© Libro N°. 2985. Manituana.
Ming, Wu. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © Manituana
Versión Original: © Manituana. Wu Ming
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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MANITUANA
Wu Ming
Una
historia de éxodos y retornos, batallas y encantamientos, ascensos al cielo y
descensos a los infiernos. Una historia que atraviesa el Atlántico, de los
bosques americanos a los bajos fondos de Londres. Una historia del lado
equivocado de la Historia.
1775,
en el alba de la revolución que engendró los Estados Unidos de América.
Lealistas y rebeldes se disputan la alianza de las Seis Naciones iroquesas, la
más poderosa confederación india. En el valle del río Mohawk, indígenas y
colonos conviven desde hace decenios. Dolorosas decisiones trastornan el futuro
de una comunidad mestiza. Un cazador iroqués abandona los bosques y las novelas
de Voltaire. Un guerrero del Clan del Lobo interrumpe la traducción del
Evangelio y empuña el fusil. Un baronet de Su Majestad aparece en los sueños de
blancos e indios. Una mujer guía a su pueblo a través de las llamas.
De
los autores de Q y 54, una novela épica sobre el nacimiento de una nación y el
exterminio de muchos mundos posibles.
Wu
Ming es el seudónimo de un grupo de narradores italianos que trabajan de forma
colectiva desde hace años. En 1999, con el nombre de Luther Blissett,
publicaron la novela Q (Literatura Mondadori, 2000), que cosechó un gran número
de lectores. En 2003, ya con su nuevo nombre, publicaron 54 (Literatura
Mondadori, 2005), que repitió el éxito de ventas de Q. Manituana es su nueva
novela.
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Título original: Manituana
Publicado por acuerdo con Agenzia Letteraria Roberto Santachiara
© 2007, Wu Ming
© 2009, de la presente edición en castellano para todo el mundo:
Random House Mondadori, S. A.
Travessera de Gracia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2009, Nadie Enparticular, por la traducción
Primera edición: mayo de 2009
Printed in Spain - Impreso en España
ISBN: 978-84-397-2185-7
Depósito legal: B-14.524-2009
Fotocomposición: Fotocomp/4, S. A.
Impreso en Limpergraf
Mogoda, 29. Barbera del Vallès (Barcelona)
Encuadernado en Artbook
GM 2 18 5 7
A
Piermario
A
Maria
Un
solitario será sobrio, piadoso, llevará un cilicio, y hasta será un santo; pero
yo no lo llamaré virtuoso en tanto no haya hecho algún acto que beneficie a los
demás hombres. Porque mientras está solo, no es benéfico ni maléfico; ni es
nada para nosotros.
VOLTAIRE,
Diccionario filosófico
Antecedentes
31
de agosto de 1142. En los territorios que van desde el actual estado de Nueva
York a Pensilvania, a consecuencia de las prédicas de los profetas Hiawatha y
Deganawidah, cinco grandes tribus indias se unen y crean la Confederación
Iroquesa, o Liga de las Cinco Naciones (mohawk, oneida, cayuga, onondaga y
seneca).
11
de noviembre de 1620. El barco Mayflower llega al cabo Cod, en el actual
Massachusetts. Los Padres Peregrinos fundan Nueva Inglaterra: comienza la
colonización anglosajona de Norteamérica.
26
de mayo de 1637. Los colonos de Nueva Inglaterra, en guerra contra los indios
pequots, atacan la aldea de Misistuck y le prenden fuego, exterminando a
mujeres y niños.
1713-1715.
Los tuscaroras, tribu india de Carolina del Norte, huyen de sus tierras después
de haber perdido la guerra contra los colonos blancos, y se desplazan hacia el
norte. Se convertirán en la sexta nación iroquesa.
20
de abril de 1710. La reina Ana de Gran Bretaña recibe en la corte a una
delegación iroquesa encabezada por el jefe mohawk Hendrick Theyanoguin.
1730.
El irlandés William Johnson desembarca en Nueva York. Su destino es el condado
de Tryon, en el valle del río Mohawk, donde le espera una finca de su tío.
1755-1756.
William Johnson es nombrado baronet y superintendente de Asuntos Indios de
Norteamérica.
1754-1763.
Las Seis Naciones apoyan a los ingleses en el conflicto colonial conocido como
«guerra franco-india». Por el contrario, muchas otras tribus se alinean con los
franceses. El Imperio británico conquista Canadá.
1763-1766.
En la región de los Grandes Lagos, el jefe Pontiac dirige una gran revuelta
contra los ingleses. Al acabar las hostilidades, Pontiac y sir William Johnson
se reúnen en el lago Ontario y firman un tratado de paz.
5 de
noviembre de 1768. Sir William Johnson y una delegación de las Seis Naciones
firman el tratado de Fuerte Stanwix, que establece confines a la expansión de
los asentamientos blancos.
16
de diciembre de 1773. «Motín del té» en Boston. Disfrazados de mohawks, algunos
habitantes de Boston autodenominados «Hijos de la Libertad» suben a bordo de
tres barcos en el muelle del puerto y arrojan al mar el cargamento de té. Es
una acción de protesta contra el Parlamento de Londres, y el inicio de una
cadena de acontecimientos que llevará a la guerra entre las colonias y la madre
patria.
PRÓLOGO
Lago George, colonia de Nueva York,
8 de septiembre de 1755
Los rayos del sol hostigaban al pelotón, luz de sangre se
filtraba en el bosque.
El hombre en la camilla apretó los dientes, su costado ardía.
Miró hacia abajo, gotas escarlata brotaban por la herida.
Hendrick había muerto, y con él muchos guerreros.
Recordó al viejo jefe atrapado bajo el peso del caballo, los
caughnawagas que se arrojaban sobre él.
Los indios no combatían nunca a caballo, pero Hendrick ya no
podía correr ni saltar. Tuvo que ser izado hasta la silla. ¿Cuántos años tenía?
Dios santo, había conocido a la reina Ana. Era Noé, Matusalén.
Había muerto combatiendo al enemigo. Un final noble, incluso
envidiable, si hubieran podido hallar el cadáver para darle cristiana
sepultura.
William Johnson dejaba volar sus pensamientos, un vuelo de
golondrinas, mientras los portadores marchaban por el sendero. No quería cerrar
los ojos, el dolor le ayudaba a mantenerse despierto. Pensó en John, su
primogénito, demasiado joven aún para la guerra. Su hijo habría de heredar la
paz.
Voces y clamores señalaron el campamento. Las mujeres chillaban
y maldecían, preguntaban por hijos y maridos.
Le dejaron dentro de una tienda.
—¿Cómo se encuentra?
Reconoció el rostro ceñudo y los ojos grises del capitán Butler.
Intentó sonreír, logró apenas una mueca.
—Tengo un infierno en el costado derecho.
—Señal de que está vivo. El doctor estará aquí en unos
instantes.
—¿Los guerreros de Hendrick?
—Los he visto mientras venía hacia aquí. Escalpaban cadáveres y
heridos, sin distinciones.
William apoyó la cabeza sobre el catre y tomó aliento. Había
dado su palabra a Dieskau: nadie se ensañaría con los prisioneros franceses.
Hendrick había arrancado una promesa de los guerreros, pero Hendrick estaba
muerto.
Un hombre bajo entró en la tienda, sofocado, cercos de sudor en
la chaqueta.
William Johnson levantó la cabeza.
—Doctor, aquí tengo algo para usted.
El médico le quitó la casaca, con la ayuda del capitán Butler.
Cortó el calzón con las tijeras y comenzó a limpiar y taponar la herida.
—Es afortunado. La bala tocó el hueso y rebotó.
—¿Ha oído, Butler? Rechazo los proyectiles.
El capitán balbuceó un agradecimiento a Dios y ofreció un trapo
a William, para que pudiera morderlo mientras el médico cauterizaba la herida.
—No se levante. Ha perdido mucha sangre.
—Doctor... —William tenía el rostro tenso y pálido, su voz era
un quejido—. Nuestros hombres están trayendo al campo a los prisioneros
franceses. Con ellos hay un oficial, el general Dieskau. Está herido, tal vez
sin sentido. Le ruego que le preste atención urgente. Capitán, acompañe al
doctor.
Butler y el médico estaban a punto de decir algo, pero William
se anticipó:
—Puedo quedarme solo. No moriré, pueden estar seguros.
Butler asintió sin decir nada. Ambos se retiraron con un saludo.
Para evitar el desfallecimiento, William aguzó el oído y concentró su
pensamiento en los ruidos.
Viento que sacudía las ramas.
Graznidos de cuervos.
Gritos lejanos.
Gritos más cercanos.
Gritos de mujeres.
Un alboroto imprevisto atravesó el campo. William pensó que era
Butler de regreso con los prisioneros.
Miró fuera de la tienda. Un grupo de guerreros mohawks: gritaban
y lloraban, los tomahawks en alto sobre sus cabezas. Arrastraban a los
caughnawagas con cuerdas al cuello, las manos atadas a la espalda. Las mujeres
del campo los atormentaban con patadas, golpes y tiros de piedras.
El grupo se detuvo a unas treinta yardas. Ninguno de ellos miró
hacia la tienda: estaban ajenos a todo, los sentidos puestos en la venganza. El
más exaltado iba de una punta a otra.
—Vosotros no sois hombres. ¡Sois perros, amigos de los
franceses! ¡Hendrick os dijo que no empuñarais las armas contra vuestros
hermanos! ¡Era una advertencia!
Agarró a un prisionero por el pelo, lo arrastró de rodillas y
cortó su cabellera. Este cayó en el polvo, comenzó a gritar y retorcerse. Las
mujeres lo mataron a bastonazos.
William sintió que el sudor congelaba su piel.
Un segundo prisionero fue escalpado, las mujeres lo golpearon
con patadas antes de apuñalarlo hasta morir.
William hizo votos para que entre los que cayeran muertos no
hubiera blancos. Mientras permaneciera como un problema entre indios podría no
intervenir.
Hendrick había muerto. Hijos y hermanos habían muerto. Los
mohawks tenían derecho a una venganza, siempre que no tocaran a los franceses:
servían para el intercambio de rehenes.
El tercer caughnawaga se desplomó en el suelo con el cráneo
destrozado.
En el cuartel general de Albany, los capitostes enviados por
Inglaterra no se avenían a razones. No se podía combatir como en Europa. Los
franceses azuzaban a las tribus contra los colonos ingleses. Incursiones,
incendios y saqueos. Petite guerre, así la llamaban. Los franceses tenían un
nombre para cada cosa. El alto mando británico debería tener el coraje de pagar
con la misma moneda. Estaba en juego el dominio de todo un continente.
La llegada de nuevos prisioneros interrumpió sus reflexiones.
Civiles blancos, furrieles, herradores y soldados con uniformes desgarrados.
Uno de los guerreros separó del grupo a un muchacho. Llevaba el uniforme de
tamborilero del regimiento.
William estaba extenuado. Apenas oía las palabras, pero la
suerte del muchacho estaba clara. Otro guerrero se enfrentó al primero, cuando
ya enseñaba su cuchillo.
Con las plumas en la cabeza y el cuerpo pintado parecían dos
gallos en una pelea.
—Lleva el uniforme de los franceses. ¡No puedes cortarle la
cabellera!
—Le oí hablar en caughnawaga.
—Hendrick dijo que los prisioneros blancos corresponden a los
padres ingleses.
—Míralo bien, ¿parece un blanco?
—Si Hendrick estuviera aquí, te apartaría.
—Yo quiero vengarlo.
—Tú lo deshonras.
—¿Quieres que crezca y se convierta en un guerrero? Es mejor
matarlo ahora, cuando los traidores caughnawagas se dan a la fuga y nos temen.
—¡Estúpido! Warraghiyagey se enfurecerá contigo.
William Johnson escuchó pronunciar su nombre indio.
Warraghiyagey, «hace grandes negocios». Se incorporó sobre los codos, tenía que
intervenir.
Vio descender el cuchillo hasta la cabellera del tamborilero.
Llenó los pulmones para gritar.
Algo impactó en el rostro del guerrero.
La piedra cayó al suelo. El hombre abrió el puño, llevó la mano
a la boca, tosió, escupió sangre. Una silueta pequeña y ágil se le echó encima
y lo empujó lejos.
Un relámpago con piel de ciervo y cabellos renegridos. Rugía
contra los guerreros, que retrocedían desconcertados.
—No tenéis honor —gritó la joven mujer—. Decís que queréis
vengar a Hendrick, pero es el dinero de los ingleses lo que queréis. ¡Diez
chelines por cada cabellera india!
Se acercó al guerrero que todavía tenía aferrado el puñal y le
escupió en la cara. El hombre intentó darle un golpe, pero ella lo reprendió.
—Es poco más que un niño. No disparó ni un solo tiro. Debe tener
la edad de mi hermano. —Señaló a un muchacho de buen aspecto, a un lado del
círculo de mujeres que se había reunido en torno a la escena—. Una vez que
hayáis cobrado la paga, la gastaréis para compraros ron. Los que ahora se dan
aires de grandes guerreros, mañana se revolcarán en el fango como cerdos.
El guerrero hizo un gesto de desdén antes de alejarse.
La mujer se dirigió a los otros.
—Lo único que os importa son las cabelleras, pero las cabelleras
no van a cazar, no llevan comida a las casas, no cultivan los huertos. ¿Estáis
tan sedientos de sangre que olvidáis nuestras costumbres? Hoy muchas mujeres
han perdido hijos y maridos. Deben ser recompensadas con nuevos brazos. —Miró
al joven tamborilero de arriba abajo—. Adoptaremos a los prisioneros como
nuevos hijos y hermanos, según la tradición. La madre de mi madre fue adoptada,
era de los Grandes Lagos. El mismo Hendrick se convirtió en un mohawk de este
modo. ¡Vosotros lo habríais matado!
Las mujeres se colocaron detrás de la joven. Juntas hicieron
frente a los guerreros. Los hombres cruzaron miradas indecisas, luego se
alejaron con falsa indiferencia y mucho murmullo.
William Johnson se abandonó en el catre.
Sabía de aquella furia, la conocía desde niña.
Molly, hija del sachem Brant Canagaraduncka.
Por sí sola podía hacer frente a los guerreros.
Decidía la suerte de un prisionero.
Hablaba como lo hubiera hecho Hendrick.
Primera parte
IROQUIRLANDA
1775
1
Habían llevado también a los niños, para que algún día se lo
contaran a sus hijos y nietos. Después de muchos intentos, el asta por fin
estaba recta. El Mástil de la Libertad.
Un tronco de abedul, cepillado y pulido sin mucho esmero. Un
rollo de cuerda. Un retal de paño rojo cortado de una manta. La bandera del
Congreso Continental.
El comité de seguridad de German Flatts aprobaba su primer
documento: la adhesión a las reclamaciones que la Asamblea de Albany había
enviado al Parlamento inglés. El pastor Bauer procedió a su lectura. El texto
se cerraba con el solemne compromiso de «permanecer unidos, bajo los valores de
la religión, del honor, de la justicia y del amor por la Patria, para no ser
esclavos y defender la propia libertad a costa de la vida».
El estandarte comenzaba a elevarse, celebrado con cantos y
plegarias, cuando el ruido de cascos interrumpió la ceremonia.
Una partida de jinetes se presentó en el atrio. Blandían sables,
fusiles y pistolas. Alguien disparó al aire, mientras la pequeña multitud
buscaba refugio entre las casas. En la explanada quedaron pocos valientes.
Cabezas asustadas asomaban por detrás de los muros, los huecos de las puertas y
las ventanas de la taberna. Un nombre saltó de una boca a otra, en un juego de
voces.
El nombre del hombre que disparó al cielo.
Sir John Johnson.
Junto a él, los hombres del Departamento de Asuntos Indios. Sus
cuñados Guy Johnson y Daniel Claus. Justo detrás, los capitanes John Butler y
Cormac McLeod, comisario de los Johnson y jefe de los aparceros escoceses que
cultivaban las tierras del baronet.
Faltaba solo el viejo patriarca del clan, sir William, héroe de
la guerra contra los franceses, señor del valle del Mohawk, fallecido un año
antes.
Sir John montaba un purasangre bayo de pelo brillante, furente
por la presión del bocado. Se apartó del grupo y empezó a cabalgar por el
perímetro de la explanada, mientras miraba a los miembros del comité con aire
desdeñoso, uno tras otro.
Guy Johnson llevó su caballo a la sombra de un cobertizo y se
subió allí con dificultad, a causa de su mole.
—Adelante, estamos aquí para discutir —dijo a las casas—. Es
esto lo que queréis, ¿no?
Nadie respiraba. Sir John dio un tirón a las riendas, el caballo
retrocedió y giró sobre sí mismo, luego se sometió a la voluntad de su dueño.
Entonces alguien se armó de valor. El grupo que se enfrentaba a
los hombres a caballo se hizo más denso. Guy Johnson echó una ojeada severa.
—Presentar una petición al Parlamento es admisible, pero izar
una bandera que no es la del Rey es sedición. Una os cubre de ridículo, la otra
os lleva al cadalso.
De nuevo silencio. Los miembros del comité evitaban mirarse por
temor a ver la incertidumbre en los ojos de sus compañeros.
—¿Queréis seguir el ejemplo de Boston? —continuó Guy Johnson—.
Dos fusilazos al ejército del Rey y se les ha subido a la cabeza. Su Majestad
posee la flota más poderosa del mundo. Es amigo de los indios. Domina todos los
fuertes de Canadá a Florida. ¿Creéis que los rebeldes de Massachusetts
conseguirán algo más que un dogal al cuello?
Hizo una pausa, como para sentir hervir la sangre en las venas
de los alemanes.
—La familia Johnson —prosiguió con calma— posee tierras y
comercia mucho más que todos vosotros juntos. Seríamos los primeros en estar de
vuestro lado, si Su Majestad en verdad pusiera en riesgo el derecho de hacer
negocios.
Una voz resonó vigorosa:
—A buen seguro no afectará a sus negocios. Usted es rico y bien
relacionado. Los impuestos del Rey nos oprimen a nosotros.
Un coro de aprobación acogió esas palabras. Desde lo alto del
cobertizo Guy Johnson reconoció a Paul Rynard, el tonelero. Un polvorilla.
El semental de sir John sacudió la cabeza y resopló nervioso,
recibió otro tirón.
La fusta del baronet impactó en el cuero de la bota.
—Los impuestos sirven para mantener el ejército —rebatió Guy
Johnson—. El ejército mantiene el orden en la colonia.
—¡Al ejército lo necesitan para seguir sometiéndonos! —espetó
Rynard.
Los ánimos se encendieron, algunos jinetes por instinto
levantaron las armas, pero un gesto de sir John los contuvo.
—Aún no —susurró el baronet.
Guy Johnson, rostro enrojecido, gritó desde lo alto:
—¡Cuando los franceses y sus indios ponían en peligro vuestras
tierras exigíais el ejército a grandes voces! La paz os vuelve arrogantes y
estúpidos hasta el punto de desear otra guerra. Cuidado, a los muertos la
libertad no les sirve de nada.
—¡Eso es una amenaza! —gritó Rynard.
—¡Que regresen a Irlanda con sus amigos papistas! —gritó
alguien.
Una piedra lanzada hacia Guy Johnson no le acertó por poco.
Una mueca de complacido desprecio se dibujó en la cara de sir
John.
—Ahora.
Los caballos iniciaron su avance, el comité de seguridad se
disolvió en el acto. Los hombres corrieron en todas las direcciones.
El caballo de John Butler arrolló a Rynard obligándole a
revolcarse en el fango. El tonelero se puso de pie, intentó escapar hacia la
iglesia, pero sir John le cerró el paso. El baronet lo fustigó con toda su
fuerza. Rynard se acurrucó en el suelo, las manos sobre la cara. Por entre los
dedos pudo ver a McLeod desenvainar el sable y lanzarse al galope. Comenzó a
arrastrarse, invocando la misericordia de Dios. Cuando recibió un golpe de
plano en las asentaderas, gritó alto, en medio de las carcajadas de los jinetes.
Mientras Rynard descubría estar aún con vida, los hombres del
Departamento se reunieron en el centro de la explanada. Guy Johnson montó en la
silla y se unió a ellos.
Un ligero golpe de espuelas y sir John estuvo junto al Mástil de
la Libertad.
Habló de manera que todos le escucharan, dondequiera que
estuvieran escondidos.
—¡Oídme bien! Quien quiera desafiar la autoridad del Rey en este
condado tendrá que vérselas con mi familia y con el Departamento Indio. —Sus
ojos endemoniados parecían detectar a los habitantes uno por uno, más allá de
las ventanas oscuras—. Lo juro por el nombre de mi padre, sir William Johnson.
Sacó un pie del estribo. Con algunos puntapiés, el Mástil cayó
en el fango.
2
Sentado en el sillón, Jonas Klug soltaba risitas en la penumbra.
Un rayo de luz de luna se reflejaba en la orden de desahucio que tenía entre
las manos. Extasiado la remiraba, aunque a oscuras no podía leerla ni
distinguía las líneas. La acariciaba, rozando con sus dedos la textura de la
hoja, la olía como la carta de una novia impregnada de aromas. Aromas de
riqueza, aroma a tierra, a futuro.
Los indios, en cambio, apestaban a pasado.
Jonas Klug estaba achispado, había celebrado. La péndola de la
sala marcaba las once menos cinco. Su mujer en la cama y también la
servidumbre.
Emborrachar a los mohawks había sido fácil. Corrían torrentes de
ron en eso que llamaban la Casa Larga, la tierra de las Seis Naciones
iroquesas. Hombres y mujeres chapoteaban en charcos de alcohol. Igual o más que
los blancos, los salvajes ebrios perdían todo decoro, reían hasta desencajarse
las mandíbulas, se agachaban hasta perder el equilibrio, caían y rodaban en el
polvo, o bien echaban espuma por la boca, iniciaban discusiones que se
convertían en peleas que se convertían en amasijos de cuerpos furiosos. Uno de
sus jefes había muerto así, de borracho, cayendo en el fuego.
Si el ron estaba llevando a la ruina a las Seis Naciones, ¿por
qué no aprovechar? Klug era un hombre de negocios. Había visto un campo de
tierra buena al este de la aldea, cinco mil acres de bosque y claros llanos,
con algunas chozas indias y huertos de aparceros blancos: irlandeses o
escoceses papistas, que pagaban a los mohawks en especie.
Klug era alemán. Veinte años antes, había desembarcado en Nueva
York muerto de hambre. Años de esclavitud por contrato, quitando con pala la
mierda de los demás. Luego el rescate, la libertad, el viaje a las zonas del
interior, y por fin las tierras. Como nunca se hubiera imaginado. Se había
partido el espinazo, había labrado y construido, con la ilusión de salir de la
miseria para siempre. Después estalló la guerra entre Inglaterra y Francia. Un
período de terror, atrincherados en casa por miedo a las incursiones de los
indios. Por fin. paz y prosperidad habían llegado. Jonas Klug hasta se había
comprado una familia de esclavos para trabajar la tierra.
Ahora esos cinco mil acres también eran suyos. Con el dinerillo
ahorrado podía construir un molino, una segunda granja, vender madera, sembrar
cebada y centeno, hacer cerveza y whisky, criar ganado. O podía venderlas.
La ley —ese puñado de leyes que había— estaba de su lado. Del
lado correcto. Dios no protegía a los salvajes: Jesús era blanco, no indio.
Los indios solo querían más ron. Los sachems más sobrios a
menudo se habían mostrado contrarios al agua del diablo, y hasta el Viejo,
antes de palmar, se había preocupado por ese problema. Como decir que se habían
mostrado contrarios a la respiración, y William Johnson, baronet protector de
los indios, se había preocupado por el aire. El ron estaba en todas partes y
estaba allí para quedarse.
Tan simple como tomar una copita: tres años atrás, Klug había
conseguido emborrachar al indio apropiado, el más estúpido y fanfarrón, Lemuel,
Lemuel algo, y también a otros amigotes, idiotas como él. Mientras estaban
borrachos, antes de que vomitaran hasta las amígdalas, habían firmado la
cesión. Con una preciosa «X» de analfabetos, que igual servía. Klug no era un
hombre de letras, pero con lo poco que sabía, mucho había hecho.
En el contrato, Lemuel y compañía se declaraban representantes
legales de los habitantes de Canajoharie, los propietarios de la tierra. Algo
así como un consejo de la tribu, cosa de salvajes. En virtud de esto, cedían
cuatro mil acres, por el valor correspondiente a dos cajas de ron.
«X», «X» y «X», delante de testigos.
Beneficiario: Jonas Klug.
Poco después, una noche de luna llena, había mandado a un
agrimensor amigo suyo, que fue muy generoso con las mediciones. Mil acres de
más respecto al contrato. Luego había enviado todo a Albany y al cabo de un año
le había llegado el título de propiedad.
Triste despertar para los salvajes de Jefe Beodo.
Los mohawks habían presentado un recurso, diciendo que Jonas
Klug había actuado de mala fe, que solo los sachems podían firmar un contrato
de ese tipo y que la negociación se había realizado sin un intérprete oficial.
Habían removido cielo y tierra, habían apelado a su baronet, al gobernador
Tryon, a la Corona de Inglaterra. Y peticiones en los tribunales, y más
protestas, y amenazas de ponerse en pie de guerra. Imagínate si un tribunal
podía dejar mal parado a un honesto labrador contra una turba de pieles rojas.
Klug no estaba solo, tenía quien podía protegerle y los indios
lo sabían. Por eso hablaban y hablaban, presentaban apelaciones como si fueran
abogaduchos untados con grasa de oso, pero no pasaban a la acción.
Muchos colonos admiraban a Klug por lo que había hecho. Había
quien no veía la hora de ajustar cuentas con los salvajes, gentuza apestosa que
cuando tenía hambre se metía en el granero, o arrancaba las manzanas del árbol
como si fueran suyas, y si no estabas atento, hasta te vomitaba encima. Dios no
podía haber dado a primitivos irreligiosos el derecho sobre esas tierras.
Klug los odiaba. Y odiaba aún más a los que los protegían: el
Departamento Indio y el clan de los Johnson, con su corte de encajes, puntillas
y porcelanas. Sobre todo a esa bruja, Molly Brant, la mujerzuela del viejo sir
William, con todos esos hijos mestizos: un día polvos y sombreros de plumas; al
día siguiente, conchas y pinturas de guerra. Sus feudos se extendían por
cientos de miles de acres, en Onondaga, Sacondaga, Schenectady, Kingsborough,
Albany, Schoharie. Compinchados con las Seis Naciones y el rey Jorge de
Inglaterra.
Klug conocía bien a los latifundistas arrogantes y tramposos. Su
padre se había dejado la vida trabajando los campos de señores como aquellos.
Klug había emigrado para no cargar con ese peso en sus espaldas; sin embargo,
allí también había. Una maldición terrena.
Quién sabe dónde acabaron Lemuel y sus amigos, nunca más los
volvió a ver. Era posible que sus hermanos les hubieran molido a palos, tal vez
los mataron, o los echaron de la aldea. Quién sabe, quizá se habían escapado al
oeste, ahora eran vagabundos, maldecían cada día el momento en que se habían
emborrachado, y para olvidar volvían a beber.
Las tierras serían suyas para siempre, hasta cuando quisiera. La
acción de desahucio que tenía entre las manos, firmada por las autoridades
competentes, era el último paso, el más esperado. Una patada en el culo a
Joseph Brant y al alma de William Johnson que ardía en el infierno.
Por eso Jonas Klug soltaba risitas en la penumbra.
Luego la péndola marcó las once.
De nuevo silencio.
Klug escuchó un ruido.
Joseph Brant le había dicho al gobernador: la paciencia de los
mohawks estaba al límite. La suya, a decir verdad, se había agotado hacía
tiempo. Allí tenía su finca, en esos cinco mil acres.
En la aldea los ánimos estaban crispados. Lo de Klug solo era el
último de una larga serie de embrollos realizados por los colonos para robar
las tierras de los mohawks.
Thayendanega, «une dos bastones», bautizado con el nombre de
Joseph Brant, no era de los que se dejaban embriagar. Era un veterano de la
guerra franco-india, un hombre respetado, el intérprete del Departamento Indio.
El gobernador Tryon había prometido hacer todo lo posible, pero
la situación no había variado. Es más, las cosas se ponían peor, un futuro
huérfano y negro amenazaba por la espalda a la nación. Los guerreros estaban
impacientes, aún obedecían a los sachems pero los consideraban demasiado
cautos. Eso no era cosa de jueces. Sir William ya no estaba y muchos querían
resolver el asunto al viejo modo: poner la cabellera de Klug entre los trofeos
de guerra.
Joseph había planteado una alternativa. No quería acabar sus
días en la pobreza, las tierras y lo que había en ellas pertenecían a él y a su
gente, aliada del Rey desde siempre. Pero tampoco quería que el culpable fuera
visto como víctima. Con la presión conveniente, obtendría justicia para sí y
los otros, en el respeto de las leyes inglesas.
El consejo de la aldea le había dado carta blanca.
Alrededor de la casa de Jonas Klug había una docena de hombres.
Joseph se deslizó hacia un lado. Los compañeros, a sus espaldas,
estaban nerviosos. Se habían acercado a contraviento y habían envenenado a los
perros. Dos guerreros se habían quedado a vigilar a los esclavos africanos que
dormían en la cabaña al fondo de la finca. Una media docena de desamparados,
que Klug trataba peor que a las bestias. No darían problemas.
Joseph miró su propia imagen reflejada en el cristal de la
ventana. Dos horas de marcha no parecían haber comprometido el carácter del
atuendo: chaqueta de cazador con botones de hueso, pantalones de piel y botas
de jinete. A la luz de la luna, la figura no era más que un perfil incierto
trazado en el cristal: una sombra con su propio cortejo de sombras. Aparecería
frente al alemán como un fantasma de los bosques.
Antes de ponerse en marcha, Joseph había pasado revista a la
cuadrilla. David Royathakariyo y dos jóvenes del clan del Oso se habían pintado
el rostro. Joseph se limitó a murmurar algo en voz baja, sacudiendo la cabeza:
difícil saber lo que pasaba por la cabeza de los jóvenes. Pero, mientras no
hiciera estupideces, cada uno tenía derecho a engalanarse como quisiera. Claro
que las pinturas daban a entender una cosa: deseo de guerra.
Jacob Bowman Kanatawakhon, August Sakihenakenta y otros dos del
clan del Lobo eran más de fiar.
Todos parecían estar bastante sobrios, dejando de lado al último
en llegar, Johannes Tekarihoga. El hombre más noble de Canajoharie se había
presentado ebrio. Olía a ron y daba largos tragos a una cantimplora, ofreciendo
también a los demás. Joseph había pasado una tarde entera convenciéndolo para
que participara. La presencia de un personaje de su rango daba legitimidad a la
partida. Si el viejo sachem se dormía en medio del camino, se encargarían de
recogerlo a la vuelta.
Joseph irguió su figura, hizo señas a la fila de guerreros para
que se alejaran de la pared y a grandes pasos recorrió la distancia que lo
separaba de la entrada. Se detuvo delante la puerta, inspiró. El aire nocturno
llenó sus pulmones. El pecho se hinchó debajo de la chaqueta. Advirtió una
sensación fría y profunda: satisfacción. Su aspecto era elegante y marcial.
Dentro, una lumbre encendida. Klug estaba despierto. Mejor así.
Joseph llamó a la puerta con el puño de marfil del bastón de paseo, antiguo
regalo de sir William.
—Jonas Klug, ¡abra la puerta! ¡Abra o la tiramos abajo!
Rumores entre los guerreros. Algunos lanzaron gritos de batalla.
Joseph imaginó que el alemán descerrajaría la puerta y dispararía a ciegas.
Imposible: Klug no expondría su pellejo, intentaría tergiversar.
La puerta se entreabrió. Joseph empujó los tablones con la suela
de la bota. Klug, pálido, quedó a la vista de los indios.
—¿Qué os trae por aquí? ¿Qué queréis?
Por toda respuesta, Royathakariyo apartó a Joseph y se acercó al
alemán rechinando los dientes.
—¿Qué nos trae por aquí, eh? ¿Tú qué crees?
Las manos del indio rodearon la garganta de Klug. El alemán
braceó. Lanzó un grito forzado, mientras Joseph intentaba liberarlo de las
manos del agresor. Cuando lo logró, Klug cayó de rodillas con un ataque de tos.
Su esposa bajó las escaleras con un fusil al brazo. Intentó
hacer puntería, pero Kanatawakhon agarró el cañón y lo desvió hacia arriba. El
disparo dio en el techo. La señora se echó a gritar como una posesa, imitada
por los indios. Por un instante, pareció que competían para conseguir los
gritos más altos. Luego, la mujer regresó a la planta superior, en brazos de
las criadas.
Entretanto Klug intentaba escapar a su destino escabullándose a
gatas. Los indios se le echaron encima.
—¡No en la cabeza! —ordenó Joseph.
Sobre la espalda y las piernas del alemán llovieron golpes.
Cuando consideró que ya había recibido suficientes, Joseph
apartó a los guerreros.
—¡Basta ya! ¡Basta, he dicho!
Se agachó hasta Klug y agitó una hoja delante de su nariz.
—Esta es una declaración escrita en la que usted, señor Klug,
admite haber obtenido mediante engaños las tierras de mi gente. —Con la otra
mano agitó el bastón—. Esto solo es una muestra. Ya sabe lo que le espera si no
firma.
Había preparado el discurso unos días antes. Sonaba bien.
3
Por la mañana podía oír la tierra respirar. A mediodía, oía la
hierba crecer. Por la tarde, veía dónde los vientos iban a reposar. Muchas
cosas invisibles para Molly Brant eran nítidas, claras como una caligrafía,
limpias como el contorno de los árboles en un día sereno. Con su abuela materna
había aprendido a ver donde otros ojos eran ciegos, a oír donde otros oídos
eran sordos. Había aprendido a cautivar a los oyaron, espíritus que guían a
través de los sueños. Y había aprendido la forma correcta de despertar. Abrir
los párpados, agradecer al Dueño de la Vida, contar tres respiros y levantarse
rápido, antes que la pereza del cuerpo enturbie la mente: así la cabeza
permanece despejada, los sueños no escapan, los males del alma pueden ser
curados.
La luz de la ventana rompió la oscuridad. El pie de la cama
quedó en penumbra, pero de la cintura para arriba las sábanas estaban colmadas
de sol.
Molly se levantó con soltura. Los negros cabellos cayeron sobre
el camisón de lino. Echó el contenido de una jarra en el barreño, lavó su
rostro. Se secó con una toalla de algodón y alzó la cabeza.
En el espejo, una red de ligeras cicatrices, piel que la viruela
apenas había rozado. Otra batalla ganada en compañía de sir William.
El cosquilleo de tus cabellos me llena de pasión, enciende mis
mejillas.
La voz llegó con un soplo de viento. Molly sondeó el reflejo de
las pupilas. Podía sostener la mirada de cualquiera, incluso la de Molly Brant.
Arendiwanen, mujer de poder. Rica en cosas, tierras, hijos.
Capaz de soñar con intensidad, como se hacía en tiempos de los abuelos, cuando
Hendrick era joven y la nación prosperaba.
En el sueño de esa noche la iglesia estaba repleta. Ojos y
cabezas casi rozaban el techo, como sacos de maíz almacenados para el invierno.
Propietarios irlandeses, aparceros escoceses, guerreros mohawks. Osos y lobos
acurrucados en el suelo de tierra. Enormes tortugas sostenían el altar con sus
dorsos.
El pastor, de pie en el púlpito, hojeaba el libro de oraciones.
Peter se levantaba. Tocaba el violín: la vieja marcha irlandesa
que su padre hacía entonar a las gaitas antes de dar batalla. Dos sachems con
guantes negros y manto de luto se acercaban al ataúd para depositarlo debajo
del altar, pero la fosa aún no había sido cavada.
Los fieles pasaban al frente, uno a la vez. Cogían un azadón e
intentaban clavarlo. Inútil. La tierra era más dura que el hierro. El mango de
la azada se rompía.
Joseph empuñaba el tomahawk para usarlo como piqueta. Un
guerrero lo acompañaba, el rostro en sombras. Cavaba con las uñas hasta que sus
dedos se manchaban con sangre.
Molly se acercó a la ventana. Corrillos de hombres y mujeres
abarrotaban la plazuela delante del almacén.
Un cazador indio cargado de pieles y un vendedor de ollas
querían contratarla como intérprete para poder cerrar sus tratos. Un barquero
necesitaba provisiones para sus viajes y brea para reparar una barca. Colonos
de granjas vecinas habían venido para aplazar las deudas familiares. Había dos
señoras alemanas de Palatine, de esas que la llamaban bruja pero luego cruzaban
el río para ir a su tienda, a causa de una infusión milagrosa contra el dolor
de muelas. Había perros y niños, ancianos y guerreros, sachems y gandules a la
espera de la ración de ron. Las mujeres, jóvenes y ancianas, se encontraban
allí para contarse sus sueños, comentar las novedades y, llegado el caso,
comprar carne salada.
Aun a través de los cristales gruesos, opacos y llenos de
burbujas, Molly percibió inquietud. El volumen de las voces era más alto que el
de costumbre. El tono agitado. No la conversación común para engañar la espera,
sino una avalancha de frases.
Todos hablaban, nadie parecía escuchar.
4
Cada vez que Canajoharie se insinuaba a la vista, Joseph Brant
meditaba sobre el destino de su pueblo.
A los pies de la colina, el río Mohawk formaba una gran curva
que encerraba los campos y viviendas de madera, construidas según el modelo de
las casas largas.
Cuando la nación todavía era numerosa, las tradicionales moradas
hacían honor a su nombre: podían alojar hasta trescientas personas. Ahora toda
la aldea ni siquiera llegaba a eso.
Las dimensiones de las casas se habían reducido mucho. Ya no
había hombres para llenarlas y los mohawks se habían acostumbrado a vivir como
los blancos. Los de condición más elevada tenían cristales en las ventanas, y
los colonos más pobres los miraban con envidia.
Tan solo el territorio de las Seis Naciones seguía siendo una
Casa Larga, de una manera simbólica: los senecas protegían la puerta
occidental, los mohawks la oriental. En el centro, los onondagas custodiaban el
fuego. Los cayugas, oneidas y tuscaroras ayudaban a los tres hermanos mayores
en sus tareas ancestrales.
Por el sendero que conducía a la aldea, Joseph divisó una figura
que corría hacia ellos.
Tras la visita a la finca de los Klug, media partida había
equivocado el camino, perdida en las brumas del ron. Las estridencias
alcohólicas habían espabilado a los perros en el radio de una milla. Acosados
por las bestias, los guerreros se habían desperdigado en las inmediaciones.
Algunos cayeron rendidos, vencidos por el sueño. Se necesitaron horas para
reunirlos a todos y retomar el viaje. Los que se habían pintado el rostro
lucían una máscara grotesca y poco digna.
—¡Fuerte Ticonderoga! —gritó Peter Johnson en cuanto su tío
estuvo al alcance de la voz.
Cuando llegó hasta él, prosiguió:
—Los rebeldes. Tomaron Fuerte Ticonderoga sin disparar un solo
tiro.
Joseph miró a su sobrino. En los últimos tiempos se habían visto
pocas veces. Después de la muerte de su padre, Peter había regresado de
Filadelfia solo en un par de ocasiones.
—Al mando está un tal Ethan Allen. ¿Quién es, tío Joseph?
—Es un bandido de las Montañas Verdes. Hace años que lucha
contra el gobernador. Ven, vamos a ver a tu madre.
Joseph advirtió que un escalofrío recorría a los hombres detrás
de sí. Los guerreros hubieran preferido cien latigazos, antes que enfrentarse a
Molly en esas condiciones. Con diferentes excusas, se dispersaron cada cual por
su lado.
Tío y sobrino se pusieron en camino.
A lo largo del sendero, hombres y mujeres aligeraban el paso,
como con las primeras gotas de un temporal, luego se paraban de golpe,
absorbidos por la primera muchedumbre. Las puertas de las casas estaban
abiertas, para no cerrar el paso a las noticias.
No había muchacho que no hiciera las veces de mensajero, a la
carrera desde la iglesia al muelle de bajeles hasta las granjas más distantes.
El local principal del almacén se desarrollaba en longitud.
Entre volutas de polvo y humo, las mercancías ocupaban todos los rincones,
anaqueles o estanterías, cuando no pendían de las vigas del techo. Cuerdas de
cáñamo, cajas de madera para clavos, mechas, eslabones. Estuches con pigmentos
para guerreros, marcados con ideogramas chinos. Espejos para pintarse el
rostro, velas, herramientas, piedras de pedernal, barnices; y luego mantas,
encerados, pieles, vestidos de varios modelos y tallas; alimentos frescos y
secos, ahumados y en salazón. Al final, en pequeñas barricas, el indiscutible
soberano de todo almacén, tenderete o mercado de intercambio en cientos de
millas a la redonda: el ron.
Joseph saludó a su hermana, empeñada en convencer a un cliente
de que sus chelines eran falsos, útiles solo para una limosna de avaros. Peter
se ofreció enseguida para una pericia, garantizada e infalible. Su madre le dio
su bendición y con un gesto invitó a Joseph a seguirle.
Detrás de una cortina de lino crudo se ocultaba un ambiente
tranquilo, reservado para las negociaciones y clientes distinguidos. La mesita
baja y las mecedoras descansaban sobre una alfombra de seda oriental. En la
pared del fondo, peldaños de madera llevaban a las habitaciones personales.
Molly se acercó a la escalera y ordenó que alguien sirviera el té. Luego
acomodó un cojín en el sillón, se sentó y comenzó a espantar las moscas con un
abanico de encaje.
Joseph la miraba. Era ocho años mayor que él. En su larga trenza
asomaban cabellos blancos.
Una joven criada negra bajó a la sala con una bandeja de plata y
porcelanas chinas. Joseph reconoció el servicio. Provenía del salón de Johnson
Hall.
—¿Aún añoras la antigua casa? —le preguntó.
Molly se encogió de hombros.
—Echo en falta mis cosas, los muebles que había escogido, las
vajillas compradas con William en las tiendas de Nueva York. El ama de llaves
de sir John me ha dicho que mandaron a fundir la platería, temían que los
rebeldes decidieran requisarla.
La atmósfera aterciopelada envolvía a Joseph. Olor a cuero,
cereales y azúcar moreno. Todo estaba al alcance de la mano. La claridad se
colaba por un único lucernario.
Sorbió aire por entre los dientes e ingirió el té.
—Los colonos cada día están más arrogantes. Desde que ha muerto
tu marido, la ley de los blancos nos protege muy poco.
—Para la ley de los blancos, sir William ni siquiera era mi
marido.
Joseph sacó de la chaqueta una hoja plegada.
—No podrán ignorar esto. —Entregó el papel a Molly, que lo abrió
y le echó un vistazo—. La firma de Klug es auténtica —precisó el hermano—.
Tenemos que enviar a Albany una persona de confianza. Hay que entregarlo al
tribunal de la colonia.
Molly esbozó una sonrisa y dejó el documento sobre la bandeja.
—El paquebote de esta mañana ha traído noticias del norte. Los
bostonianos tomaron Ticonderoga y se dirigen a Canadá.
—La rebelión se está extendiendo —asintió Joseph—, y la Casa
Larga debe elegir su guerra, antes de que la guerra elija por la Casa Larga.
Siguió un silencio quebrado solo por las voces que llegaban a
través de la cortina. Molly se mecía con suavidad en la silla.
—Muchos dicen que es un asunto entre ingleses, pero las tierras
son nuestras y hemos firmado acuerdos con el rey Jorge.
Joseph se levantó y abrió la cortina.
Peter había convencido al cliente y le ofrecía el libro de
créditos para que lo firmara. El muchacho era muy listo. Vivía en una gran
ciudad, solo y sin miedos, orgulloso de sus orígenes y de lo que había
aprendido. Hablaba y escribía tres idiomas: inglés, francés y mohawk. Sabía
música, tocaba el violín, ejercitaba sus dotes comerciales. Pronto enseñaría a
los guerreros también su valor. Sir William y Molly habían soñado un gran
porvenir para su primogénito. El muchacho no les defraudaría. A gusto entre los
blancos y en la Casa Larga, con dieciséis años encarnaba el futuro de la
nación.
Joseph retrocedió, se giró y retomó el hilo de sus pensamientos.
—¿Qué hubiera hecho sir William?
Molly observó la superficie oscura en la taza. Le pareció ver
las aguas del sueño y la canoa que navegaba a contracorriente hacia la tierra
donde duerme el sol.
—Se lo preguntaré en sueños. Sin duda hubiera defendido el
valle. El mundo construido junto a Hendrick.
5
Aún era la granja más bonita de la zona. Paredes sólidas,
cristales en las ventanas, terreno hasta el río. Margaret, la madre de Joseph,
la había heredado de su tercer marido, el sachem Brant Canagaraduncka.
En el patio, una familia de aparceros irlandeses alzaba un carro
para montar una de las ruedas sobre el eje. Los caballos de tiro abrevaban,
vigilados por un chiquillo. Un par de cazadores mohawks reparaba la quilla de
una canoa, mientras sus esposas regateaban con las mujeres de las granjas
vecinas, en torno a una pila de mantas.
Por lo general, Joseph se detenía para cruzar opiniones y
comentarios, pero no ese día.
Susanna lo esperaba en la puerta. Christina espiaba por detrás
de la falda. En cuanto reconoció a su padre, le dedicó una sonrisa tímida. El
le rozó la mejilla con un dedo y la niña se escondió otra vez.
Antes de entrar, miró a los ojos a su esposa y le dejó intuir su
preocupación.
En la penumbra entrevio a los comensales, que se pusieron de pie
de un salto. Herr Lorenz, armero de Albany, lo saludó y presentó al guía indio
que comía a su derecha. Los otros dos huéspedes se inclinaron. El mayor debía
de tener unos dieciséis años, habló en nombre de ambos. Eran maestros
itinerantes, de la nación shawnee. Habían estudiado en Lebanon, para llevar a
Cristo y las letras a las aldeas de frontera. Pasaban cada noche en la casa de
un viejo alumno de la escuela. Agradecieron la hospitalidad, habrían de rezar
por él.
Joseph se sentó con ellos, pero una figura en una esquina llamó
su atención. Ojos pequeños reflejaban los chispazos del fuego.
—Isaac, ven a saludar a tu padre.
El chiquillo se acercó. Tenía nueve años, muy pocos para
combatir. Joseph no estaba seguro de que fuera algo bueno: en tiempos de guerra
los débiles sucumben. Lo asió de los hombros, como si quisiera medir su
robustez y transmitirle fuerza al mismo tiempo. Vio que tenía las mejillas
pintadas de rojo y negro. La presión se hizo más fuerte, Isaac intentó
liberarse, pero se vio obligado a ceder ante la fuerza del adulto.
—Estas son pinturas de guerra —dijo Joseph mientras le limpiaba
la cara con gestos enérgicos—. No deben ser usadas para jugar ni tampoco dentro
de casa.
Le soltó y el muchacho corrió hacia la puerta de la casa. Los
niños ya no tenían respeto por las cosas importantes.
—Tu hijo no tiene la culpa de lo que te atormenta —murmuró
Susanna.
Joseph ignoró el reproche y llevó su mano hacia la pequeña
Christina, pero la niña se echó hacia atrás y siguió a su hermano fuera de la
casa.
Susanna le sirvió la comida. Joseph comió sin quitar los ojos
del plato, los ruidos resonaban en el silencio. Cuando acabó, se sentó frente a
la chimenea para fumar la pipa, en tanto los comensales se despedían uno tras
otro.
El último era Lorenz, que se acercó sigiloso, con la evidente
intención de decir algo.
Recibió una mirada indiferente.
—Piden fusiles, señor Brant.
—Bueno para sus negocios.
Lorenz sacudió la cabeza.
—No ha entendido. Piden fusiles. Muchos fusiles. Más de los que
puedo producir.
—Hará una fortuna.
—Desde Albany hasta aquí, he encontrado tres puestos de bloqueo
de la Milicia. Me apuntaron con armas, hurgaron dentro del carro, lo
revolvieron todo. ¿Qué demonios está pasando, señor Brant? ¿Se han vuelto
locos? ¿Quieren hacer lo mismo que en Boston?
Joseph dejó que las llamas le capturaran la mirada, mientras
daba largas chupadas a la pipa.
—En tal caso, no permitiremos que nos asedien. El armero
titubeó, luego comprendió que el indio no diría nada más y se despidió.
Joseph se quedó mirando el fuego. Susanna llamó a los niños.
Era hermana de Peggie, su primera esposa. Eran oneidas del valle
del Susquehanna. Después de quedarse viudo, Joseph la desposó, como mandaban
las costumbres. Isaac y Christina se habían encariñado en el curso de un
verano. Si los acontecimientos se precipitaban, debía pensar qué hacer con ella
y con sus hijos.
Y con Margaret.
—¿Dónde está mi madre?
—En la cama.
—¿Está enferma?
—No. A veces confunde el día y la noche.
La anciana madre se presentó aferrada al brazo de Susanna. Se
sentó frente a Joseph, en una poltrona raída que parecía hecha a su medida como
un vestido. Huesos, carne, madera y paño se habían amoldado con un encaje
perfecto.
—¿Cómo estás, Margaret?
La anciana entornó los ojos para reconocerlo.
—Antes de irme a dormir, le he pedido a Dios que me llevase
consigo mientras duermo. Pero ahora que me habéis despertado ya no podrá
complacerme.
—Será para otra ocasión.
—Bien. Quiero fumar.
Joseph le pasó la pipa.
—He visto a Molly, en el almacén. Te manda saludos.
—Dile que venga a verme, antes de que me muera. Debo decirle
algunas cosas.
—Está bien, Margaret.
La anciana paladeó el sabor del tabaco con satisfacción.
—¿Recuerdas cuando William Johnson vino aquí por primera vez?
—Sí.
—Tu hermana era muy bella. La muchacha más hermosa del valle.
Joseph conservaba imágenes nítidas. Tenía once años cuando su
padrastro había hospedado a ese caballero irlandés de cabellos rojos. Molly era
joven y en edad de merecer. Joseph recordaba que los adultos habían hablado de
la guerra contra Francia y de sus aliados hurons, abenakis y caughnawagas.
Acarició los cándidos cabellos de su madre.
—¿La guerra sigue todavía? —preguntó ella.
—Acabó hace doce años.
La anciana sacudió la cabeza sosteniendo la pipa con sus labios
arrugados.
—¿Joseph?
—Sí, Margaret.
—¿Cuántos nietos tengo?
—Diez. Tienes diez nietos.
—Bien.
Margaret asintió a sus propios pensamientos.
Joseph la miró largo rato. Veneraba el pasado contenido en ese
rostro, testigo de viejas épocas que pasaron una tras otra, con la corriente
del río. Se preguntó si algún día Isaac y Christina cuidarían de él como él
cuidaba a Margaret. Tal vez lo mirarían con la misma compasión. Tal vez no
viviría lo suficiente.
La anciana tendió un dedo huesudo hacia el fuego.
—Mira. Las llamas son de color verde. Están llegando.
—¿Quién?
Margaret escupió al fuego y no respondió. Susanna le llamó a la
ventana. El echó una mirada. Una canoa avanzaba por el sendero, portada por
tres hombres.
6
Apoyaron la embarcación en el muro del granero y se sentaron
bajo el cobertizo para recuperar el aliento. Joseph reconoció los rostros
sucios por mucho andar. Cuerpos envueltos en estratos de pieles, cuchillos de
caza en la cintura, Kentucky Jaeger de cañón largo: fusiles para osos.
—Recuerda que tu madre no quiere verlos en casa —dijo Susanna.
Joseph salió sin replicar.
Cuando lo vieron, le dirigieron parcos gestos de saludo.
Masticaban tabaco, o carne salada.
El mayor fue el primero en hablar. Lo hizo en lengua mohawk.
—Salud, Thayendanega.
La cabeza huesuda y calva, con grandes orejas de soplillo,
asomaba entre las pieles de castor como la de una tortuga por su caparazón.
Hacía días que no se afeitaba. En la cara curtida por el sol y la intemperie,
la barba crecía híspida y canosa.
—Bienvenido a mi casa, Henry Hough.
—¿Recuerdas a mi hermano John?
El joven gruñó un saludo incomprensible. Tenía un ojo bizco.
Henry Hough señaló al otro hombre:
—Daniel Secord también es de los nuestros.
—Dios te guarde, Joseph Brant, y proteja tu casa.
Secord parecía tener la misma edad que el menor de los hermanos,
como mucho treinta años. Los amuletos seneca en el cuello y brazos eran señal
de vanidad y superstición.
Hough levantó un gancho de hierro, para mostrar las pieles que
tenía colgadas.
—Tu mujer podrá hacerte una chaqueta de invierno.
Joseph aceptó el regalo y se sentó con ellos.
—¿Qué os trae por Canajoharie?
—Daniel tiene un contrato de trabajo. Una exploración de los
manantiales salados alrededor del lago Onondaga. Por cuenta de un sujeto que
quiere hacerse rico. Nosotros lo acompañamos.
Joseph deslizó una mano sobre las pieles, suaves y lustrosas.
—No habéis elegido el camino más corto.
—Hemos venido para enterarnos de las novedades. Circulan
extraños rumores: que la colonia está en convulsión, que los bostonianos
quieren atacar Canadá.
—Tomaron Fuerte Ticonderoga.
Hough asintió sin cambiar de expresión. Los amigotes se
limitaron a observar al indio, las miradas neutras de los que suelen dar poca
importancia a las desgracias.
—El asunto se vuelve serio —comentó Hough—. ¿Los de Albany qué
piensan hacer?
Joseph tuvo ganas de irse de allí. Habló con mucho esfuerzo.
—La Milicia se ha puesto a las órdenes de los rebeldes.
Hough pareció estudiar esas palabras como si salieran de las
Sagradas Escrituras.
—Podéis dormir en el granero —dijo Joseph—. Ni os acerquéis a la
casa o mi madre os maldecirá de nuevo.
El más joven desorbitó los ojos.
—¡¿La vieja sigue viva?!
El hermano mayor le propinó una patada que levantó una nube de
polvo.
—Un poco más de respeto, hijo de perra. —Se dirigió a Joseph—.
Eres un hombre generoso, Joseph Brant.
Regresó al atardecer, con una lámpara de aceite, ron, cerveza y
una cazuela de carne guisada. Los observó comer en silencio, tumbados sobre la
paja, y beber a grandes tragos, mientras los ojos se encandilaban y el alcohol
escaldaba las entrañas.
Henry Hough se había calado un tricornio raído, para proteger la
calva del frío de la noche. El largo cuello pellejudo se proyectaba hacia la
comida. Tenía un aire ridículo y, sin embargo, inquietante.
—¿Los guerreros qué piensan?
—Saben que los colonos quieren nuestras tierras —respondió
Joseph—. Si nos atacan, tendremos que combatir.
—Menudo brete, para tus amigos del Departamento.
El hermano más joven eructó, se limpió las gotas que caían de la
boca.
—Si hay que freír a un paleto, podéis contar con mi fusil.
El mayor le lanzó una mirada furiosa.
—Johnny quería decir que somos fieles súbditos del rey Jorge.
—Pero si tú ni siquiera sabes quién es el rey Jorge —espetó el
hermano menor, tratando de incorporarse en la paja—. Dices eso porque el
miserable de tu cuñado está con los rebeldes.
Recibió un cuenco en la frente y se acurrucó como un perro
apaleado.
—En cierto sentido, Johnny tiene razón —intervino Secord.
Había permanecido en silencio hasta ese momento. Su aspecto era
menos achispado y más formal que el de los otros. Los colgantes contra el mal
de ojo tintinearon cuando encendió un gran cigarro que acariciaba entre sus
dedos.
—Dicho con todo respeto, ¿alguien ha visto al Rey? —continuó—.
Vive al otro lado del océano y nos deja en paz. En cambio, los muy listos, los
de Albany, son millares. Si se ponen al mando, querrán apoderarse de todas las
tierras. Primero las de los mohawks, luego las de los Johnson, y al final
también las nuestras.
Henry Hough hizo un gesto a su socio y se dirigió a Joseph.
—Aquí tienes una cabeza que funciona. Hay mucha gente entre
nosotros que piensa del mismo modo. Tenlo en cuenta, Joseph Brant.
El indio permaneció en silencio. La noche había caído en la
granja y en el valle, una oscuridad densa y sin luna ahogaba la tierra de los
antepasados. Miró más allá del río. Nuevos fuegos brillaban a lo lejos,
avanzadas del futuro inminente.
7
El rostro de Johannes Tekarihoga, sachem del clan de la Tortuga,
era piedra milenaria, las rendijas de los ojos labradas por un cincel sabio. El
anciano guerrero avanzaba impasible por el sendero a través del bosque.
Joseph caminaba a su lado con destino a Johnson Hall. Sin darse
cuenta, rozó la mejilla con la palma de su mano. Se preguntó si el tiempo
trabajaría del mismo modo sobre su cara.
A Joseph, el viejo sachem le agradaba. Había sido un combatiente
de gran valor y una autoridad justa y confiable en las controversias internas
de la nación mohawk. Además, era uno de los defensores más firmes de la alianza
con los Johnson y la Corona inglesa. Hombre de pocas palabras, poder
interpretarlas era descifrar un oráculo. Se precisaba imaginación y espíritu de
iniciativa, dotes que a Joseph no le faltaban.
Hacía meses que no pisaba el bastión de los Johnson. Había
pasado casi un año desde el funeral de sir William. No era sencillo habituarse
a la ausencia del superintendente, el gran patriarca, Warraghiyagey. Más aún
cuando las cosas se ponían difíciles y las decisiones complicadas.
El Departamento Indio había invitado a Tekarihoga para discutir
sobre la rebelión. También estaría allí Pequeño Abraham, sachem de los mohawks
de Fuerte Hunter.
Su mente volvió al sendero. No faltaba mucho, unas pocas millas
de camino en el bosque. Después de horas de silencio, Joseph necesitaba oír una
voz humana.
Se dirigió al sachem:
—¿Qué podemos esperar de esta convocación?
Johannes Tekarihoga prosiguió, paso amplio y constante. Pasaron
minutos. La respuesta llegó con un soplo.
—Regalos.
Joseph logró ver una sonrisa en la inmovilidad del rostro.
La larga calle de acceso a Johnson Hall bullía de actividad.
Criados y mozos acarreaban tierra, troncos, sacos. Indios y Highlanders
montaban guardia a la entrada de la calle. Más adelante, las cabañas de los
esclavos, bañadas por el sol. Crios de pocos años se revolcaban entre perros y
aves de corral. Mujeres negras hacían comidas, perseguían niños, lavaban ropa.
Hacia el final de la calle, otros indios y escoceses formaban una segunda y
mejor dotada guardia, hasta la puerta del edificio principal.
A pesar de tantos años, Joseph siempre quedaba impresionado por
la gran fachada, por el número de ventanas, por la madera que a simple vista
parecía piedra blanca. Por mucho tiempo había sido la casa de su hermana Molly,
durante casi veinte años ama de llaves y compañera de William Johnson, madre de
sus últimos ocho hijos. En el testamento, sir William no los había olvidado,
les había dejado tierras y bienes en abundancia.
Joseph también le debía mucho al baronet irlandés: se había
encargado de él desde muchacho, le dio educación, le había dado empleo como
intérprete en el Departamento.
En las escaleras de la entrada principal les aguardaba un negro,
anciano, vestido con una vieja librea de paño. Con una inclinación de cabeza
indicó el edificio adyacente, ese que sir William, años atrás, había renombrado
como «el despacho».
Antes de entrar, Joseph se volvió hacia Tekarihoga, que se quedó
mirándole, en silencio como durante el viaje. Joseph pensó que la Tortuga no
podía tener mejor representante.
8
La cosecha de regalos era copiosa. Tekarihoga podía considerarse
satisfecho, más aún en un período difícil para intercambios y comercio. Ante
todo, las pinturas para el rostro y cuerpo. Espejos de distintas formas y
tamaños, con incrustaciones o piedras engastadas de varios matices. Un barril
de melaza y uno de carne seca, porque el estómago también merecía atenciones.
Chaquetas de lana, confortables, resistentes y de buen corte, mucho mejores que
las de pieles. Tabaco para mascar de primera calidad. Collares de wampum. Un
gran cuerno de buey lleno de pólvora negra.
La sala principal del despacho era muy amplia. Decoración
sobria: una enorme chimenea central, bancos y sillas adosados a los muros, una
imponente mesa al fondo tras la cual solía sentarse sir William. En las
paredes, los retratos de los Johnson intercalados con mapas geográficos,
antigua pasión del Viejo.
El Departamento estaba al completo.
Sir John Johnson, hijo de la primera esposa de sir William,
estaba apoyado en la larga mesa, no quería ocupar el lugar de su padre.
A su izquierda, barriga que desbordaba de un sillón con anchos
brazos de madera, Guy Johnson, yerno de sir William, elegido por él como su
sucesor en el cargo de superintendente de Asuntos Indios.
Pocos pasos hacia la derecha, Daniel Claus, ceño fruncido y
brazos cruzados. El alemán había hecho fortuna desposando a una hija del
patriarca y convirtiéndose en superintendente de los indios de Canadá.
Frente a ellos estaba sentado el capitán Butler, competidor de
los Johnson en el comercio de pieles, pero fiel aliado en política.
Antiguo compañero de armas de sir William, gran conocedor de los
territorios del noroeste. Un importante nodo en la red de poder que William
Johnson había tejido con paciencia y estrategia.
Pequeño Abraham, una esfinge sentada junto al propio cúmulo de
regalos, daba al cuadro una pincelada diferente. Joseph y Tekarihoga tomaron
asiento en sendos costados, sobre cómodas sillas.
Con un gesto de su mano, sir John pidió a Guy Johnson que
hiciera los honores de la casa. El superintendente se aclaró la voz.
—Hermanos —dijo mirando a los sachems—, gracias por estar aquí,
en un momento tan delicado para nuestra comunidad. Cuando urge tomar
decisiones, el parecer de hombres sabios y expertos es como lluvia sobre tierra
seca.
Dejó que Joseph tradujera, luego prosiguió con tono algo
agitado.
—Tenemos noticias seguras de que la Milicia colonial está
intentando secuestrarme y pedir a cambio concesiones, infligiéndonos un
insoportable daño. Las calles del condado se han vuelto peligrosas, para
aquellos que siempre nos hemos declarado leales al rey Jorge. Todo nos dice que
la rebelión ya no es solo un problema bostoniano. Con la toma de Fuerte
Ticonderoga, las milicias whigs controlan la navegación interna de Nueva York a
Montreal. Corremos el riesgo de quedar aislados.
Joseph concluyó la traducción, en tanto Pequeño Abraham y
Tekarihoga cruzaron una mirada cómplice. El sachem de Fuerte Hunter estaba
considerado uno de los mejores oradores de la Casa Larga y sus palabras eran
muy esperadas. Sobre todo porque en todo este asunto de la rebelión, aún no se
había podido entender qué era lo que pensaba.
—Las preocupaciones de los hermanos ingleses también son las
nuestras —comenzó—. Nadie debería entrar en la Casa Larga, amenazar a un amigo
de mi pueblo y retirarse como un huésped cualquiera. Cuando llegué aquí, veinte
guerreros de nuestra aldea me han recibido enseñando sus fusiles. La morada de
Warraghiyagey es lugar muy especial para los mohawks, solo por detrás del
sagrado fuego de Onondaga, y, como tal, tenemos la intención de protegerla.
Otros veinte guerreros ya están en camino hacia Guy Park, porque Guy Johnson
Uraghquadirah es nuestro superintendente y hemos prometido honrarlo siempre.
Acabada la traducción, todos esperaban que Pequeño Abraham
continuara su discurso. En cambio, se dejó caer sobre el respaldo, señal de que
había terminado, y tocó otra vez a Guy Johnson romper el silencio.
Agradeció al sachem por sus palabras, por la estima y la
fidelidad. Luego, con la debida cautela, procuró dejar en claro que no era
suficiente.
—Las noticias que me conciernen son una hoja que arde en un
bosque en llamas. Esparcir agua sobre la hoja no apagará el incendio. Si se
tratara tan solo de Guy Johnson, su familia bastaría para protegerlo, no habría
necesidad de molestar a hombres como Tekarihoga y Pequeño Abraham.
Pequeño Abraham entendía el inglés e intervino sin esperar al
intérprete.
—Hermanos, aquí se habla de una hoja que arde, pero nadie ha
visto las llamas. Por eso he pedido una reunión a Philip Schuyler. Es el nieto
del hombre que llevó a Hendrick a Londres y su palabra tiene mucho valor para
mi pueblo. Si promete que nadie está intentando perjudicar a nuestro
superintendente, esa promesa puede ser el viento que aparte del valle el olor
del fuego.
Las palabras del sachem querían transmitir seguridad y Joseph se
esforzó por traducir su propósito, pero el viento que soplaba entre los blancos
anunciaba un temporal. Una reunión entre Pequeño Abraham y el general de los
rebeldes sin duda no era una buena noticia.
El capitán Butler pidió la palabra. Cuando una discusión parecía
perder el norte, siempre era él quien marcaba el derrotero.
—Pequeño Abraham tiene razón —dijo—. Siempre es oportuno
controlar las voces que lleva un río y ninguno de nosotros hubiera convocado a
los sachems sin antes haberlo hecho. Del mismo modo, nadie tenía dudas de que
nos ayudarían a proteger Johnson Hall y al superintendente Johnson. Sin
embargo, hay otros incendios. Algo lejanos, pero no tanto como para quedarnos
tranquilos. El humo y las llamas de Lexington y Boston se pueden ver muy bien
desde aquí. Las palabras pronunciadas por Ethan Allen en la toma de Ticonderoga
corren de boca en boca. Hablar con Philip Schuyler puede ser una buena idea,
pero sus promesas no pueden apagar fuegos tan grandes. Es preciso que los
mohawks intenten contener la amenaza, antes de que las llamas lleguen a
quemarles.
—En pocas palabras, hermanos —intervino brusco sir John, que
hasta ese momento había escuchado en silencio—, lo que queremos decir es que
las guerras tienen un defecto que obliga a escoger de qué parte estar.
En la sala cayó el silencio. Guy Johnson enrojeció de vergüenza.
Joseph no tradujo las palabras de sir John, sabía que los dos sachems habían
entendido todo.
Sin mover un solo músculo, Tekarihoga comenzó a hablar en la
lengua de sus padres, con tono bajo y acompasado. Un puñado de segundos, y
luego paró. Pequeño Abraham cerró los ojos. Era su señal de aprobación.
La sala se llenó de silencio, mientras todos, uno a uno,
dirigían la mirada a Joseph, a la espera de la traducción. Dejó que el silencio
tomara cuerpo, materia interpuesta que unía y dividía a cada uno de ellos. ¿Qué
había dicho Tekarihoga? «Si mi casa arde, mi vecino está en peligro.» Poco para
los blancos. Su significado era: si mi problema puede afectar a otras personas,
no es conveniente resolverlo solo. Se debe consultar a todos, empezando por los
más cercanos, informar acerca del peligro, escuchar su punto de vista. Saber si
están dispuestos a ayudarte. Una carga enorme para tan pocas palabras.
Joseph habló con voz grave y firme.
—Hermanos, el noble y sabio Tekarihoga saluda y agradece a
todos. El comparte las preocupaciones por las noticias recogidas y por las
nubes que se van espesando. Las tierras y los bienes que compartimos tientan a
muchos. Sabemos por experiencia de la codicia de ciertos colonos. El hecho de
que algunos hijos hayan decidido rebelarse contra el padre inglés es una
desgracia. Cuando los hermanos se amenazan con armas y las apuntan contra los
padres, esto es siempre una calamidad y debe ser conjurada. Por eso Johannes
Tekarihoga dice que es muy importante advertir a los oneidas, hermanos menores
de los mohawks, nuestros vecinos en la custodia de la puerta oriental de la
Casa Larga, antes que el fuego nos llegue por sorpresa. Si la amenaza contra
Guy Johnson es una hoja que arde en un bosque en llamas, entonces esa amenaza
ya no es solo un problema nuestro. Que las Seis Naciones sepan el peligro que
corre su superintendente.
Joseph dejó flotar las palabras en la habitación, en tanto
Pequeño Abraham y Tekarihoga esbozaban una sonrisa, mostrando su conformidad
por la traducción.
Los blancos se cruzaron miradas. Joseph intuyó la desconfianza.
Desde el comienzo de la rebelión, los oneidas eran un enigma. Su predicador,
Samuel Kirkland, era partidario de los whigs. Joseph lo conocía bien: habían
estudiado juntos en el colegio de Lebanon, cuando eran jóvenes. Sir William
siempre lo había considerado un instigador.
Guy Johnson decidió poner al mal tiempo buena cara.
—Las sabias palabras de los sachems siempre son bien acogidas
por nosotros. Lo que dice Tekarihoga es muy razonable, nos pondremos en
contacto con las otras naciones, primero con los oneidas. Si mi hermano Joseph
se encarga de redactar el mensaje en mohawk, los honorables sachems podrán
poner sus firmas.
Joseph se congratuló a sí mismo. Ante los blancos, hasta el más
noble de los sachems contaba poco sin un buen intérprete.
Escrito en casa de Guy Johnson,
mayo de 1775
Esta carta es para vosotros, oh grandes hombres o sachems. Guy
Johnson dice que se alegraría de que vosotros, los oneidas, recibierais este
despacho sobre su actual condición. Cada día está más seguro de las intenciones
de los rebeldes. Guy Johnson tiene un gran temor a ser hecho prisionero por los
bostonianos. Nosotros, los mohawks, estamos obligados a vigilarlo de forma
permanente. Por eso os mandamos este despacho, para que estéis informados. Guy
Johnson confía en que vendréis a prestarle ayuda, y tiene la certeza de que
vosotros, sin duda, estaréis de acuerdo con esta idea. El tiene fe en que no
permitiréis dejar que sufra. Por tanto, os esperamos. Es todo por ahora. Nos
dirigimos solo a vosotros, los oneidas, pero tal vez más adelante llamaremos a
las demás naciones. Concluimos, y esperamos que os preocupéis por la suerte de
nuestro administrador, Guy Johnson, ya que todos somos una sola cosa.
Johannes Tekarihoga
Pequeño Abraham
Joseph Brant (intérprete de Guy Johnson)
Joseph leyó en voz alta. Tradujo el texto del mensaje,
intentando reproducir las formalidades y cortesías.
El inglés era un idioma mucho más tosco y conciso: al pasar de
sus ojos a la boca las palabras se acortaron, perdieron resonancia, dejaron en
la hoja parte de su significado. En la lengua del Imperio, a cada causa le
seguía una consecuencia; a cada acción correspondía un solo fin; a cada
situación, la conducta más adecuada. Por el contrario, la lengua de los mohawks
estaba llena de detalles, salpicada de dudas, completada con numerosas
aclaraciones. Cada palabra se extendía y alargaba para capturar cada uno de los
sentidos y sonar en los oídos de la manera más apropiada.
En la carta, los sachems y Joseph se dirigían a los oneidas en
calidad de hermanos mayores; las palabras habían sido escogidas de forma que
conciliaran las posiciones de los mohawks de Canajoharie y Fuerte Hunter;
expectativas y certidumbres de Guy Johnson habían sido descritas de manera que
confirmaran su amistad con los mohawks sin generar dudas sobre la independencia
de estos últimos. Guy era nombrado solo por su nombre, sin otra añadidura,
ninguna frase generosa que exaltara su reputación. Aunque sir William no era
mencionado, los oneidas comprenderían que este favor se pedía en homenaje a su
memoria. De ahí la última frase: Joseph la había escrito y vuelto a escribir,
hasta conseguir el tono conveniente, que le agradara incluso a Pequeño Abraham.
Los hermanos menores serían puestos a prueba: ¿qué decisión tomarían?
¿Seguirían las inclinaciones de su reverendo presbiteriano o prestarían ayuda a
los mohawks que protegían al heredero de Warraghiyagey? El llamamiento a la
unidad de las Seis Naciones quedaba en equilibrio sobre un ordenado cúmulo de
matices. El inglés perdía ocho sobre diez. Lo que quedó convenció a los
blancos. Fue llamado un mensajero.
9
El delaware se detuvo y olfateó el aire.
—El perro está cerca.
El blanco sonrió. Hizo un gesto a los demás y avanzó, los ojos
clavados en la espesura del bosque. Ahora que se fijaba bien, podía notar el
olor a grasa de oso. Los salvajes preparaban con ella un repugnante ungüento
para protegerse de los insectos. El guía indio que tenían, en cambio, para no
alterar el olfato había adoptado la solución en boga entre los colonos: untarse
de barro.
El bosque dio paso a un claro, la luz se reflejó en el suelo.
Los hombres quedaron deslumbrados.
Una sombra escapó atravesando el follaje, unas cien yardas por
delante del grupo de cazadores. Los blancos apenas la vieron, el delaware ya
estaba corriendo en esa dirección.
Alguien gritó. Se lanzaron a la persecución.
La presa saltó matas y ramas caídas, huyendo a través del claro.
Entrar en el bosque era la única forma de salvar la piel. Se metió dentro de la
vegetación con la agilidad de un ciervo, pero hierba alta y terreno irregular
dificultaban la carrera.
El delaware corrió hasta donde los árboles raleaban, empuñó el
fusil y apuntó. Un trueno quebró el aire. El salvaje salió fuera de la nube de
humo.
La cuadrilla de cazadores le vio desaparecer entre los árboles.
Avanzaron hasta el punto donde el bosque lo había engullido y lo encontraron de
pie, quieto junto a un gran tronco.
El guía levantó el fusil al cielo y lanzó un grito de triunfo.
Al pie del árbol yacía la presa. El mohawk, desnudo hasta la cintura, apretaba
los dientes. Sujetaba la pantorrilla con las manos rojas de sangre. Los
miembros sudorosos temblaban.
Los blancos exultaron y ataron al indio herido. El jefe de los
cazadores lo registró y encontró lo que buscaba: una hoja plegada dentro de la
funda del cuchillo.
Después de una rápida ojeada se dirigió a los otros.
—¡Maldición, está escrito en mohawk!
Nathaniel Gordon sacudió la cabeza. Esto es lo que ocurre si se
educa a los salvajes, pensó. Se preguntó cuál sería la próxima novedad. ¿Un
mono que recita los Salmos?
Se agachó y puso la hoja delante de los ojos del herido. En los
dedos goteaba sangre fresca. Las moscas comenzaron a revolotear.
—¡Lee lo que está escrito aquí, perro!
El mohawk se quedó callado.
Gordon hizo un gesto al delaware, que sacó el cuchillo e hizo un
corte en el brazo del prisionero. Desprendió un jirón de piel, lo separó, lo
dejó a un lado.
El mohawk se estremeció, recorrido por temblores, pero no emitió
ni un quejido. El blanco gruñó de rabia.
Agitó otra vez la hoja ante la nariz del indio.
—Es una orden de los Johnson, lo sabemos. ¿Qué hay escrito aquí?
Silencio.
El delaware hizo un nuevo corte. Otro trozo de piel se
desprendió, esta vez del pecho. Lo colocó junto al primero. Con ellos haría una
bolsa para tabaco.
El mohawk jadeó entre dientes.
—¡Habla! —rugió el blanco.
Uno de los otros lo retuvo, mano en el hombro.
—No hay prisa, Nat. Dejemos hacer al indio.
Los blancos se sentaron a poca distancia, para beber de una
cantimplora, mientras el guía completaba el trabajo. Al fin, Gordon se levantó
con aire impaciente.
—Estamos perdiendo tiempo, ¡maldita sea!
Con un silbido llamó al delaware.
—¡Ya basta! Hemos hecho lo que teníamos que hacer.
El delaware se limpió las manos con un puñado de hojas y señaló
al torturado.
—Gran hombre —dijo.
El jefe de los cazadores primero miró al delaware, luego al
mohawk colgado boca abajo. Todavía estaba vivo. Boqueaba, ahogado por la sangre
que se escurría dentro de sus narices desde cada parte de su cuerpo desollado.
Ya no tenía ni un solo trozo de piel. El rostro al revés, los ojos más abajo
que la nariz, era tan ajeno como el de un animal.
—¿Gran hombre, eh?
El blanco se acercó y escupió en el rostro atormentado.
10
El sueño es el mismo, siempre. La iglesia, el ataúd. Peter toca
el violín, Joseph empuña el tomahawk. Un guerrero le ayuda a cavar.
Ahora lo reconozco. Ronaterihonte.
La tierra está dura. Las uñas destrozadas echan sangre, la
tierra se moja. Cada gota es una hoja escarlata.
La iglesia desaparece. En su lugar, un bosque de arces en pleno
otoño. Sentado sobre una roca, William bendice con una sonrisa los esfuerzos de
Joseph y del guerrero. Tiene el rostro pintado y un sonajero de tortuga.
Me acerco, me siento en sus rodillas, le acaricio los labios.
—¿Quién está en el ataúd, William?
El responde, pero es un idioma desconocido. Un viento de
tramontana se lleva las palabras. En el río aparece una canoa. A bordo, una
muchacha. William sube y me ofrece su mano.
—Acompáñame al Jardín, amor mío, en el centro del Agua.
Joseph y el guerrero cargan el ataúd, la canoa remonta la
corriente.
De repente, estoy de nuevo en la casa de Canajoharie, sobre el
almacén.
Aprieto fuerte la mano de la muchacha. Sus ojos tienen el color
del río.
Los hijos duermen. Yo estoy a punto de despertar.
11
Una presa rara, para el valle del Mohawk.
Los cazadores agradecieron la buena fortuna.
El pelo rojizo brillaba al sol, salpicado con gotas.
La bestia, dentro del agua hasta el pecho, levantó la cabeza. El
hocico chorreó agua. Orejas enormes, narices caídas: tenía la expresión
anonadada de un gigantesco mulo. En su frente se abría un trofeo asombroso, tan
amplio como los brazos abiertos de un hombre.
El alce macho miró alrededor, olfateó el aire. Uno de los
cazadores mojó su índice con saliva y lo alzó al viento. La brisa había
cambiado de dirección.
El animal se sacudió, se dio la vuelta y huyó.
Los ancianos decían que un alce corre más rápido que los
cazadores, más fuerte que un caballo, pero que el hombre corre más tiempo que
cualquier animal. El alce va al galope mientras tenga aliento, pero a veces
necesita detenerse, reposar. El instinto advierte que los cazadores aún están
tras la pista, y entonces el alce vuelve a correr, pero tiene que detenerse
otra vez, y otra vez más, siempre más a menudo. En cada parada los cazadores se
van acercando. Cada vez que el alce retoma la carrera, es cada vez más lento.
Cada vez más inseguro. No es nada sencillo para un animal tan grande hacer
perder el rastro. El hombre puede llevar el paso durante un día entero. El alce,
exhausto, verá el cuchillo como una liberación.
Por la tarde, las huellas eran muy abundantes. El alce buscaba
la espesura del sotobosque, dejaba señales visibles. Los jóvenes lobos
aceleraron el paso.
Más adelante, aún fuera de la vista, la presa abandonó la
carrera. Levantó el hocico al cielo y lanzó un lúgubre reclamo, listo para la
última batalla.
Los cazadores se detuvieron en el límite del terreno abierto. El
alce apareció a unos cuarenta pasos. Protegido por la sombra, Paul Oronhyateka
apretó el gatillo.
Por detrás de la nube de humo, el animal cayó.
Los cazadores corrieron hacia la presa. Rodearon el cuerpo,
pequeña multitud que asiste a un funeral.
—Agradecemos al Señor que nos haya concedido una cacería
afortunada. Damos la sangre del alce, nuestro hermano, a los espíritus de la
tierra, para que el Dueño de la Vida se complazca de nosotros. Que el espíritu
del alce sea aplacado: su carne ayudará a vivir a nuestra gente. Amén.
El guerrero más anciano se inclinó, cuchillo en mano. Del cuello
abierto, un borbotón de sangre mojó la tierra y las piernas de los hombres.
—Busca un sitio para descuartizar, Kanenonte —dijo al más joven
del grupo.
Los demás se pusieron en cuclillas, apoyándose en los largos
fusiles.
Alguien bebió sangre fresca. Alguien cargó la pipa. Pasó algo de
tiempo. Oronhyateka se puso de pie. En ese momento, Kanenonte apareció a su
lado.
Tenía los ojos desorbitados. Echaba espuma de rabia. Temblaba.
En la habitación, las mujeres formaban un círculo. Rodeaban a
Molly Brant y a una mujer más anciana, que llevaba una falda y una manta rojo
fuego. En medio de ellas, un ramillete de cedro ardía sobre una bandeja. Lo que
había sido árbol se convertía en humo, delgadas volutas se elevaban hacia el
techo al abrigo de las corrientes de aire.
La mujer vestida de rojo cogió el ramillete, con la mano derecha
trazó un círculo, murmuró algo. Molly pronunció la pregunta más importante.
—¿Quién está en el ataúd?
—Te repito lo que ya te he dicho, Molly Brant. Creo que
Warraghiyagey no está satisfecho con su ceremonia fúnebre. Remonta la corriente
para regresar a la isla de sus padres. Ahora está en el mundo real, ve cosas
que nosotros no podemos ver.
Molly percibió que el humo se reflejaba en el espejo. Llevó los
ojos al reflejo en el cristal, luego a la cima incandescente del ramillete. El
humo osciló, como sacudido por una ráfaga de viento. La mujer del ramillete
cerró los párpados. Molly asintió.
—Dile a tu oyaron que le pregunte, Molly Brant. Tus sueños
tienen fuerza, Warraghiyagey hablará de nuevo.
Molly asintió. De pronto, un rumor llegó desde el exterior.
Parecía el ruido de un río cuando la corriente se acelera y se hace rápido,
luego una cascada. Antes de que Molly pudiera reaccionar, el murmullo se había
transformado en gritos de rabia y horror.
En medio de la multitud, jóvenes guerreros golpeaban el suelo
con los pies, sus músculos temblaban, los brazos se alzaban al cielo agitando
hachas y cuchillos. Las piernas de los jóvenes estaban cubiertas de sangre
coagulada. Alrededor, hombres más ancianos se hacían eco. Lloraban, gritaban,
rugían maldiciones. Las voces herían los oídos.
La cosa que estaba a los pies de los guerreros ofendía la vista.
La cosa que estaba a los pies de los guerreros había sido un humano. El cuerpo
de Samuel Waterbridge ahora era una presa desollada, tirada en el suelo.
Molly conocía la muerte, impúdica y cruel, pero nunca la había
visto en el lugar donde se desarrolla la vida. Nunca arrastrada dentro de la
aldea, ni ostentada para que jóvenes hombres se propusieran una venganza.
Molly entró en el círculo de cuerpos enfurecidos.
Alrededor, las voces se callaron. A sus oídos llegó el jadeo de
los guerreros, el llanto de una mujer.
—Esta muerte clama venganza, pero lo que habéis hecho desgarra
el corazón. Juventud y rabia no sirven como excusas.
Hizo una pausa. En el intervalo nada se movía, los ojos echaban
relámpagos.
La mujer siguió con su discurso.
—El cuerpo desollado hiere la vista. La muerte ha entrado en la
aldea sin haber cantado los himnos, sin cumplir los rituales. La locura cruza
la mente de los jóvenes. La muerte debe salir de Canajoharie.
Los hombres enmudecieron, también los jóvenes que habían
recogido el cuerpo. Las mujeres acompañaron el discurso con gestos de
aprobación.
Molly miró a Tekarihoga. El jefe del clan de la Tortuga asintió.
—Quienes trajeron el cuerpo a la aldea que lo lleven fuera, y
que se haga lo que está prescrito.
Los jóvenes recogieron el cadáver, reducido a costras de sangre
y polvo.
Mientras se alejaban, Kanenonte habló entre dientes a sus
compañeros.
—Nosotros perdemos tiempo con la vieja ley y mientras tanto nos
matan a todos.
12
Guy Johnson oía crujidos en la nuca y los hombros, o mejor, el
ruido de la molienda, como cuando se tritura vidrio o se camina sobre la grava.
Arena entre las vértebras, algo no funcionaba, había dormido mal. El ansia le
llevaba por toda la casa, de aquí para allá, punto medio entre un animal tirado
de las riendas y un prisionero que intenta estirar las piernas.
Por las mañanas se despertaba y ya no tenía calma. Cada día se
sentía más bajo y grueso, aplastado como bajo una prensa. Con cada hora los
hombros más curvados, las piernas contraídas. El peso de la herencia de sir
William.
El peso de los asuntos indios.
Aquella tarde había girado la cabeza en círculos, derecha,
izquierda, luego arriba, abajo, luego de lado, con la oreja izquierda hasta
casi tocar el hombro, el mismo movimiento a la derecha, pero no servía de nada:
lo que estaba fuera de sitio, no se acomodaba.
Pasaba frenético de una habitación a otra, miraba por las
ventanas, se sentaba al escritorio, hurgaba entre los papeles, cogía la carta
del general Gage, se levantaba, volvía al tablero de dibujo. Intentaba aquietar
su estado de ánimo, desahogando la tensión en una de las grandes hojas blancas.
Trazaba y superponía garabatos, líneas curvas, hasta esbozar figuras humanas
que enseguida le parecían siniestras, fatídicas, presagio de malos augurios.
Enrollaba las hojas, se levantaba y las echaba a la chimenea.
A Guy siempre le había gustado dibujar. Por desgracia, los
dibujos se habían quemado en el incendio sufrido dos años atrás. Un rayo había
impactado en la casa, las llamas habían devorado la madera, la colección de
mapas, los libros de la biblioteca, importantes documentos sobre concesiones de
tierras. Hizo reconstruir la casa en piedra, él y su familia habían vuelto a
instalarse hacía casi un año. Ahora Guy Park era un edificio imponente, Después
de las amenazas de los bostonianos, se estaban realizando obras de refuerzo.
Desde Massachusetts los enfrentamientos se estaban extendiendo y
aumentaba el número de rebeldes. Se temía un ataque a Canadá, desguarnecida
fortaleza de lealtad a la Corona. De ahí la orden de Gage recibida poco antes:
movilizarse, partir. Atravesar los confines con hombres válidos, indios
incluidos.
Sí. Pero ¿cómo decir a los mohawks que tenían que ir a combatir
a Canadá mientras el valle se encontraba en agitación?
Guy era un muchacho cuando había dejado el condado de Meath e
Irlanda. Había llegado a América llamado por sir William, un pariente lejano, y
se había casado con su hija Mary.
Los años transcurridos en la nueva tierra ya superaban los
vividos en la madre patria.
Sin embargo, sería siempre un irlandés entre irlandeses, igual
que el Viejo. Si tropezaba con una raíz o se cortaba con la navaja, aún
maldecía en gaedhilge. Cuando, pensando en algo, contaba con los dedos, decía:
aon, dó, trí, ceathair. Su antiguo idioma.
Y su antigua fe.
Como el Viejo y muchos irlandeses de las últimas generaciones,
Guy era fiel a la Iglesia de Inglaterra. La pertenencia a la fe anglicana era
condición necesaria para el cursus honorum en los rangos del Imperio: nada de
papistas entre los hombres de confianza de Su Majestad. Los papistas eran
España y Francia, potencias enemigas a un lado y otro del océano. Los papistas
eran una sedición plurisecular, en la más cercana y rebelde de las colonias:
Irlanda.
Sir William había nacido y crecido como católico. En la Irlanda
sometida, pocos parientes suyos se habían convertido en hijos del Dios inglés.
Parte de la familia Johnson había apoyado la rebelión jacobita, para poner en
el trono a un católico, Jacobo VII de Escocia.
Por debajo de los betunes que cubrían el casco del alma, la
antigua fe bombeaba sangre al corazón. Supersticiones, fórmulas de buena
suerte, pedidos a algún santo, frases del misal latino.
Tras la derrota, exiliados jacobitas habían llegado a América.
En el valle del Mohawk, puerta oriental de la Casa Larga, se había instalado
una comunidad de escoceses de las Highlands. Que fueran católicos no era un
misterio para nadie, y mucho menos para sir William, que les había otorgado
protección. Acabaron por formar parte de la comunidad, dispuestos a empuñar las
armas para defenderla.
Desde hacía treinta años, leyes internas y no escritas regulaban
el mundo que sir William designaba como «Iroquirlanda». Lo que Guy temía era el
derrumbe del equilibrio entre indios y blancos, Corona y colonias, rebeldes
whigs y lealistas tories. El derrumbe lanzaría a América a las llamas. Ni
siquiera los más sólidos muros de piedra hubieran podido proteger del incendio
a su mundo, la familia, las propiedades.
Además, Mary estaba embarazada otra vez y el parto muy cercano.
Después de las niñas, ahora tal vez un heredero varón, y justo en ese momento
tenía que partir. La indecisión apretaba el estómago. Frente al empeoramiento
de la situación, solo una persona podía ayudarle.
—¿Padre? —dijo una voz infantil.
Guy, absorto, no recordaba en qué habitación se encontraba.
Había llegado allí como un sonámbulo. Miró alrededor: estaba en la biblioteca.
Estanterías semivacías, los dorsos de unos pocos libros que se salvaron del
fuego. En la puerta estaba Esther, la primogénita, doce años de cabellos rubios
y ojos verdes.
—¿Tu madre necesita alguna cosa? —le preguntó.
—No, padre, ella está bien. Pero acaba de llegar el señor Joseph
Brant, pide ser recibido. Dice que es muy importante.
Hablando del rey de Roma.
Joseph Brant no había venido nunca a Guy Park más que como
acompañante e intérprete. No solo intérprete, sino puente entre ambas
comunidades, unidas por el interés y la fe anglicana: junto con el reverendo
Stuart había traducido al mohawk el Evangelio de san Marcos. Sin embargo, si
rasgabas el velo de la Iglesia de Inglaterra, en una orilla encontrabas
papistas, en la otra paganos. Dos tribus de hombres detrás de máscaras.
