© Libro N°. 3036. Morir En Sudáfrica. Vázquez Figueroa, Alberto. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © Morir En Sudáfrica. Alberto Vázquez Figueroa
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MORIR EN SUDÁFRICA
Alberto Vázquez Figueroa
DURBAN,
SUDÁFRICA, julio, veintitrés. Associated Press.
El
Mauricius, un superpetrolero de matrícula liberiana, descargó ayer en el
terminal off-shore del puerto de Durban, ciento cincuenta mil toneladas de
petróleo ligero. Las autoridades impidieron a periodistas y curiosos
aproximarse al buque, que se hizo a la mar, rumbo al Atlántico, esta misma
mañana.
El
Mauricius no aparece en las listas del Lloyd's de Londres, ni en los registros
liberianos.
Elliot
Dunn se entretenía releyendo por enésima vez el télex, como si tratara de
encontrarle un nuevo sentido oculto que no acababa de desentrañar, cuando la
gorda Kety penetró en su despacho tan frescachona y pizpireta como siempre.
—Aquí
está lo que has pedido... —dijo—. La lista de todos los VLCC siniestrados
durante los últimos ocho años, y la de los matriculados en Monrovia, Liberia.
—¿Qué
es eso de VLCC?
—«Very
Large Crude Carnes...» Grandes Transportes de Crudos. Acabo de enterarme de que
ésa es la denominación oficial con que se conoce a los superpetroleros de más
de doscientas mil toneladas y, lógicamente, no he podido resistir la tentación
de demostrar mis profundos conocimientos en la materia. ¿A que te ha
impresionado?
Elliot
echó una ojeada a las listas y asintió convencido. Luego la miró de frente.
—Terriblemente.
Y ahora déjame trabajar. Tengo mucho que hacer.
Kety
negó con un gesto de niña mimada, mientras tomaba asiento, según su inveterada
costumbre, en el borde de la mesa, que crujió y se lamentó bajo su peso.
—No
me iré mientras no me digas qué estás maquinando. Me he pasado la mañana en el
archivo y quiero... ¡Necesito! saber de qué se trata.
Él
dudó un instante, por último le alargó el télex y señaló la puerta con ademán
autoritario:
—¡
Llévatelo y saca tus propias conclusiones! Se supone que eres periodista y te
pagan por pensar.
—Sí,
maestro.
Le
dejó solo, enfrascado en el estudio de los documentos que le había traído; el
primero de los cuales era una larga lista de doce nombres: Golar Patricia,
Berge Istra, Olimpic Bravery, Amoco Cádiz, Andors Patria, Atlas Titam,
Aeregeans Captain, Atlantic Express, Berge Vanga, Energy Determination, Salem y
María Alejandra, siniestrados en este orden y a partir de 1973, ocho por
explosión, dos por colisiones, uno por fuego y otro encallado. Tan sólo en
cuatro de los casos las causas del accidente aparecían perfectamente claras.
Los restantes se encontraban, de un modo u otro, bajo sospechas o investigación
por las compañías de Seguros.
Se
disponía a analizar la segunda lista, mucho más extensa, cuando sonó el
teléfono y reconoció, de inmediato, la voz de su ex-esposa.
—¿Elliot?
—inquirió Ángela con aquel marcado acento hispano que jamás perdería por más
que se lo propusiera.
—Sí.
Soy yo, cariño... Dime.
—Necesito
verte urgentemente.
—Pasaré
por casa esta tarde.
—No.
—La voz de Ángela sonaba extrañamente firme y decidida—. En casa no. Estarán
las niñas y se trata de ellas.
—¿Qué
han hecho ahora?
—Me
he enterado de que María del Sol está saliendo con Don Ziadie.
—¿El
jockey?
—El
mismo.
—Demasiado
pequeño para ella. ¿No te parece...?
—¡No
seas estúpido...! —fue la furiosa respuesta—. No me preocupa su altura. Me
preocupa que ese maldito enano tiene fama de haber cabalgado más mujeres que
caballos. ¡Voy para allá!
—¡Pero
Ángela!
Fue
inútil. Había cortado y Elliot Dunn sabía por experiencia que cuando su
ex-esposa se proponía hacer algo, lo hacía de inmediato.
Se
encogió de hombros y se centró de nuevo en la larga lista de los VLCC
matriculados en Monrovia, ya que Liberia, pese a su minúscula extensión
territorial y su casi nula importancia política y económica, figuraba a la
cabeza de las flotas mercantes del mundo gracias a un especialísimo régimen
fiscal cuajado de trampas y triquiñuelas.
Tuvo
que repasar, por tanto, una larga relación que incluía a más de la tercera
parte de los grandes tanqueros que navegaban por los siete mares, y se
emborrachó de nombres, cifras y direcciones hasta que, al tercer repaso uno de
aquellos nombres reclamó su atención.
Se
trataba del Amauri, un petrolero de doscientas veinte mil toneladas, construido
en Japón en 1974, y vendido, ocho años más tarde, a la Naviera Radar de
Liberia. Por más que buscó, no logró descubrir que la Naviera Kadar fuera
propietaria de ningún otro barco en toda la lista que tenía ante él.
Descolgó
el teléfono y marcó el número de Kety en el departamento de información.
—Averíguame
lo que puedas sobre la Naviera Kadar, propietaria del Amauri —pidió—. Y
entérate también de dónde se encuentra ese barco. Es urgente.
Tres
pisos más abajo, la computadora del “Saturday News” se puso en marcha, conectó
con otra, gigantesca, situada a cinco manzanas de distancia, en la confluencia
de la calle 37, y a los pocos instantes, empezó a recibir datos que la gorda
Kety y otras dos muchachas ordenaron con ayuda de un gigantesco archivo manual.
Media
hora más tarde, la propia Kety penetraba, satisfecha y sonriente, en el
despacho de Elliot y colocaba de nuevo ante él una hoja de papel pulcramente
mecanografiada.
El
periodista se caló las gafas para no verse obligado a extender el brazo todo lo
que daba de sí y leyó con atención.
«Naviera
Kadar: Villa Flora, Avenida Lincoln, Monrovia, Liberia. Fundada en 1982.
Barcos: Amauri. Director-gerente y único accionista: Alexander Kadar.
»Alexander
Kadar: Villa Flora. Avenida Lincoln, Monrovia, Liberia. Chipriota nacionalizado
norteamericano. 37 años. Experto en Banca, Bolsa y empresas navieras. Soltero.
En 1982 recibe una herencia con la que funda la Naviera Kadar. A los seis meses
compra el Amauri por trece millones de dólares.
»Amauri:
VLCC 220.000 toneladas. El tres de julio cargó ochenta mil toneladas de crudo
en Qatar. Actualmente navega por el índico con destino a Lisboa».
Se
quitó las gafas y la miró:
—¿Eso
es todo?
—De
momento. Aunque extraoficialmente, Information señala que Kadar es, a todas
luces, un hombre de paja. El monto de la herencia no está muy claro, y tampoco
se sabe quién puede haberle proporcionado tanto dinero.
—Tendría
unos ahorrillos.—Dejó el papel junto a los otros—. ¡Bien! —exclamó—. Mi trabajo
estriba ahora en averiguar de dónde sacó esos ahorrillos. Lo que está claro es
que aquí hay una historia. —Buscó un cigarrillo y ofreció otro a Kety que había
tomado asiento, una vez más, en el borde de la mesa—. Te apuesto una cena a
que, antes de lo que nos imaginamos, el Amauri va a parar al fondo del mar. Es
más... —añadió—, según mis cálculos ese hundimiento debe producirse frente a
Senegal.
—¿Por
qué Senegal?
—Porque
es el punto de aguas más profundas, cerca de la costa, en toda su ruta. Ahí se
hundió el Salem veintitantos días después que un «buque-fantasma» de nombre
Lema, descargara en el puerto de Durban. La historia se repite. Incluso en el
detalle de la herencia. También el propietario del Salem había heredado.
—¿Y
crees que las compañías de Seguro lo aceptarán?
—¿Qué
remedio les queda en el caso de que no aparezcan supervivientes...? Han
asegurado un barco y ese barco desaparece en el mar. Sin testigos.
Probablemente tan sólo una solitaria llamada de auxilio en la noche. Cuando ese
auxilio llega no hay nada, únicamente quizá, una gran mancha de petróleo y unos
cuantos salvavidas con el nombre del barco que estará a miles de metros bajo
ellos. —Agitó la cabeza negativamente—. O lo sacan, y demuestran que no llevaba
petróleo en los tanques sino agua salada, o pagan... Les sale más barato pagar.
—¿Y
los tripulantes?
—Unos
mueren... Otros, los que están en el ajo, se salvan y desaparecen para siempre.
Cambian de nombre y buscan otro barco.
—¡Diantre!
—exclamó la gorda—. Si logras demostrarlo será un reportaje cojonudo. ¡Un
reportaje cojonudo!
—Pequeña...
—fue la respuesta de Elliot—. Todos mis reportajes son cojonudos...
—...Y
si no le han dado todavía el Pulitzer es porque el mundo del periodismo es
injusto y está lleno de envidiosos. ¡La historia es vieja!
Ángela
había hecho su aparición en la puerta completando la frase, los besó uno tras
otro en la mejilla y tomó asiento encendiendo un cigarrillo.
—¿Te
importaría dejarnos solos, querida? —inquirió sonriendo amablemente a Kety—.
Tenemos que discutir asuntos familiares.
La
muchacha cruzó con Elliot una significativa mirada con la que parecía querer
anunciarle que el mundo se les venía encima, y salió sin una palabra, cerrando
la puerta a sus espaldas.
Ex-marido
y ex-mujer se miraron unos instantes; ella con gesto de irritación y él de
fastidio.
—Explícame
—pidió al fin Elliot—. ¿Qué diablos pretendes que haga porque a una de nuestras
hijas le gustan los caballos y a la otra los jinetes? Por lo menos no se
pelean.
—¡Muy
gracioso! —rió Ángela sin ganas—. Muy gracioso. ¿Tienes idea de qué clase de
tipo es Don Ziadie?
—El
que más dinero ha ganado en este país subiéndose a un caballo después de John
Wayne... Es rico, simpático, famoso, y con una facha increíble pese a ser tan
bajito. Treinta centímetros más y desbanca a Robert Redford.
—¡Pero
es casado!
—¡Vamos,
Ángela! —protestó él molesto—. Desde que nos divorciamos te has acostado por lo
menos con cuatro tipos casados, que yo sepa. ¿A qué vienen esos remilgos?
—A
que Don Ziadie tiene seis hijos con su segunda esposa. Y cinco con la primera.
—Eso
de montar garañones debe ser contagioso.
—Una
de sus hijas estudia con María del Sol. ¿Es que no te das cuenta? Él ya es
cincuentón y les separan más de treinta años.
—Nunca
lo hubiera imaginado —señaló—. Pero ahora que lo dices, tienes razón. Por lo
que recuerdo, debe ser mayor que yo.
—Lo
es —remachó Ángela—. Nuestra niña anda con un viejo zorro que cualquier día la
deja embarazada.
Elliot
meditó un instante, encendió una curvada cachimba que únicamente utilizaba en
su despacho y soltó un resoplido de consternación.
—¡Bien!
—admitió al fin—. De momento te aconsejo que empieces a disolverle píldoras
contra el embarazo en el cacao del desayuno. Luego pensaré a ver qué se me
ocurre.
—¡Sigues
siendo un hijo de puta! —sentenció Ángela segura de sí misma y convencida—.
«Pensarás en lo que se te ocurre.» ¡Lo que tienes que hacer es ir a partirle la
cara a ese enano de mierda.
—Eso
no solucionaría nada. —Elliot parecía ir adueñándose poco a poco de la
situación—. El año pasado cuando me acostaba con Lily Carson, que apenas es
mayor que María del Sol, tanto Paola como tú me avisabais del peligro, pero yo
estaba tan ciego que ni la más espantosa paliza me hubiera obligado a dejarla.
Menos efecto tendría en Ziadie, acostumbrado desde siempre a que le pateen los
caballos. Es un duro, y lo más probable es que acabara coceándome. —Hizo una
pausa—. Pero yo sé que tiene puntos débiles. —Alzó la mano como pidiendo
paciencia y tomó el teléfono marcando un número—. ¿Carolina? —inquinó—. Soy
Elliot. Por favor, busca en tu archivo privado todo lo que tengas sobre
hipódromos, apuestas, caballos y, en especial, sobre un jockey llamado Don Ziadie...
Si no recuerdo mal, debe haber algo, muy especial, de hace dos o tres años
relacionado con una yegua que, inexplicablemente, no ganó el Kentucky Derby.
—Colgó y se volvió sonriente hacia su ex-esposa—. Voila! —exclamó—. O poco
conozco ese ambiente, y me he dejado fortunas en el hipódromo, o en cuanto le
insinúe a ese enano que me gustaría entrevistarle con vistas a un gran
reportaje en torno a las apuestas y las carreras amañadas, captará la indirecta
y dejará en paz a María del Sol. ¿Contenta?
—¿Estás
seguro de que la dejará?
—Escucha,
pequeña —señaló en tono convincente—. Ziadie sabe que si yo publico lo que
tenemos sobre él, la mafia del juego, que es tan dura como la otra, no le
permitirá vivir más de veinticuatro horas. Y nadie arriesga la vida por un
capricho de diecisiete años, aunque sea tan linda como nuestra hija y haya
sacado tu culo.
—¿Y
crees que lo que haces es ético?
—¡En
absoluto! —admitió sonriendo—. Pero es tremendamente eficaz, no lo dudes. Tú
siempre has asegurado que tan sólo soy ético y honrado cuando escribo. —Su
sonrisa se hizo beatífica—. Pero no tengo por qué serlo de igual modo cuando
únicamente amenazo con escribir. Y ahora háblame de ti. ¿Cómo te encuentras?
La
respuesta sonó poco auténtica.
—Bien.
—¿Sales
con alguien?
—No
encuentro a nadie con quien valga la pena salir. —Hizo una pausa—. No puedo
evitar comparaciones.
—Eso
resulta siempre perjudicial, pequeña —le hizo notar—. Debes sobreponerte.
Aunque a mí personalmente no me agradara, reconozco que Cameron era un gran
tipo y tal vez hubieras podido rehacer tu vida con él, pero está muerto. Nadie
va a resucitarlo y tú eres aún joven y atractiva. Hay más hombres. Yo entre
ellos, sin ir más lejos. ¿Quieres que cenemos juntos esta noche? Conozco un
nuevo restaurante japonés que tiene un pescado crudo increíble...
—Odio
el pescado crudo —fue la tajante negativa—. Es a tu amiguita Blanca a quien le
gusta el pescado crudo, no a mí. —Se puso en pie bruscamente y se encaminó a la
puerta, malhumorada—. A veces tengo la impresión de que lo haces a propósito.
¡Vete al infierno!
Salió,
cerrando de un portazo, y dejando a Elliot desconcertado y meditabundo.
—Hubiera
jurado que era ella quien se moría por el pescado crudo —comentó para sí—. Debo
estar perdiendo la memoria.
Decidió
olvidar el incidente, tomó de nuevo sus gafas y releyó una vez el informe sobre
la Naviera Kadar, reafirmándose en la idea de que se encontraba en el buen
camino. Había muchos puntos oscuros y muchas coincidencias en la mayoría de los
siniestros marítimos de los últimos años. Sudáfrica sufría, a causa de su
política de Apartheid, un duro embargo petrolero, y como el petróleo era una de
las pocas riquezas naturales que no poseía, se veía obligada a proporcionárselo
por todos los medios a su alcance.
Por
fortuna para Sudáfrica, frente a sus costas tenían que pasar, necesariamente,
los grandes tanqueros, que, viniendo del golfo Pérsico, transportaban casi el
setenta por ciento del crudo que consumía Occidente. Conseguir que una pequeña
parte de ese crudo se quedara en el estratégico puerto de Durban no
constituiría, sin duda, más que una simple cuestión de astucia y dinero.
Calculó
por última vez la velocidad del Amauri y la distancia que habría recorrido
desde que saliera de Durban. Debería encontrarse ya a la altura de la Ciudad
del Cabo adentrándose en el Atlántico en un viaje de más de tres mil millas
hasta las Islas de Cabo Verde y las costas de Senegal, viaje en el que
emplearía al menos dos semanas.
Y
dos semanas era el tiempo que él necesitaba para investigar cuanto se refiriera
al misterioso tanquero, sacando la información completa en el momento mismo en
que los teletipos transmitieran la noticia de que un nuevo «accidente» había
enlutado los océanos, haciendo sonar una vez más la campana del edificio del
Lloyd's de Londres que, por tradición, tañía lúgubremente cada vez que un navío
se hundía en algún lugar del mundo.
Alzó
una vez más el teléfono, marcó un número y cuando una secretaria respondió al
otro lado, pidió:
—Soy
Elliot, preciosa. Entérate de cuál es la forma más rápida y cómoda de llegar a
Monrovia, en Liberia.
Le
despertó la voz de la azafata. Dentro de unos minutos tomarían tierra, y se
preguntó cómo se las arreglaría el piloto para encontrar la pista a través de
aquella cortina de agua, auténtico diluvio que se precipitaba con rabia
incontenible sobre un mar de árboles de los que ascendía un espeso vaho casi
palpable.
Árboles.
Cientos, miles, millones de árboles, pero pronto cayó en la cuenta que no se
alzaban aquí y allá, desordenadamente, como los había visto tantas veces en las
selvas que rodeaban otros aeropuertos africanos, sino que se trataba de árboles
idénticos entre sí, simétricos, monótonamente iguales en color, forma y
distribución, porque se disponían a aterrizar en el aeropuerto de la plantación
cauchera más extensa del mundo, Robertsfield en la que sus compatriotas de la
Firestone habían plantado casi diez millones de aquellos «gomeros» que un siglo
atrás enriquecieron al Brasil hasta que un aventurero inglés robó un saco de
sus semillas y acabó con el monopolio del caucho.
Pudo
cansarse de ver «gomeros», uno junto a otro como disciplinados granaderos
indiferentes a la lluvia y al calor agobiante, pues a lo largo de los casi
ochenta kilómetros que separaban el aeropuerto de la capital, no podía
encontrarse un solo espacio de más de siete metros sin que en él se levantase
un delgado tronco resinoso.
Pasaban
los negros «sangradores» con sus curvos cuchillos en una mano y la bolsa para
el látex colgada al hombro, indiferentes al calor y la lluvia y por la
carretera avanzaban en largas hileras mujeres con los pechos al aire
transportando en la cabeza grandes haces de leña o gigantescas cestas de frutos
tropicales. Olía a África.
Los
años de viajar habían desarrollado en Elliot una capacidad especial para
distinguir por el olfato y los sonidos los continentes e incluso los países y
en algún rincón de su cerebro se archivaban esos olores y esos sonidos, tan
familiares como una cara conocida o una voz amada.
Olía
a África; al África caliente y húmeda de las grandes lluvias torrenciales,
tierra empapada y árboles siempre rezumantes bajo los que se pudrían capas de
hojas que formaban con el paso de los siglos un manto de suelo negro y blando.
En
otros lugares del mundo la lluvia extraía de la tierra un aroma denso,
agradable y embriagador de cosa fresca y nueva, pero allí, en aquellas regiones
africanas, no era olor a tierra mojada, sino a gruesa alfombra empapada y nunca
seca, pues incluso durante los meses en que el sol lucía con mayor fuerza., el
techo de verdor mantenía el suelo en penumbras.
Justo
donde acababa la plantación, alcanzaron las primeras chozas de barro y chapa
ondulada de Monrovia, para adentrarse luego en el barrio residencial de viejos
edificios carcomidos por la humedad y patios de grandes baldosas reventadas por
las raíces de copudas ceibas, y ascendieron despacio hacia una breve colina
desde cuya cumbre un ancho edificio desteñido dominaba el mar y la amplia
desembocadura de un río de aguas oscuras.
—El
Ducor-Palace, señor —indicó el taxista—. El mejor hotel de la ciudad.
Elliot
Dunn lo observó con cierta desconfianza. Veinte años atrás pudo haber sido
lujoso, pero parte de la pared aparecía desconchada y el camino de entrada
presentaba un lamentable aspecto de desolación y abandono.
—¿Está
seguro? —inquirió incrédulo.
—Le
doy mi palabra, señor. En los otros no suele haber agua caliente.
Se
preguntó para qué diablos querría nadie agua caliente cuando, desde el momento
en que puso el pie en el edificio del terminal aéreo se sentía como en un baño
turco, pero admitió que ésa era al menos una muestra de que el Ducor-Palace
superaba en algo a los demás hoteles de la ciudad.
La
habitación en un tiempo debió ser suntuosa, el agua, fría o caliente, manaba de
un color marrón oscuro, y el timbre de la camarera no funcionaba, pero la
vista, desde la amplia ventana, resultaba realmente hermosa, dominando el mar,
el estuario del río, los rojos techos de la ciudad y el largo puente que la
unía al puerto; aquel minúsculo puerto ruinoso y sin sombra de astillero
alguno, pero en el que se encontraban matriculados cien veces más barcos que en
cualquier otro lugar del mundo.
Diez
minutos más tarde, cuando se convenció de que el agua no iba a aclararse por
mucho que la dejara correr, se dio una ducha, se cambió de ropa y buscó un taxi
que le condujera con la desesperante lentitud a la que todos los vehículos
parecían circular siempre en Liberia, a la avenida Lincoln.
Villa
Flora era un edificio de época pretérita; tal vez rosado en alguna etapa de su
vida; de diminuto jardín delantero, contraventanas desclavadas, cristaleras
rotas y techumbre por la que el agua debía penetrar con tanta o más libertad
que por entre las hojas de los copudos árboles vecinos.
Junto
a la puerta, protegido de la lluvia por una especie de plástico, un papel
escrito a máquina rezaba: Naviera Kadar. Para asuntos urgentes ponerse en
contacto con el señor Alexander Kadar, hotel Ducor-Palace.
Retrocedió
de nuevo hasta la puerta del jardín y contempló a la luz del crepúsculo de una
triste tarde en la que había cesado de llover sin que las nubes llegaran a
abrirse, la Sede Social de una compañía que disponía de trece millones de
dólares para adquirir uno de los mayores barcos del mundo y otra cantidad
probablemente cuatro veces superior para llenarlo hasta las bordas de petróleo.
Y
conocía a los árabes. No le fiarían cincuenta millones de dólares en petróleo
al mismísimo Onassis en sus días de gloria, y menos aún a una empresa que olía
a fraude a diez mil kilómetros de distancia.
—¿El
hotel señor Kadar? —inquirió de regreso al JL.
El
conserje echó un breve vistazo al casillero de las llaves e hizo un gesto hacia
la puerta del fondo.
—Debe
estar en el bar.
—¿Qué
aspecto tiene?
—Es
blanco.
—¿Y
qué más? ¿Se ha fijado en cómo va vestido?
El
hombrecillo, un negro diminuto que parecía ansioso por volver al libro en que
estaba enfrascado, negó con la cabeza.
—No.
No me he fijado. Pero está en la barra. Lleva un bigote muy grande.
La
vio en cuanto se acostumbró a la penumbra del bar con su corta melena de color
castaño rojizo de rebeldes mechones que le caían sobre el anguloso rostro
atractivo y decidido, y sus vivaces ojos negros que relampagueaban, no pudo
saber si divertidos o molestos, cuando la distinguió en el umbral de la puerta
de cristales.
Se
encontraba en el extremo de la barra, trepada en lo alto de un endeble
taburete, dejando bien a la vista sus perfectas piernas que fascinaban —como
toda su persona— al hombre de camisa blanca y grandes bigotes que se sentaba a
su lado.
Dudó,
pero ella agitó la mano y le sonrió ampliamente indicándole que se aproximara.
Se besaron con afecto, en la mejilla.
—¿Cuándo
has llegado? —inquinó Elliot.
—Ayer.
¿Y tú?
—Esta
tarde. ¿Qué haces aquí?
—Fotos
de las plantaciones de caucho para una campaña institucional de la Firestone
—replicó con su desparpajo habitual que siempre le desconcertaba en un
principio—. ¿Y tú?
—Negocios.
Tal vez montemos una sucursal liberiana.
Paola
pareció caer en la cuenta y extendió la mano como disculpándose.
—¡Ah!
Perdona. El señor Alexander Kadar... Elliot... Elliot... Nunca recuerdo tu
apellido.
—Duncan...
—replicó procurando que no se entendiera, y estrechando la mano del otro—. ¿
Norteamericano ?
—Nacionalizado.
Chipriota de origen.
—¿Vive
aquí, en Monrovia, o está también de paso?
—De
momento, vivo aquí, pero pienso trasladar mis oficinas a Ginebra. Soy armador
—añadió con indudable orgullo y lanzando una ojeada a Paola que fingía estar
muy impresionada por su importancia.
—Tiene
un petrolero enorme... —aclaró ella con la inocencia de una muchachita
deslumbrada por el auto deportivo de su pretendiente—. De no sé cuántos
millones de toneladas.
—Miles
—aclaró él—. Doscientas mil.
—Eso
es mucho —comentó Elliot como si no le importara en absoluto el tema y haciendo
un gesto al camarero—. Un Pipermint con hielo y agua —pidió—. Pero debe ser un
negocio arriesgado —bromeó con manifiesta intención—. Dicen que el petróleo se
acaba. ¿Qué hará entonces con su barco?
—Por
desgracia no creo que mi barco resista 26 hasta que el petróleo se acabe. Con
que aguante diez años me conformo. ¿Y usted a qué se dedica? Elliot había
tenido tiempo de meditar su respuesta y la lanzó con absoluta inocencia.
—Pinas.
—¿Cómo
dice? —Alexander Kadar parecía un tanto confuso.
—He
dicho pinas... De esas que se comen. Importamos unos sesenta millones de pinas
anuales. Y me han dicho que aquí hay buena tierra para cultivarlas.
—La
pina africana es más ácida que la americana —sentenció el otro convencido—. No
acabo de acostumbrarme y siempre tengo que echarle azúcar. No creo que le
guste.
—Si
la tierra sirve, importaremos nuestra propia variedad... —replicó Elliot con
una seriedad de entendido en la materia que estuvo a punto de obligar a soltar
una carcajada a Paola—. Nos ha costado muchos años conseguir un fruto perfecto,
jugoso, dulce y sabroso que creo que se adaptará a este clima. ¡Por cierto!
—añadió con la misma despreocupación—. Si no tienen compromiso, les invito a
cenar. En los aviones se come fatal. ¿Conoce un buen restaurante en la ciudad?
Quedaba
claro que Kadar hubiera preferido cenar a solas con Paola y dirigió a ésta una
suplicante mirada, pero la periodista continuaba mostrándose como la viva
imagen de la más pura inocencia.
—Por
mí encantada —aceptó—. Aún no había hecho planes para esta noche, aunque no
creo que en Monrovia haya muchos planes que hacer. —Se volvió al naviero—. ¿Nos
acompaña? Me gustaría que me contara algo más sobre esos barcos, y el negocio
del petróleo. Conviene saber un poco de todo, digo yo.
Kadar
dudó, pero al fin hizo un gesto de asentimiento y abandonó su taburete.
—De
acuerdo... —dijo—. Voy a reservar mesa o no conseguiremos comer nada
medianamente decente.
Elliot
le señaló un teléfono que aparecía al extremo de la barra.
—Puede
llamar desde ahí. El otro sonrió.
—¡No
conoce Liberia...! —exclamó—. La humedad pudre los cables, la mayoría de los
teléfonos no funcionan, y cuando funcionan, lo más probable es que al otro lado
de la línea salga un número que nada tiene que ver con el que has marcado.
Prefiero enviar un botones.
Lo
vieron salir y dirigirse a la conserjería. Luego se miraron y sonrieron,
felices del reencuentro y divertidos por la situación.
—¿Desde
cuándo le interesan los chanchullos capitalistas a un semanario comunista?
—quiso saber.
Paola
se encogió de hombros:
—Desde
el mismo día en que a un semanario capitalista le interesan los problemas de
los sindicatos polacos. ¿Cómo te encuentras?
—Ya
lo ves: Siempre en la brecha. Pero esta vez te has adelantado.
—Roma
está más cerca que Nueva York. ¿Tu mujer y las niñas?
—Muy
bien... —replicó—. Aunque María del Sol anda tonteando con un viejo jockey.
—Señaló hacia Alexander Kadar que parecía estar escribiendo una nota para un
negrito que aguardaba paciente—. ¿Qué sabes del pájaro?
—Poco
más que tú: Soltero, harto del país y la ciudad, y contando los días que le
faltan para regresar a la «civilización». Puedes jugarte la vida a que el barco
no es suyo.
—¿Crees
que va a hundirlo...?
—Por
eso estamos aquí, ¿no es cierto? Pero el caso es tan idéntico al del Salem que
me preocupa. Personalmente yo no repetiría dos veces la misma jugada.
—Yo
tampoco... ¿Trabajamos juntos?
Paola
Cavani meditó la respuesta mientras bebía un largo trago de su vermut rojo. No
podían existir dos puntos de vista más opuestos al enfocar una historia
periodística que el de un semanario izquierdista de Roma y el neoyorquino
“Saturday News”, pero le constaba que Elliot era un fiel aliado en el que se
podía confiar y contaba con recursos de los que una mujer, aunque fuera tan
decidida y profesional como ella no podía echar mano.
—De
acuerdo si lo publicamos la misma semana.
—Trato
hecho —admitió él, y mostró ampliamente sus dientes en la más inocente de las
sonrisas cuando Alexander Kadar se les unió de nuevo.
—He
mandado un botones a los tres mejores restaurantes de la ciudad —aclaró—. En
cuanto vuelva con la confirmación por escrito de que tenemos mesa reservada
podremos irnos. Me he acostumbrado a no confiar en nadie aquí.
A la
hora de los postres, Elliot Dunn se preguntó si había valido la pena tanta
precaución. El local, destartalado y con aires de pesada grandeza —lo que
parecía ser una tónica general en Monrovia— ofrecía una comida que pretendía
ser francesa y que, incluso a él, acostumbrado a adaptarse a todo cuando se
encontraba en «campaña», le resultó intragable.
—Comprendo
que tengas ganas de marcharte —comentó a partir del segundo plato, cuando ya se
tuteaban—. Soportar esta comida a diario debe ser un martirio. ¿Qué le ocurre a
este país? Se diría que le están devorando las ratas.
—Éste
no es un país sino dos —fue la respuesta—. Aquí dominó durante mucho tiempo una
élite llegada de Norteamérica, los «libertos», a los que el presidente Monroe
decidió devolver a África cuando comprendió el problema que los antiguos
esclavos significaban tras la guerra civil. Por eso se llama Liberia y por eso
su capital es Monrovia. Esa minoría educada en Estados Unidos y apoyada por
nuestro Gobierno sojuzgó muy pronto a la minoría nativa a la que mantuvo en la
ignorancia y la semiesclavitud hasta hace muy pocos años. Las plantaciones
caucheras consiguieron que el dinero circulara y se edificaran hermosas
mansiones que aún se ven en los barrios aristocráticos, pero ahora los
auténticos nativos superan en proporción de diez a uno a los descendientes de
aquellos quince mil libertos y con su derecho al voto han cambiado las cosas.
Resultado: la anarquía.
—Parece
más lógica esa anarquía que la sojuzgación de antes —señaló Paola con una
ligera alteración de la voz—. ¿O no?
Alexander
Kadar se agitó en su silla visiblemente inquieto, se volvió a Elliot como
buscando su colaboración y ante la impasibilidad de éste, concluyó por
encogerse de hombros.
—Es
posible... —admitió—. Desde el punto de vista humano, es posible. Pero lo
cierto es que ahora nada funciona. Las cañerías de mi oficina están atrancadas
desde hace un año, hay goteras y si tengo un accidente, mi coche no vuelve a
andar nunca porque no hay quien lo arregle. Por eso todos circulan siempre tan
despacio. Tienen miedo a que un golpe los inmovilice para siempre.
—Me
había fijado en que abundan los coches abandonados en las cunetas.
—Ése
es el problema —recalcó el chipriota—. Nadie quiere trabajar en nada práctico.
Todos sueñan con ser abogados y políticos. Les encanta la política. ¿Sabías que
no he logrado conseguir una sola secretaria? ¿Ni un administrativo? Ni nadie
capaz de colocar cerraduras en las puertas... ¡Es cosa de locos!
Elliot
había forzado muchas puertas en su vida, pero ninguna le había costado tan poco
esfuerzo como la entrada posterior de Villa Flora, pues hasta un niño con ayuda
de un alambre hubiera conseguido hacer saltar la cerradura, sujeta a la
carcomida madera por cuatro oxidados tornillos que milagrosamente se mantenían
en su sitio.
En
realidad, tampoco necesitaba más protección si es que aquello significaba
protección alguna, ya que el enorme caserón desvencijado aparecía abandonado,
casi vacío de muebles e incluso de lámparas y bombillas, y tan sólo una pequeña
estancia en un rincón del frente recordaba que en algún tiempo aquél fue un
lugar habitado por seres humanos.
Una
mesa, una silla, un teléfono sin línea, dos o tres lápices y un montón de
papeles en blanco constituían el patrimonio aparente de la empresa de Alexander
Kadar, y tuvo que bajar hasta los sótanos para encontrar algo que le fuera de
utilidad: varios sobres vacíos, sin remitentes y arrugados la mayoría de ellos,
pero con una única cosa en común: matasello de Johanesburgo. Le llamó sin
embargo la atención que uno, que no llevaba sellos, había sido facturado por
medio de una máquina impresora automática, de la que únicamente podía leerse:
«Curiosidades africanas. Pritchard Street».
«No
es mucho —se dijo—. Pero menos es nada..».
Siempre
había supuesto que las raíces de aquella confusa historia tendría que buscarlas
en Sudáfrica, y el descubrimiento de que el armador del Amauri estaba
relacionado de alguna manera con Johanesburgo no le sorprendía. Conociéndole,
resultaba claro que Alexander Kadar no era más que un títere. Lo importante era
descubrir quién se ocultaba tras él y tal vez aquel matasellos de Pritchard
Street pudiera serle de utilidad.
Abandonó
Villa Flora, recorrió despacio, dando un paseo como un simple turista
desocupado, las calles de Monrovia y se entretuvo en el mercado en el que
viejas nativas trataron por todos los medios de venderle desde un puñado de
bananas a un ramo de flores, pasando por apestosos comistrajos de sospechoso
aspecto y gruesos pescados recién sacados de las aguas en la desembocadura del
río en la punta del cabo Mesurado.
Bajó
luego hasta el mar, a contemplar a los pescadores que sobre frágiles piraguas
desafiaban las altas olas peligrosamente cerca de las rocas, comió a solas en
el hotel y a la hora de la siesta, cuando el calor aumentó hasta límites
insospechados y no se distinguía un alma por los pasillos, «se equivocó de
llave» al solicitarla en conserjería, y dedicó unos minutos a inspeccionar a
fondo la habitación de Alexander Kadar.
Tres
trajes, media docena de camisas, ropa interior, algunos libros, sobres y cartas
con el membrete de la Naviera Kadar, una diminuta máquina de escribir y un
sello de caucho, fue todo lo que encontró. Si Kadar poseía una libreta de
direcciones la llevaba encima y el dinero y los documentos comprometedores
estarían guardados, probablemente, en una de las cajas de seguridad del hotel.
Cuando
esa noche comentó con Paola el magro resultado de sus investigaciones, ésta
hizo un gesto de asentimiento:
—Tampoco
yo he conseguido más —admitió—. Me llevó a dar un paseo por los alrededores y
lo único que hizo fue insinuar que nada hay tan hermoso como hacer el amor en
medio de la selva, debajo de un ceiba gigante, rodeados por los cantos de los
pájaros y los rugidos de las fieras.
—¿Y
tú qué respondiste?
—Que
eso debería estar muy bien el día que no lloviera a cántaros. En este país, en
cuanto te alejas de la costa, te tiran el agua con cubos.
—Lo
sé. Y he decidido que eso es muy malo para nuestras plantaciones de pina
tropical. Mañana mismo me largo en busca de mejor clima. ¿Vienes?
—¿A
Johanesburgo? —inquirió ella divertida—. Desde luego.
—A
los sudafricanos no les gustan los periodistas —señaló—. Le tienen alergia.
—En
mi pasaporte no dice que sea periodista. Sólo «Relaciones Públicas». —Le besó
suavemente en la comisura de los labios—. Ya ves que he aprendido uno de tus
trucos.
—Hace
años que te lo venía diciendo. ¿Quién te hizo cambiar de idea?
—La
policía de Jean-Claude Duvalier. En cuanto vieron que era periodista, ni
siquiera me permitieron poner el pie en Haití. Me reembarcaron para Caracas en
el mismo avión.
—Conozco
a esos bestias —admitió Elliot—. Pero te comunico que, por lo que tengo
entendido, los policías sudafricanos no tienen nada que envidiarles.
El
primero que los atendió en el aeropuerto James Smut de Johanesburgo, no tenía
en realidad mucho que envidiar a los pistoleros haitianos. Alto, frío, rubio,
de uniforme impecable, enorme pistolón a la cintura, gafas oscuras y gorra de
oficial nazi, los observó con detenimiento, estudió sus pasaportes como si
buscara una trampa en cada una de sus páginas y al fin, con un ademán
autoritario indicó una puerta sobre la que podía leerse claramente destacado:
«Sólo blancos».
Otro
policía, casi calcado al anterior, los analizó con idéntico detenimiento cuando
abandonaron la terminal del aeropuerto y con un gesto seco llamó a un taxi en
el que podía leerse la misma inscripción: «Sólo blancos».
Al
cerrar la puerta tras ellos, asomó la cabeza por la ventanilla e inquirió:
—¿Es
su primera visita a Sudáfrica? —Ante el mudo asentimiento, añadió en un tono
que no podrían definir si fue de amenaza o advertencia—. Nunca tomen un taxi
conducido por un negro —señaló—. Fíjense siempre en el letrero. —Hizo una pausa
y concluyó marcando mucho las palabras—. ¡Fíjense siempre en los letreros!
Están puestos para ser obedecidos.
En
ese momento, a su lado arrancó un taxi en cuya puerta se destacaba claramente:
«Sólo negros».
Como
si le molestara que el destartalado taxi de los negros se hubiera atrevido a
adelantarle, el rubio chófer arrancó con un chillido de neumáticos y lo dejó de
inmediato atrás, enfilando una ancha y hermosa autopista que se abría camino
por una extensa planicie de hierba salpicada de aisladas acacias que años atrás
debió constituir un hábitat perfecto para gacelas, antílopes y jirafas.
A
los pocos minutos comenzaron a hacer su aparición a derecha e izquierda altas
alambradas tras las que se amontonaban chozas de lata, cartón y madera junto a
otras de barro y techos de paja ante cuyas puertas docenas de niños negros
jugaban entre montañas de detritus y charcos pestilentes mientras mujeres
indígenas de rostro envejecido cruzaban transportando grandes bultos sobre las
cabezas.
Algunos
chiquillos se aferraban a las alambradas observando con enormes ojos oscuros a
los automóviles que pasaban.
—¿Quiénes
son? —quiso saber Elliot. El taxista le observó a través del espejo retrovisor.
—Las
familias de los «cafres» que trabajan en la ciudad —replicó—. Hay más de un
millón de negros ahí dentro, pero no se preocupe, están bien controlados.
—¿Cómo
pueden vivir entre tanta basura? _,se asombró Paola—. Huele que apesta.
—A
los «cafres» les gusta, señora —señaló el otro convencido—. Son como animales.
Si les das una casa decente con baños y cañerías la destrozan y vuelven aquí.
—Luego, al advertir que no hacían comentario alguno, inquirió interesado—:
¿Turistas?
Elliot,
abstraído por el triste espectáculo del miserable poblacho, tardó en reaccionar
y replicar de mala gana:
—Más
o menos. Tenemos una cadena de tiendas de regalos y aprovecharemos para
llevarnos algunos objetos exóticos. Ya sabe: pieles, marfil, máscaras y cosas
así.
—Encontrará
cosas muy bonitas aquí—admitió el sudafricano—. Puedo llevarle al negocio de
unos amigos que les harán un precio especial.
Las
chabolas habían quedado atrás, siempre rodeadas de alambradas, y al doblar una
curva apareció ante ellos una larga y compacta hilera de tanques cuyos cañones
parecían apuntarlos directamente.
Rubios
soldados de aire marcial montaban guardia junto a los pesados vehículos de
guerra y un helicóptero cruzó volando muy bajo en dirección al barrio indígena.
