© Libro N°. 3051. Nana. Palahniuk, Chuck. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Nana. Chuck Palahniuk
Versión Original: © Nana. Chuck Palahniuk
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NANA
Chuck Palahniuk
Dedico
este libro, con especial agradecimiento, a...
Jason
Cheung
Kyle
McCormick
Dennis
Widmyer
Amy
Dalton
Kevin
Kölsch
...que
leyeron mis cosas cuando nadie las leía
PRÓLOGO
Al
principio, el nuevo propietario finge que nunca miró el suelo de la sala de
estar. Que en realidad nunca lo miró. No la primera vez que visitaron la casa.
No cuando se la enseñó el inspector. Midieron las habitaciones y les dijeron a
los empleados de mudanzas dónde tenían que poner el piano y el sofá, metieron
todo lo que tenían y nunca se detuvieron a mirar el suelo de la sala de estar.
Eso es lo que fingen.
Luego,
la primera mañana que bajan las escaleras, se lo encuentran, escrito con
rayones en el suelo de madera de roble blanco: LARGAOS
Algunos
nuevos propietarios fingen que lo ha hecho un amigo para gastarles una broma.
Otros están seguros de que se lo han escrito porque no dieron propina a los
empleados de mudanzas.
Un
par de noches más tarde, un niño pequeño rompe a llorar dentro de la pared
norte del dormitorio principal.
Entonces
es cuando suelen llamar.
Y
este nuevo propietario que está ahora al teléfono no es lo que nuestra heroína,
Helen, necesita esta mañana.
Con
su tartamudeo y sus quejas.
Lo
que necesita es otra taza de café y un sinónimo de siete letras de «aves de
corral». Necesita oír qué está pasando en el escáner de la policía. Helen Boyle
chasquea los dedos para llamar la atención de su secretaria en la habitación de
al lado. Nuestra heroína tapa el auricular del teléfono con las manos y lo usa
para señalar el escáner y dice:
—Es
un código nueve once.
Su
secretaria, Mona, se encoge de hombros y dice:
—¿Y?
Así
que tiene que ir a mirarlo en la guía de códigos.
Y
Mona dice:
—Tranquila.
Es un robo en una tienda.
Asesinatos,
suicidios, asesinos en serie, sobredosis accidentales, no se puede esperar a
que salgan en las portadas de los periódicos. No puedes dejar que otro agente
de ventas llegue antes que tú a la próxima bendición.
Helen
necesita que el nuevo propietario del 325 de Crestwood Terrace se calle un
momento.
Por
supuesto, el mensaje ha aparecido en la sala de estar. Lo raro es que el niño pequeño
no suele empezar hasta la tercera noche. Primero viene el mensaje fantasma,
luego el niño se pasa la noche llorando. Si los propietarios duran lo bastante,
a la semana siguiente llaman por la cara que aparece reflejada en el agua
cuando llenan la bañera. Una cara toda fruncida y arrugada con dos agujeros
oscuros en el lugar de ojos.
La
tercera semana aparecen las sombras fantasmagóricas que corren en círculos sin
parar por las paredes del comedor cuando todo el mundo está sentado a la mesa.
Después puede que pasen más cosas, pero nadie ha llegado a durar cuatro
semanas.
Helen
Hoover Boyle le dice al nuevo propietario:
—A
menos que esté dispuesto a ir a un tribunal y demostrar que la casa es
inhabitable, a menos que pueda usted demostrar sin un asomo de duda que los
propietarios anteriores sabían que sucedían estas cosas... —Y dice—: Tengo que
decirle —dice— que estos casos se pierden, además de que se genera un montón de
publicidad y la casa pierde todo su valor.
No
es una mala casa, el 325 de Crestwood Terrace, estilo Tudor inglés, con el
tejado rehecho, cuatro dormitorios y tres baños y medio. Con piscina de obra.
Nuestra heroína ni siquiera tiene que comprobar la ficha. Ya ha vendido esa
casa seis veces en los últimos dos años.
Otra
casa, la casa antigua estilo Nueva Inglaterra de dos pisos de Eton Court, con
seis dormitorios, dos baños, entrada con revestimiento de pino y una cocina con
paredes que manan sangre, la ha vendido ocho veces en los últimos cuatro años.
Le
dice al nuevo propietario:
—Tengo
que ponerle un momento en espera.
Y
pulsa el botón rojo.
Helen
lleva un traje blanco y zapatos blancos, pero no blancos del todo. Se parece
más al blanco que se lleva para practicar descensos contrarreloj en Banff con
coche privado, chófer con busca, catorce maletas a juego y una suite en el
hotel Lake Louise.
Nuestra
heroína dice en dirección a la puerta:
—¿Mona?
¿Rayo de luna? —Y levantando la voz—: ¿Cazafantasmas?
Da
unos golpecitos con el bolígrafo en la página doblada de periódico que tiene
sobre la mesa y dice:
—¿Una
palabra de cuatro letras para «roedor»?
El
escáner de la policía habla con voz borboteante, balbucea, ladra y repite «¿Me
recibe?» después de cada frase. Repite: «¿Me recibe?».
Helen
Boyle grita:
—Este
café no vale un duro.
Una
hora más tarde tiene que estar enseñando una casa estilo Queen Anne de cinco
dormitorios con apartamento independiente, dos chimeneas de gas y una cara de
un suicida muerto por sobredosis de barbitúricos que aparece de madrugada en el
espejo del tocador. Luego le toca un rancho en dos niveles con calefacción FAG,
salita de estar soterrada y los disparos fantasmagóricos recurrentes de un
doble homicidio que tuvo lugar hace más de una década. Lo tiene todo apuntado
en su gruesa agenda, que es gruesa y está encuadernada en algo parecido a cuero
rojo. Ahí es donde lo apunta todo.
Toma
otro sorbo de café y dice:
—¿Cómo
se llama esto? ¿Moca Swiss Army? Se supone que el café sabe a café.
Mona
va hasta la puerta con los brazos cruzados y dice: —¿Qué?
Y
Helen dice:
—Necesito
que te pases... —Busca entre las fichas de su registro—. Que te pases por el
cuatro mil seiscientos setenta y tres de Willmont Place. Es una casa estilo
colonial holandés con solario, cuatro dormitorios, dos baños y un homicidio con
agravantes.
El
escáner de la policía dice:
—¿Me
recibe?
—Haz
lo de siempre —dice Helen. Escribe la dirección en una tarjeta y se la da—. No
arregles nada. No quemes salvia. No hagas ningún puto exorcismo.
Mona
coge la tarjeta y dice:
—¿Me
limito a buscar vibraciones?
Helen
hace un gesto cortando el aire con la mano y dice:
—No
quiero que nadie coja ningún túnel hacia una luz brillante. Quiero que esos
fenómenos de feria se queden aquí si puede ser, en este plano astral, gracias.
—Mira su periódico y dice—: Tienen toda la eternidad para estar muertos. No les
pasa nada por quedarse en la casa otros cincuenta años y arrastrar un poco las
cadenas.
Helen
Hoover Boyle mira la luz parpadeante que indica llamada en espera y dice:
—¿Qué
encontraste ayer en la casa española de seis dormitorios?
Mona
pone los ojos en blanco. Proyecta la mandíbula inferior hacia fuera, deja
escapar un largo suspiro hacia arriba que le levanta el pelo de la frente y
dice:
—Está
claro que hay una energía. Una presencia sutil. Pero la disposición es
preciosa. —Un cordón de seda negra cuelga alrededor de su cuello y desaparece
en la comisura de su boca.
Y
nuestra heroína dice:
—A
la mierda la disposición.
Nada
de casas idílicas que solamente se venden una vez cada cincuenta años. Nada de
hogares felices. Y a la mierda las cosas sutiles: los rincones extrañamente
fríos, los vapores inexplicables, las mascotas irritables. Lo que ella necesita
es sangre cayendo por las paredes. Necesita manos heladas que saquen a los
niños de la cama por las noches. Necesita ojos rojos resplandecientes en la
oscuridad al pie de las escaleras del sótano. Eso y fachadas decentes.
El
bungalow del 521 de Elm Street tiene cuatro dormitorios, ferretería original y
gritos en el desván.
La
casa estilo Normandía en el 7.645 de Weston Heights tiene ventanas de arco,
antecocina, puertas correderas emplomadas y un cuerpo que aparece en el pasillo
del piso de arriba con varias puñaladas.
En
el apartamento estilo rancho del 248 de Levee Place —cinco habitaciones, cuatro
baños y medio con patio de ladrillo— las paredes del dormitorio principal donde
tuvo lugar un envenenamiento con desatascador de cañerías se vuelven a llenar
de esputos de sangre.
Los
agentes inmobiliarios las llaman casas afligidas. Esas casas que nadie vende
porque nadie las quiere enseñar. Ningún agente inmobiliario quiere abrir las
puertas ni arriesgarse a estar allí solo. O bien son las casas que se venden
una y otra vez cada seis meses porque nadie puede vivir en ellas. Una buena
racha de esas casas, veinte o treinta de alto nivel, y Helen ya podría apagar
el escáner de la policía. Podría dejar de registrar las esquelas y las páginas
de sucesos dedicadas a suicidios y homicidios. Podría dejar de enviar a Mona a
buscar cualquier pista. Podría tumbarse a buscar una palabra de siete letras
cuya definición fuera «animal equino».
—Además,
necesito que recojas la ropa de la lavandería —dice—. Y tráeme café como Dios
manda. —Señala a Mona con el bolígrafo y dice—: Y, por respeto a la
profesionalidad, déjate en casa los abalorios rastafaris.
Mona
se saca de la boca el cordón de seda negra hasta hacer salir un cristal de
cuarzo, mojado y brillante.
—Es
un cristal. Me lo ha dado Ostra. Mi novio.
Helen
dice:
—¿Estás
saliendo con un chico que se llama Ostra?
Mona
deja caer el cristal de forma que le queda colgando sobre el pecho y dice:
—Me
ha dicho que es para protegerme. —El cristal deja una mancha oscura de humedad
en la blusa de color naranja.
—Oh,
y antes de que te vayas —dice Helen—, ponme al teléfono con Bill o Emily
Burrows.
Helen
pulsa el botón de llamada en espera y dice:
—Discúlpeme.
Y
explica que quedan un par de opciones más. El nuevo propietario puede
simplemente irse, firmar una escritura de traspaso de finiquito y la casa pasa
a ser problema del banco.
—O
bien —dice nuestra heroína— puede usted darme una exclusiva confidencial para
vender la casa. Lo que se llama una venta de derechos bajo mano.
Y
quizá esta vez el nuevo propietario dice que no. Pero después de que se le
aparezca esa cara repulsiva entre las piernas cuando se está bañando, después
de que empiecen a desfilar las sombras por las paredes, en fin, al final todos
dicen que sí.
El
nuevo propietario dice por teléfono:
—¿Y
no les va a contar el problema a quienes quieran comprarla?
Y
Helen dice:
—No
terminen de deshacer las maletas. Diremos a la gente que están mudándose a otro
lugar.
Si
alguien pregunta, dígales que los han trasladado a otra ciudad. Dígales que les
encantaba la casa.
Dice:
—El
resto será un secreto entre nosotros.
Mona
dice desde el vestíbulo de la oficina:
—Tengo
a Bill Burrows en la línea dos.
Y el
escáner de la policía dice:
—¿Me
recibe?
Nuestra
heroína aprieta el botón de al lado y dice:
—¿Bill?
Articula
la palabra «café» para que Mona le lea los labios. Hace una señal con la cabeza
en dirección a la ventana y articula la palabra «fuera».
Y el
escáner de la policía dice:
—¿Me
recibe?
Así
era Helen Hoover Boyle. Nuestra heroína. Ahora está muerta, pero no del todo.
Así era un día normal en su vida. Así era su vida antes de que yo apareciera.
Tal vez esta sea una historia de amor o tal vez no. Depende de en qué medida
pueda creerme a mí mismo.
Esta
historia trata de Helen Hoover Boyle. De cómo sigue conmigo. Igual que se queda
una canción en tu cabeza. De cómo crees que debería ser la vida. De cómo todo
te llama la atención. De cómo tu pasado te acompaña todos los días de tu
futuro.
Eso
es. De eso va. Eso es todo, Helen Hoover Boyle.
Todos
estamos rondados por fantasmas y todos rondamos a alguien. Aquel día, el último
de su vida normal, nuestra heroína le dijo al teléfono:
—¿Bill
Burrows?
Dijo:
—Tienes
que hacer que Emily se ponga en el supletorio porque os he encontrado la casa
perfecta.
Escribe
la palabra «caballo» y dice:
—Tengo
la impresión de que los propietarios están muy motivados para venderla.
1
El
problema de todas las historias es que se cuentan después de que hayan pasado.
Hasta
los comentarios jugada a jugada que hace la radio de los home runs y los strike
outs llevan unos minutos de retraso. Hasta la televisión en directo lleva un
par de segundos de retraso.
Hasta
la luz y el sonido tienen un límite de velocidad.
Otro
problema es el que las cuenta. El quién, el qué, el dónde, el cuándo y el
porqué del reportero. La influencia del medio. La forma que el mensajero da a
los hechos. Lo que los periodistas llaman «el Guardián». El hecho de que la
presentación lo es todo.
La
historia que hay detrás de la historia.
Todo
esto lo cuento yendo de café en café. Este libro lo estoy escribiendo, capítulo
a capítulo, desde pueblos y ciudades y paradas para camiones en medio de la
nada que nunca son los mismos.
Lo
que tienen en común todos estos sitios son los milagros. Esa clase de noticias
que salen en los periódicos sensacionalistas, la clase de curaciones y visiones
que nunca salen en la prensa de masas.
Esta
semana es la Virgen de Welburn, Nuevo México. La semana pasada recorrió Main
Street volando. Con sus rastas rojas y negras flotando a su espalda, con los
pies descalzos y sucios, con una falda india de algodón estampada en dos tonos
distintos de marrón y un top vaquero sin espalda. La noticia sale en el World
Miracles Report de esta semana, al lado de la caja registradora de todos los
supermercados de América.
Y
aquí estoy yo, con una semana de retraso. Siempre un paso por detrás. Después
de que haya pasado.
La
Virgen Voladora llevaba las uñas pintadas de rosa brillante con las puntas
blancas. Manicura francesa, de acuerdo con algunos testigos. La virgen Voladora
llevaba un bote de aerosol insecticida de marca Bug-Off y lo usó para escribir
por todo el cielo azul de Nuevo México la siguiente inscripción:
PARAD
DE TENER IJOS
(Sic.)
Luego
dejó caer el bote de Bug-Off. Ahora el bote está de camino hacia el Vaticano.
Para que lo analicen. Ya se pueden comprar postales del fenómeno. Y hasta
vídeos.
Casi
todo lo que se puede comprar aparece después de que los hechos hayan pasado.
Está muerto. Listo. Fiambre.
En
los vídeos de souvenir, la Virgen aparece agitando el bote de aerosol. Flota
por encima del final de Main Street y saluda a la multitud con la mano. Y tiene
una mata de pelo castaño en el sobaco. Justo un momento antes de que empiece a
escribir, una ráfaga de viento le levanta la falda y se puede ver que la Virgen
Voladora no lleva bragas. Tiene la entrepierna rasurada.
Hoy
estoy escribiendo desde aquí. Desde una cafetería de carretera, hablando con
testigos de Welburn, Nuevo México. Conmigo está sentado el Sargento, un viejo
poli irlandés con pinta de patata asada. Tenemos sobre la mesa el periódico
local, doblado de forma que se ve un anuncio a tres columnas que dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DE LAS TIENDAS DE MUEBLES
ALL
PLUSH INTERIORS
El
anuncio dice:
«Si
han salido arañas venenosas de sus muebles tapizados nuevos, tal vez reúnan los
requisitos para entablar un pleito por demanda colectiva».
Y el
anuncio da un número de teléfono para que la gente llame, pero no nos sirve de
nada.
El
Sargento tiene esa clase de piel fláccida en el cuello que si la pellizcas y la
sueltas se queda con la forma del pellizco. Tiene que irse a buscar un espejo
para alisarla otra vez.
Fuera
de la cafetería, la gente sigue llegando al pueblo. La gente se arrodilla y
reza para que haya otra aparición. El Sargento junta las manazas y finge que
reza, mirando de reojo al otro lado de la ventana, con la pistolera
desabrochada, con la pistola cargada y lista para tirar al plato.
Cuando
terminó de escribir en el cielo, la Virgen Voladora tiró besos a la gente. Hizo
la señal de la paz levantando dos dedos. Flotó en el aire por encima de los
árboles, sujetándose la falda con un puño, agitó hacia atrás las rastas rojas y
negras, saludó con la mano y amén. Desapareció, tras las montañas, en el
horizonte. Desapareció.
Pero
uno no se puede fiar de lo que dicen los periódicos.
La
Virgen Voladora no era ningún milagro.
Era
magia.
No
se trata de santos. Se trata de conjuros.
El
Sargento y yo no estamos aquí para presenciar nada. Estamos cazando brujas.
Con
todo, esta historia trata del aquí y el ahora. De mí, del Sargento y de la
Virgen Voladora. Y de Helen Hoover Boyle. Lo que estoy escribiendo es la
historia de cómo nos conocimos. De cómo llegamos hasta aquí.
2
Solamente
te hacen una pregunta. Antes de licenciarte en la facultad de periodismo te
piden que te imagines que eres reportero. Que te imagines que trabajas en un
periódico de una gran ciudad y que una Nochebuena el jefe de redacción te manda
a investigar una muerte.
La
policía y los enfermeros ya están allí. El vestíbulo de la casa de vecinos de
barrio pobre está abarrotado de gente en bata y zapatillas de estar por casa.
Dentro del apartamento, una pareja joven está llorando junto al árbol de
Navidad. Su hijo se ha asfixiado con un adorno del árbol. Consigues lo que
necesitas, el nombre del niño, su edad y todo eso, y vuelves cerca de
medianoche a la redacción y escribes el artículo antes del cierre.
Se
lo envías al jefe de redacción y el jefe te lo rechaza porque no dices de qué
color era el adorno. ¿Era verde o rojo? No pudiste mirar y no se te ocurrió
preguntar.
Mientras
la imprenta pide a gritos la portada, tienes las siguientes opciones:
Llamar
a los padres y preguntar de qué color era.
O
negarte a llamar y perder tu trabajo.
Era
el cuarto poder. El periodismo. Y en la facultad a la que fui, esta era la
única pregunta del examen final del curso de ética. Mi respuesta fue que
llamaría a los enfermeros. Esa clase de objetos se catalogan. El adorno tenía
que haber sido guardado en una bolsa y fotografiado para algún registro de
pruebas. Ni loco iba a llamar a los padres después de medianoche y en la
víspera de Navidad.
La
facultad me puso un insuficiente en ética.
En
lugar de aprender ética, aprendí a decirle a la gente lo que quiere oír.
Aprendí a apuntarlo todo. Y aprendí que los jefes de redacción pueden ser unos
gilipollas rematados.
Todavía
hoy me pregunto qué pretendía aquel examen. Ahora soy reportero en un periódico
de una ciudad grande y ya no me hace falta imaginarme nada.
Mi
primer bebé de verdad fue un lunes de septiembre por la mañana. No había
vecinos rodeando la caravana situada en el suburbio. Uno de los enfermeros
estaba sentado en la kitchenette con los padres y les estaba haciendo las
preguntas convencionales. El segundo enfermero me llevó al cuarto infantil y me
enseñó lo que suelen encontrar en la cuna.
Las
preguntas convencionales de los enfermeros incluyen: ¿Quién encontró muerto al
niño? ¿Cuándo lo encontraron? ¿Cuándo se vio vivo al niño por última vez? ¿El
niño se alimentaba de leche materna o de biberón? Las preguntas parecen
formuladas al azar, pero lo único que pueden hacer los médicos es reunir
estadísticas y confiar en que algún día aparezca alguna pauta recurrente.
La
habitación del bebé era de color amarillo y azul, tenía cortinas floreadas en
las ventanas y una cómoda blanca de mimbre junto a la cuna. Había una mecedora
pintada de blanco. En la cómoda había un libro abierto por la página 27. En el
suelo había una alfombra trenzada de color azul. En una pared había un bordado
en cañamazo enmarcado. El bordado decía: «Los nacidos en jueves llegan lejos».
La habitación olía a polvos de talco.
Y
tal vez no aprendí ética, pero aprendí a prestar atención. No hay detalle que
sea tan nimio como para no apuntarlo.
El
libro abierto se titulaba Poemas y rimas del mundo entero, y estaba sacado en
préstamo de la biblioteca del condado.
El
plan de mi jefe de redacción era hacer una serie en cinco entregas sobre el
síndrome de la muerte súbita infantil. Todos los años mueren siete mil bebés
sin causa aparente. Dos de cada mil bebés se van a dormir y nunca más se
despiertan. Mi jefe de redacción, Duncan, lo llama muerte en la cuna.
Los
detalles que hay que saber sobre Duncan son que tiene la cara llena de marcas
de acné, que la piel de debajo de las raíces del pelo se le pone marrón cada
dos semanas cuando se tiñe las raíces de las canas. Que la contraseña de su
ordenador es «contraseña».
Lo
único que sabemos de la muerte súbita infantil es que no hay pautas
recurrentes. La mayoría de los bebés mueren a solas entre la medianoche y la
mañana del día siguiente, pero el bebé también puede morir mientras duerme
junto a sus padres. Puede morir en la silla del coche o en el cochecito. O
puede morirse en brazos de su madre.
Hay
un montón de gente que tiene niños pequeños, me dijo mi jefe de redacción. Es
la clase de artículo que a todos los padres y abuelos les da demasiado miedo
para leerlo y demasiado miedo para no leerlo. La verdad es que no hay
información nueva, pero la idea es hacer un perfil de cinco familias que hayan
perdido a un hijo. Mostrar cómo sobrevive la gente. Cómo siguen adelante con
sus vidas. Aquí y allá, podemos dejar caer los datos usuales sobre la muerte en
la cuna. Podemos mostrar las profundas reservas de fuerza y de compasión que
descubren esas personas en su interior. Ese es el enfoque. Como no se ciñe a
ningún suceso concreto, es lo que se llama una noticia de interés humano. Lo
pondremos en la portada de la sección Tendencias.
Para
ilustrarlo, podemos poner fotos de bebés sonrientes que hayan muerto.
Ese
era su tono. Es la clase de artículo de investigación que se escribe para ganar
un premio. Estábamos a finales del verano y había pocas noticias. Era la época
del año en que había más finales de embarazos y más recién nacidos.
A mi
jefe de redacción se le ocurrió que yo podía acompañar a los enfermeros.
El
artículo navideño, la pareja llorosa, el adorno; para entonces llevaba tanto
tiempo trabajando que se me había olvidado aquel rollo.
Aquella
cuestión ética hipotética te la tienen que plantear al final de la carrera de
periodismo porque para entonces ya es demasiado tarde. Tienes que devolver todo
lo que has recibido en tus estudios. Ahora que ha pasado un montón de años,
creo que la verdadera pregunta que estaban haciendo era: «¿De verdad te quieres
dedicar a esto?».
3
A
través de la pared se oye un estruendo de diálogos, luego un coro de risas.
Luego más estruendo. La mayoría de las grabaciones de risas de la televisión se
registraron a principios de los cincuenta. Hoy en día la mayoría de la gente a
la que se oye reír está muerta.
A
través del techo se oye el chumba, chumba, chumba de una batería. Luego el
ritmo cambia. Tal vez los golpes se juntan y se aceleran o tal vez se espacian
y se ralentizan, pero no se paran.
A
través del suelo alguien está berreando la letra de una canción. Esa gente que necesita
que su televisor o su radio o su equipo de música estén encendidos a todas
horas. Esa gente a quien le aterra el silencio. Esos son mis vecinos. Esos
ruidoadictos. Esos silenciofóbicos.
La
risa de los muertos se filtra por todas las paredes.
Hoy
en día, esto es lo que te venden como hogar, dulce hogar.
Este
asedio de ruidos.
Después
del trabajo, hice una sola parada. El hombre de detrás del mostrador levantó la
vista cuando entré cojeando en la tienda. Sin quitarme la vista de encima metió
la mano debajo del mostrador, sacó algo envuelto en papel marrón Y dijo:
—Con
bolsa doble. Creo que este le va a gustar. —Lo puso encima del mostrador y le
dio unos golpecitos con la mano.
El
paquete era del tamaño de media caja de zapatos. Pesaba menos que una lata de
atún.
Pulsó
uno, dos y tres botones de la máquina registradora y la ventanita del precio
indicó ciento cuarenta y nueve dólares. Luego me dijo:
—Para
que no tenga que preocuparse, he cerrado bien las bolsas con cinta aislante.
Por
si acaso llovía, metió el paquete en una bolsa de plástico y me dijo:
—Hágamelo
saber si falta algo. —Y dijo—: No parece que ese pie esté mejorando.
El
paquete estuvo traqueteando durante todo el camino de vuelta. El papel marrón
me resbalaba y se me arrugaba debajo del brazo. Cada vez que yo daba un paso
renqueante, lo que había dentro se movía ruidosamente de un lado a otro del
paquete.
A
través del techo de mi apartamento se oye música acelerada. Llegan murmullos de
pánico del otro lado de las paredes. O bien una momia maldita del antiguo
Egipto ha vuelto a la vida y está matando a los vecinos de al lado o bien están
viendo una película.
Debajo
del suelo, hay alguien gritando, un perro ladrando, puertas cerrándose de golpe
y los gritos de subastador de una canción.
Entro
en el baño y apago la luz. Para no ver lo que hay dentro de la bolsa. Para no
saber cómo va a ser. En la oscuridad y la estrechez del baño tapo la rendija
que queda debajo de la puerta con una toalla. Con el paquete en el regazo me
siento en el retrete y escucho.
Esto
es lo que te venden como civilización.
Gente
que nunca tiraría basura desde el coche pasa a tu lado con la radio a todo
trapo. Gente que nunca te tiraría humo de puro a la cara en un restaurante
abarrotado habla a gritos por el teléfono móvil. Se chillan unos a otros a la
mesa de la cena.
La
misma gente que nunca usaría insecticidas o herbicidas fustigan a sus vecinos
poniendo música de gaitas escocesas en el equipo de música. Opera china.
Country and western.
Al
aire libre, está bien que cante un pájaro. No está bien que cante Patsy Cline.
Al
aire libre, ya hay bastante con el estruendo del tráfico. Añadir el Concierto
para piano en mi menor de Chopin no ayuda a arreglar la situación.
Uno
sube la música para tapar el ruido. Los demás suben su música para tapar la
tuya. Tú vuelves a subir la tuya. Todo el mundo se compra un equipo de música
más grande. Es la carrera armamentística del sonido. No se gana con muchos
agudos.
No
se trata de calidad. Se trata de volumen.
No
se trata de música. Se trata de ganar.
Animas
la competición subiendo los bajos. Haces que tiemblen las ventanas. Te pasas la
melodía por el forro y gritas la letra. Añades palabrotas y haces hincapié en
cada una de ellas.
Dominas.
Es una cuestión de poder.
En
el baño a oscuras, sentado en el retrete, quito con la uña la cinta aislante
que cierra un extremo del paquete y de dentro sale una caja de cartón, lisa,
blanda, con los bordes afelpados y las esquinas romas y metidas hacia dentro.
La tapa se levanta y lo que hay dentro forma al tacto varias capas de formas
afiladas, duras y complejas, pequeños ángulos, curvas, esquinas y puntas. Las
dejo a mi lado en el suelo del baño, a oscuras. Vuelvo a meter la caja de
cartón en las bolsas de papel. Entre las formas duras y enrevesadas hay dos
hojas de papel resbaladizo. Estos papeles también los meto en las bolsas. Luego
arrugo las bolsas y hago una bola con ellas.
Todo
esto lo hago a ciegas, tocando el papel liso, palpando las capas de formas
duras y complicadas.
La
música de los vecinos de al lado hace temblar un poco el suelo bajo mis pies, e
incluso el retrete.
Conviene
decirles a las familias que han sufrido una muerte en la cuna que adopten un
hobby. Es sorprendente lo rápido que se puede dar un portazo al pasado. No
importa lo mal que te vayan las cosas, siempre puedes olvidarlas. Aprender a
bordar. Hacer una lámpara de cristal de colores.
Llevo
las formas a la cocina y bajo la luz se vuelven azules, grises y blancas. Son
de plástico duro y quebradizo. Son simples fragmentos. Tejas y persianas y
salientes ornamentales de tejado diminutos. Escalones y columnas y marcos de
ventana en miniatura. No se puede distinguir si es una casa o un hospital. Hay
paredes diminutas de ladrillo y puertecitas. Esparcidas sobre la mesa de la
cocina, podrían ser partes de una escuela o de un hospital. Sin ver la imagen
de la caja, sin las instrucciones de montaje, los minúsculos canalones y
ventanas de buhardilla podrían pertenecer a una estación de trenes o a un
manicomio. A una fábrica o a una cárcel.
No
importa cómo lo montes, nunca estás seguro de que esté bien.
Los
pedacitos, las cúpulas y chimeneas, se agitan al compás del ruido que viene a
través del suelo.
Esos
musicoadictos. Esos calmofóbicos.
Nadie
quiere admitir que somos adictos a la música. No es posible, simplemente. Nadie
es adicto a la música, a la televisión ni a la radio. Simplemente necesitamos
más, más canales, una pantalla más grande, más volumen. No soportamos estar sin
ella, pero no, no somos adictos.
Podríamos
apagarla cuando quisiéramos.
Coloco
un marco de ventana en una pared de ladrillo. Lo pego con un pincelito del
tamaño de un pintauñas. La ventana es del tamaño de una uña. El pegamento huele
a laca del pelo. El olor hace pensar en naranjas y en gasolina.
El
dibujo de los ladrillos de la pared es tan delicado como una huella dactilar.
Coloco otra ventana en su sitio y le aplico pegamento con el pincel.
La
vibración del sonido atraviesa las paredes, recorre la mesa, luego el marco de
ventana y por fin mi dedo.
Esos
distradictos. Esos concentrafóbicos.
El
viejo George Orwell lo entendió todo al revés.
El
Gran Hermano no está mirando. Está cantando y bailando. Está sacando conejos de
una chistera. El Gran Hermano está ocupado en reclamar tu atención a cada
momento que pasas despierto. En asegurarse de que siempre estés distraído. En
asegurarse de que permanezcas abstraído.
En
asegurarse de que se te marchite la imaginación. Hasta que sea tan útil como tu
apéndice. En asegurarse de que tu atención siempre está ocupada.
Y
esta forma de ser alimentado es peor que ser observado. Si el mundo te mantiene
siempre ocupado, nadie tiene que preocuparse por lo que tienes en mente. Si la
imaginación de todo el mundo está atrofiada, nadie más será nunca una amenaza
para el mundo.
Me
abro con el dedo un botón de la camisa y me meto la corbata dentro. Con la
barbilla pegada al nudo de la corbata, introduzco con las pinzas una ventanita
de cristal dentro de cada uno de los marcos. Usando una cuchilla, corto las
cortinas de plástico en fragmentos más pequeños que un sello de correos,
cortinas azules para el piso de arriba, amarillas para la planta baja. Pego las
cortinas, algunas abiertas y otras cerradas.
Hay
cosas peores que descubrir a tu mujer y tu hijo muertos.
Puedes
ver cómo los mata el mundo. Puedes ver cómo tu mujer envejece y se aburre.
Puedes ver a tus hijos descubriendo todas las cosas del mundo de las que has
intentado salvarlos. Las drogas, el divorcio, el conformismo, las enfermedades.
Todos los bonitos libros, la música, la televisión. Las distracciones.
A
toda esa gente a quien se le ha muerto un hijo tienes ganas de decirles:
adelante. Culpaos.
A la
gente que amas les puedes hacer cosas peores que matarlos. Lo normal es
quedarse mirando cómo el mundo lo hace por ti. Solamente tienes que leer un
periódico.
La
música y las risas te consumen los pensamientos. El ruido los ahoga. Todos los
sonidos distraen. Te duele la cabeza de respirar pegamento.
Ya
nadie es dueño de su mente. Concentrarse es imposible. No se puede pensar.
Siempre hay ruido royendo. Cantantes gritando. Gente muerta riéndose. Actores
llorando. Todas esas pequeñas dosis de emociones.
Siempre
hay alguien rociando el aire con su estado de ánimo.
Retransmitiendo
su dolor o su alegría o su rabia por todo el vecindario con el equipo de música
del coche.
Instalé
cincuenta y siete ventanas al revés en una mansión estilo colonial holandés. En
un castillo estilo Tudor de doce dormitorios, pegué los canalones de bajada en
la parte equivocada del tejado y lo derretí todo al intentar arreglarlo con un
disolvente químico.
Esto
no es nada nuevo.
Los
expertos en cultura griega antigua dicen que la gente de aquella época no creía
que sus pensamientos les pertenecieran. Cuando los griegos de la Antigüedad
tenían una idea, creían que un dios o una diosa les estaba dando una orden.
Apolo les estaba diciendo que fueran valientes. Atenea les estaba diciendo que
se enamoraran.
Ahora
la gente oye un anuncio de patatas fritas con sabor a crema agria y salen
corriendo a comprarlas, pero a eso lo llaman su libre albedrío.
Por
lo menos, los griegos de la Antigüedad eran sinceros.
La
verdad es que, incluso si les lees algo a tu mujer y tu hijo una noche. Si les
lees una nana. Y a la mañana siguiente te despiertas pero tu familia no. Te
quedas en la cama, encogido al lado de tu mujer. Tu mujer sigue caliente pero
no respira. Tu hija no llora. La casa ya está llena del estruendo del tráfico y
de las conversaciones de la radio y del ruido del vapor que golpetea en las
tuberías dentro de las paredes. La verdad es que te puedes olvidar de ello,
incluso ese mismo día, aunque solamente sea durante el momento que tardas en
hacerte el nudo de la corbata.
Yo
lo sé. Es mi vida.
Puedes
mudarte, pero eso no basta. Adoptas un hobby. Te sepultas a ti mismo en
trabajo. Cambias de nombre. Improvisas. Pones el caos en orden. Lo haces cada
vez que el pie se te cura lo bastante. Organizas todos los detalles.
No
es lo que un psicólogo aconsejaría, pero funciona.
Luego
pegas las puertas a las paredes. Pegas las paredes a los cimientos. Juntas con
las pinzas todos los pedacitos de la chimenea y esperas a que se seque el
pegamento del tejado. Cuelgas los canalones diminutos. Todos los detalles con
exactitud. Colocas las buhardillitas. Cuelgas las persianas. Le pones el marco
al porche. Siembras la hierba. Plantas los árboles.
Inhalas
el olor a naranjas y pegamento. El olor a laca del pelo. Te pierdes en cada uno
de los detallitos. Pegas un hilo de hiedra en un costado de la chimenea. Tienes
los dedos enredados con hilos de pegamento, las yemas de los dedos costrosas y
pegadas entre sí.
Te
dices a ti mismo que el ruido es lo que define el silencio. Sin ruido, el
silencio no sería precioso. El ruido es la excepción. Piensas en el espacio
exterior, en ese frío y ese silencio increíbles donde están esperando tu mujer
y tu hijo. Solamente el silencio, no el cielo, sería una recompensa suficiente.
Plantas
flores con las pinzas alrededor de la base de la casa.
Tienes
la espalda y el cuello encorvados sobre la mesa. El culo prieto, la espina
dorsal doblada y arqueada en la base del cráneo dolorida.
Pegas
la diminuta esterilla que dice «Bienvenidos» frente a la puerta principal.
Cuelgas las lucecitas fuera. Pegas el buzón al lado de la puerta. Pegas las
botellitas realmente minúsculas de leche en el porche. El periodiquito doblado.
Cuando
todo está perfecto, exacto, meticuloso, deben de ser las tres o las cuatro de
la mañana, porque ya no hay ruidos. El suelo, el techo y las paredes están en
silencio. El compresor de la nevera se apaga y puedes oír cómo zumban los
filamentos de las bombillas. Una polilla golpea la ventana de la cocina. Puedes
ver el vapor de tu aliento de tanto frío como hace en la habitación.
Pones
las pilas en su sitio, pulsas un pequeño interruptor y las ventanitas se
iluminan. Dejas la casa en el suelo y apagas la luz de la cocina.
Te
quedas de pie junto a la casa en la oscuridad. Vista así tiene un aspecto
perfecto. Perfecto y seguro y feliz. Una bonita casa de ladrillo rojo. La luz
que sale por las ventanitas ilumina la hierba y los árboles. Las cortinas
brillan, amarillas en el cuarto del bebé. Azules en tu dormitorio.
El
truco para olvidar la situación general es mirar las cosas muy de cerca.
La
manera más fácil de cerrar una puerta es sepultarte a ti mismo en los detalles.
Así
es como nos debe de ver Dios.
Como
si todo fuera bien.
Luego
te quitas el zapato y das un pisotón con el pie descalzo. Das un pisotón bien
fuerte y luego otro. No importa cuánto te duelan el plástico duro, la madera y
el cristal, sigue pisando hasta que el vecino de abajo empiece a dar puñetazos
en el techo.
4
La
segunda muerte en la cuna que me encargan es en un bloque de cemento de pisos
de protección oficial en los límites del centro. El niño muerto estaba sentado
en una trona con la espalda encorvada hacia delante a media tarde mientras la
niñera lloraba en el dormitorio. La trona estaba en la cocina. Había un montón
de platos sucios en el fregadero.
En
la redacción, Duncan, mi redactor jefe, me pregunta:
—¿El
fregadero es de una o de dos picas?
Otro
detalle sobre Duncan es que escupe cuando habla.
Dos
picas, le digo. De acero inoxidable. Grifos distintos para el agua fría y caliente,
con mangos de porcelana estilo pistola. Sin pitorro para rociar.
Y
Duncan dice:
—¿Qué
modelo de nevera?
Una
Amana, le digo.
—¿Tienen
algún calendario? —Las gotitas de saliva de Duncan me salpican la mano, el
brazo y un lado de la cara.
El
calendario reproducía la pintura de un viejo molino de piedra de Nueva
Inglaterra, le digo. Uno de esos molinos de agua. Enviado por una agencia de
seguros. Tenía apuntada la siguiente visita del niño al pediatra. Y la fecha de
los exámenes de repesca del instituto de la madre. Tengo apuntadas todas esas
fechas y horas y el nombre del pediatra.
Y
Duncan dice:
—Joder,
eres bueno.
Su
saliva se me está secando en la piel y en los labios.
El
suelo de la cocina era de linóleo gris. Las encimeras eran de color rosa y
tenían quemaduras de cigarrillo negras en los bordes. En la encimera de al lado
del fregadero había un libro de la biblioteca. Poemas y rimas del mundo entero.
El
libro estaba cerrado, y cuando lo apoyé sobre el lomo, cuando lo dejé que se abriera
solo, confiando en que me mostrara hasta dónde el lector había forzado la
encuadernación, el libro se abrió por la página 27. Hice una marca con lápiz en
el margen.
Mi
redactor jefe cierra un ojo e inclina la cabeza en mi dirección:
—¿Qué
clase de comida —dice— se había secado en los platos?
Espaguetis,
le digo. Con salsa de lata. De esa con extra de champiñones y ajo. Hice un
inventario de la basura del cubo que había debajo del fregadero.
Doscientos
miligramos de sal por plato. Ciento cincuenta calorías en grasas. No sé qué
esperaba encontrar, pero igual que todo el mundo en el escenario, consideraba
que valía la pena buscar pautas recurrentes.
Duncan
dice:
—¿Ves
esto?
Y me
pasa las galeradas de una de las páginas de la sección de restaurantes de hoy.
Por encima del pliegue hay un anuncio. De tres columnas de ancho por seis
pulgadas de alto. La primera línea dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DEL TREELINE DINING CLUB
El
texto del anuncio dice:
«¿Ha
contraído usted una forma resistente al tratamiento del síndrome de fatiga
crónica después de comer en este establecimiento? ¿Acaso ese virus procedente
de la comida lo ha incapacitado para trabajar o para llevar una vida normal? De
ser así, por favor, llame al siguiente número para entablar un pleito por
demanda colectiva».
Luego
pone un número de teléfono con un prefijo raro, tal vez de un móvil.
Duncan
dice:
—¿Te
parece que aquí puede haber una historia? —Y la página queda salpicada de
puntos de saliva.
Mi
busca empieza a pitar en medio de la redacción. Son los enfermeros.
En
la facultad de periodismo, quieren que seas una cámara. Un profesional
preparado, objetivo y calculador. Certero, consumado y observador.
Quieren
que creas que tú y la noticia sois dos cosas estrictamente separadas. Que los
asesinos y los reporteros son mutuamente excluyentes. Que no importa de qué
trate la historia, no trata de ti.
Mi
tercer bebé está en una granja a dos horas al sur del estado.
Mi
cuarto bebé está en un apartamento al lado de un centro comercial.
Uno
de los enfermeros me lleva a un dormitorio de la casa y me dice:
—Siento
que te hayamos llamado por este. —Se llama John Nash, y levanta la sábana para
enseñarme a un niño acostado, un niño demasiado perfecto, demasiado tranquilo y
demasiado pálido para estar dormido—. Este tiene casi seis años.
Los
detalles sobre Nash son los siguientes: es un tipo grande que lleva uniforme
blanco. Lleva zapatillas deportivas altas de color blanco y el pelo recogido en
una especie de palmera sobre la coronilla.
—Podríamos
trabajar para Hollywood —dice Nash. En esta clase de muerte limpia, sin sangre,
no hay agonía, ni hay peristalsis inversa: esos estertores en los que tu
aparato digestivo funciona al revés y vomitas heces—. Uno empieza a vomitar
mierda —dice Nash—. Eso sí sería una escena de muerte realista.
Lo
que me cuenta sobre la muerte en la cuna es que tiene lugar casi siempre entre
los dos y los cuatro meses de edad. Más del noventa por ciento de las muertes
tienen lugar antes de los seis meses. La mayoría de los investigadores dicen
que es casi imposible después de los diez meses. Más allá del año de edad, el
forense califica la causa de la muerte de «indeterminada». Si hay más de una
muerte de esta clase en la familia se considera homicidio a menos que se
demuestre lo contrario.
Las
paredes del dormitorio del apartamento están pintadas de verde. La cama tiene
sábanas de franela con terriers escoceses. El único olor viene de un acuario
lleno de lagartos.
Cuando
alguien pone una almohada sobre la cabeza de un niño y aprieta, el forense lo
califica de «homicidio amable».
Mi
quinto niño muerto está en una habitación de hotel junto al aeropuerto.
En
la granja y el apartamento está el libro Poemas y rimas del mundo entero
abierto en la página 27. El mismo libro de la biblioteca del condado con mi
marca a lápiz en el margen. En la habitación de hotel no hay ningún libro. Es
una habitación doble con el bebé encogido en una cama queen-size al lado de la
cama donde dormían los padres. Hay una televisión a color en un armario, una
Zenith de treinta y seis pulgadas con cincuenta y seis canales por cable y
cuatro locales. La alfombra es marrón, las cortinas marrones y azules con
flores estampadas. En el suelo del baño hay una toalla mojada manchada de
sangre y de gel de afeitado de color verde. Alguien no ha tirado de la cadena.
Las
colchas son de color azul oscuro y huelen a humo de cigarrillo.
No
hay libros por ninguna parte. Pregunto si la familia se ha llevado algo del
escenario y el agente dice que no. Pero alguien de los servicios sociales ha
venido a llevarse algo de ropa.
—Oh
—dice—, y unos libros de la biblioteca que había que devolver.
5
Se
abre la puerta principal y dentro aparece una mujer sosteniendo un teléfono
móvil junto a la oreja, sonriéndome y hablando con alguien.
—Mona
—le dice al teléfono—, tienes que hacerlo deprisa. Acaba de llegar el señor
Streator.
Me
enseña el dorso de la mano libre, el reloj diminuto y resplandeciente que lleva
en la muñeca y dice:
—Llega
unos minutos pronto.
La
otra mano, con las uñas largas pintadas de rosa con las puntas blancas y con el
teléfono móvil diminuto de color negro, está casi escondida por la nube rosada
resplandeciente de su pelo.
Sonriendo,
dice:
—Tranquila,
Mona. —Mira hacia arriba y luego hacia mí—. Chaqueta deportiva marrón —dice—.
Pantalones de sport marrones, camisa blanca. —Frunce el ceño y hace una mueca
de dolor—. Y corbata azul.
La
mujer le dice al teléfono:
—Mediana
edad. Metro ochenta. Unos setenta y cinco kilos. Caucasiano. Marrón. Verdes.
—Me guiña el ojo y dice—: Un poco despeinado y hoy no se ha afeitado, pero
parece bastante inofensivo.
Se
inclina un poco hacia delante y articula con los labios «Mi secretaria».
Luego
le dice al teléfono:
—¿Qué?
Se
aparta a un lado y con la mano libre me hace una señal para que entre. Pone los
ojos en blanco, su mirada se encuentra con la mía y dice:
—Gracias
por preocuparte, Mona, pero no creo que el señor Streator haya venido a
violarme.
Estamos
en Gartoller Estate, una casa georgiana en Walker Ridge Drive con ocho
dormitorios, siete baños, cuatro chimeneas, una sala para desayunar, un comedor
formal y un salón de baile de ciento cincuenta metros cuadrados en la cuarta
planta. Tiene un garaje separado para seis coches y una casa para invitados.
Tiene piscina de obra y sistema de alarma antirrobos y antiincendios.
Walker
Ridge Drive es de esos vecindarios donde recogen la basura cinco veces al día.
Allí vive la clase de gente que aprecia la amenaza de un buen pleito, y cuando
vas y te presentas, sonríen y se muestran de acuerdo.
Gartoller
Estate es una casa preciosa.
Son
esa clase de vecinos que no te invitan a entrar. Se quedan en el umbral con la
puerta entreabierta y sonríen. Dicen que ellos no saben nada de la historia de
Gartoller Estate. Que es una casa y ya está.
Si
continúas preguntando, la gente te mira por encima del hombro en dirección a la
calle vacía. Luego te sonríen y dicen:
—No
puedo ayudarle. Lo que tiene que hacer es llamar al agente inmobiliario.
El
letrero del 3.465 de Walker Ridge Drive dice Agencia Inmobiliaria Boyle. Visita
con cita previa.
En
otra casa, una mujer con uniforme de doncella me ha abierto la puerta con una
niña pequeña de unos cinco o seis años mirando a un lado de su falda negra de
doncella. La doncella ha negado con la cabeza y ha dicho que no sabía nada.
—Tiene
que llamar al agente del vendedor —ha dicho—. Helen Boyle. Lo pone en el
letrero.
Y la
niña ha dicho:
—Es
una bruja.
Y la
doncella ha cerrado la puerta.
Helen
Hoover Boyle atraviesa las habitaciones blancas, vacías y llenas de ecos de
Gartoller Estate. Camina sin dejar de hablar por teléfono. Con su nube de pelo
de color rosa, con un traje chaqueta entallado de color rosa, con medias
blancas y zapatos de color rosa y de tacón mediano. Tiene los labios
embadurnados de chicle de color rosa. Los brazos le relucen y le tintinean de
todas las pulseras doradas y de color rosa, cadenas de oro, colgantes y monedas
que lleva.
Lleva
suficientes adornos para llenar un árbol de Navidad. Perlas lo bastante grandes
como para asfixiar a un caballo.
Le
dice al teléfono:
—¿Has
llamado a la gente de la casa de Exeter Drive? Hace dos semanas que tendrían
que haber salido chillando.
Atraviesa
unas puertas dobles y altas, cruza la siguiente habitación y entra en la
siguiente.
—Ajá
—dice—. ¿Qué quieres decir con que no están viviendo en ella?
Desde
unas ventanas altas de arco se ve una terraza de piedra. Más allá, un jardín
veteado con las líneas de la cortadora de césped, y al fondo una piscina.
Le
dice al teléfono:
—No
te gastas un millón doscientos mil en una casa para no vivir en ella. —Su voz
suena estridente y brusca en estas habitaciones sin muebles ni alfombras.
Uno
sesenta y cinco. Cuarenta y cinco kilos. Es difícil aventurar su edad. Está tan
delgada que o bien se está muriendo o bien es rica. Su traje chaqueta es de una
especie de tela de sofá con bultitos y con los rebordes trenzados en blanco. Es
de color rosa pero no de color gamba. Se parece más al color del paté de gambas
servido sobre una galleta salada con un poquito de perejil y una puntita de
caviar. La chaqueta es entallada en la cinturita y cuadrada en los hombros. La
falda es corta y ceñida.
Lleva
ropa de muñeca.
—No
—dice—. El señor Streator está aquí conmigo. —Levanta las cejas dibujadas con
lápiz y me mira—, ¿Si le estoy haciendo perder el tiempo? —dice—. Espero que
no.
Sonriendo,
le dice al teléfono:
—Bien.
Está diciendo que no con la cabeza.
Me
pregunto qué es lo que le ha hecho decir que soy «de mediana edad».
Para
ser honesto, le digo, no estoy interesado en comprar una casa.
Tapa
el teléfono con dos uñas de color rosa, se inclina hacia mí y articula en
silencio las palabras «Un momento, por favor».
La
verdad, le digo, es que he sacado su nombre de unas fichas de la oficina del
juez de instrucción del condado. La verdad es que he estado estudiando las
fichas forenses de todas las muertes en la cuna que han tenido lugar en esta
zona durante los últimos veinticinco años.
Y
sin dejar de escuchar el teléfono, sin mirarme, me pone sobre la solapa las
uñas de color rosa de la mano libre y las deja allí, empujando solamente un
poco. Y le dice al teléfono:
—Entonces,
¿qué problema hay? ¿Por qué no están viviendo en ella?
A
juzgar por su mano, vista de cerca, debe de tener treinta y muchos o cuarenta y
pocos. Con todo, es demasiado joven para tener ese aspecto disecado que pasa
por belleza a partir de cierta edad y nivel de ingresos. Su piel ya parece
haber sido exfoliada, depilada, restregada, hidratada y maquillada hasta
hacerla parecer un mueble remozado. Retapizado en rosa. Restaurado. Renovado.
Le
grita al teléfono móvil:
—¡Estás
de broma! ¡Claro que sé lo que es una demolición! —Y dice—: ¡Se trata de una
casa histórica!
Levanta
los hombros, hasta pegarlos a ambos lados del cuello, y los deja caer. Separa
la cara del teléfono y suspira con los ojos cerrados.
Permanece
a la escucha, con los zapatos de color rosa y las piernas blancas reflejadas
del revés en el suelo de madera oscura. Pueden verse las sombras del interior
de su falda reflejadas en las profundidades de la madera.
Se
tapa la frente con la mano libre y dice:
—Mona.
—Y dice—: No podemos permitirnos perder ese derecho de venta. Si construyen
otra casa allí, lo más probable es que nunca vuelva a estar en venta.
Luego
vuelve a escuchar.
Y me
pregunto desde cuándo no se puede llevar corbata azul con una chaqueta marrón.
Bajo
la cabeza para encontrar su mirada y digo: ¿Señora Boyle? Le digo que necesito
verla en privado, fuera de su oficina. Para hablarle de cierta historia que
estoy investigando.
Pero
ella hace un gesto con los dedos en mi dirección. Un segundo más tarde, va
hasta una de las chimeneas y se apoya en ella, apuntala la mano libre en la
repisa y susurra:
—Cuando
la bola de demolición se balancee por el aire, lo más probable es que los
vecinos vitoreen.