Joseph era uno de los hijos del acuerdo construido por sir
William, una planta crecida a partir de un injerto. Mirado con recelo por los
indios menos en contacto con los blancos, mirado con temor por los blancos
menos en contacto con los indios. Mirado con respeto por quienes, sobre ambas
orillas, se preocupaban por mantener firme el vínculo.
El mensajero había sido descubierto y desollado vivo. A la vista
de la situación, ni siquiera podían llevar una noticia a los oneidas, la más
cercana de las tribus hermanas. Estaban aislados. Lo que Joseph decía convertía
en urgente la obediencia a la orden recibida.
Sir John ya había dicho que no se movería de Johnson Hall. Que
hiciera lo que creyera oportuno. Guy decidió que tenía que partir, llevando
consigo a su familia.
—Joseph, hermano. Si esta rebelión se transformase en guerra
abierta, ¿qué harían las Seis Naciones? ¿Combatirían por el rey Jorge?
—Los mohawks saben que los hijos rebeldes del rey Jorge son las
mismas personas que cometen injusticias contra ellos. Gente como Jonas Klug.
—¿Y entonces?
—Las Seis Naciones no se encuentran bajo sujeción de la Corona.
En nuestras lenguas, la palabra «súbdito» no existe. Sir William lo sabía.
Nunca nos ha tratado como súbditos, sino como aliados.
—Sir William ha hecho todo lo posible para proteger a los
hermanos indios de los colonos que amenazan sus tierras. Lo ha hecho en el
nombre del Rey.
—Mi gente nunca olvidará esto. Con todo, sir William ya no está.
Guy asintió con amargura. Joseph prosiguió:
—Para convencer a mi gente de que hay que desenterrar el hacha,
Warraghiyagey hubiera pedido un consejo. Hubiera hablado en mohawk. Tras largas
discusiones, los sachems aceptarían, a pesar de los sufrimientos causados a las
Seis Naciones en la guerra de hace veinte años. Perdimos hombres valiosos,
perdimos a Hendrick, sin obtener mucho a cambio. Combatirían no por el Rey
inglés, sino por William Johnson.
—Ahora el superintendente soy yo —rebatió Guy—. Soy un Johnson.
Mi mujer es la hija de sir William, espera un niño que tal vez sea varón,
heredero directo de Warraghiyagey. No conozco el mohawk, pero puedo hablar en
un consejo, con tu ayuda.
—Soy el intérprete del Departamento. Si en Johnson Hall se
realiza un consejo, haré mi trabajo.
—No aquí en el valle. Alarmaría a los rebeldes. Proporcionaría
la excusa para un golpe de mano. Tenemos que reunir a las Seis Naciones a
varias millas de distancia. En Oswego.
Joseph se tomó tiempo antes de replicar. Miró por la ventana.
—Son muchos días de viaje.
Guy siguió la mirada del indio.
—Oswego está en el centro de la Casa Larga. Las naciones
participarán en mayor número. Usted es un jefe de guerra, convenza a su gente
para que venga. Esta rebelión es la amenaza más grave que hayan conocido los
mohawks y las Seis Naciones.
Joseph pareció meditar la última frase.
Guy calló el verdadero motivo de la elección. Oswego estaba en
la vía hacia Montreal. El general Gage pedía tropas para Canadá. Si el consejo
marchaba tal como se esperaba, Guy guiaría un ejército indio.
Esto a Joseph no se lo podía decir.
El cuello seguía crujiendo.
13
Ecos de martillo, repiqueteo de clavos que agujerean maderas.
Estridencias de sierras, golpazos de cuadernas. Formones que tallan y garlopas
que alisan. Cantos de trabajo, gritos y maldiciones.
Joseph bajó al río. Pequeños fuegos esparcían olor a brea en el
aire de primavera. Llegó donde estaban los jóvenes de su clan y preguntó a
Kanenonte en qué punto estaban los preparativos.
—Hemos reparado siete cascos. Los otros se caen a pedazos.
Alguien encendió una pipa y se la ofreció. Joseph dio una chupada.
—Necesitamos por lo menos veinte. ¿Qué es lo que hace falta?
—Tablones —dijo Oronhyateka—. Solo quedan para tres bajeles.
También botes de barniz, al menos treinta. Y cajas de clavos, todos los clavos
del valle.
Joseph lo tranquilizó. Delante del aserradero de Canajoharie
esos últimos días se alineaban filas de troncos: la materia prima no faltaría.
En cuanto al resto, Molly esperaba un cargamento de Nueva York. Preguntó si
necesitaban algo más, luego se levantó y subió por el sendero que conducía al
almacén. Los ruidos de trabajos lo acompañaron por todo el barranco.
Hacía meses que no se veía tanta actividad en torno al muelle.
Desde el cierre del puerto de Boston, los malos aires que soplaban en la costa
sofocaban el comercio. Quienes ganaban su pan como barqueros se quedaban en
seco y los barcos se pudrían en las orillas del Mohawk.
La novedad ahora era Oswego. Un consejo. Una ocasión para
escuchar a oradores ilustres, encontrarse con amigos y parientes lejanos,
consolidar alianzas, celebrar nacimientos y matrimonios. Fiestas, ron, juegos
de azar. Y algo más importante: regalos. Para el Departamento, reunir a los
indios significaba mostrar los músculos y, sin regalos en abundancia, hasta el
yerno de sir William corría el riesgo de parecer débil. El mensaje tenía que
ser claro: las despensas de Johnson Hall aún estaban llenas, a disposición de
los amigos fieles.
Consejo significaba negocios. Oswego era el puerto más
importante de los Grandes Lagos, tierras de leche y miel, de trigo y salmones,
donde los barcos ingleses nunca dejaron de atracar.
En Canajoharie hasta las familias más ricas tenían pocas
reservas y la próxima cosecha se anunciaba escasa. El humo de los sacrificios
no despertaba a las Tres Hermanas. Mazorca, Alubia y Calabaza estaban agotadas
y san Juan también parecía hacer oídos sordos a las plegarias.
Hacían falta herramientas y semillas. Hacían falta fusiles y municiones.
Quien vendía pieles no ganaba lo suficiente, aunque si subía los precios tenía
que quedarse con ellas y morir de hambre pero abrigado.
Convencer a su gente no le había costado a Joseph ningún
trabajo. Muchos habían acogido la noticia de la partida como promesa de un
invierno más llevadero.
Cuando llegó al almacén, Joseph encontró la puerta cerrada.
Llamó en vano varias veces, luego se sentó a esperar y el ansia por la partida
desbordó sus pensamientos.
Un viaje largo y fatigoso. Ciento cincuenta millas apiñados en
los bajeles. Por la noche, mantas húmedas y nubes de mosquitos.
Sir John se quedaría con su familia en Johnson Hall. Guy Johnson
llevaría a Oswego a sus hijas y su esposa embarazada. Para los suyos, Joseph
estaba pensando otro destino. No podía llevarlos consigo, ni tampoco dejarles
en la granja. Sin los guerreros, el valle era poco seguro. Podían ir a casa de
sus familiares oneidas, ochenta millas más al sur. En Oquaga, una aldea rica y
aún lejana a los desórdenes.
El toque de una mano interrumpió las reflexiones. Joseph
comprendió y se volvió sin sobresalto. Molly era más silenciosa que un halcón.
Algunos blancos juraban que la habían visto convertirse en pájaro carpintero,
echarse a volar y luego transformarse en mujer poco más allá. Imposible,
respondía Joseph, a mi hermana le gusta caminar.
Sin duda no se había alejado del almacén para dar un paseo.
—Requisaron el cargamento de Nueva York —dijo—. Ayer por la
mañana, poco antes de Fuerte Hunter.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Uno de los barqueros. Encontró un caballo y vino hasta aquí. Si
quieres hablar con él, todavía está en la posada.
—No sirve de nada. Llamaré a los guerreros e iremos a recuperar
las cosas.
—Ya conoces a Guy Johnson —rebatió Molly—. Preferirá pagar otro
cargamento. No quiere problemas antes de partir.
—Otro cargamento tardará semanas, las herramientas para los
barcos nos sirven ahora.
—Puedo conseguir algunas cosas, para no parar los trabajos.
Debes hacer algo más importante.
Joseph permaneció en silencio.
—El sueño cada vez es más claro —dijo Molly—. El guerrero que
cava contigo es Ronaterihonte.
Joseph se quedó boquiabierto. No escuchaba ese nombre desde
hacía mucho tiempo.
—Debes ir a buscarlo. Irá contigo a Oswego.
Joseph abrió los brazos incrédulo:
—¿Con todo lo que hay por hacer? Se precisan varios días para
llegar hasta su cabaña.
—El sueño lo pide. Las mujeres están de acuerdo.
—El no obedece a los sueños.
—Pero mi hermano sí. Tú conseguirás convencerle.
Molly quitó de su muñeca derecha un brazalete de wampum.
—Llévale esto —dijo—. No podrá negarse.
14
Los contornos de las cosas aparecieron, iluminados por el asomo
del alba. Una mesa, dos bancos de madera, los morillos de la chimenea, el baúl.
El ritmo de la respiración era un plácido vaivén. Percibió el olor de los
cuerpos bajo la piel de oso, la calidez de su mujer y de su hija.
Ecos del despertar de otros tiempos. En el refugio de madera, el
hombre estaba solo. Mujer e hija ya no estaban, muertas por la sed de sangre
que había arrasado la frontera muchos años antes.
Desde entonces dormía poco y siempre se despertaba antes que la
luz del día. Se levantó sin hacer ruido. Echó una mirada de reojo a la imagen
de la Virgen, recortada de un almanaque francés, un regalo de su viejo tutor,
el padre Guillaume. El artista había dado a la Virgen una vaga apariencia
india.
Cogió un libro de la mesa, se envolvió en una manta y salió. El
cielo era rosado y azul. La niebla subía en bancos desde la tierra, parecía más
densa por la media luz de la mañana.
El sol caía a pico cuando tres figuras surgieron de los arbustos
al final del sendero. El hombre dejó de afilar el cuchillo en la correa de
cuero y cogió el fusil. En los últimos tiempos, los bosques de nuevo eran
peligrosos. Los colonos más aislados ya no confiaban en la puntería para
protegerse a sí mismos y sus propiedades. Muchos habían levantado empalizadas,
pero este hombre no era un colono y poco tenía para defender. Le bastaba el
fusil.
Reconoció a los visitantes y bajó el arma.
—Ronaterihonte, soy tu hermano —dijo uno de ellos.
El hombre respondió al saludo.
—Yo también soy tu hermano, Thayendanega.
Joseph Brant presentó a los otros.
—¿Recuerdas a Jacob Kanatawakhon y August Sakihenakenta?
Los guerreros saludaron con leves inclinaciones de cabeza
mientras apoyaban los fusiles.
—Han sido dos días de viaje —dijo Joseph.
El hombre abrió la puerta.
—Adelante. Hay ciervo estofado.
Joseph observó el interior de la cabaña de troncos: la madera
tiznada parecía brotar de la tierra. Un estante lleno de libros recorría la
pared. Reconoció El ingenuo de Voltaire, Ejercicios espirituales de san
Ignacio, la Biblia y Emilio de Rousseau. Títulos que provenían de Nueva York,
trocados por pieles valiosas.
Philip Lacroix Ronaterihonte no era un cazador de temporada:
vivía en el bosque incluso en el invierno. Hacía más de diez años que se
imponía un retiro insólito para un indio.
Joseph miró al viejo compañero de armas. Desde que había tomado
esa decisión, poco después del final de la guerra, la amistad juvenil se había
esfumado hasta perderse en el recuerdo. Se preguntó qué era lo que quedaba: un
hilo tan delgado como una crin de caballo. Aún no entendía por qué Lacroix se
había aparecido en los sueños de su hermana.
—Molly me ha pedido que venga.
—¿Cómo está?
—Con buena salud. Ha dejado Johnson Hall y ahora tiene un
almacén en la aldea.
—¿Sus hijos?
—Crecen. Peter ya es un hombre. Vamos de cacería.
—¿Y los tuyos?
—También crecen. Susanna es una buena madre.
Joseph cogió uno de los cuencos que Lacroix había llenado con
carne. Jacob y August agradecieron y empezaron a comer sin ceremonias.
Lacroix se quedó apoyado en la repisa de la chimenea. Los
cabellos caían sobre sus hombros como alas de cuervo. Una cruz de madera
labrada pendía sobre su pecho. Su rostro no mostraba emociones. Sus rasgos
marcados podían pertenecer a un indio o a un mestizo, tal vez al hijo bastardo
de un coureur de bois. La edad era difícil de precisar, aunque Joseph sabía que
eran coetáneos.
—¿Ya sabes lo de Massachusetts?
Lacroix no respondió.
Joseph hizo un gesto señalando el nordeste.
—Los ingleses whigs reunieron un ejército para combatir a su
Rey. Lo llaman Ejército Voluntario. Asedian Boston y están abriendo la guerra a
Canadá.
August y Jacob se habían servido de nuevo, sin decir una
palabra. Joseph los había elegido por eso, eran listos y discretos. Podía
confiar en ellos.
—Los colonos de Albany apoyan la rebelión. Hay riesgo de que
ataquen el valle. Espías y asesinos siguen nuestros pasos. Mataron a un
mensajero que habíamos enviado a los oneidas. Desollado vivo.
Joseph esperó la reacción del cazador.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Lacroix.
—Guy Johnson quiere convocar un consejo. Para pedir que la Casa
Larga se alinee con el Rey.
Lacroix echó otra rama seca al fuego.
—Has dicho que te lo había pedido Molly.
—Sí. Ha tenido un sueño.
El otro asintió, como si se esperase oír esas palabras. Joseph
le enseñó el brazalete de wampum.
—Me ha dicho que te devuelva esto.
Lacroix lo cogió con las dos manos, mirándolo largo rato. Las
conchas blancas y negras formaban rombos y lunas en torno a una cabeza de lobo.
Un botón dorado se destacaba en la trama. Provenía del uniforme del ejército
francés: el uniforme de un tamborilero.
Joseph sabía que ese objeto era la prenda de adopción en el clan
del Lobo. Lo había trenzado Molly, para el muchacho que los sacerdotes
franceses habían bautizado como Philippe Lacroix. Los mohawks le habían dado el
nombre de un caído: Ronaterihonte, «es fiel», y una madre viuda a quien acudir.
El brazalete representaba la nueva vida, esa que la misma Molly le había
entregado al sustraerlo de la venganza de los guerreros. Joseph recordaba ese
día, aunque era casi un chiquillo. El día de la muerte de Hendrick y de la
herida en el costado de Warraghiyagey. La batalla en el lago George le valió el
título de baronet a William Johnson.
Philip aprendió el idioma con rapidez: en la misión donde había
crecido vivían muchos caughnawagas, que hablaban una lengua parecida al mohawk.
Juntos, Joseph y él habían recibido la iniciación guerrera y combatido codo con
codo hasta el final del conflicto, como jóvenes lobos. Una vez acabada la
guerra, sir William había enviado a estudiar a Joseph y se había unido con su
hermana. En cambio Philip había tomado una esposa y había tenido una hija. Una
breve pausa de serenidad.
Después de la tragedia, había hecho cosas terribles. Desde
entonces, los hurons y los abenakis lo llamaban le Grand Diable.
Un día se había presentado ante Molly y, sin decir palabra, le
había entregado el brazalete de wampum, renunciando a la vida que le había sido
donada. Se había marchado de allí. Regresaba a Canajoharie un par de veces al
año, para vender pieles, mirado con temor por quienes habían conocido la guerra
y con reverencia por los jóvenes, atraídos por la leyenda.
—Molly dice que ya es hora de que vuelvas a la nación. Dice que
el sueño significa eso.
El cazador se sentó en una vieja silla estropeada, seguía
mirando la cinta de conchas.
Cuando Lacroix alzó la mirada, Joseph sintió inquietud.
—Partiremos con la luna nueva. El consejo se realizará en
Oswego.
Había dado el mensaje. Ahora tenía prisa por emprender el viaje
de regreso: faltaban pocos días para la partida y todavía había mucho por
hacer.
Hizo señas a Jacob y August para que se levantaran.
—Regresamos a la aldea. Gracias por la comida.
Cuando llegaron a la puerta de la casa, Joseph se volvió.
—Molly querrá saber tu respuesta.
Lacroix asintió otra vez.
—Dile que quisiera que mis sueños fueran tan claros como los
suyos.
15
—Hemos recibido el Juego gracias al Dueño de la Vida, en el
inicio de los tiempos. Nuestros antepasados lo jugaron tal como Dios había
prescrito y de ese modo lo seguimos jugando.
Johannes Tekarihoga hizo un amplio gesto con la mano derecha. El
brazo y el hombro, al desnudo, aún eran vigorosos. El cuerpo, envuelto en un
manto azul profundo con bordes en concha, tenía seis pies de altura. Los
jugadores juntaron las manos a la altura del corazón e inclinaron la cabeza. El
viejo continuó, seguido por todos los demás.
—Padre nuestro que estás en los cielos...
El anciano sachem concluyó la plegaria, levantó la cabeza,
exhortó a los guerreros con pocas palabras.
—Que el juego sea duro, pero noble. No perdáis la cabeza.
El campo, el único sin cultivar, bajaba en suave declive hacia
el río Mohawk, no muy lejos de los grupos de casas que formaban la aldea. Dos
facciones lo ocupaban, unos treinta hombres en cada bando.
Peter Johnson pensó que un detalle contradecía las afirmaciones
del anciano. El Dueño de la Vida, al inicio de los tiempos, había prescrito que
se jugara baggataway desnudos, con pinturas de guerra. Ahora todos tenían sus
piernas cubiertas con perneras de cuero, algunos llevaban camisas.
Al inicio de los tiempos, además, nadie hubiera recitado el
Padrenuestro.
Tekarihoga entornó los ojos, susurró unas palabras y lanzó la
pelota al aire, justo en medio de los contendientes.
Uno de los palos la golpeó de lleno. El guerrero lanzó un largo
grito, una cacofonía de voces invadió el campo de juego. Las facciones se
entremezclaron, una sola masa vibrante, horda en estampida.
La pelota cayó rodando, pronto alcanzada por el tropel de
jugadores. Se desató una refriega salvaje. Madera contra madera. Madera contra
hueso. Por fin, el objeto de la disputa fue arrancado del amasijo de miembros e
impulsado a gran velocidad hacia la meta. En carrera desenfrenada, Peter llegó
hasta el fugitivo, le echó una zancadilla y pegó con todas sus fuerzas la punta
del palo contra la bola de piel de ciervo. El tiro fue impresionante, pero mal
orientado. La pelota llegó al límite del bosque con trayectoria recta y alta.
Los jugadores se lanzaron a correr gritando y agitando los palos, pero
advirtieron una presencia en el borde del campo de juego. El grupo se detuvo,
las voces se fueron apagando hasta el silencio.
El hombre se agachó hasta la pelota que estaba a sus pies y la
lanzó a Tekarihoga. Sin embargo, el juego no prosiguió. Los jugadores parecían
encantados.
Peter miró al viejo sachem: asentía con aire solemne.
Molly esperaba con los brazos cruzados, de pie en la puerta del almacén.
A poca distancia, mujeres curiosas, con niños en su seno o sentados sobre una
faja en bandolera.
Los ojos de la mujer centellearon. Lo estaba esperando.
—Salud, Degonwadonti.
—Salud, Ronaterihonte. Adelante, el agua hierve en el fuego.
Molly ordenó a la criada que preparara té, luego hizo tomar
asiento a Philip en un sillón tapizado en cuero negro, de brazos altos,
confortable y lujoso. Hacía mucho tiempo que el trasero y la espalda del
cazador no reposaban sobre algo tan blando. La comodidad tenía un toque
sensual, casi obsceno. Lacroix se abandonó dentro de aquel abrazo. Dejó que las
vértebras se acomodaran, que sus codos cayeran inertes en la madera curvada y
lustrosa, que nalgas y muslos se hundieran sin hacer presión. Dejó pasar minutos
vagos y soñantes, hasta que el aroma del té lo despertó. Encontró entre sus
manos un platillo y una taza humeante.
—¿Azúcar? —preguntó la criada.
—Sí, gracias.
Azúcar. Quizá la lengua todavía conservase algún recuerdo. La
criada terminó sus tareas y salió.
El hombre y la mujer bebieron los primeros sorbos. La punta de
la lengua de Philip dio la bienvenida al sabor. La acogida del azúcar disuelto
fue muy grata, toda la boca realizó una compleja ceremonia. Philip no pudo
contener un suspiro. El placer, una bestia indómita.
Después de unos minutos de silencio, Molly habló.
—No he sido yo quien te ha llamado, Ronaterihonte. Quien te
llama es la nación, lo dicen los sueños.
Philip bebió otro sorbo. La taza le calentaba las manos.
—La nación te ha adoptado y te ha devuelto a la vida —prosiguió
Molly—. Ahora te necesita. En los sueños de nuevo estás junto a mi hermano.
—¿Cómo podría ayudar a la nación? —preguntó el hombre de los
bosques.
—El sueño aún no se ha revelado, algo permanece en sombras. Solo
puedo decirte esto: debes ir a Oswego con Joseph y los guerreros.
—Ya no soy un guerrero, Molly Brant. Ya no soy nada.
—Tú eres un mohawk, y los mohawks están sufriendo.
Molly hizo una pausa, convocó y reunió las palabras, les pasó
revista y por fin las puso en marcha, una tras otra:
—Nuestro nombre corre el riesgo de desaparecer, las fauces del
tiempo ya han devorado linajes enteros. Nuestra tierra es invadida o robada, un
invierno de carestía caerá sobre este valle. Yo me quedaré en la aldea, porque
mujeres, ancianos y niños me necesitan, pero el futuro de la nación depende de
lo que sucederá lejos de aquí. Tú y Joseph sois parte de ello. —Se interrumpió
y sonrió—. Debes confiar en los sueños.
Philip se reclinó en el sillón y llevó la taza a sus labios, en
tanto un susurro se insinuaba en sus oídos.
Bienvenido, Ronaterihonte. El círculo debe cerrarse. El viaje
tiene que comenzar.
16
—Mujer del Cielo tuvo una hija, que fue fecundada por el viento
occidental. Aún en el vientre, los dos nietos de Mujer del Cielo discutieron
acerca de la forma de nacer. Gemelo Izquierdo no quería hacerlo de la manera
normal. Se abrió paso para salir por la axila de la madre y de ese modo la
mató.
Molly miró el rostro de Peter en el espejo y deslizó la navaja
de afeitar sobre la piel. El muchacho estaba sentado con las piernas cruzadas,
inmóvil, su pequeña hermana Ann aferrada a una pierna.
—Los gemelos enterraron a su madre —prosiguió Molly—, que se
convirtió en Madre Maíz, de donde surgieron Calabaza, Alubia y Mazorca, las
Tres Hermanas que mantienen la vida. Del corazón nació el tabaco, que se usa
para enviar mensajes al Mundo del Cielo.
Rasuró ambos lados del cráneo. Quedó una larga cresta de
cabellos oscuros recogidos por un lazo rojo. El espejo reflejaba la imagen de
un guerrero joven, apuesto y fuerte. Carnes bien formadas, huesos bien
alineados. Los ojos de la nación podían complacerse. Los espíritus de los
antepasados lo protegerían.
—Los gemelos continuaron retándose. Derecho creó las hermosas
colinas, los lagos, las flores y las criaturas amables. Izquierdo los
despeñaderos y los rápidos, las espinas y los predadores. Derecho era sincero,
sensato, de buen corazón. Izquierdo mentía, amaba combatir, tenía carácter
rebelde y recorría senderos complicados. Y puesto que Derecho ha creado a los
hombres, es conocido como nuestro Creador y el Dueño de la Vida. No hay que
olvidar nunca honrarlo con plegarias, recita los Salmos cada noche.
Se calló y contempló al muchacho. Sir Wiíliam se hubiera sentido
satisfecho. Su hijo iba a Oswego, a su primer consejo. El cabello cortado al
estilo tradicional, cintos de wampum para dar testimonio del linaje. Un
verdadero mohawk, dirían todos. Sabía también las lenguas y la ciencia de los
blancos. El verdadero heredero de Warraghiyagey.
—Tu padre estaría tan orgulloso de ti como yo lo estoy.
El muchacho se miraba en el espejo. Giró la cabeza, alzó la
barbilla, bajó la frente para evaluar el efecto.
—Falta algo —dijo.
Se levantó, apartando a la niña con una caricia, y cogió el
fusil. Se volvió hacia el espejo más grande, colgado en la pared. Con el arma a
su lado, la imagen era perfecta. El muchacho se sonrió a sí mismo.
—Es un regalo de tío Joseph. —Deslizó la mano sobre el cañón
liso y oscuro—. Es precioso.
—¿Con eso cazarás ciervos, Peter? —preguntó su pequeña hermana.
—Sí, y también voy a defender nuestro valle. —El muchacho
pareció meditar las palabras que acababa de pronunciar—. ¿Quién ha inventado el
fusil, madre? —preguntó—. ¿Gemelo Derecho o Gemelo Izquierdo?
—¿Quién, madre, quién? —intervino Ann con voz chillona.
Molly apareció por detrás de su hijo. Puso una mano en la cabeza
de la pequeña.
—Nada de lo que ha hecho uno puede existir sin lo que ha hecho
el otro. No puedes caminar al sol sin hacer sombra. Y la sombra también es
útil, cuando el sol es muy fuerte.
—¿Entonces, ha sido Izquierdo? —insistió Peter.
—Hijo obstinado —dijo Molly con una sonrisa—. Sabes muy bien que
la habilidad del hombre blanco ha hecho el fusil, los violines, los
microscopios y otras cosas que te gustan. —Arrugó la frente—. Pero no sé si en
la mente del primer armero, el fusil ha sido puesto por Dios o por el diablo.
—El diablo, señora, el diablo sin duda.
Juba había entrado en la habitación, ligera y silenciosa. Se
detuvo a mirar al muchacho, que tenía en brazos a Ann. La niña jugueteó con la
cresta que coronaba el cráneo. No había nada que le importara más.
La criada negra buscó con sus ojos la aprobación de Molly, luego
colocó sus manos en la cabeza del joven y murmuró frases de bendición en un
idioma desconocido. Una vez acabadas, volvió a mirar a la matrona del clan del
Lobo.
—Trae el regalo —le ordenó Molly.
—¿Un regalo? —dijo Peter mientras se desprendía del abrazo de
Ann.
—El fusil que tu tío Joseph te ha regalado no es lo único que te
puede hacer falta.
Cuando Juba regresó con la caja, Molly sacó de ella un estuche
de violín.
El muchacho dio un salto. Un violín nuevo. Hubiera querido echar
sus brazos al cuello de su madre, pero ya no era un niño. Cogió el instrumento
con delicadeza y tanteó su peso, pellizcó las cuerdas, aspiró el olor de la
madera brillante.
—La música te hará compañía durante el viaje —dijo la madre—.
Aprenderás nuevas canciones y muchas cosas más.
—¡Toca la canción que me gusta, Peter! —le suplicó Ann—. ¡Sí,
tócala!
Su hermano no se hizo rogar. Agitó con rapidez el arco y la niña
empezó a balancearse al ritmo del reel.
Molly miraba la escena, ocultando su preocupación detrás de una
sonrisa. Muchos pensamientos llenaban sus días, y los sueños por las noches.
William había dado a Peter educación y conocimientos, pero no había vivido lo
suficiente para iniciarlo en la guerra. Ahora tocaba a Joseph completar su
obra, hacer de él un guerrero. El momento habría de llegar en breve. Orgullo y
temor se retaron en el ánimo de la mujer, prometiéndose una eterna batalla.
En el sueño, Peter también tocaba el violín, mientras William
decía algo en la lengua de sus padres. Si hubiese podido entender aquellas
palabras, hubiera podido despedirse del muchacho con más calma.
Un pequeño remolino de niños invadió la habitación con gritos
vivaces. Peter los acogió con los brazos abiertos y dejó que lo tiraran al
suelo.
Molly miró a sus hijos forcejear y rodar por los suelos, reír y
bromear. El tiempo de juegos ya se estaba acabando, y no solo para Peter.
Una sombra se cernía sobre el valle, rozaba sus márgenes. La
tarea que le tocaba a Molly no sería fácil: custodiar la tierra de los
antepasados, proteger a los hijos de la nación como si todos fueran suyos.
17
Joseph no pudo ver quién dio la señal, pero la multitud comenzó
a bajar lenta hacia el río, Guy Johnson a la cabeza del grupo, Daniel Claus a
su lado. Joseph se quedó a un lado y dejó que la fila pasara para controlar que
no faltara nadie.
Ciento veinte personas de piel blanca. Los funcionarios del
Departamento Indio y parte de los Highlanders. Noventa guerreros mohawks.
Johannes Tekarihoga. Familias con mujeres y niños. Treinta bajeles con carga
completa. Armas y herramientas, barriles de pólvora, barras de plomo y moldes
para balas. Provisiones, sacos de maíz, carne de cerdo salada, ron.
En medio de la multitud, un grupo de mujeres acompañaba a Mary
Johnson, barriga prominente, aferrada al brazo de su hermana Nancy. Las hijas
más pequeñas iban cogidas a la falda de su madre, como si tuvieran que llevar
una cola hasta el altar. Esther, la mayor, caminaba dos pasos por detrás. Las
criadas blancas y africanas apretaban correas de los morrales o esperaban
apartadas. Guy no había querido que su esposa embarazada y las niñas se
quedaran en casa. Las quería junto a él, donde pudiera protegerlas.
Sir John había venido para despedir a la expedición. Estrechó
primero la mano a su cuñado.
—Buena suerte. Dios les proteja y acompañe en el camino.
—Y le ayude a defender nuestras tierras —respondió Guy.
Delante de muchas casas había palos clavados en diagonal en el
terreno, señal de que la vivienda estaba vacía y los espíritus castigarían a
quienes se atrevieran a acercarse.
Frente al almacén, Mary Johnson advirtió que un corrillo de
mujeres se abría. Apareció Molly Brant, la pequeña Ann en brazos. La india
levantó una mano en señal de saludo. Mary sintió que la criatura que llevaba en
su seno se movía. Se llevó las manos al vientre.
Esther vio toda la escena. Los ojos de aquella mujer en la
barriga de su madre, el vago gesto con la mano. Creyó estar ante un castillo de
naipes en el instante previo a la caída. Se acercó a su madre y apretó con
fuerza un pliegue de su falda. Hubiera querido suplicarle a su padre que se
detuvieran, que no dejara que todo se precipitase, pero se quedó callada.
La comitiva pasó por delante de Molly, que desde la galería
observaba inmóvil. Cuando Joseph acabó de subir los peldaños, Peter apareció a
su lado. El muchacho estaba preparado para el viaje, chaqueta de cuero, cuerno
y fusil en bandolera. Molly miró a su hijo con resignación, acarició su rostro
joven, el suave roce se transformó en un agarrón de la cresta. Peter apretó los
dientes. Molly lo liberó y se dirigió a Joseph.
—Guíalo con sabiduría.
Se abrazaron.
El muchacho besó a su madre y corrió para alcanzar a los demás.
Sus ojos brillaban. Filadelfia y los años estudiantiles no eran nada frente a
la aventura que lo esperaba.
El último en recibir el saludo de Molly fue Philip Lacroix, al
final de la fila. Respondió con un movimiento de la cabeza, sin necesidad de
palabras.
Joseph divisó tres figuras inmóviles al borde de la pendiente.
Susanna había traído a los niños para despedirse.
Tocó sus frentes de una en una, a modo de bendición que les
protegiera de todos los males del mundo.
Isaac tenía los ojos húmedos. Lágrimas contenidas a duras penas,
la mirada rabiosa.
—Quería ir contigo —dijo Susanna—. Algunos llevan a su familia
—añadió enseguida.
Joseph comprendió el mensaje velado y endureció los rasgos del
rostro.
—En Oquaga estaréis más seguros. —Acarició a Christina sin poder
sonreír, luego miró a Susanna—. Cuida de mi madre.
Se volvió y bajó hacia la costa, donde Butler y su hijo
supervisaban el embarque. A medida que los hombres subían a bordo, los bajeles
dejaban la orilla. Por último quedaron Joseph, Lacroix, los Butler y los fieles
del clan del Lobo. Empuñaron pértigas y canaletes y llevaron la barcaza hacia
el río. El viaje a Oswego se iniciaba a contracorriente, remontando el Mohawk.
Setenta millas hasta Fuerte Stanwix, primera gran parada en medio del trayecto.
Joseph miró la perezosa estela del bajel y pensó en los que
partían y los que se quedaban. El sol atravesaba las nubes. Cada elemento del
paisaje estaba empapado de lluvia. Los miembros de los hombres, la madera de la
Casa Larga y de las cabañas, los campos de centeno y maíz, los huertos de
alubias y calabazas. Observó el despliegue de castaños en los suaves declives
que llevaban a la primera curva del río. Tuyas frondosas, alerces puntiagudos.
Todo se perdía de vista, a sus espaldas.
El reverendo Stuart decía que recitar el Padrenuestro cerraba el
paso a las tentaciones del demonio. Nada malo podía pasar si la plegaria que
nos enseñó Nuestro Señor ocupaba la mente; en caso contrario, se afrontaría la
desventura en estado de gracia. Pocos tomaban al pie de la letra los consejos
de Stuart, pero en medio de las aguas, las palabras del padrenuestro brotaron
en los labios de indios y blancos. Joseph cerró los ojos, levantó su rostro al
cielo. Rayos de sol lo iluminaron. Pidió a Dios que protegiera a su familia.
En las orillas, los colonos asistían al éxodo de los mohawks de
Canajoharie. Los niños saludaban con la mano, los adultos observaban
complacidos. Joseph intuyó que, para muchos, ver su partida era un alivio.
La flotilla siguió avanzando impulsada por pértigas y remos.
Joseph recordaba bien el trayecto. Lo había recorrido otras
veces, junto a sir William. Primero para la guerra con los franceses, después
cuando el superintendente había ido a firmar la paz entre la Corona y el gran
jefe Pontiac.
Allí donde los afluentes arenosos se vertían al Mohawk, islotes
y escollos estrangulaban la corriente, formando rápidos impetuosos. Varias
veces tendrían que descargar los bajeles y continuar por tierra, arrastrándolos
desde la orilla con gruesas guindalezas.
Para sortear los precipicios rocosos de Pequeños Saltos era
necesario cargar a hombros las barcas, ascender media milla por el bosque y
reencontrar el agua.
Joseph no temía por sí o por sus compañeros: muchos se habían
ganado la vida como barqueros. Pensaba en las mujeres y en los niños, que nunca
habían salido de sus casas ni siquiera por un día.
Guy Johnson se volvió para buscar a su esposa e hijas. Un par de
bajeles más atrás, Mary se sujetaba con fuerza al borde de la barcaza, los ojos
clavados en las niñas acurrucadas a sus pies. Nancy y las criadas en ambos
lados.
Guy dirigió la mirada a Daniel Claus, sentado junto a él, uno de
los pocos que conocía el verdadero motivo del viaje. Llevó una mano al bolsillo
de la casaca, donde tenía la carta del general Gage. Una jugada arriesgada:
primero obtener una clara declaración de fidelidad al Rey por parte de los
sachems y, llegados a ese punto, exigir que cumplan con su deber de aliados.
Exhibiría la orden enviada por el más alto representante del rey Jorge en
América y llevaría a la batalla a los guerreros de las Seis Naciones.
Demostraría estar a la altura de sir William.
Escuchó el silencio, quebrado tan solo por el ruido de los remos
y las voces de quienes guiaban los bajeles. Algo era seguro: el río de la
existencia dejaba el viejo lecho a sus espaldas, para correr hacia una nueva
dirección.
18
Se estaban marchando. Los Johnson con criados, comisarios y
amigos salvajes. Solo el demonio sabía hacia dónde, aunque no tenía
importancia. En cualquier caso, ese era un gran momento. A juzgar por los
preparativos, pensaban estar fuera mucho tiempo. Klug sintió que se abría un
hueco en su pecho, como si le hubieran quitado una piedra del hueso. Bebió un
trago de cerveza y ron, se limpió la boca con la manga.
Miró por la ventana, hacia el río. La vista estaba obstruida por
una hilera de álamos. Detrás, las tierras de sus incómodos vecinos. Imaginó un
valle sin indios, sin ricachones papistas compinchados con los linajudos, solo
gente honesta que trabajaba. Gente como él.
Brazos, espalda y piernas aún le dolían. Los moratones pasaban
del azul intenso al rojo al amarillo. Y también sus sentimientos cambiaban de
color: del verde pálido del miedo al morado encendido de la rabia. Había ido a
denunciar a Brant y a los otros salvajes. El abogado se lo había garantizado:
había firmado bajo amenaza, no valía nada, los jueces sin duda se pronunciarían
a su favor.
Klug dio gracias a Dios. Los jueces, gente sensata, al menos en
la colonia de Nueva York. No como en Londres, allí había uno al que se le había
metido en la cabeza liberar a los negros. Y los negros lo sabían. La voz corría
de una granja a otra. Se los oía balbucear palabras sin sentido, entonar esos
cantos que a lo mejor eran mensajes ocultos. Se pasaban informaciones, se
ponían de acuerdo para escaparse. Si ponían un pie en Inglaterra, se convertían
en hombres libres. Y ellos lo intentaban. Se escapaban de verdad. Ya le había
pasado a Windecker, a Deypert y al doctor Heyde. Cortarle la lengua a todos,
así había que resolver el problema de los negros; a fin de cuentas, tenían que
romperse la espalda, no pronunciar sermones.
Klug sacudió la cabeza. ¿Y los tories? ¿Qué era lo que decían?
¡Ellos también tenían esclavos!
Klug sintió que el odio le crecía dentro. Era hora de que eso se
terminara. Esa gente se había pasado de la raya. El ejército del Rey bloqueaba
los barcos en los puertos, requisaba cosas, mandaba a prisión a los que abrían
la boca. Los bostonianos tenían razón. Los lealistas tenían que ser echados a
fusilazos, devolverles al mar.
Los Johnson comprarían a los salvajes a fuerza de ron, y los
lanzarían contra otros blancos, contra otros cristianos. No, no era posible
quedarse mirando, poner una alfombra roja, decir adelante, haced como os
plazca.
Klug tomó la decisión. A la próxima reunión del comité iría
también él. Contaría lo que le habían hecho los salvajes. La próxima vez que se
atrevieran a tocarlo, mucha gente cogería su fusil por Jonas Klug.
19
Los hombres del Departamento tomaban su cena sentados en
semicírculo, demasiado cansados hasta para hablar. Navegaban hacía ya diez días
y las huellas del viaje se veían en los rostros de todos. Al caer la tarde, el
convoy había acampado en una ribera escarpada. Habían montado las tiendas y
encendido los fuegos. Un racimo de calor y luz tenue, enraizado entre árboles y
rocas.
Comida y ron reponían fuerzas. Cuando Cormac McLeod llegó al
grupo, el humo de cigarros y pipas se entremezclaba con el de la hoguera.
El escocés tenía gesto serio. Llenó un plato y empezó a comer.
—¿Cómo se encuentra su esposa, señor Johnson?
—No muy bien —contestó Guy—. Este viaje nos está fatigando
mucho.
Mientras encendía la pipa, Joseph Brant observó al caballero
irlandés. La corpulencia que abultaba sus ropas era menos acentuada, el rostro
enrojecido por el sol.
—Me pregunto qué posición tomarán los oneidas —añadió Guy
Johnson, como si quisiera apartar las preocupaciones respecto a su esposa.
—Asistirán al consejo, pero no se alinearán —comentó Claus con
tono aburrido.
—Pueden apostar por ello —añadió Butler—. Son unos cobardes. Es
probable que hayan sido ellos quienes entregaron al mensajero a los rebeldes.
—Hizo un movimiento brusco con la mano—. Se harán los tontos, y también los
onondagas y todos los demás. Pero si les ofrecen más ron que los malditos whigs
y les regalan toda la pólvora negra que quieran, ya verán cómo los tendrán
detrás.
Johnson intentó replicar, pero McLeod intervino brusco.
—Me basta con que lleguemos sanos y salvos al consejo.
—¿Por qué dice eso?
El escocés lanzó una mirada a la noche que envolvía a los
árboles.
—Estos bosques no son seguros. Un convoy de barcas es un blanco
fácil.
—¿Teme una emboscada?
—Los rebeldes pueden haber comprado una tribu de los
alrededores.
Guy Johnson se dirigió a Joseph.
—¿Qué piensa nuestro intérprete? El indio sacudió la cabeza.
—Nadie hará nada antes del consejo.
—¿Ha oído, señor? —intervino Butler—. Aún es pronto para
preocuparse por la cabellera.
El escocés encorvó la espalda, cubriéndose con una manta.
—Me sentiré más seguro una vez superado el Gran Cruce.
Joseph se dio cuenta de que Peter escuchaba con atención. Se
levantó e hizo señas al muchacho de seguirle. Harían juntos el primer turno de
guardia.
Le llevó hasta el fuego de los guerreros ancianos para recibir
la bendición de Tekarihoga. Ellos también estaban sentados en círculo y
fumaban. Algunos, vencidos por el sueño o por el ron, roncaban bajo las
estrellas. El viejo sachem era uno de ellos.
Prosiguieron hasta el puesto donde estaban Kanatawakhon y
Sakihenakenta. Joseph les dijo que se fueran a descansar. Antes de irse, los
guerreros indicaron una silueta oscura debajo de un viejo sauce. Peter se puso
alerta, pero su tío le hizo señas de que se encargara del fuego.
Lacroix era una sombra que olfateaba el aire.
—¿Qué pasa? —preguntó Joseph cuando estuvo junto a él.
—No somos los únicos que hemos encendido fuegos.
Señaló las copas de los árboles. Joseph vio un hilo de humo
claro, apenas perceptible, a menos de una milla.
—¿Cazadores?
—Tal vez.
Joseph regreso a la hoguera. Peter había preparado té negro.
Bebieron en silencio, sosteniendo las humeantes tazas con las dos manos, para
calentarse.
—¿Tío Joseph?
—¿Qué?
Peter señaló la sombra debajo del árbol.
—Combatieron juntos, ¿verdad?
—Tu padre nos llevó a la guerra. Teníamos tu edad.
—¿Y luego qué?
—Su esposa e hija fueron asesinadas después de la guerra. Desde
entonces se ha retirado a los bosques.
—¿Por qué le llaman el Gran Diablo?
Joseph sabía que en algún momento iba a tener que responder a
esa pregunta. Todos los jóvenes guerreros quedaban impactados por Lacroix.
—Es un nombre que le han dado sus enemigos. Se dicen muchas
cosas sobre él. Se ha vengado por sí mismo.
Durante largo rato el crepitar del fuego fue el único ruido.
Luego Peter hizo una pregunta que Joseph no se esperaba.
Permaneció callado, mirando el fondo de la taza, como si allí se pudiera leer
la respuesta.
Por fin dijo:
—Sí. Es mi amigo.
20
Después de tres semanas, el convoy estaba a la vista de Fuerte
Stanwix. Joseph había estado allí siete años atrás. Había acompañado a sir
William para firmar el tratado más importante. Los sachems y los representantes
de la Corona habían fijado el límite más allá del cual los colonos blancos no
se podrían instalar: el río Unadilla, desde Fuerte Stanwix hasta Pensilvania.
Joseph recordaba la mole del fuerte en lo alto del terraplén,
los cuatro bastiones y la empalizada a su alrededor. Pocas construcciones de
troncos eran tan sólidas e imponentes, pero la guarnición británica estaba en
ruinas desde hacía algún tiempo. Un par de inviernos de abandono habían acabado
con el orgullo de la zona: las contraescarpas podridas, las casamatas
desvencijadas, los baluartes desmoronados en el foso.
El convoy haría una parada por unos días. Los bajeles hacían
agua. Poner estopa en las junturas ya no servía, necesitaban brea y barniz. Una
parte de las provisiones estaban estropeadas, tenían que arreglárselas con caza
y pesca. Era preciso templar fuerzas y espíritu para afrontar el Gran Cruce,
atravesando cuatro millas de sendero cenagoso que llevaban hasta la otra
vertiente, de las aguas del Mohawk a las del Wood Creek.
Por detrás de la explanada se entraba en territorio oneida. Una
delegación venía hacia el fuerte para dar la bienvenida a Guy Johnson y
asegurar una masiva presencia en el consejo de Oswego.
Guy organizó deprisa una comisión de acogida, compuesta por
Daniel Claus, Joseph Brant y Peter Johnson.
En la comitiva que se acercaba, Joseph pudo reconocer al sachem
que había celebrado el funeral indio de sir William. Shononses. Su presencia
era un hecho inesperado. Diez guerreros lo escoltaban. Llevaba un traje muy
valioso y plumas de pájaro enlazadas en la cresta de cabellos.
—Soy su hermano, Uraghquadira —dijo.
Para recibirle como correspondía, Guy Johnson había desempolvado
el uniforme rojo con entorchados dorados.
—Yo también soy su hermano, Shononses. Su visita es un honor
para nosotros.
Joseph lucía un traje elegante y bastón de paseo. Recibió el
saludo de los guerreros.
—El río ha traído noticias de su llegada —continuó el jefe
indio—. Antes de partir hacia el consejo, decidimos venir para desearle un buen
viaje. El río dice que con ustedes está le Grand Diable.
—Sí —confirmó Guy.
Un murmullo se escuchó entre los oneidas.
—¿Recuerda al hijo de Warraghiyagey? —añadió—, Peter Johnson. Es
su primer consejo.
Los oneidas saludaron al muchacho.
—¿Dónde está le Grand Diable? —preguntó Shononses.
Joseph hizo un gesto a Guy Johnson y salió en dirección al río.
Lacroix estaba sentado con los jóvenes guerreros. Limpiaban los
fusiles y llenaban los cuernos con pólvora negra.
—El sachem de los oneidas ha venido a saludarnos. Quiere verte.
Lacroix se puso de pie.
—No te sientes junto a los oneidas —susurró Jethro Kanenonte.
—No te fíes de ellos —insistió Oronhyateka—. Te tienen miedo y
te quieren halagar como mariquitas. No vayas.
Joseph le apuntó con el puño del bastón.
—Ten más cuidado con tu lengua.
El joven no se inmutó, adquirió un tono provocador.
—Joseph Brant sabe que los oneida son insidiosos. Ellos
entregaron a Samuel Waterbridge a los rebeldes, harán lo mismo con nosotros. No
tienen honor.
—Cállate —gruñó Joseph—. Mi mujer y mis hijos son oneidas. Los
oneidas son nuestros hermanos. No quiero problemas antes del consejo.
Los guerreros callaron y siguieron limpiando las armas. Joseph y
Lacroix se alejaron.
Shononses comenzó con un largo panegírico del difunto sir
William, como si tuvieran que darle sepultura otra vez. Se ofrecieron alimentos
y bebidas, en tanto Claus improvisaba un discurso de bienvenida, que Joseph
tradujo con fastidio. No soportaba el acento del alemán, era como el rumor de
una pluma dentro de los oídos.
Los oneidas habían traído cintos de wampum, pieles de castor y
mantas variopintas. Guy Johnson devolvió el gesto con pólvora negra, cuchillos
y cuerdas. Solo después del intercambio de regalos afrontó la cuestión. Habló
de la unidad de las Seis Naciones, de la importancia del consejo, de la
necesidad de apoyo recíproco entre los mohawks y sus hermanos menores oneidas.
Joseph pensó que el discurso era bueno, pero faltaba algo. Le
pareció percibir un movimiento, una figura conocida. El fantasma de sir William
estaba sentado con ellos junto al fuego. Escuchaba y observaba con curiosidad.
Shononses estuvo de acuerdo con la necesidad de permanecer
unidos pero proclamó la neutralidad de los oneidas. Un conflicto entre ingleses
no podría nunca concernir a su pueblo. La respuesta del sachem dejó a todos
insatisfechos.
Guy Johnson no pareció sorprendido.
—También en tiempos de la guerra franco-india los oneidas se
presentaron aquí y se declararon neutrales —murmuró al oído de Joseph—. Sin
embargo, sir William convenció a muchos de ellos. Incluso llegaron a
bautizarse.
Fue el turno de las anédotas de guerra. Las historias se
mezclaban con el humo que subía hasta perderse en la débil luz del crepúsculo.
Joseph buscó de nuevo el espectro sentado a un lado del círculo,
detrás de las llamas, pero no vio nada. Si Molly hubiese estado allí, hubiera
podido preguntarle, pedirle consejo.
Más tarde, en el ocaso, acabó paseando entre las ruinas del
fuerte. Bajo el último resplandor de occidente los bastiones desmoronados
parecían esqueletos de animales gigantescos.
Entre los grupos de hombres que vivaqueaban pudo distinguir
algunos oneidas que vacilaban alegres. McLeod servía ron de una barrica. Cuando
vio a Joseph sonrió y se golpeó el pecho.
—Ya son de los nuestros.
Joseph siguió adelante, pero tropezó con el capitán Butler. El
irlandés señaló el bebercio:
—En definitiva, quien tenga más ron gana la guerra. Lo demás son
tonterías —dijo agitando su mano.
El indio aceptó el cigarro que le ofrecía. Butler se agachó para
coger un tizón de la hoguera más próxima y se lo acercó.
—¿Usted también está seguro de que todo va a salir bien?
Joseph permanecía callado. Los blancos solían hacer preguntas y
responderse a sí mismos, por el gusto de escuchar sus propias palabras. Butler
dio un par de caladas y prosiguió.
—Si los oneidas se echan atrás, convencer a las otras Naciones
será muy difícil. Sobre todo a los senecas, yo los conozco bien. Son un hueso
duro, detestan a los ingleses, pero solo ellos pueden alinear a mil guerreros.
Joseph pensó que el viejo oficial tenía razón. Más allá del
recinto exterior del fuerte, la oscuridad de la noche se hacía impenetrable.
21
Los guerreros se detuvieron en el margen del torrente. Alguien
pisó la tierra cenagosa del lecho. De la montaña solo bajaba un hilo de agua.
Joseph cruzó su mirada con Sakihenakenta. Se volvió hacia
Lacroix, que miraba el bosque de la otra orilla.
—¿Dónde está el río? —preguntó la voz de Peter detrás de ellos.
Joseph se quedó callado. Tenía que pensar.
Estaban haciendo un reconocimiento, para abrir camino a la
expedición, que se preparaba para atravesar el corredor entre el Mohawk y el
Wood Creek. Ese tramo era Deowainsta, el Gran Cruce de Canoas. Cuatro millas de
bosque, las pertenencias a cuestas, barcas llevadas sobre rastras de madera.
Tardarían por lo menos dos días. Pero sin el río, se quedarían varados.
—Podemos ir río abajo hasta encontrar agua —sugirió
Sakihenakenta.
Joseph sacudió la cabeza.
—Con la carga es mucho esfuerzo.
Si regresaban con la noticia de que no había agua para hacer
navegar los bajeles, muchos renunciarían al viaje y volverían a sus casas.
Joseph no lo podía permitir.
—No es período de sequía. Un río no desaparece de un día para
otro.
Lacroix señaló la montaña.
—Pero troncos y barro pueden retenerlo por mucho tiempo.
Peter comenzó a subir por el barranco rocoso.
—Vayamos a buscarlo —dijo.
La respuesta al misterio apareció una hora más tarde.
Un molino. Las aguas perezosas del río se recogían dentro de la
balsa a medio llenar.
Alguien cortaba leña sobre un tocón, en la parte trasera del
edificio. Los guerreros se acercaron cautos, sin hacer ruido.
Era un hombre grueso y bajo, barba poblada, con un curioso
sombrero de piel moteada, blanco y marrón. De repente se detuvo, dejó el hacha
y se inclinó para coger el mosquete. Lo apuntó hacia los intrusos.
—¿Quién anda ahí? No son oneidas.
Joseph levantó una mano en señal de saludo:
—Somos mohawks de Canajoharie, vamos hacia Oswego con un convoy
de barcas.
El hombre gruñó y entornó los ojos sin bajar el arma.
—Entonces están aquí por el río.
Acento holandés, mirada miope.
Joseph asintió.
—¿El molino es suyo?
El molinero emitió un gruñido de aprobación y miró de reojo a
los otros guerreros.
—Me llamo Jan Hoorn. Falta aún medio día para que se llene la
balsa, Dios delante. ¿Dónde están acampados?
—Fuerte Stanwix.
—Pueden quedarse tranquilos. Para cuando acaben de hacer el
cruce, el río ya estará crecido. Díganlo a los de allí abajo. —Se apoyó en el
tocón sin bajar el fusil—. Les hago un buen precio. Tres chelines por bajel.
Puede ser en pólvora, carne salada, harina. Nada de ron. Un barril de ese caldo
no vale ni una pinta de mi cerveza.
Jethro Kanenonte dijo algo en mohawk señalando la represa.
Joseph se dirigió de nuevo al molinero: —Dice que se está apropiando del río. Y
yo creo que tiene razón.
El holandés gruñó otra vez.
—El agua que está en el río es del río. El agua que está en mi
balsa es mi agua. El padre de mi padre compró esta tierra con un contrato
regular, en el año de gracia de 1701. Mi familia siempre ha vivido en paz con
los ingleses del fuerte y con los indios. Mi hermano se casó con una oneida.
Nunca hemos tenido problemas con nadie, Dios delante.
Peter intervino impetuoso:
—¿Qué nos impide abrir la presa sin su permiso?
El molinero sacudió la cabeza.
—No les serviría de nada. Cuando el torrente llega bajo, hay que
acumular mucha agua para poder inundar el cauce en el valle. Nosotros la
recogemos en la balsa, hacemos funcionar las ruedas del molino y dejamos correr
lo suficiente para que las barcas puedan navegar. Si abren las compuertas
ahora, de golpe, podrán llegar hasta la primera curva del río, pero después
otra vez se van a quedar en seco. —Señaló la balsa del molino—. Muy poca, ¿ven?
—Bajó el fusil y se sentó en el tocón—. ¿Cuántos bajeles son?
Joseph sacó de la alforja un trozo de tabaco y se lo ofreció al
holandés.
—Treinta.
El holandés mordió el tabaco y habló con la boca llena.
—Cuatro esterlinas, un precio de favor. Casi dos coronas de
descuento.
—Trato hecho, señor Hoorn.
El holandés torció la boca en algo parecido a una sonrisa.
—Dios delante.
—Debe firmar un recibo para el Departamento Indio.
El molinero miró la hoja y el carboncillo que Joseph le enseñaba
como si fueran objetos encantados. Empuñó el lápiz y dibujó una gran «X» en el
trozo de papel.
—Muy bien.
Kanenonte sonrió señalando el gorro del hombre.
—Sombrero gracioso —dijo en un inglés forzado. El molinero se lo
quitó y lo acarició con su mano.
—Pues sí, el viejo Guus.
El indio le ofreció su cuchillo a cambio del sombrero manchado,
pero el holandés se lo encasquetó con aire indignado.
—No, señor. Tendrán que matarme para quitármelo de la cabeza.
Era el mejor perro de caza que haya existido jamás; sí, señor, yo lo quería
mucho.
Joseph lo observó, tal vez era más viejo de lo que parecía:
manos nudosas, pocos dientes y corto de vista.
—¿Vive solo, aquí arriba? —preguntó.
El holandés asintió.
—A mi hermano y su esposa se los llevó la fiebre, en septiembre
hará tres años. Al viejo Guus, en cambio, me lo mató un oso el invierno pasado.
—Tocó de nuevo el extraño sombrero, del cual asomaban dos orejas caídas—. Es
una verdadera pena, porque me hacía compañía y era como si entendiera. Sí,
señor, entendía todo lo que le decía, Dios delante. El oso lo abrió de arriba
abajo, el pobre Guus llegó con las tripas colgando. Darle el golpe de gracia me
costó mucho, pero ya no había nada que hacer. Antes de enterrarlo lo despellejé
y con su cuero me hice este sombrero, para recordar lo bueno que era ese perro.
Sí, señor. Y ahora estoy solo sacando adelante el molino.
El hombre pareció recordar algo.
—¿Es verdad que hay una revuelta?
Los indios se quedaron en silencio.
—Puede que estalle una guerra —respondió Joseph.
—¿Otra más? Espero que esta vez sea contra Massachusetts. Son
peores que los franceses. Mucho hablar de Dios, pero si pueden molestar lo
hacen de buena gana. —Escupió al suelo—. Aunque los de Albany no son menos
asquerosos. Dios delante, me quedo en el molino y que se maten entre ellos.
Joseph sonrió. Peter hizo un gesto para indicar que el holandés
debía de estar loco.
Joseph observó que Lacroix miraba los árboles alrededor del
molino, la barbilla algo levantada. Se acercó.
—Regresemos —dijo Lacroix—. El bosque no es seguro.
Peter sintió un escalofrío. Su madre también hablaba así algunas
veces. Frases que hacían intuir una amenaza indefinida, y por tanto más
aterradora. De pronto tuvo ganas de marcharse de allí.
Había sido el primero en subir, fue también el primero en bajar.
22
Dos días después, Peter transportaba sacos de harina al punto
establecido.
El bosque era una gran extensión de toneles y odres, barcas y hombres,
mosquetes y remos, sacos de piedras de pedernal, cuernos de pólvora, cajas de
clavos, herramientas. El embarque aún no había comenzado y el aire estaba
cargado de tensión. Peter apoyó el saco en el suelo y se detuvo a tomar
aliento. Los portadores lo superaron en silencio, cada cual concentrado en su
propia tarea. Las últimas barcas volverían al agua antes de mediodía. Tío
Joseph había bajado al Wood Creek, para controlar que estuviera corriendo de
nuevo. Solo había llevado consigo a Lacroix. Los brazos de los guerreros
servían para el transporte.
Peter se limpió el sudor y miró el claro que se abría entre los
robles. Estaba salpicado de piedras blancas que asomaban en la hierba y el
pantano. Vio a los portadores hacerse la señal de la cruz y recordó una de las
historias que le contaba su padre, aquella de los quinientos bajeleros del
coronel Bradstreet, que cayeron muertos de fatiga en el cruce un día de verano
de 1758. Después de la hecatombe, la Corona había asignado sesenta mil
esterlinas para que John Stanwix construyera un fuerte donde se guarnecieran
los que iban por ese sendero.
Por alguna extraña razón, desde que Peter había vuelto del
molino la inquietud no lo había abandonado. A esto se añadió la idea de que,
por doquier, bajo sus pies, dormían los muertos.
Cogió el saco y deseó haber sido más ligero.
Delante del cauce que permanecía seco no dijeron nada.
Afrontaron la subida, silenciosos como espectros.
El aire era bochornoso, pesado, las camisas empapadas de sudor.
En lo alto del sendero, el molino apareció bajo el sol de
mediodía. No se acercaron enseguida, esperaron largo rato, agachados para
observar los alrededores. Joseph pasó revista a los detalles uno por uno.
El agua ya no se oía correr.
Lacroix dio un salto hasta la otra orilla. Subieron hasta el
edificio con cautela, los fusiles apuntando. El estanque estaba colmado de
agua, pero en la compuerta había una pila de árboles recién cortados.
A través de la madera se filtraban hilos de agua turbia, que se
perdían río abajo. Joseph ya había visto sangre manchando las aguas. Se acercó.
El holandés estaba boca abajo en la balsa. Lo habían escalpado.
Lacroix apareció por el otro lado. Lanzó una mirada hacia abajo
y se persignó.
Comenzaron a quitar los troncos embargados por un ansia
silenciosa. Joseph se sentía expuesto, un blanco fácil, en tanto se esforzaba
por liberar la compuerta. Se formó una pequeña cascada que cayó en el lecho
seco. Pasarían horas hasta que el nivel del torrente aumentara lo suficiente.
Tendrían que pernoctar allá abajo, entre serpientes y mosquitos, con una banda
de asesinos en las inmediaciones.
Acabado el trabajo, no miraron atrás. Hubieran tenido que sacar
el cuerpo y darle sepultura cristiana, pero el instinto los impulsó a coger sus
fusiles y bajar a paso de carrera.
Los dos guerreros a la cabeza del grupo se inclinaron sobre las
huellas en el barro. Los otros permanecieron en su sitio. Luego, sin decir una
palabra, se abrieron en semicírculo, a lo largo de la orilla del río.
Joseph se acercó a Lacroix y Royathakariyo, agachados sobre una
roca musgosa, la nariz pegada al suelo como sabuesos.
—Desembarcaron aquí y entraron en el bosque. —Lacroix señaló la
dirección de la marcha—. Por lo menos cuatro blancos. Un guía indio. Se mueven
rápido.
El bosque era espeso y silencioso. Solo el batido de las alas.
Los ojos de todos estaban clavados en el verde.
Joseph había hablado con Guy Johnson y los otros del
Departamento. Si alguien los perseguía, era preciso saber de quién se trataba.
Le habían confiado la tarea de reunir a los mejores guerreros y explorar las
riberas en busca de huellas.
Agitó una mano sobre la cabeza. El grupo avanzó evitando los
tramos a cielo abierto. Eran quince, pero si había buenos tiradores apostados
podía no ser suficiente.
De vez en cuando, Joseph controlaba que su sobrino lo siguiera
de cerca. Peter iba tras sus pasos, respetando la consigna. El muchacho estaba
agitado, la compañía de los guerreros lo embriagaba. A su lado Walter, el hijo
del capitán Butler, que según su padre era un tirador certero.
Recorrieron casi media milla. Royathakariyo y Lacroix se
pusieron en cuclillas detrás de una roca, las espaldas cruzadas por la correa
de los fusiles. Los demás se ocultaron bajo el follaje. Joseph sentía el olor
de Peter a sus espaldas y podía ver la punta de su fusil. Le hizo señas de que
se quedara donde estaba y se arrastró hasta alcanzar la piedra. Royathakariyo
señaló hacia abajo, donde el terreno bajaba en rápida pendiente.
Eran cinco, marchaban en fila. El guía era un delaware. Llevaba
el vistoso sombrero manchado de Jan Hoorn, con las orejas caídas a los lados.
Joseph se volvió hacia los guerreros y vio que Kanenonte montaba
el fusil. Se arrastró hasta él y agarró el cañón del arma justo a tiempo. Guy
Johnson lo había dejado claro: no aceptar provocaciones, no dar excusas para el
ataque. No antes del consejo. Descubrir quiénes eran, cuántos, y regresar al
campamento.
Joseph dijo todo sin hablar, pero los hombres allí debajo
percibieron algo, se alejaron unos de otros y apuntaron con los fusiles. Los
ojos del delaware exploraron el declive. Joseph y Kanenonte se quedaron
inmóviles, escuchando su propios respiros. El grupo retomó la marcha y
desapareció en la fronda.
Kanenonte clavó sus ojos en los de Joseph.
—Deben morir.
—Puede haber más. Los disparos los atraerían.
El joven guerrero se puso el arma en bandolera y se preparó para
seguir a los blancos.
—Que vengan. Antes de que se ponga el sol nos lavaremos en su
sangre.
Oronhyateka se colocó junto a su amigo. Joseph sabía que si
dejaba ir a los jóvenes, los otros los hubieran seguido.
—No es buen momento para combatir. El día llegará, pero no es
ahora.
Kanenonte contenía a duras penas la rabia.
—¿Quieres que nos sorprendan mientras dormimos?
Joseph miró de nuevo los rostros serios. Royathakariyo parecía
propenso a dar batalla. Peter estaba en medio, sus ojos pasaban de una cara a
otra. Walter Butler observaba sin ningún tipo de expresión. Había sido educado
en la escuela del padre y no se echaría atrás. Esperaba la decisión del grupo.
Joseph permaneció firme. Se imaginó fuerte como un árbol,
arraigado a la tierra con profundas raíces. Pronunció las palabras de manera
que todos las escucharan.
—Nada de muertes antes del consejo.
Oronhyateka empezó a caminar a su alrededor con paso largo,
susurrándole a sus oídos. Joseph sintió el aliento sobre la cara.
—¿Quién es Thayendanega para impedirlo? No es un sachem, no es
noble. Es un jefe de guerra que no quiere dejarnos combatir. Un jefe inútil.
Joseph permaneció impasible:
—Ya te lo he dicho, ten cuidado cómo hablas.
—¿Debería temerte? ¿Solo porque has combatido en la guerra? Creo
que ya ha pasado mucho tiempo y que has perdido el valor.
El joven cogió el tomahawk. Joseph estaba dispuesto a golpearlo
con la culata del fusil, pero Oronhyateka arrojó el arma a los pies de Lacroix.
—Ronaterihonte nos guiará contra los enemigos. Que sea el jefe
de guerra.
Los murmullos cesaron, los ruidos del bosque volvieron a oírse.
Todos miraron a Lacroix, que miraba el hacha clavada en el terreno. Pasó por
encima de ella y dio unos pasos hacia Oronhyateka. Lanzó al joven una mirada
indiferente.
—Estamos yendo al consejo. Coge tu hacha, seguiremos a
Thayendanega.
Nadie dijo una palabra. La fila se formó otra vez y emprendió el
viaje de regreso, Kanenonte y Oronhyateka en último lugar. Peter caminaba como
en sueños, seguro de haber asistido a un hecho crucial, que repasó en su mente
hasta llegar al campamento. Delante de él, tío Joseph y el Gran Diablo
recorrían el trayecto codo con codo. Observó que las sombras pasaban ligeras
entre los árboles. Imaginó que eran las de aquellos dos muchachos que muchos
años antes habían seguido a su padre por los mismos caminos, como ahora él
estaba siguiendo a ellos. Se sintió orgulloso de tener esa compañía. Orgulloso
de ser un guerrero de Joseph Brant, orgulloso de ser un Johnson.
23
Los barcos avanzaban en fila por las tortuosas curvas del Wood
Creek. La corriente se había vuelto traicionera. Guy Johnson consultaba el
mapa, intentando protegerlo de las salpicaduras. Solo doce millas en línea
recta, pero veintiocho a través del río. Hacía tiempo que la Corona tendría que
haber financiado la construcción de un canal.
Era media tarde. Guy pensó en las nubes de mosquitos que
esperaban la oscuridad para atacarlos. Ya habían decidido recurrir a la grasa
de oso. El olor impregnaba la piel y las ropas, no había forma de quitarlo.
Ahora, sin embargo, el hedor era menos punzante. La fuerza de la costumbre.
Pensó en los misteriosos perseguidores. Matachines mandados
desde Albany. Había que llegar a Oswego lo antes posible.
Miró los rostros pálidos y cansados de Mary y de las niñas. Ese
viaje era la oportunidad para renovar la fortuna de la familia. Estaba
recorriendo el camino de sir William, no podía ser un error.
Recordaba bien la última vez que había afrontado ese viaje, la
acogida que los indios le habían dado al Viejo, como si fuera el Rey en
persona, el Gran Padre Blanco. Ahora tenía consigo a los mejores guerreros, los
últimos de una gran estirpe; el futuro de la descendencia en el vientre de su
esposa; regalos en abundancia, ron, fusiles, pólvora negra, espejos.
Su hija más pequeña, Judith, preguntó dónde acababa el río. Guy
respondió que desembocaba en el lago Oneida de aguas apacibles. En la
superficie se veían unas partículas oscuras que la gente del lugar llamaba
«flores de lago». Nadie conocía su naturaleza. Unos decían que era polen de
castaño, otros algas podridas. Sea como fuere, si se comían provocaban vómito,
fiebre y diarrea.
La niña pareció asustarse. Guy acarició su mejilla y le dijo que
no había nada que temer. El lago era precioso, abarrotado de peces en todas las
estaciones. Era suficiente montar una pluma en el anzuelo para pescar lucios y
truchas en abundancia. Los salmones pesaban veinte libras y los peces voladores
tenían unas alas que hasta los halcones envidiarían.
Judith dedicó a su padre una mirada luminosa. Guy continuó el
relato.
Cruzarían el lago con las velas desplegadas, hasta la entrada
del río Onondaga.
—¿Otro río?
Era la voz de Sarah, su segunda hija.
—Y otro lago. Grande como un mar. Tan grande que no se puede ver
la tierra del otro lado.
Las niñas se quedaron boquiabiertas. Esther, en cambio, estaba
sentada con las manos en el regazo, espalda derecha, como le habían enseñado.
Su piel tenía el color de un lirio nacido entre las rocas.
Hicieron una parada en un barranco del lago, pescadores oneidas
ofrecieron a Mary Johnson una cabaña acogedora.
Mientras el fuego secaba los vestidos, las mujeres ayudaron a
Mary a recostarse y la arroparon con mantas.
Su hermana Nancy llevó a dormir a sus sobrinas.
—¿Cuándo llegaremos? —preguntó Judith, mientras se echaba sobre
un manto de lana.
—Pronto estaremos en el lago Ontario.
—¿Allí habrá muchos indios? —preguntó Sarah.
—Más de los que nunca antes hayas visto.
Esther no escuchaba, tenía los ojos clavados en su madre.
Nancy percibió el temor de la niña, la acarició e hizo que se
recostara junto a sus hermanas.
—Duerme.
La niña tenía ojos verdes, acuosos.
—¿Nos matarán? —preguntó sin énfasis.
—Pero ¿qué dices? Los indios son nuestros amigos y respetan a
vuestro padre. Cuando lleguemos harán una fiesta.
Esther se volvió de nuevo hacia su madre, recostada en el fondo
de la cabaña.
—Tengo muchos pensamientos. —Apoyó la cabeza en la almohada de
pieles—. Me los ha mandado esa mujer, Molly Brant.
—Duerme, he dicho.
—Tal vez nos ha maldecido —insistió.
La tía le apretó el brazo.
—Basta ya de decir tonterías, que asustas a tus hermanas. Ahora
a rezar.
Un padrenuestro susurrado se confundió con el chisporroteo del
fuego.
24
Espaldas en llamas, músculos doloridos, vértebras destrozadas,
los dolores de cabeza de quienes estuvieron atentos mucho tiempo. Hasta para
los barqueros con más experiencia las últimas veinticuatro millas del viaje
eran una pesadilla de agua y roca. Los rápidos no daban tregua. Tres Ríos,
Herradura de Caballo, Salto de Braddock, Rápido de la Roca Lisa, Cuerno del
Diablo, Salto de las Seis Millas, Pequeño Rápido de la Roca Lisa, Varas
Pandeadas del Demonio, Carrera de los Caballos del Diablo, Salto de Oswego. Por
no hablar de las cascadas a mitad del camino: doce pies de altura y un ruido
que era como el eco de cien truenos.
El convoy las había rodeado, los bajeles al hombro de nuevo,
cargados con viejos, heridos, enfermos y una mujer embarazada.
Una tarde de finales de junio, los tres fuertes de Oswego habían
aparecido a la vista. En el fondo, el azul del agua se topaba con el cielo.
Fuerte George era un esqueleto renegrido, había sido quemado
durante la guerra.
Un poco más lejos, las ruinas de otro fuerte, refugio de
colimbos y patos. La plaza de armas albergaba las cabañas de los indios
llegados para el consejo. Frente a cada una de ellas campeaban armas,
cabelleras y trofeos de guerra. Un bullicio difuso acompañaba el ir y venir de
hombres y mujeres: llamadas, ladridos de perros, gritos de niños, mercaderes
vestidos con pieles voceaban las virtudes de sus mercancías. Los fuegos se
preparaban para iluminar la noche.
Oswego significaba «fluye rápido», pero los recuerdos de Joseph
eran demasiado densos como para fluir de forma normal.
Dieciséis años antes, desde esa misma explanada, había partido
la expedición contra los franceses. Sir William había guiado el asedio de
Fuerte Niagara. Su victoria más importante y el bautismo de fuego de Joseph y
Lacroix. La primera vez que las Seis Naciones habían combatido unidas junto a
los ingleses.
Fuerte Ontario aún estaba en buen estado, aunque la tropa ya no
lo habitaba desde hacía cinco años. Joseph había trabajado allí como
intérprete. En una barraca de la plaza de armas había visto a su esposa Peggy
dar a luz a Isaac, el primogénito.
—Hermanos. —La voz de Pequeño Abraham volvió a resonar en la
plaza, después de una breve pausa—. Las Seis Naciones son aliadas del Rey
inglés desde hace muchas estaciones. Son amigas de la familia Johnson, de
Warraghiyagey y de su sucesor Uraghquadirah, que desde hace un año vela por
nuestros asuntos y nunca nos ha dado motivo de queja. Yo creo, sin embargo, que
un hombre no siempre debe implicarse en las disputas de sus amigos. Si tú me
dices que alguien ha quemado tu casa, yo cojo mi fusil y voy contigo al río, o
también por muchas millas, por días enteros, hasta que se haga justicia. Pero
si discutes con tu hijo porque el cántaro de agua está vacío y vienes a pedirme
ayuda, yo te diré: «Ve con tu hijo y resolved este asunto entre vosotros». Si
te acompaño a casa, no haría más que agravar vuestra discusión. Hermanos, yo
creo que el Gran Padre inglés tiene autoridad suficiente para entenderse por sí
mismo con sus hijos rebeldes. No podemos olvidar que entre ellos hay hombres
como Nicholas Herkimer, Philip Schuyler y muchos otros que siempre han
respetado a nuestro pueblo, los hijos, las hijas, los padres, las madres de la
nación, la Casa Larga y el Fuego Sagrado. Dos meses atrás, cuando nos dijeron
que nuestro superintendente corría el riesgo de ser hecho prisionero, enviamos
de inmediato guerreros para defender su casa. Pedimos a los hombres más
honorables de la asamblea colonial que nos garantizaran que nadie haría daño a
Guy Johnson. Solo entonces se bajáron los fusiles. Hermanos, si las tierras del
Rey estuvieran amenazadas por un ejército extranjero, las Seis Naciones
combatirían para defenderlas, como ya lo hicieron en el pasado. Por cada golpe
contra la Casa Larga, las Seis Naciones están dispuestas a devolver mil. Pero
hoy esto no ocurre y la amistad entre las Seis Naciones e Inglaterra sigue
siendo una amistad de paz, porque ninguna guerra ha sido declarada. Hermanos,
he hablado.
El discurso de Pequeño Abraham dio por terminada la primera
vuelta de consultas. Guy Johnson había pedido que hablaran primero los jefes
más influyentes de cada nación, oradores capaces de convencer a cientos de
hombres. Nadie había puesto en discusión la lealtad a la Corona. Nadie había
tomado posición contra los colonos whigs. En pocas palabras, era el mismo
discurso repetido seis veces. Las diferencias que había dentro de la Casa Larga
se ocultaban detrás de los matices de tono y palabras, sutilezas que los
ingleses no estaban en condiciones de advertir.
Los oneidas habían sido los menos amigables. Las prédicas de
Kirkland estaban haciendo un trabajo profundo.
Los senecas se mantenían atentos, para conseguir regalos de
ambas partes.
Tuscaroras y cayugas seguían a los senecas como cachorros de
loba.
Los onondagas, guardianes del Fuego Sagrado, habían reclamado
una perfecta equidistancia.
Joseph esperó la señal de Guy Johnson. El superintendente
parecía tranquilo, el aspecto seguro. Se puso de pie y empezó a hablar.
En primer término agradeció a los oradores por su franqueza,
luego recordó a sir William, fallecido un año antes justo en medio de un
consejo. Por fin, recitó unas frases que suscitaron gran aprobación, gestos con
la cabeza y un resonar de oyeh de una punta a otra de la plaza. Joseph se
estremeció. Eran las palabras utilizadas por sir William para convencer a las
Seis Naciones para el asedio de Fuerte Niagara. Eran tan parte de Oswego como
los olmos del viejo bosque y la brisa del lago. Guy Johnson evocaba la fuerza
del lugar. Aquella que los mohawks llamaban orenda.
Joseph comenzó a traducir. Comprendió que el superintendente
había tocado la cuerda sensible y se esforzó por infundir a las palabras toda
la energía que podía darles.
En ese momento, Guy Johnson llevó su mano a la casaca y sacó una
hoja plegada con cuidado.
—Hermanos —prosiguió—, tengo aquí una carta del general Thomas
Gage. —Agitó la hoja y la desplegó delante de sus ojos—, el jefe del ejército
del Rey me informa de que los rebeldes están amenazando los territorios de
Canadá. Todos saben de la caída de Fuerte Ticonderoga. El objetivo de los
traidores es subyugar las posesiones de la Corona. Saquearán ciudades, vaciarán
graneros y polvorines, porque ellos poseen escasos alimentos y municiones, que
ustedes aún tienen en abundancia gracias a los barcos de Su Majestad.
Joseph pensó que era un buen argumento, aun cuando los senecas
no deseaban que se les recordara. Poco más de diez años antes, en tiempos de la
rebelión de Pontiac, muchos de ellos pensaron que podían prescindir de los
blancos, volver al arco y a las flechas. Muertos de hambre, habían tenido que
cambiar de opinión. Joseph tradujo, intentando que el concepto fuera lo menos
ofensivo posible. Conocía demasiado bien la susceptibilidad de sus hermanos.
—Los que ustedes llaman hijos rebeldes —continuó el
superintendente— solo son enemigos del Rey, como lo eran los franceses. Es por
eso que el general Gage —enseñó de nuevo la carta, el brazo en alto sobre la
cabeza— ordena que se lleve a Canadá una expedición guerrera. Atacar desde el
norte y descender hasta Albany, para no seguir arrastrando este inútil
conflicto. Aquellos que hace un momento se han declarado amigos del Rey no
pueden negarle su apoyo.
Rumores nerviosos circularon entre las cabezas, a partir de los
que entendían el inglés, y enseguida Joseph se encontró bajo la mirada de
cientos de ojos. Titubeaba, incapaz de repetir lo que había escuchado. La
orenda de las palabras no sabe de distinciones de idiomas. Traducir un conjuro
puede ser tan peligroso como lanzarlo.
Comenzó a hablar, intentando que las frases salieran de su boca
como agua mala que había que sacar fuera. Pero por más que se esforzara, el
sabor quedaba pegado a la lengua.
De la multitud se levantaron gritos de aprobación, voces
demasiado jóvenes para entender lo que estaba ocurriendo. Los guerreros adultos
y los ancianos estaban enmudecidos, como si alguien se hubiera levantado y
hubiera apagado con una meada las llamas en el centro de la plaza. La sonrisa
satisfecha de Guy Johnson desapareció.
En ese momento, Joseph comprendió. La estrategia del
superintendente era evidente. Lograr compromisos y hacerlos efectivos de un
solo golpe, gracias a una orden que exigía guerreros, no palabras. Ese era el
verdadero motivo para reunir un consejo a ciento cincuenta millas de casa.
Defender Canadá, no las Seis Naciones.
Joseph observó los rostros endurecidos de los sachems y de los
guerreros ancianos. Cruzó su mirada con Philip Lacroix. El Gran Diablo era
impasible.
Alguien le tocó la pierna y señaló al superintendente: Guy
Johnson había retomado la palabra.
—La Corona inglesa —estaba diciendo— no les pide su apoyo sin
prometer nada a cambio. Al término de la campaña, antes del invierno, cada
guerrero recibirá cuatro esterlinas en moneda de Nueva York. Además, el general
Gage promete de modo solemne que, una vez acabada la guerra, todas las tierras
disputadas entre ustedes y los colonos serán devueltas a la Casa Larga.
Cualquier pérdida de tierras o de bienes será indemnizada en igual medida.
Joseph concluyó la traducción en el silencio de la asamblea. En
otras circunstancias, una promesa semejante hubiera levantado una explosión de
entusiasmo, pero en ese momento era parte de un juego con trampa. Solo era otra
apuesta, para contrabalancear la anterior. Los sachems sentían que les estaba
tomando el pelo.
Joseph tragaba hiel. Como jefe de guerra, había dedicado cientos
de palabras para convencer a su gente. Había que mostrar los músculos de las
Seis Naciones, así los rebeldes dejarían de enseñar los dientes. Reunirse lejos
de casa, lejos de oídos indiscretos, malentendidos y provocaciones, para luego
volver con todas las fuerzas a defender el valle. Les había recordado a cada
paso, con cada golpe de remo, cuán sólido y leal era el vínculo entre los
mohawks y la familia Johnson.
A cambio, Guy lo había convertido en cómplice de un torpe truco,
para forzar la mano del consejo.
Joseph volvió a su sitio. Tocaba de nuevo a los sachems y a su
intérprete designado. Sabía que los jefes no perderían la calma. Tomarse tiempo
era un arte que conocían a la perfección.
Mientras se sentaba, un susurro llegó a su oído. La voz de
Kanenonte.
—El día ha llegado, Thayendanega. Samuel Waterbridge tendrá su
venganza. Todos la tendremos.
Joseph se dio cuenta de que no tenía opción.
Si no quería perder la cara, tenía que ser el primero en subir a
los bajeles hacia Canadá.
Tenía que hablar a los indecisos, a pesar de todo.
Llevar de nuevo agua al molino de Guy Johnson.
25
Las lámparas de los pescadores surcaban el lago y disputaban la
supremacía a los astros. Más allá de las llamas que animaban el campamento,
agua y tierra intercambiaban sus roles. El lago parecía una ciudad pequeña y
las aldeas de la costa exiguas flotas en viaje.
El concilio llegaba a su término. Una noche de fiesta y luego,
al alba, cada guerrero decidiría por sí mismo. La Casa Larga no tomaba
decisiones que no fueran unánimes y los sachems estaban de acuerdo solo en una
cosa: aceptar los regalos de la Corona y agradecer la cortesía.
Cantos, danzas, juegos de azar, relatos de borrachos,
interpretaciones de sueños y la cómica ceremonia de los chamanes senecas.
Guy Johnson hubiera querido ahorrarse todas las formalidades. Ya
había hecho las cuentas: doscientos guerreros era lo máximo que podía esperar.
Seneca, ninguno. Mohawks, menos de un centenar, los hombres de
Brant. De las otras naciones, migajas. Parientes de los mohawks, amigos
personales de los Johnson, hombres vinculados por antiguas alianzas o sueños
recientes.
Sir William hubiera podido convencer al triple con media frase.
Hete aquí por qué no podía estar con su esposa. No podía
abandonar los rituales. Tenía que mostrarse cortés con los vivos y devoto con
los antepasados, si no quería llegar a Montreal solo.
Era preciso confortar el corazón de los indios.
Y aún más las tripas.
Ochenta galones de ron, la santabárbara de la velada. Vino de
Madeira, reserva especial de Guy Park. Esperaba la ocasión para descorcharlo,
brindar por el nacimiento de un varón. Se llamaría William, para reforzar la
imagen de una dinastía llena de vida y esperanza.
Nancy Claus recibió a la mujer en la antesala.
—Bendito sea Dios, ¿es usted la comadrona?
Lydia Devon estrechó una mano huesuda, que le recordó una pata
de pájaro.
—Soy la hermana de la señora Johnson. Venga. Los dolores ya han
comenzado.
—¿Hace cuánto?
Lydia se quitó el sobretodo y siguió a Nancy al dormitorio.
—Un par de horas —respondió la última revelando la angustia.
Mary estaba tendida en la cama, las manos apretadas a las
sábanas y el rostro cansado. Una india de baja estatura le limpiaba el sudor de
la frente con un paño húmedo.
Nancy la presentó:
—Ella es Tabby. Siempre nos ha asistido, en todos los partos.
Lydia asintió, dejó el bolso y el abrigo, y miró alrededor. Un
revoque de arcilla pintado a la cal cubría las paredes de troncos. El
mobiliario reducido al mínimo. Una habitación estrecha y espartana, más
apropiada para los sueños de un mercader de paso que para los dolores de una
parturienta. Acarició el rostro de Mary.
—Tranquila, hija. Aquí estamos.
Se dirigió a las otras mujeres.
—¿Cuándo ha sido visitada por última vez?
—Antes de partir la ha visto una partera —respondió Nancy—. Dijo
que faltaban por lo menos tres meses. No debimos fiarnos, ni siquiera tiene
diploma.
Nancy hablaba deprisa, comiéndose las palabras.
—Mi diploma son ochocientos catorce niños —dijo Lydia—, sin
contar los cuatro que yo misma he traído al mundo. Y tú, Tabby, tienes hijos,
¿verdad?
La india asintió.
—¿Cuántos partos ha tenido hasta ahora, hija? —preguntó a Mary.
—Tres. Todas niñas —respondió ella con la respiración que
comenzaba a entrecortarse.
Lydia Devon puso una mano sobre el vientre.
—Esta vez será un varón. Tiene la barriga en pico.
La comadrona se arrodilló en el suelo, untó su mano con aceite
de lino y examinó a la paciente. Mary contuvo el aliento. Las paredes de la
habitación se contraían con cada espasmo.
—Puedo sentirlo —comunicó Lydia instantes después. Suspiros y
bendiciones acogieron la noticia. Mary alzó la cabeza del pecho y solo emitió
un gemido—. Es bastante grande, ya verán, pero como estaba un poco estrecho se
ha colocado en diagonal, intenta salir con el hombro, es por eso que está
haciendo tanto trabajo. —Se puso de pie, cogió la mano de la paciente y la miró
a los ojos—. Ahora, señora Johnson, tenemos que recostarla e intentaremos darle
la vuelta, ¿de acuerdo? Mientras tanto, Tabby preparará una compresa con lana
negra, brandy y pimienta; hallarás todo en mi bolso, hija. Y pediría que nos
trajeran té, para reponernos. Lo vamos a necesitar.
Los hombres del consejo habían acabado las otras bebidas. La
mayoría estaban borrachos cuando Guy Johnson se levantó, se disculpó y montó
junto al hombre que le había traído un mensaje. El niño aún no había nacido, la
señora Claus requería su presencia.
En cuanto puso un pie en el suelo, entró por la puerta trasera y
se lanzó con ímpetu hacia la habitación de Mary. Pocos pasos y enseguida se
detuvo, desorientado. Los compromisos políticos no le habían permitido estar
presente en el nacimiento de sus hijas; se esperaba gritos lacerantes, que
llenaran la habitación como el soplo del tubo de un órgano. Ahora, ante el
silencio, no sabía qué pensar.
Tocó a la puerta, la criada abrió, luego se hizo a un lado y
salió su ama.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó él.
La expresión en el rostro enjuto de Nancy le entristeció.
—Nada bien, Guy. Hubiera sido mejor llamar al doctor enseguida,
como la otra vez.
Guy torció la boca:
—Sabe que Mary no quiere hombres a su alrededor.
—Por eso le he mandado llamar. Si ella supiera que está de
acuerdo, aceptaría.
—Está bien —suspiró—. Dígale que me lo ha dicho. Y mándeme
noticias. Aún tengo que hacer acto de presencia por allí.
Estaba a punto de irse, pero la voz de su cuñada lo retuvo.
—¿Y de su parto no me da noticias? ¿Habrá guerra?
—Guerra ya hay. Pero los sachems prefieren no darse por
enterados.
En ese momento, ambos vieron tres figuras blancas al final de
las escaleras. Las hijas de Guy y Mary estaban allí, de pie. Los largos
camisones arrastraban por el suelo. Estaban cogidas de la mano, sus ojos
brillaban en la penumbra.
—Pero ¿qué hacéis aquí? —les reprochó Nancy—. Volved ya a la
cama.
Las niñas no se movieron. Sarah estaba al borde del llanto.
—Mi mamá está mal —dijo con un hilo de voz.
Guy se cruzó con la mirada vítrea de Esther y sintió un
escalofrío. No supo qué decir. Se volvió y dejó la casa.
Nancy las llevó escaleras arriba, mientras la más pequeña rompía
a llorar.
—Si amáis a vuestra madre, rezad por ella con toda la fe que
tengáis.
Faltaban pocas horas para el alba cuando Guy regresó a su sitio
junto al fuego. Los relatos de cacerías y de sueños no acababan nunca. Muchos
yacían tendidos sobre la hierba. Observó su propio rostro reflejado en el
vidrio de una botella y se le apareció deforme, monstruoso. Hubiera querido que
el Viejo estuviera allí, con su sabiduría, para ayudarle a parir el futuro.
Hubiera querido que el tiempo corriera más rápido.
Ahora hay mucha gente en este sitio
hey, en el lugar de nuestro encuentro
comienza con dos que se miran uno al otro
hey, se saludan, hey, uno al otro
nos saludamos uno al otro, oyeh.
Heyyouheyyahheyahheyah
heyyouheyyahheyahheyah...
Figuras espectrales bailaban en torno al fuego, sombras
enrojecidas, girándula de músculos sudados y pies golpeados en el suelo.
Hechizado por las llamas, Guy respiraba vapores de alcohol que provenían de
todas partes. A su lado, John Butler susurraba palabras incomprensibles. Los
cantos proseguían sin pausa, acompañados por los violines de Peter Johnson y
Daniel Claus.
Entonces él pensó: haremos la Tierra
algunas personas caminarán sobre ella
yo los he creado y así ha sucedido
nosotros caminamos sobre ella, oyeh
y en este momento del día, hey
damos gracias, hey, a la Tierra.
En nuestra mente debe ser así
en nuestra mente debe ser así.
Al otro lado del círculo le pareció ver dos ojos oscuros que lo
miraban. Joseph Brant, o quizá otra vez su propia imagen deformada por un juego
de reflejos. Fue solo un instante, luego el vórtice de los bailarines llenó de
nuevo la noche.
Heyyouheyyahheyahheyah heyyouheyyahheyahheyah...
La parturienta estaba tumbada en una silla, con un cojín bajo la
espalda y una mujer cayuga que la sostenía de las axilas. De pie, delante de
ella, Tabby le friccionaba las caderas, mientras la comadrona intentaba por
enésima vez dar la vuelta al niño.
—Tranquila, hija —repetía de vez en cuando—. Se ha girado, está
listo para salir. Los dolores son regulares, muy prometedores. Con la ayuda de
santa Ana, la naturaleza hará lo que debe.
Mary Johnson ya no tenía fuerzas para sonreír. El rostro
hinchado, bañado de sudor, estaba paralizado en una expresión de sufrimiento y
resignación. La frente ardía de fiebre.