El
chófer los señaló con aire de triunfo: —¡Lo que les dije! El ejército tiene
bien controlados a esos «cafres». Y los helicópteros vigilan día y noche.
Saludó
con un gesto amistoso a los soldados, que se limitaron a comprobar de una
ojeada que todos eran blancos, y mientras se alejaban añadió:
—Buenos
muchachos. Estamos seguros en sus manos. Negro que se alborota... ¡plomo! Es el
único lenguaje que entienden...
Se
adentraron luego en una zona residencial constituida por el más hermoso
conjunto de villas lujosas, espléndidos jardines, campos de golf, piscina y
canchas de tenis que Elliot hubiese visto nunca, y rara era la casa que contara
con menos de tres mil metros cuadrados de terreno propio.
—Éste
debe ser el barrio de los blancos —comentó Paola mordaz—. La clase de vida que
no gusta a los «cafres».
El
taxista se detuvo en seco al borde de la calzada y se volvió como si le hubiera
picado una tarántula. Sus ojos echaban chispas y su rostro se congestionó.
—¿Simpatiza
usted con los negros, señora? —inquirió—. Si es así, más vale que se apee de mi
coche.
Elliot
intervino con un ademán conciliador al tiempo que propinaba un duro codazo a
Paola para que se mantuviera en silencio.
—Era
solamente una broma —dijo—. ¿Es que no tiene sentido del humor?
—No,
en lo que se refiere a los negros —replicó el otro sin ablandarse—. Sólo por lo
que ha dicho puedo hacer que la metan en la cárcel. ¡Recuérdelo...!
—¿Por
un simple comentario? —se asombró la italiana.
—Ese
comentario significa «simpatizar con los negros», y eso, en Sudáfrica, está
perseguido por la ley. Téngalo muy presente si quiere vivir en paz aquí. —Hizo
una pausa—. Al fin y al cabo, no creo que nadie le haya pedido que venga. Si lo
ha hecho por su propia voluntad, respete nuestras costumbres y nuestras leyes.
De lo contrario, más vale que dé media vuelta y tome el avión de regreso.
Se
diría que Paola Cavani estaba a punto de lanzarse sobre él e insultarle con
toda la vehemencia de su sangre romana, pero una severa mirada de Elliot la
contuvo, soltó un resoplido y guardó silencio limitándose a mirar a través de
las ventanas sin abrir la boca hasta que se encontraron en el interior del
inmenso vestíbulo del fastuoso Hotel President.
Rellenaron
las fichas, solicitaron dos suites que se comunicaran y cuando Elliot trató de
entregar una propina al maletero negro que había subido el equipaje, el
recepcionista que les había acompañado le detuvo con un gesto; tomó
tranquilamente el dinero y se lo guardó con naturalidad.
—Lo
siento, señor —dijo—. Pero está prohibido dar propinas a los negros. ¡Buenas
tardes! Les deseo una feliz estancia en Sudáfrica.
Salió
arrastrando tras sí al desconsolado maletero y cerró a sus espaldas.
Elliot
se volvió a Paola, que había observado la escena desde la puerta que comunicaba
ambas estancias, y señaló hacia fuera:
—¿Qué
te parece? Está prohibido dar propina a los negros, pero él se la queda.
¡Menuda cara!
—Por
lo visto aquí lo único que importa es ser blanco —admitió ella—. ¡Vaya con el
famoso apartheid!
Elliot
se llevó un dedo a los labios y con un ademán dio a entender que tal vez podía
haber micrófonos y estuvieran escuchando. Paola buscó a su alrededor como
tratando de descubrirlos, pero en ese momento resonó muy lejana una sorda
explosión y el alto edificio pareció estremecerse de punta a punta y oscilar
levemente. Se volvió, inquieta.
—¿
Qué ha sido eso ? —inquirió—. ¿Una bomba?
Elliot
negó con un gesto, se aproximó al gran ventanal que dominaba la ciudad y mostró
las altas colinas de tierra blanquecina que se distinguían a no más de dos
kilómetros de distancia.
—Un
barreno —aclaró—. Johanesburgo está levantada sobre minas de oro. A tres mil
metros bajo tus pies se encuentra más de la mitad del oro del mundo; aquéllas
deben ser las torres de los pozos y lo que está a su lado, la escoria de las
minas.
Ella
recorrió con la vista los altos y modernos edificios e hizo un gesto de
asentimiento.
—La
mitad del oro del mundo; el noventa por ciento de los diamantes; la quinta
parte del uranio. No me extraña que esta gente odie a los «cafres» que amenazan
con arrebatarles tanta riqueza. ¿Te has fijado en sus casas ? Ni el más
corrompido de los ministros de mi país, que son los que más roban en este
mundo, tienen una igual. Y aquí las hay a centenares. ¡Dios bendito! —exclamó,
asombrada—. Lo tienen todo.
—Todo
no —puntualizó Elliot—. Les falta petróleo.
Limpios
y descansados tras una reconfortante siesta, cruzaron el hall de entrada y se
dispusieron a dar un paseo, a la búsqueda de un buen restaurante que les
compensara de las penurias gastronómicas de Monrovia.
El
portero hizo ademán de pedirles un taxi, que rechazaron indicando que preferían
ir a pie, pero no habían recorrido aún medio centenar de metros, cuando un
excitado recepcionista los alcanzó gritando.
—¡Señores!
—llamó—. ¡Señores, por favor! ¡Esperen! ¿Adonde van?
—A
dar un paseo y a cenar.
—¿A
estas horas?
—Aún
no son las nueve. ¿A qué hora cierran los restaurantes?
—Más
tarde. Pero no es por eso —señaló el hombrecillo, que parecía devorado por los
nervios—. Es que resulta muy peligroso andar de noche por las calles. A las
siete los negros tienen que abandonar la ciudad y regresar a sus barrios, pero
algunos se esconden.
Aguardaron
a que concluyera la frase, pero como no lo hacía, Paola inquirió:
—¿Y?
—Asesinan
a los blancos —sentenció el individuo de las llaves de oro en la solapa—.
Violan a las mujeres, torturan a los hombres y acaban matándoles.
—¡Pues
vaya una gracia! —comentó Elliot visiblemente molesto—. ¿Qué se puede hacer a
estas horas?
—Cenar
en el hotel. La comida es francamente buena. Luego pueden tomar una copa en la
boîte, jugar a las cartas o ver televisión. Ya tenemos televisión —añadió en
tono de quien hace un notable descubrimiento, y en realidad lo era, ya que el
Gobierno había tardado años en aceptar la televisión, considerada «subversiva»
para los negros.
Volvieron
sobre sus pasos, penetraron de nuevo en el hotel y tomaron asiento en uno de
los amplios divanes de la entrada, observándose un tanto desconcertados
mientras el recepcionista regresaba a su puesto.
—Creo
que no vamos a divertirnos mucho —señaló Elliot—. No me hace feliz la idea de
estar encerrado en el hotel por miedo a que te violen o me torturen. Me
recuerda el Saigón de la guerra.
—Tampoco
hemos venido a divertirnos —le hizo notar Paola, que parecía aceptar el hecho
con mayor tranquilidad—. Si se supone que somos pacíficos turistas,
comportémonos como tales, temerosos de Dios y de los «cafres» comedores de
honrados blancos. —Hizo una pausa, encendió un cigarrillo y por último añadió
observando con interés a una joven y hermosa pareja que cruzaba el inmenso
vestíbulo en dirección a la boîte—: Empiezo a pensar que en todo esto hay una
historia casi tan buena como la de los barcos piratas —añadió—. Por lo menos,
para lo que vosotros los capitalistas consideráis un semanario panfletario
escandaloso y «rojo».
—Yo
nunca he dicho eso— protestó Elliot—. Siempre he considerado que cada cual
puede enfocar una información desde el punto de vista que prefiera. Para eso
existe la libertad de prensa. El que pretenda conservarme neutral no quiere
decir nada.
—Tu
estilo «objetivo y neutral» no es, en el fondo, más que una forma de no
comprometerte —señaló ella con intención—. Es muy cómodo nadar y guardar la
ropa sin decidirse a dar la cara. Hace siete años que te conozco, y aunque me
ahorcaran, no sabría si eres de izquierdas o de derechas. Ni carne ni pescado.
Tan neutro como tu amado “Saturday News”.
—Yo
soy un informador —puntualizó Elliot extrañamente serio para lo que era su
costumbre—. No un militante. Yo busco el fondo de los problemas y tú su
apariencia política, que es a menudo la más engañosa de todas las apariencias.
Los periodistas deben ser los notarios de la época que les toca vivir, no sus
abogados o sus fiscales.
—No
estoy de acuerdo. El periodismo debe ser sobre todo denuncia.
—Lo
admito, siempre que se trate de una denuncia imparcial, no la que depende de tu
propia ideología o la del órgano para el que trabajas.
¿O
es que no había mucho que denunciar cuando los rusos invadieron Afganistán? Sin
embargo, no leí una sola palabra al respecto en tu revista.
—Lo
de Afganistán es mucho más complejo de lo que imaginas, y el hecho de que Dopo
Domani no lo aplaudiera ya constituye, en cierto modo, una condena...
—Eso
sí que es cómodo... —replicó Elliot con manifiesta intención de herir—. El
“Saturday News”, sin embargo, dedicó exactamente el mismo espacio a criticar a
los rusos, que el que había dedicado a atacar a la Junta Militar argentina y
sus asesinatos. En mi opinión...
—¡No
me interesa tu opinión! —atajó ella secamente sin darle tiempo a continuar—. La
última vez que nos enfrascamos en esta discusión, estuvimos un año sin
hablarnos. Y tenemos un trabajo que hacer. Déjame con mis ideas, que están muy
claras y tú continúa sin definirte, como siempre —concluyó—. Además, es hora de
cenar. Tengo hambre.
Elliot
prefirió no insistir. Conocía a Paola y sabía que aunque fuera capaz de aceptar
la crítica personal, no aceptaba sin embargo los ataques contra su revista, a
la que adoraba y en la que se había formado como periodista y como ser humano.
Para ella, el viejo Sartori, fundador y director de Dopo Domani, era una
especie de padre espiritual, patriarca de la letra impresa y figura mítica del
mundo intelectual italiano; el único ser auténticamente puro, honesto y
valiente que podía encontrarse a una u otra orilla del Tíber. Cuando todo se
hundía en la ciénaga de la corrupción, cuando el escándalo salpicaba a las más
altas esferas políticas de la nación y los terremotos habían sacado a la luz
todo el pus que escondía el enfermo cuerpo de la sociedad italiana, Aldo
Sartori y su revista continuaban constituyendo la única bandera impoluta a la
que Paola Cavani y otros como ella se aferraban con desesperación...
—Hay
muchos Sartori en Italia —decía siempre—. Más de los que la gente cree, y
cuando se decidan a salir a la palestra, barrerán de una vez por todas a esa
marea de corrupción e ignominia que ahora nos asfixia.
Cruzó
la puerta que separaba ambas estancias, espléndida en su desnudez, húmeda aún y
con el hermoso cabello más rizado que nunca cayéndole graciosamente sobre los
ojos y se aproximó al ventanal, a contemplar las luces que se extendían bajo
ella.
—¡La
ciudad más rica del mundo! —murmuró como para sí—. ¿No te impresiona la idea de
hacer el amor sobre la mitad del oro de la tierra?
No
obtuvo respuesta. Elliot, tumbado en la cama, se encontraba enfrascado en la
lectura de un libro de tapas verdes que había encontrado sobre la mesilla de
noche y ella continuó hablando como si en realidad estuviera expresando en voz
alta sus pensamientos sin pretender que él los compartiera:
—Imagino
a esos pobres negros, esclavizados en el fondo de los pozos, pasando calor,
fatiga y miedo. No más de tres kilómetros en línea recta nos separan y sin
embargo vivimos vidas distintas... ¿Por qué, Elliot? ¿Tiene el “Saturday News”
alguna respuesta para eso?
Él
alzó el rostro, la observó un instante como si no comprendiera su pregunta y
por último mostró el libro que tenía en las manos y sonrió con una cierta
amargura.
—Aquí
hay una respuesta —dijo—. La respuesta sudafricana contenida en la doctrina de
la Iglesia Reformada Holandesa, que es la religión oficial. ¡Escucha...!: «Dios
predica la discriminación racial y la sumisión del negro al blanco, porque,
como dijo nuestro amado mariscal Smuts, el negro no sólo tiene diferente la
piel, sino también el alma. El cristiano blanco está investido de autoridad
divina frente al negro y éste ha de soportar nuestras órdenes y nuestros
castigos en nombre de Dios... —Hizo una pausa y acentuó la intención de su
voz—: ...porque cuando Dios comprendió el error que había cometido creando al
negro, lo compensó concediendo al blanco una total autoridad sobre él, sus
actos y sus pensamientos... —Agitó la cabeza como si le costara esfuerzo
aceptar lo que estaba leyendo, mientras Paola acudía a tomar asiento al borde
de la cama. Alzó los ojos, la observó un instante y continuó—: Nuestra Iglesia
Reformada es la única que ha sabido aceptar esta Revelación Divina, y por ello
ha decidido, no sólo impedir la entrada de los negros en nuestros templos,
sino, también, excomulgar a todos aquellos que permitan la profanación de la
Casa de Dios con la presencia de un miembro de la Raza Maldita».
—¡No
es posible! —exclamó ella tomando el libro—. No puedo creer que haya nadie que
haya tenido el descaro de escribir algo semejante. Le mostró la página.
—¡Aquí
está! —señaló—. Y es más...: poco más atrás afirma que la sudafricana es la
raza elegida por Dios para salvar al mundo de negros, chinos y comunistas. Algo
tenían que inventar para justificarse —admitió—. Pero no deberían mezclar a
Dios en esto. Lo hacen aparecer como un malvado con el que acaban de firmar una
alianza para aniquilar a los negros.
Paola
dirigió una preocupada mirada a su alrededor y se diría que un extraño
escalofrío de temor le recorría el cuerpo cuyo vello se había erizado
levemente.
—¿Estás
seguro de que no hay micrófonos? Asintió convencido.
—Lo
he revisado a fondo. Mis «amigos de la CÍA», a los que tanto desprecias, me
enseñaron a localizarlos.
—Aún
me pregunto si no eres uno de ellos.
—Sabes
que no. —Su voz sonaba sincera—. Pero el que no comparta sus ideas no quiere
decir que no los conozca y me niegue a tratarlos cuando puedan serme útiles.
—Algo
te pedirán a cambio. Siempre piden algo a cambio.
—Piden,
aunque no se ofenden si se lo niegas —rió divertido mientras dejaba nuevamente
el libro sobre la mesilla y se inclinaba a besarle la punta de los pezones—.
Eso sí, nunca pierden la esperanza.
Paola
le dejó hacer, tumbándose sobre la cama, pero aunque aparentemente se hubiera
entregado, resultaba claro que su mente estaba lejos, y cuando toda la
estructura del suntuoso hotel se estremeció de nuevo a causa de una lejana
explosión, se irguió sobre un codo y negó repetidas veces.
—¡No
puedo! ¡Diablos! No puedo. Me parece inmoral estar aquí, haciendo el amor sobre
la cabeza de esa pobre gente. ¡Escucha! ¡Tal vez ese barreno haya matado a uno!
¡Dios! ¡Qué mundo tan injusto!
—¡Oh,
vamos! No seas niña —protestó Elliot aunque dejó de acariciarla—. En Vietnam
hacíamos el amor mientras caían las bombas. Y aquéllas mataban en serio.
—Eran
otros tiempos. Y era otra situación. Entiendo la guerra, pero no entiendo esta
esclavitud en que se trata a seres humanos como si fueran bestias. ¿Por qué no
se rebelan?
—Viste
los tanques. ¿Qué pueden hacer con sus manos desnudas contra ellos? —La tomó
por la barbilla y le obligó a que le mirara a los ojos—. ¡Escucha...! —pidió—.
Hemos venido en busca de una historia sobre piratería en pleno siglo XX.
Siempre has sido una mujer de carácter, más dura que yo en ocasiones. No
permitas que se te dispare la vena sensible y perjudique nuestro trabajo. En
este país lo único que podemos hacer es ver, oír y callar. Si a la vuelta
quieres escribir sobre ello y poner el grito en el cielo, estás en tu derecho.
Pero, por favor, no me perjudiques.
—Se
diría que todo te importa un bledo —protestó Paola poniéndose en pie y
acudiendo de nuevo junto a la ventana—. ¿No te afecta lo que ocurre a tu alrededor?
¿No te hirvió la sangre cuando ese taxista hijo de puta estuvo a punto de
dejarnos en la calle y llamó «cafres» a esos desgraciados?
—Tal
vez... —admitió él, que extrajo un cigarrillo y lo encendió con parsimonia—.
Pero hace años decidí que cuando dejo mi casa en busca de una historia, el ser
humano llamado Elliot Dunn se queda encerrado en un armario, y el único que
emprende viaje es el periodista. He visto niños quemados vivos con napalm;
ancianos esqueléticos en Uganda; monjas violadas e incluso devoradas, y pueblos
enteros arrasados por el capricho de un general estúpido, que esa misma noche
me invitaba a unas copas para celebrar su «victoria». Me tuteo con asesinos de
la CÍA, mercenarios sin entrañas y agentes de la KGB, e incluso me acosté
jurando que la amaba con una alcahueta franquista para conseguir información de
primera mano sobre la ejecución de Grimau. ¿Crees que me divierte? ¡Me asquea!
—afirmó convencido—. Me repugna. Pero soy un profesional y aguanto lo que me
echen. El día que no lo soporte me quedaré en casa y en paz.
—Yo
a veces creo que no puedo seguir soportándolo.
—¡Tonterías...!
¿Cuándo te tiene que venir la regla...?
Se
volvió furiosa y negó con un gesto de su alborotada cabellera:
—Dentro
de dos días. Pero no vengas con la historia de siempre. ¡No es por eso...!
—Sí,
es por eso. Te conozco —sentenció Elliot, convencido—. Y es una de las razones
por las que las mujeres no deberíais andar en esos jaleos: Os volvéis de pronto
débiles, vulnerables y sensibles. ¿Sabías que el ochenta por ciento de las
mujeres que se suicidan, lo hacen en los días que preceden a la menstruación?
¿Significativo, no te parece?
Ella
lanzó un bufido malhumorado y buscó a su vez un cigarrillo que comenzó a fumar
mientras paseaba, nerviosa, de un lado a otro de la amplia estancia:
—¡Qué
tendrá que ver la menstruación con los negros que están ahí debajo! —masculló—.
¡Qué ganas de complicarlo todo...!
—Esos
negros llevan años ahí abajo. Esos u otros, y a ti nunca te preocuparon.
—Porque
nunca los he tenido bajo mis pies, no te jode. Hasta que llegué a esta maldita
ciudad jamás había sabido que las minas estaban aquí, ni que los blancos
trataran así a esta gente. Y todavía muchos se extrañan de que haya
revoluciones, terrorismo y asesinatos.
—Esas
revoluciones, ese terrorismo y esos asesinatos tampoco solucionan nada —le hizo
notar calmosamente Elliot—. Cuando los blancos se vayan, si es que algún día
consiguen echarlos, vendrán unos negros aún peores. Ha ocurrido siempre en
África, y este país no será la excepción. El oro está ahí, y alguien obligará
siempre a otros a que vayan a por él, te lo aseguro. ¿O es que te has olvidado
de Idi Amin, Bokassa, y cuantos esclavizaron a sus hermanos tanto o más que los
propios blancos? ¿Sabes cuál es el problema? Que esos negros ni siquiera
conseguirían hacer funcionar las minas con un mínimo de seguridad.
—Empiezas
a hablar como un sudafricano —le hizo notar Paola—. Ése es el tipo de disculpas
que utilizan los colonialistas. Si no consiguen hacerlas funcionar, será porque
les han impedido que aprendan. ¿Sabías que existe una «Ley del Trabajo» que
impide que ningún negro ejerza, un empleo que signifique especialización o
responsabilidad? ¿No ha sido ésa siempre la más sucia forma de comportarse e
intentar perpetuarse de los colonialistas?
Elliot
hubiera deseado no continuar adelante con aquella discusión. Sabía por
experiencia que uno y otro se irían acalorando y la excitación del
enfrentamiento dialéctico conseguía a menudo que concluyeran por adoptar
posiciones que ni siquiera estaban de acuerdo con su forma de pensar. La
evolución o «degeneración» de discusiones hacia posiciones cada vez más
antagónicas e irreconciliables en personas que solían partir de un mismo punto
de vista, era algo que, a su entender, aún no había sido estudiado en profundidad.
La charla de aquella noche, en la que tanto él como Paola compartían un
principio de repulsión hacia cuanto estaban viendo a su alrededor, podía
derivar, si no atajaban a tiempo, hacia una de aquellas peleas que les habían
hecho célebres.
—Creo
que tienes razón —admitió al fin revolviéndose contra su deseo de plantar cara
por el simple placer de discutir—. Dejemos las cosas como están y vuelve a la
cama.
—¿A
la cama? —se asombró ella—. ¿Me das la razón como a los locos o los estúpidos y
pretendes que me vaya contigo a la cama? ¡Anda y que te folie un pez!
Desapareció
en la estancia vecina, cerrando de golpe la puerta de comunicación y Elliot
Dunn se limitó a observar un instante la pared mediadora, encogerse de hombros
y enfrascarse de nuevo en el libro de tapas verdes a través del cual la Iglesia
Reformada Holandesa trataba de convencer a los huéspedes del Hotel President de
que era la única, entre todas las iglesias y religiones del mundo, que estaba
en posesión de la verdad divina que proclamaba que el blanco estaba en su
derecho al esclavizar al negro por el simple hecho de ser negro. —Realmente...
—fue lo último que pensó antes de quedarse dormido—, «mi lucha», al lado de
esto, es un cómic para niños.
Pritchard
Street debería haberse llamado en realidad «la calle de las mujeres», aunque,
pensándolo mejor, todas las calles de Johanesburgo deberían recibir ese nombre,
pues probablemente no existía lugar en el mundo en que fuera factible
tropezarse, como allí, con tanta muchacha deslumbrante.
Descendientes
de holandeses, alemanes e ingleses, la raza nórdica influenciada por el clima
africano y algunas gotas de sangre «extraña» había dado como fruto un conjunto
de individuos extraordinariamente bellos y altivos, especialmente mujeres,
hasta el punto de que, en menos de media hora, Elliot descubrió más de una
docena que hubieran podido competir con éxito con las más afamadas estrellas de
Hollywood.
Incluso
la dependienta de Curiosidades Africanas Verboeren parecía una réplica de Ann
Margret en sus mejores años y enfundada en unos ajustadísimos pantalones negros
y una escotada blusa de encaje, le obligó a tartamudear, desconcertado, antes
de lograr expresar con claridad el objeto de su visita.
El
local, amplio y luminoso, abierto a la calle por una enorme cristalera,
aparecía dominado por la figura de un inmenso león disecado, que, tumbado en el
centro de la estancia, con una pata un poco recogida, observaba a los recién
llegados con ojos tan penetrantes que se le diría a punto de saltar sobre sus
víctimas.
Colgando
de las paredes, cabezas de antílopes, búfalos, jirafas, facóceros y gacelas se
enfrentaban a centenares de máscaras de baile, adornos de plumas, lanzas y
figuritas de marfil, ébano o jade, mientras las estanterías rebosaban de
pulseras, de pelos de elefante, bolsos de cocodrilo y curvados colmillos de
jabalí incrustados en oro.
El
suelo era una sucesión de pieles de leopardo y cebra y todo un rincón se
encontraba ocupado por azagayas y ovalados escudos zulúes, constituyendo un
conjunto abigarrado, exótico y realmente atractivo.
Cuando
al fin Elliot pudo explicar que la razón de su visita era contrastar precios y
calidades con vistas a una posible importación con destino a su cadena de
tiendas de regalos de California, la muchacha se apresuró a atenderle solícita,
aunque dejó bien sentado que únicamente el propio Klaus Verboeren, propietario
de la firma, podía dar la última palabra en cuanto se refería a precios de
mayorista. Recorrieron paso a paso la amplia exposición. Paola se extasió ante
las figuras de jade y las máscaras rituales, y Elliot aprovechó para desviar
hábilmente la conversación hacia las actividades de la empresa, su capacidad de
exportación y sus contactos fuera del país.
Pronto
quedó claro, no obstante, que la hermosa dependienta no era en realidad más que
una dependienta hermosa y un objeto de adorno más entre los miles que la
rodeaban, aburrida sin duda por la rutina de ofrecer una y otra vez los mismos
productos y consultar los precios de diminutas etiquetas en clave; clave que
tendría órdenes muy estrictas de interpretar según el aspecto de los clientes y
su capacidad de compra.
Mr.
Verboeren no se encontraba en esos días en la ciudad, pero la muchacha prometió
que se pondría en contacto con ellos en cuanto regresara de la «Reserva
Indígena» a la que había acudido en busca de mercancía.
—Los
mejores artesanos nativos trabajan en exclusiva para nosotros... —concluyó—. Y
estoy segura de que en todo «Joburg» no encontrarán nada que pueda compararse a
lo que podemos ofrecerle.
Decidieron
encaminarse por lo tanto a la cercana Oficina de Correos con intención de
hablar telefónicamente con sus respectivas redacciones sin peligro de posible
control a través de la centralita del hotel, pero no habían recorrido un
centenar de metros, cuando una figura diminuta y estrafalaria nació ante ellos
como surgida de la nada, y una voz divertida inquirió:
—¿Una
foto para la posteridad?
Disparó
la cámara y cuando la bajó y mostró su ancho rostro de sonriente miope, no
pudieron contener una exclamación de asombro:
—¡Nikon...!
—¡Gran
carajo! ¿De dónde diablos sales?
Del
mismo sitio que vosotros —replicó el fotógrafo mientras se empinaba para besar
a Paola en ambas mejillas—. Llevo una semana acechando al misterioso Klaus
Verboeren y de pronto me encuentro con la sorpresa de veros salir de su cueva.
¡El mundo es un pañuelo...! —Señaló un bar al otro lado de la calle—. Os invito
a una copa.
No
les sirvieron más que café a aquellas horas de la mañana, pero en la mesa más
apartada del solitario local intercambiaron toda clase de efusiones, saludos y
preguntas por las respectivas familias, aunque, a decir verdad, poco podía
saberse sobre la misteriosa familia del diminuto free lance ya que, a pesar de
tantos años de tratarse, ni Elliot, ni Paola, ni probablemente ningún otro
miembro de la profesión, había logrado averiguar nunca nada sobre el fotógrafo,
su nacionalidad, sus parientes o incluso su verdadero nombre.
Nikon,
como habían acabado por conocerle a causa de las incontables máquinas
fotográficas de dicha marca que siempre cargaba, era capaz de mostrar un
pasaporte distinto, con distinto nombre y profesión, tantas veces como se lo
solicitasen, y aunque oficialmente se lo podía localizar en un par de teléfonos
de París o Londres, lo cierto era que ni siquiera sus íntimos sabían en qué
país vivía, de dónde procedía, o para quién trabajaba en un momento dado.
Hablaba
ocho idiomas con absoluta naturalidad, contaba los más divertidos chistes del
momento, conocía a todo el mundo, conseguía fotos maravillosas y magníficas
exclusivas periodísticas utilizando tortuosos canales de información vedados a
sus colegas, pero respondía siempre con una risita y una evasiva cuando se
trataba de hablar sobre sí mismo.
Al
fin, pasada la efusión de los primeros momentos, servidos los cafés y más
tranquilos, agitó la cabeza y admitió su fracaso.
—Pese
a todos mis esfuerzos, no he conseguido nada interesante —señaló—. La rubita de
la tienda se folla un tipo distinto cada noche en un apartamento que tiene tres
manzanas; conozco también a una especie de contable con cara de lechuza que
viene día sí y día no a revisar las cuentas, pero el resto de los empleados son
pobres negros que a las siete de la tarde se tienen que poner en la larga cola
del autobús que los lleva a Soweto. El hombre clave es Verboeren, sin duda
alguna, pero lleva una semana de viaje.
—¿Has
averiguado dónde vive?
—En
una casa de ensueño, con campo de golf, piscina, pista de tenis y quince
criados, en la salida hacia Pretoria. Casado con una morena deslumbrante, sin
hijos, y por lo que he podido averiguar con dos Picasso auténticos en el salón.
Aquí tener un Picasso, un Matisse o un Van Gogh es como para nosotros tener la
colección de discos de los Beatles.
—Sí...
—comentó Paola—. Nos hemos dado cuenta de que dinero es lo que sobra.
—No
te puedes dar idea hasta qué punto —corroboró Nikon convencido—. Este país es
un auténtico paraíso. —Hizo una pausa y añadió alzando una mano—: Para los
blancos, desde luego.
—¿Crees
que Verboeren está metido en el asunto? —inquinó Elliot—. ¿Puede ser él el
cerebro del negocio?
—No
sé si será el cerebro —admitió el otro—. Pero que está en ello, pongo la mano
en el fuego. —Bebió su café despacio porque estaba caliente y dejando la taza
sobre la mesa añadió—: En realidad me inclino a creer que la auténtica cabeza
de la organización opera desde Nueva York. Verboeren es más bien el jefe de la
conexión africana, mientras que Almeida, en Río, es, a su vez, el jefe de la
conexión sudamericana.
Paola
y Elliot se miraron sorprendidos, se envararon levemente, y el segundo,
presintiendo que había encontrado una nueva pista de la que no tenía ni la más
remota idea, se limitó a acariciarse la barba y fingir profundas dudas.
—¿Almeida?
—repitió como si no le diera importancia al nombre y le resultara
auténticamente familiar—. En realidad no me parece que Almeida tenga fuerza
como para manejar un asunto de estas dimensiones.
El
fotógrafo se quitó las gruesas gafas, las limpió con gesto nervioso, se las
colocó de nuevo y le observó acercándose mucho, como si le costara trabajo
admitir la bestialidad que acababa de decir.
—¿Estás
loco? —exclamó incrédulo—. Almeida controla cada metro cuadrado de la Amazonia
y no se mata un bicho en Brasil, Perú, Colombia o Venezuela sin que él lo sepa.
Es uno de los reyes de este puerco negocio.
Elliot
Dunn no pudo disimular más su desconcierto, observó de nuevo a Paola, que
parecía tan en la luna como él, y al fin, extendiendo las manos como si pidiera
una tregua, inquirió:
—¡Un
momento! —solicitó—. Antes de seguir adelante, aclaremos la situación: ¿Tú, de
qué demonios estás hablando?
Ahora
fue el pequeño Nikon el que pareció haberse caído de un árbol, los miró
alternativamente y se puso en guardia como si hubiera decidido de improviso
guardar un hermético silencio. Por último, al advertir el interés de sus
amigos, concluyó:
—Del
negocio de la matanza de animales, naturalmente. —Aguardó unos instantes—. ¿No
es por eso por lo que estáis aquí?
Elliot
negó con la cabeza y sonrió divertido.
—En
absoluto —dijo—. Nosotros estamos aquí por un asunto de piratería. Explícanos
eso de las matanzas de animales.
Se
diría que Nikon libraba una lucha consigo mismo, y que en su fuero interno se
maldecía por haberse dejado atrapar revelando algo que hubiera preferido
mantener secreto. Como vio que los otros aguardaban, agitó la cabeza molesto:
—¿Seguro
que no me vais a pisar el reportaje? —inquirió—. Llevo más de un mes tras esto
y me he gastado una fortuna. Trabajo por mi cuenta.
Elliot
alzó la mano en actitud de jurar y Paola le imitó aunque no dijo nada.
—Te
doy mi palabra —aseguró él—. Es más; si el asunto es bueno, conseguiré que el
viejo O'Farrel te lo compre.
—El
“Saturday News” no paga lo que pido —protestó—. Todo se lo gastan en ti.
—Para
ya, y desembucha —se impacientó Paola—. ¿Qué pasa con la matanza de animales?
—Me
dieron un dato —comenzó Nikon limpiándose una vez más las gafas—. En los
archivos del FBI duerme la información referente a una banda internacional de
traficantes de animales salvajes, vivos o muertos, en pieles o disecados, con
un volumen de negocios anual de más de tres mil millones de dólares, que cuesta
la vida cada año a unos ciento veinte millones de animales, desde focas de los
polos, a elefantes africanos, pasando por monos, papagayos y caimanes
sudamericanos. Controlan parques zoológicos, circos, peleterías de lujo,
tiendas de animales exóticos e incluso laboratorios de investigación, y son los
que financian a los cazadores furtivos que les proporcionan el marfil, las
cabezas disecadas o las patas de elefantes para hacer papeleras. Una auténtica
mafia de los irracionales; el «Crimen, S.A.» de las bestias salvajes.
—¿Y
por qué no hizo nada el FBI? —quiso saber Paola.
—Porque
hay mucha gente importante mezclada en el asunto. Alguien se preocupó de que se
echara tierra al asunto, ya que, al fin y al cabo, a nivel americano, no
constituye delito federal y el FBI no tiene atribuciones para intervenir en los
asuntos internos de otros países. —Hizo una pausa que aprovechó para colocarse
nuevamente las gafas—. Cualquiera puede matar un perro, una foca o un león, sin
que nadie piense en meterle en la cárcel por ello. La cosa cambia cuando se
trata de matar cien millones, pero, salvo casos concretos y aislados, que
dependen a menudo de la legislación propia de cada nación, la exterminación de
animales no está castigada. La «Organización» se ocupa de pagar las multas o de
compensar por los escasos días de cárcel que suele sufrir su gente cuando la
atrapan. A los que los policías locales tienen fichados como peligrosos
reincidentes los cambian de lugar y asunto terminado.
—¿Tienes
pruebas? —quiso saber Elliot al que el terna empezaba a interesar.
—Las
estoy consiguiendo. Facturas, listas de embargo, fotografías de algunos de los
principales cabecillas e incluso la declaración firmada y autentificada de un
«furtivo» que trabajó ocho años para ellos en media docena de países. Se le
escapó un tiro, perdió una pierna y ahora que ya no es de utilidad, lo han
dejado en la calle. Vive en Angola y jura que Verboeren es el capo para toda
África.
—Suena
interesante. ¿Cuánto pides?
—Es
una serie. Cinco capítulos con más de trescientas fotografías —dudó un
instante—. Cien mil por la primicia, pero me reservo el derecho a revenderla a
otros países un mes más tarde.
Elliot
hizo un gesto de asentimiento.
—Si
es tan bueno como parece y tienes pruebas, me comprometo a que O'Farrel te lo
pague. ¿Trato hecho?
Extendió
la mano sobre la mesa que el otro estrechó con fuerza, pero indicó:
—Con
una condición: yo te doy los datos y tú escribes el texto. Lo mío son las
fotos. Escribir no se me da muy bien.
—De
acuerdo. Pero tú lo firmas —aclaró Elliot—. Yo, por principio, jamás firmo nada
que no haya investigado personalmente...
—Parecéis
dos boy-scouts ayudándoos mutuamente a cruzar la calle —comentó Paola con
ironía—. ¿ Qué carajo pinto yo en todo esto ? Me quedo con la exclusiva para
Italia, aunque sea un mes más tarde —añadió—. A Sartori le encantará demostrar
cómo los capitalistas le sacan el pellejo hasta a los monos.
—No
cacarees mucho porque los miembros del Politburó se cubren la calva con gorros
de visón, marta o zorro siberiano. La «Organización» tiene hombres en Moscú que
les hacen llegar pieles escondidas en las bodegas de su flota pesquera. No hay
ideología política en este negocio —sentenció Nikon, convencido—. Mientras no
puedan votar ni organizar contrarrevoluciones, ningún partido político
defenderá a las bestias. —Hizo una pausa y les observó de hito en hito
sonriendo levemente—. Y ahora que he «desembuchado» mi historia, explicadme ese
asunto de la «piratería» y qué tiene que ver mi querido amigo Verboeren en todo
esto.
Escuetamente,
sin adentrarse en detalles, pues ninguno de los dos confiaba plenamente en la
honradez profesional de Nikon, le pusieron al corriente de las razones que les
había llevado a Johanesburgo y los motivos por los que sospechaban que tal vez,
y eso era tan sólo una remota posibilidad, Verboeren estaba mezclado en el
negocio del Amauri y el inexistente Mauricius.
—O
tal vez... —concluyó Elliot con un cierto tono de desesperanza—, por el
contrario, Alexander Kadar es el que está mezclado en el asunto de los animales
y por eso mantiene correspondencia con Verboeren. —Se volvió a Paola—. Es muy
posible que estemos siguiendo una pista falsa y hayamos ido a meternos de
cabeza, sin saberlo, en una historia que no es la nuestra.
—Tendría
gracia —admitió ella—. ¡Puñetera la gracia!
—¿Mr.
Dunn?
—¿Sí?
—Soy
Klaus Verboeren. Acabo de llegar a mi oficina y Helga me comunica que está
usted interesado en una compra masiva con destino a California.
—¡Ah,
sí! Mr. Verboeren. Ya recuerdo. Tiene un material muy interesante. —Hizo señas
a Paola que se aproximó al teléfono—. Realmente es lo mejor que hemos visto
hasta ahora.
—¿
Qué clase de objetos le interesan, Mr. Dunn? —El tono era duro y un tanto
frío—. ¿Pieles, colmillos, cabezas disecadas?
—No,
no. —Elliot había tomado buena cuenta de cuanto Nikon le había dicho y no quiso
caer en la trampa. Si Verboeren formaba parte de una supuesta «Organización»
destinada al tráfico de animales, pronto descubriría que estaba tratando de
engañarle—. Nosotros nos dedicamos más bien a máscaras, escudos, arcos,
figuritas de jade y ébano. ¡Ya sabe...! Regalos exóticos.
—¡Magnífico!
—Se diría que al otro lado del hilo telefónico, Verboeren se sentía más
animado—. En ese terreno puedo ofrecerle piezas verdaderamente preciosas. —Hizo
una pausa y pareció como si hubiera tenido una repentina idea—. Esta noche doy
una pequeña fiesta. ¿Por qué no vienen? Podrán hacerse una idea de cómo vive un
sudafricano medio.
—¡No
sé si debo! —protestó hipócritamente Elliot sin ninguna convicción—. ¿No será
una molestia...?
—En
absoluto. En absoluto —fue la respuesta—. Mandaré un coche a buscarles a las
ocho en punto.
El
coche era un Rolls Silver Spirit marrón, conducido por un muchacho joven,
atlético y de ancha sonrisa, que no se molestó en ocultar el enorme pistolón
que colgaba de una funda sobaquera bajo la chaqueta.
Ante
la insistente mirada de Paola al momento de subir al vehículo, se disculpó:
—Por
las noches es prudente ir armado... —dijo—. No todos los «cafres» son buena
gente... También ustedes tienen negros revoltosos en Nueva York. ¿No es cierto?
—No
lo sé. Yo vivo en Roma —fue la fría respuesta. Elliot tuvo que apretarle con
fuerza el brazo y mientras el otro daba la vuelta por delante del vehículo para
tomar asiento al volante, suplicó en voz baja—: Procura portarte bien. Recuerda
que no estamos aquí para defender a los negros, sino para obtener información.
A veces puedes ser muy hija de puta —añadió—. Esfuérzate por aparentarlo en lo
que respecta a los «cafres».
No
abrieron la boca durante el trayecto en el que atravesaron la zona comercial,
desierta en aquellas horas como si se tratara de una ciudad invadida por la
peste a la que todos sus habitantes hubieran abandonado de improviso, para
adentrarse luego en los barrios residenciales de la periferia por entre calles
muy iluminadas, flanqueadas de hermosas acacias.
Una
ancha verja de bronce se abrió automáticamente para permitirles el paso a un
camino de arena que conducía a lo que su propietario consideraba la residencia
de un «sudafricano medio» y que el diminuto Nikon había designado, con mucha
más propiedad, como una mansión de auténtico ensueño.
Klaus
Verboeren y una morena de ojos verdes y cuerpo y boca provocativos les
aguardaban en la entrada y les recibieron como si se trataran de viejos y
queridísimos amigos.
Verboeren
era un hombre muy alto, cosa normal entre sus compatriotas, de cabellos
rojizos, modales distinguidos y el porte atlético y mundano de quien está
acostumbrado al deporte al aire libre pero se desenvuelve con perfecta
naturalidad en los más sofisticados ambientes.
Paola
se sintió inmediatamente atraída por él y Elliot por su esposa, Beverley, por
lo que casi al instante se estableció esa corriente de simpatía a la que no
suele ser ajena un cierto morbo sexual.
