© Libro N°. 3011. La Sagrada Familia. Engels, Friedrich
& Marx, Karl.Colección E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Friedrich Engels & Karl Marx. LA SAGRADA FAMILIA, O CRITICA
DE LA CRITICA CRITICA. Contra Bruno Bauer y consortes
Versión Original: © Friedrich Engels & Karl Marx. LA SAGRADA FAMILIA
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Friedrich Engels & Karl Marx
LA SAGRADA FAMILIA,
O CRITICA DE LA CRITICA CRITICA
Contra
Bruno Bauer y consortes
Escrito: El presente texto fue escrito en 1844, a raíz
de una decisión tomada entre Engels y Marx mientras aquel, camino de Barmen
(Alemania) a Manchester (Inglaterra), visitaba a este en París en agosto. A
saber a Engels le tocó escribir los capítulos I-III, los apartados 1 y 2 del
capítulo IV, el apartado 2a del capítulo VI y el 2b del capítulo VII, tarea que
cumplió durante su visita. El resto fue redactado por Marx entre entonces y
noviembre de 1844.
Primera vez publicado: A
fines de febrero de 1845 en Frankfurt am Main. El título "La Sagrada
Familia" fue añadido por sugerencia del editor, el Sr. Lowenthal, como
referencia sarcástica a Bruno Bauer y su hermano Otto.
Traducción al castellano: La traduccion fue realizada por Carlos Liacho
y publicada en Buenos Aires en 1938 por Editorial Claridad: F. Engels & C.
Marx, La Sagrada Familia, o Crítica de la crítica crítica. El presente ha sido tomado de la 2da. ed. de
1971.
Transcripción/HTML: Julio Rodríguez/Juan R. Fajardo, 2011.
Esta
edición digital: Marxists Internet Archive, 2011.
INDICE
Prólogo
de Engels y Marx
Capítulo
I, - LA CRITICA CRITICA EN LA FIGURA DE UN MAESTRO-ENCUADERNADOR, O LA CRITICA
CRITICA BAJO LOS RASGOS DEL SENOR REICHARDT
Capítulo
II. - LA CRITICA CRITICA BAJO LOS RASGOS DE UN EXPORTADOR DE HARINAS, O LA
CRITICA CRITICA BAJO LOS RASGOS DEL SENOR FAUCHER
Capítulo
III. - LA PROFUNDIDAD DE LA CRITICA CRITICA, O LA CRITICA CRITICA BAJO LOS
RASGOS DEL SENOR JUNGNITS
Capítulo
IV. - LA CRITICA CRITICA EN TANTO QUE LA TRANQUILIDAD DEL CONOCIMIENTO, O LA
CRITICA CRITICA BAJO LOS RASGOS DEL SENOR EDGAR
I.
La Unión obrera de Flora Tristán
II.
Béraud y las prostitutas
III.
El amor
IV.
Proudhon
Capítulo
V.- LA CRITICA CRITICA MERCADER DE MISTERIOS, O LA CRITICA CRITICA BAJO LOS
RASGOS DEL SENOR SZELIGA
I.
El misterio de la perversión en la civilización y el misterio de la privación
de todo derecho en el Estado
II.
El misterio de la construcción especulativa
III.
El misterio de la sociedad culta
IV.
El misterio de la honestidad y de la devoción
V.
El misterio es una chanza
VI. Rigoletta
VII.
El estado social y Los misterios de París
Capítulo
VI, - LA CRITICA ABSOLUTA O LA CRITICA BAJO LOS RASGOS DEL SENOR BRUNO
I.
Primera campaña de la crítica absoluta
a)
El espíritu y la masa
b)
La cuestión judía N° 1. Posición de las cuestiones
c)
Hinrichs N° 1. Alusiones misteriosas a la política, al socialismo y a la
filosofía
II.
Segunda campaña de la crítica absoluta
a)
Hinrichs N° 2. La crítica y Feuerbach. Condena de la filosofía
b)
La cuestión judía N° 2. Descubrimientos hechos por la crítica sobre el
socialismo, la jurisprudencia y la política (nacionalidad)
III.
Tercera campaña de la crítica absoluta
a)
Autoapología de la crítica absoluta. Su pasado político
b)
La cuestión judía N° 3
c)
Combate crítico contra la Revolución Francesa
d)
Batalla crítica contra el imperialismo francés
e)
Derrota final del socialismo
f)
El ciclo especulativo de la critica absoluta y la filosofía de la conciencia de
sí
Capítulo
VII. - LA CORRESPONDENCIA DE LA CRITICA CRITICA, I. La masa crítica
II.
La masa no-crítica y la crítica crítica.
a)
La masa empedernida y la masa insatisfecha
b)
La masa sensible y ávida de liberación
c)
Irrupción de la gracia en la masa
III.
La masa crítica no-crítica, o la crítica y la sociedad berlinesa 178
Capítulo
VIII. - LA VIDA TERRESTRE Y LA TRANSFIGURACION DE LA CRITICA CRITICA, O LA
CRITICA CRITICA BAJO LOS RASGOS DE RODOLFO, PRINCIPE DE GEROLSTEIN
I.
Transformación crítica de un carnicero en perro, o el Chourineur
II. Revelación
de los misterios de la religión crítica.
a)
La Flor de María especulativa
b)
Flor de María
III.
Revelación de los misterios de los derechos.
a)
El maestro de escuela o la nueva teoría del castigo. El misterio revelado del
sistema celular. Misterios medicinales
b)
Recompensa y penas. La doble justicia
c)
Cuadro de la justicia crítica completa
IV:
Supresión de los depravados en la civilización y de la ilegalidad en el Estado
V.
El misterio revelado de los puntos de vista
VI.
Revelación del misterio de la utilización del amor humano, o Clemencia de
Harville
VII.
Revelación del misterio de la emancipación de las mujeres o Luisa Morel
VIII.
Revelación de los misterios de la economía política.
a)
Revelación teórica de los misterios de la economía política
b)
El banco de los pobres
c)
La granja modelo de Bouqueval
IX.
Rodolfo, revelación del misterio de todos los misterios
Capítulo
IX. - EL JUICIO FINAL DE LA CRITICA
PROLOGO
En
Alemania, el humanismo realista no tiene enemigo más peligroso que el
espiritualismo o idealismo especulativo que, en lugar del hombre individual
real, pone la "conciencia" o el "espíritu", y enseña con el
evangelista: El espíritu vivifica, el cuerpo no sirve para nada. Claro está que
este espíritu sin cuerpo es espíritu solamente en la imaginación. Precisamente
combatimos en la crítica de Bauer la especulación que se reproduce en forma de
caricatura. Es a nuestros ojos la expresión más perfecta del principio
germano-cristiano, que hace su última tentativa, transformando la crítica misma
en un poder transcendental.
Nuestra
exposición se relaciona preferentemente a la Allgemeine Literaturzeitung de
Bauer -cuyos ocho primeros números tenemos a la vista-, porque la crítica de
Bruno Bauer y, por consecuencia, la inepcia de la especulación alemana en
general, alcanzan allí su apogeo. La crítica crítica (la crítica de la
Literaturzeitung) es tanto más instructiva en cuanto que ella da a la
deformación de la realidad por medio de la filosofía, el ritmo terminado de una
comedia muy documental. Ved, por ejemplo, a Faucher y Szeliga. La
Literaturzeitung nos surte de los materiales que pueden servir para hacer
comprender, incluso al gran público, las ilusiones de la filosofía
especulativa. Tal es la finalidad de nuestro trabajo.
Nuestra
exposición, naturalmente, está en función de su tema. La crítica crítica se
encuentra, en general, por debajo del nivel ya alcanzado por el
desenvolvimiento teórico alemán. La naturaleza de nuestro tema justifica, pues,
el que no insistamos aquí más extensamente sobre este desenvolvimiento.
La
crítica crítica más bien nos obliga a hacer valer contra ella los resultados ya
adquiridos.
Esta
polémica es, a nuestros ojos, en consecuencia, el prólogo de trabajos
personales en los que, cada uno por su cuenta, naturalmente, expondremos
nuestra opinión positiva y, por lo tanto, nuestra posición positiva frente a
las doctrinas filosóficas y sociales modernas.
ENGELS-MARX.
París,
setiembre de 1844.
CAPÍTULO
I
LA
CRITICA CRITICA EN LA FIGURA DE UN MAESTRO ENCUADERNADOR, O LA CRITICA CRITICA
BAJO LOS RASGOS DEL SEÑOR REICHARDT[1]
La
crítica crítica, por superior que se sepa a la masa, experimenta, sin embargo,
por esta masa, una piedad infinita. La crítica ha amado en tal forma a la masa,
que le envió su único hijo, para que todos los que creen en él no se pierdan,
para que tengan la vida crítica. La crítica se ha hecho masa y habita entre
nosotros, y nosotros vemos su esplendor, el esplendor del hijo único del Padre.
En otros términos, la crítica se ha hecho socialista y habla "de escritos
sobre el socialismo". No considera una tramoya el ser igual a Dios, sino
que ella misma se enajena y toma los rasgos de un maestro encuadernador, y se
humilla hasta el absurdo, hasta el absurdo en varias lenguas. Ella -cuya
celeste pureza virginal evita con horror todo contacto con la masa leprosa y
pecadora-, ella condesciende en notar la existencia de "Bodz" y
"todos los escritores documentales del pauperismo" y "en seguir,
paso a paso, desde hace años, el gran mal de nuestra época". Desdeña
escribir para los especialistas; escribe para el gran público; deja de lado
todas las expresiones extrañas, todo "cálculo latino, toda jerga
especialista". Todo esto lo borra de los escritos ajenos, pero
verdaderamente sería pedirle demasiado el invitarla a que ella misma se someta
"a este reglamento de administración". Y hasta esto, no lo hace más
que parcialmente. Con admirable facilidad se desembaraza, si no es de los
términos mismos, al menos de su sentido. ¿Y quién podría reprocharle, pues, el
emplear "la gran masa de palabras extrañas" cuando, por una
manifestación sistemática, prueba sobreabundantemente que también a ella esos
vocablos le resultan ininteligibles? He aquí algunos especimenes de esta
manifestación sistemática:
"Por
esta razón ella siente horror por las instituciones de la mendicidad."
"Una
doctrina de responsabilidad donde toda manifestación del pensamiento humano
devenga una imagen de la mujer de Lot."
"La
clave de este monumento de arte verdaderamente ingenioso."
"Esto,
el contenido principal del testamento político de Stein, que el gran hombre de
Estado remitió aún antes de abandonar el servicio activo, al gobierno y a todas
sus relaciones."
"Ese
pueblo no poseía aún, en esta época, las dimensiones requeridas para una
libertad tan extensa."
"Al
final de su trabajo de publicista, parlamenta con bastante certeza que lo único
que falta es la confianza."
"La
inteligencia viril que eleva el Estado, se eleva por encima de la rutina y del
temor mezquino: la inteligencia que se ha formado por la historia y nutrido por
la intuición viviente de la organización política extranjera."
"La
educación de un bienestar nacional general."
"Bajo
el control de las autoridades, la libertad permanece muerta en el pecho de la
vocación del pueblo prusiano."
"La
publicidad popular orgánica."
"El
pueblo a quien el señor Bruggemann entrega el certificado de bautismo de su
mayoría."
"En
contradicción bastante viva con las demás precisiones enunciadas en la obra
sobre las capacidades profesionales del pueblo."
"El
funesto egoísmo disuelve todas las quimeras de la voluntad nacional."
"La
pasión de adquirir mucho, etc., he aquí el espíritu que impregnaba todo el
periodo de la restauración y que, con una cantidad bastante grande de
indiferencia, hizo alianza con los tiempos modernos."
"La
noción oscura de importancia política, que se encuentra en la nacionalidad
campesina prusiana, descansa en el recuerdo de una gran historia."
"Desapareció
la antipatía y dio lugar a un estado de exaltación absoluta."
"En
esta transición caprichosa, todo hacía entrever todavía en cada uno, a su
manera, un voto particular."
"Un
catecismo en el lenguaje untuoso de Salomón, cuyas palabras, dulces como los
arrullos de una paloma, se elevan en la región del pathos y cobran aspectos
fulgurantes."
"Todo
el dilettantismo de una negligencia de treinta y cinco años."
"La
condena demasiado ruidosa de los ciudadanos de las ciudades por uno de sus
antiguos jefes, hubiera podido aceptarse aún con la flema de nuestros
representantes, si la concepción de Banda sobre el reglamento municipal de 1808
no sufriera de una afección moslemita en cuanto al sentido, la esencia y la
aplicación práctica del reglamento municipal."
En
el señor Reichardt la audacia de la exposición marcha ordinariamente a la par
con la audacia del estilo. Hace transiciones del siguiente género: "El
señor Brüggemann... en el año 1843... teoría del Estado... todo hombre
honesto... la gran modestia de nuestros socialistas... los milagros
naturales... reivindicaciones a presentar en Alemania... milagros
sobrenaturales... Abraham... Filadelfia... maná...patrón panadero... y puesto
que hablamos de milagros, digamos que Napoleón, etc."
¿Hay
que asombrarse, después de todas estas citas, que la crítica crítica todavía dé
la explicación de una frase que ella misma califica de locución popular? Pues
ella "arma sus ojos de fuerza orgánica para penetrar el caos". Y hay
que decirlo aquí: en este caso, la locución popular no puede resultar
ininteligible para la crítica. Esta se da cuenta que el camino literario,
forzosamente tiene meandros, si quien penetra en él no posee suficientes
fuerzas para hacerlo recto; y, naturalmente, atribuye al escritor
"operaciones matemáticas".
Lógicamente
-y la historia que prueba todo lo que lógicamente se produce, igualmente prueba
esto-, lógicamente la crítica no se transforma en masa para permanecer siendo
masa, sino para libertar a la masa de la masa de su naturaleza de masa, es
decir, dar a los giros populares de la masa los aires del lenguaje crítico de
la crítica crítica. El colmo de la humillación gradual consiste en que la
crítica aprenda el lenguaje popular de la masa y transforme esta jerga grosera
en cálculo trascendente y trascendental de la dialéctica crítica.
______________
[1]
El maestro-encuadernador Reichardt, era uno de los principales colaboradores de
la Literaturzeitung. [N. de la Edit.]
CAPÍTULO
II
LA
CRITICA CRITICA BAJO LOS RASGOS DE UN EXPORTADOR DE HARINAS, O LA CRITICA
CRITICA BAJO LOS RASGOS DEL SEÑOR FAUCHER[1]
Después
de haber prestado los servicios más esenciales a la conciencia de sí mismo, y
libertado al mismo tiempo del pauperismo al mundo, rebajándose al absurdo en
lenguas extranjeras, la crítica se reduce igualmente al absurdo en la práctica
y en la historia. Se apodera de las "cuestiones al orden del día en
Inglaterra", y nos da un esquema realmente crítico de la historia
industrial inglesa.
La
crítica que se basta a sí misma, que es completa y perfecta en sí misma, no
puede admitir la historia, claro está, tal como efectivamente ella se ha
desenvuelto: en efecto, sería reconocer a la mala masa en la integridad de su
carácter de masa, en tanto que precisamente se trata de hacer perder a la masa
su carácter de masa. Por consiguiente, la historia es despojada de su carácter
de masa, y la crítica, que se toma libertades con su objeto, grita a la
historia: ¡Así, y no de otra manera, debes haber pasado! Las leyes de la
crítica tienen un poder retroactivo; anteriormente a sus decretos la historia
se ha desenvuelto, pues, de un modo completamente diferente a cómo se
desenvuelve después de sus decretos. A causa de esto la historia en masa, la
que se llama historia verdadera, difiere considerablemente de la historia
crítica, tal como se desarrolla, a partir de la página cuatro, en el fascículo
VII de la Literaturzeitung.
En
la historia en masa no hubo ciudades manufactureras mientras no existieron
manufacturas; pero en la historia crítica, donde el hijo engendra al padre,
-como sucedía ya en la filosofía de Hegel-, Manchester, Boston y Preston, eran
florecientes ciudades manufactureras antes de que se produjesen manufacturas.
En la historia real, la industria del algodón fue fundada especialmente por la
"mule-jenny" de Hargreave y la "throstle" de Arkwright, no
siendo la "mule" de Crompton más que un perfeccionamiento de la
"mule-jenny", mediante el nuevo principio de Arkwright. Pero la
historia crítica sabe hacer distinciones; desdeña los caracteres uniformes de
la "jenny", para discernirle la corona a la "mule", esta
identidad especulativa de los extremos. Con la invención de la
"throstle" y de la "mule", la aplicación de la fuerza
hidráulica a estas máquinas se daba realmente al mismo tiempo: pero la crítica
separa los principios que la historia grosera ha reunido y no hace intervenir
esta aplicación sino más tarde, como algo completamente particular. En
realidad, la invención de la máquina a vapor precedió a todas las invenciones
de las que acabamos de hablar; pero, en la crítica, es el coronamiento del
todo, la última invención.
En
la realidad, las relaciones comerciales entre Liverpool y Manchester, con la
importancia que han adquirido en nuestros días, eran consecuencia de la
exportación de mercancías inglesas; en la crítica, estas relaciones comerciales
son la causa de esa exportación, y relaciones comerciales y la exportación se
deben a la vecindad de esas dos ciudades. En la realidad, pasan por Hull casi
todas las mercancías que Manchester envía al continente: en la crítica, pasan
por Liverpool.
En
la realidad, tenemos en las fábricas inglesas toda la escala de salarios, desde
un shilling y medio hasta cuarenta shillings y más; en la crítica, no existe
más que un salario, once shillings. En la realidad, la máquina reemplaza al
trabajo manual; en la crítica, el pensamiento. En la realidad, los obreros
pueden coaligarse en Inglaterra para obtener un aumento de salarios; pero en la
crítica, el asunto está prohibido, pues la masa debe pedir ante todo la
autorización de la crítica cuando quiere permitirse algo. En la realidad, el
trabajo fabril es muy fatigoso y hasta produce enfermedades especiales -incluso
se han escrito grandes tratados de medicina sobre estas enfermedades-; en la
crítica no se podría afirmar que el esfuerzo excesivo evite trabajar, pues la
fuerza es el destino de la máquina". En ja realidad, la máquina es una
máquina; en la crítica, está dotada de voluntad; como ella no descansa, el
obrero tampoco puede descansar; está sometido, pues, a una voluntad extraña.
Pero
todo esto todavía no es absolutamente nada. La crítica no sabría conformarse
con los numerosos partidos ingleses; ha creado uno nuevo, el partido de las
fábricas, cosa que la historia debe agradecerle. Por el contrario, apila los
patrones y los obreros fabriles en una sola gran masa -¿y por qué se
preocuparía ella de semejantes bagatelas?-, y decreta que, si los obreros de
las fábricas no han contribuido al fondo de la liga contra las leyes
cerealistas, no es debido, como lo creen esos imbéciles de fabricantes, a mala
voluntad y cartismo, sino únicamente a causa de la pobreza. Además, ella
decreta que, si se derogan las leyes inglesas sobre los trigos, los jornaleros
agrícolas se verán forzados a aceptar una baja en sus salarios; a lo que
quisiéramos objetar muy humildemente, que esta miserable clase no puede ya, en
absoluto, dejarse arrancar ni un cobre sin exponerse a morir materialmente de
hambre. Ella decreta que, en las fábricas inglesas, se trabaja dieciséis horas
por día, aunque la ley inglesa, dotada de mucha ingenuidad, pero careciendo de
sentido crítico, haya establecido cuidadosamente que no se puede sobrepasar las
doce horas. Ella decreta que Inglaterra debe convertirse en la gran usina del
mundo, aunque la masa de americanos, alemanes y belgas, careciendo de sentido
crítico, le quiten a los ingleses, poco a poco, por su concurrencia, todos los
mercados. Ella decreta, finalmente, que la centralización de la propiedad y sus
consecuencias para las clases trabajadoras, son ignoradas en Inglaterra por
todo el mundo, tanto por los que no poseen como por los que poseen, aunque esos
imbéciles de cartistas se figuran conocerlas muy bien, aunque los socialistas,
desde hace mucho tiempo, hayan expuesto detalladamente todas esas
consecuencias, aunque tories y whigs, tales como Carlyle, Alison y Gaskell
hayan probado, con sus propias obras, que ellos estaban perfectamente al tanto
de la cuestión.
La
crítica decreta que la ley de diez horas de lord Ashley es una risible medida
de "juste milieu", y que lord Ashley mismo "es fiel reflejo de
la acción constitucional"; pero los fabricantes, los cartistas, los
propietarios agrarios, en una palabra, todo lo que constituye la masa de
Inglaterra, hasta aquí, han visto en esta medida la expresión tan anodina como
es posible de un principio absolutamente radical, puesto que daría con el hacha
en la raíz del comercio exterior y, por consecuencia, en la raíz del sistema
manufacturero o mas bien, lo hundiría en ella profundamente. La crítica crítica
está mejor informada. Sabe que la ley de diez horas ha sido discutida ante una
Comisión de la Cámara de los Comunes, mientras que los diarios no críticos
desearían hacemos creer que esta comisión era la Cámara misma, es decir, la
Cámara constituida en comité; pero la crítica, naturalmente, debe derogar este
capricho de la constitución inglesa.
La
crítica crítica, que produce la estupidez de la masa, su exacto contrario,
igualmente produce la estupidez de sir James Graham y, para la comprensión
crítica del idioma inglés, le hace decir cosas que el ministro no crítico del
Interior jamás ha dicho, y esto únicamente para que la estupidez de Graham haga
resaltar mejor la sabiduría de la crítica. ¡Graham -si le creemos a la
crítica-, afirmaría que las máquinas, en las fábricas, se gastan en doce años,
más o menos, que ellas dan diez o doce horas de trabajo por día, y que una ley
de diez horas pondría, pues, al capitalista, en la imposibilidad de reproducir,
en doce años, mediante el trabajo de las máquinas, el capital que ha invertido!
La crítica prueba con eso que le presta a sir James Graham un sofisma, pues una
máquina que trabaja al menos un sexto de tiempo por día, durará, naturalmente,
más tiempo.
Por
justa que sea esta observación hecha por la crítica contra su propio sofisma,
hay que admitir, sin embargo, en el activo de sir James Graham, lo siguiente:
Ha declarado él mismo que la máquina debe girar tanto más rápidamente cuanto
más limitada esté en el tiempo de trabajo -lo que la misma crítica menciona,
VIII, página 32-, y que, en esta hipótesis, el tiempo de desgaste seguiría
siendo igual, es decir, doce horas. Hay que reconocer esto, tanto más que
haciéndolo, nosotros glorificamos y magnificamos la crítica, puesto que es la
crítica, y sólo ella, quien ha planteado y luego resuelto el sofisma en
cuestión. La crítica también se presenta completamente generosa frente a lord
John Russell, a quien presta la intención de perseguir una modificación de la
ley electoral y de la Constitución; de donde nos es preciso concluir que la
tendencia de decir estupideces es extremadamente fuerte en la crítica, o que,
en los últimos ocho días, el mismo lord Russell se ha convertido en un crítico
crítico.
Pero
donde la crítica llega a ser verdaderamente grandiosa en la confección de
estupideces, es cuando ella descubre que los obreros de Inglaterra -esos
obreros que en abril y mayo han orga-nizado mitin tras mitin, redactado
petición sobre petición, y todo en favor de la ley de diez horas; que han sido
"colocados" más de lo que lo fueron durante diez años, y esto de un
extremo al otro de las regiones manufactureras-, que esos obreros no sienten
por esta cuestión "más que un interés parcial", aunque parezca sin
embargo "que la limitación legal del tiempo de trabajo haya ocupado
igualmente la atención de ellos"; cuando ella hace, cosa extraña, este
gran descubrimiento, este descubrimiento maravilloso, inusitado: que "los
obreros se limitan casi siempre a esperar un socorro inmediato de la derogación
de las leyes cerealistas y no irán más lejos, hasta el día en que la
realización segura de esos deseos llegue a demostrarles su inutilidad
práctica." ¡Atreverse a formular semejante afirmación en contra de los
obreros que han adquirido la costumbre de arrojar de la tribuna a cualquiera
que, en los actos públicos, intervenga a favor de esta derogación; de obreros
que han llegado a tal resultado que en ninguna ciudad industrial inglesa, la
liga contra las leyes sobre los trigos se ha atrevido a organizar mítines
públicos; de obreros que consideran a la liga como su único enemigo y que,
durante la discusión de la ley de las diez horas, como casi siempre en los
debates anteriores que se relacionan con cuestiones análogas, han sido
sostenidos por los tories! Todavía la crítica hace esta hermosa constatación:
que "los obreros continúan dejándose engañar por las promesas cada vez más
considerables del cartismo", que sólo es la expresión política de la
opinión pública dominante en el mundo obrero. Anotemos aún que en la
profundidad de su espíritu absoluto, ella se digna percibir que "los dos
partidos, el partido político y el partido de los terratenientes y de los
exportadores de harinas no quieren confundirse ni fusionarse", mientras
que nadie sabía hasta hoy que el partido de los terrate-nientes y exportadores
de harinas, vistos el débil efectivo de estas dos clases de propietarios y la
igualdad de sus derechos políticos (a excepción de algunos pares), fuese un
partido importante, y que en lugar de ser la expresión más lógica, el
coronamiento de los partidos políticos, se identificase absolutamente con los
partidos políticos. Finalmente, ¿no es divertido que la crítica preste a todos
los que preconizan la supresión de las leyes cerealistas esta ignorancia de no
saber que, permaneciendo, además, todas las cosas iguales, una baja de los
precios del pan provocaría una baja de los salarios y que, por lo tanto, nada
habría cambiado?; mientras que estas gentes esperan que la baja inevitable de
los salarios y, por consecuencia, de los gastos de producción, traiga un
acrecentamiento del mercado, y por ello mismo, una disminución de la
concurrencia entre los obreros, gracias a lo cual el salario sería mantenido,
en relación a los precios del pan, ligeramente por encima de su tasa actual.
La
crítica, embriagada de una felicidad artística por la libre creación de su
objeto, el absurdo, esta misma crítica que hace dos años proclamaba: "La
crítica hablaba alemán, la teología, latín", esta misma crítica ha
aprendido de entonces acá, el inglés. Los propietarios de bienes inmuebles
devienen propietarios de tierras (en inglés landowners), los propietarios de
fábricas se transmutan en exportadores de harinas o propietarios de molinos (en
inglés millowners, sirviendo la palabra mill para designar toda fábrica cuyas
máquinas son movidas por el vapor o por la fuerza hidráulica), los obreros
devienen manos (en inglés hands); en lugar de intervención, ella habla de
interferencia (en inglés interference). Y en su inmensa piedad por la pobre
lengua inglesa que abunda en expresiones viciosas e impropias, ella se digna
corregirla y hace desaparecer la pedantería que lleva a los ingleses a poner el
título sir delante de los nombres de los caballeros y los baronets. La masa
dice: sir James Graham; la crítica dice; sir Graham.
Mediante
este principio, y no por ligereza, la crítica corrige la historia y el idioma
ingleses. Lo que va a probarnos el estudio profundo que ella hace del asunto
del señor Nauwert.
__________________
[1]
Nacido en Berlin, Faucher, publicó en la Literaturzeítung un estudio bastante
documentado sobre la situación industrial y obrera de Inglaterra. Algunas
apreciaciones contrarias a las de Marx y Engels, dieron materia a Engels para
la crítica y la chanza. [N. de la Edit.]
CAPÍTULO
III
LA
PROFUNDIDAD DE LA CRITICA CRITICA, O LA CRITICA CRITICA BAJO LOS RASGOS DEL
SEÑOR JUNGNITZ
La
crítica se debía a sí misma la labor de ocuparse de la querella infinitamente
importante que divide al señor Nauwerk(1) y a la facultad de filosofía de
Berlín. Ella ha pasado por los mismos avatares: la suerte del señor Nauwerk
debe servirle de fondo donde se destacará de manera más llamativa la
destitución de que ha sido víctima la crítica en Bonn. Como la crítica ha
adquirido la costumbre de considerar el asunto de Bonn como el acontecimiento
más importante del siglo, y ya ha escrito la "filosofía de la destitución
de la crítica", había que esperar verla continuar hasta en el
aplazamiento, el estudio filosófico de la "colisión" de Berlín.
Demuestra a priori que todo tuvo que pasar de la manera siguiente y no de otro
modo. Ella nos enseña:
1°
Por qué la facultad de filosofía ha debido "entrar en colisión" con
un filósofo del Estado y no con un lógico o con un metafísico;
2°
Por qué esta colisión no pudo ser tan severa ni tan decisiva como lo fue en
Bonn el conflicto entre la crítica y la teología;
3°
Por qué esta colisión no fue, en suma, más que una tontería, puesto que la
crítica había concentrado ya, en la colisión de Bonn, todos los principios y
todas las ideas y que, por lo tanto, la historia universal solamente podía
plagiar a la crítica;
4°
Por qué la facultad de filosofía se creyó afectada por los escritos del señor
Nauwerk;
5°
Por qué el señor Nauwerk no tuvo otro recurso que desistir libremente;
6°
Por qué la facultad debió ofender al señor Nauwerk, a menos de condenarse ella
misma;
7°
Por qué la "escisión interior en la esencia misma de la facultad debió
necesariamente presentarse bajo tal forma", que la fa
(1)
Nauwerk era Privatdozent de la Universidad de Berlín. Habiendo disgustado
algunos de sus escritos al rey de Prusia, Federico Guillermo IV, fue destituido
de su cátedra por Eichhorn, ministro de Instrucción Pública y Cultos.
31
cultad
diese al mismo tiempo razón y sinrazón al señor Nauwerk y al gobierno;
8°
Por qué la facultad no halló en los escritos del señor Nauwerk motivo
suficiente para su alejamiento;
9°
Por qué todo el fallo carece de claridad;
10°
Por qué la facultad se cree, en su calidad de autoridad científica, con el
derecho de avocarse al asunto a fondo; y finalmente:
11°
Por qué la facultad, sin embargo, no quiere escribir como el señor Nauwerk.
A
estas cuestiones importantes, la crítica les consagra cuatro páginas de una
rara profundidad y las soluciona demostrando, por la lógica de Hegel, por qué
todo ha pasado así, y por qué Dios mismo nada hubiera podido cambiar en el
asunto. En otro pasaje, la crítica dice que todavía no estamos exactamente
informados sobre ningún período histórico; la modestia le prohibe decir que, en
todo caso, ella está bien informada sobre su propio caso y el caso de Nauwerk:
estos casos, es cierto, no constituyen épocas, pero, a los ojos de la crítica,
hacen época.
La
crítica crítica, que ha monopolizado el elemento de la profundidad, deviene la
"tranquilidad del conocimiento".
CAPÍTULO
IV
LA
CRITICA CRITICA EN TANTO QUE TRANQUILIDAD DEL CONOCIMIENTO, O LA CRITICA BAJO
LOS RASGOS DEL SEÑOR EDGAR
I.-LA
UNION OBRERA DE FLORA TRISTAN[1]
Los
socialistas franceses afirman: El obrero hace todo, produce todo y sin embargo,
no tiene derecho, ni propiedad, ni nada. La crítica responde por boca del señor
Edgar, esta tranquilidad personificada del conocimiento. Para estar en
condiciones de crearlo todo, hay que tener una conciencia superior a la
conciencia de un obrero. La proposición no es cierta más que si nosotros la
invertimos: El obrero no hace nada, por esto no posee nada; no hace nada porque
su trabajo resulta siempre individual, calculado de acuerdo a sus necesidades
más personales, puramente cotidianas.
La
crítica, perfeccionándose, alcanza aquí una altura de abstracción donde
únicamente las creaciones de su propio espíritu y su generalidad contraria a
toda realidad le parecen "algo" o, más bien, le parecen
"todo". El obrero no crea nada, porque no fabrica más que objetos
individuales, es decir, concretos, tangibles, sin espíritu ni crítica, que la
crítica pura tiene en horror. Todo lo que es concreto, todo lo que es vivo,
tiene un carácter de masa, carece de crítica, no es nada por lo tanto, y sólo
las creaciones ideales, fantásticas de la crítica son todo.
El
obrero no crea nada, porque su trabajo permanece individual, calculado de
acuerdo a sus propias necesidades, es decir, porque en el estado actual de las
cosas, las ramas conexas, pero aisladas, del trabajo están separadas, hasta
opuestas, en una palabra, porque el trabajo no está organizado. La propia
afirmación de la crítica -si tomamos esta afirmación en el único sentido que
ella pueda tener-, reclama, pues, la organización del trabajo. Flora Tristán
-en la discusión de las ideas de Flora Tristán es donde encontramos por primera
vez esta afirmación-, pide la misma cosa, y esta insolencia de haberse atrevido
a adelantarse a la crítica crítica le vale el ser tratada en canaille. El
obrero no crea nada: esta afirmación es, además, absolutamente idiota, abstracción
hecha de que el obrero aislado no produce nada íntegramente, lo que es una
tautología. La crítica crítica no crea nada; el obrero crea todo, y a tal punto
que, por las creaciones de su espíritu, avergüenza a toda la crítica: los
obreros ingleses y franceses pueden testimoniarlo. El obrero hasta crea al
hombre. La crítica será siempre un monstruo con la satisfacción, es cierto, de
ser un crítico crítico.
"Flora
Tristán nos da un ejemplo de ese dogmatismo femenino que quiere tener una
fórmula, y se la forma con las categorías de lo que existe."
La
crítica no hace "más que formarse fórmulas con las categorías de lo que
existe", la filosofía de Hegel, las aspiraciones sociales: fórmulas, nada
más que fórmulas; y a pesar de todas sus invectivas contra el dogmatismo, ella
misma se condena al dogmatismo y hasta al dogmatismo femenino. Es y seguirá
siendo una anciana, la filosofía de Hegel, viuda y marchita, que cubre de
adornos y afeites su cuerpo reseco, reducido a la abstracción más repelente, y
que con amorosas miradas busca un pretendiente por toda Alemania.
II.-
BERAUD Y LAS PROSTITUTAS.
El
señor Edgar, que verdaderamente siente piedad por las cuestiones sociales,
igualmente se ocupa de "la situación de las prostitutas", (pág. 26).
Critica
el libro que Béraud, comisario de policía de París, ha escrito sobre la
prostitución, porque él, el señor Edgar, considera ante todo "el punto de
vista" en que Béraud se coloca para estudiar "la situación de las
jóvenes públicas en la sociedad". El señor Edgar, que personifica la
"tranquilidad del conocimiento", se asombra al ver a un hombre de la
policía colocándose en el punto de vista policial, y hace entender a la masa
que este punto de vista es totalmente falso. Pero bien se cuida de darnos su propio
punto de vista.
¡Naturalmente!
Cuando la crítica se ocupa de las rameras, no es posible pedirle que lo haga
públicamente.
III.-
EL AMOR
Para
llegar a la "tranquilidad del conocimiento", la crítica crítica debe
tratar, ante todo, de desembarazarse del amor. El amor es un pasión, y nada es
más peligroso que la pasión para la tranquilidad del conocimiento. En ocasión
de las novelas de la señora de Paalzow, que nos asegura "haber estudiado a
fondo", el señor Edgar ejecuta, pues, "una niñería tal como lo que se
llama amor". El amor: ¡pero si es una monstruosidad, un horror! Y esta
sola palabra provoca en la crítica una cólera intensa, una Irritación
extraordinaria, y termina por hacerle perder la cabeza.
"El
amor... es un dios cruel que, semejante a todas las divinidades, quiere poseer
íntegramente al hombre y no se da pausa ni tregua hasta que el hombre le ha
sacrificado no sólo su alma, sino también su ser físico. El culto del amor es
el sufrimiento, y el apogeo de este culto, es la renuncia a uno mismo, es el
suicidio."
Con
el objeto de poder transformar el amor en "Moloch", y hacer de él un
verdadero diablo, el señor Edgar primero lo transforma en dios. Lo convierte en
dios, es decir en un sujeto teológico; como tal, naturalmente, se relaciona con
la crítica de la teología, y todo el mundo sabe, además, que no hay tanta
distancia de dios al diablo. El señor Edgar hace del amor un dios, un dios
cruel, substituyendo el amor del hombre por el amor del amor, presentándose el
amor como un ser aparte, individual, diferente del hombre. Mediante este simple
proceso, por esta conversión del atributo en sujeto, se puede, interviniendo la
crítica, transformar todos los caracteres y todas las manifestaciones del ser
humano en otras tantas monstruosidades y alienaciones de él mismo. Es aquí, por
ejemplo, que la crítica crítica hace de la crítica, atributo y actividad del
hombre, un sujeto aparte, la crítica tomándose a sí misma como objeto, en una
palabra, la crítica crítica: un "Moloch" cuyo culto es el
renunciamiento a sí mismo, el suicidio del hombre, es decir, el suicidio en
particular de la facultad de pensar.
"¡El
objeto! -exclama la tranquilidad del conocimiento-, ¡el objeto! He aquí el
término exacto; pues el amado no importa al amante sino en tanto que éste
encuentra en aquél el objeto de su afección, el objeto donde quiere ver
satisfecho su propio sentimiento egoísta."
¡El
objeto! ¡Qué horror! ¡Nada es más condenable ni más profano, nada está más
deshonrado que un objeto por el carácter de masa! ¡Abajo el objeto! ¿Cómo la
subjetividad absoluta, el acto puro, no vería en el amor su bestia negra, a
Satán en persona, en el amor que más que todo hace creer al hombre en el mundo
material y no sólo le enseña hacer del hombre un sujeto, sino también del
objeto un hombre?
El
amor -continúa la tranquilidad del conocimiento puesta fuera de sí-, el amor no
se conforma ni transformando al hombre en esta categoría: objeto para otro
hombre; llega hasta hacer del hombre un objeto determinado, real, ese objeto
mal individualizado, exterior, cayendo bajo los sentidos, y no solamente
interior, localizado en el cerebro. "El amor no vive solamente emparedado
en el cerebro".
No,
la persona amada es un objeto material; y la crítica crítica exige por lo
menos, cuando se rebaja hasta reconocer un objeto, que este objeto sea
inmaterial. Pero el amor es un materialista desprovisto de sentido crítico y de
sentimiento religioso.
El
amor, finalmente, llega hasta hacer de un hombre "ese objeto exterior de
la afección" de otro hombre, un objeto donde encuentra su satisfacción el
sentimiento egoísta de otro hombre, sentimiento egoísta porque es su propia
esencia lo que cada uno busca en otro. ¡Pero esto es abominable! La crítica
crítica está tan libre de todo egoísmo, que halla todo el conjunto del ser
humano realizado ya en su propio ser.
Claro
está que el señor Edgar no nos dice en qué el amado se diferencia de todos los
"demás objetos exteriores de la afección donde encuentran su satisfacción
los sentimientos egoístas de los hombres". A la tranquilidad del
conocimiento, el objeto espiritual del amor, tan rico de sentido y
significación, no le sugiere más que este esquema categórico: "ese objeto
exterior de la afección"; lo mismo que un corneta, por ejemplo, no sugiere
a los filósofos especulativos de la naturaleza más que "la
negatividad". Haciendo de un hombre el objeto exterior de su afección, el
hombre, de acuerdo al propio reconocimiento de la crítica crítica, le atribuye
"importancia", pero una importancia, por así decir, material, en
tanto que la importancia que la crítica atribuye a los objetos no es más que la
importancia que ella se atribuye a sí misma y que se afirma, por consecuencia,
no en el "despreciable ser exterior", sino en el "vacío"
del objeto importante desde el punto de vista crítico.
Si
la tranquilidad del conocimiento no posee en el hombre real un objeto, posee,
por el contrario, una cosa en la humanidad. El amor crítico "ante todo se
cuida de olvidar la cosa ocupándose de la persona, y esta cosa es la cosa misma
de la humanidad". El amor que carece de sentido crítico no separa la
humanidad del individuo.
"El
amor mismo, en tanto que pasión abstracta que viene de no se sabe dónde y se va
no se sabe adónde, no puede pretender el interés de un desarrollo
interior."
A
los ojos de la tranquilidad del conocimiento, el amor es una pasión abstracta
en el sentido del lenguaje especulativo, que llama concreto lo que es
abstracto, e inversamente.
El
poeta ha dicho: "La joven no había nacido en el valle; no se sabe de dónde
venía; pero su huella pronto se perdió desde que ella resolvió partir".
Por
abstracción, el amor es semejante a esa joven extranjera; no tiene pasaporte
dialéctico; por esto se ve expulsado por la policía crítica.
La
pasión del amor no puede pretender el interés de un desarrollo interior, puesto
que no puede ser construido a priori, y su desarrollo es un desarrollo real que
se desenvuelve en el mundo sensible y entre individuos reales. Pero el interés
principal de la construcción especulativa reside en la respuesta a las
preguntas: ¿de dónde viene, adónde va? La pregunta de dónde "es la
necesidad de una idea, su prueba y su deducción" (Hegel). La pregunta
adónde es el destino "por el cual cada miembro particular del ciclo
especulativo, en tanto que animado por el método, deviene al mismo tiempo el
comienzo de un nuevo miembro" (Hegel). El amor no merecería, pues, el
interés de la crítica especulativa, sino cuando se pudiera construir a priori
su origen y fin.
Lo
que la crítica ataca aquí, no es solamente el amor, es todo lo que está vivo,
todo lo que cae directamente bajo los sentidos y es del dominio de la
experiencia sensible; es, en suma, toda la experiencia material cuyo origen y
cuyo fin nunca se pueden establecer por adelantado.
Por
su victoria sobre el amor, el señor Edgar se ha presentado completamente como
la tranquilidad del conocimiento y puede probar de inmediato, mediante
Proudhon, que posee una gran virtualidad de conocimiento, ésa para la que el
objeto ha cesado de ser ese objeto exterior; y hace más aún: muestra el poco
amor que siente por el idioma francés.
IV.-
PROUDHON
No
es Proudhon mismo, sino el "punto de vista proudhoniano", quien ha
escrito -si le creemos al informe de la crítica crítica- la obra: ¿Qué es la
propiedad?
Como
los escritos que se inspiran en el punto de vista crítico son los únicos que
tienen un carácter en sí, la característica crítica comienza necesariamente por
dar un carácter a la obra de Proudhon. El señor Edgar da un carácter a esta
obra haciendo su traducción. Naturalmente, le da un mal carácter, pues la
transforma en objeto de la crítica.
La
obra de Proudhon sufre, pues, un doble ataque del señor Edgar: un ataque
silencioso en la traducción que le caracteriza, y un ataque abierto en los
comentarios críticos con que el señor Edgar acompaña a su traducción. Vamos a
ver que el señor Edgar es más terrible cuando traduce que cuando comenta.
Traducción
característica N° 1
"No
quiero dar -dice el Proudhon de la traducción crítica- un sistema de ideas
nuevas; sólo deseo la supresión del privilegio, la abolición de la
esclavitud... Justicia, nada más que justicia, he aquí lo que quiero
decir".
El
Proudhon caracterizado se limita a "desear" y a "querer
decir", puesto que "la buena voluntad"' y el "querer
decir" incientíficos son los atributos característicos de la masa
desprovista de sentido crítico. El Proudhon caracterizado toma la humilde
actitud que conviene a la masa y subordina lo que quiere a lo que no quiere. No
lleva su pretensión hasta el punto de querer dar un sistema de ideas nuevas;
desea menos, no quiere nada más que la supresión del privilegio, etc. Además de
esta subordinación de la voluntad que tiene a la voluntad que no tiene, su
primera expresión se distingue inmediatamente por una falta característica de
lógica. El autor que comienza su obra diciendo que no quiere dar un sistema de
ideas nuevas, nos va a decir ahora lo que quiere dar, ya sea viejas ideas
sistematizadas o ideas nuevas no sistematizadas. ¿Pero el Proudhon
caracterizado, que no quiere dar sistema de ideas nuevas, quiere dar la
supresión de los privilegios? No; la desea.
El
verdadero Proudhon dice: "No construyo un sistema; pido eI fin del
privilegio, etc." (pág. 15). En otros términos, el verdadero Proudhon
declara que no persigue fines científicos abstractos, sino que formula con
respecto a la sociedad reivindicaciones inmediatamente prácticas. Y la
reivindicación que formula no es arbitraria. Está motivada y justificada por
todo el desarrollo que da; ella es el resumen de ese desarrollo, pues:
"justicia, nada más que justicia; tal es el resumen de mi exposición".
El Proudhon caracterizado está tanto más cohibido por su frase: "Justicia,
nada más que justicia, he aquí lo que quiero decir", cuando él quiere
decir todavía algo muy diferente y que, por ejemplo -según el informe del señor
Edgar-, "cree" que la filosofía no ha sido bastante práctica, e
igualmente "cree" refutar a Carlos Comte, etc.
El
Proudhon crítico se pregunta: ¿Debe ser el hombre, pues, eternamente
desgraciado?; es decir, se pregunta si la desgracia es el destino moral del
hombre. El verdadero Proudhon es un francés irreflexivo y se pregunta si la
desgracia es una necesidad material, una obligación ineludible: "¿Debe ser
el hombre eternamente miserable?" (pág. 15).
El
Proudhon que forma parte de la masa dice: "Y sin detenerme en las
explicaciones capciosas de los emprendedores de reformas, acusando éstos a la
maldad e impericia del poder como causantes de la extremada miseria general,
aquéllos a los conspiradores y los motines y otros a la ignorancia y la
corrupción generales, etc." (pág. 15).
Puesto
que la expresión capciosa es una defectuosa expresión utilizada por la masa y
no figura en los diccionarios alemanes para uso de la masa, el Proudhon critico
pasa en silencio, naturalmente, esta mayor precisión de las
"explicaciones". Esta expresión está tomada de la jurisprudencia
francesa, también ella afectada por el carácter de masa; y explicaciones
capciosas son explicaciones que abrevian todas las objeciones. El Proudhon
crítico ofende a los reformistas, al partido socialista francés; el verdadero
Proudhon ofende a los emprendedores de reformas. En el verdadero Proudhon hay
diferentes clases de emprendedores de reformas: éstos dicen esto, aquéllos
dicen aquello, otros dicen otra cosa. Pero en el Proudhom critico estos mismos
reformistas "acusan tanto..., tanto..., tanto...", lo que prueba, al
menos, la versatilidad de ellos. El verdadero Proudhon, que se atiene a la
práctica francesa de la masa, habla primeramente de los conspiradores, luego de
los motines. El Proudhon crítico, que ha reunido en un montón las diferentes
clases de reformistas, clasifica en forma opuesta a los rebeldes y, por
consecuencia, dice; los conspiradores y los motineros. El verdadero Proudhon
habla de la ignorancia y de la corrupción generales. El Proudhon crítico
transforma la ignorancia en estupidez, la corrupción en abyección, y termina,
en su calidad de crítico crítico, por hacer general la estupidez. Y él mismo
nos provee inmediatamente de un ejemplo de esta estupidez, poniendo la palabra
general en singular en lugar de ponerla en plural, como lo exige la gramática
francesa que, es cierto, no es crítica.
El
Proudhon caracterizado que habla y piensa de manera distinta que el Proudhon
real, claro está que ha sufrido una formación intelectual completamente
diferente. "Ha interrogado a los maestros de la ciencia, ha leído cien
volúmenes de derecho y filosofía y, finalmente, ha reconocido que nosotros
nunca hemos comprendido el sentido de las palabras justicia, equidad,
libertad". El verdadero Proudhon ha creído reconocer primeramente (yo he
creído reconocer primeramente) lo que el Proudhon crítico ha reconocido al fin.
La transformación crítica del primeramente en finalmente es necesaria, puesto
que la masa no debe creer primeramente que reconoce sea lo que fuere. El
verdadero Proudhon relata expresamente cuánto le ha trastornado este extraño
resultado de sus estudios y cómo no le permitió tener confianza en ellos.
Resolvió, pues, ensayar una contraprueba, y se preguntó: "¿Es posible que
la humanidad se haya engañado tanto tiempo y tan generalmente sobre los
principios de la aplicación de la moral? ¿Cómo y por qué se ha engañado?"
(pág. 16). De la solución de estas preguntas hizo depender la exactitud de sus
observaciones. Halló que en moral, como en todas las demás ramas del saber, los
errores son "los grados de la ciencia". El Proudhon crítico, por el
contrario, nos confía inmediatamente la primera impresión que le han producido
sus estudios de economía política, de derecho, etc. Se sobreentiende que la
masa no debe buscar la manera de ir a fondo: es necesario que ella eleve al
rancho de verdades indiscutibles los primeros resultados de sus estudios. Ella
ha "concluido en primer término, antes de haberse medido con su
objeto" y es por esto que "aparece" demasiado tarde el "que
ella todavía no haya llegado al comienzo cuando cree haber arribado al
fin".
El
Proudhon crítico continúa, pues, razonando de la manera menos seria y más
ilógica: "Nuestro conocimiento incompleto de las leyes morales puede ser
suficiente, aunque sólo por un día, al progreso social". Después de
haberse preguntado si y por qué la humanidad ha podido engañarse tan
generalmente y durante tanto tiempo, después de haber encontrado, como
solución, que todos los errores son diversos grados de la ciencia, que nuestros
juicios más incompletos encierran una suma de verdades que bastan para un cierto
número de inducciones como para una esfera determinada de la vida práctica
-número y esfera más allá de las cuales llegan teóricamente al absurdo y
prácticamente a la ruina de todo-, el verdadero Proudhon puede decir que
incluso un conocimiento imperfecto de las leyes morales puede ser suficiente
por algún tiempo al progreso social.
El
Proudhon crítico nos dice: "Pero cuando un nuevo conocimento se ha hecho
necesario, se produce una lucha encarnizada entre los antiguos prejuicios y la
idea nueva". ¿Cómo puede provocarse una lucha contra un adversario que
todavía no existe? Y el Proudhon crítico nos ha dicho claramente que una nueva
idea se ha hecho necesaria, pero no que ella ya exista.
El
verdadero Proudhon dice: "Desde que una idea superior se ha hecho
indispensable, nunca deja de aparecer", ella existe. Y entonces es cuando
comienza la lucha.
El
Proudhon crítico pretende "que está en el destino del hombre el no
instruirse más que progresivamente", como si el hombre no tuviese un
destino completamente distinto, el de ser hombre, y como si la instrucción
progresiva hiciera realizar necesariamente un paso adelante. Puedo avanzar paso
a paso y llegar precisamente al punto de donde he partido. El verdadero
Proudhon no habla del "destino", sino de la "condición" que
existe para el hombre e instruirse no "paso a paso", mas sí "por
grados". El Proudhon crítico se dice a sí mismo: "Entre los
principios sobre los cuales descansa la sociedad, existe uno que ella no
comprende, que ha sido alterado por su ignorancia y que es la causa de todos
los males. Y, sin embargo, se venera a este principio y se le quiere, porque de
lo contrario carecería de influencia. ¿Cuál es este principio, verdadero en su
esencia, pero falso en nuestro modo de comprenderlo?"
En
la primera frase, el Proudhon crítico dice que el principio ha sido alterado,
mal comprendido por la sociedad, y que es, en consecuencia, justo en sí. Encima
declara, en la segunda frase, que este principio es verdadero en su esencia y,
sin embargo, reprocha a la sociedad el quererlo y venerarlo. El verdadero
Proudhon encuentra la oportunidad de repetir, no que este principio sea honrado
y querido, sino que sea honrado y querido este principio tal como nuestra
ignorancia lo ha alterado; escribe: "Éste principio, tal como lo ha hecho
nuestra ignorancia, es honrado y querido" (pág. 21). Para el Proudhon
crítico la esencia del principio permanece verdadero bajo su forma falsa. El
verdadero Proudhon encuentra que "este principio, verdadero en su objeto,
es falso en cuanto a nuestra manera de entenderlo", lo mismo que la
esencia de la alquimia y de la astrología es un producto de nuestra
imaginación, mientras que su objeto -el movimiento y las propiedades químicas
de los cuerpos celestes- es verdadero.
El
Proudhon crítico continúa su monólogo: "El objeto de nuestras
investigaciones es la ley, la determinación del principio social. Mas los
políticos, es decir los hombres de la ciencia social, están en la imprecisión
más absoluta: pero como todo error está basado en una realidad, en sus libros
se hallará la verdad que han puesto en el mundo a pesar suyo".
El
Proudhon crítico razona de la manera más aventurada. Del hecho que los
políticos son ignorantes y obscuros saca la conclusión, de manera absolutamente
arbitraria, de que todo error está basado en una realidad; por lo que tanto
menos se puede dudar de que, en la persona de aquel que comete el error, todo
error está basado en una realidad. Y del hecho de que todo error está basado en
una realidad, deduce, además, que la verdad debe hallarse en los libros de los
políticos. Y termina diciendo que, incluso, los políticos han puesto esta
verdad en el mundo. Pero si ellos la han puesto en el mundo, tenemos que buscar
la verdad en sus libros.
El
verdadero Proudhon escribe: "Los políticos... no se entienden". El
error que cometen, pues, es un error subjetivo, que tiene su fundamento en
ellos mismos: "Por lo tanto, es en ellos donde se encuentra el
error". No se entienden; lo que prueba que cada uno ve la cuestión
únicamente desde un cierto ángulo. Están "abandonados a la inspiración de
sus sentidos, que modestamente toman por la justa razón". Y, "como
todo error tiene por objeto una realidad, es en sus libros donde debe
encontrarse la verdad, que, a pesar de ellos, habrían puesto allí" (pág.
24).
El
Proudhon crítico se pregunta: "¿Qué es la justicia? ¿Cuáles son su
esencia, su carácter, su significación?" ¿Como si la justicia pudiera
tener una significación especial, diferente de su esencia y de su carácter! El
verdadero Proudhon pregunta: "¿Pero qué es la justicia? ¿Cuál es su
principio, su carácter, su fórmula?" La fórmula es el principio en tanto
que principio del desarrollo científico. En francés, tal como la masa lo habla,
hay una diferencia esencial entre los términos fórmula y significación. En
francés, tal como la crítica lo habla, esta diferencia desaparece enteramente.
Después
de sus explicaciones, que carecen absolutamente, es cierto, de datos concretos,
el Proudhon crítico se recobra y exclama: "Tratemos de ajustarnos más a
nuestro tema". El verdadero Proudhon, que, desde hace bastante tiempo, se
ajusta a su tema, dice, por el contrario: "Tratemos de llegar a algo más
preciso y más positivo".
Para
el Proudhon crítico, la ley es una "determinación de lo justo",
mientras que para el verdadero Proudhon ella no es más que su
"declaración". El verdadero Proudhon se levanta contra la idea de que
el derecho es hecho por la ley. Pero una "determinación de la ley"
puede querer decir también perfectamente que la ley está determinada o que ella
determina. Por lo demás, el Proudhon crítico ha adoptado él mismo esta última
interpretación cuando, más arri-ba, habla de la determinación del principio
social. ¡El verdadero Proudhon, es cierto, comete una inconveniencia haciendo
distinciones tan sutiles!
De
acuerdo a todo lo que acabamos de decir sobre las diferencias entre el Proudhon
crítico y el verdadero Proudhon, no es asombroso que el Proudhon número 1 trate
de demostrarnos cosas completamente diferentes de las que nos demuestra el
Proudhon número 2.
El
Proudhon crítico trata "de demostrar mediante las experiencias de la
historia" que, "si la idea que nos hacemos de lo justo y de lo
injusto es falsa, resulta evidente (y a pesar de esta evidencia trata de
demostrarlo) que todas sus aplicaciones en la ley deben ser malas y todas
nuestras instituciones, defectuosas".
El
verdadero Proudhon está bastante lejos de querer demostrar lo que es evidente.
Más bien dice: "Si, por lo tanto, la idea que nos hacemos de lo justo y
del derecho estaba mal determinada, si ella era incompleta y hasta falsa, es
evidente que todas nuestras aplicaciones legislativas serían malas, nuestras
instituciones, viciosas; nuestra política, errónea: por consiguiente, que
habría desorden y mal social" (pág. 25).
¿Qué
quiere demostrar, pues, el Proudhon no crítico? "Esta hipótesis -continúa-
de la perversión de la justicia en nuestro entendimiento y, por una
consecuencia necesaria, en nuestros actos, sería un hecho demostrado si las
opiniones de los hombres relativas al concepto de justicia y a sus
aplicaciones- no hubieran sido absolutamente constantes; si, en diversas
épocas, hubieran experimentado modificaciones; en una palabra, si hubiese
habido progreso en las ideas. Ahora bien, esto es lo que la historia nos afirma
por medio de los más brillantes testimonios" (pág. 25). El verdadero
Proudhon cita entonces esos testimonios brillantes de la historia. Su sosías
crítico se apoya igual que él en las experiencias de la historia para demostrar
una proposición completamente diferente, y nos expone esa experiencia de manera
absolutamente diferente.
En
el verdadero Proudhon son "los sabios", en el Proudhon crítico
"los filósofos", quienes preveían el fin del imperio romano. Claro
está que para el Proudhon crítico únicamente los filósofos pueden ser sabios.
Según
el Proudhon crítico, se razonaba en Roma de la manera siguiente: "Roma...
ha vencido por su política y por sus dioses; cualquier reforma operada en el
culto hubiera sido locura y profanación para el espíritu público..., si ella
hubiese querido libertar a los pueblos, habría renunciado a su derecho"
(pág. 25). Y el Proudhon crítico agrega: "Así, Roma tenía para ella el
hecho y el derecho". En el verdadero Proudhon se razona en Roma de manera
más profunda. Se detalla el hecho: "Los esclavos son la fuente más fecunda
de sus riquezas; la liberación de los pueblos sería... la ruina de sus
finanzas" (pág. 26). En lo que respecta al derecho, el verdadero Proudhon
agrega: "Sus pretensiones estaban justificadas por todas las costumbres y
por el derecho de gentes". Esta manera de demostrar el derecho de subyugar
a los pueblos, responde enteramente a la concepción jurídica romana. ¿No leemos
en las Pandectas: "Jure gentium servitus invasit"? (pág. 26).
Según
el Proudhon crítico, "la idolatría, la esclavitud, la haraganería,
constituyen la base de las instituciones romanas", de todas las
instituciones en general. El verdadero Proudhon dice: "La idolatría en la
religión, la esclavitud en el Estado, el epicureísmo en la vida privada, forman
la base de las instituciones" (pág. 26). En el lenguaje vulgar,
epicureísmo no es sinónimo de haraganería. En ese Estado romano apareció, según
el Proudhon místico, la 'Palabra de Dios", pero, según el verdadero
Proudhon, según el Proudhon racionalista, "un hombre diciéndose Palabra de
Dios" (pág. 26). En el verdadero Produhon ese hombre "iba anunciando
en todas partes... que los sacerdotes eran víboras" (pág. 26), pero el
Proudhon crítico se muestra más galante y no los trata más que de
"serpientes". El verdadero Proudhon, fiel al vocabulario romano,
habla de "abogados" (pág. 26); el Proudhon crítico habla, en buen
alemán, de "juris-consultos".
Después
de haber caracterizado el espíritu de la revolución francesa como un espíritu
de contradicción, el Proudhon crítico agrega: "Esto es suficiente para
demostrar que lo nuevo que tomaba el lugar de lo antiguo no tenía en sí nada de
metódico ni de meditado". No puede hacer otra cosa que repetir
machaconamente las categorías preferidas, lo "antiguo" y lo
"nuevo". Está obligado a reclamar este absurdo, que "lo nuevo
debe tener en sí algo de metódico y meditado, a igual que un individuo puede
estar afectado de una tara cualquiera". El verdadero Proudhon dice:
"Esto basta para demostrar que el orden de cosas que substituyó al
antiguno no tuvo en sí nada de metódico y de meditado" (pág. 29).
El
Proudhon crítico, arrastrado por el recuerdo de la revolución francesa,
revoluciona a tal punto el idioma francés, que sustituye a "hecho
físico" con la expresión "hecho de la física", y a "hecho
intelectual" con la expresión "hecho de la inteligencia". Con
esta revolución de la lengua francesa, el Proudhon crítico logra poner a la
física en posesión de todos los hechos que se encuentran en la naturaleza. Pero
si de una parte eleva en demasía a las ciencias naturales, por otra parte las
rebaja no menos, puesto que les niega inteligencia y distingue entre un
"hecho de la inteligencia" y un "hecho de la física".
Establece igualmente la inutilidad de las investigaciones futuras, psicológicas
y lógicas, elevando el hecho intelectual directamente al rango de un hecho de
la inteligencia.
Como
el Proudhon crítico ni supone adónde quiere llegar el verdadero Proudhon con su
deducción histórica, claro está que no admite tampoco el fondo verdadero de
esta deducción, es decir, la demostración de que se realizan cambios en las
concepciones jurídicas y que hay una realización continua de la justicia,
mediante la negación del derecho positivo histórico. "La sociedad fue
salvada por la negación de sus principios, por el derrocamiento de la religión
y por la violación de los derechos más sagrados". Así demuestra el
verdadero Proudhon cómo aparecieron, por la negación del derecho romano, la
extensión del derecho en la concepción cristiana; por la negación del derecho
de conquista, el derecho de las comunas; por la negación del conjunto del
derecho feudal, mediante la revolución francesa, el actual estado jurídico más
extendido.
Evidentemente,
la crítica crítica no podía dejarle a Proudhon la gloria de haber descubierto
mediante su negación, la ley de la realización de un principio. En esta forma
especial, esta idea fue una verdadera revelación para los franceses.
PRIMERA
NOTA MARGINAL CRITICA
Lo
mismo que la primer crítica de no importa qué ciencia se coloca forzosamente en
el punto de vista de las hipótesis de la ciencia que ella combate, la obra de
Proudhon: ¿Qué es la propiedad?, es la crítica de la economía nacional desde el
punto de vista de la economía nacional. No necesitamos insistir largamente
sobre la parte jurídica del libro, que crítica el derecho colocándose en el
punto de vista del derecho, puesto que la crítica de la economía nacional
constituye su principal interés. La obra de Proudhon es superada, pues, por la
crítica de la economía nacional, aún de la economía nacional tal como aparece
en la concepción de Proudhon. Por lo demás, este trabajo sólo se ha hecho
posible gracias al mismo Proudhon, a igual como la crítica de Proudhon suponía
la crítica del sistema mercantilista hecha por los fisiócratas, la de los
fisiócratas por Adam Smith, la de Adam Smith por Ricardo, así como los trabajos
de Fourier y de Saint-Simon.
Todas
las explicaciones de la economía nacional suponen la propiedad privada. Esta
hipótesis fundamental es considerada por la economía nacional como un hecho
inatacable; ella no la somete a ningún examen y, para emplear el lenguaje de
Say, ni habla de aquélla más que accidentalmente. Y he aquí que Proudhon somete
la base de la economía nacional, la propiedad privada, al primer examen serio,
absoluto al mismo tiempo que científico. He aquí el gran progreso científico
que ha realizado, un progreso que revoluciona la economía nacional y plantea,
por primera vez, la posibilidad de una verdadera ciencia de la economía
nacional. La obra de Proudhon: ¿Qué es la propiedad? tiene para la economía
nacional la misma importancia que la obra de Sieyés: ¿Qué es el tercer estado?,
para la política moderna.
En
cuanto a las otras formas de la propiedad privada, el salario, el comercio, el
valor, el precio, el dinero, si Proudhon no las considera, como lo fuera hecho
por ejemplo, en las Deutsch-franzosische Jarhbücher, como formas de la
propiedad privada, sirviéndose, por el contrario, de ellas para polemizar
contra las hipótesis de los economistas, esto responde absolutamente a su punto
de vista expuesto anteriormente y que está justificado por la historia.