Alrededor de la silla, las mujeres se turnaban para dar
consejos, recuerdos tranquilizadores, caldo de pollo y ron.
—Ha llegado el doctor Savage, señora —dijo una voz detrás de la
puerta.
La comadrona cogió una toalla y fue hacia el barreño para
limpiarse. Mary hizo un gesto a la india para que interrumpiera el masaje, se
bajó el camisón y pidió a la criada que hiciera entrar al recién llegado.
Acabadas las preguntas de rigor, el doctor Savage preguntó quién
era la comadrona.
La mujer dio un paso al frente.
—Muy bien, señora Devon. Les agradecería que usted y las otras
mujeres llevasen a la señora Johnson a la cama. ¿Puedo preguntarle qué le ha
sido suministrado, hasta ahora?
La mujer respondió que había aplicado una cataplasma en el
estómago de la parturienta y ruedas de cebolla en los pies, había frotado las
sienes con vinagre y le había hecho beber té, caldo, medio vaso de ron y uno de
jarabe de gordolobo.
El doctor asintió:
—Muy bien hecho, señora Devon. Pero me temo que se necesita una
terapia más fuerte.
Sacó una botellita de su maletín, echó veinte gotas en una
cuchara y se acercó a la cama.
—Beba, señora Johnson. Esto le dará alivio. Es láudano y en
pocos minutos reducirá la tensión muscular en exceso, que se debe a falsas
contracciones.
—Permítame, doctor —intervino la comadrona—. Las contracciones
no son falsas, he hecho tacto a mi paciente varias veces y...
Mary Johnson se sonrojó.
—Le ruego, señora Devon, no nos haga pasar vergüenza. Aun cuando
fueran verdaderas contracciones, como usted dice, está claro que mi paciente
necesita recuperar fuerzas, de lo contrario los músculos estarán muy débiles
para soportar la fatiga. Y también usted, señora Devon, si desea descansar un
par de horas y dejar que estas mujeres vayan con sus familias, adelante,
hágalo. Precisaré su ayuda más tarde, cuando las contracciones se vuelvan a
presentar.
Mientras lo decía, puso la punta de la cuchara en la boca de la
parturienta y le ofreció un pañuelo para limpiarse los labios. Al poco tiempo,
Mary Johnson dormía un sueño profundo.
Como todas las noches, Philip Lacroix se encontró con su esposa
e hija. Caminaban juntos, en medio de la hierba alta, hasta la puerta de la
casa. Ellas entraban, él se quedaba fuera para limpiar el fusil. Una vez
dentro, se daba cuenta de que la mujer no era su mujer. Era Molly Brant. Y la
niña no era su hija, sino una chiquilla rubia. Molly se acercaba, se quitaba de
la muñeca un brazalete de wampum y lo dejaba a sus pies.
«Para olvidar hay que conocer —decía—. Para renegar también hay
que creer. Cuando lo has recibido, este brazalete tenía un valor. Cuando lo has
devuelto, tenía otro. Salda las cuentas o perderás el equilibrio. No regreses
con las manos vacías, Ronaterihonte.»
Dicho esto, el brazalete se hundía en el terreno, abriendo un
abismo en el centro de la cabaña.
Philip se despertó empapado en sudor y con un extraño mareo. El
sol ya había salido y los guerreros se repartían los regalos de los ingleses.
En la orilla del lago, una flota de barcos esperaba el cargamento.
Mary se despertó a las cuatro de la mañana. Los dolores se
presentaron otra vez y un repentino ataque de vómito parecía querer resolver el
retraso haciendo nacer al niño por la parte de los dientes.
La mujer que la cuidaba se precipitó para levantar su cabeza, le
colocó otra almohada por detrás y pidió ayuda. Tabby se levantó de la silla,
acompañada por la comadrona que descansaba sobre un par de mantas. Se puso la
cofia, untó sus manos y comprobó la situación. Por primera vez desde el inicio
del parto, Mary comenzó a gritar. No auténticos gritos, sino más bien una serie
de quejidos, modulados entre tonos graves y agudos. Tan penetrantes como para
despertar al doctor Savage, recostado en uno de los bancos de la antesala.
—Los dolores son muy frecuentes —explicó la comadrona—, pero el
niño aún no puede salir. Tal vez tiene el cordón enroscado en el cuello. Tabby,
¿puedes echarme una mano?
La india se acercó, señaló que la señora Johnson llevaba un
collar y que era mejor quitarlo. Con brazos temblorosos, la espalda encorvada
por la tensión, Mary llevó sus manos detrás de la nuca.
—Basta ya de supersticiones —espetó el doctor—. Si existe riesgo
de asfixia hay que hacer una intervención.
Con gesto seguro sacó el fórceps del maletín, ordenó a la
comadrona que ubicara las pinzas, dobló un poco las rodillas y comenzó a tirar.
Mary rezaba, Tabby le limpiaba la frente con un pañuelo mojado
en vinagre, Lydia Devon, a horcajadas sobre la cama y de espaldas a la
paciente, apretaba la barriga para facilitar la expulsión.
El doctor se levantó, dejando el instrumento en posición.
Sudaba. Pidió que le trajeran un trozo de tela, lo hizo anudar con fuerza en la
juntura del fórceps y dio instrucciones a la comadrona para que tirara del
trapo, hacia abajo, mientras él seguía haciendo fuerza con las pinzas de su
utensilio.
Lydia aceptó de mala gana. Bebió un trago de la botella de ron,
se agachó e hizo lo que había dicho el doctor. Una mujer seneca trazaba signos
y símbolos en la barriga de Mary Johnson.
A pesar de los olores que se mezclaban en la habitación —alcohol
y sudor, fiebre y hedores del cuerpo, caldo e infusiones de hierbas—, la
comadrona enseguida reconoció el de la sangre.
Se levantó de un salto, cogió su bolso, hurgó dentro con las
manos aún sucias. Sacó una gran jeringa y un frasquito de cristal. Se lo dio a
Tabby.
—Úntale esto en el bajo espalda —ordenó—, hay que detener la
hemorragia.
Luego llenó la jeringa en un pequeño cuenco de agua, el único
limpio, apartó al doctor, se arrodilló de nuevo, extrajo el fórceps y apuntó la
jeringa dentro de la mujer.
—En el nombre del Padre —susurró pulsando el primer chorro de
agua—, del Hijo y del Espíritu Santo.
Apoyó la jeringa en el suelo y tendió una mano hacia el rostro
de la paciente.
Mary Johnson respiraba con dificultad. La fiebre subía y el sol
también, lento y entorpecido, incapaz de escapar al abrazo de los pantanos.
Joseph recogió sus cosas en una manta y la lió con una correa de
cuero. Percibió una presencia. Se giró un poco.
Lacroix estaba de pie a sus espaldas.
—¿Regresas a casa? —preguntó Joseph.
—¿Y tú?
—No sabía de la orden de Gage. No estás obligado a ir con
nosotros a Canadá.
Lacroix se sentó sobre una piedra y empezó a cargar la pipa con
gran flema.
Joseph apoyó su equipaje y se sentó junto a su amigo.
En la antesala, Nancy Johnson lloraba sin hacer ruido, solo
lágrimas y sollozos, una mano en los labios para contener el hipo, la otra
apretando el estómago.
Cuando lo vio, corrió hacia su cuñado e intentó detenerle.
—No entre, Guy. No ahora.
El la apartó con el brazo y agarró el picaporte.
Dentro de la habitación, solo estaba la comadrona. Tenía entre
sus brazos el cadáver del niño, envuelto en pañales. Seis pequeños amuletos
pendían del cuello amoratado y cubrían el minúsculo pecho. Lydia Devon también
lloraba: desde sus primeros pasos en el oficio solo se le habían muerto cuatro
niños. Nunca una desgracia semejante.
Mary estaba tendida en un charco de sangre. Desnuda, inmóvil, un
corte profundo en la barriga.
Guy cerró la puerta de golpe, para apartar el horror.
Apretó los puños y rechazó la mano de Nancy. Le pareció que el
mundo vacilaba.
26
Cuando Joseph había perdido a Peggie, el consuelo de los que lo
amaban había atenuado el sufrimiento. Molly y sir William, Tekarihoga y los
ancianos de la aldea, Margaret y las matronas del clan, sus amigos
Sakihenakenta y Kanatawakhon, el reverendo Stuart. Todos habían tenido palabras
de aliento para el guerrero que se había quedado viudo.
Joseph había soñado de forma intensa, había puesto en manos de
Molly a los niños y la anciana madre y había partido hacia Oquaga. Había
regresado con Susanna y la vida había recomenzado.
En Oswego, en cambio, Guy tenía el brusco consuelo de Daniel
Claus, John Butler y Cormac McLeod, y un patrimonio de frases de
circunstancias, obsequio de otros miembros de la expedición, que tenía que
invertir en el intento de no derrumbarse.
Joseph pensó en Lacroix, también él un padre y marido
desconsolado, víctima de una tragedia aún peor todavía, afrontada en total
soledad. El hombre de los bosques no había comentado nada sobre la muerte de
Mary y el niño, había pasado muchas horas sentado a la orilla del lago y ahora
estaba allí, en medio de la multitud. El rostro no mostraba emociones, pero
entre garganta y pecho debía de haber una tempestad de recuerdos.
El funeral de la esposa de Uraghquadirah unía las almas de la
Casa Larga un día más. La muerte de un niño destinado a llamarse William
Johnson, nieto de Warraghiyagey era un yunque caído del cielo que aplanaba todo
lo demás. La desgracia había dispersado recelos y rencores, los había dejado a
un lado. Guy Johnson solo era un jefe de familia alcanzado por un rayo,
consternado, a quien quedaban tres hijas y un viaje por hacer.
Joseph y John Butler cavaron y depositaron el ataúd. Tekarihoga
y Pequeño Abraham hicieron plegarias al Dueño de la Vida. Las lágrimas de
Esther, Judith y Sarah humedecieron la falda de la tía, Nancy Claus, que
lloraba sobre el hombro de su marido. La comadrona, Lydia Devon, rezaba con las
manos juntas. La fosa se llenaba de tierra y Guy Johnson no conseguía levantar
los ojos de sus propias botas. Joseph lo miró y sintió pena por él.
Los cristianos recitaron el Padrenuestro en inglés, en latín, en
mohawk, en oneida. Onwari teconnoronkwanions... Pater noster... ise tsiati
ioainerenstakwa... qui es in caelis... Rawennio senikwekon... hallowed be Thy
name... La Babel de Iroquirlanda despidió a Mary Johnson, enterrada con su niño
entre los brazos.
Lacroix concluyó la plegaria, et ne nos inducas in tentationem,
sed libera nos a malo. Amen, y se persignó. Joseph vio que se acercaba a Guy y
le ponía una mano en el hombro. El superintendente levantó la cabeza,
sorprendido, ojos llorosos. Lacroix no dijo nada, no hacían falta palabras. El
otro asintió. El hombre de los bosques se alejó.
Guy inspiró, sacudió los hombros como recorrido por un
escalofrío, y por fin se dirigió hacia Nancy y las niñas.
«Hoy le Grand Diable ha confortado el corazón de un hombre»,
pensó Joseph.
Los bajeles hendían las aguas plácidas con las velas
desplegadas, pero el viento no era suficiente. Era necesario utilizar los
remos. El cielo era límpido, surcado por unas pocas nubes inmóviles y muy
blancas, reflejadas en la superficie del lago. A bordo nadie hablaba.
Guy Johnson estaba sentado en la barca delantera, la mirada
perdida en la estela de los remos. Después de las exequias no había dicho nada,
ni siquiera a sus hijas, que había dejado en Oswego con la tía Nancy. En el
muelle, Esther había visto los bajeles que se alejaban. Sus hermanas dormían,
pero ella se había escapado de entre las mantas para verlos partir. Guy le
había dirigido un gesto de saludo con esfuerzo, sin obtener respuesta. El
primer rayo de sol se había reflejado en los cabellos dorados de la chiquilla,
apenas movidos por el viento. Se había quedado allí, inmóvil, mientras la
niebla del lago poco a poco le borraba de la vista. Guy había continuado
sintiendo su mirada, lago adentro, como si los ojos claros de su hija hubieran
podido alcanzarle también allí, o hasta el fin del mundo. Había rezado en voz
baja por su esposa, por el hijo nacido muerto y por sí mismo. Había pedido
perdón a Dios, padre severo que parecía haberles abandonado. Había pedido
perdón a Esther, intentando comprender su propia culpa.
Se armó de valor. Tenía que guiar una expedición y combatir
batallas. Canadá estaba esperándole. Tenía que soportar el dolor, el peso sobre
los hombros y los crujidos del cuerpo. Seguir adelante.
27
—Dos tribus se disputaban la Tierra. Una vivía al norte del San
Lorenzo, la otra al sur. El Dueño de la Vida, amargado por aquella guerra,
decidió bajar del cielo con un misterioso equipaje.
La noche era húmeda, el humo mantenía alejados a los mosquitos.
Peter contaba la leyenda de Manituana, el lugar donde estaban acampados. Se la
había contado su madre, pero no la recordaba bien.
Con él estaban Walter Butler y tres jóvenes guerreros de
Canajoharie, que llegaron en el turno de guardia con una botella de whisky
hurtada de quién sabe dónde.
—El Dueño de la Vida desplegó la manta y en su interior había
una tierra de delicias, creada para que todos vivieran en la abundancia y ya no
hubiera motivo para combatir. Apoyó el regalo en las aguas del San Lorenzo, a
igual distancia de las dos orillas, e invitó a los hombres a trasladarse allí.
Por largos años, el pueblo del Sur y el pueblo del Norte vivieron en paz en
Manituana. Para hablar, mezclaron sus lenguas, de modo que ninguna
incomprensión pudiera surgir. Nacieron los primeros hijos y muchos de ellos
tenían a su padre de un pueblo y a su madre del otro. Cada familia deseaba que
los descendientes aprendieran primero la lengua y costumbres de sus ancestros.
Y así, mientras los hijos crecían y hablaban una lengua bastarda que no era
materna para ninguno, la gente del Norte y del Sur se volvieron a odiar. Los
del Sur regresaron al Sur y los del Norte al Norte. Solo los hijos que no eran
de ningún pueblo permanecieron en Manituana, mientras sus familiares se
preparaban para combatir, para decidir quién de ellos se quedaría con la isla.
Los gritos y los cantos de guerra se elevaron hasta lo alto y obligaron a bajar
al Dueño de la Vida por segunda vez. Llegado a la tierra, comprendió que los
hombres combatían de nuevo por culpa de su regalo. Entonces cogió la manta y se
la llevó. Pero mientras corría la cortina del cielo, la manta se abrió y la
tierra se precipitó en el río.
La voz de Peter se hizo más profunda, el ritmo de las palabras
se redujo.
—Se levantaron olas altísimas y los guerreros apostados en las
orillas murieron todos. Manituana se rompió en pedazos, migajas, escollos. Las
Mil Islas del San Lorenzo.
—¿Y los hijos que estaban sobre la isla? —preguntó uno de los
jóvenes guerreros—. ¿Qué fue de ellos?
Peter miró la taza que tenía entre las manos y ofreció un final
inesperado.
—Esos hijos somos nosotros. Cuando la isla cayó del cielo,
muchos se ahogaron, otros en cambio se sujetaron con fuerza a un trozo de
tierra y lograron salvarse. Pero ya estaban hartos de las guerras entre Norte y
Sur, así que buscaron otra patria y al fin la encontraron, en el valle del
Mohawk.
Los muchachos de Canajoharie vaciaron la botella a la salud de
Peter.
Le tocaba a Walter Butler:
—Yo no conozco leyendas indias, pero puedo contar la historia de
Ethan Allen, el Goliat de las Montañas Verdes, el hombre que ha conquistado
Fuerte Ticonderoga.
—¿De veras la conoces? —preguntó Peter.
—Me la ha contado mi padre. Conocía a Allen antes de que se
convirtiera en un bandido.
Walter, contento por haber llamado la atención, comenzó la
historia.
Ethan Allen era un forajido sanguinario, de más de seis pies de
altura. Hacía años que señoreaba en las Montañas Verdes, que en otros tiempos
eran parte de Nueva Hampshire. Luego esas tierras fueron compradas por la
colonia de Nueva York para mandar allí a sus colonos. Allen era un agricultor
que no quería pagar impuestos a los de Albany, porque los odiaba. Había
disparado contra los recién llegados, había reclutado una banda de criminales,
los Mozos de las Montañas Verdes, y se había proclamado «coronel». El Rey en
persona había puesto un precio de trescientas esterlinas a su cabeza. Él había
ofrecido cinco a quien le entregase el gobernador. El padre de Walter lo
consideraba el delincuente más peligroso de América. Cuando los whigs habían
disparado contra el ejército en Lexington y Concord, y poco después habían
puesto bajo asedio a Boston, Allen cayó en la cuenta de que podía aliarse con
ellos. Ellos la tenían tomada con el gobernador de Massachusetts, él con el de
Nueva York. Su objetivo era proclamar territorio independiente las Montañas
Verdes, y con la ayuda de los bostonianos podía conseguirlo. Entonces se había
hecho whig también él.
Habían tomado el Fuerte Ticonderoga cuando la guarnición estaba
borracha. Ethan Allen había gritado: «¡En nombre del Gran Jehová y del Congreso
Continental, yo tomo posesión de este fuerte!». Los Mozos de las Montañas
Verdes habían entrado apuntando con sus fusiles. Como cuando los griegos habían
entrado en Roma escondidos dentro de un gran caballo de madera, solo que no
había ningún caballo de madera.
¿Los griegos en Roma? Peter estaba a punto de objetar, pero
escuchó un ruido de ramas.
—¿Has oído? —preguntó Walter volviéndose de golpe hacia el
monte.
Se levantó de un salto con el fusil en su mano y la cara pálida.
La visión de una figura conocida lo tranquilizó.
—Señor McLeod —dijo.
Le dirigieron un saludo discreto, mientras el escocés entraba en
el campo de luz.
—Tres granujas han pillado una botella de mis víveres. Les han
visto que venían hacia aquí.
Peter miró alrededor incómodo. Los muchachos indios habían
desaparecido.
—Por aquí no han pasado —se apresuró a decir Walter.
—Podemos ofrecerle un poco de té —propuso Peter.
McLeod gruñó un agradecimiento. Se sentó y echó un vistazo a sus
espaldas.
—No están solos haciendo la guardia esta noche. También está
aquel indio. —Señaló la oscuridad—. Lacroix.
Peter se volvió, como si pudiera ver a través de las tinieblas.
—¿Dónde? —preguntó.
—Allí abajo, sentado a oscuras.
—Imposible —comentó Walter—. No lo hemos visto ni oído.
—Ya —asintió McLeod cogiendo la taza—, como tampoco han visto a
esos tres rateros, ¿eh?
Walter intentó decir algo, pero el escocés empezó a hablar de
nuevo.
—Casi me lo llevo por delante. Inmóvil como el tronco de un
árbol.
—Es un hombre extraño —se apresuró a decir Walter—. ¿Cómo le
llaman?
—Sus enemigos lo llaman le Grand Diable —respondió Peter—. Por
una venganza, he oído decir.
—Es historia de hace muchos años —dijo McLeod.
—¿La conoce?
El hombre atizó el fuego con un palo.
—Al volver de la guerra, se casó y se fue al oeste de cacería,
con su esposa e hija. Un día llegó a casa y encontró a su familia asesinada.
—La voz de McLeod se hizo ronca—. Indios hurons, desbandados y borrachos.
Relegados que las tribus habían desterrado. —Escupió al suelo—. Las habían
masacrado como a bestias.
Se calló. El crepitar de las llamas era el único ruido
consistente, en medio del coro de rumores de animales nocturnos. Peter quiso
saber cómo acababa la historia.
—Estuvo fuera todo un invierno. Regresó en primavera con
veintisiete cabelleras en un saco.
Peter apretó las mandíbulas.
—Las he visto con mis propios ojos —dijo el otro, la voz aún más
ronca—. Están enterradas cerca de la tumba de sus mujeres.
McLeod se puso de pie.
—Señores, gracias por el té. Buena guardia.
El hombre se alejó, los dos jóvenes permanecieron en silencio.
Walter dijo que haría el segundo turno y se envolvió en la manta.
Peter observó las tinieblas. Imaginó la superficie del lago, un
mar en el corazón del continente. Todas las historias de aquella noche hablaban
de guerra y le recordaron que pronto habría de combatir, junto a grandes
guerreros.
Mientras limpiaba el fusil, pidió estar a la altura.
28
De las orillas del San Lorenzo se desprendían aromas de verano,
el aire libre dispersaba los miasmas que provenían de los bajeles. El sol aún
ofrecía luz y pronto los rápidos de Lachine pondrían a prueba el convoy.
Joseph miraba el paisaje de las riberas, buscando asideros para
su memoria, visiones de hacía quince años, cuando había surcado esas aguas por
primera vez. Observó el perfil de sombra proyectado por la embarcación y vio
que Philip también hacía lo mismo. El rostro del cazador solitario ondeaba en
la corriente.
La guerra contra Francia había durado siete años, pero por sus
jóvenes edades habían participado solo en las últimas expediciones de sir
William. La captura de Fuerte Niagara, donde habían recibido su bautismo de
fuego, y la toma de Montreal, el último baluarte francés en América. Los
franceses ya sabían que la guerra estaba perdida y la ciudad se había rendido
sin oponer resistencia. Sin embargo, fue entonces cuando Philip y él se habían
visto en verdadero peligro, mientras recorrían aquel río. Se habían salvado
juntos y ese había sido el inicio de su amistad.
Joseph se dio cuenta de que apretaba el remo más de lo
necesario. Una presión rígida, tensa, que el hombro comenzaba a acusar. Intentó
distender los movimientos y seguir remando. Imaginó que Philip también estaba
recorriendo el camino de los recuerdos.
Tenían diecisiete años, pero esa vez no se había tratado de
lanzar insultos o disparar por detrás de un árbol a la espera de que los
guerreros resolvieran el asunto. Esa vez, el olor del miedo y de la muerte
había penetrado hasta el fondo de las narices, bajando hasta el estómago y
subiendo hasta la garganta.
Estaban haciendo un reconocimiento de la zona junto a dos
guerreros expertos, gente que había combatido bajo el ala de Hendrick,
matadores de hombres, respetados de una punta a otra en la Casa Larga. El
general Amherst, que guiaba la expedición, temía que las tribus aliadas de los
franceses planearan un ataque en los rápidos. Sir William se había ofrecido
para mandar una canoa para que hiciera una inspección.
Era una tarea importante, Joseph recordaba que se había sentido
orgulloso. Tenían que desembarcar y patrullar la costa, controlar si alguien
había dejado marcas o huellas en el sendero que bordeaba la orilla derecha del
río.
Cuando la canoa se había acercado a las rocas, el guerrero en la
proa hizo señas de detenerse. Silencio, solo el chapoteo de la embarcación y el
borboteo del rápido aguas abajo. Joseph solo había tenido tiempo de rozar el
fusil, antes de que todo sucediera.
De repente, demonios feroces habían surgido del río, cubiertos
por montones de algas. Los guerreros de proa y popa fueron arrastrados hacia
abajo, con un abrazo que no dejaba escapatoria.
Joseph había visto reflejado su propio miedo en el rostro de su
amigo. Luego Philip se había lanzado fuera de la canoa con un grito de guerra.
Lo había visto avanzar con el agua hasta el vientre y desafiar a los abenakis.
Ellos se habían reído, no era más que un muchacho, todo les parecía muy
ridículo, gracioso. No obstante, se disponían a matarlo.
Joseph había contado los fusiles de los guerreros que quedaron
en el fondo de la canoa. Cuatro con el suyo. Luego había hecho lo mismo con los
enemigos. No podía errar el tiro.
Había abatido al primero con un disparo en medio del pecho, sin
darle tiempo de acercarse a Philip. Al segundo solo había conseguido herirle en
el costado, pero Philip se había encargado de matarlo con el tomahawk. El
tercero y el cuarto se habían abalanzado sobre el joven mohawk ciegos de rabia.
Joseph había podido dispararle solo a uno, a la cabeza. La lucha entre Philip y
el último adversario había durado pocos respiros, pero a Joseph le habían
parecido eternos. Luego su amigo había emergido del agua blandiendo el
cuchillo. Tenía una vistosa herida en el costado. Un poco más allá, el
adversario trataba de ponerse de pie, mientras se taponaba un corte en el
brazo, profundo, hasta el hueso. Mientras se alejaba hacia el bosque, les había
maldecido en su lengua y en francés, incrédulo de haber sido vencido por dos
muchachos.
Aún furente de miedo, Philip se había lanzado a la persecución.
A Joseph ya no le quedaban más armas cargadas. Volver a
cargarlas hubiera requerido mucho tiempo. Como en sueños, los ojos de la mente
habían observado que el cuerpo saltaba al agua y corría a toda velocidad hacia
la orilla.
Los alcanzó entre los árboles. Había tenido que separar a Philip
del adversario, que aún forcejeaba para evitar las cuchilladas. A pesar de la
herida, Philip era un manojo de nervios y músculos listos para el ataque, o
para desarmarse cuando las fuerzas flaquearan.
Sin pensar, Joseph había mirado el rostro del guerrero moribundo
y levantado la culata del fusil. El ruido de los huesos del cráneo que se
quebraban había entrado en sus oídos para no irse nunca más.
Cuando habían vuelto a la canoa, la pequeña ensenada estaba roja
de sangre y la corriente mecía los cuerpos inertes de los caídos. Los dos
supervivientes se habían mirado sin decir palabra. La herida de Philip era
profunda. Tenían que regresar deprisa al convoy. Un solo par de brazos para
remar, transportar los cuerpos de los compañeros, esperar que el grueso de los
enemigos estuviera lejos. En esa situación, disparar no había sido muy
acertado.
Pero de los jóvenes no se espera sabiduría.
Joseph había remado con la fuerza de la desesperación, ansioso
por ver aparecer el perfil de embarcaciones amigas. El enfrentamiento había
ocurrido en el agua, pero la sangre lo impregnaba todo. También el espíritu.
La corriente de los recuerdos dio paso a las imágenes del
presente, otro convoy, otra guerra. Joseph miró otra vez a Philip que remaba.
Pensó que tenía que tener algún sentido que se repitiera ese viaje. Era como
volver donde todo había empezado.
29
La isla de Montreal apareció bajo pleno sol de julio. La isla
Jesús, el segundo pilar de la entrada a Canadá, asomaba a sus espaldas. Las
aguas del San Lorenzo se abrían en un triple recorrido, con pasajes de fácil
defensa, para volver a reunirse más al norte.
Peter Johnson había escuchado los relatos de ese viaje tantas
veces que reconocía cada detalle, como si ya hubiera estado allí. En la orilla
oriental, columnas de humo entre los árboles señalaban la aldea de los
caughnawagas, que un tiempo habían sido mohawks renegados, aliados de los
franceses. Desde la playa, mujeres y niños observaban los bajeles.
Superada la curva del río, la isla mayor se abrió a la vista en
toda su amplitud. La colina estaba sembrada de parcelas y huertas que
descendían hasta la ciudad, abrazada entre bastiones. El campanario de la
iglesia de Nuestra Señora se destacaba en la población.
Peter hubiera querido decir algo, compartir un comentario que
expresara el entusiasmo por haber llegado al final del viaje, tal vez disparar
al aire para anunciar su llegada. Pero para muchos acercarse a la meta no era
nada alegre, a causa del luto que se había abatido sobre la expedición y los
pocos guerreros que les acompañaban. El silencio dominaba los corazones. Guy
Johnson estaba sentado en el bajel delantero, triste y taciturno, junto a los
hombres del Departamento. Tío Joseph no había dicho palabra desde que habían
salido de Oswego. Los otros guerreros no consideraban a Peter lo bastante
adulto para permitirle conversar con ellos. Además, había pasado los últimos
años en Filadelfia, metido en sus estudios, y llevado una vida muy diferente.
En el último tramo del viaje, si no hubiese sido por Walter Butler, Peter no
hubiera tenido a nadie con quien cruzar un par de palabras. Pero Walter remaba
en el bajel del Departamento, junto a su padre. Peter se resignó a guardar para
sí la emoción y remó más fuerte.
Una vez, en Nueva York, Peter había visto las tropas de Su
Majestad que marchaban en desfile. Ahora, a un paso de la guerra, el efecto era
muy distinto. En la Plaza de Armas, al lado de la iglesia, la guarnición de la
ciudad los acogía con redobles de tambores. Peter estaba deslumbrado por el
rojo escarlata de los uniformes, retomado en los estandartes. El gobernador
Carleton esperó a la delegación en el centro de la plaza y juntos saludaron la
bandera. Guy Johnson y Daniel Claus, firmes delante de la Union Jack, no
dejaron traslucir la fatiga. Siguieron la ceremonia hasta el final, cuando
dieron la orden de romper filas y regresar a las tareas de vigilancia. Los
soldados se dispersaron rápido en pequeños grupos.
—¿Combatiremos con ellos? —preguntó Peter. Joseph le tocó el
hombro.
—No solo con ellos, eso espero. Somos pocos para defender la
ciudad.
El muchacho advirtió la sombra que atravesaba la mirada de su
tío. No preguntó nada más.
El gobernador Carleton leyó el mensaje con atención, las pupilas
se deslizaban de una palabra a otra. Luego dobló el papel y con un gesto
cansino se lo restituyó a Guy Johnson.
—El general Gage siempre piensa en todos.
La voz era lenta. Guy pensó que se parecía a la de un enfermo.
Cruzó su mirada con Daniel Claus, sentado junto a él, y esperó.
El gobernador estiró las piernas debajo de la mesa, dejando que
el vientre se apretara contra el borde de madera. Rizos grises enmarcaban un
rostro lampiño y sudado, arrugas de pensador marcaban la calvicie incipiente.
Con un gesto hizo que trajeran algo para beber.
—Hace mucho calor, ¿verdad?
Bebió una copa de líquido amarillento y limpió los labios
carnosos con un pañuelo de encaje.
Johnson y Claus permanecieron callados. Era verdad, en el
edificio de la Intendencia el aire era sofocante y olía a cerrado, la luz
entraba por una sola ventana. Sudaban bajo las casacas de lana.
—Les manda aquí para defender Canadá. Claro. —Carleton asintió
para sí—. ¿Qué demonios sabe Gage de Canadá? Está atrincherado en Boston desde
hace tres meses y pretende dirigir las operaciones militares.
Golpeó la copa sobre la mesa y un asistente se apresuró a
llenarla de nuevo.
—Saben, le he enviado mis mejores unidades. Ahora me veo
obligado a mantener la posición con pocos miles de hombres, en un territorio
que es diez veces más grande que Inglaterra, mientras él sigue emboscado.
Las últimas palabras fueron murmuradas entre dientes.
Con un toque de mano desplegó un mapa en la gran mesa e hizo
señas a los otros para que lo miraran, cosa que él no necesitaba hacer. Johnson
y Claus estiraron el cuello. La cuenca del San Lorenzo estaba reproducida en
toda su grandeza, del lago Ontario al océano.
Carleton estiró de nuevo las piernas.
—En Londres no pueden entenderlo. —Ahora hablaba para sí mismo,
mirada perdida, manos cruzadas sobre el vientre—. Está claro que a ellos se les
escapa la naturaleza del problema. —Pasó el índice por el borde del mapa—. Las
dimensiones de este continente.
Suspiró. Miró a los dos caballeros como si advirtiera su
presencia por primera vez.
—Tenemos una tarea difícil. Civilizar un inmenso territorio
salvaje y hostil. Una carga pesada de llevar, sí. Sin embargo alguien debe
hacerlo. —Limpió el sudor que bañaba su frente—. Hace mucho calor, ¿verdad?
Hizo llenar de nuevo las copas y sorbió la bebida con aire
distraído, escuchando los rumores confusos que llegaban desde fuera, mezclados
con el tictac de la péndola al fondo de la sala.
—He pedido refuerzos a Inglaterra, pero hasta ahora nada.
También he intentado reclutar a los campesinos franceses. Inútil, aún nos
consideran ocupantes, no van a combatir nunca por Jorge III.
Miró a los dos en silencio, serio, esperando la respuesta de una
pregunta implícita.
—Y ahora Thomas Gage me envía a ustedes, con doscientos indios.
—Forzó una sonrisa—. Qué maravilla. Tal vez piensa que debería imitar a
Leónidas en las Termópilas.
Johnson y Claus eran dos estatuas de sal clavadas en las sillas.
Guy sintió que la rabia le crecía dentro, combinada con una tremenda
frustración.
—Podemos reclutar un millar —intervino gélido—. Si Su Excelencia
nos lo permite. Con un ejército indio podríamos llegar hasta los rebeldes y
detenerlos en el lago Champlain. Reconquistar Fuerte Ticonderoga. Hacerles
regresar al lugar de donde vinieron.
Carleton escuchaba impasible.
Daniel Claus se inclinó hacia delante.
—Con todo respeto, Excelencia, ejerzo el cargo de
superintendente para los indios canadienses desde hace muchos años. Permita que
organicemos un consejo aquí. Tengo buenas razones para creer que las tribus de
estos territorios combatirán por el Rey.
El gobernador forzó un golpe de tos.
—No me consta que usted, señor Claus, ni usted, señor Johnson,
tengan título alguno para ejercer los cargos de superintendente del
Departamento Indio.
El alemán enmudeció, Guy intervino con un tono de voz algo más
alto de lo que la etiqueta impone.
—El difunto sir William Johnson nos ha designado sus sucesores.
—Como ya saben —rebatió frío Carleton—, los nombramientos del
Departamento son prerrogativa del ministro de las Colonias.
Guy se sentía cansado, extenuado por el luto reciente e
incomodado por la testarudez de aquel hombre. Sintió la tentación de mandarlo
todo al diablo, levantarse y regresar a casa, dejarse llevar por los
acontecimientos en vez de ir en contra de ellos. Apartó esa sensación con un
respiro profundo.
—Excelencia, según sus propias palabras, tiene muy pocos
soldados para defender Montreal. Y si Montreal cae, los rebeldes tendrán vía
libre hasta Quebec...
Carleton lo interrumpió otra vez:
—Si están tan convencidos de que los indios acatarán las
órdenes, dígame, ¿qué es lo que pretenderían a cambio?
—Regalos. Y la confirmación de lo que les hemos prometido en
Oswego.
Carleton levantó una ceja que significó más que un signo de
interrogación dibujado en un papel.
—Que los combatientes por la Corona serán resarcidos por todas
las pérdidas territoriales.
—¡Ah! —dijo el gobernador—. Nada menos.
Se balanceó sobre la silla, pero no dijo nada más. Guy vio un
hueco y decidió aprovecharlo.
—No le pedirán que lo ponga por escrito. Es suficiente que Su
Excelencia lo diga delante de los jefes de guerra.
La péndola, el chirrido de los carros en la plaza, el paso de
marcha de la ronda, griterío de niños. La luz menguaba, el sol doraba los
contornos de las cosas.
Carleton asintió, con movimientos de la cabeza pesados y lentos.
—Les diré lo que haré. Dejaré que organicen ese consejo. Reúnan
a todos los guerreros que puedan. Los rebeldes temen a los indios tanto como
yo. Tendrán miedo y tal vez no nos ataquen. En cualquier caso, nos hará ganar
tiempo. No obstante, les ordeno permanecer dentro de los confines canadienses.
No podrán ir más allá del paralelo cuarenta y cinco, esperarán que los rebeldes
lo crucen para presentar batalla.
—Excelencia... —intentó intervenir Guy Johnson, pero la mano
levantada del gobernador le obligó a callar.
—Señores, yo aquí represento a Su Majestad. Sir Guy Carleton no
pasará a la historia por haber desatado a los salvajes contra los súbditos
ingleses, aunque se trate de traidores. Ellos deben ser colgados en una horca
después de un juicio por alta traición, no ser degollados y escalpados en medio
de los bosques. —Miró a ambos a los ojos—. Estas son mis órdenes. Aténganse a
ellas sin excepciones.
30
Montreal, 5 de septiembre de 1775
Estimado sir John:
Los mensajeros que he enviado desde Oswego ya le habrán dado la
noticia de la muerte de mi esposa y de la criatura que llevaba en su seno. Una
gran pérdida para mí y una señal nefasta para la expedición, la cual, estoy
convencido, con esta tragedia ha conseguido una imborrable aura de infortunio.
De hecho, la mala suerte ya no nos ha abandonado. Deje que le ilustre los
sucesos de los últimos meses y juzgue por sí mismo.
Hemos llegado a Canadá a mediados de julio con solo doscientos
guerreros, recibiendo una acogida más bien fría por parte del gobernador, el
general Carleton. De su antipatía por nuestra familia ya estábamos al tanto,
pero no nos esperábamos que desalentara una iniciativa destinada a prestarle
ayuda. En realidad se encuentra sin tropas, porque las ha enviado como refuerzo
al general Gage a Boston, y bajo amenaza de una invasión por parte de los
rebeldes whigs. He intentado explicarle a Su Excelencia que el general Gage ha
querido devolver el favor enviándonos a nosotros, con los irregulares indios,
en apoyo de Canadá, pero el argumento no ha producido sobre él ningún efecto.
Sin embargo, ha accedido a confirmar a los indios las promesas
hechas en Oswego por un servidor a cambio del apoyo a nuestra causa, es decir,
el resarcimiento por parte de la Corona de todos los territorios perdidos en
caso de conflicto con los whigs. Hemos tenido la previsión de obligarle a
asumir dicho empeño ante un consejo de tribus canadienses, convocado para la
ocasión por nuestro fiel Daniel Claus. Entre los casi dos mil asistentes, las
promesas de Carleton han suscitado una gran impresión, pero ya se sabe que el
entusiasmo de los indios tiene breve alcance, si no encuentra salida en una
rápida actuación. Por desgracia, el desconfiado recelo del gobernador respecto
a los indios se ha revelado un obstáculo aún más difícil de superar que
cualquier rápido o estrecho pasaje encontrado para llegar hasta aquí. No se fía
de los indios y no quiere que combatan solos, por temor a perder el control
sobre ellos y ser acusado de salvajismo. Es firme voluntad de Su Excelencia que
nuestros guerreros combatan junto a tropas regulares en regimientos mixtos,
bajo el mando de funcionarios británicos. La orden recibida ha sido mantener la
posición y esperar la ofensiva de los rebeldes o la llegada de nuevos
contingentes de la madre patria.
Las consecuencias eran predecibles. Un largo verano de
inactividad ha sido más que suficiente para debilitar la moral y hacer regresar
a sus casas a la mayor parte de los guerreros.
A todo esto se debe añadir que los rebeldes whigs no han perdido
tiempo para intentar corromper a las tribus, comprando a peso de oro su
neutralidad.
Los caughnawagas se han dejado convencer por trescientas
esterlinas.
Más grave aún es que, una semana atrás, ha llegado a nuestro
campamento una delegación oneida, aconsejando a los guerreros que firmen la paz
con los rebeldes de Albany y comentando que los mohawks de Fuerte Hunter ya lo
habrían hecho. Si esto se correspondiera a la verdad, nuestro valle y nuestras
posesiones se encontrarían expuestos a un grave riesgo, sin tribus indias
dispuestas a defenderlos, y usted y su familia estarían en peligro.
Con el corazón afligido por estas noticias, habíamos decidido
regresar a toda prisa, pero nos ha llegado la noticia de que los rebeldes han
retomado su marcha hacia el norte. Desde el Fuerte Ticonderoga están remontando
el lago Champlain.
Les guía Montgomery, a quien recordará como oficial del general
Amherst en la guerra franco-india. Es irlandés como nosotros, su padre sir
William le conocía bien, y hoy se sorprendería por tener que luchar contra su
antiguo conmilitón. Aún no sabemos cuántos hombres tiene consigo Montgomery,
pero esta noticia ha convencido al gobernador Carleton para movilizar a los
indios, siempre que sea bajo la responsabilidad de un oficial. Se ha ofrecido
Butler. Mientras le escribo, guía a los guerreros más allá del San Lorenzo,
hasta el puesto de avanzada del Fuerte St. Johns, el primer obstáculo que los
rebeldes encontrarán en su camino. Nuestros mohawks están con él.
Inútil es decir que la moral de los miembros del Departamento es
más bien baja. Los combatientes a nuestra disposición son pocos, aún no se
tienen noticias de refuerzos de Inglaterra, y no cabe duda que Montreal no
resistiría un ataque masivo. Nuestra aportación en la defensa de Canadá no
puede considerarse determinante. Por eso tengo intenciones de organizar el
regreso apenas sea posible.
Y puesto que la incertidumbre por lo que podría suceder allí nos
deja a merced de una profunda angustia, le ruego que me envíe noticias de la
colonia cuanto antes.
Con la esperanza de reunimos pronto y con mis mejores deseos, le
saluda
su afectísimo cuñado,
Guy Johnson
31
Alrededor del bailarín, blancos e indios batían las manos. La
melodía de las gaitas y el ritmo acelerado del tambor parecían provenir del
fondo de la tierra, sepultados por el vocerío y los gritos de estímulo. El
hombre en el centro de la atención brincaba alternando las piernas, rodillas en
alto, mano derecha levantada sobre la cabeza, mano izquierda en la cadera.
Llevaba el sombrero tradicional de su gente, ese que los ingleses llamaban con
desprecio «mierda-en-la-cabeza». El kilt y los calcetines largos a rombos
habían quedado en casa, en una pequeña finca propiedad de los Johnson.
Desde el principio, Peter había reconocido la música, una
marcha. Los pasos, en cambio, eran indescifrables. Más que danza era un juego
de piernas para desorientar al adversario y sorprenderle con un golpe de daga.
Tendidas en la hierba amarilleada por el sol, dos espadas
formaban una cruz. Peter conocía el desafío, consistía en golpear con los pies
en el suelo cerca de las hojas, primero en un cuadrante, después en otro, sin
pisarlas nunca. No un simple juego, con el habitual corolario de apuestas:
bailar sobre las espadas era uno de los modos para obtener presagios. Los
mohawks eran muy entusiastas. Su padre juraba que la Danza de Guerra de las
Highlands, y no los extenuantes consejos, era lo que había persuadido a las
Seis Naciones a combatir contra los franceses.
«No hay nada de qué extrañarse —decía—. Los escoceses son los
más indios de los pueblos de Europa.»
El tambor se volvió acosante: los músicos daban prueba de
entusiasmo guerrero. Los gritos se unieron en coro. Peter miró al bailarín:
volaba, suspendido a una pulgada del suelo, pies tan rápidos que flotaban en el
polvo. Un guerrero capaz de moverse de ese modo debía ser un blanco imposible
para cualquiera.
El círculo de espectadores empezó a estrecharse. Los Highlanders
avanzaban con zancadas pausadas, a paso de danza. Los otros se esforzaban por
imitarlos. Parecía un ejército en marcha que rodeaba amenazante al último
enemigo que quedaba en pie. En realidad, se acercaban para controlar que el
campeón no pisara las armas. Si podía lograrlo, al día siguiente rechazarían el
asalto de los rebeldes y el bautismo de fuego de Peter culminaría con una
victoria.
El polvo nublaba la vista de las espadas.
El crepúsculo de verano suavizaba líneas y contrastes en la
plaza de armas del Fuerte Saint Johns. Los centinelas de los bastiones también
prestaban oído a la música, que entró en el último y furioso galope. Hubo un
sobresalto colectivo, luego las voces se callaron, las manos dejaron de batir y
señalaron la cruz a los pies del bailarín. Toda la primera fila se sacudió con
rifirrafes y protestas, luego la de atrás y aún más atrás. El círculo de
hombres contuvo el aliento. En medio del silencio repentino, Cormac McLeod
avanzó hacia el bailarín, que esperaba en posición de firmes, delante de las
espadas.
El gran jefe de los escoceses se arrodilló con solemnidad frente
a las hojas cruzadas, sopló el polvo, luego alzó su mirada hacia el guerrero.
McLeod empuñó las armas, las levantó en alto formando una cruz y golpeó tres
veces las espadas una contra otra.
—Bualidh mi u an sa chean —gritó a pleno pulmón.
—Bualidh mi u an sa chean —repitieron los Highlanders en un
estallido de júbilo, se echaron sobre su campeón y le llevaron en alto sobre
los hombros.
En la plaza permanecieron los indios, preguntándose aún por los
resultados de la danza, de la batalla y de las apuestas. Véspero ya brillaba
junto a la luna.
Peter respiró el aire de la noche. Nunca había visto un edificio
tan antiguo, ni siquiera en Albany ni siquiera en Nueva York. En realidad, el
fuerte había sido reconstruido hacía poco, pero la empalizada, cubierta de
musgo, parecía surgir de la tierra desde antes del inicio de los tiempos. La
bandera británica ondeaba perezosa en medio del humo de los fuegos, los colores
apagados de la noche la hacían parecer blanca y negra.
El día anterior, una salva de hurras había saludado su llegada
desde las explanadas del fuerte. La guarnición era exigua. El 84.° Regimiento,
los Royal Highland Emigrants, era en realidad poco más que un batallón.
Reclutados en Boston, Nueva York, Canadá y Nueva Escocia. Gente recién llegada
a suelo americano: pescadores de Terranova, colonos de Carolina, desembarcados
con otro tipo de esperanzas, habían decidido deprisa de qué lado estar.
Soldados con uniformes verdes de los regimientos canadienses: el rojo con kilt,
sable y pistola se lo habían prometido, pero todavía no había llegado.
Ahora el fuerte bullía de actividad y preparativos. Se llenaban
los cuernos con pólvora, se limpiaban los fusiles. McLeod afilaba la hoja de la
espada en la fresa. Nadie dormiría antes de la batalla, solo pocas horas de
inconsciencia, para juntar fuerzas y estar de pie al alba. Peter sin duda no
pegaría ojo. Por fin el momento había llegado.
Esa tarde, tío Joseph y John Butler habían estudiado el plan de
batalla. Los rebeldes se esperaban encontrar un pequeño contingente
atrincherado dentro del fuerte, en cambio ellos los esperarían en el río. Los
guías aseguraban que el mejor punto era un estrechamiento pocas millas al sur,
donde la corriente retardaría el avance de los enemigos.
—Los escoceses han bailado sus danzas —escuchó la voz de su tío
justo detrás de sus oídos—. Ahora tocan las nuestras.
Peter se sentó a su lado y sacó un espejo. Sin hablar, comenzó a
pintarse el rostro con grandes cuadrados rojos y azules, mientras Joseph
terminaba la limpieza de su propia arma con la baqueta y un trapo enjabonado.
—Dicen que la cabellera es la esencia de un hombre. Pero yo digo
que la esencia de un hombre es el fusil. El ánima del fusil es hueca, vacía. El
alma del hombre es inaferrable, inasible. Sin el fusil, solo eres otro animal
que lucha por la comida. El fusil, Peter, es un regalo de Dios para los hombres
de los bosques, que los ha convertido en señores por encima de las bestias.
—Joseph se concedió una pausa. Reflexionó un instante y concluyó—. Claro, hay
que ser señores justos, no tiranos.
Apoyó el fusil y sacó el espejo y las pinturas del saco de piel.
Peter nunca había oído palabras como esas. Joseph comenzó a
pintarse las mejillas.
Llegó Philip Lacroix. Los cabellos caían pesados sobre sus
hombros, las pinturas de guerra eran sobrias. Había utilizado solo el negro
para trazar una línea sobre los ojos.
—Mañana, durante el ataque, estarás siempre junto a mí y a
Philip —dijo Joseph.
Peter tragó saliva. Sin saber en qué pensar, se quedó mirando el
caldero que hervía en el gran fuego en el centro del campo. La carne tierna del
oso se cocía en su grasa.
En cuanto el cazador sacó las visceras del vientre de la presa,
los jefes guerreros agarraron con sus manos la carne caliente. Peter y los
guerreros de su edad tenían que llevarla a los más ancianos, junto al licor.
Cuerpo y sangre de los enemigos darían fuerza a los hombres para la guerra.
Acabada la cena, los mohawks bailarían hasta el agotamiento,
deteniéndose para tomar aliento entre cantos y relatos de hazañas.
La luz comenzaba a inundar el cielo mientras una brisa fría
esparcía las brasas y disipaba el eco de bailes y canciones. Peter, armas en
orden desde hacía horas y cara pintada, observó a los Highlanders de pie ante
el capellán para la santa misa. En medio de las nieblas del alba, con los
fusiles apoyados en el suelo y los sables al costado, recordaban las
ilustraciones de un libro de la biblioteca de Johnson Hall. Caballeros, armados
con lanzas y espadas, listos para combatir por su Rey. John Butler y su hijo
estaban entre ellos. Se colocaron en fila delante del sacerdote y se
arrodillaron uno a uno para recibir el cuerpo de Cristo. Cada uno ofrecía el
fusil para que fuera bendecido.
Por último, Peter vio que Lacroix se ponía de pie y hacía la
señal de la cruz. Se dirigió hacia el grupo de los guerreros. Peter aligeró el
paso, advirtiendo que castañeteaba los dientes con la boca cerrada, al ritmo de
la danza de guerra escocesa.
Blancos e indios empezaron a salir de la fortaleza en dos largas
filas paralelas, en dirección hacia el bosque. No más de quinientos hombres.
Dos horas después, los exploradores regresaron para referir que
el ejército rebelde avanzaba por la orilla oeste del Richelieu. Al menos dos
mil hombres. Peter pensó que era así como se medía el valor: cuando se afronta
un adversario compensando la disparidad de fuerzas con la astucia y la
sorpresa. Sintió que estaba cerca de una prueba memorable.
32
Los rebeldes aparecieron en el sendero que costeaba el rápido.
Inspeccionaban el terreno y el bosque aledaño, mientras las barcas se acercaban
a la orilla.
A Peter le recordaron hormigas dispersas en el tronco de un
árbol. No llevaban uniforme, cada uno empuñaba un arma diferente. De lejos, el
Ejército Continental americano parecía un grupo de cazadores.
Peter inspiró a fondo para contener la agitación. El olor a
musgo del sotobosque se mezclaba con ráfagas dulzonas que subían desde el río.
Lacroix, agachado a su lado, no movía un solo músculo. Toda la línea de combate
estaba inmóvil. Butler había desplegado a los hombres en la ladera de un
pequeño promontorio que dominaba el estrechamiento del Richelieu. El 84.°
Regimiento y los Highlanders en el centro, los indios a los flancos. Atacarían
desde lo alto, cubiertos por los árboles, cuando se encontraran a cielo abierto
en medio del pasaje.
Joseph se deslizó en silencio hasta llegar al extremo de la
fila, donde guiaría la fusilería de los mohawks.
Lacroix miró a Peter e intuyó su estado de ánimo.
—Controla el miedo. No lo dejes libre —murmuró—. Cuando todo
sucede rápido, aprende a ser lento.
Los rebeldes en el río sacaban la carga de las embarcaciones
para reducir el calado y que puedan cruzar el rápido. En grupos, tensaban los
cabos y los soltaban poco a poco para conseguir que pasen los bajeles sin
golpes violentos. Resbalaban y se hundían en el lodo hasta las rodillas.
Peter se dio cuenta de que era el momento. El grito de guerra de
las Highlands resonó en la cima, fuerte, repetido por decenas de voces. A lo
largo de la orilla se desato el pánico, que se convirtió en terror ciego cuando
los primeros doscientos fusiles abrieron fuego desde el bosque.
Peter no sabía si había dado en el blanco. Cuando el humo se
dispersó había cuerpos flotando en el agua y otros que braceaban para no
ahogarse. Butler ordenó la segunda descarga. Las hormigas corrieron en todas
las direcciones, en busca de refugio, detrás de las rocas del pedregal o en
hoyos de la tierra. Algunos intentaban llegar hasta la otra orilla, pero la
corriente se los llevaba.
Uno de los bajeles se había encallado en los escollos, los otros
estaban varados en la orilla.
Algunos respondieron al fuego, apuntando a ciegas hacia el
monte. La voz de Peter se unió al grito de júbilo de los mohawks. Los indios
eran buenos para hacer creer que eran el doble.
Los disparos prosiguieron sin orden, cada cual en busca de un
blanco escondido.
Ya los tenían en un puño.
Luego, tierra y cielo temblaron.
Peter fue alcanzado por una lluvia de piedras y hojarasca, un
enredo de ramas quebradas se precipitó desde lo alto.
Butler corrió por detrás de la línea de fusileros, hacia Joseph,
pero resbaló y cayó. Una segunda explosión, y dos cuerpos saltaron por los
aires, en trozos.
Butler se levantó lleno de barro, cara y casaca manchadas con
sangre. Soltó maldiciones mientras llegaba hasta Joseph.
—Estos hijos de perra nos están tirando con un cañón de a ocho.
Gritaba, ensordecido por las explosiones. Peter podía escuchar
todo.
Joseph intentó localizar el mortero debajo de ellos.
—¿Dónde está?
Butler señaló la curva del río.
—Detrás de las rocas.
Un tercer impacto partió en dos el tronco de un árbol, que se
derrumbó sobre la fila. Uno de los soldados gritó, la pierna atravesada por una
rama puntiaguda.
Peter escupía tierra e intentaba respirar, el aire estaba
cargado de cenizas. Los árboles y helechos retenían el humo de los disparos,
que se transformaba en una espesa niebla.
—¿Cómo hacen para vernos desde allí abajo? —gritó Joseph
incrédulo.
—No necesitan vernos —respondió Butler—. Disparan al azar contra
la colina. Con ese aparato podrían echarnos encima todo el bosque, si
quisieran.
A modo de sello de las palabras del irlandés, un cuarto cañonazo
cayó a unas pocas yardas, haciendo trizas maderas y plantas.
Los indios estaban aterrorizados, a punto de dispersarse. Joseph
recorrió toda la fila, junto con Butler, gritando con todas sus fuerzas.
—¡Quietos! ¡Sigan disparando!
Peter lo perdió de vista en medio del humo y el follaje. Solo
entonces se dio cuenta de que estaba empujando con sus palmas para levantarse:
las piernas querían echarse a correr, pero la mano de Lacroix lo mantenía en el
suelo.
El quinto golpe de cañón se abrió paso entre los árboles y llegó
casi hasta la cima de la pendiente. La lluvia de ramas y hojas sepultó a media
fila, impidiendo hacer fuego.
McLeod gritaba órdenes a sus hombres, agitando la espada. Juraba
por san Andrés y san Columba que destriparía a cualquiera que hubiera vuelto la
espalda al enemigo. El aire ya era irrespirable y no se veía nada. Peter tuvo
que esforzarse para reconocer a Joseph y Butler en los hombres que se tendieron
a su lado. El barro y las pinturas de guerra se mezclaban en la cara de su tío,
dándole una expresión monstruosa.
Butler gritó por encima del ruido del bosque que saltaba en
pedazos.
—Tenemos que escabullirnos en pequeños grupos y subir hasta la
cima.
Joseph sacudió la cabeza.
—No. Allí arriba seremos blancos más fáciles.
—No hay alternativa —gruñó el irlandés.
Joseph miró a Lacroix. Ambos se miraron. Había perdido la cuenta
de los cañonazos, los oídos le zumbaban, tosía y escupía.
—Iremos nosotros —dijo Joseph.
Lanzó un grito agudo y de la fila salieron Kanatawakhon y
Sakihenakenta.
Oronhyateka y Kanenonte, músculos brillantes por el sudor, se
colocaron junto a Lacroix.
Joseph miró a los guerreros y se acercó a Peter hasta respirar
sobre su cara.
—Subir es tan peligroso como quedarse aquí. La única salvación
es bajar. Tenemos que acercarnos al mortero, ¿entiendes? Donde no pueda
hacernos daño. Hacer que pare.
Peter asintió hipnotizado.
—Quédate a un paso de mí —dijo Joseph—. Mantén la cabeza baja y
cuando te lo diga échate al suelo.
Miró a Butler esperando su aprobación.
—De acuerdo. Cojan dos fusiles cada uno. Les daré toda la
cobertura que pueda. Que Dios les guarde, malditos locos.
Cargaron las armas y comenzaron a descender con trote corto,
atravesando los helechos y el humo cada vez más espeso. Sin hacer ruido,
llegaron hasta el borde del bosque y se escondieron detrás de un gran tronco
caído, a unas treinta yardas de los refugios de los rebeldes.
Tras la desbandada inicial se estaban reorganizando, intentaban
recuperar los materiales y reagrupar las fuerzas. Los disparos del mortero
volaban alto sobre sus cabezas, con fuertes zumbidos. Peter lo divisó detrás de
un cúmulo de rocas donde la curva del río formaba un pequeño rehoyo. Estaba
apartado del grueso de la columna, fuera de tiro. Lo defendía un grupo de
hombres apostados dentro de una barca hundida en el barro hasta convertirse en
trinchera. El mortero se encontraba pocas decenas de yardas más atrás. Cuando
el viento abrió un hueco en la niebla, Peter distinguió a los artilleros.
En ese momento vio a Lacroix, cuchillo y maza en la cintura,
fusil en bandolera, tomahawk en puño.
Joseph empezó a disparar a las posiciones rebeldes, acompañado
por los otros. Por encima de ellos, desde la ladera de la colina, los
Highlanders descargaban las municiones, incitados por los gritos roncos de
Butler y McLeod.
Fue entonces que Lacroix salió de pronto del refugio.
Peter Johnson asistió incrédulo a lo que siguió.
Más tarde esa noche, una vez en el fuerte, tuvo que descomponer
y recomponer el recuerdo de los gestos, como en un juego de encaje, para
hacerlo creíble a su propia imaginación. Contarlo hubiera sido imposible.
Lacroix había llegado hasta las defensas enemigas cubierto por
un manto de humo. Sin correr, caminando rápido y en silencio.
Alguien, tal vez un oficial, al otro lado había gritado:
—¡Disparen! ¡Disparen!
Demasiado tarde. El Diablo estaba ya entre ellos.
El capitán Jacobs se volvió, las manos en el estómago. Mientras
trastabillaba, alcanzó a ver que el indio partía el cráneo del segundo oficial
con un solo golpe de tomahawk y clavaba el cuchillo en las costillas del
sargento mayor. Eran movimientos fluidos, una danza. Dios mío. Sintió que sus
rodillas cedían, se agachó, escupió la sangre que subía por la garganta y tragó
aire con la boca abierta. Dios mío. Alguien desde el bajel dio la alarma. Por
detrás de las rocas gritaron que se callara, porque los lealistas estaban
bloqueados en la colina, bajo tiro del mortero. El capitán Jacobs cerró los
ojos y los volvió a abrir, todo estaba ofuscado. El Señor es mi pastor. El
teniente Bones sintió el cañón del fusil bajo la barbilla mientras intentaba
empuñar su propia arma. El tiro le arrancó la cabeza de cuajo y la hizo volar
lejos. En verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes
tranquilas. Donkers levantó el fusil, pero el pánico le impidió disparar bien y
acabó con las tripas entre los pies, las manos que se agitaban para intentar
retenerlas. Repara mis fuerzas y me guía por el sendero justo. Abrahamson se
lanzó con la bayoneta rechinando los dientes. Cuando el tomahawk le rompió el
brazo con un ruido seco, se quedó inmóvil contemplando el miembro que colgaba
de su hombro. Luego levantó la cabeza para recibir el golpe de gracia en plena
sien. Por el honor de su nombre. Marteens resbaló en la pátina viscosa mientras
intentaba salir arrastrándose. Una sola cuchillada en el muslo le cortó la
arteria y lo dejó moribundo en el fondo del bajel, gritando como un cerdo
degollado. Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo.
Los artilleros estaban abriendo fuego contra la sombra que avanzaba lenta hacia
ellos. ¿Cómo haces para disparar a una sombra? Tu vara y tu cayado me sosiegan.
Huyan, hubiera querido gritar el capitán Jacobs, si le hubiera quedado aliento
en la garganta. Primero vio caer a Rodgers con el hacha en el pecho. Los
operadores de la pieza se abalanzaron furiosos. La sombra se inclinó, le rompió
la pierna a uno mientras golpeaba al otro con la culata del fusil y luego mató
a ambos con el puñal. Dios mío, pensó Jacobs apoyando la frente en el suelo,
las piernas flexionadas contra el vientre. Respiró el olor húmedo de la hierba,
mezclado con el de su propia sangre. Vio que la sombra se alejaba. Dios mío,
pensó otra vez, antes de que la última convulsión le hiciera escupir el alma.
Los bastiones del fuerte los acogieron en un abrazo protector.
Los combatientes se echaron aquí y allá, acurrucándose bajo mantas y pieles,
cerca de las hogueras. Pocos tuvieron fuerzas para entretenerse con relatos y
revivir la jornada campal. Ya habría tiempo, al día siguiente, cuando el mundo
hubiese reaparecido en torno a ellos.
Peter se sentó, demasiado cansado hasta para mover los párpados.
Las palabras de tío Joseph y John Butler llegaban en ráfagas. Habían rechazado
a los rebeldes, les infligieron muchas pérdidas, pero pronto llegarían otros.
Había que resistir. Dar tiempo a Carleton para organizar las defensas de la
ciudad.
Peter escuchaba, pero su mente estaba en otra cosa.
Sintió la mano de Joseph en un hombro.
—Hoy te has comportado bien. Molly se sentirá orgullosa de ti.
Ahora duerme.
El muchacho se tendió, pero tardó mucho tiempo en dormirse. Cada
vez que cerraba los ojos veía el ataque de Lacroix, y luego al guerrero que los
esperaba en la orilla del río, cubierto de sangre hasta la cabeza. Oronhyateka
y Kanenonte se apartaban a su paso, temerosos e impresionados. Y el rostro de
Lacroix: bajo la sangre que empezaba a coagularse, cada músculo se había
paralizado. Los labios estaban secos y llenos de grietas, un lecho de río
muerto, castigado por el sol. El Diablo seguía adelante. Le vieron detenerse,
cincuenta yardas más allá, y quitarse las ropas, ajeno a todo. Había entrado en
el agua con pasos pesados. Se había quitado la sangre de la piel, con grandes y
rudos manotazos. Peter había mirado a su tío. Joseph había mirado largo rato a su
antiguo compañero de armas. Peter se giró bajo la manta.
A través de los párpados, las llamas oscilaban al ritmo del
tambor y de la gaita.
Una danza de guerra y de muerte.
33
El castillo de Ramezay no era un verdadero castillo. Nada de
almenas y torreones, solo grandes chimeneas sobre un tejado a dos aguas. En
medio de la campiña irlandesa, la residencia del gobernador hubiera parecido
una enorme granja. En Londres, la hubieran confundido con un cuartel.
Por tercera vez desde que estaba en Canadá, Guy Johnson dejó
atrás el edificio y cruzó el jardín. Rayos de sol tibio atravesaban la niebla.
Tres conversaciones con Carleton, otras tantas puñaladas en la espalda.
Esa mañana, un mensajero de sir John había llevado noticias al
campamento de los mohawks. Los rebeldes señoreaban en el valle. Habían
arrestado a dos escoceses, mientras montaban guardia en el camino del condado
en las cercanías de Johnson Hall. La situación se precipitaba. Según las voces,
los hombres del Departamento eran piezas cotizadas. No se atrevían a tocar a
sir John, aún no, pero para todos los demás, regresar a casa era demasiado
arriesgado. En la prisión de Albany tenían preparadas las jaulas.
El mensajero no había acabado de llegar, y ya McLeod estaba
pidiendo autorización para hacer el equipaje. Los Highlanders habían llegado de
Fuerte Saint Johns cargados de resentimiento. Se habían batido con valor,
habían rechazado al enemigo. Dos días después, Carleton había enviado una
compañía para sustituirlos. Muchas gracias, pueden regresar a la ciudad, tal
vez más adelante puedan servirnos. Usados y dejados de lado en cuanto fue
posible. Carleton prefería defender Canadá por sí solo, o ilusionarse con que
los campesinos franceses le echarían una mano, antes que conceder algo a los
Johnson y al Departamento Indio. Ya nadie quería combatir por el gobernador.
Los indios también ardían de desilusión. Las incursiones rápidas eran normales
para ellos, pero odiaban los enfrentamientos sin botín, sin cabelleras, sin
honores y regalos para premiar a los guerreros.
Su familiaridad con los indios puede ser muy útil en Fuerte
Niagara, coronel Johnson.
Niagara, al otro lado del lago Ontario. El mejor lugar para
acabar pudriéndose, en medio de los senecas, en los confines del mundo.
Guy cruzó la verja y despidió el carruaje con un gesto. Quería
caminar, desentumecer los huesos. Tal vez el calor de la mañana le aliviaría el
dolor que paralizaba el cuello. Cada día se sentía más bajo, aplastado como una
culebra bajo un ladrillo, un ladrillo caldeado al rojo por el sol. Tenía que
salir del punto muerto, tomar la decisión apropiada, jugarse el todo por el
todo. Pero ¿qué?
A Fuerte Niagara no iría, esto era seguro. Un sitio de soldados
y mercaderes de pieles, donde la única diplomacia posible era adular a un
puñado de sachems altaneros y arrogantes.
Regresar a Guy Park era demasiado peligroso.
Y además, estaba el problema más grave, la segunda puñalada del
gobernador Carleton.
Coronel Johnson, teniente Claus: les presento al mayor John
Campbell, acaba de llegar de Inglaterra con el cargo de superintendente para
los indios canadienses.
John Campbell, hombre de Londres, conocido en los salones de la
capital, irrumpía en la escena de la noche a la mañana para destituir a Daniel
Claus y recordar a Guy que su posición era solo un poco más sólida que la del
alemán. No lo suficiente para sentirse tranquilo, inmune a ulteriores infamias.
Salir de escena podía significar desaparecer para siempre, renunciar a ser el
sucesor de sir William.
¿Qué hacer?
Ni aun el Viejo se había visto jamás en semejante laberinto. Más
lo pensaba y más se convencía. No servía de nada preguntarse qué hubiera hecho
en su lugar. La respuesta obvia era que ningún Carleton petulante se hubiese
permitido tratar a sir William de ese modo. El Viejo había venido a Montreal
para conquistar la ciudad, con setecientos indios, no para hacer antesala en un
castillo que parecía una granja.
La calle de Saint Paul estaba abarrotada de carros que se
dirigían al mercado. Las entradas de las tiendas de té, pieles, licores y
tejidos estaban enmarcadas por carteles, que trepaban por las fachadas hasta
las primeras ventanas, aclamando la variedad y calidad de las mercaderías. Por
las trastiendas abiertas se divisaban las murallas y el ajetreo de estibadores
denunciaba la proximidad del río, con la línea del puerto y los mástiles de los
barcos agolpados alrededor de los muelles.
Delante de la capilla del Socorro, un grupo de caughnawagas
recitaba el rosario para ganarse la limosna de los viandantes. Las mujeres que
entraban en la iglesia tenían entre sus manos pequeños modelos de barcos.
Debían ser exvotos, símbolos de plegarias atendidas por un marido a merced de
las olas. Guy decidió ir a arrodillarse ante la Virgen de los Marineros, para
pedir ayuda contra la borrasca de los últimos meses. Se acercó a la puerta,
pero el uniforme rojo que llevaba llamó la atención de inmediato y le hizo
desistir.
Mientras volvía a la calle, mano presionando el cuello, una
mujer del vulgo empezó a caminar a su lado.
—Escusé, señor mío, usted très mal. Su sombra está sucia.
—¿Qué dices? —preguntó Guy.
La mujer hablaba deprisa, una mezcla de inglés y francés, pero
ninguno de los dos parecía ser su idioma. Era de una raza indefinible: rasgos
del rostro europeos, la piel oscura, ojos algo rasgados, los labios carnosos de
las africanas.
—Su sombra está sucia —señaló el suelo—, ella va separarse,
¿entiende? La muerte lo sigue. Desde allá du lac.
Guy se sobresaltó y la agarró de la muñeca.
—¿Me estás echando un mal de ojo?
—No, señor, Massoula no echa. La Virgen llora sus lutos.
A Guy le pareció que su cerebro se desbordaba, que la calle era
la cubierta de un barco en un océano tormentoso. Apretó los puños, como cuando
había visto el corte. Como ante el niño, inmóvil bajo los pañales.
—Bandoka ha hecho el nido ici. —La mujer se tocó detrás de la
nuca—. Dentro su cuello, y él ahora hace très mal.
Como despertado por un nigromante, Guy recordó que estaba en
Montreal, en una calleja transversal de la calle de Saint Paul, frente a una
hechicera de nombre Massoula, que sabía de él muchas cosas, de las desgracias
más negras a los dolores cervicales.
Con un ondear de dedos, la mujer le invitó a seguirla.
—Venez, solo una moneda, venga avec moi.
Guy titubeó. Solo faltaba el engaño de un carterista francés
para remate de la jornada. La mujer caminó unas cien yardas y entró en una
posada junto a las murallas. Un instante después, se asomó y agitó el brazo
para llamarle. Guy se encaminó hacia allí, pensando que en un local que daba a
la calle no se podía correr ningún peligro.
Llegado a la puerta, cambió de opinión. En la pared campeaba un
retrato del rey Jorge colgado cabeza abajo. Los ojos de los parroquianos
saltaron sobre el extraño en uniforme rojo como gatos hambrientos sobre una
langosta tumbada de espaldas. Nadie parecía contento de verle, y a juzgar por
las maldiciones y salivazos al suelo, ninguno quería demostrar lo contrario.
La mujer estaba sentada en una esquina y Guy avanzó deprisa
hacia ella. Cuando terminó de acomodarse, la gentuza francesa volvió a sus
naipes y vasos. Le pareció oír el sonido de cuchillas que se deslizaban dentro
de sus vainas.
—Usted tiene bokú de bandoka, señor mío, vremàn bokú. Un hombre
malvado viene de très lejos, cruza el mar, también él mandado por bandoka. Hay
que quitar, Massoula le dice cómo. Entonces la sombra de nuevo es ligera, el
cuello ligero, usted libre.
Un hombre malvado, de muy lejos. Con los ojos de la mente, Guy
vio el rostro cuidado de Campbell, peluca corta y tez pálida.
—Bandoka enlleva la mansión, luego la familia, luego el travay,
luego el argento, luego la sanidad. Al final enlleva la sombra y está perdido.
Guy se estremeció y a duras penas se contuvo de pedir un coñac.
La lista de desgracias parecía una fórmula ritual, pero era difícil no
reconocer la serie de los últimos meses desastrosos.
—Háblame del hombre que cruza el mar.
—Sí, él trae bandoka, pero también trae solución. Debe cortar la
raíz du mal.
La mujer pareció a punto de completar la frase, luego bajó sus
ojos hacia la mesa, como a merced de una súbita fatiga.
—¿Qué solución? Adelante, habla, aquí tienes media corona.
—Esto es usted que sabe, no Massoula.
Guy apresó la mano de la mujer en la mesa, mientras tendía sus
dedos para coger la moneda. Se sintió burlado, el habitual truco de pacotilla,
aciertan un detalle y luego siguen adelante con versos y adivinanzas. Estaba a
punto de levantarse, pero antes de que el trasero dejara el banco, volvió a ver
el rostro de Campbell, sintió en los oídos sus palabras.
El ministro de las Colonias me ha pedido que le entregue esta
carta y solicita que le envíe cuanto antes una lista de reprobaciones y
reclamaciones por parte de los aliados indios de Su Majestad.
Campbell traía una carta de lord Dartmouth, el ministro de las
Colonias. Una lista de reclamaciones, eso era lo que pedían desde Londres.
La presión de Guy se redujo y Massoula se guardó la moneda bajo
el vestido.
—Tenga siempre con usted esto, señor mío. —La hechicera colocó
algo sobre la mesa—. Para cortar la raíz du mal, para afrontar le traversée.
La mujer se levantó deprisa y alcanzó la salida, antes de que
Guy pudiera detenerle. Observó el pequeño objeto sobre la mesa. No era más que
un colgante, realizado con una concha agujereada. Sacudió la cabeza, lo cogió y
lo hizo desaparecer en su bolsillo.
Salió de la posada, aturdido y fatigado. Aligeró el paso,
mientras el sol de mediodía vertía sobre los tejados reflejos de miel.
34
Hay un oso en el bosque.
Cada noche sale a matar animales.
Sus garras llenas de sangre arañan la puerta.
La palidez del rostro, terso como marfil, hacía resaltar el
contorno de los ojos y los labios de Molly. Señaló a Joseph el límite del monte
con árboles, donde las ramas eran sacudidas con violencia. Joseph percibió la
presencia de la bestia y tuvo miedo.
Dile a mi hijo que debe llevar al leviatán al abismo.
A lo profundo del bosque que lo ha parido.
Allí donde el sol no consigue penetrar.
Joseph hubiera querido preguntar por qué tenía que ser Peter
quien se arriesgara en esa hazaña mortal.
Molly se irguió imponente, la mirada era una llama negra. El
camino hacia atrás te lleva a lo que eras, no a lo que serás. Ve y aquello que
debas hacer, hazlo pronto. O no habrá arco iris, ni buenos presagios, ni
cosecha. ¿Por qué Peter?
Cada eslabón de la cadena se encuentra en el sitio apropiado. No
puedes ver el inicio de la cadena ni su final. Yo tampoco puedo. Tampoco los
muertos.
De las colinas se oyó un aullido de advertencia. Cuando Joseph
volvió a mirar a su hermana, en su lugar una loba corría en dirección a la
llamada.
Los animales salvajes se agazaparon.
La tortuga se deslizó más hacia el fondo en el lodo del
estanque.
El sol se eclipsó, el último rayo de luz tocó las alas de un
águila.
En la espesura de la vegetación, el oso, enorme y feroz,
avanzaba rompiendo ramas y plantas.
Al despertar, Joseph encontró a los guerreros listos para
partir. Muchas mantas ya estaban enrolladas y los primeros bajeles surcaban el
río.
Para los mohawks, la Campaña de Canadá había terminado. Los
alerces se tornaban amarillos, era tiempo de cazar y prepararse para el frío.
En casa, esposas e hijos sufrían la prepotencia de los colonos. Algunos
regresarían de inmediato a Canajoharie. Los más sabios, o los más
comprometidos, pasarían el invierno en Oswego.
Partían también Cormac McLeod y sus Highlanders. Sir John estaba
en peligro, la guardia de honor volvería para protegerlo.
Joseph sentía nostalgia de Susanna y de los niños. Si hubiera
estado en casa, esa tarde se hubiera echado en la cama y habría olvidado todos
los problemas, al menos por unas horas, pero no podía regresar. El era
Thayendanega, «une dos bastones», destinado a unir a los mohawks y a los
blancos. El legado de sir William en el umbral de la muerte. En el fondo, ¿qué
otra cosa hace un intérprete sino enlazar las palabras, los hombres y las
cosas? Joseph era una criatura del Departamento, crecido bajo el ala de los
Johnson. Si el sol de la familia llegara a oscurecerse, sería el primero que se
hubiera quedado en el frío, y después de él, toda la nación.
Tenía que decidir también por Peter. El muchacho era un Johnson
y era un mohawk. Había combatido, había estado a la altura, pero ahora Molly
quería de él algo más.
Hubiera podido hablar del sueño con los guerreros más ancianos,
pero Tekarihoga también se estaba despidiendo. La tortuga regresaba al
estanque, con expresiones de deseo y secas palabras de augurio para los que se
quedaban. Joseph no hubiera sabido decir quién necesitaba más la ayuda del
cielo, si los que se quedaban o los que se disponían a regresar. Vio a
Oronhyateka y Kanenonte, uno junto a otro. Miraban el centro del río. A sus
pies, mantas, armas, dos cantimploras. Se acercó para saludarlos.
—Vuelve a casa tú también, Thayendanega —dijo Kanenonte—. La
guerra, aquí, no es como la soñábamos.
—Combatiremos en Canajoharie —añadió Oronhyateka—. Si te quedas
aquí, las arañas tejerán su tela alrededor del gatillo de tu fusil.
—Lo que suceda en casa aún depende de lo que suceda aquí
—respondió Joseph—. Y esto depende también de mí.
Más allá del río, Joseph sintió olor a lluvia y una punzada
amarga en medio del pecho.
Oronhyateka se rascó la barbilla, pensativo.
—Tú eres mi hermano, Thayendanega —dijo Kanenonte—. Pero hablas
como uno de esos políticos blancos.
Joseph sonrió.
—Mis labios se mojarán otra vez con el agua del Mohawk. Pero no
ahora.
35
Lo que le importaba al coronel Ethan Allen: ser tratado como un
caballero. Ay de aquel que se permitiera lo contrario. Podía responder con
ingenio a quienquiera que lo provocara, rico o pobre, amigo o extranjero. No
había podido estudiar mucho; sin embargo, sabía hablar y convencer. Los dedos
eran toscos, pero sabían tocar las cuerdas del corazón. Había convertido en
memorable la toma del Fuerte Ticonderoga, hazaña considerada imposible,
pronunciando una frase perfecta. Había pedido que le entregaran el fuerte «en
nombre del Gran Jehová y del Congreso Continental». Una gran frase, de esas que
van más allá de cualquier equívoco, con un solo significado: Ethan Allen
marchaba impulsado por el dedo de Dios. Su fama había empezado a trascender su
casa, y detrás de la colina ya se asomaba luz de leyenda. El coronel Ethan
Allen era un conquistador y esa era su estrategia.
¿En nombre de Jehová? No del todo. Ethan no creía en el Dios de
los anglicanos ni en el de los papistas. No creía en el Señor de la Biblia,
colérico vengador, que ordenaba violaciones, matanzas y saqueos. Su Dios era
una fuerza superior que regula el universo, y a él se le rezaba con la Razón,
no con salmos o comiendo pan desabrido. El Dios de Ethan era inteligencia que
gobierna y organiza la Naturaleza. El Ente iluminaba al Hombre y le hacía capaz
de afirmar la Libertad.
Lo que le importaba al coronel Ethan Allen: ser tratado como un
caballero. Luego de la toma de Ticonderoga había ido a Filadelfia, donde el
Congreso estaba en sesión permanente. Había pretendido ser recibido e
intervenir ante los representantes. Una nueva fase de su estrategia: esos
señores no podían no recibir al hombre que combatía en su nombre y en el de
Jehová. ¿Cómo podrían dejar mal parado al Goliat de las Verdes Montañas?
Ethan había hecho correr la voz de su llegada, en las calles de
Filadelfia la multitud se apiñaba para verle. En su discurso había pedido el
reconocimiento de los Mozos de las Montañas Verdes como fuerza beligerante,
aliada del Ejército Continental. A esos bandidos convertidos en héroes les
correspondía la misma paga que a los demás soldados. Había reclamado el derecho
a elegir bajo qué oficial servirían. A cambio, continuarían arriesgando la vida
por la causa de la Libertad. El Congreso lo había consultado con el general
Schuyler y había aceptado todos los pedidos.
El problema de Ethan Allen: a veces la pierna era más corta que
el paso, quedaba suspendida en el aire, caía y arrastraba consigo a todo el
cuerpo. Ethan temía esos momentos.
Veintitrés de septiembre de 1775. Una tarde como ninguna otra,
en la orilla oriental del San Lorenzo. Las ideas se le agolpaban en la cabeza.
La más osada de todas: tomar Montreal. Le había convencido el mayor John Brown:
un golpe de mano, una acción audaz y llena de espíritu. Tomar Montreal solo con
las fuerzas de sus hombres. El último golpe de cincel, había pensado Allen.
Acabar la obra maestra iniciada en Ticonderoga cinco meses atrás. Tomar
Montreal antes que el general Montgomery, anticiparse al ejército continental.
Aún no tenía preparada la frase. Un verso, un pareado de prosa
épica, redondo, pulido, para decir en el momento adecuado, proyectil de sílabas
disparado hasta Londres. Todos repetirían esas palabras. Sin embargo, primero
había que encontrar las palabras, y cada sílaba contaba, cada trozo de imagen
que se soplaría hacia el enemigo. Cuando se elabora un gran tema, es necesario
cuidar hasta los mínimos detalles.
Ethan Allen cruzaría el San Lorenzo en Longueil, en una noche
sin luna, y llegaría a Montreal por el norte. Brown cruzaría en La Prairie,
para luego llegar por el sur. Cuando despuntara el sol, presionando por dos
flancos, envolverían Montreal con una pinza. No, la imagen no era apropiada:
tirando de ambos lados, la abrirían a la fuerza. Como las puertas de un
armario, arrancadas de los goznes con sus propias manos para apoderarse de la
Historia. Su única preocupación: que la pierna fuera tan larga como para dar el
paso.
La noche era el fondo de un pozo, no aparecía nada, el manto de
aire frío pesaba sobre cuello y hombros. Ethan sentía en las manos los pequeños
mordiscos del viento.
Ciento diez hombres, entre ellos ochenta canadienses dispuestos
a combatir con los patriotas. Las canoas eran pocas y tuvieron que hacer tres
viajes, con el riesgo de ser sorprendidos a caballo del río, un pie en Longueil
y el otro en el aire.
El cruce del San Lorenzo duró toda la noche. Frente a ellos, la
mirada no encontraba asidero.
El alba todavía era una huella de caracol cuando Allen
distribuyó centinelas alrededor del campo. Había cruzado su Rubicón. Quién sabe
si César la había dicho enseguida, su frase más célebre. ¿Había nacido abriendo
las alas en sus labios o había sido pensada largo tiempo, modelada por el líder
militar, la lengua haciendo esgrima con los dientes? La suerte está echada.
Perfecta, brillante, inmortal.
Allen se dispuso a esperar la señal: tres gritos a pleno pulmón
saldrían de las gargantas de los hombres de Brown, abriéndose camino entre las
nieblas del alba.
Los pájaros ya estaban haciendo pruebas de orquesta. Allen aguzó
los oídos.
Dos horas después, medio cielo estaba inundado de luz. El rocío
se desvanecía, abandonaba los campos y aún no se había alzado ningún grito.
¿Dónde había ido a parar Brown? La idea había sido suya, el golpe de mano, una
acción audaz. Allen miró alrededor: en los hombres se estaban perdiendo las
ganas de combatir, de lanzarse al futuro inminente como osos sobre un panal de
miel. Una noche de cruce y horas de espera agotan los nervios, humedecen el
polvo pírico que enciende los corazones. Todo era un golpear los pies contra el
suelo, encogerse de hombros, frotarse las manos y bostezar. Se miraban con
disimulo, hablaban a media voz, indicaban a Allen con leves gestos de la
cabeza.
Allen estaba seguro: Brown no llegaría nunca. No lo podían haber
descubierto: el aire y el San Lorenzo hubieran traído ecos de enfrentamientos.
Ni siquiera había cruzado el río. No llegó y punto, inútil preguntarse el
porqué. El Rubicón estaba a sus espaldas, pero la suerte estaba echada a
medias. El pie tenía cierto peso y, al caer, desequilibraba el cuerpo. Mientras
tanto el azul conquistaba el cielo.
Allen acarició la idea de regresar, volver a cruzar el río ocre,
volver a poner pie en Longueil. Imposible, se necesitarían horas, el enemigo
los descubriría. Lo único que podía hacer era mantener la posición, pero ¿hasta
cuándo?
Ethan suspiró. El día de los misterios y de las opciones
imposibles. El enemigo sí llegaría.
Presentar batalla, pues.
36
La noticia llegó corriendo: los rebeldes estaban cerca, muy
cerca, y se preparaban para atacar. No era el Ejército Continental quien
amenazaba Montreal: se trataba de irregulares, y los dirigía Ethan Allen.
Había que salir enseguida, con todas las fuerzas disponibles.
Dar la batalla antes de que el conquistador de Ticonderoga estuviera a la vista
de la ciudad.
Los hombres del Departamento —Joseph, Philip, Peter, Guy Johnson
y los Butler— se unieron a la improvisada formación que cerraría el paso al
Goliat de las Montañas Verdes. Apenas unos cuarenta soldados regulares, en
medio de una multitud de milicianos, chaquetas y sombreros de todas formas y
colores. Voluntarios civiles con ropas de caza, rangers, guerreros de las
naciones de Canadá, sobre todo caughnawaga.
Peter miraba al guerrero que tenía a su lado. Le Grand Diable.
Pensó: Pase lo que pase, lo seguiré.
Pensó en el hombre que estaban a punto de afrontar. Decían que
su estatura era gigantesca. Peter recordó las historias junto al fuego, el
rostro de Walter Butler más allá de las llamas ondulantes.
Seguir a le Grand Diable. Peter descubrió que detrás del miedo
había algo más. Entusiasmo y un sentimiento nuevo, sólido, inesperado.
Determinación. Ya conocía la batalla, el trueno de los cañones en los oídos, la
tierra que temblaba bajo los pies. Había visto la muerte. El único modo de
evitarla era vencer.
Las dos formaciones entraron en contacto hacia las dos de la
tarde. Descargas de fusilería cruzadas a distancia, de una punta a otra en un
amplio claro. Sin embargo, el enemigo cambiaba de forma, estaba perdiendo
consistencia, se desmembraba en fugas desordenadas.
De repente, Lacroix hizo una señal con la mano. Los hombres se
movieron.
Joseph, Lacroix y Peter avanzaron lentos, llevando la cabeza
baja, con Walter Butler y una cuadrilla de caughnawagas, formando un arco de
unas cincuenta yardas. Se mantenían a ras de las matas y se dirigían hacia el
flanco de la formación enemiga. Los proyectiles zumbaban sobre ellos, insectos
pesados y sin gracia.
Los hombres tomaron posición detrás de grandes troncos de pino
al borde del claro. Los rebeldes no se habían dado cuenta de nada.
Peter vio a un hombre alto y corpulento que gritaba órdenes en
medio del estruendo de los fusiles. Recorría a grandes zancadas la fila de los
rebeldes, arrodillados detrás de los troncos y en los hoyos del terreno. El
andar oscilante, nervioso, era el de un animal en una trampa. Rugía órdenes con
rabia, arañaba el aire con las manos, señalaba dónde disparar. Peter
comprendió: Goliat estaba frente a él.
El muchacho avanzó un paso. El miedo apretaba las entrañas.
Obligó al cuerpo a moverse de nuevo, hasta llegar al lado de Lacroix. Ambos
cruzaron una larga mirada.
La mente de Peter quedó clara, ligera. La decisión sobrevino en
un abrir y cerrar de ojos, un relámpago.
Peter salió a cielo abierto. Se deslizó con agilidad hacia una
roca que parecía colocada en el campo por la mano de Dios.
Joseph y Lacroix le siguieron. Una vez a cubierto, Joseph
dirigió a Peter un gesto de aprobación. El muchacho se lanzó hacia delante.
Joseph hizo una señal a los caughnawagas, que emprendieron el ataque. Entraron
en el flanco de la formación rebelde.
Los enemigos retrocedieron, se desbandaron, se dieron a la fuga.
Dos se detuvieron para disparar a Peter. Joseph apuntó con rapidez e hirió a
uno en el hombro. Antes de que el otro entendiera de dónde había llegado el
disparo, Lacroix lo abatió con la culata del fusil. Peter prosiguió la cacería.
Ethan Allen ya había corrido una milla. A veces se tropezaba.
Unos pocos pasos más y cayó, exhausto.
Peter llegó hasta él, jadeando. Apuntó el fusil.
—Ha sido derrotado. Ríndase.
Con voz quebrada por la fatiga, Allen respondió:
—Mis hombres nunca entregarán las armas sin garantías de un
trato correcto. Exijo su palabra.
Peter, confuso, miró a sus espaldas. Tío Joseph y el Gran Diablo
se acercaban con calma.
—Ordene a los salvajes que permanezcan lejos de mí —dijo Allen.
—Es mi prisionero. Le doy mi palabra —respondió Peter. Allen le
entregó su sable.
Peter lo levantó en alto, se volvió hacia los guerreros y lanzó
el grito de guerra del clan del Lobo.
37
La noche envolvía la isla de Montreal, la ciudad, el campamento
fuera de las murallas. Una lechuza lanzaba reclamos en medio de la bruma que
subía desde el río. Desde dentro de la tienda, Guy podía entrever un cuarto de
luna apenas ofuscada por las nubes.
Estaba sentado a una mesa de campaña, con la luz tenue de una
lámpara, y se masajeaba el cuello dolorido. Observó su sombra en la lona
encerada. Aparecía torcida y deforme.
Su sombra está sucia. Ella va separarse.
En la cabeza, el canto de la lechuza se mezcló con las palabras
de la hechicera. Guy tendió una mano, como para agarrar su propia figura. Sin
pensar, sacó el amuleto que la bruja le había vendido. Desde el día de aquel
encuentro lo había llevado siempre en el bolsillo, por pura superstición. Lo
colocó sobre la mesa, bajo la luz sesgada de la lámpara de aceite, y de pronto
se sintió ridículo. Con una media sonrisa, pensó que en el fondo algo de suerte
le había dado: ahora tenían a un prisionero famoso, el gran Ethan Allen,
encerrado en el recinto y bien vigilado por guardianes de confianza. Los
últimos que quedaban.
Guy suspiró y se puso serio. Se habían ido todos, los escoceses,
los mohawks. Estaba solo, con una decisión que tomar. Significaba elegir por y
para sí, pero esto no hacía más fáciles las cosas.
Fuerte Niagara o el valle del Mohawk. O tal vez quedarse allí,
esperando que el ejército rebelde apareciera en la orilla del río. Una espera
sin sentido, las intenciones de Carleton eran evidentes: el gobernador no tenía
intención de defender Montreal. Nunca la había tenido, cada decisión solo había
servido para ganar tiempo y deshacerse de ellos. Se retiraría a Quebec, donde
podía contar con el apoyo de la flota.
Guy sintió que lo que le aplastaba ya no era solo una piedra,
sino una avalancha, toda una montaña se le venía encima. El cuello estaba
rígido y contracturado. Se masajeó con fuerza. ¿Cómo lo había llamado la bruja?
El nido de bandoka. Claro, la mala suerte.
