© Libro N°. 3037. Morsamor. Valera, Juan. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © Morsamor. Juan Valera
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MORSAMOR
Juan Valera
Al
Excmo. Sr. Conde de Casa Valencia
Mi querido primo: Para distraer mis penas egoístas al
considerarme tan vicio y tan quebrantado de salud, y mis penas patrióticas al
considerar a España tan abatida, he soltado el freno a la imaginación, que no
le tuvo nunca muy firme, y la he echado a volar por esos mundos de Dios, para
escribir la novela que te dedico.
Tomando por lo serio algunos preceptos irónicos de don Leandro
Fernández de Moratín, en su lección poética, he puesto en mi libro cuanto se ha
presentado a mi memoria de lo que he oído o leído en alabanza de una época muy
distinta de la presente, cuando era España la Primera nación de Europa. Así he
procurado consolarme de que hoy no lo sea, si bien escribiendo la más
antimoratinesca de mis composiciones literarias. Bien puedo asegurar que hay en
ella
Cuanto puede hacinar la fantasía
En concebir delirios eminente:
Magia, blasón, alquimia, teosofía,
Náutica, bellas artes, oratoria,
Brahmanica y gentil mitología,
Sacra, profana, universal historia.
Y otras mil curiosidades.
Si a pesar de tanta riqueza de ingredientes el pasto espiritual
que doy al público resulta desabrido o empalagoso, no te negaré que he de
afligirme, pero me servirá de consuelo lo inocente de mi trabajo. Nada más
inocente que componer un libro de entretenimiento aunque no entretenga. Con no
leerle evitará toda persona discreta el mal que involuntariamente pudiera yo
causarle. Yo no trato de enseñar nada ni de probar nada. Si alguien deduce
consecuencias o moralejas de la lección de este libro, él, y no yo, será,
responsable de ellas. Yo sólo pretendo divertir un rato a quien me lea, dejando
a los sabios enseñar y adoctrinar a sus semejantes, y dejando a nuestros
hombres políticos la difícil tarea de regenerarnos y de sacarnos del atolladero
en que nos hemos metido.
He de confesarte, sin embargo, que a veces tengo yo pensamientos
algo presuntuosos, porque creo que el mejor modo de obtener la regeneración de
que tanto se habla, es entretenerse en los ratos de ocio contando cuentos,
aunque sean poco divertidos, y no pensar en barcos nuevos, ni en
fortificaciones, ni en tener sino muy pocos soldados, hasta que seamos ricos,
indispensable condición en el día para ser fuertes. Ser fuertes en el día es
cuestión de lujo. Seamos, pues, débiles e inermes mientras que no podemos ser
lujosos. Imitemos a Don Quijote, citando quiso hacerse pastor después de
vencido por el Caballero de la Blanca Luna. Mientras que unos esquilan las
ovejas y mientras que otros recogen la leche en colodras y hacen requesones y
quesos, aumentando así la riqueza individual, y por consiguiente, la colectiva,
nosotros, o al menos yo, incapacitados por la vejez para tan útiles
operaciones, empleémonos en tocar la churumbela, el violón u otro instrumento
pastoril para que se recreen las ovejas.
De pacer olvidadas escuchando,
o quizás consolándose de que poco o nada les dejen que pacer los
rabadanes. A fin de vivir contentos en esta forzosa Arcadia, recordemos
vuestras pasadas glorias, no superadas aún por los pueblos más pujantes y
engreídos que hay ahora en el mundo, y compongamos con dichos recuerdos y con
el buen humor que no debe abandonarnos historias como la que yo te ofrezco, la
cual, si no es amena, es, por su benigna y candorosa intención, digna de todo
aplauso. Date tú el tuyo, defiéndeme con indulgente habilidad de los que me
censuren, y créeme siempre tu afectísimo amigo y pariente,
JUAN VALERA.
En el claustro
- I -
En el primer tercio del siglo XVI, y en un convento de frailes
franciscanos, situado no lejos de la ciudad de Sevilla, casi en la margen del
Guadalquivir y en soledad amena, vivía un buen religioso profeso, llamado fray
Miguel de Zuheros, probablemente porque era natural de la enriscada y pequeña
villa de dicho nombre.
No era el padre alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Y como no se
distinguía tampoco por extremado ascetismo, ni por elocuencia en el púlpito, ni
por saber mucho de teología y de cánones, ni por ninguna otra cosa, pasaba sin
ser notado entre los treinta y cinco o treinta y seis frailes que había en el
convento.
Hacía más de cuarenta años que había profesado. Y su vida iba
deslizándose allí tranquila y silenciosa, sin la menor señal ni indicio de que
pudiese dejar rastro de sí en el trillado camino que la llevaba a su término: a
una muerte obscura y no llorada ni lamentada de nadie, porque fray Miguel,
aunque no era antipático, no era simpático tampoco, se daba poquísima maña para
ganar voluntades y amigos, y, al parecer, ni en el convento ni fuera del
convento los tenía.
En vista de lo expuesto, nadie puede extrañar que hayan caído en
el olvido más profundo el nombre y la vida de fray Miguel.
Ya verá el curioso lector, si tiene paciencia para leer sin
cansarse esta historia, las causas que me mueven a sacar del olvido a tan
insignificante personaje.
Son estas causas de dos clases: unas, particularísimas, que se
sabrán cuando esta historia termine; y otras, tan generales, que bien pueden
declararse desde el principio y que voy a declarar aquí.
Todo ser humano, considerado exterior y someramente, es indigno
de memoria si no ha logrado por virtud de sus hechos o de sus palabras,
habladas o escritas, influir poderosamente en los sucesos de su época, haciendo
ruido en el mundo. Los que ni por la acción ni por el pensamiento, revestido de
una forma sensible, logran señalarse, pasan como sombras sin dejar rastro ni
huella en el sendero de la vida y van a hundirse en olvidada sepultura, sin que
nadie deplore su muerte y sin que nadie, al cabo de pocos años, y a veces al
cabo de pocos días, se acuerde de que vivieron.
Y, sin embargo, cuando por cualquier medio o estilo acertamos a
penetrar en las profundidades del corazón y en los más apartados y obscuros
aposentos del cerebro del personaje al parecer más insignificante, todo suele
cambiar de aspecto en la idea que formamos de él, ya que descubrimos allí
multitud de pensamientos maravillosos y de soberanas aspiraciones, y un mar
tempestuoso de apasionados sentimientos, que ora sean buenos, ora sean malos,
si llegan a ser grandes, dan valer e importancia a la persona que los concibe e
inspiran hacía ella un interés acaso mayor del que nos han inspirado los más
famosos varones al saber sus altas hazañas o al leer sus inmortales escritos.
Fray Miguel, al empezar este relato y al presentarle yo a mis
lectores, no era escritor, ni predicador, ni por nada se distinguía. Cualquiera
otro fraile de su mismo convento era más notable que él.
Antes de entrar en la vida religiosa, tampoco había conseguido
señalarse. Tenía ya setenta y cinco años cumplidos, y para todos sus
semejantes, no pasaba de ser una de las innumerables unidades que forman la
gran suma del linaje humano.
En el convento se sabía poco y a nadie le importaba saber de la
vida pasada de fray Miguel antes de que fuera fraile.
Como otros muchos hombres, en aquel largo período de anarquía,
discordias y guerras civiles que precedió al reinado de los Reyes Católicos,
había buscado por diversos caminos la notoriedad, el poder y la fortuna, y no
había logrado hallarlos.
Fray Miguel había sido soldado y poeta, que eran las dos
profesiones, por las cuales, no siendo clérigo o fraile, podía un hombre del
estado llano en aquella edad encumbrarse o darse a conocer al menos.
Fray Miguel había trabajado en balde. No decidiremos aquí si fue
la capacidad o si fue la ventura lo que le faltó en su empresa. Su ambición y
sus propósitos no debieron de ser pequeños si los calculamos por la
significación del nombre que él, como trovador y aventurero de armas tomar
había adoptado.
Fray Miguel se había llamado Morsamor en el siglo.
Sus versos fueron tan malos, o fueron tan infelices, que no
entraron en ningún Cancionero, aunque en muchos Cancioneros abundan los
detestables, tontos o fríos. Sus hazañas, si las hizo, no le dieron riqueza, ni
valimiento, ni poder, y no hubo cronista que hablase de ellas en sus
narraciones, ni épico callejero que escribiese un mal romance para referirlas y
ensalzarlas. Dice el refrán que el lobo, harto de carne, se mete fraile.
Morsamor no fue como el lobo. Morsamor no cogió la carne: apenas columbró la sombra.
La desilusión, la esperanza perdida, le trajo a la vida monástica.
En ambos reinos, unidos ya bajo el centro de Isabel y Fernando,
había cambiado todo y era menester que Morsamor también cambiase. La paz y el
orden con enérgica severidad habían venido a sobreponerse a la confusión y al
alboroto que estimulaban tanto la ambición y la codicia. Los falsos antiguos
ideales de la Edad Media habían caído por tierra como ídolos quebradizos,
desbaratados y rotos bajo los certeros golpes del cetro de hierro de los nuevos
soberanos. Morsamor no acertaba a descubrir nuevos ideales: nuevos objetos,
término y meta de la ambición humana. A sus ojos sólo quedaba en pie el
venerando e indestructible ideal religioso, que se alzaba como elevadísima y
solitaria torre en medio de un campo arrasado y lleno de ruinas. Lo único que
quedaba como refugio, consuelo y fin de la vida de Morsamor era la religión.
Hízose, pues, religioso por no saber qué hacerse. Y ya se comprende que esta
manera de hacerse religioso de poco o de nada podía valerle así en la tierra
como en el cielo.
Harto se comprenderá también, se explicará y se justificará por
lo dicho, el pobre papel que fray Miguel de Zuheros hacía entre los demás
frailes.
Sólo Dios sabía lo que guardaba él en el centro del alma. En lo
exterior, la figura inconsistente de fray Miguel, sin color, sin energía y sin
carácter propio, se esfumaba en el espacio e iba lenta y desabridamente a
desaparecer en el tiempo.
- II -
De vez en cuando, creciendo en importancia y en frecuencia e
interrumpiendo la monotonía de la vida claustral, llegaban al convento noticias
vagas y confusas que revelaban una pasmosa renovación en la vida social de la
recién formada nación española. Los ideales, por susto de cuya ausencia se
había refugiado fray Miguel en el claustro, brotaron entonces en el suelo
fecundo de España, le cubrieron todo y vinieron a llamar con estrépito en su
celda al desengañado solitario. Mientras que fray Miguel vivía vida
contemplativa y obscura, una vida fecunda en acciones maravillosas se había
desenvuelto en toda nuestra Península, salvando sus límites y confines y
derramándose con irresistible expansión por el mundo todo. Los reyes unidos de
Aragón y Castilla habían vencido a los portugueses en Toro, Vengando la afrenta
de Aljubarrota; habían conquistado el hermoso reino de Granada; habían
expulsado de Italia a los franceses, enseñoreándose de Nápoles y de Sicilia. Un
aventurero genovés había ofrecido llegar a Cipango y al Catay, atravesando con
sus naves el nunca surcado y tenebroso mar de Sargaso, y el aventurero había
descubierto extensas y hasta entonces incógnitas regiones, donde había ido a
plantar la cruz del Redentor y el pendón de Castilla, dejando entrever y haciendo
augurar que la tierra en que vivimos es mayor de lo que se pensaba y que todo
lo oculto y misterioso que hasta entonces había habido en ella iba a revelarse
y a manifestarse a nuestros ojos y a ser dominado por castellanos y aragoneses.
En competencia con ellos y movidos por idéntico impulso, los
Portugueses habían persistido en su casi secular empeño de navegar hasta el
extremo Sur de África, de ir más allá navegando y de llegar a la India y de
apoderarse allí del comercio y de la riqueza de que hasta entonces habían
gozado árabes, persas, venecianos y genoveses.
Iba fray Miguel enterándose vaga y confusamente de todas estas
novedades. Como era Poco comunicativo no decía a nadie la impresión que le
hacían; pero la impresión era profunda, acrecentando su profundidad y su fuerza
la reconcentración y el sigilo con que en el centro de su alma lo escondía
todo.
Cualquier ser humano, como no sea depravadísimo tiene el amor de
la patria, del pueblo, de la tierra en que ha nacido y de la gente a que
pertenece. Este sentimiento es tan natural y tan general, que no he de hacer yo
el elogio de fray Miguel porque le tuviese. Me limito a afirmar que le tenía.
Los triunfos de su nación, el verla trocada de sociedad desquiciada y anárquica
en potencia temida, influyente y gloriosa, lisonjeaban el orgullo de fray
Miguel y le tenía muy satisfecho y orondo. Por nada del mundo hubiera anhelado
él que lo que era no fuese; que de todas las glorias, grandezas y triunfos su
nación resultasen falsedad y sueño vano de la fantasía. Su corazón se alegraba
de que fuesen reales; pero al mismo tiempo, por extraña aunque frecuente
contradicción de nuestro espíritu, había en el suyo vergüenza y abatimiento de
no haber contribuido a la elevación nacional de que se admiraba y se
enorgullecía. Ni con sus humildes rezos, ya en el templo solitario, ya en su
mezquina celda, había contribuido fray Miguel a ninguna de las altas empresas
que se habían llevado a cabo. Su corazón, falto de fe y de esperanza, y su
mente inclinada y torcida a no prever sino lo peor, no habían podido pedir ni
habían pedido al cielo lo inasequible, lo absurdo, lo que no habían concebido
ni en sueños comprendiéndolo sólo al verlo en realidad efectiva. España, pobre,
desgarrada por discordias civiles, sin dominio y sin influjo en lo exterior, se
había transformado de repente en la primera nación del mundo, y fray Miguel que
en sus verdes mocedades había aspirado a llenarle de su ama, como trovador y
como guerrero, tenía entonces que confesarse a sí mismo en amargo vejamen, que
ni como devota fraile, con oraciones y súplicas, había contribuido a tan
maravillosa transformación y a tan no prevista ni imaginada grandeza.
Los nombres gloriosos de navegantes intrépidos, de dichosos e
invictos capitanes, de habilísimos políticos, de negociadores que sabían ganar
ajenas voluntades e imponer la propia, y de administradores juiciosos y
atinados que encontraban recursos sin esquilmar a la nación, todo esto, a par
que halagaba el alma de fray Miguel en lo que tenía de alma española y en lo
que era como parte del alma superior y colectiva de su pueblo y de su casta,
lastimaba, hería y destrozaba su alma individual, colmándola de amargo
abatimiento y de ponzoñosa envidia.
Durante muchos años, desde que se retiró fray Miguel al claustro
hasta mucho después, el completo menosprecio del mundo, o sea del linaje humano
en general y de su pueblo en particular, había estado en perfecta consonancia
con el menosprecio de sí mismo que fray Miguel sentía, de donde resultaba una
tranquilidad fúnebre. Fray Miguel había estado, durante muchos años,
fúnebremente tranquilo, pero el reciente alto concepto que de su patria había
formado y la consideración del valer, de las hazañas y de la gloria de los
hombres que habían encumbrado su patria, se contraponían ahora al menosprecio
de sí mismo que no podía menos de seguir sintiendo, y esto levantaba en su alma
una tempestad de celos y hacía retoñar y reverdecer en ella la antigua ambición
de su mocedad, volviendo a ser ambicioso con más de setenta y cinco años
cumplidos. Su corazón latía con violencia lleno de extrañas aspiraciones bajo
el humilde sayal franciscano. Su corazón se agitaba en la vejez acaso con más
poderosas energías que en la juventud. En su juventud había habido siempre algo
de vano en todos sus propósitos ambiciosos; había puesto la mira en fines
confusos o efímeros y poco elevados; en distinguirse en un torneo o en alguna
otra empresa caballeresca atrayendo la atención o conquistando el afecto de
alguna dama hermosa, encumbrada y noble. Ahora los fines que se proponían, que
buscaban y que alcanzaban los hombres de acción, eran más consistentes, eran
más altos, y no por eso menos positivos y substanciales. El mundo, ignorado antes,
había venido a revelarse con una grandeza real hasta entonces no percibida y
por toda ella iban a extenderse y a triunfar la religión de Cristo y la
civilización de Europa, llevadas par los hijos de Iberia hasta las regiones más
remotas, ya entre gentes bárbaras y selváticas, que, separadas del resto del
humano linaje, no habían seguido su marcha progresiva, y hasta habían olvidado
la nobleza de su origen común; ya entre los pueblos de Oriente, donde
persistían y florecían aún la poesía y el saber y el arte de las edades:
divinas, cuando entendían los hombres que estaban en comunicación y trato con
los dioses y con los genios, por todas partes, entre todas las lenguas, tribus
y gentes, así entre aquellas, que olvidadas de las primitivas aspiraciones y
revelaciones se habían hundido en una vida casi selvática como entre aquéllas
que, combinando y fecundando esas aspiraciones y revelaciones primitivas con
los ensueños de una exuberante fantasía, habían creado una portentosa cultura,
en cuya ponderación y admiración permanecían inmóviles.
Si nos figuramos a todo el humano linaje como inmensa hueste que
marcha a la conquista de una tierra de Promisión, los pueblos selváticos y
rudos que hacia el Occidente se habían descubierto eran como parte de la hueste
que se había extraviado en el camino, y que no sólo había desistido de la
empresa, sino que la habían olvidado. Por el contrario, los pueblos que los
portugueses habían vuelto a visitar en el Oriente, abriéndose camino por los
mares, se diría que, embelesados en el regalo y deleite de encantados jardines
y orgullosos de su primitivo saber y del rico florecimiento de la antigua
cultura, permanecían aún parados e inertes.
Misión providencial de los hijos de Iberia era, sin duda, sacar
a los unos de la abyecta postración en que habían caído y despertar a los otros
del sueño secular, del profundísimo letargo en que estaban.
Esta parte de la misión parecía especialmente confiada a los
portugueses. Habían, como el gentil caballero del antiguo cuento de hadas,
venciendo mil obstáculos y dificultades, penetrado en los deliciosos jardines y
luego en el encantado palacio, donde, desde hacía muchos siglos, la hermosísima
princesa estaba dormida.
El modo que los portugueses emplearon para despertarla del sueño
no fue a la verdad tan dulce y tan delicado como el del cuento; pero la
realidad tiene sus impurezas y aquellos tiempos eran más rudos que los de
ahora. Valga esto para disculpa de los portugueses.
Como quiera que ello sea, ya las noticias de nuestros triunfos
en Italia, ya las vagas y confusas narraciones de los descubrimientos que hacia
el Occidente hacían los castellanos de grandes y fértiles islas y de un
dilatado continente, habitado todo por tribus salvajes y decaídas que no habían
llegado o que habían retrocedido hasta el extremo de no tener animales
domésticos, de no ser pastores, de vivir en un estado de humanidad más
rudimentario que el de los pueblos errantes de Asia y de África; ya las expediciones,
victorias y conquistas de Portugal en la India, que renovaban o eclipsaban las
glorias fabulosas del dios Ditirambo y las hazañas y empresas reales del
Macedón Alejandro y que obscurecían las leyendas de los siglos medios, todo
entusiasmaba y solevantaba a fray Miguel de Zuheros; pero lo que más le
seducía, lo que ejercía fascinador influjo en su ánimo y le atraía
poderosamente, era el éxito de los portugueses en la India.
Acostumbrado fray Miguel a disimular sus emociones, a no
confiarse a nadie y a no desahogar confesándolo lo que tenía en su pecho, no
mostraba en lo exterior ni para cuantos le rodeaban alteración ni cambio.
Como además fijaba poco la atención y todos le tenían por
persona menos notable de lo que era nadie advertía el cambio imperceptible y
lento que en él se había realizado. Fray Miguel estaba más retraído y
silencioso que nunca. De sus labios no brotaban sino las indispensables
palabras que la necesidad o la cortesía nos obligan a pronunciar en la vida
diaria, y no sonaba su voz en más largos discursos que los de las devotas
oraciones que rezaba en el coro.
- III -
En contraposición a la insignificancia y obscuridad de fray
Miguel, había en el mismo convento otro fraile cuya fama y alta reputación de
sabio se extendían por toda la Península y aun trascendían a Italia y a otras
naciones. Se llamaba éste el padre Ambrosio de Utrera. No había disciplina ni
facultad en que no se le proclamase maestro. Era gran humanista, diestro y
sutil en las controversias, teólogo y jurisconsulto, y muy versado en el
estudio de los seres que componen el mundo visible. Se suponía que de magia
natural, astrología y alquimia sabía cuanto podía saberse en su tiempo, y que
él, además, a fuerza de estudios, meditaciones y experiencias, había
descubierto grandes misterios y secretas propiedades y leyes de las cosas
creadas, de lo cual revelaba algo a sus contemporáneos y ocultaba mucho, por
considerar que el humano linaje no alcanzaba aún la madurez y la capacidad,
convenientes para que pudiera confiársele sin profanación o sin gravísimo
peligro la llave de aquellos temerosos arcanos de los que, sin embargo, se
valía él para aliviar muchos males, corregir muchos vicios y mejorar la
condición y la suerte de sus semejantes, los demás hombres.
El padre Ambrosio había ido por orden superior y en misión
secreta a Roma.
No importa a nuestra historia, ni sabríamos declarar aquí,
aunque importase, cuál había sido el objeto de la misión del padre Ambrosio.
Baste saber que estuvo siete años en Roma, bajo el pontificado de León X, y que
volvió a su convento de Sevilla el año de 1521 en que va a empezar la historia
que aquí referimos.
A pesar de su grande autoridad como hombre de ciencia y a pesar
de la austeridad de sus costumbres, el padre Ambrosio era benigno y afable con
todos los hombres y más aún con los desatendidos y desdeñados.
De aquí que fray Miguel de Zuheros, si de alguien había recibido
muestras de cariñosa simpatía, había sido del padre Ambrosio, y si algo los
interiores tormentos de su espíritu había revelado a alguna persona, esta
persona había sido el mencionado padre.
Durante su ausencia, pues, fray Miguel había vivido más aislado
y mudo que nunca.
Con frecuencia, en las horas de recreo y solaz que en el
convento había, cuando ni los padres ni los novicios estudiaban, meditaban o
rezaban, en el extremo de la huerta donde había árboles de sombra y asientos de
piedra, el padre Ambrosio se sentaba rodeado de muchas personas que componían
un atento auditorio, y con fácil palabra les relataba lo que llamaríamos hoy
sus impresiones de viaje.
Describía el padre elocuentemente las magnificencias de la
Ciudad Eterna: sus palacios, sus templos y sus majestuosas ruinas.
El padre Ambrosio no consideraba, sin embargo, a Roma como
ciudad-relicario, museo de antigüedades, residuo maravilloso, pero inerte, de
poderío y grandeza jamás igualados antes ni después en la historia. Roma para
él había sido siempre, y entonces era más que nunca, porque volvía deslumbrado
y hechizado por el esplendor, la elegancia y el lujo de la corte de León X;
Roma era para él en realidad la Ciudad Eterna, la reina de las ciudades, la
capital del mundo. El pensamiento profundamente católico y español del padre
Ambrosio, si no auguraba, si no se atrevía a profetizar una monarquía
universal, la creía posible y hasta probable y creía ver en el giro de los
sucesos y en el desenvolvimiento que iban tomando as cosas humanas que todo se
encaminaba la formación de tan gloriosa monarquía, si monarquía podía llamarse,
y no debía darse otro nombre a lo que imaginaba el padre. Él imaginaba que el
sucesor de San Pedro, vicario de Cristo y cabeza visible de la Iglesia, había
de ser y era menester que fuese el Soberano que dominase sobre toda la tierra y
gobernase y dirigiese al humano linaje como único pastor a una sola grey. Pero
el padre Santo era principal ministro de un Dios de paz: en vez de cetro y
espada tenía cayado. No eran sus armas visibles ni capaces de herir el cuerpo,
sino los espíritus: sus armas eran la bendición y el anatema. Determinando
mejor su concepto, el padre Ambrosio miraba todos los territorios, donde se
había plantado la Cruz redentora, como redil amplio, gobernado por el sucesor
del príncipe de los apóstoles, pero gobernado por la persuasión y por la
dulzura y realizando la paz perpetua. Antes, sin embargo, de llegar a término
tan deseado, era menester el empleo de la fuerza material para traer a Cristo
las cosas todas, para impeler a entrar en el aprisco a las ovejas descarriadas,
y para combatir, matar o domar a los leones bravos y a los hambrientos lobos
que amenazaban el rebaño y, que no le dejaban vivir y pacer tranquilo. El Padre
Santo, pues, a pesar de su inmenso poder espiritual, necesitaba aún, y así
estaba prescrito y decretado en el plan divino, de la historia, un poderoso y
enérgico brazo secular que le ayudase en su empresa, que le valiese para la
pacificación de la tierra toda y para lograr que Roma, al cabo, transfigurada y
purificada, en nada se pareciese a la antigua Babilonia, sino a la Jerusalén
refulgente, que el Águila de Patmos vio descender del cielo, ricamente ataviada
con admirables joyas y con la vestidura nupcial y con las regias galas de la
esposa de Cristo. Para el padre Ambrosio, en suma, el Padre Santo, en nuestra
Ley de Gracia, y en la nueva Era, en cuyo principio creía él vivir, parecía
permanente y más dichoso Moisés, que no había de ver la tierra prometida desde
lo alto del monte Nebo y allá a lo lejos, sino que había de entrar en ella y
dominarla para bien de todo nuestro linaje. A este fin, el Moisés permanente
pedía al cielo un Josué activo y belicoso, cuya espada desbaratase y rompiese
las huestes enemigas y al son de cuyos clarines cayesen derribados con espantoso
fragor los muros de las fortalezas infieles, cuya poderosa hacha de armas
quebrase y derribase todos los ídolos y cuyo brazo infatigable acabase por
plantar la Cruz del Redentor en todas las latitudes y en todas las alturas,
haciendo que las gentes fieras y las más remotas y bárbaras naciones,
desconocidas antes, cayesen ante ella postradas de hinojos.
Este brazo secular, este permanente Josué con que el padre
Ambrosio soñaba, era el pueblo español y era su soberano: flamante pueblo de
Dios y nuevo e inmortal caudillo que la providencia suscitaría a fin de que se
cumpliesen sus altos designios, de todo lo cual la lozanía juvenil de todo
Portugal, Aragón y Castilla era como signo precursor, era como primavera
riquísima en flores, que alegraban el corazón y ya le daban en esperanza segura
el venturoso y sazonado fruto.
Tales eran en cifra los ensueños y las ideas con que a su vuelta
de Roma trajo el padre Ambrosio embargado el espíritu.
- IV-
En su trato y relaciones, así con la gente seglar y profana como
con la mayoría de sus hermanos los religiosos, el padre Ambrosio de Utrera, si
bien mostraba, sin vanidosa ostentación y cuando convenía, la ciencia teológica
que con sus estudios había adquirido y que atesoraba su inteligencia, todavía
guardaba, en lo más hondo y arcano de su mente, cierta filosofía oculta que la
prudencia, y tal vez compromisos y deberes de secta, le prescribían no revelar
por completo a nadie. Algo sólo podía comunicar a los adeptos e iniciados,
según los grados de la iniciación que tuviesen y según las pruebas que hubiesen
hecho.
Con dificultad hablaba y reconocía el padre Ambrosio en las
personas con quien trataba las prendas y requisitos necesarios para la
iniciación.
En el convento sólo había tres frailes con los cuales el padre
Ambrosio se entendía, uniéndolos a él por virtud de misterioso lazo y
haciéndolos participantes con profundo sigilo de sus doctrinas esotéricas, no
del todo ni por igual, sino a cada uno según la aptitud y el vigor de
entendimiento y de voluntad que en él reconocía.
No se presuma, con todo, que él padre Ambrosio imaginase que su
saber oculto se oponía en lo más mínimo a las ortodoxas afirmaciones en que por
fe creía y que forman la base de la religión de que era ministro y sacerdote.
Sencillo y mero narrador de esta historia, no afirmaré ni negaré
yo que hubiese o no hubiese error en el pensamiento del padre Ambrosio. Sólo
diré lo que él pensaba, dejando que la responsabilidad sea suya. Verdad
incontrovertible era para él cuanto está contenido en las Sagradas Escrituras,
interpretadas recta y autorizadamente por los Santos Padres, por los concilios
y por la cabeza visible de la Iglesia: pero, con independencia de esta verdad,
contra la cual nada podía prevalecer, veía el padre Ambrosio una amplia
extensión, un inmenso y casi ilimitado campo, por donde la inteligencia, la
voluntad ansiosa de descubrir misterios y hasta la fantasía creadora que
forjando hipótesis tal vez los explica y los aclara, podían volar libremente,
sin ofender a Dios, antes bien, ensalzándole y glorificándole hasta donde es
capaz de ello la pobre criatura humana.
Para el Padre Ambrosio la revelación era de varios modos y no
acababa nunca. Con frecuencia salían de su boca estas palabras que San Juan, en
su evangelio, pone en los labios de Cristo: Aún tengo que deciros muchas cosas;
mas no las podéis llevar ahora. Muchas cosas quedaban aún por revelar. De
algunas de ellas suponía el padre Ambrosio que él tenía conocimiento, pero este
conocimiento era incomunicable, al menos para la generalidad de los hombres,
porque ahora, entonces, en el momento en que el padre Ambrosio hablaba y
pensaba, no las podían llevar, esto es, no podían comprenderlas.
Así fundaba el padre Ambrosio su ocultismo en un texto sagrado.
Y no por eso desconocía los peligros a que se hallaba expuesto,
penetrando con su espíritu por medio de hondas e inexploradas tinieblas en
busca de nuevas verdades.
Hasta por prudencia, hasta por caridad repugnaba que le
siguieran en tan peligroso camino los que no tuviesen valor probado y la
serenidad y la elevación de juicio convenientes para no extraviarse, y en vez
de hallar nueva luz, caer en transcendentales errores como en profundísima
sima.
En la mente del padre Ambrosio había además otro motivo que
justificaba la no transmisión de mucha parte de su ciencia La palabra alada no
podía llevarla materialmente y atravesando el aire desde un cerebro humano a
otro cerebro humano. No había frase, ni giro, ni idioma capaz de expresar y de
formular de modo sensible lo que el padre suponía haber aprendido o descubierto
allá en las raíces y abismos de su mente cuando tan hondo penetraba. A resurgir
de allí su espíritu se figuraba que volvía, no ya bañado, sino impregnado de
luz vivísima, que sólo podía pasar inmediatamente a otras almas y no
mediatamente por los sentidos corporales y groseros. Quien anhelase poseer
aquella ciencia y el poder que ejerce sobre la naturaleza quien la posee, no
podía adquirirla por la enseñanza oral o escrita de hombre alguno, sino
descendiendo en su busca hasta los abismos donde quien la traía consigo la
había alcanzado.
En suma, el padre Ambrosio podía enseñar, y enseñaba, toda
aquella parte más vulgar de su magia, que se fundaba en el conocimiento
experimental del organismo de los seres animados, de hierbas y de metales, de
linimentos y pociones; pero la potencia mágica de su alma, la fuerza que había
tomado el espíritu en la propia raíz de su ser y con la que avasallaba las
substancias materiales y dominaba la naturaleza, esto no podía transmitirse. Ni
por difusión ni por intensidad cabía en esto adelanto o mejora en la serie de
los siglos. Hermes sabía y podía más que el padre Ambrosio. En su ciencia
intransmisible no había habido ni podía haber habido progreso. El progreso, la
difusión por enseñanza era dable para los menos iniciados en no pequeño
conjunto de noticias, de secretos raros y de atinada averiguación de
propiedades de los seres.
De los tres adeptos que el padre Ambrosio tenía, el más
adelantado era el hermano Tiburcio, humilde lego, aunque señaladísimo y
estimadísimo en el convento por su ferviente piedad religiosa.
Esta piedad había hecho que en un principio mirase el hermano
Tiburcio con repugnancia y hasta con horror al padre Ambrosio por la fama que
con vaguedad le acusaba de hechicero; mas vencida al cabo la repugnancia, la
doctrina del padre Ambrosio penetró con ímpetu en el espíritu del hermano
Tiburcio, arrollando toda contradicción y produciendo allí vivísima fe y devoto
entusiasmo.
El mayor recelo del hermano Tiburcio se había disipado. Había
pensado él que la doctrina ortodoxa debía circundar y encerrar el espíritu como
fuerte muro flanqueado de eminentes torres, y temía que al salir de él el
espíritu orgulloso le derribase, o al menos le quebrantase, apagando los faros
luminosos que en las torres resplandecían, y que el espíritu entonces, perdido,
sin guía y sin luz en las tinieblas, jamás volvería a encontrar su santo
refugio.
A esta objeción había contestado el padre Ambrosio valiéndose de
un símil semejante. Así había dominado el temor del hermano Tiburcio.
-Mi fe religiosa -le había dicho el padre Ambrosio-, es, sin
duda, como fortaleza inexpugnable, mas no para que yo me quede encerrado en
ella cobarde y ocioso, sino para que me valga como apoyo y como centro de mis
más atrevidas excursiones y de mis conquistas más gloriosas por las inmensas e
ignoradas regiones, donde el pensamiento humano ha de erigir un día su trono y
ha de fundar su imperio. Sin duda, con la fe y con el amor, ayudado de los
dones sobrenaturales de la gracia, el alma puede llegar hasta Dios mismo y
unirse en cierto modo con él; pero mi ciencia profana, sin contradecir la obra
sobrenatural de las divinas virtudes: tiene distinto objeto, que agrada también
a Dios, aunque en muy inferior grado. Yo no soy, ni merezco ser, un santo; pero
¿por qué no he de ser un sabio, un conocedor de aquella magia, que sin ofender
al cielo, sin buscar el auxilio de genios o de ángeles réprobos, y valiéndose
sólo de medios naturales, acierta a producir prodigios pasmosos? En esta
ciencia te iniciaré yo, porque te creo capaz de estudiarla y de alcanzarla. Y
bien puedes estar seguro de que esta mi ciencia profana no se opone ni a la
santidad ni a la pureza de la fe ni a la perfección ascética y mística a que
puedas elevarte. En suma, tantas y tales razones alegó el padre Ambrosio, que
el hermano Tiburcio hubo de quedar convencido, convirtiéndose en su más
apasionado discípulo y en su más constante satélite.
De los otros dos iniciados que tenía el padre Ambrosio no se
fiaba tanto, aunque también les comunicaba algunos de sus menos hondos
secretos.
Para los demás frailes y para el resto del humano linaje no
iniciado, el padre Ambrosio jamás hablaba de su ciencia oculta, pero discurría
con fácil elocuencia, sobre todo cuanto del saber paladino o no oculto se
alcanzaba en su época, y trataba de viajes, de planes políticos y de cuanto
presumía que había de suceder en el mundo o que convenía que sucediese.
Tales eran en cifra los ensueños y las ideas con que a su vuelta
de Roma trajo el padre Ambrosio embargado el espíritu.
- V -
El padre Ambrosio era inagotable en las descripciones y pinturas
de cuanto había visto en Roma y de los grandes sucesos que allí había
presenciado o que había allí comprendido mejor por encontrarse él en el centro
del mundo.
Cada día, en el extremo de la huerta, bajo los álamos frondosos,
hacía el padre Ambrosio un largo discurso que frailes y novicios escuchaban en
religioso silencio. No siempre comprendía la mayoría del auditorio todo cuanto
el padre describía o contaba; pero hasta lo menos comprendido tenía un no sé
qué de peregrino y poético que deleitaba y cautivaba la atención.
Los discursos del padre Ambrosio eran como una serie de
lecciones, en las cuales instruía a sus oyentes y les mostraba el estado del
mundo en la edad aquella y contemplado todo desde el foco mismo de la
civilización cristiana. A veces pintaba el padre el florecimiento de las artes,
y encomiaba las obras pasmosas de Leonardo de Vinci, de Rafael y de Miguel
Ángel, que venían a eclipsar las obras del arte antiguo, o a competir al menos
con las que resurgían y se extraían del seno de la tierra, en donde habían estado
sepultadas durante largos siglos de obscuridad y de barbarie. Pugnaba el arte
nuevo por imitar el antiguo, pero la misma no vencida dificultad de la
imitación daba ser a un arte distinto.
Algo semejante ocurría en ciencias y en letras humanas.
Comentando, explicando e interpretando los antiguos filósofos como Platón y
Aristóteles, se formaba una nueva filosofía, se abrían esplendidos y dilatados
horizontes y se descubrían caminos y términos con los que Aristóteles y Platón
jamás habían soñado. Como o si la tierra de Italia estuviese fecundada por un
espíritu nuevo, hasta los prófugos de la antigua Bizancio, que habían traído
como penates la ciencia y las letras de los antiguos, las transformaban, al
transmitirlas y enseñarlas a los italianos, en algo lleno de novedad, de vida y
de sugestión poderosa. Esos mismos prófugos, que sin dejar huella, mudos e
inactivos, hubieran acabado en el viejo imperio de Bizancio por disiparse como
sombras y por hundirse en el olvido, arrojados de su patria y en el nuevo suelo
que les daba hospitalidad, habían cobrado inesperada energía, y, difundiendo su
saber, cumplían alta misión civilizadora y dejaban en pos de ellos un
imperecedero y luminoso rastro. En la magnífica puerta de la edad moderna, arco
triunfal que daba entrada a una nueva Era, esos hombres, escapados de las
ruinas de un destrozado Imperio y como exhumados y vueltos a la vida, figuraban
y resplandecían ahora entre los fundadores de nueva y mayor civilización, entre
los hierofantes de la ciencia del porvenir. Bessarión, Láscaris, Teodoro Gaza,
Juan Argirópulos, Chrisóloras, Jemistio Pleton y no pocos otros fueron los
iniciadores y maestros del saber antiguo y como los paraninfos que procuraron y
concertaron las fecundas bodas del poderoso genio del renacimiento y de la musa
helénica.
En otros días pintaba el padre Ambrosio el esplendor y la
magnificencia de la corte de León X, a quien rendían tributo todas las naciones
y prestaban respetuoso homenaje los más altos príncipes y poderosos monarcas.
Dábale esto ocasión para ensalzar al pueblo y a los soberanos de España, que
pasmosamente cumplían su misión de dilatar por el mundo el imperio de la fe
cristiana. Entusiasmado con esto el padre Ambrosio, pintó a los frailes la
pompa triunfal con que Tristán de Acuña entró en Roma. Tal vez desde los
tiempos en que volvió el andaluz Trajano de conquistar la Dacia, moviendo por
última vez al dios Término para que ensanchase el imperio de Roma, Roma no
había presenciado espectáculo más grandioso. Esta vez los nuevos romanos, los
fuertes hijos de Lusitania, habían llevado al dios Término más allá de donde le
llevaron o soñaron en llevarle Osiris, el hijo de Semele y Alejandro de
Macedonia. Le habían llevado más allá del Indo y del Ganges. El tremendo
conquistador Alfonso de Alburquerque había recorrido victorioso los mares de
Oriente, desde Aden hasta Borneo; había conquistado y destruido reinos, había
hecho tributarias o entrado a saco populosas y ricas ciudades desde Ormuz,
emporio de Persia, India y Arabia, hasta Malaca, en el extremo sur de Siam.
Para capital de los nuevos dominios portugueses había tomado dos veces por
asalto a Goa, en el vecino reino de Villapor, realizando Increíbles hazañas y
cometiendo inauditas crueldades. Había visitado a Ceilán, tierra encantada de
las piedras preciosas, delicia del mundo, patria de la canela y, de las perlas.
El apóstol Santiago, montado en su caballo blanco, se aparecía en las más
sangrientas batallas de Alburquerque e iba matando moros. Cristo mismo para dar
testimonio de la misión divina que a Alburquerque había confiado, le mostró en
el cielo una gran cruz luminosa, hacia el lado de Arabia, convidándole y
excitándole a Conquistar a Aden, a ir luego a la Meca a incendiar y destruir el
templo de la Caaba, y a dirigirse por último a Jerusalén para libertar el Santo
Sepulcro. La muerte sorprendió a Albuquerque en medio de estos últimos
colosales proyectos; pero antes de morir había realizado tan grandes cosas, que
el rey don Manuel, su augusto y dichoso amo, se complació en darlas a conocer
al Papa de un modo digno y solemne, y para ello le envió como embajador a
Tristán de Acuña, quien había precedido a Albuquerque en el mando de la India y
bajo cuyas órdenes al principio Albuquerque había militado.
De esta gloriosa embajada portuguesa, que el Padre Ambrosio
presenció durante su permanencia en Roma, hizo el padre a los frailes un
entusiasta relato.
- VI -
La fama, decía el padre Ambrosio, había anunciado por toda
Italia la novedad singular de la Embajada portuguesa, gran multitud de
forasteros de todas las repúblicas y principados de Italia acudieron a Roma.
Calles, plazas, balcones y azoteas estaban llenas de gente que se apiñaba, y
empujaba para coger buen sitio y ver pasar la procesión desde la puerta del
pueblo hasta el punto en que León X debía recibirla. Era a fines de marzo: una
hermosa mañana de la naciente primavera. Rompían la marcha varios heraldos a
caballo con los estandartes de Portugal. Seguían luego, a caballo también, los
trompeteros y los músicos tocando clarines y chirimías. Trescientos
palafreneros, vestidos de seda, llevaban de la rienda otras tantas briosas y
bellísimas alfanas, ricamente enjaezadas con gualdrapas y paramentos de brocado
y caireles de oro. Iba en pos vistosa turba de pajes y de escuderos. Luego
todos los portugueses, eclesiásticos y seculares, que entonces residían en
Roma. Luego los parientes del Embajador, todos en caballos, que ostentaban
ricos jaeces. Eran los jinetes más de sesenta hidalgos, que lucían sedas y
encajes, collares y cadenas de oro y de piedras preciosas, y en los sombreros,
cubiertos de perlas, airosas y blancas plumas. Para mayor decoro y ostentación de
la Embajada, marchaban enseguida muchos empleados y gentileshombres asistentes
al solio pontificio, y la guardia de honor de Su Santidad, compuesta de
arqueros suizos y de lanceros griegos y albaneses. Capitaneaba la segunda parte
de la procesión el caballerizo mayor del rey, Nicolás de Faría, quien montaba
un magnífico caballo con arreos cubiertos de oro y tachonados de perlas.
Inmediatamente marchaban dos elefantes, en cuyas torres iban los
presentes que el rey don Manuel enviaba al Papa. Con fantásticos y vistosos
trajes, naires de la India, montados en el cuello de aquellos gigantescos
cuadrúpedos, los iban dirigiendo. Después aparecía lo más espantoso de aquella
pompa. Montado en un soberbio alazán de Persia iba un domador de Ormuz, que
llevaba a las ancas, en el mismo caballo y, casi abrazado con él, un tigre
domesticado. En carros, y encerrados en jaulas, iban después leopardos y otras
alimañas feroces que el rey don Manuel regalaba al Papa, además de las joyas,
de la canela, de la pimienta, del clavo, de las armas y de los tejidos y
bordados del Oriente. La Embajada venía en pos de todo esto formando un
conjunto deslumbrador. Marchaba primero el ilustre poeta García de Resende,
recopilador del Cancionero que lleva su nombre, y Secretario de la Embajada, y
le seguían los reyes de armas de Portugal con sus lucientes cotas y los maceros
del Papa, que precedían al Embajador Tristán de Acuña. Éste, por la riqueza de
su traje, por su gentil y noble presencia y por la pujanza y hermosura del
corcel en que cabalgaba, dejaba eclipsados a todos los caballeros y personajes
que iban en torno de él formando comitiva; al Gobernador de Roma, al duque de
Bari, a los Obispos y a los Arzobispos y a los Embajadores de Alemania,
Francia, Castilla, Inglaterra, Polonia, Venecia, Milán y otros Estados.
Al ir desfilando esta procesión, la multitud entusiasta lanzaba
sonoros vivas y altos gritos de admiración y de aplauso, mientras que
estremecían el aire el estruendo de las salvas de artillería y el repique de
campanas de todas las iglesias de Roma.
El Padre Santo aguardó la Embajada y la vio venir desde el
balcón principal de la Mole Adriana o Castillo de Santángelo, donde se parecía
cercado de cardenales, príncipes y altos dignatarios. Los elefantes, cuando
estuvieron a la vista del Papa, metieron las trompas en unas calderetas de oro,
que para el caso iban preparadas y llenas de exquisita agua de olor, y lanzaron
luego el líquido que en las trompas habían absorbido, perfumando a la
muchedumbre.
Al referir todo esto, el padre Ambrosio encumbraba el concepto
que de Portugal debía tenerse; pero en su mente era más alto aún el concepto
que Aragón y Castilla le merecían. El Papa Alejandro VI había repartido y
dividido el mundo entre las dos monarquías de la Península. Por lo pronto,
Portugal brillaba más; pero la empresa de Aragón y Castilla era más sublime,
gloriosa y difícil, y por lo mismo tardaba más en realizarse. Ambos pueblos
iban buscando la cuna de las primeras civilizaciones; los orientales alcázares
del Sol, donde le recibía en su tálamo la Aurora; el imperio en que se cría la
seda, y la tierra fértil de las especial y de los aromas. Los portugueses
habían llegado ya, caminando hacia Oriente. Los castellanos, caminando hacia el
Occidente, ansiosos de circunnavegar el planeta, habían hallado un imprevisto
obstáculo, un valladar inmenso, un continente extensísimo que se dilataba
millares de leguas, casi desde un polo a otro, y que les cerraba el camino de
Cipango, del Catay y de la India. El mundo resultaba mucho mayor de lo que se
habían imaginado. En la realidad, o más bien en el concepto de los hombres, era
ya más que doble. Colón, creyendo hallar la India y la China, había hallado un
nuevo mundo. A los castellanos incumbía civilizarle, erigir en él la cruz de
Cristo, edificar en él templos y palacios y fundar en él ciudades y repúblicas.
La tarea era más ardua, aunque al principio menos lucida. Todo ello, no
obstante, no se oponía, y ya el padre Ambrosio lo pronosticaba, a que, salvado
el valladar del enorme continente nuevo, surcasen las quillas castellanas más
largos y desconocidos mares, diesen la vuelta al mundo y encontrasen, caminando
siempre hacia el ocaso, a los portugueses en el extremo Oriente victorioso.
Agitado por inspiración profética, el padre Ambrosio predecía ya
como muy cercano, como muy próximo a realizarse este glorioso acontecimiento,
el mayor y el más trascendente de la historia humana después de la tempestuosa
proclamación de la ley antigua en la cumbre del Sinaí y después del tremendo
drama del Calvario que redimió a los hombres, y que con sangre divina lavó sus
pecados y confirmó la ley nueva.
- VII -
Con mayor atención que nadie, y con avidez reconcentrada y
silenciosa, oía fray Miguel todos los discursos del padre Ambrosio, y su alma
ardía cada vez más en el fuego de dos violentas pasiones. Una de ellas, el
orgullo de nación y de casta, plenamente satisfecho, ensanchaba su corazón y
tal vez le hacía latir, brioso y alegre, como allá en los años de su juventud
primera. La otra pasión era de envidia, de creciente abatimiento, de rabia y de
menosprecio de sí mismo, al considerar su oscura insignificancia, y sus ocios
viles y abyectos, durante mis de cuarenta años, en los cuales se había renovado
el mundo, se había revelado y más que duplicado a los ojos de las asombradas
naciones europeas, y España había surgido entre ellas y se había levantado por
cima de ellas, triunfante, cubierta de laureles, abriendo ancha entrada y largo
camino a un porvenir de mayores glorias y conquistas. Este segundo sentimiento
predominaba en el alma de fray Miguel y le ponía más tétrico y silencioso.
Ninguno de los frailes, sus compañeros, notaba ni por indicios el tormento
infernal que desgarraba el corazón del ambicioso fray Miguel, y que para un
observador perspicaz y que sintiese por él algún afecto, se vislumbraba en su
pálido y demacrado rostro, en las muecas nerviosas y como de réprobo que
involuntariamente hacía de vez en cuando, y en el brillo calenturiento de sus
hundidos negros ojos, a los cuales, así como a la despejada y blanca frente,
daba casi siempre sombra la capucha.
El padre Ambrosio fue el único que entrevió el tempestuoso
estado del ánimo de fray Miguel y la ambición y la envidia que le devoraban y
que el propio padre Ambrosio, al principio irreflexiva e involuntariamente,
había con sus discursos soliviantado y exacerbado.
El padre Ambrosio tuvo compasión de fray Miguel; pensó en
consolarle y hasta en curarle, y anheló en esta obra de misericordia desplegar
todos los poderes que su ciencia oculta le había dado y acudir a los
misteriosos recursos de la magia, de la alquimia y de otras artes adquiridas
por él a fuerza de estudios y de largas vigilias.
El padre Ambrosio jamás había ejercido ni querido ejercer cargo
en el convento. Hubiera podido ser guardián, pero era sencillamente un fraile
como otro cualquiera. Su extraordinaria reputación inspiraba, no obstante, el
respeto más profundo. Y más que el padre guardián, por su dignidad y oficio, se
hacía él respetar, obedecer y temer por las singulares prendas de su carácter,
por su inteligencia, por su saber y por los poderes sobrenaturales que se le
atribuían.
Movido a compasión como ya hemos dicho, y excitado también por
la curiosidad y el empeño de penetrar en el fondo oscuro de un corazón humano,
cuya profundidad vislumbraba, el padre Ambrosio, después de uno de los
discursos que solía pronunciar bajo los álamos, citó a fray Miguel para que
fuese a hablar con él en su celda.
-Tengo -le dijo- no pocas cosas que confiarle y muchas más que
preguntarle, a las que quiero que en puridad me responda sin reserva ni
disimulo.
Fray Miguel acudió a la cita a altas horas de la noche, entre
completas y maitines.
El padre Ambrosio aguardaba en su celda. Sobre la mesa de nogal
ardía una lámpara que iluminaba el rostro del padre Ambrosio. Era el padre más
anciano que fray Miguel. Su frente calva y su barba luenga y blanquísima le
daban muy venerable aspecto. Sobrela mesa, además de la lámpara, había recado
de escribir, un crucifijo de metal sobre una cruz de ébano, varios libros
manuscritos e impresos y una calavera.
Cuando entró fray Miguel, el padre Ambrosio le indicó para que
se sentase un sillón de brazos, al otro lado de la mesa y enfrente al que él
ocupaba.
Sentado fray Miguel y en silencio, el padre Ambrosio habló de
esta suerte.
-Hermano, mi vista, que penetra y escudriña los corazones, ha
penetrado en el tuyo y ha visto que está lleno de ambición, de codicia, de sed
de deleites, honores y poder, y de desesperación, porque en tu mocedad no
pudiste alcanzarlos, y hoy, abrumado por la vejez, no te queda ni la más leve
esperanza. Por despecho, hace ya más de cuarenta años, abandonaste el mundo y
la vida activa, creyéndote capaz de la vida contemplativa y mística. Mas por el
pensamiento eres menos capaz de elevarte que por la acción, y ahora, al ver
cuánto han conseguido por la acción los hombres de tu edad y de tu pueblo,
aunque como español te enorgulleces, te acibaran el patriótico orgullo y te
roen las entrañas la envidia de esos hombres y la contemplación de la oscura y
estéril inercia en que tú has vivido. Si yo creyese que se aproximaba la
plenitud de los tiempos y que el linaje humano en las vías que sigue, trazado
por el mismo Dios, se hallaba cerca del término que deseo y que considero
infalible, yo condenaría esas pasiones que te agitan y te atormentan. Pero como
hay mucho que combatir y muchos obstáculos que vencer todavía, tal vez durante
siglos, yo aplaudo los poderosos estímulos que en ti hay, y, aunque renacidos
tan tarde y tan fuera de sazón, no quiero sofocarlos, sino darles pábulo y
hasta satisfacción en cuanto esté a mi alcance, valiéndome para ello de mi
ciencia portentosa. Yo, al contrario que tú, he desdeñado siempre la acción
material; en vez de dominar el mundo, me he satisfecho con contemplarle, pero
al contemplarle, le he comprendido, y, comprendiéndole, me he enseñoreado de él
con poder más amplio y más hondo y seguro que el de los más poderosos
soberanos. Ellos, además, no dominan sino lo presente; el término de su vida ha
de ser el término de su imperio. Yo, hasta cierto punto, domino también en el
porvenir. Mi dominio es de dos modos: uno por el conocer; en los casos humanos
hay una parte que indefectiblemente se cumple en virtud de leyes eternas y de
plan divino. La marcha de los sucesos es como el curso de los astros: no hay
potencia humana que los desvíe de la senda que tienen trazada desde la
eternidad, en el tiempo y en el espacio, en la tierra y en el cielo. Pero al
comprender yo la ley que siguen, mi inteligencia se enseñorea de la ley como si
la impusiera, porque mi voluntad coincide en tan elevado punto con la
inteligencia y con ella se identifica. Dentro de esta ley, dentro de la amplia
senda que siguen los sucesos, se mueve con holgura el libre albedrío del
hombre, y caben determinaciones y hechos, que nosotros podemos modificar o
producir.
En esta parte secundaria puedo yo valerte. Acudiré a una
comparación a fin de que mejor lo entiendas. Figúrate que la historia de
nuestro linaje es como drama maravilloso, compuesto por un divino poeta, el
cual ni consiente ni puede consentir que se altere, ni se cambie ni una sílaba,
ni un tilde de lo que ha compuesto. El drama ha de representarse sin
modificación, sin supresión y sin añadidura: tal como lo escribió el poeta;
pero tal vez el sabio empresario, tal vez el director de escena pueda repartir
a su gusto los papeles. La sabiduría eterna, que todo lo prevé, previó también
esta repartición, pero no la dispuso. Dejó que la libertad humana la
dispusiera. Ahora bien, yo creo, o, mejor dicho, yo doy por seguro que, en
virtud de mi ciencia y por los poderes que mi ciencia me otorga, puedo conceder
o dar un papel brillante a quien mejor me parezca, aunque no ciegamente, sino
después de ciertas pruebas y examen que justifiquen mi elección y que me
demuestren a las claras ser digno de ella el elegido. Las pruebas son
terribles. ¿Querrás tú, podrás tú someterte a esas pruebas?
En el rostro de fray Miguel, al escuchar con atención el
anterior discurso, se pintaban muy diversos sentimientos que ya se sucedían, ya
coexistían, combatiendo unos contra otros por la posesión de su alma.
Interrogado por el padre Ambrosio, le contestó de esta manera:
-Me deleita y me pasma lo que dices; pero he de confesarte que
entiendo algo de ello de un modo confuso, que hay algo que no entiendo de
ningún modo, y que sin dudar de tu buena fe, dudo del poder de tu ciencia y
recelo que el amor propio te lleve a dilatar fantásticamente sus límites mucho
más allá de donde en realidad llega su imperio. No negaré yo que tú has leído
en mi alma como en un libro abierto y sabes cuanto en ella hay. No admiro, sin
embargo, tu penetración. Antes de que años ha te fueses a Roma, ganaste mi
confianza y lograste que te descubriera yo entonces parte de las pasiones que
me agitaban. No lo has olvidado. Después ha sido fácil y es poco pasmoso,
aunque yo nada te he dicho, que hayas adivinado que mi mal, en vez de remediar
se ha ido en aumento. De lo que yo dudo ahora es de que esté en tu mano dar a
mi mal remedio. Ni mi mal le tiene ni tú se le buscas ya por medio de la
religión. Lo repugna mi espíritu cada vez más pervertido y agriado. Cuando
abandoné el siglo y el mundo y vine a refugiarme en el claustro, me impulsaban
y halagaban ambiciosas esperanzas que también al fin se han desvanecido. En la
tierra no había logrado yo, o por caprichos de la adversa fortuna, o por mengua
de mi entendimiento, o de mi voluntad, elevarme entre los demás hombres por
fama, poder o riqueza, pero confiaba en que con las energías de mi anhelo
podría yo conquistar el reino de Dios y alcanzar en él bienes superiores a todo
el poder que en la tierra despliegan los hombres, a toda la riqueza de que
gozan y a toda la fama y crédito que conceden. En el día de hoy estoy ya
desesperado. Reconozco que todo fue vana ilusión de mi orgullo. Ignoro si es
culpa mía o de mis hados adversos. Bien puede ser que mi entendimiento carezca
de alas para elevarse a ciertas alturas, que no ha ya impulso en él para
penetrar en el abismo de lo sobrenatural, ni que mi alma acierte a hundirse en
él valerosamente por un arranque de abnegación y por la irresistible fuerza del
amor divino. Ello es que yo, y perdóneme Dios el concepto grosero que formo de
su reino, ello es, repito, que aun suponiendo que, acrisolado y purificado por
mil tormentos, que hacen un purgatorio de mi vida, logre entrar en el ciclo,
haré en él tan insignificante, vil y desairado papel como el que en la tierra
he hecho. ¿Qué seré yo al lado de los santos gloriosos, de los heroicos
mártires de los que asombraron al mundo con sus penitencias, de los que
difundieron por cuantos son sus climas y, regiones la hermosa doctrina del
Cordero inmaculado? En el cielo, pues, será delirio de mi imaginación perversa,
pero aun cuando yo me ponga, me pongo entre la más baja plebe y mi envidia, y
mis celos, y mi rabia, en intensidad y en duración, toman las colosales
proporciones de la vida eterna, y me burlan y me convierten el cielo en
infierno. A extremo tan horrible ha venido a parar mi fe religiosa, que hasta
imaginándome salvado, soy precito. Mi ser íntimo está formado de suerte que
nunca, en mi sentir, ni en otra vida mejor, como nunca no atine yo a ganarlas
en ésta, podrá hallar satisfacción, paz y ventura. El desengaño amargo, el
conocimiento de mi impotencia, el recuerdo ponzoñoso de mis derrotas, subirán
conmigo a la gloria, aunque yo suba a la gloria, y me la trocarán en espantoso
infierno. Sí, padre, el infierno está en mi alma; en lo más profundo de ella he
querido esconderle; pero no he podido engañar a Dios; Dios lo ha visto y no me
llevará a su cielo cuando el infierno está en mí. Yo me explico la abnegación,
yo me siento capaz de todo sacrificio, yo desdeñaría honras, poder y deleites,
y lo dejaría todo, y haría vida penitente y me abrasaría entonces en amor
divino; pero necesito antes tener esas honras, alcanzar ese poder, tener en mi
mano cuantos deleites y venturas hay en la tierra, para poder luego desdeñarlos
y sacrificarlos. Pero no teniéndolos, ¿qué desdeño ni qué sacrificio? Yo me he
metido fraile creyendo que no servía sino para fraile. Luego he descubierto con
horror y, asco de mí mismo que ni para fraile sirvo. Ahora quisiera yo
desgarrar y tirar mis hábitos, volver al mundo y acometer y llevar a cabo
empresas tales que justificasen mi ambición, que la justificasen a mis propios
ojos y que anonadasen el desprecio con que a mí mismo me miro y con que al
mirame me mato; pero con muerte que no tiene fin y cuya horrible eternidad está
en mi conciencia.
-Singular extravío de tu espíritu- interpuso con calma el padre
Ambrosio- fue el que te trajo al claustro, confundiendo y tomando el despecho
por verdadera y santa vocación. Pero tú eres tan valiente como ambicioso, si
nada te asusta ni te arredra, yo podré, no remediar tu mal, pero ponerte en
situación de que tú mismo le remedies, de que satisfagas tus ambiciosos
propósitos, de que apartes de ti la duda que puedes o de que no puedes y de que
realices los esfuerzos de tu voluntad, haciéndolos fecundos. Mi ciencia, por
ti, puede hacer un milagro. Te advierto, no obstante, que no puede hacerle ni
le hará mi ciencia sin tu auxilio. En la producción del milagro, por tanto o
por más que mi ciencia han de entrar y han de ser parte tu fe, tu plena
confianza en mí, tu firme decisión y tu brío. He de poner a prueba tu valor.
Veremos si desfalleces.
- VIII -
El padre Ambrosio, en pago de la confianza que a fray Miguel
infundía, quiso mostrarse no menos confiado.
-Yo no puedo revelarte -le dijo- mi oculto saber. Se oponen a
ello, por sentencia unánime los iniciados y maestros. En el estado que hoy
tiene la sociedad humana, divulgar mis secretos sería causa de una perturbación
espantosa. El gran Raimundo Lulio amenaza con la condenación eterna a quien los
divulgue. La doctrina debe permanecer oculta y sólo transmitirse entre los
iniciados por medio de misteriosos símbolos y para el vulgo indescifrables
figuras. La llave del tesoro ha de confiarse sólo a quien sea capaz de
custodiarla. La ciencia no es un sueño vano. Todo está escrito desde hace más
de sesenta siglos; pero son pocos, muy pocos, los que entienden lo escrito y lo
interpretan. Hermes, tres veces grande, con un buril de diamante hecho ascua
grabó todo lo sustancial de la ciencia de esmeraldas y dejó escondida la lámina
en la mayor de las pirámides de Egipto, en recóndito y estrecho aposento,
adonde no podía llegarse sino por un revuelto e inextricable laberinto o bien
por la violencia de un héroe conquistador, de sobrehumanas facultades.
Alejandro de Macedonia halló la lámina de esmeraldas, pero no la comprendió. Ni
Aristóteles ni ninguno de los sabios que después ha habido la han interpretado
y comentado como se debe. Yo me lisonjeo de entender todo su sentido; pero no
quiero ni puedo explicártele ni me entenderías aunque te le explicase. El que
le entiende, la lámina misma lo declara, tendrá toda la gloria del mundo y de
en torno suyo se apartarán las tinieblas. Yo no puedo darte la ciencia. La
ciencia que poseo es intransmisible, pero puedo y quiero darte los bienes que
de la ciencia dimanan, que yo desdeño, porque soy superior a ellos, pero que
sujeto a mis ordenes. Sígueme si tienes valor; sube conmigo a mi laboratorio y
allí verás cómo se agitan los misteriosos poderes y cómo las energías ocultas
realizan transformaciones y van más allá, y trasmutan las sustancias, y de lo
sólido y duro sacan el oro, y en lo aéreo y difuso hallan el movimiento y la
fuerza y los medios de renovar y de reconstituir la vida. Si tienes valor, si
presencias sin temblar y sin desmayarte mis tremendas operaciones y te sometes
a ellas, yo te prometo que te devolveré el vigor de la mocedad y los medios de
ponerte a prueba por segunda vez, y sin perder tiempo ver de un modo definitivo
si vales o no vales.
Dicho esto, el padre Ambrosio, tomando en la mano la lámpara que
ardía sobre la mesa y sirviendo de guía, hizo entrar a fray Miguel en la
mezquina alcoba donde tenía su cama. Allí había, en el ángulo formado por las
paredes del fondo y lado derecho, una estrechísima escalera de caracol, por
donde ambos frailes subieron más de treinta escalones. Al extremo de ellos
había una compuerta, que el padre Ambrosio levantó con facilidad. Ambos se
encontraron entonces en un espacioso camaranchón, lleno de extraños objetos que
provocaron la admiración y el asombro y despertaron la curiosidad de fray
Miguel de Zuheros. En varios anaqueles, multitud de vasijas de barro,
ampolletas de vidrio, redomas y pomos, que contenían sin duda extrañas drogas;
arrimados a la pared o suspendidos de ella, dos esqueletos humanos y pájaros y
reptiles disecados; en diversos poyos, en mesas, en hornillas y en anafes,
retortas, embudos y vasos de metal y de arcilla; en la gran chimenea de
campana, que estaba en la pared opuesta al sitio por donde habían entrado,
ardía un poco de leña en medio de rescoldo y ceniza. En el centro de la
estancia, una lámpara de bronce, pendiente del techo por una cadena, derramaba
luz más viva, clara e intensa que la producida por la combustión de la cera y
del aceite. Casi debajo de la lámpara había un atril y en el atril un gran
libro manuscrito en pergamino. El padre Ambrosio se acercó al libro y dijo:
-Ésta es la Alegoría de Merlín.