Un
amplio umbral comunica esta habitación con otra habitación blanca con el suelo
de madera y un techo complejamente labrado y pintado de blanco. En la dirección
contraria, un umbral da a una habitación revestida de estanterías blancas y
vacías.
—Tal
vez podríamos iniciar una protesta —dice—. Podríamos mandar cartas a los
periódicos.
Yo
le digo que soy de la prensa.
Su
perfume huele a cuero de asientos de coche y a rosas mustias y a revestimiento
de muebles de cedro.
Y
Helen Hoover Boyle dice:
—Espera,
Mona.
Se
me acerca y dice:
—¿Qué
estaba diciendo, señor Streator? —Pestañea una vez, dos veces, deprisa. A la
espera. Tiene los ojos azules.
Que
soy reportero, de la prensa.
—La
casa de Exeter Drive es una casa preciosa e histórica que alguna gente quiere
demoler —dice, tapando el auricular con una mano—. Siete dormitorios,
seiscientos metros cuadrados. Con paneles de madera de cerezo en todo el primer
piso.
El
silencio en la habitación hace que se pueda oír una vocecita saliendo del
teléfono que pregunta:
—¿Helen?
Ella
cierra los ojos y dice:
—Se
construyó en mil novecientos treinta y cinco. —Inclina la cabeza hacia atrás—.
Tiene calefacción de suelo radiante, dos coma ocho acres, tejado de tejas...
Y la
vocecita dice:
—¿Helen?
—Sala
de juegos —dice—. Bar, gimnasio...
El
problema es que no tengo mucho tiempo. Lo único que necesito saber, le digo, es
si alguna vez tuvo un hijo.
—Antecocina
—dice—. Cámara frigorífica...
Le
pregunto si su hijo murió de muerte súbita en la cuna hace unos veinte años.
Ella
pestañea una vez, dos, y dice:
—¿Cómo
dice?
Necesito
saber si le leía a su hijo en voz alta. Se llamaba Patrick. Tengo que encontrar
todos los ejemplares existentes de cierto libro.
Helen
Boyle sostiene el teléfono entre la oreja y la hombrera de la chaqueta, abre su
bolso de color rosa y blanco y saca un par de guantes blancos. Flexiona los
dedos para introducirlos en los guantes y dice:
—¿Mona?
Necesito
saber si tal vez ella sigue teniendo un ejemplar de ese libro. Lo siento, pero
no puedo decirle por qué. Ella dice:
—Me
temo que el señor Streator no puede ayudarnos.
Necesito
saber si a su hijo le hicieron autopsia. Me sonríe. Luego articula con los
labios las palabras «Fuera de aquí».
Levanto
las dos manos, con las palmas abiertas en su dirección, y ella empieza a
retroceder.
Solamente
necesito asegurarme de que se destruyen todos los ejemplares de ese libro.
Y
ella dice:
—Mona,
por favor, llama a la policía.
6
En
las muertes en la cuna, el procedimiento estándar es asegurarles a los padres
que no han hecho nada malo. Que los bebés no se asfixian por culpa de las
mantas. En el Journal of Pediatrics, en un estudio publicado en 1945 con el
título «Asfixia mecánica durante la primera infancia», los investigadores
demostraron que un bebé nunca se puede asfixiar con la ropa de cama. Incluso el
bebé más pequeño, colocado boca abajo sobre una alfombra o un colchón, es capaz
de darse la vuelta para respirar. Ni siquiera si el niño está un poco resfriado
hay pruebas de que eso se pueda relacionar con la muerte. No hay pruebas que
relacionen las vacunas DFT —difteria, tos ferina, tétanos— con la muerte
súbita. Aunque el niño hubiera ido al médico unas pocas horas antes, podría
morir de todos modos.
Los
gatos no se sientan encima de los niños y les roban la vida.
Solamente
sabemos que no sabemos nada.
Nash,
el enfermero, me enseña los hematomas purpúreos y rojos que tienen los niños,
el livor mortis, en las partes inferiores del cuerpo donde se acumula la
hemoglobina. La espuma sanguinolenta que les sale de la nariz y la boca es lo
que los forenses llaman purga de fluidos, una parte natural de la
descomposición. La gente que busca desesperadamente una respuesta mira el livor
mortis y la purga de fluidos, o incluso a los sarpullidos que causan los
pañales, y da por sentado que son abusos infantiles.
El
truco para olvidar la situación general es mirar las cosas muy de cerca.
La
manera más fácil de cerrar una puerta es sepultarte a ti mismo en los detalles.
En los datos. Lo mejor de hacerse reportero es que te puedes esconder detrás de
tu cuaderno. Todo es pura investigación.
En
la biblioteca del condado, en la sección juvenil, el libro vuelve a estar en la
estantería, a la espera. Poemas y rimas del mundo entero. Y en la página 27 hay
un poema. Un poema tradicional africano, según dice el libro. Tiene ocho versos
y no me hace falta escribirlo. Lo tengo apuntado desde el primer bebé, el de la
caravana en los suburbios. Arranco la página y devuelvo el libro a la
estantería.
En
la redacción Duncan dice:
—¿Cómo
va con la ronda de bebés muertos? —Y dice—: Necesito que llames a este número a
ver de qué va la cosa.
Y me
pasa unas galeradas de la sección de Cosas de la Vida con un anuncio rodeado
por un círculo rojo.
El
anuncio tiene tres columnas por seis pulgadas de altura y dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DEL GIMNASIO
Y
CLUB DE TENIS MEADOW DOWNS
Y
dice:
«¿Ha
contraído usted una infección micótica abrasiva transmitida por el equipo del
gimnasio o por el contacto íntimo con las superficies de los lavabos? De ser
así, por favor, llame al siguiente número para entablar un pleito por demanda
colectiva».
En
el número de teléfono en cuestión, responde la voz de un hombre:
—Despacho
de abogados Deemer, Duke y Diller.
El
hombre dice:
—Necesitamos
su nombre y su dirección para nuestros registros. —Y dice, al teléfono—: ¿Puede
describir su erupción? El tamaño. La ubicación. El color. Los daños o pérdida
de tejidos. Sea tan específico como pueda.
Ha
habido un error, digo. No tengo ninguna erupción. Le digo que no llamo para
formar parte del pleito.
Por
alguna razón, me viene a la cabeza Helen Hoover Boyle.
Cuando
le digo que soy de la prensa, el hombre dice:
—Lo
sentimos, pero no estamos autorizados a discutir la cuestión hasta que se
entable el pleito.
Llamo
al club de tenis, pero tampoco quieren hablar. Llamo al Treeline Dining Club,
pero no quieren hablar. Los dos anuncios tienen el mismo número de teléfono.
Con el mismo prefijo extraño de teléfono móvil. Llamo otra vez y me contesta la
misma voz de hombre.
—Despacho
de abogados Deemer, Duke y Diller.
Cuelgo.
En
la facultad de periodismo te enseñan a empezar con los datos más importantes.
Lo llaman la pirámide invertida. El quién, el qué, el dónde, el cuándo y el
porqué al principio del artículo. Luego vas dando los datos menos importantes
en orden descendente. De esa forma, el redactor jefe puede cortar el artículo
por cualquier parte sin perder nada demasiado importante.
Todos
los pequeños detalles, el olor de la colcha, la comida que queda en los platos,
el color del adorno del árbol de Navidad, todo eso se queda siempre en el suelo
de la sala de redacción.
La
única pauta recurrente de la muerte en la cuna es que tiende a hacerse más
frecuente cuando empieza a hacer frío, en otoño. Ese es el detalle con el que
mi editor quiere que abra mi primera entrega. Algo para transmitir pánico a la
gente. Cinco bebés, cinco entregas. Así podemos hacer que la gente siga la
serie durante cinco domingos consecutivos. Podemos prometer que exploraremos
las causas y detalles recurrentes de la muerte súbita infantil. Podemos
mantener la esperanza viva.
Hay
gente que sigue pensando que el conocimiento es poder.
Podemos
garantizar a los anunciantes un público entregado.
En
la redacción, le pido a mi redactor jefe que me haga un pequeño favor.
Le
digo que tal vez haya encontrado una pauta recurrente. Parece que todos los
padres les leyeron a sus hijos el mismo poema en voz alta la noche en que
murieron.
—¿Los
cinco? —dice.
Le
digo que hagamos un pequeño experimento.
Ya
es de noche y los dos estamos cansados después de un día largo. Estamos
sentados en su despacho y le digo que escuche.
Es
una vieja canción sobre animales que se van a dormir. Es nostálgica y
sentimental y noto la cara amoratada y acalorada por la hemoglobina oxigenada
mientras leo el poema en voz alta, bajo las luces fluorescentes, sentado al
otro lado de la mesa de mi redactor jefe, que tiene la corbata desanudada y el
cuello de la camisa abierto y está reclinado en su asiento con los ojos
cerrados. Tiene la boca entreabierta y sus dientes y su tazón de café están
manchados del mismo color marrón del café.
Lo
bueno es que estamos solos y solamente tardo un minuto.
Cuando
termino, abre los ojos y dice:
—¿Qué
coño se supone que quiere decir eso?
Los
ojos de Duncan son verdes.
Su
saliva me aterriza en el brazo en forma de motitas, trayendo gérmenes, pequeños
perdigones de humedad, trayendo virus. Saliva marrón de café.
Le
digo que no lo sé. El libro la llama una canción sacrificial. En ciertas
culturas antiguas, se la cantan a los niños durante las sequías o las
hambrunas, en las épocas en que el territorio se ha quedado pequeño para la
tribu. Se la cantan a los guerreros mutilados en la batalla o a la gente
enferma, a cualquiera que uno espere que se vaya a morir pronto. Para acabar
con su dolor. Es una nana.
Por
lo que respecta a la ética, lo que he aprendido es que juzgar los hechos no es
trabajo del periodista. Que tu trabajo es examinar la información. Tu trabajo
es reunir datos. Registrar lo que hay. Ser un testigo imparcial. Lo que he
aprendido es que llega un día en que no te lo piensas dos veces antes de llamar
a los padres en Nochebuena.
Duncan
mira su reloj, luego me mira a mí y dice:
—¿Y
en qué consiste tu experimento?
Mañana
sabré si hay una relación causal. Una pauta recurrente. Mi trabajo consiste
únicamente en contar la historia. Meto la página 27 en su trituradora de papel.
«Los
palos y las piedras te pueden romper los huesos, pero las palabras no pueden
hacer daño.»
No
se lo quiero explicar hasta que lo sepa con seguridad. Sigue siendo una
situación hipotética, así que le pido a mi redactor jefe que me siga la
corriente. Le digo:
—Los
dos necesitamos descansar, Duncan. —Y le digo—: Tal vez podamos seguir hablando
por la mañana.
7
Mientras
me estoy tomando la primera taza de café, Hender— son viene desde la sección de
Información Nacional. Algunos cogen sus abrigos y echan a caminar hacia el
ascensor. Algunos cogen una revista y se encaminan al lavabo. Otros se esconden
detrás de las pantallas de sus ordenadores y fingen que hablan por teléfono
mientras Henderson se detiene en el centro de la sala de redacción con la
corbata aflojada alrededor del cuello de la camisa abierto y grita:
—¿Dónde
coño está Duncan?
Grita:
—La
primera edición va camino de la imprenta y necesitamos el resto de la jodida
portada.
Algunos
se encogen de hombros. Yo descuelgo el teléfono.
Los
detalles sobre Henderson son: tiene el pelo rubio y peinado de un lado a otro
de la frente. Siempre está al tanto del estado de la nieve y lleva un forfait
de pista de esquí colgando de todos sus abrigos. Su contraseña del ordenador es
«contraseña».
De
pie junto a mi mesa, me dice:
—Streator,
¿solamente tienes esa corbata azul horrible o qué?
Con
el teléfono pegado a la oreja, articulo con los labios la palabra «Entrevista».
Le pregunto al tono de marcado si se escribe con «b» de bobo.
Por
supuesto que no le voy a contar a nadie que le leí el poema a Duncan. No se lo
puedo contar a la policía. En cuanto a mi teoría, no le puedo contar a Helen
Boyle por qué necesito la información sobre su hijo muerto.
Llevo
el cuello de la camisa tan prieto que tengo que tragar con fuerza para que me
baje el café.
Incluso
aunque la gente me creyera, lo primero que me preguntarían es: «¿Qué poema?».
Enséñanoslo.
Demuéstranoslo.
La
pregunta no es: «¿Se filtraría el poema?».
La
pregunta es: «¿Cuánto tardaría en extinguirse la especie humana?».
He
aquí el poder de decidir entre la vida y una muerte fácil, limpia y sin sangre
a disposición de cualquiera. De todo el mundo. Una muerte de Hollywood,
instantánea y sin sangre.
Incluso
si no lo cuento, ¿cuánto tiempo tardará Poemas y rimas del mundo entero en
llegar a un aula? ¿Cuánto falta para que la canción sacrificial de la página 27
sea leída a cincuenta niños antes de la hora de la siesta?
¿Cuánto
falta para que alguien se la lea por la radio a miles de personas? ¿Para que le
pongan música? ¿Para que la traduzcan a otros idiomas?
Joder,
no hace falta que la traduzcan para que funcione. Los bebés no hablan ningún
idioma.
Hace
tres días que nadie ha visto a Duncan. Miller cree que Kleine ha llamado a
Duncan a casa. Kleine cree que lo ha llamado Fillmore. Todo el mundo está
seguro de que ha llamado otro, pero nadie ha hablado con Duncan. No ha
contestado sus e-mails. Carruthers dice que Duncan ni siquiera se ha molestado
en llamar para avisar de que estaba enfermo.
Una
taza de café más tarde, Henderson viene a mi mesa con una impresión de prueba
de la sección de Ocio. Está doblada de forma que se ve un anuncio de tres
columnas por seis pulgadas de alto. Henderson me mira mientras yo me doy
golpecitos en el reloj de pulsera y me lo acerco al oído, y él dice:
—¿Has
visto este anuncio en la edición matinal?
El
anuncio dice:
ATENCIÓN,
PASAJEROS DE PRIMERA CLASE
DE
LAS LÍNEAS AÉREAS REGENT-PACIFIC
El
anuncio dice:
«¿Ha
sufrido pérdida de cabello y/o molestias relacionadas con ladillas después de
tener contacto con el tapizado, las almohadas o las mantas de estas líneas
aéreas? De ser así, por favor, llame al siguiente número para entablar un
pleito por demanda colectiva».
Henderson
dice:
—¿Ya
has llamado por esto?
Le
digo que por qué no se calla y llama él.
Y
Henderson dice:
—Tú
te encargas de los Artículos Especiales. —Y dice—: Esto no es la cárcel. Yo no
soy tu puta.
Esto
está acabando conmigo.
No
te haces periodista porque se te dé bien guardar secretos.
Ser
periodista consiste en contar. En transmitir las malas noticias. En extender el
contagio. La mejor historia de la Historia. Esto podría ser el fin de los
medios de comunicación de masas.
La
canción sacrificial podría ser una plaga propia de la Era de la Información.
Imaginen un mundo donde la gente huye de la televisión, de la radio. De las
películas, de Internet, de las revistas y de los periódicos. Donde la gente
tiene que llevar tapones en los oídos igual que uno se pone condones o guantes
de goma. En el pasado, a nadie le preocupaba mucho tener relaciones sexuales
con desconocidos. Y antes todavía, nadie se preocupaba por las mordeduras de
las pulgas. Ni por el agua sin tratar. Ni por los mosquitos. Ni por el amianto.
Imaginen
una plaga que se transmita por los oídos.
Los
palos y las piedras te pueden romper los huesos, pero es que ahora las palabras
también te pueden matar.
La
nueva muerte, esta plaga, puede venir de cualquier parte. De una canción. De un
anuncio que has oído sin prestar atención. De un noticiario. De un sermón. De
un músico callejero. Un vendedor telefónico te puede matar. Un profesor. Un
archivo de Internet. Una tarjeta de felicitación por tu cumpleaños. Una galleta
de la suerte.
Un
millón de personas pueden ver un programa en la tele y a la mañana siguiente
estar muertos por culpa de una melodía publicitaria.
Imaginen
el pánico.
Imaginen
una nueva Edad de las Tinieblas. La exploración y las rutas comerciales
llevaron las primeras plagas de China a Europa. Con los medios de comunicación
de masas, tenemos un montón de canales nuevos de transmisión.
Imaginen
los libros ardiendo. Y las cintas y los archivos, las radios y los televisores,
todo yendo a la misma hoguera. Todas las bibliotecas y librerías
resplandeciendo en medio de la noche. Gente asaltando las estaciones
repetidoras. Gente armada con hachas atacando los cables de fibra óptica.
Imaginen
gente entonando oraciones, cantando himnos, para ahogar cualquier sonido que
pudiera traer la muerte. Tapándose los oídos con las manos, imaginen a la gente
rehuyendo cualquier canción o discurso donde la muerte pudiera estar codificada
igual que un lunático envenenaría un frasco de aspirinas. Cualquier palabra
nueva. Cualquier cosa que no entendieran sería sospechosa, peligrosa. Evitada.
La comunicación en cuarentena.
Y si
este es un hechizo letal, un conjuro, entonces habrá más. Si yo conozco la
página 27, alguien más la conoce. Yo no soy el cerebro pionero de nada.
¿Cuánto
falta para que alguien diseccione la canción sacrificial y cree otra variante,
y otra, y otra? Hasta que Oppenheimer inventó la bomba atómica, era algo
imposible. Ahora tenemos la bomba atómica y la bomba de hidrógeno y la bomba de
neutrones, y la gente sigue desarrollando esa idea. Nos vemos impelidos a un
nuevo paradigma de miedo.
Si
Duncan está muerto, era una víctima necesaria. Él ha sido mi prueba nuclear
atmosférica. Ha sido mi Trinity. Mi Hiroshima.
Con
todo, Palmer, del departamento de Redacción, está convencido de que Duncan está
en Composición.
Jenkins,
de Composición, dice que lo más probable es que Duncan esté en el departamento
de Arte.
Hawley,
de Arte, dice que está en el Archivo de Prensa.
Schott,
del Archivo, dice que Duncan está en Redacción.
Por
aquí, esto es lo que te venden como realidad.
Imaginen
que las mismas medidas de seguridad que ahora tienen en los aeropuertos, las
instauran en todas las bibliotecas, escuelas, cines y librerías, después de que
se filtre la canción sacrificial. En cualquier sitio donde se pueda diseminar
información uno encontrará guardias armados.
Las
ondas estarán tan vacías como una piscina pública durante una alarma de polio.
Después, solamente se emitirán unos pocos comunicados del gobierno. Solamente
noticias y música higienizados. Después, cualquier música, libro o película
será probada con animales de laboratorio o convictos voluntarios antes de
publicarse.
En
lugar de máscaras de cirujano, la gente llevará auriculares que les
proporcionarán la protección constante y tranquilizadora de música segura o de
cantos de pájaros. La gente pagará por recibir noticias «puras», por fuentes de
información y entretenimiento «seguras». Igual que se inspecciona la leche, la
carne y la sangre, imaginen que se tienen que filtrar y homogeneizar los libros
y la música. Que certificar. Que aprobar para el consumo.
La
gente renunciará con gusto a la mayor parte de su cultura para estar seguros de
que la poca que reciba es limpia y segura.
Ruido
de fondo.
Imaginen
un mundo en silencio donde esté prohibido cualquier ruido lo bastante fuerte o
lo bastante largo como para albergar un poema letal. Se acabaron las
motocicletas, las cortadoras de césped, los aviones a reacción, las licuadoras
eléctricas, los secadores de pelo. Un mundo donde la gente tenga miedo a
escuchar, miedo a oír algo detrás del estruendo del tráfico. Palabras venenosas
enterradas en la música a todo volumen que suena en el piso de al lado.
Imaginen una resistencia cada vez mayor al lenguaje. Nadie hablará porque nadie
se atreverá a escuchar.
Los
sordos heredarán el mundo.
Y
los analfabetos. Los que viven aislados. Imaginen un mundo de ermitaños.
Otra
taza de café y tengo que mear como un cabrón. Henderson, de Información
Nacional, me pilla lavándome las manos en el lavabo de hombres y me dice algo.
Podría
ser cualquier cosa.
Le
grito que no lo oigo mientras me estoy secando las manos debajo de la secadora
de aire caliente.
—¡Duncan!
—grita Henderson. Para hacerse oír por encima del ruido del agua y de la
secadora de manos, grita—: Tenemos dos cadáveres en la suite de un hotel y no
sabemos si es una noticia. Necesitamos que Duncan haga una llamada.
Creo
que eso es lo que dice. Hay mucho ruido.
Me
compruebo la corbata en el espejo y me peino con los dedos. En un solo golpe de
voz, con el reflejo de Henderson a mi lado, podría recitar a toda prisa la
canción sacrificial y borrarlo de mi vida para esta misma noche. A él y a
Duncan. Muertos. Así de fácil.
En
cambio, le pregunto si se puede llevar corbata azul con una chaqueta marrón.
8
Cuando
el primer enfermero ha llegado al escenario, lo primero que ha hecho ha sido
llamar a su corredor de bolsa. Este enfermero, mi amigo John Nash, ha valorado
la situación de la suite 17F del hotel Pressman y ha puesto a la venta todas
sus acciones de Stuart Western Technologies.
—Pueden
echarme, vale —dice Nash—, Pero en los tres minutos que he tardado en hacer la
llamada, esos dos que hay en la cama no se han muerto más de lo que estaban.
La
siguiente persona a la que llama soy yo, y me pregunta si tengo cincuenta
dólares a cambio de una información extra. Me dice que si tengo acciones de
Stuart Western, que me deshaga de ellas y venga a toda pastilla a un bar en la
Tercera, cerca del hospital.
—Joder
—dice Nash al teléfono—. La mujer era preciosa. Si no hubiera estado ahí
Turner, Turner mi compañero, no sé qué habría hecho. —Y cuelga.
De
acuerdo con la teleimpresora, las acciones de Stuart Western Technologies ya se
están yendo al garete. Ya debe de haberse emitido la noticia sobre Baker Lewis
Stuart, el fundador de la empresa, y su nueva mujer, Penny Price Stuart.
Anoche,
los Stuart cenaron a las siete en Chez Chef. Eso es fácil de averiguar
sobornando al conserje del hotel. De acuerdo con el camarero que les sirvió,
uno de ellos tomó el risotto de salmón y el otro los champiñones Portabello.
Mirando la cuenta, me ha dicho, no se puede saber quién tomó cada cosa. Se
bebieron una botella de pinot noir. Uno de ellos tomó tarta de queso de postre.
Los dos tomaron café.
A
las nueve fueron en coche a una fiesta en la Chambers Gallery, donde los
testigos han contado a la policía que la pareja habló con varias personas,
incluyendo al dueño de la galería y al arquitecto de su nueva casa. Los dos
tomaron otro vaso de vino barato.
A
las diez y media volvieron al hotel Pressman, donde llevaban residiendo en la
suite 17F casi un mes desde su boda. La operadora del hotel dice que hicieron
varias llamadas de teléfono entre las diez y media y la medianoche. A las doce
y cuarto llamaron a recepción y pidieron que los llamaran para despertarlos a
las ocho. Un empleado de recepción confirma que usaron el mando a distancia de
la televisión para pedir una película porno. La doncella los encontró muertos a
las nueve de la mañana siguiente.
—Para
mí que es embolia —dice Nash—. Se lo estás comiendo a una chica y le soplas
algo de aire dentro, o bien te la follas demasiado fuerte, y de una forma u
otra puedes meterle un poco de aire en el flujo sanguíneo y la burbuja le va
directa al corazón.
Nash
es grandullón. Un tipo corpulento con un abrigo pesado encima del uniforme
blanco. Lleva sus zapatillas de atletismo blancas y cuando llego ya está en la
barra. Tiene los dos codos sobre la barra y se está comiendo un bocadillo de
filete en un panecillo con semillas y mayonesa y mostaza goteando por el otro
lado. Se está bebiendo una taza de café solo. Tiene el pelo grasiento recogido
en forma de palmera sobre la coronilla.
Le
pregunto si alguien ha registrado el lugar.
Nash
mastica, con su enorme mandíbula subiendo y bajando. Sostiene el bocadillo con
las dos manos pero lo que está mirando es el plato de debajo, todo pringado y
lleno de pepinillos y de patatas fritas.
Le
pregunto si ha olido algo en la habitación del hotel.
Él
dice:
—Siendo
recién casados, yo te digo que se la folló hasta matarla y luego tuvo un ataque
al corazón. Van cinco pavos a que la abren y le encuentran aire en el corazón.
Le
pregunto si por lo menos marcó asterisco y 69 en el teléfono para averiguar
quién fue el último en llamar.
Y
Nash dice:
—No
se puede hacer. En los teléfonos de hotel, no.
Le
digo que quiero algo más a cambio de mis cincuenta pavos que saber que estuvo
babeando por un cadáver.
—Tú
también habrías babeado —dice—. Joder, estaba de muerte.
Le
pregunto si había objetos de valor en el escenario: relojes de pulsera,
carteras, joyas.
Él
dice:
—Y
seguía caliente, debajo de la sábana. Lo bastante caliente. Nada de estertores.
Nada.
Su
mandíbula enorme sigue subiendo y bajando, más despacio ahora que no está
mirando nada en particular.
—Si
pudieras hacértelo con la mujer que quisieras —dice—, y si pudieras hacer lo
que quisieras con ella, ¿no lo harías?
Le
digo que está hablando de violación.
—No
—dice—. Si está muerta, no. —Y muerde una patata frita—. Si hubiera estado solo
y si hubiera tenido un condón... —dice con la boca llena—. Ni en coña habría
dejado que el forense encontrara mi ADN en la escena del crimen.
Entonces
está hablando de asesinato.
—No
si la mata otro —dice Nash, y me mira—. O lo mata a él. El marido tenía un buen
culo, si eso es lo que te va. Nada de secreciones. Nada de livor mortis. Nada
de pérdidas de piel. Nada.
No
tengo ni idea de cómo puede decir todo eso y seguir comiendo.
Dice:
—Los
dos desnudos. Una mancha grande de humedad en el colchón, en medio de los dos.
Sí, lo hicieron. Lo hicieron y se murieron. —Nash mastica su bocadillo y dice—:
La vi allí y estaba más buena que ningún coñito que me haya tirado.
Si
Nash conociera la canción sacrificial, no quedaría una mujer viva. Viva o
virgen.
Si
Duncan ha muerto, espero que no sea Nash el que atienda a la llamada. A lo
mejor esa vez sí que lleva condón. A lo mejor aquí se pueden comprar en el
lavabo.
Ya
que la miró con tanta atención, le pregunto si vio algún hematoma, mordedura,
picadura de abeja, marcas de agujas, lo que sea.
—Nada
de eso —dice.
—¿Una
nota de suicidio?
—Nada.
Muertos sin causa aparente —dice.
Nash
le da la vuelta al bocadillo con las manos y lame la mayonesa y la mostaza que
gotean por el borde. Dice:
—¿Te
acuerdas de Jeffrey Dahmer? —Nash lame y dice—: No tenía intención de matar a
tanta gente. Simplemente se le ocurrió que si taladraba un agujero en el cráneo
de alguien y le echaba desatascador de cañerías, lo podía convertir en un zombi
sexual. Lo único que Dahmer quería era follar más.
Así
pues, ¿qué consigo a cambio de los veinte dólares?
—Solamente
tengo un nombre —dice.
Le
doy dos de veinte y uno de diez.
Arranca
un trozo de filete del bocadillo con los dientes. La carne le queda colgando
sobre la barbilla hasta que echa la cabeza hacia atrás para metérsela en la
boca. Masticando, dice:
—Sí,
soy un cerdo. —Y el aliento le huele brutalmente a mostaza. Dice—: La última
persona que habló con ellos, según el historial de llamadas de sus dos
teléfonos móviles, se llama Helen Hoover Boyle.
Y
dice:
—¿Te
has librado de esas acciones tal como te he dicho?
9
Es
el mismo armario de oficina estilo William and Mary. De acuerdo con la tarjeta
pegada con cinta adhesiva a la parte delantera, es de pino negro lacado con
escenas persas en dorado, patas terminadas en rodete y el frontón acabado con
un montón de conchas y arabescos labrados. Tiene que ser el mismo armario.
Hemos girado a la derecha, hemos cogido un pasillo estrecho flanqueado de
armarios y luego hemos vuelto a girar a la derecha a la altura de un ropero
estilo Regencia, luego a la izquierda a la altura de un sofá estilo Federal,
pero aquí estamos de nuevo.
Helen
Hoover Boyle apoya un dedo en el panel dorado que muestra a los hombres y
mujeres deslustrados de la vida cortesana de Persia, y dice:
—No
tengo ni idea de qué me está hablando.
Ella
mató a Baker y Penny Stuart. Los llamó a sus teléfonos móviles el mismo día en
que murieron. Les leyó la canción sacrificial a los dos.
—¿Cree
que maté a esa pobre gente cantándoles? —dice.
Hoy
lleva un traje chaqueta amarillo, pero su pelo sigue siendo voluminoso y de
color rosa. Lleva zapatos amarillos, pero su cuello sigue abarrotado de cadenas
de oro y de cuentas. Sus mejillas son de color rosa y tienen un aspecto blando
por culpa del exceso de maquillaje.
No
me ha hecho falta escarbar mucho para descubrir que los Stuart eran quienes
acababan de comprar una casa en Exeter Drive. Una casa preciosa e histórica con
siete dormitorios y paneles de cedro por todo el primer piso. Una casa que
planeaban demoler para construir otra. Un plan que enfureció a Helen Hoover
Boyle.
—Oh,
señor Streator —dice—. Si se oyera.
Desde
donde estoy, un pasillo estrecho y flanqueado de muebles avanza unos cuantos
metros en cada dirección. Por los dos lados, el pasillo gira o se ramifica
formando más pasillos, con armarios apretados a ambos lados y aparadores
montados los unos sobre los otros. Todo lo que no es demasiado alto, como los
sillones, sofás y mesas, deja ver solamente hasta el siguiente pasillo de
cacharros, la siguiente pared de relojes de pie, biombos esmaltados y
secreteres georgianos.
Aquí
es donde ella ha sugerido que nos reuniéramos, para poder hablar en privado, en
una de esas tiendas de anticuario instaladas en almacenes. En este laberinto de
muebles, no paramos de encontrarnos con el mismo armario de oficina William and
Mary, con el mismo ropero Regencia. Andamos en círculos. Estamos perdidos.
Y
Helen Boyle dice:
—¿Le
ha hablado a alguien más de su canción asesina?
Solamente
a mi redactor jefe.
—¿Y
qué ha dicho su redactor jefe?
Creo
que ha muerto.
Y
ella dice:
—Qué
sorpresa. —Y dice—: Debe de sentirse usted fatal.
Por
encima de nosotros cuelgan lámparas de cristal a distintas alturas, todas
empañadas y grises como pelucas empolvadas. Allí donde sus cadenas están
enganchadas a las vigas del techo, hay cables retorcidos y deshilachados. Los
cables cortados, las bombillas muertas y polvorientas. Cada lámpara de cristal
es una vetusta cabeza aristocrática cortada y colgando del revés. Por encima de
todo, el tejado del almacén traza un arco, con un montón de listones
apuntalando la chapa de cinc.
—Sígame
—dice Helen Boyle—, ¿No se supone que solamente sale moho en la parte norte de
los armarios?
Se
mete dos dedos en la boca para humedecerlos y los levanta.
Las
vitrinas rococó, las librerías jacobeas, las cómodas altas estilo neogótico,
labradas y barnizadas, y los roperos estilo provincial francés nos rodean por
todas partes. Los gabinetes de curiosidades de nogal eduardianos, los muebles
de cajones neorenacentistas. El nogal y la caoba, el marfil y el roble. Las
patas en forma de bulbo y las patas acabrioladas y los paneles con motivos de
imitación de tela. Los chiffoniers estilo Queen Anne. Más arce de azúcar.
Incrustaciones de madreperla y similor de bronce dorado. Nuestros pasos
arrancan ecos del suelo de cemento. La lluvia tabletea en el tejado metálico. Y
ella dice:
—¿No
se siente en cierta manera enterrado por la historia?
Con
las uñas de color rosa saca un llavero de su bolso blanco y amarillo. Cierra el
puño en torno a las llaves de manera que únicamente le sobresalen por entre los
dedos las más largas y afiladas.
—¿Se
da cuenta de que cualquier cosa que pueda hacer en la vida carecerá de sentido
dentro de cien años? —dice—, ¿Cree que alguien se acordará de los Stuart dentro
de cien años?
Va
examinando las diferentes superficies pulimentadas, las mesas, los tocadores,
las puertas, mientras su imagen flota a través de ellas.
—La
gente se muere —dice—. La gente derriba casas. Pero los muebles, los muebles
bonitos y elegantes, siguen adelante. Sobreviven a todo.
Dice:
—Los
armarios son las cucarachas de nuestra cultura.
Y
sin perder el paso, raya la superficie bruñida de nogal de un armario con la
punta de acero de una llave. El ruido es tan suave como siempre que algo duro
raya algo blando. La cicatriz es profunda y deja ver el pino barato sin tratar
que hay debajo del enchapado.
Se
para delante de un ropero con puertas biseladas de espejo.
—Piense
en todas las generaciones de mujeres que se han mirado en ese espejo —dice—. Se
lo llevaron a casa. Envejecieron en ese espejo. Se murieron, todas esas jóvenes
hermosas, pero el ropero está aquí, más valioso que nunca. Un parásito que ha
sobrevivido al anfitrión. Un depredador grande y gordo esperando su siguiente
comida.
En
este laberinto de antigüedades, dice, están los fantasmas de todo el mundo que
ha poseído estos muebles. Esta basura decorativa ha sobrevivido a todo su
talento, su inteligencia y su belleza. Y todo el éxito y los logros que estos
muebles tenían que representar han desaparecido.
Dice:
—En
el enorme esquema de las cosas, ¿acaso importa cómo murieron los Stuart?
Le
pregunto cómo se enteró de lo del conjuro sacrificial. ¿Fue porque murió su
hijo Patrick?
Y
ella sigue caminando, pasando los dedos por los rebordes labrados, por las
superficies bruñidas, estropeando los pomos y ensuciando los espejos.
No
me hizo falta escarbar mucho para averiguar cómo murió su marido. Un año
después de que muriera Patrick, lo encontraron en la cama, muerto, sin una sola
marca, sin nota de suicidio y sin causa aparente.
Y
Helen Boyle dice:
—¿Cómo
encontraron a su redactor jefe?
Saca
un par de tenacillas plateadas y un destornillador de su bolso blanco y
amarillo, tan limpios y precisos que podrían usarse en cirugía. Abre la puerta
de un enorme armario labrado y pulimentado y dice:
—Aguánteme
esto, por favor.
Le
sostengo la puerta y ella trabaja un momento en el interior hasta que el
pestillo de la puerta y el pomo se sueltan y caen al suelo a mis pies.
Un
minuto después ha sacado los pomos, el similor de bronce dorado y todo lo que
es de metal salvo las bisagras y se lo ha metido en el bolso. Una vez saqueado,
el armario parece desnudo, ciego, castrado, mutilado.
Le
pregunto por qué hace eso.
—Porque
me encanta esta pieza —dice—. Pero no voy a ser una más de sus víctimas.
Cierra
las puertas y se guarda las herramientas en el bolso.
—Volveré
a buscarlo después de que bajen el precio hasta lo que valía cuando era nuevo
—dice—. Me encanta, pero solamente voy a comprarlo con mis condiciones.
Caminamos
unos pasos más y el pasillo desemboca en un bosque de percheros de pared,
paragüeros y percheros de pie. Más allá hay otra muralla de aparadores y
armarios.
—Isabelino
—dice, tocando cada pieza—. Tudor... Eastlake... Stickley...
Cuando
alguien coge dos piezas antiguas, por ejemplo un espejo y un tocador, y los
acopla, ella me explica que los expertos llaman al resultado una pieza
«casada». Como antigüedad, se considera carente de valor.
Cuando
alguien separa dos piezas, por ejemplo, un aparador y un mueble para vajillas,
y los vende por separado, los expertos denominan a las piezas «divorciadas».
—Y
nuevamente —dice—, carecen de valor.
Le
digo que he estado intentando encontrar todos los ejemplares del libro de
poemas. Le digo que es muy importante que nadie descubra nunca el conjuro.
Después de lo que le pasó a Duncan, juro que voy a quemar todas mis notas y a
olvidar que alguna vez conocí el conjuro sacrificial.
—¿Y
qué pasa si no lo puede olvidar? —dice—. ¿Qué pasa si se le queda en la cabeza
y no para de volverle a la mente igual que una de esas tontas melodías de
anuncios? ¿Y si se queda siempre ahí, como una pistola cargada esperando a que
alguien lo irrite a usted?
Pues
no lo usaré.
—Hablando
hipotéticamente, por supuesto —dice—. Imagine que yo antes pensaba lo mismo.
Yo. Una mujer que según usted mató accidentalmente a su hijo y a su marido,
alguien que ha estado torturada por el poder de su maldición. Si alguien como
yo empezara finalmente a usar la canción, ¿qué le hace pensar que usted no la
usará?
No
la usaré y ya está.
—Claro
que no —dice, y luego se ríe sin hacer ruido. Gira a la derecha, pasa junto a
una credenza Biedermeier, deprisa, luego gira por delante de una consola art
nouveau, y desaparece de mi vista un momento.
Corro
tras ella, todavía perdido, y le digo que si tenemos que encontrar la salida de
este sitio, será mejor que no nos separemos.
Tenemos
delante un armario de oficina estilo William and Mary. De pino negro lacado con
escenas persas en dorado, patas terminadas en rodete y el frontón acabado con
un montón de conchas y arabescos labrados. Y guiándome a las profundidades de
la espesura de armarios y armarios empotrados y aparadores y cómodas, de
mecedoras y percheros y librerías, Helen Hoover Boyle dice que tiene que
contarme una historia.
10
Todo
el mundo está callado en la sala de Redacción. La gente susurra junto a la
máquina de café. La gente escucha con la boca abierta. Nadie llora.
Henderson
me pilla cuando estoy colgando la chaqueta y dice:
—¿Has
llamado a las líneas aéreas Regent-Pacific por lo de las ladillas?
Y le
digo que nadie quiere hablar hasta que se entable el pleito.
Y
Henderson dice:
—Para
tu información, ahora soy tu superior inmediato. —Y dice—: No es que Duncan sea
irresponsable. Resulta que está muerto.
Muerto
en su cama sin una sola marca. Sin nota de suicidio y sin causa aparente. Su
casero lo encontró y llamó a la ambulancia.
Le
pregunto si hay alguna señal de que haya sido sodomizado.
Y
Henderson inclina la cabeza solamente un poco y dice:
—¿Cómo
dices?
Que
si alguien se lo folló.
—Joder,
no —dice Henderson—, ¿Por qué preguntas eso?
Por
nada, le digo.
Por
lo menos Duncan no ha sido la muñeca hinchable de nadie.
Le
digo que si alguien me necesita, voy a estar en el Archivo de Prensa. Tengo que
comprobar algunos datos. Necesito revisar varios años de artículos. Y unos
cuantos carretes de microfilm.
Y
Henderson me llama:
—No
te alejes mucho. Solo porque Duncan esté muerto, no quiere decir que te hayas
librado de la historia de los bebés muertos.
«Los
palos y las piedras pueden romperte los huesos, pero cuidado con lo que dices.»
De
acuerdo con el microfilm, en 1983, en Viena, Austria, una enfermera auxiliar de
veintitrés años le dio una sobre— dosis de morfina a una anciana que estaba
suplicando que la dejaran morir.
La
anciana de setenta y siete años murió, y la enfermera auxiliar, Waltraud
Wagner, descubrió que le encantaba tener el poder de dar la vida y la muerte.
Todo
está aquí, en un carrete tras otro de microfilm. Los datos.
Al
principio se limitaba a ayudar a los pacientes a morir. Trabajaba en un
hospital enorme para ancianos y enfermos crónicos. La gente se quedaba allí a
esperar la muerte. Además de la morfina, la joven se inventó lo que ella
llamaba su cura de agua. Para aliviar el sufrimiento, lo único que tienes que
hacer es cerrar los orificios nasales del paciente apretando las aletas con los
dedos. Presionas la lengua hacia abajo y echas agua en la garganta. La muerte
es una tortura lenta, pero a los ancianos siempre se les encuentra muertos con
agua en los pulmones.
La
joven se calificaba a sí misma de ángel.
Parecía
muy natural.
Wagner
estaba llevando a cabo una hazaña noble y heroica.
Era
el final absoluto del sufrimiento y la miseria. Era amable y cariñosa y
sensible, y solamente se lo aplicaba a aquellos que querían morir.
Era
el ángel de la muerte.
En
1987 ya había tres ángeles más. Las cuatro auxiliares trabajaban en el turno de
noche. Para entonces el hospital tenía el apodo de Pabellón de la Muerte.
En
lugar de poner fin al sufrimiento, las cuatro mujeres empezaron a dar su cura
de agua a pacientes que roncaban o mojaban la cama o se negaban a tomar su
medicación o llamaban al timbre del mostrador de las enfermeras de madrugada.
Cualquier pequeña molestia y el paciente moría a la noche siguiente. Cada vez
que un paciente se quejaba de algo, Waltraud Wagner decía «Este se ha ganado un
billete a Dios», y glug, glug, glug.
—Los
que me atacaban los nervios —les contó a las autoridades— eran trasladados
directamente a una cama libre con el buen Dios.
En
1989, una anciana le dijo a Wagner que era una puta y recibió la cura de agua.
Después, los ángeles estaban bebiendo en una taberna, riéndose e imitando las
convulsiones de la anciana y la expresión de su cara. Un médico que estaba
sentado cerca las oyó.
Las
autoridades sanitarias de Viena calculan que para entonces habían sido curadas
trescientas personas. A Wagner le cayó cadena perpetua. Los otros ángeles
tuvieron sentencias menores.
—Podíamos
decidir cuál de aquellos vejestorios vivía y cuál moría —dijo Wagner en el
juicio—. En todo caso, hacía tiempo que tendrían que haber sacado el billete a
Dios.
La
historia que Helen Hoover Boyle me contó es cierta.
El
poder corrompe. Un poder absoluto corrompe de forma absoluta.
Así
que relájese, me dijo Helen Boyle, y disfrute del viaje.
Me
dijo:
—Incluso
la corrupción absoluta tiene sus incentivos.
Me
dijo que pensara en toda la gente que quería eliminar de mi vida. Que pensara
en todos los cabos sueltos que podía atar. En la venganza. Que pensara en lo
fácil que sería.
Y
Nash me seguía volviendo a la cabeza. Ahí estaba Nash, babeando ante la idea de
tener a cualquier mujer, en cualquier lugar, dispuesta a cooperar y hermosa al
menos durante unas cuantas horas antes de que todo empezara a enfriarse y
descomponerse.
—Dime
—me dijo Nash—, ¿qué diferencia hay entre eso y la mayoría de relaciones?
Cualquiera
podría convertirse en tu siguiente zombi sexual.
Pero
solamente porque aquella enfermera austríaca y Helen Boyle y John Nash no han
podido controlarse, no quiere decir que yo me vaya a convertir en un asesino
despiadado e impulsivo.
Henderson
aparece en el umbral de la sala de Archivos y grita:
—¡Streator!
¿Has apagado tu busca? Nos acaban de llamar para avisarnos de otro bebé
fiambre.
El
jefe de redacción ha muerto, larga vida al jefe de redacción. He aquí el nuevo
jefe, igual que el viejo.
Y
claro que el mundo sería mejor sin ciertas personas. Sí, el mundo podría ser
perfecto con unos cuantos recortes aquí y allí. Con un poco de limpieza. Con
algo de selección no natural.
Pero
no, nunca más voy a usar la canción sacrificial.
Nunca
más. Pero aunque la usara, no sería para vengarme.
No
la usaría de forma interesada.
Y
ciertamente, no la usaría para conseguir sexo.
No,
solamente la usaría para hacer el bien.
Y
Henderson grita:
—¡Streator!
¿Has llamado preguntando por las ladillas de la primera clase? ¿Has llamado
sobre los hongos que se te comen el culo en el gimnasio? Tienes que pegarles la
paliza a esa gente del Treeline o nunca vas a conseguir nada.
Y
tan deprisa como un estremecimiento, tal como me estremezco en dirección al
otro lado del pasillo, la canción sacrificial me viene a la cabeza, mientras
cojo mi chaqueta y salgo de la sala.
Pero
no, no la voy a usar. Y se acabó. No lo voy a hacer. Nunca.
11
Esos
ruidoadictos. Esos silenciofóbicos.
A
través del techo se oye el pumba, pumba, pumba de una batería. A través de las
paredes se oyen las risas y los aplausos de los muertos.
Incluso
en el baño, mientras uno se ducha, se oye la voz de la radio por encima del
susurro del pitorro de la ducha y del ruido del agua al golpear el suelo de la
bañera y la cortina de plástico. No es que uno quiera matarlos a todos, pero
sería agradable lanzar el conjuro sacrificial contra el mundo. Para disfrutar
del miedo. Después de que se prohibieran los ruidos fuertes, cualquier ruido
que pudiera ocultar un conjuro, cualquier música o ruido que pudiera enmascarar
un poema letal, el mundo quedaría en silencio. Peligroso y aterrado pero en
silencio.
Las
baldosas marcan un ritmo suave cuando apoyo los dedos en ellas. Los gritos que
traspasan el suelo hacen temblar la bañera. O bien un dinosaurio prehistórico
volador despertado por una prueba nuclear está a punto de destruir a los
vecinos de abajo o bien tienen la televisión demasiado fuerte.
En
un mundo donde los juramentos no tienen valor. Donde hacer una promesa no
significa nada. Donde las promesas se hacen para romperse, sería bonito ver
cómo las palabras recuperan su poder.
En
un mundo en que la canción sacrificial fuera del dominio público, habría
apagones de sonido. Habría guardianes patrullando las calles como en tiempos de
guerra. Igual que los gobiernos vigilan la polución del aire y del agua, esos
mismos gobiernos localizarían cualquier cosa más fuerte que un susurro y
llevarían a cabo detenciones. Habría helicópteros, helicópteros con
silenciadores especiales, claro, buscando ruidos de la misma forma en que ahora
buscan marihuana. La gente andaría de puntillas con zapatos de suela de goma.
Habría confidentes escuchando en todos los ojos de cerradura.
Sería
un mundo peligroso y aterrado, pero por lo menos se podría dormir con las
ventanas abiertas. Sería un mundo en que una palabra equivaldría a mil
imágenes.
Es
difícil decir si sería un mundo peor que este, con la música aporreando, el
estruendo de la televisión y el chirrido de la radio.
Tal
vez sin el Gran Hermano manteniéndonos ocupados, la gente podría pensar.
Lo
bueno es que tal vez nuestras mentes podrían ser nuestras.
Como
no hay peligro, digo el primer verso del poema. No hay nadie aquí a quien
matar. Nadie puede oírlo de ninguna forma.
Y
Helen Hoover Boyle tiene razón. No lo he olvidado. La primera palabra da pie a
la segunda. El primer verso da pie al siguiente. Las palabras retumban con el
mismo ruido resonante de las bolas rodando en una bolera. El retumbar arranca
ecos del linóleo y de las baldosas de las paredes.
Con
mi voz de tenor, la canción sacrificial no suena tan tonta como en el despacho
de Duncan. Suena profunda y grave. Es el sonido del destino. Es la condenación
de mi vecino de arriba. Es el fin que le pongo a su vida, y ya he dicho el
poema entero.
Incluso
mojado, el pelo de la nuca se me eriza. Mi respiración se ha detenido.
Y no
pasa nada.
La
música sigue aporreando en el piso de arriba. Desde todas las direcciones
vienen las voces de la radio y de la televisión, disparos lejanos, risas,
bombas, sirenas. Un perro ladra. Esto es lo que te venden como hora de máxima
audiencia.
Cierro
el grifo. Me sacudo el pelo. Aparto la cortina y cojo la toalla. Y entonces lo
veo.
El
conducto de ventilación.
Las
rejillas de ventilación conectan todos los apartamentos. Y el conducto siempre
está abierto. Se lleva el vapor de los cuartos de baño, los olores a comida de
las cocinas. Transporta todos los sonidos.
Goteando
sobre el suelo del baño, me quedo mirando la rejilla.
Puede
que haya matado al edificio entero.
12
Nash
está en el bar de la Tercera, comiendo salsa de cebolla con los dedos. Se mete
dos dedos relucientes en la boca y chupa con tanta fuerza que se le hunden las
mejillas. Saca los dedos y coge más salsa de cebolla de un envase de plástico.
Le
pregunto si eso es el desayuno.
—Si
tienes alguna pregunta —dice—, tienes que enseñarme el dinero antes. —Y se mete
los dedos en la boca.
Al
otro lado de Nash, en el otro extremo de la barra, hay un joven con patillas y
vestido con un traje elegante de raya diplomática. A su lado hay una chica, de
pie sobre el riel de la barra para poder besarlo. El joven se mete la guinda
del cóctel en la boca. Se besan. Luego ella mastica. La radio que hay detrás de
la barra sigue anunciando los menús de la escuela.
Nash
no para de girarse para mirarlos.
Eso
es lo que te venden como amor.
Pongo
un billete de diez dólares sobre la barra.
Nash
se lo queda mirando sin sacarse los dedos de la boca. Luego levanta las cejas.
Le
pregunto si alguien murió anoche en mi edificio.
Son
los apartamentos que hay en la Diecisiete con Loomis Place. Los Loomis Place
Apartments, ocho pisos, con los ladrillos de un color como de riñones. ¿Alguien
en el quinto piso, quizá? ¿En la parte de atrás? Un joven. Esta mañana había
una mancha rara en mi techo.
El
teléfono móvil del joven de las patillas empieza a sonar.
Nash
se saca los dedos de la boca, rodeándolos con los labios fruncidos. Nash se
mira las uñas, muy de cerca, bizqueando.
El
muerto tomaba drogas, le digo. En ese edificio hay mucha gente que toma drogas.
Le pregunto si había muerto alguien más. ¿Por casualidad murió un montón de
gente en los Loomis Place Apartments anoche?
Y el
tipo de las patillas agarra un mechón de pelo de la chica y le aparta la cara
de su boca. Con la otra mano, se saca un teléfono móvil de la chaqueta, lo abre
y dice:
—¿Hola?
Le
digo que los deben de haber encontrado muertos sin causa aparente.
Nash
remueve la salsa de cebolla con el dedo y dice:
—¿Ese
es su edificio?
Sí,
ya se lo he dicho.
Sin
soltar el pelo de la chica, hablando por teléfono, el tipo de las patillas
dice:
—No,
cariño. —Y dice—: Ahora mismo estoy en la consulta del médico y no tiene muy
buena pinta.
La
chica cierra los ojos. Arquea el cuello hacia atrás y se frota el pelo contra
la mano del tipo.
Y el
tipo de las patillas dice:
—No,
parece que ha metastatizado. —Y dice—: No, estoy bien.
La
chica abre los ojos.
Él
le guiña un ojo.
Ella
sonríe.
Y el
tipo de las patillas dice:
—Eso
significa mucho para mí en estos momentos. Yo también te quiero.
Cuelga
y se acerca la cara de la chica a la de él.
Y
Nash coge el billete de diez de la barra y se lo mete en el bolsillo. Dice:
—No.
No he oído nada.
Los
pies de la chica resbalan sobre el riel de la barra y se ríe. Se vuelve a subir
y dice:
—¿Era
ella?
