© Libro N°. 3010. Mi Querida Sunday. Higgins Clark, Mary. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © My Gal Sunday
Versión Original: © Mi Querida Sunday. Mary Higgins Clark
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MI QUERIDA SUNDAY
Mary Higgins Clark
Para
John
con
amor y átout jamáis
AGRADECIMIENTOS
De
niña tenía frecuentes ataques de asma. Por la mañana, una vez calmada la
crisis, me dejaban quedarme en la cama con libros y la radio como recompensa
por haber pasado una noche jadeando.
Sintonizaba
a intervalos regulares diferentes novelas radiofónicas, esos maravillosos
seriales interminables que me invitaban a compartir aventuras con glamour.
Mi
favorita, con diferencia, era Mi querida Sunday. La presentación decía algo
como: «¿Puede una chica de un pueblo minero del Oeste ser feliz casada con el
lord más rico y guapo de Inglaterra, lord Henry Brinthrop?»
Me
enamoré perdidamente de lord Henry, y pensaba que Sunday y él eran una pareja
perfecta. Sí, podía ser feliz. ¡Y quién no, por el amor de Dios!
Por
esta razón, cuando decidí crear una nueva pareja de investigadores aficionados,
pensé en lord Henry y Sunday y me pregunté: ¿Y si Henry fuera un ex presidente
de Estados Unidos, inteligente, agradable, rico y guapo? ¿Y si Sunday fuese una
joven congresista, deslumbrante y espabilada? Estos relatos son el resultado.
Espero que los disfruten.
No habrían
sido posibles sin la orientación, las ideas, el estímulo y la sabiduría de mi
viejo editor Michael Korda y su socio, Chuck Adams. Otra vez, como siempre,
gracias, chicos... os quiero. Muchísimas gracias a Gypsy da Silva, una
correctora incomparable, la paciencia personificada.
Richard
McGann, de Vanee Security de Washington D.C, ex agente del servicio secreto, ha
sido un valioso experto para explicarme el tipo de protección que se les daría
a un ex presidente y su mujer. El sargento Kevin J. Valentine del departamento
de policía de Bernardsville, Nueva Jersey, respondió amablemente a todas mis
preguntas sobre los procedimientos que se seguirían si de repente se encontrara
a un niño aparentemente abandonado. Gracias, Dick y Kevin.
Por
último, y como siempre, muchísimas gracias a mi familia y mis amigos, que me
animan cuando me voy acercando al plazo de entrega y son comprensivos y
pacientes con mí estrechez de miras mientras estoy inmersa en las historias que
cuento. ¡Sois maravillosos!
UN
CRIMEN PASIONAL
Cuidado
con la cólera de un hombre paciente —observó con tristeza Henry Parker Britland
IV mientras observaba la foto de su ex secretario de Estado.
Acababa
de enterarse de que habían acusado a su amigo íntimo y aliado político del
asesinato de su amante, Arabella Young.
—¿Crees
entonces que ha sido el pobre Tommy? —preguntó Sandra O'Brien Britland con un
suspiro mientras untaba mermelada casera sobre un panecillo recién horneado.
Aún
era temprano y la pareja estaba cómodamente instalada en su enorme cama
matrimonial de Drumdoe, la casa de campo que tenían en Bernardsville, Nueva
Jersey. El Washington Post, el Wall Street Journal, el New York Times, el Times
(de Londres), L'Osservatore Romano y el París Review, en diferentes fases de
lectura, estaban desparramados; algunos sobre la ligera colcha floreada, otros
en el suelo. Delante de cada uno de ellos había una bandeja con un desayuno
completo y una rosa en un pequeño florero de plata.
—En
realidad no —dijo Henry al cabo de un momento, meneando ligeramente la cabeza—.
Me resulta imposible de creer. Tom siempre tuvo un sólido dominio de sí mismo.
Por eso fue tan buen secretario de Estado. Pero desde que murió Constance,
durante mi segundo mandato, no ha vuelto a ser el mismo. Y todo el mundo vio
claramente que cuando conoció a Arabella, se enamoró de ella con locura.
Naturalmente que lo que también empezó a notarse con claridad al cabo de un
tiempo fue que había perdido parte de ese férreo autodominio... Nunca olvidaré
la vez que tuvo ese patinazo y llamó a Arabella «cuchi cuchi» delante de lady
Thatcher.
—Ojalá
nos hubiéramos conocido en aquella época —dijo Sandra, compungida—. Por
supuesto que no siempre estaba de acuerdo contigo, pero pensaba que eras un
presidente excelente. Pero hace nueve años, cuando asumiste la presidencia por
primera vez, estoy segura de que te habría parecido aburrida. ¿Qué podía tener
de interesante una estudiante de derecho para el presidente de Estados Unidos?
Quiero decir que, con suerte, me habrías encontrado atractiva, pero no me
habrías tomado en serio. Al menos, como ya era congresista cuando me conociste,
me consideraste con cierto respeto.
Henry
se volvió y miró con afecto a su flamante esposa desde hacía ocho meses. Tenía
despeinado el cabello color trigo de invierno. La expresión de sus ojos azules
trasmitía simultáneamente inteligencia, simpatía, ingenio y humor; a veces,
también asombro infantil. Henry le sonrió mientras recordaba la primera vez que
se habían visto: él le había preguntado si todavía creía en Papá Noel.
La
tarde anterior a la toma de posesión de su sucesor, Henry había ofrecido una
recepción en la Casa Blanca para los nuevos miembros del Congreso.
—Creo
en lo que representa Papá Noel, señor —había respondido Sandra—. ¿Y usted?
Más tarde,
mientras los invitados se retiraban, la había invitado a una cena tranquila.
—Lo
siento —había respondido ella—, pero he quedado con mis padres y no puedo
fallarles.
Aquella
noche, la última de Henry en la Casa Blanca, mientras cenaba solo, recordó a
todas las mujeres que durante los últimos ocho años habían cambiado sus planes
sin problemas en una fracción de segundo, y se dio cuenta de que, al fin, había
encontrado a la mujer de sus sueños. Se casaron al cabo de seis semanas.
Al
principio, el interés de la prensa parecía que no acabaría nunca. La boda del
soltero más codiciado del país —el ex presidente de cuarenta y cuatro años— con
la hermosa y joven congresista, doce años menor que él, desató un frenesí de
noticias. Hacía años que no había una boda que animara tanto la imaginación
colectiva.
El
hecho de que el padre de Sandra fuera maquinista de los Ferrocarriles de Nueva
Jersey, que ella hubiera hecho la carrera en el Saint Peters College y en la
Fordham Law School trabajando, que hubiera pasado siete años como defensora de
oficio, y luego, con una derrota inesperada, le hubiese ganado el escaño del
Congreso al viejo representante de Nueva Jersey, la había convertido en un
modelo para las mujeres y en la niña mimada de los medios de comunicación.
La
situación de Henry, uno de los dos presidentes norteamericanos más populares
del siglo XX, así como su enorme fortuna personal, junto al hecho de encabezar
regularmente la lista de los hombres más apuestos del país, lo convertían
asimismo en objeto de muchos reportajes y de la envidia de otros hombres que no
hacían más que preguntarse por qué los dioses habían sido tan claramente
magnánimos con él.
El
día de la boda, un periódico sensacionalista había publicado el titular «Lord
Henry Brinthrop se casa con Sunday, nuestra chica», en referencia a una novela
radiofónica que había sido terriblemente popular y que cinco veces por semana,
durante muchos años, hacía la pregunta: «¿Puede una chica de un pueblo minero
del Oeste ser feliz casada con el lord más rico y guapo de Inglaterra, lord
Henry Brinthrop?»
Inmediatamente
todo el mundo empezó a llamar Sunday a Sandra, incluido su enamorado marido. Al
principio el apodo le molestaba, pero se resignó cuando Henry señaló que para
él tenía un doble significado; por un lado la consideraba un amor de
«domingo»,1 en referencia a la letra de una de sus canciones favoritas. «Además
–añadióle— va de maravilla. Tip O'Neill tenía un apodo perfecto para él; Sunday
es igual de perfecto para ti.»
1
Sunday, domingo en inglés. (N. de la T.)
Esa
mañana, mientras observaba a su marido, Sunday pensó en los meses que habían
pasado juntos, días en los cuales, hasta esa mañana, casi no habían tenido
preocupaciones. Pero, ahora, al ver el auténtico desasosiego en los ojos de su
marido, lo cogió de la mano.
—Estás
preocupado por Tommy, lo sé. ¿Qué podemos hacer para ayudarlo?
—Me
temo que no mucho. Para empezar voy a cerciorarme de que el abogado que ha
contratado esté a la altura del caso, pero independientemente de quién sea, la
perspectiva no es muy buena. Piensa en ello. Es un crimen especialmente
despiadado, y cuando se contemplan las circunstancias cuesta creer que no haya
sido Tom. La mataron de tres disparos con la pistola de Tommy, en la biblioteca
de su casa, justo después de que él le hubiera dicho a alguna gente que estaba
muy trastornado a causa de que ella hubiera roto con él.
Sunday
cogió uno de los periódicos y examinó la foto de un sonriente Thomas Shipman
cogiendo del hombro a la deslumbrante mujer de treinta años que lo había
ayudado a secar las lágrimas por la muerte de su esposa.
—¿Qué
edad tiene Tommy? —preguntó.
—No
sé muy bien. Supongo que unos sesenta y cinco.
Ambos
estudiaron la fotografía. Tommy era un hombre esbelto y delgado, de cabello
gris poco espeso y cara de erudito. Como contrapartida, la mata de pelo cardado
de Arabella Young enmarcaba un rostro atrevidamente guapo, y su cuerpo tenía el
tipo de curvas que se ven en las portadas de Playboy.
—Vaya
contraste. Jamás he visto dos personas tan diferentes —comentó Sunday.
—Probablemente
dicen lo mismo de nosotros —dijo Henry, obligándose a sonreír.
—Vamos,
Henry, cállate —replicó Sunday. Lo cogió de la mano y añadió—: Y no finjas que
no estás preocupado. Por muy recién casados que seamos, te conozco demasiado
bien para que me engañes.
—Tienes
razón, estoy preocupado. Cuando pienso en todos esos años, no me imagino
sentado en el Despacho Oval sin Tommy a mi lado. Antes de ser presidente, sólo
había sido senador durante un mandato, y en muchos aspectos, todavía estaba muy
verde. Gracias a él capeé esos primeros meses sin caer de bruces. Cuando ya
tenía todo preparado para decirles un par de cosas a los soviéticos, Tommy, con
su estilo tranquilo y cuidadoso, me demostró que sería un error plantear un
enfrentamiento. La publicidad se las arregló para dar la impresión de que él
sólo era la caja de resonancia de mi decisión. Tommy es un auténtico hombre de
Estado, más aún, un verdadero caballero allí donde los haya. Es honesto, hábil
y leal.
—Pero
¿no sabía que la gente se burlaba de su relación con Arabella y de que estaba
colado por ella? Por lo tanto, cuando al fin ella decidió dejarlo, perdió el
juicio —observó Sunday—. Así es como lo ves tú, ¿no?
—Quizá
—suspiró Henry—. ¿Locura temporal? Es posible. —Levantó su bandeja y la puso
sobre la mesilla—. Sin embargo, a mí nunca me ha fallado, y yo no pienso
fallarle a él. Le han permitido depositar una fianza. Iré a verlo.
Sunday
apartó también su bandeja y a duras penas logró coger la taza de café medio
vacía para que no se derramara sobre la colcha.
—Yo
también voy —dijo—. Dame diez minutos para que tome un jacuzzi y enseguida
estoy lista.
Henry
miró las largas piernas de su mujer mientras ésta salía de la cama.
—Un
jacuzzi. ¡Buena idea! —dijo con entusiasmo—. Yo también voy.
Thomas
Acker Shipman había tratado de ignorar la legión de periodistas apostados fuera
de su casa, cerca del sendero de entrada. Cuando llegó a su casa en compañía
del abogado, sencillamente miró al frente y se abrió paso a empujones desde el
coche hasta la puerta, tratando desesperadamente de no oír el bombardeo de
preguntas que le lanzaban a medida que avanzaba. Sin embargo, al entrar, los
acontecimientos del día al fin hicieron mella en él, y se derrumbó.
—Creo
que un whisky me vendrá bien —dijo en voz baja.
Su
abogado, Leonard Hart, lo miró compasivamente.
—Diría
que se lo merece, pero primero quisiera tranquilizarlo asegurándole que, si
insiste, intentaremos llegar a un acuerdo con el fiscal. Pero me veo obligado
una vez más a sugerirle que podríamos preparar una defensa muy sólida por
enajenación, y me gustaría que accediese a ir a juicio. La situación es tan
clara que cualquier jurado la entendería: primero pasó por la agonía de perder
a una amada esposa, y luego se enamoró de una joven atractiva que en un
principio aceptó muchos regalos suyos y después lo rechazó. Es una historia muy
típica, y confío en que la comprenderán si la acompañamos de una petición de
enajenación mental transitoria.
Hart,
a medida que hablaba, lo hacía con una voz cada vez más apasionada, como si se
dirigiera a un jurado.
—Usted
le pidió que viniera para hablar, pero ella se burló y empezaron a discutir. De
repente perdió la cabeza y con una furia ciega, tan intensa que ni siquiera
recuerda los detalles, le disparó. Por lo general guardaba el arma bajo llave,
pero esa noche la había sacado porque estaba tan trastornado que hasta había
pensado en suicidarse.
El
abogado hizo una pausa en su alegato, y en ese momento el ex secretario de
Estado lo miró con expresión de desconcierto.
—¿Así
es en realidad como lo ve? —preguntó.
Hart
pareció sorprenderse por la pregunta.
—Pues...
sí, absolutamente —respondió—. Hay algunos detalles que aún tenemos que
resolver, ciertos puntos que no tengo muy claros. Por ejemplo, tendrá que
explicar cómo pudo dejar a la señora Young sangrando en el suelo e irse
tranquilamente a la cama, donde se quedó dormido tan profundamente que ni
siquiera oyó los gritos de la mujer de la limpieza cuando descubrió el cuerpo a
la mañana siguiente. Aunque, basándome en lo que sé, en el juicio sostendríamos
que se encontraba en estado de shock.
—¿Ah,
sí? —preguntó Shipman fatigado—. Pero no estaba en estado de shock. En
realidad, después de tomar esa copa me pareció empezar a flotar. Apenas
recuerdo lo que nos dijimos Arabella y yo, y eso por no mencionar el hecho de
haberle disparado.
La
preocupación contrajo el rostro del abogado.
—Tom,
me gustaría pedirle que no hiciera declaraciones de esa clase a nadie. ¿Me lo
promete? Y puedo sugerirle que en el futuro inmediato tenga cuidado con el
whisky; es evidente que no le sienta bien.
Thomas
Shipman se quedó detrás de las cortinas mirando por la ventana como su
voluminoso abogado intentaba rechazar la carga de los periodistas. Parecía como
si hubieran soltado los leones sobre un solitario cristiano, pensó, sólo que en
este caso no iban por la sangre del abogado Hart sino por la suya, y,
desgraciadamente, él no tenía debilidad por el martirio.
Por
suerte, había conseguido localizar a su asistenta, Lillian West, a tiempo para
decirle que se quedara en su casa. La noche anterior, cuando lo habían acusado
formalmente, supo que las cámaras de televisión estarían alrededor de su
vivienda para presenciar y registrar cada detalle: la salida con las esposas
puestas, la comparecencia ante el juez, las huellas dactilares, la declaración
de inocencia, y por último el regreso nada triunfal a su casa por la mañana.
Bastaba con que él hubiera tenido que aguantar el acoso de la prensa, no quería
que su asistenta pasara por lo mismo.
Aunque
echaba de menos tener a alguien. La casa parecía demasiado silenciosa y vacía.
Su mente, sumida en los recuerdos, se retrotrajo al día en que Constance y él
la habían comprado, hacía unos treinta años. Habían ido en coche desde
Manhattan para almorzar en el Bird and Bottle, cerca de Bear Mountain, y
después habían regresado tranquilamente a la ciudad. En el camino,
impulsivamente, decidieron dar una vuelta por las calles del bonito barrio
residencial de Tarrytown, y en aquel momento vieron el cartel de «en venta»
delante de esa casa de principios de siglo que daba al río Hudson y a los acantilados.
«Y
durante los siguientes veintiocho años, dos meses y diez días vivimos felices
para siempre. Ay, Constance, ojalá nos quedaran veintiocho años más», se dijo
en voz baja mientras se dirigía a la cocina, después de haber decidido que, en
lugar de un whisky, necesitaba un café.
Esa
casa había sido un lugar especial para ellos. Incluso durante el período en que
era secretario de Estado y estaba de viaje gran parte del tiempo, se las
arreglaban para pasar, de vez en cuando, los fines de semana allí; siempre era
una especie de tónico reconstituyente para el espíritu. Pero una mañana, hacía
dos años, Constance le había dicho: «Tom, no me siento muy bien.» Al cabo de un
momento se había marchado para siempre.
Trabajar
veinte horas al día lo había ayudado a anestesiar un poco su dolor. Gracias a
Dios que tenía el trabajo para distraerme, pensó sonriendo con amargura
mientras recordaba el apodo que le había puesto la prensa: el Secretario
Volador. Pero no sólo me mantuvo ocupado; Henry y yo hicimos cosas buenas.
Dejamos Washington y el país mejor de lo que había estado en muchos años.
Al
llegar a la cocina, midió cuidadosamente el café para cuatro tazas y después
hizo otro tanto con el agua. Vaya, sé cuidarme, pensó. Lástima que no lo haya
hecho un poco más después de la muerte de Constance. Pero entonces entró en
escena Arabella, tan dispuesta a consolar, tan atractiva. Y ahora, tan muerta.
Pensó
en lo ocurrido hacía dos noches. ¿Qué se habían dicho en la biblioteca?
Recordaba vagamente haberse enfadado. Pero ¿podía haberse enfadado tanto como
para cometer un acto de semejante violencia? ¿Y era posible que la hubiese
dejado desangrarse en el suelo mientras se iba a dormir a trompicones? Sacudió
la cabeza. No tenía sentido.
Sonó
el teléfono, pero Shipman se limitó a mirarlo. Cuando dejó de sonar, levantó el
auricular y lo dejó descolgado sobre la mesa.
Se
sirvió una taza de café y con unos dedos ligeramente temblorosos la llevó a la
sala. En otras circunstancias se habría sentado en el sillón de piel de la
biblioteca, pero aquel día no. Ahora se preguntaba si alguna vez podría volver
a entrar a esa habitación.
En
el momento en que se instalaba, oyó que gritaban fuera. Sabía que los
periodistas aún estaban en la calle, pero no se imaginó el motivo de semejante
alboroto. Sin embargo, antes de que abriera un poco las cortinas para ver qué
pasaba, ya había adivinado la causa del furor.
El
ex presidente de Estados Unidos acababa de llegar para ofrecerle su amistad y
consuelo.
El
personal de los servicios secretos intentó con valentía abrir paso para que los
Britland avanzaran a empujones entre la multitud de reporteros y cámaras.
Henry, cogiendo a su mujer del hombro protectoramente, se detuvo e indicó que
estaba dispuesto a hacer una breve declaración.
—En
este maravilloso país, un hombre sigue siendo inocente hasta que se demuestre
lo contrario. Thomas Shipman ha sido un excelente secretario de Estado, y es un
gran amigo. Sunday yo hemos venido en señal de amistad.
Después
de sus palabras, el ex presidente se volvió y siguió hacia el porche haciendo
caso omiso del bombardeo de preguntas que le lanzaban los reporteros. Al llegar
al último peldaño de la escalinata, Thomas Shipman abrió la puerta y los
visitantes entraron sin más incidentes.
Tom,
después de cerrar la puerta detrás de los Britland y sentir el abrazo firme y
tranquilizador de su amigo, rompió a sollozar.
Sunday,
al intuir que los dos hombres necesitaban hablar en privado, se dirigió a la
cocina e insistió, a pesar de las protestas de Shipman, en preparar el almuerzo
para los tres. El ex secretario de Estado no paraba de decir que podía llamar a
la asistenta, pero Sunday se obstinó en que la dejara ocuparse a ella.
—Te
sentirás mucho mejor cuando tengas algo en el estómago, Tom —dijo—. Id a hablar
de vuestras cosas y después comeremos. Estoy segura de que hay todo lo
necesario para hacer una tortilla. Estará lista en unos minutos.
Shipman,
de hecho, recuperó la compostura enseguida. De algún modo, la mera presencia de
Henry Britland en su casa le daba la sensación, al menos de momento, de que
podría enfrentarse a todo.
Al
cabo de un rato ambos entraron en la cocina y se encontraron a Sunday
preparando la tortilla. Sus movimientos rápidos y seguros sobre la tabla de
picar le trajeron a Tom un recuerdo reciente: la imagen de alguien en Palm
Beach que preparaba una ensalada mientras él soñaba con el futuro, un futuro
que ahora no sería posible.
Al
mirar por la ventana, de pronto se dio cuenta de que la persiana estaba abierta
y que si alguien lograba escabullirse hasta el fondo de la casa, tendría una
oportunidad perfecta de tomar una cándida foto de los tres. Cruzó la habitación
rápidamente y la bajó.
Se
volvió hacia Henry y Sunday y les sonrió con tristeza.
—Qué
curioso, hace poco me convencieron de poner un dispositivo electrónico en las
persianas de todas las otras habitaciones para cerrarlas automáticamente a una
hora determinada o simplemente apretando un botón. Pero nunca pensé que fuera a
necesitarlo en la cocina. Prácticamente no sé cocinar, y Arabella no era
exactamente un modelo de habilidad doméstica. —Meneó la cabeza—. En fin, ahora
ya no importa. Además, nunca me gustó ese maldito aparato. En realidad, las
persianas de la biblioteca ni siquiera van bien. Cada vez que se aprieta el
botón, tanto para abrirlas como para cerrarlas, hacen un ruido espantoso, como
si alguien disparara un arma. Caramba, qué apropiado, ¿no?, puesto que
efectivamente se disparó un arma allí hace menos de cuarenta y ocho horas. ¿Has
oído alguna vez eso de que los acontecimientos que se avecinaban ya se
anunciaban? En fin...
Se
dio la vuelta por un instante, y la habitación quedó en un silencio
interrumpido sólo por el ruido que hacía Sunday batiendo los huevos. Ship—man
se acercó a la mesa de la cocina y se sentó delante de Henry. Recordó todas las
veces que se habían sentado el uno frente al otro en el Despacho Oval, levantó
la vista y lo miró.
—Verá,
señor presidente, yo...
—Tommy,
por favor, soy yo, Henry.
—De
acuerdo, Henry. Estaba pensando que los dos somos abogados, y...
—Y
no olvides que Sunday también —le recordó Henry—. Antes de que se presentara a
su actual cargo, trabajó mucho tiempo de defensora de oficio.
Shipman
esbozó una tenue sonrisa.
—Entonces
sugiero que sea la experta de la casa. —Se volvió hacia ella—. Sunday, ¿alguna
vez has tenido que preparar una defensa para un cliente borracho como una cuba
en el momento del crimen y que no sólo hubiera disparado tres veces contra
su... eh... amiga, sino que además la dejara desangrarse hasta la muerte en el
suelo mientras se iba a dormir la mona arriba?
Sunday
respondió sin apartar la vista de la cocina.
—Bueno,
quizá no fueran exactamente las mismas circunstancias, pero he defendido a
mucha gente drogada en el momento del crimen que ni recordaba haberlo cometido.
Aunque, en todos los casos, había testigos que declararon bajo juramento contra
ellos. Algo muy duro.
—Y
por supuesto los encontraron culpables, ¿no? —preguntó Shipman.
Sunday
se detuvo y lo miró.
—Cayó
sobre ellos todo el peso de la ley —admitió.
—Exactamente.
Mi abogado, Len Hart, es un individuo bueno y capaz, y quiere que me declare
culpable alegando enajenación... transitoria, desde luego. Pero, tal como lo
veo, mi única posibilidad es llegar a un acuerdo con el fiscal para que, a
cambio de una declaración de culpabilidad, el estado no pida la pena de muerte.
Henry
y Sunday miraron a su amigo, que hablaba con la vista fija en algún punto
lejano.
—Está
claro —continuó— que le he quitado la vida a una mujer joven que podría haber
disfrutado de cincuenta años más en este planeta. Si voy a la cárcel, es
probable que no dure más de cinco o diez años. El encierro, sin embargo, dure
lo que dure, quizá me ayude a expiar esta horrible culpa antes de que sea
llamado ante el Señor.
Los
tres se quedaron en silencio mientras Sunday terminaba de preparar la comida:
mezclar la ensalada, echar los huevos batidos en la sartén, añadir tomates
picados, cebolletas y jamón, plegar la tortilla y darle la vuelta. La tostada
saltó de la tostadora en el momento en que ponía la primera tortilla en el
plato tibio y se la servía a Shipman.
—Come
—le ordenó.
Al
cabo de veinte minutos, cuando Tom Shipman se terminó la ensalada con un
trocito de tostada y se quedó mirando el plato vacío, comentó:
—Esto
es el colmo, Henry, encima de un chef francés a tu servicio, además tienes la
suerte de una esposa experta en la cocina.
—Gracias,
amable señor —dijo Sunday con ironía—, pero la verdad es que todos mis talentos
culinarios los adquirí durante la época en que preparaba platos combinados para
pagarme los estudios de derecho en Fordham.
Shipman
sonrió mientras miraba distraído el plato vacío que tenía delante.
—Es
un talento digno de admiración, que Arabella, por cierto, no poseía. —Meneó la
cabeza lentamente—. Me cuesta creer que haya sido tan tonto.
Sunday
lo cogió de la mano.
—Tommy
—le dijo en voz baja—, tiene que haber circunstancias atenuantes a tu favor.
Has dedicado muchos años al servicio público, y has colaborado con muchos
proyectos de caridad. El tribunal buscará todo lo que resulte útil para
suavizar la sentencia, suponiendo que se dicte alguna. Henry y yo estamos aquí
para ayudarte en lo que haga falta, y estaremos a tu lado pase lo que pase.
Henry
Britland apoyó la mano con firmeza sobre el hombro de Shipman.
—Así
es, amigo, estamos aquí para ayudarte. Pide y trataremos de proporcionártelo.
Pero antes que nada, debemos saber qué sucedió realmente. Por lo que sabíamos,
Arabella había roto contigo, así que ¿para qué vino esa noche?
Shipman
tardó en responder.
—No
sé, pasó por aquí—dijo evasivamente.
—Así
pues, ¿ no la esperabas ? —preguntó Sunday con rapidez.
—Eh...
no, no —dudó—. No la esperaba.
Henry
se inclinó hacia adelante.
—De
acuerdo, Tom, pero como decía Will Rogers: «Lo único que sé es lo que leo en
los periódicos.» Según la prensa, aquel día llamaste a Arabella y le pediste
que pasara por aquí para hablar con ella, y llegó sobre las nueve.
—Sí,
así es —respondió lacónicamente.
Henry
y Sunday cruzaron miradas de preocupación. Era evidente que había algo que Tom
no les contaba.
—¿Y
qué hay del arma? —preguntó Henry—. La verdad es que me sorprendió saber que
temas una pistola, y especialmente que la tuvieras registrada a tu nombre.
Apoyabas con tanta firmeza el proyecto de ley Brady y quienes defendían la
tenencia libre de armas te consideraban un enemigo. ¿Dónde la guardabas?
—Francamente,
había olvidado que la tenía —dijo Shipman con tono apagado—. La compré cuando
nos mudamos aquí, y la tuve durante años al fondo de la caja fuerte. El otro
día la vi por casualidad, justo después de escuchar que la policía de la ciudad
estaba haciendo una campaña para cambiar armas por juguetes. Así que la saqué
de la caja fuerte y la dejé sobre la mesa de la biblioteca, con las balas al
lado. Pensaba entregarla en la comisaría al día siguiente. Bueno, en todo caso
ya la tienen ellos, aunque no de la forma que yo pensaba.
Sunday
sabía que Henry pensaba lo mismo que ella. La situación era cada vez más
preocupante: Tom no sólo había disparado contra Arabella, sino que además había
cargado el arma después de la llegada de ésta.
—Tom,
¿qué hiciste antes de que llegara Arabella? —preguntó Henry.
El
matrimonio observó cómo Shipman pensaba la pregunta antes de responder.
—Estuve
en la asamblea anual de accionistas de American Micro. Había sido un día
agotador, agravado por el hecho de que estaba terriblemente resfriado. Mi
asistenta, Lillian West, tenía la cena preparada para mí a las siete y media.
Comí muy poco y me fui directamente arriba porque no me sentía bien. En
realidad tenía escalofríos, así que tomé una ducha caliente y me metí en la
cama. Como no había dormido muy bien las noches anteriores, tomé una pastilla
para dormir. Desperté, de un sueño muy profundo debo decir, porque Lillian
llamó a la puerta para decirme que Arabella estaba abajo y quería verme.
—¿Y
bajaste?
—Sí.
Recuerdo que Lillian se estaba yendo en el momento en que bajé, y que Arabella
ya estaba en la biblioteca.
—¿Te
alegró verla?
Shipman
hizo una pausa antes de responder.
—No,
la verdad es que no. Todavía estaba un poco aturdido por la pastilla y casi no
podía tener los ojos abiertos. Además, estaba enfadado de que se presentara sin
avisar después de haber ignorado mis llamadas telefónicas. Como recordarás, hay
un bar en la biblioteca. Pues bien, Arabella ya se había instalado y estaba
preparando dos martinis.
—Tom,
¿cómo se te ocurrió beber un martini con la pastilla para dormir? —preguntó
Henry.
—Porque
soy tonto —soltó Shipman—. Y porque estaba tan harto de su risa chillona y de
su voz irritante que pensé que me volvería loco si no las amortiguaba un poco.
Henry
y Sunday miraron a su amigo.
—Pero
pensaba que estabas loco por ella —dijo Henry.
—Sí,
al principio, pero al final fui yo el que rompió —respondió Shipman—. Pero como
soy un caballero, pensé que lo correcto era decirle a los demás que había sido
ella. Sin duda, teniendo en cuenta la diferencia de edad, era lo que cualquiera
hubiera esperado. La verdad es que al fin, y transitoriamente por lo visto,
había recuperado el sano juicio.
—¿Entonces
para qué la llamabas? —preguntó Sunday—. No lo comprendo.
—Porque
había empezado a llamarme en medio de la noche, a veces sin parar hora tras
hora. Por lo general colgaba al oír mi voz, pero yo sabía que era ella. Así que
la llamé para decirle que las cosas no podían seguir así, pero de ninguna
manera la invité a casa.
—Tom,
¿por qué no has dicho nada de esto a la policía? Por lo que he oído y leído,
todo el mundo piensa que fue un crimen pasional.
Tom Shipman
meneó la cabeza con tristeza.
—Porque
creo que probablemente después de todo haya sido un crimen pasional. Esa última
noche, Arabella me dijo que se iba a poner en contacto con la prensa
sensacionalista y les iba a vender la historia de las fiestas locas en las que
tú y yo supuestamente participábamos durante nuestro mandato.
—Pero
eso es ridículo —dijo Henry indignado.
—Chantaje
—añadió Sunday en voz baja.
—Exactamente.
¿Crees que contar esa historia me serviría para defenderme? —preguntó Shipman.
Sacudió la cabeza—. No, aunque no sea verdad, al menos hay cierta dignidad en
recibir un castigo por matar a una mujer a la que amaba tanto que no quería
perder. Dignidad para ella, y quizá también para mí, aunque sea un poco.
Sunday
insistió en recoger la mesa y limpiar la cocina mientras Henry acompañaba a
Tommy arriba para que descansara.
—Tommy,
me gustaría que alguien estuviera aquí contigo en estos momentos —dijo el ex
presidente—. No quiero dejarte solo.
—No
te preocupes, Henry, estoy bien. Además, después de tu visita ya no me siento
solo.
A
pesar de la afirmación de su amigo, Henry sabía que se preocuparía, como empezó
a hacer casi inmediatamente después de que Shipman entrara en el cuarto de
baño. Constance y Tommy no habían tenido hijos, y muchos amigos íntimos se
habían retirado y trasladado, la mayoría a Florida. La llamada del teléfono
móvil que siempre llevaba encima interrumpió sus pensamientos.
Era
Jack Collins, el jefe del equipo del servicio secreto que le habían asignado.
—Lamento
molestarlo, señor presidente, pero hay un vecino ansioso por trasmitirle un
mensaje al señor Shipman. Dice que una buena amiga de éste, una tal condesa
Condazzi que vive en Palm Beach, ha intentado ponerse en contacto con él, pero
el señor Shipman no atiende el teléfono, y aparentemente tiene desconectado el
contestador, así que no ha podido dejarle el mensaje. Por lo que he
comprendido, está muy preocupada e insiste en que se comunique al señor Shipman
que está esperando su llamada.
—Gracias,
Jack. Le daré el mensaje al secretario Shipman. Sunday y yo nos marcharemos
dentro de unos minutos.
—De
acuerdo, señor. Estaremos preparados.
La
condesa Condazzi, pensó Henry, qué interesante. ¿Quién será?
Sintió
aún más curiosidad, cuando, al informar a su amigo de la llamada, los ojos de
Thomas Acker Shipman se iluminaron y sus labios dibujaron una sonrisa.
—¿Así
que ha llamado Betsy? —dijo—. Qué amable.
Pero
su mirada se apagó y la sonrisa se desvaneció casi con la misma velocidad con
que habían aparecido.
—Quizá
podrías trasmitirle a mi vecino que no atenderé llamadas de nadie —dijo—. En
esta coyuntura, creo que no vale la pena hablar con nadie más que con mi
abogado.
Al
cabo de unos minutos, mientras Henry y Sunday se abrían paso entre la marea de
periodistas, un Lexus entró por el camino y pasó junto a ellos. El matrimonio
vio a una mujer que salía del coche y, aprovechando el alboroto que la salida
de ellos había creado, entraba en la casa con su propia llave sin que la
molestaran.
—Ha
de ser la asistenta —dijo Sunday, que había notado que se trataba de una mujer
de unos cincuenta años, vestida con ropa sencilla y con unas trenzas recogidas
en un moño—. Además, ¿qué otra persona va a tener la llave? Bueno, al menos Tom
no va a estar solo.
—Debe
pagarle muy bien —observó Henry—. Es un coche caro.
Durante
el viaje de regreso, le contó a Sunday lo de la misteriosa llamada de la
condesa de Palm Beach. Ella no hizo comentarios, pero por la forma en que ladeó
la cabeza y arrugó la frente, Henry se dio cuenta de que estaba preocupada y
sumida en sus pensamientos.
El
coche en que iban era un Chevrolet indescriptible de ocho años de antigüedad,
uno de los vehículos de segunda mano de Henry, especialmente equipados y útiles
para cuando querían pasar desapercibidos. Como siempre, iban acompañados de dos
agentes del servicio secreto; uno al volante y el otro como guardia armado.
Un
cristal grueso separaba el asiento delantero del trasero, para que Henry y
Sunday pudieran hablar con privacidad.
—Henry
—dijo Sunday rompiendo lo que para ella era un prolongado silencio—, hay algo
raro en este caso. Ya lo percibía por los artículos de los periódicos, pero
ahora, después de hablar con Tommy, estoy segura.
—Desde
luego —coincidió Henry—. Al principio pensé que los detalles del crimen serían
tan espantosos, que él no quería admitirlos. —Sacudió la cabeza—. Pero ahora me
doy cuenta de que no es una cuestión de no querer saberlo, sino que de verdad
no sabe qué pasó. ¡Y es algo muy raro en él! —exclamó—. Cualquiera que fuese la
provocación, amenaza, chantaje o lo que sea, no puedo creer que Tommy perdiera
el control hasta el punto de matar a esa mujer, por más que mezclara pastillas
para dormir con martinis. El hecho de haberlo visto, me ha hecho pensar en lo
anormal que es todo esto. Tú no lo conocías en aquella época, Sunday, pero
cuando Constance murió, la compostura de Tommy fue notable, y créeme, sentía
devoción por ella. Sufría, por supuesto, pero no perdió la calma. —Henry volvió
a sacudir la cabeza—. No, Tommy no es el tipo de hombre que pierde los
estribos, por mucho que lo provoquen.
—Sí,
puede que su compostura haya sido notable cuando murió la esposa, pero caer
rendido a los pies de Arabella Young cuando el cadáver de Connie aún estaba
caliente, dice algo sobre él, ¿no crees?
—Sí,
¿pero qué? ¿Reacción o negación?
—Exactamente
—respondió Sunday—. A veces la gente se enamora casi inmediatamente después de
una gran pérdida y funciona, pero por lo general no suele ser así.
—Es
probable que tengas razón. El hecho de que Tommy no se casara con Arabella,
incluso después de haberle dado un anillo de pedida... ¿cuándo?, ¿hace dos
años?, me indica que sabía casi desde el principio que era un error.
—Bueno,
todo eso sucedió antes de que yo entrara en escena —murmuró Sunday—, pero
estaba al corriente gracias a la prensa sensacionalista que no paraba de hablar
de lo enamorado que estaba el formal secretario de Estado de la despampanante
relaciones públicas a la que doblaba en edad. Recuerdo que vi dos fotos, una
junto a la otra. La primera lo mostraba haciéndole arrumacos en público a
Arabella y la segunda, en el entierro de su esposa, en un momento en el que
obviamente había perdido la compostura. Nadie tan afectado por el dolor podía
estar tan feliz apenas un par de meses más tarde. Además, la forma en que
vestía esa mujer... simplemente no parecía el tipo de mujer de Tommy. —Sunday,
más que ver, intuyó que su marido levantaba una ceja—. Ah, vamos. Ya sé que
devoras los periódicos sensacionalistas cuando yo los termino. Dime la verdad.
¿Qué pensabas de Arabella?
—Pensaba
en ella lo menos posible.
—No
has respondido a la pregunta.
—Siempre
intento no hablar mal de los muertos. Pero, si quieres saberlo, me parecía
escandalosa, vulgar y repelente. Poseía una mente bastante astuta, pero hablaba
tan rápido y tanto que el cerebro no tenía tiempo de llegar a su boca. Y cuando
se reía, pensaba que estallarían los cristales de la araña.
—Bueno,
sin duda se ajusta a lo que he leído sobre ella —comentó Sunday. Se quedó en
silencio y se volvió hacia su marido—. Henry, si Arabella se rebajaba a hacerle
chantaje a Tommy, ¿crees posible que lo hubiese intentado con otros? ¿Es
posible que entre la pastilla de dormir y el martini Tommy perdiera la
conciencia y llegara alguien sin que él lo supiera? ¿Alguien que la hubiese
seguido y de pronto viera la oportunidad de deshacerse de ella y dejar que el
pobre Tommy cargara con la culpa?
—¿Y
que llevara a Tommy arriba y lo metiera en la cama? —Henry volvió a enarcar la
ceja.
Ambos
guardaron silencio mientras el coche giraba por el paseo Garden State. Sunday
miró por la ventanilla: el sol de última hora de la tarde hacía brillar las
hojas doradas y rojizas de los árboles.
—Me
encanta el otoño —dijo pensativa—. Y me apena pensar que Tommy, en el otoño de
su vida, tenga que pasar por todo este suplicio. —Hizo una pausa—. Muy bien,
pensemos en otra posibilidad. Tú conoces bien a Tommy. Supón que estuviera
enfadado, furioso incluso, pero también tan atontado que no pudiese pensar.
Ponte en esa situación; ¿tú qué hubieras hecho?
—Lo
mismo que Tommy y yo hacíamos cuando estábamos en esas condiciones en una
cumbre de jefes de Gobierno. Cuando nos dábamos cuenta de que el cansancio o el
enfado, o ambas cosas, nos impedían pensar, nos íbamos a la cama.
Sunday
le apretó la mano.
—Eso
es exactamente lo que pienso. Supón que Tommy consiguiera subir la escalera a
trompicones por sus propios medios, y dejara a Arabella. Y supón que otra
persona la hubiera seguido, alguien que supiera lo que estaba haciendo allí.
Tenemos que averiguar con quién tuvo relaciones Ara—bella antes de conocerlo.
También deberíamos hablar con la asistenta de Tommy, que se marchó poco después
de su llegada, porque a lo mejor vio algún coche aparcado, y con la condesa de
Palm Beach que llamó, la que quería hablar urgentemente con Tommy. Tenemos que
ponernos en contacto con ella; probablemente no sirva de mucho, pero nunca se
sabe, a lo mejor puede decirnos algo.
—De
acuerdo —dijo Henry con admiración—. Como siempre, funcionamos en la misma
frecuencia, sólo que tú vas un poco más rápido que yo. En realidad ni se me
había ocurrido hablar con la condesa. —Le pasó el brazo por los hombros y la
atrajo hacia sí—. Ven aquí. ¿Sabes que no te beso desde las once y diez de la
mañana?