Los
Verboeren dieron por sentado que constituían también un matrimonio, y ni Paola
ni Elliot se preocuparon en absoluto por deshacer el malentendido cuando les
presentaron a la veintena de invitados que se repartían por el hermoso y enorme
salón, la sala de juego, la piscina y el jardín contiguos.
Pronto
el anfitrión se preocupó de monopolizar a Paola, dejando a Elliot en manos de
su esposa y éste presintió que la noche se presentaba interesante, ya que una
rápida ojeada le permitió advertir que sobre la mesita central se alineaban
medio centenar de cigarrillos de marihuana y diminutas cajas doradas
estratégicamente distribuidas le hicieron sospechar que contenían cocaína.
Si
mujeres hermosas había visto en las calles de la ciudad, podría asegurarse que
la más exquisita selección de ellas se había concentrado allí, porque altas,
jóvenes, elegantes, enjoyadas y perfumadas, formaban un conjunto deslumbrante,
aunque un tanto estático y circunspecto, sin la alegría o vitalidad que cabría
esperar de una reunión semejante. En cualquier otro lugar del mundo, las voces,
las risas, la música y alguna que otra frase picante hubieran animado el
ambiente, pero allí hombres y mujeres se mostraban un tanto envarados, serios y
casi ausentes, charlando con sus parejas o en pequeños grupos sin una voz más
alta que la otra y sin que una súbita carcajada viniera a romper el hielo del
ambiente.
«Muy
"británico"», se dijo Elliot observándoles mientras Beverley
Verboeren le servía un Pipermint con agua, y ella, que pareció captar sus
pensamientos, le entregó la bebida y mientras se servía una copa de champán
comentó:
—No
se preocupe. Al final de la noche todo será distinto. Les cuesta trabajo entrar
en calor; sobre todo a los afrikaaners.
—Usted
no es afrikaaner..., ¿verdad?
—No...
Mis antepasados son ingleses —sonrió con intención—. Es la primera vez que un
miembro de mi familia se une a los bóers. Klaus dice siempre que se siente como
si les hubiéramos derrotado por segunda vez...
—No
me importaría haber sido derrotado por alguien como usted —replicó alzando su
vaso en un mudo brindis que ella imitó con su copa—. No me importaría en
absoluto.
—No
creo que deba quejarse —señaló ella con intención—. Su esposa es muy atractiva.
Al menos eso parece opinar Klaus.
—¿Celosa...?
—¡Oh,
vamos! —rió por lo bajo—. Ésa es una palabra prohibida en nuestro ambiente. Si
hemos perdido el sentido de la propiedad sobre las cosas..., ¿cómo vamos a
conservar el sentido de la propiedad sobre las personas? Sería absurdo.
Anticuado y absurdo.
Elliot
la observó interesado, ya que había advertido un matiz de fatalidad en sus
palabras.
—¿Qué
ha querido decir con eso que han perdido el sentido de la propiedad sobre las
cosas?
Beverley
Verboeren hizo un gesto señalando a su alrededor sin especificar nada en
realidad.
—Lo
que he dicho. Poco a poco nos vamos haciendo a la idea de que cualquier día la
casa, los muebles, los cuadros o incluso nuestro caballo preferido puede dejar
de pertenecemos. ¿Ve a la muchacha de rojo? ¿La que se sienta junto a la
piscina? Es rodesiana y tenía en Salisbury una casa frente a la cual ésta es
una choza. Jamás volverá a ella. La malvendieron para escapar al «terror negro»
y ahora se niega a comprar nada. Vive de hotel en hotel, con sus joyas
encerradas en un Banco suizo y dispuesta siempre a emprender la huida.
—Al
menos le quedan las joyas de Suiza —comentó aún maldiciéndose por la ironía de
su tono que le resultó imposible disimular—. Perdone —se disculpó—, pero dudo
que sea un problema que se les presente a ustedes.
—¿Realmente
lo duda...? —Habían ido a tomar asiento en uno de los balancines del jardín, en
un rincón desde el que dominaban perfectamente la casa y la piscina, quedando
un poco apartados de los demás, y Elliot comprobó, desconcertado, que ella
había ocupado un sitio absurdamente próximo, dado el tamaño del mueble—. Hay
más de veinte millones de negros en este país y los blancos no llegamos a cinco
millones. Angola, Mozambique y Rodesia nos separaban del resto de África y sus
millones de salvajes... —Bebió casi con ansia—. Pero ahora ya no nos protegen.
Los portugueses se fueron, Angola y Mozambique son independientes y hasta
Rodesia, nuestra hermana, ha caído. ¿Sabe cuánto hay en línea recta hasta la
frontera mozambiqueña? Unos cuatrocientos kilómetros. En el transcurso de una
noche podrían ponerse ante nuestra puerta. ¿Cree por tanto que podemos seguir
conservando el sentido de la propiedad sobre las cosas? ¿O sobre las personas?
—Rodesia
era una colonia inglesa. Sudáfrica es independiente.
—Pero
las armas son las mismas. África era como una tupida malla, dominada por los
blancos. Se mantenía firme y controlada, pero comenzaron a arrancar hilos de
esa malla y todo se acabó. Somos el último hilo y lo sabemos.
Elliot
se sintió en la obligación de consolar a aquella hermosísima mujer que parecía
de improviso indefensa y asustada como una chiquilla pese a que sus ojos, su
boca, su cuerpo y el leve contacto de su mano que a veces rozaba el brazo,
continuaran siendo tremendamente provocativos.
—Escuche...
—dijo procurando que su voz fuera convincente—. Ni Estados Unidos ni Europa
pueden permitirse el lujo de que Sudáfrica caiga en manos difíciles de
controlar. ¿Sabe lo que pasaría si nuestra industria no contara con sus
diamantes? Se hundiría. ¡Créame! Se hundiría en el acto, porque los que en
verdad importan son los diamantes industriales, no esos que lleva en el dedo. Y
lo mismo ocurriría con nuestra economía si las minas se cerraran y el precio
del oro y el cromo se dispararan a las nubes. ¡Nadie! —concluyó convencido—.
Nadie en su sano juicio permitirá que Sudáfrica cambie aunque muchos no estén
de acuerdo con su política o su forma de vida.
—¿Usted
está de acuerdo?
Había
colocado abiertamente la mano sobre su pierna, Elliot experimentó la sensación
de que le quemaba, y advirtió que por mucho que tratara de evitarlo, se estaba excitando.
—Yo
no soy quién para opinar —tartamudeó a duras penas, y sinceramente nervioso
ante la idea de que Klaus Verboeren pudiera hacer su aparición en cualquier
momento—. Soy un simple turista que tal vez aproveche el viaje para hacer
negocios y no me parece propio mezclarme en sus asuntos.
—¿Ni
aunque yo le pida que opine? —La presión de su mano se acentuó y estaba claro
que había advertido que algo estaba ocurriendo en la entrepierna de su
interlocutor, pero no pareció darle importancia e inquirió con interés—:
Dígame, Elliot: ¿Qué piensa de nuestra «Ley sobre moralidad»...?
—Realmente
no sé a qué ley se refiere —admitió confuso.
—La
que prohibe cualquier clase de relación sexual entre miembros de distinta raza.
¿No le han advertido que si se acuesta con una negra le condenan a seis años de
cárcel?
—¡Diablos,
no! —respondió asombrado—. Nadie me lo ha advertido. ¿Está usted segura?
—Completamente.
Y lo mismo le ocurre si se acuesta con una mulata, una china o una hindú. Usted
y yo únicamente podemos acostarnos con blancos puros, hijos y nietos de blancos
puros, si no queremos ir a parar a la cárcel. Es la forma que ha encontrado el
Gobierno de preservar la raza.
—Bueno.
—Elliot se agitaba cada vez más inquieto, ya que la mano de ella había ido
ascendiendo casi imperceptiblemente por su pierna y muy pronto tropezaría
irremediablemente con un obstáculo inesperado—. El problema estriba, a veces,
en que uno se encuentra en la vida con personas de las que no se puede estar
muy seguro de la sangre de los abuelos. ¿Qué tengo que hacer en este caso?
—Pedirle
la documentación —replicó ella convencida—. El Gobierno es el que decide y su
decisión es inapelable —chasqueó la lengua y se encogió de hombros—. Aunque a
veces se da la circunstancia de que a un hermano se le haya clasificado como
blanco y a otro «coloreado». Hay que tener mucho cuidado. —Se interrumpió
porque su mano había alcanzado el punto crítico y le miró fijamente a los
ojos—. ¡Oh! Vaya —exclamó—. Lo siento, le noto turbado. ¿Se siente incómodo?
—Un
poco —carraspeó.
—Comprendo
—sonrió ampliamente de un modo encantador—. Supongo que sus padres y sus
abuelos serían blancos.
—Que
yo sepa, sí.
La
mano de ella había continuado hacia arriba y le acariciaba por completo,
abiertamente.
—¿Le
gustaría hacerlo ahora o prefiere después de la cena, cuando la fiesta esté más
animada?
Lo
había dicho con tanta naturalidad como si le estuviera ofreciendo otra copa, y
Elliot tuvo que pedirse un esfuerzo sobrehumano para mantener la serenidad y no
saltarle encima violándola allí mismo.
—Ahora...,
si no es mucha molestia —replicó quedamente.
Ella
se puso en pie, le tomó de la mano y le condujo por detrás del balancín, y por
entre los jardines, al ala más apartada de la casa que se mantenía en
penumbras.
—Venga
—indicó—. A mí también me apetece ahora.
Elliot
la retuvo un momento entre lo más espeso de los árboles, la atrajo y la besó,
advirtiendo que ella le devolvía el beso con inusitado ardor y se estrechaba
firmemente contra su cuerpo. Cuando se separaron para reiniciar la marcha le
susurró al oído:
—¿Y
tu esposo?
Ella
sonrió de nuevo, enigmática y tal vez divertida:
—No
le importa —le replicó—. Probablemente estará haciéndolo ya con tu esposa. ¿Te
molesta?
Elliot
pensó en Paola y estuvo a punto de soltar una carcajada. Pero se limitó a
encogerse de hombros, poniendo su mejor cara de hombre de mundo de vuelta de
todo.
—En
absoluto —dijo.
Le
condujo a un dormitorio de invitados, coqueto y cómodo, que daba directamente
al jardín y con la única luz que penetraba por la ancha ventana llegando desde
la piscina, se despojó del leve vestido y quedó completamente desnuda.
Se
abrazaron y se besaron excitándose al máximo y ella le pidió luego que le
hiciera el amor arrodillada sobre la cama mirando hacia fuera; hacia la piscina
y los invitados que se distinguían más allá de los parterres.
Disfrutaron
al unísono, plena y completamente, y quedaron sudorosos, resoplando, riendo y
jadeando, satisfechos al advertir que las piernas les temblaban y se negaban a
sostenerles.
Por
último, ella le dio un largo beso, se puso en pie y se vistió en un segundo.
—Tengo
que ocuparme de que sirvan la cena —dijo—. Descansa un poco y vuelve a la
fiesta.
La
vio perderse entre los árboles y las flores para desaparecer de inmediato como
tragada por las sombras y se preguntó qué cara pondría cualquiera de aquellos
circunspectos invitados si de pronto entrara en la estancia y lo descubriera
desnudo y a cuatro patas buscando su ropa interior bajo los muebles.
Se
vistió, salió al jardín y observó de lejos a los invitados, que parecían
haberse animado gracias al alcohol y la cocaína que comenzaba a pasar de mano
en mano con absoluta naturalidad.
No
distinguió por parte alguna a Paola ni a Klaus Verboeren y Beverley hizo una
momentánea aparición, viniendo de lo que debían ser las cocinas seguida por
tres criados con aspecto de portugueses que se esforzaban por entenderla y
obedecer sus órdenes.
Cuando
desaparecieron en busca probablemente de nuevas bandejas que colocar sobre la
gran mesa del fondo, Elliot aprovechó para atravesar la piscina y el salón sin
que nadie reparase especialmente en su presencia, aunque tuvo que sonreír
ceremonioso a un par de damas que le dirigieron una larga mirada de interés
como si calibrasen sus posibilidades amatorias.
Con
el aire tímido y necesitado de quien busca un baño, abrió dos puertas. La
primera daba a un largo pasillo que conducía sin duda a las habitaciones y la
segunda a una amplia y lujosa biblioteca totalmente forrada en caoba con una
original escalera dorada que corría libremente de una punta a otra de la larga
estancia.
Entró,
cerró a sus espaldas y comenzó a curiosear los libros y los cuadros con la
inocencia de un aburrido invitado al que le atrae más la cultura que la bebida
o la cocaína, aunque intentando comprobar si la lacada mesa del rincón podía
contener cajones cuyo interior resultase interesante.
Sin
embargo, cuando se disponía a aproximarse, se detuvo alarmado; sentada en un
sillón de grandes orejeras, con la vista clavada en un teléfono colocado ante
ella y sin que al parecer hubiera reparado en su presencia, se encontraba una
muchacha de poco más de veinte años, ojos verdes y largos cabellos, cuyas
facciones le resultaban vagamente familiares.
Por
unos momentos permaneció indeciso sin saber qué actitud adoptar, pero al fin,
alarmado por su inmovilidad casi hipnótica, inquirió solícito:
—¿Le
ocurre algo?
Los
ojos verdes le miraron y mostraron sorpresa o fastidio pero de inmediato su
atención regresó al teléfono.
—Alguien
tiene que llamar —dijo.
Elliot
no pudo evitar sentirse incómodo, cosa que le ocurría con demasiada frecuencia
desde que puso el pie en aquella casa y estuvo a punto de encaminarse a la
puerta y regresar al salón, pero había algo en la actitud de la muchacha y en
su rostro, que no podía recordar dónde había visto anteriormente, que le
impulsó a quedarse y preguntar:
—¿Tan
importante es esa llamada? Ahí fuera hay una fiesta.
Ella
le miró impasible:
—¿Le
parece importante la vida de un negro?
—inquirió
con voz ronca.
—Tan
importante como la de un blanco.
Un
relámpago de extrañeza cruzó los verdes ojos, la observó con mayor
detenimiento, reparó en sus ropas y al fin hizo un gesto de asentimiento.
—Comprendo.
Es extranjero —sonrió con tristeza—. La mayoría de los sudafricanos se
alegrarían de que ese teléfono sonase.
—¿Qué
tiene que decir?
—Que
no hay clemencia para Amami Optué y será ahorcado al amanecer.
—¿
Por qué ?
—Porque
está convencido de que a pesar de haber nacido negro, es un ser humano.
Elliot
la observó con fijeza tratando de leer sus pensamientos, pero los verdes ojos
continuaban siendo inexpresivos.
—¿Usted
lo cree? —inquirió.
La
muchacha dudó unos instantes, luego tomó el teléfono, lo colocó en el sillón,
puso un cojín encima y se sentó sobre él.
—Sí
—afirmó convencida—. Desde luego que lo creo. ¿Usted no?
—En
mi país, eso está fuera ya de toda duda —admitió y luego señaló extrañado el
teléfono—. ¿Por qué se sienta encima?
Le
miró como si acabara de descender de la luna.
—¿De
veras no lo sabe? —se sorprendió—. La policía tiene un sistema de escucha a
través de un teléfono colgado. ¡Maravillas de la técnica fascista! Elliot la
observó, convencido de que le estaba tomando el pelo. Extendió la mano y
tomándola del brazo, la obligó delicadamente a que se pusiera en pie. Contempló
el teléfono de cerca, quitando el cojín y negó con la cabeza.
—¡No
puedo creerlo! —señaló.
—Nuestras
cárceles están llenas de gente que tampoco lo creyó —fue la respuesta y tomando
de nuevo el cojín, repitió la operación de sentarse encima—. Basta con que
usted comente aquí, en privado, que no está de acuerdo con la política de
apartheid para que, si alguien está registrando nuestra conversación a través
del teléfono, lo meta en la cárcel por un período de tiempo indefinido. Es lo
que se conoce como «delito de opinión».
—¡Usted
exagera!
—¿Exagero?
—exclamó—. Atrévase a dar su nombre en voz alta y declarar que está en contra
del apartheid. —Dejó de nuevo libre el teléfono y le invitó con un gesto a que
se aproximara—: ¡Ande! Atrévase —repitió.
Los
ojos de Elliot fueron alternativamente de ella al teléfono que parecía haberse
convertido de improviso en un objeto animado, dotado de vida propia, pese a que
continuaba callado y quieto. Ya no se le antojaba un simple instrumento de
comunicación; ahora, tenía la extraña sensación de que se había transformado en
una bestia amenazante.
Al
cabo de unos instantes, como avergonzado de su propia estupidez se decidió:
—Me
llamo Elliot Dunn, soy ciudadano norteamericano y creo firmemente que...
El
teléfono se estremeció, su timbre llenó por completo la estancia y Elliot dio
un salto como si el aparato fuera a morderle dotado realmente de vida. Luego se
hizo un corto silencio, en el que se diría que el mundo se había detenido,
impresionando aún más a Elliot y haciendo palidecer a su acompañante.
El
timbre repicó de nuevo y cuando de nuevo calló, ella lo tomó, se quitó un
pendiente, apartó con un gesto de la cabeza el cabello y escuchó:
—Entiendo
—fue todo lo que dijo—. Gracias.
Colgó
y permaneció muy quieta con la mano sobre el aparato y el rostro inclinado. Por
último, cuando lo alzó para mirarle, sus ojos brillaban más intensamente y
resultaba claro que libraba una violenta lucha, esforzándose por contener un
sollozo.
—Vayamos
a tomar una copa —pidió—. Me gustaría estar completamente borracha cuando
cuelguen a Amami Optué.
Hizo
ademán de ir a ponerse en pie, pero él la obligó a continuar sentada,
reteniéndola por el brazo:
—Espere
—dijo—. Aún no me ha dicho por qué van a ahorcarle realmente. Le miró a los
ojos intrigada.
—¿De
verdad le interesa?
—Mucho
—aseguró convencido.
Ella
aún dudó unos instantes, pero, al fin, pareció comprender que era sincero. Se
dirigió a la librería y apartó unos volúmenes, buscando a tientas tras ellos.
Cuando
se volvió, le entregó una cinta magnetofónica.
—Aquí
tiene el relato en la propia voz de Amami Optué —señaló—. Tenga cuidado, porque
si lo descubre la policía, le puede costar un disgusto. El simple hecho de
tenerlo está considerado como prueba de traición.
Elliot
observó la cásete, en cuya carátula aparecía anunciada una canción de John
Lennon y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Cómo
podré devolvérsela?
—No
se preocupe; tenemos copias. Él agitó la cabeza negativamente y alzó el dedo
como si la riñera por una pequeña falta:
—Tenga
mucho cuidado —dijo—. Ese «tenemos» ha sonado a conspiración, y no me parece
que eso resulte muy prudente en este país. ¿Tomamos esa copa?
Salieron
al salón. La mayoría de los invitados se habían sentado ya, charlando y
comiendo, mientras los criados portugueses servían vino o retiraban los platos
sucios y Beverley acudía de un grupo a otro cerciorándose, como una buena
anfitriona, de que todo estaba en orden.
Al
ver a Elliot sonrió cortésmente y al reparar en quien le acompañaba, se
aproximó extendiendo las manos en ademán de súplica.
—¡Patricia!
—protestó—. Llevo toda la noche buscándote. ¿Dónde te habías metido? Necesito
que me eches una mano.
Esperaba
una llamada. —La miró fijamente—. No le han conmutado la pena —añadió—. Lo
ahorcaron al amanecer.
Beverley
la observó con extrañeza, como si no supiera de qué hablaba. Luego, pareció
caer de pronto en la cuenta y se encogió de hombros.
—¡Naturalmente!
—señaló—. La ley es la ley. ¿Qué otra cosa esperabas?
—Clemencia
—fue la apasionada respuesta—. Por una vez en la vida confiaba en que en este
país hubiera un poco de clemencia.
—¿Clemencia...?
—se asombró Beverley—. ¿Crees que «ellos» tendrán clemencia cuando se les
presente la oportunidad de degollarnos ? Se lanzarán aullando sobre ti, y te
violarán y descuartizarán sin importarles un comino sí sentiste odio o
compasión. Arrasarán con todo: con la casa, los cuadros, las alfombras y la
vajilla, porque, por cada uno de nosotros, ellos son cinco y les alimenta un
rencor de siglos que ya no se puede borrar —agitó la cabeza pesimista—.
¡Demasiado tarde! —concluyó—. Ahora la clemencia solamente sería una muestra de
debilidad y eso es lo único que no podemos permitirnos: Ser débiles.
Más
que ira, o furia, el rostro de Patricia pareció expresar un profundo cansancio
y un hondo pesar.
—No
lo entiendo —replicó—. No entiendo lo que han hecho contigo. ¿Cómo puedes haber
cambiado tanto y olvidar tan fácilmente cuanto papá nos enseñó? —Se alejó hacia
la cocina sin despedirse, pero aún murmuró como para sí—: No. No lo entiendo.
Beverley
la observó con desaliento y una cierta rabia, y luego se volvió a Elliot, tomó
un plato y comenzó a servirle de la amplia mesa:
—Discúlpala
—pidió—. Sólo tiene cuatro años menos que yo, pero a menudo me da la impresión
de que no ha crecido. Sigue siendo una niña, soñando con utopías y
arriesgándose por una causa perdida. ¿Langosta? —Dirigió una larga mirada hacia
la puerta de la cocina con aire desolado y añadió—: Si no fuera por la
influencia de Klaus, hace tiempo que estaría en la cárcel. —Se volvió a Elliot
interrogativa y como suplicando su asentimiento—. Un hombre no puede arriesgar
constantemente su posición y su buen nombre por culpa de una cuñada rebelde.
¿No te parece?
—Eso
depende de la clase de hombre y de la clase de cuñada —replicó sin querer
comprometerse.
—Klaus
podría ser ministro de Energía —continuó ella sin prestar mucha atención a lo
que Elliot había dicho y éste experimentó la sensación de que una campana
repicaba secamente en su interior al escuchar la palabra «Energía»—. Pero estoy
segura de que si no le han nombrado para el cargo es por ser yerno de mi padre
y cuñado de Patricia. —Le alargó un plato tan repleto de comida que Elliot lo
contempló asombrado, sin saber por dónde empezar y se sirvió a su vez sin dejar
por ello de hablar en lo que más parecía un monólogo que una conversación—.
Aquí—añadió—. Una carga familiar semejante puede truncar cualquier carrera
política y no es justo porque al fin y al cabo no se trata de su familia, sino
de la mía. ¿Tú qué opinas?
Habían
tomado asiento en una esquina de la larga mesa y comían sin apetito, escogiendo
cuidadosamente los mejores bocados.
—No
entiendo mucho de política —se disculpó—• Y no tenía idea de que tu marido se
interesase por ella. Creí que era un simple comerciante en recuerdos africanos.
—Ése
es el negocio familiar —aclaró Beverley—. Lo ha hecho progresar increíblemente
en estos años, pero él vale más que eso. —Tragó un bocado—. Sería un magnífico
ministro —añadió convencida—. ¡Magnífico!
Se
limitó a hacer un gesto de asentimiento con la boca llena, como si considerase
la capacidad de Verboeren para un puesto semejante fuera de toda duda,
observando a Patricia que había hecho su aparición, saliendo de la cocina para
encaminarse al jardín y preguntándose, cómo no había caído en la cuenta desde
el primer momento, del extraordinario parecido físico que existía entre ellas.
Beverley parecía mayor, más por su carácter y su forma de expresarse que por su
aspecto, pero tenían los mismos ojos, la misma boca y el mismo cuerpo, aunque
no cabía duda de que una de ellas había madurado demasiado rápidamente.
—¿Dónde
se encuentra ahora tu padre? —inquirió de improviso sin saber él mismo a
ciencia cierta la razón de semejante pregunta.
—En
Londres. ¿Por qué?
—Tal
vez la solución sería que tu hermana se fuera con él.
—Es
lo que vengo diciendo hace años —se lamentó—. Pero no me escucha. Si no está de
acuerdo con lo que ocurre, que se vaya. Pero insiste en que su puesto está
aquí. —Alzó las manos al cielo como si solicitara una merced—. ¡Aquí! ¿ Qué
hace aquí, más que meterse en líos? El día que Klaus no pueda seguir
protegiéndola, no volveré a verla. —Se diría que estaban a punto de saltársele
las lágrimas y su voz se quebró—. Yo la quiero. Es mi hermana. Una estúpida
cabezota inconsciente, pero sigue siendo mi hermana. En Sudáfrica nadie puede
jugar con la ley —concluyó haciendo un esfuerzo por serenarse—. No hay términos
medios; o la aceptas o tienes que marcharte.
—Me
llamo Amami Optué, tengo treinta y cuatro años, y me han pedido que cuente mi
historia, aunque no sé a quién puede importarle, pues no se trata más que de la
historia de un negro sudafricano.
—Hay
blancos que aseguran, sin embargo, que esa historia les interesa a otros
blancos, y a los negros, y aunque hace ya mucho tiempo que dejé de creer en
cuanto dicen los blancos, no tengo nada que perder, ni ninguna otra cosa mejor
que hacer —salvo perseguir cucarachas por la celda— y lo mismo me da hablarle a
este aparato que a las paredes.
—Me
llamo Amami Optué y nací en el Traskey, en "Tierra de Indígenas", lo
que significa que haga lo que haga y trabaje lo que trabaje, nunca tendré
derecho a ser considerado ciudadano de "Joburg" ni de ninguna otra
ciudad; ni derecho, tampoco, a que mi mujer y mi hijo vivan conmigo o vengan a
visitarme.
—En
realidad, a estas alturas ya no tengo derecho más que a una inútil apelación
contra mi sentencia que tan sólo conducirá a un corto retraso en mi ejecución,
una comida al día y un pedazo de soga usada, puesto que como asegura el
verdugo, "cuello negro no luce bien con cuerda blanca".
—Creo
que ya he dicho que tengo treinta y cuatro años, y si no lo he dicho lo digo
ahora, lo que significa que hace casi dieciocho que me reclutaron para trabajar
en las minas de "Joburg", pues desde el mismo día en que dejan de ser
niños, a los muchachos de mi pueblo no les queda otra salida, para no morirse
de hambre en las "reservas", que aceptar el riesgo de morir sacando
oro.
—El
trabajo resultaba muy duro, pero eso era algo de lo que yo venía oyendo hablar
desde que tenía memoria y me había ido haciendo a la idea de cuál sería mi vida
desde el momento en que llegara a la ciudad. Quizá por ello, los nueve años que
pasé en la mina fueron probablemente los mejores que recuerdo, en especial
desde el momento en que le perdí el miedo a descender en aquellos chirriantes y
vetustos ascensores que nos llevaban hasta las entrañas mismas de la tierra y
me acostumbré a las continuas y ensordecedoras explosiones que conseguían que
la cabeza, me estallase y el mundo amenazara con venírseme encima a cada
instante.
—No
creo que nadie que no lo haya experimentado pueda comprender qué clase de
angustia oprime el corazón y la garganta cuando se permanecen diez o doce horas
a tres mil metros de profundidad aspirando el polvo que desprende el taladro, y
la indescriptible sensación de paz y alegría que nos invade cuando afloramos de
nuevo a la superficie y podemos contemplar las estrellas y respirar
abiertamente el fresco aire de la noche.
—En
aquel tiempo aprendí a vivir para unos minutos en los que, sentado en una roca,
se me antojaba que todo el aire del universo era al fin mío, y a veces pienso
que ni tan siquiera el hecho de casarme, o la noticia del nacimiento de mi
hijo, me proporcionaron tanta alegría como abandonar cada día la mina y no
tener que caminar encorvado o arrastrándome temiendo a cada instante que
toneladas de piedra y oro me sepultaran.
—Muchos
murieron.
—Muchos.
—Tantos
que pronto olvidé incluso su número, sus nombres y sus caras, y no me siento
culpable por ello, ya que nadie se preocupó nunca por contar los cadáveres,
allá abajo apenas si alcanzábamos a distinguir en la penumbra los confusos
rasgos de nuestras negras caras, y ninguno respondía a otro apelativo que el de
"cafre" que nos daban los capataces.
—Pese
a todo, aquéllos no fueron para mí los peores años, porque al menos me sentía
todo lo libre que se puede sentir un negro en este mundo y ganaba lo suficiente
como para poder enviar algún dinero a mi familia.
—Cada
dos años podía ir a pasar con ellos quince días, y como los blancos me
consideraban fuerte, trabajador y tranquilo, mantenía la esperanza de que algún
día me proporcionarían el "Pase" que les permitiría establecerse para
siempre conmigo en Soweto.
—¡Era
un hermoso sueño!
—Imagino
que mis sueños no le interesan en absoluto a ningún blanco ni negro, pero me
han pedido que hable sobre mí, y lo cierto es que en mi vida, como en la de
todo "cafre" sudafricano, prevalecen los sueños sobre las realidades.
—Era
un hermoso sueño y me pregunto qué deben sentir los hombres que pueden convivir
siempre con su mujer y sus hijos sin que unas absurdas leyes les obliguen a
permanecer lejos de los que aman durante tanto tiempo. Pero yo entonces aún no
pensaba demasiado en esas cosas, porque todos los que me rodeaban vivían de la
misma forma, y mi único deseo era continuar de igual modo y conseguir que
dentro de tres o cuatro años todos pudiéramos estar al fin juntos para siempre.
—Pero
llegó aquel sábado...
—Yo
llevaba dos semanas sin abandonar el recinto de la mina y ni siquiera había
oído hablar de agitación y disturbios en las calles. No tenía ni la más mínima
idea de las protestas por la subida de los autobuses, ni de que los obreros de
la construcción hubieran decidido quemar públicamente sus "Pases"
para llamar la atención del mundo sobre la discriminación a que estábamos
siendo sometidos.
—En
aquel tiempo ni siquiera me pasaba por la mente la idea de que los de mi raza
pudiéramos vivir sin el "Pase" y era tanto lo que luchaba por
conseguir el de mi esposa, que me resultaba por completo inconcebible que
alguien —fuera quien fuera— pudiera quemar el suyo por ningún motivo.
—Pero
así estaba ocurriendo y nadie se había preocupado de explicarme la razón.
—Decidí
por tanto emprender a pie el camino hasta Soweto, no por política o por
ahorrarme el precio del billete de autobús, sino por el hecho de que me
apetecía dar un largo paseo al aire libre tras dos semanas de sentirme
prisionero dentro de las dependencias de la mina.
—Mucha
gente parecía haber tenido mi misma idea. Hombres, mujeres y niños —algunos con
aspecto de encontrarse sumamente fatigados— marchaban por la carretera,
cabizbajos y silenciosos, pese a que de tanto en tanto cruzaban a nuestro lado
autobuses vacíos, lo que me produjo una gran extrañeza puesto que estaba
acostumbrado a verlos absolutamente abarrotados.
—Un
hombrecillo que apenas podía dar un paso, me explicó al poco que ante el
abusivo aumento de los precios de los pasajes, la población de Soweto había
decidido boicotear los autobuses haciendo el trayecto de ida y vuelta a
KJ°tmrg" a pie todos los días.
—Me
pregunté cómo era posible llevar a cabo semejante locura. Para poder entrar a
trabajar a las siete de la mañana la mayoría de los obreros tenían que salir de
sus casas casi a las cuatro sin posibilidad alguna de regresar a ella antes de
las once de la noche, pero allí estaban, caminando como autómatas, porque hacía
ya más de una semana que había comenzado el boicot y la mayoría se encontraba
en el límite de sus fuerzas.
—Sentí
vergüenza por mis pies intactos pese a que también yo hubiese estado trabajando
duramente en la mina, pero no tuve mucho tiempo para pensar en ello, porque de
pronto y sin saber cómo ni de dónde, comenzaron a hacer su aparición amarillas
camionetas repletas de policías que se abalanzaron sobre los caminantes y
comenzaron a apalearlos salvajemente.
—
Corrí.
—Quizá
era yo el único que aún estaba en condiciones de correr aquel día, aunque
advertí que otros muchos me seguían, renqueantes, y cuando me incliné a ayudar
a una pobre mujer que había tropezado y chillaba como un cochino degollado,
escuché claramente las primeras detonaciones, y no tardé en comprender que la
mayoría de los que caían ahora a mi alrededor, estaban muertos.
—No
puedo decir cuántos eran ni quién los mataba. Sólo puedo decir que si aquella
buena mujer se hubiera quedado en el suelo tal vez aún seguiría con vida, pues
no hizo más que dar una docena de pasos aferrada a mi brazo, cuando se
precipitó hacia delante con una gran mancha de sangre en la espalda, y ya no se
movió más ni lanzó nuevos chillidos.
—Libre
ahora de su carga no pensé más que en la huida, y me arrojé por un terraplén
aun a riesgo de quebrarme una pierna o la cabeza en la caída. Me sentía
aterrorizado y no me avergüenza en absoluto confesarlo. La carretera se había
convertido en una carnicería, y yo lo único que buscaba era ponerme fuera del
alcance de las balas.
—No
sé durante cuánto tiempo corrí, ni durante cuánto tiempo me persiguieron los
gritos de los heridos, pero si sé que me disloqué un tobillo, me destrocé el
pantalón y una rama me desgarró el brazo, aunque no advertí que sangraba hasta
mucho más tarde, cuando me encontraba ya esposado, porque al oscurecer caí en
manos de una patrulla de la policía.
—Éramos
más de treinta, maniatados y apretujados en el interior de una furgoneta
pensada probablemente para ocho, y el largo viaje nocturno resultó tan dantesco
que cuando al fin nos dejaron salir al exterior una mujer había muerto de
asfixia y un muchacho aplastado. »Nadie quiso escucharme. »Nadie prestó la
menor atención al hecho de que yo no participaba en ningún boicot y tan sólo
era un minero que disfrutaba del primer día de descanso en dos semanas, y me
encerraron con cuatrocientos presos más en el interior de una inmensa nave
vacía que en otro tiempo debió contener productos químicos, pues el polvillo
del suelo nos obligaba a estornudar continuamente.
—No
creo que nunca pueda olvidar el amanecer de aquel domingo en que una apretujada
masa de "negros" no cesaba un instante de estornudar sobre las caras
de sus vecinos, pero aún fue peor la noche del miércoles, en la que el potaje
que nos sirvieron nos produjo terribles diarreas y tuvimos que hacer casi al
unísono nuestras necesidades allí mismo, convirtiendo el suelo en una inmensa
mancha marrón y pestilente sobre la que chapoteábamos como sobre el fango en un
día de lluvia torrencial.
—Creo
que fue ésa la primera vez que tomé conciencia de que los "blancos"
nos estaban empujando más allá del límite de lo que un ser humano, por muy
negro que haya nacido, puede llegar a soportar, aunque aún me sentía demasiado
asustado como para pensar seriamente en ello.
—Aún,
mi única preocupación era salir cuanto antes de allí y volver al seguro refugio
de la mina, rogando continuamente a Dios para que los capataces aceptaran mis
explicaciones y no optaran por echarme del trabajo desposeyéndome del
"Pase", y obligándome por tanto a regresar para siempre al hambre
atroz de la "Reserva" del Traskey.
—Sentado
sobre aquel mar de mierda, estornudando, con el tobillo hinchado y muerto de
miedo y fatiga, añoré como nunca el tranquilo refugio de la mina y llegué a
considerar que vivir en una eterna penumbra, a tres mil metros de profundidad,
con poco aire y continuas explosiones, era lo más hermoso que podía ocurrirle a
un hombre que había tenido la mala ocurrencia de nacer, como yo, negro en
Sudáfrica».
El
viaje de regreso al hotel lo hicieron en silencio, cada uno en un rincón del
asiento posterior del Rolls, observados de tanto en tanto a través del espejo
retrovisor por el joven conductor, en cuyos labios danzaba una irónica sonrisa,
pero que cambiaba de expresión cada vez que se cruzaban con un vehículo que no
fuera de la policía, y en un par de ocasiones, al detenerse en un semáforo,
colocó la mano sobre el pesado pistolón que descansaba a su lado.
Un
adormilado conserje le extendió la llave:
—Acaban
de llamar de su oficina —dijo—. Es urgente... ¿Desea que la telefonista vaya
marcando el número? A menudo resulta difícil conseguir línea internacional.
Negó
con un gesto.
—No.
Gracias; lo haré yo mismo. —No confiaba en los teléfonos sudafricanos tras la
explicación que Patricia le había dado y menos aún de las telefonistas
sudafricanas. Darles el número del “Saturday News” significaba tanto como poner
un anuncio aclarando que, pese a lo que dijese su pasaporte, no era un
comerciante en viaje de placer, sino un periodista entrometido en los asuntos
internos de Sudáfrica.
Paola
se sentó en la cama y aguardó mientras comenzaba a marcar la larga lista de
números necesarios para conseguir comunicación con Nueva York.
—¿A
quién llamas? —inquinó en voz baja. La tranquilizó con un gesto:
—A
casa.
Aguardó
hasta que se escuchó con toda claridad, casi como si se encontrara en la
habitación vecina y no a miles de kilómetros de distancia la voz de Ángela.
—¡Hola!
¡Soy yo, Elliot! —dijo—. ¿Tienes algún recado para mí?
—Ha
llamado Kety: Tu amigo ha muerto.
—¿Mi
amigo? —se alarmó—. ¿Qué amigo?
—No
sé cómo se llama... —Elliot conocía lo suficiente a su ex-esposa como para
comprender que sí sabía cómo se llamaba, pero no quería decirlo y su voz sonaba
preocupada, con un tono muy distinto al de cuando se encontraba enfadada con él
o furiosa por algo—. Ése al que fuiste a visitar la semana pasada: un accidente
de automóvil.
—Entiendo.
¿Dijo algo más?
—Que
te cuides.
—Lo
haré. ¿Cómo están las niñas?
—Muy
bien. Pero lo que sospechaba de María del Sol se ha confirmado: Se acuesta con
Don Ziadie.
Se
escuchó lejana una voz que gritaba:
—«Se
está divorciando..».
Pero
Ángela no pareció prestarle mayor atención.
—Confío
en que su hermana tenga más cuidado.
—¿Quieres
que hable con ella?
—¿Para
qué? —fue la amarga respuesta—. No vas a devolverle la virginidad. Y menos por
teléfono. Repito: ¡Cuídate!
Colgó
y Elliot permaneció con el auricular en la mano, absorto en sus pensamientos
hasta que Paola le hizo regresar a la realidad.
—¿Y
bien? —inquirió.
—Una
de las gemelas ya no es virgen.
—Titular
de primera página para tu particular semanario familiar —admitió—. Pero de
escaso interés para el común de los lectores. ¿Quién es tu «amigo»? ¿Qué le ha
ocurrido?
Elliot
colocó el teléfono sobre la cama, lo tapó con una almohada y se sentó encima.
—Mi
«amigo» es Alexander Kadar. Y ha muerto en accidente de automóvil en un país en
el que nadie circula nunca a más de sesenta kilómetros por hora.
Paola
Cavani lanzó un largo silbido de admiración y resultaba claro que no le
afectaba gran cosa la muerte del chipriota.
—¡Pobre
tonto! —exclamó—. Jugó a las altas finanzas y a la primera de cambio le
quitaron de en medio.
—Pero
¿por qué...? —inquirió él francamente desconcertado—. En caso de que nuestras
sospechas sean ciertas y el barco se hunda dentro de unos días, la muerte de su
propietario tan sólo puede complicar el asunto del seguro.
—Alguien
tendrá los documentos que prueben que en realidad el barco no era suyo. Y
llegado el momento hará su aparición.
—¿Klaus
Verboeren?
—Demasiado
listo para mezclarse en eso. Probablemente algún «hombre de paja».
—¿Qué
tal te fue con él?
—Supongo
que peor que a ti con su esposa, porque no sé si recuerdas que desde ayer estoy
con la regla.
—No
me refería a eso y lo sabes. ¿Averiguaste algo?
—Que
es muy rico, muy atractivo y muy, muy inteligente. Demasiado inteligente, si se
me permite decirlo.
—Se
te permite. Y tú debes saberlo, porque estás acostumbrada a tratar con tipos
inteligentes —bromeó—. ¿Te mencionó que es candidato al cargo de ministro de
Energía?
—En
absoluto. Me habló del país, sus increíbles bellezas naturales y lo bien que lo
pasaríamos en la reserva de animales salvajes del Parque Krüger, cuando yo me
encuentre digamos «normal».
—¿Aceptaste?
—Le
di esperanzas. Aunque le hice notar que no podía irme dejándote solo en la
ciudad. —Agitó la cabeza como si dudara de sus propias palabras—. Creo que más
o menos veladamente me propuso un intercambio de parejas.
—Puedes
apostarte la vida a eso. Le miró a los ojos.
—Entiendo.
