridad, se levantó una anciana de cuerpo menudo, que se acercó, con una mano
ante los ojos a guisa de pantalla, y se quedó mirando al huésped.
—¡Alabado sea Dios, abuela! — exclamó Goldmundo—; y que Él y
todos los santos de la corte celestial te colmen de bendiciones. Hace tres días
que no veo rostro humano,
La viejecita le miraba estúpidamente, con ojos de presbicia.
—¿Qué quieres? —preguntó vacilante.
Goldmundo le dio la mano y acarició un poco la de ella.
—Quería saludarte, abuelita... y reposar un breve instante y
ayudarte a encender el fuego. Si me ofrecieras un pedazo de pan no te lo
rechazaría; pero no tengo prisa.
Vio un banco que estaba unido a la pared y en él se sentó
mientras la anciana cortaba un trozo de pan al rapacín que ahora fijaba la
mirada en el forastero, atento y curioso, aunque siempre pronto a soltar el
trapo y escapar. La mujer cortó un segundo trozo de la hogaza y se lo llevó a
Goldmundo.
—Gracias —dijo él—. Dios te lo pague.
—¿Tienes la panza vacía? —preguntóle la mujer.
—No, eso no. La tengo llena de arándanos.
—¡Vaya! Come, pues. ¿De dónde vienes?
—De Mariabronn, del convento.
—¿Eres fraile?
—No, fraile no. Soy estudiante. Voy de viaje.
Ella se quedó contemplándolo entre burlona y estúpida, y meneó
un instante la cabeza que descansaba en un cuello avellanado. Le dejó masticar
unos bocados y volvió a llevar el niño al sol. Luego entró de nuevo, curiosa, y
preguntó:
—¿Sabes alguna novedad?
—No mucho. ¿Conoces al padre Anselmo?
—No. ¿Qué le pasa?
—Está enfermo.
—¿Enfermo? ¿Se morirá?
—No lo sé. Cosa de las piernas. Camina dificultosamente.
—¿Se morirá?
—No sé. Quizá.
—Bueno, que se muera. Tengo que hacer la sopa. Ayúdame a partir
unas astillas.
Dióle un grueso leño de abeto, bien secado al calor del fogón, y
un cuchillo. El joven hizo cuantas astillas le pidió y observaba cómo la vieja
las iba colocando en el rescoldo y se inclinaba sobre él y lo atizaba y soplaba
hasta que se encendieron. Luego fue apilando, según una exacta y esotérica
ordenación, leña de abeto y haya; el fuego cobró incremento y resplandeció en
la piedra del fogón, y ella, entonces, puso sobre las llamas la grande y negra
caldera colgada de las tiznadas llares que pendían en la chimenea.
Por mandato de la mujer, Goldmundo fue a buscar agua a la
fuente, desnató la escudilla de la leche, se sentó en medio de aquella humosa
penumbra; veía el danzar de las llamas y, sobre ellas, aparecer y desaparecer
el rostro huesudo y arrugado de la anciana envuelto en rojo resplandor; oía al
lado, tras una pared de tablas, a la vaca hurgar y dar topetazos en el pesebre.
Mucho le gustaba todo esto. El tilo, la fuente, el fuego llameante bajo la
caldera, el mascar y resoplar de la vaca comiendo y sus golpes sordos contra el
tabique, la pieza medio a oscuras con su mesa y su banco, el trajinar de la
viejecilla, todo era hermoso y bueno, olía a mantenimientos y a paz, a hombres
y calor, a hogar. También estaban allí dos cabras, y por la vieja supo que en
la parte de atrás había asimismo una cochiquera, y que la vieja era la abuela
del labrador y la bisabuela del chiquitín. Éste, que se llamaba Kuno, entraba
de cuando en cuando en la cocina y, aunque no decía palabra y miraba con un
poco de miedo, no lloraba ya.
Llegaron en esto el labriego y su mujer, quienes se
sorprendieron mucho de hallar a un extraño en la casa. El labriego iba ya a
desatarse en improperios, y, lleno de recelo, cogió al mozo por un brazo y lo
llevó a la puerta para verle la cara a la luz del día; entonces se echó a reír,
le dio una amistosa palmadilla en el hombro y lo invitó a comer con ellos.
Sentáronse todos; cada cual mojaba su pan en la común escudilla de leche hasta
que la leche llegó casi a agotarse; el resto se lo bebió el labrador.
Goldmundo preguntó si le permitían quedarse hasta el día
siguiente y dormir bajo el techo de la cabana. El hombre le dijo que no, que no
había sitio, pero que afuera abundaba el heno y podía encontrar un buen lugar
donde acostarse.
la labradora tenía al pequeño a su lado y no intervenía en la
conversación, pero durante la comida sus ojos curiosos no se apartaron del
joven forastero. Su cabello y su mirada le habían hecho impresión desde el
primer momento; luego había ido observando también con complacencia su hermoso
cuello blanco, sus manos tersas y distinguidas, de graciosos y sueltos
movimientos. Gallardo y distinguido era aquel extraño; y, además, ¡tan joven!
Pero lo que más le atraía y enamoraba era su voz, aquella moza voz de varón
levemente cantarína, cálida, suavemente cautivadora, que sonaba como una
caricia. Hubiérale gustado seguir oyendo aquella voz por largo rato.
Después de la comida, el labrador se fue a trajinar al establo;
Goldmundo salió al exterior, se lavó las manos en la fuente, y luego se sentó a
su vera gozando de su frescor y su murmullo. Estaba perplejo; nada se le perdía
allí y, sin embargo, le desplacía tener ya que partir. En aquel momento se
acercó la labradora con un cubo en la mano, el que colocó bajo el chorro
dejando que el agua rebosara. Y dijo a media voz:
—Oye: si esta noche estás aún cerca, te llevaré de comer. Allá,
tras de aquel gran cebadal, hay heno que no se recogerá hasta mañana. ¿Estarás?
El joven fijó la vista en aquel rostro pecoso, aquellos brazos
robustos que retiraban el cubo; los ojos claros y grandes de la mujer tenían un
mirar ardiente. Él le sonrió y asintió con la cabeza, y ella entonces se marchó
con el cubo lleno, desapareciendo en la oscu-
ridad de la puerta. Goldmundo permaneció sentado, reconocido y
muy contento, y escuchaba el rumor del agua. Poco después entró en la casa,
buscó al labrador, estrechó su mano y la de la abuela y dióles gracias por su
hospitalidad. Olía a fuego, hollín y leche en la cabaña. Un momento antes era
abrigo y hogar, y ahora tornaba a serle extraña. Y haciendo un saludo, salió.
Más allá de las chozas encontró una capilla y junto a ella un
ameno soto de robles viejos y recios con el suelo tapizado de hierba baja. Aquí
permaneció a la sombra, paseando entre los gruesos troncos. Es curioso, se
decía, lo que acontece con las mujeres y el amor: no necesitan, en realidad, de
palabras. Aquella mujer solamente había empleado una palabra para indicarle el
lugar de la cita; lo demás no se lo había dicho con palabras. ¿Con qué, pues?
Había sido con los ojos y con un cierto tono de la voz algo empañada; y aun con
algo más, quizás un aroma, una delicada, suave irradiación de la piel por la
que los hombres y las mujeres podían en seguida descubrir si se deseaban
mutuamente. Era algo maravilloso, como un fino lenguaje secreto; ¡y qué pronto
había aprendido ese lenguaje! Experimentaba una gran alegría al pensar en la
próxima noche, estaba lleno de curiosidad por saber cómo sería aquella
corpulenta mujer rubia, cómo serían sus miradas y los matices de su voz, sus
formas, movimientos y besos... sin duda muy distintos de los de Elisa. ¿Dónde
estaría ahora Elisa, con su cabello negro y tirante y sus leves suspiros? ¿Le
habría pegado su marido? ¿Pensaría aún en él? ¿Habría encontrado un nuevo
amante, como él había hoy encontrado otra mujer? ¡Con qué rapidez pasó todo
aquello, de qué singular modo surgía la dicha por doquiera, cuan hermoso y
ardiente había sido y cuan pasmosamente fugaz! Era pecado, era adulterio; muy
poco antes hubiese preferido dejarse matar a cometer aquel pecado. Y ahora era
ya la segunda mujer que esperaba y tenía la conciencia serena y tranquila. Es
decir, tranquila quizá no; pero si su conciencia sentíase a veces intranquila y
agobiada, no se debía al adulterio y al deleite carnal. Era por otra cosa, que
no acertaba a señalar por su nombre. Era el sentimiento de una culpa que no
había cometido sino que había ya traído consigo a este mundo. ¿Trataríase,
acaso, de lo que en teología se llamaba pecado original? Bien pudiera ser. La
vida, evidentemente, llevaba en sí una especie de culpa. .. ¿por qué, si no, un
hombre tan puro y tan sabio como Narciso había de someterse a ejercicios de
penitencia como un condenado? ¿O por qué tenía él mismo, Goldmundo, que notar
en el fondo de su alma esa sensación de culpabilidad? ¿Por ventura no era feliz?
¿No era joven y sano, no era libre como los pájaros que vuelan por el aire? ¿No
le amaban las mujeres? ¿No era hermoso sentir que, como amante, podía dar a la
mujer el mismo hondo placer que él experimentaba? ¿Por qué, pues, no era feliz
del todo? ¿Por qué en su dicha moza, como en la virtud y sapiencia de Narciso,
penetraba a las veces ese extraño dolor, esa mansa angustia, esa lamentación
por lo pasado? ¿Por qué tan a menudo se veía sumido en meditaciones, en
cavilaciones, a pesar de saber que no era un pensador?
De todos modos, era hermoso vivir. Cogió de entre la hierba una
florecilia violeta, acercó a ella los ojos, miró dentro del pequeño y angosto
cáliz por el que corrían unas venillas y en el que vivían unos órganos
minúsculos, finos como cabellos; allí, como en el seno de una mujer o en el
cerebro de un pensador, bullía la vida, vibraba el afán. ¿Por qué no sabíamos
absolutamente nada? ¿Por qué no era posible hablar con esta flor? ¡Pero si ni
siquiera podían dos hombres hablar realmente entre sí, pues para ello se
precisaba de un azar feliz, de una singular amistad y disposición! No, era una
suerte que el amor no precisase de palabras; de otro modo, estaría lleno de
equivocaciones y disparates. Ah, recordaba los ojos de Elisa, entreabiertos,
como vidriosos en la plenitud del goce, mostrando tan sólo una rajilla blanca
entre los párpados trémulos... ¡Ni con millares de palabras eruditas o poéticas
fuera dable expresarlo! Nada, ah, nada cabía expresar, ni imaginar... ¡y sin
embargo uno sentía en los adentros, reiteradamente, la apremiante necesidad de
hablar, el eterno impulso de pensar!
Observaba las hojillas de la pequeña planta y reparaba en la
manera bella y notablemente inteligente corno estaban dispuestas en torno al
tallo. Hermosos eran los versos de Virgilio y a él le placían en extremo; pero
Virgilio tenía muchos versos que, en punto a pureza y sabiduría, hermosura y
sentido, no valían ni la mitad de lo que aquella ordenación en espiral de las
menudas hojillas subiendo por el tallo. ¡Qué placer, qué dicha, qué tarea
encantadora, noble, trascendental sería para un hombre el crear una de estas
flores. Pero nadie era capaz de tal empeño, ni héroe ni emperador, ni papa ni
santo.
Cuando el sol estaba ya bajo, emprendió la marcha en busca del
paraje que la campesina le había indicado. Y allí esperó. Era hermoso esperar
así sabiendo que una mujer venía de camino trayendo consigo amor acendrado.
Llegó ella con un pañuelo de lino anudado por las puntas en el
que venía envuelto un gran pedazo de pan y una tajada de tocino. Luego de
desatar el envoltorio, colocó su contenido delante del joven.
—Para ti —dijo—. ¡Come!
—Después —profirió él—; no tengo hambre de pan sino de ti.
¡Muéstrame las cosas bellas que me has traído!
Muchas cosas bellas le había traído en efecto: fuertes labios
sedientos, fuertes dientes fulgurantes, fuertes brazos bermejos del sol; pero
bajo el cuello, y más adentro, era blanca y tierna. Dijo pocas palabras, pero
en lo hondo de la garganta cantaba un son dulce y cautivador; y al percibir el
contacto de las manos del joven, manos delicadas, cariñosas, sensitivas, como
jamás había gustado, su piel se estremeció y de su garganta empezó a salir un
manso murmullo como el ronronear de una gata. Conocía pocos juegos amorosos,
menos que Elisa, pero tenía una fuerza prodigiosa y apretaba como si quisiese
quebrarle el cogote a su amante. Su amor era infantil e impetuoso, sencillo y,
pese a su brío, pudoroso; Goldmundo fue muy feliz con ella.
Luego la mujer se marchó, suspirando; lo abandonaba con pena, no
podía demorarse más.
Goldmundo se quedó solo, dichoso y también triste. Hasta más
tarde no se acordó del pan y del tocino, y comió sin compañía; era ya noche
cerrada.
CAPÍTULO VIII
Llevaba ya Goldmundo una temporada, de errabundeo, raramente
pasando dos noches en el mismo lugar, solicitado y deleitado por las mujeres,
tostado del sol, enflaquecido por las caminatas y el exiguo yantar. Muchas
mujeres se habían despedido de él en las madrugadas y se habían ido, a menudo
con lágrimas, y muchas veces había pensado: "¿Por qué ninguna se queda
conmigo? ¿Por qué, si me aman y, por una noche de amor, han quebrantado la
lealtad conyugal... por qué retornan todas en seguida junto a sus maridos de
quienes, los más de los casos, deben temer verse vapuleadas?" Ninguna le
había pedido en serio permanecer a su lado, ni una sola le había jamás pedido
que la llevara con él ni estaba dispuesta a compartir con él, por amor, las
alegrías y trabajos de la vida errante. Es verdad que a ninguna había invitado
ni le había insinuado tal idea; si interrogaba a su corazón, advertía que la
libertad le era muy cara y no recordaba que la añoranza que había sentido por
alguna de sus amantes no se desvaneciera y olvidara en los brazos de la
síguiente. Mas, con todo eso, resultábale inexplicable y un poco triste que el
amor, el de las mujeres como las suyas, pareciera siempre tan perecedero, que
apenas se inflamaba quedara ya ahito. ¿Era cierto? ¿Era así siempre y en todas
partes? ¿O se trataba de algo peculiar de él; era, acaso, tal su condición que
las mujeres lo deseaban y encontraban hermoso pero no querían con él otro
género de compañía que aquella breve y muda sobre el heno o el musgo? ¿Debíase
eso a su errabundo vivir y a que las personas sedentarias sentían aversión
hacia la vida de los vagabundos? ¿O dependía exclusivamente de él, de su
persona, el que las mujeres lo anhelaran como a un lindo muñeco y lo
estrecharan en sus brazos para luego volver a la carrera junto a sus esposos
aunque les esperase una paliza? No lo sabía. No se cansaba de aprender de las
mujeres. Las que más le atraían eran las muchachas, las más jóvenes, las que
aún no tenían marido y no sabían nada; de éstas podía enamorarse apasionadamente;
pero, por lo general, las muchachas, adorables, tímidas y bien guardadas, eran
inasequibles. Sin embargo, también le agradaba aprender de las mujeres de más
edad. Cada una le dejó algo, un ademán, una cierta clase de beso, un juego
singular, una especial manera de darse y resistirse. Goldmundo a todo accedía,
era insaciable, dúctil como un niño, manteníase abierto a toda seducción:
únicamente por esto era él mismo tan seductor. Su hermosura sola no hubiese
bastado para llevarle con tanta facilidad las mujeres; era aquella
infantilidad, aquel mantenerse abierto, aquella curiosa inocencia del deseo,
aquel estar dispuesto sin reserva a conceder todo lo que una mujer quisiera
pedirle. Sin advertirlo, era con cada amante suya cabalmente lo que ella
deseaba y soñaba, con unas tierno y expectante, con otras rápido y audaz, a
veces ingenuo como un doncel que se inicia, a veces refinado y avezado. Estaba
pronto lo mismo a jugar que a pelear, a suspirar como a reír, a mostrarse
pudoroso o desvergonzado; no hacía a una mujer nada que ella no apeteciera,
nada que ella no sacara de él. Esto era lo que toda mujer de sutiles, sagaces
sentidos rastreaba inmediatamente en él, lo que lo convertía en su favorito.
Pero él aprendía. No sólo aprendió en corto tiempo muchas
suertes y artes de amor y asimiló las experiencias de muchas amantes, sino que
también aprendió a ver, sentir, palpar y oler a las mujeres en toda su
variedad; afinósele el oído para toda clase de voces y aprendió a adivinar en
muchas, de modo infalible, por el acento, su tipo y el volumen de su capacidad
de amor; observaba con embeleso siempre nuevo las variadísimas maneras de
asentarse una cabeza en un cuello o de arrancar una frente del nacimiento del
pelo, o de moverse una rodilla. Aprendió a diferenciar en la oscuridad unas de
otras, con los ojos cerrados, con dedos suavemente inquiridores, las diversas
clases de cabello femenino, las distintas clases de piel y vello. Desde
temprano empezó a pensar que quizá radicaba en esto el sentido de su
peregrinación, que tal vez se veía llevado de una mujer a otra a fin de
adquirir y ejercitar en forma cada vez más aguda, más varia y más honda aquella
facultad de conocer y distinguir. Tal vez fuera su vocación llegar a conocer
las mujeres y el amor en numerosas especies y variedades hasta la perfección,
al modo de esos músicos que no saben sólo tocar un instrumento sino tres,
cuatro, muchos. A decir verdad, ignoraba para qué podía servir eso, a donde
conducía; advertía únicamente que se encontraba en el camino. Aunque no era
negado para el latín y la lógica, no poseía, ciertamente, en ese terreno dotes
singulares, sorprendentes, raras; en cambio las poseía para el amor, para el
juego con las mujeres: aquí aprendía sin trabajo, aquí no olvidaba nada, aquí
se acumulaban y ordenaban las experiencias por sí mismas.
Cierta vez, cuando ya llevaba uno o dos años de andar de camino,
llegó Goldmundo a la mansión de un caballero acomodado que tenía dos hijas
bellas y jóvenes. Era por los comienzos del otoño, las noches pronto serían
frías, bien las había probado el otoño y el invierno anteriores; no sin
inquietud pensaba en los meses que iban a venir porque en invierno era duro el
peregrinar. Pidió de comer y albergue para la noche. Fue acogido con
amabilidad; y como el caballero oyese decir que el forastero había hecho estudios
y sabía griego, mandólo llamar de la mesa de los criados a la propia y lo trató
casi como a un igual, Las dos hijas permanecían con los ojos bajos, la mayor
tenia dieciocho años, la pequeña apenas dieciséis: Lidia y Julia.
Al día siguiente, Goldmundo quiso seguir adelante. No existía la
menor esperanza de poder ganarse a alguna de aquellas lindas y rubias
doncellitas, y no había allí otras mujeres por las que hubiera querido
quedarse. Mas, al terminar el desayuno, el caballero se apartó con él y lo
condujo a una estancia que para especiales propósitos se había hecho aparejar.
El hombre maduro habló con modestia al mancebo de su afición por el saber y los
libros, le mostró un arca llena de manuscritos que había conseguido reunir y un
pupitre que había ordenado hacer y una buena cantidad del mejor papel y
pergamino. Aquel piadoso caballero, según Goldmundo iría enterándose poco a
poco más adelante, había ido a la escuela en su mocedad, pero luego se había
dado a la vida mundana y a la guerra hasta que, encontrándose gravemente
enfermo, recibió una advertencia divina que le impulsó a vestir el sayal del
peregrino y expiar los pecados de su juventud. Visitó a Roma y llegó hasta
Constantinopla, y a su regreso se encontró con que su padre había muerto y la
casa estaba vacía; hizo en ella morada, se casó, perdió la mujer, crió a las
hijas, y ahora, en los umbrales de la vejez, había emprendido la tarea de
escribir una detallada relación de sus peregrinaciones de antaño. Tenía ya compuestos
varios capítulos, pero —según confesaba al joven— su latín era muy deficiente y
tropezaba con no pocos obstáculos para expresarse en él. Ofrecía, por eso, a
Goldmundo un vestido nuevo y hospedaje completo y gratuito si accedía a
corregirle lo ya escrito y ponérselo en limpio y, además, a ayudarle a redactar
lo que faltaba.
Era otoño y Goídmundo sabía muy bien lo que eso significaba para
un vagabundo. Por otra parte, el traje nuevo era un regalo muy estimable. Pero
lo que al mozo más le placía era la perspectiva de permanecer largo tiempo en
la misma casa con las dos bellas hermanas. Contestó, sin vacilar, que sí. Pocos
días después el ama de llaves hubo de abrir el armario de los paños y allí
apareció uno muy hermoso de color castaño con el que se mandó hacer un traje y
una gorra para Goldmundo. El caballero había pensado que el traje fuera de
color negro y tuviera cierta traza académica; pero el huésped, a quien
desagradaba tal proyecto, supo disuadirlo, y, de este modo, vino a ser dueño de
un lindo vestido, medio de paje, medio de cazador, que le sentaba muy bien.
Tampoco le fue mal con el latín. Leyeron juntos lo hasta allí
escrito y Goldmundo no sólo enmendó los muchos vocablos inadecuados e
incorrectos sino que, además, rehizo aquí y allá los breves y torpes párrafos
del caballero, convirtiéndolos en hermosos períodos latinos perfectamente
construidos y con una impecable consecutio temporum. El caballero estaba que no
cabía en sí de gozo y no regateaba las alabanzas. Cada día dedicaban por lo
menos dos horas a este menester.
En el castillo —que era más bien una amplia casa de labranza
fortificada— halló Goldmundo varios entretenimientos. Participaba en la caza,
el cazador Enrique le enseñó a tirar con la ballesta, se hizo amigo de los
perros y podía cabalgar cuanto le viniera en gana. Raras veces se le veía solo;
ora conversaba con un can o un caballo, ora con Enrique o con el ama de llaves,
Lea, anciana corpulenta de voz masculina y muy dada a la chanza y a la risa, o
con el criado que cuidaba de los perros o con algún pastor. Hubiese sido fácil
tener amoríos con la mujer del molinero, que vivía cerca, mas él se contenía y
se hacía el inexperto.
Las dos hijas del caballero le gustaban sobremanera. La menor
era la más hermosa, pero tan esquiva que apenas hablaba palabra con él.
Acercábase a ellas con extremada consideración y cortesía pero ambas sentían su
presencia como una constante solicitación. La joven se cerraba enteramente,
altiva por timidez. La mayor, Lidia, adoptó hacia él una singular actitud; lo
trataba entre respetuosa y burlona como a un bicho raro, prodigio de erudición,
le planteaba muchas curiosas preguntas, le pedía que le hablase de la vida en
el convento, pero siempre con cierto tonillo de guasa y aire de femenina
superioridad. Él todo lo toleraba, trataba a Lidia como una dama y a Julia como
una monjilla, y cuando conseguía retener con su labia a las muchachas, en la
sobremesa de la cena, más de lo acostumbrado, o si alguna vez en el patio o el
jardín Lidia le dirigía la palabra y se permitía alguna broma, sentíase
contento, convencido de haber hecho un progreso.
En aquel otoño perduró largamente el follaje de los altos
fresnos del patio y en el jardín siguió habiendo ámelos y rosas por mucho
tiempo. Un día hubo visita, la del dueño de una heredad colindante con su mujer
y un criado que llegaron a caballo; lo apacible del día los había animado a
hacer una larga excursión y ahora pedían pasar allí la noche. Se les recibió
con gran gentileza; la cama de Goldmundo fue trasladada en seguida de la
habitación de los huéspedes al despacho, aparejándose la pieza para los visitantes;
matáronse unas gallinas y se mandó a buscar pescado al molino. Goldmundo tomó
parte en el alegre trajín y advirtió de contado que la dama forastera se había
fijado en él. Y no bien hubo descubierto, por su voz y por algo especial de su
mirada, la complacencia y el anhelo de la dama, descubrió también, con acrecido
interés, que Lidia experimentaba un cambio, se volvía callada y reservada y
empezaba a observarlos a los dos. Cuando, durante la rumbosa cena, el pie de la
forastera se puso a juguetear con el de Goldmundo bajo la mesa, no era
únicamente este juego lo que le tenía embelesado, sino, más aun, la sombría y
muda atención con que Lidia observaba el juego con ojos curiosos y llameantes.
Finalmente, dejó caer de intento un cuchillo, se agachó, para recogerlo, bajo
la mesa y rozó con mano acariciadora el pie y la pantorrilla de la dama; y
entonces vio que Lidia se ponía pálida y que se mordía los labios; y siguió
contando anécdotas del convento, sintiendo al mismo tiempo que la recién
llegada estaba menos pendiente de sus historias que de su voz cautivadora. Los
otros, asimismo, le escuchaban, su patrón con afecto y el huésped con semblante
inalterable, aunque también a él le había tocado el fuego que ardía en el
garzón. Jamás le había oído Lidia hablar de aquel modo; estaba radiante, el
aire vibraba de sensualidad, centelleaban sus ojos, su voz cantaba dicha,
imploraba amor. Las tres mujeres lo sentían, cada una a su modo: la pequeña
Julia, con violenta oposición y repudio; la mujer del caballero, con una gozosa
sensación de desquite, y Lidia, con un doloroso palpitar del corazón hecho de
ansia íntima, leve resistencia y violentos celos que le demacraba el rostro y
le encendía los ojos. Goldmundo sentía todas estas ondas que refluían sobre él
como respuestas secretas a sus solicitaciones; a su alrededor volaban como
pájaros los pensamientos de amor, entregándose, resistiéndose, luchando entre
sí.
Terminada la comida, Julia se retiró; era ya muy entrada la
noche; abandonó la solana con su vela en el candelera de barro, fría como una
pequeña monja. Los otros permanecieron sentados una hora más, y mientras los
dos hombres maduros hablaban de la cosecha, del emperador y del obispo, Lidia
escuchaba toda encandecida cómo Goldmundo y la dama tejían un insustancial y
descuidado palique, entre cuyos flojos hilos, sin embargo, iba formándose una
tupida y dulce malla de vaivenes, de miradas, matices de la voz, pequeños
gestos, todos cargados de significación, todos llenos de fuego. La joven
aspiraba aquella atmósfera con voluptuosidad y también con repelencia, y cuando
veía o sentía que la rodilla de Goldmundo rozaba la de la forastera bajo la
mesa, percibía el contacto en el propio cuerpo y se estremecía. Aquella noche
no pudo dormir, y oyó dar las doce con el corazón agitado, convencida de que
los otros dos se reunirían. Y lo que a éstos fue negado realizólo ella en su
fantasía, pues los vio abrazarse y oyó sus besos y, a la vez, se puso a temblar
de excitación, temiendo y deseando que el engañado caballero sorprendiese a los
amantes y partiera el corazón de una puñalada al abominable Goldmundo.
A la mañana siguiente el cielo estaba nublado y soplaba un
viento húmedo; y el huésped, declinando todas las invitaciones que se le
hicieron para que prolongara su estancia, insistió en partir en seguida. Lidia
se encontraba junto a los forasteros cuando éstos subieron a sus caballos, les
estrechó las manos y les dijo palabras de despedida, pero todo lo hizo
maquinalmente, porque sus sentidos se habían concentrado para mirar cómo la
mujer del caballero, al montar, apoyaba el pie en las manos de Goldmundo, y
cómo la derecha de éste se ceñía de plano y firmemente al zapato y apretaba un
instante el pie de la dama.
Partidos ya los forasteros, Goldmundo se fue a trabajar al
despacho. Al cabo de media hora oyó abajo hablar a Lidia con voz imperativa, y
oyó también que sacaban un caballo; su patrón se asomó a la ventana, sonriendo
y meneando la cabeza, y luego los dos vieron a Lidia que trasponía cabalgando
la puerta del patio. Aquel día no adelantaron gran cosa en su latina labor
literaria. Goldmundo estaba distraído; el caballero lo despidió con semblante
cordial antes de lo acostumbrado.
Instantes después, Goldmundo, sin ser notado, salió con su
caballo del patio y se lanzó al trote por el descolorido paisaje. El fresco y
húmedo viento otoñal le daba en la cara y, al acelerar la marcha, sentía que la
cabalgadura entraba en calor y que su propia sangre se encendía. Alentando
afanoso en aquel día gris, atravesó rastrojeras y barbechos, praderas y
marjales cubiertos de colas de caballo y de carrizos, traspasó vallecillos de
alisos, umbríos montes de pinos, y de nuevo volvió a atravesar praderas pardas,
desoladas.
Sobre una alta cresta que se recortaba contra el cielo nublado,
de un gris traslúcido, descubrió la silueta de Lidia descollando sobre el
caballo, que marchaba al trote lento. Enderezó hacia ella a toda prisa, y la
joven, apenas se vio perseguida, aguijó a su animal y partió velozmente. Tan
pronto se ocultaba como reaparecía con los cabellos flotantes. Goldmundo corría
tras ella como tras un botín, el corazón riente, estimulando con pequeños y
cariñosos gritos a su cabalgadura, captando con ojos alegres en su carrera
todos los detalles del paisaje, los campos agachados, los sotos de alisos, los
grupos de arces, las fangosas orillas de los charcos, y una y otra vez volvía a
fijar la mirada en su objetivo, la hermosa fugitiva. No tardaría en darle
alcance.
Cuando Lidia advirtió que estaba cerca renunció a la huida y
dejó que el caballo continuara al paso. No se volvió hacia su perseguidor.
Altiva, tranquila en apariencia, marchaba absorta como si nada hubiera pasado,
como si estuviera sola. Goldmundo allegó al de ella su caballo y los dos
trotones siguieron pacíficamente, caminando muy juntos; pero tanto las
cabalgaduras como los jinetes estaban sumamente acalorados por la desalada
carrera.
—¡Lidia! —profirió él en voz baja.
Ella no le contestó.
—¡Lidia!
Ella permaneció muda.
—¡Qué bello era, Lidia, verte cabalgar desde lejos, con la
cabellera suelta que parecía un rayo de oro! ¡Qué bello era! ¡Ah, qué
maravilloso que hayas huido de mí! Yo no lo sabía y anoche mismo estaba en
dudas. Sólo ahora que has intentado huir de mí lo he comprendido de pronto.
¡Amada mía, hermosa, desmontemos!
Saltó con celeridad del caballo y cogió sin demora las riendas
del de ella para que no volviera a escapar. Lidia le miraba con el semblante
blanco como la nieve, y cuando él la hubo bajado del caballo rompió a llorar.
Delicadamente, el joven la condujo algunos pasos y luego la hizo sentar en la
marchita hierba y se arrodilló a su lado. Allí sentada, luchaba con los
sollozos, luchaba valerosamente, y, al fin, los dominó.
—¡Ah, qué malo eres! —empezó, en cuanto pudo hablar. Apenas
podía articular las palabras.
—¿Tan malo?
—Eres un seductor de mujeres, Goldmundo. Quiero olvidar lo que
antes me has dicho; fueron unas palabras desvergonzadas, no debes hablarme así.
¿Cómo puedes creer que yo te ame? ¡Olvidemos eso! Mas ¿cómo olvidar lo que hube
de ver anoche?
—¿Anoche? ¿Y qué has visto?
—¡Vamos, no seas hipócrita, no mientas con tal descaro! Fue algo
asqueroso, desvergonzado, la manera como galanteaste a esa mujer ante mis ojos.
¿Acaso no tienes vergüenza? ¡Hasta le acariciaste la pierna debajo de la mesa,
debajo de nuestra mesa! Y ahora que ella se ha ido, vienes y me acosas. No,
realmente no tienes noción de la vergüenza.
Hacía ya rato que Goldmundo estaba arrepentido de las palabras
que le había dicho antes de que la bajara del caballo. Aquello había sido
estúpido. En el amor sobran las palabras; hubiera debido callarse.
No dijo nada más. Estaba de rodillas a su lado, y como ella lo
miraba de aquella manera tan hermosa y desventurada, le contagió su pena; él
mismo sintió que allí había algo que lamentar. Mas a pesar de lo que la joven
acababa de decirle, descubrió amor en sus ojos, y el dolor de sus labios
apretados era también amor. Creía más en sus ojos que en sus palabras.
Pero Lidia había esperado una respuesta. Y como no llegó, la
expresión de sus labios se tornó más amarga, y mirándole con ojos medio
llorosos, repitió:
—¿Es que no tienes realmente vergüenza?
—Perdona —le dijo él con humildad—; estamos hablando de cosas de
las que no deberíamos hablar. Yo soy el culpable; ¡perdóname! Me preguntas si
no tengo vergüenza. Sí, la tengo. Pero te quiero, y el amor desconoce la
vergüenza. ¡No te enojes!
Ella parecía no escuchar. Permanecía sentada, con aquel gesto de
amargura en la boca, mirando a lo lejos como si se hallase sola. Jamás se había
visto Goldmundo en una situación semejante. Eso le sucedía por hablar.
Apoyó suavemente la cara en la rodilla de Lidia y en seguida
notó que aquel contacto le hacía bien. Encontrábase, sin embargo, un poco
desconcertado y triste, y también, ella parecía seguir triste, pues permanecía
inmóvil, silenciosa y con la vista fija en lontananza. ¡Cuánta turbación,
cuánta tristeza! Pero la rodilla aceptaba con agrado la presión de sus
mejillas, no lo rechazaba. Su rostro descansaba, con los ojos cerrados, en
aquella rodilla cuya forma noble, alargada, fue captando poce a poco. Goldmundo
pensaba con gozo y emoción en el estrecho parentesco que existía entre la
distinguida y juvenil rodilla de Lidia y sus uñas largas, hermosas, firmemente
combadas. Agradecido, apretóse contra la rodilla y dejó que las mejillas y la
boca conversaran con ella.
Ahora notaba que la mano de Lidia, tímida y leve como un pájaro,
se posaba en sus cabellos. Sentía aquella mano querida acariciarle suavemente,
infantilmente, el pelo. Muchas veces la había ya observado y admirado, la
conocía casi tan bien como la propia, aquellos dedos largos y delgados con las
largas colinillas rosadas, bellamente combadas, de las uñas. Los largos dedos
delicados pusiéronse a platicar recatadamente con sus bucles. Aquel lenguaje
era infantil y temeroso, pero trascendía amor. Agradecido, apretó la cabeza
contra la mano de la joven y sintió el delicioso contacto de su palma en la
nuca y las mejillas.
Entonces dijo ella:
—Ya es hora, debemos irnos.
Él alzó la cabeza y la miró con ternura; y suavemente le besó
los finos dedos.
—Vamos, levántate —profirió la joven—. Hay que retornar a casa.
Obedeció en seguida. Se levantaron, montaron en sus caballos y
partieron.
El corazón de Goldmundo desbordaba ventura. ¡Qué hermosa era
Lidia, qué infantilmente pura y tierna! Ni siquiera la había besado, y, sin
embargo, se sentía satisfecho y lleno de ella. Cabalgaron a paso tirado, y sólo
en el instante de llegar, justo ante la puerta del patio, la muchacha se alarmó
y dijo:
—No hubiéramos debido regresar juntos. ¡Qué imprudencia!
Y en el último momento, cuando ya desmontaban y venía corriendo
hacia ellos un mozo de cuadra, le susurró al oído con rapidez y vehemencia;
—¡Díme si has estado la noche pasada con esa mujer!
El movió negativamente la cabeza repetidas veces y se puso a
desembridar el caballo.
Por la tarde, cuando el padre ya había salido, Lidia se presentó
en el gabinete de estudio.
—¿Es verdad? —preguntó de súbito, con pasión. Él comprendió en
seguida de qué se trataba.
—¿Por qué, pues —añadió—, has tenido con ella tan abominables
juegos y la has enamorado?
—Por ti —repuso él—. Créeme; me hubiera agradado mil veces más
acariciar tu pie que el de ella. Pero tu pie jamás se acercó a mí bajo la mesa
ni me preguntó si te quiero.
—¿De veras me quieres, Goldmundo?
—Oh sí, te quiero.
—¿Pero adonde nos llevará todo esto?
—No lo sé ni me preocupa. El amarte me hace feliz... no pienso
en lo que vendrá. Soy feliz cuando te veo cabalgar y cuando oigo tu voz y
cuando tus dedos me acarician el pelo. Y seré feliz cuando te pueda besar.
—Sólo se puede besar a la novia, Goldmundo. ¿No has pensado
nunca en eso?
—No, nunca he pensado en eso. ¿Para qué? Sabes tan bien como yo
que no puedes ser mi novia.
—Así es. Y puesto que no puedes ser mi marido ni quedarte a mi
lado para siempre, has hecho muy mal en hablarme de amor. ¿Acaso creíste que
podrías seducirme?
—Yo no he creído ni pensado nada, Lidia. En general, pienso
mucho menos de lo que imaginas. Yo no deseo nada más sino que me beses una vez.
Hablamos demasiado. Los que se aman no hablan tanto. Yo creo que tú no me amas.
—Esta mañana has dicho lo contrario.
—¡Y tú hiciste lo contrario!
—¿Yo? ¿Qué quieres decir?
—Primero huíste de mí cuando me viste aparecer. Entonces creí
que me amabas. Luego te echaste a llorar y yo me figuré que era porque sentías
amor por mí. Luego apoyé la cabeza en tus rodillas y tú la acariciaste y creía
que aquello era amor. Mas ahora no procedes como si me amaras.
—Yo no soy como la mujer cuyo pie acariciaste ayer. Parece que
estuvieras acostumbrado a ese tipo de mujeres.
—No; gracias a Dios, eres más hermosa y más delicada que ella.
—No pienso yo lo mismo.
—Pero es la verdad. ¿Acaso sabes lo hermosa que eres?
—Tengo un espejo.
—¿Has visto en él alguna vez tu rostro, Lidia? ¿Y luego los
hombros, y las uñas de las manos, y las rodillas? ¿Y has visto cómo todo
empareja y concuerda entre sí, cómo todo tiene la misma forma, una forma larga,
estirada, firme, sumamente elegante? ¿Lo has visto?
—¡Qué manera de hablar! En realidad no lo he visto jamás, pero
al oírte tales cosas he descubierto tu intención. Eres, en efecto, un seductor
y tratas de hacerme vanidosa.
—Lástima que no te pueda contentar. Pero ¿por qué había de tener
interés en hacerte vanidosa? Eres bella y quisiera que supieses que ello me
complace sobremanera. Tú me obligas a decírtelo con palabras; pudiera decírtelo
mucho mejor que con palabras. ¡Con palabras nada puedo darte! Con palabras
tampoco puedo aprender nada de ti, ni tú de mí.
—¿Qué aprendería yo de ti?
—Yo de ti, Lidia, y tú de mí. Pero no quieres. Sólo quieres amar
a aquel de quien vayas a ser novia. Y él se echará a reír cuando vea que no has
aprendido nada, ni siquiera a besar.
—Ya, ya. ¿De modo que tú quisieras darme enseñanza en materia de
besos, señor profesor?
El le sonrió. Aunque no le agradaran sus palabras, acertaba a
rastrear tras su sensato lenguaje, un tanto vehemente y falso, cómo su juventud
era presa de la concupiscencia y se defendía de ella angustiadamente.
Goldmundo no respondió ya. Le sonrió, aprisionó firmemente con
sus ojos la inquieta mirada de la muchacha, y mientras ella se rendía, no sin
resistencia, al hechizo, acercó lentamente el rostro al suyo hasta que los
labios se tocaron. El joven le rozó suavemente la boca, que respondió con un
pequeño beso infantil y se abrió como en un doloroso asombro al ver que él no
la soltaba. Con ademán dulcemente suplicante, siguió él su boca que retrocedía;
mas, poco a poco, fue deteniéndose, tornó a entregarse; y él, entonces, enseñó
a la fascinada muchacha, sin hacerle violencia, el dar y tomar del beso, hasta
que finalmente, agotada, apretó la cara contra el hombro del varón. Goldmundo
la dejó reposar, aspiraba con deleite el aroma de su cabello rubio y abundoso, musitaba
tiernas y aquietadoras voces en su oído; y en aquel instante recordaba que,
siendo un escolar sin experiencia, la gitana Elisa lo había iniciado una vez en
el misterio. ¡Qué negro era su pelo, qué morena su piel, cómo quemaba el sol y
cómo olían los mustios corazoncillos! ¡Y qué lejos quedaba todo aquello, desde
qué lontananzas centelleaba ya! ¡Con tanta premura se había marchitado lo que
aun ayer florecía!
Lidia se levantó lentamente, con el semblante transfigurado; sus
ojos amantes miraban serios y grandes.
—Déjame ir, Goldmundo —dijo ella—. Es tarde. ¡Amado mío, mi
amor!
Supieron arreglárselas para estar juntos, a escondidas, un rato
cada día, y Goldmundo se dejaba conducir enteramente por la amada; aquel amor
juvenil lo hacía muy feliz, lo llenaba de ternura. A veces reducíase ella a
permanecer una hora entera con las manos del amado entre las suyas, mirándole a
los ojos, y luego se despedía con un beso infantil. Otras, le besaba rendida e
insaciable, pero no permitía que le tocara. En cierta ocasión, sonrojándose
intensamente y haciendo un esfuerzo, en el deseo de proporcionarle un gran
contento, le dejó ver uno de sus senos; tímida y pudorosa, sacó fuera del
vestido el pequeño fruto blanco; y en cuando él lo hubo besado de rodillas,
volvió a esconderlo con cuidado, ruborizada hasta el cuello. También hablaban,
pero de un modo nuevo, ya no como el primer día; se dieron mutuamente otros
nombres, y ella se complacía en referirle cosas de su infancia, de sus sueños y
juegos. Decíale también a menudo que sus amores merecían censura porque él
nunca podría hacerla su mujer; hablaba de esto triste y resignada, y embellecía
su amor con el misterio de esa tristeza como con un velo negro.
Por primera vez sentíase Goldmundo, no solamente deseado, sino
también amado por una mujer.
Lidia le dijo un día:
—Tú eres muy gallardo y tienes un aire alegre. Pero en el fondo
de tus ojos no hay alegría, sino pura tristeza; como si tus ojos supieran que
no existe la dicha y que todo lo bello y amado es efímero. Tienes los más
hermosos ojos que puede haber, y también los más tristes. Creo que ello se debe
a que eres un hombre sin hogar. Viniste a mí de los bosques y un día volverás a
partir, y dormirás de nuevo en el musgo y reanudarás tu vida errante... Pero;
dónde está mi hogar? Cuando te vayas, seguiré teniendo un padre y una hermana,
un aposento y una ventana donde pueda sentarme a pensar en ti; pero hogar ya no
lo tendré.
El la dejaba hablar, a veces se sonreía, a veces estaba
contristado. En ningún momento la consoló con palabras, sino sólo con suaves
caricias, sólo allegando a su pecho la cabeza de ella y susurrándole dulces
voces sin sentido como hacen las amas para calmar a los niños que lloran.
Cierta vez le dijo Lidia:
—Quisiera saber, Goldmundo, qué será de ti más adelante; en esto
pienso con frecuencia. No tendrás una vida vulgar, y tampoco fácil. ¡Ah, ojalá
te ayude la suerte! En ocasiones pienso que debías hacerte poeta, uno de esos
que tienen visiones y sueños y que saben expresarlos bellamente. Ah, tú
recorrerás todo el mundo y todas las mujeres te amarán, y, sin embargo, te
verás solo. ¡Mejor sería que retornases al convento junto a ese amigo tuyo de
quien tantas cosas me has contado! Rezaré por ti, para que no mueras un día
solo, desamparado, en medio del bosque.
Tales cosas acertó a decirle con honda gravedad, los ojos
perdidos. Mas luego volvía a cabalgar con él, riendo, por el campo otoñal, o le
proponía adivinanzas divertidas y le arrojaba ramas marchitas y lisas bellotas.
Una noche yacía Goldmundo en el lecho, en su alcoba, esperando
el sueño. Notaba el corazón pesado, de un modo dulce y doloroso; latíale,
pesado y lleno, en el pecho, sobrelleno de amor, sobrelleno de tristeza y
perplejidad. Oía el viento de noviembre dar sacudidas en el tejado; habíase
hecho ya costumbre en él estar así tendido en la cama un largo rato antes de
dormirse y que el sueño no viniera. Calladamente, recitaba en sus adentros,
según tenía por costumbre en la noche, un cántico mariano:
Tota pulchra est María,
et macula originalis non est in te.
Tu laetitia Israel,
Tu advocata peccatorum!
El cántico se le hundía en el alma con su suave melodía, mas, a
la vez, cantaba afuera el viento, cantaba de pugnas y errabundeo, del bosque,
del otoño, de la vida de los que carecen de hogar. Goldmundo pensaba en Lidia,
pensaba en Narciso y en su madre, sentía el intranquilo corazón lleno y pesado.
De pronto se sobresaltó y se quedó estupefacto, no creyendo lo
que veía: la puerta se había abierto y, en medio de la oscuridad, entró una
persona vestida de larga y blanca camisa. Era Lidia. Entró sigilosa, marchando
con pies desnudos sobre las baldosas, cerró despacio la puerta y se sentó en la
cama del joven.
—Lidia —susurró él—, ¡mi corcilla, mi blanca flor! Lidia, ¿qué
haces?
—Vengo a tu lado —dijo ella— sólo por un momento. Quería ver a
mi Goldmundo acostado en su camita, a mi corazón.
Se echó junto a él, ambos yacían callados, con el corazón pesado
y palpitante. Ella dejó que la besara, dejó que las manos maravilladas del
amado jugaran en su cuerpo; más no estaba permitido. Luego de un breve rato, le
retiró suavemente las manos, le besó en los ojos, se levantó sin decir palabra
y desapareció. Crujió la puerta, en la armadura del tejado zumbaba y golpeteaba
el viento. Todo parecía cosa de encantamiento, todo estaba lleno de misterio,
lleno de temor, lleno de promesas, lleno de amenazas. Goidmundo no sabía qué
pensar ni qué hacer. Cuando, tras un breve e intranquilo sueño, volvió a
despertarse, tenía la almohada húmeda de llanto.
Lidia volvió unos días después, el delicado espectro blanco, y
permaneció acostada con él un cuarto de hora, como la última vez. Ceñida por
los brazos del amado, hablábale con voz susurrante al oído; mucho tenía que
decir y de qué lamentarse. Goldmundo la escuchaba con cariño, su brazo
izquierdo estaba bajo el cuerpo de ella, con el derecho le acariciaba la
rodilla.
—Mi pequeño Goldmundo —díjole la muchacha con voz muy apagada,
pegando la boca a su mejilla—, ¡qué triste pensar que jamás podré ser tuya! No
durará mucho tiempo más nuestra pequeña dicha, nuestro pequeño secreto. Julia
ya sospecha algo y pronto ha de obligarme a que se lo diga. O, si no, mi padre
lo descubrirá. Si él me encontrara contigo en la cama, mi Goldmundo querido,
mal lo habría de pasar tu pobre Lidia; con los ojos llorosos, mirando hacia los
árboles vería pender en lo alto a su amor adorado, mecido por el viento. ¡Ah
mejor es que huyas, mejor que te marches ahora mismo, antes que mi padre te
haga atar y ahorcar! Ya vi otra vez ahorcar a uno, a un ladrón. No quiero verte
colgar, es preferible que te escapes y me olvides; ¡para que no mueras, dulce
Goldmundo, para que los páiaros no picoteen esos ojos azules! Pero no, tesoro
mío. no te vayas.. . ah, ¿qué sería de mí si me dejases sola?
—¿No querrías venir conmigo, Lidia? Huyamos juntos, ¡el mundo es
tan grande!
—¡Qué hermoso sería! —se dolió ella—; ah qué hermoso correr
contigo por todo el ancho mundo! Pero no puedo. Yo no puedo dormir en el
bosque, ni carecer de hogar, ni llevar briznas de paja en los cabellos; nada de
eso puedo sufrir. Y tampoco puedo causarle tal vergüenza a mi padre... No,
cállate, no son meras imaginaciones. ¡No puedo! Me resulta tan imposible como
comer en un plato sucio o dormir en la cama de un leproso. Ah, a nosotros nos
está prohibido todo lo bueno y hermoso, hemos nacido ambos para el dolor.
Goldmundo, pobre rapazuelo mío, temo que, al cabo, he de verte ahorcar. Y a mí
me encerrarán y luego me enviarán a un convento. Amor mío, debes abandonarme, y
holgarte de nuevo con las gitanas y las campesinas. Ah, vete, vete, antes de
que te prendan y te aten. ¡Jamás seremos felices, jamás!
Goldmundo le acariciaba con ternura la rodilla, v tocándole
delicadamente el sexo, le pidió:
—¡Pudiéramos ser tan felices, florecilla mía! ¿No me dejas?
Lidia, sin enojo, pero con energía, le apartó la mano y se
separó un poco.
—No —dijo—, no, no te dejo. Me está prohibido. Tú, pequeño
gitano, quizá no lo comprendas. Estoy procediendo mal, no soy una muchacha como
se debe, a toda la casa acarreo vergüenza. Pero en cierto rincón del fondo del
alma sigo siendo altiva, allí nadie puede entrar. Y tú debes permitírmelo,
pues, de lo contrario, nunca más vendría a tu habitación.
Jamás había Goldmundo desatendido una prohibición, un deseo, una
indicación suya. Él mismo se asombraba del gran poder que la joven tenía sobre
él. Pero sufría. Sus sentidos hallábanse insatisfechos y su corazón se
resistía, a menudo impetuosamente, a aquella dependencia. A veces se esforzaba
por librarse de ella. A veces cortejaba con exquisita cortesía a la pequeña
Julia; convenía sobremanera estar en buenas relaciones con aquella importante
persona y, en lo posible, engañarla. Era curioso lo que le sucedía con aquella
Julia, que en ocasiones procedía como una niña y en ocasiones parecía saberlo
todo. Sin duda era más bella que Lidia, era una belleza nada común, y esto,
unido a su ingenuidad infantil un tanto precoz, constituía para Goldmundo un
gran atractivo; a menudo sentíase intensamente enamorado de ella. Cabalmente en
ese intenso atractivo que la hermana ejercía sobre sus sentidos solía él
descubrir, con asombro, la diferencia entre el deseo carnal y el amor. Al
principio había mirado a las dos hermanas con iguales ojos, había encontrado a
ambas codiciables, aunque a Julia más hermosa y más digna de ser seducida;
había galanteado a las dos y de las dos había estado siempre pendiente. ¡Y
ahora Lidia venía a ganar sobre él aquel poder! Tanto la amaba que incluso
renunciaba por amor a su plena posesión. Había llegado a conocer y amar su
alma, que, en su infantilidad, su ternura y su propensión a la tristeza, le
parecía hermana de la propia; con frecuencia le causaba profundo pasmo y
delicia la estrecha correspondencia que existía entre aquella alma y su cuerpo;
ya hiciera alguna cosa, ya dijera algo, ya exteriorizara algún deseo o juicio,
su palabra y la actitud de su alma llevaban exactamente el mismo sello que la
línea de sus ojos y la configuración de sus dedos.
Aquellos momentos en que creía ver las formas fundamentales y
las leyes según las cuales estaba construido el ser de Lidia, así su cuerpo
como su alma, habían despertado reiteradamente en Goldmundo el afán de retener
y reproducir algo de aquella figura, al punto que intentó dibujar de memoria,
con unos rasgos de pluma, en ciertas hojas que tenía muy guardadas, el contorno
de su cabeza, la línea de sus cejas, su mano, su rodilla.
Con Julia eso resultaba un tanto difícil. Barruntaba,
evidentemente, la ola de amor en que su hermana mayor flotaba, y sus sentidos
se volvían llenos de curiosidad y avidez hacia el paraíso, sin que su obstinada
razón quisiera reconocerlo. Mostraba hacia Goldmundo una exagerada frialdad y
antipatía, no obstante lo cual podía, en momentos de distracción, observarlo
con admiración y lasciva curiosidad. Con Lidia era a menudo muy cariñosa, a
veces iba a verla a la cama y, entonces, respiraba con callada codicia en la
región del amor y del sexo y rozaba audazmente el prohibido y ansiado secreto.
Luego tornaba a dar a entender, en forma casi ofensiva, que conocía el oculto
pecado de Lidia y que lo despreciaba. Aquella niña linda y caprichosa llameaba,
atrayente y perturbadora, entre los dos amantes, golosineaba en sueños
sedientos, en su intimidad, y ora se hacía la ignorante, ora dejaba entrever un
peligroso conocimiento del asunto; de niña que era, había llegado a convertirse
rápidamente en una potencia. Todo esto le causaba más sufrimiento a Lidia que a
Goldmundo, quien, fuera de las comidas, raramente se veía con la pequeña.
Tampoco podía ocultársele a Lidia que Goldmundo no era insensible al atractivo
de Julia, y alguna vez notó que su mirada se posaba en ella, aprobatoria y
gozadora. No podía decir nada, todo era muy difícil, todo estaba lleno de
peligros; había que cuidar especialmente de no disgustar y molestar a Julia;
ah, en cada día, en cada hora podía descubrirse el secreto de su amor, y su
penosa, angustiosa felicidad tener un término, quizá terrible.
En ocasiones se maravillaba Goldmundo de no haberse marchado de
aquella casa hacía tiempo. Era ingrato vivir como él vivía: amado pero sin
esperanza ni de una dicha lícita y duradera ni de las sencillas expansiones a
que sus amorosos deseos estaban acostumbrados hasta entonces; con los instintos
siempre excitados y hambrientos, nunca saciados, y, además, en permanente
peligro. ¿Por qué continuaba allí soportándolo todo, todos aquellos enredos y
enmarañados sentimientos? ¿Acaso no se trataba de experiencias, sentimientos y
estados de conciencia propios de sedentarios, de los que viven legalmente, de
gentes habitadoras de aposentos calientes? ¿No le correspondía a él el derecho,
inherente a los que no tienen hogar ni exigencias, de desentenderse de todas
esas sutilezas y complicaciones y reírse de ellas? Sí, tenía ese derecho y era
un loco al buscar aquí una especie de hogar y pagarlo con tantos dolores y
preocupaciones. Y, sin embargo, lo hacía y lo sufría, lo sufría de buen grado
y, en el fondo, se sentía feliz. Era necio y arduo, complicado y trabajoso,
amar de esa manera, pero era maravilloso. Era maravillosa la tristeza
oscuramente bella de aquel amor, su locura y su desesperanza; eran hermosas
aquellas noches sin sueño llenas de cavilaciones y de temores de corazón; era
hermoso y exquisito todo aquello, como el rasgo de dolor de los labios de
Lidia, como el tono apagado y resignado de su voz cuando hablaba de su amor y
de sus inquietudes. En pocas semanas, aquel gesto de amargura había nacido y se
había asentado en el joven rostro de Lidia, cuyas líneas le parecía tan hermoso
e importante dibujar; y sentía que, en aquellas pocas semanas, él mismo se
había convertido en otro individuo, mucho más viejo, no más inteligente, pero
sí más experimentado; no más feliz, pero sí de alma más madura y más rica.