Sunday
le acarició los labios con la yema del índice.
—¿Así
que no sólo te atrae mi agudeza mental?
—Aja,
te has dado cuenta. —Henry le besó el dedo, le cogió la mano y la apartó,
quitando todo obstáculo entre sus labios y los de ella.
Sunday
se echó hacia atrás.
—Una
cosa más, Henry. Antes de que empecemos a ayudar a Tommy debes asegurarte de
que no llegue a un acuerdo con el fiscal.
—¿Y
cómo voy a hacerlo?
—Por
decreto, naturalmente.
—Pero
ya no soy presidente, querida.
—A
los ojos de Tommy, sigues siéndolo.
—De
acuerdo, lo intentaré. Y ahora otro decreto del ejecutivo: para de hablar.
En
el asiento delantero, los agentes echaron una mirada al retrovisor y se
sonrieron.
A la
mañana siguiente, Henry estaba en pie al amanecer para hacer un recorrido por
la finca de ochocientas hectáreas con el administrador. Regresó a las ocho y
media y desayunó con Sunday en la salita que daba al jardín inglés de la parte
trasera de la casa. La habitación en sí estaba decorada para complementar las
vistas, con grabados de plantas sobre un fondo de lino belga a rayas. La
estancia parecía constantemente llena de flores, y, como Sunday con frecuencia
observaba, era muy diferente del apartamento de Jersey City en que se había
criado y donde aún vivían sus padres.
—No
olvides que las sesiones del Congreso empiezan la semana próxima —dijo Sunday
mientras tomaba la segunda taza de café—. Si quiero ayudar a Tommy, tengo que
empezar ahora mismo. Así que lo mejor es que averigüe todo lo que pueda sobre
Arabella. ¿Ya ha terminado Marvin el informe completo que le pedimos?
Se
refería a Marvin Klein, el hombre que se ocupaba de dirigir la oficina de
Henry, instalada en las viejas caballerizas de la finca. Poseía un ingenioso
sentido del humor y se llamaba a sí mismo jefe de personal a favor de un
gobierno en el exilio, en referencia al hecho de que, tras el segundo mandato
de Henry Britland, había habido una corriente de opinión que instaba a que se
modificara la restricción que impedía que el presidente de Estados Unidos
ocupara el cargo más de dos períodos.
En
aquel momento, una encuesta demostró que el ochenta por ciento del electorado
estaba a favor de una enmienda que modificara la restricción de modo que se
pudiera ocupar el cargo más de «dos mandatos consecutivos». Era obvio que la
mayoría del pueblo estadounidense quería que Henry Parker Britland IV volviera
a la residencia de Pennsylvania Avenue 1600.
—Aquí
lo tengo —dijo Henry—. Acabo de leerlo. Parece como si la difunta Arabella
hubiese conseguido ocultar buena parte de su pasado. Lo más jugoso que algunas
de las fuentes de Marvin han descubierto es que estuvo casada anteriormente, un
matrimonio que acabó en un divorcio con el que dejó limpio a su marido, y que
un antiguo novio, Alfred Barker, una relación que acaba y retoma sin cesar,
estuvo en la cárcel por sobornar atletas.
—¡Vaya!
¿Y está en libertad?
—No
sólo está libre, querida, sino que cenó con Arabella la noche de su muerte.
Sunday
se quedó boquiabierta.
—Cariño,
¿cómo demonios lo ha averiguado Marvin?
—¿Cómo
hace Marvin para descubrir cualquier cosa? Lo único que sé es que tiene sus
fuentes. Y hay más, parece que Alfred Barker vive en Yonkers, que, como sabes,
no está lejos de Tarrytown. El ex marido, en cambio, se ha vuelto a casar y no
vive en la región.
—¿Marvin
averiguó todo esto de un día para otro? —preguntó Sunday con los ojos
brillantes de animación.
Henry
asintió con la cabeza, mientras Sims, el mayordomo, volvía a llenarle la taza
de café.
—Gracias,
Sims. Y no sólo eso —continuó—, también se ha enterado de que, aparentemente,
Alfred Barker todavía sentía mucho cariño por Arabella, por muy raro que
parezca. Y últimamente había alardeado delante de sus amigos de que Arabella,
ahora que había plantado al viejo, volvería con él.
—¿Y
qué hace Barker ahora?
—Bueno,
teóricamente tiene una tienda de artículos de fontanería, pero las fuentes de
Marvin indican que en realidad es la tapadera de un negocio de lotería
clandestina, que al parecer organiza por su cuenta. Mi información favorita,
sin embargo, es que nuestro señor Barker es famoso por su carácter violento
cuando lo traicionan.
Sunday
arrugó la cara como solía hacer siempre que pensaba algo detenidamente.
—Mmmm.
Veamos. Cenó con Arabella justo antes de que ella entrara en casa de Tommy. Detesta
que lo traicionen, lo que seguramente también significa que es muy celoso, y
además tiene mal carácter. —Miró a su marido—. ¿Estás pensando lo mismo que yo?
—Exactamente.
—¡Sabía
que esto era un crimen pasional! —exclamó Sunday entusiasmada—. Sólo que parece
que la pasión no provenía de Tommy. Hoy voy a ir a ver a Barker y a la
asistenta de Tommy. ¿ Cómo se llama?
—Dora,
creo —respondió Henry—. No, no —se corrigió—, ésa era la asistenta que trabajó
para ellos durante años, una mujer maravillosa. Creo que Tommy dijo que se
retiró poco después de la muerte de Constance. Si mal no recuerdo, la que tiene
ahora, la que vimos ayer, se llama Lillian West.
—Eso
es. La mujer de las trenzas y el Lexus —dijo Sunday—. Muy bien, yo me ocupo de
Barker y la asistenta. ¿Y tú que vas a hacer?
—Iré
en avión a Palm Beach para ver a la condesa Condazzi, pero estaré de regreso a
la hora de la cena. Y tú, querida, prométeme que tendrás cuidado. Recuerda que
ese Alfred Barker es un personaje de mal carácter. No quiero que te escapes de
los chicos del servicio secreto.
—De
acuerdo.
—Lo
digo en serio, Sunday —advirtió Henry en voz baja y con el tono serio que usaba
tan eficazmente para hacer temblar a los miembros de su gabinete.
—Vaya,
qué hombre1 tan duro —sonrió Sunday—. De acuerdo, te lo prometo. No me
despegaré de ellos. Buen viaje.
Lo
besó en la coronilla y salió de la sala tarareando el Himno al presidente.
Unas
cuatro horas más tarde, después de haber pilotado su jet privado hasta el
aeropuerto de Palm Beach Oeste, Henry llegó a la mansión de estilo colonial en
la que vivía la condesa Condazzi.
—Esperen
fuera —ordenó a la escolta.
La
condesa tenía más de sesenta años; era una mujer menuda, de facciones
exquisitas y serenos ojos grises. Recibió a Henry con simpatía y amabilidad y
fue directa al grano.
—Me
alegró mucho recibir su llamada, señor presidente —dijo—. He leído las noticias
sobre la terrible situación de Tommy y estaba ansiosa por hablar con él. Sé
cuánto ha de estar sufriendo, pero no me ha devuelto las llamadas. Verá, sé que
Tommy es incapaz de haber cometido ese crimen. Somos amigos de la infancia;
fuimos juntos a la escuela y el instituto, y en todos esos años jamás lo vi
perder el control ni un momento. Incluso cuando los demás se insolentaban o
alborotaban, como solía pasar en los bailes del colegio, o cuando bebía, Tommy
siempre era un caballero. Se ocupaba de mí, y cuando terminaba la fiesta me
acompañaba a casa. No,
1 En
español en el original.
Tommy
no ha sido.
—Opino
exactamente lo mismo —coincidió Henry—. ¿Así que se criaron juntos?
—Vivíamos
uno enfrente del otro, en Rye. Durante los primeros años de universidad salimos
juntos, pero después él conoció a Constance y yo a Eduardo Condazzi, un
español. Me casé, y al cabo de unos años, cuando murió el hermano mayor de
Eduardo y mi marido heredó el título y los viñedos de la familia, nos
trasladamos a España. Eduardo falleció hace tres años. Mi hijo es el actual
conde y vive en España, pero yo pensé que había llegado la hora de volver a
casa. Al fin, después de tantos años, me encontré con Tommy un fin de semana
que había venido para jugar a golf con unos amigos. Fue maravilloso volver a
verlo. Parecía como si no hubiesen pasado los años.
Y el
amor volvió a despertar, pensó Henry.
—Condesa.
—Betsy
—lo corrigió ella.
—Muy
bien, Betsy; seré directo. ¿Tommy y usted retomaron la relación allí donde la
dejaron hace años?
—Pues...
sí y no —respondió Betsy—. Le dejé claro que estaba muy contenta de volver a
verlo y creo que él sentía lo mismo. Pero verá usted, creo que Tommy nunca se
permitió sufrir por la pérdida de Constance. En realidad, hablamos mucho del
tema. Para mí era evidente que su relación con Arabella Young era una forma de
escapar al proceso de dolor. Le aconsejé dejar a Arabella y después darse un
período de duelo, algo así como seis meses, un año. Le dije que una vez hecho
el proceso me llamara y me llevara a bailar.
Henry
estudió el rostro de Betsy Condazzi, su sonrisa nostálgica, los ojos llenos de
recuerdos.
—¿Y
él estuvo de acuerdo? —preguntó Henry.
—No
del todo. Me dijo que iba a vender su casa y trasladarse aquí con carácter
permanente —sonrió—, y que iba a estar preparado para llevarme a bailar mucho
antes de que pasaran seis meses.
Henry
hizo una pausa antes de la siguiente pregunta.
—Si
Arabella Young hubiera vendido a algún periódico sensacionalista la historia de
que durante mi administración, y antes de la muerte de su mujer, él y yo
organizábamos orgías desenfrenadas en la Casa Blanca, ¿cuál habría sido su
reacción?
—Pues
no me lo habría creído —respondió con sencillez—. Y Tommy me conoce lo
suficiente para saber que podía contar con mi apoyo.
En
el vuelo de regreso al aeropuerto de Newark, Henry dejó el mando al piloto y se
dedicó a pensar. Cada vez veía más claro que alguien estaba tendiéndole una
trampa a Tommy. Era evidente que sabía que el futuro le prometía una segunda
oportunidad de ser feliz y que no necesitaba matar para salvaguardar esa
oportunidad. No, no tenía sentido que hubiera matado a Arabella Young. Pero
¿cómo iban a demostrarlo? Se preguntó si Sunday habría tenido más suerte en
descubrir el posible móvil del asesinato de Arabella.
Alfred
Barker no era un hombre que inspirara instintiva simpatía, pensó Sunday
mientras se sentaba delante de él en la oficina de su tienda de fonta—nería.
Era
un hombre de cuarenta y tantos años, de pecho ancho y párpados pesados, con la
cara hinchada y el pelo entrecano que se peinaba con la raya casi sobre la
oreja en un evidente esfuerzo por ocultar una avanzada calvicie. La camisa
abierta, sin embargo, dejaba a la vista una espesa mata de vello. El único otro
rasgo característico que notó fue una cicatriz irregular en el dorso de la mano
derecha.
Sunday
tuvo una fugaz sensación de gratitud mientras pensaba en el cuerpo esbelto y
musculoso de Henry, en su aspecto agradable, incluida su famosa mandíbula de
«terquedad» y los ojos castaños claros que podían comunicar o, si era
necesario, ocultar emociones. Y aunque por lo general le irritaba la
omnipresencia de los hombres del servició secreto —después de todo nunca había
sido primera dama; ¿para qué los necesitaba?—, en aquel momento, encerrada en
esa diminuta habitación con aquel individuo hostil, se alegraba de saber que
estaban fuera, junto a la puerta entreabierta.
Se
había presentado como Sandra O'Brien, y era evidente que Alfred Barker no tenía
idea de que el apellido de casada era Britland.
—¿Y
por qué quiere hablar conmigo sobre Arabella? —le preguntó mientras encendía un
cigarro.
—Antes
que nada quisiera decirle que siento mucho su muerte —dijo Sunday con
sinceridad—. Sé que usted y ella estaban muy unidos. Pero verá, conozco al
señor Shipman... —Se calló antes de seguir con la explicación—. Mi marido
trabajó con él. Y parece que las versiones sobre quién rompió la relación son
contradictorias.
—¿Y
eso qué importa? Arabella estaba harta de ese viejo asqueroso. Siempre me quiso
a mí.
—Pero
era la prometida de Thomas Shipman —objetó Sunday.
—Sí,
pero yo sabía que eso no duraría. Lo único que él tenía era pasta. Mire,
Arabella se casó a los dieciocho con un imbécil, era tan gilipollas que tenía
que repetirse su nombre todas las mañanas. Pero Arabella era lista. Puede que
el tipo fuera un estúpido, pero valía la pena aguantarlo porque la familia
estaba forrada. Así que lo soportó tres o cuatro años, consiguió que le pagara
una educación universitaria, se arregló los dientes, en fin... Esperó a que se
muriera un tío muy rico del marido, logró que él pusiera el dinero a nombre de
los dos y lo abandonó. Con el divorcio lo desplumó.
—Alfred
Barker volvió a encender el cigarro, exhaló el humo sonoramente y se reclinó
sobre la silla—. Era un bombón de los más astutos. Una maravilla.
—¿En
esa época empezó a salir con usted? —lo pinchó Sunday.
—Así
es. Pero después tuve un pequeño malentendido con el gobierno y terminé
encerrado por un tiempo. Ella encontró trabajo en una empresa de relaciones
públicas muy fina, y no dejó escapar la oportunidad cuando consiguió un
traslado a la sucursal de Washington. —Barker chupó el cigarro y exhaló el humo
ruidosamente—. No, Arabella no era una persona a quien tener atada, y no es que
yo lo quisiera. El año pasado, cuando me soltaron, me llamaba todo el tiempo
para hablarme del gilipollas de Shipman. Pero para ella era un buen montaje; el
tipo le regalaba joyas y ella no paraba de conocer gente importante —Baker se
inclinó sobre el escritorio y dijo en tono confidencial—, incluido el
presidente de Estados. Unidos, Henry Parker Britland IV. —Se calló y volvió a
reclinarse en la silla. Miró a Sunday acusadoramente—. ¿Cuánta gente en este
país se sienta a la mesa del presidente y hace bromas con él? ¿Usted, por
ejemplo? —la desafió.
—No,
con el presidente no —dijo Sunday con franqueza, recordando la primera noche en
la Casa Blanca en que había rechazado la invitación a cenar de Henry.
—¿Comprende
lo que quiero decir? —alardeó triunfalmente Barker.
—Bueno,
es evidente que Thomas Shipman, como secretario de Estado, podía ofrecerle a
Arabella excelentes contactos. Pero según el señor Shipman, fue él quien la
dejó, no ella.
—Vale.
¿Y qué?
—¿Para
qué iba a matarla entonces?
La
cara de Barker se ensombreció mientras daba un puñetazo sobre el escritorio.
—Le
advertí a Arabella que no lo amenazara con ese numerito de los periódicos. Le
dije que esta vez estaba tratando con otra gente. Pero como ya le había
funcionado antes, no me hizo caso.
—¡Ya
lo había hecho! —exclamó Sunday mientras recordaba que eso era exactamente lo
que le había sugerido a Henry—. ¿A quién más trató de chantajear?
—Bah,
a un tipo con el que trabajaba. No sé cómo se llama. Un don nadie. Pero jamás
es buena idea meterse con alguien con los enchufes de Shipman. ¿Recuerda lo que
le hizo a Castro?
—¿Le
explicó algo sobre el chantaje que iba a hacerle?
—No
mucho, y me lo contó sólo a mí. Yo no paraba de decirle que no lo hiciera, pero
ella pensaba que valía la pena, que se ganaría una pasta. —Unas lágrimas
inverosímiles empañaron los ojos de Alfred Barker—. A mí me gustaba, pero era
muy terca. Sencillamente no quería escuchar. —Hizo una pausa, aparentemente
sumido en sus reflexiones—. Le avisé, incluso le enseñé esa cita famosa.
Sunday
echó la cabeza atrás como reacción involuntaria a la asombrosa declaración de
Barker.
—Me
gustan las citas —continuó—. Las leo para reírme o para aprender, o lo que sea,
no sé si me entiende.
Sunday
asintió.
—A
mi marido también le gustan mucho las citas. Dice que hay mucha sensatez en
ellas.
—¡Sí,
a eso me refería! ¿Qué hace su marido?
—En
este momento no tiene trabajo —respondió Sunday mirándose las manos.
—Eso
es muy duro. ¿Sabe algo de fontanería?
—No
mucho.
—¿Y
de números?
Sunday
meneó la cabeza con tristeza.
—No;
se queda en casa y lee mucho, libros de citas y cosas así —dijo tratando de que
la conversación volviera a su cauce.
—Sí,
la que le leí a Arabella le iba perfectamente bien. Era una bocazas, una
auténtica bocazas. Encontré esa cita y se la enseñé. Siempre le dije que su
boca le traería problemas, y vaya si se los trajo.
Barker
revolvió el cajón superior del escritorio y sacó un papel ajado.
—Aquí
está. Léala.
Le
pasó una hoja que evidentemente había arrancado de un libro de citas. En la
página había una entrada marcada con círculo rojo:
Debajo
de esta lápida pesada como una roca,
yace
Arabella Young,
que
un 24 de mayo
cerró
la boca.
—Está
sacado de una vieja tumba inglesa. ¡Qué le parece! Si no fuera por la fecha, la
coincidencia sería exacta. —Barker suspiró pesadamente y volvió a reclinarse en
la silla—. Sí, la voy a echar de menos. Era muy divertida.
—Cenó
con ella la noche de su muerte, ¿verdad?
—Sí.
—¿La
dejó en casa de Shipman?
—No;
le dije que lo pensara un poco, pero no quiso escucharme, así que la puse en un
taxi. Pensaba pedirle el coche a él para volver a casa. —Barker sacudió la
cabeza—. Sólo que no pensaba devolvérselo. Estaba segura de que él le daría
cualquier cosa con tal de que no hablara con la prensa sensacionalista. —Hizo
una pausa—. Pero en cambio, mire lo que le hizo. —Barker se puso de pie con la
cara congestionada de ira—. ¡Ojalá lo frían en la silla eléctrica!
Sunday
también se puso de pie.
—La
pena de muerte en el estado de Nueva York se ejecuta con una inyección letal,
pero comprendo lo que quiere decir. Dígame, señor Barker, ¿qué hizo después de
dejar a Arabella en el taxi?
—Sabe
una cosa, estaba esperando que me lo preguntaran, pero la bofia ni se molestó
en venir a hablar conmigo. Desde el principio supieron que tenían al asesino de
Arabella. Pues bien, después de dejarla en el taxi, fui a casa de mi madre y la
llevé al cine. Lo hago una vez por mes. Llegué a eso de las nueve menos cuarto.
Aproximadamente a las nueve menos dos estaba en la cola del cine. El taquillero
me conoce. El chico que vende palomitas me conoce. La mujer que estaba sentada
a mi lado es la mejor amiga de mi madre, y sabe que estuve allí durante toda la
película. Así que no maté a Arabella... ¡Pero sé muy bien quién lo hizo!
Barker
dio otro puñetazo sobre el escritorio y una botella de refresco cayó al suelo.
—¿Así
que va a ayudar a Shipman...? Pues será a decorar su celda.
Los
guardaespaldas de Sunday entraron y miraron fijamente a Barker.
—Yo
no golpearía el escritorio en presencia de una dama —recomendó fríamente uno de
ellos.
Por
primera vez, desde que ella había entrado en la oficina, Alfred Barker se quedó
sin palabras.
A
Thomas Acker Shipman no le alegró recibir la llamada de Marvin Klein, el
ayudante de Henry Britland, que le dijo que el presidente le solicitaba que
demorara el proceso de acuerdo con el fiscal. ¿Para qué?, se preguntó Shipman,
fastidiado por no poder seguir adelante. Inevitablemente iría a la cárcel, lo
único que quería era acabar cuanto antes. Además, la casa ya empezaba a parecer
una prisión. Una vez llegara a un acuerdo con el fiscal, seguiría siendo objeto
de interés de la prensa durante un tiempo, después lo abandonarían por otro
pobre desgraciado. Un hombre de sesenta y cinco años que tiene que pasarse diez
o quince encerrado no era un tema para estar en el candelero mucho tiempo.
Lo
único que los entusiasmaba, pensó mientras volvía a mirar a la masa de
reporteros que todavía revoloteaban por los alrededores de su casa, era la
especulación de si iría o no a juicio. Cuando eso estuviera resuelto y quedara
claro que aceptaba el castigo sin rechistar, perderían interés.
La
asistenta, Lillian West, había llegado esa mañana temprano, a las ocho. Shipman
había puesto la cadena en la puerta con esperanzas de que no entrara, pero
aparentemente eso no había hecho más que darle nuevos ánimos para entrar a toda
costa. Cuando metió la llave en la cerradura y vio que no podía abrir, empezó a
pulsar el timbre con determinación y a llamarlo hasta que él la dejó entrar.
—Alguien
tiene que cuidarlo, le guste o no —le había dicho el día anterior como
respuesta a su objeción de que no quería que los periodistas invadieran la vida
privada de ella y que, además, en realidad prefería estar solo.
Por
lo tanto, había empezado con sus tareas domésticas habituales: limpiar
habitaciones que él no volvería a utilizar y hacer comidas para las que no
tenía apetito. Shipman la observó moverse por la casa. Lillian era una mujer
guapa, excelente ama de casa y una cocinera de primera, pero su carácter mandón
le hacía recordar con añoranza a Dora, el ama de llaves que había estado con
Connie y él casi veinte años. Qué importaba que a veces se le quemara el
beicon; siempre había sido un elemento agradable en el hogar.
Además,
Dora era de la vieja escuela, a diferencia de Lillian que evidentemente creía
en la igualdad entre patronos y empleados. A pesar de todo, Shipman se dio
cuenta de que durante el breve período que estaría en la casa antes de ir a la
cárcel no le importaba soportar la actitud autoritaria de Lillian. Se
conformaría y trataría de disfrutar de las comodidades que ella le ofrecía:
deliciosas comidas y vino servido como correspondía.
Tras
admitir que no podía aislarse completamente del mundo exterior y que en
realidad su abogado debía poder localizarlo, había vuelto a conectar el
contestador automático y atender llamadas, aunque filtraba las que no eran
necesarias. Sin embargo, cuando oyó la voz de Sunday, la atendió con
satisfacción.
—Tommy,
estoy en Yonkers y voy hacia tu casa —le explicó—. Quiero hablar con tu
asistenta. Si no está allí, dime dónde puedo encontrarla.
—Lillian
está aquí.
—Perfecto.
No dejes que se marche hasta que pueda hablar con ella. Llegaré más o menos
dentro de una hora.
—No
sé qué puede decirte que no le haya dicho ya a la policía.
—Tommy,
acabo de hablar con un novio de Arabella. Sabía que ella planeaba
extorsionarte, y, por lo que ha dicho, ya había ejecutado esa proeza al menos
con otra persona. Tenemos que descubrir quién era. Es posible que aquella noche
alguien la siguiese hasta tu casa, y pensamos que Lillian, al marcharse, quizá
vio algo, un coche tal vez, que no le pareció importante pero que ahora puede
serlo. En realidad la policía no investigó a otros posibles sospechosos, y,
puesto que Henry y yo estamos convencidos de que no lo has hecho tú, vamos a
husmear por ellos. ¡Así que arriba ese ánimo! Todavía no está todo perdido.
Shipman
colgó y, al volverse, vio a Lillian West de pie en el vano de la puerta de su
estudio. Era evidente que había estado escuchando, pero aun así Shipman le
sonrió con amabilidad.
—La
señora Britland viene hacia aquí para hablar con usted —le dijo—. Ella y el
presidente creen que, después de todo, es posible que no haya sido yo el
responsable de la muerte de Arabella, y están haciendo ciertas labores
detectivescas por su cuenta. Tienen una teoría que puede resultar muy útil para
mí, y de eso quiere hablar con usted.
—Me
parece perfecto —dijo Lillian West con voz seca y fría—. Tengo muchas ganas de
hablar con ella.
A
continuación, Sunday habló con Henry, que iba en el avión. Intercambiaron
información sobre lo que habían averiguado por medio de Alfred Barker y la
condesa. Después de que Sunday le revelara lo de la costumbre de Arabella de
chantajear a los hombres con los que mantenía relaciones, añadió con tono de
prudencia:
—El
único problema con todo esto es que, independientemente de quién quisiera matar
a Arabella, va a ser difícil probar que esa persona entró en casa de Tommy sin
que lo vieran, cargó el arma que por casualidad estaba allí, y apretó el
gatillo.
—Quizá
sea difícil, pero no imposible —dijo Henry para transmitir tranquilidad—. Haré
que Marvin se ponga ahora mismo a averiguar cuáles fueron los últimos trabajos
de Arabella; a lo mejor descubre con quién mantenía relaciones.
Después
de despedirse de Sunday, Henry se echó hacia atrás para pensar en lo que
acababa de enterarse sobre el pasado de Arabella. Sentía una gran
intranquilidad, pero no conseguía saber por qué. Tenía la premonición, cada vez
más fuerte, de que algo no iba bien, pero no sabía qué.
Se
reclinó sobre el asiento giratorio, su lugar favorito en el avión además de la
cabina del piloto. Era algo que Sunday había dicho, decidió, ¿pero qué ? Repasó
la conversación casi palabra por palabra. Claro, se dijo cuando llegó a esa
parte de la conversación. Era la observación de Sunday sobre la dificultad de
probar que un desconocido había entrado en casa de Tommy, cargado la pistola y
apretado el gatillo.
¡Era
eso! No tenía por qué ser alguien de fuera. Había una persona que podía haberlo
hecho, y que sabía que Tommy estaba enfermo y extremadamente cansado, que sabía
que Arabella estaba allí, que en realidad la había hecho pasar: ¡la asistenta!
Era
relativamente nueva. Cabía la posibilidad de que Tommy no hubiera examinado
demasiado sus antecedentes y probablemente no sabía mucho de ella.
Sin
pérdida de tiempo llamó a la condesa Condazzi. ¡Ojalá esté en casa!, rogó en
silencio. Cuando su voz, conocida ahora, respondió, fue directo al grano.
—Betsy,
¿Tommy le dijo algo alguna vez sobre la nueva asistenta?
La
condesa dudó un momento antes de contestar.
—Sí,
pero sólo en broma.
—¿A
qué se refiere?
—Ah,
ya sabe. Hay muchas mujeres de entre cincuenta y sesenta años que están sin
pareja, pero muy pocos hombres. Hablé con Tommy la mañana del día en que
mataron a esa pobre chica, le dije que tenía un montón de amigas viudas o
divorciadas que se pondrían celosas por su interés en mí, y que si venía a Palm
Beach sería el centro de atención. Me respondió que intentaría mantenerse
alejado de las mujeres solas, salvo de mí, y que acababa de tener una
experiencia de lo más desagradable al respecto. —Hizo una pausa antes de
continuar—. Parece que esa mañana le había dicho a la asistenta que había
puesto la casa en venta e iba a trasladarse a Palm Beach. Le contó que había
acabado con Arabella porque otra persona empezaba a ser importante en su vida.
Más tarde, al pensar en la conversación y la reacción de la mujer, se dio
cuenta de que quizá a la asistenta se le había ocurrido la absurda idea de que
era ella. Así que se tomó la molestia de informarle que, una vez vendiera la
casa, naturalmente ya no necesitaría sus servicios. Me explicó que al principio
pareció sorprendida, pero después se volvió fría y distante. —La condesa volvió
a interrumpirse y suspiró—. Dios mío, ¿no me diga que cree que ella tiene algo
que ver con todo esto que le está pasando a Tommy?
—Me
temo que empiezo a pensarlo, Betsy —respondió Henry—. Escuche, volveré a
llamarla. Ahora tengo que ponerme en contacto con un ayudante mío.
Cortó
la comunicación y llamó rápidamente a Marvin Klein.
—Marvin,
tengo un presentimiento acerca de la asistenta del secretario Shipman, una tal
Lillian West. Averigua inmediatamente todo lo que puedas sobre ella.
A
Marvin Klein no le gustaba infringir la ley entrando en las bases de datos de
algunos ordenadores privados, pero sabía que cuando su jefe le decía
«inmediatamente», el asunto era urgente. Tardó sólo unos minutos en elaborar un
dossier de Lillian West, de cincuenta y seis años de edad, que incluía un
amplio historial de infracciones de tráfico, y, lo más importante, sus
antecedentes laborales. Marvin frunció el ceño al empezar a leer. Era graduada
universitaria, tenía un master y había dado clases de economía doméstica en
muchos centros de enseñanza superior, el último de los cuales era el Wren
College de New Hampshire. Había dejado la enseñanza hacía seis años y se había
puesto a trabajar de asistenta.
Desde
entonces había tenido cinco empleos diferentes. Sus referencias —que incluían
puntualidad, capacidad de trabajo y habilidad como cocinera— eran buenas pero
no entusiastas. Marvin decidió comprobarlas por sí mismo.
Al
cabo de menos de media hora, hablaba por teléfono con el ex presidente, que
todavía volaba desde Florida.
—Señor,
los informes indican que Lillian West, aunque trabajó como profesora de varios
centros de enseñanza, tiene un historial de relaciones conflictivas con sus
superiores. Hace seis años dejó su último empleo docente y empezó a trabajar en
la casa de un viudo de Vermont, que murió al cabo de diez meses, aparentemente
de un infarto. Después trabajó para un ejecutivo divorciado que
desgraciadamente también murió antes del año. Antes de entrar en la casa del
secretario Shipman, su patrono era un millonario de ochenta años que la echó,
pero a pesar de todo le dio buenas referencias. Hablé con él. Dijo que era una
excelente ama de casa y cocinera, y también un poco altanera, que no respondía
a los cánones tradicionales en cuanto a la relación entre patrono y asistenta.
De hecho, me explicó que cuando se dio cuenta de que a ella se le había metido
en la cabeza casarse con él, decidió echarla, y la puso de patitas en la calle
poco después.
—¿Ha
dicho ese hombre si tuvo alguna vez problemas de salud? —preguntó Henry en voz
baja mientras pensaba en la posibilidad que le sugería la conflictiva historia
de Lillian West.
—Se
lo he preguntado, señor. Dice que ahora goza de muy buena salud, pero que
durante las últimas semanas de trabajo de la señora West, especialmente después
de que le comunicara su despido, experimentó una fatiga extrema, seguida por
una enfermedad sin diagnosticar que derivó en neumonía.
Tommy
también había hablado de un fuerte resfriado y una enorme fatiga. La mano de
Henry apretó el teléfono.
—Buen
trabajo, Marvin. Gracias.
—Señor,
me temo que hay algo más. Según consta en el historial, la señora West es
cazadora y al parecer sabe mucho de armas. También hablé con el director del
Wren College, donde tuvo el último trabajo de profesora. Por lo que recordaba,
la señora West fue obligada a dimitir. Me dijo que tenía síntomas de profundos
trastornos pero que se había negado a recibir ningún tipo de tratamiento.
Henry
acabó la conversación con su ayudante y una oleada de ansiedad le recorrió el
cuerpo. Sunday iba a ver a Lillian West y no estaba al tanto de ninguno de los
antecedentes que Marvin acababa de descubrir. Sin darse cuenta, alertaría a la
señora West del hecho de que contemplaban la posibilidad de que otra persona
hubiera asesinado a Arabella Young. Era imposible saber cómo reaccionaría. A
Henry jamás le habían temblado las manos en una cumbre de jefes de Estado, pero
ahora apenas podía pulsar los botones del teléfono para marcar el número del
coche de Sunday.
Atendió
el agente Art Dowling.
—Estamos
en la casa del secretario Shipman, señor. La señora Britland está dentro.
—Vaya
a buscarla y dígale que quiero hablar con ella urgentemente.
—Muy
bien, señor.
Pasaron
unos minutos antes de que el agente Dowling volviera al teléfono.
—Señor,
creo que hay problemas. Hemos llamado al timbre sin parar, pero nadie responde.
Sunday
y Tommy estaban sentados uno junto a otro en el sofá de piel de la biblioteca
mirando el cañón de un revólver. Delante tenían a Lillian West, sentada erguida
con el arma en la mano. No parecía inmutarse por los insistentes timbrazos de
la puerta de entrada.
—La
guardia del palacio, sin duda —dijo sarcásticamente.
Está
loca, pensó Sunday mientras miraba los ojos furiosos de la mujer. Loca y
desesperada.
Sabe
que si nos mata no tiene nada que perder, y está lo suficientemente chiflada
para hacerlo.
Sunday
pensó en los agentes del servicio secreto que esperaban fuera. Ese día la
acompañaban Art Dowling y Clint Carr. ¿Qué harían al ver que nadie abría?
Seguramente forzarán la puerta, y cuando lo hagan nos disparará, pensó con
creciente alarma. Estoy segura.
—Lo
tienes todo —masculló Lillian West, enfadada, con la vista clavada en su
prisionera—. Eres guapa, joven, tienes un trabajo importante y estás casada con
un hombre rico y atractivo. Pues bien, espero que hayas disfrutado el tiempo
que has estado con él.
—Sí,
he disfrutado —dijo Sunday con tranquilidad—. Es un hombre y un marido
maravilloso, y quiero pasar más tiempo con él.
—Lo
siento pero no será posible, y es culpa tuya. Todo esto no habría sido
necesario si no hubieras metido las narices. ¿Qué te importaba que él... —los
ojos de Lillian West atravesaron a Tommy— fuera a la cárcel? No es digno de tus
molestias. No es buena persona. Me engañó. Me mintió. Prometió llevarme a
Florida. Iba a casarse conmigo. —Hizo otra pausa, esta vez para volverse
completamente hacia el ex secretario de Estado—. Claro, no era tan rico como
los demás, pero tenía bastante para ir tirando. He estudiado todos sus papeles
y lo sé. —Sonrió—. Además, es más agradable que los otros. Eso era lo que más
me gustaba. Habríamos sido muy felices.
—Lillian,
yo no le mentí —dijo Tommy en voz baja—. Si piensa en todo lo que le dije,
estará de acuerdo. Yo también creo que es usted una persona agradable y que
necesita ayuda. Me ocuparé de que la tenga. Le prometo que tanto Sunday como yo
haremos todo lo que podamos.
—¿Qué?
¿Conseguirme otro trabajo de criada? —espetó Lillian—. Limpiar, cocinar, hacer
la compra. ¡No, gracias! He pasado mucho tiempo enseñando toda esa pesadez a
chicas tontas porque pensaba que alguien al fin me valoraría y se ocuparía de
mí. Todos, incluso después de cuidarlos, siguieron tratándome fatal. —Dirigió
la mirada a Tommy—. Pensaba que tú ibas a ser diferente, pero no, eres como los
demás.
Mientras
hablaban, el timbre había dejado de sonar. Sunday sabía que los hombres del
servicio secreto estarían buscando la manera de entrar y tenía la certeza de
que lo conseguirían. En aquel momento se quedó helada. Recordó que cuando
Lillian la había hecho pasar, había vuelto a conectar la alarma. «Así no se
mete ninguno de esos periodistas», le había dicho.
Si
Art o Clint intentan abrir una ventana, empezaría a sonar la alarma, pensó
Sunday, y, en ese momento, más vale que Tommy y yo nos despidamos. Sintió que
Tommy le rozaba la mano. Está pensando lo mismo. ¡Dios mío! ¿Qué podemos hacer?
Muchas veces había oído la expresión «toparse cara a cara con la muerte», pero
sólo en ese momento comprendió qué significaba. ¡Henry, por favor, no dejes que
esta mujer nos quite la vida!
La
mano de Tommy se había cerrado sobre la suya y le apretaba el índice con
insistencia sobre el dorso. Trataba de enviarle una señal. ¿Pero qué? ¿Qué
quería que hiciera?
Henry
se quedó en la línea, ansioso de que no se cortara la comunicación con el
agente que estaba fuera de la casa de Tommy Shipman. Dowling iba con un
teléfono móvil y continuó hablando con el ex presidente mientras rodeaba con
precaución la casa.
—Señor,
las persianas están cerradas prácticamente en todas las habitaciones. Nos hemos
puesto en contacto con la policía local y llegarán de un momento a otro. Clint
está subiéndose a un árbol detrás de la casa que tiene ramas que llegan casi
hasta unas ventanas. Quizá podamos entrar por allí sin que lo noten. El
problema es que no sabemos en qué parte de la casa están.
¡Dios
mío!, pensó Henry. Tardaremos al menos una hora en tener el material especial
para detectar movimiento dentro de la casa. Me temo que no podemos perder tanto
tiempo. ¡Sunday! ¡Por favor, que no le pase nada! Quería salir a empujar el
avión para que fuera más rápido. Quería ordenar que saliera el ejército. Quería
estar allí ahora. ¡Ahora mismo! Sacudió la cabeza. Nunca se había sentido tan
impotente. En aquel momento oyó una palabrota furiosa de Dowling.
—¿Quépasa,
Art? —gritó—. ¿Quépasa?
—Señor,
las persianas de la habitación de la derecha de la planta baja acaban de
abrirse, y he oído disparos.
—Esa
estúpida me dio la oportunidad perfecta —decía Lillian West—. Sabía que se me
acababa el tiempo, que no podría matarte lentamente como yo quería. Pero fue
perfecto, de veras. Así no sólo te castigaba a ti sino también a esa mujer
espantosa.
—¿Entonces
usted mató a Arabella? —exclamó Tommy.
—Por
supuesto —repuso ella con impaciencia—. Además, fue muy fácil. Aquella noche no
me fui. La acompañé hasta aquí, te desperté, me despedí, cerré la puerta y me
oculté en el armario. Lo oí todo. Y sabía que la pistola estaba allí, lista
para usar. Cuando subiste la escalera a trompicones, sabía que tardarías unos
segundos en perder la conciencia. —Sonrió con malicia—. Mis pastillas para
dormir son más efectivas que las que usabas tú, ¿no es cierto? Tienen unos
ingredientes especiales. —Volvió a sonreír—. Y algunos virus muy interesantes.
¿Por qué crees que tu resfriado ha mejorado tanto desde esa noche? Porque no me
has dejado entrar para darte tus pastillas. De lo contrario, tu resfriado ya
sería una neumonía.
—¿Estaba
envenenando a Tommy? —exclamó Sunday.
Lillian
West miró con indignación a la otra mujer.
—Lo
estaba castigando —replicó con firmeza, y se volvió hacia Shipman—. Cuando
llegaste a tu habitación, fui de nuevo a la biblioteca. Arabella estaba
registrando los papeles de tu escritorio y se puso nerviosa al ver que la había
descubierto. Me dijo que estaba buscando las llaves de tu coche, que no te
sentías bien y le habías dicho que lo cogiera y se fuera a casa, que ella
regresaría a la mañana siguiente. Después me preguntó por qué había vuelto. Le
expliqué que había regresado porque te había prometido entregar tu vieja
pistola en la comisaría pero había olvidado llevármela. La pobre idiota se
quedó allí mirándome mientras la cogía y la cargaba. Sus últimas palabras
fueron: ¿No es peligroso cargaría? Estoy segura de que el señor Shipman no le
dijo que lo hiciera.
Lillian
West se echó a reír con carcajadas agudas, un cacareo casi histérico. Se le
saltaban las lágrimas y su cuerpo se sacudía, pero a pesar de todo no dejaba de
apuntarlos.
Está
preparando el terreno para matarnos, supuso Sunday, y por primera vez pensó que
casi no tenían esperanzas de escapar. Tommy seguía apretando el dedo contra el
dorso de su mano.
—¿No
es peligroso cargarla? —repetía West imitando las últimas palabras de
Arabella—. ¡Estoy segura de que el señor Shipman no le dijo que lo hiciera!
—añadió entre carcajadas chillonas.
Apoyó
la mano con el arma sobre el brazo izquierdo para afinar la puntería, y dejó de
reír.
—¿Y
si abrimos las persianas? —preguntó Shipman—. Al menos déjeme ver la luz del
sol una vez más.
Lillian
West tenía una sonrisa amarga.
—¿Para
qué te molestas por algo así? Estás a punto de ver la luz eterna al final del
túnel —le dijo.
¡Las
persianas!, pensó de pronto Sunday. Era eso lo que Tommy trataba de indicarle.
El día anterior, al bajar la persiana de la cocina, había mencionado que el
aparato electrónico que cerraba las de la biblioteca funcionaba mal, que hacía
un ruido espantoso, como si alguien disparara. Sunday miró alrededor. El
dispositivo de las persianas estaba en el apoyabrazos del sofá. Tenía que
cogerlo. Era la única esperanza que tenían.