Apartó el recuerdo de aquella mujer y empezó a leer la misiva
para el ministro de las Colonias. Había descrito con todo detalle las
cuestiones territoriales en suspenso y las violaciones realizadas por los
nuevos colonos en perjuicio de los indios. Escribir se le daba bien, pero
mientras miraba la hoja tuvo la sensación de que era su condena al olvido.
Hasta le había puesto la firma.
Se puso de pie y avanzó en la penumbra, los hombros encorvados.
No bastaba con la tortícolis, también había piojos para desquiciar los nervios.
El campamento estaba infestado. Se asomó a la puerta de la tienda y observó
otra vez la noche.
Enviar esa misiva era un acto de abdicación. Le pedían que
comunicara al gobierno las cuestiones abiertas en el valle del Mohawk, para que
otros pudieran remediarlas. Para él se reservaba la misma sorpresa que le había
tocado a Claus. Dejado de lado después de años de honorable servicio.
El alemán se había encerrado en un mutismo absoluto, aunque
algunos sostenían haberle oído maldecir en su lengua durante el sueño.
Maldiciones dirigidas a Carleton y a Campbell, con toda probabilidad.
Guy se sentó en el catre, la cabeza entre las manos. Hubiera
querido tener a su esposa a su lado, sentir su mano cálida aliviando la tensión
con un masaje. La echaba de menos. Y echaba de menos a sus hijas. Tenía que
pensar también en ellas, que estaban en Oswego. Murmuró una plegaria por el
alma de Mary y pidió a Dios que protegiera a las niñas.
Regresó a la mesa: pluma, tintero, secafirmas. La barra de lacre
y el sello de sir William. Si llegasen a destituirle, se lo quedaría como
recuerdo. Le dio vueltas entre los dedos, representaba el blasón del patriarca:
dos indios sostenían un escudo con tres conchas en el centro. Debajo, el lema
del Viejo. Deo Regique Debeo.
Me debo a Dios y al Rey.
Guy se quedó paralizado. Sus ojos corrieron hacia el colgante de
la bruja Massoula: una concha. No era la coincidencia lo que le erizaba la
piel, sino de nuevo el eco de sus palabras.
El hombre que cruza el mar trae bandoka, pero también trae
solución.
Campbell venía de Inglaterra. La solución que traía no era la
petición del ministro. La solución era cruzar el mar.
Guy se estremeció. La idea se le metió en la mente, hasta el
punto de hacer desaparecer el dolor del cuello.
Cortar la raíz du mal.
Ir a buscar los nombramientos.
Con la ayuda de Dios y por voluntad del Rey.
—¿Quiere llevar la carta a lord Dartmouth en persona?
Daniel Claus formuló la pregunta con ojos desorbitados, las
manos aferradas a los brazos de la silla.
La reacción de John Butler fue más calmada. El viejo capitán no
movió un músculo, pero era evidente que tenía las orejas tiesas.
Guy Johnson miró primero a uno y luego al otro. Tenía el aspecto
de quien no ha pegado ojo, pero por primera vez en semanas parecía determinado.
Se encontraban dentro de su tienda. Guy había convocado a los
otros solo a media mañana, para no alarmar a nadie, ni siquiera a los directos
interesados. No quería que un espía de Carleton tuviera noticias de sus
intenciones. Hacía calor y la actividad en el campo languidecía.
—Ha entendido bien, señor Claus —dijo Guy—. Y en esa ocasión,
pediré audiencia con Su Majestad. Para que dirija su atención hacia nuestra
familia. Los Johnson le sirven con fidelidad desde hace más de treinta años, y
no puede negar lo que nos corresponde por derecho. Me refiero, claro está, a
los nombramientos de superintendentes de Asuntos Indios.
Después de días de humor negro e insultos mascullados entre
dientes, el alemán reaccionó.
—Son tres mil millas de océano y el invierno está cerca.
Guy asintió sin inmutarse.
—No hay tiempo que perder, en efecto.
Butler miró el fondo del sombrero que tenía sobre las rodillas.
—Ninguno de nosotros conoce Londres, mucho menos los laberintos
de la corte. Nuestra fortuna está aquí en América.
—Lo sé bien, capitán Butler —respondió Guy—, pero en este
momento parece haberse agotado. Sin los nombramientos, no podemos ejercer la
administración de los indios, nadie nos protegerá, nuestro nombre caerá en el
olvido. Sir William nunca se hubiera sometido a un final tan indigno. Yo digo
que hay que intentarlo.
—Se necesitan meses, años, para obtener una audiencia del Rey
—objetó Claus.
—Es verdad. Pero nosotros llevaremos a Su Majestad un regalo. Y
a quien trae regalos, difícil es negarle acogida.
Los dos caballeros miraron a Guy perplejos.
—El jefe de los rebeldes, señores. Es el hombre que ha tomado
Ticonderoga, y nosotros lo hemos atrapado. Le arrastraremos encadenado a los
pies de Jorge III.
Claus esbozó una sonrisa maligna:
—Como Vercingetórix ante César. Esto es un golpe de genio, señor
Johnson.
—Con todo respeto —intervino Butler—, más bien tiene visos de
una apuesta a ciegas.
—Tal vez lo sea, capitán —respondió Guy—, pero creo que no hay
mucho que perder.
—El superintendente Johnson tiene razón —dijo Claus—. Todos los
caminos están cerrados.
—Está claro que tendremos que llevar con nosotros algunos indios
—continuó Guy—. Alguien que hable en nombre de muchos y pueda impresionar a la
corte.
El alemán pensó en voz alta:
—Nuestros sachems se han marchado.
—Tenemos a Joseph Brant —sugirió Guy—. El único que aún no nos
ha abandonado. Es un jefe de guerra, y habla inglés. Y no olvidemos al pequeño
David que ha abatido a Goliat. Peter Johnson será nuestro passe partout. Por el
nombre que lleva.
Los ojos de Claus se encendieron.
—Tenemos una delegación india. Solo nos falta encontrar un
barco.
Ambos se giraron hacia el viejo irlandés. —¿Mantiene sus
reservas, capitán?
John Butler se levantó con un movimiento enérgico y dio un paso
hacia Guy.
—Escúcheme bien, Johnson. Seré muy sincero con usted. Yo he
aprendido algo de sir William: sin los indios nosotros no somos nada. Ellos son
nuestra fuerza, nuestra garantía. Los indios no miran los nombramientos, sino
las caras. En Londres no encontrará la solución a nuestros problemas.
—No estará entre los nuestros, por tanto.
El tono de Guy era dolorido y sincero.
—Lo siento —respondió Butler—. Con mi hijo hemos decidido
marcharnos a Niagara. Esta guerra está empezando a complicarse. Los sénecas
tienen más guerreros que cualquier otra tribu y es a ellos a quienes hay que
convencer. No a un cortesano londinense, con todo respeto.
Siguió un momento de silencio. Luego Butler se caló el sombrero
en la cabeza y ofreció la mano a los otros.
—Buena fortuna, señores. Dios les asista.
Le vieron alejarse bajo plena luz del día.
—No ha insistido mucho para convencerle —dijo Claus.
—Ya había hecho su elección. Tal vez sea mejor así.
Guy se sentó frente a la mesa y estiró las piernas. El alemán le
apremió:
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Nuestras familias? No pensará dejarlas
en Oswego.
—Por supuesto que no. Hay que reclutar una escolta e ir a
buscarlas. Le confío este encargo, señor Claus.
El alemán se dejó caer en el catre. Las novedades de esa mañana
le habían extenuado.
—¿Y usted?
—Yo iré a Quebec a gastar los últimos dineros del Departamento
—dijo Guy—. Necesitamos un barco, un capitán y una tripulación fiables. Lo
arreglaré todo para que a su regreso encuentren un transporte rápido hacia
allí.
—Hace falta alguien que le cubra las espaldas, señor.
El irlandés asintió para sí, mientras servía licor en un par de
vasos y le daba uno a Claus.
—Tengo un buen guardaespaldas. Joseph Brant. Y le recomiendo uno
a usted: Philip Lacroix. Su nombre infunde respeto a lo largo del San Lorenzo.
Guy hizo tintinear su vaso contra el del alemán.
—Por el rey Jorge y por nuestro viaje.
Claus bebió sin decir nada, debatido entre el entusiasmo y la
aprensión.
38
De pie en el muelle, envuelto en una pesada manta roja, Joseph
observaba que los bajeles de pescadores ponían la proa hacia el norte, hacia el
estuario y el mar abierto. Solo pocos remontaban la corriente. Tiempo de
migraciones: el cielo estaba surcado por bandadas de aves de paso. ¿A cuánto
estaban de casa?
Al principio, Joseph había acogido la decisión con estupor.
Sonaba como el discurso de un loco: no Fuerte Niagara, sino Londres. Ser
recibido por el ministro de las Colonias, en lo posible por el rey Jorge en
persona.
Durante el paso de las aves migratorias había especies que iban
hacia el norte, en dirección opuesta respecto al flujo de alas y plumas que
surcaba el cielo. Volátiles hijos del invierno, que se refugiaban en sus fauces
heladas y abiertas. Si el Señor había concedido tanto valor y resistencia a
estos emplumados, tanto más debía haber concedido al hombre, o por lo menos a
ciertos hombres, pensó Joseph. Arriesgarse era ahora necesario, la pinza que
presionaba sobre el Pueblo de la Piedra tenía que ser cortada por el mango.
La maniobra desesperada de Guy Johnson podía resultar en
provecho suyo, de los mohawks y de las Seis Naciones. El superintendente
necesitaba de él y no lo ocultaba: si quería mostrar que tenía a los iraqueses
de su lado, tenía que llevar consigo algunos representantes de la Liga. Si
podía conseguir que fuera recibido en la corte, Joseph podría arrancar
compromisos directos, garantías concretas para las tierras y los confines que
se debían respetar. Hendrick lo había logrado muchos años atrás. Llevaban de regalo
al jefe de los rebeldes, escoltado por el guerrero que lo había capturado, un
joven mohawk hijo del gran William Johnson. No era una locura imaginar una
buena acogida en Londres.
Remontar la corriente hasta el corazón de hielo del Imperio era
un acto de valor, no de estúpida inconsciencia.
Desde el muelle, Joseph había visto que los barqueros abenakis
preparaban dos canoas. Escoltaban a Daniel Claus y Philip Lacroix hacia Oswego,
para ir a buscar a las mujeres de la familia Johnson. Menos de veinte años
antes, los hombres de aquella tribu combatían junto a los franceses contra los
mohawks. Hoy recibían órdenes de le Grand Diable, el más temido de sus enemigos
en otros tiempos. El grupo había partido deprisa y con sordina, mejor evitar
que las voces surcaran el río más rápido que ellos. Los familiares de los
Johnson eran mercancía preciada.
Cuando el pequeño convoy había entrado en las aguas, Joseph y
Lacroix se habían saludado con un gesto cómplice, como solían hacer años atrás.
En las últimas semanas el vínculo se había afirmado. Como siempre, las visiones
de Molly se revelaban con impresionante claridad.
Un ruido de pasos llamó la atención de Joseph. La figura de John
Butler se acercaba.
El viejo soldado se puso a su lado.
—En Fuerte Niagara, usted y Lacroix pueden ser muy útiles
—dijo—. Los senecas admiran el valor.
—Soy un hombre del Departamento —respondió Joseph—. He dado mi
palabra a Guy Johnson.
El irlandés asintió.
—Espero que no tenga que arrepentirse. Dios le asista, Joseph
Brant.
Joseph estrechó la mano que Butler le ofrecía. Las bandadas
seguían su rumbo.
39
El aire aún no sabía a sol cuando Esther sintió que la manta se
deslizaba y una voz que decía que había que levantarse, deprisa, que tenían que
partir. Se quitó de encima la paja e intentó hacer lo mismo con el sueño, pero
este se quedó pegado en los ojos. Había sido una noche difícil. El sobrado
donde las habían alojado estaba lleno de mazorcas y Esther había recordado lo
que decía su madre: no jugar en el granero porque las serpientes son golosas de
maíz. Si hubiera estado ella, no hubiera permitido nunca que durmieran allí
dentro. Pero ella ya no estaba y Esther no había dormido.
Antes de salir de Oswego, tía Nancy había llevado a ella y a sus
hermanas a dejar un ramo de flores sobre su tumba. Tenían que marcharse lejos,
donde estaba su padre. Las esperaba en el puerto al final del Gran Río, donde comenzaba
el océano.
Por qué no había venido a buscarles, Esther no conseguía
entenderlo. Había mandado a tío Daniel, con barqueros indios y el hombre al que
llamaban el Gran Diablo. Apiñados en canoas de cortezas, habían cruzado el lago
y entrado en el río.
En la gran cocina, Judith y Sarah tomaban el desayuno: leche y
galletas. Esther las odiaba. Solo oír cuatro bocas masticando esas cosas le
daba náuseas. Pidió pan y miel, pero ya no había. Tía Nancy le ofreció una
galleta untada con grasa.
—Come algo, hoy tenemos que caminar.
Esther no hizo preguntas, ya no era una niña. Durante los viajes
en barca también se andaba a pie, ahora esto lo sabía. Poco importaba si el
peligro que había que evitar era un rápido, un secano u otra cosa.
Abrió la puerta y respiró aire frío. Un murmullo líquido
delataba la presencia del río, escondido por un manto de árboles y bruma.
Esther echó la galleta a los cerdos y miró alrededor.
En el patio, el Diablo hablaba en francés con el dueño de casa,
un señor con coleta, que apestaba a ajo y tabaco. Los indios estaban agachados
junto a los rescoldos del fuego y comían tiras de carne asada.
Tío Daniel y la criada salieron de la granja en completo
silencio. Sobre sus espaldas tenían a Judith y una prima, dentro de los
morrales indios que sirven para llevar a los niños. Se colocaron detrás del
barquero que hacía de guía, mientras los otros cargaban sobre sus hombros las
canoas, para cerrar la fila junto al Diablo.
—Adieu. Bon courage —les saludó el francés desde la puerta.
El camino no era de los más anchos, como para carros y caballos.
Se avanzaba en medio de la maleza, por la hierba y entre los mosquitos. Los
pies se hundían en el barro y no querían salir.
Sarah comenzó a quejarse a la media hora de marcha. Parecía que
un gato le hubiera saltado a la cara para afilar las uñas. Lloraba, le dolían
los pies, tenía sed.
Mientras la criada le pasaba la cantimplora, el Diablo se acercó
y le preguntó si quería sentarse dentro de una canoa. Esther se esperaba que su
hermana se pusiera a gritar. Una noche, para darle miedo, le había contado que
ese indio en realidad era Satanás y había venido para llevarlas al Infierno. En
cambio, ella se sorbió las lágrimas y tendió sus brazos al Diablo, que la
levantó y la dejó en la barca.
Después de una vianda rápida e incomible, carne seca y miel, la
hija mayor de tía Nancy se rindió y acabó sentada en la otra canoa. Esther
reanudó la marcha, orgullosa de que nadie tuviera que llevarla como a las otras
niñas.
No duró mucho. Pronto la fatiga venció al orgullo. No había
comido nada desde el día anterior, tenía las ropas desgarradas, la piel ardía
bajo los rasguños, las ampollas hinchaban sus pies. Las piernas ya no
respondían, eran troncos que se arrastraban en el bosque y se atascaban con
cada tropiezo.
Esther se dejó caer, la cabeza le daba vueltas. Vio que se
acercaba el Diablo y por instinto se abrazó las piernas, como para protegerse
de un viento helado. De repente, se sintió fuera de la escena. Se observaba a
sí misma con la vista de un pájaro acurrucado sobre una rama. Se vio tender una
mano, coger la cantimplora que se le ofrecía, llevarla a los labios.
Jarabe de arce y agua. Mejor que la miel.
Mientras bebía, sintió que un brazo se deslizaba en la espalda,
otro debajo de los muslos. En un instante volvió en sí, con un nudo en la
garganta y los pensamientos en desorden.
No había levantado así a la pequeña Sarah. La había cogido por
debajo de los brazos, como se hace con una niña que quiere jugar.
Esther ya no era una niña, pero a menudo los mayores no hacían
caso.
El Diablo lo había entendido.
El fuego dormitaba delante del refugio. El Diablo estaba
sentado, por primera vez desde que habían partido, dando chupadas a una pipa
fina. Había montado un entoldado junto a los barqueros, con palos y lona
encerada. Había asado truchas y ardillas, y Esther se había sorprendido de que
fueran buenas para comer. Tía Nancy y la criada habían metido en cama a las
niñas y se habían echado a dormir, muy cansadas hasta para dar las buenas
noches. Tío Daniel roncaba sentado, la barbilla en el pecho. En su colchón de
mantas, Esther sentía que la fatiga le pesaba en las sienes y no conseguía
conciliar el sueño. Empezó a pensar en la jornada, en los rasguños y los pies
hinchados, la sonrisa de las niñas sobre las canoas, el abrazo del Diablo.
Un sollozo reprimido se unió a los reclamos de lirones y
lechuzas. Escondida bajo las mantas, Judith lloraba. Esther se volvió hacia la
tía Nancy, para comprobar que lo había escuchado, pero las mujeres roncaban,
sumergidas en un mundo distante. Estaba a punto de levantarse, pero vio que el
Diablo venía hacia ellas y prefirió quedarse acostada, fingir que dormía.
Por las pestañas, vio que se arrodillaba y deslizaba una mano
sobre los cabellos de su hermana. Escuchó que susurraba algo, en tanto los
sollozos se hacían menos frecuentes. Debía de ser una canción de cuna, de las
que sabía su madre, y que Esther también hubiera querido escuchar.
La voz del Diablo se apagó. Hizo otra caricia más, luego cogió
la pipa y regresó al fuego.
Esther no estuvo segura de haber visto bien, le pareció haber
visto un gesto, los dedos de una mano que rozaban el ojo.
Se sintió confusa.
Que el Diablo era fuerte siempre lo había sabido.
Podía también ser galante y gentil, para agradar a los hombres.
Pero que podía llorar, eso nunca lo había oído.
41
El estuario del San Lorenzo era un mestizo. Híbrido de aguas
diferentes; más salado que un río, más dulce que el océano. Campo de batalla de
corrientes opuestas, oleadas de crecida y mareas que influían en la navegación
hasta los lagos, en el corazón del continente. Peter pensó en sí mismo, un
estuario de dos pueblos, vía de salida y puerta de entrada.
—Es como el cañón de un fusil —dijo señalando el mapa.
—¿Un fusil? —preguntó Daniel Claus perplejo.
—De los que se ensanchan en la boca.
—Y entonces, ¿nosotros seríamos el proyectil?
—Claro. Un proyectil de madera, tela y carne.
—Pero así, hijo mío, estamos disparando a Inglaterra —objetó
Claus.
El joven Johnson se encogió de hombros. Después de todo, el
juego no le parecía algo tan serio.
—Mejor un cuerno de caza —intervino el otro.
—¿Y nosotros? —preguntó Peter para no ser menos.
—Nosotros somos el sonido. El Rey no podrá dejar de escucharnos.
El estuario del San Lorenzo era la oscuridad de la bodega.
Treinta hombres en un cajón de madera de seis pasos cada lado, un cubo de agua
podrida, una palangana para las necesidades, las sobras como única comida.
Ethan Allen había intentado rebelarse, exigir que lo trataran como a un
caballero, que le evitaran la humillación de los grilletes, que lo dejaran
hablar con el señor Watson, el propietario del barco.
—Soy un coronel del Ejército Continental americano —había
protestado—. Me están tratando como a una bestia, es indigno para un oficial.
Grandes ratones negros nadaban en la sentina que llegaba hasta
los tobillos. Allen le había lanzado a uno un puntapié rabioso, salpicando todo
alrededor. Por la rendija un par de ojos amarillentos lo miraban, recortados
sobre piel oscura. Sucedía cuando menos se lo esperaba. Levantaba la cabeza y
esos ojos de besugo estaban allí, irritantes como las moscas atraídas por las
heces en la cubeta. Tal vez el negro ni siquiera hablaba su idioma.
—¡Somos hombres, no animales! —gritó Allen exasperado a aquellos
ojos apagados—. ¡El mundo va a saber cómo el rey Jorge trata a sus prisioneros!
Arrojó el cuenco de metal contra la rendija y falló por poco.
Cuando una voz cavernosa se escuchó por detrás de la puerta de
madera, los prisioneros levantaron la cabeza de su amargura. Nadie les había
dirigido aún la palabra, desde que habían sido trasladados allí abajo.
—¿Sabes quién soy yo, coronel?
Era difícil decir si la voz pertenecía a aquel rostro, porque la
rendija no mostraba toda la cara.
Allen, con la respiración entrecortada por la rabia, permaneció
callado.
—Mi padre era hijo de un príncipe —prosiguió la voz. Las
palabras tenían un timbre bajo y vibrante—. Hombres blancos lo transportaron en
un barco como este, junto a muchos otros. Tantos que en la bodega ni siquiera
podían sentarse. La mitad de ellos murieron en la travesía. Tú, coronel,
llegarás vivo. Eres afortunado.
—¡Yo soy un hombre libre y soy un oficial! —rugió Allen con
expresión endemoniada.
Los ojos no respondieron. La rendija se volvió a cerrar.
El estuario del San Lorenzo era una lenta despedida. Cientos de
millas separaban Quebec del océano. Joseph miró las crestas nevadas que el
Adamant dejaba a sus espaldas. Parecían cerrarse tras su paso, como las aguas
del mar Rojo sobre el ejército del faraón.
Si no puedes regresar al punto de partida, la única opción es
seguir. Seguir adelante, proyectarse más allá.
Joseph había tejido grandes tramas con sus pensamientos. Hacia
Londres, como Hendrick muchos años atrás. ¿Cuántas veces había oído aquella
historia? Hendrick en la corte de la reina Ana. Con él estaba el padre de
Canagaraduncka, el padrastro de Joseph, conocido como «Brant», de ahí el
apellido que llevaba Joseph.
Canagaraduncka había hecho cientos de relatos sobre los «cuatro
reyes indios» acogidos con todos los honores. En Londres, Hendrick había
negociado el apoyo de las Seis Naciones a la Reina, en la primera de las
guerras contra los franceses. Había concertado una alianza entre iguales. Le
habían llevado al teatro y a recepciones de la corte. Célebres pintores lo
habían retratado. Todos se inclinaban a su paso.
En el momento de ese viaje, Hendrick debía de tenerla edad de
Joseph.
El estuario del San Lorenzo era una respuesta inesperada.
Detrás de Guy, sentada en la paja, Nancy Claus entretenía a las
niñas. Explicaba que el río, miles y miles de años atrás, se había abierto paso
hacia el mar. Había erosionado el granito, arrancado tierra de las orillas,
abatido bosques.
Guy pensó que, dicho de ese modo, parecía que el río hubiera
decidido por dónde pasar.
En realidad, el San Lorenzo había erosionado el granito que la
corriente le había permitido, ni un grano más. Había abatido bosques hasta
donde las crecidas habían logrado subir y arrancado la tierra que se había
dejado arrancar.
Mirándolo bien, a pesar de toda la fuerza de sus aguas, el San
Lorenzo se había tenido que contentar con el único lecho posible. La decisión
solo era un modismo, un punto de vista estrecho, que no tenía en cuenta ciertos
detalles. Del mismo modo, pensó, los hombres creen poder elegir, pero el camino
que recorren siempre es el único que tienen a su disposición.
Guy era el río. Pensó que había tomado la mejor decisión, pero
solo porque era la única posible.
El río tenía que abrirse paso hasta el mar, para no enarenarse y
morir.
LA TRAVESÍA
1775
El ritmo de las oscilaciones era intenso y apretaba el estómago.
El aire entraba copioso en las narices, acompañando ese movimiento. Philip
Lacroix realizaba un singular cara a cara con las gaviotas, empeñadas en
maravillosas acrobacias. Por fin la mente estaba despejada, liberada de cargas,
el cuerpo recuperaba vigor, después de la inmovilidad forzada y los días de
tempestad vividos bajo la manta. Gestos simples, esenciales: respirar, percibir
los latidos y controlarlos, coordinar miembros y cerebro con movimientos
fluidos, capaces de aliviar la tensión acumulada.
Cuando llegó a la punta, Lacroix había dirigido la mirada hacia
abajo, a la cubierta del Adamant. Se advertía bastante actividad, ir y venir de
figuras minúsculas, no exentas de gracia. El eco deformado de órdenes y
maldiciones atenuadas y engullidas por el viento. Poca cosa los humanos
observados desde lo alto. Había dirigido la mirada a otro lado. El océano se
abría a su alrededor, por doquier. No sentía terror ante la inmensidad. Sentía
el frío rígido y cortante. Sentía la fuerza de la masa de agua.
De pronto, advirtió un pinchazo de aguja, punzada ligera que
subía por los pies. Miró hacia abajo. Vio una figura muy pequeña, desenfocada.
Intentó precisar sus contornos, ayudado por la majestuosa luz de la mañana. La
hija mayor de Guy Johnson, Esther. La muchacha celaba una fuerza singular y
primitiva. El dolor y la herida por la muerte de su madre la hacían más
sensible y cercana a los espectros. Como Molly.
Percibió una nueva presencia, alguien subía por el palo mayor.
Joseph llegó a la punta y se colocó a su lado. Llenó sus
pulmones con aire fresco.
Lacroix siguió mirando el océano.
—¿Crees que el Rey querrá recibirnos?
—La Reina recibió a Hendrick —respondió Joseph.
—Hendrick era un jefe. Tú eres el intérprete de Guy Johnson.
—Ya no —rebatió Joseph—. Soy embajador de la nación mohawk. Esta
vez las palabras que diré serán las mías. Nuestras.
Lacroix asintió, mientras las voces de marineros y gaviotas
sustituían las palabras.
—Lo que necesitamos es justicia —añadió Joseph a bocajarro.
—¿Justicia inglesa?
—Los colonos que roban nuestras tierras son enemigos del rey
Jorge. Esta rebelión es la oportunidad para reivindicar nuestros derechos.
—Joseph cerró el puño para dar más fuerza a la idea—. Los sachems no lo
entienden, piensan que las cosas seguirán como siempre. Sin embargo todo está
cambiando.
Permanecieron de nuevo en silencio, esta vez por más tiempo,
escuchando el viento y mirando las velas que asomaban hinchadas por debajo de
ellos.
Philip Lacroix respiró hondo. Liberado del hedor de los hombres,
el aire salobre no estaba mal. Esbozó una sonrisa.
Joseph también distendió la expresión del rostro. Por un
instante, fugaz como el final de un sueño, le pareció que estaban de nuevo
sobre una canoa, a lo largo del río que llevaba a dos jóvenes guerreros hacia
la edad adulta.
Los marineros caminaban rápido, algunos le sonreían, pero la
mayor parte ni siquiera la veía. Un enorme hombre negro que enrollaba una
cuerda en el codo le enseñó sus dientes cándidos. Uno brillaba como metal.
Esther sintió miedo y se alejó hacia el castillo de popa. Se detuvo bajo la
escalerilla, donde el viento no podía arrastrarle. Se sentó sobre una barrica
que alguien debía de haber puesto allí con ese fin. Desde arriba provenían
voces, reconoció la de su padre y la del hombre con la pierna de madera, el
señor Watson.
—... causarán una gran impresión —estaban diciendo—. Se volverán
locos.
Estaban justo encima de ella. Podía oír el ruido del paso
renqueante, el toe toe en los tablones de la cubierta.
Asomó la nariz por la barandilla y miró abajo, hacia el azul
profundo estriado de espuma. Imaginó los tenebrosos escondrijos llenos de
monstruos.
Se puso de pie sobre la barrica. La mirada se hundió entre las
olas. Levantó un pie hasta la borda. La masa oscura la llamaba a sí.
Esther.
Un susurro en los oídos. Un parpadeo. Lo suficiente para ver que
dos ojos negros de mujer se reflejaban en los suyos. Titubeó.
Luego escuchó un grito, un grito vibrante, desde el palo de
trinquete.
—¡Tierra firme a proa!
La chiquilla la vio: una sombra oscura que se insinuaba entre el
cielo y el mar, interrumpía las olas y marcaba un final. El Otro Mundo. En la
cubierta la agitación contagió a todos. El capitán se puso a gritar órdenes.
Alguien agarró a Esther por el brazo y la arrastró fuera de su
escondite. Pese a ser una mujer menuda, la tía Nancy tenía una mano muy fuerte.
—Mira dónde te habías metido. Vete abajo, es preciso cuidar de
tus hermanas.
El coronel Ethan Allen se rascó las costras de suciedad del
antebrazo. Ya no olía el hedor de los cuerpos, el olfato había dejado de hacer
caso. El alboroto en la cubierta le había despertado del duermevela. Controló
las muescas talladas en el tablón de madera. Ya, podían estar a la vista de las
costas inglesas. En la cueva del lobo, pensó entusiasmado. Tenía que pensar
algo, estrujarse las meninges. El héroe de Ticonderoga no podía desembarcar
como un prisionero cualquiera. Hacía falta una frase memorable, un discurso,
algo que pudiera viajar de boca en boca, encender la pólvora. Podía dirigirse a
los whigs de la madre patria. ¿Patria? Las Montañas Verdes eran su patria. Sí,
tal vez era esto lo que tenía que decir. Pero no, qué podían saber de su país
los habitantes de Inglaterra... Abajo los tiranos. Más bien era este el
concepto. Cuando le procesaran por traición, se defendería pronunciando un
discurso sobre la libertad del pueblo. Quien se rebela contra el tirano no
traiciona, sirve a la libertad. Lo transcribirían y publicarían en miles de
copias. Ethan Allen, Sobre la libertad. Una frase que daría la vuelta al mundo.
Allen se rascó la cabeza, cayeron piojos. Apartó la mole de uno
de sus hombres tumbado en el suelo e intentó estirar las piernas. Dos pasos
adelante, dos atrás, ese era todo el espacio a disposición. «Un mundo nuevo
avanza por el camino de la Historia.» Sonaba bien. Pero los conceptos
abstractos no bastaban, había que evocar algo tangible, que todos pudieran
entender. Pisó una mano, alguien protestó. Allen propinó unos puntapiés para
ganar pulgadas y se apoyó en la pared. Sobre la cabeza el alboroto continuaba,
Inglaterra estaba cerca. Ruidos de compuertas, velas amainadas, llamadas.
Allen pensó en el muchacho al que se había rendido. Un mestizo,
nada menos. Había entregado su espada a un bastardo. Apretó los dientes por la
rabia y miró la masa de cabezas agachadas. Ahí los tienes, los patriotas. Una
idea comenzó a tomar forma. ¿Qué era esa insulsa islilla, Inglaterra, al lado
de América? El Nuevo Mundo, una gran nación surgía de las cenizas del Imperio.
Sonrió emocionado. La rendija de la celda se abrió y el guardián miró hacia
dentro.
—Ánimo, coronel —dijeron los ojos amarillos—. Hemos llegado al
lugar donde serás ahorcado.
Las posadas del puerto habían acabado la ginebra antes de
mediodía. En Falmouth era viernes de mercado, y además se habían tenido
noticias de que las velas del Adamant estaban a punto de entrar en puerto. Para
anunciar la llegada había atracado una chalupa muy temprano por la mañana. De
ella bajaron unos marineros y un oficial. Este último había entrado en los
locales del Almirantazgo y había visitado las cárceles.
La voz se había corrido. El barco traía prisioneros, entre ellos
Ethan Allen, el infame conquistador de Fuerte Ticonderoga.
Resultado: en las calles la multitud se había convertido en
turba clamorosa. Las fangosas calzadas estaban invadidas por vendedores de
brebajes alcohólicos, vendedores de callos y cigalas, vendedores de pelucas
usadas con certificado de ausencia de piojos, niños con ramos de flores,
mendigos, malabaristas, limpiabotas de primera, segunda y tercera categoría.
Voces de vendedores de almanaques se mezclaban con cantinelas de afiladores.
Los carteristas se ganarían el pan de un mes en unas pocas horas.
Cuando se corrió la voz de la llegada a puerto, la multitud
comenzó a apiñarse en el muelle: nobles procedentes de las residencias de las
inmediaciones, vulgo descalzo, sirvientes de permiso, mercaderes, marineros,
campesinos llegados para el mercado.
Quienes vivían en casas que daban al muelle bajaron a la calle
para ofrecer lugares de ocasión donde poder gozar del espectáculo lejos de
golpes, empujones y codazos. El dueño de un aserradero intentó montar una
tribuna deprisa y corriendo. La obra quedó inconclusa: con las primeras
campanadas de la tarde, el Adamant amainaba las velas y entraba en el puerto.
Una doble fila de soldados se abrió paso a la fuerza.
Cuando el madero estuvo cerca del atraque, la multitud se
balanceó. Muchos creyeron que la posición conquistada no era la mejor, los más
discretos se limitaron a ponerse de puntillas, pero la mayoría empezó a codear
a diestro y siniestro, pisando pies y perros falderos escapados a sus dueñas.
Después de mucho desorden, la masa alcanzó un precario
equilibrio y contuvo el aliento.
Allí están. Por la pasarela avanzaba un grupo de hombres,
parecían ingleses, pero algunos tenían piel más oscura. En el medio, un palmo
más de altura, un hombre con grilletes.
Ethan Allen.
La multitud comenzó a gritar, insultar, maldecir. Se inició la
lluvia de hortalizas, pero nadie quería provocar la reacción de los hombres de
la escolta.
Los soldados presentaron armas. El capitán que los comandaba
hizo el saludo. Un hombre robusto y bien vestido se apartó del grupo recién
desembarcado y con acento irlandés proclamó:
—Capitán, le entrego treinta y tres prisioneros, enemigos del
Rey y de Inglaterra, y su jefe Ethan Allen. El se ha rendido ante este valiente
joven, Peter Johnson, hijo del fallecido superintendente de Asuntos Indios, sir
William Johnson. En esta hazaña también han participado los jefes iraqueses
aquí presentes, orgullosos aliados del Rey, Joseph Brant Thayendanega y Philip
Lacroix Ronaterihonte.
Hubo un clamor de estupor y aprobación. El capitán avanzó para
tomar en custodia al prisionero. Antes de que los soldados se lo llevaran,
Ethan Allen alzó su voz para superar el ruido de la multitud.
—¡Yo soy el fuego que consume Babilonia! ¡Muerte a los tiranos!
Ethan Allen caminó bajo una lluvia de insultos y hortalizas en
mal estado.
Segunda parte
MOHOCK CLUB
1775-1776
Página anterior: Detalle del mapa de Londres completado por John
Roque en 1747. Arriba, el Hospital Real de Bethlehem, que los londinenses
llaman «Bedlam», el manicomio más antiguo del mundo.
Debajo a la derecha, cerca del núm. 18, Lad Lane y el hostal
Cisne de dos Cuellos.
1
El carruaje atravesó la calle, mientras los gigantes de Saint
Dunstan daban dos campanadas. El cochero luchaba contra el sueño: unos tragos
de más a la botella debajo del asiento. La niebla era densa, tenía que fiarse
del instinto del caballo, norte puesto en el establo.
Un grito de bestia salvaje laceró la noche. El hombre tiró de
las riendas y se sobresaltó. Cuando el grito se repitió, provenía de más cerca.
El cochero advirtió un apretón de tripas.
Una peluca de color blanco se asomó por la ventanilla.
—¿Qué demonios sucede, Giles?
—No estoy seguro de querer saberlo, señor.
El cochero captó un movimiento con el rabillo del ojo, al otro
lado del carruaje. Se giró de golpe: una imagen fugaz, después solo niebla.
—¡Animo, Giles, en marcha!
El criado apretó los párpados, la mente voló a la botella debajo
del asiento. No podía haber visto lo que le había parecido ver. ¿Un hombre
desnudo?
Agitó con fuerza la cabeza y amagó con dar un latigazo al
caballo, pero un golpe seco sacudió el carruaje. El pasajero lanzó un grito de
miedo y estupor.
No había duda: en la portezuela estaba clavada una flecha.
—Fustiga a esa maldita bestia, Giles, ¡por el amor del cielo!
El criado chasqueó el látigo, pero el caballo se empinó con un
relincho, antes de recostarse sobre las patas anteriores, la cabeza tendida en
los adoquines. A la luz tenue de la farola se veían dos flechas, clavadas en el
cuello del animal.
La ginebra no tenía que ver, pensó Giles. Tal vez había llegado
su hora.
Percibía presencias, sombras serpenteantes.
—¿Qué queréis? —gritó para darse ánimos.
Entretanto, había cogido la gran pistola que tenía junto a la
botella y la cargaba con mano tremante. La apuntó contra la niebla, donde se
oían aquellos pasos. Corrían alrededor del carruaje, aquí y allá entreveía la
palidez de un cuerpo.
—Quien se acerca está muerto —gruñó desde el pescante.
El pasajero se asomó otra vez.
—Decid cuánto queréis y dejadnos tranquilos —exclamó con voz
estentórea.
Por respuesta, una segunda flecha alcanzó el ladillo. La cabeza
se metió dentro de la caja del carruaje.
—No tema, señor, venderemos cara la piel —aseguró Giles, pero
apenas tuvo tiempo de girarse para recibir un golpe en la cabeza.
Mientras sentía que la fuerza de la gravedad llevaba las de
ganar y la vista cedía a la oscuridad de la inconsciencia, consiguió arrancar a
la vigilia una última imagen. Una gran medialuna turca, tatuada en la frente de
un energúmeno con la cara pintada, una única cresta de cabellos en lo alto de
la cabeza. Menudo morro, pensó Giles antes de desplomarse sobre el empedrado y
perder el sentido.
El caballero llamó al cochero, pero comprendió que se había
quedado solo a merced de las bestias. Veía figuras que pasaban como flechas
delante de la ventanilla, escuchaba susurros, gritos de animales. Cuando una
sombra se detuvo amenazante delante de la puerta, blandió el bastón y asestó un
mandoble. Aprovechó la confusión para abrir la portezuela del otro lado y
lanzarse fuera. Intentó correr pero tropezó y, cuando por fin estuvo en pie, le
habían cercado. Contó por lo menos cinco. Todos con la cabeza rapada y el torso
desnudo. Un hilo de sangre caía sobre una cara. El hombre vio armas largas,
palos puntiagudos, un espetón, y hasta un tridente.
—¡Emperador! —exclamó uno de los salvajes a sus espaldas—. Este
me ofende enseñándome el culo.
—¡Vil afrenta! —respondió el de la medialuna en la frente—.
Castigadlo según la ley de los mohocks.
El salvaje metió una estocada en el trasero del caballero. Este
se giró de golpe, pero así haciendo enseñó las espaldas a otro miembro de la
banda, que enseguida le dio una segunda, obligándole a hacer otra cabriola;
pero ya llegaba un tercer golpe, luego un cuarto, mientras todos gritaban como
posesos:
—¡Mo-hock! ¡Mo-hock! ¡Mo-hock! —agitando los brazos, golpeando
los pies en el suelo y chocándose uno contra otro con fuertes empujones.
De pronto, aquel al que llamaban Emperador levantó un brazo. Los
subordinados se detuvieron.
La víctima estaba acurrucada, manos en las rodillas, tragaba
aire a grandes bocanadas. Con un segundo gesto del cabecilla, le levantaron por
los pies para que cada moneda saliera fuera de los bolsillos.
El Emperador recogió el botín, luego se inclinó hacia el
desventurado.
—Me llamo Taw Waw Eben Zan Kaladar II, Emperador de los mohocks
de Londres. Después del atardecer, este es mi coto de caza.
Tomó un profundo respiro y la medialuna se llenó de arrugas.
Luego arrancó la cándida peluca del caballero y se la ató a la cintura.
—Puede marcharse —añadió—. Pero deprisa. Necesita un baño.
El desafortunado se levantó con esfuerzo, apretando los dientes,
y comenzó a correr a ciegas, hacia el fondo de la calle. Con un movimiento
rápido, el jefe de la banda cogió el arco, lo apuntó y disparó una flecha
contra el trasero del hombre en fuga. Este apenas si pudo gritar, antes de
perder el sentido.
Los otros atacantes se cruzaron miradas perplejas.
—¿Y si estira la palma? —se quejó uno de ellos—. Puede que sea
un milordón.
El energúmeno solo le dedicó una mirada, mientras se ponía el
arco en bandolera. —Seremos famosos.
Nadie dijo nada más. Precedidos por el jefe, uno a uno volvieron
a entrar en la niebla, criaturas de pesadilla antes del despertar. El último
lanzó de nuevo un grito de guerra animalesco, para desafiar la noche de
Londres.
2
A lo largo de la calle las casas se concentraban, la campiña
dejaba paso a los suburbios. Philip Lacroix pensó en el éxodo que lo había
llevado de los bosques de Canajoharie a la capital del Imperio, del valle del
Mohawk al del Támesis. Pensó en el río remontado a contracorriente; en los
torrentes impetuosos cruzados de forma vertiginosa; en los saltos y los montes
rodeados con las embarcaciones a hombros; en los vientos que soplaban en el
lago Ontario; en las Mil Islas del San Lorenzo y en las heladas tempestades del
Atlántico septentrional, que podían inclinar los mástiles del Adamant hasta
tocar las olas.
Sin embargo, los últimos cinco días, esas doscientas millas en
las calles irregulares entre Falmouth y Londres, habían sido los más fatigosos.
Tal vez era solo cuestión de costumbre: Philip tenía poca familiaridad con
vehículos de ruedas. Tal vez el malestar tenía que ver con la velocidad: la
diligencia viajaba más rápido que el espíritu del pasajero, y este último se
veía obligado a perseguirla. Se encogió dentro del abrigo de castor y miró a su
amigo sentado junto a él.
Joseph Brant estaba absorto. Más allá de la ventanilla,
edificios cada vez más imponentes. La luz del día se apagaba, la ciudad parecía
un amasijo oscuro dispuesto a devorarles, un animal gigantesco, el aliento
suspendido en el aire, denso y visible. Joseph había estado en Nueva York, una
vez, pero aquello era otra cosa.
Reaccionó, intentando sonreír a Philip.
—Bienvenido a Babilonia —murmuró.
Sombras de grandes edificios acosaban en la niebla. El aire olía
a quemado, aguas sucias y basura, pero Peter respiraba a pleno pulmón, mientras
intentaba distinguir algo. Hubiera preferido llegar en pleno día, el crepúsculo
les hacía rehenes del olfato, muy cansados para lograr orientarse y no meterse
en problemas. Hubiera querido tener fuerzas frescas y luz a voluntad, para
explorar cada uno de los callejones a los lados de la calle.
El convoy de carruajes paraba, los caballos resoplaban, los
pasajeros exhaustos curioseaban tras las ventanillas. Alguien del Departamento,
a la cabeza de la fila, había entrado en el hotel para alquilar las
habitaciones.
Peter vio a un muchacho de su edad que empuñaba una larga vara
con una llamita en la punta. Se acercaba a las farolas de la calle y las
encendía una por una, haciendo llover luz amarillenta sobre el empedrado.
Sombras pasaban deprisa por debajo del resplandor, emergiendo de la nada para
desaparecer de inmediato. Le pasó por la mente una ventana asomada sobre un
mundo al revés, desde donde era posible observar las extrañas criaturas que lo
habitaban. No era así como se había imaginado la llegada a la capital. La orden
era no bajar de los carruajes. Estiró el cuello, pero no consiguió ver más allá
del siguiente coche.
Joseph se limpió los dedos del tabaco frotándolos entre sí. El
aroma dulce mitigaba el hedor de Londres. Guy Johnson decía que el fuerte olor
a quemado se debía al carbón, y también la niebla. Era difícil imaginar que una
roca sacada de la tierra pudiera servir para hacer fuego.
Los carruajes esperaban hacía ya media hora. El Yelmo de Oro
tenía dos cuartos menos de lo previsto. El personal del hotel estaba haciendo
lo posible para encontrar una alternativa.
—En Quebec estábamos todos en una habitación —observó Peter
entre bostezos—. ¿Aquí no se puede?
—Aquí somos los embajadores de la nación mohawk —le respondió su
tío—. Los enviados del rey de Francia no aceptarían compartir una habitación.
Peter cerró los ojos y se reclinó en el asiento. Joseph se
volvió para ofrecer una pizca también a Philip, pero descubrió que había salido
fuera del carruaje.
Necesitaba estar de pie, erguido sobre sus piernas, quitarse la
tensión del viaje. Dio unos pocos pasos hasta una farola, para observarla de
cerca. Entre una y otra había un tramo de oscuridad completa: el mundo se
mostraba como piezas inconexas, intermitencia luminosa que hacía imposible
acostumbrarse a la noche. Más allá de la ligera cascada de luz no se veía nada.
Del pozo de la memoria surgió un recuerdo opalescente, los dedos flacos del
padre Guillaume presionados contra el pupitre: «Recuerda, Philippe. No hay Luz
sin Tinieblas. Un principio y su opuesto. Para afrontar las tinieblas hay que
tener fe, porque no se puede ver más allá del paso que estás dando. Es nuestra
prueba terrenal».
Un ruido le trajo al presente, un chirrido siniestro se
acercaba, difícil decir desde dónde, la niebla propagaba el sonido todo
alrededor. De pronto percibió una presencia debajo de sí, se sobresaltó. Un ser
monstruoso tocaba su rodilla y emitía sonidos incomprensibles. Era un hombre, o
lo que quedaba. El tronco se apoyaba en una plancha de madera, desplazado sobre
pequeñas ruedas gracias al impulso con las manos. Una capa compacta de costras
y andrajos incoloros cubrían el cuerpo, a duras penas se distinguían ojos,
boca, algunos dedos. Philip sintió el instinto de apartar el horror, pero
permaneció inmóvil, capturado por la magnitud de tanta fealdad. «Es nuestra
prueba terrenal.» El ser apestaba y hablaba, decía algo, un sonsonete
incomprensible, excepto dos palabras, «señor» y «excelencia». Entre sus dedos
retorcidos asomaba un platillo de lata. El ser pedía limosna. Philip sintió
asco, repulsión, miedo. Apartó la garra del mendigo y regresó al carruaje.
Joseph le vio entrar, pálido y ceñudo.
—¿Qué pasa?
—Este lugar apesta —dijo Philip.
Su amigo se encogió de hombros.
—También la grasa de oso. Pero ¿qué harías sin ella?
Ruido de cascos resonó en el empedrado, la silueta de dos
caballos llevó un vehículo bajo el cono de luz de las farolas. El hombre
sentado en el pescante se puso de pie.
—Ruego su atención, por favor. —Hablaba silabeando las palabras,
para estar seguro de que pudieran entenderle—. Me llamo Jerome, para servirles.
Soy del Cisne de Dos Cuellos, en Lad Lane. Mi patrón me ha pedido que les
refiera que estamos dispuestos a acogerles como mejor podamos. Nuestra posada
no es apropiada para largas permanencias, pero hemos conseguido liberar dos
habitaciones tranquilas. El personal estará a su disposición.
Philip cogió el equipaje de mano y bajó a la calle.
—Una habitación es para mí —dijo—. Y creo que Peter la
compartirá con gusto.
El muchacho despertó de su somnolencia y se colocó al lado del
Gran Diablo. A Joseph no le quedó más que seguirles.
Jerome se encargó de transportar las maletas. Antes de subir al
pescante, se aseguró de que los pasajeros estuvieran cómodos.
—Señores, si me permiten, aunque hay niebla, daré rienda suelta
a estas bestias. No todas las calles de Londres están bien iluminadas y es
peligroso, después del anochecer.
Los dos indios no dijeron nada. Joseph se limitó a un gesto con
la cabeza.
Cuando las ruedas empezaron a moverse, Philip miró hacia fuera.
Aún le parecía escuchar el chirrido, cada vez más débil y lejano.
3
Unos sesenta hombres, una docena de caballos, cinco perros.
Pollos en abundancia, apiñados en la misma jaula. Cuatro niños perseguían un
gordo cochinillo. Gaviotas conversaban en vuelo. La Creación.
Voces y ruidos se elevaban desde el patio como los humos de una
sopa caliente. Escalaban la balconada, llamaban a cada puerta, despertaban a
los clientes uno tras otro.
El sueño de Philip era una red de mallas anchas: la mayor parte
de los sonidos lo atravesaba sin romperlo. En el duermevela, era capaz de dar
un nombre a cada ruido, calcular su volumen y distancia. Lo había aprendido de
niño y ya era una costumbre. En la misión trabajaban muchos caughnawagas. Había
sido uno de ellos quien enseñó a Philippe las nociones de la caza. Los padres
no se opusieron, siempre y cuando la actividad no sustrajera tiempo al estudio
y a las plegarias. Por eso, como no podía estar en los bosques de la mañana a
la noche, surgieron una serie de ejercicios para mantener despiertos reflejos,
sentidos y músculos. «La Creación» era uno de ellos. Así lo había bautizado el
padre Guillaume, siempre atento para poner un toque de Dios en cualquier cosa
relacionada con sus alumnos.
Philip se levantó de la cama. Peter aún dormía. Sacó las ropas
del baúl y comenzó a vestirse. Sencillas pero de buenas telas. Se calzó las
botas, salió y miró desde la galería.
El Cisne de Dos Cuellos era un amplio edificio sin adornos, que
cerraba tres lados de un patio. El cuerpo central albergaba las habitaciones,
con acceso desde el exterior a través de las balconadas de madera que recorrían
la fachada.
Huellas de hombres, vehículos y bestias se entrecruzaban en el
fango. Un borracho arrastraba sus pies fuera de la taberna. Mozos parecían
sucumbir bajo cargas imposibles. Un muchacho corría con piernas ligeras para
entregar cartas y paquetes. Carruajes y caballos se entrechocaban para ganar el
portón de salida. Los cocheros pedían paso, mientras nubes de niños asediaban a
los pasajeros con ofrecimientos de peines, esponjas, navajas, espejos y frutos
anaranjados que Philip nunca había visto. Frente a los establos, diligencias
esperaban caballos y reparaciones.
La atmósfera del lugar tenía un aire familiar, pensó Philip. En
el valle del Mohawk, las casas más grandes también eran al mismo tiempo
posadas, establos, oficinas de correos, tiendas, cobertizo para embarcaciones y
armerías. La gente iba y venía, las vidas se rozaban y esto bastaba para
conocer más cosas de las que Canajoharie pudiera contener. Se dirigió a las
escaleras y fue hacia abajo.
Ni tiempo de mirar alrededor y ya estaba rodeado por vendedores
de baratijas, escandalizados de que un caballero como él afrontara el día sin
comprar tales mercancías. Pagó por uno de los frutos desconocidos, lo guardó en
su bolsillo y se liberó del asedio. Hizo pocos pasos en dirección al ingreso
pero un individuo con traje raído y aire presuntuoso logró poner en sus manos
un papel.
—Una exhibición que usted no puede perderse, señor. Solo tres
chelines.
Las palabras parecían recitadas de memoria.
—¿El hombre-erizo? —preguntó el indio leyendo el anuncio.
—Un hombre con púas en lugar de vello normal, señor.
Impresionante. Nunca visto en ninguna ciudad del reino.
Las frases sonaban como una cantinela.
—¿En qué consiste la exhibición? —preguntó Philip.
—El hombre-erizo enseñará la espalda y las piernas. Podrán
tocarlo y comprobar que no hay nada de falso, solo un capricho de la
naturaleza. Luego lo verán comportarse como un erizo, andar a cuatro patas,
levantar las púas, buscar gusanos.
—¿Este hombre come gusanos?
El otro hizo un guiño:
—Claro que no, alguna cosilla suelta, para embobar a la
chiquillería y ganarse algo de pasta.
—¿Qué dice?
El individuo abrió mucho los ojos, como si hubiera sido pillado
cometiendo un crimen:
—Nada, señor, nada. Impresionante. Lo nunca visto. El
hombre-erizo.
Y, repitiendo esto, se alejó con el fajo de papeles pegado al
corazón.
—Nada de qué preocuparse, señor. Es el mercado.
Philip se giró y vio a un hombre elegante, de unos treinta años.
La sonrisa de boca abierta se extendía hasta las orejas y cortaba el rostro en
dos, tronco de árbol que espera el último golpe. El hombre llevaba un gran
sombrero. Junto a él, un negro alto y grande, también muy bien vestido, llevaba
un maletín de cuero.
—Permítame que me presente, señor. Me llamo Maugham. Frederic W.
Maugham, y la «W» es por Winslow. Este es mi secretario, el señor Cornelius
Pigou. Usted es extranjero, se ve enseguida, señor...
—Philip Lacroix.
—Francés, por tanto.
—He crecido en Canadá.
—Es su primera vez en Londres, ¿verdad?
—Sí, así es.
—Tendrá que acostumbrarse a gente como ese andrajoso. Dejando de
lado el entremetimiento de los que intentan venderlas, las mercancías de baja
calidad son inofensivas. La moneda buena desplaza a la mala, si hay libertad
para elegir, y Londres es la capital de la libertad de elección. En ninguna
otra parte del mundo circulan tantas mercancías. —Maugham abrió los brazos,
como para abarcar la mayor cantidad de mundo posible—. ¡En ninguna otra ciudad
el mercado se regula con tan admirable equilibrio!
Philip buscó en vano dar un sentido a esas palabras. Maugham
debió de intuirlo, porque cambió su expresión, bajó la voz y continuó el
diálogo con un tono más calmo y paciente.
—Señor Lacroix, el hombre vestido con andrajos acaba de
ofrecerle una de las mercancías más solicitadas: la diversión, la distracción,
la sorpresa de lo insólito. Cada día, personas de gustos simples se entusiasman
viendo la exhibición del hombre-erizo y a saber cuántos más de sus colegas,
presuntos o reales caprichos de la naturaleza: enanos, gigantes, hermafroditas,
mujeres con pico de pato, hombres con cuatro testículos. Se trata de engaños,
de montajes para inocentones. Productos de ínfimo nivel, presentados además de
forma vulgar. Si los que venden estos espectáculos aún hacen negocios, es
porque actúan en condiciones particulares, limitando con artificios la libertad
de elección. ¿Me sigue?
— ¿Seguirle?
—Quiero decir: ¿entiende lo que estoy diciendo? Ese tipo de
espectáculos se propone a personas como usted, frente a hostales y casas de
postas. Gente de paso, que se encuentra en Londres por primera vez, está en
busca de sensaciones fuertes, pero no conoce lo que la ciudad ofrece ni tiene
tiempo para informarse y escoger la mejor oferta al precio más ventajoso. Así
acaba viendo al hombre-erizo, y tal vez continúa la velada dejando que lo
desplumen en una tasca donde la comida es malísima y el vino es agua con color,
para concluir su propio excursus en un callejón, con una buscona de baja
categoría. A menudo, por detrás existe un acuerdo, cuando no un único interés:
el patrón del hombre-erizo también es el propietario de la tasca, y además el
protector de la buscona. Su excursus ha sido organizado desde el principio,
para evitar que conozca otras ofertas. Así se debilita y se cierra el mercado,
se baja la calidad de los bienes, se da un mal servicio a la ciudad, a
Inglaterra, al Imperio. Y entonces llego yo.
—¿Usted?
—Sí, yo. Un súbdito leal como Frederic W. Maugham no puede
permitir que un caballero como usted regrese a Francia o Canadá convencido de
que los entretenimientos de Londres son ordinarios, que la comida es incomible
y costosa, que las rameras inglesas tienen carnes flojas y senos caídos. Lo mío
es una misión: favoreciendo las fuerzas del mercado, contribuyo a la riqueza de
la nación. El servicio que ofrezco a los caballeros es, ni más ni menos, la
posibilidad de ejercer su propio libre albedrío. Como le decía antes: la moneda
mala es desplazada por la buena. Yo pongo en circulación moneda buena.
El largo discurso había embriagado a Philip. Estaba dividido
entre el deseo de volver al hostal y la curiosidad de entender de qué iba el
asunto.
—¿Usted también me está ofreciendo algo?
Maugham sonrió e hizo un gesto a su secretario.
—Pigou, abre el maletín.
El negro lo abrió.
El maletín estaba vacío.
—Lo que yo vendo, señor Lacroix, es información. ¿Ve lo que hay
en ese maletín?
—No hay nada, creo.
—¡Exacto! ¡Exacto! Nada. Pero imagine... —Bajó aún más la voz—.
Imagine que ese maletín está lleno de papeles. Cientos y cientos de hojas.
Negro sobre blanco, todo lo que Londres puede ofrecer a un hombre de mundo.
Nombres, direcciones, precios. Las putas más hermosas a los precios más
convenientes. Los espectáculos más extraños para clientes selectos. El mejor
opio para fumar con total discreción. Las recepciones particulares a las que se
entra con palabras clave. Las personas a las que dirigirse para satisfacer los
gustos menos... usuales. Aquel que puede ofrecer estos servicios se pone en
contacto conmigo, y yo pongo en contacto la oferta y la demanda. Me eligen a mí
porque soy el mejor, y lo he conseguido sin atajos, derrotando a mis
competidores gracias a la calidad del servicio. ¿Me sigue, señor Lacroix?
Philip no dijo nada. Confusión y curiosidad dejaron paso al
desprecio. El negro cerró el maletín. Maugham continuó.
—Se trata de información que hace funcionar la economía, señor
Lacroix. Sin embargo, usted comprenderá, no son cosas que se pueden gritar a
los cuatro vientos. Yo soy un patriota y un súbdito que ama al rey Jorge, pero
debo decir que las autoridades inglesas todavía están muy atrasadas. En nombre
de una moral vetusta, ponen inexplicables frenos al comercio y mantienen fuera
de la ley algunos bienes y servicios. Pronto tendrán que cambiar de actitud, y
dejar que el mercado libre crezca. ¡Pero hasta que ese día no llegue, lo que
tiene que estar en ese maletín estará aquí dentro! —Con la punta del índice
derecho se tocó la frente—. Solo tiene que pedirlo, señor Lacroix. ¿Quiere
pasar un buen rato con alguien? Puedo proponerle mujeres jóvenes, mujeres
ancianas, mujeres entradas en carnes, mujeres esqueléticas, o bien hombres,
niños y otras criaturas de Dios, no sé si me explico. ¿Qué le gustaría ver?
¿Encuentros de boxeo a muerte? ¿Le gusta apostar? Hay un sitio donde los negros
luchan con cuchillo y garrote. Negros libres, por supuesto. Pigou también es un
hombre libre. Yo estoy en contra de la esclavitud: cada uno tiene derecho a
venderse al precio que considere oportuno. Eh, ¿adonde está yendo? ¿Señor
Lacroix?
Philip se dirigió hacia el hostal. Maugham y Pigou le siguieron
por una decena de yardas:
—¿Señor Lacroix? Tengo muchas más propuestas para usted. Créame,
no encontrará a nadie más que pueda decirle...
Uno de los porteros del Cisne de Dos Cuellos vio a los
acosadores, agitó su puño y dijo:
—¿Aún por aquí, asquerosos depravados? ¡Si vuelven a importunar
a algún cliente nuestro, haré que os den una buena paliza!
Ambos se alejaron. Philip entró y dejó el mundo a sus espaldas.
Respiró hondo.
Dentro se abrían dos salas, una detrás de la otra. Joseph le
hizo señas desde una mesa junto a la ventana. Daba bocados a una loncha de
tocino acompañado por un desconocido. Este último escupía palabras en un
dialecto incomprensible, con aires de quien va para largo. Philip cogió una
silla e intentó encontrar el punto del discurso. Miró a su amigo: escuchaba
atento, asentía, de vez en cuando levantaba el tazón y bebía un trago de caldo.
—¿Entiendes algo? —susurró Philip en lengua mohawk.
—Nada de nada —fue la respuesta—. Estoy acostumbrándome al
acento de Londres.
La figura rechoncha de Jerome avanzó a grandes pasos hacia
ellos.
—Señores —dijo con voz acongojada—. No deben comer aquí, he dado
orden de preparar una sala, comida especial...
—No se preocupe, Jerome —lo interrumpió Joseph—. Aquí está bien.
—Como gusten, señores. El hotel dispondrá de habitaciones libres
mañana por la mañana y aunque no queremos que se marchen. ..
—No nos iremos —intervino Joseph—. Aquí estamos bien. Y usted,
Jerome, es un hombre muy amable.
—Como los señores deseen. Su presencia nos honra. —Estaba a
punto de volverse, pero se detuvo, hurgó en los bolsillos del chaleco y sacó un
sobre—. Se me olvidaba. Una misiva para ustedes. —Con una ligera reverencia la
entregó en las manos de Joseph—. Que tengan un buen día, señores.
Philip vio a su amigo abrir el sobre y leer el mensaje. Le
interrogó con la mirada.
—Hemos sido invitados a una recepción de un tal Warwick
—respondió Joseph—. El conde de Warwick.
4
Del Daily Courant, 30 de diciembre de 1775:
INFORME DE LA ENTREVISTA CON EL CORONEL JOHNSON SUPERINTENDENTE
DEL DEPARTAMENTO
DE ASUNTOS INDIOS
DE LAS COLONIAS AMERICANAS
El 28 de diciembre pasado, a la hora del té, me he presentado en
Westminster, en el hotel del Yelmo de Oro, donde está alojado el
superintendente del Departamento de Asuntos Indios de las colonias americanas,
el coronel GUY JOHNSON. Él es un hombre robusto, de mediana estatura. Lleva el
cabello corto hasta la nuca, peinado hacia atrás, como para dar espacio al
rostro, honesto y pequeño. Aunque desempeña un cargo importante, su modo de
hablar es conciso, lacónico, con un acento irlandés muy pronunciado. Tras un
breve intercambio epistolar, me ha recibido con mucha gentileza y aceptó de
buena gana responder a mis preguntas.
Acerca de las razones que impulsaron a la delegación indígena a
cruzar el océano, ha afirmado que las tribus aliadas están sumamente
confundidas por los acontecimientos en las colonias. Oficiales que combatieron
juntos en la guerra contra los franceses se han convertido en adversarios unos
de otros. Ante semejante circunstancia, el pueblo MOHAWK desea escuchar de viva
voz a Su Majestad y actuar solo en base a sus directrices.
Una visita similar tuvo lugar en 1710. También en aquella
ocasión se trataba de consolidar una alianza, y el esplendor de Londres tenía
que servir de contrapeso a las patrañas de los jesuítas franceses, según las
cuales Cristo había nacido en París y fue crucificado en Inglaterra.
La reina Ana recibió en la corte al emperador Tiyanoga, que los
colonos llamaban Hendrick, acompañado por el rey de Maquas, llamado Brant. Se
dice que este era el abuelo del príncipe Thayendanega, también él conocido con
el nombre de Brant.
He pedido al coronel Johnson que me dé información sobre
nuestros aliados indios. El me enseñó un mapa, dibujado de propia mano para el
ministro de las Colonias LORD GERMAIN. Allí, las Seis Naciones Iroquesas ocupan
los territorios al oeste de la colonia de Nueva York, hasta los Grandes Lagos.
El pueblo más importante y respetado es el de los mohawks, cuyas tierras se
encuentran dentro de los confines de la colonia. Desde tiempos de la reina Ana,
la nación mohawk está muy avanzada. Viven en aldeas de casas sólidas y dignas,
cultivan la tierra con la habilidad de un campesino de Essex, son cristianos
devotos y se aseguran muchos lujos y comodidades gracias al comercio con los
mercaderes ingleses. En cuanto a la consistencia militar, toda la federación
puede disponer en pocos días de QUINCE MIL HOMBRES en pie de guerra. Según el
coronel Johnson, una posición clara e inequívoca por parte de estos aliados
bastaría por sí misma para hacer desistir de su propósito a los bostonianos que
asedian Quebec. «No por nada —dijo— han sido suficientes un centenar de
guerreros para defender Montreal y capturar al más peligroso de los enemigos»,
haciendo referencia a aquel ETHAN ALLEN que hace pocos meses se había apoderado
del Fuerte Ticonderoga.
He preguntado entonces por qué razón el príncipe Thayendanega,
llegado a Canadá para defender Montreal, había partido hacia Londres justo
cuando el ejército continental alineaba sus tropas a orillas del San Lorenzo.
Con esta pregunta, el coronel Johnson se ha levantado, ha
guardado el mapa y después de un largo silencio me ha explicado que los quince
mil guerreros de las Seis Naciones solo esperaban una señal para intervenir
contra los rebeldes y perseguirles hasta Nueva York. Él guiaba una pequeña
avanzadilla, que llegó hasta Canadá como refuerzo por órdenes del general Gage.
Por desgracia, entre el general y el gobernador de Quebec surgió un desacuerdo
sobre el uso de las milicias mohawk y las mismas fueron obligadas a
licenciarse.
«Muchos oficiales temen que las tropas indias escapen a su
control —ha aclarado el coronel Johnson—. Esto no sucede cuando el mando ha
sido delegado en una persona de su confianza. Sir William Johnson, mi tío, se
ha ocupado durante dos decenios de los asuntos indios. Él murió hace más de un
año, pero las Seis Naciones siguen teniendo fe en nuestra familia. Si esta
confianza se viese confirmada también por Su Majestad, la alianza con los
indios solo podrá aportar beneficios a los intereses de la Corona».
Con esta importante puntualización se concluyó la entrevista y
el coronel Johnson me ha concedido una cita para un informe completo de su
audiencia con lord Germain.
Panifex
5
Un cerdo con ropas elegantes, y una oveja en la cabeza.
La peluca era demasiado larga, la posición del hombre hacía que
tocara el suelo. Era gordo e incluso no muy alto. También bastante entrado en
años, se hubiera podido decir. Las mejillas caían flácidas a ambos lados del
rostro, como las de una marrana. No obstante, estaban empolvadas de forma
abundante y uniformaban la tez con el color de la cabellera. Labios y pómulos
reavivados con rojo, salpicados por una constelación de lunares. La respiración
abultaba el chaleco, que parecía a punto de ceder, como el portón de una
fortaleza bajo los golpes de un ariete. Los zapatos apenas rozaban el suelo,
manteniendo la silla en equilibrio sobre las patas traseras. Permanecía así,
apoyado contra la pared, balanceándose un poco.
Philip desvió la mirada de la extraña criatura y volvió a
prestar atención al dueño de casa.
—Cuánto envidio a los mohawks, Alteza —decía el conde de Warwick
mirando a Joseph, mientras daba pequeños toques a su rostro empolvado—. Un
pueblo que se pinta la cara solo para ir a la batalla.
Philip recordó que, al entrar en el salón, un criado con una
chaqueta llena de botones había cogido sus sombreros y había hecho la
presentación. «Su Alteza Joseph Brant Thayendanega, príncipe de Ganjahore, y el
señor Philippe de la Croix.»
Philip se había quedado sin habla. En comparación, «el coronel
Guy Johnson y el teniente Daniel Claus» parecían simples miembros del séquito;
hasta Peter había recibido una acogida más cordial, en calidad de «victorioso
caballero del Rey».
Vio que Joseph entreabría los labios para decir algo, pero el
conde ya estaba hablando de nuevo:
—Ustedes son la gran atracción de la velada, pero mis huéspedes
están un poco desorientados. Se esperaban exóticos guerreros, descalzos, el
rostro pintado, cubiertos con plumas y penachos. Al principio, se sintieron
decepcionados al verles tan caballeros. Sin embargo, les aseguro que no caben
en sí.
Y con el brazo hizo un amplio gesto circular, para señalar la
totalidad del salón.
Philip observó a los invitados: era difícil atribuir naturaleza
humana a la mayor parte de aquellos seres cubiertos con telas vistosas,
apretados dentro de trajes, en equilibrio sobre tacones de diez pulgadas, dedos
invisibles bajo racimos de anillos, cabezas escondidas entre los hombros debajo
de pelucas parecidas a pájaros henchidos de paja. Estaban dedicados a bailar,
beber, masticar comida, conversar.
Warwick pareció comprender lo que pasaba por la cabeza del
guerrero, sonrió y explicó:
—Esta... fauna es muy diferente a la de sus bosques, ¿no es así,
monsieur Lacroix? Pero le aseguro que detrás del aspecto ridículo, ils sont ni
plus ni moins que des bétes feroces!
Joseph, que no entendía la lengua de Molière, arrugó la frente.
Warwick acudió en su ayuda, sin mirarle. Sus ojos quedaron en blanco. Era como
si hablara consigo mismo, olvidándose de los huéspedes, en un estado semejante
al sonambulismo.
—Bestias feroces, príncipe. Monstruos que el mismísimo Linneo,
el gran naturalista, no sería capaz de clasificar. Después de una buena mirada
se diría primates, familia de los hominidae, pero algunos de ellos son rapaces
nocturnos, otros insectos parecidos a las termitas, otros más reptiles con
sangre helada. Todos carnívoros y cazadores. Matan para comer, pero su hambre
se llama tedio, viven con la permanente necesidad de hallar algo nuevo, alguien
nuevo, distraerse, hurgar en los demás la verdadera vida, la jouissance que
ellos están condenados a simular. Cuando encuentran una presa la devoran,
picotean cada huesecillo, lo despedazan y chupan la médula.
Philip y Joseph se quedaron con la boca abierta. El conde les
miró, se sacudió del trance y prosiguió con otro tono:
—Bien, esta noche las presas son ustedes. Tendrían que haber
oído los disparates que se han dicho poco antes de que llegaran aquí. Circulan
ideas muy extravagantes sobre los indios, entre los nobles ingleses. Veamos,
por ejemplo, al duque de Sorethumberland, allí detrás.
Y tendió el índice. Los dos mohawks siguieron la trayectoria y
en medio de la multitud variopinta identificaron al probable objeto del
discurso, un hombre alto y muy delgado de edad indefinible, vestido de rojo
brillante. Conversaba con una especie de mujer-tonel, mucho más baja que él,
con los hombros encorvados. La mujer tenía entre sus brazos un pequeño animal
con pelo largo y hocico aplastado.
—¿Qué tipo de bestia es esa? —preguntó Joseph.
—Un perro faldero. Un ser inútil para perder el tiempo. Piensen
que a veces mis huéspedes llegan con monos acurrucados sobre el hombro, et les
singes, vous le savez, ils chient, juste comme les hommes.
¿Monos? —pensó Philip—. ¿Monos que defecan en los hombros?
Warwick ya había retomado el argumento.
—El buen duque estaba convencido de que en las tierras de Su
Alteza correteaban rinocerontes, y que ustedes los indios reducían a polvo los
cuernos para obtener un afrodisíaco más poderoso que la cantárida.
¿Rinocerontes? ¿Cantárida? Philip y Joseph estaban atónitos.
—Como decía —continuó Warwick—, ellos no saben nada de nuestras
colonias. No tienen idea de donde están ni de quienes las habitan. Se suele
describir Londres como «el corazón del Imperio», pero un corazón bombea sangre
al resto del cuerpo, mientras que aquí es todo lo contrario: las colonias son
las que bombean la sangre que mantiene con vida a Londres.
—Entonces la ciudad de su Rey sería la cabeza —afirmó Joseph.
Warwick sonrió.
—Si así fuera, tendría que contener el cerebro. Miren alrededor:
en teoría, este salón reúne lo mejor de la alta sociedad del reino. Bien,
puesto que se disponen a pasar la velada en este sitio, les invito a escuchar
las conversaciones. Les aseguro que no encontrarán huellas de raciocinio. Yo
creo que estas calles y moradas son las posaderas del Imperio. Del trasero y su
orificio poseen todas las características: aquí se deyectan todos los recursos
que el Imperio nos envía. Solo que, por un capricho de la naturaleza, estas
posaderas se encuentran delante del cuerpo y no detrás. El conde se echó a
reír.
—Tiene una rara consideración de sus invitados, conde —dijo
Joseph—. ¿Por qué razón se rodea de personas por las que no siente estima?
—Míreme bien, Alteza. Pertenezco a la misma especie. Yo también
estoy en busca de jouissance. Me regodeo con lo desagradable. Asisto con
verdadero placer a espectáculos ridículos y repugnantes. Organizo veladas como
esta y observo la decadencia de mis tiempos, un pie dentro y otro fuera del
espectáculo. No es ningún secreto, todos saben cuál es mi propósito, y sin
embargo acuden en tropel, porque no hay recepciones que lleven el paso de las
mías.
Philip no estaba seguro de haber entendido. Joseph estaba seguro
de no haber entendido. Warwick lo sabía y rió de nuevo.
—Ustedes ignoran la índole de quien gobierna a sus vecinos
blancos, así como nosotros no sabemos nada de ellos o de ustedes. Por supuesto,
se sabe que los coloniales están en rebelión, más allá del océano, pero la
mayor parte de nosotros tiene una idea muy remota. La pregunta más frecuente,
cuando se habla, es: «¿Por qué nos odian?».
—No les odian a ustedes —dijo Joseph—. Detrás del velo de las
palabras, está mi gente: quieren nuestras tierras y nuestra dignidad.
—Oh, sin duda no quieren la nuestra —replicó Warwick—. Nosotros
no tenemos.
Philip vio que un gato pasaba a toda velocidad por debajo de la
silla del gordo durmiente y le hacía perder el equilibrio. El hombre cayó al
suelo con un ruido sordo y prorrumpió con un pedo sonoro, que provocó la
hilaridad gárrula de la dama más cercana. La bestezuela, asustada, se refugió
debajo del ruedo de la falda, pero con gesto resuelto la señora le soltó una
patada y lo lanzó lejos. Philip observó la bola de pelo que volaba a través del
salón y se dio cuenta de que no era un gato, sino un oposum. Cayó sobre la
espalda de uno de los bailarines, que actuó como si no pasara nada, limitándose
a esbozar una sonrisa estúpida mientras espiaba por el hombro. Por fin, el
animal aterrizó en medio de la sala, donde corrió el riesgo de ser aplastado
por decenas de tacones que se movían sincronizados. En ese momento, Philip lo
vio mejor y entendió. No era un oposum. Tampoco un conejo. Era el ratón más
grande que jamás hubiera visto. Después de un instante de pánico, el roedor se
dirigió muy rápido en su dirección. Philip se apartó para dejarlo pasar, pero
un golpe seco clavó al animal contra el suelo. Fue como si alguien hubiera
hecho estallar un globo. Un cordón de intestinos saltó del vientre de la bestia
y acabó en las espaldas del duque de Sorethumberland, que se volvió
sorprendido, creyéndose víctima de una broma. Alguien le indicó el trasero y él
realizó varias piruetas antes de ver qué era lo que le había golpeado. Su dama
apenas tuvo tiempo para abrir el abanico y vomitar en un florero, mientras el
perrito lamía las visceras en el suelo. Los sirvientes acudieron a limpiar.
Alguien, mientras tanto, ayudaba a levantarse al hombre-cerdo. Philip estaba
seguro de haberle oído gruñir y tuvo que apretar los dientes para no reír.
Joseph Brant levantó el bastón y contempló el cadáver.
El conde de Warwick se apresuró a llamar la atención del
mayordomo. El hombre, un negro de librea con guantes cándidos, levantó al ratón
por la cola y se lo llevó en medio de los grititos de asco de las damas.
Los bailarines volvieron a recorrer el salón con pasos
coordinados. Los músicos de la orquesta eran máscaras de sudor y cerusa. Peter
había sido convencido con muchos ruegos para que se exhibiera con el violín
junto a ellos. Alguien comenzó a alabar el hecho de que un heroico soldado
mostrara interés por la música y que tuviera un modo de tocar tan delicado.
Joseph no lograba distender los músculos faciales, el hedor que saturaba la
sala era demasiado: una mezcla de sudor rancio y flores podridas. Le habían
dicho que los nobles europeos solían usar perfumes, pero eso que estaba oliendo
no era un olor agradable.
Se volvió hacia Philip, que miraba alrededor con perplejidad.
—Tal vez aquí también necesitan ahuyentar a los mosquitos.
El mayordomo anunció la llegada de alguien y una mujer deforme
se presentó en la sala. Las caderas eran tan anchas que rozaban las jambas de
la puerta. Un paje tenía que ayudarle para avanzar sin problemas, siguiéndole
de cerca para corregir el rumbo con pequeños empujones en los costados. Una
cascada de bucles coronaba la cabeza. El vestido centelleaba, como entretejido
con trozos de espejos, tanto que mirarle hería los ojos. De su cuello pendía un
muestrario de piedras talladas que caía hasta el seno robusto.
El mayordomo declamó en voz alta una cifra considerable y la
mujer-dosel miró alrededor complacida.
—Es el precio del vestido y las joyas que lleva —dijo el conde a
Joseph y Philip—. Al final de la velada siempre proclamamos una vencedora.
—Nuestras mujeres también pueden transportar grandes cargas
—comentó Joseph.
—A decir verdad, Alteza, las nuestras cargan solo su propia
vanidad —se burló Warwick—. Un peso enorme, en efecto. Permítanme que se lo
demuestre.
Joseph observó que el conde se acercaba a la mujerona con
desenvoltura, le besaba la mano, la adulaba, y entretanto deslizaba la punta
del bastón por debajo del ruedo del vestido. Aprovechando un ruidoso aplauso a
los músicos, levantó un poco el borde. Una estructura de hierro sostenía el
peso del vestido, montada sobre ruedecillas.
6
De pie con uniforme militar, Guy Johnson miraba la escena, a
cierta distancia del círculo de interés y curiosidad que rodeaba a los mohawks.
A su lado, debajo de una peluca blanca, Daniel Claus contemplaba a los
invitados de lord Warwick.
Pese a la firmeza de su postura, Guy acusaba el peso del viaje y
la fatiga de los últimos meses. El estupor frente a la aristocracia londinense
dejaba paso a consideraciones más importantes relacionadas con su presencia en
la capital.
Londres era un caldero hirviente de humores y sucesos, el riesgo
de ser engullidos era serio. Las puertas por abrir eran dos: lord Germain, el
nuevo ministro de las Colonias, y el rey Jorge. Era preciso abrirlas pronto,
conseguir los nombramientos.
En ese momento, toda la atención se dirigía hacia «el príncipe
Thayendanega y sus valientes guerreros mohawks». Por las atenciones de lord
Warwick y la curiosidad morbosa de los invitados, se intuía que la cosa estaba
destinada a durar. Esto podía estar bien: Guy confiaba en Joseph Brant, sabía
cuánto le importaba la herencia de sir William y el pacto de sangre con la
familia Johnson. Sabía que haría su parte para honrar la memoria y los
preceptos del Viejo.
Al «monje» Lacroix también tenía que reconocerle mérito: difícil
de entender, pero fiable como pocos.
Los mohawks defenderían los intereses de su pueblo y de la
familia Johnson.
Sin embargo, el riesgo de quedar ensombrecidos era concreto. Tal
vez se necesitaba insistir en los logros militares obtenidos contra los
rebeldes, en la captura de ese payaso exaltado llamado Allen.
Sin embargo, en el fondo algo había cambiado. Encorvado de
fatiga, la pátina oscura del dolor. No era fácil quitarse de encima a bandoka.
Mary y el hijo varón. La responsabilidad era suya, había querido
llevarla consigo. Desde esa noche le costaba mirar a la cara a sus hijas y
había comenzado a temer el futuro. Tal vez esa era la sensación de envejecer.
El miedo como un lastre cada vez más pesado. O tal vez solo era la dureza de un
viaje iniciado muchos meses antes.
Sin embargo, el año 1775 se estaba cerrando en la residencia
sobre el Támesis de un aristócrata congraciado con el rey Jorge, entre rameras
de ilustre abolengo y parásitos de alto vuelo. Lejos de las tierras y
posesiones, con la guerra a las puertas. Por fortuna tenía a sus hijas consigo,
a salvo.
Defender el honor y los bienes de los Johnson. Obtener las
audiencias necesarias, realizar buenos negocios. Alejar la sombra lúgubre.
Guy espabiló los sentidos y advirtió que en su mano tenía una
copa, pero no recordaba el contenido. Vio que Peter acompañaba con el violín la
música de la orquesta. Tocaban sobre una pequeña tarima, debajo de un enorme
espejo dentro de un marco de madera dorado. El muchacho estaba a gusto. Había
estudiado y recibido una buena educación, hablaba bien y ya tenía fama de
combatiente. Podía abrirse camino en la consideración de la Corona. Volvió a
mirar en dirección a Joseph Brant y el conde de Warwick, pocos pasos más
adelante: el indio estaba impasible, no cambiaba de expresión ni abría la boca,
metido en su papel de manera impecable. A juzgar por los halagos del conde,
podía pedir cualquier cosa.
Mejor no dejarse llevar por la prisa, actuar en el momento
justo, saber esperar. Reaccionó de nuevo y se giró hacia Daniel Claus.
—Parece que nuestro príncipe ejerce una atracción irresistible
sobre la aristocracia británica.
Indicó con un gesto de su cabeza el corrillo animado por la
locuacidad del conde. El alemán apoyó su peso en la otra pierna y el único
comentario que profirió fue una exhalación. Guy Johnson miró de nuevo la copa
que tenía entre sus manos.
El maestro de ceremonias interrumpió música y bailes para
anunciar que lady Somersault, la extraña arquitectura semoviente de brocados y
joyas, era la vencedora de la velada, gracias a la considerable opulencia de la
carga que transportaba, por un contravalor de miles de esterlinas. A la noticia
siguió un aplauso, interrumpido por nuevos platos de carne de caza dirigidos a
la larguísima mesa del banquete.
El alboroto fue inmediato e irrefrenable, los corrillos se
disolvieron, agitados por un sobresalto como un ejército en retirada. Pero no
de fuga se trataba, sino de asalto, tanto que algunos camareros a duras penas
se sustrajeron al abordaje. Enredos de manos despedazaron la comida. Ruidos de
masticación llenaron la sala.
—Quita el apetito, ¿verdad?
Una voz hastiada. Paso incierto, pierna derecha rígida, hombros
ladeados como la sonrisa. El hombre saludó con una leve inclinación.
—Sir Theodore Leed. Es un honor.
Guy Johnson y Daniel Claus devolvieron el saludo.
Leed hizo un gesto en dirección a Joseph Brant, que contemplaba
el banquete como un serafín.
—Con todo respeto, señores, a menos que desde que he dejado
América las Seis Naciones no se hayan transformado en una monarquía, su indio
tiene de príncipe lo que yo tengo de rey de Suecia.
Tenía el tono brusco de un soldado, y también el aspecto. Guy y
Daniel cruzaron una mirada elocuente.
—En realidad, Joseph Brant Thayendanega es un jefe guerrero, no
un príncipe —admitió Guy
—Me lo imaginaba —añadió el lisiado—. Me asignaron a Fuerte
William Henry durante la última guerra. —Rozó la pierna, y luego el hombro, con
la punta de los dedos—. Mortero francés, cirujano escocés. Combinación trágica.
Se concedió una sonrisa amarga.
Guy sintió que la angustia subía por su garganta. Tragó saliva
un par de veces, intentando no pensar en su finca, en el valle y, sobre todo,
en el abismo de agua que lo separaba de casa.
Fue Claus quien intervino, tal vez dándose cuenta de su
dificultad.
—¿Y desde entonces no ha regresado a América?
—Por desgracia no, me otorgaron licencia absoluta. Sin embargo,
estoy informado de lo que ocurre. Sé que han tenido problemas con el general
Carleton respecto a los indios.
Claus le miró con indisimulado recelo.
—¿Acaso usted también pertenece a la facción contraria a su uso
en esta guerra?
Leed sonrió. La pregunta era una forma explícita de tomarle el
pulso. Observó que la horda famélica se alejaba de la mesa con el aire cansado
y satisfecho de quienes han sudado para ganarse el pan. El parloteo se
reanudaba en parejas y grupos, mientras la orquesta cambiaba las partituras.
—En aquel tiempo conocí al comisario Johnson —dijo por fin
Leed—. Me ha dolido saber de su muerte. Es raro encontrar en una misma persona
a un líder militar capaz y un hábil diplomático.
—No ha respondido a mi pregunta —replicó Claus arrastrando las
erres. Cuando se ponía nervioso, el acento alemán se imponía.
—Claro que sí, señor. Un hombre como sir William sabía usar a
los indios contra los enemigos de la Corona y, al mismo tiempo, tenerlos bajo
control. Que me den otro William Johnson y seré el primero que apoye el uso de
los irregulares indios.
—Es una manera elegante de decir que está en contra —intervino
Guy.
—De ningún modo —rebatió el otro—. Es una forma de decirles que
comprendo la delicadeza de su misión. Creo que soy el único en esta sala.
—No obstante, considera a los indios demasiado indisciplinados
para combatir de nuestro lado.
—La disciplina, coronel, sirve para hacernos creer que la guerra
es una partida de ajedrez entre caballeros. —Ahora Leed hablaba como si
estuviera comentando el sabor del vino, pero los ojos estaban ofuscados por un
malestar que parecía estar pudriéndose en lo hondo del ánimo—. Una idea con la
cual, nosotros los oficiales, nos encanta perder el tiempo. —Una mueca torció
de nuevo la boca—. Pero aquellos que, como nosotros, conocen América, saben que
esta guerra será de un tipo particular. Sin reglas y con escenarios
imprevisibles. —Miró a los dos interlocutores con firmeza, una enorme fuerza
mental se agitaba dentro de una envoltura con fallos—. Guerra civil, la más
sangrienta. Los ingleses la conocen, en una ocasión un rey ha perdido la
cabeza. Eso es lo que espanta a los medrosos como Carleton. —Un leve gesto fue
suficiente para expresar la escasa consideración por el gobernador de Canadá—.
Saben que los indios son los combatientes ideales para este tipo de conflicto,
y tiene miedo. Miedo de lo que se puede desencadenar.
Guy Johnson advirtió un molesto sudor por debajo del cuello.
Tuvo la sensación de que alguien había capturado los ruidos, que los sonidos ya
no se propagaban. Las bocas se abrían mudas. El arco de Peter tocaba las
cuerdas sin producir ni una nota. Tacones y suelas golpeaban un suelo
acolchado. Cada cuerpo, cada movimento era absurdo e inhumano. Le parecía estar
rodeado por placas de cristal. Las dos yardas cuadradas que comprendían a Leed,
a Claus y a él eran un fragmento de un mundo enajenado, superpuesto al de la
fiesta, como una mancha de aceite sobre la superficie del agua, que flota sin
dejarse absorber.
—Sus palabras son en absoluto insólitas, sir Theodore.
El veterano movió su busto rígido y asimétrico, como un títere.
—¿Piensan que no son apropiadas para un leal soldado de Su
Majestad? —Leed englobó toda la sala con un solo gesto de su mano—. ¿Y si les
dijera que ante el espectáculo de esta nobleza no puedo dejar de sentir algo de
simpatía por quienes están cansados de financiar estos lujos con sus propios
impuestos? ¿Pensarían que soy un traidor?
Guy cruzó su mirada con Claus, nervioso. ¿Dónde quería llegar?
Tal vez el mortero le había dado también en la cabeza y debajo de la peluca el
cráneo estaba deformado, su mente lesionada.
—Pues bien, se equivocarían. Y mucho —concluyó Leed—. Yo estoy
dispuesto a todo para salvaguardar la unidad del Imperio. —Miró de nuevo a Guy
Johnson—. ¿Y ustedes?
—No comprendo qué quiere decir.
El veterano hizo un gesto en dirección a Brant, otra vez a
merced del dueño de casa y sus huéspedes.
—Azuzar perros de guerra contra otros ingleses, aun cuando
enemigos del Rey —sentenció Leed—. Hay que tener agallas para hacerlo. Una gran
fe en Dios y en Jorge III. —Dio un golpe de tacones—. Señores, ha sido un
honor.
De nuevo media inclinación, una sonrisa, y se alejó.
Los dos caballeros se quedaron mirándole mientras arrastraba la
pierna, como un viejo animal herido. El malestar que compartían les impedía
abrir la boca.
—Así que esto es lo que hacen los indios. Observan desde lejos
nuestras costumbres extravagantes.
Philip Lacroix se volvió de golpe. La mujer estaba vestida de
azul, un collar de perlas al cuello. La piel cándida como una sábana estaba
cubierta de efélides que se perdían por debajo del vestido. Era de complexión
robusta, bien sólida. Parecía haber surgido de la nada, rostro adulto, rasgos
marcados apenas suavizados con maquillaje. Los cabellos dorados reflejaban la
luz de la sala. Philip se quedó mudo mirándola. Luego pareció recordar algo.
—Disculpe, señora, me temo que no entiendo.
La mujer sonrió.
—Quiero decir que parece un profesor de historia natural
mientras mira ilustraciones de animales exóticos.
Philip no sabía qué pensar. ¿Las palabras de la mujer eran una
broma o qué?
La mujer tendió una mano.
—Lady Florence Mowbray.
—Philip Lacroix.
La mujer quedó desconcertada, esperando el besamanos, luego
abrió el abanico que llevaba colgado de la muñeca y sonrió:
—Pues no me esperaba a Hércules de Kerkabon.
—Usted no es la señorita de Saint-Yves.
—¡Por fortuna! ¿En verdad ha leído El ingenuo? ¿Y qué piensa?
El mismo texto ofreció a Philip la respuesta.
—Una bonita fábula. Me gustan las fábulas de los filósofos, me
río de las de los niños y odio las de los impostores.
Los ojos de lady Mowbray demostraron una sincera sorpresa.
—Nadie más en esta sala podría citarlo de memoria. Suponiendo
que alguien lo haya leído. ¿En los bosques americanos se conocen los contes
philosophiques?
—En los bosques americanos se conocen muchas cosas europeas
—respondió Philip.
Lady Mowbray cubrió parte del rostro con el paisaje del abanico.
Lo hizo ondear sobre la nariz para impedir que el sudor estropeara el
maquillaje.
—Nosotros no sabemos nada de su país. Leemos a Voltaire que con
pasión desaconseja América.
—A él le agrada Inglaterra —comentó Philip.
—Tal vez. En realidad, creo que le agrada contrariar a sus
connacionales. Ese hombre es un provocador, el más agudo de Europa. —Hizo una
pausa, como para decidir si se aventuraba aún más o se detenía. Luego agregó—:
A su lado, Rousseau no es más que una triste figura, ¿no cree? Además, no es
francés, sino suizo, que es otra cosa. Oh, disculpe, no le he preguntado si
conocía. ..
—¿A los suizos? —le interrumpió Philip—. No. Pero he leído
Emilio.