Había dejado de ser un muchacho. Con su voz suave y apagada, díjole Lidia: —No
estés triste, no lo estés por causa mía; quisiera darte alegría y verte
dichoso. Perdona que te haya vuelto triste y que te haya contagiado mi temor y
mi congoja. Por las noches, tengo unos sueños muy extraños: me imagino que voy
por un desierto inmenso y tenebroso a más no poder, y que marcho y marcho por
él buscándote, y no te encuentro, y sé que te he perdido y que tendré que
seguir marchando constantemente, sola. Y luego, al despertar, pienso: ¡Qué
bueno, qué magnífico que aún esté aquí y que vaya de verle unas semanas más o
unos días, tanto da, pero que aún esté aquí!
Una mañana se despertó Goldmundo en su lecho al romper el alba y
permaneció un rato tendido y cavilando. Seguían rondándole imágenes de un
sueño, aunque inconexas. Había soñado con su madre y con Narciso; aún veía con
claridad las dos figuras. Cuando se hubo liberado de los hilos del sueño, cayó
sobre él una luz singular, una especial claridad que ahora entraba por el
pequeño hueco de la ventana. Saltó de la cama y corrió a la ventana y vio sus
molduras, el tejado de la cuadra, la entrada del patio y, más allá, el paisaje
todo, los campos que resplandecían con un tono blanco azulenco, cubiertos de
las primeras nieves del invierno. El contraste que presentaban, la inquietud de
su corazón y el tranquilo, sumiso, mundo invernal lo dejó estupefacto: con qué
calma, con qué duizura y mansedumbre se ofrecían sembrados y bosques, collados
y praderas al sol, al viento, a la lluvia, a la sequía, a la nieve; qué
hermosos y pacientes soportaban arces y fresnos la carga del invierno! ¿Sería
posible ser como ellos, aprender algo de ellos? Salió al patio, caminó por la
nieve y la tocó con las manos; entró en el jardín y contempló sobre el alto
valladar nevado los rosales, que se doblaban bajo el peso de la nieve.
Tomó, para desayunar, una sopa de harina; todos hablaban de
aquella nieve primera, todos —también las muchachas— habían estado ya afuera.
La nieve había llegado tarde aquel año, era ya próxima la Navidad, El caballero
habló de los países del sur, donde nunca nieva. Pero lo que hizo inolvidable
para Goldmuodo aquel primer día del invierno sólo se presentó ya muy entrada la
noche.
Las dos hermanas habían tenido el mismo día un altercado del que
Goldmundo nada sabía. Por la noche, cuando todo estaba tranquilo y oscuro en la
casa, llegó Lidia junto a él, como solía, se echó en silencio a su lado y apoyó
la cabeza en su pecho para escuchar el latir de su corazón y consolarse con su
compañía. Estaba turbada y amedrentada, temía que Julia le hiciera traición,
pero no se decidía a contárselo al amado por no causarle inquietud. Por eso
permanecía quieta y callada, pegada a su corazón, oyéndole a veces susurrar
alguna palabra de cariño y sintiendo la mano de él en sus cabellos.
Mas, de pronto —aún no llevaba mucho tiempo allí tendida—, se
espantó terriblemente y se incorporó de golpe con los ojos dilatados. Y también
Goldmundo se espantó no poco al ver que la puerta de la alcoba se abría y
entraba una persona a la que, por el temor que le poseía, no reconoció
inmediatamente. Sólo cuando la aparición se allegó a la cama y se inclinó sobre
ella, descubrió, con el corazón angustiado, que era Julia. La joven emergió de
un manto que se había echado encima de la camisa, y dejó caer el manto al
suelo. Lidia, lanzando un ay, como herida de una puñalada, se desplomó en el
lecho y se aferró a Goldmundo.
Con un tonillo de ironía y malicia, aunque con voz insegura,
dijo Julia:
—No quiero quedarme sola en el cuarto. O me permitís estar en
vuestra compañía, o, de lo contrario, iré a despertar a mi padre.
—Bien, ven acá —profirió Goldmundo apartando los cobertores—.
Seguramente tienes los pies fríos.
Ella entró sin dilación; al joven le costó trabajo hacerle algo
de lugar en el angosto lecho, pues Lidia había enterrado la cara en la almohada
y permanecía inmóvil. Finalmente, los tres quedaron tendidos, una muchacha a
cada lado de Goldmundo; y éste no pudo dejar de considerar un instante cuánto
hubiese correspondido, hasta poco antes, a sus deseos la situación en que ahora
se hallaba. Con extraño temor, aunque íntimamente encantado, sentía en su
costado la cadera de Juiia.
—Alguna vez había de probar —dijo ella luego— cómo se descansa
en tu lecho, que a m¡ hermana tanto le agrada.
Goldmundo, para calmarla, frotóle levemente el cabello con la
mejilla y le acarició con mano suave las caderas y la rodilla, como se hace con
una gata; y ella se apaciguó, callada y curiosa, al contacto de su mano; sentía
el hechizo devota y embriagada, no ofrecía resistencia. Pero al tiempo que
realizaba este conjuro, Goldmundo atendía también a Lidia; murmurábale al oído
dulces e íntimas palabras de amor y, poco a poco, consiguió que, por lo menos,
levantara el rostro de la almohada y lo volviera hacia él. En silencio,
besábale la boca y los ojos, mientras al otro lado su mano mantenía en
encantamiento a la hermana; y al mismo tiempo se hacía cargo de lo embarazoso y
embrollado de la situación, hasta juzgarla insoportable. Fue su mano izquierda
la que le hizo ver claro; a medida que ella se familiarizaba con las formas
bellas, quietamente expectantes de Julia, percatábase por vez primera, no sólo
de la hermosura y la honda desesperanza de su amor por Lidia, sino también de
su ridiculez. Parecíale ahora, mientras tenía los labios en Lidia y la mano en
Julia, que debía obligar a Lidia a la entrega o apartarla de su camino. El
amarla y, sin embargo, abstenerse de ella, había sido desatinado e injusto.
—Corazón mío —le susurró a Lidia en el oído—, nos atormentamos
inútilmente. ¡Qué felices podríamos ser ahora los tres! ¡Hagamos lo que nuestra
sangre nos pide!
Como ella se negara horripilada, su deseo buscó refugio en la
otra, y su mano fue tan diestra que Julia respondió con un largo y trémulo
suspiro de voluptuosidad.
Al oír Lidia este suspiro, se le apretó el corazón de celos,
como si hubiesen vertido en él veneno. Se incorporó de súbito, apartó las
mantas, Saltó de la cama, y gritó:
—¡Julia; vamonos!
Julia se sobresaltó; la imprudente violencia de aquel grito, que
podía denunciarlos a todos, le indicaba ya el peligro, y se levantó
calladamente.
Pero Goldmundo, ofendido y engañado en todos sus instintos,
abrazó rápidamente a Julia en el momento que se levantaba, la besó en ambos
senos y le musitó, apasionadamente, al oído:
—¡Mañana, Julia, mañana!
Lidia estaba en camisa y descalza; en el pavimento de piedra los
dedos de los pies se le encorvaban de frío. Alzó del suelo el manto de Julia y
se lo echó a la hermana sobre los hombros con un gesto doliente y humilde, que
ésta no dejó de advertir, a pesar de la oscuridad, y que la llenó de emoción y
la desenojó. Las dos salieron sigilosamente de la estancia y se alejaron. Lleno
de sentimientos en pugna, Goldmundo las siguió con el oído y respiró con alivio
cuando en la casa volvió a reinar un silencio sepulcral.
De aquella singular y antinatural entrevista pasaron los tres
jóvenes a una meditativa soledad, pues tampoco las hermanas, después de llegar
a su dormitorio, se pusieron a conversar, sino que cada una permanecía
despierta en su cama, solitaria, callada y altiva. Un espíritu de infortunio y
antagonismo, un demonio de insensatez, aislamiento y confusión del ánimo
parecía haberse adueñado de la casa. Goldmundo no se durmió hasta la
medianoche, y Julia hasta la madrugada. Lidia seguía despierta y afligida cuando
sobre la nieve apuntó el día pálido. Levantóse en seguida, se vistió,
permaneció un buen rato rezando de rodillas ante su pequeño Cristo de madera, y
tan pronto como percibió en la escalera los pasos de su padre, fue junto a él y
le dijo que quería hablarle. Sin tratar de distinguir entre su preocupación por
la doncellez de Julia y sus celos, había decidido poner término a aquel asunto.
Todavía continuaban durmiendo Goldmundo y Julia, cuando el caballero sabía ya
todo lo que Lidia había estimado oportuno comunicarle. La participación de
Julia en la aventura se la había callado.
Al presentarse Goldmundo en el gabinete de estudio, a la hora
acostumbrada, vio que el caballero, a quien de ordinario encontraba en
pantuflas y sayo afelpado, entregado a sus papelotes, calzaba botas, vestía
jubón y llevaba la espada ceñida, y comprendió incontinenti lo que aquello
significaba.
—Ponte la gorra —dijo el caballero—. Tenemos que ir a alguna
parte.
Goldmundo cogió la gorra del clavo en que estaba colgada y, en
pos de su patrón, bajó la escalera, cruzó el patio y franqueó el portón. Las
suelas de sus zapatos crujían sonoras en la nieve ligeramente helada; en el
cielo quedaban aún algunos arreboles del alba. El caballero marchaba delante,
en silencio; el joven le seguía, volviendo repetidamente la mirada hacia el
patio, hacia la ventana de su cuarto, hacia el pino tejado cubierto de nieve,
hasta que todo se hundió y no fue posible ver nada más. Nunca volvería a ver
aquel tejado y aquella ventana, nunca más el gabinete de estudio y la alcoba,
nunca más a las dos hermanas. Aunque desde bastante atrás le rondaba el
pensamiento de una repentina separación, se le encogió dolorosamente el
corazón. Esta despedida le causaba amarga congoja.
Así estuvieron caminando durante una hora, el patrón siempre
delante, sin hablarse. Goldmundo empezó a pensar en su destino. El caballero
estaba armado, tal vez fuera a matarlo. Sin embargo, no lo creía. No era grande
el peligro; si echaba a correr, el anciano nada podría hacer con su espada. No,
su vida no estaba en peligro. Pero aquel marchar en silencio tras el ofendido y
grave caballero, aquel verse conducido, le resultaba cada vez más insoportable.
Finalmente el hombre se detuvo.
—Y ahora —dijo con voz quebrada— proseguirás solo, siempre en
esta dirección, y tornarás a la vida errante a que estabas acostumbrado. Si
vuelves a aparecer por las cercanías de mi casa, te matarán de un tiro. No
quiero tomarme venganza de ti; hubiese debido ser más prudente y no permitir
que un sujeto tan mozo se acercara a mis hijas. Pero si osas regresar, perderás
la vida. Vete, pues, y que Dios te perdone.
Permanecía quieto y erguido, y a la pálida luz de la mañana de
nieve su rostro de barba gris parecía apagado. Como un espectro, permanecía
quieto y erguido, y no se movió del lugar hasta que Goldmundo desapareció tras
el primer cerro. Habíanse desvanecido los fulgores rojizos en el cielo nublado,
no lució el sol, empezó lentamente a nevar con copos tenues, vacilantes.
CAPÍTULO IX
Goldmundo conocía la comarca por haberla recorrido en sus paseos
a caballo; sabía que pasando el helado juncal se encontraba uno de los graneros
del caballero, y más allá una alquería donde le conocían; en cualquiera de
estos lugares podía descansar y pasar la noche. Lo demás ya se vería mañana.
Poco a poco le volvió el ansia de libertad y de tierras extrañas que por un
tiempo había perdido. Las tierras extrañas no tenían un sabor muy grato en
aquel día de invierno gélidamente hosco, olían demasiado a penalidades, a
hambre y estrechez, mas, sin embargo, su lejanía, su grandeza y su áspero rigor
sonaban en el delicado y confuso corazón del joven con un tono sedante y casi
consolador.
Estaba fatigado de tanto correr. Se acabó el cabalgar, pensaba.
¡Oh ancho mundo! Caía poca nieve; en lontananza las crestas de los bosques y
las nubes se confundían en una masa gris, la quietud se extendía
indefinidamente, hasta los confines del mundo. ¿Qué sería ahora de Lidia, de
aquel pobre corazón angustiado? Sintió compasión de ella; en ella pensaba con
ternura mientras descansaba sentado en medio del desierto juncal bajo un fresno
solitario y pelado. El frío le obligó, finalmente, a abandonar el lugar, se
irguió con las piernas entumecidas, fue apretando gradualmente el paso, la
escasa luz de aquel día nebuloso parecía ya declinar. Mientras avanzaba a buen
tranco por los campos desiertos, se le disipaban los pensamientos. Lo que ahora
importaba no era pensar o alimentar sentimientos, por tiernos y hermosos que
fuesen, sino mantenerse caliente, encontrar a tiempo un lugar para pasar la
noche, arreglárselas, como las martas y los zorros, para vivir en aquel mundo
helado e inhóspito y evitar sucumbir en medio del campo; lo demás carecía de
valor.
Como creyera oír un lejano batir de cascos, miró sorprendido a
su alrededor. ¿Sería posible que alguien lo siguiera? Echó mano al cuchillo de
monte que llevaba en el bolsillo y lo aflojó de su vaina de madera. Ahora veía
ya al jinete; a distancia descubrió que montaba un caballo de la cuadra del
caballero y que venía en derechura hacia él. Hubiese sido inútil huir; se
detuvo y esperó, sin sentir realmente miedo, aunque estaba tenso y curioso y le
palpitaba el corazón. Una idea le cruzó fugaz e impetuosamente por la cabeza:
"No me vendría mal liquidar a este jinete; tendría un jaco y el mundo
sería mío." Mas cuando reconoció al jinete, que no era otro que Juan, el
mozo de cuadra, con sus ojos zarcos, como de agua, y su semblante bondadoso y
tímido, no pudo menos de echarse a reír; para matar a este hombre bueno y dulce
sería menester tener el corazón de piedra. Saludó cordialmente a Juan y también
saludó con cariño al caballo Aníbal, que lo reconoció en seguida, y le acarició
el cuello caliente y húmedo.
—¿Adonde vas, Juan? —le preguntó.
—En tu busca —respondió el mozo con una risa que le hacía
enseñar los dientes blanquísimos—. ¡No has corrido poco, en verdad! En fin, no
puedo detenerme; vengo, únicamente, a traerte un saludo y entregarte esto.
—¿Un saludo de parte de quién?
—De parte de la señorita Lidia! ¡Vaya día que hemos pasado por
causa tuya, maestro Goldmundo! Siéntome feliz de haber podido alejarme de allí
por un instante. Aunque el señor no debe enterarse de que me largué para llevar
encargos; podía costarme el pellejo. Toma, pues.
Le alargó un pequeño paquete, que Goldmundo recogió.
—Oye, Juan, ¿llevarías por casualidad en el bolsillo un pedazo
de pan? Dámelo, si lo tienes.
—¿Pan? Creo que aún vamos a encontrar algún mendruguillo. —Hurgó
en los bolsillos y extrajo un trozo de pan negro. Después de entregárselo,
quiso partir.
—¿Cómo está la señorita? —le preguntó Goldmundo—. ¿No te ha
encargado nada más? ¿No traes alguna cartita?
—Nada. Sólo la vi un momento. En casa hay borrasca, ¿sabes?; el
señor anda de un lado para otro todo agitado como el rey Saúl. Bueno: yo debía
entregarte eso, y listo. Tengo que regresar.
—Aguarda un momento. ¿No podrías dejarme tu cuchillo de monte?
El mío es muy pequeño. Caso de que encontrara lobos y... siempre me iría mejor
si tuviese en la mano algo más eficaz.
Pero Juan le dijo que de eso ni hablar. Mucho lamentaría que le
sucediera algo al maestro Goldmundo. Pero lo que es el cuchillo no se lo
cedería a nadie, eso no, ni siquiera por dinero o a cambio de algo, ah no,
aunque se lo pidiera la mismísima Santa Genoveva. Y agregó que tenía ya que
largarse y que lo pasara bien y que lo lamentaba mucho.
Se estrecharon las manos, el mozo se alejó en su caballo y
Goldmundo lo siguió con la mirada, sintiendo en el corazón una extraña congoja.
Y luego abrió el paquete sintiendo ya contento de las excelentes tiras de cuero
de ternera con que venía atado. En su interior encontró un corpiño de punto, de
gruesa lana gris, que, sin duda, Lidia había hecho para él, y dentro de aquella
prenda venía, bien envuelta, una cosa dura, un pedazo de jamón, y en el jamón
había un pequeño corte en el que se albergaba un reluciente ducado de oro. No
apareció ningún billete. Con los regalos de Lidia en las manos, permaneció unos
instantes de pie en medio de la nieve, indeciso; luego se quitó el jubón y se
puso el corpiño de lana y notó que le daba un grato calorcillo. Con toda rapidez
terminó de vestirse, escondió la moneda de oro en el más seguro de sus
bolsillos, se ciñó las correas a la cintura y siguió camino a campo traviesa;
era ya hora de procurarse un lugar de reposo, notaba gran cansancio. Mas no
quería ir junto al labrador, a pesar de que allí estaría más caliente y,
además, podría encontrar leche; no quería hablar ni que le hicieran preguntas.
Pernoctó en el granero, reanudó la marcha muy temprano con helada y un viento
cortante; el frío lo aguijó a hacer largas jornadas. Soñó muchas noches con el
caballero y su espada y las dos hermanas; durante muchos días la soledad y la
melancolía le oprimieron el corazón.
Una de las noches siguientes la pasó en una aldea cuyos pobres
campesinos no pudieron ofrecerle pan aunque sí una sopa de mijo. Nuevas
experiencias le esperaban aquí. Durante aquella noche la campesina de quien era
huésped dio a luz un niño, y Goldmundo asistió al parto, pues le fueron a
levantar de la paja para que ayudara, aunque, a la postre, toda su intervención
se redujo a sostener la luz mientras la comadrona cumplía su tarea. Por vez
primera veía un alumbramiento y no apartaba los ojos pasmados y afiebrados del
rostro de la parturienta; acababa de enriquecerse, de pronto, con una nueva
experiencia. Al menos, lo que descubría en aquel rostro le parecía muy
interesante. Pues mientras, a la luz de la tea de pino, clavaba la mirada con
ávida curiosidad en la cara de aquella mujer que se contorcía con sus dolores,
observó, en manera inesperada, que los rasgos del desencajado semblante de la
que gritaba no eran muy distintos de los que había visto en otros rostros
femeninos en el momento de la embriaguez amorosa. La expresión de intenso dolor
en un rostro era, en verdad, más violenta y más afeadora que la expresión de
intenso placer... mas, en el fondo, no difería de ella; era el mismo
contraerse, un tanto sardónico, el mismo encenderse y apagarse. Sin que supiese
por qué, le resultaba en extremo sorprendente que el dolor y el placer pudieran
ser tan semejantes como hermanos.
Y aun le aconteció algo más en aquella aldea. Por causa de la
mujer del vecino, quien, al verle, en la mañana que siguió a la noche del
parto, respondió inmediatamente a la pregunta de sus ojos enamorados,
permaneció en el lugar una noche más; y, por cierto, la dejó muy satisfecha,
pues era la primera vez desde hacía largo tiempo, y después de todos los
amores, al principio excitantes y luego decepcionantes de las últimas semanas,
que su instinto tornaba a verse satisfecho y apaciguado. Y esta demora le condujo
a una nueva aventura; porque a ella se debió que en el segundo día encontrara
en aquella misma aldea un camarada, un sujeto alto y arriscado, llamado Víctor,
con traza de entre clerizonte y bandolero, que lo saludó con unos latinajos y
se presentó como escolar vagante aunque ya había pasado, con mucho, los años de
la escuela.
Aquel individuo, que llevaba barba en punta, saludó a Goldmundo
con cierta cordialidad y un gracejo de tunante, con lo que se ganó en seguida
al joven camarada. Y como éste le preguntara dónde había estudiado y adonde se
encaminaba, el original cofrade profirió en tono declamatorio:
—Muy ilustres y famosas escuelas, en Dios y en mi ánima, he
frecuentado a lo largo de mí vida. Estuve en Colonia y en París, y pocas veces
se han dicho cosas más sustanciosas sobre la metafísica de la morcilla de
hígado de las que yo dije en mi disertación de Leiden.
Desde entonces, amice, recorro, pobre zascandil, el Imperio
germánico, con el alma atormentada por hambre y sed inmensurables; llámanme el
terror de los campesinos y tengo por profesión enseñar latín a las doncellas y
atraer con artes mágicas a mi barriga los chorizos que cuelgan en las
chimeneas. Es mi principal objetivo la cama de la mujer del burgomaestre, y si
antes no me comen los cuervos, difícilmente podré librarme de la grave y penosa
carga de un arzobispado. No hay nada mejor, joven colega, que vivir al día; y
quiero que sepas que nunca un asado de liebre se sintió, en parte alguna, más a
gusto que en mi pobre estómago. El rey de Bohemia es hermano mío y nuestro
padre común nos alimenta tanto a él como a mí; pero los trabajos más pesados
los deja a mi cargo; y así anteayer, tan severos y duros de corazón son los
padres, quiso sacrificarme sin piedad para salvar la vida a un lobo que se
moría de hambre. Y si yo no hubiese dado muerte a la espantable bestia, señor
colega, a fe que nunca hubieses podido gozar del alto honor de mi grata
amistad. In saecula saeculorum, Amen.
Goldmundo, poco familiarizado todavía con aquel humor
patibulario y aquel latín goliardesco, recelábase un poco del larguirucho y
desgreñado galopín y de las desagradables risotadas con que acompañaba sus
propios chistes; mas, con todo, aquel tunante le resultaba simpático y se dejó
persuadir fácilmente de que prosiguieran viaje juntos, pues, fuese o no embuste
lo del lobo muerto, siempre se iba más seguro en compañía y había menos que
temer. Pero antes de continuar adelante, quiso el hermano Víctor hablar latín
con los paisanos, como él lo llamaba, y se aposentó en la casa de un labrantín.
No procedía como Goldmundo había procedido hasta allí cuando era huésped de un
cortijo o un lugar, sino que iba de cabaña en cabaña, iniciaba un palique con
cada mujer, metía la nariz en establos y cocinas, dando muestras de no estar
dispuesto a salir del lugar hasta que todas las casas le hubiesen pagado su
tributo y alcabala. Refería a los labriegos historias de la guerra de Italia y
cantaba al amor de la lumbre la canción de la batalla de Pavía, recomendaba a
las abuelas remedios contra el reuma y la caída de los dientes, parecía saberlo
todo y haber estado en todas partes, y se llenaba el seno, hasta reventar, de
pan, nueces y orejones de pera. Goldmundo observaba asombrado cómo desarrollaba
infatigablemente su campaña, cómo asustaba a la gente o se la ganaba con sus
zalamerías, cómo se daba importancia y provocaba admiración, cómo unas veces
chapurreaba latín y se las echaba de letrado y otras impresionaba con un hablar
de picaro pintoresco y desvergonzado; cómo, en medio de la narración o de la
erudita perorata, registraba con ojos escudriñadores, alertas, todas las caras,
todo cajón de mesa que se abriera, todos los platos y todas las hogazas. Bien
advertía que se trataba de un sujeto avispado y ladino, de un pillaban que
había rodado mundo, que había visto y vivido mucho y pasado mucha hambre y
mucho frío y, en la áspera lucha por una vida de miseria y riesgo, se había
vuelto sagaz y descarado. Esto, pues, llegaban a ser los que vivían largo
tiempo errabundos.
¿Vendría también él a convertirse, al cabo, en un individuo de
tal jaez?
Al día siguiente reanudaron la marcha; Goldmundo probaba por
primera vez el caminar en compañía. Tres días estuvieron andando juntos, y
durante ellos Goldmundo aprendió algunas cosas de su compañero. La costumbre,
trocada ya instinto, de referir todo a las tres necesidades fundamentales del
hombre sin hogar, la de defender la vida, la de tener un albergue para la noche
y la de procurarse alimento, había enseñado mucho al inveterado vagabundo. El
descubrir por casi imperceptibles indicios la proximidad de moradas humanas,
incluso en invierno, incluso de noche, o los rincones de bosques y selvas más
cómodos para descansar o dormir; el rastrear, en seguida de entrar en un
aposento, el grado de bienestar o pobreza de su habitador, así como el de su
bondad, de su curiosidad o de su miedo... todas estas eran artes en que Víctor
había alcanzado la maestría. Algunas cosas instructivas comunicó a su joven
camarada. Y como Goldmundo le repusiera cierta vez que no había menester de
acercarse a la gente con esa actitud de premeditado cálculo, y que a él, pese a
ignorar tales artes, sólo en muy raros casos le habían denegado sus amistosas
demandas de hospitalidad, el larguirucho Víctor se echó a reír y dijo con aire
bonachón:
—Ya, ya, Goldmundillo; a ti puede irte bien porque eres joven y
lindo y tienes pinta de inocente y esto es la mejor boleta de alojamiento.
Agradas a las mujeres, y los hombres se dicen: ¡Por el amor de Dios, si es un
infeliz y un alma candida, incapaz de hacer mal a nadie!
Pero el hombre envejece, hermano, y a aquella cara de niño le
saldrán barba y arrugas, y los calzones se te llenarán de sietes, y cuando
menos lo pienses, cátate convertido en un huésped feo e indeseable a cuyos ojos
no se asoma ya la juventud y la inocencia sino el hambre; y para cuando llegue
ese instante uno tiene que estar endurecido y haber aprendido algo del mundo,
pues, de lo contrario, no tardará en dormir en el estiércol y los perros se
mearán en él. Barrunto, de todos modos, que tú no has de andar trotando por el
mundo largo tiempo, pues tienes manos delicadas y hermosa guedeja, y el día
menos pensado volverás a amadrigarte en algún lugar donde se viva mejor, en un
hermoso y caliente lecho nupcial o en un hermoso y bien abastado convento o en
un confortable gabinete de estudio. Por lo demás, llevas tan elegantes vestidos
que se te pudiera tomar por un hidalgo.
Sin dejar de reír, empezó a pasarle la mano por el cuerpo, y
Goldmundo sentía cómo aquella mano rebuscaba y palpaba en todos los bolsillos y
costuras; y se esquivó, pensando en su ducado. Hablóle de la temporada que
había pasado en la casa del caballero y de cómo se había ganado el lindo
vestido escribiendo en latín. Pero Víctor quería saber por qué motivo había
abandonado en pleno invierno aquel tibio nido, y Goldmundo, que no estaba
acostumbrado a mentir, le contó algo de las dos hijas del caballero. Prodújose
entonces la primera disputa entre los dos camaradas. Estimaba Víctor que
Goldmundo era un perfecto asno al irse del castillo y renunciar a la grata
compañía de las jóvenes.
Había que corregir aquel yerro y de eso se encargaba él. Se
encaminarían al castillo; Goldmundo, naturalmente, no aparecería por allá sino
que lo dejaría todo en sus manos. Escribiría un billetito a Lidia, en el que le
diría esto y lo otro, y Víctor se iría con el billete al castillo, y por las
llagas de Cristo que no retornaría sin traer tanto y cuanto en dinero y
especie. Y prosiguió por este tenor. Goldmundo rechazó la propuesta y terminó
encolerizándose; no quería ni que le hablase del asunto y se negó a revelarle
el nombre del caballero y el camino que a su residencia conducía.
Al verlo tan airado, Víctor volvió a reír y adoptó un aire
bondadoso.
—Bueno —dijo—, bueno; no te vayas a quebrar los dientes. Lo
único que te digo es que con tu absurda conducta dejarás que se nos escape una
magnífica presa y ello no está bien ni es propio de un camarada. ¡Pero tú no
quieres, eres un noble altivo, retornarás a caballo a tu castillo y te casarás
con la dama! ¡Ah, mozo, y de qué caballerescas majaderías tienes llena la
cabeza! En fin, lo que es por mí, ya podemos echar a andar y que se nos hielen
los dedos de los pies.
Goldmundo estuvo de mal humor y silencioso hasta que oscureció,
mas como en aquel día no hallaron casa alguna ni rastro de gente, aceptó
complacido que Víctor eligiera un lugar para pasar la noche; que construyera,
en el lindero del bosque, un reparo entre dos troncos y que extendiera sobre el
suelo una espesa capa de ramas de abeto. Comieron pan y queso que Víctor
extrajo de sus repletos bolsillos; Goldmundo estaba avergonzado de su arrebato
y se mostraba amable y servicial, y ofreció al compañero su corpino de lana
para la noche. Convinieron en montar guardia por turno a fin de protegerse de
los animales, y Goldmundo inició la primera guardia mientras el otro se tendía
en las ramas de abeto. Largo rato permaneció Goldmundo de pie apoyado en el
tronco de un pino, sin moverse, para que su camarada pudiera conciliar el
sueño. Luego se puso a pasear de un lado para otro pues tenía frío. Iba y venía
con vivo paso, extendiendo cada vez más el trecho de su recorrido; veía las
copas de los abetos clavarse agudas en el cielo pálido, percibía la honda
quietud de la noche invernal, solemne y un tanto angustiosa, sentía latir
solitario su cálido corazón lleno de vida en medio de la gélida, muda quietud;
y, volviéndose levemente, oyó el respirar de su compañero dormido. Hincósele
entonces en el alma, con más fuerza que nunca, la emoción de los vagabundos, de
los que entre sí y la gran angustia no han levantado pared ninguna de casa,
castillo ni convento, de los que corren desnudos y solos por el mundo
incomprensible y enemigo, solos entre las frías y burlonas estrellas, entre los
animales acechantes, entre los árboles pacientes, imperturbables. No, pensaba,
jamás sería como Víctor, aunque estuviera errando toda su vida. Ese modo de
defenderse del espanto no lo podría él aprender, no podría aprender ese taimado
y ladronil moverse con sigilo, ni tampoco esa ruidosa y desvergonzada especie
de bufonería, ese verboso humor patibulario del fanfarrón. Quizá tenía razón
aquel sujeto agudo y descocado, quizá nun-
ca sería del todo igual a él, nunca del todo un vagabundo, y un
buen día treparía por alguna pared para ponerse al abrigo. Empero continuaría
siendo un hombre sin hogar ni objetivo, jamás se sentiría protegido ni seguro,
siempre se le aparecería el mundo en torno enigmáticamente hermoso y
enigmáticamente inquietante, siempre tendría que oír esta quietud en cuyo
centro latía, frágil y temeroso, su corazón. Veíanse pocas estrellas, no corría
viento, pero, en la altura, las nubes parecían agitadas.
Al cabo de un largo rato, Víctor se despertó —no había querido
arrancarlo al sueño— y lo llamó.
—Ven acá —le dijo—; tienes que dormir, porque, si no, mañana no
podrás moverte.
Goldmundo obedeció, se echó en la yacija y cerró los ojos.
Aunque estaba asaz cansado, no se dormía pues los pensamientos le mantenían en
vela y, amén de los pensamientos, una sensación que se negaba a reconocer ante
sí mismo, una sensación de miedo y desconfianza hacia su camarada. Resultábale
ahora inconcebible que hubiese podido hablar de Lidia a aquel individuo
grosero, de risa estrepitosa, a aquel chocarrero, a aquel desvergonzado mendigante.
Estaba furioso contra él y contra sí propio, y, preocupado, reflexionaba sobre
la mejor manera y ocasión de separarse de él.
Debió, no obstante, caer en un duermevela pues se estremeció y
se quedó estupefacto al sentir las manos de Víctor que le tentaban
cautelosamente los vestidos. En uno de los bolsillos tenía el cuchillo y en el
otro el ducado; ambas cosas le robaría Víctor si daba con ellas. Fingió dormir,
púsose a dar vueltas a uno y otro lado y a menear los brazos como si fuera a
despertarse, y Víctor se retiró. Goldmundo sentía gran irritación y decidió
separarse al día siguiente.
Mas cuando, cosa de una hora después, Víctor volvió a
acercársele y reanudó la rebusca, Goldmundo se quedó helado de ira. Sin
moverse, abrió los ojos y dijo despreciativo:
—Pierdes el tiempo; aquí no hay nada que robar.
Asustado, el ladrón le echó las manos al cuello. Y como
Goldmundo se defendía y forcejeaba, el otro apretaba cada vez más al tiempo que
le tenía puesta la rodilla sobre el pecho. Notando que se ahogaba, Goldmundo
hacía fuerza y daba sacudidas con todo el cuerpo; y al no conseguir
desembarazarse, lo penetró de golpe la angustia de la muerte, y le aguzó el
ingenio y le clareó la mente. Metió la mano en el bolsillo y, mientras el otro
seguía agarrotándolo, sacó el pequeño cuchillo de monte y empezó, de pronto, a
apuñalar a ciegas a su adversario. Pocos instantes después las manos de Víctor
se aflojaban, volvía el aire y Goldmundo paladeaba con fruición, respirando
honda y afanosamente, su vida recién salvada. Intentó ponerse de pie, y
entonces el camarada se desplomó, blando y flojo, sobre él, dando gemidos, y su
sangre corrió por el rostro de Goldmundo. Sólo ahora pudo levantarse. Al
grisáceo fulgor de la noche vio al grandullón que yacía inmóvil; y al tocarle,
su mano se llenó de sangre. Le alzó la cabeza, que cayó pesada y floja como un
talego. De su pecho y su cuello seguía manando la sangre y de su boca fluía la
vida en suspiros desvariados, cada vez más débiles.
—He dado muerte a un hombre —pensaba y repensaba sin cesar, al
tiempo que, arrodillado sobre el moribundo, veía cómo la palidez se iba
extendiendo por la cara—. He matado, Santa Madre de Dios —se oyó decir a sí
mismo.
Súbitamente, se le hizo insoportable seguir en aquel lugar.
Recogió el cuchillo, lo enjugó en el chaleco de lana que el otro tenía puesto y
que las manos de Lidia habían tejido para su amado; y luego de meter el arma en
su vaina de madera y restituirla al bolsillo, se enderezó de golpe y huyó de
allí en desalada carrera.
Pesábale en el alma la muerte del jovial goliardo; cuando fue de
día, se lavó con nieve, entre estremecimientos, la sangre que le manchaba y que
él había derramado, y vagó,sin rumbo y acongojado un día y una noche más.
Fueron las penurias del cuerpo lo que, finalmente, le hizo volver de su
ensimismamiento y puso un término a su angustioso arrepentimiento.
Extraviado en aquella comarca desierta y nevada, sin techo, sin
camino, sin comer y casi sin dormir, vino a verse en apurado trance; el hambre
aullaba como una fiera dentro de su cuerpo, varias veces se tendió exhausto en
medio de los campos, cerró los ojos y se consideró irremisiblemente perdido, no
deseando otra cosa sino dormirse y morir en la nieve. Pero siempre se veía
impulsado a levantarse, corría, desesperado y ansioso para salvar la vida, y,
en medio de aquella dura situación, le confortaban y estimulaban la fuerza y el
ímpetu furiosos del no querer morir, el brío prodigioso del puro impulso vital.
En el nevado enebral cogió con manos amoratadas por el frío las pequeñas bayas
secas y mascó aquella sustancia quebradiza y amarga mezclada con pinocha: tenía
un sabor áspero, excitante; y para calmar la sed, devoró a puñados la nieve.
Sofocado, echando el aliento a las manos ateridas, sentóse en una loma y se
tomó un breve descanso; oteaba con avidez en todas direcciones, no se veía más
que prados y selva, en parte alguna rastro de hombres. Volaban sobre su cabeza
algunos cuervos y él seguía su vuelo con mirada sombría. No, no le comerían
mientras le quedase un resto de vigor en las piernas, una chispa de calor en la
sangre. Se levantó y reanudó su implacable carrera en porfía con la muerte.
Corría y corría, y, en la fiebre del agotamiento y del esfuerzo supremo,
adueñáronse de él extraños pensamientos y sostuvo disparatados soliloquios, ora
imperceptibles ora en voz alta. Hablaba con Víctor, el apuñalado, hablaba con
él en tono áspero y sarcástico:
—Y bien, buena pieza, ¿cómo te va? ¿Te baña ya las tripas la luz
de la luna, los zorros te tiran de las orejas? Pretendes haber matado a un
lobo. ¿Y cómo fue?, ¿mordiéndole el gañote o arrancándole la cola? ¡Querías
robarme el ducado, viejo garduño! Pero el pequeño Goldmundillo te ha dado una
sorpresa, ¿verdad, viejo?, te hizo cosquillas en el costado. ¡Y aún tenías las
faltriqueras llenas de pan y chorizos y quesos, cerdo, tragaldabas!
Tales burlas escupía y ladraba a solas, insultaba al muerto,
triunfaba de él, se reía de él por haberse dejado liquidar, ¡el muy majadero,
el necio fanfarrón!
Luego sus pensamientos y palabras cambiaron de objeto. Ahora
veía ante sí a Julia, la linda y pequeña Julia, tal como aparecía la noche que
la había dejado; dirigíale incontables palabras de cariño, procuraba seducirla
con desvariadas, indecentes ternezas para que viniera a su lado, para que
dejase caer su camisilla, para que fuera con él al cielo, poco antes de morir,
un instantillo antes del miserable reventar. Hablaba, implorante y provocante
con sus altos y pequeños pechos, con sus piernas, con el blondo y crespo pelo
de sus axilas.
Y de nuevo, mientras trotaba a través de los brezos con piernas
torpes, tropezadoras, loco de dolor, encendido en ansia de vivir, comenzó a
hablar por lo bajo; ahora era con Narciso con quien hablaba, a quien comunicaba
sus nuevas ideas, sabidurías y bromas.
—¿Tienes miedo, Narciso —le dijo—, te horripilas, has advertido
algo? Sí, mi estimadísimo amigo, el mundo está lleno de muerte, lleno de
muerte; sobre cada vallado aparece sentada la pálida dama, escondida detrás de
cada árbol, y de nada vale que edifiquéis muros y dormitorios y capillas e
iglesias, porque atisba por la ventana, y se ríe, y os conoce a todos, y en
medio de la noche la oís reírse ante vuestras ventanas y pronunciar vuestros
nombres. ¡Seguid cantando vuestros salmos y encendiendo hermosos cirios en los
altares y rezando vuestras vísperas y maitines y coleccionando plantas en el
laboratorio y libros en la biblioteca! ¿Ayunas, amigo? ¿Te privas del sueño?
Ella ha de ayudarte, la amiga segadora, te despojará de todo, te dejará los
huesos mondos. Corre, querido, corre veloz, que por el campo va la atolondrada,
corre y cuida de mantener juntos los huesos porque quieren irse cada cual por
su lado, no conseguiremos retenerlos. ¡Ah nuestros pobres huesos, ah nuestro
pobre gaznate, nuestro pobre estómago, ah nuestra pobre miaja de cerebro metido
dentro del cráneo! Todo se irá, todo se irá al diablo, y en el árbol aguardan
los cuervos, los negros frailucos.
Tiempo hacía que el errabundo no sabía ya hacia dónde corría,
dónde estaba, qué decía, si estaba tendido o de pie. Derribábase sobre la
maleza, tropezaba en los árboles, agarraba, cayendo, nieve y espinas. Pero el
impulso que le animaba era muy fuerte, jamás dejaba de empujarle, jamás cesaba
de acicatear al enceguecido fugitivo. La última vez que se desplomó y quedó
tumbado en tierra fue en la misma aldehuela en que, días atrás, había
encontrado al escolar tunante y en donde, por la noche, había asistido a un
parto sosteniendo una tea. Permaneció tendido y los vecinos acudieron y lo
rodearon y se pusieron a charlar, y luego ya no oyó nada más. La mujer de cuyo
amor había entonces gozado lo reconoció y se asustó del aspecto que traía; y
llena de compasión, y sin hacer caso de las reprensiones de su marido, llevó a
rastras al medio muerto joven al establo.
Al cabo de no muy largo rato, Goldmundo volvía a estar de pie y
en condiciones de caminar. El calor del establo, el sueño y la leche de cabra
que la mujer le dio a beber le hicieron volver en sí y recobrar las fuerzas;
mas todo lo que últimamente viviera había retrocedido, como si desde entonces
hubiese transcurrido mucho tiempo. La caminata con Víctor, la fría y medrosa
noche en el bosque bajo aquellos abetos, la terrible lucha en la yacija, el
terrible morir del camarada, los días y las noches de frío, hambre y vagar
desorientado, todo ello era ya cosa pretérita, casi lo había olvidado; sin
embargo, no estaba olvidado, únicamente había pasado, se había alejado. Algo
imposible de expresar quedaba atrás, algo terrible y, a la vez, precioso, algo
abismado y, con todo, inolvidable, una experiencia, un sabor en la lengua, un
como anillo de árbol en torno al corazón. En un período apenas de dos años
había conocido hasta el fondo el placer y los dolores de la vida errante: la
soledad, la libertad, el espiar los rumores del bosque y los animales, el amor
pasajero, infiel, la áspera, mortal miseria. Había sido huésped de los campos
estivales durante días, durante días y semanas de los bosques, durante días de
la nieve, y de la angustia y cercanía de la muerte, y lo más fuerte, lo más
extraordinario de todo había sido el defenderse de la muerte, el saberse
pequeño y mísero y amenazado y, sin embargo, sentir en sí, en la última,
desesperada lucha contra la muerte, aquel hermoso y terrible brío y obstinación
de vivir. Y eso resonaba aún, permanecía grabado en el corazón, al igual que
los gestos y expresiones de la carnalidad, tan semejantes a los de las
parturientas y moribundos. ¡Cuan recientes estaban los gritos y contracciones
del rostro de la parturienta, cuan reciente el desplomarse del camarada Víctor
y el callado y rápido brotar de su sangre! ¡Y cómo había él mismo sentido,
cuando andaba hambriento, rondarle la muerte, y qué tormentos le había causado
el hambre, y cómo le había calado el frío hasta los huesos! ¡Y qué lucha había
sostenido, y cómo le había dado de puñadas en la nariz a la muerte, con qué
mortal angustia y furioso placer se había defendido! Parecíale que no debía
quedarle mucho más que experimentar en el mundo. De todo aquello hubiese quizá
podido hablar con Narciso, pero con nadie más.
Al recobrar por entero el sentido en su cama de paja en el
establo, notó que faltaba el ducado de su bolsillo. ¿Habríalo perdido en la
terrible, desatentada marcha del último día de hambre? Largo rato estuvo
cavilando en ello. Teníale cariño al ducado, no se resignaba a su pérdida. Es
verdad que el dinero no significaba gran cosa para él, apenas conocía su valor.
Pero aquella moneda de oro había llegado a adquirir importancia a sus ojos. Era
el único regalo de Lidia que conservaba, pues el corpino de lana había quedado
con Víctor en medio del bosque y estaba empapado de su sangre. Y, además, había
sido sobre todo por no verse despojado de la moneda de oro por lo que se había
resistido a Víctor y por lo que, forzado de la necesidad, lo había matado. Si
el ducado estaba perdido, todo lo acaecido en aquella espantosa noche vendría a
ser, en cierto modo, cosa desatinada y sin valor. Después de reflexionar
largamente, confió su inquietud a la campesina.
—Cristina —le susurró—, yo tenía una pieza de oro en el bolsillo
y me ha desaparecido.
—Ah, ¿conque lo has notado? —dijo ella con una sonrisa amable y
ladina, tan encantadora que, Goldmundo, a pesar de su debilidad, la abrazó.
—Cuidado que eres un mozo bien raro —le dijo con ternura—; ¡Tan
inteligente y tan fino y, a la vez, tan tonto! ¿Acaso está bien andar por el
mundo con un ducado suelto en el bolsillo sin guarda ni cautela? ¡Ah chiquillo
atolondrado, locuelo querido! Encontré la moneda apenas te acosté en la paja.
—¿La tienes tú? ¿Dónde está?
—Búscala —profirió ella riendo; y, en efecto, lo dejó que la
buscara un buen rato antes de mostrarle el lugar del sayo de él en que la había
cosido fuertemente. Agregó una serie de buenos consejos maternales que el joven
no tardó en olvidar; pero lo que no olvidó fue su noble proceder y aquella
sonrisa ladina y bondadosa de su rostro aldeano. No se olvidó de expresarle su
gratitud, y cuando, de allí a poco, estuvo ya en condiciones de reanudar la
marcha y quiso proseguir, ella le retuvo porque en aquellos días iba a cambiar
la luna y, sin duda, mejoraría el tiempo. Y así fue. Cuando partió, la nieve
aparecía gris y enferma, y el aire estaba cargado de humedad; en lo alto, se
oía gemir el viento tibio que derrite las nieves.
CAPÍTULO X
Tornaba el hielo a descender flotando por los ríos, tornaba a
oler a violetas bajo el follaje podrido, tornaba a correr Goldmundo a través de
los colores de las estaciones, a beber con ojos insaciables los bosques, los
montes y las nubes, a errar de alquería en alquería, de aldea en aldea, de
mujer en mujer, a sentarse, en algunas noches frescas, angustiado y con dolor
en el corazón, al pie de una ventana en que había luz y en cuyo rojo resplandor
percibía, dulce e inasequible, todo lo que en el mundo podía haber de dicha, de
amor a la tierra natal, de paz. Todo retornaba y retornaba, lo que él creía ya
conocer tan bien, todo retornaba y, no obstante, era cada vez otra cosa: el
largo vagar por campos y prados o por los caminos empedrados, el dormir en el bosque
estival, el andar despacioso por las aldeas tras de los grupos de mozas que
volvían, enlazadas de las manos, de remover el heno o de recoger lúpulo, el
primer aguacero del otoño, las primeras, malignas heladas... todo retornaba,
una vez, dos veces, la colorida cinta corría inacabablemente ante sus ojos.
Mucha lluvia y mucha nieve habían caído sobre Goldmundo cuando,
cierto día, luego de subir monte arriba por un hayedo sin follaje pero en el
que ya apuntaba el verde claro de los brotes nuevos, divisó, desde lo alto de
la cresta de la montaña, un nuevo paisaje que a sus pies se extendía y que
llenó sus ojos de gozo y desató en su corazón un torrente de presentimientos,
ansias y esperanzas. Sabíase, desde días atrás, próximo a esta comarca y la
aguardaba, y ahora se le mostraba de improviso en esta hora del mediodía; y lo
que de ella captó con la mirada, en este primer contacto, confirmaba y
corroboraba su expectativa. Entre los troncos grises y las ramas que se mecían
suavemente, veía allá abajo un valle castaño y verde en cuyo centro brillaba
con tono vidriazulado un ancho río. Sabía que ahora había concluido por mucho
tiempo el marchar a campo traviesa por comarcas llenas de praderas, bosques y
soledad donde sólo raramente se encontraba alguna casa de labranza o alguna
pobre aldehuela. Allá abajo discurría el río y, a lo largo del río, corría uno
de los más hermosos y famosos caminos del Imperio; allá la tierra era rica y
fértil, por el río circulaban balsas y barcas, y el camino llevaba a hermosos
pueblos, castillos, conventos y ricas ciudades; quien quisiera podía viajar
muchos días y semanas por aquel camino sin preocuparse de que terminara de
pronto como acontecía con las menguadas veredas aldeanas, en una selva o en un
húmedo juncal. Llegaban cosas nuevas y ello le llenaba de alegría.
Al atardecer de aquel día encontrábase ya en un lindo
pueblecillo asentado entre el río y las lomas cubiertas de vides, junto al gran
camino; en las casas, coronadas de hastiales, el gracioso maderamen estaba
pintado de rojo, había puertas abovedadas y callejuelas con escaleras de
piedra, una herrería arrojaba a la calle un rojo resplandor y el claro sonar
del yunque. Vagaba curioso el forastero por callejas y esquinas, olfateaba en
las puertas de las bodegas el aroma de los toneles y del vino y, en la ribera
del río, el fresco olor a peces del agua; contempló la iglesia y el cementerio,
y no se olvidó de buscar un granero propicio donde pudiera pasar la noche. Pero
antes quiso pedir de comer en la casa rectoral. Encontróse allí un cura obeso y
pelirrojo que le hizo varias preguntas y a quien él refirió su vida callándose
algunas cosas y fantaseando en otras; luego de lo cual se vio acogido
amistosamente y hubo de pasar la velada, con buen yantar y buen vino,
departiendo largamente con el clérigo. Al día siguiente reanudó su marcha por
el camino que bordeaba el río. Veía pasar balsas y gabarras, se adelantaba a
algunos carruajes cuyos conductores le permitían, a veces, subir a ellos y lo
llevaban un trecho; los días de la primavera se deslizaban rápidos y llenos da
imágenes; acogíanle aldeas y pequeñas ciudades, había mujeres que sonreían tras
las verjas de los jardines o plantaban arrodilladas en la tierra morena, y
muchachas que cantaban en las atardecidas callejuelas aldeanas.
Una moza que encontró en cierto molino le agradó tanto que por
ella se quedó dos días en la comarca para cortejarla; tenía la impresión de que
a la moza le gustaba reír y charlar con él; ¡Quién le diera ser un mozo de
molino y permanecer allí para siempre! Alternaba con los pescadores, ayudaba a
carreros y trajinantes a echar pienso y almohazar a las caballerías, a cambio
de lo cual le daban pan y carne y le dejaban viajar en su compañía. Resultábale
grato y confortador aquel sociable mundo de viandantes tras la larga soledad,
la jovialidad que reinaba entre aquellos sujetos parlanchines y alegres tras el
largo cavilar, la diaria hartura de las copiosas comidas tras el largo
hambrear; dejábase arrastrar de buena gana por aquella onda grata. Ella se lo
llevó, y cuanto más se acercaba a la ciudad episcopal, más animado y alegre se
volvía el camino. Cierta vez, estando en una aldea, paseábase, al filo de la
noche, junto al agua, entre árboles llenos ya de ramaje. Discurría tranquilo el
río poderoso, entre las raíces de los árboles la corriente murmuraba y
suspiraba, la luna apuntaba detrás de las montañas derramando claridades en el
río y sombras entre los árboles. De pronto, encontró a una joven sentada y
llorando; acababa de tener una disputa con su novio y él se había ido dejándola
sola. Goldmundo se sentó a su lado, escuchó sus quejas, le acarició la mano, le
contó cosas del bosque y de los corzos, la consoló un poco y hasta la hizo
reír, y ella se dejó dar un beso. Pero instantes después retornó el amado a buscarla;
venía ya sosegado y arrepentido de la riña. En cuanto vio a Goldmundo sentado
junto a ella, se abalanzó sobre él y le golpeó con los puños; a duras penas
pudo Goldmundo defen-
derse, mas, al fin, consiguió dominar a su adversario y éste
echó a correr, maldiciendo, hacia la aldea; la joven hacía ya rato que había
huido. Goldmundo, temiendo la gresca, no fue al lugar donde pensara pasar la
noche, sino que siguió paseando a la luz de la luna, por un mundo callado y
plateado, muy contento, satisfecho de la fortaleza de sus piernas, hasta que el
rocío le lavó el blanco polvo de los zapatos y, sintiéndose de pronto fatigado,
se acostó bajo el árbol más cercano y se quedó dormido. Era ya día avanzado
cuando le despertó un cosquilleo que sintió en la cara; entre sueños, se pasó
la mano para librarse de la molestia y tornó a dormirse; pero a poco volvió a
despertarle el mismo cosquilleo. Hallábase ante él una moza campesina que le
miraba y le hacía cosquillas con el extremo de una varita de mimbre. Se levantó
tambaleante, ambos se hicieron sonriendo gestos afirmativos con la cabeza y la
moza condujo a Goldmundo a un cobertizo donde podía dormirse con más comodidad.
Durmieron un rato, uno junto al otro, y luego ella salió, para volver instantes
después con un cantarillo de leche recién ordeñada. Goldmundo regaló a la
muchacha una cinta del pelo de color azul que había encontrado recientemente en
la calleja, y volvieron a besarse antes de que el joven partiera. Llamábase
Francisca y la dejó con pena.
Al atardecer de aquel día diéronle albergue en un convento, y en
la mañana siguiente asistió a misa; en su corazón agitábanse, por modo extraño,
innumerables recuerdos: el olor del aire fresco, confinado en piedra, de la
nave y el chacolotear de las sandalias en las baldosas le resultaban
conmovedoramente familiares. Cuando, terminada la misa, la iglesia conventual
quedó en silencio, Goldmundo continuaba arrodillado; percibía en el corazón una
extraña emoción, había soñado mucho por la noche. Sentía el deseo de librarse
de algún modo de su pasado, de cambiar de algún modo su vida, no sabía por qué;
tal vez era el recuerdo de Mariabronn y de su piadosa juventud lo que lo movía.
Ansiaba confesarse y purificarse; muchos pequeños pecados, muchos pequeños
vicios tenía que confesar, pero lo que más le abrumaba era la muerte de Víctor.
Dio con un padre, le confesó sus culpas, esto y lo otro, pero, sobre todo, lo
de las puñaladas en el cuello y la espalda del pobre Víctor. ¡Cuánto tiempo
hacía que no se confesaba! Parecíale enorme el número y la gravedad de sus
pecados, estaba dispuesto a cumplir una severa penitencia. Pero dijérase que el
padre conocía la vida de los vagabundos, no se horrorizaba, escuchaba en calma,
censuraba y amonestaba con seriedad y benevolencia sin pensar en una
condenación.