Le
apretó la mano a Tommy para indicarle que al fin había comprendido. Después,
mientras una oración cruzaba por su mente, estiró la mano rápidamente y apretó
el botón que abría las persianas.
El
ruido, fuerte como un disparo, tal como se esperaba, hizo que Lillian West
girara la cabeza. En ese instante, ambos se levantaron de un brinco del sofá.
Tommy se arrojó sobre la mujer, pero fue Sunday la que le golpeó la mano hacia
arriba precisamente en el momento en que apretaba el gatillo. En el forcejeo
hubo varios disparos. Sunday sintió que algo le quemaba el brazo izquierdo,
pero no se detuvo. Incapaz de arrancarle la pistola de la mano, se abalanzó
sobre la mujer al tiempo que daba una patada contra la silla y la tumbaba con
ellos tres encima. En aquel momento, el ruido de los cristales que se rompían
señaló la esperada llegada de los hombres del servicio secreto.
Al
cabo de diez minutos, con un pañuelo que envolvía la herida superficial del
brazo, Sunday hablaba por teléfono con un ex presidente de Estados Unidos
completamente desquiciado.
—Estoy
bien —dijo por enésima vez—. Estoy bien. Y Tommy también. A Lillian West se la
llevan ahora mismo con una camisa de fuerza, así que deja de preocuparte. Está
todo bajo control.
—Pero
podría haberte matado —dijo Henry, y no por primera vez. No quería cortar la
comunicación. No quería que su mujer dejara de hablar. Había estado tan cerca
de... No soportaba pensar que había estado a punto de no volver a oír su voz.
—Pero
no me han matado —repuso Sunday bruscamente—. Henry, los dos estamos bien.
Definitivamente fue un crimen pasional. Sólo que tardamos un poco en averiguar
la pasión de quién era la causa.
TODOS
BUSCAN A LA ESPOSA DEL PRESIDENTE
—Es
una llamada del Despacho Oval, señor presidente.
Henry
Parker Britland IV suspiró. No resistas lo inevitable, pensó. Marvin Klein, su
mano derecha desde hacía mucho tiempo, aún parecía incapaz de llamar a su
sucesor, el actual presidente de Estados Unidos, de ninguna otra manera que «el
Despacho Oval».
La
llamada llegó mientras Henry estaba sentado a su escritorio de la biblioteca de
Drumdoe, su casa de campo de Nueva Jersey. El sol de última hora de una tarde
de invierno se filtraba por el ventanal de cristales emplomados y brillaba
sobre el revestimiento satinado de la estancia de lujoso estilo gótico. Henry
se había puesto a trabajar en sus memorias, pero de pronto fue consciente de
que estaba distraído. Sunday, su mujer, con la que estaba casado hacía menos de
un año, era miembro del Congreso y se encontraba en Washington, y Henry vio que
estaría un poco perdido durante tres días, hasta que ella volviera.
Como
siempre que pensaba en ella, lo embargaba la añoranza. Sunday... seguramente no
había persona tan hermosa, inteligente, aguda y compasiva. Había veces que
hasta creía que era producto de sus sueños. Su Sunday: la congresista esbelta y
rubia a la que había cortejado impulsivamente en la última recepción que había
ofrecido en la Casa Blanca, justo antes de terminar su segundo mandato. Con una
sonrisa inconsciente, recordó la tranquila reacción de reproche de Sunday.
—Ejem.
El Despacho Oval, señor presidente —insistió Klein, interrumpiendo con
eficiencia sus ensueños.
Henry
cogió el auricular.
—Señor
presidente —dijo afectuosamente.
Podía
imaginarse a Desmond Ogilvey —Des, para los amigos— sentado a su escritorio,
con aspecto académico, una mata de pelo blanco, cuerpo delgado y recto, traje y
corbata de sobrio azul marino.
Sabía
que su ex vicepresidente nunca olvidaría que Henry lo había sacado hacía nueve
años de la relativa oscuridad del cargo de senador por Wyo—ming, al elegirlo
como compañero de candidatura. Inicialmente la decisión había sido rebatida por
parte de la prensa, que la consideró una apuesta.
«Puede
que para ustedes sea una apuesta —les había respondido Britland—, pero para mí
es un hombre que ha cumplido diez mandatos en el Congreso y que es el
responsable silencioso de algunas de las leyes más eficaces aprobadas en los
últimos diez períodos legislativos. Tengo la firme convicción de que si los
votantes me eligen, y me sucede algo durante mi mandato, iría a encontrarme con
Dios sabiendo que dejo el país que amo en las mejores manos que he podido
encontrar.»
Henry,
al darse cuenta de que el saludo inicial se había prolongado más que lo
habitual, dijo:
—¿Des?
—Señor
presidente —respondió Desmond Ogilvey, pero sin la acostumbrada jocosidad en su
tono.
Henry
se dio cuenta de que no era una llamada social y fue al grano.
—¿Qué
pasa, Des?
Hubo
una pausa.
—Se
trata de Sunday, Henry, lo siento.
¡Sunday!
Henry se quedó sin respiración. De repente sintió que su corazón dejaba de
latir, que todo su cuerpo se quedaba paralizado, congelado.
—Henry,
no sé cómo decírtelo. Es una situación terrible. Sunday ha desaparecido.
Encontraron a los guardaespaldas del servicio secreto inconscientes en el
coche, y también a la escolta del coche que los seguía. Aparentemente usaron
algún tipo de anestésico para dormir e inmovilizar a los ocupantes de ambos
coches. Cuando llegaron otros agentes, Sunday había desaparecido,
—¿Algún
móvil aparente? —Henry volvía a respirar tratando de calmarse, consciente de
que su voz era monocorde, de que Marvin lo miraba, de que apretaba el timbre
para llamar a los hombres del servicio secreto que esperaban fuera.
—Creemos
que sí. Recibimos una llamada en la centralita del Departamento del Tesoro. La
persona afirmaba que tenía a Sunday, o al menos que sabía donde estaba. Tú
puedes confirmarnos la autenticidad de la llamada. ¿Sunday tiene un morado en
la parte superior del brazo derecho, justo debajo del hombro?
Henry
asintió.
— Sí
—respondió con un susurro.
—Eso
significa que es auténtica. Aparentemente ella no le había mencionado el
moretón a nadie de su equipo, porque ninguno lo sabía.
—El
sábado pasado se cayó del caballo mientras dábamos un paseo —dijo Henry,
comparando el susto momentáneo que se había dado en aquel momento con la
aprensión casi paralizadora que sentía ahora.
Tomó
conciencia de que los cinco hombres del servicio secreto de guardia estaban en
semicírculo alrededor de su escritorio. Le hizo una seña con la cabeza a Jack
Collins, el jefe de los agentes, para indicarle que cogiera el supletorio de la
mesilla contigua al sofá rojo de piel.
—Collins
está en la línea, Des —dijo Henry—. Sunday está aprendiendo a montar. Cuando se
hizo el moretón, hizo la broma de que si se lo contaba a alguien, los
periódicos sensacionalistas me acusarían de violencia doméstica. —De pronto se
dio cuenta de que divagaba. Tenía que centrarse—. Des, ¿cuánto dinero quieren?
Lo sacaré ahora mismo sin hacer preguntas.
—Ojalá
fuera cuestión de dinero. Desgraciadamente, nos han dicho que, si no dejamos a
Claudus Jovunet en libertad antes de mañana por la noche, podemos empezar a
dragar el Atlántico para buscar el cuerpo de Sunday.
Claudus
Jovunet. Era un nombre que Henry Britland conocía muy bien. Un terrorista
especialmente despiadado, ex mercenario, asesino a sueldo. Su último crimen, y
el que finalmente había permitido que lo capturaran, había sido la explosión de
una bomba en la compañía aeronáutica Uranus Oil, una tragedia que se había
cobrado la vida de los veintidós ejecutivos más importantes de la empresa. Tras
una carrera de quince años de terror, al fin Jovunet había sido llevado ante la
justicia, y en aquel momento cumplía varias cadenas perpetuas consecutivas en
la prisión federal de Marión, Ohio. Aunque Henry no había tenido un papel
importante en la captura del asesino, estaba muy satisfecho de que se hubiese
llevado a cabo durante su mandato.
—¿Cuáles
son los términos del intercambio? —preguntó Henry, aunque, mientras lo hacía,
sabía que cabía la posibilidad de que Des no permitiera que una organización
terrorista presionara al gobierno.
—Las
instrucciones son dejar a Jovunet en el nuevo avión supersónico. Como sabes,
actualmente está en exhibición aquí en Washington, antes del vuelo inaugural.
Han dicho que sólo pueden subir a bordo los dos pilotos. El resto de las
instrucciones son un poco extrañas. Dijeron que debíamos llenar el depósito de
combustible, pero que (y repito textualmente) podíamos saltarnos el caviar. —El
presidente hizo una pausa—. Han dado (y otra vez los cito) su «palabra de
honor» de que después del aterrizaje los pilotos comunicarían por radio el
lugar donde estaría Sunday, otra vez cito, «sana y salva».
—Su
«palabra de honor» —soltó Henry con amargura.
¡Oh...
Sunday! ¡Sunday!
Echó
una mirada a Jack Collins que le pronunciaba en silencio la palabra «armas».
—¿Qué
tipo de armas piden, Des? —preguntó.
—Por
extraño que parezca, ninguna. Ojalá pudiéramos confiar en esa gente...
—¿Podemos?
—lo interrumpió Henry.
Des
suspiró.
—No
tenemos alternativa.
—¿Qué
planes hay? —Henry contuvo el aliento, temeroso de la respuesta que podía oír.
—Henry,
Jerry está aquí conmigo —dijo Des.
Se
trataba de Jeremy Thomas, secretario del Tesoro.
—Des
—lo interrumpió Henry—, ¿durante cuánto tiempo podemos alargarlo haciendo ver
que les seguimos el juego?
—A
las cinco tenemos que recibir otro mensaje en alguno de los departamentos.
Creemos que podemos darles largas al menos hasta el jueves por la tarde. Por
suerte esta mañana ha salido un artículo en el Washington Post sobre algunos
ajustes mecánicos sin importancia que había que hacerle al nuevo avión antes
del vuelo inaugural del viernes. —Hizo una pausa—. Y para tu tranquilidad, te
garantizo que no vamos a oponernos al intercambio.
Henry
se estremeció mientras se permitía inspirar hondo por primera vez en varios
minutos.
Miró
su reloj. Eran las cuatro de la tarde del miércoles. Con suerte, tendrían
veinticuatro horas. Voy para allí, Des —le dijo.
Tom
Wyman, el subjefe de los agentes, fue quien rompió el silencio que siguió al
clic del teléfono.
—El
helicóptero lo espera, señor, y el avión está listo para despegar
inmediatamente.
Durante
varios segundos, Sunday se sintió tan confundida y desorientada que casi tuvo
que recordarse su propio nombre. ¿Dónde estoy?, se preguntó mientras su mente
despertaba poco a poco a la realidad de que algo iba terriblemente mal. Tuvo la
inmediata sensación física de estar atada. Le dolían los brazos y las piernas,
pero además tenía los miembros insensibles, había algo que le impedía moverse.
Se retorció ligeramente, y le vino la imagen de sábanas y toallas agitándose
rígidamente al viento helado del terrado del edificio de su abuela en Nueva
Jersey. Cuerda de tender ropa, pensó. La cuerda dura y abrasiva que la tenía
amarrada parecía una vieja cuerda de tender.
Se
sentía atontada y extrañamente pesada, como si tuviera una roca encima. Se
obligó a abrir los ojos, pero no vio nada. Jadeó cuando se dio cuenta de que
algo le tapaba la cara y la cabeza, una tela áspera que hacía que le picara la
cara y le daba calor.
Pero
en el resto del cuerpo tenía frío,—especialmente en las manos. Se retorció
ligeramente y comprobó que no llevaba chaqueta y que le dolía el brazo derecho,
donde le apretaba la cuerda, a la altura del moretón que se había hecho al caer
de Appleby.
Hizo
una valoración rápida de la situación: Muy bien, así que tengo un trozo de
arpillera o lona en la cabeza, y estoy atada como un pavo de Navidad. Estoy en
una habitación fría en alguna parte. ¿Pero dónde? ¿Y qué ha pasado? No
recordaba nada. ¿Había tenido un accidente? ¿Estaba en un quirófano, atada a la
mesa, despertándose en medio de una operación?
Entonces
lo recordó: algo había sucedido en el coche.
¡Eso
era! Algo le había pasado en el coche. ¿Pero qué?
Se
obligó a recordar, a repasar todos los acontecimientos del día. La sesión de la
Cámara se había levantado a las tres. Art y Leo, como siempre, la esperaban
fuera, cerca de la guardarropía. No había vuelto a su despacho como solía
porque tenía una recepción en la embajada francesa y debía pasar por su casa a
cambiarse. Así que habían subido al coche y empezado a cruzar la ciudad. ¿Y
después qué?
Trató
de reprimir un gemido. Siempre se había enorgullecido de no ser una llorona. De
forma irracional su mente se retrotrajo a cuando tenía nueve años y se había
caído de una barra de gimnasia mientras se balanceaba. Había visto como el
suelo se acercaba a ella antes de que la frente se estrellara contra el
cemento. Aquel día no había llorado... y ahora tampoco lo haría. Aunque aquel
día unos chicos la habían visto caerse y ahora estaba sola.
No,
no cedas, se reprendió. Piensa, únicamente piensa. ¿ En qué momento habían
tenido el accidente? Volvió a trazar mentalmente los pasos que había dado. Art
le había abierto la puerta para que subiera y esperó a que entrara. Después se
sentó al lado de Leo, que era quien iba al volante. Ella saludó a Larry y Bill,
que esperaban en el coche de detrás.
Había
dejado de nevar, pero las calles aún estaban resbaladizas y traicioneras, y
había visto un par de choques. A pesar de la hora estaba oscuro, y ella había
encendido la luz del asiento trasero para leer las notas que había tomado
durante la sesión de ese día. En aquel momento se oyó un ruido fuerte, como una
explosión amortiguada. Sí, eso era, ¡una explosión!
Y
ella había levantado la vista. Recordó que estaban delante del Kennedy Center,
llegando casi a Watergate. La cara de Art. Recordó que se había vuelto para
mirarla y que después había mirado por la luna trasera al coche que los seguía.
¡Acelera, Leo!, había gritado, pero enseguida su voz se apagó. Sunday no se
acordaba si él había dejado de gritar o ella había dejado de escuchar, pero
recordó que se sentía muy débil.
Sí,
recordó haber tratado de incorporarse porque el coche disminuyó la velocidad
hasta detenerse. En aquel momento se abrió la puerta del conductor. Era lo
único que recordaba.
No
obstante le bastó para comprender que no estaba en un hospital, porque no había
habido ningún accidente. No, era evidente que todo había sido deliberado y la
habían secuestrado.
Pero
¿quién lo había hecho y por qué?
No
sabía dónde estaba, pero hacía frío y había mucha humedad. La tela en la cara
la confundía.
Meneó
la cabeza para quitársela un poco. Fuera cual fuese el producto que le habían
dado para dormirla, empezaba a pasarse el efecto y tenía un dolor de cabeza
terrible. Lo único que sabía era que estaba bien atada a lo que parecía una
silla de madera. ¿Estaba sola? No lo sabía. Percibía que había alguien cerca,
quizá vigilándola.
De
pronto pensó en los agentes del servicio secreto, Art y Leo. ¿Estarían también
con ella? Si no, ¿qué les había pasado? Tenía la certeza de que hubieran hecho
cualquier cosa para protegerla. Dios mío, que no los hayan matado, rogó en
silencio.
¡Henry!
tenía que estar frenético. ¿O acaso aún no sabía que ella había desaparecido?
¿Cuánto tiempo había pasado? Por lo que a ella se refería, desde el momento del
secuestro podían haber pasado sólo unos minutos o varios días. ¿Y por qué lo
habían hecho? ¿Qué podían sacar con su secuestro? Si se trataba de dinero,
sabía que Henry pagaría lo que hiciera falta. Pero de alguna manera intuía que
no era cuestión de dinero.
Se
le cerró la garganta. Había alguien en la habitación. Oyó una respiración suave
que se acercaba. Alguien se inclinaba sobre ella. Unos dedos gruesos le tocaron
la cara sobre la tela gruesa que la cubría, le acariciaban el cuello y el pelo.
Una
voz queda y ronca que tuvo que esforzarse por oír murmuró:
—Todos
la están buscando. Sabía que lo harían: su marido, el presidente, el servicio
secreto. Pero parecen ratoncitos ciegos. Sí, tres ratoncitos ciegos. Y no te
encontrarán. Al menos hasta que suba la marea, y entonces ya no importará.
Henry
no habló en el vuelo a Washington. Estaba sentado solo en un compartimiento
privado del avión, obligándose a pensar en lo que se sabía del secuestro de
Sunday y en lo que se podía deducir a partir de eso. Tenía que tomar distancia
del torbellino emocional interno y analizar la situación igual que había
analizado muchas situaciones críticas durante su período en la Casa Blanca.
Tenía que guiarse por la razón en lugar de dejarse llevar por las emociones.
Tenía que ser como un cirujano: analítico y lúcido.
Pero
en aquel momento, con una oleada de desesperación, recordó que un cirujano,
salvo en caso de extrema urgencia, jamás operaría a su propia esposa por miedo
a que las emociones alteraran su capacidad.
Le
vinieron a la cabeza los versos de una poesía: «Estas manos mortales, a causa
del amor, parecen música en tu garganta. Pero la música del alma es delicada,
remota...» No tenía ni idea de quién era el fragmento, pero por alguna razón le
pareció apropiado para aquel momento.
Pensó
en Sunday, y en lo fácil que se quedaba dormida mientras él leía, a veces
durante horas, en la cama. En ocasiones se adormecía mientras él le leía o
criticaba en voz alta algo que le parecía especialmente desatinado de alguno de
los montones de periódicos que leía al día.
Recordó
que el sábado anterior por la noche, él había querido comentarle algo, pero se
dio cuenta de que ella se había quedado dormida. Aun así, le acarició
suavemente el cuello con la esperanza de que no estuviera completamente dormida
y lo escuchara.
Sunday
había suspirado, se apartó de él en sueños y apoyó la cabeza sobre sus manos.
Estaba tan encantadora con el cabello revuelto, que Henry se quedó media hora
mirándola hipnotizado.
A la
mañana siguiente, desayunaron temprano antes de que ella cogiera el avión para
volver a Washington. Henry recordó las bromas que le había hecho por haberle
rechazado en sueños. Pero Sunday se rió y le dijo que dormía como un tronco
porque tenía la conciencia muy tranquila. «¿Qué problema tienes? ¿Eh?», le
preguntó con una sonrisa picara.
Y él
le respondió que la culpa era de ella, que estaba tan enamorado que cuando
estaban juntos dormir le parecía una pérdida de tiempo. «No te preocupes,
tenemos todo el tiempo del mundo», le dijo su mujer con una sonrisa.
Henry
sacudió la cabeza impresionado por la ironía de esas palabras. Ay, Sunday,
¿volveré a verte?, pensó entregándose a un raro momento de debilidad emocional.
¡Basta!,
se riñó. Si pierdes el tiempo no volverás a verla. Apretó el botón del
apoyabrazos. Al cabo de unos segundos tenía a Marvin y Jack sentados delante.
Henry
había intentado dejar a Marvin en Nueva Jersey, por si los secuestradores se
ponían directamente en contacto con él, pero su ayudante le había suplicado que
lo llevara y él había cedido. «Tengo que estar con usted, señor. Sims
controlará el teléfono y estaremos en contacto permanente con él.»
Sims,
era el mayordomo de Drumdoe desde que Henry tenía diez años, es decir, desde
hacía treinta y cuatro años. «Usted sabe, señor, que puede confiar en mí»,
había dicho Sims con su calma habitual, aunque con lágrimas en los ojos. Henry
sabía el cariño que Sims sentía por Sunday.
Ahora
se daba cuenta de que se alegraba de haber traído a Marvin consigo. Sabía
enfrentarse a los problemas de esa forma analítica y lúcida que él tanto
necesitaba en ese momento. Era esa característica la que había hecho que Henry,
cuando lo eligieron senador, hacía casi quince años, promoviera a aquel joven
que trabajaba como voluntario.
Klein,
sin esperar a que le preguntaran nada, dijo:
—No
ha habido más contactos, señor. El operador que atendió la llamada tuvo la
agudeza de pasarla directamente a la cúpula, así que se ha podido mantener la
noticia en secreto. Hasta ahora no ha habido filtraciones.
Jack
Collins, el jefe de los agentes del servicio secreto destinados a Henry,
parecía un defensa de un equipo de fútbol americano. Era un grandullón
disciplinado, pero también tenía debilidad por Sunday. La ira e indignación que
sentía se hicieron visibles cuando le dio el informe a Henry de lo que se sabía
hasta el momento.
—Nadie
ha visto el secuestro propiamente dicho, señor. Aparentemente, el coche de
Sunday..., perdón, de la señora Britland, y el de la escolta tenían puesto un
artefacto explosivo con algún tipo de gas nervioso. Es posible que lo hayan
hecho detonar por control remoto, teniendo en cuenta lo rápido que entraron en
escena los secuestradores.
A
pesar de la hora, parece que no ha habido testigos, pero debido a la nieve
muchos comercios y oficinas han cerrado temprano, de modo que había muy poco
tráfico.
—¿Cree
que Sunday ha sufrido alguna herida por la explosión? — preguntó Henry.
—No;
creen que le pasó lo mismo que a Art y Leo, los agentes que la acompañaban.
Todos quedaron inconscientes por el gas, pero la explosión en sí fue de poca
importancia. Los coches se detuvieron cuando el artefacto explotó, y al parecer
el gas tumbó a todos inmediatamente. Cuando nuestros hombres volvieron en sí,
lo único que recordaban era haberse mareado y perdido la conciencia.
—¿Pero
cómo pudieron acercarse al coche para poner la bomba de gas? ¿No se guarda en
un lugar seguro? —preguntó Henry.
— No
lo sabemos con certeza, señor. No era un aparato muy sofisticado... En realidad
se puede armar con un par de artículos comprados en cualquier tienda de
productos eléctricos. El gas, por supuesto, es otra cosa. Todavía lo están
analizando, así que no sabemos de dónde procede. Los artefactos se colocaron
debajo de los coches con un sencillo imán en el aparcamiento vigilado del
Capitolio.
—¿Y
nadie vio nada? —repuso Henry.
—Hasta
ahora no han aparecido testigos. Se sabe que forzaron el apartamento de un
guardia y le robaron el uniforme. Puede que parte del problema sea que el coche
de la señora Britland es tan corriente que no llama la atención; además, volvió
a arrancar inmediatamente —dijo el agente—. Por lo tanto, todos los que pasaban
por allí se concentraron en el coche de la escolta, con los dos agentes
inconscientes.
Henry
ya sabía que habían hallado el coche de Sunday, con los otros agentes
inconscientes, cerca del Lincoln Memorial. Claro, se dijo con amargura, nadie
va a mirar un coche que parece sacado de una agencia de vehículos de segunda
mano baratos. Qué ironía. «Olvídate de las limusinas —le había dicho a su
mujer—, llaman mucho la atención.» Había hecho preparar para Sunday lo último
en coches camuflados de «vehículo familiar».
Qué
listo he sido con todas mis pretensiones y tonterías, pensó. Si Sunday hubiera
ido en una limusina, habría llamado la atención ver el coche detenido a un lado
de la calzada.
Aunque
la verdad, y lo sabía, era que Sunday prefería un coche discreto. Jamás se
habría presentado en casa de sus padres en una limusina. Henry se sobresaltó al
darse cuenta de que, con su salida precipitada, había olvidado ponerse en
contacto con los padres de Sunday. Tienen que saberlo, y debo ser yo quien se
lo diga.
—Póngame
con los padres de Sunday —le dijo a Klein.
Fue
la llamada más difícil de su vida, pero cuando terminó de hablar con ambos
comprendió de dónde había sacado Sunday su entereza.
El
teléfono sonó e interrumpió bruscamente sus pensamientos. Henry le hizo un
gesto a Marvin y atendió él mismo. Era Desmond Ogilvey y fue directo al grano.
—Henry,
lo siento, pero los secuestradores de Sunday acaban de llamar a la CBS. Dan
Rather acaba de pedir que se lo confirmemos. Tiene todos los detalles, por lo
tanto sabe que es verdad. Le hemos pedido que de momento no difunda la noticia,
y ha aceptado. Pero me ha advertido que si hay alguna filtración tendrá que
difundirlo todo.
—Si
los secuestradores han llamado a Dan Rather, entonces quieren publicidad —soltó
Henry.
—No,
al menos no fue eso lo que le dijeron a Rather. Le explicaron que estaban
«poniendo a prueba la integridad de los medios de comunicación». Vete a saber a
qué se refieren.
—¿Cuánto
hace que han llamado?
—Menos
de diez minutos. Te he llamado en cuanto colgué con Rather. ¿Dónde estás?
—A
punto de aterrizar en el National.
—Bien,
ven directamente aquí. Te estará esperando una escolta policial.
Veinte
minutos más tarde, acompañado de Marvin Klein y Jack Collins, Henry estaba en
la puerta del Despacho Oval. Des Ogilvey estaba sentado a su escritorio,
delante del escudo presidencial. El secretario del Tesoro, el fiscal general y
los jefes del FBI y la CIA estaban sentados en semicírculo delante del
presidente. Todos se pusieron de pie cuando entró Henry.
Eran
las seis y veinte.
—Ha
habido otra llamada, Henry —le dijo el presidente—. Al parecer, los
secuestradores intentan jugar con nosotros. Han vuelto a llamar a Rather para
decirle que quieren que difunda sus exigencias. Le han proporcionado pruebas de
su sinceridad. —Apartó por un instante la mirada y volvió a mirar a Henry a los
ojos—. Dejaron el monedero de Sunday y un rizo de su cabello en un sobre de
plástico en el National, en el mostrador de Delta. —Desmond Ogilvey bajó la
voz—. Henry, el pelo del sobre estaba empapado de agua de mar.
Cuando
Sunday sintió que le sacaban el pasamontañas, primero respiró hondo y después
abrió los ojos esperando ver a su secuestrador. La habitación, sin embargo,
estaba débilmente iluminada y casi no se veía nada. El individuo llevaba una
túnica monástica con una capucha que dejaba en sombras buena parte de su cara.
Le
quitó las cuerdas que la maniataban a la silla, después le aflojó la de los
pies e hizo que se levantara. Sunday iba sin botas y el suelo de cemento estaba
frío. El sujeto era unos diez centímetros más alto que ella, notó, o sea de
metro ochenta de estatura. Tenía unos ojos gris oscuros, pequeños y hundidos,
de expresión astuta y malévola, que daban más miedo aún porque parecían
inteligentes. Sintió la fuerza de sus manos cuando le dio la vuelta y le dijo:
—Supongo
que querrá ir al lavabo.
Mientras
avanzaba a trompicones, se esforzó por calibrar mentalmente la situación. Era
evidente que estaba en alguna clase de sótano. Hacía un frío terrible y tenía
el típico olor a humedad de los sitios sin ventilación ni sol. El suelo era de
cemento cuarteado y desparejo. Lo único que había, además de la silla, era un
televisor portátil con una antena de cuernos encima.
El
hombre la cogía con firmeza del brazo mientras cruzaban la oscura habitación.
Sunday hizo una mueca de dolor al golpearse el pie con una protuberancia del
cemento. El hombre la guió por un pasillo estrecho que daba a una escalera y se
detuvieron en un cubículo que había detrás. La puerta estaba abierta y Sunday
vio un inodoro y un lavabo.
—Puede
cerrar la puerta, pero no intente nada —le advirtió—. Yo estaré fuera. Desde
luego que ya la he registrado. Las mujeres a veces ocultan algún arma o gas
antiviolación.
—Yo
no llevo nada.
—Sí,
lo sé —dijo él sin levantar la voz—. Quizá aún no se ha dado cuenta de que le
he quitado las joyas. Debo decirle que me ha sorprendido bastante que, salvo
una sólida alianza de bodas, el resto de lo que llevaba era bastante corriente.
Cualquiera pensaría que un ex presidente tan rico sería más generoso con su
joven y adorable esposa.
Sunday
pensó en las joyas que habían pertenecido durante generaciones a la familia
Britland y que ahora eran de ella.
—Ni
a mi marido ni a mí nos gusta la ostentación ni el consumo llamativo —contestó,
animada al comprobar que, a pesar de los miembros acalambrados y de la terrible
preocupación por el calvario que debía estar pasando Henry, no había perdido su
genio.
Una
vez sola en el diminuto lavabo, se echó agua en la cara. Del grifo del agua
caliente salía apenas un chorrito, pero mojarse el rostro la revivió. Una
bombilla de no más de veinticinco vatios colgaba del techo, pero le bastó para
ver en el espejo viejo y empañado lo pálida y despeinada que estaba. Había
empezado a volverse cuando se notó algo diferente...
Miró
su imagen durante unos instantes y se dio cuenta de que le habían cortado con
torpeza un rizo de la sien izquierda y tenía un nítido trasquilón.
¿Por
qué me habrán cortado el pelo?, se preguntó.
Sintió
un escalofrío en la boca del estómago que no tenía nada que ver con la
temperatura glacial del sótano. Había algo extraño en su carcelero. Parecía un
robot programado para cumplir instrucciones precisas e inexorables. Un robot
sí, pero auto—programado. No recibe órdenes de nadie, pensó. ¿Quién era y qué
buscaba con esto?
Llamaron
a la puerta.
—Le
sugiero que se dé prisa, señora congresista. Está a punto de empezar un
programa que le interesará.
Sunday
abrió la puerta. El secuestrador la cogió por el brazo con un gesto casi
galante.
—No
quiero que se caiga —le dijo.
Mientras
arrastraba los pies con torpeza le pareció percibir cierto olor a tocino frito.
¿Había alguien arriba? ¿Cuánta gente participaba en la operación? Cuando
llegaron a la silla, la presión de las palmas sobre sus hombros le indicó que
debía sentarse.
—
Con movimientos hábiles y rápidos volvió a atarla al respaldo de la silla, pero
esta vez le dejó los brazos libres.
—Son
las seis y media —dijo—. Debe de tener hambre. Pero primero tiene que ver el
programa de Dan Rather. Espero por su bien, señora congresista, que Rather haya
seguido nuestras instrucciones.
Empezaron
las Noticias de la CBS con un Rather de rostro sombrío que abrió el programa
con la noticia de portada: «La congresista Sandra O'Brien Britland de Nueva
Jersey, conocida como Sunday, esposa del ex presidente Henry Parker Britland,
ha sido secuestrada. Los secuestradores exigen que se ponga a disposición del
asesino y terrorista internacional Claudus Jovunet el nuevo avión supersónico
American STT para que pueda dirigirse a un sitio aún sin determinar. Las
instrucciones estipulan que las únicas personas que pueden subir a bordo son
los dos pilotos. De no cumplir con sus exigencias, los secuestradores arrojarán
a la congresista al océano Atlántico. He hablado con el ex presidente Henry
Britland, que en estos momentos se encuentra en el Despacho Oval con su
sucesor, Desmond Ogilvey, y me ha asegurado que el gobierno aceptará los
términos y colaborará para salvaguardar la vida de su esposa.»
El
carcelero de Sunday sonrió.
—Estoy
seguro de que hablarán mucho más de usted. Voy a dejarla un rato para traerle
la cena. Que disfrute del programa.
Sunday
se concentró en el televisor.
«Vamos
a conectar con la Casa Blanca –dijo Rather—, donde el ex presidente va a hacer
un ruego personal a los secuestradores de su mujer.»
Al
cabo de unos segundos, Sunday miraba con impotencia el dolor y la pena en el
rostro de su marido, pero el sonido pareció cambiar y tuvo que inclinarse para
oír lo que decía.
En
ese momento, una canción impedía oír claramente el apasionado ruego de Henry.
Parecía haber dos voces: la de un hombre, y quizá la de una anciana. Sunday
apenas distinguía las palabras: «... ratoncitos», oyó, y entonces comprendió:
«Tres ratoncitos ciegos... mira cómo corren...»
Todos
buscan a la esposa del granjero, continuó mentalmente.
Pero
no era eso lo que estaba oyendo. Las voces, cada vez más altas y cercanas,
llegaban de la escalera.
—...
todos buscan a la esposa del presidente, pero el gran pez la ha ahogado para
comérsela...
La
canción se interrumpió bruscamente y oyó la voz de su secuestrador:
—Bonita
canción, ¿no? Ahora vuelvo.
Al
cabo de un instante, el sujeto estaba delante de ella con una pequeña bandeja
en las manos.
—¿Tiene
hambre? —preguntó amablemente—. Mi madre no es una gran cocinera, pero hace lo
que puede.
Henry
Britland se apartó de la cámara reprimiendo las lágrimas. La bulliciosa sala de
prensa estaba anormalmente silenciosa. La mirada de la gente reunida sólo
reflejaba compasión.
Jack
Collins miró con pena al ex presidente y pensó que si había una sola idea que
compartían cuantos estaban en la habitación era que Henry Parker Britland IV
podía ser uno de los hombres más agradables, inteligentes, ricos y carismáticos
del mundo, pero que si perdía a Sunday nada de eso tendría sentido.
—Nunca
he visto a un hombre tan enamorado de su esposa —oyó decir a un joven
funcionario de la Casa Blanca a una mujer.
Tienes
razón, tienes tanta razón, pensó Jack. Dios, ayúdalos a superar esto.
El
presidente Ogilvey se había acercado a Henry.
—Vayamos
a la sala de reuniones del gabinete —le dijo cogiéndolo del brazo.
Henry
se secó con impaciencia las lágrimas que le asomaban a los ojos. Tengo que
dominarme. Debo concentrarme, usar la cabeza para recuperar a Sunday. Si no,
pasaré el resto de mi vida llorándola, pensó.
En
la sala de reuniones, se sentaron alrededor de una larga mesa, tal como él y
Des habían hecho en muchas ocasiones durante los ocho años en que Henry había
ocupado el cargo. Estaba todo el gabinete ministerial, junto con el jefe del
Estado Mayor y los directores de la CÍA y el FBI.
—Les
agradezco su presencia —dijo Henry—. Quiero que sepan que comprendo sus
sentimientos y sé que ustedes comprenden los míos. Ahora bien, en cuanto al
plan de acción, quisiera decir que estoy muy emocionado por la decisión del
presidente de intercambiar a mi esposa por Jovunet, y también comprendo que
debemos asegurarnos de que, en cuanto rescatemos a mi mujer, volveremos a
capturarlo. Este gobierno no puede ceder a las exigencias de terroristas con
rehenes.
Un
asistente entró de puntillas discretamente y le susurró algo al presidente.
Ogilvey levantó la mirada.
—Henry,
el primer ministro británico está al teléfono. Ha expresado su pesar y ofrecido
toda la ayuda que consideremos necesaria.
Henry
asintió. Recordó por un instante la vez en que había estado en Londres con
Sunday. Se habían hospedado en el Claridge. La reina los había invitado a cenar
al palacio de Windsor. Él estaba tan orgulloso de Sunday... Era la mujer más
hermosa y encantadora de todas las presentes y eran tan felices...
Henry
se dio cuenta sobresaltado de que Des seguía hablándole.
—Henry,
su majestad quiere hablar contigo. El primer ministro nos ha dicho que está muy
preocupada y que le ha dicho que lo que su familia necesita es una chica como
Sunday.
Henry
cogió el teléfono que le ofrecían y, al cabo de un momento, oyó la voz familiar
de la monarca de Gran Bretaña.
—Majestad...
—empezó.
Otro
ayudante le susurró al oído al presidente Ogilvey:
—Señor,
hemos prometido a los presidentes de Egipto y Siria que les devolvería la
llamada. Ambos insisten en que no conocen ninguna organización terrorista de
sus respectivos países que pueda estar involucrada en el secuestro y ponen a
nuestra disposición sus cuerpos de élite para colaborar en el rescate de la
congresista. Hasta Saddam Hussein ha expresado su indignación y asegura que no
sabe quién puede estar detrás de este incidente. Incluso ha prometido que si
Jovunet aterriza en Irak y no se encuentra a Sunday sana y salva, se ocupará
personalmente de que lo decapiten ahí mismo.
»Hemos
tenido llamadas de muchos otros jefes de Estado —continuó el ayudante—. El
presidente Rafsanjani ha dicho que, a pesar de las conclusiones que se puedan
sacar acerca de "saltarse el caviar", Irán no está involucrado en
modo alguno en este desagraciado episodio. Hasta ahora, Jovunet parece un
hombre de ningún país. Quienquiera que esté detrás de este asunto, aún tiene
que darse a conocer e indicar su voluntad de darle asilo.
Ogilvey
echó una mirada a Henry. Tenían que empezar de una vez; se les acababa el
tiempo.
Henry
estaba terminando la conversación con la reina.
—Estoy
muy agradecido por su preocupación, majestad. Sí, le prometo que muy pronto
Sunday y yo tendremos el honor de cenar con usted. —Le tendió el teléfono a un
ayudante y miró a su sucesor—. Des, ya sé lo que tengo que hacer. Voy a ir a
hablar con Jovunet. Después lo traeremos en avión de la cárcel de Marión. El es
la clave de todo esto. Quizá me dé alguna pista de quién está detrás.
—Me
parece una idea muy sensata —dijo el director del FBI—. Según recuerdo, señor,
su capacidad negociadora no tiene parangón. —En ese momento, al darse cuenta de
que en esa sala las comparaciones eran odiosas, se tapó la boca y tosió.
El
beicon estaba casi hasta calcinado. La tostada, fría y dura, le recordó a
Sunday las nada memorables habilidades culinarias de su abuela. La abuela
siempre insistía en usar una vieja tostadora y esperaba hasta que empezaban a
salir nubes de humo para darle la vuelta al pan. Entonces, cuando ese lado
estaba lo suficientemente quemado, le rascaba la parte carbonizada en el
fregadero y servía alegremente lo que quedaba.
Pero
Sunday tenía hambre, y, por lamentable que fuera la comida, al menos llenaba.
Por otro lado, el té era fuerte, como a ella le gustaba, y la cabeza se le
empezó a despejar gracias a su ayuda. La sensación de irrealidad empezaba a
desaparecer, y comenzaba a tomar conciencia de lo precaria que era su
situación. No era una pesadilla ni una broma de mal gusto. El hombre vestido de
monje, solo o con cómplices, se las había arreglado para acercarse a su coche,
que pasaba casi todo el tiempo aparcado en una zona vigilada, para dejar fuera
de combate a sus guardaespaldas, agentes del servicio secreto con mucha
experiencia, y para secuestrarla. Él, o ellos, eran tan osados como listos.
Debió
ocurrir poco después de las tres, pensó. Las noticias de Dan Rather son a las
seis y media, así que ahora serían poco más de las siete, lo que significa que
he recuperado la conciencia hace menos de una hora. ¿Cuánto tiempo hace que
estoy aquí? ¿Cuánto hemos viajado para llegar aquí?
Después
de juntar todas las piezas, Sunday decidió que estaría relativamente cerca de
Washington. Dadas las condiciones del tiempo, el secuestrador seguramente había
viajado lo imprescindible para llevársela y hacerla desaparecer de la ciudad.
¿Pero
dónde estoy? ¿Y qué es este lugar? ¿Su casa? Quizá, decidió. ¿Cuánta gente
habrá implicada en esta operación? Hasta ese momento sólo había visto al hombre
vestido de monje, y escuchado la voz de alguien que parecía una mujer mayor.
Pero eso no significaba que no hubiera otras personas. Era improbable, aunque
posible, que hubiera llevado a cabo el secuestro sin ayuda. El sujeto,
evidentemente, era fuerte y podía haberla sacado del coche solo y cargado hasta
allí.
Y la
pregunta más importante le daba vueltas por la mente aún confusa: ¿Qué van a
hacer conmigo?
Bajó
la mirada sobre la bandeja con la taza y el plato que aún tenía sobre las
rodillas. Ojalá pudiera agacharse y dejarla en el suelo. El desagradable dolor
en el hombro estaba empeorando, agravado sin duda por la presión de las cuerdas
que la mantenían atada en un sótano frío y húmedo. Sin embargo, era evidente
que tenía algo más que un moretón. Ojalá hubiera dejado que Henry la llevara a
hacerle una radiografía al caerse de Appleby. Quizá, después de todo, tenía una
pequeña fisura...
Vaya,
¿me he vuelto loca? Estoy aquí, preocupada por una pequeña fisura y... ¡a lo
mejor me matan antes de que suelde! No me soltarán hasta que el terrorista
Jovunet llegue allá donde vaya.
E
incluso cuando él esté a salvo, ¿quién garantiza que me dejen en libertad?
—Señora
congresista.