La señora Verboeren no estaba en sus «días malos». ¿Me equivoco?
—No.
No te equivocas —admitió—: En ciertos aspectos, la gente de este país se
comporta como si les hubieran pronosticado un cáncer incurable y se apresuran a
aprovechar el tiempo que les queda de vida lo mejor posible. Están
aterrorizados.
—Klaus,
no —replicó ella convencida—. En Klaus alienta un fanatismo que me recuerda el
de los «camisas negras» de mi infancia, cuando mi padre regresaba de las
manifestaciones en plaza Venecia, convencido de que el Duce recuperaría la
totalidad del antiguo imperio romano. Oyéndole hablar, casi te convences de que
les están haciendo un favor a los negros al tratarlos como los tratan.
—¿Crees
que es el hombre que andamos buscando...? ¿El que está detrás del difunto
Alexander Kadar?
Se
encogió de hombros:
—No
sabría decirlo, pero Klaus Verboeren puede ser lo que se proponga, y desde
luego no resulta sencillo sonsacarle nada que él no quiera que se le sonsaque.
No va a ser tarea fácil... —sentenció—. No va a ser fácil, ni aún con la ayuda
de los animales salvajes del Parque Krüger.
—De
todos modos habrá que intentarlo. Un relámpago de furia brilló por un momento
en los hermosos ojos de Paola Cavani:
—Eres
un hijo de puta —señaló convencida—. Te importa un bledo que me acueste con
quien sea, con tal de conseguir la información que te interesa. ¿No es cierto?
Elliot
tardó en responder, y comenzó a desnudarse muy despacio arrojando la ropa a un
rincón de la amplia estancia con gesto de cansancio. Se quitó luego los zapatos
y los calcetines y movió los pies repetidas veces, observándose los dedos como
en una extraña gimnasia que le fascinara. Sin mirarla, dijo al fin:
—Tú
te acostarás con Klaus Verboeren, independientemente de que puedas obtener de
él cualquier clase de información, porque te gusta y te interesa. El verdadero
problema estriba en que llegue a gustarte demasiado. —Alzó el rostro hacia
ella—. Y yo puedo conseguir esa información sin tu ayuda, porque es mi oficio y
siempre lo he desempeñado bien sin necesidad de recurrir al «proxelitismo».
¿Por qué no te parecerá mal aprovecharte de lo que yo obtengo allanando moradas
ajenas, lo que no me produce un especial placer, y que yo no me aproveche de lo
que tú obtengas acostándote con un tipo con el que realmente estás deseando
acostarte? Se suponía que éramos socios en este asunto.
—Lo
expones de una forma que lo ensucias, como siempre.
—Eso
no es cierto —protestó molesto—. Lo expongo como es realmente, nos guste o no.
Lo único que nos disculpa es que lo hacemos para intentar desenmascarar a unos
canallas que no dudan en hundir barcos y ahogar marineros en una forma de
piratería por la que, tiempo atrás, les hubieran ahorcado a todos del palo
mayor. Si nuestro buen amigo Verboeren es inocente de este cargo, en premio a
su inocencia habrá sacado en limpio el haber disfrutado de una de las mujeres
más románticas, atractivas y apasionadas que conozco. Si es culpable, cuanto
hagamos por desenmascararle estará justificado.
—La
eterna cuestión de si el fin justifica los medios. ¿No es cierto?
—Exactamente
—admitió con naturalidad—. Con la diferencia de que eso se suele alegar cuando
se recurre a la guerra, la violencia o la tortura. Y al fin y al cabo, el bueno
de Klaus no tendrá razones para quejarse de los medios que vas a utilizar con
él. Yo, que los conozco bien, puedo asegurarte que resultan de lo más
agradables.
Paola
Cavani se esforzó por no reír y se encogió de hombros como si considerase que
continuar la charla no conducía a nada práctico.
—Sigues
siendo un hijo de puta —señaló en tono amistoso mientras se ponía en pie y se
encaminaba a su habitación—. El más redomado hijo de puta que he conocido en mi
vida, y nunca llegaré a comprender por qué te aguanto. Buenas noches.
—¡Buenas
noches!
Apenas
hubo salido, Elliot apagó la luz y se dispuso a dormir. Una explosión profunda,
como un trueno nacido de una lejanísima tormenta, estremeció levemente la
maciza estructura del altivo Hotel President.
—Dos
días más tarde llegaron los bomberos, y con sus mangueras a presión limpiaron
el suelo, aprovechando al propio tiempo para "bañarnos" divirtiéndose
mucho porque la potencia del chorro lanzaba por tierra a los más débiles
arrojándolos sobre los excrementos y a los unos contra los otros.
—Luego
los hombres más fuertes fuimos obligados a salir a un patio, alineándonos
contra la pared y a los más rebeldes o menos dispuestos a colaborar se les
castigó con una tanda de latigazos siendo enviados más tarde a la cárcel de
"Joburg", en la que los considerados "alborotadores"
sufrían una pena "preventiva" de ciento ochenta días sin derecho a
juicio, prorrogable tantas veces como la policía considerase conveniente, lo
que hacía que a menudo permanecieran años allí sin conseguir averiguar de qué
se les acusaba.
—Yo
sabía que la cárcel significaba el fin de todas mis esperanzas de traer conmigo
a mi familia y decidí por tanto mostrarme sumiso y resignado, pero cuando dos
horas más tarde vi llegar a los granjeros descubrí que incluso esa docilidad
había resultado inútil y concluían para siempre mis años de paz y de ilusiones.
—¡Los
granjeros!
—Comprendí
de pronto la razón de mi detención y de que nos hubieran mantenido allí
encerrados sin motivo aparente en lugar de contentarse con darnos una tunda y
permitirnos regresar a nuestras casas. Se acercaba el tiempo de la cosecha, los
granjeros necesitaban mano de obra abundante y barata, y una "ley"
blanca les autorizaba a reclutarla entre los presos negros aunque éstos no
estuviesen acusados de ningún delito específico.
—El
único requisito que se les exigía era comprometerse a alimentarlos y
responsabilizarse de ellos evitando que escaparan. Por el precio de una comida
diaria podían disponer de cuantos trabajadores necesitasen en un régimen de
esclavitud aceptada y respaldada por el Gobierno que se ahorraba al propio
tiempo mucho dinero en mantener a "vagos y agitadores".
—Mi
nuevo "dueño" fue por lo tanto un malhumorado bóer pelirrojo que se
limitó a elegirme señalándome con el extremo de la sucia cachimba que fumaba
eternamente y que parecía tener una marcada predilección por los de mi raza,
pues de los siete "presos" que se llevó ese día, seis éramos
"xoshas".
—Se
apoderó de mi "Pase" que se guardó en el bolsillo de la camisa y
nunca más volví a ver, y sin decir media palabra firmó unos papeles
indicándonos luego que subiéramos a un camión atestado de mercancías que
aguardaba en la puerta.
—Un
zulú armado que nos impedía incluso coger unas patatas de las que había varios
sacos, nos vigilaba, y a los pocos instantes nos pusimos en camino por la
carretera de Pretoria que dejamos pronto atrás para seguir, siempre hacia el
norte y por caminos cada vez más accidentados, durante lo que se me antojaron
cuatro o cinco horas de marcha.
—No
recuerdo gran cosa de ese viaje; tan sólo que sentía unos incontenibles deseos
de llorar, puesto que cada kilómetro que avanzaba me apartaba más y más de la
mina y me alejaba de mi mujer y mi hijo, a los que me constaba que no podría
enviar ningún dinero mientras el granjero considerase que necesitaba mis
servicios.
—Llegarnos
de noche a nuestro destino y sin cenar nos acomodaron en un viejo galpón
repleto de trastos que cerraron por fuera. Estaba tan cansado que no tuve
tiempo ni de pensar en que había cambiado la posibilidad de una cárcel
gubernamental, por la realidad de otra cárcel privada y creo que hasta que pasó
por lo menos una semana no pude tomar conciencia de qué era lo que el futuro me
reservaba.
—El
granjero era un hombre taciturno que apenas abría la boca más que para dar
órdenes o reñir a sus peones y su mujer una especie de bruja sarmentosa e
igualmente pelirroja, que no permitía jamás que nos aproximásemos a menos de
diez metros de distancia. Había marcado con cal un gran círculo en torno a la
casa y desde el primer momento especificó claramente que el "cafre"
que se atreviese a cruzarlo podía considerarse hombre muerto.
—La
hija mayor era una de las criaturas menos agraciadas con que me haya tropezado
en mi vida, y de los dos muchachos, el pequeño, el ser humano de más sádicas
intenciones y refinada crueldad que sea dado imaginar.
—De
toda la familia, por tanto, tan sólo el hijo mayor, Robert, resultaba
accesible, y era el único que, de vez en cuando, se preocupaba de concedernos
un corto descanso o traernos agua cuando el calor apretaba de firme.
—El
año largo que pasé en Vieja Holanda fue, sin lugar a dudas, el peor de mi vida,
pero al que tengo, no obstante, algo muy importante que agradecer, aunque
—visto adonde me ha llevado— no sé si hubiera sido mucho mejor que no me
hubiera ocurrido.
—Un
domingo, mientras la familia había ido a cumplir con su servicio religioso,
dejándonos, como siempre, encerrados en el cobertizo, descubrí en el más
apartado de los rincones y bajo un gran montón de sacos vacíos y colchones
viejos, un enorme arcón semipodrido pero repleto de manoseados libros que a
buen seguro llevaban allí muchísimo tiempo.
—Ignoro
a quién pertenecían, pues jamás vi que los granjeros leyeran ni siquiera el
periódico, y aunque admito que a mí tampoco me habían interesado nunca los
libros y lo que aprendí en mis años de escuela apenas me había servido más que
para descifrar los comunicados de la compañía minera y los letreros de las
calles, tal vez el hecho de saber que tenía que pasar todo un largo domingo
encerrado entre cuatro paredes, me impulsó a dedicar un rato de ese tiempo a
tratar de averiguar qué era lo que les había ocurrido a los hermanos Karamazov.
—Creo
que fue ese día cuando comencé a descubrir, o al menos entrever, cuál era el
mundo del que los blancos se esforzaban por mantenernos tan alejados e
ignorantes.
—A
partir de aquel domingo le quité horas al sueño e incluso al trabajo, para
leer, y en cuanto el capataz, el granjero o sus hijos se descuidaban, me perdía
entre los árboles y empleaba unos minutos a devorar aquellas amarillentas
páginas que a menudo se quedaban entre mis dedos, pero que me iban enseñando
tantas cosas nuevas y maravillosas que se me antojaba absurdo e imposible que
hasta aquel momento nadie me las hubiera siquiera mencionado.
—Durante
el juicio se ha afirmado que soy un líder nato dotado de una notable
inteligencia impropia de un negro, pero yo más bien creo que cualquier otro
miembro de mi raza que hubiera dispuesto del incalculable tesoro de
conocimientos y sabiduría que se ocultaba en aquel baúl, hubiera llegado al
mismo punto en que ahora me encuentro yo; es decir: exactamente a los pies de
la horca.
—Porque
averiguar de improviso que la Humanidad había alcanzado tantos logros y que
tantos hombres nacidos de la nada habían llegado tan lejos a base de coraje y
tenacidad enfrentándose a las injusticias y las arbitrariedades, obligaba
necesariamente a meditar en el hecho de que cualquiera de nosotros podía
igualmente obtener su libertad y recuperar su dignidad si en verdad lo deseaba.
—Comprendí
también por qué los blancos se habían esforzado tanto por apartarnos de la
educación y la cultura asegurando que un "cafre" no necesita saber
más que lo imprescindible para captar y obedecer las órdenes que se le dan, y
el peligro que para un amo representa el hecho de que su esclavo descubra que
en realidad tan sólo el color de la piel los diferencia.
—Y,
a decir verdad, incluso mi piel era mucho más hermosa, lisa y brillante que la
de aquella puerca familia de pelirrojos analfabetos, que vivían sin embargo
convencidos de que Dios, "Su Dios", les había autorizado a tratarnos
como bestias, obligándonos a trabajar de sol a sol sin sueldo y sin apenas
comida, para encerrarnos de noche como si de sus vacas o sus caballos se
tratase.
—Y
luego estaba ella —Gerta— que a sus veintitrés años no había conseguido que un
solo hombre le pusiera la mano encima y que cuando nos sorprendía a solas en el
establo o en el bosque, nos obligaba a masturbarnos amenazándonos con gritar
asegurando que estábamos tratando de violarla si no la obedecíanlos.
—El
negro al que una blanca acusa en el Transvaal de intento de violación, sabe que
lo más dulce que le puede ocurrir es que lo quemen vivo, y a causa de ello
docenas de veces tuve que resignarme a desnudarme frente a aquella criatura
inmunda, y masturbarme observando cómo se extasiaba contemplando cómo crecía de
tamaño mi pene, escuchando la inconcebible bestialidad de sus soeces
comentarios y aceptando la crítica de que la intensidad y la potencia de mi
eyaculación fueran menores que las de los peones zulúes.
—Pero
mi principal problema fue siempre el pequeño Sigfrid, el Cazador, como él mismo
quería que le llamaran, que a sus catorce años se convirtió desde el primer día
en un constante quebradero de cabeza para los trabajadores de la finca.
—Sigfrid
era probablemente un pésimo estudiante, y por lo que pude deducir, un niño
débil y cobarde, aborrecido por sus compañeros de escuela, que debían de
hacerle víctima de toda clase de burlas y desprecios, y ese constante sentirse
humillado y rechazado le conducía a vengarse sobre aquellos que no podían
defenderse de sus ataques. »Su padre le había regalado por su cumpleaños una
escopeta de dos cañones, y subido en un enorme caballo percherón, se pasaba las
horas vagando por los alrededores y disparando a cuanto animal se ponía al
alcance de su arma.
—Mataba
sin medida ni discriminación, y nada había que nos infundiera más temor que
verle aparecer con su mirada torva y su semblante hosco, con la escopeta
cruzada sobre la montura, porque nos constaba que si en esos momentos una
perdiz asustada alzaba el vuelo a nuestra espalda, disparaba sin tener en
cuenta que la perdigonada pudiera alcanzarnos de lleno.
—Su
hermano se pasaba la vida llamándole la atención, pero parecía sentir por él
casi tanto desprecio como por nosotros, los "negros", e incluso en
ocasiones tuve la sensación de que no le importaría verle muerto para heredar
de ese modo una granja que según la tradición local pasaría el día de mañana a
manos del primogénito varón.
—Mi
vida transcurría, por tanto, entre trabajo agotador, frío en invierno, calor
asfixiante en verano, hambre, masturbaciones, lectura y una continua alerta
para evitar en lo posible la presencia del joven Sigfrid.
—Su
hermana Gerta, que en ocasiones participaba en los "juegos" eróticos
manoseándonos y obligándonos a que se la metiéramos en la boca para acabar
dentro de ella, perdió cierta tarde de primavera los estribos e insistió en que
el más joven de los peones, un "xosha" de aspecto delicado y hermosas
facciones, la penetrara por detrás, lo que le produjo tan tremendos desgarros
en el ano, que sus gritos atronaron el bosque, perdió el conocimiento y cuando
un "tsonga" y yo acudimos asustados, nos aterrorizamos al descubrir
que sangraba como un cerdo degollado.
—El
pobre "xosha" temblaba de miedo convencido de que no había ya quien
le librara de la hoguera y durante un largo rato que se nos antojó interminable
no supimos qué hacer, dudando entre llevarla a la casa, avisar a su madre o
esperar a que tomara sus propias decisiones en cuanto estuviera en condiciones
de hacerlo.
—Por
fortuna aquella guarra tenía bien claro que las leyes que prohiben cualquier
relación sexual entre individuos de distintas razas también la afectaban y
cuando recobró el conocimiento se limitó a amenazar con matarnos personalmente
si comentábamos lo que había ocurrido, para alejarse luego, casi sin poder dar
un paso, hacia la casa.
—Mi
impresión es que esa tarde Gerta perdió el control de su esfínter, porque a
partir de ese momento ya nunca fue la misma, olía a demonios y al cabo de un
mes desapareció para siempre y ningún miembro de su familia volvió a nombrarla
nunca.
—Nada
cambió sin embargo para nosotros, excepto quizá para empeorar las cosas, pues
con la llegada de las vacaciones el pequeño Sigfrid tenía más tiempo libre y
tomó la costumbre de golpearnos continuamente con su fusta, sin que ni sus
padres ni su hermano le llamaran nunca la atención.
—Poco
a poco se fue envalentonando, y matar animales y azotar negros parecieron
convertirse en sus únicos entretenimientos, hasta el extremo de que llegó un
momento en que dedicábamos más tiempo a tratar de eludir su presencia que a
concentrarnos en lo que teníamos que hacer.
—Yo,
por mi parte, seguía leyendo a todas horas y admito con vergüenza que, para
evitar ser descubierto, opté por destrozar los libros llevando en el bolsillo
tan sólo unas cuantas hojas que rompía o enterraba a medida que iba
concluyendo.
—No
era en verdad un comportamiento muy justo hacia quien tanto me estaba
enseñando, pero me constaba que nadie me castigaría por llevar encima unas
hojas de papel que aparentemente tan sólo utilizaba para limpiarme el culo,
mientras que no sabía cómo podrían reaccionar si descubrían que me estaba
dedicando a tratar de averiguar cómo era el mundo allí donde, al parecer, no
existían más diferencias entre negros y blancos que las que marcaban las
distintas tonalidades de piel.
—Desde
que tenía memoria se habían esforzado por hacerme creer que las costumbres eran
las mismas en todas partes y los negros teníamos la ineludible obligación de
someternos a los blancos porque Dios, con su infinita sabiduría, así lo había
dispuesto. Pero, ahora, en aquellos libros aparecían de tanto en tanto negros
que hablaban y se comportaban como auténticos seres humanos idénticos al resto
de los mortales e incluso se aseguraba que indios y chinos, los otros grandes
grupos tradicionalmente discriminados en nuestro país, poseyeron en un tiempo
culturas indudablemente más avanzadas y "civilizadas" que la europea.
—Los
viajes de Marco Polo me enseñaron que cuando holandeses, ingleses y alemanes no
eran más que una pandilla de salvajes que se cubrían con pieles y se mataban a
garrotazos, los chinos, aquellos mismos chinos que ahora no podían entrar en
sus restaurantes o utilizar sus autobuses, ya conocían la pólvora y la
imprenta, y que la mayoría de las modernas ideas filosóficas europeas habían
tenido su verdadero origen en la India.
—Sin
embargo allí estábamos nosotros, chinos, hindúes, mestizos,
"coloreados" y negros, reducidos a la simple condición de esclavo por
el hecho de que a un hombre se le había ocurrido decir un día: "Prefiero
una Sudáfrica injusta y miserable, pero blanca, que rica y justa, pero
negra".
—Y
aunque parezca absurdo e inconcebible, fueron muchos los blancos que aceptaron
tan bestial teoría y cuando aquel mismo hombre les propuso crear un partido
político que despojara por la fuerza a los "no blancos" de todos sus
derechos humanos reduciéndolos a la mera condición de mano de obra a mitad de
camino entre el hombre y el caballo, le votaron masivamente permitiéndole que
nos desposeyera de todo cuanto el propio Dios nos había otorgado.
—Los
"no blancos" de este país nos hemos visto reducidos tradicionalmente
al papel de meros animales domésticos, en un sistema de esclavitud, más cruel,
por hipócrita, que el de los más oscuros tiempos de la Historia, y fue durante
aquel largo año en la granja cuando tomé conciencia —con ayuda de los libros—
de que semejante vida no merecía ser vivida y valía la pena sacrificarla por
conseguir que algún día mi hijo, o los hijos de mis hijos, pudieran recuperar
al fin su condición de auténticos seres humanos».
Le
despertó el insistente repicar del teléfono, y cuando lo tomó no pudo reconocer
en un principio la voz que le espetó sin más preámbulos:
—¿Le
apetecería conocer el desierto?
—¿Desierto?
—inquirió adormilado—. ¿Qué desierto?
—El
de Kalahari, naturalmente. Es el único que tenemos por aquí...
No
le cupo ya duda de que se trataba de la voz de Patricia Hudson, y mientras
tomaba asiento en la cama y buscaba un cigarrillo inquirió sin tener ni idea de
a qué demonios se estaba refiriendo:
—¿Y
qué se me ha perdido a mí en el Kalahari? —quiso saber—. ¿Es que no hay nada
más divertido que ver en este país?
—Tal
vez —replicó la muchacha con naturalidad—. Pero tal vez le apetezca más lo que
voy a proponerle... ¿Por qué no baja a desayunar conmigo y se lo explico? Estoy
aquí en la cafetería del hotel.
Estaba
efectivamente en la cafetería y le pareció mucho más hermosa aún que la noche
anterior, pese a que se encontraba profundamente pálida y las marcadas ojeras
mostraban a las claras que probablemente no había pegado ojo en toda la noche.
Su proposición resultó, por otra parte, de lo más espontánea, brutal y
desconcertante:
—¿Por
qué no vamos a hacer el amor en una tienda de campaña al desierto de Kalahari?
Pasaremos juntos todo el fin de semana.
—¿Qué
le hace pensar que me apetece hacer el amor con usted?
—Lo
hizo con mi hermana... ¿O no?
—¿Se
lo ha dicho ella...?
—No
necesito que Beverley me diga nada. La conozco... —Hizo una corta pausa y le
observó por encima de su taza de café, mientras añadía con intención—: ¿O quizá
han hecho planes para pasar el fin de semana los cuatro juntos... ? Por lo que
pude advertir, Klaus se siente muy atraído por su esposa, y les gusta organizar
de vez en cuando alguno de esos pequeños partys privados en el yate que tiene
en Durban.
A
Elliot Dunn le repicó de nuevo la campana en lo más profundo del cerebro y
estuvo tentado de inquirir de inmediato qué clase de yate era el que Klaus
Verboeren tenía en Durban y para qué lo utilizaba aparte de aquellas pequeñas
fiestas «privadas», pero comprendió que su curiosidad podría ser mal
interpretada y prefirió darle un brusco giro a la conversación.
—¡Bien...!
—señaló—. Creo que para lo temprano de la hora ya hemos dicho bastantes
tonterías... —Alargó la mano por encima de la mesa y golpeó con afecto una de
las de ella—. ¿Por qué no me cuenta qué es lo que quiere de mí exactamente?
—Ya
se lo he dicho: hacer el amor en el desierto.
—Y
yo no me lo he creído... Continuemos: ¿Por qué demonios está dispuesta a
acostarse conmigo con tal de que sea en ese maldito desierto?
—Porque
usted, como turista, puede pasar los controles policiales sin que le hagan
demasiadas preguntas... Yo, Patricia Hudson, sola, no llegaría a cincuenta
kilómetros de aquí.
—¿Por
qué?
—Me
tienen fichada... En este país, todo el que no sea abiertamente racista y aúlle
constantemente a favor del apartheid acaba fichado como sospechoso de
«traición».
—¡Bien...!
Hasta ahí puedo entenderlo claramente... Ahora explíqueme qué demonios se le ha
perdido en ese desierto...
—Ondo
Xemba.
—¿Cómo
ha dicho?
—He
dicho Ondo Xemba... ¿Nunca ha oído hablar de Ondo Xemba?
—En
absoluto.
—Pues
Ondo Xemba es el líder negro de la Resistencia Pacífica: un discípulo de Gandhi
y la única persona lo suficientemente sensata de este país como para conseguir
que las cosas cambien sin que nos sumerjamos en un auténtico baño de sangre,
pero el Gobierno lo deportó al desierto, lleva allí doce años y sabemos que
necesita alimentos y medicinas...
—¿Y
me está pidiendo que le ayude a llevárselos...? —se asombró Elliot—. Eso sería
tanto como involucrarme en la política sudafricana, y no hay nada que esté más
lejos de mi intención. Olvida que no soy más que un simple turista que pretende
obtener al propio tiempo un beneficio de su viaje y no veo qué beneficios
obtendría de ir a visitar a ese tal Ondo.
Patricia
Hudson, que acababa de encender un cigarrillo y cuyo aire de fatiga parecía
acentuarse por minutos, le observó en silencio, como si estuviera tratando de
leer en lo más profundo de sus pensamientos y por último hizo un leve gesto
fatalista, encogiéndose de hombros.
—Al
menos tenía que intentarlo —musitó—. Anoche se me antojó algo más que un simple
mercader de objetos típicos... —Sonrió con tristeza—. Siento haberme equivocado
y haberme hecho ilusiones...
Hizo
un expresivo ademán al camarero pidiéndole la cuenta, pero Elliot la detuvo con
un gesto:
—Permítame
que, por lo menos, la invite a desayunar —rogó.
—¿Por
qué, si fui yo quien le sacó de la cama y le obligó a bajar...? Aquí, en
Sudáfrica, la única igualdad que realmente se ha conseguido, es la de los
sexos... —Sacó un billete de la cartera y tras alargárselo al camarero, comentó
con una leve sonrisa—: Ha sido una lástima, porque en el fondo me excitaba la
idea de hacer el amor en el desierto. Debe ser uno de los pocos lugares que me
quedan por probar... Ese y el Himalaya, naturalmente...
—¿Porqué?
—Porqué,
¿qué?
—¿Por
qué ese ansia que parecen tener todos ustedes, los sudafricanos, de consumir la
vida tan aprisa?
—Porque
somos el único pueblo que ha tomado plena y absoluta conciencia de que el fin
del mundo está cerca. Para ustedes la catástrofe nuclear y la destrucción final
son algo nebuloso y piensan en las bombas atómicas como en cosas fantásticas
encerradas en el fondo de profundos silos que tan sólo se pondrán en movimiento
por culpa de un sinfín de errores humanos que difícilmente pueden llegar a
producirse... Pero para nosotros, los sudafricanos, el fin del mundo está en
cada negro que pasa a nuestro lado, nos sirve la mesa, nos prepara el almuerzo
o riega el jardín. Tenemos a veintitrés millones de enemigos conviviendo con
nosotros; veintitrés millones de posibles asesinos que tan sólo parecen estar
esperando el momento de asestarnos una puñalada por la espalda y quitarnos de
en medio... —Aplastó la colilla de su cigarrillo en el cenicero con gesto de
profundo hastío—. Yo fui una chica «normal» que únicamente se acostaba con su
novio, hasta los veinte años... Pero una noche, Roger, un joven y brillante secretario
de Embajada con el que me iba a casar un mes más tarde, fue atacado en el
interior de su auto en la esquina de mi casa y lo dejaron clavado en una silla
de ruedas para siempre. Regresó a Europa y jamás quiso volver a verme, de lo
cual no le culpo, aunque tampoco culpo a los negros que le golpearon, porque
yo, en su caso, si me encontrara tan pisoteado como ellos se encuentran,
también trataría de matar a todo blanco detenido ante un semáforo, sin
molestarme en averiguar si se trataba de un diplomático extranjero o un maldito
esclavista bóer.
—¿Usted
siente un desprecio especial hacia los bóers, no es cierto...? ¿Qué diferencia
existe entre su racismo o el de los descendientes de ingleses...? Al fin y al
cabo todos son blancos y todos abusan de los negros... ¿O no...?
—No...
—negó la muchacha, convencida—. La diferencia es muy grande... Los
descendientes de ingleses todavía conservan una cierta dosis de humanidad, y si
por ellos fuera se habría podido llegar a un arreglo más justo. Pero los bóers
no. Los afrikaaners son racistas hasta la médula, y si los ingleses no les
hubieran obligado cuando aún tenían fuerza, seguirían manteniendo el sistema de
esclavitud.
—¿Porqué?
—Porque
los bóers son la gente más inculta y bestial que nadie pueda echarse a la cara.
Salvo contadas excepciones, la mayoría jamás han pasado de la escuela elemental
y en cualquier país civilizado apenas serían algo más que obreros de baja
calificación, campesinos o todo lo más conserjes y celadores. Pero aquí, el
blanco más estúpido manda sobre un puñado de negros, es director general de una
empresa o presidente de un Banco y vive mejor que el más calificado
especialista de su país...
—He
visto sus casas y sus coches y desde luego entiendo que estén dispuestos a
defender sus privilegios con uñas y dientes.
—¿
Adonde pueden ir si los negros les echan de aquí? No tienen patria de origen a
la que regresar pues hace más de dos siglos que sus antepasados abandonaron
Holanda y Alemania, y ya ni siquiera tienen en común con ellos el idioma. El
afrikaaner no es más que un pastiche absurdo que únicamente nosotros
entendemos. Si se van, se convertirán en eternos parias miserables, y están
dispuestos a asesinar a mansalva antes de que eso ocurra.
—En
cierto modo es lógico. Y contemplado desde su punto de vista, se comprende.
—Pero
han sido ellos los que han llevado las cosas a este extremo. Nos han conducido
a un callejón sin más salida que la violencia y la muerte, y aún imaginan que
con las armas pueden solucionarlo todo. ¡Fíjese en la policía y el ejército! En
su inmensa mayoría son bóers de los que disfrutan disparando a placer contra
negros indefensos... ¿Cree que no tengo motivos para despreciarlos...?
—¿Su
cuñado...? Klaus. ¿Es de ésos? ¿De los analfabetos que disparan contra negros
indefensos?
—Lo
primero, no. Lo segundo, sí... Proviene de una vieja familia adinerada y
estudió en Europa y en América. Tiene ambiciones políticas... ¡Grandes
ambiciones!, pero tampoco es de los que dudarían a la hora de masacrar negros.
—¿Qué
clase de ambiciones...?
—Ser
ministro. Incluso, tal vez, algún día, presidente del Gobierno.
—¿Ministro
de Energía?
—¿Cómo
lo sabe?
—Su
hermana lo mencionó anoche y me sorprendió que quisiera ser, precisamente,
ministro de Energía... ¿Por qué?
—No
lo sé. Supongo que se deberá a que tiene negocios de petróleo y ya le he dicho
que en este país a un bóer en cuanto aprende a poner una inyección le nombran
ministro de Sanidad. El Partido Nacionalista y el Gobierno están en sus manos y
no tienen gente preparada... —Súbitamente guardó silencio y se quedó observando
a su interlocutor con una extraña fijeza y un cierto aire de sospecha—.
¡Explíqueme! —añadió por último—. ¿Cómo es posible que yo, que me siento
agotada después de pasar la noche en blanco, haya venido aquí a proponerle
algo, y lo único que he hecho es hablar de mi cuñado y los problemas
sudafricanos? ¿Por qué le interesa tanto Klaus?
—Pretende
acostarse con mi mujer.
—¡Lógico!
Si ya usted se acostó con la suya... Pero hay algo más... ¿Qué es?
—Tal
vez hagamos negocios juntos.
—¿También
trafica usted con animales salvajes?
—¡Oh,
no, en absoluto! Lo mío son regalos. Toda clase de regalos exóticos. Tengo una cadena
de tiendas en la Costa Oeste.
—¿Y
tiene que venir de tan lejos para comprar, existiendo los catálogos y los
representantes?
—Ya
le he dicho que vine por turismo y que tan sólo pretendo aprovechar el viaje.
Ella,
que ya se había puesto en pie, le observó desde su alta estatura y resultaba
evidente que había un claro deje de incredulidad en aquella mirada.
—Creo
que miente —dijo, dispuesta a marcharse—. Creo que usted no ha tenido jamás
ninguna tienda de objetos de regalo en parte alguna, y creo, además, que la
mujer que llevó anoche a casa de mi hermana no es su esposa. Ignoro qué es lo
que pretenden, pero se lo advierto: puede tratar de joder a Klaus todo lo que
quiera, pero si le hace daño a Beverley se va a encontrar metido en un buen
lío.
—¿Qué
clase de lío?
—Toda
clase de líos. En Sudáfrica no hace falta mucho esfuerzo para buscarle líos a
un extranjero. Basta, por ejemplo, con acusarle de simpatizar con los negros, o
tener tendencias comunistas. Ya con eso puede pasarse una larga temporada en la
cárcel.
—¡Vaya
con Patricia! —fingió escandalizarse Elliot—. Primero me saca de la cama
ofreciéndome una luna de miel en el desierto y luego me amenaza con hacer que
me metan en la cárcel. ¿Por qué no se sienta de nuevo y discutimos el asunto
tranquilamente?
—No
creo que tenga nada que discutir con usted.
—Tal
vez sí —indicó él mostrándole con gesto insistente la silla que ella había
abandonado—. Tal vez podamos llegar a un acuerdo: yo le ayudo y usted me ayuda.
—¿Ayudarle
a qué?
—A
joder a Klaus Verboeren.
Ella
le observó con profunda atención, como si estuviera tratando de averiguar hasta
qué punto era sincero, y al fin optó por tomar asiento nuevamente.
—Eso
puede que me interese —admitió—. ¿Por qué quiere joder a ese bóer de mierda?
Elliot
Dunn estaba ya casi absolutamente convencido de que podía confiar en Patricia
Hudson y contarle cuanto sabía o sospechaba de su cuñado, pero pese a ello
consideró que seguía siendo prudente conservar un as en la manga, y recordando
la información que Nikon le había dado, se arriesgó a utilizarla.
—Porque
estarnos convencidos de que es uno de los cerebros de una organización
internacional que se está dedicando a matar y comercializar millones de
animales salvajes en todo el mundo. Y pretendemos desenmascararle.
Se
diría que los hermosos ojos de la muchacha no podían ocultar la magnitud de su
profunda decepción.
—¿De
modo que tan sólo es por eso? —inquirió—. Por eso no ahorcan.
—¿
Realmente le gustaría ver ahorcado a su cuñado?
—No
conozco a nadie que lo merezca más.
—Pero
es su cuñado. Su hermana le quiere.
—¿Usted
cree? ¿Usted, que anoche se acostó con ella al rato de conocerla? No. Lo que
ocurre es que Beverley está deslumbrada por lo que significa estar casada con
un hombre guapo y rico, que además puede llegar a ministro o presidente. Pero
confío en que algún día reaccione y se dé cuenta de quién es en verdad Klaus
Verboeren y qué clase de cosas hace.
—¿Y
qué clase de cosas hace? —Muchas, desde luego, y aniquilar animales salvajes no
es, en absoluto, la peor de ellas.
—Algo
debió de pasar ese día en la escuela. Algo peor que de costumbre, porque el
malnacido de Sigfrid, el Cazador, hizo su aparición sobre su enorme caballo
percherón con un ojo amoratado, el labio partido y expresión de incontenible
furia.
—Pero
a pesar de que estábamos siempre alerta a la hora de su llegada, un pobre
bechuana al que la asquerosa comida de la granja continuamente descomponía el
estómago, cometió el terrible error de alejarse unos metros y colocarse de
espaldas al camino para hacer sus necesidades.
—La
vista del negro trasero al aire debió ser todo cuanto aquel pequeño canalla
necesitaba para descargar la ira que le venía reconcomiendo, porque sin
pensárselo dos veces se echó la escopeta a la cara, apuntó con cuidado y
disparó.
—Todos
escuchamos claramente el alarido y pudimos observar cómo el desgraciado
bechuana echaba a correr tratando de sujetarse los pantalones, aullando de
dolor y miedo y dejando tras sí un reguero de sangre que le manaba de las
nalgas, la desnuda espalda y la cabeza.
—Robert
suplicó a su hermano que se estuviera quieto, pero la presencia de aquella
sangre debió excitar aún más a Sigfrid, el Cazador, que rió divertido, apuntó
de nuevo, y mientras todos conteníamos el aliento incapaces de aceptar que un
crimen a sangre fría se iba a cometer ante nuestros propios ojos, apretó de
nuevo el gatillo y el muchacho cayó de bruces, alcanzado de pleno.
—Cuando
llegamos a su lado, aún gemía, se agitó unos instantes con trágicas
convulsiones, y al fin lanzó una especie de largo estertor y se quedó muy
quieto, muerto.
—¿Por
qué lo has hecho? —gritó Robert pálido de ira, y el pequeño asesino se limitó a
encogerse de hombros, sin ni siquiera hacer ademán de bajar del caballo o
mostrar el más mínimo arrepentimiento por su acto.
—Trataba
de escapar —replicó con una calma y un cinismo que me asombraron aún más de lo
que ya había visto—. Trataba de escapar, y ya sabes que las órdenes son matar a
cualquier negro que intente fugarse.
—¿Cómo
no iba a tratar de escapar...? —se asombró su hermano—. Acababas de
dispararle...
—¿Y
eso qué importa? —fue la absurda respuesta—. Los negros siempre encuentran
algún motivo para escapar... Además —añadió—, tú de parte de quién estás, ¿de
la mía o de los "cafres"?
—La conversación
fue así, exactamente así, y como a continuación arreó su caballo, alejándose
hacia la casa, el asunto quedó zanjado con la orden de que enterráramos el
cadáver en lo más profundo del bosque, cerca del río.
—Nadie
hizo averiguación alguna. Las autoridades dieron por buena la versión de que un
reo había muerto al intentar huir, y ni siquiera se dignaron hacer acto de
presencia para tratar de comprobar que los hechos habían ocurrido tal como el
granjero quiso relatarlos.
—Fue
esa noche, despierto en mi rincón hasta que llegó el momento de reemprender el
trabajo, cuando llegué a la conclusión de que por mucho que nos esforzáramos,
no habría nunca lugar para blancos y negros sobre el inmenso suelo de
Sudáfrica, y no alcanzaríamos la paz hasta que arrojáramos a todos cuantos
consentían que se cometieran crímenes semejantes a lo más profundo del océano.
—Había
que hacer algo; había que sacudirse un miedo que llevábamos dentro desde que
aún anidábamos en el vientre de nuestras madres; desde antes incluso de haber
sido concebidos; desde que alguien, miles de años atrás, tuvo la ocurrencia de
asegurar que a causa del color de nuestra piel pertenecíamos a una raza
inferior y al blanco le asistía el derecho de convertirse en nuestro verdugo y
nuestro dueño.
—¿Quién
había decidido que aquel mocoso granujiento pudiera disponer de los cuerpos y
las vidas de hombres que también poseían un alma a imagen y semejanza de la de
Dios? ¿Quién era él para que se le permitiera asesinar por capricho sin recibir
más castigo que una leve reprimenda y que su padre le confiscara durante unos
cuantos días la escopeta?
—La
mayoría llevábamos ya un año en la granja, hambrientos, explotados, sin
noticias de los seres queridos y sin la esperanza de que algún día nos fuera
devuelta nuestra libertad y nuestros "Pases", y creo que fue la
quinta noche cuando —todos juntos— decidimos arrancar las tablas del techo,
salir al frío viento del otoño que moría, y escapar.
—Primero
huimos juntos y luego cada uno por su lado, porque la mayoría prefirieron
buscar la cercana frontera para unirse a los rebeldes que se estaban armando
con el fin de iniciar, en un día no muy lejano, el definitivo ataque contra los
blancos que nos habían pisoteado durante tanto tiempo.
—Les
acompañé hasta que nos adentramos en el Parque Krüger, la gigantesca reserva a
la que los europeos de Pretoria y Johanesburgo solían acudir los fines de
semana a disfrutar de la proximidad de miles de animales salvajes en libertad,
pero en el último momento, cuando tan sólo unas horas de marcha nos separaban
de Mozambique, llegué a la conclusión de que no podía pasar el resto de mi vida
en el extranjero abandonando a su suerte a mi mujer y a mi hijo, y opté por
regresar a casa.
—Mis
compañeros quisieron disuadirme ya que más de mil quinientos kilómetros de
territorio hostil me separaban del Traskey, pero para mí aún seguía siendo
mucho más importante abrazar a mis seres queridos que tomar las armas para
dedicar el resto de mi vida a matar blancos.
—La
noche en que al fin me dejaron solo sentí miedo, un espantoso vacío en el
estómago y una angustia mucho más terrible aún que la que llegué a experimentar
nunca en el fondo de la mina, porque lejos rugían los leones, no llevaba más
arma que un ancho machete de cortar hierba, y sabía que me encontraba en el
corazón de la más extensa reserva de bestias salvajes del continente. Pero no
eran las fieras las que en verdad me asustaban, sino el incontable número de
soldados y policías blancos y sus esbirros, los negros renegados, que tendría
que evitar a lo largo de aquella inconcebible sucesión de selvas, praderas,
desiertos, ríos y montañas que me separaban de mi lugar de origen.
—Dudé
entre avanzar de noche arriesgándome a perderme o darme de bruces con un león,
o hacerlo durante el día, a la vista de los vigilantes y cuidadores del parque
de los que sabía que solían disparar sobre cualquier intruso a los que siempre
tomaban por cazadores furtivos o guerrilleros infiltrados.