Con el alma aliviada, se levantó Goldmundo, hizo en el altar los
rezos que el padre le ordenara, y, cuando se disponía a abandonar el templo,
entró por una de las ventanas un rayo de sol y su mirada lo siguió, y entonces
vio, en una de las capillas laterales, una imagen que le impresionó y atrajo
con tal fuerza que se volvió hacia ella con ojos amantes y se quedó
contemplándola lleno de devoción y profundamente emocionado. Era una virgen de
madera que se inclinaba hacia adelante con inmensa ternura y suavidad; y la
manera como le caía de los hombros el manto azul, y como extendía la delicada
mano de doncella, y como miraban los ojos y se combaba la graciosa frente sobre
una boca dolorida, todo tenía una expresión tan viva, tan bella, íntima y
animada, que Goldmundo creía no haber visto jamás nada semejante. No se
cansaba- de contemplar aquella boca, aquel dulce, íntimo movimiento del cuello.
Parecíale estar viendo algo que a menudo había ya visto en sueños y
presentimientos que con frecuencia había anhelado. Varias veces se volvió para
irse, pero el hechizo de aquella imagen siempre lo retenía.
Cuando, por fin, se decidió a partir encontró tras de sí al
padre que le había confesado.
—Es hermosa, ¿verdad? —le preguntó amablemente.
—Hermosísima —dijo Goldmundo.
—Así opinan algunos —declaró el religioso—. Otros, sin embargo,
estiman que no es una imagen adecuada de la Madre de Dios, que es demasiado
moderna y terrenal, y que en ella todo es exagerado y falso. Sobre esto hay
muchas discusiones. A ti, pues, te agrada; me alegro. Hace un año que está en
nuestra iglesia, la donó un protector de nuestra casa. Es obra del maestro
Nicolao.
—¿Del maestro Nicolao? ¿Quién es, dónde está? ¿Vos le conocéis?
¡Ah, contadme, por favor, algo de él! Por fuerza ha de ser un hombre magnífico
e inspirado el que pudo crear esta maravilla.
—No es mucho lo que de él sé. Es un imaginero que vive en la
capital del obispado, a un día de viaje de aquí, y goza de gran nombradla como
artista. Los artistas no suelen ser santos y él tampoco lo es, pero, en cambio,
sí es un hombre de talento y elevados sentimientos. Le he visto algunas veces.
—¡Ah, lo habéis visto! ¿Qué aspecto tiene?
—Pareces, hijo mío, sentir gran admiración por él. Vete pues en
su busca y salúdalo de parte del padre Bonifacio.
Goldmundo le dio muy rendidas gracias. El padre se retiró
sonriendo, pero él permaneció todavía un buen rato ante aquella misteriosa
figura cuyo pecho parecía alentar y en cuya faz se mezclaban tanto dolor y
tanta dulzura que el corazón se le encogió.
Salió de la iglesia transformado, sus pasos le llevaban por un
mundo enteramente distinto. Desde el momento que permaneció ante la dulce y
santa imagen de madera, Goldmundo poseía algo que nunca antes había poseído y
que, en otros, había provocado muchas veces sus burlas o su envidia: un
objetivo. Tenía un objetivo y quizá llegara a alcanzarlo; y, entonces, tal vez
cobrara su vida desordenada alto sentido y valor. Este nuevo sentimiento le
infundió alegría y temor y le hizo avivar el paso. Aquel camino hermoso y
alegre no era ya, como ayer, un campo de fiesta, un grato y ameno paraje, sino
sólo un camino, el camino que conducía a la ciudad y al maestro. Marchaba
apresurado, impaciente. Llegó antes de anochecer; tras de los muros
resplandecían los chapiteles de las torres y sobre la puerta veíanse blasones
esculpidos y escudos pintados; entró con el corazón palpitante y apenas hizo
caso del bullicio y animación de las callejas, de los jinetes, de los coches y
carros. No eran los jinetes ni los coches, no era la ciudad ni el obispo lo que
tenía importancia para él. Al primer hombre que encontró en la puerta de la
ciudad le preguntó dónde vivía el maestro Nicolao y le decepcionó sobremanera
oírle decir que no lo conocía.
El viajero vino a dar en una plaza rodeada de espléndidas casas,
muchas de las cuales estaban ornadas de pinturas o esculturas. Sobre la puerta
de una de ellas aparecía, enorme y gallarda, la estatua de un lansquenete
pintada en colores vivos y alegres. Aunque no tan hermosa, ciertamente, como la
imagen de aquella iglesia conventual, era tal su traza y tan arrogante la
manera como ostentaba las pantorrillas y avanzaba el barbudo mentón, que
Goldmundo llegó a pensar que pudiera ser obra del mismo maestro. Entró en la
casa, llamó a varias puertas, subió las escaleras y finalmente apareció un
señor que vestía sayo de terciopelo guarnecido de pieles. Preguntóle dónde
podría encontrar al maestro Nicolao; y el señor quiso saber por qué motivo
deseaba verlo. A Goldmundo le costó trabajo dominarse para decirle únicamente
que traía un encargo para él; y el señor le indicó entonces la calle donde
vivía el maestro. Mientras el joven la buscaba se hizo de noche. Con el pecho
oprimido y, no obstante, feliz, vióse, por fin, ante la casa del maestro
Nicolao, mirando hacia las ventanas; poco faltó para que se decidiera a entrar.
Advirtió, empero, que era ya tarde y que se encontraba cubierto del sudor y del
polvo de la jornada y, venciéndose, resolvió aguardar. Mas aun permaneció un
largo rato frente a la casa. Notó que una ventana se iluminaba, y en el momento
mismo que daba la vuelta para irse, distinguió en la ventana una figura, una
muchacha rubia y muy hermosa a través de cuyo cabello se filtraba, desde atrás,
el suave resplandor de la lámpara.
Pasó la noche en un convento. Llegada la mañana, cuando la
ciudad estaba de nuevo despierta y llena de rumores, luego de lavarse la cara y
las manos y sacudirse el polvo de los vestidos y zapatos, volvió a la calleja y
pulsó en la puerta de la casa. Vino una criada, que al principio se negó a
conducirlo junto al maestro; pero él supo ablandarla y consiguió que lo dejara
pasar. Hallábase el artista en una pequeña sala, que era el taller, y tenía
puesto un mandil de faena; era un hombre corpulento y barbudo, de edad, según
le pareció a Goldmundo, entre cuarenta y cincuenta años. Miró al extraño con
sus ojos zarcos y ahondadores y le preguntó con breves palabras qué deseaba.
Goldmundo le dijo que le traía un saludo del padre Bonifacio.
—¿Nada más?
—Maestro —le dijo Goldmundo con el huelgo embarazado—, he visto
vuestra Virgen allá en el convento. ¡Ah, no me miréis con ese ceño!; es el amor
y la veneración lo que me traen junto a vos. Yo no me amedrento fácilmente, he
vivido errante largo tiempo y conozco los bosques, la nieve y el hambre. Son
pocos los hombres que pudieran infundirme temor. Pero ante vos lo siento.
Siento en el corazón un único, ardiente deseo, tan intenso que casi me causa
dolor.
—¿Qué deseo es ése?
—Quisiera ser vuestro aprendiz, y que me avezarais en el arte.
—No eres tú, joven, el único que tiene tal deseo. Pero yo no
quiero aprendices, y ayudantes ya tengo dos. ¿De dónde vienes y quiénes son tus
padres?
—No tengo padres y no vengo de ninguna parte. Era alumno en un
convento donde aprendí latín y griego, y luego me escapé y hace años que ando
vagando.
—¿Y por qué crees que tienes que ser imaginero? ¿Lo has
intentado ya alguna vez, tienes algunos dibujos?
—Muchos hice pero los he perdido. Puedo, en cambio, explicaros
por qué quiero aprender este arte. He cavilado mucho y he visto muchos rostros
y muchas figuras y reflexionado sobre ellos; y algunos de los pensamientos que
tuve me han acosado sin tregua y me han privado de sosiego. Me ha llamado
grandemente la atención el hecho de que en toda figura siempre se repita una
forma determinada, una línea determinada, de que una frente se corresponda con
la rodilla, un hombro con la cadera, y de que todo eso se identifique, en el
fondo, con el ser y el alma del hombre al que pertenecen la rodilla, el hombro
y la frente. Y también me ha chocado, y ello lo descubrí cierta noche que hube
de dar ayuda en un parto, que el dolor extremo y el deleite extremo tengan una
expresión muy semejante.
El maestro miró al extraño con ojos penetrantes.
—¿Sabes lo que estás diciendo?
—Sí, maestro, es así. Y eso fue cabalmente lo que, con indecible
alegría y turbación, hallé expresado en vuestra Virgen; y por eso he venido.
¡Ah, en aquel rostro bello y dulce hay un inmenso sufrimiento, mas, a la vez,
todo ese dolor aparece como transformado en pura dicha y sonrisa. Al ver esto,
se encendió en mí como un fuego, creía ver confirmados todos los pensamientos y
sueños de tantos años y que, de pronto, habían dejado de ser cosa vana, y supe
en seguida lo que debía hacer y adonde debía ir. Querido maestro Nicolao: de
todo corazón os pido que me dejéis aprender con vos.
Nicolao había escuchado atentamente aunque sin que su rostro
adoptara un aire más amable.
—Joven —le dijo—, hablas sobre el arte de modo tan acertado que
asombra; y también me sorprende que a tus años sepas tanto del placer y el
dolor. Mucho me agradaría conversar contigo una noche sobre estas cosas junto a
un vaso de vino. Mas advierte que una cosa es sostener una plática amena e
ingeniosa y otra muy distinta vivir y trabajar juntos varios años. Este es un
taller y aquí no se charla sino que se trabaja; aquí no tienen valor alguno lo
que uno haya podido fantasear y lo que pueda decir, sino sólo lo que uno sepa
hacer con las manos. Parece que tomas la cosa muy en serio, por lo cual no te
rechazaré así sin más ni más. Vamos a ver si sabes hacer algo. ¿Modelaste
alguna vez figuras en barro o cera?
Goldmundo recordó en seguida cierto sueño que había tenido hacía
tiempo y en el que creía amasar figuras de barro que luego se ponían de pie y
se convertían en gigantes. Sin embargo, se calló lo del sueño y dijo al maestro
que nunca había probado a hacer tal suerte de trabajos.
—Bien. En ese caso harás algún diseño. Allí tienes una mesa y
papel y carboncillos. Siéntate a ella y ponte a dibujar; tómate todo el tiempo
que quieras, puedes estar hasta mediodía o incluso hasta el atardecer. Tal vez
de este modo acierte yo a descubrir tus aptitudes. En fin: ya hemos hablado
bastante. Vuelvo a mi trabajo; ponte tú al tuyo.
Estaba ahora Goldmundo sentado a la mesa de dibujo en el
taburete que Nicolao le había indicado. Como no había prisa, permaneció un rato
inmóvil y sin hacer nada, como un alumno amedrentado, clavando, curioso y
amoroso, la mirada en el maestro que, medio vuelto de espalda, proseguía
trabajando en una pequeña figura de arcilla. Contemplaba con atención a aquel
hombre en cuya severa cabeza, ya un poco entrecana, y en cuyas endurecidas pero
nobles y expresivas manos de artesano, moraban tan admirables poderes mágicos.
Era, en su apariencia, muy distinto de como Goldmundo se lo había figurado: más
viejo, más modesto, más vulgar, mucho menos brillante y atrayente y
absolutamente nada feliz. La implacable penetración de su inquiridora mirada
dirigíase ahora a su trabajo y Goldmundo, libre de ella, lo observaba
detenidamente. Este hombre, pensaba, también pudiera ser un erudito, un
investigador sereno y severo consagrado a una obra iniciada por larga serie de
predecesores y que un día debería entregar a sus continuadores una obra ardua,
dilatada, nunca concluida, en la que se reunieran la labor y la dedicación de
muchas generaciones. Tal era, al menos, lo que el contemplador descubría en la
cabeza del maestro; aparecía en ella reflejada mucha paciencia, mucho estudio y
meditación, mucha humildad y conocimiento del dudoso valor de todo quehacer
humano, pero también una fe en su propósito. Pero otro era el lenguaje de sus
manos; entre ellas y la cabeza existía una contradicción. Aquellas manos
agarraban con dedos recios y, a la vez, delicados la arcilla a que daban forma;
trataban a la arcilla como las manos de un amador a la amante rendida:
enamoradas, llenas de tierna y trémula emoción, ávidas, pero sin distinguir
entre el tomar y el dar, a un tiempo lascivas y piadosas, y con una seguridad y
maestría que parecía producto de antigua y profunda experiencia. Entusiasmado y
admirado, contemplaba Goldmundo aquellas manos inspiradas. De muy buen grado
hubiese dibujado al maestro si no fuese por aquella contradicción entre la cara
y las manos que lo desconcertaba.
Después de haber estado contemplando así una hora larga a aquel
artista absorbido en su tarea, con el pensamiento ocupado en indagar el
misterio de aquel hombre, otra imagen comenzó a tomar cuerpo en su interior y a
hacerse visible a los ojos de su alma, la imagen del hombre que mejor conocía y
al que había amado mucho y admirado profundamente; y esa imagen era enteriza y
sin contradicción, aunque también presentaba muy diversos rasgos y recordaba
muchas pugnas. Era la imagen de su amigo Narciso. Cada vez se condensaba más en
una unidad y totalidad, cada vez aparecía más clara en su imagen la ley
interior de aquel hombre amado; la noble cabeza configurada por el espíritu, la
boca, hermosa y contenida, y los ojos, un tanto tristes, tensos y ennoblecidos
por el servicio del espíritu; los flacos hombros, el largo cuello, las manos
delicadas y distinguidas, vivificados por la lucha espiritual. Nunca desde
entonces, desde la despedida del convento, había visto al amigo con tanta
claridad, había tenido de él una imagen tan cabal.
Como en sueños, sin voluntad y, sin embargo, de buen grado y
respondiendo a un invencible impulso, empezó Goldmundo a dibujar con extremado
esmero; delineaba, devotamente, con dedos amorosos, la imagen que moraba en su
corazón y se olvidó del maestro, de sí mismo y del lugar donde se hallaba. No
advirtió que la luz que entraba en la estancia se movía lentamente, no advirtió
que el maestro le miró varias veces. Cumplía, como un sacrificio, el objetivo
que le había sido propuesto, el que le había señalado su corazón: exaltar la
imagen del amigo y conservarla tal como vivía ahora en su alma. Aunque sin
inquietarse por ello, sentía su quehacer como el pago de una deuda, como
expresión de un agradecimiento.
Nicolao se acercó a la mesa de dibujo y dijo:
—Ya es mediodía; yo me voy a almorzar y puedes acompañarme.
Veamos... ¿has dibujado algo?
Púsose detrás de Goldmundo y miró la gran hoja de papel; luego
apartó un poco al lado al joven y tomó con cuidado la hoja en sus manos
diestras. Goldmundo se había despertado de su sueño y contemplaba con temerosa
expectativa al maestro. Éste estaba de pie, sosteniendo el dibujo con entrambas
manos y examinándolo detenidamente con la mirada un tanto incisiva de sus ojos
severos y celestes.
—¿Quién es ese que has dibujado ahí? —le preguntó Nicolao
pasados unas instantes.
—Es mi amigo, un joven fraile y erudito.
—Bien. Lávate las manos, en el patio hay una fuente. Luego
iremos a comer. Mis ayudantes no están aquí porque trabajan afuera.
Goldmundo se marchó obediente, encontró el patio y la fuente, se
lavó las manos; hubiese dado algo por conocer los pensamientos del maestro.
Cuando retornó, éste ya se había ido de la estancia; lo oía trastear en la
habitación contigua. Apareció poco después, también se había lavado y llevaba,
en vez del delantal un sayo de paño, que le daba un aire elegante y solemne. El
maestro echó a andar delante. Subieron una escalera cuyos balaustres de nogal
tenían unas cabecitas de ángeles talladas, cruzaron una sala llena de
esculturas viejas y modernas y entraron en una hermosa pieza cuyo suelo,
paredes y techo eran de madera dura y en la que, junto al ángulo de la ventana,
aparecía una mesa servida. Apareció una joven; Goldmundo la reconoció en
seguida, era la linda muchacha de la noche anterior.
—Isabel, —profirió el maestro—, pon otro cubierto más; traigo un
invitado. Se trata de... bueno, todavía no sé cómo se llama.
Goldmundo le dijo su nombre.
—Bien; Goldmundo, pues. ¿Podemos comer ya?
—Al punto, padre.
La joven colocó un plato en la mesa, salió de la habitación y
volvió de allí a poco con la criada, la que sirvió la comida: carne de cerdo,
lentejas y pan blanco. Durante el almuerzo el padre hablaba de diferentes cosas
con la muchacha; Goldmundo permanecía callado, comía poco y se sentía muy
confuso y cohibido. La muchacha le gustaba mucho; era de figura hermosa y
arrogante, casi tan alta como el padre; pero se mantenía recatada e
inaccesible, como bajo un fanal de vidrio, y no dirigía palabra ni mirada alguna
al forastero.
Concluida la comida, dijo el maestro:
—Ahora quiero reposar cosa de media hora. Vete al taller o sal a
pasear un poco. Después hablaremos del asunto.
Goldmundo se despidió y abandonó la estancia. Hacía una hora o
algo más que el maestro viera su dibujo y nada le había dicho sobre él. ¡Y aun
tenía que aguardar media hora más! En fin, nada podía hacer, esperaría. No se
fue al taller, no quería ver de nuevo el dibujo. Salió al patio, se sentó en el
pilón de la fuente y se puso a contemplar el chorro de agua que brotaba sin
cesar del caño y caía en la taza de piedra formando pequeñas ondas y
arrastrando constantemente consigo a lo hondo una miajilla de aire que bajaba y
subía en blancas perlas. En el oscuro espejo de la fuente vio su propia imagen
y pensó que aquel Goldmundo que le miraba desde el agua no era ya, desde hacía
largo tiempo, el Goldmundo del convento ni el de Lidia, ni tampoco el de los
bosques. Pensaba que él y los demás hombres fluían y se transformaban
incesantemente y terminaban disolviéndose, en tanto que sus imágenes, creadas
por el artista, permanecían siempre las mismas sin mutación alguna.
Decíase que tal vez la raíz de todo arte y quizá también de todo
espíritu fuera el temor de la muerte. La tememos, nos horroriza la
transitoriedad, vemos con tristeza cómo las flores se mustian y las hojas caen
una y otra vez, y en el propio corazón sentimos la certidumbre de que también
nosotros somos transitorios y de que no tardaremos en marchitarnos. Y si como
artistas creamos imágenes o como pensadores buscamos leyes y formulamos
pensamientos, únicamente lo hacemos para salvar algo de la gran danza de la
muerte, para asentar algo que dure más que nosotros. La mujer que sirvió de
modelo al maestro para su hermosa Virgen tal vez esté ya marchita o muerta, y
pronto morirá él también, y otros vivirán en su casa y otros comerán a su
mesa... pero su obra permanecerá, seguirá brillando en la tranquila iglesia
conventual cien años después y mucho tiempo más, y conservará su hermosura, y
seguirá sonriendo con la misma boca tan lozana como triste.
Oyó al maestro bajar la escalera y corrió al taller. El maestro
Nicolao iba y venía, mirando una y otra vez el dibujo de Goldmundo; finalmente,
se detuvo junto a la ventana, y en su manera un tanto tarda y seca, dijo:
—Es costumbre entre nosotros que el aprendiz pase, por lo menos,
cuatro años avezándose en el oficio y que su padre pague al maestro una
cantidad por el aprendizaje.
Goldmundo pensaba que, puesto que el maestro había hecho una
pausa, sin duda temía que no le pagara retribución alguna por el aprendizaje.
Con la rapidez del rayo, sacó su cuchillo de la faltriquera, cortó los hilos
que sujetaban el escondido ducado y lo extrajo. Nicolao lo contemplaba
asombrado, y cuando Goldmundo le ofreció la moneda de oro se echó a reír.
—¿Ah, era por eso? —profirió—. No, joven amigo, guarda tu
moneda. Escucha. Sólo quise decirte que tal se acostumbra a hacer en nuestro
gremio con los aprendices. Pero ni yo soy un maestro común y corriente ni tú
eres tampoco un aprendiz como los demás. Un aprendiz de éstos suele empezar su
aprendizaje a los trece, catorce o, todo lo más, a los quince años, y la mitad
de su aprendizaje se lo pasa haciendo de criado y cabeza de turco. Pero tú eres
ya un rapaz talludo y, por la edad, hace tiempo que pudieras ser oficial y aun
maestro. Nunca se ha visto en nuestro gremio a un aprendiz con barba. Además ya
te dije que no quería aprendices en mi casa. Y, por otra parte, no tienes tú
aire de permitir que te manden y te envíen a un lado y a otro.
Goldmundo ardía de impaciencia; las sensatas palabras del
maestro lo tenían en vilo y le parecían tremendamente aburridas y propias de un
dómine. Prorrumpió:
—¿Por que me decís todo eso si no tenéis el propósito de darme
enseñanza?
El maestro prosiguió impasible, en su acostumbrada manera:
—He reflexionado sobre tu deseo durante una hora y tú debes
también escucharme ahora con paciencia. He visto tu dibujo. Aunque tiene
faltas, es, con todo, hermoso. Si no lo fuera, te daría medio florín y te
despacharía, y terminaría olvidándote. Sobre el dibujo no quiero decir más.
Quisiera ayudarte a ser un artista porque esa es quizá tu vocación. Pero no
puedes ser ya un aprendiz. Y el que no ha sido aprendiz ni ha cumplido el
período del aprendizaje tampoco puede ser, en nuestro gremio, oficial ni maestro.
Por adelantado te lo digo. Pero debes hacer una tentativa. Si te es posible
quedarte una temporada aquí, en esta ciudad, ven junto a mí y acaso aprendas
algo. No habrá obligación ni contrato de ninguna especie, y cuando quieras te
largas. Te autorizo para que me quiebres un par de gubias y me eches a perder
unos trozos de madera; y si se hace evidente que no naciste para imaginero, te
irás junto a otro. ¿Estás contento?
Goldmundo había escuchado las palabras del maestro lleno de
vergüenza y emoción.
—Os lo agradezco con toda mi alma —exclamó—. No tengo hogar y
sabré defenderme aquí, en la ciudad, lo mismo que afuera en los bosques. Me
explico que no queráis cargaros de cuidados y responsabilidad por mí como por
cualquier jovenzuelo aprendiz. Estimo una gran dicha poder aprender con vos. De
todo corazón os agradezco lo que hacéis por mí.
CAPÍTULO XI
En aquella ciudad, Goldmundo se vio rodeado de cosas nuevas y
una nueva vida comenzó para él. Así como el país y la ciudad le habían acogido
gozosos, seductores y pródigos, así también esta nueva vida le acogía con
alegría y muchas promesas.
Aunque el fondo de tristeza y experiencia de su alma permanecía
intacto, en la superficie retozábale la vida con todo su colorido. La época que
ahora principiaba sería la más placentera y libre de cuidados de la vida de
Goldmundo. Por fuera, la rica ciudad episcopal brindábale toda suerte de obras
de arte, mujeres, numerosos y agradables juegos e imágenes; por dentro,
promovía el despertar de su vocación artística con nuevas sensaciones y
experiencias. Con la ayuda del maestro, encontró alojamiento en casa de un
dorador, situada en el mercado del pescado, y aprendió, tanto del maestro como
del dorador, a trabajar con madera y con yeso, con colores, barnices y panes de
oro.
No era Goldmundo uno de esos infortunados artistas que reúnen
grandes condiciones pero que no encuentran los medios adecuados para
expresarse. Existen, en efecto, hombres de tal jaez, capaces de sentir en
manera profunda e intensa la hermosura del mundo y que albergan en su alma
altas y nobles imágenes, pero que no aciertan con el camino para soltar de sí
esas imágenes y para exteriorizarlas y comunicarlas para deleite de los demás.
Goldmundo no sufría esta limitación. Resultábale tan fácil y placentero ejercitar
las manos y aprender las prácticas mañas de la artesanía como aprender a tocar
el laúd, cosa que hacía al terminar el trabajo con algunos compañeros, o bailar
los domingos en las aldeas. El aprender era para él cosa sencilla, no le
costaba esfuerzo alguno. Cierto que tenía que poner todos sus sentidos en la
tarea de tallar la madera, que encontraba dificultades y sufría desengaños, que
alguna vez echaba a perder tal cual bello trozo de madera y que a menudo se
cortaba en los dedos. Pero pasó con rapidez los comienzos y adquirió habilidad.
El maestro, sin embargo, estaba con frecuencia descontento de él y decíale
cosas como ésta:
—Me alegro mucho de que no seas mi aprendiz ni mi ayudante. Me
alegra mucho saber que procedes del camino y de los bosques y de que un día
volverás a ellos. El que ignorara que no eres un burgués y un artesano sino un
hombre sin hogar y un vagabundo, podría caer con facilidad en la tentación de
exigirte esto y lo otro, lo que todo maestro exige de su gente. Cuando te da
por ahí, eres un excelente trabajador. Pero en la semana pasada hiciste el
gandul dos días. Ayer, en el taller del patio donde tienes que pulir esos dos
ángeles, te pasaste durmiendo medio día.
Aquellos reproches eran merecidos y Goldmundo los oyó sin tratar
de excusarse. Reconocía que no era un hombre tenaz y aplicado. Cuando un
trabajo le atraía, le planteaba problemas difíciles o le permitía darse cuenta
de su destreza y recrearse en ella, era un afanoso trabajador. En cambio, hacía
de mala gana los trabajos manuales pesados, y aquellos otros que, no siendo
difíciles, requerían tiempo y asiduidad, tan abundantes en la artesanía, y que
sólo pueden llevarse a cabo con constancia y paciencia, le resultaban a menudo
completamente insoportables. De esto, él mismo se asombraba a veces. ¿Habían
bastado dos años de vida errante para volverlo perezoso e inconstante? ¿Sería
la herencia de la madre que iba creciendo en él y se imponía? Recordaba muy
bien sus primeros años en el convento, en los que había sido un alumno celoso y
ejemplar. ¿Por qué había tenido entonces tanta paciencia, la que ahora le
faltaba, y por qué había podido entregarse con tanta diligencia al estudio de
la sintaxis latina y aprender todos esos aoristos griegos, pese a que en el
fondo le parecían carentes de importancia? De tanto en tanto, ocurríasele
cavilar sobre este punto. El amor le había dado bríos y alas; su celo en el
estudio no había sido otra cosa sino el apasionado anhelo de ganarse a Narciso,
cuyo amor sólo podía conseguir por el camino de la consideración y el elogio.
En aquellos tiempos, era capaz de esforzarse durante horas y días por alcanzar
una mirada aprobatoria del amado maestro. Al fin había logrado el ansiado objetivo
y Narciso se había hecho su amigo; y, por extraño modo, había sido precisamente
el erudito Narciso el que le revelara su ineptitud para la erudición y el que
evocara en él la imagen de la madre perdida. En lugar del saber, la vida
monacal y la virtud, fueron sus amos y señores ciertos impulsos primarios de su
ser: el sexo, el amor de las mujeres, el afán de independencia y de correr
mundo. Pero más adelante vio aquella efigie de la Virgen María que el maestro
labrara, y descubrió en sí un artista; y se lanzó por un nuevo camino y tornó a
hacerse sedentario. Y ahora ¿qué pasaba? ¿Hacia dónde proseguía su camino? ¿De
dónde venían los obstáculos?
No lo sabía, por el momento. Lo único que sabía era que, aunque
admiraba en verdad grandemente al maestro Nicolao, no lo amaba al modo como
había amado antaño a Narciso, y que incluso le causaba a veces placer el
decepcionarlo y enojarlo. Ello guardaba, al parecer, relación con la dualidad
que ofrecía el ser del maestro. Las imágenes de la mano de Nicolao, por lo
menos las mejores de ellas, eran para Goldmundo modelos venerados, pero el
maestro mismo no constituía para él un modelo.
Al lado del artista que había tallado aquella imagen de la Madre
de Dios con su boca dolorosa y bella, al lado del vidente y del iniciado cuyas
manos eran capaces de transformar mágicamente hondas experiencias y
presentimientos en formas visibles, habitaba en el maestro Nicolao otro sujeto:
un padre de familia y un maestro artesano algo severo y receloso, un viudo que,
en compañía de la hija y una criada fea, llevaba una vida tranquila y un tanto
humilde en su tranquila casa, un hombre que oponía resistencia a los fuertes
impulsos de Goldmundo y que se había acostumbrado a una vida sosegada, modesta,
muy ordenada y decente.
Aunque Goldmundo respetaba a su maestro y nunca se hubiese
permitido preguntar a otros sobre él o formular sobre él juicios delante de
otros, al cabo de un año sabía todo lo que podía saberse de Nicolao, hasta el
más mínimo detalle. Era el maestro persona de importancia para él, lo amaba y,
a la vez. lo odiaba, no lo dejaba en paz; y, de esta suerte, el discípulo
penetró con amor y desconfianza, con siempre creciente curiosidad en las
reconditeces de su índole y de su vida. Reparó que no vivía con él ningún
aprendiz ni ayudante, a pesar de ser la casa harto espaciosa. Reparó que salía
pocas veces y que raramente tenía invitados. Observó que profesaba a su hija un
amor tierno y celoso y que procuraba esconderla de todo el mundo. Supo también
que detrás de la austera y prematura continencia del viudo se agitaban todavía
vivaces impulsos y que, cuando algún encargo de fuera le obligaba a hacer un
viaje, a veces se transformaba y rejuvenecía de manera sorprendente. Y en
cierta ocasión en que habían ido a una pequeña ciudad a colocar un pulpito
tallado, pudo incluso observar que una noche Nicolao fue a visitar de tapadillo
a una prostituta y que luego estuvo inquieto y de mal humor durante varios
días.
Andando el tiempo hubo, aparte de aquella curiosidad, otra cosa
que le ató a la casa del maestro y que le ocupó el ánimo. Y ello fue la linda
Isabel, la hija, que le agradaba mucho. Raras veces la veía, ella nunca entraba
en el taller y Goldmundo no podía descubrir si su esquivez y su recato de los
hombres provenían tan sólo de una imposición de su padre o correspondían
también a su propia naturaleza. Resultaba significativo que el maestro jamás le
hubiese vuelto a invitar a su mesa y que procurase evitar que se encontrara con
ella. Veía que a Isabel se la guardaba como una joya de precio y que no había
en ella la menor esperanza de amor sin matrimonio; pero el que quisiera hacerla
su esposa tenía, ante todo, que ser hijo de buena familia y miembro de uno de
los primeros gremios e incluso poseer dinero y casa.
La belleza de Isabel, tan distinta de la de las vagabundas y
campesinas, había atraído los ojos de Goldmundo desde el primer día que la
viera. Había algo en ella que seguía siéndole desconocido, algo especial que le
atraía poderosamente y que, a la vez, le llenaba de desconfianza y hasta le
molestaba: una gran calma e inocencia, una educación y una pureza que no eran,
sin embargo, infantiles porque detrás de toda su discreción y su decoro se
ocultaba cierta frialdad y altivez, por lo que su inocencia no lo conmovía ni
desarmaba (pues él jamás hubiese podido seducir a una niña) sino que lo
excitaba y provocaba. Apenas su apariencia se le hizo un tanto familiar, como
imagen interior, sintió el deseo de crear una figura de ella, pero no tal como
era a la sazón, sino con rasgos más marcados, sensuales y sufrientes, no una
jovenzuela sino una Magdalena. Con frecuencia llegaba a sentir el anhelo de ver
un día a aquel rostro sereno, hermoso e impasible, desencajarse y abrirse, ya
por obra de la voluptuosidad o del dolor, y entregar su secreto.
Había además otro rostro que, aunque moraba en su alma, no le
pertenecía completamente, que con ardor ansiaba apresar y, como artista,
representar, pero que siempre se le escapaba y escondía. Era el rostro de la
madre. No era este rostro ya, desde hacía tiempo, el mismo que un día se le
reapareciera, surgiendo de perdidos abismos del recuerdo, tras las
conversaciones con Narciso. A través de los días de caminata, de las noches de
amor, de las temporadas de nostalgia y de aquellas otras en que su vida estaba
amenazada y la muerte próxima, el rostro de la madre se había ido transformando
y enriqueciendo lentamente, se había ido haciendo más profundo y más vario; no
era ya la imagen de su propia madre sino que, con sus rasgos y colores, se
había ido formando, poco a poco, una imagen de madre que no era ya individual,
la imagen de una Eva, de una madre de la humanidad. Así como el maestro Nicolao
había representado en algunas de sus Vírgenes la figura de la Mater Dolorosa
con una perfección y una fuerza de expresión que Goldmundo estimaba
insuperables, así también esperaba él labrar un día, cuando estuviera más
maduro en el oficio y más seguro de su capacidad, la imagen de la madre
terrenal, de la madre Eva, según en su corazón apare-
cía, como el más antiguo y amado de los objetos de adoración.
Pero esa imagen interior, que un tiempo no fuera sino imagen recordatoria de su
propia madre y de su amor por ella, estaba en permanente mutación y desarrollo.
Los rasgos de la gitana Elisa, de Lidia, la hija del caballero, y de otras
caras femeninas habían sido acogidos en aquella imagen primera, y no solamente
las caras de las mujeres amadas habían modificado la imagen sino que también
toda emoción, toda experiencia y toda vivencia habían contribuido a
configurarla y le habían dado ciertos rasgos. Pues esta figura, si más adelante
llegaba a hacerla tangible, no debía ya representar a una mujer determinada
sino la vida misma como madre primigenia. A menudo creía verla, y a veces se le
aparecía en sueños. Pero sobre aquel rostro de Eva y sobre lo que quería
expresar sólo hubiese podido decir que reflejaba el placer de vivir en su
íntimo parentesco con el dolor y la muerte. En el curso de un año, Narciso
había aprendido muchas cosas. En el dibujo había alcanzado rápidamente una gran
seguridad, y, al lado de la talla en madera, el maestro Nicolao le hacía
también que probara, de cuando en cuando, a modelar con arcilla. Su primera
obra lograda fue una escultura en arcilla de unos dos palmos de alto; era la
imagen dulce y seductora de la pequeña Julia, la hermana de Lidia. El maestro
alabó el trabajo pero no accedió ai deseo de Goldmundo de hacerla vaciar en
metal; parecíale la estatuilla demasiado impúdica y mundanal para ser su
padrino. Luego empezó a tallar en madera la figura de Narciso bajo el aspecto
de San Juan joven, pues Nicolao quería incluirla, si le salía bien, en una
Crucifixión que le habían encargado y en la que trabajaban desde hacía tiempo
los dos ayudantes para que luego el maestro le diera los últimos toques.
Goldmundo trabajaba en la figura de Narciso con profundo amor;
en aquel trabajo volvía a encontrarse a sí mismo y su talento artístico y su
alma cuantas veces se salía de los carriles, lo que no era raro, pues los
amoríos, bailes, francachelas con camaradas, juegos de dados y, a menudo,
también las peleas, a tal extremo lo arrebataban, que por uno o dos días no
aparecía por el taller o bien se sentía turbado y desganado en la labor. Empero
en su San Juan joven, cuya figura amada y pensativa iba surgiendo de la madera
cada vez más nítida, sólo trabajaba en los momentos que se hallaba bien
dispuesto, con dedicación y humildad. En esos momentos, no estaba ni alegre ni
triste, ignoraba tanto el goce de la vida como su caducidad; volvíale al
corazón aquel sentimiento reverente, claro y pulcramente afinado con que antaño
se había entregado al amigo y aceptado gozoso su dirección. No era él quien
allí estaba creando por propia voluntad aquella efigie, sino más bien el otro,
Narciso, que se valía de sus manos de artista para salvarse de la caducidad y
variabilidad de la vida y elaborar la imagen pura de su ser.
De este modo —sentía a veces Goldmundo estremeciéndose— nacieron
las auténticas obras de arte. Así había nacido la inolvidable Virgen del
maestro que varios domingos había ido a ver de nuevo al convento.
Así, de este modo misterioso y santo, habían nacido las dos o
tres mejores de aquellas imágenes antiguas que el maestro tenía arriba en la
sala. Y así nacería también un día aquella escultura, aquella otra, aquella
única, que le parecía aun más misteriosa y veneranda, la imagen de la Madre de
la humanidad. ¡Ah, si sólo ese tipo de obras de arte pudiera salir de las manos
de los hombres, esas imágenes santas, necesarias, no maculadas de ningún querer
ni vanidad! Pero de tiempo atrás sabía que no era así. También era posible
crear otras imágenes, piezas lindas y encantadoras, hechas con grande maestría,
gozo de los aficionados, ornato de iglesias y salas consistoriales... cosas
hermosas, sin duda, mas no santas, no puras imágenes del alma. No era tan sólo
que conociera algunas obras de esa especie debidas a Nicolao y otros maestros,
las que, a pesar de la gracia de su invención y la prolijidad de su ejecución,
no eran sino juegos intrascendentes. Para su vergüenza y tristeza, sabía
también por el testimonio de su propio corazón, había sentido en sus propias
manos, que un artista puede crear en el mundo esas lindas cosas por recrearse
en su propia habilidad, por ambición, por jugueteo.
La primera vez que esta idea le vino a las mientes se quedó
sumamente triste. ¡Ah, para hacer lindas figurillas de ángeles u otras
fruslerías no valía la pena ser artista! Quizá para otros, para los artesanos,
los burgueses, las almas tranquilas y contentas podía valer la pena, pero para
él no. Para él, el arte y los artistas carecían de valor si no ardían como el
sol y no eran poderosos como torres, si sólo proporcionaban regalo, agrado,
pequeña dicha. Él buscaba otra cosa. El dorar con relucientes panes de oro una
corona de la Virgen, delicada y afiligranada como un encaje, no era trabajo
para él aunque se lo pagaran bien. ¿Por qué aceptaba el maestro Nicolao todos
esos encargos? ¿Por qué tenía dos ayudantes? ¿Por qué escuchaba con la vara de
medir en la mano, horas enteras, a aquellos señores del concejo y a aquellos
priores cuando le encomendaban labrar una puerta o un pulpito? Hacíalo por dos
motivos, por dos mezquinos motivos: porque tenía empeño en ser un artista
famoso y solicitado, y porque quería acumular dinero y no para grandes empresas
o goces sino para su hija, que ya era una muchacha rica, para su ajuar, para
comprarle cuellos de encaje y trajes de brocado y una cama de matrimonio, de
nogal, con cubiertas y sábanas riquísimas. ¡Como si la preciosa muchacha no
pudiera conocer de modo tan cabal el amor en cualquier pajar!
En los momentos que tales consideraciones se hacía, agitábase
hondamente en él la sangre de la madre, el orgullo y el desprecio de los que no
tienen hogar hacia los sedentarios y los dueños de casa. De cuando en cuando,
el taller y el maestro se le hacían tan antipáticos como las judías con hilos,
y muchas veces estuvo a punto de largarse de allí.
También el maestro se arrepentía con enfado algunas veces de
haber aceptado a aquel muchacho difícil y poco digno de confianza que a menudo
ponía a dura prueba su paciencia. Lo que sabía de la vida que llevaba, de su
desdén por el dinero y los bienes, de su afición al derroche, de sus muchos
amoríos, de sus frecuentes riñas, no podían inclinarlo a adoptar una actitud
más blanda hacia él; había admitido a su lado a un gitano, a un compañero que
no era de fiar. Tampoco dejó de advertir con qué ojos miraba aquel vagabundo a
su hija Isabel. Si, a pesar de todo eso, se mostraba con él más paciente de lo
que le fuera cómodo, no lo hacía por sentido del deber ni por escrúpulo sino a
causa del San Juan joven cuya imagen veía cobrar forma. Con un sentimiento de
amor y de parentesco espiritual que no se confesaba del todo a sí mismo,
contemplaba el maestro cómo aquel gitano que había venido hacia él desde los
bosques iba tallando en la madera su escultura de modo lento y caprichoso,
ciertamente, pero tenaz y certero, partiendo de aquel dibujo tan enternecedor,
tan bello y, sin embargo, tan torpe, por causa del cual lo había admitido en su
taller. Un día, Nicolao no abrigaba la menor duda, la figura sería terminada a
pesar de los caprichos e interrupciones, y entonces habría de verse que era una
obra como ningún ayudante fuera jamás capaz de hacer, y como incluso los
grandes maestros no logran muchas veces. Aunque al maestro le desagradaran
muchas cosas en el discípulo, aunque le prodigara las censuras y aunque, a veces,
se enfureciera por causa de él... sobre el San Juan nunca le dijo una palabra.
Goldmundo había ido perdiendo poco a poco aquel resto de gracia
adolescente y de candor pueril que le granjeara la simpatía de tantos. Habíase
convertido en un hombre hermoso y vigoroso, muy solicitado de las mujeres y
poco querido de los hombres. También su ánimo, su faz interior, se había
cambiado mucho desde que Narciso lo despertara del dulce sueño de sus años del
convento, desde que el mundo y el peregrinar lo baquetearan. Aquel escolar
bello, apacible, querido de todos, piadoso y servicial se había convertido en
un individuo enteramente distinto. Narciso lo había despertado, las mujeres le
habían enseñado muchas cosas, la vida andariega le había hecho perder el bozo.
No tenía amigos, su corazón pertenecía a las mujeres. Éstas podían ganárselo
con facilidad, bastaba una mirada anhelante. Costábale trabajo resistirse a una
mujer, respondía a la más ligera solicitación. Y aun cuando tenía una delicada
sensibilidad para la belleza y prefería a las jovenallas con el vello suave de
su primavera, dejábase también conmover y seducir por mujeres poco hermosas y
ya no jóvenes. En los bailes, pegábase a veces a alguna muchacha entrada en
años y descorazonada, que se lo ganaba por el camino de la compasión, y no sólo
de la compasión sino también de una curiosidad siempre alerta. En cuanto
comenzaba a entregarse a una mujer —ora durase eso varias semanas o sólo
algunas horas—, para él era una beldad y se daba a ella por entero. Y la
experiencia le enseñó que toda mujer era hermosa y podía hacer a uno feliz, que
las insignificantes y desdeñadas de los hombres eran capaces de un ardor y una
devoción inauditos y las ya mustias de una ternura más que maternal y
tristemente dulce, y que toda mujer tenía su secreto y su encanto, cuyo
descubrimiento deparaba dicha. En eso todas las mujeres eran iguales. Toda
mengua en belleza o juventud veíase compensada por algún ademán característico.
Aunque no todas, ciertamente, podían encadenarlo por un tiempo igualmente
largo. En modo alguno era con la joven y hermosa más amable y atento que con la
fea, porque nunca amaba a medias. Pero había mujeres que lo ataban más al cabo
de tres o de diez noches de amor, en tanto que otras quedaban agotadas y
olvidadas tras la primera vez.
En su opinión, el amor y el goce carnal eran lo único que podía
dar calor y valor a la vida. Desconocía la ambición y para él era lo mismo ser
obispo que mendigo; el lucro y la posesión de bienes no le atraían, los
despreciaba, no hubiese hecho por ellos el menor sacrificio y despilfarraba sin
cuidado el dinero que a veces ganaba en abundancia. El amor de las mujeres y el
juego de los sexos estaba, para él, por encima de todo, y su propensión a la
tristeza y al hastío provenía, en el fondo, del conocimiento del carácter
huidizo y transitorio de la carnalidad. El rápido, fugaz, maravilloso
encendimiento del deleite amoroso, su fuego breve y abrasador, su rápido
apagarse... todo esto le parecía contener la raíz de toda experiencia, todo
esto se convirtió para él en símbolo de toda la alegría y de todo el dolor de
la vida. Podía entregarse a aquella tristeza y a aquel espanto de la
transitoriedad con el mismo fervor que al amor, y esa melancolía era también
amor, era también carnalidad. Así como el goce erótico, en el instante de su
máxima y más dichosa tensión, sabe que inmediatamente después se desvanecerá y
morirá de nuevo, así también la íntima soledad y la melancolía sabían que
serían tragados súbitamente por el deseo, por una nueva entrega a la faceta luminosa
de la vida. La muerte y la carnalidad eran la misma cosa. A la Madre de la vida
podía llamársela amor o deleite, y también podía llamársela tumba y pudrición.
La Madre era Eva, era la fuente de la felicidad y la fuente de la muerte, paría
eternamente, mataba eternamente; en ella se identificaban el amor y la crueldad
y su figura se fue convirtiendo para él en metáfora y símbolo santo a medida
que era mayor el tiempo que en sí la llevaba.
Sabía, no con palabras y con la conciencia sino con el hondo
saber de la sangre, que su camino conducía a la Madre, a la carnalidad y a la
muerte. La faceta paterna de la vida, el espíritu, la voluntad, no era su
hogar. Narciso sí se encontraba en ella a gusto; sólo ahora penetraba y
comprendía Goldmundo del todo las palabras de su amigo y veía en él su polo
opuesto; y esto también lo encarnaba y hacía visible en su imagen de San Juan.
Podía añorar a Narciso hasta las lágrimas, podía verlo en sueños maravillosos...
pero alcanzarlo, ser como él, era imposible.
Con cierto misterioso sentido adivinaba asimismo Goldmundo el
misterio de su talento artístico, de su íntimo amor por el arte, de aquel
rabioso encono que a veces sentía contra él. No por la vía del pensamiento sino
por la de la sensibilidad, en muy variadas metáforas, adivinaba que el arte era
una conjunción del mundo paterno y del materno, de espíritu y sangre; podía
comenzar en lo más sensorial y conducir a lo más abstracto, o bien tener su
inicio en un puro mundo de ideas y concluir en la carne más sangrienta. Las
obras de arte realmente excelsas, que no eran simplemente hábiles malabarismos
sino que estaban llenas del misterio eterno, como por ejemplo aquella Virgen
del maestro, las obras de arte auténticas e indubitables presentaban aquella
peligrosa y sonriente doble faz, aquella sustancia masculina-femenina, aquella
integración de lo impulsivo y la pura espiritualidad. Y esa doble faz
aparecería un día del modo más patente en la Madre-Eva, si alguna vez llegaba a
esculpirla.
En el arte y en ser artista radicaba para Goldmundo la
posibilidad de una armonización de sus más profundas contraposiciones o, al
menos, de una metáfora magnífica y siempre nueva para el dualismo de su
naturaleza. Pero el arte no era un simple regalo, no se conseguía, en manera
alguna, gratuitamente, costaba mucho, exigía sacrificio. Durante más de tres
años habíale Goldmundo sacrificado lo que estimaba como más alto e
indispensable después del amor carnal: la libertad. El ser libre, el vagar sin
término, la soltura de la vida errante, la soledad y la independencia, a todo
esto había renunciado. Nada se le daba que otros lo juzgasen caprichoso,
rebelde y engreído por abandonar a veces con iracundia el taller y el trabajo;
para él la vida que llevaba era una esclavitud que a menudo lo llenaba de
irritación hasta hacérsele insoportable. No era al maestro a quien tenía que
obedecer, ni tampoco al futuro ni a la necesidad, sino sólo al arte. ¡El arte,
esa deidad en apariencia tan espiritual, precisaba de tantas cosas menudas!
Había menester de un techo sobre la cabeza, había menester de herramientas, de
madera, de arcilla, de colores, de oro, requería trabajo y paciencia. A esa
deidad había él sacrificado la salvaje libertad de los bosques, la fascinación
de la lejanía, el goce acerbo del peligro, la altivez de la miseria, y tenía
que estar renovando constantemente este sacrificio, entre ahogos y crujir de
dientes.
Una parte de lo sacrificado lo recuperó; tomábase un pequeño
desquite de la esclavitud y el sedentarismo de su vida actual en ciertas
aventuras que guardaban relación con el amor, en las peleas con sus rivales.
Toda la salvaje y contenida vehemencia, toda la constreñida fuerza de su ser
prorrumpía como un vapor a presión, por aquel agujero, y llegó a ser un notorio
y temido camorrista. El verse agredido súbitamente en una oscura calleja,
cuando iba a visitar a alguna muchacha o cuando regresaba del baile, y recibir
un par de bastonazos y volverse rápido como un rayo y pasar de la defensa al
ataque, y aferrar, acezando, al acezante enemigo y golpearle con el puño la
mandíbula y arrastrarlo de los pelos o apretarle a conciencia el gañote, esto
le complacía sobremanera y le curaba por un rato de su mal humor. Y a las
mujeres les agradaba también.
Todo eso llenaba abundantemente sus días y todo tenía, asimismo,
un sentido mientras duró la tarea de labrar la imagen de San Juan. La tarea se
prolongaba largamente y los últimos delicados matices en la cara y manos los
dio en un estado de concentración solemne y paciente. Concluyó su trabajo en un
pequeño cobertizo de madera que había detrás del taller de los oficiales. Llegó
la mañana en que la imagen quedó terminada. Goldmundo cogió una escoba, barrió
concienzudamente el cobertizo, quitó con un pincel suavemente las últimas
briznas de serrín de los cabellos de su San Juan y, luego, permaneció un largo
rato contemplándolo, una hora o más, solemnemente, embargado el ánimo por la
sensación de vivir una rara y grande experiencia que quizá se repitiera otra
vez en su vida pero que también podía quedar como algo único y solo. Un hombre
en el momento de sus bodas o en el de ser armado caballero, una mujer al dar a
luz su primer hijo pueden experimentar en el corazón una emoción semejante,
suprema unción, profunda gravedad y, a la vez, ya un secreto temor del momento
en que aquello tan elevado y tan único no exista más, haya pasado, se haya
desvanecido, arrastrado por el curso ordinario de los días.
Miraba a su amigo Narciso, el guía de sus años juveniles, que
aparecía allí con el rostro erguido y atento, llevando las vestiduras y
desempeñando el papel del bello discípulo amado con una expresión serena,
rendida y devota que era como el capullo de una sonrisa. Este rostro hermoso,
piadoso y espiritual, esta figura esbelta, como suspendida, estas manos largas,
graciosas alzadas en pía actitud, no ignoraban el dolor y la muerte aunque
estaban llenas de juventud y de música interior; pero, en cambio, ignoraban la
desesperación, la confusión y la rebeldía. Fuera alegre o triste el alma que
alentaba tras de aquellos nobles rasgos, estaba pulcramente afinada, no sufría
disonancia alguna.
Goldmundo contemplaba su obra. Su contemplación comenzó siendo
un tributo de veneración al monumento de su primera juventud y amistad pero
terminó en una tormenta de inquietudes y graves pensamientos. Aquí estaba,
pues, su obra; el hermoso joven perduraría y su delicado florecer jamás vendría
a término. Pero él, que lo había hecho, tenía ahora que despedirse de su
creación, mañana no le pertenecería ya, no seguiría ya a la espera de sus
manos, no crecería y florecería ya bajo ellas, no sería ya para él refugio,
consuelo y sentido de la vida. Se quedó como vacío. Y juzgó que lo mejor sería
despedirse aquel mismo día no solamente del San Juan sino también del maestro,
de la ciudad y del arte. Nada más tenía aquí que hacer; en su alma no había
imágenes a las que pudiera dar forma externa. Aquella anhelada imagen de las
imágenes, la figura de la Madre de la humanidad, resultábale todavía
inasequible y lo sería por mucho tiempo. ¿Acaso debería tornar a pulir
figurillas de ángeles y a tallar motivos ornamentales?
En aquel punto se arrancó a su contemplación y se fue al taller
del maestro: Entró sin hacer ruido y se detuvo en la puerta hasta que Nicolao
advirtió su presencia y lo llamó.
—¿Qué pasa, Goldmundo?
—He terminado mi escultura. ¿Queréis venir a verla antes del
almuerzo?
—De buena gana, ahora mismo.
Encamináronse ambos al cobertizo y dejaron la puerta abierta
para que hubiese más luz. Hacía tiempo que Nicolao no veía la obra para que
Goldmundo pudiera trabajar con más desembarazo. Ahora la contemplaba con
callada atención, su semblante reservado se embelleció e iluminó; Goldmundo
notaba cómo se le alegraban los severos ojos azules.
—Está bien —dijo el maestro—. Está muy bien. Esta será tu pieza
de examen; tu aprendizaje ha terminado. Enseñaré tu escultura a los miembros
del gremio y les pediré que te den el diploma de maestría, porque te lo has
ganado.
Goldmundo, aunque no le daba mayor importancia al gremio, sabía
cuánta estima reflejaban las palabras del maestro y ello le alegró.
Mientras Nicolao, lentamente, daba otra vuelta en torno a la
efigie de San Juan, dijo suspirando:
—Esta imagen está llena de piedad y claridad, es grave pero
redunda dicha y paz. Diríase obra de un hombre de corazón sereno y alegre.
Goldmundo sonrió.
—Bien sabéis que con esta escultura no me propuse hacer mi
retrato sino el de mi amigo muy amado. Él ha dado a la imagen esa claridad y
esa paz, no yo. En realidad, ni siquiera fui yo el que la hizo, sino que él me
la puso en el alma.
—Puede ser —dijo Nicolao—. La manera como ha nacido esta imagen
es un misterio. Aunque no soy precisamente un hombre humilde, debo decir que
muchas de mis obras son inferiores a la tuya, no en arte y esmero sino en
verdad. Tú mismo sabes bien que una obra como ésa no se puede repetir. Es un
misterio.
—Sí —dijo Goldmundo—. Cuando, una vez terminada, me puse a
contemplarla, pensaba que no podría volver a hacer nada parecido. Y, por eso,
creo, maestro, que en breve tornaré a la vida errante.
Nicolao se quedó mirándolo, sorprendido y enojado; sus ojos
recobraron su expresión severa.
—Ya hablaremos de eso. El trabajo empezaba para ti precisamente
ahora; no es este, en verdad, el momento de irte. Hoy tendrás asueto y
almorzarás conmigo.
A mediodía se presentó Goldmundo peinado y lavado y con traje de
fiesta. Esta vez sabía perfectamente cuánto significaba y qué raro favor
suponía ser invitado por el maestro a su mesa. Cuando subía la escalera para
dirigirse a la sala de las figuras, no iba tan lleno de respeto y temerosa
alegría como aquella otra vez que entrara, con el corazón palpitante, en la
hermosa estancia.
Isabel también se había acicalado y llevaba puesto un collar de
piedras preciosas. En el almuerzo, aparte de las carpas y el vino, hubo otra
sorpresa: el maestro regaló a Goldmundo una bolsita con dos monedas de oro, su
salario por la imagen terminada.
No se mantenía ahora callado mientras padre e hija conversaban.