Sunday
volvió la cabeza. El secuestrador estaba en el quicio de la puerta del pasillo.
No lo he oído bajar la escalera, pensó. ¿Cuánto hace que me observa?
—Un
poco de comida hace maravillas, ¿no? —dijo con cierta ironía—. Especialmente
con la droga que tuve que darle. Tendrá un poco de dolor de cabeza, pero no se
preocupe, enseguida se le pasará.
Se
acercó a ella. Sunday, instintivamente, trató de apartarse cuando le puso las
manos sobre los hombros. Se encogió cuando sintió que éstas se demoraban, que
casi la acariciaban.
—Tiene
un cabello muy bonito. Espero no tener que cortárselo mucho para convencer a
ese marido suyo y a sus colegas de que voy muy en serio. Voy a sacarle la
bandeja.
La
levantó de las rodillas de Sunday y la dejó sobre el televisor.
—Ponga
las manos detrás —le ordenó, y ella no pudo más que obedecer—. Voy a tratar de
no atarla muy fuerte. Dígame si aún tiene las piernas dormidas. Sería una pena
que tuviera que arrastrarla para dejarla en alguna parte cuando nuestro amigo
esté a salvo.
—Espere
un momento antes de atarme las manos —repuso Sunday—. Tiene mi chaqueta. Aquí
debajo hace mucho frío. ¿Por qué no deja que me la ponga?
El
hombre hizo caso omiso, como si no la hubiera oído, y siguió atándole los
brazos detrás del respaldo. Las cuerdas se le hundieron en las muñecas mientras
le apretaba una palma contra la otra. Sunday apretó los dientes al sentir una
punzada de dolor en el hombro derecho.
Era
evidente que, incluso con tan poca luz, había visto o sentido su reacción.
—No
quiero hacerle daño innecesariamente —le dijo—. Le aflojaré un poco las cuerdas
y estará bien. Sé que aquí hace bastante frío, así que voy a taparla con una
manta.
En
ese momento se agachó para recoger algo del suelo. Sunday volvió la cabeza y
reprimió una protesta. Era el pasamontañas mugriento con que se había
despertado. Aunque el hombre era extrañamente amable, ella no le creía. Había
algo raro. Sunday tenía la sensación de que le aguardaba algo horrible. Casi
gritó ante la idea de que le pusiera otra vez aquel pasamontañas sofocante,
pero se contuvo. No le daría la satisfacción de oírla rogar.
En
cambio, le preguntó con la voz más controlada que le salió:
—¿Para
qué me lo pone? Aquí debajo no hay nada que ocultar. Además, tampoco es que
vaya a hacerle señas a ningún transeúnte.
El
secuestrador pareció encantado con el comentario. Sonrió con una especie de
mueca deprimente que dejó a la vista unos dientes fuertes y desparejos.
—A
lo mejor quiero desorientarla —bromeó—. Ya sabe que ése es el efecto de tener
los ojos vendados.
La
luz de la débil bombilla pelada brilló sobre las manos del hombre, y, justo
antes de que éste le bajara el pasamontañas y ella se quedara a oscuras, Sunday
vio el anillo que llevaba: un sello como muchos otros, salvo por un detalle:
tenía un agujero pequeño en el centro, como si le faltara una piedra.
Con
el pasamontañas puesto, aguantó la desesperada necesidad de respirar hondo y se
obligó a hacerlo lentamente. Cuando era estudiante universitaria había hecho
terapia para superar la ligera claustrofobia que había heredado de su padre.
Trató
de recordar esas sesiones, pero, desgraciadamente, las lecciones ahora no le
hacían ningún bien. No podía concentrarse en ellas. Lo único que le venía a la
mente era el anillo.
Lo
había visto antes. Pero ¿dónde?
A
las nueve y media de esa noche, Henry, acompañado de Jack Collins y flanqueado
por los guardias, atravesó el largo y lóbrego pasillo que llevaba a la pequeña
sala de visitas reservada para los delincuentes más peligrosos de la prisión de
Marión.
Marión
tenía fama de ser una de las cárceles federales más duras, y Henry tuvo la
extraña sensación de que eran los gritos de las víctimas, más que los de los
presos, los que traspasaban los gruesos muros.
Sunday
es la víctima de Claudus Jovunet, pensó. Y yo también. Los guardias que iban
delante de él se detuvieron ante una puerta de acero. Uno de ellos marcó una
combinación y la abrió.
Jovunet
estaba sentado a una mesa de metal a un lado de la habitación. Henry lo
reconoció por las fotos que había visto en el periódico en el momento de su
captura y por la entrevista que había concedido a Sesenta minutos, una diatriba
de quince minutos de arrogantes autoalabanzas, afortunadamente equilibradas por
el ingenio corrosivo de Lesly Stahl, que pinchaba los globos de Jovunet cada
vez que éste intentaba lanzar alguno. Aunque llevaba el uniforme gris de la
prisión, muy diferente del elegante atuendo de dandi al que se había aficionado
cuando aún era libre, y cadenas en las manos, los pies y la cintura, Jovunet se
las arreglaba para aparecer totalmente tranquilo y cómodo. También, de una
manera extraña, parecía controlar perfectamente la situación.
Su
cara de querubín tenía una incipiente papada; sus ojos azul celeste eran
cálidos hasta el punto de parecer felices; y los labios finos de monaguillo
eran rosados y estaban ligeramente curvados hacia arriba, en las comisuras,
como entrenados por constantes sonrisas. Para Henry era una cara absolutamente
repugnante.
En
el avión a Ohio, Henry había leído un informe sobre los voluminosos
antecedentes de Jovunet. Nadie sabía muy bien sus orígenes. Tenía cincuenta y
seis años y afirmaba haber nacido en Yugoslavia. Hablaba fluidamente cinco
idiomas; había empezado su carrera en la adolescencia, como traficante de armas
en África; había sido asesino a sueldo en un montón de países y nadie se fiaba
de él. Además, tenía la capacidad de cambiar de aspecto completamente. Había
fotos que lo mostraban veinticinco kilos más gordo que otras; en algunas
parecía un soldado o un granjero, mientras que en otras pasaba por aristócrata.
Lo
único que no había podido ocultar con ninguno de sus personajes, era su
debilidad por la ropa de diseño. Era toda una ironía que lo hubiesen cogido en
un desfile de modas de Calvin Klein.
Ahora,
mientras Henry se acercaba a él, Jovunet abrió los ojos de par en par.
—¡Señor
presidente! —exclamó haciendo una reverencia grandilocuente hasta donde se lo
permitían los grilletes—. ¡Qué agradable sorpresa! Disculpe que no me levante,
pero las presentes circunstancias no me permiten esa muestra de respeto.
—Cállese
—dijo Henry sin alterarse, apretando los puños.
Quería
borrarle esa sonrisa de un puñetazo, apretarle el cuello con las manos hasta
que cantara dónde estaba Sunday.
Jovunet
suspiró.
—Aquí
estoy, dispuesto a ayudarlo. Muy bien, me rindo. ¿Qué quiere saber? Sé que ni
la prensa más sensacionalista ha descubierto aún muchas de mis actividades
pasadas. Es evidente que esto no es una visita de cortesía, por lo que deduzco
que me necesita. Quizá pueda serle útil. Pero si lo ayudo, ¿qué obtendré a
cambio?
—Exactamente
lo que ha pedido. Un viaje sin impedimentos en nuestro nuevo avión supersónico.
Estamos dispuestos a llegar a un acuerdo, pero usted debe aceptar nuestros
términos para hacer el intercambio.
Una
expresión de confusión se dibujó en el rostro de Jovunet.
—¿Está
bromeando? —preguntó, y su semblante se tornó más reflexivo—. De acuerdo, señor
presidente. ¿Cuáles son exactamente sus términos?
Henry
sintió la sólida mano de Jack Collins apretarle el brazo con deliberada fuerza.
Era la primera vez que hacía algo así. Me está diciendo que vaya despacio,
pensó Henry, y tiene mucha razón.
—Soy
piloto de pruebas y he volado en el avión supersónico. Yo, y únicamente yo,
pilotaré el avión hasta su destino. No desembarcaré hasta que mi mujer esté a
salvo en manos de nuestra gente. Si no la sueltan, el avión estallará con
nosotros dos dentro. ¿Está claro?
Jovunet
se sentó en silencio por un momento, aparentemente sopesando lo que acababa de
oír.
—¡Ay...
la fuerza del amor! —dijo al fin meneando la cabeza.
Henry
lo miró y vio que sonreía ligeramente. Se dio cuenta, incrédulo, de que aquel
hombre se reía de él. Y lo único que puedo hacer es quedarme aquí y rogar, como
un pordiosero, que acepte, pensó. Vio, lleno de odio, que la cara de Jovunet
brillaba por el sudor, pese a que la habitación estaba fresca.
¿Dónde
tenían a Sunday?, se preguntó. ¿Estaba en una especie de celda como ésta? Hacía
mucho frío. ¿Estaría abrigada?
Se
obligó a concentrarse en el hombre que tenía delante. Jovunet, al menos, estaba
considerando los términos de la oferta. Henry se daba cuenta porque fruncía los
ojos.
—Hay
otro punto importante —dijo lentamente. Henry esperó a que continuara—. Yo
tampoco quisiera que a su mujer le pasara nada. No tengo el placer de
conocerla, como ya sabe, pero como todo el mundo en este maravilloso país, he
seguido el noviazgo y la boda de cuento de hadas. Por todo lo que he oído de
ella, debo decir que es una persona admirable. Sin embargo, como usted ya sabe,
dadas las circunstancias, una persona en mi situación tiene una gran
responsabilidad. ¿Puedo preguntar a qué hora saldremos?
Henry
sabía que todo dependía de que Jovunet le creyera.
—Esta
tarde, antes de que secuestraran a mi mujer, el Washington Post informó que
había que hacer algunos ajustes técnicos al avión antes del vuelo inaugural,
fijado para el viernes por la mañana. Llevará todo el día de mañana
terminarlos. En lugar del planeado vuelo inaugural, usted y yo despegaremos el
viernes a las diez de la mañana.
Tovunet
lo miró con indulgencia.
—Pienso
en todas las cámaras, escuchas y artilugios vía satélite que instalarán
mientras hacen esos ajustes técnicos —dijo suspirando—. En fin, no importa...
—La sonrisa relajada desapareció—. Insisto en ser trasladado a la zona de
Washington inmediatamente. Sé que tienen ustedes varias casas francas por la
región, por lo tanto quiero que me lleven a una de ellas y no a una cárcel. Ya
estoy harto de esta clase de lugares.
—Ése
es precisamente el plan —dijo Henry con frialdad—. Usted trasmitirá un mensaje
a sus cómplices para advertirles que no hagan daño a mi mujer y lo grabaremos
en vídeo. Ellos también tienen que hacernos llegar un vídeo de mi esposa en el
que veamos que está bien, como máximo mañana antes de las tres de la tarde.
Jovunet
asintió distraído y miró con desdén el uniforme de la prisión.
—Hay
un último detalle. Como sabe, prefiero la buena ropa. Puesto que todo mi
selecto guardarropa ha desaparecido hace tiempo y el lugar al que voy digamos
que no se caracteriza por sus tiendas de ropa de diseño, necesito un
guardarropa completo. Tengo debilidad por Calvin Klein y Giorgio Armani. Quiero
un guardarropa con sus últimas colecciones, y necesito la presencia de varios
sastres que puedan hacer algunas reformas, según mis indicaciones, antes del
viernes a media mañana. Haré que la oficina de guardia le suministre mis
medidas. Mi nuevo guardarropa tiene que trasportarse en un baúl Vuitton con
maletas a juego. —Se detuvo y miró a los ojos a Henry con un atisbo de sonrisa
en los labios—. ¿Está claro? —Antes de que Henry atinara a responder, Jovunet volvió
a sonreír, esta vez más ampliamente—. No creo que le sorprenda nada de esto.
¿Ha olvidado las circunstancias de mi última detención? Fue en el desfile de
Calvin Klein. —Rió divertido—. Qué vergüenza, y ni siquiera era un buen
desfile. ¡Toda esa ropa interior! A veces creo que el querido Calvin está un
poco chiflado.
Henry
sabía que debía marcharse. No podía seguir en la misma habitación que aquel
hombre.
—Lo
veré mañana en Washington —dijo.
Sentía
el aliento de Jack Collins en el cuello mientras se marchaban. Tiene miedo de
que lo mate, pensó. Y tiene razón. Mientras la puerta de acero se cerraba a sus
espaldas, Henry oyó la última exigencia de Jovunet.
—Ah,
señor presidente, y no se olvide del Dom Pérignon y el caviar. Mucho caviar.
Aunque el avión sea supersónico, va a ser un viaje largo.
Esta
vez Jack Collins tuvo que impedirle físicamente que volviera a la sala de
visitas. Afortunadamente, la puerta se cerró y la imagen y la voz de Claudus
Jovunet desaparecieron detrás.
—Señor
presidente —exclamó Collins—, si algo sale mal, le juro que yo mismo lo cogeré
antes de que tenga ocasión de volver a rastras aquí.
Sin
embargo, Henry no lo escuchaba.
—¿Caviar?
—dijo en voz alta—. Aquí está pasando algo que tiene que ver con el caviar.
¿Aún no sabemos en qué país piensa refugiarse?
Sunday,
durante la noche, despertó de un sueño inquieto por el súbito resplandor de una
luz tan brillante que logró traspasar el grueso pasamonta—ñas que le cubría la
cabeza.
—Sólo
vamos a hacerle una foto —dijo el secuestrador en voz baja—. Parece de lo más
incómoda y desamparada. Perfecto. Estoy seguro de que a su marido se le romperá
el corazón cuando tenga un testimonio visual del apuro en que está. —Le quitó
el pasamontañas de la cabeza—. Una más y después puede volver a dormirse.
Sunday
parpadeó esforzándose por eliminar las manchas blancas que la cegaron después
del segundo destello del flash. Se dio cuenta de que en algún momento habían
apagado la débil bombilla del techo y que ahora, cuando él volvió a encenderla,
hasta esa tenue luz le causaba dolor en los ojos. La decisión de parecer
estoicamente tranquila se fue al traste. Miró con odio a su secuestrador.
—Voy
a decirle una cosa. Cuando salga de aquí, si es que salgo, asegúrese de ir en
el avión con su amigo el asesino, porque si lo cogen, haré todo lo posible para
que lo encierren en la cárcel más horrible e incómoda.
Otro
destello cegador la obligó a parpadear.
—Lo
siento. Esta última no la tenía planeada, pero me parece bien que su marido vea
lo enfadada que está.
No,
te equivocas, pensó Sunday. No estoy enfadada, sino completamente loca. Hacía
poco, Henry había tenido ocasión de verla absolutamente furiosa mientras le
daba un sermón de lo inhumano que era cazar zorros. Cuando se le subía la
sangre irlandesa a la cabeza, como ella lo llamaba, era pura dinamita.
Si
Henry ve esta última foto, sabrá que no estoy destrozada, se tranquilizó.
—Parece
que su marido está removiendo cielo y tierra para garantizar su seguridad —dijo
el secuestrador—. Todas las cadenas de radio y televisión están trasmitiendo la
tranquilizadora noticia de que van a trasladar a Claudus Jovunet a la zona de
Washington y que a las once de la mañana emitirán un vídeo de él. También han
anunciado que han exigido una cinta de vídeo suya. Quieren asegurarse de que
está usted bien.
El
hombre estudió las fotos Polaroid.
—Muy
bien. Estas fotos y un cassete grabado convencerán a su marido de que está sana
y salva, aunque no en condiciones muy cómodas.
Volvió
a bajarle el pasamontañas. Esta vez, aunque cerró los ojos debajo de la áspera
superficie de la tela, se mantuvo completamente alerta. Estaba segura de que si
quería volver a ver a Henry, tenía que hacer algo por sí misma. La invadía la
extraña sensación de que el individuo estaba jugando al juego mortal del gato y
el ratón con ella, y también con Henry. Parecía totalmente apolítico. No hacía
ninguna de las habituales declaraciones de odio contra el gobierno por crímenes
imaginarios, ni intento alguno de justificar sus acciones contra ella para
poder liberar a Jovunet. Sí, era como el gato y el ratón, y a Sunday no le
gustaba hacer de ratón.
¿Pero
qué podía hacer? Atada y literalmente a oscuras, le quedaban pocas opciones.
Quizá no podía hacer nada en términos físicos, pero su mente aún podía
deambular libremente. Volvió a pensar en el anillo del hombre. Estaba segura de
haberlo visto antes. Pero ¿dónde? ¿Y cuándo? ¿Había sido en la mano de ese
hombre o en la de otra persona?
Empezó
a recorrer su mente palmo a palmo para tratar de recordar quién era el hombre
del anillo. ¿Alguien del Congreso? Ridículo. Además, la memoria parecía
llevarla más lejos. ¿Algún repartidor? ¿Alguien del servicio de la casa de
Nueva Jersey? No. Hace menos de un año que conozco a Henry, y todos los que
están a su servicio trabajan para él desde siempre.
¿Quién
era entonces?
Con
el tiempo me acordare, se prometió.
Pero
más vale que te des prisa, le advirtió una voz en su interior, porque el tiempo
se acaba.
¿Saldré
viva de aquí? —se preguntó—. ¿Volveré a ver a Henry? Durante un minuto sintió
que la congoja se apoderaba de todo su ser. Deseó estar en Drumdoe con Henry.
Había encontrado una receta nueva de pollo al ajillo en un libro de cocina
provenzal y pensaba probarla ese fin de semana. El hecho de haberse pagado los
estudios en Fordham trabajando en un restaurante le había enseñado a amar la
cocina. Había estudiado gastronomía en el Instituto Culinario, y ahora, el
viejo chef cordón bleu de Henry se tomaba al menos una noche del fin de semana
libre, y ella se hacía cargo de los fogones.
Esa
mañana, tenía que asistir a una reunión de una comisión del Congreso. Iban a
discutir otra vez el proyecto de ley sobre las prestaciones sanitarias para los
hijos de inmigrantes ilegales. Y a ella la enervaba que el hombre que
encabezaba la campaña para que les retiraran las prestaciones siempre estuviera
enseñando las fotos de sus nietos. Había pensado arremeter contra él con ese
argumento.
Pero
primero debía salir de allí, o al menos intentarlo. Dios ayuda a quienes se
ayudan a sí mismos, se dijo. Era la frase favorita de su padre.
¡Y
Dios ayuda a quienes son cogidos con las manos en la masa! Eso era lo que solía
pensar cuando trataba de salvar a mis defendidos. Inhaló profundamente.
¡Eso
es! se dijo animada. No vi ese anillo ni en Drumdoe ni en Washington. Fue
antes, cuando era abogada de oficio. Lo llevaba uno de los chicos que defendí.
Pero
¿cuál? ¿Cuál de los cientos y cientos de acusados de los que se había ocupado
en esos siete años llevaba un sello grueso con un agujero en el medio?
Mientras
pensaba en todos los casos que había llevado, despertó completamente. Al pasar
las últimas fichas mentales, sacudió la cabeza. Estaba segura de que nunca
había defendido a su secuestrador, pero recordaba con certeza ese anillo.
Aunque quizá no era exactamente el mismo anillo. ¿Sería la insignia de algún
grupo terrorista? Jamás he tenido ningún caso de terrorismo, pensó y volvió a
reflexionar en lo apolítico que parecía aquel individuo. Muy bien, si no es
terrorista y nunca fue cliente mío, entonces ¿quién es?
¿Dónde
ha pasado Sunday la noche?, se preguntó Henry mientras entraba en la sala de
reuniones del gabinete de la Casa Blanca a las once de la mañana siguiente.
Pronto comprobó que los ánimos eran más sombríos que en la reunión del día
anterior. Vio que además de Des Ogilvey, todo el gabinete ministerial, los
directores de la CÍA y el FBI, había otras dos personas: el jefe de la mayoría
del Senado y el presidente del Congreso. Siempre buscando la oportunidad de
salir en la foto, pensó. No los tenía en muy alta estima.
Había
nevado suavemente durante la noche, y el pronóstico meteorológico anunciaba
tormentas fuertes antes del fin de semana, probablemente el viernes. Dios, no
permitas que nos entierre la nieve, rogó Henry. Cuanto más tiempo Sunday esté
en sus manos, más probabilidades hay de que algo salga mal.
Volvió
a pensar en el encuentro de la noche anterior con el odioso Jovunet. ¿Por qué
esa contradicción con el caviar?, se preguntó una vez más. Era algo trivial,
pero parecía importante. Henry venía directamente de la casa franca en la que
Jovunet, rodeado de sastres, tomaba alegremente champán con caviar de Beluga.
Sencillamente no tenía sentido que los secuestradores de Sunday se hubieran
tomado la molestia de decirles que podían eliminar el caviar. A no ser,
naturalmente, que hubiera algún significado oculto en el mensaje. Meneó la
cabeza. A pesar de sus años de experiencia, estos juegos le resultaban nuevos.
Era evidente que no había reglas y cualquier cosa era posible.
Henry
se dio cuenta de que se había quedado de pie junto a su silla y que todo el
mundo lo miraba expectante.
—Señor
presidente —dijo—, lamento haberlo hecho esperar.
Desmond
Ogilvey, ese monumento a la paciencia, el presidente que con más frecuencia
comparaban con Calvin Coolidge El Tranquilo, dijo con energía:
—Henry,
digo esto en presencia de quienes van a filtrarlo a la prensa sin demora... —Se
interrumpió para mirar al presidente del Congreso.
—No
lo dirá por mí, a menos que esté bromeando. Siempre he tenido el más alto
respeto por el gobierno y por los hombres de Estado. Usted me ha enseñado en
qué consiste la presidencia...
Sunday
me ha enseñado en qué consiste la felicidad, pensó Henry.
Desmond
Ogilvey cruzó las manos sobre la mesa de conferencias de esa manera en que a los
humoristas del país les gustaba caricaturizarlo.
—Creo
que todos estamos al corriente de la situación —empezó. El avión supersónico
está siendo equipado con el material más sofisticado de nuestro arsenal. El
objetivo es que nos permita tener controlado a Jovunet para conocer cada uno de
sus futuros movimientos. Si todo sale según el plan, el viernes, aunque Jovunet
esté en la selva, sabremos en qué árbol e incluso en qué rama. La localización
no será problema. —Ogilvey dio un golpe sobre la mesa con las manos cruzadas—.
Sin embargo, tenemos un problema. A pesar de ciertas meteduras de pata
importantes, como solía decir mi madre, afortunadamente nuestras dos agencias
de supersabuesos han vuelto a abrir los ojos. Todos nuestros agentes de
inteligencia informan inequívocamente que no hay ningún país, incluyendo tanto
a nuestros mejores aliados como a nuestros peores enemigos, que haya ofrecido
refugio a Jovunet. De hecho, prácticamente todos han indicado que prefieren que
estalle el avión antes de que pise su territorio. Por desgracia, la única
conclusión que se puede sacar de ello es que, en este momento, en algún país se
está gestando una revolución que espera derrocar a su actual gobierno y que
puede representar una amenaza real para la paz internacional.
Henry
escuchó al presidente con el corazón encogido. Era como si viese a Sunday
tratando de nadar contra una corriente feroz y él fuera incapaz de salvarla.
—Por
lo tanto —continuó Desmond Ogilvey—, debemos concluir que estamos ante una
emergencia nacional, que un país cuyas señales de aviso han sido ignoradas está
a punto de entrar en erupción. —Miró al director de la CÍA, cosa que hizo
palidecer al desafortunado dignatario, y a continuación a su predecesor—. No sé
cómo decirlo —anunció—, pero parece que tu mujer, la querida congresista de
Nueva Jersey, está en manos de un enemigo desconocido. Me temo que hasta que se
muestren, no podemos hacer más que esperar.
Henry
se puso de pie bruscamente.
—Des,
tengo que ir a controlar la declaración que Jovunet está a punto de hacer ante
las cámaras.
Se
volvió para marcharse, pero un brazo tranquilizador lo retuvo momentáneamente.
—Henry
—prometió Desmond Ogilvey—, vamos a rescatarla. Hemos puesto todos nuestros
recursos en ello.
No,
Des, pensó Henry, tenemos que jugar según las reglas de juego, pero mi instinto
me dice que nos estamos equivocando completamente.
El
individuo empezaba a trastornarse. Sunday percibía el cambio sutil en los
modales de su captor. Lo había oído gritar desde arriba a la mujer a la que se
había referido como su «madre». ¿Era realmente su madre o se trataba de otra
artimaña?
Como
la ropa de monje, pensó; parece alquilada en una tienda de disfraces.
El
ruido de arriba la había despertado y se preguntó qué hora sería. Habrán pasado
unas horas desde que me hizo esas fotos. ¿Las habrá visto Henry? ¿Había visto
la ira en su cara y se habría dado cuenta de que aún seguía luchando por su
libertad, que no se rendía?
Se
obligó a ignorar el terrible dolor que tenía en la parte superior del brazo y
el hombro. Por qué no se le dormiría como las piernas, así no lo sentía.
Circulación nula, pensó. Si Henry estuviera aquí, podría...
Sacudió
la cabeza. No debía pensar en eso. La imagen de Henry cortando las cuerdas,
levantándola, masajeándola suavemente para activar la circulación en los
miembros torturados... era demasiado bonita y no podía darse ese lujo. Tenía
que ser fuerte. Ésta era una pelea y no iba a rendirse sin resistencia.
En
su revisión mental de todos los casos que había tenido como abogada de oficio,
había llegado al cuarto año. De todos los casos importantes, se corrigió. En la
revisión no incluía los casos de los chicos estúpidos que le pegaban a algún
gorila en un bar de mala muerte.
Por
suerte tengo una memoria impresionante, se tranquilizó mientras sacudía la
cabeza para aflojarse el pasamontañas, que se le había pegado a la frente. Mamá
siempre decía que había salido a tía Kate. «Era muy observadora, no se le
escapaba nada —le había explicado su madre a Henry cuando lo ponía al corriente
de la familia—, y entrometida.
Nunca
olvidaré cuando me preguntó si no tenía "noticias" para ella;
evidentemente se refería a si estaba embarazada. Dios mío, creo que no hacía ni
una semana que esperaba a Sunday y aún no tenía intenciones de decírselo a
nadie. En general pienso que...»
Sunday
terminó la frase por ella: «En general piensas que es más elegante que una
mujer esté al menos de cuatro meses antes de anunciarlo al mundo. Quizá tía
Kate tenga una mente sucia. He oído que son cosas que vienen de familia.»
Pero
yo soy como la vieja tía Kate: observadora, detallista, y ese anillo sin duda
lo vi en un juicio.
Unos
pasos en la escalera interrumpieron su ensimismamiento. Sunday sintió un
temblor nervioso en todo el cuerpo. No sabía si era peor que su secuestrador se
acercara a ella silenciosamente o anunciara su llegada con pisadas fuertes.
Seguramente
ya había amanecido. Se dio cuenta de que tenía hambre. ¿Le iba a dar de comer?
Había dicho algo acerca de grabar una cinta. ¿Cuándo iba a hacerlo?
Arrastró
los pies sobre el suelo de cemento. Sunday sintió que le quitaba el
pasamontañas. La figura con la túnica estaba inclinada sobre ella. Alargó la
mano, giró la bombilla que colgaba del techo, y nuevamente la luz cegó a Sunday
por unos instantes. Cuando recuperó la vista, miró otra vez a su carcelero
esforzándose por captar sus facciones. Tenía la cara en sombras, pero ella
siguió mirándolo mientras le exigía a su subconsciente que recordara si lo
había visto antes. Ojos hundidos, estructura facial huesuda, probablemente de
unos cincuenta años.
—Mi
madre tendría que haberse esmerado un poco más —dijo enfadado—. Dejó toda la
noche la leche fuera de la nevera y se ha cortado. Me temo que tendrá que
arreglarse con cereal seco y café solo. Pero antes la ayudaré a ir al lavabo.
Rodeó
la silla y empezó a desatarla.
«Mi
madre tendría que haberse esmerado un poco más...»
Esa
voz. Ese tono. Lo he oído. En algún momento me habló de esa manera, pensó
Sunday. Me dijo que yo tendría que haberme esmerado un poco más.
Como
una foto que se revela, el recuerdo apareció ante ella. Había sido en el juicio
en el que defendía a Wallace Zapatillas Klint, uno más del desfile de
perdedores a los que había representado en sus primeros años de profesión.
Sunday había elegido trabajar en el turno de oficio porque era una ferviente
defensora de que todo el mundo merecía las mismas oportunidades en un juicio, o
sea, de que todo el mundo se merecía una defensa legal como correspondía. El
caso Klint había sido uno de los que menos le había gustado. Aunque estaba
acusado de asesinato, ella había logrado convencer al jurado de que lo
declarara culpable de homicidio sin premeditación, lo que significaba que
saldría de la cárcel al cabo de veinte años, cuando Klint tuviera unos sesenta.
El
juicio no había sido muy largo, sospechaba que en parte porque el fiscal no
tenía una acusación muy sólida. Recordaba que el hermano mayor de Klint había
asistido al juicio algunos días. Volvió a mirar a su secuestrador. No es de
extrañar que no lo haya reconocido. Por aquel entonces el hermano de Klint
tenía barba y el pelo largo y grasiento, parecía un hippie entrado en años. Eso
es, había estado metido en la contracultura. Lo recordaba porque, en su
momento, había tenido ciertas dudas acerca de llamarlo a declarar como testigo,
pero al final había decidido que sería perjudicial para la defensa de
Zapatillas.
Sunday
se obligó a retroceder al día en que había hablado con él. Ella había salido de
la sala. El hermano la alcanzó en el vestíbulo mientras se dirigía a los
ascensores y le puso la mano en el hombro. Recordó que el anillo que llevaba le
había rozado el cuello y que ella le había retirado la mano con desagrado. En
aquel momento había notado el agujero característico del anillo.
Le
dijo que el veredicto era una sentencia de muerte para la madre, que no viviría
lo suficiente para ver a Zapatillas de nuevo en casa. Fue entonces cuando me
dijo que tendría que haberme esmerado un poco más.
En
aquel momento no le había sonado a amenaza. En realidad, Sunday pensó que aquel
tipo era un idiota. Me tendría que besar los pies por haber salvado a la basura
de su hermano de la cámara de gas. Gracias a ella Zapatillas hacía ahora
matrículas de coche del estado de Nueva Jersey.
Así
que ese hombre era el hermano mayor. Y la mujer de arriba tenía que ser la
anciana madre. Que no se dé cuenta de que sabes quién es, se aconsejó.
Pero
tras unir las piezas del rompecabezas, se dio cuenta de que no tenía sentido.
¿Qué tiene que ver el hermano de Zapatillas Klint con el terrorismo
internacional?, se preguntó. Su secuestro había sido de lo más profesional; en
cambio el individuo que tenía delante parecía un chiflado solitario.
Por
fin tenía los brazos desatados. Se los cruzó con ansiedad sobre el pecho y
empezó a frotárselos.
El
hombre le estaba desatando las piernas. Sunday, al ponerse de pie, trastabilló.
Volvió a hurgar en su memoria. ¿Cómo se llamaba? Estaba en los papeles del
juicio. Un nombre raro que empezaba con W. ¿Warfield...? Woolsey...? ¿Wexler...
? ¡Eso es!, recordó de repente.
Wexler
Klint. Sunday esbozó una pequeña sonrisa de victoria.
—Venga,
que la ayudo —dijo Wexler Klint cogiéndola por la cintura.
Trató
de no reaccionar cuando sintió la mano en la cadera. Una vez más la llevó al
lavabo y la acompañó de vuelta a la silla, donde repitió el ritual de atarla,
dejándole los brazos libres hasta que hubiera acabado el pretendido desayuno:
cereales secos y café solo.
Se
quedó a su lado, mirándola impasible mientras ella comía. Cuando terminó, le
quitó la bandeja con los platos y la cuchara y volvió a atarle las manos
detrás. Al marcharse, encendió el televisor.
—La
televisión hará que el tiempo pase más deprisa —dijo en voz baja—. Jovunet va a
actuar a las once —sonrió—. Usted aún es noticia de portada, ¿sabe? Y sospecho
que seguirá siendo el centro de atención durante un tiempo. Piense que a partir
de ahora, y gracias a mí, ocupará un lugar en la historia.
Sunday
no respondió. Estaba demasiado ocupada mirando a Henry correr hacia un
helicóptero en el jardín de la Casa Blanca, mientras un locutor decía: «Se
rumorea que el angustiado ex presidente se dirige al lugar donde los servicios
secretos tienen a Claudus Jovunet. Nos han informado que ha habido un cambio de
planes. En lugar de una cinta grabada, Jovunet hará su declaración en directo
para asegurar a los que retienen a la congresista Britland que se está
cumpliendo con todas sus exigencias.»
Sunday
vio que Henry llegaba al helicóptero, subía la escalerilla y se volvía hacía
las cámaras antes de entrar en la cabina. «Rezad por ella», dijo cuando le
acercaron un micrófono.
El
secuestrador de Sunday suspiró.
—Qué
pensamiento tan bonito. Pero no servirá para nada.
—Señor
Jovunet, debemos empezar a trasmitir —dijo Sydney Green, productora del
gabinete de prensa de la Casa Blanca.
Estaban
en Arlington, Virginia, en los alrededores de Washington. La maravillosa casa,
típica del norte del país, en medio de hectáreas de tierra vallada,
aparentemente era la vivienda de un potentado de Oriente Medio con tendencia a
recluirse. Pero en realidad era una casa franca para desertores políticos de
cierto rango.
La
habitación, elegantemente amueblada, estaba llena de agentes de la CÍA de
rostro severo y técnicos de comunicación del gobierno. Las cámaras enfocaban
una silla vacía.
Claudus
Jovunet estaba en una alcoba cerca de la habitación principal. Despidió a la
productora, que le hacía señas, con desdén.
—Enseguida
voy. Como puede ver, estoy ocupado. —Dirigió la atención al sastre que le
estaba arreglando la manga de un esmoquin—. Me fastidia que hasta un buen
profesional como usted no haya visto que mi brazo izquierdo es un centímetro
más largo que el derecho;
—Lo
he notado, señor. Mi padre y mi abuelo también eran sastres. A pesar de los
alfileres que sostenía entre los labios, el hombre arrodillado se las arregló
para responderle en tono gélido.
Jovunet
asintió aprobadoramente.
—A
los hombres hay que convencerlos de su pericia. Sé que estoy en buenas manos.
—Hizo una seña al camarero, que le sirvió una copa burbujeante de Dom Pérignon.
—Deje
eso y vaya a sentarse, o yo personalmente voy a estrangularlo —dijo Henry
Britland con una voz mortalmente tranquila.
Jovunet
se encogió de hombros.
—Como
quiera. —Dejó la copa sobre la mesa y le dijo al sastre—: Creo que por una
cuestión de tiempo consideraremos que ésta es la última prueba de mi traje de
etiqueta. Tardaremos unas pocas horas para probar el resto de los trajes y la
ropa informal. Después examinaremos los complementos. Me alegra ver que ha
traído varias corbatas Belois, son muy bonitas.
Levantó
con delicadeza una de ellas de la mesa y la sostuvo ante Henry.
—Prácticamente
pintadas a mano, pero muy sofisticadas. —Al ver la expresión de Henry volvió a
dejarla donde estaba—. Sí, la entrevista.
—Tenemos
que grabar la cinta ahora. Diría que su marido está bastante preocupado, ¿no
cree? —preguntó Wexler Klint.
Sunday
se negó a seguir pensando en la expresión dolorida de Henry durante la
declaración que hizo después de que un sonriente Claudus Jovunet confirmara que
el gobierno de Estados Unidos le había prometido que lo trasladaría al sitio
escogido en el nuevo avión supersónico, pilotado por el ex presidente. Lo
dejarían desembarcar en cuanto se supiera que Sandra O'Brien Britland estaba a
salvo. Cualquier paso en falso por parte de los secuestradores sería fatal para
él.
A
continuación, Henry hizo su declaración. «Quiero dejar bien claro que este
viaje para liberar a Claudus Jovunet no se efectuará si no recibo una cinta de
vídeo confirmando que mi mujer está viva, sana y salva. Para hacer este viaje,
el vídeo debe llegar antes de las tres de esta tarde.»
Klint
apagó el televisor y se volvió hacia Sunday. Tenía un micrófono enchufado a una
vieja grabadora. Puso el micrófono casi contra sus labios y sonrió.
—Dígale
algo personal que convenza a su marido de que acaba de ver la declaración de él
y de Jovunet. Después dígale que coopere, que cualquier intento de jugar sucio
le costará a usted la vida. Piense en lo que quiere decir porque no repetiré la
grabación.
Sunday
ya había pensado mucho en lo que diría, pero antes de que supiera quién era su
secuestrador. Aunque todavía no había descubierto a qué jugaba Klint, estaba
segura de que no tenía intenciones de dejarla en libertad. Su mente funcionaba
a una velocidad de vértigo. Respiró hondo. Si quieres volver a reunirte con
Henry, será mejor que lo hagas bien, se dijo.
Empezó
a sollozar.
—Creo
que no puedo hacerlo —le dijo a Klint con voz de niña pequeña—. Echo mucho de
menos a mi marido. No quiero estar aquí. Quiero estar con él.
La
bombilla del techo proyectaba sombras oscuras en el lúgubre sótano, pero se dio
cuenta de que la grabadora ya estaba en marcha. Suspiró con resignación.
—Muy
bien, ha dicho que debo mencionar que lo he visto en televisión.
Volvió
a sollozar. Ya tenía el tono de voz exacto que iba a usar: el de la niña
llorona de su clase en Saint Al's, que se echaba a llorar por lo menos tres
veces al día.
—¡Claro
que lo he visto! Y, Henry, sólo se me ocurre que siempre me prometiste que me
defenderías. Por eso sé que no permitirás que me pase nada. Me vas a defender,
¿no? Quiero volver a casa. Henry, cuando te vi, me di cuenta de que llevabas
los mismos mocasines negros que la primera vez que me enseñaste Drumdoe. ¿Te
acuerdas, cariño? Ah, tantos recuerdos. Aún me siento tan cerca de ti. Te
necesito tanto que... —Y se echó a llorar.
Meneó
la cabeza y miró a Klint. Se las había arreglado para verter unas lágrimas.
—Bueno,
ahora estoy mejor. ¿Está listo para empezar?
Klint
le sonrió.
—No,
en realidad ya he terminado. Ahora puede descansar, tardaré un rato. No se vaya
a ninguna parte —dijo riendo mientras volvía a bajarle el pasamontañas.
—Me
soltará cuando Jovunet haya aterrizado, ¿no? Sé que Henry y el gobierno
cumplirán sus promesas. —Se mordió la lengua porque, estúpidamente, había usado
su voz normal.
Sin
embargo, Klint pareció no advertir el cambio. En lugar de responder
directamente, canturreó:
—Tres
ratoncitos ciegos; mirad como corren. —Le bajó el pasamontañas demorando los
dedos en el cuello y le acercó la boca al oído—. ¿Sabe quiénes son los tres
ratoncitos ciegos? —murmuró—. ¿No? Entonces se lo diré. El primero es su
marido: el segundo todo el gobierno de Estados Unidos y el tercero... —hizo una
pausa—, el tercero es Claudus Jovunet.
De
la casa franca de Arlington, Henry fue al nuevo centro de operaciones que acaba
de establecerse en un salón de la Casa Blanca. El director de la CÍA meneó la
cabeza para indicarle a Henry que no había ninguna novedad. Hasta el momento,
todos los esfuerzos para seguir el rastro de los artefactos utilizados para
dejar fuera de combate a los coches y los agentes del servicio secreto habían
sido infructuosos. Y aunque estaban casi seguros de que Sunday seguía en la
zona, nadie había encontrado ninguna pista. Había poca gente en la calle por el
mal tiempo, y nadie había visto nada sospechoso. Lo único que habían encontrado
eran unas huellas en la nieve, cerca de donde se había detenido el coche de
Sunday. Aunque no estaban seguros, suponían que eran del secuestrador. Se
habían hecho moldes de éstas y en aquel momento estaban efectuando
comprobaciones.
En
la Casa Blanca, Henry se dirigió a la sala de reuniones del gabinete, seguido
de Jack Collins y Marvin Klein, desde donde llamó por cuarta vez a la casa de
dos pisos de Nueva Jersey de los padres de Sunday.
Al
colgar dijo con voz apagada:
—La
madre de Sunday, las tías, tíos y primos están en la iglesia. Su padre ha dicho
que su pequeña es demasiado lista incluso para una banda terrorista, y se ha
echado a llorar.
—Tiene
que comer algo, señor —dijo Klein en voz baja mientras tocaba el timbre debajo
de la mesa.