—Elegí
por tanto el mal menor; andar de noche y esconderme de día y a estas alturas
aún me pregunto qué milagro ocurrió para que consiguiese salir con vida de
semejante aventura.
—El
terreno, de suaves colinas, riachuelos, lagunas y quebradas poco profundas se
encontraba cubierto en su mayor parte de una espesa maleza en la que se
ocultaban las fieras de mayor tamaño, y pequeños bosquecillos de acacias o
cortas áreas de chaparros en las que me tropezaba de continuo con manadas de
impalas, jirafas, cebras, ñus o incluso búfalos y elefantes.
—Aunque
limitado su disfrute al esparcimiento de los europeos, con frecuencia había
oído hablar de la gran cantidad de animales que podían encontrarse en el
Parque, pero jamás pude imaginar que proliferaran de tal modo ni en tal
cantidad de especies diferentes.
—Durante
el día, subido en la rama de un árbol u oculto entre unas rocas, los observaba
pastando a mi alrededor sin inquietarse apenas por la presencia de leones,
chacales, leopardos o incluso autobuses repletos de ruidosos turistas que
solían hacer su aparición para detenerse a observarlos, fotografiándolos desde
todos los ángulos y lanzando exclamaciones de asombro o nerviosas risas
asustadas.
—Cierta
tarde uno de esos autobuses se salió de su sendero habitual y vino a detenerse
tan cerca de donde me escondía que la única solución que encontré para no ser
descubierto por los pasajeros que descendían a estirar las piernas y hacer
fotos, fue arrastrarme entre la maleza y esconderme bajo las ruedas.
—Otro
día al amanecer me sorprendió muy cerca de un campamento en los que los
visitantes pasaban unos días de descanso y desde la copa de un árbol observé
cómo se bañaban en la piscina, se tumbaban al sol, o comían bajo una sombrilla
atendidos por un auténtico ejército de camareros negros.
—Aquél
era mi país: el esplendor de toda la maravillosa vida de África palpitando en
torno a un grupo de chozas construidas imitando un poblado zulú habitado por un
puñado de blancos que reñían a los nativos por no saber servirles la ensalada
por el lugar exacto o preparar un cóctel tal como acostumbraban a tomarlo.
—Al
atardecer, pude advertir cómo manadas de impalas iban acudiendo a buscar
protección dentro del campamento, durmiendo en las "calles" o en los
porches de las cabañas, mientras fuera rugían los leones y centinelas
fuertemente armados montaban guardia para que ni las fieras ni los
"cafres" molestasen a los turistas y a sus únicos invitados: los
impalas.
—Yo
ya pensaba. Yo ya no era el negro ignorante que durante nueve años había estado
descendiendo hasta el fondo de una oscura mina sin ni siquiera preguntarme por
qué demonios lo hacía. Ahora en mi huida llevaba cuatro libros en mi morral, y
muchos, muchísimos más en mi memoria, y cada una de sus páginas y cada una de
sus líneas me habían enseñado a observar, analizar y meditar sobre cuanto
ocurría a mi alrededor.
—Ahora
sabía exactamente cuál era la diferencia entre un afrikaaner de origen bóer o
un inglés, y qué era lo que los negros podíamos esperar de unos y otros. Sabía
también que en el siglo pasado los bóers pagaban cuatro rands por cada cabeza
de bosquimano que se les entregase, y que en algunas de aquellas
"cacerías" se llegaron a matar hasta mil "cafres"
permitiéndose tan sólo sobrevivir a los niños, que eran entregados como
esclavos a las familias de granjeros. Sabía también que en un principio fueron
los ingleses los que impusieron por la fuerza la abolición de la esclavitud,
pero que en los últimos años, y desde que Sudáfrica se declaró República
Independiente apartándose de la Metrópoli, el temor a la pérdida de sus
privilegios de "blancos" les había convertido también en racistas,
aunque no tan virulentos como los propios bóers.
—Y
allí estaban ahora, todos revueltos, bañándose juntos en la piscina del
campamento y era tanta la atención con que los observaba y tan profunda mi
abstracción que no advertí que estaba siendo observado a mi vez, hasta que una
voz ronca y profunda sonó a mis espaldas:
—Si
yo hubiera sido un blanco ya estaría muerto —dijo.
—Era
alto, muy flaco, tenía el rostro marcado por profundas cicatrices y le faltaba
una oreja. Era "pistero" o guía, según dijo, y su misión estribaba en
acompañar a los veterinarios blancos que se cuidaban de las bestias del parque,
y que ponían en ello muchísimo más interés del que ponía ningún médico de su
raza en cuidar a los "cafres".
—Encontré
tus huellas y las seguía creyendo haber atrapado a un cazador furtivo —añadió—.
Pero ahora veo que no lo eres. Odio a los cazadores furtivos.
—No
tenía mucho donde elegir y le conté mi historia. Me constaba que la mayoría de
los de mi raza que trabajaban para los blancos en puestos de confianza
acostumbran a denunciar a los suyos, pero había algo en las cicatrices de aquel
rostro que me inspiró confianza.
—Me
escuchó en silencio masticando un palito que siempre llevaba en la boca y me
hizo notar —como los otros—, que mis posibilidades de llegar a casa sin que me
atraparan era de una entre un millón.
—Sin
"Pase", sin dinero, sin conocer el territorio y sin amigos, sería tan
sólo cuestión de tiempo toparme con la policía, el ejército o un simple delator
decidido a cobrar la recompensa que se ofrecía por todo "cafre"
fugitivo.
—Hay
tipos que viven de cazar furtivos —dijo—. Y te aseguro que los felicitan cuando
los entregan muertos.
—Ignoraba
qué precio podían haber puesto a mi cabeza, pero no me cabía duda de que, fuera
cual fuese, siempre habría alguien dispuesto a cobrarlo, fuera blanco, negro o
coloreado.
—El
pistero me llevó a su choza, me dio de comer, y me permitió que durmiera sin
miedo ni sobresaltos durante todo un largo día y una noche, prometiéndome que
el domingo me conduciría hasta casa de unos parientes —ya fuera del Parque— en
la que podría sentirme seguro.
—Vivía
solo, sin más compañía que un mono y algunos pájaros y era en verdad un
auténtico hombre de la sabana; uno de los pocos que aún quedaban de lo que
debieron ser mucho tiempo atrás nuestros antepasados que amaban a las bestias y
el aire libre; conocían por su nombre cada planta, cada árbol y cada flor, y
cuando imitaban el trino de los pájaros, éstos les respondían incapaces de
descubrir que no era uno de su especie quien los estaba llamando.
—Sentí
de algún modo envidia de él porque era el único ser humano que había conocido
que aún disfrutaba plenamente del África que se había mantenido virgen durante
millones de años, pero que en menos de tres siglos los blancos habían
destrozado preocupándose tan sólo por arrancarle su oro, masacrar a sus
bestias, y esclavizar a sus hombres.
—La
blanca es una raza maldita, implacable y destructora, que nada ni nadie
conseguirá detener hasta el día en que se destruya a sí misma, y sin embargo,
eran ellos, los injustos, los asesinos, los depredadores y los esclavistas, los
que nos acusaban a nosotros de salvajes y los que se consideraban elegidos por
Dios para imponernos sus leyes y "salvarnos".
—¿
Quién era ese Dios y dónde se ocultaba para ir hasta allí a escupirle a la
cara?
—El
odio iba creciendo en mi interior como una larva que permanece enquistada
durante largos años, pero que de improviso hace eclosión y día a día va
creciendo a ojos vista a base de alimentarse de los millones de pequeños
rencores que se han ido almacenando a su alrededor.
—También
los libros, al igual que enriquecieron mi espíritu abriéndole los ojos hacia
mundos con los que anteriormente ni tan siquiera había soñado, enriquecieron en
cierto modo mi odio, pues el conocimiento me daba una medida más justa para
calibrar el tamaño del crimen que se había cometido con mi pueblo».
La
lagartija tomaba el sol sobre una piedra. Era un sol violento e inclemente que
abrasaba la tierra cayendo a plomo sobre ella, vertical y sin sombras.
No
se escuchaba un solo rumor, aparte del zumbido de los insectos, ni se advertía
movimiento alguno puesto que no soplaba ni un hálito de brisa.
La
lagartija, de un verde oscuro y sucio, prestó de improviso atención, irguiendo
su plana cabeza y moviendo apenas los saltones ojillos como si algo la hubiera
alarmado, pero no pareció reparar en la figura humana que había hecho su
aparición tras un matojo, justamente a su espalda.
El
hombre, un negro de unos sesenta años y gruesos lentes que le conferían un
curioso aspecto intelectual pese a lo andrajoso de su vestimenta, andaba
descalzo y al poco comenzó a arrastrarse hacia el reptil que momentáneamente
había depuesto su actitud de alerta.
La
cacería fue lenta, laboriosa, llena de tensión y calurosa, y el hombre ponía en
ella toda su alma y su atención, moviéndose con tal parsimonia, que ni siquiera
era capaz de hacer un gesto para secarse las gruesas gotas de sudor que le
corrían por la frente.
Cuando
no más de un metro le separaba de su víctima, ésta pareció alarmarse
nuevamente, lo que le obligó a inmovilizarse como si de una estatua de piedra
se tratase; una estatua de la que el sudor manaba ahora a chorros por cada poro
de su cuerpo, pero luego con un rapidísimo gesto, impropio aparentemente de un
hombre de su edad y su deplorable aspecto físico, se lanzó sobre el animal al
que atrapó ya en plena carrera, introduciéndolo de inmediato en una pequeña
bolsa de piel que amarró fuertemente.
Descansó
un largo rato, como si el salto hubiera sido excesivo para sus escasas fuerzas,
y por último se aproximó a un arbusto, escarbó junto a las raíces e
introduciendo en el hueco una larga caña cuya extremo había cubierto con un
sucio pañuelo, absorbió un líquido terroso y levemente amargo, que apenas bastó
para calmar su sed.
Al
levantar de nuevo el rostro advirtió que una nube de polvo se alzaba en la
distancia y cuando no le cupo duda de que se trataba de un vehículo que
avanzaba a través del desierto, se encaminó al puñado de chozas que se
desparramaban por la llanura, a poco más de quinientos metros de distancia,
aunque resultaba no obstante aventurado llamar chozas a los cuatro tingladillos
de caña y paja sin siquiera paredes que protegieran del viento en cuyo interior
sólo podían distinguirse media docena de raídas esteras, un puñado de vasijas
de barro y algunos utensilios de madera.
Poco
más de una docena de hombres, todos negros y todos igualmente andrajosos y
polvorientos, observaban, inquietos, al vehículo que se aproximaba y la
profunda preocupación de sus rostros no cesó hasta que la roja camioneta se
detuvo y de ella descendieron, también cubiertos de polvo, Patricia Hudson y
Elliot Dunn.
El
hombre de la lagartija fue el primero en acudir a su encuentro y sus ojos
brillaron mientras se esforzaba por esbozar una amplia sonrisa:
—¡Patricia!
—exclamó—. ¡Querida niña...! Nunca imaginé que volviera a verte... ¿Cómo te las
has arreglado para eludir los controles?
Se
abrazaron con muestras de indudable afecto y luego la muchacha se volvió a
Elliot:
—Él
me ayudó. Permítame que le presente a mi amigo Elliot Dunn, de Estados Unidos.
—Había tomado por el brazo al negro y se le advertía orgullosa de él—. El
profesor Ondo Xemba.
Los
dos hombres se saludaron con un fuerte apretón de manos mientras Patricia se
apresuraba a hacer gestos al resto de los que observaban en silencio, indicando
la trasera del vehículo.
—Hemos
traído agua, alimentos y medicinas. Ocúltenlas cuanto antes por si a alguna
patrulla se le ocurre hacer su aparición.
Los
negros no se hicieron repetir la orden, apresurándose a vaciar la camioneta,
mientras ella acompañaba a Ondo Xemba y Elliot Dunn al mayor de los
tingladillos de caña, bajo el que tomaron asiento sobre las esteras.
—Te
arriesgas demasiado —fue lo primero que dijo el profesor, acariciándole con
afecto una mano—. No quiero imaginar lo que esos bárbaros harían contigo en una
cárcel.
—Alguien
tenía que venir, y yo era la más indicada —fue la sencilla respuesta—.
Necesitamos mantenerle vivo y fuerte, profesor. Es nuestra última esperanza.
—Hay
otras muchas. Nelson Mándela por ejemplo.
—Usted
sabe que no. Nelson Mándela es la esperanza de los negros de Sudáfrica. Usted
es la esperanza de todos los sudafricanos que creemos en la posibilidad de una
vida en común sin que importe el color de la piel.
—Eso
era antes, pequeña. Eso era antes. Desde tu último viaje las cosas han
cambiado. Incluso hasta aquí llegan las noticias, y empiezo a darme cuenta de
que la Resistencia Pacífica no conduce a nada en nuestro caso. Gandhi se
enfrentaba al colonialismo inglés, que, con todos sus defectos, es un pueblo
civilizado que respeta unas ciertas reglas de juego. Lo sé porque me eduqué en
sus colegios... Pero tú conoces a los bóers. Con ellos no caben más reglas de
juego que las suyas: la violencia y el terror.
Patricia
Hudson le observó entre confusa y desconcertada; se volvió un instante a mirar
a Elliot Dunn, como si él pudiera explicar la razón de semejante actitud y por
último, casi con miedo, inquirió:
—¿Me
está queriendo decir que ha cambiado de forma de pensar? ¿Que ahora está por la
violencia...?
El
profesor Ondo Xemba se despojó de los lentes, los limpió con su mugriento
pañuelo y señaló con un gesto la desolación del ilimitado desierto que se
extendía hasta perderse de vista en el horizonte.
—¡Mira
esto! —pidió—. ¿No crees que doce años aquí bastan para que un hombre abdique
de sus más firmes creencias?
—No
usted.
—Yo
soy como cualquier otro, Patricia. Frágil y vencido ya. Me desterraron para
doblegarme y lo que han conseguido ha sido endurecerme, convirtiéndome en un
nuevo partidario de la lucha armada y la masacre final, aunque reconozco que
ésa no es más que otra forma de derrota. He renunciado a mis ideales, no para
someterme a los blancos, sino para convertirme en aquello que siempre aborrecí:
un extremista.
—Han
ahorcado a Amami Optué.
—Lo
suponía, pero ni siquiera ellos pueden levantar veintitrés millones de horcas y
te garantizo que, muy pronto, por cada uno de mi raza que cuelguen, colgaremos
a dos blancos... Ya el día está próximo y harías bien en abandonar cuanto antes
el país, pequeña. Cuando mi gente se lance a la calle no habrá fuerza alguna
que la detenga ni nadie que sea capaz de señalar qué blanco merece la muerte y
cuál debe ser respetado. Todos los que no hayan huido a tiempo serán pasados a
cuchillo.
—¡Me
niego a creerlo...! —fue la firme respuesta—. Sobre todo, siendo usted quien lo
dice.
Ondo
Xemba hizo un leve gesto de impotencia, y se volvió a Elliot Dunn que había
asistido a la conversación limitándose a observar con profunda atención las
reacciones de ambos interlocutores.
—No
sé quién es usted exactamente, ni qué relación le une a Patricia —señaló el
negro—. Pero si tiene alguna influencia sobre ella, oblíguela a que se marche y
márchese usted también. Aquí ya nadie, ¡nadie!, sea cual sea su raza, ideología
o religión, estará a salvo y tan sólo vivirán aquellos que, cuando todo acabe y
sin que nadie sepa por qué extraño milagro sigan respirando. Y tal vez entonces
ésos se consideren, en verdad, los menos afortunados.
—Nunca
imaginé que le oiría hablar así —se lamentó Patricia—. Está augurando el
apocalipsis; precisamente usted, que siempre fue el máximo defensor de la fe,
la convivencia y la esperanza.
—¡Escucha,
pequeña...! —La voz de Ondo Xemba se había hecho más ronca y más profunda y
podría decirse que no le agradaba tener que recordar ciertas cosas, pero lo
hizo—. En mil novecientos sesenta, la negligencia criminal de un ingeniero
blanco provocó la muerte de cuatrocientos treinta y siete negros en la mina
Coalbrool, y los Tribunales únicamente obligaron la Compañía a pagar medio
dólar, por cada minero muerto... —Agitó la cabeza como desechando sus
pensamientos, pero añadió—: ¡Medio dólar fue lo que recibimos por la vida de mi
padre, que había trabajado casi treinta años en aquella mina! Y ni siquiera se
molestaron en recuperar su cadáver y devolvérnoslo. Aún sigue allá abajo, pero,
pese a ello, yo, que era joven, me esforcé por continuar creyendo en mis
ideales pacifistas... ¡Pero ya no...! ¡Ya rotundamente no! De ahora en
adelante, la lucha será a muerte. —Le besó la mano con un forzado gesto de
ternura, probablemente el último que pensaba dedicar a ningún blanco—. Siento
haberte decepcionado —añadió—. Pero sabes que siempre he sido sincero contigo.
Hemos llegado al final del camino y no hay punto de retorno.
Esa
tarde cuando acamparon a orillas del profundo río que marcaba la frontera
natural entre el desierto y las grandes praderas, Elliot concluyó de alzar la
pequeña tienda de campaña, y se volvió a observar a la muchacha que no había
abierto la boca durante el trayecto de regreso:
—¿Qué
esperabas? —inquirió—. ¿Que continuase ofreciendo la otra mejilla doce años
más? Bastante ha soportado, y te garantizo que cualquiera de nosotros hace
mucho que se hubiera dedicado a cortarle el cuello a todo blanco que se le
pusiera delante.
—¡Pero
él constituía un símbolo...!
—¿Símbolo
de qué? ¿De que se puede estar machacando a un ser humano eternamente? ¿O un
símbolo de que la negra es la más sufrida de las razas y siempre debemos
esperar de ellos un sacrificio aún mayor? Me juego la cabeza a que ni siquiera
te plantearías el hecho de que un blanco, ¡cualquier blanco!, soportara la
mitad de lo que ese hombre ha soportado. Pero aún así, todavía pretendes
exigirle más.
—¡Yo
no le exijo nada!
—¡Sí...!
—afirmó Elliot convencido, agitando una y otra vez la cabeza—. ¡Naturalmente
que le exiges! Le exiges que no te decepcione y continúe siendo el mártir que
tú y tus amigos habéis idealizado aunque para ello tenga que comer lagartijas
hasta que no le queden más que la negra piel y los blancos huesos. — Chasqueó
la lengua en un gesto de fastidio, al tiempo que iba a tomar asiento junto a
ella, sobre un árbol caído — . Yo le entiendo — continuó — . Le entiendo y
estoy totalmente de acuerdo con él. Los blancos de este país están pidiendo a
gritos un baño de sangre y no se quedarán conformes hasta que esa sangre les
ahogue. Por desgracia, la Historia nos enseña que los seres humanos somos tan
obcecados como para llegar a esos extremos y ésta no va a ser la excepción.
— ¿Y
qué pretendes que haga mientras ocurre? ¿Que me cruce de brazos limitándome a
contemplar cómo mi país y mi mundo se destruyen...?
—
¿Acaso está en tu mano evitarlo? ¿Quién te crees que eres? ¿Dios? En este
momento, Sudáfrica es uno de los principales problemas que se le plantean al
mundo occidental y ni la más clara de las mentes políticas encuentra una
salida. El mes pasado, el propio Schultz me decía...
—
¿Qué Schultz? ¿El secretario de Estado norteamericano...?
—
Exactamente.
— ¿Y
de qué le conoces?
— De
que ya es hora que sepas, jovencita, que no estás tratando con ningún mercader
de objetos de regalo al que crees que utilizas para tus fines, sino con Elliot
Dunn, reportero estrella, y perdona la inmodestia, del “Saturday News” de Nueva
York.
Ella
no dijo nada. Se limitó a mirarle largamente, inclinando apenas la cabeza y
luego comenzó a lanzar piedrecitas a la superficie del río, sin permitir que
Elliot pudiera leer en sus ojos qué era lo que sentía en esos momentos.
Transcurrieron
casi tres minutos de agobiante silencio mientras el sol iba cayendo sobre la
ancha llanura de alta hierba amarillenta y por último fue él quien se decidió a
romperlo:
—¿Enfadada?
—quiso saber. Negó casi imperceptiblemente.
—¿Por
qué había de estarlo? Yo ya sabía que no eras un simple turista... ¿Qué más da
que trabajes para la Sociedad Protectora de Animales, para una revista o para
un circo? Yo trataba de utilizarte y tú a mí. Estamos en paz.
—¿Realmente
no me guardas rencor?
—¿Por
qué habría de hacerlo? En el fondo me alegra que una revista tan importante
envíe a su «reportero estrella» a averiguar qué es lo que ocurre en Sudáfrica.
—Se volvió de nuevo a mirarle directamente a los ojos—. Pero lo que no entiendo
es por qué te interesa tanto Klaus. No es más que un bóer hijo de puta más.
—Tal
vez no —la contradijo—. Tal vez sea bastante más hijo de puta que el resto.
Dime: ¿Has oído hablar alguna vez del Amauri ¿O del Mauricius?
—¿De
qué se trata?
—De
barcos. Petroleros para ser exactos. Grandes petroleros.
—Beverley
mencionó un asunto de grandes petroleros en el que andaba metido Klaus. De eso
hace años y ninguno de esos nombres me suena.
Elliot
negó con un gesto:
— Se
trata de algo más reciente. Si no ando desencaminado el Mauricius, buque
inexistente que descargó su petróleo en Durban hace días, se hundirá la semana
próxima, bajo el nombre de Amauri, frente a las costas de Senegal.
Probablemente algunos de sus tripulantes mueran, pero mucha gente habrá hecho
un magnífico negocio. Tal vez entre ellos, tu cuñado.
— No
me sorprendería. — Patricia hizo una pausa — . ¿Es eso lo que pretendes de mí?
¿Que averigüe si Klaus está metido en ese asunto?
—
Exactamente.
— Lo
haré encantada. ¿Crees que lo ahorcarían por ello?
—
¡Qué perra has tomado con eso de la horca! ¡Lo que sí puedo garantizarte es que
le caerían un buen montón de años de cárcel!
— No
aquí. Nadie en Sudáfrica metería a un Verboeren en la cárcel por algo
semejante. Más bien creo que le darían una medalla si demuestra que lo hizo por
conseguir petróleo. Y dos, si los que se ahogan no son blancos.
Elliot
se puso en pie, fue hasta la camioneta y extrajo la cesta en la que ella había
guardado las provisiones y una pequeña nevera repleta de cervezas. Mientras
abría dos inquirió:
— ¿
Por qué te empeñas en continuar viviendo en un país que detestas y junto a unas
personas a las que odias? Deberías marcharte con tu padre y procurar organizar
tu propia vida. No tienes más que ésa, y cuando quieras darte cuenta
descubrirás que has perdido tu juventud empecinada en una batalla inútil. Te
pongas como te pongas, miles, tal vez millones de negros y blancos morirán en
Sudáfrica antes de que todo alcance su dimensión definitiva.
—¿Y
cuál crees que será esa dimensión? ¿El predominio de los blancos o el de los
negros?
—Yo
tan sólo soy un periodista, no un adivino, pero a no ser que los blancos sean
tan estúpidos como para arrojar una bomba atómica sobre sus propias cabezas,
resulta evidente que la proporción numérica acabará otorgando el triunfo a los
negros. Ahora esa proporción es de cinco a uno, pero pronto, con la diferencia
de crecimiento demográfico, esa proporción será de siete a uno, y tal vez,
antes de fin de siglo, de diez a uno. ¿Cómo esperan detenerlos en semejantes
circunstancias...?
—¿Tendremos
que irnos por lo tanto? ¿Abandonar la tierra en la que nacieron nuestros padres
y nuestros abuelos? ¿Desertar?
—También
es la tierra en que nacieron los padres, los abuelos, los bisabuelos y los
tatarabuelos de los negros. Y se la habéis quitado. Les habéis despojado del
derecho a poseer siquiera un metro cuadrado de esa tierra; lo imprescindible
para ser enterrados junto a sus antepasados. ¿Por qué os sorprende ahora el
hecho de que alguien trate de arrebataros por la fuerza lo que habíais
arrebatado por la fuerza...? —Se había aproximado con la cesta y la abrió,
rebuscando en ella algo que comer—. Tendríais que haber hecho lo que nosotros,
que para evitar ese tipo de problemas, optamos por aniquilar a todos los pieles
rojas. Nos quedamos sin mano de obra barata, pero al menos evitamos que algún
día se envalentonaran lo suficiente como para estar en condiciones de reclamar
lo que era suyo...
—A
veces tengo la impresión de estar hablando con el hombre más cínico de la
tierra. ¿Hay algo en esta vida que de verdad te importe?
—Sí,
desde luego: mi ex-mujer, mis hijas, un buen reportaje y un buen polvo. ¿Qué
hay sobre aquella propuesta de hacer el amor en el desierto de Kalahari? ¿Aún
sigue en pie?
Patricia
Hudson le observó largamente y al fin lanzó un hondo suspiro que podía
significar cualquier cosa.
—¡Vete
a la mierda! —dijo.
—Ignoro
cuánto tiempo estuve caminando, pero debió ser mucho porque la llegada del invierno
me sorprendió en el camino y fue aquel invierno particularmente crudo, al menos
a mí así me lo pareció, tal vez porque estaba habituado a pasarlo en el fondo
de la mina y no en campo abierto, teniendo que dormir a la intemperie, mal
vestido y peor alimentado.
—Por
lo general acostumbraba a avanzar de noche por carreteras que se dirigían al
sur y en cuanto comenzaba a clarear buscaba un escondite y permanecía oculto la
mayor parte del día, durmiendo, vigilando o procurándome alguna cosa de comer.
—Nunca
he sido un hombre grueso y tenía fama de fuerte, pero en el transcurso de ese
viaje me convertí en una sombra de mí mismo y en más de una ocasión estuve a
punto de no reiniciar el camino para permitir que todo acabara y el frío me
venciera definitivamente acurrucado en una de aquellas cunetas húmedas y
barridas por el viento.
—Una
tarde comenzó a llover y aquella lluvia continuó incansable, hora tras hora,
sin parar un momento, y era una lluvia helada, que hacía daño metiéndose en los
huesos a través de los poros y en todo cuanto alcanzaba la vista a lo largo y
lo ancho de aquel desolado páramo, no se distinguía una sola casa, ni un árbol,
ni lugar alguno en el que protegerse de la maldición divina que parecía
significar aquella lluvia omnipresente.
—El
mundo se había vuelto gris, sin colores y sin relieves y hubo momentos en los
que llegué a la conclusión de que en realidad estaba muerto y mi castigo era
vagar eternamente bajo la fría lluvia del páramo.
—Estaba
enfermo, tenía fiebre, frío y hambre, y lo más probable era que me estuviera
dedicando a caminar en círculos por aquella desolada llanura que no parecía
conducir a parte alguna.
—Por
fin encontré una choza de barro y piedras y un corral con un puñado de ovejas.
El pastor, un viejo de cabellos muy blancos, permanecía sentado bajo la lluvia
ante la entrada de su cabaña, muerto, y el ganado balaba de hambre y miedo,
incapaz de escapar de su encierro.
—Maté
una oveja, enterré al pastor, y liberé al resto de los animales que no se
alejaron mucho. Había leña, encendí un buen fuego y comí como no lo había hecho
en más de un año o como tal vez no lo había hecho en toda mi vida. Luego dormí
dos días y cuando desperté, la lluvia había sido sustituida por una delgada
capa de nieve que fue la que me decidió a quedarme allí descansando y
reponiendo fuerzas.
—Aproveché
para terminar de leer los libros que aparecían ya empapados por la lluvia y que
a menudo se me habían hecho terriblemente pesados durante mi larga caminata. El
último, Los cuentos de terror, de Edgar Alan Poe, me impresionaron vivamente y
me enseñaron más sobre el espíritu humano y la forma de comportarse de mis
enemigos, los blancos, de cuanto había conseguido averiguar por mí mismo hasta
aquel momento.
—Tal
vez si alguien me hubiera dado la oportunidad de buscar a mi familia y me
hubiera permitido pasar el resto de mi vida en aquella cabaña sin más ambición
que subsistir y leer, todo habría ocurrido de forma muy distinta, pero yo sabía
bien que aquellas ovejas no podían pertenecer en modo alguno al viejo pastor y
que su dueño, algún malhumorado granjero blanco, acudiría a ver qué había
ocurrido con su ganado en cuanto mejorara el tiempo.
—Me
fui por tanto abandonando allí los libros que llevaba grabados para siempre en
la memoria, palabra por palabra y que asombrarían sin duda a quien pudiera
encontrarlos en semejante lugar; dejé el aprisco abierto para que los animales
pudieran entrar y salir libremente y continué mi marcha llevándome un cordero.
—Cuatro
días más tarde, la tierra se hizo aún más pobre, las carreteras dejaron de
estar asfaltadas, los poblados y caseríos que distinguía a lo lejos tenían un
aspecto en verdad miserable y reconocí paisajes que me resultaban vagamente
familiares, llegando por tanto a la conclusión de que al fin había alcanzado la
Reserva Indígena del Traskey; la "Patria" que los blancos nos habían
dejado a los "xoshas"; mi casa.
—Aún
hacía mucho frío; el cordero, que había tenido que acabar cargando sobre los
hombros, pesaba más y más a cada metro y las llagas de los pies se me habían
abierto nuevamente produciéndome un dolor insoportable, pero la seguridad de
que los míos se encontraban cerca me dio ánimos, sobre todo al pensar en su
alegría al descubrir que les traía todo un cordero de regalo. En mi familia
jamás habíamos tenido un cordero para nosotros solos.
—Aún
tardé dos días en llegar a mi casa y prefiero no tener que relatar cómo fue
nuestro reencuentro después de tanto tiempo.
—Basta
decir que mi hijo no me reconoció e incluso a mí me costó trabajo reconocer a
mi mujer, Eola, de tan delgada y macilenta como se encontraba. Durante aquel
largo año había tenido que vivir casi de la caridad pública, llegando al
convencimiento, dada la falta de noticias, de que yo debía haber muerto.
—Al
día siguiente maté el cordero. »Eola preparó el fuego, mi hijo me observaba con
los ojos dilatados de asombro por la vista de tanta comida, y reconozco que el
entusiasmo de saber que íbamos a tener la oportunidad de saciar por completo
nuestra hambre, fue lo que hizo que por primera vez en mucho tiempo descuidara
la vigilancia de tal modo que cuando quise darme cuenta se encontraban ya en la
puerta.
—Eran
dos, tan negros como yo, pero vendidos a los blancos por una miserable paga de
"policía"; más odiados aún que los más odiados de los odiados bóers,
porque además de traidores a su raza y a su pueblo, eran crueles, despóticos y
serviles corno perros de la llanura. Eran dos de los aborrecidos
"renegados" que con su actitud colaboradora y su continuo espionaje
permitían que jamás pudiéramos librarnos de la esclavitud a que los blancos nos
tenían sometidos.
—Juro,
por lo más sagrado, que en un principio no ofrecí resistencia. Sentí que el
mundo se hundía a mi alrededor; hubiera deseado morir de pena por no haber
podido disfrutar más que un día de la presencia de los míos, y me dispuse a
acompañarles pacíficamente, pero cuando uno de ellos pretendió apoderarse del
cordero que había cargado sobre mis doloridas espaldas durante tantos días, y
era lo único que había podido ofrecerle a mi mujer y a mi hijo a lo largo de
todo un año, admito que me cegó la ira, llegué al límite de mi paciencia y
aferrando el cuchillo con el que había desollado al animal, y que aún
permanecía clavado en el poste del porche, le partí el corazón a aquel maldito
negro hijo de puta.
—El
otro escapó aterrorizado y debo confesar que experimenté una nueva y profunda
sensación de placer al descubrir que resultaba muy fácil matar a un enemigo, y
que había alguien cuyo miedo era en apariencia superior al mío».
Paola
Cavani no se encontraba en el hotel, y de su habitación faltaban los objetos de
aseo, alguna ropa y el maletín de mano, por lo que dedujo que habría decidido
aceptar la invitación de Klaus Verboeren de conocer el Parque Krüger. Se
disponía a marcar el número de su casa en Nueva York, cuando advirtió que
golpeaban quedamente en la puerta y al abrir se enfrentó con el pequeño Nikon
más inquieto que nunca aunque sin ninguna cámara fotográfica, lo que resultaba
sorprendente en él.
—¿Dónde
andabais metidos? —fue lo primero que le dijo sin saludar siquiera—. Hace tres
días que os busco.
—Estábamos
fuera, siguiéndole la pista a tu amigo Verboeren. —Cerró la puerta a sus
espaldas y le hizo un gesto para que se acomodara en el amplio sofá del salón—.
¿Ginebra...? —Ante la muda afirmación comenzó a llenarle un vaso largo y con
mucho hielo, y mientras él se servía un Pipermint, añadió—: Aún no dispongo de
toda la información, pero por lo que sé, no andas desencaminado y es muy
posible que también esté metido en el negocio de la matanza de animales...
—Eso
está muy bien —fue la respuesta del fotógrafo mientras tomaba el vaso y lo
probaba_ Pero no creo que los negocios de ese fulano tengan ya mucha
importancia frente a lo que está ocurriendo aquí...
—¿A
qué te refieres...?
Nikon
le observó como si creyera que estaba tratando de tomarle el pelo.
—Al
asesinato de Victoria Mxenge... ¿Es que no te has enterado? —Ante la muda
negativa, añadió—: Cuatro hombres la cosieron a balazos a la puerta de su casa,
en Umlazy, la ciudad negra cercana a Durban.
—¿Victoria
Mxenge? ¿La defensora de los derechos humanos?
—Exactamente.
La viuda de Griffiths Mxenge, asesinado casi de idéntica manera hace cuatro
años y cuyos agresores la policía nunca se molestó en buscar... Pero ahora las
cosas han cambiado, parece que los negros no están dispuestos a aguantar más y
se han lanzado a la calle pese al toque de queda y a todas las amenazas del
Gobierno... O mucho me equivoco, o este país corre hacia una auténtica guerra
civil. —Se diría que sonreía levemente al añadir—: ¡Y a nosotros nos ha
agarrado aquí, en pleno jaleo!
Elliot
Dunn, que había ido a tomar asiento frente a él y paladeaba muy despacio, y
aparentemente con profunda delectación, su Pipermint con hielo, alzó el vaso y
lo observó a través del verde líquido, lo que constituía una forma muy suya de
ver la vida en los momentos difíciles.
—No
es la primera vez que me ocurre ir buscando una historia y tropezarme con otra
más importante —admitió—. Pero el problema estriba en que entré en Sudáfrica
sin confesar que soy periodista y si ahora pretendiera acreditarme como tal,
tendrían una magnífica disculpa para ponerme de patitas en la frontera y no
permitirme volver nunca.
—Es
lo que me ocurre a mí. Como turista no puedo acceder a los canales de prensa
normales. Esta gente los tiene censurados. Pensé que podrías ayudarme a sacar
el material que tengo.
Fue
entonces cuando Elliot pareció reparar por primera vez en su inusual aspecto e
inquinó:
—¿Y
tus cámaras? Nunca te había visto sin ellas.
El
otro se alzó la manga de la camisa y mostró una diminuta y sofisticadísima
cámara fotográfica que llevaba sujeta con una correa a la muñeca.
—Hoy
no hay quien se pasee con una cámara por Johanesburgo sin arriesgarse a que lo
metan en la cárcel, pero conseguí unas fotos sensacionales del linchamiento de
un hindú. Aquí los hindúes lo tienen muy crudo, porque los blancos los pisotean
tratándolos como a negros, y los negros los odian porque los consideran poco
menos que blancos, casi tan despreciables como los propios negros renegados,
los del Inkatha a los que acusan de colaboracionistas y partidarios de
Apartheid. Corre el rumor de que fueron miembros del Inkatha, aleccionados por
los blancos más extremistas, los que dispararon contra Victoria Mxenge...
—Hermoso
lío, no cabe duda... —admitió Elliot—. Pero ahora lo que importa es sacar esa
información y tus fotos, del país.
—Tú
tienes amigos en las Embajadas americanas. Sabes a quién me refiero.
—Sí.
Sé a quien te refieres. Pero a esa gente vale más no tener que deberle favores.
Y me juego la cabeza a que están mucho más del lado del Gobierno blanco, por
muy fascista que sea, que de las libertades negras. Olvídate de la CÍA. Buscaré
otro camino, pero como comprenderás, no pienso ayudarte a no ser que estés
trabajando para el “Saturday News”.
—¿Pretendes
hacerme chantaje?
—Naturalmente.
Si saco tus fotos del país, las publico el primero y luego puedes hacer con
ellas lo que quieras.
—¿Diez
mil?
—Si
vamos en portada sí...
—¡Trato
hecho! —Dejó un carrete que extrajo de un bolsillo sobre la mesita de cristal,
y añadió—: Desde este momento trabajo en exclusiva para el “Saturday News” pero
los gastos corren de tu cuenta... ¿De acuerdo?
—De
acuerdo. Y ahora lárgate y procura volver con un material que valga la pena.
Necesitaré fotos del entierro de Victoria Mxenge, y alguna, si es posible, de
Winnie Mándela, la esposa de Nelson Mándela. Píntate de negro o disfrázate de
chino si es necesario, pero no vuelvas sin ellas.
El
fotógrafo hizo un leve gesto de asentimiento, se puso en pie, apuró de un trago
lo que quedaba en su vaso y se encaminó a la salida despidiéndose con un abrir
y cerrar de la mano. Elliot sabía por experiencia que ya no necesitaría
preocuparse de él, pues el pequeño Nikon era una especie de robot al que a la
hora de trabajar bastaba con programarlo con una orden que él llevaba hasta sus
últimas y casi siempre magníficas consecuencias. Elliot Dunn, que después de
tantos años en el oficio los conocía a todos, aseguraba que no existían tres
profesionales de la cámara tan eficaces como aquel enano pecoso, y por lo
tanto, en cuanto hubo cerrado la puerta a sus espaldas, se concentró en lo que
a su modo de ver tenía prioridad absoluta: encontrar una rápida y fiable vía de
salida de material periodístico de un país que tenía justa fama de contar con
los más sofisticados sistemas de censura y desinformación de todo el universo
«no comunista».
Quince
minutos después, cuando aún no había hecho más que un par de llamadas
tentativas y comenzaba a tener esbozado su plan de acción, la puerta se abrió
para dejar paso a una Paola Cavani resplandeciente, que ofrecía el bronceado
más perfecto y el aspecto más satisfecho que cabría imaginar en mujer alguna.
—¡Buenos
días! —saludó alegremente mostrando un magnífico humor poco normal en ella a
semejante hora de la mañana—. ¿Cómo te fue por el desierto?
—Por
lo que veo, no tan bien como a ti en el Parque Krüger.
—No
estuve en el Parque Krüger.
—¿Ah,
no?
—No.
Estuvimos pescando en el índico. Tendrías que ver el yate de Klaus... ¡Es algo
portentoso!
—Lo
supongo... Sobre todo la parte que está bajo cubierta. —La observó con marcado
interés—. ¿Tan bien ha ido la cosa...?
—Prefiero
no entrar en detalles para evitar herir tus sentimientos y acabar tirándonos
los trastos a la cabeza. Bastará con que te diga que para mí ha sido una
experiencia inolvidable.
—¿Piensas
repetirla?
—¡Desde
luego...! —Se había dejado caer sobre la cama con aire indolente y tomando uno
de los cigarrillos de Elliot que estaban sobre la mesilla de noche, inquirió
sin excesivo interés—: ¿Y tú...? ¿Qué tal con tu amiguita?
—Profesionalmente,
muy bien.
—¿Y
en el otro aspecto?
—Nada.
Le
miró con asombro.
—¿Nada?
—repitió incrédula—. ¡Vaya! Eso sí que es una sorpresa. Pero bueno: no se puede
ganar siempre. —Lanzó al aire, casi provocativamente una espesa columna de humo
y añadió—: ¿Averiguaste algo que valiera la pena?
—Creo
que sí, pero dado tu eufórico estado de ánimo tras haber pasado un fin de
semana «pescando» con Klaus Verboeren no creo que sea el momento de contártelo.
—¡Oh,
vamos, Elliot! —protestó ella cambiando el tono de voz e incluso la forma de
tumbarse en la cama—. El que yo lo haya pasado francamente bien con Klaus, no
impide que reconozca que se trata, sin duda, de un hijo de puta redomado. Lo
que he hecho ha sido «tirármelo a mansalva», no enamorarme de él. La última vez
que me enamoré de un hijo de puta fue de ti, y así me lució el pelo. —Aplastó
el cigarrillo y se sentó en el borde de la cama, frente a él—. ¡Déjate de
pamplinas y desembucha!