Los dos le dirigieron la palabra y se entrechocaron las copas. Goldmundo no
daba paz a los ojos; aprovechó la ocasión para contemplar con todo detenimiento
a la linda muchacha de semblante distinguido y algo altanero, y sus miradas no
disimulaban cuánto le agradaba. Ella se mostró con él atenta; pero el hecho de
que ni se sonrojara ni se entusiasmara, le desilusionó. De nuevo deseaba hacer
hablar a aquel rostro bello e impasible y forzarle a entregar su secreto.
Terminado el almuerzo, dio gracias, se demoró unos instantes
junto a las tallas que adornaban la pieza y luego anduvo vagando ocioso y sin
rumbo por la ciudad. El maestro le había honrado sobremanera, más allá de
cuanto podía esperar. ¿Por qué no le causaba esto alegría? ¿Por qué todo aquel
honor tenía tan poco sabor de fiesta?
Respondiendo a un súbito impulso, alquiló un caballo y enderezó
hacia el convento donde un día había visto cierta obra del maestro y oído por
primera vez su nombre. Eso había sido pocos años atrás y, sin embargo, le
parecía que hubiese ya transcurrido un larguísimo lapso. Visitó y contempló en
la iglesia la imagen de la Madre del Señor y también ahora le encantó y
avasalló esta espléndida obra; era más bella que su San Juan, igual a él en
intimidad y misterio, superior a él en arte, en aérea, flotante ingravidez.
Veía ahora en esta obra detalles que sólo ve el artista, suaves, delicados
movimientos en el ropaje, osadías en la configuración de las largas manos y de
los largos dedos, finísima utilización de los accidentes de la madera; nada
eran, ciertamente, estas excelencias en comparación con el conjunto, con la
sencillez e intimidad de la visión, pero existían, y encerraban una gran
belleza, y el elegido sólo podía lograrlas si dominaba a fondo su oficio. Para
hacer algo como esto no bastaba con llevar imágenes en el alma sino que de
añadidura era menester tener los ojos y las manos instruidos y ejercitados a un
grado extraordinario. ¿Valdría acaso la pena dedicar toda la vida al servicio
del arte, a expensas de la libertad y de las grandes aventuras, únicamente para
crear un día algo tan hermoso que no fuese sólo vivido y contemplado y
concebido en amor sino, además, labrado con segura maestría? Trascendental
cuestión.
Goldmundo regresó a la ciudad en su fatigado caballo ya entrada
la noche. Aún encontró abierta una taberna y en ella comió pan y bebió vino; y
luego subió a su aposento del mercado del pescado, desavenido consigo mismo,
lleno de interrogantes, lleno de dudas.
CAPÍTULO XII
Al día siguiente no se decidía a ir al taller. Como ya hiciera
otros días de murria y desgana, anduvo vagando por la ciudad. Veía a las
mujeres y mozas que iban al mercado; detúvose un buen rato junto a la fuente
del mercado del pescado observando cómo los pescaderos y sus robustas esposas
exponían a la venta y ponderaban su mercancía, cómo extraían de sus dornajos y
ofrecían a la venta los peces fríos y plateados, y cómo los peces se entregaban
a la muerte con las bocas doloridamente entreabiertas y los ojos de oro
angustiosamente fijos, o bien se resistían a ella con violencia y
desesperación. Según le había sucedido en otras ocasiones, sintió compasión de
aquellos animales y un triste disgusto de los hombres; ¿por qué eran tan rudos
e insensibles, tan inconcebiblemente necios y estúpidos?, ¿por qué no veían
nada, ni los pescaderos y pescaderas ni los compradores regatones?, ¿por qué no
veían aquellas bocas, aquellos ojos espantados ante la muerte y aquellas colas
que batían con furia?, ¿por qué no veían aquella lucha terrible, inútil,
desesperada, aquella insoportable transformación de los misteriosos animales de
maravillosa belleza, y cómo, en la piel moribunda, se estremecía el último
suave temblor y luego se quedaban muertos, apagados, tendidos, lastimosos
trozos de carne para la mesa del complacido comilón? ¡Nada veían aquellos
hombres, nada sabían ni advertían, nada les conmovía! Les era indiferente que
un pobre y gracioso animalillo reventara ante sus ojos o que un maestro
reflejara en la cara de un santo toda la esperanza, toda la nobleza, todo el
sufrimiento y toda la oscura y ahogadora angustia de la vida humana, hasta el
escalofrío; ¡Nada veían, nada les impresionaba! Todos estaban entregados a sus
diversiones o quehaceres, se daban importancia, se daban prisa, gritaban, reían
y regoldaban, hacían ruido, hacían chistes, ponían el grito en el cielo por dos
ochavos, y todos se sentían satisfechos, y en paz consigo mismos y contentos
del mundo. ¡Y eran unos cerdos, ah, mil veces peores y repugnantes que cerdos!
Es verdad que él había estado a menudo con ellos, se había sentido alegre entre
iguales, había andado tras las faldas, había comido riendo y sin horror pescado
frito. Pero una y otra vez, con frecuencia de repente, como por ensalmo, habían
huido de él la alegría y la tranquilidad, una y otra vez se había derretido
aquella ilusión grasa y gruesa, aquel engreimiento, aquella arrogancia y
perezosa tranquilidad del alma, y ello lo había arrastrado a la soledad y a la
meditación, a la peregrinación, a la reflexión sobre el sufrimiento, la muerte,
la vanidad de todo quehacer, a clavar la mirada en el abismo. A las veces, de
su desesperado entregarse a la contemplación de lo fútil y terrible,
prorrumpíale una alegría, un amor impetuoso, ganas de cantar una hermosa
canción o de dibujar, o bien, al oler una flor o al jugar con un gato, le
volvía la infantil consonancia con la vida. También ahora le volvería, mañana o
pasado, y el mundo sería otra vez bueno, magnífico. Hasta que retornara lo
otro, la tristeza, las cavilaciones, el amor desesperado y angustioso por los
peces agonizantes y las flores que se marchitan, el horror por la vida vulgar,
el papanatismo, la ceguera, estúpidos y puercos, de los hombres. En esos
momentos, no podía dejar de pensar, con dolorosa curiosidad, con honda congoja,
en Víctor, el escolar errante, a quien había clavado el cuchillo entre las
costillas y había dejado tendido, bañado en sangre, sobre las ramas de abeto; y
no podía dejar de reflexionar y cavilar en lo que sería ahora de él, si los
animales lo habrían devorado por completo o si habría quedado algo de él. Sí,
sin duda habían quedado los huesos y quizás unos mechones de cabello. Y los
huesos... ¿en qué se convierten? ¿Cuánto tiempo se precisa, decenios o sólo
años, para que también ellos pierdan su forma y se vuelvan tierra? Ah, hoy,
mientras contemplaba con compasión a los peces y con repugnancia a la gente del
mercado, el corazón lleno de angustiada melancolía y de acerba hostilidad
contra todo el mundo y contra sí mismo, tuvo que pensar en Víctor. ¿Habríanlo
acaso encontrado y sepultado? Y en tal caso, ¿se le habría ya desprendido toda
la carne de los huesos, estaría ya todo podrido, se lo habrían comido ya todo
los gusanos? ¿Quedarían aún pelos en su cráneo y algo de las cejas sobre las
cuencas de los ojos? Y de la vida de Víctor, tan llena de aventuras e historias
y de aquel fantástico juego de bromas y chistes maravillosos, ¿qué había
quedado? Aparte de los pocos vagos recuerdos que de él guardaba su asesino,
¿seguía aún viviendo algo de aquella existencia humana, que no había sido, por
cierto, de las más vulgares y corrientes? ¿Habría todavía un Víctor en los
sueños de las mujeres que en otro tiempo había amado? ¡Ah, todo se había
desvanecido y disgregado! Y lo propio le sucedía a todos y a todo, florecía
rápidamente y rápidamente se secaba y desaparecía, y luego caía encima la
nieve. ¡Cómo florecía todo dentro de su alma cuando, años atrás, había llegado
a aquella ciudad, ávido de arte, lleno de medrosa y profunda veneración hacia
el maestro Nicolao! ¿Qué quedaba de todo aquello? Nada, no más que lo que
quedaba del alto cuerpo de hampón del pobre Víctor. Si alguien le hubiese dicho
entonces que llegaría un día en que el maestro Nicolao le reconocería como su
igual y pediría para él al gremio el diploma de maestría, habría creído tener
en las manos toda la felicidad del mundo. Y ahora eso no era más que una flor
marchita, algo seco y melancólico.
Mientras en estas cosas pensaba, tuvo, de pronto, una visión.
Fue sólo un instante, un lampo fugaz: vio el rostro de la primera Madre que se
inclinaba sobre el abismo de la vida, que miraba, bello y horripilante, con una
sonrisa perdida; lo vio sonreírse de los nacimientos, de las muertes, de las
flores, de las crujientes hojas del otoño, sonreírse del arte, sonreírse de la
pudrición.
Todo le resultaba igualmente indiferente a la primera Madre,
sobre todas las cosas aparecía suspendida, como la luna, su inquietante
sonrisa; tanto valor tenía para ella el melancólico y pensativo Goldmundo como
la carpa que agonizaba en el pavimento del mercado del pescado, la altiva y
fría Isabel como los huesos, dispersos por el bosque, de aquel Víctor que una
vez quiso robarle su ducado.
Habíase extinguido la ráfaga de luz, había desaparecido el
misterioso rostro de la Madre. Pero su pálido resplandor continuaba titilando
en el fondo del alma de Goldmundo; una onda de vida, de dolor, de ansia
ahogadora corría, estremeciéndose, por su corazón. No, no, no quería la dicha y
la satisfacción de los otros, de los compradores de pescado, de los burgueses,
de la gente atareada. ¡Al diablo con ellos! ¡Ah, este rostro pálido y
relampagueante, esta boca plena, madura, estival, sobre cuyos labios rígidos
había descendido, como viento y luz de luna aquella indefinible sonrisa de
muerte!
Goldmundo se encaminó a la casa del maestro; era mediodía;
esperó hasta oír en el interior que Nicolao abandonaba su trabajo y se lavaba
las manos. Entonces entró junto a él.
—Permitidme que os diga algunas palabras, maestro; puedo
decíroslas mientras os laváis las manos y os ponéis el sayo. Tengo sed de
verdad, quisiera deciros algo que acaso pueda decir precisamente ahora y nunca
más. Necesito hablar con alguien y vos sois el único que tal vez pueda
comprenderme. No me dirijo al hombre que posee un renombrado taller y que
recibe honrosos encargos de ciudades y monasterios y tiene dos ayudantes y una
casa hermosa y rica. Me dirijo al maestro que ha labrado la efigie de la Madre
de Dios que está en aquel convento, la más bella imagen que jamás he visto. A
ese hombre lo he amado y venerado, y el igualarme a él me parecía el más alto
objetivo que podía proponerme en la tierra. He esculpido una figura, la de San
Juan, aunque no pude hacerla tan perfecta como la vuestra de la Virgen; pero,
en fin, así salió. Ahora no tengo ninguna otra figura que hacer, no hay ninguna
que me reclame y me obligue a realizarla. O, por mejor decir, sí, hay una, una
imagen lejana y santa que un día tendré que labrar pero que hoy por hoy aún no
me es posible. Para poderla hacer, tengo que aprender y experimentar muchas
cosas más. Tal vez esté en condiciones de llevar a cabo esa empresa dentro de
tres o cuatro años, o dentro de diez o de más, o quizá nunca. Pero hasta que
llegue ese momento, maestro, no quiero seguir practicando el oficio ni barnizar
esculturas ni tallar pulpitos ni llevar una vida de artesano en el taller y
ganar dinero y ser como los demás artesanos; no, eso no lo quiero, sino que
quiero vivir y peregrinar, sentir el invierno y el verano, ver el mundo y
gustar su hermosura y su horror. Quiero padecer hambre y sed, y volver a
olvidarme y desembarazarme de todo lo que he vivido y aprendido aquí a vuestro
lado. Anhelo hacer un día algo tan hermoso y tan hondamente conmovedor como
vuestra Virgen... pero, ser como vos y vivir como vos, eso no lo quiero.
El maestro se había ya lavado y enjugado las manos, y entonces
se volvió hacia Goldmundo y se quedó mirándolo. Su rostro tenía una expresión
severa pero no enojada.
—He oído atentamente lo que acabas de decir —declaró—. No
hablemos del asunto. No cuento contigo para el trabajo aunque hay tanta tarea.
No te considero como un ayudante, necesitas libertad. Quisiera platicar contigo
sobre varias cosas, querido Goldmundo; no ahora, dentro de algunos días;
entretanto, puedes hacer lo que te plazca. Escucha: soy más viejo que tú y
tengo harta experiencia en muchas cosas. Difiero de tu modo de pensar pero te
comprendo y comprendo lo que quieres decir. Dentro de unos días te mandaré
llamar. Hablaremos sobre tu futuro; tengo diversos planes. Hasta entonces, ten
paciencia. Sé muy bien lo que pasa cuando uno ha concluido una obra en la que
ponía gran empeño; conozco ese vacío. Y desaparece, créemelo.
Goldmundo se marchó poco satisfecho. El maestro tenía las
mejores intenciones para con él, pero ¿en qué podía ayudarlo?
Conocía una parte del río donde las aguas eran poco profundas y
discurrían sobre un lecho lleno de cachivaches y desperdicios; allí, de las
casas del arrabal de los pescadores arrojaban al río toda suerte de
inmundicias. A este paraje se encaminó; y habiéndose sentado en el malecón,
púsose a mirar el agua. Mucho le agradaba el agua, siempre le atraía. Y cuando
desde aquel lugar, y a través del líquido fluyente y como formado de hilos de
cristal, se contemplaba el cauce oscuro e impreciso, veíase aquí y allá
centellear y resplandecer algo con áureo brillo apagado y seductor, cosas
imposibles de distinguir, quizás el pedazo de un plato viejo o una hoz
desechada y torcida o un guijarro liso y reluciente o un ladrillo vidriado, y a
veces también podía ser alguno de esos peces que se crían en el lodo, una gorda
anguila o una breca, que daba vueltas allá abajo y que apresaba un momento en
sus aletas y escamas un rayo de sol... nunca sería posible saber exactamente de
qué se trataba, pero siempre era mágicamente hermoso y seductor aquel fugaz y
apagado centelleo de áureos tesoros hundidos en el lecho húmedo y negro.
Parecíale que lo mismo que aquel pequeño misterio del agua eran todos los
verdaderos misterios, todas las verdaderas y reales imágenes del alma: no tenían
contorno, no tenían forma, sólo cabía vislumbrarlas como una lejana, hermosa
posibilidad, estaban envueltas en velos y eran ambiguas. Así como allá, en el
crepúsculo del fondo verde del río, fulguraba, en instantes fugitivos, algo
maravillosamente dorado o plateado, una nonada y sin embargo llena de
venturosas promesas, así el perfil perdido de un hombre visto a medias desde
atrás podía a veces anunciar algo infinitamente hermoso o inmensamente triste;
o también cuando pasaba un carromato nocturno bajo el que pendía un farol que
pintaba en las paredes de las casas las sombras gigantes y gigantes de los
rayos, ese juego de sombras podía encerrar en un minuto tantos panoramas,
sucesos e historias como todo Virgilio. De la misma sustancia irreal, mágica, se
tejían, por las noches, los sueños, una nonada que contenía en sí todas las
imágenes del mundo, un agua en cuyo cristal moraban las formas de todos los
hombres, animales, ángeles y demonios como posibilidades siempre despiertas.
Volvió a enfrascarse en el juego; miraba, absorto, el río que
pasaba incesantemente, veía temblar en el fondo reflejos imprecisos,
vislumbraba coronas reales y tersos hombros de mujer. Recordaba que antaño, en
Mariabronn, había advertido en las letras latinas y griegas ilusiones formales
y transformaciones mágicas muy parecidas. ¿No había hablado de eso alguna vez
con Narciso? Ah, ¿cuándo había sido, hacía cuántos cientos de años? ¡Ah
Narciso! Por verlo, por conversar con él una hora, por estrechar su mano, por
oír SU VOZ reposada, juiciosa, de buena gana daría sus dos ducados de oro.
¿Por qué eran tan bellas aquellas cosas, aquellos resplandores
de oro bajo el agua, aquellas sombras y vislumbres, todos aquellos fenómenos
irreales de encantamiento. ..? ¿Por qué aparecían tan extraordinariamente
bellas y proporcionaban delicioso goce siendo exactamente lo contrario de la
belleza que podía crear un artista? Pues si la belleza de aquellas cosas
inefables carecía de toda forma y consistía meramente en misterio, en las obras
del arte acontecía justamente al revés: eran enteramente forma y hablaban con
plena claridad. Nada había más inexorablemente claro y preciso que la línea de
una cabeza o de una boca dibujadas o talladas en madera. Hubiese podido dibujar
con toda exactitud el labio inferior o los párpados de la figura de la Virgen
del maestro Nicolao; allí no había nada indeterminado, ilusorio, delicuescente.
Goldmundo tenía el ánimo embargado por estas reflexiones. No
comprendía cómo era posible que lo que significaba el máximo de determinación y
forma pudiera actuar sobre el alma en manera semejante a lo impreciso e
informe. Sin embargo aquellas meditaciones le hicieron ver claro, al menos, por
qué tantas obras de arte irreprochables y bien ejecutadas no le placían nada y,
a pesar de poseer cierta belleza, le resultaban aburridas y casi odiosas. Los
talleres, las iglesias y los palacios estaban llenos de esas desagradables
obras de arte y él mismo había trabajado en algunas de ellas. Eran tan
tremendamente decepcionantes porque despertaban el anhelo de lo supremo y no lo
satisfacían, porque les faltaba lo principal: el misterio. El misterio era lo
que el sueño y la obra artística suprema tenían de común.
Prosiguió con sus pensamientos. Un misterio es lo que yo amo —se
decía—, lo que persigo, lo que varias veces vi centellear y lo que, como
artista, quisiera poder representar y expresar. Es la figura de la gran
genitrix, de la Madre primera, cuyo misterio no consiste, como el de otras
figuras, en tal o cual particularidad, en una especial plenitud o delgadez,
solidez o delicadeza, fuerza o gracia, sino en que en ella se han incluido y
conviven todas las grandes, irreductibles oposiciones del mundo: nacimiento y
muerte, bondad y crueldad, vida y aniquilamiento. Si esa figura la hubiese
ideado yo, si sólo fuese un juego de mi mente o el ambicioso deseo de un
artista no habría que lamentar su pérdida, yo podría descubrir su falla y
olvidarla. ¡Pero la Madre primera no es un pensamiento porque yo no la he
inventado sino que la he visto! Vive en mí, me la encuentro a cada paso. La
vislumbré por vez primera cuando, en una aldea, una noche de invierno, hube de
sostener la luz sobre la cama de una campesina en trance de parir; entonces
empezó la imagen a vivir en mí. Con frecuencia está lejana y perdida, por mucho
tiempo, mas de improviso vuelve a presentarse, como hoy. La imagen de mi propia
madre, antaño la que más amaba, se ha trasmutado por entero en esta nueva imagen,
está dentro de ella como el hueso en la cereza.
Sentía ahora con claridad su presente situación, el temor a
decidirse. Hallábase, como cuando se despidió de Narciso y del convento, en un
trascendental camino: el camino que conducía a la Madre. Quizás un día la Madre
llegara a convertirse en una imagen de bulto, visible a todos, en una obra de
sus manos. Quizá radicaba en esto el objetivo, el sentido de su vida. Quizá; no
lo sabía. Pero, en cambio, sí sabía que el seguir a la Madre, el encaminarse
hacia ella, el verse atraído y llamado por ella era algo magnífico, era vida.
Quizá no pudiera jamás labrar su imagen, quizá continuara siendo para siempre
sueño, vislumbre, señuelo, dorado centelleo de misterio santo. Como quiera que
fuese, tenía que seguirla, tenía que poner su destino en las manos de ella, era
su estrella.
La decisión estaba próxima, todo se había aclarado. El arte era
una cosa bella pero no constituía para él una deidad ni un objetivo; no era el
arte lo que tenía que seguir sino la llamada de la madre. ¿De qué serviría
adiestrar más aun sus manos? En el maestro Nicolao podía verse a lo que eso
conducía. Conducía a la gloria y a la nombradía, al dinero y a la vida
sedentaria y a un agostamiento y atrofia de aquellos sentidos interiores que
solos pueden penetrar el misterio. Conducía a la confección de lindos y
costosos juguetes, de ricos altares y pulpitos de variadas formas, de imágenes
de San Sebastián y de cabecitas de ángeles con el cabello primorosamente
rizado, a cuatro táleros la pieza. Ah, el oro que brillaba en el ojo de una
carpa y el dulce y tenue plumoncillo de plata del borde del ala de una mariposa
eran infinitamente más bellos, más vivos y más preciosos que toda una sala
llena de aquellas obras de arte.
Bajaba un muchacho cantando por la calle que corría junto al
río; de cuando en cuando interrumpía su canción para dar un mordisco al trozo
de pan blanco que llevaba en la mano. Goldmundo, al verlo, le pidió un poco del
pan; y luego arrancó con dos dedos una parte de la miga e hizo con ella varias
bolitas. Echándose sobre el pretil del malecón, fue arrojando al agua, una tras
otra, lentamente, las bolitas de pan; veía hundirse cada vez en el agua oscura
la clara esférula y cómo la rodeaban las apresuradas, agolpadas cabezas dé los
peces hasta desaparecer en una de las bocas. Vio hundirse y desaparecer bola
tras bola, profundamente complacido. Después sintió hambre y fue en busca de
una de sus amantes, que era sirvienta en la casa de un carnicero, y a quien él
denominaba "Soberana de las salchichas y jamones". Llamóla con el
acostumbrado silbo junto a la ventana de la cocina, dispuesto a aceptarle algún
sustancioso bocado que se guardaría en el bolsillo y luego se lo cometía allá,
al otro lado del río, en una de las colinas cubiertas de viñedo cuya tierra
roja y feraz resplandecía entre el frondoso ramaje de las vides y donde, por la
primavera, florecían los jacintos que tenían un delicado aroma frutal.
Pero aquel parecía ser un día de decisiones y descubrimientos.
Cuando Catalina apareció en la ventana y le sonrió con su semblante duro y un
tanto tosco y cuando él extendió la mano para hacerle la señal acostumbrada, se
acordó, de pronto, de las otras veces que había estado también allí esperando.
Y con enfadosa nitidez vio, por anticipado, todo lo que iba a acontecer en los
instantes siguientes: la moza advertiría su señal y se retiraría, y poco
después aparecería en la puerta trasera de la casa con algún embutido en la
mano, y él recogería su presente al tiempo que la acariciaba un poco y la
estrechaba contra sí, tal como ella lo esperaba. .. y súbitamente aquello le
pareció inmensamente estúpido y feo, el repetir una vez más todo aquel proceso
mecánico de cosas ya conocidas y desempeñar en él su papel, tomar la salchicha,
sentir el contacto de aquellos abundantes senos y apretarlos un poco como para
corresponder al obsequio. De repente, creyó distinguir en la cara bondadosa y
tosca de la mujer un gesto de insulsa rutina, en su sonrisa amable algo
demasiadamente conocido, algo mecánico y sin misterio, algo indigno de él. No
terminó la acostumbrada seña de la mano y en su rostro se heló la sonrisa. ¿La
amaba todavía, seguía apeteciéndola de veras? No, había ya estado aquí
demasiadas veces, había visto demasiadas veces aquella sonrisa siempre igual y
respondido a ella sin íntimo fervor. Lo que aun ayer hubiese podido hacer sin
reparo, resultábale ahora, de golpe, imposible. La moza continuaba allí,
mirándole, cuando él se volvió y desapareció de la calleja, decidido a no
presentarse más por aquel lugar. ¡Que otro acariciara aquellos pechos! ¡Que
otro se comiera aquellas sabrosas salchichas! ¡Cuánto se tragaba y se
derrochaba cada día en esta opulenta y satisfecha ciudad! ¡Qué podridos, qué
dados a la molicie, qué exigentes eran estos cebados burgueses por causa de los
cuales cada día se sacrificaban tantas cerdas y terneras y se sacaban del río
tantos bellos e infelices peces! Y él mismo, ¡Cuan amigo de la molicie y cuan
corrompido, y qué repugnante semejanza tenía ahora con estos gordos burgueses!
En el peregrinar, en el campo nevado, una ciruela reseca o un mendrugo eran más
deliciosos que todo un banquete de gremio en esta vida holgada. ¡Oh peregrinar,
oh libertad, oh campos bañados por la luna y rastros de animales cuidadosamente
examinados en la hierba mañanera, gris y húmeda! ¡Aquí, en la ciudad, entre los
hombres sedentarios, todo era tan fácil y costaba tan poco, hasta el amor!
Estaba ya harto de estas cosas, le daban asco. Esta vida había perdido su
sentido, era un hueso sin médula. Fue hermosa y tuvo un sentido mientras el
maestro era un modelo e Isabel una princesa; fue soportable mientras trabajaba
en su San Juan. Ahora eso había terminado, se había disipado el aroma, la flor
estaba mustia. En oleada impetuosa, le asaltó el sentimiento de la caducidad
que, a las veces, le atormentaba y embriagaba hondamente. Rápidamente se
marchitó todo, rápidamente se extinguió todo goce y sólo restaban huesos y polvo.
Una cosa quedó, sin embargo: la Madre eterna, la Madre primera y eternamente
joven con su triste y cruel sonrisa. Tornaba a verla por momentos: una giganta,
con estrellas en la cabellera, soñando sentada en los confines del mundo; y,
como jugando, cogía flor tras flor, vida tras vida, y las dejaba caer
lentamente en lo insondable.
Por aquellos días, mientras Goldmundo veía extinguirse tras de
sí un marchito trozo de vida y vagaba por aquella comarca, para él tan
familiar, el maestro Nicolao se preocupaba con gran empeño por su futuro y por
reducir definitivamente a la vida sedentaria a aquel inquieto huésped. Logró
que el gremio concediera a Goldmundo el diploma de maestría y meditaba en el
proyecto de retenerlo a su lado de modo permanente, no como subordinado sino
como colaborador, consultándole y ejecutando con él todos los encargos de
importancia y partiendo con él los beneficios de estos trabajos. Podía suponer
un riesgo, incluso por Isabel, pues el joven, naturalmente, no tardaría en ser
su yerno. Pero una imagen como la de San Juan ni el mejor de cuantos ayudantes
había tenido sería jamás capaz de hacerla; y, por otra parte, él mismo iría
envejeciendo y descaecerían su imaginación y su potencia creadora y no quería
que su famoso taller descendiera al nivel de la artesanía vulgar y corriente.
No sería fácil entenderse con aquel Goldmundo, pero tenía que intentarlo.
Tales cálculos se hacía, preocupado, el maestro. Dispondría
arreglar y ampliar para Goldmundo el taller del fondo y aparejarle la
buhardilla; y también le regalaría un traje nuevo y elegante para su recepción
en el gremio. Inquirió también con circunspección el parecer de Isabel, quien,
desde aquel almuerzo, esperaba algo por el estilo. E Isabel no se oponía. Si el
muchacho se asentaba y era nombrado maestro, lo aceptaba de buen grado. Tampoco
por este lado había obstáculos. Y si el maestro Nicolao y el taller no habían
aún conseguido del todo domesticar a aquel gitano, Isabel lo lograría
completamente.
De este modo se urdió todo el plan y se puso el señuelo tras de
los lazos para apresar al pájaro. Y un día se mandó llamar a Goldmundo, que
desde aquel convite no se había dejado ver, y fue invitado de nuevo a comer, y
él volvió a presentarse limpio y acicalado. Estaba otra vez sentado en aquella
sala hermosa y un tanto solemne, brindó otra vez con el maestro y con la hija
y, finalmente, ésta se retiró, y entonces Nicolao expuso su gran plan y formuló
sus propuestas y ofrecimientos.
—Ya lo sabes, pues —dijo, al concluir sus sorprendentes
manifestaciones—. No preciso decirte que nunca se dio el caso que un joven, que
ni siquiera ha cumplido el aprendizaje reglamentario, haya sido promovido con
tal rapidez al grado de maestro e instalado en un tibio nido. Tienes la dicha
en tu mano, Goldmundo.
Goldmundo miraba asombrado a su maestro, sintiendo una opresión
en el pecho, y apartó de sí la copa aún medio llena que tenía delante. Había
esperado que Nicolao le echara una leve reprimenda por los días desperdiciados,
y que luego le propusiese quedarse con él como ayudante. Y ahora le ofrecía
esto. Causábale tristeza y confusión el verse así sentado frente por frente de
aquel hombre. De momento, no supo qué responder.
El maestro, con una expresión un tanto tensa y decepcionada en
el semblante al ver que su honroso ofrecimiento no era acogido inmediatamente
con alegría y humildad, se levantó y dijo:
—Sin duda no esperabas que te hiciera tal propuesta; quieres,
tal vez, reflexionar sobre ella. No te niego qué ello me mortifica un poco
porque creí depararte una gran alegría. Pero por mí puedes tomarte tiempo para
pensarlo.
—Maestro —dijo Goldmundo pugnando por hallar las palabras—, no
os enojéis conmigo. Os agradezco de todo corazón vuestra bondad y os agradezco
más aun la paciencia con que me habéis tratado como discípulo. Nunca olvidaré
cuanto os debo. Pero no necesito tiempo para pensar sobre este asunto porque
hace ya mucho que estoy decidido.
—¿Decidido a qué?
—Lo había ya resuelto antes de aceptar vuestra invitación y
antes de que tuviese el menor barrunto de vuestro honroso ofrecimiento. No
continuaré más aquí, me iré.
Nicolao, pálido, le miró con ojos sombríos.
—Maestro —le suplicó Goldmundo—, creedme, no quiero
mortificaros. Os acabo de comunicar mi decisión. No la cambiaré. Tengo que
partir, tengo que viajar, tengo que retornar a la libertad. Permitidme que
vuelva a daros gracias de todo mi corazón, y despidámonos como amigos.
Le tendió la mano; estaba a punto de soltar las lágrimas.
Nicolao no le dio su mano, tenía el rostro blanco y empezó a ir y venir por la
sala, cada vez más de prisa, con recios pasos, iracundos. Goldmundo nunca lo
había visto así.
Luego, de súbito, el maestro se detuvo, se dominó haciendo un
terrible esfuerzo y, sin mirar a Goldmundo, dijo entre dientes:
—Bien, ¡vete! Pero en seguida! Que no te vuelva a ver. No vaya a
hacer o decir algo de que un día pudiera arrepentirme. ¡Vete!
Goldmundo tornó a tenderle la mano. El maestro hizo ademán de
escupirle en ella. Entonces el joven, que ahora estaba también pálido, dio la
vuelta, salió sin ruido de la estancia, se encasquetó la gorra, bajó las
escaleras rozando con la mano las talladas cabecillas de la balaustrada, entró
en el pequeño taller del patio, permaneció un rato, para despedirse, delante de
su San Juan, y abandonó la casa con dolor en el corazón, más hondo que el que
había sentido al abandonar el castillo del caballero y a la pobre Lidia.
¡Al menos todo había sucedido rápidamente! ¡Al menos no se había
dicho ninguna palabra inútil! Este era el único pensamiento que le consolaba
cuando franqueó el umbral, y la calleja y la ciudad le miraron, de pronto, con
aquel semblante transfigurado y extraño con que nos acogen las cosas
acostumbradas cuando nuestro corazón se ha despedido de ellas. Volvióse para
echar una mirada a la puerta de la casa: ahora era la puerta de una casa
extraña, cerrada para él.
Apenas llegado a su cuarto, comenzó los preparativos para la
partida. Ciertamente que no había mucho que preparar; lo único que había que
hacer era despedirse. De la pared pendía un cuadro que él mismo había pintado,
una dulce Madona, y en derredor, colgados o diseminados por la estancia,
veíanse diversos objetos que eran de propiedad suya: un chapeo dominguero, un
par de zapatos de baile, un rollo de dibujos, un pequeño laúd, algunas
figurillas de arcilla modeladas por él, varios regalos de sus amantes: un
ramillete de flores artificiales, una copa de color rojo de rubí, un pan de
especias viejo y endurecido, de forma de corazón, y otros cachivaches
semejantes, cada uno de los cuales había tenido su significación y su historia
y le había sido amado, y que ahora le resultaban molestos pues no podía
llevarse ninguno consigo. Logró, por lo menos, que el dueño de la casa le
trocara la copa de cristal rubí por un excelente y fuerte cuchillo de caza que
luego aguzó en la piedra amoladera del patio, desmigajó el pan de especias y lo
echó a las gallinas del corral vecino, y regaló la Madona a la dueña de la casa
recibiendo de ella a cambio otro útil presente, un viejo morral de cuero y
abundantes provisiones de boca para el viaje. Metió en el morral algunas
camisas, unos cuantos dibujos pequeños enrollados en un trozo de palo de escoba
y, además, los víveres. Los demás trastos tenía que dejarlos.
Había en la ciudad varias mujeres de las que estaría bien
despedirse; ayer mismo había dormido con una de ellas sin decirle nada de sus
proyectos. ¡Cuántas cosas se le agarraban a uno a los talones cuando quería
correr el mundo! No había que hacerles caso. No se despidió de nadie más que de
los criados de la casa. Hízolo por la noche para poder partir muy temprano.
Alguien, sin embargo, habíase ya levantado en la madrugada y lo
invitó, en el preciso instante en que iba a abandonar la casa, a tomar unas
sopas de leche en la cocina. Era la hija del patrón, niña de quince años,
criatura enfermiza y callada de hermosos ojos aunque con un defecto en la
cadera que la hacía cojear. Se llamaba María. Con cara de insomnio pero
cuidadosamente vestida y peinada, le sirvió en la cocina leche caliente y pan y
parecía estar muy triste porque él se marchaba. Goldmundo le dio las gracias y
la besó, compasivamente, en la boca menuda, como despedida. Ella recibió el
beso devotamente, con los ojos cerrados.
CAPÍTULO XIII
En los primeros tiempos de su nuevo peregrinar, en la primera
ansiosa exaltación de la libertad recobrada, hubo de aprender de nuevo a vivir
la vida, al margen del hogar y de la época, de los andariegos. Los hombres sin
hogar pasan su vida infantil y valiente, miserable y fuerte, sin someterse a
nadie, dependientes tan sólo del tiempo y las estaciones, sin objetivo alguno
ante sus ojos, sin techo alguno sobre su cabeza, sin poseer nada y expuestos a
todos los azares. Son los hijos de Adán, el expulsado del Paraíso, y hermanos
de los animales inocentes. Hora tras hora, reciben de la mano del cielo lo que
él les envía: sol, lluvia, niebla, nieve, calor y frío, bienestar y penurias;
para ellos no existe el tiempo ni la historia ni el afán, ni ese extraño ídolo
del desarrollo y del progreso en el que creen tan desesperadamente los que
tienen casa. Un vagabundo puede ser delicado o tosco, hábil o torpe, valiente o
medroso, pero, en el fondo, es siempre un niño, vive constantemente en el
primer día, antes del comienzo de la historia del mundo, y se guía por unos
pocos, sencillos impulsos y necesidades. Puede ser inteligente o corto de
alcances, puede tener un alma zahorí que acierte a descubrir cuan quebradiza y
pasajera es toda vida y en qué manera pobre y angustiosa lleva todo ser vivo su
miajilla de sangre cálida a través del hielo del universo; o bien puede
reducirse a obedecer infantil y ávidamente los mandatos de su pobre estómago;
en todo caso, será siempre antagonista y enemigo mortal del hombre acomodado y
sedentario, que le odia, desprecia y teme porque no quiere que se le recuerde
la fugacidad de todo ser, el continuo declinar de toda vida, la muerte
implacable y fría que llena el mundo en torno nuestro.
La infantilidad de la vida errante, su raíz materna, su
alejamiento de la ley y el espíritu, su abandono y su escondida, constante
cercanía de la muerte habían penetrado hondamente, desde hacía tiempo, en el
alma de Goldmundo y le habían impreso su sello. El que, con todo, vivieran en
él espíritu y voluntad, el que, con todo, fuera un artista, hacía su vida más
rica y más difícil. Toda vida se enriquece y florece con la división y la
oposición. ¿Qué serían la razón y la mesura sin la experiencia de la embriaguez,
qué sería el placer de los sentidos si no estuviera tras ellos lo muerte, y qué
sería el amor sin la eterna enemistad mortal de los sexos?
Lentamente fueron cayendo el verano y el otoño; con grandes
trabajos pasó Goldmundo los meses de escasez, cruzó luego entusiasmado la dulce
y perfumada primavera; las estaciones huían a la carrera, rápidamente volvía a
caer el alto sol del verano. Pasaban los años y parecía haber olvidado que en
la tierra existiera otra cosa que hambre y amor y aquella callada e inquietante
prisa de las estaciones; parecía que se hubiese hundido por completo en el
materno e instintivo mundo primitivo. Mas en cada sueño y en cada reposo
meditativo con la mirada puesta en los valles que florecían y que se
marchitaban, era todo ojos, era artista, sufría un ansia torturante de evocar,
por medio del espíritu, la placentera, fluctuahte futilidad de la vida y
transformarla en sentido.
Una vez, Goldmundo, que desde la sangrienta aventura que había
tenido con Víctor nunca más volviera a caminar en compañía, encontró a un
camarada que se le aproximó inadvertidamente y que no lo soltó durante un largo
rato. Era, sin embargo, muy distinto de Víctor; tratábase de un romero, un
hombre todavía joven, con hábito y sombrero de peregrino; se llamaba Roberto y
tenía su casa a orillas del lago de Constanza. Era hijo de un artesano y había
ido una temporada a la escuela de los monjes de San Galo. Siendo aún muchacho,
se le había metido en la cabeza el ir en peregrinación a Roma; y esa idea, que
siempre había acariciado, púsola por obra al presentarse la primera
oportunidad. Fue esta oportunidad la muerte de su padre, en cuyo taller había
trabajado de carpintero. Apenas dieron tierra al anciano, Roberto manifestó a
su madre y a su hermana que nada podría detenerle de emprender sin demora su
peregrinación para satisfacer el viejo anhelo y en expiación de sus pecados y
de los de su padre. En vano se lamentaron las mujeres, en vano le hicieron
reconvenciones; mantúvose obstinado y, desentendiéndose de ellas, se puso en
camino sin las bendiciones de la madre y en medio de los coléricos improperios
de la hermana. Impulsábale, sobre todo, el deseo de viajar, al que se unía una
piedad superficial que consistía en cierta inclinación a permanecer cerca de
los lugares sagrados y asistir a las ceremonias religiosas, en cierto gozo que
le proporcionaban los oficios divinos, los bautizos, los entierros, las misas, el
humo del incienso y las llamas de lo cirios. Conocía un poco el latín, pero no
era el saber lo que buscaba su alma infantil sino la contemplación y el sereno
éxtasis en la penumbra de las naves de los templos. Cuando niño, había sido muy
aficionado a hacer de monaguillo. Goldmundo, aunque no lo tomó muy en serio, le
cobró simpatía; se sentía un poco semejante a él por su afán andariego y de
visitar países extraños. Roberto, pues, había abandonado su hogar con gran
contento y había logrado llegar a Roma; pidió albergue en numerosos conventos y
casas rectorales, vio montes y tierras del mediodía, y en la ciudad eterna, en
medio de sus iglesias y ceremonias piadosas, se sintió feliz, y oyó cientos de
misas, y en los lugares más famosos y más santos oró y recibió la gracia de los
sacramentos y aspiró más incienso del que fuera menester para expiar sus
pequeños pecados juveniles y los de su padre. Allí permaneció más de un año, y
cuando finalmente retornó y volvió al hogar paterno, no le acogieron como al
hijo pródigo, porque entretanto la hermana había tomado sobre sí las
obligaciones y derechos de la casa, había contratado a un diligente oficial
carpintero y se había casado con él, y regía la casa y el taller con tal
acierto que, al cabo de una breve estancia, el joven comprendió que allí estaba
de más; y como hablara de salir otra vez de viaje, nadie le dijo que se
quedase. No se molestó, tomó unos ochavos que la madre le dio de sus ahorros,
tornó a vestir el hábito de romero y emprendió una nueva peregrinación sin
objetivo, a través del Imperio, como vagabundo semirreligioso. De su cuerpo
pendían tintinantes medallas de cobre, recuerdos de renombrados santuarios, y
rosarios benditos.
Fue entonces cuando encontró a Goldmundo; en su compañía marchó
durante un día, cambió con él experiencias de viandante, desapareció en el
primer pueblo que toparon, volvió a aparecer en varias ocasiones y, finalmente,
no se separó ya de él, mostrándose cordial y servicial como compañero de viaje.
Goldmundo le agradaba mucho, trataba de ganárselo con pequeñas atenciones,
admiraba su saber, su audacia, su espíritu y le placía su salud, su vigor y su
sinceridad. Se acostumbraron el uno al otro pues Goldmundo era también cordial.
Lo único que en éste no soportaba su compañero era que cuando le asaltaba la
tristeza y la cavilosidad se encerraba en obstinado mutismo y le miraba como si
no estuviera delante, y entonces no se le podía hablar ni hacer preguntas ni
consolar y había que dejarlo y que siguiese callado. Esto no tardó Roberto en
descubrirlo. Cuando advirtió que su camarada sabía de memoria muchos versos y
cánticos latinos, cuando le oyó explicar, ante la fachada de una catedral, las
efigies de piedra que en ella había, cuando en una pared desnuda, junto a la
cual se habían detenido, le vio dibujar con almagre, a rápidos y amplios
rasgos, figuras de tamaño natural, túvole por un predilecto de Dios y casi por
un brujo. Y Roberto notó también que era un predilecto de las mujeres, a muchas
de las cuales conquistaba con sólo una mirada y una sonrisa; y aunque esto no
le placía tanto, tenía que causarle admiración.
Su viaje vióse interrumpido de modo inesperado. Cierto día que
se aproximaban a una aldea, salió a recibirlos un pequeño grupo de campesinos
armados de garrotes, varas y mayales. El que los capitaneaba gritó desde lejos
a los caminantes que se dieran en seguida la vuelta y que se largaran de allí
con todos los diablos y no aparecieran más, pues, de lo contrario, los
matarían. Y como Goldmundo se detuviera y preguntara a qué se debía aquella
intimación, una piedra le alcanzó en medio del pecho. Roberto, hacia quien se
volvió, había puesto pies en polvorosa. Como los campesinos avanzaban
amenazadores, a Goldmundo no le quedó más recurso que seguir, aunque sin tanta
premura, al fugitivo. Roberto le aguardaba temblando junto a un crucero que se
erguía solitario en medio del campo y en que aparecía la imagen del Salvador.
—Heroico ha sido tu comportamiento —le dijo Goldmundo riendo—.
Pero ¿qué traerán esos gorrinos en sus cabezotas? ¿Habrá guerra? ¡Ponen
guardias armadas para proteger su nido y no permiten entrar a nadie! Me
pregunto qué habrá detrás de todo esto.
No acertaban a descubrirlo. Sólo lo que vieron a la mañana
siguiente en una casería solitaria les permitió empezar a descubrir el
misterio. Aquella casa de labranza, compuesta de cabaña, establo y granero y
rodeada de un campo verde, con hierba crecida y muchos frutales, se encontraba
extrañamente callada y dormida: ni voces humanas, ni pasos, ni gritos de niños,
ni martillar de guadañas, nada se oía; en el campo, entre la hierba, estaba una
vaca que mugía, denunciando, con su aspecto, que era tiempo de ordeñarla.
Llegaron ante la casa, llamaron a la puerta, nadie respondió; se encaminaron al
establo, que estaba abierto y vacío, y luego se fueron al granero, en cuyo
tejado de paja resplandecía al sol el musgo verde claro, y tampoco allí
encontraron alma viviente. Volvieron a la casa pasmados y perplejos de la
soledad de la finca, golpearon otra vez con los puños en la puerta; tampoco
ahora contestaron. Goldmundo probó a abrir y advirtió, con asombro, que la
puerta no estaba cerrada; la empujó y entró en el oscuro aposento.
—¡Buenos días! —profirió en alta voz—. ¿No hay nadie en esta
casa?
Todo siguió en quietud. Roberto se había quedado en la puerta.
Goldmundo avanzó lleno de curiosidad. En la cabana había mal olor, un olor
extraño y repugnante. El hogar estaba lleno de ceniza, sopló en ella, todavía
brillaron chispas en algunos leños carbonizados. En medio de la penumbra que
allí reinaba divisó entonces, en el fondo del hogar, a una persona sentada;
estaba sentada en un sillón y dormía, parecía una anciana. De nada servía
llamar pues la casa parecía encantada. Tocó suavemente en los hombros a la
mujer, pero ella no rebulló; advirtió que estaba envuelta en una telaraña cuyos
hilos se afirmaban en parte en sus cabellos y sus rodillas.
"Está muerta", pensó con cierto horror; y, para
convencerse, hurgoneó el fuego y sopló hasta que se formó llama y pudo encender
una larga astilla. Con ella alumbró la cara a la mujer. Bajo el pelo gris, vio
un rostro cadavérico, azul negruzco; uno de los ojos estaba abierto y fulguraba
vacío y plomizo. Había muerto aquí, sentada en la silla. Nada se podía hacer
ya.
Con la astilla encendida en la mano, continuó su registro, y en
la misma pieza, en la puerta que daba acceso a un aposento trasero, encontró
tendido otro cadáver, el de un niño de unos ocho o nueve años con el rostro
hinchado y desfigurado y sin más vestido que una camisa. Yacía panza abajo,
sobre el umbral de madera, y apretaba los puñitos con firmeza y furia. El
segundo, pensaba Goldmundo; y, como en una pesadilla, entró en la pieza
trasera; aquí estaban abiertos los postigos y entraba a raudales la luz del
día. Con cuidado, apagó la astilla y pisoteó en el suelo las chispas caídas en
el suelo.
En este cuarto trasero había tres lechos de tablas. El uno se
hallaba vacío; bajo las sábanas burdas y grises asomaba la paja. En el segundo
estaba otra persona, un hombre barbudo, tendido rígidamente sobre la espalda,
con la cabeza hacia atrás y el mentón y la barba hacia arriba; debía de ser el
labrador. Su rostro sumido resplandecía pálidamente con los extraños colores de
la muerte; uno de los brazos le colgaba hasta el suelo, en el que aparecía
volcada y derramada una cantarilla de agua; el líquido vertido no había sido
aún sorbido del todo por el suelo, había corrido hacia un hoyo en el que
quedaba todavía un pequeño charco. En el tercer lecho yacía, enterrada y
enredada en sábanas y frazadas, una recia y corpulenta mujer cuyo rostro se
apretaba contra la cama y cuya áspera y pajiza cabellera brillaba a la clara
luz de la estancia. A su lado, enlazada con ella, aparecía, como presa y
ahogada en las revueltas sábanas, una muchacha muy joven, también rubia pajiza,
con manchas de un azul grisáceo en la faz cadavérica.
La mirada de Goldmundo iba de un muerto a otro. En la cara de la
muchacha, aunque muy desfigurada, quedaba todavía algo del desesperanzado
espanto de la muerte. En la nuca y en el pelo de la madre, que tan profunda y
violentamente se había hundido en la yacija, leíanse furor, miedo y apasionado
afán de huir. La indómita cabellera, sobre todo, se negaba a rendirse a la
muerte. La cara del labrador reflejaba firmeza y dolor amargo; al parecer,
había tenido una muerte penosa pero viril, su rostro barbudo alzábase recto y
rígido como el de un guerrero muerto en el campo de batalla. Era bella esta
actitud tranquila y firmemente erecta y un poco obstinada; evidentemente, no
había sido un hombre menguado y cobarde el que así recibió a la muerte. En
cambio, resultaba conmovedor el pequeño cadáver del muchachuelo tumbado panza
abajo en el umbral; nada decía su cara, pero su posición y aquellos puños
infantiles firmemente apretados revelaban mucho:
sufrimiento irremediable, vano debatirse contra horribles
dolores. Tenía la cabeza contra la gatera de la puerta. Goldmundo todo lo
observaba atentamente. El interior de la choza presentaba un aspecto bastante
desagradable, y el olor a cadáver era repelente; y, sin embargo, todo aquello
tenía para él un intenso poder de atracción, estaba lleno de grandeza y de
destino, era cosa auténtica y sin engaño, y algo de lo que allí percibió ganó
su amor y se le entró en el alma.
Roberto comenzó a llamarlo desde afuera impaciente y
atemorizado. Goldmundo le profesaba afecto, pero, en aquel instante, pensó cuan
mezquino y menguado era, a la verdad, un hombre vivo, con su temor, su
curiosidad y su puerilidad, en comparación con los muertos. No respondió a las
llamadas de Roberto; se entregó por entero a la contemplación de los cadáveres
con esa extraña mezcla de cordial simpatía y fría observación que se da en los
artistas. Examinó con detenimiento aquellas figuras tendidas y también la que
estaba sentada, las cabezas, las manos, el movimiento en que quedaron
paralizados. ¡Qué calma había en esta cabaña encantada! ¡Qué olor singular y
terrible! ¡Qué espectral y triste era esta pequeña morada humana en la que aún
quedaba un rescoldo en el hogar; qué poblada de cadáveres; qué llena y transida
de muerte! A aquellas figuras inmóviles no tardaría en caérseles la carne de
las mejillas y las ratas les comerían los dedos. Lo que otros cumplían en el
ataúd y el sepulcro, en un seguro escondrijo, sin ser vistos, lo último y más
miserable, la desintegración y la corrupción, realizábanlo estos cinco en sus
aposentos, a la luz del día, a puertas abiertas, despreocupados, sin sentir
vergüenza, sin protección. Goldmundo había ya visto varios muertos, pero jamás
había encontrado una estampa como ésta del implacable trabajo de la muerte. Y
la grabó hondamente en sus adentros.
Finalmente, prestó atención a los gritos que Roberto daba desde
la puerta, y salió. El compañero le miró amedrentado.
—¿Qué viste? —preguntó con voz apagada y temerosa—. ¿No hay
nadie en la casa? ¡Ah, qué ojos traes! ¡Habla!
Goldmundo le miró de hito, fríamente.
—Entra y observa qué casa de labranza mas chocante. Después
ordeñaremos la hermosa vaca que allá pace. ¡Adelante!
Roberto entró vacilante en la cabana, se encaminó al lugar,
descubrió a la anciana sentada y, al advertir que estaba muerta, dio un grito.
Retrocedió de prisa con los ojos dilatados.
—¡Por Dios bendito! Junto al hogar hay una mujer muerta. ¿Qué es
esto? ¿Por qué está sola? ¿Por qué no la entierran? ¡Oh Señor, y qué fetidez!
Goldmundo se sonreía.
—No hay duda que eres un hombre de arrestos, Roberto. Pero diste
la vuelta demasiado pronto. Ciertamente que una anciana muerta y sentada de ese
modo es un espectáculo singular; pero, si avanzas unos pasos, verás algo mucho
más singular. Hay cinco, Roberto. Tres en las camas y un rapazuelo tendido
sobre el umbral. Todos están muertos. Murió toda la familia y la casa se halla
desierta. Por eso mismo está la vaca sin ordeñar.
El otro le miraba aterrado; y luego, con voz entrecortada, gritó
de repente:
—Ah, ahora me explico también por qué ayer los campesinos no nos
dejaron entrar en su aldea. Oh Dios, ahora lo comprendo todo. ¡Es la peste! ¡Es
la peste, así Dios me salve, Goldmundo! ¡Y tú has permanecido un largo rato
dentro de la casa y, a lo mejor, hasta tocaste a los cadáveres! Apártate, no te
acerques, de seguro que estás contaminado. Lo lamento, Goldmundo, pero tengo
que irme, no puedo continuar a tu lado.
Quiso partir en seguida. Goldmundo lo sujetó por el hábito;
mirábalo severo, con mudo reproche, y lo retenía firmemente mientras él pugnaba
por soltarse.
—Jovenzuelo —le dijo en tono amablemente irónico—, eres más
sagaz de lo que pudiera pensarse, y probablemente tienes razón. Pero eso lo
pondremos en claro en el próximo casal o aldea. Es muy posible que ande la
peste por esta comarca. Vamos a ver si de ésta logramos también salvarnos. Pero
lo que es dejarte ir, pequeño Roberto, eso no lo haré. Escucha: yo soy un
hombre compasivo, tengo el corazón muy blando; y cuando pienso que pudieras
haberte contagiado allá dentro, y que te dejo ir, y que luego te tiendes en
medio de los campos para morir, solo, sin que haya nadie que te cierre los ojos
y te abra una fosa y eche sobre ti un poco de tierra... ah, no, amigo mío;
entonces, siento una angustia que me ahoga el corazón.
Así, pues, atiende y fíjate bien en lo que te voy a decir porque
no lo repetiré: Los dos nos encontramos ante el mismo peligro, que tanto puede
alcanzarte a tí como a mí. Por consiguiente, debemos continuar juntos, y o bien
sucumbimos ambos o nos escapamos ambos de esta condenada peste. Si te enfermas
y mueres, yo te enterraré, naturalmente. Y si es a mí a quien toca morir, harás
como te parezca, me entierras o te largas, tanto me da. Pero antes, querido, no
debemos separarnos, fíjate bien. Necesitaremos el uno del otro. Y ahora cierra
el pico que no quiero oír nada; me voy al establo a ver si encuentro un cubo
para que, por fin, podamos ordeñar la vaca.
Así lo convinieron; y de allí en adelante, fue Goldmundo el que
mandó y Roberto el que obedeció; y a los dos les fue bien. Roberto no hizo
ningún nuevo intento de huir. Dijo tan sólo en tono conciliador:
—Un instante tuve miedo de ti. No me gustó nada la expresión que
traías en la cara cuando saliste de la casa de los muertos. Creí que habías
cogido la peste. Pero, aunque no fuera por la peste, la verdad es que tu cara
se había transformado. ¿Era tan terrible lo que viste allá dentro?
—No era terrible —dijo Goldmundo pausadamente—. No vi otra cosa
sino lo que nos espera a ti y a mí aunque no nos ataque la peste.
Al proseguir camino, no tardaron en toparse por dondequiera con
la muerte negra que reinaba en el país. En algunas aldeas no se permitía la
entrada de forasteros, y en otras podían caminar libremente por las callejas.