Luego leyó, extractando e interpretando en nuestra lengua
vernácula, el contenido de las páginas por donde el libro estaba abierto:
«Él quiso beber del agua que le agradaba. Se la trajeron y
bebió. Se puso muy pálido. Sintió grandes dolores como si le arrancasen con
tenazas pedazos de su cuerpo. Invadieron su ser la pesadez y la fatiga. Cayó
por último en profundo letargo. "Ha muerto -decía la gente-. El médico que
le dio el agua le ha envenenado. Menester será enterrarle o quemarle antes de
que se pudra e inficione toda la tierra." Pero el sabio médico no
consintió que le enterrasen. Le puso en una caja de hierro en forma de cruz,
ungiéndole antes con raros linimentos y olorosos bálsamos. Cercó de fuego y de
llamas el féretro metálico, y pronto, muy pronto, volvió a la vida el que
parecía muerto, y volvió tan lleno de hermosura y de fuerza, que todos le
amaban y los reyes y los poderosos de cuantas naciones hay en el mundo le
honraban y le temían.»
El Padre Ambrosio cerró entonces el libro y continuó hablando de
esta suerte:
-Algo semejante al procedimiento alegórico del sabio puedo yo
hacer contigo. De tu confianza en mí y de tu valor depende el logro de tu
deseo. Un extracto, una quinta esencia de la piedra filosofal es ardiente
líquido que puede y debe dar, ya que no la inmortalidad, juventud, fuerza y
plena duración de vida. Si te sometes, me atrevo a hacer en ti la peligrosa
experiencia. Hay quien afirma que mi maestro Lulio consiguió remozarse, que
Alán de la Isla vivió cerca de dos siglos, que Nicolás Flamel vivió cuatro, y
que frisó en la edad de mil años el sabio Artefio. Algo de esto entiendo yo que
podré hacer contigo si tú te prestas y si Dios me ayuda.
Fray Miguel de Zuheros permaneció en silencio por no saber qué
contestar, lleno de dudas y recelos. Era naturalmente incrédulo y desconfiado,
y su corta ventura y los muchos y tristes años que había vivido habían
arraigado en su alma y acrecentado más cada día la incredulidad y la
desconfianza. Ora dudaba del saber del Padre Ambrosio, atribuyendo a jactancia
sus ofrecimientos; ora recelaba de un modo confuso que el padre Ambrosio
intentaba hacerle juguete de una burla cruel para reprimir y humillar su ambición
impotente e inveterada.
Notando el padre Ambrosio que la vacilación, que el recelo
causaba el silencio de fray Miguel, habló de nuevo, y dijo:
-Te callas y vacilas, y no lo extraño ni lo censuro. Para que yo
haga contigo lo que puedo hacer, se necesita que te fíes de mí por completo,
que me rindas todas las potencias de tu alma, que seas entre mis manos,
mientras duren mis operaciones mágicas, como masa inerte, sin voluntad, sin
entendimiento y sin sentido. No bastaría que yo, por fuerza o por astucia, te
despojase de todo. Se requiere que tú mismo te despojes y te sometas a mi poder
con abnegación sin límites. Y no quiero ni exijo yo que esto sea de repente y
como por sorpresa. Te concedo tres días para que lo pienses y lo decidas. Al
cabo de ellos, ven por aquí, a la misma hora en que has venido esta noche, a
decirme la determinación que hayas tomado. Ahora vete a tu celda.
Respondiendo sólo con una profunda inclinación de cabeza,
obedeció fray Miguel; bajó del camaranchón antes que el padre Ambrosio, y
despidiéndose de él atravesó los oscuros claustros, levemente iluminados por la
luz de las estrellas y por una lamparilla que ardía ante un crucifijo pendiente
del muro, y se retiró a su celda, todo conmovido por los mil encontrados
pensamientos, deseos y temores que combatían por la posesión de su alma.
- IX -
Desde que se retiró a su celda fray Miguel de Zuheros hasta que
pasaron los tres días y se cumplió el plazo señalado por el padre Ambrosio, la
agitación del ánimo de fray Miguel fue grandísima, y apenas le dejó pocos
instantes de reposo. Su sueño fue breve y lleno de extrañas visiones. La
destemplanza de su sangre y la excitación de sus nervios ya le hacían tiritar
con intenso frío, ya sofocarse hasta sudar con el calor de la calentura. Motivo
y no pretexto tuvo para no asistir por enfermo ni al coro ni al refectorio.
Acudió, no obstante, aunque sin comer apenas y casi sin desplegar los labios
sino para murmurar sus rezos.
Fray Miguel no habló con nadie, pero hablé mucho consigo mismo,
en aquella conversación interior y profunda, cuyas palabras y frases no es
menester que suenen o en la que tal vez se dice y se representa todo de un modo
más directo y más vivo, sin acudir a los signos arbitrarios de las frases y de
las palabras.
Punto menos que imposible es reproducir aquí lo que fray Miguel
pensó y se dijo. En todo discurso, si se enuncia por el lenguaje humano, las
imágenes, las pasiones y los pensamientos van tomando forma, sucediéndose y
mostrándose con cierto orden y gradación, unos en pos de otros. En fray Miguel
no era así: en silencio exterior estaba él, sin voz y sin acento que pudiesen
percibir los sentidos; pero allá en los abismos de su alma se levantaba
tempestad espantosa. Recuerdos, esperanzas, dudas y desengaños; todo acudía en
tumulto y asaltaba y atormentaba su mente. Fray Miguel, por involuntario
impulso, hacía un raro examen de conciencia.
El bien y el mal de cuanto había hecho se le aparecían como
presente y no como desvanecido y pasado, y al mismo tiempo hacían irrupción en
su espíritu, en tropel contradictorio y confuso, triunfos y derrotas, crímenes
y virtudes, gloria y oprobio y mil portentosos lances y sucesos, que flotaban
sin encadenamiento que los ligase, en un porvenir nebuloso.
Arduo sería penetrar en el espíritu de fray Miguel y descubrir
cuanto en aquel momento le agitaba; pero aún es arduo el empeño de distinguir
lo que bullía en aquel caos y darlo a conocer por medio de la palabra escrita.
Haré, no obstante, un esfuerzo, a fin de que se sepa algo de lo que entonces
fray Miguel sentía y pensaba. Lo que en su mente era simultáneo no podrá menos
de sucederse en el soliloquio; pero lo que él interiormente se hablaba, carecía
de conclusión y de principio y se manifestaba todo a la vez.
Desesperado de lograr en el mundo la fortuna que buscaba, fray
Miguel, a los treinta y cinco años de su edad, se había refugiado en el
claustro. Su última derrota había sido en la batalla de Toro, donde militó en
defensa de doña Juana, en las huestes portuguesas.
Ya en el claustro, pensó que la paz le bastaría. Se propuso no
aspirar sino a la paz, pero conoció pronto que la paz no le bastaba. Su
ambición y su codicia de riquezas, bienes, poder y deleites materiales, le
alejaron del mundo, mas no para hundirse y perecer, sino para buscar su
satisfacción más allá del mundo: en algo tan sublime y tan luminoso que todas
las excelsitudes y resplandores del mundo fuesen, en su comparación, ruindad,
misericordia y sombra. En la fertilidad y verdura de los campos, en las umbrías
solitarias, durante las horas meridianas, cuando vierte el sol a torrentes sus
rayos esplendorosos, en el augusto silencio de la noche, en la amplitud del
cielo lleno de estrellas, en el movimiento y en la vida de los seres, en la
hierbecilla que pisaban sus pies, en la flor silvestre que deshojaban sus dedos
y en el astro remoto que sus ojos apenas distinguían, en lo más cercano y en lo
más distante, fray Miguel buscó la clave del misterio, quiso hallar la cifra de
un nombre incomunicable, pugnó porque se le apareciese y se le revelase lo
sobrenatural y lo sobrehumano. Sin duda era el orgullo y no el amor quien
impulsaba a fray Miguel; fray Miguel no consiguió nada.
Entonces apartó el sentido y distrajo la atención de todo lo
creado, de cuanto se muestra en lo exterior a nuestros ojos o resuena en
nuestros oídos. Como buzo que baja en busca de coral y de perlas al fondo de
los mares, hundió su mente en la íntima contemplación de su propio ser,
buscando allí la raíz por donde estaba asido y como pendiente de lo infinito.
Tampoco así halló nada, sino oscuridad vacía y lúgubre.
Volvió el pensamiento de fray Miguel al mundo exterior.
Desechando la idea de estar poseído, concibió la esperanza de poder estar
obseso. ¿Era él tan vil y tan indigno que no lograse ponerse en comunicación
con seres inteligentes que no formen parte del linaje humano? El universo está
lleno de tales seres. ¿Por qué eran tan groseros sus sentidos que no los
percibían? ¿No podría él evocarlos, formar parte y alianza con ellos y adquirir
virtudes, poder y fuerzas superiores a cuanto posee la generalidad de los
mortales de su misma especie?
Cuando se paraba fray Miguel en esta impía imaginación, solía
caer en el más hondo abatimiento, y tal vez exclamaba:
-Sin duda no me ha faltado ni la intención, ni el propósito, ni
el valor de darme al diablo, pero el diablo no me quiere y me desdeña. Yo no
consigo lo que consigue cualquiera vieja ignorante y estúpida. Las puertas que
defienden la mansión del milagro, ya celestial, ya infernales, están cerradas
para mí. Llamo a ellas y nadie me responde.
La reacción del orgullo venía luego a levantar su espíritu y a
elevarle al extremo contrario: al mayor grado de soberbia.
-Ningún demonio viene y me ayuda -decía-, porque son inferiores
a mí porque no pueden darme lo que me falta porque yo valgo más que ellos. En
balde me humillo pidiéndoles que me socorran. Lo que me conviene es buscar el
camino del lugar hasta donde mi aptitud y mi predestinación pueden conducirme,
y, desde allí, llamarlos y sujetarlos a mi mandato, no tomándolos como
protectores, sino como siervos sumisos.
En estas y en otras cavilaciones, que entonces se presentaban
juntas en la mente de fray Miguel, habían pasado muchos años en su vida
claustral. Su orgullo no había consentido que fuese un santo; pero también su
orgullo se había opuesto a que ningún poder infernal viniese a dominar su alma,
ocupada y dominada toda por su orgullo mismo.
En el espíritu de fray Miguel había además poco briosas
facultades que le habilitasen para conquistar y dominar nada por medio del
pensamiento, Era distraído, poco insistente, ambicioso de ciencia como de todo,
pero sin la paciente perseverancia que se requiere para adquirirla. Fray
Miguel, si era algo, si algo valía, era como hombre de acción, aunque su poca
fortuna o su mucha torpeza le habían extraviado en el camino, encontrando sólo
cuando se cansó y se hartó de andar por él, el desengaño más negro. Aborrecía
la vida; pero tenía miedo de la muerte. Así por la época de fe en que vivía
como por la natural condición de su espíritu en la cabeza de fray Miguel no
cabía imaginar que fuera la muerte la aniquilación del individuo, la
desaparición de la persona, el olvido de todo. Él veía en el término de su vida
mortal, no sueño eterno, sino tránsito a vida nueva. Y no le asustaba tanto el
temor de ser condenado y no salvado cuanto el humillante recelo de ser tan
insignificante en la vida futura como en la vida presente, y de que así en el
cielo como en el infierno, se le hiciese poquísimo caso, se le tratase con el
mismo desdén con que en este mundo sublunar sus semejantes le habían tratado.
La monotonía y la uniformidad de la vida habían hecho que el
tiempo pareciese que pasaba con inaguantable lentitud, según iba pasando, pero,
pasado ya, transcurridos los cuarenta años de convento, fray Miguel volvía la
vista atrás y no veía el larguísimo camino que había seguido y la enorme
distancia que del punto de partida le separaba. Como no tenía variedad de
sucesos con qué llenar, diversificar y distinguir aquella larga serie de años,
toda ella le parecía soplo, relámpago fugitivo, desmayo y letargo que, al
disiparse, se lo había llevado todo consigo, esperanzas y proyectos y hasta la
posibilidad de forjarlos de nuevo. La horrible vejez había caído sobre él sin
sentir. Su cabeza se había cubierto de canas y su rostro de arrugas. Cascada y
temblona estaba su voz, sin brío sus brazos, flojas y vacilantes sus piernas.
La luz hería y lastimaba sus ojos, sin dejarle ver con distinción claridad y
deleite las formas y los colores. Y aun esta amarga luz, que le ofendía más que
le iluminaba, estaba amenazándole con abandonarle para siempre y sumirle en
tinieblas. Y ya sabía, él por sus experiencias y por sus frustrados conatos
anteriores que por mucho que penetrase y ahondase en estas tinieblas, no
lograría romper su duro y tupido velo y bañar su espíritu en el infinito y
luminoso mar donde le habían dicho que se bañan las almas, si se reconcentran
en ellas mismas y se desprenden de lo terrenal y caduco.
Su vida iba tocando a su fin: hasta entonces había sido
lastimosa y estéril, y, sin embargo, él daba inmenso precio a la vida. En esta
baja tierra, encerrado nuestro espíritu en este cuerpo mortal y flaco y
asistido y servido por sus órganos durante breve tiempo, que huye para nunca
volver, fray Miguel entendía que era menester conquistar el respeto, la
nombradía y el valor y el mérito que por toda una eternidad hemos de poseer,
siendo por ello remunerados o castigados, glorificados o despreciados. Tan alta
era la importancia que fray Miguel daba a nuestra existencia efímera y
transitoria en este planeta. De mucho dudaba fray Miguel, en mucho no creía;
pero, como roca cuyo cimiento y raíz se hunde tanto en el seno de la tierra que
no hay impetuoso torrente que la derribe y la arrastre, así su firme creencia
en el valer de la vida humana, en este mundo, para preparación y prueba y para
conquista de otra más alta vida, se conservaba firme y arraigada en su espíritu
contra todas las tempestades y contra todas las avenidas de dudas y pasiones
que habían pugnado y que pugnaban aún por arrancarla de allí y por sepultarla
en la vana región de los sueños.
Cuán enorme no sería el pesar de fray Miguel, que tamaña
importancia atribuía a la vida, al ver que la suya iba ya a consumirse, tocaba
a su fin, sin que persistiese más en ella que la energía de atormentarse y de
desesperarse.
Si el padre Ambrosio no se burlaba de él, si no se jactaba en
vano, si por medio de sus artes mágicas podía volverle la mocedad, fray Miguel
estaba seguro de que sabría aprovecharla y no perderla sin fruto como había
perdido la mocedad pasada. Ahora tenía él más claro concepto del valor de la
vida y de los fines a que podía y debía aspirar en el mundo. La ociosa y larga
meditación de sus cuarenta años de vida claustral, las estupendas novedades y
sucesos, cuya resonancia había llegado a conmoverle y alborotarle en su retiro,
la explicación que el padre Ambrosio hacía de todo y de que él se había
penetrado con pasmo oyendo sus discursos, todo le persuadía de que se mostraba
ante sus ojos el blanco adonde le importaba dirigir la mira, el digno empleo de
su resucitada actividad, la misión que le tocaba cumplir secundando el
propósito y cooperando al plan de la Providencia.
Con lógica inconsecuencia, fray Miguel estaba lleno de dudas, y
por momentos de negaciones, cuando en lo interior de su propio ser buscaba la
verdad; pero, no bien su pensamiento salía fuera de sí y se extendía sobre la
faz de la tierra, todo era en fray Miguel fe y esperanza en los sublimes
destinos del humano linaje y en el papel principal y brillante que le tocaba
hacer a su pueblo. La fe del padre Ambrosio había sido como llama voraz que
había incendiado su alma haciéndola de luz y de fuego. El entusiasmo le poseía,
pero hasta entonces la envidia, nacida a par del entusiasmo, le había
desgarrado el pecho y le había devorado las entrañas. Vivir y morir en la
oscuridad y en la inercia cuando tan grandes cosas realizaba el esfuerzo de los
hombres, para fray Miguel era insufrible.
Resolvió, pues, someterse a todas las pruebas y a todas las
operaciones mágicas de que el padre Ambrosio había hablado a fin de remozarse y
de lanzarse de nuevo en la palestra y tomar parte en la lucha. La agitación y
el estruendo de esta lucha penetraba en el claustro, rompían su silencio,
llamaba a la puerta de su celda y le excitaba y le convidaba a armarse y a ir
al combate. Se le antojaba a veces que resonaba en sus oídos como la trompeta
del día del juicio y que le resucitaba de entre los muertos.
El portentoso poema épico que el padre Ambrosio fantaseaba en
sus discursos iba verificándose y desarrollándose en la consistente realidad de
la historia, y fray Miguel no se contentaba con ser oyente o lector del poema,
sino que anhelaba ser uno de sus héroes. Y ora fuese por severidad de juicio,
ora porque fray Miguel no quería que ningún individuo descollase mucho sobre
él, fray Miguel ponía como héroe principal del poema a todo su pueblo,
mirándole como pueblo elegido, como nuevo pueblo de Dios que había de vencer a
todos los enemigos de su ley, que había de arrostrar todos los peligros, y que
había de dar cima a mil inauditas empresas.
Fray Miguel no veía ni se forjaba en la mente un campeón que
todo lo dirigiese y que se llevase la palma. Por bajo del pueblo estaban o
surgían todos los campeones. Alborotados los reinos de Castilla y Valencia por
las comunidades y germanías, allá en su pensar sigiloso fray Miguel no estimaba
mucho al joven, extranjero y ausente Emperador. Sospechaba que había de heredar
algo de la extravagante locura materna y de la ligera futilidad de su padre, y
que una inquietud sin propósito había de tejer la tela de su vida. Pero el
pueblo español era grande, y de su seno surgirían adalides que venciesen y
dominasen. Ellos derrotarían al turco, que amenazaba la cristiandad; ellos, con
armas temporales y espirituales, lograrían sofocar la herejía que estaba
naciendo en Alemania, y que, barbarie mental, ansiaba derrocar el imperio de
Roma en los espíritus, como los antiguos bárbaros habían destruido el imperio
material de Roma. España, con sus héroes y con sus santos, había de sostener y
conservar la unidad divina que informa y da vigor a la civilización europea. Y
esta civilización poderosa y benéfica había de continuar difundiéndose por
todos los climas y regiones, tierras y mares del mundo que habitamos.
Fray Miguel había ya oído hablar con horror y sabía las audacias
del fraile Martín Lutero y sus propósitos infernales, pero, en el fervoroso
espíritu de fray Miguel estaba ya la convicción profunda de que Dios había
suscitado en España un gigantesco contrario al sajón heresiarca para
arrebatarle sus conquistas. Entretanto, seguían extendiéndose magnificándose
las de nuestra fe y nuestras armas en los más apartados y hasta entonces
inexplorados países, y entre gentes infieles y selváticas, alucinadas por el demonio
y entregadas a crueles supersticiones y a monstruosos y nefandos ritos. A esta
difusión de la luz y de la verdad, aunque más por medio de las armas que por
medio de vanos discursos, se consideraba llamado y predestinado fray Miguel, en
cuanto el padre Ambrosio realizase en él el prometido milagro de remozarle.
Fray Miguel tendió, pues, a la celda del padre Ambrosio,
resuelto a todo, y en la noche y en la hora convenidas.
- X -
El padre Ambrosio estaba aguardándole. Saludó a fray Miguel con
una leve inclinación de cabeza, y, sin decir palabra, le indicó que le
siguiese. Ambos subieron por la escalera de caracol a la ancha cámara que ya
conocemos.
Todo estaba en ella como lo hemos descrito antes. Sólo había
tres objetos que por su novedad llamaron enseguida la atención de fray Miguel.
En la chimenea en vez de no haber más que rescoldo y cenizas, ardía bastante
leña, que levantaba llamas, en cuyo centro, sobre unas trébedes, se veía una
retorta de cobre, donde empezaba a hervir un líquido. El tubo encorvado, con
que terminaba la cobertera de aquel pequeño alambique, iba a parar a una urna
de vidrio suspendida en la pared y llena de agua clara. Dentro de la urna o
refriante se veían las toscas de la culebra de metal. La cabeza de la culebra
aparecía fuera de la urna en su parte baja.
No lejos de la chimenea estaba por el suelo un féretro abierto y
vacío. Y por último ocupado en mullir y arreglar los almohadones, donde había
de reposar la cabeza la persona que en el féretro se encerrase, estaba el
hermano Tiburcio, predilecto y aprovechado discípulo del padre Ambrosio.
Encarándose éste con fray Miguel, apenas dejó caer la compuerta
por donde había entrado, le dijo con gravedad solemne:
-Si fuera lícito valerse de palabras sagradas, aplicándolas a lo
profano, con el único propósito de hacerse entender mejor, yo me atrevería a
decirte, a fin de inspirarte denuedo y a fin de infundirte omnímoda confianza
en mí, que yo soy resurrección y vida, y que si crees en mí, vivirás cuando
mueras.
-A todo estoy dispuesto. Mátame, si es necesario o conveniente a
nuestros fines.
-A decir verdad y desechando toda jactancia, la muerte que yo te
dé ha de ser aparente y no real. La virtud de volver a la vida a quien la
pierde no es dada aún, ni acaso sea dada nunca, a la ciencia meramente natural
y humana. Y yo, conviene que así lo entiendas, no acudo ni quiero ni puedo
acudir a medios sobrenaturales para obrar mis prodigios. Mi magia es toda
natural y lícita, aunque es de dos maneras: la que se funda en el conocimiento
de hierbas, de drogas y de otros recursos enteramente materiales, en la cual
está instruido el hermano Tiburcio, que como ves, ha venido a ayudarme, y la
magia superior, incomunicable y pura, cuyo poder estriba en el centro del
espíritu, en el ápice de la mente, en la raíz misma por donde nuestro limitado
pensamiento, no sólo toca, sino está asido a lo infinito. De esta más elevada
ciencia, aunque todavía natural y nada más que humana, el hermano Tiburcio
tiene pocas nociones. Yo sólo soy quien la posee. De ella depende el éxito de
mi empresa. Y no debo ocultarte que si bien tengo yo el éxito por seguro
reconozco modestamente que puede engañarme el amor propio. Si así fuese, si el
amor propio me engañase, yo te mataría sin querer, pero te mataría. Ya ves a lo
que me aventuro. ¿Quieres tú también aventurarte?
-Quiero -contestó sin arrogancia y con tranquilidad fray Miguel.
-Para el rejuvenecimiento -continuó el padre Ambrosio- que ha de
verificarse en ti, se requiere algo parecido a la muerte, aunque no sea muerte,
¿Te sometes a ello?
-Me someto.
-Pues bien, dentro de poco te sumiré en letargo profundísimo: el
hermano Tiburcio y yo te ungiremos; las sienes y la frente con un precioso
bálsamo; te tenderemos y te encerraremos en ese féretro que miras abierto en el
suelo; y al cabo de poco, si no son falsas mis teorías, aunque nunca
corroboradas aún por la experiencia, así como la crisálida rompe la tela que la
envuelve y sale convertida en mariposa, aparecerás tú, mozo robusto y capaz, si
tienes bríos en el alma, de acometer y dar cima a las empresas más arriesgadas
y espantables. Veo con satisfacción que estás muy animado. Ya no dudo de tus
bríos espirituales. Pero, aunque el espíritu sea fuerte, la carne flaquea, es
menester que se fortalezca tu mísera carne. Así, antes de remozarte, a par que
sientas el deseo en el alma sentirás en tu cuerpo debilitado ya por los años el
prurito de que se remoce. Para ello has a tomar una poción preparatoria,
sabiamente compuesta de substancias eficacísimas, con tal habilidad y tino
combinadas y templadas, que no se neutralizan sus encontrados efectos, sino que
se armonizan y conspiran todos al mismo fin.
Dirigiose, entonces el padre Ambrosio hacia un ángulo de la
estancia donde había un pequeño velador y sobre él una bandeja, un jarro y una
ancha copa de plata. Llenó luego la copa del líquido que el jarro contenía, y,
llamando a fray Miguel y dándosela para que bebiese, le dijo:
-Con esto se fortalecerá tu cuerpo y se hará apto para las
operaciones ulteriores. Es un elixir exquisito, en cuya composición entran el
nepenthes que dio Elena a Telémaco para disipar su melancolía; la flor del
cáñamo de la India; el soma, o licor divino de los antiguos brahmanes; el hongo
de Siberia, que infunde furor bélico, y el zumo de las mandrágoras, con que Lía
amó y deseó con mayor vehemencia a Jacob y se hizo de él amada y deseada.
Fray Miguel tomó la copa, y, casi de un solo trago, apuró todo
el licor que contenía.
El hermano Tiburcio que lo presenciaba y miraba todo en
silencio, aproximó un taburete e indicó por señas a fray Miguel que en él se
sentase. Enseguida tomó con los dedos cierto linimento oloroso, que había en un
pomito de vidrio, y ungió con él lo más alto de la cabeza, la frente y las
sienes del fraile.
Mientras se verificaba la untura, el padre Ambrosio recitó no
corta serie de palabras y frases, al parecer de un lenguaje exótico y punto
menos que inaudito. Al extraño son de aquellas palabras, o acaso por obra del
linimento, fray Miguel imaginó que todo brincaba. Y giraba en torno suyo con
rapidez vertiginosa; que los muros y el suelo amenazaban derrumbarse, y que el
edificio no estaba parado y fijo sobre su cimiento, sino que iba lanzado por el
espacio sin límites.
Por dicha, cesó pronto en el cerebro de fray Miguel aquel a modo
de marco. Y, terminada también la serie de conjuros ininteligibles, oyó que el
padre Ambrosio le decía:
-No es todo alucinación mental lo que acabas de experimentar
ahora. En gran parte, es efecto de las palabras mágicas que he pronunciado.
Nada, sin embargo más natural. No receles artes ni prestigios diabólicos. Las
palabras que he pronunciado ignoro yo lo que significan, pero me consta que
nada hay en ellas de pecaminoso. Se han ido conservando por tradición oral
entre varones piadosos aficionados a la magia lícita, y son palabras del idioma
primitivo que se hablaba mucho antes de Abraham, en Ur de los caldeos, y aun
antes en el imperio que fundó Nemrod en el centro del Asia. La clave de este
idioma se perdió siglos ha, y acaso no vuelva nunca a encontrarse. Yo he oído
referir que un antiguo rey de Nínive, llamado Asurbanipal, siete siglos antes
de nuestra Era, formó una biblioteca de libros escritos en esta lengua, que era
ya una lengua muerta, como el latín hoy entre nosotros. Pero los libros
reunidos por Asurbanipal, sepultados hoy entre las ruinas y escombros de
antiquísima ciudad y regio alcázar, eran ya de una época de gran decadencia
cuando el mencionado primitivo idioma estaba corrompidísimo, y la alta
filosofía que le había informado viciada y cuajada de supersticiones. En
cambio, las palabras que yo he dicho son del idioma primitivo y puro, y no son
signos arbitrarios, sino que tienen relación íntima y substancial con los
objetos que expresan o designan. De aquí el alboroto, la agitación y el tumulto
de todas las cosas creadas cuando tales palabras se pronuncian. Juzgo de mi
deber explicarte todo esto para que no te des a sospechar que soy brujo, que me
valgo de prestigios o que ando en tratos con el diablo. Aunque peque yo de
sobrado llano y pedestre diré, para mayor claridad, que juego limpio.
Fray Miguel estaba tan impaciente y tan ansioso ya de
rejuvenecerse, que las explicaciones del padre Ambrosio le parecían inútiles y
le cansaban. Por el debido respeto, sin embargo, no se atrevió a dar la menor
señal de impaciencia. El padre Ambrosio se complacía en perorar, y prosiguió de
esta suerte:
-Ten calma y espera. La destilación del maravilloso filtro, que
va a remozarte, se está verificando en ese pequeño alambique, Apenas empiece a
salir por la boca de la culebra la refinada quinta esencia, acudiré a recogerla
en la misma copa en que bebiste la poción preparatoria, y tú la beberás sin
vacilar.
-La beberé con ansia -contestó fray Miguel- para apagar la sed
de vida y de juventud que me devora.
-Todavía me incumbe decirte -interpuso el padre- que no quiero,
cuando te remoces, dejarte ir solo por esos mundos de Dios. Deseo que lleves en
tu compañía a alguien de toda mi confianza, que sabrá, sin duda, conquistar la
tuya y que vendrá a ser como tu criado, paje, escudero y secretario, todo en
una pieza.
-¿Y quién va a ser ese acompañante que me designas?
-El hermano Tiburcio, que está presente -contestó el padre
Ambrosio-. Más gana tiene él de correr mundo que de estar metido en su celda.
Con todo no es esta la razón que me induce a que el hermano Tiburcio te
acompañe. Los caballeros que salen en busca de aventuras llevan siempre
escuderos, y tú no has de infringir esta ley, o esta costumbre. En cuantas
historias conozco de hombres que para medrar o para divertirse y holgarse se
han dado al diablo, el diablo figura después constantemente al lado de ellos como
ayudante o espolique, y tú no has de ser menos aunque distes muchísimo de
haberte dado al diablo. Tendrás, pues, escudero, aunque natural y humano. El
hermano Tiburcio, si bien es un mozuelo barbilampiño, sabe más que el diablo y
te valdrá de mucho. Por otra parte, yo he observado que tú eres sobrado serio y
esta seriedad continua a la larga a ti mismo te aburriría. Importa, pues, que
la temple y modere un sujeto algo cómico y jocoso, como lo será el mencionado
hermano. Jovial será él, si tú saturnino, y juntos recibiréis combinado el
influjo mirífico de los dos más poderosos planetas. He pensado además que
necesito tener con frecuencia noticias tuyas, satisfacer mi curiosidad y ver
cómo va saliendo esta experiencia que ahora, hago. En las venideras edades sé
yo que inventarán los hombres medios ingeniosos para ponerse en comunicación
con la rapidez del rayo y dirigirse la palabra desde un extremo a otro de la
tierra. Pero tales inventos distan mucho aún de verse realizados y de ser
vulgares. Sólo los iniciados en mi ciencia oculta se entienden ya y se hablan
desde muy lejos, sin aparato alguno físico ni mecánico, sino por el arte y la
fuerza del alma. El hermano Tiburcio irá, pues, contigo también, para que se
entienda conmigo y me informe de todo. Y por último, si tú acometes altas
empresas, las llevas a cabo, y vences y triunfas, no quiero yo que todo esto se
ignore, se sepa mal o se olvide, y el hermano Tiburcio, que es un buen letrado,
te acompañará para ponerlo por escrito con el mayor esmero y legarlo a la
posteridad más remota. Será para ti, válgame como ejemplo, lo que para don
Pedro Niño, valeroso y galante conde de Buelna, fue Gutierre Díez de Games, su
alférez.
A este punto de su algo prolija disertación llegó el padre
Ambrosio, cuando empezó a manar por la piquera del alambique el líquido
destilado. Sin darse un instante de vagar, tomó el padre la copa de plata, se
acercó a la piquera, la llenó del líquido y se le dio a beber a fray Miguel sin
decir más palabra.
En silencio también, sin susto y con ansia, fray Miguel se llevó
la copa a los labios y bebió el licor que había en ella.
El efecto fue rápido y terrible. A fray Miguel se le trabó la
lengua y no pudo exhalar ni queja ni suspiro. Palidez mortal cubrió su rostro.
A los pocos instantes cayó como herido del rayo. Y sin duda hubiera dado en
tierra de golpe, si el padre Ambrosio y el hermano Tiburcio, apercibidos ya
para el caso, no le hubiesen sostenido. Todo el cuerpo de fray Miguel adquirió
de súbito una rigidez más que cadavérica. No parecía ya de carne, sino de
madera o de barro.
El padre Ambrosio, no obstante, tuvo a tiempo la precaución de
cruzar a fray Miguel las manos sobre el pecho.
El hermano Tiburcio tomó por la espalda a fray Miguel. Por los
pies le levantó el padre Ambrosio. Ambos le llevaron al féretro y allí le
dejaron tendido.
Las aventuras
Cesse tudo o que a Musa antiga canta,
Que outro valor mais alto se alevanta.
Camoens, Os Lusiadas, Canto 1.
Alter erit tum Tiphys, et altera quae vehat argo
Delectos Heroas: ............................
VIRGILII, Égloga IV.
- I -
En el año 1521 era Lisboa la más espléndida, animada, pintoresca
y original ciudad de Europa. Fundada sobre varias colinas, se extendía ya por
la margen derecha del Tajo, siguiendo su curso hacia el mar. Los palacios y
jardines de dicha margen hacían delicioso el camino que iba y va hasta el sitio
donde el rey don Manuel el Dichoso había erigido graciosa y elegante torre, en
conmemoración de que allí se embarcó Vasco de Gama para ir por vez primera a la
India, y no lejos el magnífico templo y claustro de Belén, obra de singular y
bellísima arquitectura. Frente del más populoso centro de la ciudad, en la
opuesta orilla del río, se alzaba la villa de Almada, sobre enriscado
promontorio. Y desde allí, mirando en dirección contraria a la que trae el
agua, ésta se extiende y la orilla se aleja, formando una extensa y grandiosa
bahía, capaz de contener entonces todos los barcos de guerra y de comercio que
surcaban los mares.
Aquella bahía estaba concurridísima. En ella había naves
inglesas y francesas, de Holanda y de las ciudades anseáticas, de Aragón y de
Castilla, de Génova y de Venecia y de otras Repúblicas y, Principados de
Italia. Todas acudían allí para traer telas, alhajas, primores y otros objetos
de arte, producto de la industria europea con que satisfacer el amor al fausto
de los portugueses y para llevar, en cambio, clavo y pimienta, perfumes de
Arabia, canela de Ceilán, sedas y porcelanas del Catay, marfil de Guinea,
alfombras de Persia, chales y albornoces de Cachemira, perlas, diamantes y
rubíes de las montañas y de los golfos de la India, bambúes y cañas y tejidos
de algodón y de nipa de Bengala, monos, paraguayos y otras aves de vistosas
plumas, y mil exóticas curiosidades del Extremo Oriente.
La muchedumbre de hombres y mujeres que hervía en los muelles y
paseos, calles y plazas de Lisboa tenía extraño y pasmoso aspecto por la
variedad de sus rostros, de sus trajes y de los idiomas que iban hablando. Por
dondequiera se notaban movimiento y bullicio, pero más que en ninguna parte, en
la calle Nueva y plaza del Rocío, donde estaban las tiendas de los más ricos
mercaderes, y a lo largo de la orilla, casi hasta Belén, donde a la par de las
quintas y de los parques había grandes almacenes o depósitos para las
mercancías que se embarcaban o desembarcaban. Millares de esclavos negros,
empleados en las faenas del puerto y en otros trabajos, discurrían solícitos
por dondequiera. Marineros, soldados y hombres y mujeres del pueblo paseaban o
formaban grupos para charlar y reír, tratar de amores o promover pendencias,
Entonadas hidalgas, ya caminasen a pie, ya a las ancas de una mula que montaba
y dirigía respetable escudero, ya en soberbios y dorados palanquines, solían
llevar lucido séquito de dueñas, lacayos y pajes para mayor autoridad y decoro.
Los magnates y señores ricos se mostraban cabalgando en hermosos caballos con
ricos jaeces y con numerosa comitiva de criados y familiares de sus casas. Y el
señor rey, que gustaba como nadie de la pompa y del aparato, salía con
frecuencia en público formando con su lujoso y raro acompañamiento una
procesión admirable. No semejaba el monarca portugués, príncipe de Europa, sino
déspota oriental, soberano de cuentos de hadas o de Las mil y una noches,
merced al brillo y al lujo que le circundaban. Le precedían a veces elefantes y
rinocerontes, domadores que llevaban serpientes y tigres domesticados, y el rey
iba a caballo, en medio de los más brillantes señores de la corte, sus
favoritos y validos, todos con muy elegantes y vistosas sopas y con airosas y
blancas plumas en las birretes. Don Manuel, que era regocijado y festivo,
también se hacía acompañar a menudo de juglares y bufones, que le divertían con
sus chistes y burlas, y casi nunca prescindía de los músicos, que iban tocando
sonoros instrumentos, anunciando así que el rey venía y alegrando los sitios
por donde transitaba.
Todo era animación y movimiento, todo alborozado y estruendoso
júbilo en Lisboa, en la hermosa mañana del día del Corpus de aquel año de 1521,
en que el rey don Manuel cumplía los cincuenta y dos de su edad, celebrando con
gran pompa su natalicio. Terminada además la soberbia fábrica del templo de
Belén, el monarca lusitano le abría y le mostraba por vez primera a su pueblo
haciendo cantar en él un solemne Te Deum.
Su alteza, acompañado de su tercera mujer, la reina doña Leonor,
hermana del César Carlos V, con más ricas y pomposas galas que nunca, y
circundado de brillante y vistosa comitiva, había acudido a la iglesia para
presenciar la ceremonia religiosa y darle mayor lustre.
Aunque el templo es espacioso, sólo se había permitido entrar en
él a los convidados, porque si hubiera tenido franca entrada la muchedumbre, no
pocos se hubieran maltratado allí dentro, a causa de los miles y miles de
personas que habían venido a la fiesta, no sólo de Lisboa, sino de otras
ciudades y villas de Portugal y aun de reinos extraños.
La muchedumbre, pues, se agitaba y bullía fuera del templo,
extendiéndose a un lado y a otro hasta la misma orilla del Tajo, como enorme
mosaico de cabezas humanas.
La mayor parte de la gente estaba a pie, si bien a trechos
descollaban no pocas personas montadas en caballos y en mulas o levantadas en
sillas de manos por esclavos o sirvientes.
A la puerta del santuario, en el atrio y también a la puerta del
convento, guardaban los caballos de los reyes y de su séquito, custodiados por
pajes y lacayos y por buen golpe de lanceros de la guardia del rey.
A pesar de los mil murmullos y gritos de tan gran número de
gentes, que reían, chillaban, hablaban o disputaban, el majestuoso sonido del
órgano y el canto sagrado de los frailes, repercutiendo en las altas bóvedas
del templo, salía a veces de él y se difundía en ráfagas sonoras sobre los
asistentes que se hallaban más cerca.
Apenas estaría mediada aquella fiesta, que parecía absorber
enteramente la atención del pueblo, cuando sobrevino algo que distrajo dicha
atención, excitando la curiosidad general.
Por el camino de Lisboa, abriéndose paso por entre el apiñado
gentío, aparecieron en sendos y magníficos caballos, ricamente enjaezados, dos
muy lozanos caballeros, bizarramente vestidos de gala.
Parecía uno de ellos hombre de veinticinco años de edad, de
barba y ojos negros, airoso talle, anchas espaldas, robustos hombros y rostro
hermosísimo. En todo él había además algo de noble, raro y peregrino, como
procedente de tierras extrañas, y en el gesto y en los ademanes un no sé qué de
soberbia e imperativo que infundía involuntariamente respeto.
Era el Otro jinete mozo barbilampiño. Su blanco y sonrosado
rostro, sus ojos azules y los rubios cabellos que coronaban su cabeza, cubierta
de un lindo birrete de velludo blanco, por bajo del cual caían dichos cabellos
en rizadas ondas de oro, casi hubieran dado al gentil extranjero la apariencia
de una disfrazada andante damisela, si no hubieran mostrado que era muy hombre
la energía insolente de su mirar, su briosa apostura y el desahogo y la
destreza con que manejaba y dominaba su fogoso caballo, que, retenido por él,
hacía piernas, se encabritaba impaciente y tascaba el freno, cubriéndole de
espuma.
Entre la plebe, las personas curiosas se preguntaban unas a
otras quiénes eran aquellos dos galanes. Y como no faltó allí quien los hubiera
visto en la gran posada de la calle Nueva, donde ellos habían venido a parar y
donde habían declarado su condición y sus nombres. Pronto pasaron éstos de boca
en boca, y por dondequiera se oía decir:
-Esos son dos ricos y elegantes aventureros de Castilla; el más
grana o se llama Miguel de Zuheros, por sobrenombre Morsamor, y el jovencito,
que es su doncel, se llama Tiburcio de Simahonda.
- II -
La función de iglesia llegó pronto a su término. Los soldados de
la guardia empezaron a abrir calle, a fin de que la regia comitiva pudiese
pasar holgadamente por entre la muchedumbre, que a un lado y a otro se apiñaba,
procurando cada cual ponerse delante para ver y acaso para ser visto del rey,
de la reina o de los señores y damas de la corte y alcanzar de alguno de ellos
un saludo o una amable sonrisa Miguel de Zuheros y Tiburcio no se hallaban por
dicha muy lejos de la calle que se iba abriendo, y, como estaban a caballo,
bien podían verlo todo por cima de las cabezas de los que estaban a pie. Así es
que no se molestaron ni se movieron para buscar mejor sitio, como si se
avergonzasen de mostrar curiosidad plebeya.
No salió el rey por la puerta del templo, sino por la del atrio,
cercado de magnífico claustro, donde habían montado a caballo él y cuantos le
acompañaban.
Cuando la lucida cabalgata apareció ante el gran público, la
admiración general dio muestras de sí en murmullos exclamaciones y vítores.
Aquello era verdaderamente espléndido; un derroche de sedas, randas, plumas,
oro y pedrería. Los caballos, magníficos; vistosos, los arreos. Los rayos del
sol refulgente herían el bruñido acero de las armas, las joyas, los metales
preciosos y los áureos bordados, deslumbrando todo la vista con fúlgidos
destellos. El rey llevaba aquel día el bonete y el estoque de honor, que le
había regalado el Padre Santo, y que sólo sacaba en las más solemnes ocasiones.
La reina doña Leonor, muy bizarra y lujosamente vestida y tocada, cabalgaba a
la derecha del rey. Les seguían y lo circundaban las principales damas de la
corte y muchos egregios personajes del reino, ilustres por su nacimiento o por
armas y letras.
El hermano Tiburcio, convertido en escudero o doncel, era un
prodigio para enterarse de todo a escape. No sabemos si sólo por naturaleza o
por virtud de la magia que había estudiado gozaba de pasmosa aptitud para
averiguarlo todo, para reconocer a los sujetos notables, aunque nunca los
hubiese visto, y para narrar la historia de cada uno hasta en sus más
insignificantes pormenores. Además de esta habilidad, poseía otra más rara aún,
que en lo sucesivo valió de mucho a su señor, Miguel de Zuheros. Tiburcio de
Simahonda era, en aquella edad, aunque en grado más eminente, lo que ha sido en
la nuestra el célebre cardenal Mezzofanti. Ya fuese empleando un método
ingenioso y secreto o caminando por ignorados atajos, ya fuese por preciosa
capacidad nativa, ello es que Tiburcio, a los dos o tres días de oír hablar
cualquier idioma, se penetraba de su organismo, se enseñoreaba de sus formas y
leyes gramaticales, atesoraba en su feliz memoria cuanto había de esencial y de
radical en su léxico, y se soltaba a hablarle correcta y lindamente y con muy
buena pronunciación, como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida.
Al notar Miguel de Zuheros lo mucho que sabía su doncel, en
apariencia con tan poca edad, que apenas le apuntaba el bozo, se daba a
sospechar si sería más viejo que él y si estaría como él remozado, o si de
cualquiera otra suerte habría vivido largas y sospechosas vidas anteriores.
Miguel de Zuheros, sin embargo, no persistía en cavilar sobre estas cosas
cuando notaba la sencillez y la naturalidad con que Tiburcio, sin hacer gala de
su ciencia, la mostraba si era menester, y afirmaba haberla adquirido por medios
y caminos, no raros y reprobados, sino lícitos y vulgares.
En aquella ocasión Tiburcio dio pruebas de lo bien que se
enteraba de todo, señalando a su señor los más conspicuos caballeros y las más
garridas damas, que en aquella procesión se parecían, y diciendo sus nombres,
sus cualidades y su historia.
Nadie llamó tanto la atención de Miguel de Zuheros como una dama
muy hermosa y muy joven que iba cerca de la reina.
-Esa es -dijo Tiburcio- la señora doña Sol de Quiñones, íntima
amiga y favorita de la reina, y nieta de aquel famoso y enamorado don Suero,
que sostuvo el Paso honroso en el puente de Órbigo. Ya ves que es muy bella. Su
beldad, no obstante, queda eclipsada por su discreción, por su talento, por sus
virtudes y por la ingenua candidez de su carácter. Cuantos la tratan se prendan
de ella y se hacen lenguas en su elogio.
Al contemplar tanta pompa y hermosura, Miguel de Zuheros sentía
viva impaciencia de darse a conocer y de ser presentado en la corte. Pensando
en cómo lo conseguiría de la manera para él más favorable, vio pasar la
comitiva toda.
Aún salía mucha más gente del templo, y nuestros dos aventureros
permanecieron parados para verla salir.
Ya de los últimos, apareció un pequeño grupo, que montó a
caballo a la puerta del templo y que pasó muy cerca de Miguel de Zuheros,
excitando su curiosidad. Tiburcio la satisfizo diciéndole:
-Esos dos galanes, que van como cautivos al lado de las damas
son Pedro Carvallo y Ramón de Acevedo, valientes soldados de fortuna ambos, que
han vuelto de la India con más oro que pesan. La graciosa morenita, que ríe a
carcajadas y se zarandea y se mueve come si estuviera hecha de rabillos de
lagartijas es la muy ponderada ninfa gaditana, conocida ya en gran parte del
mundo con el extraño apodo que su compañera le ha dado. La llaman Teletusa la
Culebrosa, en conmemoración de la Teletusa antigua y clásica, a quien celebra
Marcial en uno de sus epigramas por lo bien que bailaba, repiqueteaba las
castañuelas y hacía otros primores. La principal figura del grupo, y por serlo
la he dejado para lo último, es nada menos que donna Olimpia de Belfiore, una
de las más artísticas, hermosas, sabias y elocuentes mujeres que ha producido
Italia en nuestros días, en que renacen, más allí que en otras regiones, la
antigua cultura grecorromana y las ciencias y artes de amor, de paz y de
guerra. Atraída donna Olimpia por la trascendente fama del esplendor y de la
riqueza de esta capital, ha venido a ella hará dos semanas, en compañía de su
amiga, y en cierto modo discípula, la de Cádiz, a quien ha dado el nombre que
ya te he dicho de Teletusa. Porque es de saber que la tal donna Olimpia, lejos
de ser una hembra adocenada, tiene portentoso ingenio y despunta por su mucha
doctrina. En Italia la celebran de mirabilmente colta. Sabe latín como Nebrija;
sabe también algo de griego; ha leído los poetas e historiadores antiguos y clásicos
y los de su patria, y entiende tanto de cuanto hay que entender, que pasa por
un Pico de la Mirandola o por un Fernando de Córdoba con faldas.
A este punto de su perorata llegaba Tiburcio, cuando donna
Olimpia y los que le acompañaban pasaron casi tocando con Miguel de Zuheros, el
cual pudo ver bien y de frente a la dama. Estrella de amor le pereció y de
primera magnitud y deslumbrante brillo. Sus cabellos relucían como oro
candente, suponiéndose que se los adobaba y doraba con cierta loción cosmética
de muy pocos conocida y usada también por la famosa Lucrecia Borgia, duquesa de
Ferrara. Tanto hubo de ser así, que no faltó en aquel tiempo quien asegurase
que el precioso rizo que tenía Pietro Bembo en el principio de su ejemplar de
Lucrecio, donde esta invocación a Venus, rizo que se conserva aún en la
Biblioteca Ambrosiana de Milán, no era de la duquesa de Ferrara, sino de la tal
donna Olimpia. Sea de esto lo que se quiera, lo que nos importa añadir aquí es
que el aspecto, ademán y entono de donna Olimpia estaban llenos de reposada
majestad. De sus años no sabemos qué decir. Como las deidades mitológicas, como
los seres inmortales, su edad era problemática; era casi un misterio. Se diría,
no obstante, que aquel astro culminaba entonces en el meridiano de su belleza y
de su gloria. Sobre la hacanea torda en que iba, y sentada sobre blandos
cojines, en elegantísimo sillón o jamugas, semejaba una emperatriz en su trono.
Al encararse con Miguel de Zuheros, mirándole de frente, le hizo
bajar los ojos, deslumbrado por la viveza de aquel mirar y por la fuerza
magnética de aquellos ojos verdes o glaucos como los de Minerva, Medea y Circe,
y que podrían compararse a dos esmeraldas ardiendo en llamas.
Donna Olimpia era alta y bien formada, pero más que esbelta,
amplia y exuberante, sin perder la gracia y el hechizo, como las ninfas y
diosas que pintaba Tiziano Vecelli.
Cuando pasaron los del grupo, Tiburcio prosiguió su arenga
diciendo:
-Esta donna Olimpia es un prodigio singular. Se ignora la edad
que tiene. Quizá sea como la hechicera Arleta, que se disfrazaba de moza y
enamoraba y seducía a todos los hombres. Su hermosura, sustancial o aparente,
no se puede negar. Tiziano, no hace mucho tiempo, se complació en retratarla en
un cuadro delicioso. Ella está figurando a Venus, con la ligereza de ropas que
tal figuración requiere, pero en su soberbia cabeza lleva el morrión penachudo,
y a sus pies tiene por tierra la truculenta espada de Marte. Por dichas
prendas, que le ha entregado el dios de la guerra, que está allí contemplándola
en éxtasis, le ha entregado el dios de la guerra, tiene cogido por las alas y
que ha sacado de una jaula, donde quedan aún presos otros varios hermanos
suyos. Paréceme, señor Miguel, que no os disgustaría que os regalase o vendiese
donna Olimpia algunos de los mencionados hermanos.
Interpelado así bruscamente, contestó Miguel de Zuheros:
-Déjate de eso ahora. En asuntos más graves debemos ocuparnos y
más gloriosas empresas nos conviene acometer. Dime, sin embargó, pues no te
niego que soy curioso, algo más que sepas de donna Olimpia.
-Poco más puedo contarte. Si hemos de creer lo que ella refiere,
no ha habido, en lo que va de siglo, mujer más victoriosa. A sus pies han
estado príncipes y duques, guerreros invictos, acaudalados mercaderes y
laureados poetas como Ludovico Ariosto, Fracastoro, el Aretino, Sannazaro y
muchos más cuyos nombres no acuden a mi memoria.
En cierta farsa o representación alegórica, en el palacio de
Alejandro VI, hizo una vez la figura de la justicia, con la balanza en su fiel,
pesando méritos y repartiendo premios según a cada uno le tocaba. Se cuenta,
por último, que donna Olimpia, allá en su primera mocedad, se lució una vez en
la academia platónica de Florencia, pronunciando un sublime discurso sobre el
amor, que oyó Marcilio Ficino, ya viejo, y quedó embelesado de oírle.
-Vamos, vamos, no me cuentes más de esa mujer. Basta con lo que
has dicho para comprender que es la más desvergonzada de las aventureras.
Terminada aquella conversación, Miguel de Zuheros y su doncel
soltaron las riendas a sus caballos, y a buen trote, y buscando rodeos para no
tropezar con la muchedumbre que atajaba el paso, se dirigieron a la plaza del
Rocío, para ver de nuevo la procesión o pompa regia, que debía pasar por allí.
Enseguida, según estaba, anunciado, la procesión subiría a iglesia del Carmen,
edificada sobre un cerro, que domina dicha plaza, y donde se ven y persisten
aún sus ruinas, después del terremoto horrible que la destruyó en 1755.
En la iglesia del Carmen se venera una imagen de la Virgen de
los Dolores, de quien era el rey muy devoto y a quien iba a presentar rica
ofrenda y a dar fervorosas gracias por los recientes triunfos que las armas
portuguesas habían alcanzado en Ceilán y en otras islas más remotas.
- III -
La procesión iba con tanta pausa, que Miguel de Zuheros y
Tiburcio no tuvieron que apresurarse para llegar a la plaza del Rocío antes de
que la procesión llegara.
Poca gente había aún en dicha plaza, en uno de cuyos ángulos se
pararon nuestros aventureros. Todo en torno estaba sosegado. El escaso público
hablaba en voz baja y hacía poco ruido, pero de súbito todo cambió de aspecto,
levantándose allí cerca furioso tumulto. La gente se agolpaba adonde el tumulto
había empezado: unas personas para tomar parte en él y por curiosidad otras. Un
anciano de venerable aspecto, de blanca y luenga barba, vestido de negro a la
italiana, y acompañado sólo de otro de menos edad, que parecía ser su familiar
o secretario, estaba rodeado de hombres y mujeres del pueblo, de esclavos
negros y de muchachuelos vagabundos, que en ademán hostil le insultaban y
amenazaban a gritos, llamándole marrano, enemigo de Cristo y perro judío.
Sin provocar más la furia del populacho, y sin tratar tampoco de
huir, el anciano miraba con serenidad y calma a los que le ofendían,
manifestando en sus miradas no indignación, sino dulce y resignada tristeza.
Aquel grave modo de sufrir la injuria, así como el valor pasivo
de que el anciano daba pruebas, contuvieron por algunos momentos la furia del
populacho. Los gritos, no obstante, de perro judío y de marrano, que los más
desaliñados y maleantes no se cansaban de repetir, sobreexcitaron las malas
pasiones. Todavía quedaba alrededor del denostado un claro o vacío no pequeño;
pero el círculo se iba estrechando, y era de temer, era casi seguro, que pronto
las ofensas de palabra iban a convertirse en rudas ofensas de hecho. Ya
algunos; pilletes y mujercillas habían disparado contra el anciano desperdicios
de berzas y frutas, y alguien también había escupido sobre él, aunque sin
tocarle.
Un mulato, el más insolente de la chusma, avanzó hacia el
anciano con la mano levantada como para darle en el rostro. El anciano
permaneció impasible e inmóvil, apoyado en la larga bengala que le servía de
báculo; pero su secretario o familiar, más joven y robusto, perdió paciencia,
se interpuso, hizo cara al mulato y le sacudió tan fuerte puñetazo, que lo
derribó por tierra.
La ira popular rompió entonces todo freno. Hombres, mujeres y
chiquillos cayeron sobre los dos, al parecer forasteros y judíos, y sin duda
los hubieran despedazado, si no acuden muy a tiempo Miguel de Zuheros y
Tiburcio, abriéndose paso por entre la alborotada y amontonada muchedumbre y
sacudiendo golpes sobre ella, con las espadas desnudas, aunque procurando que
fuese de plano, para no causar heridas ni muertes.
Sorprendida y asustada la turba por aquella súbita e imprevista
intervención, retrocedió no poco, dejando despejado un largo trecho en torno de
los forasteros inermes, delante de los cuales se pusieron prontos a defenderlos
los otros dos forasteros a caballo.
El populacho, no obstante, pasado su primer asombro, arremetió
contra Miguel de Zuheros y Tiburcio, yendo algunos de los que acometían armados
de garrotes y de puñales.
Sangrienta hubiera sido aquella pendencia, y tal vez de éxito
fatal para nuestros dos héroes, si de repente no hubieran recibido el socorro
de un gallardo mozo, más joven en apariencia que Tiburcio, a caballo también,
elegante y ricamente vestido, y con el escudo de las armas reales bordado en la
sobreveste, manifestando así que era mozo fidalgo o menino de la cámara del
rey. Su nombre corrió entonces, de boca en boca entre la plebe. Era el
simpático Damián de Goes, que privaba mucho con el soberano.
Por lo pronto, tuvo esto a raya a la multitud, pero no faltó
quien la irritase, y empezó entre los tres caballeros por una parte, y siete u
ocho fidalgos que estaban a pie y vinieron a auxiliarlos, y por otra parte la
desarrapada muchedumbre, una muy reñida escaramuza, que hubiera terminado en
tragedia, si por dicha no hubiesen amortiguado la cólera de todos, parándolos
atónitos y respetuosos el resonar de los clarines y el estruendo jubiloso de
las aclamaciones que anunciaban la entrada en la plaza del rey, y de su
comitiva.
Aunque la lucha cesó, no cesó tan a tiempo que el rey no se
enterase de ella. Y mandados por él, se adelantaron algunos soldados de su
guardia, rompieron por medio de la apiñada multitud y llegaron al centro mismo
donde se hallaban los que dieron ocasión al alboroto.
Damián de Goes, haciéndose seguir de Miguel de Zuheros, de
Tiburcio y de los dos forasteros desconocidos, llegó donde estaba el rey y le
refirió todo el suceso.
Dirigiéndose el rey al anciano desconocido, le preguntó:
-¿Y tú quién eres y de dónde sales, viniendo a perturbar la
alegría y la paz de Lisboa en ocasión tan solemne?
Con serenidad y desenfado respetuoso, y en correcta y elegante
lengua portuguesa, el anciano contestó al rey:
-Yo señor, he nacido en Lisboa. Aquí he pasado los mejores años
de mi vida. Las saudades de mi ciudad natal y (¿por qué he de negárselo a
vuestra alteza?) negocios importantes de mi casa me han hecho volver a
Portugal, que abandoné muy niño, cuando ya estoy viejo, aunque más abrumado por
los pesares que por los años. Pensaba yo permanecer en Portugal muy poco
tiempo, y no recelaba que nadie me reconociese, descubriendo y divulgando mi
nombre, mi religión y mi casta, tan aborrecida hoy en España toda. Por desgracia
no ha sido así. Interesados enemigos míos me han reconocido han hecho correr la
voz entre el vulgo de que soy israelita y han causado el atropello de que yo
hubiera sido víctima, si estos nobles caballeros no me socorren.
-¿Y cuáles son tu condición y tu nombre? -preguntó el rey,
Temeroso de que no le diesen crédito, vaciló en declararlos el
anciano.
García de Resende, que acompañaba al rey y no estaba muy lejos,
se acercó entonces y dijo:
-Bien puede vuestra alteza estar satisfecha de que este anciano
haya quedado libre de toda injuria. No sólo es portugués, sino uno de aquellos
portugueses que dan más gloria a Portugal en esta nuestra edad para Portugal
tan gloriosa.
Y, dirigiéndose luego al anciano y alargándole la diestra para
estrechar amistosamente la suya, añadió el ínclito trovador:
-¿Te has olvidado acaso de mí y del amistoso lazo con que nos
unimos en Roma y de las largas pláticas que allí teníamos, cuando estuve yo
como secretario de la pomposa embajada de Tristán de Acuña?
-¿Cómo había yo de olvidarme de García de Resende? -respondió el
interrogado-. Yo no podía olvidar a uno de mis mejores amigos, cuyo Cancionero,
además regalado por él, hace mi delicia y me vale, leyéndole, para conservar y
perfeccionar en mi alma la lengua portuguesa, que fue la primera que hablé.
-Pero a todo esto -exclamó el rey con impaciencia y encarándose
con el anciano- tú no acabas de decirme quién eres.
-Perdona mi tardanza, señor.
Y añadió luego, echándose a los pies del rey:
-Yo soy el hijo de un leal criado de tu heroico antecesor
Alfonso V el Africano. Yo soy Judas Abravanel, más conocido hoy en el mundo con
el nombre de León Hebreo.
Apenas Judas Abravanel hubo pronunciado estas palabras, muchos
de la comitiva, y particularmente las damas, le cercaron para contemplarle y
aplaudirle.
Sus discretísimos Diálogos de amor eran muy admirados en la
corte. La reina, la infanta doña Beatriz y otras muy sabias señoras, se
deleitaban leyendo en italiano aquellas tan sublimes filosofías. Todas, pues,
se dieron el parabién de que León Hebreo no hubiera sido gravemente ofendido.
El rey, no sin meditar para mejor ocasión algo en desagravio y
obsequio de León Hebreo, hizo que, por lo pronto, dos de su guardia de a pie le
acompañasen y le escoltasen hasta su posada.
Aunque Damián de Goes había dicho al rey los nombres de los dos
aventureros castellanos que habían tomado la defensa del ilustre filósofo
israelita, el rey, por distracción fingida o verdadera, y acaso por estar de
prisa, no les dirigió la palabra y aparentó no fijar la atención en ellos.
Conocedor de las más notables alcurnias; y casas de la nobleza castellana, los
apellidos de Zuheros y de Simahonda sonaron mal y sordamente en sus oídos.
Harto contrariado se sintió de esto Morsamor. No valía la pena
de remozarse y de aparecer otra vez en el mundo como resucitado o resurgiendo a
nueva vida para que le desdeñasen y le hiciesen tan poquísimo caso como en la
vida antigua. Un reniego, apenas articulado, brotó de sus labios. Morsamor, no
obstante, se repuso y disimuló su enojo, pero Tiburcio no dejó de notarlo y le
dijo en voz baja:
-No pierdas paciencia, y ya verás cómo pronto te es propicia la
fortuna.
En efecto, o por benevolencia, o porque los dos aventureros le
eran simpáticos, o para mitigar el desdén o descuido del rey, Damián de Goes
estuvo afabilísimo con ellos y los movió a seguirle a la iglesia del Carmen, en
pos de la comitiva del rey.
Contrariado y triste se mostraba Damián de Goes, que era muy
humano y benigno, de la feroz conducta que había tenido la plebe lisbonense con
judas Abravanel. Esto retrajo a su memoria la horrible matanza de judíos que
pocos años antes, siendo él todavía muchacho, había hecho la plebe de Lisboa,
fanatizada y enfurecida por algunos frailes y secundada por marineros de
diversos países de cuantos barcos estaban anclados en el Tajo. Tres días
duraron el saqueo y la matanza. Más de quinientos judíos murieron quemados, y
degollados cerca de dos mil. El hedor de la carne chamuscada de los cadáveres
insepultos y de la sangre corrompida infectaba el aire. El rey don Manuel el
Dichoso se hallaba entonces en Évora. Cuando volvió a su capital castigó,
severamente justo, tan cruel infamia, haciendo ahorcar a varios de los
amotinados y a dos o tres de los frailes instigadores. Los judíos portugueses,
y no pocos de los expulsados de Castilla que en Portugal se habían refugiado,
con mayor recelo del rencor de la plebe que confianza en el escarmiento que
pudo causar el castigo, no osaban desde entonces aparecer en público en días de
fiesta y solemnidad religiosa. Lamentable imprudencia había sido la de León
Hebreo.
Pensando así en alta voz, y según iban subiendo a la iglesia del
Carmen, el futuro historiador del rey don Manuel, más excitado por el amor de
la humanidad que por el amor de la patria, deploraba y condenaba la ferocidad
de sus compatriotas contemporáneos, así contra los judíos en Portugal como allá
en la India contra las diversas gentes, musulmanas y gentiles, que iban
venciendo y sujetando.