—¡De
acuerdo...! —admitió Elliot—. Aún no tengo pruebas, pero es muy probable que
nuestro amigo no solo esté implicado en el asunto de la matanza de animales y
la desaparición de los petroleros, sino que, además, puede que sea uno de los
máximos dirigentes de la Broederbond, la secta secreta ultraderechista que
maneja los hilos del poder en el Partido Nacionalista que está en el Gobierno.
—Creí
que la Broederbond había desaparecido hace tiempo.
—Yo
también, pero según Patricia no es así. Al parecer, una gran parte del Gabinete
y los altos mandos del ejército y la policía pertenecen a ella, que es la rama
oculta del partido Conservador, y la que arma a los comandos parapoliciales que
se dedican a entrar en los guetos negros y asesinar a sus líderes... Por
cierto, el jueves mataron a Victoria Mxenge.
—¿Dónde?
—En
la puerta de su casa, en las afueras de Durban, Paola Cavani no respondió. Se
puso en pie y se aproximó al amplio ventanal desde el que se dominaba gran
parte de la ciudad y las montañas de tierra blancoamarillenta extraída del
fondo de las minas de oro. Permaneció muy quieta, con la frente apoyada en el
cristal, hasta que éste vibró levemente a causa de una lejanísima explosión.
—El
jueves estábamos en Durban —dijo al fin—. A punto ya de salir para el Parque
Krüger, Klaus recibió una llamada, cambió de idea, y decidió que lo pasaríamos
mejor en el yate. —Se volvió a mirarlo—. ¿A qué hora la mataron?
—Creo
que por la noche.
—Klaus
no pudo tomar parte en eso. Zarpamos al atardecer. Salimos de aquí a media
mañana en su avión, comimos en Durban, me dejó en el barco, fue a solucionar
unos asuntos, regresó a la hora, y zarpamos de inmediato. Desde entonces hemos
estado juntos hasta que me dejó en la puerta del hotel.
—Yo
no he insinuado que fuera él —le hizo notar Elliot—. Imagino que tiene
demasiada categoría como para meterse en un asunto tan sucio. A Victoria Mxenge
la mataron cuatro negros, probablemente miembros del Inkatha, pero no me
sorprendería que el Inkatha estuviera respaldado por el Broederbond. Resulta
lógico, pues de otro modo no se entiende que cuatro millones de blancos tengan
acogotados a más de veinte millones de negros... Entre estos últimos tiene que
haber muchísimos traidores, y no creo que sea el Gobierno oficial el que se
dedique a reclutarlos y subvencionarlos. Es muy probable que exista una especie
de «Gobierno paralelo» encargado de los trabajos más sucios. Y es ahí donde sin
duda interviene la organización de tu «novio».
—La
denominación es de pésimo gusto —replicó la italiana agriamente—. E impropia de
ti, sobre todo cuando estás refiriéndote a asuntos de trabajo. Entre esto; el
estado de emergencia que ha decretado el Gobierno, y el anuncio de huelga
general de los mineros, la cosa se va a calentar y es hora de ponernos serios y
dejar de pincharnos mutuamente. Primero la obligación y después la devoción.
—Hizo una corta pausa y añadió—: ¿Qué sabes de Nikon"?
—Que
lo he contratado en exclusiva para el “Saturday News”. Acaba de marcharse.
—¡Eres
un cerdo! Un cerdo, un hijo de puta, un traidor y un cabrón con pintas. —Le
apuntó acusadoramente con el dedo—. Te lo advierto —puntualizó con un tono de
voz que no dejaba lugar a dudas sobre sus auténticas intenciones—. O Nikon
trabaja también para mí, o rompo el trato. Y te garantizo que si me lo
propongo, puedo conseguir que Klaus haga que expulsen del país a un «marido»
celoso demasiado molesto.
Elliot
Dunn conocía bien a Paola Cavani y no tenía necesidad de que le explicaran
hasta dónde podía llegar cuando algo se le metía entre los cuernos, sobre todo
si se encontraba directamente relacionado con cuestiones de trabajo. Por lo
tanto, no necesitó ni siquiera pensárselo para claudicar en el acto.
—¡De
acuerdo! —admitió—. Pero te advierto que le he ofrecido diez mil y gastos
pagados.
—¡Diez
mil! —se asombró ella—. ¿Es que te has vuelto loco?
—El
tema es importante y si Dopo Domani no está en condiciones de pagar buenas
fotos, que publique caricaturas.
—¡Cerdos
gringos capitalistas! Así hacéis las cosas: a base de dinero. Pero está bien:
te pagaré la mitad aunque tenga que ponerlo de mi bolsillo. ¿Qué planes tienes?
—En
primer lugar, buscar la forma de sacar el material del país sin que caiga en
manos de la policía.
—Eso
está hecho.
—¿Cómo?
—La
valija diplomática italiana. Yo también tengo amigos en las altas esferas
aunque no sean, gracias a Dios, de la CÍA.
—Pero
eso significa que llegará antes a tu Redacción que a la mía.
—¡Escucha,
cretino! —se indignó Paola sacando a la luz su sangre romana—. Si el trato es
que lo publiquemos al mismo tiempo, puedes estar seguro de que a las ocho horas
de llegar a manos de Aldo Sartori, tu precioso material estará en Nueva York y
saldrá a la calle el mismo día. Estás hablando conmigo, no con tus jodidos
compatriotas, capaces de pisarle una noticia a su propio padre. ¿Realmente
quieres que tengamos la fiesta en paz o empezamos nuestra guerra privada?
Elliot
alzó los brazos en actitud de quien se da por vencido entregándose con armas y
bagaje, se aproximó, la abrazó por la cintura, la alzó en vilo y la tumbó sobre
la cama, pero ella se escurrió como una anguila, dejándose caer al suelo, y
desde allí le advirtió:
—¡Alto,
pequeño! A este cuerpo le han dado en tres días toda la marcha que quisiera
cualquier mujer normal en tres meses. Si no has sido capaz de tirarte a tu
morenita y estás cachondo, ve a meneártela, porque lo que es a mí, el único que
me va a poner la mano encima es alguien que yo me sé. Como diría mi abuela, lo
que está en Sudáfrica es de los sudafricanos.
—Comprendí
que tenía que escapar nuevamente y que ahora no tenía adonde ir.
—Me
despedí de Eola y del pequeño, absolutamente consciente de que jamás volvería a
verles, me apoderé del arma que el muerto llevaba a la cintura, aunque en
aquellos momentos no tenía ni la menor idea de cómo se utilizaba y reemprendí
la marcha sin otro objetivo que huir de quienes muy pronto se lanzarían tras
mis pasos.
—Al
caer la noche me coloqué sobre un puente que cruzaba la vía férrea y me lancé
sobre un tren de ganado que se dirigía al norte, porque ya lo importante no era
moverme con cautela para llegar a un punto determinado por mucho que tardase,
sino alejarme lo más aprisa posible porque sabía que si me capturaban ya no me
esperaba la cárcel o volver a la granja, sino la horca.
—Oculto
entre vacas que me pisoteaban de continuo pero de cuya leche me alimenté
bebiendo directamente de las ubres, pasé dos días y dos noches, puesto que
aquel maldito tren parecía condenado a detenerse en todas las estaciones y
apeaderos del trayecto, hasta que al fin penetramos de madrugada en una gran
ciudad que constituía sin duda el destino final de aquel ganado y que cuando
salté a tierra resultó ser Bloemfontein.
—Durante
casi una semana vagué por los suburbios, durmiendo donde buenamente podía y
sobreviviendo a base de amenazar con la pistola a los transeúntes para que me
proporcionaran algunos rands, pero pronto comprendí que en Bloemfontein me
encontraba totalmente perdido, sin conocer ni la ciudad ni a sus gentes, y
decidí que lo mejor sería regresar a Johanesburgo, ya que por lo menos allí
había pasado gran parte de mi vida y en Soweto tenía amigos que tal vez podrían
echarme una mano.
—Fue
así como me encontré, año y medio después, en la ciudad en la que tiempo atrás
había soñado vivir con mi familia.
—En
Soweto me sentía relativamente seguro. Cierto era que la policía o el ejército
solían irrumpir intempestivamente en busca de inmigrantes clandestinos que
carecían del correspondiente "Pase", y que los comandos
parapoliciales penetraban de noche a apalear o quemar vivos a los dirigentes
sindicales considerados agitadores, pero en cuanto logré ponerme en contacto
con mi viejo amigo Unwoti Bloom, habló con algunos miembros del Congreso
Nacional Africano y éstos se ocuparon de buscarme un escondite seguro en los
sótanos de un "shebees", una especie de bar clandestino situado en un
garaje al que los policías nunca molestaban ya que acostumbraban recibir
puntualmente el veinte por ciento de sus recaudaciones brutas.
—En
los días siguientes mantuve continuas entrevistas con diversos líderes
políticos que pretendían ante todo averiguar si yo continuaba siendo un simple
minero que se había colocado accidentalmente fuera de la ley, o me encontraba
de verdad decidido a dedicar el resto de mi vida a luchar contra la tiranía a
que nos tenían sometidos los blancos.
—Creo
sinceramente que los impresioné no tanto, quizá, por la firmeza de mis
convicciones, como por el hecho de que me había convertido en uno de los pocos
negros de Sudáfrica que había tenido acceso a una serie de conocimientos que
tradicionalmente siempre nos estuvieron vedados, y había sabido asimilarlos.
—Yo
ya no era un simple "cafre" que se rebelaba contra los abusos y las
vejaciones a que continuamente nos veíamos sometidos, sino que era, además, un
hombre que había tomado plena conciencia de las razones históricas, políticas y
económicas por las que un puñado de supercapitalistas blancos que necesitaban a
toda costa mano de obra barata pretendían continuar esclavizándonos.
—Cuando
me hablaron de sabotajes, huelgas o boicots, quise saber cuál era el auténtico
plan de estrategia a largo plazo, y descubrí sorprendido que no tenían ninguno.
—Tal
vez Nelson Mándela o alguno de los líderes encarcelados o exiliados supieran
cuál debía ser el plan de lucha que condujera a la definitiva expulsión de los
blancos de nuestra patria, pero allí, en Soweto y a nivel de cuadros medios
nadie se había detenido a meditar seriamente en el futuro, como si para los de
nuestra raza no existiera más futuro que el de sobrevivir pese al constante
aumento de la presión blanca.
—Si
uno de cada cinco de nosotros mata a un blanco, se habrán terminado nuestros
problemas —aseguraban, sin detenerse a meditar en el hecho de que, por cada
blanco que mataran, éstos se vengarían asesinando cincuenta negros.
—¿A
quiénes habéis matado hasta ahora?
—dije—.
A blancos inofensivos en la mayor parte de los casos: comerciantes,
recaudadores de impuestos, algunos soldados e incluso media docena de turistas
que nada tenían que ver con nosotros. En represalia, ellos han ahorcado,
encarcelado o deportado a todos nuestros líderes o a cualquiera de los de
nuestra raza que se les antojaba peligroso porque poseía una cabeza capaz de
pensar. El resultado está a la vista: no somos más que una pandilla de
revoltosos desorganizados que se dejan avasallar por un puñado de hijos de puta
a los que superamos en proporción de cinco a uno. Y mientras no cambiemos de
táctica, así seguiremos cien años más.
—Se
marcharon, molestos, y durante varios días nada supe de ellos, hasta el punto
de que llegué a temer que acabarían por retirarme la protección que hasta ese
momento venían proporcionándome, pero cuando regresaron fue para proponer que
me dedicara a estudiar un plan de acción que pudiera tener más éxito del que
habían conseguido hasta el momento.
—Pedí
libros, porque los libros me ayudaban a pensar, pero no aquellos libros que los
blancos consideraban que los "cafres" podíamos leer sin riesgo a
contaminarnos, sino aquellos otros que guardaban celosamente en sus bibliotecas
sin permitir jamás que pusiéramos los ojos sobre sus páginas.
—Inventé
un sistema: los compañeros que trabajaban como sirvientes en casas que
disponían de buenas bibliotecas me apuntaban los títulos y los autores de lo
que sus amos poseían, yo elegía lo que se me antojaba más interesante, y ellos
vaciaban discretamente el tomo, dejando en la estantería las cubiertas
aparentemente intactas y trayéndome el contenido que, si era importante,
acostumbraba devorar en una sola noche.
—Luego
pensaba. Sentado durante horas en la azotea del garaje contemplando a menudo
cómo sobrevolaban la ciudad negra helicópteros blancos y observando en la
distancia las nubes de polvo que alzaban al pasar los tanques que nos mantenían
prácticamente cercados en aquel gueto miserable, me esforzaba por digerir lo
más rápidamente posible todo cuanto había leído la noche anterior, y trataba de
imaginar cómo reaccionarían los héroes blancos si se hubieran encontrado en una
situación como la mía.
—No
podía correr el riesgo de plantear la estrategia como si fuéramos un país
invadido por un ejército extranjero, porque de hecho ese ejército conocía el
país mucho mejor que nosotros mismos, puesto que con sus astucias había
conseguido crear un sistema por el que a la larga éramos nosotros los que en
cierta manera nos considerábamos extranjeros en la patria de nuestros
antepasados. Vivíamos ciertamente esclavizados, pero la nuestra era más una
esclavitud mental que física, porque la cadena por la que nos mantenían sujetos
era una pequeña cartulina de color verde y borrosa fotografía que nos
aterrorizaba y nos ataba más que el más pesado de los grilletes de acero.
—¿Qué
podría hacer aquel minúsculo puñado de policías, si de pronto veintitrés
millones de negras caras decidieran de común acuerdo prescindir del odiado
"Pase" y no decirles siquiera cuál era su verdadero nombre?
—No
había blanco en Sudáfrica que fuera capaz de distinguir más allá de media
docena de rostros negros y muchos amos, para no confundirse, llamaban siempre a
sus criados por el mismo nombre y jamás se molestaban en cambiarlo, aunque
fueran cien personas distintas las que pasaran por su casa a lo largo de los
años.
—¿
Cabía mayor grado de soberbia o un más profundo desprecio por la condición
humana?
—Y
sin embargo, yo ahora me alegraba de ello, ya que empezaba a darme cuenta de
que esa increíble soberbia era uno de los puntos débiles de la férrea
estructura del poder blanco en Sudáfrica, pero al propio tiempo me esforzaba
por no caer en el mismo error analizando cuál era el principal defecto de
nuestra raza; aquel que permitía que siempre alguien pudiera esclavizarnos. Y
llegué a la conclusión que no era otro que ese mismo desprecio que sentíamos
hacia nosotros mismos, y la increíble capacidad que teníamos de vendernos por
unas cuantas monedas o una minúscula parcela de poder.
—Los
renegados, los policías, soldados o funcionarios que habían entregado por
completo sus negras almas al dinero blanco, y sobre todo aquellos malditos
traidores del Inkatha, constituían sin lugar a dudas la primera piedra que
debíamos apartar de nuestro camino si pretendíamos marchar algún día por las
más amplias rutas de la independencia y la libertad.
—Muerte
a los colaboracionistas —dije. Y ésa fue mi primera orden cuando aún no era
líder de nada, sino tan sólo uno de tantos "cafres" acosados de los
que habían decidido rebelarse contra el yugo bajo el que siempre habían vivido.
—Muerte
a los colaboracionistas —y como ejecutores elegí a los "stotsis",
aquellas bandas de muchachos desarraigados, que con sus chaquetas de falso
cuero y sus rapadas cabezas pretendían ser una mala imitación de los
"rebeldes sin causa" de los países civilizados, con la diferencia de
que en realidad no sabían muy bien a quién estaban caricaturizando, pero
poseían, no obstante, un millón de causas por las que rebelarse.
—Admito
que —tal como se me acusó en el juicio— supe ingeniármelas para encaminar sus
más bajos instintos hacia un fin concreto: limpiar Soweto de espías y
renegados, y les di manga ancha para que pudieran apalear, torturar, apedrear,
empalar o quemar vivos a todos aquellos de los que teníamos fundadas sospechas
de que simpatizaban con el sistema de Apartheid impuesto por los blancos.
—La
Inkatha se aterrorizó, aunque en contrapartida sus aliados, los comandos
paralelos blancos, nos asestaron duros golpes, apaleando, torturando,
apedreando, empalando o quemando vivos a algunos de los nuestros, pero lo
cierto es que nosotros éramos muchos y en menos de un año conseguimos el primer
objetivo que me había propuesto: limpiar nuestra propia casa, y conseguir que
Soweto fuera por un bloque unido en el que cuando entraban los coches de la
policía no podían hacer otra cosa que destruir a ciegas, indiscriminadamente,
lo que significaba que, en lugar de librarse de sus enemigos, conseguían otros
nuevos.
—Al
ritmo que llevábamos muy pronto estaríamos en condiciones de lanzarnos, desde
nuestra fortaleza negra, al asalto de Johanesburgo, la ciudad del oro,
auténtica fortaleza de los blancos.
—Pero
fue entonces cuando ocurrió aquel hecho que yo, que tan bien los conocía y los
consideraba desde mucho tiempo atrás capaces de las mayores bestialidades y las
más refinadas crueldades, ni siquiera fui capaz de prever.
—Aquello
que me enseñó demasiado tarde que la capacidad de hacer el mal de la raza
blanca puede llegar a tan insospechados extremos que nosotros los negros por
mucho que nos lo propongamos jamás conseguiremos ponernos a su altura».
El
periódico que más destacaba la noticia apenas le dedicaba media columna en la
página cinco, informando que el Amauri, un petrolero de doscientas veinte mil
toneladas que, proviniente de Qatar navegaba con destino a Lisboa, había
desaparecido frente a las costas del Senegal tras haber lanzado varias llamadas
de auxilio notificando que había fuego a bordo. Por desgracia, el mal estado
del tiempo en la zona había impedido que por el momento las patrullas de
salvamento llegaran al lugar de la catástrofe.
En
principio Elliot no supo si sentirse satisfecho por lo acertado de sus
predicciones, lo que ponía de manifiesto una vez más la calidad de su olfato
periodístico o enfurecerse por el hecho indudable de que los acontecimientos se
habían precipitado y no le había dado tiempo a publicar el resultado de sus
indagaciones coincidiendo con el hundimiento del navío.
—Esa
historia sigue ahí —quiso tranquilizarle Paola Cavani—. Igual da que sea hoy o
dentro de quince días, cuando demostremos que Klaus o cualquier otro, montó esa
farsa. Lo que importa es que las pruebas que ofrezcamos resulten irrefutables.
Pero ahora, la noticia del día está aquí; en lo que va a ocurrir en este país,
sobre todo desde que el presidente Botha ha puntualizado tan inequívocamente
que su Gobierno no piensa hacer cambios importantes ni acceder a ninguna de las
peticiones de la mayoría negra.
—Odio
el periodismo de alcance —le hizo notar Elliot—. Y cada día me cansa más la
crónica de urgencia desde el lugar de los acontecimientos. Lo que en verdad me
gusta es encontrar una buena historia, profundizar en ella y mostrarla a la
luz. Mis tiempos de corresponsal de guerra ya pasaron.
—¿Estás
insinuando que te sientes viejo?
—Estoy
tratando de nacerte ver que existe un tipo de periodismo al cual a menudo
dedicamos los mejores años de nuestra vida y que el tiempo marchita demasiado
pronto, dejándolo convertido en simple papel amarillento, carente de sentido
desde la perspectiva de los años, los meses o incluso los días. Aborrezco la
caducidad de ese trabajo, apasionante a veces, pero a la larga decepcionante
casi siempre.
—Lo
que pasa es que tienes el síndrome del escritor frustrado. Le ocurre a muchos
periodistas de tu edad. Consideran que han visto tantas cosas y tienen tanto
qué decir, que se sienten insatisfechos porque lo que cuentan no mantiene la
atención del público más allá de una semana. Te gustaría que dentro de cien
años la gente continuara leyendo lo que escribiste, pero eso ya no es
periodismo; eso es historia y hay que planteársela desde otra perspectiva.
—Hizo una pausa y observó a una negra gorda que pasaba por la acera opuesta,
bamboleándose y soportando estoicamente los empujones de apresurados
transeúntes, con prisas ya por abandonar la ciudad de los blancos ante la
proximidad del toque de queda—. Yo, sin embargo, me siento plenamente
satisfecha de mi trabajo, e incluso me gusta releer lo que he escrito y
comprobar en qué acerté y dónde me equivoqué en mis apreciaciones.
Elliot
no respondió. Se limitó a fumar en silencio, profundamente abstraído y sin
deseo alguno de polemizar, porque el tema de su necesidad de convertirse en
escritor y su incapacidad de decidirse a dar el salto, abandonando un camino en
el que ya había triunfado para arriesgarse a fracasar en otro que le producía
un profundo desasosiego, era algo que se había planteado a solas muchas veces y
conocía de antemano todas las respuestas.
Ciertamente
comenzaba a sentirse fatigado de vagar de un lado a otro en pos de una historia
a la que a menudo el lector ni siquiera se detenía a echar un simple vistazo
atraído por la fotografía de la página siguiente o por la visión de los
aireados pechos de Estefanía de Mónaco, pero de igual modo le fatigaba de
antemano la idea de tener que rellenar cientos de páginas sobre unos
determinados acontecimientos cuando tenía la absoluta seguridad de que podían
concentrarse perfectamente en cinco folios.
Ahora
se encontraban allí, en un pequeño salón de té a tres manzanas del Hotel
Presidente esperando que Patricia trajera alguna nueva información referente a
Klaus Verboeren y sus posibles conexiones con el petrolero hundido, pero en el
fondo reconocía que ya nada le excitaba como antaño, y ni siquiera el hecho de
desenmascarar a un personaje tan nefasto le producía una especial satisfacción.
¿
Qué le importaba al mundo que en Johanesburgo pudiera existir un individuo
semejante? ¿O qué le importaba a Klaus Verboeren que un millón de americanos
supieran cómo era, si él era el primero en saberlo desde hacía mucho tiempo?
Tres
páginas en el “Saturday News” no mataban a nadie, y si cuanto sospechaba
resultaba cierto, lo que Klaus Verboeren estaba necesitando era que alguien le
pegara cuatro tiros.
—¿Por
qué no lo matamos? —inquirió de improviso.
Paola
Cavani, que continuaba observando la calle que a cada minuto que pasaba se
vaciaba más y más hasta el punto de que incluso la inmensa gorda había
desaparecido por la esquina, se volvió a mirarle.
—¿A
quién? —quiso saber.
—A
Klaus.
Durante
unos instantes que en realidad se le antojaron infinitos, ella le observó como
si no supiera de qué demonios estuviera hablando, o no le acabara de entrar en
la cabeza que una persona a la que conocía desde tantísimo tiempo atrás pudiese
soltar de pronto una tontería semejante.
—¿A
qué viene eso? —preguntó por último esforzándose por mantener la calma.
—A
que si en verdad es el tipo que buscamos, no he conocido nadie que merezca
tanto un castigo. Y con hacerle publicidad no basta. Incluso a lo mejor le
gusta.
—¿Cuántas
mierdas verdes de ésas te has bebido? —quiso saber Paola—. Hace tiempo que te
vengo advirtiendo que el Pipermint acabará por ablandarte el cerebro. Siempre
has defendido la idea de que el periodista debe ser únicamente un testigo de
los acontecimientos; nunca un juez.
—Pueden
darse excepciones y ésta es una de ellas. Klaus merece que lo juzguen y lo
cuelguen. No siente respeto por nada ni por nadie. Patricia me contó que
Beverley se quedó embarazada en un par de ocasiones y la obligó a abortar
porque le molestan los niños. Dijo que le iban a estropear la figura y él nunca
había tenido la intención de casarse con una vaca paridora, sino con una
hermosa mujer que supiera mantenerse esbelta y elegante.
—Si
a todos los hombres que no quieren tener hijos hubiera que colgarlos, mañana
montaba una fábrica de cuerdas.
—Pero
es que éste, además, es asesino y pirata.
Paola
fue a decir algo desagradable, pero cambió de idea y se limitó a indicar con un
gesto hacia el taxi que se había detenido al borde de la acera, al otro lado de
la calle:
—¡Ahí
está tu amiguita! —señaló—. Veamos si realmente sirve para algo más que para
pasearte por el desierto.
La
observaron mientras cruzaba la calle, y Elliot se maldijo por haber
desaprovechado la ocasión de disfrutar de aquel esbelto cuerpo de larguísimas
piernas y alto busto que destacaba ahora más hermoso que nunca enfundado en un
ceñido conjunto de pantalón de pana y jersey gris, pero que no provocó ni
siquiera una mirada de admiración por parte de los escasos clientes del salón
de té, que continuaron enfrascados en sus charlas sin haberse percatado al
parecer de que la muchacha pasaba ante ellos e iba a tomar asiento junto a la
ventana.
—Lamento
el retraso —fue lo primero que dijo—. Beverley tenía sesión de masaje y no
acababa de dejarme sola en casa. —Besó afectuosamente a Elliot en la mejilla—.
Por cierto, tengo la impresión de que se siente ofendida por el hecho de que no
hayas intentado volver a ponerte en contacto con ella. —Hizo una significativa
pausa y añadió volviéndose a Paola—: Sobre todo desde que ha averiguado que tu
«esposa» pasó el fin de semana en el yate.
Elliot
se encogió de hombros y resultaba evidente que su indiferencia era
absolutamente sincera:
—Te
aseguro que lo que menos me importa en estos momentos es que tu hermana se
sienta herida en su amor propio, pero mañana llamaré pidiéndole disculpas.
Hablame de Klaus... ¿Has averiguado algo?
—No
demasiado, porque la mayoría de los documentos los guarda en la caja fuerte de
su despacho, pero encontré una de sus libretas de direcciones. —Sacó un papel
del bolso y lo dejó sobre la mesa—. Había un Kadar. Éste es su número de
teléfono, aunque ignoro de qué ciudad se trata. Desde luego no es Johanesburgo.
Elliot
tomó el papel y estudió el número. Constaba de siete cifras y podía pertenecer
a cualquier gran ciudad del mundo.
—No
es mucho —admitió—. Pero al menos significa que Klaus se relaciona con un
Kadar, que puede ser nuestro difunto armador. —Se guardó el papel en el
bolsillo—. Conseguiré que mi Redacción compruebe si en Londres, Nueva York,
París, Ginebra o cualquier otra ciudad importante este teléfono corresponde a
un tal Alexander Kadar. —Sonrió a Patricia—: ¿Algo más...?
—Creo
que sí. Klaus se encontraba en Durban el día en que el Mauricius descargó.
Salió con el yate cuarenta y ocho horas antes y entró en puerto casi al mismo
tiempo. ¿Te sirve de algo?
—Puede
que sirva de mucho. ¿Qué tripulación tiene el yate?
—Un
capitán y dos marineros.
—¿Se
podrá sacar algo de ellos?
—Del
capitán ni una palabra; es un holandés atravesado. Pero los marineros son
portugueses y sobre todo uno de ellos, Mario, es una magnífica persona.
Elliot
se volvió a Paola.
—¿Hiciste
amistad con él? —quiso saber.
—La
verdad es que en esos días no me quedó tiempo para hacer muchas amistades
—admitió la italiana con una intencionada sonrisa—. Pero si es el flaco del
pelo rizado, me cayó simpático, aunque me da la impresión de que le tiene pavor
a Klaus.
—Todo
el mundo le tiene pavor a Klaus —puntualizó Patricia—. Mi hermana, sus
empleados e incluso sus propios amigos.
—A
mí, por el contrario, me parece un hombre cariñoso y encantador —apostilló
Paola—. Jamás le he escuchado una palabra agria ni un comentario desagradable.
—Cuando
quiere puede ser el hombre más maravilloso del mundo —admitió Patricia
convencida—. Pero eso no evita que también sea, a menudo, frío y cruel como
pocos.
Paola
la observó con intención, inquisitivamente, y por último, con un marcadísimo
retintín en el tono de voz, inquirió:
—¿Eso
de maravilloso lo sabes por experiencia...?
La
otra no pareció inmutarse al replicar con naturalidad:
—¡Desde
luego! Por si te interesa, Klaus y yo hemos sido amantes mucho tiempo, y a mi
hermana no le ha importado en absoluto. Pero eso ya pasó, y el hecho de que
admita que «como habrás comprobado» es magnífico en la cama, no quita para que
reconozca que es un perfecto canalla.
—¡Vaya!
—masculló Elliot levemente molesto—. Me lo estáis poniendo de tal modo, que me
están entrando ganas de acostarme con él, pero como parece tan hijo de mala
madre, a lo mejor va y, además, me pega el sida. ¿Qué habrá pensado de mí
Beverley, acostumbrada a semejante garañón?
—¡Oh,
no te preocupes! —fue la respuesta—. Beverley ya ni se acuerda de cómo es Klaus
en una cama. De hecho hace años que está enamorada de un tipo que jamás le ha
hecho caso.
—¡Carajo!
—exclamó Elliot Dunn molesto—. Estoy viendo que acabaré por escribir un gran
reportaje sobre la vida sexual de la familia Verboeren, y si lo hago venderé
muchísimos más ejemplares que con toda esta historia del petrolero hundido o la
violencia en Sudáfrica. ¿Por qué no hacemos un esfuerzo y nos concentramos en
lo que en verdad importa: cómo demostrar que Klaus Verboeren está detrás de la
Naviera Kadar y del acto de bandidismo y piratería que ha conducido al incendio
y hundimiento de un superpetrolero?
—Sólo
veo una forma —sentenció Patricia.
—¿Cuál?
—Entrar
en su despacho, forzar su caja fuerte y encontrar documentos que le impliquen
en el caso.
—¿Así
de fácil?
—Así
de fácil.
—Conozco
ese despacho —puntualizó Paola—. Fue el primer lugar al que me llevó la noche
que estuvimos en su casa. Una verdadera preciosidad; la mejor sala de trofeos
de caza que haya visto en mi vida, pero que yo recuerde allí no hay ninguna
caja fuerte.
—Pues
está allí —insistía Patricia segura de lo que decía—. No creo que ni siquiera
Beverley sepa dónde se oculta, entre tanta cabeza disecada y tantas pieles de
leopardo, pero cada vez que quiere ponerse el collar de diamantes o Klaus
necesita algo importante se encierra en el despacho y lo saca. De eso no hay
duda.
Paola
Cavani silbó una conocida tarantela napolitana por lo bajo durante unos
instantes y por último se volvió a Elliot e inquinó no sin cierta sorna:
—¿Alguna
vez te enseñaron tus amigos de la CÍA cómo entrar en una casa, abrir un
despacho, buscar una caja fuerte, descerrajarla y llevarse unos documentos
comprometedores?
—No.
Por supuesto que no. Pero estoy seguro de que encontraré a alguien capaz de
echarnos una mano en un asunto como ése.
—¿Aquí
en Sudáfrica? Asintió con un gesto:
—Aquí
en Sudáfrica.
—¿Quién?
—Nikon.
Si entre las habilidades de ese enano pelirrojo, además de hacer buenas fotos y
follarse a todas las mujeres que se cruzan en su camino, no está la de abrir
una caja fuerte, es que no es, ni mucho menos, la clase de pájaro que siempre
he imaginado que es. —Se volvió a Patricia—. ¿Podrías conseguir algunas
fotografías de ese despacho?
—Desde
luego. Se publicó un reportaje de la casa en “Home Journal” hace un par de
años, y recuerdo que había una doble página entera dedicada al despacho. Lo
buscaré.
Nikon
estudió las fotos con especial detenimiento. Hizo una serie de preguntas sobre
la distribución de la casa y a qué parte correspondía cada una de las paredes,
y tras un cuidadoso análisis, sentenció:
—Hay
tres lugares posibles: detrás de la piel de cebra, detrás de la cabeza de
búfalo, o debajo del pedestal de los colmillos de elefante, que, por cierto,
son los más hermosos que he visto nunca. Particularmente me inclino por la
cabeza de búfalo, aunque para manipular cómodamente la combinación, tendrá que
subirse a una banqueta, a no ser que el tipo sea muy alto.
—Es
muy alto...
—¿Como
cuánto?
—Casi
metro noventa y cinco.
—Le
odio. —Luego golpeó repetidamente la revista con el dedo e insistió—: En ese
caso, me reafirmo en mi idea: debe existir algún resorte que haga que el
soporte se abra y detrás se oculte la caja. Lo importante es saber de qué clase
de caja se trata, porque yo, la verdad, no soy un auténtico especialista y hay
muchas que se me resisten.
—Lo
que me gustaría saber, es por qué hay alguna que no se te resista —comentó
Paola Cavani visiblemente molesta—. ¿Qué clase de fotógrafo eres que te dedicas
a abrir cajas fuertes?
—¿Te
quedarías más tranquila si te dijera que en mi juventud trabajé de cerrajero?
—replicó el pequeño pelirrojo—. Porque si no es así, puedo inventarme otra
historia, aunque a ver cómo te las arreglarías ahora si yo no fuera un poco
«habilidoso»... —Se volvió a Elliot que permanecía fumando pensativamente e
inquirió—: ¿Para cuándo? —quiso saber.
—Habrá
que tener la seguridad de que Klaus no está en casa. —Observó largamente a
Paola y había una marcada intención en sus palabras al inquirir—: Supongo que
podrás conseguir que pase una noche fuera.
—Lo
intentaré con mucho gusto —fue la respuesta, y había casi la misma intención en
sus palabras cuando añadió—: Y supongo que tú podrías conseguir que su mujer
también pasara la noche fuera. ¿O no...?
El
fotógrafo los observó de hito en hito, y al fin, muy serio, comentó:
—Me
temo que esto va a parecer un vodevil francés, con gente en pelotas entrando y
saliendo por las puertas, y un enano pelirrojo tratando de abrir una caja
fuerte subido sobre la cabeza de un león disecado. No es serio —concluyó
convencido—. Nada serio.
—Sin
embargo, lo que aquí se dilucida es muy serio —le hizo notar Elliot Dunn—. Se
trata de demostrar que algunos sudafricanos, además de esclavizar a su propia
gente, se burlan del resto de la humanidad a base de cometer actos vandálicos,
incluidos el robo, el engaño, la piratería y el asesinato a sangre fría.
¿Sabías que ya han aparecido tres cadáveres de la tripulación del Amauri?
—No.
No lo sabía.
—Pues
así es. Dos turcos y un pakistaní; pobre gente que se enrola en el primer barco
que les contrata imaginando que al fin han encontrado un trabajo estable que
les permitirá escapar de su eterna miseria, y no saben que en realidad están
condenados a muerte desde el primer momento pues son los únicos que no han sido
puestos al corriente de cuál es el destino final del viaje: acabar en el fondo
del mar.
—¿Y
el resto de la tripulación? ¿Qué se sabe de ellos?
—Nada
en absoluto. «Desaparecidos» en el mar, es la versión oficial, pero puedes
tener la seguridad de que la mayoría de ellos andan en Brasil disfrutando de
más dinero del que hubieran ganado en quince años de navegar honradamente. Mi
Redacción ha investigado al capitán: un griego que había pasado tres años en la
cárcel por contrabando de drogas, y que se hizo célebre porque en cierta
ocasión echó a los tiburones a dos polizones nigerianos.
—¡Simpático
el «capi»!
—Por
desgracia hay muchos semejantes por todas las tabernas de todos los puertos del
mundo. Mientras exista un Klaus Verboeren capaz de contratarlo, habrá un
capitán dispuesto a hundir su barco.
—Aún
no ha quedado demostrado que Klaus sea culpable —intervino Paola—. Es eso
precisamente lo que estamos tratando de aclarar, y siempre he sido de la idea
de que todos somos inocentes hasta que no se demuestre lo contrario.
—Eso
será en tu país —le contradijo Patricia agriamente—. Para el Gobierno
sudafricano, todo el mundo es culpable mientras no demuestre su inocencia. Y
los negros, aunque la demuestren. Si te detienes a estudiar la maraña de leyes
que se han promulgado a partir de mil novecientos cuarenta y ocho, y que
constituyen el fundamento de la política del apartheid, llegarás a la
conclusión de que todo ciudadano, especialmente si no se trata de un blanco,
está en todo momento contraviniendo indefectiblemente alguna ley por la que
puede ser encarcelado. Es lo que llama orgullosamente «la tela de araña», y
gracias a ella el Estado parte de la base de que estamos en libertad
condicional y tenemos que agradecer que no se nos encierre.
—En
ese caso, ¿cómo alguien con el más mínimo sentido de la dignidad puede
continuar viviendo aquí?
—Porque
si todos los que creemos que poseemos ese sentido de la dignidad y de lo que
significan los derechos humanos, nos fuéramos, estaríamos haciéndole el juego a
los que pretenden quedarse solos para retroceder a los tiempos —hace apenas un
siglo— en que éramos un país abierta y decididamente esclavista... —Hizo una
pausa y su voz enronqueció, visiblemente alterada por una mal contenida
indignación, cuando añadió—: ¿Sabías acaso que, estadísticamente, uno de cada
seis sudafricanos ha pasado alguna vez una larga temporada en la cárcel, en el
setenta por ciento de los casos sin motivo justificado? ¿Y que se propinan al
año millones de latigazos? ¿Y que la mitad de los presos que se han ejecutado
en el mundo en la última década, han sido ejecutados en Sudáfrica? ¡La mitad!,
en un país de apenas treinta millones de habitantes, frente a los miles de
millones del resto del mundo. ¿Cómo pretendes que nos vayamos si tan sólo en
este año han ahorcado a setenta y nueve negros sin motivo válido alguno?
Se
hizo un silencio, un pesado silencio, tenso e incómodo en el que Paola Cavani,
Elliot Dunn y el pelirrojo Nikon, parecieron estar asimilando la increíble
monstruosidad de los datos que acababa de proporcionarles una desasosegada
muchacha que, pese a todo, trataba de sentirse orgullosa de haber nacido en
semejante país, y al fin fue el fotógrafo de los gruesos lentes el que lanzó un
sonoro resoplido y pareció querer sacudirse un gran peso de encima:
—¡Bien!
—exclamó—. Si hay algo que podamos hacer para conseguir que algún día se ponga
punto final a tanta barbarie, es hora de hacerlo. Sea cual sea la marca y el
modelo de esa caja fuerte, necesitaré un material de trabajo muy sofisticado,
así es que más vale que ponga manos a la obra. —Se encaminó a la puerta—. Te
avisaré cuando esté listo. —Hizo un último gesto de despedida desde el umbral—.
Y puedes confiar en mí —añadió—. No te fallaré.
—¿Realmente
confías en él? —fue lo primero que quiso saber Patricia en cuanto el fotógrafo
hubo cerrado la puerta a sus «espaldas.
—Hasta
ahora siempre has cumplido.
—¿Como
ladrón de cajas; fuertes?
—Como
fotógrafo. Pero si él dice que puede hacerlo, lo hará. Es un enano de muchos
recursos.
—Tendrá
que tenerlos —puntualizó Paola Cavani que al parecer compartía el escepticismo
de Patricia—. Si los documentos que Klaus guarda son realmente tan
comprorrnetedores como creemos, la caja fuerte debe ser muy segura. Y dinero le
sobra para comprar la mejor.
—¿Y
qué pretendes que haga? ¿Que le pida a Nikon un certificado de
descerrajador...? Lo único que podemos hacer es tratar de alejar de la casa a
Klaus y a su mujer para que Patricia le facilite la entrada e intente abrir esa
caja para fotografiar lo que hay dentro. —Hizo una pausa que aprovechó para ir
hasta el pequeño bar y servirse un Pipermint con hielo y agua, y desde allí se
volvió e inquirió—: ¿Por qué no le pides a Klaus que este fin de semana cumpla
su promesa de llevarte al Parque Krüger?
—¿Y
tú dónde llevarás a 'Beverley?
—Dejaré
que ella decida.
La
decisión de Beverley fue de lo más «civilizada» y lógica. Ya que las cosas
estaban como estaban y todos sabían perfectamente cómo estaban, ¿por qué no
irse los cuatro juntos a una preciosa cabaña que tenían en las lindes mismas
del Parque Krüger y donde a Klaus, dada su notable influencia política, le
estaba permitido cazar algunas piezas muy elegidas.
Cuando
hubo colgado el teléfono y se volvió a Paola, que aguardaba expectante, Elliot
comentó burlón:
—Esto
me recuerda la historia de aquel tipo al que un amigo invita a una orgía de
cambio de parejas y al final, cuando le preguntan cómo lo ha pasado y responde
que maravillosamente, excepto por el hecho de que le molestaba ver a su esposa
haciendo el amor con otros, los demás le replican asombrados: «¡Ah! Pero ¿es
que te has traído a tu esposa de verdad...?» Es lo que le puede ocurrir a Klaus
si algún día descubre que no estamos casados.