Muchas alquerías estaban abandonadas y muchos muertos insepultos se pudrían en
medio del campo y en las habitaciones. Las vacas mugían hambrientas y sin
ordeñar en los establos, o bien el ganado corría suelto por la campiña. Los dos
vagabundos ordeñaron y dieron de comer a algunas vacas y cabras, mataron y
asaron varios cabritos y lechoncillos, y bebieron vino y mosto de diversas
bodegas sin dueño. Dábanse buena vida, reinaba la abundancia. Pero sólo la
disfrutaban a medias. Roberto vivía en constante temor de la epidemia y la
vista de los cadáveres le producía náuseas y a menudo le sobrecogía de espanto;
a cada paso se figuraba haber contraído la infección, exponía largos ratos la
cabeza y las manos al humo de hogueras, por estimarlo saludable, e incluso se
palpaba entre sueños el cuerpo para comprobar si no le habrían aparecido ya las
bubas en las piernas, los brazos o las axilas.
Goldmundo le regañaba unas veces, y otras se burlaba de él. No
revelaba su temor ni tampoco su repugnancia; marchaba, tenso y sombrío, a
través de aquella tierra de muertos, tremendamente atraído por el espectáculo
del inmenso fenecer, llena el alma de aquel inmenso otoño, oprimido el corazón
por el cantar de la guadaña segadora. De cuando en cuando, tornaba a
aparecérsele la imagen de la Madre eterna, un pálido rostro gigantesco con ojos
de Medusa y una grave sonrisa llena de dolor y de muerte.
Cierta vez llegaron a una pequeña ciudad; estaba bien
fortificada; de la puerta arrancaba, a la altura de una casa, un adarve que
daba la vuelta a toda la muralla,
pero ni en lo alto ni en la puerta, que estaba abierta, se veía
guardia alguna. Roberto no quiso entrar e instó a su camarada a que tampoco lo
hiciera. En aquel punto, oyeron el tañer de una campana y salió por la puerta
un sacerdote con una cruz en la mano, y en pos de él tres carros, dos tirados
por caballos y el otro por una pareja de bueyes, llenos hasta los topes de
cadáveres. Algunos criados cubiertos de extraños capotes, los rostros ocultos
bajo las caperuzas, caminaban al lado aguijando a los animales.
Roberto se alejó, pálido como la cera. Goldmundo siguió a corta
distancia los carros de los muertos, los cuales, apenas hubieron recorrido unos
cientos de pasos, se detuvieron. No había en aquel lugar cementerio alguno sino
sólo, en medio de la desierta campiña, un hoyo de no más de tres azadazos de
profundidad pero grande como un salón. Goldmundo vio cómo los criados con palos
y chuzos sacaban de los carros a los cadáveres y los echaban en la fosa y cómo
el clérigo movía sobre ella la cruz mascullando rezos y luego se iba, y cómo
los criados encendían un gran fuego en torno al ancho hoyo y retornaban
silenciosos a la ciudad sin que nadie se cuidara de llenar de tierra aquella
tumba. Miró hacia abajo, habría cincuenta cadáveres o más, unos encima de
otros, muchos desnudos. Aquí y allá alzábanse, del confuso montón, rígidos y
lastimosos, un brazo o una pierna; una camisa flotaba débilmente al viento.
Al regresar, Roberto le pidió casi de rodillas que partieran de
aquel lugar a toda prisa. Su demanda estaba más que justificada. En la mirada
ausente de Goldmundo advenía aquel ensimismamiento y aquella inmovilidad que
ahora bien conocía, aquella inclinación a lo espantoso, aquella terrible
curiosidad. Mas no consiguió retener a su amigo. Y Goldmundo se encaminó solo a
la ciudad.
Traspuso la puerta desguarnecida, y al tiempo que oía resonar
sus propios pasos sobre el empedrado, surgían en su memoria muchas villas y
muchas puertas de murallas por las que, como ahora, había marchado, y recordó
que, en aquellas ocasiones, lo habían recibido gritos infantiles, juegos de
mozalbetes, riñas de mujeres, el batir del martillo del herrero sobre el yunque
sonoro, el estrépito de los carruajes y otros muchos sonidos, ruidos leves o
recios cuya confusión, entretejida como una red, pregonaba la multiplicidad de
los trabajos, las alegrías, los negocios y la vida social del hombre. En cambio
aquí, en esta puerta vacía y en estas calles desiertas, no se percibía ningún
sonido, ninguna risa, ningún grito; todo se hallaba paralizado en silencio de
muerte, en medio del cual la parlera melodía de una fuente sonaba demasiado
alta y casi estruendosa. En una ventana abierta vio a un panadero rodeado de
hogazas y bollos; señaló hacia uno de los bollos, y el panadero se lo alargó
con precaución en la pala, esperó a que pusiera en ella el dinero y luego cerró
su ventanilla enfurruñado aunque sin alboroto cuando vio que el forastero daba
un bocado al bollo y se largaba sin pagar. Ante las ventanas de una hermosa
casa aparecían sendas filas de macetas en las que un tiempo habían lucido
flores; ahora colgaban hojas secas de los cacharros vacíos. De otra casa salían
sollozos y lastimeras voces infantiles. Pero en la calle inmediata, en una alta
ventana estaba una linda muchacha peinándose. Se paró a contemplarla y ella, al
reparar en su mirada, dirigió los ojos hacia abajo; lo miró sonrojándose; y al
sonreírle él amablemente una sonrisa pasó también, lenta y débil, por su rostro
ruborizado.
—¿Terminará pronto el peinado? —le gritó. Ella, sonriendo, sacó
el claro rostro fuera de la cueva de la ventana—. ¿Aún no estás enferma? —le
preguntó luego—. La joven movió negativamente la cabeza.— En ese caso —agregó—
abandona conmigo esta ciudad de muertos. Iremos a los bosques y lo pasaremos
muy bien.
Los ojos de ella cobraron una expresión interrogante.
—No lo pienses tanto, te lo digo en serio —profirió Goldmundo—.
¿Vives con tus padres o sirves en casa extraña?... Ah, con extraños. Entonces,
ven, chiquilla; deja que los viejos se mueran, somos jóvenes y sanos, y tenemos
derecho a un poco de solaz. Ven, trigueñita, te lo digo de veras.
Ella lo miraba inquiridora, irresoluta, asombrada. Y él se alejó
lentamente, vagó sin rumbo por una calle vacía y por otra más, y retornó con
pausado andar. La muchacha seguía en la ventana, apoyada en el alféizar, y se
alegró de que volviera. Hízole una seña con la mano; el joven, lentamente, se
alejaba; salió sin demora en pos de él y logró darle alcance antes de llegar a
la puerta de la ciudad; llevaba un pequeño lío en la mano y un pañuelo rojo
atado a la cabeza.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Goldmundo.
—Lena. Me voy contigo. ¡Si supieras lo horrible que es esto!
Todos se mueren. Huyamos, huyamos.
Cerca de la puerta hallábase Roberto agachado en el suelo y de
muy mal humor. Al ver llegar a su camarada, se enderezó de golpe; y cuando vio
a la joven sus ojos se dilataron bruscamente. Esta vez no se plegó en seguida;
se quejó y protestó. El sacar a una persona de aquel maldito pozo de
pestilencia, y querer obligarle a él a sufrir su compañía, era más que un
desatino, era tentar a Dios; se negaba en redondo, tomaría el portante, su
paciencia había llegado al límite.
Goldmundo lo dejó quejarse y renegar hasta que se calmó.
—Bueno —le dijo entonces—. Ya nos has dado bastante la murga.
Ahora te vendrás con nosotros y te alegrarás de tener tan grata compañía. Se
llama Lena. Y ahora voy a proporcionarte una alegría. Escucha. Pasaremos una
temporada tranquilos y sanos, alejados de la peste. Elegiremos un paraje ameno
donde haya una cabana desierta, o bien construiremos una. Lena y yo seremos los
dueños de casa y tú serás nuestro amigo y vivirás con nosotros. Disfrutaremos
de una vida holgada y placentera. ¿De acuerdo?
Desde luego; Roberto estaba enteramente de acuerdo. Con tal que
no se le obligara a dar la mano a Lena ni a tocar sus vestidos...
—No —expresó Goldmundo— No se te obligará. Incluso se te
prohibirá severamente. No podrás rozaría ni con un dedo. ¡Que ni te pase por
las mientes!
Echáronse a andar. Primero se mantuvieron callados; luego, la
muchacha comenzó a hablar; dijo que estaba muy contenta de volver a ver el
cielo, los árboles y los campos, que allá en la ciudad apestada era un horror,
no había palabras para describirlo. Para descargar su ánimo de las tristes y
espantables escenas que había presenciado, narró varias historias, historias
desgraciadas; la pequeña ciudad debía ser un infierno. De los dos médicos, uno
había muerto y el otro sólo asistía a los ricos; en muchas casas, los cadáveres
quedaban abandonados, descomponiéndose; en otras, los criados se entregaban al
saqueo, a la licencia, a la fornicación, y con frecuencia sacaban violentamente
del lecho a los enfermos y los echaban, junto con los difuntos, en las carretas
de la muerte para enterrarlos, luego, entremezclados en la misma fosa. Muchas
cosas tremendas tenía para contar; sus compañeros no la interrumpieron; Roberto
escuchaba aterrado y rijoso, y Goldmundo permanecía tranquilo e impasible,
dejando evacuar aquellos horrores, sin decir nada. Pues, ¿qué cabía decir? Lena
sintióse, al cabo, fatigada, y el torrente se secó, le faltaban las palabras.
Goldmundo, entonces, moderó el paso y empezó a cantar muy por lo bajo; era una
canción de muchas estrofas, y con cada estrofa su voz se hacía más llena; la
muchacha inició una sonrisa y Roberto escuchaba feliz y profundamente
sorprendido. .. era la primera vez que lo oía cantar. ¡Todo lo sabía hacer
aquel maravilloso Goldmundo! ¡Y ahora se ponía a cantar! Cantaba con arte y afinación
aunque con voz apagada. Y a la segunda canción Lena le acompañó tarareando muy
suavemente, y luego entró con toda la voz. Atardecía; a lo lejos, allende los
campos, había negros bosques y, tras ellos, unas montañas bajas y azules que
iban volviéndose cada vez más azules como desde dentro. La canción sonaba, al
compás del andar, ora gozosa ora solemne.
—Hoy estás muy contento —dijo Roberto.
—Sí, estoy contento; y es natural que lo esté pues que he
encontrado una amiga tan linda. ¡Ah, Lena, qué suerte que los esbirros de la
muerte te hayan dejado para mí! Mañana tendremos un pequeño hogarcillo y en él
lo pasaremos bien, y seremos dichosos viendo que nuestra carne y nuestros
huesos siguen juntos. ¿No viste alguna vez, Lena, por el otoño, en algún
bosque, esos grandes hongos comestibles de que tanto gustan los caracoles?
—Ah sí —dijo ella riéndose—; muchas veces los he visto.
—Tan castaño como ellos es tu cabello, Lena. Y tiene tan buen
olor. ¿Cantamos otra canción? ¿O acaso sientes hambre? En mi morral aún queda
algún bocado.
Al día siguiente encontraron lo que buscaban. En un bosquecillo
de abedules había una cabana de troncos sin desbastar, construida quizá por
leñadores o cazadores. Hallábase vacía y no costó trabajo forzar la puerta; el
propio Roberto reconoció que era una cabaña excelente y que la comarca era
sana. Traían consigo una de las muchas cabras sin pastor que habían topado por
el camino.
—Y ahora, Roberto, al trabajo —profirió Goldmundo—. Aunque no
eres carpintero de obra de afuera, lo fuiste un tiempo de blanco. En este
hermoso palacio nuestro, construirás un tabique para que así tengamos dos
habitaciones, una para Lena y para mí y otra para ti y la cabra. De comer, no
nos queda ya gran cosa y por hoy nos conformaremos con la leche de la cabra,
sea mucha o poca. Tú, pues, a levantar la paredilla y nosotros a preparar
lechos para todos. Mañana saldré a buscar alimento.
Todos se pusieron inmediatamente a trabajar. Goldmundo y Lena
fueron por paja, helechos y musgo para aparejar las yacijas y Roberto afiló su
cuchillo en un canto rodado y luego cortó algunos troncos jóvenes para el
tabique. Sin embargo, no pudo terminar la obra en un día y hubo de dormir por
la noche a la intemperie. Goldmundo encontró en Lena a una dulce compañera de
juegos, tímida e inexperta pero llena de amor. Le tomó delicadamente los pechos
y permaneció despierto aun un largo rato oyendo latir su corazón, mucho después
de que ella, fatigada y saciada, se hubo dormido. Olfateaba su cabello castaño
y se le arrimaba apretadamente; y, a la vez, pensaba en aquella fosa grande y
poco profunda a la que unos diablos mudos arrojaban los cadáveres que llenaban
las carretas. Hermosa era la vida, hermosa y huidiza era la felicidad, hermosa
y efímera la juventud.
La pared divisoria de la cabana quedó preciosa; en ella
trabajaron, al cabo, los tres. Roberto quería hacer gala de sus habilidades y
hablaba con calor de lo que pudiera hacer si dispusiera tan sólo de un banco de
carpintero, herramientas, escuadra y clavos. Y como no tenía más que su
cuchillo y sus manos, se contentó con cortar una docena de pequeños troncos de
abedul y levantar con ellos sobre el suelo de la cabana una empalizada sólida y
rústica. Decidió, empero, que había que tapar los intersticios con un tejido de
retamas. Eso requirió tiempo, pero fue muy alegre y hermoso; todos ayudaron. De
tanto en tanto, Lena tenía que salir a buscar bayas y a mirar por la cabra y
Goldmundo hacía pequeñas correrías por la comarca para procurarse alimentos e
informarse sobre los vecinos, y siempre retornaba trayendo alguna cosa. No
hallaron alma viviente en las cercanías, cosa que placía, sobre todo, a
Roberto, pues, de ese modo, estaban a salvo de todo contagio y hostilidad; pero
tenía el inconveniente de que se encontraba poco de comer. A poca distancia,
descubrieron una choza de labradores abandonada, en este caso sin muertos, por
lo que Goldmundo propuso instalarse en ella renunciando a la cabana de maderos;
pero Roberto se negó horrorizado y vio con disgusto que Goldmundo penetrara en
la casa vacía; y todos los objetos que éste sacó de allá hubo que sahumarlos y
lavarlos antes de que Roberto los tocara. No fue mucho lo que topó Goldmundo:
apenas dos taburetes, un ordeñadero, algunos cacharros, un hacha; y un día atrapó
dos gallinas fugitivas en medio del campo. Lena estaba enamorada y era feliz; y
a los tres les resultaba grato trabajar en su pequeño hogar y embellecerlo cada
día un poco más. De comida andaban escasos, por lo cual decidieron llevar a la
choza otra cabra más; y también descubrieron un pequeño nabal. Pasaron los
días, la pared entretejida quedó terminada, se mejoraron los lechos y se hizo
un fogón. El arroyo no estaba lejos y su agua era clara y dulce. El trabajo se
acompañaba a menudo de canciones.
Cierto día, en ocasión que estaban bebiendo su leche y
celebraban su vida casera, dijo, de pronto, Lena con tono soñador:
—¿Pero qué será cuando llegue el invierno?
Nadie respondió. Roberto se echó a reír, Goldmundo se quedó
extrañamente ensimismado. Lena vino a descubrir que nadie pensaba en el
invierno, que nadie pensaba en serio permanecer tanto tiempo en el mismo lugar,
que el hogar no era hogar, que se encontraba entre vagabundos. Dejó caer la
cabeza.
Entonces Goldmundo, para consolarla y animarla, le dijo, en tono
juguetón, como si se dirigiera a un niño:
—Tú, Lena, eres hija de labriego, y los labriegos son muy
previsores. No te inquietes, volverás a tu casa, cuando acabe esta peste, pues
no ha de durar eternamente. Entonces te irás junto a los tuyos, o retornarás a
la ciudad a servir en alguna casa y tendrás el pan asegurado. Pero todavía es
verano y la muerte reina en la comarca, y en cambio esto es agradable y lo
pasamos bien. Por eso, seguiremos aquí todo el tiempo que nos plazca.
—¿Y después? —preguntó Lena con vehemencia—. ¿Después se acabará
todo? ¿Y tú te irás? ¿Y yo?
Goldmundo le agarró la trenza y tiró de ella suavemente.
—Tontuda —dijo—, ¿te has olvidado ya de los enterradores y de
las casas desiertas y de la fosa cercana a la puerta de la ciudad donde arden
las fogatas? Alégrate de no estar en ella y de que la lluvia no te moje la
camisa. Piensa que te has librado de un gran peligro y que aún la dulce vida
anima tu cuerpo y que aún puedes reír y cantar.
Lena continuaba amohinada,
—Yo no quiero marcharme ni abandonarte —declaró doliéndose—.
Pero una no puede sentirse contenta sabiendo que, en breve, todo concluirá y
pasará.
Goldmundo volvió a responderle con amabilidad pero con un oculto
dejo de amenaza en la voz.
—Sobre eso, pequeña Lena, todos los sabios y santos se han
quebrado la cabeza. No hay dicha duradera. Pero si lo que ahora poseemos no te
parece suficiente y ya no te da alegría, le prenderé en seguida fuego a la
cabaña y cada cual seguirá su rumbo. Y basta ya, Lena; no hablemos más de esto.
Así quedó la cosa; ella se sometió, pero sobre su alegría había
caído una sombra.
CAPÍTULO XIV
Incluso antes de que el verano se consumiera, terminó la vida de
la cabaña, y en una forma bien distinta, por cierto, de como ellos se lo habían
imaginado. Cierto día Goldmundo anduvo errando largo rato por la comarca con
una honda en la mano, en la esperanza de cazar alguna perdiz o cualquier otra
pieza, pues la comida escaseaba. Lena se hallaba cerca recogiendo bayas; a
veces pasaba junto a ella y, por encima de la maleza, distinguía su cabeza y su
cuello moreno que emergían de la camisa de lino. Una de las veces le tomó dos o
tres bayas y siguió adelante, y por un rato dejó de verla. Pensaba en ella, a
un tiempo con cariño y enfado; había vuelto a hablar del otoño y del futuro y a
decirle que creía estar encinta y que no lo abandonaría. Pero esto terminará
pronto, pensaba, pronto nos cansaremos, y entonces yo me iré solo, y me
separaré también de Roberto, y cuando empiece el mal tiempo trataré de estar de
nuevo en la ciudad junto al maestro Nicolao, y pasaré allí el invierno, y al
llegar la primavera me compraré unos buenos zapatos nuevos y me iré y tomaré el
camino de nuestro convento de Mariabronn para saludar a Narciso, pues debe
hacer ya unos diez años que no lo veo. Tengo que volverlo a ver, aunque sólo
sea por uno o dos días.
Un grito extraño lo arrancó a sus pensamientos, y entonces,
súbitamente, se dio cuenta de que sus pensamientos y deseos lo habían llevado
ya muy lejos de aquel lugar. Aguzó el oído y sonó otra vez el grito angustioso,
creyó reconocer la voz de Lena y la siguió aunque no le agradaba que lo
llamase. Pronto estuvo cerca... sí, era la voz de Lena que gritaba su nombre,
como si se viera en grave peligro. Corrió veloz; continuaba un tanto irritado,
pero, al repetirse los gritos, la compasión y la inquietud se impusieron en él.
Cuando, al fin, pudo distinguirla, vio que estaba tendida o arrodillada en el
campo, con la camisa desgarrada, y que luchaba, gritando, con un hombre que
intentaba forzarla. Se aproximó a grandes saltos y todo su enojo, su
intranquilidad y su dolor se descargaron en una furia violenta contra el
agresor. Lo sorprendió cuando trataba de abatir del todo a Lena; a ésta le
sangraban los desnudos pechos y el extraño la abrazaba con avidez. Goldmundo se
abalanzó sobre el bellaco y le echó, iracundo, las manos al cuello, que era
flaco y nervudo y estaba cubierto de una barba lanuda. Apretó con fruición
hasta que el otro soltó a la muchacha y le quedó colgando, flojo, de las manos;
y luego, sin dejar de apretar, arrastró aquel cuerpo desfallecido y casi
exánime un trecho por el suelo hasta unos grises y avistados pedruscos que
surgían desnudos de la tierra.
Aquí levantó en alto al vencido, una y otra vez, pese a su
corpulencia, golpeándole la cabeza contra las angulosas piedras. Seguidamente,
lo arrojó a un lado, con el cogote partido; su cólera no se había aún saciado,
hubiese podido seguir maltratándolo.
Lena estaba radiante. Sangrábale el pecho y todavía temblaba y
jadeaba, pero había recobrado en seguida los ánimos y contempló con la mirada
extasiada, llena de gozo y admiración, cómo su vigoroso amante se lanzaba sobre
el intruso y lo estrangulaba y le partía el cogote y tiraba lejos de sí el
cadáver. Allí yacía como una culebra muerta, blando y desarticulado; el rostro
gris de barba descuidada y pelo ralo y mezquino pendíale boca arriba con gesto
lastimoso. Lena se enderezó llena de júbilo y abrazó tiernamente a Goldmundo;
pero de pronto palideció, aún poseía sus miembros el espanto, se sentía mal, y
se desplomó, agotada, en los arándanos. Sin embargo, instantes después pudo
marchar con Goldmundo a la cabaña. Goldmundo le lavó el seno que estaba cubierto
de arañazos; en uno de los pechos tenía la señal de un mordisco de aquel
bárbaro.
A Roberto le causó gran emoción la aventura y pidió con interés
detalles de la lucha.
—¿Conque le partiste el cogote? ¡Magnífico! Eres temible,
Goldmundo.
Pero Goldmundo no quería hablar más del asunto, ahora estaba
sosegado; al alejarse del muerto habíale venido a las mientes el recuerdo del
granuja de Víctor y pensó que era ya el segundo hombre que moría por su mano.
Para librarse de Roberto, dijo:
—Tú también podías hacer ahora algo. Vé allá y trata de hacer
desaparecer el cadáver. Si resulta difícil abrir una fosa, lo llevas hasta el
cañaveral o lo cubres con piedras y tierra.
Pero se negó; no quería nada con cadáveres porque nunca podía
saberse si no se escondería ea alguno el virus de la peste.
Lena se había acostado en la cabaña. Le dolía la mordedura del
pecho; mas pronto se sintió mejor, tornó a levantarse, hizo fuego e hirvió la
leche de la cena; estaba de muy buen talante pero se la obligó a ir temprano a
la cama. Obedeció como un cordero, tanto admiraba a Goldmundo. Éste permanecía
callado y sombrío; a Roberto esta actitud no lo tomaba de sorpresa y no lo
molestó. Cuando, en hora avanzada, Goldmundo se dirigió a su camastro, se
inclinó sobre Lena y escuchó atentamente. Dormía. Se notaba desasosegado,
pensaba en Víctor, sentía zozobra y afán de caminar; estaba convencido de que
había concluido aquella simulación de hogar. Pero en una cosa cavilaba sobre
todo. Había sorprendido la mirada que le dirigió Lena cuando estranguló y
arrojó a un lado a aquel sujeto. Era una mirada singular, y él sabía que nunca
la olvidaría, de aquellos ojos dilatados, empavorecidos y encantados irradiaba
un orgullo, un aire de triunfo, una profunda y apasionada delectación en la
venganza y en el matar como jamás había visto ni imaginado en el rostro de una
mujer. De no ser por aquella mirada, pensaba, tal vez llegase a olvidar, con
los años, la cara de Lena. Esa mirada había vuelto grande, hermosa y terrible
aquella faz de moza aldeana. Hacía meses que sus ojos no veían cosa alguna que
provocara en él el deseo de dibujarla. Ante aquella mirada, había tornado a
experimentar el sacudimiento de ese deseo.
Como no podía conciliar el sueño, terminó levantándose y salió
de la cabaña. Hacía frío, en los abedules jugaba un viento leve. Púsose a
pasear, yendo y viniendo, en medio de la oscuridad; luego se sentó en una
piedra y se sumió en cavilaciones y profunda tristeza. Le daba pena Víctor, le
daba pena el haber matado, le daba pena la perdida inocencia infantil de su
alma. ¿Para eso había huido del convento, y abandonado a Narciso, y ofendido al
maestro Nicolao, y renunciado a la bella Isabel... para morar ahora en medio de
los campos y acechar el ganado perdido y matar allá en las piedras a aquel
pobre diablo? ¿Tenía sentido todo eso, valía la pena vivirlo? Una sensación de
absurdo y un desprecio de sí mismo le encogieron el corazón. Se dejó caer hacia
atrás; yacía ahora tendido sobre la espalda y clavó los ojos en las pálidas
nubes de la noche; y durante el largo y fijo mirar los pensamientos se le
desvanecieron; no sabía si miraba a las nubes del cielo o a su propio y turbio
mundo interior. Y de súbito, en el instante que se adormía sobre la piedra,
surgió, como un fucilazo, en las nubes volanderas, pálido, un rostro inmenso,
el rostro de Eva. Tenía una expresión grave y velada; mas, de pronto, abrió los
ojos anchamente, unos ojos grandes llenos de ansia, de placer y de matanza.
Goldmundo durmió hasta que lo mojó el rocío.
Al día siguiente, Lena estaba enferma. La dejaron en cama, había
mucho que hacer. Roberto encontró por la mañana, en el bosquecillo, dos ovejas
que huyeron de él a la carrera. En compañía de Goldmundo, anduvo corriendo más
de medio día a la busca de las ovejas; al cabo lograron apresar una; venían muy
cansados cuando, al atardecer, regresaron con su botín. Lena se sentía muy mal.
Goldmundo la examinó y la palpó y encontró en su cuerpo bubones de peste. Nada
dijo, pero Roberto concibió sospechas cuando supo que la joven seguía enferma y
salió de la cabaña. Anunció que buscaría afuera un lugar para pasar la noche y
que se llevaría consigo la cabra pues también ella podía contagiarse.
—¡Vete al diablo! —le gritó Goldmundo enfurecido—. No te quiero
ver más.
Y cogiendo la cabra se la llevó consigo tras el tabique de
retama. Roberto se fue en silencio, sin cabra; estaba sobrecogido de miedo,
miedo de la peste, miedo de Goldmundo, miedo de la soledad y de la noche. Se
tendió cerca de la choza.
Goldmundo le dijo a Lena:
—Yo permaneceré a tu lado, no te inquietes. Pronto sanarás.
Ella meneó la cabeza.
—Cuida de no enfermarte tú también, amado mío; no te acerques
mucho. No te esfuerces por consolarme. Voy a morir y lo prefiero a ver un día
tu lecho vacío y que me has abandonado. Todas las mañanas he pensado en eso,
llena de temor. No, más vale morir.
Al llegar la mañana se encontraba muy grave. Durante la noche,
Goldmundo le había dado, de tanto en tanto, un sorbo de agua, y en los
intervalos había logrado dormir cosa de una hora. Ahora, al clarear el día,
descubrió en su semblante, claramente, la proximidad de la muerte; estaba ya
marchito y flaccido. Salió afuera un momento para tomar el aire y mirar al
cielo. Algunos torcidos y rojos troncos de pino brillaban ya al sol en el borde
del bosque, el aire tenía un sabor fresco y dulce, las lejanas montañas estaban
aún ocultas tras las nubes matinales. Caminó un corto trecho para estirar los
miembros fatigados, respirando profundamente. Hermoso era el mundo en aquella
mañana triste. Pronto recomenzaría el peregrinar. Había que despedirse.
Roberto lo llamó desde el bosque. ¿Estaba mejor? Si no era la
peste, se quedaba. Que no se enfadase con él. Entretanto, había cuidado de la
oveja.
—Al diablo con tu oveja —le respondió Goldmundo—. Lena está
agonizando y yo también me he contagiado.
Lo último era mentira; lo dijo para quitárselo de encima. Aunque
aquel Roberto tuviese buen corazón, estaba ya harto de él, le resultaba
demasiado cobarde y mezquino, no podía congeniar con él en aquel tiempo lleno
de destino y agitación. Roberto se fue para no volver. Salía, luminoso, el sol.
Cuando regresó junto a Lena, ella dormía. También el tornó a
dormirse y vio en sueños a su viejo caballo Careto y al hermoso castaño del
convento; parecíale contemplar, vuelto hacia atrás, desde infinita y desierta
lejanía, un hogar dulce y perdido; y cuando despertó, le corrían las lágrimas
por las mejillas barbirrubias. Oyó hablar a Lena con voz débil; creyó que lo
llamaba y se incorporó en su lecho; pero ella no se dirigía a nadie, únicamente
balbuceaba palabras para sí, palabras cariñosas, improperios, se reía un poco,
y luego empezó a suspirar y a tragar saliva penosamente, y, poco a poco, tornó
a sosegarse. Goldmundo se levantó, se inclinó sobre su cara, desencajada ya;
con amarga curiosidad seguían sus ojos aquellas líneas que de manera tan
lastimosa se torcían y desordenaban bajo el hálito abrasador de la muerte. Lena
querida, clamaba su corazón, mi buena niña querida, ¿también tú quieres
abandonarme? ¿Te has cansado ya de mí?
De buena gana hubiese huido. Caminar, caminar, marchar, respirar
el aire puro, fatigarse, ver nuevas imágenes, eso le hubiese hecho bien, eso
tal vez mitigara la honda opresión que sentía. Pero no podía, era incapaz de
abandonar a la pobre niña y dejarla morir sola. Apenas se atrevía a salir un
rato cada dos horas para respirar aire fresco. Como Lena ya no toleraba la
leche, Goldmundo la bebía hasta saciarse, no había otro alimento. De cuando en
cuando, sacaba también afuera la cabra para que paciese, bebiese y se moviese
un poco. Luego retornaba a la cabecera de la enferma, le susurraba palabras
cariñosas, miraba imperturbable su faz, observando desconsolado pero atento su
agonía. Lena conservaba el conocimiento, a veces se dormía y, al despertarse,
sólo entreabría los ojos, tenía los párpados cansados y flojos. Allí, en torno
a los ojos y a la nariz, mostraba un aspecto de hora en hora más envejecido;
sobre el cuello fresco y mozo aparecía un rostro de abuela que se marchitaba
rápidamente. De tanto en tanto pronunciaba una palabra, decía
"Goldmundo" o "querido" y trataba de humedecer con la
lengua los labios tumefactos y azulados. Entonces él le daba un sorbo de agua.
A la noche siguiente murió. Murió sin un quejido; fue sólo una
breve contracción, luego se le detuvo la respiración y un hálito le corrió por
la piel; y al ver aquello, Goldmundo notó que el corazón se le puso a latir con
violencia, y le vinieron a las mientes los peces moribundos que tan a menudo
había visto con pena en el mercado del pescado: se extinguían exactamente del
mismo modo, con una contracción y un leve y doloroso estremecimiento que les
corría por la piel y que se llevaba consigo el brillo y la vida. Aún estuvo
arrodillado un instante junto a Lena; después salió al aire libre y se sentó
sobre los brezos. Acordóse entonces de la cabra, volvió a la cabaña y sacó de
ella al animal, el que, después de rebuscar un poco, se echó en tierra.
Goldmundo se tendió a su lado, apoyó la cabeza en su ¡jada y durmió hasta que
clareó el día. Entonces entró por última vez en la choza y, tras la pared de
retama tejida, vio por última vez el pobre rostro cadavérico. Le desplacía
dejar allí a la muerta. Trajo unos brazados de leña seca y arbustos marchitos y
les puso fuego. De la cabana no se llevó más que las yescas. Las llamas se
alzaron de súbito en la pared de seca retama. Goldmundo contemplaba desde
afuera el espectáculo con el rostro encendido por el fuego, hasta que todo el
techo quedó también envuelto en llamas y se desplomaron las primeras vigas.
Soltó la cabra, que saltó aterrada y gimiendo. Hubiese debido matarla, asar un
trozo y comérselo a fin de cobrar fuerzas para la caminata. Pero no fue capaz
de hacerlo; la echó a los campos y se marchó. Hasta el bosque le siguió el humo
del incendio. Jamás había iniciado una jornada con tanto desaliento en el
ánimo.
Y, sin embargo, lo que le esperaba era aun peor de lo que se
había figurado. La cosa empezó ya en las primeras caserías y aldeas, y
persistió y se fue haciendo más grave cuanto más avanzaba. Toda la comarca, el
país entero estaban bajo una nube de muerte, bajo un velo de congoja, horror y
taciturnidad y lo peor no eran las casas deshabitadas ni los perros muertos de
hambre que se pudrían atados a la cadena, ni los cadáveres insepultos, ni los
niños mendicantes, ni las grandes fosas comunes junto a las ciudades. Lo peor
eran los vivos, que, bajo el peso de terrores y angustias mortales, parecían
haber perdido los ojos y el alma. Cosas extrañas y terribles oyó y vio por
dondequiera el vagabundo. Hubo padres que abandonaron a sus hijos y maridos que
abandonaron a sus mujeres cuando se enfermaron. Los sayones de la peste y los
esbirros que del hospital mandaban como verdugos saqueaban las casas sin
moradores y, cuando les parecía, dejaban sin enterrar los cadáveres, o bien
sacaban de sus lechos a los moribundos antes de que hubiesen expirado y los
echaban a las carretas mortuorias. Aterrados fugitivos vagaban sólitarios de un
lado para otro, alocados, rehuyendo todo contacto con los hombres, aguijados
por el miedo a la muerte. Otros se juntaban en un frenético y espantado afán de
vivir y celebraban francachelas y fiestas danzantes y amatorias en que la
muerte tocaba el violín. Desamparados, plañiendo o blasfemando, permanecían
algunos acurrucados junto a los cementerios o ante sus casas desiertas. Y, lo
que era peor aun que todo eso, cada cual buscaba una cabeza de turco para
aquella insufridera calamidad, cada cual afirmaba conocer a los malvados,
culpables y causantes de la peste. Decíase que había ciertos hombres diabólicos
que, recreándose en el mal ajeno, procuraban la difusión de la mortandad
recogiendo en los cadáveres el morbo de la epidemia y untando luego con él
paredes y picaportes y emponzoñando los aljibes y el ganado. Aquel sobre quien
recayera la sospecha de tal atrocidad estaba perdido si no era advertido a
tiempo y podía darse a la fuga; la justicia o el populacho lo liquidaban.
Además, los ricos culpaban a los pobres y viceversa, o bien los acusados eran
los judíos o los extranjeros o los médicos. En una ciudad, Goldrnundo vio
arder, reventando de indignación, todo el barrio judío, casa por casa; el
pueblo contemplaba el espectáculo con gran algazara, y a los que huían dando
gritos se les obligaba a retornar al fuego. En el desvarío del miedo y de la
exasperación, fueron muertos, quemados y atormentados muchos inocentes, en
todas partes. Con ira y asco observaba Goldmundo aquel panorama, el mundo
parecía desquiciado y emponzoñado, parecía que no hubiese ya alegría,
inocencia, amor alguno sobre la tierra.
Muchas veces asistió a las desenfrenadas orgías de los que
querían gozar de la vida; por doquiera sonaba el violín de la muerte, pronto
aprendió a distinguir su sonar; muchas veces tomó parte en los desesperados
festines, muchas veces tocó en ellos el laúd o bailó, como los otros, a la luz
de las antorchas, en noches febriles. Temor, no lo sentía. Antaño había
conocido las angustias de las muerte, aquella noche de invierno bajo los
abetos, cuando las manos de Víctor le apretaban la garganta, y también en ciertos
días de duro caminar con nieve y hambre. Aquella era una muerte contra la que
se podía luchar, de la que uno podía defenderse, y él se había defendido, con
las manos y los pies temblorosos, con el estómago vacío, con los miembros
extenuados: se había defendido y había vencido y se había salvado. En cambio,
contra esta muerte de peste no era posible luchar, había que dejarle desahogar
su furia, y someterse, y Goldmundo hacía tiempo que se había sometido. No tenía
miedo alguno, parecía que la vida no le importase ya nada desde que dejó a Lena
en la cabana envuelta en liamas, desde que empezó a recorrer aquel país asolado
por la muerte. Pero una tremenda curiosidad le acuciaba y le mantenía en vela;
no se cansaba de mirar a la segadora, de oír la canción de la transitoriedad;
en ninguna parte se esquivaba, dominábale constantemente un tranquilo afán de
acercarse a todo y de cruzar el infierno con ojos despiertos. Comía pan mohoso
en casas deshabitadas, cantaba y bebía en las locas francachelas, cogía la flor
del placer, presto marchita; miraba los ojos fijos, ebrios de las mujeres;
miraba los ojos fijos, estúpidos de los borrachos; miraba los ojos declinantes
de los moribundos; amaba a las mujeres desesperadas, febriles; ayudaba a sacar
a los muertos por un plato de sopa; ayudaba, por dos ochavos, a echar tierra a
los cadáveres desnudos. El mundo se había tornado oscuro y salvaje, la muerte
cantaba su canción plañidera y Goldmundo la escuchaba con los oídos abiertos,
con ardiente pasión. Su objetivo era la ciudad del maestro Nicolao, a ella le
arrastraba la voz de su corazón. El camino era largo, y él estaba lleno de
muerte, de marchitez y fenecimiento. Hacia allá enderezaba triste, embriagado
por la canción de la muerte, rendido al dolor del mundo que gritaba con grandes
voces, triste, y, no obstante, enardecido, con los sentidos muy abiertos.
En un convento vio un mural recién pintado y se quedó
contemplándolo largamente. Aparecía allí representada la danza de la muerte; la
pálida y esquelética figura se llevaba de esta vida, danzando, a los hombres,
al rey, al obispo, al abad, al conde, al caballero, al médico, al labrador, al
lansquenete; a todos tomaba consigo, mientras unos esqueletos músicos tocaban
en huesos vacíos. Los ojos curiosos de Goldmundo absorbían hondamente el
cuadro. Un colega desconocido había en él expresado la lección que extrajera
del espectáculo de la muerte negra, y gritaba estridente a los hombres el
amargo sermón del morir habernos. Era buena la pintura, era un buen sermón; el
incógnito colega no había captado mal la cosa, de su tremendo cuadro salía una
horripilante música macabra. Mas, con todo, no era lo que él mismo, Goldmundo,
había visto y vivido. Aqui estaba representado el áspero e implacable morir
habernos. Pero Goldmundo hubiese querido un cuadro diferente; la terrible
canción de la muerte sonaba en él de muy distinta manera, no áspera y macabra,
sino más bien dulce y seductora, hogareña, maternal. Allí donde la muerte metía
su mano en la vida no sonaba tan sólo de aquel modo estridente y guerrero sino
también de una manera profunda y amorosa, otoñal y harta, y en la proximidad
del morir, la lamparilla de la vida ardía con más claro e íntimo resplandor. Si
para otros la muerte era un guerrero, un juez o un verdugo o un padre severo,
para él era, también, una madre y una amante, su llamada un reclamo de amor, un
estremecimiento de amor su contacto. Cuando Goídmundo hubo contemplado a su
placer la pintada danza de la muerte y siguió adelante, reavivóse en él el
anhelo de volver al lado del maestro y a la tarea creadora. Pero, por todas
partes, nuevas escenas y experiencias lo obligaban a detenerse, aspiraba el
aire de la muerte temblándole las aletas de la nariz; por todas partes, la
compasión o la curiosidad interrumpían por algunas horas su marcha. Durante
tres días le acompañó un rapazuelo aldeano, pequeño y llorón, al que llevaba a
cuestas horas enteras, una criatura famélica de cinco o seis años que le dio
mucho trabajo y del que a duras penas pudo separarse. Finalmente, una carbonera
se hizo cargo de el; habíale muerto el marido y quería tener de nuevo a alguien
consigo. Luego le siguió por espacio de varios días un perro sin dueño; comía
en su mano, le daba calor cuando dormía; pero una mañana desapareció. Lo sintió
mucho, se había acostumbrado a conversar con él; a veces le dirigía filosóficas
pláticas, que duraban hasta media hora, sobre la maldad de los hombres, la
existencia de Dios, el arte y los pechos y caderas de cierta joven, hija de un
caballero, que se llamaba Julia, y a la que él había conocido en su mocedad.
Pues, naturalmente, en su peregrinar por el país de la muerte, Goldmundo se
había vuelto un poco loco; todos los que se encontraban en la zona de la peste
estaban un poco locos y muchos de remate. Quizá también lo estaba la judía
Rebeca, una bella muchacha morena de ojos ardientes con la que se entretuvo dos
días. La topó en el campo, cerca de una pequeña ciudad, acurrucada junto a un
montón de escombros carbonizados, llorando a gritos, dándose puñadas en el
rostro y tirándose de los negros cabellos. Goldmundo sintió piedad de sus
cabellos, pues eran muy hermosos, y le sujetó las manos furiosas y le dirigió
palabras de consuelo; y advirtió entonces que su cara y su figura eran también
de gran belleza. Lloraba por su padre, a quien las autoridades habían ordenado
quemar con otros catorce judíos, pero ella había podido escapar, y luego había
retornado desesperada y ahora deploraba el no haberse dejado quemar con los
demás. Con paciencia, Goldmundo le agarraba las manos contraídas y le hablaba
dulcemente; en tono compasivo y protector, le ofreció su ayuda. Ella le pidió
que le ayudara a enterrar a su padre y ambos recogieron, de entre las cenizas
aún calientes, todos los huesos, los llevaron a campo traviesa hasta un paraje
escondido y los cubrieron de tierra. Entretanto, había caído la noche y Goldmundo
buscó un lugar para dormir; en un pequeño robledo arregló un lecho rústico para
la joven, le prometió que permanecería en vela y oyó que ella, tendida ya,
lloraba y sollozaba, hasta que, por fin, se adormeció. También él durmió un
poco, y a la mañana siguiente inició su cortejo. Dijo a la joven que no podía
quedarse allí sola, que descubrirían que era judía y la matarían, o que, si no,
algún viandante desalmado abusaría de ella; eso sin contar que en el bosque hay
lobos y gitanos. En consecuencia, la invitaba a seguir en su compañía; la
protegería de los lobos y los hombres, pues le daba lástima verla tan
desamparada, sería muy bueno con ella; como sabía distinguir y apreciar la
belleza, jamás permitiría que aquellos dulces párpados inteligentes y aquellos hombros
encantadores fuesen devorados por los animales o arrojados a la hoguera. La
joven lo escuchó con expresión ceñuda, se enderezó de golpe y huyó. Hubo de
perseguirla y apresarla para poder continuar.
—Rebeca —le dijo—, ya ves que no abrigo malas intenciones hacia
ti. Estás contristada, piensas en tu padre, ahora no quieres saber nada de
amor. Pero mañana o más tarde volveré a preguntarte sobre estas cosas, y
entretanto, te protegeré y te traeré de comer y no te tocaré. Continúa triste
todo el tiempo que sea menester. A mi lado podrás estar triste o contenta,
nunca harás sino lo que te proporcione alegría.
Fue hablar al aire. No quería hacer nada, díjole terca e
iracunda, que le proporcionara alegría, sino lo que trajera dolor; nunca más
pensaría en cosa que se pareciera a la alegría, y si la devoraban los lobos
tanto mejor. Y en cuanto a él, que se fuera, no había remedio, ya habían
hablado demasiado.
—¿Acaso no ves —profirió él— que por doquiera se halla la
muerte, que en todas las casas y ciudades muere la gente, que todo está lleno
de aflicción? El furor de los mentecatos que han quemado a tu padre procede
también de un excesivo sufrimiento. Repara que la muerte no tardará en
llevarnos también a nosotros, y nos pudriremos en medio del campo y los topos
jugarán a los dados con nuestros huesos. Antes de que tal acontezca, vivamos y
arriémonos. ¡Qué lástima sería tu cuello blanco, tu pie pequeño! Vente conmigo,
linda muchacha amada; jamás te tocaré, me conformaré con mirarte y velar por
ti.
Aun le estuvo rogando un largo rato; mas, de pronto, sintió que
era enteramente inútil tratar de ganársela con palabras y razones. Se calló y
se quedó mirándola tristemente. El rostro altivo y espléndido de la muchacha
tenía una expresión de rígida repulsa.
—¡Así son —declaró ella con voz llena de odio y de desprecio—,
así son ustedes los cristianos! Primero ayudas a una hija a enterrar a su
padre, asesinado por los tuyos, mil veces mejor que tú, y apenas cumplida la
tarea pretendes que la hija te pertenezca y holgarte con ella. ¡Así son
ustedes! Al principio pensé que tal vez fueses una buena persona. Pero ¡qué vas
a ser! Unos puercos, eso es lo que sois todos ustedes.
Mientras hablaba, miraba a Goldmundo a los ojos; tras el odio
ardía algo que a él le emocionó y avergonzó y se le entró hondamente en el
corazón. Vio en sus ojos la muerte, pero no el morir habernos, sino el morir
queremos, el morir debemos, la tranquila obediencia y entrega a la llamada de
la Madre del mundo.
—Rebeca —dijo él apagadamente—, quizá tengas razón. Yo no soy
una buena persona aunque mis intenciones hacia ti eran buenas. Perdóname. Ahora
te he comprendido.
Sacándose el gorro, le hizo un profundo saludo, como a una
princesa, y partió con el corazón oprimido; tenía que dejarla perecer. Largo
tiempo anduvo triste, sin querer hablar con nadie. Aunque se asemejaban muy
poco, aquella altiva y desventurada muchacha judía le recordaba, en cierto
modo, a Lidia, la hija del caballero. El amar a mujeres como aquéllas acarreaba
sufrimiento. Pero un instante creyó que, en toda su vida, no había amado a más
mujeres que aquellas dos, la pobre y temerosa Lidia y la esquiva y acongojada
judía.
Aun pensó algún día en la morena y ardiente muchacha y soñó
alguna noche en la belleza esbelta y encendida de su cuerpo que parecía
destinada a la dicha y el florecimiento y que, sin embargo, se había rendido a
la muerte. ¡Que aquellos labios y aquellos pechos hubiesen de ser presa de los
"puercos", y pudrirse luego en medio de los campos! ¿No habría algún
poder, alguna magia capaz de salvar tan preciadas flores? Sí, existía una magia
semejante, la cual consistía en que ellas siguiesen viviendo en su alma y que
él les diese forma y las guardase. Con espanto y encanto, sintió que su alma
estaba llena de imágenes y que aquel largo peregrinar por el país de la muerte
lo había colmado de figuras. ¡Ah, cómo le apretaba aquella abundancia en sus
adentros, con qué ansia le pedía que se acordara calladamente de ella, que la
dejara fluir y la transformara en imágenes perduraderas! Seguía caminando, más
encendido y apasionado, siempre con los ojos abiertos y los sentidos curiosos,
pero ávido de papel y lápiz, arcilla y madera, taller y trabajo.
Había transcurrido el verano. Muchos afirmaban que con el otoño,
o al menos con la llegada del invierno, concluiría la epidemia. Fue aquel un
otoño sin alegría. Goldmundo cruzaba comarcas en las que no había quien
recogiera la fruta, la que caía de los árboles y se pudría en la hierba; en
otras partes, hordas salvajes procedentes de las ciudades la robaban y
desperdiciaban en brutales correrías.
Paso a paso, Goldmundo se acercaba a su objetivo; y en aquella
última etapa, varias veces le asaltó el temor de que pudiera contraer la peste
y fenecer en cualquier establo. Ahora no quería ya morirse antes de gozar de la
dicha de estar de nuevo en un taller y entregarse a la tarea creadora. Por
primera vez en su vida parecíale ahora el mundo muy vasto y el Imperio
germánico muy grande. Ninguna linda villa lo cautivaba para reposarse, ninguna
linda moza campesina lo retenía más de una noche.
Empero, cierta vez pasó por delante de una iglesia en cuya
portada se mostraban, en hondas hornacinas flanqueadas de columnillas
ornamentales, muchas antiguas esculturas de piedra, figuras de ángeles,
apóstoles y mártires, parecidas a otras que con frecuencia viera; también en su
convento de Mariabronn había algunas figuras de esta especie. Antaño, cuando
joven, las había contemplado con agrado aunque sin pasión; parecíanle hermosas
y dignas pero excesivamente solemnes y un tanto rígidas y anticuadas. Más adelante,
luego de ver, al término de su primera y dilatada peregrinación, aquella dulce
y triste efigie de la Madre de Dios labrada por el maestro Nicolao, que tanto
le impresionó y entusiasmó, esas solemnes figuras románicas le habían parecido
pesadas, inexpresivas y extrañas, las había mirado con cierto desdén, estimando
que en el nuevo estilo de su maestro latía un arte más lleno de vida, íntimo e
inspirado. En cambio, ahora que retornaba del mundo, lleno de imágenes, marcada
el alma con las cicatrices y las huellas de tremendas aventuras y experiencias,
lleno de ansia dolorosa, de meditación y creación, aquellas vetustas y severas
figuras le causaron, de súbito, una fuerte emoción. Permanecía devoto ante las
veneradas imágenes en las que pervivía el corazón de una época lejana y en las
que los temores y entusiasmos de lejanas generaciones, encarnados en la piedra,
ofrecían aún, al cabo de los siglos, resistencia a la caducidad. En su agitado
corazón se alzó, trémulo y humilde, un sentimiento de respeto profundo y, a la
vez, un horror de su vida desperdiciada y consumida. Hizo lo que desde mucho
atrás no hacía: fue en busca de un confesonario para confesar sus pecados y que
le impusieran una penitencia.
Mas aunque en la iglesia no faltaban confesonarios, estaban
vacíos; los sacerdotes habían muerto, yacían enfermos en el hospital, habían
huido, temían el contagio. La iglesia se hallaba desierta, las pisadas de
Goldmundo resonaban huecas en la bóveda de piedra. Prosternóse ante uno de los
confesonarios, cerró los ojos y susurró en la celosía.
—Dios mío, mira en lo que he venido a dar. Retorno del mundo
convertido en un hombre malvado e inútil; malgasté mis años como un pródigo, y
poco es lo que me ha quedado. He matado, he robado, he fornicado, me entregué a
la holganza, le quité el pan a otros. Dios mío, ¿por qué nos has creado así,
por qué nos llevas por tales caminos? ¿No somos tus criaturas? ¿No murió tu
hijo por nosotros? ¿No hay santos y ángeles para guiarnos? ¿O acaso todas esas
cosas no son sino bonitas historias imaginarias que se cuentan a los niños y de
las que los mismos curas se ríen? Tu proceder me desconcierta, Dios Padre; has
creado un mundo lleno de maldad y lo conduces torpemente. He visto casas y
calles pobladas de muertos abandonados, he visto a los ricos fortificarse en
sus moradas o emprender la fuga y a los pobres dejar insepultos a sus hermanos,
y recelar unos de otros y matar a los judíos como si fuesen ganado. He visto
sufrir y perecer a muchos inocentes, y a muchos malvados nadar en la abundancia
y darse buena vida. ¿Es que nos has olvidado y abandonado, que te has
desentendido por entero de tu creación, que quieres dejarnos hundir a todos en
la ruina?
Suspirando, traspuso la puerta del templo y salió al exterior y
contempló de nuevo las silenciosas efigies de piedra, ángeles y santos magros y
altos, envueltos en sus ropajes de rígidos pliegues, inmóviles, inasequibles,
sobrehumanos y, con todo, creados por la mano y el espíritu del hombre. Allí
arriba estaban, graves y sordos, en su mezquino espacio, inaccesibles a todo
ruego y a toda pregunta; y, sin embargo, eran un consuelo infinito, una
resonante victoria sobre la muerte y la desesperación al permanecer con toda su
dignidad y belleza y sobrevivir a las generaciones que se sucedían. ¡Ah si
estuvieran también aquí la pobre y hermosa judía Rebeca y la pobre Lena,
consumida por el fuego en la cabaña, y la graciosa Lidia y el maestro Nicolao!
Pero un día estarían y perdurarían, él los pondría, y sus figuras, que hoy
significaban para él amor y tormento, temor y pasión, aparecerían ante los
hombres venideros, sin nombre ni historia, como símbolos tranquilos y callados
de la vida humana.
CAPÍTULO XV
El objetivo había sido, por fin, alcanzado. Goldmundo entró en
la ciudad tan deseada por la misma puerta que había franqueado por vez primera
hacía muchos años en busca de su maestro. Cuando se aproximaba, habíanle ya
llegado algunas noticias de la ciudad episcopal; sabía que también la había
visitado la peste y que ésta quizás aún no se había ido; habláronle de
disturbios y levantamientos populares y de que el emperador hubo de enviar un
delegado para restablecer el orden, dictar leyes de excepción y proteger las
vidas y haciendas de los vecinos. Pues el obispo había abandonado la ciudad
apenas se declaró la epidemia, y ahora moraba lejos, en uno de sus castillos,
en pleno campo. El viajero no prestó mayor atención a estas noticias. ¡Con tal
que siguiesen en pie la ciudad y los talleres donde quería trabajar! Todo lo
demás carecía para él de importancia. Cuando llegó, supo que la peste había
terminado, se esperaba la vuelta del obispo y la gente estaba contenta ante la
próxima partida del delegado y el retorno de la acostumbrada vida pacífica.
Al ver de nuevo la ciudad, Goldmundo notó que le recorría el
corazón una oleada, antes jamás sentida, en que se confundían la emoción del
retorno y una ternura hogareña, y, para dominarse, contrajo el rostro en una
expresión desusadamente severa. ¡Ah, todo seguía allí, como ayer, el portón,
las hermosas fuentes, la vieja y maciza torre de la catedral y la otra nueva y
esbelta de la iglesia de Santa María, el claro carillón de San Lorenzo, la
espaciosa y espléndida plaza del mercado! ¡Qué bien que todas estas cosas le
hubiesen esperado! ¿No había soñado cierta vez, por el camino, que llegaba aquí
y que todo lo encontraba extraño y cambiado, en parte destruido y en escombros,
en parte desfigurado con nuevas construcciones y detalles extravagantes y
desplacientes? Poco faltó para que soltase las lágrimas mientras marchaba por
las callejas, reconociendo casa tras casa. ¿No eran, al cabo, dignos de envidia
los sedentarios, con sus casas lindas y seguras, con su sentimiento confortador
y tonificante de tener un hogar, de estar en casa propia, en la vivienda o el
taller, rodeados de sus familias, de criados y vecinos?