Nuestro Tiburcio, que iba al lado de Damián de Goes, procuró
consolarle, diciendo de esta manera:
-No os apesadumbréis tanto, mi buen señor, por lo tremendos y
feroces que suelen mostrarse en el día los hombres de esta península, engreídos
por sus triunfos y por su predominio en la tierra. Al cabo, no sin piadoso
designio, entiendo yo que ha dispuesto la Providencia que sean las naciones de
Aragón, Portugal y Castilla las que prevalezcan y descuellen en esta ciudad,
todavía algo bárbara y de costumbres poco suaves. El sentimiento y la creencia
de la fraternidad y de la igualdad humanas están más hondamente arraigados y
grabados en el corazón y en la mente de los pueblos del Mediodía de Europa que
en el corazón y en la mente de los pueblos del Norte. No hay castellano ni
portugués que se juzgue de una raza superior, que deje de tener por hermanos
suyos a los demás hombres, pero a veces la codicia rompe este lazo fraternal, y
por robar se mata, y a veces una caridad mal entendida mueve al creyente celoso
a infligir duras penas temporales con el intento y buen propósito de sacar del
poder del diablo y de libertar de las penas eternas a los que están dados al
diablo y son sus esclavos. Confieso que lo dicho tiene inconvenientes enormes,
pero aún sería incomparablemente peor si fuese un pueblo más soberbio quien hoy
predominara. Dentro de dos o tres siglos, cuando el corazón humano se ablande
mucho con la cultura, acaso sean los pueblos del Norte los que predominen sin
los horrores y estragos que hoy causaría su predominio. En el engreimiento del
triunfo tendrían por evidente que eran una raza superior y nos exterminarían a
todos sus prójimos no creyéndolos tales. Dentro de dos o tres siglos, según ya
he dicho, la culta filantropía no consentirá tan horrible caso. Lo más que
podrá ocurrir será que con su desdén orgulloso abatan y hundan en la abyección
a los pueblos de que se enseñoreen, y que tal vez, predicándoles y enseñándoles
doctrinas religiosas contrarias a la fe católica, sin el esplendor artístico y
sin la pompa de sus ritos y con un concepto tremendo y duro de la justicia
divina, no templada por la misericordia, entristezcan y desesperen a sus
catecúmenos y los hagan morir de aburrimiento. Así presumirán ellos que, sin
crueldad, van despejando de razas inferiores la superficie de nuestro planeta,
para que se extienda por toda ella, crezca y se multiplique la raza superior a
que pertenecen.
La extraña teoría de Tiburcio no convenció a Damián de Goes,
pero le hizo reír; y si no la halló verdadera, la halló chistosa.
Morsamor, distraído y taciturno, no prestó atención a lo que
Tiburcio decía.
Así llegaron a la puerta de la iglesia del Carmen, y,
encomendando sus caballos a sendos palafreneros de la Casa Real, que los
tuvieron de la brida, entraron en la iglesia, donde se hallaban ya el rey y
todo su séquito.
- IV -
Poco tiempo permaneció Morsamor en la iglesia. Pronto salió de
ella acompañado de Tiburcio, que le seguía como su sombra.
-Yo no podía estar allí -dijo Morsamor-. Aquel ambiente me
sofocaba. Me consideré reo del sacrilegio más espantoso. Fraile perjuro a sus
votos, imaginé que me arrojaban del santuario aquellos mismos tres ángeles
poderosos que, armados de azotes y montados en fantásticos corceles, arrojaron
del templo de Jerusalén, para que no le profanase, al impío Heliodoro, ministro
del rey de Siria.
-Mucho exageras tu pecado y el castigo que merece -contestó
Tiburcio-. Te atormentas en demasía. Es muy excepcional tu situación. Tú debes
ser también excepcionalmente juzgado. Tu vida de ahora es vida nueva por
completo. Tu remozamiento casi es resurrección. Desecha remordimientos vanos.
No te tengas por la misma persona que hizo sus votos en el convento de Sevilla.
Cree más bien que eres el hijo de aquel fraile que te engendró antes de entrar
en la regla, y hasta que eres el nieto de aquel otro aventurero Morsamor que
andaba por el mundo en el reinado de Enrique IV de Castilla.
Morsamor replicó:
-Quiero suponer que tienes razón en lo que dices. Me serenaré;
me aquietaré, creyéndome otro del que era. Algo hay, no obstante, que me amarga
y emponzoña esta nueva vida y me persuade de que soy el mismo: el desdén, el
menosprecio con que todos me miran. Con rapidez ha pasado por mi alma, pero
dejando en ella doloroso rastro, como si fuese metal derretido, un abominable
pensamiento. Si yo me hubiese lanzado de súbito sobre ese rey presuntuoso que
me desdeñaba, y le hubiese dado violenta muerte, de súbito también hubiera
salido yo de la insignificante obscuridad en que me veo, y las diez mil voces
de la Fama hubieran llevado mi nombre por el mundo todo.
-Menester es -interpuso Tiburcio- que deseches esa ridícula y
constante preocupación de que no te hacen caso. El tenerla ha sido hasta hoy
causa principal de que no te le hagan. Tal preocupación proviene de sobra de
vanidad y de falta de orgullo. Quien anhela que le hagan caso es quien no está
seguro de su propio valer. Ora duda de él, y quiere que los extraños confirmen
y acrediten que le tiene; ora en el fondo de su atribulada conciencia se ve
ruin, necio y para poco, y aspira sin embargo, a imponerse, engañando al mundo.
Al orgulloso, al que hace alta estimación de sí propio, poco o nada le preocupa
la estimación de los demás. Si no le estiman es porque no le comprenden. Y si
le estiman, todo el caso que hagan de él no aumentará en un escrúpulo, en un átomo,
la importancia que él se atribuye. En lo antiguo, entre los gentiles, era muy
frecuente esa preocupación que tú tienes ahora. Sin duda, por el afán de
lucirse y de inmortalizarse, así como Erostrato incendió el templo de Diana en
Efeso, hubo muchos que, sintiéndose ruines, amaron la celebridad más que la
vida, y no por amor a la libertad y a la patria, sino por amor de la
vanagloria, dieron muerte a sendos reyes o tiranos. El gran satírico de Roma lo
consigna en sus versos: Pocos son los tiranos y los reyes que descienden al
infierno con muerte sosegada y pacífica y sin violencia ni sangre. La religión
de Cristo ha mitigado este furor de celebridad. Acaso llegue un día en que las
creencias sean menos firmes y entonces, movidos los miserables por la sed de
nombradía, volverán a intentar o a perpetrar crímenes que los levanten sobre
los demás hombres, aunque sea en el patíbulo. Tiene de bueno la humildad
cristiana, que es de todo punto contraria a la vanidad, aviniéndose con el
orgullo recto y sano. Después de exclamar con el muy elocuente obispo de
Hipona: ¡Gran cosa es el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios!, ¿quién ha
de preocuparse de que en esta baja tierra le hagan o no le hagan caso? Si ha de
consistir nuestra aspiración en ser perfectos como nuestro Padre que está en el
cielo, ¿qué añaden a la suma de lo perfectible las vulgares alabanzas y los
honores mundanos? El buen imitador de Cristo se muestra, sin duda, muy humilde,
pero es con relación al Dios que ama y adora. Postrado ante su Dios es
despreciable pecador, es vil gusano, pero esa misma humillación le encumbra
luego. El humilde Francisco de Asís sube al cielo, y si hemos de dar fe a la
revelación que tuvieron sus hijos espirituales, fue a sentarse en el
esplendoroso y elevadísimo trono que dejó allí vacante Lucifer después de su
rebeldía. Y no dilato más mi razonamiento. Básteme concluir aconsejándote que
no hagas el menor caso de que te hagan o de que no te hagan caso. La estimación
se la da uno mismo, sin necesidad de que se la dé nadie. Otras son las mil
cosas materiales e inmateriales que están fuera de nosotros, y que fuera de
nosotros es menester buscar y hallar. Como ejemplo de las inmateriales pongo el
amor. Ya encontrarás tú quien te ame. Como ejemplo de las materiales, casi como
cifra y compendio de todas ellas pongo el dinero, y ese le tenemos en
abundancia, gracias a la espléndida munificencia del padre Ambrosio. Alégrate,
pues, y ten pecho ancho. Ya el padre Ambrosio, en su previsora sabiduría, habrá
dispuesto los sucesos de tal manera, que pronto te atiendan, no como fin, pues
hasta que te atiendas tú, sino como medio de realizar otros fines.
Aquí llegaba Tiburcio en su singular perorata, cuando salió de
la iglesia un viejo venerable, ricamente vestido, como muy principal hidalgo
que era. Y parándose delante de Morsamor, y mirándole de hito en hito con
jubilosa sorpresa, le dijo:
-Sois, señor, el vivo retrato, no sé si de vuestro padre o de
vuestro abuelo, a quien conocí y traté hará ya medio siglo, pero cuya imagen
está grabada en mi memoria con rasgos indelebles. Le debí primero franca, leal
y cariñosa amistad, y después la vida. Yo me llamo Duarte y soy hijo del
heroico Pedro de Mendaña, quien después de la batalla de Toro se mantuvo tanto
tiempo en el castillo de Castronuño contra todo el poder de Castilla. Un
valeroso aventurero de aquella nación, cuyo nombre era como el vuestro, Miguel
de Zuheros, y cuyo sobrenombre de guerra era también Morsamor, fue en aquel
castillo mi constante compañero de armas. Audaces correrías hicimos a menudo en
el país enemigo. Talamos sus panes, saqueamos alquerías y granjas y volvimos no
pocas veces a nuestra fortaleza cargados de botín riquísimo. En una de estas
excursiones, que no olvidaré nunca, nos cercó gran golpe de villanos armados y
de gente guerrera a caballo. Allí me derribaron del mío, asaz mal herido, y
allí hubiera muerto yo si Morsamor no me defiende con extraordinario brío. Él
pudo rechazar por algunos instantes a los que nos cercaban, ponerme con
increíble ligereza a las ancas de su corcel y huir conmigo a todo escape entre
un diluvio de flechas y de balas. Así pudimos refugiarnos en el castillo de
Castronuño. Poco tiempo después desalojó mi padre el castillo en virtud de muy
honrada y ventajosa capitulación. Siete mil florines cobró mi padre del
castellano por el favor que le hizo de abandonar la fortaleza y de volverse a
su patria. Entonces nos separamos de Morsamor, que se quedó en Castilla. Como
yo le debo tanto, jamás he podido olvidarle, aunque no volví a verle ni a saber
de él después. Ya en aquella época era él, sin duda, de mayor edad que tú
ahora. Precoces arrugas surcaban su rostro, y en sus cabellos y en su barba,
negros como la endrina, blanqueaban bastantes hilos de plata. Morsamor era más
joven, pero aparentaba tener más de cuarenta años. Tú resplandeces ahora en
juventud lozana. Acaso no hayas cumplido aún los veinticinco. Entiendo, pues,
que no eres el hijo, sino el nieto de mi salvador y amigo de tu mismo nombre.
Permíteme que reanude contigo los lazos de aquella amistad, que te pague la
deuda de mi gratitud y que estrechamente te abrace.
Morsamor se dejó abrazar y abrazó también con efusión a Duarte
de Mendaña, recordando el beneficio que le hizo, aunque aceptando que el
bienhechor no había sido él, sino su abuelo.
-Así es mejor -dijo Tiburcio riendo y por lo bajo-. Así te
triplicas y de ti mismo te forjas antepasados. Así te asemejas a cierto
mercader que el padre Ambrosio conoció en Roma, de quien contaba que se hizo
retratar en escultura y en pintura, con trajes de todas las edades, hasta de
aquella en que florecieron los Scipiones y los Favios. Con tan buena maña se
formó larga serie de progenitores ilustres.
Comoquiera que ello fuese, el reconocimiento que Duarte de
Mendaña hizo de Morsamor le sirvió de mucho, allanó dificultades, disipó
recelos e hizo que el rey le hablase y le recibiese en su corte.
- V -
Recibidos ya en la corte Morsamor y su doncel Tiburcio, lograron
pronto ser estimados y queridos.
Las fiestas de todo género se sucedían entonces sin un momento
de descanso. El rey quería celebrar el concertado enlace de su hija la infanta
doña Beatriz con el duque de Saboya, y anhelaba deslumbrar a los embajadores de
aquel potentado, que iba a ser su yerno, con el lujo, la magnificencia y el
esplendor de la capital de sus dominios. El tiempo volaba sin sentir en medio
de tantos deleites. Hubo brillantes saraos, festines, cacerías y jiras
campestres variadas y amenas.
Tiburcio, que era muy alegre y decidor, divertía y regocijaba a
las damas y tenía con ellas mucho partido. No alcanzaba tanto favor con los
hombres.
Tal vez le envidiaban muchos. Tal vez se dolían otros de la
insolente suerte con que les ganaba el dinero cuando jugaban a los dados.
De todos modos, aunque era muy lucido el papel que Tiburcio
hacía, Morsamor se adelantaba en lucimiento y obtenía aplausos mayores.
Muy celebrado fue Tiburcio, por la serenidad y la destreza con
que en una montería a caballo hirió con su rejón un enorme y espumante jabalí,
dejándole muerto. Pero Morsamor aún fue más aplaudido, porque en cerrado coso,
a caballo y armado también de frágil bastón, en cuya extremidad había acicalado
hierro, lidió y mató bravos toros entre las entusiastas aclamaciones de
caballeros y de damas.
Sin duda, entonces hubo de prendarse de Morsamor doña Sol de
Quiñones. Lo cierto es que él se prendó de ella, hizo gala de que la servía y
vistió sus colores.
Cuando se dispuso que hubiese también algo a modo de justas,
donde los caballeros luciesen su habilidad en varios ejercicios a la jineta,
corriendo sortijas y tirando bohordos, Morsamor quiso tomar parte en las justas
y lucir en ellas una empresa significativa de los sentimientos amorosos que
doña Sol le había inspirado.
Consultado sobre el caso a Tiburcio, que de todo entendía,
Tiburcio hubo de decirle que no le parecía mal su propósito, con tal de que la
empresa no fuese sobrado jactanciosa, ni tampoco muy clara ni muy obscura, sino
dotada de la discreción conveniente y con lema, mote o divisa de notable
concisión y más bien en latín que en idioma moderno.
Tiburcio añadió luego:
-Esto de las empresas es usanza muy agradable y muy seguida en
el día. No hay príncipe, ni monarca, ni valiente y enamorado caballero que no
guste ahora de salir luciendo alguna empresa, ya en su sobreveste, ya en su
bandera o estandarte, ya en la cimera de su yelmo. Algunas de estas empresas
han sido y son muy celebradas por el tino y primor con que expresan el
pensamiento, la intención o el valer de quien las usa. De aquí que varones muy
doctos no han desdeñado inventar, sino que lo han tenido a mucha gloria. De
Antonio de Nebrija, agregio maestro en Castilla de letras humanas, se cuenta
que inventó la empresa del rey don Fernando el Católico, la cual era el nudo
gordiano, desbaratado y roto por la mano y espada de Alejandro, con un letrero
que decía: Tanto monta, o sea que es lo mismo romper que desatar. Y más tarde,
el señor Luis Marliani, obispo de Tuy y médico y matemático insigne, inventó
empresa todavía mejor, para el César Carlos V, reemplazando el eslabón de
Carlos el Atrevido, duque de Borgoña. Y fue y es la tal empresa la
representación de las columnas de Hércules con esta letra: Plus ultra, breves,
elocuentes y sublimes palabras, que evocan en la mente de quien las lee la
inmensidad del Océano, las islas y los continentes incógnitos, el nuevo mundo,
en suma, descubierto y dominado por la tenacidad, la osadía y la ventura de los
hijos de Iberia. Empresas políticas son éstas; pero también los galanes
enamorados han solido inventar en ocasiones muy graciosas y gentiles empresas.
Veamos si a ti se te ha ocurrido alguna que merezca elogio y que convenga a tus
fines.
Morsamor contestó:
-En verdad, se me ha ocurrido una empresa, que me parece bien.
Si peca por algo, es por ser sobrado clara. Pongo yo un campo dividido en
quiñones o suertes, pero que nadie puede cultivar ni gozar, porque le rodea una
salamandra que en torno del campo se enrosca. Y en el centro hay un sol de oro
cuyos rayos enamoran a la salamandra a par que la queman. Y de la boca de la
salamandra sale una cinta que va hacia el sol y lleva este escrito: En ti vivo,
muero y ardo.
Tiburcio no pudo menos de hallar la empresa sutil e ingeniosa;
pero como era muy franco y decía su parecer sin rodeos y aconsejaba con toda
libertad, habló a Morsamor de esta suerte:
-De perlas encuentro yo todo eso. He de permitirme, no obstante,
hacer algunas observaciones, y aun de atreverme a aconsejarte y amonestarte,
pues aunque novicio y más joven que tú, soy como el apoderado y representante
del sapientísimo padre Ambrosio, en cuyo nombre hablo. Declaro, pues, en su
nombre, que estos enamoramientos son un tanto cuanto pueriles y pueden ser
perjudiciales. ¿Has venido acaso a nueva vida por la virtud pasmosa de la
ciencia para volver a las andadas e incurrir (perdóname que así las califique)
en las mismas locuras y sandeces de tu vida anterior? Tú te has remozado para
acometer grandes empresas que honren y glorifiquen a ti y a todo el linaje
humano y no para enamorarte como un bobo de una damisela entonada y cogotuda
que acabará por apartarse de sí con melindroso desprecio cuando se satisfaga y
harte su amor propio de recibir adoraciones. Si yo creyese como Pitágoras que
las almas transmigran y que van sucesivamente informando distintos cuerpos, lo
que recelo que pasa en ti, me inclinaría a entender que de nada vale la tal
transmigración para el adelanto de las almas. Aunque tuviésemos siete vidas
como los gatos, haríamos en la séptima simplezas no menores que en la primera y
daríamos idénticos tropiezos y caídas, Nada censuraría yo si se limitasen estos
amoríos a ser un galante y fugaz pasatiempo, pero los hallo muy mal si son
serios. El inaudito esfuerzo que el padre Ambrosio hizo para remozarte no debe
tener tan mezquino resultado.
-Tu amonestación -contestó Miguel de Zuheros- es infundada y
hasta perversa. Blasfemas calificando de sandio y de mezquino al amor, germen
fecundo de virtudes y de grandes acciones. Acuérdate de la divina fábula de
Esopo. Amor bajo del Olimpo para consolar al linaje humano. En el banquete de
los dioses faltó la antigua alegría porque Amor estaba ausente. Amor volvió
entonces al cielo, y rara vez, y muy de pasada, acude al mundo, donde sus
menores hermanos, hijos de las ninfas, toman su apariencia y la imitan hiriendo
las almas vulgares, Pero el verdadero y celeste Amor hiere las almas escogidas,
e hiriéndolas, las habilita y dispone para llevar a cabo las más altas hazañas.
De este celeste Amor imagino y pretendo yo estar herido. ¿En qué contraría, en
qué desluce o esteriliza semejante enamoramiento el propósito que pudo tener el
Padre Ambrosio al remozarme?
-Mucho podría yo argumentar en contra -replicó Tiburcio-. Para
impulso de grandes hazañas preferiría yo en ti el amor de la gloria, el de la
patria, el de todo el humano linaje, el de Dios mismo y no el de una mujer
cualquiera. Tal amor tiene no poco de idolatría. Tú te le finges espiritual y
alambicado, mas yo sospecho que no lo es. Yo le creo nacido del consorcio de tu
vanidad mundana con cierto prurito que proviene sin duda de que al padre
Ambrosio se le fue la mano cuando compuso la poción preparatoria que te propinó
antes de remozarte, vertiendo en ella en demasía cierto ingrediente: el zumo de
las mandrágoras con que Lía apartaba a Jacob de Raquel y le atraía a su regazo.
-Inverosímil parece -interpuso Morsamor- que tú, siendo tan
mozo, dudes de lo verdaderamente poético, o más bien, lo niegues, entregándote
a cavilaciones diabólicas.
-¿Quién sabe? -dijo Tiburcio- Posible es que tenga yo algo de
diablo, pero aun así, yo sería siempre un diablo muy puesto en razón y muy
juicioso.
Sin enojo oyó Morsamor las amonestaciones de Tiburcio, pero no
atendió a sus consejos y siguió pretendiendo y rindiendo culto a doña Sol de
Quiñones.
En las justas figuró con brillantez y lució la empresa que él
mismo nos ha descrito.
Hubo en palacio otra magnífica fiesta. El egregio poeta Gil
Vicente había compuesto un auto alegórico y mitológico para celebrar la boda de
la infanta y desearle toda ventura en su viaje a los Estados de su esposo. El
auto se representó en palacio con gran lujo y primor en los adornos y
vestimentas de cuantos farsantes figuraron en él.
Nada menos que la Divina Providencia toma las convenientes
medidas y lo apercibe todo para que la navegación de la recién desposada sea
próspera, decorosa y grata. A este fin llama a Júpiter y le encomienda el
asunto. Júpiter entonces convoca y reúne a las divinidades de los mares y de
los vientos, y con ellas arregla y ordena tan benignamente las cosas, que la
infanta puede llegar al puerto de Villafranca sana, salva y complacida, como
llegó en efecto.
El lindo y candoroso auto de Gil Vicente se titula Cortes de
Júpiter, y fue muy aplaudido por el noble auditorio. Pero, en medio de los
aplausos, no faltaron cortesanos y damas que en voz baja hablasen de un sujeto
cuya ausencia no extrañaban, aunque hacían sobre ella comentarios, tal vez
piadosos, tal vez malignos.
Era este sujeto el trovador Bernardín Riveiro, estimado como
nuevo Macías. Nadie ignoraba su audacia, su fervoroso amor a doña Beatriz. Y no
pocos creían que ella había correspondido a aquel amor con afecto tan puro como
vehemente. Por cierta se daba la desesperación de Bernardín Riveiro al ver que
iba a ausentarse el alto objeto de su adoración y de su culto. ¿Dónde habría
ido Bernardín Riveiro a ocultar su dolor, o más bien a darle en la soledad
rienda suelta? Esto se preguntaban los caballeros y las damas, si bien se lo
preguntaban como profundo misterio que todos, sin embargo, sabían. De lo que
tal vez se dudaba era de si compartía doña Beatriz la pena del trovador, de si
engreída con la pompa nupcial y con su triunfo, no se cuidaba de aquella pena,
o de si la convertía en su corazón en melancolía suave, en algo a modo de
ensueño dulce, triste y vago que la brillante realidad iba desvaneciendo como
se desvanece la pálida luz de las estrellas ante el alegre esplendor de la
rosada aurora.
Como quiera que fuese, la infanta doña Beatriz, acompañada de
los embajadores, de su esposo y de gran comitiva de damas y de señores ilustres
de la primera nobleza de Portugal, partió al fin de Lisboa para Villafranca de
Niza. El rey, su padre, y la señora reina fueron embarcados hasta el convento
de Belén para despedirla. Y de allí zarpó la magnífica armada de dieciocho
bajeles, tan poderosos y bien artillados que, como dice Gil Vicente en su auto,
no podían menos de hacer temblar al turco.
A poco de la partida de la infanta doña Beatriz, la Corte se fue
a Cintra, deliciosa residencia de verano.
Morsamor, como gran forastero, siguió a la corte, acompañado de
su doncel Tiburcio.
Aún no hermoseaban a Cintra los espléndidos bosques de camelias
que le prestar hoy tan singular atractivo. En la más elevada cumbre de sus
montes no resplandecía aún restaurado el castillo que llaman de la Pena, donde
el maravilloso ingenio artístico del rey don Fernando, consorte de doña María
de la Gloria, ha mostrado su inspiración y lucido su inventiva, labrando la
piedra con mil primorosos caprichos y dando ser a un extraño monumento
arquitectónico que más que de hombres parece vivienda de silfos y de hadas.
Cintra, no obstante, era entonces tan encantadora como en el
día. Aquellos cerros, que estriban en el Atlántico y forman el promontorio más
occidental de Europa, parecían tener, en edad de tanto predominio y triunfo de
los portugueses, un simbólico significado; eran el trono de flores y de perenne
verdura, donde había venido a sentarse el Genio de Portugal para derramar luz
sobre el Mar Tenebroso, abrir nunca hollados caminos y extender su conocimiento
y su dominación por los más apartados países y entre los más diversos pueblos.
Flora y Pales han prodigado sus tesoros en aquellos sitios.
Arroyos de agua cristalina fecundan por dondequiera el suelo y dan grata
frescura al ambiente embalsamado por la esencia olorosa de una vegetación
exuberante. Árboles lozanos y gigantescos crecen hasta en los más elevados
Picos, arraigan hasta en las hendiduras de las peñas y forman enramadas y verde
bóveda sobre los mil senderos y veredas que cruzan los valles y que serpentean
por la falda de los cerros, dibujándose como bordado de oro sobre el florido
manto y sobre la mullida alfombra de hierba fresca que por todas partes se
extiende.
Además del regio alcázar, ya había entonces en Cintra no pocos
palacios y quintas de particulares ricos, y no faltaban hospederías donde los
extranjeros pudieran albergarse.
- VI -
Doña Sol y algunas otras damas de palacio habían acompañado a la
reina a Cintra. Natural era que hubiesen acudido allí también los galanes que a
estas damas servían.
Algo me incumbe decir aquí de que me pesa por dos razones. Es la
primera que lo que yo diga como historiador verídico redunda quizá en
menoscabo, aunque ligero, de la alta opinión que de doña Sol debe tenerse. Y es
la segunda que no acierto a decirlo, sin grandes rodeos y perífrasis, a no
valerme de términos o vocablos disonantes por su anacronismo.
Nadie ignora en el día lo que significa coquetear. Otro verbo
novísimo se va introduciendo ya en nuestro idioma, verbo que no sé bien si
expresa la misma acción del coqueteo o si tiene un leve diferente matiz que se
opone a la completa sinonimia. Flirtear es el verbo novísimo.
Permítaseme, pues, que, desechando mis escrúpulos morales y
lingüísticos, me atreva a declarar aquí que doña Sol era muy inclinada a
coquetear o a flirtear, y que con Morsamor había coqueteado o flirteado mucho.
El anhelo de ser servidas y adoradas es tan poderoso en las
mujeres, aun en las más recatadas y honestas, que las mueve a atropellar muchos
respetos y a ponerse en ocasión de graves dificultades y compromisos.
Sin duda, no fue amor lo que Miguel de Zuheros inspiró a aquella
dama: fue sólo sobrada y muy poética estimación de su gallarda apostura,
elegancia, bizarría y ameno trato. Pero al distinguir a Morsamor con inocentes
favores, al atraerle con blandas sonrisas y con apenas perceptibles, fugaces y
dulces miradas, y al mostrarse con él más conversable y benigna que con los
otros hombres, doña Sol hizo que él se engríese y se juzgase correspondido.
Doña Sol entonces hubo de asustarse de su poca prudencia, y deseosa sin duda de
cortar las alas a los atrevidos pensamientos que ella misma había hecho nacer
en el alma de Morsamor, apeló a un recurso, empleado con harta frecuencia,
aunque por demás peligroso. Para que Miguel de Zuheros reconociese que no era
amor lo que por él sentía, sino gratitud a sus requerimientos y obsequios y
cierta vaga e indecisa predilección, doña Sol atrajo y cautivó, aunque con
menos marcados favores, con menos blandas sonrisas y con miradas menos dulces y
más fugaces, a otro caballero de los que en la corte asistían.
El remedio fue peor que la enfermedad. El nuevo galán
semi-favorecido fue Pedro Carvallo, hidalgo poco sufrido y en extremo orgulloso
por las riquezas y por la fama de valiente soldado que de la India había
traído. Pedro Carvallo era además infatigable emprendedor en conquistas
amorosas de todo linaje. Con igual ahínco acometía la más fácil como la más
difícil empresa, y ya le hemos visto aparecer en esta historia acompañando a la
célebre aventurera italiana donna Olimpia de Belfiore.
Con gusto entró Pedro Carvallo en más arduo y noble empeño. Y
sobre el contento y la satisfacción de amor propio que por enamorar a tan bella
e ilustre dama se prometía, hubo de prometerse también desbancar y humillar a
aquel castellano intruso, a quien sin saber por qué, puede ser que por envidia,
había cobrado odio desde que le vio por vez primera.
Pedro Carvallo, no obstante, distó mucho de conseguir su
propósito. Doña Sol no le favoreció sino hasta el punto de hacer notar que su
afecto hacia Morsamor no era exclusivo, y siguió otorgando a Morsamor favores
más marcados y preferencia más clara.
Así acrecentó y emponzoñó doña Sol en el alma de Pedro Carvallo
el enojo que Morsamor le Inspiraba. Y como Pedro Carvallo era poco circunspecto
y muy jactancioso y no sabía refrenar la lengua, habló en varios sitios y con
no pocas personas contra el aventurero castellano y hasta llegó a decir que le
provocaría, le retaría y le daría muerte.
Nadie, por fortuna, llevó a los oídos de Morsamor tales fieros y
jactancias. Pero la reina, con la propia condición de mujer, y más aún de la
que vive retraída y desocupada, se complacía en saber todas las intrigas y
sucesos, sobrando siempre damas de la servidumbre que se empleasen a porfía en
averiguarlos y en contárselos luego.
Pronto, pues, supo la reina la rivalidad de Pedro Carvallo y de
Morsamor, así como las coqueterías de doña Sol que la habían causado. La reina
no tardó entonces en reprender severamente a su dama favorita. Doña Sol se
arrepintió, lloró y prometió enmendarse. Hizo examen de conciencia y creyó
sacar en limpio del examen que no amaba, aunque agradecía; que la habían
deleitado y lisonjeado el acatamiento y las finuras amorosas de ambos galanes,
pero que no estaba prendada de ninguno de ellos y que sin pena quería y podía
despedir al uno y al otro.
Entretanto, en Cintra no era como en Lisboa. En Cintra no había
en palacio grandes fiestas, sino íntimas reuniones.
Morsamor y Pedro Carvallo no eran de los íntimos, no iban a
palacio y en balde procuraban acercarse y hablar a doña Sol, a quien sólo veían
rara vez y desde lejos.
No por eso desistían ellos de sus pretensiones. Muy pertinaces y
tercos eran los dos. La Reina acabó por enfadarse de encontrarlos siempre a su
paso cuando salía del alcázar e iba a cualquiera parte. El temor de que
sobreviniese un conflicto aumentaba su enfado.
La reina volvió entonces a reprender a doña Sol y ésta alegó que
ya no tenía culpa. Y al cabo, para mostrar mejor que no la tenía y para lograr
que acabasen aquellos obstinados galanteos, concertó con la reina el medio que
le pareció más prudente.
Doña Sol no podía escribir decorosamente a ninguno de los dos
galanes ni para despedirlos siquiera. El encargado de todo, por la reina misma,
fue el anciano Duarte de Mendaña, que tenía empleo en palacio y que había sido
el que introdujo a Morsamor en la corte, según ya referimos.
Duarte de Mendaña se apresuró a cumplir con su comisión. Visitó
primero a Pedro Carvallo, le enteró del enfado de la reina, y en nombre de su
alteza y con pleno y libre consentimiento de doña Sol, le intimó que desistiese
de sus pretensiones y persecuciones.
Duarte de Mendaña, más severamente aún y con no menor recato,
habló con Morsamor, le robó de parte de doña Sol toda esperanza de ser amado de
ella y le exigió que no siguiese pretendiéndola.
Grandes fueron el pesar y la rabia de Morsamor luego que recibió
tan mal recado.
Con descompuestos ademanes, el entrecejo fruncido y crispados
los puños, acudió Morsamor a su confidente Tiburcio para desahogarse hablando
del caso,
- VII -
Con entrecortadas y rápidas frases refirió Morsamor a Tiburcio
su conversación con Duarte de Mendaña.
Luego añadió Morsamor:
-Ya ves cuán cruel ha sido mi desengaño. Casi me arrepiento de
haber querido volver a ser joven. Viejo y retirado del mundo, ni yo me
enamoraba de nadie ni nadie me desdeñaba. ¿Qué puedo yo ser en esta nueva vida
sino el arrendajo miserable, la mal trazada copia del pobre Bernardín Riveiro?
-Cálmate, Miguel, y no imagines que debes ser copia de original
tan menguado y atribulado. Yo topé con él varias veces y me dio lástima y grima
el verle. Ya iba cruzando por entre las breñas e internándose en lo más
esquivo, ya emulando con las cabras monteses, saltaba por esos vericuetos. Dos
o tres veces pasó cerca de mí y me causó horror. Rota y manchada la vestidura y
enmarañado el cabello, más parece fiera que hombre. Seguro estoy de que en las
venideras edades no han de creer y han de negar los críticos juiciosos estos
ridículos desatinos; pero yo los he visto y no puedo negarlos. Bernardín
Riveiro, por otro lado, tiene algún fundamento para hacer lo que hace. La
infanta había correspondido a su pasión; le había querido y había dejado de
quererle, pues se casó con otro. Tú distas mucho de hallarte en el mismo caso.
Ni doña Sol es infanta, ni doña Sol te ha querido nunca, ni inspirado tú por
doña Sol has de escribir églogas, canelones, romances e historias en prosa que
te inmortalicen. Dado que sólo imitarías a Bernardín Riveiro en lo tonto.
Serías la víctima candorosa de ciertas invenciones poéticas, falsas o
exageradas, que deleitan mucho en el día, como por ejemplo, la famosa Question
de Amor. Indigno de ti y más que ridículo sería que te empeñases en traer a la
vida real los ensueños de la fantasía y en convertir las flores retóricas en
hechos. Bien está que se diga:
El primer día que os vi
tan mortal fue mi ferida,
que en veros quedé sin vida
y el vivir se vio sin mí.
Y todavía me parece mejor, más alambicado y más agudo, aquello
otro que con tintas variantes suele repetirse
Morir a vivir prefiero;
y de tu beldad cautivo,
o no vivo porque vivo
o muero porque no muero.
No creas que no me deleitan estas y otras coplas parecidas. Son
muy ingeniosas. Pero del dicho al hecho, hay gran trecho. Y el padre Ambrosio
tendría una desazón enorme si viese frustrado el buen éxito de su ciencia
pasmosa y que no había valido el remozarte sino para que tú hicieses, sin
razón, la parodia de Beltenebros en la Peña pobre. Si es verdad lo que se
refiere de don Enrique de Villena, yo me complazco en esperar que no salga
jamás de la redoma a vivir segunda vida para incurrir en las mismas necedades
que hizo en la primera. Escarmienta tú en el caso del monje Teófilo, cuya
historia nos refirió el poeta Berceo, y escarmienta en otros casos de algunos
sujetos que ya se remozaron con el auxilio del demonio y no disparates como
ellos disparataron. Considera que tú tendrías menos disculpa, porque no te has
dado al demonio como se dieron ellos y porque esta juventud nueva, que te ha
caldo encima como llovida del cielo, no se debe a Satanás, sino a ciencia y
arte muy sanas. Indispensable es, por consiguiente, que tú te conserves sano
también, que mires por tu gloria, que aproveches la ocasión, que de alcanzarla
se te ofrece, y que no hagas muchas tonterías. Lícito te será a mi ver, hacer
algunas, por distracción y como de pasada, pero tu mira principal debe ponerse
muy alto.
-Tan conforme estoy contigo en lo esencial -dijo Morsamor-, que
tu sermón es inútil, porque predicas a un convertido. Antes que todo y sobre
todo yo quiero gloria, y harto sabes tú cuán dispuesto y apercibido estoy a
buscarla. Concertado lo tengo todo con los ricos mercaderes genoveses Gabriel
Adorno y Gaspar Salvago. La gruesa nave que ellos han fletado y con real
privilegio han cargado de mercancías, nos aguarda ya en Cascaes pronta a zarpar
para la India. Las direcciones náutica y mercantil están encomendadas por
dichos mercaderes a un hábil piloto y a un administrador inteligente, pero yo
he de ser el verdadero capitán de la nave y el que gobierne y ordene en ella
cuanto importe a la defensa de las riquezas que conduce y cuanto sea menester
para castigar y arrollar a los enemigos de la fe de Cristo, mahometanos o
idólatras, que se atraviesen en nuestro camino. Iremos con la expedición que
manda a Oriente el rey don Manuel y estaremos a las órdenes de su almirante y
de su virrey, pero gozaremos de cierta independencia, que yo sabré hacer mayor
cuando conviniere. Acaso mañana mismo nos podremos ya dar a la vela. ¿Qué
inconveniente hubiera habido en que yo, en vez de salir desdeñado, saliese
alentado por el favor de una dama, señora de mis pensamientos, por sus promesas
de ser mía cuando yo volviese triunfante, y por el anhelo de acometer y dar
cima a grandes hazañas para poner a sus pies mis laureles y mis trofeos?
-Bello era tu plan -replicó Tiburcio-, pero de falsa vana
belleza. Un gran propósito se empequeñece cuando se subordina a fin pequeño.
Por la patria a que perteneces, por la raza de hombres, cuya religión, cultura
y lenguaje sostienes y defiendes por amor de todo el humano linaje, por el afán
de lograr altos fines a que puedes creerte como fadado y predestinado,
comprendo que no haya empresa a que no te aventures; comprendo que todas ellas
sean sublimes por la elevación del término que tú les busques. Pero si todo se
hace por lisonjear la vanidad de una dama, todo será también vanidad y lisonja,
y nada serio habrá en ello ni digno de varón discreto y prudente. Extraños
fueron a los sandios enamoramientos que tú fantaseas los héroes sanos de cuerpo
y de alma que hubo en las antiguas edades. Y si por acaso caía alguno de ellos
en sandez por el estilo era para su vencimiento y vergonzosa desventura.
Sírvante de lección la vida y los amores de Marco Antonio y Cleopatra, que
habrás leído o habrás oído referir a personas doctas.
-Juiciosa es la doctrina que expones -interpuso Miguel de
Zuheros-. No atino contradecirla ni a disputar contigo. El corazón, no
obstante, puede más que la cabeza. Y no bastan todas tus reflexiones, que hago
mías, para que deje yo de lamentar la pérdida de la ilusión que me había
forjado; que el recuerdo de doña Sol fuese como la estrella que me guiase en
mis peregrinaciones, y que mi amor y mi esperanza de ser amado me prestasen
aliento para dar cima a las proezas más altas. Te confieso que la pérdida de esta
ilusión me tiene harto triste, aunque me esfuerzo para no estarlo.
-Bueno será -dijo Tiburcio- que sacudas de ti esa melancolía. El
abatimiento y la tristeza enervan a los hombres y los incapacitan para todo.
Menester es que tu ánimo se regocije. No se riegan con lágrimas los laureles.
La alegría es quien mejor cuida de ellos y hace que florezcan lozanos.
- VIII -
De acuerdo con lo ya expuesto, el previsor y hábil Tiburcio lo
preparó todo de la manera más conveniente para que la partida de Morsamor no
fuese con lágrimas humillantes y amargas, como nacidas de desdenes, sino con
alegría, y hasta con cierto estrépito y alborozo, según a un héroe y futuro
conquistador correspondía y cuadraba.
Tiburcio era un hurón para descubrir y acosar su presa por muy
borrado que el rastro quedase en la pista y por muy oculta que fuese la
madriguera.
No acertaremos a explicar con qué arte diabólico Tiburcio había
averiguado que al anochecer del día anterior dos gentiles damas, conocidas
suyas, hablan llegado a Cintra muy recatadamente y habían ido a instalarse en
una hermosa casa de campo que allí poseían los señores Adorno y Salvago.
La casa estaba lejos de la población, en lugar retirado y
esquivo, más allá de la sombría quinta que fue más tarde de don Juan de Castro,
y en amenísimo valle, camino de Colares.
Los genoveses, viudo el uno y solterón el otro, aunque eran
ambos de edad provecta, enemigos del escándalo y muy inclinados a la devoción,
gustaban de echar de vez en cuando una cana al aire, sin perder su grave
circunspección y con la debida cautela. En aquellos días estaban afanadísimos
con los preparativos y, el embarque de víveres y de otros bastimentos que por
contrata debían hacer y que hacían para la salida de la flota.
No bien ésta se diese a la vela, se proponían ellos reposar de
sus fatigas y recrearse y holgarse en su retiro campestre, con un idilio
delicioso y bien concertado. A este fin, enviaron por delante, para que lo
tuviesen todo dispuesto y los aguardasen nada menos que a donna Olimpia de
Belfiore y a su compañera Teletusa. Ambas se comprometieron con gusto y fueron
a esta excursión.
Donna Olimpia era muy singular mujer por todos estilos. Se
preciaba de bien nacida, de leal en sus tratos, de fiel a sus compromisos y de
tener una conciencia tan escrupulosa y estrecha cuanto su profesión consentía.
Jactábase donna Olimpia de la nobleza de su cuna, procuraba
hacer creer que era su familia del patriciado de Venecia y que figuraba en El
libro de oro y aun llegaba a afirmar en ocasiones que en el Tribunal de los
Diez se había sentado un tío suyo.
Años atrás, donna Olimpia había figurado con brillo en los
saraos de la bella Imperia, Aspacia del siglo de León X, como la cortesana de
Mileto lo había sido del de Pericles. Donna Olimpia, satélite ya de un astro
tan refulgente, acaso hubiera llegado a igualarse con dicho astro, si su
desatentada afición a correr mundo y ver tierras extrañas no lo hubiese
estorbado. Era tal afición, que Pedro Aretino, autor de la preciosa historia de
La p... errante, pensó con insistencia en tomar a donna Olimpia por modelo,
para dotar su historia de una segunda parto más variada y peregrina. Acaso
impidió que dicho propósito se realizase la repentina muerte de Pedro Aretino,
el cual, según aseguran, aunque donna Olimpia, que era muy su amiga, lo negaba
como calumniosa patraña, murió de risa al oír contar los embustes, embelecos y
travesuras de una hermana suya famosa por sus devaneos.
Como quiera que fuese, donna Olimpia, según hemos dicho, tenía
la conciencia muy estrecha y jamás faltaba a sus compromisos, a no ser
sorprendida por irrupciones y agresiones inesperadas y violentas.
Había, sin embargo, quien la acusase de que una vieja, llamada
la señora Claudia, que iba siempre en su compañía como aya o como dueña, solía
preparar dichas irrupciones y agresiones. A lo que parece, la señora Claudia
había caído en aquellos días del favor de su ama, suplantándola Teletusa, que
se había apoderado de su voluntad por completo.
Empleado Morsamor en sus rendimientos y obsequios a doña Sol, no
había vuelto a ver y apenas había recordado a donna Olimpia desde que la vio
salir de Belén el día del rey; pero donna Olimpia, aunque distraída y empleada
también a su manera, nunca había dejado de recordar a Morsamor desde entonces,
porque le hizo impresión viva y profunda y porque daba por cierto que en toda
nuestra Península no había ni podía haber galán más apuesto y hermoso, ni más
gallardo y gentil hombre.
Tiburcio que, libre de amores platónicos, privaba tiempo hacía
con Teletusa, sabía por ella el buen concepto que donna Olimpia tenía de su
amigo y la inclinación que hacia él le llevaba.
Aquella tarde vio Tiburcio a Teletusa, y juntos concertaron un
plan muy alegre y una grata sorpresa para donna Olimpia.
A la hora de ánimas Miguel y Tiburcio cenaron juntos en su
posada, y ya solos y de sobremesa, con la regocijada confianza que el haber
comido y bebido bien inspiran, Tiburcio expuso a Morsamor lo sustancial de su
plan, venció su repugnancia y logró que le aceptase para desechar melancolías y
para consolarse de los desdenes y sobreponerse a la altivez de la noble amiga
de la Reina. Para no dar tiempo a que Morsamor lo reflexionase y se
arrepintiese, Tiburcio le condujo enseguida a la casa de campo donde las dos
ninfas vivían.
A un silbido de Tiburcio, que era la convenida señal, Teletusa,
que estaba aguardando, abrió sin ruido la puertecilla falsa del jardín, y
guiándolos por lo más umbrío de la frondosa espesura, los introdujo en la casa,
subió con ellos la escalera, atravesó corredores y salas, y vino a parar a
amplio dormitorio, escasamente alumbrado por tres velas de cera, puestas en un
candelabro de plata, sobre una mesa que estaba en el centro de la estancia,
Teletusa, que tenía a Morsamor de la mano, le dijo entonces con voz dulce y
sumisa:
-Quedaos aquí, señor Morsamor, que pronto vendrá quien os alegre
y se alegre de veros.
Y dicho esto, sin que hubiese vagar para contestación o
pregunta, desaparecieron Teletusa y Tiburcio con ella, dejando a Morsamor solo.
Solo ya, recapacitó Morsamor sobre lo que había hecho y casi se
arrepintió y se afligió de su viciosa ligereza. Indigno del héroe que él
anhelaba ser, hallaba aquel tan ruin comienzo de altas caballerías; entrar con
engañoso recato en casa ajena como ladrón astuto, y todo para alcanzar los
venales y fáciles favores de una cortesana.
Donna Olimpia tardaba en venir, y con la soledad y, con la
impaciencia crecía en Morsamor el disgusto de haber cedido a los propósitos de
su doncel, tan juicioso cuando hablaba en contra de las locuras sublimes, como
ligero y hasta cínico cuando se trataba de otra clase de locuras.
Contrariado Morsamor, se sentó en una silla en el rincón más
obscuro de la estancia y casi a los pies del lecho con colgadura que había en
ella.
En medio de sus cavilaciones, oyó o creyó oír de súbito voces y
carcajadas que a lo lejos sonaban por el lado derecho del sitio en que estaba
él. Sin tiempo para pensar en lo que aquello sería, pero movido de recelosa
curiosidad, intentó Morsamor ir adonde sonaba el ruido, a fin de enterarse de
todo. En pie estaba ya para realizar su intento, cuando por el lado contrario
se abrió una puertecilla, penetró por ella un bulto y Morsamor oyó una voz
varonil que decía:
-¡Voto a los demonios todos del infierno! ¡Olimpia! ¡Olimpia!
¿Estás ahí? Al fin, tropezando en la obscuridad y dándome de calabazadas contra
las paredes creo que he logrado llegar a tu cuarto. Esa maldita vieja Claudia
me dejó solo, prometiendo volver para guiarme. Tardaba en volver y yo me cansé
y he venido sin guía. Aquí estoy, Olimpia.
Con pasmosa serenidad y reposo, aunque harto previó las fatales
consecuencias que podía tener aquel encuentro, Morsamor se adelantó hacia el
personaje que había entrado y le dijo:
-Mucho lamento, señor Pedro Carvallo, pues la luz de las bujías
os da de lleno en la cara y os he reconocido, que la casualidad nos reúna aquí
donde y cuando los dos esperábamos encuentro más grato y suave.
Era Pedro Carvallo el hombre de más violento carácter y más
iracundo que hubo en Portugal en aquellas edades. Terrible era además su encono
contra Morsamor, primero por natural antipatía, y después por su rivalidad en
amores con doña Sol, de quien Morsamor, en cierto modo, había sido harto más
favorecido.
Pedro Carvallo ardió, pues, en cólera al oír y ver a Morsamor, y
le replicó de esta suerte:
-Mi encuentro contigo no será ni quiero que sea suave, pero me
será grato. Tiempo ha que me tienta el demonio con el prurito de matarte y,
ahora me ofrece la ocasión más propicia. ¡Defiéndete, miserable!
Y Pedro Carvallo desenvainó la espada y se puso en guardia
adelantándose hacia Morsamor.
Éste, desdeñando la provocación y el insulto y procurando aún
excusar un lance que le parecía poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo:
-Sosegaos, señor, y no llevemos a tan crudo extremo este
negocio. Ruin fundamento tendrían nuestro duelo y la muerte de cualquiera de
nosotros dos en esta casa extraña, y que ambos hemos asaltado. Vergonzosa sería
la victoria del que saliese vivo de aquí, y más vergonzoso el término de quien
aquí quedase muerto o herido.
-La poca vergüenza -contestó Pedro Carvallo, feroz y
groseramente-, es la de esas viles palabras con que tratáis de disimular
vuestra cobardía. Defendeos o mataros he como a un perro.
Pedro Carvallo se abalanzó entonces con furia contra Morsamor.
Morsamor sacó la espada, le recibió con calma y paró con
inaudita destreza todas sus cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darle
muerte. Estaba seguro de su inmensa superioridad. Lo descompuesto y sin arte
del ataque ponía en su poder a Pedro Carvallo; pero Morsamor, por eso mismo,
consideraba más odioso dar sangriento término a la lucha con aquel energúmeno,
ciego por el rencor y la soberbia.
La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro
Carvallo, aunque inhábil, era fuerte y menudeaba sus golpes con tanto brío, que
los quites de Morsamor tenían que ser también muy violentos. En uno de estos
quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de su contrario,
que le derribó por tierra la espada.
Generosamente se contuvo Morsamor para que el desarmado volviera
a armarse. Y ya Pedro Carvallo había recogido la espada, y sin tener en cuenta
en su furiosa locura 1a magnanimidad de Morsamor se disponía de nuevo a
embestirle, cuando Morsamor se sintió de repente ceñido el cuerpo en estrecho
abrazo y cubierto el rostro de besos.
Donna Olimpia,
In tutto il vezzo, della sua persona,
le tenía asido y exclamaba con jubiloso entusiasmo:
-¡O gioia ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!
- IX -
Las tiernas y repentinas caricias de la vaga italiana fueron
acompañadas de un diluvio de improperios y de blasfemias, que salían de la boca
de Pedro Carvallo, haciéndole coro con risotadas alegres Teletusa y Tiburcio.
Pedro Carvallo sólo podía herir ya con la lengua. Dos robustos y
estupendos rufianes le tenían bien cogido entre sus enormes manazas fuertes
como el hierro, y Teletusa y Tiburcio, sin dejar de reír, le ataban de pies y
manos con suma destreza y valiéndose de lienzos retorcidos a falta de cuerdas
que por allí no había.
-¡Matadme o soltadme para que le mate! -gritaba Pedro Carvallo.
Y Tiburcio respondía, riendo siempre:
-Tiempo te sobró para matarle cuando estabas suelto. Ahora te
atamos por caridad y para que no mueras.
Blasfemó, chilló e insultó de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa
pensó y propuso ponerle una mordaza, pero no lo consintió donna Olimpia, y con
voz imperiosa dijo:
-Llevadle al desván con los otros, echad la llave y traédmela.
Que pasen allí la noche. Ya veremos cómo sin peligro ni escándalo se les da
suelta cuando sea de día.
Aquellos dos formidables satélites, escuderos de donna Olimpia,
y que ella traía siempre consigo para imponer respeto y tener a raya a los
insolentes, sobre todo, cuando eran spiantati, oído el mandato de su señora,
tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al desván con delicadeza
y esmero cuidadoso.
Donna Olimpia así lo recomendaba, diciendo:
-Nada de malos tratamientos. No le hagáis el menor daño. Hasta
podéis desatarle las manos cuando esté en el desván y llevarle de comer y de
beber y un colchón para que duerma.
Dirigiéndose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo:
-Yo os ruego, señor, que me perdonéis el grave disgusto que os
ha causado el venir a verme. No hubo en ello la menor culpa mía. Toda la culpa
fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin encomendarse más que a su propia
codicia, y creyendo que podía disponer a su antojo de Teletusa y de mí, cuando
menos lo recelábamos, cuando ni sabíamos que estuviesen en Cintra los señores
Carvallo y Acevedo, los introdujo aquí a ambos furtivamente. Dejó solo a
Carvallo para que aguardase por un momento su vuelta y vino con Acevedo a la
estancia de Teletusa. Hallábase allí vuestro amigo el señor Tiburcio, mancebo
prudente y listo a maravilla. Buen doncel y consejero tenéis en él. Si la
imaginación humana fuese tan viva y creadora en nuestros días como lo fue en la
antigua Grecia, yo me daría a sospechar que la diosa Minerva, así como acompañó
y guió a Telémaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, así os
acompaña y guía al presente bajo la figura de un garzón barbilindo, disfraz más
adecuado, en mi sentir, que el de un vejestorio barbudo. Pero dejando a un lado
alabanzas, diré, en cifra y resumen, que Acevedo, lo mismo que Carvallo, quiso
llevarlo todo por la tremenda, y que prevenidos a tiempo mis dos escuderos, que
andan siempre alerta y ojo avizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio
desenvainasen las espadas, se apoderaron de Acevedo, y con el auxilio de
Teletusa y de vuestro doncel, le ataron chistosamente abrazado a la vieja
Claudia y traspusieron con ellos al desván, donde se los encontrará el señor
Carvallo cuando allí llegue. La algazara promovida por estos sucesos que atrajo
al cuarto de Teletusa, en donde ocurrían. Tal ha sido la causa de mi tardanza
en venir por aquí, donde algún indicio leve tenía yo de que tan dulce bien me
aguardaba. Por dicha, y merced a vuestra destreza, serenidad y generosa sangre
fría, todos hemos llegado a tiempo de evitar una tragedia.
-Y ya que no la hubo -dijo Teletusa-, celebrémoslo bebiendo un
trago a la salud de tos amos de esta casa, que no tienen mal provista la
despensa. No os propongo que cenéis, porque no tendréis gana. Tal vez habréis
cenado ya. Siempre, no obstante, habrá quedado lugar para un bocadillo de algo
picante y salado que sea despertador de la sed. Las dos criadas de esta casa
van a serviros al punto en esta misma mesa.
En efecto, salió Teletusa y a poco volvió, riendo, brincando y
bailando, con un gran plato levantado en alto en sus manos, como si
representase a Herodias.
-No os asustéis -exclamó-, que no os traigo la cabeza de Juan,
sino la de un jabalí, rellena de verdes alfónsigos y de lengua y lomo con mucha
sal, pimienta y otros aliños. Estas manos, que se ha de comer la tierra, lo han
condimentado todo. Estoy orgullosa de mi habilidad culinaria. Ha sido mi tarea
del día de hoy.
-Bien puedes decir, como Tito -interpuso donna Olimpia-, que no
has perdido tu día.
-¿Lo oyes, Tiburcio? Llámame tu Tita, que es más breve y más
dulce que tú Teletusa.
Y diciendo esto, puso sobre la mesa el plato con la cabeza de
jabalí.
Las dos criadas, que entraron en pos de ella, colocaron también
sobre la mesa blanco pan, anchas copas y sendos grandes jarros.
Señalándolos Teletusa con el dedo, habló así:
-Éste es vino rancio y seco de Chipre, néctar exquisito,
consagrado a Venus, cuya fue aquella isla, allá en las edades felices en que
vivieron y reinaron las diosas entre los mortales. Este otro es moscatel de
Siracusa, vino del que se embriagaba el Cíclope para consolarse de los desdenes
de Galatea, con el que Arquímedes se inspiraba para sus más raras invenciones y
del que siempre bebía Teócrito antes de componer sus idilios. No os pasméis,
señores, de mi notable erudición. No en balde soy la discípula predilecta de
donna Olimpia. De tal Palo, tal astilla, como suele decirse.
Donna Olimpia y Tiburcio aplaudieron a Teletusa. Y Morsamor,
algo pensativo aún, no muy conforme con que todo aquello se aviniese bien con
su papel de héroe empezó a rendirse y a contagiarse del regocijo harto profano
que allí reinaba. Morsamor se sintió ebrio antes de beber el vino.
-Que mis escuderos vuelvan aquí también -dijo donna Olimpia-
para que coman y beban patriarcalmente con nosotros, que bien lo merecen
después del primor con que se han conducido.
-Y vaya si lo merecen -dijo Teletusa- ¡Hola! Asmodeo y Belcebú,
acudid a beber y a regocijaros. Y vosotros, señores Morsamor y Tiburcio, no os
maravilléis ni asustéis de los fingidos nombres que damos a estos dos galanes
(y como ya habían entrado los señalaba), porque sus nombres verdaderos se
guardan para mayores cosas. Ambos son de noble prosapia y aun creo que algo
parientes de donna Olimpia.
-No hay duda en ello -interpuso ésta-. Nuestro parentesco es
evidente, aunque remoto. Soy prima quinta de Belcebú y sexta de Asmodeo.
-Pues que sea enhorabuena -dijo Morsamor, desechando escrúpulos,
echado a rodar su formalidad y tomando parte y aun haciendo el papel principal
en la orgía que hubo de seguirse.
- X -
Resbaladizo y difícil sería describir aquí lo que allí ocurrió
después. La cabeza de jabalí casi desapareció. Los dos enormes jarros quedaron
vacíos. A las risas, a los brincos ya los cantares, con que se animó la cena
sucedió profundo silencio: Tiburcio y Teletusa se fueron por un lado. Asmodeo y
Belcebú, por otro.
Sólo la tenue luz de una lámpara velada por el vaso de alabastro
en que ardía iluminó la estancia tranquila, hasta que rayó el alba y sus
resplandores primeros penetraron por la ventana, entreabierta a causa del calor
del estío, penetrando también fresco y manso vientecillo, impregnado de aromas
de mil flores, y el gorjeo de los pájaros que cantaban en la enramada y
saludaban el día naciente. Poco más tarde, en la gran sala de la quinta,
aparecieron Morsamor y Tiburcio, donna Olimpia y Teletusa y los dos formidables
escuderos. Todos se movían y se afanaban como en el momento que precede a un
largo viaje.
Donna Olimpia y Teletusa estaban hartas de Portugal y habían
resuelto acompañar a Morsamor y a Tiburcio al Extremo Oriente. Los hijos de
Lusitania no se les habían mostrado pródigos de los tesoros que de allá venían
y así determinaron ellas ir a buscarlos. El imprevisto lance, además de la
noche anterior, podría acarrearles no pocas desazones, sobre todo cuando las
abandonaran sus dos triunfantes amigos.
Donna Olimpia había expresado su resolución del modo más
terminante.
-Os seguiremos -había dicho-, y os seremos fieles. Unidos,
conquistaremos el mundo. Si fuese menester, hasta nos convertiremos en
amazonas. Teletusa será Bradamente y yo la propia Pentesilea. Yo estaré
contigo, Morsamor, hasta que se harte de mí tu alma. Sólo entonces, y si
acertamos a dar con el verdadero y legítimo preste Juan, tantos han buscado en
balde basta ahora, yo le rendiré, le cautivaré, le sentaré en su trono y vendré
a ser la Papisa Juana de Oriente.
Teletusa , Tiburcio y los dos jaques holgaron mucho de oír este
razonamiento; le aplaudieron y le celebraron con risas estrepitosas.
Allá en su interior, todo aquello repugnaba no poco a Miguel de
Zuheros; pero cierto vehemente atractivo de amor vicioso luchaba con la
repugnancia y la vencía. Morsamor no quiso o no se atrevió a rechazar los
propósitos y ofrecimientos de donna Olimpia.
Dichos propósitos se cumplieron.
Apenas despuntó el día, acudieron a la puerta de la quinta dos
criados de Morsamor y Tiburcio con caballos y bagaje. Donna Olimpia y Teletusa,
auxiliadas por los dos jaques, empaquetaron y embaularon sus alhajas, vestidos
y demás prendas.
Todo esto, así como las mismas damas y sus escuderos, habían de
viajar en mulas que los genoveses tenían en la caballeriza y de las que se
dispuso como de bienes mostrencos. Y no mucho después, antes de que el sol
apareciese y dorase con sus rayos la tierra, todos se pusieron en marcha,
formando alegre caravana y caminando a paso largo hacia Cascaes.
La llave del desván quedó en poder de las sirvientas de los
señores Adorno y Salvago, para que pusiesen en franquía a la vieja Claudia y a
los señores Carvallo y Acevedo, a las tres horas de haber salido de la quinta
Morsamor y su acompañamiento.
La nave que mandaba Morsamor era grande y capaz y él podía
tripularla a su antojo. Con holgura, pues, instaló en ella a su gente. Y aquel
mismo día, antes de que el sol rayase en lo más alto del cielo,
Ya no largo Oceano navegavam,
As inquietas ondas apartando:
Os ventos brandamente respiravam,
Das naos as velas concavas inchando.
- XI -
Donna Olimpia y Teletusa no se mareaban. Se hallaban en el mar
como nacidas: como si fuesen nereidas y no mujeres. Morsamor se sentía también
más a gusto que en tierra lleno de esperanzas y forjando en su mente los más
audaces y ambiciosos planes. En cuanto a Tiburcio, eran de maravillar sus
conocimientos náuticos, su alegre humor y su útil actividad a bordo. Por la
traza, seguía pareciendo mancebo de menos de veinte años, mas por las acciones
podría suponérsele viejo y experimentado navegante. Así se lo decía Lorenzo
Fréitas, piloto de la nave, que tenía más de sesenta años, que había navegado
mucho y que había hecho y, otros dos viajes de ida y vuelta a la India.
Pronto Lorenzo Fréitas trabó amistad íntima con Tiburcio y se
ganó el afecto y la confianza de Morsamor y de las damas aventureras.
Iba asimismo en la nave un piadoso y entusiasta misionero
franciscano, cuyo nombre era fray Juan de Santarén. Grandísima gana llevaba
éste de difundir la luz del Evangelio, de convertir idólatras y mahometanos y
de bautizarlos a centenares. No se oponía todo ello a que fray Juan, reservando
la gravedad solemne para sus futuras predicaciones, fuese por lo pronto jocoso
y alegre como unas sonajas, inclinado a cuidarse y a tratarse bien para sufrir
más tarde las fatigas del apostolado, y harto propenso a contar chascarrillos y
a decir chirigotas, que no siempre despuntaban por su urbanidad y delicadeza.
Como cielo y mar estaban serenos y el viento era próspero, el
viaje iba haciéndose con felicidad y prontitud.
Al subir una mañana sobre cubierta, nuestros seis principales
personajes se extasiaron admirando el azul transparente de las aguas, rizadas
apenas por el soplo de la brisa, donde se reflejaban el más claro azul del
cielo y las ligeras nubes, que parecían de nácar, purpura y oro. La luz del
sol, que se iba levantando, formaba en las ondas rieles luminosos y se diría
que penetraba por curiosidad en el seno transparente del agua para iluminar las
grutas y los alcázares submarinos que allí se esconden.
La costa europea había quedado lejos. Sólo mar y cielo se
hubiera visto, si no apareciese ante los ojos encantados de los de la nave, no
lejos de ella y en medio del piélago azul, algo a modo de ingente y precioso
canastillo de flores y verdura, que parecía flotar sobre la superficie del
Atlántico. Mil lozanos y frondosos árboles subían hasta la cima del cerro que
en el centro de la isla se alzaba, como ramillete en forma de piña, en cuya
punta, destacándose sobre el limpio fondo del aire, resplandecía un blanco
santuario de la Virgen, dorado ya por los casi horizontales rayos del sol
naciente.
-Ésa -dijo Lorenzo Fréitas a nuestros cuatro aventureros- es la
isla de Madera, descubierta por Juan Gonzalves y Tristán Vaz en tiempo del
glorioso Infante don Enrique, instigador y fundador de nuestras grandes
empresas marítimas, hoy tan en auge.
A la vista de la isla de Madera, tomando el fresco sobre
cubierta y bajo un toldo, se desayunaron aquel día Miguel y Tiburcio, ambas
damas, el misionero fray Juan y el viejo piloto.
No hemos de seguir nosotros punto por punto a los viajeros.
Pasaremos de largo cuando nada les ocurra de singular y memorable. Si ahora nos
detenemos aquí es por considerar que, durante aquel desayuno, todos estuvieron
expansivos y casi elocuentes y dijeron cosas muy importantes a la narración que
vamos haciendo.
Hasta el desayuno que tomaron los seis, sentados en torno de una
mesa redonda, tenía algo de exótico para los europeos de entonces, porque
bebieron en hondas tazas, mezclada con leche y azúcar, una infusión de cierta
hierba olorosa y salubre, que llamaban cha y que ya se traía a Portugal de los
remotos reinos del Catay, que están mucho más allá del Indo y del Ganges.