La
economía política, que acepta las condiciones de la propiedad privada como
condiciones humanas y racionales, se encuentra en contradicción permanente con
su condición primordial, la propiedad privada, en una contradicción análoga a
la del teólogo que continuamente da a las ideas religiosas una interpretación
humana y peca, así, continuamente contra su hipótesis fundamental, el carácter
sobrehumano de la religión. Es así cómo, en la economía, el salario aparece al
comienzo como la parte proporcional que le corresponde al trabajo en el
producto. El salario del obrero y el beneficio del capitalista se encuentran en
la relación más amistosa y, en apariencia, más humana, pareciendo favorecerse
mutuamente. Pero después se observa que están, por el contrario, en la relación
más hostil. Al principio se diría que la determinación del valor es racional,
visto que está hecha por los gastos de producción de un objeto y por la
utilidad social de ese objeto. Y aparece, después, que el valor es una
determinación puramente accidental, que no tiene absolutamente necesidad de ser
en razón de los gastos de producción ni de la utilidad social. Al comienzo, la
magnitud del salario está determinada por un acuerdo libremente consentido
entre el obrero libre y el capitalista libre. Y resulta, después, que el obrero
está forzado a dejarse fijar su salario, lo mismo que el capitalista está
obligado a fijarlo lo más bajo posible. La libertad de las partes contratantes
ha dejado lugar a la sujeción. Sucede lo mismo para el comercio y todas las
demás relaciones económicas. Los economistas mismos sienten, a veces, estas
contradicciones, y es el desenvolvimiento de estas contradicciones lo que
constituye el fondo principal de sus recíprocas discusiones. Pero cuando
adquieren conciencia de estas contradicciones, ellos mismos atacan a la
propiedad privada, bajo una forma parcial cualquiera, porque la acusan de
falsear el salario racional en sí, es decir en su concepción, del valor
racional en sí, del comercio racional en sí. De esta manera es cómo Adam Smith
polemiza en la ocasión contra los capitalistas, Destutt de Tracy contra los
agentes de cambio, Sismondi contra las manufacturas, Ricardo contra la
propiedad agraria, y casi todos los economistas modernos contra los
capitalistas no industriales, en quienes la propiedad aparece únicamente bajo
los rasgos del consumidor.
Por
consecuencia, los economistas tanto adelantan a título de excepción -sobre todo
cuando atacan algún abuso particular- la apariencia humana, que encuentran en
las relaciones económicas, cómo, y aún la mayor parte del tiempo, consideran
estas relaciones en lo que las diferencia netamente de lo que es humano, es
decir, en su sentido estrictamente económico. Inconscientes, se debaten en esta
contradicción.
Proudhon
ha dado remate, una vez por todas, a esta inconsciencia. Ha tomado en serio la
apariencia humana de las relaciones económicas y las ha opuesto claramente a su
realidad no humana. Obligó a estas relaciones a ser en realidad lo que son en
la idea que los economistas se han hecho, o más bien, a renunciar a esta idea y
a reconocer que en realidad no tienen nada de humano. Consecuente consigo
mismo, ha demostrado, pues, que no es tal o cual especie de propiedad, como lo
habían hecho hasta entonces los economistas, que no es una parte, sino el
conjunto de la propiedad privada lo que ha falseado en suma y de manera
universal las rela-ciones económicas. Ha hecho todo lc'que la crítica de la
economía podía hacer colocándose en el punto de vista económico.
El
señor Edgar, que quiere caracterizar el punto de vista de la obra: ¿Qué es la
propiedad?, se cuida bastante, claro está, de decir una palabra de la economía
política ni de lo que hace el carácter distintivo de esta obra; pero este
carácter consiste precisamente en hacer de la cuestión relativa a la esencia de
la propiedad privada, la cuestión vital de la economía política y de la
jurisprudencia. Para la crítica crítica, todo esto no sufre la menor
dificultad; Proudhon no ha innovado nada con su negación de la propiedad
privada. No ha hecho más que revelar un secreto que la crítica crítica había
guardado hasta entonces para ella.
"Proudhon
-continúa el señor Edgar inmediatamente después de su traducción
característica- encuentra, pues, algo absoluto, una base eterna en la historia,
un dios que guía a la humanidad: la justicia."
La
obra fracesa de Proudhon, publicada en 1840, no se coloca en el punto de vista
del desenvolvimiento alemán de 1844. Es el punto de vista de Proudhon, un punto
de vista que comparten un gran número de escritores franceses de ideas
diametralmente opuestas, y que ofrece a la crítica crítica, en consecuencia, la
ventaja de haber caracterizado de un solo plumazo los puntos de vista más
contrarios. Por lo demás, basta llevar a sus límites extremos la ley
establecida por Proudhon mismo, la realización de la justicia por su negación,
para poder pasárselas sin ese absoluto en la historia. Si Proudhon no llega
hasta esta lógica, lo debe a la desgracia de haber nacido francés, en lugar de
haber nacido alemán.
Por
el absoluto en la historia, por la fe en la justicia, Proudhon se ha convertido
para el señor Edgar en un sujeto teológico; y la crítica crítica, que ex
profeso es la crítica de la teología, puede apoderarse ahora de él, para
discutir las "concepciones teológicas".
"Lo
que caracteriza a toda concepción religiosa es que ella establece el dogma de
un estado religioso donde una de las antinomias termina siempre por triunfar
sobre la otra."
Veremos
cómo la crítica crítica religiosa establece el dogma de un estado donde una de
las antinomias, la "crítica", termina siempre, como única verdad, por
triunfar sobre la otra, "la masa". Pero Proudhon se ha equivocado
tanto más al ver en la justicia "de la masa" un absoluto, un dios de
la historia, ya que la justa crítica se ha reservado expresamente para ella
misma el papel de ese absoluto, de ese dios en la historia.
SEGUNDA
NOTA MARGINAL CRITICA
"Proudhon,
mediante el hecho de la miseria, de la pobreza, termina sus consideraciones de
una manera exclusiva; en ese hecho ve una contradicción con la igualdad y la
justicia; encuentra allí sus armas. Es así cómo ese hecho deviene a sus ojos un
hecho absoluto, justificado, mientras que el hecho de la propiedad deviene un
hecho injustificado." La tranquilidad del conocimiento nos enseña que
Proudhon encuentra, en el hecho de la miseria, una contradicción con la
justicia y que lo estima, pues, injustificado; y, sin tomar aliento, ella nos
asegura que ese hecho "deviene a sus ojos un hecho absoluto,
justificado".
La
antigua economía política partió de la riqueza que el movimiento de la
propiedad privada se reputa produce para las naciones y ha llegado a resultados
que hacen la apología de la propiedad privada. Proudhon parte del punto de
vista opuesto, sofísticamente oculto en la economía política; parte de la
pobreza producida por el movimiento de la propiedad privada y llega a
resultados que niegan la propiedad privada. La primera crítica de la propiedad
privada toma naturalmente como punto de partida el hecho donde la esencia
contradictoria de esta propiedad aparece en la forma más tangible, más
llamativa, en la que rebela más al sentimiento humano; el hecho de la pobreza,
de la miseria.
"La
crítica, por el contrario, agrupa los dos hechos de la pobreza y de la
propiedad en uno solo; reconoce la conexión íntima de ambos, y hace de ellos un
todo cuyas condiciones de existencia busca luego."
La
crítica que, hasta entonces, nada ha comprendido en los hechos de la propiedad
y de la pobreza, hace valer, "por el contrario", en oposición al
hecho real de Proudhon, su propio hecho, simplemente advenido en su imaginación.
Reúne los dos hechos en uno solo y únicamente después de esta operación se da
cuenta de la conexión íntima de ambos hechos. La crítica no puede negar que
también Proudhon reconoce una conexión íntima entre los hechos de la pobreza y
de la propiedad, puesto que precisamente a causa de esta conexión anula la
propiedad para suprimir la pobreza. Proudhon ha ido aún más lejos. Ha
demostrado detalladamente cómo el movimiento del capital produce la miseria.
Pero la crítica no se rebaja a estas mezquindades. Reconoce que la pobreza y la
propiedad privada son antinomias; ¡por lo demás, es ésta una opinión bastante
extendida! Ella hace de la pobreza y de la riqueza un todo cuyas condiciones de
existencia busca luego. Cuestión tanto más superflua cuando la crítica viene a
constituir justamente ese todo y que esta constitución es ella misma, por lo
tanto, la condición de existencia de ese todo.
Pidiéndole
a ese "todo como tal" las condiciones de su existencia, la crítica
crítica busca, pues, siguiendo un procedimiento netamente teológico, las
condiciones de existencia de ese todo por fuera de ese todo. La especulación
crítica permanece fuera del objeto que pretende tratar. En tanto que toda la
antinomia no es otra cosa que el movimiento de las dos partes del todo, en
tanto que la naturaleza de esas dos partes encierra precisamente la condición
de existencia del todo, la crítica elude el estudio de ese movimiento real
constitutivo del todo, para estar incluso en condiciones de declarar que la
crítica crítica, en tanto que tranquilidad del conocimiento, está por encima de
los dos extremos de la antinomia, y que su actividad, después de haber constituido
el "todo como tal", es la única que puede suprimir actualmente la
abstracción que ella ha creado.
El
proletariado y la riqueza son antinómicos. Como tales constituyen un todo. Son
dos formas del mundo de la propiedad privada. Se trata de determinar el lugar
que uno y otra ocupan en la antinomía. No basta decir que son los dos aspectos
de un todo.
La
propiedad privada, en tanto que propiedad privada o riqueza, está obligada a
mantenerse ella misma y, por consecuencia, a su contrario, el proletariado. Es
éste el lado positivo de la antinomia; la propiedad privada que halla su
satisfacción en sí misma.
Inversamente,
el proletariado, en tanto que proletariado, "se encuentra forzado a
trabajar por su propia supresión y, por consecuencia, por la de la propiedad
privada, es decir, de la condición que hace de él el proletariado. Este es el
lado negativo de la antinomia: la propiedad privada fatigada de inquietud,
descompuesta y en vías de disolución.
La
clase poseedora y la clase proletaria presentan el mismo estado de desposesión.
Pero la primera se complace en su situación, se siente establecida en ella
sólidamente, sabe que la alienación discutida constituye su propio poder y
posee así la apariencia de una existencia humana; la segunda, por el contrario,
se siente aniquilada en esta pérdida de su esencia, y ve en ella su impotencia
y la realidad de una vida inhumana. Ella se encuentra, para emplear una
expresión de Hegel, en el rebajamiento en rebelión contra ese rebajamiento,
rebelión a la cual es empujada, necesariamente, por la contradicción que existe
entre su naturaleza humana y su situación, que constituye la negación franca,
neta y absoluta de esa naturaleza.
En
el marco de la antinomia, los propietarios privados forman, pues, el partido
conservador y los proletarios, el partido destructor. Los primeros trabajan
para mantener la antinomia, los segundos, para aniquilarla.
Es
cierto que, en este movimiento económico, la propiedad privada se encamina por
sí misma hacia su disolución; pero ella no lo hace más que por su evolución que
le es independiente, realizándose contra su voluntad, sólo porque produce al
proletariado, en tanto que proletaria-do; vale decir, produce la miseria
consciente de su miseria moral y física, el embrutecimiento consciente de su
embrutecimiento, y que, por esta razón, tratan de suprimirse a sí mismos. El
proletariado ejecuta el juicio que, por la producción del proletariado, la
propiedad privada pronuncia contra ella misma, lo mismo que ejecuta el juicio
que el asalariado pronuncia contra sí mismo, al producir la riqueza ajena y su
propia miseria. Si el proletariado conquista la victoria, esto no significa
absolutamente que se haya convertido en tipo absoluto de la sociedad, pues sólo
es victorioso suprimiéndose a sí mismo y a su contrario. Y, entonces, el
proletariado habrá desaparecido tanto como el contrario que le condiciona, la
propiedad privada.
Si
los autores socialistas atribuyen al proletariado ese papel mundial, no es
debido, como la crítica afecta creerlo, porque consideren a los proletarios
como a dioses. Es más bien lo contrario. En el proletariado plenamente
desarrollado se hace abstracción de toda humanidad, hasta de la apariencia de
la humanidad; en las condiciones de existencia del proletariado se condensan,
en su forma más inhumana, todas las condiciones de existencia de la sociedad
actual; el hombre se ha perdido a sí mismo, pero, al mismo tiempo, no sólo ha
adquirido conciencia teórica de esa pérdida, sino que se ha visto constreñido
directamente, por la miseria en adelante ineluctable, imposible de paliar,
absolutamente imperiosa -por la expresión práctica de la necesidad-, a rebelarse
contra esa inhumanidad; y es por todo esto que el proletariado puede libertarse
a sí mismo. Pero no puede él libertarse sin suprimir sus propias condiciones de
existencia. No puede suprimir sus propias condiciones de existencia sin
suprimir todas las condiciones de existencia inhumanas de la sociedad actual
que se condensan en su situación. No en vano pasa por la escuela ruda, pero
fortificante, del trabajo. No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o
aun el proletariado integro, se propone momentáneamente como fin. Se trata de
saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a
su ser. Su finalidad y su acción histórica le están trazadas, de manera
tangible e irrevocable, en su propia situación de existencia, como en toda la
organización de la sociedad burguesa actual.
Nos
parece superfluo demostrar aquí que una gran parte del proletariado inglés y
francés ya ha adquirido conciencia de su misión histórica y no deja de
esforzarse para dar a esta conciencia toda la claridad deseada.
La
crítica crítica puede reconocer esto tanto menos en cuanto ella se ha
proclamado el elemento exclusivamente creador de la historia. Es a ella a quien
pertenecen las antinomias históricas, así como el papel de hacerlas
desaparecer. Publica, pues, por medio de su encarnación, el señor Edgar, el
aviso siguiente: "La cultura y la falta de cultura, la posesión y la falta
de posesión, estas antinomias deben ser propiedad absoluta de la crítica, sino,
serán profanadas". La posesión y la falta de posesión han recibido la
consagración metafísica de las antinomias crítico-especulativas. Únicamente la
mano de la crítica crítica tiene el derecho, pues, de tocarlas, sin cometer
sacrilegio. Los capitalistas y los obreros no tienen que in-miscuirse en su
situación recíproca.
Lejos
de sospechar que se pueda discutir su concepción crítica de la antinomia, que
se pueda profanar ese santuario, el señor Edgar se hace hacer por su adversario
una objeción que sólo él podía hacerse.
"¿Es
posible, pues -pregunta el adversario imaginario de la crítica crítica-,
servirse de otras nociones que de las nociones existentes, libertad, igualdad,
etc.? Yo respondo -escuchad bien lo que responde-, que las lenguas griega y
latina han desaparecido desde que fue agotada la esfera de ideas a la cual
servían de expresión".
Ahora
vemos con nitidez por qué la crítica crítica no expresa una sola idea en
alemán. El idioma de sus ideas aún no está establecido, a pesar de todos los
esfuerzos intentados por Reichart en su estudio crítico de las palabras
extranjeras, por Faucher en su estudio del idioma inglés, y por el señor Edgar
en su estudio de la lengua francesa, para preparar la nueva lengua crítica.
Traducción
característica N° 2
El
Proudhon crítico escribe: "Los cultivadores se repartieron el suelo; la
igualdad consagró la posesión; en esta ocasión, ella consagró la
propiedad." El Proudhon crítico hace coincidir el nacimiento de la
propiedad agraria con la división del suelo. La transición de la posesión a la
propiedad la realiza mediante las palabras "en esta oportunidad".
El
verdadero Proudhon dice: "La agricultura fue el fundamento de la posesión
territorial y la causa ocasional de la propiedad. Nada era asegurarle al
labrador el fruto de su trabajo, si no se le aseguraba al mismo tiempo el medio
de producirlo; para premunir al débil contra las invasiones del fuerte, para
suprimir las expoliaciones y los fraudes, se sentía la necesidad de establecer
entre los poseedores, líneas permanentes de demarcación". La igualdad
consagraba, pues, la posesión en primer término, en esta oportunidad.
"Cada año veía multiplicarse al pueblo y crecer la avidez de los colonos:
se creyó poner un freno a la ambición plantando mojones, al pie de los cuales
vendría a romperse la ambición. De esta manera, fue apropiado el suelo por una
necesidad de igualdad imprescindible para la seguridad pública y el tranquilo
goce de cada uno. Sin duda el reparto nunca fue geográficamente igual..., pero
no por eso el principio dejó de ser el mismo: la igualdad había consagrado la
posesión, la igualdad consagró la propiedad (pág. 64)."
En
el Proudhon crítico, los "antiguos fundadores de la propiedad, absorbidos
por la preocupación de su necesidad, no vieron que el derecho de propiedad
tenía como correlativo el derecho de alienar, de vender, de donar a título
gratuito, de adquirir y de perder, lo que destruía la igualdad que les servía
de punto de partida."
En
el verdadero Proudhon, los fundadores de la propiedad no olvidaron, absorbidos
por la preocupación de su necesidad, esta evolución de la propiedad. Es más
exacto decir que ellos no la habían visto; y aún cuando hubieran podido
preverla, la necesidad del momento no hubiera dejado de obtener la victoria. El
verdadero Proudhon es, además, demasiado pedestre para oponer al derecho de
propiedad, el derecho de alienar, de vender, etc., es decir, para oponer las
especies al género. Opone el "derecho de recibir su parte de
sucesión" al "derecho de alienarla, etc.", lo que constituye una
oposición real y un progreso.
TERCERA
NOTA MARGINAL CRITICA
"¿Sobre
qué basa Proudhon su demostración de la imposibilidad de la propiedad? La cosa
es increíble: sobre el mismo principio de la igualdad."
Un
instante de reflexión hubiese bastado "para despertar la creencia"
del señor Edgar. El señor Edgar no puede ignorar que en la base de todas sus
explicaciones Bruno Bauer coloca la "conciencia infinita" y considera
a ese principio como creador mismo de los evangelios que, por su falta absoluta
de conciencia de sí, parecen estar en contradicción directa con esa
"conciencia infinita". De la misma manera, Proudhon considera a la
igualdad como el principio creador de su contrario directo, la propiedad
privada. Que el señor Edgar se permita comparar por un instante la igualdad
francesa con la "conciencia" alemana y percibirá que el segundo
principio expresa a la alemana, es decir, en el pensamiento abstracto, lo que
el primero expresa a la francesa, es decir, en el idioma de la política y de la
intuición pensante. La conciencia es igualdad del hombre consigo mismo en el
pensamiento puro. La libertad es la conciencia que el hombre tiene de sí mismo
en el mundo de la práctica, es decir, por consecuencia, el conocimiento que un
hombre tiene de otro hombre considerado como su igual. La libertad es la
expresión francesa de la unidad del ser humano, de la conciencia genérica y de
la relación social y humana del hombre con el hombre. Lo mismo que en Alemania
la crítica destructiva, antes de llegar con Feuerbach a la intuición del hombre
verdadero, había ensayado disociar, por el principio de la conciencia de sí,
toda cosa determinada y toda cosa existente, la crítica destructiva trató de
llegar en Francia al mismo objetivo por medio del principio de la igualdad.
"Proudhon
quiere mal a la filosofía, lo que en suma no podríamos vituperarle. ¿Pero por
qué quiere mal a la filosofía? La filosofía -dice- hasta hoy no ha sido
práctica. Ha montado a horcajadas en el gran caballito de madera de la
especulación, y los hombres le han parecido entonces demasiado pequeños. Yo
creo que la filosofía es excesivamente práctica. En otros términos, hasta hoy
no ha sido más que la expresión abstracta de la situación existente y nunca ha
podido desprenderse de las primeras condiciones de esta situación, condiciones
que aceptaba como absolutas."
La
idea de que la filosofía es la expresión abstracta de la situación existente,
no pertenece originalmente al señor Edgar, sino a Feuerbach, quien, el primero,
profesó y declaró que la filosofía era el empirismo especulativo y místico.
Pero el señor Edgar pretende darle a esta idea un giro original y crítico.
Mientras Feuerbach llega, en efecto, a la conclusión que la filosofía debe
descender de la esfera de la especulación hasta la profundidad de la miseria
humana, el señor Edgar nos enseña, por el contrario, que la filosofía es
excesivamente práctica. Más bien parece que la filosofía, precisamente porque
no era más que la expresión trascendente y abstracta de la situación existente,
a causa también de su trascendencia y de su abstracción, a causa de su distinción
imaginaria del mundo, debía creer que había dejado muy por debajo de ella la
situación existente y los hombres reales; que, por otra parte, puesto que no se
diferenciaba realmente del mundo, se encontraba en la imposibilidad de dar un
juicio real sobre el mundo, o de ejercer en contra suyo una facultad real de
diferenciación; que ella no podía, pues, intervenir prácticamente y debía
limitarse a lo sumo a una práctica in abstracto. La filosofía no era
excesivamente práctica más que en el sentido que planeaba por encima de la
práctica. La crítica crítica, que no ve en la humanidad más que una masa sin
alma, nos da el testimonio más ruidoso de la infinita pequeñez que los hombres
revisten a la mirada de la especulación. La vieja especulación se encuentra
aquí de acuerdo consigo misma. Léase, por ejemplo, esta frase de la filosofía
del derecho de Hegel: "Desde el punto de vista de las necesidades, es lo
concreto de la representación lo que se llama hombre; aquí, y hablando con
propiedad, aquí solamente se trata, pues, del hombre en ese sentido." Aun
cuando la especulación habla del hombre, no tiene en vista lo concreto, sino lo
abstracto, la idea, el espíritu, etc. El señor Faucher, en su estudio del
estado de cosas existente en Inglaterra, y el señor Edgar en su estudio del
estado actual del idioma francés, nos dan ejemplos de la manera con que la
filosofía expresa el estado de cosas existente.
"Es
así cómo el mismo Proudhon es práctico en cuanto -hallando la noción de
igualdad en la base de las pruebas de la propiedad-, se apoya sobre la misma
noción para partir en guerra contra la propiedad."
Proudhon
hace aquí absolutamente lo que hacen los críticos alemanes que registran la
idea humana que encuentran en la base de todas las pruebas de la existencia de
Dios, para hablar precisamente contra la existencia de Dios.
"Si
las consecuencias del principio de igualdad son más fuertes que la igualdad
misma, ¿cómo Proudhon quiere llevar este principio a su fuerza súbita?"
Todas
las concepciones religiosas reposan -según el señor B. Bauer-, sobre la
conciencia de sí. Es ése, de acuerdo a él, el principio creador de los
Evangelios. ¿Por qué, pues, las consecuencias del principio de la conciencia
han sido más fuertes que el mismo principio? Porque -se responde a la alemana-,
la conciencia es el principio creador de las concepciones religiosas, pero una
conciencia devenida exterior y extraña a ella misma, alienada y contra-dictoria
en sí. La conciencia que se ha recobrado, que se comprende y que aprehende su
propia esencia, es, pues, el imperio sobre las creaciones de su propio
renunciamiento. Proudhon se encuentra absolutamente en el mismo caso,
naturalmente con la diferencia que habla francés, en tanto que nosotros
hablamos alemán, y que, en consecuencia, él expresa a la francesa lo que
nosotros expresamos a la alemana.
Proudhon
mismo se plantea la cuestión siguiente: ¿Cómo es posible que la igualdad,
siendo concebida como el principio lógico y creador de la constitución de la
propiedad y encontrándose en el fondo de todos los argumentos que se han
invocado para la propiedad, no exista, y que exista por el contrario su
negación, la propiedad privada? Demuestra "que verdaderamente la propiedad
puede manifestarse como accidente, pero que, como institución y principio, es
imposible matemáticamente" (pág. 35), en otros términos, que se contradice
ella misma y se destruye sobre todos los puntos, que ella es, pues, la
existencia de la igualdad alienada, en contradicción consigo misma, perdida
para ella misma. El verdadero estado de cosas francés, como también la
constatación de esta alienación, significa a los ojos de Proudhon, a justo
título, la próxima y real supresión de la propiedad.
Proudhon
experimenta la necesidad de dar igualmente, en la negación de la propiedad
privada, la justificación histórica de esta misma propiedad privada. Como todas
las primeras explicaciones de este género, su desarrollo es pragmático. Supone
que las generaciones pasadas han querido, de manera consciente y reflexionada,
en sus instituciones, realizar la igualdad que representa, a sus ojos, la
enseñanza humana.
"Siempre
volvemos a ello... Proudhon escribe en interés de los proletarios". Lo que
le impulsa, no es el interés de la crítica infatuada de sí misma, un interés
abstracto y fingido; es el interés histórico y real de lo vulgar, un interés
que, más allá de la crítica, llegará finalmente a la crisis. Proudhon no
escribe simplemente en interés de los proletarios; él mismo es proletario,
obrero. Su obra es un manifiesto científico del proletariado francés y
presenta, en consecuencia, una importancia histórica completamente distinta que
la elucubración literaria de un crítco cualquiera.
"Proudhon
escribe en interés de los que nada poseen. Poseer y no poseer nada, son para él
categorías absolutas. Poseer es lo más elevado que existe para él, puesto que
no poseer nada es, al mismo tiempo, para él, el objeto supremo de la reflexión.
Todo hombre debe poseer, pero tanto como otro -dice Proudhon-. Más no hay que
olvidar que lo que me interesa en lo que poseo, es exclusivamente lo que poseo
más que otro. En la igualdad, la posesión y la igualdad misma devienen para mí
algo indiferente."
Según
el señor Edgar, poseer y no poseer son, para Proudhon, categorías absolutas. La
crítica crítica no ve en todas partes más que categorías de la posesión y de la
no-posesión; posesión y no-posesión, el salario, la retribución, la miseria y
la necesidad, el trabajo por la necesidad, no son más que categorías.
Si
la sociedad sólo tuviera que libertarse de las categorías de la posesión y de
la no-posesión, un dialéctico cualquiera, más débil aún que el señor Edgar,
¡cuán fácilmente le haría vencer y suprimir esas categorías! Por lo demás, el
señor Edgar considera a todo esto en tal forma mezquino, que cree que ni vale
la pena dar, contra Proudhon, una simple explicación de las categorías de la
posesión y de la no-posesión. Pero, como la no-posesión no es simplemente una
categoría, sino también una realidad absolutamente lamentable; y ya que, en
nuestros días, el hombre que nada tiene no es nada; ya que ese hombre carece de
la menor relación con la existencia en general y, a fortiori, con la existencia
humana; ya que el estado de la no-posesión es el estado en que el hombre se
encuentra totalmente separado de su objetividad: con plena justicia, la
no-posesión merece ser, para Proudhon, el objeto supremo de la reflexión, y
esto tanto más cuanto que antes que él y los escritores sociales franceses, se
había reflexionado menos sobre este tema. La no-posesión es el espiritualismo
desesperado, la plena irrealidad del hombre, la plena realidad de lo que no es
el hombre, una posesión muy positiva, la posesión del hambre, del frío, de las
enfermedades, de los crímenes, de la humillación, del entorpecimiento, de todo
lo que es contrario al hombre y a la naturaleza. Pero todo objeto que deviene
por primera vez, con plena conciencia de su importancia, el objeto de la
reflexión, es por esto mismo el objeto supremo de la reflexión.
Decir
que Proudhon quiere suprimir la no-posesión y el antiguo modo de posesión, es
absolutamente lo mismo que decir que Proudhon quiere suprimir el estado de
cosas en que el hombre ha devenido prácticamente extraño a su esencia objetiva,
que quiere suprimir la expresión económica de esa alienación del hombre en
relación al hombre. Pero como la crítica de la economía política todavía no ha
podido liberarse de las hipótesis de la economía política, la reapropiación del
mundo objetivo continúa siendo considerada en la forma que la propiedad posee
en la economía política.
Proudhon
no opone -como la crítica crítica pretende que lo hace-, la no-posesión a la
posesión, sino que al antiguo modo de posesión, la propiedad privada, opone la
posesión igualitaria. Declara que la posesión es una función social. Pero, lo
que hay de interesante en una función, no es excluir a la otra, sino afirmar y
realizar las fuerzas de mi propio ser.
Proudhon
no ha logrado dar a esta idea el desenvolvimiento adecuado. La idea de la
posesión igualitaria expresa, a la manera de la economía política, que el
objeto como ser objetivo del hombre es, al mismo tiempo, la existencia del
hombre para el otro hombre, su relación humana con otro hombre, la relación
social del hombre con el hombre. Proudhon hace desaparecer, del cuadro de la
alienación económica, esta alienación económica.
Traducción
característica N° 3
El
Proudhon crítico posee asimismo un propietario crítico, según "la propia
declaración del cual, los que han sido obligados a trabajar para él, han
perdido lo que se ha apropiado". El Proudhon real dice al propietario
real: "¡Tú no has trabajado! ¿No habrás hecho trabajar nunca a los otros?
¿Cómo, entonces, han perdido trabajando para ti lo que has sabido adquirir no trabajando
para ellos?"
El
Proudhon crítico afirma que, por riqueza natural, Say entiende propiedades
naturales, aunque Say declara formalmente en el Epítome de su Tratado de
economía política, para eliminar todo error, que no entiende por riqueza ni la
propiedad ni la posesión, sino una suma de valores. El Proudhon crítico corrige
naturalmente a Say de la misma manera que él ha sido corregido por el señor
Edgar. Es así cómo, según el Proudhon crítico, Say deduce inmedia-tamente un
derecho de apropiarse del campo, "puesto que la tierra ofrece más asidero
a la apropiación que el agua y la luz". Por el contrario, Say dice
expresamente: "Los derechos de los propietarios de tierras, remontan a una
expoliación". (Tratado de econ. pol., edic. francesa. I. 136, nota). Se necesita,
pues -según Say-, el concurso de la legislación y del derecho positivo para
fundar el derecho de la propiedad fundiaria. El verdadero Proudhon no reprocha
a Say el que deduzca inmediatamente el derecho de apropiarse un campo
"puesto que la tierra ofrece más asidero, etc."; le reprocha el poner
la posibilidad en lugar del derecho y de confundir la cuestión de la
posibilidad con la cuestión del derecho. "Say toma la posibilidad por el
derecho. Uno no se pregunta por qué la tierra ha sido apropiada antes que el
mar y los aires; se quiere saber en virtud de qué derecho el hombre se ha
apropiado esta riqueza que no creó en absoluto y que la naturaleza le da
gratuitamente".
El
Proudhon crítico continúa: "A esto, sólo haremos notar nosotros que con la
apropiación de un trozo de tierra, también se ha realizado la apropiación de
los demás elementos, la tierra, el agua y el fuego: terra, aqua, aere et igne
interdicti sumus."
He
aquí cómo el Proudhon crítico polemiza contra Carlos Comte: "C. Comte
pretende que para vivir, el hombre necesita aire, alimentos, vestidos. Siendo
inagotables algunas cosas, tales como el aire y el agua, permanecerán siempre,
pues, como propiedad colectiva, mientras que otras, existiendo en cantidad
menor, llegarían a ser propiedad privada. C. Comte apoya su demostración, en
consecuencia, sobre las nociones de finito e infinito. Quizá habría llegado a
otro resultado si hubiera erigido en categorías principales las nociones de
indispensable y de no indispensable."
¡Qué
pueril es esta polémica del Proudhon crítico! Sugiere a Carlos Comte el que
renuncie a las categorías sobre las cuales construye su demostración, y que
pase a otras categorías, no para llegar a sus propios resultados, sino para
llegar quizá a los resultados del Proudhon crítico.
El
verdadero Proudhon no hace semejantes sugestiones a C. Comte; no le despacha
con un simple quizá: se bate con sus propias categorías.
Carlos
Comte -dice Proudhon-, parte del hecho que el hombre necesita aire, alimentos
y, en ciertos climas, vestidos, no para vivir, sino para no dejar de vivir.
"Para conservarse, el hombre necesita, pues, apropiarse incesantemente de
cosas de diversas especies. Pero estas cosas no existen en las mismas
proporciones; algunas, tales como la luz de los astros, el aíre atmosférico, el
agua encerrada en la cuenca de los mares, existen en tan grande cantidad, que
los hombres no pueden hacerles experimentar ningún aumento o ninguna
disminución sensible; cada uno puede apropiarse de ellas tanto como sus
necesidades lo pidan, sin dañar en nada a las satisfacciones de los demás, sin
causarles el menor perjuicio (pág. 75)".
Proudhon
parte luego de la propia enumeración de C. Comte. Primero le dice: "Así la
tierra -como el agua, el aire y la luz-, es un objeto de primera necesidad del
que cada uno debe usar libremente, sin perjudicar a la satisfacción de
otro". "¿Por qué, pues, es apropiada la tierra?... C. Comte asegura
que lo es porque la tierra no es infinita... Parece que debería decir, por el
contrario: en consecuencia (porque ella es cosa limitada) no debe ser cosa
apropiada. Pues si uno se apropia una cantidad cualquiera de aire o de luz, no
puede causar daño a nadie, puesto que siempre queda bastante", puesto que
el aire y la luz existen en cantidad ilimitada (pág. 75-76). Por el contrario,
la apropiación arbitraria de la tierra perjudica a la satisfacción de otro,
puesto que "la tierra es mucho menos extensa que los demás elementos; por
lo tanto, su empleo debe ser reglamentado, no en beneficio de algunos, sino en
interés y para la seguridad de todos... La argumentación del señor C. Comte va
en contra de su tesis."
"C.
Comte -escribe el Proudhon crítico- parte de la idea de que una nación puede
ser propietaria de un país, mientras que, si la propiedad implica el derecho de
usar y de abusar, no por eso se puede reconocer a una nación el derecho de usar
y de abusar."
El
verdadero Proudhon no habla del derecho de usar y de abusar, que el derecho de
propiedad "implica". Es demasiado pedestre para hablar de un derecho
de propiedad que estaría implícito en el derecho de propiedad. En efecto: el
derecho de usar y de abusar no es más que el derecho de propiedad mismo. Por
esto Proudhon declara que ninguna nación es propietaria de su territorio. Y
agrega: "Si el lector encontrara que esto es ir demasiado lejos... me
limitaría a recordar que del derecho ficticio de propiedad nacional han surgido
en todas las épocas, las pretensiones de soberanía del barón feudal, los
tributos, regalías, diezmos, contingentes de hombres y de dinero, previsión de
mercancías, etc." (85).
He
aquí cómo argumenta el verdadero Proudhon contra C. Comte: "De esta
manera, C. Comte, que trata de explicar cómo se forma la propiedad, y que
comienza por suponer que una nación es propietaria, cae en el sofisma llamado
petición de principio (pág. 85). Nos presenta al Estado vendiendo tierras,
"un hombre industrioso que compra una parte de ellas" (pág. 86), en
otros términos, supone las condiciones de propiedad que quiere probar.
El
Proudhon crítico arroja por tierra al sistema decimal francés. Conserva el
franco, pero reemplaza el céntimo por el "liard".
Y
agrega: "Cuando yo cedo un trozo de tierra, me privo no solamente de una
cosecha, sino que quito un bien durable a mis hijos y a mis nietos. El suelo no
tiene simplemente un valor actual; tiene un valor futuro, un valor
potencial".
El
verdadero Proudhon dice: "El suelo no tiene solamente un valor integrante
y actual, también tiene un valor de potencia y de porvenir, el cual depende de
nuestra habilidad para hacerlo valer y ponerlo en obra... Destruya la tierra, o
lo que termina en lo mismo para usted, véndala: no solamente aliena una, dos o
varias cosechas, sino que se deshace de todos los productos que podían sacar de
ella usted, sus hijos y los hijos de sus hijos" (pág. 87). Para Proudhon
no se trata de hacer remarcar la oposición entre una cosecha y el bien durable
-el dinero que recibo a cambio del campo también puede, como tal, convertirse
en un bien durable-, sino la oposición entre el valor actual y el valor que un
cultivo ininterrumpido puede dar al suelo.
Según
C. Comte, el valor nuevo que se agrega a una cosa, mediante el trabajo, es mi
propiedad. El Proudhon crítico trata de refutarlo: el hombre debería, pues,
dejar de ser propietario cuanto deja de trabajar. La propiedad del producto
nunca debería comportar la de la materia.
El
verdadero Proudhon dice: "Que el trabajador haga suyos los frutos, estoy
de acuerdo; pero no comprendo que la propiedad de los productos importe la de
la materia. ¿El pescador que, sobre la misma costa, sabe pescar más peces que
sus compañeros, se transforma por esa habilidad en propietario de los parajes
donde pesca? ¿La habilidad de un cazador fue considerada alguna vez como un
título de propiedad sobre los animales de caza de un cantón? La paridad es
perfecta: el cultivador diligente encuentra en una cosecha abundante y de mejor
calidad la recompensa de su industria... Para transformar la posesión en
propiedad, se necesita otra cosa que el trabajo, sin la cual el hombre dejaría
de ser propietario desde que dejara de trabajar. Pero, lo que hace la propiedad,
según la ley, es la posesión inmemorial, innegable, en una palabra, la
prescripción: el trabajo no es más que el signo sensible, el acto material
mediante el cual la ocupación se manifiesta" (pág. 89).
"El
sistema de la apropiación por el trabajo está, pues, en contradicción con el
código; y cuando los partidarios de ese sistema pretenden servirse de él para
explicar las leyes, están en contradicción consigo mismos" (página 89).
Si,
según esta opinión, la roturación de una tierra "crea íntegramente por
esto mismo la propiedad", no hay allí más que una petición de principio.
De hecho, hay creación de "una capacidad productiva que no existía
anteriormente" (pág. 89). Pero, precisamente, quedaría por demostrar que,
por eso mismo, se encuentra creada la propiedad de la materia. "El hombre
ha creado todo, todo, excepto la materia misma" (pág. 89). Además, toda
capacidad productiva de la materia "no puede ser creada más que a
condición de que exista una materia que sea su soporte" (pág. 89).
El
Proudhon crítico hace de Graco Baboeuf un partidario de la libertad, mientras
que, en el verdadero Proudhon, no es más que un partidario de la igualdad.
El
Proudhon crítico, queriendo valuar el honorario debido a Homero por La Ilíada,
escribe: "El honorario que yo doy a Homero y aquello que él me da, deben
ser iguales. ¿Cómo hay que determinar el valor de su trabajo?" El Proudhon
crítico está muy por encima de las pequeñeces de la economía política para
saber que existe una gran diferencia entre el valor de una cosa y el servicio
que ella rinde a una persona. El verdadero Proudhon dice: "El honorario de
un poeta debe ser igual a su producto. ¿Mas, cuál es el valor de ese
producto?" (pág. 180). El verdadero Proudhon supone que "esa Ilíada,
esa obra maestra que se trata de retribuir equitativamente, sea en realidad de
un precio infinito" (pág. 109); el Proudhon crítico la supone de un valor
infinito. El verdadero Proudhon opone el valor de la Ilíada, su valor
intrínseco, a su valor de cambio: el Proudhon crítico opone el valor interior
de la Ilíada, es decir, su valor como poema, a su valor de cambio.
El
verdadero Proudhon dice: "Entre una recompensa material y el talento, no
existe una medida común; bajo este aspecto, la condición de todos los
productores es igual, consecuentemente, toda comparación entre ellos y toda
diferenciación de formas, es impo-sible" (pág. 112).
El
Proudhon crítico dice: "De manera relativa, la relación de los productores
es igual. El talento no puede ser valuado materialmente... Toda comparación de
los productores entre sí, toda diferenciación exterior, es imposible".
En
el Proudhon crítico "el hombre de ciencia debe tener el sentimiento de la
igualdad en la sociedad, porque su talento y su conocimiento no son más que el
producto del conocimiento social". El verdadero Proudhon no habla en
ninguna parte de los sentimientos del talento. Dice que el talento
"tampoco puede elevarse por encima de esa misma igualdad" (pág. 115).
Tampoco pretende dar al hombre de talento como un simple producto de la
sociedad. Por el contrario, afirma: "El hombre de talento ha contribuido a
producir en él mismo un instrumento útil... en él hay a la vez, un trabajador
libre y un capital social acumulado" (pág. 115).
El
Proudhon crítico continúa: "Incluso debe estar agradecido a la sociedad
que le dispensa de otros trabajos para permitirle consagrarse a la
ciencia."
El
verdadero Proudhon no recurre en ninguna parte al reconocimiento del hombre de
talento. Dice: "El artista, el sabio, el poeta, reciben su justa
recompensa solamente porque la sociedad les permite entregarse exclusivamente a
la ciencia y al arte".
Para
terminar, el Proudhon crítico realiza el milagro de que una sociedad de 150
obreros está hasta en condiciones de mantener a un mariscal de Francia, incluso
a un ejército. En el verdadero Proudhon no se trata más que de un herrador
(márechal-ferrant).
CUARTA
NOTA MARGINAL CRITICA
"Si
Proudhon conserva la idea de salario, si ve en la sociedad una institución que
nos da trabajo y nos retribuye por esto, tanto menos puede admitir al tiempo
como medida del pago que acaba de exponer, de acuerdo con Grotius: que el
tiempo es indiferente por relación a lo que puede valer un objeto."
He
aquí el único punto en que la crítica crítica trata de resolver su tarea y de
probarle a Proudhon que desde el punto de vista económico se equivoca en sus
ataques contra la economía política. Y ella se descarría de manera
verdaderamente crítica.
En
pleno acuerdo con Grotius, Proudhon ha expuesto que la prescripción no es un
título suficiente para transformar la posesión en propiedad, y un principio de
derecho en otro principio de derecho, como tampoco no podría hacer que esta
verdad: los tres ángulos de un triángulo valen dos rectos, se cambiara en esta
otra verdad: los tres ángulos de un triángulo son iguales a tres rectos.
"Haced la posesión tan larga como queráis... nunca haréis que la duración,
que por sí misma no crea nada, no cambia nada, no modifica nada, pueda
metamorfosear al usufructuario en propietario" (pág. 82).
Y el
señor Edgar concluye : Diciendo que la simple duración no puede transformar un
principio de derecho en otro principio de derecho, diciendo que en suma ella no
crea nada, no cambia nada, no modifica nada. Proudhon comete una inconsecuencia
desde que hace del tiempo de trabajo la medida del valor económico del producto
del trabajo. Para llegar a esta observación verdaderamente digna de la crítica
crítica, el señor Edgar debió darle al término valor un sentido especial tal
como existe, por ejemplo, en la expresión "valor de un principio de
derecho". No ha podido hacerlo más que identificando la duración de tiempo
vacío con el tiempo de trabajo lleno. Si Proudhon hubiera dicho que la duración
no puede transformar una mosca en elefante, la crítica crítica podría
igualmente deducir: por lo tanto, no debe hacer del tiempo de trabajo la medida
del salario.
Que
el tiempo de trabajo que cuesta la producción de un objeto entra en los gastos
de producción de ese objeto; que los gastos de producción de un objeto son lo
que cuesta ese objeto, y por lo tanto, son la suma en que puede ser vendido si
hacemos entrar en consideración las influencias de la concurrencia: esta idea
hasta debe ser accesible para la crítica crítica. En los economistas, además
del tiempo de trabajo y de la materia prima, los gastos de producción
comprenden la renta del propietario territorial, los intereses y el beneficio
del capitalista. Estos últimos elementos desaparecen en Proudhon, porque él no
conserva la propiedad privada. No queda más que el tiempo de trabajo y los
gastos. Haciendo del trabajo, es decir, de la manifestación directa de la
actividad humana como tal, la medida del salario y de la determinación del
valor del producto, Proudhon hace del elemento humano el elemento decisivo, en
tanto que, en la vieja economía política, este papel le correspondía a la
potencia material del capital y de la propiedad agraria. En otros términos,
Proudhon restablece -en el sentido de la vieja economía y por lo tanto de
manera contradictoria en sí misma-, al hombre en todos sus derechos. Para
comprender la justeza de su procedimiento desde el punto de vista de la
economía política, basta considerar que, desde las primeras páginas de su obra
An inquiry into the nature and causes of the wealth of nations, el fundador de
la economía política moderna, Adam Smith, establece que antes de la invención de
la propiedad privada, el tiempo de trabajo era la medida del salario así como
del valor del producto del trabajo, que todavía no se diferenciaba del salario.
Pero,
que la crítica crítica suponga, por un instante, que Proudhon no ha partido de
la hipótesis del salario. ¿Se imagina que el tiempo que exige la producción de
un objeto no es un factor esencial en la fijación del valor de ese objeto; se
imagina que el tiempo ha perdido su carácter precioso?
Por
relación a la producción material directa, la respuesta a la pregunta si tal
objeto debe o no ser producto, es decir, la decisión concerniente al valor de
tal objeto, dependerá esencialmente del tiempo de trabajo que cuesta la
producción de ese objeto. En efecto, el tiempo es quien decide si la sociedad
tendrá tiempo de desarrollarse humanamente.
Y
aun cuando se trate de producción intelectual, ¿no estoy obligado, si procedo
inteligentemente, a considerar además de la extensión, la disposición y el plan
de una obra del espíritu, el tiempo necesario para la producción? De otra
manera me expongo, al menos, al peligro de que mi objeto no abandone nunca el
dominio de la teoría para entrar en el de la realidad, que no pueda adquirir
nunca, pues, más que el valor de un objeto imaginario, es decir, un valor
imaginario.
La
crítica de la economía política, colocándose en su propio punto de vista,
reconoce todas las características de la actividad humana, pero siempre en una
forma alienada al hombre. Así es cómo, por ejemplo, a la significación del
tiempo para el trabajo humano, ella la sustituye aquí por su significación para
el salario, para el trabajo asalariado.
El
señor Edgar continúa: "Para que el talento esté obligado a aceptar esta
medida, Proudhon abusa de la noción del comercio libre y pretende que la
sociedad y sus diversos miembros tienen el derecho de rechazar las producciones
del talento."
Al
talento que, fiel a la vieja economía política, reclama, en el sistema de
Fourier y de Saint Simon, un honorario exagerado, y aplica al valor de cambio
de sus productos la idea que se tiene formada de su propio valor inmenso,
Proudhon le responde absolutamente como la economía política responde a esta
pretensión de un precio que quiere elevarse muy por encima del precio llamado
natural, es decir, de los gastos de producción del objeto ofrecido; responde
con el comercio libre. Pero Proudhon no abusa de esa relación en el sentido de
la economía política; al contrario, supone, como real, lo que en los
economistas no es más que nominal e ilusorio: la libertad de las partes
contratantes.
Traducción
característica N° 4.
El
Proudhon crítico reforma finalmente a la sociedad francesa, transformando tanto
al proletariado francés como a la burguesía francesa.
Niega
fuerza a los proletarios franceses, porque el verdadero Proudhon les reprocha
carecer de virtud. Hace de la habilidad que poseen para el trabajo, una
habilidad problemática -"quizá sois hábiles para el trabajo"-, porque
el verdadero Proudhon les reconoce sin restricciones esa habilidad.
"Estáis listos para el trabajo, etc.". Transforma a los burgueses
franceses en burgueses desprovistos de espíritu, allí donde el verdadero
Proudhon opone los burgueses in-nobles a los nobles deshonrados. Transforma a los
burgueses "juste milieu" en nuestros buenos burgueses, lo que la
burguesía francesa puede agradecerle. Allí donde el verdadero Proudhon hace
aumentar la malevolencia de nuestros burgueses, él hace, naturalmente,
acrecentar la despreocupación de nuestros burgueses. El burgués del verdadero
Proudhon es tan poco despreocupado, que se grita a sí mismo: "¡No tengamos
miedo! ¡No tengamos miedo!" He aquí el lenguaje de alguien que quiere
persuadirse de que no tiene miedo ni inquietud. Mediante su traducción de Proudhon,
la crítica crítica, creando el Proudhon crítico, ha mostrado lo que entiende
por una traducción perfecta. Ha dado las directivas para la "traducción
tal como debe ser". Por esto lucha con perfecto derecho contra las malas
traducciones, contra las traducciones vulgares.
"El
público alemán reclama libros de un precio risible; el editor reclama, pues,
una traducción barata; el traductor no quiere morirse de hambre haciendo esta
traducción, ni puede hacerla con toda la reflexión y todo el cuidado
requeridos, porque el editor está obligado a ganarles de mano a sus
competidores, publicando las traducciones sin pérdida de tiempo; el mismo
traductor debe temer a los competidores que podrían ofrecerse para proveer la
mercancía más rápidamente y más barata. Y nuestro traductor dicta su
manuscrito, con gran prisa, a un pobre secretario; la hace en tan poco tiempo
como es posible para no desperdiciar el salario calculado por hora. Y está
encantado en poder, al día siguiente, dar satisfacción al tipógrafo, que le
acosa continuamente. Las traducciones con que se nos inunda, por lo demás, no
son sino el índice de la impotencia actual de la literatura alemana"
(Allgemeine Literaturzeitung, VIII, pág. 54).
QUINTA
NOTA MARGINAL CRITICA
"Proudhon
prueba que la propiedad es imposible, puesto que la humanidad se devora a sí
misma, particularmente por el sistema del interés y del beneficio y por la
desproporción que existe entre el consumo y la producción. Pero no prueba la
posibilidad histórica de la propiedad privada."
La
crítica crítica posee el feliz instinto de no insistir sobre las explicaciones
consagradas por Proudhon al sistema del interés y del beneficio, es decir,
sobre las explicaciones más importantes de Proudhon, sin poseer un conocimiento
absolutamente positivo de la evolución de la propiedad privada. La crítica
crítica trata de resarcirse de su impotencia, haciendo observar que Proudhon no
ha aportado la prueba de la posibilidad histórica de la propiedad. ¿Por qué la
crítica que no nos sirve más que palabras, exige que .otros le den más?
"Proudhon
demuestra la imposibilidad de la propiedad, alegando que el obrero no puede,
con el salario de su trabajo, recobrar su producto. Proudhon no da la razón
última, haciendo intervenir la esencia del capital. El obrero no puede rescatar
su producto, puesto que ese producto sigue siendo siempre un producto común, en
tanto que él mismo no es más que un hombre individual pagado."
Oponiéndose
a la deducción de Proudhon, el señor Edgar hubiera podido ir aún más lejos y
decir que el obrero no puede rescatar su producto, porque está forzado a
rescatarlo. La noción de compra implica ya que su producto le ha sido
arrebatado, alienado. La razón última dada por el señor Edgar desdeña, entre
otras cosas, el decirnos claramente porqué el capitalista que también no es más
que un hombre individual, y además, un hombre pagado con el beneficio y el
interés, puede recobrar no sólo el producto de su trabajo, sino aún más que ese
producto. Para explicarlo, el señor Edgar se verá obligado a explicar la
relación entre capital y trabajo, es decir, hacer intervenir la esencia del
capital.
El
párrafo anterior nos muestra de la manera más sorprendente cómo la crítica
crítica, desde que aprendió algo en un autor, se sirve inmediatamente de ello
como si lo hubiera descubierto ella misma, y dándole un giro crítico contra el
mismo autor. Efectivamente, en Proudhon es donde la crítica ha tomado esta
razón que ella da, pero que Proudhon no da; Proudhon dice: Divide et impera,
divide y reinarás... Separad a los trabajadores unos de otros; es posible que
la jornada pagada a cada uno sobrepase el valor de cada producto individual;
pero no se trata de esto... Cuando habéis pagado todas las fuerzas
individuales, no habéis pagado la fuerza colectiva".
Proudhon
hace notar primeramente que la suma de los salarios de los obreros
individuales, aun cuando cada trabajo individual ha sido pagado íntegramente,
no paga la fuerza colectiva materializada en el producto; que el obrero no es
pagado, en consecuencia, como una parte de la fuerza de trabajo colectiva. Y
todo esto, el señor Edgar lo desfigura y dice que el obrero no es más que un
hombre individual pagado. A una idea general de Proudhon, la crítica la hace
valer contra el desarrollo concreto que el mismo Proudhon da luego a la misma
idea. Se apodera de esta idea, pero a la manera crítica, y nos enuncia, en la
fórmula siguiente, el secreto del socialismo crítico: "El obrero actual no
piensa más que en sí, es decir, se hace pagar para su propia persona. El mismo
es quien no valoriza la fuerza enorme, inmensa, que es el resultado de su
colaboración con otras fuerzas".
Según
la crítica crítica todo el mal viene, pues, de que el obrero piensa. Pero los
obreros ingleses y franceses han fundado, sin embargo, asociaciones donde no
sólo no se conforman con instruirse mutuamente sobre sus necesidades inmediatas
en tanto que obreros, sino también sobre sus necesidades en tanto que hombres;
donde manifiestan, además, una conciencia muy profunda y muy extendida de la
fuerza enorme, inmensa, que es el resultado de su colaboración. Pero estos
obreros comunistas y vulgares, que trabajan en los talleres de Mánchester y de
Lyón, por ejemplo, no creen que mediante el "pensamiento puro"
podrían desembarazarse nunca de sus patrones y de su propia miseria práctica.
Experimentan muy dolorosamente la diferencia entre el ser y el pensamiento,
entre la conciencia y la vida. Saben que la propiedad, el capital, el dinero,
el trabajo asalariado, etc., no son simples quimeras de la imaginación, sino
sencillamente productos reales y prácticos de su propia expoliación; que no se
los puede suprimir, pues, más que de manera práctica y material, para que en la
existencia de cada día, tanto como en el pensamiento y en la conciencia, el
hombre devenga hombre. Por el contrario, la crítica crítica les enseña que
ellos dejan en realidad de ser asalariados si, en el pensamiento, suprimen la
idea del trabajo asalariado; si dejan, por el pensamiento, de considerarse
asalariados y, conforme a esta imaginación extraordinaria, no se hacen pagar
más por sus personas. Idealistas absolutos, entidades puramente etéreas, después
pueden vivir naturalmente de la emanación del pensamiento puro. La crítica
crítica les enseña que suprimen al capital real dominando, mediante el
pensamiento, la categoría del capital; que se transforman realmente y devienen
hombres reales transformando, por la conciencia, su yo abstracto, y desdeñando,
como una operación contraria a la crítica, toda transformación real de su
existencia real y, por lo tanto, toda transformación real de las condiciones
reales de su existencia, es decir, del yo real de ellos. "El
espíritu", que no ve en la realidad más que categorías, reduce
naturalmente toda la actividad y toda la práctica humana al pensamiento
dialéctico de la crítica crítica. Esto es precisamente lo que diferencia al
socialismo de la crítica, del socialismo de la masa y del comunismo.
Después
de estas grandes explicaciones, el señor Edgar debe, naturalmente,
"negarle conciencia" a la crítica de Proudhon. "Pero Proudhon
quiere ser práctico también". -"Cree justamente haber
reconocido".-"Y, sin embargo, nosotros estamos en la obligación
-exclama triunfalmente la tranquilidad del conocimiento-, de negarle la
tranquilidad del conocimiento". -"Tomamos varios pasajes para
demostrar qué mal ha reflexionado su posición frente a la sociedad". También
nosotros tomamos más adelante algunos pasajes de las obras de la crítica
crítica (ver cap. VII, 7, c y b), para mostrar que ignora hasta los datos más
elementales de la economía política y no puede, pues, haberlos meditado y que
con su tacto crítico particular se ha creído, precisamente por esta razón,
predestinada a someter a su juicio al verdadero Proudhon.
Después
que la crítica crítica, en tanto que tranquilidad del conocimiento, se ha
sometido todas las antinomias vulgares; después que, bajo la forma de
categorías, se ha apoderado de toda realidad y ha reducido toda la actividad
humana a la dialéctica especulativa vamos a ver cómo, mediante la dialéctica
especulativa, reproduce el mundo. Claro está que las maravillas de la creación
crítico-especulativas del mundo, a menos que sean profanadas, no pueden
comunicarse a la masa profana más que en forma de misterios. Es por esto que la
crítica crítica, encarnada en Vichnú-Szeliga, hace una exhibición de misterios.
______________________________
[1]
Las líneas consagradas a la Unión Obrera, indican ya que sólo la emancipación
del proletariado creará el mundo nuevo que la crítica pura y absoluta es
incapaz de crear.
Flora
Tristán, socialista francesa, hizo agitación en favor del derecho al trabajo y
de la organización del trabajo. Pugnó por crear una gran asociación obrera, a
la que cada adherente entregaría una cotización mínima (2 francos), debiendo
consagrarse el dinero a la edificación de un palacio de los trabajadores y a la
remuneración de un defensor oficial y autorizado de la clase obrera. [N. de la
Edit]
CAPÍTULO
V
LA
CRITICA CRITICA MERCADER DE MISTERIOS, O LA CRITICA CRITICA BAJO LOS RASGOS DEL
SEÑOR SZELIGA[1]
La
crítica crítica, encarnada en Vichnú-Szeliga, nos da una apoteosis de los misterios
de París. Eugenio Sue es proclamado crítico crítico. Cuando lo sepa, podrá
exclamar con el burgués gentilhombre de Moliére: "A fe mía, hace cuarenta
años que hago prosa sin que supiese nada de ello; os estoy lo más obligado del
mundo por habérmelo enseñado."
El
señor Szeliga hace preceder su crítica con un prólogo estético. Este prólogo
nos explica la importancia general del poema épico crítico y, en particular, la
de los Misterios de París: "La epopeya crea la idea de que el presente no
es nada en sí, ni aún (¡nada, ni aún!) la separación eterna entre el pasado y
el porvenir, sino (¡nada, ni aún, sino!) la antorcha, en vía de Incesante
desaparición, que separa lo que es eterno de lo que es pasajero... Tal es el
sentido general de los Misterios de París".
El
prólogo estético pretende, además, que el "crítico sólo tiene que querer
para ser poeta". Toda la crítica del señor Szeliga probará esta
afirmación. De un extremo a otro, en efecto, no es más que poesía, es decir,
algo inventado enteramente.
Asimismo
es una producción del arte libre, tal como este arte es caracterizado por el
prólogo estético: "Inventa algo completamente nuevo y que no ha existido
nunca".
Incluso
es una epopeya crítica, pues es siempre una "antorcha, en vía de incesante
desaparición, que separa lo que es eterno (la crítica del señor Szeliga) de lo
que es pasajero (la novela de E. Sue)".
I.-
EL MISTERIO DE LA PERVERSION EN LA CIVILIZACION Y EL MISTERIO DE LA PRIVACION
DE TODO DERECHO EN EL ESTADO
Como
es sabido, Feuerbach ha considerado las concepciones cristianas de la
encarnación, de la trinidad, de la inmortalidad. El señor Szeliga no ve, en las
condiciones actuales del mundo, más que misterios. Pero mientras Feuerbach ha
revelado misterios reales, Szeliga se conforma con transformar lugares comunes
en misterios verdaderos. Su arte consiste, no en descubrir lo que está oculto,
sino en ocultar lo que está descubierto.
Así
es cómo nos declara que son misterios la perversión (los criminales) en la
civilización y la privación de todo derecho e igualdad en el Estado. Hay que
creer que los escritos socialistas, que han revelado esos misterios, resultan
un misterio para el señor Szeliga, o bien, que desearía transformar los
resultados más conocidos de estos escritos en misterio privado de la crítica
crítica.
No
tenemos, pues, que insistir más ampliamente sobre lo que el señor Szeliga nos
dice a propósito de esos misterios. No daremos más que algunas muestras
particularmente notables.
"Ante
la ley y el juez todos son iguales, grandes o pequeños, ricos o pobres. Este
artículo se encuentra al frente del Credo del Estado."
¿Del
Estado? Por el contrario, el Credo de la mayoría de los Estados comienza por
declarar a grandes y pequeños, ricos y pobres, desiguales ante la ley.
El
picapedrero Morel, en su ingenua honestidad, enuncia muy claramente este
misterio (el misterio de la oposición entre ricos y pobres); "si los ricos
lo supieran solamente" -dice-. ¡Ah, sí! ¡Si los ricos lo supieran! ¡La
desgracia es que no saben lo que es la pobreza!"
El
señor Szeliga no sabe que Eugenio Sue, por cortesía hacia los burgueses
franceses, comete un anacronismo cuando, recordando las palabras de los
burgueses del tiempo de Luis XIV: ¡Ah, si el rey lo supiese!, las transforma
en: ¡Ah, si el rico lo supiese!, y las pone en boca del obrero Morel del tiempo
de la Carta Verdad. En Inglaterra y Francia, al menos, esta ingenua situación
entre ricos y pobres no existe más. Los representantes científicos de la
riqueza, los economistas, han propagado en estos dos países una comprensión muy
detallada de la miseria física y moral de la pobreza. En cambio, han probado
que hay que admitir esta miseria, porque no se puede cambiar el estado de cosas
actual. Y, en su diligencia, hasta han calculado en qué proporción la pobreza
debe diezmar a los suyos, en su propio interés y en interés de la riqueza.
Cuando
Eugenio Sue describe los cabarets, las guaridas de contrabandistas y el argot
de los criminales, el señor Szeliga descubre el "misterio" de que el
autor no se propone esta pintura, sino que quiere "informarse sobre el
misterio de los móviles que empujan al mal, etc.". -"En los lugares
donde la circulación es más activa..., los criminales se sienten precisamente
en su ambiente".
¿Que
diría un naturalista a quien se le demostrara que no se interesa por la celda
de la abeja en tanto que abeja, y que esta celda no es un misterio para quien
no la ha estudiado, puesto que la abeja "se encuentra precisamente bien en
su ambiente", a pleno aire y sobre las flores? En los escondrijos de los
criminales y en el lenguaje de los criminales se refleja el carácter del
criminal; forman parte integrante de su ser; la descripción de ellos forma
parte de su descripción, lo mismo que la pintura de las casas de orgías forma
parte de la pintura de la mujer galante.
Las
guaridas de los criminales son tal misterio para los parisienses en general y
la policía en particular, que en este mismo momento se abren en la Cité calles
claras y anchas para hacer más accesibles estos escondrijos a la policía.
El
mismo Eugenio Sue, finalmente, declara que en todas sus pinturas cuenta con la
curiosidad temerosa de sus lectores. Es lo que hace, por lo demás, en todas sus
novelas. Basta recordar Atar Gull, Salamandra, Plick y Plock, etc.
II.-EL
MISTERIO DE LA CONSTRUCCION ESPECULATIVA
El
misterio de la exposición crítica de los Misterios de París, es el misterio de
la construcción especulativa de Hegel. Después de haber reducido a la categoría
del misterio la perversión en la civilización y la privación de todo derecho en
el Estado, el señor Szeliga lanza al misterio en plena circulación
especulativa. Podemos caracterizar, en pocas palabras, la construcción
especulativa en general. En su discusión de los Misterios de París, el señor
Szeliga nos dará su aplicación en detalle.
Cuando,
operando con realidades, manzanas, peras, fresas, almendras, yo me formo la
noción general fruta; cuando, yendo más lejos, me imagino que mi noción
abstracta, sacada de las frutas reales, es decir, la fruta, es una entidad que
existe fuera de mí y constituye hasta la verdadera entidad de la manzana, de la
pera, yo declaro, en lenguaje especulativo, que la fruta es la substancia de la
pera, de la manzana, de la almendra, etc. Digo, pues, que lo que 'hay de
esencial en la pera o en la manzana, no es el ser pera o manzana. Lo que les es
esencial, no es su ser real, concreto, que cae bajo los sentidos, sino la
entidad abstracta que he deducido y que les he substituido, la entidad de mi
representación: la fruta. Declaro a la manzana, la pera, la almendra, etc.,
simples modos de existencia de la fruta. Mi inteligencia finita, pero sostenida
por los sentidos, distingue, es cierto, una manzana de una pera y una pera de
una almendra; pero mi razón especulativa declara que esta diferencia sensible
es inesencial e indiferente. Ve en la manzana el mismo elemento que en la pera,
y en la pera el mismo elemento que en la almendra, es decir, la fruta. Las
frutas reales y particulares no son más que frutas aparentes cuya substancia,
la fruta, es la verdadera esencia.
De
esta manera no se llega a determinar mayormente nada. El mineralogista que se
limitara a declarar que todos los minerales son realmente el mineral, no sería
mineralogista más que en su imaginación. A cada mineral, el mineralogista
especulativo dice: el mineral, y su ciencia se limita a repetir este término
tantas veces como hay verdaderos minerales.
Después
de haber hecho una fruta abstracta, la fruta, de las diferentes frutas reales,
la especulación -para llegar a la apariencia de un contenido real-, debe
tratar, en consecuencia, de una manera u otra, de regresar de la fruta, de la
substancia, a las verdaderas frutas diferentes, a la pera, la manzana, la
almendra, etc. Pero cuanto más fácil es -hablando de las frutas reales-
producir el concepto abstracto, la fruta, tanto más difícil es -hablando del
concepto abstracto, la fruta-, producir frutas reales. Es hasta imposible,
a-menos que se renuncie a la abstracción, de que se pase de la abstracción a su
contrario.
La
filosofía especulativa renuncia, pues, a la abstracción de la fruta, pero
renuncia de manera especulativa, mística, teniendo aires de no renunciar a
ello. Así, únicamente en apariencia se eleva por encima de la abstracción. He
aquí cómo, probablemente, razona: Si la manzana, la pera, la almendra, la
fresa, etc., no son, en realidad, más que la substancia, la fruta, ¿cómo es
posible que la fruta se me aparezca tanto bajo el aspecto de la manzana, como
bajo el aspecto de la pera, etc.? ¿De dónde viene esta apariencia de diversidad
tan manifiestamente contraria a mi concepción especulativa de la unidad, de la
substancia, de la fruta?