Era por la tardecita. En el lado del sol, las casas, las enseñas
de posadas y obradores, los tiestos de flores, aparecían cálidamente
iluminados; nada recordaba que en esta ciudad también había imperado la muerte
furiosa y el pánico desatentado de los hombres. Bajo los sonoros arcos del
puente, pasaba, fresco, verde claro y azul claro, el río transparente.
Goldmundo se sentó en el pretil del malecón; abajo, en el verde cristal, los
peces oscuros, vagos, seguían deslizándose o bien permanecían inmóviles, vueltos
los hocicos hacia la corriente; continuaban brillando en la penumbra de lo
hondo, aquí y allá, aquellas lumbres de oro tan prometedoras y propicias al
ensueño. Esto también lo había en otras aguas, y también otros puentes y
ciudades eran hermosos de mirar, y, sin embargo, le parecía que, desde mucho
tiempo, no había visto nada igual ni había experimentado una sensación
semejante.
Pasaron riendo dos mozos de matadero que conducían una ternera;
cambiaron miradas y bromas con una muchacha que allá arriba retiraba de una
enramada piezas de ropa blanca. ¡Con qué rapidez había pasado todo! Ayer ardían
las hogueras de la peste y mandaban como amos los horribles sayones de los
hospitales, y ahora tornaba a bullir la vida y la gente se reía y bromeaba; y a
él le sucedía lo mismo, pues estaba encantado de volver a encontrarse en la
ciudad y se sentía reconocido y hasta le resultaban simpáticos los sedentarios,
como si no hubiese habido miseria ni muerte, ni hubiese existido Lena ni
ninguna princesa judía. Sonriendo, se puso de pie y siguió adelante, y
solamente cuando se aproximó a la calle del maestro Nicolao y tornó a recorrer
el camino que tiempo atrás, durante años, había hecho diariamente rumbo a su
trabajo, empezó a oprimírsele y desasosegársele el corazón. Apretó el paso,
quería estar aquel mismo día en casa del maestro y tener noticias, la cosa no
admitía demora, le hubiese parecido inadmisible esperar a mañana. ¿Le guardaría
aún rencor? Había transcurrido mucho tiempo, de seguro que aquello ya estaba
olvidado; y si así no fuese, él se encargaría de arreglarlo. Con tal que el
maestro continuara allí, él y el taller, no había por qué inquietarse. De
prisa, como si temiese perder algo en el último instante, avanzó hacia la casa
que tan bien conocía; y apenas llegó, echó mano al picaporte y se quedó
sobremanera alarmado al notar la puerta cerrada. ¿Tendría aquello un funesto
sentido? En otro tiempo, jamás se cerraba aquella puerta durante el día. Dejó
caer con estrépito la aldaba y esperó. Un gran temor invadió, de pronto, su
corazón.
Vino la misma criada vieja que lo había recibido la primera vez
que entrara en aquella casa. No estaba más fea aunque sí más vieja y desabrida,
y no lo reconoció. Con voz temerosa, preguntóle él por el maestro. Ella lo miró
con aire estúpido y desconfiado.
—¿El maestro? Aquí no vive ningún maestro. Seguid vuestro
camino. En esta casa no se admite a nadie.
Iba a darle con la puerta en las narices cuando él la agarró por
un brazo y le gritó:
—¿Qué pasa, Margarita, por el amor de Dios? Soy Goldmundo. ¿No
me reconoces? Quiero ver al maestro Nicolao.
En aquellos ojos présbitas, medio apagados, no brilló la menor
bienvenida.
—Aquí ya no hay ningún maestro Nicolao —dijo rechazándolo—;
murió. Marchaos; no puedo entretenerme en pláticas.
Al tiempo que todo se derrumbaba en su interior, empujó a un
lado a la vieja, que se puso a dar gritos, y avanzó veloz por el oscuro pasillo
en dirección al taller. Estaba cerrado. Seguido de la vieja, que protestaba y
renegaba, subió la escalera; a la luz del crepúsculo vio, en aquella estancia
conocida, las esculturas que había coleccionado el maestro Nicolao. Entonces
llamó a voces a la joven Isabel.
Abrióse la puerta de la alcoba y apareció Isabel; y apenas la
hubo reconocido, al mirarla por segunda vez, se le encogió el corazón. Si,
desde él momento que había notado, con alarma, que la puerta estaba cerrada,
todo en aquella casa era espectral, de encanto y como de pesadilla, ahora, al
ver a Isabel, sintió un escalofrío en la espalda. La hermosa y altiva Isabel se
había convertido en una muchacha amilanada y encorvada, de rostro amarillo y
enfermizo, mirada insegura y temerosa actitud, que vestía un traje negro sin
adornos.
—Perdonad —dijo él—. Margarita no quería dejarme entrar. ¿No me
reconocéis? Soy Goldmundo. Ah, decidme, ¿es cierto que murió vuestro padre?
Descubrió en su mirada que ahora lo reconocía y descubrió
también, inmediatamente, que allí no guardaban buen recuerdo de él.
—Ah, ¿sois Goldmundo? —profirió ella; su voz dejaba aún
traslucir algo de su anterior altivez—. Os habéis molestado en balde. Mi padre
ha fallecido.
—¿Y el taller? —se dejó decir.
—¿El taller? Cerrado. Si buscáis trabajo debéis ir a otra parte.
Goldmundo trató de dominarse.
—Isabel —le dijo amablemente—, yo no busco trabajo; quería tan
sólo saludaros, al maestro y a vos. ¡Me apena tanto lo que acabo de oír!
Claramente advierto lo mucho que habéis sufrido. Si un discípulo agradecido de
vuestro padre pudiese haceros algún servicio, decídmelo, sería para mí una
inmensa alegría. ¡Ah, Isabel, se me parte el corazón de veros así... tan
angustiada!
Ella retrocedió hasta la puerta de la alcoba.
—Gracias —dijo balbuciente—. A él ya no podéis prestarle
servicio alguno, y a mí tampoco. Margarita os acompañará a la salida.
Su voz tenía un son destemplado, entre enojado y temeroso.
Goldmundo notaba que, de no estar tan deprimida, lo hubiera arrojado con
improperios.
Ya estaba abajo, ya había la vieja cerrado de golpe la puerta y
echado los cerrojos. Aún oía el áspero ruido de los dos cerrojos que sonaba
para él como el caer de la tapa de un ataúd.
Retornó lentamente al malecón y volvió a sentarse en el
acostumbrado lugar, sobre el río. El sol se había puesto, del agua subía frío,
la piedra en que se sentaba estaba también fría. La calleja que bordeaba el río
se hallaba tranquila, en los pilares del puente murmuraba la corriente, fosco
aparecía el fondo, no centelleaba ya ningún fulgor de oro. ¡Ah si ahora saltase
por encima del muro y desapareciera en el río! El mundo volvía a estar lleno de
muerte. Pasó una hora, y el crepúsculo se convirtió en noche cerrada. Al fin,
pudo llorar. Sentado allí lloraba; sobre las manos y las rodillas le caían las
lágrimas cálidas. Lloró por el maestro muerto, por la perdida belleza de
Isabel, por Lena, por Roberto, por la muchacha judía, por su marchita,
desperdiciada juventud.
Más tarde se presentó en una taberna que antaño frecuentara con
sus amigos. La tabernera lo reconoció; él le pidió un pedazo de pan y ella se
lo dio y le ofreció también, bondadosa, un vaso de vino. No pudo tomar ni el
pan ni el vino. Pasó la noche durmiendo en un banco de la taberna. Al llegar la
mañana, la tabernera lo despertó; él le agradeció sus atenciones y se fué; por
el camino se comió el trozo de pan.
Llego al mercado del pescado; allí estaba la casa en que antaño
tuviera su habitación. Junto a la fuente, unas pescaderas ofrecían a la venta
su mercancía y él dirigió la mirada al interior de los dornajos para ver los
hermosos y brillantes animales. Muchas veces los había contemplado en otro
tiempo; vínole a la memoria que a menudo le habían inspirado piedad y que había
sentido encono contra las mujeres y los compradores. Acordóse de que, en cierta
ocasión, había vagado también una mañana por este lugar, admirando y
compadeciendo a los peces, con el ánimo muy triste; mucho tiempo había
transcurrido desde entonces y mucha agua había llevado el río. Aquel día estaba
muy triste, lo recordaba perfectamente, pero, en cambio, había ya olvidado la
índole y causa de aquella tristeza. Pues también la tristeza se desvanecía,
también se desvanecían los dolores y desesperaciones; al igual que las
alegrías, pasaban, palidecían, perdían su hondura y su valor, y, al cabo,
llegaba una época en que uno no podía ya recordar qué era aquello que un tiempo
tanto lo había atormentado. También los dolores se ajaban y marchitaban.
¿Llegaría asimismo a marchitarse y perder todo valor este dolor de hoy, esta
desesperación que sentía por la muerte del maestro y porque hubiese fenecido
aborreciéndolo y por no tener un taller donde saborear la dicha de crear y
librar el alma de su carga de imágenes? Sí, también este dolor, esta acerba
congoja, envejecerían, se fatigarían, sin duda, también los olvidaría. Nada
perduraba; tampoco el pesar.
Mientras, entregado a estos pensamientos, contemplaba los peces,
oyó que alguien pronunciaba por lo bajo su nombre con tono afectuoso.
—Goldmundo —sonó tímidamente; y al mirar hacia el lugar de donde
procedía la voz, vio a una joven de aspecto un tanto delicado y enfermizo pero
de hermosos ojos negros, que era quien le había llamado. No la reconoció.
—¡Goldmundo! ¿Eres tú? —dijo la tímida voz—. ¿Cuándo volviste a
la ciudad? ¿Ya no te acuerdas de mí? Soy María.
Pero no la reconoció. Ella tuvo que decirle que era la hija de
su patrón de antaño, la que en la madrugada de su partida le diera en la cocina
una taza de leche caliente. Al referir estas cosas, se ruborizó.
Es verdad, era María, aquella pobre niña del defecto en la
cadera que lo había atendido entonces con tanta amabilidad y timidez. Ahora se
acordaba de todo: lo había esperado en la fría amanecida, estaba muy triste de
verlo marchar, le había hervido la leche, y él le había dado un beso que
recibió con recogimiento y solemnidad, como un sacramento. No había vuelto a
pensar en ella. En aquel entonces, era aún una niña. Ahora estaba más crecida y
tenía muy bellos ojos, pero seguía cojeando y mostraba un aire algo esmirriado.
Le dio la mano. Resultábale grato que hubiese todavía alguien, en aquella
ciudad, que le conociera y le tuviese afecto.
María se lo llevó consigo, casi sin resistencia. Ya en casa de
los padres, en la pieza donde todavía colgaba su imagen y se veía su roja copa
de cristal rubí en el anaquel de la chimenea, tomó el almuerzo y fue invitado a
quedarse, algunos días; estaban contentos de volverlo a ver. Aquí, también, se
enteró de lo que había acontecido en casa del Maestro. Nicolao no había muerto
de peste; fue la hermosa Isabel la que enfermó de ella y su padre la cuidó con
tanta solicitud y desvelo que falleció de sus fatigas y trabajos antes de que
ella se hubiese restablecido del todo. La joven se salvó pero su belleza
desapareció.
—El taller está vacío —dijo el patrón—. Un imaginero diligente
tendría ahí un grato hogar y no poco dinero. ¡Piénsalo bien, Goldmundo! No se
negaría. Ya no puede elegir.
Enteróse también de varios episodios de la etapa de la peste.
Las turbas habían incendiado primero un hospital y luego habían asaltado y
saqueado algunas casas ricas, y por un tiempo no hubo orden ni seguridad alguna
porque el obispo había huido. Entonces el emperador, que no andaba lejos, envió
un gobernador, el conde Enrique. Era, en verdad, un hombre enérgico, y con unos
cuantos soldados de caballería e infantería puso orden en la ciudad. Pero ya
era hora de que terminara su gobierno, se esperaba el regreso del obispo. El
conde había sido muy exigente con la población y la gente estaba también harta
de su manceba, la famosa Inés, una verdadera harpía. En fin, no tardarían en
irse pues el concejo hacía ya tiempo que estaba disgustado de verse obligado a soportar,
en lugar de su buen obispo, a aquel cortesano y militar, favorito del
emperador, que recibía constantemente embajadas y delegaciones como un
príncipe.
También se le preguntó al huésped sobre sus andanzas.
—De eso —dijo él tristemente— mejor es no hablar. Anduve por
muchos sitios y en todas partes encontré la epidemia y muertos a montones, y en
todas partes la gente, con el terror, se había vuelto loca y mala. Logré salvar
la vida y tal vez llegue a olvidar todos esos horrores. Pero ahora, a mi
regreso, me encuentro muerto al maestro. Permitidme que permanezca aquí unos
días para reposarme y luego me marcharé.
No se quedó para reposar. Se quedó porque estaba lleno de
desilusión e indecisión, porque los recuerdos de días felices le hacían grata
la ciudad y porque el amor de la pobre María lo confortaba. Aunque no podía
corresponder a su amor ni ofrecerle otra cosa sino amabilidad y compasión, su
tranquila y humilde adoración le placía. Pero más aun que todo eso lo retenía
en aquel lugar la ardorosa necesidad de tornar a ser artista, aunque fuese sin
taller, aunque sólo fuese con rudimentarios elementos.
- Durante algunos días no hizo otra cosa sino dibujar. María le
procuró papel y pluma y, sentado en su aposento, dibujaba hora tras hora,
llenando los grandes pliegos de figuras, ora garrapateadas a toda prisa, ora
trazadas con amor y delicadeza y dejando que el repleto libro de imágenes que
en sus adentros llevaba se vertiese en el papel. Dibujó muchas veces el rostro
de Lena, tal como se mostrara sonriendo de satisfacción, amor y afán
sanguinario después de la muerte de aquel vagabundo, y también tal como
apareciera en su última noche, disolviéndose en lo amorfo, retornando a la
tierra. Dibujó la figura de un rapacín aldeano que había visto yacer muerto en
la puerta del cuarto de sus padres, con los puñitos apretados. Dibujó una
carreta llena de cadáveres tirada por tres jamelgos que avanzaban penosamente y
a cuyos costados iban varios mozos de verdugo con unos palos largos, mirando de
soslayo con ojos sombríos por las aberturas de las negras caretas de peste.
Repetidas veces dibujó a Rebeca, la esbelta muchacha judía de ojos negros, su
boca fina y orgullosa, su cara llena de dolor e indignación, su cuerpo gracioso
y juvenil que parecía creado para el amor, su boca altiva y amarga. Se dibujó a
sí mismo, como caminante, como amante, huyendo de la muerte segadora, danzando
en las orgias de la peste entre los que sentían hambre de vivir. Absorto,
inclinado sobre el blanco papel, diseñó el altivo y sereno rostro de la joven
Isabel tal como la había conocido en otro tiempo, la grotesca figura de la
vieja criada Margarita, el semblante amado y temido del maestro Nicolao.
Bosquejó también varias veces, con rasgos sutiles, barruntadores, una gran
figura de mujer, la Madre del mundo, sentada, con las manos en el regazo, y en
la faz un hálito de sonrisa bajo los ojos melancólicos. Le hacía inmenso bien
aquel caudaloso fluir, la sensación que experimentaba en la mano que dibujaba,
aquel señorear los diversos rostros. En pocos días llenó de dibujos los pliegos
que María le había traído. Del último cortó un pedazo y en él dibujó,
claramente, con rasgos sobrios, la cara de María con sus hermosos ojos, con su
boca de renunciamiento. Y se lo regaló.
Con el dibujar se había liberado y descargado de aquella
sensación de pesadumbre, congestión y repleción de su alma. Mientras estuvo
dibujando, perdió la noción del lugar en que se hallaba, su mundo se redujo a
la mesa, el albo papel y, por la noche, la vela. Ahora se despertó, recordó sus
primeras experiencias, vio que ante sí se abría, ineludible, una nueva
peregrinación y se puso a vagar por la ciudad, con una sensación en el alma
extrañamente compleja, a medias de retorno, a medias de despedida.
En uno de esos paseos encontró a una mujer cuya aparición dio a
sus desordenados pensamientos un nuevo centro. Iba a caballo, era alta de
estatura, tenía el pelo rubio claro, los ojos azules curiosos y un poco fríos,
el cuerpo sólido y erguido y un rostro floreciente lleno de afán de goce y de
poder, lleno de arrogancia y de sensualidad husmeadora. Manteníase sobre su
caballo castaño con aire un tanto dominador y orgulloso; veíase que estaba
acostumbrada a mandar, aunque no parecía reservada ni despreciativa, pues bajo
aquellos ojos algo fríos las temblorosas aletas de la nariz estaban abiertas a
todos los olores del mundo y la boca grande y mórbida parecía capaz en alto
grado extremo de tomar y de dar. Al verla, se despertó por entero y sintió el
deseo de enfrentarse con aquella mujer altiva. El conquistarla le parecía un
noble objetivo; no hubiese estimado mala muerte el romperse la crisma en ese
empeño. Percibió en seguida que aquella blonda leona era como él, rica en
sensualidad y en alma, accesible a todas las tormentas, a la vez violenta y
tierna, conocedora de las pasiones por un saber heredado y atávico que llevaba
en la sangre.
Pasó en su caballo y él la siguió con la mirada; entre el
ondulado cabello rubio y el cuello de terciopelo azul veía alzarse su firme
nuca, recia y altiva y, no obstante, envuelta en delicada piel infantil.
Antojábasele que era la más bella mujer que jamás viera. Ansiaba ceñir con su
mano aquella nuca y arrancar a aquellos ojos su misterio azul y frío. No le
resultó difícil descubrir de quién se trataba. Pronto supo que vivía en el
palacio y que era Inés, la amante del gobernador; la noticia no le causó el menor
asombro, hubiese podido ser la propia emperatriz. Se detuvo junto al pilón de
una fuente y se miró al espejo del agua. Su imagen mostraba notoria hermandad
con la de la dama rubia aunque era descuidada y silvestre. Sin demora, fue en
busca de un barbero conocido suyo y consiguió persuadirlo con buenas palabras
de que le cortara el cabello y la barba y lo peinara y acicalara.
Dos días duró el acoso. Cuando Inés salió del palacio el rubio
forastero estaba en la puerta y le miró a los ojos maravillado. Cuando
cabalgaba por el baluarte surgió de pronto de entre los álamos. Y cuando fue
junto al orfebre, al abandonar el taller volvió a encontrárselo. Lo fulminó
rápidamente con sus ojos dominadores al tiempo que le temblaban levemente las
aletas de la nariz. A la mañana siguiente, habiéndolo vuelto a hallar ya en su
primer paseo a caballo, le sonrió provocativa. Goldmundo vio también al
gobernador, tratábase de un hombre gallardo y arriscado, no era para tomar a
broma, pero tenía ya el cabello entrecano y su cara reflejaba preocupaciones;
Goldmundo se sentía superior a él.
Aquellos dos días lo llenaron de felicidad, estaba radiante por
el recobro de su juventud. Era hermoso mostrarse a esta mujer y ofrecerle
combate. Era hermoso perder la libertad por esta bella dama. Era hermosa y
emocionante la sensación de jugarse la vida en este lance.
En la mañana del tercer día, Inés salió cabalgando por la puerta
del palacio acompañada de un criado que iba también a caballo. Sus ojos,
ganosos de pelea y un poco inquietos, buscaron en seguida al perseguidor. En
efecto, ya estaba allí. Despidió al criado dándole un encargo, y siguió
adelante lentamente, descendió muy despacio hasta la puerta del puente, la
traspuso y cruzó el puente. Sólo una vez miró hacia atrás. Y vio que el
forastero la seguía. Lo aguardó al borde del camino del santuario de San Vito que,
en aquel tiempo, quedaba muy apartado. Hubo de esperar cosa de media hora
porque el extranjero marchaba despacio, no quería llegar desalentado. Se
acercaba fresco y sonriente, llevando en la boca una ramita de agavanzo con una
flor rosada. Ella había descabalgado y había atado el caballo, y apoyada en la
hiedra que cubría el recto muro de contención, contemplaba a su perseguidor.
Éste, cuando estuvo frente a ella, se detuvo y se quitó el gorro.
—¿Por qué me sigues? —le preguntó la dama—. ¿Qué deseas de mí?
—Ah —profirió él—, más quisiera dar que recibir. Quisiera
ofrecerme a ti como presente, hermosa mujer; haz de mí lo que te plazca.
—Bien; veré lo que se puede hacer contigo. Mas si has creído que
podías tomar aquí afuera, sin peligro, una flor, te has engañado de medio a
medio. Sólo puedo amar a hombres que sean capaces de arriesgar su vida llegado
el caso.
—No tienes más que mandarme.
Lentamente, ella se quitó del cuello una fina cadena de oro y se
la entregó.
—¿Cómo te llamas?
—Goldmundo.
—Perfectamente, Goldmundo, "boca de oro"; he de gustar
tu boca para comprobar si es, en verdad, de oro. Atiende. Al anochecer, te
presentarás en el palacio y, enseñando esta cadena, dirás haberla encontrado.
No la darás a nadie porque quiero recobrarla de tus manos. Irás tal como estás
ahora, aunque te tomen por mendigo. Si alguno de la servidumbre te trata con
grosería no te alterarás. Conviene que sepas que en el palacio sólo cuento con
dos personas de confianza: el palafrenero Máximo y mi doncella Berta.
Procurarás ver a alguno de los dos y le dirás que te conduzca a mi presencia.
Con los demás del castillo, incluido el conde, procede con cautela, son
enemigos. Quedas advertido. Puede costarte la vida.
Le tendió la mano y él se la tomó sonriendo, la besó con dulzura
y la rozó levemente con su mejilla. Luego se guardó la cadena y partió cuesta
abajo, hacia el río y la ciudad. Las colinas de viñedos estaban ya peladas, de
los árboles se desprendían incesantemente hojas amarillas que quedaban flotando
en el aire. Al mirar, desde lo alto, la ciudad y encontrarla tan amable y
cordial, Goldmundo meneó sonriendo la cabeza. Pocos días antes estaba muy
triste, triste también porque hasta la miseria y el sufrimiento fuesen
pasajeros. Y ahora habían ya pasado realmente, habían caído como el dorado
follaje de la rama. Parecíale que jamás había irradiado sobre él el amor como a
través de aquella mujer cuya erguida figura y rubia y sonriente vitalidad le
recordaba la imagen de su madre tal como la llevara en el corazón en los
tiempos que estudiaba en el convento. Anteayer mismo hubiese estimado increíble
que el mundo pudiera volver a sonreírle tan gozoso y sentir otra vez en la
sangre el torrente de la vida, la alegría, la juventud, tan pleno e impetuoso.
¡Qué suerte que aún estuviese vivo, que en aquellos meses terribles la muerte
lo hubiese respetado!
Llegada la noche, acudió al palacio. En el patio, había gran
animación, desensillábanse caballos, corrían mensajeros, unos sirvientes
guiaban por la puerta interior y la escalera a un pequeño grupo de clérigos y
dignatarios eclesiásticos. Goldmundo quiso colarse tras ellos pero el portero
lo detuvo. Entonces sacó la cadena y dijo tener orden de no entregarla a nadie
más que a la noble señora o a su doncella. Acompañado de un criado, hubo de
esperar largo tiempo en los pasillos. Por fin apareció una mujer hermosa y ágil
que pasó por su lado y le preguntó en voz baja:
—¿Sois vos Goldmundo?
Luego le hizo señal de que la siguiera. La dama desapareció
silenciosamente por una puerta para reaparecer al cabo de un rato; con un
ademán, le indicó que entrara.
Hallóse en una pequeña estancia en la que se percibía intenso
olor a pieles y perfumes diversos; colgaban por todas partes vestidos y mantos,
en unos soportes de madera descansaban sombreros de dama, muchos zapatos de las
más diversas formas se veían en un arcón abierto. En este lugar, esperó cosa de
media hora; aspiraba el aroma de los vestidos, pasaba la mano por las pieles y
se sonreía curioso de las lindas prendas que en derredor pendían.
Al cabo se abrió la puerta que conducía al interior y esta vez
no fue ya la doncella la que se presentó sino la propia Inés. Vestía un traje
azul claro y una piel blanca al cuello. Se acercó lentamente al visitante, paso
a paso; sus ojos azules y fríos lo miraron con seriedad.
—Te he hecho aguardar —le dijo por lo bajo—.Creo que ahora
estamos seguros. Una delegación de clérigos ha venido a visitar al conde,
comerá con ellos y, sin duda, se entretendrán en largas deliberaciones: las
reuniones con curas siempre duran mucho. Podemos disponer de un buen rato.
Bienvenido, Goldmundo.
Se inclinó hacia él, aproximó los labios anhelantes a los suyos
y se saludaron calladamente con un primer beso. Lentamente, Goldmundo le ciñó
la nuca con la mano. Ella lo condujo a su alcoba, que era alta de techo y
estaba alumbrada con velas. En una mesa se había dispuesto una refacción;
sentáronse, la dama le sirvió delicadamente al galán pan y manteca y un poco de
carne y le escanció vino blanco en una hermosa copa azulada. Ambos comieron y
bebieron del mismo cáliz azulenco y sus manos iniciaron un jugueteo,
ensayándose.
—¿De dónde has venido volando, mi pajarillo lindo? —le preguntó
ella—. ¿Eres soldado o músico, o nada más que un pobre vagabundo?
—Soy lo que tú quieras —respondió riéndose ligeramente—; te
pertenezco por entero. Si te parece, seré un músico y tú mi dulce laúd, y al
poner en tu cuello mis dedos y tocarte, oiremos cantar a los ángeles. Acércate,
corazón; no he venido aquí para comer tus excelentes pasteles y beber tu vino
blanco sino sólo por ti.
Delicadamente le retiró del cuello la blanca piel y la
desvistió. Los amantes se olvidaron de todo, de los cortesanos y curas que allá
afuera conferenciaban, de los criados que caminaban silenciosos, de la delgada
y corva media luna que se sumergía por entero tras de los árboles. Para ellos
florecía el paraíso; mutuamente atraídos y entrelazados se perdieron en su
noche aromada, vieron alborear los blancos misterios de sus flores, cogieron
con manos delicadas y agradecidas sus frutos anhelados. Jamás había el músico
tañido un laúd como aquél, jamás había sonado el laúd bajo unos dedos tan
seguros y tan diestros.
—Goldmundo —le susurró apasionada en el oído—. ¡Ah, mago
prodigioso! De ti, mi dulce pez de oro, quisiera tener un hijo. Y, más aun,
morir a tu lado. Bébeme, amado, derríteme, mátame.
De lo hondo de la garganta de Goldmundo brotó un rumor de dicha
al advertir que la dureza de los fríos ojos de la mujer se fundía y debilitaba.
En lo hondo de sus ojos se traslucía el estremecimiento, corno un leve temblor
y morir, declinante como el reflejo plateado en la piel de un pez moribundo, de
oro mate como el centelleo de aquellos resplandores mágicos en las
profundidades del río. Toda la dicha que el hombre podía gozar parecía haberse
condensado en él en aquel momento.
Instantes después, mientras ella yacía con los ojos cerrados,
trémula, él se levantó quedamente y se puso los vestidos. Con un suspiro, le
murmuró al oído:
—Te dejo, tesoro mío. No quiero morir, no quiero que me mate el
conde. Tenemos que volver a ser, una vez más, tan felices como hoy lo hemos
sido. ¡Una vez más, muchas veces más!
La mujer permaneció tendida y en silencio hasta que el amante
terminó de vestirse. Goldmundo, entonces, la arropó con cuidado y la besó en
los ojos.
—¡Qué pena que tengas que irte! —le dijo ella—. ¡Vuelve mañana!
Si hubiese peligro te avisaré. ¡Vuelve, vuelve mañana!
Tiró del cordón de la campanilla. En la puerta del cuarto de la
ropa, lo recibió la doncella, que lo condujo fuera del palacio. De muy buena
gana le hubiese dado una moneda de oro; por un momento se avergonzó de su
pobreza.
A eso de la medianoche se encontraba en el mercado del pescado
mirando hacia la casa. Era tarde, nadie estaría despierto, probablemente
tendría que pasar la noche a la intemperie. Con gran asombro halló la puerta
abierta. Se deslizó calladamente en el interior y cerró tras de sí la puerta.
Para ir a su aposento tenía que pasar por la cocina. En ésta había luz. Sentada
a la mesa de la cocina, junto a una lamparilla de aceite, estaba María. Acababa
de adormilarse después de dos o tres horas de espera. Al entrar él, se
sobresaltó y se puso súbitamente de pie.
—Ah, María —dijo él—, ¿aún no te has acostado?
—No —repuso la joven—. De lo contrario, hubieses encontrado la
puerta cerrada.
—Lamento que hayas esperado. Es ya muy tarde. No te enfades
conmigo.
—No estoy enfadada, Goldmundo. Estoy únicamente un poco triste.
—No debes estar triste. ¿Por qué?
—¡Ah, Goldmundo, quién me diera ser sana y hermosa y robusta!
Entonces no tendrías tú que ir de noche a casas extrañas y amar a otras
mujeres. Entonces te quedarías también alguna vez conmigo y me darías algún
cariño.
En su dulce voz no sonaba la menor esperanza, y tampoco
acrimonia, sólo tristeza. Él estaba desconcertado, le daba pena la muchacha, no
sabía qué decir. Le cogió suavemente la cabeza y le acarició el pelo; ella no
se movía, sintiendo estremecida el contacto de su mano; lloró un poco, luego se
dominó y profirió, avergonzada: —Vete a la cama, Goldmundo. He dicho muchas
tonterías, estaba medio dormida. Buenas noches.
CAPÍTULO XVI
Goldmundo pasó en las colinas un día lleno de dichosa
impaciencia. De tener un caballo, hubiese ido al convento a visitar a la
hermosa Virgen del maestro; sentía el afán de verla de nuevo y, además, le
parecía haber soñado por la noche con el maestro Nicolao. En fin, otra vez
sería. Aunque aquel venturoso idilio con Inés durara poco y condujera a la
perdición, hoy por hoy florecía, y él no podía renunciar al menor de sus goces.
No quería ver a nadie ni que le distrajeran; quería pasar al aire libre aquel
plácido día de otoño, bajo los árboles y las nubes. A María le dijo que tenía
el propósito de hacer una excursión por el campo y que retornaría tarde, que le
diera un buen trozo de pan y que no se quedara esperándolo por la noche. Ella
no respondió nada, le llenó el bolsillo de pan y manzanas, le cepilló el viejo
sayo, cuyos rasgones le había zurcido ya el primer día, y lo dejó partir.
Marchó a lo largo del río y luego subió a los desnudos collados
de viñedos, por empinados caminos de escaleras, se internó en el bosque alto y
siguió ascendiendo hasta llegar a la última cumbre. En esta parte, el sol lucía
tibio a través del pelado ramaje de los árboles; al acercarse, los mirlos se
refugiaban en la maleza y se quedaban mirándolo, tímidamente encogidos, con sus
ojos blanquinegros; y allá abajo, a lo lejos, corría el río formando un arco
azul y estaba la ciudad, chiquita como un juguete, de la que no llegaba más
sonido que los toques de oración. Aquí arriba había pequeños montecillos y
muros cubiertos de hierba, de los viejos tiempos paganos, quizá
fortificaciones, quizá tumbas. Se sentó en uno de estos montecillos, sobre la
seca y crujiente hierba del otoño; desde este punto se abarcaba con la vista
todo el dilatado valle, y, más allá del río, las colinas y las montañas, cadena
tras cadena, hasta el lugar en que los montes y el cielo se unían en un acorde
azulado y no era ya posible diferenciarlos. Toda aquella vasta tierra, y mucho
más de lo que los ojos podían ver, habían recorrido sus pies; todas aquellas
comarcas, que ahora eran lejanía y recuerdo, fueron un tiempo cercanía y
presente. En esos bosques había dormido cien veces, había comido bayas, había
padecido hambre y frío; por esas lomas y llanuras había errado, se había
sentido alegre y triste, ligero y cansado. Por aquellas lejanías, allende lo
visible, yacían los huesos quemados de la bondadosa Lena y debía de continuar
peregrinando su camarada Roberto si la peste no lo había atrapado; allá, en
alguna parte, estaba el cadáver de Víctor y también, distante y encantado, el
convento de sus años juveniles, y el castillo del caballero de las hijas
hermosas y la pobre Rebeca, perseguida o muerta.
Todos esos numerosos lugares, distantemente dispersos, esos
campos y bosques, esas ciudades y aldeas, castillos y conventos, todos esos
hombres, vivos o muertos, sabía que tenían existencia y se entrelazaban en su
interior, en su recuerdo, en su amor, en su arrepentimiento, en su anhelo. Y si
mañana lo sorprendiera la muerte, todo eso volvería a disgregarse y
extinguirse, este libro de imágenes tan lleno de mujeres y de amor, de mañanas
de estío y noches invernizas. ¡Ah, era tiempo de hacer algo más, de crear y
dejar tras de sí algo más, que le sobreviviera!
De aquella vida, de aquellas peregrinaciones, de todos aquellos
años transcurridos desde que saliera al mundo, poco fruto había quedado hasta
hoy. Sólo quedaban las pocas esculturas que había esculpido en el taller,
especialmente la de San Juan, y además, este libro de imágenes, este mundo
irreal que llevaba dentro de la cabeza, este hermoso y doloroso mundo de
imágenes de los recuerdos. ¿Lograría salvar algo de éste mundo interior,
trasladándolo afuera? ¿O debía contentarse con seguir amontonando nuevas ciudades,
nuevos paisajes, nuevas mujeres, nuevas experiencias, nuevas imágenes, sin
obtener de todo ello otra cosa que esta desasosegada, a la vez torturante y
hermosa, llenura del corazón?
¡Era realmente indignante la manera como la vida se mofaba de
uno, era cosa para reír y de llorar! O bien se vivía, dando rienda suelta a los
sentidos, hartándose en los pechos de la Madre Eva, y en tal caso, se conocían
intensos placeres pero no se estaba protegido contra la caducidad: uno era
entonces como un hongo del bosque, que hoy luce bellos colores y mañana está
podrido; o bien uno se defendía y se encerraba en un taller y trataba de
levantar un monumento a la vida huidiza, y entonces había que renunciar a la
vida y uno era un mero instrumento, y aunque estaba al servicio de lo
perduradero, se resecaba y perdía la libertad, la plenitud y el gozo de la
vida. Tal le había acaecido al maestro Nicolao.
¡Ah, y, sin embargo, la vida sólo tenía un sentido si cabía
alcanzar ambas cosas a la vez, si no se veía escindida por esa tajante
oposición! ¡Crear sin tener que pagar por ello el precio del vivir! ¡Vivir sin
tener que renunciar a la nobleza del crear! ¿Por ventura no era posible?
¿Quizás había hombres a los que era dado realizar tal cosa?
¿Quizás había maridos y padres de familia en quienes la fidelidad no hacía
perder el placer de los sentidos? ¿Quizás había sedentarios a los que la
ausencia de libertad y peligros no resecaba el corazón? Quizá. Pero aún no
había visto a ninguno.
Antojábasele que toda existencia se asentaba en la dualidad, en
los contrastes; se era mujer u hombre, vagabundo o burgués, razonable o
emotivo; en ninguna parte era posible, a la vez, inspirar y espirar, ser hombre
y mujer, gozar de libertad y de orden, guiarse por el instinto y por el
espíritu; siempre había que pagar lo uno con la pérdida de lo otro y siempre
era tan importante y apetecible lo uno como lo otro. En esto tal vez nos
llevasen ventaja las mujeres. La naturaleza las había hecho de tal suerte que
en ellas el placer daba por sí mismo su fruto y de la dicha amorosa venía el
hijo. En el hombre, en lugar de esa sencilla fertilidad se hallaba el eterno
anhelo. ¿Acaso Dios, que así lo había creado todo, era malo o enemigo, y se
burlaba despiadadamente de su propia creación? No, no podía ser malo pues había
creado los corzos y los ciervos, los peces y las aves, las flores, las
estaciones. Mas esa grieta atravesaba de parte a parte toda su creación, ya
porque ésta fuese fallida e imperfecta, ya porque Dios persiguiese con esa
laguna y anhelo de la humana existencia determinados propósitos, ya porque
debiera verse en ello la simiente del demonio, el pecado original. Pero ¿por
qué ese anhelo e insuficiencia habían de ser pecado? ¿No nacía de ahí todo lo hermoso
y santo que el hombre había creado y que devolvía a Dios como agradecida
ofrenda?
Agobiado por sus pensamientos, dirigió la mirada a la ciudad,
buscó en ella la plaza de abastos y el mercado del pescado, los puentes, las
iglesias, la casa del concejo. Y allí estaba también el palacio, la arrogante
residencia episcopal en la que ahora mandaba el conde Enrique. Bajo aquellas
torres y largos tejados vivía Inés, vivía su bella y maravillosa amada, tan
altiva de aspecto y tan apasionada y rendida en el amor. Pensaba en ella con
deleite, con deleite y gratitud recordaba la última noche. Para poder
experimentar la dicha de aquella noche y hacer tan dichosa a aquella
extraordinaria mujer, había necesitado de toda su vida, de todo su
adiestramiento con las mujeres, de todas sus peregrinaciones y duros trances,
de todas las noches de nieve pasadas a la intemperie y de toda su amistad y
familiaridad con los animales, las flores, los árboles, los ríos, los peces,
las mariposas. Necesitara de sus sentidos afinados en la sensualidad y el
peligro, del vivir sin hogar, de todo aquel mundo de imágenes amontonadas en su
interior a lo largo de muchos años. Mientras su vida fuese un jardín en que
florecieran tan mágicas flores como Inés, no podía quejarse.
Pasó todo el día en las alturas vestidas del otoño, vagando,
descansando, comiendo pan, y pensando en Inés y en la noche. A tiempo de
anochecer, estaba de nuevo en la ciudad, marchando hacia el palacio. El aire
había refrescado y las casas le miraban con los ojos rojos y tranquilos de las
ventanas. Encontróse con un pequeño grupo de mozalbetes que desfilaban cantando
y llevaban en alto, clavadas en palos, unas calabazas huecas en forma de
cabezas, con velas encendidas en el interior. La pequeña mascarada traía
consigo olor de invierno y Goldmundo la miró pasar sonriendo. Largo rato estuvo
dando vueltas ante el palacio. Continuaba allí la embajada eclesiástica, en tal
cual ventana veíase algún clérigo. Finalmente, consiguió deslizarse al interior
y encontró a la doncella Berta. Otra vez lo escondió en el cuarto de los trajes
hasta que apareció Inés y lo condujo cariñosamente a su habitación. Con cariño
recibió él su hermoso rostro, con cariño pero sin contento; Inés estaba triste,
se inquietaba, tenía miedo. Hubo de hacer grandes esfuerzos para calmarla un
poco. Lentamente, con sus besos y abrazos, la mujer fue cobrando más confianza.
—¡Cuánta dulzura hay en tu alma! —díjole ella agradecida—.
¡Salen de tu garganta tan hondos sonidos, pajarillo mío, cuando con ternura me
arrullas y parloteas! Te quiero, Goldmundo. ¡Que no habíamos de estar lejos de
aquí! Esto ya no me gusta; en fin, pronto se acabará, pues han llamado al conde
y no tardará en regresar el imbécil del obispo. El conde está hoy de mal humor,
los curas lo han importunado y fastidiado. ¡Cuida que no te vea! No te
quedarían muchos minutos de vida. Temo mucho por ti.
En la memoria de Goldmundo surgieron entonces voces medio
perdidas... ¿no había ya oído otra vez esta canción, hacía tiempo? Así le
hablaba antaño Lidia, del mismo modo amoroso y angustiado, tierno y triste a la
vez. En semejante estado de ánimo iba por la noche a su cuarto, llena de amor y
de angustia, llena de terribles imágenes de miedo. Y él escuchaba con deleite
la canción tierna y angustiada. ¿Qué sería el amor sin secreto? ¿Qué sería el
amor sin peligro?
Atrajo suavemente a Inés hacia sí, la acarició, le tomó la mano,
le susurró al oído amorosas demandas, la besó en los párpados. Lo emocionaba y
encantaba el verla tan acongojada e inquieta por él. Ella recibía sus caricias
con agradecimiento, casi con humildad, se le allegaba apretadamente, llena de
amor, pero no pudo serenarse.
Y, de pronto, se sobresaltó violentamente: había sonado cerca el
golpazo de una puerta y unos pasos apresurados se aproximaban al aposento.
—¡Dios nos asista, es él! —exclamó desesperada—.¡Es el conde!
Pronto, huye por el cuarto del guardarropa. ¡Pronto! ¡No me traiciones!
Lo metió en la pieza de los vestidos. En ella estaba ahora,
solo, caminando a tientas por la oscuridad. Oía al otro lado la recia voz del
conde que hablaba con Inés. Pasó tentando entre los vestidos, hacia la puerta
de salida; marchaba poniendo un pie delante de otro, sin hacer ruido. Llegó,
por fin, junto a la puerta que daba al corredor y trató de abrirla suavemente.
Y sólo en aquel punto, al descubrir que la puerta estaba cerrada por fuera, se
asustó también y el corazón empezó a latirle atropellado y doloroso. Podía ser
que alguien hubiese cerrado la puerta por puro azar infortunado. Pero no lo
creía. Había caído en una trampa, estaba perdido; sin duda, alguno le había
visto cuando se introdujo aquí. Le costaría la cabeza. Temblaba en medio de la
oscuridad; y, de repente, recordó las últimas palabras de Inés: "¡No me
traiciones!" No, no la traicionaría. El corazón le martillaba, pero su
decisión le dio bríos y apretó los dientes obstinado.
Todo esto había acaecido en pocos segundos. Ahora se abrió la
puerta del otro lado y entró el conde, saliendo de la alcoba de Inés, con un
candelero en la mano izquierda y una espada desnuda en la derecha. En el mismo
instante, Goldmundo arrebató con rápido ademán algunos de los vestidos y mantos
que colgaban a su alrededor y se los guardó bajo el brazo. Trataría de hacerse
pasar por un ladrón, lo que tal vez le sirviese de escapatoria.
El conde lo vio en seguida. Se acercó paso a paso.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? Responde o te atravieso.
—Perdonad —murmuró Goldmundo—. ¡Soy tan pobre y vos tan rico! Os
devuelvo, señor, cuanto os he robado; ahí lo tenéis.
Y puso las ropas en el suelo.
—Ah, ¿de manera que has venido a robar? No has revelado mucha
inteligencia al arriesgar la vida por un manto viejo. ¿Eres vecino de la
ciudad?
—No lo soy, señor, no tengo hogar. Compadeceos de mí...
—¡Basta! Me gustaría saber si no tendrías también la intención
de molestar a la señora. Pero como, de todos modos, irás a la horca, no
precisamos indagar más. El robo es suficiente.
Golpeó fuertemente en la puerta cerrada y gritó:
—¿Estáis ahí? ¡Abrid!
Abrióse por fuera la puerta y entraron tres peones con sendas
espadas desenvainadas.
—¡Atadlo bien! —ordenó el conde con la voz ronca de sarcasmo y
orgullo—. Es un vagabundo que acaba de robar aquí. Sujetadlo fuertemente y
mañana temprano me lo colgáis de la horca.
Le ligaron las manos sin que él ofreciera resistencia. Luego lo
condujeron por el largo pasillo y escaleras abajo hasta el patio interior; un
sirviente marchaba delante con una antorcha. Se detuvieron ante la redonda y
herrada puerta de un sótano, hubo discusiones y reproches, faltaba la llave de
la puerta; uno de los peones tomó en sus manos la antorcha y el doméstico fue
en busca de la llave. Los tres hombres armados y el preso quedaron esperando
ante la puerta. El que tenía la luz le iluminó curioso el rostro al cautivo. En
aquel instante se acercaron dos de los clérigos que en tan crecido número se
hospedaban en el palacio; venían de la capilla, se detuvieron delante del grupo
y se quedaron contemplando aquella escena nocturna.
Goldmundo ni reparó en los clérigos ni miraba a sus guardianes.
No podía ver otra cosa que la luz levemente llameante que tenía junto al rostro
y que lo encandilaba. Y detrás de la luz, en una espantosa penumbra, veía algo
más, algo informe, enorme, fantasmal: el abismo, el final, la muerte.
Permanecía con la mirada fija sin ver ni oír nada. Uno de los curas se puso a
conversar por lo bajo con los criados, muy interesado. Cuando supo que aquel
hombre iba a ser ejecutado por ladrón, preguntó si se había ya confesado. Le
dijeron que no porque acababan de cogerlo con las manos en la masa.
—En ese caso —dijo el padre—, mañana, antes de la misa del alba,
le llevaré los santos sacramentos y lo confesaré. Vosotros me responderéis de
que no lo sacarán antes. Ahora mismo voy a hablar con el conde. Por muy ladrón
que sea, tiene derecho, como cristiano, a un confesor y a recibir los
sacramentos.
Los peones no hicieron objeción. Conocían a aquel sacerdote: era
de los de la embajada y varias veces lo habían visto comer a la mesa del conde.
Además, ¿por qué se le había de prohibir al pobre vagabundo que se confesara?
Los clérigos se fueron. Goldmundo seguía inmóvil y con la mirada
fija. Por fin llegó el sirviente con la llave y abrió. Introdujeron al
prisionero en un sótano abovedado, y él bajó, tambaleándose y tropezando, los
pocos escalones de la entrada. Había en derredor algunos taburetes de tres pies
y, además, una mesa: era el vestíbulo de una bodega. Los peones arrimaron a la
mesa un taburete e indicaron al preso que se sentara.
—Mañana de madrugada vendrá un cura para que puedas confesarte
—le dijo uno de ellos.
Luego se fueron y cerraron cuidadosamente la pesada puerta.
—Déjame la luz, compañero —pidió Goldmundo.
—De ningún modo, hermano. Podrías hacer cualquier barbaridad.
Para nada la precisas. Sé juicioso y resígnate. Además, una antorcha de éstas
dura poco. Dentro de una hora estaría apagada. Buenas noches.
Encontrábase ahora solo en medio de la tiniebla, sentado en uno
de los taburetes y con la cabeza apoyada en la mesa. Muy incómoda resultaba
aquella postura, sin contar que las ligaduras de las muñecas le causaban dolor;
pero sólo más tarde penetraron esas sensaciones en su conciencia. Por el
momento, permanecía sentado y con la cabeza sobre la mesa como sobre un tajo;
sentía el afán de realizar también con el cuerpo y los sentidos lo que acababa
de serle impuesto a su corazón: someterse a lo inevitable, rendirse al
ineludible morir.
Estuvo así sentado una eternidad, encorvado con aire lastimoso,
tratando de aceptar lo que le había sido impuesto, aspirarlo, analizarlo y
metérselo en los adentros.
Ya estaba oscuro, empezaba la noche; el final de aquella noche
le traería su propio final. Tenía que hacerse cargo de la situación. Mañana ya
no viviría. Estaría colgado, sería una cosa inerte en la que se posarían y
picarían las aves; sería lo que era el maestro Nicolao,, lo que era Lena en la
cabaña incendiada, lo que eran todos aquellos que había visto yacentes en las
casas vacías y en las atestadas carretas de la muerte. No era fácil analizar
todo eso y metérselo en el alma. Había muchas cosas de las que aún no se había
desligado, de las que aún no se había despedido. Para que lo hiciera, se le
habían concedido las horas de aquella noche.
Debía despedirse de la bella Inés; nunca más vería su gallarda
figura, su espléndida cabellera rubia, sus ojos fríos y azules, nunca más aquel
debilitarse y vacilar del orgullo en sus ojos, nunca más el dulce vello dorado
de su piel perfumada. ¡Adiós, ojos azules, adiós boca húmeda y palpitante!
Había abrigado la esperanza de besarla muchas veces más. Hoy mismo, allá en las
colinas, al sol del otoño,. ¡cuánto había pensado en ella, cómo se había
sentido unido a ella, cómo la había anhelado! Pero también tenía que despedirse
de las colinas, del sol, del cielo azul con nubes blancas, de los árboles y
bosques, de los viajes, de las horas del día y de las estaciones del año. A
estas horas, quizás estuviera todavía aguardándolo, en la cocina, María, la
pobre María, con sus ojos bondadosos y amantes, aguardándolo sentada,
adurmiéndose un instante y despertándose de nuevo, sin que Goldmundo retornara.
¡Ah, y el papel y el lápiz y la esperanza de aquellas figuras
que había querido hacer! ¡Todo perdido! Y también tenía que renunciar a la
esperanza de volver a ver a Narciso, al dulce San Juan joven.
Tenía, asimismo, que despedirse de sus propias manos, de sus
propios ojos, del hambre y la sed, de la comida y la bebida, del amor, de tocar
el laúd, del dormir y despertar, de todo. Mañana volaría un pájaro por el aire
y ya no lo vería, cantaría una muchacha en la ventana y ya no la oiría cantar,
correría el río y por él nadarían callados los peces oscuros, soplaría un
viento que arrastraría por el suelo las hojas amarillas, brillaría el sol y el
cielo estrellado, los mozos y mozas se encaminarían al baile, aparecerían en
los montes lejanos las primeras nieves... y todo proseguiría su marcha, los
árboles proyectarían sus sombras al costado, los hombres mirarían alegres o
tristes con sus ojos vivos, ladrarían los perros, mugirían las vacas en los
establos aldeanos, y todo eso sin él, nada de eso le pertenecería ya, a todo se
vería arrancado.
Percibía el olor mañanero de los campos, gustaba el sabor del
dulce vino nuevo y de las nueces nuevas, duras de abrir; por su oprimido
corazón pasó rápidamente un recuerdo, un reflejo vivísimo y fugaz del colorido
mundo; toda la vida hermosa y bulliciosa volvía a resplandecer una vez más en
sus sentidos, hundiéndose y despidiéndose, y entonces él se contrajo de súbito
dolor, y sintió que de sus ojos brotaba copioso llanto. Se entregó sollozando a
aquella oleada, sus lágrimas corrían con ímpetu y, desfallecido, se abandonó al
infinito dolor. ¡Ah, vosotros, valles y montes boscosos; vosotros, arroyos
bordeados de verdes alisos; vosotras, mozuelas; vosotras, noches de luna en los
puentes! Y tú, hermoso, radiante libro de imágenes, ¿cómo podré perderte?
Lloraba reclinado sobre la mesa, rapaz desconsolado. De la congoja de su
corazón ascendió un suspiro y un grito lastimero e implorante:
—¡Oh madre, oh madre!
Al pronunciar la mágica palabra, le respondió de lo hondo de su
memoria una imagen, la imagen de la madre. No era aquella figura de Madre de
sus pensamientos y de sus sueños de artista sino la imagen de su propia madre,
hermosa y viva, como no la había visto desde los tiempos del convento. A ella
dirigió su grito, a ella le lloró la insoportable tortura que sufría ante la
muerte ineludible, a ella se abandonó, a ella ofreció el bosque, el sol, los
ojos, las manos, a ella devolvió todo su ser y su vida, depositándolos en sus
manos maternales. En medio de las lágrimas, se quedó dormido; el agotamiento y
el sueño lo tomaron, maternalmente, en sus brazos. Durmió durante una o dos
horas y, de este modo, se libró de su aflicción.
Al volver a despertarse, sintió acerbos dolores corporales. Le
ardían terriblemente las muñecas ligadas, y en la espalda y la nuca sentía como
si se las distendieran violentamente. Se enderezó con dificultad, volvió en sí
y tornó a hacerse cargo de su situación. Hallábase enteramente envuelto en
negra tiniebla, no sabía cuánto tiempo había estado dormido, no sabía cuántas
horas le quedaban aún de vida. Tal vez, dentro de breves instantes, llegarían
los encargados de conducirlo a la muerte.
Recordó entonces que se le había prometido un confesor. No creía
que sus sacramentos le fuesen de mucho provecho. No creía que ni la más total
absolución y remisión de sus pecados pudiera llevarlo al cielo. No sabía si
había un cielo y un Dios Padre y un juicio y una eternidad. Tiempo hacía que
había perdido toda certidumbre sobre esas cosas.
Pero hubiese o no una eternidad, no la anhelaba, no quería nada
más que esta vida insegura y transitoria, este alentar, este morar dentro de su
piel, no quería más que vivir. Se levantó con furia, marchó a tientas,
tambaleándose, en medio de la oscuridad, hasta que alcanzó la pared y en ella
se apoyó y se puso a reflexionar. ¡Tenía que haber una salvación! ¿Lo sería el
sacerdote, se convencería de su inocencia, intercedería por él o bien le
conseguiría un aplazamiento o le facilitaría la fuga? En estos pensamientos se
engolfaba tenaz y apasionadamente. Y aunque, a la postre, no se lograra nada,
no renunciaría al intento, no debía desaprovechar la ocasión. Trataría, pues,
de ganarse al sacerdote, haría los mayores esfuerzos para atraerse su simpatía,
para entusiasmarlo, para convencerlo, para halagarlo. El clérigo era la única
carta buena de su juego, las demás posibilidades no eran sino sueños. Con todo,
no cabía descartar algún azar o circunstancia especial: podía darle un cólico
al verdugo, podía desplomarse el cadalso, podía presentarse una imprevista
oportunidad de huir. Como quiera que fuese, se negaba a morir; había intentado
en vano aceptar ese destino y someterse a él, mas no lo había conseguido. Se
defendería y lucharía hasta el límite de sus fuerzas, le echaría la zancadilla
al guardián, derribaría al verdugo, pelearía por su vida hasta el último
instante y hasta la última gota de su sangre... ¡Ah, si lograra convencer al
sacerdote que le desatase las manos! Mucho tendría ya ganado.