—Asombroso —dijo la mujer acercándose medio paso—. Y... —sopesó
la pregunta—, ¿de qué parte está? Philip la miró perplejo.
—De los dos paladines, ¿a cuál elige?, ¿de quién es partidario?
—precisó ella—. Hoy día, no se es nadie si no se tiene una opinión al respecto.
—¿Con respecto a qué?
—Bueno, ustedes, en cierto sentido. No dejaré escapar la
oportunidad de saber qué opina un directo interesado.
—Me temo que no entiendo.
Ella le rozó el brazo con la punta de los dedos.
—El salvaje, el ingenuo, el hombre natural. ¿Cree que es ejemplo
del hombre primitivo, virtuoso e incorrupto, o más bien un rezagado que debe
progresar hacia la civilización?
Philip sopesó la pregunta y decidió decir lo que en realidad
pensaba.
—Pertenezco al Pueblo de la Piedra, custodio de la puerta
oriental de la Casa Larga. Soy hijo del clan del Lobo. Rezo a Dios a la manera
de los papistas franceses y he combatido por el rey de Inglaterra. Los
filósofos nunca han puesto un pie en América ni tampoco han conocido un indio.
La mujer le concedió una sonrisa maravillada:
—Mon Dieu, es Alejandro cortando el nudo gordiano. Tiene razón:
pronunciarse sobre todo, y en especial sobre lo que no se conoce, es una de las
enfermedades de nuestro tiempo. Típica de los franceses, yo agregaría.
Dio media vuelta a su alrededor, echando miradas a la sala e
inclinando un poco la cabeza en señal de saludo hacia algunos de los invitados.
La mujer prosiguió.
—Su historia debe de ser mucho más interesante que cualquier
relato con moraleja. Sin duda desciende de un gran rey.
—No he conocido a mis padres —respondió Philip—. Los misioneros
canadienses me acogieron cuando tenía dos años.
—Huérfano, por tanto —comentó lady Mowbray con aire más serio—.
¿Soltero también?
—He tenido una esposa y una hija. Murieron hace muchos años.
La mujer se dio una palmada en la mano.
—Pago prenda por mi indiscreción.
En derredor, el salón era un hervidero de cuerpos y voces.
—¿Es usted casada?
—Sí. He trocado mi virtud por un bien más grande. —Las palabras
surgieron a través de una sonrisa forzada—. Un condado, para ser precisa. Pero
he tenido la feliz idea de pretender una educación, para no vivir en la
ignorancia como un animal.
Philip no supo qué decir. Ella parecía regodearse con el efecto
de sus propias palabras.
—Lord Mowbray exige máxima discreción, y que no se le contradiga
en público. Una mujer con una cultura distinta es más de lo que estas personas
lograrían soportar. Como ve, monsieur Lacroix, nosotros los ingleses somos muy
civilizados. Hacemos contratos para cada cosa. Hete aquí por qué muchos
filósofos nos toman como modelo.
Philip alcanzó a ver la figura de Joseph, escoltado por el conde
de Warwick y un corrillo de damas muy entusiasmadas.
—Pero ahora acompáñeme —propuso lady Mowbray sin perder tiempo—.
Socorramos al príncipe, el espectáculo está a punto de comenzar.
7
Los italianos tenían la manía de la «máquina».
No así los alemanes. Los alemanes, como mucho, levantaban un
obelisco o una estatua: un amorcillo, un ángel con alas desplegadas, un
monumento ecuestre en obsequio al comitente. Obras rústicas de yeso y cartón,
pocos días de trabajo duro y el resto de las fatigas se dedicaban a los fuegos,
mezclar las pólvoras, probar las mechas. En el momento justo, el obelisco o la
estatua se abría o incendiaba, y de su interior salían los cohetes.
Los italianos no. Los italianos alzaban castillos fabulosos con
madera, tela y cartón piedra, de cien pies de altura, con paredes corredizas o
plegables, explosión de trampantojos y falsas perspectivas. Los italianos
construían arcos, grandes cúpulas, fachadas de catedrales, los fuegos
escondidos dentro de gárgolas y altorrelieves.
La máquina, eso importaba. Sin la máquina, los fuegos estaban
«desnudos». Eso había dicho uno de los maestros artificieros, mezclando idiomas
como polvos píricos:
—Saris la machine, los fuegos sont desnud, ¿comprenz? Desnud.
Deje que Germans being Germans, We do different, con el argent of de Lord.
Por qué lord Warwick se había empecinado con la escuela
italiana, no se podía saber. El señor Abbott, el veterano maestro de ceremonias
del conde, prefería a los alemanes. Más simples, pero precisos y confiables.
Sin embargo, en toda Europa, eran los pirotécnicos italianos quienes gozaban de
mejor reputación. Los italianos forjaban su propia gloria embelleciendo ideas
nacidas en otros sitios, añadiendo un toque extravagante y bufonesco.
Con ellos estaba un arquitecto, un tal Guidalberto Rizzi. Abbott
había visto sus bocetos: un edificio sin estilo reconocible, fachada suntuosa
con base de pórticos, se elevaba y se interrumpía dos veces con nuevos espacios
huecos, bosques de pilastras y capiteles, y por encima se alzaban torres,
chimeneas verticales de cuyo interior salían los fuegos. Aún más arriba, en una
plataforma circular giraban unicornios, dragones chinos y leones parecidos a
los de la República de Venecia. De sus fauces salían llamas, apagadas enseguida
con chorros de agua de las trompas de dos elefantes de madera, primero
escondidos detrás de los árboles y luego suspendidos en el aire mediante
cuerdas. Elefantes que, a su vez, tenían que estallar en una explosión de
relámpagos rojos, blancos y azules.
Lord Warwick no era hombre de escatimar en gastos y había
satisfecho cada pedido. Abbott había reclutado a los artesanos y obreros, y
procurado los materiales. Un mes de trabajo, las calles de la residencia
abarrotadas de carros y mozos con torsos desnudos. Plataformas se elevaban,
andamios se ensanchaban, cubos subían con garruchas y de vez en cuando caían
rozando cabezas. Lord Warwick celebraba los incidentes con aplausos desde la
terraza, Abbott no sabía qué pensar. Dentro del carro-taller, los pirotécnicos
mezclaban cinc, antimonio y arsénico rojo.
Abbott estaba preocupado. Hasta la música de acompañamiento le
parecía arriesgada. Música para los reales fuegos de artificio. Lo recordaban
todos, el gran fracaso de 1749. En esa ocasión también se había tratado de italianos.
Un desatre: estallidos prematuros, incendios, muertos, heridos,
peleas y detenciones. El Rey y su corte se retiraron, poniendo sello a un
memorable fiasco.
En menor escala, Abbott temía tener que asistir a algo similar.
Lo atravesaban horribles presentimientos.
El cielo era de color azul prusia. El único elemento germánico
del display.
La servidumbre precisó varios minutos para apagar los
candelabros y velas del salón panorámico. Poco a poco, los grandes ventanales
cesaron de reflejar las luces, las sonrisas y los colores brillantes de la
multitud, y se hizo transparente. Cada uno vio desaparecer a su doble y se
encontró en compañía de un azul profundo e intenso, frente a la bóveda del
cielo.
Philip Lacroix Ronaterihonte nunca había visto fuegos de
artificio.
Joseph Brant Thayendanega nunca había visto fuegos de artificio.
Peter Warren Johnson había visto fuegos de artificio, en
Filadelfia, pero sospechaba que ese espectáculo sería una experiencia mucho más
rica.
Con palancas y varas, los obreros quitaron las lonas a la
misteriosa obra en el centro del parque, rodeada por largas antorchas clavadas
en el suelo y grandes candiles colgados en los árboles.
Peter miró alrededor buscando a su tío y al Gran Diablo, pero no
pudo verles.
¡Bum!
La multitud se sobresaltó y los cristales temblaron. El cielo
aún no se iluminaba.
A breve distancia, una segunda explosión.
¡Bum!
Y luego:
¡Bum!
La tercera salva era la última señal. Un relámpago iluminó el
cielo sin hacer ruido alguno. La orquesta arrancó con la ouverture.
De una cúpula en lo alto del templo se levantó una muralla de
fuego, que se transformó en una cascada de llamas rojas, blancas y azules. La
Union Jack.
Una serie de estallidos espantosos borraron la música,
acompañados por estelas verdísimas que parecían salir de cada punto del
palacio, subían al cielo y daban vida a efímeras estrellas.
Los italianos tenían la manía de los ruidos. En sus espectáculos
incluían el mayor número posible de «golpes de cañón», repletos de pólvora
negra.
—Abundance of grand rumor, Míster Ebbott, is de Italian style,
fshhh, ¡ka-bum! ¡Bum, bu-bum! Tutto explota, ¿comprenz?
Abbott, de pie en un montículo, gozaba de una buena vista sobre
la máquina y todo el display. A la izquierda se veía el palacio, el verdadero,
los fuegos reflejados en los cristales del salón panorámico. Un edificio frente
al otro, como si el de piedra sufriera el asalto de su doble envuelto en llamas
y hubiera renunciado a defenderse, limitándose a contemplar la violencia de la
que era víctima.
En ese momento comprendió la intención de los italianos.
También Philip lo entendió. Apoyado contra la pared del fondo,
junto a lady Mowbray, observaba el espectáculo por encima de pelucas y
diademas.
¿El palacio de madera no era acaso la caricatura del palacio de
lord Warwick? La pompa inútil, las estatuas, los oropeles, las galerías
suspendidas. Los pirotécnicos ponían a la nobleza inglesa frente al espectáculo
de sí misma. La jouissance del dueño de casa encontraba su punto culminante en
la hoguera de las vanidades imperiales.
Un león echó un chorro ardiente, más débil de lo previsto. Se
convirtió en una lluvia de lapilli que cayó sobre el prado, rozando la fachada
del templo.
Fue así que una columna del pórtico tomó fuego.
Antes de que alguien interviniera, las llamas se extendieron a
otra columna.
Los elefantes, en tanto, permanecían escondidos.
Desde detrás de un seto aparecieron unos energúmenos con el
torso desnudo, cada uno con un cubo de agua.
Entretanto, el fuego había afectado a una tercera columna.
Abbott se lanzó a la carrera montículo abajo.
El fuego devoraba la fachada. Continuaban saliendo cohetes, en
una explosión de astros artificiales. Asomaban y enseguida caían. Ocasos
definitivos, sustituidos por nuevas y rápidas auroras. Puñados de chispas
danzaban en los ojos de los espectadores.
Abbott llegó hasta el seto detrás del cual operaban los tireurs.
Vio a los italianos y se lanzó contra ellos.
—¡Inconscientes! ¡Irresponsables! ¡Sabía que provocarían un
desastre!
Los italianos le miraron como si fuera un poseso. Uno de ellos
le enseñó las palmas de las manos, para calmarle o tenerle a distancia.
—¡Calm, friend, tranquill! ¡C'est part du spectacle! Is de
Italian style, ¿no remember? —Luego se giró hacia los obreros con el torso
desnudo y ordenó—: ¡Tirez la corde, now!
Otro pirotécnico, cubierto de tatuajes desde la barbilla hasta
los dedos de las manos, señaló por detrás de Abbott y le hizo señas de que se
volviera.
En ese momento, toda la fachada se vino abajo.
Abbott se quedó con la boca abierta.
Peter, Philip, Joseph y todos los demás se quedaron
boquiabiertos. Los músicos pararon de tocar. Un prolongado «Oooh» de estupor
llenó el salón.
Detrás de la fachada destruida por el fuego había surgido una
pirámide. En la punta de la pirámide, un disco de fuego, réplica del sol,
irradiaba una luz blanca.
La pirámide se elevó, levantada con cabrias y tirantes. En la
base, se encendieron decenas de cohetes. Era como si las llamas variopintas la
llevaran lejos del suelo, hacia el cielo. Cielo que se iluminó de estrellas y
se tiñó, en el último gran estallido, de rojo, blanco y azul.
El aplauso fue estrepitoso. Todos se giraron hacia lord Warwick,
para congratularse. El dueño de casa sonreía burlón.
«¿Y los elefantes? ¿Dónde están los elefantes?», pensó Abbott.
—¿No debía haber elefantes? —preguntó a los italianos—. En honor
a los huéspedes indios.
Los italianos le miraron como si fuera un gusano salido de
debajo de una piedra, luego rompieron a reír.
—Ellos sont indiens de Amerique. Elephants stay en India,
imbezèl.
Noche. Peter regresaba hacia el hostal y se sentía con una
altura de diez pies. La madera y las telas del carruaje no bastaban para
contenerle. La emoción de la multitud, la música, los fuegos de artificio
continuaban sonando, tronando, estallando en la mente. Corrían en las venas
junto con la sangre, espesa y fuerte. El corazón latía como un tambor, en el
rostro tenía dibujada una sonrisa. El carruaje daba saltos, Peter no sentía
incomodidad alguna, como si sus miembros, cargados de excitación, no percibieran
malestar o fatiga.
Estaba en el centro del planeta, entre un grupo de héroes que
Londres había saludado sombrero en mano. Estaba achispado, los licores,
rosolíes y vinos tenían sabor a néctar, sabores muy distintos al ron de las
colonias. Las damas y señoritas —algunas le habían mirado, se había dado
cuenta— eran ninfas, el salón donde se había realizado el baile era un Parnaso.
Los hombres le habían tratado con el respeto que conviene a un joven guerrero
victorioso.
Peter miró por la ventanilla. La noche estaba oscura, en muchos
puntos la iluminación pública estaba ausente. Sintió que la mole de los
edificios se cerraba sobre el vehículo. Londres era una inmensa fortaleza, sus
bastiones protegían a todos los súbditos leales, llegaban a los cuatro rincones
del mundo, hasta el valle del Mohawk, hasta Canajoharie. Peter pensó que el
futuro tenía los colores del arco iris.
8
Un sótano húmedo, sin revoques ni pavimento. En el rincón más
oscuro, un gato muerto saciaba a un grupo de ratones. El calor de la estufa era
una gota en un mar de hielo. Rayos de sol mortecino y gritos exaltados se
filtraban por los tragaluces.
El ogro con delantal trasvasaba vino de las damajuanas a las
botellas, sin llenarlas. El cariacuchillado gastaba con una lima una bandeja de
peltre. El más delgado de los tres cogía la limadura con una cucharilla, la
echaba en el burdeos, añadía agua y contaba en voz alta:
—Ciento siete, ciento ocho, ciento nueve...
Por la puerta del fondo, irrumpieron en el salón dos individuos,
elegantes como lores comparados con los otros. Bajo los gabanes, chaquetas de
lino crudo y calzones de lana. El más alto incluso tenía una peluca, estropeada
y sucia pero de buena hechura. En la mano, un papel arrugado.
—Señores —anunció con énfasis—. El Daily Courant nos ha honrado
con un artículo.
—¡Jodida mierda! Anda, lee algo.
—¡Silencio! Que me bailan los números. ¿Dónde estaba?
—Es una carta del gallito que desplumamos la otra noche. Dice
que si alguien no le cree, puede ver al doctor Flint, y preguntarle cómo había
quedado, después del tratamiento de los indios.
—La flecha en el culo. ¡Cuántas risitas, doctor Flint!
—Ciento ocho. Habías llegado a ciento ocho.
—Qué va, al menos ciento diez. Me toca empezar otra vez.
—Déjalo —le paró el recién llegado—. Tenemos que hablar.
—¿Alguna jugada para esta noche? —preguntó el contable.
—También.
El cariacuchillado sonrió con el ojo bueno vidrioso por la
ginebra. No tenía planes para la última noche del año, más allá de un chiquillo
que le debía un favor.
—Trae el vino —ordenó el lord al del delantal—. Quiero probarlo,
antes del emplomado.
Se guardó el periódico y fue a sentarse en una caja de madera
abandonada por ahí. Los otros cuatro arrastraron otras tantas hasta formar un
círculo. Le pasaron una botella. Echó un trago, se quitó la peluca y comenzó a
peinarla con sus dedos. La cabeza al descubierto reveló la cresta de guerrero
indio y una medialuna turca tatuada en la frente. Con un gesto, invitó al otro
lord a tomar la palabra.
Era un rabillo pálido, aspecto sifilítico, barriga de cerveza. A
simple vista, pocos le hubieran dado un penique.
—Bueno —se aclaró la voz—. La cuestión es esta: aquí en Soho,
todos rapiñan en solitario. Cortabolsas, descuideros, tironeros, topistas.
Algún salteador en la calle que va hasta Tottenham. Golpes como los nuestros,
solo hay uno que se los jala. Se llama Dread Jack, tiene una panda de siete y
juega sucio: ratea y pilla rateros, raspa, hace bisnes, chiva a los que compran
y se embolsa la moneda.
—En Covent Garden no había alguien tan mierdoso —comentó
melancólico el escuálido.
—Para compensar, estaban los bracos del juez Fielding y tuvimos
que salir escopetados.
—Animo, guarranos —cortó en seco el Emperador—. Tal vez la
mudanza nos venga bien. El Garden ya estaba muy poblado. Aquí, nada de canes,
solo los machuchos de la Guardia, les haces ¡bu! y se meten en la iglesia.
Domamos a Dead Jack y se acabó el juego. Todos los pollos para nosotros, todos
los cacos con nosotros.
—Lo pones fácil —espetó el cariacuchillado—. Ese no es un dedón
cualquiera. La sesera india se la pasa por la entrepierna.
—No digas chorradas, Colé. Nosotros somos los Mohocks de
Londres, más que una cresta. Esta de aquí —se dio unas palmadas en la frente—
no me la he hecho ayer.
—Lo sabemos, Dave. —El ogro recitó los versos—. Tu abuelo era
Hendrick, el rey de los mohocks, que a Londres llegó y un polvo se echó.
—Así es. Toda la ciudad está babeando por los indios, como
entonces. Si éramos la panda de Don Nadie, aquel ni la hubiera escrito la carta
en el Courant.
—¿Tú crees que Dread Jack lee el periódico?
—A duras penas podrá escribir su nombre, pero ¿qué importa? Al
rebaño le bastará oír nuestro nombre para cagarse de miedo.
—¿Y qué sacamos de eso?
El contable arrugó la nariz en una mueca gatuna.
—Si se cagan, pagan —sentenció el Emperador—. El miedo es el
alma del comercio. Los salvajes de la ciudad no verán la hora de unirse a
nosotros. Los viejos de la Guardia rezarán a Dios, los bracos de Fielding se
acurrucarán en su caseta de Bow Street. Dead Jack se lo pensará dos veces,
antes de hacerle la guerra a los mohocks de Londres.
Dicho esto, sacó de su bolsillo una cajita forrada de
terciopelo, extrajo un palillo de pluma de oca y comenzó a escarbar caries y
dientes estropeados.
—¿Y el lote de vino que les hemos birlado? —preguntó el ogro
señalando las damajuanas—. Ellos estaban preparando ese golpe.
—¡Exacto! Ya pasaron tres días. ¿Tú les has oído quejarse?
—No, pero tiempo al tiempo...
—Tiempo, una mierda. Que esto no es ajedrez para quedarse
esperando. Ya hicimos la primera jugada, ahora toca doblar la apuesta.
—¿Doblar la apuesta? ¿Cómo?
El Emperador dejó el mondadientes, cogió un terroncillo que
parecía azúcar y se lo metió en la boca. Haciendo ascos, sorbió el resto de la
botella, hizo gárgaras y escupió al suelo todo el brebaje.
—Alumbre —dijo con el índice apuntado hacia la garganta—.
Empasta los dientes como nada. Un caballero...
—Sí, Dave —le consintió el ogro—. Un caballero es como un
caballo. ¿Cómo mierdas doblamos la apuesta, entonces?
El otro frunció mucho los labios.
—Cuando empiefes a fablar afí y te inflen a patadas, ¿cómo te
ganarás la fasta? ¿Chufando el haba?
Carcajadas catarrosas llenaron de ecos el sótano. El ogro
replicó con gestos, invitando a sus amigotes a cuidar de sus propias habas.
—¿Qué estábamos diciendo? Ah, ya, muy sencillo: vamos allí, nos
presentamos, y si quieren un resarcimiento, se lo daremos de buena gana.
Silencio, quebrado solo por el chillido de los ratones. El
cariacuchillado se levantó para echar mano a una nueva botella. Bebió un largo
trago. Era de las ya alteradas, pero no pareció darse cuenta de la diferencia.
El contable fue el primero que habló:
—Por mí, va bien. ¿Cuándo?
El Emperador arrojó la peluca y se levantó de un salto.
—Esta noche. ¿No queríais divertiros? Mañana empieza el año
mohock.
9
Ojosolo Fred videaba a las furcias desde detrás del mostrador de
la taberna. Ubicada en un patio de Tottenham Court Road, en el centro de lo que
llamaban, con todo respeto, «la manzana de los matachines» de Soho. Hacía
veinte años, pero sin letreros, que llevaba su nombre, Taberna Ojosolo, esto
es, desde que Fred había bajado para siempre de cascarones y maderos a la
tierra firme, y con los cuatro dengos que había sacado de pagas, raterías y
contrabandos, se había comprado ese garito para convertirse en un dedón starrio
y beodo en santa paz, y a la mierda el agua salada. El bisnes era joroschó, la
ganancia era segura, la tela en el bolsillo no faltaba, y él tenía la golosa
justa para inspirar respeto. El resto lo había hecho el ojo bizco, porque con
uno bueno era suficiente para videar lo que había que videar, unas cuchilladas
mezclando rasgos y expresión, la mueca torcida y los cuatro subos que le
quedaban en la rota, picados y afilados como los de un tiburón muerto. Había
sido el dueño.
Otros tiempos. Luego la edad starria, lerda, achacosa, y jodida
había machacado huesos y tripas, obligando a Fred a trabajar para un patrón, un
málchico mierdoso y grasño que conocía desde que era malenco y se llamaba
James, ahora Dread Jack. Tenía una panda de drugos infames, fulleros y
zanguangos. Todo el día piteando ginebra y llenándose la faltriquera y los
pantalones con dengos fruto de tajos, humillaciones y rapiñas.
Terminaba un año de mierda, empezaba otro, aunque al final nunca
cambiaba nada, y si cambiaba era para peor, esto pensaba Ojosolo. Por eso allí
la beodera era ya de tamañas proporciones: los drugos de panda de Jack
munchaban, magreaban y piteaban ginebra, piteaban, magreaban y gargajeban con
sus rotas inmundas. Las furcias, pese al frío infame como faca, vestían
corpiños de piel, casi todas sin llevar nada debajo, con las rucas y la espalda
desnudas, los grudos bien a la vista, y faldas amplias para proteger el oficio.
Las furcias pasaban de una mesa a otra, con la ginebra y las mercancías
bamboleantes; con cada magreo, un cricho agudo y grosero, pero después
smecaban, smecaban muy fuerte cuando uno de los grasñosos de Dread les hundía
la jeta dentro de los grudos. En fin, Ojosolo, detrás del mostrador, no hacía
más que servir ginebra y videar las carnes, más o menos frescas.
Dread Jack se repantingaba en un banco apoyado contra una pared,
recibiendo atenciones de Betty, llamada «la Comilona», y también de Ellie, que
no tenía un brazo, pero a cambio la naturaleza le había regalado dos grudos
impresionantes. Otros drugos de panda estaban sentados alrededor, zanguangos y
finchados y guarranosos como correspondía a todo dedón de ínfimo rango. Y venga
eructos de ogro, gargajos y blasfemias.
La cosa se puso interesante cuando de pronto la rota de Tom,
llamado «Trompeta», soltó un estertor como un oso herido. Trompeta Tom, el
topista de la panda, estaba en una mesa apartada pasándoselo en grande con Mary
«la Culona» hacía ya largo rato. Que sí que no, ginebra, calentón y demás
demases, el crobo que le corría por las venas se había subido todo a la sesera
y Trompeta, después de ese bufido, había levantado la falda por encima de la
cabeza de la Culona, le había metido el haba y se la poleaba por detrás.
Pues bien, esta cosa, después de unas guarranadas como
comentario al principio, había traído un raro tipo de calma: las mujeres ya no
crichaban, alguna se smecaban muy divertida, pero por lo bajo, y los dedones
videaban absortos como en el teatro o las funciones de la calle. Mary gemía muy
grosera debajo de la falda, Trompeta bufaba y jadeaba como un verdadero ogro.
Ojosolo, detrás del mostrador, estaba ya muy caliente, y había comenzado a
sobarse la entrepierna. Rediós, qué desgracia la edad starria cuando ya nadie
te desarruga el haba. Y entonces, justo en medio del espectáculo, gracias a la
calma chicha que había caído en la taberna, de repente, Ojosolo empezó a slusar
una golosa fuerte y estentórea. Venía de la oscuridad de la calle. Fred aguzó
los ucos, el único interesado en la cosa a pesar del calentón:
Como un halcón temerario
llega el indio al escenario
El sonido de las golosas se acercaba.
y con el arco y las flechas
a la escoria deja maltrecha.
Fred slusó un chumchum de pasos rápidos y luego videó que la
puerta se abría de par en par y aparecía un dedón con una jeta exaltada más que
increíble, que llevaba una cresta de loco en vez de cabello y una medialuna
tatuada en la frente, mientras exclamaba con la mismísima golosa:
Pero es con el hacha
que el Emperador te escacha.
Ojosolo solo tuvo tiempo para emboscar la jeta debajo del
mostrador, porque aquel dedón loco había arrojado el arma hacia delante,
haciendo puntería en la barriga de un tonel a las espaldas de Fred. Siguió un
cricho salvaje, como un grito de batalla, y detrás de él empezaron a entrar
málchicos pintarrajeados con garrotes y facas y auténticos arcos y flechas
listos para usar. Para la panda de Dread Jack la sorpresa fue de órdago, y la
trifulca que se armó de dimensiones épicas, si bien en una sola dirección. Los
málchicos metían garrotazos sin parar en jetas y rotas, mientras el Emperador
de la medialuna avanzaba a zancadas para recuperar el hacha incrustada en medio
del tonel y se subía de pie en el mostrador, justo donde estaba la cabeza
emboscada de Ojosolo. Llegado allí, finchado y triunfante, se puso a videar la
escena con dicha mayor. Trompeta Tom, el haba aún por fuera, había recibido al
inicio un flechazo en esas partes, y aullaba y ladraba como un perro; las
furcias, Culona más que las otras, crichaban como águilas y se arrinconaban en
zonas menos batidas por mandobles, tortas y garrotazos; los drugos de panda de
Jack, beodos y mosqueados, habían intentado echar la ruca a las facas, pero los
dedones locos se les lanzaron encima al instante y habían reducido jetas y
rotas a máscaras deformes, con crobo que chorreaba por todas partes y subos,
incluso buenos, que salían volando como gargajos. Una derrota.
Fue entonces que, desde su pedestal, Crestón clamó a los
presentes acoquinados y machacados con grandes aspavientos del hacha y una
golosa melosa:
—Señoras, señores, por favor, prestad atención. Yo, Taw Waw Eben
Zan Kaladar II, emperador de la nación mohock londinense, declaro de forma
oficial abierto el año mohock. Desde ahora, por tanto, os encontráis todos bajo
mi benigna y ecuánime autoridad, respetando la cual, solo puede reportaros
beneficios y una vida larga y libre de fatigas. Hemos venido a informaros, para
que no tengáis que mostrar sorpresa por algunos, ejem... cambios que desde hoy
mismo mejorarán la existencia en nuestro vecindario.
Dread Jack, que se había aplastado contra la pared con tres
furcias que hacían de escudo, dio unos pasos al descubierto, una faca bien
larga desenvainada en una ruca. Todo enrojecido en la jeta, rugió con la golosa
ronca y encabronada:
—¿Y quién diablos eres tú, grasño mierdoso que vienes a soltar
guanarradas en casa ajena sin ningún respeto? Ven abajo, que te vuelvo el culo
del revés como un par de pantalones.
—Lo sabía, aquí está el gran Dreeead —dijo el Emperador.
Mientras lo decía, se bajó de un salto y clavó el hacha en la
sesera de Jack, que se desplomó todo espatarrado. Después de algunos crichos de
mujeres, cayó el silencio en toda la taberna. Hasta los drugos del dedón
calvorota que se las daba de Emperador parecían sorprendidos y asustados.
Crestón II lanzó una patada a las tripas de Jack, que la palmó en medio del
lago de crobo donde estaba. Luego se puso a caballo y con un golpe seco lo
escalpó. Todos videaban acoquinados. Aquel agitó en alto el pellejo de Jack:
—Señoras, señores. Desde hoy trabajan para mí. Esto es todo.
Feliz año nuevo. —Dio un par de golpes con la ruca abierta en el mostrador y
añadió—: Viejo, ya puedes salir, hay que atender a los clientes. Nosotros nos
vamos.
Se dirigió a los drugos de panda, y con pasos rápidos, uno tras
otro, salieron como habían entrado.
Ojosolo Fred, mientras asomaba cauto la jeta por encima del
mostrador, se encontró pensando que tal vez sí, esta vez el año nuevo iba a ser
diferente.
Un año indio.
10
Extracto del Daily Courant del 5 de enero de 1776:
SOBRE LOS CRIMINALES DISFRAZADOS DE INDIOS
QUE VUELVEN A IMPERAR EN LAS CALLES DE LONDRES
En el último número del año recién pasado, publicamos la carta
de un caballero de Mayfair, que relataba la feroz agresión y asalto por él
sufridos de manos de presuntos indios mohocks. Desde entonces, numerosos
lectores nos han escrito poniendo en duda la autenticidad de la carta, o al
menos, los hechos en ella descritos. Humildes servidores de la Verdad, hemos
rastreado al autor, hemos verificado las distintas circunstancias y estábamos a
punto de publicar una ardorosa defensa de su honestidad, cuando ha llegado a
nuestra sede de Grub Street una noticia que, por sí sola, vale más que cien
defensas.
El primero de enero pasado, poco después de la medianoche, una
cuadrilla de indios ha hecho irrupción en la Taberna Ojosolo de Tottenham Court
Road, devastando el local a golpe de hacha y flechas, hiriendo a varias
personas y por último matando, con el salvaje ritual del escalpado, a un tal
James HOTBURN, de treinta y un años, residente en Soho. El tabernero y algunas
mujeres presentes ya han prestado testimonio de lo ocurrido ante los jueces de
Old Bailey.
Inútil es decir que los protagonistas de estos sucesos no pueden
ser los mismos indios que actualmente se encuentran de visita en nuestra
capital. El pensamiento ha ido enseguida hacia el tristemente célebre MOHOCK
CLUB, que los londinenses aún rememoran con horror y que nosotros, en atención
a los lectores más jóvenes o desmemoriados, recordaremos aquí con unas pocas
líneas.
En la primavera de 1712, dos años después de la visita del rey
Hendrick a la reina Ana, un grupo de canallas que había tomado el nombre de
Mohock Club, comenzaron a infestar la noche de Londres en busca de viandantes
para molestarles, con métodos de una rara crueldad. Entre ellos:
encerrar a la víctima dentro de un tonel y echarle a rodar por
Snow Hill;
perforar las mejillas de los desventurados con anzuelos para
luego arrastrarles por doquier con un sedal;
tumbar carruajes sobre cúmulos de inmundicia; cortar manos y
narices;
aplastar la nariz de alguien y sacarle los ojos con los dedos
(el denominado suplicio del León);
obligar a la víctima a hacer cabriolas y piruetas, agitando una
espada en medio de sus piernas (suplicio del Maestro de baile);
poner cabeza abajo a las damas y cometer indecencias en sus
piernas así expuestas (suplicio del Acróbata).
Parece que detrás de la mascarada se ocultaban algunos vastagos
de la nobleza de la ciudad en busca de distracciones.
Hoy se puede creer que más bien se trata de peligrosos
maleantes.
Panifex
11
Pieles de naranja y tabaco mascado hostigaban el patio como
castigos divinos. Criados y lacayos, agachados en los palcos, ocupaban los
asientos para sus señores. En la galería, bastones de paseo y abanicos
astillaban la balaustrada. Algunos invocaban a los actores, otros a los
príncipes indios. Las dos facciones se intercambiaban salivazos. La orquesta
arrancó con una melodía solemne, gritos y destrozos se convirtieron en canto.
El texto hablaba de la carne asada de la vieja Inglaterra, y de sus muchas ventajas
sobre el ragú de los franceses. Joseph cruzó la mirada con Philip sin decir
nada.
Warwick abrió paso hasta el banco central de la primera fila,
como un guía indio en un sendero invadido por zarzas. Apartaba los obstáculos
con método y sin vacilaciones. Un saludo a la derecha, un pellizco a la
izquierda, el bastón apuntado hacia delante y la barriga justo detrás. Cuando
los invitados estuvieron sentados, el conde tomó asiento al lado de Joseph.
—Los nobles de Londres piensan que las mejores plazas de un
teatro son las de los palcos. Cuestan más que las otras, por tanto, tienen que
ser mejores. Si todos los niveles tuvieran el mismo precio, ninguno de ellos
sabría dónde sentarse. Tendrían que elegir, ponderar, exponerse al error. No la
calidad de los objetos, sino el sueño de la razón es lo que hace nacer el lujo.
Dicho esto, llevó su mano derecha al pecho y entonó la última
estrofa de la canción. La música se repitió en los compases finales, cubierta
por los silbidos de quienes reclamaban que se alzara el telón. Un proyectil
anaranjado rozó la mejilla de Warwick y se estrelló contra el parapeto que
protegía a los actores y músicos de las intemperancias de la multitud.
—La primera fila en el centro es lo mejor en absoluto —susurró
Warwick como si le dictase a Joseph su última voluntad—. La escena está de
frente, muy cerca, y los lanzamientos de frutas pocas veces llegan hasta aquí.
En los palcos, para seguir bien la acción es preciso asomarse, y los que están
en lo alto solo esperan eso para volcar una bacinilla con agua, o algo peor.
Tras este comentario, los bastidores empezaron a oscilar y el
aplauso del público de Drury Lane acompañó al telón. El corifeo era un hombre
alto, vestido con una larga túnica de terciopelo y un gorro de punta caída. La
voz estentórea superó la confusión que se transformaba en murmullo.
—En la hermosa Verona, donde colocamos nuestra escena, dos
familias de igual nobleza, arrastradas por antiguos odios, se entregan a nuevas
turbulencias, en que la sangre patricia mancha las patricias manos. De la raza
fatal de estos dos enemigos vino al mundo, con hado funesto, una pareja amante,
cuya infeliz, lastimosa ruina llevara también a la tumba las disensiones de sus
parientes. El terrible episodio de su fatídico amor...
Un grito grosero cayó de lo alto al patio.
—¡Eh! ¡Esos son los príncipes indios!
Filas de cuellos comenzaron a torcerse en todas las direcciones.
El murmullo volvió a elevarse, las miradas pasaron de abajo arriba y luego de
nuevo abajo, a la búsqueda del origen de tanto asombro, hasta que Joseph y
Philip fueron identificados. Ambos no se atrevían a mover ni un solo músculo:
la atención de esa gente se asemejaba a una amenaza. Lord Warwick contuvo una
risita complacida.
—¡Los indios! ¡Por Júpiter, los indios!
—¡Que los muestren!
—Veo tan solo la cabeza.
—¡Queremos ver sus caras!
—¡Muestren a los indios!
El corifeo comenzó a bracear y levantó más la voz:
—Señoras, señores, les ruego, estamos aquí por Romeo y Julieta.
..
—Ellos están todos los días. ¡Queremos a los indios! Un par de
manzanas impactaron contra la primera voz del coro, que se vio obligado a
refugiarse detrás de los bastidores.
Lord Warwick se puso de pie y golpeó con fuerza el bastón en el
suelo.
—¡Señores, por favor!
Una hortaliza volante rozó su peluca y le convenció de volver a
sentarse. Miró a Joseph y se encogió de hombros.
—Es el precio de la fama —dijo divertido, pero la expresión de
su rostro cambió cuando se dio cuenta de que una banda de energúmenos había
bajado al patio e intentaba abrirse paso.
—Si no nos muestran a los indios, bajamos a verles —gritaba el
más exaltado, y en tanto tiraba estocadas con un bastón de paseo.
Pocos pasos más adelante, un oficial de uniforme rojo desenvainó
la espada. Alguien gritó:
—¡Los guardias! ¡Los guardias!
Un enano con una peluca desproporcionada se subió a un banco,
sacó una hoja del bolsillo del chaleco y se puso a leer con fervor, la voz
forzada en falsete al término de cada frase.
—Es el Riot Act —explicó Warwick, mientras fingía que quería
proteger a Philip y en realidad lo usaba como escudo—. Aquí en Inglaterra, la
libertad del individuo nos es tan cara que los guardias no pueden cargar contra
la multitud si no hacen una advertencia previa leyendo estas líneas.
Un hombre mayor vestido con elegancia entró a grandes pasos en
el escenario. Se plantó justo en el centro de la tarima y abrió los brazos, las
palmas abiertas.
Mientras los espectadores le reconocían, las voces se fueron
apagando.
Warwick inclinó la cabeza hacia Joseph.
—El empresario, David Garrick. Es el actor más famoso de
Londres. Se ha retirado de la escena, pero aún es una autoridad.
Logrado algo de silencio, el hombre sonrió al patio.
—Parece que hoy el Bardo ha encontrado pan para sus dientes.
Decid pues, ¿qué os retiene en los miasmas de Londres, en vez de transportaros
a la etérea Verona?
Un par de voces respondieron desde las últimas filas.
—Queremos ver a los indios.
—Sí, Garrick, mira, están allí en primera fila.
David Garrick distinguió en el patio a dos caballeros de piel
cobriza. Con gestos sinuosos de histrión, se los señaló a todos.
—Les invito, entonces, a acercarse hasta este proscenio, puesto
que hoy el maestro Shakespeare debe inclinarse ante quienes le han robado la
escena.
Lord Warwick rozó el codo de Joseph.
—No queda más que subir, Alteza, y pensar que los próximos
peldaños serán los del palacio de Saint James.
Joseph miró de nuevo a Philip. No iría solo. El otro asintió a
regañadientes y se levantaron. En el más absoluto silencio llegaron hasta
Garrick, que los acogió con una elegante reverencia y, con un gesto leve, les
invitó a tomar la palabra.
Joseph observó aquella marea de caras curiosas y sintió una rara
incomodidad. Había hablado muchas veces en la asamblea de su gente. Había
participado en consejos y reuniones. Pero siempre se había sentado en círculo,
entre iguales. Nunca se había visto solo frente a —o mejor, contra— tanta gente
desconocida. Cuanto más pensaba en ello, más aumentaba la incomodidad.
El conde de Warwick, con índice y medio, mimó a un hombrecillo
que subía unas escaleras.
—¡Que digan algo!
—¡En inglés!
—No, ¡en su idioma!
—¡Los tatuajes! ¡Queremos verlos!
—¡Que bailen una danza de guerra!
Un espectador se asomó por la balaustrada para golpear su bastón
en la cabeza de alguien que estaba debajo y agitaba los brazos. Este se dio
cuenta, paró el golpe y lo devolvió. El otro respondió. Los vecinos se
entusiasmaron con el duelo, y algunos ya proponían apostar sobre si el hombre
en lo alto caería abajo o bien no.
Naranjas y tabaco volvieron a volar. Los ojos de Warwick se
tornaron suplicantes. Joseph encontró las palabras.
—Hermanos de Londres —dijo, luego esperó que el silencio se
adueñara de nuevo del Teatro Real y repitió otra vez—. Hermanos de Londres,
muchos de ustedes se preguntan qué es lo que ha impulsado a Thayendanega, «une
dos bastones», y a su hermano Ronaterihonte, «es fiel», mensajeros del Pueblo
de la Piedra y de la Casa Larga de las Seis Naciones, a cruzar el océano para
llegar hasta aquí. Unos dicen que es la disputa entre las colonias americanas e
Inglaterra. Otros sostienen que estamos aquí para pedir ayuda al Rey contra los
que roban nuestras tierras. Todo ello es verdad, pero eso no disminuye la
curiosidad y admiración que sentimos por su ciudad, grande y magnífica, llena
de cosas que los americanos pueden solo imaginar. Una curiosidad mayor la
sentimos solo por William Shakespeare, y en particular, por Romeo y Julieta. Si
las relaciones entre hombres y mujeres, aquí en Inglaterra, son como
Shakespeare las describe, nos preguntamos cómo es posible que Londres tenga un
millón de habitantes. Si nuestro pueblo adoptara el mismo tipo de cortejo,
desaparecería en unas pocas estaciones.
Aplausos. El público reía, silbaba, lanzaba al aire fuegos
artificiales de pieles de naranja.
Los dos indios se dirigieron hacia la escalerilla. Los
espectadores se acallaron con el extraño silencio de quien no sabe qué cosa
esperarse. El corifeo miró a Garrick con aire desconcertado. ¿Tenía que
abandonar la escena y reclamar el telón, o seguir donde lo había dejado? Pero
después de una elegante reverencia al público, el Gran Garrick se retiró. La
primera voz del coro se quedó rígido en medio del escenario, sin saber qué
hacer.
Joseph Brant estaba bajando por la escalerilla para regresar al
patio. Detrás de él, Philip advirtió las dificultades del corifeo. Se acercó y
murmuró:
—El terrible episodio de su fatídico amor...
En la primera fila, algunas bocas volvieron a abrirse. Sin darse
espacio para la sorpresa, el corifeo recomenzó:
—El terrible episodio de su fatídico amor, la persistencia del
encono de sus allegados al que solo es capaz de poner término la extinción de
su descendencia, va a ser durante las siguientes dos horas el asunto de nuestra
representación. Si nos prestáis atento oído, lo que falte aquí tratará de
suplirlo nuestro esfuerzo.
En el patio, sin poder contener la emoción, el conde de Warwick
se agitaba en el banco. Estrechaba manos a la derecha, a la izquierda y también
detrás, luego abrazaba a Joseph, para cerciorarse de que fuera real, de carne y
hueso.
—Esta ciudad no será la misma cuando ustedes se hayan marchado
—dijo al fin con melancolía—. Diré más, no será el mismo ni siquiera
Shakespeare. —Adoptó un tono suplicante y prosiguió—: Deben prometer que no
dejarán Londres antes del verano. Tienen que prometerlo o haré todo lo que esté
en mi poder para aplazar la audiencia con el rey Jorge.
Joseph lo prometió, luego clavó los ojos en el escenario con
aire arrobado y el conde, las manos recogidas sobre el puño del bastón, se
esforzó para callarse hasta el final de la escena.
En uno de los palcos centrales, un grupo de caballeros fingía
prestar atención a la obra. Las voces eran susurros, los rostros en sombras.
Los trajes elegantes de estilo sobrio denotaban la pertenencia a la clase de
los financieros de la City. Estaban sentados en hilera, pero era evidente que
uno de ellos era el centro de gravedad del grupo. Las cabezas de los otros,
apenas inclinadas, convergían en su figura, y los comentarios murmurados iban
todos en su dirección.
—Ese bufón de Warwick pretende vendernos incluso a los indios.
.. La próxima vez les tocará a los caníbales de África.
De una cajita de plata, el hombre pellizcó una pizca de tabaco y
la aspiró, luego se limpió la nariz con un pañuelo bordado.
—Los periódicos no hablan de otra cosa —comentó la sombra a su
lado.
—¿De veras esperan poner de moda a los salvajes? —comentó un
tercero en tono desdeñoso.
—Quieren hacernos tragar la idea de que la Corona pone en manos
de estos primitivos la defensa de sus propios intereses en América —añadió
aquel que aún no había hablado.
El hombre en el centro de la fila esnifó otra vez el polvo
amarillo, luego cerró la cajita y la guardó en su bolsillo echando una mirada
distraída hacia abajo. En el escenario estaba en curso el duelo entre Mercucio
y Tebaldo, con golpes secos de espadas de madera. Algunos entre el público
gritaban su apoyo, como si no se supiera ya quién habría de ganar.
—El problema, querido Cavendish —continuó el hombre en el centro
sin dejar de mirar abajo—, es que los intereses de la Corona difieren cada vez
más de los nuestros. Cada día que pasa, este conflicto con los coloniales nos
cuesta miles de esterlinas. La mitad de nuestros contactos comerciales se
perdieron. Los puertos americanos se cierran, las mercancías son requisadas o
arrojadas al mar. El ejército tenía que restablecer el orden en pocas semanas,
y ya han pasado más de seis meses.
—Tendrían que haber hecho caso a Burke. En toda la Cámara es el
único con algo de sentido común, había previsto todas las cosas.
—A pesar de su estima por él, señor Pole, el gobierno tiene una
opinión muy distinta.
—Quizá tal vez tendríamos que cambiar de gobierno.
—No antes de que haya perdido la guerra —sentenció el caballero
sentado en el medio.
—¿En verdad cree que nuestro ejército puede ser derrotado?
—Yo no sé nada de asuntos militares, señores. Con seguridad no
puede ser derrotado el progreso. Estamos haciendo una guerra para garantizar
que la Compañía de Indias pueda agotar en América sus existencias de té. ¿No se
dan cuenta de que así no se venderá siquiera una onza? Es más, me han dicho
que, para protestar, los americanos han tomado la costumbre de beber café. Esto
sucede cuando se fuerza la mano del mercado. Cuántas veces le he dicho al
ministro de Comercio que el mercado tiene que ser libre, libre, por Dios.
Demanda y oferta, demanda y oferta. Todos los blasones del mundo no bastan para
ser un buen contable.
—¿Han sabido que por fin el señor Adam Smith se decidió a dar a
la imprenta sus teorías?
—Gracias a Dios, ya no pareceré un predicador en el desierto.
Ese es un verdadero hombre de ciencia.
—Tenemos que financiar la distribución del texto en Londres.
—Cientos, miles de ejemplares.
El hombre señaló la cabeza de Warwick, en la primera fila.
—¿Y mientras tanto seguir aguantando a estos viejos parásitos?
Alguien debería fastidiarles los planes.
Los susurros fueron cubiertos por el clamor del público ante la
muerte de Mercucio. Cuando el griterío cesó, el hombre sentado en el centro
volvió a hablar.
—Traen aquí a un par de indios bien educados, que conocen a
Shakespeare, y pretenden que todos piquemos el señuelo. Ridículo.
—Indecente —añadió la sombra sentada a la derecha.
—Vergonzoso —comentó la de la izquierda.
—Penoso —concluyó el último personaje, después de un instante de
duda.
El hombre del centro se levantó.
—Hoy los actores son flojos. El viejo Garrick podría cubrir
todos los roles y hacer un mejor papel.
—¿También a Julieta? —bromeó uno de los otros.
—Claro. Tal vez el mismo Shakespeare la haya encarnado.
—Tiempos duros —rió el otro.
—No peores que estos —rebatió serio el caballero—. Nuestros
compatriotas americanos piden libertad de comercio y el gobierno no encuentra
nada mejor que fraternizar con cortadores de cabelleras. El mundo al revés.
Las sombras se deslizaron fuera, dejando el palco vacío, como
una boca negra abierta frente al escenario.
12
Tía Nancy continuaba diciendo que contuviera la respiración.
Cuando Esther obedecía, una criada robusta tiraba de los cordones del corsé,
comprimía las costillas y atrapaba el aire dentro de la caja torácica. Esther
creía morir, pero su pequeño cuerpo conseguía defender un espacio, lo
suficiente para sobrevivir.
—Ya está —concluyó la criada con una sonrisa ceñuda.
La volvieron hacia un espejo apoyado en el muro. Esther miró a
la dama en miniatura frente a ella. El peinado rozaba el borde superior del
marco, adornado con hilos dorados, cintas de terciopelo, lazos de puntillas.
Los cabellos estaban en alto sobre la cabeza, como ramas de una planta en una
espaldera, y caían en bucles perfectos. A duras penas reconocía su propia cara.
Una capa de cerusa le daba aspecto plano, uniforme, una muñeca de porcelana.
Resaltaban los labios bermellón y la sombra en los ojos. La falda rozaba el
suelo, tres capas de telas con cuerpo, y por debajo bragas largas hasta la
rodilla y calcetines de seda. Se preguntó cómo haría para orinar. A causa del
corsé los respiros eran cortos y frecuentes, acelerados por las palpitaciones,
debidas al pánico de encontrarse encerrada allí dentro.
Tía Nancy le había explicado que tenía que dar buena imagen. Ya
era una señorita, y la ocasión mundana requería un esfuerzo. ¿Lo haría por su
padre? No quería darle un disgusto, ¿verdad? No, Esther no quería. Tía Nancy
dijo que en lo alto del cielo su madre estaría orgullosa de ella, viéndola tan
hermosa. ¿Hermosa? Esther miró de nuevo el espejo. No estaba tan segura.
Intentó caminar, se sintió torpe y lenta. Así vestida nunca
hubiera podido correr, ni aligerar el paso, mucho menos esconderse donde no
pudieran encontrarla. Solo podía dar vueltas sobre sí misma, como la miniatura
de la cajita de música que le había regalado su padre el día anterior, una
mujercilla pequeñita que acompañaba el ritmo en una peana de madera.
Esther se volvió hacia sus hermanas, sentadas en una esquina. La
observaban atónitas, como se mira a una persona que se marcha de repente.
Esther comprendió que se estaban separando, sin embargo no sintió pena. Así
tenía que ser. Tenía que convertirse en una señora, aprender a dar vueltas
sobre sí. Podía hacerlo. Usar la coraza que le habían ceñido en torno y seguir
el juego. Volvió a mirar la superficie brillante del espejo y se dedicó una
sonrisa. Desde el mundo al revés, aquel ser pálido torció una mueca fría.
En el carruaje la hicieron sentarse al lado de su padre. Frente
a ellos, lord Warwick apoyaba el trasero en el borde del asiento y las manos en
el puño del bastón. Junto a él, Joseph Brant le dirigió una sonrisa vaga.
Esther observaba las ruedas de otros carruajes que pasaban
veloces. Salpicaban de fango las ropas de los viandantes y los tenderetes de
los vendedores.
Llegaron a un puente animado por el ir y venir de hombres y
cosas. Había visto un termitero destrozado por los leñadores, una vez. Apartó
de inmediato ese pensamiento y respiró hondo para contener un conato de vómito.
Tal vez era el vaivén del coche, o tal vez las termitas que corrían por la
cabeza.
La voz de su padre le llegó atenuada por los ruidos del exterior
y los del coche.
—Lord Germain es proclive a sostener nuestra causa. Ha
respondido a mi carta con premura, pidiendo que pusiera por escrito las
cuestiones en suspenso.
—Esta es una buena noticia —comentó el conde—, Germain es el
ministro de las Colonias más insidioso que jamás hayamos tenido, pero es la
única persona que puede resolver sus problemas.
La atención de Esther fue atraída por una pandilla de chiquillos
que había capturado y atado un perro, y lo empalaba con un espetón de asar. Los
aullidos eran desgarradores. En tanto, otros habían atado a tres gatos por la
cola y los hacían girar en un ovillo de uñas, soplidos y maullidos. Se
estremeció, mientras el coche seguía adelante. Luego la carroza redujo la
velocidad y se encontró mirando a un señor gordo en un palanquín, que cuatro
criados portaban a buena distancia de las aguas de la calle. La gran cabeza
asomaba fuera del habitáculo y gritaba una serie de injurias hacia otro
palanquín, que provenía de la dirección opuesta. De pronto, el hombre paró de
gritar, vio a la chiquilla y la miró con desagrado. Ella se volvió de nuevo
hacia el interior.
Su padre y el conde no dejaban de hablar.
—¿Cree que sucederá pronto? —intervino Joseph Brant.
—Claro. La presencia en la ciudad de Su Alteza Joseph Brant está
causando la sensación que corresponde. En el fondo, es el príncipe de
Canajoharie. No pueden dejarle haciendo antesala por mucho tiempo.
El indio miró el bastón de paseo que tenía entre sus rodillas
sacudiendo la cabeza.
—Yo soy un jefe guerrero. Es un título ganado en el campo. Mis
orígenes no son nobles, lord Warwick.
—Como los de cualquier otro —dijo el conde—. No es Dios quien
asigna los títulos nobiliarios, sino la fuerza. —Acomodó un mechón de la peluca
fuera de sitio—. Mirándolo bien, el origen de la nobleza inglesa no es otro que
la violación.
Esther sintió que su padre se agitaba en el asiento. Las náuseas
estaban pasando, pero tuvo que reclinar la cabeza en el respaldo y respirar
hondo. Poco entendía de lo que decían los mayores, pero podía percibir sus
estados de ánimo. El conde hablaba con aire aburrido, como si todo fuera obvio.
—Mucho tiempo atrás, una horda de hirsutos guerreros franceses
atravesó el Canal de la Mancha, conquistó estas tierras y ejerció el derecho de
los vencedores sobre las mujeres de la isla. Luego repartió los títulos
nobiliarios que aún hoy llevamos. —Warwick agitó con gracia una mano—. Y aquí
estamos. Bastardos preocupados por cultivar los buenos modales para hacer
olvidar nuestros orígenes.
—Los lores ingleses guían a los ejércitos en batalla —intervino
Joseph Brant—. El valor y el coraje son la verdadera fuente de nobleza.
—¿Valor y coraje? Cualidades apreciadas por un pueblo como el
suyo, que aún tiene en cuenta las antiguas virtudes. —Otro ligero gesto de la
mano—. Pero mire hacia fuera. Yo no resistiría un día en estas calles, mucho
menos una noche. Esta gente pasa ahí toda la vida. Más que coraje. Ladrones,
miserables y mercaderes sobreviven a todo y por doquier. Como los ratones. —A
Esther le daba vueltas la cabeza. Imágenes y palabras sonaban vagas y
algodonadas, el rostro de Warwick parecía deforme, el de Joseph Brant tenía
rasgos animalescos—. Es la raza del hambre insaciable, que devora cualquier
cosa. ¿Piensa que el valor y el coraje cambiarán el curso de los
acontecimientos? Son conceptos buenos para las alegorías de los pintores, a
quienes pedimos retratos en armadura y uniforme de gala. Una patética tentativa
para apartar el pensamiento de que pronto esta gente roerá nuestros huesos.
Su padre habló desde una gran distancia:
—Sin embargo, milord, no puede negar que la aristocracia cultiva
una cierta forma de excelencia.
—De hecho, he pensado mucho sobre lo que quiere decir ser
aristocrático. —Esther vio que el conde sacaba una petaca de metal de la
chaqueta, destornillaba el tapón y se la ofrecía a los demás—. ¿Gustan cordial?
Ambos rechazaron y Warwick bebió un trago abundante, para luego
volver a hablar con el mismo tono.
—He llegado a la conclusión de que significa tener a alguien
dispuesto a cargar con las culpas en nuestro lugar. Para comprobar esta teoría,
el otro día me tiré un sonoro cuesco en el salón, en presencia de tres de mis
criados. Bien, no solo fingieron no haber oído nada, sino que cuando acusé con
vehemencia a uno de ellos, no dijo ni una palabra y se ha dejado infligir un
castigo con el aire más contrito del mundo. Pues eso, ser aristocráticos
significa actuar con plena impunidad, a pesar de las evidencias. —El conde
levantó de nuevo la petaca—. Viva el rey Jorge.
Bebió un segundo trago.
—Viva —respondieron los otros dos sin entusiasmo.
13
Los carruajes redujeron la velocidad, los caballos marchaban al
paso. La entrada de los jardines de Vauxhall era escenográfica, columnas
jónicas se elevaban soportando una suerte de pérgola. Philip advirtió con
sorpresa que más allá de la verja la mirada podía ampliarse, aun cuando
encauzada por setos y contenida por hileras de árboles dispuestos con arte. En
algunos puntos el horizonte era visible, la campiña se abría. La mole
cenicienta de la ciudad era un luchador que aflojaba la presión. Philip intentó
llenar sus pulmones, pero el aire aún sabía a humo y carbón, a hedor humano y
animal. Peter bajó del carruaje y estiró con sus manos la chaqueta.
La entrada costaba un chelín.
Esther caminaba delante de su padre. Respondía a las sonrisas
con una sonrisa, se presentaba según las conveniencias cuando Warwick decidía
que era el caso de detenerse, pero estaba concentrada en la pena física del
corsé. A pesar de todo, todas las señoras parecían adaptarse. Algunas tenían la
cintura tan estrecha que dos manos hubiesen podido ceñirla, pulgares e índices
tocándose, pero parecían estar a gusto bajo la cerusa, las mejillas rojas, los
lunares, los complicados peinados.
Esther hubiera querido taparse los oídos, las conversaciones
eran aburridas, inútiles. Las personas que le eran presentadas también lo eran.
Pensó que era una verdadera lástima que la confianza entre ella y Peter no se
hubiera fortalecido en el transcurso del viaje. La condición de héroe y la
compañía de los adultos le alejaban sin remedio.
En medio de la multitud, en los jardines de Vauxhall, Esther
Johnson pensó otra vez en su madre.
La ausencia era más profunda que el océano que habían atravesado.
Su padre se detuvo: más presentaciones, más charlas. Descifró un
puñado de palabras. «Canadá», «malditos whigs», «guiar a los indios»... Desde
la tarima central de los jardines llegaba la música de una orquesta.
Todos parecían no hacer caso de ella. Esther retrocedió. Nadie
se dio cuenta.
El Gran Diablo estaba cansado de multitud. Lanzó una mirada a
Peter, absorto en la contemplación de los músicos. Decidió alejarse del grupo.
Vauxhall parecía ser bastante grande para conceder soledad.
Un paso tras otro, Philip llegó a la vista de la Rotonda, un
edificio circular de mole sólida.
El interior estaba iluminado por candeleras y espejos. Poca
gente, dedicada a observar los frescos que decoraban las paredes. La música
sonaba lejana.
Barcos. La mayor parte de las pinturas trataba de barcos. Los
ingleses eran muy conscientes de ser grandes navegantes. Las escenas eran un
relato ininterrumpido de una vocación. Una en particular le impactó: el pintor
la había pintado en modo admirable, el cuidado por los detalles reflejaba
personajes vívidos. Era una rendición. Un barco había sido abordado, la
tripulación superviviente reunida a un lado de la cubierta. Al otro lado, los
vencedores, armas apuntadas. Los rostros de los vencidos mostraban incertidumbre,
terror. Su vida estaba en manos de un enemigo ebrio de victoria.
El hombre de los bosques observó cada detalle de la pintura.
La escena formaba parte de su experiencia. Se había encontrado
en ambas situaciones: prisionero y cazador de hombres.
Se alejó de la pintura.
Junto a una estatua, una figura conocida.
Esther salió de las sombras.
Philip la miró sin proferir palabra. Advirtió la respiración
entrecortada, la incomodidad que la chiquilla debía de sentir con las ropas que
le habían impuesto. Tuvo una visión de sí mismo más joven, vestido de punta en
blanco para las ceremonias religiosas.
No sabía bien cómo romper el silencio, pero algo le impulsó a
hacerlo.
—Señorita Johnson. ¿Por qué no está con los demás?
Las palabras salieron forzadas. Philip las escuchó resonar como
si provinieran de un lugar distante.
—Me aburría. No me dejaban sola ni un momento.
La voz de Esther era clara, aunque revelaba una cierta
vergüenza.
Philip no recordaba que, a esa edad, la soledad representara un
valor.
El silencio volvió a espesarse. Decidió que era tarea suya
disiparlo una vez más.
—¿Ha visto los frescos?
Bajo la máscara de cerusa, Esther intentó sonreír.
—Barcos. Solo barcos. Como si no hubiéramos visto ya
suficientes.
Philip asintió. Esther cambió su expresión de pronto y dio un
par de pasos en dirección al indio. En voz baja prosiguió:
—¿No está cansado, señor Lacroix, de llevar estos trajes? ¿No le
parece que todos se ven rígidos como marionetas?
La chiquilla había pronunciado las palabras deprisa, sin tomar
aliento.
Philip la miró a los ojos.
—No son los trajes. Es el alma.
Esther pareció sorprendida, como si fuera la primera vez que un
adulto le daba la razón.
—¿Cuándo volveremos a casa, señor Lacroix?
—No lo sé —respondió Philip—. Ahora salgamos de aquí.
Fuera, las notas de la orquesta apenas les rozaron.
14
Noche. Niebla. La campiña cercana a Vauxhall: nabos a la
izquierda; cebollas a la derecha. Cinco espectros marchaban alineados al borde
de una zanja. El primero de la fila esnifaba tabaco para quitar del cerebro los
vapores. El segundo se esforzaba para mantener encendida la antorcha y
blasfemaba a contraviento: las maldiciones hacían de pantalla. El tercero daba
vueltas entre las manos a una barra. Cuarto y quinto estaban unidos uno al otro
por una escalera de madera.
Una luz lejana se ahogaba en el aire húmedo. Los espectros
parecían decididos a alcanzarla, pero el barro helado frenaba el paso, duro
como piedra, series de hoyos y grietas. Las ramitas secas esparcidas en el
suelo eran cuchillos y trampas de acero. Todo estaba rígido y afilado. También
la niebla.
Llegados a una alta cerca, la marcha se detuvo. Las llamas de la
antorcha danzaron en los rostros. Una cicatriz, una nariz enrojecida, un
incisivo faltante. Por detrás de los palos plantados en el suelo, risas
groseras que no parecían humanas.
—Mieeerda, Dave. ¡Eres el gemelo copiado del dedón este de aquí!
La admiración del ogro era sincera. Con un ojo estudiaba los
arreglos indios del amigote, con el otro, la imagen de un salvaje en un viejo
almanaque. El Emperador se esforzaba para encuadrar la cabeza en un trozo de
espejo clavado en una caja.
—Gemelo bastardo —precisó el rubio. Se acercó al ogro y señaló
el retrato del indígena emplumado—. Estas son de águila, no de gallina.
—Gallina tu madre. —El Emperador se giró de golpe: si le
hubieran dicho furcia, a su madre, no se lo hubiera tomado tan a pecho—. Gallo
de Turquía, así se llama. Pavo real americano.
—¿Turquía? ¿Qué coño pinta Turquía?
—América, India, Turquía... Es la misma guarrura —comentó el más
delgado con gesto asqueado.
El Emperador se dio unas palmadas en la frente, un poco más
abajo de las plumas de pavo.
—Esta de aquí es una medialuna turca, mira tú, y ¿sabes quién me
la ha hecho?
—Sí, Dave —asintió el ogro con aire compungido.
—Las chorradas son importantes —sentenció el Emperador—. Os digo
que es el alma del comercio. Un dedón grandioso resalta por ellas.
—Exacto. —El rubio era el único que podía permitirse tanta
insistencia—. Rebuscando bien, la plumería de águila te la agenciabas, en algún
antro. En cambio no, nos traes al estercolero de Vauxhall para desplumar a dos
pollos. Serán muy americanos, pero eso es peor. A lo mejor llevar encima esa
plumería quiere decir algo, en salvaje. A lo mejor quiere decir «soy un cabrón»,
y tú, para hacerte el americano, te vas delante del príncipe de los mohawks con
el letrero «soy un cabrón» en la jeta.
—Me la trae floja como una muerta fría, el príncipe indio.
—¿Te la trae floja? ¡Pero si le has escrito un testamento que
lame el culo!
—¡Rediós, Neil, tú, que has estudiado! La carta no es para el
príncipe, es para el Courant.
—¿No es para el príncipe? —se asombró el cariacuchillado.
—No, malditos beodos. Dársela al príncipe es todo teatro, para
que los panfilotes echen el ojo. Los panfilotes videan, charlotean, y les entra
el cague. Los gacetilleros charlotean, imprimen, llenan las gasettas. Los
málchicos se cagan, las furcias van calientes, los súbditos rabotan. El
Emperador y sus drugos apalean dengos sin guarranarse.
Gritos excitados acogieron la parrafada del jefe. El rubio
también pareció dejar de lado las dudas para unirse al coro. El Emperador sacó
el palillo y se apuñaló una encía.
—Ahora, a emperifollarse —ordenó—. Estáis a punto de convertiros
en los salvajes más grandiosos de Londres.
15
Una alborotada multitud adornaba con pelucas, sombreros y
peinados las anchas aceras de Pall Mall. Para contenerla, como una larga faja
escarlata, brazos y fusiles de la Guardia Real, reforzados aquí y allá por los
cascos de la Caballería. Dos hileras de pueblo se extendían por más de media
milla, de la entrada septentrional del Palacio hasta el cruce con Hay Market.
Algunos bien informados juraban que los indios no aparecerían, y
que la noticia, difundida en todos los ambientes y amplificada por las gacetas,
carecía de fundamento. Aun así, repartían codazos para conseguir la mejor
vista.
Otros sostenían que un hermano, un primo, un amigo, había gozado
del privilegio de ver de cerca a los salvajes y aseguraba que no eran nada del
otro mundo, que los dos se asemejaban a un señorón cualquiera de Islington
ataviado para la celebración dominical. Aun así, hacía horas que esperaban para
controlar en persona.
Alguien se mofaba de todos, pobres estúpidos, porque esperaban
en el sitio equivocado, cuando estaba claro que los príncipes canadienses
llegarían por el parque de Saint James. Intentaba convencer a un par de
desconocidos para que fueran con él, que eso era seguro, no podía ser de otro
modo. Aun así, no quería saber nada de ir allí solo. Si el pobre estúpido era
él, quería a alguien a su lado para compartir la desgracia.
De pronto, comenzó a levantarse un murmullo, primero asombrado,
luego excitado, y luego cada vez más fuerte, agudo y penetrante, hasta que los
«Aaah» y los «Oooh» se tornaron en algo comprensible, un terremoto de «Ya
llegan», «Son ellos», «Allí están».
Un carruaje de gran lujo avanzaba con solemnidad desde el fondo
de Pall Mall. Los soldados apenas podían contener la inmensa turba de cuerpos y
voces.
En ese momento, detrás de un grupillo de damas que reclamaba a
grandes voces al príncipe de los indios, aparecieron otros salvajes.
—¡Dejen pasar! Tenemos una carta para Su Alteza —gritaba el guía
emplumado, con intención de entrar en la multitud y llegar hasta la carroza.
Las señoras le abrieron paso, porque uno vestido de esa forma
podía ser un mensajero del príncipe, y colarse detrás de él era tal vez la vía
más rápida para alcanzar las primeras filas.
—Debe de ser gente del séquito, criados, lacayos —dijo alguien.
Otro rebatió que uno de los salvajes vivía en su mismo barrio, a
dos pasos de su casa.
—¡Para ya! ¿No ves que tiene la piel roja? ¿Tu vecino es piel
roja?
Otros más hicieron notar que al menos dos indios parecían
borrachos.
—¿Y se sorprende? En India beben sin control, todos lo saben.
Peor que los escoceses.
Mientras tanto, los salvajes aprovechaban la confusión para
llegar hasta casi la primera fila. Empezaron a empujar con vehemencia, de modo
que los soldados atribuyeran los empellones a los de delante. Los guardias repartieron
palos sobre cabezas inocentes. Los desafortunados primero intentaron
justificarse señalando a sus espaldas, luego lograron echarse a un lado.
Guardias y salvajes se encontraron cara a cara.
El príncipe Thayendanega, coronado con plumas, se asomó fuera de
la carroza para controlar lo que estaba ocurriendo. El mensajero de los
salvajes comprendió que no tendría otra ocasión. Hizo señas a los suyos de
levantarle, y con un salto se lanzó más allá de los soldados, el brazo
extendido y la carta en mano. El príncipe, sin pensar, la cogió.
—De parte de los indios de Londres —gritó el mensajero.
El indio londinense sintió que los guardias le pillaban y le
echaban al suelo. Retorciéndose como una serpiente se quitó el abrigo que
llevaba como un capote. Eludió el agarrón, se levantó con una pirueta, se
prendió de la carroza y trepó con la velocidad de un ratón. Subido sobre la
caja, bajo la mirada atónita del cochero, con las ropas desgarradas y la cresta
revuelta como un nido, abrió los brazos y la boca en una sonrisa alucinada.
—Dios salve al Rey —chilló—. ¡Poder mohock!
Con un grito salvaje se lanzó hacia abajo, en posición de
crucificado, para aterrizar en los brazos tendidos de los amigotes. Ellos,
apiñados en medio de la turba, no encontraron sitio para bajarle. Le
mantuvieron en alto, como el cadáver de un mártir expuesto a la multitud, y con
golpes de caderas, rodillas y pies abrieron un hueco hacia la salvación. No tan
ancho como para acoger a todos.
Una hora más tarde, mientras los embajadores de los mohawks
entraban en el palacio St. James recibidos con todos los honores, dos indios de
Londres entraban en Newgate con grilletes en las muñecas.
16
El conde de Warwick tomó asiento en un sillón de ébano y cuero,
junto al secretario de Estado, y estudió la situación.
Jorge III, la reina Carlota y nueve príncipes. Buena señal. La
presencia de los hijos significaba curiosidad. La curiosidad generaba
preguntas. Las preguntas generaban puntos.
Su Majestad parecía de buen humor. Los rizos que enmarcaban el
rostro estaban modelados a la perfección. Jorge III no usaba pelucas. Según se
decía, por miedo a que el calentamiento del cráneo pudiera dañarle el cerebro.
En obsequio a la moda, se hacía peinar y empolvar la cabellera como si fuera un
postizo. Una operación que le impacientaba, a menudo hasta el punto de tener
que suspenderlo, con resultados trágicos en términos de peinado.
La Reina, ya cercana al parto, había escogido un vestido rosado,
amplio, con muchos encajes. Sus cabellos estaban recogidos sobre la cabeza, sin
adornos. Gestos y postura indicaban que una hora antes, mirándose al espejo,
Carlota no había quedado desilusionada.
El aspecto de los principitos contaba poco, hasta era difícil
distinguirles con precisión. Excepto los cuatro adolescentes, niños y niñas
eran todos iguales.
En ese momento, la puerta del salón se abrió de par en par y el
maestro de ceremonias dio inicio al encuentro.
—El coronel Guy Johnson —anunció—, superintendente del
Departamento de Asuntos Indios de las colonias septentrionales.
El jefe de la delegación apareció en la puerta. Allí hizo la
primera inclinación, la segunda en el centro de la sala, la tercera en el
destino, rozando con sus labios el anillo de Su Majestad y la mano de la Reina.
Un andar que no era de bailarín, ligera incertidumbre en los
últimos pasos, pero en definitiva una presentación aceptable, que no
manifestaba emociones, aunque acusaba la inexperiencia.
Detrás de él, no mucho más agraciados, avanzaron los otros
cuatro. Daniel Claus, el peor en absoluto. Desgarbado, torpe, alemán. Para su
fortuna, la familia real también era de aquellas landas y no tenía gran
tradición en materia de elegancia. De los dos indios, el más vistoso era el
príncipe Thayendanega: manto de seda roja, penacho de plumas de águila, cintos
de conchas, collar de uñas de oso. Philip Lacroix, mucho más sobrio en su
aspecto, no llevaba nada de indio. El muchacho, Peter Johnson, llevaba un traje
hecho por el mejor sastre de Londres.
En el rostro del Rey, ninguna expresión particular.
La Reina entornó un poco los párpados.
Los mocosos no perdieron la compostura.
—Altezas Reales —dijo el recién llegado—, antes de presentar
ante Sus Majestades a los hombres que tienen el honor de acompañarme,
permítanme corregir lo que acaba de anunciar el maestro de ceremonias.
Warwick hizo una mueca de disgusto. No era ese el discurso que
habían ensayado. El maestro de ceremonias era un hombre susceptible. Había que
dejarle en paz.
—No es mi costumbre arrogarme títulos que no me corresponden
—prosiguió Johnson—, y no quisiera que, a causa de un banal error, pase yo por
un impostor frente a Su Majestad. El cargo de superintendente de Asuntos Indios
me ha sido confiado por mi antecesor, sir William Johnson, y por los jefes de
las Seis Naciones Iroquesas, pero aún no ha recibido la confirmación del sello
real. El único título del que puedo presumir es, por tanto, el de coronel de la
Milicia de Nueva York.
Una jugada arriesgada, pensó Warwick. Había sido el mismo
Johnson quien se había presentado al maestro de ceremonias como
superintendente. Había provocado el error solo para corregirlo, y poner la
mosca del nombramiento detrás de la oreja del Rey.
Ahora el maestro de ceremonias podría tomarse venganza. Era los
ojos y oídos de Londres dentro del palacio. Podía hacer circular rumores,
sembrar dudas sobre la puntuación, aunque por regla general las actas del
secretario de Estado eran contundentes. Un punto por cada sonrisa del Rey, dos
por los comentarios, tres por las preguntas. Las frases superficiales valían
cero, las interrupciones impacientes menos dos. Una audiencia exitosa tenía que
sumar por lo menos ocho puntos. Las apuestas sobre los resultados fascinaban a
la buena sociedad tanto como los caballos.
El Rey levantó una ceja e hizo gesto de proseguir.
La Reina se abanicó.
Uno de los mocosos fue llevado a mear.
Guy Johnson terminó el discurso, se hizo a un lado y con un
amplio ademán del brazo señaló al rey Jorge la delegación americana.
Le tocaba al alemán. Dio un paso hacia delante, mientras el
superintendente lo presentaba con voz estentórea. Warwick se mordió el labio.
Claus tenía el aspecto pálido y fatigado típico del onanista. Ojos, nariz y
boca parecían estar comprimidos dentro de una caja muy pequeña.
Cuando se inclinó para besar el anillo del Rey, pareció que
hacía la evaluación de la piedra. Dijo el discurso acordado, muy breve, para no
ofender los oídos reales con esa pronunciación desgraciada.
La Reina cerró el abanico de repente y preguntó a Claus de qué
región alemana era su familia.
Milagros del acento teutón y de la nostalgia de Su Majestad por
el hedor a coles y salchichas. Sin siquiera encender el cerebro, Daniel Claus
había marcado un punto y medio. Por desgracia las reacciones de la Reina valían
la mitad respecto a las del rey Jorge, que en cambio había permanecido
impasible, los ojos de sapo apuntados al centro de la sala.
Warwick cruzó los dedos bajo la barbilla. Era el turno del
campeón, el plato fuerte, el hombre que podía cambiarle la cara al encuentro y
conseguir los siete puntos que faltaban.
Johnson le presentó de forma sencilla, un pésimo inicio. Nada de
«Su Alteza», nada de «príncipe». Solo «jefe Joseph Brant Thayendanega», y
punto.
El indio avanzó, Apolo del Nuevo Mundo, emblema en carne y hueso
de virilidad y fuerza serena. Inclinó el torso frente al Rey, besó la mano de
la Reina, retrocedió.
Warwick no pudo evitar cubrirse la boca con las manos. El
príncipe, el campeón americano, había olvidado el anillo del Rey. Una tarde
entera ensayando la ceremonia con el maestro de baile y luego un error banal
echaba a perder todo el trabajo.
Antes de abandonarse al desconsuelo, el conde estudió la
expresión de Jorge III, la gestualidad del rostro que representaba el Imperio.
No había señales de irritación. Los labios relajados, la tez
clara, sin enrojecimientos, las manos apoyadas en el regazo.
Miró al secretario de Estado. Escribía el acta con el habitual
escrúpulo.
Prestó atención al discurso del príncipe. Fiel al guión
previsto, se había quitado uno de los cintos de su hombro y lo sostenía en alto
con ambas manos.
El cinto, estaba explicando, representaba la alianza de las Seis
Naciones con la Corona de Inglaterra. Las Seis Naciones estaban dispuestas a
combatir contra los enemigos del Padre Inglés, pero antes de hacerlo querían
asegurarse de que el Padre Inglés estuviera dispuesto a combatir contra los
enemigos de las Seis Naciones. De hecho, las alianzas o son recíprocas o no lo
son.
Fue el énfasis en el adjetivo «recíprocas» lo que aclaró a
Warwick todo lo ocurrido. Recordaba bien que el príncipe se había informado con
gran detalle sobre el significado de cada reverencia.
El beso del anillo era el homenaje que se exigía a los súbditos.
Los ministros extranjeros se limitaban a una inclinación. Hablar de alianza y
hacer un gesto de sumisión hubiera sido contradictorio. El príncipe había
evitado el dilema. No había ninguna puntuación prevista para una genialidad
semejante, pero poco importaba. Todo Londres hablaría de ello.
Persiguiendo fantasías de gloria, Warwick no escuchó la pregunta
de la Reina.
El príncipe respondió que su nombre indio significaba «une dos
bastones», o más bien, «hace dos apuestas».
Con la palabra «apuestas», los ojos de Warwick volaron hacia el
rey Jorge. Su Majestad tenía debilidad por los caballos. Los labios reales
temblaron un poco. Warwick prefirió no mirar.
—¿Y cuál sería su doble apuesta, jefe Brant?
Warwick mantuvo los párpados entreabiertos.
—Apuesto por las Seis Naciones, Majestad, y por la Corona de
Inglaterra.
A través de las pestañas, el conde vio que el Rey le concedía
una sonrisa, que era la sonrisa de millones de ingleses. El Imperio británico
sonreía al príncipe Thayendanega.
Cinco puntos y medio, siete en total. Ya casi estaba. Otra
sonrisa del Rey, un comentario de la Reina. Nada imposible, pero toda una
hazaña para el muchacho, al que ahora le tocaba intervenir. Warwick esperó que
estuviera a la altura de su tío.
—Peter Warren Johnson, hijo natural del difunto sir William
Johnson de Johnson Hall.
El muchacho dio un paso hacia delante, bastante seguro. Se
prodigó en inclinaciones y besos, incluido el anillo de Su Majestad. Con gesto
lento y teatral, desenvainó una espada y fue a depositarla a los pies del rey
Jorge. La espada era la de Ethan Allen. El muchacho explicó que el jefe de los
rebeldes se la había entregado en persona, y ahora él se la entregaba a Su
Majestad, como señal tangible y auspicio de gloria de la alianza, etcétera,
etcétera.
Se oyeron rumores en la zona de los mocosos, luego el más grande
se acercó a su madre y le susurró algo en el oído. La Reina se aclaró la voz:
—El príncipe Jorge Augusto desea saber cómo fue realizada la
captura de ese famoso bandido.
Warwick exultó: una pregunta hecha por la Reina. Un punto y
medio, el Paraíso.
El muchacho hizo un relato fascinante. Ni demasiado largo, ni
demasiado breve. El rey Jorge asentía complacido. Acabada la historia, continuó
meciendo la cabeza ensimismado, como si acunara un pensamiento. Luego se detuvo
y, por segunda vez, entreabrió los labios.
Se congratuló con el muchacho, alabó su valor y por algunos
minutos se perdió en un monólogo sobre aquella virtud tan preciosa. A Warwick
le costaba seguir el hilo del razonamiento. El Rey hablaba con una extraña
entonación que le hacía parecer muy emocionado, a punto de llorar. Hacía pausas
incorrectas entre una palabra y otra, dejaba las frases en suspenso después de
las conjunciones. La vox pópuli decía que era un modo de disimular el
tartamudeo, pero los más informados afirmaban que detrás había algo más. El Rey
tenía problemas de nervios, era hipersensible, en realidad tenía que contener
el sollozo.
Llanto o no, la larga digresión terminó con una pregunta.
—Dígame, señor Johnson, ¿qué razón le impulsa a considerar tan
sólida e invencible la alianza entre la Corona de Inglaterra y las Seis
Naciones iroquesas?
El muchacho era una revelación. En cuanto pudiera, tenía que
encontrar la forma de premiarle. Warwick había perdido la cuenta exacta de los
puntos, por lo menos diez. Una audiencia así le posicionaría entre los
favoritos de Su Majestad, superando en la clasificación a figurones como
Carmarthen y Windelmere.
—No sabría decirle, Majestad —dijo el pequeño fenómeno—. Ningún
pez, por ejemplo, podría decir por qué el mar es mejor que la tierra firme. Ese
es su mundo, y él no puede desconocerlo ni explicarlo. Y así es para mí la
alianza entre Inglaterra y las Seis Naciones. Soy un súbdito de Su Majestad,
como lo era mi padre; y soy un mohawk del clan del Lobo, el clan de mi madre y
de mi tío Joseph Brant.
El rey Jorge sonrió con franqueza, luego se levantó, un gesto
inédito, nunca visto. Cogió la espada de Ethan Allen y se la devolvió a Peter
Johnson.
—No es nuestra intención ofenderle, señor Johnson,
restituyéndole un regalo, sino que quisiéramos que usted conserve la espada que
ha conquistado. Solo prometa que volverá a traerla cuando lleve en el pecho las
insignias de general.
Ahora era Warwick quien contenía las lágrimas. Debía de tener
fiebre, las palabras de Su Majestad sonaban como de otro planeta. Siguió el
resto de la ceremonia casi hipnotizado: las inclinaciones, los saludos, los
agradecimientos. Se despidió haciendo zalamerías de muñeco mecánico y fue el
último en cruzar la puerta.
El mundo de las audiencias ya no sería el mismo.
17
Los torreones surgían imponentes del foso que rodeaba las
murallas. El edificio central, rodeado por torretas claras, se recortaba sobre
un cielo plúmbeo. Fuerza y elegancia se unían. A comparación, el castillo de
Quebec era poca cosa. Solo en los libros ilustrados había visto uno parecido.
Peter se llenaba los ojos con cada detalle, quería grabarlo en su mente, para
reconstruir aquel edificio majestuoso piedra por piedra cuando estuviera lejos
de allí, describirlo desde todos los ángulos, observarlo cada vez que hubiera
querido.
La Torre de Londres, donde se encarcelaba a los enemigos del
Rey, los traidores y los conspiradores. Quizá Ethan Allen también estaba
encarcelado en los calabozos del castillo.
Padre, si pudieras verme, pensó Peter. Primero, ante Su
Majestad. Ahora, en un lugar salido de los cuentos que me contabas cuando era
niño, la morada de soberanos y caballeros.
Pensó también en su madre, en lo orgullosa que se sentiría
sabiéndole allí, en la carroza de un aristócrata inglés que le acompañaba en la
visita a la Torre.
La carroza recorría el perímetro de la fortaleza y lord Warwick
señalaba a Peter los detalles del edificio. El conde lo trataba con confianza
sin ser indiscreto. Cuando llegaron a la altura de la explanada lateral,
admiraron el conjunto de uniformes rojos y estandartes. Había sido Peter quien
expresó el deseo de ver el cambio de la Guardia Real y Warwick le había
consentido de buena gana. Era la recompensa por su extraordinaria exhibición
delante del Rey.
La geometría perfecta de la formación, los movimientos
sincronizados, ni un paso en falso. Los soldados marchaban como si fueran una
sola cosa, era una referencia directa al orden que sostenía al Imperio. Peter
sonrió, pensando en el tropel de harapientos al que se había enfrentado en los
bosques canadienses. Frente a esa maravillosa consistencia, el Goliat americano
era un gnomo. Observó toda la maniobra por la ventanilla y pensó que esos
soldados de uniforme escarlata no darían respiro a los rebeldes. Era suficiente
que el rey Jorge los mandara a América y la rebelión acabaría muy pronto.
Mientras las unidades regresaban al cuartel, el conde le señaló
a Peter el sitio de las decapitaciones. «El rincón del verdugo», lo definió con
una risita para sí, pero enseguida su rostro se entristeció e hizo una
reflexión amarga sobre el hecho de que cualquiera podía acabar con la cabeza
apoyada en el tocón, incluso reyes y reinas. Tocó madera con un gesto teatral y
siguió hablando en tono persuasivo, enumerando los nombres de personajes
famosos que en ese lugar habían recibido los servicios del verdugo. Peter no
reconoció ninguno, pero la visión de cabezas que rodaban a sus pies le hizo
estremecerse.
La carroza redujo la velocidad hasta detenerse y ambos bajaron
para caminar por el paseo en la orilla frente a la fortaleza. El viento agitó
el foulard del conde. Warwick se lo colocó por debajo de las solapas de la
chaqueta. Peter pensó que el abultamiento en el pecho lo hacía parecer un
gallito arrogante. Incluso su andar era el de un emplumado: el conde apoyaba
los pies con cuidado, observando el suelo. Se dio cuenta de que el muchacho le
miraba y sonrió, pronunciando las sílabas con elegancia: «Coprofobia». Pidió
disculpas a su joven amigo. Dijo que los excrementos y aguas negras eran su
pesadilla: pisar algo no deseado, primero lo pondría nervioso, luego triste.
De cerca, murallas y torreones eran aún más imponentes. En los
pináculos ondeaban estandartes. Un ligero toque del conde hizo volver los ojos
de Peter al suelo.
A poca distancia, detrás de un corrillo de curiosos y una hilera
de barrotes, dormía un gran animal.
La casa de fieras real contaba con varias bestias. El león de la
Torre era el más famoso. Esto dijo el conde mientras abría un hueco para sí y
para el muchacho con ligeros toques de bastón.
No era más que un enorme gato, pensó Peter. Mechones
despeluchados, movidos por el viento, asomaban en la cabeza. La lengua colgaba
de las fauces apenas entreabiertas. Apestaba de una forma repugnante. Si no
hubiera sido por el ligero movimiento de la cola, Peter hubiera creído que
estaba muerto.
Warwick giró el bastón, trazando un círculo en el aire en
dirección a los genitales del animal que pendían flojos.
—Fíjese, le ruego, en el diámetro testicular —dijo. Sacudió la
cabeza— . Qué desperdicio, ¿verdad?
Peter hizo notar que no parecía ser muy feroz.
El conde dijo que vivía en la Torre desde hacía mucho tiempo y
había olvidado el instinto del predador. Asumió un tono triste, melancólico.
—He aquí el emblema de Inglaterra, el león que ruge en los
blasones y estandartes del reino.
Como si le hubiera oído, el animal levantó la cabeza y enseñó
sus fauces con un bostezo bestial. La gente se echó hacia atrás con gritos de
espanto. Peter también retrocedió. No el conde, que en cambio se inclinó hacia
los barrotes emitiendo un grito desganado, parecido a un rugido. El felino no
le hizo el menor caso. El conde se quedó contemplando la bestia apoyado en su
bastón, la cabeza reclinada sobre el hombro.
Peter le preguntó en voz baja qué estaba mirando.
—Un ser cansado de vivir —respondió Warwick, sombrío.
Se sonó la nariz con gran estruendo, luego le pidió al muchacho
que le acompañara, lejos de allí, fijándose bien dónde ponía los pies.
Caminaron por largo rato sin cruzar palabra. Hasta que el conde
miró su reloj y con un repentino cambio de humor dijo que tenían una cita.
No podía dejar de mirarla. Era perfecta. Más que el cambio de la
Guardia Real, más que el castillo. Sin embargo, tenía que haber salido de allí,
de la casa de las hadas y las princesas. Debía de haber una habitación, en la
torre más alta, donde custodiaban a ese ser encantado. Era joven. Sonrisa leve,
que le causaba un ligero apretón en la boca del estómago. El la miraba,
consciente de su falta de educación. Ojos, boca, rizos, cuello cándido.
Perfume. Aroma que Peter no podía reconocer. No existía ese olor en América.
El conde estaba alegre, hablaba sin prisa y sin pausas, un flujo
de palabras arrullaba el estupor de Peter ante la criatura que estaba sentada
con ellos en el carruaje.
—Es fácil decir héroe, querido muchacho. Después de todo, ¿qué
es el heroísmo? La luz de la buena estrella que ilumina nuestra virtud
personal. —El conde esnifó tabaco, acompañándolo con un trago de licor de la
petaca—. Héroes hay en cada guerra y en cada esquina de la calle, con o sin
suerte, ricos y felices o abrazados a una botella de ginebra. Pero un hombre,
ah, un hombre. .. Poder hallar a uno en esta Gomorra de seducción y latrocinio,
pederastia y decadencia, carcomida por los ratones como los huesos de una vieja
fiera. En estos tiempos el hombre es raro, hay que buscarlo con una lámpara,
como hacía un tal Diógenes.
A Peter le costaba seguir el razonamiento, perdido en los ojos
de la joven. Al conde no le importaba, escuchaba sus propias palabras,
extasiado consigo mismo.
—Usted, querido muchacho, viene de un mundo joven y fuerte. En
ustedes corre sangre rojo bermellón, y no la mezcla azulina que atasca nuestras
venas. Yo tengo el honor... no, no, no se protejan... yo tengo el honor de
servirle como mentor y cicerone en esta marcial jornada. Ah, el hombre nuevo,
que aún no ha forjado la propia virtud viril. Guerrero, soldado del Rey,
espartiata gallardo aun cuando casto. Lo que falta para su perfección,
permítame concedérselo como obsequio, o si prefiere como un recuerdo de mí
mismo. Un toque personal, porque allí donde hay algo para el conde de Warwick,
a mayor razón tiene que haber algo para un noble hombre.
Peter no entendía. Vio que el conde golpeaba con su bastón el
techo del carruaje. El cochero detuvo a los caballos.
—Yo me bajo aquí —anunció lord Warwick.
Besó la mano de la joven, le encomendó a su invitado, dedicó una
reverencia a Peter y con un único movimiento sinuoso se colocó sobre el
estribo. Antes de bajar, inspeccionó el suelo que tenía debajo.
Peter apenas tuvo tiempo para darse cuenta, el carruaje ya
partía de nuevo. Se encontró solo y mudo, en el habitáculo, en compañía de la
muchacha. Sentía que hubiera tenido que decir algo, pero su mente estaba vacía
y no podía quitar sus ojos de los suyos.
Luego el hada le rozó una mano y con delicadeza la llevó a su
regazo.
18
Las carcasas peladas de un faisán y diez perdices yacían sobre
una bandeja de plata, en el centro de la mesa circular. Había algo de siniestro
en el conjunto de las sobras: la disposición ordenada de los huesos en el plato
sugería una lúcida brutalidad. La cabeza del emplumado más grande estaba
orientada en dirección sudeste, como si añorara un rumbo migratorio hacia mejor
suerte. Los otros esqueletos esperaban inertes su inhumación en las fauces de
los gatos, en la parte trasera del club.