Y el
tipo de las patillas dice:
—No.
Y
sin que yo me lo proponga, sucede. Mientras miro al tipo de las patillas, la
canción me pasa por la cabeza. La canción, mi voz en la ducha, la voz del
destino, retumba en mi interior. Tan deprisa como un reflejo. Sucede tan
deprisa como un estornudo.
Con
el aliento apestando a cebolla, Nash dice:
—Me
parece curioso que me preguntes eso. —Se mete el dedo que acaba de untar en la
boca.
Y la
chica de la barra dice:
—¿Marty?
Y el
tipo de las patillas que estaba apoyado en la barra se desliza hasta el suelo.
Nash
se gira para mirar.
La
chica está arrodillada junto al tipo en el suelo, con las manos abiertas justo
encima de sus solapas de raya diplomática pero sin llegar a tocarlas, y dice:
—¿Marty?
Tiene
las uñas pintadas de color púrpura chispeante. La boca del tipo está toda
manchada del pintalabios de color púrpura de ella.
Y
tal vez sea verdad que el tipo está enfermo. Tal vez se ha asfixiado con una
guinda. Tal vez yo no acabo de matar a otra persona.
La
chica nos mira a Nash y a mí, con la cara brillante por culpa de las lágrimas,
y dice:
—¿Alguno
de ustedes sabe hacer la reanimación cardiopulmonar?
Nash
hunde los dedos otra vez en la salsa de cebolla, yo paso por encima del cuerpo,
al lado de la chica, me pongo mi chaqueta y me dirijo a la puerta.
13
En
la sala de Redacción, Wilson, de Información Internacional, me pregunta si hoy
he visto a Henderson. Baker, de la sección de Literatura, dice que Henderson no
ha llamado para avisar de que estaba enfermo y tampoco contesta al teléfono de
su casa. Oliphant, de Artículos Especiales, dice:
—Streator,
¿has visto esto?
Me
pasa una impresión de prueba con un anuncio que dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DEL FRENCH SALON
Dice:
«¿Ha
sufrido hemorragias intensas y cicatrices como resultado de tratamientos de
cutis recientes?».
El
número de teléfono es nuevo, y cuando llamo, contesta una mujer:
—Despacho
de abogados Doogan, Diller y Dunne —dice.
Cuelgo.
Oliphant
viene a mi mesa y dice:
—Ya
que estás aquí, di algo bueno de Duncan. —Están haciendo un artículo entre
todos, dice, un tributo a Duncan, con un retrato amable y un resumen de su
carrera, y necesitan gente que piense en buenas citas. Alguien del departamento
de Arte está usando la foto de la insignia de empleado de Duncan para pintar el
retrato—. Sonriendo —dice Oliphant—. Sonriendo y más parecido a un ser humano.
Antes,
caminando desde el bar de la Tercera, de vuelta al trabajo, he contado mis
pasos.
Para
mantener la mente ocupada, he contado 276 pasos hasta que un tipo con una
gabardina de cuero negro me ha dado un empujón en una esquina y me ha dicho:
—Despierta,
gilipollas. El semáforo está en verde.
Tan
inesperada como un bostezo, y mientras miro la espalda enfundada en cuero negro
del tipo, la canción sacrificial me viene a la cabeza.
A medio
cruzar la calle, el tipo de la gabardina levanta un pie para ponerlo encima del
bordillo, pero no termina la maniobra. La punta de su zapato golpea la mitad
del bordillo y el tipo se cae hacia delante sobre la acera, de cara. Es como el
ruido que hace un huevo al caerse sobre el suelo de la cocina, solo que un
huevo enorme y lleno de sangre y de sesos. Tiene los brazos pegados a los
costados. Las puntas de sus zapatos negros de vestir sobresalen un poco del
bordillo, por encima de la alcantarilla.
Paso
a su lado, contando 277, contando 278, contando 279.
A
una manzana del periódico, un muro de caballetes bloquea la acera. Al otro lado
hay un agente de policía con uniforme azul negando con la cabeza.
—Tiene
que volver atrás y cruzar la calle —dice—. En esta manzana están rodando una
película.
Tan
deprisa como un calambre, mientras le miro la insignia con el ceño fruncido,
los ocho versos de la canción me vienen a la mente.
El
agente de policía pone los ojos en blanco. Se lleva una mano enguantada cerca
del pecho y se le doblan las rodillas. La barbilla le golpea con tanta fuerza
en la parte superior del caballete que se le oyen entrechocar los dientes. Algo
de color rosa sale disparado por el aire. Es la punta de su lengua.
Contando
345, contando 346, contando 347, paso una pierna por encima de los caballetes,
luego la otra y sigo caminando.
Una
mujer con un walkie-talkie en la mano se cruza en mi camino, extiende el brazo
y trata de detenerme con la mano. Justo un momento antes de que su mano me
agarre el brazo, se le ponen los ojos en blanco y se le abre la boca. Un hilo
de baba se le escapa de una comisura de la boca entreabierta y la mujer se me
cae delante, con el walkie-talkie diciendo: «¿Jeanie? ¿Jean? Presta atención».
Las
últimas palabras de la canción sacrificial me vienen a la mente.
Contando
359, contando 360, contando 362, sigo caminando mientras la gente pasa a mi
lado en la dirección contraria. Una mujer con un fotómetro colgando de un
cordón alrededor del cuello dice:
—¿Alguien
ha llamado a una ambulancia?
Gente
vestida con harapos, con mucho maquillaje y bebiendo agua de botellitas de
cristal azul, permanecen de pie junto a carritos de la compra llenos de basura
bajo focos y reflectores enormes y estiran el cuello para ver en la dirección
de la que vengo. La acera está llena de camiones enormes y autocaravanas que
huelen a dinamos a diésel goteando entre vehículo y vehículo. Hay vasos de
cartón medio llenos de café por todas partes.
Contando
378, contando 379, contando 380, paso por encima de los caballetes del otro
lado y sigo caminando. He necesitado 412 pasos para llegar a la redacción. El
ascensor de subida está demasiado lleno de gente. En la quinta planta otro
hombre intenta entrar en el ascensor abriéndose paso a codazos.
Tan
de repente como uno empieza a sudar, y apretado contra la pared del fondo del
ascensor, mi mente escupe la canción sacrificial con tanta fuerza que mis
labios articulan las palabras.
El
hombre nos mira a todos y parece retroceder a cámara lenta. Antes de que lo
veamos caer al suelo, las puertas ya se han cerrado y el ascensor sube de
nuevo.
Henderson
está ausente de la redacción. Oliphant se me acerca mientras estoy marcando un
número en el teléfono. Me habla del tributo a Duncan. Me pide citas. Me enseña
el anuncio de la página de prueba. El que habla del French Salón y de los
tratamientos de cutis sanguinolentos. Oliphant me pregunta dónde está mi nueva
entrega de la serie sobre las muertes en la cuna.
Con
el teléfono en la mano, cuento 435, cuento 436, cuento 437...
Le
digo que no me cabree.
Una
voz de mujer me contesta al otro lado del teléfono.
—Agencia
Inmobiliaria Helen Boyle. ¿Puedo ayudarlo?
Y
Oliphant dice:
—¿Has
probado a contar hasta diez?
Los
detalles sobre Oliphant son: está gordo y el sudor de sus manos ha dejado
huellas de color marrón en la impresión de prueba que me está enseñando. La
contraseña de su ordenador es «contraseña».
Le
digo que hace tiempo que he pasado de diez.
Y la
voz en el teléfono dice:
—¿Hola?
Tapo
el teléfono con la mano y le digo a Oliphant que debe de haber un virus.
Probablemente es por eso que Henderson no está. Yo me voy a ir a casa, pero le
prometo que enviaré el artículo desde allí.
Oliphant
articula las palabras «Cerramos a las cuatro» y se da unos golpecitos en la
esfera del reloj de pulsera.
Y le
pregunto al teléfono si Helen Hoover Boyle está en su despacho. Le digo que me
llamo Streator y que necesito verla enseguida.
Cuento
489, cuento 490, cuento 491... La voz dice:
—¿Sabe
ella de qué se trata?
Sí,
digo, pero va a fingir que no lo sabe.
Le
digo que necesita detenerme antes de que siga matando.
Y
Oliphant retrocede un par de pasos antes de romper el contacto visual y se
dirige hacia Artículos Especiales. Y yo cuento 542, cuento 543...
De
camino a la agencia inmobiliaria, le pido al taxi que espere delante de mi
edificio de apartamentos mientras subo corriendo.
La
mancha marrón de mi techo ha crecido. Ya tiene tal vez el diámetro de un
neumático, solo que ahora la mancha tiene brazos y piernas.
De
vuelta en el taxi, intento abrocharme el cinturón de seguridad, pero está
demasiado ajustado para mí. Se me clava y hace que la panza se me monte por
encima, y oigo a Helen Hoover Boyle decir:
—Mediana
edad. Uno ochenta, tal vez ochenta y cinco kilos. Caucasiano. Marrón, verdes.
La
veo debajo de su burbuja de pelo de color rosa, mirándome y parpadeando.
Le
doy al taxista la dirección de la agencia inmobiliaria y le digo que puede
conducir todo lo deprisa que quiera, pero que no me cabree.
Los
detalles sobre el taxi son que apesta. El asiento es negro y pegajoso. Es un
taxi.
Le
digo que tengo un problema de furia.
El
taxista me mira por el retrovisor y me dice:
—Pues
tendría que asistir a clases de control de furia.
Y yo
cuento 578, cuento 579, cuento 580...
14
De
acuerdo con el Architectural Digest, las grandes mansiones rodeadas de enormes
fincas y las granjas de caballos de pura sangre son sitios ideales para vivir.
De acuerdo con Town & Country, los collares de perlas grandes son
lustrosos. De acuerdo con Travel & Leisure, un yate privado anclado en el
mediterráneo bajo el sol es relajante.
En
la sala de espera de la Agencia Inmobiliaria Helen Boyle, esto es lo que te
venden como avance de noticias bomba. Como primicias por todo lo alto.
En
la mesilla de café hay ejemplares de todas esas revistas de lujo. Hay un sofá
Chesterfield de respaldo encorvado y tapizado en seda a rayas de color rosa. La
mesilla de sofá que hay detrás tiene largas patas de león cuyas garras están
cogiendo bolas de cristal. Uno se pregunta cuántos de estos muebles llegaron
aquí despojados de sus accesorios, de sus tiradores de cajones y sus detalles
metálicos. Vendidos como trastos viejos, llegaron aquí y Helen Hoover Boyle los
reunió.
Hay
una joven, con la mitad de mi edad, sentada detrás de un escritorio Luis XIV y
mirando un radiorreloj que hay sobre el escritorio. La placa de su escritorio
dice «Mona Sabbat». Al lado del radiorreloj hay un escáner de la policía del
que sale un crujido de estática.
En
el radiorreloj, una mujer mayor le está gritando a una mujer más joven. Parece
que la mujer joven se ha quedado embarazada fuera del matrimonio y ahora la
mujer mayor la está llamando zorra y puta. Una zorra estúpida, dice la mujer
mayor, porque la zorra se abrió de piernas sin que le pagaran siquiera.
La
mujer del escritorio, la tal Mona, apaga el escáner de la policía y dice:
—Espero
que no le importe. Me encanta este programa.
Esos
adictos a los medios de comunicación. Esos calmofóbicos.
En
el radiorreloj, la mujer mayor le dice a la zorra que dé la criatura en
adopción si no quiere arruinar su futuro. Le dice a la zorra que crezca y
termine su carrera de microbiología y que luego se case, pero que hasta
entonces no vuelva a tener relaciones sexuales.
Mona
Sabbat coge una bolsa de papel marrón de debajo de la mesa y saca algo envuelto
en papel de aluminio. Abre el papel de aluminio por un extremo y llega un olor
a ajo y a caléndulas.
En
el radiorreloj, la zorra embarazada no para de llorar.
Los
palos y las piedras te pueden romper los huesos, pero las palabras pueden
hacerte un daño de narices.
De
acuerdo con un artículo de la revista Town & Country, la correspondencia
personal con caligrafía elegante y papel de carta de lujo se vuelve a llevar
mucho, pero mucho. En un ejemplar de la revista Estate hay un anuncio que dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DEL CLUB ECUESTRE
Y DE
POLO BRIDLE MOUNTAIN
Dice:
«¿Ha
contraído una infección parasitaria cutánea a causa de una montura?».
Nunca
he visto antes el número de teléfono.
La
mujer del radiorreloj le dice a la zorra que deje de llorar.
Aquí
está el Gran Hermano, cantando y bailando, alimentándote a la fuerza para que
tu mente nunca esté lo bastante hambrienta como para pensar.
Mona
Sabbat pone los dos brazos sobre la mesa, sostiene el almuerzo con las manos y
se acerca el radiorreloj. Suena el teléfono y ella lo coge y dice:
—Inmobiliaria
Helen Boyle. Siempre la Casa Adecuada. —Y dice—: Lo siento, Ostra. Ha empezado
el programa de la doctora Sara. —Y dice—: Te veo en el ritual.
La
mujer del radiorreloj llama guarra a la zorra.
La
portada de la revista First Class dice: «Sable, el Homicidio Justificable».
Tan
rápido como un hipido, a medias escuchando la radio y a medias leyendo, con la
canción escogida dentro de mi cabeza.
Por
el radiorreloj lo único que puedes oír es a la zorra sollozando sin parar.
En
vez de oír a la vieja, hay silencio. Dulce, dorado silencio. Demasiado perfecto
para que quede nadie vivo.
La
zorra deja escapar un suspiro y pregunta:
—¿Doctora
Sara? —Y dice—: Doctora Sara, ¿sigue ahí?
Y
una voz profunda interviene y dice que El show de la doctora Sara Lowenstein
está sufriendo problemas técnicos. La voz profunda se disculpa. Un momento más
tarde, empieza a sonar música de baile.
La
portada de la revista Manor-Born dice: «¡Los diamantes se vuelven informales!».
Me
tapo la cara con las manos y gimo.
La
tal Mona desenvuelve su almuerzo y da otro bocado. Apaga la radio y dice:
—Putada.
En
el dorso de la mano, dibujos con henna de color marrón oxidado le recorren los
dedos y el pulgar abarrotados de anillos de plata. Un montón de cadenillas de
plata le rodean el cuello y le desaparecen debajo del vestido de color naranja.
En el pecho, la tela arrugada de color naranja está abultada por todos los
medallones que le cuelgan debajo. Su pelo es un millar de espirales y rastas de
color rojo y negro recogidos por encima de sus pendientes plateados en forma de
filigranas. Sus ojos son de color ámbar. Sus uñas son negras.
Le
pregunto si hace mucho que trabaja aquí.
—¿Quiere
decir —dice— en tiempo de la Tierra?
Y
saca un libro de tapa blanda de un cajón de su escritorio. Le quita el capuchón
a un rotulador amarillo fluorescente y abre el libro.
Le
pregunto si la señora Boyle habla alguna vez de poesía.
Y
Mona dice:
—¿Se
refiere a Helen?
Sí.
¿Alguna vez recita poesía? ¿Cuando está en su despacho a veces llama a gente
por teléfono y les lee poemas?
—No
me malinterprete —dice Mona—, pero la señora Boyle está más bien preocupada por
el aspecto económico de las cosas, ¿sabe?
Tengo
que empezar a contar uno, dos...
—Le
pongo un ejemplo —dice—. Cuando el tráfico está difícil, la señora Boyle me
hace ir en coche a casa con ella. Para poder coger el carril de coches
compartidos. Luego tengo que coger tres autobuses para volver a mi casa.
¿Entiende?
Cuento
cuatro, cinco...
Dice:
—Una
vez tuvimos una conversación genial sobre el poder del cristal. Parecía que por
fin podíamos conectar a algún nivel, pero resultó que estábamos hablando de dos
realidades completamente distintas.
Me
pongo de pie. Me saco una hoja de papel del bolsillo de atrás, la desdoblo, le
enseño el poema y le pregunto si le resulta familiar.
En
el libro que tiene sobre el escritorio hay la siguiente frase subrayada: «La
magia es el afinamiento de la energía requerida para los cambios naturales».
Sus
ojos de color ámbar se mueven de un lado a otro delante del poema. Justo por
encima del cuello anaranjado de su vestido, por encima de la clavícula derecha,
tiene tatuadas tres estrellas negras diminutas. Está sentada con las piernas
cruzadas en su silla giratoria. Tiene los pies descalzos y sucios, con anillos
plateados en los dedos gordos.
—Conozco
esto —dice, y levanta la mano.
Con
la mano todavía en el aire, me señala con el dedo índice y dice:
—He
oído hablar de esto. Es un conjuro sacrificial, ¿verdad?
En
el libro que tiene sobre el escritorio hay la siguiente frase subrayada: «El
producto final de la muerte es invocar el nacimiento».
La
superficie de cerezo del escritorio tiene una rayadura larga y profunda.
Le
pregunto qué puede decirme de los conjuros sacrificiales.
—Se
mencionan en todos los libros —dice, y se encoge de hombros—, pero se supone
que han desaparecido. —Levanta la mano con la palma hacia arriba y dice—:
Déjeme verlo otra vez.
Le
pregunto cómo funcionan.
Y
ella menea los dedos.
Y yo
niego con la cabeza. Le pregunto por qué mata a los demás pero no a la persona
que lo recita.
Mona
inclina un poco la cabeza a un lado y dice:
—¿Por
qué una pistola no mata a la persona que aprieta el gatillo? Es el mismo
principio. —Levanta los dos brazos por encima de la cabeza y se despereza,
retorciendo las manos en dirección al techo. Dice—: No funciona como una receta
de un libro de cocina. No se puede diseccionar debajo de un microscopio de
electrones.
Su
vestido no tiene mangas, y el pelo de debajo de sus brazos es del habitual
color marrón ratonil.
Pero,
le pregunto, ¿cómo puede funcionar con alguien que ni siquiera oye el conjuro?
Miro el radiorreloj. ¿Cómo puede funcionar un conjuro si ni siquiera lo dice
uno en voz alta?
Mona
Sabbat suspira. Le da la vuelta al libro, lo coloca hacia abajo sobre el
escritorio y se pone el rotulador detrás de la oreja. Abre un cajón del
escritorio y saca un cuaderno y un lápiz y dice:
—No
tiene usted ni idea, ¿verdad?
Escribe
en el cuaderno y dice:
—Cuando
yo era católica, hace años, podía decir el avemaría en siete segundos. Podía
decir el padrenuestro en nueve segundos. Cuando consigues tanta penitencia como
yo conseguía, puedes ir deprisa. —Y dice—: Cuando vas así de deprisa, ni
siquiera dices ya palabras, pero sigue siendo una oración.
Ella
dice:
—Lo
único que consigue un conjuro es dirigir una intención. —Lo dice despacio,
palabra a palabra, y espera un momento. Me mira a los ojos y dice—: Si la
intención del practicante es lo bastante fuerte, el objeto del conjuro caerá
dormido, no importa dónde.
Cuanta
más emoción tenga concentrada una persona, dice, más poderoso es el conjuro.
Mona Sabbat me mira con los ojos fruncidos y dice:
—¿Cuándo
fue la última vez que se acostó usted con alguien?
Hace
unas dos décadas, pero no se lo digo.
—Lo
que sospecho —dice— es que es usted un barril de algo. De rabia. De tristeza.
De algo. —Deja de escribir y hojea su libro subrayado. Se para en una página,
lee un momento y pasa otra página—. Una persona equilibrada —dice—, una persona
funcional, tendría que leer la canción en voz alta para hacer que alguien caiga
dormido.
Sin
dejar de leer, frunce el ceño y dice:
—Hasta
que solucione usted sus verdaderos problemas personales, nunca será capaz de
controlarse.
Le
pregunto si todo eso lo pone en su libro.
—La
mayoría lo he sacado de la doctora Sara —dice.
Y le
digo que la canción sacrificial hace algo más que mandar a la gente a dormir.
—¿Qué
quiere decir? —dice ella.
Quiero
decir que los mata. Le pregunto si está segura de no haber visto nunca a Helen
Boyle con un libro titulado Poemas y rimas del mundo entero.
Mona
Sabbat deja caer la mano abierta sobre el escritorio y coge su almuerzo
envuelto en papel de aluminio. Da un bocado, mirando el radiorreloj. Dice:
—Hace
un momento, en el radiorreloj. —Mona dice—: ¿Acaba usted de hacerlo?
Asiento.
—¿Acaba
de obligar a la doctora Sara a reencarnarse? —dice.
Le
pregunto si puede llamar a Helen Hoover Boyle a su teléfono móvil y así puedo
hablar con ella.
Me
empieza a sonar el busca.
Y la
tal Mona dice:
—¿Me
está diciendo usted que Helen usa la misma canción sacrificial?
El
mensaje de mi busca dice que llame a Nash. El busca dice que es importante.
Y le
digo que no puedo demostrar nada, pero que la señora Boyle sabe hacerlo. Le
digo que necesito su ayuda para aprender a controlarlo. Para poder controlarme.
Y
Mona Sabbat deja de escribir en su cuaderno y arranca la página. La deja entre
nosotros y dice:
—Si
está convencido de que quiere aprender a controlar ese poder, necesita venir a
un ritual de practicantes de Wiccan. —Sostiene el papel en dirección a mí y
dice—: Tenemos más de mil años de experiencia en una misma habitación. —Y
enciende el escáner de la policía.
El
escáner de la policía dice:
—Unidad
bravo-nueve, por favor, responda a un código nueve-catorce en los Loomis Place
Apartments, unidad Cinco-D.
—La
profundidad mística de este conocimiento requiere una vida entera de
aprendizaje —dice. Coge su almuerzo y lo desenvuelve—. Oh —dice—, y traiga su
plato caliente favorito sin carne.
Y el
escáner de la policía dice:
—¿Me
recibe?
15
Helen
Hoover Boyle saca su teléfono móvil del bolso verde y blanco que le cuelga del
codo doblado. Saca una tarjeta de visita y mira alternativamente la tarjeta y
el teléfono mientras marca un número, con los botoncitos brillando en la
penumbra. Con un brillo verde junto al rosa de sus uñas. La tarjeta de visita
tiene los bordes dorados.
Hunde
el teléfono en un lado de su pelo de color rosa. Le dice al teléfono:
—Sí.
Estoy en alguna parte de su maravillosa tienda y me temo que necesito ayuda
para encontrar la salida.
Se
inclina sobre la tarjeta pegada con cinta adhesiva a un armario el doble de
alto que ella. Le dice al teléfono:
—Estoy
delante de... —Y lee—: Un armario neoclásico estilo Robert Adam con cartelas
con arabescos de bronce dorado.
Me
mira y pone los ojos en blanco. Le dice al teléfono:
—El
precio marcado son diecisiete mil dólares.
Sus
pies salen de unos zapatos verdes de tacón alto y se queda descalza en el suelo
de cemento sobre sus medias blancas. No son del color blanco que te hace pensar
en ropa interior. Se parece más al blanco de la piel de debajo. Las medias
hacen que los dedos de los pies parezcan palmeados.
La
falda del traje que lleva se ajusta a sus caderas. Es verde, pero no verde
lima, sino más bien del color verde de una tarta de lima de los cayos. No es
verde aguacate, sino más bien verde como una crema de aguacate con una tira
encima de limón fina como el papel, servida helada en una sopera de Sèvres
amarilla.
Es
verde igual que una mesa de billar recubierta de fieltro verde se ve bajo la
bola amarilla número 1, no de la forma en que se ve bajo la número 3 roja.
Le
pregunto a Helen Hoover Boyle qué es un código nueve— catorce.
Y
ella dice:
—Es
un cadáver.
Y le
digo que ya me lo parecía.
Ella
le dice al teléfono:
—O
sea, ¿hay que girar a la izquierda o a la derecha en la cómoda Hepplewhite de
palisandro con detalles de hojas de madreselva labrados y rebozada con polvo de
seda?
Tapa
el teléfono con la mano, se inclina en mi dirección y me dice:
—No
conoce usted a Mona. —Y dice—: No creo que su fiestecita de brujas sea más que
una pandilla de hippies bailando desnudos alrededor de una roca plana.
A
esta distancia, su pelo no es de un color rosa sólido. Cada rizo es de un rosa
más pálido a lo largo del borde exterior, encendidos, de color melocotón,
bermellones y casi rojos a medida que uno mira más adentro.
Le
dice al teléfono:
—Y
si paso la poltrona estilo Cromwell de doradillo con escudos de armas de
marfil, entonces es que he ido demasiado lejos. Ya lo cojo.
A mí
me dice:
—Dios,
ojalá nunca se lo hubiera dicho usted a Mona. Mona se lo dirá a su novio y
ahora no voy a parar de oír hablar del tema.
El
laberinto de muebles nos rodea, todo marrones, rojos y negros. De vez en cuando
dorados y espejos.
Con
una mano acaricia el diamante solitario de la otra mano. El diamante grueso y
afilado. Le da la vuelta hasta colocarlo en dirección a la palma de su mano,
luego aprieta la palma abierta sobre la superficie del armario y graba una
flecha que apunta a la izquierda.
Dejando
un rastro en la historia.
Le
dice al teléfono:
—Muchas
gracias.
Lo
cierra y se lo mete en el bolso.
Las
cuentas de su collar son unas piedras de color verde alternadas con cuentas de
oro. Debajo hay hileras de perlas. Nunca le había visto ninguna de estas joyas.
Se
vuelve a calzar los zapatos y dice:
—En
adelante, veo que mi trabajo va a tener que ser mantenerlos a Mona y a usted
separados.
Se
ahueca el pelo rosa por encima de la oreja y dice:
—Sígame.
Con
la mano abierta y plana, traza una flecha sobre la superficie de una mesa. Una
mesa de juego Sheraton de roble pintado con alas abatibles y pasamanos de latón
afiligranado, según dice la tarjeta.
Ahora
lisiado.
Guiando
el paso, Helen Hoover Boyle dice:
—Ojalá
usted hubiera dejado en paz este asunto. —Y dice—: No le incumbe para nada.
Lo
que quiere decir es que solamente soy un reportero. Solamente un reportero
persiguiendo una historia que no se puede arriesgar a contar al mundo. Porque
en el mejor de los casos esto me convierte en un voyeur. En el peor, en un
buitre.
Se
detiene delante de un ropero enorme con espejos en las puertas, y desde detrás
de ella me veo reflejado por encima de su hombro. Ella abre su bolso y saca un
tubito dorado.
—A
eso me refiero exactamente —dice.
La
tarjeta dice que es un mueble estilo nuevo egipcio francés con paneles con
detalles de hojas de madreselva en papier-maché y festoneado con agarraderas
policromas.
En
el espejo, retuerce el tubito dorado hasta que le crece un pintalabios de color
rosa.
Y
desde detrás, le digo: ¿Qué pasaría si no fuera únicamente una cuestión de
trabajo para mí?
Tal
vez no soy un simple depredador bidimensional aprovechándome de una situación
interesante.
Por
la razón que sea, me viene a la cabeza Nash.
Le
digo que tal vez me fijé en el libro en primer lugar porque yo tenía un
ejemplar. Tal vez también tenía una mujer y una hija. ¿Y si le hubiera leído el
maldito poema a mi propia familia una noche con la intención de mandarlos a
dormir? Hablando hipotéticamente, por supuesto, ¿y si los hubiera matado?
Digamos. ¿Es esa la clase de credenciales que está buscando?
Ella
frunce los labios hacia arriba y hacia abajo y aplica el pintalabios a la
pintura de labios que ya lleva.
Me
acerco un paso renqueando y le pregunto si eso me convierte a sus ojos en una
persona lo bastante herida.
Ella
endereza la espalda y junta los labios. Se separan despacio, quedándose un
último momento pegados.
Dios
no quiera que alguien sufra alguna vez más que Helen Hoover Boyle.
Y yo
le digo que tal vez he perdido tanto como ella.
Y
ella retuerce su pintalabios para guardarlo. Se lo guarda en el bolso y se gira
para mirarme.
Allí
de pie, resplandeciente y quieta, me dice:
—¿Hablando
hipotéticamente?
Yo
compongo una sonrisa y digo que por supuesto.
Con
la mano abierta sobre el armario, graba una flecha que apunta a la derecha y
empieza a caminar, pero despacio, arrastrando la mano por la pared de armarios
y cómodas, todos barnizados y pulimentados, estropeando todo lo que toca.
Llevándome
con ella, dice:
—¿Alguna
vez se ha preguntado de dónde viene ese poema?
De
África, le digo, caminando a su lado.
—Pero
el libro del que salió —dice. Caminando entre armeros, armarios y sillas
Farthingale, dice—: Las brujas llaman a sus colecciones de conjuros Libro de
Sombras.
Poemas
y rimas del mundo entero se publicó hace once años, le digo. He estado haciendo
llamadas. El libro tuvo una tirada de quinientas copias. El editor, KinderHaus
Press, quebró más tarde, y las planchas de impresión y los derechos de
reimpresión pertenecen a alguien que se los compró a los herederos del autor
original. El autor murió sin causa aparente hace tres años. No sé si eso hace
que el libro sea ahora del dominio público. No he podido averiguar quién tiene
ahora los derechos.
Y
Helen Hoover Boyle deja de arrastrar su diamante en mitad de la superficie de
un espejo ancho y biselado y dice:
—Yo
poseo los derechos. Y ya sé adonde va con todo esto. Los tratantes de libros
han conseguido encontrar trescientos de esos quinientos ejemplares originales y
yo los he quemado todos.
Ella
dice:
—Pero
lo importante no es eso.
Estoy
de acuerdo. Lo importante es descubrir los pocos que quedan y contener el
desastre. Llevar a cabo un control de daños. Lo importante es aprender una
forma de olvidarlo nosotros. Tal vez eso es lo que Mona Sabbat y su grupo
pueden enseñarnos.
—Por
favor —dice Helen—. No me diga que sigue planeando ir a su aquelarre —dice—,
¿Qué descubrió sobre el autor original del libro?
Se
llamaba Basil Frankie y no tenía nada de original. Encontraba relatos antiguos,
descatalogados y del dominio público y los combinaba para crear antologías.
Viejos sonetos medievales, quintillas jocosas de contenido obsceno y cuentos en
verso para niños. Algunos los copiaba de libros viejos que encontraba. Otros
los sacaba de Internet. No era muy exigente. Cualquier cosa que pudiera
encontrar gratis la metía en un libro.
—Pero
¿y la fuente de este poema en concreto? —dice.
—No
la conozco. Probablemente sea algún libro viejo todavía empaquetado en una caja
en el sótano de alguna casa en alguna parte.
—No
en la casa de Frankie —dice Helen Hoover Boyle—, Le compré la finca entera. La
basura de la cocina seguía debajo del fregadero. Su ropa todavía estaba en los
cajones de su tocador. Todo igual. No estaba allí.
Y le
tengo que preguntar si ella lo mató también.
—Hablando
hipotéticamente —dice—, si acabara de matar a mi marido, después de matar a mi
hijo, ¿acaso no estaría enfadada porque un tonto plagiador, perezoso,
irresponsable y codicioso hubiera puesto aquella bomba que había destruido a
todos mis seres queridos?
Del
mismo modo que mató hipotéticamente a los Stuart.
Ella
dice:
—Lo
que quiero decir es que el Libro de Sombras original sigue en alguna parte.
Estoy
de acuerdo. Y tenemos que encontrarlo y destruirlo.
Y
Helen Hoover Boyle sonríe con su sonrisa de color rosa. Dice:
—Tiene
que estar de broma. —Y dice—: Tener el poder de dar la vida y la muerte no es
bastante. Hay que preguntarse qué otros poemas hay en ese libro.
Tan
deprisa como un ataque de hipo, mientras apoyo todo mi peso en mi pie bueno,
mirándola, le digo que no.
Ella
dice:
—A
lo mejor puede usted vivir para siempre.
Yo
le digo que no.
Y
ella dice:
—A
lo mejor puede hacer que cualquiera lo ame.
No.
Y
ella dice:
—A
lo mejor puede convertir paja en oro.
Y yo
le digo que no y le doy la espalda.
—A
lo mejor puede traer la paz al mundo.
Y yo
le digo que no y empiezo a alejarme por entre las paredes de armarios y
librerías. Entre las barricadas de aparadores y cabeceras de camas, me adentro
en otro cañón de muebles.
A mi
espalda, ella me llama:
—A
lo mejor puede convertir la arena en pan.
Y yo
continúo cojeando.
Y
ella me llama:
—¿Adónde
va? La salida es por aquí.
Al
llegar a una vitrina de pino irlandesa con un frontón partido en forma de
tímpano, giro a la derecha. Al llegar a un escritorio Chippendale lacado en
negro, giro a la izquierda.
Su
voz dice desde detrás de todo:
—A
lo mejor puede curar a los enfermos. A lo mejor puede curar a los lisiados.
Al
llegar a una alacena belga con molduras de huevos y dardos en la cornisa giro a
la derecha y luego a la izquierda al llegar a una vitrina de especímenes de pie
eduardiana con un mural en vidrio ornamental bohemio.
Y la
voz dice a mi espalda.
—A
lo mejor puede limpiar el medio ambiente y convertir el mundo en un paraíso.
Una
flecha grabada en una mesa auxiliar de tapa de masa señala en una dirección, de
forma que tomo la dirección contraria.
Y la
voz dice que tal vez yo puedo generar una energía limpia e ilimitada.
A lo
mejor puede usted viajar por el tiempo para evitar una tragedia. Aprender.
Conocer a gente.
A lo
mejor puede darle a la gente vidas ricas, plenas y felices.
Tal
vez cojear por un apartamento lleno de ruidos durante el resto de su vida no es
bastante.
En
una persiana plegable de bordado en seda negra, una flecha señala en una
dirección y yo giro por la contraria.
Mi
busca empieza a sonar nuevamente y es Nash.
Y la
voz dice: Si puedes matar a alguien, tal vez puedes traerlos de vuelta.
Tal
vez esta es mi segunda oportunidad.
La
voz dice: Tal vez no va uno al infierno por las cosas que hace. Tal vez se va
al infierno por lo que no se hace. Por lo que no se termina.
Mi
busca empieza a sonar otra vez y dice que el mensaje es importante.
Y yo
sigo cojeando.
16
Nash
no está de pie frente a la barra. Está sentado solo ante una mesilla en el
fondo del bar, a oscuras salvo por la luz de una velita en la mesa, y yo le
digo: Eh, tengo diez mil llamadas en mi busca. Le pregunto qué puede ser tan
importante.
En
la mesa hay un periódico, doblado, cuyo titular dice:
SIETE
MUERTOS EN UNA MISTERIOSA PLAGA
El
subtítulo dice:
APRECIADO
REDACTOR JEFE DE DIARIO LOCAL Y LÍDER PUBLICO
ES
PRESUNTAMENTE LA PRIMERA VÍCTIMA
Tengo
que leer la noticia para averiguar a quién se refiere. Se trata de Duncan, y
resulta que su nombre de pila era Leslie. No hace falta ser un genio para saber
de dónde han sacado lo de «apreciado». Y lo de «líder».
Y
después dicen que el periodista y la noticia son mutuamente excluyentes.
Nash
da un golpecito al periódico con el dedo y dice:
—¿Ves
esto?
Y le
digo que he estado toda la tarde fuera de la oficina. Y maldición. Me he
olvidado de enviar mi última entrega sobre muertes en la cuna. Leo la portada y
me veo a mí mismo citado. Duncan era más que mi redactor jefe, digo, más que mi
simple mentor. Leslie Duncan era como un padre para mí. El maldito Oliphant y
sus manos sudorosas.
Tan
deprisa como un escalofrío, recorriéndome la espalda, la canción sacrificial se
desenvuelve en mi cabeza y aumenta el recuento de cadáveres. En alguna parte,
Oliphant debe de estar cayéndose al suelo o desplomándose de su silla. Mi
barril de pólvora interior empieza a temblar de nuevo.
Cuanta
más gente muere, menos cambian las cosas.
Hay
un plato de papel vacío delante de Nash con restos de papel encerado y manchas
amarillas de ensalada de patata, y Nash está retorciendo una servilleta de
papel con las manos, retorciéndola hasta formar una soga larga y gruesa,
mirándome desde su lado de la vela, y dice:
—Esta
tarde hemos recogido al tipo en tu edificio de apartamentos. —Y dice—: Entre
los gatos del tipo y las cucarachas, no queda mucho para la autopsia.
El
tipo al que vimos caer esta mañana aquí, el tipo de las patillas y el teléfono
móvil, Nash dice que ha dejado perplejo al forense. Además, después, tres
personas han caído muertas entre aquí y el edificio del periódico.
—Luego
han encontrado otro en el edificio del periódico —dice—. Se ha muerto esperando
el ascensor.
Dice
que el forense cree que toda esa gente podría haber muerto por la misma causa.
Hablan de una epidemia, dice Nash.
—Pero
la policía piensa en drogas —dice—. Probablemente sucinilcolina, bien
autoadministrada o bien alguien se la inyectó. Es un agente bloqueador
neuromuscular. Te relaja tanto que dejas de respirar y te mueres de anoxia.
La
mujer, la de detrás de las vallas en el rodaje que vino corriendo con un brazo
extendido para detenerme, la del walkie-talkie, sus detalles eran pelo largo y
negro, una camiseta ajustada sobre unas tetas firmes. Tenía un culo decente
enfundado en vaqueros ajustados. Podría ser que ella y Nash se lo hayan montado
en el hospital.
Otra
conquista.
Sea
lo que sea lo que Nash tiene tantas ganas de contarme, no quiero saberlo.
Dice:
—Pero
creo que la policía se equivoca.
Nash
pasa la servilleta de papel enrollada a través de la llama de la vela, y la
llama da un salto, emitiendo un rizo de humo negro. La llama vuelve a la
normalidad y Nash dice:
—En
caso de que quieras encargarte de mí igual que te has encargado de toda esa
gente —dice—, tienes que saber que he escrito una carta explicando todo esto, y
se la he dejado a un amigo, diciendo lo que sé en este punto.
Yo
le sonrío y le pregunto de qué habla. Qué es lo que sabe.
Y
Nash sostiene la punta de su papel retorcido un poco por encima de la llama de
la vela y dice:
—Sé
que creías que tu vecino estaba muerto. Sé que vi a un tipo caer muerto en este
bar cuando tú lo miraste y que cuatro más murieron cuando pasaste junto a ellos
de camino al trabajo.
La
punta del papel se está poniendo marrón, y Nash dice:
—Cierto,
no es mucho, pero es más de lo que la policía tiene en estos momentos.
La
punta se enciende, suelta solamente una llamarada diminuta, y Nash dice:
—Quizá
tú le puedas contar el resto a la policía.
La
llama crece. Hay bastante gente aquí como para que alguien se dé cuenta. Nash
está aquí sentado, encendiendo un fuego en el bar, y alguien va a llamar a la
policía.
Le
digo que son fantasías suyas.
La
pequeña antorcha crece.
El
camarero nos mira a nosotros y la pequeña mecha de Nash arde y se vuelve cada
vez más corta.
Nash
se queda mirando cómo el fuego se escapa de control en su mano.
El
calor del fuego en mis labios, el humo en mis ojos.
El
camarero grita:
—¡Eh!
¡Para de hacer el idiota!
Y
Nash mueve la servilleta en llamas hacia el papel encerado y el plato de papel
en la mesa.
Yo
le agarro de la muñeca, él tiene el puño del uniforme amarillo por la mostaza,
y la piel de debajo blanda y fláccida, y yo le digo que ya vale. Le digo: Para
ya, ¿vale?
Le
digo que tiene que prometer que no se lo va a contar a nadie.
Y
con la mecha todavía encendida entre nosotros, Nash dice:
—Claro.
Y
dice:
—Lo
prometo.
17
Helen
camina con un vaso de vino en la mano, con solamente una pizca de rojo en el
fondo, el vaso casi vacío.
Y
Mona dice:
—¿De
dónde has sacado eso?
—¿Mi
copa? —dice Helen.
Lleva
un abrigo grueso de alguna piel en distintos tonos del marrón con blanco en las
puntas. Está abierto por delante con un traje de color azul pálido debajo. Da
el último sorbo de vino y dice:
—Lo
he sacado del bar. Está allí, junto a la fuente de las naranjas y aquella
estatua metálica pequeña.
Y
Mona mete las dos manos en sus rastas negras y rojas y se frota la coronilla.
Dice:
—Ese
es el altar. —Señala el vaso vacío y dice—: Te acabas de beber mi sacrificio a
la Diosa.
Helen
le pone el vaso vacío en la mano a Mona y dice:
—Bueno,
¿por qué no le haces otro sacrificio a la Diosa, y esta vez que sea doble?
Estamos
en el apartamento de Mona, donde todos los muebles han sido sacados a una
pequeña terraza detrás de unas puertas de cristal correderas y cubiertos con
una lona de plástico azul. Lo único que queda es la sala de estar vacía con una
habitación pequeña a un lado donde debería estar la vajilla de diario. Las
paredes y la alfombra de pelo largo son beige. La fuente de las naranjas y la
estatua metálica de alguien hindú bailando están en la repisa de la chimenea
con margaritas amarillas y claveles rosados a su alrededor. Los interruptores
de la luz están tapados con cinta aislante para que no se puedan usar. En
cambio, Mona ha puesto unas cuantas piedras planas en el suelo con velas
encima, velas purpúreas y blancas, algunas encendidas y otras no. En la chimenea,
en vez de un fuego, arden más velas. Hilos de humo blanco ascienden desde
pequeños conos de incienso marrón colocados sobre las piedras planas junto con
las velas.
La
única luz de verdad es cuando Mona abre la nevera o el microondas.
A
través de las paredes se oyen caballos relinchando y fuego de cañones. O bien
una valiente y obstinada belleza sureña está intentando que el ejército de la
Unión no queme el apartamento de al lado o alguien tiene la televisión
demasiado alta.
A
través del techo se oye una sirena de incendios y gente gritando a la que se
supone que no debemos hacer caso. Luego disparos de armas de fuego y neumáticos
chirriando, ruidos que tenemos que fingir que son normales. No quieren decir
nada. Una explosión retumba en los pisos superiores. Una mujer suplica a
alguien que no la viole. No es real. Solamente es una película. Somos la
cultura que gritaba que viene el lobo.
Esos
dramadictos. Esos pazfóbicos.
Con
sus uñas negras, Mona coge el vaso de vino vacío, con el reborde manchado por
el pintalabios rosa de Helen, y se aleja descalza, llevando un albornoz blanco
de tela de toalla, hacia la cocina.
Suena
el timbre de la puerta.
Mona
atraviesa de vuelta la sala de estar. Pone otro vaso de vino en la repisa y
dice:
—No
me avergüences delante de mi aquelarre. —Y abre la puerta.
En
el umbral hay una mujer baja con gafas de montura gruesa de plástico negro. La
mujer lleva guantes de hornear y sostiene delante de sí una cacerola tapada.
Yo
he traído un plato de comida a domicilio con ensalada de tres legumbres. Helen
ha traído pasta de Chez Chef.
La
mujer de las gafas frota sus zuecos en el felpudo. Nos mira a Helen y a mí y
dice:
—Zarzamora,
tienes invitados.
Y
Mona se golpea la sien con la palma de la mano y dice:
—Se
refiere a mí. Quiero decir que ese es mi nombre en el Wiccan. Zarzamora. —Y
dice—: Gorrión, este es el señor Streator.
Y
Gorrión asiente.
Y
Mona dice:
—Y
esta es mi jefa...
—Chinchilla
—dice Helen.
El
microondas empieza a pitar y Mona lleva a Gorrión a la cocina. Helen va a la
repisa y da un sorbo del vaso de vino.
Suena
el timbre de la puerta. Y Mona nos grita desde la cocina que abramos.
Esta
vez es un chico con el pelo largo y rubio y perilla rojiza, vestido con
pantalones de chándal grises y una sudadera. Lleva una cazuela de barro con una
tapa de cristal marrón. Algo marrón y pegajoso ha hervido debajo de la tapa, de
forma que la parte inferior de la tapa de cristal está empañada de vapor
condensado. Entra por la puerta y me da la cazuela de barro. Se quita sus
zapatillas de tenis y se saca la sudadera por la cabeza, con el pelo revuelto
en todas direcciones. Me pone la sudadera en las manos encima de la cazuela de
barro y levanta una pierna para sacarse primero una pernera y luego la otra
pernera de los pantalones del chándal. Me pone los pantalones en las manos y se
queda ahí, con las manos apoyadas en las caderas, con la polla y las pelotas al
aire.
Helen
se cierra con las manos las solapas de la chaqueta y se termina lo que queda
del vino.
La
vasija de barro es pesada y está caliente y huele a algo que o bien es azúcar
moreno o tofu o bien son los pantalones de chándal grises sucios.
Y
Mona dice:
—¡Ostra!
—Y viene a nuestro lado. Me coge las prendas de ropa y la cazuela de barro y
dice—: Ostra, este es el señor Streator. —Y dice—: Eh, todos, este es mi novio,
Ostra.
Y el
chico se aparta el pelo de los ojos y me mira. Dice:
—Zarzamora
cree que tiene usted un poema sacrificial.
Su
polla termina en una estalactita rosada y goteante de prepucio arrugado. Un aro
plateado le atraviesa la punta.
Y
Helen me mira, sonriendo pero con los dientes apretados.
El
chaval, Ostra, agarra las solapas de tela de toalla del albornoz de Mona y
dice:
—Vaya,
pero si llevas un montón de ropa. —Se inclina hacia ella y la besa por encima
de la cazuela de barro.
—Practicamos
la desnudez ritual —dice Mona, mirando al suelo. Se ruboriza, señala con la
cazuela de barro y dice—: Ostra, esta es la señora Boyle, trabajo para ella.
Los
detalles sobre Ostra son: su pelo parece desmadejado, del mismo modo que un
pino se queda después de ser alcanzado por un rayo, lleno de astillas rubias y
encrespado en todas direcciones. Tiene uno de esos cuerpos jóvenes. Sus brazos
y piernas parecen segmentados, hinchados de músculos, y luego estrechos en las
articulaciones, en las rodillas y los codos y la cintura.
Helen
extiende la mano y Ostra se la coge y dice:
—Un
anillo de peridotita...
Ahí
de pie, joven y desnudo, se acerca la mano de Helen a la cara. Ahí de pie,
alto, bronceado y musculoso, la recorre con la mirada empezando por el anillo,
siguiendo por el brazo y llegando a los ojos y dice:
—Una
piedra con tanta pasión podría someter a la mayoría de la gente. —Y la besa.
—Practicamos
la desnudez ritual —dice Mona—, Pero vosotros no estáis obligados. Quiero decir
que no lo estáis en serio. —Señala con la cabeza en dirección a la cocina y
dice—: Ostra, ven a ayudarme un poco.
Y
mientras se dirige hacia allí, Ostra me mira y dice:
—Vestirse
es la forma más pura de la deshonestidad. —Sonríe con la mitad de la boca, me
guiña el ojo y dice—: Bonita corbata, papi.
Y yo
cuento uno, cuento dos, cuento tres...
Después
de que Mona entre en la cocina, Helen se vuelve hacia mí y dice:
—No
me puedo creer que se lo haya contado a otra persona.
Se
refiere a Nash.
Tampoco
es que tuviera opción. Además, no hay copias disponibles del poema. Le dije a
Nash que había quemado la mía y he quemado todas las copias que he encontrado
impresas. Nash no sabe nada de Helen Hoover Boyle ni de Mona Sabbat. No puede
usar la información de ninguna forma.
Muy
bien, puede que queden unas docenas de copias en bibliotecas públicas. Tal vez
podamos encontrarlas y eliminar la página 27 mientras rastreamos el material
original del que vienen.
—El
Libro de Sombras —dice Helen.
El
grimorio, como lo llaman las brujas. El libro de conjuros. Todo el poder del
mundo.
Suena
el timbre y otro hombre se quita los pantalones cortos y anchos, luego la
camiseta y nos dice que se llama Erizo. Los detalles sobre Erizo incluyen la
piel fláccida que le tiembla en los brazos, el pelo y el culo. Su vello púbico
negro y rizado es idéntico a los dos pelos que se me quedan pegados en la palma
de la mano después de estrecharle la suya.
Las
manos de Helen se ocultan dentro de los puños de su abrigo, luego va hasta la
repisa, coge una naranja del altar y empieza a pelarla.
Llega
un hombre llamado Tejón con un loro de verdad sobre el hombro. Llega una mujer
llamada Clemátide. Un tal Azulejo llama al timbre. Luego un tal Zarigüeya.
Luego llega alguien llamado Lentejas, o bien alguien trae lentejas, no está
claro. Helen se bebe otro sacrificio. Mona sale de la cocina con Ostra pero sin
el albornoz.
Al
final queda un montón de ropa sucia junto a la puerta y Helen y yo somos los
únicos que vamos vestidos. Al fondo del montón suena un teléfono y Gorrión lo
saca. Vestida solamente con sus gafas de montura negra, con los pechos colgando
cuando se inclina sobre el montón, Gorrión contesta al teléfono:
—Despacho
de abogados Dormer, Dingus y Diggs... —Y dice—: Describa el sarpullido, por
favor.
Cuesta
un momento reconocer a Mona solamente por su cabeza y el montón de cadenas que
lleva alrededor del cuello. Es mejor que no te pillen mirando, pero tiene el
vello púbico afeitado. Vistas desde delante, sus caderas son dos paréntesis
perfectos con una V afeitada entre ambos. Desde un lado, sus pechos parecen
proyectarse hacia fuera e intentar tocar a la gente con los pezones rosados.
Desde detrás, su zona lumbar se divide entre sus dos nalgas firmes, y yo estoy
contando cuatro, contando cinco, contando seis...
Ostra
lleva un cartón blanco de comida a domicilio.
Una
mujer llamada Madreselva vestida únicamente con un pañuelo de calicó en la
cabeza habla de sus vidas pasadas.
Y
Helen dice:
—¿No
os parece que la reencarnación es solamente una forma más de postergación?
Yo
pregunto cuándo se come.
Y
Mona dice:
—Caray,
hablas igual que mi padre.
Le
pregunto a Helen cómo hace para no matar a todos los presentes.
Y
ella coge otro vaso de vino de la repisa y dice:
—Matar
a cualquiera de estos sería una muerte piadosa. —Se bebe la mitad y me da el
resto.
El
incienso huele a jazmín, y todo en la habitación huele a incienso.
Ostra
camina hasta el centro de la sala, sostiene el cartón de comida a domicilio por
encima de la cabeza y dice:
—Muy
bien, ¿quién ha traído este aborto?
Es
mi ensalada de tres legumbres.
Y
Mona dice:
—Por
favor, Ostra, no.
Y
sosteniendo el cartón de comida a domicilio por su pequeña asa de alambre,
sosteniendo el asa con solamente dos dedos, Ostra dice:
—«Sin
carne» quiere decir que no hay carne. Ahora confesad. ¿Quién ha traído esto?
El
pelo de su sobaco bajo su brazo levantado es de color naranja vivo. También lo
es el resto de su vello corporal, el de abajo.
Yo
digo que solamente es ensalada de tres legumbres.
—¿Con
qué? —dice Ostra, sacudiendo el cartón.
Con
nada.
La
habitación está tan en silencio que se oye la batalla de Gettysburg en el
apartamento de al lado. Se oye la guitarra de la canción folk de alguien
deprimido en el apartamento de arriba. Un actor grita y un león ruge y las
bombas caen silbando del cielo.
—Con
salsa Worcestershire de aderezo —dice Ostra—. Eso quiere decir anchoas. Eso
quiere decir carne. Eso quiere decir crueldad y muerte. —Sostiene el cartón con
una mano, lo señala con la otra y dice—: Esto se va al retrete, que es donde
tiene que ir.