—Jovunet
sin duda no ha perdido el apetito —comentó Collins con amargura—. Los muchachos
me han dicho que ha tomado más champán y caviar que todos los desertores rusos
que hemos tenido el placer de albergar. Hasta han tenido que pedir más. Y ahora
me dicen que quiere que el chef de Le Lion d'Or le prepare personalmente la
cena.
—Me
pregunto por qué querrá atiborrarse justamente ahora —dijo Henry con
irritación—. Estoy seguro que cuando llegue a su destino lo recibirán como a un
héroe. —Hizo una pausa—. ¿Se sabe adonde quiere ir?
—No,
aún no —respondió Klein—. Es posible que el Despacho Oval tenga razón... que en
alguna parte esté a punto de producirse un golpe de Estado y que el gobierno
nuevo lo acoja. Pero hasta ahora nadie se ha ofrecido a darle refugio. Pase lo
que pase, lo mejor es que sea pronto. Se nos está acabando el tiempo.
Poco
antes de las tres de la tarde, empezaron a llegar a la sala de reuniones los
miembros del gabinete y los demás. El presidente Ogilvey y el secretario de
Estado fueron los últimos en entrar.
—Nadie,
absolutamente nadie, reivindicará esta acción para liberar a Jovunet —dijo el
secretario con amargura.
El
plazo de las tres de la tarde que había dado Henry llegó y pasó mientras los
hombres esperaban en silencio.
A
las tres y diez, el presentador de las noticias de la NBC, Tom Brokaw, llamó a
la Casa Blanca y pidió hablar urgentemente con el ex presidente Britland.
—Pásemelo
—dijo Henry. Los Brokaw solían cenar a menudo en Drumdoe.
Brokaw
no perdió el tiempo con cortesías.
—Señor,
hace unos minutos recibimos la llamada de un individuo que afirmó pertenecer al
Comando de Defensa y Rescate de Jovunet. Al principio pensé que era una broma,
pero por la información que recibí de nuestra oficina de Washington parece que
es auténtica. Se encontró un pequeño paquete envuelto en papel marrón dirigido
a usted, tal como se prometió, en el primer banco de la catedral de Saint
Matthew. Todos sabemos que mucha gente trata de mezclarse en este tipo de
situaciones trágicas, pero en este caso parece que no es así. Me han dicho que
en el paquete, debajo de su nombre, hay un número de teléfono. Ahora se lo doy.
—Es
el número de nuestra casa de Providence —dijo Henry—. Muy poca gente lo tiene;
seguramente estaba en la agenda que Sunday lleva en su bolso. ¿Dónde está el
paquete ahora?
—He
dado instrucciones a los guardias de seguridad de que se lo lleven, por si es
auténtico —dijo Brokaw—. Llegará a la Casa Blanca de un momento a otro.
—Tom,
es usted un amigo de verdad. Gracias por no abrirlo —dijo Henry. Se quedó de
pie y le pasó el teléfono a Marvin Klein, que estaba detrás de él.
—Señor
Brokaw —dijo Klein—, el presidente Britland está en deuda con usted. Nos
aseguraremos de mantenerlo informado del desarrollo de los acontecimientos de
esta dramática situación.
Henry
se había acercado a la puerta, donde esperaba impaciente la llegada del
paquete. Al menos parecen ansiosos de demostrarnos que cooperan, se dijo
esperanzado.
—Es
un cassete, pero también hay una foto —dijo Collins mientras entraba en la
habitación.
La
expresión impasible le había resultado muy útil en las cumbres, pero ahora,
mientras miraba la foto, le fallaba. Ver a Sunday cruelmente atada a una silla
en un sótano oscuro y lúgubre era intolerable. Notó, con agonía, con qué fuerza
tenía atados los brazos hacia atrás. El hombro tiene que dolerle terriblemente,
pensó.
Pero
cuando miró la cara, casi se alegró. Lo tranquilizó, naturalmente, el hecho de
ver que estaba viva, pero había algo más, algo en la expresión que le daba
esperanzas. Sunday tenía que estar terriblemente incómoda, pero por dentro no
se rendía, no abandonaba. En aquella foto se la veía tan decidida como siempre.
Levantó
la mirada.
—Quiero
oír la cinta.
Se
apoyó sobre la mesa con los ojos cerrados, y escuchó la voz sollozante de su
mujer rogando que la defendiera.
—Quiero
oírla otra vez —dijo cuando terminó.
Volvió
a oírla dos veces más y luego miró a los hombres que lo rodeaban y que tenían
los ojos empañados por las lágrimas
—¿Se
dan cuenta? —preguntó con impaciencia—. Sunday está tratando de decirnos algo.
Las cosas de las que habla son una indicación. Recuerdo muy bien la primera vez
que fuimos a Drumdoe yo no llevaba mocasines negros; iba con zapatillas de
tenis. Está tratando de enviarnos un mensaje.
—Pero
Henry —intervino el presidente—, es evidente que está muy trastornada.
—Conozco
a mi chica, Des, y esto es una actuación —dijo Henry con seguridad—. Puedes
colgarla de los pulgares y no gimotearía así. —Hizo un ademán de frustración—.
Pero no sé qué trata de decirnos. Tiene que haber alguna clave. Pero ¿qué? Por
el amor de Dios, ¿qué trata de decirme?
¿Todavía
era jueves por la noche o ya era viernes por la mañana? Sunday no lo sabía.
Estaba dormitando cuando sintió que le desataban las manos.
—Estaba
viendo la CNN —murmuró Wexler Klint—. Han hecho un reportaje importante sobre
usted. No sabía que hubiera sido socorrista cuando estaba en el instituto.
¿Quién sabe? A lo mejor pronto le resulta útil. —Volvió a atarle las manos,
pero esta vez por delante—. O quizá no. En fin, en todo caso ahora vamos a dar
un paseo.
Mientras
hablaba, le quitó el pasamontañas. Sunday sintió que la amordazaba. Sus quejas
primero quedaron amortiguadas y luego silenciadas. El pasamontañas volvió a
cubrirle la cara. A continuación sintió que el hombre cortaba las cuerdas que
la tenían atada a la silla. Al hacerlo, el cuchillo le rascó la pierna derecha
y sintió un cosquilleo de sangre tibia. Se frotó la pierna a propósito contra
el travesaño de la silla. Kilroy estuvo aquí, pensó recordando las historias
que contaba su padre sobre los soldados americanos de la Segunda Guerra Mundial
que escribían ese mensaje en los frentes de batalla.
Una
risa histérica le subió por la garganta. Estás perdiendo el juicio, cálmate, se
dijo. Pero ¿qué iba a hacerle?, se preguntó. La puso de pie y después sintió
que la acostaba sobre el áspero suelo de cemento. El olor a humedad era casi
insoportable, incluso a través del tejido grueso del pasamontañas. Después la
envolvió en algo, probablemente con la manta que le había dado antes. ¿Cuándo
había sido?, se preguntó. ¿Hacía horas... días? A lo mejor lograba recordarlo,
pero ahora se sentía completamente desorientada. Tenía que dominarse si quería
sobrevivir a esa pesadilla.
De
pronto sintió que volvía a levantarla y la llevaba en andas. Tenía razón: era
un hombre muy fuerte. La llevaba en brazos como si no pesara nada. Sus pies
rozaron la silla y después algo que parecía una pared. ¿La llevaba arriba?
Pero
giró a la izquierda, no a la derecha. Lo oyó manipular un pestillo, y una
ráfaga de aire helado se filtró por la delgada manta. Estaban fuera. Oyó el
ruido de un motor en marcha.
—Me
temo que el maletero no es muy cómodo —le dijo Klint—, pero no tenemos más
remedio. Claro que las celdas de las cárceles tampoco lo son. Creo que con
estas carreteras en tan mal estado tardaremos al menos cinco horas en llegar.
Pero no se preocupe, tenemos tiempo de sobra para presenciar el espectáculo del
aeropuerto Nacional.
Sunday
tensó el cuerpo al sentir que la tiraba en el maletero. Klint la movió hasta
acurrucarla dentro. Cuando trató de estirar las piernas, los pies toparon con
una resistencia sólida. Sintió que le quitaba la manta que la envolvía y la
tapaba con ella. El tejido del pasamontañas le tapaba los orificios de la nariz
y el nudo de la mordaza le apretaba la nuca. El hombro enviaba frenéticas
punzadas de dolor. No recordaba haber estado jamás en una situación peor.
Después,
sintió que ponía cosas encima de ella. Por el ruido y la sensación, supuso que
Klint estaba reacomodando los objetos del maletero para cubrirla lo máximo
posible. Pero lo hacía cuidadosa y silenciosamente, como si temiera que lo
oyeran. ¿Dónde estaban?, se preguntó Sunday. ¿Habría algún vecino mirando por
la ventana? Oyó ladrar un perro. Dios mío, rogó, que alguien nos vea.
El
maletero se cerró casi sin hacer ruido. Al cabo de un instante, un brusco
bandazo le indicó que había comenzado la siguiente etapa del secuestro.
—Señor,
como sabe, las zapatillas de tenis que llevaba son de una marca de calzado de
Milán muy exclusiva, que está fuera del alcance del ciudadano medio.
A
las cinco de la mañana del viernes, Conrad White, el analista de la CÍA para
máximas prioridades, ponía a Henry Britland al corriente del trabajo que hacían
para determinar el significado de la referencia claramente errónea de Sunday
sobre los zapatos que usaba el día que la había llevado a Drumdoe. La
irritación del ex presidente crecía a medida que escuchaba. White, de alguna
manera, conseguía dar la impresión de que se trataba de una lección paso a paso
para un alumno torpe: aquí está el problema, aquí las preguntas, aquí las
posibles soluciones.
Lo
que pasa es que estás completamente equivocado, pensó Henry con desdén.
Parpadeó lentamente tratando de aliviar la molesta irritación en los ojos.
Conrad
White lo notó.
—Si
me permite una sugerencia, duerma aunque sólo sean unas horas antes de
emprender lo que seguramente será un largo viaje. Le hará bien.
—No,
no se lo permito —dijo Henry bruscamente mientras se volvía y miraba al hombre
a los ojos—. Hable claro. Lo que trata de decirme es que yo no llevaba
mocasines negros y que la marca de zapatillas de Milán es, evidentemente,
italiana. Por lo tanto, piensa que la indicación de mi mujer es que busquemos a
los secuestradores en Italia.
—O
en algunas de las espantosas sectas que actualmente asolan a nuestros amigos
italianos. Posible, o mejor dicho —se corrigió White—, probablemente la mafia.
Tiene una larga historia de secuestros y asesinatos. Ah, lo siento, no quería
decir...
Pero
ya había perdido su audiencia. Henry se había vuelto hacia Jack Collins y
Marvin Klein.
—Vamos
al Salón Oriental —dijo bruscamente.
Encabezó
la marcha por la escalera desde el centro de operaciones hasta el piso
principal, giró a la izquierda y entró en el majestuoso salón, desde cuyas
paredes lo miraban los retratos de George y Marta Washington. ¿Por qué había
elegido ese lugar?, se preguntó mientras se sentaba en el que había sido su
sillón favorito cuando era el principal morador de Pennsylvania Avenue 1600.
Era evidente que algo instintivo lo había llevado allí.
¿Sería
el recuerdo de la maravillosa fiesta que les habían ofrecido Des y Roberta a
las pocas semanas de casarse?, se preguntó. El cóctel en ese salón, después la
cena en el comedor principal, por último un breve concierto otra vez en el
salón. Henry volvió a pensar en esa noche. Sunday llevaba un vestido de gala de
satén azul claro y manga larga, y el collar de diamantes que su tatarabuelo le
había comprado a un maharajá. Estaba especialmente bella.
Henry
esbozó una sonrisa al recordar que la gente no había parado de repetir que era
una lástima que no se hubieran conocido ocho años antes, puesto que Sunday
habría sido una primera dama maravillosa.
El
embajador británico nos lo dijo a los dos, se acordó. Después comentó algo más,
Sunday le contestó algo y todos reímos.
Tienes
que recordarlo, le murmuró una voz desde el subconsciente.
Henry
se echó hacia adelante y cruzó las manos. Quizá White tuviera razón:
probablemente estaba cansado. Tal vez era todo fruto de su imaginación. No,
estoy seguro de que aquí hay algo, se dijo. Y es vital que recuerde esa
conversación. Sé que tiene algo que ver con el mensaje que Sunday intentaba
filtrar en la cinta, pensó con nuevas esperanzas. Por eso mi instinto me ha
traído a este salón...
Se
dio cuenta de que Collins y Klein estaban de pie a cierta distancia y les hizo
señas de que se sentaran delante.
—Estaba
dejando que mi mente vagara, una especie de libre asociación de ideas. Ahora
les toca a ustedes —pidió.
Era
un ejercicio que los tres solían hacer cuando trataban de resolver un problema.
Empezó
Collins.
—Señor,
algo huele a podrido en Dinamarca.
Henry
sintió una renovada energía por sus venas. Sabía, por instinto, que el
ejercicio los llevaría a alguna parte.
—Continúe.
—Los
hombres de la CÍA están perdiendo el tiempo; y lo más importante: también nos
están haciendo perder el tiempo a nosotros. La mafia está hasta las orejas de
problemas ahora que su código omerta no vale nada. Nunca se enfrentarían al
gobierno de Estados Unidos secuestrando a la esposa de un ex presidente. Además,
señor, no hay ningún grupo terrorista, ni nuevo ni viejo, que no esté dispuesto
a demostrar hasta la muerte que no tiene nada que ver con el secuestro. Nadie
ha oído hablar de ese Comando de Defensa y Rescate de Jovunet. Por otra parte,
no encontramos ningún grupo terrorista que use la palabra «defensa» en su
nombre.
Defensa...
defensa...
Repentinamente
lo recordó todo. Fue aquí, aquí mismo, pensó, cerca de los retratos de los
Washington. Después de que el embajador británico le dijo a Sunday que era una
lástima que no me hubiese conocido antes, ésta le respondió: «Por aquel
entonces, creo que Henry no me habría hecho caso. Cuando lo eligieron
presidente por primera vez, estaba en segundo año de la facultad de derecho. Al
cabo de cuatro años, cuando lo reeligieron, era abogada del turno de oficio y
me esforzaba por defender a mis pobres clientes, algunos de los cuales se lo
merecían, y otros, me temo que no eran ciudadanos muy honestos que digamos...»
Entonces
yo dije, recordó Henry, que, teniendo en cuenta las historias que me había
contado, prometía defenderla de cualquier cliente descontento al que no hubiera
podido salvar.
Se
levantó entusiasmado y con el rostro encendido.
—¡Eso
era lo que buscaba! —exclamó. Se volvió hacia sus sorprendidos compañeros—.
Sunday intenta decirme que se trata de alguien que tuvo en algún caso como
abogada de oficio.
Sunday
sabía que quedarse dormida en prácticamente cualquier circunstancia era un don
envidiable. Sólo esperaba que esta vez no se volviera contra ella. El traqueteo
del viaje le provocaba un dolor tan intenso en el hombro, que al cabo de una
hora decidió utilizar los conocimientos de yoga adquiridos en unas clases que
había tomado hacía años para obligarse a eliminar el dolor de su conciencia.
Increíblemente, había conseguido dormirse.
Pero
eso significaba que también había perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto hacía
que viajaban? ¿Y adonde iban? Klint había mencionado el aeropuerto Nacional,
pero puesto que su instinto le decía que había estado todo el tiempo cerca de
Washington, sabía que hacía rato que tenían que haber llegado. No; iban a otra
parte, más lejos.
Aunque
no veía, oía el agradable ruido de otros coches. Lo que significaba que al
menos debían estar en una carretera más importante. ¿Serviría para algo que
intentara golpear la tapa del maletero con los pies? No, a menos que se
detuvieran a echar gasolina o algo por estilo. Pero si quería aprovechar una
oportunidad de ese tipo, debía aguantar el dolor y quedarse completamente
despierta y alerta.
Al
poco rato, sintió que el coche disminuía la velocidad. Sunday se retorció
tratando de colocarse para golpear la tapa del maletero. Pero se detuvieron un
instante y sintió que el vehículo aceleraba otra vez.
Una
cabina de peaje, pensó. Pero ¿en qué autopista? ¿En qué estado? ¿Adonde iban?
A
cabo de una hora tuvo la respuesta. Cuando Klint abrió el maletero y la
levantó, pese al tejido del pasamontañas y la manta, percibió el olor a mar.
«No
sabía que hubiera sido socorrista cuando estaba en el instituto. ¿Quién sabe? A
lo mejor pronto le resulta útil», le había dicho Klint. Ahora lo sabía: iba a
ahogarla.
Mientras
la sacaba del maletero, empezó a rezar en silencio: Perdóname, Señor, por
haberme sentido defraudada. La mayoría de la gente no tiene la suerte de
experimentar ni una hora de felicidad como la que yo he tenido con Henry. Cuida
de él, por favor. Y cuida también de mamá y papá. Han sido muy buenos conmigo.
Sintió
que Klint la sostenía con un brazo y oyó el tintineo de una llave. Una puerta
chirrió al abrirse. Al cabo de un momento, la dejaba sobre una silla.
Las
continuas punzadas de dolor en el hombro no habían disminuido, pero habían
perdido virulencia. Ahora lo único que contaba era que habían aplazado la
sentencia, por lo tanto cambió su oración: Señor, murmuró en su alma, permite
que ese hombre renacentista con el que me he casado tenga la claridad para
captar el mensaje que he intentado mandarle. Dile que«defender» significa
«defensor del turno de oficio». Dile que cambie «mocasines» por «zapatillas». Y
dale entonces la fuerza para que llegue a partir de allí a Zapatillas Klint y
este hermano demente.
Tardaron
más de una hora —un tiempo precioso que no podían desperdiciar— para unir las
claves que Sunday le había dado a Henry, pero con los recursos combinados de la
CÍA y el FBI para ayudar en la búsqueda, lograron determinar a cuál de sus
desgraciados clientes se había referido con su cuidadosa, aunque
frustrantemente oscura, combinación de palabras clave. El uso de la palabra
«defender» los llevo a revisar a cuantos había defendido en el turno de oficio.
Pero la referencia a los zapatos de Henry fue lo que les ocupó más tiempo. Al
fin, por pura lógica inversa, el ex presidente pudo deducir que, cuando
mencionaba los mocasines Gucci que él no llevaba aquel día, se refería a las
zapatillas que sí llevaba. Fue este detalle de comprensión lo que les permitió
descubrir de cuál de los clientes hablaba: Zapatillas Klint.
Nada
más entrar en la habitación en la que Claudus Jovunet roncaba sonoramente,
Henry empezó a gritar.
—¡Arriba,
maldito asesino! ¡Ya estamos hartos de jugar! ¡Vas a hablar con nosotros y vas
a hacerlo ahora mismo!
Jovunet
abrió un ojo e instintivamente metió la mano debajo de la almohada.
—No
busques que ahora no hay ningún arma —dijo Jack Collins con los dientes
apretados—. Esa época ya ha pasado, gilipollas. —Arrancó a Jovunet de la cama y
lo empujó contra la pared—. ¡Queremos respuestas! ¡Ahora mismo!
Jovunet
parpadeó y se acomodó los faldones del pijama rayado Calvin Klein.
—Así
que lo habéis adivinado —suspiró—. En fin, estoy seguro de que John Gotti
habría hecho cualquier cosa para disfrutar de este maravilloso día.
Marvin
Klein encendió la luz de arriba.
—Habla
—le ordenó—. ¿Adonde pensabas ir con el avión supersónico?
Jovunet
se frotó la barbilla, miró a cada uno de los tres hombres y se encogió de
hombros.
—No
lo sé.
Henry
apartó a Collins.
—¿Quién
secuestró a mi mujer? —preguntó. Jovunet se quedó mirándolo—. ¿Quién secuestró
a mi mujer? —gritó.
Jovunet
se dejó caer sobre el borde de la cama y se frotó la frente.
—Definitivamente
el coñac fue un error —dijo—. Pero... bueno, jamás he podido resistirme a un
Rémy Martin, Y anoche el camarero fue muy generoso con las copas. —Miró a Henry
a los ojos y su expresión se tornó súbitamente alerta—. Sabe tan bien como yo
que nadie se arriesgaría para sacarme de la cárcel. Durante los últimos treinta
y cinco años no ha habido nación ni grupo político lo suficientemente
insignificante para que yo no traicionara. No estoy especialmente orgulloso de
ello. Pero, bueno, así me ganaba la vida. —Miró a los otros dos hombres y luego
otra vez a Henry—. Señor presidente, si hubiéramos seguido adelante, se lo
habría dicho, porque mañana, al subir a ese avión, no habría sabido qué
decirle. No hay nadie en el mundo que quiera acogerme. Hay alguien que está
jugando con usted a no sé qué juego, pero sí sé que desde aquí no tengo adonde
ir, salvo otra vez a la cárcel. Soy consciente de que estaré mucho mejor como
residente permanente de Marión, Ohio, que en cualquier otro lugar del mundo. Este
día de libertad ha sido una maravilla... especialmente el caviar... ¡Muy bueno!
Y me aproveché de la situación porque sabía que no duraría, que usted me
descubriría, como efectivamente ha sucedido.
Henry
se quedó mirándolo. No miente, pensó mientras se le encogía el corazón.
—De
acuerdo, Jovunet, ¿qué significa para usted el nombre Zapatillas Klint?
—¿Zapatillas
Klint? —Jovunet parecía confundido—. Absolutamente nada. ¿Por qué?
—Tenemos
razones para creer que quizá esté implicado en el secuestro de mi mujer, y lo
más probable es que el autor sea su hermano mayor, Wexler Klint. Zapatillas
Klint cumple condena en la actualidad. Su hermano mayor nunca estuvo preso,
pero pensamos que tal vez albergue cierto odio contra mi esposa.
Jovunet
sacudió la cabeza.
—Siento
desilusionarlos, caballeros. He conocido muchos personajes desagradables en mi
vida, pero desgraciadamente el señor Zapatillas Klint y su hermano no están
entre ellos.
Un
par de horas más tarde, mientras el sol de la mañana se esforzaba por penetrar
las nubes oscuras que parecían decididas a no irse, la atmósfera en el centro
de operaciones de Pennsylvania Avenue 1600 era eléctrica.
El
presidente, vestido con su ropa favorita —camisa informal y tejanos— acababa de
llegar de sus habitaciones privadas, dos pisos más arriba, y estaba junto a
Henry, que había tomado una ducha alternando agua caliente y agua helada para
que le despejara la mente. Uno de los agentes del servicio secreto había ido a
la casa de Watergate del ex presidente a buscar unos pantalones, un jersey de
cuello vuelto y ropa de aviador. Henry se había afeitado por primera vez en dos
días. La ropa limpia y el afeitado eran concesiones que había hecho sólo porque
no paraba de repetirse que ese día encontrarían a Sunday, y no quería ir muy
desaliñado cuando volviera a verla.
Otro
analista de la CÍA se había unido al agente Conrad White, el que había soltado
la teoría de la mafia para explicar el secuestro de Sunday. Los dos hombres
discutían en voz baja sobre el modus operandi a seguir, cuando notaron que se
acercaba el ex presidente.
White,
que seguía defendiendo lo de la mafia, se volvió hacia Henry.
—Señor
—dijo con ansiedad—, Zapatillas Klint siempre estuvo cerca de la mafia, formaba
parte de una banda de poca monta que solía hacer trabajos para ellos. Creo
firmemente que su hermano también debió trabajar para la mafia, pero es
probable que lo consideraran un elemento poco fiable y peligroso. Su
insistencia en que buscáramos el historial juvenil de Wexler ha sido muy
valiosa. De joven estuvo metido en muchos líos. Parece que formó parte de la
cultura hippie de finales de los sesenta y durante un tiempo tuvo algo que ver
con los grupos underground más radicales, aunque tenemos la impresión de que no
les caía muy bien porque no estaba ligado a ninguna universidad. Sin embargo,
el último punto de su historial oficial es más revelador. Parece que alguien
que afirmaba ser miembro del SDL, uno de los grupos universitarios más radicales,
dejó una carta en el mostrador de Pan Am del aeropuerto de Newark, en Nueva
Jersey, amenazando con secuestrar a Hackensack, el alcalde de Nueva Jersey.
Wexler Klint fue uno de los sospechosos, pero el caso nunca se resolvió.
»Después
de eso, salvo por un par de infracciones de tráfico y de citaciones por alterar
el orden, el nombre de Klint desaparece de los archivos policiales. No
obstante, sabemos que tuvo muchos trabajos. Tiene un coeficiente intelectual
casi de genio. Eso, junto al hecho de que en una oportunidad trabajó en una
planta química que fabricaba desodorante y de mecánico de coches, nos hace
pensar en...
—¿Por
qué sigue con esto? —preguntó un Henry Britland visiblemente frustrado que
subía la voz a un nivel peligroso—. Nada de todo eso importa. Ya sabemos a
quién buscamos.
—Pero
señor —interrumpió White—, tenemos que...
—Tienen
que ayudarme a encontrar a mi esposa. Cuando lo hayan hecho, podrán analizar la
situación todo lo que quieran. ¿Está claro? No quiero un perfil psicológico,
sino un plan de acción. —Se quedó callado con la cara casi pegada a la del
perplejo agente de la CIA—. Muy bien, ¿ya se han puesto de acuerdo en alguna
estrategia?
—Comprendo
perfectamente la difícil situación de la señora Britland y su frustración
—respondió el analista que había estado en silencio durante la explicación de
White—, pero me temo que lo único que podemos hacer es decirle, dentro de
nuestras posibilidades, lo que creemos que piensa Klint y cómo puede
reaccionar. —Hizo una seña a White—. Mi colega y yo creemos que debemos
anunciar a los medios de comunicación que estamos buscando a Wexler Klint, y
que el gobierno se compromete a darle un trato justo si se rinde y libera a su
mujer sana y salva.
—¿Los
dos están de acuerdo? —preguntó Henry.
Fue
White el que volvió a hablar.
—Sí,
salvo que yo creo que es evidente que hay un fuerte vínculo familiar entre los
hermanos Klint y podría ser incentivo prometerle que si se entrega
pacíficamente los dos hermanos podrán visitarse en sus respectivas prisiones.
La
sugerencia quedó en el aire mientras Henry miraba fijamente al hombre.
Con
una actitud que expresaba desagrado e incredulidad al mismo tiempo, los dejó y
cruzó la habitación hacia donde estaba su sucesor hablando con otros.
—Des,
debemos irnos. Tengo la terrible sensación de que no nos queda mucho tiempo.
Hace horas que no tenemos noticias de ese maldito secuestrador. Quién sabe
dónde estará Sunday ahora. —Se volvió hacia Marvin Klein—. Marv, ¿ya se sabe
dónde vivía Klint?
—Todavía
no, señor. Nuestra gente está apretando a Zapatillas en la cárcel de Trenton,
pero no para de decir que no sabe dónde está su hermano y que no ha vuelto a
saber de él desde el último día del juicio. Desgraciadamente, los hombres que
lo interrogan creen que es muy probable que diga la verdad.
—Lo
que sabemos —intervino Jack Collins— es que su familia ya no vive en Hoboken,
donde vivía cuando lo condenaron. Fuimos al lugar. Parece que el barrio subió
de categoría y los obligaron a largarse. Zapatillas nos dijo que su madre tiene
una hermana enferma en la zona de Washington, que vive en una casa de
propiedad, y cree que su madre se ha mudado allí. En cuanto a su hermano, dice
que siempre había tenido planes pretenciosos para vengarse del gobierno por
todos los engaños de los que, según él, había sido objeto y que pensaba hacer
algo que lo haría ocupar un lugar en la historia.
Explicó
que su madre siempre había estado un poco chiflada y que pensaba que su hermano
también. —Collins meneó la cabeza —. Estamos investigando la pista de
Washington para ver si logramos averiguar dónde vive la hermana.
—¡Señor!
—gritó alguien desde la otra punta de la habitación—. Hemos localizado la casa
de la hermana. Aparentemente ha muerto hace poco, pero creemos que la madre de
los hermanos Klint sigue allí, y probablemente también Wexler Klint.
—¡Vamos!
—exclamó Henry—. Apuesto a que allí encontraremos a Sunday.
Al
cabo de veinte minutos, un Henry Britland abatido estaba en el sótano de una
casa destartalada de Georgetown. Tenía la chaqueta de Sunday en la mano. La
silla donde la habían fotografiado aún tenía trozos de cuerda atados al
travesaño y al respaldo. Vio que el agente que tomaba fotos del lugar de pronto
se agachaba junto a la silla.
—¿Qué
es eso? —preguntó Henry.
El
agente vaciló.
—Me
temo que es sangre, señor.
Muy
afectado, imaginó lo que había pasado. El secuestrador le había hecho un tajo
en la pierna mientras cortaba descuidadamente las cuerdas. Con el cuerpo
tembloroso de rabia, se apartó. Lo mataré, prometió en silencio. Lo encontraré
y lo mataré.
Jack
Collins examinó la mancha de sangre.
—Señor,
yo no me preocuparía mucho; por la poca sangre que hay, diría que es un corte
superficial. Parece como si hubiera manchado la silla a propósito. —Se
enderezó—. Señor, son las nueve. ¿Ha decidido qué quiere hacer?
Henry
apretaba y aflojaba los puños sobre la chaqueta de Sunday que aún tenía rastros
de uno de sus perfumes favoritos.
—Quiero
hablar con la madre.
—No
le dirá gran cosa, señor. Está asustada y confundida. Lo único que al parecer
puede decir es que su hijo trajo una señorita a la casa, pero que no la dejaba
bajar para que la conociera.
Henry
encontró a la mujer sentada en un sofá desvencijado en la pequeña sala de la
casa. Su cara tenía aire ausente y vagamente triste, y se mecía con suavidad
mientras tarareaba una canción.
Se
sentó a su lado y la cogió de la mano. Ricos y pobres, pensó, todos son iguales
cuando pierden el juicio. Su abuela también había tenido Al—zheimer.
Mientras
recordaba como le hablaba a su abuela, cogió la frágil mano de la anciana y le
dijo:
—Qué
bonita canción está tarareando. Es Tres ratoncitos ciegos, ¿no?
—Todo
el mundo está enfadado conmigo —respondió la mujer mirándolo.
—Nadie
está enfadado con usted —dijo Henry con tono tranquilizador. Sintió en la mano
que la mujer empezaba a relajarse.
—Eché
a perder la leche. Mi hijo me dijo que cantara con él. Pero después se enfadó
porque eché a perder la leche.
—Bueno,
no es tan grave. No tenía que haberse enfadado—dijo Henry—. ¿Dónde está su hijo
ahora?
—Dijo
que iba a llevar a esa señorita a nadar.
Henry
sintió que un miedo súbito le cerraba la garganta. El sobre con el mechón de
Sunday empapado de agua de mar... claro, tenía que haberlo supuesto.
—¿Cuándo
se la llevó a nadar? —consiguió preguntar al fin.
—Van
a nadar cuando salga el avión. Yo también quería ir, pero me dijo que estaba
muy lejos. ¿Está muy lejos Nueva Jersey? Yo soy de allí, ¿sabe?
—Nueva
Jersey —repitió Henry—. ¿Sabe dónde?
—Sí,
pero es muy lejos. —Se miró las manos—. ¿Long Branch también está lejos? Me
gustaba mucho. Me gustaba más mi casa de allí que la que tuvimos en Hoboken.
Estaba cerca del mar. Después de que salga el avión van a ir a nadar. —Cerró
los ojos y empezó a tararear otra vez.
Henry
se puso de pie y le palmeó la mano.
—Trátela
bien —le ordenó al agente que estaba en la puerta—. Siéntese a su lado y
háblele, y sobre todo escúchela.
A
las diez menos diez, desde una distancia prudencial, las cámaras de televisión
trasmitían la procesión de un buen número de agentes del servicio secreto que
escoltaban al ex presidente de Estados Unidos, Henry Parker Britland IV, al
terrorista Claudus Jovunet que cruzaban la pista en dirección al nuevo avión
supersónico.
Al
llegar a la escalinata, los agentes se detuvieron y observaron a Britland y a
Jovunet subir solos y cerrar la puerta detrás de ellos.
«Jovunet
ha informado que no revelará el destino hasta que no le sirvan el almuerzo
—informó el locutor de televisión Dan Rather—. El menú incluye ostras crudas,
tortilla de caviar, chataeubriand con espárragos y un surtido de postres,
acompañado de vinos añejos y oporto para terminar. El chef de Le Lion d'Or ha
subido a bordo hace un rato para preparar la comida y descenderá de la nave
cuando haya terminado el servicio. El ex presidente presentará el plan de vuelo
antes de despegar.
»Nos
han informado que no ha habido nuevos contactos con los secuestradores de la
esposa del señor Britland, la congresista Sandra O'Brien Britland, pero
nuestras fuentes indican que será liberada tras el aterrizaje en el destino aún
por anunciar.
»Por
lo tanto —continuó Rather—, sigue la incertidumbre. Por cortesía de un
espectador, hemos recibido una película doméstica en la que se ve a la
congresista Britland en un recital de danza cuando estaba en cuarto grado.
Inmediatamente podrán verla en sus pantallas.»
¡Dios
mío!, pensó Sunday al verse haciendo cabriolas en un escenario con un tutu
verde y una varita mágica brillante. Tiene que ser una broma.
Todavía
tenía la cabeza cubierta cuando Klint la había hecho entrar en lo que parecía
otro sótano, aunque éste, si cabía, era aún más sórdido. Klint había llevado
consigo el televisor y lo había enchufado a la misma toma de corriente en la
que estaba colgada la bombilla.
La
silla de metal a la que la había atado tenía bordes ásperos y oxidados, pero a
Sunday ya no le preocupaba. Lo único que le importaba era saber que Henry había
comprendido su mensaje. Estaba segura de que no era su marido el que había
subido a bordo con ese traje de aviador. Probablemente se trataba del agente
que a veces utilizaba como doble, por ejemplo, cuando querían que la gente
pensara que había visto al presidente en un helicóptero rumbo a Camp David.
También
se había dado cuenta de que todo eso del almuerzo era una táctica para ganar
tiempo. ¿Pero sospechaba algo Wexler Klint? Echó una mirada disimulada hacia el
rincón de la habitación en el que éste estaba despatarrado sobre un colchón
mugriento, con la ropa de monje al lado. Se había puesto un traje de neopreno y
no paraba de tironearse con impaciencia el apretado material.
Sunday
reprimió el creciente pánico. Si Henry ha descifrado la clave, seguramente
habrá revisado mis viejos archivos y habrá encontrado el nombre de Zapatillas,
pensó Sunday tratando de calmarse. Estoy segura de que ahora mismo me está
buscando. De lo contrario estaría en ese avión.
A
unos setenta kilómetros de allí, el helicóptero privado de Henry daba vueltas
en círculo sobre Long Branch, Nueva Jersey. Montones de agentes pululaban por
la costa, mientras otros llamaban al timbre de todas las casas que parecían
vacías.
—Señor,
si está aquí la encontraremos— dijo Marvin Klein por trigésima vez en menos de
media hora.
—Pero
si lo que dijo esa pobre mujer es cierto, ¿por qué no encontramos ningún
documento en el que conste que hayan vivido aquí? No hay ninguna escritura a
nombre de Klint ni en Long Branch ni en los alrededores —dijo Henry con tono de
frustración—. Quizá todo haya sido producto de la imaginación de la mujer.
Se
acaba el tiempo. Se acaba el tiempo, se repetía una y otra vez en su mente. No
hay ni la menor prueba que indique que todo esto no es inútil. Klint puede
tenerla en cualquier playa, a esta altura podría estar en Carolina del Norte. A
lo mejor la casa no era de ellos y sólo habían sido inquilinos. O quizá usaban
otro nombre, pero no tenemos tiempo de indagar todas las posibilidades.
—Póngame
con la cárcel de Trenton —le dijo a Klein—. Quiero hablar otra vez con
Zapatillas.
Como
el tiempo pasaba sin novedades, los presentadores se limitaban a repetir sin
cesar lo mismo. La cámara seguía enfocando al avión supersónico estacionado en
una pista lejana.
—Ya
son casi las doce y el almuerzo estará a punto de terminar —informó Tom Brokaw
a los espectadores—. En cualquier momento veremos al chef salir de la nave.
Lo
que no dijo era que él, y otros muchos periodistas veteranos, habían empezado a
sospechar que todo eso no era más que una maniobra de diversión para ganar
tiempo.
—Si
ese avión no despega antes de las doce y media, ya no estará aquí para
despedirse de su marido —dijo enfadado Wexler Klint—. Me estoy cansando de todo
esto y empiezo a pensar que están jugando conmigo. —Se puso de pie, fue hasta
la puerta y miró fuera—. Se está nublando otra vez, y también hay mucho viento.
Perfecto, porque hoy no habrá nadie en la playa.
Salió
de la habitación y regresó con un viejo de despertador. Dio cuerda al ruidoso
engranaje y puso las manecillas en hora. Después puso el despertador, colocó el
reloj en el suelo, delante de la silla de Sunday, y sonrió.
—A
las doce y media, los dos vamos a ir a nadar.
Claudus
Jovunet había terminado el caviar que se había llevado al avión. Naturalmente
no había ningún chef a bordo, sino sólo el doble del ex presidente y un puñado
de agentes federales, incluido el que se había hecho pasar por cocinero para
los medios de comunicación. A pesar de todo, había disfrutado de las sobras del
día anterior que se había traído. —Ay, Dios, cómo adoro la buena vida —dijo con
un suspiro.
Observó
con nostalgia la cómoda cabina de la nave y su mirada se detuvo en el equipaje
Vuitton en el que estaba guardado su querido guardarropa nuevo. Como era parte
de la estratagema, los agentes habían accedido a su pedido de que le
permitieran subirlo a bordo.
—¿Cree
que cuando vuelva a Marión, como gesto de agradecimiento por mi cooperación, me
dejarán quedarme con las corbatas Belois? —le preguntó al doble de Henry.
—Señor
presidente, si pudiera ayudarlo, lo haría —dijo Zapatillas Klint quejumbroso—.
Lo digo porque estos guardias no son los tipos ideales para llevarse bien, ya
me entiende. —Hizo una pausa—. Le diré todo lo que sé. Mi madre tuvo a Wex a
los cuarenta y tres años, y a mí a los cuarenta y cinco. ¿Nuestro padre? Quién
sabe. No lo conocí, y mi madre nunca hablaba de él. Creo que la abandonó poco
después de que naciera yo.
—Ya
conozco su historia —dijo Henry, ansioso por enterarse de cualquier detalle
nuevo.
—Pero
quiero contársela de nuevo... Claro que no fue culpa de mi madre. Wex y yo
empezamos a frecuentar malas compañías, y mi madre hizo todo lo posible por
evitarlo. Nos mandó a la escuela, y Wex en una época hasta iba con
universitarios. Era muy inteligente, inteligente de verdad. Pero bueno, ¿qué se
le va a hacer? ¿No le parece?
—Escuche,
¿su madre tuvo alguna vez una casa en Long Branch, Nueva Jersey? —lo
interrumpió Henry—. Es lo único que quiero saber.
—Mi
madre tiene casi noventa años. Déjela tranquila. Ni siquiera sabe si estoy en
la cárcel o en un desfile de carnaval. Está mal del coco. Y mi hermano también,
sólo que en él no se puede decir que sea por la edad. Simplemente está
chiflado.
—¡Basta!
—gritó Henry—. ¡No me importa! Lo único que quiero saber es si su hermano tiene
alguna casa en Long Beach.
—Antes
dijo Long Branch. ¿Habla de Long Beach o de Long Branch? En realidad solíamos
ir a la isla de Long Beach. A Wex y a mi madre les gustaba mucho. He estado
pensado y siempre decía que algún día la gente se enteraría de quién era él.
Siempre estaba tramando algo que, según él, lo haría entrar en la historia. Una
vez se metió en líos porque amenazó con secuestrar al alcalde Hackensack... Se
había puesto el nombre de, escuche ésta: Evi Bueno, «Evidentemente Bueno» en
corto. Qué apodo, ¿no? «E» punto, «V» punto, Bueno.
Henry
había dejado de escuchar. ¡La isla de Long Beach! ¿Habrá tenido el mismo lapsus
la señora Klint? Al menos ella tiene una buena excusa, pensó.
Long
Beach estaba a sólo setenta kilómetros al sur, pero dado el poco tiempo que les
quedaba, podrían haber sido mil.
Le
pasó una nota a Marvin Klein. Simplemente decía: «Long Beach. Compruebe si
figura E. V. Bueno».
Un
minuto más tarde, toda la flota de helicópteros había puesto rumbo sur a toda
máquina para cubrir la distancia entre Long Branch y Long Beach, Nueva Jersey.
Eran las doce y veintiocho.