El camarero levantó la bandeja y apartó de la vista de los
comensales los macabros restos de la cena. Luego regresó de la cocina con una
botella de oporto, que los invitados no dejaron que les fuera servido, alejando
al hombre con gesto resuelto. Comenzaron a llenar las copas por sí mismos, de
forma generosa.
—Decía usted, señor Whitebread —dijo el caballero sentado al
norte—, que el príncipe de los salvajes se ha negado a besar el anillo de Su
Majestad.
Un hombre de aspecto joven, con peluca negra, se aclaró la voz.
—Tal vez es mejor decir, señor, que no lo hizo. Se limitó a
besar la mano de la Reina.
—Y su pluma inmortalizará el momento en el Courant de mañana,
supongo —rebatió el otro.
—No tanto para la posteridad —intervino el hombre sentado al
oeste—, sino para avivar el cotilleo de Londres.
Rieron todos, incluso Whitebread, aunque tuvo que esforzarse
para hacerlo. Nunca se sentía del todo cómodo entre los peces gordos de la
City.
—Cuéntenos del discurso —apremió el hombre al este.
—¿Es verdad que ha amenazado al Rey? —preguntó el caballero al
sudoeste.
Whitebread sacudió la cabeza.
—No del todo. Ha dicho que entre los aliados la lealtad tiene
que ser recíproca. —Echó una mirada a los rostros de los comensales, intentando
percibir sus reacciones—. Y que las tribus indias combatirán con Inglaterra
solo si el Rey les garantiza el respeto de sus confines.
El señor Norte llenó de nuevo su copa y pasó la botella.
—¿Y qué me dice de las refriegas, señor Whitebread? —Tenía un
tono insinuante—. Da la impresión de que, desde que estos mohawks están en la
ciudad, los ánimos se crispan con facilidad y las heces desbordan de los
barrios bajos.
El periodista asintió.
—Un episodio muy particular. Parece que entre la multitud había
agitadores disfrazados de indios. —Se detuvo, indeciso sobre si continuar, pero
los ojos de todos estaban clavados en él y no podía echarse atrás—. Imagínense
que a la sede del periódico ha sido enviada una carta. El remitente afirma que
ha entregado una idéntica a los emisarios indios, el día de la audiencia. Su
firma tiene el título de «Emperador de los mohocks de Londres».
Todos rieron de nuevo. Excepto el caballero al norte, aquel que
parecía gozar de la mayor consideración por parte de los demás.
—¿Mohocks de Londres? ¿Indios de ciudad? —espetó incrédulo el
señor Este.
—Ridículo —susurró Norte.
—Indecente —añadió Oeste.
—Vergonzoso —continuó Sudeste.
—Penoso —concluyó Sudoeste. Luego, guardando en su bolsillo el
palillo de plata con el que se había mondado los dientes, agregó—: No me
sorprende que los salvajes muestren solidaridad entre ellos. La escoria de Soho
y los cortadores de cabelleras de los bosques, quiero decir. En el fondo, ¿qué
es lo que los distingue?
—El dialecto —comentó distraído el señor Norte, antes de esnifar
una pizca de tabaco. Rieron.
Whitebread levantó un poco la voz para estar seguro de que le
entendieran.
—En la carta, los indios de Londres piden ser reconocidos como
la séptima nación iroquesa.
Un ruido imprevisto apagó las carcajadas de los presentes. El
señor Norte había quebrado el pie de la copa con la presión de sus dedos.
Todos se volvieron alarmados, pero Norte observaba distraído el
pequeño corte en el pulgar. Dejó que una gota de sangre resbalara hasta la base
del dedo, como si jugara con ella.
—Tiene usted toda la razón, señor Cavendish. La escoria es
escoria, aunque anide en las tabernas hediondas del East End, en los andenes de
Boston o en los bosques de Canadá. —Enseñó la palma abierta, donde la gota se
había posado formando una pequeña mancha roja—. Y cuando la escoria se une, el
Imperio sangra. Recuerden a ese tal Espartaco.
Miró a Whitebread, que se sintió invadido por una sensación de
incomodidad y rigidez, como si la silla se hubiera convertido en mármol.
Los ojos del señor Norte eran rendijas. Solo dejaban escapar un
resplandor azul. Los otros caballeros estaban pendientes de sus labios, atentos
a captar su pensamiento, incluso tal vez tratar de anticiparlo.
—Visto que en la corte no se dan cuenta —dijo mirando al
periodista—, alguien debería poner sobre aviso al público. Quizá nuestro amigo
Panifex.
—Claro, señor Whitebread —intervino Este—. Usted debería
publicar la carta de este Emperador de los indios de ciudad. Así la gente
comprendería la gravedad de lo que está ocurriendo.
—¿Está bromeando, señor Pole? —espetó Whitebread, cada vez más
incómodo en su silla—. ¿Dar espacio en el periódico a los desvarios de un loco?
—Dígame, señor Whitebread, ¿quién está más loco? —Era de nuevo
Norte quien hablaba, el tono de voz calmo sonaba siniestro y amenazador a los
oídos del periodista—. ¿Aquel que reclama una nación india en el corazón de
Londres, o aquel que está dispuesto a jugarse el Imperio con tal de negar la
libertad de comercio a las colonias?
Estaban de nuevo todos callados, mirando hacia el norte. El
caballero se limpiaba la mano herida con una servilleta.
—El gobierno invita a estos indios —prosiguió—, y ahí los tiene,
convertidos en favoritos de la multitud y de las bandas callejeras, que ahora
incluso piden reconocimiento. Tenemos además a un presunto emperador que se ha
atrevido a desafiar la autoridad legítima de la Corona, tal como ocurre en
América. A lo mejor también quiere que le reciban en Saint James con todos los
honores. O un escaño en el Parlamento.
Los comensales rieron complacientes.
—Las decisiones equivocadas se pagan —insistió—. Con la ruina
política para los que gobiernan. En miles de esterlinas para aquellos que, como
nosotros, señores, producen la riqueza de la nación.
—Bien dicho.
—Sabias palabras.
Whitebread fingió que miraba a Norte, pero en realidad observó
el busardo ratonero embalsamado en el mueble a sus espaldas. El periodista
recorrió la línea del pico afilado. Ojos de vidrio amarillo le contemplaban con
voracidad.
—Refriegas, peleas, un par de jefecillos que saben leer y
escribir —agregó el señor Norte con aparente indiferencia—. Así comenzó todo en
Massachusetts.
—Sí, señor Whitebread, escriba de esto en el Courant —intervino
el señor Sudeste, sin contener su entusiasmo—. Diga que estos malditos indios
solo han traído problemas a la ciudad de Londres. Y que si no estamos atentos,
la rebelión de las colonias podríamos tenerla en casa.
Mientras todos asentían, «Panifex», de nombre Richard
Whitebread, esbozó una sonrisa de compromiso, sin encontrar nada para rebatir.
19
Del Daily Courant del 2 de marzo de 1776:
SOBRE LOS DESÓRDENES OCURRIDOS EN PALL MALL
A MANOS DE LOS NOTORIOS INDIOS LONDINENSES
El pasado día 29, a las diez de la mañana, Su Majestad el rey
Jorge III y la reina Carlota recibieron en el palacio de Saint James al coronel
Guy Johnson, del Departamento Indio en las colonias americanas, al jefe de la
nación mohawk, príncipe Joseph Brant Thayendanega, y a su secretario
particular, el señor Philippe Lacroix.
La llegada a la corte de la delegación americana ha sido seguida
por una gran multitud de londinenses, con las consecuencias que se suelen
deducir cuando mucha gente se reúne en un solo lugar: hurtos, huesos
magullados, heridas y desacatos. A todo esto agréguese el descontrol causado
por una camarilla de saltimbanquis disfrazados de indios, que ni aun con la
Guardia Real por delante ha querido abandonar el insensato propósito de
acercarse al príncipe de los mohawks. Dos de ellos, ahora en presidio, están alojados
en Newgate, a la espera de que jueces y testigos resuelvan dos importantes
cuestiones. La primera: si estos falsos indios son los mismos que la última
noche del año cortaron la cabellera a un tal James HOTBURN, conocido como
Dreadjack, en la Taberna Ojosolo de Tottenham Court Road; y también los mismos
que días atrás asaltaron el carruaje de un caballero de Mayfair, como descrito
por la víctima en persona en una carta a nuestro periódico. Segunda: cuál ha
sido el motivo de tanto empeño para llegar hasta los príncipes mohawks, si un
acto de locura o más bien un plan preciso. De estos interrogantes depende la
suerte de los dos malhechores, id est, el manicomio Santa María de Bethlehem, o
mejor, como esperamos, el cadalso de Tiburn.
Ahora bien, la razón que nos impulsa a pasar por alto los
detalles de la recepción en la corte, detalles que hasta las piedras ya conocen
de memoria, es que, salvo los directos interesados, solo nosotros, en toda
Londres, tenemos una respuesta para ambas cuestiones. La respuesta es la carta
que reproducimos a continuación, la misma que los indios de Londres habrían
entregado al príncipe Thayendanega. Un desconocido ha dejado una copia en la
sede de nuestro periódico, pocas horas después del fatídico encuentro.
Nos hemos interrogado mucho sobre la oportunidad de abrir estas
páginas al delirio de un loco, secundando de este modo su perversión. Nos hemos
respondido que, bajo la locura aparente, estas líneas esconden un plan lúcido.
Y si con su difusión se hace el juego a quienes nos las han enviado, ocultarlas
sería aún más grave, porque supondría negar a nuestros conciudadanos el único
recurso que tienen ante semejantes ultrajes: estar en alerta, vigilar, conocer
el día y la hora de la próxima visita del ladrón.
Al Príncipe de los Mohocks,
Su Alteza Joseph Brandt Teyandegea
Hermano:
Escribimos esta Carta conscientes de que los Ministros de la
Corona —y sus amables Guardias— no nos permitirán hablar fácilmente con Usted
en un encuentro franco y tranquilo, prefiriendo aburrirle con inútiles
Recepciones, Espectáculos teatrales y Desafíos de espadachines.
Su Visita a las ciudades de Londres y Westminster es para
nosotros motivo de inexplicable Orgullo y grandes Esperanzas. Orgullo, por los
honores que la capital del Imperio rinde a un príncipe de sangre india;
Esperanza, por la ocasión que Dios ha querido conceder a los Mohocks de las
colonias y a los del Viejo Mundo de poder abrazarse y dar vida a una única
nación poderosa.
Para ser sinceros, comencemos por decir que los Mohocks de
Londres —excepto quien Le escribe— no tenemos ni una gota de sangre india en
nuestras venas, pero nos sentimos análogos de pies a cabeza. Los así llamados
hombres de bien, de hecho, nos consideran salvajes y suelen atribuirnos las más
crueles gamberradas, para luego recordarse de nosotros cuando necesitan carne
de cañón para sus ejércitos. Tiempo atrás, nosotros también éramos un pueblo
orgulloso y valiente, dedicado a la caza y la agricultura, que deseaba vivir en
paz, pero los hombres de bien nos birlaron las tierras, y con ellas los
bosques, árboles, animales y aguas, obligando a nuestros abuelos a vivir en
barrios malsanos y a convertirse en sirvientes, soldados, mendigos o ladrones.
Un destino que los ingleses de América quieren dar también a su pueblo y del
cual les ponemos sobre aviso. Los mohocks de Londres, agobiados por siglos de
privaciones y abusos, no tuvieron nunca la oportunidad de hacer pactos con un
soberano. Pero tienen una ventaja respecto a los hermanos de América, que es la
de vivir en el corazón del Imperio, a pocas manzanas de las moradas de Su
Majestad, y de poder hacer oír su propia voz muy fuerte. Imagine que los Indios
de las Colonias y los de la Madre Patria unen sus fuerzas en una gran nación.
Entonces los mohocks de Londres serían recibidos por el Rey como embajadores,
honor que viceversa nunca sería concedido; por otro lado, los mohocks
americanos tendrían a alguien que los presentaría en la capital del Imperio sin
necesidad de cruzar el océano de aquí para allá.
Por esto es que consideramos esta unión de gran conveniencia
para todos y hacemos solicitud formal, hermano, para entrar a formar parte de
su Confederación, como la Séptima Nación. Si un pacto de este tipo no fuese
posible, hasta estamos dispuestos a hacer acto de sumisión a su autoridad,
pidiendo a las Seis Naciones que nos consideraran como súbditos, o que nos
adoptaran a la manera india, o al límite, que nos hicieran prisioneros. Todo
con tal de ser mohock con justo título.
Así que si quieren hacernos el honor de aceptar nuestra
invitación, les pedimos, hermano, que se incluyan estas condiciones en el pacto
de alianza que cierren con El:
Primera: que los indios de Londres y Westminster no tienen
obligación de servir en el ejército de Su Majestad, sino solo obedecer al jefe
supremo de las Seis Naciones, Joseph Brandt Teyandegea y al Emperador Taw Waw
Eben Zan Kaladar ll.
Segunda: que los territorios indios de la ciudad de Londres y
Westminster, y también los suburbios de Southwark, sean considerados como
Puerta Oriental de la Casa Larga, sometidos a la autoridad exclusiva del citado
Joseph Brandt Teyandegea y del Emperador de los mohocks. Guardias, soldados y
milicias de Su Majestad podrán acceder a estos territorios solo con
autorización formal.
Tercera y última: que fuera de los territorios mencionados se
garantiza a los indios de Londres y Westminster, el derecho de cacería, del
ocaso al alba, en la orilla izquierda del Támesis, en los cotos comprendidos
entre Hyde Park y Tower Hill.
Confiando en su entrega a la cosa común de los Indios de las
Colonias y de la Madre Patria,
Somos, HERMANO,
sus súbditos y humildes servidores.
Taw Waw Eben Kaladar II
Emperador de los Mohocks de Londres y Westminster
Creemos que no hay mucho más que añadir sobre la identidad de
los autores de esta carta. Se trata, con seguridad, de los notorios Mohocks de
Soho, que la gente de Londres ya ha renombrado como SOHOCK. El título de
Emperador, por otra parte inapropiado para una nación india, es en realidad el
mismo que aparece en los testimonios del caballero de Mayfair y del tabernero
del Ojosolo. Solo por esto, los dos detenidos del otro día tendrían que
permanecer en el Albergue Real de Newgate, a la espera de una justa condena.
Pero además, una carta de esta índole constituye de por sí un delito grave
porque, con el artificio retórico de ser indios por analogía, se acaba agitando
de forma evidente a una vasta categoría de individuos.
Estamos seguros de que el príncipe Thayendanega está muy lejos
de considerar con simpatía los desvarios de estos sohock, sin embargo, no
podemos dejar de notar que su presencia ha desatado en la peor escoria de esta
ciudad un peligroso ánimo de desquite.
No cabe duda de que las Seis Naciones son un aliado valioso de
Su Majestad imperial. Su valor militar es indiscutible, solo hay que leer los
informes de aquellos franceses que tuvieron la mala suerte de combatir contra
les iroquois. No obstante, recibirles en la corte con gran pompa, presentarles
como el fiel de una delicada balanza y dedicarles Espectáculos y Festejos, da
lugar a que muchos piensen que se merecen atenciones similares. «Pero ¿cómo?
—se pregunta sorprendido un mozo de carnicería—. ¿Es posible que el rey Jorge
considere a los salvajes más importantes que a sus propios súbditos? ¿Por qué
mi fusil no puede servir a la causa de Inglaterra mejor que las flechas de los
primitivos? Y entonces, ¿por qué no me reciben a mí también en el Palacio de Saint
James, donde además nunca me permitiría humillar a Su Alteza, negándole la
debida reverencia?» Estos son los comentarios que se escuchan en las calles de
Saint Giles y Whitechapel, en Soho y en el Garden. Aun cuando enrevesados y
poco razonables, estos nos ponen sobre aviso. ¿No será que, por complacer a un
aliado, por más que sean importantes, los ministros de la Corona están
corriendo el riesgo de echar a perder la alianza entre el Rey y su pueblo?
Este es un peligro que se debería evaluar con mayor atención.
Panifex
20
Joseph le pasó el periódico con un gesto rápido, como si temiera
ser espiado por alguien.
—Mira esto.
Philip observó a su compañero. Parecía asombrado. Cogió las
páginas de la gaceta y comenzó a leer. Joseph miró más allá de la barandilla.
La cúpula de Saint Paul se elevaba por encima de los tejados de la City. Era el
edificio más grande que jamás hubiera visto. Sus ojos siempre la buscaban, su
majestuosidad era una confirmación.
El pequeño transbordador remontaba el Támesis en medio de un
tráfico similar al de las calles. Joseph y Philip habían seguido el consejo de
un camarero del Cisne. El único modo de ver Londres de forma tranquila, había
dicho. No necesitaron esforzarse para comprender que el patrón y piloto del
bajel era pariente suyo pero, dejando de lado los olores que salían del río,
les había dado un buen consejo.
El agua chapoteaba contra los costados. De las orillas llegaban
ecos lejanos.
Por fin, Philip rompió el silencio.
—Esta gente cree que eres un rey.
—Lo mismo le ocurrió a Hendrick.
Philip hizo un gesto con la mano.
—No es solo eso. Hay personas, aquí, que quieren ponerse bajo tu
autoridad, la de las Seis Naciones.
—Solo son locos.
—Tú sabes lo que piensa nuestra gente: a menudo el Dueño de la
Vida habla por boca de los locos. Lo que hemos visto de esta ciudad es lo que
nos han mostrado.
Las palabras resonaron en el aire. Philip devolvió el Daily
Courant. Gaviotas se acercaron al barco emitiendo largos chillidos.
Philip miró el río que corría plácido y las naves atracadas en
los muelles, mecidas por la corriente.
Joseph sentía la fatiga de los últimos días. Todo había sido una
sucesión de recepciones, visitas, entrevistas. Habló con voz ronca.
—He aceptado este papel para abrir las puertas del Rey. He
conseguido su respeto, el compromiso de defendernos. Lo demás no importa.
Philip empezó a cargar la pipa en silencio.
—Cuando regresemos llegará el momento de las decisiones
—continuó Joseph—. La Casa Larga debe decidir qué bandera izará. Alguien tiene
que convencer a los guerreros. ¿Puede hacerlo Pequeño Abraham? ¿Shononses?
¿Cualquier otro sachem?
—No —respondió Philip.
—Yo soy Joseph Brant Thayendanega del clan del Lobo, pariente de
sir William Johnson, intérprete del Departamento Indio, amigo del Rey de
Inglaterra y favorito de la gente de Londres. ¿Hay alguien en la Casa Larga que
pueda presumir de títulos más válidos? —Sacudió la cabeza.
Esperó la respuesta de Philip, que no llegó.
El bajel se desplazaba lento en la luz de la tarde. Los rayos
del sol se reflejaban en el agua, cegando a quien miraba a occidente.
21
Rechinar de ruedas con aros sobre guijarros y placas de granito,
crujido de ejes en baches y canales de desagüe. Herraduras de caballo sobre el
empedrado. Gritos de cocheros, voces de vendedores, llantos de niños. Violines
desafinados, canciones borrachas. Letanías de pordioseros, rosarios recitados
con lamentos incesantes, cubiletes y calderilla agitados: el aire hería el
olfato y el oído, pero la vista también tenía que superar una prueba. Cuerpos
de fealdad miserable, cubiertos de andrajos, haciendo movimientos con la cabeza
y el tronco, regulares como un péndulo, gestos que servían para mantenerse
calientes más que para conseguir la piedad del prójimo. Castañeteo de dientes,
maldiciones, peleas por una botella. Muchedumbres enjutas, limosna concedida más
por temor que por compasión. Parecían deambular como larvas inquietas, a la
buena ventura. Por las ventanas, manos distraídas echaban restos. Mendigos
reunidos en patéticas orquestinas cencerreaban y berreaban, ensayando pasos de
baile. Los más afortunados defendían míseros dominios personales, como si una
autoridad les hubiera concedido a perpetuidad un rincón de la calle, un trozo
de losa. Fuera cual fuera la condición tocada en suerte, hombres y mujeres
compartían el mismo colorido ceniciento, como si el cielo lechoso que se
encontraba sobre sus cabezas se hubiera apoderado de la carne. Cada cual,
pordiosero o cochero, sirviente o señor, parecía ocupado en una actividad de
importancia vital. Pero solo se trataba de prolongar por tiempo indefinido la existencia:
comer lo suficiente para no morir de hambre, beber lo suficiente para no
pensar, abrigarse con los suficientes trapos para no morir.
Philip caminaba por Drury Lane, se dirigía al norte, donde
acababa la ciudad. Por momentos volvían a su mente las frases de la carta
escrita por el jefe de los «indios» de Londres.
Los así llamados hombres de bien, de hecho, nos consideran
salvajes y suelen atribuirnos las más crueles gamberradas, para luego
recordarse de nosotros cuando necesitan carne de cañón para sus ejércitos...
Las calles hervían de todo tipo de personas. El vientre de la
capital se mostraba sucio y vocinglero. Aire impregnado de polvo de carbón,
cargado de heces humanas y animales. Había recorrido los primeros cien pasos
con un pañuelo blanco sobre su nariz; poco después, con todo, había renunciado
al velo protector, para no dar mucho en el ojo. Lo último que quería era llamar
la atención: las miradas se clavaban en un extranjero que escondía parte de su
rostro, la piel cobriza por el sol. Caminar sin pisar bostas de caballo, por
otro lado, ya era toda una hazaña. Para qué hacerlo más difícil.
Tiempo atrás, nosotros también éramos un pueblo orgulloso y
valiente ... pero los hombres de bien nos quitaron las tierras, y con ellas los
bosques, árboles, animales y aguas, obligando a nuestros abuelos a vivir en
barrios malsanos y a convertirse en sirvientes ... Un destino que los ingleses
de América quieren dar también a su pueblo...
Llegar hasta el final de la metrópoli, luego a la campiña, la
misma que había entrevisto en Vauxhall. Llenar los pulmones de aire fresco y
dar gusto al cuerpo, puesto a prueba no solo por el humo y el olor, sino
también por la comida y las bebidas.
Beber agua significaba tragar el flujo repugnante que corría por
las cañerías subterráneas de madera de olmo, expuestas a todo tipo de basura,
quizá también a lo que arrastraba el Támesis, líquido pútrido contaminado con
la mugre de Londres y Westminster. Además de excrementos humanos, en esas aguas
se vertían los ácidos, los minerales y los venenos de talleres y manufacturas.
Por no hablar de los cadáveres de animales y hombres, y los desagües de tinas
de baño, cocinas y aseos públicos. Philip, que detestaba la ebriedad, había
tenido que acostumbrarse a la cerveza, el menos dañino de los líquidos que
apagaba la sed de los londinenses. El cuerpo comenzaba a hincharse y dolía.
Necesitaba respirar. Pasar un día solo, en los campos de las
inmediaciones de Londres, tal vez preparar trampas, cazar un pájaro, dormir
debajo de un árbol.
En el cruce con High Holbourn Street, unos chiquillos le
rodearon. Quitándose los gorros y tendiendo sus manos, indicaron que estaban
pidiendo limosna. Uno de ellos sacó un pequeño puñal, para convencer al
extranjero de no ser avaro con la dádiva a los pobres. Philip les enseñó el
enorme cuchillo de caza que tenía escondido bajo la chaqueta. Maldiciendo, la
jauría de chiquillos rompió el cerco. El que parecía el jefe, un mocoso
pelirrojo y desgreñado, le lanzó una mirada cargada de odio. La mirada de un
animal malvado.
Cuando los chiquillos echaron a correr por Red Lyon Street,
Philip pudo ver el rostro del jefe de la banda tal como era. Rasgos que se
sumaban como presagio de un destino inminente, ojos sin esperanza, un final
inútil como única certeza, la costumbre de sí mismo como único consuelo. El
invierno no tendría piedad con él.
Más adelante, una familia de desesperados llevaba una caja de
madera remachada sin cuidado. El hombre, de edad indefinible, lloraba. La
mujer, esquelética y cubierta con una mantilla oscura, tenía una expresión
anodina. Con la carga a cuestas, marchaban con pasos vacilantes. Detrás había
un enjambre de niños semidesnudos. Un perro cojo daba tumbos sobre tres patas.
A su paso, algunas almas pías se quitaban el sombrero, o le daban patadas al
perro.
Era un cortejo fúnebre.
Philip deseó llegar pronto a la campiña. El viaje ya se hacía
insoportable. El peso que le oprimía el pecho era compasión e indignación. Por
lo que había leído y oído, en todos esos años, la ciudad no había parado de
crecer, sedimento urbano del Imperio.
Un destino que los ingleses de América quieren dar también a su
pueblo.
Mientras contemplaba la marcha del cortejo, Philip tuvo una
visión: Londres extendida por todo el mundo. Un único enorme tumor, hecho de
edificios y torres prominentes, barracas en ruinas, plazas pintorescas, fuentes
y jardines, redes de callejones donde el sol nunca entraba. Un mundo edificado,
puesto en obras, pavimentado, empedrado, apuntalado; un mundo en construcción,
por capas, ruinoso, deteriorado; un mundo de luz artificial y muchas sombras,
salvación de pocos y condena para la mayoría: la noble ciudad de Londres y
Westminster.
Orinó la última pinta contra un muro de ladrillos y reanudó la
caminata, hasta que el paisaje de los suburbios cambió dejando paso a la
campiña.
Philip llegó a la cima de una pendiente y miró a sus espaldas.
Las últimas casas de Londres distaban media milla. La ciudad estaba cubierta
por un manto plúmbeo. El hombre miró alrededor. En el aire había señales de
primavera.
Decidió que había llegado el momento de cruzar por los campos.
—No, aquí no. Hay alguien aquí abajo, debajo de ese árbol.
El hombre había dejado en el suelo una pequeña caja de madera y
se estaba pasando por la frente un pañuelo sucio.
—¿Qué puede importarles, mujer? Aquí está bien. Mira a los
niños, están cansados. No comen desde ayer por la mañana. Y yo tampoco, si es
por eso.
Los cachorros humanos se habían sentado en la orilla de la
zanja, exhaustos y helados. Trapos mugrientos, cabellos despeinados, apiñados
unos contra otros para darse calor, bulto de carnes flacas y huesos. La mujer
era el retrato de una miseria resignada. El hombre era un triste
espantapájaros. Dejaba ver manchas de piel grisácea por debajo de remiendos mal
cosidos, pero no renunciaba a una absurda y anticuada peluca.
—Tú y tu manía por las formalidades —prosiguió—. «Tenemos que
dar el último adiós a Billy todos juntos.» Claro, madamisela. Pero yo digo que
era mejor dejar a los pequeñines en casa, mendigando, y así esta noche tal vez
nos llenábamos la barriga. Míralos, pobres criaturas: ¡ya no pueden más!
La mujer rompió a llorar.
—Deja que lo mire por última vez.
El hombre asumió una expresión compungida. Se quitó de la cabeza
el tricornio y abrió la caja. Un cuerpecito enjuto, vítreo, apenas cubierto con
un blusón remendado y nada más. Imposible darle una edad. Podía tener cuatro,
cinco, seis o siete años: dependía de la cantidad de comida que había logrado
engullir antes de quebrarse.
Mientras la mujer lloraba y los niños se lamentaban, llegó al
entierro el último de la familia, dando tumbos sobre tres patas.
—No sé qué me impide echarte a las brasas —dijo el hombre dando
un puntapié al perro.
El animal aulló sin convicción. El hombre sacó un pequeño azadón
de la faja atada en la cintura. El llanto de la mujer se hizo más fuerte.
—Dios, Dios, ¿por qué te has llevado a mi Billy?
—Ya está bien, hay que darse prisa —cortó en seco el hombre—.
Quiero llevar a estas criaturas al Támesis, por la marea baja, quizá encuentren
algo para vender. O como que hay Dios, acabaré por venderlos a ellos.
La mujer seguía llorando. El hombre no había cavado la mitad de
la fosa y ya se había postrado sin fuerzas. Uno de los niños tiró de su manga.
Alguien se acercaba.
El desconocido levantó su mano derecha en señal de paz. Por toda
respuesta, el hombre blandió la azada, los ojos desorbitados.
—¿Qué quiere de nosotros? ¡No necesitamos nada! —gruñó.
—Quiero acabar el trabajo que usted ha empezado, señor.
El recién llegado señaló la fosa.
Un movimiento imperceptible, un golpe de aire: la azada cambió
de manos. La mujer llevó su palma derecha a la boca y emitió un pequeño grito.
—Solo quiero ayudar —dijo el recién llegado.
El hombre, extenuado, cayó sentado. La mujer empezó a llorar
otra vez. El extraño terminó de enterrar la caja. Luego se quedó de pie delante
de la pequeña tumba.
—Mira, marido. Está rezando... —dijo la señora.
El hombre tragó saliva.
—Sí, mujer. Plegarias papistas. Oiga, ¿quiere que nuestro hijo
vaya al Infierno?
Estaba a punto de levantarse, pero la mujer le detuvo.
—Déjalo. —Sus ojos enrojecidos estaban cargados de pena y
resignación—. ¿Crees que para Billy hay alguna diferencia?
El hombre agachó la cabeza, mientras el sol palidecía aún más.
22
Una luz gris se filtraba por las cortinas. La habitación estaba
silenciosa, en penumbra. Nancy cerró la puerta a sus espaldas, con delicadeza:
le encantaba ver dormir a las niñas. Los pequeños cuerpos ocupaban dos camas,
la mayor sola. Debajo de las mantas, se adivinaba el ritmo de la respiración.
Nancy sonrió. Atravesó el cuarto hasta la ventana, abrió las
cortinas.
Las niñas se movieron.
—¡Levantaos! Que ya es hora de asearse y desayunar.
Las pequeñas se sentaron, bostezando y restregándose los ojos.
Todas excepto una.
—¡Esther! Despierta, ¡tú no puedes dar mal ejemplo!
Nancy advirtió que la cama de la niña más grande estaba vacía.
—¿Dónde está Esther, niñas? —Su voz revelaba preocupación. Las
pequeñas no respondieron. Se limitaron a mirar a Nancy con ojos soñolientos—.
¡Esther! ¿Dónde estás? ¿Dónde te has escondido?
La mujer se acercó a la cama, quitó las mantas. En la sábana se
extendía una mancha de sangre.
Había dormido en un corral de ovejas, después de haber pedido
permiso al pastor. El hombre había sido amable, incluso le había invitado a su
propia casa, pero Philip había preferido quedarse a cielo abierto, bajo las
estrellas, apenas visibles en la noche británica. El hombre había confiado en
él, las ovejas y los perros también aceptaron al recién llegado. Se había
alejado mucho y tenía que levantarse con las primeras luces, para poder llegar
a la cita.
Había sido un sueño agitado. Le daban vueltas en la cabeza unos
versos en latín: pulvis es et in pulverem reverteris. Había soñado que se
levantaba y salía del redil, persiguiendo una sombra familiar. Era el espectro
de su esposa, sonriente, le acariciaba los cabellos como un soplo de viento y
le llevaba hasta los campos, donde había dos cajas que tenía que enterrar, una
muy pequeña. En el pecho el corazón era pesado, como cargado con una piedra. Tu
hija, había susurrado el fantasma. Tu hija. Philip había mirado dentro de la
caja más pequeña. En el fondo había solo un objeto: un botón de uniforme de
tamborilero atado a un mechón de cabellos rubios. Había intentado preguntarle
al fantasma, pero sus rasgos habían cambiado con la luz de la luna. Un rostro
ovalado con piel aún tersa, la boca fina y la larga trenza negra, con algunas
canas bien visibles. Philip la había reconocido, mitad mujer y mitad muchacha.
Molly lo había mirado severa, luego había señalado la luna roja como el sol del
ocaso. La luna sangra. Un animal ha sido herido.
Había abierto los párpados de golpe, como si hasta ese momento
hubiera fingido que dormía. La claridad en el este anunciaba el alba.
Ahora recorría con paso ligero el viaje de regreso. Los demás le
esperaban en el hotel de los Johnson, para ir a la audiencia con lord Germain.
Philip no tenía ninguna gana. El sueño bloqueaba los
pensamientos.
Esta hoja es amarilla y la coloreó el Abuelo Invierno. Esta hoja
es marrón y la coloreó el Abuelo Invierno. Esta hoja es roja... No. No. No. ¿Y
ahora? Había llegado el momento. ¿Qué momento? No. Esta hoja es amarilla y la
coloreó el Abuelo Invierno. Sangre, igual que madre. No, no y no. Tal vez debía
rezar. Tía Nancy seguro que se lo hubiera dicho, pedido, ordenado, pero desde
hacía algún tiempo Esther tenía miedo a Dios. También tenía miedo de admitirlo,
pensarlo, sentirlo. Dios. Miedo. Sangre entre las piernas. Quería tocarse.
Miedo. ¿Moriría como madre? No. No se estaba muriendo. Frío líquido salía entre
las piernas. No quería rezar. La canción de los colores de madre. Esta hoja es
amarilla y la coloreó el Abuelo Invierno, esta hoja es roja... La canción
hablaba del Señor Invierno, pero a Esther le gustaba más Abuelo y con el tiempo
madre la cantaba así. El Abuelo Invierno era sir William, aunque ya sabía que
no era verdad, pero era él. Abuelo. Madre. ¿Dónde estáis? ¿Quién vendrá a
buscarme?
No se estaba muriendo. Cuando se había despertado, descubriendo
ese desastre, lo había pensado, pero ahora ya no. Ciertas cosas, se sienten.
Ciertas cosas, ella las podía sentir: como ver fantasmas, o cosas horribles que
iban a suceder. El abuelo William, por ejemplo, ella lo veía, de vez en cuando.
Era él, pero no se lo había dicho a nadie. Le sonreía, con una sonrisa hermosa.
Una vez, había hecho un gesto con la mano, luego le había dicho que siguiera
adelante. Madre, en cambio, no. No todavía, estaba esperando, ella también
vendría. Lo importante era no decir nada, no hablar con ninguna persona.
También todo eso sobre Dios. Si no, sabrían que ella era muy mala. ¿Alguien
vendría a buscarla? ¿Tía Nancy, su padre? ¿Dios? ¿El Diablo?
Frío y fatiga agarrotaban los miembros, ya era de día. Había una
luz amarilla, llena de humo, que entraba por las ventanas del cobertizo donde
se había refugiado. Estaba sucia. Tenía los pies entumecidos y llenos de fango.
La manta sobre el camisón no abrigaba demasiado. En cualquier caso, no saldría
de allí. Tenían que ayudarla, pero no pediría ayuda. A nadie. No se estaba
muriendo. Estaba confusa, sucia. Cerró los ojos, encogió los hombros sacudidos
por escalofríos. Vio la casa donde había nacido, más allá del mar. El gran río,
el valle, los bosques. Luego una figura de mujer, el rostro en sombras. Se
despedía antes de su partida. También estaba Peter, estaba en la puerta de
Johnson Hall vestido de general, le hacía señas de entrar. Decía: «Toma tu
lugar».
La visión desapareció. ¿Regresaría a la vieja casa? ¿Cuándo?
¿Cuál era su lugar?
Desde la muerte del abuelo William, el mundo se había echado a
temblar, cada vez más. El verde de las praderas del valle del Mohawk se
convertía en rojo sangre. ¿Por qué?
De nuevo escalofríos en la espalda. Esther pensó que hubiera
tenido que saber más. Sobre la sangre. Para conseguir vencer el terror. Para no
tener miedo de tocarse entre las piernas. Para no sentirse sucia. Para
encontrar su lugar. Para regresar a casa, a las praderas verdes.
Siempre que alguien viniera a buscarla, porque no pediría ayuda,
y mucho menos saldría sola.
Advirtió la agitación en cuanto cruzó la puerta. En el centro de
la gran sala, la figura delgada de Nancy Claus gritaba órdenes a las criadas.
En las pausas, se llevaba una mano a la boca y la mordía, mientras con la otra
se apretaba el estómago.
Cuando le vio se dirigió hacia él, pero enseguida se paró, se
quedó a distancia.
—Señor Lacroix, le han esperado mucho. Se preguntaban... Dios
mío, no hay tiempo, no puedo explicarle.
El indio se acercó, apestando a establo y sudado.
—¿Qué ha pasado?
—Todos se han ido a la cita con lord Germain, le han esperado
mucho...
Se mordió de nuevo el dorso de la mano. Gritó a una criada que
siguiera buscando, que diera la vuelta al hotel.
—¿Qué ha pasado? —repitió Philip.
Nancy se sobresaltó, como si en un instante hubiera olvidado la
presencia del indio. Philip notó que aún llevaba el camisón, cubierta solo con
un chal de lana; los rizos despeinados asomaban de la cofia.
—Esther —dijo—. Desapareció. —Contuvo un sollozo—. Guy no quería
irse, Daniel le ha obligado, hemos venido a Londres por esto, por esta
audiencia, no podían...
Esta vez el mordisco dejó una marca en la mano.
Philip se hizo indicar la habitación de las hijas de Guy
Johnson, subió las escaleras deprisa y llegó hasta la cama ensangrentada.
Olfateó. Los olores de Londres le habían entorpecido el olfato, pero aún podía
reconocer la sangre de luna.
Un corte que no cicatriza.
Bajó las escaleras y se quedó en el último peldaño. ¿Qué hace un
animal herido? Busca una madriguera. Se esconde.
Miró alrededor. Nancy le estaba diciendo algo, no le prestó
atención. La salida más cercana no era la principal, sino una pequeña puerta de
servicio.
Una vez abierta apareció un corral, pollos y patos revoloteando.
En el fango, huellas de pequeños pies llevaban a una caseta baja en el fondo
del patio; sin duda la leñera.
Philip entró con cautela. El techo obligaba a encorvarse, el
olor a serrín le cortaba la respiración. Poco más allá de la puerta, antes de
que los ojos se acostumbraran a la oscuridad, escuchó su voz.
—Quédate lejos.
Philip se agachó en silencio. Los venenos del aire malo le
atacaron otra vez. Tosió, sintió náuseas y fastidio. Polvo eres y en polvo te
convertirás. Cerró los ojos y reencontró la calma dentro de sí.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó a la sombra.
De nuevo silencio.
—Estoy sucia.
El Gran Diablo habló con voz tranquila:
—Yo también. Esta ciudad es sucia.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó la voz con tono
desconfiado.
—Tuve un sueño —replicó el indio—. En la tumba de mi hija había
un mechón de cabellos, rubios como los tuyos. Ella ahora tendría tu edad.
—¿Murió al nacer? —preguntó Esther dejándose entrever por detrás
de un montón de ramas secas.
Philip se apoyó en una pila de troncos.
—Era muy pequeña.
—Mi madre murió también. Y mi hermano. Había sangre por todas
partes, toda la sangre del mundo.
El indio se cruzó con su mirada a través de un hueco entre las
ramas.
—Yo también he perdido mucha sangre. ¿Moriré? —preguntó Esther
frotándose los pies enrojecidos por el hielo y cubiertos de tierra húmeda.
—Algún día, como todos —respondió el indio mientras se levantaba
con un movimiento lento—. Pero no ahora. Le diré a tu tía que venga a buscarte.
Cuando se volvió, las ramas secas crujieron.
—¿Por qué te llaman el Gran Diablo?
Philip se giró.
—Porque en la guerra, a los hombres les encanta meterse miedo.
Luego la guerra se termina y el miedo queda.
Estaba a punto de volverse otra vez, pero ella habló de nuevo.
Parecía que no quería dejarle salir, como si temiera que una vez fuera de allí
la sinceridad desaparecería.
—Yo también sueño con personas muertas. A veces sueño con mi
abuelo William.
Philip asintió sin decir nada. La muchacha tenía el don, era
cercana a los espectros. Lo había percibido por primera vez observando a los
hombres hormiga desde el penol del Adamant. Ahora estaba allí frente a él y le
miraba, como a la espera de resolver un enigma.
Lo hizo sin pensarlo. Se quitó el brazalete de wampum y se lo
ofreció.
—Te protegerá. De los vivos y de los muertos.
Ella lo cogió y lo apretó en su puño. Luego deslizó su mano
cándida dentro de la áspera del cazador. Una antigua sensación reapareció con
un escalofrío.
Philip llevó a la niña fuera de la leñera.
Un revuelo de sensaciones y temores llenaban la cabeza de Guy
Johnson, mientras se preparaba para regresar al hotel.
Guy Johnson, americano, coronel, superintendente, súbdito de,
sucesor de, yerno de, padre.
Un asistente le había entregado un mensaje a la salida de la
audiencia. Guy y Daniel, todavía en la puerta, penosos residuos de sonrisas de
protocolo desdibujaban sus rostros. Formales y torpes, altaneros para esconder
el miedo. No tenían el don de gentes de Joseph, un estilo seguro y trasoñado,
sonámbulo de poder y esplendor. En Londres, el indio de Canajoharie se había
convertido en animal de ceremonias, exótico campeón de exhibición canina.
Ninguna nueva vida, en cambio, para el alemán y el irlandés: solo la política,
una tarea que se debía desarrollar con un peso que oprimía el pecho, un
resultado que había que conseguir y llevarse a casa. Casa azotada por una
tromba de aire, aire que se arremolinaba y salpicaba sangre a su alrededor.
Bandoka.
El billete estaba escrito por Nancy: habían encontrado a Esther.
Philip Lacroix la había encontrado. Por segunda vez, tenía que agradecerle al
Gran Diablo.
Estaba bien, pero ya no era una niña. Debía recordarlo: la
sangre lo cambia todo, hay un antes y un después.
La hoja de hielo que había partido en dos su cerebro se había
disuelto, y el viaje de regreso era menos penoso. Podía hablar, comentar la
audiencia, aunque una parte de su atención continuara escapándose, a otro
lugar, lejos y hacia atrás, más allá del mar. De vez en cuando, presionaba los
labios contra los dientes, el futuro estaba lleno de brumas, decisiones que
tomar, peticiones y expectativas. ¿Junto a quién lo habría de afrontar? ¿Qué
razón daría de sí mismo, y frente a qué público? Sabía que tenía un papel, y no
se sentía actor.
Espantada por su propia sangre, Esther se había escondido en la
leñera.
Ya no era una niña, y por eso mismo Guy tenía que castigarla.
Debía castigarla, demostrar firmeza, en esta circunstancia y en otras.
Había causado desorden y preocupación. Había violado una regla
de obediencia, se había escapado. Se había escapado y tenía que castigarla.
Tenía que hacerlo, para dar un ejemplo a las más pequeñas.
Para dar un ejemplo a todos.
Era lo que se esperaba de él: castigar a quien huye espantado de
su propia sangre. Estaba en juego su autoridad.
Sabía que tenía un papel, pero no se sentía actor. Prevalecía el
alivio de saber que estaba sana y salva.
Entró en la habitación, ella estaba sentada en la cama, levantó
la barbilla, con lo que a él le pareció una ceñuda indiferencia. Se acercó con
los hombros curvados, dispuesto a estrecharla entre sus brazos. Ella no se
movió. La llamó, ella sacudió su cabeza como para negar su propio nombre. El
padre alzó la voz, ella no respondió. El se agachó para mirarla a los ojos, le
levantó la barbilla con la mano. De nuevo la llamó por su nombre. Vergüenza,
fatiga, desafío, rencor, miedo, amor filial, distancia... ¿qué había en la
mirada de su hija?
Guy la estrechó fuerte. Ella levantó un poco los brazos, colocó
las manos en las caderas de su padre, abrazo renuente suspendido en el aire.
Permanecieron así, sin decir nada, en la habitación de un hotel
de la ciudad más grande del mundo.
23
Londres, 19 de marzo de 1776
Estimado primo John:
Le escribo porque acabo de enterarme de la provocación realizada
contra ustedes y nuestra familia por parte de los rebeldes de Albany. Al
Ministerio de las Colonias ha llegado noticia de que los indios de Fuerte
Hunter acompañaron al gral. Schuyler a Johnson Hall, para controlar que nada se
hiciera contra ustedes, más que privarles de las armas y la pólvora. Creo que
este despreciable comportamiento de los indios solo puede explicarse con una
promesa de dinero, licores ú otras cosas. Le ruego que verifique esta
hipótesis, y sobre todo que averigüe si los rebeldes, al contrario de lo que se
pensaba, poseen bienes en cantidad suficiente como para mantener con los indios
algún tipo de comercio. En ese caso, hay que recompensar por su fidelidad a los
mohawks de Canajoharie, con regalos cuyo valor sea como mínimo el doble, de
manera que los otros vean dónde reside la conveniencia.
A propósito de la fidelidad de los indios, le ruego que me dé
noticias sobre las actividades de Butler en Niagara y las relaciones que
mantiene con los jefes seneca.
En cuanto a nosotros, el objetivo que nos habíamos propuesto con
este viaje ya ha sido logrado. Después de dos meses de espera, hemos tenido el
honor de ser recibidos por Su Majestad y el ministro de las Colonias. Este se
ha mostrado tan contrario a la conducta del gobernador Carleton, que ha
decidido ofrecer disculpas oficiales a Joseph Brant por lo que ha sucedido en
Canadá. El cargo de superintendente, por fin, me ha sido otorgado por propia
mano del ministro.
La suerte del señor Daniel Claus, no obstante, sigue siendo
incierta. Es preciso, por tanto, permanecer aún en Londres, para aclarar el
asunto de su nombramiento. Además, Joseph Brant tiene que reunirse por segunda
vez con lord Germain, para recibir las respuestas sobre las cuestiones
territoriales que le ha presentado. No puedo ocultar que la presencia de
nuestros indios, aún más que los prisioneros capturados en Montreal, se ha
revelado de gran utilidad. La gente de Londres les tratan como a príncipes, y ellos
se han convertido en una atracción tan importante para la aristocracia, que
ningún entretenimiento puede ya prescindir de incluirles entre sus invitados de
honor.
No tengo más que añadir, pero quedo, con estimación y aprecio,
suyo afectísimo
Cnel. Guy Johnson
Después de firmar, el superintendente sopló la tinta para que
secara, levantó la hoja y la volvió a leer desde el principio. Era una buena
carta. A pesar de todo, aún sentía un nudo en medio de la garganta. Nada tenía
que ver la política, la diplomacia, los indios. El hecho era que, de todas las
cosas, la que más le angustiaba no podía confesársela o mostrársela a nadie.
El coronel Guy Johnson tenía miedo. La expedición a Johnson Hall
era, a todos los efectos, la primera acción de guerra en el valle del Mohawk.
El nuevo superintendente de Asuntos Indios de las colonias septentrionales se
quedaría en Londres de buena gana hasta el próximo invierno, tal vez más
tiempo. Si no hubiera sido por todas las riquezas que había acumulado en el
Nuevo Mundo, hubiera regresado a Irlanda, con su gente.
¿Dónde llevaría a sus hijas? El éxodo y las fatigas del viaje ya
habían matado a Mary y el niño, el heredero que tenía que llamarse William y
había muerto antes de recibir un nombre. Esther y las pequeñas eran la única
familia que le quedaba. No podía permitir que la guerra se llevara también a
ellas. Tenía que dejarlas en Londres, a salvo. Encontrar un buen colegio,
regresar a América solo. Ver en persona, juzgar, preparar un lugar de llegada.
Reconquistar pronto las tierras de los Johnson, expulsar a los rebeldes, volver
a vivir.
El coronel Guy Johnson tenía miedo. Odiaba los cañones. Ni
siquiera le gustaba la cacería. En Londres te lo podías permitir: nadie
pretendía que el conde de Warwick fuera un buen tirador.
En Londres podías ser noble, mercader, juez, ministro. En
América antes que nada eras un guerrero, como los indios. En América sabías
que, tarde o temprano, te tocaría combatir, arriesgar la piel. En América, la
riqueza, el poder, el prestigio estaban en el cañón del fusil.
No estaba permitido tener miedo.
24
—Debe admitirlo, Doughty. La ciencia solo puede ser objetiva.
—Objetiva en lo ideal, pero sujeta a las circunstancias, como
todo asunto humano.
—En ese caso, se trata de opinión.
—Sin embargo, usted recordará la disputa entre Wilson y Benjamin
Franklin.
—¿La del pararrayos?
—Exacto. ¿Es más eficiente un pararrayos largo y puntiagudo o
uno corto y con punta roma?
—No recuerdo cuál de los dos tenía razón.
—Porque los experimentos no han podido demostrarlo. No obstante,
el Rey decidió darle la razón a Wilson, y ahora sus teorías están en los
manuales científicos y sus pararrayos en nuestros campanarios.
—No comprendo adonde quiere llegar.
—Bueno, jamás podrán convencerme de que esa decisión se tomó
solo por razones científicas. Wilson era tory, Franklin whig. Uno era
londinense, el otro de las colonias. Uno era protegido de lord Como-se-llame,
el otro era un representante comercial de Pensilvania. ¿Cree que ha pesado más
la objetividad científica o la rebelión en Nueva Inglaterra? Apuesto una guinea
a que en Pensilvania instalan pararrayos puntiagudos como aquí los tenemos
romos.
Peter dejó de fisgonear la discusión entre los dos caballeros,
que siguieron debatiendo impertérritos. Observaba la sala triangular de la
Royal Society con la nariz apuntando hacia el techo, los estantes de madera,
las hileras de libros alineados, gruesos como ladrillos, que parecían sostener
las paredes.
Caminando con la cara arriba estuvo a punto de chocarse con
otros huéspedes, que le miraron ofendidos. Se disculpó y se apartó un poco. Los
títulos en las grandes estanterías eran pomposos e infundían temor. Los pocos
asistentes a esa hora del día discutían en grupos de dos o tres, en voz baja.
Parecía que tenían que resolver dilemas fundamentales, afrontándolos con
respeto, con cuidado.
Lord Warwick, benefactor y miembro de la sociedad por tradición
familiar, le había procurado una invitación en cuanto supo de aquella pasión.
Para Peter era un interés que se remontaba a su infancia en Johnson Hall y a
los microscopios de su padre, que siempre le habían fascinado.
—En Londres hay un sitio donde los hombres de ciencia debaten
sus teorías y sus experimentos. El Rey les protege y permite que todos puedan
servirse de los nuevos descubrimientos e invenciones.
El muchacho recordó el rostro de sir William alejándose del
microscopio e invitándole a acercarse para mirar allí dentro. Un recuerdo
nítido, de cuando era niño. Había sentido la mano cálida y pesada en el hombro,
mientras miraba minúsculos seres que se movían bajo la lente.
—Corpúsculos, Peter —había dicho su padre—. Microbios. Seres tan
pequeños que el ojo humano no lograría verlos sin la ayuda de este invento.
¿Entiendes?
Peter había asentido.
En la Sala de la Ciencia había pasado tardes enteras, eternas
como solo pueden serlo a esa edad. El templo de lo increíble, donde cada objeto
podía revelar un lado recóndito de la naturaleza. Maquetas mecánicas de
movimiento continuo, molinetes de vapor, la cámara oscura que mostraba la
realidad al revés. Pensó de nuevo en el microscopio. ¿Cuánto espacio había en
un portaobjeto? ¿Cuántas cosas podían caber? Todo un mundo, un universo. No era
muy diferente de mirar las estrellas e imaginar cuántas eran o cuán grande era
el cielo.
—Se mueven. Se reproducen. Mueren —había dicho la voz detrás de
él—. La aspiración de todo científico es descubrir el secreto de la vida.
Peter había levantado la cabeza y mirado serio a su padre.
—El pastor Stuart dice que es un misterio de Dios y que querer
saberlo es una blasfemia.
Sir William había sonreído.
—Dios nos ha dado los ojos, las manos y el cerebro. ¿Crees que
lo habría hecho si nos hubiera querido mantener en la ignorancia?
Peter se sentó en uno de los sillones de la sala de las
conferencias. El fuerte olor a madera lustrada siempre le había gustado. Los
hedores de Fleet Street no llegaban hasta las augustas salas de Crane Court. La
emoción le hinchó el pecho. Estar allí, en el sitio descrito por sir William
mucho tiempo atrás, era un homenaje a su memoria y a los años felices pasados
en Johnson Hall, en el valle que había sido todo el mundo, hasta que le
enviaron a estudiar a Filadelfia.
Por eso había querido ir allí, aceptando de inmediato la
invitación de lord Warwick. Sin compañía, escoltado tan solo por los portadores
puestos a disposición por el conde. Peter había caminado, a riesgo de
ensuciarse los zapatos, y ellos le habían seguido con el palanquín vacío y aire
perplejo, quedándose a esperarle fuera del edificio.
—No blasfemamos cuando intentamos conocer las leyes que Dios ha
impuesto al universo. Rendimos homenaje a su inteligencia creadora y alabamos
su obra. No pretendemos saber la razón divina que ha dado origen a las cosas,
sino que investigamos su mecanismo intrínseco. La larga cadena de causas y
efectos que las hace como son. ¿Entiendes?
Peter recordaba que había asentido para complacer a su padre. El
concepto no le resultaba muy claro, pero los seres que se movían bajo la lente
despertaban su curiosidad y eso bastaba. Solo creciendo había entendido que la
fe de sir William era algo que estaba más allá de las religiones, y al mismo
tiempo contenía a todas. En su valle había sitio para todos. El rey de
Inglaterra y el Papa estaban muy lejos, y el Dueño de la Vida adorado por los
mohawks no era indigno de ser llamado Dios, aun cuando se recurría a él con
modos salvajes y pintorescos. Desde muy pequeño, Peter sabía que no todas las
ceremonias en el bosque eran indias. La noche de San Juan, en la espesura del
monte, se encendían pequeños fuegos y se hablaba gaélico, celebrando misas que
la luz del día hubiera prohibido. Los desterrados escoceses y los colonos
irlandeses de su padre se comunicaban a través de dialectos antiguos como
piedras. La Lengua de la Noche. Sir William la utilizaba cuando quería decirles
algo íntimo, que los demás no debían comprender.
—Es la lengua de la fe, de la sangre y de la guerra —decía—. No
se habla con ella por puro caso.
El inglés, en cambio, servía para dar órdenes, para escribir y
para poder entenderse de una punta a otra del valle. En Filadelfia le habían
enseñado también el francés, el idioma del enemigo.
Pero el mohawk era el idioma que prefería. El mohawk olía a ron
y pieles. Era la lengua del comercio y de la caza; de los consejos y de la
diplomacia. Pero antes que nada, para él, el de las canciones de cuna.
Se le apareció el rostro severo de Molly y sintió la presión de
sus manos pequeñas y fuertes, tan distintas a las de su padre. La Sala de la
Ciencia nunca había sido su mundo, sin embargo le fascinaba también a ella.
Consideraba los instrumentos de sir William como intérpretes, capaces de
describir la Naturaleza en el idioma de los blancos. Molly estaba interesada en
la relación entre los microbios y las enfermedades, la electricidad como cura,
las prácticas de los doctores ingleses. «Es una buena medicina —decía—, pero
deja enfermos los sueños.» Sueños, amuletos, danzas rituales. Peter había
aprendido a apreciar también estas cosas, como parte de la vida en el valle. Su
madre parecía ser el centro, tan importante como el río o las praderas. Era
como si todo ahí girara en torno a ella. No era solo su percepción de niño:
según fue creciendo esa idea se había reforzado, y aunque no podía comprender
todos los misterios de Molly, sabía que su poder tenía raíces en la noche de
los tiempos. Las canciones que le habían dormido durante años habían sido
compuestas a la sombra de los viejos pinos y se transmitían desde los orígenes
del mundo.
De repente, se sintió nostálgico y triste. Las noticias de casa
no eran buenas. Si los rebeldes habían llegado hasta Johnson Hall, podían
llegar hasta Canajoharie en un día de marcha. Molly estaba en peligro.
Se dijo que no, la gente del valle la protegería, su madre era
demasiado lista para dejarse sorprender. Tal vez había partido, como la esposa
de tío Joseph, llevando a sus hermanos y hermanas a un lugar más seguro. Los
rebeldes no podían ensañarse con mujeres y niños, era más bien John quien
corría peligro, su hermanastro mayor. Peter se estremeció al pensar que la casa
de sus primeros años de vida podía ser saqueada. Desde siempre los colonos
envidiosos solo querían quitarle todo el mobiliario, vaciar las despensas, los
almacenes, la armería y las caballerizas, robar los esclavos. Robarían también
el microscopio y los artilugios de la Sala de la Ciencia, y él no podía hacer
nada para impedirlo. Seguro que pensaban como el pastor Stuart, o aún peor.
Romperían las preciosas lentes de su padre, desparramarían portaobjetos y
probetas, destrozarían la cámara oscura. Su Dios no dejaba espacio a nada, era
pequeño, mezquino y obtuso. A imagen y semejanza de sus fieles.
Se levantó para contemplar la gran Sala de la Ciencia querida
por Su Majestad Jorge III.
Ya era tiempo de regresar. Había que combatir a esa gente,
devolverla al pantano de donde había salido, impedir a toda costa que
destruyera lo que su padre había construido.
Ahora la captura de Ethan Allen le parecía poca cosa.
Tenía que disparar de frente. Defender su país.
25
Ser portero al final no era tan malo, pensó Lester. Un trabajo
de mierda como tantos otros, pero algo de propina siempre se conseguía. Ahora,
con los carboneros enhuelgados desde hacía dos semanas, unos peniques de más
podían ser útiles. No era lo mismo pagar a alguien para que te lleve el coque a
casa, que hacerlo uno con la carretilla hasta el dock, ida, vuelta y la espalda
hecha polvo. Algo de propina, sí, hasta en la cueva más grasña de la ciudad, el
hospital de Santa María de Bethlehem. Para todos el Bedlam, el Sitio de los
Locos.
Lester decía que la había inventado él, la propina en el Bedlam,
aunque eso no era verdad. La patente le correspondía a su antiguo patrón, un
follador empedernido, que le hizo un bombo a una lavandera de Saint Giles. A
Lester le tocó pagar el pato y lord Garfield le había dado el portante, como se
hace con los criados que se dan los revolcones. A cambio, le había conseguido
ese trabajo, de vigilante de residencia a vigilante de los locos, que dicho así
era una putada bien gorda, pero luego apareció el asunto de la propina, esto
es, que en Londres había un montón de madamiselas y milordones que se morían
por ver a los trastornados, oírles gritar, y sobre todo verlos desnudos. Entre
estos lunáticos, ni que decir tiene, estaba el mismo lord Garfield, que a cambio
de entrada gratis para toda la vida, llevaría hordas de amigos dispuestos a
soltar el dengo. Pocos meses después, el lord estiró la pata, y así a Lester no
le quedó otra que ampliar el negocio. Ahora ya hasta hacía reservas, regulaba
las visitas para que no saltaran a los ojos, embolsaba propina como si fuera un
teatro.
Un carruaje inesperado se detuvo delante del portón. Bajaron
cinco personas e hicieron señas de acercarse. Lester se echó el gabán a los
hombros y atravesó la calle de acceso, reducida a un sendero por las malezas
que la asediaban. Cuatro gallitos y una polluela. Ellos, pelucas y botones
dorados; ella, una montaña de cabello que se mantenía en alto por milagro, y en
la cima, una cofiecilla minúscula. Si era gente con pasta, gastaba poco para
arreglarse los piños. Las medias sonrisas que acogieron a Lester podrían haber
ahuyentado a una nube de murciélagos.
—Estamos aquí por los locos —dijo el elegante del grupo, apoyado
en el bastón con aire de sabiondo.
—El lugar es este, señor.
—Eso ya lo sé, querido amigo. Y sé también de un portero que
organiza visitas científicas en el hospital, ¿no es así?
—Así dicen. Pero creo que primero hay que fijar un horario para
entrar, ¿sabe? Y que le haga la presentación un miembro anciano del club.
—Comprendo —se carcajeó aquel, enseñando los subos ni que fueran
perlas—. Y dígame: ¿piensa que una guinea es suficiente?
¿Una guinea? Mierda santa.
—Claro que sí, señor. Adelante, es por aquí.
Un lugar de espanto, pensó Neil. Si los milordos pedorreros se
divertían de verdad videando todo eso, estaban más chiflados que los locos de
las jaulas. Mejor acabar todo rápido, rediós, y esperar que en la bulla no se
escape alguno, que si uno de estos te muerde, te pega la peste.
El portero hacía de guía en medio de una habitación gigante,
parecida a las barracas de Spitalfield donde había trabajado de veco. Pero
aquí, en vez de telares había rejas, rejas de hierro a la derecha, rejas a la
izquierda, y por detrás caras, jetas de todos los tipos, blancas como fantasmas
o enguarranadas de costras, arrugadas o rechonchas; y luego los ojos,
amodorrados o endiablados, bizcos o desorbitados; rotas que berrean los peores
chillidos o que refunfuñan para sus adentros, babosas o con mueca; brazos en
cruz o agitados, rucas que saludan y que mandan a la mierda; seseras que dicen
sí, que dicen no, que solo se bambolean y no dicen nada; patas que bailan y
patalean, de rodillas o de pie, narices que moquean y olfatean, culos al aire y
debajo de las mantas, pichas por fuera y pichas en reposo, de asno y de enano,
de sodoma y de adorno.
Un lugar de espanto. Qué le veían a ese sitio los milordinos, se
preguntó Neil. Te das una vuelta por la Abadía y allí encuentras los que tú
quieras, de estos málchicos chiflados. Uno a la vez, hasta te haces unas risas,
no digo que no; hay uno al que solo dices un nombre de polluela y aquel ¡zas!,
se baja los pantalones y ya la tiene tan tiesa que puedes embocar rosquillas;
pero todos juntos no, cuando están así amontonados te dan cague, sí sí, sí,
parece el infierno de los muertos vivientes. Pon que se viene abajo una reja,
adiós, se acabaron las risitas.
A Rob y Colé les debía de haber entrado calambres a fuerza de
estar con el culo apretado, pensó Neil. O a lo mejor no. A lo mejor entre
pirados hay respeto, como que no se hacen daño entre ellos, cosas así. No
porque ellos sean pirados, Rob y Colé, sino que los otros, los pirados con
todas las letras, ni lo saben; basta estar del lado justo de la reja, y más que
babearte el hombro o mearte los pies no hacen. En cambio, si estás de este
lado, pon que de repente se caen las rejas, mejor acabar todo rápido, sí, sí,
sí, sacar fuera a Rob y Colé y pirárselas para la campiña.
Qué mierda le veían, los milordinos del Sucashire...
Empieza la función, pensó Dave, el Emperador. Había videado a
los málchicos en la jaula del fondo a la derecha.
—Señores, señora. Si hoy estamos aquí es para reparar una odiosa
injusticia.
Un movimiento repentino y se había vuelto hacia los drugos con
aire guarranoso y fanfarrón. Estaba al lado del anfitrión, que lo videaba con
jeta perpleja. El Emperador, aún por el momento en el papel de dedón lleno de
pasta, con pedazo de peluca y adminículos varios, comenzaba su número, y como
siempre los drugos de panda al oscuro de los detalles picantes.
—Sí, queridos amigos —puso la ruca derecha en las espaldas del
portero—, una terrible y trágica injusticia. Sin duda mis amigos estarán
pensando en nuestros dos hermanos, Rob y Colé, quizá los mejores de nosotros,
que yacen encarcelados en este valle de atroces sufrimientos. ¿Y cómo no darles
la razón? —agarró fuerte el hombro del portero—. ¡Rob y Colé! Dos sinceros
patriotas, considerados chalados y encerrados por haber osado defender su
dignidad propia y la del pueblo del cual son parte. ¡Chalados, tronados,
sonados, zumbados, mentecatos, chiflados, lunáticos, depravados, dementes! ¡Eso
es lo que son! Lo mucho que el necio no entiende, él lo llama Locura. Esta es
la verdad. Y es por esta verdad que estamos hoy aquí. —Hizo una gran
inclinación delante de Suelta-la-pasta Lester, aturullado. Los drugos tampoco
capiscaban mucho. Terminó la pausa de actor consumado—. Sería muy fácil, muy
sencillo para nosotros reclamar que nuestros amados hermanos queden a nuestro
cuidado. Recuperar a aquellos que nos han sido quitados con la fuerza y la
prepotencia. Justo, sacrosanto. Pero poca cosa. Una tarea más grande nos
aguarda, ahora.
En ese punto, el pobre Lester ya había entendido que había que
intervenir, que el dedón era extraño, goboraba y goboraba, y que aquello
acababa en alguna parte. Le entró un gran cague, ¿y si todo se iba a la mierda?
El dedón no paraba. ¿Contra quién mierda despotricaba?
—Señores, las leyes y las costumbres conceden a algunos hombres
el derecho de juzgar el espíritu humano. Nosotros no estamos aquí para
cuestionar el valor de su ciencia o lloriquear por sus decisiones, si son
justas o bien no. En cambio, nosotros nos rebelamos contra el derecho atribuido
a los hombres de bien para decidir la encarcelación de por vida en los
hospitales. Sitios que no son más que espantosas prisiones. Esto no se puede
tolerar. Los Tronados son las víctimas por excelencia. Son hombres, todos estos.
Sobre estos hombres, tienen que reconocerlo, la única ventaja que tienen es la
fuerza. Y es para volcar esta ventaja que estamos nosotros aquí. Querido amigo,
suelta las llaves de las jaulas.
Quitó el pomo que servía de empuñadura del bastón y sacó un
estilete, largo y delgado, lo apuntó al cuello de Lester, y abrió de par en par
la rota llena de subos dorados, simulando estupor.
Menudo zumbado, pensó Betty, llamada la Comilona, enfundada a
duras penas en los ropajes de dama de alto abolengo. A pesar de haber visto y
vivido cosas que hubieran puesto como un tomate a una legión de putañeros, no
podía contener, ella sí, un sincero estupor. Algo de razón en todas esas
guarranadas tenía que haber, porque si un loco como el Emperador había quedado
fuera de allí, estaba claro que las cosas no funcionaban. Pero tenía fuerza. Se
había hecho dar las llaves, todas, y había abierto las puertas de las jaulas,
todas. Se había puesto a crichar como un verdadero salvaje. Los drugos habían
saltado fuera enseguida. Rob y Colé, grasñosos y renqueantes, brincaban como
codornices por el pasillo y hacia la salida, porque los pantalones cagados se
veían desde una legua. Pero Dave no se daba por enterado, se había subido a los
barrotes de las jaulas y goboraba para que salieran, que el momento había
llegado, la justicia alcanzada. El vigilante hacía pucheros, pedía piedad,
chillaba que era peligroso. Rodeado por los drugos del jefe de los indios de
Londres, otra cosa que lloriquear no podía hacer.
Los sonados parecían asustados. Algunos, semidesnudos, se
asomaban más allá de los barrotes, pero sin convicción, ninguno se había
lanzado hacia el portón de salida.
Fue entonces que Betty entendió qué parte tenía en la comedia.
No daba crédito a sus propios ucos. El dedón calvorota le estaba diciendo que
sacara las mercancías e hiciera el espectáculo. Sí, eso, poner a la vista los
grudos y hacer esos juegos que tan bien le salían en Tottenham. Estaba tronado
de veras. Entretanto, todos los málchicos de la panda se habían dado la vuelta
para videar, y por las jetas que tenían no era fácil distinguirlos de los
otros. Vaya mierda. Betty hizo a todos una mueca repugnante, pero ¿qué más
podía hacer? Empezó a hacer su número, después de todo, los borrachos grasñosos
de los garitos de Soho no eran mucho mejor. Bastaba creer que estaba en el
Ojosolo de guarraneo y de jarana. Porque además, tampoco era la danza de Salomé
eso que hacía, solo eran unas cochinadas con los grudos que ponían de lo más
calientes a los dedones salidos. Tocarlos, moverlos, sacudirlos, llevarlos a la
boca y pasar la lengua por ellos, las guarranadas de siempre.
El Emperador dio en el blanco. Los grillados salieron de las
jaulas, casi en filas ordenadas, mientras el mohocks de Londres le hacía señas
a Betty de retroceder hacia la salida. El Emperador había engarrado una
antorcha, y mientras el largo pasillo se llenaba, conducía el rebaño como un
pastor. Alzaba el tono de la golosa, los impulsaba a recuperar la libertad,
pero eran los enormes grudos de Betty el secreto del éxodo de Bethlehem.
Pero mira qué historiucha cochina. Era algo que daba miedo ser
la lombriz del anzuelo para esa manada de cocotas echadas a perder que le
seguían como un cachorro. Dios, rabos de todas formas y tamaños, sobresalidos
de las figuras de sus dueños, sostenidos por rucas gigantes, Dios, esto veía,
¡parecía mentira!
El portón de Bethlehem se abrió de par en par sobre Londres.
26
—Si les damos la libertad a los negros y América a los indios,
¿qué nos queda, señores?
—Ya. ¿A quiénes les venderán los esclavos africanos si la
sentencia del caso Somerset se convierte en ley?
—Por mi parte, señor Pole, podría preguntarle dónde conseguirá
la madera para sus astilleros de Nueva York, si los bosques de las zonas del
interior quedan en manos de los pieles rojas.
—Touché. Pero la raíz de los dos problemas es la misma: se llama
América.
—Oh, no, señor Gilbert. América sería la solución. El verdadero
flagelo es la miopía: intentando mantener el monopolio comercial, acabaremos
por perder todo el mercado.
—Animo, no sea pesimista, se prepara una contraofensiva para la
primavera. Su Majestad enviará tropas para saldar las cuentas con estos
rebeldes.
—He oído, sí. Mercenarios alemanes, según parece. Así comenzó la
decadencia del Imperio romano.
—Dios mío, qué lúgubre.
—No lo suficiente, Cavendish. Me espero lo peor. Pero, como se
dice, un hombre de negocios debe saber mirar lejos. Hay que dejar pasar la
tormenta. Entonces llegará nuestro momento.
—Charlas demasiado serias para esta hora de la tarde. Propongo
que pasemos a otra cosa, señores. ¿Es verdad que Corsica Boswell está reunido
en el privado con el príncipe de los indios?
— Sí. Creo que se trata de una entrevista.
—Nada menos, señor Whitebread. La competencia le ha derrotado,
entonces.
—No pasa nada.
—A lo mejor Boswell deja de incordiarnos con sus amigos corsos y
comenzará a promover la causa india.
—Si así fuera, señor Pole, puede apostar que pronto le veremos
con plumas en la cabeza.
—A propósito, hay rumores de que han admitido al salvaje
guerrero en la Logia del Halcón.
—¿El jefe Joseph Brant un francmasón? Debe de haber un error.
Estoy seguro de que pertenece al clan del Cocodrilo.
—Muy ocurrente. ¿Quién hubiera dicho que íbamos a ver un
desastre semejante?
—Negros, corsos o indios, esta manía por lo exótico debe acabar.
Como habíamos previsto, comienza a provocar serios daños bajo nuestras narices.
Ya habrán leído sobre lo ocurrido en el Bedlam, tres noches atrás.
—Claro, algo increíble.
—Demencial.
—Esto hay que decirlo. Mujeres agredidas en medio de la calle.
Hombres dedicados a las más sórdidas indecencias contra jambas y farolas.
—Actos contra natura... con perros y gallinas. Se necesitaron
dos días para atraparlos a todos.
—Ya habíamos dicho que estos indios de ciudad eran un peligro.
—Pero la pura palabrería no basta, señores. Y tampoco la pluma
afilada de nuestro amigo Panifex, aquí presente. Es preciso hacer limpieza.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Los acontecimientos nos han dado la razón. Esta confusión debe
cesar. Tal vez no podremos impedir que sea abolida la esclavitud. Pero basta ya
de indios andando por Londres. Ni en Soho. Ni en nuestro club. Son suficientes
los veinte mil negros que llenan los tugurios del East End, gracias.
—La delegación india se marchará pronto. No hay de qué
preocuparse.
—Bien. Muy bien, señor Whitebread. Esperemos entonces que junto
con ella desaparezcan también sus epígonos.
27
Del Daily Courant del 8 de mayo de 1776:
LA DESPEDIDA DEL PRÍNCIPE THAYENDANEGA
DEL MINISTRO DE LAS COLONIAS, LORD GEORGE GERMAIN
El día 6 recién pasado, por segunda vez desde su llegada a la
ciudad, el superintendente del Departamento de Asuntos Indios, cnel. Johnson, y
el príncipe de los mohawks, Joseph Brant Thayendanega, han sido recibidos por
el ministro de las Colonias.
Al término del coloquio, me he acercado al cnel. Johnson para
conocer los detalles del encuentro, pero él no ha querido detenerse, y en
cambio pidió a su secretario que me hiciera llegar una copia del discurso que
el príncipe dirigió a lord Germain.
Lo reproduzco aquí, tal como lo he recibido, esperando hacer
cosa grata a nuestros lectores.
Hermano (¡el príncipe Thayendanega se ha dirigido así al
ministro de las Colonias!):
En nuestro último coloquio nos has respondido con pocas
palabras, diciendo que te ocuparías de las reclamaciones de las Seis Naciones
respecto a sus tierras, en particular las de los mohawks, y las resolverías;
que todo esto se solucionaría con plena satisfacción para nosotros cuando en
América se acabaran los desórdenes, y que esperabas que las Seis Naciones se
siguieran comportando con el apego al Rey que siempre han demostrado; en dicho
caso, podían confiar en el favor y la protección de Su Majestad.
Hermano, nosotros te agradecemos tu promesa, esperamos que sea
mantenida y no quedar desilusionados, como ha ocurrido muy a menudo, a pesar de
la cálida amistad de los mohawks hacia Su Majestad y su gobierno; ella ha sido
recordada tantas veces por las Seis Naciones que nuestra incapacidad para
obtener justicia es motivo de sorpresa para todas las Naciones Indias.
Hermano, el desorden que prevalece en América y la distancia que
nos separa de nuestro país solo nos permite decir que a nuestro regreso
informaremos a los Jefes y los Guerreros de lo que hemos visto y oído, para
unirnos a ellos en la toma de medidas más sabias para parar estos tumultos.
Hermano, pronto partiremos a nuestro país, después de haber
permanecido aquí por largo tiempo, te pedimos que no prestes oídos a todas las
historias que se cuentan sobre los indios, sino solo las decisiones que llegan
de nuestros Jefes y de los sabios del Consejo, y que te serán comunicadas por
nuestro Superintendente.
Parece evidente, no obstante la referencia a los antiguos
tratados y a la cálida amistad, que los indios de las Seis Naciones ya se han
conformado a nuestra forma de hacer alianzas, no tanto en nombre de una
abstracta lealtad, sino más bien en vista de un provecho. Tomamos nota de ello,
considerándolo una señal de su progresiva civilización, la cual, como bien
saben ciertos filósofos, no puede más que sepultar la pureza de espíritu. Lo
que no entendemos, en cambio, es cómo se ha llegado a la paradójica situación
por la cual Su Majestad y el gobierno deben esperar la decisión de los jefes de
las tribus respecto a la intervención de los indios en los desórdenes de las
colonias, cuando sabemos que esta intervención no se ha pedido y que, por
tanto, son los jefes de las tribus quienes deben esperar una proclama de Su
Majestad para poder alinear a sus guerreros entre las filas del ejército. La
diferencia puede parecer sutil, pero en realidad es capital y nace, creemos, de
un malentendido sobre las palabras del ministro, que ha pedido al príncipe
Thayendanega que conserve el apego de los indios a su Rey, sin con ello
intentar, desde luego, formalizar un pedido de apoyo militar. No ocultamos que
no nos parece que las vicisitudes americanas necesiten de la intervención de
aliados, de una u otra parte. Como decía Salustio, «hay aliados que es
preferible no alinear». Los únicos indios que esperamos ver combatiendo con los
Casacas Rojas son esos sohock de los cuales toda Londres ha hablado tanto en
los últimos meses. Hace ya dos semanas que no se registran delitos atribuidos a
estos salvajes —sin duda menos civilizados que sus presuntos hermanos—, y
varias voces creen que han sido capturados por un pelotón de alistamiento y
embarcados en un navio de la Marina que partía hacia las colonias.
Pronto Londres se despedirá también de los verdaderos indios.
Dentro de un mes, la delegación encabezada por el príncipe Thayendanega zarpará
hacia Nueva York. Esperamos que su uso en la batalla no aliente, aun más allá
del Atlántico, a escoria y canalla a cometer crímenes y pedir reconocimientos.
Si mal no recordamos, estaban disfrazados de indios mohawks los
delincuentes que asaltaron los barcos del puerto de Boston para echar por la
borda el té de la Compañía de Indias. Dicho espíritu de imitación ha ya
producido demasiado trastorno. No es caso de echar más leña al fuego.
Panifex
28
La tropa alineada detrás del muchacho presentó armas. Peter
avanzó hacia el general. Tambores y pífanos marcaron los pasos. El sol brillaba
alto, nubes corrían al este. Banderas ondeaban.
Era magnífico. Toda la belleza de la vida marcial contenida en
una sola escena, la bóveda del cielo como bastidores del teatro. Al término del
discurso, el general Burgoyne colocó la medalla: el ceremonial consentía al
condecorado unas palabras de agradecimiento.
Guy Johnson sonrió. Sin duda el mestizo hacía honor al nombre de
los Johnson. La satisfacción se reflejaba en el rostro del superintendente:
otro éxito más para llevarse en el saco. Detrás de la impasibilidad, en cambio,
solo otro mohawk hubiera podido percibir la complacencia en los ojos de los dos
indios.
Peter abrió la boca. El superintendente, el príncipe y el
eremita aguzaron el oído. Una fuerte ráfaga recorrió la plaza de armas. El
viento se llevó la voz.
Llegaron nítidas solo las últimas palabras.
—... aún son muchos, y mucho más peligrosos que Ethan Allen.
Conozco mi deber, y por eso pido a Su Excelencia el honor de poder servir al
Rey y a mi país entrando a formar parte de su regimiento.
Los ojos del muchacho brillaron.
Los americanos se quedaron de piedra. Bastó cruzar una mirada
para comprender que Peter les había tenido a oscuras a todos.
El momento pareció eterno. Enfundado en su uniforme rojo,
Burgoyne miró largo tiempo al joven, como para evaluar el peso de la petición.
Luego hizo una mueca satisfecha. Y la rechazó.
Peter aguantó el golpe sin mover un músculo, pero el general
habló otra vez. La voz acostumbrada a dar órdenes atravesó la plaza de armas de
una punta a otra. Todos los soldados de Su Majestad combatían por el reino y
por su propia casa, dijo. Por eso el portaestandarte Peter Johnson no se
alistaría en un regimiento que debía zarpar hacia Canadá, sino en los refuerzos
del 26.° Regimiento de los Cameronians, asignados a la colonia de Nueva York.
Partirían en un par de meses. El joven héroe podría combatir por su tierra
natal.
Peter pareció erguirse aún más en posición de firmes, como si se
elevara del suelo. Los acontecimientos le encontrarían en su sitio. Había
tomado la mejor decisión. Su madre se sentiría orgullosa de él, la memoria de
su padre sería honrada por la victoria sobre el enemigo de siempre.
Era lo correcto. Era el momento de recorrer su propio sendero de
caza.
Philip observó el rostro del muchacho e intuyó sus pensamientos.
Estaba listo. Ya no era deseo de aventura, no había nada que quisiera
demostrar. Había cruzado el umbral. Había encontrado un motivo para combatir y
lo haría hasta el final.
Lo mismo les había pasado a él y a Joseph, muchos años atrás.
—Nos tocaba a nosotros llevar a la guerra al muchacho.
Philip se esperaba una reacción así. Tampoco él estaba contento.
Al término de la jornada, la melancolía le asaltaba, pesaba sobre los hombros,
ineluctable.
Joseph estaba entristecido. Había rechazado el carruaje y
pretendido regresar a pie. Philip había decidido acompañarle en la luz del
crepúsculo. Las calles no eran seguras.
—Eso es lo que hemos hecho. Por eso Ethan Allen está en la
cárcel y el muchacho puede caminar solo —dijo mientras intentaba evitar los
charcos. Se plantó delante de Joseph y le miró a los ojos—. Tú has dicho que
teníamos que combatir por el Rey.
Joseph contrajo las mandíbulas.
—Estoy orgulloso de que mi sobrino combata en el ejército del
Rey —dijo—. Pero quería que fuera a mi lado. Quería que combatiera junto a
nuestros guerreros.
Joseph se movió. Philip lo retuvo por el brazo y siguió
mirándole a la cara.
—Ha elegido combatir entre los blancos, la gente de su padre.
Cada hombre tiene un camino trazado por el cielo.
Por un instante, Joseph pareció haber perdido la orientación.
Sombras monstruosas se arrastraban por las paredes, insidiosas como serpientes.
Estaba oscuro, y los faroleros aún no habían terminado el recorrido.
La noche apremiaba. Sin hablar más, aceleraron el paso.
29
Un vuelo de gansos atravesaba las nubes, uno tras otro, punta de
flecha en busca del horizonte. El conde de Warwick comentó que esos pájaros
habían visto muchas más tierras que él. Un par de alas podían más que los
títulos de nobleza y las riquezas. La naturaleza impone a ciertas especies la
migración. Quizá también a algunos hombres. Otros son sedentarios, las cadenas
que los atan a los lugares son pesadas, herrumbrosas, doradas solo en algunos
casos. Warwick intentó en vano contar los pájaros: muy movedizos. El placer de
la gregariedad jamás los habría de abandonar. Seguirían siendo una bandada de
gansos hasta la muerte, hasta la próxima generación de gansos, y sus semejantes
nunca conocerían el hastío.
El conde de Warwick observó al hombre que posaba para el señor
Romney: penacho de plumas, camisa blanca, brazaletes de plata para sujetar los
puños. El retrato del príncipe Thayendanega permanecería en su casa de campo,
elocuente testimonio de su amistad.
—Está en buenas manos, señor Brant. El señor Romney logra
infundir el brillo de la vida en los ojos de los modelos. El alma aparece a
mano alzada.
La voz de Warwick era llana, sin señales de excitación. El
pintor se cubrió el rostro. Era el juego de roles que imponía esa reacción:
Romney era consciente de su propia maestría. Cada uno de los gestos estudiados
y revestidos de sacralidad. Diluir los colores. Medir el objetivo que debía
retratar con el pincel. Extender nubes de pigmentos variados sobre la tela:
toques rápidos como la lengua de un cachorro que lame un tazón de leche,
pinceladas amplias como la corriente de un río cuando llega a la llanura.
—Ya casi hemos acabado —dijo el pintor—. Por favor, levante un
poco la barbilla, señor Brant.
Warwick miró de nuevo hacia fuera. La luz de la tarde era suave,
anunciaba la época cálida.
—¿Nunca ha sufrido melancolía, señor Brant? Yo sí. Me entra
siempre, a esta hora. En tiempos antiguos se hubiera dicho que mi vida está
bajo el dominio de Saturno. ¿Existe algún remedio indio para esta disposición
de ánimo?
Joseph respondió con seguridad.
—La caza. Yacer con una mujer. Jugar con los niños. Fumar la
pipa. Danzar. O también, sentarse y mirar el horizonte. Es extraño, cosas muy
distintas sirven para curar el mismo mal.
Warwick asintió.
—Dígame. ¿No siente nostalgia? ¿En qué piensa cuando lleva la
mente a casa?
Delante de Joseph aparecieron los rostros de Susanna y los
niños. La finca. Canajoharie. Molly.
—En el respiro de mi mujer, por la noche, junto a mí. La piel de
mis hijos. Los olores. Aroma de arándanos en los bosques a la orilla del río,
maíz tostado y jarabe de arce. Aroma de cosas sabrosas en el almacén de mi
hermana.
Warwick parecía a punto de llorar.
—Si perteneciera a un lugar distinto, yo también tendría
nostalgia. Le confieso que siento una sensación muy similar, a veces. Nostalgia
de lo desconocido, de lo no visto, de lo no imaginado. Nostalgia de las vidas
de otros que se han cruzado con la mía.
—Ha sido muy generoso con nosotros —dijo Joseph—. A cambio, no
ha querido nada más que mi imagen en un retrato. Esto es... —buscó la palabra
adecuada en un rincón de la mente— halagador. Espero que algún día pueda
devolverle el favor teniéndole como invitado en América. Será bienvenido.
Curaremos su melancolía.
Warwick sonrió apenas. Se vio a sí mismo rodeado por un enjambre
de mujeres y niños indios, pero enseguida se dio cuenta de que no sabía cómo
imaginárselos: el único indio que había conocido estaba ante él.
La emoción le cerró la garganta y humedeció los ojos.
Habló con voz ronca.
—Sabe, yo nunca he viajado en toda mi vida. Lejos de esta isla,
me sentiría perdido. Londres y yo somos dos viejos amantes caprichosos. Nos
provocamos, incluso nos concedemos pequeñas traiciones. Pero no nos dejaremos
nunca.
Reaccionó y pidió al pintor que girara la pintura para poder
verla con las últimas luces del día.
Romney lo hizo.
—Se ha superado a sí mismo —comentó Warwick después de un
instante de silencio—. He aquí el alma del héroe americano.
El pintor hizo una inclinación reverente y se despidió.
Regresaría al día siguiente para los últimos toques.
Cuando ya se había marchado, Warwick advirtió el aire perplejo
de Joseph ante el cuadro.
—¿Piensa que he mentido?
El indio le miró.
—Creo que no soy yo. —Señaló la pintura—. Este hombre es un
blanco como ustedes.
El hombre retratado era un americano irreal, la piel y los
rasgos eran los de un europeo. Solo los ojos eran los de Joseph Brant, vivos
como llamas.
—Al contrario, señor. El artista ha captado la esencia, el
concepto, la idea misma que usted encarna. —Rozó extasiado el lienzo—. ¿Lo ve?
Bajo las ropas del jefe indio asoma el caballero. La nobleza no es prerrogativa
de nuestro viejo mundo; existe algo más antiguo, primigenio, que no depende de
los blasones. Es la nobleza de ánimo, la virtud que ha sido de los atenienses y
de los espartanos, y que se aprecia en este rostro. —Se giró para mirar a
Joseph—. En usted.
Hizo una inclinación, que Joseph a su vez correspondió.
—En pocos días partirá —continuó el conde—. Al menos conservaré
algo tangible de su paso entre estas paredes.
—Tal vez cuando la guerra acabe y la alianza entre nuestras
naciones se consolide, nos volveremos a ver—dijo Joseph.
—Tal vez —comentó el conde en tono amargo—. O tal vez estaremos
muy cambiados como para recordar lo que somos ahora. —Apartó el manto triste
que le había envuelto y reaccionó—. Creo que a un guerrero se le suelen regalar
las herramientas propias del oficio.
Se acercó a un mueble y sacó un estuche de madera largo y
estrecho. Abrió la tapa para que Joseph pudiera ver el contenido. Dos pistolas
con empuñadura en relieve estaban colocadas sobre un paño de terciopelo verde.
—Solo han sido usadas una vez, por mi tío, en un duelo. El honor
de nuestro apellido fue defendido por un disparo certero que aún da que hablar
en las reuniones de familia. —Sonrió—. Estoy cierto de que usted les dará un
uso mejor del que yo les podría dar.
Joseph aceptó el regalo con gesto resuelto. Acarició las
pistolas, las empuñó, tanteó su peso.
—Cuando disparen contra los enemigos del Rey, será como si usted
hiciera fuego.
—Por fortuna, no —dijo el conde—. Mi puntería no es comparable
con la de mi tío, de feliz memoria. Erraría el tiro a una vaca que entrara por
la puerta. Pero le agradezco la gentileza.
Joseph no supo qué más añadir. Lanzó otra vez una mirada a su
doble, que observaba la escena desde el caballete, luego estrechó con fuerza la
mano del conde.
30
Cuando su padre deshizo el abrazo, Esther sintió que se helaba.
Una vez más ese hombre la dejaba a sus espaldas, como en Oswego.
Le miró mientras abrazaba a tía Nancy y estrechaba la mano de
tío Daniel, que se quedaba en Londres esperando su nombramiento. Se quedaría
con ellos hasta el momento de regresar a América, al acabar la guerra.
Su padre estaba a punto de partir y ella no sentía nada. Tiempo
atrás, ese hombre gordo y nervioso le había inspirado respeto y afecto.
Miró de nuevo a su padre cuando se despedía de Peter. El
muchacho llevaba un uniforme rojo, se había convertido en soldado del Rey.
También él partiría a América, pero después, con el ejército, para combatir
contra los rebeldes. Su primo recibió el abrazo de Joseph Brant, que le habló
en su idioma, el rostro serio pero con tono íntimo, paterno.
Los criados acabaron de cargar el equipaje en la diligencia.
Alguien dijo que era hora de marcharse. Los barcos les esperaban en Falmouth.
Aunque era junio hacía frío, a esa hora de la mañana. El sol aún
no se había asomado por encima de los tejados y una bruma ligera cubría la
mitad inferior del mundo. Esther se encogió en las pieles y sintió un hormigueo
en la base de la nuca, que le obligó a volverse.
Philip Lacroix estaba allí. La chiquilla tocó por instinto el
brazalete que le había regalado en la leñera. Lo llevaba bajo la manga del
vestido.
Con el pensamiento, le pidió que la sacara de allí de nuevo. Que
no la dejara en aquella ciudad oscura y brumosa. Se lo pidió al ángel de la
guarda, no al Diablo.
Se acercó:
—Ya no nos volveremos a ver, ¿verdad?
Philip miró a lo lejos, más allá de la diligencia, más allá del
camino y el puerto. Esther esperó que escrutara el futuro. Esperó que pudiera
desmentirla.
—Si sucede, estaré muy feliz —respondió, antes de montarse en el
pescante junto al cochero.
Esther sintió los pies como cadenas, las piernas de piedra.
Lloró. La diligencia se puso en marcha. Su padre saludó otra vez por la
ventanilla, pero ella no lo vio.
31
La guerra sería música.
El regimiento era la formación más grande que se podía dirigir
con la voz.
Peter marchaba y marchaba hinchando el pecho, mientras tambores
y gaitas acompañaban las maniobras en la plaza de armas. En los primeros días,
el esfuerzo había sido ímprobo: sostener el estandarte del regimiento requería
vigor y renuncia de sí mismo. A medida que los días pasaban, el cuerpo se
habituaba y el temple de joven hombre de los bosques se fortalecía.