Y yo
cuento siete, cuento ocho...
Gorrión
está repartiendo a todo el mundo piedrecitas redondas que saca de una cesta que
tiene en la mano. Me da una. Es gris y está fría, y dice:
—Sostén
esto y ajústate a la vibración de su energía. Esto nos pondrá a todos en la
misma vibración para el ritual.
Se
oye a alguien tirando de la cadena.
El
loro sobre el hombro de Tejón no para de retorcer la cabeza y de arrancarse
plumas verdes con el pico. Luego echa la cabeza para atrás y se traga las
plumas con bocados convulsos y parecidos a latigazos. Allí donde faltan las
plumas arrancadas, la piel parece irritada y con cicatrices. El tipo, Tejón,
lleva una toalla doblada sobre el hombro para que el loro se agarre, y la parte
de atrás de la toalla está toda llena de mierda de pájaro amarillenta. El loro
arranca otra pluma y se la come.
Gorrión
le da otra piedra a Helen, y ella se la mete en el bolso de color azul pálido.
Le
cojo el vaso de vino y doy un sorbo. En el periódico de hoy dice que el hombre
del ascensor, el hombre que quise que se muriera, tenía tres hijos, el mayor de
seis años. El poli al que maté estaba manteniendo a sus padres para que no
acabaran en una clínica. El y su mujer tenían hijos de acogida. Él era
entrenador de la liga escolar y de fútbol. La mujer del walkie-talkie estaba
embarazada de dos semanas.
Bebo
más vino. Sabe a pintalabios rosa.
En
el periódico de hoy hay un anuncio que dice:
ATENCIÓN,
PROPIETARIOS DE PORCELANA DORSETT
El
anuncio dice:
«Si
siente náuseas o pierde el control de sus intestinos después de comer, por
favor, llame al siguiente número».
Ostra
me dice:
—Zarzamora
cree que usted mató a la doctora Sara, pero yo creo que usted no tiene ni puta
idea.
Mona
intenta poner otro sacrificio en la repisa y Helen le quita el vaso de las
manos.
Ostra
me dice:
—El
único poder sobre la vida y la muerte que tiene usted lo tiene cada vez que
pide una hamburguesa en McDonald’s. —Con la cara pegada a mi cara, me dice—:
Usted paga su dinero inmundo y en alguna otra parte el hacha cae.
Y yo
cuento nueve, cuento diez...
Gorrión
me enseña un grueso manual abierto en sus manos. Dentro hay dibujos de varas y
ollas de hierro. Hay dibujos de campanas y de cristales de cuarzo, todo en
distintos colores y tamaños. Hay cuchillos con los mangos negros llamados
athame. Gorrión dice que esto rima con «mátame». Me enseña dibujos de hierbas,
atadas en manojos para que uno pueda usarlas para asperger agua purificadora.
Me enseña amuletos, pulimentados para reflejar la energía negativa. Un cuchillo
ritual con el mango blanco se llama bolline.
Sus
pechos descansan sobre el catálogo abierto, cubriendo la mitad de ambas
páginas.
De
pie a mi lado, con los músculos hinchándose en su cuello, con los dos puños
cerrados, Ostra dice:
—¿Sabe
por qué la mayoría de los supervivientes del Holocausto son vegetarianos
estrictos? Porque conocen la sensación de ser tratados como animales.
Con
el calor corporal emanando en su dirección, dice:
—¿Sabe
que en la producción de huevos todos los pollos machos son molidos vivos y
usados como fertilizantes?
Gorrión
hojea su catálogo y señala algo, diciendo:
—Si
echa un vistazo, verá que ofrecemos los mejores precios en artefactos rituales
en la gama de precios medios.
El
siguiente sacrificio a la Diosa me lo bebo yo.
El
siguiente lo engulle Helen.
Ostra
da vueltas por la habitación. Vuelve para decirme:
—¿Sabía
que la mayoría de los cerdos no se desangran en los primeros segundos de
ahogarse en agua hirviendo a ciento cuarenta grados?
El
sacrificio de después me lo tomo yo. El vino sabe a incienso de jazmín. El vino
sabe a sangre de animal.
Helen
se lleva el vaso vacío de vino a la cocina, y hay un destello de luz de verdad
cuando abre la nevera y saca una jarra de vino tinto.
Y
Ostra me clava la barbilla en el hombro desde detrás y dice:
—La
mayoría de las vacas no se mueren de inmediato. —Y dice—: Les ponen un lazo
alrededor del cuello y las arrastran gritando por todo el matadero, cortándoles
las patas delanteras y traseras mientras todavía viven.
Detrás
de él hay una chica desnuda llamada Estrella de Mar, que abre un teléfono móvil
y dice:
—Despacho
de abogados Dooley, Donner y Dunne. —Y dice—: Dígame, ¿de qué color es su
hongo?
Tejón
sale del baño, agachándose para coger a su loro a través del umbral, con una
hoja de papel pegada a la raja del culo. Desnudo, su piel parece irritada y con
cicatrices. No quiero saber si tiene al pájaro posado en el hombro cuando está
sentado en la taza.
Y al
otro lado de la sala está Mona.
Zarzamora.
Se
está riendo con Madreselva. Se ha recogido las rastas rojas y negras en un
montón con solamente su carita asomando por debajo. En los dedos lleva anillos
con joyas enormes con cristales rojos. Alrededor del cuello, la alfombra de
cadenas plateadas termina en un montón de amuletos y colgantes y talismanes
sobre sus pechos. Bisutería. Una niña jugando a disfrazarse. Descalza.
Tiene
la edad que tendría mi hija, si yo todavía tuviera una hija.
Helen
entra dando tumbos en la sala. Se moja los dedos con la lengua y va por la
sala, usando los dedos húmedos para apagar los conos de incienso. Apoya la
espalda en la repisa de la chimenea y se lleva el vaso de vino a la boca de
color rosa. Mira la sala por encima del vaso. Mira cómo Ostra da vueltas a mi
alrededor.
Tiene
la edad que tendría su hijo Patrick.
Helen
tiene la edad que tendría mi mujer si yo todavía tuviera una mujer.
Ostra
es el hijo que ella tendría si tuviera un hijo.
Hablando
hipotéticamente, por supuesto.
Esta
sería la vida que yo tendría si tuviera una vida. Mi esposa distante y
borracha. Mi hija explorando alguna secta de chiflados. Avergonzados de
nosotros, de sus padres. Su novio sería este gilipollas hippy, intentando
iniciar una pelea conmigo, con su padre.
Y
tal vez se pueda retroceder en el tiempo.
Tal
vez se pueda resucitar a los muertos. A todos los muertos, los del pasado y los
del presente.
Tal
vez esta sea mi segunda oportunidad. Esta es exactamente la forma en que mi
vida podría haber sido.
Helen,
vestida con su abrigo de chinchilla, está mirando cómo el loro se come a sí
mismo. Está mirando a Ostra.
Y
Mona está gritando:
—Todo
el mundo, todo el mundo. —Está diciendo—: Es hora de empezar la invocación. Así
que si podemos crear el espacio sagrado, podemos empezar ya.
En
el apartamento de al lado, los veteranos de la guerra civil vuelven cojeando a
casa al son de una música triste y de la reconstrucción.
Ostra
sigue dando vueltas a mi alrededor y la piedra que tengo en el puño ya está
caliente. Y cuento, once, cuento doce...
Mona
Sabbat tiene que venir con nosotros. Alguien sin sangre en las manos. Mona y
Helen y yo, y Ostra, los cuatro nos echaremos a la carretera. Una familia
disfuncional entre tantas. Unas vacaciones familiares. La búsqueda del Grial No
Santo.
Con
cien tigres de papel a matar por el camino. Con cien bibliotecas que saquear.
Libros que desarmar. El mundo entero debe ser salvado del sacrificio.
Lobelia
le dice a Granadina:
—¿Te
has enterado de toda esa gente muerta en el periódico? Dicen que es la
legionela, pero a mí me parece magia negra.
Y
con los brazos extendidos, con todo el pelo marrón de los sobacos a la vista,
Mona conduce a la gente al centro de la sala.
Gorrión
señala algo que hay en su catálogo y dice:
—Esto
es lo mínimo que hace falta para empezar.
Ostra
se aparta el pelo de los ojos y me señala con la barbilla. Se acerca para
clavarme el dedo índice en el pecho, me lo clava, con fuerza, en medio de mi
corbata azul, y dice:
—Escuche,
papi. —Me lo clava y dice—: La única canción sacrificial que conoce usted es
«la carne ni muy hecha ni poco hecha».
Y yo
paro de contar.
Rápido
como una contracción muscular, doy un empujón y lo aparto de una palmada, mis
manos hacen mucho ruido contra la piel desnuda del chaval, todo el mundo está
callado y mirando, y la canción sacrificial me viene a la cabeza.
Y he
vuelto a matar. Al novio de Mona. Al hijo de Helen. Ostra se me queda mirando
un momento, con el pelo colgando ante los ojos.
Y el
loro se cae del hombro de Tejón.
Ostra
levanta las manos, con los dedos extendidos, y dice:
—Tranqui,
papi.
Y se
va junto con Gorrión y el resto a mirar al loro, muerto a los pies de Tejón.
Muerto y medio desplumado del todo.
Y
Tejón le da un golpecito al pájaro con su sandalia y dice:
—¿Pelón?
Y
tal vez si matas a alguien, tal vez lo puedes traer de vuelta.
Y
Helen ya me está mirando, con el cristal manchado de rosa en la mano. Niega con
la cabeza y me dice:
—Yo
no lo he hecho.
Levanta
tres dedos, con el pulgar y el meñique tocándose por delante, y dice:
—Palabra
de bruja, lo juro.
18
Aquí
y ahora, mientras escribo esto, estoy cerca de Biggs Junction, Oregón.
Aparcados junto a la Interestatal 84, el Sargento y yo hemos puesto una vieja
chaqueta de piel en el recodo de la carretera al lado de nuestro coche. La
chaqueta de piel, manchada de ketchup, rodeada de moscas, es nuestro cebo.
Esta
semana hay otro milagro en los periódicos sensacionalistas.
Es
algo que la gente llama el Jesucristo de los Animales Atropellados. Los
periódicos sensacionalistas lo llaman «El Mesías de la I-84». Algún tío que se
para en la autopista siempre que ve un animal muerto, le impone las manos y
amén. El gato maltrecho o el perro aplastado, o incluso el ciervo doblado por
la mitad por una rodada de tractor, jadean o husmean el aire. Se ponen de pie
sobre sus patas rotas y parpadean con sus ojos picoteados por los pájaros.
La
gente lo ha grabado en vídeo. Tienen fotos colgadas en Internet.
Los
gatos, los puercoespines y los coyotes se quedan ahí un minuto, mientras el
Jesucristo de los Animales Atropellados les mece la cabeza con las manos y les
susurra.
Dos
minutos después de haber sido un montón raído de piel y huesos, simple comida
para las urracas y los cuervos, el ciervo o el perro o el mapache echan a
correr enteros, restaurados, perfectos.
Un
poco más adelante en la misma autopista donde estamos nosotros, un viejo aparca
su camioneta en el arcén. Sale de la cabina y coge una manta a cuadros del
fondo de la camioneta. Se pone en cuclillas para dejar la manta en el arcén,
con el tráfico pasando a toda leche a su lado en el aire tórrido de la mañana.
El
viejo abre los bordes de la manta a cuadros para revelar un perro muerto. Un
montón arrugado de pelo marrón, no muy distinto al montón de mi abrigo de piel.
El
Sargento saca el cargador de su pistola, comprueba que está lleno de balas y lo
vuelve a meter.
El
viejo se inclina, con las dos manos planas sobre el asfalto, mientras pasan
coches y camiones en ambas direcciones, y frota la mejilla sobre el montón de
pelo marrón.
Se
pone de pie y mira a un lado y a otro de la autopista. Vuelve a la cabina de su
camioneta y enciende un cigarrillo. Espera.
El
Sargento y yo esperamos.
Aquí
estamos, una semana tarde. Siempre un paso por detrás. Después de los hechos.
El
primer avistamiento del Jesucristo de los Animales Atropellados lo llevó a cabo
una cuadrilla de empleados públicos que estaban recogiendo a un perro muerto a
pocas millas de aquí. Antes de que pudieran meterlo en la bolsa, un coche de
alquiler se detuvo en el recodo de la autopista detrás de ellos. Eran un hombre
y una mujer, el hombre al volante. La mujer se quedó en el coche y el hombre se
bajó de un salto y corrió hasta la cuadrilla de empleados de carreteras. Les
gritó que esperaran. Les dijo que podía ayudar.
El
perro no era más que larvas y huesos dentro de un pellejo maltrecho.
El
hombre era joven, rubio, con el pelo largo y rubio ondeando al viento levantado
por los coches que pasaban a su lado. Tenía una perilla roja y cicatrices
horizontales en las dos mejillas, justo debajo de los ojos. Las cicatrices eran
de color rojo oscuro, y el joven miró dentro de la bolsa de basura donde estaba
el perro muerto y les dijo a la cuadrilla que... no estaba muerto.
Y
los operarios de carreteras se rieron. Guardaron la pala en su camioneta.
Y
algo gimió dentro de la bolsa de basura.
Y
ladró.
Ahora,
aquí y ahora, mientras escribo esto, mientras el viejo espera más adelante en
la carretera, fumando. Con el tráfico pasando a toda velocidad. Al otro lado de
la Interestatal 84, una familia en un coche familiar despliega una colcha sobre
la grava del arcén de la carretera y dentro aparece un gato naranja muerto. Un
poco más allá, una mujer y un niño están sentados en sillas de jardín al lado
de un hámster sobre una servilleta de papel.
Un
poco más allá, una pareja de edad mediana está de pie sosteniendo una sombrilla
para cubrir a una mujer joven, una joven huesuda y retorcida de lado en una
silla de ruedas.
El
viejo, la madre y la criatura, la familia y la pareja de edad mediana, sus ojos
escrutan cada coche que pasa.
El
Jesucristo de los Animales Atropellados aparece en un coche distinto cada vez,
en un coche de dos puertas, de cuatro o en una camioneta, a veces en moto. Una
vez en una autocaravana.
En
las fotos que toma la gente, en los vídeos, siempre aparece el mismo pelo rubio
revuelto, la misma perilla roja, las cicatrices. El perfil de una mujer
esperando en un coche a lo lejos, en un camión, en lo que sea.
Mientras
escribo esto, el Sargento encañona con su pistola el montón que forma nuestro
abrigo de piel. Con el ketchup y las moscas. Nuestro cebo. Y como todos los
demás que están aquí, estamos esperando un milagro. Un mesías.
19
Todo
lo que había fuera del coche era amarillo. Amarillo hasta el horizonte. No un
amarillo limón, más bien un amarillo pelota de tenis. Era del color de una
pelota sobre una pista de tenis de color verde brillante. El mundo a ambos
lados de la autopista es todo de este color.
Amarillo.
Grandes
olas ondeantes y espumeantes de color amarillo se mueven bajo el viento cálido
de los coches que pasan, desde el arcén de grava de la autopista hasta las
colinas amarillas. Todo amarillo. Proyectando su luz amarilla hacia nuestro
coche. Helen, Mona, Ostra y yo, todos nosotros. Nuestra piel y nuestros ojos.
Todos los detalles del mundo. Amarillos.
—Brassica
tournefortii —dice Ostra—. Mostaza marroquí en flor.
Estamos
sentados en los asientos de cuero del coche enorme de la inmobiliaria de Helen
con Helen al volante. Helen y yo vamos sentados delante, Ostra y Mona en la
parte de atrás. En el asiento entre Helen y yo está su agenda, con las tapas de
cuero rojo pegadas al cuero marrón del asiento. Hay un atlas de Estados Unidos.
Hay una impresión por ordenador de las ciudades en donde hay bibliotecas que
tienen el libro de poemas. Está el bolso azul de Helen, que parece verde bajo
la luz amarilla.
—Daría
lo que fuera por ser nativa americana —dice Mona, y apoya la frente en la
ventanilla—. Por ser una blackfoot libre o una sioux hace doscientos años, ya
sabéis, viviendo en armonía con toda esta belleza natural.
Para
ver qué es lo que siente Mona, pongo la frente contra la ventanilla. Por
contraste con el aire acondicionado, el cristal está ardiendo.
Es
una coincidencia siniestra, pero en el atlas todo el estado de California es
del mismo color amarillo vivo.
Y
Ostra se suena las narices, con una sonada brusca que le hace echar la cabeza
hacia atrás. Niega con la cabeza mirando a Mona y dice:
—Ningún
indio vivió nunca con eso.
Los
vaqueros no tenían plantas rodadoras, dice. No fue hasta finales del siglo XIX
cuando las semillas de planta rodadora, los cardos rusos, llegaron de Eurasia
en la lana de las ovejas. La mostaza marroquí vino en la tierra que los barcos
usaban como lastre. Esos árboles plateados que hay ahí fuera son olivos rusos,
Elaeagnus augustifolia. Los centenares de orejas de conejo blancas y peludas
que crecen en los márgenes de los arcenes de la autopista son Verbascum
thapsus, verbascos lanosos. Los árboles oscuros y retorcidos junto a los que
hemos pasado son Robinia pseudoacacia, algarrobos negros. Los matorrales verde
oscuro con flores de color amarillo vivo son retamas escocesas, Cytisus
scoparius.
Todo
es parte de una pandemia biológica, dice.
—Esos
viejos westerns de Hollywood —dice Ostra, mirando por la ventanilla el paisaje
de Nevada que rodea la autopista, dice—, con las plantas rodadoras y la
cebadilla y todo esa mierda. —Niega con la cabeza y dice—: Nada de todo eso es
nativo, pero es lo único que nos queda. —Y dice—: Casi nada es natural ya en la
naturaleza.
Ostra
le da una patada a la parte de atrás del asiento de delante y dice:
—Eh,
papi, ¿cuál es el periódico más importante de Nevada?
¿De
Reno o de Las Vegas?, le digo.
Y
mirando por la ventanilla, con los ojos amarillos por la luz que se refleja,
Ostra dice:
—De
las dos. Y también de Carson City. De todas.
Se
los digo.
Los
bosques que bordean la costa Oeste están infestados de retama escocesa y de
retama francesa y de hiedra inglesa y de zarzas del Himalaya, dice. Los árboles
nativos se están muriendo por culpa de las lagartas importadas en mil
ochocientos sesenta por Leopold Trouvelot, que quería usarlas para criar seda.
Los desiertos y las praderas están infestados de mostaza y de cebadilla y de
matojo de playa europeo.
Ostra
se desabotona la camisa y debajo, sobre la piel de su pecho, hay algo hecho con
cuentas. Es del tamaño de una billetera y cuelga de su cuello de un collar de
cuentas.
—Es
una bolsa de curandero hopi —dice—. Muy espiritual, ¿no?
Helen,
mirándolo por el retrovisor, con las manos en el volante enfundadas en guantes
de conducir de becerro ajustados, dice:
—Bonitos
abdominales.
Ostra
se saca la camisa por los hombros y la bolsa de cuentas queda colgando entre
sus pezones, con los pectorales hinchados a ambos lados. Su piel está bronceada
y no tiene pelos por encima del ombligo. La bolsa está completamente recubierta
de cuentas azules salvo por una cruz de cuentas rojas en el centro. Su bronceado
parece anaranjado bajo la luz amarilla. Su pelo rubio parece en llamas.
—Se
la he hecho yo —dice Mona—. Llevo haciéndola desde febrero.
Mona
con sus rastas y sus collares de cristal. Le pregunto si es una india hopi.
Ostra
hurga con los dedos dentro de la bolsa.
Y
Helen dice:
—Mona,
no eres nativa de nada. Tu verdadero apellido es Steinner.
—No
hace falta ser hopi —dice Mona—. La hice copiando el dibujo de un libro.
—Entonces
no es nada hopi de verdad —dice Helen.
Y
Mona dice:
—Lo
es. Es idéntica a la del libro. —Y dice—: Te lo enseñaré.
Ostra
saca un teléfono móvil de su bolsita de cuentas.
—Lo
divertido de los oficios primitivos es que se pueden hacer fácilmente mientras
uno mira la tele —dice Mona—. Y te ponen en contacto con toda clase de energías
arcanas y rollos de esos.
Ostra
abre el teléfono móvil y saca la antena. Marca un número. Se le ve una curva de
suciedad debajo de la uña.
Helen
lo mira por el retrovisor.
Mona
se inclina sobre sus rodillas y coge una mochila de lona del suelo de debajo
del asiento trasero. Saca un revoltijo de cordeles y plumas. Parecen plumas de
pollo, teñidas en tonos brillantes de Pascua del rosa y del azul. De los
cordeles cuelgan monedas de latón y cuentas hechas de cristal negro.
—Es
un atrapasueños navajo que estoy haciendo —dice. Lo agita y algunos de los
cordeles se sueltan y quedan colgando. Algunas cuentas caen en la mochila que
tiene en el regazo. Flotan por el aire plumas de color rosa, y ella dice—: He
pensado en hacerlo más poderoso usando algunas monedas del I Ching. Para
superenergizarlo o algo así.
En
alguna parte debajo de la mochila, en su regazo, la V afeitada entre sus
muslos. Las cuentas de cristal ruedan hasta allí.
Ostra
le dice al teléfono:
—Sí,
necesito el número del departamento de anuncios de Venta al Público del Carson
City Telegraph-Star. —Una pluma de color rosa le flota junto a la cara y él la
aleja de un soplido.
Con
las uñas pintadas de negro, Mona coge algunos de los nudos y dice:
—Es
más difícil de lo que parece en el libro.
Ostra
se sostiene el teléfono junto al oído con una mano. Con la otra se frota la
bolsa de cuentas por todo el pecho.
Mona
saca un libro de su mochila de lona y me lo pasa al asiento delantero.
Ostra
ve a Helen, que todavía lo está mirando por el retrovisor, y le guiña un ojo y
se pellizca el pezón.
Por
alguna razón, me viene a la cabeza Edipo rey.
En
alguna parte debajo de su cinturón, la estalactita rosa de su prepucio
atravesada por su aro metálico. ¿Cómo puede Helen querer eso?
—Los
granjeros de antaño plantaban cebadilla porque verdeaba deprisa en primavera y
suministraba pasto deprisa para el ganado —dice Ostra, señalando con la cabeza
el mundo de fuera.
La
primera parcela de cebadilla estaba en el sur de la Columbia Británica, en Canadá,
en mil ochocientos ochenta y nueve. Pero los incendios la extienden. Cada año
se seca hasta convertirse en pólvora, y las tierras que solían arder cada diez
años ahora arden todos los años. Y la cebadilla se recupera deprisa. A la
cebadilla le encanta el fuego. Pero a las plantas nativas, la salvia y el flox
del desierto, no. Y cada año que arde, hay más cebadilla y menos de todo el
resto. Y los ciervos y antílopes que dependen de todas esas otras plantas ya no
están. Ni los conejos. Ni tampoco los halcones ni los búhos que se comen a los
conejos. Los ratones se mueren de hambre, de forma que las serpientes que se
comen a los ratones se mueren de hambre.
Hoy,
la cebadilla domina los desiertos interiores desde Canadá hasta Nevada,
cubriendo un área del doble del tamaño del estado de Nebraska y extendiéndose
miles de acres cada año.
La
gran ironía es que incluso el ganado odia la cebadilla, dice Ostra. De forma
que las vacas se comen los escasos matorrales nativos que quedan. Lo que queda
de ellos.
El
libro de Mona se llama Hobbies y oficios tradicionales tribales. Cuando lo
abro, salen flotando más plumas rosadas y azules.
—El
nuevo sueño de mi vida es que quiero encontrar un árbol realmente recto, ya
sabéis —dice Mona, con una pluma de color rosa enredada en las rastas—. Y
construir un tótem o algo parecido.
—Cuando
lo piensas desde la perspectiva de las plantas nativas —dice Ostra—, Johnny
Appleseed fue un puto terrorista biológico.
Johnny
Appleseed, dice, lo mismo podría haber estado extendiendo la viruela.
Ostra
está marcando otro número en su teléfono móvil. Patea la parte trasera del
asiento delantero y dice:
—Mami,
papi. Un restaurante realmente pijo en Reno, Nevada.
Y
Helen se encoge de hombros y me mira. Dice:
—El
Desert Sky Supper Club de Tahoe es bastante majo.
Ostra
dice a su teléfono móvil:
—Me
gustaría poner un anuncio a tres columnas. —Mirando por la ventanilla, dice—:
Debe tener tres columnas por seis pulgadas de largo, y la primera línea del
texto tiene que decir: «Atención, clientes del Desert Sky Supper Club».
Ostra
dice:
—La
segunda línea tiene que decir: «¿Ha contraído recientemente un caso casi fatal
de intoxicación por campylobacter? De ser así, por favor, llame al siguiente
número para entablar un pleito por demanda colectiva».
Luego
Ostra da un número de teléfono. Saca una tarjeta de crédito de su bolsa de
curandero y le lee el número y la fecha de expiración al teléfono. Dice que el
comercial lo llame después de que esté compuesto para repasar el texto final
por teléfono. Dice que el anuncio ha de salir todos los días de la próxima
semana en la sección de Restaurantes. Cierra el teléfono y vuelve a meter la
antena.
—Igual
que la fiebre amarilla y la viruela mataron a los nativos americanos —dice—,
nosotros trajimos la enfermedad del olmo a América en un cargamento de troncos
para una prensa de chapa de madera en mil novecientos treinta y trajimos la
plaga del castaño en mil novecientos cuatro. Otro hongo patógeno está matando
las hayas orientales. Se espera que el escarabajo asiático de cuernos largos,
introducido en Nueva York en mil novecientos noventa y seis, acabe con la
población de arces norteamericanos.
Para
controlar las poblaciones de perros de las praderas, dice Ostra, los rancheros
introdujeron la peste bubónica en las colonias de perros de las praderas, y
para mil novecientos treinta el noventa y ocho por ciento de los perros habían
muerto. La peste se ha extendido hasta matar otras treinta y cuatro especies de
roedores nativos, y cada año también a unas cuantas personas desafortunadas.
Por
alguna razón, me viene a la cabeza la canción sacrificial.
—A
mí —dice Mona cuando le devuelvo el libro— me gustan las tradiciones antiguas.
Mi esperanza es que este viaje sea, ya sabéis, mi misión personal visionaria. Y
que salga de él con un nombre nativo y quede —dice— transformada.
Ostra
saca un cigarrillo de su bolsa hopi y dice:
—¿Os
importa?
Yo
le digo que sí.
Y
Helen dice:
—En
absoluto. —Y el coche es de ella.
Y yo
cuento uno, cuento dos, cuento tres...
Lo
que consideramos naturaleza, dice Ostra, son simplemente más cosas nuestras que
matan al mundo. Cada diente de león es una bomba atómica haciendo tictac.
Polución biológica. Preciosa devastación amarilla.
Igual
que uno puede ir de París a Pekín, dice Ostra, y en todas partes hay
hamburguesas McDonald’s, este es el equivalente ecológico de las franquicias de
formas de vida. Todos los lugares se vuelven el mismo. El kudzu. Los mejillones
cebra. Los jacintos de agua. Los estorninos. Los Burger King.
Lo
que es nativo y local, cualquier cosa que sea única va a ser arrasada.
—La
única biodiversidad que nos va a quedar —dice— es la Coca-Cola contra la Pepsi.
Dice:
—Estamos
creando el paisaje del mundo a base de equivocaciones estúpidas.
Mirando
por la ventana, Ostra saca un encendedor de plástico de la bolsa de curandero
de cuentas. Agita el encendedor y lo golpea contra la palma de su mano.
Huelo
una pluma rosada caída del libro y me imagino que el pelo de Mona huele igual.
Retorciendo la pluma entre dos dedos, le pregunto a Ostra, que está hablando
por teléfono en ese momento —llamando al periódico—, qué está tramando.
Ostra
enciende su cigarrillo. Se vuelve a meter el encendedor de plástico y el
teléfono móvil en la bolsa de curandero.
—Así
es como gana dinero —dice Mona. Está separando los nudos y los enredos de su
atrapasueños. Entre sus brazos, debajo de su blusa anaranjada, sus pechos se
proyectan hacia fuera con sus pezoncitos rosados.
Y yo
cuento cuatro, cuento cinco, cuento seis...
Abotonándose
la camisa con ambas manos, con la boca fruncida en torno al cigarrillo y los
ojos entornados por el humo, Ostra dice:
—¿Os
acordáis de Johnny Appleseed?
Helen
enciende el aire acondicionado.
Y abotonándose
el cuello de la camisa, Ostra dice:
—No
se preocupe, papi. Solamente estoy plantando mis semillas.
Mirando
la extensión amarilla de fuera, con sus ojos amarillos, dice:
—Es
solamente mi generación intentando destruir la cultura existente extendiendo
nuestra propia infección contagiosa.
20
La
mujer abre la puerta principal de su casa y allí estamos Helen y yo, en su
porche, yo cargando con el estuche de cosméticos de Helen, a medio paso detrás
de ella, mientras Helen señala con la larga uña rosada de su dedo índice y
dice:
—Si
puede darme quince minutos, puedo convertirla en una persona completamente
nueva.
El
traje de Helen es rojo, pero no rojo fresa. Es más bien rojo como una mousse de
fresa con crème fraîche batida por encima y servida en una compota de cristal
con pie. Dentro de su nube rosa de peló, sus pendientes emiten destellos
rosados y rojos bajo la luz del sol.
La
mujer se está secando las manos en una toalla de cocina. Lleva mocasines
marrones de hombre sin calcetines. Un delantal con pollos amarillos dibujados
le cubre toda la parte delantera, y una especie de vestido lavable a máquina,
la trasera. Con el dorso de la mano se aparta unos mechones de pelo de la
frente. Los pollos amarillos sostienen utensilios de cocina, cazos y cucharas,
con el pico. La mujer nos mira a través de la puerta mosquitera oxidada y
pregunta:
—¿Sí?
Helen
me mira a mí, de pie detrás de ella. Mira por encima del hombro a Mona y Ostra,
que están con la cabeza gacha, escondidos en el coche aparcado en la acera.
Ostra susurrándole a su teléfono:
—¿Es
el picor constante o intermitente?
Helen
Hoover Boyle se lleva todos los dedos de una mano juntos al pecho, con el
montón de piedras preciosas y perlas escondiendo la blusa de seda de debajo. Y
dice:
—¿Señora
Pelson? Somos de Maquillaje Milagroso.
Mientras
habla, Helen extiende la mano cerrada y la abre en dirección a la mujer, como
si estuviera esparciendo las palabras.
Helen
dice:
—Me
llamo Brenda Williams. —Con sus dedos de color rosa, esparce las palabras por
encima de su hombro, diciendo—: Y este es mi marido, Robert Williams. —Y dice—:
Y hoy le traemos un regalo muy especial.
La
mujer del otro lado de la puerta mosquitera mira el estuche de cosméticos que
llevo en la mano.
Y
Helen dice:
—¿Podemos
entrar?
Se
suponía que iba a resultar más fácil.
Todos
estos viajes, entrar en bibliotecas, coger los libros de las estanterías,
sentarse en los retretes de los baños de las bibliotecas y arrancar la página.
Y tirar de la cadena. Se suponía que iba a ser así de rápido.
Con
las primeras dos bibliotecas no hay problema. En la siguiente el libro no está
en la estantería. En susurros de biblioteca, Mona y yo vamos al mostrador de
préstamo y preguntamos. Helen está esperando en el coche con Ostra.
El
bibliotecario es un tipo con el pelo largo y liso recogido en una coleta. Tiene
pendientes en las dos orejas, aros de pirata, y lleva un jersey a cuadros sin
mangas y dice que el libro —revisa la pantalla de su ordenador haciendo pasar
la pantalla hacia arriba y hacia abajo— está en préstamo.
—Es
muy importante —dice Mona—. Yo lo saqué en préstamo antes y me dejé algo entre
las páginas.
Lo
siento, dice el tipo.
—¿Puede
decirnos quién lo tiene? —dice Mona.
Y el
tipo dice que lo siente. Que no puede ser.
Y yo
cuento uno, cuento dos, cuento tres...
Es
verdad, todo el mundo quiere ser Dios, pero para mí es un trabajo a jornada
completa.
Y yo
cuento cuatro, cuento cinco...
Un
segundo más tarde, Helen Hoover Boyle está frente al mostrador de préstamos.
Sonríe hasta que el bibliotecario levanta la vista del ordenador y ella
extiende las manos, con los dedos abarrotados de anillos brillantes.
Ella
sonríe y dice:
—¿Joven?
Mi hija se ha dejado una foto de familia entre las páginas de cierto libro.
—Menea los dedos y dice—: Puede usted seguir las normas o puede hacer una buena
obra y seguir su criterio.
El
bibliotecario mira los dedos de ella, los prismas de colores y las estrellas de
luz entrecortada bailando reflejados en su cara. Se pasa la lengua por los
labios. Luego niega con la cabeza y dice que no le compensa. Que la persona que
tiene el libro se quejará y a él lo expulsarán.
—Prometemos
—dice Helen— que no va usted a perder su trabajo.
En
el coche, estoy esperando con Mona, contando veintisiete, contando veintiocho,
contando veintinueve... Intentando de la única forma que conozco no matar a
todo el mundo en la biblioteca y mirar por mí mismo la dirección en el
ordenador.
Helen
vuelve al coche con una hoja de papel en la mano. Se inclina junto a la
ventanilla abierta del conductor y dice:
—Una
noticia buena y una mala.
Mona
y Ostra están tumbados en el asiento de atrás. Se incorporan. Yo estoy en el
asiento del acompañante, contando.
Y
Mona dice:
—Tienen
tres ejemplares, pero todos están en préstamo.
Helen
se sienta al volante y dice:
—Conozco
un millón de formas de televenta.
Y
Ostra se aparta el pelo de los ojos y dice:
—Buen
trabajo, mami.
La
primera casa es bastante fácil. Y la segunda.
En
el coche entre llamada y llamada, Helen rebusca entre los tubitos dorados y las
cajitas relucientes, entre sus pintalabios y maquillajes, con su estuche de
cosméticos abierto sobre el regazo. Hace girar un pintalabios para sacar la
barra, la mira con los ojos fruncidos y dice:
—Nunca
más voy a usar esto. Si no ando equivocada, esa última mujer tenía culebrilla.
Mona
se inclina hacia delante en el asiento de atrás, mira por encima del hombro de
Helen y dice:
—Esto
se te da realmente bien.
Desenroscando
las tapas de cajitas redondas de sombra de ojos, mirando y oliendo sus
interiores de color canela, rosado o melocotón, Helen dice:
—He
tenido un montón de práctica.
Se
mira en el retrovisor y se aparta unos mechones de pelo rosado. Se mira el
reloj de pulsera, pellizcando la esfera entre los dedos pulgar e índice, y
dice:
—No
debería deciros esto, pero fue mi primer trabajo de verdad.
Para
entonces estamos aparcados delante de una caravana oxidada y emplazada en una
parcela de hierba reseca y llena de juguetes infantiles desperdigados. Helen
cierra su estuche. Me mira a mí, sentado a su lado, y dice:
—¿Listo
para intentarlo otra vez?
Dentro
de la caravana, hablando con la mujer del delantal lleno de pollos, Helen dice:
—No
hay absolutamente ningún coste ni obligación por su parte. —Y empuja suavemente
a la mujer hasta sentarla en el sofá.
Sentada
delante de la mujer, con la mujer sentada tan cerca que sus rodillas casi se
tocan, Helen extiende un pincel hacia ella y dice:
—Hunde
las mejillas, cariño.
Con
una mano coge un puñado de pelo de la mujer y lo estira hacia arriba. El pelo
de la mujer es rubio con una pulgada castaña en las raíces. Con la otra manó
Helen lleva a cabo varias pasadas rápidas con un peine, levantando los mechones
más largos y aplastando las raíces castañas contra el cuero cabelludo. Agarra
otro mechón y carda y crepa hasta que todo el pelo salvo los mechones más
largos está aplastado y enredado sobre el cuero cabelludo. Con el peine, alisa
los mechones largos y rubios sobre el pelo más corto y carda hasta que la
cabeza de la mujer es una burbuja enorme e inflada de pelo rubio.
Y yo
digo: De modo que así es como lo haces.
Es
idéntico al peinado de Helen pero rubio.
En
la mesilla de café delante del sofá hay un enorme centro de rosas y azucenas,
pero marchitas y marrones, colocadas en un jarrón de cristal verde de florista,
con solamente un poco de agua negra en el fondo. En la mesa de la cocina hay
más ramos de flores, nada más que tallos muertos en agua espesa y pestilente.
Hay más jarrones en fila en el suelo, contra la pared del fondo de la sala de
estar, cada uno con un bloque de espuma verde de donde salen rosas retorcidas y
muertas y claveles negros y alargados en los que crece un moho gris. Pegada a
cada ramo hay una tarjetita que dice: «Te acompañamos en el sentimiento».
Y
Helen dice:
—Ahora
tápese la cara con las manos.
Y
empieza a agitar un bote de espray. Rocía a la mujer con laca de pelo.
La
mujer se encoge a ciegas, un poco doblada hacia delante, tapándose la cara con
las dos manos.
Y
Helen señala con la cabeza hacia las habitaciones del otro lado de la caravana.
Y yo
voy.
Agitando
un pincel de ojos en su tubo, dice:
—No
le importa si mi marido usa su baño, ¿verdad? —Y Helen dice—: Ahora, mire al
techo, cariño.
En
el baño hay ropa sucia separada en montones de colores distintos en el suelo.
Blanca. Oscura. Los vaqueros y las camisas de alguien manchados de grasa. Hay
toallas y sábanas y sujetadores. Hay un mantel a cuadros rojos. Tiro de la
cadena para que se oiga el ruido.
No
hay pañales ni ropa de niño.
En
la sala de estar, la mujer de los pollos sigue mirando al techo, pero ahora
tiembla y respira de forma convulsa. El pecho se le estremece debajo del
delantal. Helen está tocando el maquillaje húmedo con la punta doblada de un
pañuelo de papel. El pañuelo está empapado y lleno de pintura de ojos negra, y
Helen está diciendo:
—Algún
día te sentirás mejor, Rhonda. Ahora no lo puedes ver, pero mejorará. —Dobla
otro pañuelo, sigue secando y dice—: Lo que tienes que hacer es ser dura.
Piensa en ti misma como algo duro y afilado.
Y
dice:
—Todavía
eres joven, Rhonda. Tienes que volver a estudiar y convertir ese dolor en
dinero.
La
mujer de los pollos, Rhonda, sigue llorando con la cabeza inclinada hacia
atrás. En la otra habitación hay una cuna y un colgante móvil de margaritas de
plástico. Hay una cajonera pintada de blanco. La cuna está vacía. El pequeño
colchón de plástico está enrollado y atado en un extremo. Cerca de la cuna hay
una pila de libros sobre un taburete. Encima de todo está Poemas y rimas.
Cuando
pongo el libro en la cómoda, cae abierto por la página 27.
Paso
la punta de un imperdible de bebé por el margen interior de la página, muy
cerca de la encuadernación, y la página se desprende. Con la página doblada en
el bolsillo, devuelvo el libro al montón.
En
la sala de estar, los cosméticos están tirados en una pila en el suelo.
Helen
ha sacado un doble fondo del interior de su estuche de cosméticos. Dentro hay
collares y pulseras en filas, gruesos broches y parejas de pendientes unidos,
todos incrustados de objetos brillantes rojos y verdes, amarillos y azules.
Joyas. Enrollado entre las manos de Helen hay un largo collar de piedras rojas
y amarillas más grandes que sus uñas pintadas de color rosa.
—En
los diamantes cortados en forma de brillantes —dice—, mira que no se pierda luz
por las facetas que quedan por debajo del encaje de la piedra. —Pone el collar
en las manos de la mujer y dice—: En los rubíes, u óxido de aluminio, los
corpúsculos extraños en el interior, llamados inclusiones rutiles, pueden darle
a la piedra un tono rosado pálido a menos que el joyero cueza la piedra a
temperatura muy elevada.
El
truco para olvidar la situación general es mirarlo todo muy de cerca.
Las
dos mujeres están sentadas tan cerca que sus rodillas están entrelazadas. Sus
cabezas casi se tocan. La mujer de los pollos no está llorando.
La
mujer de los pollos tiene una lupa de joyero en el ojo.
Las
flores muertas han sido apartadas y sobre la mesilla de café hay diseminados
puñados de color rosa chispeante y dorado, perlas blancas y lapislázuli azul
labrado. Otros puñados brillan en tonos del amarillo y del naranja. Otros
montones brillan en tonos del blanco y del plateado.
Y
Helen sostiene un huevo verde resplandeciente en la mano, tan brillante que
ambas mujeres se ven verdes bajo su reflejo, y dice:
—¿Puedes
ver esa clase de inclusiones uniformes parecidas a velos en el interior de una
esmeralda sintética?
Con
el ojo fruncido en torno a la lupa, la mujer asiente.
Y
Helen dice:
—Recuerda
esto. No quiero que te quemes como me pasó a mí. —Busca dentro del estuche de
cosméticos y saca un puñado brillante de algo amarillo, diciendo—: Este broche
de zafiros amarillos perteneció a la estrella del cine Natasha Wren. —Con las
dos manos saca un corazón rosado brillante, unido a una larga cadena de
diamantes más pequeños, y dice—: Este pendiente de berilos de setecientos
quilates perteneció una vez a la reina María de Rumania.
En
ese montón de joyas, diría Helen Hoover Boyle, están los fantasmas de todo el
mundo que las ha poseído. Todo el mundo lo bastante rico y exitoso como para
demostrarlo. Todo su talento e inteligencia y belleza, sobrevividos por toda
esa morralla decorativa. Todo el éxito y los logros que esas joyas
supuestamente representaban, todo ha desaparecido.
Con
el mismo peinado, el mismo maquillaje, sentadas tan cerca la una de la otra,
podrían ser hermanas. Podrían ser madre e hija. Antes y después. Pasado y
futuro.
Hay
más, pero es cuando llego al coche.
Sentada
en el asiento de atrás, Mona dice:
—¿Lo
ha encontrado?
Le
digo que sí. Que a esa mujer tampoco le iba a servir de mucho.
Lo
único que le hemos dado es un peinado enorme y probablemente culebrilla.
Ostra
dice:
—Enséñenos
la canción. Déjenos ver de qué va esa vibración.
Y le
digo que ni en coña. Me meto la página doblada en la boca y me pongo a
masticarla. Me duele el pie y me quito el zapato. Sigo masticando. Mona se
queda dormida. Sigo masticando. Ostra mira por la ventanilla unos hierbajos que
crecen en una zanja.
Me
trago la página y me quedo dormido.
Más
tarde, sentado en el coche, rumbo a la siguiente ciudad, a la siguiente
biblioteca, quizá al siguiente maquillaje, me despierto y veo que Helen ha
conducido trescientas millas.
Casi
es de noche, y mirando por el parabrisas, Helen dice:
—Estoy
haciendo recuento de gastos.
Mona
se incorpora y se rasca el cuero cabelludo a través del pelo. Se aprieta el
dedo de al lado del meñique, se aprieta la parte blanda de ese dedo en el
rabillo interior del ojo y la aparta deprisa, con una legaña pegada. Se seca la
legaña en los vaqueros y dice:
—¿Dónde
vamos a comer?
Le
digo a Mona que se abroche el cinturón de seguridad.
Helen
enciende los faros. Abre una mano, del todo, apoyada en el volante, y se mira
el dorso, los anillos, y dice:
—Después
de que encontremos el Libro de Sombras, cuando seamos los líderes omnipotentes
del mundo entero, cuando seamos inmortales y poseamos el planeta entero y todo
el mundo nos ame —dice—, todavía me deberéis doscientos dólares en cosméticos.
Tiene
un aspecto extraño. Su pelo tiene un aspecto raro. Son sus pendientes, los
puñados pesados de color rosa y rojo, sus zafiros rosas y sus rubíes. No están.
21
No
fue una sola noche. Solamente da esa impresión. Fue cada noche, a través de
Texas y Arizona, en Nevada, atravesando California y llegando a Oregón,
Washington, Idaho. Todas las noches en el coche son iguales. Esté uno donde
esté.
Todos
los sitios son el mismo sitio en la oscuridad.
—Mi
hijo, Patrick, no ha muerto —dice Helen Hoover Boyle.
Está
muerto en los registros médicos del condado, pero no digo nada.
Helen
está al volante, Mona y Ostra dormidos en el asiento de atrás. Dormidos o
escuchando. Yo voy en el asiento del pasajero. Apoyado en mi portezuela, estoy
tan lejos de Helen como puedo. Con el brazo puesto a modo de almohada, mi
postura me permite escuchar sin mirarla.
Y
Helen habla conmigo sin mirar atrás. Los dos mirando hacia delante a la
carretera iluminada por los faros que desaparece bajo el capó del coche.
—Patrick
está en el New Continuum Medical Center —dice—, Y creo realmente que algún día
se recuperará por completo.
Su
agenda, encuadernada en cuero rojo, está en el asiento delantero entre
nosotros.
Mientras
recorremos Dakota del Norte y Minnesota, le pregunto cómo encontró el conjuro
sacrificial.
Y
con una uña de color rosa, ella pulsa un botón en alguna parte y pone el coche
en control de velocidad crucero. Acciona algo más en la oscuridad y pone los
faros largos.
—Yo
era representante de los cosméticos Skin Tone —dice—. La caravana en que
vivíamos no era muy agradable —dice—. Mi marido y yo.
En
los registros médicos del condado el marido se llama John Boyle.
—Ya
sabe lo que pasa cuando tienes el primero —dice—. La gente te regala montones
de juguetes y de libros. Ni siquiera sé quién trajo aquel libro. Era
simplemente un libro en un montón de libros.
De
acuerdo con los registros del condado, aquello debió de pasar hace veinte años.
—No
hace falta que le cuente lo que pasó —dice—. Pero John siempre creyó que fue
culpa mía.
De
acuerdo con los registros policiales, hubo seis llamadas por disturbios
domésticos en la vivienda de los Boyle, en la plaza 175 del poblado de
caravanas Buena Noche, en las semanas siguientes a la muerte de Patrick Raymond
Boyle, de seis meses de edad.
Conduciendo
por Wisconsin y Nebraska, Helen dice:
—Yo
iba de puerta en puerta, vendiendo productos de Skin Tone —dice—. No volví a
trabajar inmediatamente. Debió de pasar, Dios, un año y medio después de que
Patrick... Después de la mañana en que encontramos a Patrick.
Ella
iba por el poblado de caravanas donde vivían, me cuenta Helen, cuando conoció a
una joven idéntica a la mujer del delantal con los pollos. Las mismas flores
funerarias enviadas a casa por el depósito de cadáveres. La misma cuna vacía.
—Podía
ganar un montón de dinero solamente vendiendo base de maquillaje y colorete
—dice Helen sonriente—. Sobre todo hacia fin de mes, cuando había poco dinero.
Hace
veinte años, conoció a aquella otra mujer de la misma edad que Helen, y
mientras hablaban, la mujer le enseñó a Helen el cuarto del niño, las fotos del
bebé. La mujer se llamaba Cynthia Moore. Tenía un ojo morado.
—Y
vi que tenía un ejemplar del mismo libro —dice Helen—, Poemas y rimas del mundo
entero.
Aquella
gente lo tenía abierto por la misma página que estaba abierto la noche en que
murió su hijo. El libro, las sábanas de la cuna, intentaban mantenerlo todo
exactamente como estaba.
—Por
supuesto, era la misma página que nuestro libro —dice Helen.
En
casa, John Boyle bebía montones de cerveza todas las noches. Le dijo a Helen
que no quería tener otro hijo porque no confiaba en ella. Si ella no sabía qué
era lo que había hecho mal, el riesgo era demasiado grande.
Con
mi mano en los asientos de cuero caliente, me siento como si estuviera tocando
a otra persona.
Conduciendo
por Colorado, Kansas y Missouri, dice:
—La
otra madre del poblado de caravanas montó un día una venta pública de objetos
frente a su caravana. Todas las cosas del bebé, puestas en montones sobre la
hierba, cada una a un cuarto de dólar. El libro estaba allí y lo compré. —Helen
dice—: Le pregunté al hombre de dentro por qué Cynthia lo estaba vendiendo todo
y se encogió de hombros.
De
acuerdo con los registros médicos del condado, Cynthia Moore se bebió líquido
desatascador de cañerías y murió de hemorragia de esófago y asfixia tres meses
después de que su hijo muriera sin causa aparente.
—A
John le preocupaban los gérmenes, así que quemó todas las cosas de Patrick
—dice—. Compré el libro de poemas por diez centavos. Recuerdo que hacía un día
muy bonito.
Los
registros policiales muestran tres llamadas más por disturbios domésticos en la
plaza 175 del poblado de caravanas Buena Noche. Una semana después del suicidio
de Cynthia Moore, John Boyle fue hallado muerto sin causa aparente. De acuerdo
con el condado, la elevada concentración de alcohol en su sangre podría haberle
causado apnea del sueño. Otra causa probable era asfixia posicional. Podría
haber estado tan borracho que cayó inconsciente en una posición que no le dejó
respirar. En cualquier caso, el cuerpo no presentaba señales. El certificado de
defunción no especificaba causa aparente de muerte.
Conduciendo
por Illinois, Indiana y Ohio, Helen dice:
—No
maté a John a propósito. —Y dice—: Solamente fue curiosidad.
Lo
mismo que yo con Duncan.
—Solamente
estaba probando una teoría —dice—. John no paraba de decir que el fantasma de
Patrick seguía con nosotros. Y yo no paraba de decirle que Patrick seguía vivo
en el hospital.
Veinte
años después, el pequeño Patrick sigue en el hospital, dice Helen.
Por
muy chiflado que suene, no digo nada. No me imagino qué aspecto debe de tener
un bebé después de veinte años en coma o con las constantes vitales asistidas o
lo que sea.
Imaginad
a Ostra entubado y con un catéter durante la mayor parte de su vida.
A la
gente a la que amas se le pueden hacer cosas peores que matarlos.
En
el asiento de atrás, Mona se incorpora y estira los brazos. Dice:
—En
la Grecia antigua, la gente escribía sus maldiciones más poderosas con clavos
de barcos naufragados. —Y dice—: Los marineros que morían en el mar no tenían
un funeral como es debido. Los griegos sabían que los muertos que no son
enterrados son los espíritus más incansables y destructivos.
Y
Helen dice:
—Cállate.
Conduciendo
por Virginia Occidental, Pensilvania y Nueva York, Helen dice:
—Odio
a la gente que asegura que puede ver fantasmas. —Y dice—: Los fantasmas no
existen. Cuando te mueres, estás muerto. No hay más allá. La gente que asegura
que ve fantasmas solamente intenta llamar la atención. La gente que cree en la
reencarnación está simplemente posponiendo su vida.
Sonríe:
—Por
suerte para mí —dice—. He encontrado una forma de castigar a esa gente y ganar
montones de dinero.
Suena
su teléfono móvil.
Me
dice:
—Si
no se cree lo de Patrick, le puedo enseñar la factura del hospital de este mes.
Le
suena otra vez el teléfono móvil.
Estamos
cruzando Vermont cuando lo dice. Parte de ello lo dice mientras estamos
cruzando Luisiana en la oscuridad, luego Arkansas y Mississippi. Algunas noches
cruzamos dos o tres de esos pequeños estados del Este.