-Larga y penosa -dijo Miguel de Zuheros-, va a ser nuestra
navegación hasta llegar a las regiones del Extremo Oriente. Enorme es el rodeo
que tenemos que dar, bajando hasta el Cabo de las Tormentas, hoy de Buena
Esperanza, que Bartolomé Díaz dobló por vez primera. Pasman el esfuerzo
constante y el secular empeño, primero del infante don Enrique y después de sus
sucesores y de su pueblo para conseguir el triunfo que han conseguido.
-Con menos tiempo y trabajo -repuso donna Olimpia-, me parece a
mí que si mis compatriotas los venecianos, se hubiesen puesto de acuerdo con
árabes y turcos y con el Soldan de Babilonia y con el de Egipto, tal vez
hubieran podido abrir algún ancho canal por donde, sin tantos rodeos, hubieran
pasado sus naves del mar Mediterráneo al mar Rojo, encaminándose luego por allí
hasta más allá de Trapobana, a Cipango y al remoto país de los seras. El
pensamiento de abrir ese canal no es cosa nueva. Ya le tuvieron algunos
Faraones, y sin duda le tuvieron también Salomón e Hiran, rey de Tiro, cuando
unidos en estrecha alianza enviaban sus flotas a Ofir, de donde volvían
cargadas de riquezas. Si tal pensamiento se hubiera realizado, no hubieran
perdido Venecia y toda Italia la supremacía en la navegación y en el comercio y
el poder que consigo trae y que hoy tienen los portugueses.
Fray Juan de Santarén tomó parte en la conversación y exclamó:
-Lo que menos importa al bien de la cristiandad y del humano
linaje es que decaigan Venecia y otros Estados de Italia a causa de los
descubrimientos y conquistas de los portugueses. Más alto es el fin que éstos
han tenido y han de tener en lo futuro. No van los de mi nación a despojar en
Oriente a los venecianos; van a que la religión de Cristo prevalezca allí sobre
la de Mahoma; van a quebrantar allí el poderío de turcos, árabes y persas, y
van, por último, a despertar del hondo sueño de muchos siglos a las dormidas
naciones orientales, que, aletargadas e inertes, yacen en el seno letal de la
idolatría.
-Todo eso estará muy bien -interrumpió Tiburcio, riendo como
tenía de costumbre-. Pero ¿a qué tanto rodeo? ¿A qué ir por tan extraviado
camino hasta el extremo Sur de África? ¿A qué dejar atrás misterioso e
inexplorado este continente enorme, en cuyo centro, que nos fingimos abrasado,
acaso esté el Paraíso que perdieron nuestros primeros padres? ¿A qué, en fin,
dar tan desaforada vuelta y buscar el bien tan lejos, cuando le tenemos
cercano?
El piloto Lorenzo Fréitas, aunque sospechaba que Tiburcio no
hablaba con seriedad, sino para embromarlos, se enojó y no quiso consentir que
ni en broma se tildara de poco razonable la gloriosa y secular empresa de los
portugueses, y habló así en su defensa:
-No es sólo la codicia mercantil la que nos ha llevado a la
India, no es sólo el deseo de sobreponernos a la Señoría del Adriático, ni es
sólo tampoco el afán de vencer al Islám, buscándole en la fuente misma de su
mayor riqueza y despojándole de sus ocultos tesoros, lo que movió al infante
don Enrique y ha movido después a sus sucesores a hacer cuanto han hecho. Mil
veces más elevadas eran y son sus miras. Noble curiosidad nos impulsó y nos
impulsa. Anhelamos desgarrar el velo en que Naturaleza se envuelve aún y se
encubre a nuestros ojos mortales. Y hemos aspirado y aspiramos todavía a que,
así como se nos reveló el misterio del Mar Tenebroso, por la persistente
violencia que sobre él ejercimos, se nos revelen también la magnitud y
estructura de la tierra, y después todo el artificio y la máquina del Universo,
con las leyes de su movimiento y vida.
-En verdad -dijo fray Juan de Santarén-, el señor Fréitas tiene
razón que le sobra. Hay un enigma de la mayor transcendencia, no resuelto aún,
que trae sin sosiego a cuantos hombres piensan y discurren en el día.
-Años ha, siendo yo muy mozo y reinando don Juan II -interrumpió
entonces Lorenzo Fréitas-, aportó a Lisboa un genovés muy presumido y soberbio
que estaba al servicio de Castilla y se llamaba Cristóbal Colón. A ser cierto
lo que él imaginaba y afirmaba, el enigma se hubiera explicado y dejado de
serlo. Aquel hombre audaz, fiado en sentencias e insinuaciones de antiguos
sabios griegos, y singularmente de Aristóteles, había ido en busca de la India
navegando hacia Occidente, y casi creía haberla hallado y se jactaba de ello.
Había aportado a grandes y fértiles islas, y poco más allá casi daba por seguro
que debían de estar Cipango y otros países visitados por Marco Polo. Se jactó
también Colón de haber descubierto extensa costa, al parecer de un gran continente,
y supuso que aquello era el extremo oriental del Asia, y que más al Norte
estaba el Catay, y la India más al Mediodía. A punto estuvo de costarle la vida
esta jactancia, porque algunos señores de la corte, muy poco sufridos, creyeron
lo que aseguraba y recelando que así el rey de Castilla iba antes y por camino
más corto a llegar a la India, donde todavía no habían llegado los portugueses,
decidieron provocar a Colón, y como era poco sufrido reñir con él y darle
muerte, con lo cual su descubrimiento quedaría para Portugal y no aprovecharía
a los castellanos. Por dicha, los mencionados señores expusieron su proyecto al
rey don Juan II, apellidado con razón el Príncipe Perfecto, el cual, aunque
vehementísimo en su cólera y de ímpetus tan vitandos que mataba a puñaladas a
quien juzgaba que le ofendía, sin excluir al hermano de su mujer,
reflexivamente era tan recto, tan temeroso de Dios y tan buen Católico, que
rechazó el plan indignado. Colón pudo, pues, volver a Castilla a lucir su
descubrimiento y a que los reyes don Fernando y doña Isabel le aprovechasen.
Suscitó esto, no obstante, recelos y diferencias entre los soberanos de España;
pero pronto se arregló todo por virtud de aquella línea, que tiraron idealmente
desde un polo a otro, dividiéndose así las tierras y los mares apenas
explorados y los que pudieran explorarse en lo venidero. El Padre Santo
sancionó el convenio con el poder y la autoridad de que goza como Vicario de
Cristo. Pocos años después, enviado por el rey don Manuel, llegó a Malabar Vasco
de Gama, Tristán de Acuña, el grande Albuquerque y otros héroes de Lusitania
dilataron nuestro dominio y nuestra gloria por el Oriente y los castellanos en
tanto, llenos de noble emulación, hicieron nuevas conquistas y descubrimientos
en aquellas tierras occidentales adonde Colón había llegado por vez primera, y
que por su magnitud merecieron llamarse Nuevo Mundo. Según las últimas noticias
que yo tengo, un extremeño, cuyo nombre es Hernán Cortés, ha surcado el mar, ha
pasado por medio de vastos territorios y ha llegado a la capital populosa de un
bárbaro y desconocido Imperio, del que está a punto de enseñorearse. Todavía
pretenden algunos que este Imperio, donde Hernán Cortés ha entrado a saco, está
al sur del Catay y al norte de la India. De aquí presumo yo que está aclarado
el enigma, que hay Antípodas y que es evidente la redondez de la tierra.
-Poquito a poco, señor Fréitas -replicó Tiburcio-. Las cosas
distan mucho de ser tan claras. Yo tengo noticias más recientes que invalidan
lo que el señor Fréitas dice. Otro castellano, no menos valiente, aunque menos
venturoso que Hernán Cortés, un tal Vasco Núñez de Balboa, ha cruzado ese
continente por una región en que es muy estrecho; ha salvado altas montañas y
ha descubierto más allá un mar extensísimo que tiene toda la traza de dilatarse
más que el mar de Atlante. El enigma queda, por consiguiente, en pie en toda su
obscuridad misteriosa. Posible será que los castellanos, navegando siempre
hacia el Occidente por ese mar recién descubierto, se alejen cada vez más de la
India. Y posible será que los portugueses, yendo siempre en dirección contraria
a la que el sol sigue, no aporten jamás a las regiones visitadas ya por Colón,
Cortés y Balboa.
Ya sabía yo -dijo Morsamor- que ese Balboa de que habla Tiburcio
había descubierto un gran mar al otro lado del mundo de Colón, entrando en sus
aguas con la espada desnuda en la diestra y enseñoreándose de él en nombre del
César Carlos V. Esto complica y retarda la resolución del problema, pero no me
induce a creer que la resolución sea otra de la que yo pensaba. Para mí es
evidente la forma esférica o casi esférica de la tierra. A la extremidad de ese
mar han de estar Cipango, el Catay y la India. Lo difícil ahora ha de ser para
el que navegue hacia el Occidente hallar el término de ese valladar o hallar un
canal o estrecho por donde se pase del mar del Atlante a ese otro mar de
Balboa. El que esto logre y tenga además valor y fortuna para surcar el nuevo
mar desconocido, aportará, sin duda, a la India y podrá luego dar la vuelta al
mundo en que vivimos. Y el que navegue hacia Oriente, como navegaremos nosotros
cuando salvemos el obstáculo que África nos opone, podrá volver también a su
patria por opuesto camino si encuentra modo de salvar el valladar que el Nuevo
Mundo de Colón le ofrece. Yo os confieso, señores, que la ambición me induce a
señalarme en la India en empresas guerreras, pero como no cuento con muchos
soldados para eclipsar allí las hazañas de Alejandro de Macedonia, preferiría
yo sin estrago y sin sangre emprender y llevar a cabo un propósito que me daría
gloria nueva y sin rival entre los seres nacidos de mujer, la gloria de
circunnavegar este planeta. Así probaría yo experimentalmente que no es enorme
disco suspendido en el éter y asido por el eje de diamante a las cristalinas
esferas que giran en torno suyo sobre dicho eje con arrebatada y pasmosa
armonía. Así aduciría yo razones y pruebas a los que pretenden que nuestra
tierra no es el centro del Universo, sino astro pequeño y opaco, que va rodando
en torno del Sol, como Venus, Marte, Saturno y otros planetas.
-Atrevida es la tal suposición -dijo fray Juan de Santarén-,
pero ni en Coimbra ni en Salamanca faltan doctores que la tienen por probable y
aun por casi demostrada, respondiendo a los que tratan de invalidarla por mal
entendidas sentencias de las Sagradas Escrituras, con aquellas célebres frases
de Francisco de Villalobos, médico de la Reina Católica: los que acuden a la
religión en asuntos de ciencias naturales son como los delincuentes que buscan
en la Iglesia un asilo.
-También en Italia -añadió donna Olimpia-, anda desde hace años
muy válida la opinión de que no es la tierra, sino el sol, quien está en el
centro; y ya, en mi primera mocedad, conocí yo y traté en Roma a cierto doctor
polaco, cuyo nombre era Nicolás Copérnico, que enseñaba dicho sistema y andaba
muy afanado componiendo un libro, que pensaba dedicar al Papa, sobre las
revoluciones de los orbes celestes. No sería impío ni herético tal sistema
cuando con semejante dedicatoria intentaba su autor santificar el libro que le
defendiese.
-Así podrá ser -dijo Tiburcio-. Nadie, sin embargo, logrará
quitarme de la cabeza un endiablado razonamiento que agua, o mejor diré,
envenena el gozo de esta invención. Por ella resulta degradado y hasta
envilecido este mundo en que habitamos. No es ya el centro y objeto principal
de la creación entera, para cuya iluminación, regocijo y deleite salieron de la
nada el sol, la luna y todas las estrellas. Nuestro globo queda reducido a un
astro opaco, pequeñuelo y hasta deforme que gira como otros muchos planetas más
grandes y más hermosos que él, perdido en la inmensidad del éter. ¿Qué será de
nuestra preeminencia sobre las demás criaturas, qué de la dignidad humana, si
tal suposición llega a demostrarse por completo?
Morsamor, que coincidía, por lo común, con las opiniones de su
joven amigo y se complacía en aceptar su parecer y su consejo, estaba en
aquella ocasión tan poseído del parecer contrario y tan lleno de la fe y de la
esperanza de contribuir a la demostración de su verdad, que encarándose con
Tiburcio, exclamó con enojo:
-Sin duda tendrías razón si por lo material aspirase el hombre
al principado y si su valer se midiese por varas o se pesase por arrobas. Pero
como el gran ser del hombre es por el espíritu, lo mismo importa para que le
conserve que tenga su vivienda corporal en el centro del Universo o en el más
ruin y esquivo lugar de las profundidades del éter. Dondequiera que mi espíritu
se halle, allí estará, allí creará el centro de todo; y en la capacidad inmensa
de su entender encerrará cuantos seres existen y pueden existir, y
comprendiendo sus leyes, será como si se las impusiera, porque si Dios está en
todas partes, más esencialmente está en el alma humana. Y así el alma humana,
si procura estar conforme con Dios y unirse con Dios, sólo será inferior a Dios
mismo y no a los habitantes de otros mundos, dado que tales habitantes haya.
Podrán ser más corpulentos, podrán tener sentidos más variados y perspicaces,
pero la ley moral y los primeros principios absolutos, raíz de todo saber, y el
amor inextinguible de lo infinito, que sólo en lo infinito se aquieta, en nadie
podrán asistir con mayor energía y virtud creadora que en el hombre, hecho a
imagen y semejanza de Dios.
Todos aplaudieron el discurso de Morsamor. El propio fray Juan
de Santarén, aunque con escrúpulos de que en el calor de la improvisación
hubiese dejado escapar alguna herejía, aplaudió también a Morsamor, en gracia
del entusiasmo y de la buena fe con que había hablado. Convinieron, además, en
que no hay ni habrá sistema de astrólogos o de sabios empíricos que baste a
desbaratar ninguna teología ni ninguna metafísica bien cimentada.
Y decidieron, por último, que Morsamor, sin perjuicio de
mostrarse en la India, dando allí razón de quién era, debía volver a Lisboa,
caminando siempre hacia Oriente y circunnavegando el mundo en que vivimos, cuya
redondez resolvieron todos que era innegable.
- XII -
Bien se puede afirmar que el poder de los elementos, sojuzgado y
hechizado por la confianza magnánima de nuestros navegantes, se complació en
favorecerlos, haciendo fácil y rápido su viaje. Pronto, casi siempre a la vista
de la extensísima costa, llegaron al extremo sur del continente negro. El
terrible gigante Adamastor, domado ya por la secular constancia y el valor de
los portugueses, estaba sin duda de muy buen talante en aquella ocasión, y sin
tormentas ni furores, dejó que entrasen en el mar de la India la nave de
Morsamor y otras cuatro naves más, que formaban la escuadra en cuya compañía
Morsamor navegaba.
La pequeña flota iba como refuerzo de otra mucho mayor y más
poderosa, que tres meses antes había salido del Tajo conduciendo a don Duarte
de Meneses.
Este personaje, que se había señalado mucho por su valor y
pericia, como Gobernador de Tánger, en la guerra que de continuo sostenían los
portugueses contra los marroquíes, iba como virrey de la India con más sueldo y
más amplias facultades que sus predecesores. Le llevó una armada de quince
velas, en donde fueron Francisco Pereira Pestana para Gobernador de Goa, Juan
Silveira para ejercer el marido en Cananor, y para el gobierno de Calecut, Juan
de Lima.
Habían ido también, custodiando al nuevo virrey, cuatro naves a
las órdenes de Martín Alfonso de Melo, el cual debía después visitar el Imperio
chino.
La escuadra de que formaba parte la nave de Morsamor, viniendo a
ser complemento de dicha grande flota, con la misma felicidad que había pasado
el Cabo, aportó más tarde a Sofala, puerto muy estimado entonces de los
portugueses, por creer que era el antiguo Ofir, de donde Salomón e Hiran
llevaron a Jerusalén mucho oro. De aquí que los portugueses buscasen allí con
afán, aunque poco dichoso, las antiguas minas que el hijo de David había
laboreado.
Algo se detuvo en Sofala la pequeña flota, pero no tardó en
zarpar para Goa.
La nave de Morsamor no pudo seguirla. Tenía antes que ir a
Melinda, adonde enviaban los señores Adorno y Salvago no pocos artículos de
comercio. En Melinda debían venderlos o dejarlos en depósito y tomar en cambio
mercancías de Abexin, Arabia y Egipto y aun algunas de Siria, de las islas de
la Grecia y de la misma Italia que todavía llegaban hasta allí, importadas en
Egipto por los venecianos pesar del golpe mortal que a su comercio habían dado
los portugueses.
Durante tan larga navegación, el tiempo pasó muy agradablemente
para Morsamor y Tiburcio, merced a la precaución o a la buena suerte que habían
tenido de embarcar con ellos a donna Olimpia y a Teletusa. Podía considerarse
la primera como la personificación de la amenidad serena y elevada, y la
segunda, como la del regocijo y bullicioso trastulo de los seres humanos: de
tal al menos calificaba donna Olimpia a su compañera. Y Tiburcio añadía, en
alabanza de ambas, que eran, por estilo profano, como Marta y María,
representando una de ellas la vida contemplativa, y la vida activa la otra.
Dulce y modesta era donna Olimpia. Nadie con justicia hubiera
podido censurarla de marisabidilla y bachillera; pero en su trato íntimo, y
cuando Morsamor la estimulaba a hablar, mostraba su rara discreción y su mucha
doctrina con sencillez y sin pedantería ni jactancia. Habían traído a bordo los
Diálogos de amor de León Hebreo, a quien Morsamor quedó muy aficionado desde
que logró salvarle de los insultos de la plebe.
A veces leían en dichos Diálogos y luego los comentaban. Y eran
tan atinadas y profundas las ilustraciones de donna Olimpia que, si se hubiesen
conservado y reunido en un volumen, formarían hoy la Filosofía de amor más
interesante y sublime.
En otras ocasiones, Morsamor y donna Olimpia ponían por las
nubes mil invenciones y descubrimientos recientes, que en sentir de ellos
hacían de la época en que vivían la más fecunda e ilustre de todas. Y como
sobre este punto no estuviese de acuerdo Teletusa, la ninfa gaditana no quería
callarse y asentir con su silencio, sino que tomaba la palabra y decía de esta
manera:
-No he de negar yo lo muy ingeniosas que son las invenciones de
nuestra edad: el empleo de la pólvora en arcabuces, bombardas, culebrinas y
falconetes; la brújula y la imprenta; los instrumentos del famoso estrellero y
geómetra portugués Pedro Núñez, y el hallazgo y la observación de nuevos astros
en el cielo y en la tierra de nuevos continentes, islas y mares. Todo esto, no
obstante, se explica con facilidad por el entendimiento humano. Si Satanás ha
intervenido en ello, ha sido de tapadillo y sin dar la cara, dejando que los
inventores se jacten de haberlo logrado sin sobrenatural auxilio. En cambio,
las invenciones primitivas son las que no se pueden explicar humanamente y las
que tenemos que admirar. ¿Quién inventó el habla? ¿Quién la escritura? Estas y
otras cosas por el estilo son las que no se comprenden ni se explican sin
acudir a la enseñanza y a la revelación de Dios mismo, de los ángeles o de los
genios. Yo doy por seguro que el primero que cultivó el trigo y luego sacó de
él harina e hizo pan realizó algo más estupendo que cuanto hace un siglo se ha
descubierto o inventado.
Todos aplaudieron el breve discurso de Teletusa y, animada ella
con el aplauso, se atrevió a proseguir:
-La pólvora da muerte y la harina es el mejor y más usado
sustento de la vida. A la harina, pues, me atengo. Quiero que sepáis, señores,
que una prima mía muy guapa fue la buena amiga y tal vez el oíslo del famoso
cocinero Ruperto de Nola. De él aprendió a condimentar exquisitos guisos, no
pocos de los cuales tuvo luego la bondad de enseñarme. Ahora bien, yo quiero
mostraros mi habilidad y probar al mismo tiempo la extraordinaria importancia
de la harina. Voy a ser, además, como cierto tocador de viola, en extremo
habilidoso, que tocaba en una sola cuerda multitud de sonatas. Yo me he
apoderado de un barril de harina y de una enorme botija llena de aceite y
valiéndome de estas substancias voy a daros, mientras dure nuestra navegación,
una fruta de sartén distinta cada día.
Teletusa cumplió su promesa, y sin estropear sus manos, que las
tenía bonitas y bien cuidadas, amasó y frió de diario los más deliciosos y
diferentes manjares farináceos que imaginarse pueden. Ya eran buñuelos de una
clase, ya buñuelos de otra, ya sopaipas, ya empanadillas, ya gajarros, ya
pestiños, ya hojuelas, ya piñonate. Aun sobre estas frutas de sartén filosofaba
Teletusa con agudeza y con gracia, exclamando:
-Nadie me quitará de la cabeza que la materia prima es única,
sin que sean menester elementos distintos para producir las mil distintas cosas
que llenan y enriquecen el universo. Cierta fuerza que hay, reside o se pone en
la materia prima, agita y ordena sus partecillas infinitamente sutiles, y de
los diversos movimientos y coordinaciones de dichas partecillas, que los sabios
llaman átomos, resulta la infinita variedad de los seres. De fijo, la
diferencia de ellos está en la forma. Por la forma es uno feo y otro bonito,
uno triaca y otro veneno, uno soso y otro salado, uno amargo y otro dulce, uno
huele bien y otro hiede, ¿qué no podrá hacer la naturaleza, cuando yo, flaca
mujer, con harina sólo hago cosas tan distintas y de tan diferente sabor sin
quesea substancialmente más que harina? Y, sin embargo, ¿cuán de otro modo que
el esponjado buñuelo sabe, por ejemplo, el piñonate o la crocante empanadilla,
que con tan grato crujidito se desmorona entre los dientes?
No se limitaba Teletusa a freír masa y a filosofar sobre la
fritura. Más alegre pasatiempo solía proporcionar casi de diario, y
particularmente cuando el tiempo era muy bueno, a sus dichosos compañeros de
navegación. Todos formaban corro en torno de ella. Tiburcio tocaba la vihuela o
la flauta, y Teletusa, repiqueteando las castañuelas, bailaba como una sílfide.
Teletusa era asimismo egregia cantora, no indigna del siglo y de
la patria en que la música estaba tan floreciente, merced a Bartolomé Ramos de
Pareja, a Pedro Ciruelo, a Juan Anchieta, a Juan de la Encina y a otros
insignes compositores y maestros.
La propia Teletusa, acompañándose con la vihuela, cantaba
deliciosos villancicos y coplas. Ora cantaba
Dos ánades, madre,
Que van por aquí.
Ora por lo sentimental y lo tierno, coplas como ésta:
Pues que jamás olvidaros
No puede mi corazón,
Si me falta galardón,
¡Ay que mal hice en miraros!
Ora, por último, siguiendo el estilo picaresco, aquello de
Yo me iba, mi madre,
Las rosas coger,
Hallé mis amores
Dentro, en el vergel.
Cualquiera pensará que, en medio de tanto deleite, Morsamor
estaba contento. Mucho distaba, no obstante, de ser así. En cierto modo puede
bien afirmarse que Morsamor se hallaba cada día más prendado de donna Olimpia.
El apasionado mirar de sus ojos glaucos le fascinaba; le encantaban su discreta
conversación y su apacible trato; y de continuo prestaba pábulo a la encendida
llama de sus afectos la presencia de aquella mujer, dechado de elegancia y de
majestuosa hermosura. Entonces se creía ligado a ella para siempre por
invencible hechizo. Entonces presumía que ella era su bien, que la amaba y que
no podía vivir sin ella.
En la mente y en el corazón humanos hay un mar tempestuoso de
ideas y de sentimientos que se combaten. Así eran el corazón y la mente de
Morsamor. Y cuando no los subyugaba ni los rendía el influjo encantador de la
aventurera italiana, acudían en tropel a atormentarlos mil amargas cavilaciones
que le herían y emponzoñaban el alma y sacaban a su rostro el color rojo de la
vergüenza. ¿Qué héroe de tan ruin condición era él cuando tal dama llevaba
consigo? Si hubiese robado a doña Sol de Quiñones, y a despecho de la reina y
de todo el mundo, la tuviese a bordo, el caso, aunque pecaminoso, sería digno
de él; pero llevar a donna Olimpia, que lo mismo se hubiera ido acaso con otro
cualquiera, era triunfo tan miserable, que, en vez de lisonjear su amor propio,
le lastimaba y abatía.
Hasta el indisputable mérito de donna Olimpia, su talento, su
belleza y la fuerza misteriosa que había en todo su ser para dominar y cautivar
a cuantos la veían y trataban, si bien complacían a Morsamor cuando pensaba que
era suyo aquel tesoro, le ofendían más a menudo al considerar que su brillo
atraía las miradas, la voluntad y la admiración de las gentes, y a él le dejaba
obscurecido y como eclipsado.
Algunas bromas de Tiburcio, dichas sin duda irreflexivamente y
para reír, ofendían y herían a Morsamor en lo íntimo de su conciencia y le
ponían de un humor de todos los diablos. Cuando Morsamor le abría su corazón a
Tiburcio y le confiaba parte de sus pesares. Tiburcio, con el propósito de
despojar de gravedad el asunto le decía burlando:
-En verdad que tiene sus contras el poseer tan gentiles
enamoradas y tan famosas amigas como la mía y la tuya. Debemos, con todo,
conformarnos y hasta convertir el inconveniente en estímulo. Voy a explicarme
mejor. El marido o el amante de una mujer muy bella, sabia o ilustre, queda mil
veces peor que en la obscuridad si él es un cualquiera. En la obscuridad nadie
le recordaría ni le nombraría, mientras que, en el caso que supongo, gozaría, o
mejor dicho, padecería de ridícula e indeleble fama. En todo el mundo sería
conocido por su mujer o por su amiga y no le llamarían Fulano ni Mengano sino
el de Mengana o el de Fulana. No floja contrariedad es ésta, pero bien puedes
tú sobreponerte a la contrariedad, dando razón de quién eres por virtud de tus
altos hechos, a fin de que seas célebre y ensalzado como Morsamor y no
meramente conocido y mencionado por amigo de donna Olimpia. Lo propio digo de
mi persona. Yo quiero hacer de suerte que no me conozcan sólo por el amigo de
Teletusa, sino que me celebren por mis audaces y dichosas empresas como
Tiburcio de Simahonda. No he de negarte yo, porque quiero ser franco, que
nuestro propósito es difícil de realizar. Estas dos mujeres (permíteme lo
vulgar de la expresión) que nos hemos echado a cuestas son de tal magnitud y
valer, que nos abruman con su peso. Y es tal el resplandor con que brillan, que
ha de costarnos muchísimo resplandecer por nuestras acciones por cima del
resplandor que despiden ellas con sólo manifestarse: No creas tú que Putifar
fue un personaje insignificante. Yo he leído en antiguas historias y sé de
buena tinta que se distinguió como hábil capitán, venciendo al Faraón del alto
Egipto, acérrimo contrario del Faraón pastor a quien él servía y domando en
Chipre los filisteos, gente rubia y belicosa que habían venido del Norte, que
se habían apoderado de aquella isla, y que mucho más tarde se repuso, invadió
la tierra de Canaan y le dio nuevo nombre aunque hizo en ella grandes estragos.
Hay además quien asegura que Putifar era muy buen letrado, que poseía casi toda
la ciencia de los egipcios, y que compuso memorias sobre las inundaciones del
Nilo y sobre otros puntos no menos importantes. Pero todo esto se ha olvidado y
ya nadie le recuerda ni le nombra, sino a causa o por culpa de su mujer. Sólo
se habla de él cuando de ella se habla, llamándola la mujer de Putifar, por
donde él es sólo mencionado como marido. Escarmentemos, pues, cabeza ajena y
procuremos que nada semejante nos ocurra.
Éste y otros razonamientos por el mismo estilo tenía a Morsamor
sobre ascuas. Y verdaderamente era poco honroso ir a la conquista de un nombre
inmortal en compañía de damas tan desenfadadas y alegres, cuyas conquistas era
de temer que se realizasen más pronto.
Aunque Morsamor disimulaba su disgusto, que solía rayar a veces
en repugnancia, donna Olimpia era muy avisada, y no dejó de conocerle; pero
donna Olimpia era muy soberbia y no se dio por entendida ni formuló la menor
queja.
- XIII -
A bordo toda la tripulación estaba encantada de la bondadosa
amenidad de donna Olimpia y más aún del regocijo de Teletusa, de sus danzas y
cantares y hasta de sus frutas de sartén, hechas a veces con tal abundancia,
que había para que todos comieran. Ya hemos visto como el piloto intimó con
Morsamor y formó parte de su corro, y como fray Juan se holgaba de estar en él
y hasta de reír y charlar con las dos aventureras, pues, aunque piadoso, era
indulgente, muy conocedor de las flaquezas humanas y bastante ejercitado en la
virtud de la eutropelia.
Había no obstante, un personaje que no llevaba bien aquel
alboroto, sino que estaba escandalizado de la constante huelga, si bien lo
disimulaba y sufría porque era prudentísimo.
Era este personaje el administrador o comisionista encargado de
las mercancías y de sus ventas, compras y cambios. Notable por su habilidad
mercantil y por su experiencia y largas peregrinaciones, poseía además el
talento de hablar afluentemente la lengua arábiga, lo cual le valía y había de
valerle para sus tratos y negocios con los mercaderes de aquellas regiones.
El tal administrador, holandés o flamenco, que en esto no están
de acuerdo los tutores, se llamaba Gastón Vandenpeereboom, nombre y apellido en
completo desacuerdo con sus prendas personales, como si por antífrasis los
llevara. En lugar de ser Gastón tenía fama de roñoso, y por no gastar en nada,
no hablaba nunca sino por necesidad o provecho, a fin de no gastar saliva. Y su
apellido, semejante al resonar del trueno o de la artillería, también se
concertaba mal con sus lacónicos y pausados discursos, pronunciados siempre en
voz baja y suave. El señor Vandenpeereboom era además tan pequeñuelo y delgado,
que parecía un duende. Casi no se le oía ni se le veía. Cuando no estaba
haciendo cuentas, estaba rezando sus devociones, por ser muy religioso y
devoto. Era harto feo de cara; pero en ella, singularmente en la viveza
penetrante de sus ojillos, se revelaba su inteligencia y su astucia.
Nadie podía acusarle de que murmurase, pero harto se notaba, a
pesar de su disimulo, que el señor Vandenpeereboom aguantaba con repugnancia la
presencia a bordo de las dos aventureras y el jaleo continuo que allí armaban.
Como quiera que fuese, y sin más novedad ni disgusto, la nave de Morsamor llegó
al fin al puerto de Melinda.
La ciudad de este nombre era entonces populosa y estaba
floreciente y rica. Era hijo su rey del que tan cortés y lealmente recibió a
Vasco de Gama y le proporcionó piloto para llegar a Calecut con menos peligro.
Feridún se llamaba el rey nuevo, joven todavía, gallardo y muy
agraciado de rostro. Tenía un hermano menor, llamado Rustán, a quien estimaba y
quería tanto que casi compartía con él su trono. Y no debe extrañarse que
tuviesen estos príncipes nombres propios de los antiguos persas o iranios,
porque era más blancos que morenos, y pretendían descender, así como la más
ilustre nobleza del reino, de gente venida del Irán. Asegurábase que la ciudad
de Chiraz y el fértil territorio que la rodea habían sido la cuna de los
antiguos emigrantes. Y asegurábase, por último, que éstos habían abandonado la
madre patria, llegando a la remota costa de África y fundando allí una colonia,
expulsados por el tremendo conquistador Temugín, alias Gengis Khan, emperador
de los tártaros mongoles.
Causa de la expulsión, o más bien de la fuga para sustraerse a
una tiránica intolerancia, había sido la refinada cultura de aquellos persas, y
el modo incompleto y libre con que se llamaban mahometanos. La antigua religión
de la luz increada vivía en sus almas sobrepuesta al islamismo. Zoroastro valía
para ellos más que Mahoma, como anterior y superior en la serie de los
profetas. Las tradiciones patrióticas sostenían y fomentaban en la mente de
ellos la fe en los dogmas del Avesta y del Bundehesch, libros sagrados que tal
vez ya no poseían ni conocían. La poesía maravillosa, tan floreciente en el
reinado de Mahamud de Gazna el Grande, había hecho que resurgiesen aquellas
ideas y aquellos sentimientos en los espíritus y en los corazones. Dicen las
historias que aquel rey glorioso tuvo muy regalados y agasajados en su corte,
para mayor ostentación y brillo, a más de cuatrocientos poetas: cosa que aturde
y pasma, sobre todo en el día, cuando críticos tan juiciosos e ilustrados como
Clarín, apenas conceden que tengamos en España dos y medio. Lo cierto es que
entonces se escribieron en Persia lindísimos poemas, descollando sobre todos el
colosal de Firdusi, titulado Libro de los Reyes. En él renacen y viven
idealmente las glorias del Irán y sus seculares luchas, en defensa y para
difusión de la luz, contra los turaníes, propugnadores de las tinieblas. El rey
Mahamud gustó tanto de la obra de Firdusi, que pensó en darle por ella todo el
oro que pudiese sostener y llevar como carga el más gigantesco y poderoso de
sus elefantes. No llegó el rey, por malquerencia y chismes de sus cortesanos, a
premiar tan generosamente al poeta; pero consta que le envió a Tus, lugar de su
nacimiento, donde él estaba retirado, un regalo casi equivalente, si bien fue
ya tarde, porque le llevaban a enterrar cuando entraron en Tus los que dicho
regalo traían.
No fue sólo la epopeya la que pervirtió la ortodoxia muslímica
de los habitantes de Chiraz y de toda su comarca, sino también los cuentos y
novelas que después se escribieron, los tratados de filosofía moral harto poco
severa y, más que nada, la poesía lírica, consagrada a ensalzar el vino, los
amores y toda clase de deleites. Mal podían avenirse con el Corán las
sentencias y los versos del Gulistán, de Sadí, y los voluptuosos madrigales de
Hafiz, que él titulaba Gacelas.
Todavía, por último, se corrompieron más las creencias y las
costumbres con un misticismo que después se puso de moda, merced a muy
eminentes escritores. Era el tal misticismo todo lo contrario de ascético. En
lo tocante a indulgencia con pasiones y goces, echaba la zancadilla al de
nuestro famoso padre Miguel de Molinos, no siendo menester la mortificación y
la penitencia para que el alma se uniese con lo infinito, sino más bien
absolver en ella toda la hermosura, todo el deleite y todo el bien de las cosas
creadas. El libro titulado El habla de los pájaros, fue precursor de esta
doctrina. Y quien más la propagó e ilustró luego fue el admirable poeta y
filósofo Chelaledín Rumi, autor del poema Mesnewi. Así se fundó una secta
herética muy dada al sibaritismo y una a modo de orden religiosa de derviches,
inclinadísimos a todo linaje de diversiones, músicas y danzas.
Tales sectarios fugitivos fueron los fundadores de la colonia de
Melinda, donde se habían dado tan buena maña que habían atraído millares y
millares de negros, formando un reino importante, del que dichos negros
constituían la numerosa plebe.
Cuando Vasco de Gama aportó allí veintitrés años antes, el rey
melindeño, que era muy pacífico, le recibió leal y amistosamente. El héroe
portugués, ya por sí mismo, ya por medio de su alférez Nicolás Coello, había
acrecentado tan buenas disposiciones, ponderando la grandeza y, el poderío de
Portugal y de su monarca. Gama y Coello trataron de hacer creer a los de
Melinda que España era la cabeza de Europa y Portugal la cumbre de la cabeza;
que el rey portugués era el primero de los reyes y que el mismo nombre de Dios
era su nombre; que con su innumerable caballería imponía respeto y subyugaba a
las demás naciones; que sus naves, bien artilladas, recorrían el mar a
centenares, y que las rentas y tributos que le rendían sus vasallos y los
pueblos vencidos, eran tan abundantes, que, después de pagados todos los
gastos, dejaban cada luna un sobrante de doscientos mil cruzados lo menos.
No se sabe hasta qué punto creerían los melindeños tan enormes
exageraciones; pero, como vieron después que los portugueses enviaron al mar de
la India poderosas flotas, que eran valientes y terribles, que conquistaron
muchos puertos y ciudades, que asolaron no pocas provincias y que iban
enseñoreándose de todo, acabaron por creer lo que al principio les habían
dicho; por formar de Portugal el más elevado concepto, y considerar como la
mejor política la conservación y el acrecentamiento de la amistad portuguesa.
Ésta era la opinión que prevalecía entre los de Melinda cuando
la nave de Morsamor entró en su puerto.
- XIV -
No bien saltaron en tierra algunas personas de a bordo,
visitaron la ciudad y hablaron con sus mercaderes y con otros de sus
habitantes, entre los cuales no faltaba ya quien chapurrease el portugués o el
italiano, corrió por todas partes la voz de que mandaba la nave recién llegada
un señor de mucho fuste y campanillas, cuyo nombre era Miguel de Zuheros. Se
difundió también que venían en la nave dos princesas de lo más encopetado de
Europa, que iban viajando para su instrucción y recreo.
Hubo no pocos curiosos y desocupados que fueron a visitar la
nave, donde Morsamor los recibió con franca cordialidad y agasajo. Y como allí
viesen a dolina Olimpia y a Teletusa, se maravillaron y embelesaron, dándose a
propalar entre sus compatricios que en la nave europea había, no dos mujeres
bonitas, sino dos peris o dos huríes. Donna Olimpia fue la que más agradó y sorprendió
por su porte majestuoso, y más aún por la nítida blancura de su tez y por el
áureo fulgor de sus cabellos rubios, prendas muy raras en aquella tierra. Así
es que la consideraron y ponderaron como si fuese criatura sobrehumana y hasta
la propia Parabanú, emperatriz de las hadas.
Cuando todos estos rumores llegaron a los oídos del rey y de su
hermano, ambos anhelaron obsequiar a Morsamor, ver a las dos hermosas princesas
y mostrar a él y a ellas el esplendor de la capital de su reino y la fértil
amenidad de los huertos y cármenes que a imitación y en competencia de Chiraz
había en su ruedo y en ambas orillas del Sabaki, que desemboca en la mar a
corta distancia.
Pronto se concertó y dispuso una fiesta y jira campestre, a la
que Morsamor, Tiburcio, el piloto, fray Juan de Santarén, las dos princesas y
el señor Vandenpeereboom fueron convidados.
En bateles del país, empavesados con vistosos gallardetes y
flámulas multicolores, y defendidos de los ardores del sol por elegantes
toldos, los convidados fueron a tierra, donde había para las damas dos
soberbios palanquines, llevados por robustos negros; para Morsamor y Tiburcio,
hermosos caballos árabes ricamente enjaezados, y para el piloto, el
comisionista y el fraile, sendos pollinos tordos y lustrosos, con primorosas
albardas, de las que pendían caireles y flecos de seda, y con las cabezadas y
jáquimas de seda también, alegrando los oídos el sonar de los cascabeles de
plata que había en los pretales, y alegrando la vista los relucientes y airosos
penachos que descollaban muy por cima de las largas y puntiagudas orejas.
Debemos advertir aquí que en Oriente no es el asno, como en
nuestros países, animal plebeyo y vilipendiado, sino que, por el contrario,
goza de notable crédito, y suele servir de cabalgadura a las personas graves,
constituidas en dignidad, y que conviene que caminen con reposo y pausada
prosopopeya.
Con muy brillante acompañamiento el rey y su hermano llegaron a
recibir a sus huéspedes en una gran plaza que estaba cerca del muelle. Varios
ulemas, magos y astrólogos del Real Consejo privado venían también en burros;
monteros y cazadores, de pie y de a caballo, traían la jauría de podencos y
lebreles; doce diestros cazadores de altanería, todos a caballo, llevaban en el
antebrazo izquierdo, asidos a la lúa de becerro con las acicaladas garras, y
poderosos neblíes, traídos a mucha costa de las montañas de Elburz o de
Mazenderán, a orillas de mar Caspio, ya ágiles alfaneques africanos, retenidos
por la pihuela para que no echasen a volar, y todos con sus capirotes de grana
y con sutiles cascabelillos de oro en las nervudas patas.
El rey se presentó en un lujoso carro, tirado por cuatro
caballos blancos y conducido por su propio hermano Rustán, que se ufanaba de
ser hábil auriga. Se parecían también en el carro un venerable escudero, que
sostenía el quitasol de raso amarillo, bordado de oro, dando sombra al rey y
siendo símbolo e insignia de su poder soberano; y dos pajecillos, muy graciosos
y compuestos, que oseaban las moscas y movían y refrescaban el aire que
circundaba a la persona regia, agitando grandes abanicos, uno de pintadas
plumas de pavo real y otro de plumas de avestruz, blancas como la leche.
El rey y su hermano recibieron y saludaron a las damas, a
Morsamor y a los suyos con gran cortesía y finura, y después de recorrer las
principales calles de la ciudad y de mostrarles las más interesantes
curiosidades, los llevaron al campo, donde los cazadores y las bien
industriadas aves de rapiña lucieron su destreza en la cetrería, arte
cultivadísimo en Persia desde los tiempos primitivos de Jemshyd, fundador del
primer Imperio.
Todos fueron luego a un parque o coto muy extenso que poseía el
rey en la margen del río, y donde había mucha caza, especialmente de ciervos.
Espantados y perseguidos por los ojeadores, los ciervos pasaron en manadas por
muy cerca de las paranzas, donde el rey y los que le acompañaban se habían
puesto a aguardarlos. Así hicieron en ellos no pequeña carnicería, lanzándoles
flechas, venablos y azagayas.
El rey Feridún obsequió por último a sus convidados y a los
individuos de su servidumbre con una exquisita merienda, en la que el guiso que
más agradó fue uno de ánades silvestres en arroz blanco, condimentado con la
picante salsa llamada curry. Los almíbares de azahar y de rosas fueron también
muy celebrados. Y los señores principales consumieron en abundancia el famoso
vino de Chiraz, a pesar de Mahoma, mientras que la gente menuda se regaló con
arrack, bebida fermentada de la India, harto menos costosa.
Las dos damas fueron muy admiradas y requebradas, rayando en
frenesí el entusiasmo que excitaron, sobre todo hacia el fin de la merienda.
El rey, el príncipe, su hermano, los ulemas y los astrólogos,
todos, en suma, apenas se atrevieron a dirigirles la palabra en prosa, sino que
les echaron a porfía mil piropos, ya en versos persas, ya en versos arábigos,
que los señores Vandenpeereboom y Tiburcio se encargaban de traducir. Porque,
según la costumbre de aquella tierra, casi hubiera sido desacato o irreverencia
hablar en prosa a señoras tan bellas y de tan alta guisa. Por fortuna no era
difícil a las personas elegantes de por allí hablar siempre en verso, porque la
menos instruida de todas ellas sabia de memoria millares de kasidas y de
gacelas, a propósito para todos los casos, y que podían ensartarse unas en
otras, como las perlas en un hilo, por medio de la prosa rimada.
En resolución, los viajeros se divirtieron mucho aquel día, y
todos volvieron a bordo muy lisonjeados y satisfechos.
- XV -
Después de la jira campestre y contrariando los planes de
Morsamor, su nave permaneció aún en el puerto de Melinda una semana entera. La
carga y descarga de artículos de comercio y los tratos y contratos que tuvo que
hacer el señor Gastón Vandenpeereboom fueron la causa de tales estadías.
Llegó al fin el momento de continuar el viaje. Era una hermosa
tarde de otoño, víspera de la salida. Morsamor, Tiburcio, las damas y toda la
tripulación estaban a bordo.
Una almadía conduciendo gente muy bulliciosa y regocijada se
acercó al costado de la nave. Uno de los de la almadía pidió permiso para que
visitasen la nave él y sus compañeros.
Componían éstos una tropa o cofradía de los derviches místicos,
apellidados mevlevies, de que fue fundador y patriarca el ya citado celebérrimo
Chelaledin-Rumi egregio poeta entre los orientales y melodioso ruiseñor de la
vida contemplativa.
Miguel de Zuheros no estaba de muy buen humor y repugnaba
recibir a los derviches; pero donna Olimpia y Teletusa, que habían oído hablar
de sus extravagantes y vertiginosos bailes y del extraño método que empleaban
para llenarse de furor divino y entrar en la vía unitiva, intercedieron por
ellos y consiguieron que subiesen sobre cubierta. Hasta veinte serían los de
aquella tropa, todos vestidos de flotantes y ligeros paños, todos contentos y
satisfechos como quien priva con la divinidad, y de los demás seres del mundo
no se le importa un prisco.
Al son de una música muy rara entonaron los derviches algunas de
las más bellas canciones panteísticas de su fundador. Luego tejieron la más
arrebatada y frenética danza que puede imaginarse. Y, por último, cuatro de los
derviches, trompeteros de resuello pujante hicieron resonar las kernas de que
venían provistos. La danza se precipitó entonces con rapidez sobrehumana.
Verlos bailar causaba mareo.
Aquel espectáculo asustaba más que divertía, pero tenía tan
invencible atractivo, que todas las miradas quedaban fijas en los derviches sin
poder apartarse de ellos.
Atronador era el sonido de las kernas, trompetas enormes de más
de dos metros de longitud, en figura de serpientes y enroscadas en giro
tortuoso.
-Nadie me quitará de la cabeza -dijo Tiburcio a donna Olimpia,
que estaba a su lado- que, si bien la música, como todas las demás artes, ha
adelantado mucho en estos últimos tiempos, todavía hay en ella secretos
misteriosos, descubiertos en las edades primitivas y conservados ocultamente en
los santuarios y en los colegios sacerdotales. Al oír estas trompetas se
entreve y se adivina la relación, conocida en lo antiguo y desconocida hoy
entre la música y la arquitectura. Al oír estas trompetas no parece del todo
ponderación, encarecimiento o milagro lo que se cuenta de Anfión erigiendo al
son de la música las murallas de Tebas, y lo que se cuenta de Josué, derribando
las murallas de Jericó a trompetazos. Tal vez la música del porvenir llegue en
Europa, dentro de cuatro siglos o antes, a tener eficacia parecida; mas, por
ahora, distamos mucho de ello.
Donna Olimpia estaba tan absorta oyendo el trompeteo y
contemplando la danza, que no contestó palabra alguna.
La observación de Tiburcio era, sin embargo, muy atinada, aunque
incompleta.
Sin duda, aquella música profunda y sabiamente bárbara no estaba
sólo en relación con la arquitectura, no era sólo una fuerza motriz material,
sino que era asimismo un pasmoso vehículo de la fuerza psíquica, trasmitiendo
con el aliento vital por el retorcido tubo de bronce el deseo imperioso del
espíritu. Esto que recientemente han inventado los hombres y han apellidado
magnetismo animal no es más que un leve e imperfecto atisbo y un ensayo rudo y
embrionario, digámoslo así, del empleo de la fuerza psíquica, que en los
venideros tiempos ha de conocerse mejor y ejercitarse con gran fruto.
Como quiera que ello sea, lo cierto es que aquellos trompeteros
o sonadores de kerna podían ya, por virtud de la ciencia oculta custodiada en
Oriente, emplear la fuerza del alma y producir el letargo magnético en quien se
les antojaba.
No nos maravillemos, pues, de que Morsamor, que también veía la
danza y escuchaba el trompeteo, viniese a caer en hondísimo letargo. No hubo
modo de despertarle, y permaneció traspuesto cerca de veinticuatro horas.
Cuando Morsamor volvió a su acuerdo, la nave estaba en alta mar,
lejos de Melinda, y navegando con viento favorable hacia las distantes playas
de Malabar.
Cuán extraordinaria sorpresa y cuán tremenda cólera no serían
las de Morsamor no bien supo que donna Olimpia y Teletusa, así como sus
escuderos Asmodeo y Belcebú, habían desaparecido, sin que se hallasen en la
nave, por más que los habían buscado.
Sin duda, en la tremolina y rebullicio que se armó cuando Miguel
de Zuheros cayó en su hondo letargo, las dos damas y los dos escuderos hubieron
de escabullirse, yéndose con los derviches.
Las órdenes de levar anclas y darse a la vela al amanecer habían
sido tan terminantes, que, a pesar de lo ocurrido, el piloto no quiso
desobedecerlas. El letargo de Morsamor podía, por otra parte, terminar en
muerte, y lo más seguro era salir para la India, por no considerarse nadie a
bordo con poder bastante para desembarcar y tomar venganza de aquel
desaguisado, en la suposición de que los derviches o algunas otras personas
tuviesen la culpa de todo.
Interrogado por Morsamor, Tiburcio le dijo:
-De tu letargo, no sé qué pensar. Yo creo que le produjeron las
trompetas mágicas; pero, tal vez, la intención de los derviches no fue en tu
daño. Y por lo tocante a donna Olimpia y a Teletusa, nada tenemos que reclamar.
No ha habido rapto. Ni la violencia ni la astucia han sido parte en su fuga.
Ellas nos han abandonado en el pleno uso y ejercicio del libre albedrío. De
nadie, pues, ni de ellas mismas, podemos quejarnos. Lee esta carta que me dejó
escrita Teletusa antes de partir.
Morsamor tomó la carta y leyó lo que sigue:
«Mi adorado Tiburcio: La fatalidad lo quiere y lo dispone y es
menester someterse a ella. En las entretelas de mi corazón llevo yo pintada tu
imagen con preciosos y vivos colores que nunca han de desteñirse. Estoy
convencida de que no volveré a hallar jamás hombre tan guapo como tú y que me
pete tanto, aunque, como el infante don Pedro de Portugal, recorra yo en su
busca las siete partidas del mundo. Y, sin embargo, tengo que abandonarte.
Donna Olimpia lo quiere. Seguirla es para mí deber ineludible. Si ella abandona
a Morsamor es porque conoce que, si bien Morsamor la quiere, Morsamor tiene
vergüenza de llevarla en su compañía. Harto ha notado ella que cuando Morsamor
no está bajo el hechizo de su mirada y recobra la calma y el juicio que le roba
la embriaguez del deleite amoroso, ella, si no es objeto de repugnancia para
Morsamor, es considerada por él como un estorbo y como un escándalo. No
queremos estorbar ni escandalizar, y por eso nos quedamos en Melinda. Hemos
celebrado un contrato con el rey Feridún y con el príncipe Rustán, los cuales,
bajo palabra de honor, corroborada por solemnes juramentos, nos dejan en
completa libertad de largarnos donde se nos antoje, si dentro de seis meses nos
hartamos de ser el adorno y el esplendor de su corte. Donna Olimpia ha querido
que nuestra separación sea súbita y por sorpresa para ahorrarnos a todos el
trance desgarrador de la despedida Ella desea que Morsamor alcance grandes
victorias, triunfos y laureles en la India; entiende que para esto perjudicaría
a Morsamor si le siguiese, y por eso le deja. Si él por un lado, ella también
separadamente por otro, puede vencer y triunfar sola. El continuar juntos, dice
ella, sería causa de debilidad y a todos nos dañaría. Ella sola tiene también
colosales proyectos. Quiere visitar la Meca, el reino del Preste Juan, el
Egipto, la Tierra Santa y qué sé yo cuántas otras regiones. Por Dios, no
tengáis pesadumbre de que nos separemos de vosotros. La pesadumbre de Morsamor
sólo podría nacer, si la tuviese, de su vanidad ofendida. En el fondo de su
alma debe alegrarse, y de fijo se alegrará de verse libre de nosotras. Lo que
es tu bien sé yo que me quieres un poquito y que sentirás algo mi ausencia. No
me olvides. Guarda de mí tan dulce recuerdo como el que yo de ti guardo. ¿Quién
sabe? Ya nos volveremos a encontrar algún día. Entretanto, quede yo en tu
memoria tan gentil y enamorada como tú en la mía quedas, y ten por cierto que
nunca dejará de amarte tu Teletusa.»
Leída esta carta, Tiburcio entregó a Morsamor otra que donna
Olimpia había dejado escrita para él. Era esta carta tan elocuente y tan
sentida, que no me atrevo a recomponerla aquí, pues no teniéndola a mano tal
como se escribió, la falsearía yo y la echaría a perder, recomponiéndola y
ofreciéndola a mis lectores. Baste, pues, que sepan que donna Olimpia se
despedía de Morsamor con inmensa ternura y tratando de justificar la separación
por ineludible.
Morsamor sintió muy mortificado su amor propio, pero en el fondo
de su alma tuvo que dar la razón a donna Olimpia, y no halló motivo para
quejarse de ella ni de nadie. Sospechó, con todo, que el mediador que había
habido entre Feridún y Rustán y, las dos aventureras no podía haber sido otro
que el señor Gastón Vandenpeereboom, pero disimiló su enojo por vergüenza y no
quiso vengarse, al menos por lo pronto.
- XVI -
El piloto, Lorenzo Fréitas dirigió la nave con habilidad
pasmosa, aprovechando la monzón favorable del Suroeste, y, con mayor rapidez
que la ordinaria, cruzó el mar de la India hasta hallarse ya, según sus
cálculos, a cuatro o cinco días de distancia del puerto de Goa. Allí estaba,
sin duda, el virrey don Duarte de Meneses, a quien Morsamor quería presentarse,
poniéndose a sus órdenes, aunque hubiera preferido que esto fuera llevándole
algún presente y después de haber dado cima a empresas de importancia y de
lucimiento.
Para tratar sobre este punto, Morsamor llamó a consejo una
mañana al piloto, Fréitas; al administrador, Vandenpeereboom, y hasta a fray
Juan de Santarén y al amigo Tiburcio, con cuyos pareceres quería asesorarse.
Por noticias que en Sofala y en Melinda le habían llegado,
Morsamor sabía que los negocios de Portugal en la India andaban harto
revueltos. Y aunque presentaban mayor peligro que de ordinario, podían también
dar ocasión a grandes triunfos si la destreza y el brio eran secundados por la
fortuna. Tiempo hacía ya que el soldán del Cairo no construía auxiliado para
ello por los venecianos a toda costa en Berenice, puerto del mar Rojo, naves
con que salir a combatir a los portugueses en el golfo de Omán, y, en lo más
ancho del Eritreo, pero habían corrido rumores de que el régulo de Ormuz se
había rebelado, sacudiendo la pleitesía y negando el tributo que antes pagaba.
Asegurábase además que el gran turco, a quien arrebataban los portugueses en la
India el fructuoso comercio que hubiera acrecentado y hecho incontrastable su
poder, había alentado, por medio de emisarios secretos, y tal. vez con promesas
de auxilio, a varios rajaes o príncipes soberanos indostaníes, mahometanos unos
y gentiles otros, para que contra Portugal se ligasen y armasen. Alma de esta
liga era un marino audaz y experto, llamado Agá Mahamud, el cual tenía gran
crédito y alto nombre, y había llegado a reunir bajo su mando una poderosa
flota de más de cincuenta ligeras y bien artilladas fustas sin contar varias
galeras, almadías, zambucos y otros pequeños bájeles, cuyos tripulantes, aunque
de diversas razas, lenguas y creencias, eran todos gente desalmada y fiera,
avezada a la mar, sufrida en los trabajos y despreciadora de los peligros.
No lejos de Diu florecía entonces, en el fondo de un estero y a
orillas de un río caudaloso, la ciudad de Chatil, emporio del comercio que,
para sustraerse al poder marítimo de Portugal, hacían entonces con la India,
por tierra, Persia y Arabia. Chaul era singularmente famosa como mercado de
caballos, y allí iban a surtirse los grandes señores y príncipes indianos para
remontar su caballería.
Los portugueses habían obtenido del príncipe de Chaul el permiso
de erigir una gran fortaleza no lejos de la ciudad y al borde del estero,
adquiriendo así la llave y el dominio de emporio tan importante.
La fortaleza había empezado a construirse, pero Agá Mahamud
había acudido a estorbarlo con sus fustas, y se decía que se habían dado ya
algunos combates, en que no siempre los portugueses salieron bien librados.
Peligroso era ir allí con una nave sola exponiéndose a un
encuentro con fuerzas superiores enemigas; pero Morsamor, deseoso de señalarse
por actos heroicos, propuso a sus compañeros de navegación y de armas dirigir
el rumbo hacia Chaul y acudir en auxilio de la flota portuguesa que defendía
allí la construcción del castillo y que, tal vez, en aquellos momentos estaba
sitiada y vigorosamente combatida. Posible era sucumbir allí con gloria, pero
si por dicha se vencía, Morsamor gozaba en imaginar la brillantez y la pompa de
su entrada en Goa ya victorioso y llevando, de presente a don Duarte treinta o
cuarenta caballos árabes y persas rápidos en la carrera, de pura sangre y de
hermosísima estampa.
Habló Morsamor con tanto fuego, que logró penetrar y encender
con él los corazones de su pequeño auditorio. El mismo fray Juan de Santarén
hubo de entusiasmarse, y dijo que, dejando por lo pronto los medios de
persuasión, hasta que aprendiese él con facilidad alguna de las lenguas que por
allí se hablaban, empuñaría un arcabuz y transmitiría así sus creencias a los
infieles por medio de terribles lenguas de fuego.
Había recelado Morsamor hallar oposición en el señor
Vandenpeereboom; pero se llevó agradable chasco. El señor Vandenpeereboom,
siempre con la fría suavidad y con la lentitud de sus palabras, dijo de esta
suerte, cuando le llegó el turno de hablar:
-En los peligros grandes el temor es casi siempre mayor que el
peligro. Mucho aventuramos; pero, ¿quién sabe? Acaso salgamos bien de la
empresa, y harto se comprende el provecho y la gloria que de ello nos
resultarían. Si somos vencidos; si las fustas de Aga Mahamud echan a pique
nuestra nave, ¿qué le hemos de hacer? Morir tenemos, como dicen los cartujos,
y, lo mismo es hoy que mañana. Yo aquí, como apoderado comercial de los señores
Adorno y Salvago, sólo debo mirar por sus intereses. Y para disipar escrúpulos
diré que, aunque esta nave se hunda en la mar con toda la riqueza que contiene,
si se hunde con gloria y con la conveniente y debida resonancia, los señores
Adorno y Salvago saldrán ganando y no perdiendo. Esto lo calculamos muy bien
antes de zarpar de Lisboa, y por eso se dio el mando militar de la nave a tan
atrevido sujeto como el señor Miguel de Zuheros, que está presente. Si a
nosotros nos hacen trizas y si descendemos al fondo del mar a que los peces nos
devoren, los señores Adorno y Salvago se afligirán o supondrán que se afligen;
pero ya tienen echadas sus cuentas y hechos sus cálculos, y sabrán poner alto
precio a nuestro heroísmo, impetrando de su alteza fidelísima honores, mercedes
y privilegios muy provechosos. Conque haga el señor Miguel de Zuheros lo que
mejor le convenga, y atrévase a todo, que por nosotros no ha de quedar.
En vista de tan unánime concordancia de pareceres, Morsamor
dispuso que se navegase hacia Chaul, y así lo hizo Fréitas, con todo el
cauteloso esmero que convenía para esquivar el encuentro de superiores fuerzas
contrarias y para acudir en la más oportuna sazón a dar a los amigos inesperado
socorro.
- XVII -
Al amanecer de un día del mes de septiembre, la nave de Morsamor
se hallaba a la vista de Chaul, muy cerca de la costa. Densísima niebla quitaba
su transparencia al aire, y, extendida sobre la superficie del mar, ofuscaba la
vista.
Morsamor y los suyos creyeron oír frecuentes estampidos como de
disparos de bombardas, y hasta imaginaron columbrar el resplandor siniestro que
a los estampidos precedía. Sin temor, no obstante, aunque sí con
extraordinarias precauciones, se fueron acercando hacia donde sonaban los
disparos. No soplaba el viento muy en su favor, pero el piloto Fréitas y sus
ágiles marineros le dominaban y aprovechaban con diestras maniobras.
A pesar de la niebla, descubrieron de repente un esquife que se
recataba de ellos y procuraba huir. Echaron entonces al agua el de la nave, en
el que izaron la bandera portuguesa, y a todo remo dieron caza y alcance al que
huía. Los que le tripulaban, no bien distinguieron la bandera de Portugal,
trocaron su recelo en alegría y se pusieron al habla con los de la nave. Pronto
el que mandaba el esquife fugitivo subió a bordo de la nave y llegó a la
presencia de Morsamor. Interrogado por él el del esquife fugitivo habló de este
modo:
-Yo, que me llamo Antonio Vaz, y los que vienen conmigo,
formábamos parte de la tripulación de la galera que mandaba Diego Fernández y
que había ido a ponerse a la entrada del estero para impedir que las fustas de
Aga Mahamud penetrasen en él y fuesen a combatir la fortaleza, ya desde el
agua, disparando bombardas, arcabuces y flechas; ya desembarcando gente a fin
de tomarla por asalto, con el auxilio de los hombres de armas que Hamet, gran
enemigo de los portugueses y dominador hoy en Chaul, ha enviado contra
nosotros. Atacada nuestra galera por cinco fustas de Aga Mahamud, había perdido
mucha gente. Apenas quedaba esperanza de salvación. La chusma de forzados,
moros y gentiles que estaba al remo, empezó a rebelarse, gritando en su lengua
a los de las fustas que se acercasen sin temor, que ya poca resistencia
hallarían y que ellos procurarían ayudarlos y salvarse. Entendió el capitán
Diego Fernández las palabras y el traidor propósito de los forzados, y, cayendo
sobre ellos, porque el cómitre había muerto atravesado por una flecha, mató con
su espada a cinco de los más rebeldes y furiosos. Por desgracia, una gruesa
bala de bombarda vino a chocar contra el hierro del ancla, que estaba allí
cerca suspendida, y, saltando de rebote, dio tan tremendo golpe en la armadura
de acero de Diego Fernández, que se la hizo pedazos, hundiéndole en el pecho
algunos de sus punzantes y afilados picos. Diego Fernández perdió la vida en el
acto. A reemplazarle en el mando acudió oportunamente don Jorge de Meneses. Con
él habían venido de refresco cerca de cuarenta soldados que estaban antes en
otro navío. Para que no desmayasen y se acobardasen a la vista del capitán
muerto, don Jorge nos mandó que le envolviésemos en la manta de un forzado y
que le escondiésemos en el fondo del buque. Así lo hicimos al punto. La
fortaleza, entretanto, nos pareció asaltada por la gente de la ciudad que Hamet
había enviado contra ella. Quiso entonces don Jorge dar a la fortaleza algún
auxilio; me consideró más capaz que nadie para tan arriesgada empresa, recibí
sus órdenes y lancé al agua el esquife en que me habéis visto venir. Dos fustes
y algunos pequeños bateles de Aga Mahamud me cerraron el paso y me impidieron
saltar en tierra. No pude tampoco volver a la galera, porque se interpusieron
persiguiéndome. De ellos venía huyendo cuando me habéis encontrado.
Oída esta relación de Antonio Vaz, Morsamor le animó y, le tomó
por guía para que lo llevase hacia donde estaban las dos fustas y los pequeños
bateles que le habían perseguido.
Con gran rapidez, en silencio, arriada la bandera, y hasta
cierto punto oculta por la neblina, la nave de Morsamor cayó de repente sobre
las dos fustas que se habían apartado del grueso de la flota persiguiendo al
pequeño esquife, y echó a pique una de ellas con certeros tiros de su
artillería, que dirigía Tiburcio con tino verdaderamente diabólico. Pasmados
los de la otra fusta y aterrorizados del imprevisto ataque, no acertaron a huir
ni a poner resistencia. La nave se acercó a la fusta, y la gente de Morsamor la
entró al abordaje, pasando a cuchillo a cuantos había en ella. Tiburcio tomó
entonces el mando de la fusta apresada.