Cada compañía tenía uno o dos tambores, y una o dos gaitas.
Marcha lenta, Marcha veloz, Strathspey y Reel: cuando varias compañías se
unían, los músicos se agrupaban para marcar el paso y animar las fatigas de los
hombres. La música daba fuerzas a las piernas, relajaba los brazos tensos,
apartaba los pensamientos de la cabeza.
Era magnífico. Peter pensaba que hubiera podido marchar por
siempre.
Terminadas las consignas de la jornada, la tropa deambulaba por
las calles del pueblo en busca de cerveza. Antes de la hora de la cena,
tambores y gaitas recorrían las calles para advertir a los vendedores que era
hora de cerrar. Peter regresaba al campo, saciado de cerveza pero hambriento de
comida. Sucedía a veces que acababa en los brazos de una mujer de tropa, pero
nunca encontraba lo que había sentido con el hada de la Torre de Londres.
La música abría y acompañaba las jornadas. Y las cerraba, por lo
menos hasta que alguien se quejaba. Después de la cena, había tiempo para
ejercitar sus dedos y dejar volar la mente.
—¿Cómo se llama esta marcha, muchacho?
El sargento Bunyan había metido la cabeza dentro de la tienda
sin pedir permiso. Era un hombre corpulento y entrado en años, enfundado en un
uniforme de color ladrillo. Peter dejó el violín y se dirigió al intruso en
tono gélido.
—An Faire, sargento. Es una doble jiga. Y le ruego que no me
llame muchacho.
—Cierto, disculpe. Es que le veo tan joven, señor Johnson. La
edad de un tamborilero, más o menos. No era mi intención faltarle el respeto.
Peter vio que el hombre era sincero. Decidió que ese rostro
ajado le agradaba.
—Acepto las disculpas, señor.
El sargento abrió su cara en una sonrisa, una arruga más amplia
en medio de las que surcaban su rostro.
—Se lo agradezco, y hago una petición, si no soy muy insolente:
¿podría tocar algo de buena música escocesa?
Peter sonrió.
—Señor, la buena música escocesa es música irlandesa. El
sargento sonrió a su vez e hizo el saludo. El muchacho era muy listo.
Era una de las frases preferidas de sir William. «La buena
música escocesa es música irlandesa». Y también: «Las familias escocesas más
importantes tienen sangre irlandesa».
Sir William estaba orgulloso de sus orígenes.
También estaba orgulloso de ser Warraghiyagey. Y de servir a la
Corona.
Sabía muy bien lo que algunos pensaban de los irlandeses, de su
fidelidad dudosa. Sabía también que los escoceses no eran vistos de forma muy
diferente. En Londres había oído decir que los escoceses más conocidos formaban
un grupo que controlaba al Rey. Los londinenses llamaban «política» a esos
chismorreos. Pero sir William decía que la fuerza de Britania estaba en ser un
Reino Unido: el tiempo diría quienes eran los mejores súbditos y más leales.
El arco hizo vibrar las cuerdas del violín. An Faire. La canción
preferida de su padre, el violín nuevo regalado por su madre. Tocar esa música
nunca le había gustado, tiempo atrás. Cosas de viejos: pero ahora, las simples
escalas de cinco notas y los ritmos de danzas escuchados mil veces durante la
infancia surgían a menudo en las cuerdas del violín, como si salieran de las
del alma.
Nostalgia de su madre. Era difícil admitirlo para un soldado, no
para un joven mohawk. Nostalgia de sir William, también. De Johnson Hall y de
los bosques.
32
La historia se la había contado Gwenda, una furcia de Soho
Square que se plantaba siempre en el Ojosolo para echarse un trago antes del
turno.
Había sido la tarde anterior, justo debajo de la casa.
Estaba en la ventana para atraerse la clientela, todos málchicos
y zanguangos, porque al estar ahí los indios, los dedones con pasta andaban en
otras cosas, la ganancia era poca y tocaba hacer con los peores grasños de
Soho.
De sopetón, al otro lado de la plaza, aparece este palanquín,
con unos dentro haciendo jolgorio y unos que portan emperejilados, con capotes
y guantes blancos, tirando tranquilos como si estuvieran en Vauxhall para la
hora del té.
Ella se había despechugado los grudos, los había acomodado en la
pechera y se había puesto a chillar cosas cochinas, de esas que las oyes y ya
quieres polear. Era nada más el inicio, que a las golosas suya y de aquellos
otros se mezcló una tercera, un cricho de bestia degollada, y después salió a
la plaza una cuadrilla vestida de Adán, con el arco, las flechas y todas las
menucias del año indio. Los de dentro del palanquín saltan abajo, los
porteadores se paran y van a meterse en la calleja oscura, con los indios
pegados al culo.
Entonces, de la ventana de Gwenda ya no se vio más nada, solo
dos fulanos que se asoman de sucuchos sobre el callejón y uno echa la bazofia
de un orinal, el otro tira algo que no se entiende, pero enseguida se arma un
barullo que parece que allí debajo los están destripando.
Después de unos buenos diez minutos de chillidos y jaleo, el
callejón los escupe fuera, en fila como soldados, delante los dos porteadores,
luego cuatro en cueros, que deben de ser los indios, pero ahora tienen las
seseras dentro de sacos y una red encima que los ata a todos juntos, y detrás
otros cinco o seis zanguangos, que cuando pasaron debajo de Gwenda, uno hasta
le echó el ojo y ella lo reconoció, parece que es uno fijo, un infame que se
embolsa la tela con una panda que recluta de las más guarranosas.
Así que el año indio solo había durado seis meses, pensó Ojosolo
Fred. El Emperador y sus drugos acabaron en la Marina, tal vez mandados a las
colonias, a escabechar indios verdaderos. Los salvajes de Londres eran
demasiado escoria para convertirse en nación, pero lo bastante pulidos para
enfundar un uniforme. Al revés de aquellos de allá del océano. Demasiado
escoria para servir en el ejército pero lo bastante pulidos para... bueno, en
fin, al contrario.
Ojosolo pensó que la taberna de nuevo era suya y esta vez, si no
quería regalársela a cualquier cabrón, tenía que estudiárselo bien. Claro, el
primer cabrón que viniera allí dentro con cuatro drugos armados y guarranosos,
se la quitaba con nada, la taberna. Todo estaba en no dejarles venir. Si había
algo que le habían aprendido, esas cabezas chifladas, era la frase que el
Emperador repetía muy seguido.
El miedo es el alma del comercio.
Para empezar, un letrero. Taberna de Ojosolo, quizá, para
dejarlo claro de entrada. No, qué va, Ojosolo Fred, ahora, metía miedo solo a
los malencos. Mejor, La Taberna del Emperador, como para recordarte que aquel,
antes o después, hasta podía volver. Los curas hacía siglos que tiraban
adelante domando a los fieles con una chorrada de este tipo, ¿por qué no le iba
a salir bien también a él, durante esos años piojosos que le quedaban por
hacer? Si el miedo era el alma del comercio, el comercio tenía mucho que
aprender de la Iglesia de Cristo.
La Taberna de los Mohocks, bien, sí, o La Taberna de la
Cabellera Cortada, eso, porque ese lunático del Emperador le hizo quedársela,
la cabellera de Dread Jack, nunca se sabe, y ahora en efecto resultaba buena,
podía clavarla en la pared detrás del banco, bajo un par de hachas cruzadas,
donde tenía el retrato al carbón que le habían hecho en cárcel. A lo mejor con
la taberna india hasta podía despachar ese bebistrajo, con ginebra, melaza y
extracto de menta, que el Emperador piteaba sin parar, y sus drugos estaban
obligados, porque decía que ese era el trago preferido de su abuelo y de los
otros indios que habían visitado a la reina Ana, antes de que los teutones se
metieran en el trono. El bebistrajo también resultaba bueno, para recordarse
que allí, en la antigua Taberna Ojosolo, ahora De la Cabellera Cortada, la
Séptima Nación seguía arrejuntándose, hasta que el Emperador volviera de
América, con pieles de castor y hembras para todos.
Veinte galones de jarabe con menta. Si conseguía darles salida
antes de que criaran gusanos, se lo iba a tatuar en el culo.
El miedo es el alma del comercio.
EL REGRESO
1776
Ningún rastro del Lord Hyde. El bergantín de Joseph y Lacroix se
había separado del convoy con la tempestad. Guy Johnson escudriñaba el
horizonte esperando ver aparecer los árboles.
Hasta ese momento, tedio y fatiga le habían acompañado como una
sombra bifronte. El tedio era un arrastre de Londres; la fatiga, tal vez, un
anticipo de las pruebas por venir. Días y días de mar, caminatas para
desentumecer las piernas, lecturas distraídas, visitas a los otros barcos,
comidas asquerosas.
El olor que salía de las bodegas y los alojamientos de la
tripulación hería las narices. Guy sintió nostalgia de la grasa de oso.
Se apoyó en la regala, las olas eran grandes, vertiginosas. Le
habían aconsejado que mirara a lo lejos, un punto en el horizonte, o echaría
hasta el alma a los abismos conato tras conato.
El viaje hacia América. Una estela de desechos arrojados desde
la cubierta, un reguero de mierda y vómito.
Se sentía como el hombre-máquina de esos libros franceses que
había hojeado en Londres. Necesitaba aceite en todas las articulaciones. El
hombre-estatua, conectado con el mundo externo por un túnel de sentidos,
escondido dentro de una masa de materia inerte.
Guy Johnson sabía que la estructura de huesos era demasiado
débil para sostener el peso de la carne y la grasa en exceso. Y si encima de la
carne y la grasa se apoyaba el peso de la responsabilidad y las preocupaciones,
bueno: el castillo de naipes se derrumbaba, árbol podrido abatido por un rayo.
Más allá del horizonte, para no vomitar. Más allá del horizonte,
donde Marte recorría la Tierra.
Sintió que tedio y fatiga estaban apoyados en algo más profundo.
Miedo. Hijo de la incertidumbre, pero también de la conciencia
de sí mismo. Pensó en Esther y en las niñas. Pensó en el primogénito varón, que
nunca habría de llamar por su nombre.
Pensó en la sombra de su esposa.
Pensó en todo lo que ya había perdido, y en lo que aún corría el
riesgo de perder.
La delgada línea oscura no era la costa americana, sino la isla
de Bermuda. La sentencia del capitán Silas fue acogida con una serie de
blasfemias entre dientes y salivazos al suelo, maldiciendo la suerte adversa
que les había arrastrado hacia el sur. La tempestad en medio del Atlántico los
había separado del resto del convoy, llevándoles seiscientas millas fuera de
rumbo. Estaban a flote. Estaban vivos. Solo había que remangarse las mangas.
El mar traiciona, pensó Philip mientras escuchaba hablar al
capitán. No puedes plantar los pies, estás suspendido en el abismo, a merced de
los elementos. Sobre el mar te deslizas. Y cuando el viento encrespa la
superficie, la llanura se transforma en montaña, aluvión que te hace rodar como
una canica.
Del mar surgen monstruos. Las bestias satánicas de las
Escrituras provienen de Océano, como también la serpiente que devoró a
Laocoonte y a sus hijos.
El mar es insidioso e infernal. Morir en el mar significa no
tener una tumba, un sitio donde descansar.
Sin embargo, el océano le había devuelto el color al rostro. La
palidez de Londres pertenecía al pasado: después de la borrasca, el cielo se
abría sobre el barco, azul intenso surcado por altísimas nubes.
Poder mirar lejos, reacostumbrar la vista a los espacios amplios
después de aquellos estrechos de la capital, significaba tratar de quitar el
velo que cubría los días futuros. Pensar en lo que habría de ser ayudaba a
dominar el sentido del pasado, el lejano y el reciente.
Desde que estaban en el mar, había evitado los intentos de
conversación de Joseph. Se limitaba a pocas palabras: sí, no, tal vez.
Pero ahora se encontraban de nuevo uno junto a otro, apoyados en
la regala.
—¿Qué piensas? —preguntó Joseph.
El rostro de Philip fue atravesado por una sombra.
—Dos edificios de Londres podrían contener a toda nuestra gente.
Si algo sale mal, el nombre de los mohawks se perdería para siempre.
La expresión de Joseph se hizo dura, decidida.
—Sabré convencer a la Casa Larga. El ejército del Rey no tiene
límite, los hombres que tomarán las armas por él son imposibles de contar.
Nosotros venceremos.
Philip no rebatió, atención atraída por un perfil lejano.
Una vela.
Los dos indios observaron el enigma que se recortaba ante ellos.
—No parece uno de los barcos del convoy —dijo Joseph. Philip
sacudió la cabeza.
Tal vez provenía de las islas. El nombre grabado en la proa
apenas se entreveía a distancia. Argos, le pareció ver. Joseph no sabía mucho
de grandes naves, pero había sido barquero bastante tiempo como para notar que
tenía un calado muy bajo. Nada de carga. Era más ligera y veloz que el Lord
Hyde y avanzaba rápido hacia ellos.
El grito llegó desde el palo mayor.
—¡Nos quitan el viento!
Con una maniobra brusca, el bergantín había entrado en la estela
de la nave. Joseph escuchó que las velas se deshinchaban con el ruido de un
saco aplastado. Luego un estallido lejano anunció la columna de agua que se
levantó por delante de la proa, llenando la cubierta de salpicaduras.
El capitán Silas gritó. Los hombres corrieron por todos lados.
Aparecieron las armas.
Joseph se volvió hacia Philip. Estaba cargando el fusil.
El segundo cañonazo desgarró el velamen. Silas ordenó virar,
presentando el flanco al enemigo y apuntándole con los cañones de a bordo. La
nave pirata respondió con una maniobra arriesgada, se deslizó al lado del Lord
Hyde, tan cerca que impedía el cañoneo. Los dos costados quedaron a pocas
yardas de distancia, los marineros dispararon desde detrás de las regalas,
alguien lanzó perdigones de hierro y clavos con un tirador. Una voz gritó:
—¡Rendios a los Estados Unidos de América! ¡Entregad la carga y
el barco!
El Argos intentó cortar el rumbo del Lord Hyde. Con el velamen
dañado, el timonel hizo todo lo posible para evitar el choque. Los dos barcos
de nuevo estaban uno al lado del otro, casi rozándose. Primero llegó la carga
de fusilería, luego un lanzamiento de ganchos y anclotes, que los marineros del
Lord Hyde se apresuraron a soltar o cortar, cubiertos por el fuego de los
tiradores.
Joseph y Philip apuntaron contra las figuras que asomaban en el
castillo de popa y dispararon al mismo tiempo.
El humo se hizo muy espeso para distinguir un blanco. Los
hombres esperaron, los cañones de los fusiles apoyados en la barandilla.
Joseph pensó que hubiera sido triste morir en medio del mar. No
volver a ver su casa. Sus hijos. Susanna. No era así como tenía que cumplirse
su destino.
Si no podía oponerse a la voluntad de Dios, vendería cara su piel.
Murmuró una plegaria.
El eco de las explosiones y de los gritos empezó a perderse.
El silencio conquistó el espacio más allá de las regalas.
Chapoteo, viento. Entrevieron el perfil oscuro de la nave corsaria en retirada.
Los habían rechazado.
Insultos llegaron muy lejos. El contramaestre restableció el
orden a empujones y patadas, avanzando entre el olor a mierda y pólvora negra.
«Estados Unidos de América», pensó Philip.
El Leviatán les había alcanzado en medio del océano.
Vio que Joseph se acercaba. Aún empuñaba el fusil. Comprendió
que la muerte le había pasado por la mente, apartando el miedo. Tenía en su
rostro la firmeza de un Rey de Israel.
No hacía falta soñar para saber lo que les esperaba en tierra
firme.
Tercera Parte
CORAZÓN FRÍO FRÍO
1776-1779
Planta de Fuerte Niagara (John Carter Brown Library).
1
El Mástil de la Libertad se alzaba hacia lo alto, hacia el
cielo. El tronco de abedul había sido pulido con más cuidado e izado de nuevo
entre cantos, bailes y renovados augurios. El juramento había corrido de boca
en boca: ninguna bota de terrateniente lealista profanaría ese símbolo. La
bandera del Congreso ondeaba, roja como la sangre de los primeros mártires. Se
decía que en otros lugares había empezado a flamear otra bandera, pero en el
valle aún nadie la había visto.
El cielo estaba atravesado por nubes de algodón, el calor era
agobiante.
El coronel de la milicia Nicholas Herkimer se sentó, dándose
aire con un pañuelo blanco. La gente, los patriotas, un nuevo pueblo en
formación llenaba la plaza frente a la iglesia. Muchos mostraban impaciencia.
Desde que John Johnson y sus guardianes se habían marchado, la milicia y el
comité de seguridad pública tenían en un puño esa zona del valle. Los días de
miedo parecían haberse acabado, mejor dicho: continuaban, pero con la otra
facción, en perfecta simetría.
Herkimer había sido capitán durante la guerra franco-india,
había cumplido siempre su deber respecto a la colonia. Por eso mismo se había
alineado del lado correcto. Los motivos eran ideales, más que concretos. La
libertad era lo que siempre había caracterizado a los súbditos del rey de
Inglaterra. Hacía años, sin embargo, que Jorge III se comportaba como un
tirano, aplicando impuestos infames y tributos humillantes, volviendo el rostro
a todas las peticiones de representación por parte de las colonias de América.
Los súbditos, así las cosas, ya no eran tales. Ya no tenían ningún vínculo. El
documento que tenía en sus manos lo demostraba.
Era una versión impresa de la declaración que el Congreso había
formulado poco tiempo antes. A partir de ese momento, no había súbditos. Había
ciudadanos, y las colonias eran una nueva Atenas, una nueva Roma republicana.
El soberbio Tarquino inglés ya no podía decidir sobre sus vidas. El nuevo Darío
que estaba llegando con un inmenso ejército tendría su Maratón.
Ahora tenía que explicárselo, mejor dicho, traducirlo a los
presentes. En su mayoría inmigrantes alemanes y holandeses, para ellos el
inglés era un idioma casi desconocido. Herkimer se preguntó si sería capaz de
expresar aquellos elevados conceptos en mohawk dutch, el dialecto local, mezcla
de inglés, alemán y holandés, hablado de una forma inaccesible para los
extranjeros. Miró a su alrededor, y se preguntó si la mayoría entendería, aun
con la mejor traducción posible.
Una vez más, Herkimer no pudo evitar pensar que todos los
problemas en el valle tenían que ver con una ausencia. Sir William: le había
conocido bien, habían combatido juntos, y nadie podría convencerle de que un
hombre como él hubiera dado la espalda al grito de libertad que se alzaba en
toda la colonia. En tiempos del Stamp Act, justo dos años después del fin de la
guerra franco-india, sir William no se había pronunciado en contra de las
demandas de los whigs. Se había limitado a decir que esas razones corrían el
riesgo de ser llevadas a cabo en forma impropia. En los años posteriores,
siempre había hecho acto formal de sumisión a la Corona, en su posición no
hubiera podido hacer otra cosa. Pero había muerto antes de que la situación se
precipitara, antes de que la madre patria comenzara a violar y frustrar las
demandas legítimas de las colonias. Eso que decían algunos patriotas, que sir
William se hubiera puesto de su parte, tal vez era excesivo. Pero sin duda
hubiera sido lo bastante inteligente y perspicaz como para no alinearse del
lado de un tirano.
Los hijos, los herederos y sus indios habían sido mucho menos
lúcidos. Habían tenido miedo.
Herkimer pasó revista a los rostros que abarrotaban la plaza.
—Queridos amigos, veo con placer que estamos todos presentes.
Cuando la campana de la libertad tocó sus primeras campanadas, en verdad éramos
muchos menos. Todos recordamos lo que ocurrió la primera vez que levantamos el
mástil. La prepotencia y la arbitrariedad animaron a otras personas a unirse a
nuestra causa. Nosotros hoy...
¿Recordamos? ¿Levantamos? Jonas Klug frunció los labios con una
mueca perpleja. La había oído miles de veces, la historia del mástil. Gente
como Rynard no perdía ocasión para hincharse como un pavo: «Yo estaba allí».
Como diciendo: tú no, has llegado más tarde, te has dado cuenta después, cuando
se necesitaba menos coraje. Miles de veces, y en ninguna de ellas aparecía
Nicholas Herkimer. El también se había dado cuenta tarde, pero ninguno de los
valientes se atrevía a corregirlo, mudos como piedras.
Y en tanto él explicaba, decía algo sobre la independencia, que
el Rey ya no tenía autoridad alguna sobre la colonia, que los ciudadanos de los
Estados Unidos de América eran libres y tenían derecho a la felicidad.
Bellas palabras, claro que sí, pero luego detrás del humo había
poca llama. De libres nada. ¿Querías dar una lección a un lealista engreído?
Disculpe, nada de iniciativas individuales, orden del coronel Herkimer.
¿Querías hacer entender a los salvajes que las cosas habían cambiado? De
ninguna manera. Si ibas a Canajoharie, tenías que ir desarmado. Se lo había
prometido Herkimer a la bruja india, a lo mejor a cambio de una buena follada,
o quizá no. Cuando estás podrido de dinero y las tierras te salen por las
orejas, no es tan difícil ser un caballero, respetar al enemigo, dar cuarteles
y otras ñoñeces de oficiales.
El sermón concluyó con aplausos y vuelos de sombreros. Cuando el
tumulto se aplacó, Klug se aclaró la voz y pidió la palabra.
—Hay algo que no me queda claro, coronel. Los salvajes que viven
en el Estado libre de Nueva York, ¿también son ciudadanos o qué?
—Si por salvajes se refiere a los indios, señor, entonces no, no
lo son. Pero deben decidir si serán amigos o enemigos de la libertad.
—Perdón, coronel —rebatió Klug—, pero si no son ciudadanos, ¿por
qué pueden habitar en nuestra nación? Si compro una casa para vivir allí, y
luego resulta que hay gente dentro, yo quiero que la desalojen, fuera todos.
Las palabras de Klug levantaron rumores de aprobación.
Herkimer hizo un gesto con la mano y tomó la palabra.
—Usted olvida que este es un país de justos, señor, que toma
como modelo los fastos de Roma y Atenas.
¿Atenas?, se preguntó Klug. No la conocía. ¿Roma? ¿No era la
ciudad del Papa? ¿Qué tenía que ver el Papa con la nueva nación? No había
ningún papista entre ellos, por fortuna.
—Las propiedades e incolumidad de los indios serán
salvaguardadas, siempre que no atenten de modo explícito contra el Congreso y
contra los Estados Unidos de América. Antes de que nuestros antepasados
llegaran de Europa, ellos ya vivían en estas tierras. Nuestra tarea es
civilizarlas, no expropiarlas.
Klug hizo señas de que no tenía más preguntas, pero la respuesta
no le había satisfecho.
Los salvajes estaban en América antes que nadie, qué novedad.
También las ardillas, si era por eso, sin embargo nadie les pedía permiso antes
de talar un bosque y cultivarlo con centeno. Klug estaba cada vez más
convencido: había que librarse de los hocicos rojos de una vez por todas. Tarde
o temprano, un general galante con pasión por las squaw se convencería de que
los indios también tenían derecho a la felicidad. También los negros. También
las ardillas y los bosques.
De seguir así las cosas, los Estados Unidos de América tendrían
un oso como embajador, a un negro como ministro y a Hermana Calabaza sentada en
el Congreso.
2
El viento dirigía el ejército de llamas. La ciudad de madera
sufría ataques furiosos, las casas parecían luchar, retorcerse para no ser
alcanzadas por el fuego, pero el enemigo era más fuerte y en poco tiempo la
conquistaba, la incendiaba, la ofrecía como tributo a la noche hasta que se
derrumbaban. Quedaban montículos de cenizas.
Peter había desembarcado hacía un día. Del Bronx había llegado
hasta Manhattan, justo a tiempo para verla arder.
El ejército de Su Majestad había ocupado Nueva York después de
la batalla de Long Island. Los rebeldes de Washington se habían retirado entre
la niebla, marchando hacia el norte por el Río del Este. O tal vez no: tal vez
se habían transformado en llamas.
En la gran pradera en el límite de la ciudad, evacuados con
caras tiznadas contemplaban la destrucción. Habían decidido no huir, no dejar
que Nueva York se convirtiera en una ciudad de espectros, soldados y
desolación. Esta era la recompensa.
El incendio duraba ya muchas horas, se desplazaba hacia el norte
y no encontraba obstáculos, el cielo estaba teñido de bronce y pirita.
Imposible saber si el sol estaba próximo a levantarse.
Entre los evacuados circulaban voces, todos culpaban a los
rebeldes. El fuego se había iniciado en una taberna en las cercanías de
Whitehall, en el extremo meridional de la isla, y se había extendido hacia el
norte y al oeste con el soplo árido de Eolo, destruyendo todo lo que encontraba
entre Broadway y el Hudson. La vieja Iglesia de la Trinidad ya no existía, el
fuego había devorado el magnífico órgano. Su valor era de ochocientas cincuenta
esterlinas.
Algunos decían que los focos habían sido más de uno, y que al
menos un incendiario había sido detenido. Había amenazado con un cuchillo y
herido en el brazo a una mujer, pero luego se llevó la peor parte. El cadáver,
colgado de los talones, ya debía de ser cenizas.
¿Había sido él quien cortó las asas de los cubos? ¿Y quién había
vaciado las cisternas de agua? Quién sabe cuántos se habían conjurado para
causar el incendio. Habían tomado a la ciudad por sorpresa: no había campanas
para advertir del peligro. Los rebeldes las habían fundido para hacer
proyectiles.
A medida que llegaban los evacuados, las historias crecían y se
entrelazaban. La multitud había echado a otros incendiarios, todos whigs, a las
llamas que ellos mismos habían atizado. Llegaban voces de ejecuciones sumarias.
En la pira de Nueva York, el viento levantaba brasas que un tiempo fueron
hombres, juzgados culpables en un instante y fusilados, lapidados, apuñalados,
pisoteados.
Un año antes, desde el salón panorámico de lord Warwick, Peter
había visto fuegos de artificio variopintos. La simulación de un gran incendio,
el anuncio de la guerra que nada perdona. Había tenido que cruzar de nuevo el
océano para entender a qué se referían los maestros polvoristas venidos de
Italia. Y ahora era un soldado.
Desde que llegó a tierra había intentado encontrar a Joseph, sin
fortuna. Había subido a bordo del barco que le habían indicado, pero Joseph ya
no se alojaba allí desde hacía varios días. Todos recordaban al jefe indio
llegado de Londres, nadie sabía decir dónde estaba. Según algunos, había
combatido en Long Island junto a los hombres del general Howe. Según otros,
había participado solo en el regreso hacia Manhattan, insistiendo en que el
ejército rebelde tenía que ser hostigado y alcanzado. Mentiras. Su tío dejaba
leyendas a sus espaldas como si se le fueran cayendo, ropas demasiado amplias o
incómodas.
Antes del anochecer, un oficial de Marina le indicó el barco
donde se alojaba Guy Johnson. Peter aprovechó el poco tiempo que le quedaba
antes de la revista del Cameronian y subió a bordo.
Una voz conocida respondió a los golpes en la puerta.
—¿Quién es?
—Peter Johnson, señor.
La puerta del camarote se abrió y apareció la figura corpulenta
de Guy Johnson.
—Querido muchacho, ¿cuándo ha llegado? —Ayer por la mañana.
Se estrecharon con fuerza las manos. Peter advirtió que la de
Guy estaba sudada.
El superintendente le hizo pasar dentro. El espacio era poco, en
gran parte estaba ocupado por baúles y maletas.
—¡Menudo infierno! No tiene ni idea de lo que sucede aquí. He
pedido regresar a bordo. Al menos hay algo seguro: el fuego no atraviesa el
agua.
Guy quitó un par de bolsos y liberó una silla para ofrecerla a
Peter. Él se sentó en la litera.
—¿Cree que han sido los rebeldes quienes causaron el incendio?
—preguntó el muchacho.
Guy Johnson se encogió de hombros.
—Eso dicen.
Llevó una mano nerviosa a la botella abierta en la mesita y
llenó dos vasos. Ofreció uno a Peter, que lo aceptó sin llevárselo a los
labios.
—He buscado a mi tío Joseph, pero no hay rastro de él. ¿Tiene
alguna noticia?
—Ya no está en la ciudad —respondió Guy después de tragar el
ron—. Se ha marchado hace dos semanas, se dirigía a Oquaga, creo, con su
familia.
—¿Lacroix?
—También se ha marchado. En dirección a Canajoharie. Es todo lo
que sé. —Se sirvió más licor—. Las colonias han declarado la independencia. Las
zonas del interior son un caos, bandidos y saqueadores hacen lo que quieren.
Peter dejó el vaso y miró más allá del ojo de buey que se abría
en la pared. Podía divisar un trozo de cielo y la línea oscura de los edificios
del puerto envueltos por la neblina. Hacía calor, el sudor se concentraba bajo
la casaca de lana. Pensó en los dos hombres en viaje a través de una tierra
hostil. Pensó en su madre, que no sabía de él desde hacía meses. Lacroix
llegaría hasta ella, estaba seguro.
Reaccionó. Guy había preguntado algo.
—¿Cómo?
—Le he preguntado por su regimiento.
—Estamos bajo el mando del general Howe.
—Bien. Muy bien.
Guy pareció darse cuenta por primera vez del uniforme del
muchacho y de las insignias. Le dedicó una sonrisa forzada.
—¿Y usted qué hará? —preguntó Peter.
El otro se entristeció enseguida.
—Para ser sincero, no tengo ni idea.
Guy se levantó y miró hacia fuera, las columnas de humo que aún
se elevaban en el norte.
—América arde, querido muchacho —dijo el superintendente con
tono grave—. Controlar este incendio no será tarea fácil.
3
Fuera del almacén no había ni un alma, solo polvo y briznas de
hierba quemada por el sol. El barco de los Graaf había dejado el cargamento
cinco días antes, como todas las semanas. Las mercancías se habían acabado a
mediodía. Así era desde hacía al menos tres meses, desde que los rebeldes de
Albany habían tomado el control del río y no había barca, en el curso inferior
del Mohawk, que pudiera sustraerse a sus atenciones. El señor Graaf recibía un
tratamiento especial, en nombre de parentescos y antiguos favores. Su mercancía
era la única que podía navegar sin problemas más allá de Fuerte Hunter, y por
tanto la única que abastecía el almacén. Pocas horas de asalto, negociaciones,
intercambios, racionamientos y ya se hacían reservas para el próximo cargamento.
Ron, harina de centeno y carne de cerdo era lo primero que se acababa. Pero
también cuerdas, municiones, mantas de lana y cuchillos: con el ejército
asediando Nueva York, se esperaba que incluso Graaf se quedara en seco, tarde o
temprano. Hasta entonces, la llegada del bajel continuaría atrayendo a familias
lejanas, caras que en la aldea tal vez se habían visto alguna vez, gente que
vivía a muchas millas de distancia, en los valles secundarios, más allá de las
cimas que cerraban el horizonte.
Molly vio que una desconocida atravesaba la plazuela. No estaba
allí para hacer compras. Cerró el libro de cuentas, ordenó a Juba que preparara
la cena y bajó las escaleras.
La mujer se presentó, dijo que venía de Schoharie y en pocas
palabras explicó el motivo de la visita. Las manchas en el rostro de su hija
habían aparecido esa mañana. Después de una noche de fiebre y lamentos, bañada
en lágrimas y sudor, pequeñas pústulas habían brotado en las mejillas. No muy
abundantes, pero lo suficiente como para no dejar lugar a dudas.
La última gran batalla contra la viruela había ocurrido hacía
más de diez años, antes de que aquella niña viera la luz.
Molly hurgó en los cajones de un gran mueble, envolvió en un
trozo de tela un puñado de hierbas, lo cerró con dos vueltas de cordel.
—No puedo hacer mucho por tu hija —dijo a la mujer ofreciéndole
el paquete—. El doctor Brennon se ha marchado del valle este invierno. Fue él
quien hizo el cortecillo a nuestra gente a petición de sir William, hace diez
años. No sé de nadie que sepa hacer esa operación, y aunque así fuera, el
cortecillo sirve para mantener lejos la enfermedad de las manchas, no para
quitarla.
La mujer acogió la noticia con resignación. El largo viaje se
había revelado una fatiga inútil.
—Perdóname, señora. —La voz de Juba rompió el silencio—. Sé de
lo que habláis. La señora tiene razón, el cortecillo no cura, pero puede parar
muchas muertes. Juba puede hacerlo.
—¿Tú sabes cómo?
La negra asintió.
—En mi tierra se hace, cuando el morbo llega. Mi padre lo hacía.
Hace falta la punta de un cuchillo y un poco del líquido que está en las
manchas.
Los primeros que recibieron el cortecillo fueron los hijos de
Molly. En los días sucesivos, tuvieron fiebre y vómitos, pero a ninguno les
salieron las manchas.
La niña estaba alojada en una casa fuera de la aldea. Había
enfermado de forma leve y el pus que Juba sacaba de sus pústulas tenía la
fuerza justa para preparar el cuerpo para la lucha sin que muriera en la
batalla. Molly envió mensajeros río arriba y río abajo, a las laderas de los
montes Adirondack y a las aldeas oneidas a orillas del Susquehanna. Ella misma
fue a hablar con Nicholas Herkimer, que había sido buen amigo de sir William y
estaba al mando de la milicia rebelde del condado. Le explicó que en unas pocas
semanas, los días en que el bajel de los Graaf atracaba en la aldea, hombres y
mujeres de todo el valle llegarían hasta Canajoharie, en mayor número de lo
acostumbrado. Dijo que nada extraño se estaba tramando, sino que la viruela
amenazaba a los hijos e hijas de los mohawks y ellos habían decidido
defenderse. Todo aquel que llegara hasta el almacén para vender o comprar
recibiría el cortecillo que alejaba las manchas.
Herkimer había oído hablar muchas veces de la cura que los
médicos llamaban «inoculación». La última vez pocos meses atrás, cuando los
Casacas Rojas habían salvado Quebec gracias a una epidemia de viruela
desencadenada entre los asediantes. Se decía que los soldados de Su Majestad
habían sido inoculados y que Washington quería difundir esta práctica también
entre sus voluntarios.
El viento hacía caer las primeras hojas, el rumor de las ramas
se confundía con las voces. Fuera del almacén, una multitud jamás vista.
Betsy, la hija mayor de Molly, estaba en la puerta y controlaba
el paso, observaba rostros y brazos para detener a los que ya eran víctimas de
las manchas, explicando que no, que la cura servía solo para los sanos y no
para los enfermos, como en cambio muchos esperaban haber entendido.
Dentro, la penumbra habitual estaba atenuada por dos grandes
lámparas. Molly acogía a quienes entraban, atendía las compras e intercambios,
luego indicaba una silla y hacía señas a Juba para que procediera. La operación
era simple. La punta del cuchillo rasguñaba la piel, un trago de ron
reconfortaba el espíritu.
Mientras una anciana asustada se sentaba en la silla y Molly
buscaba la forma de que aceptara el cortecillo, las voces del exterior se
encendieron en un estallido de entusiasmo. Parecía una pelea y Molly se dijo
que era normal, que tarde o temprano tenía que suceder, un enfermo que no
quiere alejarse, alguien que se cansa de esperar o algún borracho.
Tranquilizó a la anciana y se dirigió hacia la entrada.
Palabras surgían del alboroto, pero no alcanzó a distinguirlas,
a componer algo con un poco de sentido.
La sombra en el hueco de la puerta era una figura conocida.
Ronaterihonte estaba de nuevo en Canajoharie.
4
El almacén era un cementerio de estanterías libres y sacos
vacíos. Por detrás de los cristales opacos de las ventanas, los chiquillos de
la aldea se asomaban. Philip les echaba una mirada y las pequeñas cabezas
desaparecían, pero solo por un abrir y cerrar de ojos.
Molly se sentó con las manos en el regazo, dispuesta a recibir
cualquier noticia.
—Muchos habíais partido y solo uno regresa —dijo—. Mi corazón
tiembla.
Philip dejó que los miembros cansados se fundieran en el abrazo
del sillón.
—No tiene motivo. Los tuyos están bien, Molly Brant.
La mujer dio un suspiro de alivio. Philip señaló la fila delante
del almacén.
—No se puede decir lo mismo de vosotros.
Molly asintió.
—La viruela ha atacado el valle, pero la hemos detenido a
tiempo. Debes hacerte el cortecillo tú también. Pero antes dime: ¿por qué mi
hijo y mi hermano no están contigo?
Philip le contó acerca de la decisión de Peter, alistado en el
ejército inglés, y de Joseph, en camino hacia Oquaga para reunirse con su
familia. Contó también acerca de Daniel Claus, aún en Inglaterra, y de Guy
Johnson, en Nueva York.
—La compañía se ha disuelto, por tanto —comentó Molly.
Philip no dijo nada.
—Las cosas no están bien —prosiguió Molly sacudiendo la cabeza—.
Contra la epidemia de la rebelión, no conozco ninguna cura. Los colonos han
declarado la independencia del Imperio, sus milicias crecen día a día. Se
alistan muchos, incluso personas que no esperábamos que fueran hostiles. —Se
entristeció—. Además están aquellos como Jonas Klug, que hacía tiempo que
esperaban una ocasión como esta. El bosque no es seguro, el río no es seguro,
ningún lugar ya lo es. Johnson Hall ha caído en manos de la milicia. Ocurrió en
mayo. Sir John ha tenido que refugiarse en Canadá. Dejó aquí a su mujer con un
niño pequeño y otro en el vientre, con escolta. Pocos días después, los
milicianos rodearon la casa. Se llevaron a la mujer de sir John junto con el
niño, ahora están prisioneros en Albany. También se llevaron a la esposa y los
niños de John Butler.
Dejó de hablar, los ojos tristes miraban al suelo. Los volvió a
levantar con esfuerzo. Luego pareció traer a la mente algo que reservaba desde
hacía tiempo.
—¿Cómo es el Rey de los ingleses? —preguntó.
Parecía muy curiosa por saberlo.
—Un hombre que vive alejado de su gente —respondió Philip—. En
un edificio tan grande como un campo de baggataway.
Molly juntó las manos y se reclinó sobre el respaldo.
—Tú quieres que yo te escuche. Habla con sinceridad.
—No podemos vencer, Molly —dijo Philip—. Puedes detener sus
enfermedades, pero no la infección que llevan en el ánimo. Los blancos nos
destruirán como se destruyen a sí mismos. No importa cuál sea la bandera. Son
una vorágine que se extiende y hunde todo.
Esta vez el suspiro de Molly fue grave y prolongado.
—Los hombres piensan que la derrota es el sol que se apaga, el
mundo que termina. Las mujeres saben que no es así.
Philip se volvió: las figuras de los niños echaron a correr, en
el movimiento percibió atisbos de sonrisas.
—Haremos lo que haga falta —continuó Molly—. Si la guerra es lo
que nos espera, la afrontaremos, como ya lo hemos hecho. Sangre será derramada,
pero yo te digo que el Pueblo de la Piedra no morirá, si sus hijos no lo
reniegan. —Se levantó y le puso una mano en el hombro—. Has regresado. Es bueno
tenerte aquí de nuevo, Ronaterihonte. Nos ayudarás a superar el invierno.
—¿Es por esto que me has llamado? ¿Para que les acompañe en la
hora del ocaso?
El rostro de Molly permaneció impasible.
—Te he llamado porque todos los círculos deben cerrarse. Lo que
quiera decir para cada uno de nosotros no podemos saberlo desde el principio.
Philip se levantó. Sentía un gran afecto por aquella mujer y
sabía que sus corazones estarían unidos para siempre, hasta el día del final.
Buscó las palabras para decirlo, pero ella se anticipó.
—En tu viaje ha sucedido algo que no me has dicho. —Le lanzó una
mirada por encima del hombro, mientras se inclinaba para atizar el fuego—. En
tu muñeca no está el wampum de tu adopción.
—Se lo he regalado a una persona que necesitaba buena suerte.
La mujer asintió otra vez.
—Eres un hombre generoso, Philip. La última vez que ese
brazalete cambió de manos entrelazó los destinos de dos personas.
Philip se vio cuando era muchacho, pequeño tamborilero bajo el
cuchillo del verdugo.
—Dios te bendiga, Molly Brant.
Le dirigió un gesto de despedida y llegó a la sala de las
inoculaciones, levantando la manga de la camisa.
5
El respiro del bosque era un grito de espectros. Joseph caminaba
hacía semanas, solo, vestido de cazador, nada indio que pudiera revelar su
origen. Paso tras paso, la sensación de peligro aumentaba, crecía en el
vientre, pesaba sobre los miembros más que la carga de armas y provisiones.
Músculos contraídos de forma dolorosa, respiro incapaz de relajarse. El viaje
hacia Oquaga era una única e interminable subida.
Un oso se cruzaba en su camino desde hacía días: lo había oído
en el duermevela, había visto las señales en los troncos de pino, zarpazos
dejados como firma. Era la orenda del enemigo, odio transformado en colmillos y
garras.
La presencia de la fiera se advertía alrededor, en algunos
momentos hasta parecía que podía percibir su olor. El oso seguía el rastro, a
veces anticipaba el recorrido del hombre. Joseph se esperaba verle aparecer
entre las sombras del sotobosque.
En realidad el oso, animal solitario, era la amenaza menos grave
que se encontraba en aquellos bosques. La más peligrosa de las fieras se
desplazaba en grupo, sin cuidado alguno, dejando huellas evidentes, como si no
temiera a nada, como retando a la suerte: hombres blancos, milicianos whigs,
rebeldes, saqueadores en busca de botín. Se sentían señores en tierras indias,
y creían estar seguros: el respiro del bosque era un coro que no podían oír.
Voces de antepasados, generaciones de otros tiempos, carne convertida en
gusanos y alimento para animales, legiones de hombres diezmadas por la viruela
y por las guerras combatidas en nombre de aliados distantes. Esos bosques,
pensó Joseph, aún pertenecían a los indios. Rechazarían a los extraños como el
cuerpo, con ayuda de una buena medicina, aleja la enfermedad.
Esas tierras albergaban los huesos de los ancestros, y los
ancestros de Joseph habían sido fieles a la Corona: la medicina que ayudaría a
sanar las tierras era el ejército del Rey.
A Joseph Brant le habían enseñado a amar a los ingleses. Ahora
que los rebeldes se hacían llamar «americanos», se sentía aliviado.
La humedad empapaba las ropas. La comida se tomaba deprisa, la
marcha no tenía pausas, fatiga que agarrotaba las piernas y pesaba en el pecho.
Joseph se detuvo para beber y tomó aliento, apoyado en el fusil. Una fuga de
pájaros hizo crujir las ramas de los pinos.
Tenía que moverse rápido, en los límites de la capacidad de un
hombre. El mundo era un lugar peligroso.
Tenía que llegar a la meta. Oquaga y Unadilla eran aldeas
amigas, familiares próximos y lejanos se contaban por docenas. De allí partiría
la contraofensiva.
Tenía que llegar hasta su madre, su mujer, sus hijos. Mirar a
los ojos a su carne y su sangre, la expresión viva y concreta del ideal por el
cual había decidido combatir. Si lograba distinguirse en esa guerra, gente como
Klug ya no podría meter sus manos rapaces en cosas de los mohawks. Su madre
moriría en paz, y sería tierra mohawk la que albergara sus huesos.
Joseph pensó en su pueblo. Desde los años de su infancia, habían
muerto muchos más mohawks que los que ahora aún estaban con vida. Philip tenía
razón: dos edificios de Londres hubieran podido contener a todo el Pueblo de la
Piedra.
Ya era tarde, la luz anaranjada del sol se filtraba entre las
ramas. Los días futuros se anunciaban oscuros como la marcha en la espesura del
bosque. Joseph hubiera querido tener a su lado a le Grand Diable.
El oso apareció de repente, erguido, cortando el flujo de los
pensamientos. Los pelos del lomo se erizaron, Joseph apuntó el fusil. El oso
lanzó un gruñido, se dio la vuelta, desapareció en la espesura del bosque.
Joseph se pasó el dorso de la mano por la frente. Un pequeño oso
negro, de aspecto muy poco amenazador. Los ojos del hombre y los del animal se
habían cruzado. Tal vez no era un mal presagio, tal vez quería decirle algo,
ponerle en alerta. Tenía que proceder con cautela, poner atención para no dejar
huellas, renunciar al descanso hasta que la nariz pudiera oler el aire de casa.
Eran muchos, ocupaban todo el claro. Joseph contuvo la
respiración, escondido entre las matas de zarzas que cubrían la ladera de la
colina. Renunciar a la grasa de oso había sido una buena idea. A esa distancia,
si el viento hubiera cambiado, el olor habría revelado su presencia. En el
grupo había muchos indios. Joseph no podía decir a qué nación pertenecían. En
la semioscuridad no conseguía ver bien los rasgos: podían ser mingos, o
delawares, incluso oneidas. Estaban a unos cuarenta pasos, y hablaban en voz
baja. No así los blancos, que se cruzaban comentarios en voz alta mientras
montaban el campamento para la noche.
El encuentro había eliminado la fatiga de los miembros y
renovado la lucidez de la mente. Retroceder sin hacer ruido, alejarse del
claro, dar un rodeo amplio, reanudar el viaje muchas millas más hacia el oeste.
Joseph se encomendó a la clemencia divina y se puso en marcha.
Recorrió el último tramo del viaje con la circunspección de un
lince. La cercanía de casa le hacía sentir cada vez más fuerte. En poco tiempo,
la soledad del viaje estaría a sus espaldas. La soledad, el destino más triste
para un hombre, se quedaría en el vientre del bosque.
Los perros ladraban, pero Joseph estaba tranquilo. Pronto lo
reconocerían, y le acogerían apoyando las patas en el pecho, intentando
limpiarle la cara con sus lengüetazos, como hacían siempre. La luz débil de una
lámpara de petróleo se filtraba entre las maderas desvencijadas que cerraban la
ventana.
La puerta se abrió, dejó entrever el ambiente doméstico, liberó
olores de vida pacífica. Un chiquillo robusto salió a cielo abierto con un palo
en la mano y se dirigió al extraño mientras los perros se enredaban entre sus
piernas.
—¿Quién está allí?
Joseph sonrió, pero la voz salió grave y severa.
—¿No reconoces a tu padre, Isaac?
El joven se quedó mudo, de pie.
El abrazo de Susanna alivió la tensión del viaje. Joseph aspiró
el perfume de sus cabellos y meció el aliento cálido en su hombro. La mujer le
acarició el rostro, como para asegurarse de que en realidad era él. Los dedos
rozaron arrugas y cicatrices, recorrieron el contorno, en una lenta serie de
toques y caricias.
—Joseph.
Estaba demasiado cansado hasta para hablar. Apoyó la alforja en
el suelo y se dejó caer en una vieja silla. Christina se acercó titubeante al
padre, que la sentó sobre sus rodillas. La niña escondió la cara en su pecho.
Isaac continuaba mirándole, las facciones tensas con una expresión enigmática.
Susanna se apresuró a servir comida caliente. Los ojos de Joseph
se cruzaron con los de la madre. La anciana mujer estaba sentada en el rincón
más alejado de la habitación, envuelta en una manta azul.
—¿Cuántas cabelleras francesas has traído, Joseph?
6
Bajó guiándose con la escasa luz que se filtraba a través de las
ventanas. Sentía que necesitaba aire fresco y limpio. Aire impregnado de rocío
y lluvia inminente. Nubes bajas, hinchadas como odres, tronaban cerca. El perro
le recibió en el patio con un aullido gozoso, Joseph le acarició la cabeza.
Subió el cubo del pozo para beber y quitarse el sueño de la cara. El agua
helada le revigorizó, bajando por el cuello y por debajo de la camisa. Los
edificios de la aldea eran masas oscuras que comenzaban a tomar forma. El río
corría plácido un poco más allá. Los fuegos de la guerra no rozaban Oquaga. Al
menos por ahora.
Volviéndose para regresar, percibió una figura en el borde del
huerto. Se quedó paralizado, antes de reconocer a su madre, los cabellos
blancos alborotados por la brisa.
—Margaret —la llamó en voz baja, para no asustarla—. Margaret,
¿qué haces aquí?
La anciana olfateaba el aire. Se debía de haber levantado de la
cama sin que Susanna se diera cuenta.
—¿Lo hueles?
Joseph olfateó, pero no reconoció nada que no perteneciera a los
bosques y a los campos labrados.
—¿Qué cosa, Margaret? Ella volvió a inspirar hondo.
—Hedor de carroña —dijo—. Lo trae el viento del este, junto con
la lluvia.
Joseph no olía nada.
—Es mejor que entremos o te enfermarás.
La anciana se volvió para mirarlo.
—Has vuelto, Joseph.
—He vuelto.
—Entonces, ¿por qué no me llevas a casa?
—Pronto, Margaret. Ahora es peligroso. Tenemos que esperar.
—¿Estás seguro?
—Sí, Margaret.
—Aquí hay hedor de carroña.
—Pasará en cuanto cambie el viento.
La anciana sacudió la cabeza.
—Son los blancos. —Frunció la nariz—. Ellos no pasan.
Se dejó llevar hasta la casa. Susanna había bajado para buscarla
y en cuanto la vio en la puerta se acercó para llevar arriba a la anciana.
Joseph se sentó delante de la chimenea tiznada. Las brasas
apenas ardían bajo las cenizas. Cogió el fuelle y empezó a avivarlas.
Poco después, Susanna volvió a bajar las escaleras y puso a
hervir agua para hacer té. Joseph advirtió la densidad de sus pensamientos, las
preguntas que guardaba desde la tarde anterior, cuando le había visto llegar
cargado de viaje y bosque.
—Debo marcharme pronto —le dijo.
—Isaac y Christina están creciendo sin padre. Sobre todo Isaac,
necesita que tú le guíes. Necesita aprender y crecer.
—También necesita un lugar donde eso sea posible —rebatió
Joseph—. Tiene que saber que su padre combatirá por él y por los mohawks.
Susanna no pudo alzar los ojos de la tetera.
—Vivo como una viuda.
Joseph se levantó y se acercó a ella.
—Llegará el momento de detenerse y dejar las armas —dijo.
Ella tomó entre sus manos el recipiente sin servir el té.
—¿Cuándo?
Joseph cogió el recipiente y llenó las tazas. El aroma denso
llenó sus narices y despertó sensaciones intensas que no sentía desde hacía
semanas.
—Cuando hayamos vencido.
7
Llegaron tres días después. Aún no había parado de llover y el
mundo estaba cubierto de gris. Por las calles de la aldea los pies se hundían
en el fango hasta los tobillos, caminar costaba un esfuerzo enorme. La gente se
quedaba en casa, o en los establos para cuidar a los animales.
Un chiquillo fue a advertir a Joseph. Hacía más de una hora que
esos tres hombres estaban sentados sobre el vallado como cuervos. Nadie sabía
qué era lo que esperaban.
Encorvados bajo los encerados, los tricornios deformados por la
lluvia, le miraron acercarse sin mover un músculo. Solo Henry Hough estiraba de
vez en cuando el cuello de tortuga para escupir trozos de tabaco en un charco.
La mirada vacía de Johnny se complementaba con la aguda de
Daniel Secord.
Cuando Joseph estuvo muy cerca, de un salto bajaron de la valla
y se plantaron en el lodo.
—Salud, Joseph Brant —dijo el mayor de los Hough.
Les hizo un gesto con la cabeza.
—Hemos oído de tu regreso —prosiguió el otro—. Ya casi no te
esperábamos. Dicen que en Inglaterra has conocido al Rey.
Joseph asintió.
—Maldita miseria, ¡no era mentira! —comentó Johnny. Su hermano
le golpeó con el codo.
—Entonces tal vez puedas satisfacer mi curiosidad. —Inclinó la
cara hacia delante—. ¿Responde a la verdad que Su Majestad tiene nueve hijos?
—La reina estaba esperando el décimo.
Henry Hough asintió para sí.
—Una gran nación, por Dios. El vigor de nuestro monarca no tiene
igual en el mundo.
—El Rey ha mandado las tropas —dijo Joseph—. La contraofensiva
es de gran envergadura.
—Las ha mandado a Nueva York —dijo Secord guiñando un ojo—. Por
aquí no se las ha visto.
Joseph lo miró unos instantes. Aún llevaba los amuletos senecas,
estaba pálido y demacrado.
—Aquí la guerra es tarea mía —dijo—. He regresado para eso.
El cuello de Henry Hough se estiró otra vez.
—Son las palabras que queríamos oír. Dios te bendiga, Joseph
Brant, y bendiga al rey Jorge. ¿Cuándo empezamos?
—Cuando estemos listos.
—La lista ya es bastante larga —dijo Johnny. Esta vez su hermano
no le inhibió—. De Unadilla hasta aquí, hemos contado por lo menos cinco
granjas de traidores.
Tres pares de ojos se clavaron en el indio.
Joseph sabía que, desde ese momento, cada palabra suya tendría
un peso distinto. Estaba preparado, los dos meses de punto muerto en Nueva York
le habían dado tiempo para pensar y estudiar un plan.
—Necesitamos pólvora negra, municiones, provisiones, dinero.
—Les vio asentir—. Y hombres dispuestos a combatir.
—Podemos reunir bastante buena gente —dijo Hough—. Lealistas
sinceros.
—Gente con determinación —reafirmó Secord.
—Hacedlo. Yo iré a Fuerte Niagara para conseguir lo que
necesitamos. Pediré el apoyo de las naciones. La cita es aquí, a comienzos de
la primavera.
Henry Hough simuló un golpe de tos.
—Con todo respeto, Joseph Brant. Nosotros cuatro somos pocos
para esta tarea.
—Somos más que suficientes, si dejamos que se extienda la
noticia.
—¿Qué noticia? —preguntó Johnny.
Joseph lo miró con ceño de un oficial que pasa revista a un
subordinado.
—Que el jefe Joseph Brant combatirá a los rebeldes de Albany en
nombre del Rey. Y que no se detendrá hasta que logre derrotarlos.
En las caras de los tres hombres se dibujó una sonrisa
codiciosa.
Isaac sintió que le asían de la nuca y comenzó a retorcerse como
un animal con un lazo. Susanna le daba tirones. Había salido a escondidas para
llegar hasta la plaza central de la aldea, donde se estaban reuniendo todos los
habitantes. En vez de esconderse, se había quedado de pie mirando a los viejos
envueltos en mantas tribales, los jóvenes que lucían chaquetas de lana raídas y
sombreros estropeados, los niños oneidas que se asomaban entre las piernas de
los adultos. Alguien había echado unos tablones sobre la plaza, para que no se
hundieran en el fango. Su padre empuñaba el bastón de paseo, teniéndolo en
alto, para pedir silencio. A su lado, un poco apartados, estaban esos tres
hombres. Isaac había entendido enseguida lo que habían venido a hacer. Habían
venido a buscar a su padre para llevárselo otra vez. Y así, él de nuevo se
quedaría solo con las mujeres. Susanna, Christina, abuela Margaret.
Su padre comenzó a izar en el asta la bandera que había traído
de Londres. Se la había mostrado la noche anterior, cuando él había bajado en
silencio las escaleras, incapaz de conciliar el sueño, atraído por los ruidos.
Lo había encontrado cuando desplegaba el trozo de tela con las dos cruces
cruzadas.
—Es la bandera del Reino —había dicho—. Tu primo Peter la porta
en su regimiento.
Era hermosa. Isaac había pensado que cuando le tocara ir a la
guerra se pintaría la cara con esos colores. Rojo, blanco y azul.
El viento sacudió la tela y un chasquido resonó en el aire.
Su padre pronunció las palabras:
—Esta es la bandera del Rey inglés, la conocéis todos. Desde
hoy, también es la bandera de Joseph Brant Thayendanega. Abatiré a todo aquel
que quiera abatirla. Acogeré bajo mi mando a todo aquel que quiera defenderla.
Dios salve al rey Jorge y a las Seis Naciones iroquesas.
Sacó el cuchillo y grabó en la madera el símbolo del clan.
8
Nueva York, 19 de diciembre de 1776
Mi muy querida madre:
Aprovecho la ocasión para escribir gracias al señor Lorenz, el
armero de Albany, que mañana se marchará de Nueva York y se irá a vivir a
Oswego, para ya no tener que vender más sus fusiles a los enemigos de la Corona.
Esta es la tercera carta que consigo enviarte, espero que hayas
recibido las otras, para ahorrarte todas las noticias que ya contenían. A mi
desembarco, he sabido que el señor Lacroix había partido poco antes en
dirección a Canajoharie, adonde espero que haya llegado y te haya contado todo
sobre nuestra estancia en la ciudad de Londres.
Por mi parte, he sabido que sir John fue obligado a dejar
Johnson Hall en manos de los bostonianos, que ahora buscan al tío Joseph y que
amenazan con llevarte a Albany para obligarle a entregarse. Estos
acontecimientos me llenan el corazón de rabia, y si no fuera por mis deberes de
soldado, haría cualquier cosa por estar a tu lado y defender a mis hermanos,
nuestras propiedades y la tumba de mi padre. En este momento no estoy haciendo
nada interesante o útil y mucho me gustaría que el ejército de Su Majestad se
conformara a las costumbres de nuestra gente, es decir, combatir una batalla y
luego dejar que los vivos regresen con sus familias, a la caza y al comercio.
Cuando me recibió, el rey Jorge dijo que esperaba volver a verme
de nuevo con el grado de general y este augurio suyo ha contribuido mucho a la
decisión de alistarme. Si un día el Señor quiere concederme este privilegio, de
seguro seré el primer general mohawk que comande las tropas del Reino y creo
que mi padre se sentiría orgulloso de su hijo; él, que fue irlandés de
nacimiento y jefe guerrero de las Seis Naciones.
Cuando sueño con ese día, imagino que difundo entre mis
subordinados algunas costumbres guerreras de nuestro pueblo, para que no sea
solo el número de fusiles lo que haga la diferencia entre dos bandos, sino
también el valor y la habilidad de quienes los empuñan.
He participado en mi primera batalla combatiendo con las tropas
indias, en el Fuerte Saint Johns, en Canadá, y luego de nuevo cerca de
Montreal. Ahora ya he sostenido otras dos, con el uniforme rojo y la bandera en
mano, en Nueva York y en Llanuras Blancas. Todas han concluido con nuestra
victoria; pero mientras que las primeras podría contarlas minuto a minuto y
recordar cada gesto de las hazañas de los guerreros, de las últimas solo puedo
decir una cosa: he portado en alto la bandera, y de mis compañeros sé que han
disparado y nada más. En un momento dado, me han ordenado regresar al campo y
si alguien no me hubiera dicho que los enemigos se batían en retirada, aún
estaría preguntándome por el resultado de la batalla.
Tal como están las cosas, ni siquiera sé cuál será nuestro
próximo destino. Dicen que estamos a punto de trasladarnos, tal vez a
Filadelfia, pero seguro no será un consejo quien lo establezca y ninguno de los
soldados podremos escuchar a los generales mientras discuten lo que se debe
hacer y toman las decisiones. Por eso no sé decir adonde podrías escribirme, si
te fuera posible, pero intentaré hacerlo yo cuanto antes, porque estoy en gran
aprensión y estaría muy feliz de recibir en breve vuestras noticias.
No tengo tiempo para añadir nada más, pero
quedo siempre tu
afectísimo hijo,
Peter Johnson
Te pido que recuerdes mis afectos a Betsy, a todos mis hermanos
y hermanas, y des mis saludos a mis amigos de Canajoharie. Que la Navidad os
traiga serenidad.
9
Pronto llegará Ohséhrhon, el final de año, el inicio del
invierno. Por la noche, el Gran Carro estará justo sobre nuestras cabezas.
Esperaremos la primera luna, pasaremos cinco noches de sueños, y a la mañana
siguiente comenzaremos las ceremonias. Agradeceremos a los espíritus: las
plantas y los animales, el viento, el sol y las estrellas más distantes.
Agradeceremos a Dios. Haremos arder tabaco en el fuego. Las Grandes Cabezas
irán de casa en casa, removiendo las brasas y avivando los hogares. Danzaremos,
y por la noche soñaremos con intensidad. Al despertar, sacrificaremos un perro
blanco, para reafirmar nuestra fidelidad a los espíritus y al Dueño de la Vida.
Inventaremos adivinanzas y jugaremos a compartir los sueños. La noche pasará
como una nube llevada por el viento, y al tercer día danzaremos engalanados con
plumas. El cuarto día cantaremos: comenzarán los Guardianes de la fe, luego los
sachems, luego las matronas de los clanes, y por último todos los demás.
Después de las canciones, daremos nombres a los niños. El día siguiente será el
día de los tambores. El último día jugaremos con dados de huesos de
melocotones, divididos por clanes. Divertiremos al Dueño de la Vida
desafiándonos, bromeando, apostando. El grupo que habrá vencido guiará la
última danza. Otra vez hablaremos y agradeceremos a los espíritus, así tendrá
inicio el año nuevo.
Molly sabía lo que traería el año nuevo. Guerra y miseria,
soledad. Los sueños de la aldea iban en una sola dirección. Excepto los de
Ronaterihonte: él afirmaba que no soñaba, pero todos sueñan. El guerrero
callaba la verdad con la boca, pero mientras tanto la decía con los ojos: no
quería contar sus propias visiones. Cada día comía con Molly, luego se esfumaba
como una sombra. Quién sabe dónde pasaría las tardes. No tenía necesidad de
esconderse: los whigs nunca venían a Canajoharie. Era el pacto de Molly con
Herkimer: no retéis aún al espíritu de sir William. Ahora dormís en su casa,
sobre alfombras elegantes, con botas manchadas de barro. Abusáis de su
hospitalidad de mil modos. Si mi marido no le ha pedido a Dios que le dejara
bajar para exterminaros, y volver al Paraíso cargado de cabelleras, es porque
sabe que lo pagaremos nosotros, su gente. Los espíritus regresan al más allá,
la represalia se toma contra los vivos. Pero si importunáis a su mujer, madre
de sus hijos, madre de ese hijo que se ha distinguido ante el rey Jorge, ni el
Dueño de la Vida podrá detenerle.
Molly lo sabía: Ronaterihonte dormía en la casa abandonada de
Thayendanega. Bajo ese techo, hubiera sido imposible dormir sin soñar.
La nieve era un pavimento helado, millones de cristales de
hielo, millones de minúsculos reflejos componían la blancura que agredía los
ojos.
En el rigor del invierno, el campo de baggataway se convertía en
la pista degawasa, la «serpiente de las nieves», juego conocido por las
naciones indias al oriente y al norte de los Grandes Lagos. Philip lo había
jugado cuando era muchacho, con los caughnawagas de la misión.
Sobre la nieve helada, los jugadores lanzaban una vara recta y
muy pulida, semejante a una cuchilla de trineo. La vara caía en el hielo y se
deslizaba, veloz. Vencía quien llegaba más lejos.
Le habían invitado Oronhyateka y Kanenonte, los dos jóvenes
guerreros veteranos de la expedición a Canadá del año anterior. Hacía ya muchas
lunas que no veían al Gran Diablo, pero le habían acogido con entusiasmo e
impaciencia. Las cosas empeoraban día a día, le habían dicho. Mientras los más
malvados de los blancos asediaban a la nación, las ganas de combatir de los
guerreros se pudría encadenada, esclava de la prudencia de las mujeres y de la
incertidumbre de los sachems. Johannes Tekarihoga pasaba sus días aturdido por
el ron. Gracias a su linaje, era el único cliente del almacén que podía ignorar
el racionamiento.
Los mohawks de Fuerte Hunter, por su parte, eran temerosos e
insinceros, siempre dispuestos a ponerse de acuerdo con los enemigos. Si
hubiera sido por su sachem Pequeño Abraham, pronto ya no habría ninguna nación
que defender.
Philip pensó que, cuando era joven, nunca hubiera hablado de un
sachem de forma irreverente. Estaba a punto de decirlo en voz alta, pero
Kanenonte se anticipó.
—Decimos cosas muy duras, pero es porque se ha endurecido el
corazón de los jóvenes, y los músculos están fríos como esta nieve.
—Nuestros sachems son hijos de días pasados —añadió
Oronhyateka—. Su paso era firme y veloz en tiempos de Hendrick, pero ahora
caminan con un bastón. La guerra es terreno de los jóvenes.
Así pensaban Oronhyateka y Kanenonte, y no solo ellos. Recelo e
inquietud llenaban el ánimo de los guerreros de Canajoharie. Todos describían a
los oneidas como insidiosos y distantes, silenciosos, mezquinos. Seguro que
planeaban algo, fascinados por ese reverendo que tenían, Samuel Kirkland, que
apoyaba a los colonos rebeldes. Su sachem Shononses era bueno para hablar, sus
discursos eran bandadas de mariposas que revoloteaban, con alas de mil colores.
—Las mariposas no se defienden —había dicho Oronhyateka—. No
combaten. Combaten las abejas y abejorros, pero nunca hay ese tipo de insectos
en los labios de Shononses.
Kanenonte miró lejos, entrecerró los ojos y le pareció ver, en
el fondo de la explanada, la gawasa lanzada por Oronhyateka. Cogió la vara con
los dedos pulgar e índice, la hizo oscilar y la arrojó. La serpiente de madera
se deslizó en la blancura.
Fue Oronhyateka quien habló:
—Tenemos que empuñar las armas, Ronaterihonte. En Fuerte Hunter
también hay guerreros válidos y valientes, que ya no soportan estarse quietos.
Vendrían con nosotros, si nos pusiéramos en marcha. Vendrían con le Grand
Diable para atacar a la milicia y liberar Johnson Hall. Los enemigos son
muchos, pero podemos atraerlos hasta el bosque y matarlos uno a uno.
—¿Y después? —le interrumpió Philip—. Llegarían refuerzos, de
Albany o de quién sabe dónde. Personas sin escrúpulos, no como Herkimer. Se
desencadenaría la venganza. Tienen como rehenes a mujeres y niños. La
imprudencia es un error grave. Tenemos que esperar hasta la primavera,
hermanos. Esperar el regreso de Thayendanega y, sobre todo, un nuevo consejo de
las Seis Naciones.
Los dos jóvenes no dijeron nada. En el campo se escucharon solo
los rumores del juego. Por fin, Kanenonte habló:
—Degonwadonti ha hecho mal en advertir a Herkimer de la viruela.
Lo que había que hacer era llevar las manchas a los rebeldes, para destruirlos.
Los blancos lo han hecho, en tiempos pasados. ¿Por qué no hacerlo nosotros
también?
Philip se estremeció.
—La viruela no tiene aliados. No distingue a las víctimas. Si el
mal se hubiese extendido por el valle, hubiera matado a todos, sin desprecio ni
simpatía por nadie. Molly Brant lo ha parado. Advirtió al comandante de los
rebeldes para poder curar a nuestra gente sin provocar reacciones.
Callaron otra vez. Los dos jóvenes continuaron con sus
lanzamientos, hasta que Kanenonte se dirigió a Philip con un susurro y una
media sonrisa.
—Ronaterihonte, ¿para jugar agawasa también debes esperar a
Thayendanega?
Philip cogió del suelo una de las varas. La sopesó. Observó el
manto de blancura que cubría la hierba a punto de renacer. Luego, se dispuso a
lanzar la serpiente.
10
Los bastiones angulares que protegían la fachada sudeste de
Fuerte Niagara eran una flecha apuntada hacia la colonia de Nueva York y las
ciudades de la costa. Los franceses, para no alarmar a las poblaciones de las
inmediaciones, habían construido la fortaleza de modo que se asemejara a un
gran almacén en obra de albañilería. En realidad, se trataba de un edificio
difícil de expugnar. Los bastiones eran altos, las casamatas estaban llenas de
cañones.
Joseph pasó junto a las tiendas y barracas que los desplazados
del valle del Mohawk habían montado al pie de las fortificaciones. Rostros
conocidos, hombres y mujeres que habían partido con él un año antes para
combatir en Canadá. Ahora dependían del gobierno de Su Majestad y de la
benevolencia de la guarnición. Su pueblo no tenía otro sitio adonde ir.
La plaza de armas era un caótico mercado. Gente de todas las
razas y religiones buscaba asegurarse las últimas provisiones disponibles para
pasar el invierno.
Un viejo cazador de ojos endemoniados intentaba vender unas
pieles a un grupo de indios que le prestaban poca atención: en la actitud del
hombre había algo de loco. El blanco tiró al suelo la piel que estaba
magnificando y comenzó a maldecir. Los indios retrocedieron, mirándole con aire
interrogante, desconcertado.
Entre la multitud se abrió paso un pequeño grupo de hombres.
Eran senecas, pero les encabezaba un joven blanco. Se agachó para recoger la
piel. La examinó, la entregó a uno de los indios y sacó unas monedas del
bolsillo del chaquetón.
—Te pago un buen precio, y ahora vete de aquí.
El cazador se alejó mascullando. El joven blanco se giró: era
Walter, el hijo de John Butler.
—Que Dios me fulmine, ¡Joseph Brant! Sabíamos que había
regresado, solo me preguntaba cuándo nos volveríamos a ver.
El hombre avanzó, rodeado por la cuadrilla que lo escoltaba.
Bajo el chaquetón, un collar de wampum daba testimonio de la amistad con los
seneca. En la cintura, un par de pistolas.
—¿Cómo está? —preguntó Joseph.
—Bien, creo. Son tiempos difíciles, pero, con la ayuda de los
senecas y de la guarnición del fuerte, podemos mantener el control sobre el
territorio.
Los senecas miraban a los compañeros de Joseph sin molestarse en
darles la bienvenida. Uno de los hombres pronunció las palabras en lengua
onondaga, para que todos los presentes pudieran entender.
—Así que tú eres «une dos bastones». ¿Cuáles son, entonces, las
palabras del Gran Padre inglés para los seneca?
Joseph respondió con mucha calma.
—Son palabras de alianza. No solo para los senecas, sino para
toda la Casa Larga. Podréis escucharlas en detalle en el consejo, en primavera.
El seneca asintió. Walter Butler hizo señas a Joseph y a los
suyos de seguirle.
—Vengan, vamos a ver a mi padre. Pero reserve un poco de tiempo
para mí durante la cena, Joseph. Quiero conocer las noticias de la madre
patria.
El grupo se movió y atravesó la multitud. El joven Butler
caminaba sacando pecho. Joseph sintió sobre sí ojos fríos y silenciosos.
—Mi hijo exagera. Estamos haciendo un buen trabajo, pero los
sachems aún no han decidido de qué lado estar. Vienen aquí porque tenemos
provisiones, fusiles, mantas y ron, nos consideran del lugar. Tienen sus
intereses, pero no están dispuestos a llevar la nación a la guerra.
John Butler se levantó de la silla y empezó a caminar por la
habitación a grandes pasos. El alojamiento espartano reflejaba el aspecto del
viejo irlandés, más curtido y canoso de lo que Joseph recordaba.
—No podemos decir que estén equivocados. La guarnición del
fuerte tiene pocos efectivos. Las noticias de los desembarcos en Nueva York y
en Quebec llegan de muy lejos. Los senecas y tuscaroras no ven el despliegue de
la fuerza de Inglaterra, no entienden cuál es la conveniencia de tomar parte en
el conflicto.
Joseph señaló hacia el este.
—La puerta oriental de la Casa Larga está sufriendo ataques del
enemigo. Por eso estoy aquí. Para pedir apoyo para mí y para los hombres que
estamos reuniendo. Necesitamos pólvora, fusiles y vituallas.
—¿Una milicia lealista? ¿Es eso lo que tiene en mente?
—Sí —respondió Joseph.
Butler se sentó. Joseph miró el sillón de madera taraceada
tallada con escenas de la Pasión de Cristo.
Butler golpeó la palma de su mano en el brazo lustroso.
—Un regalo de los senecas. Era de un abate francés.
Pareció meditar a fondo, por fin dijo:
—Yo aquí tengo una tarea. El éxito de la misma depende de la
cantidad de bienes que pueda distribuir. —Adoptó un tono grave—. El invierno
está cerca y a duras penas hay lo suficiente para los míos. Si me quedo
desabastecido, los senecas me darán la espalda, esto es seguro. La única forma
de tenerlos de nuestra parte es darles provisiones.
Joseph permaneció impasible.
—¿Me niega su apoyo, capitán?
Butler suspiró.
—Cuando llegue el momento, tendrá todo el apoyo que necesite.
Pero si quiere mi opinión, su iniciativa me parece precipitada. No hemos
recibido órdenes del alto mando y aún no ha sido convocado el consejo de las
Seis Naciones.
Joseph contuvo el impulso de alzar la voz.
—En el valle del Mohawk, los rebeldes ya están haciendo lo que
quieren. Johnson Hall ha sido requisada, la mujer de sir John está en prisión.
Es hora de defendernos. Dice que deberíamos esperar órdenes, pero yo tengo la
palabra del Rey en persona.
—No se enfade, Joseph Brant —dijo Butler levantando la palma
abierta—. No conseguirá hacerme cambiar de idea. Sé muy bien lo que sucede en
casa. Mi mujer y mis dos hijos también fueron apresados por los rebeldes y
llevados a Albany. Yo no estaba allí para defenderlos, sino aquí, cumpliendo mi
deber de buen lealista.
El indio se quedó mudo.
Butler se levantó y cogió de la mesa un cetro de madera. Era un
bastón de mando, tallado y pintado de rojo y negro. Varias cabelleras adornaban
la empuñadura.
—Otro regalo de los sachems senecas —dijo el viejo capitán—. Un
objeto admirable, ¿verdad? Emana fuerza, autoridad. —Acarició uno de los
mechones de cabellos con un delicado gesto de sus manos ásperas y nudosas—.
Miedo.
Se acercó a Joseph, con el bastón bien a la vista.
—¿Qué está dispuesto a hacer? —preguntó—. ¿Sacrificar a su
familia? ¿Está dispuesto a perder a seres queridos, los hijos?
Miró al indio sin esperar una respuesta.
Joseph vio pasar delante de sus ojos los rostros de Susanna,
Isaac y Christina.
—Solo Dios sabe que no veo la hora de actuar —continuó Butler,
con tono bajo y serio—. Pero sé que cuando eso ocurra, será terrible como la
cólera de Nuestro Señor, y todos tendremos que estar a la altura. Aceptar los
sacrificios que Dios nos imponga. Convertirnos en flagelo. —Una mueca de odio
torció la boca—. Ese día arrancaremos las visceras a los renegados.
Engalanaremos la avenida de Johnson Hall con sus tripas.
De repente pareció reaccionar.
—Renuevo la propuesta que le hice en Montreal: quédese aquí con
nosotros. En el momento oportuno, guiaremos juntos la contraofensiva.
Joseph se levantó de la silla.
—Lo siento, no puedo esperar. Mi decisión está tomada.
Butler asintió resignado.
—Comprendo. No se marche con las manos vacías. Hemos confiscado
un cargamento en el lago. Una docena de fusiles y cuatro barriles de pólvora.
No es mucho, pero... Lléveselos, le serán útiles.
Joseph sintió que la sangre hervía de rabia, pero consiguió
contenerse. Era mejor que nada y no estaba en condiciones de rechazarlos.
Observó unos instantes la mano extendida del irlandés, antes de decidirse a
estrecharla.
11
Partió de Fuerte Niagara en silenciosa soledad. Un manto de
agujas caía del cielo blanco y anunciaba el hielo.
Joseph miró el sendero estrecho y largo delante de sí. Decidió
que no sería un viaje de regreso, sino el de un peregrino. El invierno no le
detendría, anunciaría a las Naciones su nueva, el evangelio de Joseph Brant
Thayendanega. Si John Butler tenía pólvora y carne salada, él tenía una
historia que contar, tan hermosa que enardecería los ánimos. La de un indio
que, como Hendrick muchos años atrás, había llegado a la isla de Inglaterra y
había hablado con el Gran Padre inglés. Sin duda no les podría convencer de
combatir en medio de la nieve, pero los primeros calores despertarían los
instintos y el deseo de aventura, al menos en los más jóvenes. Luego algo
sucedería, estaba seguro. Los acontecimientos ayudarían a convencer a los
indecisos, Dios se pondría de su parte.
Llegó a Geneseo el día de Navidad. La curiosidad de los
habitantes le acogió con un cálido abrazo. Su fama se extendía y lo precedía
hasta los lagos de los Cinco Dedos y el valle del Mohawk. Visitó las aldeas
senecas, andando hacia el sur, hasta las pendientes de las montañas Allegheny.
A los viejos les contaba del Sabio Padre Blanco que le había confiado la tarea
de combatir en su nombre. A los jóvenes, acerca del ejército más fuerte del
mundo. A los niños, sobre los fuegos de artificio.
El primer día del año nuevo estaba en Buck Tooth, luego en
Conewango, después la nieve le frenó y le obligó a retroceder.
Se dirigió al este, hacia los Cinco Dedos, y cruzó las aldeas,
parando en medio de las casas, junto a los fuegos, para referir las palabras
del Rey. En Cayuga le subió la fiebre y tuvo que detenerse por dos semanas.
Fuera del sitio donde se alojaba, una fila de personas esperaba el relato del
Rey y de la ciudad de los edificios inmensos, que podían contener a cientos de
personas. Joseph contentaba a todos. Se mostraba orgulloso, pero no vanidoso.
Fingía que tenía salud, resistiendo los ataques de tos como un trago amargo que
tenía que pasar. Cuando recuperó las fuerzas, partió en dirección a Onondaga.
Enjambres de chiquillos gritones y cantos de mujeres anunciaron su llegada. A
los guardianes del Fuego Sagrado de la Confederación les pidió que asistieran al
consejo de Oswego en la primavera. Los sachems aceptaron, a cambio del relato
detallado de su viaje más allá del océano. «Como Hendrick», murmuraban los más
viejos sentados en círculo, y el nombre de Thayendanega volaba de una puerta a
otra de la Casa Larga. Un viejo jefe decrépito le preguntó cuántos eran los
habitantes de Londres. Joseph respondió que eran más que las termitas de un
termitero, y los sachems discutieron sobre ello un día entero, encerrados en
cónclave como los obispos papistas.
—Hermanos, esta rebelión es la amenaza más grave que hayan
conocido las Seis Naciones. Los ingleses de América se han declarado
independientes de Inglaterra, ya no reconocen la autoridad del Rey. Esto
significa que consideran revocado el límite establecido a su expansión en
nuestras tierras. Se extenderán hacia el oeste como una marea. Solo combatiendo
podemos esperar salvarnos de la catástrofe. Combatir por Inglaterra es combatir
por nosotros mismos.
Algunos asentían, pero la mayoría se quedaban perplejos y
meditabundos. Nadie partió con él. Reanudó impertérrito su viaje solitario y
dejó a sus espaldas las aldeas y el invierno. Llegó a Oquaga a finales de
marzo, arrastrando dos mulos cargados con lo que había podido conseguir. Estaba
solo. Era el indio más famoso de las Seis Naciones.
1777
12
Se alejaban sin ruido, hacia el ocaso teñido de oro. Se llevaban
dos vacas, el caballo de tiro, sacos de maíz. William Adlum contempló el
granero medio vacío y pensó en el trabajo que le había costado llenarlo. Los
hijos espiaban desde la ventana del sobrado, donde se habían escondido cuando
los hombres habían aparecido en el patio. Su jefe había hablado con gentileza,
pidiendo víveres y ganado en nombre del rey Jorge. Entretanto, los otros
patanes enseñaban los fusiles.
Dos generales habían bloqueado las acciones bélicas: Invierno y
Viruela. Con la bruma de esa mañana de abril quedaba claro que el primero daba
sus últimos pasos, mientras que el otro ya no atacaba con la misma virulencia.
Ahora otros oficiales tendrían que empuñar el bastón de mando,
tomar decisiones, comenzar a ajustar las cuentas.
Joseph Brant estaba completando su vestimenta, en la casa de
Oquaga, con lentitud y mucho cuidado, consciente de que el tiempo había
llegado, así como del papel que había escogido. El mando. No tenía el grado de
general pero esto no tenía mucha importancia, la guerra nombraba en el campo a
sus máximos ejecutores. Tomar la iniciativa en el momento justo podía volcar
las jerarquías con facilidad. La elección del momento de las operaciones era el
factor decisivo de muchos conflictos. El valor y el coraje de los guerreros
hacían el resto. Joseph era consciente de las dificultades. Pertrechos escasos,
pocos fusiles, faltaban pólvora negra y dinero. Todo lo que se necesita para
vencer una guerra. El contingente de hombres no era muy numeroso, pero podía
crecer con las victorias. El entusiasmo y el ansia de botín engrosarían las
filas. Si los voluntarios que iban a la batalla con Joseph Brant se hubieran
ganado una sólida recompensa, sin costar un penique a las arcas del Rey, en
pocos meses se convertirían en legión.
Joseph se puso por último la casaca roja del ejército imperial,
un gesto meticuloso y solemne para abrochar cada botón, alisar los pliegues o
arrugas, favorecer el aspecto marcial y de autoridad. Ya estaba listo. Fuera,
los rayos del sol atravesaban la niebla de la mañana. Solo en ese momento se
dio cuenta de que Isaac, a sus espaldas, le miraba, con gesto torvo y absorto.
Miró al chiquillo por unos segundos, lo suficiente para causar inquietud en él.
—Ven con tu padre. Tenemos que hablar a los hombres. El muchacho
le siguió como un perro.
Los rostros reflejaban historias. Hablaban de vidas dedicadas a
desmenuzar terrones y sembrar tierras salvajes; heridas de garras y de
cuchillo; expresiones estólidas de campesinos y cazadores. Vivían en zonas del
interior de la colonia y Joseph sabía que podía contar con su odio hacia la
Asamblea de Albany y los mercaderes de Nueva York.
Delante de todos, los hermanos Hough y Daniel Secord estaban
apoyados en sus largos fusiles. Saludaron la llegada de Joseph tocando el ala
del sombrero. Algunos los imitaron.
Joseph, una mano en el hombro de Isaac, se colocó bajo la
bandera, como en el otoño precedente.
—Estáis aquí por vuestra voluntad —dijo en inglés—. Yo no puedo
daros una paga, como hacen los oficiales del ejército, porque no tengo dinero.
No puedo proveeros de armas o municiones, ni tampoco del rancho. Pero puedo
deciros que obedeceréis a un solo jefe y a nadie más. Y podréis marcharos en
cualquier momento. Solo el honor de la palabra os vincula a esta compañía.
Nuestro objetivo es uno solo: combatir a los enemigos del Rey. Nuestros
enemigos.
—¡Hurra por los Voluntarios de Brant! —gritó Henry Hough.
—¡Hurra! —repitió Johnny.
Siguió un silencio quebrado solo por golpes de tos y esputos de
tabaco.
—Establezco aquí el cuartel general —prosiguió Joseph—. Pero
para combatir tenemos que procurarnos víveres y municiones.
—Sabemos donde ir a buscarlos, capitán Brant. —De nuevo era la
voz enronquecida de Henry Hough—. En las granjas de los traidores. Esos zorros
que no apoyan la rebelión a cara descubierta, sino que lo hacen en la sombra.
Cenizos y soplones. Requisemos su ganado y sus graneros. Quitémosles las armas
y la pólvora.
—¿Y si te equivocas y en cambio son patriotas? —objetó un
muchachote pecoso de cabellera roja.
Henry Hough escupió el tabaco al suelo y le lanzó una mirada de
odio.
—Si son buenos patriotas, nos darán las cosas sin problemas.
Somos paladines del Rey.
Un murmullo de aprobación recorrió el grupo. Joseph levantó una
mano y obtuvo silencio.
—Que Dios nos asista.
William Adlum agradeció a Dios por estar vivo, con toda su
familia. Las sombras de la cuadrilla se proyectaban en el suelo hasta tocar la
granja. Eran fantasmas que regresaban al Gehena. No, eran ladrones y villanos.
Su mujer le llamó desde la puerta de la casa. Los niños
lloraban.
William Adlum apretó los puños y se volvió para entrar. El mundo
se derrumbaba, ya solo quedaba rezar. El Día del Juicio tenía que estar cerca.
13
Nueva York era lluvia y figuras grises. Las ruedas del carruaje
se hundían en el fango de Wall Street, mientras el caballo empapado avanzaba a
paso lento bajo los golpes de látigo del cochero.
Guy Johnson pensaba en la carta recibida el día anterior.
Desde que había regresado a América, había visto que sus
antiguos compañeros habían partido uno a uno hacia la Gran Incógnita que
comenzaba al otro lado del río Harlem. Se había quedado solo, acampado en un
trozo del Nuevo Mundo que ni siquiera era tierra firme. Ahora los
acontecimientos le presentaban la cuenta por esa inactividad.
Las articulaciones habían comenzado a crujir: herrumbre entre
las vértebras, sensación de torpeza y pesadez, jaquecas. Era tiempo de moverse,
necesitaba hacer un par de cabriolas.
El general Howe, el héroe de Boston, le recibiría sin duda
alguna. Entre ellos se había creado una cierta confianza. Ahora estaba yendo a
pedir permiso para armar un barco y zarpar. No se movía ni una aguja en Nueva
York sin el visto bueno del general. Se lo podía comparar con un dictador de
tiempos antiguos, que controlaba la ciudad del único modo posible, con puño de
hierro y el apoyo de la flota al mando de su hermano, la única persona en la
que confiaba de veras.
Un dúo incómodo, los Howe. Los neoyorquinos lo habían tenido que
aprender a fuerza de errores. Porque además eran gente revoltosa e
indisciplinada, todos contrabandistas que hubieran preferido seguir haciendo
negocios sin pagar impuestos a la Corona. No por nada, cuando estalló la
insurrección, habían fundido la estatua del rey Jorge para hacer proyectiles y
regalárselos a Washington.
El coche redujo su marcha frente a un pelotón de soldados con
casacas rojas que patrullaba la calle. La gente se apartaba para dejarles paso,
lanzando miradas indiferentes. Poco más allá, un par de patanes encadenados en
la picota, cubiertos de roña. Uno de ellos parecía mirar a Guy. Al otro lado,
una segunda patrulla de soldados: los mismos uniformes rojos, la piel oscura.
Negros que intentaban alistar a otros.
El mundo cambiaba deprisa, pensó Guy. Un día eres esclavo, al
día siguiente un soldado de Su Majestad.
Altos y bajos. Pensó de nuevo en la carta recibida. Daniel Claus
comunicaba que había regresado de Londres. Un año de antesala le había hecho
ganar el mando de los irregulares indios en la inminente contraofensiva.
Escribía desde Montreal, donde se había reencontrado con sir John para reclutar
voluntarios. Le invitaban a llegarse hasta allí antes del comienzo del verano.
El destino sabía ser irónico: Guy había dejado al alemán en el
punto más bajo y ahora era él quien le ofrecía un sitio a su lado.
Claus decía que esperarían a las tropas regulares para dar
inicio a la expedición. Estaba convencido de que esta vez llevarían a la guerra
a muchos indios. Joseph Brant también se uniría al grupo.
Joseph. Su traductor, pensó Guy. El intérprete del Departamento.
El viejo sir William había tenido buen ojo cuando le escogió como pupilo. En
Londres, aquel indio se había vuelto famoso y seguro de sus propias
posibilidades.
Si partía en unos días, podía llegar. Llegar allí y tener su
parte de honor militar, por gentil concesión de Daniel Claus y sir John
Johnson. La idea le revolvía el estómago.
Podría abrazar de nuevo a sus hijas. Claus las tenía consigo. De
regreso de Londres para que se reunieran con su padre. Decía que Esther había
crecido mucho, que no la reconocería.
Guy se preguntó si las pequeñas recordarían su rostro.
Viajar a través de la colonia era impensable. Los rebeldes
dominaban las zonas del interior, bandas de irregulares las recorrían a lo
largo y a lo ancho en busca de botín, espías y rehenes. Tenía que obtener el
permiso para armar un barco, llegar hasta la bahía de San Lorenzo y Quebec.
Remontar el río. Un viaje largo y difícil.
El carruaje se detuvo delante de la residencia del gobernador
militar. Guy bajó de inmediato, hizo un saludo a los centinelas de guardia que
le dejaron entrar.
—Pensaba que el clima inglés era ingrato, antes de pasar un
verano y un invierno en Nueva York.
El general Howe estaba de pie cerca de la ventana. Desde esa
posición, disfrutaba la vista de la extensión de tejados, interrumpida por los
mástiles de las naves ancladas en los muelles. Gaviotas de plumaje sucio se
resguardaban de la lluvia debajo de las cornisas, observando las calles debajo,
a la espera de un bocado inesperado.
—¿El mal tiempo pone de mal humor a Su Excelencia?
—No, señor, estoy demasiado al sol, para decirlo como el
Príncipe de Dinamarca.
—Cuando Su Excelencia cita a Shakespeare, la situación suele ser
grave.
Howe dirigió una mirada furtiva a Guy.
—Me están dejando de lado, coronel Johnson. ¿Cómo tendría que
estar mi humor?
—Se está burlando de mí, general. El rey Jorge no tiene mejor
oficial que usted.
Howe le dedicó una sonrisa torcida.
—Se olvida que también soy miembro del Parlamento. Por el
partido equivocado.
Señaló a Guy una silla con un alto respaldo de madera. El se
sentó. Miró la botella de jerez medio vacía, abierta sobre la mesa. El general
le invitó a servirse, pero él lo rechazó con una inclinación de cabeza.
—Míreme, coronel Johnson —dijo Howe sin quitar los ojos de la
ciudad. La voz estaba enronquecida por el alcohol y los pensamientos—. Tiene
ante sí al hombre que ha salvado Boston. Expugnar la colina Breed costó la
sangre de muchos buenos soldados. En dos ocasiones nos rechazaron con disparos
desde lejos. ¿Cuántos oficiales hubieran ordenado un tercer ataque? Uno lo
tiene delante. Hemos tomado esa condenada colina y luego todo el maldito
promontorio. —Rozó el cristal con un gesto delicado en fuerte contraste con el
uniforme y el tono áspero—. Luego llegó el turno de Nueva York. Una carrera a
marchas forzadas, para anticiparse a Washington. Mis hombres controlaban la
ciudad cuando los refuerzos de Inglaterra aún no habían llegado. Combatimos
aquí en Manhattan, en Llanuras Blancas, expugnamos los fuertes, echamos a los
continentales. Ordené a Cornwallis ir detrás de Washington, para que lo
persiguiera hasta el Infierno, pero este condenado país es mucho más grande que
el Infierno.