Abre
su teléfono y dice:
—Helen
al habla. —Me mira con los ojos en blanco y dice—: ¿Un bebé invisible
enclaustrado en la pared de su dormitorio? ¿Y llora toda la noche? ¿De verdad?
De
otras partes de la historia no me entero hasta que llegamos a casa y hago
ciertas investigaciones.
Con
el teléfono apretado contra el pecho, Helen me dice:
—Todo
lo que le estoy contando es estrictamente confidencial. —Y dice—: Hasta que
encontremos el Libro de Sombras no podemos cambiar lo que ha pasado. Usaré un
conjuro de ese libro y me aseguraré de que Patrick se recupera del todo.
22
Estamos
conduciendo por el Medio Oeste con la radio sintonizada en una estación de AM y
una voz de hombre está diciendo que la doctora Sara Lowenstein era un faro de
la esperanza y de la moral en el baldío de la vida moderna. La doctora Sara era
una moralista noble de línea dura que se negaba a aceptar nada que no fuera una
conducta firmemente correcta. Era un bastión de los estándares rectos, una
lámpara que brillaba para revelar los males de este mundo. La doctora Sara,
dice el hombre, siempre estará en nuestros corazones y en nuestras almas porque
su propia alma era tremendamente fuerte y carecía de...
La
voz se detiene.
Y
Mona golpea el respaldo del asiento delantero, a la altura de mis riñones, y
dice:
—Otra
vez no. —Y dice—: Pare de resolver sus problemas personales con gente inocente.
Yo
le digo que deje de acusar. Que tal vez solamente se trate de manchas solares.
Esos
charladictos. Esos escuchafóbicos.
La
canción sacrificial me ha venido a la cabeza tan deprisa que ni me he dado
cuenta. Estaba medio dormido. Así de fuera de control la tengo. Puedo matar
mientras duermo.
Después
de unas millas de silencio, lo que los periodistas llaman aire muerto, la voz
de otro hombre suena en la radio, diciendo que la doctora Sara Lowenstein era
el patrón moral con el que millones de radioyentes median sus vidas. Era la
espada llameante de Dios enviada para enderezar las maldades y a los
malhechores que pueblan el templo de...
Y la
voz de este nuevo hombre se interrumpe.
Mona
golpea el respaldo de mi asiento, con fuerza, y dice:
—No
es divertido. ¡Esos predicadores de la radio son gente real!
Le
digo que no he hecho nada.
Y
Helen y Ostra sueltan una risita.
Mona
cruza los brazos sobre el pecho y reclina la espalda en el asiento de atrás.
Dice:
—No
tenéis respeto. Ninguno de vosotros. Estáis haciendo el idiota con un millón de
años de poder.
Mona
apoya las dos manos en Ostra y lo empuja con fuerza, haciéndole chocar con la
portezuela. Dice:
—Y
tú también. —Y dice—: Una personalidad de la radio es tan importante como una
vaca o un cerdo.
Ahora
se oye música de baile en la radio. El teléfono móvil de Helen empieza a sonar,
ella lo abre y se lo hunde en el pelo. Señala con la cabeza a la radio y
articula en silencio las palabras «Baja eso».
Le
dice al teléfono:
—Sí.
—Y dice—: Ajá. Sí. Sé quién es. Dígame dónde está exactamente ahora, lo más
exactamente que pueda señalarlo.
Apago
la radio.
Helen
escucha y dice:
—No
—dice—. Quiero un diamante blanquiazul con talle de lujo de setenta y cinco
quilates. Llame al señor Drescher de Ginebra, él sabe exactamente lo que
quiero.
Mona
recoge su mochila del suelo del asiento trasero y saca un paquete de
rotuladores y un libro grueso encuadernado en brocado verde oscuro. Abre el
libro sobre su regazo y empieza a escribir en él con un rotulador azul. Le pone
el capuchón al rotulador azul y empieza con otro amarillo.
Y
Helen dice:
—No
importa cuánta seguridad. Estará hecho en menos de una hora. —Cierra el
teléfono y lo deja caer en el asiento a su lado.
En
el asiento delantero, entre nosotros, está su agenda, y ella la abre y escribe
un nombre y la fecha de hoy en el interior.
El
libro que tiene Mona en el regazo es su Libro Espejo. Todas las brujas de
verdad, dice, tienen Libros Espejo. Es una especie de diario y libro de cocina
donde recoges lo que aprendes sobre magia y rituales.
—Por
ejemplo —dice, leyendo su Libro Espejo—, Demócrito dice que dejar la cabeza de
un camaleón en una fogata de roble causa una tormenta eléctrica.
Se
inclina hacia delante y me dice al oído:
—Demócrito,
ya sabes —dice—. El que inventó la democracia.
Y yo
cuento uno, cuento dos, cuento tres...
Para
hacer que alguien se calle, dice Mona, para que pare de hablar, coge un pez y
cósele la boca.
Para
curar el dolor de oído, dice Mona, tienes que usar el semen de un jabalí que
gotea de la vagina de una marrana.
De
acuerdo con la colección de hechizos judía Sepher ha-Razim, tienes que matar a
un cachorrillo negro antes de que vea la luz del día. Luego escribes tu
maldición en una tablilla y pones la tablilla dentro de la cabeza del perro.
Luego sellas la boca con cera y escondes la cabeza detrás de la casa de
alguien, y esa persona nunca podrá dormir.
—De
acuerdo con Teofrasto —lee Mona—, solamente puedes desenterrar una peonía de
noche porque si te ve un pájaro carpintero te quedas ciego. Si el pájaro
carpintero te ve cortar las raíces de la planta, tienes un prolapso en el ano.
Y
Helen dice:
—Ojalá
tuviera un pez...
De
acuerdo con Mona, no hay que matar a gente porque eso te aparta de la
humanidad. A fin de justificar el homicidio, tienes que convertir a la víctima
en tu enemigo. Para justificar cualquier crimen, tienes que convertir a la
víctima en tu enemigo.
Al
cabo de bastante tiempo, el mundo entero acaba siendo tu enemigo.
Con
cada crimen, dice Mona, estás más y más alienado del mundo. Te imaginas más y
más que el mundo entero está en contra de ti.
—La
doctora Sara no empezó atacando ni humillando a todo el mundo que llamaba a su
programa de radio —dice Mona—, Tenía una pequeña franja y una pequeña audiencia
y por lo visto empezó a preocuparse de ayudar a la gente.
Y
tal vez pasaron años y años de recibir las mismas llamadas sobre embarazos no
deseados, sobre divorcios, sobre disputas familiares. Tal vez fue porque su
público creció y su programa se desplazó a la hora de máxima audiencia. Tal vez
fue porque empezó a ganar más dinero. Tal vez el poder corrompe, pero no
siempre fue una zorra.
La
única salida, dice Mona, será rendirse y dejar que el mundo nos mate a Helen y
a mí por nuestros crímenes. O podemos matarnos a nosotros mismos.
Le
pregunto si esto son más chorradas de Wiccan.
Y
Mona dice que no.
—No,
en realidad es Karl Marx.
Ella
dice:
—Después
de matar a alguien, esas son las únicas maneras de volver a conectar con la
humanidad. —Sin dejar de dibujar en su libro, dice—: Es la única forma de poder
regresar a un sitio donde el mundo no sea tu némesis. Donde no estés
completamente solo.
—Un
pescado —dice Helen— y una aguja y un hilo.
Y no
estoy solo.
Tengo
a Helen.
Tal
vez por eso tantos asesinos en serie trabajan en pareja. Es agradable no
sentirse solo en un mundo lleno de víctimas o enemigos. No es de extrañar que
Waltraud Wagner, el Ángel austríaco de la Muerte, convenciera a sus amigas de
que mataran con ella.
Parece
simplemente natural.
Tú y
yo contra el mundo...
Gary
Lewingdon tenía a su hermano, Thaddeus. Kenneth Bianchi tenía a Angelo Buono.
Larry Bittaker tenía a Roy Norris. Doug Clark tenía a Carol Bundy. David Gore
tenía a Fred Waterfield. Gwen Graham tenía a Cathy Wood. Doug Gretzler tenía a
Bill Steelman. Joe Kallinger tenía a su hijo, Mike. Pat Kearney tenía a Dave
Hill. Andy Kokoraleis tenía a su hermano, Tom. Leo Lake tenía a Charles Ng.
Henry Lucas tenía a Ottis Toole. Albert Anselmi tenía a John Scalise. Allen
Michael tenía a Cleamon Johnson. Clyde Barrow tenía a Bonnie Parker. Doug
Bemore tenía a Keith Cosby. Ian Brady tenía a Myra Hindley. Tom Braun tenía a
Leo Maine. Ben Brooks tenía a Fred Treesh. John Brown tenía a Sam Coetzee. Bill
Burke tenía a Bill Hare. Erskine Burrows tenía a Larry Tacklyn. José Bux tenía
a Mariano Macu. Bruce Childs tenía a Henry McKenny. Alton Coleman tenía a
Debbie Brown. Ann French tenía a su hijo, Bill. Frank Gusenberg tenía a su
hermano, Peter. Delfina González tenía a su hermana, María. El doctor Teet
Haerm tenía al doctor Tom Allgen. Amelia Sachs tenía a Annie Walters.
El
trece por ciento de todos los asesinos en serie conocidos trabajaban en equipo.
En
el corredor de la muerte en San Quintín, Randy «el Asesino de la Carta Marcada»
Kraft jugaba al bridge con Doug «el Asesino del Crepúsculo» Clark, Larry
«Tenazas» Bittaker y el Asesino de la Autopista, Bill Bonin. Entre los cuatro
tenían un total estimado de ciento veintiséis víctimas.
Helen
Hoover Boyle me tiene a mí.
«No
podía parar de matar —le dijo una vez Bonin a un periodista—. Con cada víctima
se volvía más fácil...»
Tengo
que estar de acuerdo. Se convierte en una mala costumbre.
La
radio dice que la doctora Sara Lowenstein era un ángel con poder e influencia
sin igual, una mano gloriosa de Dios, una conciencia para el mundo que la
rodeaba, un mundo de pecado y malas intenciones, un mundo de ocult...
Cuanta
más gente muere, más igual permanece todo.
—Adelante,
ponte a prueba —dice Ostra, y señala con la cabeza a la radio. Dice—: Mata
también a ese cabrón.
Yo
cuento 37, cuento 38, cuento 39...
Hemos
desarmado siete ejemplares del libro de poemas desde que salimos de casa. La
tirada original era de quinientos. Eso quiere decir trescientos seis ejemplares
destruidos y ciento noventa y cuatro por destruir.
El
periódico dice que el hombre de la chaqueta militar de cuero negro, el que me
dio un empujón en el paso de peatones, donaba sangre todos los meses. Pasó tres
años en ultramar con los Cuerpos para la Paz, cavando pozos para los leprosos.
Le dio un pedazo de su hígado a una chica de Botswana que se había comido una
seta venenosa. Contestaba el teléfono durante las solicitudes de apoyo
financiero contra alguna enfermedad degenerativa, no me acuerdo de cuál.
Y
sin embargo, merecía morir. «Me llamó gilipollas.»
¡Me
empujó!
El
periódico muestra a la madre y al padre de mi vecino de arriba llorando junto a
su ataúd.
Pero
es que «su equipo de música estaba demasiado fuerte».
El periódico
dice que una modelo de portadas de revistas llamada Denni D’Testro ha sido
encontrada muerta en su loft del centro de la ciudad esta mañana.
Y
por alguna razón, espero que Nash no recibiera la llamada para recoger el
cadáver.
Ostra
señala la radio y dice:
—Mátelo,
papi, o es usted un bocazas.
De
verdad, este mundo está lleno de gilipollas.
Helen
abre su teléfono móvil y llama a bibliotecas de Oklahoma y Florida. Encuentra
otro ejemplar del libro de poemas en Orlando.
Mona
nos lee que los griegos antiguos hacían tablillas con maldiciones que llamaban
defixiones.
Los
griegos usaban kolossi, muñecas hechas de bronce o de cera o de arcilla, y les
clavaban clavos o las retorcían y las mutilaban, les cortaban la cabeza o las
manos. Metían cabello de la víctima dentro de la muñeca o sellaban una
maldición, escrita en papiro y enrollada, dentro de la muñeca.
En
el Museo del Louvre hay una figura egipcia del siglo dos. Es una mujer desnuda,
atada de pies y manos, con clavos clavados en los ojos, la boca, los pechos,
las manos, los pies, la vagina y el ano. Mona escribe en su libro con un
rotulador anaranjado y dice:
—A
quien hiciera esa muñeca, probablemente le encantaríais tú y Helen.
Las
tablillas con maldiciones eran láminas de plomo o de cobre, a veces de arcilla.
Uno escribía su maldición en ellas con el clavo de un barco naufragado, luego
enrollaba la lámina y la atravesaba con el clavo. Cuando las escribían,
escribían la primera línea de izquierda a derecha, la segunda de derecha a
izquierda, la tercera de izquierda a derecha, y así sucesivamente. Si podías,
enrollabas la maldición alrededor de un pelo de la víctima o de un trozo de su
ropa. Tirabas la maldición a un lago o a un pozo o al mar, cualquier sitio que
pudiera hacerla llegar al submundo donde los demonios pudieran leerlo y cumplir
tu encargo.
Sin
dejar de hablar por teléfono, Helen se lo pone contra el pecho un momento y
dice:
—Suena
como encargar algo por Internet.
Y yo
cuento 346, cuento 347, cuento 348...
En
la tradición literaria grecorromana, dice Mona, hay brujas diurnas y brujas
nocturnas. Las brujas diurnas son buenas y cuidan a la gente. Las brujas
nocturnas actúan en secreto y desean destruir a la civilización entera.
Mona
dice:
—Está
claro que vosotros sois brujas nocturnas.
Mona
dice que la magia era una parte cotidiana de las vidas de aquella gente que nos
dio la democracia y la arquitectura. Que los hombres de negocios se maldecían
entre sí. Que los vecinos maldecían a los vecinos. Cerca del escenario de los
Juegos Olímpicos originales, los arqueólogos han encontrado viejos pozos llenos
de maldiciones que los atletas se dirigían entre sí.
Mona
dice:
—No
me estoy inventando estos rollos.
En
griego antiguo los conjuros para atraer a un amante se llamaban agogai.
Las
maldiciones para destruir una relación se llamaban diakopoi.
Helen
habla más fuerte en su teléfono móvil y dice:
—¿Le
mana sangre de las paredes de la cocina? Bueno, eso es algo con lo que no tiene
por qué vivir.
Y
Ostra le dice a su teléfono:
—Necesito
el número de la sección de Anuncios del Miami Telegraph-Observer.
Y la
radio lo interrumpe todo con un coro de trompas. Una voz grave de hombre habla
con un teletipo pitando de fondo.
—El
presunto líder del cártel de drogas más grande de América Latina ha sido
encontrado muerto en su ático de Miami —dice la voz—. Se cree que Gustave
Brennan, de treinta y nueve años, movía los hilos de casi tres mil millones de
dólares en ventas anuales de cocaína. La policía no ha hallado la causa de la
muerte, pero está previsto hacer una autopsia del cuerpo...
Y
Helen mira la radio y dice:
—¿Estáis
oyendo esto? Es ridículo. —Y dice—: Escuchad. —Y sube el volumen de la radio.
—...
Brennan —dice la voz—, que vivía en el interior de una fortaleza llena de
guardaespaldas armados, también estaba bajo la vigilancia constante del FBI.
Y
Helen me dice:
—¿Todavía
usan realmente teletipos?
La
llamada que acaba de recibir —la del diamante blanquiazul—, el nombre que ha
escrito en su agenda era Gustave Brennan.
23
Hace
siglos, los marineros en los viajes largos solían dejar una pareja de cerdos en
cada isla desierta. O bien dejaban una pareja de cabras. En cualquier caso, en
sus visitas futuras, la isla los aprovisionaría de carne. Se trataba de islas
prístinas. En ellas vivían razas de pájaros que no tenían depredadores
naturales. Razas de pájaros que no vivían en ninguna otra parte de la tierra.
Sin enemigos, las plantas que había allí evolucionaban sin espinas ni veneno.
Sin depredadores ni enemigos, aquellas islas eran paraísos.
La
siguiente vez que los marineros visitaban las islas, solamente encontraban
manadas de cerdos o de cabras.
Ostra
está contando esta historia.
Los
marineros llamaban a esta práctica «sembrar carne».
Ostra
dice:
—¿Os
recuerda esto a algo? ¿Tal vez a la vieja historia de Adán y Eva?
Mira
por la ventanilla del coche y dice:
—¿Os
preguntáis a veces cuándo va a volver Dios con un montón de salsa de barbacoa?
Fuera
hay alguno de los grandes lagos, con agua hasta el horizonte, sin nada más que
mejillones cebra y lampreas, dice Ostra. El aire apesta a pescado podrido.
Mona
se está apretando una almohada de cebada y lavanda con las dos manos sobre la
cara. Los dibujos de henna en el dorso de sus dedos le recorren todos los dedos
a lo largo. Serpientes rojas y enredaderas entrelazadas.
Su
teléfono móvil suena y Ostra saca la antena. Se la acerca a la cabeza y dice:
—Despacho
de abogados Deemer, Davis y Hope.
Se
mete un dedo en la nariz, lo retuerce, luego lo saca y se lo mira. Le dice al
teléfono:
—¿Cuánto
tiempo pasó entre comer allí y el inicio de la diarrea? —Me ve mirando y me
enseña el dedo. Helen le está diciendo a su teléfono móvil: —La gente que vivía
ahí antes era muy feliz. Es una casa preciosa.
En
el periódico local, el Erie Register-Sentinel, un anuncio de la sección de Ocio
dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DEL COUNTRY HOUSE GOLF CLUB
El
anuncio dice:
«¿Ha
contraído usted una infección por estafilococos resistente a las medicinas en
la piscina o los vestuarios? De ser así, por favor, llame al siguiente número
para entablar un pleito por demanda colectiva».
Se
entiende que el número es el del teléfono móvil de Ostra.
En
la década de mil ochocientos setenta, dice Ostra, un hombre llamado Spencer
Baird decidió jugar a ser Dios. Decidió que la forma más barata de proteína
para los americanos era la carpa europea. Durante veinte años, estuvo enviando
crías de carpa a todos los rincones del país. Convenció a un centenar de
compañías ferroviarias para que llevaran sus crías de carpa y las soltaran en
todos los ríos y lagos por los que pasaban sus trenes. Incluso construyó
vagones cisterna especiales que transportaban un total de nueve toneladas de
cargamentos de crías de carpa a todas las cuencas de Norteamérica.
El
teléfono de Helen suena y ella lo abre. Con la agenda abierta en el asiento a
su lado, dice:
—¿Y
dónde está exactamente su alteza real esta vez? —Y escribe un nombre bajo la
fecha de hoy en la agenda. Helen le dice al teléfono—: Pídale al señor Drescher
que me consiga la pareja de broches limón y esmeralda.
En
otro periódico, el Cleveland Herald-Monitor, en la sección de Tendencias, hay
un anuncio que dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DE LA CADENA DE TIENDAS DE ROPA APPAREL-DESIGN
El
anuncio dice:
«Si
ha contraído herpes genital mientras se probaba ropa, por favor, llame al
siguiente número para entablar un pleito por demanda colectiva».
Y
otra vez el mismo número. El número de Ostra.
En
mil ochocientos noventa, dice Ostra, otro hombre decidió jugar a ser Dios.
Eugene Schieffelin liberó sesenta Sturnus vulgaris, el estornino europeo, en
Central Park, Nueva York. Cincuenta años más tarde, los pájaros habían llegado
a San Francisco. Hoy hay más de doscientos millones de estorninos en América.
Todo esto porque Schieffelin quería que el Nuevo Mundo tuviera todos los
pájaros mencionados por Shakespeare.
Y
Ostra le dice a su teléfono móvil:
—No,
señor, su nombre será mantenido en estricto secreto.
Helen
cierra su teléfono móvil, se tapa la nariz y la boca con la palma de la mano y
dice:
—¿Qué
es ese olor espantoso?
Y
Ostra se pone el teléfono móvil sobre la camisa y dice:
—Alosas
agonizando.
Desde
que remodelaron el canal de Welland en mil novecientos veintiuno para permitir
que pasaran más barcos por las cataratas del Niágara, dice, la lamprea de mar
ha infestado todos los grandes lagos. Son parásitos que chupan la sangre de los
peces más grandes, la trucha y el salmón, y los matan. Entonces los peces más
pequeños se quedan sin depredadores y su población se dispara. Entonces se
quedan sin plancton para comer y mueren a millones.
—Estúpidas
alosas —dice Ostra—, ¿Os recuerdan a alguna otra especie?
Dice:
—O
bien una especie aprende a controlar a su población o algo como la enfermedad,
el hambre o la guerra se encargan del asunto.
Con
la voz amortiguada por la almohada, Mona dice:
—No
se lo cuentes. No lo van a entender.
Y
Helen abre su bolso que tiene en el asiento a su lado. Lo abre con una mano y
saca un cilindro reluciente. Con el aire acondicionado al máximo, rocía espray
contra el mal aliento en un pañuelo y se lo pone frente a la nariz. Rocía
espray contra el mal aliento en las rejillas del aire acondicionado y dice:
—¿Estáis
hablando del poema sacrificial?
Y
sin girarme, digo:
—¿Usarías
el poema para controlar la población?
Mona
se coloca la almohada en el regazo y dice:
—Estamos
hablando del grimorio.
Y
marcando otro número en su teléfono móvil, Ostra dice:
—Si
lo encontramos, tendremos que compartirlo entre todos.
Y yo
le digo que lo vamos a destruir.
—Después
de leerlo —dice Helen.
Y
Ostra le dice a su teléfono:
—Sí,
me espero.
Y
luego nos dice:
—Esto
es típico. Tenemos toda la estructura de poder de la sociedad occidental en
este coche.
De acuerdo
con Ostra, los «papis» tienen todo el poder, así que no quieren que nada
cambie.
Se
refiere a mí.
Y yo
cuento uno, cuento dos, cuento tres...
Ostra
dice que todas las «mamis» tienen un poco de poder, pero que ansían más.
Se
refiere a Helen.
Y yo
cuento cuatro, cuento cinco, cuento seis...
Y la
gente joven, dice, tiene escaso poder o ninguno, así que están desesperados por
tener algo.
Ostra
y Mona.
Cuento
siete, cuento ocho... y la voz de Ostra sigue sin parar.
Ese
silenciofóbico. Ese charladicto.
Sonriendo
con la mitad de su boca, Ostra dice:
—Todas
las generaciones quieren ser la última. —Y le dice al teléfono—: Sí, me
gustaría poner un anuncio. —Y dice—: Sí, me espero.
Mona
vuelve a taparse la cara con la almohada. Las serpientes rojas y las
enredaderas le recorren todos los dedos a lo largo.
La
cebadilla, dice Ostra. La mostaza. El kudzu.
La
carpa. Los estorninos. La siembra de carne.
Ostra
mira por la ventanilla del coche y dice:
—¿Nunca
os habéis preguntado si tal vez Adán y Eva eran los cachorrillos que Dios
abandonó porque no aprendían a hacer sus necesidades como era debido?
Baja
la ventanilla y el olor entra a raudales, la brisa templada con olor a pescado
muerto, y gritando contra el viento, dice:
—Tal
vez los humanos son los cocodrilos mascota que Dios tiró por el retrete.
24
En
la siguiente biblioteca, pido quedarme en el coche mientras Helen y Mona entran
a buscar el libro. Cuando se han marchado, hojeo la agenda de Helen. Casi todos
los días tienen un nombre, algunos de ellos son nombres que conozco. El
dictador de alguna república bananera o una figura del crimen organizado. Todos
los nombres están tachados con una sola línea roja. Me apunto la última docena
de nombres en un trozo de papel. Entre los nombres hay reuniones anotadas por
Helen, en sus letras llenas de volutas y perfectas como joyas.
Mirándome
desde el asiento de atrás, Ostra está reclinado con los brazos cruzados detrás
de la cabeza. Tiene los pies descalzos cruzados y apoyados encima del respaldo
del asiento delantero de forma que cuelgan junto a mi cara. Con un aro plateado
alrededor de uno de sus dedos gordos. Con callos en las plantas, unos callos
grises, agrietados y sucios. Y Ostra dice:
—A
mami no le va a gustar eso, que mires todos sus rollos personales secretos.
Leyendo
la agenda hacia atrás empezando desde hoy, leo tres años de nombres, de
asesinatos, antes de que Helen y Mona vuelvan caminando por el aparcamiento.
El
teléfono de Ostra suena y él contesta:
—Despacho
de abogados Donner, Diller y Dunes...
No
tengo tiempo de mirar la mayor parte del libro. Años y años de páginas. Hacia
el final del libro, hay años y años de páginas en blanco por rellenar para
Helen.
Helen
está hablando por teléfono cuando llega al coche. Está diciendo:
—No,
quiero la aguamarina escalonada que pertenecía al emperador Zog.
Mona
se sienta en el asiento trasero y dice:
—¿Nos
habéis echado de menos? —Y dice—: Otra canción sacrificial por el retrete.
Y
Ostra cruza los pies sobre el asiento trasero y dice al teléfono móvil:
—¿Sangra
el sarpullido?
Helen
chasquea los dedos para que le dé la agenda. Le dice al teléfono:
—Sí,
la aguamarina de doscientos quilates. Llame a Drescher en Ginebra. —Abre la
agenda y escribe un nombre debajo de la fecha de hoy.
Mona
dice:
—He
estado pensando. —Y dice—: ¿Creéis que el grimorio original debe de tener un
hechizo de vuelo? Me encantaría. ¿O un hechizo de invisibilidad? —Saca su Libro
Espejo de su mochila y empieza a pintar colores. Dice—: También quiero hablar
con los animales. Ah, y practicar la telequinesis, ya sabéis, desplazar cosas
con la mente...
Helen
arranca el coche y dice en voz alta mirando el retrovisor:
—Estoy
cosiendo mi pescado.
Se
mete el teléfono móvil y el bolígrafo en el bolso. Todavía tiene en la bolsa la
piedrecita gris del aquelarre de Mona, la piedra que le dieron las brujas.
Cuando Ostra estaba desnudo. Con su estalactita rosa de piel atravesada por el
aro plateado.
Mona,
esa misma noche, Zarzamora, y los dos músculos de su espalda, la forma en que
se dividían en las dos mitades firmes y cremosas de su culo, y yo cuento uno,
cuento dos, cuento tres...
En
el siguiente pueblo, en la siguiente biblioteca, les pido a Helen y a Mona que
esperen en el coche con Ostra mientras yo entro y busco el libro de poemas.
Es
una pequeña biblioteca de pueblo en medio de nuestra jornada. Hay un
bibliotecario detrás del mostrador de préstamos. Los periódicos más recientes
están encuadernados en enormes tapas duras y hay que sentarse a una mesa para
leerlos. En el periódico de hoy aparece Gustave Brennan. En el de ayer sale un
líder religioso chiflado de Oriente Medio. Hace dos días, un recluso del
corredor de la muerte que estaba llevando a cabo su última apelación.
Todo
el mundo que sale en la agenda de Helen ha muerto en el día en que su nombre
figura.
En
medio hay artículos de prensa sobre algo peor. Hoy ha sido Denni D’Testro. Hace
tres días, Samantha Evian. Hace una semana, Dot Leine. Todas jóvenes, todas
modelos, todas halladas muertas sin causa aparente. Antes fue Mimi González,
hallada muerta por su novio, muerta en la cama sin señales, nada de nada. Sin
pistas hasta que la autopsia anuncia hoy señales de relaciones sexuales post
mórtem.
Nash.
Helen
entra y pregunta:
—Tengo
hambre. ¿Por qué tardas tanto?
Mi
lista de nombres en la mesa a mi lado. Y al lado hay un artículo de periódico
con una foto de Gustave Brennan. Delante de mí hay otro artículo que habla del
funeral de un pederasta que encontré en la agenda de Helen.
Helen
lo ve todo de un solo vistazo y dice:
—Así
que ya lo sabes.
Se
sienta en el borde de la mesa, con los muslos tensando la falda sobre su
regazo, y dice:
—Querías
saber cómo controlar tu poder, pues bueno, eso es lo que me funciona a mí.
El
secreto es volverse profesional, dice. Haz algo solamente por dinero y es menos
probable que lo hagas gratis.
—¿Crees
que las prostitutas quieren tener un montón de sexo fuera del burdel? —dice.
Y
dice:
—¿Por
qué crees que los empresarios de construcciones siempre viven en casas sin
terminar?
Y
dice:
—¿Por
qué crees que los médicos tienen tan mala salud?
Hace
un gesto con la mano en dirección a la puerta de la biblioteca y al
aparcamiento de fuera y dice:
—La
única razón de que no haya matado a Mona cien veces es porque mato a alguien
todos los días. Y cobro un montón de dinero por hacerlo.
Le
pregunto qué le parece la idea de Mona. ¿Por qué no puede controlar el poder
simplemente amando tanto a la gente que no quiera matarlos?
—No
se trata de amor ni de odio —dice Helen. Se trata de control. La gente no se
sienta y lee un poema para matar a su hijo. Solamente quieren que el niño se
duerma. Solamente quieren dominar. No importa lo mucho que quieras a alguien,
siempre quieres que las cosas se hagan a tu modo.
El
masoquista provoca al sádico para que actúe. La persona más pasiva es en
realidad un agresor. Todos los días el hecho de que tú vivas implica
sufrimiento y miseria para animales y plantas, e incluso para otras personas.
—Mataderos,
granjas industriales, fábricas donde se explota a los trabajadores —dice—. Lo
quieras o no, eso es lo que compra tu dinero.
Le
digo que ha escuchado demasiado a Ostra.
—La
clave es matar a gente intencionadamente —dice Helen, y coge la foto de Gustave
Brennan en el periódico—. Matar a extraños deliberadamente para no matar
accidentalmente a la gente que amas.
Destrucción
constructiva.
Y
dice:
—Soy
una contratista independiente.
Es
una asesina a sueldo internacional que trabaja a cambio de diamantes enormes.
Helen
dice:
—Los
gobiernos lo hacen todos los días.
Pero
los gobiernos lo hacen después de años de deliberaciones y por el procedimiento
debido, le digo. Solamente después de considerar minuciosamente la cuestión un
criminal es considerado demasiado peligroso para soltarlo. O para poner un
ejemplo. O por venganza. Muy bien, el procedimiento no es perfecto. Por lo
menos no es arbitrario.
Y
Helen se tapa los ojos un momento con la mano, luego se quita la mano, me mira
y dice:
—¿Quién
cree usted que me llama para esos trabajitos?
¿El
Departamento de Defensa de Estados Unidos?
—A
veces —dice—. La mayoría de las veces son otros países, cualquier país del
mundo, pero no hago nada gratis.
¿Por
eso las joyas?
—Odio
regatear por la tasa de cambio, ¿no le pasa a usted? —dice—. Además, un animal
muere cada vez que usted come carne.
Ostra
otra vez. Veo que mi trabajo va a ser mantenerlo apartado de Helen.
Le
digo que es distinto. Los humanos estamos por encima de los animales. Los
animales fueron puestos en este planeta para alimentar y servir a la humanidad.
Los seres humanos son preciosos e inteligentes y únicos, y Dios nos dio los
animales a nosotros. Son propiedad nuestra.
—Claro
que piensa eso —dice Helen—, Está en el bando ganador.
Le
digo que la destrucción constructiva no es la respuesta que yo estaba buscando.
Y
Helen dice:
—Lo
siento, es la única que tengo.
Y
dice:
—Cojamos
el libro, arreglémoslo y vamos a hacer que nos maten un hermoso faisán para el
almuerzo.
En
la salida, le pregunto al bibliotecario por su ejemplar del libro de poemas.
Pero está en préstamo. Los detalles sobre el bibliotecario son: tiene mechones
de rubio ceniza en el pelo, y el pelo está engominado hasta formar un entoldado
sólido sobre su cara. Una especie de visera rubio ceniza. Está sentado en un
taburete delante de un monitor de ordenador y huele a humo de cigarrillo. Lleva
un jersey de cuello alto con una tarjetita de plástico que dice: SYMON.
Y le
digo que un montón de vidas dependen de que yo encuentre ese libro.
Y él
dice que es una lástima.
Y le
digo que no, que en realidad solamente la vida de él depende de ello.
Y el
bibliotecario pulsa un botón en su teclado y dice que está llamando a la
policía.
—Espera
—dice Helen, y extiende la mano sobre el mostrador, los dedos resplandeciendo y
cargados de esmeraldas escalonadas y de zafiros cortados en cabujón y de
diamantes de baja calidad tallados en forma de cojín—. Symon, elige uno.
Y el
labio superior del bibliotecario se frunce hacia arriba de forma que se le ven
los dientes superiores. Parpadea una vez, dos veces, despacio, y dice:
—Cariño,
te puedes quedar tu morralla asquerosa de drag queen.
Y la
sonrisa de la cara de Helen ni siquiera se altera.
El
hombre pone los ojos en blanco y los músculos de su cara y de sus manos se
distienden. Se le cae la barbilla sobre el pecho y se desploma sobre el
teclado, luego se retuerce y se desliza hasta el suelo.
Destrucción
constructiva.
Helen
extiende una mano sin precio para girar el monitor y dice:
—Mierda.
Incluso
muerto en el suelo, el tipo parece dormido.
Helen
lee el monitor y dice:
—Ha
cambiado la pantalla. Necesito conocer su contraseña.
No
hay problema. El Gran Hermano nos llena a todos de la misma porquería. Mi
suposición es que era un tipo listo de la misma forma que todo el mundo se cree
listo. Le digo que teclee la palabra «contraseña».
25
Mona
me quita el calcetín del pie. El interior elástico del calcetín, las fibras, me
despellejan las costras. Caen trozos de sangre coagulada al suelo. El pie está
tan hinchado que todas las arrugas se han alisado. Mi pie es un globo con motas
rojas y amarillas. Después de poner una toalla doblada debajo, Mona me echa el
alcohol de frotar.
El
dolor es tan instantáneo que no se sabe si el alcohol está hirviendo o helado.
Sentado en la cama del motel, con la pernera remangada, con Mona arrodillada a
mis pies en la alfombra, agarro dos puñados de la colcha y aprieto los dientes.
Con la espalda arqueada, todos los músculos se me agarrotan durante unos
segundos largos. La colcha está fría y empapada de mi sudor.
Bolsas
de algo blando y amarillo, las ampollas me cubren casi por completo las plantas
de los pies. Bajo la capa de piel muerta, se puede ver una forma oscura y
sólida dentro de cada ampolla.
Mona
dice:
—¿Qué
ha estado pisando?
Está
calentando un par de pinzas con el encendedor de Ostra.
Le
pregunto de qué va eso de los anuncios que Ostra está poniendo en los
periódicos. ¿Está trabajando para una empresa de abogados? ¿Los brotes de
hongos dermatológicos y las intoxicaciones son de verdad?
Me
gotea del pie alcohol, de color rosa por la sangre disuelta, sobre la toalla
doblada del motel. Ella deja las pinzas sobre la toalla doblada y calienta una
aguja con el cigarrillo de Ostra. Con una goma elástica, echa las manos hacia
atrás y se recoge el pelo en una gruesa coleta.
—Ostra
lo llama «antipublicidad» —dice ella—, A veces las empresas, las verdaderamente
ricas, le pagan para cancelar los anuncios. La cantidad que le pagan, dice él,
refleja lo verdaderos que son probablemente los anuncios.
El
pie ya no me cabe en el zapato. Hoy mismo, en el coche, le he pedido a Mona si
le podía echar un vistazo. Helen y Ostra han salido a comprar más maquillaje.
Por el camino van a desactivar tres ejemplares del libro en una librería muy
grande de libros usados que hay bajando la calle. The Book Barn.
Le
digo que lo que hace Ostra es chantaje. Es poner a la gente en entredicho.
Ya
es casi medianoche. No quiero saber dónde están realmente Helen y Ostra.
—Él
no dice que sea abogado —dice Mona—. El no dice que haya un pleito. El
solamente pone un anuncio. Otra gente rellena los espacios en blanco. Ostra
dice que él solamente está plantando las semillas de la duda en sus mentes.
Dice:
—Ostra
dice que es justo porque la publicidad promete cosas para hacerlo a uno feliz.
Cuando
está arrodillada, a Mona se le ven las tres estrellas negras tatuadas encima de
la clavícula. Se le ve lo que tiene debajo de la blusa, más allá de la alfombra
de cadenas y colgantes, y no lleva sujetador, y yo cuento uno, cuento dos,
cuento tres...
Mona
dice:
—Otros
miembros del aquelarre también lo hacen, pero fue idea de Ostra. Dice que el
plan es socavar la ilusión de seguridad y comodidad de la vida de la gente.
Con
la aguja, rompe una ampolla amarilla y algo cae de ella. Una piececita de
plástico marrón, cubierta de pus pestilente y de sangre, aterriza en la toalla.
Mona le da la vuelta con la aguja y el pus amarillo moja la toalla. Lo recoge
con las pinzas y dice:
—¿Qué
carajo es esto?
Es
un campanario de iglesia.
Le
digo que no lo sé.
Mona
tiene la boca entreabierta con la lengua sobresaliendo. La garganta se le
desliza por dentro de la piel del cuello en una náusea. Agita una mano delante
de la nariz y parpadea deprisa. De tanto que apesta el pus amarillo. Seca la
aguja con la toalla. Con una mano me agarra los dedos de los pies y contra otra
saja otra ampolla. Sale proyectado un chorrito amarillo y la mitad de la
chimenea de una fábrica cae sobre la toalla.
Ella
la coge con las pinzas y la seca en la toalla. Con la cara arrugada en torno a
la nariz, la mira de cerca y dice:
—¿Quiere
decirme qué es todo esto?
Rompe
otra ampolla y sale despedida la cúpula en forma de cebolla de una mezquita
cubierta de sangre y de pus. Con sus pinzas, Mona saca un platito de mi pie.
Tiene pintado a mano un reborde de rosas rojas.
Fuera
de nuestra habitación de motel, una sirena de bomberos pasa aullando por la
calle.
De
otra ampolla supura el frontón del edificio de un banco georgiano.
La
cúpula de una escuela primaria sale despedida en la siguiente ampolla.
Sudando.
Jadeando. Agarrando mis puñados blandos y goteantes de colcha, aprieto los
dientes. Levanto la vista al techo y digo que alguien está matando a modelos.
Mona
saca un arbotante sanguinolento y dice:
—¿Pisándolos?
Y le
digo: Modelos de pasarela.
La
aguja hurga en la planta de mi pie. La aguja pesca una antena de televisión.
Las pinzas pescan una gárgola. Luego tejas, tejas planas de madera, pizarras
diminutas y canalones.
Mona
levanta el borde de una toalla apestosa y lo dobla de forma que se ve un lado
limpio. Vierte en ella más alcohol.
Otro
camión de bomberos pasa aullando frente al motel. Sus luces rojas y azules
lanzan destellos a través de las cortinas.
Y no
puedo respirar hondo de tanto que me duele el pie.
Necesitamos,
digo. Necesito... Necesitamos...
Necesitamos
volver a casa, le digo, lo antes posible. Si no me equivoco, necesito detener
al hombre que está usando el poema sacrificial.
Con
las pinzas, Mona pesca una persiana de plástico azul y la deja sobre la toalla.
Saca una tira de cortinas de dormitorio, cortinas amarillas de habitación de
niño. Saca un trozo de cerca y me echa más alcohol hasta que me chorrea limpio
del pie. Se tapa la nariz con la mano.
Otro
coche de bomberos pasa y Mona dice:
—¿Le
importa si enciendo la tele a ver qué pasa?
Aprieto
las mandíbulas mirando al techo y digo que no podemos... No podemos...
Ahora
que estoy a solas con ella, le digo que no podemos confiar en Helen. Que
solamente quiere el grimorio para controlar el mundo. Le digo que la cura de
tener demasiado poder no es conseguir más poder. No podemos dejar que Helen
ponga sus manos en el Libro de Sombras original.
Y
tan despacio que no la veo moverse, Mona saca una columna jónica aflautada de
un hoyo ensangrentado debajo del dedo gordo de mi pie. Tan despacio como la
aguja que marca las horas en un reloj. No recuerdo si la columna procede de un
museo o de una aguja o de una universidad. Todos esos hogares rotos e
instituciones destrozadas.
Es
más arqueóloga que cirujana.
Y
Mona dice:
—Tiene
gracia.
Coloca
la columna junto con el resto de los fragmentos sobre la toalla. Inclinándose
sobre la planta de mi pie con las pinzas y el ceño fruncido, dice:
—Helen
me dijo lo mismo de usted. Dice que usted solamente quiere destruir el
grimorio.
Hay
que destruirlo. Nadie podría soportar todo ese poder.
En
la televisión hay un viejo edificio de ladrillos, de tres pisos, con llamas
saliendo de todas las ventanas. Los bomberos dirigen mangueras y arcos blancos
de agua parecidos a plumas. Un joven con un micrófono en la mano entra en el
plano, y detrás de él Helen y Ostra están mirando el incendio, con las manos
unidas.
Mona
sostiene en alto el frasco de alcohol de friegas y mira cuánto queda. Dice:
—Lo
que me gustaría de verdad es practicar la empatía. Que lo único que tuviera que
hacer es tocar a la gente y quedaran curados. —Lee la etiqueta y dice—: Helen
me dice que podemos convertir el mundo en un paraíso.
Me
incorporo en la cama, a medias, apoyándome en los codos, y digo que Helen está
matando a gente a cambio de tiaras de diamantes. Que esa es la clase de
salvadora que Helen es.
Mona
seca las pinzas y la aguja en la toalla, dejando más manchas rojas y amarillas.
Huele el frasco de alcohol y dice:
—Helen
cree que usted solamente quiere aprovecharse del libro para escribir sobre él
en el periódico. Dice que una vez los conjuros hayan sido destruidos,
incluyendo el conjuro sacrificial, usted podrá jactarse ante todo el mundo de
ser un héroe.
Le
digo que las armas nucleares ya son bastante malas. Las armas químicas. Le digo
que el hecho de que cierta gente pueda practicar la magia no va a hacer del
mundo un lugar mejor.
Le
digo a Mona que si se presenta la ocasión voy a necesitar su ayuda.
Le
digo que tal vez tengamos que matar a Helen.
Y
Mona niega con la cabeza mirando las ruinas ensangrentadas que hay sobre la
toalla del motel. Dice:
—Así
que su solución para el exceso de muertes es matar todavía más.
Solamente
a Helen, le digo. Y tal vez a Nash, si mi teoría sobre las modelos muertas es
correcta. Después de matarlos podemos volver a la normalidad.
En
la televisión el joven del micrófono está diciendo que un incendio de alarma
tres tiene paralizado casi todo el centro de la ciudad. Dice que la estructura
está completamente afectada. Dice que se trata de una de las instituciones
favoritas de la ciudad.
—A
Ostra —dice Mona— no le gusta la idea que tiene usted de lo que es normal.
La
institución que está ardiendo es The Book Barn. Y detrás del joven del
micrófono, Helen y Ostra han desaparecido.
Mona
dice:
—En
un relato de detectives, ¿no se pregunta usted por qué queremos que gane el
detective?
Dice
que tal vez no sea solamente por venganza o para detener las muertes. Tal vez
queremos realmente ver redimirse al asesino. El detective es el salvador del
asesino. Imagine usted que Jesucristo lo persigue, intentando atraparlo y
salvar su alma. No solamente un Dios paciente y pasivo sino un sabueso
laborioso y agresivo. Queremos que el criminal confiese durante el juicio.
Queremos que quede desvelado en el salón, rodeado de su gente. El detective es
un pastor y queremos que el criminal vuelva al redil, que regrese a nosotros.
Lo amamos. Lo echamos de menos. Queremos abrazarlo.
Mona
dice:
—Tal
vez por eso hay tantas mujeres que se casan con asesinos encarcelados. Para
ayudar a curarlos.
Le
digo que a mí no me echa nadie de menos.
Mona
niega con la cabeza y dice:
—Ya
sabe que usted y Helen son en gran medida como mis padres.
Mona.
Zarzamora. Mi hija.
Me
desplomo en la cama de nuevo y le pregunto cómo puede ser eso.
Mona
me saca un marco de puerta del pie y dice:
—Esta
misma mañana Helen me ha dicho que tal vez necesite ayuda para matarlo a usted.
Mi
busca empieza a sonar. Es un número que no conozco. El busca dice que es muy
importante.
Y
Mona desentierra una vidriera de un hoyo ensangrentado en mi pie. La sostiene
de forma que la luz cenital atraviesa las partes coloreadas, mira la ventanita
diminuta y dice:
—Me
preocupa más Ostra. No siempre dice la verdad.
Y
justo entonces la puerta de la habitación del motel se abre de golpe. Fuera
suenan las sirenas. En la televisión suenan las sirenas. Luces rojas y azules
parecidas a luces estroboscópicas atraviesan las cortinas de las ventanas.
Justo entonces Helen y Ostra entran en la habitación, riéndose y resollando.
Ostra balanceando en la mano una bolsa de cosméticos. Helen sosteniendo los
zapatos de tacón alto en una mano. Los dos huelen a whisky escocés y a humo.
26
Imagínense
una epidemia de la que puedan contagiarse por los oídos.
Ostra
y sus chorradas apócrifas, bioinvasivas, ecoidiotas y amigas de los árboles. El
virus de su información. Lo que solía ser para mí una jungla hermosa, profunda
y verde ahora es una tragedia de hiedra inglesa invadiéndolo todo hasta
matarlo. Las maravillosas y relucientes bandadas de estorninos, con sus
silbidos espeluznantes, roban los nidos de un centenar de especies nativas de
pájaros.
Imaginen
una idea que ocupa sus mentes igual que un ejército ocupa una ciudad.
Fuera
del coche está América.
Oh,
hermosos cielos llenos de estorninos,
sobre
las olas ámbar de hierba lombriguera.
Oh,
montañas púrpura de salicarias,
sobre
llanuras azotadas de peste bubónica.
América.
Un
asedio de ideas. La caza por el poder de la vida.
Después
de escuchar a Ostra, un vaso de leche ya no es una simple bebida agradable con
virutas de chocolate. Son vacas obligadas a estar embarazadas e infladas con
hormonas. Son las inevitables terneras que no viven más que unos meses de
miseria encerradas en cubículos para reses. Una chuleta significa un cerdo
apuñalado y sangrando, con la pata atrapada en un cepo, colgando hasta morir
chillando mientras lo seccionan en forma de chuletas, rosbif y manteca. Incluso
un huevo duro significa una gallina con las patas inválidas por vivir en una
jaula a pilas de diez centímetros de ancho, tan estrecha que no puede levantar
las alas, algo tan enloquecedor que le cortan el pico para que no ataque a las
gallinas que están atrapadas a su lado. Con las plumas arañadas por la jaula y
el pico cortado, pone un huevo tras otro hasta que los huesos se le quedan tan
vacíos de calcio que se le rompen en el matadero.
Se
trata de los pollos de la sopa de fideos de pollo, las gallinas ponedoras, las
que están tan maltrechas y llenas de cicatrices que hay que deshacerlas y
cocerlas porque nadie las compraría en el aparador de una carnicería. Los
pollos de las salchichas rebozadas. De las alitas de pollo.
Esto
es lo único de lo que habla Ostra. Su epidemia informativa. Es entonces cuando
sintonizo country and western en la radio. O baloncesto. Cualquier cosa con tal
de que sea fuerte y constante y me deje fingir que el bocadillo de mi desayuno
no es más que un bocadillo para desayunar. Que un animal no es más que eso. Que
un huevo es un huevo. Que el queso no es una ternerita que sufre. Que comerme
esto es mi derecho como ser humano.
Aquí
tenemos al Gran Hermano cantando y bailando para que yo no empiece a pensar
demasiado para mi propio bien.
En
el periódico local de hoy hablan de otra modelo muerta. Hay un anuncio que
dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DE LA GRANJA DE CACHORROS FALLING STAR
Dice:
«Si
su nuevo perro le ha contagiado la rabia a algún niño de su casa, puede usted
reunir las condiciones para entablar un pleito por demanda colectiva».
Conduciendo
a través de lo que solía ser un paisaje natural hermoso y comiendo lo que solía
ser un bocadillo de huevo, les pregunto por qué no podían simplemente comprar
los tres libros que estaban buscando en The Book Barn. Ostra y Helen. O
simplemente robar las páginas y dejar el resto de los libros. Les digo que la
razón de que estemos haciendo este viaje es que la gente no queme libros.
—Relájese
—dice Helen al volante—. La tienda tenía tres ejemplares del libro. El problema
es que no sabíamos dónde.
Y
Ostra dice:
—Estaban
todos mal colocados. —La cabeza de Mona está dormida en su regazo y él le está
separando mechones de pelo en madejas rojas y negras—. Es la única forma en que
se queda dormida —dice—. Puede dormir eternamente si continúo haciendo esto.
Por
la razón que sea, me viene a la cabeza mi mujer. Mi mujer y mi hija.
Entre
las sirenas y los camiones de bomberos nos hemos pasado la noche en vela.
—Ese
sitio, The Book Barn, era como un laberinto para ratones —dice Helen.
Ostra
está trenzando los fragmentos rotos de la civilización en el pelo de Mona. Los
artefactos de mi pie, las columnas rotas y las escalinatas y los pararrayos. Le
ha desmontado el atrapasueños navajo y le está trenzando las monedas del I
Ching y las cuentas de cristal y los cordeles en el pelo. Las plumas azules y
rosadas en tonos de Pascua.
—Nos
hemos pasado la tarde entera buscando —dice Helen—. Hemos mirado todos los
libros de la sección infantil. Hemos mirado en ciencia. Hemos mirado en
religión. En filosofía. En poesía. En cuentos populares. Hemos mirado en
literatura étnica. Hemos repasado la ficción de arriba abajo.
Y
Ostra dice:
—Tenían
los libros en el inventario informático, pero estaban perdidos en la tienda.
Así
que han quemado todo el lugar. Por tres libros. Han quemado decenas de millares
de libros para asegurarse de que esos tres quedaran destruidos.
—Parecía
nuestra única opción realista —dice Helen—. Ya sabe lo que pueden hacer esos
libros.
Por
la razón que sea, me vienen a la cabeza Sodoma y Gomorra. Y aquello de que Dios
perdonaría la ciudad si quedaba en ella una sola buena persona.
Esto
es lo contrario. Miles de personas muertas para destruir a unos pocos.
Imaginen
una nueva Edad Oscura. Imaginen los libros ardiendo. Y las cintas y las
películas y los archivos, las radios y las televisiones, todo irá a la misma
hoguera.
No
sé si estamos previniendo ese mundo o lo estamos creando.
La
televisión ha dicho que después de apagar el incendio se han encontrado a dos
guardias de seguridad muertos.
—En
realidad —dice Helen—, ya estaban muertos mucho antes del incendio.
Necesitábamos tiempo para rociarlo todo de gasolina.
¿Estamos
matando a gente para salvar vidas?
¿Estamos
quemando libros para salvar libros?
Les
pregunto en qué se está convirtiendo este viaje.
—En
lo que ha sido siempre —dice Ostra, pasando un mechón de pelo por en medio de
una moneda del I Ching—. En una enorme caza del poder.
Dice:
—Usted
quiere mantener el mundo tal como es, papi, pero con usted al mando.
Helen,
dice, quiere el mismo mundo, pero con ella al mando. Todas las generaciones
quieren ser la última. Todas las generaciones odian las nuevas tendencias musicales
que no pueden entender. Odiamos entregar las riendas de nuestra cultura.