La
razón está -responde la filosofía especulativa- en que la fruta no es una
entidad sin vida, sin caracteres distintivos, sin movimiento, sino una entidad
dotada de vida, de caracteres distintivos, de movimiento. La diferencia de las
frutas ordinarias en nada importa a mi inteligencia sensible, pero ella importa
al fruto mismo, a la razón especulativa. Las diversas frutas
"profanas" son diferentes manifestaciones de la fruta única; son
cristalizaciones que forman la fruta misma. De esta manera, por ejemplo, la
fruta, adquiere en la manzana y la pera, el aspecto de una manzana y de una
pera. No hay que decir, pues, como cuando se colocaba en punto de vista de la
substancia: la pera es la fruta, la manzana es la fruta, la almendra es la
fruta; hay que decir, por el contrario: la fruta se presenta como pera, la
fruta se presenta como almendra, y las diferencias que distinguen a la manzana,
la pera, la almendra, son las diferencias mismas de la fruta y ellas hacen de
las frutas particulares miembros diferentes en el proceso vital de la fruta. La
fruta, en consecuencia, no es más una unidad sin con tenido ni diferencia; es
la unidad en tanto que generalidad, en tanto que totalidad de las frutas que
forman "una serie orgánicamente distribuida". En cada miembro de esta
serie, la fruta adquiere una figura más desarrollada, más netamente
caracterizada hasta que ella al fin sea, en tanto que resumen de todas las
frutas, la unidad viviente que contiene y reproduce incesantemente cada uno de
sus elementos, a igual como todos los miembros del cuerpo se transforman
incesantemente en sangre y son reproducidos incesantemente por la sangre.
Ya
se ve: mientras que la religión cristiana no conoce más que una sola
encarnación de Dios, la filosofía especulativa tiene tantas encarnaciones como
cosas existen; es así cómo ella posee aquí, en cada fruta, una encarnación de
la substancia, de la fruta absoluta. Para la filosofía especulativa el interés
principal consiste, pues, en producir la existencia de las frutas reales y en
declarar, de manera misteriosa, que hay manzanas, peras, etcétera. Pero las
manzanas, las peras, etc., que encontramos en el mundo especulativo, no son más
que apariencias de manzanas, peras, etc., pues son manifestaciones de la fruta,
entidad racional, abstracta y, por lo tanto, ellas mismas son entidades
racionales abstractas. Por consecuencia, lo que os produce placer en la especulación,
es encontrar en ella a todas las frutas reales, pero sólo como frutas, teniendo
un valor místico superior, surgidas del éter de vuestro cerebro y no de la
tierra material, encarnaciones de la fruta, del sujeto absoluto. Volviendo,
pues, de la abstracción, de la entidad racional sobrenatural, de la fruta, a
las frutas reales y naturales, daréis, en cambio, a las frutas naturales un
valor sobrenatural y las transformaréis en otras tantas abstracciones. Vuestro
interés principal es, precisamente, demostrar la unidad de la fruta en todas
sus manifestaciones, manzana, pera, almendra, etc.; probar, por consecuencia,
la conexión mística de estas frutas y hacer ver cómo, en cada una de esas
frutas, la fruta se realiza gradualmente y, por ejemplo, pasa necesariamente de
su estado de almendra a su estado de pera. El valor de las frutas individuales
no consiste, pues, en sus propiedades naturales, sino en su propiedad
especulativa, que les asigna un lugar determinado en el proceso vital de la
fruta absoluta.
El
hombre ordinario no cree adelantar nada de extraordinario diciendo que existen
manzanas y peras. Pero el filósofo, expresando esta existencia de manera
especulativa, ha dicho algo extraordinario. Ha hecho un milagro: de la entidad
racional irreal, la fruta, ha producido las entidades naturales reales, las
manzanas, las peras, etc. En otros términos: de su propia inteligencia
abstracta, que él se representa exteriormente a sí mismo como un sujeto
absoluto, aquí la fruta, ha sacado esas frutas y, en toda existencia que
enuncia, realiza un acto creador.
La
filosofía especulativa, claro está, no puede realizar esta creación continua
más que intercalando, corno siendo de su propia invención, propiedades
reconocidas por todos como pertenecientes en realidad a la manzana, a la pera,
etcétera; dando los nombres de cosas reales a lo que la razón abstracta
únicamente puede crear, es decir, a las fórmulas racionales abstractas;
declarando, finalmente, que su propia actividad, por la cual pasa de la representación
manzana a la representación pera, es la actividad misma del sujeto absoluto, la
fruta.
A
esta operación se la llama, en lenguaje especulativo, comprender la substancia
como sujeto, como proceso interior, como persona absoluta, y esta comprensión
constituye el carácter esencial del método hegeliano.
Era
necesario realizar todas estas observaciones preliminares con el objeto de
hacer inteligible al señor Szeliga. Hasta aquí el señor Szeliga ha hecho entrar
realidades, tales como el derecho y la civilización, en la categoría del
misterio, y, de esta manera, ha hecho del misterio la substancia. Pero
únicamente ahora se eleva a la altura verdaderamente especulativa, hegeliana, y
transforma al misterio en sujeto autónomo que se encarna en condiciones y
personas reales, y que se manifiesta en condesas, marqueses, grisetas,
porteros, notarios, charlatanes, así como en intrigas de amor, bailes, puertas
de madera, etc. Después de haber sacado del mundo real la categoría misterio,
saca de esta categoría al mundo real.
Y
los misterios de la construcción especulativa se revelarán con tanta mayor
claridad en la exposición del señor Szeliga, en cuando éste posee,
indiscutiblemente, una doble ventaja sobre Hegel. El proceso mediante el cual
el filósofo pasa de un objeto a otro, por medio de la intuición sensible y la
representación, Hegel trata de dárnoslo, con una maestría de sofista, como el
proceso de la entidad racional imaginada, del sujeto absoluto. Además, a menudo
llega a tener, en el curso mismo de su exposición especulativa, un desarrollo
concreto y yendo al fondo mismo de las cosas. Resulta de ello que el lector
toma a la especulación por la realidad y a la realidad por la especulación.
En
el señor Szeliga desaparecen estas dos dificultades. Su dialéctica no conoce
hipocresía ni fingimiento. Ejecuta su pequeño juego con una honestidad loable y
con la rectitud más segura. Pero en ninguna parte desenvuelve un contenido
real, en tal forma que en él la construcción especulativa se presenta sin
ningún adorno molesto, sin que nada anfibológico nos oculte la bella desnudez.
Pero también encontramos, en la aventura del señor Szeliga, la ruidosa prueba
de este doble fenómeno: en apariencia, la especulación se crea ella misma y a
priori su objeto; pero, por otra parte, y precisamente porque ella quiere,
mediante sofismas, negar la dependen-cia racional y natural que la une a ese
objeto, cae en la dependencia más irracional y menos natural con respecto a ese
objeto, cuyas determinaciones más accidentales y más individuales se ve
obligada a construir como absolutamente necesarias y generales.
III.-
EL MISTERIO DE LA SOCIEDAD CULTA
Después
de habernos paseado a través de los bajos fondos de la sociedad y de habernos
introducido, por ejemplo, en los cabarets donde se reúnen todos los
malhechores, Eugenio Sue nos transporta al mundo de alto copete, a un baile del
barrio Saint-Germain,
He
aquí cómo nos presenta el señor Szeliga esta transición: "Mediante un
nuevo giro, el misterio trata de sustraerse al examen. Hasta ahora era algo
absolutamente misterioso, inaprensible, que escapa a toda empresa, algo
negativo, y bajo esta forma se oponía a todo lo que es verdadero, real y
positivo. Actualmente se retira y su contenido deviene invisible. Pero, por
esto mismo, se despoja de la posibilidad absoluta de ser penetrado".
"El
misterio" que hasta ahora se oponía "a todo lo que es verdadero, real
y positivo", es decir, al derecho y a la cultura, "actualmente se
retira", es decir, se retira a la región de la cultura. Que el "alto
copete" sea la única región de la cultura, resulta un misterio, si no de
París, al menos para París. El señor Szeliga no pasa de los misterios del mundo
de los criminales a los misterios de la sociedad aristocrática; el misterio se
convierte, por el contrario, en el "contenido invisible", en la
esencia misma de la sociedad culta. No es un "nuevo giro" al cual
recurre el señor Szeliga para amontonar consideraciones ulteriores; es, al
contrario, el misterio que adquiere este "nuevo giro" para sustraerse
al examen.
Antes
de seguir realmente a Eugenio Sue hasta donde le empuja a éste su corazón, es
decir, al baile aristocrático, el señor Szeliga utiliza aún los giros
hipócritas de la especulación, que construye a priori.
"Ciertamente
se puede prever que el misterio buscará un asilo sólido para poder disimularse
en él. Y, en efecto, se diría que ese asilo es impenetrable, inaccesible... Sin
embargo debemos hacer una nueva tentativa para desprenderle de su fondo íntimo".
En resumen, el señor Szeliga ha llegado al punto en que el sujeto metafísico,
el misterio, "adquiere ritmos libres, llenos de desenvoltura y
coquetería".
Para
transformar a la sociedad aristocrática en misterio, el señor Szeliga se
entrega a algunas reflexiones sobre la cultura. Presta a la sociedad
aristocrática toda una serie de cualidades que nadie piensa encontrar en ella,
pero esto le permite encontrar posteriormente el "misterio" de la
sociedad culta. Es así como el señor Szeliga se formula las preguntas
siguientes: "¿La razón general (¿quizá entiende por esto la lógica
especulativa?) constituye el fondo de las conversaciones de la sociedad?"
"¿Únicamente el ritmo y la medida del amor hacen de la sociedad un todo
armonioso?" "¿Lo que llamamos cultura general es la forma de lo
general, de lo eterno, de lo ideal?" En otros términos, ¿lo que llamamos
cultura es una figura metafísica? Después de haber formulado estas preguntas,
le resulta fácil al señor Szeliga jugar al profeta y declarar a priori:
"Hay que suponer que la respuesta, por lo demás, será negativa".
En
la novela de Eugenio Sue, el paso del hampa al mundo aristocrático se da como
en todas las novelas. Los disfraces de Rodolfo, príncipe de Gerolstein, lo
introducen en las capas más bajas de la sociedad, lo mismo que su rango le abre
acceso a las más altas clases. En camino para el baile aristocrático, no son
los contrastes de la situación social de hoy, por otra parte, los que
constituyen el objeto de sus reflexiones; son sus propios disfraces, llenos de
contrastes, los que le resultan picantes. Revela a sus muy obedientes
compañeros cuán interesante se encuentra él mismo en las diversas situaciones.
"Encuentro -dice- muy picante estos contrastes; un día, pintor de
abanicos, estableciéndome en un local de la calle de las Habas; esta mañana,
comisionista ofreciendo un vaso de grosella a la señora Pipelet, y esta
noche... uno de los privilegiados por la gracia de Dios, que reinan sobre el
mundo".
Ya
en el baile, el crítico crítico canta: "¡Casi pierdo el espíritu y la
razón al verme aquí en medio de los potentados!"
Y se
explaya en tiradas ditirámbicas: "Aquí está el brillo del sol en plena
noche y, como por encantamiento, el verdor de la primavera y el esplendor del
verano son transportados al invierno. Y nos sentimos inmediatamente dispuestos
a creer en el milagro de la presencia divina en el pecho del hombre, y tanto
más cuando la belleza y la gracia refuerzan nuestra convicción de hallarnos en
la vecindad inmediata de personas ideales" (!!!).
¡Pobre
pastor de campaña, inexperto, crédulo... y crítico! Se necesita tu simplicidad
para ponerte -una vez dentro de una elegante sala de baile parisina- en una
disposición supersticiosa de creer "en el milagro de la presencia divina
en el pecho del hombre" y ver, en las leonas parisienses, "verdaderas
personas ideales", ángeles de carne y hueso.
En
su melosa ingenuidad, nuestro pastor crítico escucha la conversación de dos de
"las más bellas entre las bellas", Clemencia de Harville y la condesa
Sarah Mac Gregor. Que se trate, pues, de adivinar lo que espera oír: "¿De
qué manera podríamos gozar de la felicidad de tener hijos queridos y un
marido?... ¡Nosotros escuchamos..., estamos sorprendidos... no le creemos a
nuestros oídos!"
En
el fondo del corazón experimentamos un placer malicioso enterándonos de la
desilusión del pastor en acecho. Estas damas no se entretienen ni con la
felicidad de tener, etc., ni con la "razón universal"; se trata,
completamente por el contrarío, de "complotar sobre una infidelidad que la
señora de Harville hará a su marido".
Con
respecto a una de las damas, la condesa Mac Gregor, nos da el ingenuo informe
siguiente: "Era bastante emprendedora para haber llegado a ser, después de
un casamiento secreto, madre de un niño".
Desagradablemente
impresionado por ese espíritu emprendedor, el señor Szeliga da su merecido a la
condesa; "Constatamos que la condesa únicamente busca su interés egoísta y
personal". Más aún, si ella logra su finalidad y se casa con el príncipe
de Gerolsteín, esto no dará, probablemente, nada bueno: "Nos
equivocaríamos si creyéramos que usará de su nueva situación para hacer la
felicidad de los súbditos del príncipe de Gerolstein". Y con mucha
seriedad y compunción nuestro puritano termina su algazara: "Sarah (la
dama emprendedora) no es, por lo demás, una excepción, creedlo, en esos
círculos brillantes, aunque ella constituye una "punta" de
ellos". ¡Cómo! ¡La "punta" de un "círculo" no sería
una excepción!
Respecto
al carácter de otras dos "personas ideales", la marquesa de Harville
y la duquesa de Lucenay, nos informamos que estas damas "carecen del goce
del corazón". No habiendo encontrado dentro del matrimonio el objeto del
amor, ellas lo buscan fuera del matrimonio. En el matrimonio, el amor les ha
resultado un misterio, que la impulsión imperiosa de sus corazones las incita
igualmente a penetrar. Así, se consagran al amor misterioso. Estas
"víctimas del matrimonio sin amor son llevadas involutariamente a rebajar
el amor a algo puramente exterior, a lo que se llama una "liaision",
y a considerar al misterio y al aparato romántico como el fondo mismo, la vida
y la esencia del amor".
Nos
parece que este desarrollo dialéctico tiene tanto más valor cuanto puede tener
una aplicación general. Por ejemplo, el que no puede beber en su casa y, sin
embargo, experimenta la necesidad de beber, busca "fuera de su casa el
objeto de su necesidad" y se entrega, "pues, así", a la ebriedad
misteriosa. Incluso es llevado a considerar al misterio como un ingrediente
esencial del "beber", aunque no pueda reducir el "beber" a
algo puramente exterior e indiferente, como tampoco esas damas pueden hacerlo
con el amor. Por lo demás, si le creemos al señor Szeliga, no es al amor mismo,
sino al matrimonio sin amor lo que ellas reducen a lo que realmente es, a algo
puramente exterior, a lo que se llama una "relación".
El
señor Szeliga se pregunta luego: "¿Qué es el misterio del amor?"
Acabamos
de ver que el "misterio" es "la esencia" de esta especie de
amor. ¿Cómo somos llevados ahora a buscar el misterio del misterio, la esencia
de la esencia? Y nuestro pastor declama: "Ni las numerosas avenidas del
parque, ni el claroscuro natural de una noche de luna, ni la luz artificial
creada por las mamparas y los cortinados preciosos, ni el sonido dulce y
perturbador de los órganos, ni la potencia del fruto prohibido, etc."
¡Mamparas
y cortinados! ¡Un sonido dulce y perturbador! ¡Hasta los órganos! ¡El señor
Pastor olvida, pues, su iglesia! ¿Quién, pues, llevará órganos a una cita de
amor?
"Todo
esto (las mamparas, las cortinas, los órganos) constituye solamente lo que hay
de misterioso". ¿Y lo misterioso no sería el "misterio" del amor
misterioso? Absolutamente, no. "El misterio es lo que hay de excitante, de
perturbador, de embriagante en el amor; es la fuerza de la sensualidad."
El
sonido "dulce y perturbador" daba ya al señor Pastor algo con que
perturbarle. Y si en lugar de las cortinas y los órganos hubiera llevado a su
cita de amor, sopa de tortuga y champaña, hubiese habido con qué excitarlo y
embriagarlo.
"Nos
negamos, es cierto -continúa nuestro santo hombre con tono doctoral-, a
reconocer la fuerza de la sensualidad. Pero la sensualidad no posee sobre
nosotros un imperio tan enorme, sino porque la desterramos de nosotros mismos y
no la reconocemos como nuestra propia naturaleza -nuestra propia naturaleza,
que estaríamos en condiciones de dominar en este caso, cuando trata de
manifestarse a expensas de la razón, del amor verdadero, de la fuerza de
voluntad."
A la
manera de la teología especulativa, el señor Pastor nos aconseja reconozcamos a
la sensualidad como nuestra propia naturaleza, con el objeto de estar en
condiciones de dominarla después, es decir, de anular este reconocimiento. No
quiere dominarla, es cierto, más que cuando trata de manifestarse a expensas de
la razón -ya que la fuerza de voluntad y el amor, por oposición a la
sensualidad, no son más que la fuerza de voluntad y el amor de la razón. Sin
tener espíritu especulativo, cualquier cristiano reconoce, también él, a la
sensualidad, en la medida en que ella se manifiesta a expensas de la verdadera
razón, es decir, de la fe, del verdadero amor, del amor de Dios, de la
verdadera fuerza de voluntad, de la voluntad en Jesús Cristo.
Nuestro
pastor nos revela inmediatamente su verdadera opinión, cuando continúa en estos
términos: "Si el amor deja, pues, de ser la esencia del matrimonio, de la
moralidad en general, la sensualidad deviene el misterio del amor, de la
moralidad, de la sociedad culta: la sensualidad en su acepción exclusiva, en
que es el sacudimiento de los nervios, el ardiente torrente circulando en las
venas, tanto como en la acepción más general, donde se eleva a una apariencia
de fuerza espiritual y degenera en deseo de dominación, en ambición y en sed de
gloria... La condesa Mac Gregor representa este último sentido "de la
sensualidad, misterio de la sociedad culta"
El
señor Pastor ha dado en lo justo. Para dominar la sensualidad es necesario,
ante todo, dominar las corrientes nerviosas y la rápida circulación de la
sangre. El señor Szeliga cree, en el "sentido exclusivo", que el
aumento del calor corporal proviene de que la sangre borbotea más cálida en las
venas; no sabe que los animales de sangre caliente son denominados así porque
la temperatura de la sangre permanente siempre constante, a parte de
modificaciones sin importancia. Cuando los nervios se relajan y la sangre no
borbotea más en las venas, el cuerpo pecador, ese asiento de los apetitos
sensuales, cae en una insípida tranquilidad y las almas pueden entretenerse
cómodamente con la razón "universal", el "verdadero amor" y
la "moral pura". Nuestro pastor degrada en tal forma a la
sensualidad, que suprime precisamente los elementos del amor carnal que le
inflaman: la circulación rápida de la sangre, que prueba que el hombre no ama
con flema insensible, la acción de los nervios, que unen el cerebro al órgano
que es asiento principal de la sensualidad. Reduce el verdadero amor físico al
acto material de la secretio seminis; y susurra, con un famoso teólogo alemán:
"No es absoluta-mente por el amor físico ni por los deseos carnales, sino
porque el Señor ha dicho: sed fecundos, creced y multiplicaos".
Comparemos
ahora la construcción especulativa con la novela de Eugenio Sue. La sensualidad
no es dada en ella como el misterio del amor; lo son los misterios, aventuras,
obstáculos, preocupaciones y peligros y, sobre todo, la atracción del fruto
prohibido. "¿Por qué -se nos dice- muchas mujeres toman por amantes, sin
embargo, a hombres que valen menos que sus maridos? Porque el mayor encanto del
amor es la atracción escalofriante del fruto prohibido...
Pensad
que suprimiendo de ese amor los temores, las angustias, las dificultades, los
misterios, los peligros, no queda nada o poca cosa, es decir, el amante..., en
su simplicidad primera...; en una palabra, sería siempre, más o menos, la
aventura de aquel hombre a quien se decía: -¿Por qué no desposa, pues, a esa
viuda, a su amante?- ¡Ay! He pensado en ello -respondió-, pero entonces no
sabría ya adónde ir a pasar mis veladas".
Mientras
que el señor Szeliga nos declara expresamente que la atracción del fruto
prohibido no es el secreto del amor, Eugenio Sue nos la da expresamente
"por el mayor encanto del amor" y como la razón de las aventuras
amorosas extra muros. "La prohibición y el contrabando son inseparables en
el amor como en el comercio". Igualmente, Eugenio Sue, en contradicción
con su exégeta especulativo, afirma "que la tendencia a disimular y
emplear la astucia, el gusto por los misterios y las intrigas son una cualidad
esencial, una inclinación natural y un instinto imperioso de la naturaleza
femenina". Lo que simplemente molesta a Eugenio Sue, no es que esa
inclinación y ese gusto estén dirigidos contra el matrimonio. Desearía dar a
los instintos de la naturaleza femenina un empleo más inofensivo y más útil.
Mientras
que el señor Szeliga hace de la condesa Mac Gregor el tipo de esa sensualidad
que "se eleva hasta una apariencia de fuerza espiritual", Eugenio Sue
la hace un ser abstracto, un ser de razón. Su "orgullo" y su
"ambición", lejos de ser formas de la sensualidad, son creaciones de
una razón abstracta, enteramente independientes de la sensualidad. Por esto
Eugenio Sue hace notar expresamente: "Las ardientes aspiraciones del amor
nunca harían latir su helado seno; ningún sobresalto del corazón o de los sentidos
desarreglaría nunca los despiadados cálculos de esta mujer astuta, egoísta y
ambiciosa". El carácter esencial de esta mujer es el egoísmo de la razón
abstracta, de ninguna manera sujeto a la acción de los sentidos simpáticos,
desprendido de toda influencia sanguínea. Por esto el autor nos advierte que
"su alma es seca y dura, pero su espíritu hábil y malvado, su disimulación
profunda, su carácter despiadado y absoluto"[2], y este último
calificativo caracteriza bien al ser de la razón abstracta. Sea dicho de paso:
Eugenio Sue motiva la carrera de la condesa tan estúpidamente como la mayoría
de los caracteres de su novela. Una vieja nodriza le había hecho creer
firmemente que tendría un destino "soberano". Con estas quiméricas
esperanzas emprende viajes para ganar una corona por medio del casamiento, para
"urdir la trama conyugal donde esperaba enlazar un portacoronas
cualquiera". Y ella comete, finalmente la inconsecuencia de tomar a un
pequeño príncipe serenísimo alemán por una cabeza coronada.
Después
de sus expectoraciones contra la sensualidad, nuestro santo hombre de crítico
se cree obligado todavía a explicarnos las razones por las cuales Eugenio Sue
nos introduce por un baile en el "alto mundo"; pero es éste un
procedimiento que se encuentra en la mayoría de los novelistas franceses,
mientras que los novelistas ingleses recurren, con mayor frecuencia, para
introducir en el gran mundo a sus héroes, a una partida de caza o a un castillo
campesino.
"Colocándonos
en este punto de vista (¡el del señor Szeliga!), no puede ser indiferente ni
puramente accidental -admitiendo esta construcción (¡la del señor Szeliga!)-
que sea precisamente un baile por donde Eugenio Sue nos introduce en el gran
mundo". He aquí que se afloja la rienda a la yegua y ésta se pone a trotar
alegremente hacia la necesidad, por toda una serie de conclusiones que
recuerdan al viejo Wolf.
"La
danza es la manifestación más universal de la sensualidad en tanto que
misterio. El contacto directo, el enlace de los dos sexos, provocado por la
pareja, son tolerados en la danza puesto que, a pesar de las apariencias y a
pesar de la dulce sensación que se experimenta realmente en esta oportunidad O
verdaderamente, señor Pastor!), no son considerados como contacto y enlace
sensuales" (¡sino, probablemente, como un contacto y un enlace
racionales!). Y he aquí ahora la frase final: "En efecto, si se los
considerara como tales, no se vería por qué la sociedad no muestra semejante
indulgencia más que a propósito de la danza, mientras que estigmatiza y condena
tan duramente esos mismos gestos que, realizados en cualquier otro lugar,
serían considerados como faltas contra las buenas costumbres y el pudor y
valdrían a sus autores una mancha y una reprobación despiadadas".
El
señor Pastor no habla ni del cancán ni de la polka, sino de la danza en
general, de la categoría de la danza, categoría que no se baila en ninguna
parte, excepto en el cerebro crítico del señor Pastor. Que se toma, pues, la
pena de observar un baile en la "Chaumiére", de París, y su espíritu
germano-cristiano se rebelará frente a ese atrevimiento, a esa ingenuidad, a
esa petulancia graciosa, a esa música del movimiento sensual. ¡Su propia
"dulce sensación que se experimenta realmente" le hará sentir que, en
efecto, no se vería por qué los bailarines y las bailarinas mientras producen,
por el contrario, sobre los espectadores la impresión moralizadora de una
sensualidad franca y humana (lo que, produciéndose de manera idéntica en
Alemania, sobre todo, sería maldecido como un atentado imperdonable a las
buenas costumbres y al pudor), no pueden, o más bien, no deben ser hombres
francamente sensuales!
Por
amor a la categoría de la danza, nuestro crítico nos introduce en el baile.
Pero tropieza con una gran dificultad. En ese baile se danza, pero simplemente
en la imaginación. Eugenio Sue no nos dice una palabra de la danza. No se
mezcla a la batahola de los bailarines. El baile sólo le sirve en esa ocasión
para reunir a sus primeros papeles aristocráticos. En su desesperación, la
crítica acude caritativamente en ayuda del novelista y con su propia
imaginación nos describe cómodamente lo que ve en el baile.
Cuando
describe los cubiles de los criminales y habla el argot de los criminales,
Eugenio Sue no tiene un interés directo para atenerse a las prescripciones de
la crítica; pero la danza que no describe y que sólo es descrita por su crítico
de imaginación desbordante, debe forzosamente parecerle de un inmenso interés.
Escuchemos a nuestro Pastor.
"En
efecto, el misterio del buen tono y del tacto en la sociedad, el misterio de
esta perversidad extrema, es el gran deseo de retornar a la naturaleza. He aquí
porqué una aparición como la de Cécily produce, en la sociedad culta, esa
impresión eléctrica y es coronada con extraordina-rios éxitos. Para ella, que
ha crecido como esclava en medio de esclavos, sin educación, reducida a los
exclusivos recursos de su naturaleza, esta naturaleza constituye su única
fuente de vida. Transplantada súbitamente a una corte, sometida a los usos y
costumbres, penetra rápidamente en el misterio... En esta esfera, que ella
puede dominar sin duda alguna, puesto que su poder, el poder de su naturaleza,
es considerado como sortilegio misterioso, Cécily no puede dejar de abandonarse
a descarriamientos sin límites mientras que en los tiempos en que aún era
esclava, esta misma naturaleza le enseñaba a resistir todas las proposiciones
vergonzosas de su poderoso amo y a permanecer fiel a su amor. Cécily es el
misterio develado de la sociedad culta. Los sentidos que ella ha despreciado
terminan por romper los diques y se dan libre curso, etc."
Después
de haber leído estas líneas del señor Szeliga, el lector que no conoce la
novela de Eugenio Sue, cree forzosamente que Cécily es la vampiresa del baile
en cuestión. Pero, en la novela, se encuentra en Alemania, en una casa de
corrección, mientras que en París se baila.
Cécily
permanece fiel, como esclava, al médico negro David, porque le ama
apasionadamente y porque su amo, el señor Willis, la busca brutalmente. Su paso
a una vida de libertinaje está motivado muy simplemente. Transplantada al mundo
europeo se avergüenza de estar casada con un negro. Llegada a Alemania, un mal
sujeto la deprava inmediatamente y su sangre india la domina. Y, por amor a la
"dulce moral" y al "dulce comercio", Eugenio Sue está
obligado a llamar a eso "perversidad natural".
El
misterio de Cécily consiste en ser mestiza. El misterio de su sensualidad es el
ardor de los trópicos. Parny, en sus bellas poesías, ha celebrado en Eleonora a
la mestiza. Y más de cien descripciones de viaje nos dicen cuán peligrosa es
para el marinero francés.
"Cécily
era el tipo encarnado de la sensualidad ardiente que no se enciende más que al
fuego de los trópicos... Todo el mundo ha nido hablar de esas muchachas de
color, por así decirlo, mortales para los europeos, de esas vampiresas
encantadoras que, embriagando a su víctima con seducciones terribles..., no le
dejan -según la enérgica expresión del país- más que beber sus lágrimas, que
roer su corazón."
No
es precisamente sobre los hombres de educación aristocrática, pero extenuados,
sobre quienes Cécily producía ese efecto mágico: "Las mujeres de la
especie de Cécily ejercen una acción súbita, una omnipotencia mágica sobre
hombres de sensualidad brutal, tales como Jacobo Ferrand"[3].
¿Y
desde cuándo hombres tales como Jacobo Ferrand representan a la alta sociedad?
Pero la crítica crítica necesitaba hacer de Cécily un factor del progreso vital
del misterio absoluto.
IV.-
EL MISTERIO DE LA HONESTIDAD Y DE LA DEVOCION
"Es
cierto que el misterio pasa, en tanto que misterio de la sociedad culta, del
contraste al interior. No obstante, el gran mundo nuevamente tiene sus círculos
donde guarda el santuario. De alguna manera, es la capilla de ese santo de los
santos. Pero para las gentes que han quedado en el atrio, la misma capilla es
el misterio. En su posición exclusiva, la cultura es para él pueblo, pues, lo
que la grosería es para las gentes bien educadas."
Es
cierto, no obstante, nuevamente, de alguna manera, pero, pues... he aquí los
ganchos mágicos que reúnen los eslabones del desenvolvimiento especulativo. El
señor Szeliga ha hecho pasar el misterio de la esfera de los criminales a la
esfera de la alta sociedad. Necesita mantener, construir el misterio de acuerdo
al cual el gran mundo posee sus círculos exclusivos, cuyos misterios son
misterios para el pueblo. A este fin, no bastan los ganchos mágicos de que
hemos hablado; se hace indispensable transformar un círculo en capilla y al
mundo aristocrático en atrio de esa capilla. Y esto es un nuevo misterio para
París: que todas las esferas de la sociedad burguesa no forman más que un atrio
de la capilla del gran mundo.
El
señor Szeliga persigue dos propósitos: hacer del misterio que está encarnado en
el círculo exclusivo del gran mundo, el "bien común del mundo
entero"; hacer del notario Jacobo Ferrand, mediante una construcción
crítica, un eslabón vivo de ese misterio. He aquí su procedimiento: "La
cultura no puede ni quiere atraer todavía a su esfera a todas las clases y a
todas las esferas. Únicamentee el cristianismo y la moral son capaces de
fundar, en esta tierra, reinos universales".
A
los ojos del señor Szeliga, la cultura y la civilización se confunden con la
cultura aristocrática. No puede ver, por lo tanto, que la industria y el
comercio fundan reinos universales muy diferentes a los que fundan el
cristianismo y la moral, la felicidad de las familias y el bienestar de los
burgueses. ¿Pero cómo llegamos al notario Jacobo Ferrand? Muy simplemente.
El
señor Szeliga transforma al cristianismo en una cualidad individual: la
"devoción", y a la moral en otra cualidad individual: la
"honestidad". Reúne estas dos cualidades en un solo individuo, a
quien bautiza Jacobo Ferrand, porque Jacobo Ferrand no posee esas dos
cualidades, pero las simula simplemente. Desde entonces, Jacobo Ferrand es el
"misterio de la devoción y de la honestidad". El testamento de
Ferrand es, al contrario, el "misterio de la devoción y de la honestidad
aparentes"; ya ni es más, pues, el misterio de la devoción y de la
honestidad. Para poder hacer de ese testamento un misterio, la crítica crítica
estaba obligada a declarar a la devoción y la honestidad aparentes como el
misterio de ese testamento y no, inversamente, al testamento como misterio de
la honestidad aparente.
Mientras
el notariado de París veía en Jacobo Ferrand una amarga pasquinada contra él y
obtenía de la censura teatral que el tal personaje no figurara en Los misterios
de París escenificados, la crítica crítica, en el mismo instante en que
"parte a combatir contra el dominio abstracto de las ideas", ve en el
notario parisino no un notario parisino, sino a la religión y a la moral, a la
honestidad y a la devoción. El proceso del notario Lehon debía haberla
instruido. La posición que el notario ocupa en el proceso de Eugenio Sue
corresponde exactamente a su situación oficial. "Los notarios son en lo
temporal lo que en lo espiritual son los curas". (Monteil, Historia de los
franceses de los diversos Estados, IX, pág. 39). El notario es el confesor laico.
Es un puritano sin profesión. Mas Shakespeare nos dice que "la honestidad
no es puritana". Es al mismo tiempo mediador para "no importa qué y
es él quien dirige las intrigas y las cábalas burguesas.
Con
el notario Ferrand, cuyo misterio consiste enteramente en la hipocresía y el
notariado, no hemos avanzado un paso, nos parece. ¡Pero escuchemos lo que
sigue!
"Si
la hipocresía es plenamente consciente en el notario, y en la señora Rolland,
por así decirlo, instintiva, hay, entre ambos, la gran masa de los que no
pueden encontrar la clave del misterio, pero experimentan la necesidad
involuntaria de buscarla. Por lo tanto, no es la superstición la que conduce a
las gentes de mundo y a las gentes del pueblo a la siniestra morada del
charlatán Bradamanti (abate Polidori); no, es la búsqueda del misterio, con el
objeto de justificarse delante del mundo."
Gentes
de mundo y gentes del pueblo no afluyen a la casa de Polidori para descubrir un
misterio determinado que los justifique delante del mundo entero; lo que van a
buscar en ella es el misterio liso y llano, el misterio en tanto que sujeto
absoluto, a fin de justificarse delante del mundo, lo mismo que no se toma un
hacha, sino el instrumento abstracto, para cortar madera.
Todos
los misterios de Polidori se reducen a esto: posee una droga para hacer abortar
a las mujeres encinta y un veneno para hacer pasar a mejor vida. En su furor
especulativo, el señor Szeliga hace que el "asesino" recurra al
veneno de Polidori, porque "no quiere ser un asesino, sino, ser estimado,
amado, honrado"; ¡como si en un asesinato se tratase de estima, de amor,
de honor y no, más bien, de la cabeza! ¿Pero no pudiendo todo el mundo haber
asesinado ni estar encinta, contrariamente a las prescripciones de la policía,
cómo Polidori podría poner a todo el mundo en posesión del misterio, objeto de
tantos deseos? Es probable que el señor Szeliga confunda al charlatán Polidori
con el sabio Polydorus Virgilius, que vivía en el siglo XVIII, y que no ha hecho
descubrimientos, es cierto, pero que trató de hacer accesible a todos la
historia de los que han descubierto misterios, la historia de los inventores.
(Ver: Polidoris Virigilii, Liber de rerum inventoribus, Lugduni, 1706).
El
misterio, el misterio absoluto, tal como se establece en fin de cuentas como
bien común de todos, es, pues, el misterio de hacer abortar y envenenar. El
misterio no podía transformarse más rectamente en bien común de todos, que
transformándose en misterios que no son misterios para nadie.
V.-
EL MISTERIO ES UNA CHANZA.
"Ahora
el misterio se ha transformado en bien común, en el misterio de todos y de cada
uno. En mí es un arte o un instinto, o puedo comprarlo como a una
mercancía."
¿Cuál
misterio se ha transformado ahora en bien común del mundo? ¿El misterio de la
ausencia de justicia en el Estado, o el misterio de la alta sociedad, o el
misterio de la falsificación de mercancías, o el misterio de fabricar agua de
Colonia, o el misterio de la crítica crítica? ¡Nada de todo esto, sino el
misterio in abstracto, la categoría del misterio!
El
señor Szeliga se propone describirnos a los sirvientes, al portero Pipelet y a
su mujer, cómo la encarnación del misterio absoluto. Quiere construir al
sirviente y al portero del misterio. ¿Pero cómo se las arreglará para descender
de la categoría pura al sirviente que espía ante la puerta cerrada; para
descender del misterio, tomado como sujeto absoluto y planeando por encima de
los techos, en el cielo brumoso de la abstracción, hasta el subsuelo donde se
en-cuentra la portería?
Comienza
haciendo recorrer a la categoría del misterio todo un proceso especulativo.
Después que el misterio, por medio de los abortos y los envenenamientos, se ha
transformado en bien común del mundo, "no se trata, pues, absolutamente,
de algo oculto o inaccesible en sí; se oculta simplemente, o más bien
(encantador éste más bien), yo lo oculto y lo hago inaccesible."
Haciendo
pasar, de esta manera, el misterio absoluto del dominio concreto al dominio
abstracto, del estadio objetivo, donde es el misterio mismo, al estadio
subjetivo donde se oculta, o más bien yo lo oculto, nuestro Pastor no nos hace
avanzar un paso. Por el contrario, la dificultad parece aún crecer, puesto que
en la cabeza y en el pecho del hombre un misterio es más inaccesible aún y está
más oculto que en el fondo del mar. Es por esto que el señor Szeliga viene
inmediatamente, por un progreso empírico, en ayuda de su progreso especulativo.
"¡Son
ahora las puertas cerradas O toma, toma!), detrás de las cuales el misterio es
incubado, urdido y cometido!" El señor Szeliga ha transformado ahora,
pues, el yo especulativo del misterio en una realidad completamente empírica,
en una realidad de madera, en una puerta.
"Por
esto -por la puerta cerrada y no por el pasaje de una entidad cerrada a la pura
noción-, tengo la posibilidad de acosarle, de espiarlo, de vigilarlo."
El
que se pueda espiar detrás de las puertas cerradas, no es absolutamente un
"misterio" descubierto por el señor Szeliga. Hasta existe un
proverbio vulgar que dice que las paredes tienen oídos. Pero lo que constituye,
por el contrario, un misterio especulativo absolutamente crítico, es que
"ahora", después del descenso a los infiernos realizado en los
cubiles de los criminales, después del ascenso a la alta sociedad, después de
los milagros de Polidori, se pueden tramar misterios detrás de las puertas y ser
espiados delante de las puertas cerradas. Y resulta un misterio crítico no
menos grande el que las puertas cerradas sean una necesidad categórica no sólo
para incubar, urdir y cometer misterios -y cuántos misterios hay que son
incubados, urdidos y realizados detrás de los matorrales-, sino también para
espiarlos.
Después
de este brillante hecho de armas dialéctico, el señor Szeliga llega,
naturalmente, del espionaje a las razones del espionaje. Y nos revela el
misterio de que el espionaje tiene su razón en un goce maligno. Y del goce
maligno pasa a la razón del goce maligno. "Cada uno -dice-, quiere ser
mejor que su vecino, puesto que no sólo tiene ocultos los móviles de sus buenas
acciones, sino que también trata de envolver sus buenas acciones en una sombra
impenetrable". Habría que invertir la frase y decir: Cada uno no sólo
tiene ocultos los móviles de sus buenas acciones, sino que también trata de
envolver sus malas acciones en una sombra impenetrable, puesto que quiere ser
mejor que su vecino.
Y he
aquí, pues, que hemos pasado del misterio que se oculta él mismo al yo que le
oculta, del yo a la puerta cerrada, de la puerta cerrada al espionaje, del
espionaje a la causa del espionaje, al goce maligno, del goce maligno a la
razón del goce maligno, a la voluntad de ser mejor. Y no tardamos en
experimentar el placer de ver al sirviente en acecho delante de la puerta
cerrada. La voluntad general de ser mejor nos conduce directamente a constatar
que "cada uno tiene inclinación a descubrir el misterio ajeno". Y
nuestro pastor relaciona a ello, muy naturalmente, esta observación espiritual:
"Los sirvientes son, a este respecto, los que están mejor colocados".
Si el señor Szeliga hubiese leído las memorias que encierran los archivos de la
policía parisiense, las memorias de Vidocq, el libro negro, etc., sabría que,
en este orden de ideas, la policía está mejor colocada aún que los sirvientes
mejor colocados; que los sirvientes son utilizados únicamente para las tareas
groseras; pero que la policía no se detiene ni delante de la puerta ni delante
de los paños menores de los patrones y que, bajo los rasgos de una mujer
galante y hasta de la esposa legítima, se desliza hasta entre las sábanas,
junto a los cuerpos desnudos. E incluso en la novela de Eugenio Sue, el espía
policial, el soplón Brazo Rojo, es uno de los personajes principales de toda la
acción.
Lo
que ahora le choca al señor Szeliga en los sirvientes, es que no son bastante
"desinteresados". Esta reserva crítica le conduce al portero Pipelet
y a su mujer.
"La
situación del portero procura, por el contrario, la independencia relativa para
volcar sobre los misterios de la casa una chanza libre, desinteresada, aunque
grosera e hiriente."
Pero
en esta construcción especulativa del portero, nuestro pastor encuentra una
gran dificultad: en muchas casas parisinas el sirviente y el portero no son más
que una sola persona para una parte de los locatarios.
Con
respecto a la concepción fantástica que la crítica se hace de la situación
relativamente independiente y desinteresada del portero, se puede juzgarla con
los hechos siguientes. El portero parisién es el representante y el soplón del
propietario.
Ordinariamente
no lo paga el propietario, le pagan los inquilinos. A causa de esta situación
precaria, muy a menudo agrega a su empleo oficial, el oficio de comisionista.
Bajo el Terror, el Imperio y la Restauración, el portero era uno de los
principales agentes de la policía secreta. Así, por ejemplo, el general Foy era
vigilado por su portero, quien le substraía las cartas que le remitían y las
entregaba, para ser leídas, a un agente policial apostado en la vecindad.
(Froment, La policía al descubierto). Las palabras portero y tendero, son
injurias, y el mismo portero quiere que se le llame conserje.
Eugenio
Sue está tan lejos de presentarnos a la señora Pipelet como a una persona
desinteresada y sin malicia, que nos relata, por el contrario, lo siguiente:
Desde el primer encuentro engañó a Rodolfo haciéndole creer una cantidad de
cuentos; le recomienda la ladrona de prestamista que vive en la casa; le
describe a Rigoletta como una relación que puede resultar agradable; se burla
del comandante porque paga mal y comercia (en su despecho ella le llama
comandante de dos centavos, y dice: esto te enseñará a no dar más que doce
francos por mes por el cuidado de tu habitación); le pone en ridículo porque
tiene la pequeñez de vigilar su leña, etc. Ella misma nos da la razón de su
actitud independiente: el comandante no le paga más que doce francos por mes.
En
el señor Szeliga "Anastasia Pipelet está encargada, en cierta manera, de
comenzar la pequeña guerra contra el misterio".
En Eugenio
Sue, Anastasia Pipelet representa a la portera parisina. Se propone dramatizar
a la portera pintada de mano maestra por Enrique Monier. Pero el señor Szeliga
no puede evitarse el transformar una de las cualidades de la señora Pipelet en
un ser aparte, y de hacer después de la señora Pipelet la representante de esta
entidad.
"El
marido -continúa el señor Szeliga-, el portero Alfredo Pipelet, no constituye
una pareja que le haga honor." Para consolarlo de esta desgracia, el señor
Szeliga le convierte igualmente en una alegoría. Representa el lado objetivo
del misterio, el misterio como chanza. "El misterio al cual sucumbe es una
chanza, una broma que se le hace". Mejor aún, en su misericordia infinita,
la dialéctica divina transforma a ese viejo desgraciado y casi chocho, en un
hombre fuerte en el sentido metafísico de la palabra, haciendo de él el
representante muy digno, muy feliz y muy decisivo de la existencia misma del
misterio absoluto. La victoria lograda sobre Pipelet constituye "la
derrota más neta del misterio". "Un hombre perspicaz, animoso, que no
se deja engañar por la broma".
VI.-
RIGOLETTA.
"Todavía
hay que dar un paso. Por su propia lógica, el misterio se ha reducido a una
simple farsa, como lo hemos visto por Pipelet y Cabrion. Ahora es necesario que
el individuo no se preste ya a representar esta estúpida comedia. Rigoletta
realiza muy inocentemente este paso".
Cualquiera
puede penetrar el misterio de esta farsa especulativa en el espacio de dos
minutos y ponerlo él mismo en práctica. He aquí algunas indicaciones
directrices:
Teorema:
Demostrar cómo el hombre se hace dueño de los animales.
Solución
especulativa: Sea una media docena de animales, por ejemplo, el león, la
serpiente, el tiburón, el toro, el caballo y el perro. Construyamos por
abstracción, de acuerdo a estos seis tipos, la categoría animal.
Representémonos este animal como un ser autónomo. Considere-mos al león, la
serpiente, etc., como disfraces, encarnaciones del animal en sí. A igual que,
por medio de nuestra imaginación, hemos hecho del animal de nuestra
abstracción, un ser real, transformemos ahora los seres reales en seres de la
abstracción, en seres de nuestra imaginación. Ya lo vemos: el animal que, en el
león hace pedazos al hombre, que lo traga como el tiburón, le envenena como la
serpiente, le cornea como el toro, le lanza patadas como el caballo, ese
animal, bajo las formas del perro, no hace más que ladrar contra él y reduce el
combate contra el hombre a un simple simulacro. Por su lógica, así como lo
hemos visto por el perro, el animal en sí se ha reducido al papel vulgar de
representante de una farsa. Y cuando un niño o un viejo decrépito huyen delante
del perro, lo que importa es que el individuo no se presta a desempeñar más
esta estúpida comedia. El individuo X da ese paso de la manera más inocente del
mundo, esgrimiendo su bastón contra el gozquillo. Veamos cómo, por intermedio
del individuo X y del gozquillo, el hombre se ha hecho dueño del animal y, por
consecuencia, de todos los animales y, en el animal gozquillo, ha domado al
animal león.
De
la misma manera llega la Rigoletta del señor Szeliga a aclarar los misterios
del mundo actual, por intermedio de Pipelet y de Cabrion. ¡Y aun más! Ella
misma no es más que una realización de la categoría, el misterio.
"Ella
misma todavía no tiene conciencia de su alto valor moral, pues aun es un
misterio para ella misma."
El
misterio de la Rigoletta especulativa, Eugenio Sue lo hace enunciar por Murf.
Es una griseta bastante bonita. Eugenio Sue ha pintado en ella el carácter
amable, humano, de la griseta parisiense. Pero por devoción a la burguesía y a
causa de su alta trascendencia, ha tenido que idealizar a la griseta desde el
punto de vista moral. Ha tenido que suprimir lo que constituye el punto
saliente de la situación y el carácter de Rigoletta: su desprecio por el
matrimonio legal, sus relaciones ingenuas con el estudiante o el obrero.
Precisamente por estas relaciones ingenuas ella forma un contraste
verdaderamente humano con la esposa hipócrita, poco generosa y egoísta del
burgués, contra toda la clase burguesa, es decir, contra toda la esfera
oficial.
VII.-
EL ESTADO SOCIAL Y "LOS MISTERIOS DE PARIS".
"Pero
este mundo de misterios es el estado social general donde se encuentra
transportada la acción individual de los Misterios de París." Mas antes de
pasar a la "reproducción filosófica del acontecimiento épico", el
señor Szeliga se ve obligado, sin embargo, a "reunir en un cuadro general
los esbozos desprendidos que acaba de arrojar sobre el papel".
Cuando
el señor Szeliga nos anuncia que va a pasar a la "reproducción
filosófica" del acontecimiento épico, estamos forzados a creer que nos
hace una declaración verdadera y que nos revela su misterio crítico. Hasta
aquí, su reproducción del estado social no fue más que "filosófica".
El
señor Szeliga continúa sus confesiones: "De su exposición resulta que los
diversos misterios de que se ha tratado no tienen valor aisladamente, no son
magníficos cuentos, sino que su valor proviene de que forman una serie
orgánicamente encadenada, cuya totalidad constituye el misterio".
Ya
en vena de sinceridad, el señor Szeliga va todavía más lejos. Confiesa que la
"serie especulativa" no es la serie real de los Misterios de París.
"Es
cierto que en nuestra epopeya, los misterios no se presentan en esta serie
consciente de sí misma. Pero nosotros tenemos que tratar no al organismo
lógico, libre y patente de la crítica, sino a una vida vegetativa
misteriosa".
Saltamos
por encima del resumen del señor Szeliga, para llegar inmediatamente al punto
que sirve de transición. Hemos visto, por medio de Pipelet, "cómo el
misterio se mofa de sí mismo". También el mismo se juzga. "Y los
misterios se aniquilan por sí mismos en su última consecuencia; invitan a todo
carácter fuerte a hacer examen de la cosa". Rodolfo, príncipe de
Gerolstein, el hombre de la crítica pura, es llamado a proceder a este examen y
a revelar los secretos.
No
hablaremos de Rodolfo y de sus hechos y gestos sino más adelante y
abandonaremos, por algún tiempo, al señor Szeliga. Pero nuestro lector puede
prever y hasta presentir desde ahora, en una cierta medida -digamos hasta en
una medida anormal-, que en el sitio y lugar de la vida vegetativa misteriosa
que Rodolfo ocupa en la hoja literario crítica (Literaturzeitung), le daremos
la existencia "de un miembro lógico, libre y patente" en "el
organismo de la crítica crítica".
_______________________
[1]
Marx aborda aquí la discusión de los Misterios de París, de Eugenio Sue. Marx
va a tratar, burlándose de la apoteosis que Sseliga hace de la obra de Eugenio
Sue, de liquidar con los elementos caducos de la filosofía hegeliana, con su
"construcción especulativa" y de vencer la nefasta influencia que las
"invenciones repugnantes de la musa socialista de Eugenio Sue" podría
tener sobre la evolución de las teorías políticas y sociales nuevas. [N. de la
Edit.]
[2]
Eugenio Sue, Los Misterios de Paris, edicion Flammarion, II El maestro y Urano,
pág. 20. [N. de la Edit.]
[3]
El agente de policía, pág. 58. [N. de la Edit.]
CAPÍTULO
VI
LA
CRITICA ABSOLUTA O LA CRITICA BAJO LOS RASGOS DEL SEÑOR BRUNO[1]
I.-
PRIMERA CAMPAÑA DE LA CRITICA ABSOLUTA.
a)
El espíritu y la masa.
Hasta
ahora la crítica crítica tenía, más o menos, aires de no ocuparse más que del
estudio crítico de sujetos revelantes de la masa. Pero héla aquí que se ocupa
del objeto crítico absoluto, de ella misma. Hasta ahora su gloria relativa le
venía de que rebajaba, rechazaba y transformaba ciertos objetos y ciertas
personas revelantes de la masa. Y héla aquí que se ilustra rebajando,
rechazando y transformando la masa en general. La crítica relativa tropezaba
con barreras relativas. La crítica absoluta choca con la barrera absoluta, con
la barrera de la masa, con la masa considerada como barrera. La crítica
relativa, en su oposición a ciertas barreras, era necesariamente ella misma un
individuo limitado. La crítica absoluta, en su oposición a la barrera general,
a la barrera en sí, es necesariamente un individuo absoluto. A igual que las
cosas y las personas afectadas por el carácter de la masa, han sido reunidas en
el caldo impuro de la masa, la crítica se ha transformado en crítica pura,
permaneciendo al mismo tiempo concreta y personal en apariencia. Hasta ahora la
crítica aparecía más o menos como una cualidad de los individuos críticos,
Reichardt, Edgar, Faucher, etc. Héla aquí devenida sujeto y al señor Bruno en
su encarnación.
Hasta
ahora el carácter de la masa parecía ser, más o menos, propiedad de las cosas y
de las personas sometidas a la crítica. Y he aquí que las cosas y las personas
se han transformado en masa, y la masa en cosas y personas. Todas las
relaciones críticas descubiertas hasta ahora se han resuelto en la relación de
la sabiduría crítica absoluta y de la estupidez vulgar absoluta. Esta relación
fundamental aparece como el sentido, la tendencia, la consigna en los antiguos
hechos y gestos de la crítica.
De
acuerdo a su carácter absoluto, la crítica pura, desde su entrada en escena,
pronunciará la palabra real y especial de la situación; y no obstante
necesitará, como espíritu absoluto, recorrer todavía un proceso dialéctico.
Únicamente al final de su ascensión habrá realizado verdaderamente su concepto
original. (Véase Hegel, La Enciclopedia).
"Hace
algunos meses -proclama la crítica absoluta-, la masa aun se creía una fuerza
gigantesca destinada a gobernar al mundo; le parecía que podía contar con los
dedos los años de espera."
Precisamente
era el señor Bruno Bauer quien, en la "buena causa de la libertad"
(se entiende, de su propia causa), en la "cuestión judía", etc.,
contaba con los dedos los años que aun pasarían antes de la realización de la
hegemonía universal en marcha, confesando, al mismo tiempo, que no podía fijar
una fecha exacta. A la lista de los pecados cometidos por la masa, agrega la
masa de sus propios pecados.
"Las
masas se creían en posesión de muchas verdades que nadie ponía en duda."
"Pero no se posee completamente una verdad... más que siguiéndola a través
de todas sus pruebas."
Para
el señor Bruno, como para Hegel, la verdad es una autómata que se demuestra
completamente por sí misma. Al hombre le basta seguirla. El resultado del
desenvolvimiento real, como en Hegel, no es otra cosa que la verdad demostrada,
es decir, la verdad de la cual se ha hecho adquirir conciencia. Por lo tanto,
la crítica absoluta puede decir con el teólogo más limitado: "¿Para qué
serviría la historia, si no tuviese por tarea demostrarnos las más simples de
todas las verdades (como, por ejemplo, el movimiento de la tierra alrededor del
sol?").
De
la misma manera que a los ojos de los antiguos teólogos las plantas no existían
más que para ser comidas por los animales, y los animales para ser comidos por
los hombres, la historia no existe más que para servir al acto de consumo de la
alimentación teórica, que es la demostración. El hombre existe para que la
historia exista, y la historia existe para que exista la demostración de las
verdades. En la forma crítica más trivial, la sabiduría especulativa únicamente
repite que el hombre y la historia existen para que la verdad pueda adquirir
conciencia de sí misma.
Como
la verdad, la historia deviene, en consecuencia, una persona aparte, un sujeto
metafísico del cual los individuos humanos reales no son más que simples
representantes. Por esto la crítica absoluta recurre a las frases: "La
historia no permite que uno se burle de ella: la historia ha desplegado los más
grandes esfuerzos; la historia ha estado ocupada; ¿para qué serviría la
historia? La historia nos da expresamente la prueba: la historia pone sobre el
tapete verdades que", etc.
Si,
de acuerdo a la afirmación de la crítica absoluta, algunas de esas verdades muy
simples, y de las cuales, en suma, nadie duda, han sido suficientes hasta hoy
para ocupar a la historia, esta indigencia a la que reduce las experiencias
anteriores de la humanidad, prueban, en primer término, la indigencia de la
crítica absoluta. Desde el punto de vista no-crítico, la historia más bien
llega a la conclusión de que la verdad más complicada, la quintaesencia de toda
verdad, es' que los hombres se comprenden finalmente por sí mismos.
"Pero
-continúa perorando la crítica absoluta-, las verdades que en tal forma
aparecen luminosas a la masa y que se hacen completamente comprensibles por sí
mismas... las verdades cuya demostración la masa considera superflua, no
merecen de la historia que nos provea todavía una prueba expresa sobre ellas;
después de todo, no entran en la tarea cuya solución persigue la
historia."
Animada
de un santo celo con respecto a la masa, la crítica le expresa la más delicada
lisonja. Si una verdad es luminosa porque le resulta luminosa a la masa, si la
historia se conforma frente a las verdades tenidas por tales en opinión de la
masa, el juicio de la masa es absoluto, infalible; la ley de la historia que
demuestra simplemente lo que no es luminoso para la masa, necesita, pues, ser
probada. La masa prescribe a la historia, en consecuencia, su tarea y su
ocupación.
La
crítica absoluta habla de verdades "que se comprenden de inmediato y
completamente por sí mismas". En su ingenuidad crítica inventa un "de
inmediato" y una "masa" abstracta, inva-riable. El "de
inmediato" de la masa del siglo XVI y el "de inmediato" de la
masa del siglo XIX, no difieren tampoco, a los ojos de la crítica absoluta,
como esas mismas masas. Lo que precisamente caracteriza a una verdad que ha
llegado a ser verdadera y manifiesta, una verdad comprendiéndose por sí misma,
es el comprenderla "de inmediato y completamente por sí misma". La
polémica de la crítica absoluta contra las verdades que se comprenden de
inmediato y completamente por sí mismas, es la polémica contra las verdades
que, después de todo, se comprenden completamente de por sí.
Una
verdad que se comprende completamente de por sí, ha perdido para la crítica
absoluta, como para la dialéctica divina, su sal, su sentido, su valor. Ha
devenido desabrida como agua estancada. Por tanto, la crítica absoluta
demuestra, de una parte, todo lo que se comprende completamente de por sí y,
además, muchas otras cosas que tienen la suerte de ser irracionales y de no
ser, por ende, nunca comprendidas completamente de por sí. Pero, por otra
parte, todo lo que necesita explicación es considerado por la crítica como
comprendiéndose de por sí. ¿Por qué? Porque se comprende de por sí que las
tareas verdaderas no se comprenden completamente de por sí. Porque la verdad,
como la historia, es un sujeto separado de la masa material, no se dirige a los
hombres empíricos, sino "a lo más íntimo del alma"; para
"aprender verdaderamente", no se refiere al hombre material y burdo
viviendo en las profundidades de un sótano inglés, o en las alturas de un
granero francés, sino que "se pasea de un extremo al otro, a través de sus
entrañas idealistas". La crítica absoluta desea dar a la masa el
testimonio de que ha sido impresionada por las verdades que la historia tuvo la
bondad de "poner sobre el tapete"; pero, al mismo tiempo, anuncia que
la situación de la masa va a cambiar completa-mente, en relación al progreso
histórico. El sentido oculto de esta profecía crítica no dejará de hacérsenos
luminosa.
"Hasta
aquí, todas las grandes acciones de la historia -se nos dice- fracasaron desde
el primer momento y pasaron sin dejar detrás ninguna huella profunda, por el
interés y el entusiasmo que la masa ponía en ellas; otras veces, acabaron de un
modo lamentable porque la idea que albergaban era tal, que por fuerza tenían
que contentarse con una reflexión superficial, no pudiendo, por lo tanto,
concebirse sin el aplauso de la masa".
Parece
que una concepción que basta a una idea y responde, por consiguiente, a una
idea, deja de ser superficial. Sólo en apariencia, el señor Bauer establece una
relación entre la idea y su concepción, lo mismo que no establece más que en
apariencia una relación entre la acción histórica frustrada y la masa. Si la
crítica condena, pues, a algo por superficial, es a la historia pasada en
general, cuyas acciones e ideas fueron acciones e ideas de masas. Rechaza la
historia de la masa y quiere reemplazarla por la historia crítica (véase lo que
el señor Faucher escribe sobre las cuestiones del día en Inglaterra). En el
sentido de la crítica absoluta es necesario, además, establecer una
diferenciación y ver hasta qué punto la masa se interesó simplemente y hasta
qué punto se entusiasmó. La "idea" ha quedado en ridículo siempre que
se ha querido separar del "interés". Es fácil comprender, por otra
parte, que todo interés de masa históricamente triunfante, ha sabido siempre,
al pisar la escena del mundo en forma de "idea" o
"representación", trascender de sus verdaderos límites, para
confundirse con el interés humano general. Esta ilusión forma lo que Fourier
llama el tono de cada época histórica. El interés de la burguesía en la
revolución de 1789, lejos de "fracasar", lo "conquistó"
todo y alcanzó "el triunfo más completo", pese a lo mucho que desde
entonces se ha disipado el "pathos" y se han marchitado las flores
"entusiastas" con que este interés enguirnaldó su cuna. Tan potente
era, que arrolló la pluma de un Marat, la guillotina de los terroristas, la
espada de Napoleón y el crucifijo y la sangre azul de los Borbones. La
Revolución sólo "fracasó" para la masa que no poseía en la
"idea" política la "idea" de su "interés" real,
cuyo verdadero principio vital no se confundía con el principio vital de la
revolución, cuyas condiciones reales de emancipación diferían esencialmente de
las condiciones bajo las cuales querían emanciparse la burguesía y la sociedad
en general. Por lo tanto, si la revolución, que puede representar todas las
grandes "acciones" de la historia, "fracasa", es porque la
masa, en las condiciones de existencia en las cuales se acantonó en cuanto a la
esencia, era una masa exclusiva que no abrazó la totalidad de la sociedad, era
una masa limitada. Y si ella fracasó, no fue porque la masa se
"entusiasmara" por la Revolución o se interesara por ella, sino
porque la parte más numerosa de la masa, la que era diferente de la burguesía,
no poseía su interés real en el principio de la Revolución, ni su principio
revolucionario propio, sino una simple idea y, por lo tanto, un simple objeto
de entusiasmo momentáneo y de excitación puramente aparente.
Al
mismo tiempo que la profundidad de la acción histórica, aumentará, pues, la
extensión de la masa cuya acción es. En la historia crítica -según la cual no
se trata en las acciones históricas de masas actuantes, ni de la acción
empírica, ni del interés empírico de esas acciones, sino más bien de "una
idea"-, las cosas deben, evidentemente, pasar de manera diferente.
"Es
en la masa -se nos informa- y no en otra parte, como lo afirman sus antiguos
portaestandartes liberales, donde hay que buscar al verdadero enemigo del
espíritu."
Por
fuera de la masa, los enemigos del progreso son precisamente los productos
autónomos y dotados de vida personal en los cuales la masa afirma su miseria,
su reprobación, su propia alienación. Atacando a estos productos autónomos de
su propia miseria, la masa ataca, pues, a su propia pobreza, lo mismo que el
hombre que ataca a la existencia de Dios, ataca a su propia religiosidad. Pero,
como estas alienaciones prácticas de la masa existen de manera sensible en el
mundo real, está forzada a combatirlas igualmente de manera sensible. No le es
posible considerar los productos de su alienación propia como fantasmagorías
ideales, como simples alienaciones de su conciencia, ni querer aniquilar la
alienación material mediante una acción espiritual y puramente interior. Ya en
1789 la revista de Loustalot, llevaba en exergo:
Los
grandes nos parecen grandes
Sólo
porque estamos de rodillas.
¡Pongámonos
de pie!
Pero
para ponerse de pie no basta levantarse en espíritu y dejar pender sobre la
cabeza real y sensible el yugo real y sensible, que no se deja destruir por
simples ideas. Pero la crítica absoluta ha aprendido al menos, en la
fenomenología de Hegel, el arte de transformar cadenas reales, objetivas y
exteriores a mi persona, en cadenas puramente ideales, subjetivas e interiores,
y de mudar todas las luchas exteriores y sensibles en simples luchas ideales.
La
transformación crítica funda la armonía preestablecida de la crítica crítica y
de la censura. Desde el punto de vista crítico, la lucha del escritor contra el
censor no es una lucha "de hombre a hombre". El censor no es más que
mi propio tacto, personificado en mi intención por la policía llena de
solicitud, mi propio tacto en lucha contra mi propia falta de tacto y de
sentido crítico. El censor -en tanto que agente de policía individualmente
distinto de mí, que maltrata el producto de mi espíritu de acuerdo a una norma
exterior y extraña-, no es más que una simple invención de la masa, una quimera
sin nada crítico. Si las tesis de Feuerbach, relativas a la reforma de la
filosofía, fueron perseguidas por la censura, la culpa no era de la barbarie
oficial de la censura, sino de la falta de crítica de esas mismas tesis. La
crítica pura, sin ninguna aleación de masa ni de materia, posee además en el
censor, una forma pura y etérea, despojada de toda realidad con carácter de
masa.
La
crítica absoluta ha declarado que la masa es el verdadero enemigo del espíritu.
Y he aquí cómo desarrolla su afirmación: "El espíritu sabe ahora dónde
debe buscar a sus únicos adversarios: en las frases, la ceguera voluntaria y la
inconsistencia de la masa".
La
crítica absoluta parte del dogma que el espíritu posee todos los derechos. Y
agrega este otro dogma: que el espíritu vive fuera del mundo real, es decir,
fuera de la masa de la humanidad. Finalmente, transforma "al espíritu y al
progreso", por una parte, a la "masa" por otra, en entidades
fijas, en ideas, y las relaciona a este título unas con otras, como extremos
fijos y dados. La crítica absoluta no se interesa en estudiar "el
espíritu" mismo, en buscar si las frases, la ceguera voluntaria, la
inconsistencia, no tienen su fundamento en la naturaleza espiritualista del
espíritu, en sus vaporosas pretensiones. Ante todo es absoluta; lo que
desgraciada-mente no le evita carecer constantemente de espíritu; nunca cuenta
con su huésped. Necesita, pues, necesariamente, un adversario que intrigue
contra ella. Ese adversario es la masa.