Entretanto, sin hacer caso de los dolores, intentó librarse de
las cuerdas con los dientes. Tras furiosos esfuerzos, le pareció, al cabo de un
rato atrozmente largo, que las había aflojado un poco. En la siniestra noche de
su cautiverio, jadeaba y los brazos y las manos, hinchados, le causaban
espantoso dolor. Cuando volvió a respirar con desembarazo, marchó tentando con
cuidado a lo largo de la pared, registró, paso a paso, el húmedo muro de la
bodega por ver si encontraba alguna arista saliente. Acordóse entonces de los
escalones que había bajado al entrar en aquella mazmorra. Los buscó y dio con
ellos. Se arrodilló en el suelo y se puso a rozar la cuerda en el borde de uno
de los pétreos peldaños. No fue empresa fácil; repetidas veces, en lugar de la
cuerda era la muñeca la que restregaba contra la piedra y entonces parecía que
se la quemaran y sentía correr la sangre. No por eso desistió. Y cuando ya
entre la puerta y el umbral se percibía una miserable y estrecha franja del
gris resplandor del alba, dio término a su empeño. ¡La cuerda estaba rota,
podía desatarla, tenía las manos libres! Pero apenas si era capaz de mover un
dedo, las manos se hallaban tumefactas y paralizadas, y los brazos, hasta los
hombros, rígidamente acalambrados. Los movió y ejercitó para que volviera a
circular la sangre, Pues ahora tenía un plan que le parecía excelente.
Si no podía conseguir que el cura lo ayudase, lo mataría.
Bastaba para ello que se quedase a solas con él unos instantes. Le asestaría un
silletazo. Estrangularlo no le sería posible, por faltarle fuerza en las manos
y los brazos. Todo se reducía, pues, a matarlo de unos golpes bien dados,
ponerse sus vestidos eclesiásticos y huir. Antes de que los otros descubrieran
el muerto, debía estar fuera del castillo. Y luego correr y correr. María le
dejaría entrar en su casa y lo escondería. Debía intentarlo. Era factible.
Nunca en su vida había Goldmundo contemplado, aguardado, ansiado
y, a la vez, temido la llegada de la aurora como en este trance. Temblando de
tensión y determinación, atisbaba con ojos de cazador cómo la menguada raya de
luz de debajo de la puerta iba haciéndose cada vez más clara. Volvió junto a la
mesa y, sentándose en el escabel, trató de permanecer con el cuerpo doblado y
las manos entre las rodillas para que no pudiera descubrirse en seguida la
ausencia de las ataduras. Como tenía las manos libres, ya no creía en la
muerte. Estaba resuelto a escaparse aunque se hundiera el mundo. Estaba
resuelto a vivir a toda costa. La nariz le temblaba de afán de libertad y de
vida. Y, ¿quién sabe?, tal vez le ayudaran desde afuera. Inés era mujer, y su
poder no iba muy lejos y acaso tampoco su coraje; estaba dentro de lo posible
que lo abandonara. Pero lo amaba y quizás hiciera algo por él. Quizá Berta, la
doncella, había salido a hurto del palacio. .. ¿Y no había, además, un
palafrenero que ella tenía por hombre de confianza? Y aunque no apareciera
nadie ni recibiera el menor recado, llevaría a cabo su plan. Y si fracasaba,
mataría a silletazos a los guardianes, a dos, a tres, a los que vinieran. Tenía
la ventaja de que ahora sus ojos se habían ya acostumbrado a aquella oscura
estancia y podía distinguir, en medio de la penumbra, todas las formas y
volúmenes, en tanto que los otros estarían al principio enteramente ciegos.
Afiebrado, permanecía encogido junto a la mesa, pensando en lo
que le diría al sacerdote para conseguir su ayuda, pues por ahí tenía que
empezar. Al mismo tiempo, observaba ansioso el lento crecer de la luz en la
rendija. Anhelaba ahora ardientemente que llegara el momento horas antes tan
temido, poseíale una tremenda impaciencia; la terrible tensión que sentía
resultábale ya insoportable. Por otra parte, sus fuerzas, su atención, su
determinación y vigilancia se irían debilitando gradualmente. Era menester que
el centinela y el clérigo llegasen pronto, mientras guardaran todo su brío
aquella tensa alerta, aquella resuelta voluntad de salvarse.
Por fin se despertaba el mundo exterior, se acercaba el enemigo.
Oyéronse pasos en el pavimento del patio, alguien introdujo e hizo girar la
llave en la cerradura; tras la larga y mortal quietud, aquellos ruidos sonaban
como truenos.
La pesada puerta se entreabrió lentamente, sus goznes crujieron.
Entró un eclesiástico, sin compañía, sin guardia alguno. Entró solo, llevando
en la mano un candelabro con dos cirios. Todo acontecía otra vez de modo
diferente de como el cautivo se lo había imaginado.
Con indecible sorpresa y emoción, advirtió que el sacerdote,
tras el cual unas manos invisibles habían tornado a cerrar la puerta, vestía el
hábito del convento de Mariabronn: ¡El hábito, para él tan conocido y familiar,
que antaño llevaran el abad Daniel, el padre Anselmo, el padre Martín!
Al descubrirlo, sintió en el corazón un extraño sacudimiento y
tuvo que apartar los ojos. La aparición de aquel traje monacal tal vez
anunciara cosas gratas, tal vez fuese una buena señal. Pero quizá nó hubiese
otra salida que el asesinato. Apretó los dientes. Muy duro se le haría dar
muerte a aquel fraile.
CAPÍTULO XVII
—¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo! —dijo el padre poniendo
el candelabro sobre la mesa.
Goldmundo respondió a su saludo murmurando, con la vista baja.
El religioso permaneció callado. Esperó callado hasta que
Goldmundo se desasosegó y dirigió hacia él los ojos, inquiridor.
Turbado, veía ahora que aquel hombre no sólo llevaba el hábito
de los monjes de Mariabronn sino que, además, ostentaba las insignias de abad.
Lo miró al rostro. Era un rostro enjuto, de rasgos firmes y
claros, de labios finos. Le resultaba conocido. Contemplaba encantado aquel
rostro que parecía hecho de espíritu y voluntad. Con mano insegura, cogió el
candelabro y, alzándolo en alto, lo acercó a aquella cara extraña para poder
verle los ojos. Y se los vio; el candelabro le temblaba en la mano cuando
volvió a colocarlo sobre la mesa.
—¡Narciso! —susurró casi imperceptiblemente. Todo empezó a darle
vueltas en derredor.
—Sí, Goldmundo, antaño me llamaba Narciso, pero has olvidado que
hace tiempo cambié de nombre. Desde que tomé el hábito, me llamo Juan.
Goldmundo estaba hondamente impresionado. De súbito, el mundo
entero se había transformado y la repentina descarga de su sobrehumana tensión
amenazaba ahogarlo; temblaba, una sensación de mareo le hacía sentir la cabeza
como una vejiga vacía, el estómago se le contrajo. Tras los ojos notaba una
quemazón, que era como un sollozo incipiente. Todo su ser ansiaba deshacerse en
lágrimas y sollozos, caer en desmayo.
Pero de las profundidades de sus recuerdos juveniles, que la
visión de Narciso había evocado, surgió una amonestación. Cierta vez, siendo
muchacho, había llorado y había perdido la serenidad ante aquel rostro hermoso
y severo, ante aquellos ojos oscuros y omnisapientes. No debía volver a
hacerlo. En el más extraño trance de su vida, tornaba a aparecer, como un
espectro, aquel Narciso sin duda para salvarle la vida; ¿e iba él a romper de
nuevo en sollozos o a desmayarse? En modo alguno. Se contuvo. Sofrenó su
corazón, dominó a su estómago, ahuyentó el mareo de su cabeza. No debía mostrar
ahora el menor indicio de flojedad.
Con voz fingidamente tranquila, consiguió decir:
—Permíteme que te siga llamando Narciso.
—Sí, llámame Narciso, amigo mío. ¿No quieres darme la mano?
Goldmundo hubo de volver a dominarse. Y respondió con un tono de
arrogancia infantil y levemente irónico, como el que solía adoptar en los
tiempos del colegio.
—Discúlpame, Narciso —dijo con frialdad y un poca desdeñoso—.
Veo que has llegado a abad. Yo, en cambio, sigo siendo un vagabundo. Y, además,
nuestra conversación, aunque me resulta muy grata, no podrá durar, por
desgracia, mucho tiempo. Pues he sido condenado a la horca y dentro de una o
dos horas estaré colgado. Te lo digo únicamente para que te hagas cargo de la
situación.
Narciso no pestañeó. Aquella punta de infantilidad y jactancia
que advertía en la actitud del otro le divertía y, a la vez, le emocionaba. Mas
el orgullo escondido que impedía a Goldmundo echarse llorando en sus brazos, lo
comprendía y aprobaba en el fondo de su alma. Ciertamente que también él se
había imaginado de otro modo el encuentro con su amigo, pero, en lo íntimo, no
le parecía mal aquella pequeña comedia. Con ninguna otra cosa hubiese podido
Goldmundo ganarse otra vez su corazón más rápidamente.
—Bien —dijo, haciéndose también el indiferente—. Por lo que
atañe a la horca, puedo tranquilizarte. Has sido indultado. Tengo el encargo de
comunicártelo y de llevarte conmigo... No se te permite continuar aquí, en la
ciudad. Dispondremos, pues, de tiempo bastante para contarnos muchas cosas. Y
ahora, ¿quieres darme la mano?
Se estrecharon las manos y estuvieron largo tiempo sin
soltárselas, hondamente emocionados; pero en sus palabras continuó todavía un
buen rato la reserva y la comedia.
—Así, pues, Narciso, dejaremos esta poco honrosa morada y yo me
uniré a tu comitiva. ¿Retornas a Mariabronn? ¿Sí? Magnífico. ¿Cómo? ¿A caballo?
Estupendo. Habrá que conseguir un caballo para mí.
—Lo conseguiremos, amice, y dentro de dos horas nos pondremos en
camino. ¡Oh, pero cómo tienes las manos! ¡Todas desolladas, hinchadas y llenas
de sangre! ¡Ah, Goldmundo, cómo te han maltratado!
—No tiene importancia, Narciso. Yo mismo me las he puesto así.
Estaba atado y quise librarme de la atadura. Puedes creerme que la cosa no fue
fácil. Y, a propósito, muy valiente te has mostrado, por cierto, al entrar en
mi calabozo sin escolta.
—¿Por qué valiente? No había peligro.
—Solamente el pequeño peligro de ser muerto por mí. Pues así lo
había proyectado. Sabía que me iban a enviar un sacerdote. Yo le daría muerte y
huiría vestido con sus hábitos. Un plan excelente.
—Entonces, ¿no querías morir? ¿Querías, por el contrario,
defenderte?
—Claro que lo quería. No podía adivinar que fueses tú el
sacerdote.
—De todos modos —dijo Narciso pausadamente— era ese un plan poco
loable. ¿Hubieses podido de veras asesinar a un sacerdote que venía a
confesarte?
—A ti, Narciso, naturalmente no, y quizá tampoco a ninguno de
tus monjes, si llevaba la cogulla de Mariabronn. Pero a cualquier otro, desde
luego, no te quepa la menor duda.
Su voz se volvió, de pronto, triste y opaca.
—No sería el primero.
Ambos se callaron. Sentían un gran embarazo en el ánimo.
—En fin, sobre estas cosas —dijo Narciso con voz fría— ya
hablaremos más tarde. Si quieres, te confiesas conmigo. O si no, me cuentas tu
vida. Yo también tengo muchas cosas que contarte. Eso me da placer... ¿Nos
vamos?
—¡Un momento, Narciso! Ahora que me acuerdo yo ya te he llamado
Juan una vez.
—No te entiendo.
—Naturalmente. Aún no sabes nada. Hace ya muchos años te di el
nombre de Juan y ese nombre te quedará para siempre. Un tiempo fui escultor e
imaginero y pienso volver a serlo. Y la mejor imagen que entonces hice, la de
un joven, tallada en madera, de tamaño natural, es tu efigie, pero no se llama
Narciso sino Juan. Es un joven San Juan, al pie de la cruz.
Se levantó y se dirigió a la puerta.
—¿Eso quiere decir que has pensado en mí? —preguntó Narciso en
voz baja.
En el mismo bajo tono, respondió Goldmundo:
—Oh sí, Narciso, he pensado en ti. Constantemente.
Abrió de golpe la pesada puerta y la pálida mañana entró en el
sótano. No hablaron más. Narciso se lo llevó a su aposento. Su compañero, un
monje joven, aprontaba allí el equipaje. Se le dio de comer a Goldmundo y
también le lavaron las manos y se las vendaron un poco. Poco después llegaban
los caballos.
Al montar, dijo Goldmundo:
—Aun quisiera pedirte otra cosa. Me gustaría que pasásemos por
el mercado del pescado; tengo algo que hacer allá.
Partieron. Goldmundo paseaba la mirada por todas las ventanas
del palacio esperando que Inés apareciera en alguna. No la vio. Llegaron al
mercado del pescado. María había estado muy inquieta por su tardanza. Él se
despidió de la joven y de sus padres, agradeció efusivamente sus atenciones,
les prometió volver alguna otra vez y prosiguió camino. María permaneció en el
umbral de la puerta hasta que los jinetes desaparecieron. luego se metió
cojeando en la casa.
Los viajeros eran cuatro: Narciso, Goldmundo, el monje joven y
un palafrenero armado.
—¿Te acuerdas aún de mi caballo Careto que estaba en la cuadra
del convento? —preguntó Goldmundo.
—Claro que sí. No lo encontrarás ya; sin duda tampoco te lo
esperabas. Hará unos siete u ocho años que hubo que darle muerte.
—¡Que aún te acuerdes de él!
—Sí, me acuerdo.
No le causó tristeza a Goldmundo la muerte de Careto. Causábale,
por el contrario, contento que Narciso estuviera tan enterado sobre el caballo,
él que jamás se había interesado por los animales y que, de seguro, nunca había
conocido por su nombre a ningún otro caballo del monasterio. Eso le alegraba
mucho.
—Te causará risa —prosiguió— que el primero de vuestro convento
por el que pregunto sea ese pobre rocín. Reconozco que no está bien. En
realidad, quise preguntarte por otros, especialmente por nuestro abad Daniel.
Pero me imaginé que ya había muerto y que tú eras su sucesor. Y no quería
empezar hablando de muertes. Por el momento, no está mi ánimo para hablar de la
muerte, y ello por causa de la noche última y también de la peste, de la que
hube de ver no poco. Pero, en fin, ya estamos en ello y alguna vez se había de
tocar el tema. Díme, pues, cuándo y cómo falleció el abad Daniel; yo le profesé
gran veneración. Y díme también si aún viven el padre Anselmo y el padre
Martín. Espero lo peor. Mas el hecho de que la peste te haya perdonado a ti por
lo menos me llena de alegría. En verdad, nunca pensé que pudieras morir,
siempre creí firmemente que nos volveríamos a encontrar. Pero la fe puede
engañarse, eso bien lo he experimentado por desgracia. Tampoco podía imaginar
que muriera mi maestro Nicolao, el escultor, y estaba seguro de que tornaría a
su lado y a trabajar de nuevo con él. Y, sin embargo, cuando llegué, estaba
muerto.
—Todo te lo puedo referir en pocas palabras —profirió Narciso—.
El abad Daniel feneció hace ya ocho años, sin enfermedad ni dolores. Yo no soy
su sucesor, llevo tan sólo un año como abad. Su sucesor fue el padre Martín,
antaño nuestro regente de estudios; murió el año pasado cuando aún no había
cumplido los setenta. Y el padre Anselmo tampoco vive. Te quería mucho y
hablaba a menudo de ti. En los últimos tiempos, no podía caminar, y el
permanecer tendido era para él un gran tormento; murió de hidropesía. En fin:
también la peste anduvo entre nosotros, murieron muchos. ¡No hablemos de eso!
¿Tienes algo más qué preguntar?
—Sin duda, muchas cosas más. Ante todo: ¿por qué viniste a la
capital del obispado y a ver al gobernador?
—Es una larga historia, y, para ti, aburrida: cosas de política.
El conde es un favorito del emperador y, en algunas cuestiones, su delegado, y
en la actualidad hay entre el emperador y nuestra orden varios asuntos
pendientes que es menester arreglar. La orden me ha enviado al frente de una
comisión para negociar con el conde. Los resultados fueron mezquinos.
Se calló y Goldmundo no preguntó más. No necesitaba saber que
anoche, al pedir Narciso al conde por la vida de su amigo, había tenido que
pagar la merced solicitada con algunas concesiones. Cabalgaban; Goldmundo
pronto sintió fatiga, costábale trabajo sostenerse en la silla.
Al cabo de un largo rato, Narciso preguntó:
—¿Es verdad que se te detuvo por robo? El conde afirmó que te
habías introducido en el palacio y en los aposentos interiores con intención de
robar.
Goldmundo se echó a reír.
—Las apariencias me condenaban como ladrón. Mas la verdad es que
tenía una cita con la querida del conde; y sin duda que él llegó a enterarse.
Me asombra que me haya dejado marchar.
—Sea como fuere, se dejó convencer.
No pudieron cumplir la jornada que habían planeado pues
Goldmundo estaba agotado y sus manos no podían ya sostener las riendas.
Hicieron alto en una aldea y en ella buscaron alojamiento; Goldmundo fue
llevado al lecho y tuvo algo de fiebre y siguió acostado todo el día siguiente.
Mas al otro día volvió a encontrarse en condiciones de seguir viaje. Y cuando,
poco después, se le sanaron las manos del todo, el viaje a caballo comenzó a
depararle gran goce. ¡Cuánto tiempo hacía que no cabalgaba! Sentíase como renacido,
joven y lleno de vida; algunos trechos del camino los corría en competencia con
el palafrenero y, en momentos de expansión, importunaba a su amigo con
numerosas preguntas impacientes. Narciso respondía a ellas resignado y, a la
vez, complacido; volvía a sentirse fascinado por Goldmundo, le agradaban sus
vehementes e infantiles preguntas que reflejaban una ilimitada confianza en el
espíritu e inteligencia del amigo.
—Oye, Narciso: ¿habéis quemado judíos también vosotros?
—¡Cómo! ¿Quemar judíos? Entre nosotros no hay judíos.
—Es verdad. Pero díme: ¿serías tú capaz de quemar judíos?,
¿crees posible que tal cosa sucediera?
—En modo alguno. ¿Por qué había de hacerlo? ¿Acaso me tienes por
un fanático?
—¡Entiéndeme, Narciso! Lo que te quiero decir es esto: ¿Puedes
admitir que, en algún caso especial, llegaras a dictar la orden de matar a los
judíos o dar a ella tu asentimiento? Tú sabes bien que muchos duques,
burgomaestres y obispos han dado órdenes de esa clase.
—Jamás daría una orden semejante. Pero, en cambio, está dentro
de lo posible que me viera obligado a presenciar y soportar tales actos de
crueldad.
—Es decir que los soportarías?
—Ciertamente, si no tenía poder bastante para impedirlos...
¿Viste alguna vez quemar a judíos, Goldmundo?
—Sí, lo vi.
—¿Y lo has impedido?.. . ¿No?... Ya lo ves.
Goldmundo refirió con detalle, apasionado y dido, la historia de
Rebeca.-
—Y ahora yo me pregunto —concluyó vehemente—, ¿qué mundo es este
en el que tenemos que vivir? ¿No es realmente un infierno? ¿No es algo
indignante y abominable?
—En efecto. Así es el mundo.
—¡Ah! —exclamó Goldmundo con enojo—. ¿Eso dices ahora? Sin
embargo, antaño muchas veces me aseguraste que el 'mundo era divino, que era
una inmensa armonía de esferas desde cuyo centro señoreaba el Creador, y que
todo lo existente era bueno y otras cosas por el estilo. Sostenías que así se
leía en Aristóteles o Santo Tomás. Espero con ansia que me expliques esa
contradicción.
Narciso se rió.
—Tu memoria es pasmosa; y, sin embargo, te ha engañado un poco.
Siempre he considerado al Creador como un ser perfecto, mas nunca a la
creación. Jamás negué la existencia del mal en el mundo. Ningún verdadero
pensador ha sostenido, amigo mío, que la vida en la tierra sea armónica y justa
y que el hombre sea bueno. Y, por el contrario, que los pensamientos y anhelos
del corazón humano están llenos de maldad,
es cosa que se declara expresamente en la Escritura y vemos
confirmada cada día.
—Perfectamente. Por fin veo claro cómo pensáis vosotros, los
doctos. Reconocéis, pues, que el hombre es malo y que la vida sobre la tierra
está llena de vileza y basura. Pero detrás de eso, en vuestros pensamientos y
tratados, existe la justicia y la perfección. Existen, se puede probar su
existencia; lo que sucede es que no se hace uso de ellas.
—¡Mucho rencor has acumulado contra nosotros los teólogos, mi
buen amigo! Pero sigues sin ser un pensador, pues todo lo confundes y
trastocas. Necesitas aprender algunas cosas más. ¿Por qué dices que no hacemos
uso de la idea de la justicia? Cada día y a cada hora usamos de ella. Veamos lo
que ocurre en el convento que tengo que regir como abad. En este convento
existe la imperfección y el pecado, como en el mundo exterior. Sin embargo, al
pecado original oponemos constantemente la idea de la justicia y tratamos de
acomodar a ella nuestra vida imperfecta, y corregir el mal y poner nuestra vida
en permanente relación con Dios.
—Comprendo, Narciso. Pero yo no me refiero a ti ni dudo que seas
un abad excelente y ejemplar. Pienso en Rebeca, en los judíos quemados, en las
fosas colectivas, en el inmenso fenecer, en las calles y aposentos en que
yacían y se pudrían ios muertos de peste, en aquella espantosa desolación, en
los niños huérfanos y desamparados, en los perros de las alquerías que murieron
de hambre atados a la cadena. Y cuando pienso en todo eso y contemplo esas
imágenes, siento dolor en el corazón y tengo la impresión de que nuestras
madres nos dieron a luz en un mundo sin esperanza, horrible y demoníaco, y que
hubiese sido mejor que no lo hubiesen hecho y que Dios no hubiese creado este
mundo terrible y que el Salvador no se hubiese dejado crucificar en vano.
Narciso hizo al amigo un amable gesto aprobatorio con la cabeza.
—Tienes razón —declaró efusivo—; habla sin reservas, dímelo
todo. Pero hay una cosa en que te engañas de medio a medio. Crees que lo que
acabas de expresar son pensamientos cuando, en realidad, son sentimientos. Son
los sentimientos de un hombre angustiado por el horror de la existencia. Mas no
debes olvidar que a esos tristes y desesperados sentimientos se contraponen
otros enteramente distintos. Cuando vas cabalgando en tu caballo por una
hermosa comarca con el cuerpo fresco y animado, o cuando, con harta
irreflexión, te introduces a hurto, de noche, en el palacio para cortejar a la
querida del conde, entonces el mundo se te aparece muy otro, y todas las casas
de apestados y todos los judíos quemados no pueden impedirte que busques tu
placer. ¿No es así?
—Sí, así es. Por estar tan lleno el mundo de muerte y horror es
por lo que busco constantemente consolar mi corazón y coger las bellas flores
que crecen en medio de este infierno. Encuentro el placer y, por un instante,
olvido el horror. Pero eso no quiere decir que no esté allí.
—Lo has formulado de un modo perfecto. Tú te ves, pues, rodeado,
en este mundo, de muerte y espanto, y, para huir de ellos, te acoges al placer.
Pero el placer es efímero y vuelve a dejarte en medio del desierto.
—En efecto, así es.
—Eso le acontece a los más de los hombres, aunque sólo unos
pocos lo sienten con la fuerza y la vehemencia que tú, y pocos son, también,
los que tienen necesidad de darse cuenta de esas sensaciones. Pero díme: aparte
de ese desesperado ir y venir entre el placer y el horror, aparte de ese
columpiarse entre el placer de vivir y el sentimiento de morir... ¿No has
probado algún otro camino?
—Naturalmente que sí. Lo probé con el arte. Ya te dije que,
entre otras cosas, me había hecho también un artista. Cierto día, cuando
llevaba ya unos tres años por el mundo, peregrinando casi siempre, me encontré,
en la iglesia de un convento, una imagen en madera de la Madre de Dios; y era
tan bella y tanta impresión me causó el verla que pregunté por el maestro que
la había labrado y fui en su busca. Di con él, era un maestro famoso; fui su
discípulo y trabajé a su lado varios años.
—Más tarde me hablarás de esto con pormenor. Pero díme, ¿qué fue
lo que el arte te trajo y significó para ti?
—El vencimiento de la caducidad. Advertí que de este carnaval y
esta danza de la muerte, que es la vida humana, quedaba y pervivía algo, a
saber, las obras de arte. También ellas desaparecen alguna vez, se queman, se
deterioran o las destrozan. Pero siempre sobreviven a varias vidas humanas y
forman, más allá del momento actual, un reino sereno de imágenes y cosas
santas. Y el colaborar en eso se me antoja bueno y consolador porque es casi
perpetuar lo transitorio.
—Mucho me place lo que dices, Goldmundo. Espero que aún harás
muchas bellas obras; tengo una gran confianza en tu talento y capacidades y
estoy seguro que seras mí huésped en Mariabronn por mucho tiempo y que me
permitirás que te disponga un taller; en nuestro convento ya no hay artistas
desde hace largos años. Sin embargo, estimo que no has agotado, con tu
definición, toda la maravilla que el arte encierra. Creo que el arte no
consiste tan sólo en arrancar a la muerte, por medio de la piedra, la madera o
los colores, algo que existe pero es perecedero, y darle mayor duración. He
visto algunas obras de arte, imágenes de santos y de la Virgen, que no me
parece que sean meras reproducciones de individuos humanos reales que vivieron
un día y cuyas formas o colores ha conservado el artista.
—Tienes razón —exclamó Goldmundo con pasión—. Nunca hubiese
creído que estabas tan enterado en cosas de arte. El verdadero modelo de una
buena obra de arte no es nunca una forma real y viviente, aunque ésta pueda ser
su motivo. El modelo auténtico no es de carne y sangre sino espiritual. Es una
imagen que mora en el alma del artista. También en mí, Narciso, moran y viven
imágenes de ésas, las que espero un día representar y mostrártelas.
-¡Espléndido! Y debo decirte, amigo mío, que, sin saberlo, te
has metido de hoz y de coz en la filosofía, y has formulado uno de sus
misterios.
—Te burlas de mí.
—En modo alguno. Acabas de hablar de modelos, de imágenes que
sólo existen en el espíritu creador pero que pueden ser realizadas y hechas
visibles en la materia. Mucho antes de que una obra de arte se haga visible y
cobre realidad, existe ya como imagen en el alma del artista. Esa imagen, ese
modelo prístino es justamente lo que los filósofos llaman una "Idea".
—Todo eso parece creedero.
—Bien; y al reconocer la existencia de las ideas y de los
modelos prístinos, vienes a entrar en el mundo del espíritu, en nuestro mundo
de filósofos y teólogos, y a reconocer que, en medio del revuelto y doloroso
campo de batalla de la vida, en medio de esta danza de la muerte de la
existencia corporal, inacabable y sin sentido, se encuentra el espíritu
creador. Y a ese espíritu, tal como alienta en ti, traté siempre de dirigirme,
desde que llegaste a mi lado, en tu infancia. Ese espíritu no es en ti el de un
pensador sino el de un artista. Pero es espíritu, y él te mostrará el camino
para salir de la turbia confusión del mundo de los sentidos, del eterno oscilar
entre el placer y la desesperación. ¡Ah, mi buen amigo, qué dichoso me siento
al oír de tus labios tal confesión! La he estado esperando... desde entonces,
desde que abandonaste a tu maestro Narciso y tuviste el valor de ser tú mismo.
Ahora podemos volver a ser amigos.
En aquel instante parecióle a Goldmundo que su vida hubiese
adquirido un sentido, y como si la viera desde lo alto, distinguiendo
claramente sus tres grandes etapas: la dependencia de Narciso y la disolución
de ese vínculo —la época de la libertad y la vida errante— y el retorno, la
introversión y el comienzo de la madurez y la cosecha.
Se desvaneció la visión. Pero acababa de descubrir su relación
adecuada con Narciso, no ya una relación de dependencia sino de libertad y
reciprocidad. Podía ahora sin humillación ser huésped de su espíritu superior
ya que el otro había reconocido en él a un igual, a un creador. La idea de
mostrarse a él, de revelarle su mundo interior a través de obras plásticas, lo
deleitaba y lo encendía en ansia creciente durante aquel viaje. Pero, a veces,
le asaltaban también reparos.
—Narciso —le previno—, temo que no te hagas exactamente cargo de
quién es el sujeto que llevas contigo al convento. No soy un monje ni quiero
serlo. Tengo cabal conocimiento de los tres grandes votos monástico, y si con
la pobreza me entiendo perfectamente, no me agradan ni la castidad ni la
obediencia, virtudes que, por lo demás, me parecen poco viriles. Y en cuanto a
la piedad, nada me ha quedado; hace años que ni me confieso ni rezo ni comulgo.
Narciso permaneció tranquilo.
—Dijérase que te hubieses vuelto un pagano. Pero no hay que
inquietarse. No debes seguir ufanándote de tus muchos pecados. Has llevado la
acostumbrada vida del mundo, has apacentado los puercos, como el Hijo Pródigo,
y ya no sabes lo que es la ley ni el orden. No hay duda que serías muy mal
monje. Pero no te invito a que entres en la orden sino sólo a que seas nuestro
huésped y a que aceptes que te aparejemos un taller. Y aun quiero decirte algo
más: no olvides que en los años de nuestra juventud fui yo quien te despertó y
quien te impulsó a seguir la vida del mundo. De lo que ahora seas, bueno o
malo, yo soy responsable después de ti. Quiero ver lo que eres: lo mostrarás en
las palabras, en la vida, en tus obras. Una vez que te hayas revelado, si
encuentro que nuestra casa no es lugar adecuado para ti, seré el primero en
pedirte que la vuelvas a abandonar. Siempre que su amigo le hablaba en ese tono
y aparecía en él el abad, con su tranquila seguridad y aquel dejo de ironía
hacia la gente y la vida del mundo, Goldmundo se llenaba de admiración, pues
entonces se daba cuenta de que Narciso se había convertido en un hombre. Un
hombre de espíritu y de Iglesia, de manos delicadas y rostro de letrado pero, a
la vez, lleno de seguridad y coraje, un conductor, cargado de responsabilidad.
Este Narciso no era ya el joven de antaño ni tampoco el dulce e íntimo San
Juan, y sentía el deseo de representar a este nuevo Narciso, varonil y
denodado, en una obra de sus manos. Muchas figuras lo esperaban: Narciso, el
abad Daniel, el padre Anselmo, el maestro Nicolao, la bella Rebeca, la linda
Inés y otras más, amigos y enemigos, vivos y muertos. No, no quería ser fraile,
ni un hombre piadoso ni un erudito, sino crear obras de arte; y la
circunstancia de que el viejo hogar de su mocedad debiese ser el hogar de esas
obras, lo llenaba de dicha.
Iban cabalgando a través de aquellos frescos finales del otoño;
y cierto día, en cuya mañana los árboles pelados se doblaban cargados de
escarcha, pasaron por una tierra dilatada y ondulada, con zonas pantanosas
vacías y rojizas, y en la que las líneas de las largas cadenas de montañas le
resultaban notablemente evocadoras y familiares. Vino luego un bosque de altos
fresnos y un arroyo y un viejo granero, y Goldmundo, al verlos, sintió que un
gozoso temor le atormentaba el corazón; reconoció la colina que cierta vez
había cruzado a caballo con Lidia, la hija del caballero, y la pradera por la
que un día se alejara, expulsado y hondamente afligido, en medio de una mansa
nevada. Surgieron los grupos de alisos y el molino y el castillo; reconoció,
sintiendo un extraño dolor, la ventana del gabinete de estudio en el que
entonces, en los tiempos de su legendaria mocedad, oía referir al caballero sus
peregrinaciones y le corregía su latín. Entraron en el patio, pues aquel era
uno de los puntos de parada que se habían previsto. Goldmundo pidió al abad que
no mentaran aquí su nombre y que le dejara comer con la servidumbre de la casa
y el palafrenero. Y así fue. Ya no estaban allí el anciano caballero ni Lidia,
aunque sí quedaban todavía algunos de los monteros y criados de antaño; y en la
casa vivía y mandaba, en compañía de su esposo, una señora muy hermosa, altiva
y dominadora: Julia. Seguía siendo maravillosamente bella, muy bella, y de aire
un tanto maligno; ni ella ni los sirvientes reconocieron a Goldmundo. Éste,
luego de cenar, a punto que anochecía, se escabulló al jardín, contempló, por
encima del vallado, los arriates ya invernales, luego se asomó a la puerta de
la cuadra y echó una mirada a los caballos. Durmió en la paja con el
palafrenero, y la carga de los recuerdos que le abrumaba el pecho lo despertó
muchas veces. ¡Cuan destrozada e infructuosa aparecía su vida pasada, rica en
espléndidas imágenes, ciertamente, pero rota en tantos pedazos, tan poco
valiosa, tan pobre en amor! En la mañana siguiente, al reanudar la marcha, alzó
la mirada hacia las ventanas por si lograba ver a Julia otra vez. De modo
semejante había paseado los ojos a su alrededor poco antes, en el patio del
palacio episcopal, esperando que Inés se le mostrara una vez más. No había
venido, y Julia tampoco apareció. Así, se le antojaba, había sido toda su vida:
despedida, huida, olvido, esperar con las manos vacías y el corazón aterido.
Todo el día le persiguió este pensamiento, no hablaba palabra, colgaba en la
silla desmadejado y sombrío. Narciso no interrumpió su ensimismamiento.
Se acercaban a su punto de destino. Alcanzáronlo al cabo de
algunos días. Poco antes de que se distinguieran la torre y los tejados del
convento, atravesaron aquellos barbechos pedregosos en que una vez —¡oh, qué
lejano quedaba ya!— buscara corazoncillos para el padre Anselmo y la gitana
Elisa lo había hecho hombre. Por fin franquearon el portón de Mariabronn y
descabalgaron bajo el exótico castaño. Goldmundo acarició el tronco con ternura
y se agachó a coger uno de los espinosos erizos abiertos que yacían por el
suelo morenos y marchitos.
CAPÍTULO XVIII
Goldmundo moró los primeros días en el mismo convento, en una de
las celdas destinadas a los huéspedes. Luego, por petición suya, se le aposentó
en uno de los edificios administrativos que rodeaban, como un mercado, el gran
patio, frente por frente de la herrería.
La emoción del retorno se adueñó de su ser con tan arrebatado
encantamiento que él mismo se maravillaba. Nadie le conocía allí fuera del
abad, nadie sabía quién era; los hombres que en aquella casa moraban, tanto
frailes como legos, sujetos a una regla severa y muy ocupados, lo dejaban en
paz. Pero lo conocían los árboles del patio, las puertas y ventanas, el molino
y la noria, las baldosas de los corredores, los rosales mustios del claustro,
los nidos de cigüeña de encima del granero y el refectorio. En todas las
esquinas, salían al encuentro el dulce y emocionante aroma de su pasado, de su
primera juventud, un sentimiento de amor lo impulsaba a verlo todo, a volver a
oír todos los sonidos, el toque de ánimas, el repique dominical, el rumor del
oscuro arroyo del molino en su estrecho y musgoso canal, los pasos de las
sandalias sobre las losas de piedra, el sonar del manojo de llaves cuando, al
caer la noche, el hermano portero cerraba las puertas. Junto a los desaguaderos
de piedra en que caía, del tejado del refectorio de los legos, el agua de la
lluvia, seguían lozaneando las mismas plantas pequeñas, geranios y llantenes, y
en el jardín de la herrería el viejo manzano retorcía de igual modo sus ramas
dilatadas. Pero lo que más le emocionaba era oír el tañido de la esquila del
colegio y ver, en el rato de recreo, a los escolares encaminarse al patio,
escaleras abajo, con gran algazara. ¡Qué jóvenes, qué ingenuas, qué lindas las
caras de aquellos muchachuelos!... ¿Había sido él realmente, alguna vez, tan joven,
tan desmañado, tan lindo y tan infantil?
Pero además de este convento que bien conocía, volvía a
encontrar otro casi desconocido, que le llamó la atención ya desde los primeros
días, que cada vez cobraba más importancia ante sus ojos y que sólo lentamente
se fue uniendo con el otro. Pues aunque tampoco aquí había nada nuevo y todo
estaba igual, como en sus años estudiantiles y cien años antes y aun más, no lo
miraba ahora con ojos de escolar. Contemplaba y sentía aquellas construcciones,
las bóvedas de la iglesia, las pinturas antiguas, las imágenes de piedra y de
madera de los altares y portadas, y si bien nada veía que no estuviese ya
entonces en su lugar actual, descubría por vez primera la belleza de todas
aquellas cosas y el espíritu con que habían sido creadas. Observó con
detenimiento la imagen de la Madre de Dios de la capilla central; ya cuando
mocito le había tenido cariño y la había dibujado varias veces; mas sólo ahora
la veía con ojos despiertos y advertía que era una obra maravillosa que nunca
podría superar aunque trabajara con el máximo empeño y fortuna. Y de esas cosas
maravillosas había muchas, y cada una de ellas no era algo aislado y producto
de la casualidad, sino que todas procedían del mismo espíritu, y entre los
viejos muros, columnas y bóvedas estaban como en su hogar natural. Todo lo que
allí se había edificado, cincelado, pintado, vivido, pensado y enseñado en
varios siglos arrancaba de un tronco, de un espíritu, y se acomodaba y ordenaba
como el ramaje de un árbol.
En medio de aquel mundo, de aquella tranquila y poderosa unidad,
Goldmundo se sentía muy pequeño, sobre todo cuando veía al abad Juan, a su
amigo Narciso, dirigir y gobernar aquel orden grave y, a la vez, amable y
sereno. Aunque entre el erudito abad Juan, de finos labios, y el sencillo abad
Daniel, con su bondadosa llaneza, hubiera, como individuos, una gran
diferencia, ambos se habían consagrado al servicio de la misma unidad, del
mismo pensamiento, del mismo orden, de los que recibían su dignidad y a los que
ofrendaban su persona. Y eso los hacía tan semejantes como el hábito monacal.
En medio del convento, Narciso se aparecía a los ojos de
Goldmundo con imponente grandeza, a pesar de que él siempre lo trataba
cordialmente, como camarada y huésped. Al cabo de algún tiempo, apenas se
atrevía a tutearlo y a llamarle "Narciso".
—Escucha, abad Juan —le dijo una vez—; tendré que ir
acostumbrándome poco a poco a tu nuevo nombre. Quiero que sepas que me
encuentro muy bien entre vosotros. Casi me dan ganas de pedirte que me oigas en
una confesión general y, una vez cumplida la penitencia, me admitas como
hermano lego. Pero entonces terminaría nuestra amistad; tú serías el abad y yo
el hermano lego. Sin embargo, no podré soportar mucho tiempo vivir así a tu
lado y ver cómo te afanas sin que yo sea ni haga nada. También me gustaría trabajar
y mostrarte lo que soy y puedo hacer para que juzgues si ha valido la pena
salvarme del cadalso.
—Eso me complace mucho —dijo Narciso, pronunciando sus palabras
aun con más precisión y claridad de lo acostumbrado—. Cuando te parezca puedes
comenzar a organizar tu taller; daré orden al herrero y al carpintero de que se
pongan a tus órdenes. Dispón libremente de todo el material de trabajo que aquí
haya. En cuanto a lo que sea preciso hacer venir de fuera, con carreteros,
hazme una lista. Y ahora, escucha; voy a decirte lo que pienso sobre ti y tus
propósitos. Me concederás unos instantes para que exprese mis puntos de vista;
trataré de exponer la cuestión tal como yo la veo, como erudito, pues no tengo
otro lenguaje. Atiéndeme pues, una vez más, con la misma paciencia que solías
antaño.
—Procuraré atender. Habla.
—Sin duda recordarás, pues ya te lo dije alguna vez en nuestros
años escolares, que yo te tengo por un artista. En aquellos tiempos, creía que
pudieras llegar a ser un poeta; en el leer y el escribir revelabas cierta
aversión a lo conceptual y abstracto, y en el lenguaje gustabas sobre todo de
las palabras y sonidos que encerraban cualidades sensuales y poéticas, es
decir, de las palabras con las que uno puede representarse algo.
—Perdóname —interrumpió aquí Goldmundo—, pero ¿acaso los
conceptos y las abstracciones, que tú prefieres, no son también
representaciones, imágenes? ¿O es que para pensar precisas y gustas realmente
de las palabras con las que uno no puede representarse nada?
—Mucho me agrada que hagas preguntas —dijo Narciso; y
prosiguió—: No hay duda que es posible pensar sin representaciones. El pensar
nada tiene que ver con las representaciones. No se piensa mediante imágenes
sino con conceptos y fórmulas. Y, justamente, allí donde terminan las imágenes
empieza la filosofía. Sobre esto, precisamente, hemos discutido a menudo en
nuestra mocedad: para ti el mundo está formado de imágenes, para mí de
conceptos. Decíate entonces que no tenías madera de pensador, y también te decía
que eso no suponía una mengua porque, en cambio, dominas en el reino de las
imágenes. Voy a explicártelo. Si en vez de correr mundo te hubieses hecho un
pensador, habrías podido causar mucho daño. Hubieses sido un místico. Los
místicos, para decirlo en forma breve y un tanto burda, son aquellos pensadores
que no pueden emanciparse de las representaciones, por cuya razón no son, en
realidad, pensadores. Son artistas encubiertos: poetas sin versos, pintores sin
pinceles, músicos sin notas. Hay entre ellos espíritus nobles y bien dotados,
pero todos, sin excepción, son desgraciados. Tal hubieses podido ser tú. Y, en
vez de eso, te has hecho, por suerte, artista, y has dominado el mundo de las
imágenes, en el que puedes ser creador y señor, en vez de verte atascado y
paralizado, como pensador, en lo insuficiente.
—Temo —declaró Goldmundo— que nunca consiga formarme una idea de
tu mundo mental, donde se piensa sin representaciones.
—Ah sí, lo lograrás fácilmente. Escucha: el pensador trata de
conocer y representar la esencia del mundo por medio de la lógica. Sabe que
nuestra razón y su instrumento, la lógica, son medios imperfectos... de igual
modo que un artista de talento sabe muy bien que su pincel o su cincel jamás
podrán reflejar de modo cabal, el ser glorioso de un ángel o de un santo. Con
todo eso, entrambos, el pensador y el artista, intentan la empresa, cada cual a
su modo. No pueden dejar de hacerlo. Pues cuando un hombre procura realizarse,
utilizando las dotes que le concedió la naturaleza, lleva a cabo lo más elevado
y lo único realmente lleno de sentido de cuanto puede hacer. Por éso te repetía
antaño tan frecuentemente que no trataras de contrahacer el pensador o el asceta,
sino que fueras tú mismo, que buscaras realizarte a ti mismo.
—Creo haberte comprendido en buena parte. Pero, ¿qué quiere
decir eso de "realizarse"?
—Es un concepto filosófico y no puedo expresarlo de otro modo.
Para nosotros, discípulos de Aristóteles y de Santo Tomás, el más elevado de
todos los conceptos es el ser perfecto. El ser perfecto es Dios. Todo lo demás
que existe es sólo parcial, limitado, cambiante, mezclado, está formado de
posibilidades. En cambio, Dios no es mezclado sino uno, no hay en Él
posibilidades porque es total y entera realidad. Nosotros somos transitorios,
cambiantes, somos posibilidades, para nosotros no existe la perfección, no
somos seres completos. Sin embargo, cuando pasamos de la potencia al acto, de
la posibilidad a la realización, participamos en el verdadero ser, nos hacemos
un poco más semejantes a lo perfecto y divino. A esto es a lo que se llama
"realizarse". Tú debes ya conocer este proceso por propia
experiencia. Eres artista y has esculpido varias figuras. Cuando una de esas
figuras te ha salido verdaderamente bien, cuando has librado a la efigie de un
hombre de todo lo accidental, convirtiéndolo en una forma pura... entonces has
realizado, como artista, esa imagen humana.
—Lo he comprendido.
—Tú, amigo Goldmundo, me ves en un lugar y en un cargo en donde
a mi naturaleza le será relativamente fácil realizarse. Me ves viviendo dentro
de una comunidad y una tradición que se me acomoda y me ayuda. Un convento no
es el cielo, antes está lleno de imperfección; mas, sin embargo, la vida del
claustro, llevada con el debido decoro, es, para los hombres de mi condición,
incomparablemente más estimuladora que la vida mundana. No me refiero aquí a lo
moral, sino que, ya por motivos estrictamente prácticos, el puro pensar, cuyo
ejercicio y enseñanza es mi función, reclama cierta protección frente al mundo.
Por eso, yo he podido realizarme en esta casa con más facilidad que tú. El
hecho de que, no obstante, hayas encontrado un camino y te hayas convertido en
un artista me inspira gran admiración. Pues para ti la cosa ha sido mucho más
difícil.
Goldmundo se ruborizó de azoramiento por la alabanza y, también,
de contento. Para cambiar de tema, interrumpió al amigo:
—He comprendido casi todo lo que acabas de decirme. Mas hay una
cosa que sigue sin entrarme en la cabeza y es eso que llamas "el puro
pensar", es decir ese tu pensar sin imágenes y ese operar con palabras con
las que uno no puede representarse nada.
—Lo comprenderás con un ejemplo. Piensa en las matemáticas. ¿Qué
representaciones encierran los números? ¿O los signos más y menos? ¿Qué
imágenes contiene una igualdad? Ninguna. Cuando te pones a resolver un problema
de aritmética o álgebra, no te vales de ninguna representación sino que
resuelves un problema formal dentro de formas mentales aprendidas.
—Así es, Narciso. Si me pones una serie de guarismos y signos,
puedo trabajar con ellos sin necesidad de representación ninguna, puedo guiarme
por los más y menos, los cuadrados, los paréntesis y demás signos, y resolver
el problema. Es decir, podía hacerlo en otro tiempo, pues ahora ya no sería
capaz. Pero no acierto a comprender cómo la ejecución de esas tareas formales
puede servir para otra cosa que para ejercitar la facultad de razonar de los
escolares. El aprender a calcular es, sin duda, muy útil. Pero estimaría
absurdo e infantil que un individuo se pasara toda su vida dedicado a tales
cálculos y llenando constantemente de cifras papeles y papeles.
—Te engañas, Goldmundo. Aceptas que ese aplicado estudiante de
matemáticas resuelva los problemas escolares que el maestro le proponga. Pero
también puede plantearse él mismo esas cuestiones, pueden surgir ellas en su
espíritu como fuerzas poderosas. Es menester haber calculado y medido muchos
espacios reales y ficticios antes de acometer, como pensador, el problema del
espacio.
—Es verdad. Pero el problema del espacio, como puro problema
conceptual, tampoco rae parece que sea realmente objeto digno de que el hombre
despilfarre por él su trabajo y sus años. La palabra "espacio" no es
para mí nada ni creo que valga la pena reflexionar sobre él si no me imagino, a
la vez, un espacio real, por ejemplo el espacio sidéreo; el contemplar y medir
este espacio no lo tengo, en verdad, por tarea de poco valor.
Narciso, sonriendo, observó:
—Quieres decir que no le concedes importancia alguna al pensar
pero que, en cambio, sí se la das a la aplicación del pensar al mundo práctico
y visible. Y yo te respondo que tampoco a nosotros nos faltan, en modo alguno,
ocasiones ni la voluntad de aplicar nuestro pensar. El pensador Narciso, por
ejemplo, ha aplicado los resultados de sus reflexiones tanto a su amigo
Goldmundo como a sus monjes numerosas veces, y lo hace a diario. Mas ¿cómo
hubiese podido "aplicar" nada si antes no lo hubiese aprendido y ejercitado?
También el artista ejercita constantemente sus ojos y su fantasía y nosotros
descubrimos ese ejercicio suyo aunque sólo se manifieste en un reducido número
de obras reales. No tienes derecho a rechazar el pensar como tal y aceptar, en
cambio, su "aplicación". La contradicción es patente. Déjame, pues,
que me consagre a la reflexión, y juzga mi pensar por sus efectos, de igual
modo que yo juzgaré tu talento artístico por tus obras. Ahora te sientes
inquieto e irritado porque entre ti y tus obras aparecen todavía obstáculos.
¡Apártalos, busca o construyete un taller y manos a la obra! Muchas cuestiones
se resolverán por sí mismas.
Eso era justamente lo que Goldmundo quería.
Junto a la puerta del patio halló una estancia, a la sazón
vacía, que se adecuaba para taller. Encargó al carpintero una mesa de dibujo y
otros enseres cuyo detallado diseño le dio. Hizo una lista de los objetos que
los carreteros del convento debían irle trayendo, poco a poco, de las ciudades
inmediatas, y era por cierto una larga lista. De los troncos cortados que había
en la carpintería y en el bosque, eligió no pocos y los hizo llevar al campillo
que había detrás de su obrador, donde los colocó de modo que no se mojaran,
cubriéndolos con un tejadillo de protección que él mismo construyó. También
anduvo muy ocupado en la herrería. Al hijo del herrero, un joven soñador, lo
dejó fascinado y se lo ganó por entero. Pasábase con él buena parte del día
junto a la forja, el yunque, la tina de templar y la muela, fabricando todos
los cuchillos rectos y corvos, gubias, taladros y raspadores que precisaba para
trabajar la madera. Erico, que así se llamaba el hijo del herrero, tendría unos
veinte años; se hizo su amigo y le ayudaba en todo con apasionado interés y
curiosidad. Goldmundo le prometió enseñarle a tocar el laúd, cosa que él
ansiaba grandemente, y también le dijo que podía ensayar la talla en madera.
Siempre que se sentía inútil y acongojado, cosa que le acontecía algunas veces
en el convento y junto a Narciso,, recobraba los ánimos yéndose al lado de
Erico, que le amaba tímidamente y le profesaba inmensa veneración. Con
frecuencia, éste le pedía que le hablara del maestro Nicolao y de la ciudad
episcopal; y Goldmundo solía hacerlo de buen grado, y entonces se asombraba,
súbitamente, de verse allí sentado, refiriendo, como un viejo, viajes y sucesos
del pasado, porque su vida debía comenzar realmente ahora.
Nadie podía advertir, por no haberlo conocido antes, que en los
últimos tiempos había experimentado un cambio radical y que estaba mucho más
envejecido de lo que correspondía a su edad. Las penalidades de la vida
vagabunda sin duda habían ya quebrantado antes su organismo; pero, luego, la
peste con sus mil espantos y, al cabo, el encarcelamiento y aquella horrible
noche en los sótanos del palacio lo habían sacudido hasta lo más profundo de su
ser, y de todo ello quedaban, como huellas, algunos pelos grises en la barba
blonda, unas finas arrugas en la cara, temporadas de insomnio y, en ocasiones,
cierto cansancio en el corazón, un embotamiento del afán y la curiosidad, una
gris e indolente sensación de hartura y repleción. Al realizar los preparativos
para su labor, al conversar con Erico, al trabajar con el herrero y el
carpintero, desaparecía su reserva, se volvía joven y animado, todos lo
admiraban y se sentían a gusto en su compañía, pero, de cuando en cuando,
permanecía sentado media hora y a veces hasta varias horas, cansado, sonriendo
y con aire soñador, presa de apatía e indiferencia.
Era para él muy importante la cuestión de por dónde debía
iniciar su trabajo. La primera obra que aquí quería hacer, a fin de pagar la
hospitalidad que recibía, no debía ser una obra ocasional que se coloca en
cualquier parte para satisfacer la curiosidad sino que, al igual de las obras
antiguas de la casa, tenía que corresponder a la estructura y la vida del
convento, y convertirse en parte integrante de él. Más que nada hubiérale
gustado hacer un altar o un pulpito, pero ni lo uno ni lo otro se necesitaban,
aparte de que tampoco había lugar para colocarlos. Ocurriósele entonces otra
cosa. Había en el refectorio de los padres una hornacina situada a regular
altura, desde la que, durante las comidas, un fraile joven leía la vida del
santo de cada día. Aquella hornacina carecía de todo adorno. Goldmundo
propúsose revestir la escalera que conducía al atril, y éste mismo, de una
ornamentación tallada en madera, semejante a las de los pulpitos, que tendría
figuras en relieve y algunas casi de bulto redondo. Expuso el plan al abad y
éste lo aprobó y elogió.
Cuando, finalmente, dio comienzo al trabajo —había nieve y había
ya pasado la Navidad—, la vida de Goldmundo cobró un nuevo carácter. Era como
si hubiese desaparecido del convento, nadie lo veía, ya no esperaba la salida
de los alumnos al terminar las horas de clase, ni vagaba por el bosque, ni daba
paseos por el claustro. Ahora hacía sus comidas en casa del molinero, que no
era ya el que tan a menudo había visitado en sus tiempos de escolar. Y no
dejaba entrar en su taller a nadie más que a su ayudante Erico, y aun a éste
había días que no le decía palabra.
La traza que había ideado para aquella su primera obra, la
tribuna del lector, era la siguiente: de las dos partes de que constaba, la
primera representaría el mundo, y la otra la palabra divina. La parte inferior,
la escalera, que saldría de un poderoso tronco de roble, dando vueltas en torno
a él, representaría la creación, imágenes de la naturaleza y de la vida
sencilla de los patriarcas. La parte superior, el antepecho, ostentaría las
imágenes de los cuatro evangelistas. A uno de éstos le daría la apariencia del
difunto abad Daniel, a otro la del difunto, padre Martín, su sucesor, y en la
figura de San Lucas se proponía perennizar al maestro Nicolao.
Tropezó con grandes dificultades, mayores de lo que se había
imaginado. Esas dificultades le causaron preocupaciones, mas eran dulces
preocupaciones; bregaba por la obra encantado y desesperado, como por una mujer
esquiva, luchaba con ella irritada y delicadamente, como un pescador con un
sollo grande; toda resistencia era para él una enseñanza y afinaba su
sensibilidad. Se olvidó de todo lo demás, se olvidó casi de Narciso. Éste se
presentó alguna vez en el taller pero no vio más que dibujos.
En cambio, un día Goldmundo lo sorprendió con la demanda de que
lo oyera en confesión.
—Hasta ahora no podía decidirme —le declaró—, me consideraba
demasiado insignificante, en tu presencia me sentía humillado. Ahora estoy más
animado, tengo mi trabajo y ya no soy un ser inútil. Y puesto que vivo en un
convento, quiero someterme a sus normas.
Se sentía ahora con arrestos para enfrentarse con la situación,
y no quiso aguardar más. Y cuando, en las meditaciones de las primeras semanas,
en su abandonarse a la emoción del retorno y a los recuerdos de su mocedad, e
incluso en los relatos que Erico le pedía que le hiciese, dirigía una mirada
retrospectiva sobre su vida, advertía en ésta un cierto orden y claridad.