Encontrarnos con nuestra música sonando en ascensores. La balada de nuestra
revolución convertida en música de fondo de un anuncio de la televisión.
Encontrar que la ropa y los peinados de nuestra generación de repente se han
vuelto retro.
—Personalmente
—dice Ostra—, yo prefiero borrar del todo la pizarra, borrar a toda la gente y
todos los libros y empezar de nuevo. Estoy a favor de que no haya nadie al
mando.
¿Con
él y Mona como los nuevos Adán y Eva?
—No
—dice, apartándole el pelo suavemente de la cara a Mona—, Nosotros también
tendríamos que irnos.
Le
pregunto si odia tanto a la gente que mataría a la mujer que ama. Le pregunto
por qué no se suicida simplemente.
—No
—dice Ostra—. Me sigue gustando todo. Las plantas, los animales y los humanos.
Simplemente no creo esa gran mentira según la cual podemos continuar dando
frutos y multiplicándonos sin destruirnos a nosotros mismos.
Le
digo que es un traidor a su especie.
—Soy
un puto patriota —dice Ostra, y mira por su ventanilla—. Este poema sacrificial
es una bendición. ¿Para qué cree usted que fue creado al principio? Salvará a
millones de personas de la muerte lenta y terrible a la que estamos abocados
por la enfermedad, por el hambre, por la sequía, por la radiación solar, por la
guerra, por todas esas cosas a las que estamos abocados.
¿Así
que está dispuesto a matarse a él mismo y a Mona? Le pregunto qué hará con sus
padres. ¿También los matará a ellos? ¿Y qué pasa con los niños que apenas han
vivido o no han empezado todavía? ¿Y qué pasa con toda la gente buena y
trabajadora que llevan una vida ecológica y reciclan? ¿Los vegetarianos
estrictos? ¿Acaso no son inocentes para él?
—No
es una cuestión de culpa o inocencia —dice—. Los dinosaurios no eran moralmente
buenos ni malos, pero están todos muertos.
Esa
clase de ideas lo convierte en un Adolf Hitler. En un Josef Stalin. En un
asesino en serie. En un asesino de masas.
Y
trenzando una vidriera en el pelo de Mona, Ostra dice:
—Quiero
ser lo que mató a los dinosaurios.
Y yo
le digo que lo que mató a los dinosaurios fue un acto de Dios.
Le
digo que no voy a continuar ni una milla más con alguien que quiere ser un
asesino de masas.
Y
Ostra dice:
—¿Qué
pasa con la doctora Sara? ¿Mami? Ayúdame. ¿A cuántos otros ha matado ya papi?
Y
Helen dice:
—Estoy
cosiendo mi pescado.
Oigo
el encendedor de Ostra, me giro y le pregunto si tiene que fumar. Le digo que
estoy intentando comer.
Pero
Ostra tiene el libro de Mona sobre Hobbies y oficios tradicionales tribales y
lo sostiene abierto sobre el encendedor y está encendiendo las páginas con la
llama. Con la ventanilla abierta a medias, echa el libro afuera y deja que las
llamas exploten al viento antes de soltarlo.
A la
cebadilla le encanta el fuego.
Dice:
—Los
libros pueden ser perversos. Zarzamora necesita inventar su propia clase de
espiritualidad.
Suena
el teléfono de Helen. Suena también el teléfono de Ostra.
Mona
suspira y extiende los brazos. Con los ojos cerrados, y las manos de Ostra
todavía hurgándole el pelo, y su teléfono todavía sonando, Mona frota la cabeza
contra el regazo de Ostra y dice:
—Tal
vez el grimorio tenga un conjuro para detener la superpoblación.
Helen
abre su agenda por el día de hoy y escribe un nombre. Le dice a su teléfono:
—No
se molesten en hacer un exorcismo. Podemos devolver la casa al mercado.
Mona
dice:
—Ya
sabéis, necesitamos una especie de conjuro de castración universal.
Y yo
les pregunto si a alguien aquí le importa ir al infierno.
Y
Ostra se saca el teléfono de la bolsa de curandero.
Su
teléfono no para de sonar.
Helen
se pone el teléfono contra el pecho y dice:
—No
penséis ni por un segundo que el gobierno no está trabajando ya en infecciones
fenomenales para controlar la superpoblación.
Y
Ostra dice:
—Para
salvar el mundo, Jesucristo sufrió durante treinta y seis horas en la cruz.
—Mientras su teléfono sigue sonando, dice—: Yo estoy dispuesto a sufrir una
eternidad en el infierno por la misma causa.
Su teléfono
no para de sonar.
Helen
le dice a su teléfono:
—¿De
verdad? ¿Su dormitorio huele a azufre?
—Dígame
usted quién es el mejor salvador —dice Ostra, y abre su teléfono móvil. Le dice
al teléfono—: Despacho de abogados Dunbar, Dunaway y Doogan...
27
Imaginen
que el incendio de Chicago de 1871 hubiera ardido durante seis meses antes de
que alguien se diera cuenta. Imaginen que la inundación de Johnstown en 1889 o
el terremoto de San Francisco de 1906 hubieran durado seis meses, un año, dos
años, antes de que nadie les prestara atención.
Construir
con madera, construir en fallas, construir en cuencas bajas, cada era crea sus
propios desastres «naturales».
Imaginen
una inundación de color verde oscuro en el centro de cualquier ciudad enorme,
los rascacielos de oficinas y apartamentos sumergidos pulgada a pulgada.
Ahora,
aquí y ahora, escribo desde Seattle. Un día, una semana, un mes tarde. Quién
sabe cuánto tiempo después de los hechos. El Sargento y yo, todavía cazando
brujas.
Los
botánicos llaman Hederá helixseattle a esta nueva variedad de hiedra inglesa.
Una semana, tal vez las plantas de las macetas del Olympic Professional Plaza
parecían un poco demasiado crecidas. La hiedra estaba ahogando los
pensamientos. Había enredaderas que se habían adherido a la fachada de ladrillo
y estaban trepando pulgada a pulgada. Nadie se dio cuenta. Había estado
lloviendo mucho.
Nadie
se dio cuenta hasta la mañana en que los residentes del Park Senior Living
Center encontraron las puertas de su vestíbulo selladas por la hiedra. Aquel
mismo día, la pared sur del Fremont Theater, tres pies de grosor de ladrillo y
cemento, amenazó con desplomarse sobre el público que abarrotaba el local.
Aquel mismo día, parte del aparcamiento subterráneo de autobuses se hundió.
Nadie
puede decir realmente cuándo echó raíces la Hederá helixseattle, pero es fácil
de adivinar.
Mirando
ejemplares viejos del Seattle Times, hay un anuncio en la sección de Ocio del 5
de mayo. Con tres columnas de ancho, dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DEL ORACLE SUSHI PALACE
El
anuncio dice:
«Si
experimentan graves picores rectales causados por parásitos intestinales,
pueden reunir las condiciones necesarias para entablar un pleito por demanda
colectiva». Y da un número de teléfono.
Y
yo, aquí con el Sargento, llamo al número.
Una
voz de hombre dice:
—Despacho
de abogados Dentón, Daimler y Dick.
Y yo
digo:
—¿Ostra?
Digo:
—¿Dónde
estás, cabroncete?
Y la
línea se corta.
Aquí
y allí, escribiendo esto en Seattle, en una cafetería justo delante de los
parapetos del Departamento de Obras Públicas, una camarera nos dice al Sargento
y a mí:
—Ahora
no pueden matar las hiedras. —Y nos pone más café. Mira por la ventana las
paredes verdes, infestadas de enredaderas gruesas y grises. Dice—: Es lo único
que hace que se aguante esa parte de la ciudad.
Dentro
de la red de enredaderas y hojas, los ladrillos están combados y movidos de sus
sitios. El cemento está agrietado. Las ventanas han sido estrujadas hasta que
se ha roto el cristal. La puerta no se abre de tan deformado que está el marco.
Entran y salen volando pájaros de los acantilados verdes y erectos, comiéndose
las semillas de hiedra, cagándolas por todas partes. A una manzana de
distancia, las calles son cañones verdes, el asfalto y las aceras están
sepultadas bajo el verde.
Los
periódicos lo llaman «La amenaza verde». El equivalente en hiedra a las abejas
asesinas. El Infierno de Hiedra.
Silencioso,
imparable. El final de la civilización a cámara lenta.
La
camarera dice que cada vez que los equipos de operarios podan las enredaderas,
o las queman con lanzallamas, o las rocían con veneno —incluso la vez que
trajeron cabras pigmeas para que se las comieran— las raíces de hiedra se
extienden. Las raíces hunden túneles. Seccionan cables y tuberías subterráneos.
El
Sargento marca el número del anuncio del sushi, una y otra vez, pero la línea
sigue desconectada.
La
camarera mira los dedos de hiedra que ya empiezan a cruzar la calle. Dentro de
una semana se habrá quedado sin trabajo.
—La
Guardia Nacional nos prometió que la contendrían —dice.
Y
dice:
—He
oído que la hiedra también ha llegado a Portland. Y a San Francisco. —Suspira y
dice—: Está claro que esta la vamos a perder.
28
El
hombre abre la puerta principal de su casa y allí estamos Helen y yo, en el
porche, yo llevando el estuche de cosméticos de Helen, medio paso detrás de
ella mientras Helen señala con su larga uña de color rosa y dice:
—Oh,
Dios.
Tiene
la agenda debajo de un brazo y dice:
—Mi
marido. —Y retrocede—, A mi marido le gustaría dar testimonio ante usted de la
promesa del Señor Jesucristo.
El
traje de Helen es amarillo, pero no amarillo ranúnculo. Es más bien del mismo
color amarillo de un ranúnculo hecho de limones dorados y pavé por Carl
Fabergé.
El
hombre tiene una botella de cerveza en la mano. Lleva calcetines de deporte
grises sin zapatos. Le cuelga el albornoz abierto por delante, y debajo lleva
una camiseta blanca y unos calzoncillos largos con dibujos de cochecitos de
carreras. Con una mano, se lleva la cerveza a la boca. Inclina la cabeza hacia
atrás y aparecen burbujas dentro de la botella. Los cochecitos de carreras
tienen neumáticos ovalados inclinados hacia delante. El hombre eructa y dice:
—¿Vais
en serio?
Tiene
el pelo negro cayéndole por una frente arrugada a lo Frankenstein. Tiene ojos
ojerosos de sabueso.
Extiendo
la mano para estrechársela y digo: ¿Señor Sierra? Le digo que hemos venido para
compartir el gozo del amor de Dios.
Y el
tipo de los coches de carreras frunce el ceño y dice:
—¿Por
qué sabéis mi nombre? —Me mira con los ojos entornados y dice—: ¿Os ha mandado
Bonnie para que habléis conmigo?
Y
Helen se asoma a un lado del tipo y mira la sala de estar. Abre su bolso y saca
un par de guantes blancos y empieza a enfundarse los dedos en ellos. Se abotona
un botoncito en el puño de cada guante y dice:
—¿Podemos
entrar?
Se
suponía que iba a ser más fácil.
Plan
B, si encontramos un hombre en casa iniciamos el Plan B.
El
tío de los coches de carreras se mete la botella de cerveza en la boca y hunde
las mejillas mal afeitadas. Inclina la cabeza hacia atrás y lo que queda de la
cerveza desaparece en forma de burbujas. Da un paso a un lado y dice:
—Bien.
Sentaos. —Mira su botella vacía y dice—: ¿Queréis una cerveza?
Pasamos
al interior y él entra en la cocina. Se oye cómo saca el tapón a una botella.
En
toda la sala de estar solamente hay un sillón abatible. Hay un pequeño
televisor portátil colocado sobre una caja de leche. A través de unas puertas
correderas de cristal se ve un patio. Colocados contra la pared más lejana del
patio hay jarrones verdes de floristería, llenos hasta arriba de agua de
lluvia, con flores negras podridas dobladas y cayendo fuera de los jarrones.
Rosas marrones podridas sobre tallos negros cubiertos de moho gris peludo.
Atada alrededor de uno de los ramos hay una cinta ancha de satén negro.
En
la alfombra de pelo largo de la sala de estar se ve el contorno fantasma dejado
por un sofá. Hay el contorno dejado por un aparador de porcelana, las muescas
dejadas por las patas de sillas y mesas. Hay un enorme cuadrado plano donde
toda la alfombra está igual de aplastada. Todo es muy familiar.
El
tipo de los coches de carreras me mira señalando el sillón abatible y dice:
—Siéntate.
—Bebe más cerveza y dice—: Siéntate y hablaremos de cómo es Dios en realidad.
El
cuadrado aplanado en la alfombra señala el sitio donde había un parquecito
infantil.
Le
pregunto si mi esposa puede usar su baño.
Él
inclina la cabeza a un lado y mira a Helen. Con la mano libre se rasca el
pescuezo y dice:
—Claro.
Está al final del pasillo. —Y hace una señal con su botella de cerveza.
Helen
mira la cerveza derramada sobre la alfombra y dice:
—Gracias.
—Se saca la agenda de debajo del brazo, me la da y dice—: En caso de que te
haga falta, aquí tienes una Biblia.
Su
agenda llena de objetivos políticos y acuerdos inmobiliarios. Genial.
Todavía
está caliente de su sobaco.
Helen
desaparece por el pasillo. Se oye el ruido de un ventilador de baño. Una puerta
se cierra en alguna parte.
—Siéntate
—dice el tipo de los coches de carreras.
Se
queda de pie a mi lado tan cerca que tengo miedo de abrir la agenda, miedo de
que vea que no es una Biblia de verdad. Huele a cerveza y a sudor. Los
cochecitos de carreras están al mismo nivel que mis ojos. Los neumáticos
ovalados están inclinados para dar la impresión de que van muy deprisa. El tipo
da otro trago y dice:
—Háblame
de Dios.
El
sillón abatible huele igual que él. Es de terciopelo dorado y de un marrón más
oscuro en los brazos por la suciedad. Está caliente. Y yo le digo que Dios es
un moralista noble de la línea dura que se niega a aceptar nada que no sea una
conducta firmemente correcta. Es un bastión de los estándares rectos, una
lámpara que brilla para revelar los males de este mundo. Dios siempre estará en
nuestros corazones y en nuestras almas porque su propia alma es tremendamente
fuerte y carece de...
—Y
una mierda —dice el tipo. Se da media vuelta y se aleja en dirección a las
puertas del patio. Su cara se refleja en el cristal, solamente sus ojos, con la
mandíbula oscurecida por el asomo de la barba sumida en las sombras.
En
mi mejor voz de predicador radiofónico, digo que Dios es el patrón moral con el
que millones de personas deben medir sus vidas. Es la espada flamígera, enviada
para corregir las faltas y a los malhechores que pueblan el templo de...
—¡Y
una mierda! —le grita el tipo a su reflejo en la puerta de cristal. Por su cara
reflejada cae espuma de cerveza.
Helen
está de pie en el umbral del pasillo, con una mano en la boca, mordiéndose los
nudillos. Me mira y se encoge de hombros. Vuelve a desaparecer en el pasillo.
Sentado
en el sillón abatible de terciopelo dorado, le digo que Dios es un ángel de
poder e impacto sin precedentes, una conciencia para el mundo que lo rodea, un
mundo de pecado e intenciones crueles, un mundo de ocultos...
Casi
susurrando, el tipo dice:
—Y
una mierda. —El vapor de su aliento ha borrado su reflejo. Se gira para
mirarme, señalándome con la mano que sostiene la cerveza, y me dice—: Léeme tu
Biblia donde dice algo sobre arreglar las cosas.
Abro
solamente un poco la agenda encuadernada en cuero rojo de Helen y miro dentro.
—Dime
cómo demuestro a la policía que yo no maté a nadie.
En
la agenda pone el nombre de Renny O’Toole y la fecha 2 de junio. Sea quien sea,
está muerto. El 10 de septiembre figura Samara Umpirsi. El 17 de agosto, Helen
cerró el acuerdo para una casa en Gardner Hill Road. Y el mismo día mató al
tirano de la república de Tongle.
—¡Lee!
—grita el tipo de los coches de carreras. La espuma de la cerveza que tiene en
la mano se le cae sobre los dedos y le gotea en la alfombra. Dice—: Léeme donde
dice que puedo perderlo todo en una noche y que la gente va a decir que es
culpa mía.
Miro
en el libro y encuentro más nombres de gente muerta.
—Lee
—dice el tipo, y bebe de su cerveza—. Lee donde dice que una mujer puede acusar
a su marido de matar a su hijo y se supone que todo el mundo ha de creerla.
Al
principio del libro, la caligrafía está medio borrada y cuesta de leer. Las
páginas están acartonadas y tienen motitas. Antes, alguien ha empezado a
arrancar las primeras páginas.
—Se
lo pedí a Dios —dice el tipo. Agita su cerveza en mi dirección y dice—: Le pedí
que me diera una familia. Iba a la iglesia.
Le
digo que tal vez Dios no empezó atacando y humillando a todo el mundo que
rezaba. Le digo que tal vez fue después de años y años de recibir las mismas
oraciones sobre embarazos no deseados, sobre divorcios, sobre disputas
familiares. Tal vez fue porque el público de Dios creció y más gente empezó a
presentar exigencias. Tal vez fue el hecho de que Dios empezó a recibir más
alabanzas. Tal vez el poder corrompe, pero El no siempre fue un hijo de puta.
Y el
tipo del coche de carreras dice:
—Escucha.
—Y dice—: Dentro de dos días voy al tribunal para que decidan si me acusan de
asesinato. —Y dice—: Dime cómo me va a salvar Dios.
Mona
me haría decir la verdad. Para salvar a este tipo. Para salvarme a mí mismo y a
Helen. Para reunimos con la humanidad. Tal vez este tipo y su mujer volverían a
estar juntos, pero el poema seguiría suelto. Morirían millones. El resto
viviría en un mundo de silencio, oyendo solamente lo que creen que es seguro
oír. Tapándose los oídos y quemando libros, películas y música.
En
alguna parte alguien tira de la cadena. Un ventilador de baño arranca. Una
puerta se abre.
El
tipo se mete la cerveza en la boca y aparecen burbujas dentro de la botella.
Helen
aparece en el umbral del pasillo.
Me
duele el pie y le pregunto si ha considerado la posibilidad de adoptar un
hobby.
Tal
vez algo para hacer en la cárcel.
Destrucción
constructiva. Estoy seguro de que Helen aprobaría el sacrificio. Condenar a un
hombre inocente para que no mueran millones.
He
aquí a todos los animales de laboratorio que mueren para salvar a una docena de
pacientes de cáncer.
Y el
tipo de los coches de carreras dice:
—Creo
que será mejor que os marchéis.
De
camino al coche, le doy a Helen su agenda y le digo que ahí está su Biblia. Mi
busca empieza a sonar y es un número que no conozco.
Helen
tiene los guantes blancos negros de polvo y me dice que ha hecho pedazos la
página de la canción sacrificial y los ha tirado por la ventana de la
habitación de la criatura. Está lloviendo. El papel se pudrirá.
Le
digo que no basta con eso. Algún niño podría encontrarla. El mero hecho de que
esté hecha pedazos hará que alguien quiera reconstruirla. Tal vez un detective
investigando la muerte de una criatura.
Y
Helen dice:
—Ese
cuarto de baño era una pesadilla.
Damos
la vuelta a la manzana con el coche y aparcamos. Mona está escribiendo en el
asiento de atrás. Ostra está hablando por su teléfono. Luego Helen espera
mientras me agacho y camino de vuelta a la casa. Camino agachado por la parte
de atrás, con la hierba mojada succionándome los zapatos, hasta que estoy
debajo de la ventana que Helen dice que es la de la habitación de la criatura.
La ventana sigue abierta, con las cortinas colgando un poco por la parte de
abajo. Cortinas rosas.
Los
pedazos de la página están esparcidos por el barro y yo empiezo a recogerlos.
Detrás
de las cortinas, en la habitación vacía, se oye abrirse la puerta. El perfil de
alguien entra desde el pasillo y yo me agacho en el barro bajo la ventana. Una
mano de hombre aparece en la repisa de la ventana, de forma que me pego a la
pared de la casa. En algún lugar por encima de mí que no puedo ver, un hombre
rompe a llorar.
La
lluvia arrecia.
El
hombre está en la ventana, con las dos manos apoyadas en la repisa. Sus
sollozos arrecian. Se puede oler la cerveza que ha bebido.
Yo
no puedo correr. No me puedo poner de pie. Tapándome la nariz y la boca con las
manos, me alejo unos centímetros a gachas, apretado contra los cimientos,
escondido. Y tan deprisa como un escalofrío, respirando entre mis dedos, yo
también rompo a llorar. Con unos sollozos tan violentos como vómitos.
Mordiéndome la palma de la mano, me lleno las manos de mocos.
El
hombre se sorbe la nariz, con fuerza y haciendo un ruido líquido. Llueve cada
vez más y se me mete agua en los zapatos a través de los cordones.
Con
los pedazos rotos del poema en la mano, sostengo el poder sobre la vida y la
muerte. No hay nada que pueda hacer. Todavía no.
Y
tal vez uno no va al infierno por las cosas que hace. Tal vez uno va al
infierno por las cosas que no hace.
Con
los zapatos llenos de agua fría, el pie deja de dolerme. Extiendo la mano
resbaladiza por los mocos y las lágrimas y apago mi busca.
Cuando
encontremos el grimorio, si hay alguna forma de resucitar a los muertos, tal
vez no lo quemaremos. No inmediatamente.
29
El
informe policial no dice lo caliente que estaba todavía mi mujer, Gina, cuando
me desperté aquella mañana. Lo blanda y caliente que estaba bajo las mantas. Ni
cómo cuando me di media vuelta en su dirección, ella quedó de espaldas, con el
pelo extendido sobre la almohada. Tenía la cabeza un poco inclinada hacia un
hombro. Su piel matutina olía a calor, de forma parecida al aspecto que tiene
un rayo de sol cuando rebota sobre un mantel blanco en un restaurante agradable
junto a la playa en tu luna de miel.
El
sol entraba por las cortinas azules y teñía su piel de color azul. Sus labios
de color azul. Las pestañas le caían sobre las mejillas. Su boca era una
sonrisa fláccida.
Todavía
medio dormido, le pasé la mano por detrás del cuello y le eché la cara hacia
atrás y la besé.
Ella
tenía el cuello y el hombro completamente relajados.
Sin
dejar de besarle la boca cálida y relajada, le levanté el camisón por encima de
la cintura.
Sus
piernas parecieron abrirse y mi mano encontró su interior blando y húmedo.
Bajo
las mantas, con los ojos cerrados, le metí la lengua dentro. Con los dedos
humedecidos, aparté sus bordes suaves y rosados y lamí más adentro. Con el aire
entrando y saliendo de mí. En la cresta de cada respiración, le hincaba la
boca.
Por
una vez, Katrin había dormido la noche entera y no estaba llorando.
Mi
boca subió hasta el ombligo de Gina. Subió hasta sus * pechos. Con un dedo
húmedo en su boca, le pasé los otros dedos por los pezones. Mi boca se colocó
sobre su otro pecho y mi lengua tocó el pezón en su interior.
La
cabeza de Gina cayó a un lado y le lamí la parte posterior de la oreja. Con mis
caderas separándole las piernas, me metí en ella.
La
sonrisa fláccida en su cara, la forma en que la boca se le abrió en el último
momento y la cabeza se le hundió todavía más en la almohada, estaba tan
silenciosa. Nunca había sido tan bueno desde que nació Katrin.
Un
minuto más tarde, salí de la cama y me di una ducha. Me vestí de puntillas y
cerré suavemente la puerta del dormitorio a mi espalda. En la habitación de la
niña, besé a Katrin en un lado de la cara. Le palpé el pañal. El sol entraba
por las cortinas amarillas. Sus juguetes y sus libros. Su aspecto era perfecto.
Me
sentí bendecido.
Aquella
mañana no había nadie en el mundo tan afortunado como yo.
Aquí,
conduciendo el coche de Helen con ella dormida a mi lado en el asiento
delantero. Esta noche estamos en Ohio o en Iowa o en Idaho, con Mona durmiendo
en el asiento trasero. El pelo rosado de Helen apoyado en mi hombro. Mona
despatarrada en el retrovisor, despatarrada con sus rotuladores de colores y
sus cuadernos. Ostra dormido. Esta es la vida que tengo ahora. Para bien o para
mal.
Aquel
fue mi último buen día. Hasta que llegué a casa del trabajo no supe la verdad.
Gina
seguía tumbada en la misma posición.
El
informe policial lo llamó relaciones sexuales post mórtem.
Me
viene Nash a la cabeza.
Katrin
seguía callada. La parte de su cabeza que quedaba debajo se le había puesto de
color rojo oscuro.
Livor
mortis. Hemoglobina oxigenada.
Hasta
que llegué a casa no supe qué había hecho.
Aquí,
aparcados en el olor a cuero del enorme coche de la inmobiliaria de Helen, el
sol está justo por encima del horizonte. Es un momento idéntico a aquel.
Estamos aparcados debajo de un árbol, en una calle bordeada de árboles de un
vecindario de casitas. Es alguna clase de árbol en flor, y durante toda la
noche han estado cayendo pétalos rosados sobre el coche, pegándose al rocío. El
coche de Helen es rosa como la carroza de un desfile, cubierto de flores, y yo
estoy espiando a través de un agujero que queda en donde los pétalos no cubren
el parabrisas.
La
luz matinal que brilla a través de la capa de pétalos es rosa.
Color
de rosa. Sobre Helen y Mona y Ostra, dormidos.
En
la misma manzana, una pareja de ancianos está trabajando en los arriates de
flores que crecen a los pies de su casa. El anciano llena una regadera en un
grifo. La anciana está de rodillas, arrancando hierbas.
Vuelvo
a encender el busca y empieza a sonar de inmediato.
Helen
se despierta bruscamente.
No
reconozco el número de teléfono de mi busca.
Helen
se incorpora, parpadeando, mirándome. Se mira el reloj de pulsera diminuto y
reluciente. A un lado de la cara tiene marcas profundas y rojas como de viruela
allí donde ha dormido sobre sus pendientes de esmeraldas. Mira la capa de color
rosa que cubre todas las ventanillas. Se hunde las uñas de color rosa de las
dos manos en el pelo, se lo ahueca y dice:
—¿Dónde
estamos?
Y
hay gente que todavía piensa que el conocimiento es poder.
Le
digo que no tengo ni idea.
30
Mona
está de pie a mi lado. Sostiene un folleto satinado abierto, poniéndomelo en la
cara, y dice:
—¿Podemos
ir aquí? Por favor. Solamente un par de horas. Por favor.
Las fotografías
de su folleto muestran a gente gritando con las manos en el aire, subidos a una
montaña rusa. Las fotos muestran a gente conduciendo karts por una pista
delimitada con neumáticos. Más gente comiendo algodón de azúcar y montando en
caballitos de plástico en un tiovivo. Hay otra gente encerrada en sus asientos
en una rueda gigante. En la parte superior del folleto dice en grandes letras
corridas: «Felizlandia, el destino familiar».
Pero
en lugar de aes hay cuatro caras de payasos riendo. Un padre, una madre, un
hijo y una hija.
Nos
faltan por desarmar ochenta y cuatro libros. Lo cual significa docenas de
bibliotecas en ciudades de todo el país. Luego hay que encontrar el grimorio.
Hay gente que resucitar. O que castrar. O hay que matar a la humanidad entera,
depende de a quién preguntes.
Hay
mucho por arreglar. Por devolver a Dios, como diría Mona. Gastos por recuperar.
Karl
Marx diría que hemos convertido a todas las plantas y animales en enemigos para
justificar el hecho de matarlos.
En
el periódico de hoy dice que el marido de una de las modelos muertas está
arrestado bajo sospecha de asesinato.
Estoy
de pie en una cabina delante de una biblioteca de pueblo mientras Helen está
dentro destruyendo otro libro con Ostra.
Una
voz de hombre dice en el teléfono:
—División
de Homicidios.
Le
pregunto al teléfono con quién hablo.
Y la
voz dice:
—Con
el detective Ben Danton, de la división de Homicidios. —Y dice—: ¿Con quién
hablo?
Un
detective de policía. Mona lo llamaría mi salvador, enviado para devolverme al
redil con el resto de la humanidad. Se trata del número que ha estado
apareciendo en mi busca durante los dos últimos días.
Mona
le da la vuelta al folleto y dice:
—Mirad.
Tiene
trenzados en el pelo molinos de viento rotos y caballetes de tren y antenas de
radio.
Las
fotos muestran a niños sonrientes abrazados por payasos. Muestran a padres
paseando de la mano y yendo en esquifes por Túneles del Amor.
Mona
dice:
—Este
viaje no tiene que ser solamente de trabajo.
Helen
sale por las puertas de la biblioteca y empieza a bajar los peldaños y Mona se
gira y corre hacia ella y dice:
—Helen,
el señor Streator dice que podemos ir.
Yo
me pongo el auricular de la cabina en el pecho y digo que yo no he dicho eso.
Ostra
se queda atrás, a un paso de Helen.
Mona
sostiene el folleto en la cara de Helen y dice:
—Mira
qué divertido.
El
detective Danton le pregunta al teléfono:
—¿Con
quién hablo?
Estuvo
bien sacrificar al pobre tipo de los calzoncillos largos de coches de carreras.
Está bien sacrificar a la joven con pollos impresos en el delantal. No decirles
la verdad, dejarlos sufrir. Y sacrificar al viudo de una modelo. Pero
sacrificarme a mí mismo para salvar a millones de personas es otra cuestión.
Le
digo mi nombre al teléfono, Streator, y digo que me ha llamado al busca.
—Señor
Streator —dice—. Nos gustaría que viniera para interrogarlo.
Le
pregunto sobre qué.
—¿Por
qué no discutimos esto en persona? —dice.
Le
pregunto si se trata de una muerte.
—¿Cuándo
puede estar aquí? —dice.
Le
pregunto si se trata de una serie de muertes sin causa aparente.
—Cuanto
antes pueda venir, mejor —dice.
Le
pregunto si es porque una de las víctimas era mi vecino de arriba y tres más
eran mis redactores jefe.
Y
Danton dice:
—No
me diga.
Le
pregunto si es porque tres víctimas más se cruzaron conmigo por la calle en el
instante antes de morir.
Y
Danton dice:
—Eso
es nuevo para mí.
Pregunto
si esto es porque yo estaba a un escupitajo de distancia del joven de las
patillas que murió en aquel bar de la Tercera avenida.
—Ajá
—dice él—. Se refiere a Marty Latanzi.
Le
pregunto si es porque todas las modelos muertas muestran signos de sexo post
mórtem, igual que le pasó a mi mujer hace veinte años. Y sin duda tienen
filmaciones de cámaras de seguridad de mí hablando con un bibliotecario llamado
Symon en el momento en que cayó muerto.
Se
oye un lápiz en alguna parte apuntando cosas a toda prisa en un papel.
Lejos
del teléfono, oigo que alguien dice:
—Haz
que siga hablando.
Le
pregunto si es una estratagema para detenerme por ser sospechoso de asesinato.
Y el
detective Danton dice:
—No
nos obligue a emitir una orden de búsqueda.
Cuanta
más gente muere, menos cambian las cosas.
Oficial
Danton, le digo. Le pregunto si puede decirme dónde puedo encontrarle en este
momento preciso.
Los
palos y las piedras pueden romperte los huesos, pero ya estamos otra vez. Tan
deprisa como un grito, la canción sacrificial me viene a la cabeza y la
comunicación se interrumpe.
He
matado a mi salvador. Al detective Ben Danton. Estoy más lejos todavía del
resto de la humanidad.
Destrucción
constructiva.
Ostra
agita su encendedor de plástico y lo golpea contra la palma de la mano. Luego
se lo da a Helen y mira mientras ella se saca una hoja doblada del bolso.
Enciende la página 27 y la sostiene sobre la alcantarilla.
Mientras
Mona está leyendo el folleto, Helen le acerca la página en llamas al borde. Las
fotografías de gente feliz y sonriente se inflaman y Mona chilla y las deja
caer. Sin soltar la página en llamas, Helen mete a patadas a las familias
felices por la alcantarilla. El fuego en su mano crece y crece, entrecortado y
humeante en medio de la brisa.
Y
por alguna razón, pienso en Nash y en su mecha ardiendo.
Helen
dice:
—No
me gusta la diversión. —Con la otra mano, Helen me muestra las llaves del
coche.
Entonces
pasa. Ostra atenaza con el brazo la cabeza de Helen desde detrás. Igual de
deprisa, le golpea los pies para hacerla caer y cuando ella estira los brazos
para recuperar el equilibrio, él agarra el poema en llamas. La canción
sacrificial.
Helen
cae de rodillas, se suelta de Ostra, ella deja escapar solamente un gritito
cuando sus rodillas golpean la acera de cemento y cae tambaleándose sobre la
alcantarilla. Con las llaves todavía en el puño.
Ostra
se golpea la página en llamas en el muslo. La sostiene con ambas manos, con los
ojos recorriendo las líneas, leyendo la página mientras el fuego arruga la
parte inferior.
Ya
tiene las dos manos quemadas antes de soltarlo, y grita:
—¡No!
Y se
mete los dedos en la boca.
Mona
retrocede, tapándose los oídos con las manos. Con los ojos fuertemente
cerrados.
A
cuatro patas sobre la alcantarilla, al lado de las familias en llamas, Helen
levanta la vista y mira a Ostra. Ostra tiene un pie en la tumba. El peinado de
Helen está alborotado y le cuelgan pelos de color rosa sobre los ojos. Tiene
las medias de nailon rotas. Las rodillas ensangrentadas.
—¡No
lo mates! —grita Mona—, ¡No lo mates, por favor! ¡No lo mates!
Ostra
cae de rodillas y agarra el papel quemado que hay en la acera.
Y
despacio, tan despacio como la aguja que marca las horas en un reloj, Helen se
pone de pie. Tiene la cara roja. No del color de un rubí birmano. Más bien roja
como la sangre que le mana de las rodillas.
Con
Ostra arrodillado. Con Helen de pie frente a él. Con Mona tapándose los oídos
con las manos y cerrando fuertemente los ojos. Ostra rebuscando en las cenizas.
Helen sangrando. Yo sigo mirando desde la cabina y una bandada de estorninos
levanta el vuelo desde el tejado de la biblioteca.
Ostra,
el hijo malvado, violento y lleno de resentimiento que Helen podría tener si
todavía tuviera un hijo.
La
misma caza del poder de siempre.
—Adelante
—dice Ostra, y levanta la cabeza para encontrar la mirada de Helen. Sonríe con
la mitad de la boca y dice—: Mataste a tu hijo de verdad. Puedes matarme a mí.
Y
entonces pasa. Helen le da una fuerte bofetada en la cara, arrastrando el
manojo de llaves de una mejilla a otra. Un momento después hay más sangre.
Otro
parásito con cicatriz. Otro armazón mutilado de cucaracha.
Y la
mirada de Helen va de la cara sangrante de Ostra a los estorninos que vuelan en
círculos, y uno tras otro caen. Sus plumas negras soltando destellos de un
color azul oleaginoso. Los ojos muertos mirándose los picos negros. Ostra se
sostiene la cara con las manos llenas de sangre. Helen mira al cielo, los
cuerpos negros relucientes caen con un silbido y rebotan, pájaro a pájaro, en
el cemento a nuestro alrededor.
Destrucción
constructiva.
31
A
una milla de la ciudad, Helen para el coche en el arcén de la autopista. Pone
los intermitentes de emergencia. Sin mirar nada salvo sus propias manos,
enfundadas en sus guantes de becerro ajustados de conducir y posadas en el
volante, dice:
—Fuera.
En
el parabrisas hay pequeñas lentillas de agua. Está empezando a llover.
—Muy
bien —dice Ostra, y abre su portezuela—, ¿No es esto lo que hace la gente con
los perros cuando no los pueden enseñar a hacer sus necesidades?
Tiene
la cara y las manos manchadas de sangre. La cara del diablo. Su pelo rubio
desgreñado se le levanta por encima de la cara, rígido y rojo como los cuernos
del diablo. Su perilla roja. En medio de tanto rojo, sus ojos son blancos. No
blancos como las banderas blancas de quienes se rinden. Son blancos como huevos
duros, como pollos lisiados en jaulas a pilas, miseria de granja industrial y
sufrimiento y muerte.
—Igual
que Adán y Eva siendo expulsados del Jardín del Edén —dice. Ostra está de pie
en el arcén de grava de la autopista y se inclina para mirar a Mona, que sigue
en el asiento trasero, y le dice—: ¿Vienes, Eva?
No
se trata de amor, se trata de control.
Detrás
de Ostra, el sol se está poniendo. Detrás de él hay cardos rusos y retama
escocesa y kudzu. Detrás de él, el mundo está hecho un desastre.
Y
Mona, con las ruinas de la civilización occidental trenzadas en el pelo, los
trozos del atrapasueños y del I Ching, se mira las uñas negras sobre el regazo
y dice:
—Ostra,
lo que has hecho está mal.
Ostra
mete la mano en el coche, sobre el asiento trasero y en dirección a ella, su
mano roja y coagulada, y dice:
—Zarzamora,
a pesar de todas tus buenas intenciones herbales, este viaje no va a funcionar.
—Y dice—: Ven conmigo.
Mona
aprieta los dientes, gira la cara bruscamente para mirarlo y dice:
—Tiraste
mi libro de oficios indios —dice ella—. Ese libro era muy importante para mí.
Hay
gente que todavía piensa que el conocimiento es poder.
—Zarzamora,
cariño —dice Ostra, y le acaricia el pelo, y el pelo se le pega a la mano
ensangrentada. Le pasa un manojo de pelo por detrás de la oreja y dice—: Ese
libro estaba hecho un lío.
—Muy
bien —dice Mona, y se aleja y se cruza de brazos.
Y
Ostra dice:
—Muy
bien. —Y cierra la portezuela del coche. Su mano deja una huella ensangrentada
en la ventanilla.
Con
las manos rojas levantadas a los costados, Ostra se aleja del coche. Niega con
la cabeza y dice:
—Olvidadme.
Soy solamente otro de los cocodrilos de Dios que podéis tirar por el retrete.
Helen
pone el coche en marcha. Toca un botón y la portezuela de Ostra se cierra con
cerrojo.
Y
desde fuera del coche cerrado con cerrojo, amortiguado y borroso, Ostra grita:
—Podéis
tirarme por el retrete, pero seguiré comiendo mierda. —Y grita—: Y seguiré
creciendo.
Helen
pone el intermitente y entra en el carril del tráfico.
—Podéis
olvidarme —grita Ostra. Grita con su cara roja de diablo, con sus dientes
grandes y blancos—: Pero eso no quiere decir que deje de existir.
Por
la razón que sea, me viene a la cabeza la primera lagarta que salió volando por
una ventana en Medford, Massachusetts, en 1860.
Y
conduciendo, Helen se toca el ojo con un dedo, y cuando vuelve a poner la mano
en el volante, el guante está de color marrón oscuro. Mojado. Y para bien o
para mal. Para mejor o para peor. Esta es su vida.
Mona
se tapa la cara con las manos y empieza a sollozar.
Y yo
cuento uno, cuento dos, cuento tres... y enciendo la radio.
32
El
nombre de la ciudad en el mapa es Stone River. Stone River, Nebraska. Pero
cuando el Sargento y yo llegamos, encima del letrero a la entrada de la ciudad
han pintado «Shivapuram».
Nebraska.
17.000
habitantes.
En
medio de la calle, a horcajadas sobre la línea discontinua del centro de la
calzada, hay una vaca marrón y blanca que tenemos que esquivar. La vaca
continúa rumiando y ni se inmuta.
El
centro urbano son dos manzanas de edificios de ladrillo rojo. Una señal
luminosa amarilla parpadea por encima de la intersección principal. Hay una
vaca negra rascándose el costado contra el poste metálico de una señal de stop.
Una vaca blanca come zinnias delante de una jardinera enfrente de la oficina de
correos. Hay otra vaca tumbada, bloqueando la acera delante de la comisaría.
Huele
a curry y a pachulí. El ayudante del sheriff lleva sandalias. El ayudante del
sheriff, el cartero, la camarera de la cafetería, el camarero de la taberna,
todos llevan un punto negro pegado entre los ojos. Un bindi.
—Diantres
—dice el Sargento—. La ciudad entera se ha vuelto hindú.
De
acuerdo con el Psychic Wonders Bulletin de esta semana, todo esto se debe a la
Vaca Judas Parlante.
En
cualquier matadero, el truco es engañar a las vacas para que suban por el
pasadizo que lleva al degolladero. Las vacas traídas de granjas en camiones
están confusas y tienen miedo. Después de horas enteras o días enteros
apretujadas en camiones, deshidratadas y sin dormir en todo el viaje, las vacas
son embutidas con otras vacas en el comedero de delante del matadero.
La
forma de hacer que suban por el pasadizo es mandar a la Vaca Judas. Así es como
se llama realmente esa vaca. Es una vaca que vive en el matadero. Se mezcla con
las vacas condenadas y las lleva por el pasadizo hasta el degolladero. Las
vacas amedrentadas y asustadas nunca entrarían si no fuera porque la Vaca Judas
va primero.
En
el último momento antes de que caiga el hacha o el cuchillo o el perno metálico
sobre su cabeza, en ese último momento la Vaca Judas se aparta. Sobrevive para
llevar otro rebaño a la muerte. Se pasa la vida entera haciéndolo.
Hasta
que un día, de acuerdo con el Psychic Wonders Bulletin, la Vaca Judas de la
planta cárnica de Stone River dejó de hacerlo.
La
Vaca Judas se plantó en el umbral del degolladero. Se negó a apartarse y a
enviar a la muerte al rebaño que la seguía. Con todo el personal del matadero
mirando, la Vaca Judas se sentó sobre sus patas traseras, como se sientan los
perros, se sentó allí en el umbral y miró a todo el mundo con sus ojos marrones
y habló.
La
Vaca Judas habló.
Dijo:
—Rechazad
vuestros hábitos carnívoros.
La
vaca hablaba con la voz de una mujer joven. Las vacas que hacían cola detrás
cambiaron el peso de unas patas a otras, esperando.
El
personal del matadero se quedó boquiabierto tan deprisa que se les cayeron los
cigarrillos al suelo ensangrentado. Un hombre se tragó su tabaco de mascar. Una
mujer se tapó la boca con los dedos y gritó.
La
Vaca Judas, sentada allí, levantó una pata para señalar con su pezuña al
personal y dijo:
—El
camino al moksha no pasa por el dolor y el sufrimiento de otras criaturas.
Moksha,
dice el Psychic Wonders Bulletin, es una palabra en sánscrito que quiere decir
«redención», el final del ciclo kármico de la reencarnación.
La
Vaca Judas se pasó la tarde hablando. Dijo que los seres humanos habían
destruido todo el mundo natural. Dijo que la humanidad tenía que parar de
exterminar a otras especies. Que los hombres debían limitar su número, crear un
sistema de cuotas que permitiera que solamente un pequeño porcentaje de los
seres del planeta fueran humanos. Que los humanos podían vivir como quisieran
con tal de que no fueran la mayoría.
Les
enseñó una canción hindú. La vaca hizo que todo el personal cantara con ella
mientras meneaba la pezuña de un lado para otro al compás de la canción.
La
vaca contestó a todas sus preguntas sobre la naturaleza de la vida y la muerte.
La
Vaca Judas siguió y siguió perorando.
Ahora,
aquí y ahora, el Sargento y yo, llegamos tarde. Seguimos cazando brujas.
Examinamos a todas las vacas que soltaron aquel día de la planta cárnica. La
planta está vacía y en silencio a las afueras de la ciudad. Alguien está
pintando de rosa el edificio de cemento. Convirtiéndolo en un ashram. Han
plantado verduras en el comedero.
La
Vaca Judas no ha vuelto a decir una palabra desde entonces. Se come la hierba
de los jardines de la gente. Se bebe el agua de las pilas para pájaros. La
gente le cuelga guirnaldas de margaritas del cuello.
—Están
usando el hechizo de ocupación —dice el Sargento.
Estamos
detenidos en la calle, esperando a que un puerco enorme y lento cruce por
delante de nuestro coche. Hay más cerdos y pollos a la sombra del toldo de la
tienda de herramientas.
El
hechizo de ocupación permite a uno proyectar su consciencia en el cuerpo físico
de otro ser.
Lo
miro, fijamente, y le pregunto si no es la sartén que le dijo al cazo: Retírate
que me tiznas.
—Animales,
gente —dice el Sargento—. Te puedes meter en cualquier clase de cuerpo vivo.
Y yo
le digo: Sí, cuéntamelo a mí.
Pasamos
por delante del hombre que está pintando de rosa el ashram, y el Sargento dice:
—Si
quieres saber mi opinión, la reencarnación es simplemente otra forma de la
postergación.
Y yo
le digo que sí, que sí. Que esa ya me la ha contado.
El
Sargento extiende la mano arrugada y con manchas de un lado a otro del asiento
delantero y la pone sobre la mía. Tiene el dorso de la mano cubierto de pelos
canos. Tiene los dedos fríos de tenerlos sobre su pistola. El Sargento me
estruja la mano y dice:
—¿Todavía
me quieres?
Le
pregunto si tengo alguna opción.
33
Las multitudes
se apelotonan a nuestro alrededor, las mujeres con tops sin espalda y los
hombres con sombreros de cowboy. La gente come manzanas al caramelo y
granizados en conos de papel. Hay polvo por todas partes. Alguien le pisa el
pie a Helen, ella lo aparta y dice:
—He
descubierto que no importa cuánta gente mate, nunca es suficiente.
Yo
le digo que no hablemos de trabajo.
El
suelo está surcado de cables negros y gruesos. En la oscuridad más allá de las
luces los motores queman diésel para generar electricidad. Huele a diésel y a
comida frita y a vómito y a azúcar glaseado.
Hoy
en día esto es lo que te venden como diversión.
Un
grito pasa volando a nuestro lado. Y un vislumbre de Mona. Se trata de una
atracción de feria con un letrero brillante de neón que dice: «El pulpo».
Brazos negros de metal, como rayos de rueda torcidos, giran alrededor de un
cubo. Al mismo tiempo, suben y bajan en picado. Al final de cada brazo hay un
asiento, y cada asiento gira sobre su propio cubo. El grito pasa volando otra
vez, junto con una especie de estandarte de pelo rojo y negro. Sus cadenas
plateadas y amuletos salen proyectados de un lado del cuello de Mona. Tiene las
dos manos agarradas a la barra de seguridad cerrada sobre su regazo.
Las
ruinas de la civilización occidental, los torreones y las torres y las
chimeneas, salen volando del pelo de Mona. Una moneda del I Ching pasa como una
bala a nuestro lado.
Helen
la mira y dice:
—Supongo
que Mona ha conseguido su hechizo de vuelo.
Mi
busca empieza a sonar otra vez. Es el mismo número del detective de policía. Un
nuevo salvador me sigue los talones.
Cuanta
más gente muere, menos cambian las cosas.
Apago
el busca.
Y
mirando cómo Mona pasa gritando, Helen dice:
—¿Malas
noticias?
Le
digo que no es nada importante.
Con
sus zapatos de color rosa y tacón alto, Helen rebusca en el barro y el serrín,
pisando los cables eléctricos negros.
Yo
extiendo la mano y le digo:
—Agárrese.
Ella
la coge. Y yo no la suelto. Y a ella no parece importarle. Y caminamos cogidos
de la mano. Y es agradable.
Solamente
le quedan unos pocos anillos grandes, así que no es tan doloroso como puede
parecer.
Las
atracciones de feria pasan volando a nuestro alrededor, luces blancas como
diamantes, verdes como esmeraldas, rojas como rubíes, azules como turquesas y
como zafiros, amarillas como limones, anaranjadas como el color miel del ámbar.
Sale música rock de altavoces instalados en postes por todas partes.
Estos
rockadictos. Estos silenciofóbicos.
Le
pregunto a Helen cuándo fue la última vez que se subió a una rueda gigante.
Por
todas partes hay hombres y mujeres cogidos de la mano, besándose. Se dan de
comer entre ellos trozos de algodón de azúcar rosa. Caminan unos al lado de los
otros, cada uno con la mano embutida en el bolsillo trasero de los vaqueros
ajustados del otro.
Helen
mira la multitud y dice:
—No
se lo tome a mal, pero ¿cuándo fue la última vez para usted?
¿La
última vez de qué?
—Ya
sabe.
No
estoy seguro de que mi última vez cuente, pero debe de hacer dieciocho años.
Y
Helen sonríe y dice:
—No
me extraña que ande así de raro —dice—. Yo ya llevo más de veinte años desde
John.
En
el suelo, en medio del serrín y los cables, hay una página arrugada de
periódico. Un anuncio a tres columnas dice:
ATENCIÓN,
CLIENTES DE LA AGENCIA INMOBILIARIA HELEN BOYLE
El
anuncio dice:
«¿Le
han vendido una casa encantada? De ser así, por favor, llame al siguiente
número para entablar un pleito por demanda colectiva».
Luego
el número del teléfono móvil de Ostra. Luego digo: Por favor, Helen, ¿por qué
le contó esa historia?
Helen
mira el anuncio del periódico. Con el zapato de color rosa lo hunde en el barro
y dice:
—Por
la misma razón por la que no lo maté. A veces podía ser encantador.
Al
lado del anuncio, cubierta de barro, hay la foto de otra modelo muerta.
Helen
mira la rueda gigante, un anillo de tubos fluorescentes rojos y blancos que
sostienen asientos que se balancean llenos de gente. Helen dice:
—Esa
parece practicable.
Un
hombre detiene la rueda y todas las cabinas se colocan en un sitio mientras
Helen y yo nos sentamos en el cojín de plástico rojo y el hombre nos coloca una
barra de seguridad y nos la cierra encima de las piernas. Retrocede y acciona
una palanca y el enorme motor diésel arranca. La rueda gigante experimenta una
sacudida como si estuviera rodando hacia atrás y Helen y yo subimos a la
oscuridad.
A
medio ascenso hacia la noche, la rueda se detiene con una sacudida. Nuestro
asiento se balancea y Helen se agarra con fuerza a la barra de seguridad. Un
diamante solitario se le suelta del dedo y cae lanzando destellos por entre los
puntales y las luces, por entre los colores y las caras, hasta los mecanismos
de la máquina.
Helen
se lo queda mirando y dice:
—Vaya,
ese costaba unos treinta y cinco mil dólares.
Le
digo que tal vez no le pase nada. Es un diamante.
Y
Helen dice que ese es el problema. Que las piedras preciosas son las cosas más
duras de la tierra, pero que a pesar de todo se rompen. Pueden soportar presión
constante, pero un impacto repentino y brusco puede hacerlas polvo.
Por
el suelo de la avenida, Mona aparece corriendo por el suelo de serrín y se
queda debajo de nosotros, agitando los dos brazos. Salta sin moverse del sitio
y grita:
—¡Yujuuu!
¡Eh, Helen!
La
rueda experimenta una sacudida y arranca otra vez. El asiento se inclina y el
bolso de Helen empieza a caerse pero ella lo agarra a tiempo. La piedra gris
sigue en su interior. El regalo del aquelarre de Ostra. En lugar del bolso, lo
que se le cae del asiento es la agenda, y empieza revolotear por el aire, hasta
aterrizar sobre el serrín. Mona corre y lo recoge.
Mona
se golpea la agenda contra el muslo para quitarle el serrín, luego la agita en
el aire para enseñar que no le ha pasado nada.