Sucede
lo mismo con el "progreso". A pesar de las pretensiones del
"progreso", hay regresiones continuas y reemplazos. Lejos de
presentir que la categoría del "progreso" carece de substancia y es
puramente abstracta, la crítica absoluta es bastante juiciosa para reconocer al
"progreso" como absoluto, a fin de poder suponer, para explicar la
regresión, un "adversario personal" del progreso: la masa. Puesto que
la masa no es otra cosa que la antinomia del "espíritu", del
"progreso", de la "crítica", ella no puede ser determinada
más que por esta antinomia imaginaria; y, haciendo abstracción de esta
antinomia, la crítica no sabe sino hacernos esta confidencia absurda, por
totalmente imprecisa, sobre la significación y la existencia de la masa:
"La masa, en el sentido en que el término comprende también al llamado
mundo culto." Las expresiones "también, llamado"; son
suficientes, pues, para una definición crítica. Por lo tanto, la masa es
diferente de las masas reales y la masa no existe más que para la crítica.
Todos
los escritores socialistas o comunistas han partido de esta doble constatación:
por una parte, los más favorables hechos brillantes restan sin resultados
brillantes y parecen perderse en trivialidades y, por otra parte, todos los
progresos del espíritu han sido hasta nuestros días progresos dirigidos contra
la masa de la humanidad, a la que se ha arrojado en una situación cada vez
menos humana. En consecuencia, nos dieron (Fourier) al "progreso"
como una fórmula abstracta insuficiente: presumieron (Owen) algún vicio
fundamental del mundo civilizado; por esto sometieron los fundamentos reales de
la sociedad actual a una crítica incisiva. A esta crítica comunista
correspondió inmediatamente en la práctica el movimiento de la gran masa,
contra el cual se había hecho hasta entonces el desarrollo histórico. Había que
conocer el estudio, la sed de instruirse, la energía moral, el infatigable
deseo de desenvolvimiento que animan a los obreros franceses e ingleses de ese
movimiento.
Qué
falta de espíritu, pues, la de la crítica absoluta que frente a esos hechos
intelectuales y prácticos, no considera más que un solo aspecto de la
situación, el continuo naufragio del espíritu, y hasta lo considera desde un
solo punto de vista y, empujada por su despecho, busca todavía un adversario
del "espíritu" y lo encuentra en la "masa". De escucharla,
el espíritu hasta aquí tenía una barrera, un obstáculo, es decir, un
adversario, puesto que él tenía un adversario. ¿Pero cuál es el adversario del
espíritu? La falta de espíritu. En efecto, la masa sólo está determinada en
tanto que antinomia del espíritu, falta de espíritu, y a este título, en tanto
que "indolencia, inconsistencia, contentamiento de sí". ¿Y no ha
mostrado la crítica absoluta, de la manera más absoluta, su superioridad sobre
los escritores comunistas, cuando en lugar de perseguir a esa falta de
espíritu, a esa indolencia, a esa inconsistencia, a ese contentamiento de sí
hasta en sus fuentes, se ha conformado con hacerles severos sermones morales y
señalarlos como las antinomias del espíritu del progreso? Si se declara que
esas propiedades son propiedades de la masa considerada como un sujeto
distintivo, esta distinción no es más que una distinción "crítica"
aparente. Únicamente en apariencia la crítica absoluta posee aún, además de
esas propiedades abstractas de carencia de espíritu, indolencia, etc., un
sujeto concreto determinado, pues la masa, en la concepción crítica, no es otra
cosa que esas propiedades abstractas, otra expresión de ellas, una
personificación fantástica de esas propiedades.
No
obstante, la relación "espíritu y masa" todavía tiene un sentido
oculto que se revelará completamente en el curso de las explicaciones. Aquí no
hacemos más que indicarlo. En efecto: esa relación, descubierta por el señor
Bruno, no es otra cosa que el remate crítico y caricaturesco de la teoría
histórica de Hegel, la que, a su vez, no es más que la expresión especulativa
del dogma germano-cristiano de la oposición del espíritu y de la materia, de
Dios y del mundo. En efecto: esta oposición se expresa en la historia, en la
humanidad misma, en la siguiente forma: algunos individuos elegidos se oponen,
en tanto que espíritu activo, al resto de la humanidad considerado como la masa
sin espíritu, como la materia.
La
concepción histórica de Hegel supone un espíritu abstracto o absoluto que se
desarrolla de tal manera que la humanidad no es más que una masa que está
impregnada más o menos cons-cientemente de él. En el cuadro de la historia
empírica, exotérica, Hegel hace que se realice, pues, una historia
especulativa, esotérica. La historia de la humanidad deviene la historia del
espíritu abstracto de la humanidad, por consecuencia, extraña al hombre real.
Paralelamente
a esta doctrina hegeliana, se desarrollaba en Francia la doctrina de los
doctrinarios, que proclamaban la soberanía de la razón, en oposición a la
soberanía del pueblo, en vista a la exclusión de la masa y para gobernar solos.
Es lógico. Desde el momento en que la actividad de la humanidad real no es más
que la actividad de una masa de individuos humanos, es necesario que la
universalidad abstracta, la razón, el espíritu posean, al contrario, una
expresión abstracta que esté representada enteramente por algunos individuos. Y
siguiendo su posición y su fuerza de imaginación, todo individuo se dirá o no
se dirá ese representante del espíritu.
Ya
en Hegel el espíritu absoluto de la historia tiene sus materiales en la masa,
pero su expresión adecuada la tiene sólo en la filosofía. Pero la filosofía
aparece únicamente como el órgano donde el espíritu absoluto realiza el
movimiento real. Por lo tanto, la filosofía llega después de la boda.
Hegel
se hace culpable de una doble insuficiencia. Afirma que la filosofía es la
existencia del espíritu absoluto, pero se cuida bien, al mismo tiempo, de
darnos al individuo filosófico real por el espíritu absoluto; luego, únicamente
en apariencia hace realizar la historia por el espíritu absoluto como tal. En
efecto, no adquiriendo conciencia el espíritu absoluto sino posteriormente en
el filosófico, tomado como espíritu creador, su construcción de la historia no
existe más que en la conciencia, la opinión y la representación del filósofo,
en la imaginación especulativa. El señor Bruno corrige la insuficiencia de
Hegel.
Por
una parte declara que la crítica es el espíritu absoluto y que él mismo es la
crítica. De la misma manera que el elemento de la crítica es desterrado de la
masa, el elemento de la masa es desterrado de la crítica. La crítica sabe,
pues, que está encarnada en un pequeño número de hombres elegidos,
exclusivamente en el señor Bauer y en sus discípulos, y no en una masa.
En
cuanto a la otra insuficiencia de Hegel, el señor Bruno la corrige de la manera
siguiente: ya no es en su imaginación donde hace la historia posteriormente, a
ejemplo del espíritu hegeliano; por el contrario, es en plena conciencia donde
-en oposición a la masa del resto de la humanidad-, desempeña el papel de
espíritu del siglo, establece entre la masa y él mismo una relación actual
dramática; inventa y hace la historia a su placer y después de madura
reflexión.
De
un lado está la masa, el elemento pasivo, sin espíritu ni historia, el elemento
material de la historia; y del otro lado está el espíritu, la crítica, el señor
Bruno y compañía, el elemento activo de donde parte toda acción histórica.
Aun
más: la relación entre la crítica y la masa, y por lo tanto también la relación
entre la crítica encarnada en el señor Bruno y compañía y la masa, es, en
verdad, la única relación histórica de los tiempos presentes. Toda la historia
actual se reduce al movimiento recíproco de los dos términos de esta relación.
Todas las oposiciones se han refundido en esta oposición crítica.
La
crítica crítica que no se objetiva sino en su oposición a la masa, es decir en
su estupidez, está obligada a reproducir constantemente, pues, esta oposición,
y los señores Faucher, Edgar y Szeliga, han mostrado suficientemente, por medio
de sus elucubraciones, con qué virtuosidad la crítica crítica sabe trabajar
para el embrutecimiento en masa de personas y cosas.
Acompañemos
ahora a la crítica absoluta en sus campañas contra la masa.
b)
El problema judío N° 1. Posición de las cuestiones.
Por
oposición a la masa, el "espíritu" se presenta inmediatamente
crítico, considerando como absoluta su propia obra limitada -la cuestión judía
de Bruno Bauer-, y tratando de pecadores únicamente a los adversarios de esa
obra. En su réplica N° 1 a los ataques dirigidos contra ese libro, ni tiene
aires de dudar que su obra pueda tener imperfecciones; por el contrario,
pretende haber desarrollado la significación "verdadera y universal"
(!) de la cuestión judía. En las réplicas subsiguientes veremos que se ha visto
obligado a reconocer su "error".
"La
acogida hecha a mi trabajo es el comienzo de la prueba que precisamente
aquéllos que hablaron hasta ese momento en favor de la libertad y que todavía
la defienden, son los más inclinados a rebelarse contra el espíritu; además, la
defensa que consagraré a mi libro mostrará la pobreza de ideas de quienes se
presentan como voceros de la masa y se imaginan montes y maravillas porque han
hecho campaña contra la emancipación y el dogma de los derechos del
hombre".
Frente
a una obra de la crítica absoluta, la "masa" tuvo necesariamente que
comenzar manifestando su oposición al espíritu, puesto que la misma existencia
de la masa tiene como condición y como prueba la oposición de la crítica
absoluta.
La
polémica de algunos judíos liberales y racionalistas contra la cuestión judía
del señor Bruno tiene, naturalmente, un sentido crítico completamente distinto
que la polémica "de masa" de los liberales contra la filosofía y que
la de los racionalistas contra Strauss. La gran originalidad del giro anterior
nos la demuestra el pasaje siguiente de Hegel: "La forma particular de la
mala conciencia -que se revela en esa especie de elocuencia en la que se
complace la vulgaridad liberal-, aparece en el hecho primordial que habla sobre
todo de espíritu allí donde le falta más y que tiene la boca llena de términos
tales como vida, etc., allí donde es más inerte y más aburrida".
En
lo tocante a los derechos del hombre, se le ha demostrado al señor Bruno (Zur
Judenfrage. Deutsch-franzosische Jahrbücher) que no son los voceros de la masa
quienes han desconocido y maltratado dogmáticamente la esencia, sino que, por
el contrario, lo ha hecho él mismo. En comparación a su descubrimiento de que
los derechos del hombre no son innatos -descubrimiento que desde hace cuarenta
años los ingleses han hecho en un número incalculable de veces-, podemos decir
que Fourier hizo un descubrimiento genial el día que declaró que la pesca, la
caza, etc., son derechos innatos.
No
daremos más que algunos ejemplos de la lucha del señor Bruno contra Filippon,
Hirsch, etc. Ni estos tristes adversarios sucumbirán a la crítica absoluta. El
señor Filippon nos dice absolutamente un absurdo, como lo pretende la crítica
absoluta, cuando le reprocha a ésta: "Bauer imagina un Estado de una
especie particular... el ideal filosófico de un Estado". El señor Bruno,
que ha confundido el Estado con la humanidad, los derechos del hombre con el
hombre, la emancipación política con la emancipación humana, necesariamente
debía imaginarse al menos un Estado de una especie particular, el ideal filosófico
del Estado, si es que no crearlo en su pensamiento.
"¿En
lugar de escribir su frase fatigante, ese declamador (el señor Hirch), no
hubiese hecho mejor en refutar el pasaje donde pruebo que el Estado cristiano,
porque tiene como principio vital a una religión determinada, no puede conceder
a los adeptos de otra religión determinada una paridad absoluta con sus propios
adherentes?"
Si
el declamador Hirsch hubiera realmente refutado la argumentación del señor
Bruno, si hubiera demostrado como se hizo en los Deutsch-franzosische
Jahrbricher- que el Estado de castas y del cristianismo exclusivo, no es
solamente el Estado imperfecto, sino también el Estado cristiano imperfecto, el
señor Bauer le hubiese respondido lo que respondió a esta refutación: "En
este problema, los reproches no tienen importancia." A propósito de la
frase del señor Bruno: "A fuerza de pesar sobre los resortes de la
historia, los judíos han provocado una presión en sentido contrario", el
señor Hirsch hace notar con justa razón: "Por lo tanto, han intervenido de
cierta manera en la formación de la historia; afirmándolo por una parte, Bauer
se equivoca, por otra, al afirmar que no han contribuido en nada a la formación
de los tiempos modernos". El señor Bruno responde: "Una espina en el
ojo[2] también es algo; ¿pero contribuye por esto al desarrollo de mi sentido
visual?" Una espina que tengo en el ojo desde mi nacimiento-, y, por
relación al mundo cristiano, los judíos son una espina de este género-, que se
incrusta en mi ojo, crece con él y se le adapta, no es una espina ordinaria,
sino una espina maravillosa formando parte integrante de mi ojo, una espina que
debería hasta contribuir de una manera bastante original al desarrollo de mi
sentido visual. La espina crítica no traspasa, pues, al "Hirsch"[3]
declamador. Además, en la crítica anteriormente citada, la importancia del
judaísmo para "la formación de los tiempos modernos" le ha sido
revelada al señor Bruno.
La
crítica absoluta se siente herida de tal modo en su espíritu teológico por la
palabra de un diputado de la dieta renana, que "los judíos son falsos a la
manera judía y no a nuestra pretendida manera cristiana", que
posteriormente aún llama al orden a ese diputado por haber utilizado ese
argumento.
Adelantando
otro diputado que "la igualdad civil de los judíos no podía realizarse más
que allí donde el judaísmo mismo ya no existiera, el señor Bruno le responde:
"Completamente exacto, pero a condición que no falte el otro aspecto de la
crítica que he desarrollado en mi trabajo", es decir, que también el
cristianismo debería haber dejado de existir.
Ya
se ve que en su primera réplica a los ataques contra la cuestión judía, la
crítica absoluta siempre continúa considerando la supresión de la religión, el
ateísmo, como condición de la igualdad crítica. En ese primer estadio no ha
logrado, pues, ni penetrar mejor la esencia del Estado, ni darse cuenta del
"error de su obra".
La
crítica absoluta sufre un ataque de mal humor cuando alguien hace observar, que
el descubrimiento científico "totalmente nuevo" que ella se proponía
hacer, es una idea desde hace mucho tiempo extendida por todas partes. Un
diputado renano declara: "Nadie ha pretendido todavía que en la
organización de su situación política, Francia y Bélgica se hayan distinguido
por una claridad especial en la comprensión de los principios". La crítica
absoluta podría reargüir que esta afirmación coloca el presente en el pasado,
sosteniendo que la opinión sobre la insuficiencia de los principios políticos
franceses es la opinión tradicional. Pero la crí-tica absoluta no hallaría su
medida en esta réplica adecuada. Más bien está forzada a afirmar que la opinión
en desuso es la opinión actualmente en vigor, y que la opinión actualmente en
vigor es un misterio crítico reservado a sus estudios para ser revelado a la
masa.
En
consecuencia, está obligada a decir: "(Ese viejo prejuicio) ha sido
sostenido por muchas gentes (la masa); pero un profundo estudio de la historia
probará que todavía queda mucho por hacer para la comprensión de los
principios, aún después de los grandes trabajos de Francia." El profundo
estudio de la historia no dará, pues, tampoco la comprensión de los principios.
No probará más que una cosa, "que todavía queda mucho por hacer".
¡Sí, una gran tarea, especialmente después de los trabajos socialistas!
Pero
el señor Bruno contribuye en gran parte a la comprensión del Estado social
actual cuando declara: "La determinación que reina actualmente es la
indeterminación". Si Hegel dice que la determinación que reina en China es
el "ser" y la determinación que reina en las Indias la
"nada", la crítica absoluta, clasificando el carácter de los tiempos
actuales en la categoría lógica de la "indeterminción", se relaciona
a Hegel de una manera "pura", tanto más pura cuanto que también la
"indeterminación", lo mismo que el "ser y la nada", entra
en el capítulo primero de la lógica especulativa, en el de la
"cualidad".
Antes
de abandonar la cuestión judía, necesitamos hacer aún una observación general.
Una
de las principales ocupaciones de la crítica absoluta consiste en darnos, para
todas las cuestiones de actualidad, la posición exacta. En efecto: no soluciona
las cuestiones reales: las substituye con cuestiones muy diferentes. De igual
manera que lo hace todo, debe comenzar por hacer las "cuestiones de
actualidad", por hacerlas cuestiones propias de ella, cuestiones
crítico-críticas. Si se tratase del código Napoleón, probará que se trata en
realidad del Pentateuco. Para ella, plantear las cuestiones de actualidad
consiste en desfigurarlas y hacerlas irreconocibles. Fiel a este principio, ha
desfigurado, pues, la cuestión judía de modo tal como para que no tuviera que
estudiar la emancipación política de que se trataba, y para poder conformarse
principalmente con una crítica de la religión judía y una pintura del Estado
germano-cristiano.
También
este método es -como toda originalidad de la crítica absoluta-, la repetición
de una enfermedad especulativa. La filosofía especulativa, es decir, la
filosofía de Hegel, estaba en la obligación de despojar a todas las cuestiones
de la forma que les daba el buen sentido humano y de traducirlas a la forma de
la razón especulativa; de transformar la cuestión real en una cuestión
especulativa para poder responder a ella. Después de haberme falseado de esta
manera la cuestión que iba a plantear y de haberme puesto en la boca su propia
cuestión, a ejemplo del catecismo, le era naturalmente fácil tener lista su
respuesta para cada una de mis preguntas, a igual que el catecismo,
c)
Hinrichs No 1. Alusiones misteriosas a la política, al socialismo y a la
filosofía.
"¡Política!"
La existencia de este término en los cursos dictados por el doctor Hinrichs
inspira un terror formal a la crítica absoluta.
"Cualquiera
que haya seguido la evolución de los tiempos modernos y conozca la historia,
debe igualmente saber que los movimientos políticos que se operan en el
presente tienen una significación completamente (!) diferente a una
significación política; tienen en el fondo (¡en el fondo!, he aquí, pues, a la
ciencia que va al fondo!) una significación social (!) que -todo el mundo(!) lo
sabe-, es tal (!) que delante de ella todos los intereses políticos parecen
insignificantes O)"
Algunos
meses antes de la aparición de la Literaturzeitung crítica, fue publicada, como
se sabe (!), la fantástica obra política del señor Bruno: Estado, religión y
partido.
¿Si
los movimientos políticos tienen una significación social, cómo los intereses
políticos pueden resultar "insignificantes" en presencia de su propia
importancia social?
"El
señor Hinrichs no está al corriente ni de lo que pasa en su país, ni de lo que
pasa en el mundo. No podía encontrarse cómodamente ni en su país ni en ninguna
parte, porque la crítica que ha comenzado y continuado en los últimos cuatro
años su obra social (!) y no política, ha permanecido para él, totalmente
desconocida."
La
crítica, que ha realizado una obra "no política", pero siempre
teológica -si le creemos a la masa-, se conforma con la palabra, aún en este
momento en que, por primera vez, -no solamente desde hace cuatro años, sino
desde su nacimiento literario-, pronuncia la palabra "social".
Después
que los escritores socialistas han propagado por Alemania la idea de que todos
los esfuerzos humanos, sin excepción, tienen una importancia social, el señor
Bruno puede decir que sus obras teológicas son obras sociales. ¡Pero cómo la
crítica puede pedir que el profesor Hinrichs, después de haber tomado
conocimiento de los escritos de Bruno, saque de ellos el socialismo, mientras
que todas las obras publicadas por Bruno Bauer antes de los cursos de Hinrichs,
desde el momento que sacan consecuencias prácticas, sacan consecuencias
políticas! ¡Desde el punto de vista crítico la masa está obligada a interpretar
en el sentido del porvenir y del progreso absolutos no solamente los
movimientos políticos, sino también los movimientos con carácter de masa de la
crítica absoluta! Pero para que el señor Hinrichs, después de haber tomado
conocimiento de la Literaturzeitung, no olvide nunca la palabra
"social" y tampoco desconozca nunca el carácter "social" de
la crítica, la Literaturzeitung prohibe a la vista y conocimiento de todo el
mundo el término "política", y repite solemne-mente, por tercera vez,
el término "social".
"Ya
no se trata de la significación política cuando se considera la verdadera
tendencia de la historia moderna, sino de la significación social."
Después
de haber sido víctima expiatoria para los antiguos movimientos políticos, es
ahora víctima expiatoria para los movimientos y los términos hegelianos de la
crítica absoluta, continuadas deliberadamente hasta la publicación de la
Literaturzeitung e involuntariamente en esta misma hoja.
Una
vez Hinrichs es tratado de hegeliano puro, dos veces de filósofo hegeliano. El
señor Bruno hasta se halaga con la esperanza de que las "locuciones
banales" que han pasado, al precio de qué fatigas, por todos los escritos
de la escuela hegeliana (y especialmente por sus propias obras), pronto
llegarán al término de sus peregrinaciones, dado el gran
"debilitamien-to" que las caracteriza en los cursos del profesor
Hinrichs. El señor Bruno espera que el agotamiento del profesor Hinrichs
provocará la disgregación de la filosofía hegeliana y lo librará de ella a él
mismo personalmente.
En
el curso de su primera campaña, la crítica absoluta derrumba, pues, a sus
propios dioses -durante tanto tiempo objetos de su adoración-, declarando que
estos dioses son los ídolos del profesor Hinrichs.
¡Gloriosa
primera campaña!
II.-
SEGUNDA CAMPAÑA DE LA CRITICA ABSOLUTA
a)
Hinrichs N° 2. La crítica y Feuerbach. Condena de la filosofía
Después
del resultado de la primera campaña, la crítica absoluta puede estimar que ha
terminado con la filosofía y considerar netamente a ésta como una aliada de la
masa. "Los filósofos estaban predestinados a dar satisfacción al deseo más
íntimo de la masa. En efecto, la masa quiere nociones simples, a fin de no
tenerse que ocupar de la cosa, fórmulas para solucionarlo todo en un periquete,
expresiones que le permitan aniquilar a la crítica"; y la filosofía
satisface todas esas aspiraciones de la masa.
Embriagada
con sus victorias, la crítica absoluta se expande en una rabia mítica contra la
filosofía. La oculta caldera cuyos vapores hacen oscurecer en el furor a la
cabeza de la crítica absoluta mareada por su victoria, es la Filosofía del
porvenir, de Feuerbach. El fruto de esa lectura, al mismo tiempo que el
criterio de seriedad que se puso en ella, es el artículo N° 2 dirigido contra
el profesor Hinrichs.
La
crítica absoluta, que nunca salió de la jaula de la idea hegeliana, pernea aquí
contra los barrotes y los muros de su prisión. Con horror rechaza la "idea
simple", la terminología, todo el modo de pensar de la filosofía, hasta
toda filosofía. Reemplaza todo esto con "la verdadera riqueza de las
relaciones humanas", el "fondo enorme de la historia", la
"importancia del hombre", etc. Declara que "el misterio del
sistema está develado".
¿Pero
quién ha develado el misterio del sistema? Feuerbach. ¿Quién ha aniquilado,
pues, a la dialéctica de las ideas, a la guerra de los dioses únicamente
conocida por los filósofos? ¿Quién ha puesto, pues, "la importancia del
hombre" -¡como si el hombre tuviera otra importancia que la de ser
hombre!-, o al menos al hombre en el lugar del viejo fárrago, hasta a la
"conciencia infinita del yo"? Feuerbach y sólo Feuerbach. Y ha hecho
más todavía. Desde hace bastante tiempo ha aniquilado esas categorías, con las
cuales la crítica juguetea actualmente, "la verdadera riqueza de las
relaciones humanas, el fondo inmenso de la historia, la lucha de la historia,
la lucha de la masa contra el espíritu, etc.".
Una
vez que el hombre ha sido reconocido como la esencia, como la base de toda
actividad humana y de toda relación humana, únicamente la crítica puede
inventar todavía nuevas cate-gorías y retransformar, así como lo hace
precisamente, al hombre en una categoría y hasta en el principio de toda una
serie de categorías, recurriendo de esta manera a la única escapatoria que le
queda aún a la "inhumanidad" teológica, acosada y perseguida. ;La
historia no hace nada, "no posee una riqueza inmensa", "no libra
combates"! Ante todo es el hombre, el hombre real y vivo quien hace todo
eso y realiza combates; estemos seguros que no es la historia la que se sirve
del hombre como de un medio para realizar -como si ella fuera un personaje
particular- sus propios fines; no es más que la actividad del hombre que
persigue sus objetivos. Por lo tanto, si la crítica absoluta aún tiene la
audacia, después de las demostraciones geniales de Feuerbach, de volvernos a
servir todas esas chocheces, pero bajo una forma nueva -y esto en el mismo
momento en que ella afirma que esas chocheces son a lo sumo buenas para la masa
(lo que tiene tanto menos derecho a hacer cuando nunca ha hecho nada para
provocar la disgregación de la filosofía)-, este solo hecho basta para develar
el misterio de la crítica, para mostrar tal cual es la ingenuidad crítica con
que puede decirle al profesor Hinrichs, cuyo agotamiento le ha rendido ya, en
otras circunstancias, un servicio tan grande: "El perjuicio recae en
quienes no han sufrido evolución; en quienes, por lo tanto, no pueden cambiar
aun cuando lo desearan y que a lo sumo lo podrían, cuando se trata del
principio nuevo; ¡pero no!, son incapaces de utilizar todo el vocabulario
nuevo, no pueden más que tomar de él algunos giros nuevos".
Frente
al profesor Hinrichs, la crítica absoluta se vanagloria de haber resuelto el
"misterio de las facultades". ¿Por azar ha encontrado el misterio de
la filosofía, de la jurisprudencia, de la política, de la medicina, de la
economía política, etc.? De ninguna manera. Ella ha señalado -observad bien
esto-, ha señalado, por la "buena causa de la libertad", que el
estudio que sirve para ganarse el pan y el estudio desinteresado, la libertad
de enseñanza y los estatutos de las facultades se contradicen.
Si
fuese honesta, la crítica absoluta hubiera confesado de dónde le vienen sus
aclaraciones sobre el "misterio de la filosofía". Sin embargo, ha
hecho bien en no poner en boca de Feuerbach -como lo ha hecho con otros
autores- las frases mal comprendidas y desfiguradas que le ha tomado. Por lo
demás, lo que caracteriza al punto de vista teológico de la crítica absoluta es
que, en tanto que los filisteos alemanes comienzan hoy a comprender a Feuerbach
y a apropiarse de sus resultados, ella es incapaz de comprender bien y de
utilizar rectamente una sola frase de ese filósofo.
No
obstante, la crítica supera en lo siguiente a las proezas de su primera
campaña: ella "determina" la lucha de la "masa" contra el
"espíritu" como la "finalidad" de toda la historia pasada;
declara que la masa es la "nada pura" de la "miserable
nulidad"; llama abiertamente "materia" a la masa y opone a ella
el espíritu, como la única cosa verdadera. ¿No es, pues, la crítica absoluta
verdaderamente germano-cristiana? Después que la vieja oposición entre
espiritualismo y materialismo ha sido puesta de lado en todas partes, después
que Feuerbach le asestó el último golpe de gracia, la crítica hace nuevamente
de ella, bajo la forma más repugnante, el dogma fundamental y hace triunfar al
espíritu germano-cristiano.
Finalmente,
hay que considerar que aún desarrolló su misterio, al que tuvo oculto durante
su primera cruzada, identificando aquí la oposición entre espíritu y masa con
la oposición entre la crítica y la masa. Más tarde llegará a identificarse ella
misma con la crítica y a darse como el espíritu, lo absoluto, lo infinito, y a
dar, por el contrario, a la masa como algo finito, grosero, brutal, muerto,
inorgánico, pues es esto lo que la crítica entiende por materia.
b)
El problema judío N° 2. Descubrimientos hechos por la crítica sobre el
socialismo, la jurisprudencia y la política (nacionalidad)
A
los judíos de la masa, a los judíos atados a la materia, se les predica la
doctrina cristiana de la libertad espiritual, de la libertad teórica, esa
doctrina espiritualista que, cargada de cadenas, se imagina ser libre y halla
su felicidad en la idea, sintiéndose simplemente molesta por toda existencia
con carácter de masa.
"Actualmente
los judíos están emancipados en la medida en que son avanzados en teoría; son
libres en la medida en que quieren ser libres."
Esta
frase nos permite medir inmediatamente el abismo que separa al comunismo y al
socialismo vulgares y profanos del socialismo absoluto. El primer principio del
socialismo profano rechaza, como una ilusión, la emancipación puramente teórica
y reivindica para la libertad real, además de la voluntad idealista,
condiciones absolutamente tangibles, absolutamente materiales. Qué inferior es,
pues, a la santa crítica esta masa que cree necesarias las transformaciones
materiales y prácticas, aún si no se tratara más que de conquistar el tiempo y
los medios simplemente indispensables para cualquiera que desee ocuparse de
teoría!
Por
un instante demos un salto del socialismo puramente espiritual a la política.
El
señor Riesser remarca contra Bruno Bauer que su Estado, el Estado crítico, debe
excluir a "judíos" y "cristianos". El señor Riesser tiene
razón. Puesto que el señor Bauer confunde la emancipación política con la
emancipación humana; puesto que el Estado, cuando se encuentra en presencia de
elementos antagónicos -y en la "cuestión judía" el cristianismo y el
judaísmo son cualificados como elementos de alta traición- no sabe reaccionar
más que suprimiendo por la violencia a las personas que representan esos
elementos; y así como el Terror, por ejemplo, quiso aniquilar el acaparamiento
haciendo guillotinar a los acaparadores, el señor Bruno Bauer se ha visto
forzado a hacer ahorcar, en su "Estado crítico", a judíos y
cristianos. Desde el momento en que confundía la emancipación política con la
emancipación humana, no podía dejar de confundir los medios políticos de la
emancipación con los medios humanos de esta misma emancipación, si quería
seguir siendo consecuente consigo mismo. Pero desde que se le hace observar a
la crítica absoluta el sentido preciso de su deducción, responde lo mismo que
Schelling respondía antaño a todos sus adversarios, que querían reemplazar sus
frases por ideas reales: "Los adversarios de la crítica son sus
adversarios no sólo porque la toman en su medida dogmática, sino también porque
la consideran a ella misma como dogmática; o bien combaten a la crítica porque
ésta se niega a reconocer sus distinciones, sus definiciones y sus escapatorias
dogmáticas".
Es
cierto que se asume una actitud dogmática frente a la crítica absoluta, como
frente a Schelling, cuando se le supone un sentido preciso y real, ideas, una
opinión. Por espíritu de conciliación y para mostrar al señor Riesser sus
sentimientos humanitarios, la crítica condesciende, sin embargo, a hacer
diferenciaciones y definiciones dogmáticas y, sobre todo,
"escapatorias".
"Si
en estos trabajos (de la cuestión judía), ya hubiera querido y podido ir más
allá de la crítica, me hubiera sido preciso (!) hablar (!) no del Estado, sino
de la sociedad que no excluye a nadie y de la cual no se excluyen más que
aquellos que no quieren participar en su desarrollo."
La
crítica absoluta establece aquí una diferencia dogmática entre lo que ella
habría debido hacer, si no hubiera hecho lo contrario, y lo que ha hecho en
realidad. Explica su exposición demasiado mezquina de la "cuestión
judía" mediante las "escapatorias" dogmáticas de un
"querer" y de un "poder" que le prohiben ir más allá de la
crítica. ¿Cómo? ¿La crítica ir más allá de la crítica? La crítica absoluta es
llevada a esta idea completamente digna de la masa por la necesidad dogmática
de afirmar, por una parte, como absoluta su concepción del problema judío, de
afirmarla como crítica y, por otra parte, por estar en la obligación de admitir
la posibilidad de una concepción de más amplia envergadura.
El
misterio del "no-querer" y del "no-poder" nos será revelado
más tarde como el dogma crítico, según el cual todas las limitaciones de la
crítica no son más que arreglos necesarios, adecuados a la comprensión de la
masa.
¡Ella
no quería ni podía ir más allá de su concepción limitada de la cuestión judía!
¿Pero qué hubiera hecho si hubiese querido o podido? - Hubiera dado una
definición dogmática. En lugar de hablar del Estado, hubiera hablado de la
sociedad; ¡por lo tanto, no habría examinado la situación real del judaísmo en
relación a la sociedad burguesa actual! ¡Definiría dogmáticamente a la
sociedad, por oposición al Estado, diciendo que si el Estado excluye, sólo se
excluyen de la sociedad quienes no quieren participar en su desarrollo!
La
sociedad procede con el mismo exclusivismo que el Estado, pero pone en él más
formas: en lugar de arrojarlo a uno fuera de ella, se las arregla para hacerle
la vida de tal manera insopor-table que le impone a uno que por propia cuenta
tome las de Villadiego.
En
el fondo, el Estado no procede de otro modo; no excluye a nadie que satisfaga
todas sus exigencias, todos sus órdenes, a su desarrollo. En su perfección,
hasta cierra los ojos y declara que tales oposiciones reales son oposiciones
que nada tienen de política y que, por lo tanto, no molestan en nada. Además,
la crítica absoluta ha expuesto que el Estado excluye a los judíos porque y en
tanto que los judíos excluyen al Estado y se excluyen, pues, ellos mismos del
Estado. Si esta relación reviste, en la "sociedad" crítica, una forma
más galante, más hipócrita, más astuta, esto prueba únicamente la mayor
hipocresía y la formación menos desarrollada de la "sociedad
crítica".
Pero
continuemos siguiendo a la crítica absoluta en sus diferenciaciones, sus
definiciones y, especialmente, en sus escapatorias dogmáticas.
Así
es cómo el señor Riesser pide a la crítica que "haga la separación entre
lo que es incumbencia del derecho y lo que no entra en el dominio del
derecho".
La
impertinencia de esta exigencia jurídica indigna a la critica. "Hasta hoy
-replica la crítica- el espíritu y el corazón han intervenido, sin embargo, en
el derecho, siempre le han completado y, a causa de la modalidad que tiene su
fundamento en su forma dogmática -¿por lo tanto, en su esencia dogmática?-
siempre han debido completarlo".
La
crítica olvida simplemente que, por otra parte, el derecho se diferencia
expresamente del "espíritu y de la conciencia"; que esta diferencia
está basada en la naturaleza exclusiva del derecho tanto como en su forma
dogmática, que se cuenta hasta entre los dogmas principales del derecho y que,
en fin, la realización práctica de esta diferencia constituye el punto
culminante de la evolución jurídica, lo mismo que la separación de todo
contenido profano de la religión, la hacen abstracta, absoluta. El hecho de que
el espíritu y la conciencia intervengan en el derecho es, para la crítica, una
razón suficiente para hablar del corazón y de la conciencia allí donde se trata
del derecho, y para hablar de la dogmática teológica allí donde se trata de la
dogmática jurídica.
Las
"definiciones y diferenciaciones de la crítica absoluta" nos han
preparado suficientemente para entender los "descubrimientos" más
recientes relativos a la "sociedad" y al "derecho.
"La
forma del mundo que prepara la crítica, cuya idea primera hasta ha preparado,
no es una forma simplemente jurídica, sino también -¡que el lector se afirme
bien!- una forma social, de la cual lo menos que se puede decir es que
cualquiera que no haya contribuido a su realización no vive en ella con su
espíritu y su conciencia, no puede encontrarse en ella cómodamente ni
participar en su historia."
La
forma del mundo preparada por la crítica está determinada como una forma no
solamente jurídica, sino también social. Esta frase comporta una doble
interpretación. ¿Hay que comprender: no simplemente jurídica, sino, por el
contrario, social? Examinémosla en los dos sentidos. La crítica ha precisado
anteriormente la nueva forma del mundo diferente del Estado, llamándola
"sociedad". Y héla aquí que precisa el nombre "sociedad"
por medio del adjetivo "social".
Si,
para responder al término "política" del señor Hinrichs, la crítica
le ha asestado tres veces el término "social", el señor Riesser se ve
servir la sociedad social a cambio de su término "jurídico". Si las
explicaciones crítica dadas al señor Hinrichs se reducían a social + social +
social = 3ª, la crítica absoluta, en su segunda campaña, pasa de la adición a
la multiplicación y el señor Riesser es enviado a la sociedad multiplicada por
sí misma, a la sociedad a la segunda potencia, a la sociedad social a2. Para
completar sus explicaciones sobre la sociedad, sólo le resta a la sociedad
crítica pasar a las fracciones, sacar la raíz cuadrada de la sociedad, etc.
Si,
por el contrario, adoptamos la segunda interpretación, la forma bastarda de la
que se nos habla, no es más que la forma actualmente existente, la forma de la
sociedad de hoy. Que la crítica haya preparado la existencia futura y hasta la
idea prehistórica de la forma actual del mundo, he aquí un milagro crítico
extraordinario y venerable. Pero, sea lo que fuere de la "sociedad no
solamente jurídica, sino también social", la crítica no puede, por el
momento, decirnos más que su tabula docet, la aplicación práctica. En esta
sociedad "no se encontrará cómodamente" quien no la haya vivido con
su espíritu y su conciencia. Al final de cuentas nadie vivirá en esta sociedad,
fuera del "espíritu puro" y de la "conciencia pura", es decir,
del espíritu, la crítica y sus adeptos. La masa será excluida de ella de una
manera u otra, de tal como que la sociedad con carácter de masa vivirá fuera de
la "sociedad social".
En
resumen, esta sociedad no es otra cosa que el cielo critico del cual es
excluido como infierno no-crítico el mundo real. La crítica absoluta prepara en
su idea pura esta forma transfigurada de la oposición entre la masa y la
crítica.
Las
explicaciones que le da al señor Riesser sobre la suerte de las naciones,
tienen la misma profundidad crítica que las explicaciones sobre la sociedad.
El
deseo de emancipación de los judíos y el deseo de los Estados cristianos de
hacerlos entrar en su esquematismo gubernamental -como si no fuese algo
realizado desde hace mucho tiempo en lo referente al esquematismo gubernamental
cristiano- conducen a la crítica absoluta a profecías concernientes a la
disgregación de las nacionalidades. Es visible el rodeo complicado que realiza
la crítica absoluta para llegar al movimiento histórico actual: pasa por la
teología. Los grandes resultados que obtiene de esta manera, los vemos en este
oráculo luminoso: "¡El porvenir de todas las nacionalidades -es muy
sombrío!"
¡Pero
qué le importa a la crítica que el porvenir de las nacionalidades sea sombrío!
El único punto que importa aparece claramente: El porvenir es obra de la
crítica. "El destino -exclama- resolverá como quiera: ahora sabemos que es
obra nuestra".
Así
como Dios lo hace con el hombre, obra de sus manos, la crítica deja a su obra,
el destino, a su libre albedrío. La crítica, cuyo destino es la obra, es
todopoderosa como Dios. También la "resistencia" que
"encuentra" fuera de ella es su propia obra. "La crítica hace a
sus adversarios". La "rebelión en masa" contra ella no es, pues,
"amenazante y peligrosa" más que para "la masa" misma.
Pero
si la crítica es todopoderosa como Dios, también es, como Dios, soberanamente
sabia y trata de armonizar su omnipotencia con la libertad, la voluntad y el
destino natural de los individuos humanos.
"No
sería la fuerza que hace época, si no tuviera por efecto el hacer de cada uno
lo que quiere ser y si ella no le asignara a cada uno, de manera irrevocable,
el punto de vista que conviene a su naturaleza y a su voluntad."
Leibniz
no podría fijar de manera más feliz la armonía preestablecida de toda la
potencia divina y de la libertad y del destino natural del hombre.
Si
la crítica parece pecar contra la psicología, no diferenciando entre la
voluntad de ser algo y la capacidad de ser algo, no debemos olvidar que tiene
razones decisivas para darnos como dogmática esta "distinción".
¡Pero
fortifiquémonos para la tercera cruzada! Recordemos una vez más, todavía, que
la crítica "hace a sus adversarios". ¿Pero cómo podría hacer a su
adversario -la frase-, sin hacer frases?
III.
- TERCERA CAMPAÑA DE LA CRITICA ABSOLUTA
a)
Autoapología de la crítica absoluta. Su pasado "político".
La
crítica abre su tercera campaña contra la "masa" mediante esta
pregunta: "¿Cuál es el objeto de la crítica?"
En
el mismo número de la Literaturzeitung se nos informa que: "La crítica
quiere adquirir el conocimiento de las cosas".
El
objeto de la crítica sería, pues, todas las cosas. Sería un absurdo preguntar
si existe un objeto especial, particularmente reservado para la crítica. La
contradicción se resuelve simplemente cuando se dice que todas las cosas
críticas se resuelven en la masa, "objeto" de la crítica absoluta.
El
señor Bruno nos describe primero la inmensa piedad que le inspira la
"masa". Consagra un "estudio sostenido" al abismo sobre la
importancia que ese abismo puede tener para el porvenir ( ¡éste es el
conocimiento de "todas" las cosas de que se trataba anteriormente!) y
"suprimirlo" al mismo tiempo. En realidad ya conoce, pues, ese
abismo. Consiste en ser suprimido por él.
Comenzando
la caridad bien entendida por casa, la crítica comienza por hacer desaparecer
su propio carácter de masa, semejante en esto a los ascetas cristianos, que en
la lucha entre el espíritu y la carne empezaban mortificando su propia carne.
La "carne" de la crítica absoluta es su pasado literario
verdaderamente "macizo", puesto que comprende veinte a treinta
volúmenes. Por consecuencia, al señor Bruno le interesa desembarazarse de esa
apariencia de la historia literaria de la crítica -que se confunde exactamente
con su propia historia literaria-, corregirla y comentarla posteriormente y
asegurar en ella, mediante esta apología, "los traba-jos anteriores".
Para
comenzar, explica con una doble razón el error de la masa, que hasta la
desaparición de los Deutsche Jahrbücher y de la Rheinische Zeitung consideraba
al señor Bauer como a uno de los suyos. Por una parte se cometió el error de no
mirar al movimiento literario como "puramente literario" y, al mismo
tiempo, se cayó en el error contrario, mirando al movimiento literario como
"simplemente" o "puramente" literario. A nadie le quedan
dudas de que la "masa" siempre está equivocada; aunque sólo fuese,
porque en el mismo momento cometió dos errores que se excluyen recíprocamente.
En
esta oportunidad, la crítica absoluta grita a quienes se han burlado de la
"nación alemana" tratándola de "Escritorzuela de
literatura": "Citad, aunque no fuera más que una sola época
his-tórica, que no haya sido, por adelantado, trazada magistralmente por la
pluma y que no se haya visto obligada a terminar su revuelta con un
plumazo".
En
su ingenuidad crítica, el señor Bruno diferencia entre la "pluma" y
aquel que escribe, entre el sujeto que escribe, considerado como "escritor
abstracto" y el hombre histórico vivo que ha escrito. De esta manera,
puede entretenerse con la fuerza maravillosa de la "pluma".
Igualmen-te hubiera podido pedir que se le cite un movimiento histórico que no
haya sido trazado de antemano por la "volatería" y la "cuidadora
de gansos".
El
mismo señor Bruno nos enseñará más tarde que hasta hoy no ha reconocido un solo
período histórico. ¿Cómo la "pluma", que no ha podido trazar de
antemano un solo período histórico, hubiera podido trazarlos todos de antemano?
No
por ello el señor Bruno demuestra menos la justeza de su opinión, apoyándose en
los hechos: para esto nos traza con "plumazos" apologéticos, su
propio "pasado".
La
crítica que, por todas partes, se ha encontrado limitada por la universal
estrechez de ideas del mundo, y está aferrada a una estrechez de ideas especial
y personal -aunque todo el mundo recuerda que en todas sus obras ha protestado,
afirmando que era la crítica "absoluta, perfecta, pura"-, no había
hecho más que acomodarse a los prejuicios y a la comprensión de la muchedumbre,
a igual que Dios en las revelaciones que hace a los hombres. "Había que
llegar -nos dice la crítica absoluta- a la ruptura entre la teoría y sus
aliados aparentes".
Sin
embargo, como la crítica no llega a nada -aunque para cambiar se llama aquí
teoría-, como todo llega en contra de ella, como no se desarrolla en este
mundo, sino fuera del mundo, como lo ha predestinado todo en su conciencia
eternamente idéntica, su ruptura con sus antiguos aliados no fue algo en sí,
sino simplemente en apariencia, y para la galería, un "nuevo giro".
"Pero,
en realidad, ese giro no fue verdaderamente nuevo. La teoría trabajó
constantemente en su propia crítica (ya se sabe cuánto se la empujó a ello),
nunca halagó a la masa (y no se halagó menos por ello), siempre se cuidó de
embrollarse en las hipótesis de su adversario."
El
teólogo cristiano debe mostrarse prudente. (Ver Bruno Bauer: Entdecktes
Christenfum, pág. 99). ¿De dónde viene que la crítica "prudente" se
embrollara a pesar de todo y desde entonces no haya expresado de manera clara y
fuerte su "verdadera" opinión? ¿Por qué no ha hablado con mayor
franqueza y sin reticencias? ¿Por qué continuó dejando creer que la unían a la
masa lazos de parentesco?
¿Por
qué me has hecho esto? -pregunta Faraón a Abraham, cuando le devolvió a su
mujer Sarah-. ¿Por qué me has dicho que era tu hermana? (Entdecktes
Christenfum, pág. 100). ¡atrás la razón y el idioma! -dice el teólogo-; ¡pero
entonces Abraham habría mentido! La revelación estaría entonces mortalmente
ofendida (ibídem).
¡Atrás
la razón y el idioma! -dice el crítico-: ¡Si el señor Bauer hubiese estado en
connivencia con la masa -realmente y no simplemente en apariencia-, la crítica
absoluta no hubiera sido ofendida de una manera absoluta y, por lo tanto,
mortalmente, en sus revelaciones!
"No
se prestó atención a sus esfuerzos (a los esfuerzos de la crítica absoluta)
-continúa la crítica absoluta-. Además, hubo un período en que la crítica se
vio obligada a examinar, sin segundas intenciones, las hipótesis de su
adversario y a tomarlas en serio por un instante; en pocas palabras, un período
en el cual no tenía aún la entera capacidad de quitarle a la masa
revolucionaria de que ambas tenían las mismas preocupaciones y los mismos
intereses."
No
se había prestado atención a los esfuerzos de la crítica; por lo tanto, la
falta recae sobre la masa. Por otra parte, la crítica confiesa que no se podía
percibir sus esfuerzos, porque ella misma aún no tenía la capacidad de hacerlo
notar. En consecuencia, la falta parece recaer sobre la crítica.
¡No
lo quiera Dios! La crítica se vio "obligada" (¡se la forzó!) a
examinar, sin segundas intenciones, las hipótesis de su adversario y a tomarlas
en serio por un instante". ¡Hermosa sinceridad, sinceridad verdaderamente
teológica que nada toma en serio de manera definitiva, que lo hace sólo por un
instante, que siempre se cuidó, por lo tanto, en todo instante, de embrollarse
en las hipótesis de su adversario... y que, por un instante, examina, sin
embargo, sin segundas intenciones, a esas hipótesis! A continuación, la
"sinceridad" aumenta todavía. En el mismo instante en que la crítica
"examina, sin segundas intenciones, las hipótesis de la masa", no poseía
aún la entera capacidad para destruir las ilusiones que la masa alimentaba a
propósito de todo esto: unidad de la cosa y cosa con carácter de masa. Aún no
tenía la capacidad, pero ya poseía la voluntad y la idea. Todavía no le era
posible romper exteriormente con la masa, pero en su fuero interno, en su
espíritu, la ruptura ya era cosa hecha, cumplida, en el mismo instante en que
ella simpatizaba sinceramente con la masa.
Embrollada
completamente en los prejuicios de la masa, la crítica no estaba realmente
embrollada en ellos; más bien estaba separada absolutamente de su propia
limitación, pero "aun no tenía la entera capacidad" de hacerlo saber
a la masa. Toda la limitación de la crítica no era, pues, más que una simple
apariencia que, sin la limitación de la masa, habría sido superflua y ni
hubiese existido. Una vez más la falta recae, pues, sobre los hombros de la
masa.
Pero,
en la medida en que esta apariencia era sostenida por la incapacidad, por la
impotencia en que se hallaba la crítica para pronunciarse, la misma crítica era
imperfecta. Lo confiesa de la manera que le es particular, tan sincera como
apologética. "Aunque la crítica había sometido el liberalismo a una
crítica muy penetrante, todavía era posible considerarla como una especie
particular de liberalismo, quizá como su realización más extrema; aunque sus
contribuciones más verdaderas y más decisivas superan la política, esa
apariencia imperfecta le ganó la mayoría de sus amigos, anteriormente
mencionados".
La
crítica ganó amigos por su apariencia imperfecta de hacer política. Si hubiera
tenido perfectamente aires de hacer política, no hubiese perdido a sus amigos
políticos. En su angustia apologética de lavarse de todo pecado, acusa a la
falsa apariencia de haber sido una falsa apariencia imperfecta en lugar de una
falsa apariencia perfecta. Apariencia por apariencia, la crítica puede
consolarse diciendo que si ella tenía la apariencia perfecta de haber sido
política, en ninguna parte o de ninguna manera tiene ni la apariencia
imperfecta de haber disociado la política.
La
crítica absoluta -que no está enteramente satisfecha con la "apariencia
imperfecta"- se pregunta, una vez más: ¿Cómo es posible que en el momento
en que la crítica había sido arras-trada por los intereses "políticos, por
los intereses de la masa", no haya tenido -sido obligada- que hacer
política?
Desde
luego que para el teólogo Bauer la crítica ha debido hacer, durante un tiempo
infinito, teología especulativa; pues él, la encarnación de la crítica, es
teólogo de profesión. ¿Pero hacer política? ¡Se necesitaba para esto motivos
completamente particulares, políticos, personales!
¿Por
qué, pues, la crítica tuvo incluso que hacer política? "¡Se la acusaba de
ello - esto basta como respuesta a la pregunta". Esto nos revela, al
menos, el "misterio" de la política del señor Bauer y uno no se
atreverá a llamar impolítica a la apariencia que, "por la buena causa de
la libertad y de la propia causa de Bruno Bauer", y mediante la conjunción
y, une la propia causa de Bruno Bauer a la causa vulgar de la libertad. Pero si
la crítica no ha realizado sus propios asuntos, hay que reconocer que no es la
política la que engañó a la crítica, sino más bien la crítica quien ha engañado
a la política.
Se
trataba entonces de separar a Bruno Bauer de su cátedra teológica: era acusado;
la crítica se vio obligada a hacer política, es decir, a realizar su propio
proceso, o más bien, el de Bruno Bauer. ¿Por qué la crítica debía hacer su
propio proceso?
"¡Para
justificarse!" ¡Muy bien! Pero la crítica no ha tenido la precaución de
atenerse a una razón tan personal y tan profana. ¡Muy bien! Pero no solamente
por esto, "sino principalmente para desarrollar las contradicciones de sus
adversarios" y -podría haber agregado la crítica- para hacer encuadernar
en un volumen viejos artículos contra diversos teólogos; - ver, entre otros, la
interminable discusión con Planck, ese asunto de familia entre la teología
represen-tada por Bauer y la teología representada por Strauss.
Después
de haberse aliviado el corazón de esta manera, confesándonos el verdadero
interés que preside su política, la crítica absoluta recuerda su
"proceso" y se pone a examinar nuevamente lo que ya había machacado
tan ampliamente en la "buena causa de la libertad", es decir, todo el
viejo fárrago hegeliano "que lo viejo que se opone a lo nuevo ya no es
realmente viejo". La crítica crítica es un rumiante. Recoge algunas
hierbas hegelianas, tales como la frase mencionada de "lo viejo y lo
nuevo", o también esta otra que dice que "el extremo nace del extremo
contrario" las recalienta incesantemente, sin experimentar nunca la
necesidad de ex-plicarse con la "dialéctica especulativa" de otro
modo que mediante el agotamiento del profesor Hinrichs. Pero, desde el punto de
vista "crítico", ella supera constantemente a Hegel, ripiténdolo,
como cuando dice, por ejemplo: "Llega la crítica y da a la investigación
una forma nueva, es decir, la forma que ya no se deja transformar en una simple
limitación exterior".
Cuando
yo transformo algo, hago de ello algo esencialmente diferente. No siendo toda
forma más que una "limitación exterior", ninguna forma se deja
transformar en una simple "limitación exterior", como tampoco una
manzana se deja "cambiar" en manzana. Pero es por otra razón que la
forma dada por la crítica a la investigación no se deja transformar en una
"limitación exterior". Por encima de toda "limitación
exterior" se pierde en la bruma gris-ceniza o azul-oscuro del absurdo.
Ella
(la lucha de lo viejo contra lo nuevo) ni sería posible en ese caso (es decir,
en el momento en que la crítica da la nueva forma a la investigación), si lo
viejo tratara teóricamente la cuestión de la compatibilidad... o de la
incompatibilidad. ¿Por qué, pues, lo viejo no trata teóricamente esta cuestión?
Porque "eso le es menos sorpresa" -es decir, en los comienzos-,
"no conoce ni lo nuevo ni a sí mismo". ¡No es posible, si,
desgraciadamente, la "imposibilidad" no fuera imposible!
Cuando
la crítica de la Facultad de teología "confiesa, además, que ha faltado
intencional-mente, que con libre premeditación y después de reflexión madura
cometió el error" -(toda su vida, toda su experiencia, todos sus actos
devienen para la crítica una producción libre, pura e intencional de su
reflexión)-, esa confesión del critico no tiene más que una "apariencia
imperfecta" de verdad. Puesto que la "crítica de los sinópticos"
se coloca enteramente en el terreno teológico y es absolutamente crítica teológica,
el señor Bauer, profesor (Privatdozent) de teología, estaba en condiciones de
escribirla y enseñarla sin cometer ni "falta ni error". Falta y error
más bien incumbían a las Facultades de teología que no comprendieron con qué
rigor el señor Bauer mantuvo su promesa, la promesa hecha en su "Crítica
de los sinópticos" (tomo I, prólogo, pág. XXIII). "Cualesquiera sean
la intrepidez y el espacio que la negación pueda parecer que tiene en este
primer volumen, recordamos que lo realmente positivo no puede nacer más que si
la negación es seria y general... Al fin resultará que la crítica más devorante
es la única que está en condiciones de enseñar al mundo la fuerza creadora de
Jesús y de su principio".
Con
intención separa el señor Bauer al Señor Jesús y a su principio, a fin de
elevar el sentido positivo de su promesa por encima de toda apariencia de
ambigüedad. Y el señor Bauer ha enseñado tan real y claramente la fuerza
"creadora" del señor Jesús y de su principio, que su "conciencia
infinita" y el "espíritu" no son otra cosa que creaciones
cristianas.
Pero
si la querella de la crítica crítica con la Facultad de teología de Bonn basta
para explicarnos su política de entonces, ¿por qué razón la crítica continuó
haciendo política después de la solución de ese litigio? Escuchad lo siguiente:
"La crítica debía haberse parado allí, o bien apresurarse en llevar las
cosas más lejos, examinando la esencia política y representándola como su
adversario. Si le hubiese sido simplemente posible detenerse en la lucha de
entonces y si, por otra parte, no existiera esa ley histórica, que, por
demasiado rigurosa, establece que un principio, midiéndose por primera vez con
su adversario, debe perder".
¡Qué
deliciosa frase apologética! "La crítica debía haberse parado allí",
si hubiera habido alguna posibilidad de "poder pararse". ¿Quién
"debe" detenerse? ¿Y quién había debido lo que "no habría sido
posible... poder"? ¡Por otra parte! La crítica debía ir más lejos
"si, por otra parte, no existiera esa ley histórica, etc.". ¡Las
leyes históricas son, en verdad, "demasiado rigurosas" con respecto a
la crítica absoluta! ¡Si ellas no estuviesen del otro lado de la crítica
crítica, con qué brillo no iría ésta hacia adelante! ¡Mais á la guerre comme á
la guerre! ¡En la historia, la crítica se transforma forzosamente en una triste
"historia"!
"Si
la crítica (es decir, el señor Bruno Bauer)... se vio obligada a ello, se
querrá admitir al mismo tiempo que siempre se sintió incómoda cuando se dejó ir
a reivindicaciones de esa especie y que, por esas reivindicaciones, se ponía en
contradicción con sus verdaderos elementos, contradicción que ya había hallado
su solución en esos elementos".
La
crítica fue obligada, pues, por las leyes demasiado rigurosas de la historia, a
cometer debilidades políticas; pero se querrá admitir, al mismo tiempo -suplica
ella-, que está, si no realmente, al menos en sí, por encima de esas
debilidades. En primer lugar, las ha superado "en el sentimiento",
pues "siempre se sintió incómoda en esas reivindicaciones", en la
política, y sus impresiones eran indefinibles. ¡Más aún! Se ponía en
contradicción con sus verdaderos elementos. ¡Y he aquí ahora el colmo! ¡Esta contradicción
no hallaba su solución en el curso del desarrollo, si no "la había ya
encontrado" en los verdaderos elementos de la crítica, que existen
independientemente de esa contradicción! Esos elementos críticos pueden decir
con el Dios de la Biblia: antes que Abraham fuera, nosotros éramos. Antes que
el desarrollo produjese esta contradicción, ella se encontraba, antes de haber
nacido, en el caos de nuestro seno, resuelta, muerta, en descomposición. Y
puesto que la contradicción entre la crítica y sus verdaderos elementos
"ya había hallado su solución" en esos mismos verdaderos elementos, y
que una contradicción resuelta ya no es una contradicción, la crítica -si
tomamos la cosa a la letra- no se encontraba en contradicción con sus
verdaderos elementos ni con ella misma-, y el fin general de la autoapología
estaba alcanzado.
Para
esta apología de sí misma, la crítica absoluta dispone de todo un vocabulario
apologético: "Ni, a decir verdad, simplemente no observado, además había,
aún completamente, a pesar -sin embargo, no solamente-, sino sobre todo,
propiamente dicho, tanto, la crítica habría debido si hubiese existido la
posibilidad y que, por otra parte..., pero se querrá admitir, no era entonces
natural, no era inevitable, etc., tampoco, etc.".
A
propósito de los giros apologéticos del mismo género, la crítica absoluta se
expresaba, no hace mucho tiempo, de la siguiente manera: "Aunque" y
"sin embargo", "es cierto" y "pero", un no
celeste y un sí terrestre; he aquí los fundamentos de la teología moderna, los
zancos que utiliza para marchar, el artificio al que se limita toda su ciencia,
el giro que retorna en todos sus giros, su alfa y su omega. (Entdecktes
Christentus, página 162).
b)
El problema judío N° 3
La
crítica absoluta no se conforma con demostrar, mediante su autobiografía, su
omnipotencia particular "que crea, propiamente hablando, lo viejo tanto
como lo nuevo". No se contenta con escribir ella misma la apología de su
pasado. Ahora pide a terceros, al mundo profano íntegro, que realice la
"tarea" absoluta, la "tarea importa más en este momento",
es decir, la apología de los hechos y de las "obras" del señor Bauer.
Los
Deutsch-Franzosiche Jahrbücher publicaron una crítica de la Judenfrage del
señor Bauer. En ella se destaca su error fundamental, la confusión que hace
entre la emancipación política y la emancipación humana. No se restablece en
ella, es cierto, la vieja cuestión judía en su "verdadera posición",
pero se trata la cuestión judía en la posición que ha dado la evolución moderna
a las antiguas cuestiones actuales, haciendo, así, de las cuestiones del
pasado, cuestiones de los tiempos presentes.
En
la tercera campaña de la crítica absoluta se responde, parece, a los
Deutsch-Franzosiche Jahrbücher. La crítica absoluta se inicia con esta
confesión: "En la cuestión judía se ha cometido el mismo error: se ha
confundido el elemento humano y el elemento político".
La
crítica hace observar "que sería demasiado tarde querer hacerle reproches
a la crítica por la posición que ocupaba todavía parcialmente hace dos
años". –"Interesa principalmente explicar porqué la crítica tuvo
hasta…, que hacer política".
"¡Hace
dos años!" Contemos de acuerdo a la era absoluta, de acuerdo al nacimiento
del Salvador crítico que fue la Literaturzeitung de Bauer. Este salvador
crítico nació en 1843. En el mismo año que la segunda edición aumentada de la
Judenfrage vio la luz del día. El estudio "crítico" de la Judenfrage,
publicado en Suiza, apareció más tarde aún, pero siempre en ese mismo año de
1843, viejo estilo. Después de la desaparición de los Deutsche Jahrbücher y de
la Rheinische Zeitung, durante ese mismo año memorable de 1843, viejo estilo, o
en el año I de la era crítica, el señor Bauer publicó su obra
político-fantasista: Estado, Religión y Partido, que repite exactamente sus
antiguos errores sobre la "esencia política". El apologista está
obligado a falsificar la cronología.
La
"explicación" de las razones que han "obligado" al señor
Bauer a hacer "hasta" política, no ofrece un interés general más que
en ciertas condiciones. En efecto, si suponemos la infalibilidad, la pureza, el
carácter absoluto de la crítica absoluta y hacemos de ellos el dogma
fundamental, los hechos que están en contradicción con ese dogma se
transforman, es cierto, en enigmas tan difíciles, tan memorables, tan
misteriosos, como lo son, para el teólogo, los actos aparentemente nada divinos
de Dios.
Pero
si la crítica absoluta mantiene su exigencia, uno se ofrece a dar un pequeño
tratado escolástico que tratará las cuestiones actuales siguientes: ¿Por qué la
Inmaculada Concepción de la Virgen María por obra del Espíritu Santo tuvo que
ser probada precisamente por el señor Bruno Bauer? ¿Por qué el señor Bauer tuvo
que probar que el ángel que se le apareció a Abraham era una real emanación de
Dios, una emanación a la que le faltaba, sin embargo, la consistencia necesaria
para digerir los alimentos? ¿Por qué el señor Bauer tuvo que hacer la apología
de la casa real de Prusia y elevar al Estado prusiano al rango de Estado
absoluto? ¿Por qué en la crítica de los sinópticos el señor Bauer tuvo que
poner la conciencia infinita en lugar del hombre? ¿Por qué en su Entdecktes
Christentum el señor Bauer tuvo que pedirle a otro y a sí mismo la explicación
de la extraña constatación de que estaba obligado a en-gañarse?
Esperando
la demostración de estas necesidades tan "críticas" como
"absolutas", escuchemos aún por un instante las escapatorias
apologéticas de la crítica.
"Había...
que establecer primeramente la cuestión judía en su posición exacta, como una
cuestión religiosa, teológica y política". -"En tanto que estudio y
solución de ambas cuestiones, la crítica no es religiosa ni política."
En
los Deutsche-Franzosische Jahrbücher se afirma, en efecto, que la manera con
que Bauer trató la cuestión judía es realmente teológica y político-fantasista.
Respondiendo
al reproche de limitación teológica, la crítica dice primero: "La cuestión
judía es una cuestión religiosa. La filosofía creyó resolverla dando a la
oposición religiosa como algo indiferente, hasta negándola. Por el contrario,
la crítica tuvo que expresarla en su pureza". Cuando lleguemos a la parte
política de la cuestión judía veremos que el teólogo Bauer se ocupa, hasta en
la política, no de política, sino de teología.
Pero
si en los Deutsche-Franzosische Jahrbücher se atacó a su exposición de la
cuestión judía como a una exposición "puramente religiosa", se
trataba particularmente del folleto de Bauer: La capacidad de los judíos y de
los cristianos de hoy para devenir libres. Esta exposición nada tiene que ver
con la antigua filosofía. Nos da la opinión positiva del señor Bauer sobre la
capacidad de emancipación de los judíos modernos y, por lo tanto, sobre la
posibilidad de su emancipación.
La
crítica dice: "La cuestión judía es una cuestión religiosa". Más se
trata de saber lo que es una cuestión religiosa y, especialmente, lo que es en
nuestros días.
El
teólogo juzgará las apariencias y verá en una cuestión religiosa una cuestión
religiosa. Pero recuerde la crítica que en respuesta al profesor Hinrichs
declaró que los intereses políticos de hoy tienen una importancia social y que
"ya no se trata" de intereses políticos.
Con
no menos derecho Ios Deutsche-Franzosische Jahrbücher le respondieron: Las
cuestiones religiosas actuales tienen, en nuestros días, una importancia
social. No se trata de intereses religiosos como tales. Unicamente el teólogo
puede creer todavía que se trata de la religión como de religión. Los
Jahrbücher, es cierto, cometieron el error de no atenerse a la palabra: social.
Caracterizan la situación real del judaísmo en la sociedad burguesa moderna.
Una vez que el judaísmo fue separado de su ganga religiosa y reducido a su
fondo empírico, temporal, práctico, se podía indicar la manera práctica,
realmente social, de analizar este fondo. El señor Bauer se tranquiliza
diciendo que "una cuestión religiosa" es "una cuestión
religiosa".