Dan
Rather estaba ante la cámara con la imagen de fondo del avión supersónico. Aún
seguía en la pista y era evidente que alrededor no había actividad. Hojeó unos
papeles que llevaba en la mano y miró a la derecha como si pidiera
instrucciones. Se volvió hacia la cámara y dijo:
—Nos
informan que el plan de vuelo ya ha sido presentado, pero que un inesperado
problema en los motores está aplazando el despegue de la nave. El presidente
Desmond Ogilvey está a punto de hacer un llamamiento personal a los
secuestradores de la congresista Britland para solicitarles que sean pacientes,
que el personal de tierra tratará de resolver el problema cuanto antes.
La
televisión era el único punto de luz en aquel húmedo sótano de la costa de
Nueva Jersey. —La voz del presidente Ogilvey retumbó en las paredes de la
habitación, pero no había nadie que lo escuchara.
T.
S. Eliot escribió que el mundo no se acaba con un estallido sino con un llanto
—pensó Sunday mientras la empujaban por la playa hacia el sombrío y gris océano
Atlántico. ¡Pero maldita sea, no pienso llorar!
Tenía
los brazos atados por delante y los pies con cuerda suficiente para poder
cojear por la arena. Wexler Klint, completamente vestido con un traje de buzo,
con máscara y tubo de oxígeno incluido, la rodeaba con sus brazos y la empujaba
hacia la orilla.
Tiene
que estar helada, pensó Sunday. Aunque tuviera una oportunidad, terminaría con
hipotermia. ¿O es hidrotermia? Ay, Henry, pensaba que mi vida podía ser útil.
Pensaba que podía hacer cosas por las personas necesitadas y después volver a
casa contigo. Habría sido muy bonito. Lamento perdérmelo.
Habían
llegado a la orilla y Sunday sintió la cuchillada helada de una ola en los
pies.
Siempre
me gustó el mar, desde pequeña, recordó pensando durante un instante en ella de
niña, siempre yendo hacia el agua. Mamá siempre me decía que cuando estábamos
en la playa tenía que tener ojos en la espalda para no perderme de vista. Adiós
mamá, adiós papá.
El
agua se arremolinaba y le llegaba a la cintura; la resaca la hacía perder pie.
El ceñido traje de neopreno y el ruido del agua impidieron que Klint oyera el
débil zumbido que llegaba del norte y aumentaba a cada segundo.
El
plan de Wexler Klint era arrastrar a Sunday mar adentro, ahogarla lejos de la
orilla y dejar el cuerpo para que la fuerte corriente no lo devolviera
enseguida. Reaparecería en alguna parte al cabo de unos días, o de un mes, pero
qué más daba. Estaría muerta y eso era lo único que importaba. Ni siquiera le
importaba que lo cogieran. Habría dejado su marca para ocupar un lugar en la
historia.
—¡Señor,
mire, a la izquierda!
Henry
se precipitó al otro lado del helicóptero. Con los prismáticos vio una figura
en el agua, a unos veinte metros de la orilla. Enfocó para ver mejor. La figura
parecía empujar algo hacia abajo. Henry no lograba ver bien qué pasaba. A lo
mejor era un pescador solitario que intentaba cobrar una pieza a cualquier
precio. No podían perder el precioso tiempo con cualquier cosa.
Se
estaban acercando. Enfocó una vez más y lo vio: una cabellera rubia flotaba en
la agitada superficie del agua. ¡Sunday!, pensó. ¡Tiene que ser Sunday!
—¡Baje!
—gritó. El helicóptero empezó a descender precipitadamente.
Sunday
luchaba por sacar la cabeza del agua pero no podía porque Klint la empujaba con
fuerza. Adiós, Henry, pensó.
En
ese momento Klint oyó el ruido de los helicópteros que se acercaban. Cogió a
Sunday frenéticamente por el cuello y la hundió bajo el agua. Aún tenía tiempo
de acabar con ella. Aunque lo cogieran, tendría su lugar en la historia. Les
demostraría a esos cabrones cómo los odiaba.
A
esos cabrones de Washington.
Fue
lo último que pensó Wexler Klint antes de volver en sí fuertemente custodiado
al cabo de unos minutos.
Henry
se hundió como un bólido en el agua y al punto reapareció en la superficie.
Tenía a Sunday en un brazo y con el otro, le arrancó a Klint la máscara y le
apretó el cuello con una llave paralizadora. Ojalá se ahogue, pensó. Los
helicópteros dejaron un escuadrón de agentes en el agua.
—Amor
mío, amor mío —repetía Henry mientras nadaba en medio de las olas llevando a su
mujer hacia la orilla.
—Henry,
querido —murmuró Sunday temblorosa mientras se cogía al cuello de su marido—.
No te atrevas a besarme hasta que me haya lavado los dientes.
Henry
Parker Britland IV no le había dicho a nadie en toda su vida que se callara,
pero en ese momento estaba peligrosamente cerca. También estaba peligrosamente
al borde de las lágrimas cuando llegó a la costa y rodó sobre la arena con su
amada Sunday entre sus brazos. Ignorando su petición, la besó en los labios y
murmuró:
—Tranquila,
querida.
La
recompensa fue una risita de su mujer a través de los dientes que le
castañeteaban.
La
miró a los ojos. Está histérica, pensó.
—Todo
ha acabado —le dijo con tono tranquilizador—. Has pasado unos días terribles.
—Y añadió con incredulidad—: Dios mío, te estás riendo.
—No,
no me río de ti —dijo ocultando la cara contra el cuello de Henry mientras una
ola pasaba por encima de ellos—, sólo pensaba que vaya época del año para hacer
de Burt Lancaster y Deborah Kerr.
—¿De
qué estás hablando? —preguntó Henry, perplejo.
—De
aquí a la eternidad.
EL
SECRETO DEL COLUMBIO
New
York Times, 8 de noviembre.
El
ex presidente Henry Parker Britland IV ha comprado el yate Columbio,
recuperándolo así para el patrimonio de la familia. El Columbio, construido
para la familia Britland y botado en 1940, fue vendido en 1964 al difunto
Hodgins Weatherby. Poco antes de la venta, la embarcación fue escenario de la
misteriosa desaparición, todavía sin resolver, del primer ministro de Costa
Barria, el señor García del Río.
El
yate, durante las últimas tres décadas pasadas fuera de las manos de la familia
Britland, adquirió fama de embrujado, en parte por la desaparición del señor
Del Río y en parte por el comportamiento excéntrico y muchas veces polémico de
su último propietario.
La
embarcación, más grande y lujosa que el Sequoia, que fuera yate presidencial,
fue el lugar favorito de recreo de los presidentes, desde Franklin Delano
Roosevelt hasta Gerald Ford.
En
la habitación eduardiana del hotel Plaza de Manhattan, Congor Reuthers, un
hombre delgado y musculoso de alrededor de cincuenta años, obedeció tembloroso
la orden de leer en voz alta el artículo del periódico y miró temeroso a su
jefa.
Estaban
sentados a la mesa de la ventana que daba al Central Park. Desde la silenciosa
y elegante habitación se oía el ruido de los cascos de los caballos que tiraban
de los carruajes que avanzaban por el sendero. Reuthers, mientras esperaba la
reacción, recordó por un instante la primera cacería de zorros a la que había
asistido. Por entonces era apenas un muchacho y se había preguntado que
sentirían los zorros cuando caían en una trampa. Ahora lo sabía.
La
reacción fue exactamente la esperada: su jefa dejó la taza de café lentamente
sobre el plato.
Ni
siquiera las lentes de contacto azules podían ocultar la intensa furia de los
gélidos ojos negros. Angélica, como siempre, viajaba de incógnito. En aquel
momento llevaba su disfraz de lady Roth—Jones, con las lentillas azules, una
peluca rubia oscura de lo más formal, un traje de tweed y zapatos abotinados.
Reuthers,
como ella seguía mirándolo fijamente, bajó la vista.
—Lo
siento —murmuró, e inmediatamente deseó haberse mordido la lengua.
—Lo
sientes —replicó ella sin levantar la voz—. Esperaba una reacción más
apropiada. ¿Dónde estaba Carlos?
—Estaba
allí, como usted ordenó.
—¿Entonces
por qué no pujó por el yate en la subasta? No, pujar no, ¿por qué no lo compró?
—Tuvo
miedo de que lo reconociera alguno de los hombres del servicio secreto. Nadie
sabía que Britland asistiría. No estábamos preparados para competir. Carlos
salió corriendo para que se encargara Roberto de pujar. Pero cuando Roberto
consiguió pasar por seguridad, el presidente Britland ya había triplicado el
precio de salida y, al cabo de un instante, el yate era suyo. Lo recaudado va a
destinarse a obras de caridad, pero...
Su
patrona lo miró en silencio durante un rato.
—¿Qué
planes tiene Britland para el yate? —preguntó.
Esta
vez Reuthers habría preferido tragarse la lengua a tener que responder.
—Dijo
que lo llevaría inmediatamente a su embarcadero privado en Boca Ratón, Florida.
Como tiene el título de arquitecto, dijo que él mismo pensaba rediseñar el
interior y después regalar el yate al gobierno para que volviera a ser el sitio
de recreo de los jefes de Estado que vinieran de visita. Aparentemente el
regalo incluye una buena asignación para el mantenimiento.
—Ya
sabemos lo que eso significa.
Reuthers
asintió.
—Ya
no necesito ni a Carlos ni a Roberto. —Los dedos que antes habían sostenido la
delicada taza de café de porcelana se cerraron con fuerza sobre el borde de la
mesa.
—Sí,
claro... —Reuthers cerró la boca para reprimir la protesta.
—¿Claro?
—se burló con un susurro ponzoñoso—. Cuidado con ir a ver a tus amigos. ¿Para
qué me sirves? Tendrías que haber imaginado que Britland pensaba pujar para
comprar el Columbio,. —Unos ojos duros se clavaron en Reuthers con una frialdad
que paralizaba el corazón—. ¡Desaparece de mi vista!
—Henry,
cariño, todavía no me lo puedo creer —suspiró Sunday apoyada contra la
barandilla mientras se esforzaba por divisar la finca Belle Maris, la propiedad
de los Britland en la costa de Florida. Estiró el cuello y se apartó la rubia
cabellera agitada por la brisa que le tapaba los brillantes ojos azules.
—Amada
mía, esposa mía, mi último descubrimiento, espejo del cielo, mi mejor don, mi
siempre renovado placer —murmuró Henry Britland Parker IV levantando la vista
de la tumbona en la que estudiaba los planos del Columbio... Desde que la
habían secuestrado, esas dulces palabras de Milton aparecían con frecuencia en
su mente—. ¿Por qué no lo crees? —le preguntó con cariño.
—Porque
cuando tenía nueve años leí un libro sobre el Columbio, y traté de imaginarme
la escena del presidente Roosevelt y Winston Churchill navegando por el Potomac.
¿Qué conversación habrán tenido? Y el presidente Traman solía tocar el piano
para los invitados cuando Bess y él daban una fiesta. Y a los Kennedy y los
Johnson también les encantaba. ¿Y sabías que el presidente Ford solía practicar
su swing de golf en la cubierta de popa?
—Una
vez golpeó al capitán —observó Henry—. De hecho, se hacía la broma de que la
tribulación recibía paga de combate cuando el presidente sacaba los palos.
Sunday
sonrió.
—Claro,
debí suponer que sabías todo respecto al Columbio... Prácticamente te criaste
aquí. —Se puso seria—. Y sé que nunca has olvidado la noche en que desapareció
el primer ministro Del Río. Y lo comprendo. Todavía estamos viviendo las
consecuencias de esa desaparición.
—Tenía
doce años —dijo Henry con gravedad—, y fui el último que habló con él antes de
que saliera a fumarse un cigarrillo a cubierta. Era el hombre más encantador
que he conocido. Me preguntó si quería salir dar un paseo con él.
Sunday
vio que los ojos de su marido se llenaban de tristeza, se acercó a la tumbona y
se sentó en el borde.
Henry
movió las piernas para que tuviera más sitio y la cogió de la mano.
—Como
yo era el único Britland de mi generación, mi padre me incluía en todos los
acontecimientos. Hasta fui con él a visitar al sha durante el apogeo de la
monarquía de Persia.
Sunday
nunca se cansaba de oír las historias de Henry sobre sus aventuras infantiles y
juveniles. Eran muy diferentes de la experiencia que había tenido ella, criada
en Jersey City e hija de un maquinista ferroviario.
Pero
ahora, aunque quería saber qué había pasado cuando Henry visitó al sha, le
interesaba más enterarse de lo que había sucedido en el Columbio,.
— No
sabía que eras la última persona que habló con el primer ministro Del Río —dijo
en voz baja.
—La
cena había sido de lo más agradable —explicó Henry—. El primer ministro había
anunciado que la empresa de mi padre iba a construir puentes, túneles y
carreteras en Costa Barria a mitad de precio; la otra mitad era un regalo
personal de mi padre al país para que mejorara drásticamente la economía. Todo
el mundo comprendió que el boom económico significaría que Del Río podría
mantenerse en el poder y por lo tanto impedir que Costa Barria volviera a caer
en manos de una dictadura.
—Del
Río y sus colegas debían de estar muy contentos —dijo Sunday—, ¿Crees que se
suicidó? —Al notar el ceño que ensombreció el rostro de su marido, añadió—:
Henry, cariño, sé que para ti es muy doloroso hablar de todo esto, así que si
no quieres, mándame a paseo.
Henry
levantó la mirada.
—Querida,
si te mandara a paseo tendrías que ir nadando hasta la orilla. Y aunque no lo
hayas mencionado, sé que aún no has decidido qué votarás cuando se discuta en
el Congreso si se reanuda la ayuda a Costa Barria.
—Sé
que tú crees que es mejor seguir con el bloqueo —dijo Sunday poniéndose a la
defensiva—, pero cuesta ignorar a una isla con ocho millones de habitantes,
muchos de los cuales están en la misería y necesitan nuestra ayuda
desesperadamente.
—Bobby
Kennedy opinaba lo mismo respecto a la apertura de China.
—En
1968, ¿no? —preguntó Sunday.
—En
junio de 1968, para ser exactos —respondió Henry—. Volviendo al primer
ministro, era muy amigo de mi padre y nos visitaba con frecuencia.
Y
estoy orgulloso de que yo le cayera bien. Me tomé muy en serio aprender todo lo
que podía sobre su país, incluidas situación política y economía, y él
disfrutaba haciéndome preguntas. Ese último día habíamos estado nadando juntos
en la piscina. Era una tarde muy bonita, pero Del Río parecía melancólico. Y
después dijo algo muy extraño con un tono sombrío. Comentó que, por alguna
razón, lo perseguían las últimas palabras de César.
—«Et
tu, Brute?» ¿Por qué diría algo así?
—No
lo sé. Desde luego vivía con la posibilidad de que lo asesinaran. Era algo
constante. Pero en el Columbio, siempre se había sentido seguro. Sin embargo,
sé que tenía depresiones, y, por lo que creo ahora, puede que esa noche
estuviera alterado por la constante aprensión.
—Es
posible —coincidió Sunday.
—Como
he dicho, la cena fue de lo más agradable y terminó sobre las diez y cuarto. La
señora Del Río se retiró pronto, pero el primer ministro se quedó conversando
amablemente. Después, cuando me iba del comedor, se acercó y me invitó a dar un
paseo por la cubierta. Le respondí que debía llamar a mi madre a las diez y
media. Mi madre era anfitriona de su vieja amiga la reina Juliana de Holanda,
que esa semana estaba de visita en Nueva York. Entonces, al mirarlo a la cara,
me di cuenta de que a pesar de su máscara de amabilidad estaba profundamente
afectado y me apresuró a decir que mi madre comprendería que yo aceptara la
invitación y lo acompañara.
—Entonces
no puedes culparte —insistió Sunday.
Henry
clavó la mirada en el mar.
—Recuerdo
que me palmeó el hombro y me dijo que no hiciera esperar a mi madre, que
seguramente era lo mejor para los dos, porque necesitaba estar solo para pensar
en algo urgente. Me abrazó y subrepticiamente se sacó un sobre del bolsillo y
lo deslizó en el mío. Me pidió en voz baja que se lo guardara hasta que me lo
pidiera.
»Entonces
bajé a mi camarote y llamé a mi madre para contarle cómo había sido la velada.
Más tarde, me despertaron los gritos de la señora Del Río. No sabía qué había
pasado, pero fuera lo que fuese, supe que yo habría podido evitarlo.
—O
quizá, por tratar de salvarlo, habrías corrido la misma suerte que Del Río
—intervino Sunday—. Podrías haberte hundido detrás de él. ¿Crees que un chico
de doce años, aunque fueras tú, habría podido cambiar los acontecimientos? Eres
muy duro contigo.
Henry
meneó la cabeza.
—Supongo
que tienes razón. Sólo que no he parado de pensar en aquella noche: podía haber
visto algo, pero en aquel momento no me di cuenta.
—Ah,
vamos, Henry —protestó Sunday—. ¿Y qué hubieras hecho? ¿Cómo en las películas:
«escapó por allí»?
—No
—la contradijo Henry—. Lo que no comprendes, cariño, es que mi padre me había
dicho que escribiera todas las impresiones de aquella noche, como he hecho con
todos los otros acontecimientos significativos en los que he estado presente.
Mi diario era una carpeta de anillas, así en el futuro podía sacar las hojas y
agrupar los capítulos por temas, que es lo que estoy haciendo ahora para
escribir mis memorias.
—Mi
diario era una libreta de espiral —le dijo Sunday.
—Me
gustaría leerlo.
— Ni
lo sueñes. En fin, ¿qué me decías?
—Después
de hablar con mi madre, y aunque estaba muy cansado, me obligué a escribir
detalladamente todo lo que había pasado. Dejé el diario en mi escritorio con la
carta del primer ministro encima. Esa noche, mientras dormía, desaparecieron
las hojas y el sobre.
Sunday
lo miró asombrada.
—¿Dices
que un desconocido entró en el camarote mientras dormías y robó el sobre y las
anotaciones de tu diario?
—Sí.
—Entonces,
querido Henry, se me ocurren dos palabras: juego sucio.
—Ya
están aquí, Sims —anunció Marvin Klein de pie ante la ventana del salón de
Belle Maris mientras observaba cómo levantaban el ancla del elegante yate.
Sims
cruzó con paso majestuoso la habitación en la que arreglaba las flores sobre la
mesa de centro.
—Así
que han llegado —dijo con amabilidad—. Me alegro de que todo esté en orden para
recibirlos. Dios mío, el Columbio, es un barco precioso, ¿no es cierto? He
navegado en él varias veces, hasta que sucedió esa desgracia.
—¿Estaba
a bordo del Columbio, esa noche? —exclamó Marvin.
—Sí,
hacía menos de dos años que trabajaba para la familia. El señor Henry Parker
Britland III tenía la amabilidad de pensar que me ocupaba bien de los pequeños
detalles que contribuían al refinamiento del servicio y siempre me llevaba en
el yate para las ocasiones especiales. El presidente aún era un niño, pero
recuerdo que quedó terriblemente afectado por la desaparición del primer
ministro. En efecto, después de aquello estuvo enfermo durante varios días.
Trató, con su entusiasmo juvenil, de determinar lo que había pasado, pero su
padre ordenó que no se hablara más del tema.
La
mirada reflexiva de Sims se desvaneció y se permitió una sonrisa contenida
mientras miraba a Henry y Sunday descender hacia la lancha.
—Me
alegro de que los centollos rayen casi la perfección —le dijo a Klein—. Sé que
al presidente le encantarán.
—Estoy
seguro —coincidió Marvin—. Pero una pregunta, Sims. Dice que el tema de la
desaparición del primer ministro quedó cerrado. Pero sin duda hubo una
concienzuda investigación, ¿no?
—Por
supuesto, sobre todo porque nunca se halló el cuerpo. Pero ¿qué podían decir
los demás? Se habían tomado todas las medidas de seguridad. Como verá, el
camarote principal está un poco más arriba que los otros y tiene una cubierta
privada. Ese fin de semana, el señor Britland se lo había ofrecido al primer
ministro. Los guardaespaldas del primer ministro estaban al pie de la escalera
que llevaba al camarote. Desde luego que el yate había sido cuidadosamente
registrado antes de zarpar, y todos los que iban a bordo, desde la tripulación
hasta el servicio, estaban fuera de toda sospecha. También había cuatro
miembros del equipo personal de seguridad del primer ministro.
—¿Su
mujer también estaba a bordo?
—Sí,
hacía poco que estaban casados y él nunca viajaba sin ella.
—Tengo
entendido que ahora se ha convertido en una persona durísima —comentó Klein.
—Bastante.
Sucedió a García del Río. El señor Henry Parker Britland III no esperaba que
consiguiera el cargo, pero jugó con mucha habilidad la carta del cariño que el
pueblo le tenía a su difunto marido y con el tiempo se afianzó en el poder.
Logró aplastar a buena parte de la oposición diciendo que los enemigos de su
marido lo habían llevado a la muerte. Ahora, por supuesto, es prácticamente una
dictadora.
Marvin
Klein se quedó pensativo.
—La
conocí hace siete años, cuando el presidente Britland asistió a una reunión de
mandatarios de Centroamérica. Por entonces tenía poco más de cincuenta años y
seguía siendo una belleza. El presidente Britland la llamaba «madame Castro».
Pero solía añadir que si su marido no hubiera muerto, la vida de esa mujer
habría sido completamente diferente.
Sims
suspiró.
—Es
una de las razones por las cuales el presidente Britland siempre se ha sentido
culpable. Estoy seguro de que cree que si hubiera acompañado esa noche al
primer ministro a cubierta, de alguna manera habría podido impedir su muerte.
—No
me extraña que Del Río tuviera sueños recurrentes en los que era asesinado.
—Muy
propio de Lincoln, ¿verdad? —comentó Sims—. Quizá se anticipó a sus enemigos y
él mismo se quitó la vida, como cree el presidente. ¿Quién sabe? Ahora, si me
disculpa, señor Klein, debo atender mis obligaciones. La lancha con el
presidente y la señora Britland está a punto de llegar al embarcadero.
Congor
Reuthers se alojó en el hotel Boca Ratón. A los ojos de todo el mundo parecía
un aficionado al golf de vacaciones. Llevaba una chaqueta de lino azul clara
sobre unos tejanos blancos de impecable corte. Tenía los palos de golf en una
bolsa lo suficientemente usada colgados sobre un portatrajes Boyd. Y como toque
final, un estuche de piel al hombro que en lugar de una cámara de fotos
contenía un ultrapotente teléfono móvil, el último grito en tecnología.
La
bolsa de golf y los palos eran auténticos, pero en las manos de Reuthers eran
meros artefactos para disfrazarse de turista. Los palos, en realidad, habían
pertenecido a un empresario de Costa Barria que había cometido el error de
criticar a la señora Del Río en público, y que había abandonado junto con
prácticamente todas sus demás pertenencias, al huir de la isla.
De
pronto Reuthers se dio cuenta de que el recepcionista le hablaba. ¿Qué le decía
aquel tío?, se preguntó irritado. Algo sobre el golf.
—Sí,
sí —respondió rápidamente—. Tengo muchas ganas de hacer un par de saques de
golf. Me gusta mucho jugar.
Inconsciente
de su metedura de pata, se volvió bruscamente y siguió al botones hasta la
suite desde la que pensaba dirigir la operación que le habían encomendado: la
búsqueda del Columbio.
A
las cuatro sonó el teléfono.
Era
Lenny Wallace, también llamado Len Pagan, aunque su nombre auténtico era
Lorenzo Esperanza, el topo que Reuthers se las había ingeniado para infiltrar
en la tripulación del Columbio.
Reuthers,
con satisfacción, recordó la cara infantil del hombre, rematada con una sonrisa
angelical, una pelusa sobre el labio superior, pecas en la nariz y orejas
grandes. Len se parecía mucho al joven Mickey Rooney en esa vieja película en
la que hacía de Andy Hardy.
En
realidad era un asesino de sangre fría.
—No
va a ser fácil —dijo con un pronunciado acento.
Reuthers
se mordió el labio mientras recordaba que ese sicario insolente era un favorito
de la primer ministro Angélica del Río. También recordó que ella siempre
castigaba el fracaso.
—¿Por
qué no? —preguntó.
—Porque
la esposa del presidente Britland es una entrometida, está siempre metiendo las
narices en todo. Y además está haciendo muchas preguntas sobre esa noche.
Reuthers
sintió húmedas las manos.
—¿De
qué tipo?
—Yo
fingía que limpiaba algo en el comedor mientras ella y Britland estaban allí y
los oí hablar de la cena con los Del Río; ella le preguntaba dónde estaban
sentados los invitados aquella noche.
—Pero
él tenía sólo doce años —protestó Reuthers—. ¿Cómo es posible que se acuerde, y
qué nos importa?
—Ella
comentó que nunca había oído hablar tanto de cansancio. Le dijo algo así como:
«Tú estabas cansado, el primer ministro estaba cansado, tu padre estaba
cansado. ¿Qué tomasteis de postre? ¿Valium?»
Reuthers
cerró los ojos sin hacer caso del majestuoso crepúsculo que tenía delante. La
peor pesadilla acababa de hacerse realidad. Se estaban acercando
peligrosamente.
—Tienes
que encontrar esos papeles —le ordenó.
—Mira,
el barco está lleno de agentes del servicio secreto. Tendré sólo una
oportunidad, así que más vale que la información que me has dado sea correcta.
¿Estás seguro de que escondiste los papeles en el camarote A?
—Matón
insolente, claro que estoy seguro —soltó Reuthers.
El
recuerdo de aquella noche le daba escalofríos. Después de registrar la chaqueta
del primer ministro, me di cuenta de que el sobre no estaba. Sabía que el chico
había sido el último en hablar con él. Seguro que se lo había dado. Tuve que
buscar el camarote en medio de la oscuridad. El niño estaba en el camarote A.
Con ese terrible sentido de la orientación que tengo, abrí la puerta
equivocada. Qué suerte que no había nadie en el camarote B.
Reuthers
todavía tenía sudores fríos cuando recordaba cómo había entrado de puntillas en
el camarote del chico, rogando que el camarero no volviera, encontrara la luz
del pasillo apagada y empezara a investigar. Después, con una linterna
diminuta, se había acercado al escritorio para coger el sobre de García del
Río. Por pura suerte había tropezado con el diario abierto. Al leerlo y ver el
contenido, abrió la carpeta y se llevó las hojas.
Pero
en aquel momento, oyó que giraban el pomo de la puerta y al niño que se movía
en sueños. Se escondió deprisa en el armario. Al sentirse atrapado, buscó
alguna posible salida, pero lo único que encontró fue una raja en la pared.
Temeroso de que lo descubrieran y lo registraran, metió las hojas y el sobre en
la abertura.
Desde
el armario, oyó que alguien entraba, se acercaba a la cama y después se
marchaba. Luego, cuando intentó recuperar los papeles, no pudo cogerlos. Y
después, para colmo, la señora Del Río había dado la alarma. Apenas logré salir
del camarote antes de que se despertara el chico, recordó. Gritaba como una
loca. Se enteró de que al día siguiente habían instalado cajas fuertes en todos
los camarotes, por eso había encontrado esa grieta en la pared del armario.
—Va
a ser difícil —decía Len—. Los agentes de Britland son listos, tienen ojos en
la espalda. El jefe casi me gritó por haber ido al comedor cuando estaban los
Britland.
—¡No
es mi problema! —gritó Reuthers—. Te lo diré bien claro: si recuperas esos
papeles y sales sin problemas, tendrás la eterna gratitud de una jefa poderosa.
Si lo jodes, tu anciana madre y sus ocho hermanas serán despachadas al más
allá.
—Quiero
a mi madre y a mis tías —suplicó Len.
—Entonces
te sugiero que recuperes esos papeles. Y no me importa lo que tengas que hacer.
¿De acuerdo? Había un agujero en la pared porque iban a instalar una caja
fuerte al día siguiente. Es posible que aparezcan con la reforma del barco.
Rompe el revestimiento del fondo del armario del camarote A. ¡Están allí! Me da
igual cómo lo hagas, pero hazlo, y no cometas errores.
—Henry,
cuando le contaste a tu padre que habían desaparecido los papeles, ¿qué hizo?
—preguntó Sunday mientras bebía un sorbo de champán en el salón acristalado del
Columbio.
Se
trataba de una habitación semicircular en la popa del barco, donde cabían
cómodamente unas diez personas sentadas, y, como había explicado Henry, era el
sitio predilecto de muchos dignatarios para conversar, leer o simplemente mirar
el horizonte.
—Creo
que con la espantosa historia de la desaparición del primer ministro a mi padre
no le impresionó mucho mi relato de los papeles desaparecidos. García del Río
tenía la costumbre de hacer dibujos en los menús o en los discursos impresos, y
mi padre pensó que posiblemente me había pasado algo así para hacerme una
broma.
—¿Y
lo del diario?
—Me
dijo que volviera a escribirlo cuando me sintiera mejor. Me había despertado
con un fuerte dolor de cabeza, un resfriado, supongo, y alrededor de mí reinaba
el caos. Helicópteros que daban vueltas buscando el cuerpo. Barcos, hombres
rana de la marina, de todo.
—¿Crees
que García del Río te dio algún dibujo en ese sobre?
—No,
creo que no.
—¿Se
buscaron los papeles desaparecidos?
—Para
ser justos con mi padre, sí, se buscaron. Le dijo a Sims que registrara
personalmente mi camarote para cerciorarse de que no me había equivocado y
dejado el diario y el sobre en el escritorio. Pero no encontró nada.
—Y
puesto que escribías en una carpeta de anillas, no podías demostrar que
hubieran arrancado las hojas del diario.
—Exactamente.
—Miró a su mujer. El cariño que le tenía era evidente en sus ojos. Le sonrió—.
A propósito —dijo—, si tus electores te vieran ahora, no volverían a votarte.
Pareces una niña de doce años.
Sunday
llevaba una falda larga, floreada y cruzada, una camiseta blanca sin mangas y
sandalias.
—En
este momento —levantó una ceja— es posible que no parezca un miembro del
Congreso —dijo con dignidad—, pero para tu información, todas estas preguntas
no son fruto de una curiosidad ociosa e infantil, sino que sé que lo que
sucedió esa noche te marcó profundamente. Pienso lo mismo que tú sobre la
señora Del Río. Me gustaría ver en Costa Barría un gobierno justo, no una
dictadura, pero el pueblo tardará en cansarse y tomar medidas contra ella, y, a
menos que suceda algo espectacular, va a ganar estas elecciones sin problemas.
El resultado está cantado.
—Sí,
así es.
—Y
me subleva pensar que alguien del grupo de García del Río haya entrado en tu
habitación mientras dormías para robar la nota de suicidio, si es que era eso.
No hay manera de saberlo, pero todo habría sido muy diferente.
—A
mí me subleva aún más pensar que habría podido salvar al primer ministro si
hubiera dado un paseo con él por la cubierta. Por eso compré el Columbio. Tiene
una historia maravillosa y honrosa, salvo por ese incidente. Quiero borrar esa
mancha.
Sims
entró sigilosamente en la habitación con una bandeja de canapés de queso. Se la
acercó a Sunday, que cogió uno y preguntó:
—Sims,
usted ya ha estado en este yate, ¿no? .
—Sí,
señora.
—¿Y
qué tal lo encuentra?
Sims
arrugó la frente.
—Muy
bien cuidado, señora, pero si me permite la observación, me impresiona que no
se haya cambiado nada. Me refiero a los muebles, las camas, la tapicería, las
cortinas. Durante los treinta y dos años que el Columbio, estuvo en manos del
señor Hodgins Weatherby, es evidente que lo trató como una reliquia.
Henry
sonrió.
—Puedo
explicarlo. Weatherby no era nada marinero. El mero hecho de que se balanceara
sobre el agua, para él era una tortura. Pagó una fortuna para dragar el puerto
y poder subir a bordo directamente desde el muelle. Además del personal de
mantenimiento, sólo podían subir él y su médium. Siempre se sentaba aquí —Henry
palmeó el brazo del sillón en el que estaba sentado—, y el médium allí—añadió
señalando el de Sunday.
»No
te lo he dicho, cariño, pero estás sentada en el sillón de sir Winston
Churchill. Por lo que me contó mi padre, cuando Roosevelt le pidió el barco
prestado para llevar a navegar a Churchill, sir Winston fue directo a ese
sillón. El viejo Weatherby afirmaba que había mantenido conversaciones a través
del médium con el primer ministro, con Roosevelt, con De Gaulle y con
Eisenhower, por nombrar sólo unos pocos. Sin embargo, creo que no pudo cruzar
ni una palabra con Stalin.
—Consideraba
el barco una especie de glorieta exótica —dijo Sunday—. Ahora comprendo por qué
la familia lo donó para esa subasta de caridad en cuanto él murió.
—Yo
también. Pero, por supuesto, todo eso dio origen a la leyenda de que el barco
está embrujado. Aparentemente, el médium era un mimo bastante bueno.
Llamaron
a la puerta y entró Marvin Klein vacilante.
—Señor
presidente, no quería interrumpirlo, pero lo llama el secretario de Estado.
—¿Tony?
—dijo Henry—. Seguro que pasa algo. —Cogió el teléfono que le tendía Klein, e
hizo un gesto con la mano—. Sims, no se vaya, déme unos canapés de queso.
Tragó
uno rápidamente, y atendió el teléfono efusivamente.
—Hola,
Tony. Espero que Ranger te mantenga ocupado —Ranger era el nombre en clave que
el servicio secreto usaba para referirse al jefe del ejecutivo.
El
secretario de Estado Anthony Pryor había sido nombrado para el puesto más
importante del gabinete por el sucesor de Henry, el presidente Desmond Ogilvey.
A Pryor, amigo de Henry desde la época de Harvard, le encantaba dejar de lado
su habitual solemnidad cuando hablaba con Henry.
—Estoy
más ocupado que un zorro en un gallinero —dijo—, pero ya lo sabes. Verás, ahora
que has vuelto a comprar el Columbio, queremos que nos ayudes con algo. Te van
a llamar de parte de Miguel Alesso. Quiere verte y Ranger también quiere que lo
veas.
—¿Alesso?
El candidato a primer ministro de Costa Barria.
—Así
es. Está en Miami de incógnito. Está seguro de que Angélica del Río tramó la
muerte de su marido hace treinta y dos años y que sus agentes intentaron
comprar el Columbio, en la subasta, pero que tú les ganaste.
—¿Y
cómo lo sabe? —preguntó Henry en voz baja.
—Porque
lo llamó la viuda de uno de los hombres que aparentemente no consiguió comprar
el yate la semana pasada. Lo importante es que Ranger cree que eres la persona
indicada para ver si la historia de Alesso es sólida. Si te parece una teoría
sostenible, nos dirá mucho sobre cuál debe ser nuestra postura antes las
próximas elecciones. Aunque hayan pasado treinta y dos años, a García del Río
se le sigue considerando un santo en su país. No olvides que Angélica del Río,
a cambio de garantizar los derechos humanos y la libertad de los disidentes,
será invitada en visita oficial. Ranger no quiere quedar mal si alguien
demuestra que fue ella la que urdió el asesinato de su marido.
—¿Quieres
decir que Des cree que quizá se trate de una táctica para impedir que la primer
ministro Del Río reciba nuestro apoyo justo antes de las elecciones?
—Exacto.
Vaya problemas que a veces nos traen estos pequeños países, ¿no crees?
—Bueno,
no más que los grandes —le recordó Henry—. Por supuesto que recibiré a Alesso.
Mañana por la mañana, aquí en el Columbio.
—Estupendo.
Nos ocuparemos de arreglarlo.
Henry
le devolvió el teléfono a Marvin Klein y miró a Sunday.
—Querida
—dijo—, es muy posible que, como siempre, tengas razón.
—¿Con
respecto a qué?
—A
la muerte de García del Río.
Hacía
mucho tiempo que Congor Reuthers había aprendido que hasta un hombre amenazado
necesita comer. Era lunes. Lenny le había dicho que los Britland iban a volar a
Washington el miércoles por la mañana, porque la congresista Sandra O'Brien
Britland tenía que estar en el Congreso para el debate final sobre la ayuda a
Costa Barria. Cuando los Britland dejaran el barco, se prescindiría de todos
los miembros de refuerzo de la tripulación, incluido Lenny. Lo que significaba
que se les acababa el tiempo. Lenny tenía que entrar en el camarote A al día
siguiente.
Por
lo tanto, y de momento, Reuthers no podía hacer nada más, salvo comer. Como le
gustaba especialmente el ambiente del restaurante del hotel Boca Ratón, decidió
cenar allí. Estaba seguro de que un par de martinis y una langosta lo
animarían. Marcó el número del restaurante y reservó con tono imperativo una
mesa junto a la ventana con vistas al canal.
AI
llegar al restaurante y hablar con el maître, se indignó porque vio que no le
daban la mesa que había elegido. Ante la disyuntiva de marcharse enfadado o
aceptar el destino, dejó que su estómago tomara la decisión.
—Estoy
seguro de que comprenderá por qué nos hemos visto obligados a modificar las
reservas —explicó el maître con una sonrisa nerviosa mientras lo acompañaba a
una mesa desde la cual no se veía más agua que la de la jarra—. Ya ve por qué
hemos tenido que dejar algunas mesas libres —murmuró señalando las ventanas.
El
corazón de Reuthers dio un vuelco. El ex presidente de Estados Unidos y su
mujer, la pareja favorita de América, estaban sentados, bronceados y
sonrientes, con unos cócteles.
Reuthers
sacó del bolsillo la pitillera que ocultaba un micrófono diminuto y
ultrasensible y la dejó abierta sobre la mesa, apuntando hacía los Britland.
Como si se rascara la cabeza, se metió un pequeño audífono en el oído y fue
recompensado con la voz de Henry Parker Britland:
—Me
interesa hablar mañana con Alesso.
¡Alesso!,
pensó Reuthers. ¿Para qué quiere hablar Britland con él?
Se
puso la mano en el oído para que no le estorbara el murmullo de las voces de
las mesas de alrededor, y se dio cuenta de que alguien le hablaba.
—Lo
siento, señor, pero aquí no se puede fumar. —Levantó la vista y se encontró con
el rostro ceñudo y desaprobador del jefe del comedor y se dio cuenta de que se
había perdido algo que había dicho Sunday Britland sobre que Alesso traería
pruebas de...
—No
estoy fumando —replicó Reuthers. El hombre miró la pitillera abierta—. La saco
sólo para probar mi fuerza de voluntad.
—Entonces,
señor, con su permiso. —El jefe del comedor movió la pitillera y la ocultó
entre el florero y la cesta de pan que un camarero acaba de dejar—. Usted la
ve, pero ahora los demás no creerán que ésta es la zona de fumadores. Recuerde
que quizá no sea usted el único que intenta resistir la tentación. Dios mío,
ojalá a uno se le fueran las ganas de repente. ¿Ha probado calmar la necesidad
de nicotina mascando chicle? Ayuda.
—Vete,
imbécil. Britland te está mirando.
Reuthers
saltó al oír esa voz conocida que le perforaba el tímpano con su enfado
corrosivo.
—Puede
reconocerte, imbécil.
Miró
alrededor buscando enloquecidamente por el salón del restaurante. ¿Qué disfraz
llevaría Angélica? Tenía que estar histérica de preocupación para presentarse
en Florida en lugar de marcharse de Nueva York a Costa Barria. Divisó a una
mujer sola de cabello canoso con un codo sobre la mesa y la vista fija en la
copa de vino. Ahí estaba, Vilma la Solitaria, otro de los personajes de
Angélica. Sus ojos recorrieron a continuación el resto del salón y se toparon
con la mirada intensa del ex presidente. Se habían conocido hacía treinta y dos
años. Reuthers también iba a bordo del yate en aquel fatídico viaje,
aparentemente como miembro de la custodia personal de García del Río.
Teóricamente, lo habían ejecutado junto con el resto del equipo por no haber
cumplido con el deber de proteger al primer ministro.
¿Lo
reconocería Britland después de tantos años?
Temeroso
de arriesgarse a que lo reconociera, se puso de pie de golpe y le dio la
espalda al ex presidente.
—Prefiero
no cenar aquí—soltó y se marchó deprisa del restaurante.
Estaba
en el ascensor cuando lo alcanzó el jefe del comedor.
—Se
ha olvidado la pitillera, señor —dijo—. Siga adelante y no sucumba a la
tentación. ¡Ánimo!
El
jefe del servicio secreto, el agente Jack Collins, se movió intranquilo. Estaba
sentado a una mesa de distancia del ex presidente, y en aquel momento una voz
interna le advertía del peligro.
Algo
estaba pasando. Paseó la mirada inquieto por el restaurante y escrutó a cada
uno de los comensales con la intensidad de una resonancia magnética. Eran
personas obviamente pudientes: muchos matrimonios mayores, algunas familias con
niños pequeños, todos bronceados, relajados y sonrientes. Un grupo de
ejecutivos charlaba animadamente.