Helen
dice:
—Gracias
a Dios que tenemos a Mona.
Yo
le digo: Mona me dijo que planeaba matarme.
Y
Helen dice:
—Ella
me dijo que usted quería matarme.
Los
dos nos quedamos mirándonos.
Yo
digo: Gracias a Dios que tenemos a Mona.
Y
Helen me dice:
—¿Me
compra usted una mazorca rebozada de caramelo?
En
el suelo, más y más lejos, Mona está pasando las páginas de la agenda. Cada
día, el nombre del objetivo político de Helen.
Mirando
hacia arriba, desde las luces de colores y a medida que nos adentramos en el
cielo nocturno, nos vamos acercando a las estrellas. Mona dijo una vez que las
estrellas son la mejor parte de estar vivo. Por otro lado, en el sitio adonde
va la gente después de morir no se pueden ver las estrellas.
Piensen
en el espacio exterior profundo, en el frío y el silencio increíbles. En el
paraíso donde el silencio ya es bastante recompensa.
Le
digo a Helen que necesito volver a casa y solucionar algo. Que tiene que ser
deprisa, antes de que las cosas empeoren.
Las
modelos muertas. Nash. Los detectives de policía. Todo. No tengo ni idea de
cómo descubrió el hechizo sacrificial.
Nos
elevamos más, más lejos todavía de los olores, del ruido del motor diésel. Nos
elevamos hacia el frío y hacia el silencio. Mona, leyendo la agenda, se vuelve
más pequeña. Las multitudes, con su dinero y sus codos y sus sombreros de
cowboy, se vuelven más pequeñas. Los tenderetes de comida y los lavabos
portátiles se vuelven más pequeños. Los gritos y la música rock se alejan.
En
lo alto, nos detenemos con una sacudida. Nuestro asiento se balancea cada vez
menos hasta que nos quedamos quietos. A esta altura, la brisa carda y crepa la
burbuja rosa de pelo de Helen. El neón y la grasa y el barro tienen un aspecto
perfecto desde aquí arriba. Perfecto, seguro y feliz. La música no es más que
un chumba, chumba apagado.
Así
es como nos debe de ver Dios.
Helen
mira las atracciones, los colores en rotación y los gritos, y dice:
—Me
alegro de que me descubriera usted. Creo que siempre confié en que alguien lo
hiciera. —Y dice—: Me alegro de que fuera usted.
Le
digo que su vida no está tan mal. Tiene sus joyas. Tiene a Patrick.
—Con
todo —dice—, es agradable tener a una persona que conoce todos tus secretos.
Su
traje es azul claro, pero no azul como un huevo de tordo normal. Es azul como
un huevo de tordo que uno se encuentra y se preocupa de que no vaya a salir el
polluelo porque está muerto en el interior. Y luego sí que sale, y uno se
preocupa de qué hacer entonces.
En
la barra de seguridad cerrada sobre nosotros, Helen pone su mano sobre la mía y
dice:
—Señor
Streator, ¿es que no tiene usted nombre de pila?
Carl.
Carl,
le digo. Me llamo Carl Streator.
Le
pregunto por qué dijo que soy de mediana edad.
Y
Helen se ríe y dice:
—Porque
lo es. Los dos lo somos.
La rueda
experimenta otra sacudida y volvemos a bajar.
Y le
digo que sus ojos. Que son azules.
Y
esta es mi vida.
De
vuelta abajo, el empleado de la feria abre la barra de seguridad y le doy la
mano a Helen para que se baje del asiento. El serrín es fino y blando, y
nosotros cojeamos y nos tambaleamos entre la multitud, cogidos de la cintura.
Llegamos hasta donde Mona y ella sigue leyendo la agenda.
—Hora
de comerse una mazorca con caramelo —dice Helen—. Carl nos la va a comprar.
Y
con la agenda en las manos, Mona levanta la vista. Con la boca entreabierta,
parpadea una vez, dos veces, tres veces, deprisa. Suspira y dice:
—¿Os
acordáis del grimorio que estábamos buscando? —dice—. Creo que acabamos de
encontrarlo.
34
Hay
brujas que escriben sus conjuros con runas, códigos secretos de símbolos. De
acuerdo con Mona, hay brujas que escriben al revés para que el conjuro
solamente pueda leerse usando un espejo. Escriben conjuros en espiral,
empezando en el centro de la página y trazando una curva hacia el exterior.
Algunas escriben como en las tablillas de maldiciones de la antigua Grecia, con
una línea de izquierda a derecha, la siguiente de derecha a izquierda y la
siguiente de izquierda a derecha. A esto lo llaman forma de boustrophedon
porque imita el recorrido de un lado para otro de un buey uncido. Para imitar a
una serpiente, dice Mona, algunas escriben cada línea en una dirección
distinta.
La
única norma es que el conjuro tiene que ser enrevesado. Cuanto más oculto y más
enrevesado, más poderoso es el conjuro. Para las brujas, los mismos enredos son
mágicos. Dibujan o esculpen al dios mago Hefesto con las piernas retorcidas.
Cuanto
más enrevesado el conjuro, más va a retorcer y perjudicar a la víctima. Más la
confundirá. Ocupará su atención. Se tambalearán. Perderán el equilibrio. No
podrán concentrarse.
Igual
que el Gran Hermano con todas sus canciones y bailes.
En
el aparcamiento de grava, a medio camino entre la feria y el coche de Helen,
Mona sostiene la agenda de forma que las luces de la feria brillen a través de
una página. Al principio, lo único que se ven son las anotaciones de Helen para
ese día. El nombre «Capitán Antonio Cappelle» y una lista de citas de la
inmobiliaria. Luego se ve un dibujo muy débil en el papel, palabras rojas,
frases amarillas, párrafos azules, a medida que las luces de cada color pasan
por detrás de la página.
—Tinta
invisible —dice Mona, sosteniendo la página.
Es
débil como una filigrana, escritura fantasma.
—Lo
que me llamó la atención fue la encuadernación —dice Mona.
La
cubierta y la encuadernación son de cuero rojo oscuro, casi negro por culpa de
tanto manosearlas.
—Es
piel humana —dice Mona.
Fue
en casa de Basil Frankie, dice Helen. Me pareció un libro antiguo bonito. Un
libro en blanco. Lo compré junto con la finca de Frankie. En la cubierta hay
una estrella de cinco puntas.
—Un
pentagrama —dice Mona—. Y antes de ser un libro, esto era el tatuaje de
alguien. Este bultito —dice, tocando un punto en el lomo del libro— es un
pezón.
Mona
cierra el libro y se lo tiende a Helen y le dice:
—Toca
—dice—. Esto es más que antiguo.
Y
Helen abre el bolso y saca un par de guantes blancos con un botoncito en el
puño. Dice:
—No,
cógelo tú.
Mona
mira el libro abierto en sus manos y pasa las páginas hacia delante y hacia
atrás. Dice:
—Si
supiera qué clase de tinta han usado, sabría cómo leerlo.
Si
es amoníaco o vinagre, dice, hierves una col roja y frotas el caldo para teñir
la tinta de color púrpura.
Si
es semen, puedes leerlo bajo una luz fluorescente.
Le
pregunto si la gente escribe conjuros con sus poluciones.
Y
Mona dice:
—Solamente
la clase más poderosa de hechizos.
Si
está escrito en una solución muy clara de maicena, podría usar tintura de yodo
para hacer aparecer las letras.
Si
fuera zumo de limón, dice, hay que calentar las páginas para teñir la tinta de
marrón.
—Intenta
probarlo —dice Helen—. Para ver si es amargo.
Y
Mona cierra el libro de golpe.
—Es
el libro de una bruja de mil años de antigüedad encuadernado en piel momificada
y probablemente escrito con semen de la antigüedad. —Y le dice a Helen—: Lámelo
tú.
Y
Helen dice:
—Muy
bien, ya lo pillo. Por lo menos, intenta traducirlo deprisa.
Y
Mona dice:
—Yo
no soy quien lo ha estado llevando encima durante diez años. Yo no soy quien lo
ha estado estropeando y escribiendo encima de todo. —Coge el libro con ambas
manos y se lo da bruscamente a Helen—. Es un libro antiguo. Está escrito en
formas arcaicas de griego y latín, además de algunas clases olvidadas de runas
—dice—. Voy a necesitar tiempo.
—Ten
—dice Helen, y abre el bolso. Saca un cuadrado doblado de papel, se lo da a
Mona y dice—: Aquí hay una copia del conjuro sacrificial. Un hombre llamado
Basil Frankie tradujo esta parte. Si puedes hacerlo coincidir con uno de los
conjuros del libro, puedes usarlo como clave para traducir todos los conjuros
que estén en el mismo idioma. —Y dice—: Como la piedra Rosetta.
Y
Mona extiende la mano para coger el papel doblado.
Y yo
se lo quito de la mano a Helen y pregunto por qué estamos teniendo esta
discusión. Les digo que mi idea era quemar el libro. Abro el papel y es la
página 27 robada de una biblioteca y les digo que necesitamos pensar sobre
esto.
Le
pregunto a Helen si está segura de querer hacerle eso a Mona. Ese conjuro ha
arruinado nuestras vidas, digo, además, lo que sepa Mona lo va a saber Ostra.
Helen
está flexionando los dedos dentro de los guantes blancos. Se abotona los puños,
extiende una mano hacia Mona y dice:
—Dame
el libro.
—Puedo
hacerlo —dice Mona.
Helen
agita la mano en dirección a Mona y dice:
—No,
es mejor así. El señor Streator tiene razón. Va a cambiar las cosas para ti.
El
aire de la noche está lleno de gritos lejanos y colores resplandecientes.
Y
Mona dice que no y coge el libro con las dos manos y se lo aprieta contra el
pecho.
—¿Lo
ves? —dice Helen—, Ya ha empezado. Cuando hay la posibilidad de un poco de
poder, ya quieres más.
Le
digo a Mona que le dé el libro a Helen.
Y
Mona nos da la espalda y dice:
—Yo
soy quien lo ha encontrado. Soy la única que puede leerlo. —Se gira para
mirarme por encima del hombro y dice—: Usted, usted solamente quiere destruirlo
para vender la historia. Quiere resolverlo todo para que sea seguro hablar de
ello.
Y
Helen dice:
—Mona,
cariño, no hagas eso.
Y
Mona se gira para mirar por encima del otro hombro a Helen y dice:
—Tú
solamente lo quieres para dominar el mundo. Solamente te importa la parte
monetaria de las cosas. —Encoge los hombros hacia delante hasta que parece
envolver el libro con todo el cuerpo, lo mira y dice—: Soy la única que lo
aprecia por lo que es.
Y le
digo que escuche a Helen.
—Es
un Libro de Sombras —dice Mona—. Un Libro de Sombras de verdad. Pertenece a una
bruja de verdad. Dejadme que lo traduzca. Os contaré lo que descubra. Lo
prometo.
Yo
doblo el conjuro sacrificial de Helen y me lo meto en el bolsillo de atrás. Me
acerco un paso a Mona. Miro a Helen y ella asiente.
Todavía
dándonos la espalda, Mona dice:
—Traeré
de vuelta a Patrick. —Y dice—: Traeré de vuelta a todos los niños.
Yo
la agarro por la cintura desde detrás y la levanto. Mona grita, me clava los
talones en los tobillos y se retuerce de un lado a otro, todavía agarrando el
libro, y yo le paso las manos por debajo de los brazos hasta que consigo
tocarlo, hasta tocar piel humana. El pezón muerto. Los pezones de Mona. Mona
grita y me clava las uñas en las manos, en la piel blanda de entre los dedos.
Ella me araña la piel del dorso de las manos hasta que la tengo cogida de las
muñecas y le separo los brazos y se los alejo del cuerpo. El libro cae y sus
piernas lo alejan de una patada y en el aparcamiento a oscuras, con todos los
gritos lejanos, nadie se entera de nada.
Esta
es la vida que he conseguido. Esta es la hija que sabía que algún día perdería.
Por un novio. Por las malas notas. Por drogas. De alguna forma esta ruptura
siempre tiene lugar. Esta lucha de poder. No importa lo genial que creas que
vas a ser como padre, siempre acabarás estando aquí.
A la
gente que amas se le pueden hacer cosas peores que matarlos.
El
libro aterriza en una nube de polvo y grava.
Y yo
le grito a Helen que lo coja.
En
el momento en que Mona queda libre, Helen y yo retrocedemos. Helen agarrando el
libro, yo mirando a ver si hay alguien cerca.
Con
los puños cerrados, Mona se nos acerca, con el pelo rojo y negro colgando sobre
la cara. Tiene las cadenas plateadas y los amuletos enredados en el pelo. El
vestido de color naranja retorcido sobre el cuerpo, el cuello del vestido
torcido a un lado de forma que se le ve el hombro desnudo. Se le han caído las
sandalias al sacudir los pies, de forma que está descalza. Sus ojos bajo la
maraña oscura de su pelo, sus ojos reflejan las luces de la feria, los gritos a
lo lejos podrían ser los ecos de sus gritos sonando una y otra vez,
eternamente.
Su
aspecto es perverso. Una bruja perversa. Una hechicera. Retorcida. Ya no es mi
hija. Ahora es alguien a quien nunca podría entender. Una extraña.
Y
ella dice entre dientes:
—Podría
mataros. Podría hacerlo.
Yo
me peino con los dedos. Me estiro la corbata y me aliso la pechera de la
camisa. Y cuento uno, cuento dos, cuento tres, y le digo que no, pero que
nosotros podemos matarla a ella. Le digo que le debe una disculpa a la señora
Boyle.
Esto
es lo que te venden como amor severo.
Helen
está de pie, sosteniendo el libro en sus manos enfundadas en guantes blancos,
mirando a Mona.
Mona
no dice nada.
El
humo de los generadores de diésel, los gritos y la música rock y las luces de
colores, todo contribuye a llenar el silencio. Las estrellas del cielo nocturno
no dicen nada.
Helen
se gira en mi dirección y dice:
—Estoy
bien. Vámonos de aquí.
Saca
las llaves de su coche y me las da. Helen y yo damos media vuelta y echamos a
andar. Pero yo miro atrás y veo a Mona riendo tapándose la boca con las manos.
Se
está riendo.
Mona
deja de reír cuando yo la veo, pero su sonrisa sigue ahí.
Y le
digo que se borre esa sonrisita de la cara. Le pregunto qué demonios es lo que
le hace sonreír.
35
Yo
estoy al volante, Mona va en el asiento de atrás con los brazos cruzados. Helen
va en el asiento del pasajero a mi lado, con el grimorio abierto sobre el
regazo, pasando las páginas contra su ventanilla para poder verlas al trasluz.
En el asiento delantero entre nosotros, su teléfono móvil está sonando.
En casa,
dice Helen, todavía tiene todos los libros de referencia de la casa de Basil
Frankie. Incluyendo diccionarios bilingües de griego, latín y sánscrito. Hay
libros sobre escritura cuneiforme antigua. Todas las lenguas muertas. En alguno
de esos libros habrá algo para traducir el grimorio. Usando el hechizo
sacrificial como una especie de clave, como piedra Rosetta, podrá traducirlos
todos.
Y el
teléfono móvil de Helen suena.
En
el retrovisor, Mona se hurga la nariz y aplasta la pelotilla sobre la pernera
de sus vaqueros hasta convertirla en una bola dura y oscura. Levanta la vista
de su regazo, con los ojos en blanco, despacio, hasta mirar la nuca de Helen.
El
teléfono móvil de Helen suena.
Y
Mona tira la pelotilla a la parte trasera del pelo rosa de Helen.
Y el
teléfono móvil de Helen suena. Sin dejar de mirar el grimorio, Helen empuja el
teléfono sobre el asiento hasta que me da contra el muslo y dice:
—Diles
que estoy ocupada.
Podría
ser el Departamento de Estado con su próximo encargo. Podría ser algún otro
gobierno, alguna otra intriga que llevar a cabo. Un magnate de la droga al que
liquidar. O un criminal profesional al que retirar de circulación.
Mona
abre su Libro Espejo de brocado verde, su diario de bruja, en el regazo, y
empieza a escribir en él con rotuladores de colores.
Hay
una mujer al teléfono.
Es
una dienta, le digo a Helen. Sostengo el teléfono contra el pecho y le digo que
la mujer dice que anoche le cayó una cabeza cortada por la escalera principal.
Sin
dejar de leer el grimorio, Helen dice:
—Debe
de ser la casa estilo colonial holandés de cinco dormitorios de Feeney Drive.
—Y dice—: ¿Desapareció antes de aterrizar en el vestíbulo?
Lo
pregunto.
Le
digo a Helen que sí, que desapareció en mitad de la escalera. Que era una cabeza
sanguinolenta y asquerosa con una sonrisa burlona.
La
mujer dice algo al teléfono.
Y
con los dientes rotos, le digo. Parece muy preocupada.
Mona
está escribiendo con tanta fuerza que los rotuladores de colores chirrían sobre
el papel.
Y
sin dejar de leer el grimorio, Helen dice:
—Ha
desaparecido. Fin del problema.
La
mujer al teléfono dice que sucede todas las noches.
—Pues
que llame a un exterminador —dice Helen. Mira otra página al trasluz y dice—:
Dile que no estoy.
El
dibujo que está haciendo Mona en su Libro Espejo representa a un hombre y una
mujer alcanzados por un relámpago, luego atropellados por un tanque, luego
desangrándose por los ojos. Se les salen los sesos por las orejas. La mujer
lleva un traje a medida y un montón de joyas. El hombre, corbata azul.
Yo
cuento uno, cuento dos, cuento tres...
Mona
coge al hombre y a la mujer y los rompe en pedacitos.
El
teléfono vuelve a sonar y lo cojo.
Sostengo
el teléfono contra el pecho y le digo a Helen que es un tipo. Que dice que de su
ducha sale sangre.
Sosteniendo
el grimorio contra la ventanilla, Helen dice:
—Es
la casa de seis dormitorios de Pender Court.
Y
Mona dice:
—De
Pender Place. La de Pender Court tiene la mano cortada que sale a rastras del
depósito de la basura.
Abre
un poco la ventanilla y empieza a tirar al hombre y a la mujer hechos pedacitos
por la obertura.
—Tú
hablas de la mano cortada de Palm Corners —dice Helen—. Pender Place tiene el
dóberman fantasma que muerde.
Le
pido al hombre del teléfono que por favor espere. Pulso el botón rojo de
espera.
Mona
pone los ojos en blanco.
—El
fantasma que muerde está en la casa española frente a Millstone Boulevard.
Empieza
a escribir algo con un rotulador rojo, a escribir de forma que las palabras van
en espiral desde el centro de la página.
Y yo
cuento nueve, cuento diez, cuento once...
Helen
mira con los ojos entornados las líneas de escritura apenas visible de la
página que está mirando al trasluz y dice:
—Diles
que me he retirado del negocio inmobiliario. —Pasa el dedo por debajo de cada
palabra apenas visible y dice—: La gente de Pender Court tiene hijos
adolescentes, ¿verdad?
Lo
pregunto y el hombre del teléfono dice que sí.
Y
Helen se gira hacia el asiento de atrás donde Mona está tirando otra pelotilla
y dice:
—Entonces
diles que una bañera llena de sangre humana es el menor de sus problemas.
Le
digo que por qué no nos limitamos a seguir nuestro camino. Podemos pasar por
unas cuantas bibliotecas más. Ver lugares pintorescos. Tal vez otra feria. Un
monumento nacional. Podemos reírnos un rato, relajarnos. Antes éramos una
familia, podemos volver a serlo. Todavía nos queremos, hablando
hipotéticamente. Les pregunto qué les parece la idea.
Mona
se inclina hacia delante y me arranca unos cuantos pelos de la cabeza. Se
inclina otra vez y arranca unos pelos de color rosa de Helen.
Y
Helen se echa sobre el grimorio y dice:
—Mona,
me has hecho daño.
En
mi familia, les digo, mis padres y yo podíamos solucionar casi cualquier
disputa con una buena partida de parchís.
Mona
mete los mechones castaños y rosados dentro de la página escrita en espiral.
Y yo
le digo a Mona que no quiero que cometa los mismos errores que cometí yo. La
miro por el retrovisor y le digo que cuando yo tenía su edad dejé de hablar con
mis padres. Y que apenas he hablado con ellos en veinte años.
Y
Mona clava un imperdible de bebé en la página doblada con nuestro cabello
dentro.
El
teléfono de Helen suena y esta vez es un hombre. Un joven.
Es
Ostra. Y antes de que pueda colgar, dice:
—Eh,
papi. Asegúrese de leer el periódico de mañana. —Y dice—: He puesto una pequeña
sorpresa para usted.
Y
dice:
—Ahora,
déjeme hablar con Zarzamora.
Le
digo que se llama Mona. Mona Sabbat.
—Se
llama Mona Steinner —dice Helen, sosteniendo una página del grimorio al
trasluz, intentando leer la escritura secreta.
Y
Mona dice:
—¿Es
Ostra?
Desde
el asiento de atrás, extiende los brazos a ambos lados de mi cabeza intentando
agarrar el teléfono y dice:
—Déjeme
hablar. —Y grita—: ¡Ostra! ¡Ostra, tienen el grimorio!
Yo
intento no perder el control del coche, que está haciendo eses por la
autopista, y cierro el teléfono.
36
En
lugar de la mancha del techo de mi apartamento, hay una zona enorme pintada de
blanco. Pegada a mi puerta con una chincheta hay una nota del casero. En lugar
de ruido hay un silencio total. La alfombra cruje por todos los trocitos de
plástico, las puertas rotas y los arbotantes. Se oyen zumbar los filamentos de
todas las bombillas. Se oye el tictac de mi reloj de pulsera.
En
mi nevera se ha agriado la leche. Tanto dolor y sufrimiento para nada. El queso
está hinchado y azul por el moho. Un paquete de hamburguesas se ha vuelto gris
dentro de su envoltorio de plástico. Los huevos tienen buen aspecto, pero no
están buenos, no pueden estarlo después de tanto tiempo. Todo el esfuerzo y la
tristeza que culminaron en esta comida se va a ir a la basura. Las
contribuciones de todas las tristes vacas y terneras se van al garete.
La
nota de mi casero dice que la zona blanca del techo es una capa de imprimación.
Que cuando se seque pintarán todo el techo. La calefacción está al máximo para
secar más deprisa la capa de imprimación. La mitad del agua del retrete se ha
evaporado. Las plantas están secas como el papel. El sifón de debajo del
fregadero está medio vacío y se ha condensado gas de las cloacas. Mi viejo
estilo de vida, todo lo que llamo mi casa, huele a mierda.
La
capa de imprimación es para evitar que siga filtrándose por el techo lo que
queda de mi vecino de arriba.
Fuera,
en el mundo, sigue habiendo treinta y nueve ejemplares del libro de poemas sin
destruir. En bibliotecas, en librerías, en casas. Unas docenas más o menos, no
lo sé.
Hoy
Helen ha ido a su despacho. Allí es donde la he dejado, sentada a su mesa con
diccionarios abiertos por todas partes, diccionarios de griego, de latín y de
sánscrito, diccionarios bilingües. Tiene un frasco de tintura de yodo y está
usando un algodoncito para frotar la escritura y volver rojas las palabras
invisibles.
Usando
algodoncitos, Helen está frotando el jugo de una col roja sobre otras palabras
para volverlas de color púrpura.
Al
lado de los frasquitos y de los algodoncitos y de los diccionarios hay una
lámpara con mango. Un cable une la lámpara a un enchufe en la pared.
—Un
fluoroscopio —dice Helen—, Alquilado. —Enciende un interruptor que hay al lado
y sostiene la luz sobre el grimorio, pasando las páginas hasta que una de ellas
aparece llena de palabras de color rosa resplandeciente—. Esta está escrita con
semen.
La
caligrafía es distinta para cada conjuro.
Sentada
a su mesa en el vestíbulo, Mona no ha dicho una palabra amable desde la feria.
El escáner de la policía va diciendo un código de emergencia detrás de otro.
Helen
llama a Mona:
—¿Qué
palabra puede usarse para decir «demonio»?
Y
Mona dice:
—Helen
Hoover Boyle.
Helen
me mira y dice:
—¿Has
visto el periódico de hoy?
Aparta
unos cuantos libros y debajo aparece un periódico. Lo hojea y en la última
página de la primera sección hay un anuncio a página completa. La primera línea
dice:
ATENCIÓN,
¿HA VISTO A ESTE HOMBRE?
La
mayor parte de la página está ocupada por una foto vieja de mí, una foto de mi
boda, conmigo y Gina sonriendo hace veinte años. Tiene que haberla sacado de
nuestro viejo anuncio de boda en alguna vieja edición de sábado. Nuestra
declaración pública de compromiso y de amor mutuo. Nuestro juramento. Nuestros
votos. El viejo poder de las palabras. Hasta que la muerte nos separe.
Debajo,
el texto del anuncio dice:
«La
policía está buscando actualmente a este hombre para interrogarlo en relación
con varias muertes recientes. Tiene cuarenta años, mide metro ochenta, pesa
unos ochenta y cinco kilos y tiene el pelo castaño y los ojos verdes. No va
armado pero debe ser considerado peligrosísimo».
El
hombre de la foto es tan joven e inocente. No soy yo. La mujer está muerta. Las
dos personas de la foto son fantasmas.
Debajo
de la foto dice:
«Ahora
se hace llamar Carl Streator. A menudo lleva corbata azul.»
Debajo,
dice:
«Si conoce
su paradero, por favor, llame al 911 y pregunte por la policía.»
No
sé si el anuncio lo ha puesto Ostra o la policía.
Helen
y yo estamos aquí, mirando la foto, y Helen dice:
—Tu
mujer era muy guapa.
Y yo
le digo que sí, que lo era.
Los
dedos de Helen, su traje amarillo, su escritorio de anticuario labrado y
barnizado, todo está manchado y emborronado de rojo y de púrpura por la tintura
de yodo y el agua de col. Las manchas huelen a amoníaco y a vinagre. Sostiene
el fluoroscopio sobre el libro y lee las poluciones de la Antigüedad.
—Aquí
tengo un conjuro de vuelo —dice—, Y uno de estos podría ser un conjuro de amor.
—Pasa las hojas y cada página huele a pedo de col o a amoníaco de orina—. El
conjuro sacrificial —dice—. Es este de aquí. En zulú antiguo.
En
el vestíbulo, Mona está hablando por teléfono.
Helen
me coge del brazo y me aparta, me aparta a un paso de su mesa y dice:
—Mira
esto. —Y se queda ahí, con las dos manos apoyadas en las sienes y los ojos
cerrados.
Le
pregunto qué se supone que tiene que pasar.
Mona
cuelga el teléfono en el vestíbulo.
El
grimorio abierto sobre el escritorio de Helen cambia de posición. Se levanta
una esquina, luego la otra esquina. Empieza cerrándose solo, luego se abre, se
cierra y se abre, cada vez más deprisa hasta que se eleva sobre la mesa. Con
los ojos cerrados, los labios de Helen articulan palabras en silencio.
Meciéndose y aleteando, el libro es un estornino negro brillando, suspendido
cerca del techo.
Y el
escáner de la policía dice:
—Unidad
diecisiete. —Y dice—: Por favor, acuda al cinco mil seiscientos ochenta de
Weeden Avenue, Northeast, a la Agencia Inmobiliaria Helen Boyle, y detenga a un
hombre adulto para interrogarlo...
El
grimorio golpea la mesa con un ruido brusco. Salen tintura de yodo, amoníaco,
vinagre y jugo de col despedidos por todas partes. Caen papeles y libro por el
suelo.
Helen
grita:
—¡Mona!
Yo
le digo que no la mate, que por favor no la mate.
Helen
me agarra la mano con la mano manchada y dice:
—Creo
que es mejor que te vayas de aquí. —Y dice—: ¿Recuerdas dónde nos vimos por
primera vez? —Me dice en susurros—: Reúnete ahí conmigo esta noche.
En
mi apartamento, toda la cinta de mi contestador está gastada. En mi buzón, las
facturas están tan apretadas que tengo que sacarlas con un cuchillo para la
mantequilla.
Sobre
la mesa de la cocina hay un centro comercial a medio construir. Incluso sin la
foto de la caja, se nota lo que es porque están ya construidos los
aparcamientos. Las paredes están en su sitio. Las ventanas y las puertas
colocadas a un lado, con los cristales ya puestos. Los paneles del techo y los
sistemas de calefacción y refrigeración siguen en la caja. Los jardines están
en una bolsa de plástico sin abrir.
No
se oye nada a través de las paredes del apartamento. A nadie. Después de
semanas en la carretera con Helen y Mona, me había olvidado de lo precioso que
es el silencio.
Enciendo
la televisión. Están poniendo una comedia en blanco y negro sobre un hombre que
vuelve de entre los muertos convertido en muía. Se supone que tiene algo que
enseñar a alguien. Para salvar su propia alma. El espíritu de un hombre
ocupando el cuerpo de una muía.
Mi
busca suena otra vez, la policía, mis salvadores, azuzándome hacia la
salvación.
La
policía o el encargado, este sitio debe de haber estado sometido a alguna clase
de vigilancia.
En
el suelo, esparcidos por todo el suelo, hay los fragmentos destrozados de un
aserradero. Hay las ruinas hechas añicos de una estación de trenes salpicadas
de sangre seca. A su alrededor, el edificio de una clínica dental hecho un
millón de pedazos. Y un hangar de aviones, aplastado. Y una terminal de ferrys,
hecha polvo. Todas las ruinas ensangrentadas y los artefactos que me costaron
tanto trabajo montar, todo esparcido y crujiendo bajo mis zapatos. Lo que queda
de mi vida normal.
Enciendo
el radiorreloj que hay junto a la cama. Sentado con las piernas cruzadas en el
suelo, extiendo un brazo y reúno todos los restos de gasolineras y depósitos de
cadáveres y puestos de hamburguesas y monasterios españoles. Amontono los
pedazos cubiertos de sangre y de polvo y en la radio suena una orquesta de
swing. En la radio suena música folk celta y rap del gueto y música india de
sitar. Amontonadas delante de mí hay partes de sanatorios y de estudios de
cine, montacargas para grano y refinerías de petróleo. En la radio suena música
trance, reggae y valses. Hay montones de partes de catedrales y cárceles y
barracones del ejército.
Con
el pincelito y el pegamento, junto chimeneas y claraboyas y cúpulas geodésicas
y minaretes. Acueductos románicos unidos a buhardillas art déco unidas a
fumaderos de opio unidas a tabernas del Salvaje Oeste unidas a montañas rusas
unidas a bibliotecas de pueblo unidas a casas de urbanización unidas a salas de
conferencias de universidades.
Después
de semanas en la carretera con Mona y Helen, me había olvidado de lo importante
que era la perfección.
En
mi ordenador, hay un borrador del artículo sobre la muerte en la cuna. El
último capítulo. Es la clase de historia que todos los padres y abuelos tienen
demasiado miedo para leer y demasiado miedo para no leer. La verdad es que no
hay información nueva. La idea era mostrar cómo la gente sale adelante. Cómo la
gente sigue con sus vidas. Podemos mostrar el pozo interior profundo de fuerza
y de compasión que toda esa gente descubre. Ese es el enfoque.
Lo
único que sabemos sobre la muerte súbita infantil es que no hay elementos
recurrentes. Un bebé puede morir en brazos de su madre.
El
artículo está sin terminar.
La
mejor manera de echar a perder tu vida es tomar notas. La forma más fácil de
evitar vivir es limitarte a mirar. Buscar detalles. Informar. No participar.
Dejar que el Gran Hermano cante y baile para ti. Ser un reportero. Ser un buen
testigo. Un miembro agradecido del público.
En
la radio, los valses se unen al punk que se une al rock que se une al rap que
se une a los cantos gregorianos que se une a la música de cámara. En la
televisión alguien está enseñando cómo cocer salmón a fuego lento. Alguien está
demostrando por qué se hundió el Bismarck.
Uno
con pegamento ventanas en saliente y bóvedas de arista y bóvedas de cañón y
arquitrabes georgianos y escalinatas y ventanas en triforio y suelos de mosaico
y muros de cerramiento de acero y tejados a dos aguas con las vigas al
descubierto y pilastras jónicas.
En
la radio suena música de percusión africana y canciones de amor francesas, todo
mezclado. En el suelo delante de mí hay pagodas chinas y haciendas mexicanas y
casas coloniales de Cape Cod, todo combinado. En la televisión, un golfista
golpea la bola. Una mujer gana diez mil dólares por saberse la primera línea de
la Declaración de Gettysburg.
La
primera casa que monté era una casa de cuatro pisos con mansarda y dos
escalinatas, una delantera para uso de la familia y otra trasera para el
servicio. Tenía lámparas de araña metálicas y de cristal que se conectaban con
bombillitas. Tenía un suelo de parquet en el comedor que tardé seis semanas en
cortar y pegar pieza a pieza. Tenía un techo en la sala de música donde mi
mujer, Gina, pintó nubes y ángeles, noche tras noche, quedándose despierta
hasta tarde. Tenía una chimenea en el comedor con un fuego que hice con cristal
tallado y una lucecita parpadeante detrás. Montamos la mesa con platitos
diminutos y Gina se quedó hasta tarde por las noches, pintando risas en los
bordes de cada plato. Estar juntos, aquellas noches, sin televisión ni radio,
con Katrin durmiendo, parecía tan importante por entonces. Eran las dos
personas de la foto de bodas. La casa era el regalo del segundo cumpleaños de
Katrin. Todo tenía que ser perfecto. Tenía que ser algo que demostrara nuestra
inteligencia y nuestro talento. Una obra maestra que nos sobreviviera.
El
olor a naranjas con gasolina del pegamento se mezcla con el olor a mierda. En
el pegamento que tengo en los dedos de las manos hay ventanales y porches y
aparatos de aire acondicionado. Hay torniquetes pegados a mi camisa y escaleras
mecánicas y árboles, y enciendo la radio.
Tanto
trabajo y amor y esfuerzo y tiempo, mi vida, todo echado a perder. Todo lo que
confiaba en que me sobreviviría lo he destruido.
Aquella
tarde en que regresé a casa del trabajo y las encontré, dejé la comida en la
nevera. Dejé la ropa en el armario. La tarde en que volví a casa y descubrí lo
que había hecho, aquella tarde destruí mi primera casa. Una heredad sin
heredero. Las lamparitas de araña y el fuego de cristal y los platitos. Fui
dejando un rastro de puertecitas y estanterías y sillas y ventanas y sangre,
pegadas a mis zapatos, hasta el aeropuerto.
Allí
terminó mi rastro.
Y
aquí sentado, se me han acabado las piezas. Las paredes y los techos y las
barandillas. Y lo que hay pegado en el suelo delante de mí es un puñetero
desastre. No es perfecto ni está entero, pero es lo que he hecho con mi vida.
Correcto o no, no sigue ningún plan maestro.
Lo
único que se puede hacer es esperar que aparezcan detalles recurrentes, y a
veces nunca aparecen.
Con
todo, aunque se tenga un plan, solamente se puede conseguir lo mejor que uno
imagina. Y siempre esperé algo mejor que eso.
En
la radio suena una ráfaga de cuernos, el pitido de un teletipo, y una voz de
hombre dice que han encontrado a otra modelo muerta. La televisión muestra una
foto de ella sonriendo. Han detenido a otro novio sospechoso. Otra autopsia
muestra señales de relaciones sexuales post mórtem.
Mi
busca empieza a sonar otra vez. El número de mi busca es mi nuevo salvador.
Con
las manos atiborradas de persianas y puertas, recojo el teléfono. Con los dedos
llenos de tuberías y canalones, marco un número que no puedo olvidar.
Un
hombre contesta.
Y yo
digo: Papá. Le digo: Soy yo, papá.
Le
cuento dónde estoy viviendo. Le digo el nombre que uso ahora. Le digo dónde
trabajo. Le digo que sé lo que parece, por la forma en que murieron Gina y
Katrin, pero que yo no lo hice. Que simplemente me escapé.
Me
dice que ya lo sabe. Que ha visto la foto de boda en el periódico de hoy. Que
sabe quién soy ahora.
Hace
un par de semanas, pasé con el coche por delante de su casa. Le digo que lo vi
a él y a mamá trabajando en el jardín. Yo estaba aparcado en la misma calle,
debajo de un cerezo en flor. Mi coche, el coche de Helen, cubierto de pétalos
de color rosa. Le digo que tanto él como mamá tenían buen aspecto.
Le
digo que yo también lo he echado de menos. Que yo también le quiero. Le digo
que estoy bien.
Le
digo que no sé qué hacer. Pero le digo que todo va a ir bien.
Después,
me quedo escuchando. Espero a que termine de llorar para decir que lo siento.
37
Gartoller
Estate bajo la luz de la luna, una casa estilo georgiano de ocho dormitorios
con siete cuartos de baño y cuatro chimeneas, está toda vacía y blanca. Cada
paso por los suelos pulidos arranca ecos. La casa está a oscuras sin lámparas.
Está fría sin muebles o alfombras.
—Aquí
—dice Helen—, Podemos hacerlo aquí, donde nadie nos vea. —Pulsa un interruptor
a la entrada de una habitación.
El
techo es tan alto que podría ser el cielo. La luz de una araña en lo alto, del
tamaño de un globo atmosférico de cristal, convierte las ventanas altas en
espejos. La luz proyecta nuestras sombras a nuestras espaldas sobre el suelo de
madera. Es el salón de baile de ciento cincuenta metros cuadrados.
Me
he quedado sin trabajo. La policía me busca. Mi apartamento apesta. Mi foto
está a página entera en el periódico. Me he pasado el día escondido en los
matorrales junto a la puerta principal, esperando a que cayera la noche. A que
Helen Hoover Boyle me dijera qué era lo que tenía en la cabeza.
Lleva
el grimorio debajo del brazo. Con las páginas manchadas de púrpura y de rosa.
Lo abre en las manos y me enseña un conjuro, las palabras inglesas escritas en
tinta negra debajo del galimatías extranjero del original.
—Dilo
—dice ella.
¿El
conjuro?
—Léelo
en voz alta.
Y le
pregunto qué efecto tiene.
Y
Helen dice:
—Tú
mira la lámpara de araña.
Empieza
a leerlo, en tono apagado y monótono, como si estuviera contando, como si
fueran números. Empieza a leer y su bolso se eleva desde donde cuelga a la
altura de su cintura y empieza a flotar. Su bolso flota hacia arriba hasta
quedar sujeto a ella por la correa del asa, flotando sobre su cabeza como si
fuera un globo rojo.
Helen
continúa leyendo y mi corbata empieza a flotar delante de mí. Se eleva como una
serpiente saliendo de una cesta y me acaricia la nariz. El dobladillo de la
falda de Helen empieza a subir y ella se lo agarra y lo mantiene quieto, con
una mano, entre las piernas. Sigue leyendo y los cordones de mis zapatos bailan
en el aire. Sus pendientes, de perlas y esmeraldas, flotan junto a sus oídos.
Su collar de perlas flota frente a su cara. Flota sobre su cabeza, como un halo
de perlas.
Helen
levanta la vista para mirarme y sigue leyendo.
Mi
chaqueta deportiva flota por debajo de mis brazos. Helen se está volviendo más
alta. Sus ojos están al nivel de mis ojos. Luego la miro desde abajo. Sus pies
flotan, con los dedos hacia abajo, suspendidos sobre el suelo. Un zapato
amarillo se le cae, luego el otro, y chocan contra el suelo.
Con
la voz todavía monótona y sin inflexiones, Helen me mira y sonríe.
Luego
uno de mis pies no toca el suelo. Mi otro pie pierde contacto y doy una patada
de la forma en que lo hace uno cuando está en aguas profundas, intentando
encontrar el fondo de la piscina. Extiendo los brazos para agarrarme a algo.
Doy una patada y los pies me salen despedidos hacia atrás hasta que estoy
mirando boca abajo al suelo del salón de baile debajo de nosotros, a un metro,
uno y medio, dos metros debajo de mí. Mi sombra y yo nos vamos separando cada
vez más.
Helen
dice:
—Cuidado,
Carl.
Y
algo frío y quebradizo me rodea. Piezas afiladas de algo flojo me envuelven el
cuello y se me enganchan en el pelo.
—Es
la lámpara de araña, Carl —dice Helen—, Ten cuidado.
Con
el culo enterrado en medio de las cuentas y los fragmentos de cristal, quedo
envuelto en un pulpo tembloroso y tintineante. En los brazos fríos de cristal y
las velas falsas. Con los brazos y piernas enredados en las tiras colgantes de
cadenas de cristal. En las pesas de cristal polvoriento. En las telarañas y las
arañas muertas. Una bombilla caliente me quema a través de la manga. A esta
altura del suelo, me entra el pánico y me agarro de un brazo de cristal que cae
en picado, y todo el enredo destellante se balancea y tiembla, haciendo un
ruido de campanillas. Piezas brillantes caen al suelo con ruido de cristales.
Todo el armatoste conmigo dentro se balancea de un lado para otro.
Y
Helen dice:
—Para.
Te lo vas a cargar.
Luego
está a mi lado, flotando justo detrás de una cortina resplandeciente de cuentas
de cristal. Sus labios articulan palabras en silencio. Las uñas de color rosa
de Helen apartan las cuentas y aparece sonriente. Me dice:
—Primero
vamos a ponerte en la dirección correcta.
Ya
no lleva el libro, aparta la lámpara a un lado y avanza nadando en mi
dirección.
Yo
estoy agarrado a un brazo de la araña con las dos manos. El millón de
piececitas parpadeantes se estremecen con cada latido de mi corazón.
—Imagínate
que estás bajo el agua —dice, y me desata el zapato. Me lo quita del pie y lo
deja caer. Con las manos manchadas, me quita el otro zapato y el primero golpea
el suelo con estrépito—. Ven —dice, y me pasa los brazos por debajo de los
míos—. Quítate la chaqueta.
Deja
caer mi chaqueta fuera de la lámpara. Luego mi corbata. Se quita su chaqueta y
la deja caer. A nuestro alrededor, la lámpara es un millón de arco iris
destellantes de cristal emplomado. Recalentados por un centenar de bombillas
diminutas. El olor a polvo quemado de todas esas bombillas calientes. Todo
centelleando y temblando, y nosotros flotando en su centro vacío.
Estamos
flotando en medio de nada más que luz y calor.
Helen
articula sus palabras en silencio y mi corazón se siente lleno de agua
caliente.
Los
pendientes de Helen y todas sus joyas brillan intensamente. Lo único que se oye
es el campanilleo a nuestro alrededor. Nos balanceamos cada vez más y empiezo a
soltarme. Un millón de estrellas tintineantes nos rodean, así es como se debe
de sentir Dios.
Y
esta es mi vida también.
Le
digo que necesito un sitio donde quedarme. Donde esconderme de la policía. No
sé qué hacer ahora.
Helen
me tiende su mano y me dice:
—Ten.
Yo
se la cojo. Y ella no la suelta. Y nos besamos. Y es agradable.
Y
Helen dice:
—Por
ahora, puedes quedarte aquí. —Golpea con una uña de color rosa una bola de
cristal reluciente, tallada y esculpida para proyectar la luz en mil
direcciones distintas. Y dice—: A partir de ahora podemos hacer lo que
queramos. —Y dice—: Lo que sea.
Nos
besamos y me quita los calcetines con los dedos de los pies. Nos besamos y le
desabrocho los botones de la parte de atrás de la blusa. Mis calcetines, su
blusa, mi camisa, sus medias. Algunas cosas caen al suelo lejano. Otras se
enredan y se quedan colgando de la parte inferior de la lámpara.
Mi
pie infectado e hinchado, las costras de las rodillas de Helen causadas por el
ataque de Ostra, no hay forma de esconder estas cosas el uno del otro.
Ya
hace veinte años, pero aquí estoy, en un sitio donde nunca soñé que volvería a
estar, y le digo que me estoy enamorando.
Y
Helen, cálida y brillando en este centro de luz, sonríe, echa la cabeza atrás y
dice:
—Esa
es la idea.
Estoy
enamorado de ella. Enamorado. De Helen Hoover Boyle.
Mis
pantalones y su falda caen revoloteando al montón, los cristales caídos,
nuestros zapatos, todo está en el suelo con el grimorio.
38
Las
puertas de las oficinas de la Inmobiliaria Helen Boyle están cerradas, y cuando
llamo, Mona grita a través del cristal:
—No
está abierto.
Y yo
grito que no soy un cliente.
Dentro,
la encuentro sentada ante su ordenador, tecleando algo. Cada dos golpes a las
teclas, Mona levanta la vista del teclado a la pantalla. En letras enormes en
lo alto de la pantalla pone: «Currículum vitae».
El
escáner de la policía emite un código nueve-doce.
Sin
dejar de teclear, Mona dice:
—No
sé por qué no debería denunciarlo a usted por agresión.
Tal
vez porque Helen y yo le importamos, le digo.
Y
Mona dice:
—No,
no es por eso.
Tal
vez no va a tocar el silbato porque todavía quiere el grimorio.
Y
Mona no dice nada. Se gira en su silla y se levanta un lado de su blusa de
campesina. La piel sobre sus costillas está llena de manchas purpúreas.
Amor
severo.
A
través de la puerta del despacho de Helen, Helen grita:
—Dime
un sinónimo de «atormentado».
Tiene
la mesa cubierta de libros abiertos. Debajo de la mesa lleva un zapato de color
rosa y otro amarillo.
El
sofá de seda rosa, el escritorio labrado Luis XIV de Mona, la mesa de sofá con
patas de león, todo está cubierto de polvo. Los ramos de flores están marchitos
y marrones y el agua está negra y apesta.
El
escáner de la policía emite un código tres-once.
Le
digo que lo siento. Que no estuvo bien agarrarla. Me pellizco la raya de las
perneras de los pantalones y me las levanto para enseñarle los moretones
purpúreos en mis tobillos.
—Eso
es distinto —dice Mona—, Me estaba defendiendo.
Doy
un par de patadas en el suelo y le digo que mi infección está mucho mejor. Le
doy las gracias.
Y
Helen grita:
—¡Mona!
Dime un sinónimo de «masacrado».
Mona
dice:
—Cuando
salga, tenemos que hablar un momento.
En
el despacho, Helen está inclinada sobre un libro abierto. Es un diccionario de
hebreo. Al lado hay una guía de latín clásico. Debajo un libro sobre arameo. Al
lado hay una copia desplegada del conjuro sacrificial. La papelera junto a la
mesa está llena de tazas de café de papel.
Le
digo: Hey.
Y
Helen levanta la vista. Tiene una mancha de café en la solapa verde. El
grimorio está abierto al lado del diccionario de hebreo. Y Helen parpadea una
vez, dos veces, tres veces, y dice:
—Señor
Streator.
Le
pregunto si le gustaría que comiéramos juntos. Todavía necesito ir a por John
Nash, enfrentarme a él. Esperaba que ella me proporcionara algo para darme
ventaja. Quizá un hechizo de invisibilidad. O uno de control mental. Tal vez
algo que no me obligue a matarlo. Doy la vuelta a la mesa para ver qué está
traduciendo.
Y
Helen pone una hoja de papel encima del grimorio y dice:
—Hoy
estoy un poco ocupada. —Con el bolígrafo en una mano, espera. Con la otra
cierra el diccionario. Dice—: ¿No deberías estar escondiéndote de la policía?
Le
digo si quiere ir a ver una película.
Y
ella dice:
—Este
fin de semana, no.
Le
pregunto si quiere que compre entradas para la orquesta sinfónica.
Y
Helen agita una mano entre ambos y dice:
—Haz
lo que quieras.
Le
digo que genial. Que ya tenemos una cita.
Helen
se pone el bolígrafo en el pelo de color rosa detrás de la oreja. Abre otro
libro y lo coloca encima del libro de hebreo. Con un dedo marcando la página
del diccionario, Helen levanta la vista y dice:
—No
es que no me gustes. Es solamente que estoy muy, pero muy ocupada.
Un
nombre asoma de una punta del grimorio abierto. Escrito en el margen de una
página está el nombre de hoy, el objetivo del asesinato de hoy. El nombre es
Carl Streator.
Helen
cierra el grimorio y dice:
—Ya
me entiendes.
El
escáner de la policía emite un código siete-dos.
Le
pregunto si va a venir a verme esta noche a Gartoller Estate. De pie en el
umbral de su despacho, le digo que no puedo esperar a estar de nuevo con ella.
Que la necesito.
Y
Helen sonríe y dice:
—Esa
es la idea.
En
el vestíbulo, Mona me agarra de la muñeca. Coge su bolso, se cuelga la correa
del hombro y grita:
—Helen,
me voy a comer. —Y a mí me dice—: Tenemos que hablar, pero fuera.
Abre
con su llave la puerta para dejarnos salir.
En
el aparcamiento, de pie al lado de mi coche, Mona niega con la cabeza y dice:
—No
tiene usted ni idea de lo que está pasando, ¿verdad?
Que
estoy enamorado. Qué pasa con eso.
—¿De
Helen? —dice. Me chasquea los dedos delante de la cara y dice—: No está
enamorado. —Suspira y dice—: ¿Ha oído hablar alguna vez de los conjuros de
amor?
Por
alguna razón, me viene a la cabeza Nash follándose a mujeres muertas.
—Helen
ha encontrado un hechizo para atraparlo a usted —dice Mona—, Está usted en su
poder. En realidad no la quiere.
¿No?
Mona
me mira fijamente a los ojos y dice:
—¿Cuándo
fue la última vez que pensó usted en quemar el grimorio? —Señala al suelo y
dice—: ¿Es esto lo que llama amor? Solamente es la forma que tiene ella de
dominarlo a usted.
Un
coche se detiene a nuestro lado y aparca. Dentro va Ostra. Se aparta el pelo de
los ojos de una sacudida y se queda sentado tras el volante, mirándonos. Con el
pelo rubio desgreñado en todas direcciones. Dos líneas profundas y paralelas,
las cicatrices de los cortes, le recorren ambas mejillas. Como pinturas de
guerra de color rojo oscuro.
Le
suena el teléfono móvil y Ostra lo contesta:
—Despacho
de abogados Doland, Dimms y Dorn.
La
gran caza del poder.
Pero
es que quiero a Helen.
—No
—dice Mona. Mira a Ostra—, Solamente cree que la quiere. Ella lo ha engañado.
Pero
es amor.
—Hace
mucho más tiempo que conozco a Helen —dice Mona. Se cruza de brazos y se mira
el reloj de pulsera—. No es amor. Es un conjuro dulce y hermoso, pero ella lo
ha convertido en su esclavo.
39
Los
expertos en cultura griega antigua dicen que la gente de aquella época no creía
que sus pensamientos les pertenecieran. Cuando tenían una idea, pensaban que un
dios o una diosa les estaba dando una orden. Que Apolo les estaba diciendo que
fueran valientes.
Que
Atenea les estaba diciendo que se enamoraran.
Ahora
la gente oye un anuncio de patatas fritas con sabor a crema agria y salen
corriendo a comprar.
Entre
la televisión y la radio y los conjuros mágicos de Helen Hoover Boyle, ya no sé
qué es lo que quiero. Ni siquiera sé si creo en mí mismo.
Esta
noche, Helen nos lleva en coche a la tienda de antigüedades, al enorme almacén
donde ya ha mutilado tantos muebles. Está cerrado y a oscuras, pero ella
aprieta la cerradura con la mano y recita un poema breve y la puerta se abre.
No suena ninguna alarma antirrobo. Nada. Estamos deambulando en las
profundidades del laberinto de muebles, con las lámparas de araña oscuras y
desenchufadas suspendidas encima de nosotros. La luz de la luna entra por las
claraboyas.