No
se ha negado en absoluto -como el señor Bauer desearía hacer creer- que la
cuestión judía sea al mismo tiempo una cuestión religiosa. Antes bien, se ha
señalado que el señor Bauer no comprende más que la naturaleza religiosa del
judaísmo, pero no la base profana y real de esta naturaleza religiosa. Combate
a la conciencia religiosa como a algo autónomo. Por esto el señor Bauer explica
a los judíos reales por la religión judía, en lugar de explicar el misterio de
la religión judía mediante los judíos reales. El señor Bruno sólo comprende,
pues, al judío en tanto que es objeto directo de la teología o del teólogo.
El
señor Bauer no sospecha, por tanto, que el judaísmo real, profano, y por
consecuencia el judaísmo religioso, es constantemente producido por la vida
burguesa moderna y encuentra su última expresión en el sistema financiero. No
podía sospecharlo, porque no conocía al judaísmo como miembro real del mundo
real, sino únicamente como miembro de su propio mundo, de la teología; porque,
hombre piadoso y sometido a la voluntad de Dios, veía al verdadero judío, no en
el judío activo de los días hábiles, sino en el judío hipócrita del sábado.
Para el señor Bauer, teólogo cristiano, la importancia histórica del judaísmo
debía cesar en el momento mismo en que nacía el cristianismo. Estaba obligado,
pues, a repetir la opinión ortodoxa de que el judaísmo se había conservado a
pesar de la historia; y la vieja superstición teológica, según la cual el
judaísmo existe simplemente como confirmación de la maldición divina y como la
prueba ruidosa de la revelación cristiana, debía encontrarse en él bajo la
forma crítico-teológica de que el judaísmo existe y ha existido únicamente como
grosera duda religiosa respecto al origen del cristianismo, es decir, como una
prueba palpable contra la revelación cristiana.
Por
el contrario, se ha probado que el judaísmo se conservó y desarrolló por, en y
con la historia, pero que ese desarrollo no puede ser constatado más que con
los ojos del hombre del mundo y no con los ojos del teólogo, puesto que hay que
buscarlo en la práctica industrial y comercial y no en la teoría religiosa. Se
ha explicado porqué el verdadero judaísmo no alcanzó su pleno desarrollo más
que en el mundo cristiano terminado y que es, en suma, la práctica acabada del
mundo cristiano. No se explicó la existencia del judío actual por medio de su
religión -como si esta religión fuera algo existente aparte y en sí-; se ha
explicado la vida tenaz de la religión judía por los elementos prácticos de la
sociedad burguesa, que encuentra en esta religión un reflejo fantástico. La
emancipación de los judíos y su transformación en hombres, o la emancipación
humana y la liberación del hombre del judaísmo, no fue considerada, pues, como
lo hizo el señor Bauer, como tarea especial del judío, sino como una tarea
práctica general del mundo moderno, judío hasta lo más íntimo de su ser. Se
probó que la tarea de suprimir la naturaleza judía era, en realidad, la tarea
de suprimir el judaísmo de la sociedad moderna, el carácter humano de la
existencia actual que alcanza su punto culminante en el sistema de la alta
finanza.
Teólogo
verdadero, aunque crítico o crítico teólogo, el señor Bauer no podía elevarse
por encima de la oposición religiosa. En la relación del judío con el mundo
cristiano no podía ver más que la relación de la religión judía con la religión
cristiana. Hasta debía establecer críticamente la oposición religiosa,
estableciendo la oposición que existe entre la relación del judío y del
cristiano con la religión crítica: el ateísmo, el último grado del teísmo, el
reconoci-miento negativo de Dios. En su fanatismo teológico, finalmente debía
reducir la capacidad de los "judíos y de los cristianos de hoy" -es
decir, del mundo moderno-, "para devenir libres", a su capacidad de
comprender y practicar ellos mismos la crítica de la teología. A igual que para
el teólogo ortodoxo el mundo entero se des-compone en "religión y
teología" (perfectamente podría también descomponerlo en política,
economía política, etc., y considerar la teología, por ejemplo, como economía
política celeste, puesto que ella es la doctrina relativa a la producción, a la
distribución, al cambio y al consumo de la "riqueza espiritual" y
"de los tesoros de cielo"), de la misma manera, para el teólogo
radical, la capacidad del mundo para emanciparse, se reduce a la sola capacidad
abstracta de criticar a la "religión y a la teología" en tanto que
"religión y teología". La única lucha que conoce, es la lucha contra
la prevención religiosa de la conciencia, cuya "pureza" y cuyo
"infinito" críticos son prevención teológica a igual título.
El
señor Bauer trató, pues, la cuestión religiosa y teológica de manera religiosa
y teológica, aunque más no fuera porque, en la cuestión "religiosa"
actual, veía una cuestión "puramente religiosa". Su "exacta
posición del asunto" consiste en dar al problema una posición
"exacta" en relación a su "propia capacidad"... de
responder.
¡Pero
pasemos a la parte política de la cuestión judía!
En
diversos Estados, los judíos (como los cristianos) están completamente
emancipados desde el punto de vista político. Pero judíos y cristianos distan
mucho de estar emancipados desde el punto de vista humano. Por lo tanto, debe
haber una diferencia entre emancipación política y emancipación humana. Debemos
examinar, en consecuencia, la naturaleza de la emancipación política, es decir,
del Estado moderno llegado a su plena madurez. En cuando a los Estados que
todavía no pueden acordar a los judíos la emancipación política, debemos
compararlos a Estados políticamente terminados y mostrar que son Estados
incompletos. Desde este punto de vista, había que tratar la "emancipación
política" de los judíos; es el punto de vista con que fue tratada en los
Deutsche-Franzosische Jahrbücher.
El
señor Bauer toma la defensa de la cuestión judía de la crítica en estos
términos: "Se les señala a los judíos que se ilusionan con respecto al
Estado al cual piden ser emancipados".
Es
verdad que el señor Bauer mostró las ilusiones de los judíos alemanes al
reclamar derechos políticos en un país donde no existen más que privilegios
políticos. Pero, en cambio, se le señaló al señor Bauer que, tanto como los
judíos, se hacía ilusiones sobre la "situación política alemana". En
efecto, explica la situación de los judíos en los Estados alemanes mediante el
hecho de que el "Estado cristiano" no puede emancipar políticamente a
los judíos. Abierta-mente se burló de los hechos; construyó el Estado de los
privilegios, el Estado cristiano-germánico, como Estado cristiano absoluto. Se
le demostró, por el contrario, que el Estado moderno políticamente terminado,
que no reconoce privilegios religiosos, es igualmente el Estado cristiano
terminado y que, por consecuencia, el Estado cristiano terminado puede
emancipar y, lo que es más, ya ha emancipado a los judíos y debe emanciparlos
por su misma naturaleza.
"Se
les señala a los judíos... que se hacen las mayores ilusiones por su propia
cuenta cuando se imaginan reclamar la libertad y el reconocimiento de su libre
humanidad, mientras que no se trata y no se puede tratar para ellos más que de
un privilegio particular."
¡Libertad!
¡Reconocimiento de la libre humanidad! ¡Privilegio particular! Palabras
edificantes, destinadas a desviar cuestiones determinadas recurriendo a la
apologética.
¿Libertad?
Se trataba de la libertad política. Se le demostró al señor Bauer que el judío
-cuando reclama la libertad y no quiere, sin embargo, renunciar a su religión-,
"hace política" y no formula condiciones en contradicción con la
libertad política. Se le demostró al señor Bauer que la desintegración del
hombre en ciudadano no religioso y particular religioso no está absolutamente
en contra de la emancipación política. Se le demostró que si el Estado se
emancipa de la religión emancipándose de la religión de Estado y abandonando la
religión a ella misma en el seno de la sociedad burguesa, el particular se
emancipa políticamente de la religión considerándola, no como un asunto
público, sino como un asunto privado. Final-mente, se le mostró que la actitud
terrorista de la Revolución Francesa con respecto a la religión, lejos de
anular esta concepción, más bien la confirma.
En
lugar de buscar la verdadera relación del Estado moderno y de la religión, el
señor Bauer imagina un Estado crítico, un Estado que no es más que la crítica
de la teología, un Estado inflado en su imaginación, hinchado hasta devenir el
Estado. Si el señor Bauer es prisionero de la política, constantemente hace a
la política prisionera de su fe, la fe crítica. En la medida en que se ocupa
del Estado, hace siempre de él un argumento contra el adversario; la religión y
la teología no-críticas. El Estado le sirve de ejecutor de sus deseos íntimos
crítico-teológicos.
Desde
el momento en que el señor Bauer se emancipó de la teología ortodoxa
no-crítica, la autoridad política reemplazó para él a la autoridad religiosa.
Su creencia en Jehová se transformó en creencia en el Estado prusiano. En su
obra: Evangelische Landeskirche, construyó en el absoluto no solamente el
Estado prusiano -lo que era lógico-, sino también la casa real de Prusia. Pero,
en realidad, el señor Bauer no se interesaba, desde el punto de vista político,
en ese Estado cuyo mérito consistía más bien en haber desintegrado -a los ojos
de la crítica- los dogmas mediante la unión y la opresión policial de las
sectas diferentes.
El
movimiento político, cuyo inicio se remonta a 1840, liberó al señor Bauer de su
política conservadora y le elevó por un instante a la política liberal. En la
obra Die gut Sache Ver Freiheit und meine eigene Sache (La buena causa de la
libertad y mi propia causa), el Estado libre es la crítica de la Facultad de
teología de Bonn, así como también un argumento contra la religión. En la
Judenfrage, la oposición del Estado y de la religión constituye el interés
principal, tanto, que la crítica de la emancipación política se transforma en
una crítica de la religión judía. En su último escrito político: Staat,
Religion und Partei, enuncia, finalmente, el deseo más íntimo del crítico
inflándose en el Estado. La religión es sacrificada al Estado, o más bien el Estado
no es más que el medio de hacer pasar a mejor vida al adversario de la crítica,
a la religión y a la teología no-críticas. Cuando la crítica es liberada, en
fin, aunque solamente en apariencia, de toda política, mediante la difusión de
las ideas socialistas en Alemania a partir de 1843 -lo mismo que el movimiento
político la había liberado de su política conservadora-, puede dar sus
elucubraciones contra la teología no-crítica como de naturaleza social y
ejercer cómodamente su propia teología crítica, la oposición entre el espíritu
y la masa, y anunciar la venida del Mesías y Salvador crítico.
¡Pero
volvamos a nuestro tema!
¡Reconocimiento
de la libre humanidad! La "libre humanidad" cuyo reconocimiento los
judíos no creían simplemente pedir, sino que pedían realmente, es la misma
"libre humanidad" que halló su reconocimiento clásico en lo que se
llama los derechos universales del hombre. El mismo señor Bauer presenta
expresamente la lucha de los judíos por el reconocimiento de su libre
humanidad, como la lucha por la obtención de los derechos universales del
hombre.
Pero
en los Deutsche-Franzosische Jahrbücher se le demostró ampliamente al señor
Bauer que esta "libre humanidad" y su "reconocimiento" no
son más que el reconocimiento del individuo burgués, egoísta, y del movimiento
desenfrenado de los elementos espirituales y materiales que forman el contenido
de su situación social, el contenido de la vida burguesa moderna; que los
derechos del hombre no emancipan, pues, al hombre de la religión, sino que le
dan la libertad religiosa, le procuran la libertad de propiedad, no le liberan
de la tara de tener que ganarse la vida, pero le acuerdan primero la libertad
de trabajo.
Se
demostró que el reconocimiento de los derechos del hombre por el Estado moderno
no tiene otra significación que el reconocimiento de la esclavitud por el
Estado antiguo. La esclavitud era la base del Estado antiguo; la base del
Estado moderno es la sociedad burguesa, el hombre de la sociedad burguesa, es
decir, el hombre independiente unido a los otros hombres por el vínculo del
interés privado y de la inconsciente necesidad natural, el esclavo del trabajo
utilitario, de sus propias necesidades y de las necesidades egoístas de otro.
Esta base natural, el Estado moderno la ha reconocido como tal en los derechos
universales el hombre. Y el no los ha creado. Producto de la sociedad burguesa
llevada por su propia evolución más allá de sus trabas políticas, no hacía más
que reconocer, por su lado, su propio origen y su propia base, proclamando los
derechos del hombre. La emancipación política de los judíos y la concesión de
los derechos del hombre a los judíos, he aquí dos actos recíprocamente
solidarios. El señor Riesse expresa exactamente el sentido que los judíos dan a
esta reivindicación del reconocimiento de su libre humanidad, cuando reclama,
entre otras, la libertad de ir y venir, de residir y viajar, de ejercer una
industria, etc. Esas manifestaciones de la "libre humanidad" son
reconocidas expresamente en la proclamación francesa de los derechos del
hombre. El judío tiene tanto más fundamento en reivindicar este reconocimiento
de su "libre humanidad" en cuanto que "la libre sociedad
burguesa" es absolutamente de esencia comercial judía y que, por
definición, forma parte de ella. Además, se explicó en los Jahrbücher por qué
el miembro de la sociedad burguesa por excelencia es llamado el
"hombre" y por qué los derechos del hombre son calificados de
"derechos innatos".
En
efecto: la crítica únicamente tenía una sola crítica que hacer a propósito de
los derechos del hombre: no son innatos, han nacido históricamente. Pero Hegel
ya lo había dicho. Y cuando la crítica afirmó que para acordar y recibir los
derechos universales del hombre, los judíos y los cristianos estarían obligados
a sacrificar el privilegio de la fe -el teólogo crítico refiere todo a su única
idea fija-, se le opuso especialmente el hecho que en todas las proclamas
no-críticas de los derechos del hombre, el derecho de ejercer el culto de una
religión cualquiera está inscripto expresamente como derecho universal del
hombre. La crítica, además, debía saber que los hebertistas fueron destruidos
con el pretexto de que habían atacado los derechos del hombre, atacando la
libertad religiosa, y que en el instante mismo del restablecimento de la
libertad de culto se la refirió iguamente a los derechos del hombre.
"En
lo referente a la naturaleza política, la crítica sigue sus contradicciones
hasta el punto en que la contradicción entre la teoría y la práctica ha
recibido, desde hace cincuenta años, su expresión más absoluta, hasta en el
sistema representativo francés, en el cual la libertad de la teoría fue
desaprobada por la práctica y donde la libertad de la vida práctica busca en
vano su expresión en la teoría"
"Una
vez suprimida la ilusión fundamental, probada la contradicción en los debates
de la Cámara francesa, la contradicción de la teoría libre y del valor práctico
de los privilegios, del valor legal de los privilegios y de estado de cosas
púbico en el cual el egoísmo del individuo puro trata de hacerse amo del
aislamiento privilegiado, debió ser interpretada como una contradicción general
en ese dominio."
La
contradicción cuya existencia demostraba la crítica en los debates de la Cámara
francesa, no era más que una contradicción del constitucionalismo. Si ella la
hubiera considerado como una contradicción general habría comprendido la
contradicción general del constitucionalis-mo. Si hubiera ido más lejos de lo
que "debió" ir -si le creemos- es decir, si ella hubiese ido hasta la
supresión de esa contradicción general, habría pasado, sin error posible, de la
monarquía constitucional al sistema representativo democrático, al Estado
moderno perfecto. Lejos de haber escudriñado la naturaleza de la emancipación
política y su relación precisa con la naturaleza humana, no estaría aún más que
en el hecho de la emancipación política, del Estado moderno desarrollado y, por
consecuencia, en el punto en que la existencia del Estado moderno corresponde a
su naturaleza, en que hay que estudiar y caracterizar, pues, no sólo sus
flaquezas relativas, sino también sus flaquezas absolutas, las que constituyen
su esencia misma.
El
pasaje "crítico" citado anteriormente es tanto más precioso ya que
prueba hasta la evidencia que en el mismo momento en que ella ve "la
esencia política" muy por debajo de sí, la crítica se encuentra, por el
contrario, muy por debajo de esa esencia; debe encontrar en la esencia política
la solución de sus propias contradicciones y continúa, como en el pasado, no
teniendo la menor idea del principio moderno del Estado.
A la
"teoría libre", la crítica opone el "valor práctico de los
privilegios", "el estado de cosas público".
A
fin de no interpretar la opinión de la crítica, recordemos la contradicción que
nos señaló en los debates de la Cámara francesa, esa contradicción que "se
debió considerar" como una contradicción general. Entre otras cosas, se
trataba de fijar un día por semana, en el cual se dispensaría a los niños de
todo trabajo. Se propuso el domingo. Sobre esto un diputado hizo la moción de
suprimir de la ley, como inconstitucional, esa mención del domingo. El ministro
Martín (del Norte) vio en esta moción, la moción tendiente a declarar que el
cristianismo había dejado de existir. En nombre de los judíos franceses, el
señor Cremieux declaró que, por respeto a la religión de la gran mayoría de los
franceses, los judíos no tenían nada que objetar contra esa mención del
domingo. Según la teoría libre, judíos y cristianos son iguales; pero, de
acuerdo a esa práctica, los cristianos tienen un privilegio sobre los judíos;
¿cómo el domingo cristiano podría tener, sin esto, un lugar en la ley que está
hecha para todos los franceses? ¡A menos que en la vida práctica francesa el
judío sea oprimido por privilegios cristianos! Pero la ley no se atreve a
enunciar esta igualdad práctica. De esta naturaleza son todas las
contradicciones de la esencia política que el señor Bauer desarrolla en la
cuestión judía; contradicciones del constituciona-lismo que es, en conjunto, la
contradicción entre el Estado representativo moderno y el viejo Estado de los
privilegios.
El
señor Bauer comete un error absolutamente fundamental cuando, comprendiendo y
criticando esta contradicción como una contradicción "general", cree
elevarse de la esencia política a la esencia humana. No se habría elevado más
que de la semi-emancipación política íntegra y del Estado representativo
constitucional al Estado representativo democrático.
El
señor Bauer se imagina que suprimiendo el privilegio suprime el objeto del
privilegio. Discutiendo las palabras del señor Martín (del Norte), declara:
"Ya no hay religión, desde el momento en que ya no hay religión
privilegiada. Quitadle a la religión su fuerza exclusiva y dejará de
existir."
Pero
de la misma manera que la actitvidad industrial no es suprimida cuando se
suprimen los privilegios de los oficios, de las jurandas y de las corporaciones
y que la verdadera industria no comienza, por el contrario, sino después de la supresión
de esos privilegios; de la misma manera que la propiedad fundiaria no es
suprimida cuando se suprime la propiedad fundiaria privilegiada y que, por el
contrario, su movimiento universal no comienza más que con la supresión de los
privilegios en la libre distribución de las parcelas y la libertad de
alienación; de la misma manera que el comercio no es suprimido por la supresión
de los privilegios comerciales y se desarrolla, por el contrario, y en realidad
sólo con la libertad de comercio; de la misma manera la religión no se
desenvuelve en su universalidad práctica (recordemos a los Estados Unidos de
América) más que allí donde no existe una religión privilegiada.
Lo
que constituye la base del "estado de cosas público" moderno, es
decir, el Estado moderno desarrollado, no es la sociedad de los privilegios,
como cree la crítica, sino la sociedad de los privilegiot suprimidos y
destruidos, la sociedad burguesa desarrollada donde los elementos de
existencia, aún trabados políticamente en los privilegios, son liberados.
"Ningún aislamiento privilegiado" se opone, ya sea a quien fuere, ni
al estado de cosas público. A igual que la industria libre y el comercio libre
suprimen el aislamiento privilegiado y, por consecuencia, la lucha de esos
"aislamientos" entre sí, y ponen en lugar del hombre liberado de todo
privilegio (del privilegio que separa de la colectividad general, pero reúne al
mismo tiempo en una colectividad exclusiva más pequeña), al hombre que ni se
relaciona ya a los otros hombres por la apariencia de un lazo general, y
producen la lucha general del hombre contra el hombre, del individuo contra el
individuo; toda la sociedad bur-guesa no es más que esta guerra mutua de todos
los individuos que no se diferencian más que por su individualidad, no es sino
el universal movimiento de la oposición clásica entre la comunidad pública y el
sistema esclavista, liberados de las trabas de los privilegios. La oposición entre
el Estado representativo democrático y la sociedad burguesa es la terminación
de la oposición clásica entre la comunidad pública y el sistema esclavista. En
el mundo moder-no, todo individuo forma a la vez parte del sistema esclavista.
Pero la esclavitud de la sociedad burguesa es, en apariencia, la mayor
libertad, puesto que es, en apariencia, la independencia terminada del
individuo, para quien el movimiento desenfrenado -liberado de las trabas
generales y de las limitaciones impuestas por el hombre, de los elementos
vitales de los que se le despojó, la propiedad, por ejemplo, la industria, la
religión, etc., es la manifes-tación de su propia libertad, mientras que en
realidad no es más que la expresión de su servidumbre absoluta y de la pérdida
de su carácter humano. Aquí, el privilegio ha sido reemplazado por el derecho.
Es
aquí solamente, pues, donde no hay contradicción entre la teoría libre y el
valor práctico de los privilegios, donde más bien la supresión práctica de los
privilegios, la libre industria, el comercio libre, etc., responden a la teoría
libre, donde ninguna casta aislada se yergue frente al estado de cosas público,
donde la contradicción desarrollada por la crítica es suprimida; es aquí
solamente donde existe el Estado moderno terminado.
Es
igualmente aquí donde reina enteramente el trastrocamiento de la ley que, en
ocasión de los debates de la Cámara francesa, el señor Bauer enuncia en
completo acuerdo con el señor Martín (del Norte). "Con el mismo derecho
que el señor Martín (del Norte) veía en la moción de no mencionar el domingo en
la ley, la moción tendiente a declarar que el cristianismo había dejado de
existir, con el mismo derecho -derecho, además, enteramente fundado- la
declaración que la ley del sábado ya no obliga al judío, equivaldría a
proclamar la disolución del judaísmo".
En
el Estado moderno desarrollado sucede todo lo contrario. El Estado declara que
la religión, como los demás elementos de la vida burguesa, no han comenzado a
existir en su plena extensión más que el día en que se los declaró no-políticos
y se los abandonó a sí mismos. La desintegración de su existencia política lo
mismo, por ejemplo, que la desintegración de la propiedad por la supresión del
censo electoral, la desintegración de la religión por la supresión de la
Iglesia de Estado, esta proclamación de su muerte cívica tiene, precisamente,
como correlativo su vida más potente que, desde entonces, obedece
tranquilamente a sus propias leyes y despliega toda la amplitud de su
existencia.
La
anarquía es la ley de la sociedad burguesa emancipada de los privilegios
clasificadores y la anarquía de la sociedad burguesa es la base de la
organización pública moderna, lo mismo que esta organización es, a su turno, la
garantía de esa anarquía. Pese a toda su oposición, se condicionan mutuamente.
Ya
se ve hasta qué grado la crítica tiene cualidad para apropiarse de lo nuevo.
Pero si permanecemos en el cuadro de la crítica pura, uno se pregunta por qué
razón la crítica no ha considerado como contradicción general, la contradicción
que ha desarrollado en ocasión de los debates de la Cámara francesa, lo que
"debió hacer", según su propia opinión.
"En
dicho momento era imposible ese paso, no solamente porque... no solamente
porque..., sino también porque la crítica era imposible en ese último vestigio
de su enredo íntimo con su contrario, y no hubiera podido llegar hasta el punto
en que no quedaba más que un paso a dar."
¡Imposible...
porque... imposible. Además, la crítica asegura que el paso fatal, el
"único paso" era imposible "para llegar al punto en que no
quedaba más que un paso a dar". ¿Quién, pues, estará en desacuerdo? Para
poder llegar a un punto donde no queda más que un paso a dar, es absolutamente
imposible dar también el único paso que conduce más allá de ese punto donde no
queda más que un paso a dar.
Pero
está bien todo lo que termina bien. Al final de su encuentro con la masa hostil
a la Judenfrage, la crítica concede que su concepción de los derechosdel
hombre, su "apreciación de la religión en la revolución francesa", la
"libre esencia política a la cual a veces hace alusión al final de su
exposición", en una palabra, toda "la época de la revolución francesa
no fue, para la crítica, ní más ni menos que un símbolo -por lo tanto no
exactamente ni en el sentido prosaico de la época en que los franceses hacían
sus experiencias revolucionarias-, un símbolo y, por lo tanto, una simple
expresión fantástica de las formas que ella percibía en la finalidad".
Dejemos a la crítica el consuelo de creer que si ella pecó desde el punto de
vista político, no lo hizo más que al final y en la conclusión de sus trabajos.
Un borracho notorio calmaba sus remordimientos diciendo que nunca se
emborrachaba antes de medianoche.
En
el terreno de la cuestión judía, la crítica ha ganado de más en más y, sin duda
alguna, terreno al enemigo. En el N° 1 de la Judenfrage, el trabajo de la
crítica defendido por el señor Bauer era aún absoluto y había revelado la
significación "verdadera y general de la cuestión judía". En el N° 2,
la crítica no "quería ni podía ir más allá de la crítica". En el N°
3, aún debería dar un paso, pero ese paso era "imposible... porque...
imposible". No es "porque ella no haya podido ni querido";
porque se encontraba enredada en su contrario, no dio ese paso único.
Valientemente habría franqueado la última barrera, pero un último resto de la
masa quedaba desgraciadamente prendido a sus botas de siete leguas.
c)
Combate crítico contra la revolución francesa.
La
escasa comprensión de la masa ha obligado al espíritu, y la crítica ha obligado
al señor Bauer a mirar la revolución francesa, no como la época de las
tentativas francesas en el "sentido prosaico", sino
"simplemente" como "el símbolo y la expresión fantástica"
de las propias elucubraciones críticas del señor Bauer. La crítica hace
enmienda honorable de su propio "error", sometiendo la revolución a
un nuevo examen. Al mismo tiempo castiga al raptor de su inocencia, a "la
masa", comunicándole los resultados de gse nuevo examen.
"La
revolución francesa fue una experiencia que aún pertenecía absolutamente al
siglo XVIII."
Que
una experiencia del siglo XVIII, tal como la Revolución Francesa, aun sea una
experiencia del siglo XVIII y no del XIX, he aquí una verdad cronológica que
parece entrar en el número de las verdades "que se comprenden de inmediato
y por sí mismas". Pero, en la terminología de la crítica, una verdad de
este género se llama -porque la crítica tiene prevenciones contra la verdad
"clara como la luz del sol"- un examen, y por lo tanto, tiene su
lugar natural en un "nuevo examen de la Revolución".
"Las
ideas que la Revolución Francesa hizo nacer, no condujeron más allá del estado
de cosas que ella quería suprimir por la violencia".
Las
ideas no pueden conducir más allá de las ideas del antiguo estado de cosas. De
hecho, las ideas no pueden realizar nada. Para realizar las ideas, se necesitan
hombres que ponen en juego una fuerza práctica. En su sentido literal, esa
frase crítica es igualmente, pues, una verdad que se comprende por sí misma, y,
por lo tanto, un nuevo "examen".
Imperturbable
ante ese examen, la Revolución Francesa hizo nacer ideas que conducen más allá
de las ideas del antiguo estado de cosas. El movimiento revolucionario, que
comenzó en 1789 en el Círculo Social, que tuvo como principales representantes,
a mitad de su evolución, a Leclerc y Roux, y terminó por sucumbir por un
instante con la conspiración de Bauer, hizo nacer la idea comunista que
Buonarotti, el amigo de Babeuf, reintroducía en Francia después de la
revolución de 1830. Esta idea, aumentada en sus consecuencias lógicas, es la
idea del nuevo estado de cosas.
"Después
de haber suprimido, pues (!), las demarcaciones feudales en el interior de la
vida popular, se vio obligada a satisfacer y hasta a fomentar el puro egoismo
de la nacionalidad, al mismo tiempo que a frenarlo por medio de su complemento
necesario: el reconocimiento de un ser supremo, por medio de esa confirmación
superior de la naturaleza general del Estado, la cual debe mantener unidos los
átomos egoístas."
El
egoísmo de la nacionalidad es el egoísmo natural del Estado general, por
oposición al egoísmo de las demarcaciones feudales. El Ser supremo es la
confirmación superior del Estado general, por lo tanto, también de la
nacionalidad. No por ello el Ser supremo debe refrenar menos al egoísmo de la
nacionalidad, es decir, del Estado general. ¡Tarea verdaderamente crítica
refrenar un egoísmo mediante su afirmación, hasta por medio de su afirmación
religiosa, es decir, reconociéndolo como una entidad sobrehumana y, por
consecuencia, liberada de las consecuencias humanas! Los creadores del Ser
supremo no sospechaban que tenían esa intención crítica.
El
señor Buchez, que basa el fanatismo de la nacionalidad en el fanatismo de la
religión, comprende mejor a su héroe Robespierre.
Roma
y Grecia perecieron por la nacionalidad. La crítica, pues, no dice nada
específico sobre la revolución francesa, cuando afirma que fracasó por culpa de
la nacionalidad. No dice mucho más sobre la nacionalidad, cuando habla de su
puro egoísmo. Por el contrarío, ese puro egoísmo aparece como un egoísmo
natural, sombrío, gratificado con carne y sangre, cuando se le compara, por
ejemplo, con el puto egoísmo del yo fichteano. Pero, si su pureza es sólo
relativa en comparación con el egoísmo de las demarcaciones feudales, no había
necesidad de realizar un "nuevo examen de la revolución" para
encontrar que el egoísmo que toda una nación tiene como contenido, es más
general o más puro que el egoísmo que no engloba más que una casta particular o
una corporación especial.
Las
explicaciones que da la crítica sobre el Estado general, no son menos
instructivas. Se limitan a decirnos que la naturaleza general del Estado debe
mantener unidos los diversos átomos egoístas.
Para
hablar con precisión y en el sentido ordinario de las palabras, diremos que los
miembros de la sociedad burguesa no son átomos. La propiedad característica del
átomo es no tener propiedades ni, por consecuencia, relaciones con otros seres,
determinadas por su propia necesidad natural. El átomo no tiene necesidades y
se basta a sí mismo; fuera de él, el mundo es el vacío absoluto, es decir, no
tiene contenido, ni sentido, ni significación, precisamente porque el átomo
posee en sí mismo todos los casos. ¡En su representación abstracta y en su
abstracción inanimada, el individuo egoísta de la sociedad burguesa gusta
hincharse y trans-formarse en átomo, es decir, en un ser sin relaciones,
bastándose a sí mismo, sin necesidades, absolutamente perfecto y bienaventurado!
La desgraciada realidad no se preocupa de la imaginación de ese individuo; y
éste se ve forzado por cada uno de sus sentidos a creer en el sentido del mundo
y de los otros individuos; y hasta su estómago profano le recuerda cada día
que, fuera de él, el mundo no está vacío y que, por el contrarío, éste es lo
que llena (al estómago). Cada una de sus actividades y de sus propiedades, cada
una de sus aspiraciones deviene una necesidad, una necesidad que lleva a su
egoísmo a reclamar otras cosas y otros hombres. Pero como la necesidad de cada
individuo particular no es naturalmen-te inteligible para el otro individuo
egoísta que posee los medios de satisfacer esa necesidad, como la necesidad no
tiene, pues, relación directa con su satisfacción, todo individuo se halla
obligado a crear ese vínculo, haciéndose, de cierto modo, el intercambio entre
la necesidad de otro y los objetos de esa necesidad. Por lo tanto, es la
necesidad natural, son las propiedades esenciales del hombre -por muy extrañas
que puedan parecer-, es el interés, los que mantienen unidos a los miembros de
la sociedad burguesa, cuyo lazo real está constituido, pues, por la vida
burguesa, y no por la vida política. El Estado no es, por lo tanto, lo que
mantiene reu-nidos a los átomos de la sociedad burguesa; es el hecho de que
esos átomos no son átomos más que en la representación, en el cielo de su
imaginación, y que, en realidad, son entidades muy diferentes a los átomos: no
son egoístas divinos, sino hombres egoístas.
Unicamente
la superstición política puede imaginar en nuestros días que la vida burguesa
es mantenida por el Estado, mientras que, por el contrario, el Estado es
mantenido por la vida burguesa.
"La
idea colosal de Robespierre y de Saint Just de formar un pueblo libre viviendo
solamente de acuerdo a las reglas de la justicia y de la virtud -véase, por ejemplo,
el informe de Saint Just sobre el crimen de Dantón y su otro informe sobre la
policía general-, no podía mantenerse durante un tiempo, más que por medio del
terror; constituye una contradicción contra la cual los elementos vulgares y
egoístas del pueblo reaccionaron de la manera más infame y solapada que se
podía esperar de parte de ellos."
Esta
frase de la crítica absoluta, que caracteriza a un "pueblo libre"
como una contradicción, etc., es tan absolutamente hueca como la libertad, la
justicia, la virtud -que tomadas en el sentido de Robespierre y de Saint Just,
no pueden ser, al contrario, más que las manifestaciones de un
"pueblo" y las cualidades de un "pueblo". Robespierre y
Saint Just hablan expresamente de la "libertad, de la justicia y de la
virtud" antiguas, cualidades del pueblo en sí. Los espartanos, los
atenienses, los romanos, en el tiempo de sus grandezas, son "pueblos
libres, justos, virtuosos".
Discutiendo
los principios de la moral pública, en la sesión de la Convención del 5 de
febrero de 1794, Robespierre se pregunta cuál es el principio fundamental del
gobierno democrático o popular. Y responde: la virtud. Pero habla de la virtud
pública que ha hecho tan grandes maravillas en Grecia y en Roma y que realizará
otras más admirables aún en la Francia republicana; de la virtud, que no es
otra cosa que el amor a la patria y a las leyes. Y llama expresamente pueblos
libres a los atenienses y espartanos.
Constantemente
recuerda a los pueblos de la antigüedad y cita sus héroes o sus destructores:
Licurgo, Demóstenes, Milcíades, Arístides, Bruto y Catilina, César, Clodius,
Pisón.
En
su discurso sobre el arresto de Dantón, Saint Just dice expresamente, que el
mundo está vacío después de los romanos, que sólo la memoria de ellos le llena
todavía y aún profetiza la libertad. Y su acusación está dirigida -a la manera
antigua- contra Dantón-Catilina.
En
su informe sobre la policía general, Saint Just nos presenta al republicano
absolutamente en el sentido antiguo: inflexible, sobrio, simple, etc. Pide que
la policía sea, en su esencia, una ins-titución análoga a la censura romana;
-Codrus, Licurgo, César, Catón, Catilina, Bruto, Antonio, Casio no faltan.
Finalmente, Saint Just caracteriza con una sola palabra la libertad, la
justicia y la virtud cuando pide "que los hombres revolucionarios sean
romanos".
Robespierre,
Saint Just y sus partidarios sucumbieron porque confundían al Estado realista y
democrático antiguo, basado en la esclavitud real, con el Estado representativo
espiritualista y democrático moderno, basado en la esclavitud emancipada, en la
sociedad burguesa. ¡Qué colosal error el estar obligado a reconocer y
sancionar, en los derechos del hombre, a la sociedad burguesa moderna, a la
sociedad de la industria, de la concurrencia general, de los intereses privados
persiguiendo libremente sus fines, de la anarquía, de la individualidad natural
y espiritual devenida extraña a sí misma, y el querer, posteriormente, anular
en ciertos individuos las manifestaciones de esta sociedad y adornar a la
antigua la cabeza de esta sociedad!
Este
error resulta trágico cuando Saint Just -el día de su ejecución-, señalando el
gran cuadro de los derechos del hombre colgado en la sala de la Conserjería,
exclama con un justificado orgullo: "¡No obstante soy yo quien ha hecho
esto!" Ese cuadro, precisamente, proclamaba el derecho de un hombre que no
puede ser un hombre de los pueblos antiguos, como tampoco las condiciones
económicas e industriales en que vive podían ser las de la antigüedad.
No
es éste el lugar para justificar históricamente el error de los terroristas.
"Después
de la caída de Robespierre -escribe el crítico- el progreso y el movimiento
políticos se encaminaron a grandes pasos hacia el punto en que iban a
convertirse en presa de Napo-león, quien, poco tiempo después del 18 Brumario,
podía decir: Con mis prefectos, mis gendarmes y mis curas puedo hacer de
Francia lo que quiero."
Por
el contrario, la historia profana nos refiere lo siguiente: Después de la caída
de Robespierre, el progreso político que había querido superarse a sí mismo,
que había pecado por exceso de entusiasmo, comienza solamente a realizarse
prosaicamente. Bajo el gobierno del Directorio, la sociedad burguesa -que la
misma Revolución había liberado de las trabas feudales y reconocido
oficialmente, aunque el terrorismo haya querido sacrificarla a una concepción
antigua de la vida pública-, la sociedad burguesa manifiesta una vitalidad
formidable. La carrera de las empresas comerciales, el deseo de enriquecerse,
la embriaguez de la nueva vida burguesa cuyo primer goce es todavía audaz,
ingenioso, frívolo, embriagador; el progreso realmente brillante de la propiedad
territorial francesa, cuya organización feudal fue rota por el martillo de la
Revolución y que, en la primera fiebre de la posesión, los propietarios someten
a un intenso cultivo; todos esos primeros movimientos de la industria ya
libre-, he aquí algunas manifestaciones de la nueva sociedad burguesa. La
sociedad burguesa está positivamente representada por la burguesía. La
burguesía inaugura, pues, su régimen. Los derechos del hombre únicamente
existen en la teoría.
La
burguesía liberal devino el 18 brumario una presa de Napoleón, pero no, -como
la crítica cree fielmente bajo el testimonio de Rotteck y Welker-, el
movimiento revolucionario. Para convencerse de esto, basta leer los discursos
de los legisladores de entonces. Uno se cree transplantado de la Convención
nacional a una Cámara de diputados actual.
Napoleón
fue la última batalla del terrorismo revolucionario contra la sociedad burguesa
y su política, igualmente proclamadas por la Revolución. Ciertamente Napoleón
ya comprendía la naturaleza del Estado moderno; se daba cuenta que estaba
basado en el libre desarrollo de la sociedad burguesa, en el libre juego de los
intereses particulares, etc. Resolvió reconocer ese fundamento y protegerlo. No
era un terrorista soñador. Pero Napoleón aun no veía en el Estado más que al
agente de sus propios propósitos, y en la sociedad burguesa un especulador, un
subordinado que no debía tener voluntad propia. Practicó el terrorismo,
reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente. Satisfizo,
hasta la plena saturación, el egoísmo de la nacionalidad francesa, pero exigió
en cambio, el sacrificio de los negocios burgueses, del placer, de la riqueza,
etc., todas las veces que el fin político de la conquista lo reclamaba, Si
oprimía en verdadero déspota al liberalismo de la sociedad burguesa -el
idealismo político de su práctica cotidiana-, tampoco respetaba los intereses
materiales más esenciales de esa sociedad y sus propios intereses políticos, El
desprecio que profesaba a los industriales completaba su desprecio a los
ideólogos. Hasta en la administración del interior, combatía en la sociedad
burguesa al adversario del Estado tal como él lo comprendía. Es así cómo
declaró en el Consejo de Estado que no toleraría que los propietarios de
grandes dominios los cultivasen o no siguiendo sus caprichos. Es así como también
proyectó el monopolio del transporte, a fin de someter el comercio al Estado.
Los comerciantes franceses prepararon el acontecimiento que dio el primer golpe
al poderío de Napoleón. Provocando un hambre artificial, los agiotistas
parisinos obligaron al Emperador a postergar en dos meses la apertura de la
campaña de Rusia y, por consecuencia, a situarla en una estación demasiado
desfavorable.
El
terrorismo revolucionario se oponía una vez más, en Napoleón, a la burguesía
liberal; en la Restauración, en los Borbones, fue nuevamente la contrarrevolución
dirigida contra la burguesía liberal. Finalmente terminó por realizar en 1830
sus deseos de 1789, si bien con una diferencia: estando terminada su formación
política, la burguesía liberal no vio ya en el Estado representativo constitucional
el ideal del Estado, y no creyó ya -realizándolo-, perseguir la salvación del
mundo y de sus objetivos generales y humanos; por el contrario, había
reconocido en él la expresión oficial de su poder exclusivo y el reconocimiento
político de su interés particular.
La
historia de la Revolución Francesa, iniciada en 1789, no está terminada todavía
en el año 1830, en el cual uno de sus elementos, acrecido por el sentimiento de
su importancia social, logró la victoria.
d)
Batalla crítica contra el materialismo francés.
"Spinoza
había dominado al siglo XVIII, tanto por sus continuadores franceses que
erigían la materia en substancia, como por el teísmo que designó a la materia
con un nombre más espiri-tualista... La escuela spinozista francesa y los
adeptos del teísmo no eran más que dos sectas que disputaban sobre el verdadero
sentido del sistema de Spinoza... Esta filosofía tuvo el simple destino de
hundirse en el rqmanticismo, después de haber sido obligada a declararse
prisionera de la reacción, que había comenzado con el movimiento francés".
He aquí lo que nos dice la crítica.
A la
historia crítica del materialismo francés vamos a oponerle -esbozada a grandes
rasgos-, la historia profana, la historia vulgar de este mismo materialismo.
Con respeto, constataremos el abismo que existe entre la, historia, tal como
realmente ha sucedido, y la historia tal como ha pasado de acuerdo a los
decretos de la crítica absoluta, creadora a la vez de lo antiguo y de lo nuevo.
Finalmente -obedeciendo a las prescripciones de la crítica-, "someteremos
a un examen profundo" las preguntas de la historia crítica: ¿Por qué? ¿De
dónde? ¿A dónde?
"En
el sentido exacto y prosaico", la filosofía francesa del siglo XVIII, y
particularmente el materialismo inglés y francés, no fueron solamente una lucha
contra las instituciones políticas existentes, contra la religión y la teología
existentes, sino también y no menos una lucha abierta y declarada contra la
metafísica del siglo XVIII y, ciertamente, contra toda metafísica, en
particular, contra la de Descartes, Malebranche, Spinoza y Leibniz. Se opone la
filosofía a la metafísica, de igual manera que Feuerbach había opuesto la
filosofía razonable a la especulación exagerada, el día en que, por primera
vez, tomó claramente posición contra Hegel. La metafísica del siglo XVII, que
tuvo que ceder el sitio a la filosofía francesa y particularmente al materialismo
francés del siglo XVIII, tuvo su restauración victoriosa y substancial en la
filosofía especulativa alemana del siglo XIX. Después que Hegel la unió
genialmente a toda la antigua metafísica y al idealismo alemán, fundando un
imperio metafísico universal, al ataque contra la teología, sucedió, como en el
siglo XVIII, el ataque contra la metafísica especulativa y contra toda
metafísica. Esta sucumbirá definitivamente delante del materialismo
perfeccionado por el trabajo de la especulación y coincidente con el humanismo.
De igual modo que Feuerbach en el dominio de la teoría, el socialismo y el
comunismo de Francia e Inglaterra representan en el dominio de la práctica al
materialismo coincidente con el humanismo.
"En
el sentido exacto y prosaico", existen dos tendencias en el materialismo
francés: una tiene su origen en Descartes, la otra en Locke. La segunda tiende,
principalmente, al desarrollo de la cultura francesa y desemboca directamente
en el socialismo; la otra, el materialismo mecanicista, se pierde en las
verdaderas ciencias naturales francesas. Ambas tendencias se entrecruzan en el
curso de su desarrollo. No tenemos que insistir aquí sobre el materialismo
francés, que proviene directamente de Descartes, como tampoco sobre la escuela
francesa de Newton y sobre el desenvolvimiento general de las ciencias
naturales francesas.
Limitémonos,
pues, a esto: a su física. Descartes ha prestado a la materia una fuerza
autocreadora y ha considerado al movimiento mecánico como su acto vital.
Descartes ha separado completamente su física de su metafísica. En su física la
materia es la substancia única, la única razón del ser y del conocimiento.
El
materialismo mecanicista francés se aferró a la física de Descartes, por
oposición a su metafísica. Sus discípulos fueron antimetafísicos de profesión,
es decir, físicos.
Esta
escuela comienza con el médico Leroy, alcanza su apogeo con el doctor Cabanis y
el doctor Lamettrie es su centro. Incluso en vida de Descartes, Leroy se puso a
aplicar al alma humana -como Lamettrie en el siglo XVIII - la construcción
cartesiana del animal, declarando que el alma no era más que un modo del cuerpo
y que las ideas eran movimientos mecánicos. Leroy creía incluso que Descartes
había ocultado su verdadera opinión. Descartes protestó. Al final del siglo
XVIII, Cabanis dio remate al materialismo cartesiano con su obra Rapport du
physique et du moral de Fhomme.
El
materialismo cartesiano ha existido hasta nuestros días en Francia. Tuvo sus
grandes triunfos en las ciencias naturales y físicas mecánicas, a las cuales,
"en el sentido exacto y profano", no se les puede reprochar -menos
que a cualquier otra ciencia-, su romanticismo.
Desde
su primera hora, la metafísica del siglo XVIII, representada especialmente en
Francia por Descartes, tuvo como antagonista al materialismo. Descartes lo
encontró personalmente en Gassendi, el restaurador del materialismo epicúreo.
Tanto el materialismo inglés, como el francés permanecieron siempre en estrecha
relación con Demócrito y Epicuro. La metafísica cartesiana tuvo otro adversario
en el materialista inglés Hobbes. Bastante tiempo después de su muerte,
Gassendi y Hobbes triunfaron de su adversario precisamente en el momento en que
éste reinaba como un poder oficial en todas las escuelas francesas.
Voltaire
hizo observar que la indiferencia de los franceses del siglo XVIII frente a las
disputas jesuitas y jansenistas, tenía su causa menos en la filosofía que en
las especulaciones financieras de Law. La caída de la metafísica del siglo XVII
únicamente puede, pues, explicarse por la teoría materialista del siglo XVIII,
en la medida que se explica este mismo movimiento teórico por la configuración
práctica de la vida francesa de entonces. Esta vida tenía como objeto inmediato
al tiempo presente, los placeres y los intereses temporales; en una palabra: al
mundo terrestre. A su práctica antiteológica, antimetafísica, materialista, debía
corresponder una teoría antiteológica, antimetafísica, materialista.
Prácticamente, la metafísca había perdido todo crédito. Aquí nos bastará con
indicar brevemente la evolución teórica.
La
metafísica del siglo XVII (véase Descartes, Leibniz, etcétera), aun se hallaba
mezclada con elementos profanos y positivos. En las matemáticas, en la física y
en otras ciencias exactas realizaba descubrimientos que parecían ser de su
dominio. Pero a principios del siglo XVIII esta apariencia ya no existía. Las
ciencias positivas se habían separado de la metafísica y crearon sus propias
esferas. Toda la riqueza metafísica se hallaba reducida al mundo de las ideas y
a las cosas del cielo, precisamente en el momento en que los seres reales y las
cosas terrestres absorbían todo el interés. La metafísica se había desazonado.
En el mismo año en que murieron los últimos grandes metafísicos franceses del
siglo XVII, Malebranche y Arnaud, nacieron Helvetius y Condillac.
El
hombre que hizo perder teóricamente todo crédito a la metafísica del siglo XVII
y a toda metafísica en general fue Pierre Bayle. Su arma fue el escepticismo,
forjado con las mismas fórmulas mágicas de la metafísica. Su primer punto de
partida fue la metafísica cartesiana. Del mismo modo que Feuerbach,
'combatiendo la teología especulativa, fue empujado a combatir la filosofía
éspeculativa precisamente por haber reconocido en la especulación el último
apoyo de la teología y porque debía forzar a los teólogos a renunciar a su
pseudo-ciencia para volver a la fe grosera y repugnante, así Bayle,
experimentando dudas religiosas, empezó a dudar de la metafísica que sirve de
sostén a esa fe. Por lo tanto, sometió a la metafísica, en toda su evolución
histórica, a la crítica. Y se hizo su historiador, para escribir la historia de
su muerte. Sobre todo refutó a Spinoza y Leibniz.
Pierre
Bayle, descomponiendo la metafísica con su escepticismo, hizo algo más que
preparar la entrada en Francia del materialismo y de la filosofía del buen
sentido. Anunció la sociedad atea que se preparaba, demostrando que puede
existir una sociedad de puros ateos, que un ateo podía ser un hombre honesto,
que el hombre no se corrompía por el ateísmo, sino por la superstición y la
idolatría.
Según
la expresión de un escritor francés, Pierre Bayle fue el último metafísico en
el sentido del siglo XVII y el primer filósofo en el sentido del siglo XVIII.
Pero
junto a la refutación negativa de la teología y de la metafísica del siglo XVII
se necesitaba un sistema positivo, antimetafísico. Hacía falta un libro que
expusiera en un sistema la práctica social del tiempo y le diera una base
teórica. Como por encargo, llegó del otro lado del Canal de la Mancha la obra
de Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano. Fue acogida con entusiasmo,
como un huésped impacientemente esperado.
Cabe
preguntarse si tal vez Locke es un discípulo de Spinoza. La historia
"profana" contestará: el materialismo es hijo natural de la Gran
Bretaña. Ya el escolástico inglés Duns Scoto se había preguntado "si la
materia no podía pensar".
Para
realizar este milagro, tuvo que recurrir a la omnipotencia de Dios; esto es,
obligó a la misma teología a predicar el materialismo. Además fue nominalista.
El nominalismo se encuentra como un elemento principal en los materialistas
ingleses y es, en general, la primera expresión del materialismo.
El
verdadero progenitor del materialismo inglés y de toda ciencia experimental
moderna es Bacon. Para él las ciencias físicas y naturales constituyen la
verdadera ciencia, y la física concreta, su parte principal. A menudo se apoya
en Anaxágoras y sus horneomerías, así como en Demócrito y sus átomos. De
acuerdo a su teoría, los sentidos son infalibles y la fuente de todo
conocimiento. La ciencia es ciencia experimental y tiene por función someter a
un método racional los datos de los sentidos. La inducción, el análisis, la
comparación, la observación y la experimentación son las condiciones esenciales
de un método racional. Entre las propiedades innatas de la materia, la primera
y la principal es el movimiento, pero no solamente como movimiento mecánico y matemático,
sino más bien corno instinto, espíritu vital, tendencia, tormento (para emplear
la expresión de Jacob Boehm) de la materia. Las formas primitivas de la materia
son fuerzas naturales vivas, individualizantes, inherentes a ella; son las que
producen las diferencias específicas.
En
Bacon, su primer creador, el materialismo oculta aún ingenuamente los gérmenes
de su desenvolvimiento universal. La materia sonríe al hombre en todo su
poético y sensual esplendor. Pero la misma doctrina aforística rebosa aún de
inconsecuencias teológicas.
En
el curso de su evolución, el materialismo se hace unilateral. Hobbes
sistematiza el materialismo de Bacon. La materialidad pierde su flor y se
convierte en la materialidad abstracta del geómetra. El movimiento físico es
sacrificado al movimiento mecánico o matemático; la geometría es proclamada la
ciencia fundamental. El materialismo se torna misántropo. A fin de poder vencer
en su propio terreno al espíritu misántropo e inmaterial, el materialismo ha de
martirizar su propia carne y volverse asceta. Así se presenta como un ente de
razón, pero desarrolla igualmente la lógica inexorable de la inteligencia.
Partiendo
de Bacon, Hobbes formula el razonamiento siguiente: Si la materialidad
proporciona al hombre todos sus conocimientos, entonces la intuición, la idea,
la representación, etc., no son más que fantasmas del mundo material más o
menos despojados de su forma sensible. La ciencia sólo puede dar un nombre a
estos fenómenos. Un solo y mismo nombre puede aplicarse a varios fantasmas.
Incluso puede haber nombres de nombres. Pero sería contradictorio afirmar por
una parte que todas las ideas tienen su origen en el mundo material y sostener
por otra parte que una palabra es más que una palabra y que, además de los
seres representados, siempre individuales, existen también seres generales. Una
substancia inmaterial es no menos contradictoria que un cuerpo inmaterial,
Cuerpo, ser, substancia, son una sola y misma idea real. No puede separarse el
pensamiento de una materia que piensa. Ella es el sujeto de todos los cambios.
La palabra infinito no tiene sentido, a no ser que signifique la capacidad de
nuestro espíritu de adicionar sin fin. Como sólo lo material puede ser objeto
de la percepción y del saber, nada sabemos de la existencia de Dios. Sólo es
cierta mi propia existencia. Toda pasión humana es un movimiento mecánico que
empieza o termina. Los objetos de los impulsos son el bien. El hombre está
sometido a las mismas leyes que la naturaleza. Poder y libertad son idénticos.
Hobbes
sistematizó a Bacon, pero sin fundar en razones precisas su principio
fundamental de que el origen de los conocimientos y de las ideas es el mundo
físico.
Locke
da las razones del principio de Bacon y de Hobbes en su Ensayo sobre el origen
del entendimiento humano.
Hobbes
pulverizó los prejuicios teístas del materialismo baconiano; Collins, Dodwal,
Coward, Hartley, Priestley, etcétera, derrumbaron la última barrera teológica
del sensualismo de Locke. Al menos para el materialista, el teísmo no es sino
el medio cómodo e indolente de librarse de la religión.
Ya
hemos señalado hasta qué punto la obra de Locke llegó a tiempo para los
franceses. Locke había fundado la filosofía del buen sentido, es decir,
estableció por un rodeo que no existía una filosofía distinta del buen sentido
y de la razón descansando en el sentido común.
El
discípulo directo y el intérprete francés de Locke, Condillac, dirigió
inmediatamente el sensualismo de Locke contra la metafísica del siglo XVII.
Demostró que los francesas habían rechazado con razón esta metafísica como una
simple elucubración de la imaginación y de los prejuicios teológicos. Hizo
aparecer una refutación de los sistemas de Descartes, Spinoza, Leibniz y
Malebranche. En su obra Ensayo sobre el origen de los conocimientos humanos,
Condillac desarrolló el pensamiento de Locke y demostró que no sólo el alma
sino también los sentidos, no sólo el arte de hacer ideas sino también el arte
de las sensaciones sensibles, son cuestión de la experiencia y de la costumbre.
Todo el desarrollo de los hombres depende, por lo tanto, de la educación y de
las circunstancias exteriores. Condillac no fue suplantado en las escuelas
francesas sino por la filosofía ecléctica.
La
diferencia entre el materialismo francés y el materialismo inglés es la
diferencia que existe entre ambas nacionalidades. Los franceses dan al
materialismo inglés el esprit, la carne y los huesos, la elocuencia: Le dotan
del temperamento que le faltaba y de la gracia. Lo civilizan.
En
Helvetius -asimismo partidario de Locke-, el materialismo recibe su carácter
específica-mente francés. Helvetius lo toma en el acto en sus relaciones con la
vida social (en su tratado Del hombre). Las aptitudes sensibles y el amor
propio, el placer y el interés personal bien entendido son los fundamentos de
toda moral. La igualdad natural de las inteligencias humanas, la unidad entre
el progreso de la razón y el progreso de la industria, la bondad natural del
hombre, la omnipotencia de la educación, son los resortes principales de su
sistema.
Los
escritos de Lamettrie nos dan una combinación del materialismo cartesiano con
el materialismo inglés. Lamettrie utiliza hasta en el detalle la física de
Descartes. Su hombre-máquina está calcado sobre el hombre-animal de Descartes.
En el Sistema de la naturaleza de Holbach, la parte física es también una
amalgama del materialismo francés e inglés, así como la parte moral está
fundada en la moral de Helvetius. El materialista francés más próximo a la
metafísica, y por eso mismo elogiado por Hegel, Robinet (De la naturaleza), se
enlaza expresamente con Leibniz.
De
Volney, Dupuis, Diderot, etc., no tenemos por qué hablar, como tampoco de los
fisiócratas, ahora que hemos demostrado el doble origen del materialismo
francés, surgido de la física de Descartes y del materialismo inglés, así como
la oposición del materialismo francés a la metafísica del siglo XVII, a la
metafísica de Descartes, Spinoza, Malebranche y Leibniz. Esta oposición debía
hacerse inteligible a los alemanes después de entrar ellos mismos en la lucha
contra la metafísica especulativa.
Del
mismo modo que el materialismo cartesiano desemboca en las ciencias físicas y
naturales propiamente dichas, la otra tendencia del materialismo francés lleva
directamente al socialismo y al comunismo.
Cuando
se estudia las teorías del materialismo sobre la bondad natural y la igual
inteligencia de los hombres, sobre la omnipotencia de la educación, de la
experiencia, de la costumbre, sobre la influencia de las circunstancias
exteriores en los hombres, sobre la alta importancia de la industria, sobre la
justicia del placer, etc., no hace falta una sagacidad extraordinaria para
descubrir lo que las une necesariamente al comunismo y al socialismo. Si el
hombre obtiene del mundo sensible y de la experiencia sobre el mundo sensible
todo conocimiento, sensación, etc., conviene entonces organizar el mundo
empírico de tal manera que el hombre se asimile cuanto encuentre en él de
verdaderamente humano, que él mismo se conozca como hombre. Si el interés bien
entendido es el principio de toda moral, conviene que el interés particular del
hombre se confunda con el interés humano. Si el hombre no es libre en el
sentido materialista de la palabra, esto es, si es libre no por la fuerza
negativa de evitar esto o aquello, sino por la fuerza positiva de hacer valer
su verdadera individualidad, no conviene castigar los crímenes en el individuo,
sino destruir los focos antisociales donde nacen los crímenes y dar a cada cual
el espacio social necesario para el desenvolvimiento esencial de su vida. Si el
hombre es formado por las circunstancias, se deben formar humanamente las
circunstancias. Si el hombre es sociable por naturaleza, es en la sociedad
donde desarrolla su verdadera naturaleza, y la fuerza de su naturaleza debe medirse
por la fuerza de la sociedad y no por la fuerza del individuo particular.
Estas
frases y otras análogas se encuentran casi textualmente en los más antiguos
materialistas franceses. No es éste el lugar ni el momento para discutirlas.
Una característica de la tendencia socialista del materialismo nos la da la
Apología del vicio, obra de Mandeville, un discípulo inglés bastante antiguo de
Locke. Mandeville demuestra que los vicios son útiles e indispensables en la
sociedad actual. Lo cual no es una apología de la sociedad actual.
Fourier
parte directamente de la doctrina de los materialistas franceses. Los
discípulos de Babeuf eran materialistas groseros, incultos; pero el mismo
comunismo desarrollado data directamente del materialismo francés. Este, bajo
la forma que Helvetius le dio, vuelve a su madre patria, a Inglaterra. Bentham
funda su sistema del interés bien entendido sobre la moral de Helvetius, de
igual modo que Owen, partiendo del sistema de Bentham, funda el comunismo
inglés.
Desterrado
en Inglaterra, el francés Cabet es seducido por las ideas comunistas indígenas
y vuelve a Francia para convertirse en el representante más popular, y también
el más vulgar, del comunismo. Los comunistas científicos franceses Dezamy, Gay,
etc., desarrollan, a semejanza de Owen, la doctrina del materialismo como la
doctrina del humanismo real y como la base lógica del comunismo.
¿Dónde,
pues, el señor Bauer o la crítica han podido procurarse los documentos
necesarios para escribir la historia crítica del materialismo francés?
1.-
En su historia de la filosofía, Hegel representa al materialismo francés como
la realización de la substancia spinozista, lo que, en todo caso, es
infinitamente más comprensible que "la escuela francesa de Spinoza".
2-En
la historia de la filosofía de Hegel, el señor Bauer descubrió que el
materialismo francés es la escuela de Spinoza. Pero en otra obra de Hegel se
encontraba que el teísmo y el ma-terialismo son dos partes de un solo y mismo
principio fundamental; que Spinoza tenía dos escuelas que disputaban sobre el
sentido de su sistema. El señor Bauer podía desenterrar esa enseñanza de la
Fenomenología de Hegel. En ella leemos, textualmente: "A propósito de ese
ser absoluto, la explicación entra en lucha consigo misma... y se divide en dos
partes: una llama a ese absoluto sin atributo... el ser absoluto supremo... y
la otra lo llama materia. El sentido es siempre el mismo; la diferencia no
reside en la cosa sino únicamente en la diferencia del punto de partida de las
dos formaciones". (Fenomenología, pág. 420).
3-En
fin, el señor Bauer también podía encontrar en Hegel que la substancia, si no
se eleva a la idea y a la conciencia de sí misma, se pierde en el
"romanticismo". Los Hallesche Jahrbücher han desarrollado hace tiempo
pensamientos de ese género.
Pero
a todo precio el espíritu debía infligirle un "destino estúpido" a su
adversario, al materialismo.[*]
e)
Derrota final del socialismo
"Los
franceses han establecido toda una serie de sistemas concernientes a la manera
de organizar la masa; pero, como no veían en la masa, tal cual es, materiales
utilizables, tuvieron que recurrir a la imaginación."
Completamente
por el contrario, los franceses y los ingleses demostraron muy detalladamente
que el orden social actual organiza "la masa tal cual es" y que es,
pues, la organización de esta masa. Siguiendo el ejemplo de la Allgemeine
Zeitung, la crítica despacha a todos los sistemas socialistas y comunistas,
tratándolos de elucubraciones fantasistas.
De
este modo el socialismo y el comunismo extranjeros se encuentran vencidos por
la crítica, y ésta transfiere sus operaciones guerreras a Alemania.
"Cuando
se vieron súbitamente engañados por sus esperanzas de 1842, y no sabían a qué
santo encomendarse en su confusión, los reformadores alemanes fueron advertidos
por una suerte especial, y en el momento oportuno, que en Francia acababan de
nacer nuevos sistemas. Desde entonces les era posible ponerse al frente del
mejoramiento de las clases inferiores del pueblo; y esto los dispensaba de la
tarea de responder a esta otra pregunta: ¿ellos mismos no pertenecían a la masa
que no hay que buscar únicamente en las clases bajas?"
Como
se ve, la crítica ha agotado de tal manera toda su provisión de razones
amistosas -a fuerza de hacer la apología del pasado literario de Bauer-, que ya
no puede explicar el movimiento socialista alemán sino por "la
confusión" de los reformadores, en el año 1842. "Fueron advertidos
por una suerte especial, y en el momento oportuno, que en Francia acababan de
nacer nuevos sistemas". ¿Y por qué no hablar de los sistemas ingleses?
Existe una razón crítica decisiva. El libro de Stein, El comunismo y el socialismo
de la Francia contemporánea, no le había informado al señor Bauer sobre los
sistemas modernos ingleses. Por esta razón, la crítica únicamente se refiere a
los sistemas franceses en sus divagaciones sobre los sistemas socialistas.
Los
reformadores alemanes -nos informa inmediatamente la crítica- cometieron un
pecado contra el Espíritu Santo. Se ocuparon de las "clases inferiores del
pueblo" existentes ya en 1842, para no tener que decir cuál lugar parecía
estarles reservado a ellos en el orden de cosas crítico a instaurarse en 1842:
¿cordero o chivo, crítica crítica o masa impura, espíritu o materia? ¡Pero ante
todo debían haberse preocupado seriamente de la salvación crítica de sus
propias almas! En efecto, ¿para qué me serviría el mundo entero -comprendidas
en él las clases inferiores del pueblo-, si yo perdiera mi alma?
"Pero
un ser espiritual no podría ser elevado sin ser modificado y no podría ser
modificado antes de haber experimentado la máxima resistencia."
Si
la crítica conociese mejor el movimiento de las clases inferiores del pueblo,
sabría que la resistencia máxima que les hace la vida práctica, las modifica
diariamente. La nueva literatura en prosa y verso que en Francia e Inglaterra
producen las clases inferiores del pueblo, le probaría que las clases inferiores
del pueblo saben elevarse intelectualmente, sin que para esto se necesite la
operación directa del Espíritu Santo representado por la crítica crítica.
Pero
la crítica absoluta prosigue sus divagaciones: "Aquellos que sólo tienen
en la boca la palabra: organización de la masa, etc.".
Se
ha hablado mucho de la "organización del trabajo", si bien esta
expresión no ha sido inventada por los mismos socialistas, sino por el partido
político radical francés que trabaja en conciliar la política con el
socialismo. Pero antes que la crítica crítica nadie mencionó "la
organización de la masa" como un problema a resolver. Por el contrario, se
señaló que la sociedad burguesa, la descomposición de la vieja sociedad feudal,
es esta organización.
La
crítica nos sirve su hallazgo entre comillas, entre patas de ganso, como se
dice en alemán. Pero el ganso que con su graznido ha hecho llegar a los oídos
del señor Bauer esa palabra destinada a salvar al capitolio, no es nadie más
que su propia vida, la crítica crítica. Ella ha reorganizado a la masa,
haciéndola la adversaria absoluta del espíritu. La antinomia de espíritu y masa
es "la organización crítica de la sociedad", organización en la cual
el espíritu o la crítica representa al trabajo organizador, la masa a la
materia prima y la historia al producto.