Probablemente
habían ido a jugar a golf y luego cargarían los gastos a la empresa como una
reunión de trabajo, pensó Collins agriamente.
Miró
cómo un hombre de lo más rígido, que desprendía irritación por cada fibra de su
cuerpo, salía del restaurante precipitadamente y casi tropezaba con cuatro
sesentonas bien vestidas. Observó a las mujeres seguir al maître por el comedor
y advirtió el disgusto que sintieron cuando las acompañó a una mesa del fondo
rodeada de varias familias. Eso no les pasaría si fueran con un hombre, pensó.
Reparó
en una mujer en la mesa pequeña de la ventana que miraba pensativa las aguas
del canal. Canosa, de rostro arrugado, con gafas de sol corrientes y expresión
angustiada. Parecía alguien que acababa de enviudar.
Los
ojos de Collins siguieron de largo por la fila de mesas. Sencillamente no le
gustaban las vibraciones que recibía. Algo no iba bien. Al cabo de una hora,
cuando los Britland se levantaron para marcharse, se sintió aliviado.
Al
pasar junto al escritorio de reservas, el ex presidente le hizo señas de que se
acercara.
—Jack,
un hombre se ha marchado bruscamente del restaurante sin comer —dijo—. ¿Lo ha
visto? Su cara me sonaba. A ver si puede averiguar algo.
Collins
asintió. Hizo señas a los cuatro agentes de que rodearan a los Britland
mientras salían y él se detuvo en la mesa de reservas.
Una
hora más tarde, cuando regresó a Belle Maris, ya había pedido que se pusiera
bajo vigilancia las veinticuatro horas al huésped del hotel registrado con el
nombre Norman Ballinger. La historia del jefe del comedor sobre la pitillera
abierta y el comentario divertido del recepcionista del hotel sobre los planes
de Ballinger de hacer un par de «saques» de golf... No era de extrañar que su
instinto estuviera en alerta roja, pensó.
El
teléfono sonó pocos segundos después de que entrara en la mansión.
—Has
dado con algo, Jack —le informaron desde la jefatura—. Ballinger en realidad es
Congor Reuthers, la mano derecha de Angélica del Río. Siempre está detrás del
escenario político, pero se rumorea que es intermediario de la primer ministro.
—¿Qué
hace en Boca Ratón? —preguntó Collins.
—Creemos
que sabe que Alesso está allí y quiere seguirle la pista. Lo tendremos
vigilado, pero mantente alerta. Reuthers no se ensucia las manos. Es posible
que no esté solo.
Collins
colgó el teléfono y deseó quitarse de encima la incómoda sensación de que Henry
Parker Britland había cometido un error al comprar el Columbio.
El
martes por la mañana, Lenny Wallace tenía plena conciencia de que había
aumentado la vigilancia en el Columbio.
A
las siete de la mañana se había comunicado con Reuthers para informarle que
Miguel Alesso, el jefe de la oposición que se presentaba a las elecciones de la
semana siguiente, iba a almorzar con el ex presidente Britland en el yate.
—Tienes
que recuperar esos papeles —le había soltado Reuthers—. La primer ministro está
personalmente involucrada. Así que no puedes fallar.
Después
le dio instrucciones de que buscara la forma de entrar en el comedor para
escuchar lo que hablaban durante la comida.
Lenny
hizo esfuerzos supremos para no decirle que sólo un imbécil creería que un
marinero, como no fuera invisible, podía vagar a su antojo por un salón en el
que se celebraba una reunión confidencial de alto nivel. En cambio, pensó en su
madre y sus tías y prometió hacer todo lo que pudiera.
No
obstante, señaló que siempre que el ex presidente estaba a bordo del Columbio,
el jefe de su custodia, Jack Collins, también estaba allí, y parecía tener la
capacidad de saber quiénes estaban a bordo e incluso a qué hora estornudaban.
—No
olvides —le dijo Reuthers para terminar—que tu madre y sus hermanas están bajo
arresto domiciliario... pero estoy seguro de que sólo será temporal. Haz lo que
creas mejor.
A
las doce en punto, Lenny estaba en la cubierta de la tripulación con los
binoculares observando cómo una limusina se detenía en el embarcadero. Del
coche bajaron dos hombres y dos mujeres y subieron a la lancha: los Britland y
el jefe de la oposición de Costa Barria, Miguel Alesso.
En
ese momento le cruzó por la cabeza una nueva posibilidad: Alesso era cada vez
más popular.
Siempre
que hacía una aparición, el pueblo se entusiasmaba. ¿Y si no encuentro los
papeles? Podría desaparecer. Si por una increíble casualidad gana las
elecciones, podría ponerme en contacto con él y contarle lo que me habían
encargado que hiciera. Puedo decirle dónde están enterrados los cuerpos y quizá
me recompense.
Pero
no, era imposible. Cuando pasaran las elecciones, sería demasiado tarde para su
madre y sus tías, esas mujeres maravillosas llamadas las Hermanas Abecedario.
Su madre, la mayor, era Antonia; la siguiente, Blanca; la tercera, Conchita, y
así hasta llegar a la última, lona.
Lorenzo
Esperanza, también llamado Lenny Wallace, sintió el renovado impulso de cumplir
con su deber mientras se secaba las lágrimas que le corrían por las mejillas.
Todo
en él desprende sinceridad, pensó Sunday. Henry y ella estaban sentados con
Miguel Alesso en el salón. Henry le había sugerido a Alesso que se sentara en
el sillón favorito de sir Winston.
—Creo
que es un honor demasiado grande para mí —dijo Alesso con una sonrisa—. Aunque,
en pequeña escala, quizá se podría comparar la precaria situación de mi país
con la de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial.
Sunday
sabía que Alesso tenía apenas treinta años, pero su aire de seriedad y madurez,
el cabello oscuro lleno de canas y una expresión sensata, aunque triste, en sus
ojos castaños, se combinaban para hacer que pareciera al menos diez años mayor.
Se
inclinó hacía adelante con ademanes intensos.
—Angélica
del Río planeó y llevó a cabo el asesinato de un hombre realmente excepcional
—dijo apasionadamente—. El padre de la señora del Río, como usted sabe, señor,
era comandante del ejército de Costa Barria. Ella se casó con el primer
ministro por orden de su padre y estoy convencido de que tuvo intenciones de
eliminarlo desde el principio. Por entonces era, y sigue siendo, una mujer muy
bella y muy carismática. En fin, como dicen, la carne es débil... —Se encogió
de hombros—. Ella cambió los guardaespaldas y los reemplazó por los matones que
lo traicionaron, incluidos un primo lejano suyo, criado en Inglaterra, un tal
Congor Reuthers.
»Por
la información que tengo, la señora del Río drogó a su marido, así como a su
padre y a usted, con un postre preparado especialmente por su chef personal.
Cuando García del Río quedó inconsciente, los guardaespaldas, guiados por
Reuthers, pusieron pesas en el cuerpo y lo tiraron por la borda. Seguramente se
hundió en el fondo del mar.
»Los
guardaespaldas esperaban una recompensa, y la recibieron. Cuando regresaron a
Costa Barria con la doliente viuda, fueron ejecutados por abandono de la
guardia... todos, salvo, naturalmente, Reuthers.
—Aún
no comprendo por qué eligió esa noche y este barco —observó Henry.
Sunday
estudió a su marido. Estaba sentado recto con la barbilla apoyada sobre la mano
izquierda, con toda su atención puesta en Alesso.
Casi
se podían oír los acordes del himno presidencial flotando en el aire.
—El
padre de Angélica, el general, la había llamado para decirle que su marido
estaba al tanto de que los guardaespaldas planeaban asesinarlo. También le
informó que García del Río sabía que ella había desviado millones de dólares de
las obras de caridad que presidía y que pensaba detenerla en cuanto regresaran
a Costa Barria. No tenía alternativa. Tenía que actuar inmediatamente.
Tiene
sentido, coincidió Sunday en silencio.
—El
plan era que el padre de Angélica tomara el poder, pero sufrió un ataque al
corazón a la semana siguiente y ella aprovechó la oportunidad de acceder al
gobierno. Terminó el mandato de su marido, y después, capitalizando el cariño
que el pueblo le tenía a García del Río, se hizo con el poder absoluto.
—¿Y
qué pruebas hay de todo esto? —preguntó Henry—. Usted ha hablado de pruebas,
señor.
Alesso
se encogió de hombros.
—Las
pruebas están en el sobre que García del Río le entregó cuando usted tenía doce
años.
—¿Y
cómo sabe todo esto? —preguntó el ex presidente.
—Uno
de los guardaespaldas trató de sobornar a un guardia de la prisión para que lo
dejara escapar y no lo ejecutaran —respondió Alesso—. Le contó que habían
asesinado a García del Río y que Reuthers había registrado el cuerpo en busca
de un sobre antes de tirarlo por la borda. En el sobre había una declaración
que pensaba hacer el primer ministro, en la que acusaba a su esposa. Ella la
había visto pero no había tenido tiempo de sacársela de la chaqueta antes de la
cena.
—¿Y
por qué no se supo nada de todo esto? —preguntó Sunday.
Alesso
parecía sorprendido por la pregunta.
—El
guardia habría firmado su propia sentencia de muerte si admitía que sabía que
el primer ministro había sido asesinado —dijo—. Pero a medida que fue
envejeciendo, empezó a beber un poco más de la cuenta, como a veces pasa con
los ancianos, y a hablar. Terminó hablando demasiado, porque desapareció.
—Ahora,
después de todos estos años, al fin encajan las piezas —murmuró Henry.
—No,
señor —lo corrigió Alesso—, las piezas no encajarán hasta que no se encuentren
esos papeles, si es que aún existen. En este momento, les ruego a los dos que
apoyen mi candidatura, y a usted, señora congresista, le pido por favor que
vote en contra de la ayuda al pueblo de Costa Barria mientras Angélica del Río
siga en el poder. Apoyarla es apoyar la opresión.
Sunday
se sintió incapaz de sostener la intensa mirada de Alesso y apartó la vista,
temerosa de que él viese la indecisión en sus ojos.
—Y a
usted, señor —añadió Alesso dirigiéndose a Henry—, le imploro que solicite al
jefe del ejecutivo de Estados Unidos que cancele los planes de invitar a
Angélica del Río a una cena de Estado. El apoyo de su gran nación daría fuerzas
a la tiranía.
Lenny
sabía que no había forma de subir a la cubierta superior mientras se celebraba
la reunión. Pero se había enterado que después del almuerzo los Britland
regresarían a Belle Maris y pasarían la noche allí. Al día siguiente, cogerían
el avión temprano hacia Washington. Lo que significaba que el omnipresente
servicio secreto vigilaría la mansión, no el yate.
Lenny
acababa el turno a las cinco de la tarde, y sabía que si no desembarcaba
enseguida despertaría sospechas. Mientras barría la cubierta de madera de teca,
se le ocurrió una idea. A nadie le sorprendería que se quedara en su litera si
estaba enfermo.
Al
cabo de una hora se presentó ante el sobrecargo. Tenía el rostro cubierto de
sudor, los ojos semicerrados y se tambaleaba.
—Seguro
que es algo que he comido —se quejó cogiéndose el estómago.
Diez
minutos después estaba en su camarote de la cubierta de la tripulación,
acostado en la litera, tratando de hacer acopio de valor para escabullirse
hasta el camarote A. Pero debía esperar hasta más tarde, cuando disminuyeran
las medidas de seguridad y lo amparara la oscuridad de la noche.
Los
acontecimientos que se avecinaban ya se anunciaban, pensó Henry esa noche
mientras tomaba un café.
Sunday
y él habían cenado en la terraza llena de flores de Belle Maris. Las llamas
suaves y oscilantes de unas velas cilíndricas ascendían hacia la luna llena,
que derramaba sobre el Columbio su luz fantasmagórica y majestuosa.
—Cariño,
estás tan callado —observó Sunday mientras le hacía señas a Sims de que
volviera a llenarle la taza de café.
—Con
todo ese café, ni siquiera tú dormirás —la riñó con dulzura.
—Ya
me conoces, Henry, yo duermo hasta de pie. Gracias a mi conciencia limpia.
——Tomó un sorbo y chasqueó los labios—. Vaya, esto si que es un café. —Su
expresión se tornó seria—. Henry, hasta ahora no te lo había preguntado: ¿crees
la historia de Alesso?
—Sí,
y por varias razones. Anoche en el restaurante vi a un hombre que me resultaba
conocido. Como sabes, tenía razón. Ya lo había visto. Es la mano derecha de
Angélica del Río, y esa noche, hace treinta y dos años, estaba en el Columbio.
Cuando el primer ministro me pasó el sobre, ese individuo estaba cerca de
nosotros. Cuando registraron el cuerpo de García del Río y no encontraron el
sobre, lógicamente sospechó que lo tenía yo. Si sabe que Alesso acaba de
revelar la verdad, removerá cielo y tierra para recuperar aquel sobre. Si
pudiera desmontar el yate completamente, lo haría. Pero ha estado fuera de
nuestras manos treinta y dos años... quién sabe si no lo encontró alguna criada
en alguna parte y lo tiró.
—¿Vas
a sugerirle a Des que cancele la visita de Estado de la señora Del Río?
—preguntó Sunday.
—No
es tan fácil cancelar una visita de Estado, salvo por razones muy graves. Si la
señora Del Río gana las elecciones el martes próximo y firma el tratado de
respetar los derechos humanos, las historias sobre ella que los oponentes
derrotados hagan circular carecerán de valor. Sin pruebas, sencillamente no se
pueden considerar creíbles. Y, por el momento, Alesso no tiene ninguna
posibilidad de ganarle.
Sunday
miró el Columbio a lo lejos.
—Henry,
¿sabes una cosa? Me gustaría pasar una noche más en el yate. Me encanta dormir
allí. ¿Qué te parece?
—Supongo
que yo también estoy incluido en el plan, ¿no? —sonrió—. Creo que a mí también
me gustaría que me mecieran las olas, amor mío. Quién sabe, a lo mejor el
Columbio nos revela el secreto. Sería maravilloso.
A
las nueve, antes de salir del camarote para buscar los papeles, Lenny arregló
la litera para que pareciera que había alguien durmiendo.
Había
visto muchos guardacostas alrededor del yate y recordó con regocijo que estaban
allí para asegurarse de que nadie se acercara... ¡Pero él ya estaba a bordo!
Ahora
que había llegado el momento de hacer el trabajo, estaba terriblemente
nervioso. Lo peligroso era llegar hasta el camarote A, pero una vez dentro
estaría a salvo. Esa noche no había ninguna razón para que alguien entrara a
echar un vistazo.
La
peor parte sería cortar un trozo del revestimiento de roble sin hacer ruido.
Reuthers le había dicho que había metido el sobre y las hojas del diario en el
agujero para la caja fuerte, así que como mucho se habrían caído al suelo. Allí
las encontraría, detrás de los paneles de revestimiento.
Por
lo tanto, lo más lógico era empezar por abajo, razonó. Si los papeles se habían
quedado entre la pared y los paneles, era más fácil empezar a subir a partir de
allí.
Con
una sierra, un martillo pequeño y un taladro que había robado de la sala de
herramientas, salió sigilosamente de la cubierta de la tripulación.
No
había nadie en las dos primeras cubiertas. Evidentemente los guardias estaban
en el embarcadero o en los barcos. En la cubierta superior, estuvo a punto de
tropezar con uno de los agentes del servicio secreto apostado al pie de la
escalera que llevaba al camarote de los Britland.
Un
derroche de personal, pensó Lenny, puesto que el matrimonio iba a quedarse en
la mansión. Pero el incidente le preocupó. ¿Seguro que iban a quedarse en la
casa?, se preguntó.
Al
cabo de tres angustiosos minutos, entró a hurtadillas en el camarote A. No se
atrevió a encender la luz, pero afortunadamente la noche era clara y la luna
llena iluminaba la habitación. Ese camarote era veinte veces más grande que el
cubículo que le habían dado a él. Tenía una cama doble con cabecera, un
escritorio empotrado, cajones empotrados, un sofá, sillas... todo lo necesario
para que el ocupante estuviera cómodo incluso con mala mar.
El
armario era profundo. Una vez dentro, Lenny cerró la puerta y se animó a
encender la linterna. ¡Ahí estaba la caja fuerte, en la pared del fondo! Era
redonda como un ojo de buey y tenía la puerta pintada como un mar en calma. La
vieja combinación parecía una brújula y distrajo la atención de Lenny.
Pasó
la mano sobre la caja fuerte mientras pensaba que no podía contener piedra más
preciosa ni valiosa que lo que había oculto debajo.
Se
sentó en el suelo y golpeó el panel de madera para calcular el espesor. Es
grueso, se dijo. ¡Condenadamente grueso! ¿Cuántos árboles habrán hecho falta
para construir este barco?, pensó mientras se preparaba para una larga noche de
trabajo. Si hubiera tenido un hacha grande y una sierra eléctrica, y hubiera
querido atraer a todos los guardias y a toda la tripulación, habría podido
hacerlo rápido, pero no era el caso. Con cuidado, empezó a hacer un agujero con
el taladro a pocos centímetros del suelo.
Cada
quince minutos se detenía para descansar. Al cabo de unas dos horas, mientras
se desperezaba, oyó un débil crujido. Apagó de un manotazo la linterna y
entreabrió apenas la puerta. Los ojos se le salieron de las órbitas del susto.
En
el silencioso camarote, de pie, de espaldas a él, la lámpara iluminaba la
figura delgada en camisón de la congresista Sandra O'Brien Britland, que
apartaba las mantas. Ante un incrédulo Lenny, la mujer se metió en la cama y
apagó la luz.
Henry,
como siempre, tenía razón, pensó Sunday con un suspiro mientras trataba de
conciliar el sueño. Su marido se había dormido enseguida en el camarote de la
cubierta de arriba. Demasiado café, pensó. El cerebro le funcionaba a toda
velocidad. Pero no era sólo por el café. Algo que le había contado Henry sobre
la noche en que dormía en ese mismo camarote treinta y dos años atrás, le
martilleaba el inconsciente. Pero ¿qué era?
Ojalá
se encontraran esos papeles, pensó. Si Alesso tiene razón, una mujer mató a su
marido en este mismo barco y quizá robó las pruebas de este mismo escritorio.
Era
evidente que no podía dormir. Por lo general era Henry el que leía durante
varias horas mientras ella dormía, pero esa noche se había quedado amodorrado
en cuanto su cabeza tocó la almohada.
Pasaba
tan raramente que Sunday se había ido de puntillas a la salita del camarote
para no molestarlo con sus vueltas en la cama. Pero después se le ocurrió bajar
al camarote A. Al fin y al cabo, ahí había tenido lugar el robo.
Henry
le había contado algo importante sobre lo sucedido la noche de la desaparición
de García del Río. Pero no lo recordaba. Seguramente, algo en apariencia
«insignificante» que todos habían pasado por alto.
Por
lo tanto, pensó que si iba al camarote, a lo mejor conseguía que afloraran
algunos hechos escurridizos. Antes de salir de la suite de arriba, garabateó
una nota para Henry y se la dejó sobre la almohada. Se preocupa demasiado por
mí, había pensado mientras la dejaba resistiendo el impulso de arroparlo. Sólo
conseguiría despertarlo y después no querría que ella se fuera.
Art,
el agente del servicio secreto de guardia al pie de la escalera, se sorprendió
al verla, pero asintió con la cabeza cuando ella le dijo dónde estaría.
Espero
que no piense que Henry y yo nos hemos peleado. Sonrió ante la idea de que
alguna vez pudieran discutir. Únicamente disentimos de vez en cuando sobre
algunas cosas, eso es todo. Discusiones intelectuales, pero no peleas.
Abandonó
la idea de dormir y volvió a encender la luz. Se incorporó, se apartó el pelo
de la cara y se apoyó sobre una pila de almohadas. Sims había dicho que la
decoración y los muebles del barco no habían cambiado. Se imaginó a Henry
sentado a su escritorio escribiendo concienzudamente en su diario a pesar del
cansancio que, como le había dicho, casi le impedía mantener los ojos abiertos.
Me
pregunto si cuando uno está muy cansado, en vez de escribir con la conciencia,
no escribirá directamente con el espíritu, reflexionó. En fin, esto no me lleva
a ninguna parte. Será mejor que intente dormir de nuevo.
Volvió
a apagar la luz ¡Qué silencio!
Henry
me dijo que de esa noche, más que un recuerdo, tenía la sensación de que
alguien había estado en el camarote de pie a su lado. Sabemos que su padre
entró a verlo. Pero ¿habrá entrado alguien más? ¿Qué más me dijo que no puedo
recordar? ¿Por qué tengo esta desagradable sensación?
El
barco empezaba a moverse un poco más y un suave crujido rompió el silencio. A
continuación se oyó otro crujido, esta vez más específico y más cerca. Sunday
volvió instintivamente la cabeza hacia el armario.
Había
oído un ruido, como si algo se deslizara por el suelo. Parecía venir del
armario, como si hubiera alguien dentro. Estaba segura.
Estiró
la mano cuidadosamente sobre la mesilla de noche en busca del botón que le
brindaría ayuda, pero en ese momento se abrió la puerta que daba al pasillo, se
encendió la luz, y vio el rostro preocupado de su marido.
Quienquiera
que esté en el armario, evidentemente no me esperaba, pensó. Está buscando
algo.
—¡Sunday!
—exclamó Henry—. ¿Por qué has...?
—Ay,
cariño —lo interrumpió con una voz más grave que la habitual—, creo que será
mejor que vuelva al otro camarote. Aquí tampoco puedo dormir.
—Te
dije que no tomaras tanto café — la riñó Henry.
—Ya
sé, cariño, siempre tienes razón. Por eso te eligieron presidente.
Sunday
saltó de la cama, cogió la bata y casi empujó a Henry hacia la puerta, que
cerró cuidadosamente a sus espaldas.
En
el pasillo, le tapó la boca en el momento en que él empezaba a preguntarle qué
demonios pasaba.
—He
arrinconado a nuestro hombre —murmuró animadamente—. Está dentro del armario.
Cuando entraste, acababa de darme cuenta. Te apuesto a que está buscando los
papeles que desaparecieron esa noche. Seguro que sabe que están en alguna parte
del armario. Vamos a dejar que los encuentre.
Una
hora más tarde, Lenny seguía serrando un agujero cada vez más grande en el
fondo del armario del camarote A. Reuthers debió de soñarlo, pensó cada vez más
frustrado y a punto de la histeria. Esos papeles no están aquí. ¡No están!
Mamá
y las tías. Tía Blanca, tía Conchita, tía Desdémona, tía Eugenia, tía Florinda,
tía Georgina, tía Helena, tía lona...
Lágrimas
de frustración empezaron a deslizarse por sus mejillas. Los papeles no estaban
y le echarían la culpa a él. Tenía que buscar la manera de salvar el pellejo de
todo el mundo, incluido el suyo, pero ahora debía regresar a su litera. Quizá
alguien volvería a entrar en ese camarote.
Salió
del armario, cerró la puerta en silencio, cruzó la habitación de puntillas y
abrió la puerta que daba al pasillo. En aquel momento se quedó paralizado.
Jack
Collins, el jefe de la custodia, lo miraba con ojos duros.
—Enséñanos
el tesoro oculto —le ordenó mientras los otros agentes cogían a Lenny por los
brazos.
Henry
y Sunday, por insistencia de Collins, estaban en la otra punta del pasillo,
separados de la acción por cuatro agentes corpulentos. Collins hizo una seña y
uno de los agentes se apartó.
—Señor—dijo—,
si desea...
Collins
empujó a Lenny dentro del camarote.
—Es
evidente que buscaba algo, señor — dijo señalando el panel roto del fondo del
armario—. Es un marinero. Un fallo de seguridad deplorable.
—No
se preocupe —interrumpió Henry—. ¿Ha encontrado los papeles?
—No
tiene ningún papel, señor.
Lenny
sabía que su única esperanza era hacer un trato, y rápido.
—Se
lo diré todo —imploró—, pero usted debe impedir que le hagan daño a mi madre y
mis tías.
—Podemos
intentarlo —prometió Henry— ¡Habla!
—Señor
presidente, aquí tiene su bata —dijo Sims desde el vano de la puerta.
El
mayordomo tenía un aspecto señorial incluso en bata, pensó Sunday. Sims llevaba
un batín sobre el pijama, calcetines negros de seda y zapatos negros con
cordones.
—Un
minuto, Sims. —Henry miraba a Lenny a los ojos—. Habla, he dicho.
—...
por lo tanto, Reuthers sabe que usted va a desmontar el barco para renovarlo y
que si encuentra el sobre y las hojas del diario, todo habrá acabado para
Angélica del Río. El pueblo la linchará. Me dijo que los papeles tenían que
estar detrás del armario, debajo de la caja fuerte, pero se ha equivocado. Se
habrán evaporado, porque no están.
Sunday
vio su propia desilusión reflejada en la cara de su marido.
—Su
bata, señor —insistió Sims—. Póngasela que si no se morirá de frío. ¡Dios mío!
—se estremeció—. Deja vu! Todo esto me recuerda esa horrible noche de hace
treinta y dos años. Después de la desaparición del primer ministro, le traje su
bata y lo acompañé al camarote de su padre...
—¡Espere
un minuto! —exclamó Sunday—. ¿Qué acaba de decir?
—Dije
que le traje la bata al señor Henry, como lo llamaba en aquella época, y
después...
—¡Era
eso! —dijo Sunday—. Le trajo la bata. ¿Por qué? ¿No estaba en su camarote?
Sims
arrugó la frente, pensativo.
—Ah,
sí, ahora me acuerdo. Resulta que le llevé un vaso de leche con galletas,
señor, y comprobé si todo estaba en orden. Noté un ruido de lo más fastidioso;
un grifo goteaba en el lavabo, así que aquella noche decidí que durmiera en el
camarote B. —Volvió a arrugar la frente—. Sí, ahora lo recuerdo perfectamente.
Le llevé el pijama al camarote B, abrí la cama y después le llevé el vaso de
leche y las galletas. Como sabía que querría escribir en su diario, también lo
trasladé junto con la pluma al camarote B.
—¡Claro!
—exclamó Henry—. La puerta estaba abierta, usted estaba aquí, y yo estaba tan
atontado que ni me di cuenta de que me iba al camarote B.
Sunday
se volvió hacia Jack Collins.
—Jack,
llevemos un hacha al armario del camarote de al lado.
Al
cabo de quince minutos, el ex presidente de Estados Unidos levantó la vista de
las páginas amarillentas que acababa de leer.
—Está
todo aquí —dijo emocionado—. Jack, tráigame el teléfono especial. Tengo que
hablar inmediatamente con el presidente Ogilvey.
Tres
minutos más tarde, Henry le leía por teléfono a su sucesor en el Despacho Oval
las últimas palabras escritas de García del Río.
«Con
el corazón acongojado, ordeno la detención de mi esposa, la señora Angélica del
Río, y de su padre, el generalísimo1 José Imperate, por los cargos de traición
y malversación.
1.
En español en el original.
Me
he enterado de que se piensa atentar contra mi vida el próximo martes. El
informante no sabe si tendrá lugar durante mi traslado del palacio al Congreso,
o más tarde, durante la cena privada que ofreceré a los dirigentes de mi
partido. Es posible que el nuevo cocinero que ha contratado mi mujer intente
envenenarnos a todos. Creo que mi mujer y su padre se han asegurado de que
carezca de protección amañando pruebas falsas contra los hombres leales y
honestos que se han ocupado de mi seguridad durante años. Los han reemplazado
por sus propios esbirros, dirigidos por hombre que, según me he enterado, es un
primo lejano de Angélica, un tal Congor Reuthers, criado en Inglaterra.
Por
otra parte, acuso a mi mujer de malversación de fondos. Ha desviado millones de
dólares de las obras de caridad que preside, dinero donado para ayudar a los
pobres de nuestro pueblo. Como prueba de esta acusación, adjunto la lista de
los números de sus cuentas en Suiza.»
—Esto
es todo, Des —concluyó Henry—. Mi diario indica que cuando mi padre se levantó
para hablar en la cena, García del Río cambió subrepticiamente su plato por el
de su mujer. Supongo que aunque no esperaba que lo envenenaran aquella noche,
se protegía por precaución. Después señaló que el postre que había preparado el
chef personal de Angélica, y que ella había insistido en que la acompañara,
tenía un sabor ligeramente medicinal. Creo que nos drogó a todos con un sedante
para asegurarse de que nadie pudiera acudir a ayudar a García del Río. También
indico que ella no tocó el postre, pero que su marido probó el de ella ante la
insistencia de su mujer. —Henry suspiró—. Es evidente que aunque comió muy
poco, lo dejó atontado. Y ahora, amigo, el balón está en tu campo.
Le
devolvió el teléfono a Jack Collins y se volvió hacia su mujer.
—Todo
ha acabado, cariño.
—Es
maravilloso, ¿no? —preguntó Sunday emocionada mientras, una semana más tarde,
Henry y ella miraban a Alesso, el primer ministro de Costa Ba—rria recién
electo, saludar a la victoreante multitud.
—Será
un buen jefe de Estado —coincidió Henry— y hará realidad el sueño que tenía
García del Río para su país: derechos humanos, democracia, una economía sólida,
educación para todos.
Estaban
en la biblioteca de Drumdoe, mirando el informe especial sobre las elecciones
del informativo de las once.
Sunday
cogió la mano de su marido.
—¿Ahora
estás convencido de que no habrías podido impedir lo que pasó, incluso aunque
hubieras dado ese paseo con García del Río por la cubierta?
—Sí,
estoy convencido —coincidió él—. Pero agradezco que hubiera tenido el impulso
de meter en el último momento ese sobre en mi bolsillo, si no, jamás hubiésemos
sabido la verdad.
—Y
por lo menos Angélica y su primo pagarán por sus crímenes —dijo Sunday—. No
creo que a esa mujer le guste la vida en la cárcel.
—Seguro
que no —sonrió Henry—. ¿Qué te parece si hacemos un último viaje en el
Columbio, antes de renovarlo?
—Me
encantaría —aceptó Sunday.
—Pero
esta vez trata de quedarte conmigo en el camarote. No me gusta salir a buscar
en medio de la noche.
—No
me moveré. Una nunca sabe a quién puede encontrarse en un armario de ese yate,
¿no crees? —repuso Sunday con una sonrisa.
FELIZ
NAVIDAD/JOYEUX NOEL
¡Junta
más leña que el viento es helado!
Déjalo
silbar atolondrado que tendremos una Navidad en paz a su lado.
La
congresista Sandra O'Brien Britland levantó la mirada y encontró a su marido,
ex presidente de Estados Unidos, recitando una poesía en el vano de la puerta
de su acogedor despacho de Drumdoe, la casa de campo de Bernardsville, Nueva
Jersey.
Le
sonrió con cariño. Incluso con el jersey de cuello vuelto, los tejanos y las
botas destrozadas, se veía que Henry Parker Britland IV había nacido para ser
un personaje. Unos toques grises en el pelo castaño oscuro y las arrugas de
concentración en la frente eran casi los únicos signos de que Henry se acercaba
a su cuadragésimo quinto cumpleaños.
—De
modo que recitando a Tennyson —dijo ella mientras se retrepaba en el sofá donde
había estado leyendo la interminable pila de documentos sobre legislación
pendiente—. Deduzco que el «tío bueno del año» tiene algo entre manos.
—No
es Tennyson, cariño, sino sir Walter Scott, y... cuidado, si vuelves a llamarme
«tío bueno del año» te colgaré de los pulgares.
—Pero
la revista People te ha nombrado «tío bueno» por quinto año consecutivo. Es
todo un récord. Pronto tendrán que crear un premio al «tío bueno perpetuo» y
retirarle de la lista de candidatos. —Al ver la expresión de burlona amenaza en
el rostro de Henry, Sunday se apresuró a añadir—: De acuerdo, era una broma.
—Aquí
tiene, señor presidente.
Sims,
el mayordomo, apareció en la puerta con una sierra nueva y brillante sobre las
palmas. La exhibió ante Henry con la misma solemnidad que si se tratara de las
joyas de la corona.
—¿Qué
demonios es esto? —exclamó Sunday.
—¿Qué
crees, cariño? —preguntó Henry mientras examinaba con cuidado la herramienta—.
Bien hecho, Sims, creo que servirá perfectamente.
—¿Estás
pensando en cortarme en dos? —preguntó Sunday.
—Orson
Wells y Rita Hayworth tuvieron bastante éxito con esa escena. No, querida, tú y
yo vamos a ir al bosque. Esta mañana, mientras daba un paseo a caballo, vi un
abeto perfecto para nuestro primer árbol de Navidad. Está en el extremo norte
de la finca, justo después del lago.
—¿Y
vas a cortarlo solo? —protestó Sunday—. Henry, creo que te estás tomando lo del
«tío bueno» demasiado en serio...
Henry
levantó la mano libre.
—Nada
de discusiones. Hace un par de semanas me contaste que uno de los recuerdos más
felices de tu niñez era acompañar a tu padre a comprar el árbol de Navidad y
ayudarlo a llevarlo a casa y decorarlo. Este año, tú y yo empezaremos una nueva
tradición.
Sunday
se acomodó un rizo rubio detrás de la oreja.
—¿Hablas
en serio?
—Absolutamente.
Caminaremos por la nieve hasta nuestro bosque. Cortaré el árbol y juntos lo
arrastraremos hasta aquí. —Henry sonrió, satisfecho de su plan—. Mañana es
Nochebuena. Si traemos el árbol hoy y lo montamos, podemos empezar a decorarlo
esta noche y terminarlo mañana. Sims sacará las cajas del almacén. Puedes
elegir los adornos que más te gusten.
—Tenemos
muchos, señora —intervino el mayordomo—. El año pasado, vinieron los
decoradores de Lanning, como siempre, y prepararon unos adornos en azul y
plateado. Muy bonito. Y el año anterior, tuvimos una Navidad blanca. Sí, fue un
gran éxito.
—Lanning
estará desesperado al ver que este año no lo llamas —comentó Sunday mientras
dejaba los documentos y el bloc a un lado y se ponía de pie. Se acercó a Henry
y lo cogió de la cintura—. No me engañes, lo haces por mí.
Henry
le cogió la cara.
—Últimamente
has tenido mucho trabajo. Creo que lo mejor es que organicemos juntos la clase
de Navidad que necesitas. Todo el personal de la casa, salvo Sims, se marcha.
Los agentes del servicio secreto también se irán a sus casas. Sólo estaremos
nosotros dos, y Sims.
Sunday
tragó con dificultad. Se le había hecho un nudo en la garganta. Hacía pocas
semanas que habían tenido que operar de urgencia a su madre por una afección
del corazón. Ahora se recuperaba en la finca de su marido, en las Bahamas, al
cuidado de éste. Pero le había faltado poco... El miedo de perder a su madre la
había conmocionado profundamente.
—Si
a la señora le parece bien que me quede... —dijo Sims, con tono interrogativo,
circunspecto, y, como siempre, con modales majestuosos.
—Sims,
hace treinta años que vive en esta casa —respondió Sunday— ¿Cómo no vamos a
querer que se quede? —Señaló la sierra—. Pensaba que los leñadores usaban
hachas.
—El
hacha tendrás que llevarla tú — dijo Henry—. Abrígate que hace frío. Ponte el
traje de esquí.
Jacques
asomó la cabeza detrás de un roble centenario para observar al hombre alto que
estaba serrando un árbol. La mujer reía y al parecer trataba de ayudar mientras
el otro hombre, que se parecía a grand—pére, se limitaba a mirar.
Jacques
no quería que lo descubrieran porque lo mandarían otra vez con Lily, y Lily le
daba miedo. En realidad, le tuvo miedo desde que había llegado para cuidarlo
mientras maman y Richard estaban de viaje.
Maman
y Richard se habían casado la semana anterior. A Jacques le caía muy bien su
nuevo papá, hasta que Lily le dijo que maman y Richard habían telefoneado para
decir que ya no lo querían y que se lo llevara. Después, subieron al coche de
Lily y viajaron durante un largo rato. Jacques recordaba que estaba durmiendo
cuando lo despertó un ruido muy fuerte, el coche dio un trompo y se salió de la
carretera. La puerta de su lado se abrió de golpe y él se escapó.
¿Por
qué maman, si ya no lo quería, no lo había mandado con grand—pére, que había
regresado a París ese mismo día? Al marcharse, su abuelo le había dicho que le
gustaría mucho ese lugar tan bonito llamado Darien, y que estaría muy contento
en la nueva casa de Richard. Grand—pére le había prometido que el verano
siguiente pasarían un mes juntos en la casa de campo de Aix—en—Provence y que,
mientras tanto, le mandaría muchos mensajes por el ordenador.
Aunque
pronto iba a cumplir seis años y maman siempre lo llamaba «mi pequeño
hombrecito», todo eso le resultaba demasiado difícil de comprender. Lo único
que sabía era que maman y Richard ya no lo querían y que él no quería estar con
Lily. Ojalá pudiera hablar con grand—pére; a lo mejor, pensó, venía a buscarlo.
Pero... ¿y si grand—pére le decía que debía quedarse con Lily? Lo mejor,
decidió Jacques, era no hablar con nadie.
El
árbol cayó con un ruido seco delante de él.
El
hombre alto, la mujer y el otro hombre que se parecía un poco a grand~pére
empezaron a aplaudir. Después cogieron el árbol y comenzaron a arrastrarlo.
Jacques
los siguió sigilosamente.
—Un
abeto espléndido, señor —comentó Sims—, pero creo que no está del todo
centrado.
—Está
mal puesto en la base —señaló Sunday—. En realidad está un poco torcido, por
eso parece descentrado. —Estaba sentada en el suelo de la biblioteca, con las
piernas cruzadas, mientras revisaba las cajas que contenían los adornos de
Navidad—. Sin embargo —añadió—, considerando lo que os ha costado fijar ese
árbol a la base, sugiero que lo dejéis como está.
—Es
lo que pienso hacer —dijo Henry—. ¿Con qué color lo adornarás?
—Ninguno
en especial —respondió Sunday—, una mezcla. Un árbol casero, con luces
multicolores y guirnaldas doradas y plateadas. Ojalá tuvieras algunos adornos
viejos de cuando eras niño.
—Tengo
algo mejor que eso: tus adornos viejos —le dijo Henry—. Se los pedí a tu padre
antes de que tu familia se fuera a Nassau.
—Voy
a buscar la caja, señor —se ofreció Sims—. ¿Les apetece a los señores una copa
de champán mientras decoran el árbol?
—Por
mí, encantado —respondió Henry, y comenzó a frotarse las palmas encallecidas—.
¿Estás preparada para unas burbujas, querida?
Sunday
no respondió. Tenía la vista fija más allá del abeto.
—Henry
—dijo en voz baja—, no pienses que estoy loca, pero por un segundo me ha
parecido ver el rostro de un niño tras el cristal de la ventana.
Mientras
salían del Paseo Merritt, de Connecticut, y tomaban la carretera que llevaba a
Darien, Richard Dalton echó un rápido vistazo a la mujer con la que estaba
casado desde hacía siete días.
—Te
debo una luna de miel de verdad —le dijo en correcto francés.
Giselle
DuBois Dalton lo cogió del brazo y respondió en un inglés con acento:
—Recuerda,
Richard, que de ahora en adelante tienes que hablarme sólo en inglés. Y no te
preocupes, ya tendremos una luna de miel de verdad. Sabes que no quería dejar a
Jacques con una niñera desconocida más que unas horas. Es un niño tan tímido.
—Pero
la mujer habla francés fluidamente, querida, y eso es importante. Además, tiene
muy buenas recomendaciones de la agencia.
—Sí,
pero... —La voz de Giselle tenía un tono de preocupación—. Todo ha sido muy
precipitado, ¿no crees?
En
efecto, había sido precipitado, se dijo Dalton. Giselle y él pensaban casarse
en mayo, pero adelantaron la fecha porque a él le habían ofrecido la
presidencia de All—Flav, la multinacional de refrescos. Hasta entonces era
director de Collette, la principal competidora de la división francesa de
All—Flav. Todos habían coincidido en que nadie de treinta y cuatro años
rechazaría ese puesto, sobre todo si venía acompañado de una suculenta suma de
dinero. Giselle y Dalton se habían casado la semana anterior, y, al cabo de
unos días, habían llegado a la casa que la empresa había alquilado para ellos
en Darien.
Les
habían dicho que el ama de llaves, Lily, no podría incorporarse al trabajo
hasta después de Navidad, pero el viernes por la tarde se había presentado
inesperadamente. Por lo tanto, el sábado por la mañana, Louis, el padre de
Giselle, los había convencido de que el fin de semana se fueran a Nueva York a
pasar una corta luna de miel. «Yo estaré con Jacques hasta el lunes al
mediodía, y después puede quedarse unas horas con Lily hasta que regreséis el
lunes por la tarde, después de la comida de la empresa.»