Morsamor y Tiburcio se apresuraron luego a llegar donde
combatían la galera de don Jorge y el grueso de la flota portuguesa contra las
fustas de Aga Mahamud, en las cuales hizo Morsamor tremendo estrago con la
artillería y arcabucería de su nave, cooperando eficazmente a la victoria una
audaz estratagema de Tiburcio, porque desordenó las fustas de Aga Mahamud
penetrando en sus filas como si su fusta fuese aún una de ellas y no hubiese
pasado a poder del enemigo.
En suma, las fustas de Aga Mahamud tuvieren que retirarse todas
con grandísima pérdida y quebranto, y don Jorge, a hora de medio día, hizo
resonar las trompetas y clarines en señal de victoria, si bien no se resolvió a
perseguir la armada de los infieles.
La situación en que estaba la fortaleza le atraía antes que
todo. Era menester libertarla de los sitiadores que Hamet había mandado contra
ella. Y como ya no había que hacer cara a las fustas de Aga Mahamud, los más
aptos y valerosos de los hombres que tripulaban la flota portuguesa
desembarcaron no lejos del castillo, que sólo defendían sesenta hombres, los
cuales, de acuerdo con los desembarcados, a quienes desde las almenas y saetías
vieron llegar, hicieron a tiempo una salida muy vigorosa, cayendo sobre los
sitiadores, a quienes los desembarcados atacaron por el flanco y por la
espalda. Al frente de una tropa de más de cuarenta, entre los que se
distinguían Tiburcio dando cuchilladas y fray Juan de Santarén animando a los
combatientes con oraciones fervorosas, Morsamor hizo atroz carnicería en los
musulmanes y gentiles de Chaul, que pronto abandonaron el campo y huyeron
despavoridos refugiándose en la ciudad.
Para aterrar a Hamet y a los que en la ciudad le obedecían, don
Jorge de Meneses les envió un presente horrible: cincuenta cabezas de los que
habían muerto atacando la fortaleza y rechazados por él. Amilanado Hamet y
temiendo el incendio y saco de la ciudad y muertes innumerables si era entrada
por asalto pidió la paz, capituló y dejó entrar a los portugueses, que de la
ciudad se enseñorearon.
Morsamor, cuyo inesperado auxilio había sido parte tan principal
en la victoria gozó del triunfo a par de don Jorge: siendo vitoreado y
ensalzado por los de la hueste.
El contento de los vencedores llegó a su colmo cuando pudieron
apoderarse como tributo de parte de las riquezas allí reunidas y repartírselas
entre todos. Morsamor, persistiendo en su propósito, no dejó de tomar veinte
hermosos caballos ricamente enjaezados para llevárselos de presente a don
Duarte cuando se presentase ante él en Goa, como pensaba hacerlo, con la
noticia de aquel triunfo.
- XVIII -
Pronto llegó al puerto de Goa la nave de Morsamor; éste y
Tiburcio, muy orondos y satisfechos de la gloria militar que habían adquirido;
el piloto Fréitas no menos pagado del aumento de su crédito como hábil
navegante, y contento el señor Vandenpeereboom de las compras y ventas que iba
haciendo y que pensaba hacer, aprovechándose de los triunfos y sin perder las
buenas ocasiones.
Don Duarte de Meneses recibió con grande aprecio al aventurero
castellano, que tan bien le había servido, y aceptó gustoso el rico obsequio de
los veinte hermosos caballos.
Por aquellos días todo era júbilo en Goa, porque de Ormuz
llegaron también muy buenas nuevas. Amedrentado el rey rebelde, había entrado
en tratos con los portugueses para entregarles la plaza; pero su visir, que era
un rumí, o griego renegado, se puso de acuerdo con la princesa hija del monarca
que había reinado allí en tiempo del grande Albuquerque. El rumí la tomó por
mujer o por amiga, y, movido por la ambición y excitado por a princesa, asesinó
al rey y se apoderó en lugar suyo de aquellos Estados. Los portugueses entonces
lucharon contra el usurpador, lograron vencerle y entraron en Ormuz a saco,
apoderándose de un botín espléndido.
Poco después de llegar a Goa la nueva de la victoria de Chaul,
llegó también la nueva de esta victoria.
Goa resplandecía entonces en su mayor auge como centro y capital
del imperio lusitano en Oriente; imperio que se extendía desde Sofala a Malaca,
por todas las costas del Océano Índico y del golfo de Bengala, y dilatándose
además por muchas islas del mar del Sur, como Ceilán, Sumatra, Java y las
Molucas, donde el rey de Portugal había levantado fortalezas e imponía
tributos.
A Goa acudían agentes o enviados de muchos soberanos a negociar
alianzas y a mendigar el favor y el auxilio del virrey. Los rajaes de Cambaya y
de Narsinga, el samori, los príncipes y sultanes de Aracan, de Bengala y del
Pegu, y hasta el propio shah de Persia, anhelaban la amistad de los
portugueses, les enviaban presentes o les rendían parias.
Los portugueses, sin embargo, no penetraban por punto alguno en
lo interior de las tierras y sólo de la mar eran señores. Carecían de fuerzas
suficientes para hacer incursiones y conquistas en lo interior de aquellos
dilatados países, que seguían para ellos, no sólo independentes, sino casi
desconocidos. Los príncipes y señores orientales, cuando la victoria encumbraba
a los portugueses, se postraban ante ellos y se les sometían medrosos; pero la
sumisión era insegura y falsa. De aquí que el imperio portugués en la India
fuese más brillante que sólido. Era como árbol frondoso, rico en llores y
frutos, cuyas raíces no penetraban hondo en la tierra y que el ímpetu de los
vientos podía sacar fácilmente de cuajo. Era como la estatua simbólica, que
Nabucodonosor vio en sueños, con la cabeza de oro y los pies de barro, y que
una piedrecilla, que de improviso rodó de la montaña, desmenuzó y, redujo a
polvo.
Morsamor aplicaba a veces al imperio portugués la visión de este
sueño y algo de la interpretación que el profeta Daniel le había dado.
Los portugueses, con terrible heroísmo, habían hecho y seguían
haciendo más de lo que prometía fuerza humana. Espléndidas páginas habían de
dar aún para su historia virreyes tan ilustres como don Juan de Castro y don
Luis de Ataide; pero la piedrecilla había de sobrevenir derribando por último
el coloso y engrandeciéndose luego como ingente montaña que sobre firme y
arraigado cimiento se erguiría sobre la tierra y la dominaría.
Morsamor se desalentaba al pensar así, no veía plan ni concierto
en todas aquellas bizarrías, ni acertaba a traslucir qué pudieran tener fin
dichoso. Sólo veía horrores, estragos y muertes, y volvía a arrepentirse de
haberse remozado y de haber huido del convento. Imputaba luego aquel
arrepentimiento suyo a cansancio y a flaqueza de ánimo. Y entonces renacía en
él el ansia de señalarse y de probar su valor, volviendo a lanzarse en las más
peligrosas aventuras.
Las buenas ocasiones no habían de faltarle. La primera que se le
ofreció fue la de ir a la grande y hermosa isla, donde se crían la canela y el
clavo y abundan las perlas en el mar que la ciñe. Los antiguos griegos y
romanos la llamaron Trapobana; Lanca, los indios; los árabes, Serendib, y por
último, se llamó Ceilán. En sus Costas habían fundado los portugueses varios
fuertes y factorías, desde donde procuraban dominar toda la isla. Reinaba en
ella, sobre la raza indómita y guerrera de los singaleses, un rey tan valiente
como astuto, llamado Rayasinga. Lejos del alcance del poder portugués estaba la
capital y residencia de este rey, adonde sólo podía llegarse salvando
enriscadas montañas a través de peligrosos desfiladeros.
Imaginaban los portugueses que aquel reino había sido cristiano
en lo antiguo, gracias a las predicaciones del apóstol Santo Tomás, que hasta
él había llegado; pero imaginaban también que el cristianismo de los singaleses
se había pervertido y maleado con el transcurso del tiempo, turbando la pureza
de su doctrina mil absurdas supersticiones. La verdad era que lo que creían los
portugueses cristianismo viciado era la religión fundada por Sidarta, príncipe
de las sakias de Kapilabastu, y predicada en Ceilán algunos siglos antes de
Cristo. La moral de esta religión no podía ser más santa ni más hermosa, pero
su metafísica era errónea y desconsoladora. En el amor y en la compasión por el
infeliz linaje humano, sin distinción de castas ni de jerarquías, estribaba
aquella moral, pero no tenía un Dios misericordioso. Su Dios, si tal podía
llamarse, era el ser único, infinito e indeterminado en quien todo cuanto es y
en quien todo cuanto puede ser se contiene. El término de la aspiración, la
suprema bienaventuranza de religión tan extraña era romper el límite que nos
separa del todo, y perdiendo tal vez la conciencia individual, hundirnos en la
inmensidad de la sustancia única, acabada ya la serie de transmigraciones del
alma y gozando de inefable reposo. A tales dogmas, sin embargo, el amor y la
compasión prestaban, como ya hemos dicho, una moral muy pura.
Entre la teoría y la práctica hay a menudo gran contradicción, y
no era pequeña la del caso de que hablamos. El piadoso rey Rayasinga, con la
aprobación acaso o con la indulgencia al menos del gran sacerdote Sumangala,
había destronado a un hermano suyo, que andaba forajido, y había envenenado a
otro de sus hermanos, reinando así en lugar de los dos y dando unidad a su
reino. Para darle también completa independencia y gloria combatía con
frecuencia a los portugueses. Estos combates, sangrientos y obstinados, eran
estériles siempre. Ni Rayasinga lograba apoderarse de ningún fuerte de los
portugueses, ni éstos, salvando las montañas y atravesando los desfiladeros,
llegaban a asediar la capital de Rayasinga.
Poniéndose a las órdenes de Juan Silveira, que mandaba en
Cananor, Miguel de Zuheros fue a Ceilán a combatir y a escarmentar al
mencionado rey; en varios encuentros que tuvo con sus huestes alcanzó siempre
la victoria y contribuyó no poco a que, cansados de luchar por una y otra
parte, se sentasen paces de nuevo.
Morsamor pasó luego a Sumatra, y tomó parte en otra expedición
guerrera contra el monarca de Pacen, que los portugueses consideraban intruso y
a quien destronaron, dando su trono y reino a un sobrino suyo que había ganado
el favor y auxilio de los portugueses, declarándose vasallo del rey don Manuel.
Alentado con esta conquista del reino de Pacen, en la que tuvo
no pequeña parte Morsamor se puso a las órdenes de Jorge Brito, y fue con él a
una expedición contra el rey, de Achin, cuyos súbditos, inquietos y belicosos,
infectaban con sus piraterías aquellos mares.
En balde reclamó Jorge Brito del rey Achin la entrega de
mercancías, de armas y hasta de portugueses cautivos, de que se había apoderado
por sorpresa o aprovechándose del naufragio de dos buques de Portugal en
aquellas costas. Esto dio motivo o pretexto a Jorge Brito para romper las
hostilidades, empeñándose imprudentemente en empresa muy peligrosa. En dos
fustas y con menos de trescientos hombres de desembarco navegó contra la
corriente del río hacia la capital de los achineses. Casi a la mitad del camino
tenían éstos una fortaleza, donde había bastantes arcabuceros y algunas
bombardas, cuyos disparos impidieron a las fustas seguir adelante, y mataron a
cuatro de los hombres que las tripulaban.
Ansioso Jorge Brito de tomar venganza, desembarcó con sus
trescientos soldados, entre los cuales había no pocos ilustres y valerosos
caballeros de la corte del rey don Manuel. Morsamor estaba entre ellos.
Muy reñidos y sangrientos fueron el ataque y la defensa del
fuerte de los achineses, los cuales hicieron vigorosas salidas. En una de ellas
estuvieron a punto de desordenar y derrotar por completo la hueste lusitana,
merced a una inesperada estratagema de que se valieron, lanzando contra los
portugueses una manada de búfalos que tenían acorralados,
Los portugueses, no obstante iban ya triunfando de todo. Los
sitiados, casi en fuga, se retiraban al fuerte, y ya Jorge Brito y Morsamor
tenían la esperanza de tomarle por asalto, cuando el propio rey de Achin llegó
en defensa del fuerte con más de dos mil infantes, con algunos caballos y con
seis elefantes poderosos, adiestrados para la lucha, defendidos por muy firmes
corazas y dirigidos por cornacas hábiles y denodados. Los portugueses estaban
todos a pie. Casi envueltos por tan superiores fuerzas enemigas, retrocedieron
con espanto hacia la orilla del río. Sólo reembarcándose podían lograr ya
salvar las vidas, mas para reembarcarse era menester, no sólo hacer cara al
enemigo, sino tenerle a cierta distancia durante algún tiempo.
Los valientes caballeros que de esto se encargaron hicieron
prodigios apenas creíbles. En aquel trance murieron más de cincuenta
portugueses, no pocos de ilustre familia, y entre ellos el mismo Jorge Brito,
capitán de la hueste, y los cinco músicos que siempre llevaban consigo, Porque
gustaba en extremo de que le exaltasen y animasen en el combate cantando y
tocando instrumentos sonoros.
La muerte que amedrantó más a los portugueses fue la de Gaspar
Fernández. El elefante más gigantesco le cogió con la trompa, le tiró por el
aire y no bien cayó al suelo, le acabó de matar, estrujándole el pecho y
rompiéndole el cráneo con sus gruesas patas delanteras.
Morsamor quiso vengar a aquel compañero de armas, que tal vez
era el que más estimaba y quería. Acometió por un lado al elefante y logró
derribar a su cornaca hiriéndole de una estocada. El elefante se revolvió
contra Morsamor y le asió también con la trompa. La espada se le cayó a
Morsamor de la diestra; pero, con la rapidez del rayo, y sin dar tiempo a que
el elefante le lanzase o le ahogase apretando, le agarró con la mano izquierda
de una oreja, y desenvainando con la otra mano el cicalado puñal, que llevaba
al cinto, le hundió hasta el puño en la cerviz de aquella fiera, con tino tan
eficaz, que en el acto perdió la vida, cayendo con estruendo por tierra su
espantosa mole. Morsamor cayó también, pero cauto y ligero, no cayó debajo,
sino encima de su víctima.
Aunque Morsamor se levantó con rapidez, allí hubiera muerto,
circundado de muchos enemigos, si los de la hueste portuguesa, maravillados y
reanimados al ver su hazaña, no hubieran acudido en su auxilio. Aquella hazaña
de Morsamor contuvo el ímpetu de las gentes del rey, de Achin y prestó bríos y
dio tiempo a los portugueses para que se reembarcasen, si bien con lamentable
pérdida, no completamente derrotados.
- XIX -
De vuelta Morsamor a Goa para reposar sobre sus laureles, se
complació en ver cundir su fama y crecer el número de sus admiradores. La
emulación y la envidia hacían que también sus enemigos se aumentasen. Y a todo
contribuía en gran manera Tiburcio de Simahonda que, menos retraído y mucho más
expansivo que Morsamor, se mostraba por donde quiera y trataba toda clase de
gente. Tiburcio, como en Lisboa, sabía ganar amigos en la India, pero su buena
fortuna con las mujeres y en el juego le creaba muchos envidiosos. Menester era
de toda la prudencia y tino de Morsamor para evitar riñas entre dichos
envidiosos y los del bando que, sin pretenderlo él, querían seguirle y cuyo
aparente adalid era Tiburcio. Los más desalmados aventureros y los menos
favorecidos de la suerte tendían a Tiburcio, esperando por su medio ganarse la
voluntad de Morsamor y embelesados por lo pronto por el alegre carácter, burlas
y chistes de aquel doncel atrevido.
Francisco Pereira Pestana, gobernador de Goa, recelaba de
continuo que la rivalidad entre la gente que acaudillaba Tiburcio y los que le
envidiaban y odiaban originase desórdenes sangrientos. El más vivo deseo del
gobernador se cifraba en que Miguel de Zuheros y Tiburcio abandonasen la ciudad
llevando consigo a los más turbulentos aventureros y acometiendo alguna
arriesgada empresa de la que tal vez sería lo mejor que nunca volviesen.
Aunque movido Morsamor de sentimientos contrarios, coincidía con
el gobernador en hallar difícil y enojosa su posición en Goa, ansiando salir de
allí en busca de aventuras, con toda independencia de Portugal y campando por
su respeto.
En tal situación de ánimo y después de aconsejar a Tiburcio que
fuese circunspecto y sufrido a fin de vivir er paz, Morsamor le manifestó el
ansia que tenía de salir de Goa y de buscar honra y provecho por nuevos y no
trillados caminos.
Poco tiempo después de esta confidencia de Morsamor, Tiburcio,
que al principio se había callado, hubo de hacerle el siguiente razonamiento:
-He meditado sobre lo que te trae caviloso y que días pasados me
confiaste. He hecho más: he gustado de tu propósito y he empezado a abrir el
camino para que se logre. Para nosotros siempre será aquí el peligro mayor que
la gloria. Debemos, pues, salir de aquí. Fuera de aquí el peligro podrá ser
grandísimo, pero la gloria estará en proporción y será también grande. Para que
me entiendas bien, te diré el concepto que formo yo de la tierra en que ahora
estamos y de la gente que la habita. Mi trato con ella y mi facilidad para
entender su idioma hacen que yo lo comprenda todo con más claridad y exactitud
que los portugueses.
Lleno de curiosidad Morsamor, prestó grande atención a Tiburcio,
que continuó diciendo:
-Hay en la India muchas y muy diversas naciones, castas, lenguas
y tribus, pero desde hace más de tres mil años, existe en la India una casta
predominante que se enseñoreó de todo y que supo conservar el imperio por
fuerza, por astucia y por sabiduría. Mucho antes de que floreciesen Atenas y
Roma, mucho antes de que Salomón e Hiran enviasen sus flotas a Ofir y de que
los fenicios fundasen a Cádiz, bajó del montañoso centro del Asia a las
fértiles llanuras que riegan el Indo y el Ganges un pueblo nobilísimo e
inteligente, valientes guerreros los más y algunos de ellos inspirados y
divinos poetas, que los guiaban y entusiasmaban. Este pueblo, de superior
condición, redujo a su obediencia y mandado a los otros pueblos que en la India
vivían. Y de allí en adelante, los guerreros del pueblo conquistador fueron los
reyes y los nobles de la India, y sus poetas o richis, convertidos en
sacerdotes, sabios y filósofos, no sólo prevalecieron sobre las naciones
conquistadas, sino también sobre los reyes y los nobles que las habían
sometido. La primitiva y sencilla religión que los richis habían formulado en
sus himnos vino a convertirse en complicadísimo sistema y en sutil teología,
cuyos intérpretes y depositarios fueron los descendientes de los richis, a
quienes en el día llamamos brahmanes. Estos han conservado su poder,
sobreponiéndose durante siglos a interiores rebeldías y a conquistas e
invasiones extrañas. Amenazado se halla hoy este poder por los portugueses,
pero sólo en el litoral. Los sectarios de Mahoma son quienes tierra adentro le
combaten. ¿Por qué no hemos de ir nosotros tierra adentro a promover la
rebelión de los brahmanes y a darles auxilio contra los muslimes?
-¿Qué ganaría yo con eso, interpuso Morsamor, o para mí, o para
la nación a que pertenezco, o para la religión que sigo, aunque pecador y
fraile escapado de su convento?
-Ganarías mucho -replicó Tiburcio-. En primer lugar, combatirías
el islamismo y quebrantarías por aquí el imperio de turcos y de moros, que han
sido hasta ahora los mayores enemigos de nuestra católica España y en segundo
lugar, sólo Dios sabe hasta qué extremo de ventura, hasta qué dichoso y
espantable éxito pudieras llegar con tu audacia. Si consiguieses dar aliento y
ayuda a los brahmanes, vencer con ellos el Islán y restablecer en toda su
amplitud el influjo y el imperio de casta tan inteligente, no lo dudes, los
brahmanes, agradecidos, te reconocerían por nuevo y resplandeciente avatar y
harían que por tan alto carácter, todos los indios te reverenciasen y temiesen.
Así acaso podrías tú más tarde, con habilidad y prudencia, convertir a la
religión cristiana a los que fuesen súbditos tuyos y crear el reino del Preste
Juan, que tal vez no existió nunca sino en la fantasía de los europeos, o
renovarle con mayor esplendor y gloria, dado que existiese en el centro del
Asia antes de que Temugin le destruyera, como sientan algunos autores. Setenta
y dos reyes rendían homenaje, feudo, obediencia y tributo al antiguo Preste
Juan, real o soñado. ¿Por qué habías tú de ser menos y no tener a tu servicio
otros setenta y dos reyes?
-Todo eso estaría muy bien -dijo Morsamor-. Aunque parezca
fantástico e inasequible, yo me siento capaz de todo, pero ¿dónde están los
brahmanes que quieran sublevarse y sacudir el yugo del Islán?
-A eso voy -contestó Tiburcio-. Lo dicho hasta aquí es mero
preámbulo antes de entrar en materia. Me han hecho proposiciones para ti y
vengo a comunicártelas. Así como en España, cuando se hundió el califato de
Córdoba, surgió de sus ruinas multitud de Estadillos, donde alzaron sus trenes
no pocos régulos, aquí también se han formado reinos musulmanes diversos, que
se sostienen aún, a pesar de las sucesivas y pasajeras invasiones de los
mongoles y a pesar de la malquerencia de los sectarios de Brahma, que no han
sabido sacudir el yugo extraño. Ahora, al cabo, tienen el propósito de
sacudirle. En la ciudad santa de la India, foco ardiente y luminoso de su
religión y centro de su antiquísima cultura, abrigan tan gran propósito.
Conspiran para lograrle los brahmanes más ilustres y algunos chatrias de
generoso carácter y de regia extirpe. No cuentan bastante con el pueblo, ni
confían en él, considerándole enervado por siglos de esclavitud y porque además
el pueblo no combatiría para ser libre, sino para sacudir un yugo y someterse a
otro yugo. Los brahmanes esperan con todo que el pueblo combata en favor de
ellos, impulsado por el fanatismo religioso que procuran infundirle. Mas al
principio, y para dar el primer golpe, necesitan de un núcleo, aunque pequeño,
muy firme, de varones esforzados de héroes verdaderos, capaces de exponer la
vida en los lances más terribles y de realizar prodigios de sobrehumana osadía.
El núcleo de que hablo sólo puedes formarle tú o, por mejor decir, le tienes ya
formado con más de doscientos aventureros que hay en Goa dispuestos a seguirte
adonde quiera que los guíes. La fama a llevado todo esto hasta la gran ciudad
de Benarés. El jefe supremo de los brahmanes, el sublime y venerando Balarán,
alma de la conjuración, sabe lo que vales y solicita misteriosa y recatadamente
tu auxilio. Para alcanzarle ha venido a Goa en tu busca el sabio brahman
Narada, confidente de Balarán, que ha hablado ya conmigo y que pide audiencia
para hablarte. Narada, que sabe muchísimas cosas, sabe también las lenguas
latina e italiana y podrá entenderse perfectamente contigo. ¿Quieres oírle y
tratar con él de tan importante negocio?
Exaltada la ambición de Morsamor con lo que Tiburcio acababa de
revelarle, se prestó a recibir y a oír a Narada y le aguardó con impaciencia.
Guiado por Tiburcio e introducido en la estancia de Morsamor, no
tardó en aparecer ante sus ojos el sabio Narada bajo el desarrapado traje de
fakir o penitente vagabundo, a través de cuyo desaliño y de cuyos miserables
harapos resplandecían la majestad del noble e inteligente anciano, la despejada
tersura de su frente y la limpia nitidez de su blanca y luenga barba.
Lo que dijo Narada a Morsamor merece capítulo aparte.
- XX -
-El brillo de tu gloria -dijo Narada- ha llegado hasta nuestra
santa ciudad y ha penetrado en nuestros corazones cual rayo de esperanza. Yo
vengo a buscarte para que la esperanza se logre. No; tú no eres para nosotros
un ser humano inferior y de distinta raza. Sin duda eres puro y legítimo
descendiente de egregios hermanos nuestros que, en edad remota, emigraron hasta
las últimas regiones de Occidente desde la verde falda del Paropamiso. Tu
pensamiento y tu creencia coinciden en el fondo con lo que nosotros pensamos y
creemos: son radicalmente iguales: flores de la misma planta, frutos del mismo
árbol, ideas análogas nacidas en espíritus de idéntica condición y alta
nobleza. No es nuestro Dios como el de los muslimes, déspota, caprichoso y
cruel, gobernando a los hombres, allá en su distante y cerrado cielo, como
sultán que se esconde a los ojos de la vil muchedumbre de sus esclavos, y desde
su encumbrado alcázar con vara de hierro los domina. Nuestro Dios está con
nosotros y en nosotros. Presente por dondequiera, lo llena y lo penetra todo y
más que todo nuestras almas. El alma enamorada que le busca le halla y le goza
en esta vida mortal. Para nosotros, el hombre es divino, porque nuestro Dios es
humano. No pocas veces ha tomado nuestro Dios ser y forma de hombre en el seno
dichoso de una mujer escogida. Nuestros héroes son avatares o encarnaciones de
Vishnú. Crishna es el más glorioso de ellos y al que más devotamente adoramos.
Libertador y redentor de las almas, las atrae, las enamora y con su hermosura
las cautiva. Bello pastor apacienta su rebaño en la fértil orilla de un río de
aguas limpias y claras, y al melodioso son de su flauta danzan en torno suyo
las gopies, las apsaras y hasta Sarasvati y las otras diosas inmortales,
humanadas y convertidas por él en lindas zagalas. Tal es Crishna en la tierra,
como genio de paz y de amor; pero el acento blando de su flauta se trueca en el
medroso resonar del clarín guerrero cuando su paciencia se agota, se despierta
en su corazón la ira y se resuelve a librarnos del tirano Cansia. Terror de
muerte invade y hiela entonces el ánimo de sus enemigos. Así es Crishna en la
tierra, como hombre y viviendo vida mortal. En su ilimitada y superior
existencia, dominador Crishna de los tres mundos, dirige al son de su música el
eterno giro de las esferas celestes que en arrebatada consonancia producen el
perpetuo cambio de luz y tinieblas, en día y en noche, de alternadas estaciones
durante el año, y en ingentes períodos de siglos desde el renacer del universo
hasta su caída, extinción y reposo en el seno de Brahma. Crishna nos protege,
Crishna nos anuncia venturoso éxito, nos declara que la ocasión es propicia, y
nos manda que acudamos a ti e impetremos tu auxilio para sacudir el yugo de los
muslimes. Dos años ha, Babur, emperador de los mongoles, se apoderó de Lahor,
desde donde amenazaba conquistar con rapidez toda la India; pero Babur ha
tenido que abandonar a Lahor para vencer a los rebeldes, que pugnan por
desbaratar todo su imperio. Bactra, Kiva, Bohara, y hasta su misma capital,
Samarcanda, se han levantado contra él. Sus enemigos se conjuran en su daño por
todas las fronteras de sus extensos dominios: los chinos por el Oriente y por
el Occidente los turcos, poderosísimos en el día y contra los cuales luchan con
corta eficacia las naciones europeas, enflaquecidas por constantes rivalidades
y empeñadas hoy en largas guerras religiosas y políticas. Así el turco,
aliviado del temor que esas naciones debieran inspirarle, puede hacer cara a
Babur y a sus mongoles. Contra ellos se levantan los persas y los pueblos
guerreros del Cáucaso, las gentes de Georgia, de Circasia y de Armenia, y más
al Norte, otro pueblo belicoso recién salido de la barbarie, que vive en las
regiones boreales, límites entre Asia y Europa, y que después de vencer y de
humillar la Horda de oro penetra en Asia anhelando predominios y conquistas. La
ocasión, como he dicho, es hoy más propicia que nunca. Para no perderla
anhelamos tu auxilio. ¿Nos le concedes?
-Dime cuál es vuestro plan -respondió Morsamor.
-En Benarés -replicó Narada- reina hoy el tirano musulmán Abdul
ben Hixen. Si le destronamos y si logramos enseñorearnos de aquella ciudad,
centro de la cultura y de la religión brahmánicas, no será difícil promover la
sublevación contra los demás príncipes musulmanes y crear un Estado
independiente y único, en que prevalezcan e imperen los adoradores de Vishnú y
de Crishna, desde los lagos de Cachemira y las nevadas cumbres del Himalaya
hasta el Kersoneso de oro y hasta el enriscado promontorio donde se levanta el
templo de la diosa virgen Kumari. Así tal vez podamos fortalecernos y oponer
eficaz resistencia a Babur, si por desgracia reconstituye su imperio y vuelve
sobre la India para conquistarla y asolarla como hace más de un siglo hizo su
espantoso antecesor Tamerlán o Timur.
-Tu proyecto me parece excelente -dijo Morsamor- pero su
realización harto difícil.
Narada entró luego en pormenores a fin de exponer y de explicar
los medios con que contaba y las probabilidades de buen éxito.
El ambicioso Morsamor se dejó convencer al cabo.
Narada y otros importantes personajes que habían venido con él
disfrazados de fakires debían servir de guía a Morsamor y a su hueste,
compuesta de 300 aguerridos y audaces aventureros. Irían éstos en la
expedición, no sólo impulsados por la esperanza de botín riquísimo, sino con
grandes pagas, de que habían de cobrar por adelantado las de seis meses. Para
esto, para otros gastos de la expedición y para excitar también la codicia y el
celo de Morsamor, Narada entregó a éste no corta cantidad de rupias de oro y
además, en un pequeño saco de cuero, diamantes de Golconda y perlas rubíes de
Ceilán, por cualquiera de los cuales había en Goa joyeros que darían
considerables sumas.
Tiburcio, bajo la inspección y dirección de Morsamor, eligió a
la gente de leva, hizo el ajuste y enganche, y con el mayor secreto lo dispuso
todo para la partida.
- XXI -
Goa era en aquella edad la Síbaris del Oriente, centro de lujo,
regalo y lascivia, donde los vencedores de Adamastor y de todos los genios del
Mar Tenebroso recibían el galardón de sus estupendas victorias. En Goa, sin
duda, hubo más tarde de inspirarse Camoens para imaginar aquella deliciosa y
encantada isla que Venus hizo surgir del fondo del Océano, cubriéndola de
amenos jardines, de fragantes selvas y de limpios y tranquilos lagos y
poblándola de hermosísimas ninfas que, heridas todas por las ardientes flechas
de un ejército de Amores, brindasen mil deleites a su talante y deseo. La
riqueza y el esplendor de Goa habían atraído a su seno alegres y lindas mujeres
de diversos y distintos países: almeas de Egipto, cortesanas de Bética, Italia
y Grecia; odaliscas de Georgia, Armenia y Persia, y bayaderas y devadasis de
toda la India. Sus variados y exóticos cantares alegraban los oídos. Sus
lánguidos y livianos bailes y la mórbida esbeltez de sus formas eran encanto de
los ojos y dulce lazo en que los corazones quedaban cautivos.
En medio de tanto deleite, Morsamor se había mostrado impasible,
silencioso y tétrico. Ninguna mujer había logrado prenderle, ni aun con las
ligeras y frágiles cadenas en que donna Olimpia le había prendido. Al
contrario, Morsamor había esquivado cuantos placeres Goa brindaba, y había
mostrado singular repugnancia y disgusto hacia todas aquellas cantoras y
bailarinas, como si recobrasen fuerza sus votos y renaciese en su espíritu la
desatendida severidad del claustro. Las bayaderas de la India, sobre todo, le
inspiraban horror. No sólo para alcanzar los triunfos que se prometía, sino
también para dejar de ver a las bayaderas, Morsamor anhelaba impaciente salir
de Goa. Muy pronto se cumplió su anhelo; pero antes, movido por sentimientos
que llenaban su espíritu, que le atormentaban y que acabaron por desbordarse,
hizo a Tiburcio, que sobre todo le interrogaba, confidencias que jamás a nadie
había hecho y que en cifra declararemos aquí.
-Un recuerdo penosísimo -dijo Morsamor- se despierta en mí al
ver la danza de las bayaderas y evoca un espectro que dormía desde hace medio
siglo en los abismos de mi memoria, espectro que aparece ante mi conciencia,
afligiéndola y atormentándola. Fue en mi primera juventud, en la magnífica
feria de Medina del Campo. Allí vi y conocí a Beatriz, a la única mujer que de
veras me ha amado.
Tiburcio quiso contradecir a Morsamor en este punto, suponiendo
que le había amado también donna Olimpia, y hasta que doña Sol había estado a
punto de amarle y tal vez le hubiera amado a insistir él con firmeza en sus
pretensiones.
Morsamor no aceptó la lisonja. Harto probaban que lo era el frío
desdén con que le despidió doña Sol y la traidora fuga de la italiana.
-Sí -prosiguió Miguel de Zuheros-, Beatriz es la única mujer que
me ha amado. No era, como doña Sol, ninguna ilustre y orgullosa dama, ni
siquiera, como donna Olimpia, célebre daifa de alto precio; era una humilde
muchacha, nacida y criada entre gente abyecta, sin patria y sin hogar; hija de
una raza maldita y vagabunda, que no hacía muchos años se había difundido por
toda Europa y, al fin, penetrado en España. Ignorábanse su origen y su
procedencia. Ahora, cuando contemplo a las bayaderas, me explico de dónde
aquella raza procede. Fue de seguro un pueblo de la India que, huyendo de los
estragos que causó Timur, y aguijoneado por el miedo, llegó hasta los confines
occidentales de Europa. A una tribu de este pueblo, a un errante aduar de
gitanos, pertenecía Beatriz. Era como flor que brota en el cieno. Era como
perla que se esconde en un muladar. Ella me amó con el fervor y la ternura que
hubiera yo querido hallar para mí en el corazón de alguna gran señora o de
alguna princesa. Y yo gocé mal de aquel amor sin llegar a comprenderle, y le
desprecié y me harté de él después de haberle gozado. La plebeya ruindad de mi
enamorada trocó mi afecto y mi gratitud en vergüenza. Abandonada Beatriz por
mí, murió a poco trágica y misteriosamente. No falté yo a ninguna promesa,
porque nada había prometido. Fueron, no obstante, enormes mi pena y mi
remordimiento. Y más aún, cuando, poco tiempo después, tuve un raro encuentro
en Sevilla. Pasando un día entre la catedral y el alcázar se me acercó una
vieja y desarrapada gitana, y se empeñó tan obstinadamente en decirme la
buenaventura, que no supe negarme a su ruego, y le entregué mi mano para que la
examinase. La vieja gitana me dijo:
-En buena hora naciste, gallardo y gentil caballero, si la
ambición satisfecha basta para hacerte dichoso. Las rayas de tu mano me revelan
que ha de favorecerte la fortuna, que has de sobrenadar como el aceite, que has
de llevarte a la gente de calle y que has de dominar en el mundo. Pero tu amor
se trocará en ponzoña y muerte. Tus amorosas miradas seguirán aojando y
marchitando los corazones como (y aquí bajó la voz la vieja gitana, haciéndola
casi imperceptible), como aojaron y marchitaron el de la pobre Beatricica, que
buen poso haya. Perdónete Dios la desesperación que le ocasionaste y a ella
perdone el mal fin que tuvo.
-¡Déjame en paz, maldita bruja! -exclamé yo entonces, retirando
mi mano de entre sus manos.
-La bruja fue Beatricica y no yo -replicó la vieja. En sus
últimos días se sospecha que fue al aquelarre, donde la mató el diablo, no sin
prometerle que tú volverías a amarla y a ser suyo, sin ingratitud ni mudanza.
Tú nada has prometido, pero Satanás ha prometido por ti y cumplirá su promesa.
Dicho esto soltó la vieja una carcajada nerviosa y se alejó
precipitadamente de mi lado. Desde entonces tomé yo el extraño apodo o
sobrenombre de Morsamor.
En balde procuró Tiburcio serenar el ánimo y disipar las
melancólicas aprensiones de su amigo.
-No tienes tú la culpa -le dijo- de que el diablo tentase a
Beatritica y de que ella se diese al diablo,
-Pero ¿crees tú -dijo Morsamor en un arranque de escepticismo,
porque era muy escéptico para su época- crees tú que ande tan suelto el diablo
y que Dios permita que nos tiente y seduzca?
-¡Y vaya si lo creo! -contestó el doncel sutil-. En nada se
opone eso a la bondad divina y a la persistencia del humano libre albedrío.
Contra toda instigación diabólica, el cielo presta al hombre fuerza suficiente,
o por naturaleza o por gracia.
-¿Qué vale ni qué importa entonces el oficio del diablo?
-interpuso Morsamor con desdeñosa sonrisa.
-Vale e importa -dijo Tiburcio- para que el diablo, aunque no
tuerza la voluntad del hombre ni destruya la responsabilidad de sus actos,
encamine estos actos hacia un fin y según un plan predeterminado, al cual
obedece el diablo muy a pesar suyo, y sin el cual no consentiría Dios que
tentase a nadie. Tal, a mi ver, es la utilidad del oficio diabólico. De donde
se infiere que hasta el diablo es útil y dista mucho de estar de sobra.
A pesar de sus melancolías, Morsamor no pudo menos de reírse de
las extravagantes opiniones de su doncel.
Algo menos preocupado por sus tristes memorias, renovadas en su
espíritu con tanto brío, Morsamor acabó por prepararlo todo, y al fin, salió
recatadamente de Goa, acompañado de su tropa y siguiéndole de guía los fingidos
fakires por las más solitarias veredas.
- XXII -
Después de largo y penoso viaje, de noche, desperdigados, a fin
de no infundir sospechas y con recato esmeradísimo, fueron penetrando todos en
hipogeo enorme. Era un dilatado y obscuro laberinto, excavado en la tierra y a
trechos en durísimas rocas, admirable labor de la tenacidad, de la paciencia y
del humano esfuerzo, obra cuya antigüedad se contaba por millares de años.
Por medio de estrechos pasadizos se comunicaban las diversas y
numerosas estancias que allí había. Unas, eran cámaras sepulcrales; otras,
viviendas de las personas consagradas al culto y a la custodia de aquellos
sitios, y otras, más recónditas y de más difícil acceso, escondido depósito y
tesoro de preciosos exvotos y de amontonadas ofrendas. Ensanchado a veces el
subterráneo y elevándose su techo a mayor altura, formaba amplias salas, donde
se parecía, esculpida en piedra, la imagen simbólica de alguna de las más
veneradas deidades del panteón brahmánico. La mayor de estas salas era la del
hijo de Dasarata, la de Rama el virtuoso, fiel consorte y vengador de Sita,
vencedor de Ravana y conquistador de Lanka. Pero en medio de aquellas salas y
en el centro de aquel intrincado laberinto, se erguía el grandioso templo
erigido en honor de Crishna. En multitud de gruesos pilares, cuyas cuadradas
bases tenían por pedestal sendas tortugas, se alzaban monstruosos elefantes,
sosteniendo en sus lomos robustos el arquitrabe y el amplio friso, sobre el
cual se extendía la plana y sólida techumbre. En el friso, representados en
alto relieve, tosco, aunque rico de inspiración y de carácter, se veían los
principales sucesos de la vida heroica y bienhechora del avatar. Notábanse allí
sus amores con innumerable caterva de diosas, ninfas, princesas y zagalas, a
cada una de las cuales se entregó y se unió todo el dios, desdoblándose y
multiplicándose en idéntica forma y substancia, y sin dejar de ser nunca uno y
el mismo, porque toda alma piadosa, encendida en amor divino, posee a Crishna
por completo, como si Crishna y ella fuesen solos o absorbiesen en su unión
cuanto es y cuanto puede ser en los tres mundos. En el centro de aquel templo
fantástico, iluminado por lámparas de plata, resplandecía la estatua colosal
del hijo de Devaki.
Morsamor, conducido por Narada, había admirado todo aquello.
La tropa de aventureros que le había seguido, prestándole
omnímoda confianza, sin saber sino confusamente los peligros que tendría que
arrostrar y los obstáculos que tendría que vencer para el buen éxito de la
empresa, cuyo fin apenas presumía, se hallaba acuartelada en dos amplios
salones del subterráneo y aguardaba impaciente la hora oportuna para la acción
que debía empeñarse cumpliendo las órdenes de sus adalides, Morsamor y
Tiburcio.
Aunque se hallaban bajo tierra, sin que disipase la obscuridad
más luz que la de algunas lámparas, harto bien medían todos el tiempo y
calculaban que era más de media noche. Ningún ruido exterior penetraba en el
oculto lugar donde todos estaban congregados, lugar en que se oían sus animadas
conversaciones, porque nadie les había exigido que callasen ni que hablasen en
voz baja, y donde resonaban, al andar y al moverse ellos, el ludir y el chocar
de las armas que no habían depuesto y que pronto debían emplear, aunque sin
saber ni prever el instante mismo.
Entretanto, en la santa ciudad de Benarés, cerca de cuyos muros
se hallaba el hipogeo, se celebraba aquella noche espléndida, alegre y ruidosa
velada: la fiesta más solemne del culto de Crishna. No era la conmemoración de
sus triunfos guerreros, cuando daba muerte a tiranos y a monstruos, a endriagos
y serpientes. Crishna, vencedor y libertador ya, aparecía precedido de Kureva y
de Lakeshmi, númenes de la opulencia, y, de Karnala y Smara, númenes del amor.
Sobre su pecho resplandecía el conquistado Samantaka, talismán de todas las
venturas. Y Crishna iba difundiéndolas a su paso por dondequiera; y no había
corazón de mujer, mortal o diosa, que al contemplarle no ardiese en amoroso
fuego. Los Gandarvas descendían del Baikounta o paraíso de Vishnú para cantar
sus alabanzas y las Apsaras para tejer danzas en torno suyo.
Esta serenata y este baile famoso, apellidados la rasa, se
representaban aquella noche. En anchas plazas bailaban lindas bayaderas. La
circunstante bulliciosa muchedumbre gozaba en mirar y aplaudía con locura. En
la alucinación del entusiasmo, tal vez imaginaba que todos los seres inmortales
acudían a ver la velada y a honrarla con su presencia. Desde el fondo del
Océano, desde el ardiente centro de la tierra, desde las crestas nevadas del
Himalaya y desde las serenas profundidades del éter luminoso, acudían Varuna,
Agni, cuantas son las inteligencias que mueven las esferas celestes y guían a
los astros en su curso, y el propio Indra, cabalgando en el pájaro Garuda, y no
ya con rayos en la diestra, sino con aljófares y flores, que así él como las
otras divinidades derramaban a manos llenas sobre la muchedumbre devota.
En la conjuración se había guardado profundo secreto. Nada
sospechaba Abdul ben Hixen. La mayoría de su gente de armas, aunque era de
muslimes, discurría por la ciudad, sin cautela ni reparo y se divertía en la
fiesta, requebrando a las mozas y retozando también con ellas. El sultán, no
obstante, se hallaba encastillado en la fortaleza, en cuyo centro se levantaba
el regio alcázar. Allí vigilaba siempre por su autoridad y su dominio lo más
aguerrido y selecto de sus guerreros. Su guardia se componía de más de mil
veteranos fieles, diestros en el manejo de las armas.
Dos horas antes de que amaneciese, Morsamor y Tiburcio se
pusieron al frente de los aventureros que habían traído, los sacaron de aquel a
modo de encierro en que se hallaban, y guiados por dos jóvenes brahmanes,
caminaron largo rato por un extenso pasadizo del subterráneo hasta llegar a un
punto donde había una fortísima compuerta de madera y de hierro,
horizontalmente colocada en la techumbre, hasta la cual se subía por una
escalera de piedra. Al empuje de algunos hombres forzudos se levantó la compuerta,
a pesar de la tierra y las hierbas que la cubrían y ocultaban, y se dejó ver el
cielo sin luna y sólo débilmente iluminado por el pálido fulgor de las
estrellas que a trechos, entre obscuras nubes, lucían.
En hondo silencio y procurando no hacer ruido, los aventureros
todos fueron saliendo del subterráneo, encontrándose en un parque espacioso,
dentro de los muros de la misma fortaleza y contiguo al alcázar donde el sultán
habitaba.
La hueste de Morsamor buscó la mayor obscuridad, bajo las copas
de algunos corpulentos árboles, para recatarse de los que pudieran estar
vigilando y no ser vista ni sentida hasta que a una señal, que aguardaba con
impaciencia, pudiese caer sobre los enemigos descuidados.
No llevaba la hueste de Morsamor armas de fuego, poco usadas y
nada portátiles todavía. Los aventureros vestían coraza o cota de malla e iban
armados de espada todos y unos de flechas y otros de picas y venablos.
A pesar de que en la fortaleza se ignoraba el oculto camino por
donde en ella se podía penetrar y a pesar del descuido de la guarnición, la
empresa de Morsamor estuvo a punto de malograrse.
Un viejo jardinero que andaba en vela y que tenía ojos de lince,
vio con asombro que se abría el seno de la tierra y que surgía gente armada por
la abertura. Al pronto acudió a dar aviso al capitán de una parte de la
guarnición que se abrigaba en ancha sala de armas del piso bajo del alcázar.
Enseguida los muslimes se apercibieron a resistir y a acometer a los intrusos.
El jardinero indicó dónde estaban, y con no menor sorpresa y asombro los vieron
los muslimes, a pesar de la obscura frondosidad en que ellos se encubrían.
Sonaron entonces los clarines y cundió la alarma por todo el parque y el
alcázar. A la entrada de éste, y en algunas de sus ventanas, había mosquetes,
puestos sobre firmes horquillas y previamente cargados. Los mosqueteros
encendieron las mechas valiéndose del eslabón y el pedernal que en los esqueros
llevaban.
Abdul ben Hixen se alzó con sobresalto de su lecho, se vistió,
se armó y se dispuso al combate.
Por dicha para Morsamor, casi en el mismo punto se oyó la señal
que esperaba: era el sonido de las trompetas, avisando la sublevación de la
ciudad, donde la plebe amotinada combatía ya e iba venciendo a los musulmanes.
La señal inspiró a Morsamor ánimo y confianza, pero era
indispensable vencer en la fortaleza para obtener el triunfo. Si el sultán
vencía y caía con su tropa sobre el pueblo, todo estaba perdido.
Las bombardas y falconetes que guarnecían la muralla, aunque
puestos sobre rudos encabalgamientos o cureñas, y nada a propósito para que la
puntería fuese certera, podían barrer la turba de amotinados que se arrojase al
asalto de la fortaleza, circundada de foso profundo.
El sultán hubiera podido también lanzar contra la ciudad la
caballería selecta de los guardias de su persona, que eran cerca de doscientos,
y ocho terribles elefantes para la pelea y dirigidos por hábiles cornacas
negros.
Esto fue lo primero que logró evitarse merced a un dichoso golpe
de mano. A las órdenes de Tiburcio, Morsamor destacó cien hombres de los más
audaces, que con astucia diabólica, lograron penetrar en el apartado edificio
donde se guarecían caballos, elefantes, cornacas y guardias. Ningún aviso había
llegado hasta allí. Sin sospecha ni recelo, dormían todos. Y si bien acudieron
a las armas y procuraron defenderse, fue con tal aturdimiento y desorden, que
les valió de poco. Con escasa pérdida de la gente que Tiburcio capitaneaba,
muchos de los guardias fueron muertos. Otros se rindieron, depusieron las armas
y se dejaron encerrar. Los caballos y los elefantes cayeron también en poder de
la gente de Morsamor y quedaron custodiados en los establos, cobertizos y
anchos corrales en que estaban. Todo esto, no obstante, no le consiguió sin
prolongada lucha. Tiburcio y su gente no pudieron, pues, acudir en auxilio de
Morsamor, empeñado en no menos ardua empresa, que las circunstancias hicieron
harto más difícil.
Aunque eran pocos los mosquetes, que podían dirigirse para
dentro del parque, por donde no se preveía ataque alguno, y aunque estaban
manejados por mosqueteros torpes, sin conocimiento práctico de aquellas armas,
todavía hicieron algunos disparos sobre los guerreros de Morsamor, causándole
cerca de treinta bajas entre muertos y heridos.
Lejos de arredrarse con esto, el denuedo de Morsamor y de los
suyos creció con la cólera y con el deseo de venganza.
En una salida que el sultán hizo del alcázar con la gente que
tenía cerca de sí, el sultán fue rechazado y tuvo que hacer cerrar rápidamente
la puerta para que los enemigos no penetrasen en pos de él dentro del alcázar.
Aprovechó Morsamor aquella retirada y el desaliento que había
infundido en la guarnición que estaba fuera defendiendo el parque, para caer
con todos los suyos, en buen orden y con embestida furiosa, sobre la gente que
defendía la puerta de la fortaleza que daba a la ciudad y en la que había
alzado un firme y ancho puente levadizo que hacía practicable el hondo foso.
Por fortuna, la plebe amotinada de la ciudad, fanatizada por los
brahmanes y provista de armas, había vencido a los más resistentes de la
exterior guarnición, mientras que otros, codiciosos y traidores, se habían
dejado comprar por dinero suministrado por los brahmanes y por mercaderes
ricos. Parte, pues, de la sublevación triunfante, se había adelantado hasta el
borde del foso en tumultuosa muchedumbre. Sus gritos de júbilo llegaban claros
a los oídos de Miguel de Zuheros, alentaban su valor y corroboraban su
confianza. Así, a pesar de la obstinada resistencia de los que defendían la
puerta, Morsamor y los suyos, no sin sacrificar allí muchas vidas, se
apoderaron de la puerta al cabo, la abrieron y dejaron caer sobre el foso el
puente levadizo. La noche en esto había pasado ya. La obscuridad se había,
disipado. La penumbra del crepúsculo matutino se había trocado con rápida
transición en claridad luminosa, apagándose las estrellas en el éter,
matizándose las nubes de carmín y de oro y transmitiéndose por el ambiente
despejado y limpio el movimiento, los colores y las formas de los distintos
seres.
Los de la guarnición interior, aturdidos y empeñados en luchar
con los que estaban dentro, sólo habían hecho cinco disparos de bombardas,
causando apenas daño en la muchedumbre, aunque sí algún miedo y mucha ira.
Al abrirse la puerta y caer el puente levadizo, la plebe
retrocedió con espanto, temiendo que iban a salir el sultán y su caballería, y
sus elefantes, y a cargar sobre ella. Pero los dos jóvenes brahmanes, que
acompañaban a Morsamor, y que eran muy decididos, pasaron desde la fortaleza al
otro lado del foso, y gritando en medio de la turba, le quitaron el miedo y la
persuadieron de que eran aliados y amigos los que abrían el paso y los que
reclamaban su apoyo para terminar aquella grande obra. La plebe entonces, como
desbordado torrente que rompe el dique que le retiene y en violentas oleadas lo
inunda todo, se precipitó por la puerta y llenó en un instante el parque que se
extendía en torno del alcázar dentro del recinto murado.
- XXIII -
El rey, según hemos dicho ya, tuvo que replegarse y encerrarse
de nuevo en el alcázar después de su vigorosa salida. La causa principal de la
retirada había quedado oculta. El rey procuró y logró que se ocultase para que
su gente no desmayara. Un dardo enemigo había atravesado su muslo derecho. De
la honda herida manaba mucha sangre, y el rey apenas podía tenerse en pie.
Encerrado en la ancha cámara, donde estaba el único acceso para
penetrar en el harén, y asistido sólo por su médico, por su viejo confidente y
valido el jefe de los eunucos, y por cuatro de sus más fieles e íntimos
servidores, el rey siguió dando órdenes y excitando a la resistencia, joven y
robusto aún, era además fiero y orgulloso, aunque debilitado su brío por la
vida muelle y deleitosa que había vivido, en paz con los extraños y en lo
interior hasta entonces, sin rebeliones ni motines.
Cuando vio a las claras que sus soldados habían sido vencidos,
que la plebe triunfante había invadido la fortaleza y que ya se disponía a
romper las puertas y a entrar en el alcázar, su desesperación fue completa y
horrible.
Abdul ben Hixen se jactaba de su nobilísima estirpe. Pretendía
descender, por una ilustre serie de monarcas guerreros, del propio Mohamud de
Gazna el Grande. Altísimo era el concepto en que tenía él la sagrada dignidad
de su persona. ¿Cómo sufrir, pues, el oprobio de caer vivo entre las manos
inmundas de aquel vil populacho?
Inevitable era la muerte y convenía aceptarla con valor y
recibirla cuanto antes.
Los clamores de la turba, que oía cerca de sí, se diría que le
excitaban a tomar la tremenda resolución. No podía ya morir peleando y matando,
pero podía y debía morir enseguida antes de caer en infamante cautiverio.
Abdul ben Hixen ya pidió con ruegos, ya ordenó con furia que le
matasen a los cuatro soldados fieles que estaban cerca de él, al médico
impasible y al jefe de los eunucos, que le miraba lleno de asombro y temblaba
como un azogado.
El profundo respeto que el rey infundía no consintió que ninguno
de sus cuatro guardias cumpliese sus órdenes ni accediese a sus ruegos.
-Carecéis de valor -dijo entonces- para ser misericordiosos
conmigo. Yo supliré el valor que os falta. Así os daré ejemplo para que os
mostréis dignos de mí, para que impidáis que caigan vivas mis mujeres en poder
de esa canalla infame, para que no insulten mi cadáver y para que todo, si es
posible, sea presa de las llamas.
Sin oír ni aguardar contestación alguna, Abdul ben Hixen
desenvainó con rapidez el acicalado yatagán de doble filo que de rico talabarte
le pendía, fijó en el suelo la costosa empuñadura, cuajada de diamantes y
esmeraldas, y poniéndose en el pecho la agudísima punta, se arrojó encima con
tal ímpetu, que se traspasó y destrozó las entrañas con la ancha hoja, quedando
muerto en el acto.
El astuto médico, con previsora serenidad y sin ninguna gana de
acabar también trágicamente, desapareció como por ensalmo, yéndose por el lado
opuesto al harén y escondiéndose donde pudo. Oportunísima fue la fuga. El
entusiasmo heroico y destructor de los cuatro eunucos rayó en delirio y no tuvo
límites al ver muerto y en medio de una charca de sangre a su querido y augusto
amo.
Se creyeron en la obligación de matar, de incendiar, y era
menester cumplir con ella.
El jefe de los eunucos la facilitó, por lo que a él le tocaba.
El espanto le sobrecogió de tal suerte, que, desfigurado su rugoso y pálido
rostro por horrible mueca, torcida y muy abierta la boca, como para exhalar a
escape el último aliento, desencajados los ojos y dilatadas las pupilas, se
desplomó sin vida en el suelo.
Los eunucos hacinaron telas, papeles, muebles, cuantos objetos
consideraron más combustibles, alzándolos en montón contra la pared de la
espléndida sala, cubierta de sedas del Catay y de chales y tapices de
Cachemira, y cuya artesonada techumbre era de nácar, concha, sándalo, cedro y
otras preciosas maderas, que en delicados embutidos y en linda taracea se
combinaban.
Con destiladas quintas esencias, con ungüentos y aceites
aromáticos, con cuanto pudieron hallar a mano a propósito para que prendiese el
fuego y se propagase, rociaron los eunucos el montón de objetos, la tapicería
de la pared y hasta el mismo techo. Encendieron fuego enseguida, le aplicaron a
papeles y a trapos que había en la base del montón, y muy pronto, con feroz
alegría, vieron surgir el humo y las llamas. Luego penetraron en el harén
dispuestos a destruirlo todo y a dar muerte a las mujeres para que no fuesen
profanadas y ultrajadas por el vulgo.
Entre tanto, los guardias que custodiaban el alcázar, con el
intento de vender caras sus vidas, abrieron la ancha puerta y se lanzaron de
nuevo al combate desesperadamente. La plebe, apiñada delante de la puerta, tuvo
que lamentar no pocas víctimas de aquel primer ímpetu.
En esto, Morsamor, así como Tiburcio que, vencedor de la
caballería, estaba ya a su lado, vieron en el extremo del palacio, hacia donde
estaba el harén, y en una gran ventana que acababa de abrirse, una extraña
figura, que los llenó de pasmo. Nunca mujer más bella, elegante y majestuosa
había concebido Morsamor en su fantasía de poeta ni había aparecido en sus más
radiantes y amorosos ensueños. Brillaban sus negros ojos, por entre las largas
y sedosas pestañas, como la luz del sol que arreboladas nubes mitigan. Era su
tez como de leche y rosas. Esbelto su talle, elevada su estatura. A pesar de
las flotantes y blancas ropas que velaban su cuerpo, se presentía y se
adivinaba que era todo él maravilloso y armónico conjunto de perfecciones casi
divinas.
Aunque no cuadraba a la dignidad aristocrática de aquella mujer
ni mostrar angustia y terror en el semblante ni pedir socorro a gritos,
Morsamor, a la vez que sintió en el alma una jamás sentida y amorosa admiración
y un irresistible impulso que hacia aquella mujer le llevaba, sintió también, o
más bien comprendió, como si un genio o espíritu invisible le hablase al oído,
que aquella mujer se hallaba en el peligro más espantoso, y que él debía a toda
costa liberarla y salvarla. Alrededor suyo, entretanto, se alzaban centenares
de voces, diciendo:
-¡Urbási! ¡Urbási! ¡Es ella! ¡Es ella! -la que el tirano había
robado.
Sin más reflexionar, y sin ponerse con nadie de acuerdo,
Morsamor, espada en mano, corrió hacia la puerta del alcázar, se abrió paso por
entre cuantos allí peleaban, quedando milagrosamente ileso, y pronto subió a
saltos la grande escalera que al piso principal conducía. Sintió pasos detrás
de él, volvió la cara, vio a Tiburcio que le seguía dispuesto a ayudarle y, con
mirada expresiva, se lo agradeció sin pronunciar palabra.
No era menester que la pronunciase; Tiburcio lo había adivinado
todo y se puso delante de Morsamor, como para servirle de guía.
Así llegaron a la cámara, donde yacía muerto Abdul ben Hixen. El
humo era sofocante. Las llamas habían subido ya por la pared y habían empezado
a cebarse en la techumbre, que crujía y amenazaba desprenderse a pedazos,
Tiburcio pasó impávido por la cámara. En pos de él pasó Miguel
de Zuheros.
Ambos iban con precipitación, aunque no sin cuidado, para no
resbalar en la sangre que humedecía y manchaba el pavimento, para no tropezar
en seres humanos muertos o moribundos y para no ser sorprendidos por los vivos,
aún armados y furiosos, que sin duda por aquellos sitios vagaban.
Con certero instinto y con tan ligeros y sordos pasos, que no
levantaban rumor, como si los que marchaban fuesen sombras, llegaron al extremo
del palacio, donde estaba la estancia en que Urbási se guarecía. Cerrada la
firme puerta, resistía aún a los reiterados y furibundos golpes que sacudían en
ella los cuatro eunucos, ansiosos de derribarla.
Algo de siniestramente sobrehumano parecía traslucirse entonces
en el gracioso rostro de Tiburcio, casi sin bozo, como de gentil adolescente.
Acalorada la imaginación de Morsamor, creyó ver que la espada que Tiburcio
llevaba en la diestra no era inerte acero, sino serpiente viva que se hundía en
el pecho de los contrarios, y mordía y destrozaba los corazones. Súbitamente,
antes de que le viesen y le hiciesen cara, Tiburcio hizo caer por tierra
mortalmente heridos a dos de los cuatro eunucos. No fue larga la lucha con los
otros dos. Morsamor peleó contra el uno, Tiburcio peleó contra el otro, y ambos
perecieron también.
Sin un leve instante de reposo, Tiburcio tocó en la puerta con
el pomo de su espada, y gritó alto para que le oyese quien estaba dentro:
-¡Urbási! ¡Urbási! Abre. Ten confianza en nosotros. Venimos a
salvarte.
La puerta se abrió enseguida, y Urbási se mostró bajo el dintel,
serenamente hermosa, como una aparición del cielo. Desalumbrado, extático,
quedó Morsamor al contemplar de cerca tanta hermosura. Luego se repuso haciendo
un esfuerzo, y con la mano izquierda, desnuda de la manopla que en la escarcela
guardaba, asió a Urbási de la diestra, y guiado siempre por Tiburcio, buscó por
donde había venido la única salida del harén.
Al llegar al salón, donde el rey yacía muerto, Morsamor
retrocedió horrorizado.
En torno del salón no había cundido el incendio porque eran los
muros de sólida mampostería, revestida de mármoles, que sin arder se
calcinaban; pero lo interior del salón parecía un infierno: medroso torbellino
de humo y de llamas.
Inevitable era pasar por allí. Tiburcio dio el ejemplo. Se diría
que a su paso se apartaban las llamas y el humo, como si le conociesen y
respetasen.
Vergüenza tuvo Morsamor de quedarse atrás, pero temía que, si
Urbási seguía andando, prendiese el fuego en su larga y flotante vestidura,
cuya fimbria tocaba y se extendía sobre el pavimento. Morsamor, entonces, tomó
a Urbási en sus brazos, recogiéndole cuidadosamente la falda; atravesó con
rapidez y valentía por el salón incendiado, y precedido de Tiburcio, llegó sano
y salvo hasta el arranque de la grande escalera.
Hechizado y orgulloso de su dulce carga, nada le fatigaba su
peso, y Morsamor no la hubiera soltado a no exigir ella descender la escalera
por su pie.
Rápidamente la bajaron, asidos de nuevo de la mano Morsamor y
Urbási.
Con cariñoso afecto estrechó Morsamor la mano de Urbási, blanca,
suave y admirablemente formada.
Al llegar al último tramo, ella estrechó también la mano de
Morsamor; y de su fresca boca, que a él pareció cáliz de perlas y rubíes,
colmado del aroma y del néctar que aspiran y beben los inmortales, salieron en
voz baja y suave estas dulces palabras:
-Me has salvado la vida. Tómala si lo deseas. Eres su dueño.
Absorto en su alegría, nada acertaba a contestar Morsamor,
cuando se vio cercado de multitud de gente, así del pueblo como de los mismos
aventureros que militaban bajo sus órdenes. Entusiasmados todos por sus
hazañas, le aclamaban por héroe, casi le adoraban como a un semidiós y le
levantaban en hombros para llevarle en triunfo.
En aquel bullicio y alborozo Urbási y Morsamor se separaron. Y
él estuvo largo rato desesperado e inquieto, en medio del aplauso popular y de
la multitud que le vitoreaba, hasta que vio por dicha que a no mucha distancia,
Urbási, en compañía del viejo brahman Narada, subía en un palanquín e iba a
salir fuera del recinto murado. Antes de salir, ella, que tenía en él la vista
fija, le miró con amor e hizo ondear en su mano un blanco cendal, como
despidiéndose. Su larga mirada fue elocuentísima y decía con toda claridad:
hasta que pronto, muy pronto, volvamos a vernos.
- XXIV -
En un extremo de la ciudad, y en espacioso edificio, Morsamor,
con toda su gente, estaba acuartelado. No llegaban a ciento ochenta, porque más
de ciento habían perecido en la batalla. Cargados de riquísimo botín,
consolábanse los vivos de la muerte de sus compañeros de armas. Limitado el
incendio a la gran cámara, el alcázar dio extraordinarias riquezas a los que,
después de Morsamor, le entraron a saco. Los caballos y los elefantes, de que
Tiburcio y los suyos se habían apoderado, cedidos luego o vendidos a Balarán,
príncipe de los brahmanes, produjeron cuantiosa suma de rupias.