Después
de las grandes victorias logradas por la crítica absoluta en su tercera campaña
contra la revolución, el materialismo y el socialismo, preguntémonos cuál fue
el resultado final de esos trabajos de Hércules. El siguiente: todos esos
movimientos se realizaron sin dejar huellas, porque todavía eran
manifestaciones de la crítica mezclada con masa o del espíritu mezclado con
materia. Incluso en el propio pasado literario del señor Bauer descubrió la
crítica que muchas veces fue empollada por la masa. Pero si la crítica escribe
una apología en lugar de escribir una crítica; si ella "establece" en
lugar de sacrificar; si, en lugar de encontrar en la alianza del espíritu y la
carne la muerte del mismo espíritu, pone al revés las cosas y encuentra en la
alianza del espíritu y la carne la misma vida de la carne preconizada por
Bauer: ella se presenta tanto más brutal y terrorista desde que la crítica
imperfecta, mezclada con la masa, no es ya obra del señor Bauer, sino obra de
pueblos enteros, obra de una serie de ingleses y franceses profanos; desde que
la crítica imperfecta no es ya la cuestión judía, ni la buena causa de la
libertad, ni el Estado, la religión, el partido, sino que se llama la
revolución, el materiaismo, el socialismo, el comunismo. De esta manera la
crítica ha puesto fin a la profana-ción del espíritu por la materia y de la
crítica por la masa, salvando su propia carne y crucificando la carne de otro.
De
un modo o de otro nos hemos desembarazado de la "carne mezclada con
espíritu" o de la "crítica mezclada con masa". Esta mezcla, poco
de acuerdo con la crítica, ha dejado sitio a la descomposición absolutamente
crítica de la carne y del espíritu, de la crítica y de la masa, esto es, a su
contrario absoluto. Esta oposición en la forma histórica, tal como constituye
el verdadero interés histórico del presente, es la oposición del señor Bauer y
consortes o del espíritu al resto de la humanidad considerado como materia.
La
revolución, el materialismo y el comunismo han llenado, pues, su misión
histórica. Su muerte preparó el camino al señor crítico. ¡Hosanna!
f)
El ciclo especulativo de la crítica absoluta y la filosofía de la conciencia de
sí.
Porque
la crítica pretende estar realizada en toda su perfección y pureza en un solo
dominio, ella no tiene que reprocharse, por lo tanto, más que un simple error,
una simple inconsecuencia, si en todos los demás dominios del mundo no ha
presentado la misma perfección, la misma pureza. Este solo dominio crítico es
el de la teología. La pura región de este dominio se extiende de la Kritik der
Synoptiker de Bruno Bauer al Entdecktes Christentum del mismo Bruno Bauer; y
esta última obra constituye su puesto más avanzado.
"La
crítica moderna -se nos dice- había terminado finalmente con el spinozismo; por
consiguiente, fue por una simple inconsecuencia que -aunque sobre ciertos
puntos terminando mal-, supuso ingenuamente a la substancia en su
dominio."
En
el mismo momento en que se nos confesaba que la crítica se cargó de prejuicios
políticos, se traía asimismo la atenuación "que esa amalgama era muy poco
consistente"; aquí, la confesión de la inconsecuencia está atemperada por
ese paréntesis que sólo se produjo en ciertos puntos. La culpa no fue del señor
Bauer, sino de los puntos erróneos que, semejantes a caballos recalcitrantes,
se encabritaron contra la crítica.
Algunas
citas probarán que con la victoria lograda sobre el spinozismo, la crítica ha
desembocado en el idealismo hegeliano; que renunciando a la
"substancia", llegó a otro monstruo metafísico: al
"sujeto", a la "substancia como proceso", a la "conciencia
infinita de sí", y que la crítica "perfecta y pura" tuvo por
resultado final el restablecimiento, bajo la forma especulativa, hegeliana, de
la teoría cristiana de la creación.
Abramos
primero la Kritik der Synoptiker: "Strauss permanece fiel al punto de
vista según el cual la substancia es lo absoluto. Bajo esta forma de la
generalidad que todavía no ha alcanzado la precisión real y racional de la
generalidad, y que no puede ser alcanzada más que en la conciencia del yo, en
el carácter particular e infinito de este conocimiento, la tradición no es otra
cosa que la substancia surgida de su simplicidad lógica y que ha revestido,
como poder de la comunidad, una forma de existencia precisa". (I. Prólogo,
pág. VI).
Abandonemos
a su desgraciada suerte a la "generalidad que ha alcanzado su
precisión", al "carácter particular e infinito", vale decir, a
la concepción hegeliana. En lugar de decir que la idea expuesta en la teoría de
Strauss sobre el "poder de la comunidad" y la "tradición",
tiene su expresión abstracta, su representación lógica y metafísica, en la
concepción spinozista de la substancia, el señor Bauer nos dice que "la
substancia surgida de su simplicidad lógica, ha revestido, como poder de la
comunidad, una forma de existencia precisa". Hace un llamamiento al arreo
milagroso de Hegel que hace surgir las "categorías metafísicas" -las
abstracciones extraídas de la realidad-, de la lógica, donde se encuentran
resueltas en la "simplicidad" de la idea, y las hace revestir con una
"forma precisa" de la existencia física o humana; en una palabra, las
hace encarnarse. ¡Socorro, Hinrichs!
"Esta
opinión -continúa la crítica contra Strauss- es misteriosa: en el mismo
instante en que quiere explicar y hacer comprender el proceso al que debe su
origen la historia evangélica, no arriba nunca más que a una apariencia de
proceso. La proposición: la historia evangélica tiene sus fuentes y su origen
en la tradición, dice dos veces la misma cosa: la tradición y la historia
evangélica; es cierto que establece una relación entre ambas, pero no nos dice
a qué proceso interior de la substancia deben su origen el desarrollo y la
interpretación."
Según
Hegel, hay que considerar la substancia como un proceso interior. Y he aquí
cómo considera el desarrollo, desde el punto de vista de la substancia;
"Considerándolo de cerca, se percibe que ese desarrollo no es debido a que
una sola y misma cosa toma formas diversas, sino que hay repetición informe de
una sola y misma cosa que contiene simplemente una fastidiosa apariencia de
diversidad" (Fenomenología. Prólogo, pág. 12). ¡Socorro, Hinrichs!
El
señor Bauer continúa: "La crítica debe, pues, dirigirse contra ella misma
y, conformándose al desenvolvimiento mismo de la substancia, resolver la
substancialidad misteriosa en la generalidad y la precisión de la idea en su
existencia real, en la infinita conciencia de sí".
La
crítica de Hegel contra el punto de vista de la substancialidad continúa:
"Hay que hacer desaparecer el hermetismo de la substancia y elevar a ésta
a la conciencia de sí" (pág. 7).
En
Bauer la conciencia de sí es, asimismo, la substancia elevada a la conciencia
de sí, o la conciencia de sí tomada como substancia; de atributo del hombre, la
conciencia de sí se ha convertido en un sujeto autónomo. Es la caricatura
metafísico-teológica del hombre separado de su naturaleza. La esencia de esta
conciencia de sí no es, pues, el hombre, sino la idea de la cual es la
verdadera existencia. Es la idea encarnada y, por lo tanto, algo infinitio.
Todas las propiedades humanas se transforman, en consecuencia, de manera
misteriosa, en propiedades de la "infinita conciencia de sí"
imaginaria. A propósito de esta "infinita conciencia de sí", el señor
Bauer dice, pues expresamente, que todo encuentra en ella su origen y
explicación, esto es, su razón de ser. ¡Socorro, Hinrichs!
El
señor Bauer continúa: "La fuerza de la relación de substancialidad reside
en su tendencia, que nos conduce a la noción, a la idea y a la conciencia de
sí".
Hegel
dice: "Por lo tanto, el concepto es la verdad de la substancia... La
transición de la relación de substancialidad se hace por su propia necesidad
inmanente e indica simplemente que el concepto es la verdad de esta
necesidad... La idea es el concepto adecuado... El concepto... llegado a la
existencia libre... no es otra cosa que el yo o la pura conciencia de sí".
(Hegel: Lógica, tomo V de las obras completas, 2a ed., págs. 6, 9, 229, 13).
¡Socorro, Hinrichs!
La
impresión es excesivamente cómica cuando en su Literaturzeitung el señor Bauer
todavía dice: "Ya Strauss, porque no supo terminar la crítica del sistema
de Hegel, a la vez que probaba por su semi-crítica la necesidad de esa
terminación...".
No
es la crítica terminada del sistema de Hegel, sino a lo sumo la terminación de
Hegel -al menos en su aplicación a la teología- lo que el señor Bauer creyó dar
en su Kritik der Synoptiker.
Llama
a su crítica (Vorrede der Synoptiker, pág. XXI) "el último acto de un
sistema determinado", que no es otro que el sistema de Hegel.
La
disputa entre Strauss y Bauer referente a la substancia y al conocimiento de
sí, es una lucha en el seno mismo de las especulaciones hegelianas. En Hegel
hay tres elementos: la substancia spinozista, la conciencia fichteana y la
unidad hegeliana de ambas, necesariamente contradictoria en sí, el espíritu
absoluto. El primer elemento es la naturaleza metafísicamente disfrazada en su
separación del hombre; el segundo es el espíritu metafísicamente disfrazado en
su separación de la naturalera; el tercero es, metafísicamente disfrazado, la
unidad de ambos, el hombre real y la especie real.
Strauss
y Bauer realizan lógicamente, en el dominio teológico, al filósofo Hegel; el
primero desde el punto de vista spinozista, el segundo desde el punto de vista
fichteano. Ambos critican a Hegel en el sentido que en él cada uno de los dos
elementos es falseado por el otro, mientras que ellos dan de cada uno de esos
elementos un desarrollo unilateral y, por lo tanto, consecuente. En su crítica
ambos superan, pues, a Hegel, pero, asimismo, ambos se atienen a la
especulación de Hegel, y cada uno no representa más que un lado de su sistema.
Feuerbach terminó y criticó a Hegel desde el punto de vista hegeliano; el
espíritu absoluto metafísico lo resolvió en "el hombre real basado en la
naturaleza"; terminó la crítica de la religión estableciendo magistralmente
los grandes principios fundamentales para la crítica de la especulación
hegeliana y, por consecuencia, para la crítica de toda metafísica.
Pero
en Bauer ya no es el Espíritu Santo, sino la infinita conciencia de sí la que
inspira al evangelista.
"Debemos
admitir que la comprensión exacta de la historia evangélica también tiene sus
fundamentos filosóficos en la filosofía de la conciencia de sí". (Vorrede,
pág. V).
Vamos
a caracterizar esta filosofía de la conciencia de sí, así como los resultados
que Bauer sacó de la crítica de la teología, dando algunos pasajes de su última
obra filosófico-religiosa, Entdecktes Christentum.
En
ella leemos, a propósito de los materialistas franceses: "Si la verdad del
materialismo ha encontrado la filosofía de la conciencia de sí, y que la
conciencia de sí es reconocida como el todo, como la solución del enigma de la
substancia spinozista y como la verdadera causa sui..., ¿para qué sirve el
espíritu? ¿Para qué la conciencia de sí? ¡Como si la conciencia de sí,
planteando el mundo, la distinción, produciéndose ella misma en lo que ha
producido, porque suprime la diferencia de ella misma con lo que ha producido,
y ella misma no es, pues, más que en el movimiento -como si no tuviese su
finalidad y no se poseyese solamente ella misma en ese movimiento en que ella
es ella misma!
"Los
materialistas franceses, es verdad, han visto en los movimientos de la
conciencia de sí los movimientos del ser general, de la materia; pero todavía
no han podido percibir que el movimiento del universo no se ha realizado sino
como movimiento de la conciencia de sí y se ha identificado con él" (pág.
115). ¡Socorro, Hinrichs!
En
lenguaje claro, el primer pasaje significa esto: La verdad del materialismo es
lo contrario del materialismo; es el idealismo absoluto, es decir, exclusivo,
trascendente. La conciencia de sí, el espíritu, es el todo. Fuera de él no
existe nada. La conciencia de sí, el espíritu, es el creador omnipotente del
mundo, del cielo y de la tierra. El mundo es una manifestación de la conciencia
de sí, que debe exteriorizarse y tomar la forma del servidor; pero la
distinción entre el mundo y la conciencia de sí no es más que una distinción
aparente. La conciencia de sí no diferencia de ella nada real. Mejor dicho, el
mundo no es más que una distinción metafísica, una quimera y una imaginación
surgidas de su cerebro etéreo. Ella hace desaparecer, pues, la apariencia de
que fuera de ella existe algo que habría así concebido; y en lo que ha
producido, no reconoce objeto real, esto es, objeto distinguiéndose realmente
de ella. Sólo por ese movimiento la conciencia de sí se produce en el sentido
absoluto; en efecto, para convertirse en idealista absoluto, el idealista
absoluto necesita atravesar constantemente el proceso sofístico, hacer del
mundo exterior un mundo aparente, una simple creación de su cerebro, explicar
posteriormente esta forma imaginaria dándola por lo que es realmente, a fin de
poder proclamar, al final de cuenta, su existencia única, exclusiva, a la que
nada molesta, incluso la apariencia de un mundo exterior.
En
lenguaje claro, el segundo pasaje significa esto: Los materialistas franceses
han comprendido perfectamente los movimientos de la materia como movimientos
llenos de espíritu, pero todavía no han podido ver que no son movimientos
materiales, sino movimientos inmateriales, movimientos de la conciencia de sí
y, por lo tanto, puros movimientos de ideas. Todavía no han podido ver que el
verdadero movimiento del universo no ha devenido real y verdadero sino como
movimiento ideal de la conciencia de sí, libre y liberado de la materia, es
decir, de la realidad, o en otros términos, que un movimiento material
diferente del movimiento ideal no existe más que en apariencia. ¡Socorro,
Hinrichs!
Estas
teorías especulativas se encuentran casi palabra por palabra en Hegel, e
incluso en su primera obra, la Fenomenología.
"La
exteriorización de la conciencia de sí plantea la naturaleza de las cosas... En
esta exteriorización se formula como objeto o formula al objeto como ella
misma. Pero, por otra parte, encontramos también aquí este otro factor: la
conciencia de sí ha suprimido y reabsorbido esa exteriorización y esa
objetividad... Este es el movimiento de la conciencia" (pág. 575).
"La
conciencia tiene un contenido que ella distingue de sí misma... Ese contenido
es, en su distinción, el yo, pues es el movimiento que realiza la supresión...
Ese contenido, para expresarnos con más precisión, no es otra cosa que el mismo
movimiento del cual acabamos de hablar; pues es el espíritu quien se recorre a
sí mismo y se recorre en tanto que espíritu" (pág. 583).
A
propósito de esta teoría hegeliana de la creación, Feuerbach hace observar:
"La materia es la exteriorización del espíritu. Así, la materia es dotada
de espíritu y de inteligencia; pero al mis-mo tiempo es formulada como una
entidad desprovista de existencia y de verdad, porque solamente el ser
resultante de esta exteriorización, es decir la materia, el ser despojándose de
toda materialidad, es enunciado como el ser en su perfección, en su figura y
forma verdaderas. Lo que se trata de negar aquí es, pues, el elemento natural,
material y sensible, de igual modo que lo que se trata de negar en la teología
es la naturaleza envenenada por el pecado original". (Philosophie der
Zukunft, pág. 35).
El
señor Bauer toma, pues, la defensa del materialismo contra la teología
no-crítica y al mismo tiempo le reprocha el no ser teología crítica, teología
racional, especulación hegeliana. ¡Hinrichs! ¡Hinrichs!
El
señor Bauer, que desarrolla en todos los dominios su filosofía de la conciencia
de sí en oposición a la substancia, está obligado, pues, a realizar en todos
los dominios solamente sus propias elucubraciones. Entre sus manos, la crítica
es el instrumento que le sirve para transformar en simple apariencia y en idea
pura todo lo que, fuera de la infinita conciencia de sí, posee aún una
existencia material finita. Bauer combate en la substancia no la ilusión
metafísica, sino el núcleo profano, la naturaleza tal como existe fuera del
hombre y tal como es la naturaleza propia del hombre. No suponer la substancia
en ningún dominio -todavía habla ese lenguaje-, significa para él, pues, no
reconocer ningún ser diferente de la idea, ninguna energía natural diferente de
la acción, ninguna influencia extraña distinta de la influencia personal,
ningún sentimiento o ningún deseo diferente del saber, ningún corazón diferente
de la cabeza, ningún objeto diferente del sujeto, ninguna práctica diferente de
la teoría, ningún hombre diferente del crítico, ninguna sociedad real diferente
de la generalidad abstracta, ningún tú diferente del yo. Por lo tanto, el señor
Bauer es consecuente consigo mismo cuando llega hasta identificarse con la
infinita conciencia de sí, esto es, a poner al creador en lugar de las
creaturas. De su parte es también completamente lógico que rechace como una
masa testaruda, como materia, a todo el resto del mundo que persiste
obstinadamente en considerarse como algo diferente de su producto. Y espera que
pronto se dará cuenta de todo lo que es corporal. Su propio descontento de no
poder ir hasta el fondo de ese mundo grosero, también lo transforma en algo
lógico, en el mismo descontento de ese mundo; y la rebelión de su crítica
contra la evolución de la humanidad, la transforma en la revuelta vulgar de la
humanidad contra su crítica, contra el espíritu, contra el señor Bruno Bauer y
consortes.
Desde
el origen, el señor Bauer era teólogo, pero no un teólogo ordinario, sino un
teólogo crítico o un crítico teólogo. En tanto que representante extremo de la
vieja ortodoxia hegeliana, como acomodador de todas las insanías religiosas y
teológicas, proclamaba continuamente que la crítica era su propiedad. Designaba
entonces a la crítica de Strauss como crítica humana, y expresamente hacía
valer' en oposición a ella el derecho de la crítica divina. Al gran sentimiento
de sí, a la conciencia de sí, que era el núcleo oculto de esta divinidad,
posteriormente la desprendió de su disfraz, la individualizó como su propio ser
y, al llamamiento de la infinita conciencia de sí, la hizo el principio de la
crítica. En su propio movi-miento realizó luego el movimiento que la filosofía
de la conciencia de sí describe como acto vital absoluto. Nuevamente suprimió
la "diferencia del producto", es decir, la diferencia entre la
infinita conciencia de sí y el productor, que no es otro que é1 mismo, y
reconoció que en su movimiento no era más que él mismo, que el movimiento del
universo no deviene, pues, verdadero y real más que en su propio movimiento
ideal.
En
su retorno a sí misma, la crítica divina está restablecida de modo racional,
consciente, crítico; la calidad en sí se ha transformado en calidad de sí y en
existencia propia, y únicamente al fin se realiza la iniciación cumplida y
revelada. Por oposición a la crítica humana, la crítica divina se ha revelado
como la crítica, como la crítica pura, como la crítica crítica. La apología del
antiguo y del nuevo testamento fue reemplazada por la apología de las obras
antiguas y nuevas del señor Bauer. La antinomia teológica entre Dios y el
hombre, entre el espíritu y la carne, entre lo infinito y lo finito, ha
devenido la antinomia teológico-crítica entre el espíritu, la crítica o el
señor Bauer, por una parte, y la materia, la masa o el mundo profano, por otra.
La antinomia teológica de la fe y la razón se ha transformado en la antinomia
teológico-crítica entre el sentido común humano y el pensamiento puramente
crítico. La Zeitschrift für spekulative Theologie ha llegado a ser la
Literaturzeitung crítica. El Salvador religioso se ha realizado en el salvador
crítico Bauer.
El
último estadio del señor Bauer no constituye una anomalía en su evolución; es
esta evolución la que, por su exteriorización, retorna a sí misma. Claro está
que el elemento en el cual se ha exteriorizado la crítica divina y que ha
salido de ella misma, coincide con el elemento en el cual ha devenido
parcialmente infiel a sí misma y ha creado algo humano.
Retornada
a su punto de partida, la crítica absoluta terminó el ciclo especulativo y su
propia existencia. Su movimiento ulterior no es más que una pura circulación en
sí misma, superior a todo interés vulgar y, por consiguiente, sin ningún otro
interés para la masa.
[*]
Nota.- La relación del materialismo francés con Descartes y Locke, así como la
oposición de la filosofía del siglo XVII a la metafísica del siglo XVII, se
hallan expuestas detalladamente en la mayoría de las historias francesas
modernas de la filosofía. Nos basta repetir aquí las cosas conocidas para
responder a la crítica crítica. La relación del materialismo del siglo XVIII
con el comunismo inglés y francés del siglo XIX exige, por el contrario, una
exposición más amplia. Aquí nos limitaremos a unas cuantas citas
características de Helvetius, Holbach y Bentham.
I.
Helvetius. - "Obras completas", Londres, 1776. "Los hombres no
son malos, pero están sometidos a sus intereses... No hay, pues, que lamentarse
de la maldad de los hombres, sino de la ignorancia de los legisladores, que
siempre han colocado el interés particular en oposición con el interés
general". (I, 96). "Hasta hoy las más bellas máximas morales no han
producido ningún cambio en las costumbres de las naciones. ¿Por qué causa?
Porque los vicios de un pueblo están ocultos -por así decir- en el fondo de su
legislación... En Nueva Orleáns las princesas de sangre, cuando se cansan de
sus maridos, pueden repudiarlos para casarse con otros. En países así no se
encuentran mujeres infieles, porque no tienen interés alguno en serlo".
(I, 201, 202). "Es evidente que la moral sólo es una ciencia frívola si no
se la confunde con la política y la legislación". (I. 209). "Se
reconoce a los moralistas hipócritas..., por una parte, en la indiferencia con
que contemplan los vicios destructores de los imperios, y por otra, en la
irritación con que se desatan contra los vicios particulares". (I. 211).
"Si los ciudadanos no pudieran lograr su felicidad particular sin hacer la
felicidad común, entonces los únicos vicios serían los locos, y la felicidad de
las naciones sería un beneficio de la moral". (I. 289). De igual modo que,
según Helvetius, la educación (y Helvetius entiende por tal no sólo la
educación en el sentido ordinario de la palabra, sino como conjunto de las
condiciones de existencia de un individuo) forma al hombre, cuando una reforma
es necesaria, una reforma que hará desaparecer la contradicción entre el
interés particular y el interés general, el hombre necesita, para la
realización de tal reforma, una modificación de su mentalidad: "No pueden
realizarse las grandes reformas sino debilitando la estúpida veneración de los
pueblos por las viejas leyes y costumbres"; esto es, suprimiendo la
ignorancia.
II.
Holbach.- "Sólo a sí mismo el hombre puede amar en los objetos que ama;
sólo a sí mismo puede estimar en los seres de su especie. El hombre nunca puede
separarse de sí mismo, en ningún instante de su vida; no puede perderse de
vista. Siempre nuestra utilidad, nuestro interés..., nos hacen odiar o amar los
objetos". (Sistema social, París, 1822; I. 80, 112). Pero "el hombre,
por su propio interés, debe amar a los otros hombres, porque son necesarios
para su bienestar... La moral le enseña que entre los seres, el más necesario
al hombre es el hombre" (pág. 76). "La verdadera moral, así como la
verdadera política, es la que trata de aproximar a los hombres a fin de
hacerlos trabajar con sus esfuerzos reunidos para su mutua felicidad. Toda
moral que separa nuestros intereses de los de nuestros asociados, es falsa,
insensata, contraria a la naturaleza" (pág. 116). "Amar a los otros…
es confundir nuestros intereses con los de nuestros asociados, a fin de
trabajar por la unidad común... La virtud no es más que la utilidad de los
hombres reunidos en sociedad" (pág. 77). "Un hombre sin pasiones o
sin deseos dejaría de ser un hombre... Totalmente indiferente a sí mismo, ¿cómo
se le podría determinar a sentir afecto por otros? Un hombre indiferente hacia todo,
privado de pasiones, que se bastase a sí mismo, no sería un ser sociable... La
virtud no es más que la comunicación del bien" (pág. 118). "La moral
religiosa nunca ha servido para hacer más sociables a los mortales" (pág.
36).
III.
Bentham.- De Bentham citaremos solamente el pasaje donde combate "el
interés general en el sentido político". "El interés de los
individuos... debe ceder ante el interés público. Pero... ¿qué significa esto?
¿No forma parte cada individuo del público, como otro cualquiera? Este interés
público que vosotros personificáis no es sino un término abstracto y no
representa más que la masa de los intereses individuales... Si estuviera bien
sacrificar la fortuna de un individuo para aumentar la de los otros, aún sería
mejor sacrificar a un segundo, a un tercero, sin que se pudiese señalar ningún
límite... Los intereses individuales son los únicos intereses reales"
(Teoría de las penas y de las recompensas, París, 1835, 3q ed., II, 230).
_______________________
[1]
En los capítulos VI y VII Marx atacará a Bruno Bauer. En primer lugar, ataca a
la oposición que Bruno Bauer establece entre el espíritu y la masa, la idea y
el interés, y trata de demostrar todo lo ficticio, falso e ilógico que tiene
esa oposición. Luego estudia la cuestión Judía, el socialismo, el materialismo,
etc. [N. de la Edit.]
[2]
La expresión alemana ein Dorn im Auge sein siempre es tomada en sentido
figurado y significa ofuscar, herir moralmente. Bauer parece atribuirle un
sentido real. Marx, llevando las cosas al extremo, continúa haciendo un
verdadero juego de palabras. [N. de la Edit.]
[3]
Idem.- Hirsch significa siervo. [N. de la Edit.]
CAPÍTULO
VII
LA
CORRESPONDENCIA DE LA CRITICA CRITICA
I.-
LA MASA CRITICA
Encarnada
de manera absoluta en el señor Bauer, la crítica crítica ha proclamado que la
humanidad en masa, toda la humanidad que no es crítica crítica, es su antinomia
esencial, su objeto esencial: esencial, porque la masa existe ad majorem
gloriam Dei de la crítica, del espíritu; objeto, porque es la simple materia de
la crítica crítica. La crítica crítica ha proclamado que su relación con la
masa constituye la relación histórica de los tiempos presentes.
Pero,
para formar una oposición histórica, no basta declarar que uno se encuentra en
oposición con el mundo entero. Uno puede imaginarse que es la piedra de toque
general, debido a que por torpeza se choca con él de manera general. Para que
exista una oposición histórica, no es suficiente que yo proclame al mundo como
mi propia antinomia; todavía falta que el mundo me proclame su antinomia
esencial, me trate y me reconozca como tal. Este reconocimiento, se lo procura
la crítica crítica mediante la correspondencia, que tiene por misión el dar
testimonio, ante el mundo, en favor de su papel de salvador crítico y de
mostrar que el evangelio crítico es un objeto de escándalo general. La crítica
crítica es su propio objeto en tanto que objeto del mundo. La correspondencia
está encargada de presentarla bajo este aspecto, como interés universal del
momento presente.
La
crítica crítica se considera como sujeto absoluto. Pero el sujeto absoluto
tiene necesidad de un culto. Para el culto se precisan terceros, individuos
creyentes. La Sagrada Familia de Charlottenburg recibe, pues, de parte de sus
corresponsales, el culto al cual tiene derecho. Sus corresponsales dicen lo que
ella es y lo que su adversario, la masa, no es.
Dando
así la opinión que tiene de sí misma, como la opinión del mundo, y realizando
su noción, es evidente que la crítica cae en la inconsecuencia. Se constituye,
en su propio seno, una especie de masa, de masa crítica, que tiene por misión
exclusiva servir de eco infatigable a las palabras de unión críticas. Puesto
que la critica es tan consecuente consigo misma, esta inconsecuencia es
excüsable. La crítica crítica que no puede ni quiere vivir en este mundo
pecador, está forzada a establecer en su propia casa un mundo pecador.
El
corresponsal de la crítica crítica, el miembro de la masa crítica, no marcha
por un camino sembrado de rosas. Su camino es un camino crítico, difícil, lleno
de espinas. La crítica crítica es un maestro espiritualista, espontaneidad
pura, actus purus, intolerante contra toda influencia exterior. El
corresponsal, pues, no puede ser más que un sujeto aparente, sólo puede tener
con respecto a la crítica crítica una individualidad aparente, y únicamente en
apariencia puede querer comunicarle algo nuevo y original. En realidad no es
más que una elucubración de la crítica, y en él, la crítica realiza e
individualiza momentáneamente su propio interrogatorio.
Los
corresponsales nunca dejan, pues, de asegurar incesantemente que la misma
crítica crítica sabe, comprende, conoce, penetra y experimenta todo lo que se
tiene aires de comunicarle en el instante mismo. Es así, por ejemplo, cómo
Zerrleder emplea los giros siguientes: "¿Comprende usted? Usted sabe.
Usted sabe, por segunda y tercera. Usted debe haber entendido suficientemente
ahora, para poder comprender por usted mismo".
Fleischhammer,
el corresponsal de Breslau, escribe: "Pero que... es tan claro para usted
como para mí mismo". E. Hirzel, el corresponsal de Zurich: "Ustedes
mismos habrán sabido perfectamente". El corresponsal crítico respeta tan
escrupulosamente la comprensión absoluta de la crítica, que incluso se la
presta en los casos en que no hay absolutamente nada que comprender. Así,
Fleischhammer escribe: "Ustedes me comprenden perfectamente cuando les
afirmo que no es posible salir sin encontrar jóvenes eclesiásticos católicos
con largos hábitos y mantos negros".
Más
aún; ¡el corresponsal escucha a la crítica crítica que, angustiada, le habla,
le responde, lanza exclamaciones y se burla de él!
Zerrleder:
"Pero, me dirán ustedes; ¡sea, pero escuchad!". Fleischhammer:
"Pero ya escucho lo que ustedes dicen: - quería decir simplemente"
Hirzel: "Gentilhombre, me escribirán ustedes". Un corresponsal de
Tubinga: "¡No os burléis de mí!"
También
los corresponsales han recurrido aún a otros giros: comunican hechos a la
crítica crítica y le prestan una interpretación espiritual, la proveen de
premisas y le dejan la tarea de sacar conclusiones, e incluso llegan a
excusarse por machacar sobre cosas que ella conoce desde hace mucho tiempo.
Zerrleder:
"Vuestro corresponsal sólo puede haceros el cuadro, datos la descripción
de los hechos. El espíritu que vivifica estas cosas no podría ceros
desconocido". Y todavía: "Os será fácil sacar la conclusión".
Hirzel:
"Sin duda me será permitido recordarle a usted esta afirmación
especulativa: toda creación ha tenido por origen el extremo de vuestra
antinomia".
Asimismo,
sucede que las experiencias del corresponsal no son más que la realización y la
confirmación de las profecías críticas.
Fleischhammer:
"Vuestra profecía se ha realizado".
Zerrleder:
"Las tendencias de que os había dicho que ganarían más y más terreno en
Suiza, lejos de ser perniciosas, son únicamente felices, una simple
confirmación de la idea que habéis emitido en más de una oportunidad".
La
crítica crítica se siente a veces empujada a proclamar lo condescendiente que
es en su correspondencia; y motiva esta condescendencia en el hecho de que el
corresponsal ha realizado hábilmente tal o cual tarea. Así, escribe el señor
Bruno al corresponsal de Tubinga: "En verdad, es una inconsecuencia de mi
parte responder a tu carta... Pero como me has escrito, por otra parte, cosas
tan excelentes..., no pudo negarte la explicación solicitada".
La
crítica crítica se hace escribir de provincia. Pero no se trata de la provincia
en el sentido político de la palabra, que, todo el mundo lo sabe, no existe en
ninguna parte de Alemania, sino de la provincia crítica, cuya capital es Berlín
-Berlín es el asiento de los patriarcas críticos y de la Sagrada Familia
crítica, mientras que en las provincias vive la masa crítica. Las provincias
críticas solamente se atreven, con mucha reserva y con excusas, a solicitar la
atención de la suprema "central" crítica.
De
este modo, un anónimo escribe al señor Edgar que, como miembro de la Sagrada
Familia, es también un gran bonete: "¡Honorable señor! La juventud desea
agruparse mediante esfuerzos comunes (nuestra diferencia de edad no es más que
de dos años); por esto, tratará usted de excusarme estas líneas". Este
camarada de años del señor Edgar se da, de paso, como el ser de la filosofía
moderna. ¿No es lógico que la crítica esté en correspondencia con el ser de la
filosofía? Si el compañero de edad del señor Edgar afirma que ya ha perdido sus
dientes, esto no es más que una alusión a su ser alegórico. El ser de la
filosofía moderna aprendió de Feuerbach a poner el elemento de la cultura en la
intención objetiva. Al mismo tiempo da una muestra de su cultura y de su intuición,
asegurando al señor Edgar que se "ha formado una idea total de su
noticia" -¡vivan los principios sólidos!- y también hace la confesión leal
de que no ha comprendido claramente la idea del señor Edgar, paralizando
finalmente su idea total al formular esta pregunta: "¿O quizá le he
comprendido enteramente mal?" Después de esta muestra, se encontrará
completamente natural que el ser de la filosofía moderna se exprese, en
relación a la masa, en estos términos: "Estamos obligados a condescender,
una vez al menos, haciendo el examen y dando la solución del nudo mágico que
prohíbe al buen sentido penetrar en la ola ilimitada del pensamiento".
Si
se desea tener una idea completa de la masa crítica, hay que leer la
correspondencia del señor Hirzel, de Zürich (N° 5). Este infeliz repite, con
una docilidad verdaderamente enternecedora y una memoria digna de elogios, las
"palabras de orden" críticas. No faltan las frases preferidas del
señor Bruno sobre las batallas que ha librado, sobre las campañas cuyo plan ha
trazado. Pero la tarea que le impone su calidad de miembro de la masa crítica,
la realiza el señor Hirzel particularmente cuando se acalora contra la masa
profana y las relaciones de esta masa con la crítica crítica.
Habla
de la masa que se imagina tomar parte en la historia, de la "ira
masa", de la "crítica pura", de la "pureza de la oposición,
de una oposición tan pura como la historia jamás vio", del "ser
descontento", del "vacío absoluto, del malestar, del aplastamiento,
de la insensibi-lidad, de la pusilanimidad, del furor, de la exasperación de la
masa contra la crítica, de la masa que sólo existe para hacer, mediante su
resistencia, más acerba y más vigilante a la crítica". Habla de la
"creación sacada de la oposición extrema", de lo que eleva a la
crítica por encima del odio y de todas las emociones profanas. A esto se limita
todo lo que el señor Hírzel ha dado a la Líteraturzeitung. De la misma manera
que él reprocha a la masa el contentarse con el simple "sentimiento"
y la "buena voluntad", con la "frase" y "la
creencia", él mismo se contenta, como miembro de la masa crítica, con
frases, y se limita a expresar su "sentimiento crítico", su "fe
crítica", su "buena voluntad crítica", dejando al señor Bruno y
compañía la tarea de "actuar, trabajar, luchar y hacer obras".
Pese
al espantoso cuadro que los miembros de la masa crítica nos trazan de la
exasperación histórica del mundo profano contra la crítica crítica, el hecho
mismo de esta tensión histórica no está establecido, al menos, para los
escépticos. Repitiendo servilmente y sin crítica las "quimeras" y las
"pretensiones" en cuestión, los corresponsales demuestran simplemente
que las ideas fijas del amo son, asimismo, las ideas fijas del servidor. Uno de
los corresponsales críticos hace la tentativa de apoyar su argumentación en los
hechos. "Ustedes ven -escribe a la Sagrada Familia- que la
Literaturzeitung alcanza su finalidad, esto es, que no obtiene ningún éxito.
Para tener éxito necesitaría hacer repiquetear la falta de ideas, y ustedes
tendrían que hacerla preceder con el carillón de las locuciones de toda una
música turca de categorías usuales". ¡Un carillón de locuciones de toda
una música turca de categorías usuales! ¡Como se ve, el corresponsal crítico se
esfuerza en caracolear con locuciones que no son usuales! Su explicación del
hecho de que la Literaturzeitung no tiene éxito debe ser rechazada, sin
embargo, como puramente apologética. Se podría interpretar, completamente al
contrario, este hecho, diciendo que la crítica crítica se encuentra de acuerdo
con la gran masa, esto es, con la gran masa de escritores que no tienen éxito.
Por
tanto, no basta que los corresponsales críticos utilicen las fórmulas críticas
como una "plegaria" dirigida a la Sagrada Familia, y también como una
"fórmula de maldición" contra la masa. Se necesitan corresponsales
no-críticos y con carácter de masa, verdaderos diputados de la masa acreditada
junto a la crítica crítica, para demostrar la verdadera tensión entre la masa y
la crítica.
Es
por esto que la crítica crítica hace un sitio para la masa no-crítica. Se hace
enviar correspondencias por ingenuos representantes de la masa; logra de este
modo hacer admitir como importante y absoluta la antinomia que las separa, y
consigue que todo el mundo le pida angustiosamente que ponga fin a esta
antinomia.
II.-
LA MASA NO-CRITICA Y LA CRITICA CRITICA
a)
La masa empedernida y la masa insatisfecha.
La
insensibilidad, el empedernimiento y el ciego escepticismo de la masa, tienen
un representante bastante decidido. Este representante habla del
"desarrollo de la sociedad berlinesa, de acuerdo a la única filosofía
hegeliana". "El verdadero progreso -dice- que podemos hacer, sólo
consiste en el conocimiento de la realidad. Pero ustedes nos enseñan que
nuestro conocimiento no se aplicaba a la realidad sino a lo irreal".
Señala a las "ciencias físicas y naturales" como el fundamento de la
filosofía. "Un buen naturalista es al filósofo como el filósofo es al
teólogo". Hablando de la sociedad berlinesa, también dice: "No creo
exagerar, explicando el estado de estas gentes por el hecho que han atravesado
el proceso de la muda espiritual, pero todavía no han podido desembarazarse de
esas materias de muda, de tal manera que pudieran asimilarse los elementos de
la renovación y de esos conocimientos (naturales e industriales)."
"El conocimiento del mundo y de los hombres que particularmente necesitamos,
no puede adquirirse solamente con la agudeza del pensamiento; todos los
sentidos deben ser utilizados, todas las disposiciones del hombre deben ser
empleadas como un instrumento necesario e indispensable; de otro modo, la
intuición y el conocimiento permanecerán constantemente defectuosos... y
traerán la muerte moral."
Pero
este corresponsal dora la píldora cuando presenta a la crítica crítica.
"Hay que encontrar a las palabras de Bauer la aplicación exacta",
"ha seguido el pensamiento de Bauer", "hace decir exactamente a
Bauer", en una palabra, parece que polemizara al fin de cuentas contra la
sociedad berlinesa diferente de la crítica y no contra la misma crítica.
La
crítica crítica, que se siente herida y que en todos los asuntos de fe es,
además, susceptible como una solterona, no se deja engañar con esas
distinciones y semihomenajes. "Se ha engañado usted -responde- si cree ver
su adversario en el partido que diseña al comienzo de su carta; más bien
confiese -¡y aquí viene la terrible fórmula de anatema!- que es usted un
adversario de la crítica misma." ¡El infeliz! ¡El pobre! ¡Un adversario de
la misma crítica! No obstante, en el fondo de esta polémica vulgar, la crítica
critica expresa el respeto que experimenta ante las investigaciones naturales y
de la industria. "¡Nos inclinamos ante las investigaciones naturales! Nos
inclinamos ante James Watt, pero -¡gustad este giro verdaderamente sublime!- no
nos inclinamos absolutamente ante los millones que ha conseguido para sus
primos y primas". ¡Inclinémonos con respeto delante del respeto de la
crítica crítica! En la misma carta en que la crítica crítica acusa a la
mencionada sociedad berlinesa de pasar por encima de trabajos excelentes y
sólidos, sin estudiarlos, y de despachar una obra diciendo que hace época, en
esa misma carta se desembaraza de todas las investigaciones naturales y de la
industria, declarando que se inclina respetuosamente ante ellas. La restricción
que la crítica crítica aporta al respeto que pretende sentir por las
investigaciones naturales, recuerda a los primeros rayos lanzados por el
difundo caballero Krug contra la filosofía natural.
"La
naturaleza no es la única realidad por el hecho que la comemos y la bebemos en
sus diferentes productos." Todo lo que sabe la crítica crítica sobre los
diversos productos de la naturaleza se reduce a "que la comemos y la
bebemos". ¡A sacarse los sombreros delante de la ciencia natural de la
crítica crítica!
Consecuente
consigo misma, examina el incómodo e inoportuno consejo de estudiar la
"naturaleza y la industria", y le opone esta exclamación
evidentemente espiritual y elocuente: "¿Cree usted que ya está logrado el
conocimiento de la realidad histórica? ¿O quizá conoce usted un solo período
histórico sobre el cual tendríamos datos absolutamente completos?"
¿O
quizá la crítica crítica cree haber llegado, aunque más no fuera, a los
comienzos del conocimiento de la realidad histórica, ya que excluye del
movimiento histórico las relaciones teóricas y prácticas del hombre con la
naturaleza, esto es, a las ciencias naturales y la industria? ¿O cree conocer
un período cualquiera sin haber estudiado, por ejemplo, el modo de producción
inmediato de la vida misma? Es cierto que la crítica crítica, espiritualista y
teológica, no conoce, al menos en lo que imagina, más que los grandes hechos
políticos, literarios y teológicos de la historia. Del mismo modo que separa al
pensamiento de los sentidos, al alma del cuerpo, a sí misma del mundo, separa
de las ciencias naturales y de la industria, a la historia y, para ella, el
lugar de nacimiento de la historia no está en la producción material y grosera
que se hace sobre la tierra; está en las nubes y las brumas que flotan en el
cielo.
El representante
de la masa "empedernida e impenitente", con sus amonestaciones
excelentes y sus censuras, es enviado "a paseo" como un vulgar
materialista. La misma suerte le está reservada a otro corresponsal menos
malévolo, perteneciendo menos a la masa, pero que no ve realizarse las
esperanzas que había fundado en la crítica crítica. El representante de la masa
insatisfecha escribe: "Pero estoy obligado a declarar que el primer número
de vuestro periódico no ha satisfecho absolutamente. Sin embargo, esperábamos
otra cosa".
El
patriarca crítico responde en persona: "Sabía de antemano que nuestro
periódico no respondería a las esperanzas puestas en él, porque fácilmente
podía imaginarme el carácter de esas esperanzas. Las gentes están tan
fatigadas; quieren tenerlo todo al mismo tiempo. ¡Todo! ¡Nada menos! Si es
posible, todo y, al mismo tiempo, nada. Un todo que no ocasione ningún trabajo,
un todo que se pueda asimilar sin haber atravesado una evolución, un todo que,
en una palabra, exista ya".
Con
el mal humor que le causan las exigencias intempestivas de la masa que pide
algo, incluso todo, a la crítica que, por principio y por naturaleza, "no
da nada", el patriarca crítico relata una anécdota a la manera de los
viejos señores. Últimamente -dice- uno de sus amigos de Berlín se habría
quejado amargamente de la prolijidad y del excesivo desarrollo de sus escritos.
(Es sabido que con el mínimo de la menor pretendida idea, el señor Bruno hace
un libro grueso). Para apaciguarlo, prometió enviarle, en forma de bolita, la
tinta necesaria para la impresión del libro; lo que le permitiría asimilarse
más fácilmente el contenido. El patriarca explica el desarrollo de sus obras
por medio de la mala repartición de la tinta de imprenta, lo mismo que explica la
nulidad de la Líteraturzeitung por medio del vacío de la masa profana que
desearía tragarlo todo o nada a la vez, para sentirse satisfecha.
Aun
no desconociendo en nada la importancia de las comunicaciones dadas hasta hoy,
se podría ver una oposición histórica en el hecho de que un amigo vulgar de la
crítica la declare vacía y hueca, mientras que ella lo presenta como careciendo
de sentido crítico; que un segundo amigo constante manifieste que la
Literaturzeitung no satisface sus esperanzas y que un tercer amigo de la casa
encuentre demasiado prolijas las obras de la crítica. El amigo N° 2, que tiene
esperanzas, y el amigo N° 3, que al menos desea conocer los secretos de la
crítica crítica, preparan, sin embargo, la realización de las más ricas y
continuas relaciones entre la crítica y la masa no-crítica. Cuanto más cruel se
presenta la crítica con respecto a la masa "empedernida" y de
"sentido común", tanto más condescendiente la encontramos con
respecto a la masa que pide a trompetazos y gritos que se la saque de la
antinomia. La masa que aporte a la crítica un corazón contrito, un espíritu
penitente y humillado, recibirá de ella, en recompensa a sus valientes
esfuerzos, alguna palabra experimentada, profética y viril.
b)
La masa sensible y ávida de liberación.
El
representante de la masa sentimental, sensible y ávida de liberación, implora y
adula a la crítica crítica y le prodiga efusiones, zalemas y miradas amorosas
para obtener de ella una palabra amable. Por ejemplo: "¿Por qué le escribo
estas líneas? ¿Por qué trato de justificarme ante usted? Porque lo estimo y
deseo su estimación; porque en lo concerniente al desarrollo, le estoy muy
obligado y porque por esto le amo. Mi corazón me impulsa hacia usted, que me ha
vituperado y obligado a justificarme. Estoy lejos de querer imponerme a usted
de esta manera; pero, juzgando de acuerdo a mis propias disposiciones, me he
dicho que un testimonio de interés, aun llegando de un hombre que usted todavía
conoce poco, podría causarle placer. De ningún modo pretendo pedirle que
responda a mi carta: no quisiera robarle el tiempo que usted puede utilizar
mejor, ni imponerle una tarea, ni exponerme a mí mismo a la humillación de no
ver realizadas mis esperanzas. Aunque ponga esta carta en la cuenta del
sentimentalismo, de la indiscreción, de la vanidad (!) o de no importa qué,
conteste o no a ella, no puedo resistir a la fuerza que me empuja a enviársela
y deseo que usted reconozca en ella el sentimiento amistoso que la
inspira."
Del
mismo modo que los pusilámines han logrado que Dios se apiadara de ellos, este
corresponsal salido de la masa, pero lleno de humildad y reclamando la
misericordia crítica, ve realizarse sus deseos. La crítica crítica le contesta
bondadosamente. ¡Más aun! Le da las más profundas explicaciones sobre todo lo
que preocupa a su curiosidad.
Hace
dos años -nos enseña la crítica crítica- estaba de moda recordar la filosofía
francesa del siglo XVIII, a fin de poder mover, en el lugar deseado, la
caballería ligera en la batalla que se libraba entonces.
Actualmente
todo ha cambiado. En nuestra época, las verdades se modifican rápidamente. Lo
que estaba muy bien hace dos años es ahora un error. Claro está que también
entonces era un error, pero un error justificado; la crítica absoluta (Anécdota
II, pág. 89), llamaba a esas tropas "nuestros santos, nuestros profetas,
nuestros patriarcas, etc." ¡Quien aplicará, pues, el nombre de patriarcas
a los miembros de su caballería ligera! Era un error, pero un error
justificado, el hablar con entusiasmo de la abnegación, de la energía moral,
del entusiasmo con que esas tropas ligeras han "pensado, trabajado y
estudiado por la verdad" durante toda su vida. Fue un error declarar
(Entdeckes Christentum, Vorrede) que esas tropas ligeras parecían invencibles y
que todo hombre inteligente les daba de antemano el testimonio de que harían
salir al mundo de sus rieles y lograrían indudablemente cambiar la faz del
mundo." ¡Esas tropas ligeras!
Y la
crítica crítica continúa instruyendo al representante curioso: "Claro está
que los franceses adquirieron un nuevo mérito absoluto tratando de establecer
una teoría social; pero actual-mente están demasiado agotados; su nueva teoría
aún no es pura, sus elucubraciones sociales, su democracia pacífica no está
todavía absolutamente liberada de las hipótesis del antiguo estado de
cosas".
Si
es que habla de algo, la crítica habla aquí del fourierismo y, particularmente,
del fourierismo de la Democracia pacífica. Pero éste está muy lejos de ser la
"teoría social" de los franceses. Los franceses poseen teorías
sociales, pero no una teoría social; y el fourierismo preconizado por la
Democracia pacífica no es en suma más que la doctrina social de una parte de la
burguesía filantrópica; el pueblo es comunista, aunque está dividido en una
cantidad de diferentes fracciones; el verdadero movimiento y la verdadera
elaboración de estos diversos matices sociales, no solamente no están agotados,
sino que no hacen más que comenzar. Pero no terminarán, como lo desearía la
crítica crítica, en la teoría pura, esto es, abstracta, sino en una realidad
completamente práctica, que no se preocupará para nada de las categorías
categóricas de la crítica crítica.
"Ninguna
nación -continúa la crítica- está momentáneamente por encima de las otras... Si
alguna debe adquirir preponderancia espiritual sobre otra, será aquélla que sea
capaz de criticar a las demás y a sí misma y de reconocer las causas de la
caducidad universal".
Hasta
hoy cualquier nación se ha adelantado a otra. Mas si la profecía es exacta,
ninguna nación tendrá la menor ventaja sobre otra, pues todos los pueblos
civilizados de Europa, los ingleses, alemanes y franceses "se critican
actualmente a sí mismos y a los demás, e incluso son capaces de reconocer las
causas de la caducidad universal". Es una tautología superflua,
finalmente, decir que la crítica, el conocimiento, las facultades espirituales,
dan una superioridad espiritual; y la crítica, que con infinita fatuidad se
coloca por encima de las naciones y espera a que éstas le supliquen de rodillas
que se complazca en iluminarlas, muestra claramente mediante este idealismo
caricaturesco, por medio de este idealismo cristiano-germánico, que se ha
hundido hasta las orejas en el lodo de la nacionalidad alemana.
La
crítica de los franceses e ingleses no es una personalidad abstracta, distante,
que se encuentra fuera de la humanidad; es la actividad humana real de los
individuos que son miembros activos de la sociedad, que sufren, sienten,
piensan y obran como hombres. Por esto, la crítica que realizan es al mismo
tiempo, práctica; su comienzo es un socialismo en el cual preconizan medidas
prácticas, palpables, en el cual no se limitan a pensar, sino que sirve para
intensificar su acción. La crítica que realizan es la crítica viva, real, de la
sociedad existente, el reconocimiento de las causas de la decadencia.
Después
de haber dado esos informes a su corresponsal curioso, representante de la
masa, la crítica crítica tiene el derecho de decir de su Literaturzeitung:
"Aquí practicamos la crítica pura, que representa y toma las cosas tales
como son, sin agregarles nada." En ella no se da nada personal; en
resumen, no se da nada más que la crítica vacía, esto es, la crítica que
termina por no tener nada de crítica. La crítica hace imprimir los pasajes que
ha subrayado con lápiz azul y alcanza su apogeo en los extractos. Wolfgang,
Menzel y Bruno Bauer se tienden una mano fraternal y la crítica crítica se
encuentra en el punto en que se encontraba, a principios de este siglo, la
filosofía de la identidad, cuando Schelling protestaba contra las pretensiones
de la masa, que le acusaba de querer dar algo, no importa qué, como la
filosofía pura y como completamente filosófica.
c)
La irrupción de la gracia en la masa.
El
tierno corresponsal, a cuya instrucción acabamos de asistir, mantenía
relaciones sentimentales con la crítica. En él, la tensión entre la masa y la
crítica sólo es indicada de manera idílica. Los dos extremos de la antinomia
histórica guardan maneras corteses y bondadosas y, por consecuencia,
esotéricas.
En
su acción antihigiénica y deprimente sobre la masa, la crítica crítica sólo se
presenta en un corresponsal que todavía tiene un pie en el mundo profano y el
otro ya en la crítica. Este corresponsal representa a la masa en sus luchas
íntimas contra la crítica.
En
ciertos momentos, este corresponsal cree que "el señor Bruno y sus amigos
no comprenden a la humanidad" y que son, en verdad, gentes ciegas. Pero
inmediatamente rectifica: "Si, veo tan claro como el día que tenéis razón
y que vuestras ideas son verdaderas; pero, perdonadme, tampoco el pueblo está
equivocado... ¡Ah, sí! El pueblo tiene razón... Vosotros tenéis razón, no puedo
negarlo... En verdad, no sé con qué rima todo esto; vosotros me diréis... ¡Y
bien!, quédate tranquilo. ¡Ay! No puedo estarlo... Sin esto, se terminaría por
perder la cabeza... Acogeréis con benevolencia... Creedme, a fuerza de
aprender, a veces le gira a uno extra-ñamente la cabeza." Y otro
corresponsal escribe que "a veces pierde su presencia de ánimo". Como
se ve, la gracia crítica trata de irrumpir en este corresponsal perteneciente a
la masa. ¡Pobre diablo! Está zamarreado entre la masa pecadora y la crítica
crítica. El conocimiento adquirido no arroja al catequizado de la crítica
crítica en este estado de estupidez; lo hace la cuestión de la fe y de la
conciencia, el Cristo crítico o el pueblo, Dios o el mundo, Bruno Bauer y sus
amigos o la masa profana. Pero, de la misma manera que la extremada confusión
del pecador precede a la irrupción de la gracia divina, el embrutecimiento total
es el precursor de la gracia crítica. Y es cierto que cuando la gracia hace
irrupción, el elegido no pierde su estupidez, pero pierde la conciencia de su
estupidez.
III.-LA
MASA CRITICA NO-CRITICA, O LA CRITICA Y LA SOCIEDAD BERLINESA.
La
crítica crítica no ha logrado darse como oposición esencial y, por
consecuencia, como objeto esencial de la humanidad en masa. Incluso sin hablar
de los representantes de la masa empedernida -que reprocha a la crítica crítica
el no tener objeto y le hace comprender de la manera más galante que aún no ha
terminado su muda espiritual y debe adquirir ante todo conocimientos sólidos-,
el mismo tierno corresponsal no constituye una oposición y únicamente a título
personal trata de aproximarse a la crítica crítica. Como se puede deducir por
la continuación de su carta, en realidad quiere conciliar su religión por el
señor Arnold Ruge con su religión por Bruno Bauer. Esta tentativa de
conciliación honra a su buen corazón, pero no constituye en nada un interés de
la masa. El último corresponsal, finalmente, no formaba ya, en realidad, parte
de la masa, sino como catecúmeno de la crítica crítica.
Por
lo demás, la masa es un objeto indeterminado que, en consecuencia, no podría
ejercer una acción determinada ni anudar relaciones determinadas. Tal como es
objeto de la crítica crítica, la masa nada tiene de común con las masas reales
que forman, entre sí, además, contrastes muy considerables. Ella misma se ha
hecho su masa, lo mismo que si el naturalista, en lugar de hablar de clases
determinadas, se representara la clase.
Para
poseer realmente una oposición de la masa, la crítica necesita aún, pues, fuera
de esa masa abstracta, creación de su pobre cerebro, una masa determinada,
empíricamente presentable y que no sea un simple pretexto. Es preciso que la
masa vea en la crítica crítica su propia esencia y a la vez, el aniquilamiento
de su esencia. Sin poder serlo, es necesario que la crítica crítica sea lo
contrario de la masa. Esta masa crítica y no-crítica al mismo tiempo, es la
sociedad berlinesa, de la cual hemos hablado anteriormente. Y la masa de la
humanidad se reduce a una sociedad berlinesa ocupándose seriamente de la
crítica crítica.
Esta
sociedad berlinesa, "objeto esencial" de la crítica crítica, cuyo
pensamiento se ocupa de ella incensantemente y que se imagina ocuparse siempre
de ella, se compone -por lo que sabemos- de algunos ci-devant jóvenes
hegelianos, a quienes la crítica crítica inspira, por lo que pretende, horror
al vacío o el sentimiento de la nulidad. No examinamos los hechos; confiamos en
lo que dice la crítica.
La
correspondencia tiene particularmente por finalidad exponer ampliamente al
público esa relación histórica de la crítica y de la sociedad berlinesa;
revelar su significación profunda, exponer la crueldad necesaria de la crítica
con respecto a esa masa y, finalmente, hacer creer que el mundo entero se
preocupa ansiosamente por esa posición, tomando parte ora por, ora contra los
procedimientos de la crítica. Así, por ejemplo, la crítica absoluta escribe a
un corresponsal que toma partido por la sociedad berlinesa: "He escuchado
tantas afirmaciones de ese género, que he decidido no prestarles atención en
adelante". El mundo no sospecha el número de veces que la crítica crítica
se ha ocupado de esas cosas criticas.
Escuchemos
ahora lo que un miembro de la masa critica nos dice de la sociedad berlinesa:
"Si existe alguien que rinda justicia a Bauer y consortes (siempre hay que
tomar a la Sagrada Familia pele mele) -escribe al comienzo de su respuesta- ese
soy yo. ¡Pero la Literaturzeitung! Admitimos de ella todo lo que tiene el
derecho de ser admitido. Me hubiera gustado escuchar lo que uno de esos
radicales, de esos malignos de 1842, piensa de ustedes..." Y el infeliz
nos anuncia que puede hacer toda clase de críticas a la Literaturzeitung.
El
relato del señor Edgar: Die drei Biedermanner, lo encontró grosero y exagerado.
No se dio cuenta que la censura es menos una lucha de hombre contra hombre,
menos un combate contra un enemigo exterior, que un combate interior. Uno no se
toma el trabajo de penetrar en sí mismo y de sustituir la frase condenada por
la censura con el pensamiento crítico delicadamente desarrollado y empujado en
todos los sentidos. El artículo del señor Edgar sobre Béraud lo encuentra
superficial. Pero el informante crítico lo halla profundo. El mismo confiesa:
"No conozco el libro de Béraud." Pero en cambio cree que el señor
Edgar ha logrado, etc.; ya se sabe que la fe salva. "A pesar de todo
-continúa el creyente crítico-, él (el de la sociedad berlinesa), no está
contento con los escritos de Edgar". Asimismo encuentra "que Proudhon
no es tratado con bastante seriedad y profundidad". Y así es como el
informante acuerda al señor Edgar el siguiente testimonio: "En realidad
conozco a Proudhon; sé que el señor Edgar ha tomado de él, mediante su estudio,
los puntos característicos y los ha dispuesto de manera inteligible". La
única razón porque no gusta la excelente crítica que Edgar hace a Proudhon no
puede ser, si le creemos al informante, más que ésta: el señor Edgar no se ha
puesto malvadamente contra la propiedad. Y que no se olvide: el adversario
encuentra insignificante el artículo consagrado por el señor Edgar a la Unión
Obrera. El informante consuela al señor Edgar: "Naturalmente, no se
encuentra en ella nada personal, y estas gentes en realidad se han retirado al
punto de vista de Gruppe, que, en resumen, nunca han abandonado. ¡Dar, dar
todavía, dar siempre, he aquí el papel de la crítica!" ¡Como si la crítica
no hubiera dado descubrimientos absolutamente nuevos: lingüísticos, históricos,
filosóficos, económicos, jurídicos! ¡Y tiene la modestia de dejar decir que no
ha dado nada personal! Incluso nuestro corresponsal crítico llega a dar algo
desconocido hasta el momento en mecánica: hace retornar a las gentes a un punto
de vista que nunca han abandonado. La cita del punto de vista de Gruppe
constituye una torpeza.
En
su folleto, insignificante por lo demás e indigno de ser citado, Gruppe
preguntaba al señor Bruno lo que tenía que dar como crítica relativa a la
lógica especulativa. El señor Bruno lo envió a las generaciones futuras -y
quien espera una respuesta, es un perfecto loco.
Semejante
a Dios, que castigó al Faraón incrédulo endureciéndole el corazón y
considerán-dolo indigno de ser iluminado, el informante asegura: "Es por
esto que no merecéis en absoluto ver u comprender el contenido en vuestra
Literaturzeitung". Y en lugar de aconsejar a su amigo Edgar de que se
procure ideas y conocimientos, le da este consejo: "El señor Edgar haría
mejor consiguiéndose una bolsa llena de frases y utilizarla en adelante a
ciegas para sus artículos, a fin de encontrar un estilo adecuado al oído del
público." En primer lugar, tenemos toda una serie de epítetos con respecto
a la sociedad berlinesa, tales como "un cierto furor, el descrédito, el
vacío, la ausencia de ideas, el presentimiento de la cosa que no pueden
comprender, el sentimiento de la nulidad". Luego se le hacen a la Sagrada
Familia elogios de esta índole: "Una exposición fácil y penetrante, el
dominio de las categorías, la inteligencia adquirida por el estudio, la
posesión de los objetos. El (el de la sociedad berlinesa), toma las cosas a la
ligera; ustedes, hacen fácil la cosa." O también: "Ustedes practican
en la Literatur-zeitung la crítica pura, descriptiva y que penetra las
cosas".
Y
finalmente se nos dice esto: "Les he escrito todo esto, con tantos
detalles, porque sé que les causo placer comunicándoles las opiniones de mi
amigo. Por ello ven ustedes que la Literaturzeitung llena su papel." Este
papel consiste en presentar la oposición entre la crítica y la sociedad
berlinesa. Y ahora que hemos escuchado la polémica de la sociedad berlinesa
contra la crítica crítica y la exhortación que esta polémica le consigue, se
nos va a mostrar de dos maneras los esfuerzos que hace esta sociedad para
ganarse la misericordia de la crítica crítica.
Un
corresponsal escribe: "Durante una visita que hice a Berlín al comienzo de
este año, mis amigos me dijeron que, viviendo en un completo aislamiento,
ustedes evitaban con cuidado toda relación y todo trato, naturalmente no puedo
saber quién tiene la culpa."
De
igual modo que la crítica crítica cree elevarse por encima de todas las
oposiciones dogmáticas poniendo en el sitio de las oposiciones reales la
oposición entre ella misma y el mundo, entre el Espíritu Santo y la masa
profana, ella cree elevarse por encima de los partidos, cayendo por debajo del
punto de vista de los partidos, oponiéndose ella misma como partido al resto
del mundo, y concentrando todo el interés en la personalidad del señor Bruno y
consortes. Que la crítica reine en la soledad de la abstracción, que incluso,
cuando tiene aires de ocuparse de un objeto, no salga de su soledad vacía para
entrar en una relación verdaderamente social con un objeto real, porque su
objeto no es más que el objeto de su imaginación, un objeto imaginario, toda nuestra
exposición demuestra la exactitud de esa confesión crítica. Para caracterizar
la abstracción de la crítica en tanto que abstracción absoluta, nuestra
exposición asimismo demuestra perfectamente bien que "ella se abstrae de
todo". ¿La nada desprendiéndose de todo, del pensamiento, de la intuición,
etc., no es el absurdo absoluto? El aislamiento en que desemboca la crítica al
desprenderse de todo, haciendo abstracción de todo, está tan poco liberado del
objeto del que se desprende, como Orígenes lo estuvo del miembro viril que
separó de su persona.
Otro
corresponsal comienza por hablarnos de la "pusilanimidad" de un
miembro de la sociedad berlinesa, a "quien dejó de expresar propósitos
bastante insolentes"; actualmente se muestra "desanimado, abatido y
ya no puede abrir la boca". Este miembro de la sociedad berlinesa comunica
al corresponsal -que a su turno se lo comunica a la crítica-, "que no
puede comprender que gentes como ustedes dos -por lo demás fieles al principio
de humanidad-, puedan mostrarse tan distantes, tan difíciles de abordar,
incluso tan arrogantes". No comprende "por qué algunos tienen aires
de querer provocar una escisión, con propósitos deliberados. No obstante, todos
nos colocamos en el mismo punto de vista, todos nos sentimos unidos a ese
extremo que es la crítica, todos somos capaces, sino de producir una idea
extrema, al menos de comprenderla y aplicarla". No "encuentra, en
esta escisión, otro principio rector que el egoísmo y el orgullo". Y
nuestro corresponsal pide indulgencia: "No existen, al menos algunos de
nuestros amigos que han comprendido la crítica, o quizás la buena voluntad de
la crítica... ut desint vires, temen est laudanda voluntas".