—¿Ves
qué fácil? —dice Helen—, Podemos hacer lo que sea.
No,
le digo, ella puede hacer lo que sea.
Helen
dice:
—¿Todavía
me quieres?
Si
ella quiere. No sé. Si ella lo dice.
Helen
levanta la vista hacia las arañas, esas jaulas colgantes de cristal y de color
dorado, y dice:
—¿Tienes
tiempo para un polvete?
Y le
digo que tampoco es que tenga opción.
No
conozco la diferencia entre lo que quiero y lo que me han entrenado para
querer.
No
puedo decir lo que realmente quiero y lo que me han engañado para que quiera.
Estoy
hablando de libre albedrío. ¿Lo tenemos, o acaso Dios dicta y escribe todo lo
que hacemos y decimos y queremos? ¿Tenemos libre albedrío o bien los medios de
comunicación de masas y nuestra cultura nos controlan, controlan nuestros
deseos y acciones, desde el momento en que nacemos? ¿Lo tengo yo, o mi mente
está bajo el control del conjuro de Helen?
De
pie delante de un armario estilo Regencia de nogal con vetas oscuras y un
enorme espejo de cristal biselado en la puerta, Helen acaricia las guirnaldas y
los pergaminos labrados y dice:
—Hazte
inmortal conmigo.
Igual
que este mueble, viajando de una vida a otra, viendo morir a todo el mundo que
nos ama. Parásitos. Estos armarios. Helen y yo, las cucarachas de nuestra
cultura.
De
un lado a otro del espejo de la puerta hay una rayadura vieja hecha con su
anillo de diamantes. De la época en que odiaba esta basura inmortal.
Imaginen
la inmortalidad, donde incluso un matrimonio de cincuenta años parecería un
rollo de una noche. Imaginen ver tendencias y modas pasar a su alrededor como
manchas borrosas. Imaginen cambiar de religión, de casa, de dieta, de carrera,
hasta que ninguna de ellas tenga ningún valor. Imaginen viajar por el mundo
hasta aburrirse de cada metro cuadrado. Imaginen sus emociones, sus amores y
odios y rivalidades y victorias, desarrolladas una y otra vez hasta que la vida
no es nada más que un culebrón melodramático. Hasta que contemplan el
nacimiento y la muerte de otra gente sin más emoción que se contemplan las
flores cortadas y marchitas al tirarlas.
Le
digo a Helen que creo que ya somos inmortales.
Ella
dice:
—Tengo
el poder. —Abre el bolso y saca una hoja de papel doblado, abre el papel y
dice—: ¿Has oído hablar de los espejos mágicos?
No
sé lo que sé. No sé qué es verdad. Dudo de que sepa algo en realidad. Le digo
que me lo cuente.
Helen
se quita del cuello un pañuelo de seda y quita el polvo de la enorme puerta con
espejo del armario. Del armario Regencia con grabados en madera de olivo y
accesorios dorados del Segundo Imperio, según dice la tarjeta que hay sujeta
con cinta adhesiva. Y dice:
—Las
brujas untaban un espejo con aceite, luego leían un espejo y podían leer el
futuro en los espejos.
El
futuro, le digo, genial. La cebadilla. El kudzu. La perca del Nilo.
Ahora
mismo ni siquiera estoy seguro de poder leer el presente.
Helen
sostiene en alto el papel y lo lee. Con la voz apagada de recuento que usó para
el hechizo de vuelo, lee unas líneas deprisa. Baja el papel y dice:
—Espejo,
espejo, cuéntanos cuál será el futuro si nos amamos y usamos nuestro nuevo
poder.
—El
nuevo poder de ella.
—Me
he inventado lo de «espejo, espejo» —dice Helen. Me coge la mano con la suya y
me aprieta, pero yo no le devuelvo el apretón. Dice—: Intenté hacer esto en el
despacho con el espejo de mi polvera, pero fue como mirar la televisión con un
microscopio.
En
el espejo, nuestros reflejos se difuminan, las formas se fusionan, el reflejo
se deshace en una superficie gris uniforme.
—Dínoslo
—dice Helen—, Enséñanos nuestro futuro juntos.
Y
aparecen formas en la superficie gris. La luz se funde con las sombras.
—Mira
—dice—. Ahí estamos. Somos jóvenes de nuevo. Puedo hacer eso. Tienes el mismo
aspecto que tenías en el periódico. En la foto de tu boda.
Todo
está tan desenfocado que no sé lo que estoy viendo.
—Y
mira —dice Helen. Señala el espejo con la barbilla—. Dominamos el mundo.
Estamos fundando una dinastía.
«Pero
¿qué es suficiente?», oigo decir a Ostra, a él y su charla sobre
superpoblación.
Poder,
dinero, comida, sexo, amor. ¿Podemos tener suficiente, o conseguir un poco
solamente nos hará ansiar más?
No
puedo reconocer nada dentro del caos en movimiento del futuro. Lo único que veo
es más del pasado. Más problemas, más gente. Menos biodiversidad. Más
sufrimiento.
—Nos
veo juntos para siempre —dice ella.
Le
digo que si eso es lo que ella quiere.
Y
Helen dice:
—¿Qué
se supone que significa eso?
Lo
que ella quiera que signifique, le digo. Ella es quien mueve los hilos. Ella es
quien está plantando sus semillitas. Colonizándome. Ocupándome. Los medios de
comunicación de masas, la cultura, todo me anida bajo la piel. El Gran Hermano
me llena de necesidades.
¿Realmente
necesito una casa grande, un coche veloz, mil compañeras sexuales hermosas?
¿Realmente quiero esas cosas? ¿O he sido adiestrado para quererlas?
¿Son
esas cosas realmente mejores que las cosas que ya tengo? ¿O simplemente he sido
adiestrado para estar insatisfecho con lo que tengo ahora? ¿Estoy simplemente
bajo los efectos de un hechizo que dice que nunca nada es lo bastante bueno?
El
gris del espejo se está mezclando, arremolinándose, podría ser cualquier cosa.
No importa lo que alberga el futuro, al final será una decepción.
Y
Helen me coge de la otra mano. Con mis dos manos cogidas en las suyas, me hace
darme la vuelta y me dice:
—Mírame
—dice—, ¿Te ha dicho algo Mona?
Le
digo que ella se ama a sí misma. Que no quiero que me use más.
Encima
de nosotros hay suspendidas lámparas de araña, soltando destellos plateados
bajo la luz de la luna.
—¿Qué
te ha dicho Mona? —dice Helen.
Y yo
cuento uno, cuento dos, cuento tres...
—No
hagas esto —dice Helen—. Yo te quiero. —Me aprieta las manos y dice—: No me
dejes fuera.
Yo
cuento cuatro, cuento cinco, cuento seis...
—Estás
actuando igual que mi marido —dice—. Solamente quiero que seas feliz.
Eso
es fácil, le digo, solamente tienes que aplicarme un conjuro de felicidad.
Y
Helen dice:
—Ese
conjuro no existe —dice—. Tienen drogas para eso.
No
quiero seguir empeorando el mundo. Quiero intentar arreglar este enredo que
hemos creado. La población. El medio ambiente. El conjuro sacrificial. La misma
magia que estropea mi vida es la que supuestamente puede solucionarla.
—Pero
podemos hacer eso —dice Helen—. Con más conjuros.
Conjuros
para arreglar conjuros para arreglar conjuros, y la vida se vuelve más y más
triste de modos que nunca imaginamos. Ese es el futuro que veo en el espejo.
El
señor Eugene Schieffelin y sus estorninos, Spencer Baird y su carpa, la
historia está llena de gente brillante que quería arreglar las cosas y
solamente las empeoró.
Quiero
quemar el grimorio.
Le
cuento lo que me dijo Mona. Lo de que me ha puesto bajo un hechizo para
convertirme en su esclavo de amor inmortal durante toda la eternidad.
—Mona
está mintiendo —dice Helen.
¿Y
cómo puedo yo saberlo? ¿A quién tengo que creer?
El
gris del espejo, el futuro, tal vez no está claro para mí porque ahora mismo no
hay nada claro para mí.
Y
Helen me suelta las manos. Agita las manos en dirección a los armarios
Regencia, a los escritorios federalistas y a los percheros del Renacimiento
italiano, y dice:
—Pero
si la realidad no es más que un conjuro, y no quieres realmente lo que crees
que quieres... —Acerca su cara a mi cara y dice—: Si no tienes libre albedrío.
No sabes qué sabes en realidad. Realmente no amas a quien solamente crees que
amas. ¿Qué razones te quedan para vivir?
Nada.
Aquí
estamos simplemente los dos con todos los muebles mirando.
Piensen
en el espacio exterior profundo, en el frío y el silencio increíbles donde
esperan sus esposas y sus hijos.
Y le
digo que por favor me dé su teléfono móvil.
El
gris sigue cambiando con movimientos líquidos en el espejo. Helen abre el bolso
y me da el teléfono.
Lo
abro y marco el 911.
Y
una voz de mujer dice:
—¿Policía,
bomberos o urgencias médicas?
Urgencias
médicas, digo.
—¿Dónde
se encuentra? —dice la voz.
Y le
digo la dirección del bar en la Tercera avenida donde Nash y yo nos
encontramos, el bar cerca del hospital.
—¿Y
cuál es la naturaleza de su emergencia médica?
Cuarenta
cheerleaders profesionales con agotamiento por calor. Un equipo de voleibol
femenino necesitado de boca a boca. Un equipo de modelos necesitadas de
exámenes mamarios. Le digo que si tienen a un técnico en emergencias médicas
llamado John Nash, que lo envíen a él. Le digo que si no lo encuentran a él,
que ni se molesten.
Helen
recupera el teléfono. Me mira, parpadea una vez, dos veces, tres veces,
despacio, y dice:
—¿Qué
estás tramando?
Lo
que me queda, tal vez la única forma de encontrar la felicidad, es hacer las
cosas que no quiero hacer. Detener a Nash. Confesar a la policía. Aceptar mi
castigo.
Necesito
rebelarme contra mí mismo.
Es
lo contrario de perseguir tu dicha. Necesito hacer lo que más temo.
40
Nash
se está comiendo un cuenco de chiles. Está en una mesa del fondo del bar de la
Tercera avenida. El barman está tirado sobre la barra, con los brazos colgando
sobre los taburetes. Hay dos hombres y dos mujeres boca abajo sobre una mesa de
un reservado. Sus cigarrillos arden todavía en un cenicero, a medio consumir.
Otro hombre fuera de combate en el umbral de los lavabos. Otro hombre muerto,
extendido sobre la mesa de billar, con el taco todavía en las manos. Detrás de
la barra, una radio emite estática en la cocina. Alguien con un delantal
grasiento está caído boca abajo sobre la parrilla entre las hamburguesas, con
la parrilla chisporroteando y humeando y el humo dulce y grasiento de la cara
del tipo elevándose hasta el techo.
La
vela de la mesa de Nash es la única luz en todo el local.
Y
Nash levanta la vista, con la boca llena de chile rojo, y dice:
—Pensé
que le gustaría tener un poco de intimidad.
Lleva
su uniforme blanco. Un cadáver cercano lleva el mismo uniforme.
—Mi
compañero —dice Nash, señalando al cuerpo. Señala con la cabeza y su coleta, la
pequeña palmera negra, se sacude en lo alto de su cabeza. Manchas de chile rojo
se le escurren por la pechera de su uniforme. Nash dice—: Hacía tiempo que
tenía ganas de sacrificarlo.
Detrás
de mí, la puerta de la calle se abre y un hombre entra. Se queda parado,
mirando. Agita una mano para dispersar el humo y mira a su alrededor y dice:
—¿Qué
coño es esto?
La
puerta de la calle se cierra a su espalda.
Y
Nash hunde la barbilla y se mete dos dedos en el bolsillo de la pechera. Saca
una tarjeta blanca manchada de comida amarilla y roja y lee la canción
sacrificial, con palabras monótonas y sin inflexiones, como alguien que cuenta
en voz alta. Como Helen.
El
hombre del umbral pone los ojos en blanco. Se le doblan las rodillas y se
desploma de lado.
Yo
me quedo allí.
Nash
se mete la tarjeta en el bolsillo otra vez y dice:
—¿Por
dónde íbamos?
Le
pregunto dónde encontró el poema.
Y
Nash dice:
—Adivínelo
—dice—. Lo saqué del único sitio en donde usted no puede destruirlo.
Coge
su botella de cerveza y me señala con el largo cuello y me dice:
—Piense
—dice—. Piense de verdad.
El
libro, Poemas y rimas del mundo entero, siempre estará a merced de que alguien
lo encuentre. Escondido a plena vista. Solamente en un sitio, dice él. De donde
nunca se puede sacar.
Por
alguna razón me viene a la cabeza la cebadilla. Y los mejillones cebra. Y
Ostra.
Nash
da un trago de cerveza y dice:
—Piense
de verdad.
Le
digo que lo que está haciendo, lo de matar a las modelos, no está bien.
Y
Nash dice:
—¿Se
rinde?
Tiene
que darse cuenta de que tener relaciones sexuales con mujeres muertas está mal.
Nash
coge su cuchara y dice:
—En
la Biblioteca del Congreso. Dónde va a ser. Gracias al dinero de nuestros impuestos.
Mierda.
Hunde
la cuchara en el cuenco de chiles. Se mete la cuchara en la boca y dice:
—Y
no me dé sermones sobre lo perversa que es la necrofilia. —Y dice—: Es usted la
última persona que puede dar ese sermón. —Con la boca llena de chiles, Nash
dice—: Sé quién es usted.
Traga
y dice:
—Todavía
lo buscan para interrogarlo.
Se
lame el chile que le mancha los labios y dice:
—Vi
el certificado de defunción de su esposa. —Sonríe y dice—: ¿Señales de
relaciones sexuales post mórtem?
Nash
señala una silla vacía y me siento en ella.
—No
me niegue... —Se inclina sobre la mesa y dice—: No me niegue que fueron las
mejores relaciones sexuales que tuvo usted nunca.
Le
digo que se calle.
—No
puede matarme usted —dice Nash—, Mete un puñado de galletas saladas en su
cuenco y dice—: Usted y yo somos exactamente iguales.
Yo
le digo que aquello fue distinto. Que era mi mujer.
—Fuera
o no su mujer —dice Nash—. Muerta quiere decir muerta. Sigue siendo necrofilia.
Nash
clava la cuchara en las galletas y el chile rojo y dice:
—Matarme
a mí sería lo mismo que matarse a usted mismo.
Le
digo que se calle.
—Relájese
—dice—. No le he dicho a nadie una palabra de esto. —Nash mastica un bocado de
galletas saladas y chile rojo—. Eso habría sido estúpido —dice—. Quiero decir,
piénselo. —Y se mete más chile en la boca—. Lo único que tienen que hacer es
leerlo, y no necesito competencia.
Imperfecto
y desmadrado, así es el mundo en el que vivo. Tan lejos como estoy de Dios,
esta es la gente con la que me he quedado. Todo el mundo a la caza del poder.
Mona y Helen y Nash y Ostra. La única gente que me conoce me odia. Todos nos
odiamos entre nosotros. Todos nos tememos entre nosotros. El mundo entero es mi
enemigo.
—Usted
y yo —dice Nash— no podemos confiar en nadie.
Bienvenidos
al infierno.
Si
Mona tiene razón, cuando habla con las palabras de Karl Marx, entonces matar a
Nash significaría salvarlo. Devolverlo a Dios. Conectarlo con la humanidad para
resolver sus pecados.
Mi
mirada encuentra la suya y los labios de Nash empiezan a moverse. Su aliento no
huele a nada más que a chile.
Está
recitando la canción sacrificial. Ladrándola como un perro, dice cada palabra
con tanta furia que le salen burbujas de chile de la boca. Salen despedidas
gotas rojas. Se detiene y se busca en el bolsillo de la pechera. Mete la mano
para encontrar la tarjeta. La sostiene con dos dedos y empieza a leer. La
tarjeta está tan sucia que la frota en el mantel y empieza a leer de nuevo.
Suena
profunda y poderosa. Es el sonido de la condenación.
Mis
ojos se relajan y el mundo se difumina hasta volverse gris. Todos mis músculos
se distienden. Se me ponen los ojos en blanco y se me empiezan a doblar las
rodillas.
Así
es como se siente uno al morir. Al ser salvado.
Pero
para entonces, matar ya es un reflejo. Es la forma en que lo soluciono todo.
Se
me doblan las rodillas y caigo al suelo en tres momentos, el culo, la espalda y
la cabeza.
Tan
deprisa como un eructo, como un estornudo, como un bostezo, desde lo más
profundo de mí, la canción sacrificial me viene a la cabeza. El barril de
pólvora de todos mis rollos sin resolver, que nunca me falla.
Vuelven
a aparecer formas en el gris. Tumbado de espaldas en el suelo del bar, veo el
humo gris grasiento flotar bajo el techo. Todavía se oye la cara del tipo
friéndose.
Los
dos dedos de Nash dejan caer la tarjeta sobre la mesa. Se le ponen los ojos en
blanco. Se le sacuden los hombros y su cara aterriza en el cuenco de chile.
Salen gotas rojas despedidas en todas direcciones. El fardo de su cuerpo
enfundado en su uniforme blanco sufre una convulsión y Nash cae al suelo a mi
lado. Sus ojos mirando a los míos. Su cara manchada de chile. Su coleta, la
pequeña palmera negra en su coronilla, se ha soltado, y las correas de cabello
negro caen sueltas sobre su frente y sus mejillas.
Él
está salvado, pero yo no.
Con
el humo grasiento flotando encima de mí, la parrilla chisporroteando y
crepitando, recojo la tarjeta de Nash del suelo. La sostengo sobre la vela de
la mesa, añadiendo humo al humo, y me quedo mirando cómo arde.
Una
sirena se dispara, la alarma de incendios, tan fuerte que no me oigo a mí mismo
pensar. Como si alguna vez pensara. La sirena me llena. Gran Hermano. Me ocupa
la mente igual que un ejército ocupa una ciudad. Mientras permanezco sentado
esperando a que la policía me salve. A que me lleven con Dios y me reúnan con
la humanidad, la sirena aúlla, ahogándolo todo. Y yo me alegro.
41
Esto
es después de que la policía me lea mis derechos. Después de que me esposen las
manos detrás de la espalda y me lleven en coche a la comisaría. Esto es después
de que el primer policía llegue al escenario, vea los cadáveres y diga:
—Jesucristo
bendito.
Después
de que los enfermeros saquen al cocinero muerto de la parrilla, le echen un
vistazo a su cara frita y se vomiten en las manos. Esto es después de que la
policía me conceda mi única llamada telefónica y yo llame a Helen y le diga que
lo siento pero que se ha acabado. Y de que Helen me diga:
—No
te preocupes. Yo te salvaré.
Después
de que me tomen las huellas dactilares y me hagan la foto policial. Después de
que me confisquen la cartera y las llaves y el reloj. De que pongan mi ropa, mi
chaqueta deportiva marrón y mi corbata azul en una bolsa de plástico marcada
con mi nuevo número de criminal. Después de que la policía me acompañe por un
pasillo frío de bloques de hormigón, desnudo, hasta una sala de cemento frío.
Después de que me dejen a solas con un viejo funcionario fornido, con el pelo
al rape y las manos del tamaño de guantes de béisbol. A solas en una sala sin
nada más que una mesa, la bolsa con mi ropa y un frasco de vaselina.
Después
de quedarme a solas con ese viejo buey entrecano, se pone un guante de látex y
dice:
—Por
favor, gírese hacia la pared, inclínese y use las manos para separarse las
nalgas.
Yo
pregunto: ¿Qué?
Y
ese gigante de ceño fruncido mete dos dedos enguantados en el frasco de
vaselina, los remueve y dice:
—Inspección
de cavidades corporales —dice—. Ahora gírese.
Y
cuento uno, cuento dos, cuento tres...
Y me
giro. Y me inclino. Me agarro una nalga con cada mano y las separo.
Cuento
cuatro, cuento cinco, cuento seis...
Yo y
mi suspenso en ética. Igual que Waltraud Wagner y Jeffrey Dahmer y Ted Bundy,
soy un asesino en serie y así es como empieza mi castigo. Prueba de mi libre
albedrío. Este es mi camino a la salvación.
Y la
voz del poli, ronca y oliendo a cigarrillos, dice:
—Procedimiento
convencional para todos los detenidos considerados peligrosos.
Y
cuento siete, cuento ocho, cuento nueve...
Y el
poli dice con voz ronca:
—Va
a sentir una ligera presión, así que relájese.
Y yo
cuento diez, cuento once, cuento...
Y
mierda.
¡Mierda!
—Relájese
—dice el poli.
¡Mierda,
mierda, mierda, mierda, mierda, mierda!
El
dolor es peor que cuando Mona me hurgaba con sus pinzas al rojo vivo. Es peor
que el alcohol de frotar limpiándome la sangre. Me agarro las nalgas y aprieto
los dientes, con el sudor corriéndome por las piernas. Me gotea sudor de la
frente encima de la nariz. Dejo de respirar. Las gotas caen a plomo y estallan
entre mis pies descalzos, mis pies plantados bien separados en el suelo.
Algo
enorme y duro se retuerce dentro de mí, y la voz horrible del poli dice:
—Relájate,
colega.
Y yo
cuento doce, cuento trece...
La cosa
para de retorcerse. La cosa enorme y dura se retira lentamente, casi del todo.
Luego vuelve a entrar y a retorcerse. Tan despacio como la manecilla de las
horas de un reloj, y luego más deprisa, los dedos engrasados del poli hurgan
dentro de mí, se retiran, entran otra vez, se retiran.
Y
cerca de mi oído, la vieja voz a grava y cenicero del poli dice:
—Eh,
colega, ¿tienes tiempo para un polvete?
Y
todo mi cuerpo sufre un espasmo.
Y el
poli dice:
—Caramba,
chico, algo se ha puesto tenso.
Yo
le digo: Oficial, por favor. No tiene usted ni idea. Puedo matarle. Por favor,
no haga esto.
Y el
poli dice:
—Déjame
salir para que pueda quitarte las esposas. Soy yo, Helen.
¿Helen?
—Helen
Hoover Boyle. ¿Te acuerdas? —dice el poli—. Hace dos noches tú me estabas
haciendo casi exactamente lo mismo a mí dentro de una lámpara de araña.
¿Helen?
La
cosa enorme y dura sigue retorcida dentro de mí.
El
poli dice:
—Esto
se llama un hechizo de ocupación. Hace un par de horas que lo traduje. Ahora
mismo tengo a este funcionario como se llame embutido en el fondo de su
subconsciente. Yo dirijo su función.
La
suela fría y dura del zapato del funcionario me empuja el culo y los dedos
enormes y duros salen de golpe. Tengo un charco de sudor entre los pies.
Todavía con los dientes apretados, me incorporo deprisa.
El
funcionario se mira los dedos y dice:
—Pensé
que iba a perderlos. —Se huele los dedos y pone cara de asco.
Genial,
digo yo, respirando hondo, con los ojos cerrados. Primero me controla a mí y
ahora tengo que preocuparme de que controle a todo el mundo que me rodea.
Y el
poli dice:
—He
estado controlando a Mona durante las últimas dos horas esta tarde. Solamente
para poner el hechizo a prueba, y para ajustarle las cuentas por haberte
asustado, le he dado un pequeño cambio de estilo.
El
poli se agarra la entrepierna.
—Es
asombroso. Estar contigo de esta forma me está provocando una erección —dice—.
Suena sexista, pero siempre he querido un pene.
Le
digo que no quiero oír esto.
Y
Helen dice por la boca del poli:
—Creo
que tan pronto como te meta en un taxi, a lo mejor me quedo dentro de este tío
y me hago una paja. Solamente para vivir la experiencia.
Yo
le digo que si cree que eso me va a hacer amarla, que se lo piense otra vez.
Al
poli le resbala una lágrima por la mejilla.
Y
aquí desnudo, le digo: No te quiero. No puedo confiar en ti.
—No
puedes amarme —dice el poli, dice Helen con la voz cazallosa del poli— porque
soy una mujer y tengo más poder que tú.
Y yo
le digo: Vete, Helen. Lárgate de aquí. No te necesito. Quiero pagar por mis
crímenes. Estoy cansado de estropear el mundo para justificar mi mala conducta.
Y
ahora el poli está llorando intensamente y entra otro poli. Es un poli joven, y
se queda mirando al poli viejo lloroso y luego a mí, desnudo. El poli joven
dice:
—¿Todo
va bien por aquí, Sargento?
—Delicioso
—dice el poli viejo, secándose los ojos—. Nos lo estamos pasando de maravilla.
Se
da cuenta de que se ha secado los ojos con el guante, con los dedos que me ha
sacado del culo, y se quita el guante con un gritito. Todo su cuerpo se
estremece y tira el guante grasiento a la otra punta de la sala.
Le
digo al poli joven que solamente estamos teniendo una pequeña charla.
El
poli joven me pone un puño delante de la cara y dice:
—Tú
te callas, coño.
El
poli viejo, el Sargento, se sienta en el borde de la mesa y cruza las piernas a
la altura de la rodilla. Se sorbe las lágrimas y echa atrás la cabeza como si
se estuviera apartando el pelo de la cara y dice:
—Ahora,
si no te importa, nos encantaría quedarnos a solas.
Yo
me limito a mirar el techo.
El
poli joven dice:
—Claro,
Sargento.
Y el
Sargento coge un pañuelo de papel y se seca los ojos.
El
poli joven se gira deprisa, me agarra por debajo de la mandíbula y me empuja
contra la pared. Con mi espalda y mis piernas contra el cemento frío. El poli
joven me empuja la cabeza hacia arriba y hacia atrás, me aprieta la garganta y
dice:
—¡No
se lo hagas pasar mal al Sargento! —Y dice—: ¿Me entiendes?
Y el
Sargento levanta la vista con una sonrisa débil y dice:
—Eso,
ya lo has oído. —Y se sorbe la nariz.
Y el
poli joven me suelta la garganta. Retrocede hasta la puerta y dice:
—Estaré
ahí fuera si me necesita... Bueno, si necesita lo que sea.
—Gracias
—dice el Sargento. Agarra la mano del poli joven, se la aprieta y dice—: Eres
un encanto.
Y el
poli joven aparta la mano con brusquedad y abandona la sala.
Helen
está dentro de este hombre, igual que la televisión planta su semilla dentro de
uno. Igual que la cebadilla invade un paisaje. Igual que una canción se te
queda en la cabeza. Igual que los fantasmas ocupan casas. Igual que un germen
te infecta. Igual que el Gran Hermano ocupa tu atención.
El
Sargento, Helen, se pone de pie. Toquetea la pistolera y se saca la pistola.
Sostiene la pistola con las dos manos, me apunta con ella y dice:
—Ahora
saca la ropa de la bolsa y póntela. —El Sargento se sorbe las lágrimas y le da
una patada a la bolsa de basura llena de ropa en mi dirección y dice—: Vístete,
joder. —Y dice—: He venido a salvarte.
Con
la pistola temblando, el Sargento dice:
—Te
quiero fuera de aquí para poder cascármela.
42
Las
palabras se están mezclando por todas partes. Las palabras y las letras de
canciones y los diálogos se están mezclando en una sopa que podría provocar una
reacción en cadena. Tal vez los actos divinos son simplemente la combinación
adecuada de basura mediática lanzada al aire. Las palabras equivocadas
colisionan e invocan un terremoto. Igual que las danzas por la lluvia invocaban
tormentas, la combinación adecuada de palabras puede invocar tornados.
Demasiadas melodías publicitarias mezcladas pueden estar detrás del
recalentamiento del planeta. Demasiadas reposiciones televisivas pueden causar
huracanes. El cáncer. El sida.
En
el taxi, de camino a la agencia inmobiliaria de Helen Boyle, veo titulares de
periódico mezclados con letreros escritos a mano. Folletos grapados a postes de
teléfonos mezclados con correo de franqueo económico. Las canciones de los
músicos callejeros se mezclan con el Muzak que se mezcla con los vendedores
ambulantes que se mezclan con las tertulias radiofónicas.
Vivimos
en una Torre del Balbuceo tambaleante. Una realidad temblorosa de palabras. Un
caldo genético del desastre. Una vez destruido el mundo natural, nos queda este
mundo abarrotado del lenguaje.
El
Gran Hermano está cantando y bailando, y nosotros nos quedamos a mirar. Los
palos y las piedras pueden romperte los huesos, pero nuestro papel consiste
simplemente en ser un buen público. Prestar atención y esperar al siguiente
desastre.
Sobre
el asiento del taxi, sigo notando el culo grasiento y dilatado.
Quedan
treinta y tres ejemplares del libro por encontrar. Tenemos que hacer una visita
a la Biblioteca del Congreso. Necesitamos limpiar el marrón y asegurarnos de
que nunca más va a suceder.
Necesitamos
avisar a la gente. Mi vida se ha terminado. Esta es mi nueva vida.
El
taxi entra en el aparcamiento y Mona está frente a la puerta principal,
cerrándola con un llavero enorme. Por un momento, podría ser Helen. Mona, con
el pelo cardado y crepado en forma de burbuja negra y roja. Lleva un traje
marrón, pero no marrón como el chocolate. Más bien marrón como una trufa de
avellana y chocolate servida sobre un cojín de satén en un hotel de lujo.
Hay
una caja a los pies de Mona. Encima de la caja hay algo rojo, un libro. El
grimorio.
Estoy
cruzando a pie el aparcamiento cuando ella me grita:
—Helen
no está aquí.
El
escáner de la policía ha dicho algo de que en un bar de la Tercera avenida todo
el mundo estaba muerto, dice Mona, y de que a usted lo han detenido. Pone la
caja en el maletero del coche y dice:
—No
ha pillado a la señora Boyle por los pelos. Ha salido corriendo y llorando hace
un segundo.
El
Sargento.
El
enorme coche con olor a cuero de la inmobiliaria de Helen no está a la vista.
Mona
se mira los zapatos marrones de tacón alto, el traje a medida, ajustado y con
hombreras, ropa de muñeca con botones de topacio, se mira la falda corta y
dice:
—No
me pregunte cómo ha pasado esto. —Levanta las manos, con las uñas negras
pintadas de color rosa con las puntas blancas—. Por favor, dígale a la señora
Boyle que no aprecio que me secuestren el cuerpo y me hagan cosas. —Se señala
la burbuja rígida de pelo, mejillas maquilladas y el pintalabios rosa y dice—:
Esto es el equivalente a una violación indumentaria.
Con
sus nuevas uñas de color rosa, Mona cierra de golpe el maletero.
Me
señala la camisa y dice:
—¿Se
ha vuelto un poco sangrienta la entrevista con su amigo?
Las
manchas rojas son chile, le digo.
El
grimorio, le digo. Lo he visto. La piel humana roja. El pentagrama tatuado.
—Ella
me lo ha dado —dice Mona. Se abre el bolso, busca dentro y dice—: Me ha dicho
que ya no lo necesita más. Ya le he dicho que estaba trastornada. Estaba
llorando.
Con
dos uñas de color rosa, Mona saca un papel doblado de su bolso. Es una página
del grimorio, la página que tiene mi nombre escrito, me la tiende y dice:
—Cuídese.
Sospecho que algún gobierno quiere verlo muerto.
Mona
dice:
—Sospecho
que el hechizo de amor de Helen debe de haberle salido por la culata. —Se
tambalea sobre sus zapatos marrones de tacón alto, se apoya en el coche y
dice—: Lo crea o no, estamos haciendo esto para salvarlo a usted.
Ostra
está encorvado en el asiento de atrás, demasiado quieto y demasiado perfecto
para estar vivo. Su pelo rubio desgreñado está esparcido sobre el asiento. La
bolsa de curandero hopi todavía le cuelga del cuello, y de ella le caen
cigarrillos. Cicatrices rojas en sus mejillas de las llaves del coche de Helen.
Le
pregunto si está muerto.
Y
Mona dice:
—Ya
le gustaría a usted. —Y dice—: No, se pondrá bien. —Se sienta al volante,
arranca el coche y dice—: Mejor será que se dé prisa y encuentre a Helen. Temo
que pueda hacer algo desesperado.
Cierra
de golpe la portezuela del coche y empieza a salir marcha atrás de su plaza de
aparcamiento.
Desde
el otro lado de su ventanilla, Mona grita:
—Mire
en el New Continuum Medical Center. —Se aleja gritando—: Solamente espero que
no llegue usted demasiado tarde.
43
El
suelo de la habitación 131 del New Continuum Medical Center lanza destellos. El
linóleo cruje y se parte cuando lo piso, cuando piso los pedazos y astillas
rojos y verdes, amarillos y azules. Las gotas rojas. Los diamantes y los
rubíes, las esmeraldas y los zafiros. Los dos zapatos de Helen, el amarillo y
el rosa, tienen los tacones hechos papilla. Los zapatos destrozados están en
medio de la habitación.
Helen
está de pie en la otra punta de la habitación, bajo la luz de una lamparilla,
al borde de la luz de la lámpara de una mesilla. Está apoyada en un armario de
acero inoxidable. Tiene las manos apoyadas en el acero. La mejilla apretada
contra el acero.
Hay
una mancha de sangre sobre su pintalabios rosa. En el armario hay un beso rosa
y rojo. En donde estaba apoyada hay una vitrina gris borrosa, y dentro hay algo
demasiado perfecto y demasiado blanco para estar vivo.
Patrick.
El
hielo en los bordes de la vitrina ha empezado a derretirse y gotea agua del
armario.
Y
Helen dice:
—Has
venido. —Y su voz es débil y pastosa. Le sale sangre de la boca.
Solamente
de mirarla me duele el pie.
Le
digo que estoy bien.
Y
Helen dice:
—Me
alegro.
Su
estuche de cosméticos está tirado en el suelo. Entre las piezas de colores hay
cadenas y engarces retorcidos, de oro y de platino. Helen dice:
—He
intentado romper los más grandes. —Y se tose en la mano—. El resto he intentado
morderlos —dice, y tose hasta que se le llena la palma de la mano de sangre y
de astillas blancas.
Al
lado del estuche de cosméticos hay un frasco derramado de desatascador de
cañerías, con el líquido vertido formando un charco verde a su alrededor.
Tiene
los dientes hechos astillas, huecos sanguinolentos y agujeros en la boca. Pone
la cara sobre la vitrina gris. Su aliento empaña el cristal y se lleva la mano
ensangrentada a un lado de la falda.
—No
quiero regresar a como era antes —dice—, A la vida que tenía antes de
conocerte. —Se seca la mano ensangrentada y se la sigue secando en la falda—.
Ni siquiera con todo el poder del mundo.
Le
digo que tenemos que llevarla a un hospital.
Helen
sonríe con una sonrisa llena de sangre y dice:
—Esto
es un hospital.
No
es nada personal, dice. Solamente necesitaba a alguien. Incluso si podía traer
de vuelta a Patrick, nunca querría estropearle la vida revelándole el hechizo
sacrificial. Aunque comportara vivir otra vez sola, nunca querría que Patrick
tuviera ese poder.
—Míralo
—dice, y toca el cristal gris con las uñas de color rosa—. Es tan perfecto...
Traga
sangre y astillas de dientes y de diamantes y arruga la cara en una mueca
terrible. Se agarra el estómago con las manos y se inclina sobre el armario
metálico, sobre la vitrina gris. Por la vitrina caen regueros de sangre y de
vapor.
Con
una mano temblorosa, Helen abre su bolso y saca un pintalabios. Se retoca los
labios y aparta el pintalabios manchado de sangre.
Dice
que ha desenchufado la unidad criogénica. Que ha desconectado la alarma y las
baterías de seguridad.
Quiere
que termine aquí. El conjuro sacrificial. El poder. La soledad. Quiere destruir
todas las joyas que la gente cree los van a salvar. Todo el residuo que
sobrevive al talento y la inteligencia y la belleza. Toda la porquería
decorativa que queda detrás de los logros verdaderos y del éxito. Quiere
destruir todos los maravillosos parásitos que sobreviven a los anfitriones
humanos.
Se
le cae el bolso de las manos. En el suelo, la roca gris le sale rodando del
bolso. Por la razón que sea, me viene Ostra a la mente.
Helen
eructa. Se saca un pañuelo de papel del bolso y se lo pone debajo de la boca y
escupe sangre y bilis y esmeraldas rotas. Brillando dentro de su boca,
enganchados en la carne hecha trizas de sus encías, hay trozos de zafiros de
color rosa y de berilos anaranjados rotos. Clavados en su paladar hay
fragmentos de espinela purpúreos. Clavadas en la lengua tiene astillas de
diamante de baja calidad negro.
Y
Helen sonríe y dice:
—Quiero
estar con mi familia.
Hace
una bola con el pañuelo de papel ensangrentado y se lo mete dentro del puño del
traje. Sus pendientes, sus collares y sus anillos, todo ha desaparecido.
Los
detalles de su traje son: es de algún color. Es un traje. Está echado a perder.
Ella
dice:
—Abrázame,
por favor.
Dentro
de la vitrina gris, el niño perfecto está encogido de lado sobre un cojín de
plástico blanco. Con un pulgar en la boca. Perfecto y pálido como hielo azul.
Rodeo
a Helen con los brazos y ella se estremece.
Se
le empiezan a doblar las rodillas y la dejo en el suelo. Helen Hoover Boyle
cierra los ojos. Dice:
—Gracias,
señor Streator.
Con
la piedra gris en el puño, rompo de un puñetazo la vitrina gris y fría. Con las
manos sangrando, cojo a Patrick, frío y pálido. Con mi sangre sobre Patrick, lo
pongo en brazos de Helen. Abrazo a Helen.
Ahora
mi sangre y la de ella están mezcladas.
En
mis brazos, Helen cierra los ojos y frota la cabeza contra mi regazo. Sonríe y
dice:
—¿No
te pareció demasiada coincidencia que Mona descubriera el grimorio?
Mirándome
con expresión burlona, abre los ojos y dice:
—¿No
te pareció un poco demasiado conveniente el hecho de que hubiéramos estado
viajando todo el tiempo con el grimorio?
En
mis brazos, Helen mece a Patrick. Entonces sucede. Extiende la mano y me
pellizca la mejilla. Helen levanta la vista para mirarme y sonríe con la mitad
de la boca, clava en mí una mirada burlona con sangre y bilis verde en los
labios. Me guiña un ojo y dice:
—¡Le
pillé, papi!
Todo
mi cuerpo sufre un espasmo muscular mojado de sudor.
Helen
dice:
—¿De
verdad creía que mami se iba a liquidar a sí misma por usted? ¿Y cargarse sus
preciosas joyas? ¿Y derretir a este cacho de carne? —Se ríe, con la sangre y el
desatascador de tuberías burbujeando en la garganta, y dice—: ¿De verdad creía
que mami iba a masticar sus putos diamantes porque usted no la quería?
Yo
digo: ¿Ostra?
—En
carne y hueso —dice Helen, dice Ostra con la boca de Helen, con la voz de Helen—.
Bueno, en la carne y el hueso de la señora Boyle, pero apuesto a que usted
también ha estado dentro de ella.
Helen
levanta a Patrick en brazos. A su hijo, frío y azul como si fuera de porcelana.
Congelado y frágil como el cristal.
Y
arroja al niño muerto al otro lado de la habitación, donde hace un ruido
metálico contra el armario de acero y cae al suelo, dando vueltas sobre el
linóleo. A Patrick. Se le rompe un brazo congelado. A Patrick. El cuerpo dando
vueltas golpea una esquina del armario metálico y se le desprende una pierna. A
Patrick. El cuerpo sin brazo y sin pierna, una muñeca, llega dando vueltas a la
pared y se le rompe la cabeza.
Y
Helen guiña un ojo y dice:
—Vamos,
papi, no se dé ínfulas.
Y yo
le digo que maldito sea.
Ostra
está ocupando a Helen, igual que un ejército ocupa una ciudad. Igual que Helen
ocupó al Sargento. Igual que el pasado, los medios de comunicación y el mundo
lo ocupan a uno.
Helen
dice, Ostra dice por la boca de Helen:
—Hace
semanas que Mona sabía lo del grimorio. Lo supo la primera vez que vio la
agenda de mami —dice—. Lo que pasa es que no podía traducirlo.
Ostra
dice:
—Lo
mío es la música, y lo que se le da bien a Mona es... Bueno, lo que se le da
bien es ser estúpida.
Con
la voz de Helen, dice:
—Esta
tarde, Mona se ha despertado en un salón de belleza, mientras le estaban
pintando las uñas de rosa. —Y dice—: Ha vuelto corriendo a la oficina y se ha
encontrado a la señora Boyle tumbada boca abajo en una especie de coma.
Helen
se estremece y se agarra el estómago. Dice:
—Abierto
delante de la señora Boyle había un conjuro traducido, llamado conjuro de
ocupación. De hecho, todos los conjuros estaban traducidos.
Ella
dice, Ostra dice:
—Dios
bendiga a mami y a sus crucigramas. Está aquí dentro en alguna parte, cabreada
como un demonio.
Ostra
dice, por la boca de Helen:
—Dígale
hola a mami de mi parte.
La
estatua azul y quebradiza, el bebé congelado, está hecho añicos, roto entre las
joyas rotas, con un dedo desprendido por aquí, con las piernas rotas por allí,
con la cabeza hecha pedazos.
Le
pregunto si ahora él y Mona van a matar a todo el mundo y convertirse en Adán y
Eva.
Todas
las generaciones quieren ser la última.
—No
a todo el mundo —dice Helen—, Necesitaremos a algunos esclavos.
Extiende
las manos ensangrentadas de Helen hacia abajo y se levanta la falda. Se agarra
la entrepierna y dice:
—Tal
vez usted y mami tengan tiempo de echar un polvete antes de que ella esté
fiambre.
Y yo
me aparto el cuerpo de Helen del regazo.
El cuerpo
entero me duele más de lo que nunca me ha dolido el pie.
Helen
suelta un gemido, casi un chillido, y resbala hasta el suelo. Y allí retorcida
sobre el linóleo frío entre las piedras preciosas hechas añicos y los
fragmentos de Patrick, dice:
—¿Carl?
Se
lleva una mano a la boca, se palpa las joyas que tiene incrustadas. Se dobla
para mirarme y dice:
—¿Carl?
¿Carl, dónde estoy?
Ve
el armario de acero inoxidable, la vitrina gris rota. Primero ve los bracitos
azules. Luego las piernas. La cabeza. Y dice:
—No.
Escupiendo
sangre, Helen dice:
—¡No!
¡No! ¡No!
Y se
arrastra por entre las astillas de colores, con voz pastosa y débil por culpa
de los dientes rotos, y recoge todas las piezas. Sollozando, cubierta de bilis
y de sangre, en medio del hedor de la habitación, reúne los trozos azules
rotos. Las manos y los pies diminutos, el torso aplastado y la cabeza mellada,
los abraza contra su pecho y grita:
—¡Oh,
Patrick! ¡Patty!
Grita:
—¡Oh,
mi Patty-Pat-Pat! ¡No!
Besa
la cabeza azul mellada, la abraza contra su seno y pregunta:
—¿Qué
está pasando? Carl, ayúdame.
Se
me queda mirando hasta que un calambre la dobla por la mitad y ve la botella
vacía de desatascador de cañerías.
—Dios,
Carl, ayúdame —dice, agarrando a su hijo y meciéndolo—. ¡Dios, por favor, dime
cómo he llegado hasta aquí!
Y
voy hacia ella. La cojo en brazos y le digo que, al principio, el nuevo
propietario finge que nunca miró el suelo de la sala de estar. Que en realidad
nunca lo miró. No la primera vez que visitaron la casa. No cuando se la enseñó
el inspector. Midieron las habitaciones y les dijeron a los empleados de
mudanzas dónde tenían que poner el piano y el sofá, metieron todo lo que tenían
y nunca se detuvieron a mirar el suelo de la sala de estar. Eso es lo que
fingen.
Helen
asiente con la cabeza inclinada sobre Patrick. Le sale sangre de la boca. Los
brazos cada vez más débiles, dejando caer dedos de manos y de pies al suelo.
Dentro
de un momento estaré solo. Esta es mi vida. Y juro que no importa dónde o
cuándo, encontraré a Ostra y a Mona.
Lo
bueno es que esto solamente tarda un minuto.
Es
una vieja canción sobre animales que se van a dormir. Es nostálgica y
sentimental, y me noto la cara amoratada y acalorada por la hemoglobina
oxigenada mientras digo el poema en voz alta bajo las luces fluorescentes, con
el bulto fláccido de Helen en brazos, inclinada hacia el armario de acero.
Patrick está cubierto de mi sangre y cubierto de la sangre de ella. Ella tiene
la boca un poco abierta, sus dientes resplandecientes son diamantes de verdad.
Se
llamaba Helen Hoover Boyle. Tenía los ojos azules.
Mi
trabajo es percibir los detalles. Ser un testigo imparcial. Todo es siempre
investigación. Mi trabajo no es sentir nada.
Se
llama canción sacrificial. En algunas culturas antiguas se la cantan a los
niños durante las hambrunas o las sequías, en cualquier momento en que la
tierra se ha quedado pequeña para la tribu. Se cantaba a los guerreros heridos
en accidentes o a la gente muy vieja o a cualquiera que fuera a morir. Se usaba
para terminar con el sufrimiento y el dolor.
Es
una nana.
Digo
que todo se arreglará. Cojo a Helen, meciéndola, diciéndole que ahora descanse.
Diciéndole que todo se arreglará.
44
Cuando
tenía veinte años, me casé con una mujer llamada Gina Dinji, y se suponía que
iba a ser para el resto de mi vida. Un año más tarde tuvimos una hija llamada
Katrin, y se suponía que lo iba a ser para el resto de mi vida. Luego Gina y
Katrin murieron. Y yo me escapé y me convertí en Carl Streator. Y me hice periodista.
Y esa fue mi vida durante los siguientes veinte años.
Después,
bueno, ya saben lo que pasó.
No
sé cuánto tiempo estuve abrazando a Helen Hoover Boyle. Al cabo de un rato
solamente era su cuerpo. Pasó tanto tiempo que dejó de sangrar. Para entonces
las partes rotas de Patrick Boyle, todavía en brazos de ella, se habían
reblandecido hasta el punto de empezar a sangrar.
Para
entonces, se oyeron pasos al otro lado de la puerta de la habitación 131. La
puerta se abrió.
Mientras
yo estoy en el suelo, con Helen y Patrick muertos en mis brazos, la puerta se
abre y es el viejo poli irlandés entrecano.
El
Sargento.
Y yo
digo: Por favor. Por favor, métame en la cárcel. Me declaro culpable de todo.
Maté a mi mujer. Maté a mi hija. Soy Waltraud Wagner, el Ángel de la Muerte.
Máteme para poder estar otra vez con Helen.
Y el
Sargento dice:
—Tenemos
que largarnos de aquí.
Camina
desde el umbral hasta el armario de acero. Escribe algo con bolígrafo en un
bloc. Arranca la nota y me la da.
Tiene
la mano arrugada llena de lunares, cubierta de pelo gris. Las uñas gruesas y
amarillas.
«Por
favor, perdónenme por quitarme la vida —dice la nota—. Ahora estoy con mi
hijo.»
Es
la caligrafía de Helen, la misma que en su agenda, el grimorio.
Está
firmada «Helen Hoover Boyle», con su caligrafía exacta.
Y yo
miro el cuerpo que tengo en brazos, el vómito sangriento y verde y de
desatascador, y luego al Sargento allí de pie, y digo:
—¿Helen?
—En
carne y hueso —dice el Sargento, dice Helen—. Bueno, no es mi carne —dice, y
mira el cadáver de Helen que tengo en el regazo—. Odio el prêt-à-porter, pero
uno se agarra a lo que puede en medio del naufragio.
De
forma que estamos otra vez en la carretera.
A
veces me preocupa que el Sargento que va a mi lado sea realmente Ostra
fingiendo ser Helen ocupando al Sargento. Cuando duermo con quien sea que es
esta persona, finjo que es Mona. O Gina. Así que estamos en paz.
De
acuerdo con Mona Sabbat, la gente que come o bebe demasiado, la gente adicta a
las drogas o al sexo o a robar están realmente controlados por espíritus a
quienes les gustaban demasiado esas cosas como para dejarlas después de
muertos. Los borrachos y los cleptómanos están poseídos por espíritus
perversos.
Ustedes
son el medio de la cultura. Los huéspedes.
Hay
gente que todavía cree que sigue controlando su propia vida.
Ustedes
son los poseídos.
Todos
poseemos y estamos poseídos.
Siempre
hay algo de fuera viviendo en uno. La propia vida de uno es el vehículo para
que algo venga a la tierra.
Un espíritu
perverso. Una teoría. Una campaña de marketing. Una estrategia política. Una
doctrina religiosa.
Mientras
se me lleva del New Continuum Medical Center en un coche patrulla, el Sargento
dice:
—Tienen
el hechizo de ocupación y el hechizo de vuelo. —Va marcando cada hechizo
levantando un dedo—. Tienen un hechizo de resurrección, pero solamente funciona
con animales. No me preguntes por qué —dice el Sargento, Helen—. Tienen un
hechizo de lluvia y un hechizo solar... Un hechizo de fertilidad para hacer
crecer las cosechas... Un hechizo para comunicarse con los animales.
Sin
mirarme, mirándose los dedos extendidos sobre el volante, el Sargento dice:
—No
tienen ningún hechizo de amor.
Así
que estoy realmente enamorado de Helen. De una mujer en un cuerpo de hombre. Ya
no tenemos relaciones sexuales, pero, como diría Nash, ¿en qué se diferencia
eso de la mayoría de las relaciones amorosas después de una temporada?
Mona
y Ostra tienen el grimorio, pero no tienen la canción sacrificial. La página
del grimorio que me dio Mona, la que tiene mi nombre escrito en el margen, es
la canción. En la parte inferior de la página hay escrito: «También quiero
salvar el mundo, pero no igual que Ostra». Y está firmado: «Mona».
—No
tienen la canción sacrificial —dice el Sargento, dice Helen—. Pero tienen un
hechizo escudo.
¿Un
hechizo escudo?
Para
protegerse de la canción sacrificial, dice el Sargento.
—Pero
no te preocupes —dice—. Tengo una insignia y una pistola y un pene.
Para
encontrar a Mona y a Ostra solamente hay que buscar cosas fantásticas,
milagros. Titulares asombrosos de periódicos sensacionalistas. La pareja de
jóvenes que fueron vistos cruzando el lago Michigan a pie en julio. La chica
que hizo crecer hierba, verde y alta, para el búfalo que se estaba muriendo de
hambre en Canadá. El chico que habla con los perros perdidos de la perrera y
los ayuda a volver a casa.
Hay
que buscar magia. Hay que buscar santos.
La
Virgen Voladora. El Jesucristo de los Animales Atropellados. El Infierno de
Hiedra. La Vaca Judas Parlante.
Ir
siempre siguiendo los datos. Cazando brujas. No es lo que un psicólogo te diría
que hicieras, pero funciona.
Mona
y Ostra, bien pronto este mundo será de ellos. El poder ha cambiado. Helen y yo
siempre estaremos jugando a alcanzarlos. Imaginen que Jesucristo los persigue,
que los intenta atrapar a ustedes y salvar sus almas. No un simple Dios
paciente y pasivo, sino un sabueso laborioso y agresivo.
El
Sargento abre la pistolera, igual que Helen solía abrir su bolso, y saca una
pistola.
Y
dice, Helen dice, quienquiera que sea dice:
—¿Por
qué no los matamos a la antigua?
Ahora
esta es mi vida.
Fin


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