La rebelión triunfante había entronizado a Balarán,
invistiéndole de omnímodos poderes, concediéndole lo que en Europa llamamos la
dictadura.
Era Balarán de nobilísima prosapia, de majestuosa presencia y de
bello rostro resplandeciente en juventud lozana; era celebrado por su profundo
conocimiento de los Vedas, de las Leyes de Manú, de los Puranas y demás libros
sagrados, y de todos los sistemas filosóficos ortodoxos y heterodoxos de la
India: y era venerado además por su energía, por su fe inquebrantable en los
altos destinos de su religión y de su casta, y por otras raras virtudes
aparentes o verdaderas. Gozaba, por último, de pingüe y casi regio patrimonio,
parte del cual había consumido, comprometiéndole todo en la conjura.
Fundamento tenía su propósito de que fuese seguido el ejemplo
que acababa de dar; de que la rebelión se propagase a otros Estados y de que se
extirpase de la India el predominio del Islam. Así quedaría su ambición
plenamente satisfecha; llevaría él con justo título el nombre de Balarán; el
mismo nombre del pasmoso hermano de Crishna. Y así lograría él ser Brahmatma o
jefe supremo de su casta, de su secta y del imperio que en ella se fundase.
Repugnaba Morsamor ser mero y dócil instrumento del brahman
ambicioso. Harto conocía que era delirio aspirar a más. Lo razonable, pues, era
retirarse con sus aventureros, volviendo todos a Goa victoriosos y opulentos
como nababos. Sólo un interés personalísimo retenía a Morsamor en Benarés. La
bella Urbási había cautivado su alma. Necesitaba volver a verla, declararle su
amor y pedirle el cumplimiento de lo prometido en aquellas dulces palabras que
ella pronunció, dejándolas grabadas en el centro de su corazón: Me has salvado
la vida. Tómala si lo deseas. Eres su dueño.
Harto presentía Morsamor lo aventurado y peligroso de su nueva
empresa. No quiso comprometer en ella sino a los que le fuesen completamente
adictos y estuviesen resueltos a arrostrar el enojo de Balarán y a resistir el
poder que ellos habían contribuido a poner en sus manos.
Morsamor convocó pues, a su gente, expuso su determinación de
permanecer en Benarés con algunos pocos aventureros que quisiesen acompañarle y
reconociendo que todos habían cumplido ya con el compromiso y la obligación que
contrajeron, los dejó en libertad de volver a Goa, conducidos por buenos guías
y con el espléndido botín que habían conquistado.
Deplorando o aparentando deplorar la separación, ciento veinte
abandonaron a Miguel de Zuheros. Con él sólo quedaron sesenta valientes de los
más devotos a su persona. No hay que decir que el fiel Tiburcio quedó también
con él.
Después de esto, de noche y con misterioso recato, el anciano
Narada vino a visitar a Morsamor. Previos muy corteses saludos y sin otro
preámbulo, Narada dijo lo siguiente:
-La verdad, sin jactancia, es que yo he fomentado y estimulado
la ambición de Balarán desde mucho tiempo ha, infundiendo en su alma mi
ardiente deseo de sacudir el yugo de los muslimes. Nada, a pesar de mi empeño,
hubiéramos hecho todavía, si un imprevisto suceso no hubiera reanimado el
espíritu reacio de Balarán, atizando su ambición con la ira y los celos y
prestándole actividad y arrojo. La bella Urbási, a quien Balarán pretendía y
adoraba rendido, desapareció de su magnífica vivienda; fue víctima de misterioso
rapto. No bastó la habilidad de los raptores y no bastó el secreto con que la
ejercieron, para que Balarán dejase de presumir y aun de tener por seguro que
el tirano Abdul ben Hixen, ardiendo por Urbási en lascivos amores, era quien la
había robado y quien en su harén la guardaba cautiva. Entonces Balarán no
vaciló un instante. Forjó su plan y lo realizó con presteza de acuerdo conmigo.
La fama de tus bizarrías había llegado hasta nosotros. Consideramos útil tu
auxilio y yo fui a buscarte. Harto bien sabes lo demás por haber sido tan
principal actor en todo. Lo que tú ignoras es que Urbási se halla de nuevo en
grave peligro. Ha desdeñado al rey muslime y se le ha resistido, pero no
desdeña menos a Balarán, el cual la adora y está resuelto a hacerla suya de
grado o por fuerza.
-No será, no será mientras yo viva -interrumpió Morsamor con
ímpetu apasionado- Yo liberté y salvé a Urbási, y Urbási será mía o pereceré en
la demanda.
-No sé cómo ponderarte -dijo Narada- la alegría y la confianza
que tus nobles palabras infunden en mi pecho. Bien puedo ya declarártelo todo
sin recelo alguno. Urbási, nobilísima doncella, huérfana de padre y madre, es
venerada por mí como una deidad y amada como el más tierno de los padres puede
amar a la mejor de sus hijas en quien se mira como en un espejo y en quien
contempla el limpio dechado de todas las excelencias y perfecciones. Por sus
venas azules corre la etérea y purísima sangre de nuestros antiquísimos richis,
héroes y monarcas, celebrados en leyendas divinas y en inmortales epopeyas. La
Naturaleza, pródiga con Urbási, la adornó de todos sus primores y prestó a su
alma y a su cuerpo gentileza tal, que bien pudiera creerse que cuantos son los númenes
que pueblan y dirigen los tres mundos, acudieron en la hora del nacimiento de
ella, otorgándole cada uno el don más precioso y la más alta virtud de que
dispone. Ilustrada luego la mente de Urbási por superior inteligencia, ha
concebido el ideal completo de la mujer. Y Urbási, con voluntad firme y
constante, ha logrado realizarle en sí misma, tanto en lo íntimo del espíritu
como en la visible y terrenal apariencia. Sabe, sin hacer le ello alarde, las
ciencias reveladas y ocultas de los brahmanes. Y sin ignorar el conjunto de las
sesenta y cuatro artes de amor y deleite, que constituyen la padmini o hembra
humana de mérito supremo, es casta, inocente e inmaculada virgen, así en el
sentir y en el pensar como de hecho. No; el claro y abundante manantial de
amorosas venturas, el tesoro de hechizos, el cáliz colmado de licor de
celestial bienandanza, que con el auxilio de los dioses ella ha creado y en sí
tiene, no puede ni debe tocar a labios impuros, apagando su sed, ni puede ser
entregado para que le goce y profane a quien no sobresalga entre el vulgo de
los mortales con eminencia desmedida.
-¿Es posible -interpuso Morsamor con cierto despecho- que ella,
en cuyas encarecidas alabanzas te quedas corto, se complazca tanto en su propio
valer, le tome por objeto de culto y se haga incapaz de amar a otro ser humano?
Yo que la amo, yo que la adoro, ¿he de perder la esperanza de ser
correspondido?
-Urge que lo sepas todo -replicó Narada- No hay vagar para
rodeos ni disimulos. Urbási, desde que llegó a ser núbil, se sintió atormentada
por amor sin objeto; pero no sin objeto, sino por objeto a su ver imaginario,
que columbraba su mente en la vaga penumbra de confusos recuerdos, en las casi
borradas impresiones que anteriores existencias acaso han dejado en el alma. El
ser que Urbási fingía, recordaba o creaba (¿por qué no confesártelo, si ella lo
confiesa?), se parecía a ti ¡oh venturoso Miguel de Zuheros! Antes de que te
viese, Urbási te amaba. Te vio, y tú fuiste su salvador. En el día, Urbási te
idolatra. Ella cree que los cisnes de alas de oro, fatídicos nuncios del
destino, vinieron a pronosticar su amor por ti y tu amor por ella, como
pronosticaron a Damayanti que Nal debía ser su enamorado esposo. Y Urbási, no
menos enamorada que Damayanti, desdeñaría por ti, no sólo a Balarán, sino a
Indra, a Varuna y a los demás dioses, que desde el Baikounta bajasen a
pretenderla. Por ti se siente Urbási capaz de les mayores sacrificios. Por
seguirte lo abandonaría todo, e imitando a Savitri, fiel consorte de Satyavat,
acosaría sin temor a Yama, dios de la muerte, para sacarte de entre sus manos,
como tú la sacaste a ella, y estrecharte luego apasionadamente en sus hermosos
brazos.
Al oír a Narada, el corazón de Morsamor latía y saltaba
agitadísimo por júbilo inefable. Morsamor se echó a los pies de Narada para
mostrar su gratitud besándolos. Narada le alzó, le abrazó y se despidió de él,
designando el momento en que volvería para llevarle donde Urbási estaba.
- XXV -
En una quinta, a corta distancia de la ciudad, secretamente
estaba todo dispuesto para la boda que había de ser clandestina, sin festín
para los convidados, sin baile y sin música. No por eso dejaba de estar
revestido de costosos tapices y de otros raros adornos el salón donde se
elevaba el pandal, estrado o sitio consagrado a la ceremonia.
En compañía de Narada, Morsamor entró allí primero. Llevaba el
viejo brahman vestimenta litúrgica de escarlata, sobre cuyo fondo carmesí se
destacaba la barba blanquísima y luenga. Morsamor, ataviado con esmero y
elegancia, parecía más joven y más gentil que nunca. De su cinto, bordado de
oro, pendían la espada, la daga y la primorosa escarcela; coleto de finísimo
ante, lleno de prolijas labores, cubría su pecho y sus espaldas. Las mangas
acuchilladas, así como los gregüescos, eran de blanco raso. La calza muy
ceñida, de elástico punto de seda, hacía que luciesen las bien modeladas formas
de sus ágiles piernas musculosas a par que enjutas. Muy lindo gabán colgaba
airosamente de sus hombros. Tenía la mano derecha libre y desnuda, y en la
izquierda los guantes de ámbar y la graciosa gorra de Milán con airón de
blancas y rizadas plumas, prendido a la gorra por una piocha de esmeraldas y
rubíes.
Narada, al contemplar a Morsamor a la luz de las muchas lámparas
que en el estrado había, no pudo menos de decirle que competía con el divino
Hari cuando se casó Rukmini en el magnífico palacio de Duarika.
No tardó la bella Urbási en aparecer sobre el estrado. La
acompañaban cuatro matronas casadas y la seguían sus siervas y los pocos
convidados, amigos íntimos o parientes de su familia.
La presencia de Urbási, deslumbradora de hermosura, excitó la
admiración de todos. En el alma de Morsamor se avivó con violencia el amoroso
fuego.
El andar de Urbási más parecía de deidad que de criatura humana.
Sin oprimir su esbelto talle, le ceñía amplia zona de púrpura recamada de
perlas, sosteniendo las flotantes ropas talares de cándido lino, que descendían
en artísticos pliegues y dejaban adivinar la armoniosa corrección del delicado
cuerpo. La doble redondez del firme pecho, sin compresión ni arrimo, se
estremecía suavemente al moverse la hermosa, entreviéndose por la transparencia
de la tela su puro color de rosa y nieve. Recogidas con gracia en alto las
abundantes crenchas de sus negros cabellos, dejaban ver el cuello despejado y
cuán bien puesta se erguía sobre él la noble cabeza. Verdeobscuras y hondas
como la mar eran las pupilas de sus ojos, su brillo como el del sol, y la
sonrisa de su fresca boca como presentimiento del Paraíso.
Según el rito, la novia debía acabar de adornarse en el pandal,
en presencia de todos, y las cuatro matronas casadas procedieron a hacerlo. De
diamantes y perlas eran las joyas con que la adornaron. Pusieron una diadema
sobre su frente; en sus pequeñas orejas, a guisa de zarcillos, dos gruesos
solitarios asidos a sendos y sutiles aretes; junto a los hombros y en las finas
muñecas de los desnudos brazo y en las gargantas de los pies ligeros,
brazaletes y ajorcas, y varios anillos en los afilados dedos de las manos y
también en los dos dedos gruesos de ambos pies, cuyo admirable dibujo no
estragó jamás rudo calzado de cuero, y cuya desnudez dejaba ver la nítida
blancura de la piel sonrosada y el limpio nácar de las pulidas uñas sobre las
elegantes sandalias.
En la cabeza de Urbási las cuatro matronas echaron por último un
rojo y transparente velo.
Recitando himnos con entonada melopeya, Narada invocó a los
lares y a los manes, genios protectores del hogar y espíritus de los
antepasados.
Dos purchitas o brahmanes que oficiaban asistiendo a Narada,
pusieron en la mano derecha de Morsamor algunos hilos de azafrán, enlazados por
larga cinta a otros hilos de azafrán que pusieron en la mano izquierda de
Urbási.
Narada asió después la diestra de Morsamor y la unió a la
diestra de Urbási. Sobre ambas manos juntas fueron todos los asistentes
vertiendo algunas gotas de agua lustral perfumada.
Morsamor enseguida dio a Urbási algunas hojas de betel picante.
Entonces se renovó la invocación, dirigiéndola Narada a los más
egregios seres divinos, a la propia Trimurti con el complemento femenino de
Sarasvati, esposa de Brahma; de Laksmi, esposa de Vishnú, y de Uma, esposa de
Siva.
En amplio canastillo de flexibles entretejidos juncos, de pie y
abrazándose se colocaron los novios, y cuantos allí asistían derramaron sobre
sus cabezas puñados de arroz que tomaban de otros canastillos menores.
Morsamor asió luego el táli, largo cordón de seda y oro en cuyos
extremos resplandecían dos esmeraldas. Morsamor enredó el táli a la garganta de
Urbási, dándole tres vueltas y sujetándole con triple lazada. La novia miraba
hacia el Oriente mientras que el novio así la prendía.
Sentados ambos después en blandos cojines, comieron juntos,
sobre anchas hojas de plátano, butiro fresco extendido en leves y esponjadas
tortas de flor de harina, y miel de azahar a la postre: manjares simbólicos de
iniciación en los misterios orientales, para aprender a reprobar lo malo y a
elegir lo bueno.
En el centro del pandal se levantaba el ara, donde había algunas
brasas. Los purohitas echaron sobre las brasas canela, sándalo, espliego y
otras plantas y hierbas secas y fragantes. Se levantó llama y Narada la avivó
más con libaciones de soma divino.
Narada entonces habló así con Agni, dios del fuego, devorador de
la ofrecida hostia, conductor alado del holocausto:
-¡Oh tú, que te ocultas en el seno de los seres todos, que sin
ti no serían, escúchame. Agni, tú que animas el universo. Concede a Urbási la
lealtad y la firmeza que Satchi consagró a su marido cuando él la abandonó, y
lleno de remordimientos, huyó a empequeñecerse y a esconderse en el tallo hueco
de una de las flores de loto que cubrían el lago donde tú le hallaste, más allá
de los montes de Himabat, en los últimos términos de la tierra. Movido tú por
las súplicas de Satchi y de acuerdo con los dioses, corriste por la tierra,
volaste con tus alas de llamas por el aire y el éter, y hasta penetraste en el
agua, tu temida madre, para encontrar a Satacrátu en su penitente y escondido
refugio! El pecado de Satacrátu vino a recaer entonces y a diluirse en todas
las criaturas, y recobrando él sus bríos las hizo dichosas, venció al tirano
Nahucha y volvió a reinar en los tres mundos. ¡Oh, Agni, haz que Urbási sea
para Morsamor tan regeneradora y purificante como Dara Satacrátu fue Satchi!
Oye también y sé testigo, ¡oh, Agni, del solemne juramento de amor y de
fidelidad, que van a pronunciar ambos esposos!
Morsamor y Urbási, en efecto, extendidas las manos sobre el ara
y cerca del fuego, prestaron el juramento debido.
Así terminó el acto religioso.
En aquella misma noche, sin demora ni reposo, a fin de
sustraerse a la celosa furia, a la venganza y al poder de Balarán, Morsamor y
Urbási, depuestas las galas y en traje de camino, emprendieron un largo viaje.
- XXVI -
Muchos días, fugitivo de Balarán, caminó Morsamor con su dulce
compañera. Dejándose persuadir por Narada, había creído en el levantamiento
general de toda la India, en favor del predominio brahmánico, y no juzgó
prudente ni seguro tratar de volver a Goa ni dirigirse a otro lugar que no
estuviese fuera de los límites de la India.
En grandes barcas que de antemano contrató Narada, Morsamor
había pasado el Ganges, y había ido hacia el Nordeste, esquivando los sitios
poblados.
Con él iban, todos a caballo, Tiburcio y los sesenta valientes
devotos a su persona. En ligero palanquín que veinte robustos negros sostenían
y llevaban turnando, iba la bella Urbási, asistida sólo por su sierva favorita
Rohini. Completaban la caravana treinta poderosas mulas, alquiladas a dos ricos
banianes en quienes Narada fiaba mucho y que se habían comprometido a ir adonde
se les mandase, cuidando y guiando las mulas con el auxilio de cinco hábiles
naires. Las mulas llevaban a lomo el espléndido equipaje de Urbási, abundancia
de víveres, cuanto se requiere para desplegar tiendas en el campo y otros
objetos útiles a la comodidad y regalo de los ilustres viajeros y al alivio de
sus fatigas.
Harto presentía Morsamor que el Brahmatma, con gran golpe de
gente, de guerra, había salido a perseguirle, aunque no había podido hasta
entonces darle alcance por la mucha delantera que Morsamor y los suyos habían
tomado.
Sin tropiezo vi encuentro alguno desagradable, llegaron los que
huían a una vastísima e intrincada selva, resplandeciente de lozana pompa y
florida verdura.
La frondosidad era tan densa por algunos puntos, que era
menester abrirse paso rompiendo y destrozando con la segur los enormes bejucos
y demás plantas enredaderas que, formando festones y guirnaldas, pendían y se
entrelazaban de unos árboles en otros. Las alimañas esquivas y feroces huían a
la aproximación de la hueste, pero no faltaban seres animados, más mansos y
menos recelosos del hombre, que apenas se apartaban al sentirle llegar, y hasta
que se adelantaban y mostraban como si acudiesen a darle la bienvenida. A
veces, con alegre desentono, graznaban los pavos reales, desplegando la
brillante rueda de sus pintadas plumas. Zumbaban las abejas que en los huecos
de añosos árboles labraban sus panales. Las libélulas y las mariposas de los
más nítidos colores y variados matices poblaban y esmaltaban el ambiente. La
abundancia de hojas en lo más alto de las plantas formaba verde toldo, por el
cual se filtraba tamizada y tenue la lumbre solar, mitigando sus ardores y
formando caprichosos cambiantes de refulgente claridad y de sombra apacible. El
kokila y otras aves cantoras entonaban sus trinos y gorjeos. Un vientecillo
suave, que apenas movía los más tiernos tallos y renuevos, esparcía con sus
alas el grato aroma de las flores, trasladaba a larga distancia las aladas
semillas y llevaba de unos cálices a otros el polen fecundante. Arroyuelos de
agua cristalina corrían serpenteando y murmurando por el somero cauce que
naturalmente habían abierto, y en cuyas márgenes crecían violetas, rosas
silvestres y mil hierbas de olor. No bien empezaba a anochecer, discurrían por
el aire en multitud sin cuento las luciérnagas, como brillantes joyas con que
bordaba allí su manto la primavera.
Tan amenos eran aquellos lugares que, embelesados Morsamor y los
suyos, olvidaban casi el peligro que corrían.
Continuaban, no obstante, su peregrinación, aunque a la aventura
y sin saber a punto fijo en dónde podrían refugiarse para escapar o para
defenderse de sus perseguidores.
La selva parecía interminable y desierta. Los fugitivos no
hallaron en ella criatura humana.
Al cabo llegaron a un ancho espacio, casi despejado de árboles,
y en cuyo centro se alzaba un grande edificio de extraña arquitectura, palacio,
fortaleza o tal vez abandonado asilo de anacoretas penitentes. Los peregrinos
le visitaron y reconocieron, hallando que en él no vivía nadie.
Morsamor resolvió parar allí, reposar y hacerse fuerte, si por
acaso le descubrían y sorprendían sus enemigos en aquel misterioso retiro.
Sólo Tiburcio de Simahonda, con cuatro soldados que le
escoltasen, todos en buenos y ligeros caballos, debía seguir adelante, como
explorador, para ver si hallaba no muy largo y seguro camino por donde todos
pudiesen ir a la corte del gran monarca de los mongoles, Babur, si éste había
apaciguado ya sus dominios, si se hallaba en alguna ciudad menos distante que
la remota Samarcanda y si concedía su favor y la esperanza de una recepción
amistosa.
La gente de Morsamor estaba cansadísima. Y Urbási, rendida por
la fatiga y emociones violentas, necesitaba para reponerse tranquilidad y
reposo.
En el desierto edificio había muchas estancias separadas y
capaces, pero muy pocos y antiguos muebles, rotos o desvencijados. Por dicha,
las mulas traían de repuesto cuanto era conveniente para hacer agradable
aquella vivienda.
En el patio del edificio manaba agua abundante y clara de una
hermosa fuente. Y cerca de ella había en amplio sótano una alberca para
bañarse.
En el edificio no había provisiones de boca; pero la caravana
distaba mucho de haber consumido las que sacó de Benarés, y en la selva,
además, abundaban los cocoteros, los plátanos, los mangos, las palmeras, los
naranjos, los limoneros y otros árboles cargados de fruta. Y todos aquellos
contornos convidaban con fácil y riquísimo éxito a la caza y a la pesca.
Alabando, pues, al cielo, que por lo pronto tan buen refugio le
ofrecía, Morsamor se instaló con su gente en el abandonado edificio que se
alzaba en el centro de la intrincada y vastísima selva.
- XXVII -
El edificio estaba casi al pie de muy altos montes. La ingente
cordillera del Himalaya se erguía cerca de él, extendiéndose a un lado y a
otro. Las cumbres, que se alzaban en el aire a millares de codos, estaban
cubiertas de hielo perpetuo y de cándida nieve, que heridos por los rayos del
sol vertían destellos radiantes y hacían más bella la templada y apacible
llanura en que se hallaba el palacio, bañándolo todo, a la hora del crepúsculo,
en mágicos reflejos.
Morsamor había enviado esculcas y puesto atalayas, que debían
renovarse con frecuencia y vigilar de continuo para avisar la llegada de
cualquier enemigo y evitar una sorpresa. El terreno quebrado y áspero y los
intrincados y revueltos desfiladeros estaban tan próximos, que era fácil,
previo aviso de que llegaban fuerzas muy superiores, escapar a toda
persecución, refugiándose en las entrañas de la serranía.
Confiado en esto, Morsamor hacía en el palacio larga parada,
aguardando la vuelta de Tiburcio.
Era alta noche. Morsamor reposaba al lado de Urbási en la
repuesta alcoba. La tenue luz de una lámpara, que ardía en vaso de diáfana
porcelana, iluminaba suavemente el hermoso rostro y las gallardas y juveniles
formas de la mujer dormida.
Morsamor se despertó y se puso a contemplarla extasiado. No
acertando a reprimir su admiración amorosa, se acercó con lentitud y cuidado,
para que ella no despertase, e imprimió dos tiernos besos sobre los párpados y
largas pestañas de sus cerrados ojos. Aunque el toque de los labios de Morsamor
fue delicadísimo, sacudida Urbási como por una conmoción eléctrica, volvió en
su acuerdo, abrió los ojos, llenos de dulzura, miró a su amante esposo y le
estrechó afectuosamente en sus desnudos y blancos brazos. La felicidad y la
vehemencia del amor de ambos no hubo palabra articulada con que pudiera
expresarse en aquel punto.
Después, sostenida en el brazo derecho de Morsamor y reclinada
en su hombro, tras no breve pausa de silencio y reposo, Urbási, con lánguida y
entrecortada voz, dijo a Morsamor casi al oído:
-No; este amor invencible, fuerte, gigante, inmenso, no ha
podido nacer en mí, ni ha nacido de súbito. Antes de conocerte yo te presentía
y te amaba. Al verte por vez primera, recordé tu rostro y columbré su semejanza
en la nebulosa lejanía de tiempos pasados. Reminiscencias confusas de una vida
anterior se despertaron en mi alma. En tierras muy remotas, nacida yo en
humilde, en casi vil condición, te había amado y había sido tuya. ¡Tú te
avergonzabas de mí, cruel! Tú me abandonaste. Morir fue mi sino, pero no quise
morir desesperada. Entregué mi alma a Smara, dios del amor, y él me hizo en
pago la promesa de poseerte de nuevo; de hacerme renacer, rica, noble y
venerada para que no te avergonzases de mí y mil veces más hermosa para que me
amases mil veces más que hasta entonces me habías amado. Dime, Morsamor, ¿no es
cierto que Smara ha cumplido su promesa?
Al oír Morsamor las palabras de Urbási, retrajo a su memoria la
imagen de Beatricica y pensó tenerla allí presente y que ella le encadenaba
entre sus brazos y le besaba y le acariciaba. Como si hiriesen otra vez sus
oídos, percibió las palabras de la vieja gitana que le dijo en Sevilla la
buenaventura. Los cabellos de Morsamor se erizaron de espanto. A pesar del
contacto íntimo y delicioso de su prenda querida, a pesar del tibio y grato
mador de aquella piel, cuya tersura, suavidad y fragancia envidiarían los
pétalos de la magnolia y de la flor del loto, Morsamor sintió el frío de la
calentura y se santiguó maquinalmente. Entonces recordó con horror que era
católico cristiano, aunque apóstata y réprobo.
En aquel momento sonaron fuera de la alcoba voces, precipitados
pasos, ruido de armas y rechinar de puertas.
Aquella sensación, que avisaba a Miguel de Zuheros un peligro
presente y real, disipó de su espíritu las sombrías imaginaciones que sin duda
una muy natural coincidencia había creado. Natural era que Urbási, bajo el
influjo de las creencias religiosas, propias de su nación y de su casta, se
diese a entender que había transmigrado su alma, que en otras vidas había amado
a Morsamor, y que más tarde había renacido para volver a amarle.
Miguel de Zuheros desechó, pues, aquellos vanos pensamientos, se
serenó, recobró su brío indomable, se arrojó del lecho y se revistió a escape
las armas.
Tomás Cardoso, teniendo de la pequeña hueste por ausencia de
Tiburcio, acudió a llamarle desde la puerta de la alcoba. Armado ya Morsamor,
salió a juntarse con Tomás Cardoso.
Numerosa hueste enemiga había sorprendido y muerto a los
descuidados y dormidos atalayas, había invadido la selva y había cercado por
todas partes el edificio.
A la luz del alba naciente, miró Morsamor por las ventanas en
varias direcciones, y por dondequiera vio guerreros indios capitaneados sin
duda por Balarán, el Brahmatma. No había medio de huir. Era inevitable combatir
hasta la muerte o hasta lograr milagrosa victoria.
Los sitiadores dieron sin tardanza un furioso asalto por la
fachada de la quinta, pugnando por derribar la puerta. Morsamor y los suyos se
defendían con valor y con tino, causando en los sitiadores grande estrago y
haciendo repetidas veces que retrocedieran, poseídos de terror.
La puerta resistía aún al embate del enemigo; pero, en la
previsión de que pronto la derribase, Morsamor no vacilaba en defender sin
reparo la entrada abierta.
A este fin iba ya a descender al piso bajo del edificio, cuando
oyó en el piso principal angustiosos gritos y clamores. El enemigo había
entrado por una pequeña puerta, a espaldas del palacio, le había invadido, y
llenaba ya el piso en que Morsamor se hallaba. Entonces acudió Morsamor a la
defensa de Urbási, pero ya fue tarde. El mismo Balarán, rodeado de sus más
audaces satélites, había llegado donde ella estaba, la había asido de un brazo
e intentaba apartarla de aquel sitio para acabar luego con Morsamor y los suyos
sin que ella padeciese ni peligrase.
No como débil mujer, sino como fiera leona, se resistió Urbási
al propósito de Balarán, lanzando contra él enérgicas palabras de odio y
desprecio.
En aquel punto apareció Morsamor donde Urbási pugnaba por que
Balarán no se la llevase consigo.
-¡Sálvame, Morsamor! -dijo al verle- ¡Amor mío, libértame de
este aborrecido tirano!
El corazón del Brahmatma ardió en celosa ira, al ver a su rival
y al oír las amorosas palabras con que Urbási le llamaba.
En su ciego arrebato, desnudó Balarán la daga que llevaba en el
cinto y se la hundió a Urbási en el seno, causándole instantánea muerte.
Atónitos, estupefactos quedaron los de uno y otro bando, al ver
caer a Urbási desplomada en el suelo.
Con ímpetu irresistible se lanzó Morsamor contra Balarán, yendo
a su lado Tomás Cardoso y otros ocho valientes, que arrollaban o derribaban
cuanto obstáculo se les oponía. Así llegó Morsamor hasta donde se alzaba
Balarán con la sangrienta daga en la diestra y tomó rápida venganza,
atravesándole el cuerpo con su espada.
La gente de Morsamor le defendía a un lado y a otro rechazando a
los indios. Morsamor pudo entonces asir de la barba al muerto Brahmatma y
arrastrarle hasta la ventana principal del edificio. La abrió, sin temer el
diluvio de flechas que le dispararon; alzó a Balarán en sus brazos para que los
de su bando le vieran, y enseguida, con titánica fuerza, arrojo por el aire el
cuerpo inerte, que dio tremendo golpe en el despejado o en el claro abierto por
la gente de guerra al apartarse horrorizada.
En los primeros instantes que a la venganza de Morsamor se
siguieron, parecía que Morsamor iba a triunfar por raro prodigio de su feroz
valentía.
Los que habían entrado en el edificio con Balarán huyeron al
verle muerto. Volvió a cerrarse la puerta por donde habían entrado. La posición
de Morsamor y de los suyos parecía inexpugnable, merced a su desesperada
resistencia y a la consternación de unos contrarios sin caudillo.
Pronto, no obstante, se rehicieron éstos, fiados en su
muchedumbre y aguijoneados por la vergüenza y por el deseo de que la muerte de
Balarán no quedase impune.
No era como el alcázar de Benarés el edificio en que Morsamor se
refugiaba. Apenas se había empleado la piedra para construirle, sino la madera,
tan abundante en la selva que en torno se extendía. Allí era fácil de conseguir
el incendio, y el incendio era el medio más seguro de vencer sin sacrificar
muchas vidas.
Gran número de sitiadores, con actividad diligente, solícita,
casi frenética, allegó y trajo leña y hojas secas, y, formando con ellas
enormes montones y altos rimeros, las arrimó a las puertas y a las paredes. Los
sitiadores más decididos prendieron fuego por varios puntos, y, favorable el
viento a su intención, estimuló el fuego soplando. Rojas llamas se levantaron
lamiendo y escalando los muros. Negra y espesa humareda envolvió el edificio
como en velo enlutado de fúnebres crespones.
Nada había advertido Morsamor. Satisfecha en Balarán su
venganza, daba rienda suelta a su pena, abrazado al cuerpo inerte de Urbási,
cubriéndole de besos y de lágrimas y anhelando hacerle revivir con su aliento.
Tomás Cardoso y los demás aventureros tuvieron que apartarle de
allí, bajándole casi en volandas hasta la puerta principal del edificio. Era
menester salir fuera, abrirse paso o morir hiriendo y matando, si no querían
todos perecer ahogados por el humo o devorados por las llamas.
Morsamor se repuso de su doloroso desfallecimiento, hizo abrir
la puerta, que ya empezaba a arder, y con heroica furia se abalanzó contra los
sitiadores.
- XXVIII -
Aunque Morsamor parecía invulnerable y aunque los cincuenta
hombres que permanecían vivos bajo su mando eran diestros y prodigiosamente
valerosos, todos sin duda iban a perecer allí peleando contra un ejército. No
peleaban por la victoria. No peleaban por la salvación en la fuga. Peleaban
sólo para vender caras sus vidas. Caras las vendían, en efecto, pero Morsamor
notaba con angustia compasiva que sus fieles y devotos amigos iban cayendo
también.
De súbito el ronco clamor de retorcidas y bárbaras trompetas
estremeció el ambiente. Mil y mil gritos salieron de las bocas de los indios,
medrosos y aterrados. Morsamor y los suyos vieron con sorpresa que sus
contrarios, en confuso desorden, huían a la desbandada, tiraban las armas para
correr con mayor ligereza y buscaban refugio y escondite en lo más intrincado
del bosque, ya que no en las entrañas de la tierra.
¿Qué poder misterioso acudía en auxilio de Morsamor? No tardaron
en aparecer los imprevistos auxiliares. Venían en ligeros caballos. Eran
guerreros, de fea y terrible catadura, armados de largas lanzas, de agudas
flechas y de flexibles arcos. En sus rostros, casi imberbes, aunque varoniles y
fieros, resplandecía, sobre el amarillo obscuro de la tez curtida la exaltación
alegre del triunfo. Sus pómulos eran salientes, gruesos sus labios y la nariz
aplastada, oblicuos y pequeños sus ojos, y negras las ralas cerdas del largo
bigote, y negros los cabellos, que pendían lacios sin ondas ni rizos. Cubrían
sus cabezas gorras de hirsutas pieles, envolviendo capacetes de cobre, y
sostenidas por barboquejos de lana, cuyas extremidades flotaban sobre el pecho.
Extraordinaria fue la sorpresa de Morsamor cuando vio en medio
de esta tropa, que parecía fantástica legión de demonios, a su doncel sutil
Tiburcio, que venía como guiándola y capitaneándola, más gallardo y gentil que
nunca.
Fugados o muertos los indios, Tiburcio llegó donde estaba
Morsamor y le estrechó en sus brazos. Algunos de los al parecer más importantes
soldados de su extraña tropa desmontaron de los caballos, lanzaron aullidos, en
señal de alabanza, admiración y júbilo, alzaron a Morsamor en hombros, y se
apartaron del palacio que el voraz incendio ya consumía. Hicieron luego que
Morsamor y los suyos montasen todos a caballo, y con profundo acatamiento y
pompa triunfal se pusieron en marcha.
Tiburcio cabalgaba al lado de Morsamor y se lo explicó todo.
Aquellos hombres eran los mongoles. Babur, su monarca,
apaciguados ya sus vastos dominios, había caído como el rayo sobre la India.
Acababa de reconquistar a Lahor y se había apoderado luego de Delhí y de
Benarés, la ciudad santa, donde le habían dicho que Balarán se había declarado
Brahmatma. No encontró allí a Balarán y salió en su busca, a fin de vencerle y
de vencer su ejército.
Internado Balarán en la selva, Bahur hubiera tardado en
encontrarle o no le hubiera encontrado, si Tiburcio, acertando a presentarse
ante él, no se hubiera ofrecido a servirle y no le hubiera servido de guía.
Muerto Balarán, y sabiendo ya Babur por sus esculcas las apenas
creíbles hazañas de Miguel de Zuheros, iba, según anunciaba Tiburcio, a
recibirle con palmas y laureles.
Cualquiera otro héroe, no atormentado del dolor más acerbo,
hubiera tenido por altamente dichoso el éxito de aquella jornada y se hubiera
enorgullecido de las distinciones honrosas de que colmó Babur a Miguel de
Zuheros cuando éste llegó a su presencia.
Babur quiso tomarle a su servicio, pero Morsamor se excusó
cortésmente, alegando su honda melancolía y afirmando que su destino le llamaba
por muy distinta senda y que él no podía menos de acudir a su misteriosa
vocación y de cumplir las órdenes del destino.
Tiburcio de Simahonda, Tomás Cardoso y cuarenta aventureros
portugueses, que sobrevivieron a la batalla, acompañaron a Morsamor, y cargados
de presentes y riquezas se separaron de Babur y de sus mongoles.
Babur dio a Miguel de Zuheros una áurea lámina, como la que
Kubilai-Kan había dado a Marco Polo, para que le sirviese de salvoconducto o
pasaporte por dondequiera que fuese. En el oro de la lámina estaban grabadas,
en caracteres mongólicos, las más encarecidas recomendaciones, autorizado todo
ello por la firma de Babur y por su regia marca.
Como curioso accidente que no debe omitirse aquí, haremos
constar que la tropa de Morsamor partió reforzada por seis mongoles que se
resolvieron a seguirle, movidos de afecto a España y de vivo deseo de ver
aquella tierra distante. No parecerá el caso inverosímil si decimos que dos de
los mongoles se apellidaban Pérez, dos Fernández y Jiménez otros dos. Aunque
confusa y enmarañadamente, los seis presumían de buenos cristianos, y todos
eran tataranietos de tres elegantes y lindos escuderos de Castilla, que habían
acompañado a Ruy González de Clavijo cuando visitó a Tamerlán como embajador de
Enrique III. Tres señoronas de la corte de Samarcanda, tan encopetadas como
antojadizas, se habían prendado de los escuderos susodichos, se habían casado
con ellos, reteniéndolos en el centro del Asia, y de tales enlaces procedían
los Pérez, los Fernández y los Jiménez de cuyo patriótico atavismo aquí damos
cuenta.
- XXIX -
Transida el alma de dolor por el trágico fin de Urbási y por la
mortífera lucha que había sostenido, Morsamor huyó de la India, como para
librarse de los malos espíritus que le acosaban y le atormentaban. Como Orestes
perseguido por las Furias, caminaba Morsamor sin saber casi hacia dónde
caminaba. Confiado en él y en su ventura, le seguía su valiente tropa. Tiburcio
solía cabalgar junto a él y procuraba consolarle y entretenerle con pláticas
amenas y con juiciosas reflexiones.
-El mal y el bien -dijo una vez-, la próspera o la adversa
fortuna carecen a menudo de ser real y dependen de nuestro modo de entender las
cosas. De aquí que yo pueda afirmar razonablemente que tú no debes quejarte de
tu suerte, sino tenerla por próspera. El problema más difícil que hay que
resolver, la suerte te le dio resuelto desde el principio. En la más penosa e
ingrata tarea en que los hombres tienen que emplearse no te has empleado tú,
pudiendo elevarte así sin estorbo hasta una posición donde tanto la felicidad
como la infelicidad tienen superior magnitud a las del vulgo de los mortales.
-Cada día me convenzo más -interrumpió Morsamor- del fundamento
y de la justicia con que te llamo doncel sutil. Tales son en este momento tus
sutilezas, que no las entiendo.
-Pues préstame atención y óyeme -replicó Tiburcio-, y ya verás
cuán bien me entiendes y cuán claro me explico. Por la generosidad primero y
por la alquimia del padre Ambrosio, y más tarde por lo mucho que hemos garbeado
en guerras, saqueos y batallas no somos pobres, sino ricos. A lomo de unas
cuantas mulas traes contigo un tesoro de despojos; oculta en bolsa de cuero,
bajo el sayo y pegada a tu carne, llevas gran cantidad de piedras preciosas, de
tal valor algunas, que podrías, vendiéndolas, adquirir con su precio la mitad
de Castilla, o restaurar en todo su esplendor a Medina del Campo, que el
ejército fiel a nuestro monarca Carlos de Gante robó y asoló casi en los mismos
días en que nos escapamos nosotros del convento en busca de aventuras. Te
hallas, pues, y te has hallado desde que te escapaste en posición muy
ventajosa. La mayoría de los hombres consumen la vida en ganarse la vida, y,
como se la ganan perdiéndola y gastándola, no les queda vida de sobra ni para
amar, ni para deleitarse, ni para trazar heroicos planes y realizarlos luego,
ni para otros mil asuntos que debemos calificar de lujo y de poesía. La gente
humilde y trabajadora, los ganapanes y destripaterrones, que sudan y se afanan
para procurarse el sustento, son como las orugas y como los míseros gusanos,
que se arrastran con lentitud, que se esconden entre el follaje, y que no
pueden ejercer otra función sino la de nutrirse, mientras que tú y otros como
tú, siempre bien nutridos y exentos de tan ruin cuidado y de menester tan vil,
sois como las mariposas, que desplegáis a la luz del sol los nítidos colores de
vuestras alas, que voláis entre las flores, que libáis el néctar de sus cálices
y que gozáis de amor y de gloria.
-Algo de verdad hay en lo que afirmas -dijo Morsamor-. No
carezco de riquezas. Además de las que llevo conmigo, tengo confiadas no pocas
al fiel y cauto Gastón Vandenpeereboom. Puedo con desahogo aventurarme en las
más altas empresas. Y, sin embargo, me considero tan infeliz que preferiría
volver a ser un pobre fraile, despreciado, viejo y enfermizo, o ser un ruin y
hambriento pordiosero.
Ingeniosamente impugnó Tiburcio estas razones, manifestando que
el pordiosero y el fraile, sobre ser desvalidos y menesterosos, lo cual no es
chica pena, pueden padecer además tormentos insufribles.
-¿Has olvidado, acaso -concluyó Tiburcio-, cuánto te
atormentabas en el claustro? No me parecías allí virtuoso penitente, ministro
del Altísimo, sino energúmeno o criatura poseída de un enjambre de demonios.
Así cuidaba Tiburcio de consolar a Morsamor no probando que era
dichoso, sino tratando de probar que otros habían sido más desdichados.
Poco a poco, y aunque algo a la ventura, con el propósito de
llegar al grande imperio del Catay, nuestros viajeros se internaron por
tortuosas y revueltas cañadas, que a cada instante se tornaban más ásperas y
solitarias. Por dondequiera, breñas, matorrales y riscos, y con frecuencia
despeñaderos medrosos, en cuyo borde resbaladizo se desenvolvía la apenas
trazada senda que iba hollando.
El horror y la esquividad del paisaje crecían a cada paso. Hasta
los más audaces se asustaban y anhelaban volver atrás. La terca persistencia de
Morsamor y el respeto que Morsamor infundía los forzaba a seguir adelante. Con
prudente cautela, y como por milagro, lograban que no tropezasen los caballos y
las mulas en aquellos vericuetos y que no cayesen rodando en hondo precipicio
con el jinete o con la carga que llevaban. Más propios de cabras monteses que
de hombres eran aquellos sitios. Podría asegurarse que jamás se había estampado
en ellos la planta humana. Era terreno desconocido, por donde, si lograban
atravesarle, llegarían sin duda a no menos desconocida e inexplorada comarca.
La vereda daba innumerables rodeos. A veces iba en muy pendiente
cuesta abajo, pero más a menudo se elevaba en cuesta no menos pendiente. Los
cerros, a un lado y a otro, parecían ir creciendo. En sus enhiestos picos
relucía el hielo perpetuo. La amontonada nieve bajaba hasta no muy lejos del
camino, si era camino el desfiladero, cada vez más angosto, por donde
marchaban.
Lo terrible de aquella peregrinación estaba por cima de todo
encarecimiento cuando la noche envolvía en sus tinieblas a los viajeros.
Una noche, por último, fue indescriptible la angustia de todos.
A pesar de la densa y casi impenetrable obscuridad, sintieron que se hallaban
en una grande altura; que los cerros, por medio de los cuales habían caminado,
quedaban atrás; que a un lado y a otro se les abría despejado, extenso
horizonte; y que, delante de ellos, o descendía la senda, con inclinación que
se hacía intransitable para hombres y para bestias de carga, o se convertía en
despeñadero o abismo. Allí se pararon, aguardando ansiosos el día y acurrucados
bajo algunas tiendas de campaña que un viento frío e impetuoso amenazaba
derribar y que los amedrentaba con siniestros silbidos.
Larga como un siglo se les antojó aquella noche, pero el alba
perezosa vino al cabo a disipar las sombras, a dorar las nubes, a teñir el
cielo de azul y de púrpura y a impregnar el aire en claridad luminosa.
Extraordinarias fueron la sorpresa y la alegría de los
peregrinos cuando vieron extenderse a sus pies, desde la elevación en que se
hallaban, la más amena, fértil y bien cultivada llanura que imaginarse puede.
La vega deleitosa estaba regada por dos ríos y Por muchos arroyos y acequias de
agua cristalina. Se veían huertos, sembrados y muy elegantes jardines. Bien
cuidadas sendas iban de un lugar a otro, entre dos hileras de árboles copudos y
umbríos. Los frutales más preciosos se ostentaban en las huertas. Se
distinguían bien los muros, palacios, templos y monumentos de una muy hermosa
ciudad; y más cerca, casi al pie de la sierra, un edificio amplísimo, a modo de
suntuoso monasterio, tal por su esplendor y grandeza, que nada en la mente de
los viajeros se le igualaba en España ni en Portugal, ni en la propia
Samarcanda, aunque ellos magnificasen con el afectuoso recuerdo la esplendidez
de lo que cada cual había visto y admirado en su patria.
La cuestión ahora era bajar hasta la vega desde la enriscada
cumbre o viso en que estaban. Harto se afanaron por conseguirlo, pero lo
consiguieron al fin dando muchas vueltas y describiendo muchas eses, para no
despeñarse por los tajos de aquella agria ladera.
Ya casi en lo llano, se hallaron en un verde soto, en medio de frondosos
y gigantescos árboles, y por cuyo centro se precipitaba caudaloso arroyo, dando
saltos y formando copos de rizada y cándida espuma sobre el haz de sus agitados
cristales.
Muchas aves había por allí que ya trinaban alegres, ya volaban
de rama en rama, sin el menor recelo de los hombres. Francolines de vistosas
plumas corrían en bandadas.
Tomás Cardoso, que era gran cazador, no pudo resistir a su deseo
de matar el que le pareció más grueso y más cercano. Disparó una flecha, y el
pájaro cayó herido a poca distancia.
Entonces salió de la espesura un viejo, algo encorvado por la
edad, que parecía llegar a cien años, y con airado acento censuró la cruel
conducta de Tomás Cardoso y hasta le amenazó con un castigo. Con burla y
desprecio respondió el portugués al pobre anciano y dirigió sobre él el caballo
para asustarle. Mas, ¡oh raro prodigio!, el viejezuelo alzó en el aire el
báculo en que se apoyaba y dirigió la contera hacia el caballo que sobre él
venía. El caballo dobló al punto las rodillas y bajó la cabeza hasta el suelo,
como para besarle con humildad. Aquellos movimientos fueron tan rápidos, y fue
tanto el descuido de Tomás Cardoso, por no preverlos, que el caballo le botó de
la silla y le apeó por las orejas, excitando el caído la risa de sus
compañeros, a pesar del asombro que el sobrehumano poder del viejo les había
causado.
Se adelantó entonces Tiburcio, y, sirviendo de intérprete, en
vulgar dialecto indostaní, preguntó al viejo quién era él y en qué país se
hallaban ellos.
El viejo contestó al punto en un idioma de cuyos vocablos no
sabían uno siquiera ni Tiburcio, ni Morsamor, ni ninguno de los que iban
acompañándolos.
Pero esto fue lo más raro y maravilloso. Ni Tiburcio, ni
Morsamor, ni el más rudo de los allí presentes dejó de entender lo que el viejo
decía, como si a cada uno en su patria lengua le hablase.
El viejo les dijo:
-Os hago saber que yo soy ayuda de cámara, secretario o fámulo
del muy egregio señor Sankarachária. Gracias a él, y comunicados por él, poseo
varios importantes dones. Es uno de ellos el de adivinar los pensamientos
ajenos, y es otro el de sugestionar o infundir los pensamientos propios en las
ajenas mentes sin valerme del auxilio de la palabra y del intermedio de los
sentidos corporales. Os he escuchado y os he hablado por costumbre y rutina y
para no faltar al uso corriente, pero sin hablar entiendo y me hago entender y
así continuaremos nuestra conversación. Os digo con franqueza que no comprendo
cómo habéis podido llegar hasta aquí. Mi amo me lo explicará todo, porque todo
lo sabe. Ahora conviene que os lleve a su presencia. Es cortés y benigno;
perdonará vuestra audacia y os recibirá amistosamente. Seguidme y os serviré de
guía.
Dicho esto, volvió la espalda, empezó a andar y todos le
siguieron.
- XXX -
No tardaron mucho en hallarse a la vista de un edificio tan
suntuoso, grande y de tan florido estilo que, en su comparación, parecía
miserable chozala casa más capaz y elegante de Padres Jesuitas sin exceptuar la
que tienen en Loyola. Sobre la puerta principal había una inscripción en
gruesas letras de oro. Como ya estaban todos sugestionados por el fámulo,
aunque la inscripción estaba en sánscrito, la leyeron y entendieron, como sí
estuviese en portugués o en castellano, La inscripción decía: Cenobio de la
jubilación varonil.
El fámulo aclaró el concepto de esta suerte:
-Los señores que aquí viven son los señores más sabios que hay
en el mundo. Con su exquisito régimen higiénico, con su dieta herbívora, y con
su prudente y morigerada conducta, prolongan mucho la vida. Aquí no contamos
por decenas, sino por docenas. El término natural y ordinario de la existencia
es aquí de una gruesa de años o dígase de ciento cuarenta y cuatro. Cuando
alguien por accidente muere antes, decimos que se malogra. Siete son los
principios o elementos que en armonioso conjunto constituyen el ser humano. El
número siete es simbólico y posee no pocas virtudes. Según nuestra Constitución
social y política, histórica y filosófica, interna y externa, la vida de acción
acaba en cada individuo cuando éste cumple siete docenas de años. El día en que
los cumple, es el día de su jubilación y él se retira a este Cenobio y pasa de
la vida activa a la vida contemplativa.
Así, el fámulo iba enterando de todo a Morsamor y a su tropa. Y
gracias a la sugestión, no sólo les daba noticias, sino que también les inspira
sanos, juiciosos y vehementes deseos. El de bañarse, fregarse y escamondarse
fue el primero que les inspiró, y para que le lograsen, como le lograron, los
introdujo en unas maravillosas termas, donde brochas y suaves cepillos
automáticos los ungieron con aromático y espumoso jabón y les dieron gratas y
purificantes fricciones. Recibieron luego duchas de agua perfumada, se secaron
con finísimas sábanas de lino y quedaron como nuevos de puro lustrosos. Todos
parecían más guapos y más jóvenes que antes. Al revestirse, notaron con
agradable pasmo que la ropa interior había sido lavada y planchada (permítaseme
lo familiar de la expresión) en un periquete, y que asimismo olía muy bien,
gracias a un exquisito sahumerio. Los coletos, los gregüescos, las calzas y
demás ropilla exterior todo se había limpiado, quedando muy decente y
desapareciendo las manchas sin el empleo de la bencina ni de otras sustancias
apestosas.
El fámulo les dijo que era muy conveniente que ellos se
presentasen de un modo decoroso ante el señor Sankarachária.
Los llevó enseguida a un bonito y capaz refectorio, donde
almorzaron sutiles extractos, que paladeaban y saboreaban con raro deleite y
que eran tan nutritivos y tan poco groseros, que bastaba para alimentar y
satisfacer a un jayán, lo que cabe en una jícara de chocolate.
A todo esto, Morsamor y los suyos rotaban con extrañeza que no
aparecía nadie y que el Cenobio estaba como desierto. Adivinó el fámulo lo que
pensaban y aclaró el caso de este modo:
-No quiero que andéis maravillados y suspensos al ver esta
mansión desierta. En ella no hay en este momento sino otros pocos fámulos como
yo, retirados, sin duda, cada uno en su celda. Los señores han salido todos. No
volverán hasta tres horas después de mediodía, porque hoy tienen Recordatorio
galante.
Impaciente Morsamor por averiguar lo que aquello significaba,
interrumpió al viejo, preguntándole:
-¿Y qué recordatorio es ese?
-El Recordatorio galante -contestó el viejo- consiste en la
costumbre que tienen los señores de ir una vez por semana al cercano Cenobio de
la jubilación femenina, donde las señoras ancianas, dulces compañeras de su
mocedad, los reciben de visita, los agasajan con un delicado banquete,
recuerdan con ellos los juveniles gozos y hasta cantan y bailan y huelgan y se
entretienen, si bien con la majestad, el entono y el sereno juicio que importan
en la edad madura.
Paseando por los alrededores del Cenobio y admirando los
vergeles que le circundaban, estuvieron Morsamor y su gente hasta que pasaron
las horas del Recordatorio y volvieron al Cenobio los señores ancianos.
Cosa de encanto les pareció el verlos venir. Con pausa solemne
venían en dos hileras, como dos centenares de venerables viejos, vestidos de
largas, flotantes y cándidas vestiduras. Todavía eran más cándidos y
relucientes sus cabellos levemente rizados y sus luengas y bien peinadas
barbas. Al andar, se apoyaban algunos en dorados báculos. Otros traían y
tocaban arpas, violines y salterios. Guirnaldas de verdura y de flores ceñían
las sienes de todos aquellos ancianos.
El fámulo, que para verlos pasar se había echado a un lado con
los forasteros, dijo a éstos cuando llegó frente de donde estaban el viejo tal
vez de mayor estatura y de más gravedad y belleza de rostro:
-Ése es mi amo, el señor Sankarachária. Trae, como veis, una
guirnalda de hiedra y de violetas, con que le ha coronado hoy su esposa, para
simbolizar el púdico, modesto y apretado lazo con que siempre la tuvo ceñida y
prendida.
Al son de los instrumentos músicos, venían todos cantando, con
deliciosa melodía, un himno del Rig-Veda, del que Morsamor comprendió
milagrosamente y, conservó en la memoria, no sabemos si con entera fidelidad,
las siguientes estrofas:
«Áureo germen de luz apareciste al principio. Soberano del mundo
llenaste la tierra y el cielo. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer
holocausto?
»Tú das la vida y la fuerza. Los otros dioses anhelan que los
bendigas. La inmortalidad y la muerte son tu sombra. ¿Eres tú el Dios a quien
debemos ofrecer holocausto?
»Las montañas cubiertas de nieve y las agitadas olas del mar
anuncian tu poderío. Tus brazos abarcan la extensión de los cielos. ¿Eres tú el
Dios a quien debemos ofrecer holocausto?
»Tú iluminas el éter. Tú afirmas la tierra y difundes la
claridad por entre las nubes. Cielo y tierra te miran temblando a ti que los
criaste. De tu radiante cabeza nace la aurora. Sobre las aguas que engendraron
la luz primera y que se precipitan en el abismo, tiendes tú la serena mirada.
Sobre todos los númenes te elevas cual Dios único. ¡Oh custodia y faro de la
verdad! ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?»
- XXXI -
Como los sabios ancianos venían algo fatigados de la inocente
huelga que habían tenido, el fámulo dejó que reposasen y durmiesen la siesta un
par de horas, y luego llevó a Morsamor y a los suyos a la presencia del señor
Sankarachária quien los recibió con distinguida afabilidad y extremada finura.
Ya sabía Morsamor por el fámulo que el señor Sankarachária era
el escritor más notable que había entonces en el Cenobio y en toda aquella
República. Los libros que había compuesto y que componía eran epítomes o
brevísimos compendios, en estilo llano, para poner al alcance del vulgo los más
útiles conocimientos. Por el método, orden y nitidez de la exposición,
ensalzaba el fámulo, entre dichos libros los que se titulan Tattva Bodha,
Conocimiento de la existencia; Atma Bodha, Conocimiento de yo (Dios); y Viveka
Chudamani, El Paladion de la sabiduría.
-Aunque estos libros, añadía el fámulo, son sólo rudimentos y
preparativos para iniciación más alta, nadie consiente por acá que se
comuniquen a los europeos, cuya inteligencia carece de la sólida madurez que
para comprenderlos se requiere. Sólo dentro de tres siglos y pico podrán ser y
serán traducidos, leídos y semicomprendidos en Europa por algunas pocas almas
excepcionalmente superiores.
Ya conjeturará el lector, de la singular historia que vamos
escribiendo, el mar de confusiones en que un espíritu tan escéptico y tan
crítico, como el de Morsamor, hubo de engolfarse y hasta de anegarse al ver y
al oír tan estupendas cosas.
-¿Qué diantres de personajes serán estos viejos? -se preguntaba
él cavilando- ¿Serán en realidad profundamente sabios, estarán de buena fe
llenos de vanidad y de soberbia por la comodidad y el regalo con que viven,
gracias a sus envidiables inventos, o habrá en ellos algo de embaucadores y de
farsantes?
Así discurría Miguel de Zuheros; pero se callaba, y ni al doncel
sutil confiaba su discurso. De todos modos, Miguel de Zuheros sentía muy picada
su curiosidad y anhelaba investigar y averiguar más de lo que ya sabía por el
fámulo. Y como el señor Sankarachária era muy conversable y muy fino, procuró
charlar con él, lo consiguió fácilmente y le interrogó sobre diversos puntos.
De las contestaciones que obtuvo el sabio viejo hemos podido recoger aquella
parte que por ser menos profunda está más a nuestro alcance, y vamos a ver si
acertamos a transcribirla clara y fielmente.
-El ocultismo -dijo Morsamor- no acaba de justificarse a mis
ojos. ¿Por qué escondéis avara y egoístamente vuestra ciencia, si vuestra
ciencia es buena y puede hacer a los hombres mejores y más dichosos?
-No transmitimos nuestra ciencia -respondió el sabio viejo-,
porque lo esencial de ella es intransmisible. Cada ser humano la crea en sí y
para sí, sumergiéndose en el abismo de su propia alma, con intuición sólo
eficaz cuando el alma está ya purificada y educada, exenta de egoísmo, libre de
pasiones, apetitos y concupiscencias vulgares y apta para entrar en el
santuario íntimo de la conciencia suprema, donde todo es uno, el conocer, el
que conoce y lo conocido. Para adquirir esta indispensable previa aptitud,
jamás basta una sola vida. Sólo puede conseguirse después de muchas
reincarnaciones.
-¿Sabes tú -preguntó Morsamor- por cuántas has pasado ya?
-Mi clarividencia en este punto no es completa todavía -replicó
el anciano-; pero entreveo y percibo en la penumbra confusa de mis recuerdos
ultranatales que he muerto y renacido ya treinta veces en esta mansión
terrenal. Y todavía sé poco y todavía para seguir estudiando tendré que morir y
que renacer dos o tres veces más antes de alcanzar el nirvana.
-¿Y qué es el nirvana? -dijo Morsamor.
Declárartelo bien -contestó el viejo- implicaría dos cosas tan
difíciles, que rayan en lo imposible. Es la primera que si lo supiese yo, yo
estaría ya en el nirvana y sería omnicio, o digase conocedor de cuanto ha sido,
es y será; del sujeto, del objeto y de la síntesis en que se enlazan e
identifican, siendo todo y uno y disipándose las aparentes ilusiones que
distinguen, individualizan y separan. Y es la segunda que, aun poseyendo yo tan
alta bienaventuranza no hallaría para transmitirte su concepto medio alguno de
expresión en lenguaje humano ni tampoco en la sugestión directa y pura. Por
ahora reprime tu curiosidad y aguántate sin saber lo que es el nirvana. Acaso
dentro de algunos siglos, cuando subas a vida más alta, trasluzcas o columbres
lo que es.
Morsamor se resignó porque no había otro remedio; mas para
consolarse hizo preguntas menos trascendentes.
-Aunque lo más sustancial y elevado de vuestra ciencia sea
intrasmisible, todavía no me explico y deploro que viváis tan aislados en este
esquivo rincón del mundo, sin influir en las andanzas del humano linaje y sin
enseñar a alguien que no sea de los vuestros, ya que no lo más elemental de
vuestra ciencia, el método o camino que a ella conduce.
-Tu suposición es infundada -dijo el anciano-. Nosotros distamos
mucho de vivir aislados. Desde hace miles de años estamos en comunicación y
tenemos trato con no pocos espíritus selectos, aun de los que han vivido y
viven más lejos de aquí. Nosotros les hemos comunicado generosamente algo de lo
que sabemos y podemos comunicar. Sobre todo, hemos sido dadivosos, espléndidos,
con aquellos que han logrado penetrar hasta aquí y hacernos una visita. Uno de
los primeros que vino a vernos desde Europa fue Pitágoras de Samos, y a
nosotros se nos debe no pequeña parte de su sistema filosófico. A despecho de
nuestra prudencia y de nuestra ancianidad, he de confesarte que pecamos por un
exceso de galantería, y siempre que aparece en nuestra tierra alguna dama
extranjera de distinción y aficionada a saber, la recibimos con finísimas
atenciones y hacemos cuanto está a nuestro alcance para ilustrarla. Valgan como
ejemplo la famosa Sibila Eritrea y más aun la linda hija de un honrado lucumon
etrusco que vino acompañándola. Ella cautivó de tal suerte con su gentil
presencia y con su mucha discreción a nuestros antepasados, que consiguió la
dotasen de pasmosa sabiduría. Cuando volvió a Italia con su señor padre, se
prendó de cierto reyezuelo de un pequeño Estado, tuvo con él frecuentes
coloquios y le dio tan sanos consejos y le inspiró tan admirables leyes, que su
ciudad, única en la historia, se enseñoreó de lo mejor del mundo y fundó hasta
hoy el más persistente de los imperios. Ya comprenderás que hablo de Egeria, la
ninfa inspiradora de Numa. Otros peregrinos se han presentado por aquí, que se
han aprovechado muy mal de nuestras generosas lecciones, moviéndonos a
arrepentirnos de habérselas dado. No se han servido de ellas con el desinterés
y la abnegación indispensables para que den buen fruto, sino con malvado
egoísmo, para engañar al prójimo y seducirle. Cuando esto ocurre, la magia
blanca o rajah yoga que nosotros aprendemos y transmitimos, se malea y se
tuerce, y convertida en hatha yoga o magia negra, suele hacer mil estragos como
si fuese obra de los númenes infernales. Entre estos peregrinos que nos han
dado chasco, te citaré a Simón el Mago, a Apolonio de Tiana, a Máximo de Efeso,
consejero de Juliano el Apóstata, y, por último, al encantador Merlín, a quien
consideran en Europa como hijo del diablo, lo cual no hay para qué decir que es
absurda mentira.
-¿Pero es menester -preguntó Morsamor- llegar a estos sitios
para participar de vuestra sabiduría?
-En manera alguna -dijo Sankarachária-. Los más aprovechados e
iluminados de entre nosotros poseemos la facultad de entendernos, si queremos,
con las personas que están más distantes. Nuestro cuerpo material y pesado es
como la creación de nuestro cuerpo etéreo y plasmante, cuya ligereza raya casi
en ubicuidad. Nosotros podemos desprender del cuerpo material y pesado dicha
forma etérea, mal llamada cuerpo, recorrer con ella inmensas distancias,
filtrarnos o colarnos por cualquier resquicio en la más severa clausura y
conversar a todo nuestro sabor con nuestros amigos y adeptos. Así nos
comunicamos y entendimos hace ya sobre poco más o menos veintidós siglos con el
príncipe Sidarta, entrando en el hermoso palacio de Kapilavastu, donde su
padre, Sudhodan, rey de los sakias, le tenían encerrado. Con nuestras
amonestaciones y consejos fomentamos su vocación e ilustramos su nobilísimo
espíritu. Bien podemos, pues, jactarnos de haber influido en que se fundase una
religión que en el día profesan más de cuatrocientos millones de seres humanos.
-¿Y habéis tratado y seguís tratando de la misma suerte a
algunos sabios europeos, yendo vosotros de visita donde ellos residen?
-¿Y cómo no? -contestó Sankarachária-. Yo tengo y visito así a
varios amigos de Europa. Uno de ellos, suizo de nación, médico excelente y
filósofo avaro y agudísimo ingenio, está avecindado en Basilea, y es
generalmente conocido con el nombre de Paracelso; otro, no menos singular, se
llama Cornelio Agripa, natural de Colonia, en las orillas del Rin; otro, que
tiene más fama de brujo que los demás, y dicen que va siempre acompañado de un
diablo en figura de paje, lo cual ya comprenderás que es una patraña, se llama
el doctor Juan Fausto, y otro, por último, con quien estoy yo en más frecuentes
y cordiales relaciones, vive ahora junto a Sevilla, en un convento en la margen
del Guadalquivir, y se llama el reverendo padre fray Ambrosio de Utrera.