—No
creo que ese tipo de formalismos le inquieten mucho —fue la sincera respuesta—.
Y lo que es a mí, me tiene sin cuidado. El hecho de pasar todo un fin de semana
con Klaus, me compensa.
Él
la observó largamente, como si estuviera tratando de penetrar en lo más
profundo de sus pensamientos y por último señaló:
—A
veces me pregunto de parte de quién estás.
—Vinieron
a verme, muy de mañana, y se les advertía aterrorizados.
—Nunca
he sabido de quién de ellos nació la idea; no me lo dijeron o si me lo dijeron
me esforcé por olvidarlo, pero lo cierto es que eran tres, muy jóvenes, y de
alguna manera habían averiguado que el ministro de Asuntos Indígenas partiría a
las cuatro en punto con destino a Christiana, y habían utilizado toda la
dinamita que habían conseguido ir sacando poco a poco de las minas, en una
bomba que estallaría a las cuatro menos cinco bajo un asiento de la sala de
espera reservada a los blancos.
—Era
una locura. Una auténtica locura que tan sólo podría conducir a una matanza
estúpida con nulas posibilidades de que el ministro fuera alcanzado por la
explosión, y ahora, cuando ya todo estaba hecho, se habían dado cuenta de su
error y venían a pedirme consejo.
—Desconectarla
—fue lo primero que dije.
—Ya
es imposible —replicaron—. Pasó la hora de la limpieza y ninguno de los
nuestros puede entrar en la sala de los blancos sin llamar la atención... ¿Cómo
desconectar una bomba bajo un asiento sin que nos detengan en el acto...?
—Comprendí
que tenían razón y ninguno quisiera arriesgarse a ir directamente a la horca
como cómplice de un atentado terrorista.
—Pero
comprendí también lo que significaría que aquella bomba estallase matando a
gente inocente —aunque ya para mí no existiese blanco alguno inocente— y la
oportunidad de que un acto de tal magnitud serviría a la policía para iniciar
una represión aún más feroz contra los enemigos del Apartheid.
—¿Hay
mucha gente en la estación? —quise saber.
—Mucha
—afirmaron—. Y más habrá a esas horas, en que salen cinco trenes casi
simultáneamente.
—Hay
que avisar a la policía.
—Era
una solución que me repugnaba, pero fue la única que se me ocurrió en esos
momentos. Sabía que el simple hecho de haber colocado la bomba, aunque luego
sus autores se hubieran arrepentido evitando la matanza, daba ya motivos a las
autoridades para emprender una de sus frecuentes campañas de persecución de
enemigos políticos, pero sabía también que permitir la masacre podía significar
hundir al país en el baño de sangre que algún día tendría que llegar, pero para
el cual aún no estábamos suficientemente preparados.
—Ellos
no quisieron secundar mi iniciativa. Ya he dicho que eran tres y muy jóvenes, y
aunque estaban asustados, imaginaban que casi el mismo riesgo corrían por
avisar que existía una bomba, que por permitir que ésta estallara, porque,
conocida su existencia, la policía sudafricana tenía medios más que suficientes
para averiguar quién o quiénes habían tenido la oportunidad de colocarla allí.
—Era
más de la una cuando llegamos frente a la estación y comprendí que resultaba
ciertamente imposible aproximarse siquiera a la sala reservada a los blancos,
porque el hecho de que el ministro fuera a salir de viaje hacía que hubiera
aumentado el número de efectivos policiales que patrullaban, algunos incluso
con perros, sin permitir que los "cafres" nos aproximáramos.
—A
la una y media sentía ya un profundo vacío en el estómago presintiendo que la
tragedia se cernía sobre nuestras cabezas. Dos de los "stotsis" se
mostraban decididos a marcharse y permitir que lo irremediable ocurriese,
porque ya que las cosas tenían necesariamente que acabar mal, al menos se
llevarían unos cuantos blancos hijos de puta por delante, pero desde donde nos
encontrábamos podríamos advertir claramente que entre los pasajeros había
varios niños que correteaban de un lado a otro y traté de hacerles comprender
que no podíamos basar el éxito de nuestra lucha en matar seres inocentes tan
discriminadamente como lo hacían nuestros enemigos:
—El
día de mañana esos niños no dudarán en matarnos —fue la respuesta que obtuve,
pero aún así me mantuve firme en mis convicciones, y minutos antes de las dos
llamé a la policía y le comuniqué que debajo del tercer asiento de la pared del
fondo de la estación, en la zona reservada a los blancos, había una bomba que
estallaría a las cuatro en punto.
—La
mujer que respondió a mi llamada se esforzó por retenerme al aparato pidiéndome
más detalles, pero yo había oído hablar de los sistemas de localización de
llamadas de que disponía la policía e inmediatamente abandoné la cabina y me
alejé.
—Apenas
tres minutos después, cuando aún no había tenido tiempo de doblar la esquina,
dos coches patrulla hicieron su aparición y rodearon de inmediato la cabina con
un exagerado despliegue de fuerzas.
—Sentí
miedo. Mi "Pase" era falso y si realizaban una batida por las
proximidades y me detenían no tardarían mucho en averiguar quién era en
realidad, pero pese a ello no quise alejarme hasta tener la absoluta certeza de
que la bomba había sido desactivada o al menos la sala desalojada.
—Pero
no ocurrió nada.
—Desde
donde nos encontrábamos dominábamos perfectamente la entrada, y lo único que
vimos fue un coche que se detuvo cerca de la puerta y del que descendieron dos
hombres que penetraron, permanecieron un rato en el interior y volvieron a
marcharse no sin antes haber intercambiado unas palabras con el sargento que
parecía comandar la patrulla de vigilancia.
—A
las tres, la normalidad en torno a la estación era absoluta. Ni sensación de
alerta, ni desalojo, ni grupo de desactivación que hiciera acto de presencia.
Sin embargo, curiosamente, la mitad de los efectivos policiales habían
desaparecido de la zona.
—Cerca
ya de las tres y media el vacío del estómago se había convertido en dolor de
cabeza, pánico visceral y el comienzo de una sospecha a la que pretendía
negarme, pero que minuto a minuto se hacía más patente.
—Busqué
otra cabina distante dos manzanas, llamé de nuevo y todo lo aprisa que pude,
repetí mi mensaje y rogué, por Dios y por todos los sentimientos humanitarios
que pudieran tener, que desconectaran la maldita bomba.
—No
me respondió la mujer, sino un hombre de voz autoritaria que me conminó a dar
mi nombre o a esperar donde me encontraba a que fueran en mi busca.
—En
esta ocasión fue casi cuestión de segundos, pues tuve el tiempo justo de
mezclarme entre los transeúntes antes de que apareciera la policía, y durante
un largo rato permanecí encerrado en un urinario público antes de atreverme a regresar
junto a los muchachos que eran ya presa —al igual que yo— de un auténtico
ataque de pavor.
—A
las cuatro menos diez, la comitiva del ministro aún no había hecho su
aparición.
—A
las cuatro menos cinco, todos los policías que patrullaban en las proximidades
de la estación eran de color. Los blancos, sin que se supiera cómo, habían
desaparecido, pero el público seguía entrando y saliendo con absoluta
normalidad.
—A
las cuatro menos tres minutos exactamente el mundo pareció venirse abajo, se
escuchó una sorda explosión, una nube de polvo cubrió la calle, las llamas se
alzaron al cielo y ya todo fueron gritos, llantos, maldiciones y aullidos de
sirenas mientras docenas de coches de la policía y el ejército hacían aparición
como por arte de magia.
—Escapé
de allí y emprendí, como idiotizado, el regreso a Soweto.
—Mi
mente trataba de entender lo que había ocurrido.
—Fue
entonces cuando llegué a la conclusión de que teníamos perdida la batalla
contra los blancos.
—Su
calculada y fría crueldad siempre superaría, hiciéramos lo que hiciéramos, la
ferocidad de nuestro odio y la violencia de nuestra desesperación de siglos.
—Supe
que a partir de ese momento estaba condenado a morir en la horca y lo acepté.
—Nada
más quedaba por hacer, porque lo que acababa de ver no se aprendía en ningún
libro».
El
viaje lo hicieron en una enorme furgoneta fabricada especialmente para Klaus
Verboeren, blindada y tan perfectamente acondicionada que, en caso de apuro,
dos personas podrían sobrevivir en ella una semana sin necesidad de ayuda
externa.
El
interior, además de amplio, confortable y casi lujoso, pues incluía un pequeño
bar, un emisor de radio y un televisor, constituía a ojos vista un auténtico
arsenal rodante, puesto que en los costados y en el techo podían distinguirse
perfectamente adosadas toda clase de armas, largas y cortas, de caza mayor y
menor, e incluso una auténtica metralleta con más de diez peines de
proyectiles.
—¿Es
que vamos a la guerra? —fue la pregunta de Paola Cavani en cuanto se hubo acomodado
en el asiento delantero, junto a Klaus Verboeren.
—No.
Pero con tanto «cafre» suelto, más vale ir prevenidos. —Abrió la guantera y
dejó a la vista cinco bombas de mano alineadas sobre un soporte de goma espuma
gris—. Nuestros muchachos controlan la frontera, pero de tanto en tanto algún
terrorista consigue cruzarla... —Se volvió a Elliot, que se había acomodado
tras Paola, e inquirió muy serio—: ¿Sabe manejar un arma?
—Estuve
en Corea, como casi todos los de mi generación, y eso es algo que no suele
olvidarse. Como montar en bicicleta —añadió, burlón.
—Pues
no se lo tome a broma, y si en algún momento le pido que dispare, dispare. ¡Y
hágalo a matar! —Enfilaban en esos momentos la ancha carretera dejando atrás
las últimas torres de las minas de oro, y añadió con marcada dureza—: Por
desgracia no llevamos veintitrés millones de balas, que es lo que en realidad
resolvería nuestros problemas.
—¿Realmente
crees que acabar con los negros sería una solución? —quiso saber Paola, que se
había reclinado en su asiento y le miraba de frente—. ¿Quién bajaría en ese
caso a las minas, o trabajaría los campos?
—Lo
que sobra en el mundo es gente con ganas de trabajar —fue la segura respuesta—.
Las puertas de Sudáfrica están abiertas para todo emigrante blanco que quiera
encontrar un hogar y un futuro. Somos un país muy rico, y estamos dispuestos a
compartir esa riqueza con aquellos que acudan con el corazón en la mano. Pese a
lo que opina el mundo, no somos un pueblo egoísta aunque no nos guste la idea
de ver a nuestras mujeres y nuestras hijas violadas por una pandilla de
negros... —Hizo una pausa y se volvió apenas, aunque sin apartar los ojos de la
carretera—. Dime, Elliot, y permíteme que te tutee, ya que tenemos «tantas
cosas en común»: ¿Te gustaría ver a una hija tuya violada por un negro?
—No.
Pero tampoco me gustaría verla violada por un blanco, si es que a eso vamos. Y
de tanto en tanto, los blancos también violan.
—No
aquí. No en Sudáfrica, porque no constituimos un pueblo de reprimidos sexuales.
Aquí, los chicos y las chicas se acostumbran desde muy jóvenes a ser dueños de
su propio cuerpo y a perderle el miedo a los «tabúes» del sexo. Nuestra
juventud es sana, fuerte y liberalizada, y con una juventud así no hay por qué
tenerle miedo a los reprimidos.
—En
todo caso, habrá que tenérselo al sida —fue la humorística respuesta—. También
en mi país tenemos una juventud sana, fuerte y liberalizada, pero últimamente
todo el mundo anda acojonado con la dichosa plaga. Como no le encuentren pronto
un remedio, veo a millones de jóvenes masturbándose al compás de las canciones
de Madonna, que es lo más erótico que tenemos en estos momentos en el mercado
discográfico.
—¿Nunca
te tomas nada en serio? —intervino Beverley, que se sentaba a su lado y
permanecía extrañamente silenciosa, hundida al parecer en profundas
reflexiones—. No creo que llegue a acostumbrarme a tu particular sentido del
humor.
—Ni
al mío ni a ninguno —fue la intencionada respuesta—. Y eso es, quizá, lo que
más me llama la atención de los sudafricanos. Nada os hace reír, y sin risas la
vida carece de sentido; incluso una vida tan fabulosa como la vuestra.
Klaus
indicó con un leve ademán de la cabeza hacia un grupo de negros que trabajaban
al borde de la carretera y que se habían detenido a verles pasar.
—¿Te
reirías tú, si tuvieras a toda esa mierda a tu alrededor? Si no funcionara el
aire acondicionado, el tufo a sudor no nos permitiría respirar. Esos cerdos
están consiguiendo que pese a todas sus flores y sus espacios abiertos, este
país comience a apestar.
Elliot
Dunn prefirió no responder y lanzó una ojeada hacia Paola Cavani con la sana
intención de suplicarle silenciosamente que también se contuviera, pero
descubrió, sorprendido, que su ruego resultaba innecesario; la mano de Klaus
Verboeren había desaparecido por debajo de la amplia falda de la italiana,
acariciándole los muslos muy cerca de las ingles y podría asegurarse que aquel
contacto era todo lo que en aquellos momentos interesaba a la periodista, que
permanecía recostada en su asiento con los ojos cerrados y el aire ausente de
quien está disfrutando en silencio y de antemano de las promesas de profundo
placer que semejantes caricias significaban.
Esa
misma tarde, sin tiempo apenas para descargar las provisiones y poner en marcha
el generador eléctrico, ella y Klaus desaparecieron en uno de los dormitorios
de la cabaña y no volvieron a dar señales de vida hasta el momento en que
Beverley golpeó la puerta para hacerles saber que la cena estaba lista y Paola
hizo su aparición con el cabello alborotado y aspecto feliz.
—¡Me
comería un venado! —exclamó y Elliot experimentó la necesidad de golpearla con
un ídolo zulú que descansaba sobre la mesa, aunque tal deseo se traslado de
inmediato a Klaus Verboeren, que había surgido tras ella con el aire de quien
sabe a ciencia cierta que ha dejado muy alto su propio pabellón.
—¿Qué?
—fue lo primero que dijo—. ¿Vosotros no os animáis...? ¡A ver si os voy a tener
que hacer yo todo el trabajo!
—Hay
cosas que tú ya nunca podrás hacer —replicó heladamente su esposa desde la
cocina que se comunicaba por medio de un pequeño mostrador con el salón—, y no
te preocupes por Elliot, sabe arreglárselas cuando llega el momento... —Alzó el
rostro hacia Paola—. ¿La carne muy hecha o poco hecha? —quiso saber.
—Casi
cruda, gracias.
Klaus
Verboeren, que al parecer había acusado el golpe y por unos momentos se mostró
levemente desconcertado, recuperó muy pronto sin embargo el dominio de la
situación y durante casi toda la cena se extendió en una larga disertación
sobre las ventajas del «desarrollo separado» y de lo bien que lo aceptaban
aquellos negros que en verdad sabían entenderlo.
—Ellos
se miran en el espejo de los países africanos que obtuvieron la independencia
—dijo— y descubren que aquí viven mucho mejor. Temen a sus líderes negros
porque saben que no son más que un hatajo de tiranuelos que no hacen más que
robar, hundiendo muy pronto a sus países en el nepotismo y la miseria.
Imaginemos por un momento, ¡tan sólo un momento!, una Sudáfrica dominada por
los negros. ¿Quién la gobernaría? ¿Los zulúes, los shoto, los bechuana, los
tsonga o los xoshas...? Se odian entre sí, y mucho antes de soñar siquiera con
echarnos, ya se están peleando para decidir qué grupo étnico va a esclavizar a
los otros. Nunca aprenderán cómo funciona una fábrica o una mina, pero saben
cómo asesinarse los unos a los otros. Muchos europeos nos acusan de querer
regresar al siglo pasado, pero ninguno se detiene a meditar en que, si los
dejáramos, los «cafres» nos harían regresar a la Edad de Piedra.
—Tú
sabes que yo estoy casi siempre de acuerdo contigo —le atajó al fin, cortante,
Beverley—. Pero no creo que Paola y Elliot hayan venido hasta aquí para
escuchar un mitin político... ¿Qué planes tienes para mañana?
—Levantarnos
al alba y tratar de encontrar las huellas de un macho con más de cincuenta
kilos de marfil en los colmillos. —Se volvió a Elliot—: ¿Has cazado elefantes
de selva alguna vez? —quiso saber.
—Ni
de selva, ni de pradera, ni de montaña, ni de circo —fue la sincera respuesta—.
Y te garantizo que pienso seguir como hasta ahora. Tú cazas y yo miro. —Clavó
los ojos en la mano de Klaus, que acariciaba distraídamente el nacimiento del
pecho de Paola—. Eso de mirar se me da muy bien —añadió.
El
otro le observó fijamente, como tratando de captar el auténtico significado de
sus palabras, y por último inquirió:
—¿Te
gustaría ver cómo Paola y yo hacemos el amor? Por mí no hay inconveniente...
—Se volvió a ella—. ¿Te importa a ti?
—¡Sí!
—fue la tajante respuesta—. ¡Naturalmente que me importa! ¿No te importaría a
ti ver a Elliot hacer el amor con Beverley?
—¡En
absoluto! Yo la quiero, y si Elliot sabe hacerla disfrutar, me gustará verlo.
Lo que dijo antes es cierto: hace tiempo que no consigo que disfrute conmigo y
cuando veo que lo logra con otro me quita un peso de encima.
—Eso
tal vez delate un cierto sentimiento de culpabilidad —le hizo notar Elliot—. Lo
que no entiendo es que, si ya nada os une y no tenéis hijos, continuéis
casados.
—Es
algo muy complicado —replicó el sudafricano mientras se servía una nueva copa
del magnífico champán francés que habían estado bebiendo durante la cena—. Un
divorcio nos perjudicaría política, económica, profesional y socialmente. El
presidente no sería partidario de nombrar ministro a alguien que acaba de
divorciarse de una mujer por la que todos sienten admiración, respeto y estima,
pese a que su padre no esté bien visto y su hermana haya salido alborotadora.
Los Hudson siempre fueron «algo especial» para los sudafricanos de origen
inglés, del mismo modo que los Verboeren los somos para los afrikaaners.
Nuestra unión es a todas luces perfecta y no sería cuestión de romperla por un
estúpido problema de cama cuando resulta evidente que el mundo está lleno de
hombres y mujeres que pueden solucionar perfectamente ese problema. Entre
nosotros hay cosas que van mucho más allá de una simple relación sexual, y eso
es lo que en verdad importa. ¿No es cierto, cariño?
—Debe
serlo, puesto que, por el momento, vamos saliendo adelante —fue la intencionada
respuesta—. Y por lo que a mí respecta, prefiero seguir siendo una casada rica
que una divorciada pobre. Cuando te has acostumbrado a veinte criados, resulta
difícil regresar a un pequeño apartamento teniendo que vivir de una minúscula
pensión. —Hizo una pausa muy significativa y por último añadió—: Nuestro
contrato matrimonial es un tanto confuso.
Klaus
Verboeren, que se había puesto en pie para ir a buscar una botella de coñac y
cuatro copas, señaló mientras regresaba con ellas en la mano:
—Ahora
soy yo el que opina que, de la misma forma que no les interesan los mítines
políticos, tampoco creo que les interesen nuestros problemas conyugales. ¿Por
qué no cambiamos otra vez de tema...? Por cierto, Elliot —puntualizó—. Aún no
hemos tratado sobre el asunto que te trajo aquí... ¿Qué es exactamente lo que
te interesa de todo lo que has visto?
—¡Eso
sí que no...! —intervino Paola con aire ofendido—. ¡De negocios, nada...!
Estamos en el confín del mundo, en medio de una selva maravillosa, rodeados de
bestias salvajes que mañana vamos a cazar y disfrutando de una espléndida cena
y no consiento, escúchame bien, ¡no consiento!, que se hable de dinero,
béisbol, baloncesto, religión y si es posible, política... ¿Está claro?
—Muy
claro —admitió Elliot siguiéndole el juego—. ¿Queda algo de que hablar?
—¡Naturalmente!
Cine, teatro, música, pintura, deporte..., sexo...
—¡Y
dale con el sexo...! ¿Es que no puedes pensar en otra cosa?
La
mano de Paola ascendió soezmente, provocadora, por entre los muslos de Klaus,
que se encontraba en pie a su lado.
—En
estos momentos, no.
A
Elliot le entraron nuevamente deseos de patearla, y se preguntó cuál habría
sido su reacción si realmente hubiera sido su esposa. La actitud de Paola le
desconcertaba, pues aún sabiendo mejor que nadie que se trataba de una mujer
apasionada, nunca, ni aún remotamente, se le había pasado por la mente la idea
de que en un momento dado pudiera llegar a comportarse de una forma tan vulgar.
Por muy excepcional que fuese aquel fascista como amante, Paola Cavani siempre
había sabido guardar la compostura pese a que a menudo sus discusiones hubieran
subido de tono hasta alcanzar casi los límites de la grosería.
Pero
una cosa eran las pequeñas groserías privadas que podían permitirse al cabo de
los años y otra aquella forma de comportarse, como perra en celo, sin
importarle siquiera la presencia de Beverley a la que parecía estar intentando
provocar pese a que resultaba evidente que era un tema del que la señora
Verboeren «pasaba» por completo.
Diez
minutos después, la conversación había retornado, sin embargo, a lo que parecía
ser la obsesión del dueño de la casa: la difícil situación sudafricana, cuyo
acusado empeoramiento había que atribuir, no tanto a la presión de una masa de
veinte millones de negros oprimidos y a los que se les había negado
sistemáticamente todos los derechos, sino sobre todo y por encima de todo, a
las ansias de expansión del comunismo internacional que había puesto sus ojos
en un país que su enclave geográfico y sus infinitas riquezas, constituía el
principal y más ansiado objetivo de los «rojos».
El
anticomunismo de Klaus Verboeren era sin lugar a dudas tan violento y visceral
como su feroz racismo, y escuchándole se podía llegar a entender que la Iglesia
Reformada Holandesa contara con fieles que admitían sin ruborizarse que los
negros habían sido creados por Dios para servir a los blancos, o el Partido
Nacionalista con miembros que creyesen a pies juntillas que eran el pueblo
elegido para poner freno al expansionismo bolchevique.
Pero
ni siquiera entonces Paola, izquierdista convencida y defensora a ultranza de
los derechos de las minorías oprimidas, alzó una sola vez la voz haciendo valer
su opinión y podría pensarse que en el transcurso de poco más de una semana se
había transformado en un ser completamente distinto o había optado por
concederle unas cortas vacaciones a sus convicciones, del mismo modo que
parecía habérselas concedido a su cuerpo en el más amplio sentido de la
palabra.
La
tertulia acabó pronto, aunque no ocurriera lo mismo con la actividad nocturna,
puesto que, pese a que Elliot puso en ello su máxima voluntad y se alargó todo
lo que pudo esforzándose para que Beverley alcanzara tres magníficos orgasmos
antes de quedar rendida de cansancio, la agitación en el dormitorio vecino
continuó hasta que a él también le venció el sueño, y todo ese tiempo lo empleó
en preguntarse cómo demonios se las arreglaría aquel puerco nazi para que los
mal contenidos gritos de placer de la italiana no cesaran ni un momento.
—Estoy
seguro de que esta noche le importaría un pimiento que a tres mil metros bajo
ella hubiera un millón de negros encerrados en una mina de oro —fue lo último
que musitó antes de cerrar los ojos definitivamente.
Patricia
Hudson pasó a recoger a Nikon y su abultado maletín por el discreto hotel que
el fotógrafo ocupaba, y sobre las diez de la noche, cuando ya los servidores
portugueses dormían, penetraron tranquilamente en la casa como si se
dispusieran a hacer el amor en la habitación de la muchacha, aunque muy pronto
se encontraron ante la puerta del despacho de Klaus Verboeren.
Abrir
la pesada cerradura no le llevó más que un par de minutos al diminuto fotógrafo
y tal como había previsto, la caja fuerte se encontraba tras la cabeza disecada
de un enorme búfalo que ocupaba el centro de la pared del fondo.
La
estudió con profundo detenimiento mientras lanzaba un leve silbido admirativo y
la muchacha le observó con gesto preocupado.
—¿Podrás
abrirla? —quiso saber. El pelirrojo negó con un gesto:
—No.
Es demasiado para mí. Pero sé quién puede hacerlo.
—¿Quién?
—Mi
buen amigo Le-Guin.
—¿Y
dónde está?
—En
París.
—¿En
París? —se horrorizó Patricia—. ¿Tenemos que esperar a que venga de París? ¿Es
que te has vuelto loco...?
El
otro le guiñó un ojo con picardía, se llevó el dedo a los labios pidiéndole que
guardara silencio, y por último abrió su maletín y comenzó a colocar todo su
complejo contenido de aparatos electrónicos sobre la mesa.
Cuando
hubo concluido, alzó el teléfono y marcó un largo número que conocía de
memoria. Aguardó unos instantes y cuando al otro lado le respondió una voz,
inquirió:
—¿Fierre...?
Soy yo... Nuestra amiga es una Reinach Anger 437, año mil novecientos ochenta y
dos... Reluciente... —Asintió con un ademán de cabeza como si el otro pudiera
verle—. Sí. Espero.
Encendió
un cigarrillo, le ofreció otro a su acompañante, y mientras lo hacía se colgó
el auricular del hombro y comentó:
—Pierre
Le-Guin es el mejor del oficio. Si él no la abre, nadie lo hará.
—¿Estás
insinuando que piensa abrirla desde París?
—Yo
voy a ayudarle.
—¡Estás
loco...! Completamente loco...¿Cómo he podido dejar que me enreden en un asunto
como éste...? Creí que trataba con gente sensata...
—No
hagas juicios temerarios... —fue la sonriente respuesta—. La mayoría de la
gente no podría abrir esa caja fuerte ni con cien kilos de Goma 2. Le-Guin
puede hacerlo sin ponerle las manos encima. Por eso es el mejor y nunca corre
ningún riesgo. Jamás le han detenido.
Hizo
un gesto con la mano para que guardara silencio, y tomó de nuevo el teléfono.
—¿Sí?
—inquirió—. Dime... —Escuchó atentamente las instrucciones que le daban desde
el otro lado, asintió de nuevo y al fin colocó cuidadosamente el auricular
sobre la mesa, afirmándolo entre dos gruesos libros y aplicándole una ventosa
que iba unida a un largo cable.
Ese
cable desaparecía dentro de un pequeño amplificador de sonido, del cual partía
a su vez otro cable más grueso cuyo extremo recordaba un fonendoscopio de los
utilizados en medicina.
Nikon
lo adhirió en esta ocasión a un punto exacto de la caja fuerte, sujetándolo con
la mano izquierda y musitó:
—Empiezo
de cero hacia la derecha —e inmediatamente comenzó a hacer girar muy lentamente
la rueda central de la caja de caudales.
A
los pocos instantes se escuchó un silbido que llegaba por el auricular que
descansaba sobre la mesa. Fue hasta allí y aplicó el oído sin moverlo:
—¿Qué
ocurre? —inquirió—. ¿Cómo dices...? ¡Ah, entiendo! ¡Vale!
Se
despojó del reloj de pulsera, que entregó a Patricia y señaló:
—Vete
al sofá, siéntate y no hagas el menor ruido. Ese aparatito es muy sensible;
puede aumentar hasta trescientas veces el volumen de cualquier sonido.
Regresó
junto a la caja de caudales y reinició, con infinita paciencia, la tarea de
hacer girar la rueda, primero a un lado y luego a otro.
A
miles de kilómetros de distancia, en París, Pierre Le-Guin, un ingeniero
electrónico que había descubierto que reventar cajas de caudales rendía mucho
más que trabajar ocho horas diarias en una fábrica, permanecía sentado en el
centro de una amplia estancia absolutamente insonorizada cubierta del suelo al
techo, de las más complejas calculadoras, mientras sobre una enorme pantalla
levemente azulada iba haciendo su aparición una línea amarillenta que de tanto
en tanto ascendía marcando un gráfico o se iba súbitamente abajo en un profundo
y acusado valle.
Al
propio tiempo y a través de unos sofisticados auriculares, el oliváceo Le-Guin,
del cual podría creerse que jamás se exponía a la luz del sol, escuchaba con
profunda atención, y tan sólo movía apenas los dedos de la mano derecha
marcando cifras sobre un teclado.
Al
cabo de unos quince minutos pareció darse por satisfecho y lanzó un leve
silbido que resonó claramente en el despacho de Klaus Verboeren, en
Johanesburgo. Cuando Nikon acudió el teléfono, señaló:
—Ya
tengo lo que necesito. Vuelve a llamarme dentro de diez minutos.
El
fotógrafo colgó el auricular, desconectó todos sus aparatos volviendo a
guardarlos en el maletín, alzó el rostro hacia Patricia Hudson y de nuevo le
guiñó un ojo picarescamente.
—¿Sorprendida?
—inquirió.
—Mucho.
—Es
lógico... Pero compréndelo: si se puede enviar una señal óptica de un extremo a
otro del planeta mostrando cómo un señor le da una patada a una pelota para que
en ese mismo momento lo estén contemplando millones de espectadores, resulta
evidente que parecidos adelantos de la técnica se utilicen para fines más,
digamos, privados... ¿Sabías que hay parejas que hacen el amor por teléfono,
diciéndose cosas de un continente a otro...? Resulta algo costoso, pero
excitante... Pues igual ocurre con las cajas fuertes: hoy en día se las puede
violar a distancia...
Ella
le observaba en silencio. Había encendido un cigarrillo y fumaba, absorta, como
si su mente se encontrase muy lejos de allí; tal vez en el interior de aquella
caja fuerte que estaban intentado forzar, pero luego, súbitamente, inquirió:
—Tú,
en realidad, ¿a qué te dedicas?
—Soy
fotógrafo.
—Sí.
Eso ya me lo has dicho, pero no se me antoja lógico que un simple fotógrafo
ande por el mundo haciendo estas cosas... Lo tuyo más bien parece una tapadera
que una auténtica profesión.
—Pues
no lo es. Lo que ocurre es que cuando naces reducido de tamaño, escaso de
vista, pecoso de piel, pelirrojo de cabello, ausente de atractivos económicos y
carente de reconocimiento paterno, o te espabilas o tienes menos porvenir que
una prostituta en San Francisco. Yo amo mi profesión y nada hay en este mundo
que me compense más que conseguir un buen reportaje, pero no nací para
perseguir princesas en pelotas o actrices de cine follando en una piscina.
Quiero hacer el periodismo que me gusta, a mi aire, libremente y si para
conseguirlo me veo obligado a salirme un poco de los límites de lo que se
considera legal, me salgo. La mayoría de las veces, vale la pena.
—¿Como
ahora?
—Aún
no lo sé. Te lo diré cuando abramos esa caja. Si dentro está lo que imaginamos,
creo que al mundo le compensará el hecho de que yo sea un tanto «especial». ¿No
crees?
—¿Y
si no está?
—Otra
vez será. —Acudió a su lado, volvió a ponerse el reloj en la muñeca y consultó
la hora. Luego hizo un ademán hacia el teléfono—. Puede que mi amigo Fierre
haya contribuido a desvalijar más de una caja fuerte quitándole a muchos ricos
algo de lo que les sobra, pero te garantizo que con frecuencia también ha hecho
cosas buenas. Si pudiéramos descubrir todos los odiosos secretos que se
esconden en el fondo de muchas cajas fuertes de personas y empresas
aparentemente honradas, la sociedad saldría ganando... —Hizo una pausa que
aprovechó para dar una calada al cigarrillo de ella—. ¡Fíjate en las
investigaciones sobre el sida, sin ir más lejos! ¿Te parece justo que diez o
doce grandes compañías farmacéuticas guarden celosamente el resultado de sus
investigaciones sobre una enfermedad que amenaza acabar con el mundo sin
permitir que nadie le ponga la vista encima a esos papeles, comparándolos con
otros y encontrando tal vez una vacuna o una cura definitiva para una plaga tan
terrible? Miles, tal vez millones de seres humanos sufren terriblemente, mueren
o viven aterrorizados por un mal que amenaza con acabar destruyéndonos, pero no
comparten sus secretos porque quieren ser los primeros en encontrar la vacuna y
ganar fortunas a costa de la salud de la especie humana. ¿Crees que Le-Guin
haría mal en ayudarme a abrir esas cajas y dar a la luz pública tales
documentos? ¿Crees que yo haría mal en intentarlo si estuviera en mi mano?
—No.
No creo que estuviera mal.
—Pues
eso es lo que voy a hacer. En cuanto acabemos con este asunto, voy a convencer
a Elliot para que nos dediquemos a descubrir qué es lo que saben las
multinacionales farmacéuticas sobre el sida. Ya que los gobiernos no son
capaces de imponerse en bien de la salud pública, tendremos que ser una vez
más, nosotros, los periodistas, los que hagamos a espaldas de sus estúpidas
leyes... —Consultó su reloj y se encaminó a la mesa levantando de nuevo el
teléfono—. Y ahora vamos a ver qué es lo que me cuenta Pierre...
Marcó
el número, esperó y cuando el otro le respondió, tomó lápiz y papel y comenzó a
anotar cifras prestando una especial atención a las instrucciones que le daban,
procurando no dejar escapar el más mínimo detalle, y haciendo que le repitiera
números y datos, hasta que al fin pareció darse por satisfecho.
—Lo
tengo claro —dijo—. Espera un momento.
Dejó
el auricular sobre lo mesa, fue a la caja fuerte, y consultando el papel,
colocó exactamente la combinación, hizo girar la manivela y la puerta se abrió
dejando a la vista su contenido.
Se
volvió sonriente a Patricia, que casi no podía dar crédito a lo que estaba
ocurriendo y una vez más guiñó picarescamente un ojo.
—¿Qué
te dije? —inquirió—. ¿No es portentoso?
—Si
no lo veo, no lo creo. Nikon fue hasta el teléfono y escuetamente señaló:
—La
cosa está hecha, Fierre. Un millón de gracias. Te veré en París.
Colgó,
y del maletín extrajo una máquina fotográfica provista de flash electrónico.
—Tenemos
que darnos prisa —señaló—. Por lo visto, dentro de diez minutos esta caja tiene
que estar cerrada o empezará a lanzar aullidos.
Procurando
fijarse en dónde estaba cada cosa, y despreciando desde el primer momento las
joyas y el dinero, se dedicaron a extraer cuidadosamente carpetas de documentos
que fueron extendiendo sobre la mesa, de tal modo que, tras un rápido vistazo,
el pelirrojo fotografiaba lo que se le antojaba interesante. Sin embargo,
súbitamente se interrumpió al advertir que la muchacha estaba doblando con
extrema delicadeza dos pliegos de grueso papel y se disponía a guardarlos en su
amplio bolso.
—¿
Qué haces ? —quiso saber alarmado—. ¿ Qué es eso?
—La
renuncia de mi hermana a todos sus derechos sobre los bienes de la familia
Verboeren. Un trámite vergonzoso que Klaus le obligó a firmar cuando se
casaron.
—Pero
¿estás loca? Notará su falta y se dará cuenta de que alguien ha abierto la
caja.
Ella
negó calmosamente al tiempo que del bolso extraía dos pliegos de papel
aparentemente idénticos a los que acababa de sustraer y que se dispuso a dejar
donde habían estado los otros.
—No
notará nada. Tendría que releerlos y fijarse mucho para caer en la cuenta de
que hay ligeras variaciones que a la larga cambian por completo su sentido.
Nikon
la observó con profundo detenimiento y su actitud, y la impasibilidad con que
estaba actuando, le hicieron caer en la cuenta de cuál era la auténtica
realidad de la situación.
—¿De
modo que nos has utilizado? —inquirió—. ¿Tantas facilidades estaban dirigidas
únicamente a conseguir que te abriéramos la caja? —No obtuvo respuesta, lo que
le hizo comprender que había acertado en la suposición, y en el mismo tono,
añadió—: ¿Tu hermana está al corriente?
Ella
asintió con naturalidad.
—Ésa
es su firma. ¿Quién podrá demostrar que ese documento es falso, si incluso está
escrito en el mismo papel y con la misma máquina...? —Sonrió levemente, como si
pretendiera tranquilizarle—. Pero no os hemos estado utilizando. Simplemente,
decidimos aprovechar la ocasión... —Hizo un gesto hacia las carpetas que
permanecían desparramadas sobre la mesa—. ¡Y no pierdas más tiempo! Ahí está lo
que venías buscando, y te quedan menos de cinco minutos para fotografiarlo si
no quieres acabar tus días en una cárcel sudafricana.
El
fotógrafo la observó aún unos instantes, pero al fin optó por encogerse de
hombros y reanudó su trabajo.
—¡Qué
cono! —exclamó—. Al fin y al cabo, a mí qué carajo me importa lo que pueda
ocurrir con el dinero de ese hijo de puta. Por mí como si lo queréis dejar en
calzoncillos... ¡Mira...! ¡Mira esto! La cesión de compra del Amauri,
superpetrolero de doscientas veinte mil toneladas, vendido por la Naviera Kadar
a la Indian Atlantic Ocean Limited... ¡Toma ya...! Es, exactamente, lo que
veníamos buscando.
Le
despertó el rumor de voces y cuando atisbo por la enrejada ventana de lo que
era en realidad más un búnker de hierro y cemento que una simple «cabaña de
caza», distinguió apenas, a la incierta luz de un alba que aún ni siquiera
apuntaba por completo, a un compacto grupo de hombres armados que habían tomado
posesión de la amplia explanada que rodeaba la construcción aislándola de los
altos árboles de la selva vecina.
El corazón
le dio un vuelco y se sorprendió a sí mismo intentando cerciorarse de que se
trataba de blancos, y no de un grupo de guerrilleros negros, «cafres asesinos,
dispuestos a violarlos, asesinarlos y cortarlos en pedazos».
Cuando
no le cupo duda de que eran altos y rubios y su apariencia no resultaba en
absoluto agresiva, optó por encaminarse a la puerta y golpear suavemente la de
la habitación vecina, lo cual le sirvió, entre otras cosas, para comprobar,
asombrado, que sus ocupantes se encontraban despiertos y aparentemente
dedicados a lo mismo que se dedicaban en el momento en que se quedó dormido,
cinco o seis horas antes.
Instantes
después, un Klaus Verboeren, alto, atlético, totalmente desnudo y con el lozano
y fresco aspecto de quien ha descansado tres días seguidos, abrió la puerta y
le observó interrogativamente:
—¿Qué
ocurre? —inquirió.
—Hay
gente fuera. Soldados, creo.
—¿Blancos?
—Ante el mudo gesto de asentimiento, se encogió de hombros—. Si son blancos son
de los nuestros. ¿Cuál es el problema?
—Creí
que te gustaría saberlo.
Klaus
Verboeren dudó un instante, lanzó una ojeada hacia la cama en la que una Paola
totalmente desnuda parecía estar aguardándole, y al fin, con un gesto de
resignación, tomó una toalla que se enredó a la cintura y salió al pasillo
cerrando a sus espaldas.
—¡Está
bien! —admitió—. Vamos a ver de quién se trata.
Al
pasar tomó la metralleta que había dejado sobre la mesa del comedor y
entreabriendo la pesada puerta blindada que quedaba sujeta con gruesas cadenas
llamó hacia fuera.
—¿Quién
anda ahí?
—¡Somos
nosotros, señor Verboeren! —replicó de inmediato una bronca voz de marcado
acento extranjero—. Derderián y sus hombres.
—¡Coronel...!
—exclamó el sudafricano de inmediato apresurándose a dejar el arma en un rincón
y liberar la puerta de sus cadenas de seguridad—. ¡Pase! ¡Pase, por favor! Lo
suponía mucho más al norte...
El
llamado Derderián, un hombretón inmenso, a primera vista grueso y barrigudo,
aunque pronto se descubría que en realidad era macizo y extraordinariamente
fuerte, hizo su aparición surgiendo de la penumbra del amanecer, vestido con un
verdoso uniforme de camuflaje que casi semejaba una tienda de campaña, y armado
de una pesada ametralladora de la que no parecía separarse jamás, dos
relucientes revólveres, y un ancho cinturón del que pendían un afilado machete
y toda una ristra de bombas de mano...
—Siento
haberle despertado. —Fue lo primero que dijo al tiempo que alargaba una manaza
inmensa dentro de la cual todas las demás parecían de muñeco—. Pero éste es el
único lugar decente para acampar que existe en cincuenta kilómetros a la
redonda, y mi gente está agotada. Llevamos una semana limpiando de «cafres»
estas selvas y ayer tarde tuvimos un ligero altercado. Pero no se inquiete; ya
no queda nadie que moleste por aquí.