La
crítica responde estableciendo entre la sociedad berlinesa y ella misma las
antítesis siguientes: "Hay diferentes puntos de vista de la crítica"
Aquéllos "se imaginan tener la crítica en el bolsillo"; ella
"conoce y utiliza realmente la fuerza de la crítica", esto es, ella
no la guarda en su bolsillo. Para la sociedad berlinesa la crítica no es más
que pura forma; para la crítica crítica es, al contrario, lo que "hay de
más rico en contenido y es más bien la única cosa que tiene contenido". A
igual que el pensamiento absoluto, la crítica crítica se da por la única
realidad. Por ello no ve ningún objeto fuera de ella misma; no es la crítica de
objetos reales existentes fuera del sujeto crítico; más bien ella forma el
objeto; es, en el sentido absoluto, el sujeto-objeto. ¡Prosigamos! La primera
especie de crítica ha recurrido a todas las especies de fórmulas para saltar a
pie juntillas por encima de todo, por encima del estudio de las cosas, y la
segunda al mismo medio para desprenderse de todo. La primera es "ignorante
y maligna" y la otra "aprende". Es cierto que la segunda es poco
maligna par ça, par lá, pero sólo en apariencia, simplemente para poder
utilizar como un saber de su propia cosecha lo que acaba de aprender
superficialmente y servirse de él como "fórmula" contra la masa que
se lo ha enseñado para resolverlo en un contrasentido crítico-crítico.
La
primera da mucha importancia a palabras tales como "extremo, progreso,
adelanto insuficiente", y hace de ellas sus categorías favoritas; la
segunda profundiza los puntos de vista, pero sin aplicarles las medidas de esas
categorías abstractas.
Cuando
la crítica N° II exclama que ya no se trata de política y que se ha
transformado en un asunto de filosofía; cuando se coloca por encima de los
sistemas y evoluciones sociales recurriendo a las expresiones "fantasista,
utópico, etc.", ¿qué hace sino retomar, bajo una forma crítica, los
términos de "progreso, adelanto insuficiente, etc"? Y todas sus
medidas, tales como "la historia, la crítica, el resumen de los objetos,
lo antiguo y lo nuevo, la crítica y la masa, la profundización de los puntos de
vista", en una palabra, todas sus fórmulas, ¿no serían absolutamente, por
azar, medidas categóricas, abstractamente categóricas?
"La
primera es teológica, malvada, envidiosa, mezquina, pretensiosa; la otra es lo
contrario de todo eso."
Después
de haberse discernido así, sin tomar aliento, toda una serie de elogios, y de
haberse atribuido todo lo que le falta a la sociedad berlinesa, absolutamente
como Dios es todo lo que el hombre no es, la crítica se extiende el certificado
siguiente: "Ella ha llegado a una claridad, a una curiosidad, a una
tranquilidad en las que es inatacable e imbatible".
Con
respecto a su opuesto, la sociedad berlinesa, a lo sumo, puede, pues, cargarse
de una risa olímpica. Esta burla -y con su seriedad habitual nos demuestra
ampliamente lo que esta burla es y lo que no es-, "esta burla no es
orgullo." ¡Dios no lo quiera! Es la negación de la negación. "Es el
procedimiento al cual la crítica está obligada a recurrir, con placer y calma,
contra un punto de vista inferior que se imagina ser igual a ella". ¡Qué
pretensión de parte de ese punto de vista inferior! ¡Cuando se ríe, la crítica
emplea, pues, un procedimiento! ¡Y en su apacibilidad emplea ese procedimiento
de la risa no contra personas, sino contra un punto de vista! ¡La risa misma es
una categoría que ella emplea, y está obligada a emplear!
La
crítica extra-mundana no es una actividad esencial del sujeto humano real, vivo
y sufriente de la actual sociedad, tomando parte en sus alegrías y dolores. El
individuo real sólo es un accidente, un vaso terrestre de la crítica crítica
que se revela en él como la substancia eterna. El sujeto no es la crítica del
individuo humano, sino el individuo no humano de la crítica. La crítica no es
una manifestación del hombre, el hombre es una alienación de la crítica; y el
hombre vive enteramente, en consecuencia, fuera de la sociedad.
"Puede
la crítica vivir en la sociedad que critica? O mejor, ¿no está obligada a vivir
en esta sociedad? ¿Ella misma no debe ser una manifestación de esta sociedad?
¿Por qué la crítica vende las producciones de su espíritu, ya que hace suya la
peor ley de la sociedad actual? "El crítico ni debe atreverse a
inmiscuirse personalmente en la sociedad". Por esta razón, se constituye
una sagrada familia, lo mismo que el dios solitario procura poner fin, mediante
la sagrada familia, a la aburrida separación entre él y toda sociedad. Si el
crítico quiere separarse de la mala sociedad, que se desembarace ante todo,
pues, de sí mismo, su peor sociedad: "Es así como el crítico está privado
de todas las alegrías de la sociedad, pero también ignora los sufrimientos de
ella. No conoce ni amistad" -a excepción de la de sus amigos críticos-
"ni amor" -a excepción del amor propio-; "pero en cambio la
calumnia no puede afectarlo; nada puede ofenderlo; ningún odio le alcanza,
ninguna envidia; la cólera y el pesar son para él emociones desconocidas".
En resumen: el crítico se ha liberado de todas las pasiones humanas; es una
persona divina y puede aplicarse la canción de la monja: "No pienso en el
amor, no pienso en un hombre; pienso en Dios padre, que puede conservarme".
No
le es dado a la crítica escribir un pasaje cualquiera sin contradecirse.
Finalmente nos dice: "Los filisteos que lapidan a la crítica" -por
analogía bíblica es preciso que sea lapidada- "que la desconocen y le
prestan motivos impuros" -prestar motivos impuros a la crítica pura-
"para hacerla su igual" -el orgullo igualitario denunciado
anteriormente-; "la crítica se burla de todo eso, pues no vale la pena,
pero lo aclara y lo envía tranquilamente a su importancia insignificante".
Más
arriba la crítica se vio forzada a emplear el procedimiento de la burla contra
"el punto de vista inferior que se imagina igual a la crítica". Por
tanto, la crítica crítica no sabe en realidad como arreglárselas contra la masa
impía; y este hecho parece indicar una irritación interior y una bilis para las
cuales las emociones no son desconocidas.
Pero
no hay que desconocer lo que existe. Después de haber luchado hasta aquí como
Hércules, para desprenderse de la masa profana no-crítica y de todo, la crítica
ha terminado, afortunadamente por elaborar su existencia solitaria, divina, que
se basta a sí misma, absoluta. Si la primera emancipación de esta "fase
nueva" parece indicar todavía que el viejo mundo de las emociones
criminales conserva aún influencia sobre la crítica, ahora vamos a ver que, en
una "forma estética", se modera y se transfigura y hace penitencia,
con el objeto de poder, finalmente -nuevo Cristo triunfante- celebrar el último
juicio crítico y ascender tranquilamente al cielo, después de su victoria sobre
el dragón.
CAPÍTULO
VIII
LA
VIDA TERRESTRE Y LA TRANSFIGURACION DE LA CRITICA CRITICA, O LA CRITICA CRITICA
BAJO LOS RASGOS DE RODOLFO, PRINCIPE DE GEROLSTEIN
Rodolfo,
príncipe de Gerolstein, expía, en su vida terrestre, un doble crimen: su crimen
personal y el crimen de la crítica crítica. En un violento altercado, esgrimió
la espada contra su padre; en un coloquio violento, la crítica crítica se dejó
arrastrar a emociones criminales contra la masa. La crítica crítica no ha
aclarado un solo misterio. Rodolfo expía esta falta y revela todos los
misterios.
Si
le creemos al señor Szeliga, Rodolfo es el primer servidor del Estado de la
humanidad. (Estado humanitario del zuavo Egidius. Véase los Konstitutionnelle
Jahrbücher del doctor Karl Weil, 29 volumen, 1842).
Para
que el mundo no perezca se necesita -según la afirmación del señor Szeliga-
"que intervengan los hombres de la crítica absoluta..." Rodolfo es
uno de esos hombres... Rodolfo entiende la idea de la crítica pura. Y esta idea
es más fecunda para él y para la humanidad que todas las experiencias que la
humanidad ha hecho en su historia, y toda la ciencia que Rodolfo ha podido
sacar de esta historia, incluso bajo la dirección de los más fieles maestros.
El juicio imparcial por medio del que Rodolfo da a su vida terrestre el
carácter de la eternidad, no es, en realidad, más que la revelación de los
misterios de la sociedad. Es el "misterio revelado de todos los
misterios".
Rodolfo
dispone de infinitamente más medios exteriores que los demás hombres de la
crítica crítica. Pero la crítica saca partido de esto: "El hombre menos
favorecido por la suerte no puede alcanzar los resultados (!) de Rodolfo; pero
el noble objetivo no es irrealizable (!)". La crítica, pues, se remite a Rodolfo,
favorecido por la suerte, para la tarea de realizar las propias ideas de ella.
La crítica le canta: "¡Hahnemann, pase adelante! ¡Usted lleva las grandes
botas impermeables!"
Acompañemos
a Rodolfo en su viaje "que es más fecundo para la humanidad, etc.", y
que salva dos veces al mundo de la destrucción.
I.-
TRANSFORMACION CRITICA DE UN CARNICERO EN PERRO, O EL CHOURINEUR[1]
El
Chourineur era carnicero de oficio. Diversas colisiones hicieron un asesino de
este hijo de la naturaleza con violentos instintos. Rodolfo le encuentra por
azar, en el preciso momento en que maltrata a Flor de María. Rodolfo aplica al
hábil matón algunos puñetazos imponentes y rudamente asentados en la cabeza y
en la cara. Así se asegura la respetuosa consideración del Chourineur. Esa
misma noche, en la taberna del hampa, se revela la buena naturaleza del
Chourineur. "¡Siempre has tenido corazón y honor!".[2], -le dice
Rodolfo-. Emocionado por estas palabras; el Chourineur comienza a respetarse a
sí mismo. El Chourineur está corregido o, para hablar como el señor Szeliga, ha
sido transformado en un "ser moral". Rodolfo lo toma bajo su protección.
Sigamos la nueva educación del Chourineur dirigido por Rodolfo.
Primera
etapa.- Para comenzar, el Chourineur recibe lecciones de hipocresía, de
perfidia, de traición y de simulación. Rodolfo utiliza al Chourineur moralizado
de la misma manera que Vidocq utilizaba a los criminales, después de haberlos
moralizado: haciendo de él un espía, un agente provocador. Le aconseja:
"mantenga el aire de haber cambiado de principios, delante del Maestro de
escuela"[3]; proponga al maestro de escuela la realización de un golpe que
lo atraiga de este modo a una trampa tendida por Rodolfo. El Chourineur tiene
la impresión de que se quiere abusar de él para una farsa: "No me agrada
nada esta farsa"[4]. Protesta contra la proposición de hacerlo un espía y
de desempeñar el papel de agente provocador. Rodolfo persuade fácilmente a este
hijo de la naturaleza, mediante la casuística "pura" de la crítica,
que un mal golpe no es un mal golpe cuando se lo realiza por "buenas
razones morales". Bajo las apariencias de la camaradería y de la
confianza, el Chourineur, agente provocador, atrae a su viejo compañero y le
conduce a su pérdida. Por primera vez en su vida comete una infamia.
Segunda
etapa.- Encontramos al Chourineur como enfermero de Rodolfo, a quien acaba de
arrancar a la muerte.
El
Chourineur se ha transformado en un ser moral tan presentable que, cuando
David, el doctor negro, le propone sentarse sobre el piso, se niega por temor a
ensuciar el tapiz. Incluso es demasiado tímido para sentarse en una silla.
Finalmente "tomó una silla con las mayores precauciones, la dio vuelta con
aires de perfecta satisfacción, puso el respaldo sobre el tapiz, con la honesta
intención de sentarse con propiedad y modestia, sobre las patas anteriores, a
fin de no ensuciar nada"[5] No deja de excusarse cada vez que llama señor,
en lugar de monseñor, a su "amigo" Rodolfo, a quien ha salvado la
vida.
¡Maravilloso
drenaje del brutal hijo de la naturaleza! El Chourineur nos hace conocer el
misterio más íntimo de su transformación crítica, cuando dice a Rodolfo que
siente por él la devoción de un bull-dog por su amo. El antiguo carnicero se ha
transformado en perro. A partir de ese momento, todas sus cualidades se
resumirán en la cualidad del perro, la pura devoción a su amo. Su
independencia, su individalidad van a desaparecer completamente. Pero, a
imitación de los malos pintores que están obligados a indicar con una etiqueta
el tema de sus cuadros, Eugenio Sue pondrá en boca del bull-dog Chourineur, un
papel en el cual se lee constantemente esta protesta: "las palabras:
tienes corazón y honor, han hecho de mí un hombre". Hasta su postrer suspiro,
el Chourineur encontrará el móvil de sus actos no en su individualidad humana,
sino en ese papel. Como prueba de su corrección moral, hará largas reflexiones
sobre su propia existencia y la perversidad de los otros individuos; y todas
las veces que juega con las máximas morales, Rodolfo no deja de decirle: ¡Me
agrada oírte hablar así! El Chourineur no es ya un bull-dog ordinario; se ha
convertido en un bull-dog moral.
Tercera
etapa.- Ya hemos admirado la distinción "de tendero" que ha
reemplazado a la despreocupación grosera, pero valiente, del Chourineur. Ahora
nos enteramos que, así como conviene un ser moral, se ha asimilado el andar y
los modales de un "tendero". En efecto, "al verlo caminar... se
le hubiera tomado por el burgués más inofensivo del mundo"[6]. La forma
que Rodolfo da a esta vida reformada según los principios de la crítica, es más
lamentable aún que el fondo. Despacha al Chourineur para Africa, donde podrá
dar al mundo incrédulo el espectáculo saludable de su arrepentimiento. En
adelante, el Chourineur ya no representará su naturaleza humana, sino un dogma
cristiano.
Cuarta
etapa.- La metamorfosis crítico-moral ha hecho del Chourineur un hombre
tranquilo y prudente que organiza su vida de acuerdo a las reglas del temor y
de la experiencia. El Chouri-neur, nos informa Murf -que en su indiscreta
simplicidad siempre da la clave-, el Chourineur no ha dicho una palabra de la
ejecución del maestro de escuela por miedo a encontrarse com-prometido. El
Chourineur sabe, pues, que la ejecución del maestro de escuela fue un acto
contrario a la ley. Pero no sopla una palabra por miedo a comprometerse.
¡Prudente Chourineur!
Quinta
etapa.- El Chourineur ha avanzado suficientemente en su metamorfosis moral para
tener conciencia, en una forma civilizada, de su situación de perro con
respecto a Rodolfo. Después de haberlo arrancado a la muerte, dice a Germain:
"Tengo un protector que es para mí lo que el buen Dios es para los buenos
sacerdotes...; es como para arrojarse de rodillas ante él"[7]. Y en su
pensamiento se encuentra de rodillas delante de su Dios. "Si -continúa- el
señor me proteje. Cuando digo señor... debería decir... monseñor..., pero tengo
la costumbre de llamarlo señor Rodolfo; él me lo permite"[8]. Y el señor
Szeliga exclama en un éxtasis crítico: "¡Espléndido despertar, maravillosa
expansión!"
Sexta
etapa. - El Chourineur termina dignamente su carrera de pura devoción y su
papel de bull-dog moral, haciéndose asesinar finalmente para salvar a monseñor.
En el preciso instante en que Esqueleto amenaza al príncipe con su cuchillo, el
Chourineur detiene el brazo del asesino. Esqueleto lo atraviesa con su
cuchillo. Pero en el momento de morir, Chourineur dice a Rodolfo: "Tenía
razón al decirle a Marcial que un gusano como yo podía ser a veces útil a un
gran señor como usted"[9].
A
esta cínica declaración, que resume toda la evolución crítica del Chourineur en
un solo epigrama, el Chourineur, o más bien el papel que tiene sobre la boca,
agrega: "estamos a mano, señor Rodolfo. Usted me ha dicho que yo tenía
corazón y honor[10]. Y el señor Szeliga exclama con todas sus fuerzas:
"¡Qué mérito para Rodolfo el haber devuelto el Chourineur a la
humanidad!"
II.-
REVELACION DE LOS MISTERIOS DE LA RELIGION CRITICA
a)
La Flor de María especulativa
Antes
de pasar a la Flor de María de Eugenio Sue, aún debemos decir una palabra de la
Flor de María especulativa del señor Szeliga.
Esta
Flor de María especulativa es ante todo una rectificación. En efecto, de la
construcción realizada por el señor Szeliga, el lector podría deducir que
Eugenio Sue "ha separado la pintura de la base objetiva (el estado social)
y de la evolución de las fuerzas individuales actuantes, que no se puede
comprender sino teniendo en cuenta ese trasplano".
Además
de la misión de rectificar esta suposición errónea producida en el lector por
la exposición del señor Szeliga, Flor de María tiene una tarea metafísica en
nuestra epopeya, esto es, en la del señor Szeliga.
"El
estado social y los acontecimientos épicos no estarían agrupados, de mano de
artista, en un todo verdaderamente unido, si no hiciesen más que entrecruzarse
confusamente, una parcela de estado social alternando por aquí y por allá con
una escena cualquiera. Para que haya una unidad real, es necesario que los dos
elementos, los misterios de ese mundo imbuido de prejuicios y la claridad, la
lealtad, la seguridad con las cuales Rodolfo penetra en ellos y los aclara, se
encuentren en un solo y mismo individuo... A Flor de María le incumbe esta
tarea."
El
señor Szeliga construye a Flor de María de la misma manera que el señor Bauer
construyó a la madre de Dios.
Por
un lado tenemos el elemento divino (Rodolfo), "al cual se le atribuye el
poder y la libertad en su plenitud", y que es el único principio activo; y
por el otro lado tenemos al elemento pasivo; el estado social y los hombres que
forman parte de él. El estado social es "el suelo de la realidad". Si
no se quiere renunciar completamente a ese suelo de la realidad, si no se
quiere "que sea suprimido el último vestigio del estado natural", si
se quiere que el mundo conserve todavía una parte cualquiera en el "principio
de evolución" que Rodolfo representa frente a él, si no se quiere que
"el elemento humano sea dado como careciendo pura y simplemente de
libertad y de actividad", es preciso que el señor Szeliga caiga en la
"contradicción de la conciencia religiosa". Si bien separa
violentamente el estado social y su actividad, como el dualismo de una masa
inerte y de la crítica (Rodolfo), está obligado, sin embargo, a conceder al
estado social y a la masa algunos atributos de la divinidad y a construir, en
Flor de María, la unidad especulativa de ambos, de Rodolfo y del mundo. (Véase
Kritik der Synoptiker, I, pág. 39).
Además
de la relación real que existe entre el propietario (la "fuerza
individual" actuante) y su casa (la "base objetiva"), la
especulación mística e incluso la estética especulativa, necesitan una tercera
unidad concreta, especulativa, un sujeto-objeto, que reúna en una sola y misma
persona la casa y el propietario de la casa. Como a la especulación no le
agradan las meditaciones naturales con todos sus detalles, no comprende que la
misma parcela de estado social, la casa, por ejemplo, que es para uno, el
propietario, una "base objetiva", sea para otro, el arquitecto de la
casa, un "acontecimiento épico". Para obtener una "verdadera
unidad", la crítica crítica -que reprocha al "arte romántico" el
"dogma de la unidad"-, reemplaza la relación natural y humana entre
el estado social y los acontecimientos, por una relación fantasista, un
sujeto-objeto místico, de igual modo que Hegel pone en lugar de la relación
natural entre el hombre y la naturaleza un sujeto-objeto absoluto, toda la
naturaleza y toda la humanidad a la vez, es decir, el espíritu absoluto.
En
la Flor de María crítica, "la falta universal del tiempo, la falta del
misterio" deviene "el misterio de la falta", como la falta
general del misterio deviene, en el tendero endeudado, el misterio de la
deudas.
Por
analogía con la construcción de la madre de Dios, Flor de María debería ser, en
realidad, la madre de Rodolfo, el nuevo salvador del mundo. El señor Szeliga lo
declara expresamente: "Lógicamente, Rodolfo debería ser el hijo de Flor de
María". Pero como no es el hijo, sino el padre de Flor de María, el señor
Szeliga descubre en este hecho "el nuevo misterio de que el presente, en
lugar de dar nacimiento al futuro, engendra en muchos casos el pasado, desde
hace mucho tiempo desaparecido". ¡Más aún! Descubre ese otro misterio, más
grande todavía, en contradicción directa con la estadística de la masa, que
"un hijo que a su turno no deviene padre ni madre, sino que desciende a la
tumba, virginal e inocente... es, por su esencia..., una joven".
El
señor Szeliga se atiene fielmente a la especulación hegeliana cuando considera
"lógicamente" a la hija como la madre de su padre. En la filosofía de
la historia de Hegel -así como en su filosofía de la naturaleza-, el hijo
engendra a la madre, el espíritu a la naturaleza, la religión cristiana al
paganismo, el efecto a la causa.
Después
de haber demostrado que, lógicamente, Flor de María debería ser la madre de
Rodolfo, el señor Szeliga demuestra luego, al contrario, que "para
responder absolutamente a la idea que ella personifica en nuestra epopeya,
nunca debe llegar a ser madre". Esto demuestra, al menos, que la idea de
nuestra epopeya y la continuación lógica del señor Szeliga se contradicen
recíprocamente.
La
Flor de María especulativa no es otra cosa que "la encarnación de una
idea". ¿Y de qué idea? "No obstante, tiene por misión representar en
cierto sentido la última lágrima melancólica que el pasado vierte antes de
desaparecer para siempre jamás". Es la representación de una lágrima
alegórica y lo poco que es, ni lo es más que "en cierto sentido".
No
seguiremos al señor Szeliga en su descripción de Flor de María. A ella misma le
dejamos el placer de formar, según la prescripción del señor Szeliga, "el
contraste absoluto con todo el mundo", un contraste misterioso, tan
misterioso como los atributos de Dios.
Tampoco
trataremos de penetrar "el verdadero misterio" que "ha sido
puesto por Dios en el seno del hombre" y que la Flor de María especulativa
indica, "no obstante, en cierto sentido". Pasamos de la Flor de María
del señor Szeliga a la Flor de María de Eugenio Sue y a las curas maravillosas
que Rodolfo opera en ella.
b)
Flor de María
En
medio del hampa encontramos a María como mujer alegre, como sierva de la dueña
del cabaret del Conejo Blanco. En medio de este mal ambiente conserva una
nobleza de alma, una inocencia y una belleza humanas que se imponen a todos los
que la rodean y hacen de ella la flor poética de esa taberna de bandidos y le
valen el sobrenombre de Flor de María.
Es
necesario observar bien a Flor de María desde su primera entrada en escena, a
fin de poder hacer la comparación entre su figura primitiva y su metamorfosis
crítica.
A
pesar de toda su delicadeza, Flor de María prueba inmediatamente que posee un
espíritu jovial, energía, buen humor, carácter elástico, esto es, cualidades
que únicamente pueden explicar su madurez humana en medio de su situación, que
nada tiene de humana.
Contra
el Chourineur que la maltrata, ella se defiende con sus tijeras. Tal es la
primera situación en que la encontramos. No se nos aparece como un cordero
indefenso, entregándose a la brutalidad más fuerte que ella, sino como una
joven que sabe hacer valer sus derechos y sostener una lucha.
En
la taberna de la calle de las Habas ella relata la historia de su vida al
Chourineur y a Rodolfo. Durante su relato la hace reír el espíritu de
Chourineur. Ella se acusa de haber dilapidado, a su salida de la prisión, en
paseos y en vestidos, los doscientos francos que había ganado, en lugar de ir a
buscar trabajo. "Esto ha sido mi gran equivocación..., pero yo no tenía a
nadie que me aconsejara"[11]. Recordando la catástrofe de su vida, el día
que se vendió a la ogresa, se pone completamente triste. "¡Ay!, señor,
desde mí infancia es la primera vez que me sucede recordar todas estas cosas a
la vez... y esto no es nada alegre"[12]. Y agrega: "Es igual..., se
debe ser muy feliz siendo honesta"[13].
Y
como el Chourineur se burla de ella diciéndole: "¡Y bien!, sé honesta,
hija mía; haz la farsa..., sé honesta"[14], ella responde: "¡Honesta!
¡Dios mío! ¿Y con qué quiere usted que sea honesta?"[15]. Claramente
declara que no es lloricona, pero su situación es bien triste. Lejos de conocer
el arrepentimiento cristiano, ella emplea, hablando, la fórmula estoica y
epicúrea a la vez, y expresa el principio humano de la mujer libre y fuerte: En
fin, lo que está hecho, hecho está.
Acompañemos
ahora a Flor de María en su primer paseo con Rodolfo. "¡Desventurada niña!
-le dice Rodolfo, que tiene deseos de comenzar una conversación moral-. Usted,
con esa conciencia de su horrible posición, debió a menudo..."
Y Flor
de María le responde: "¡Oh, sí!, he ido más de una vez, desde hace días;
he mirado al Sena por encima del parapeto; pero después miré las flores, el
sol... Entonces me decía: El río estará siempre allí; no tengo más que
dieciséis años y medio..., ¿quién sabe?" "En esos momentos me parecía
que yo no merezco mi suerte, que había en mí algo de bueno. Me decía: se me ha
atormentado bastante, tengo bastante miseria, pero al menos nunca le hice mal a
nadie"[16].
Flor
de María considera, pues, la situación en que se encuentra, no como una
creación libre ni como la expresión de ella misma; ve en ella una suerte que no
ha merecido. Su desventura puede cambiar. Aún es joven.
En
la concepción de María, el bien y el mal no son abstracciones morales del bien
y del mal. Ella es buena, pues nunca le hizo mal a nadie; ella siempre se ha
mostrado humana con respecto a su ambiente inhumano. Ella es buena, pues el sol
y las flores le revelan su propia naturaleza soleada y florida. Ella es buena,
pues es joven; está llena de esperanzas y de jovialidad. La situación no es
buena, porque esta situación le impone una sujeción contra na-tura, porque no
es la manifestación de las tendencias humanas de Flor de María, ni la
realización de sus deseos humanos, porque está llena de tormentos y carece de
alegría. Ella mide su situación con su propia individualidad, con su ser
natural, y no con el ideal del bien.
En
plena naturaleza, donde caen las cadenas de la vida burguesa y donde puede dar
curso libre a su naturaleza, Flor de María desborda, pues, alegría de vivir y
nos revela una riqueza de sentimiento, una alegría humana delante de la belleza
de la naturaleza, que demuestran que la situación burguesa simplemente ha
desflorado su superficie, que no es más que una simple desgracia y que lo mismo
que Flor de María ella misma no es mala ni buena, sino humana.
"¡Qué
felicidad, señor Rodolfo!... ¡Hierbas!, ¡campos! Si usted me permitiera
descender..., ¡es tan hermoso!... ¡Me gustaría tanto correr por estas
praderas"[17]. Y descendiendo del coche, ella recoge flores para Rodolfo y
apenas puede hablar de placer y de alegría, etcétera.
Rodolfo
le hace saber que va a conducirla a la granja de la señora Georges. Allí verá
palomares, establos, etc.; allí tendrá leche, manteca, frutas, etc. He aquí los
verdaderos remedios que necesita esa niña. ¡Ella se divierte!, he aquí lo que
la preocupa particularmente. "Es increíble... cómo voy a divertirme
allí"[18]. Del modo más ingenuo, explica a Rodolfo la parte que a ella
misma le corresponde en su infortunio. "Toda mi mala suerte proviene de
que no he economizado mi dinero". Y ella le aconseja que sea ahorrativo y
que coloque dinero en la caja de ahorros. Su imaginación gusta de los castillos
en el aire que Rodolfo construye ante sus ojos. No recae en la tristeza sino
porque había olvidado el presente y porque "el contraste del presente con
ese ensueño de una existencia dulce y sonriente le recuerda el horror de su
posición"[19]. Aquí vemos a Flor de María en su figura primitiva, antes de
la intervención de la crítica. Eugenio Sue se ha elevado por encima del
horizonte de su estrecha concepción del mundo. Ha golpeado de frente a los
prejuicios de la burguesía. Entrega Flor de María a su héroe Rodolfo para
expiar su propia temeridad, para ganar la aprobación de todos los ancianos y
ancianas, de toda la policía parisiense, de la religión oficial y de la crítica
crítica.
La
señora Georges, a quien Rodolfo entrega a Flor de María, es una mujer
desgraciada, hipocondríaca y religiosa. Inmediatamente acoge a la niña con
estas palabras melosas: "Dios bendice a quienes le aman y le temen..., a
quienes han sido desventurados y a quienes se arrepienten"[20]. Rodolfo,
el hombre de la crítica pura, hace llamar al desgraciado abate Laporte,
emblanquecido en la superstición. El abate está destinado a realizar la reforma
crítica de María.
María
se aproxima, alegre e ingenua, al viejo cura. En su brutalidad cristiana,
Eugenio Sue nos informa que un maravilloso instinto le murmura inmediatamente
al oído que la vergüenza termina donde comienzan el arrepentimiento y la
expiación, esto es, en el seno de la Iglesia, fuera de la cual no hay
salvación. Olvida la ingenua alegría demostrada por Flor de María en el curso
del paseo, olvida esa alegría que habían hecho nacer las gracias de la
naturaleza y la amistosa simpatía de Rodolfo, y que no fue perturbada en la
joven más que por el pensamiento de que tendría que regresar a casa de la
ogresa.
El
abate Laporte adquiere de inmediato una actitud por encima de las cosas de este
bajo mundo. Sus primeras palabras son: "La clemencia de Dios es
inagotable, querida niña... El os lo ha probado no abandonándoos... El hombre
generoso que os ha salvado realizó esta palabra de la Escritura (notémoslo: la
palabra de la Escritura y no una finalidad humana. C. M.); el Señor está cerca
de quienes le invocan..., escuchará sus gritos y los salvará... El señor
terminará su obra[21].
María
no comprende el sentido malvado de este sermón. Ella responde: "Rogaré por
quienes se han apiadado de mí y me han conducido a él, padre mío". Su
primer pensamiento no se dirige a Dios, sino al hombre que la ha salvado; y es
por éste por quien ruega antes de rogar por su propia absolución. Cree que su
plegaria puede influir para la salvación de otro. Más aún, es lo bastante
ingenua para creerse ya conducida a Dios.
El
abate no puede dejar de destruir esta ilusión heterodoxa: "Pronto
mereceréis la absolución, la absolución por los grandes errores de que habéis
sido víctima, más que culpable; pues, para hablar aún con el profeta: El Señor
sostiene a todos aquellos que están a punto de caer y levanta a quienes son
oprimidos"[22]. Observad la fórmula inhumana del cura: ¡Pronto mereceréis
la absolución! Por lo tanto, vuestros pecados aún no os han sido perdonados.
Del
mismo modo que el abate Laporte, acogiendo a la joven, le recuerda la
conciencia de sus pecados, Rodolfo, en el momento de despedirse, le obsequia
una cruz de oro, símbolo de la crucifixión cristiana que la espera.
María
vive ya desde hace tiempo en la granja de la señora Georges. Primero escuchemos
una conversación del viejo abate Laporte con la señora Georges. El cura
considera que no se puede pensar en casar a la joven, porque ningún hombre,
pese a todas las garantías del presente, se atrevería a afrontar el pasado que
ensució la juventud de Flor de María. Y agrega: "Es cruel que tenga que
expiar grandes faltas... El buen sentido moral debía haberla sostenido,
iluminado"[23]. Para demostrar la posibilidad de escapar a esta horrible
suerte, razona como el más vulgar de los burgueses: "¿Son, pues, tan raras
en París las almas caritativas?"[24]. El cura hipócrita sabe, asimismo,
que esas almas caritativas de París pasan indiferentes, a toda hora y en las calles
más animadas, junto a niñitas de dos a tres años que hasta medianoche venden
fósforos u otras cosas análogas, como lo hiciera antaño Flor de María, y cuya
suerte futura será, casi sin excepción, la de Flor de María.
El
cura quiere que Flor de María expíe; la ha condenado en su fuero interno.
Sigamos a ambos durante un paseo crepuscular, mientras el abate acompaña a
María hasta su casa. "Mirad, hija mía -comienza con elocuencia untuosa-,
esta inmensidad cuyos límites no se perciben.¿No parece que el silencio nos da
una idea del infinito y de la eternidad? Os digo esto, María, porque sois
singularmente sensible a las bellezas de la creación... A menudo me ha
asombrado la admiración a la vez poética y religiosa que os inspiran, a vos,
pobre prisionera, que durante tanto tiempo habéis estado desheredada de
ellas"[25].
El
cura ya logró metamorfosear en admiración religiosa la alegría absolutamente
ingenua que las bellezas de la naturaleza procuran a María. Para ella, la
naturaleza ya se encuentra reducida al rango de naturaleza devenida devota,
cristianizada. El horizonte semivelado por la bruma del anochecer es profanado
y transformado en el oscuro símbolo de una vaga eternidad. Flor de María ya ha
aprendido que todas las manifestaciones humanas de su ser eran "profanas,
carentes de religión, esto es, de consagración verdadera, irreligiosas, impías.
Es necesario qye el cura las denigre ante sus propios ojos y arrastre en el
lodo las fuerzas naturales y espirituales y los medios de gracia de la pobre
joven, a fin que ésta pueda recibir el medio de gracia sobrenatural que él le
promete, es decir, el bautismo.
Y
cuando María se prepara para hacerle una confesión al cura y le pide
indulgencia, el abate le responde: "El Señor os ha probado que era
misericordioso"[26].
En
la indulgencia con que se beneficia, María no debe ver el buen movimiento
natural que empuja a un ser humano hacia ella misma, otro ser humano. Es
preciso que vea en ello una compasión y una condescendencia excesivas,
sobrenaturales, sobrehumanas, y que la indulgencia humana le aparezca como la
misericordia divina. Todas las relaciones humanas y naturales deben
metamorfosearlas en algo trascendente, en relaciones con Dios. El modo con que
Flor de María, en su respuesta, se deja atar a la charla del cura, prueba hasta
qué punto el pensamiento religioso la ha corrompido ya.
Apenas
instalada en la granja, donde su situación es mejor, ella ha sentido -dice-
únicamente su nueva felicidad. "A cada instante pensaba en el señor
Rodolfo. Muy a menudo, completa-mente sola y a pesar mío, elevaba los ojos al
cielo como para buscarle en él y agradecerle. En fin..., me acuso de ello,
Padre mío, pensaba más en él que en Dios; pues había hecho por mí lo que sólo
Dios hubiera podido hacer. Era feliz, feliz como alguien que ha escapado para
siempre de un gran peligro"[27]. Flor de María ya encuentra reprensible el
haber gustado de su nueva situación simplemente como lo que es en realidad, es
decir, como una nueva felicidad; el haber adoptado en ella una actitud natural
y no sobrenatural. Ya está bajo el golpe de la hipocresía religiosa, que quita
al hombre lo que no ha merecido para dárselo a Dios y que, des-pués de todo,
considera como extraño al hombre todo lo que es humano, y como propio del
hombre todo lo que no es humano.
Luego,
María dice que la transformación religiosa de sus pensamientos, de sus
sentimientos, de su actitud frente a la vida, ha sido provocada por la señora
Georges y por el abate Laporte. "Cuando el señor Rodolfo me trajo de la
Cité, yo ya tenía vagamente conciencia de mi degradación... ¿Pero cree que la
educación, que los consejos, que los ejemplos que he recibido de la señora
Georges y de usted, aclarando de súbito mi espíritu, no me habían hecho
com-prender -¡ay!- que yo había sido aún más culpable que desgraciada?... [28].
Usted y la señora Georges, haciéndome comprender la virtud, me han hecho
comprender también la profundidad de mi abyección pasada"[29]. En otros
términos, al abate Laporte y a la señora Georges les debe el haber cambiado la
conciencia humana, soportable, por lo tanto, de la degradación, por la
conciencia cristiana y, en consecuencia, insoportable, de una abyección
infinita. El cura y la beata le han enseñado a juzgarse de acuerdo al punto de
vista cristiano.
María
siente la profundidad de la desgracia moral en que se la ha arrojado. Ella
dice: "¡Ay!, puesto que el conocimiento del bien y del mal debía serme tan
funesto, ¿por qué no se me abandonó a mi desgraciada suerte?... ¡Y bien! Si no
se me hubiese arrancado a la infamia, a la miseria, los golpes me hubieran
muerto rápidamente; al menos hubiera muerto ignorando una pureza que añoraré
siempre"[30]. El cura sin corazón responde: "¡Ay, María, esto era
fatal! Incluso una naturaleza generosamente dotada por el Creador, aunque no
hubiese estado más que un día hundida en el fango del que se os ha sacado,
guarda de él un estigma imborrable"[31].
Flor
de María, profundamente herida por este cura meloso, exclama: "¡Bien lo ve
usted, padre mío, que yo debo desesperar hasta la muerte!"[32].El viejo
esclavo de la religión replica: "Debéis desesperar porque es imposible
borrar de vuestra vida esa página desolante, pero debéis esperar de la
misericordia del Todopoderoso. ¡Para vos, aquí abajo, pobre niña, lágrimas,
remordimientos, expíación; pero un día, allá arriba, perdón, felicidad
eterna!"
María
no es lo bastante simple de espíritu para dejarse tranquilizar por una
felicidad eterna y el perdón en el más allá. "¡Piedad, piedad, Dios mío!
-exclama-. ¡Soy tan joven... y mi vida será quizá aún larga!... ¡Oh, pobre de
mí!"[33]. Y la sofística hipócrita del cura alcanza al colmo:
"¡Alegraos, María; por el contrario, alegráos! Esos remordimientos llenos
de amargura, pero saludables, prueban la religiosa susceptibilidad de vuestra
alma!... Creedme, cada uno de esos sufrimientos os serán contados allá arriba.
¡Durante un momento, Dios os ha abandonado en el mal camino para reservaros la
gloria del arrepentimiento y la eterna recompensa debida a la
expiación!"[34].
A
partir de ese momento, María está sometida a su conciencia del pecado. En la
más miserable situación había sabido crearse una individualidad amable, humana;
en el seno de la degradación extrema, había sabido que su ser humano era su ser
verdadero. Por el contrario, ahora el fango de la sociedad actual, que no ha
logrado más que mancharla exteriormente, se transforma en su esencia íntima;
atormentarse incesantemente, recordando ese fango, se hace para ella un deber,
una tarea trazada por Dios mismo, el fin propio de su existencia. Mientras que
antes se jactaba de no ser lloricona, mientras antes sabía que lo que está
hecho, hecho está, ahora la contricción le parece un bien y el arrepentimiento
una gloria.
Más
tarde se descubre que Flor de María es hija de Rodolfo. La volvemos a encontrar
como princesa de Gerolstein. Escuchemos una de sus charlas con su padre:
"En vano ruego a Dios que me libre de esas obsesiones, que llene mi
corazón únicamente con su piadoso amor, con sus santas esperanzas; que me tome
al fin íntegramente, puesto que quiero darme por entero a él. No escucha mis
ruegos..., sin duda porque mis preocupaciones terrestres me hacen indigna de
entrar en comunión con él"[35].
Una
vez que ha comprendido que sus descarriamientos son crímenes infinitos contra
Dios, el hombre no puede asegurarse la gracia y la salvación más que dándose
íntegramente a Dios, muriendo íntegramente para el mundo y las preocupaciones
terrenales. Una vez que ha comprendido que mediante un milagro divino fue
arrancada de su condición inhumana, Flor de María está obligada a transformarse
ella misma en santa para ser digna de semejante milagro. Su amor humano debe
dejar sitio al amor religioso; su deseo de felicidad terrena, a las
aspiraciones hacia la felicidad eterna; la satisfacción profana, a la santa
esperanza; la comunión con los hombres, a la comunión con Dios. Dios debe
tomarla íntegramente. Ella misma nos revela el misterio que no permite a Dios
el tomarla íntegramente. Ella aún no se ha dado por entero a él, su corazón aún
está atado a las preocupaciones terrenales que lo poseen enteramente. Es la
última defensa de su excelente salud. Se da íntegramente a Dios muriendo por
entero para el mundo y entrando al convento. "Nadie -dice Goethe- debe
encerrarse en un convento sin estar bien munido de una gran provisión de
pecados. Temprano o tarde tendrá, así, el placer de atormentarse para el
arrepentimiento".
Gracias
a las intrigas de Rodolfo, Flor de María es promovida abadesa del convento.
Primero se niega a aceptar ese puesto, por sentimiento de su indignidad. La
vieja abadesa la presiona: "Os diré más aún, mi querida hija: antes de
entrar al redil, vuestra existencia fue tan descarriada como, al contrario,
pura y loable ahora...; las demás virtudes evangélicas de que nos habéis dado
ejemplo desde vuestra estada aquí, expiarán y rescatarán a los ojos del Señor
un pasado, por muy culpable que sea"[36].
Por
las palabras de la abadesa vemos que las virtudes pi ofanas de Flor de María se
han transformado en virtudes evangelicas; o, mejor dicho, sus virtudes reales
no deben manifestarse más que en una caricatura evangélica.
María
responde a las palabras de la abadesa: "Santa madre, ahora creo poder
aceptar"[37].
La
vida del convento no responde a la individualidad de María; ella se muere. La
religión cristiana no la consuela más que en la imaginación. En otros términos,
su consolación cristiana es precisamente el aniquilamiento de su vida y de su
ser reales, la muerte.
Por
tanto, Rodolfo ha transformado primero a Flor de María en pecadora arrepentida,
luego a la pecadora arrepentida en monja y, por último, a la monja en cadáver.
En el sepelio, el sacerdote crítico Szeliga agrega su sermón al panegírico
pronunciado por el cura católico.
Llama
existencia "terrestre" a la existencia "inocente" de Flor
María, y la compara a "la culpa eterna e inolvidable". La glorifica
por haber implorado excusa y perdón en su último aliento. Pero, de igual modo
que el pastor protestante después de haber expuesto la necesidad de la gracia
divina, la participación del difunto en el pecado original y la fuerte
conciencia que ha tenido de su estado pecador, está obligado a celebrar las
virtudes de ese mismo difunto, el señor Szeliga recurre también a la fórmula:
"Y, sin embargo, ella no tenía personalmente nada que hacerse
perdonar".
Finalmente
arroja sobre la tumba de María la flor más marchita de la elocuencia de
púlpito: "Pura en su corazón como raramente lo fue hombre alguno, ella se
durmió en el seno del Señor". Amén.
a)
El maestro de escuela o la nueva teoría del castigo. El misterid revelado del
sistema celular. Misterios medicinales
El
maestro de escuela es un criminal de una fuerza hercúlea y de una gran energía
moral. Es un hombre instruido y culto. Atleta apasionado, entra en colisión con
las leyes y las costumbres dé la sociedad burguesa que tiene por medida general
la mediocridad, la moral fácil y el comercio tranquilo. Llega a ser asesino y
se abandona a todos los excesos de su temperamento violento que tto encuentra
en ninguna parte una actividad humana adecuada.
Rodolfo
se ha apoderado de ése criminal. Quiere corregirlo de acuerdo a las reglas de
la crítica y dar en su persona un ejemplo para el mundo jurídico. Se encuentra
en desacuerdo con el mundo jurídico, no sobre el castigo mismo, sino sobre la
manera de aplicar el castigo. Según la expresión característica del médico
negro David, descubre una nueva teoría criminal que sería digna de los grandes
criminalistas alemanes y que, posteriormente, ha tenido la fortuna de ser
defendida, con la seriedad y la profundidad alemanas, por un criminalista
alemán. Rodolfo ni pone en duda que sea posible elevarse por encima de los
criminalistas; no tiene otra ambición que ser el mayor criminalista, primus
inter pares. Hace enceguecer al maestro de escuela por el médico negro David.
Rodolfo
comienza por volver a discutir todas las objeciones vulgares que se han elevado
contra la pena de muerte; no tiene efecto sobre el criminal y tampoco sobre el
pueblo, que no ve en ella más que un espectáculo divertido. Además, establece
una diferencia entre el maestro de escuela y el alma del maestro de escuela. No
es al hombre, no es al verdadero maestro de escuela a quiere salvar, sino al
alma del maestro de escuela.
"La
salvación del alma es algo sagrado... -dice con tono doctoral-. Todo crimen se
expía y se rescata, ha dicho el Salvador; pero el trayecto del tribunal al
cadalso es demasiado corto; se necesita tiempo para la expiación y el
arrepentimiento... Has abusado criminalmente de tu fuerza..., yo paralizaré tu
fuerza... Los más vigorosos temblaban delante de ti..., temblarás delante de
los más débiles... En fin, tu castigo igualará a tus crímenes... Pero este
espantoso castigo te dejará al menos el porvenir sin límites de la expiación...
Sí, yo te privo para siempre de los esplendores de la creación..., te hundo en
una noche impenetrable..., solo... con el recuerdo de tus culpas.., para que
contemples continuamente su enormidad. Sí; aislado para siempre del mundo
exterior, estarás obligado a mirar dentro de ti. Algún día tu inteligencia, a
la que has degradado, te fortificará mediante los remordimientos, te elevará
mediante la expiación"[38].
Rodolfo,
pues, considera al alma como santa y al cuerpo del hombre como profano; de
acuerdo con la perífrasis que el señor Szeliga nos da de la humanidad, ve en el
alma el único elemento verdadero, porque el alma es una esencia perteneciente
al cielo. Se deduce de esto que el cuerpo, la fuerza del maestro de escuela, no
pertenece a la humanidad; a la manifestación de su esencia no hay que darle un
carácter humano, ni reivindicarla para la humanidad, ni tratarla como a un ser
humano independiente. El maestro de escuela ha abusado criminalmente de su
fuerza; Rodolfo paraliza, aniquila esa fuerza. Para desembarazarse de las
manifestaciones abusivas de una fuerza humana, no existe medio más crítico que
aniquilarla. Este es el medio cristiano, el medio que arranca el ojo, si el ojo
es causa de escándalo; que corta la mano, si la mano es causa de escándalo;
que, en una palabra, mata al cuerpo, si el cuerpo es causa de escándalo; pues
el ojo, la mano, el cuerpo, no son, en realidad, más que accesorios superfluos
y pecadores del hombre. Hay que matar a la naturaleza humana para curarla de
sus enfermedades. De acuerdo en este punto con la jurisprudencia crítica,
también la jurisprudencia vulgar encuentra en el aniquilamiento, en la
parálisis de las fuerzas humanas, el antídoto de las manifestaciones
perturbadoras de esas fuerzas.
Lo
que disgusta a Rodolfo en la represión profana, es el pasaje demasiado rápido
del tribunal al cadalso. Por el contrario, quiere que la venganza de la
sociedad, cayendo sobre el criminal, esté acompañada por la penitencia y los
remordimientos del criminal. Quiere aliar el castigo corporal con el castigo
moral, la tortura física con la tortura inmaterial del arrepentimiento. Es
preciso que el castigo profano sea al mismo tiempo un medio cristiano y moral
de educación.
Esta
teoría de la pena, que une la jurisprudencia a la teología, ese "misterio
revelado de los misterios", no es en último análisis más que la teoría de
la Iglesia católica, como Bentham nos lo expuso ya ampliamente en su obra
Teorías de las penas y recompensas. En ese mismo tratado, Bentham demostró,
asimismo, la ineficacia moral de las penas actuales. Llama "parodias
jurídicas" a esas represiones legales.
La
pena que Rodolfo infligió al maestro de escuela, es la que Orígenes se infligió
a sí mismo. Lo castra, privándole de la vista, de los verdaderos órganos de la
generación. "La vista es la luz del cuerpo". Hace un gran honor a su
instinto religioso, el hecho que Rodolfo imagina precisamente esa pena. Es el
castigo que estuvo en boga en todo el imperio cristiano de Bizancio, y fue el
preferido durante el período joven y vigoroso de los imperios cristianos
ger-mánicos de Inglaterra y Francia. Separar al hombre del mundo exterior,
confinarlo en su fuero interno abstracto con vistas a enmendarlo
-enceguecerlo-, es ésta una consecuencia necesaria de la doctrina cristiana,
según la cual el bien reside en la realización perfecta de esa separación, en
esa reducción absoluta del hombre a su yo espiritualista. Si Rodolfo no llega a
encerrar al maestro de escuela en un convento real -a ejemplo de lo que se
hacía en Bizancio y en Francia-, al menos lo encierra en un convento ideal, en
el convento de una noche impenetrable, en la que jamás irrumpe la luz del mundo
exterior; en un convento donde no existe más que la conciencia inactiva, el
sentimiento de las culpas cometidas y que sólo está poblado de reminiscencias
fantasmales.
Una
cierta vergüenza especulativa no permite al señor Szeliga discutir con toda
sinceridad esta teoría de su héroe Rodolfo, esa ligazón del castigo profano con
el arrepentimiento y la expiación predicadas por la religión cristiana. Por
tanto, le presta -naturalmente bajo la apariencia de un misterio cuya solución
será dada al mundo-, la teoría según la cual el criminal debe ser convertido en
juez de su propio crimen.
El
misterio de este misterio revelado es la teoría hegeliana de la pena. Según
Hegel, el criminal pronuncia su propio juicio en la pena de que es objeto.
También Gans ha desarrollado esta teoría. En Hegel es la "mosca"
especulativa de la antigua ley del talión, dada por Kant como la única teoría
jurídica de las penas. El ejercicio de esta jurisdicción del criminal sobre sí
mismo, no es en Hegel más que una "idea pura", una interpretación
simplemente especulativa de las penas empíricas habituales. Para la modalidad,
se remite, pues, al grado de civilización del Estado; en otros términos, deja
subsistir la pena tal cual es. Precisamente en esto es donde muestra más
espíritu crítico que su sucesor crítico, que trata de marchar sobre sus
huellas. Toda teoría de las penas que en el criminal tiene en cuenta al hombre,
no puede hacerlo más que en la abstracción, en la imaginación, precisamente
porque la pena, la violencia, contradicen la represión humana. Por lo demás, la
cosa sería imposible en la ejecución. A la ley abstracta la substituiría lo
arbitrario puramente subjetivo, puesto que en cada caso correspondería a los
hombres oficiales, honestos y honorables, ajustar la pena a la individualidad
del criminal. Ya Platón había comprendido que la ley debe ser exclusiva y
abstraerse de toda individualidad. Por el contrario, en condiciones humanas, la
pena no será en realidad más que la condena del culpable por sí mismo. No se
querrá convencerle que una violencia que se le hace desde el exterior, es una
violencia que él mismo se aplica. Más bien, los demás hombres serán a sus ojos
salvadores naturales que le liberan de la pena que habrá pronunciado contra sí
mismo. En otros términos, la situación estará completamente invertida.
Rodolfo
enuncia su pensamiento más íntimo, es decir, la finalidad que persigue, cuando
dice al maestro de escuela: "Cada una de tus palabras es una blasfemia;
cada una de tus palabras será una plegaria"[39].
Quiere
enseñarle a rogar. Quiere transformar ese bandidó de fuerza hercúlea en un
monje que no tendrá más ocupación que la plegaria. ¡En comparación con esta
crueldad cristiana, cuánto más humana es la teoría ordinaria de las penas que
se conforma con cortarle la cabeza al hombre al que quiere aniquilar!
Finalmente, claro está que la verdadera legislación vulgar, todas las veces que
se propuso seriamente la corrección de los criminales, se mostró
incomparablemente más inteligente y más humana que nuestro Harum-al-Raschid
alemán. Las cuatro colonias agrícolas holandesas, la colonia penitenciaria de
Ostvvald en Alsacia, son experimentaciones verdaderamente humanas si las
comparamos al suplicio del maestro de escuela. Lo mismo que Rodolfo mata la
personalidad de Flor de María entregando la joven al cura y a la conciencia de
sus pecados; lo mismo que mata la personalidad de Chourineur haciéndole perder
toda independencia humana y rebajándolo al rango de un bull-dog, mata la
personalidad del maestro de escuela encegueciéndole para que aprenda a rogar.
Tal
es, en efecto, la manera con que toda realidad surge "simplemente" de
la crítica pura; es deformada y no es más que una absurda abstracción de la
realidad.
El
señor Szeliga nos hace asistir a un milagro moral ni bien el maestro de escuela
pierde la vista. "El terrible maestro de escuela reconoce de golpe -si le
creemos al señor Szeliga- la fuerza de la honestidad y de la probidad, puesto
que le dice al Chourineur: "¡Ah, sí!, puedo tener confianza en ti; nunca
has robado".
Desgraciadamente,
Eugenio Sue nos refiere unas palabras del maestro de escuela relativas al
Chourineur; y lo que dice el maestro de escuela no ha podido serle sugerido por
la pérdida de la vista, ya que el castigo aún no le había afectado. En su
conversación con Rodolfo, el maestro de escuela se expresa en estos términos,
con respecto al Chourineur: "Por lo demás, no es capaz de vender a. un
amigo. No, algo de bueno tiene...; siempre ha tenido ideas
singulares"[40].
El
milagro moral de que nos habla el señor Szeliga se encuentra deducido de este
modo. Veamos ahora los resultados reales de la pura crítica realizada por
Rodolfo.
Primero
encontramos al maestro de escuela que, en compañía de Urraca, parte en
expedición a la granja de Bouqueval, para jugarle una mala partida a Flor de
María. La idea que le domina por entero es, evidentemente, la idea de vengarse
de Rodolfo; pero sólo sabe vengarse metafísicamente; a pesar de Rodolfo, piensa
y rumia "lo que es mal". "Me ha quitado la vista, pero no me ha
quitado el pensamiento del mal"[41]. Cuenta a la Urraca por cuál razón la
hizo buscar: "Sí, completamente solo, con esas gentes honestas, yo me
aburría; al cabo de un mes ya no podía aguantar más"[42].
Para
satisfacer su voluptuosidad monacal, bestial, para la degradación voluntaria
del hombre, Eugenio Sue nos presenta al maestro de escuela arrodillado delante
de la vieja bruja Urraca y de ese pequeño demonio de Tortillard; les suplica
que no le abandonen; pero el gran moralista no olvida que ofrece a Urraca la
flor de un placer diabólico. Del mismo modo que privándole brutalmente de la
vista, Rodolfo demuestra al criminal todo el poder de la fuerza física, cuya
inanidad quiere hacerle comprender, Eugenio
Sue
obliga aquí al maestro de escuela a reconocer el poder de la plena sensualidad.
Le revela que sin esta sensualidad el hombre ya no es hombre y está librado sin
defensa a las chanzas de los niños. Le da la convicción de que el mundo ha
merecido los crímenes del maestro de escuela, puesto que basta que el maestro
de escuela pierda la vista para que sea maltratado por todo el mundo. Le
arrebata su última ilusión humana; pues el maestro de escuela creía en la
fidelidad de Urraca. ¿No le había dicho a Rodolfo que ella se arrojaría al
fuego por él? Y Eugenio Sue tiene la satisfacción de hacerle lanzar al maestro
de escuela, absolutamente deses-perado, este grito: ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios
mío! ¡Ahora el maestro sabe rogar! Y Eugenio Sue agrega: "Por parte de un
hombre manchado con todos los crímenes..., este llamamiento involuntario a la
conmiseración divina tenía algo de providencial"[43].
Esta
plegaria involuntaria es la primera consecuencia de la crítica de Rodolfo.
Inmediatamen-te es seguida por una expiación involuntaria, en la granja de
Bouqueval, donde el maestro de escuela ve en sueños los espectros de todos los
que ha asesinado.
Dejamos
de lado el largo relato de ese sueño y encontramos al maestro de escuela
enmendado según las reglas de la crítica, encerrado en la cueva de Brazo Rojo,
cargado de cadenas, a medias devorado por las ratas, muerto de hambre a medias,
casi loco por las torturas que le han hecho sufrir Urraca y Tortillard y
lanzando alaridos de bestia salvaje. Tortillard le ha entregado a Urraca.
ObservémoIo durante la operación que la hace sufrir. No se conforma con copiar
exteriormente al héroe Rodolfo, arrancándole los ojos a Urraca; también le
copia moralmente, reproduciendo la hipocresía de Rodolfo y mezclando su acto
cruel con fórmulas devotas. Al tener a Urraca en su poder, el maestro de
escuela manifiesta una espantosa alegría y su voz tiembla de furor.
"Bien
comprendes -le dice- que yo no puedo terminar esto en seguida... ¡Tortura por
tortura!... Es preciso que te hable largamente antes de matarte...; esto va a
ser espantoso para ti... Mira, primero, después de ese sueño de la granja de
Bouqueval que me puso ante los ojos todos mis crímenes, después de ese sueño
que por poco me vuelve loco..., que me volverá loco..., se ha producido en mí
un cambio extraño... He sentido horror por mi ferocidad pasada... Primero no te
permití martirizar a Flor de Mana...; todavía eso no era nada... Encadenándome
aquí en esta cueva, haciéndome sufrir hambre y frío... me has abandonado
completamente al espanto de mis reflexiones. ¡Oh! No sabes lo que es estar
solo... El aislamiento me ha purificado. No lo hubiera creído posible... Otra
prueba de que soy quizá menos malvado que antes, es que experimento una alegría
infinita en tenerte aquí, monstruo, no para vengarme yo..., sino para vengar a
nuestras víctimas. Sí, habré cumplido con mi deber cuando haya castigado con
mis propias manos a mi cómplice... Ahora siento horror por mis asesinatos
pasados y, sin embargo..., ¿no hallas caprichoso todo esto? Sin temor, con
seguridad, voy a realizar en ti un asesinato espantoso, con espantosos
refinamientos. Di..., di..., ¿concibes esto?"[44].
En
esas pocas palabras, el maestro de escuela recorre toda una gama de casuística
moral. Lo que primero manifiesta es el deseo evidente de vengarse: ¡tortura por
tortura! Quiere matar a Urraca, pero, asimismo, quiere prolongar la agonía de
su cómplice con un sermón interminable. Y -sofística deliciosa- el discurso que
le inflige es un sermón moral. Pretende que el sueño de Bouqueval le ha
enmendado. Pero al mismo tiempo nos revela el efecto real de ese sueño,
confesando que no le ha vuelto loco y que lo volverá loco. Para probar que se
ha corregido, agrega que evitó que Urraca martirizara a Flor de María. En
Eugenio Sue los personajes, primero Chourineur, luego el maestro de escuela,
están encargados de exponer como sus propias reflexiones, como el móvil consciente
de sus actos, las intenciones literarias que han determinado al autor hacerlos
actuar de tal o cual manera. Están constantemente forzados a decir: En este
punto me he enmendado, o en este otro, o aún en aquel otro. Como no desembocan
en una existencia realmente bien llenada, sólo pueden dar, mediante artificios
de lenguaje, mucha importancia a detalles mezquinos, como lo es la protección
de Flor de María.
Después
de haber expuesto el efecto bienhechor del sueño que tuvo en Bouqueval, el
maestro de escuela es llevado a explicarnos por qué razones Eugenio Sue le ha
hecho encerrar en una cueva.
Es
necesario que encuentre razonable el procedimiento del novelista. Es preciso
que diga a Urraca: encerrándome en una cueva donde he sido roído por las ratas,
donde he sufrido hambre y sed, has terminado mi enmendamiento. El aislamiento
me ha purificado.
Los
alaridos de bestia salvaje, la rabia y el furor, el horrible deseo de venganza
con los cuales el maestro de escuela acoge a Urraca, desmienten esa fraseología
moral. Nos revelan el carácter de las reflexiones que él ha hecho en su
prisión. Parece que el mismo maestro de escuela se da cuenta de esas
contradicciones; pero, moralista crítico, sabrá conciliarlas.
La
"alegría infinita" que experimenta al tener a Urraca en su poder, nos
la da precisamente, como un signo de su enmendamiento. Su deseo de venganza, en
efecto, no es un deseo natural, sino un deseo moral. No es a él mismo a quien
quiere vengar; es a las víctimas de él y Urraca. Matando a Urraca, no comete un
asesinato: cumple un deber. No se venga en ella; juez imparcial, castiga a su
cómplice. Siente horror por sus asesinatos pasados y, sin embargo, sorprendido
él mismo por su casuística, pregunta a Urraca: "¿no hallas caprichoso todo
esto? Sin temor, con seguridad, voy a realizar en ti un asesinato
espantoso". Por razones morales que no indica, siente placer al invocar
ese "asesinato espantoso, con espantosos refinamientos".
Que
el maestro de escuela mate a Urraca, esto responde a su carácter, sobre todo si
tenemos en cuenta la crueldad con que su cómplice le ha maltratado. Pero que la
mate por razones morales, que sienta un bárbaro placer en ese espantoso crimen,
en esos refinamientos espantosos, que se deje arrastrar precisamente a otros
crímenes para afirmar su arrepentimiento por los crímenes del pasado, que en
lugar de un simple asesino llegue a ser un asesino en doble sentido, un asesino
moral, -he aquí el resultado glorioso de la cura crítica de Rodolfo.
Urraca
trata de escapar de manos del maestro de escuela. Se da cuenta de ello, y la
retiene. "No te muevas, pues, Urraca; es necesario que yo termine de
explicarte cómo, poco a poco, he llegado a arrepentirme. Esta revelación será
odiosa... y te probará, también, cuán implacable debo ser en la venganza que
quiero ejercer sobre ti en nombre de nuestras víctimas. Es preciso que me
apresure. La alegría de tenerte aquí me hace hervir la sangre. Tendré tiempo de
hacerte espantosa la proximidad de la muerte obligándote a escucharme... Estoy
ciego y mi pensamiento toma una forma, un cuerpo, para representarme
incesantemente, de una manera visible, casi palpable, los rasgos de mis
víctimas... Las ideas obsesionantes se imaginan casi materialmente en el
cerebro... Cuando a una expiación de una espantosa severidad, a una expiación
que cambia nuestra vida en un largo insomnio lleno de alucinaciones vengadoras
o de reflexiones desesperadas, se agrega el arrepentimiento, quizá entonces el
perdón de los hombres sucede a los remordimientos y a la expiación"[45].
El
maestro de escuela persiste en su hipocresía que, a cada instante, se
manifiesta como tal. Es necesario que Urraca escuche cómo, poco a poco, él ha
llegado a arrepentirse. Esta revelación le será odiosa, a ella, porque le
probará, etc., etc. Pero el maestro de escuela se interrumpe de pronto en su
lección didáctica. Es preciso que se apresure, etc. ¡Tal es la razón moral que
le obliga a abreviar su exposición! Pero tranquiliza los ardores de su sangre.
Todo el tiempo que consagra a su prédica no es tiempo perdido para su venganza.
Hará que la proximidad de la muerte resulte espantosa para Urraca; ¡otra razón
moral a sacar de su extenso sermón! Y después de esas razones morales, puede
retomar tranquilamente su texto moralizador en el punto en que lo había
abandonado.
El
maestro de escuela describe exactamente el estado en que cae el hombre aislado
del mundo exterior. Para el hombre a quien el mundo sensible, se le transforma
en simple idea, las simples ideas se transforman en seres sensibles. Las
alucinaciones de su cerebro adquieren forman visibles, casi palpables, de
fantasmas sensibles. Este es el misterio de todas las piadosas visiones y a la
vez la forma general de la locura. El maestro de escuela, que repite las frases
de Rodolfo sobre el poder del arrepentimiento y de la expiación unidas a
crueles torturas, las repite, por tanto, en un estado de semi-locura y
confirma, pues, efectivamente, la conexión que existe en la conciencia
cristiana de los pecados y la locura. De igual modo, cuando afirma que la
expiación transforma la vida en un largo insomnio lleno de alucinaciones
vengadoras, el maestro de escuela enuncia el verdadero misterio de la crítica
pura y del enmendamiento cristiano. Precisamente este enmendamiento consiste en
hacer del hombre un fantasma, y en transformar su vida en una vida de sueño.
En
ese momento Eugenio Sue comprende cómo los pensamientos saludables que hace
expresar por el bandido ciego, y que han sido tomados de Rodolfo, son batidos
en la brecha por los procedimientos que el maestro de escuela emplea con
respecto a Urraca. También le presta al maestro de escuela las palabras
siguientes: "Toma, mira; la saludable influencia de esos pensamientos es
de tal índole, que mi furor se ha apaciguado; para castigarte me faltan el
coraje, la fuerza, la voluntad... no..., no me corresponde a mí el verter tu
sangre..., sería quizá un crimen excusable, pero siempre sería un
crimen"[46].
Completamente
a tiempo, Urraca le da una violenta puñalada al maestro de escuela, que
entonces puede matarla sin recurrir más a la casuística moral.
"Lanzó
un agudo grito de dolor... Los feroces ardores de su odio, de su venganza, de
su rabia, sus instintos sanguinarios bruscamente despertados y exasperados por
ese ataque, hicieron súbita explosión, una explosión terrible, donde se abismó
su razón ya fuertemente quebrantada por tantas sacudidas. ¡Ah, víbora, he
sentido tu diente!... ¡Como yo, te quedarás sin vista!". Y le arrancó los
ojos.
En
el preciso momento en que la naturaleza del maestro de escuela -a la cual la
cura de Rodolfo sólo pudo recubrir con una capa hipócrita, sofística y
ascética-, hace explosión esta explosión es tanto más potente y terrible. Y hay
que agradecerle a Eugenio Sue que nos haya advertido que la razón del maestro
de escuela estaba ya fuertemente quebrantada por los sucesos que Rodolfo había
preparado.