Suspenso y como turulato se quedó Morsamor al oír en boca de
Sankarachária el nombre de su benéfico amigo.
-Entonces -exclamó- sabrás quién soy yo. El padre Ambrosio te lo
habrá contado todo.
-Y vaya si me lo ha contado. Yo sabía quién tú eras; he influido
en que vengas por aquí; puedo asegurar que invisiblemente te he guiado para
llegar adonde no llega nadie sin nuestra venia, y encargando a mi fámulo el
disimulo, le ordené que te aguardase en el soto, como en efecto lo hizo.
- XXXII -
No fue una sola vez, sino varias, las que tuvo Morsamor diálogos
por el estilo con el sabio viejo. Así aclaró o creyó aclarar muchas dudas y
formar idea, aproximada, ya que no exacta, del país a que había llegado y de la
gente que en él vivía.
Pondremos aquí, en resumen, el resultado de sus investigaciones
o dígase lo que él acertó a comprender y lo que nosotros podemos expresar sin
trabucarlo ni alterarlo.
Era aquel país el de los llamados mahatmas, rodeado de montañas
tan intransitables, que los profanos no podían llegar a él. Era como unas
Batuecas, no groseras y rústicas, sino cultas, elegantes y felices. Cuatro mil
años, sobre poco más o menos, hacía ya que los habitantes de aquel país vivían
apartados de la mayoría del humano linaje, formando una República pacífica y
próspera, cuyo único gobierno era el Consejo de los señores del Cenobio, o sea
de los mahatmas.
Sankarachária explicaba de modo harto singular el origen de
aquella República. Lo que él contaba dista mucho de parecer verdadero; antes
bien lo consideramos como fábula impía y absurda, pero nos parece tan curiosa,
que no podemos resistir a la tentación de ponerla aquí en breves palabras,
remitiendo a los lectores que quieran saber más sobre ello a un libro escrito
no hace mucho tiempo, y cuyo título es Dios y su tocayo.
Prescindamos de la mayor o menor antigüedad de la especie
humana. Dejemos a la prehistoria, ya fundada en la geología, ya valiéndose del
estudio comparativo de los idiomas y de otros primitivos documentos, conceder
muchos miles o pocos miles de años a la existencia del hombre en nuestro
planeta. Tengamos sólo por cierto, para no disputar con el señor Sankarachária,
que antes de que apareciese la raza blanca hubo otras razas que progresaron y
se elevaron a no pocos grados de civilización. Así la raza negra, la amarilla y
la raza de piel roja, cuyos individuos se llamaron atlantes y se esparcieron
por el mundo cuando la Atlántida se hundió. No hablemos aquí de los protoscitas
o hiperbóreos, colonia de los atlantes, que se estableció más allá de las
Montañas Rifeas y que fue muy culta y floreciente. A nuestro propósito basta
saber que más de dos mil cuatrocientos años antes de la era vulgar había dos
poderosos y civilizados Imperios: uno en Egipto, de atlantes y de negros
mezclados, y otro en China, no menos adelantado o quizá más adelantado que el
de los egipcios. En China reinaba en aquella época un emperador llamado Iao, y
hacía muy poco que por evolución y selección había aparecido sobre el haz de la
tierra la raza blanca, que es la más perfecta de todas.
Ciertos espíritus, muy pulidos y desbastados ya, después de
pasar por bastantes reincarnaciones, no se avinieron a reincarnarse en chino,
ni en negro, ni en mulato. Con la fuerza plasmante que tenían en su forma
etérea se condimentaron o confeccionaron cuerpos sólidos más perfectos, y de
esta suerte creía el sabio viejo, cuyas ideas extractamos, que apareció la raza
blanca en el mundo. En una fértil y bonita comarca del Tibet vivió y se
propagó, bajo la dependencia del ya citado emperador de la China, a quien sus
súbditos llamaban Iao y Padre Celeste. Este soberano empezó a temer que
aquellos nuevos hombres se instruyesen demasiado, se ensoberbeciesen y se
rebelasen. Procuró, pues, conservarles en la ignorancia; pero ellos
desobedecieron sus mandatos y aprendieron muchas cosas, buenas y malas. Iao
entonces envió un ejército contra ellos, que los expulsó del paraíso en que
vivían. Y ellos, expulsados ya, fueron poco a poco emigrando por diversas
regiones y dominando y acogotando a las razas inferiores dondequiera que
llegaban. Algo, no obstante, se pervirtieron, malearon y bastardearon con el
trato y convivencia de las tales razas, harto inferiores, como ya queda dicho.
Sólo una escasa minoría de la raza blanca se conservó pura y sin
mezcla y subió como la espuma en virtud y en saber. Para ello, en el momento de
la expulsión ordenada por Iao, tuvo la cautela de escabullirse en aquel valle
recóndito, circundado de altísimos montes y de casi impenetrables desfiladeros.
Tal fue el origen de la República de los mahatmas, según ellos mismos lo
entendían y declaraban.
-¿Y cuándo saldréis de vuestro retraimiento? -preguntó Morsamor
a Sankarachária.
Y Sankarachária contestó:
-Cuando la Humanidad sea capaz de comprendernos. Cuando nazca a
la vida colectiva.
-Pues qué, ¿no ha nacido aún?
-Aún dista mucho de nacer. Está en germen caótico: en
incubación. No nacerá a la vida colectiva hasta dentro de quince mil años.
-¿Y cómo no hacéis nada para que la incubación se apresure?
-Hacemos lo que se puede -dijo Sankarachária-. Ya te he citado a
no pocas personas que recibieron antiguamente nuestra inspiración y a algunas
que la reciben hoy en Europa, ávida de saber y con la curiosidad científica muy
despierta. Así los mencionados Paracelso, Cornelio Agripa, Fausto y tu valedor,
fray Ambrosio de Utrera. Pero quien más ha de influir en que la incubación siga
preparándose, sin que salga huero lo que se incuba, ha de ser una mujer
privilegiada, semitudesca, semimoscovita, que el cielo no subcitará en Europa
hasta dentro de unos tres siglos. Pronosticado está que esta mujer vendrá a
visitarnos, nos encantusará, se apoderará de muchos de nuestros secretos, los
divulgará en luminosos tratados y enseñará una ciencia que poco modestamente apellidará
teosofía. No será lo que enseñe sino los prolegómenos de nuestra ciencia
verdadera; pero, aun así, se pasmará el mundo de oírla y de leerla y se crearán
escuelas teosóficas en todas las naciones.
Ya suponemos que el pío lector habrá adivinado que
Sankarachária, aunque no la nombraba, alude a la señora Blavatski.
Todavía Morsamor, no satisfecho con las primeras nociones de
aquella ciencia nueva, imitó proféticamente lo que hacen los periodistas del
día en las interviews y siguió preguntando. Para abreviar, sin que nada de lo
más importante quede oscuro, prescindiremos de consignar las preguntas y sólo
pondremos aquí tres o cuatro de las más notables contestaciones que Morsamor
obtuvo. Por ellas empezará a comprender las doctrinas teosóficas quien esto lea
y a sentir el prurito de estudiarlas a fondo en la multitud de libros que sobre
el particular han escrito y publicado recientemente la citada señora Blavatski,
el coronel Olcott, Annie Besant, Francisco Hartmann, Sinnett y otros autores,
españoles algunos de ellos. Entiéndase, con todo, que esta ciencia de la teosofía
no debe, con propiedad, llamarse nueva en Europa. Debe llamarse renovada. Sus
adeptos de hoy le dan ya antiquísimo origen entre nosotros, o sea fuera de la
India. Hermes Trimegisto fue teósofo, y, bastantes siglos después, cultivó y
propagó la teosofía entre griegos y latinos, el ilustre Ammonio Sacas, fundador
de la escuela de Alejandría.
Pero no divaguemos, y vamos a las contestaciones que dio
Sankarachária y que no conviene queden en el tintero.
El caudal de experiencias y de merecimientos con que el ser
humano se va afirmando en sus diferentes vidas y haciéndose digno de más altas
reincarnaciones se llama Karma.
El principio que persiste, que no muere y que se reincairna es
el tercero de los siete que componen nuestro ser; se llama Manas, y es como la
raíz imperecedera de nuestro individuo. Por cima de Manas no hay más que Budhi
y Atma. Atma es el más alto principio de vida, el alma del Universo, y Budhi el
lazo que a Atma nos une. Por bajo de Manas hay otros cuatro principios: el del
amor, el del odio y demás afectos, la fuerza vital, el cuerpo etéreo, y, por
último, el cuerpo sólido, visible y tangible.
Sankarachária enseñó además a Morsamor que había dos métodos
científicos: uno, por lo común empleado en Europa, que, valiéndose de los
sentidos corporales e informándose de lo que se ve, se oye o se palpa,
investiga las leyes de todo y procura elevarse a la causa primera; y, otro, que
es el indiano o teosófico, que se funda en la introinspección, y por medio de
Budhi logra que Manas se encarne y se enlace con Atma, y entonces no hay cosa
que el hombre no sepa, y apenas hay cosa que el hombre no pueda. De aquí la
verdadera magia blanca, que, según queda dicho, se llama rajah-yoga, aunque
alguien la designa también con el nombre de lokothra o ciencia y poder nacidos
de nuestro interior desenvolvimiento, en oposición a laukika, magia blanca
también, pero vulgar y rastrera, que se funda en conocimientos experimentales y
exteriores y en el empleo de drogas, hierbas y otros ingredientes.
- XXXIII -
Morsamor hablaba a menudo con Tiburcio, que andaba retraído, y,
le comunicaba cuanto iba aprendiendo. Tiburcio le oía, no daba crédito a nada y
se reía de todo.
-Pero no me negarás -le decía Morsamor- que Sankarachária sabe y
puede mucho.
-Yo no te lo niego -contestó Tiburcio-. Lo que te niego es que
su saber y su poder se funden en lo que él dice.
Y Tiburcio no pasaba nunca más adelante, ni aclaraba mejor su
pensamiento. Por sus reticencias, con todo, presumía Morsamor que Tiburcio
atribula las artes y las ciencias de los mahatmas a la intervención del diablo.
-¿Crees tú -le decía Morsamor- que el diablo interviene en esto?
Tiburcio no contestaba sí ni no. Se reía y se callaba.
Entretanto, ni Morsamor ni Tiburcio, ninguno de la pequeña
hueste, podía ir a la ciudad de los mahatmas jóvenes o no jubilados ni mucho
menos a ver a las mujeres. Sin duda era ley inquebrantable aquel retraimiento,
mil veces más severo que el que hubo más tarde en el Paraguay, para evitar que
las ciudadanas y los ciudadanos fuesen perturbados y contaminados por extrañas
visitas.
Todos los forasteros, por consiguiente, aunque estaban muy
agasajados en el Cenobio y tratados a qué quieres, boca, se aburrían de muerte
y ansiaban salir de allí para gozar de plena libertad, aunque tuviesen que
sufrir trabajos.
El mismo Morsamor empezaba a cansarse. Dispuso su partida; pero,
antes de despedirse de Sankarachária, le hizo una última pregunta y le pidió un
favor.
-Yo estoy harto -dijo Miguel de Zuheros- de guerras y de amores.
En extremo me afligen los estragos y las muertes que preceden o suceden a cada
victoria y a cada triunfo. Aún ansío laureles; pero han de ser incruentos y
pacíficos. ¿Y qué más pacíficos laureles que los que yo alcanzaría, si me
embarcase de nuevo, y por mar, navegando siempre hacia Oriente, volviese a mi
patria? Dime si esto es posible.
-Ya sabes -contestó el anciano mahatma- que mi ciencia es más de
lo interior que de lo exterior. Todo eso y más sabré yo cuando llegue a
enlazarme con Atma. Por ahora, ni lo sé, ni me importa saberlo, ni te lo diría
aunque lo supiese. Y la razón es obvia. Si te dijera que es imposible, te
quitaría la esperanza, te retraería de la empresa y te despojaría del mérito de
haberla acometido. Y si te dijera que es posible, aún te despojaría más del
mérito y de la gloria, porque con la seguridad de alcanzar fin tan alto,
¿quién, a no ser muy cobarde, no pone los medios? No extrañes, pues, que me
calle, y dame gracias por mi silencio.
En el favor que pidió Miguel de Zuheros fue más dichoso que en
la consulta. Sankarachária se le otorgó a medias. Morsamor quiso ver y hablar
al padre Ambrosio. Y el mahatma, si bien se excusó de ponerle al habla con el
padre para que el padre no averiguase que él había revelado sus ocultas
relaciones y tratos, todavía le prometió hacer que le viese, y, en efecto,
cumplió la promesa.
Para ello, exigiendo primero a Morsamor que no había de chistar,
ni alborotar, ni moverse, viera lo que viera, le condujo a un oscurísimo sótano
y le sentó en una silla, donde había de quedar, y quedó, como clavado.
De repente, brotó un punto luminoso en el seno de las tinieblas.
El punto se desenvolvió luego en multitud de rayos que trazaron un círculo
lleno de claridad. Morsamor percibió en él, con asombro, el camaranchón donde
el padre Ambrosio tenía su laboratorio. El padre estaba de pie, delante del
atril, donde leía un libro de magia. La lámpara que ardía sobre el atril,
colgada del techo, parecía ser el punto o foco de luz, por cuya dilatación el
círculo se había formado. Otro fraile estaba al lado del padre Ambrosio con la
capucha calada y volviendo a Morsamor las espaldas. Inesperadamente cambió este
fraile de postura y mostró a Morsamor la cara. El pasmo de éste rayó entonces
en delirio. Creyó ver su propio rostro como en un espejo, pero no joven y
gallardo, sino marchito, lleno de arrugas y con la barba blanca como la nieve.
Su terror casi fue más intenso cuando notó que aquel rostro, que se le había
aparecido, caía como una máscara o se disipaba como vapor muy tenue dejando en
la capucha un hueco. La capucha y todo el hábito se diría que no encerraban ya
sino aire vano, luna ilusión, un espectro. El sayal, vacío, continuaba erguido,
no obstante, y hasta se movía y marchaba, como si le llenase y le animase un
espíritu.
Vio después Morsamor que el féretro donde le habían encerrado se
hallaba en el mismo lugar; que el padre Ambrosio levantó la tapa, y que dentro
había un cuerpo humano tendido e inmóvil. No descubrió quién era. Un lienzo
velaba su cara. El padre Ambrosio alzó un pico del lienzo, hasta descubrir la
boca del que allí reposaba, e introduciendo en aquella boca el agudo extremo de
un pequeño embudo, vertió por él algunas gotas del líquido contenido en un pomo
que llevaba en la mano.
La visión se disipó enseguida, como las figuras de una linterna
mágica o de un cinematógrafo.
No acertó Morsamor a explicarse bien todo aquello por ningún
estilo; pero pensó, en su propio ser, y tocó y se reconoció materialmente, y
tanto en lo exterior como en lo íntimo, se declaró a sí mismo que el verdadero
Morsamor era él y no otro. Encomendó a todos los diablos a Sankarachária, a los
demás mahatmas y al Cenobio de la jubilación varonil, y no bien despuntó la
próxima aurora se escapó de allí con Tiburcio y los demás de su hueste.
- XXXIV -
Los diversos apuntes manuscritos de los que hemos ido
extractando y compaginando esta historia, hasta ahora clarísima, presentan aquí
contradicciones que conviene resolver y oscuridades que conviene disipar por
medio de hipótesis.
¿Cómo pudo Morsamor salir del misterioso y fantástico país de
los mahatmas y hallarse de nuevo en terreno de ser realidad más reconocidos?
Sin el poderoso auxilio de Sankarachária, jamás acaso hubiera
logrado tal cosa. Nunca Morsamor hubiera salido de allí ni hubiera vuelto al
mundo real, como volvió el doctor Fausto desde el país de las quimeras. Allí se
hubiera quedado, no durante años, como se quedó Bompland en el Paraguay, sino
para siempre: hasta la consumación de los siglos.
Morsamor, pues, y su hueste salieron, según unos, en una barca
encantada, que se hallaron junto a la orilla de un lago, y que, arrastrada por
la corriente, los lanzó en un río, por donde el lago se desaguaba, y cuyas
ondas por rapidísimo declive se abrían cauce en la estrecha y tortuosa garganta
que formaban tajados peñascos y empinadísimos cerros. Aseguran otros que
Morsamor y su hueste se fueron por el aire, en una máquina o ingenioso
artificio cine les suministró Sankarachária y que sin ser juguete de las
corrientes atmosféricas como los globos aerostáticos de ahora, se movía en la
deseada y prescrita dirección, atraído por la fuerza psíquica o
magnéticoespiritual de un gran sabio, amigo de Sankarachária, que vivía en la
ciudad de Lasa y era nada menos que el secretario de Estado o ministro
principal del Dalai-Lama. Si es lícito, comparar lo falso con lo verdadero y a
mala copia o remedo con el original, este secretario de Estado era, respecto al
Dalai-Lama, lo que fue Pedro Bembo respecto a León X.
Como quiera que sea, lo cierto es que Morsamor y su hueste se
hallaron en casa como por encanto.
La lámina de oro o salvoconducto de Babur les valió de mucho.
¿Cómo no habían de respetar en el Tibet las encarecidas recomendaciones del
sucesor de Tamerlán y de Kubilai-Kan, príncipe que había conquistado la China,
que había reinado benéfica y gloriosamente en ella, y que por los consejos e
insinuaciones de su privado Marco Polo, había fundado el poder temporal del
Dalai-Lama, como Constantino y Carlo Magno el de los pontífices de Roma?
El aviso, además, que al secretario de Estado dio Sankarachária
por los medios mágicos de que disponía, y que dicho secretario trasmitió a
varios adeptos de los muchos que entonces tenían los mahatmas en el Tibet y en
China, facilitó el largo y peligroso tránsito de Morsamor por todos aquellos
países, inexplorados hasta entonces por los europeos.
Taciturno y afligido Morsamor, había hecho voto de no enamorar
ya a mujer alguna, de no reñir con ningún hombre y de no tomar parte en ninguna
contienda armada. Y como merced a las recomendaciones de Babur por un lado y a
las del mahatma por otro, se le facilitaron todos los medios de comodidad y de
transporte, no se ha de extrañar que Morsamor, por sus pasos contados, con la
mayor premura posible, y sin que nada memorable le sucediera, llegase a Cantón
felizmente.
De lo que vio y observó en la China, bien pudiéramos poner aquí
bastante, ya que en los archivos de Sevilla, privados y públicos, se conservan
curiosísimas notas de Morsamor y de Tiburcio. Pero nosotros juzgamos
conveniente pasar por alto todo esto. Nuestros ilustres viandantes sólo figuran
como meros observadores, y las noticias que dan no difieren mucho de las
consignadas en las relaciones de viajes del reverendo padre Agustino fray Juan
González de Mendoza, del nunca bien ponderado Fernán Méndez Pinto, del padre
maestro fray Domingo Fernández Navarrete, de la orden de predicadores, y de
otros sinólogos, españoles y portugueses no pocos de ellos, sin excluir a don
Sinibaldo de Mas, nuestro antiguo amigo.
Lo que aquí nos importa saber es que Morsamor se fue enseguida
desde Cantón a Macao, pequeña colonia recién fundada por los portugueses.
En la rada de la nueva ciudad, Morsamor halló lo que deseaba y
esperaba, según lo había concertado con el piloto Lorenzo Fréitas. Su nave
hacía dos o tres semanas que estaba allí aguardándole, lo cual no pesaba al
señor Vandenpeereboom, que había traficado con los chinos y hecho muy buenos
negocios, ni pesaba tampoco a fray Juan de Santarén, que predicaba con gran
fruto, aunque valiéndose de intérpretes, y que bautizaba chinos a centenares,
hallando sus neófitos entre la gente pobre y trabajadora que hoy pudiéramos
llamar coolies.
Ni el comisionista ni el misionero gustaron de la nueva empresa
que Morsamor quería acometer; pero Morsamor poseía grandes riquezas y con ellas
se allanan dificultades y todo se compone. A fray Juan le proporcionó recursos
suficientes para socorrer a sus más desvalidos catecúmenos y fundar un asilo
piadoso, y al señor Vandenpeereboom, que tenía amplios poderes de los señores
Adorno y Salvago, le compró la nave, pagándola espléndidamente, por una mitad
más de su justo precio,
El piloto Lorenzo Fréitas y muchos de la tripulación decidieron
no abandonar a Morsamor e ir con él donde quisiera llevarlos.
Bajo la inteligente dirección de dicho piloto, hábiles calafates
del país limpiaron los fondos de la nave, que estaban harto sucios, la
carenaron bien y la pusieron como nueva.
Morsamor y el piloto la proveyeron, por último, de todo género
de vituallas y bastimentos como para una navegación muy larga.
Más de la mitad de los guerreros portugueses que hasta allí
habían acompañado a Morsamor resolvieron quedarse en Macao; pero los otros, más
decididos, así como los antiguos tripulantes, formaban muy completa dotación
para la nave, a la que Morsamor quiso cambiar el nombre que antes tenía sin
duda, aunque no sabemos cuál fuese, y, la confirmó con el antiguo, clásico y
mitológico nombre de Argo.
No pocos días se pasaron en tan importantes asuntos, y si bien
Morsamor se empleaba en ellos, lejos de mostrarse comunicativo y alegre, andaba
triste y silencioso, esquivaba el trato y la conversación de todos, hasta del
fiel Tiburcio, y para reposar de sus afanes gustaba de ir a escondese en cierta
pintoresca gruta que había entre los peñascos de un cerro y desde la cual se
oteaba el mar azul y se descubría muy extenso horizonte.
Al escribir la historia de Morsamor, nosotros haríamos célebre
esta gruta, aunque ya no lo fuese; pero nos ahorra el trabajo de darle
celebridad, la que ya tiene desde antiguo, por la circunstancia de haber
imitado a Morsamor, sin saberlo, el glorioso poeta Luís de Camoens, que pocos
años después solía ir allí a meditar y a entregarse a los más poéticos
soliloquios. Lo de Morsamor eran poéticos también, aunque todavía más que
poéticos eran filosóficos, por lo cual pondremos aquí muy en resumen uno de estos
soliloquios, a fin de que el sentir y el pensar de Morsamor sean entendidos bin
que se fatiguen y, sin que califiquen el soliloquio de latoso los lectores poco
inclinados a la filosofía.
- XXXV -
-Mi segunda mocedad -decía Morsamor- ha sido peor empleada que
la primera. ¡Vanidad de vanidades! Todo es vanidad y singularmente nuestros
afanes, trabajos y aspiraciones. Pienso a veces que me valiera más no haberme
remozado; pero, arrastrado por esa corriente de ideas negras, voy más lejos aún
y exclamo. ¡Mejor sería no haber nacido! He buscado el amor para gozarle y he
hallado vergüenza, desolación y muerte. Doña Sol paga mi amor con su desprecio.
El desprecio mío mata el amor de donna Olimpia. Y cuando no nos despreciamos y
nos amamos, la ira y los celos dan espantosa muerte al objeto de mis amores. Mi
ambición no ha sido menos burlada que mi cariño. Salvo una ruin satisfacción de
amor propio, ¿qué ventaja he sacado, ni para mí ni para mis semejantes, de mis
triunfos guerreros?
Así discurría Morsamor con profunda tristeza. Luego, para
consolarse, imaginaba tener una misión y cumplir con ella. Se creía factor
poderoso en el engrandecimiento de su patria. Pero también de esto dudaba; y,
mirando con inquietud hacia el porvenir, conceptuaba tal engrandecimiento
caduco y efímero.
Cierta idea más clara y consistente en nuestra edad que en la
suya aparecía después a su espíritu para justificar su ambición, para que sus
propósitos no fuesen tenidos por vanos. Morsamor suponía que el humano linaje
iba subiendo a más altas esferas de bondad y de luz y que él contribuía
enérgicamente a la ascensión magnífica, predeterminada por el cielo.
Desconsoladoras reflexiones venían al punto a invalidar, o al menos a poner muy
en duda, el valer de esto último.
-No escatimaré yo mis alabanzas, ni negaré mi admiración
-pensaba nuestro héroe- a los descubrimientos, invenciones y adelantos que los
hombres realizan. Se diría que doman la naturaleza material, que encadenan con
su inteligencia y sujetan a su voluntad las fuerzas del universo y que se valen
de ellas para evitar fatigas y crear placeres y goces. Laudable es, en este
sentido, el fecundo renacimiento en Europa de ciencias, artes y letras.
Laudable es la activa curiosidad de nuestros navegantes que atraviesan nunca
surcados mares y penetran en las más apartadas e incógnitas regiones. Y si no
es más laudable, es mil veces más asombroso el mágico saber de los mahatmas,
que no puedo negar, porque de él he sido testigo. ¿Pero en lo fundamental, hay
progreso acaso o hay mejora en Europa, en la India o en la China? Yo sospecho
lo contrario. En las antiguas edades los hombres acertaban a veces o por estar
más cerca de la revelación primitiva, o porque alambicaban menos y no se
quebraban de puro sutiles, o porque la mente de ellos no abrumaba aún con la
pesada carga de lo observado y experimentado, levantaba el fácil vuelo a las
esferas superiores y era capaz de una inspiración inocente y casi divina. Hoy,
a fuerza de cavilar y de sutilizar, el entendimiento se pervierte y disparata
mucho. No hay progreso, sino perversión, desde el himno compuesto hace más de
tres mil años, que venían cantando los mahatmas cuando los vi volver al
Cenobio, hasta las doctrinas que me expuso luego Sankarachária y que implican
la negación de Dios, el concepto de que el mundo casi es ilusión y
fantasmagoría y la mal velada afirmación de que la conciencia nace de lo que no
tiene conciencia, la voluntad del ciego prurito de los átomos, y de sus
desordenadas evoluciones el entendimiento y las leyes a que el entendimiento
sujeta así lo exterior y visible como lo más hondo e íntimo del alma. Cuanto he
oído en Benarés en boca de los brahmanes y cuanto después me ha expuesto
Sankarachária en su misterioso retiro son la corrupción del mencionado himno
del Rig-Veda, donde el vate de los primeros tiempos busca a Dios, le columbra y
le admira en las cosas creadas, y le reconoce y le adora. En este mismo Imperio
en que ahora estoy, he conversado con los mandarines y sólo he visto en su
saber ateísmo materialista y grosero; he conversado con lamas y bonzos, y
despojando sus doctrinas de supersticiones y de símbolos, sólo he visto en
ellas la confusión de Dios y del mundo y el destino y el fin del alma humana
fluctuando entre el aniquilamiento y la apoteosis.
Así cavilaba Morsamor y creía sacar en claro de sus cavilaciones
la verdad real de su ser, del universo y de Dios que lo ha creado todo. Las
muchas contradicciones que al afirmarlo así surgían en su mente le repugnaban
mil veces meros que todas las otras contradicciones nacidas de cualquier otra
metafísica, por sutil y profunda que fuese.
-Hará ya más de dos mil años -decía Morsamor- que vivió en este
Imperio el filósofo Laotse y escribió su doctrina del Tao. Allí está la verdad,
al menos en germen. Cuanto después han inventado los chinos o han importado de
la India, es perversión o extravío.
De esta suerte, en la misma gruta donde más tarde meditó
Camoens, Morsamor meditaba y filosofaba, se lisonjeaba de ir por el buen
camino, y, hasta cierto punto, se consideraba desengañado. Morsamor, no
obstante, no se resignaba a despojarse de toda ambición. Aún quería recobrar el
tiempo perdido, ganar gloria sobre la tierra, hacer inmortal su memoria entre
los hombres, cosechar laureles sin verter sangre, revelar arcanos y realizar
algo de inaudito o de antes no realizado por nadie. ¿Cuál sería el término de
aquel inmenso mar que ante sus ojos se extendía? ¿Podría llegar por él hasta el
mundo por Colón descubierto, salvar el valladar que le opusiera y volver a su
patria navegando siempre hacia Oriente?
Los letrados chinos, a quienes había consultado, nada sabían de
todo esto. Acaso el extremo de aquel océano oriental recelaba un obscuro
abismo, algo de inaccesible para el hombre. Más allá tal vez estaría un
infinito piélago de color y de luz, de donde al amanecer surgiría la aurora
vertiendo claridad y oro, zafiros y rubíes por el éter, y abriendo paso al
resplandeciente carro del sol, que vendría en pos de ella. Tal vez eran sueños
y delirios las opiniones de antiguos sabios griegos sobre la esfericidad de la
Tierra. Tal vez era fábula cuanto había oído contar a los letrados de la
primera expedición mística al Fusang de los discípulos de Fo en busca de un
elixir que los hiciese inmortales. Tal vez eran fábulas también otras
expediciones ulteriores. Los barcos de la flota, que Kubilai-Kan envió a la
conquista del Japón, dispersos e impulsados por una tempestad pudieron llegar
acaso al Fusang misterioso; pero de seguro que jamás volvieron de allí trayendo
nuevas de lo que habían visto. No era el Fusang el mundo de Colón, sino un país
imaginario donde la fantasía vulgar y materialista de los chinos ponía mayor
fertilidad, abundancia y riqueza que los europeos pusieron más tarde en el
Dorado. Lo único cierto era que más al oriente del Japón poco o nada conocían
los chinos. Sólo presumían la indefinida extensión de un océano mucho más ancho
que el que separa a España de las tierras por Colón descubiertas. ¿Qué había en
el extremo de este Océano? Quién sabe. Acaso el extremo de la tierra en que
vivimos; el borde del disco; los lazos que atan la tierra al firmamento y que
la sostienen suspendida en el éter. Morsamor veía en todo esto un misterio
hasta entonces velado; pero le impulsaban a romper el velo su misma obscuridad
y la vaga esperanza de que fuese cierto lo que habían pensado los sabios
antiguos de Grecia y lo que Colón había intentado y hasta había creído
demostrar yendo por Occidente al Extremo Oriente.
Decidido, pues, Miguel de Zuheros, y habiendo infundido en los
de la nave confianza en su decisión, dejó en Macao al señor Vandenpeereboom y a
fray Juan de Santarén, haciendo el uno negocios, y haciendo sermones el otro, y
zarró con su nave con rumbo hacia la desconocido.
- XXXVI -
Mientras más se piensa en ello más axioma parece la sentencia de
don Hermógenes, declarando que todo es relativo. En el viaje Desde Toledo a
Madrid, del maestro Tirso de Molina, apenas había caminado legua y media y
llegado a las ventas de Olías, cuando exclama la melindrosa doña Mayor; nunca
imaginé que era tan largo el mundo. En cambio, el egregio poeta Leopardi
prorrumpe en amargos lamentos porque el mundo le parece muy chico. Y es lo peor
para él, que, mientras más mundo se descubre, más el mundo se empequeñece.
Leopardi no cabe en el mundo.
Los tripulantes de la nave de Morsamor, de la nueva Argo, ya que
con tal nombre había sido confirmada, se asemejaban más a doña Mayor que al
poeta. Todos hallaban, y no sin motivo, que el mundo era mayor de lo que habían
imaginado. En efecto, habían ido más allá de cuanto habían surcado con sus
quillas los más audaces navegantes, árabes, chinos, japoneses y portugueses;
más allá de lo hasta entonces explorado y hasta soñado. Nadie había llegado
jamás adonde ellos estaban, o si había llegado, nadie había vuelto. Hacía ya no
pocas semanas que sólo veían cielo y mar. El mar se les antojaba infinito como
el cielo. Y no sólo era pasmosa la extensión de su superficie, sino que también
lo era su profundidad insondable. En aquella soledad imponente, sublime terror
pesaba sobre los espíritus durante la noche, pero rayada la aurora, todo se
bañaba en luz y en vivos colores, y el sol, rutilante y glorioso, doraba el
aire y esmaltaba de púrpura y de líquida plata las ondas azules.
El piloto Lorenzo Fréitas y el mismo Morsamor, que en el retiro
de su convento había estudiado y aprendido no poco de la náutica y de la
cosmografía, conocidas entonces, no habían dejado de hacer sus observaciones y
sus cálculos y sabían que habían pasado la línea equinoccial, y que iban
navegando con viento favorable y con rumbo al sureste. Lo que no acertaban a
determinar, por su ignorancia del tamaño de la Tierra, era si habían llegado o
habían pasado ya bajo el semicírculo imaginario que, completando el semicírculo
que pasa por Lisboa y toca en los polos del mundo, le divide en dos partes
iguales. Si esto hubiesen sabido, hubieran sabido también lo que por
experiencia trataban de inquirir: la forma y el tamaño de nuestro planeta. El
intrépido aventurero y el hábil piloto presumían, no obstante, que habían
pasado ya el meridiano, o mejor diremos, el antimeridiano de Lisboa. En la
imaginación de ambos, cuando culminaba el sol sobre sus cabezas, aquella
hermosa ciudad se mostraba envuelta en las densas sombras de media noche,
merced al imperioso giro del firmamento todo, que daba rapidísimas vueltas e
iba iluminando alternativamente nuestra pobre morada, o merced acaso al rodar
de la tierra que en Salamanca, en Coimbra y en Sevilla habían presentido y
sospechado antes de que Galileo lo sintiese y lo asegurase. En Sevilla,
Morsamor había oído hablar mucho de todo esto a fray Ambrosio de Utrera y a sus
ilustres amigos, cosmógrafos y pilotos examinadores de la Casa de Contratación,
entre los cuales se contaban Alonso de Chaves, Rodrigo Zamorano y el joven y
magnífico caballero Pedro Mexía. De ellos y de su propio estudio, había
aprendido Morsamor, y algo se le alcanzaba del uso del astrolabio, del
cuadrante, de la brújula y de otros instrumentos y de la manera de marcar el
punto en que un barco se halla. Y como él y Lorenzo Fréitas coincidían en la
opinión de que cada grado de la esfera tenía por el ecuador o por su anchura
máxima quinientos estadios, cuando se creyeron en la parte opuesta del
meridiano de Lisboa, creyeron también que distaban noventa mil estadios de
dicha ciudad, y que todavía, sin contar los rodeos que tendrían que dar,
necesitaban navegar otros noventa mil estadios para volver a la patria.
Calculando por leguas, aunque es medida menos exacta y más variable, y
atribuyendo a cada grado veinte leguas de longitud, aún tenían que andar tres
mil seiscientas leguas para llegar a Lisboa en línea recta y sin ningún
tropiezo.
Para no asustar a la gente de a bordo, Morsamor y Fréitas se
guardaron bien de comunicarles el resultado de sus cálculos.
En la nave, que había salido abundantemente provista de Macao,
había agua potable y víveres para bastante tiempo. Todos sin embargo, empezaban
a tener miedo, aunque lo disimulaban y aunque todavía no se había convertido en
descontento. Sólo Tiburcio se mostraba impasible y alegre, procurando con sus
chistes ahuyentar del ánimo de Morsamor los malos espíritus que le
atormentaban, a pesar de su esperanza de salir triunfante de aquel empeño.
Muy raras cavilaciones solían asaltar la mente de Morsamor y no
eran las menos raras las que tenía al pensar en Tiburcio. Nunca se atrevía a
comunicárselo. Procuraba, además, arrojarlo de su propio pensamiento como
indigna extravagancia; pero recelaba a veces que en Tiburcio había algo de
sobrehumano o de extrahumano; un no sabemos qué de diabólico, a pesar de que
Tiburcio era tan fiel, tan servicial y para con él tan bondadoso y tan
divertido, que, aun suponiéndole diablo, le calificaba de buen diablo. Entendía
Morsamor que si Tiburcio se deleitaba en actos pecaminosos, era con superior
permiso, para sacar bálsamo del veneno y para dirigir y levantar la maldad
rastrera a fines excelentes, ordenados por la Providencia. Yendo más lejos aún
en esta suposición, que desechaba al punto por herética, y de la que nunca
dejaba de retractarse, fantaseaba que, así como hay diablos en el infierno,
también debía de haberlos en el purgatorio, para cuidar de las ánimas benditas
y para atormentarlas, no por mero y cruel castigo, sino a fin de que quedasen
limpias de toda mácula y capaces ya de perdurable vida. Claro está que si había
diablos de esta clase y si Tiburcio se contaba entre ellos, al cabo llegaría un
momento en que Tiburcio cumpliría su condena y se encontraría indultado y horro
de la esclavitud de la culpa. No poco de tan extraña opinión podía apoyarse,
según Miguel de Zuheros había oído al padre Ambrosio en varias sentencias de
Orígenes y de San Gregorio de Nisa. Entiéndase, a pesar de lo expuesto, que
Morsamor no perseveraba en tales errores y que abjuraba de ellos por vitandos y
nefandos.
Como quiera que fuese, esta navegación que iban haciendo ahora
era tan melancólica y tan tétrica como había sido amena y bulliciosa la que
Morsamor y Tiburcio, acompañados de donna Olimpia y Teletusa, habían hecho
desde Lisboa hasta Melinda.
- XXXVII -
Siguieron pasando días sin que nada interrumpiese la monotonía
de aquella larga navegación. La Providencia, el destino, los genios o los
númenes que gobiernan el viento y las olas, o la misma estrella de Morsamor,
según cada uno quisiera explicárselo, dispusieron las cosas de manera que la
nueva Argo no halló en su camino tierra alguna donde pararse. Aquellos mares
parecían tan hondos, que habían reprimido el empuje del fuego central,
impidiendo que brotasen islas montañosas sobre su superficie. El coral y las
madréporas no habían levantado arrecifes por ninguna parte ni habían formado
atolones. Así al menos lo presumían Morsamor y los demás tripulantes cuando,
cada vez que rayaba el alba, tendían la vista hacia los cuatro puntos del
horizonte y sólo percibían el haz azulado y uniforme del vasto Océano. Tal vez
habría islas y hasta grandes e ignorados continentes al norte o al sur de la
derrota que seguían, pero todo se ocultaba a la vista de ellos.
El terror de los tripulantes se aumentaba con la persistencia de
tanta soledad. Aunque había abundancia de víveres, arroz, harina de trigo,
aceite y galleta hasta para años, se temía que faltase el agua potable. En la
nave no dejaba de haber ya quien encontrase el agua malsana y corrompida. El
cansancio, lo poco variado y apetitoso de la alimentación, el miedo, el mal
humor y hasta el aburrimiento trajeron la enfermedad a bordo. En pos de ella
vino la muerte y empezó a sacrificar víctimas. La resignación y la paciencia se
fueron agotando. El amor, el respeto y la confianza que Morsamor inspiraba se
trocaban ya en descontento y hasta en odio.
Tiburcio era quien permanecía más entero y confiado en medio de
todo. Hasta de la no aparición de tierra alguna deducía él faustos pronósticos
y la consideraba como signo de buen agüero.
-O no hay -decía-, o si hay, no quiere el destino que
descubramos terreno donde fijar el pie para obligarnos así a que lleguemos al
fin del continente que descubrió Colón; a que le atravesemos por un estrecho de
mar o a que le rodeemos por su extremidad sur, como ya rodeamos el África por
el cabo de las Tormentas y a que volvamos triunfantes a la gran ciudad de
Lisboa.
A menudo arengaba Tiburcio a los marineros y a los soldados,
pero los hechos eran más elocuentes y persuasivos que las palabras. Ora vientos
contrarios y borrascas que combatían la nave, ora pesadas calmas que la
detenían en su carrera, vinieron a dar pábulo a la irritación general. De temer
era que la sublevación estallase de un momento a otro.
Tomás Cardoso, grande amigo, admirador y fiel satélite de Miguel
de Zuheros, había apaciguado los ánimos durante no poco tiempo y había
procurado mantener viva en todos la esperanza; pero Tomás Cardoso acabó también
por perderla y por cambiar su papel de apaciguador en el de cabeza de motín.
Era Tomás Cardoso el más a propósito para este oficio. Por su
gigantesca estatura descollaba sobre los demás hombres. Ágil y fornido, los
dominaba y acaudillaba.
En su desesperación, no sabiendo a qué arbitrio recurrir, los
tripulantes decidieron volver atrás con diferente rumbo, o para ver si hallaban
alguna tierra en que remediarse, o para ver si lograban aportar al Japón o
volver a la China o a la India.
Con esta embajada fue Tomás Cardoso para imponerse a Morsamor, a
quien halló solo en la pequeña cámara del buque.
Morsamor se negó a todo, si bien más suplicante que enojado, y
alegando con suavidad y dulzura que, en el extremo a que habían llegado, era ya
más peligroso volver atrás que seguir adelante; que la misma razón había para
suponer tierras intermedias siguiendo hacia el Oriente que dirigiéndose hacia
cualquier otro punto; y que, si el mar que surcaban no era interminable, más
cerca debían de estar ya del mundo de Colón que del puerto de que habían salido
y hasta que de las costas japonesas.
Tomás Cardoso replicó a Morsamor no con razones, sino con
quejas. La conversación se fue agriando y se trocó en disputa. Los dos
interlocutores estaban solos. Cardoso había echado a rodar todo respeto. Tenía
muy poca fe en la elocuencia de sus razonamientos y sobrada fe en la energía de
sus puños. En mal hora quiso intimidar a Morsamor, quiso abusar de su fuerza y
le echó mano al cuello con violento ultraje. Firme y poderosa era la mano de
Cardoso. Si hubiera asido bien a Morsamor, le hubiera derribado y hasta
aplastado; pero Morsamor, antes de que Cardoso le agarrase bien, se desprendió
y se deslizó de entre sus garras, retrocediendo de un brinco hasta la pared de
la cámara. Morsamor desenvainó entonces la daga que llevaba en el cinto, y,
exclamando: «¡Defiéndete, miserable!», se arrojó sobre Cardoso, que desnudó
también su puñal y le aguardó sereno.
El ímpetu y la destreza de Morsamor eran incontrastables. Con el
brazo izquierdo paró el golpe que Cardoso le asestaba, y con acierto pasmoso
hundió su daga en el pecho del rebelde hasta la empuñadura. Atravesado el
corazón, Cardoso cayó con estruendo en el suelo sin poder decir «¡Dios me
valga!» Al ruido abrieron la puerta y entraron en la cámara varios parciales de
Cardoso. Allí hubieran vengado su muerte con la de Morsamor si no hubiera
acudido Tiburcio en su socorro con no pocos que permanecían fieles. La lucha
fue entonces horrible en toda la nave, y Morsamor, que tanto deseaba laureles
incruentos, antes de los laureles tuvo la sangre. Mucha se vertió, aunque la
rebelión fue vencida. Con la muerte sofocaron y castigaron Morsamor y Tiburcio
aquella rebeldía. Quince cuerpos muertos de sus más valientes compañeros fueron
arrojados al mar y pasto de los peces.
La autoridad de Miguel de Zuheros se restableció y fortaleció en
cuantos quedaron con vida. Y aterrados unos por el castigo y entusiasmados
otros por el valor y la serenidad que Morsamor y Tiburcio habían mostrado,
resolvieron seguirlos sin más dudar ni vacilar, aunque los llevasen al mismo
infierno.
Honda tristeza abrumó el ánimo de Morsamor después de su
triunfo. A par que se complacía en él, se afligía de haberle pagado tan caro.
En la melancólica hora del crepúsculo vespertino su preocupación
fue más intensa y revistieron más negros colores los fantasmas de su
imaginación atribulada. Parecía que estos fantasmas, sabiendo de lo profundo de
su mente, tomaban cuerpos vaporosos y se proyectaban y se hacían visibles en el
aire. De esta suerte, con ceño adusto y vertiendo sangre de su honda herida, el
espectro de Tomás Cardoso se mostraba a los ojos de Morsamor siguiendo la nave.
En el rumor, que al quebrarse en sus costados, hacían las olas, Morsamor creía
oír por momentos sollozos, maldiciones y gritos de venganza, y tal vez se
figuraba que surgían de la mar las cabezas de los compañeros muertos que venían
nadando y pugnando por detener la nave o por hacerla virar hacia el oeste.
Creció la obscuridad. La noche se venía encima. Miguel de
Zuheros tuvo entonces una visión extraña de tal consistencia, que le pareció
realidad y no delirio de la mente. Podría ser espejismo, algo cuya causa él no
se explicaba, pero algo que estaba fuera de él: que era real y no imaginado. A
no mucha distancia de su nave, vio Morsamor otra nave que navegaba a toda vela
con próspero viento y en dirección contraria. Sin duda no era falsa la visión,
porque Tiburcio y los marinos afirmaban que la habían visto, aunque pronto se
había perdido en la sombra. El piloto Lorenzo Fréitas afirmaba más aún, porque
su vista era perspicaz como la del águila. El piloto afirmaba que también había
visto la nave, que en el tope de su palo mayor ondeaba la bandera de Castilla y
que en su proa se figuraba haber leído este nombre simbólico: Victoria.
- XXXVIII -
Aquella noche caviló mucho Morsamor sobre la aparición, real o
fantástica, de la nave Victoria, y habló del caso con Fréitas y Tiburcio.
Tiburcio sostenía que todo había sido ilusión óptica, fenómeno parecido al de
la fata morgana. Y por el contrario, Fréitas concedía completa realidad a la
visión y hasta llegaba a triplicarla, sosteniendo que en pos de la nave
Victoria, aunque a mayor distancia y esfumadas en la vaga penumbra, había visto
pasar otras dos naves. Más que a la opinión de su doncel, se inclinaba Morsamor
a la del piloto. Sobre ella alzaba un cúmulo de suposiciones. Recordaba que,
hacía ya tres o cuatro años, dos portugueses, uno de los cuales se llamaba Ruy
Falero, habían ido a ofrecerse al soberano de España para ir a la India,
navegando hacia Occidente, salvando el mundo de Colón y surcando juego el ancho
mar descubierto por Balboa.
¿Llevaría la nave Victoria por capitán al mencionado Ruy Falero?
Tiburcio respondía a esto que él también recordaba lo que decía
Morsamor, pero que recordaba asimismo que Ruy Falero había perdido el juicio y,
que habían tenido que encerrarle en una casa de locos. Fréitas dijo entonces:
-Será cierta la locura de Ruy Falero, mas yo os aseguro que el
camarada que iba con él, y a quien conozco y trato desde hace años, tiene tan
bien sentado el juicio, que es muy difícil que le pierda, y es tan tenaz en sus
propósitos y tan brioso y capaz de realizarlos, que no me pasmaría yo de que lo
consiguiera. Acaso la nave que hemos visto no lleva en vano el nombre de
Victoria. Acaso va mandándola el otro portugués de cuyo nombre no os acordáis.
-¿Y cómo se llama ese otro portugués? -preguntó Miguel de
Zuheros.
-Ese otro portugués -contestó Fréitas- se llama Fernando de
Magallanes.
Rarísimo personaje era Morsamor. Tal vez los que lean esta
historia calificarán de inverosímil su carácter, pero a menudo parece
inverosímil lo más verdadero. Morsamor carecía de vanidad y era todo orgullo.
La envidia y los celos no entraban en su alma. Hasta la misma emulación tenía
en ella poca cabida. Y su orgullo era tan expansivo, que Morsamor, con tal de
que él alcanzase y mereciese el triunfo, no se apesadumbraba, sino que se
alegraba de que alguien pudiera alcanzarle al mismo tiempo que él, asegurándole
así para la gente de su nación o de su casta.
-Si en la nave que hemos visto o imaginado ver va Fernando de
Magallanes, yo -dijo Morsamor- me alegro con toda mi alma. Él o yo, o ambos,
volveremos a la patria, después de haber recorrido toda la redondez de la
tierra. Segura es ya nuestra gloria, y no será menor aunque sea compartida. Él
y yo merecemos que se diga de nosotros que, al dar cima a nuestra empresa,
ambos levantamos un arco triunfal y abrimos una nueva era en la historia del
humano linaje; agrandamos por experiencia el concepto de las cosas creadas, y
empezamos a revelar los arcanos del universo visible. Poco me importa que no
sea sólo del camino que llevo y de la nave en que voy, sitio también de la nave
en que él va y del camino que él lleva de quien digan los contemporáneos
entusiasmados: «Fue el camino que esta nao hizo el mayor y más nueva cosa que
desde que Dios creó el primer hombre y compuso el mundo hasta nuestro tiempo se
ha visto, y no se ha oído ni escrito cosa más de notar en todas las
navegaciones después de aquella del patriarca Noé; ni aquella nao o arca en que
él se salvé del universal diluvio navegó tanto como ésta.»
Al rayar el alba de la noche en que Morsamor había pensado y
hablado así, como si Dios quisiese darle premio, aparecieron en lontananza,
destacándose sobre el fondo de púrpura y nácar del cielo oriental iluminado ya
por el día, elevadas montañas que parecían dilatarse de norte a sur en
extensión grandísima. La nueva Argo estaba ya cerca del continente que buscaba
y todos sus tripulantes doblaron las rodillas y dieron gracias al cielo.
Harto sabía Morsamor, desde antes de que abandonase su convento,
las tentativas infructuosas y desgraciadas que para hallar paso por mar del
Atlántico al Pacífico se habían hecho hasta entonces. Recordaba sobre todo, por
ser más reciente, el viaje de Juan Díaz de Solís, piloto de la Casa de
Contratación de Sevilla, el cual había navegado por los mares del hemisferio
austral hasta más allá de los 35 grados de latitud, sin hallar término al nuevo
continente, ni estrecho alguno por donde se pudiese salir navegando al mar del
sur descubierto por Balboa. Juan Díaz de Solís había llegado hasta una inmensa
bahía, por donde desembocaba en el mar un río muy caudaloso. Luchando allí con
ciertos belicosos y fieros salvajes, llamados charruas, Solís había perdido la
vida. El barco que él mandaba quedó abandonado en aquellas distantes e
incógnitas playas, pero otros barcos que le habían acompañado en su expedición
volvieron a Sevilla y dieron cuenta de todo. Morsamor sabia, pues, que no
hallaría paso al Atlántico sino más al sur de los 35 grados. Por eso había
navegado con rumbo al suroeste, y cuando se aproximó a la costa occidental del
Nuevo Mundo, se hallaba a los 36 grados de latitud austral. No sin recelo y con
extraordinaria cautela, para evitar encuentros y combates con gentes
desconocidas y, bárbaras, Morsamor y los suyos saltaron en tierra en busca de
agua potable. Fertilísimo era el agreste e inculto suelo que pisaron.
Majestuosas montañas se levantaban no lejos de la costa, y desde los
manantiales que brotaban en lo alto por entre las rocas descendían por la agria
pendiente arroyos de agua cristalina y hasta caudalosos ríos de rápido curso.
Selvas de lozana y frondosa vegetación, que en algunos puntos las hacía
impenetrables, se extendían por dondequiera y venían avanzando hasta la orilla
del mar. Nuestros viajeros reprimían su curiosidad y no querían explorar nada,
anhelando sólo hallar el paso que buscaban. Se contentaron, pues, con tomar
agua potable y llevarla en odres y en pipas al buque y con cazar multitud de
palomas y de ánades silvestres y algunos a modo de ciervos que en grandes
manadas vagaban por la espesura de aquellos bosques.
El país era espléndido. Abetos y pinos de airosas y extrañas
formas, nunca vistas por los europeos, descollaban sobre la pomposa verdura de
helechos arborescentes, mirtos, laureles y otros árboles hermosos, desconocidos
y sin nombre hasta aquel día. Pero Morsamor buscaba con ansia el estrecho o el
fin del continente y nada de aquello le seducía ni le convidaba a detenerse.
El viento le fue propicio y avanzó con rapidez hacia el sur.
Aunque había llegado el verano de aquellas regiones, el frío empezó a sentirse,
La costa parecía que no acababa nunca. Lo que iba acabando era la paciencia de
Morsamor y de sus compañeros.
El estrecho deseado apareció, por fin, consolándolos y
entusiasmándolos. La nave Argo entró por él con valentía. Por intrincado
laberinto de densos bosques, de tajados riscos y de altos cerros cubiertos de
nieve iba prolongándose el canal en mil tortuosos rodeos. Ya menguaba su
anchura como comprimida por los abruptos cantiles que se alzaban en una y otra
margen alpestre, ya dilatándose el estrecho, formaba ingente lago, en cuya faz,
que apenas rizaba la brisa, se reflejaban la luz del cielo, ora nubes obscuras,
ora el sol refulgente y los escarpados cerros que parecían circundar el agua,
formando anfiteatro. La nieve de sus picos, como obeliscos y pirámides de
bruñida plata, se duplicaba por el reflejo, y a par que resplandecía en lo sumo
del aire, se veía en el temeroso fondo del agua, donde, duplicándose también el
cielo, hacía que imaginase Morsamor que la nueva Argo estaba suspendida entre
dos abismos.
Los que navegan hoy cómodamente por aquel estrecho, a bordo de
un barco de vapor, no pueden ver la sublimidad de la escena ni pueden sentir el
pasmo aterrador de los que por vez primera le cruzaron. No van, como Morsamor
iba entonces, en frágil barco y a merced del viento, que se oponía a su marcha,
si era contrario, o si amainaba, casi le dejaba inmóvil, a pesar de las más
hábiles maniobras.
Hoy es corto el tránsito por aquel estrecho. Entonces parecía
que duraba un siglo. Y la naturaleza circunstante, esquiva hasta entonces al
hombre civilizado, que nunca fijó en ella sus miradas dominadoras, se alzaba
soberbia en contra de él, procurando atajarle y sobreexcitando su ánimo con la
amenaza de mil peligros, ya verdaderos, ya exagerados por la fantasía.
Espesa niebla envolvía a veces la nave, y a causa de la niebla,
así como durante la noche, era menester ir con lentitud y precaución para no
tropezar én un escollo o encallar en un bajío. A veces se encapotaba el cielo,
deslumbraban los relámpagos y resonaba el trueno repercutido por los peñascos y
multiplicado por los ecos. La tempestad acababa desatándose en torrentes de
lluvia o en abundantes copos de nieve. Luego se serenaba el aire y el sol
resplandecía. Tal vez el iris se dilataba sobre el estrecho en arco majestuoso,
cuyos estribos eran los cerros de una y otra margen.
A veces asaltaba a los atrevidos navegantes el recelo de no
acertar a salir de aquel laberinto y de tener que morir allí. Los peligros, que
en cierto modo habían sido silenciosos e invisibles en el grande Océano, se
mostraban allí más a la vista y turbaban los espíritus y molestaban y herían
los oídos con acentos y voces. Ya aparecían en los peñascos lobos marinos, ya
se veían revolando y cerniéndose a grande altura águilas o buitres de mayor
tamaño y pujanza que los de Europa, ya seguían o cercaban la nave bandadas de
enormes albatros, hostigados por el hambre y buscando alimento: Lorenzo Fréitas
y algunos otros marinos, que, a falta de catalejo, tenían muy perspicaz la
vista, aseguraban haber columbrado en la costa de la izquierda vagar hombres
salvajes y feroces, de descomunal corpulencia. No vacilaban en conjeturar que
el menor de dichos hombres era de tan colosal estatura, que de fijo el más alto
de cuantos iban en la nave no le llegaría con la cabeza debajo del brazo. Para
acrecentar más el susto, no bien declinaba la tarde, salían de sus ocultas
madrigueras feos murciélagos, que tenían en el hocico como un hierro de lanza y
que se suponía que eran vampiros, y vagaban en torno de la nave y hasta se
posaban en los mástiles y en las velas. En medio de las tinieblas nocturnas
solía oírse el lúgubre silbido de las lechuzas y de los búhos.
Como no hay, mala ventura que no tenga término, la nave Argo
logró casi vencer los obstáculos todos y se encontró al final del estrecho, y
muy próxima a lanzarse en la amplitud del Atlántico. Larga y profunda calma
tuvo, sin embargo, parada la nave e impaciente su tripulación durante muchas
horas. Pero no hay mal que por bien no venga. Sin esta forzosa detención no
hubiera ocurrido el extraño caso de que se dará cuenta en el siguiente
capítulo.
- XXXIX -
Cuán pasmosa no sería la sorpresa de Morsamor, de Tiburcio y de
sus compañeros, cuando al llegar la noche del día desde cuya mañana estaban
detenidos, oyeron lastimeros gritos que se alzaban por el costado izquierdo de
la nave, y que decían en lengua castellana: «¡Socorrednos: tened compasión de
nosotros! ¡Recibidnos a bordo!»
Dirigieron entonces las miradas hacia el punto de donde venían
las voces y vieron cerca de la orilla a dos hombres vestidos a la europea, si
bien con trajes desordenados y rotos. Echaron al agua la chalupa, fueron en
busca de aquellos dos hombres, los trajeron y se los presentaron al capitán,
que, maravillada y compasivo, contemplaba los desencajados rostros, la palidez
enfermiza y el aspecto abatido y miserable de sus huéspedes imprevistos.
-¿Quiénes sois, desventurados? -le preguntó Morsamor.
Uno de ellos, al parecer el más joven y el menos fatigado y
enfermo, tomó la palabra y dijo:
-Yo, señor, soy Juan de Cartagena, y salí de Castilla mandando
uno de los cinco bajeles que trajo el portugués Fernando de Magallanes para
lograr su propósito de ir más allá de este continente, de llegar a la India,
caminando siempre hacia el Oeste. La insufrible soberbia del portugués y los
malos modos y la aspereza con que me trataba, me movieron a rebelarme contra él
cuando aún estábamos en el Golfo de Guinea. Magallanes me venció y me tuvo
preso. Fue tanta su crueldad, que permanecí en el cepo durante muchas semanas,
hasta que llegamos cerca de estos lugares. Hartos mis compañeros de sufrir al
portugués, a quien ya tenían por loco, y recelando que los llevaba a perdición
segura, se sublevaron contra él en una bahía que no dista mucho de aquí. Tres
fueron los bajeles sublevados. Las principales cabezas de la sublevación fueron
Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada. Ellos me pusieron en libertad, y yo
combatí en favor de ellos. Sólo dos bajeles quedaron sujetos al portugués. De
los otros tres disponíamos nosotros. Magallanes, no obstante, pudo vencernos.
Entró al abordaje en nuestros navíos, y Luis de Mendoza murió cosido a
puñaladas. Horribles fueron los castigos que Magallanes impuso. A Gaspar de
Quesada, por mano de su propio criado, que sirvió de verdugo, hizo que le
cortaran la cabeza. Y descuartizados los miembros de Quesada y de Mendoza,
fueron suspendidos de los mástiles para espantoso escarmiento de todos. No sé
por qué Magallanes me perdonó la vida y tuvo compasión de mí, si compasión
puede llamarse. El feroz capitán, al ir a entrar en el estrecho, me dejó
abandonado sobre la costa inhospitalaria. Él siguió su viaje con sólo tres
bajeles, porque de los cinco uno naufragó y otro, el San Antonio, logro
escapar, y yo espero en Dios que a estas horas se hallará de vuelta en Sevilla,
donde dará cuenta de la ferocidad y de la locura de que hemos sido víctimas.
Al oír Morsamor aquel relato, reflexionó melancólicamente que
los laureles incruentos que él había imaginado acaso eran imposibles en aquella
edad en que él vivía. Pensó que sin duda era menester regarlos con sangre: que
el temple de voluntad de quien los cultivase había de ser como el del acero, y
las entrañas, como las del tigre. Así se absolvió de su pecado, si le hubo, en
la muerte de Tomás Cardoso. Así se calificó hasta de benigno. No por eso en
absolución fue acompañada de alegría, sino que sintió pesar más negro en el
fondo del alma al imaginar cuán difícil era, sin culpa, sin estrago y muerte,
conquistar por la acción la suspirada gloria.
Sustrayéndose luego a las tristes reflexiones de su harto
exagerado pesimismo, Morsamor preguntó a Juan de Cartagena:
-¿Y quién es éste que Magallanes dejó abandonado en tu compañía?
-Éste -respondió Juan de Cartagena- fue quien más nos soliviantó
y alborotó con sus discursos. Es un fraile cordobés, llamado fray Blas de
Villabermeja.
Morsamor fijó entonces su atención en el fraile, le reconoció,
fue hacia él, y le echó los brazos al cuello.
-¡Querido Paisano! -le dijo-. Cuánto me alegro de poder servirte
y valerte en esta ocasión. Tú eres de un lugar que apenas dista un cuarto de
legua de mi patria, Zuheros.
Morsamor, y también Tiburcio, reconocieron en el fraile
abandonado a un antiguo colega del mismo convento en que ellos habían vivido;
pero el fraile no reconocía a ninguno de los dos por más que maravillado los
contemplaba. Se lo impedían el mágico remozamiento del uno y la gallarda e
insolente apostura del otro, tan distinta dé la humildad claustral que había
afectado cuando era novicio.
Pero sin que le importase mucho reconocerlos o no, fray Blas de
Villabermeja se dejó querer y agasajar, y dio gracias al cielo que de su
abominable destierro le libertaba.
Después de tan raro encuentro, la historia de la navegación de
la nueva Argo nada notable ofrece ni refiere durante más de cuarenta días. Sólo
se sabe que Morsamor fue tan venturoso, que navegó con velocidad increíble. Al
fin vino a hallarse a corta distancia, casi a la vista de Sagres, como si la
Providencia dispusiese que en el punto que había hecho famoso el infante don
Enrique, iniciador de los grandes descubrimientos, terminase su viaje el hombre
que iba a cerrar el cielo y a dar comienzo a nueva era.
- XL -
No todas las dificultades se habían allanado. Nadie hasta el fin
puede cantar victoria. A veces el más hábil auriga, al ir a alcanzar la palma
salvando la meta, suele tocar en ella y dar lastimoso y mortífero vuelco.
De repente, vieron Morsamor y los de su nave un gravísimo
peligro que venía sobre ellos, de que ya no podían esquivarse con la fuga, y
que era menester arrostrar con heroica y casi sobrehumana valentía.
Una enorme galera se aproximaba dándoles caza. En su proa y en
su popa tenía sendas bombardas, y tres falconetes en cada costado. Estrecho era
el barco de babor a estribor, y la longitud de su eslora hacía que hendiese
rápidamente las olas a impulso de los treinta remos que llevaba en cada banda.
Lorenzo Fréitas no dudó ni un instante de que aquella nave era
de corsarios argelinos.
-Salvarse huyendo -decía- sería un milagro que no debemos
esperar de la bondad divina. Nuestra artillería vale poco o nada, y, si la
emplearnos, sólo conseguiremos provocar y enojar al cosario, que con la suya
nos echará pronto a pique, sobreponiéndose, su cólera a la codicia que le mueve
a apoderarse de la presa. Rica debe de imaginársela. Nuestro barco no tiene
aspecto guerrero, sino trazas de lo que es: de nave mercante que vuelve de la
India. En su imaginación verá ya el corsario los ricos tesoros de que pronto va
a hacerse dueño. Podemos pelear y defendernos, pero sin esperanza. Señor Miguel
de Zuheros, creo de mi deber deciros mi opinión con franqueza.
-Yo la acepto y la estimo -respondió Morsamor- y con la misma
franqueza voy a exponer mi parecer, aunque ya en forma de órdenes imperativas e
ineludibles, porque no hay tiempo para discusiones ni discursos. Espero que
todos cumpliréis con vuestro deber, me obedeceréis ciegamente y haréis con
puntualidad y exactitud lo que yo prescriba.