—¿Alguna
baja?
—Un
muerto y tres heridos leves.
—¿Necesita
ayuda?
—¡Oh,
no! ¡En absoluto! Nos arreglamos perfectamente.
Habían
penetrado hasta el mostrador que separaba el salón-comedor de la cocina, Klaus
Verboeren pareció caer en la cuenta de que Elliot continuaba allí, e hizo un
ademán con la mano, señalando hacia él.
—¡Ah!
—se disculpó—. Perdone que no les haya presentado. Elliot Dunn... El coronel
Derderián... Por cierto, Elliot, ¿te importaría sacar de la cama a las chicas?
Creo que los muchachos se han ganado un desayuno caliente.
Elliot
se limitó a murmurar algo ininteligible, evitando a toda costa que aquel
hombretón con aspecto de oso paracaidista pudiera apoderarse de su mano y
machacársela, y se encaminó al pasillo, apresurándose a despertar a Beverley,
puesto que Paola había hecho su aparición en el umbral del dormitorio.
Pronto
resultó evidente —ya que no se esforzaban por ocultarlo— que Derderián y sus
hombres no pertenecían al Ejército Regular Sudafricano, sino que constituían un
grupo de mercenarios contratados por el Gobierno de Pretoria para realizar
tareas de vigilancia en las fronteras y limpiar de «rebeldes» las regiones
selváticas.
El
«coronel», armenio de origen, parecía sentirse sumamente orgulloso de su
condición, al igual que los veintiséis restantes componentes de su grupo, un
abigarrado conjunto de soldados de fortuna de todas las nacionalidades y las
más inquietantes cataduras, que se mostraban sin embargo tremendamente
disciplinados e increíblemente respetuosos y casi tímidos en su trato con las
dos mujeres, pese a que resultaba notorio que llevaban meses de abstinencia
sexual.
Parecían
contentos. Habían acabado con treinta y cuatro guerrilleros en los últimos días
y por lo que Elliot pudo deducir percibían una jugosa prima por cada muerto, lo
que unido al «fijo» que constituía su mensualidad y la paga de «enganche»,
redondeaba una buena cantidad libre de impuestos y colocada en una cuenta en
Suiza.
Resultaba
evidente que Klaus Verboeren se sentía a gusto entre ellos, deslumbrado por la
fascinación de sus armas, su peculiar lenguaje compuesto de una desconcertante
mezcolanza de idiomas, y una extraña y casi impalpable aleación de agresividad
y miedo que parecía presidir todos y cada uno de sus actos, como si en cada
instante de sus vidas estuvieran dispuestos a lanzarse aullando sobre sus
enemigos o escapar como conejos tratando a toda costa de salvar el pellejo.
Vivían
en tensión; en un continuo sobresalto, con un ojo puesto en las armas, de las
que jamás se alejaban y otro en las lindes de la selva, en el punto desde el
que imaginaban que podía llegar el peligro, aunque, pese a ello, se advertía
que aquélla era una existencia que les apasionaba y no se encontraban allí tan
sólo a causa de motivos económicos.
Les
gustaba el riesgo y les gustaba matar, y aunque la inmensa mayoría carecían de
ideales políticos e igual les hubiera dado disparar hacia un lado que hacia
otro, media docena se confesaban fanáticos racistas, y anticomunistas
convencidos de que estaban embarcados en una lucha justa y en Sudáfrica se
libraba una batalla crucial para el mundo libre y la defensa de los
tradicionales valores de la cultura de Occidente.
Su
jefe, el coronel Derderián, se mostraba, sin embargo, más escéptico, tal vez
porque había intervenido en muchas más guerras habiendo tomado plena conciencia
de que nada era ni tan crucial ni tan definitivo y Sudáfrica no constituía, al
fin y al cabo, más que una pieza —a todas luces importante— de la gran partida
de ajedrez que eternamente alguien libraba teniendo como tablero de juego el
mundo.
Cumplía
pese a ello su trabajo con notable eficacia y entusiasmo, y cuando aseguró que
Klaus Verboeren y sus amigos podían dedicarse a cazar por todo aquel territorio
sin miedo a ser molestados por «cafres» rebeldes, incluso el propio Elliot se
inclinó a creer en sus palabras.
—¿Han
visto elefantes? —quiso saber el sudafricano, que al parecer le había prometido
a Paola un par de colmillos que sirvieran de especial recuerdo de aquel extraño
viaje.
—Ayer
por la mañana, a la orilla del río, encontramos una buena manada, pero ningún
macho que valiera realmente la pena. Luego, poco antes de la escaramuza
descubrí una huella de más de cincuenta centímetros, profunda y con anchas
estrías. Sin duda pertenecía a un viejo macho muy cargado de cabeza que se
dirigía al nordeste, pero probablemente con el tiroteo que se armó luego, se
espantó. Si echó a correr, a estas horas ya debe estar en Mozambique...
Elliot
Dunn tuvo en esos momentos la impresión de que Klaus Verboeren dudaba entre sus
ansias de lanzarse en pos del elefante, que era a lo que en verdad había
venido, o permanecer allí compartiendo por lo menos una jornada de la vida de
la patrulla de mercenarios, auténticos cazadores a sueldo que en nada se
diferenciaban de aquellos otros que, a comienzos del pasado siglo, sus
bisabuelos contrataban para que les trajeran cabezas de hotentote a tanto la
docena.
Y si
de algo no le cupo desde luego duda alguna, era de que Klaus hubiera cambiado a
ojos cerrados la cacería de elefantes por otra de «cafres» rebeldes, porque lo
que en apariencia el sudafricano estaba deseando era utilizar su impresionante
arsenal, no contra bestias, sino contra los aborrecidos negros.
Beverley,
por su parte, parecía sentirse molesta por la presencia de los soldados, y no
por el trabajo que le estuviera ocasionando atenderles, sino porque daba la
impresión de que, con su inesperada llegada, habían interrumpido algo que en
verdad le interesara.
A
medida que la conocía más a fondo, Elliot caía en la cuenta de que se trataba
de una mujer mucho más compleja de lo que se le antojó la primera noche, cuando
apenas a los quince minutos de conocerse ya le propuso que hicieran el amor, y
cuando la observaba, afanada en la cocina o de pie junto a la ventana fumando
un cigarrillo lejana y absorta, se preguntaba qué era lo que en el fondo sentía
aquella mujer por su esposo, y si no andaría muy errado al imaginar que en
determinadas ocasiones había captado un claro matiz de rencor en su relación
con Klaus.
Le
hubiera gustado averiguar qué pasaba por la mente de Beverley cuando se quedaba
mirando muy fijamente a su marido, observando cómo se fascinaba ante la
presencia de los mercenarios del mismo modo que un muchachuelo podría haberse
fascinado por la presencia de su equipo de baloncesto favorito.
¡Se
le antojaba todo tan confuso cuando trataba de analizar el comportamiento de
los sudafricanos! Aquél no era un pueblo que respondiera a cada estímulo de
acuerdo con unos cánones que no solían variar demasiado entre miembros de
países o ideologías casi opuestas porque podría llegar a creerse que los
sudafricanos, al haber nacido y haberse criado en un ambiente distinto al de
todos los demás pueblos del planeta, reaccionaban por lo tanto de diferente
manera.
Los
sudafricanos blancos no eran, como tantos otros habían sido a lo largo de la
Historia, un pueblo invasor que advertía que pronto o tarde iba a ser arrojado
al mar por aquéllos a los que mantenían sojuzgados, sino más bien un pueblo que
sabía que esa invasión provenía de sí mismos, como el enfermo que descubre de
pronto que cierta parte de su cuerpo se está desarrollando en exceso, dando
lugar a un cáncer galopante que concluirá por devorarle aún a sabiendas de que
con su proliferación se está destruyendo indefectiblemente. ¿Hasta qué punto
latía un claro sentimiento de culpabilidad en el fondo del corazón de todos
aquellos hombres y mujeres que comprendían sin necesidad de que nadie se lo
echara en cara, que a pesar de haber sido cómplices de la más infamante
injusticia que la Humanidad había llevado a cabo a lo largo del último siglo,
todo había resultado sin embargo inútil y muy pronto tendrían que pagar su
deuda para con esa Humanidad?
¿Qué
experimenta en lo más profundo de sí mismo, alguien que está acostumbrado a que
más allá de sus fronteras la sola mención de su procedencia le marca con un
signo infamante? Su segregacionismo les había empujado a ser segregados a su
vez y ante el resto del mundo eran siempre ciudadanos de tercera clase que ni
siquiera en competiciones deportivas podían participar y para conseguir figurar
en unas olimpíadas tenían que renunciar incluso a su nacionalidad.
Tantos
lo habían hecho en cuanto descubrieron que resultaba más rentable dejar de ser
sudafricano que continuar siéndolo, que cabía preguntarse cuántos más
renunciarían en cuanto se les brindase una oportunidad mejor.
«Ser
sudafricano es una profesión», aseguraban muchos, porque haber nacido en
aquella tierra bendecida por los dioses era casi una garantía de futuro sin
problemas económicos, pero ahora los problemas comenzaban a proliferar y la
«profesión de sudafricano» se estaba convirtiendo en algo sumamente peligroso
de lo que más valía en ciertos casos prescindir.
La
diáspora preocupaba ya al Gobierno que se esforzaba por evitar que un pánico
generalizado acabara por dejarle sin ciudadanos con derecho a voto, y la
evasión de capitales y la falta de nuevas inversiones por pérdida de confianza
en el futuro amenazaba con detener, de modo irreversible, el desarrollo del
país.
Las
nuevas sanciones de Estados Unidos y la mayoría de los países de la Comunidad
Económica Europea y el lógico temor de los capitalistas extranjeros a invertir
en un lugar que cualquier día podía estallar en mil pedazos, comenzaban a
estrangular una economía que difícilmente se podía mantener a base únicamente
de las exportaciones. Por grandes que fueran las reservas de oro, diamantes y
uranio en Sudáfrica —que lo eran—, una nación que gastaba cifras tan
astronómicas en armamento no conseguiría sobrevivir mucho tiempo a base de
vender sus riquezas sin crear otras nuevas porque todo, absolutamente todo en
este mundo —incluso el oro de Sudáfrica —concluía siempre por agotarse.
Ser
sudafricano podía por tanto continuar constituyendo una profesión, pero ya no
un gran negocio y para muchos resultaba cada vez más evidente que lo más
provechoso empezaba a ser venderlo todo, llevarse el dinero y establecerse en
algún lugar que nunca corriera el riesgo de verse amenazado por la «peste
negra», el «peligro amarillo» o el «terror rojo».
—Nunca
necesitaron disculpas para la represión, pero ahora consideraron que le
habíamos dado la más grande.
—Nos
acusaron de terroristas, asesinos de niños y mujeres inocentes; bestias sin
entrañas que pretendían apoderarse del país para sumergirlo en un baño de
sangre, y los periódicos mostraron en primera página el cadáver destrozado de
una preciosa chiquilla aún abrazada a su muñeca, pero ninguno —ni siquiera los
de la tibia oposición— se atrevió a comentar que el Gobierno era en el fondo el
único responsable de aquellas muertes.
—La
comitiva ministerial llegó oportunamente —diez minutos después de que todo
hubiera concluido— y con lágrimas en los ojos y gesto de sufrida indignación,
el propio ministro juró ante los cuerpos de las inocentes víctimas que los
culpables pagaríamos con mil vidas que tuviéramos nuestro abominable crimen.
—Si
lo que pretendían era exacerbar aún más el odio que nos tenían los blancos, lo
consiguieron, y si lo que pretendían también era convencer a los tibios de que
nada podían esperar de nosotros más que violencia, dolor y muerte, lo
consiguieron igualmente.
—Para
mí aquéllas fueron las horas más amargas de una vida saturada ya de horas
difíciles y aún no consigo discernir si el terror y el asco que experimentaba,
superaban o no al sentimiento de rabia y frustración que me embargaba.
—¡Era
tanta mi impotencia frente a la hipócrita crueldad de aquellos que se permitían
el lujo de insultarnos cuando tenían plena conciencia de que eran ellos quienes
realmente hicieron estallar la bomba!
—Ciego
por el temor y por la ira, golpeándome la cabeza contra la pared porque ninguna
otra cosa podía hacer para dar rienda suelta a mis nervios, vencido por el odio
más profundo que ningún ser humano haya conseguido experimentar jamás por otros
hombres, me juré a mí mismo que no me dejaría matar sin que los autores de tal
infamia pagaran con la vida, pero al propio tiempo, la plena conciencia de mi
incapacidad de vengarme me abrumaba y eso hacía que la magnitud de mi furia
amenazara con ahogarme.
—Una
tarde caí al suelo, como fulminado por un rayo; como si mi corazón se hubiera
negado a continuar soportando la terrible presión a que lo había estado
sometiendo en los últimos tiempos; durante más de dos horas me revolqué presa
de un espantoso dolor, y aún hoy lamento que la cabeza que parecía querer
estallarme, no estallase del todo, y una muerte más dulce que la que me tienen
reservada no hubiera puesto punto final a mis angustias.
—Porque
¿qué ha sido mi vida desde entonces, más que un infierno aún peor que el que
pueda estarme reservado tras mi muerte?
—Extraña
mezcla de inocencia y culpabilidad la mía, porque cuando una voz me gritaba que
no era yo quien había puesto allí aquella carga de muerte, y sí quien más había
luchado por evitar que estallara, otra voz me gritaba que mi obligación habría
sido entrar a la fuerza en la estación y avisar para que las víctimas pudieran
escapar a tiempo.
—Pero
había tenido miedo.
—Cuando
faltaban diez minutos para las cuatro y comprendí que nadie haría nada por
aquellos niños, tuve miedo y me quedé de piedra aguardando un milagro que sabía
positivamente que nunca iba a ocurrir.
—Y
ahora estaban muertos, destrozados, y pese a lo mucho que aborrecía a los
blancos, no podía pensar en aquellos cadáveres como en cuerpos de asquerosos
afrikaaners, sino como en pobre gente que había tenido la mala suerte de verse
tan involucrada como yo mismo en un absurdo drama del que tampoco tenían la más
mínima culpa.
—Al
día siguiente un periódico señalaba que una de las víctimas era la azafata de
una línea aérea brasileña que pretendía aprovechar sus días de descanso en
Johanesburgo para hacer un poco de turismo y se me antojó que constituía una
rocambolesca burla del destino que aquella muchacha hubiera tenido que venir
desde tan lejos para tener su cita con la muerte donde nunca debió estarle
esperando...
—Vi
su foto. Con un poco de "suerte", con un leve matiz más oscuro en su
piel, probablemente las autoridades no le hubieran permitido tomar asiento en
la sala reservada a los blancos, y ese simple detalle, esa duda sobre dónde
acaba el blanco y empieza el "coloreado" o el negro, le hubiera
salvado la vida permitiéndole continuar su camino y casarse, tener hijos y
morir tranquilamente en una cama, rodeada por docenas de nietos.
—Tal
vez se hubiera indignado. Tal vez se hubiera ofendido si un rubio policía le
cerraba el paso enviándola a la sala de los negros, o tal vez por el contrario
le hubiera respondido altivamente que se sentía orgullosa de la sangre de
esclavos africanos que corría por sus venas.
—Y
al fin y al cabo, ¿qué afrikaaner puede asegurar, sin miedo a equivocarse, que
no existe un solo negro entre sus antepasados?
—Repasando
su historia y cayendo en la cuenta de que casi el ochenta por ciento de los
colonos que llegaron a El Cabo eran hombres, vale la pena preguntarse ¿cómo es
posible que consiguieran reproducirse en tal número sin ayuda de nuestras
bisabuelas?
—Pero
¿qué importa ya todo eso a estas alturas? ¿Qué más da que el juez que me
condena por ser negro o el verdugo que me ahorca, lleve también parte de mi
sangre en sus venas? Lo que importa es que los "blancos" de espíritu
blanco, de forma de ser y de pensar blanca, capaces de concebir la suprema
villanía de dejar que murieran otros blancos para poder así matar más negros,
darían muy a gusto uno de sus ojos con tal de que nosotros nos quedáramos
ciegos, y de ese modo, sobre los cadáveres aún calientes de sus "seres
queridos", iniciaron la más feroz represalia de que se tenía memoria en
Soweto, y muy pronto consiguieron averiguar qué "cafres" habían
tenido acceso aquella mañana a la sala de espera de la estación.
—Éramos
tan sólo cuatro los directamente implicados, pero aprovecharon para que más de
trescientos pagaran de algún modo las consecuencias, y aunque ignoro cuántos de
nosotros acabaremos pendiendo de una horca, me juego la cabeza, que ya ni
siquiera me pertenece, a que por lo menos seremos diez por cada víctima de
aquel estúpido atentado, incluido algún blanco de los que consideran
"renegados".
—Debo
admitir que en realidad ya nada me importaba y que sigue sin importarme a estas
alturas. Mi capacidad de odiar y mi rabia y mi impotencia habían llegado a su
límite y el día que cinco policías entraron en mi escondite y me sacaron a
rastras, apaleándome, experimenté casi una sensación de alivio, porque lo que
se me hacía ya por completo insoportable era aquel permanecer oculto como una
fiera acosada aguardando un momento fatídico que nunca podría ser peor de lo
que imaginaba hora tras hora.
—Al
fin los tenía frente a mí, al fin podía gritarles a la cara que eran ellos los
sucios canallas que habían hecho caso omiso a nuestras advertencias dejando que
su propia gente volara por los aires, pero durante mi primera noche en la
cárcel tuve noticias de que a dos de los "stotsis" les habían
arrancado de cuajo la lengua y el miedo a tan terrible castigo me hizo guardar
silencio, aceptando que se me juzgara como "agitador" y
"terrorista", pero eludiendo en todo momento que me asociase al grupo
de los que aquel día estuvieron en la estación.
—Por
fortuna los dos muchachos no me denunciaron, y al parecer el tercero había
logrado escapar a Mozambique, por lo que no fui torturado como muchos a los que
se suponía implicados en el complot, y se me condenó únicamente por estar
considerado uno de los cabecillas "teóricos" de la
"rebelión", ya que ni siquiera fueron capaces de asociarme con aquel
Amami Optué que había matado a un policía negro en el Traskey por culpa de un
cordero.
—Van
a ahorcarme y estoy convencido de que en el fondo ni siquiera ellos mismos
saben por qué lo hacen. Me matan por ser negro, por ser "cafre" y
porque el pánico les obliga a suponer que el año que no ahorquen a cien de los
nuestros empezaremos a imaginar que se han debilitado y habrá llegado por tanto
el momento de lanzarnos sobre ellos.
—¡Qué
más da!
—Yo
sabía que todos mis caminos conducían al cadalso, y lo había asumido
conscientemente porque en el fondo de mi corazón estaba convencido de que ésa
es, hoy por hoy, la forma de morir más digna que se puede encontrar en
Sudáfrica.
—Morir
en Sudáfrica colgando de una horca, significa morir por la idea de que blancos
y negros somos iguales ante Dios; significa morir por la libertad, y significa
morir luchando contra la injusticia y los más terribles crímenes que ha sido
capaz de cometer jamás el ser humano.
—Me
llamo Amami Optué, tengo treinta y cuatro años y muy pronto voy a morir,
ahorcado, en Sudáfrica.
—¿ A
quién le importa?»
Pudo
más el atractivo de las armas y los uniformes y la fascinación que las
historias del coronel Derderián ejercían sobre Klaus Verboeren que su interés
por matar a un elefante, que muy bien podía esperar hasta la mañana siguiente,
y el resto del día —y buena parte de la noche— lo pasaron escuchando viejas
anécdotas de las guerras de Biafra, el Congo, Chad o Rodesia, y resultó
evidente, por la naturalidad con que aludían a ello, que las vidas —sobre todo
las ajenas— no teman para aquellos hombres más valor que el de su cotización en
el mercado libre de los soldados de fortuna.
En
muchas ocasiones Elliot Dunn había mantenido contacto anteriormente con
mercenarios e incluso había entrevistado a algunos de sus más afamados líderes,
pero ahora comprendía que en todas aquellas entrevistas había primado el hecho
de que sus palabras estaban destinadas a ser publicadas, mientras que allí, en
aquel rincón del nordeste de Sudáfrica, se hablaba de la violencia y la muerte
con la misma naturalidad con que en cualquier velada de cualquier otro país se
podría hablar de política o teatro.
Una
nación cuyo Gobierno admitía que en los últimos cuatro meses había masacrado a
más de setecientas personas sin contar las que habían caído en la lucha abierta
de las regiones fronterizas y cuyas cifras nadie se preocupó de contabilizar,
tenía necesariamente que vivir inmersa en ese clima de violencia en el que al
fin la sangre se convertía en algo cotidiano incluso en las conversaciones de
los niños.
Después
de la cena, Beverley, que había permanecido largo rato encerrada en la
camioneta hablando por radio con su hermana, trató de disuadir a Klaus de su
idea de intentar matar a un elefante, lo que resultó inútil, ya que
aparentemente la intención de Klaus era impresionar a Paola y lo consiguió casi
al momento sacando de su funda un reluciente Holland & Holland 500 que más
parecía un auténtico cañón que un fusil de caza.
—¿Esto
es para matar bichos o para destrozar tanques? —quiso saber Elliot cuando lo
tuvo en las manos—. Jamás había visto un arma semejante.
—Es
el rifle más potente del mundo —fue la respuesta—. Y el mejor. Tuve que esperar
cinco años para conseguirlo y está hecho exactamente a mi medida. Podría
atravesar a cinco hombres en fila y detiene en seco a un elefante lanzado a la
carga. —Le mostró un grueso proyectil de más de quince centímetros de
longitud—. Esta bala, de acero especial, es capaz de atravesar la plancha de
muchos coches blindados.
—¡Pobre
elefante! —exclamó Paola sin poder contenerse.
—Pobre
elefante, no... —replicó el sudafricano convencido—. Pobre elefante es aquel al
que disparan con un arma de pequeño calibre, le hieren y pasa luego días y
semanas sufriendo y volviéndose loco. Ésos son los que luego matan a la gente
porque odian al hombre y se vuelven terriblemente agresivos. Nada hay peor que
un elefante herido. Pero con un rifle como éste no se corre ese riesgo. Mueren
al instante, sin sufrir y eso es lo que en verdad importa: que el animal no
padezca...
—Sigo
pensando que es una barbaridad pegarle un tiro con esto a un animal que no te
ha hecho nada y estoy de acuerdo con Beverley —insistió la italiana—. ¿Por qué
no dejamos las cosas como están? Al fin y al cabo, ha sido un magnífica
excursión sin necesidad de amargarle la vida a nadie.
Pero
Klaus Verboeren era hombre de ideas fijas, había emprendido el viaje con la
esperanza de conseguir un buen par de colmillos y no parecía dispuesto a
regresar a Johanesburgo de vacío.
Por
ello, y aunque empleó gran parte de la noche en hacerle el amor a Paola,
actividad en la que ambos parecían auténticamente incansables, a las cuatro de
la mañana ya estaba en pie y apresurando a todos para conseguir ponerse en
marcha antes de que comenzara a clarear el alba.
Elliot
maldijo una vez más la estúpida ocurrencia que había tenido al aceptar aquella
absurda invitación de pasar el fin de semana juntos, e imaginó lo bien que
podría haber estado a solas con Beverley en cualquier tranquilo hotel de la
costa, tomando el sol, haciendo el amor «racionalmente», y sin sentirse
acomplejado por los excesos sexuales y cinegéticos de aquel jodido afrikaaner
que parecía fabricado de un acero aún más duro que las balas de su rifle.
Se
quedó traspuesto mientras daban tumbos por caminos infernales, incapaz de
compartir el entusiasmo de su anfitrión por las emociones de la caza, y el
amanecer le sorprendió profundamente dormido, tumbado cuan largo era en el
asiento posterior de la camioneta mientras las mujeres se ocupaban de preparar
el desayuno a base de café de termo y galletas, y Klaus Verboeren recorría la
ribera del río buscando las huellas del gran macho que, según sus cálculos,
tenía que haber pasado aquella noche por allí.
Evidentemente
el sudafricano amaba la caza y sabía lo que hacía. En contra de la opinión de
su esposa se había negado a recoger a un pistero negro que le ayudara a
encontrar y seguir el rastro de la pieza y se vanagloriaba de que podía
realizar semejante trabajo mejor que cualquier «sucio cafre».
—Nadie
puede enseñarme nada sobre cómo matar a un elefante —concluyó—. Y menos un
negro de mierda.
Elliot
se limitó por tanto a gruñir negativamente cuando Beverley se aproximó
trayéndole café, y arrebujándose aún más en su hasta cierto punto cómodo lecho,
se dispuso a recuperar un maravilloso sueño en el que asistía a una carrera en
la que Don Ziadie, que iba en cabeza, se caía del caballo y catorce más le
pasaban por encima, pateándolo.
Pero
como suele ocurrir la mayoría de las veces en que tan sólo las pesadillas son
capaces de regresar cuando se ha interrumpido el sueño, la carrera no continuó,
por lo que se quedó sin saber si algún cuadrúpedo había acabado por aplastarle
los huevos a aquel enano rijoso, y cuando un primer rayo de sol le hirió los
ojos, se convenció de que su noche había concluido y no le quedaba más remedio
que enfrentarse a la realidad de que tenía que soportar durante todo un largo
día la presencia de un tipo al que aborrecía y que se dedicaría, además, a
hacer gala de sus admirables conocimientos de la vida en la selva.
—¡Lo
encontré! —fue lo que efectivamente dijo Klaus Verboeren en cuanto hizo su
aparición surgiendo de entre los matorrales—. Es un macho enorme y bien
cargado, y nos lleva un par de horas de ventaja... ¡Vamos!
Consumió
aprisa el café, las galletas y un poco de queso, y cinco minutos después se
habían puesto de nuevo en marcha y ahora era Elliot quien conducía, mientras el
otro, trepado en el pescante, le iba marcando la dirección que seguían las
huellas.
Paola
se iba excitando a medida que resultaba más y más evidente que se acercaban al
elefante, cuyos excrementos ya incluso se mantenían tibios, lo que daba una
clara idea de su proximidad, pero Beverley recostada en el asiento posterior,
se había hundido en un profundo mutismo, inmersa en una abstracción de la que
nadie parecía capaz de sacarla.
Elliot
había renunciado a tratar de averiguar lo que pasaba por su mente, qué secreto
escondía o qué era lo que en realidad sentía cuando presenciaba cómo su esposo
demostraba encontrarse absolutamente fascinado por una desconocida.
Lo
que en un principio había imaginado como una especie de loca orgía, un
divertido menage-á-quatre en el que todo iban a ser risas, bromas, sexo y buen
humor, había quedado reducido en la práctica a una portentosa exhibición de
capacidad amatoria por parte de una pareja y un incómodo papel de apabullados
espectadores por parte de la otra. De todo ello resultaba evidente que Elliot
se sentía herido en su amor propio sin que interviniera desde luego ningún otro
tipo de sentimiento, pero resultaba también mucho más difícil averiguar hasta
qué punto Beverley se encontraba herida de un modo infinitamente más doloroso y
profundo.
¿Quién
sería capaz de descubrir cuál era la auténtica naturaleza de la relación
existente entre aquellos dos seres que parecían complacerse con la idea de
tratar de convencer a los demás de que ésa era tan sólo una relación de
«conveniencias»?
Curiosamente
a Elliot, Beverley se le antojaba cada día más distante; más misteriosa e
inalcanzable, y de la desprejuiciada y sorprendente mujer de la primera noche
había pasado a convertirse en alguien que tanto más se le escapaba de las manos
cuanto más la poseía.
De
rodillas sobre la cama de una oscura habitación, contemplando a sus invitados a
través de la ventana, había disfrutado plenamente del placer que le
proporcionaba un hombre al que acababa de conocer, pero ahora se diría que ese
mismo hombre no alcanzaba a satisfacerla, como si su imaginación se encontrara
muy lejos de allí y fuera su mente la que impedía disfrutar a su cuerpo.
La
observó a través del espejo retrovisor, apartando por un instante la vista del
sendero que Klaus le indicaba y pudo advertir que permanecía con los ojos
abiertos, contemplando un punto perdido y como hipnotizada por la nuca de Paola
que se sentaba ante ella.
—¡Fue
una mala idea! —masculló para sí volviendo los ojos al camino y evitando por
centímetros clavar una de las ruedas en un profundo agujero—. ¡Fue una pésima
idea, y lo único que espero es que al menos Nikon haya conseguido abrir esa
maldita caja...!
Procuró
por todos los medios concentrarse en lo que estaba haciendo, dejando a un lado
el desconcierto que la actitud de Beverley le producía, y perdió la noción del
tiempo y de cuanto no significase seguir exactamente las indicaciones que Klaus
Verboeren le hacía, hasta que éste le indicó con un ademán inequívoco que se
detuviese y apagase el motor.
Allí
estaba; a unos quinientos metros de distancia, arrancando ramas tiernas de un
arbusto que se alzaba solitario en medio de una amplia llanura; el más
gigantesco y altivo elefante que tanto Paola como Elliot hubieran contemplado
nunca.
Llevándose
un dedo a los labios para que no hicieran el menor ruido, porque al parecer la
bestia aún no había advertido su presencia, Klaus Verboeren extrajo una vez más
de su funda el reluciente Holland & Holland 500, cargó sus cañones
paralelos con dos dé aquellos impresionantes proyectiles, y echándose al
bolsillo otros dos, musitó quedamente:
—¡No
os mováis de aquí! Estamos contra el viento y no le llega nuestro olor, pero
cualquier ruido puede alarmarle.
—¿Vas
a acercarte a él? —se alarmó Paola que había descendido del vehículo—. ¿Es que
te has vuelto loco...?
El
sudafricano golpeó levemente la culata de su arma y le lanzó un beso a través
del motor.
—No
te preocupes —le tranquilizó—. Con este rifle no hay problema. Ya te he dicho
que un solo tiro lo tumba. Y te aseguro que soy buen tirador. He matado más de
treinta y nunca he necesitado un segundo disparo.
Paola
Cavani se volvió a Beverley como pidiendo ayuda, pero ésta se limitó a asentir
con un levísimo ademán de cabeza, confirmando lo que su esposo había dicho.
—Es
cierto —musitó—. Nunca falla.
La
italiana quiso añadir algo, insistir en su protesta, pero Klaus extendió el
brazo, le pellizcó cariñosamente la mejilla y se encaminó sin prisas hacia
donde el gigantesco paquidermo de curvadas y hermosas defensas continuaba
absorto su tarea de devorar tallos tiernos.
Elliot
Dunn contempló las anchas espaldas de aquel hombre alto y hercúleo que cargaba
con absoluta naturalidad el pesadísimo rifle y se cubría la cabeza, con un
típico sombrero de ala ancha adornado con una cinta de piel de leopardo, y tuvo
que admitir que constituía una hermosa estampa de cazador blanco en su versión
más cinematográfica.
Sintió
envidia de su estilo, su arrogancia y la natural serenidad y confianza en sí
mismo de que hacía gala, y contuvo instintivamente el aliento cuando advirtió
que al fin el grandioso animal había reparado en su presencia y volviéndose a
observarle de frente, comenzaba a agitar nerviosamente las amplias orejas.
Cuando
menos de cien metros les separaban, la poderosa trompa se alzó y un irritado
barritar pareció querer advertir al intruso de que no continuara aproximándose,
pero el sudafricano hizo caso omiso a la clara amenaza, y continuó impertérrito
su marcha, como si en lugar de en el centro de la pradera africana y frente a
una bestia peligrosa, se encontrara dando un tranquilo paseo por un campo de
golf.
Medio
minuto después, la trompa volvió a alzarse, pero ahora las pesadas patas se
agitaron con furia y el gran macho amagó lo que pretendía ser un principio de
ataque mientras sus orejas se agitaban ya como abanicos enloquecidos.
A
unos setenta metros de distancia, y cuando resultaba innegable que el elefante
parecía dispuesto a atacar, Klaus Verboeren se detuvo al fin, asentó firmemente
los pies en tierra, y llevándose con estudiada calma el arma al hombro, apuntó
cuidadosamente al cerebro de su enemigo.
Desde
donde se encontraban, Beverley, Paola y Elliot no perdían detalle de cuanto
estaba sucediendo, y podría creerse que de pronto el mundo se había
inmovilizado y no existía más vida ni más ruidos que los que producía la bestia
que se disponía a abalanzarse sobre el cazador.
Sonó
un disparo.
Fue,
sin duda alguna, un disparo certero, exacto, digno de un tirador tan avezado y
sereno como Klaus Verboeren, que alcanzó al elefante en el centro mismo de la
frente, diez centímetros por encima de la línea de los ojos, en el punto
elegido para tumbarlo arrodillado, como marcaban los cánones de los más
exigentes cazadores.
La
bestia acusó el golpe, lanzó un furioso barrito, y pareció estremecerse de la
trompa a la cola, pero no cayó al suelo, sino que, tras agitar de un lado a
otro la cabeza, de la que manaba ahora un chorro de sangre, clavó los airados
ojos en el hombre y se lanzó impulsivamente a la carga.
Klaus
Verboeren reaccionó al instante, disparó de nuevo y de nuevo acertó colocando
su proyectil apenas a unos centímetros a la derecha del anterior, pero tampoco
en esta ocasión la inmensa mole de carne y huesos se derrumbó, sino que, como
acicatada por el segundo ataque, avivó su carrera enfilando directamente hacia
su atacante.
Paola
lanzó un grito de horror, Elliot advirtió que la sangre se le helaba en las
venas y Beverley se aferró con fuerza a la portezuela del vehículo, aunque los
tres observaron perfectamente cómo Klaus, sin alterarse por la proximidad del
peligro, abría el arma, lanzaba lejos las vainas de los proyectiles utilizados,
recargaba sin prisas, y encarándose el fusil, descerrajaba casi a bocajarro dos
nuevos tiros a la masa gris que se le echaba encima con la velocidad de un tren
expreso.
Nadie,
más que su verdugo, tuvo ocasión de observar la expresión de asombro que hizo
su aparición en el rostro de Klaus Verboeren en el momento de comprobar que,
pese a haberle acertado de lleno, aquella bestia había soportado sin inmutarse
el impacto de cuatro balas calibre quinientos cuando cualquiera de ellas
hubiera tenido que bastar para acabar con su vida para siempre.
Un
instante después le llegó la muerte, sin tiempo siquiera de comprender que le
llegaba, pues el pesado colmillo derecho le golpeó en el costado lanzándolo al
aire con la mitad de las costillas destrozadas, y luego fue la trompa la que lo
enlazó por la cintura, quebrándole la espina dorsal y arrojándole de nuevo al
suelo, donde las inmensas pezuñas lo aplastaron hasta convertirlo en una masa
informe y sanguinolenta.
Más
tarde, y como arrepentida, la bestia se entretuvo en cubrir el cadáver con
tierra y hojarasca, y por último y tras lanzar un postrer barrito de aviso a
quienes continuaban junto a la camioneta, se alejó hasta perderse de vista tras
el bosquecillo de acacias que nacía al inicio de una cercana vaguada.
MANCHESTER,
INGLATERRA, setiembre, treinta, Associated Press:
Sir
Geofrey Scott, dos veces candidato al Premio Nobel de Medicina, ha advertido
hoy del terrible peligro que se corre al permitir que todo tipo de científicos,
sin preparación especial, se hayan embarcado en una feroz carrera en busca de
una vacuna contra el sida.
Corremos
el riesgo —dijo— de que cualquier inepto invierta los términos y en lugar de
conseguir una vacuna provoque el brote epidémico de un virus sobre el que lo
ignoramos casi todo de momento.
Elliot
Dunn releyó el télex tratando de averiguar si tal como su fino olfato
periodístico señalaba, allí podía existir una buena historia de las que
ayudaban a conseguir el Pulitzer, pero una vez más la puerta se abrió y la
gorda Kety hizo su aparición enarbolando a modo de bandera unas largas tiras de
papel impreso.
—Acabo
de leer las pruebas de tu última entrega sobre el tema de Sudáfrica —exclamó—.
¡Es magnífica! Realmente magnífica, maestro, y más que nunca me siento
orgullosa de ser tu más humilde discípula...
—¡Gracias!
—¿Crees
que algún día seré capaz de escribir cosas como ésta?
—Si
continúas a mi lado y me presentas a tus lindas amiguitas, tal vez...
—¡Dios,
qué historia...! ¿Realmente es cierto eso de que el barco hundido no es el
Amauri? Elliot asintió convencido.
—Ni
el Amauri, ni el Mauricius ni ningún otro petrolero semejante... Klaus
Verboeren era muy listo, y lo que hundió frente a Senegal fue un pequeño
carguero ruinoso, repleto de aceite, que lanzó el SOS y tiró los cadáveres, los
botes y los salvavidas con el nombre de Amauri. Pero si la compañía de seguros
pretende demostrarlo, tendrá que ir a buscarlo al fondo. En estos momentos el
auténtico Amauri debe estar navegando, ligeramente camuflado y con
documentación falsa, por aguas de Filipinas o Indonesia. Por lo que demuestran
los papeles que encontramos en su caja fuerte, Verboeren se lo vendió a una
compañía fantasma de Hong-Kong.
—¡Rayos...!
—exclamó la gorda fascinada—. ¡Cómo es esa gente! Así no me extraña que se
hagan ricos... —Hizo una pausa, bajó instintivamente la voz, y lanzando una
ojeada a su alrededor como si temiera que alguien pudiera oírle, inquirió—: Y
dime, aquí entre nosotros, ¿cómo reaccionó Paola cuando vio que el elefante lo
mataba?
—Paola
es fuerte. Muy fuerte. Lo superará al igual que ha soportado otros muchos
tragos amargos. Al fin y al cabo no estaba enamorada: únicamente... «enconada».
—¿Realmente
era tan fantástico en la cama?
—No
lo sé. Yo siempre procuré tenerlo de frente por si acaso. Me encuentro muy
mayor para andar cambiando de aficiones a estas alturas...
La
oronda y siempre romántica Kety dejó escapar una risita divertida y luego lanzó
un profundo suspiro:
—De
todos modos, me gustaría encontrarme un día a un hijo de puta así para no
morirme sin haber probado lo que es eso... Aunque fuera tan sólo una semana...
—Creo
que en una semana tú podrías acabar con Klaus Verboeren y con cinco como él
—fue la respuesta—. Por lo que tengo oído de ti...
Le interrumpió
el timbre del teléfono que repicaba insistentemente, y haciendo un gesto con la
mano para que no se marchara, tomó el auricular e inquirió:
—¿Diga...?
¿Adams...? ¿Cómo estás, viejo...? ¿Conseguiste la información que te pedí...?
Al
otro extremo de la línea, sentado en un amplio despacho, cuyo ventanal se abría
a Central Park, el comisario jefe Adams Lawrence jugueteaba con la vaina vacía
de un proyectil de fusil Holland & Holland 500 entreteniéndose de tanto en
tanto en olisquearla como si lo fascinara el aroma que emitía:
—Por
eso te llamo... —Hizo una corta pausa como si le divirtiera excitar la
curiosidad de su interlocutor, pero el juego duró tan sólo unos instantes—.
Estabas en lo cierto: el explosivo original, a base de cordita de gran
potencia, fue sustituido por pólvora negra, capaz de producir mucho ruido y
mucho humo, pero incapaz de conseguir que una bala de ese tamaño y ese peso
alcance la fuerza y la velocidad suficientes como para atravesar el cráneo de
un elefante... Todo lo que conseguiría sería herirlo e irritarlo.
—¿Estás
completamente seguro?
—No
lo suficiente como para que un tribunal lo acepte como prueba, pero sí
razonablemente seguro...
—Entiendo...
Es lo que me temía...
—Al
parecer, tu querida amiga se las ingenió, ella sólita, para conseguir el crimen
perfecto.
Elliot
Dunn dedicó un fugaz pensamiento a Beverley Verboeren, trató de imaginar en qué
lugar de Inglaterra se encontraría y en qué estaría empleando la inmensa
fortuna de su difunto esposo, y sonriendo apenas negó convencido:
—Ella
sólita, no —puntualizó—. Nos utilizó a muchos, y consiguió la desinteresada
colaboración de un cómplice libre de toda sospecha: un elefante enfurecido.
—Muy
astuto.
—Tuvo
buen maestro.
—¿Qué
hago con el casquillo?
—¡Tíralo!
Al fin y al cabo, ¿a quién le importa?
FIN


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