Narciso lo confesó sin ceremonia. La confesión duró unas dos
horas. El abad escuchó, con faz inalterable, la narración de las andanzas,
sufrimientos y pecados de su amigo, sin interrumpirlo en ningún momento, y
también oyó con aire impasible aquella parte de la confesión en la que
Goldmundo declaró haber perdido la fe en la justicia y la bondad de Dios.
Muchas de las revelaciones del penitente causaron gran impresión al sacerdote,
el cual pudo apreciar a qué extremos se había visto zarandeado y acosado de terrores
y cuan cerca había estado, algunas veces, de perderse sin remedio. Mas luego
volvió a sonreír, emocionado de la ingenua infantilidad que conservaba el
amigo, al verlo preocupado y lleno de arrepentimiento por ciertos pensamientos
profanos que, en comparación con sus propias dudas y los abismos de su mente,
resultaban inocentes.
Para asombro y aun desilusión de Goldmundo, su confesor no
censuró con excesiva dureza sus pecados propiamente tales, pero, en cambio, le
reconvino y reprendió sin contemplaciones por haber descuidado el rezar,
confesar y comulgar. Púsole por penitencia que, antes de recibir la comunión, y
por espacio de cuatro semanas, se mantuviera moderado y continente, asistiera
cada mañana a la misa del alba y rezara cada noche tres padrenuestros y un
himno mariano.
Luego le dijo:
—Te exhorto y te pido que tomes en serio esta penitencia. Yo no
sé si conoces de modo cabal el texto de la misa. Debes seguirlo palabra a
palabra y fijarte en su sentido. Hoy mismo rezaré contigo el padrenuestro y
algunos himnos y te indicaré aquellas palabras y pasajes de importancia en los
que debes parar con más detenimiento la atención. No pronunciarás ni escucharás
las santas palabras como se pronuncian y escuchan las palabras de los hombres.
Cuantas veces te sorprendas recitando las palabras mecánicamente, cosa que
acontecerá con más frecuencia de lo que te figuras, te acordarás de este
momento y de mi advertencia y empezarás de nuevo, diciendo las palabras y
metiéndotelas en el corazón tal como yo te voy a indicar.
Ya fuese por una venturosa coincidencia o porque el conocimiento
de las almas que el abad poseía llegaba muy lejos, lo cierto es que con aquella
confesión y penitencia principió para Goldmundo un período de plenitud y de paz
que le deparó profunda dicha. En medio de su trabajo, rico en tensiones,
cuidados y satisfacciones, encontrábase cada mañana y cada noche (gracias a
aquellos ejercicios espirituales que, aunque sencillos, realizaba de manera
concienzuda) libre de las excitaciones del día, y sentía todo su ser referido a
un orden superior que le salvaba de la peligrosa soledad del creador y le hacía
formar parte de un reino divino. Si la lucha por su obra debía sostenerla solo
y dedicar a ella toda la pasión de sus sentidos y de su alma, los instantes de
oración lo volvían a llevar una y otra vez a la inocencia. Mientras que en el
trabajo se encendía muchas veces de furor o de impaciencia o se arrobaba hasta
la voluptuosidad, se sumergía en los ejercicios espirituales como en una agua
honda y fría que le limpiaba tanto del orgullo de la exaltación como del de la
desesperación.
Mas no siempre acontecía así. A veces, llegada la noche, y tras
varias horas de apasionada labor, no lograba reposo y recogimiento, y hasta
llegaba a olvidar los ejercicios, y, en algunos casos, cuando se esforzaba por
concentrar su atención, le acosaba y atormentaba la idea de que, al fin y a la
postre, el rezar no era sino un esfuerzo pueril por alcanzar a un Dios que o
bien no existía en absoluto o no podía darle ayuda. Y expuso sus desazones al
amigo.
—Continúa —le dijo Narciso—. Lo has prometido y debes cumplir tu
promesa. No tienes por qué pararte a reflexionar sobre si Dios oye nuestras
oraciones o si incluso existe el Dios que tú puedes imaginarte. Tampoco tienes
por qué pensar en si tus esfuerzos serán pueriles. En comparación con aquel a
quien se dirigen nuestras preces, todo lo que hacemos es pueril. Debes reprimir
esos descabellados pensamientos de párvulo durante el ejercicio. Debes recitar
tu padrenuestro y tu himno mariano y fijar bien la atención en sus palabras y
llenarte de ellas el alma, del mismo modo que cuando cantas o tocas el laúd, no
te entregas a profundos pensamientos o especulaciones sino que tratas de lograr
que todas las notas y las posturas de los dedos tengan la máxima pureza y
perfección posibles. Cuando uno canta, no piensa en si el cantar tendrá alguna
utilidad, sino que, sencillamente, canta. De la misma manera debes rezar.
Y volvió a conseguirlo. Volvió a apagarse su yo tenso y anheloso
en la vasta esfera del orden, y aquellas palabras venerandas volvieron a pasar
por encima y a través de él, como estrellas.
El abad vio, con gran contentamiento, que Goldmundo, terminado
su período de penitencia y luego de haber recibido el sacramento, proseguía,
durante semanas y meses, los diarios ejercicios.
Y entretanto su obra avanzaba. Del macizo caracol de la escalera
prorrumpía un pequeño mundo de formas, de plantas, animales y hombres, en medio
de los cuales aparecía un padre Noé entre pámpanos y racimos, magnífico libro
de imágenes y glorificación de la creación y de su hermosura, que, aunque se
desplegaba libremente, respondía a un secreto orden y disciplina. En aquellos
meses nadie vio la obra, fuera de Erico, que trabajaba como ayudante y no tenía
otra ambición que la de llegar a ser un artista. Algunos días ni siquiera el
mismo Erico podía entrar en el taller. Otros, en cambio, Goldmundo mostraba
gran interés por él, le enseñaba y le hacía practicar, complacido de tener un
discípulo devoto. En cuanto diera afortunado término a la obra, proponíase pedirle
autorización al padre para retenerlo a su lado y enseñarle, como oficial
permanente.
En las figuras de los evangelistas trabajaba los días en que se
encontraba mejor, cuando en su interior reinaba cabal armonía y no lo asombraba
duda alguna. La que mejor le salió, en su opinión, fue la que llevaba los
rasgos del abad Daniel; teníale gran cariño porque su rostro irradiaba
inocencia y bondad. No estaba tan contento con la imagen del maestro Nicolao,
aunque era la que más celebraba Erico. Trasuntaba esta imagen cierta disonancia
y tristeza; parecía estar llena de elevados proyectos creadores y, a la vez, de
una desesperada conciencia de la futilidad de toda labor creadora, llena de
tristeza por la inocencia y la unidad perdidas.
Cuando estuvo concluida la efigie del abad Daniel, le hizo
limpiar a Erico el taller. Cubrió con telas lo demás de la obra y sólo dejó al
descubierto esa figura. Luego se fue a ver a Narciso, y como éste estuviese
ocupado esperó pacientemente hasta el día siguiente. A mediodía condujo al
taller a su amigo y le enseñó la escultura.
Narciso se puso a contemplarla. La examinó con calma, con la
atención y cuidado del erudito. Goldmundo permanecía tras él, silencioso,
esforzándose por dominar el tumulto de su corazón. "Ah —pensaba—, si uno
de los dos no saliera airoso de este trance, todo se echaría a rodar. Si mi
obra no fuese lo bastante buena o si él no llegase a comprenderla, mi labor
aquí habrá sido en vano. Debía esperarlo."
Los minutos le parecían horas, recordaba el momento en que el
maestro Nicolao examinara su primer dibujo; lleno de tensión, se estrujaba las
manos húmedas y ardientes.
Narciso se volvió hacia él; y, súbitamente, se sintió aliviado.
En el enjuto rostro del amigo vio que florecía algo que no había vuelto a
percibir desde los años de la adolescencia: una sonrisa, una sonrisa casi
tímida en aquel rostro lleno de espíritu y voluntad, una sonrisa de amor y
devoción, un leve resplandor, como si la expresión distante y orgullosa de
aquel semblante se hubiese disipado de pronto y sólo apareciera un corazón
lleno de amor.
—Goldmundo —le dijo Narciso quedamente, midiendo, también ahora,
las palabras—. No esperes de mí que me convierta repentinamente en un entendido
en cosas de arte. No lo soy, tú bien lo sabes. Lo que pueda opinar sobre tu
arte te haría reír. Pero permíteme que te diga que ya al primer golpe reconocí
en este apóstol a nuestro abad Daniel, y no sólo a él sino también todo lo que
él representó antaño para nosotros: la dignidad, la bondad, la sencillez.
Vuelvo a ver ante mí al finado padre Daniel, inspirándome el mismo sentimiento
de respeto que en nuestra mocedad nos inspiraba, y, con él, todo lo que
entonces era para nosotros santo y que nos hace tan inolvidables aquellos
tiempos. No sabes, amigo, el inapreciable regalo que me has hecho con esta
imagen, pues no sólo me has devuelto a nuestro abad Daniel sino que, por vez
primera, te me has revelado del todo. Ahora ya sé quién eres. No hablemos más
de esto, no me es permitido hacerlo. ¡Ah, Goldmundo, cuan maravilloso que haya
llegado este momento!
Reinaba el silencio en la amplia estancia. Goldmundo advertía
que su amigo estaba hondamente conmovido. La turbación lo ahogaba.
—Lo que me dices me llena de alegría —le dijo sencillamente—.
Pero ya es hora de que te vayas a almorzar.
CAPÍTULO XIX
Dos años trabajó Goldmundo en aquella obra y, al cabo de ellos,
Erico se convirtió en su aprendiz permanente. En la talla de la escalera
representó un pequeño paraíso, y fue grande el placer que le deparó labrar
aquella graciosa espesura de árboles, ramaje, y hierba, con pájaros en las
ramas y cuerpos y cabezas de animales surgiendo por todas partes de entre la
fronda. En medio de aquel primitivo vergel que crecía en paz, reprodujo algunas
escenas de la vida de los patriarcas. Raramente su afanoso quehacer experimentaba
una interrupción. Escasos eran los días en que el trabajo se le hacía
imposible, en que el desasosiego o el hastío le hacían sentir disgusto de su
obra. En tales ocasiones, tras encomendar algún trabajo a su discípulo, salía
al campo, a pie o a caballo, y respiraba en el bosque el aroma evocador de la
libertad y la vida vagabunda, e iba a visitar a alguna moza campesina, o bien
se entregaba a la caza y permanecía durante varias horas tendido sobre el
césped con los ojos fijos en las entrelazadas copas de los árboles que formaban
apretadas bovedas y en las espesas masas de heléchos y retamas. Nunca estaba
fuera más de un día o dos. Luego retornaba con nuevo fervor a su obra, esculpía
con delectación aquellas plantas de lozano follaje, iba sacando de la madera,
poco a poco y delicadamente, las cabezas humanas y tallaba a vigorosos golpes
una boca, un ojo, una barba rizada. Aparte de Erico, sólo Narciso conocía la
obra; iba a verla a menudo, y el taller llegó a ser a veces para él el aposento
preferido del convento. Quedábase contemplándola con gozo y asombro. Ahora
venía a floración lo que su amigo había llevado en su corazón inquieto,
obstinado e infantil, brotaba y florecía una creación, un pequeño mundo, tal
vez un juego aunque no inferior, en verdad, al juego de la lógica, la gramática
y la teología.
Una vez, le dijo pensativo:
—Muchas cosas aprendo de ti, Goldmundo. Estoy empezando a
comprender lo que es el arte. Antes me parecía que, en comparación con el
pensar y la ciencia, no había que tomarlo enteramente en serio. Mi punto de
vista era, sobre poco más o menos, el siguiente: Puesto que el hombre es una
mezcla incierta de materia y espíritu, puesto que el espíritu le abre el
conocimiento de lo eterno mientras que la materia tira de él hacia abajo y lo
encadena a lo perecedero, debe esforzarse por huir de los sentidos hacia lo espiritual
a fin de elevar su vida y darle un sentido. Es verdad que yo pretendía, por
costumbre, tener en gran estima al arte, mas, en realidad, me mostraba altivo y
lo desdeñaba. Ahora veo con claridad, por vez primera, que hay muchos caminos
para el conocimiento y que el del espíritu no es el único y acaso no sea el
mejor. Es mi camino, ciertamente, y en él me mantendré. Pero veo que tú, por el
camino opuesto, por el de los sentidos, llegas a captar con igual hondura que
los más de los pensadores el misterio del ser y a expresarlo de un modo más
vivo.
—¿Te explicas, pues, ahora —declaró Goldmundo—, que yo no
acierte a comprender cómo puede pensarse sin representaciones?
—Tiempo hace que me lo he explicado. Nuestro pensar es un
constante abstraer, un apartar la mirada de lo sensorial, un intento de
edificar un mundo puramente espiritual. En cambio tú pones todo tu interés en
lo mudable y mortal y descubres el sentido del mundo en lo perecedero. No
alejas la mirada de lo perecedero, te le entregas, y, con tu entrega, se eleva
hasta igualarse a lo eterno. Nosotros, los pensadores, tratamos de acercarnos a
Dios separándolo del mundo. Tú te acercas a él amando su creación y volviéndola
a crear. Las dos cosas son obra humana e insuficiente, pero el arte es más
inocente.
—Yo no sé, Narciso. Pero pareciera que el dominar la vida y el
ahuyentar la desesperación os resultase más fácil a vosotros, pensadores y
teólogos. Hace tiempo que no envidio ya tu ciencia, amigo mío, pero, en cambio,
sí envidio tu serenidad, tu tranquilidad, tu paz.
—No debes envidiarme, Goldmundo. No existe la paz que tú
imaginas. Cierto que existe la paz, pero no una paz que more en nosotros
permanentemente y que jamás nos abandone. Sólo existe una paz por la que hay
que luchar sin desmayo y cada día. Tú no me ves combatir, tú ignoras mis luchas
en el estudio y el oratorio. Y está bien que las ignores. Únicamente ves que
estoy menos sujeto que tú a los cambios de humor y crees que eso es paz. Y en
realidad es lucha, lucha y sacrificio como toda vida verdadera, como la tuya
también.
—No disputemos sobre esto. Tampoco tú ves todas mis luchas. Y no
sé si podrás comprender la angustia que me asalta al pensar que en breve estará
concluida esta obra. Se la llevarán y la colocarán en su lugar y me dirán
algunas alabanzas, y luego yo retornaré a un taller desnudo y vacío, y lo que
me dará más pesadumbre será lo que no he conseguido realizar en mi obra y que
vosotros no podéis ver, y entonces me sentiré en mis adentros tan vacío y
despojado como el taller.
—Quizá sea así —dijo Narciso—; ninguno de los dos puede entender
al otro por entero. Pero es común a todos los hombres de buena voluntad el que,
a la postre, nos sintamos avergonzados de nuestras obras y el que tengamos que
empezar de nuevo, una y otra vez, y repetir el sacrificio.
Semanas después, la gran talla de Goldmundo llegaba a su término
y era puesta en su lugar. Repitióse lo que ya había experimentado en otro
tiempo: su obra pasó a ser posesión de los demás, se la contempló, juzgó y
elogió, y a él lo colmaron de loores y le tributaron gran honor; pero su
corazón y su taller estaban vacíos y no sabía ya si la obra valía el
sacrificio. El día de la inauguración fue invitado a la mesa de los padres y
hubo una comida de fiesta en que se bebió el vino más añejo de la casa; comió del
suculento pescado y de la caza que sirvieron, y más que el viejo vino lo
tonificó y animó el gozo que mostraba Narciso por su obra y por el homenaje que
le rendían.
El abad había ya planeado un nuevo trabajo y se lo encomendó.
Tratábase de un altar para la capilla de la Virgen de Neuzell, que pertenecía
al convento, y en donde era capellán un fraile de Mariabronn. Goldmundo pensó
hacer para ese altar una imagen de Santa María en la que perpetuaría una de las
inolvidables figuras de su juventud, la de Lidia, la hermosa y medrosa hija del
caballero. En lo restante, aquel encargo no encerraba para él mayor importancia
pero le parecía apropiado para que Erico hiciera con él su pieza de examen. Si
Erico salía airoso del empeño, tendría en él para siempre un buen colaborador
que pudiera reemplazarle, y, de este modo, quedaría libre para dedicarse a
aquellos trabajos que únicamente atraían su interés. Escogió con Erico las maderas
precisas para la obra y se las hizo preparar. A menudo lo dejaba solo, había
vuelto a sus paseos y largas excursiones por el bosque; y si alguna vez
permanecía afuera varios días, Erico se lo comunicaba al abad y éste sentía
algún temor de que se hubiese ido para siempre. Sin embargo, retornaba; y luego
de trabajar cosa de una semana en la imagen de Lidia, tornaba a su errabundeo.
Estaba lleno de preocupaciones; desde que terminara aquel gran
trabajo, su vida se había desordenado, no asistía a la misa del alba, sentía
honda inquietud y descontento. Ahora pensaba mucho en el maestro Nicolao y en
si no llegaría a ser en breve como el maestro fuera, aplicado, honrado y hábil
pero sin libertad ni juventud. Un pequeño suceso que le había ocurrido
recientemente le dio mucho que meditar. En uno de sus paseos se topó a una moza
campesina, de nombre Francisca, que le agradó sobremanera, al extremo que se
propuso cautivarla echando para ello mano de todas sus viejas artes de
seducción. La muchacha escuchó con complacencia su charla, rió feliz sus
chistes, pero rechazó sus solicitaciones; y, por vez primera, advirtió él que a
una mujer joven le parecía ya viejo. No volvió junto a ella pero no olvidó lo
ocurrido. Francisca tenía razón, era ya otro hombre, lo sentía él mismo; y ello
no por causa de aquellas canas prematuras y de aquellas patas de gallo, sino
por algo más que había en su ser, en su ánimo; se encontraba viejo, encontraba
que ahora tenía un inquietante parecido con el maestro Nicolao. Observábase a
sí mismo con enojo y se encogía de hombros; se había convertido en un hombre
sin libertad y sedentario, ya no era un águila ni una liebre sino un animal
doméstico. Cuando vagaba por los campos, más que un nuevo peregrinar y una
nueva libertad lo que buscaba era el aroma del pasado, el recuerdo de sus
andanzas de antaño, que husmeaba anhelante y desconfiado como un perro un
rastro perdido. Y luego de haber pasado uno o dos días al aire libre, y
holgarse y gandulear una miaja, una fuerza irresistible tiraba de él hacia el
convento, le remordía la conciencia, se imaginaba el taller esperando por él,
se sentía responsable del altar ya comenzado, de la madera ya preparada, del
ayudante Erico. Ya no era libre, ya había dejado de ser joven. Hizo el firme
propósito de emprender un viaje y retornar a la vida errante en cuanto
estuviera terminada la Lidia-María. No era conveniente vivir tanto tiempo en un
convento y entre hombres solos. Eso podía ser bueno para frailes pero no para
él. Con los hombres era posible tener pláticas amenas e ilustradas, aparte que
sabían apreciar el trabajo de un artista; pero lo demás, el parloteo, la
ternura, ei juego, el amor, el sentirse a gusto sin pensamientos importunos,
nada de eso florece entre los hombres; para esas cosas son menester las
mujeres, y el vagabundear y correr mundo, e imágenes siempre nuevas. Aquí a su
alrededor todo era un poco gris y adusto, un poco grave y masculino, y él se
había contagiado, aquello se le había ido metiendo solapadamente en la sangre.
La idea del viaje lo consolaba; dedicábase con afán al trabajo
para verse libre lo antes posible. Y a medida que la imagen de Lidia iba
surgiendo, poco a poco, de la madera y él dirigía hacia abajo, desde sus nobles
rodillas, los severos pliegues de! vestido, vióse arrebatado de íntimo y
doloroso goce, de un nostálgico enamoramiento de la imagen, de la bella y
tímida figura adolescente, de los recuerdos de entonces, de su primer amor, de
sus primeros viajes, de su juventud. Trabajaba devotameme en aquella delicada
efigie, sentíala identificada con lo mejor de su ser, con su mocedad, con sus
más tiernos recuerdos. Era una dicha esculpir su cuello doblado, su boca amable
y triste, sus manos distinguidas, aquellos largos dedos, aquellas uñas
bellamente combadas. También Erico contemplaba con pasmo y reverente amor la
figura, cuantas veces podía.
Cuando estaba ya casi concluida se la mostró al abad, Narciso
dijo:
—Esta es tu obra mejor, mi buen amigo; no hay nada en nuestro
convento que pueda comparársele. He de confesarte que en estos últimos meses
estuve a veces preocupado por ti. Te veía inquieto y atormentado, y cuando te
ibas y permanecías fuera más de un día, pensaba en ocasiones desazonado: Tal
vez no vuelva más. ¡Y he aquí que ahora me muestras esta maravillosa efigie!
¡Estoy muy satisfecho y orgulloso de ti!
—Sin duda —declaró Goldmundo— esta figura me ha salido bien.
Pero escucha, Narciso. Para que me saliera bien necesité echar mano de toda mi
juventud, de mi vida errante, de mis amores y conquistas entre las mujeres. Ese
es el pozo de que me valí. Pero pronto se agotará, se me secará el corazón. En
cuanto termine esta imagen de María, me iré de aquí por algún tiempo, no sé por
cuánto, en busca de mi juventud y de todo lo que un día me fue tan caro. ¿Me
comprendes?... Bueno. Tú sabes que he sido tu huésped y que nunca recibí
remuneración alguna por mi trabajo...
—Muchas veces te la he ofrecido —interrumpióle Narciso.
—Es verdad; y ahora te la acepto. Me haré hacer algunos vestidos
nuevos, y cuando se hallen listos, me darás un caballo y algunos táleros y
tornaré al mundo. No digas nada, Narciso, y no te aflijas. No es porque esto me
desagrade, en parte alguna pudiera estar mejor. Es por otra cosa. ¿Accederás a
mi deseo?
Poco más hablaron sobre el asunto. Goldmundo se encargó un traje
de jinete y unas botas, y mientras el verano se acercaba fue poniendo fin a la
imagen de María, como si se tratara de su última obra; con amoroso cuidado daba
a las manos, el rostro y la cabellera los últimos toques. Dijérase que tratara
de demorar la partida y que le placiera detenerse un poco más en aquellos
postreros, delicados trabajos. Pasaban los días y siempre tenía alguna cosa que
arreglar. Narciso, aunque le apesadumbraba la perspectiva de la marcha del
amigo, sonreíase a veces un poco de su carácter enamoradizo y de su tardanza en
concluir la escultura.
Y un buen día, de súbito, Goldmundo le sorprendió diciéndole que
venía a despedirse. Había tomado su decisión durante la noche. Se le presentó
con su traje nuevo y con su gorro nuevo. Ya se había confesado y comulgado
momentos antes. Ahora venía para decirle adiós y recibir su bendición. A los
dos les resultaba amarga la despedida y Goldmundo se mostraba más resuelto y
sereno de lo que a su estado de ánimo correspondía.
—¿Acaso te volveré a ver? —le preguntó Narciso.
—Ciertamente que sí, salvo que tu hermoso rocín me desnuque. Si
no retornara, no habría quien te llamara Narciso y te causara preocupaciones.
Descuida. No te olvides de velar por Erico. Y que nadie toque a mi figura.
Queda en mi cuarto, como te dije; te ruego que no sueltes la llave de la mano.
—¿Estás contento de emprender este viaje?
Goldmundo entornó los ojos.
—En fin, lo que puedo decirte es que la idea de hacerlo me
proporcionó gran alegría, de eso no hay duda. En cambio, ahora que voy a partir
me siento menos alborozado de lo que cabría imaginarse. Te reirás de mí, pero
no deja de resultarme penoso el alejarme; y este apego no me agrada. Es una
especie de enfermedad; a la gente joven y sana no le pasa esto. Así era también
el maestro Nicolao. Pero basta ya de hablar de futilidades. Dame tu bendición,
querido, que es tiempo de que me largue.
Y partió en su caballo.
Mucho pensaba Narciso en el amigo; estaba preocupado por él y lo
añoraba. ¿Regresaría el pájaro evadido, el simpático atolondrado? Ahora, aquel
hombre extraño y querido volvía a su camino ondulante e indeciso, volvía a
errar por el mundo, ávido y curioso siguiendo sus impulsos fuertes y oscuros,
agitado e insatisfecho, un niño grande. ¡Que Dios lo proteja y que retorne sano
y salvo! De nuevo andaba volando de acá para allá la inconstante mariposa, de
nuevo pecaba, seducía mujeres, buscaba saciar sus apetitos, quizá llegase a
cometer otro homicidio y a verse en grave peligro y en la cárcel y muriese en
ella?.. ¡Cuántas preocupaciones acarreaba aquel rubio mozo que se lamentaba de
ir envejeciendo y que miraba con aquellos ojos tan infantiles! ¿Cómo no había de
sentirse uno inquieto y temeroso por él? Y, sin embargo, Narciso estaba muy
contento de su amigo. En el fondo le agradaba sobremanera que aquel rapaz
obstinado fuese tan difícil de domar, que tuviera aquellos caprichos y que
ahora hubiera tornado a escaparse y que escarmentara.
Cada día los pensamientos del abad volvían durante un rato sobre
el amigo, con amor y añoranza, con agradecimiento, con inquietud, a veces
también con vacilaciones y reproches. ¿Acaso no debiera haberle revelado de
modo más patente cuánto lo amaba, cómo no deseaba que fuese de otro modo,
cuánta riqueza le habían traído él y su arte? Poco le había hablado de eso, tal
vez demasiado poco, . . ¡quién sabe si no hubiese podido retenerlo!
Pero Goldmundo no sólo le había traído riqueza. También lo había
vuelto más pobre, más pobre y más débil, y era indudable que había hecho bien
en no descubrirse a él. El mundo en que vivía y tenía su hogar, su mundo, su
vida conventual, su cargo, su saber, su construcción intelectual, tan
bellamente articulada, habíanse visto a menudo fuertemente sacudidos y puestos
en tela de juicio por obra del amigo. No había la menor duda: desde el punto de
vista del convento, de la razón y la moral, su propia vida era mejor, era más
recta, sólida, ordenada y ejemplar; era una vida de orden y de servicio severo,
un permanente sacrificio, un constante esfuerzo hacia la claridad y la
justicia; era mucho más pura y mejor que la vida de un artista, vagabundo y
seductor de mujeres. Pero contempladas las cosas desde lo alto, desde el punto
de vista de Dios... el orden y la disciplina de una vida ejemplar, la renuncia
al mundo y a la sensualidad, el apartarse de la suciedad y de la sangre, el
consagrarse retraídamente a la filosofía y a la piedad, ¿eran en verdad de más
valor que la vida de Goldmundo.? ¿Había sido creado realmente el hombre para
llevar una vida reglamentada cuyos momentos y quehaceres fuesen determinados a
toque de campana? ¿Había sido creado para estudiar a Aristóteles y Santo Tomás
de Aquino, para aprender griego, para mortificar su carne y huir del mundo? ¿No
lo había hecho Dios con sentidos e instintos, con sangrientas tenebrosidades,
con capacidad para pecar, para gozar, para desesperarse? En torno a estas cuestiones
giraban los pensamientos del abad cuando recordaba a su amigo.
Y tal vez el llevar una vida como la de Goldmundo no fuera tan
sólo más inocente y más humano, sino que también, a la postre, fuera más
valiente y más grande abandonarse a la violenta confusión y al torbellino,
cometer pecados y cargar con sus amargas consecuencias, en vez de llevar una
vida pura apartado del mundo, con las manos limpias, y construirse un hermoso
jardín intelectual lleno de armonía y pasearse sin pecado entre sus
resguardados macizos. Era quizá más difícil, esforzado y noble errar por los bosques
y los caminos con los zapatos destrozados, sufrir sol y lluvia, hambre y
miseria, jugar con los goces de los sentidos y pagarlos con dolores.
En todo caso, Goldmundo le había mostrado que un hombre llamado
a un alto destino podía sumergirse hondamente en la confusión sangrienta y
ebria de la vida y emporcarse de polvo y sangre sin trocarse por eso en un ser
menguado y vil, sin matar en sí lo divino; que podía vagar entre espesas
tinieblas sin que en el santuario de su alma se apagase la luz divina y la
fuerza creadora. Narciso había mirado penetrantemente en la borrascosa vida de
su amigo y ni su amor ni su estimación hacia él se habían debilitado. Ah, no; y
desde que había visto surgir de las manchadas manos de Goldmundo aquellas
figuras maravillosamente animadas de una vida serena, transfiguradas por una
forma y un orden interiores, aquellos rostros entrañables, llenos de luz de
alma, aquellas candidas plantas y flores, aquellas manos implorantes o ungidas
de gracia, todas aquellas expresiones resueltas y suaves, altivas o santas,
desde entonces supo con entera seguridad que aquel versátil corazón de artista
y seductor estaba lleno de luz y de gracia divina.
No le había costado trabajo aparecer en las conversaciones como
superior a él y contraponer a su pasión la propia disciplina y orden de las
ideas. Pero ¿no valía más cada una de aquellas pequeñas expresiones de las
figuras labradas por Goldmundo, cada ojo, cada boca, cada ramita y cada pliegue
del vestido, no eran más reales, más vivos, más originales que todo lo que un
pensador pudiera hacer? Aquel artista, cuyo corazón estaba lleno de pugnas y de
infortunio, ¿no había creado para incontables hombres, presentes y venideros,
símbolos de su infortunio y de su esfuerzo, imágenes hacia las que se vuelven
devotos y reverentes la angustia y el anhelo de innumerables individuos y en
los que cabía encontrar consuelo, seguridad y corroboración?
Sonriente y triste, Narciso recordaba las ocasiones en que desde
la temprana juventud había orientado y enseñado a su amigo. Éste recibía
entonces con agradecimiento sus indicaciones, siempre aceptaba su superioridad
y dirección. Y, más adelante, ahora, había venido a ofrecer, calladamente, las
obras nacidas de las tormentas y dolores de su vida baqueteada: nada de
palabras ni de teorías ni de explicaciones ni de advertencias sino de vida
auténtica, sublimada. ¡Qué pobre era él al lado de esto, con todo su saber, su
disciplina monástica, su dialéctica!
En torno a estas cuestiones giraban sus pensamientos. Así como,
muchos años atrás, había intervenido en la juventud de Goldmundo para sacudirlo
y prevenirlo y había situado su vida en un nuevo ambiente, así el amigo, desde
su regreso, lo había llenado de desazón, le había sacudido el alma, lo había
obligado a dudar y a examinarse a sí mismo. Era su igual; nada le había dado
que no hubiese recobrado con creces.
La ausencia del amigo le deparó vagar para la reflexión. Pasaron
las semanas; mucho hacía ya que había florecido el castaño, que el follaje de
las hayas de un verde claro lechoso se había tornado oscuro, espeso y duro, que
las cigüeñas habían empollado en la torre del portón y que tenían crías y que
les habían enseñado a volar. Cuanto más tardaba en retornar Goldmundo tanto más
claro veía Narciso lo que había sido para él.
Tenía en la casa a algunos padres de muchas letras, uno versado
en Platón, otro excelente gramático y uno o dos sutiles teólogos. Entre los
monjes, había algunas almas leales y rectas que tomaban la vida en serio. Pero
no tenía ninguno que fuese su igual, con el que pudiese compararse en serio.
Esto, irreemplazable, sólo se lo había proporcionado Goldmundo. Y el verse otra
vez privado de él le resultaba penoso. Lleno de añoranza, pensaba en el
ausente.
Iba con frecuencia al taller y estimulaba a Erico, que seguía
trabajando en el altar y que ansiaba el retorno de su maestro. Alguna vez
entraba en el aposento de Goldmundo, donde encontraba la imagen de María;
levantaba cuidadosamente el paño que la tapaba y se quedaba contemplándola un
rato. Nada sabía sobre su origen, porque su amigo jamás le había referido la
historia de Lidia. Mas él todo lo sentía, se daba cuenta de que aquella figura
de muchacha había vivido largo tiempo en el corazón del artista. Quizá la había
seducido, quizá la había engañado y abandonado. Pero la había llevado consigo y
guardado en su alma con más fidelidad que el mejor de los esposos y,
finalmente, quizá tras muchos años de no verla, había labrado esta hermosa y
cautivadora efigie en cuyo rostro, actitud y manos había encerrado toda la
ternura, la admiración y la nostalgia de un amante. También en el atril del
refectorio leía algunas cosas de la historia de su amigo. Era la historia de un
hombre errabundo e instintivo, de un hombre sin patria y sin ley, pero lo que
allí había dejado era bueno y leal, estaba lleno de vivo amor.
¡Cuan misteriosa aquella vida, cuan revueltas e impetuosas
fluían sus corrientes, y cuan nobles y claros aparecían allí sus frutos!
Narciso combatió. Supo vencer, se mantuvo fiel a su camino, no
descuidó en nada su austero servicio. Pero le atribulaba aquella pérdida y
también la conciencia del gran apego que su corazón, que únicamente debía
pertenecer a Dios y a su oficio, sentía por Goldmundo.
CAPÍTULO XX
Pasó el verano, las amapolas y los acianos, las neguillas y los
ámelos se mustiaron y desaparecieron, las ranas se habían callado en los
estanques y las cigüeñas volaban altas aprestándose para despedirse. ¡Y
entonces retornó Goldmundo!
Llegó una tarde que llovía mansamente, y no entró en el convento
sino que, desde la puerta, se fue derecho al taller. Venía a pie, sin caballo.
Erico se asustó al verlo. Lo reconoció en seguida y el corazón
se le puso a latir con fuerza; y, sin embargo, el que retornaba parecía un
hombre enteramente distinto: un falso Goldmundo, muchos años más viejo, con un
semblante medio apagado, polvoriento y gris, con las facciones demacradas,
facciones de enfermo, en las que, con todo, no se veía una expresión de dolor
sino más bien una sonrisa, una bondadosa, vieja, paciente sonrisa. Caminaba
trabajosamente, arrastrando los pies, y parecía hallarse enfermo y muy cansado.
Aquel Goldmundo transformado y extraño miró de un modo singular
a los ojos a su joven oficial. No hizo el menor aspaviento por su retorno,
procedió como si viniera de la pieza contigua y no se hubiese ausentado. Le
tendió la mano en silencio: no le dirigió saludo alguno, ni pregunta, ni
tampoco le contó nada. Le dijo solamente: "Quiero dormir"; y parecía
sumamente cansado. Despidió a Erico y se fue a su alcoba, que estaba contigua
al taller. Allí se quitó el gorro y lo dejó caer, se descalzó y avanzó hacia el
lecho. En el fondo del aposento descubrió a su Virgen tapada con telas; le hizo
una señal con la cabeza pero no se acercó a levantarle la envoltura y
saludarla. Se asomó quedamente a la ventanita, y, al ver al desconcertado Erico
esperándolo afuera, le gritó:
—Erico, no digas a nadie que he vuelto. Estoy muy fatigado. Hay
tiempo mañana.
Luego se echó vestido en la cama. Al cabo, de algún tiempo, como
no le viniera el sueño, se levantó, se llegó dificultosamente a un pequeño
espejo que colgaba de la pared y se miró en él. Contempló con atención al
Goldmundo que desde el espejo le clavaba los ojos: un Goldmundo maltrecho, un
hombre cansado, viejo y marchito, con una barba áspera, ya entrecana. Era un
anciano un tanto desastrado aquel que le miraba desde el reducido y empañado
cristal del espejo, un rostro antaño familiar pero qué se había tornado
extraño, que no parecía muy actual, que no parecía importarle mucho. Le
recordaba algunas caras que había conocido, un poco al maestro Nicolao, un poco
al anciano caballero que cierta vez mandó hacer para él un vestido de paje, y
un poco también al Santiago que estaba en la iglesia, aquel viejo y barbudo
Santiago con su sombrero de peregrino, que tenía un aspecto tan vetusto y
oscuro y, a la vez, apacible y bonachón.
Leía con detenimiento en la faz que aparecía en el espejo, como
si ¡e interesara grandemente informarse sobre aquel extraño. Hízole señal con
la cabeza y lo reconoció: sí, era él mismo, correspondía a la sensación que de
sí propio tenía. Del viaje había retornado un anciano ya muy cansado y un tanto
decrépito, un hombre insignificante, con el que no era posible alardear ni
presumir, y, sin embargo, no lo aborrecía y aun sentía afecto por él: tenia en
la cara, no obstante su cansancio y arruinamiento, algo que el lindo Goldmundo
de antaño no tenía, un aire de contento o, al menos, de serenidad. Rióse entre
dientes y advirtió que la imagen del espejo se reía con él: ¡Vaya apuesto galán
con que había regresado de su viaje! Volvía estropeado y quemado de su breve
excursión a caballo, y no sólo había perdido su jaco y su zurrón y sus táleros
sino también otras cosas: la juventud, la salud, la confianza en sí mismo, los
colores del rostro y la fuerza de la mirada. Con todo, le gustaba la imagen:
aquel sujeto viejo y extenuado del espejo le resultaba más grato que el
Goldmundo que había sido durante tanto tiempo. Era más viejo, más débil, más
mísero, pero también más dulce y más tranquilo; resultaba ahora más fácil
entenderse con él. Se rió y bajó uno de los párpados, ya cubiertos de arrugas.
Luego se volvió a tender en el lecho, y ahora se durmió.
Al día siguiente, cuando se hallaba sentado a la mesa de su
alcoba, intentando dibujar alguna cosa, llegó Narciso a visitarlo. Se detuvo en
la puerta y dijo:
—Me anunciaron que habías regresado. Inmensa es mi alegría,
bendito sea el Señor. Y como no has ido a verme, he venido yo junto a ti. ¿Te
molesto en tu trabajo?
Se aproximó; Goldmundo se puso de pie y le alargó la mano.
Aunque Erico ya lo había preparado, el aspecto de su amigo le produjo honda
alarma. Éste le sonrió cordialmente.
—Pues bien, aquí me tienes otra vez. ¿Cómo te va? Hace algún
tiempo que no nos vemos. Perdóname que todavía no hubiese ido a visitarte.
Narciso le miró a los ojos. Y no sólo vio el apagamiento y la
lastimosa marchitez de su semblante sino también lo otro, aquel aire
extrañamente grato de serenidad, incluso de indiferencia, de resignación, de
apacible ancianidad. Avezado a leer en las caras de los hombres, vio, asimismo,
que aquel Goldmundo tan cambiado y que tan extraño se había vuelto ya no
pertenecía por entero al presente y que, o bien su alma se había alejado a gran
distancia de la realidad y vagaba por caminos de ensueño, o bien estaba ya ante
la puerta que conduce a la otra vida.
—¿Te encuentras enfermo? —le preguntó amablemente.
—Sí, también estoy enfermo. Me enfermé al comienzo de mi viaje,
ya en los primeros días. Pero comprenderás que no haya querido regresar en
seguida. Os habríais reído de mí si tan pronto hubiese retornado y vuelto a
quitarme las botas de montar. No, me era imposible. Seguí adelante y anduve
vagando un poco; me avergonzaba el fracaso de mi viaje. Fue una fanfarronada.
En fin, que me dio vergüenza. Tú lo comprendes porque eres un hombre
inteligente. Perdona, ¿preguntaste algo? Parece cosa de brujería, a menudo
pierdo el hilo. Ah, en aquello de mi madre procediste con acierto. Me ha hecho
sufrir no poco, pero...
Su murmullo se apagó en una sonrisa.
—Te sanaremos, Goldmundo, no té faltará nada. Pero fue una
lástima que no regresaras apenas te sentiste mal. No tienes por qué
avergonzarte de nosotros. Hubieras debido volverte en seguida.
Goldmundo se rió.
—Sí, ahora me doy cuenta. No me atrevía a retornar así como así.
Me abochornaba. Pero ahora ya estoy aquí y vuelvo a sentirme bien.
—¿Tuviste dolores?
—¿Dolores? Sí, bastantes tengo. Pero son cosa buena pues me han
metido en razón. Ahora ya no siento vergüenza, tampoco delante de ti. Aquella
vez que me visitaste en la prisión para salvarme la vida, apreté los dientes de
la vergüenza que tenía en tu presencia. Eso ya ha pasado.
Narciso le puso la mano en el hombro y él se calló en seguida y
cerró, sonriendo, los ojos. Y se durmió tranquilamente. El abad, preocupado, se
fue en busca del médico de la casa, el padre Antonio, para que examinara al
doliente. Cuando regresaron, Goldmundo dormía sentado a su mesa de dibujo.
Condujéronle el lecho y el médico se quedó con él.
Encontró que su estado era desesperado. Trasladáronlo entonces a
la enfermería y ordenaron a Erico que lo asistiera permanentemente a su
cabecera.
Nunca se conoció toda la historia de su último viaje. Contó
algunas cosas y otras pudieron adivinarse. Muchas veces mostraba una total
indiferencia, otras era presa de fiebre y decía cosas desatinadas; pero, en
algunos casos, hablaba con lucidez y entonces llamaban a Narciso, pues estas
últimas pláticas con Goldmundo tenían suma importancia.
Narciso dio a conocer algunas partes de los relatos y
confesiones de Goldmundo; el oficial, otras.
—¿Que cuándo comenzaron los dolores? Ya al principio del viaje.
Iba cabalgando por el bosque cuando, de pronto, tropezó el caballo y caí en un
arroyo y me pasé toda una noche tumbado en el agua fría. Entonces empecé a
sentir los dolores aquí dentro, donde se me quebraron las costillas. Aún no me
hallaba lejos del convento pero no quise volver; reconozco que era infantil,
pero me figuraba que parecería ridículo. Seguí, pues, cabalgando, y cuando ya
no pude más por causa del dolor, vendí el caballo y luego pasé una larga
temporada en un hospital. Ahora me quedo aquí, Narciso. se acabó el montar a
caballo. Se acabó el correr mundo. Se acabaron los bailes y las mujeres. ¡Ah,
si no fuera por eso, aun hubiese seguido vagando largo tiempo, varios años más!
Mas como llegué a ver que por allá afuera ya no hay alegrías para mí, me dije:
Antes de fenecer, quiero dibujar un poco y esculpir algunas figuras, lo que me
proporcionará algún gozo.
Narciso profirió:
—No sabes lo que me contenta que hayas vuelto. Te he echado
mucho de menos, cada día pensaba en ti y a menudo temía que no retornases nunca
más.
Goldmundo meneó la cabeza.
—No se hubiera perdido mucho.
Narciso, con el corazón ardiendo de dolor y de amor, se inclinó
lentamente sobre él e hizo entonces lo que nunca había hecho en los muchos años
de su amistad: le rozó con los labios el cabello y la frente. Goldmundo se
quedó, primero, asombrado y luego, conmovido.
—Goldmundo —le susurró el amigo al oído—, perdona que no hubiera
podido decírtelo antes. Debiera habértelo dicho cuando te visité en la prisión
del palacio del obispo o cuando contemplé tus primeras esculturas o en
cualquier otra ocasión. Permíteme que hoy te diga cuan grande es el amor que
por ti siento, cuánto has sido tú siempre para mí y cuánto has enriquecido mi
vida. Todo esto no significará gran cosa para ti. Estás acostumbrado al amor,
no es para ti una rareza, muchas mujeres te han amado y mimado. Pero mi caso es
muy distinto. Mi vida ha sido pobre en amor, me ha faltado lo mejor. Nuestro
abad Daniel me dijo una vez que me tenía por altanero y acaso tuviera razón. Yo
no soy injusto hacia los hombres, antes por el contrario me esfuerzo en ser con
ellos justo y paciente; pero jamás los he amado. De dos eruditos del convento
tengo más afición al más culto; quizá nunca profesé afecto a un hombre de pocas
letras. Si, con todo, sé lo que es amor, por ti lo sé. A ti pude amarte, a ti
sólo entre todos los hombres. Tú no puedes figurarte lo que eso significa. Es
como una fuente en el desierto, como una flor en la maleza. Únicamente a ti
debo el que mi corazón no se haya marchitado, que en mis adentros quede aún un
rinconcillo donde pueda entrar la gracia.
Goldmundo sonreía contento y un tanto confundido. Con la voz
apagada y tranquila que tenía en sus momentos de lucidez, dijo:
—Después que me libraste de la horca y emprendimos la marcha
hacia aquí, te pregunté por mi caballo Careto y supiste darme noticia de él.
Entonces vi que tú, que apenas si sabes diferenciar los caballos, te habías
preocupado del mío. Comprendí que lo habías hecho por mí y eso me llenó de
alegría. Ahora veo que no me engañaba y que, en efecto, me has amado. También
yo te amé siempre, Narciso; la mitad de mi vida ha sido un esfuerzo por
ganarte. Sabía que también tú me tenías cariño pero nunca hubiese creído que
tú, hombre orgulloso, llegaras un día a decírmelo. Ahora me lo has dicho, en un
momento que ninguna otra cosa tengo, en que la vida errante y la libertad, el
mundo y las mujeres me han abandonado. Lo recibo infinitamente reconocido.
La efigie de Lidia-María, que se alzaba en la pieza, miraba la
escena.
—¿Piensas siempre en la muerte? —preguntó Narciso.
—Sí, pienso en ella y en lo que ha sido mi vida. Cuando mozuelo,
cuando era aún tu discípulo, ansiaba llegar a convertirme en un hombre tan
cultivado y erudito como tú. Pero tú me revelaste que no era ese mi camino. Y
entonces me eché del otro lado de la vida, del de los sentidos, y las mujeres
me ayudaron a descubrir allí mi deleite, porque son muy complacientes y
anhelosas. No quisiera, sin embargo, hablar de ellas con desprecio, ni tampoco
de la sensualidad, pues muchas veces me hicieron sentirme felíz. Y también he
tenido la fortuna de experimentar que la sensualidad puede ser elevada y
sublimada. Y de aquí nace el arte. Mas ahora ambas llamas se han apagado. Ya no
puedo gozar de la dicha animalesca de la carnalidad... ni podría gozarla aunque
las mujeres continuaran persiguiéndome. Y en cuanto a crear obras de arte,
tampoco siento ya tal deseo, ya he hecho bastantes figuras, no es cuestión de
número. Por eso, ha llegado para mí el momento de morir. Estoy pronto para ello
y además siento curiosidad.
—¿Por qué curiosidad? —preguntó Narciso.
—Sí, aunque parezca un poco necio, siento curiosidad. No por el
más allá que no me preocupa y en el que, para decirlo con toda franqueza, no
creo. No existe ningún más allá. El árbol seco está definitivamente muerto, el
pájaro aterido jamás vuelve a la vida; y lo mismo le acontece al hombre en
cuanto fenece. Cuando se ha ido, pueden seguir pensando en él por algún tiempo
todavía, pero tampoco esto dura mucho. No, siento curiosidad por la muerte
únicamente porque sigo creyendo o soñando que me hallo en camino hacia mi
madre. Tengo la esperanza de que la muerte será una inmensa dicha, una dicha
tan grande como el primer abrazo amoroso. No puedo apartar de mí el pen-
samiento de que, en lugar de la muerte con su guadaña, será mi
madre la que me llevará de nuevo hacia sí, reintegrándome al no ser y a la
inocencia.
En una de las últimas visitas, tras varios días en que el amigo
permaneció en silencio, Narciso volvió a encontrarlo despabilado y hablador.
—El padre Antonio dice que debes tener grandes dolores. ¿Cómo te
arreglas para soportarlos con tanta serenidad? Llego a creer que ahora has
encontrado la paz.
—¿Te refieres a la paz con Dios? No, esa paz no la he
encontrado. No quiero paz con Él. Ha hecho mal el mundo, no merece nuestras
alabanzas, aparte de que a él poco ha de dársele de que yo lo ensalce o no. Ha
hecho mal el mundo. En cambio sí hice las paces con los dolores de mi pecho.
Antaño, no podía soportar los dolores, y aunque, en ocasiones, creía que la
muerte me resultaría llevadera, era un error. Cuando la cosa se puso seria,
aquella noche que pasé en la cárcel del conde Enrique, claramente se vio: sencillamente,
no podía morir, era aún demasiado fuerte e indómito, hubiesen tenido que matar
por segunda vez cada uno de mis miembros. Ahora, en cambio, es distinto.
El hablar lo fatigaba y su voz se hizo más débil. Narciso le
rogó que evitara todo esfuerzo.
—No —le respondió—, quiero contártelo. Antes me hubiese dado
vergüenza decírtelo. Te reirás. Pues bien: cuando monté en mi rocín y me alejé
de aquí, no lo hice enteramente sin un objetivo. Había llegado a mis oídos el
rumor de que el conde Enrique volvía a en-
contrarse en esta tierra y que su amante, la Inés, lo
acompañaba. A ti esto te parecerá sin importancia y lo mismo me parece hoy a
mí. Pero, en aquella ocasión, la noticia me abrasó el alma y sólo pensaba en
Inés; era la mujer más hermosa que yo había conocido, y quería volverla a ver y
ser feliz una vez más con ella. Seguí caminando y caminando, y al cabo de una
semana di con ella. Y en aquel punto y hora se produjo en mí la transformación.
Encontré, pues, a la Inés, la que por cierto no había perdido nada de su
belleza; la encontré y encontré oportunidad para presentarme a ella y hablarle.
Y asombrare, Narciso: ¡no quiso saber más de mí! Le parecí viejo, y ya no lo
bastante gallardo y divertido, ya no esperaba nada de mí. Mi viaje, en
realidad, debía terminar allí, pero proseguí, no quería retornar junto a
vosotros tan lleno de desilusión y de ridículo, y, a medida que cabalgaba, las
fuerzas y la juventud y el tino me abandonaron del todo, pues vine a caer con
mi caballo por un barranco y a dar en un arroyo y me rompí las costillas y me
quedé tumbado en el agua. Y entonces conocí por vez primera verdaderos dolores.
En cuanto me caí, noté que en mi pecho se quebraba algo, y aquel quebrarse me
produjo satisfacción, lo escuché con agrado, me hizo sentirme contento. Yacía
tendido en el agua y veía que iba a morir, pero todo era enteramente distinto
de cuando estuve en la cárcel. Ya no me resistía, la muerte no me parecía ya
mala. Sentía estos recios dolores que desde entonces no me abandonaron y tuve
un sueño o una visión, como quieras llamarlo. Yacía tendido, y el pecho me
ardía de dolor y yo me defendía y gritaba; mas, en aquel punto, oí una voz, que
se reía... era una voz que no había vuelto a oír desde mi infancia. Era la voz
de mi madre, una grave voz de mujer llena de sensualidad y amor. Y entonces vi
que era ella, que la Madre estaba a mi lado y me tenía en su regazo y que me
había abierto el pecho y metido en él hondamente sus dedos, entre las
costillas, para arrancarme el corazón. Y cuando lo vi y lo comprendí, ya no
sentí más dolor. Y también ahora, cuando me vuelven esos dolores, no son
dolores, no son enemigos; son los dedos de la Madre que me sacan el corazón. En
eso muestra gran diligencia. A veces aprieta y gime como en el deleite carnal.
A veces se ríe y murmura tiernos sonidos. A veces no está junto a mí sino
arriba, en el cielo, y entre las nubes veo su rostro, grande como una nube, y
está suspendida y se sonríe tristemente y su triste sonrisa me sorbe y me
extrae el corazón del pecho.
Una y otra vez tornaba a hablar de ella, de la Madre.
—¿Te acuerdas? —le dijo uno de los últimos días—. Un tiempo,
había llegado a olvidarme de mi madre, y tú la volviste a evocar. También sentí
entonces gran dolor, como si bocas animales me devorasen las tripas. A la sazón
éramos aún muchachos, lindos jovenzuelos por cierto. Mas ya en aquellos días me
había llamado la Madre y yo tuve que seguirla. Está en todas partes. Era la
gitana Elisa, era la hermosa Virgen del maestro Nicolao, era la vida, el amor,
la carnalidad, y era también el miedo, el hambre, el instinto. Ahora es la
muerte, tiene los dedos metidos en mi pecho.
—No hables tanto, querido —le pidió Narciso—. Mañana
proseguirás.
Goldmundo le miró a los ojos sonriendo con aquella nueva sonrisa
que había traído de su viaje, de expresión tan doliente, que a veces parecía un
poco estúpida y, a veces, llena de bondad y sabiduría.
—No, amigo mío —susurró—, no puedo aguardar a mañana. Debo
despedirme de ti, y, por despedida, debo decírtelo todo. Escúchame un momento.
Quería hablarte de la Madre y decirte que sus dedos me ciñen el corazón. Desde
hace varios años, ha sido el más caro y misterioso de mis sueños hacer una
efigie de la Madre; era para mí la más santa de todas las imágenes, la llevaba
constantemente en mis adentros, era una visión llena de amor y de misterio.
Hasta hace poco me hubiese sido insufridera la idea de que yo pudiese morir sin
haber labrado su figura; me hubiese parecido inútil mi vida entera. Y ahora,
por modo extraño y desconcertante, en vez de ser mis manos las que le den forma
y configuración, es ella la que me forma y configura. Me agarra el corazón y se
lo lleva y me deja vacío, me ha arrastrado a la muerte y conmigo muere también
mi sueño, la bella figura, la imagen de la gran Madre-Eva. Aún la veo, y si
tuviera fuerza en las manos sería capaz de esculpirla. Pero ella no lo quiere,
no quiere que yo revele su misterio. Prefiere que muera. Y muero de buen grado,
ella endulza mi trance.
Narciso escuchaba con asombro estas palabras; hubo de inclinarse
profundamente sobre el rostro del amigo para poder entender lo que decía.
Algunas cosas las oyó de manera confusa, otras las oyó con claridad pero no
acertó a descubrir su sentido.
El enfermo tornó a abrir los ojos y permaneció, durante largo
rato, mirando al amigo en el semblante. Con los ojos se despidió de él. Y
haciendo un movimiento, como si quisiera mover la cabeza, murmuró:
—¿Cómo podrás morirte un día, Narciso, si no tienes Madre? Sin
Madre no es posible amar. Sin Madre no es posible morir.
Lo que luego susurró fue ya incomprensible. Los dos últimos
días, Narciso no se apartó un momento de su cabecera, ni de día ni de noche.
Observaba cómo se iba extinguiendo aquella vida. Las últimas palabras de
Goldmundo le abrasaban como fuego en el corazón.
FIN


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