Soldados y marineros juraron obedecer a su capitán. Morsamor
entonces dispuso las cosas con arreglo al plan que había concebido y dividió en
tres partes sus fuerzas: la marinería, al mando del piloto; al mando de
Tiburcio, lo mejor de la hueste, contándose en ella Juan de Cartagena y fray
Blas de Villabermeja, a quienes excitó para que se luciesen, pagando así la
franca hospitalidad con que los había acogido.
Él guardó bajo su inmediato gobierno a veinticuatro de sus más
leales, astutos y valientes aventureros, en cuyo número figuraban los mestizos
mongoles-castellanos.
Enseguida dio Morsamor sus instrucciones a los jefes y ordenó
que ocupase su puesto cada uno. La nueva Argo siguió huyendo, pero con muestras
de desesperación y de miedo, sin desplegar más velas, como si pareciese
resignada ya a entregarse al enemigo.
El corsario, impaciente, lanzó, no obstante, tres disparos de
falconete para que la nueva Argo se rindiera. Una de las balas tocó en el casco
del buque y abrió en él ancho agujero, aunque, por fortuna, muy sobre la línea
de flotación, cerca de la popa. Sólo con mar muy alborotado y con arfar muy
violento, podría la nave hacer agua. Nada contestó Morsamor a aquel daño y a
aquel ultraje. Su nave, inerme, dejó que se le aproxímase la galera, que la
prendiese con enormes garfios, y, que los corsarios, armados de hachas, se
lanzasen al abordaje, o más bien, confiados en su poder incontrastable, a tomar
posesión de la nave sin recelar resistencia alguna.
Así fue en un principio. Morsamor y los veinticuatro
capitaneados por él cejaron como amedrentados, aunque sin desordenarse ni
separarse. Los corsarios, con su capitán al frente, llenaban ya la cubierta. El
grupo de Morsamor se arrinconó hacia la popa; hacia la proa, Fréitas y sus
marineros. En el barco no parecía haber más tripulantes. El aspecto de ambos
grupos inspiraba compasión y fomentaba la confianza y el descuido de los
corsarios. Sin duda Morsamor y Fréitas querían rendirse anhelando sólo las menos
duras condiciones. No intentaban hacer uso de las armas, aunque las tenían en
las manos. A fin de que las entregasen, los corsarios se dividieron,
dirigiéndose a un grupo y a otro.
En la pequeña, cámara de Morsamor, que estaba sobre cubierta, no
parecía posible que hubiese capacidad bastante para que en ella se ocultasen
muchos hombres armados. En ella, no obstante, estaban hacinados y apretados
Tiburcio y su tropa.
De súbito abrieron la puerta de la cámara y salieron con
inaudita rapidez. Todos corrieron hacia el lado opuesto al en que estaban
Morsamor y Fréitas y hacia el punto en que la nueva Argo estaba asida al barco
corsario. Con prodigiosa agilidad y con tal prontitud que no dieron tiempo para
que se apercibiesen y cerrasen paso, saltaron todos en la galera. Y entonces,
más listos y expeditos aún, dieron muerte a los cómitres, quitaron grillos y
cadenas y pusieron en libertad a los galeotes, que eran más de sesenta
cristianos, cautivos. Éstos hallaron sin dificultad armas de que apoderarse.
Tarde semicomprendió el capitán corsario la estratagema que le
habían urdido, mas no desmayó por eso. Antes bien, arremetió impetuoso contra
el grupo de Morsamor, mientras que otro buen golpe de su gente caía sobre
Fréitas y sus marineros, los cuales tuvieron por desgracia que luchar
proporcionalmente contra mayor número de contrarios. Fréitas fue uno de los
primeros que perdieron la vida, abierta su cabeza de un hachazo. Otros ocho de
su tropa sucumbieron también al principio casi de la pelea.
Morsamor, entretanto, parecía invulnerable, pero también sus
enemigos eran más que los hombres de que él disponía. Acorralados Morsamor y
los suyos, se mantenían a la defensiva.
Todo esto, no obstante, fue obra de pocos minutos. Tiburcio supo
darse prisa. En la galera corsaria dejó a Juan de Cartagena y a fray Blas con
diez hombres más de su fuerza y con veinte galeotes ya libres y armados y se
precipitó en la nueva Argo con todos los demás que le seguían, y que eran más
de sesenta. Ansiosos de combatir se sentían todos, y particularmente los ya
libres forzados, a quienes aguijoneaba el rencor e impulsaba el deseo de curar
con la sangre de los corsarios las llagas y los verdugones que la pena del
cómitre había hecho en sus espaldas desnudas.
Atacados los corsarios por todas partes, no pudieron resistir.
Aunque vendieron caras sus vidas, perecieron los más valientes y el capitán
argelino, rindiéndose a discreción los otros, que fueron aherrojados y
convertidos en nueva chusma.
Morsamor pasó en triunfo a la conquistada galera. Resonar de
clarines, vivas, altos aplausos y el estampido de algunos disparos de los
falconetes solemnizaron la victoria. Con lamentos y hasta con lágrimas se
deploró la muerte de Fréitas y de las otras víctimas.
Para escarmiento ejemplar y para dar testimonio del brillante
éxito de aquella lucha, Morsamor mandó colgar el cadáver del capitán argelino
en el mástil de la galera, sobre el cual dispuso que se izase la bandera de
Castilla.
Rodeado de Tiburcio, Cartagena, fray Blas y otros, se hallaba
Morsamor presenciando aquella maniobra y recibiendo plácemes, cuando a deshora
apareció una rubia y majestuosa dama, vestida de luto, y se arrojó en los
brazos de Morsamor, y cubrió su rostro de besos, exclamando entusiasmada:
-O givia ed orgoglio del mio core! O coraggioso mio drudo!
- XLI -
Más sorprendido que complacido vio Morsamor la aparición de
donna Olimpia de Belfiore, pues no era otra la dama enlutada que le saludó con
tanto entusiasmo y cariño.
Hermosa como siempre estaba donna Olimpia. El tiempo no imprimía
la destructora huella en su rostro, en el cual se notaba mayor majestad que
antes y honda tristeza.
Donna Olimpia no había aparecido sola. Teletusa, tan regocijada
como de costumbre, apareció con ella. Y aparecieron igualmente entre los
libertados galeotes, siendo de los que mejor pagaron la libertad combatiendo a
los corsarios los dos fieles y robustos escuderos a quienes llamaban Asmodeo y
Belcebú, más por broma que con suficiente motivo.
Para satisfacer la curiosidad natural de Morsamor y de Tiburcio,
donna Olimpia, en presencia de Teletusa y del doncel, no tardó en contar a
grandes rasgos sus aventuras. Y como donna Olimpia era tan latina y tan
abastada de erudición clásica, empezó diciendo como el Eneas de Virgilio:
In fandum, Morsamor, jubes renovare dolorem!
Traía ella consignados en precioso manuscrito todos los
peregrinos sucesos de que había sido testigo, agente o paciente. Con ellos,
imitando a César, se proponía dar al público sus comentarios. Es indudable que
si los hubiese publicado, y si no se hubiesen perdido, serían casi tan
interesantes como los del dictador romano. Si nosotros los poseyésemos o
pudiésemos reconstruirlos, compondríamos con ellos una historia no menos
extensa que la presente, pero aquí deben entrar como episodio, y el episodio no
debe extenderse más que el principal asunto. Para no faltar a esta regla de los
preceptistas y cumplir con el semper ad aventum festina de Horacio, nos
abstendremos de referir las cosas con la pausa con que las refirió donna
Olimpia, y las referiremos tan en resumen, que más parezcan el plan o el índice
de la historia que la historia misma.
Con la presencia en Melinda de nuestras dos damas, la corte
estaba brillantísima; las fiestas y diversiones se sucedían sin tregua:
cacerías, banquetes, cabalgatas, simulacros de batallas o algo a modo de
bárbaros torneos, todo se sucedía con grande lujo y no menores gastos. El
pueblo, negro y tacaño, se hartó de tanta magnificencia y halló que le costaba
muy cara. Donna Olimpia tuvo indicios de que se conspiraba contra ella y contra
el rey. Para aquel generoso príncipe temió un mal percance y para ella fin no
menos trágico que el de la famosa Raquel, judía de Toledo, o que el de doña
Inés de Castro, tan celebrada más tarde por los poetas épicos y dramáticos
portugueses.
Donna Olimpia sabía eclipsarse y evadirse a tiempo. En esta
ocasión no le faltó su habilidad. Con raro disimulo ganó el corazón y hechizó
al capitán de una nave lusitana que tocó en Melinda de paso para Massauá,
adonde iba a reunirse con la flota que había llevado a don Rodrigo de Lima, y
que debía volver a la India con dicho señor y con toda su pomposa embajada,
después que hubiesen visitado al preste Juan, o sea al monarca de Abisinia, o
por otro nombre, de la alta Etiopía.
No tenemos espacio para describir aquí aquel país, desconocido
hasta entonces de los europeos, ni para relatar los peligros y trabajos que
pasaron y los triunfos que obtuvieron nuestras dos atrevidas viajeras.
La Etiopía alta era y es a modo de inmensa fortaleza natural, de
nava dilatadísima, que se levanta, sostenida por abruptos cerros, muy sobre el
nivel de las otras circunstantes tierras africanas. Allí, encastillado,
resistiendo a la creciente inundación del islamismo, vivía, desde muy antiguo,
un pueblo cristiano, y había un reino un tanto decaído ya, pero en otro tiempo
muy poderoso, que se extendía por Arabia y por otras regiones.
Hacía ya más de treinta años que Pedro de Covillán había sido
enviado a aquel reino por el príncipe perfecto don Juan II. Aquel varón
simpático y astuto se había ganado la voluntad de los etíopes y singularmente
la de la sapientísima reina Elena, quien le tuvo por consejero y muy por su
privado. Pedro de Covillán se había hecho abisinio, grande del reino y
gobernador o más bien príncipe feudatario de fértiles y dilatadas comarcas. Él
influyó para que viniese a Lisboa y viviese en la corte de don Manuel el ilustre
señor Mateo, embajador del rey David y de la reina Elena.
En respuesta a dicha embajada, había ido a visitar al preste
Juan el ya mencionado don Rodrigo de Lima con gran pompa y séquito. En el
séquito descollaba el reverendo padre fray Francisco Álvarez, elocuente y
verídico historiador de la embajada misma, a cuya narración nos remitimos, y
alma además de las negociaciones diplomáticas, porque el tal don Rodrigo era
muito parvo, si hemos de dar crédito a las hablillas y murmuraciones de sus
subordinados. Todo esto, no obstante, importa tan poco a nuestra historia, que
debiéramos pasarlo en silencio. Bástenos decir que donna Olimpia se ingenió de
tal suerte y se dio tan buena maña, que se hizo amiga de Pedro de Covillán, de
don Rodrigo, y de todo el personal de la Embajada. Por este medio fue
presentada en la corte, que iba siempre vagando de un lugar a otro y habitaba
bajo hermosas tiendas en campamento vastísimo capaz de contener y que contenía
más de veinte mil personas, desde el Abuna o Patriarca, la clerecía, las
princesas de la sangre y los altos dignatarios, hasta los soldados y
sirvientes.
En fin, para no cansar a los lectores, consignaremos sin más
preámbulo que el preste Juan o soberano de aquella tierra, que se llamaba
entonces David, se enamoró perdidamente de donna Olimpia, y acabó por casarse
con ella.
David era ya casado, pero esto no era óbice, porque allí el rey
podía y solía tener dos mujeres legítimas: una se llamaba cuan-baaltihat o
reina de la mano derecha, y la otra, gerâ-baaltihat o reina de la mano zurda.
Esta última dignidad fue la que obtuvo donna Olimpia, mas no por eso fue menos
considerada, y según la etiqueta de la corte, severa y minuciosa por todo
extremo donna Olimpia fue tratada, respetada y atendida como esposa del Negus
Nagat, o rey de reyes y soberano señor de Aksum, de Homer, de Raydan, de
Habaset, de Sabá, de Silhi, de Tiyam, de Kas, de Bega y de otros Estados, de la
mayor parte de los cuales, ya in partibus infidelium, sólo quedaba el título.
Algo influyó donna Olimpia en la renaciente cultura de los
abisinios, y de ello con razón se jactaba. Censuró y condenó las muy frecuentes
borracheras de onfacomeli, bebida de que se abusaba mucho en Abisinia, y de
cuya composición, tal como la explica el diccionario de la Real Academia
Española, tantos donaires y chistes acertó a decir nuestro amigo don Manuel
Silvela. Con más eficaz energía se opuso aún a que los súbditos de su esposo
comiesen carne cruda, y sobre todo, a que los refinados y sibaríticos la
comiesen invirtiendo los trámites, o sea (no lo creeríamos si no nos lo
contasen autores de grave autoridad y respeto), cortando la carne del buey vivo
para que, sazonada con sal y pimienta, entrase en la boca conservando aún el
calor vital inimitable y delicioso.
Nuestra heroína logró modificar también el desorden abominable
con que solían terminar los banquetes, cuando se abusaba del onfacomeli y del
buey vivo. El desenfreno era tal, que el pudor de donna Olimpia hubo de
sublevarse, transmitiendo tan honrada sublevación a su esposo. Como en aquel
país hay muchísimas hienas, que tan cobardes como carniceras devoran las
bestias de carga y tienen miedo del hombre, aunque rodean e invaden a veces el
campamento regio, cada personaje de la corte y el mismo rey van siempre armados
de un látigo para osear y castigar las hienas con que tropiezan a su paso. De
este látigo se valió, pues, el rey David, incitado por donna Olimpia, para
infundir recato y compostura a sus cortesanos y hasta a las princesas de la
real familia en una de aquellas orgías endemoniadas.
Un poco atenuó también donna Olimpia lo sobrado servil de
algunas etiquetas o ceremonias de aquel ambulante palacio, impidiendo que en lo
sucesivo se pusiesen todos de rodillas, besasen la tierra y se prorrumpiesen en
jaculatorias o breves y fervorosas oraciones, no sólo cuando aparecía el Negus,
sino cuando cualquier rumor, como suspiro, tos o estornudo, indicaba su
cercanía.
Con tales mejoras, con tan buenos consejos y con el ameno trato
de donna Olimpia, el rey estaba cada día más prendado de ella. El nacimiento de
un principito puso el colmo a la ventura de amantes esposos. Pero el rey
enfermó y creyó a pies juntillas que era llegada su última hora.
No había que vacilar ni que retardarse. Muerto el rey, le
sucedería al punto su primogénito, hijo de la reina de la mano derecha,
príncipe muy apegado a los antiguos usos y muy receloso además. De seguro que,
no bien empuñase el cetro, encerraría a donna Olimpia y a su vástago en cierto
castillo, levantado a este propósito encima de muy alta y escarpada roca,
adonde sólo podía subirse por estrecha escalera abierta en los duros peñascos y
muy bien defendida y custodiada. En aquel retiro, a fin de evitar contiendas
civiles, eran encerrados cuantos podían tener algún derecho a la sucesión de la
corona, arrancándoles a menudo los ojos con sabia cautela.
Era menester evitar tan ruda catástrofe. El Negus tenía que
enviar un embajador al bajá que, derribado ya el poder anárquico de los
mamelucos, gobernaba en el Cairo. El Abuna, al mismo tiempo, tenía que enviar
un mensajero y parte del diezmo al Patriarca de Alejandría, de quien era
sufragáneo. Se aprovechó, pues, aquella excelente ocasión, y con la lucida y
bien custodiada caravana se largó de Abisinia donna Olimpia, en compañía del
principito, de Teletusa y de sus dos fieles escuderos, que nunca la
abandonaron.
En su tránsito por Egipto vio y admiró donna Olimpia la esfinge,
las pirámides y multitud de otros monumentos del tiempo de los Faraones.
Llegada sana y salva a Alejandría, se embarcó con su gente en un
barco mercante de Venecia que navegaba con diploma o patente del gran turco
Solimán, a quien para obtener tales diplomas pagaba un considerable tributo
anual la Señoría.
A la vista ya de la costa occidental de Italia ocurrió la enorme
desventura de que el barco veneciano fuese apresado por el corsario, o más
bien, por el feroz y desalmado pirata cuya merecida y trágica muerte hemos ya
narrado. El diploma del gran Sultán de los osmanlíes, aunque fue exhibido,
estaba escrito en vítela con letras de púrpura y oro y era una maravilla
caligráfica, no sirvió absolutamente de nada. El pícaro corsario supuso que era
falso, a fin de no darle cumplimiento, y se llevó a remolque el barco
veneciano, transbordando a su galera y hasta a su camarote a donna Olimpia y a
Teletusa.
- XLII -
Terrible situación era ésta para una reina, aunque fuese de
Abisinia y de la mano zurda.
Según los anales etiópicos, allá en tiempo del rey Salomón, hubo
en Etiopía una señora llamada Makeda que no fue otra sino la misma reina de
Sabá, la cual visitó al monarca de Israel examinó y tomó el pulso a su
sabiduría poniéndole mil acertijos y enigmas, y le enamoró además hasta el
punto de volver ella a su país muy ilustrada y en estado interesante. El
augusto niño que nació de resultas, se llamó Menilek o Menelik, y fue
antiquísimo y reverendísimo tronco de la dinastía a la sazón reinante, en cuya
comparación eran frescas, plebeyas de ayer y de mañana todas las dinastías de
Europa.
Ansiosa estaba donna Olimpia de rivalizar con la señora Makeda,
y aun de obscurecer la gloria de otra reina de Etiopía llamada Candace, que se
hizo cristiana y difundió la verdadera religión entre sus súbditos, inducida a
ello por su virtuoso valido, aquel eunuco a quien convirtió el diácono Felipe,
explicándole un texto obscuro de Isaías.
Donna Olimpia proyectaba criar y educar a su principito con el
mayor esmero por monjes benedictinos, ya que todavía ni San Ignacio de Loyola,
ni San José de Calasanz habían fundado escuelas, y luego que estuviese bien
educado y crecido, enviarle a conquistar la Abisinia y a sacarla de la barbarie
en que había caído.
El corsario argelino había venido en mal hora a contrariar tan
altos proyectos.
Durante dos o tres días, sin embargo, renació la esperanza de
donna Olimpia.
El Mediterráneo se hallaba a la sazón surcado de continuo por
muchas galeras de los Caballeros de San Juan de Jerusalén los cuales vagaban
sin hogar de un punto a otro. Acababan de perder la isla de Rodas, que era su
dominio. Solimán, poderoso monarca de los osmanlíes, había dirigido todas sus
fuerzas contra aquella isla, la cual, después de largo asedio y de una defensa
pasmosamente heroica en que perecieron más de cien mil turcos, tuvo necesidad
de rendirse. Honrosa fue la capitulación que firmó el Gran Maestre Felipe de
Villiers de Lisle Adam, quien salió con armas y banderas desplegadas y con
cinco mil personas que le siguieron. La noble emulación entre los Caballeros de
las ocho lenguas, su espíritu militar y su ardiente fe religiosa dieron aspecto
de triunfo a aquella pérdida, hermoseándola con palmas y laureles.
Los expulsados Caballeros de Rodas vagaban por el Mediterráneo
en sus galeras ansiosos de tomar en los corsarios algún desquite.
Dos galeras de los Caballeros de Rodas avistaron la galera del
corsario y la persiguieron con ahínco; pero la galera del corsario era
ligerísima y despiadados sus cómitres. El rebenque, cayendo sobre las espaldas
de los forzados, acrecentó su fuerza locomotora, y el corsario logró escapar de
la persecución, aunque sin arribar a Argel, sino llegando en su fuga hasta
cerca de las Costas de Málaga. Desde este puerto divisaron el bajel corsario
barcos de guerra de Castillo que salieron a darle caza. Acosado el corsario por
todas partes pasó el Estrecho de Gibraltar para ponerse en cobro.
En aquellos días de angustia, el corsario, como era natural,
estaba muy rabioso y se sentía capaz de toda suerte de atrocidades.
Infortunadamente, el principito estaba muy empalagoso con los dolores y
molestias de la dentición. De noche, sobre todo, tomaba estruendosas perras,
berreaba mucho y no dejaba que ni donna Olimpia, ni Teletusa, ni el corsario
pegasen los ojos. El corsario, durante tres noches, lo aguantó todo por
galantería; pero en la noche cuarta, se puso tan nervioso y tan frenético, que
apenas nos atrevemos a decir lo que hizo, tanto es el horror que nos causa.
Imitando, o mejor diremos, prefigurando al héroe de una novela de Gabriel
d'Anunnzio, aunque sin premeditación ni alevosía, sin sutilezas psicológicas y
sin celos retrospectivos, sino en el arrebato y en la excitación del insomnio,
agarró al principito y lo arrojó al mar por la ventana del camarote.
Desgarradores fueron los gritos que en aquella ocasión lanzó
donna Olimpia, al considerar que se ahogaban sus más bellas esperanzas. Donna
Olimpia tuvo, sin embargo, que callarse, porque el corsario, brutal e iracundo,
la amenazó con arrojarla también al mar si no se callaba.
De lo que ocurrió al día siguiente ya hemos dado cuenta. Ya
sabemos cómo el corsario pagó de una vez todos sus delitos.
Cuando Morsamor supo los lastimeros ocasos que acabamos de
referir, se compadeció de donna Olimpia y procuró consolarla; pero el cuidado
de su nave le preocupaba más todavía. Y como iba ya acercándose a la costa,
Fréitas había muerto y no era muy de fiar el contramaestre, Morsamor velaba y
sólo por breve rato entraba a reposar en la cámara.
- XLIII -
Antes de amanecer, se levantó Morsamor y fue sobre cubierta.
Fresco vientecillo de Poniente empujaba la nave hacia la costa.
Era de esperar que, al rayar el alba, llegase la nave a la desembocadura del
Tajo, y penetrando y subiendo por el río, se presentase frente a Lisboa.
En pos de la nave de Morsamor iba el barco del vencido corsario
argelino, brillante trofeo de la recién alcanzada victoria.
Tiburcio de Simahonda había tomado en él el mando. La bandera de
Castilla, izada en el mastelero de gavia, continuaba allí en señal de posesión,
a pesar de la noche. De las entenas pendían, cual horrible adorno y para
ejemplar escarmiento, los cadáveres del capitán argelino y de ocho satélites
suyos, cada uno de ellos colgando por el pescuezo con un lazo escurridizo.
Densísima niebla lo envolvía todo. En la vaga penumbra del
crepúsculo sólo se percibía la forma indecisa del bajel apresado, como negro
bulto que se destacaba sobre un fondo de color de ceniza.
Ni los cercanos montes de la costa, ni las pálidas y moribundas estrellas,
ni mar ni cielo se percibían con claridad. Si algo se vislumbraba era como a
través de muy tupido velo.
Morsamor, triunfante, se engreía y deleitaba en la contemplación
de su gloria, sólo compartida acaso por Fernando de Magallanes. ¿Habría éste
logrado o iría pronto a lograr su propósito después de pasar el Estrecho donde
encontró Morsamor el rastro y las muestras de su cruel energía? Morsamor se lo
preguntaba y no acertaba a responderse. Pero fuera cual fuera la respuesta que
diese al cabo el destino, la gloria de Morsamor, aunque compartida, no
menguaba. Él había circunnavegado el planeta, obtenido experimental
conocimiento de su magnitud y de su forma, y cerrado el ciclo de los grandes
descubrimientos y navegaciones.
Soberbio, engreído estaba Morsamor por todo ello. Y sin embargo,
en vez de ensancharse su corazón y de regocijarse, se sentía abrumado en
aquellos momentos por amarga tristeza. Un enjambre de pensamientos
desconsoladores acudían a su espíritu y le atormentaban y picaban con ponzoñoso
estímulo. Y en aquel estímulo ponzoñoso había, como en el estro de los poetas,
la eficacia de revestir de imágenes lo pensado, prestándoles movimiento y vida
y poblando y animando con ellas el ambiente de nieblas que a Morsamor
circundaba.
No, no era arco triunfal el que acababa de erigir y por donde
gloriosamente se entraba en la edad moderna. Era más bien puerta con que él
cerraba y terminaba un inmenso periodo histórico, una larga serie de más de
treinta siglos, durante los cuales los pueblos que habitan en torro del Mar
Mediterráneo habían sido guías, iniciadores, maestros y hierofantes del humano
linaje. Egipto, Fenicia, Grecia, Italia y España, habían tenido sucesivamente
el primado, el cetro y la virtud civilizadora.
El mismo orgullo de Morsamor, el superior valer que atribuía a
sus hechos se revolvía en daño suyo y servía para deprimirle. Acabada por él la
obra que incumbía a los pueblos meridionales de nuestro continente, la fuerza,
el imperio y la inteligencia dominadora iban a pasar a otras manos.
Al reconocer Morsamor tal como es la tierra en que vivimos,
había disipado el encanto que nos hizo señores de ella. La abandonaba su fe, y
con su fe la abandonaban los genios, los dioses, y los poderes e inteligencias
sobrenaturales que sucesivamente su fe había creado. Esquilmado y seco el
suelo, no se prestaba ya, aun herido de nuevo por el corcel con alas, a que
brotase de él otra Hipocrene. Circe y Calinso huían buscando refugio y sin
hallar en los mares espacio misterioso y esquivo y afortunadas islas donde
erigir espléndidos palacios, socavar frescas grutas y plantar deleitosos
jardines para recibir, agasajar y embriagar de amor a los héroes. Venus no
surgía ya del seno de las ondas salobres, ni las Nereidas, abandonando sus
alcázares submarinos, venían a consolar a Aquiles por la muerte del amigo, ni
aparecían en limpia y hermosa desnudez ante los ojos mortales de Jasón y de sus
compañeros que iban a conquistar el Vellocino. Los oráculos callaban; cesaban
los milagros. Parados y ocultos los cíclopes, ni en Letnos ni en las cavernas
del Etna forjaban armaduras lucientes. Apolo y las musas sentían el prurito de
abandonar a Delos, el Parnaso y el Pindo, de salvar las Montañas Rifeas y de
instalarse en las regiones hiperbóreas, mientras no las visitaba algún viajero
curioso y les quitaba todo su hechizo. En suma, era tan temeroso y destructor
el desencanto que Miguel de Zuheros imaginaba haber producido, que hasta los
santos y los ángeles se iban volando y abandonaban nuestra tierra desengañada.
Pero las cristalinas esferas se habían desbaratado y roto, no giraban ya en
arrebatada consonancia y nadie podía oír su musical armonía en los
arrobamientos del éxtasis. Soledad y fúnebre silencio reinaban en la fría y
desierta amplitud del éter sin límites. Muy lejos, muy lejos de los hombres
tenían que subir les coros celestiales para acercarse al primer móvil y
descubrir el Empíreo.
Así se atormentaba Morsamor con cavilaciones nacidas de vanidad
atrabiliaria en que muchos después de él han caído y caen. Han creído que
llevaban en una mano la férula del progreso y la antorcha de la razón en la
otra, y que iban arrollando con ellas cuantas creencias y poesías se les
paraban delante, despejando el mundo de visiones y de fantasmas para que sólo
quedase en él la realidad monda y escueta.
Y sin aquietarse Morsamor y pasando adelante en su cavilar
lastimoso, supuso, por último, que la ciencia empírica, hija del exterior
sentido, iba a arrebatarnos el imperio y a dársele a los pueblos del Norte,
patentizando el jactancioso embuste de las profecías del padre Ambrosio.
Morsamor dio entonces forma y vida a este nuevo pensamiento, y vio en torno
suyo discurrir entre la niebla diminutas y vaporosas semideidades, geniecillos
sutiles que apenas eran algo y casi se convertían en flores retóricas: gnomos
deformes y enanos, que trabajaban sin cesar en el centro obscuro de la tierra y
sacaban de allí para sus naciones favoritas piedras y metales preciosos, raros
documentos de los archivos subterráneos, y primitivas selvas, alimento del
fuego, motor y artífice infatigable. En pos venían los silfos y las ondinas. Y
luego las aladas salamandras extraían del escondido seno de las cosas una
incomprensible virtud, de mayor ligereza que la luz y el fuego, rápida y
potente como el rayo, y se la prestaban a los hombres para que iluminasen y
moviesen con ella los seres inertes y obscuros y transmitiesen con instantánea
y casi ubicua rapidez el pensar y el sentir, la palabra y el sonido.
Salió al fin Morsamor de aquel piélago de tristes meditaciones
en que se había engolfado.
El sol, que se alzaba sobre los montes, desgarró los velos de
niebla que los envolvían. Morsamor vio entonces el promontorio que estaba cerca
y hacia donde dirigía el rumbo su nave. Enseguida reconoció que eran los cerros
de Cintra, cubiertos de feraz y lozana verdura. En la más alta cima de la Peña,
creyó distinguir con envidia al enamorado Bernardín Riveiro, que todavía oteaba
la extensión del Atlántico y buscaba con lágrimas la estela de la nave que le
arrebató a doña Beatriz.
Y vagando por la frondosidad umbría de aquellos valles apareció
también a Miguel de Zuheros la virginal figura de doña Sol de Quiñones, que no
le censuraba, sino que le compadecía de que volviese a verla, olvidado de su
poético enamoramiento y acompañado y consolado por donna Olimpia. La Ínsula
Firme se había sumergido también en el Atlántico como otras mil fábulas
venerandas. En ningún mapa habría ya sitio en que ponerla. Ni era menester,
porque el mágico Apolidón había derribado el Arco de los leales amadores,
enojado de que ya nadie pasara por él, como pasó Amadís fiel a Oriana.
- XLIV -
Poco satisfecho estaba Morsamor de sí mismo en aquellos
instantes. Cuando iba a llegar al término de su peregrinación, un fúnebre
presentimiento contristaba su alma. La agitaba negra tempestad de pasiones.
De súbito se encapotó el cielo con densas nubes. Por breve rato
hubo calma abrumadora como si algo pesado oprimiese el ambiente. Pero pronto se
desencadenó la tempestad más furiosa. El viento del Norte sobrevino con ímpetu
rabioso y sacudió y levantó las aguas del mar en gigantescas olas. Chocaron las
nubes con estruendo. Intensos relámpagos iluminaron siniestramente el aire. Los
rayos le surcaban de continuo.
El bajel apresado no tardó en apartarse de la nave de Morsamor.
La borrasca le llevó lejos de su vista.
Morsamor hizo esfuerzos inauditos para salvar su nave, harto
trabajada ya por larguísima navegación y por el choque y combate con el bajel
corsario.
Los marineros todos le ayudaron con celo y con brío en la ruda
faena, mientras que conservaban esperanzas; pero la nave, impulsada por los
vientos y por las olas, ya parecía elevarse a las nubes, ya hundirse entre dos
enormes montañas de agua, y no obedecía al timón, y se ladeaba a veces como si
fuera a volcarse, y el agua subía por cima de la cubierta, la barría con furia
y penetraba hasta el fondo.
Muchos tripulantes, en el delirio ya de la desesperación,
blasfemaban o rezaban y no acudían a la maniobra.
Casi abandonada la nave de dirección y de auxilios humanos,
corrió aún no poco tiempo con velocidad vertiginosa a merced del huracán que la
impelía sobre la líquida faz del Océano, que ya la levantaba en sus oleadas, ya
la precipitaba en la medrosa hondura que entre dos montes de agua a cada
momento se abría.
La nave de Morsamor no pudo resistir más. Acaso bastó a
destrozarla el furor de los vientos y de las olas. Acaso fue a romperse,
chocando contra oculto bajío. Ello es que la nave, desbaratada la trabazón de
sus tablas, se deshizo en pedazos.
Cada uno de los que la tripulaban luchó por la vida y procuró
salvarse como pudo.
En aquel momento de angustia, Morsamor cayó en el agua y pensó
salvarse nadando, pero pronto sintió un peso que le oprimía, que le estorbaba
nadar y que fatalmente iba a ahogarle. Despavorida donna Olimpia, pálida por el
miedo de la muerte, frenética de terror y de funesto cariño, se había agarrado
a Miguel de Zuheros, ciñéndole y estrechándole entre sus brazos.
O la falta de brío o la sobra de piedad impidió a Morsamor
apartar de sí aquel obstáculo que se oponía a su salvación: aquella mujer por
quien iba a perderse sin que ella se salvara.
Morsamor, en vez de rechazarla, en aquellos instantes, acaso los
últimos de su vida, la cogió con ternura.
Y movida ella por gratitud y por amorosa vehemencia, unió su
boca a la de Morsamor y la regaló con hondo y prolongadísimo beso.
Extrañas fueron las impresiones de Morsamor. Se figuró que donna
Olimpia absorbía con sus labios toda la mocedad y toda la vida nueva que las
pociones mágicas del padre Ambrosio le habían infundido. Volvió la vejez a
apoderarse de su cuerpo y empezó a sentirse casi decrépito. El frío del agua
atravesaba su carne, penetraba en sus huesos y le congelaba los tuétanos y la
sangre descolorida y pobre.
Todavía se sostuvo Morsamor en la superficie del agua, a su
parecer, por extraño e imprevisto socorro.
Tiburcio de Simahonda le tenía asido por la cabeza, impidiendo
que se hundiese; pero de sus hombres brotaron negras alas que velaron a
Morsamor la horrenda claridad de aquel día.
Por último, una sensación grotesca, a par que espantosa, vino a
colmar el delirio de aquella en su sentir postrera agonía. Los dos tremendos
rufianes, Asmodeo y Belcebú, le habían cogido cada uno por una pierna, tiraban
de él y le arrastraban al fondo de los mares.
Entonces Morsamor perdió el conocimiento y el sentido.
Reconciliación suprema
- I -
Después de las portentosas aventuras que acabamos de referir y
del trágico fin que tuvieron, bien podemos asegurar que no murió Morsamor. No
nos consta de qué suerte pudo salvarse. En nuestra historia hay aquí una
tenebrosa laguna. Saltemos por cima de ella y volvamos al convento en que el
padre Ambrosio seguía viviendo y ejerciendo sus artes mágicas.
Por su virtud, aunque se ignore de qué manera, nadie en el
convento había notado la ausencia de fray Miguel y del hermano Tiburcio.
Acaso el padre Ambrosio había evocado y atraído a dos espíritus,
que habían tomado la apariencia del fraile y del lego.
Acaso, sin evocar espíritu alguno, aquel gran mago había creado
dos fantasmas que reemplazasen en el claustro a los dos ausentes. Ello es que
nadie los echó de menos. Por lo demás, según imaginaban los otros frailes, fray
Miguel vivía siempre retraído, encerrado en su celda y casi de continuo
postrado en cama.
Lo que es ahora, bien podemos asegurar también nosotros que
Morsamor o fray Miguel, de vuelta ya de sus excursiones, yacía en cama, en muy
mísero estado. Sin duda, su segunda mocedad se había consumido toda en el
cumplimiento de las grandes empresas a que su voluntad y la ciencia del padre
Ambrosio la consagraron. Fray Miguel se hallaba casi ciego, más viejo, más
acabado, más baldado por los dolores que antes de remozarse y de encontrarse
apto para la fuga. Se diría que aquel impetuoso renacimiento de vitalidad, que
aquella fuerza nueva que de la profundidad de su ser había surgido, se había
derramado como torrente, se había volcado como ingente catarata y se había
gastado toda con rapidez en inauditas acciones, sin dejar resto alguno, sino
llevándose y arrastrando en su curso parte de la vida que él conservaba aún
antes del cambio prodigioso.
Pasaron algunos días en esta situación. Fray Miguel estaba cada
vez más enfermo y débil. Y sin embargo, lejos de ofuscarse o de anublarse, su
inteligencia se sentía bañada en luz serena y clara y fray Miguel creía o más
bien estaba seguro de que iban disipándose las nieblas o rasgándose los velos
que le encubrían la verdad, y de que empezaba a ver las cosas todas sin
alucinación alguna que se las desfigurase y trastrocase. Era, no obstante, tan
sigiloso y tan reservado, que nadie, ni el mismo padre Ambrosio, descubría los
cambios que iban realizándose en el fondo de aquel alma, aunque el padre
Ambrosio visitaba a menudo a fray Miguel y era perspicaz zahorí de los
pensamientos ajenos.
Llegó por fin un momento en que fray Miguel se encontró menos
agobiado de sus males, con la mente despejada, con las piernas y los brazos más
firmes para accionar y moverse y con la voz entera para poder expresar sin
fatiga ni esfuerzo cuanto sentía y pensaba.
Desvelado, en las altas horas de la noche, se levantó de su
mezquino lecho, se vistió precipitadamente el sayal, encendió con eslabón,
yesca y pajuela una lamparilla de hierro, salió de su celda, atravesó los
claustros desiertos y sombríos, se dirigió a la puerta de la celda del padre
Ambrosio, y llamó golpeando en ella.
Había cierto reposo enérgico en el espíritu de fray Miguel; mas,
aunque parezca contradictorio, coexistía con este reposo la impaciente
decisión, que no daba espera, de hablar al padre Ambrosio, de interrogarle
sobre no pocas dudas y de pedirle cuenta y explicaciones que las resolviesen.
El padre Ambrosio se oyó llamar, reconoció la voz de fray
Miguel, no pudo resistirse al imperio con que éste exigía que le oyese, se
vistió el hábito y le abrió la puerta refunfuñando.
Entró en la celda fray, Miguel, colocó su lamparilla sobre la
mesa, donde había papeles y libros, y la misma calavera y el mismo crucifijo
que la primera vez que allí había entrado. Se sentó fray Miguel en la silla en
que también se había sentado la primera vez, y diciendo tengo que hablarte,
excitó por señas al padre Ambrosio a que tomase asiento.
El diálogo que hubo entre ambos, y que fray Miguel comenzó,
requiere capítulo aparte.
- II -
-¿Qué delirio es el tuyo? -dijo el padre Ambrosio- Me pasma que
hayas venido a verme. Si te he de hablar con franqueza, no creía yo posible que
pudieses salir de tu celda, débil como estás, baldado por los dolores y velados
tus ojos de densa nube que desde hace algún tiempo apenas te deja ver
distintamente las cosas, sino de un modo vago y confuso como al través de una
neblina. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué has venido hasta aquí, con paso vacilante
e incierto, a tientas y sin duda apoyándote en las paredes? ¿Qué es lo que de
mí pretendes todavía?
Fray Miguel contestó:
-Pretendo que seas conmigo franco y leal, como yo lo he sido
contigo. Yo abrí para ti los más escondidos senos de mi alma y te mostré todos
sus arcanos. Nada te oculté ni de mis pensamientos ni de mis pasiones. Mi
espíritu, lleno de confianza en ti se te rindió por completo. Derecho tengo a
que tú también seas franco y leal conmigo. Vengo a pedirte cuenta de tu
conducta y de tus promesas. Dime toda la verdad. ¿Te has burlado de mí? ¿Me has
hecho víctima de un engaño? ¿Es cierto cuanto me ha ocurrido o ha sido todo
como yo recelo, una endiablada fantasmagoría? ¿Acaso las pociones mágicas que
me administraste, hundiéndome en hondo letargo, han suscitado visiones en mi
cerebro, grabándose en él con el poderoso vigor y con la clara distinción de la
realidad misma?
Interrogado el padre Ambrosio tan de improviso y de manera que
hacía imposible toda respuesta ambigua, permaneció en silencio y como quien
duda y cavila sobre lo que le incumbe contestar y sobre la forma en que la
contestación ha de ir expresada, para que implique la justificación o la
disculpa al menos. Después de larga pausa, contestó al cabo el padre Ambrosio:
-Sean cuales sean los medios que he empleado, ora se consideren
realidad, ora vano prestigio, no debes tú dudar de la bondad de mis
intenciones. Yo he querido sanarte a toda costa del peor de los males.
Recuérdalo bien, de un orgullo satánico despechado que te hacía aborrecible
hasta la misma bienaventuranza del cielo. Contra enfermedad tan horrenda, no
hay remedio, por duro que sea, que pueda censurarse. Supongamos por un momento
que cuanto viste, y cuanto hiciste, desde que por virtud de las pociones mágicas
imaginaste despertar remozado, todo carece de ser real fuera de ti. Aun así,
aunque yo haya tenido fuerza para crear en tu mente un mundo imaginario y para
dártele en espectáculo y para hacer de él amplio y pasmoso teatro en que tú
fueses el principal actor, bien puedes estar seguro de que he carecido de
fuerza para sujetar a mi propósito tu juicio y para someter tu voluntad a la
mía. Yo podré haberte ofrecido y presentado todas las ocasiones, todos los
objetos, todos los premios a que podía aspirar tu codicia, en que podía
hartarse tu sed de deleites y donde tu ambición y tu orgullo podían quedar
satisfechos; mas para lo que yo no tuve fuerzas, ni aun teniéndolas las hubiera
empleado, fue para violentar tu libre albedrío. Sueño o no, te considero responsable
de todos los actos de tu extraña vida de descubridor y navegante. Si me cabe
alguna duda es sobre el grado mayor o menor, sobre la intensidad de tus méritos
y de tus culpas. Hay no pocos extremos hasta donde no llega mi ciencia, si bien
presumo que no es tan sereno y firme el juicio en quien duerme como en quien
vela, y que tu voluntad, sin ser violentada por mí, pudo ceder más fácilmente
que en la vigilia a los incentivos que en sueños se le presentaron. De todos
modos, aunque tu gloria hubiese sido soñada, tú has sabido mostrarte capaz de
esa gloria, y aunque hayan sido soñados tus delitos, también eres responsable
de ellos, aunque no en tanto grado. En sueños tiene la voluntad menos brío para
resistir a la tentación que la provoca. Si no resiste y cede, entonces es menor
su delito; pero esa mayor flaqueza de la voluntad, que atenúa su falta si
incurre en pecado, tal vez da superior valer a toda acción buena que en sueños
se realiza, porque si la voluntad, poco briosa, basta a realizarla soñando, mayor
será su virtud cuando al despertar recobre todo su poder y le emplee en darle
cima. La diferencia entre el éxito dichoso, ya en la realidad, ya en el sueño,
es que en la realidad depende en gran parte de lo que llama el vulgo caprichos
de la fortuna, o sea de lo que los juiciosos y piadosos califican de
inescrutables designios de Dios, a fin de que se cumpla el plan maravilloso de
la historia y de que camine la humanidad hacia su término con dirección
invariable y segura. Todos nos agitamos y todos contribuimos a que se cumpla
dicho plan, quedando, no obstante, nuestra libertad en salvo, merced al
soberano concierto prescrito desde la eternidad por la Providencia.
-Tu discurso -dijo fray Miguel- se quiebra de puro sutil. En mi
sentir son alambicados y obscuros tus conceptos. Presumo, pues, o que no
entiendes o que entiendes lo contrario de lo que dices para mi consuelo y para
atenuar la crueldad de la burla que me hiciste. Es falsedad, es sofisma lo que
sostienes. Si no debo condenarme porque mis crímenes han sido soñados, tampoco
debo glorificarme si también han sido soñadas mis proezas. Convengo en que el
mal éxito o el buen éxito final es obra de la fortuna o, hablando
cristianamente, de Dios mismo; pero la acción, independientemente del éxito, no
vale sino en la vigilia para quien la ejecuta. En sueños, el avaro es generoso,
y tal vez quien despierto no se desprende de un maravedí para socorrer a un
pordiosero, es capaz soñando de prodigar todas las riquezas de los Cresos y de
los Fúcares. El cobarde puede soñar que es valiente. Hasta por lo mismo que
despierto le humilla y le atormenta su incurable cobardía, en sueños se
consuela creando y atribuyéndose el denuedo de que carece. En suma, yo infiero
de lo que me dices estas desconsoladoras y amargas verdades: que te has burlado
de mí; que mi segunda juventud, mis hazañas y mi gloria fueron soñadas; que mis
delitos también lo fueron; y que siéndole, quedan en duda las energías de mi
ser y no merezco ahora, ni más ni menos que antes, alabanza o vituperio,
galardón o castigo.
-Muy extremada manera es la de tu discurso, y a mi ver, es
falsa, pero no quiero que discutamos, porque así no lograríamos convencernos.
Baste para mi intento de convencerte de la aptitud y del poder que hay en ti,
tanto para lo bueno como para lo malo, la ilimitada confianza que en mí pusiste
y la constancia y el valor con que te sujetaste a mis conjuros, arrostraste
pruebas tremendas y no retrocediste, lleno de terror, ante mis mágicas
operaciones. Quien fue capaz de todo esto es capaz también de todas las hazañas
y digno de las victorias y de los triunfos. Sólo de la fortuna, sólo de las
circunstancias exteriores, y no de la virtud del alma, depende que en realidad
se logren o que sólo se logren en sueños. Eres injusto al afirmar que me he
burlado de ti. No; yo no me he burlado; yo quise confortarte, puse los medios
para conseguirlo, y lo hubiera conseguido si no fueses tú tan descontentadizo y
caviloso. Antes de que mi magia se emplease en ti, tú no habías sido héroe y
además dudabas de que pudieses serlo. Ahora, aunque puedes dudar de que en
realidad lo hayas sido, no puedes dudar del poder que para serlo habla en tu
alma.
A estas últimas palabras del padre Ambrosio, no replicó fray
Miguel para contradecirlas, ni mucho menos para manifestar que había quedado
convencido y satisfecho. Su única contestación fue un sonido inarticulado que
exhaló su pecho y que brotó de sus labios, de tan indefinible condición, que
podía dudarse de si era suspiro o refunfuño, bendición o maldición, muestra de
gratitud o de queja.
Hubo una larga pausa. Los ojos casi sin vista de fray Miguel se
fijaron intensamente en el padre Ambrosio, como si fuese el alma sin el
intermedio del material aparato quien por ellos mirase y viese. A pesar de su
poder mágico, y a pesar de su ánimo brioso, bajó los ojos el padre no pudiendo
resistir la intensidad y el fuego de aquella mirada. El padre, con todo, estaba
sereno y tranquilo. No le remordía la conciencia. Su conducta con fray Miguel
había procedido de la intención más sana.
Sin duda fray Miguel pensó lo mismo, después de la larga pausa y
de la mirada escrutadora.
No quiso, sin embargo, hablar más. Se levantó de la silla, tomó
su lámpara, pronunció un Dios te guarde, inclinando la cabeza, y se volvió a su
celda sin más explicaciones, preguntas ni discursos.
- III -
Pasaron aún más de cinco semanas después del coloquio nocturno
de que acabamos de dar cuenta. El esfuerzo violento y el consumo de vitalidad,
hechos por fray Miguel, para ir hasta la celda del padre Ambrosio y para hablar
con él lo que había hablado, produjeron terrible reacción, hundiendo a fray
Miguel en el mayor abatimiento físico. Se diría que hasta para hablar, hasta
para pronunciar algunas palabras, le faltaban ya bríos. Fray Miguel estaba
postrado en cama y callado como muerto.
Sólo acudían a visitarle en su celda el padre Ambrosio, cuya
reputación de excelente médico era grandísima e indiscutible, y el hermano
Tiburcio que, ayudante del padre, cuidaba de fray Miguel y le suministraba
alimentos y medicinas.
En medio, no obstante, de aquella enfermiza inacción de su ser
material y de aquel desmadejamiento y quebrante de su organismo, el pensamiento
de fray Miguel lucía con más viveza dentro de su cerebro, y como si le hubieran
nacido pujantes alas, se remontaba a luminosas esferas y veía o creía ver con
mayor claridad y serenidad que nunca, lo pasado, lo presente y lo futuro
fijando la mirada de águila en el radiante foco, donde lo real y lo ideal se
compenetran, se confunden y son una cosa misma.
En la mente de fray Miguel se realizó así saludable mudanza. En
virtud de ella, depuso todo enojo contra el padre Ambrosio. Lo que tal vez
consideraba antes como burla, le pareció lección provechosa, rica en beatíficos
resultados.
Harto bien conocía fray Miguel la postración de su cuerpo y la
proximidad de su muerte; pero, al mismo tiempo conocía con reposado júbilo que
nunca había estado su espíritu más sano, más perspicaz, ni más sereno que
entonces.
En tal disposición, quiso fray Miguel comunicar a alguien que le
comprendiese los pensamientos y las ideas que en aquellos momentos supremos
había en su alma. Y, movido por este anhelo, con voz sumisa y débil, no en una
vez sola, sino en varias veces, en diferentes visitas que el padre Ambrosio le
hizo, le fue manifestando en breves discursos su pensar y su sentir más
íntimos.
Piadosamente recogió el padre Ambrosio y puso por escrito
aquellas confidencias que ahora trasladamos aquí y que son como siguen:
-Veo con claridad, padre Ambrosio que la hora de mi muerte se
aproxima. La veo sin desearla y también sin temerla. Rara vez la duda ha
entrado en mi espíritu, y menos aún ha entrado en él una negativa convicción.
Pero aunque yo estuviese convencido de que la muerte era completa, de que para
mí no había nada después, ni pena, ni gloria de que yo tuviese conciencia, ni
siquiera una inconsciente prolongación de mi ser en el recuerdo de los demás
hombres, la muerte no me aterraría ni me afligiría. No es que yo esté
resignado. Es algo de más noble y de menos pasivo. Es que dando yo aún inmenso
precio a mi vida, la daría, la vertería toda en el seno de la naturaleza, en
una efusión de amor hacia ella y hacia el ser inmenso que lo ha creado todo y
que todo lo llena. Pero no, yo no dudo de mi inmortalidad individual y
consciente. Yo creo en ella, y ahora, cuando mis ojos, débiles y enfermos
apenas perciben la luz material, de la que huyen medrosos, luz clarísima,
procedente de foco increado, penetra e inunda mi mente, ilustrándola y
enseñándole la verdad. Yo fui, días ha, a tu celda con el intento de
interrogarte y de disipar dudas sobre mi última vida pasada. Ahora me
arrepiento, y nada te pregunto, porque nada quiero saber. Me es igual, me es
indiferente que hayan sido realidad mi razonamiento, mis peregrinaciones y mis
ulteriores crímenes y hazañas o que todo haya sido prestigios, embustes o
creaciones fantásticas formadas y sugeridas por tus elixires y linimentos y por
el pasmoso poder de tus mágicas artes. En estos últimos días, desde que volví
vi convento o desde que creí que había vuelto al convento, desde que me hallé
más viejo y abatido que antes, he cavilado y meditado mucho, y siento que se ha
mejorado y casi se ha transformado mi alma. Tal vez sin los últimos sucesos de
mi vida, ora sean imaginarios, ora sean reales, no hubiera sobrevenido en mi
ser esta transformación, esta conversión, que califico de dichosa. A ti te la
debo, y por ello te doy las gracias. El pensamiento, cuando no se expresa y se
determina por medio de la palabra, cuando persiste hundido en las profundidades
de nuestro ser, sin comunicarse y declararse a otro ser inteligente, es confuso
caos, de cuya verdad o de cuya mentira, de cuya bondad o de cuya
insignificancia no estamos seguros. La plena conciencia no aparece sino con la
palabra emitida y comunicada. Por eso es con Dios coeterno su Verbo. Ni el amor
inefable y divino hubiera brotado nunca en la mente suprema, si de la
contemplación del propio Verbo desde la eternidad no hubiera nacido. Débil
trasunto, pobre semejanza de tan altos misterios hay sin duda en el fondo del
alma humana. Dios, con su palabra, engendró el amor y creó el Universo. Yo, con
mi palabra, si acierto a expresar con ella lo que agita mi mente de un modo
confuso, engendraré también mi amor y daré consistencia a la todavía vaga
creación en que este amor mío ha de satisfacerse y aquietarse, cumpliéndose así
mi destino. Tales son los motivos que me impulsan hoy a dirigirme a ti y a
hacerte una confesión sincera y amplia, procurando poner orden y concierto en
mis ideas y expresarlas luego y presentarlas a tu inteligencia, creando yo así
mi luz, mi amor y mi universo hasta donde alcancen mis limitadas y débiles
facultades humanas.
- IV -
Fray Miguel se fatigaba tanto al hablar, que, en breve, tenía
que suspender su discurso y dejarle para otro día. Prescindiendo nosotros de
tales interrupciones, aunque en cierto modo marcándolas e indicándolas,
pondremos aquí los diversos fragmentos, unos en pos de otros en que fray Miguel
los pronunció y en el que el padre Ambrosio los conservó por escrito.
-Convencido estoy de que has querido darme una lección de moral,
parecida en su traza a la que dio don Illán de Toledo, famoso mágico, a cierto
ambicioso Deán de Santiago. Tú, con todo, no has querido demostrar que yo soy
ingrato. Tú estabas seguro de mi gratitud. Más alta era la moraleja que de mi
historia, semejante a la que refirió al conde Lucanor su consejero Patronio,
has querido tú sacar ahora. Yo soy buen discípulo, aspiro a ayudarte en tu
trabajo, y voy a sacar de él deducciones tan trascendentales que ya coincidan
con las que tú esperabas sacar, ya vayan más lejos o suban más alto todavía.
-Alégrate y enorgullécete. Has querido curarme de mi ambición
desesperada. Duro ha sido el remedio. Como quien con hierro candente quema un
cáncer, tú has curado el que roía mis entrañas. No sólo te perdono, sino que te
agradezco la cauterización. Mi sed de poder y de gloria se aquietó y sació con
satisfacciones soñadas. Hoy, al reconocer que fueron sueño, reconozco también
la vanidad de tales satisfacciones, aun cuando sean reales. El sabio lo ha
dicho: que ni la carrera es de los ligeros, ni la guerra de los fuertes, ni el
pan de los sabios, ni las riquezas de los doctos, ni la gracia de los
artífices, sino el tiempo y la casualidad en todo. De mis victorias y de mis
triunfos no debo, pues, jactarme. Si al tiempo y a la casualidad se deben, para
contentamiento de mi orgullo, lo mismo valen e importan, ora hayan sido
realidad, ora sueño.
-Tales son las consideraciones que me mueven a desechar,
primero, el engreimiento personal, y más tarde el engreimiento de nación y de
casta. Por cima de todo está Dios, y, con él con la fe y la esperanza de que no
hay mal que no sea aparente o caduco y que no se ordene a fin dichoso y grande.
Así, en mi interior meditación vine yo a resignarme y a buscar y hallar dulce
quietud y algo a modo de bienaventuranza en mi plena conformidad con los
designios divinos. Me desnudé del estrecho egoísmo y arrojé lejos de mí el amor
propio sin anhelar ya gozarle complacido y sin el temor ya de sufrirle
lastimado.
-Conforme hubiera estado desde entonces mi voluntad con la
voluntad del Altísimo, si un obstáculo, que me pareció insuperable, no se
hubiera opuesto. Con este obstáculo he tenido que trabar tremenda lucha. Yo
pude libertarme de la ambición y de la codicia, pude desdeñar y desdeñé gloria,
poder y riqueza. El amor de la mujer quedó, no obstante, firme en contra mía,
atajando el camino por donde ansiaba yo acercarme a la reconciliación suprema.
Disípense en buena hora como niebla o como humo todas las proezas de que me
sentí capaz, y que realicé o soñé. Lo que yo no consentía era que el amor de la
mujer también se disipase. Hasta los crímenes, hasta las horribles tragedias
que este amor produjo, no me resignaba yo a que se convirtiese en sueños,
convirtiendo en sueños el amor mismo. Urbási, la bella Urbási, se me aparecía,
como recuerdo vivo le algo real, no como sombra fantástica, y me mostraba su
admirable y hermosa figura y el blanco pecho desnudo, donde yo veía, en el lado
del corazón, profunda herida brotando hirviente y roja sangre que ansiaba yo
restañar y represar con mis labios. Pena infernal me causaba esta aparición
trágica; pero me causaba a la vez tan inefable y sublime deleite, que mi alma
toda se enfurecía de que fuese aquello ilusorio y vano y pugnaba aún por
mantenerlo, al menos por recuerdo, como real y consistente. No; la causa de
nuestro amor a la mujer no reside sólo en nuestro miserable cuerpo. Aunque el
cuerpo decaiga, envejezca y enferme, el alma, inmortal, sigue amándola. El alma
inmortal es alma de mujer o de hombre, y, a veces, imaginaba yo que esta
diferencia de inmortal duración hacia también inmortalmente duradero e
invencible el amor que una mujer me había inspirado. Y esta mujer, o, si se
quiere, este hermosísimo, aunque terrible fantasma de mi mente, se interponía
entre ella y lo infinito en que su raíz estriba, y no me dejaba llegar hasta
él, reteniéndome cautivo y arrancando a mi espíritu las alas con que anhelaba
volar tan alto y el ímpetu vigoroso con que pensaba sumirse en el abismo del
ser y hacerse superior a todo lo creado y contingente al penetrar en dicho
abismo. No acierto a ponderar el esfuerzo pasmoso de mi voluntad para llegar a
destruir, después de haber destruido y roto los demás ídolos, la imagen
seductora de la mujer amada. Esta imagen, que llegué a suponer indeleble, lo
perturbaba y lo bastardeaba todo en mi alma. No había concepto moral ni
religioso al que ella no diese forma, profanando mi religión y convirtiéndola
en idolatría. Ella: su imagen, ya se me mostraba representando la ciencia, ya
la filosofía, ya la caridad, ya cualquiera de las otras virtudes, ya la ninfa
pulquérrima y predilecta del cielo, esposa o amante de los dioses inmortales y
madre dichosa de los semidioses o héroes salvadores. Yo me explicaba a mi modo,
porque también los sentía, los encontrados sentimientos que inspira la mujer,
desde hace muchos siglos. Ora el misticismo amoroso y caballeresco la ensalza y
la purifica como algo venido del Empíreo, como fuente inexhausta de todo noble
sentir y de todo arranque generoso, y crea la Beatriz y la Laura de los
egregios poetas; ora el ascetismo adusto la aborrece y la teme, como nido de
víboras, como oficina de embustes y de pecados, y como el más seguro anzuelo de
que se vale Satanás para perdernos. Rudo combate y grandísima pena me costó
lanzar de mi pensamiento la imagen de la mujer, que con tan contrarios aspectos
se me mostraba y que del efímero enlace o de la mentida concordia, producida
por la atracción irresistible que nos lleva hacia ella, hacía brotar discordias
sin término y dualidad irreducible, como si hubiese dos eternos creadores y
conservadores del mundo y no uno solo. En fin, mi empeño fue tan obstinado, que
logré borrar la imagen de Urbási, grabada en mi corazón como sello puesto allí
por el demonio en señal de que yo era su esclavo. Entonces brotaron de nuevo y
más pujantes las alas de mi espíritu. Y no por la ciencia, no por el presunto
conocer, sino con humildad, desprendiéndome de todo afecto pasajero, de toda
liviana inclinación a las cosas creadas, logré subir hasta el manantial
inagotable de donde todas manan y en el amor del bien soberano cifrar y
confundir todos mis otros amores, empezando por el de mí mismo. Hoy no hay mal
que bien no me parezca, ni desdicha que no me parezca ventura, porque lo que
Dios quiere no puede menos de ser lo mejor y lo más deseable. Aunque para el
cumplimiento de su inflexible justicia y a pesar de su infinita misericordia
tuviese yo que padecer las penas eternas, al padecerlas yo por su amor, gozaría
de tan inefable deleite, que se me transformaría el infierno en cielo, de la
misma manera que antes, dominado yo por el egoísmo, transformaba el cielo en
infierno.
- V -
Tales fueron las principales confidencias que fray Miguel de Zuheros
hizo al padre Ambrosio poco antes su muerte. Nada de semejante tuvieron, sin
embargo, ni fray Miguel quiso que tuviesen con la confesión auricular y
religiosa. Fueron más bien una expansión, un desahogo de ciertos sentimientos e
ideas en el seno de una persona entendida y poderosa, que había contribuido con
singular eficacia a que brotasen en el alma dichos sentimientos y dichas ideas.
Por lo demás, no bien receló fray Miguel que llegaba su última
hora, sintió acrecentarse su repugnancia hacia la ciencia profana, aunque no
fuese diabólica, del docto padre Ambrosio. Y como fray Miguel había vuelto a
Dios, y creía haberse elevado, hasta Dios, no por el conocimiento, sino por el
afecto, no por la ciencia, sino por el amor sencillo y puro, quiso tratar de
Dios y prepararse a bien morir y recibir la absolución de sus culpas, no de un
sabio mago, sino del fraile más cándido e ignorante que en el convento había,
simple por naturaleza y por gracia, pero lleno de aquel fervor religioso y de
aquella ternura que limpia, ilumina y enciende el espíritu del hombre
igualándole a los ángeles y a los serafines.
Llamado por fray Miguel acudió, pues, a su celda y a la cabecera
de su cama fray Pedro de Osma, el más sufrido, oscuro, silencioso y poco
instruido de todos los frailes del convento, pero asimismo el mejor acaso y el
más dulce y caritativo. Con él se confesó fray Miguel y de él recibió los
Santos Sacramentos.
Después de su casi inmediato y apacible tránsito a mejor vida,
como lámpara que suavemente se extingue porque se acaba el líquido que la
sostiene, y no porque la mate violenta ráfaga de viento, sus escuálidos y
consumidos restos mortales fueron sepultados en la huesa común sin que ninguna
inscripción recordase su nombre, el cual, así como su propia persona, cayeron
pronto en general olvido.
Sólo el padre Ambrosio de Utrera y el hermano Tiburcio le
recordaban a menudo y hablaban de él en sus conversaciones.
Muy orondo y satisfecho solía mostrarse el padre Ambrosio de
haber hecho por su arte mágica la portentosa conversión de fray Miguel de
réprobo a santo. De esto solía jactarse con el hermano Tiburcio. Pero aquel
pícaro hermano era la propia duda encarnada, la personificación de todas las
ideas negativas. Con insolente irreverencia se burlaba de las alabanzas que el
padre Ambrosio se complacía en otorgarse y lo explicaba todo sosteniendo que
fray Miguel de Zuheros, con colosal orgullo, no había querido dar su brazo a
torcer, ni declararse engañado sin fruto por el ensueño mágico volviendo a caer
en su nulidad y en su insignificancia antes de caer en la sepultura.
Fray Miguel de Zuheros, según la opinión del hermano Tiburcio,
había inventado todo aquel misticismo de última hora para darse tono y para
engañar a la vez al mágico que le había engañado.
Contrariado éste, empezó a mirar con extraña zozobra al hermano
Tiburcio y acabó por sospechar que tal vez no era el hermano Tiburcio criatura
humana, sino espíritu familiar, revestido de forma corpórea, o producto nefando
de algún demonio o íncubo o súcubo, que con permiso del cielo y para castigo de
sus culpas le ayudaba en sus hechicerías, que él hasta entonces había creído
lícitas y naturales.
Tanto persistió el padre Ambrosio y tanto caviló sobre esto, que
cobró horror a la magia, quemó los librotes en que la estudiaba e hizo tiestos
o echó también fuego cuantos tatarretes, trebejos, chirimbolos y potingues para
su magia le habían servido. Después no pensó sino en leer libros devotos, en
rezar mucho y en hacer penitencia.
El padre Ambrosio, que vivió largos años siendo raro ejemplo de
longevidad, se confirmó en la sospecha de que el hermano Tiburcio era un diablo
o cosa parecida, porque no bien el padre Ambrosio se apartó del cultivo de la
magia, dicho hermano Tiburcio se escabulló o se desvaneció, y nadie sabe hasta
ahora dónde fue a parar, si es que los diablos alguna vez paran y se están
quietos.
Hasta aquí la historia de fray Miguel de Zuheros y el padre
Ambrosio, el notable mágico. Acaso nada enseñe. Yo la he contado, no obstante,
porque me parece curiosa. Ojalá que mis lectores la hallen también divertida.
Madrid, 1899
FIN


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