Pero
el almuerzo de Navidad de la empresa había durado más de lo esperado, y ahora,
a medida que se acercaban a la casa de Darien, Richard percibía que su mujer
estaba cada vez más tensa.
Comprendía
su preocupación. Había quedado viuda a los veinticuatro años, con un bebé, y
había empezado a trabajar en el departamento de publicidad de Collette, donde
hacía un año se habían conocido.
No
había sido un noviazgo fácil; Giselle protegía a su hijo con uñas y dientes y
temía que un padrastro, cualquier padrastro, no fuera bueno con él.
También
pensaban vivir en París indefinidamente. Pero en cuestión de semanas habían
tenido que cambiar los planes de boda y trasladarse. Sin embargo, Richard sabía
que la mayor preocupación de Giselle era que el cambio —un nuevo padre, una
nueva casa— fuese demasiado brusco para Jacques. Además, el niño apenas
empezaba a aprender inglés.
—Hogar
dulce hogar—dijo Richard alegremente mientras giraba en el sendero particular.
Antes
de que él terminara de frenar, Giselle ya estaba abriendo la portezuela.
—¡La
casa está a oscuras! —exclamó—. ¿Por qué Lily no ha encendido las luces?
Richard
iba a comentar, con tono burlón, que evidentemente Lily era una francesa muy
ahorrativa, pero decidió no hacerlo. La casa parecía desierta, lo cual no
auguraba nada bueno. Aunque ya era de noche, no se veía una sola luz en ninguna
ventana.
Alcanzó
a Giselle en la puerta de entrada, mientras ella buscaba la llave en el bolso.
—Ya
la tengo, querida —dijo él.
La
puerta se abrió y dejó a la vista un recibidor en sombras.
—Jacques
—llamó Giselle—. ¡Jacques!
Richard
encendió la luz. En cuanto la habitación se iluminó, sobre la mesa del
recibidor vio una nota que rezaba: «N'appelez pas la pólice. Attendez nos
instructions avant de rien faire.»
No
llamen a la policía. Esperen instrucciones.
—Señorita
LaMonte, ¿cómo está usted?
Abrió
los ojos lentamente y vio a un solícito agente de policía que la miraba. De
inmediato se preguntó qué había ocurrido. Entonces lo recordó todo vividamente.
Había reventado un neumático. Perdió el control del coche, que se salió de la
carretera y cayó en la cuneta, y ella se golpeó la cabeza contra el volante.
El
niño. Jacques. ¿Les había hablado de ella? ¿Qué debía decir? La meterían en la
cárcel.
Sintió
una mano sobre el hombro. Advirtió que al otro lado de la cama había un médico.
—Tranquila
—dijo él con tono amable—. Está en la sala de urgencias del Hospital General
Morrison. Se ha dado un buen golpe, pero, por lo demás, está usted bien. Hemos
tratado de avisar a su familia, pero nadie responde.
¿Avisar
a su familia? Aún tenía el portadocumentos que Pete había birlado, con el
carnet de conducir, el seguro médico y las tarjetas de crédito de la auténtica
Lily LaMonte.
A
pesar de que le dolía terriblemente la cabeza, la capacidad para mentir de
Betty Rouche reapareció instantáneamente.
—En
realidad es una suerte. Voy a pasar la Navidad con mi familia y no desearía que
se alarmasen.
¿Dónde
debía decir que vivía su familia? ¿Dónde estaba el chico?
—¿Iba
sola en el coche?
Confusa,
creyó recordar que la portezuela del acompañante se había abierto. El niño
debió de huir.
—Sí
—murmuró.
—Han
remolcado el coche hasta la gasolinera más cercana, pero me temo que necesita
reparaciones importantes —le dijo el policía—. Es probable que haya quedado
inservible.
Tenía
que marcharse de allí. Betty miró al médico.
—Le
diré a mi hermano que venga y se ocupe del coche. ¿Puedo irme?
—Yo
diría que sí. Pero descanse y vaya a ver a su médico la semana próxima. —El
doctor salió del cubículo con una sonrisa tranquilizadora.
—Necesito
que me firme el informe del accidente —dijo el policía— ¿Vendrán a buscarla?
—Sí,
gracias. Telefonearé a mi hermano.
—Bueno,
ha tenido suerte, podría haber sido peor. Un reventón y sin air bag... — El
policía se detuvo a mitad de la frase.
Diez
minutos más tarde, Betty iba en un taxi camino de una agencia de alquiler de
coches, y al cabo de veinte minutos se dirigía hacia Nueva York. El plan era
llevar al niño a casa de su primo Pete, en Somerville, pero ahora no pensaba ir
ni loca.
Esperó
hasta sentirse segura fuera de la ciudad y se detuvo en una gasolinera, desde
donde llamaría por teléfono. Ahora que estaba a salvo tenía que desahogarse con
su primo, que la había metido en aquello.
«Es
pan comido —le había dicho—. Oportunidades así sólo se presentan una vez en la
vida.» Pete estaba empleado en una agencia inmobiliaria de Darien, la Buena
Elección. Decía que trabajaba en las oficinas, pero Betty sabía que se dedicaba
a hacer recados y cortar el césped de las casas en alquiler que la agencia
administraba.
Tenía
treinta y dos años, como ella, y lo habían criado unos vecinos. Con el correr
de los años, juntos se habían metido en un montón de problemas. Aún se reían de
cómo habían destrozado la escuela y habían culpado de ello a otros chicos.
Pero
Betty debió darse cuenta de que a Pete ese plan absurdo le iba grande.
—Mira
—le había dicho—, gracias a la agencia sé todo acerca de esa pareja con el
niño. El tipo, Richard Dalton, acaba de depositar un cheque de seis millones de
dólares; la bonificación por el traspaso, la llaman. También he trabajado en la
casa en que van a vivir. Hace seis meses la alquiló otro ejecutivo. Y conozco a
Lily LaMonte. Ya la han contratado otras veces y es la única que tiene los
requisitos para este trabajo. Necesitan una niñera que sepa francés. Pues bien,
da la casualidad que sé que por Navidad se va a Nuevo México. De modo que te
harás pasar por ella. Tienes su estatura, su edad y sabes hablar francés.
Cuando el matrimonio se vaya, te llevas al niño a mi casa de Somerville. Yo me
ocuparé de recoger el rescate y todo eso. Será un trueque, y nos repartiremos
un millón entre los dos.
—¿Y
si llaman a la poli?
—No
lo harán. Pero si lo hacen, ¿qué importa? Nadie te conoce. ¿Por qué dudas de
mí? No le haremos daño al niño. Además, desde mi puesto puedo controlar lo que
pasa. Parte de mi trabajo consiste en quitar la nieve de la casa. Y va a nevar.
De manera que si la poli mete la nariz, me enteraré enseguida. Telefonearé a
Dalton y le diré que mañana por la noche deje el dinero en el buzón y tendrá al
niño en casa por Navidad. Si llaman a la poli, no volverán a saber de nosotros.
—Pero
si llaman a la poli, ¿qué haremos con el niño?
—Lo
mismo que si cobramos el dinero. Pase lo que pase, dejas al niño en una iglesia
de Nueva York. Dios atenderá sus plegarias.
A
Betty le sonaba a destrozar la escuela y quedarse tan frescos. Ni ella ni Pete
harían daño al niño. Del mismo modo que nunca se les había ocurrido quemar la
escuela. Jamás habrían hecho algo así.
Pete
atendió el teléfono.
—Hace
horas que tenías que estar en Somerville —dijo con voz áspera.
—Y
habría llegado si te hubieras ocupado de que ese coche de mierda tuviera ruedas
decentes —le soltó Betty.
—¿A
que te refieres?
Oyó
que su prima alzaba la voz mientras le contaba lo sucedido.
—Cállate
y escúchame —la interrumpió—. Se ha acabado el negocio. Olvídate del dinero. No
más contacto con ellos. ¿Dónde está el niño?
—No
lo sé. Desperté en el hospital. Al parecer el chico escapó antes de que la poli
me encontrara.
—Si
empieza a hablar lo relacionarán contigo. ¿Saben que has alquilado un coche?
—El
taxista lo sabe.
—Muy
bien. Deja el coche, desaparece y asegúrate de no llamar la atención. Recuerda
que no hay nada que pueda relacionarnos con el niño desaparecido.
—Sí,
claro —dijo Betty con amargura mientras colgaba bruscamente el auricular.
—Señor,
hasta el momento no se ha denunciado la desaparición de ningún niño —le dijo el
policía a Henry—, pero lo llevaré a la comisaría; si nadie viene a recogerlo
pronto, se lo llevará una asistenta social. No obstante, lo más probable es que
ahora mismo sus padres estén buscándolo, muy preocupados.
Se
encontraban reunidos en la biblioteca de Drumdoe, dominada por un árbol de
Navidad alto, ligeramente torcido y todavía sin adornar, exactamente igual que
cuando Sunday había divisado la cara de Jacques en la ventana. El niño había
intentado escapar al darse cuenta de que lo habían visto, pero Henry salió
corriendo justo a tiempo de cogerlo. Éste, al ver que sus amables preguntas
obtenían el silencio por toda respuesta, llamó a la policía. Mientras tanto, su
mujer le quitó la chaqueta al pequeño y le frotó las manitas heladas para que
entraran en calor, tratando de ganarse la confianza con un torrente de
palabras. Le rompía el corazón ver esa mirada de terror en los ojos verde
azulados de la criatura.
El
policía se agachó delante de Jacques.
—Debe
de tener unos cinco o seis años, señor. Es la edad del hijo de mi hermana y es
más o menos como él. —Miró a Jacques y sonrió—. Soy policía y voy a ayudarte a
encontrar a tu mamá y a tu papá. Seguro que estarán buscándote por todas
partes. Ahora vamos a ir en mi coche a un lugar por el que podrán pasar a
recogerte, ¿de acuerdo?
Puso
una mano sobre el hombro de Jacques y empezó a atraerlo hacía él. El niño, con
una mueca de terror, retrocedió y se volvió hacia Sunday, de cuya falda se
cogió como suplicando que lo protegiera.
—Está
muerto de miedo —dijo Sunday mientras se arrodillaba a su lado y tomaba entre
sus brazos el cuerpo tembloroso—. Agente, ¿por qué no lo deja aquí? Estoy
segura de que pronto denunciarán su desaparición. Mientras esperamos, el niño
nos ayudará a adornar el árbol.
¿Quieres?
—le preguntó en voz baja. Sunday sintió que el niño se acurrucaba contra ella.
Ante la falta de respuesta, añadió—: Quizá sea sordo.
—O
mudo —intervino Henry—. Agente, creo que mi mujer tiene razón. Usted sabe que
aquí estará bien. Le daremos de cenar, y, para entonces, seguro que ya sabrá
quién es y dónde esta su familia.
—Me
temo que es imposible, señor. Debo llevarlo a comisaría. Tenemos que sacarle
una foto y tener su descripción física exacta para enviarla por teletipo.
Después, El Servicio de Atención al Menor decidirá si podemos dejarlo con usted
hasta que lo reclamen.
Maman
le había enseñado hacía mucho tiempo que si alguna vez se perdía, tenía que
buscar un «gendarme» y darle su nombre, dirección y número de teléfono. Jacques
estaba seguro de que ese hombre era un gendarme, pero no podía decirle su
nombre ni su dirección ni su número de teléfono. Maman y Richard lo habían
regalado a Lily, y él no quería que ella viniera a buscarlo, no quería verla
nunca más.
Esa
señora le recordaba a maman. Tenía el mismo color de pelo y sonreía de la misma
forma. Era muy buena. No como Lily, que no sonreía y le había puesto esa ropa
tan incómoda y apretada que llevaba ahora. Jacques tenía hambre y estaba
cansado. Y muy asustado. Quería estar otra vez en París, a salvo con maman y
grand—pére.
Pronto
llegaría la fête de Noël. El año anterior Richard había estado en su casa y le
había regalado un tren. Jacques recordaba que juntos habían armado las vías, la
estación, los puentes y las casitas que se alzaban al lado de las vías. Richard
le había prometido que este año volverían a montarlo en la casa nueva. Pero le
había mentido.
Jacques
sintió que lo levantaban. Se lo llevarían de allí, lo devolverían a Lily.
Aterrorizado, se tapó la cara.
Al
cabo de dos horas, al ver que Lily no aparecía y que el gendarme volvía a
llevarlo a la casa grande, sintió que el miedo empezaba a desaparecer. Sabía
que Lily no estaba en esa casa. Allí se hallaría a salvo. Se le llenaron los
ojos de lágrimas de alivio. El hombre que se parecía a grand—pére abrió la
puerta, lo hizo pasar y lo condujo hasta la habitación del árbol de Navidad. El
señor alto y la señora estaban allí.
—Han
examinado al niño —explicó el policía a Henry y Sunday—. El doctor dice que
está sano y que parece bien cuidado. Todavía no ha hablado y no ha querido
comer, pero según el médico aún es muy pronto para saber si tiene algún
problema físico o si, sencillamente, está asustado. Tenemos su foto y hemos
enviado su descripción. Supongo que no tardarán mucho en reclamarlo, pero
mientras tanto, el Servicio de Atención al Menor está de acuerdo en que se
quede con ustedes.
Jacques
no entendía lo que decía el gendarme, pero la señora que se parecía a maman se
arrodilló y lo abrazó. Se notaba que era buena; con ella se sentía seguro, un
poco como se sentía con maman cuando aún lo quería. El nudo que tenía en la
garganta empezó a deshacerse poco a poco.
Sunday
noto que el niño temblaba. —Llora que te hará bien —murmuró mientras le
acariciaba el suave pelo castaño.
Richard
Dalton observaba con impotencia a su mujer, que permanecía sentada mirando
fijamente el teléfono. Era evidente que Giselle había quedado aturdida. Tenía
las pupilas dilatadas y el rostro inexpresivo. A medida que pasaban las horas y
seguían sin noticias del secuestro de Jacques, su instinto le decía que debían
llamar a la policía. Pero nada más sugerirlo, Giselle se había puesto casi
histérica.
—Non,
non, non, no lo hagas, no lo hagas. Lo matarán. Debemos hacer lo que dicen.
Debemos esperar instrucciones.
Tendría
que haberse dado cuenta de que había algo anormal en la inesperada aparición de
esa mujer, se dijo Richard con amargura. La agencia le había asegurado
categóricamente que Lily LaMonte estaría fuera por Navidad y no podía empezar a
trabajar hasta el veintisiete. Deberíamos haberlo comprobado, pensó. Habría
sido muy fácil llamar a la agencia y confirmarlo. Pero ¿cómo sabía esa mujer
que decía ser Lily LaMonte que debía venir a casa? Era evidente que todo estaba
planeado y que secuestraría a Jacques a la primera oportunidad. Había sido el
padre de Giselle quien los había convencido de que la contrataran y pasaran el
fin de semana en Nueva York. Era irónico, porque si algo malo le pasaba a
Jacques, el abuelo sería el primero en estar desesperado. No, no era culpa de
su suegro, pensó Richard. Nosotros seguramente también lo habríamos dejado hoy
con ella para ir al almuerzo de la empresa. Sacudió la cabeza. O quizá no.
¡Quién sabe! Ahora es demasiado tarde para hacerse esa clase de preguntas.
Pero
tenía que hacer algo. La inactividad lo estaba volviendo loco. Seguro que era
una cuestión de dinero y que les devolverían a Jacques al día siguiente.
Mañana.
¡En Nochebuena!, se dijo.
Suspiró.
A lo mejor no sería tan rápido. No era ningún secreto que había recibido una
bonificación por la firma del contrato. Era lógico pensar que el secuestrador
estaba al corriente de que disponía de seis millones de dólares. Pero
indudablemente cualquiera sabía que nadie podía sacar esa cantidad tan rápido.
Lo máximo que le daba un cajero automático era unos pocos cientos de dólares.
El
secuestrador o los secuestradores tenían que haber planeado retener a Jacques
toda la noche. Si telefoneaban por la mañana, podría ir a sacar dinero al
banco. Pero ¿cuánto pedirían? Si se trataba de millones, tardaría unos días en
reunirlos. Ningún banco disponía de esa cantidad de efectivo en el acto. Y
grandes reintegros implicaban preguntas.
Giselle
estaba llorando. Las lágrimas se deslizaban silenciosamente por sus mejillas,
mientras murmuraba el nombre de su hijo: «Jacques, Jacques...»
Es
culpa mía, pensó Richard. Giselle y Jacques vinieron conmigo encantados y...
mira lo que les he hecho. No podía seguir inactivo. Le había prometido al niño
que montarían el tren para Navidad. Miró la sala en que se encontraban. Las
cajas estaban en un rincón.
Se
puso de pie, se acercó a las cajas y se agachó. Abrió las cajas, metió las
manos y empezó a sacar tramos de vía. El año anterior, el día de Nochebuena,
cuando el niño desenvolvió los paquetes brillantes en casa de grand—pére,
Richard le había explicado que Papá Noel había traído el regalo temprano para
que él pudiera ayudar a Jacques a armarlo. Una vez montadas las vías, los
vagones, los puentes y las casas, le señaló el interruptor.
—Con
eso se enciende —le explicó—. Pruébalo.
Jacques
accionó el interruptor. Las luces de las casitas brillaron, sonó el silbato,
bajaron las barreras y, mientras Richard movía cuidadosamente el regulador, la
antigua locomotora Lionel con seis vagones resopló por un instante y se puso en
marcha.
La
expresión maravillada de Jacques fue indescriptible.
Bueno,
Jacques, voy a montar este tren otra vez y tú volverás para ponerlo en marcha
conmigo, pensó Richard.
El
teléfono sonó. Richard se puso de pie de un salto y le quitó el auricular de
las manos a Giselle antes de que ésta tuviera ocasión de responder.
—Soy
Richard Dalton —dijo con tono de decisión.
—¿Cuánto
dinero tienes en la casa? —preguntó una voz ronca y susurrante, evidentemente
impostada.
Richard
pensó deprisa.
—Unos
dos mil dólares.
Pete
Schuler había cambiado de idea. A lo mejor, después de todo, podía sacar algo.
—¿Has
llamado a la policía?
—No,
le juro que no.
—Muy
bien. Deja el dinero ahora mismo en el buzón y cierra todas las persianas. No
quiero que mires hacia fuera, ¿entendido?
—Sí,
sí. Haremos lo que diga. ¿Jacques está bien? Quiero hablar con él.
—Hablarás
con él pronto. Pon el dinero donde te he dicho y mañana por la noche el niño
estará contigo decorando el árbol.
—Trátelo
bien. Cuídelo, por favor.
—Lo
haremos. Pero recuerda, si veo a la policía, el niño acabará en Sudamérica,
adoptado. ¿De acuerdo?
No
ha amenazado con matarlo, pensó Richard. Al menos no ha amenazado con matarlo.
En ese momento la comunicación se cortó. Colgó el auricular y abrazó a Giselle.
—Mañana
estará con nosotros —le dijo.
La
ventana del cuarto central del primer piso daba directamente al buzón que
estaba junto al bordillo. Richard estableció allí su puesto de observación,
entreabriendo las cortinas lo justo para poder espiar. El teléfono estaba a su
lado. Sabía que Giselle no comprendería las instrucciones que le había dado el
secuestrador. Era evidente que su mujer estaba al borde del colapso, pero
Richard consiguió que se tendiera en la cama, junto a la ventana, y se tapara
con una manta. Los últimos preparativos consistieron en poner a punto la cámara
fotográfica para condiciones de luz mínimas.
Mientras
vigilaba, cayó en la cuenta, con desesperación, de lo poco que podría averiguar
de la persona que intentase recoger el dinero. En la calle no había farolas y
el cielo estaba cubierto de nubarrones amenazadores. Tendría suerte si
conseguía ver qué coche conducía el individuo. Debería llamar a la policía,
pensó. Probablemente sea la única oportunidad que tengamos de seguir a la
persona que venga a recoger el dinero.
Suspiró.
Pero ¿y si el secuestrador advertía la presencia de la policía y algo salía
mal? Nunca se lo perdonaría, y sabía que Giselle tampoco.
Se
acordó de cuando tenía nueve años y su madre lo mandaba a tomar clases de
piano. Una de las pocas canciones que había conseguido aprender sin equivocarse
era Toda la noche. Visualizó a su madre sentada a su lado en la banqueta,
entonando la canción mientras él la interpretaba al piano.
Duerme
en paz, niño mío,
toda
la noche.
Dios
y los ángeles guardianes
velarán
por ti,
toda
la noche.
Que
los ángeles guardianes cuiden a nuestro pequeño, rogó Richard en silencio
mientras oía los sollozos quedos de Giselle.
El
fragmento final de la canción cruzó por su mente: «Y yo velaré por ti, toda la
noche.»
La
cena era sencilla: ensalada, pan blanco, pasta con salsa de tomate y albahaca.
El niño se sentó a la mesa del comedor pequeño con Henry y Sunday. Cogió la
servilleta que había al lado del plato y se la puso sobre las piernas, pero no
miró a Sims cuando le ofreció pan, ni tocó la comida.
—Tiene
que tener hambre —dijo Henry—. Son casi las siete y media. —Probó un poco de
pasta, miró a Jacques y sonrió—. Mmmm... deliciosa.
Jacques
lo miró con seriedad y bajó la vista.
—¿Tal
vez un bocadillo de mantequilla de cacahuete y mermelada? —sugirió Sims—. A
usted le gustaba mucho de pequeño, señor.
—No
le hagamos caso durante un rato y veamos qué pasa —dijo Sunday—. Creo que está
terriblemente asustado, pero... sí, seguro que tiene hambre. Si no empieza a
comer dentro de un rato, cambiaremos el menú. Sims, si le damos un bocadillo de
mantequilla de cacahuete y mermelada, creo que será mejor cambiar la leche por
una coca cola. —Hizo girar la pasta con el tenedor—. Henry, ¿no te parece raro
que la policía no haya recibido ninguna denuncia de un niño desaparecido?
Quiero decir que si es de alguna casa de la zona, cualquier padre normal habría
denunciado de inmediato la desaparición. Me pregunto cómo habrá llegado hasta
aquí. ¿Crees que alguien lo ha dejado a propósito en nuestra casa?
—No
creo —respondió Henry—. Si alguien planeó dejar al niño aquí, tendría que ser
adivino para saber que mandamos a los hombres del servicio secreto a pasar la
Navidad a sus casas. De otro modo, lo habrían visto e interrogado en la puerta.
En mi opinión, lo más probable es que por alguna misteriosa razón todavía no lo
han echado en falta.
Sunday
miró a Jacques y apartó rápidamente la mirada.
—No
lo mires —le dijo a Henry en voz baja—, pero cierto chiquillo está empezando a
comer.
Durante
el resto de la cena, Sunday y Henry conversaron haciendo caso omiso de Jacques,
que dio cuenta de todo el plato de pasta, la ensalada y la coca cola.
Sunday
notó que el niño miraba el pan, que estaba fuera de su alcance, y le acercó la
cesta con ademán casual.
—Otra
cosa —dijo—. Quería pan, pero como no podía pedirlo, no tendió la mano para
cogerlo. Henry, este chico tiene muy buenos modales en la mesa.
Después
de cenar, regresaron a la biblioteca a terminar de decorar el árbol. Sunday le
señaló a Jacques la última caja llena de adornos, y el niño empezó a
pasárselos. Notó que los sacaba con mucho cuidado de las separaciones de
cartón. Es algo que ya ha hecho, decidió. Más tarde, advirtió que al niño
comenzaban a cerrársele los ojos.
—Creo
que hay alguien que tiene que irse a la cama —dijo Sunday después de colgar el
último adorno en el árbol—. La pregunta es, ¿dónde lo ponemos?
—Cariño,
en esta casa hay por lo menos dieciséis habitaciones.
—Sí,
pero ¿dónde dormías tú de pequeño?
—En
el ala de los niños.
—¿Con
la niñera cerca?
—Naturalmente.
—A
eso me refiero.
Sims
estaba apilando las cajas.
—Sims,
creo que pondremos a nuestro pequeño amigo en el sofá de la sala de nuestro
dormitorio —dijo Sunday—. De este modo, si dejamos la puerta del cuarto
abierta, el niño podrá vernos y oírnos.
—Muy
bien, señora. ¿Y qué le ponemos para dormir?
—Una
de las camisetas de Henry.
Esa
misma noche, más tarde, a Sunday la despertó un ruido en la habitación
contigua. Se levantó en un instante, cruzó el dormitorio y se detuvo en el vano
de la puerta.
Jacques
estaba de pie ante la ventana, con el rostro levantado hacia el cielo. Un débil
zumbido atrajo la atención de Sunday; en aquel momento pasaba un avión. Debe de
haberlo oído, pensó. Me pregunto qué significará para él.
Mientras
lo observaba, el pequeño volvió al sofá, se tapó con las mantas y ocultó la
cara en la almohada.
El
día de Nochebuena amaneció frío y despejado. Una capa de nieve fresca y
brillante cubría los campos ya blancos. Henry, Sunday y Jacques salieron a dar
un paseo matinal.
—Querida,
sabes que no podemos quedarnos con él indefinidamente —dijo Henry.
Un
ciervo pasó por el bosque y Jacques salió corriendo para verlo huir a toda
prisa.
—Lo
sé, Henry.
—Anoche
tuviste razón respecto de que el niño durmiese cerca de nosotros. Creo que
estoy empezando a ver cómo será nuestra vida cuando tengamos hijos. ¿Todos
dormirán en el cuarto de al lado?
Sunday
rió.
—No,
pero tampoco estarán en otra ala de la casa. ¿Has terminado tu felicitación
navideña para enviar por Internet?
—Sí.
Este año nos ha escrito tanta gente de todo el mundo, que creo que es el
momento apropiado de expresar a todos ellos nuestro agradecimiento y nuestros
buenos deseos.
—Yo
también. —En aquel momento la voz de Sunday cambió—. ¡Henry, mira!
Jacques
había dejado bruscamente de correr y miraba al cielo con nostalgia.
Se
oía el ruido de un avión a lo lejos.
—Otra
pista, Henry —dijo Sunday en voz baja—. Creo que este niño ha viajado hace poco
en avión.
A
Pete Schuler no lo consolaba la idea de tener dos mil trescientos treinta y
tres dólares en el bolsillo, aunque el dinero que le había caído significara
que podía tomarse el resto del invierno libre e ir a esquiar a alguna parte.
Había varias preguntas qué seguían fastidiándolo.
¿Dónde
estaba el crío? ¿Por qué no había aparecido? La tonta de su prima Betty lo
había perdido en alguna parte de Nueva Jersey. ¿Cómo era posible que ningún
ciudadano decente lo hubiera encontrado y llamado a la policía? ¿Y si había
tenido un accidente? Las preguntas le daban vueltas en la cabeza, crispándole
los nervios.
Betty
estaba en Nueva York, en casa de una amiga, una pocilga del East Village. Pete
marcó el número y atendió Betty, que con voz furiosa preguntó:
—¿Ha
vuelto el niño a su casa?
—No.
¿Dónde demonios se te perdió?
—En
Bernardsville; ése era el nombre del pueblo. ¿Crees que lo han atropellado o
algo así?
—¿Cómo
quieres que lo sepa? Tú eres la que lo perdió. —Pete dudó, pensativo—. Estoy
casi seguro de que los padres no han llamado a la policía. —No pensaba decirle
a Betty lo del dinero—. Pero tenemos que enterarnos de lo que ha pasado, si han
iniciado alguna clase de búsqueda. Coge un bus a Nueva Jersey, llama a la
policía de Bernardsville desde una cabina y pregúntales si no les han entregado
un niño de cinco años. ¿De acuerdo?
—¿Y
para qué? ¿Qué crees que van a decirme? —preguntó Betty.
¿Por
qué me he metido en esto?, pensó. Si le ha pasado algo a ese niño, acabaré en
la cárcel el resto de mi vida.
—¡Haz
lo que te digo ahora mismo! —exclamó Pete—. Pero ten cuidado. Si tienen al niño
te harán un montón de preguntas.
A
las dos, Betty volvió a llamarlo.
—No
estoy muy segura de si lo tienen o no
—dijo—.
Me han pedido que describiera al niño, y colgué enseguida.
—¡Qué
estupidez! —la riñó Pete, y colgó el auricular.
Si
los Dalton aún no habían llamado a la policía, lo harían pronto, sobre todo si
seguían sin noticias de él. Condujo hasta una estación de servicio de Southport
y se metió en una cabina telefónica. Él mismo debía hacer la próxima jugada.
Atendieron
a la primera llamada.
—Richard
Dalton al habla.
—Ha
habido una demora —dijo Schuler con la misma voz impostada que había utilizado
la vez anterior. Hablaba a través de un pañuelo, como había visto en las
películas—. No tengan miedo. ¿De acuerdo? No pierdan la calma.
Richard
Dalton oyó que la comunicación se cortaba. Algo había salido mal, pensó. Se dio
cuenta de que quienquiera que se hubiera llevado el dinero, había venido a pie.
Por eso no había visto a nadie. Había estado despierto toda la noche a la
espera de que un coche pasara por la calle. Pero no había venido ningún coche.
No obstante, por la mañana el dinero ya no estaba. De algún modo, la persona
que se lo había llevado había pasado completamente inadvertida para él.
El
teléfono volvió a sonar. Dalton atendió, se identificó y tapó el auricular.
—Es
tu padre —dijo—. Quiere hablar con Jacques.
—Dile
que Jacques y yo hemos salido a hacer las últimas compras de Navidad —murmuró
Giselle. Su cara era una máscara de miedo y dolor. Su esposo casi no podía
mirarla a los ojos.
—Louis,
han salido de compras —dijo Richard—. Te llamaremos mañana.
Cuando
colgó, Giselle gritó:
—Dile
que Jacques y yo hemos salido a hacer compras de Navidad.
En
aquel momento se desplomó y accidentalmente golpeó el interruptor del tren
eléctrico. Las luces se encendieron, bajaron las barreras, la locomotora
resopló y arrancó.
Dalton
cruzó la habitación, apagó el interruptor y se agachó para acunar a su mujer
entre los brazos.
A
las cinco de la tarde del día de Nochebuena, el comisario de policía de
Bernardsville llamó por teléfono y pidió hablar con Henry.
—Señor
presidente —dijo—, hemos distribuido folletos con la imagen del niño por toda
la zona. La delegación del FBI y los cincuenta estados tienen su foto y
descripción. Hemos pedido información al Centro Nacional de Niños Desaparecidos
y Maltratados. Hasta ahora no hay ninguna novedad. Sin embargo, hoy hemos
recibido una llamada extraña. Nos preguntaban si alguien nos había entregado un
niño de cinco años. Esto empieza a parecer un caso de abandono. ¿Ha dicho algo
el pequeño?
—Ni
una palabra —respondió Henry.
—Entonces
creo que lo mejor será que nos hagamos cargo de él. Tenemos que llevarlo al
hospital, para que evalúen apropiadamente si tiene algún problema de habla o
sencillamente está traumatizado.
—Por
supuesto, comisario.
Sunday
había enviado a Sims a la juguetería del pueblo y había vuelto cargado de
regalos. La mayor parte de los paquetes seguían envueltos. Pero algunos ya
estaban abiertos, incluyendo un juego de ladrillos de plástico con los que
Jacques y Sunday construían una complicada torre. Henry explicó las novedades a
su mujer, que lo escuchó consternada.
—Es
Nochebuena, Henry. Este niño no puede despertar mañana en un hospital.
—Pero
no podemos tenerlo indefinidamente, cariño.
—Diles
que lo dejen aquí hasta el martes. Al menos que disfrute de la Navidad. Sé que
aquí está a gusto. Y otra cosa, Sims le ha comprado ropa nueva. La que llevaba
también lo era, pero le iba pequeña. En todo esto hay algo raro. No creo que
sea un niño abandonado. Creo que su familia no sabe dónde buscarlo. Díselo a la
policía.
Jacques
no tenía ni idea de qué decía esa señora buena que se parecía un poco a maman,
pero lo que sí sabía era que le gustaba estar con ella, con el señor alto y con
el hombre mayor que se parecía a grand—pére. A lo mejor, si se portaba bien, lo
dejarían quedarse con ellos. Pero también quería estar en casa con maman y
Richard. ¿Por qué lo habían echado? De repente, ya no pudo soportar tanta
tristeza. Dejó el pequeño ladrillo que estaba a punto de colocar en la punta de
la torre y se echó a llorar... unas lágrimas silenciosas, desesperadas y
solitarias que ni la señora buena que lo acunaba entre sus brazos podía impedir
que derramase.
Aquella
noche no pudo cenar. Lo intentó de veras, pero la comida no le pasaba por la
garganta. Después, cuando regresaron a la habitación del árbol de Navidad, no
conseguía pensar en nada que no fuera el tren que Richard y él iban a montar
juntos en la casa nueva de Darien.
Sunday
sabía lo que Henry pensaba: que no estaban ayudando al pequeño. Se lo veía
triste, tenía una pena intensa que ni todos los regalos del mundo podían
aliviar. Quizá debían llevarlo a un hospital donde pudiera recibir ayuda
profesional.
Tuvo
la misma sensación de impotencia que durante la operación de su madre, mientras
esperaba con su padre y Henry.
—¿Qué
piensas, querida? —preguntó Henry en voz baja.
—Que
sería mejor que dejáramos que los profesionales se ocuparan de él a partir de
mañana. Estabas en lo cierto. No le hacemos ningún favor teniéndolo aquí.
—De
acuerdo.
—No
parece que sea Nochebuena —dijo ella con tristeza—. Un niño perdido... No puedo
creer que nadie lo busque. ¿Te imaginas cómo nos sentiríamos nosotros si un
hijito nuestro hubiera desaparecido?
Henry
iba a responder, pero cerró la boca y ladeó la cabeza.
—Escucha,
vienen los niños que cantan villancicos.
Se
acercó a la ventana y la abrió. El aire frío de la noche entró en la habitación
mientras los niños se encaminaban hacia la casa cantando.
Sunday
empezó a tararear con ellos mientras oía las conmovedoras palabras de «noche de
paz, noche de amor...» y aplaudió junto con Henry cuando acabaron.
En
aquel momento, el jefe del grupo se acercó a la ventana y dijo:
—Señor
presidente, hemos aprendido una canción especial para usted, porque una vez
leímos que era su favorita cuando iba a la escuela. Si nos permite...
Dio
la nota con un diapasón y el grupo empezó a cantar en voz baja:
Un
flambeau, Jeannette Isabelle, Un flambeau, courrons au berceau. C'est Jésus,
bonnes gens áu harnean Le Christ est né...
Sunday
oyó un sonido detrás. Cuando aparecieron los niños Jacques se había quedado
acurrucado en la silla frente al sofá en que estaban sentados. Pero ahora,
mientras lo observaba, se irguió, abrió completamente los ojos y empezó a mover
los labios junto con los niños.
—Henry
—susurró Sunday—, mira. ¿Ves lo mismo que yo?
Henry
se volvió.
—¿A
qué te refieres, cariño?
—¡Mira!
Henry
miró fijamente a Jacques tratando de disimular su interés.
—Sabe
la letra de la canción. —Se acercó al pequeño y lo levantó en brazos. Cuando
los niños acabaron, les pidió—: Otra vez, por favor.
Volvieron
a entonar la canción, pero esta vez los labios de Jacques no se movieron.
Cuando
los niños se marcharon, Henry se volvió hacia Jacques y empezó a preguntarle en
francés:
—Comment
t’apelles—tu? Où habites—tu?
Pero
Jacques cerró los ojos.
Henry
miró a Sunday y se encogió de hombros.
—No
sé qué más hacer. Creo que entiende lo que le pregunto, y sin embargo no quiere
contestar.
Sunday
miró a Jacques, pensativa.
—Henry,
seguro que notaste lo fascinado que se quedó nuestro amiguito esta tarde cuando
pasó el avión.
—Tú
me lo señalaste.
—Y
lo mismo sucedió anoche. Henry, supón que este niño acaba de llegar de otro
país. No es de extrañar que nadie haya denunciado su desaparición. Sims ha
traído uno de los folletos con su foto y su descripción, ¿no?
—Sí.
—Vas
a enviar un saludo navideño por Internet, ¿verdad?
—Sí,
mi mensaje anual, a medianoche.
—Hazme
un favor. —Sunday señaló a Jacques—. Este año pon también el folleto con su
foto y su descripción, y pide a la gente de Francia y de otros países
francófonos que miren la foto con atención.
Y de
ahora en adelante, háblame en francés. Puede que no entienda mucho, pero quizá
hagamos algún progreso.
Eran
las seis menos cuarto de la mañana en París cuando Louis de Coyes, café en
mano, entró en su estudio y encendió el ordenador. Pasar la mañana de Navidad
solo no era una perspectiva muy agradable. Más tarde, al menos almorzaría con
amigos. La casa parecía vacía sin Jacques ni Gise—lle, pero Louis estaba muy
satisfecho del nuevo marido de su hija. Richard Dalton era la clase de hombre
que a cualquier padre le gustaría tener como yerno.
Y
confiaba en que se visitaran menudo. También le habían prometido continuar con
las lecciones de Internet que él había empezado a darle a Jacques. Algún día, y
seguro que no faltaba mucho, él y su nieto podrían comunicarse regularmente por
correo electrónico. En aquel momento era casi medianoche en la costa este de
Estados Unidos, y Louis quería leer el mensaje navideño que Henry Parker
Britland IV estaba a punto de mandar a sus amigos. Louis lo había conocido en
una recepción en la embajada norteamericana en París y había quedado muy
impresionado por su inteligencia y su simpatía.
Al
cabo de cinco minutos, un incrédulo Louis de Coyes miraba la foto de su nieto,
al que el ex presidente había descrito como un niño perdido.
Seis
minutos más tarde, Richard Dalton, mientras intentaba inventar una excusa para
explicar por qué Giselle no podía ponerse al teléfono, exclamaba:
—¡Dios
mío, Louis! ¡Dios mío!
A
las dos de la madrugada sonó el timbre. Henry y Sunday esperaban a los padres
de Jacques. —Está arriba, durmiendo.
Jacques
tenía un sueño, pero esta vez era un sueño muy bonito. Maman lo besaba y
murmuraba: «Mon petit, mon Jacques, mon Jacques, je t'aime, je t'aime.»
Jacques
sintió que lo levantaban envuelto en las mantas. Richard lo acunaba con fuerza
mientras le decía: «Muchachito, nos vamos a casa.»
En
el sueño, Jacques hacía un largo viaje en coche y dormía en brazos de maman.
Cuando
despertó, abrió los ojos lentamente y la tristeza volvió a apoderarse de él.
Pero no estaba en el sofá de la casa grande, sino en su cama. ¿Como había
llegado allí? ¿Maman y Richard habían ido a buscarlo porque lo querían?
—Maman!
¡Richard! —exclamó ansioso, mientras saltaba de la cama y corría por el
pasillo.
—Estamos
aquí, abajo —respondió maman.
En
ese momento oyó otro ruido procedente de la planta baja. El traqueteo de su
tren y el silbato de la máquina para que bajaran las barreras. Los impacientes
pies de Jacques apenas tocaron los escalones mientras descendía por ellos a
toda prisa.
—Anoche
no dormimos mucho que digamos —comentó Henry mientras regresaba con Sunday de
la iglesia.
—No,
no mucho —coincidió Sunday alegremente—. Henry, voy a echar de menos a ese
chiquillo.
—Y
yo. Pero espero que pronto tengamos uno o dos.
—Yo
también. ¿No te parece increíble lo frágil que es la vida? Me refiero a esa
llamada del mes pasado, anunciándonos lo de mi madre.
—Pero
si está recuperándose perfectamente.
—Sí,
pero podríamos haberla perdido. Y el pequeño Jacques... Supón que esa mujer no
hubiera tenido el accidente justo en este pueblo. Dios sabe qué le habría hecho
al niño de sentirse acorralada. Espero que la cojan pronto. La vida de todos
pende de un hilo.
—Así
es —coincidió Henry en voz baja—. Sin embargo, para algunos ese hilo se romperá
muy rápido. No te preocupes, la policía encontrará sin problemas a la mujer y
su cómplice. Aparentemente han sido muy torpes para borrar sus huellas.
Franquearon
en coche las verjas de Drumdoe y avanzaron por el largo sendero que conducía a
la casa. Henry detuvo el coche delante de la escalinata. Era evidente que Sims
los aguardaba, porque la puerta se abrió en cuanto cruzaron el porche.
—El
pequeño Jacques está al teléfono, señor. Su madre me ha dicho que ha estado
toda la mañana jugando con su tren. Quiere darle las gracias por su bondad. —El
mayordomo sonrió—. Y quiere desearle un joyeux Noel.
Mientras
Henry se apresuraba a atender el teléfono, Sunday miró a Sims y, con una
sonrisa, dijo:
—Su
acento francés es casi tan espantoso como el mío.
FIN


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