"La
última chispa de inteligencia del miserable se apagó en ese grito de espanto,
en ese grito de condenado... (Ve los fantasmas de aquéllos a quienes han
asesinado). Se agita y ruge como una bestia feroz." Y mata a Urraca
arrastrándola junto a él. Y el señor Szeliga murmura en su barba: "El
cambio del maestro de escuela no puede ser tan rápido, tan feliz como el de
Chourineur".
Después
de haber hecho encerrar a Flor de María en el convento, Rodolfo hace encerrar
al maestro de escuela en el asilo de alienados, en Bicetre. Lo paralizó en su
fuerza moral como en su fuerza física. Con justa razón, por lo demás. Pues el
maestro de escuela ha pecado por su fuerza física tanto como por su fuerza
moral. Mas, según la teoría de Rodolfo, hay que aniquilar las fuerzas
pecadoras.
Pero
Eugenio Sue no ha terminado todavía el arrepentimiento y la expiación,
acompañados de una terrible venganza. El maestro de escuela recobra la razón;
pero, temiendo que se le entregue a la justicia, se queda en Bicetre y simula
la locura. Eugenio Sue olvida que "cada una de sus palabras debía ser una
plegaria", puesto que sus palabras son más bien, al fin de cuentas, los
alaridos inarticulados y la rabia de un loco. ¡A menos que, por ironía, no los
pongan en la categoría de la plegaria!
La
teoría que Rodolfo aplica privando de la vista al maestro de escuela, ese
aislamiento del hombre separado del mundo exterior y reducido a su alma
solamente, esa alianza del castigo jurídico y de la expiación teológica, todo
esto encuentra su realización más perfecta en el sistema celular. Por esto
Eugenio Sue hace el elogio del sistema celular.
"¡Qué
de siglos para reconocer que no hay, en una palabra, más que un remedio contra
esa lepra invasora que amenaza al cuerpo social! (Las monstruosas e inevitables
consecuencias de la reclusión en común): ¡el aislamiento!"[47]. Eugenio
Sue comparte la opinión de las gentes que explican el aumento de los crímenes
por la organización de las prisiones. Para substraer al criminal de la mala
sociedad, ellos le abandonan a su propia sociedad.
Eugenio
Sue declara: "Nos sentiríamos satisfechos si nuestra débil voz pudiera
ser, sino contada, al menos escuchada entre todas aquéllas que, más imponentes,
más elocuentes que la nuestra, piden con tan justa y tan impaciente insistencia
la aplicación completa, absoluta, del sistema celular"[48]. El deseo de
Eugenio Sue no se ha realizado más que parcialmente. En los debates que este
año se han realizado en la Cámara de Diputados sobre el sistema celular, los
mismos defensores oficiales de ese sistema, han tenido que reconocer que, tarde
o temprano, terminaba llevando a la locura. Por tanto, era necesario convertir
en deportación todas las penas que excedieran de diez años de prisión. Si los
señores Tocqueville y Beaumont hubiesen estudiado a fondo la novela de Eugenio
Sue, hubieran hecho triunfar ciertamente la aplicación absoluta, integral, del
sistema celular.
En
efecto: si Eugenio Sue separa de la sociedad a los criminales que poseen toda
su razón, y esto para convertirlos en locos, da sociedad a los locos para
hacerles recobrar la razón. La experiencia -dice- prueba que el aislamiento,
para los alienados, es tan funesto, como saludable para los detenidos
criminales.
Ni
por la teoría católica de las penas, ni por el sistema celular caro a los
metodistas, Eugenio Sue y su héroe crítico, Rodolfo, han podido, pues, hacerle
perder al derecho uno solo de sus misterios; pero han enriquecido a la medicina
con un nuevo misterio. Y, después de todo, hay tanto mérito en señalar un nuevo
misterio como en revelar misterios antiguos. En pleno acuerdo con Eugenio Sue,
la crítica crítica nos informa, que después que el maestro de escuela fue
privado de la vista: "Ni cree a aquéllos que le dicen que ya no ve
claramente". El maestro de escuela no podía creer en su ceguera, porque en
realidad, aún veía. Eugenio Sue nos describe una nueva catarata y nos comunica
un misterio real para la oftalmología no crítica.
Después
de la operación, la pupila está blanca. Se trata, pues, de una catarata
cristalina. Se ha podido provocar ésta hasta hoy mediante una lesión del
cristalino, y casi sin dolor. Pero como los médicos no logran este resultado
sino por vías naturales, y no por vías críticas, no quedaba más que alcanzar,
una vez lesionado el órgano visual, la inflamación con su exhudado plástico, y
obtener de este modo el oscurecimiento de la retina.
Asistimos
a un milagro y a un misterio aún mayores. En efecto, "Urraca, el maestro
de escuela y Tortillard... vieron al cura y a Flor de María descendiendo la
barranca"[49].
Si
no queremos ver en ello un milagro literario a la manera de la Kritik der
Synoptiker, debemos admitir que el maestro de escuela se hizo operar su catarata.
Más tarde aparece nuevamente ciego. Se ha servido, pues, demasiado rápidamente
de sus ojos; la excitación de la luz le provocó una inflamación que generó una
parálisis de la retina, ocasionando una amaurosis incurable. Que este proceso
no exige aquí más que un segundo proceso, es un nuevo misterio para la
oftalmología no crítica.
b)
Recompensa y pena. La doble justicia.
Rodolfo
nos descubre la nueva teoría que afirma que la sociedad se mantiene mediante la
recompensa de los buenos y el castigo de los malos. Considerada desde el punto
de vista no crítico, esta teoría no es, en suma, más que la teoría de la
sociedad moderna, que no deja sino muy raramente de recompensar a los buenos y
castigar a los malos. ¡Frente a este misterio revelado, cuán poco sentido
crítico presenta ese pobre y vulgar comunista Owen, que ve en la pena y en la
recompensa la consagración de las diferencias sociales y la perfecta expresión
de una perversidad servil!
Se
podría creer que Eugenio Sue nos revela algo nuevo, cuando parece tomar como
origen de las recompensas a la justicia, es decir, a un pendant de la justicia
criminal y que, descontento de una jurisdicción, inventa dos. Desgraciadamente,
haciendo esto, no hace más que repetir simplemente una vieja teoría,
ampliamente desarrollada por Bentharn en la obra anteriormen-te citada. ¡Pero
no le disputaremos a Eugenio Sue el honor de haber aportado infinitamente más
espíritu crítico en la exposición y en el desenvolvimiento de su proyecto! En
tanto que el inglés vulgar no abandona la tierra, Eugenio Sue se eleva en sus
deducciones a la región crítica del cielo. He aquí lo que dice: "Para
espantar a los malvados se materializa los efectos supuestos de la cólera
celeste. ¿Por qué no materializar de igual manera y anticipar sobre la tierra
los efectos de las recompensas divinas acordadas a los buenos?"
Contrariamente
a la teoría de la escuela crítica, en la teoría criminalista celeste se ha
idealizado simplemente a la teoría terrestre, lo mismo que en la teoría de las
recompensas celestes no se ha hecho más que idealizar la teoría terrestre. Si
la sociedad no recompensa a todos los buenos, reconozcamos que esto es
absolutamente indispensable, para que la justicia divina supere en algo a la
justicia humana.
Para
ilustrar su teoría de la justicia, Eugenio Sue nos da luego un ejemplo de ese
dogmatismo femenino que el señor Edgar ya criticó muy a su gusto en Flora
Tristán, de ese "dogmatismo que quiere tener una fórmula y se la crea de
acuerdo a las categorías de lo que existe". A cada parte de la justicia
criminal que deja en vigencia, Eugenio Sue opone, hasta en el detalle, un
cuadro de la justicia que recompensa. (Véase el cuadro que va a continuación).
Deslumbrado
por ese cuadro, Eugenio Sue exclama: "¡Ay, es una utopía! ¡Pero suponed
que se organizara una sociedad de semejante manera!"[50]. Tal sería, pues,
la organización crítica de la sociedad. Debemos defender formalmente esta
organización contra Eugenio Sue que le reprocha el no haber sido nunca más que
una utopía. Una vez más Eugenio Sue ha olvidado algo: el premio a la virtud
distribuido todos los años por la Academia, y del cual él mismo nos habló
anteriormente. Incluso este premio tiene una doble forma: el premio material o
premio Monthyon para las bellas acciones realizadas por hombres o mujeres, y el
premio a las jóvenes, destinado a recompensar a las muchachas más honestas. En
este último caso, ni falta la corona de rosas reclamada por Eugenio Sue.
En
cuanto al espionaje de la virtud y a la vigilancia de la alta caridad, hace ya
mucho que los jesuitas los han organizado. Además, Le Journal des Débats, Le
Siécle, Les Petites Affiches de París, etc., señalan y exaltan todos los días,
a precio fijo, las virtudes, las nobles acciones y los méritos de todos los
cortesanos de París, sin contar que cada partido político posee un órgano
particular, en el cual señala y encomia todas las bellas acciones políticas.
El
mismo viejo Voss dijo que Homero vale más que todos los dioses. Por tanto, nos
está permitido considerar a Rodolfo, el "misterio de los misterios
revelado", como responsable de las ideas de Eugenio Sue. Además, Szeliga
agrega: "Los pasajes con que genio Sue interrumpe el relato, comienza y
termina episodios, son además muy numerosos dentro de ellos, y todos son
críticos".
CUADRO
DE LA JUSTICIA CRITICA COMPLETA[51]
JUSTICIA
EXISTENTE
JUSTICIA
CRÍTICA CONTEMPLATIVA
Nombre:
Justicia criminal.
Nombre:
Justicia virtuosa.
Símbolo:
Sostiene una espada para reducir en una cabeza a los malvados,
Símbolo:
Sostiene una corona para engrandecer en una cabeza a los buenos.
Finalidad:
Castigo del malo, encarcelamiento, infamia, privación de la vida. El pueblo
conoce el terrible castigo que cae sobre el malo.
Finalidad:
Recompensa del bueno, libertad, honor, conservación de la vida. El pueblo
conoce el triunfo brillante del bueno.
Medios
para descubrir a los malos: Espionaje policial, espías encargados de cazar a
los malos.
Medios
para descubrir a los buenos: Espionaje de la virtud, espías encargados de cazar
a los buenos.
Decisión
estableciendo que fulano es malo: Juzgado del crimen. El ministerio público
señala los crímenes del acusado y lo denuncia a la vindicta pública.
Decisión estableciendo que men gano es bueno: Juzgado de la virtud. El ministerio público señala las bellas acciones del acusado y las denuncia al
reconocimiento público.
Estado
del criminal después del veredicto: Está bajo la vigilancia de la alta caridad
moral. Es mantenido en su casa. El Estado realiza gastos por él.
Estado
del virtuoso después del veredicto: Está bajo la vigilancia de la alta policía.
Es mantenido en la prisión. El Estado realiza gastos por él.
Ejecución:
El criminal asciende al cadalso.
Ejecución: Al lado del cadalso se eleva un
pedestal adonde sube el gran hombre de bien. Es la picota de la virtud
IV.-
SUPRESION DE LOS DEPRAVADOS EN LA CIVILIZACION Y DE LA ILEGALIDAD EN EL ESTADO.
El
medio preventivo jurídico que debe suprimir los crímenes y, por consecuencia,
la depravación en la civilización, consiste en la tutela protectora con que el
Estado cubre a los hijos de los supliciados y de los criminales condenados a
reclusión perpetua. Eugenio Sue quisiera organizar con más liberalismo la
condena de los criminales. Ninguna familia deberá tener, en adelante, el
privilegio hereditario de los crímenes y la libre concurrencia de los crímenes
debe vencer al monopolio.
En
cuanto a la ilegalidad en el Estado, Eugenio Sue la suprime por medio de la
reforma del código penal y por la institución, particularmente, de abogados de
oficio retribuidos. Encuenta que este estado de cosas ha desaparecido en el
Piamonte, en Holanda, etc., donde existe el abogado de pobres. El único
reproche que se puede hacer a la legislación francesa es no retribuir al
abogado de pobres y no confinado en la tarea de defender a los indigentes; la
delimitación legal de la pobreza es por lo demás, demasiado limitada. Como si
la ilegalidad, la ausencia de derechos, no comenzara precisamente con el mismo
proceso; como si en Francia no se supiese desde hace mucho tiempo que el
derecho no da nada, sino que se conforma con sancionar lo que existe. Se diría que
la distinción, devenida banal, entre el derecho y el hecho, resulta para el
novelista un misterio de Paris.
Si a
esta revelación crítica de los misterios jurídicos, agregamos aún las grandes
reformas que Eugenio Sue quiere realizar en el mundo de los porteros,
comprenderemos al periódico parisiense Satán. En ese periódico los vecinos de
un barrio de la ciudad escriben a ese "gran reformador a tanto la
línea", que sus calles todavía carecen de iluminación a gas. Sue responde
que en el sexto volumen de su Judío Errante, remediará ese inconveniente. Los
de otro barrio se quejan de la insuficiencia de la instrucción primaria. El
señor Sue promete realizar, en el décimo volumen de su Judío Errante, la
reforma de la instrucción primaria de ese barrio.
V.-
EL MISTERIO REVELADO DE LOS PUNTOS DE VISTA.
El
señor Szeliga escribe: "Rodolfo no se detiene en su elevado punto de
vista... No retrocede ante el trabajo de ocupar a su elección los puntos de
vista más diversos: arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda".
Uno
de los principales misterios de la crítica crítica es el punto de vista, así
como su condena, colocándose en el punto de vista del punto de vista. A sus
ojos, todo hombre y toda producción intelectual devienen simples puntos de
vista.
Nada
es más fácil que penetrar el misterio del punto de vista. Para eso basta haber
aclarado el misterio general de la crítica crítica, que consiste en volver a
servir continuamente su viejo galimatías especulativo.
Para
comenzar, dejemos que la misma crítica se pronuncie por boca del patriarca
Bruno Bauer sobre su teoría del punto de vista: "La ciencia. . . nunca
tiene que ocuparse de tal o cual individuo en particular, de tal o cual punto
de vista determinado.. . Ciertamente no dejará de hacerlo, y, todas las veces
que valga la pena y que esos límites tengan verdaderamente una importancia
humana, no dejará de suprimirlos; pero considera a esos límites como una simple
categoría y una característica del conocimiento y no habla, pues, más que para
aquellos que tienen la osadía de elevarse a la generalidad del conocimiento y
de no permanecer a toda fuerza encerrados en esos límites". (Anekdota II,
pág. 27).
El
misterio de esa osadía de Bruno Bauer lo encontramos en la Fenomenología de
Hegel. Como Hegel reemplaza aquí al hombre por el conocimiento, la realidad
humana más variada aparece simplemente como una forma determinada, como una
característica del conocimiento. Incluso una simple certeza del conocimiento no
es más que una categoría pura, una idea pura, que por lo tanto puedo suprimir
en el pensamiento puro y vencer por el pensamiento puro. En la Fenomenológía de
Hegel, las bases materiales, sensibles, objetivas de las diferentes y diversas
formas del conocimiento humano, son dejadas en pie, y toda esta obra
destructiva termina en la filosofía más conservadora, porque ella cree haber
triunfado sobre el mundo objetivo, real y sensible desde que lo ha transformado
en un simple ser ideal, en una simple característica del conocimiento y, en
consecuencia, puede resolver a su adversario, que se ha hecho etéreo, "en
el éter del pensamiento puro". La Fenomenología, pues, termina
naturalmente por suplantar a toda realidad humana con "el saber
absoluto"; el "saber", porque el saber constituye la única
existencia del conocimiento y por el conocimiento no se conoce más que él mismo
y no es molestado por un mundo objetivo real y condicionado por ese mundo.
Presenta al mundo sin pies ni cabeza. En su cabeza, pues, puede suprimir todos
los límites, dejándolos subsistir naturalmente para la mala materialidad, para
el hombre real. Además, considera necesaria-mente como límite todo lo que
revela la limitación del conocimiento, esto es, toda la materialidad, realidad,
individualidad de los hombres y de su mundo. Toda la fenomenología tiende a
demostrar que el conocimiento es la única realidad.
Porque
el "mundo religioso como tal" existe únicamente en tanto que mundo
del conocimiento, el crítico crítico -teólogo ex profeso- no podría imaginar
que existe un mundo donde hay una distinción entre el conocimiento y el ser, un
mundo que continuará subsistiendo cuando yo suprimo simplemente su existencia
ideal, su existencia como categoría, como punto de vista, es decir, cuando yo
modifico mi propio conocimiento subjetivo sin modificar de manera realmente
objetiva la realidad objetiva, esto es, sin modificar mi propia realidad
objetiva, la mía y la de los otros hombres. La identidad mística especulativa
del ser y del pensamiento se encuentra por tanto en la crítica como la
identidad no menos mística de la práctica y de la teoría. De aquí la cólera de
la crítica contra la práctica que pretende ser aún otra cosa que teoría, y
contra la teoría que pretende ser todavía otra cosa que la reducción de una
categoría determinada a la "universalidad ilimitada del
conocimiento". La propia teoría se limita a declarar que todo lo que está
determinado resulta ser simplemente la antinomia de esa universalidad ilimitada
y, por tanto, no existe; tales, por ejemplo, el Estado, la propiedad privada,
etc. Por otra parte, está obligada a mostrar cómo el Estado, la propiedad privada,
etc., transforman a los hombres en abstracciones, o son productos del hombre
abstracto en lugar de ser la realidad del hombre individual y concreto.
Claro
está que, si la Fenomenología de Hegel, a pesar de su tara especulativa
original, da sobre muchos puntos los elementos de una real característica de
las condiciones humanas, el señor Bruno y consortes no nos dan más que una
caricatura hueca, una caricatura que se conforma con aislar tal carácter
particular de un producto espiritual, de separarlo de las condiciones reales y
de los movimientos reales, de hacer de él algo ideal, una categoría, de dar
luego esta categoría como el punto de vista del producto, de la condición y del
movimiento, a fin de poder dejar caer miradas triunfadoras sobre lo que ella
deja debajo suyo, y todo esto con aires de gran sabio y colocándose en el punto
de vista de la abstracción, de la categoría general, del conocimiento general.
Para
Rodolfo todos los hombres están colocados en el punto de vista del bien y del
mal, y son juzgados desde ese doble punto de vista fijo; para el señor Bauer y
consortes los hombres están colocados en el punto de vista de la crítica o de
la masa. Pero ambos transforman a los hombres reales en puntos de vista
abstractos.
VI.-
REVELACION DEL MISTERIO DE LA UTILIZACION DEL AMOR HUMANO, O CLEMENCIA DE
HARVILLE.
Todo
lo que Rodolfo ha sabido hacer hasta aquí, es, a su manera, recompensar a los
buenos y castigar a los malvados. Vamos a ver cómo las pasiones se hacen útiles
o cómo se da a la bella naturaleza de Clemencia de Harville el desarrollo
conveniente[52].
"Rodolfo
-dice el señor Szeliga-, hace resaltar el lado di-vertido de la beneficencia.
Un pensamiento que demuestra un conocimiento tal de los hombres, que no podría
tener su origen más que en un espíritu que ha pasado, como el de Rodolfo, por
la prueba de fuego."
Las
expresiones de que se sirve Rodolfo en su conversación con Clemencia: hacer
atrayente, utilizar el gusto natural, reglamentar la intriga, utilizar las
inclinaciones a la disimulación y a la astucia, transformar en cualidades
generosas los instintos imperiosos, inexorables, etc., estas expresiones, no
menos que las inclinaciones atribuidas aquí de preferencia a la naturaleza
femenina, revelan la fuente secreta de la sabiduría de Rodolfo: Fourier. Ha
tenido entre sus manos una exposición popular de la doctrina de Fourier.
La
aplicación de esta teoría es propiedad crítica de Rodolfo tanto como la
aplicación anteriormente indicada de la teoría de Bentham. La joven marquesa no
deberá encontrar en la beneficencia en sí, la satisfacción de su ser humano, un
fondo humano y una finalidad de la actividad y, por consecuencia, una
distracción que podría tener del mismo modo como fondo no importa qué otra
materia. La miseria es explotada sabiamente para procurar al benefactor lo
picante de la novela, la satisfacción de la curiosidad, aventuras, disfraces,
el goce de la propia excelencia, emociones, etcétera.
De
este modo, inconscientemente, Rodolfo ha enunciado el misterio, hace ya mucho
tiempo revelado, de que la miseria humana misma, de que la infinita depravación
que debe aceptar la limosna, asimismo debe servir a la aristocracia del dinero
y de la cultura para su entreteni-miento, para satisfacer su amor propio y su
arrogancia. Las innumerables asociaciones de beneficencia de Alemania y
Francia, así como las exhibiciones caritativas de Inglaterra, los conciertos,
los bailes, los banquetes de beneficencia para los pobres, e incluso las
suscrip-ciones públicas en favor de las víctimas de alguna catástrofe, no
tienen otro significado. En este sentido hace mucho, pues, que la caridad
estaría organizada como diversión.
La
metamorfosis que se opera de golpe y sin motivos en la marquesa, al oír la sola
palabra de diversión, nos hace creer que no durará su cura. O mejor dicho, esta
metamorfosis sólo tiene la apariencia de ser súbita y sin motivos, y de haberse
operado por las palabras de Rodolfo, quien describe a la caridad como una
diversión. La marquesa ama a Rodolfo y Rodolfo quiere disfrazarse, intrigar,
correr aventuras junto a la marquesa, bajo la cubierta de la caridad. Más
tarde, durante su visita de caridad a la prisión Saint Lazare, la marquesa deja
estallar sus celos en contra de Flor de María, y para ser caritativa con
respecto a sus celos, oculta a Rodolfo la detención de Flor de María. Situando
las cosas en el mejor terreno, podemos decir que Rodolfo le ha enseñado a esa
mujer desgraciada a jugarles una absurda comedia a las pobres gentes. Un galán
de París nos descubre el misterio de la filantropía, ima-ginado por Rodolfo,
cuando, después del baile, invita a cenar a su compañera de danza: "¡Ah!
¡Señora! ¡Haber bailado en beneficio de esos pobres polacos no es
suficiente!... ¡Seamos filántropos hasta el fin..., ahora vayamos a cenar en
beneficio de los pobres!"
VII.-
REVELACION DEL MISTERIO DE LA EMANCIPACION DE LAS MUJERES, O LUISA MOREL.
A
causa de la detención de Luisa Moral, Rodolfo se entrega a reflexiones que
pueden ser resumidas de la siguiente manera: "A menudo el amo pervierte a
la sirvienta por medio del terror, la sorpresa o el aprovechamiento de las
ocasiones creadas por la naturaleza misma de la domesticidad. La hunde en la
desgracia, la vergüenza, el crimen. Pero la ley quiere ignorar todo esto... El
criminal, que de hecho ha incitado a la joven al infanticidio, no es
castigado".
En
sus reflexiones, Rodolfo ni siquiera llega a someter el servicio doméstico a su
alta crítica. Pequeño príncipe, favorece a todo lo que se parece a la
servidumbre. Y mucho menos comprende la condición general de la mujer en la
sociedad moderna, y la considera inhumana, absolutamente fiel a su vieja
teoría, lamenta simplemente la falta de una ley que castigue al seductor y
agregue terribles castigos al arrepentimiento y a la expiación.
Solamente
Rodolfo tendría que estudiar la legislación actual de otros países. La
legislación inglesa colma sus deseos. En su delicadeza -de la cual Blackstone
hace el mayor elogio-, llega hasta declarar culpable de felonía a cualquiera
que seduzca a una ramera.
El
señor Szeliga hace resonar sus fanfarrias: "¡Esto! - ¡Pensad, pues! -
¡Rodolfo! - Comparad por tanto esas ideas con vuestras elucubraciones
fantasistas sobre la emancipación de la mujer. Esta emancipación es posible
tocarla en cierto modo con el dedo en Rodolfo, mientras que vosotros sois, por
vuestra idiosincrasia, demasiado prácticos y, en consecuencia, experimentáis
tantos fracasos en vuestras tentativas".
En
cualquier caso, le debemos al señor Szeliga la revelación de que un hecho puede
ser tocado en cierto modo con el dedo en las ideas. Para apreciar bien su
procedimiento, que consiste en comparar a Rodolfo con los hombres que han
preconizado la emancipación de la mujer, basta poner las ideas de Rodolfo
frente a las siguientes fantasías de Fourier:
"El
adulterio, la seducción, hacen honor a los seductores y son de buen tono...
¡Pero pobre muchacha! ¡Qué crimen el infanticidio! Si ella aprecia la honra, es
necesario que haga desaparecer las pruebas de su deshonra; y si ella sacrifica
su hijo a los prejuicios del mundo, es deshonrada aún más y cae bajo los
prejuicios de la ley... Tal es el círculo vicioso que describe todo mecanismo
civilizado... ¿No es la joven una mercancía expuesta en venta para quien quiera
negociar la adquisición de su propiedad exclusiva?... Lo mismo que en álgebra
dos negaciones equivalen a una afirmación, se puede decir que en el negocio
conyugal, dos prostituciones equivalen a una afirmación... Los progresos
sociales y los cambios de períodos se operan en razón directa del progreso de
las mujeres hacia la libertad; y las decadencias de orden social se operan en
razón del decrecimiento de la libertad de las mujeres... La servi-dumbre de las
mujeres de ninguna manera beneficia a los hombres. ¡Qué chasco para el sexo
masculino el haberse condenado a llevar una cadena que es para él objeto de
espanto y cuán castigado es el hombre por las molestias de semejante lazo, por
haber reducido la mujer a servidumbre!... Fuera del estado libre y combinado,
la mujer se transforma... en un ser de tal modo inferior a su destino y a sus
medios que uno se inclina a despreciarla cuando se la juzga superficialmente y
por las apariencias... ¡Cómo podría escapar la mujer a inclinaciones serviles y
pérfidas cuando la educación la obliga desde la infancia a ahogar su carácter
para plegarse al primer llegado que el azar, la intriga o la avaricia, le
elegirán por esposo!" (Fourier, Obras Completas, I, París, 1846).
Frente
a las ideas de Rodolfo resulta superfluo enviar al lector a la magistral
caracterización del matrimonio que nos han dado Fourier y los escritores de la
fracción materialista del comunismo francés.
El
desecho más lamentable de la literatura francesa -tal como lo encontramos en el
novelista-, le revela siempre misterios desconocidos a la crítica crítica.
VIII.-
REVELACION DE LOS MISTERIOS DE LA ECONOMIA POLITICA.
a)
Revelación teórica de los misterios de la economía política.
Primera
revelación: A menudo la riqueza conduce a la prodigalidad y la prodigalidad a
la ruina.
Segunda
revelación: Las anteriores consecuencias de la riqueza tienen su origen en una
educación insuficiente de la juventud rica
Tercera
revelación: La herencia y la propiedad privada deben seguir siendo inviolables
y sagradas.
Cuarta
revelación: Moralmente, el rico debe rendir cuentas del empleo de su fortuna a
los trabajadores. Una gran fortuna es un depósito hereditario, un feudo
confiado a manos prudentes, firmes, hábiles, generosas y, al mismo tiempo,
encargadas de hacer fructificar esa fortuna y de utilizarla de tal modo que
todo lo que pueda encontrarse en la esfera de irradiación brillante y saludable
de la gran fortuna resulte fecundado, vivificado y mejorado.
Quinta
revelación: El Estado debe proveer a la juventud rica e inexperta de los
rudimentos de la economía individual. Debe moralizar la fortuna.
Sexta
revelación: El Estado, finalmente, debe ocuparse del enorme problema de la
organización del trabajo. Debe dar el saludable ejemplo de la asociación de los
capitales y del trabajo, de una asociación que sea honesta, inteligente y
equitativa, que asegure el bienestar del obrero sin perjudicar a la fortuna del
rico, que establezca entre estas dos clases, lazos de afecto, de agradecimiento
y garantice, así, para siempre, la tranquilidad del Estado.
Como
aún el Estado no practica esa teoría, el mismo Rodolfo da algunos ejemplos
prácticos. Revelarán el misterio de que, para Eugenio Sue, Rodolfo y la crítica
crítica, las condiciones económicas más conocidas siguen siendo misterios.
b)
El banco de los pobres.
Rodolfo
establece un Banco para pobres. Los estatutos de este Banco crítico son los
siguientes:
"Debe
ayudar a los obreros honestos, casados, cargados de familia y sin trabajo. Debe
reemplazar a las limosnas y los "montes de piedad". Dispone de un
ingreso anual de 12.000 francos y hace préstamos de 20 y 40 francos, sin
interés. Primero limita su acción a la séptima circunscripción de París, a una
de aquellas en que la clase obrera es más numerosa. Estos préstamos solamente
serán acordados a los obreros y obreras que presenten un certificado de buena
conducta extendido por sus últimos patrones. En él se indicará la causa y la
fecha de suspensión del trabajo. Estos préstamos serán reembolsables por sextas
o décimas partes, a elección del solicitante, a partir del día en que haya
encontrado empleo. Firmará un simple compromiso de honor de devolver el préstamo
en las épocas fijadas. A ese compromiso adherirán, como garantes, dos de sus
camaradas, a fin de desarrollar y extender, mediante la solidaridad, la
religión de la promesa jurada"[53]. Siendo la finalidad crítica del Banco
de los pobres remediar uno de los accidentes más graves de la vida obrera, el
paro forzoso, los préstamos-socorros sólo serán acordados a los trabajadores
sin conchabo. El señor Germain, encargado de administrar esta institución,
tendrá un sueldo anual de 10.000 francos.
Digamos
ahora la opinión de la masa sobre la práctica de la economía política crítica.
El ingreso anual es de 12.000 francos. A cada persona se le hace un
préstamo-socorro de 20 a 40 francos, en término medio, de 30 francos. El número
de obreros oficialmente reconocidos como menesterosos en la séptima
circunscripción es de 4.000, como mínimo. Cada año se puede ayudar, por tanto,
a 400 individuos, es decir, a la décima parte de los obreros que necesitan
ayuda. El tiempo de paro forzoso debe calcularse en París, como mínimo, en
cuatro meses o dieciséis semanas. 30 francos repartidos en dieciséis semanas
dan un poco menos de 1.88 francos por semana, o 0,27 céntimos por día. Pero el
gasto de cada parado francés es, en término medio, un poco superior a 0,47 céntimos,
de los cuales más de 30 céntimos gasta en alimentos. Pero el obrero sostenido
por Rodolfo está cargado de familia. Supongamos que tiene una mujer y dos
hijos; por tanto, quedan para repartir 0,27 céntimos entre cuatro personas. Se
necesitan por lo menos 0,15 céntimos por día para alojamiento; quedan 0,12
céntimos. Cada parado consume por día, más o menos 0,14 céntimos de pan. Con el
socorro del Banco de los pobres, inventado por la crítica, el obrero y su
familia no podrán comprar -incluso sin tener en cuenta todas las demás
necesidades-, el cuarto de pan necesario, y ciertamente morirán de hambre, a
menos que recurran a Iqs medios que ese Banco quiere suprimir: Banco de
préstamos, mendicidad, robo, prostitución.
Pero,
en cambio, se da al administrador un puesto bastante brillante. El ingreso a
administrar es de 12.000 francos y el sueldo del administrador de 10.000
francos. La administración cuesta, en consecuencia, el 45 %, casi el triple de
lo que cuesta en París la administración ordinaria de la asistencia pública,
que no insume más que el 17 % más o menos.
No
obstante, admitamos por un instante que la ayuda acordada por el Banco de los
pobres sea una ayuda real y no simplemente ilusoria. Pero entonces, toda la
organización del misterio revelado se reduce a la ilusión de que bastaría una
distribución diferente del salario para que el obrero tenga de qué vivir
durante todo el año.
Para
llamar a las cosas por su nombre, recordemos que, para 7.500.000 obreros
franceses, el ingreso anual no es más que de 91 francos por cabeza, y para
otros 7.500.000 de 120 francos por cabeza, vale decir, por debajo de los que es
absolutamente necesario para vivir.
Tomando
el lado razonable de la idea, el Banco de pobres se reduce a esto: mientras el
obrero tiene una ocupación, se le retiene de su salario la suma que necesitará
para vivir durante los días de paro forzoso. Si le adelanto, en el momento del
paro, una cierta suma de dinero con el compromiso, para él, de reembolsármela
durante el período de trabajo o que durante el período de trabajo me entregue
una cierta suma de dinero con el compromiso, para mí, de restituírsela en los
momentos de paro, todo esto se reduce a lo mismo. Me entrega siempre, mientras
trabaja, lo que le doy mientras está sin trabajo.
El
"puro" Banco de los pobres no diferiría, pues, de la vulgar caja de
ahorros más que por dos características completamente particulares y muy
críticas: en primer lugar, el Banco presta su dinero a fondos perdidos, con la absurda
hipótesis de que el obrero podrá reembolsar cuando quiera y que siempre que
pueda querrá reembolsar; en segundo lugar, no paga intereses por las sumas
depositadas por el obrero. Puesto que la suma depositada se presenta en forma
de adelanto, el Banco ya resulta generoso no reclamando intereses al obrero.
c)
La granja modelo de Bouqueval.
Rodolfo
crea una granja modelo en Bouqueval. El lugar resulta de lo mejor elegido, ya
que tiene recuerdos feudales, esto es, un castillo señorial.
Cada
uno de los seis hombres ocupados en esta granja, recibe un salario anual de 150
escudos o 450 trancos, y cada mujer un salario de 60 escudos o 180 francos.
Además, son alojados y alimentados. La comida ordinaria de las gentes de
Bouqueval se compone de un formidable plato de jamón, de un plato no menos
formidable de guiso de cordero con papas, y, final-mente, de un cuarto de
ternero asado, adornado con dos ensaladas de invierno, acompañado de dos
canastas de manzanas y de dos quesos. Tres o cuatro jarros de arcilla llenos de
una sidra espumante, etc, etc.[54]. Cada uno de los obreros realiza dos veces
más trabajo que el jornalero agrícola ordinario.
La
suma total de la renta total producida en Francia no da, en un reparto
igualitario, más que 93 francos, término medio, por persona, y el número de
habitantes directamente ocupados en la agricultura comprende los dos tercios de
la población total. En consecuencia, se puede deducir de ello que no solo se
operarla una revolución extraordinaria en la distribución, sino también en la
producción de la riqueza nacional, si todo el mundo imitara a la granja modelo
de nuestro califa alemán.
Para
obtener este aumento enorme de la producción, Rodolfo no ha hecho, sin embargo,
más que duplicar el trabajo y sextuplicar la alimentación de cada obrero.
Como
el campesino francés es muy laborioso, es preciso que los obreros que rinden el
doble de trabajo sean atletas sobrehumanos. Es lo que parecen indicar, por lo
demás, los formidables platos de carne. Podemos suponer, pues, que cada uno de
esos obreros consume diariamente una libra de carne, por lo menos.
Si
se distribuyera toda la carne producida en Francia, cada individuo no tendría
ni siquiera un cuarto de libra.
Es
comprensible, pues, la revolución que en este orden de ideas produciría también
el ejemplo de Rodolfo. La población rural consumiría por sí sola más carne que
la que produce Francia; y tanto, que al final de cuentas, esta reforma crítica
dispensaría a Francia de toda cría de ganado.
La
quinta parte del ingreso bruto que -según los informes del administrador de
Bouqueval, el padre Chatelain-, Rodolfo distribuye entre sus obreros, además
del alto salario y de la mesa lujosa, no es sino su renta agraria. Se admite,
en efecto, de acuerdo a una valuación media, que en general una quinta parte
del ingreso bruto corresponde al terrateniente francés; en otros términos, que
la cuota de su renta asciende a la quinta parte del rendimiento bruto, una vez
realizado el descuento de los gastos de producción y de relación del capital de
explotación. Y si bien Rodolfo disminuye indudablemente y de manera
desproporcionada la relación de su capital de explotación, aumentando de modo
desmesurado el gasto realizado por los obreros, -según Chaptal (De la industria
francesa, I, 239), el monto medio de la ganancia de un obrero agrícola francés
es de 120 francos-, y si bien distribuye entre los obreros toda su renta
agraria, el padre Chatelain afirma que con este método Monseñor aumenta sus
ingresos y estimula así a los demás propietarios agrarios para que practiquen
la misma organización, aunque éstos sean no-críticos.
La
granja modelo de Bouqueval no es más que una simple apariencia fantástica. Los
fondos no provienen de la explotación del suelo, sino de la bolsa mágica de
Fortunatus, de la que dispone Rodolfo.
Pero
el crítico crítico exclama en las nubes: "A la primer mirada se ve que
este plan no es una utopía". Únicamente la crítica crítica es lo bastante
perspicaz para juzgar a la primer mirada que la bolsa de Fortunatus no es una
utopía. La primera mirada crítica... es el "mal de ojo".
IX.-
RODOLFO: LA REVELACION DEL MISTERIO DE TODOS LOS MISTERIOS.
El
medio mágico gracias al cual Rodolfo realiza sus salvatajes y todas sus
curaciones maravillosas, no consiste en sus bellas palabras, sino en su dinero
contante y sonante. Así son los moralistas -dice Fourier-. Se necesita ser
millonario para imitar a sus héroes.
La
moral es la impotencia puesta en acción. Todas las veces que se dedica a
combatir al vicio termina por fracasar. Y Rodolfo ni se eleva al punto de vista
de la moral independiente, que descansa al menos en la conciencia de la
dignidad humana. Por el contrario, su moral se basa en la conciencia de la
debilidad humana. Encarna a la teología moral. Las obras que realiza con sus
ideas fijas cristianas, con las cuales mide al mundo: la caridad, la devoción,
la abnegación, el arrepentimiento, las recompensas y las penas, los castigos
terribles, el aislamiento, la salvación del alma, etc., las hemos desisecado
detalladamente y hemos demostrado que no son más que vulgares bufonadas. Sólo
nos queda aquí ocuparnos del carácter personal de Rodolfo: el misterio revelado
de todos los misterios, el misterio revelado de la crítica pura.
Desde
su adolescencia, Rodolfo, el Hércules crítico, ve concretarse la oposición del
bien y del mal en dos personajes: Murf y Polidori, ambos preceptores de
Rodolfo. El primero le dirige hacia el bien y es el bueno; el segundo le
encamina hacia el mal y es el malvado. A fin de que esta concepción no ceda en
nada, en cuanto a vulgaridad, a las concepciones análogas que figuran en otras
novelas morales, Murf, el bueno, no debe ser ni sabio ni particularmente
inteligente. Pero es honrado, simple, taciturno; por expresiones tales como
vergonzoso, infame, sabe elevarse por encima del malo y siente horror por todo
lo que es bajo. Para emplear el lenguaje de Hegel, armoniza la melodía del bien
y de lo verdadero de modo que todo da la misma nota.
Por
el contrario, Polidori es un fenómeno de habilidad, de saber, de educación,
pero a la vez de la inmoralidad más peligrosa: posee sobre todo lo que Eugenio
Sue, perteneciente a la piadosa joven burguesía, no podía olvidar: el más
espantoso escepticismo. Para juzgar la energía intelectual y la cultura de
Eugenio Sue y de su héroe, hay que recordar el terror pánico que les inspira el
escepticismo.
"Murf
-dice el señor Szeliga-, es la falta eterna del 13 de enero, a la vez que la
expiación de esa misma falta, debido a su afecto y a su fidelidad incomparables
a la persona de Rodolfo". Si Rodolfo es el deus ex machina y el reparador
del mundo, Murf es el deus ex machina personal y el reparador de Rodolfo.
"¡Rodolfo
y la salvación de la humanidad, Rodolfo y la realización de las perfecciones
naturales del hombre; he aquí lo que para Murf constituye una sola y misma
cosa, a la cual se dedica fielmente, no con la estúpida fidelidad de un perro o
de un esclavo, sino con la fidelidad de un esclavo consciente y
organizado!" Por tanto, Murf es un esclavo avisado, consciente y
organizado. Como todo servidor de príncipes, identifica a su amo con la
salvación de la humanidad. El barón de Graün le halaga llamándole intrépido
guardia de corps. El mismo Rodolfo lo llama modelo de sirviente. Y Murf es, en
verdad, un sirviente modelo. En sus conversaciones a solas nunca dejaba de
llamar -nos informa Eugenio Sue-, Monseñor a Rodolfo. En público le llama señor
con los labios, pero en el fondo del corazón no deja de decirle Monseñor.
"Murf
levanta el velo que cubre los misterios, pero sólo lo hace a causa de Rodolfo.
Contribuye a romper el poder de los misterios". La conversación de Murf
con el barón Graün nos revela cuán denso es el velo que le oculta las más
íntimas situaciones. Ya que la ley reconoce al individuo el derecho de
defenderse en caso de legítima defensa, deduce que Rodolfo -nuevo juez de la
Santa Veheme-, tenía el derecho de enceguecer al maestro de escuela ligado y
sin defensa. Cuando nos dice cómo Rodolfo, delante de los jueces, hará el
relato de sus nobles acciones, exhibirá sus frases grandilocuentes y dejará
desbordar su gran corazón, sus palabras son dignas de un colegial que acaba de
leer Los Bandidos de Schiller. El misterio cuya solución propone Murf al mundo,
es el siguiente: ¿cuando él jugaba al carbonero, con qué se había ennegrecido
la cara: con polvo de carbón o con pintura?
"Los
ángeles serán enviados, y apartarán a los malos de entre los justos".
(Mateo. XIII. 49). "Tribulación y angustia sobre toda alma que obra lo
malo; gloria, honra y paz a cualquiera que obra el bien." (San Pablo,
Epístola a los romanos, II, 9-10). Rodolfo se erige por sí mismo en ángel de
este género. Sale a combatir para separar a los justos de los malos, para
castigar a los malos y recompensar a los buenos. La representación del bien y
del mal le ha impregnado de tal modo el cerebro, que cree en la existencia del
diablo en persona y lo quiere capturar vivo y coleando, como le sucedió antaño
al profesor Sack, de Bonn. Por otra parte, trata de imitar en pequeño al
contrario del diablo, es decir a Dios. Se complace "en representar un poco
el papel de la Providencia". Del mismo modo que en la realidad todas las
diferencias se confunden de más en más en la diferencia entre el rico y el
pobre, todas las diferencia aristocráticas se reducen, en el pensamiento, a la
oposición entre el bien y el mal. Esta distinción es la última forma que la
aristocracia da a sus prejuicios. El mismo Rodolfo se considera bueno y los
malos no están en el mundo más que para permitirle el pleno goce de su propia
excelencia. Examinemos "al bueno" desde un poco más cerca.
Rodolfo
practica una beneficencia y una prodigalidad tales como las que practica el
califa de Bagdad en las Mil y una Noches. No puede llevar adelante esta vida
sin chupar, como un vampiro, hasta la última gota de su pequeño principado
alemán. Según el mismo Eugenio Sue, figuraría entre los príncipes alemanes
mediatizados, si la protección de un marqués francés no le hubiera salvado de
una abdicación involuntaria. Esta indicación nos permite justipreciar la
grandeza de su país. También se puede comprender el espíritu crítico con que
Rodolfo juzga su situación, sí se piensa en el hecho de que el pequeño
Serenísimo alemán cree necesario guardar en París un semi-incógnito, para
evitar todo sensacionalismo. Se hace acompañar por un canciller con el solo fin
crítico de que él represente "el lado teatral y pueril del poder
soberano"; como si fuera de él mismo y de su espejo, un pequeño Serenísimo
tuviera necesidad de un tercer figurante para representar el aspecto teatral y
pueril del poder soberano. Gracias a Rodolfo, sus gentes han llegado a ese
mismo desconocimiento crítico de ellos mismos. Así, el sirviente Murf y el
encargado de negocios Graün, no se dan cuenta de que el negociante parisiense
Badinot les toma el pelo, simulando creer que sus asuntos privados son asuntos
de Estado, y que habla con tono sarcástico "de las relaciones ocultas que
pueden existir entre los intereses más diversos y los destinos de los
imperios". "Sí -informa el enviado de Rodolfo-, a veces comete la
imprudencia de decirme: ¡Cuántas complicaciones desconocidas o vulgares hay en
el gobierno de un Estado! ¡No obstante, quién diría que las notas que os
entrego, señor Barón, tienen indudablemente una cierta influencia en los
asuntos de Europa!"[55]. El encargado de negocios y Murf no encuentran la
imprudencia en el hecho que se les atribuya una influencia sobre los asuntos de
Europa, sino en el hecho que Badinot idealiza de este modo a su humilde
profesión.
Ante
todo recordemos una escena de la vida íntima de Rodolfo. Le cuenta a Murf:
"Me encuentro en uno de mis momentos de orgullo y de felicidad"[56].
Pero en seguida le vemos fuera de sí porque Murf no quiere responder a una
pregunta suya: "Os ordeno hablar". Murf no quiere dejarse mandar.
Rodolfo le replica: "No me agradan las reticencias". Hasta la
vulgaridad, se olvida recordarle a Murf que, de todos modos, él le paga sus
servicios. Y nuestro joven no se tranquiliza sino cuando Murf le dice:
"¡Monseñor! ¡Recordad el 13 de enero!" Olvidado un instante,
reaparece de inmediato en Murf el carácter del sirviente. Por suerte se arranca
los cabellos que no tiene; está desesperado por haberle hablado un poco
rudamente a su Alteza, quien quiere llamarle modelo de sirviente, su bueno,
viejo y fiel Murf.
Después
de habernos dado algunas muestras de lo que hay de malo en él, Rodolfo retorna
a su idea fija del bien y del mal y nos pone al tanto sobre los progresos que
ha hecho en el terreno del bien. Las limosnas y la piedad son llamadas por él
las castas y piadosas consoladoras de su alma herida. "Pero prostituir,
degradar a la limosna y a la piedad socorriendo a seres indignos, infames,
sería horrible, impío, sacrílego. Sería dudar de Dios; y quien da, debe hacer
creer en El"[57]. ¡Darle limosna a un réprobo! ¡Cosa imposible de
imaginar! Para Rodolfo cada impulso de su alma es de una importancia infinita.
Por lo tanto, no deja de apreciar y de observar todos sus movimientos. En su
conversación con Murf se consuela diciendo que Flor de María le emocionó. "Estaba
emocionado, ¡oh!, emocionado hasta las lágrimas, y se me acusa de estar
estragado, de ser duro e inflexible"[58]. Después de haber demostrado así
su propia bondad, se exaspera contra lo que es malo, contra la perversidad de
la madre desconocida de Flor de María, y, dirigiéndose a Murf, declara con la
mayor solemnidad: "Sabes que ciertas venganzas me son muy queridas, y muy
preciosos ciertos sufrimientos". Y al mismo tiempo hace muecas tan
diabólicas que el fiel sirviente exclama lleno de espanto: "¡Ay,
Monseñor!" Este gran señor se parece un poco a los miembros de la joven
Inglaterra, que, asimismo, quieren reformar al mundo, realizan nobles acciones
y están sujetos a otros accidentes históricos del mismo género.
La
naturaleza aventurera de Rodolfo nos provee la primera explicación de las
aventuras y situaciones a las cuales se expone. Ama lo picante de la novela, la
distracción, las aventuras, los disfraces; su curiosidad es insaciable;
experimenta la necesidad de
232
emociones
vivas y picantes; está ávido de violentas excitaciones nerviosas.
También
su idiosincrasia es reforzada por su deseo de jugar a la Providencia y de
organizar al mundo de acuerdo a su idea fija. Sus relaciones con otras personas
están motivadas por una idea fija abstracta o por razones personales y
fortuitas.
Si
libera al médico negro David y a su amante, no es a causa de la simpatía
directamente humana que esas personas inspiran, ni al placer de libertarlas,
sino para representar "un poco", frente al amo de ellas, Willis,
"el papel de la Providencia", y para castigarlo por no creer en Dios.
También por esto le parece que el maestro de escuela es una presa completamente
apropiada para aplicarle la teoría penal que desde hace mucho ha imaginado. La
conversación de Murf con el barón Graün nos descubre, además, los motivos
puramente personales que determinan las nobles acciones de Rodolfo.
El
interés de Monseñor por Flor de María proviene, como Murf lo afirma, en primer
lugar, de la piedad que la pobrecita inspira, y luego, de la circunstancia de
que su hija, cuya pérdida siente tan amargamente, tendría en ese momento la
misma edad. Aparte de sus manías humanitarias, Rodolfo se interesa por la
marquesa de Harville, debido a que sin el viejo marqués de Harville y de su
amistad con el emperador Alejandro, el padre de Rodolfo habría sido eliminado
de la lista de los soberanos alemanes.
Su
bondad para con la señora Georges y su interés por Germain, el hijo de la
señora Georges, tienen el mismo motivo. La señora Georges pertenece a la
familia de Harville. "No menos que a sus desgracias y a sus virtudes, la
señora Georges debe a su parentesco las incesantes bondades de
Monseñor"[59]. El apologista Murf trata de enmascarar la ambigüedad de los
motivos de Rodolfo con diversas expresiones, tales como: sobre todo, aparte, no
menos que.
Finalmente,
todo el carácter de Rodolfo se reduce a la hipocresía "pura" con la
cual sabe presentarse a sí mismo y a los otros las explosiones de sus malas
pasiones como pasiones de los malos, lo mismo que la crítica crítica presenta a
sus propias estupideces como estupideces de la masa, sus odiosos rencores
contra el desarrollo del mundo, independientemente de ella, como los rencores
del mundo contra el desarrollo de la crítica crítica, y, en fin, su egoísmo
-que imagina haber absorbido todo el espíritu- como la contradicción de la masa
contra el espíritu.
La
hipocresía "pura" de Rodolfo la demostraremos mediante su actitud
frente al maestro de escuela, a la condesa Sarah Mac Gregor y al notario Jacobo
Ferrand.
Rodolfo
empujó al maestro de escuela a cometer un robo con fracturas para atraerlo a
una trampa y apoderarse de él. El interés que persigue no es un interés humano
general, sino un interés puramente personal. El maestro de escuela, en efecto,
posee una cartera de la condesa Mac Gregor, y Rodolfo tiene gran interés en
apoderarse de esa cartera. Durante la conversación a solas que sostiene con el
maestro de escuela, se dice con todas las letras: "Rodolfo se encontraba
en una cruel ansiedad: si dejaba escapar esta ocasión para apoderarse del
maestro de escuela, no la volvería a encontrar nunca; ese bandido, tomando en
adelante muchas precauciones, o quizá detenido y encerrado en la cárcel, se
llevaría consigo los secretos que Rodolfo deseaba conocer con tanto
interés"[60]. Apoderándose del maestro de escuela, Rodolfo se apodera,
pues, de la cartera de la condesa Mac Gregor; por interés personal se apodera
del maestro de escuela; por pasión personal le enceguece.
Cuando
el Chourineur relata a Rodolfo la lucha del maestro de escuela con Murf y
motiva su resistencia diciendo que sabía lo que le esperaba, Rodolfo responde:
"No lo sabía". Y tiene "un aire sombrío, las facciones
contraídas por esa expresión casi feroz de la que hemos hablado"[61]. La
idea de vengarse pasa por su cabeza, anticipando el goce salvaje que le
producirá el bárbaro castigo del maestro de escuela.
Y a
la entrada del médico negro, a quien va a convertir en instrumento de su
venganza, Rodolfo grita con un furor concentrado: "¡Venganza!
¡Venganza!"[62].
Un
furor frío y concentrado le trabaja. Luego, con voz muy baja, murmura su
proyecto al oído del médico; y como éste se sobresalta, inmediatamente sabe
substituir con un motivo puramen-te teórico su venganza personal. Sólo se trata
de la aplicación de una idea que más de una vez ya ha preocupado a su noble
cerebro. Y no olvida agregar melosamente: "Aún tendrá delante suyo el
horizonte sin límites de la expiación". Imita a la Inquisición española
que, después de haber enviado a la justicia profana los criminales condenados a
ser quemados, pedía hipócritamente que se tuviese piedad para el pecador
arrepentido.
Claro
está que en el momento en que van a realizarse el interrogatorio y la ejecución
del maestro de escuela, el noble señor está instalado en un gabinete muy
confortable, vestido con una amplia "robe de chambre" absolutamente
negra; además, tiene una palidez extremada-mente interesante y, para copiar al
tribunal, está sentado detrás de una amplia mesa cargada con las pruebas de
cargo. Pero también hay que pintar la expresión de ferocidad y venganza con la
cual hizo conocer su proyecto al Chourineur y al médico y presentarle en la
actitud solemne y sumamente cómica de alguien erigiéndose en juez universal,
"tranquilo, triste, recogido"[63].
Para
no dejar subsistir ninguna duda con respecto al "puro" motivo de la
ejecución, ese viejo imbécil de Murf confiesa al encargado de negocios, barón
Graün, que la pena cruel aplicada al maestro de escuela tenía por finalidad,
sobre todo, el vengarse de quien había querido matarle a él, a Murf.
En
una charla con Murf, Rodolfo se expresa así: "Mi odio a los malos... se ha
hecho más vivaz; mi adversión por Sarah aumenta, sin duda, en proporción al
pesar que me causa la muerte de mi hija".
Así,
pues, Rodolfo nos dice que su odio a los malos se ha hecho más vivaz. Claro
está que su odio es un odio crítico, un odio puro y moral, un odio contra los
malos, porque éstos son malos. Por tanto, considera este odio como un progreso
que él mismo realiza en el terreno del bien.
Pero
a la vez nos revela que este aumento del odio moral no es más que una sanción
hipócrita con la cual excusa el crecimiento de su antipatía personal por Sarah.
La idea moral imprecisa, el aumento de su odio a los malos, sólo es el disfraz
del hecho moral preciso, el crecimiento de su antipatía por Sarah. Esta
antipatía tiene una razón muy natural y muy individual: su pesar personal. ¡Y
in duda este pesar da la medida de su antipatía!
Una
hipocresía más repugnante se revela en la entrevista de Rodolfo con la condesa
Mac Gregor, que está por morir.
Después
que la condesa le revela que su hija no es otra que Flor de María, Rodolfo se
aproxima a ella con aire amenazante, despiadado. Ella pide perdón. Pero él
responde: "Para usted no existe el perdón. La maldición caiga sobre
usted..., usted..., mi mal genio y el de mi raza"[64]. Por lo tanto,
quiere vengar a su raza. Luego le dice a la condesa cómo, para expiar la
tentativa de asesinato que realizó contra su padre, se ha impuesto la tarea de
recorrer el mundo para recompensar a los buenos y castigar a los malos. Rodolfo
tortura a la condesa, se abandona a su cólera, pero, a sus propios ojos, no
hace más que cumplir la tarea que se ha impuesto el 13 de enero: perseguir al
mal.
En
el momento en que la abandona, Sarah grita: "¡Piedad!... ¡Me muero!
-¡Muérase, pues, maldita!- responde Rodolfo, espantoso de furor".
Esas
palabras: espantoso de furor, nos hacen conocer las razones puras, críticas y
morales de su conducta. Precisamente ese furor le ha hecho sacar la espada
contra su muy noble padre di-funto -como se expresa el señor Szeliga-. En lugar
de combatir al mal en sí mismo, lo combate en los otros, como crítico puro.
Finalmente,
el mismo Rodolfo suprime su teoría católica de las penas. Quiere abolir la pena
de muerte, transformar la pena en expiación, pero sólo en tanto que el asesino
mate a extraños y no ataque a los miembros de su familia. Rodolfo adopta la
pena de muerte cuando el asesinato afecta a uno de los suyos; necesita una
doble legislación: una para su propia persona, y otra para las personas
profanas.
Por
Sarah sabe que Jacobo Ferrand causó la muerte de Flor de María. Se dice a sí
mismo: "¡No, esto no es bastante! ¡No es bastante! ¡Qué ardor de venganza!
¡Qué sed de sangre! Cuando no sabía que una de las víctimas del monstruo era mi
hija, yo me decía: la muerte de este hombre sería estéril..., mientras que su
vida sería fecunda. La vida sin oro, la vida sin la satisfacción de su
sensualidad frenética, debía ser una larga y doble tortura. Pero ha entregado
mi hija a todos los horrores de la miseria... ¡Mataré a ese hombre!"[65].
Y se
hace conducir rápidamente a casa de Jacobo Ferrand; pero el estado en que lo
encuentra hace superfluo su asesinato.
¡Ese
bueno de Rodolfo! Con la ardiente fiebre de la venganza, con la sed de sangre,
con un furor tranquilo y reflexionado, con la hipocresía -que excusa
casuístícamente todo mal movimiento-, posee precisamente todas las pasiones del
malo, a causa de las cuales enceguece a otro. Solamente los afortunados azares,
el dinero y el rango social evitan al bueno el presidio.
Para
suplir a todo lo que le falta a este Don Quijote, "el poder de la
crítica", hace de él un buen locatario, un buen vecino, un buen amigo, un
buen padre, un buen burgés, un buen ciudadano, un buen príncipe, etc., según
toda la gama que nos canta el señor Szeliga. Y esto es superior a todos los
resultados que los hombres hayan podido obtener en el curso de toda su
historia. Y basta para que Rodolfo salve dos veces de la ruina al mundo.
____________________
[1]
Asesino [N. de la Edit.]
[2]
Los Misterios de Paris I, Flor de María, pág 22 [N. de la Edit.]
[3]
Id íd, pág 39 [N. de la Edit.]
[4]Id
ídem, pág 39 [N. de la Edit.]
[5]
Los Misterios de París. I, Flor de María, pág. 68 [N. de la Edit.]
[6]
Id. Id, pág. 77. [N. de la Edit.]
[7]
Idem, VI, Rodolfo y Sarah, pág. 45 [N. de la Edit.]
[8]
Id. ld, pág. 45. [N. de la Edit.]
[9]
Idem VIII. La Princesa Amelia, pag. 50. [N. de la Edit.]
[10]
Id id, pág. 60. [N. de la Edit.]
[11]
Los Misterios de París. I, Flor de María, pág. 17. [N. de la Edit.]
[12]
Id. Íd., pág. 19. [N. de la Edit.]
[13]
Id. íd., pág. 19 [N. de la Edit.]
[14]
Los Misterios de París. I, Flor de María, pág.19 [N. de la Edit.]
[15]
Id. íd., pág. 19. [N. de la Edit.]
[16]
Id, íd., pág. 35. [N. de la Edit.]
[17]
Los Misterios de París I Flor de María, pág. 36. [N. de la Edit.]
[18]
Id. íd., pág. 44. [N. de la Edit.]
[19]
Id íd., pág. 44. [N. de la Edit.]
[20]
Los Misterios de París. II. El Maestro y la Urraca, pág. 50. [N. de la Edit.]
[21]
Id id., pág 52 [N. de la Edit.]
[22]
Los Misterios de Paris. II. El Maestro y la Urraca, pag 53 [N. de la Edit.]
[23]
Id Id, pag 53 [N. de la Edit.]
[24]
Id íd., pág. 53. [N. de la Edit.]
[25]
Los Misterios de Paris. II. El Maestro y la Urraca, pag 59. [N. de la Edit.]
[26]
Id íd., pag 60 [N. de la Edit.]
[27]
Los Misterios de París. II. El Maestro y la Urraca, pág. 80. [N. de la Edit.]
[28]
Id. íd., pág. 60. [N. de la Edit.]
[29]
Los Misterios de París. II. El Maestro y la Urraca, pág. 60. [N. de la Edit.]
[30]
Id. Id., pág. 61. [N. de la Edit.]
[31]
Id. Id., pág. 62. [N. de la Edit.]
[32]
Id. íd , pág. 62. [N. de la Edit.]
[33]
Id. íd., pág. 62. [N. de la Edit.]
[34]
Los Misterios de París. II. El Maestro y la Urraca, pág. 63. [N. de la Edit.]
[35]
VIII. La princesa Amelia, pág. 78. [N.
de la Edit.]
[36]
VIII. La princesa Amelia, pág. 83. [N.
de la Edit.]
[37]
Id. fd., pág. 84. [N. de la Edit.]
[38]
Los Misterios de París. I. Flor de María, pág. 73. [N. de la Edit.]
[39]
Los Misterios de París. I. Flor de Maria, pág 74. [N. de la Edit.]
[40]
Los Misterios de París. I. Flor de María, pág 55. [N. de la Edit.]
[41]
Los Misterios de París. II. El Maestro y la Urraca, pág. 56. [N. de la Edit.]
[42]
Los Misterios de París. II. El Maestro y la Urraca, pág. 56. [N. de la Edit.]
[43]
Id íd., pág. 56. [N. de la Edit.]
[44]
Los Misterios de París. VI, pág. 29. [N. de la Edit.]
[45]
Los Misterios de París. VI pág 30. [N. de la Edit.]
[46]
Los Misterios de París. VI pág 31. [N. de la Edit.]
[47]
Los Misterios de París, pág 72
[48]
Los Místeríos de París. VI, pag 72
[49]
Los Misterios de París. II, El Maestro y la Urraca, pág 54.
[50]
Los Misterios de Paris. IV. La Loba y la Gonalense, pág. 69.
[51]
Los Misterios de Paris. IV. La Loba y la Gonalense, pág. 69.
[52]
Los Misterios de París. III Rigoletta y Rodolfo, Cap II Clemencia de Harville.
[53]
Los Misterios de París. VII Rodolfo y Sarah, pág 56
[54]
Los Misterios de Paris. II. El Maestro y la Urraca, pág. 65.
[55]
Los Misterios de París I Flor de Marra, pag. 85
[56]
Id, Id., pág. 49.
[57]
Id. Id., pág 47
[58]
Los Misterios de París. I. Flor de Marta, pág. 49.
[59]
Los Misterios de París. I. Flor de María, pág. 88.
[60]
Id. íd., pág. 57.
[61]
Id. íd., pág. 69.
[62]
Los Misterios de París. I. Flor de María, pág. 70.
[63]
Id. íd., pág. 71.
[64]
Los Misterios de París. VII Rodolfo y Sarah, pág. 69
[65]
Id, Id., pág. 72.
CAPÍTULO
IX
EL JUICIO
FINAL DE LA CRITICA
Gracias
a Rodolfo la crítica crítica ha salvado dos veces de la ruina al mundo; pero
únicamente para traer ella misma este fin del mundo.
Y vi
y oí a un ángel fuerte, al señor Hirzel, iniciando su vuelo en Zürich y
atravesando el cielo. Y en sus manos tenía un pequeño libro abierto, semejante
al quinto fascículo de la Aligemeine Literaturzeitung; posó su píe derecho
sobre la masa y su pie izquierdo sobre Charlottenburg; gritó con voz tan fuerte
como el rugido del león, y sus palabras volaron como palomas y ascendieron en
la región del Pathos y cobraron los aspectos fulgurantes del juicio final al
modo crítico.
"Cuando,
finalmente, todo se alíe contra la crítica, cuando -y en verdad os digo que
esta época no está muy lejana-, el mundo entero en descomposición -este mundo
que tuvo la buena fortuna de luchar con los santos-, se agrupe alrededor de
ella para el último asalto, entonces el coraje de la crítica y su importancia
serán reconocidos por todos. Y no tenemos porqué inquietarnos de la salida. En
resumen, retendremos las cuentas con los diversos grupos y los separaremos como
un pastor separa las ovejas de los carneros, y colocaremos las ovejas a nuestra
derecha y los carneros a nuestra izquierda y entregaremos un certificado
general de indigencia a toda la caballería enemiga; -son los espíritus de los
demonios y se dispersarán por todo el universo para juntar a los combatientes
en el gran día de Dios todopoderoso, y todos los habitantes de la tierra serán
presos del asombro."
Y
mientras el ángel gritaba, siete truenos hicieron escuchar sus voces:
Dies
Trae, dies illa
Solvet
saeculum in favilla.
Judex
ergo cum sedebit
Quidquid
latet apparebit...
Quid
sum miser tuno dictarus?, etc., etc.
Escucharéis
ruidos de guerra y palabras de guerra. Es preciso que esto se produzca primero.
Pues aparecerán falsos Cristos y falsos profetas, los señores Buchez y Roux, de
París; los señores Federico Rohmer y Teodoro Rohmer, de Zürich y ellos dirán:
!He aquí al Cristo! Pero en ese momento el signo de los hermanos Bauer
aparecerá en la crítica, y asistiremos a la realización del viejo dicho
campesino:
Cuando
los bueyes marchan de a dos en dos,
La
labranza se realiza mucho mejor.
COMENTARIO
HISTORICO
Según
lo que posteriormente hemos sabido, no pereció el mundo, sino la Kritisiche
Literaturzeitung:
Fin de la Sagrada Familia


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