Se interrumpió para concederse un suspiro.
—Nadie ha dejado el alma en esta guerra más que quien le habla,
coronel Johnson. ¿Piensa que lo he hecho porque creo que es una guerra justa?
Le parecerá extraño, pero no es así. He sido elegido por el partido whig, era
contrario a la política de nuestro gobierno en América. Lo he hecho por el bien
de Inglaterra y porque soy un súbdito fiel de Su Majestad. He cumplido con mi
deber de soldado aunque no estaba de acuerdo. ¿Y cuál es la recompensa? Enviar
a Burgoyne a tomar el mando de la ofensiva por tierra. —Hizo una mueca amarga—.
Después de todo lo que he hecho en el campo, no se fían de mí. Temen que me
convierta en un estorbo, ¿comprende? Entonces me acusan de procrastinación, de
retrasar el ataque a las zonas del interior. Las voces salen de la Cámara de
los Comunes, pero desde aquí también se oyen.
Se volvió y se sentó en el sillón tapizado en brocado rojo.
—Que lo hagan. Que avancen a las zonas del interior, tan llenos
de impertinencia. —Miró a Guy Johnson—. No quiero ofenderle, coronel, pero la
altanería de los tories linda con la ligereza. Y solo Dios sabe cuán pesada es
la guerra.
Con un amplio gesto de su mano el caballero le invitó a
proseguir. No se sentía para nada ofendido. Desde el principio, sus discusiones
políticas se habían basado en el respeto recíproco. Había sido Guy quien
sugirió que, si en Londres Samuel Johnson frecuentaba el mismo club que Edmund
Burke, un Johnson mucho menos famoso podía presumir de conversar con un general
que era whig.
Howe miró la botella de jerez sin tocarla, como pensando lo que
debía hacer.
—Burgoyne conoce poco este país —continuó—. Cree que cuando
llegue de Canadá, se encontrará con unas pocas bandas de agricultores armados
con horquillas y viejas escopetas. Quisiera tanto saber cómo piensa asegurar
líneas de abastecimiento de doscientas millas de largo. —Sacudió la cabeza—.
Por lo que a mí se refiere, me quedaré siempre en la costa. Palabra de honor,
en América una gran flota de cobertura es la única garantía. Nosotros también
atacaremos. Pero en el sur, cerca de Filadelfia. Antes del invierno, habré
expugnado esa ciudad también. —Levantó apenas los hombros—. Siempre que me
dejen hacerlo —añadió—. Así todos los puertos del norte serán nuestros.
Controlar los puertos significa controlar el comercio y las vías de
comunicación con Europa. ¿Qué más necesita una potencia naval como Inglaterra?
Llamaron a la puerta. Un asistente entró con un fajo de hojas,
que sometió a la atención del general. Howe empuñó la pluma y la mojó en el
tintero.
—Debe disculparme, coronel. Sin duda ha pedido una audiencia por
algún motivo y yo le he importunado con mis elucubraciones.
Guy se aclaró la voz, pero las palabras no salieron. Pensaba en
la propuesta de Claus y en el cargo de jefe adjunto que le hubiera tocado.
Pensaba en el valle del Mohawk en manos de la milicia rebelde, en Johnson Hall
transformada en cuartel. Quién sabe quién dormía en las habitaciones de Guy
Park. Paletos y mozos de cuadra, ladrones y saqueadores. El hedor debía de
haber apestado las paredes, no se habría de ir nunca. Quién sabe si habrían
encontrado el tesoro de familia.
Pensaba en los largos días de navegación, en los piratas que
asaltaban las naves en nombre de una nación nueva y hambrienta. Pensaba en los
mosquitos y de nuevo en Daniel Claus que le tendía la mano.
Miró la ciudad más allá del cristal, a espaldas del general. Un
rayo de sol había atravesado las nubes y daba de lleno en la ventana.
—Estoy aquí para presentarle mis respetos, Excelencia —dijo—, y
cerciorarme de que su salud es buena. Y también para ofrecerle mis servicios,
en caso de que puedan ser útiles.
—Se lo agradezco, señor —respondió distraído Howe, mientras
comenzaba a firmar los papeles—. Sé que puedo contar con su apoyo. Mi salud es
buena, no se preocupe, aparte del corazón envenenado. Pero ahora debe
disculparme, tengo que firmar las condenas a muerte de hoy y no es una
actividad que predisponga para la conversación.
Guy se levantó, hizo una inclinación y se dirigió hacia la
salida.
—Coronel —le llamó el general.
—Excelencia —dijo Guy volviéndose.
Howe sostenía la pluma de oca en el aire; en su punta una gota
de tinta, negra y espesa como la sangre que haría derramar.
—Regrese a verme antes de que me lance a esta gran ofensiva.
—Esbozó una sonrisa—. Beberemos una botella de coñac y hablaremos un poco de
Londres.
Guy asintió y salió por la puerta.
Había elegido. Se sentía más ligero, pero no mejor.
14
Habían llegado una mañana de junio, después de un día de marcha
y una noche a la orilla del río. La gente de Unadilla se había refugiado en la
iglesia, rogando que se fueran enseguida. En la puerta se había presentado el
reverendo, para darles la bienvenida en la casa del Señor. Joseph lo conocía,
uno de esos blancos que al oír hablar de indios se acariciaban la cabellera y
esgrimían la cruz.
Sin necesidad de molestar a Dios, los Voluntarios se habían
marchado antes del atardecer, con una decena de vacas, tres ovejas y un saco
por cabeza de legumbres y carne seca.
La milicia rebelde no había aparecido.
Una semana después, muchas granjas de la zona habían sido
abandonadas. Los colonos huían a Cherry Valley a German Flatts y a Albany, para
suplicar a los generales y coroneles que no les dejaran solos, a merced de los
indios.
Nicholas Herkimer se había ofrecido para ayudarles. Había
enviado un mensaje a Joseph para pedir una reunión, en nombre de la antigua
amistad entre ambos.
En Unadilla, a mediados de mes.
Bajo rayos ardientes que parecían de verano, Daniel Secord
comenzó a caminar entre los terrones. El campo de alfalfa separaba a los
Voluntarios de la Milicia de Tryon. Quien los había visto bajar por la orilla
del Susquehanna, hablaba de unos trescientos hombres armados.
El general fue a su encuentro a caballo, escoltado por cinco
hombres, y se detuvo a esperar en el verde, en el centro exacto del campo.
Secord sintió el olor a tabaco macerado en whisky y pensó que solo un loco
podía fumar la pipa con ese sol sobre la cabeza.
—El capitán Brant le manda sus saludos y pide conocer el motivo
de la reunión.
Herkimer dio una larga calada y vació la pipa golpeándola contra
la silla.
—Siempre hemos sido buenos amigos —respondió—. Dicen que ha
hablado con el rey Jorge y lord Germain. Me gustaría saber qué idea se ha hecho
de la causa de las colonias.
—¿Y sus milicianos? ¿Ellos también quieren hablar con el
capitán? Será un coloquio muy largo.
—Será un coloquio amistoso —rebanó el general—. Le doy mi
palabra.
—Muy bien. Regresaré en una hora con la respuesta a sus
preguntas. ¿Tiene algo más que preguntar?
El índice de Herkimer quedó como atascado en el hornillo de la
pipa, mientras presionaba el tabaco.
—¿Quiere decir que el capitán Brant no tiene intención de verme?
—Quiero decir, señor, que un encuentro con trescientos hombres
armados no es un «coloquio amistoso», se llama batalla. Si este es el tipo de
reunión que tiene en mente, estamos dispuestos a complacerle.
Esta vez el general pareció no escuchar. Acabó de cargar la pipa
y la llevó a su boca sin encenderla.
—Diga a su capitán que haré construir un refugio en este punto
preciso. Estaré aquí mañana por la mañana, con cinco hombres desarmados. Con el
calor que hace, estoy seguro de que el capitán Brant no querrá que espere en
vano.
Palabras de indio, la mercancía más devaluada que había en el
mercado. Herkimer quería llevarse a casa unas cien libras.
—Decidme si estoy equivocado —dijo Jonas Klug, mientras pelaba
una rama a golpes de cuchillo—, no hemos hecho todo este viaje para escuchar a
un salvaje.
—Así se habla —respondió la boca de Rynard saliendo de la
oscuridad—. Además, ya sé lo que va a decir, apostaría un dólar español.
—Estoy de acuerdo con vosotros, señores. Tal vez juntos podamos
convencer al general.
—El general no va a cambiar de idea, capitán Neuman. A él le
encantan las palabras.
Con un movimiento brusco, el cuchillo del alemán cortó la rama
en dos. La parte cortada cayó en el fuego y comenzó a consumirse en las llamas.
—Si quieren saber lo que pienso, lo único que cuenta es
conseguir la cabellera de Joseph Brant. El resto es todo inútil.
La oscuridad devoraba los rostros. Pareció que hacía lo mismo
con las palabras.
—Si combatimos, te dejaremos el honor—comentó Neuman.
—¿Y para qué hay que combatir? Si yo estuviera en la delegación,
mañana, resolvería el problema de una vez por todas.
Klug agarró la hoja por la punta, sopesó el cuchillo y lo lanzó
para que se clavara en medio de los pies de Rynard.
Fue otra vez el capitán Neuman el primero que habló.
—Si decís que Joseph Brant es un peligro a eliminar, estoy con
vosotros. Pero matar un hombre a traición es un deshonor.
—¿Un hombre? Un salvaje, yo digo. Piensa en la miseria,
destrucción y muerte que ahorrarías al pueblo americano. Y aunque se tratara de
un blanco, ¿qué patriota eres, si prefieres tu honor antes que el bien de la
nación?
Una piña cayó en el fuego y esparció un puñado de brasas.
—Él tiene razón —comentó Rynard—. Si un gran error produce
grandes beneficios, ya no es un error.
—Herkimer y su amigo indio hablarán —prosiguió Klug—, luego
regresaremos a German Flatts y un día nos dirán que Joseph Brant ha desollado
viva a toda la gente de Unadilla. Ese día voy a preguntarte cómo te sientes,
capitán Neuman.
El hombre revolvía la arena con la punta de la bota. Aplastó una
cucaracha que se estaba asomando y levantó la cabeza.
—¿Qué pensáis hacer?
—Quitar de en medio al indio, ¿qué más? Yo me ofrecería, pero mi
puntería no está a la altura. Se necesita alguien que sea capaz de disparar
lejos y preciso. Cuando aparece Brant, ¡pum!, el problema se resuelve de una
vez por todas.
—Por algo así, puedes acabar en el cadalso. Yo me andaría con
cuidado.
Klug miró alrededor.
—¿Por qué, estás diciendo que hay espías aquí? Vete con cuidado
tú, más bien.
Cayó un silencio frío.
—Calma, señores. Jamás he visto que nadie acabe en el cadalso
por cargarse a un indio —proclamó por fin Rynard, en la pausa entre dos
escupitajos—. Hay muchos que le darían una medalla, al que elimine al salvaje
que ha conocido al Rey.
Un rumor de aprobación se escuchó en torno al fuego.
—He oído a muchos que presumían de ser el mejor cazador de
German Flatts, del valle, de toda la colonia. —Klug se puso de pie—. ¿No hay
nadie que quiera demostrarlo? ¿Nadie se anima? ¿Tú, Keller? ¿O tú, Rumsfeld?
El último de los nombrados tragó saliva, luego hizo un gesto con
la cabeza.
—Yo me encargo.
Klug sonrió.
—Entonces de acuerdo. ¿Estamos todos en esto? El silencio se
hizo profundo. Los hombres sopesaron las palabras que acababan de oír. Uno a
uno, se pronunciaron.
—Bien, señores. Ahora dormiremos el sueño de los justos.
Dolor, dolor en las costillas: eran patadas, intuyó Klug. Lo
estaban despertando a patadas. Y se tarda poco en despertarse de esa forma. El
corazón se le subió a la garganta, intentó ponerse sentado pero sintió que la
suela de una bota presionaba contra el pecho.
Ajustó la vista. Una bayoneta. Proseguía en un fusil, y en un
miliciano que parecía pasárselo en grande. Klug echó una mirada alrededor.
Rumsfeld y Keller sufrían el mismo tratamiento, también Rynard.
Escoltado por sus guardias, Herkimer le miraba. En el rostro se
dibujaba el disgusto, más que la rabia.
—Tendría que ordenar que os ahorquen por sedición, señores. Pero
me conformaré con mucho menos. Tú, Rumsfeld, quince latigazos. Klug recibirá
diez. Los otros solo nueve. Luego regresad a vuestras casas. Nunca más os
crucéis en mi camino.
El humo de la pipa formaba densas espirales contra el techo. Los
hombres estaban cubiertos de sudor y polvo. El general Herkimer tenía una
Biblia abierta en las rodillas y leía siempre las mismas cuatro líneas. No era
la impaciencia lo que le distraía, ni la preocupación por lo que diría. La
reunión era el último acto de una ceremonia: el significado estaba en el gesto,
no en las palabras. Mientras un patriota americano hiciera cien millas para
discutir con un indio lealista, el tiempo de las masacres aún no habría
llegado.
Una hilera de nubes se acercaba al sol, cuando Joseph Brant
salió a cielo abierto rodeado por los suyos. Herkimer dejó la Biblia, se
levantó y le invitó a entrar. Los hombres de la escolta se sentaron en dos
bancos dispuestos en medialuna. Brant rechazó la silla de campo y permaneció de
pie.
A sus espaldas, el mayor de los hermanos Hough torció una
sonrisa de suficiencia y dio un codazo a Daniel Secord.
Joseph Brant saludó a los presentes y miró a Herkimer.
—Su valor es admirable, señor. Sabe bien que podría destruirles
con un gesto. Mis fuerzas son más numerosas. —Hizo una pausa retórica, para que
las palabras se imprimieran en la mente de los asistentes. Luego prosiguió—. He
tenido que esforzarme mucho para contener a mis guerreros. He tenido que
decirles, señor, que usted es un antiguo amigo, y que entre los suyos hay
viejos conocidos y compañeros de escuela. Por eso me contentaré con una docena
de vacas como oferta de paz, y con el retiro inmediato de sus tropas.
Herkimer hizo un gesto con la mano para callar a los suyos.
—Es una verdadera suerte tener amigos como usted, señor Brant.
En todo caso, quiero verificar en persona las condiciones de la gente de
Unadilla.
—De eso ni hablar, señor. Recuerde que estamos en guerra, y no
lo hemos querido nosotros. Considérese ya afortunado porque no le llevaremos a
Unadilla encadenado.
Herkimer asintió, sin quitar sus ojos de los del indio.
—Como quiera, señor Brant. Pero le advierto: no deje que se
cometan atrocidades en esta guerra. No serán toleradas.
—Estaba a punto de decir lo mismo. El coloquio ha terminado. La
próxima vez que nos encontremos, no será para hablar.
15
Era hermoso llegar a Oswego por el lago, como llegar del mar. Ni
siquiera parecía el mismo sitio, cuando había aparecido en el horizonte.
El convoy acuático era majestuoso, imponente. Un gran barco, no
muy diferente de los que surcaban el océano, era la punta de lanza de una flota
de embarcaciones más pequeñas, dirigidas al consejo de las Seis Naciones.
Esther miraba el vértice de la puntiaguda geometría: indicando
la dirección se hallaban John Johnson y Daniel Claus, firmes en la proa del
Barrymore, que transportaba un cargamento de hombres y vituallas.
Sir John había preparado un regreso desde Montreal con gran
pompa: llegaba al consejo con cientos de hombres, una milicia que había
bautizado como Royal Green. Además, el Barrymore desbordaba de víveres,
cañones, fusiles, pólvora negra y ron.
Esther había llegado a Canadá con sus tíos a principios de
primavera. Tenía que reconocer que, desde que había obtenido el cargo, en la
capital, el tío Daniel parecía otra persona. Hasta sus modales habían cambiado,
más resueltos: seguía la moda de Londres en sus trajes, incluso el acento
alemán era menos marcado.
Por todas partes se hablaba de guerra, nadie pensaba en otra
cosa. Esther observaba los rostros, expresiones decididas. Escuchaba lo que
decían, palabras inequívocas. «Venganza implacable», «romper los huesos», «los
Johnson se pondrán otra vez al mando», «el ejército de Su Majestad llegará
dentro de diez días».
Cuando el convoy había sido avistado desde los bastiones de
Oswego, una multitud se había reunido en la orilla a esperarles, mientras que
otros intentaban subir a bordo de barcas y canoas para ir a darles la
bienvenida y escoltar la caravana hasta el atraque. El entusiasmo era
irrefrenable, Esther había sentido una fuerte emoción y muchos sentimientos le
habían llenado el corazón. Durante el desembarco y el delirio de las
operaciones de descarga, hombres y mujeres habían acudido para echar una mano.
Esther había aprovechado el ajetreo para escabullirse entre la confusión
general. Había algo que tenía que hacer desde hacía mucho tiempo.
El pequeño cementerio detrás de la capilla estaba desierto. El
viento se llevaba los rumores del campamento y de la masa de hombres que
preparaba la guerra. Las ráfagas se abrían paso entre las cruces, trayendo
hasta allí el olor del lago.
La figura delgada se destacaba en medio de las tumbas, delante
de una pequeña lápida de piedra, flores de campo entre las manos juntas.
Madre, he vuelto.
De nuevo estoy en casa, madre mía, aunque nuestra casa está
lejos. Amo estos árboles, el agua, nuestros ríos. Hay muchos indios. Nuestros
indios. Hay un consejo importante, se decidirá la guerra. Dicen que un gran
peligro pende sobre nosotros, pero yo no me quedaré llorando a escondidas. Ya
no.
Aquí estoy, he vuelto.
He cruzado de nuevo el océano, para estar aquí contigo.
Ha pasado tanto tiempo y yo he cambiado. He crecido.
En Londres he aprendido muchas cosas. Hubiera podido quedarme,
tía Nancy no lo hubiera impedido. He preferido volver.
Para tomar mi lugar, como tú hubieras querido. Como hubiese
querido el abuelo.
Tía Nancy y tío Daniel decían que también estaría mi padre, pero
no lo he visto. No debe de estar. Hace tiempo que he dejado de esperarle. He
aprendido a vivir sin él. Otros han cargado mi dolor en sus espaldas. A uno de
ellos espero encontrarle aquí, un hombre valiente y bueno. También por eso he
vuelto.
Madre, estas flores frescas son el amor siempre vivo. Son la
sonrisa y la esperanza aun en los momentos difíciles. Son el apretón de la mano
que aparta el miedo y el dolor.
Me llamo Esther Johnson, hija de Mary, nieta de William. Esta es
la tierra donde he nacido, esta es mi gente.
16
Philip pensó que solo dos años antes realizaba el viaje de
Canajoharie a Oswego para acabar combatiendo en Canadá. Ahora la guerra estaba
en todas partes, y sin embargo siempre se partía de allí, de las orillas del
gran lago, donde los iroqueses se reunirían una vez más.
Oronyhateka señaló el humo que se elevaba sobre las copas de los
árboles. Ya estaban cerca.
Solo eran unos treinta, los últimos hombres válidos que quedaban
en Canajoharie, más el viejo sachem Tekarihoga. Había sido un viaje silencioso
e invisible, sin fuegos ni pausas prolongadas, en un territorio que ya era
hostil. En cada parada, Philip había oído el martilleo del pájaro carpintero.
Les seguía, volaba delante y por encima de ellos, controlando que el camino
estuviera libre, y con su golpeteo les incitaba a proseguir, a darse prisa.
Cuando las primeras tiendas aparecieron en los límites del
claro, Kanenonte lanzó un grito para anunciar su llegada. Kanatawakhon y
Sakihenakenta respondieron, mientras Philip se llenaba los pulmones con el
fervor que hacía arder el aire.
Algunos Highlanders sacaron trozos de carne hervida de un
caldero abollado. Philip se sentó junto al fuego y agradeció. Observó que las
llamas bajo el recipiente danzaban sobre las brasas. Pensó en lo que queda
después de la combustión: una sustancia polvorienta, seca. Astillas tiznadas,
ceniza grisácea. El fuego vivifica, pero también consume. La madera se deshace,
se convierte en esqueleto negruzco, desecho inútil, puro polvo.
Era un verano extraño, los temporales se sucedían con rabia,
rompían las ramas de los árboles, transformaban la tierra en fango viscoso. Al
sol, la piel del rostro ardía; a la sombra, el cuerpo temblaba.
Las copas de los pinos oscilaban en todas las direcciones,
cabezas de frailes empeñadas en cantar cada cual una estrofa diferente.
Todas las canciones eran dolorosas. El sabor de la carne parecía
estopa.
Al otro lado de la plaza de armas, una figura llamó su atención.
Una joven mujer caminaba hacia él. Philip sintió que una voz interior
pronunciaba un nombre.
Esther avanzaba, única silueta clara en la monotonía gris del
campamento. En el rostro una sonrisa leve, insondable. La amplia falda, sedosa
tonalidad entre rosado y amarillo, rozaba el fango; una cofia con bordes de
encajes protegía el peinado. Irradiaba una tenacidad que Philip había visto en
potencia aquel día, en Londres, cuando le había cogido la mano, y que ahora
parecía haberse desplegado. Alrededor de la muñeca, el brazalete que le había
regalado.
Philip se puso de pie.
—Señor Lacroix.
La voz se había hecho madura. Era una mujer. Podía sentir el
olor.
Philip no supo como dirigirse a ella. Se quedó callado. Esther
le miró de abajo hacia arriba.
—La niña que estaba escondida en la leñera, ¿recuerda? Ahora
tengo casi quince años.
—¿Qué hace aquí? —logró preguntar Philip—. Hay guerra.
—Mi tío, el señor Claus, suponía que hubiera podido ver a mi
padre. Tenía que venir de Nueva York. Pero yo sabía que no vendría.
Philip arrugó la frente.
—¿Lo sabía?
El rostro de Esther se cubrió con una sombra triste.
—No todos los hombres son valientes. —Clavó sus ojos en los de
Philip—. Solo alguno lo es bastante también por los otros. Y sabía que lo
encontraría aquí.
Philip se preguntó cómo era posible que esa joven mujer fuera el
mismo ser atemorizado que había dejado en Inglaterra. Solo había pasado un año.
Luego recordó que, a esa edad, el tiempo se contaba por días, y que los días
como los que habían vivido hacían crecer muy rápido.
—Ahora debo marcharme, señor Lacroix. Tía Nancy debe de estar
buscándome.
Philip se volvió a sentar junto al fuego. No pudo pensar en
nada, porque alguien se agachó a su lado.
No se veían desde hacía un año, pero Joseph habló como si
retomara un diálogo interrumpido.
—Así que Molly no ha querido venir.
—Cree que aún puede ser útil en la aldea.
Joseph asintió.
—Me lo imaginaba.
—Tu mensaje decía que estaban todos —dijo Philip—. Pero los
oneidas no están.
—¿Tiene importancia? Cada uno decide por sí —respondió Joseph—.
Somos parte de un gran ejército. Antes de que acabe el otoño estaremos en casa.
—Pinchó un trozo de carne, lo enfrió soplando y lo mordió. Tras haber masticado
largo rato, escupió el bocado en el polvo—. Esta carne es de madera. —Se
levantó y rozó el hombro de su amigo con la mano—. Partiremos dentro de dos
días —dijo—. Vamos a tomar Fuerte Stanwix. También estarán los senecas.
Estaba a punto de alejarse, pero se detuvo y se agachó de nuevo.
—Estoy contento de que estés aquí.
Philip le observó mientras cruzaba la plaza con pasos seguros.
Lo había logrado. Era un jefe.
17
En los bosques cercanos a Canajoharie, arándano y fresa habían
madurado en anticipo y las mujeres salían al alba para recogerlos húmedos de
rocío. Tiempo robado a labores más útiles y un cesto de bayas como botín,
apenas suficiente para endulzar la lengua de una familia de bocas hambrientas.
Sin embargo, nadie hubiera renunciado a los sabores del bosque, rito que daba
inicio al verano, garantía de orden y belleza.
Ese último año el valle se había asomado a un abismo, tierra de
conquista para una nueva nación, pero los pequeños frutos aún desprendían
aromas y cubrían el borde del precipicio. Dulces como las esperanzas, pensó
Molly. Rojos y negros como la guerra.
Tal vez era por eso que la gran visión de dos veranos atrás
había regresado, límpida como el aire después de la primera nieve. El funeral
de sir William, la tierra tan dura que no se podía cavar, el ataúd que se
deslizaba en las aguas, hacia la fuente.
Según las otras matronas era una profecía sobre lo que estaba
ocurriendo. Lo que va a contracorriente está destinado a regresar y Jefe
Grandes Negocios regresaría por medio de su descendencia, era preciso
prepararse para recibirle.
Por eso Molly había decidido quedarse, aunque Joseph le había
pedido que fuera. Por eso Ann podía comer arándanos, con los labios manchados
de morado y los ojos encendidos de novedad.
Llevó a los dos pequeños niños hacia los arbustos y los rayos
del sol. Ann y George se hincaron de rodillas y se pusieron a comer sin parar.
Molly aprovechó para alejarse un poco, al alcance de la voz,
hasta una roca de granito escondida entre los árboles. Esperó que el muchacho
no se demorara. Sin duda su ausencia ya se había notado. Hacía tiempo que los
whigs la espiaban, controlaban sus movimientos, las personas que entraban y
salían del almacén y de su casa. Pero no había ojos que fueran capaces de
hurgar en sus sueños, colocarse detrás de cada piedra del bosque, registrar uno
a uno a los clientes del almacén. Los espías rebeldes miraban sin ver y Molly,
con estrecha vigilancia, continuaba pasando noticias, información, despachos.
En el último mensaje, Joseph la informaba acerca de la gran
ofensiva planeada por los ingleses. El ataque a la colonia de Nueva York se
realizaría por dos flancos, para cercar a los rebeldes con una maniobra de
pinza. Mientras el general Burgoyne llegaba por el lago Champlain, Joseph se
encontraba con las tropas del coronel Saint Leger, que desde hacía dos semanas
asediaban Fuerte Stanwix. La situación estaba en punto muerto, pero tarde o
temprano los rebeldes se rendirían.
Lo que Joseph no sabía era que la noticia había bajado por el
río Mohawk, hasta llegar a los asentamientos de los colonos. Esa noche el
general Herkimer había partido encabezando a setecientos hombres de la milicia
rebelde, en dirección al fuerte, para prestar ayuda a los asediados. La columna
estaba confiada a guías indios, para evitar el río y no ser vistos.
El único camino alternativo para un contingente tan numeroso era
el antiguo sendero oneida que pasaba por la aldea de Oriskany. La marcha sería
muy lenta y un mensajero veloz podría anticiparse a los rebeldes al menos tres
días. Esto daría a Joseph el tiempo suficiente para estudiar un contraataque.
Molly escuchó rumores a sus espaldas y se detuvo, a la espera.
El joven salió del bosque y le sonrió.
—Dios te proteja, Degonwadonti.
La mujer se acercó y le entregó la carta, pocas líneas
redactadas esa mañana, que el muchacho escondió debajo de la camisa.
—Tienes que llegar hasta Thayendanega. Corre sin detenerte.
Corre con todas tus fuerzas, si es preciso.
La imagen del cadáver desfigurado de Samuel Waterbridge cruzó su
mente, pero la apartó enseguida y apretó el brazo del muchacho.
—Regresa sano y salvo.
Lo vio desaparecer entre los árboles. Se apresuró a llenar el
cesto con bayas y llamó a sus hijos para regresar a la aldea.
Mientras caminaba a lo largo del sendero, recordó a Nicholas
Herkimer en la sala de Johnson Hall, hablando con sir William y bebiendo té
negro. Luego lo recordó más viejo, cuando había visitado por última vez el
almacén, para convencerle de que mantuviera a su pueblo fuera de la guerra.
—Parece que Benjamin Franklin la ha tomado de ustedes, los
iroqueses, esa idea de una confederación —le había dicho sonriendo el alemán.
—Si el Congreso solo quisiera robarnos las ideas —había
respondido Molly—, el hacha de guerra de los mohawks todavía estaría enterrada.
Por un momento esperó que su hermano y Nicholas Herkimer aún
pudieran evitarse, pero sabía que era demasiado tarde. El valle nunca más
podría acoger a ambos. El mundo de Warraghiyagey había cambiado para siempre.
Miró sus propias manos y las de sus hijos teñidas por el zumo de
las bayas. Tuvo miedo. Visiones de sangre que enrojecía el río e inundaba el
bosque la asaltaron con fuerza. Comenzó a murmurar una plegaria en voz baja.
Pidió por Joseph. Pidió al Dueño de la Vida que le concediera la victoria sobre
los enemigos.
18
Cuando Nicholas Herkimer intentó volver a cargar la pistola se
dio cuenta de que sus manos temblaban. Tuvo que apoyarse en un tronco, tomar el
aliento necesario, colocar la baqueta en el cañón, apuntar el arma a ciegas
detrás del árbol y apretar el disparador. El único ruido que se escuchó fue el
del martillo que golpeaba en vano.
La pierna herida cedió, cayó al suelo y permaneció tumbado bajo
la lluvia que caía de las ramas e impactaba en el rostro.
Unas manos le agarraron y lo pusieron sentado, la espalda
apoyada en la corteza. Vio que bajaban hilos de agua hasta mezclarse con la
sangre en un pequeño charco. Ya no recordaba cuántas horas hacía que le habían
herido en la rodilla, la pierna era un trozo de madera.
El doctor Van Hoek le quitó la bota. Herkimer intentó no pensar
en el dolor. Escuchó que el capitán De Jong disparaba insultos detrás del árbol
contiguo. Su cuñado, voluntario lealista, le respondía con los mismos
proyectiles unas pocas yardas más allá. Estaba remontando todo el árbol
genealógico de la familia, desde antes de zarpar de Rotterdam.
Herkimer pensó que, en el otro lado, también debía de estar su
hermano. Y los primos de Williers. Y esos grandes hijos del diablo de los
Hough. Conocía a esa gente, algunos habían combatido con él durante la otra
guerra, junto a sir William Johnson. Buenos tiradores, santo cielo. Debía
agradecer a Dios por el temporal que había concedido una tregua.
Observó los cuerpos tendidos a su alrededor, algunos con el
cráneo rojo de sangre. Los lamentos de los heridos contrastaban el silencio de
la muerte. Uno de ellos levantaba los brazos al cielo, imploraba ayuda con la
voz que le quedaba. Le pareció reconocer a Sanders. Lo habían escalpado, pero
aún estaba vivo. Le habría dado el golpe de gracia, si alguna de las armas de
fuego hubiera funcionado. Los gritos de Neuman eran desgarradores. Yacía a
pocos árboles de distancia con un proyectil en las tripas, la sangre chorreaba
entre los dedos apretados contra el vientre. Lo sujetaban entre dos, pero no
conseguían que dejara de invocar a Dios y a su propia madre.
Solo un poco antes esos hombres estaban de pie, vivos. Parecía
que hubiera transcurrido un instante, pero la luz decía que ya era pleno día.
«¡No se dispersen, cierren filas! ¡Fuego a discreción!»
Había gritado las órdenes en mohawk dutch, para estar seguro de
que todos entendieran. La milicia había obedecido, se habían comportado bien,
como soldados, como un verdadero ejército. Pensó que tendría que informarlo a
Schuyler y a Washington. Tenían que saberlo. Los habían rechazado, por Dios.
También había indios allí entre ellos, y muchos. Demonios del bosque, salían de
la misma tierra.
«¡No se dispersen, permanezcan unidos!»
El ataque partió de ambos lados del camino. Una emboscada. Los
estaban esperando, alguien les había avisado. El primero en caer había sido
Jansen, herido en el pecho. En un instante la fusilería había hecho desaparecer
el bosque. Cegados por el humo, se habían formado en falange.
«¡En dos filas, divididos por parejas, uno dispara y el otro
carga!»
Disparar y volver a cargar en turnos alternos, sin dejar que los
diablos tengan tiempo de acercarse. Mantenerlos a distancia. Con los indios no
había salida en el cuerpo a cuerpo. Herkimer lo sabía, lo había aprendido
durante la otra guerra. Los que fueron alcanzados por los tomahawks estaban
boca abajo.
Desplazándose despacio, todos juntos, como una gigantesca araña,
se habían escondido en el monte. La salvación: para cada hombre un refugio de
madera sólida, una posición para responder al fuego, un lugar desde donde
vender cara la piel.
Herkimer sentía que la moral de los hombres tambaleaba, que el
miedo se colaba entre los árboles, silencioso y letal. Tarde o temprano, la
lluvia cesaría y la pólvora se secaría. ¿Podrían rechazar un segundo ataque?
Era la pregunta que cada uno se hacía en su propio refugio, acompañándola con
una plegaria.
Pensó en Gansevoort, bloqueado en Fuerte Stanwix, a pocas millas
de allí. Hubieran tenido que llevarle ayuda, aliviar el asedio. Había que
resistir como él lo estaba haciendo detrás de los bastiones. El Estado libre de
Nueva York estaba en peligro. Si hubiesen cedido, los ingleses se extenderían
por el valle del Mohawk y podrían atacar a Schuyler por el flanco izquierdo.
Tenían que esperar a que la luz disminuyera y luego dejarse
guiar por los oneidas fuera del bosque, para organizar la defensa valle abajo.
Los lamentos de Neuman comenzaron a martillear los tímpanos aún
más fuerte. Se retorcía, pataleaba para alejar la muerte que le estaba
atrapando. Irradiaba pánico, mientras del otro lado los indios hacían eco con
gritos animales.
—¡Que lo hagan callar, por Dios! —gritó alguien.
Herkimer pensó que tenían que resistir a toda costa.
—¡Capitán De Jong!
—A sus órdenes, señor.
El teniente se arrastró hasta el árbol, vio el calzón y la caña
de la bota empapados de sangre.
—Pasen la voz —ordenó Herkimer ignorando el dolor—. Cada hombre
se queda en su sitio. Permanezcan unidos. El que se lance al bosque está
perdido. Si no le encuentran antes los indios, morirá de hambre y sed.
De Jong cumplió las órdenes. Las palabras viajaron por entre las
ramas hasta perderse en la espesura del monte.
El doctor Van Hoek sacudió la cabeza.
—La herida está infectada. Tiene el proyectil en la rodilla
desde hace muchas horas.
Herkimer miró la herida con los dientes apretados. Astillas de
hueso asomaban en la carne. Todo el dolor del mundo se concentraba en el mismo
punto.
—Haga lo que tenga que hacer.
El doctor asintió.
—¡De Jong! —gritó Herkimer con voz grave. —A sus órdenes.
—¿Qué ha sido de nuestros exploradores?
—Señor, los oneidas están allí abajo. Dicen que ya han disparado
demasiado. Dicen que el acuerdo era para hacer de guías. No ven la conveniencia
de combatir todavía.
—Refiera esto —susurró el general—. Si pueden abrirnos una vía
de salida, me comprometo a conseguirles dos fusiles por cabeza.
Echó una mirada al doctor que rociaba ron sobre los
instrumentos. Apretó otra vez el hombro del capitán.
—De Jong, asegúrese de que las filas estén cerradas. O
permanecemos en orden cerrado o es el fin.
En ese momento una voz resonó del otro lado.
—¡Eh, Herkimer! ¿Me oyes? El próximo te lo meto entre los ojos.
El general reconoció el timbre y el acento. Tosió y tomó
aliento. Logró responder con voz segura.
—Entonces iremos juntos directo al Creador, Henry Hough.
El tormento de Neuman se hizo aún más fuerte. Una mano clemente
le tapó la boca, transformando los gritos en un quejido sordo.
Herkimer pensó en la moral de sus hombres. Hizo señas de esperar
al doctor y apoyándose en De Jong consiguió ponerse de pie. Habló con toda la
voz que tenía.
—¡Milicia del condado de Tryon!
Un amplio coro de voces respondió en el bosque cercano. Todos
tenían que escucharle. También los lealistas del otro lado.
—¿Pueden oírlos? Piensan que nos asustan. En cambio nos
alientan. ¡Que vengan! Los hemos rechazado una vez, lo haremos de nuevo. Este
bosque será su tumba.
—¡Será la tuya, Herkimer! —gruñó Henry Hough.
El general se apoyó en el hombro de De Jong.
—Recuerden que detrás de nosotros está Albany —gritó más
fuerte—. Aun cuando todos debamos morir en este condenado bosque, algo es
seguro: ¡no pasarán!
Una serie de provocaciones se levantaron desde las filas
rebeldes.
Herkimer se dejó caer. Van Hoek le enseñó una sierra, pero el
general le detuvo.
—Procúrese un hacha, doctor. No hay tiempo que perder.
19
Joseph observaba a una gran hormiga que caminaba sobre una rama.
El insecto transportaba una hoja grande como un naipe. Si los hombres tuvieran
esa fuerza, pensó, podríamos derribar con las manos los árboles que tenemos
delante y hacer salir de sus nidos a la milicia de Tryon en pocos minutos.
Había sido un enfrentamiento duro. Después de las primeras
descargas de fusilería, los guerreros se habían lanzado al asalto. Los hombres
de Herkimer habían resistido el ataque en el claro, luego se habían dejado
perseguir hasta el monte. La arremetida de los indios y de los Voluntarios se
había dispersado en mil regueros, hasta detenerse. El enfrentamiento se había
convertido en un caos indistinto de tiros disparados de un tronco a otro, a
pocos pasos de distancia.
Joseph había alineado a los Voluntarios detrás de los árboles,
mientras los guerreros retrocedían furiosos.
Los Royal Green de sir John también mantenían la posición, pero
en esa confusión era difícil entender quién disparaba a quién.
El resultado era que vivos, muertos y heridos se encontraban
desparramados en un área de varios cientos de yardas cuadradas de bosque.
Solo el temporal había interrumpido el combate.
Cuando el olor de hojas podridas y madera mojada comenzaba a
tapar el de la pólvora negra, Joseph se preguntó cómo aprovechar el punto
muerto.
Ese tenía que ser su día. Mientras los soldados ingleses
asediaban Fuerte Stanwix, él y sir John estaban guiando el contingente lealista
contra la columna de Herkimer. Los ingleses confiaban en él, el indio que había
conocido al Rey.
Alguien avanzó por el sotobosque y le distrajo de sus
pensamientos.
Sir John y McLeod. Con el nuevo uniforme verde, el escocés aún
llevaba el gorro de punta caída.
—Esto va mal —dijo Johnson, pálido—. Herkimer es un alemán
cabeza dura, lo conozco. Tendremos que hacerlos salir uno por uno.
—Ya hemos perdido muchos hombres —dijo Joseph. Sir John asintió.
—Herkimer también. Y no conoce estos lugares tan bien como
nosotros. Solo puede intentar escabullirse en la oscuridad. Muchos de los suyos
se perderán en el bosque, pero muchos más podrían lograrlo.
—Con su permiso, señor —intervino McLeod—. Los mismos que les
han traído aquí, pueden sacarles. Los guías oneidas son su salvación.
Joseph asintió. Las informaciones recogidas decían que esos
exploradores eran renegados de las tribus, mercenarios sin honor. Había que
pensar también en ellos. Nadie les echaría de menos.
Buder llegó hasta él, seguido por Walter y el jefe de los
guerreros senecas. Hasta ese momento, sus indios habían observado el
enfrentamiento al borde del monte.
—Los senecas están impresionados —dijo Butler guiñando un ojo,
hablando en inglés—. Dicen que hoy los hombres de Joseph Brant han demostrado
que no temen a la muerte.
Joseph asintió y respondió en el mismo idioma, mirando al jefe
del grupo guerrero.
—Refiera a Sayengaraghta mis palabras, capitán Butler. Dígale
que Joseph Brant quiere que él y los suyos se queden a un lado como las mujeres
y contemplen nuestro valor. Así no tendremos que compartir con nadie el honor
de este día.
Butler torció la boca con una mueca burlona. El seneca escuchó
la traducción y apretó las mandíbulas con rabia. Por un momento pareció a punto
de estallar, pero Joseph le dio la espalda.
Escuchó el aire. Una quietud siniestra reinaba en el bosque.
Comprendió que ese era el momento.
Miró a los ojos a los blancos, uno tras otro. Los de McLeod
brillaban de impaciencia. Sir John asintió brusco sin decir nada.
Butler estaba desconcertado, como si no estuviese seguro de
haber entendido lo que estaban pensando los demás. Los párpados entornados como
rendijas sondearon las intenciones del indio.
—La pólvora aún no está seca —objetó.
Cuando no recibió respuesta, se dio cuenta de que había
entendido bien. Su hijo Walter blandió el hacha.
El viejo capitán se encasquetó el sombrero en la cabeza.
—Está bien, malditos locos. Acabemos con esto de una vez.
Philip Lacroix no se había pintado el rostro, sin embargo
emanaba un aura de fuerza y amenaza. Durante el primer asalto había impedido
que los jóvenes se lanzaran a ciegas contra los enemigos, había contenido su
impulso y encontrado buenos refugios para hostigar a la milicia. Al principio,
los jóvenes habían protestado y maldecido, pero se habían callado cuando muchos
guerreros habían caído en el claro, tumbados por los proyectiles. Habían
empezado a disparar por detrás de los árboles y las rocas.
Philip observó el grupo de abetos donde se habían refugiado los
exploradores oneidas de Herkimer.
Poco después, unos veinte jóvenes mohawks avanzaban en silencio,
guiados por el Gran Diablo.
El alarido cortó el aire húmedo. Joseph levantó el tomahawk y a
sus gritos se unieron los de todo el contingente lealista. La señal atravesó el
bosque, replicada de un árbol a otro.
Un segundo coro resonó al borde de la vegetación. Los senecas
entraban en batalla. Su jefe Sayengaraghta gritaba a Joseph Brant que le
mostraría cómo sabían morir los senecas. Joseph se sintió satisfecho y
eufórico. Se lanzó a correr entre los árboles, Kanatawakhon y Sakihenakenta
cubriendo sus flancos. A su paso, los Voluntarios salían a cielo abierto y le
seguían gritando su nombre.
Impactaron contra la primera fila de milicianos, trabándose con
quien encontraban delante, y rodaron por el suelo, en una cascada de hojas y
fango.
Philip se quedó a una cierta distancia, desde donde podía contar
a los adversarios. Eran unos treinta, bien armados y en guardia. Esperaban a
entender cómo seguiría la batalla, para decidir qué debían hacer. Había también
algunas mujeres, para transportar víveres y municiones.
Philip podía percibir el odio de los guerreros por los oneidas.
Localizó al más grande, una mole impresionante, entonces salió solo a cielo
abierto, armado con maza y cuchillo. Cuando le vio avanzar, el gigante recogió
el desafío con amplios gestos de asentimiento. Philip esquivó su hacha y le
apuñaló en el hígado.
En ese instante, los mohawks se lanzaron al ataque.
Royathakariyo, los ojos en blanco y terribles en su cráneo
pintado de rojo, cayó primero sobre los enemigos, rompiendo cabezas con la
culata del fusil. Nada parecía poder detenerle, hasta que una de las mujeres
apareció por detrás y le clavó un cuchillo en la espalda.
Oronhyateka, las dos manos pegadas contra el pecho, como las
alas de un águila, se echó al suelo y con dos golpes certeros cortó los
tendones de los tobillos de los guerreros, que cayeron como títeres. Kanenonte
llegó hasta la mujer que aún blandía el cuchillo y le golpeó el rostro con el
tomahawk. Sangre y dientes volaron por los aires.
Sir John dispuso que los Royal Green se pusieran los uniformes
vueltos del revés, para ser blancos menos reconocibles. Dio la orden de ataque
y salieron de los refugios con las bayonetas caladas en los fusiles.
Los Highlanders empuñaron los sables. Cormac McLeod besó los
símbolos rúnicos de la empuñadura. El arma había pertenecido a su padre; los
signos grabados se remontaban hasta antes del reinado de María Estuardo, antes
de que existiera un rey de Escocia y de Inglaterra, cuando el secreto de la
fuerza se transmitía a través de fórmulas mágicas que solo pocos conocían.
Levantó la espada al cielo.
—Bualidh mi u an sa chean! —gritó.
Los escoceses le siguieron con el ímpetu de antiguos guerreros.
Herkimer miró otra vez al cielo, el alma salida fuera del
cuerpo, suspendida lo suficiente para notar que la luz era más intensa y las
nubes se despejaban, para luego caer enseguida dentro de la jaula de carne con
un singulto de dolor cegador.
Los seis hombres que lo sujetaban se abrieron como los pétalos
de una flor. Van Hoek cauterizó el muñón con un cuchillo al rojo.
Herkimer se desmayó. Cuando recuperó el sentido, se dio cuenta
de que aún podía respirar y oír el fragor del enfrentamiento que destrozaba el
bosque.
Ramas partidas, cuerpos echados al suelo, gritos, figuras
veloces que corrían en todas las direcciones. Los milicianos le hicieron de
escudo, blandiendo los fusiles como clavas, pero enseguida fueron alcanzados
por Henry Hough y los suyos.
El general sintió que le levantaban y lo arrastraban. Consiguió
ver cuando De Jong retrocedía del ovillo de perros rabiosos, el sable empuñado,
gritando órdenes a los defensores para recomponer una fila ordenada. Las
fuerzas le abandonaron, Herkimer dejó caer la cabeza hacia atrás. Vio que las
copas de los árboles pasaban sobre sí, alternadas con finas tiras de cielo
claro. Tenían que resistir un poco más, y la pólvora se secaría. Ahora los
ruidos llegaban más atenuados, envueltos por un zumbido sordo.
—General Washington —murmuró—. Hoy, 7 de agosto del año 1777 yo,
Nicholas Herkimer, general de la Milicia del condado de Tryon, escribo a Su
Excelencia, poniendo a Dios como testigo.
En la línea de defensa, De Jong hirió a un adversario y le clavó
una bota en el pecho para liberar la hoja. Una avalancha confusa de cuerpos
removía plantas y hojarasca, astillaba huesos y cortezas, esparcía sangre y
tripas.
—Excelencia, hoy los milicianos voluntarios de Tryon han
resistido la emboscada de un contingente mixto de lealistas y guerreros indios,
de igual entidad o incluso superior en número.
De Jong paró la arremetida de un soldado en casaca verde que
había conseguido superar la barrera, con la espada le abrió la garganta de lado
a lado. Gritó otra vez a los milicianos para que cerraran filas, que no los
dejaran avanzar.
—Ninguno de ellos ha retrocedido ni un solo paso. Cada patriota
bajo mi mando ha devuelto golpe por golpe, prefiriendo caer en un abrazo mortal
con el adversario antes que ceder el campo.
De Jong recibió un mandoble en la cabeza. El capitán rodó sobre
sí mismo, se levantó, cegado por la sangre que le caía sobre los ojos. Se tocó
la frente, el corte llegaba al hueso. Consiguió arrastrar un poco la espada,
luego cayó de rodillas.
—General. Doy fe y solicito que proponga que la milicia de Tryon
reciba la medalla al valor del Congreso. Dios salve a América.
De Jong intentó levantar la espada, pero su brazo cayó inerte.
La estocada le cortó el aliento. Lo último que vio fueron las runas grabadas en
el metal clavado en su costado.
Oronhyateka era una flecha que atravesaba el bosque. Philip
corría junto con él, pocas yardas por detrás. Lo vio llegar hasta un oneida,
echarle una zancadilla y hacerlo caer. Con un solo movimiento se subió a su
espalda y le cortó la cabellera. La agitó en alto, gritando insultos a los
enemigos.
Cuatro guerreros caminaban hacia atrás, protegiendo a un oneida
que cojeaba. El del medio vio a Philip y gritó:
—Tú eres el Gran Diablo, ahora te reconozco. Te desafío. Yo soy
Honyere Tehawengarogwen. Hoy he conseguido doce cabelleras. ¡Te mataré y todos
conocerán mi nombre!
La última sílaba apenas tuvo tiempo de salir de los labios.
Philip se lanzó hacia delante remolineando la maza, piedra de río montada en
una clava. Descargó un mandoble y destrozó el cráneo del guerrero. Ruidos de
huesos machacados en un mortero. Percibió un movimiento frente a sí y se agachó
de repente, con una patada tiró al suelo al segundo oneida, se echó sobre él,
lo apuñaló en la garganta y enseguida rodó lejos. El tercero se abalanzó sobre
él, pero un mazazo desde abajo le partió la cara. Mientras Philip se levantaba,
el cuarto oneida le rozó con un golpe de tomahawk. Se arrojaron uno contra el
otro. Philip le abrió el vientre desde la ingle hasta el estómago.
Se encontró otra vez de pie mirando a los ojos al último enemigo
que quedaba.
Shononses, sachem de los oneidas.
El viejo jefe jadeaba, la orenda dejada en la batalla, el honor
perdido con la fuga.
Oronhyateka se había paralizado, miraba al Gran Diablo con aire
atónito. Todo el enfrentamiento había durado menos que un pensamiento.
—¡Mátalo! —gritó—. ¡Mátalo, Gran Diablo!
Philip miró a Shononses. El anciano respiraba con dificultad,
una especie de gorgoteo. Costillas rotas habían perforado los pulmones, que
ahora se llenaban de sangre. Intentó levantarse, con el tomahawk empuñado.
Philip esperó a que estuviera de pie.
Levantó la clava y golpeó al viejo con toda su fuerza.
Los gritos de Oronhyateka celebraron el obsceno crujido,
semejante a una blasfemia sin palabras.
Kanatawakhon se detuvo detrás de un árbol, apuntó y disparó. Por
instinto Joseph aceleró el paso, bajo el peso de Sakihenakenta. Los músculos le
dolían y el sudor le cegaba, pero jamás hubiera dejado el cuerpo del guerrero a
los cuervos. Había muerto a su lado, merecía un funeral y una digna sepultura.
No recordaba el momento exacto en que las armas habían vuelto a disparar. Había
descargado las pistolas de lord Warwick contra los enemigos, tan cercanos que
se veía el color de los ojos. Los proyectiles silbaban entre las ramas, los
hombres caían. La milicia continental aún resistía.
Si quería ser un jefe tenía que ser sabio.
Si quería mandar, tenía que saber tomar las decisiones
correctas.
Había hecho resonar el alarido del clan, repetido por
Kanatawakhon con todo su aliento.
Lo había hecho antes de que los gestos de ese día de sangre
perdieran sentido, borrados por la matanza. Matar y morir debían seguir
teniendo un significado en el cuadro de la guerra y en el ciclo de las cosas, o
cada esfuerzo sería vano y el caos prevalecería.
Llegaron a una loma al cubierto de los árboles y Joseph depositó
el cuerpo de Sakihenakenta entre los helechos. Se volvió para mirar a los
Voluntarios, continuaban disparando mientras retrocedían. La sangre los había
exaltado. Uno de ellos agitaba en alto una cabeza como trofeo.
20
Músculos doloridos, carne desgarrada, agujeros de bala. Sangre
coagulada entre párpados y ojos, los oídos guardaban truenos.
Para los guerreros la jornada había terminado así, con el
recuento de los sentidos caídos, heridos, perdidos en el enfrentamiento.
Exhaustos, se habían desplomado a pocas millas del lugar de la batalla. De los
lechos de ramas y mantas subían gemidos y ronquidos.
Philip estaba sentado en un tronco cubierto de musgo, brazos
cruzados y codos en sus costados, incapaz de conciliar el sueño. La noche
humedecía la piel, los fuegos estaban lánguidos. Quién sabe si Joseph estaría
durmiendo.
Los centinelas eran presencias remotas. Al otro lado del claro
otros más estaban despiertos. Guerreros jóvenes, demasiado agitados para
dormir. Por momentos una frase cruzaba el aire:«... los oneidas creían...»,«...
ya no son tiempos de...». Rumores nocturnos, nada más.
A su lado se sentó alguien. Philip no había oído pasos que
pisaban la hierba.
El hombre habló en mohawk, pero con un acento que llenó de
malestar a Philip. La voz era ronca, un carraspeo prolongado en el tiempo.
—Siempre es así. Recuerdo cómo estaba después de mi primera
batalla: habría podido hablar durante días y días. Gracioso: hoy de aquel
enfrentamiento recuerdo muy poco.
Philip no respondió, ni se giró para ver quién era su compañero
de vigilia. Siguió mirándose los pies.
Permanecieron en silencio por largos minutos. Philip se encorvó
un poco más y se rodeó con sus propios brazos: sentía frío.
Al otro lado del campo, las voces se habían apagado. Los jóvenes
habían encontrado el sueño.
—Ahora debo irme —dijo el desconocido—. Que tengas buenas
noches, Gran Diablo.
Había hablado en oneida.
Philip se volvió para mirarlo.
Shononses tenía la cabeza destrozada, un ojo vacío, la cara
cubierta de sangre. Se levantó y desapareció en la noche.
Philip pensó: a buenas horas ha llegado. Me he vuelto loco.
Cogió un palo y fue a reavivar las brasas del fuego más cercano.
Las llamas tomaron cuerpo, secando el aire de un trozo de noche.
Frente a Philip, una niña extendió las manos para calentarse.
Una niña.
Philip la conocía. La conocía bien. Los labios temblaron, las
mandíbulas retuvieron el alma en la boca, las lágrimas invadieron los ojos.
Un corte le atravesaba la garganta, el vestido estaba manchado
de sangre.
Detrás de ella, una mujer, también malherida. Con una mano le
acariciaba la cabeza y le despeinaba los cabellos.
Philip cayó de rodillas, los brazos inertes, llorando como un
chiquillo.
La niña le sonrió.
—No puede ser—dijo Philip, implorando a esposa e hija—. Habéis
muerto hace mucho tiempo.
La niña se acercó y tendió las manos. Quería que su padre la
cargara en brazos.
Philip quería hacerlo. Habría querido. Lo deseaba desde hacía
muchos años, con toda su alma. No había pasado noche sin que soñara que la
abrazaba otra vez. El rostro del guerrero, devastado por el llanto, se repuso
para formar una sonrisa, una sonrisa desesperada, ven, hija mía, ven. Pero su
madre la llamó:
—Vamos, mi niña. Vamos.
La niña agitó el brazo para saludar a su padre. El corazón de
Philip estalló. Madre e hija se alejaron cogidas de la mano. El fuego
continuaba ardiendo.
¿Había sido un mal sueño? El peor de su vida.
El peor de la vida de cualquiera, de todas las vidas juntas.
Philip se levantó, se limpió los ojos con la manga. Sobrevino el
hipo para hacer temblar la garganta, y la noche estaba más fría que nunca,
incluso junto al fuego.
Una mano se posó en su hombro. Ligera.
Philip se volvió y vio a sir William.
El viejo era casi transparente, incorpóreo. Sonreía. Paterno.
Triste.
Con él estaba un caballero de aspecto austero, sólido, opaco
como los vivos, sin que nada hiciera pensar en la muerte.
Aparte de la pierna cortada, que aún chorreaba sangre.
Se mantenía en pie gracias a una muleta.
Sir William se despidió con un gesto con la barbilla. Hora de
marcharse.
Se alejó con el desconocido. Philip lo siguió con la mirada
hasta el final del claro.
Desaparecieron, y ya no volvieron a aparecer.
21
El bien de las Seis Naciones. Todos lo querían. Cada palabra se
decía por el bien de las Seis Naciones. Cada iniciativa se proponía por el bien
de las Seis Naciones.
Las Seis Naciones tenían que vivir. Para vivir, tenían que
curarse del mal de la traición. Para curarse, tenían que purgarse y expulsar a
los traidores, excrementos envenenados que retorcían las tripas. Los traidores
eran los oneidas. Atacar a los oneidas era necesario.
Esta era la postura de los jóvenes guerreros mohawks. Kanenonte
la exponía con fervor y ojos inundados de lágrimas, golpeándose el pecho
cubierto de moratones, en medio de estallidos ensordecedores de «Oyeh!»—.
Joseph escuchaba en silencio. En el pasado hubiese traducido
esas invectivas en beneficio de los blancos. Ahora no. El que se hablaba era un
idioma universal, el idioma del odio y de la venganza. Se lo hablaba con los
ojos, las arrugas de la frente, las líneas alrededor de los labios, el
movimiento de brazos y piernas. Se lo hablaba con las gotas de sangre que
brotaban de heridas apenas cicatrizadas. Se lo hablaba con dedos cerrados en
puño, rechinar de dientes, lágrimas. Nadie levantaría la mano para interrumpir
y decir: «No he entendido».
La cabeza de Joseph era un enjambre de dudas. Una pequeña aldea
oneida, no más de cien habitantes, a pocas millas de distancia. Viejos,
mujeres, niños. La propuesta era saquearlo. Por el bien de las Seis Naciones.
Tomó la palabra Oronhyateka: los oneidas habían guiado a los
rebeldes de Herkimer y combatido junto a ellos, contra los guerreros del Pueblo
de la Piedra. No se trataba de unos pocos renegados, como habían creído al
principio, sino de los hombres más válidos de aquella nación, e incluso de uno
de sus sachems. Era una conducta deshonrosa. Les habían traicionado. Se habían
dejado instigar por Kirkland y habían apoyado a los ladrones de tierras indias,
esa gentuza que invadía con desprecio la casa de Warraghiyagey.
Joseph observó la expresión de John Johnson, pero el rostro del
heredero de sir William era indescifrable. Junto a este último, Daniel Claus
tenía la mirada fija en el vacío.
Joseph intentó imaginarse sus pensamientos. En Oriskany, indios
y voluntarios blancos habían superado la prueba de la batalla y sembrado el
terror en los enemigos. Habían hecho su parte. El mismo Herkimer debía de estar
muerto, o moribundo. Eso era bueno. Nada de refuerzos para los rebeldes
asediados en Fuerte Stanwix. Era tarea del coronel Saint Leger y el ejército de
Su Majestad acabar el trabajo y extenderse hasta Albany. Siempre que el asedio
no durara demasiado. Si no conseguían tomar Fuerte Stanwix, la victoria de
Oriskany se revelaría inútil.
Una escaramuza entre indios era la última preocupación de Claus
y sir John. Si no era posible evitarla, había que considerarla como un pequeño
tributo, un incidente periférico. Un peaje para poder transitar por esa calle,
como sucedía en Europa. La traición de los oneidas era una llaga que había que
sajar y cauterizar de inmediato. De lo contrario, el pus del rencor la
hincharía y haría que se pudra. La infección se extendería en guerra abierta,
los mohawks desperdiciarían vidas y energía para matar a otros indios en vez de
combatir contra los whigs. Dejar hacer, por tanto.
¿Y Joseph? ¿Qué decisión tomaría?
Al otro lado del círculo de hombres, John Butler estaba de pie
con los brazos cruzados apoyado en un árbol. Sentado a pocas yardas de
distancia, su hijo Walter, impaciente, contrariado. Para los Butler, «acabar el
trabajo» significaba también liberar al resto de la familia, aún prisionera de
los whigs. Para Walter, quedarse sentados hablando sobre el honor indio era una
pérdida de tiempo, mientras su madre y sus hermanos se pudrían en prisión,
víctimas de quién sabe qué abusos. Se le podía ver en la cara. Arrancaba
briznas de hierba y las trituraba hasta hacerlas polvo. Las yemas de los dedos
estaban verdes.
Oronhyateka proseguía: los oneidas se habían aliado con villanos
que desde hacía años robaban las tierras de los mohawks, con engaños y contra
las leyes. Los oneidas tenían que ser castigados. Enseguida, sin esperar. En
nombre de la Gran Paz, el honor de la Casa Larga, el espíritu de Sakihenakenta,
Royathakariyo y los otros caídos.
«Oyeh! Oyeh! Oyeh!»
Alguien pidió el parecer de los blancos presentes.
Cormac McLeod dijo que era un asunto entre indios. Los
Highlanders se quedarían fuera, no apoyarían una represalia ni la impedirían.
Como escocés, sabía lo que era una guerra entre clanes. Cada cual tenía que
resolverlo como mejor creía.
Henry Hough se levantó y dijo que él y los otros Voluntarios
acompañarían a Joseph Brant, fuera cual fuera la decisión que tomara.
Todos miraron a Joseph, esperaban que hablara, pero no lo hizo.
Con un gesto comunicó distancia, espera, cautela. Miró por un momento a Butler.
El hombre de Fuerte Niagara no le devolvió la mirada.
Ningún otro blanco habló.
En nombre de los senecas, tomó la palabra Sayengaraghta. Habló
con solemnidad. Dijo que sus guerreros habían llegado hasta Oriskany solo para
observar, pero en el furor del enfrentamiento se habían tenido que unir a los
hermanos mohawks. Dijo que mucha sangre de valientes había sido derramada, que
el honor guerrero de los mohawks y sus amigos había impresionado a los senecas.
Añadió que el recuerdo de una batalla tan hermosa no podía ser ensuciado por
vacilaciones solo un día después. Una de las naciones de la Liga se había
comportado en forma despreciable. Los hermanos menores habían levantado los
tomahawk y encendido las pólvoras contra los mayores. Senecas y mohawks eran
los guardianes de las puertas de la Casa Larga. Juntos, cumplirían con su deber
y castigarían a los traidores, indignos de permanecer bajo ese techo. La aldea
oneida debía ser saqueada, por el bien de las Seis Naciones.
Joseph escuchaba, sopesaba, reflexionaba. Vio que el Gran Diablo
se levantaba, llegaba hasta la primera fila y colocaba en el centro del círculo
la maza que había matado a Shononses.
—Los traidores han muerto en el campo. La venganza ya ha sido
cumplida.
El silencio permaneció inviolado. Philip no dijo nada más, se
sentó de nuevo a un lado y cargó la pipa. Preguntas desconcertadas pasaron de
una cabeza a otra, sin necesidad de respuesta. Los brazos de Oronhyateka
cayeron a sus costados, en los ojos la expresión incrédula de quien ha recibido
una cuchillada en lugar de un abrazo. Los senecas parecían estar divididos
entre rechazo y respeto.
Joseph miró a su amigo y pensó que en su lugar hubiera hecho lo
mismo. Ningún guerrero de la Casa Larga había derramado jamás la sangre de un
sachem. Si había un hombre que había saldado sus cuentas en batalla con los
oneidas, se llamaba Philip Lacroix.
Los equilibrios entre las Seis Naciones eran un problema otra
vez. Un problema para Joseph Brant, el indio del Departamento que había dejado
de ser un simple intérprete. Ya no tenía que referir, adaptar, embellecer las
palabras de otros. Las palabras más esperadas eran las suyas.
Si no hubiese apoyado la venganza, hubiera herido el orgullo de
los guerreros y decepcionado a los senecas. Todo hubiera comenzado a
disgregarse. Tenía que contentar a todos.
Tenía que mostrarse a la altura de la tarea que había asumido.
Se levantó y cogió el arma de Philip.
22
Los primeros en llegar fueron los Royal Green y los indios
canadienses.
Desde el bastión del fuerte, Esther observó que los infantes en
uniforme verde marchaban por delante, ansiosos de un catre y una chimenea.
Algunos tenían un brazo en cabestrillo o la cabeza vendada. Otros eran llevados
en camillas de fortuna. A la cabeza cabalgaba sir John, sobre un frisón negro.
El caballero le dirigió una mirada fugaz, en el rostro la fatiga de la marcha,
la casaca polvorienta. Tío Daniel lo seguía a corta distancia, a un lado de la
columna, también él a caballo. Tía Nancy lo esperó en la entrada y se dieron un
rápido abrazo.
Aquella noche, Esther les escuchó hablar mucho. Tío Daniel
contaba sobre una batalla furiosa, más allá del lago Oneida. Habían muerto casi
doscientos hombres por cada parte, muchos otros habían sido heridos. Los
rebeldes asediados en Fuerte Stanwix habían aprovechado para realizar una
salida contra el campamento británico, saquearlo y tomar prisioneros. Por si
fuera poco, se había corrido la voz de que un segundo contingente rebelde
estaba llegando para refuerzo de los asediados. Esto había desalentado a los
indios, que habían decidido regresar. Saint Leger había levantado el asedio
para reorganizar las fuerzas.
La tarde del día siguiente llegaron los regulares. Una fila
ordenada y escarlata apareció en el sendero que bordeaba el río, parejas de
mulos arrastraban cañones y vituallas. El coronel Saint Leger no miró a ninguno
de los circunstantes que estaban en la explanada para acogerlo. Fue derecho a
la plaza de armas y luego a los alojamientos de los oficiales, seguido por
Claus y sir John.
Esther bajó de los bastiones con los ojos en llamas por haber
mirado el horizonte todo el día. Olvidó recitar las plegarias y dejó volar el
pensamiento hacia las zonas del interior, a los páramos de agua y bosque que
devolvía a los hombres poco a poco, nunca todos juntos, rara vez enteros.
Intentó soñar, pero solo obtuvo un sueño breve y agitado.
Dos días después llegaron los voluntarios de Joseph Brant. Su
marcha silenciosa atravesó el ocaso. El jinete que los guiaba montaba una yegua
gris. Cuando pasó por debajo de su apostadero, Esther lo reconoció, la casaca
roja con grado de capitán, la bandera del Reino que pendía de la silla, el
cráneo calvo con cresta larga y emplumada. Impresionante y robusto, era como si
el mástique hubiera grabado los rasgos de Joseph Brant en una máscara.
Detrás estaba John Butler, triste y espectral. Su hijo no
estaba. Esa tarde Esther habría de saber que Walter se había lanzado en una
loca aventura. Ir río abajo por el Mohawk con pocos hombres, en busca de
rehenes para intercambiar con su madre y sus hermanos, aún prisioneros en
Albany.
Muchos voluntarios blancos vestían a la manera india, llevaban
pinturas de guerra en la cara y cabelleras en la cintura. Apestaban a bestias
salvajes y carne podrida. Eran predadores cansados. Uno de ellos llevaba debajo
del brazo un saco sanguinolento, asediado por los insectos. Esther no quiso
imaginarse lo que podía contener.
El aire fresco de la tarde se coló entre los pliegues del
vestido. La muchacha tembló. Era el último día de agosto, pronto el otoño
llegaría al lago. Las orillas se teñirían de amarillo y anaranjado, esperando
que el viento del norte barriera el terreno preparándolo para la primera nieve.
Esther pensó otra vez en las palabras de tío Daniel: esa «retirada
estratégica», así la había llamado, significaba que no volvería a ver su casa
antes del año próximo. Tía Nancy había preguntado si pasarían el invierno en Oswego.
—No —había respondido tío Daniel—. Regresaremos a Montreal con
sir John y sus hombres.
—¿Y los indios?
—Irán a Fuerte Niagara con Butler.
Los veteranos de la expedición guardaban un secreto. En el río
Mohawk tenía que haber ocurrido algo terrible. Algo que los había cambiado para
siempre y tendría repercusión en sus destinos.
Aquella noche no pegó ojo. Sentía que él estaba vivo y que
llegaría. Una voz de la mente sugería que podía estar muerto, pero ella no lo
creía.
Poco antes del alba, cayó en un duermevela agitado. Soñó el
reflejo de las hojas en el agua, la proa de una barca que surcaba el lago. Se
despertó de golpe y supo donde ir a buscarlo.
Sin que se dieran cuenta tía Nancy y las criadas, se escabulló
hacia fuera. Envuelta en un chal, los cabellos bajo una gran cofia blanca,
cruzó el campamento en medio de la claridad que precedía al alba. Pasó entre
las tiendas y las barracas, animadas por los primeros carraspeos y rezongos.
Aquel día, voces sobre un fantasma que merodeaba entre las barracas habían
circulado por el campamento. Bajó al embarcadero rápido y en silencio. Los
barcos eran colosos durmientes, las barrigas acariciadas por las olas.
En el muelle vio dos figuras enfrentadas. Cruzaban palabras que
no conseguían llegar hasta donde estaba. Cuando uno de los dos se alejó, Esther
se escondió bajo los pilares de madera y esperó a que pasara sobre ella.
Espiando reconoció a Joseph Brant, la misma expresión dura que cuando había
llegado el día anterior.
Llegó corriendo hasta el final del muelle, donde el otro hombre
estaba aparejando una embarcación ligera.
Cuando Philip Lacroix advirtió su presencia, se volvió para
mirarla muy serio.
Esther dirigió su mirada en dirección a Joseph Brant que subía
hacia el fuerte. Miró la barca.
—¿Adonde van?
Philip quitó la funda a la vela enrollada.
—Donde irá mi gente. A Fuerte Niagara.
—Llévenme con ustedes —dijo ella sin titubear.
Philip dejó de inspeccionar el fondo en busca de filtraciones y
levantó la cabeza. La observó, como si quisiera medir su determinación.
—Debe quedarse con su familia.
—Mi madre está muerta. Mi padre está a mil millas de aquí. Mis
hermanas son unas extrañas. En Londres, cada vez que pensaba en regresar, no lo
hacía por nadie que aún estuviera vivo. Excepto ustedes.
Philip pareció no querer seguir escuchando, subió al muelle,
desató el cabo que mantenía amarrada la barca y comenzó a enrollarlo.
—Le ruego, quieren llevarme a Montreal —añadió ella.
—En Canadá estará más segura.
—En Londres también lo estaba, pero he decidido regresar.
—Tal vez no debía haberlo hecho —dijo Philip—. Ahora regrese,
antes de que alguien se alarme.
Se subió a la embarcación y apoyó un remo contra el pilar del
muelle.
Esther le vio bogar unas yardas lago adentro, en el ritmo
plácido de la marea baja.
Miró hacia abajo, luego de nuevo el horizonte. Los ojos
atraparon la luz del día naciente, reflejando el verde del lago. La brisa
levantó los bordes de la cofia que no conseguía contener los largos cabellos
rubios. La barca se alejaba.
Saltó.
Una oscuridad gélida y sorda la envolvió, cortó el aliento,
comprimió los pulmones, contrajo piernas y brazos.
Esther emergió, intentó nadar, pero nunca nadie se lo había
enseñado. Volvió abajo, el horizonte desapareció y reapareció otra vez, braceó,
tragó agua. El peso de las ropas la llevó hacia el fondo, los músculos rígidos
por el frío, la falda se abrió como una flor en el lago. Una estatua vestida,
el mascarón de proa cándido de un barco naufragado.
Esther.
En un rincón de la mente una voz de mujer pronunció su nombre.
Esther.
Abrió los ojos y comenzó a agitar los brazos y piernas en
dirección a la superficie, se sintió arrastrada por una fuerza invisible. Salió
al aire, a los sonidos, a la luz, en un conato de vómito y vida. Con una
convulsión volvió a respirar y a toser. Se aferró al bichero que estaba
enganchado en el vestido, mientras una mano la agarraba y la arrastraba hasta
el fondo de la barca.
Tosió otra vez, vomitó agua.
Cuando la respiración se volvió regular, miró al hombre por
debajo de los mechones mojados. La expresión de Philip no traslucía emociones.
Esther vio que la orilla se alejaba: no estaban volviendo atrás.
Un alivio profundo le inundó el corazón, mientras los dientes empezaban a
castañetear.
El le arrojó una piel enrollada.
—Quítate la ropa y abrígate con eso.
La muchacha se quedó paralizada, indecisa sobre si rendirse al
pudor o al temor a la pulmonía. Sin decir nada, Philip desplegó la vela y la
interpuso entre los dos, dejando que la brisa la hinchara.
La embarcación comenzó a avanzar más rápido. Esther se desvistió
deprisa y se envolvió en la piel cálida, larga hasta los pies.
Observó la superficie del lago y vio reflejadas las hojas como
en el sueño de la noche anterior. Navegaban a lo largo de la costa meridional
perseguidos por los rayos del sol. Garzas y colimbos recorrían las orillas en
busca de comida, levantando la cabeza para verles pasar. Mecida en la proa, la
cabeza que asomaba entre las pieles oscuras, dejó que la plácida tibieza le
calentara el cuerpo y el alma. Las orejas ardían, los dedos de los pies y de
las manos empezaban a moverse uno a la vez.
La voz de Philip rompió el silencio.
—Podías haber muerto.
—Sabía que no lo permitirías —respondió ella.
—Tú crees que sabes muchas cosas.
Esther sacudió la cabeza.
—Estoy aquí para encontrar mi lugar.
—Entonces deberías haber ido a Montreal con los Johnson.
La muchacha miró al oeste, más allá de la proa.
—Soy la nieta de sir William. Voy donde hubiera ido él.
Al día siguiente atracaron en un poblado de pescadores cayugas.
Philip cruzó con ellos pocas palabras, querían saber sobre la batalla de
Oriskany y de Fuerte Stanwix. Uno de ellos preguntó por el Gran Diablo. Philip
dijo que, por lo que sabía, había caído en el campo. La noticia los impresionó,
dejándoles mudos. Fumaron en honor del guerrero ilustre. Philip trocó una caja
de tabaco por un vestido y un par de mocasines de buena hechura. A la mañana
siguiente, cuando llegó a la barca, encontró a Esther llevando las nuevas
prendas. También se había recogido los cabellos en una trenza y estaba sentada
delante, empuñando el remo.
Philip se detuvo a mirarla, luego subió a bordo y se puso al
timón.
23
Molly colocó una piedra delante de la puerta del almacén, para
que el viento no la cerrara. Pleno verano, el sol se alejaba por pocas horas,
el alba rompía las noches antes de que la oscuridad se hiciera densa y pesara
en las espaldas. A las seis de la mañana, el disco dorado y brillante, de
nítidos contornos, ondeaba a un palmo del bosque sacudido por el viento. Aún
era un fuego pálido, los ojos podían soportarlo sin sentir dolor. Una hora más
tarde, la luz hubiese herido toda mirada.
Molly levantó los brazos por encima de la cabeza y respiró. En
Canajoharie comenzaba un nuevo día. Por la noche había oído disparos, lejanos.
Justo detrás del horizonte, resplandores, tal vez incendios, una incursión
oneida. Venganza engendraba venganza, el hermano agredía al hermano, las
granjas acababan en llamas. No había «cortecillo» para ese tipo de contagio,
ninguna inoculación podía proteger cuerpos y almas. Tal vez la fiebre tenía que
sudarse hasta el final, hacer arder la carne, provocar alucinaciones. Luego,
sería necesario un consejo, que se debía realizar en el centro de la Casa
Larga. Pronto enviaría un mensaje a los sachems de los onondagas, guardianes
del fuego sagrado.
Estaba a punto de entrar, pero advirtió un movimiento y se giró.
Los vio al final del sendero. Cinco, uno detrás de otro, aún
distantes. Tal vez milicianos.
Hacía tiempo que los whigs no ponían un pie en la aldea. Nadie
había sido importunado, Herkimer había sido leal. Pero Herkimer había muerto
después de la batalla de Oriskany. Muerto sin una pierna, con la sangre
transformada en podredumbre.
Quién sabe dónde se encontraba ahora. Quién sabe si ya se había
encontrado con William.
Venían por ella, estaba segura. Para decirle algo, o hacerle
algo. Todos los hombres estaban muy lejos, no podía llamarlos. No con la voz.
Suspiró y decidió esperar en la puerta, con los brazos cruzados.
En vuelo de flecha, más de doscientas millas separaban a
Johannes Tekarihoga de su aldea. Después del concilio de Oswego, el sachem
—demasiado viejo para combatir en Fuerte Stanwix, demasiado agotado por el duro
viaje para regresar enseguida a Canajoharie— había ido a Fuerte Niagara. Sabia
decisión. A su llegada, le había acogido con los brazos abiertos el pariente
más querido, el amigo más indulgente, el hermano más atento: el ron.
En la habitación dentro del fuerte, aturdido y acostado en un
catre, el anciano mohawk miraba el techo oscuro y disfrutaba del silencio de la
mañana temprana. La edad y el licor limitaban el sueño a un puñado de horas
inquietas, las noches de verano estaban colmadas de charlas y canciones, nubes
de sonidos y rumores aleteaban sobre las barracas, mezclándose con el humo de
las hogueras. Por las ventanas abiertas, ecos de palabras y ladridos de perros
entraban montados sobre suaves ráfagas de viento. Cerca del alba todo se
calmaba, a la espera del cambio de la guardia: los ruidos de la noche daban
paso a los de la mañana.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Tekarihoga se giró hacia la ventana. Un pájaro carpintero,
plumas negras y cresta roja, golpeaba con el pico en la jamba de madera.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Se levantó del catre. Las articulaciones del cuerpo crujieron,
en la espalda un par de músculos aulló. Sentía la cabeza pesada, la lengua
revolvió una boca que parecía llena de estiércol.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Tekarihoga se acercó al pájaro.
—Has venido por mí.
El pájaro carpintero levantó el pico, giró la cabeza a un lado y
a otro, se alejó de la jamba, batió las alas pero no alzó el vuelo.
—Has venido por este pobre viejo, sabías donde encontrarlo.
Sabías que no tiene nada que hacer, y escucharía.
El pájaro carpintero volvió a usar el pico como martillo.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Un pequeño grupo de irregulares. También había un delaware con
un extraño gorro de piel manchada. De seguro no era un sombrero estival.
El primero de la fila era Jonas Klug. Había sido echado de la
milicia, y había sido Herkimer en persona quien lo había hecho, pero aún se
daba aires de patriota.
Cuando llegó frente a ella, el alemán habló. La voz era un
serrucho que serraba mármol.
—¿Estás satisfecha ahora, bruja india?
Molly no dijo nada.
—Lo sabemos, mujerzuela roja, tú has sido quien le ha dicho todo
a tu hermano, aquel cerdo, ese que dos años atrás me hizo agredir en mi propia
casa. En Oriskany han muerto muchos buenos patriotas. ¡Ruega a tu dios salvaje
que no nos entren ganas de matarte aquí como una perra, delante de tu bonito
almacén!
—¿Y por qué no lo hacéis? —preguntó Molly.
Klug arrugó la frente. Los labios de la mujer no se habían
movido. La voz había llegado desde otro lado. Por detrás. No, desde arriba. Los
hombres, atónitos, miraron alrededor, algunos levantaron rápido el fusil,
dispuestos a apuntarlo a los recién llegados, pero no había nadie. El murmullo
de preocupación fue interrumpido por Klug:
—¡Silencio! —Luego se enfrentó a la mujer— ¿Crees que me asustas
con tus trucos? No sé cómo lo haces, pero te garantizo que...
—Fuera de aquí.
Esta vez no había duda: la voz había llegado por detrás, y era
la de un hombre. Klug tuvo que volverse.
El viejo jefe borracho. Tekarihoga. Pero ¿no había partido con
los otros?
Piernas abiertas, brazos extendidos a los costados. Parecía
sobrio.
Klug lo recordaba más bajo y encorvado. Le apuntaron los
fusiles, pero el viejo los ignoró. Miraba a Klug directo a los ojos.
El alemán se dirigió de nuevo a Molly Brant: —Es mejor que le
digas al abuelo que...
La viuda de William Johnson tenía los ojos rojos de cólera y los
labios tensos, empalidecidos. Temblaba. Klug siguió la dirección de su mirada:
el blanco de su odio era el delaware.
¿Qué demonios estaba sucediendo?
La mujer mohawk miraba el sombrero. Miraba las manos. Miraba la
bolsa para tabaco colgada en la cintura.
El indio se sentía atravesado, leído renglón por renglón. Como
un libro.
Como una carta interceptada.
La mujer estaba dentro de su cabeza.
—Ese sombrero era un perro.
El delaware desorbitó los ojos, abrió la boca, trastabilló.
—¿Se puede saber qué sucede? —chillaba Klug.
—Esa bolsa era un hombre del Pueblo de la Piedra.
El delaware se giró hacia Nathaniel Gordon, su jefe, como
buscando ayuda.
Gordon lo ignoró, los ojos clavados en la bolsa de piel, la
barbilla partida por un hilo de baba.
—Se llamaba Samuel Waterbridge. Tus manos han cortado su piel,
jirón tras jirón.
Gordon gritó. Fue lo último que el delaware escuchó antes de
desmayarse.
Los matachines cruzaban miradas atemorizadas. Estaban bajando
las armas.
—Pero ¿qué hacéis? ¿Os habéis vuelto tontos? —gritó Klug, luego
se dirigió a Nathaniel Gordon y al resto de su banda—. ¿Nos van a detener un
vejestorio y una charlatana? Dejad que el indio amaestrado duerma un poco,
entremos en esta letrina y destrocemos todo. ¡Que los salvajes sepan lo que
sucede a los espías!
Nadie respondió, nadie se movió.
Molly Brant levantó un brazo y con el dedo señaló un campo, una
explanada en el límite de la aldea.
—Jonas Klug, tu cabeza rodará sobre esa hierba.
El alemán deglutió. Un grueso bolo de saliva y polvo forzó las
paredes de la garganta.
—Ahora vete. No regreséis nunca más a Canajoharie. Y vosotros
—dijo señalando a Nathaniel Gordon—, también vosotros moriréis. Sentiréis todo
el dolor de estas tierras. Vuestra agonía no os dejará ni un solo instante de
dignidad.
Klug dio un paso hacia delante, estaba a punto de levantar el
puño pero alguien le agarró el brazo.
El viejo. La presión era fuerte.
—Fuera de aquí —repitió.
La voz llegaba desde lejos.
Klug se contuvo a duras penas para no vaciar las tripas.
Molly estaba exhausta, extenuada. Nunca había hecho nada
parecido. Se dejó caer en su sillón preferido.
En el fuerte, Tekarihoga se dejó caer en el catre. El pájaro
carpintero había volado lejos.
—Yo te lo agradezco, mujer —dijo—. Que el Dueño de la Vida
siempre te proteja.
Antes de que la sonrisa acabara de dibujarse en los labios, el
viejo sachem ya se había dormido.
Canajoharie ya no era un lugar seguro. Regresarían con
refuerzos: los irregulares, los oneidas, todos, juntos o separados. La firmeza
de un sachem y una reputación de bruja no eran protección suficiente. Partiría,
llevando consigo a quienes estaban dispuestos a ir con ella. Mujeres y niños.
Partirían a pie, atravesando senderos escondidos en el bosque, porque por el
río era peligroso. Tenían que llegar hasta Onondaga. Allí, Molly hablaría con
los sachems, les contaría todo. Dejaría en lugar seguro a mujeres y niños, y
proseguiría el viaje.
Hasta Fuerte Niagara. Con la ayuda de William podía lograrlo.
Esperaron el final del ocaso en el almacén, luego partieron.
Molly y Betsy llevaron fuera de la aldea a unas quince mujeres, entre ellas
Juba y otras dos esclavas, tres hombres ancianos que podían caminar y diez
niños, el más grande de la mano y los más pequeños sobre las espaldas, dormidos
o despiertos.
Aparte de los odres de piel llenos de agua y los sacos de fruta
y carne seca, dejaban en Canajoharie todo lo que poseían, para poder andar en
los bosques sin impedimentos, apartar ramas con ambos brazos, evitar hoyos,
saltar raíces.
Justo antes de entrar en el monte, Betsy llamó a su madre. Molly
se volvió. Estaban sobre la colina, se veía toda la aldea.
—Madre...
—¿Sí, Betsy?
—Mira. Hay una lámpara encendida en el almacén. Era verdad.
Cuando habían cerrado la puerta al salir, el almacén estaba a oscuras.
Los whigs, o sus espías, no habían perdido tiempo.
24
Marchaban por senderos escondidos entre los árboles, guiados por
la mujer más poderosa de la aldea. Confiaban en ella, sus vidas estaban en sus
manos. Veían señales donde un blanco no hubiera visto nada, recogían frutos del
bosque, se detenían cuando los más débiles se quedaban sin aliento. En los
claros el calor amarilleaba la hierba, pero bajo el techo de ramas el aire era
fresco y las matas estaban verdes, del sol solo quedaban gotas luminosas,
tierra cubierta de pecas doradas. ¿Cuánto tiempo hacía que caminaban?
La tarde del tercer día habían encontrado a un cazador
tuscarora. Había salido de un hoyo en la hierba, había saludado al convoy
levantando los brazos, la voz pastosa de sueño. Molly le conocía, había ido al
almacén varias veces, a cambiar pieles por otras mercancías.
—No vayas a Onondaga, Degonwadonti. Es una ciudad de espectros.
—¿Qué ha ocurrido?
—La viruela ha pasado de cuerpo en cuerpo, veloz como una
flecha. Calles y casas están llenas de muertos, moscas y hormigas los cubren.
Los demás se han marchado al oeste.
Un murmullo de consternación recorrió el pueblo de Canajoharie.
—¿Qué ha sido del fuego sagrado? — preguntó Molly.
—Apagado —respondió el cazador—. Los guardianes están muertos.
No vayas a Onondaga, Molly Brant. Prosigue tu viaje.
Onondaga abandonada. El fuego sagrado extinguido después de
cinco mil lunas. Una grieta ancha y profunda se tragaba la historia de las Seis
Naciones.
—¿Cómo sabes todo esto? ¿Has estado allí? —preguntó alguien.
—No, pero creo a quien me lo ha dicho. Y vosotros también me
creeréis. Seguid caminando hacia el oeste, y al alba podréis oler el hedor de
la muerte. No os detengáis.
El cazador tenía razón. Cuando el cielo entre las ramas se hizo
más claro, la peste empalagosa les agredió de improviso. Fue como una
emboscada: donde los árboles raleaban, una brisa pestífera penetró el bosque,
llevando a narices y bocas noticias de cuerpos hinchados, vapores, gusanos que
chupaban carne podrida. La milicia rastrera de Viruela.
No se acercaron a la ciudad. Como no querían dormir cerca del
estrago, marcharon hasta que el sol estuvo alto. El sueño llegó, pero les
venció con mucho esfuerzo, después de varios asaltos desordenados.
Molly se quedó despierta. La marcha debía proseguir hasta Fuerte
Niagara, con mujeres, viejos y niños, algunos muy pequeños. Pidió a
Warraghiyagey que le diera fuerzas, y que le mandara una señal.
Por la tarde, en el sendero que habían recorrido, escuchó pasos
y ruidos de ramas. Cogió un fusil y se puso de pie.
Del bosque salieron una mujer y dos niñas. Eran oneidas. Vieron
a Molly y se sobresaltaron. La mujer se inclinó y protegió a las niñas con su
propio cuerpo.
—¡No dispares! Nosotras te conocemos, tú eres Molly Brant de
Canajoharie. Vamos de camino a Canandaigua, a casa de nuestros parientes
senecas. Por miedo a la guerra. No tenemos nada contra los mohawks, tú eres
nuestra hermana mayor.
Molly bajó el arma. Había pedido una señal y tal vez la había
recibido.
—Vamos a Fuerte Niagara. Podéis viajar con nosotros.
La mujer se llamaba Aleydis, sus hijas Myrte y Marjolin.
Aleydis había sabido del final de Onondaga a través de un
misionero evangélico, poco después de haber dejado Canowaroghare. Según él, el
fuego sagrado no se había extinguido debido a la epidemia. Los guardianes
habían decidido apagarlo hasta que los mohawks y los oneidas hubieran dejado de
matarse entre sí. Molly tenía muchas dudas sobre esa versión de los hechos,
pero la tomó como parte de la señal enviada por William: las Seis Naciones
debían proseguir juntas.
Volvieron a partir al atardecer. Molly guió el convoy hacia
Fuerte Niagara, hacia Thayendanega, dejando la muerte a las espaldas.
25
Media milla antes del fuerte, serpientes de humo ondeaban en el
viento, bajo un cielo de nubes.
Las barracas de cortezas surgían en una explanada, entre ramas
secas de mimbre con costra de barro.
Vista desde el camino podía ser una aldea seneca, no muy
diferente de las muchas que Molly había cruzado hasta allí. Era necesario
acercarse y distinguir los rostros para saber qué eran en verdad. Rostros
exhaustos y desgarrados, espaldas encorvadas, gestos bruscos, ojos muy abiertos
para esconder la fatiga. Una banda de cuervos se paseaba entre los fuegos,
mientras niños sucios y asustados apretaban contra el pecho sus mazorcas. Tres
años antes, en otras tierras, hubieran puesto granos sobre sus palmas, para
invitar a los pájaros a picarlos en las manos. Los cachorros de perro no
jugaban revolcándose con los del hombre, pero seguían ansiosos al rebaño, en
busca de desechos. Azadones y azadas estaban oxidados, olvidados en los fondos
de las cabañas. Por todas partes, trozos de cajas rotas, ollas esparcidas en
torno a las hogueras, toneles y barriles, rollos de cuerda, troncos podridos,
montones de serrín mojado, charcos tan grandes como un estanque.
Un campamento de desplazados, donde hasta el espíritu de los
hombres se volvía precario.
Gritos de bienvenida se levantaron de los barracones, más altos
que los ladridos y los truenos sordos que resonaban en el lago. Lágrimas y
sonrisas tenían sabores de un regreso a casa, como si Canajoharie estuviese
renaciendo, cuatrocientas millas más hacia el oeste. Como si el río, los campos
de maíz, los pinos de las colinas, las tumbas de los antepasados, fueran un
miembro de la nación que se podía amputar sin que ella muriera.
La mirada pasaba de una familia a otra, para reconstruir
historias, lutos, nacimientos y matrimonios. Molly se acordaba de todos ellos,
cuándo habían partido y qué habían dejado, excepto de una muchacha joven, de
aspecto cuidado, que observaba inmóvil desde la puerta de una barraca. Era
blanca, sin duda la única en todo el campamento, y los grandes ojos claros
tenían una expresión familiar. En la muñeca derecha, la muchacha llevaba un
brazalete. Demasiado lejos para poder ver la trama, pero Molly no lo necesitaba.
Otros sentidos le dieron la respuesta. El wampum de adopción de Philip Lacroix.
Molly advirtió que las voces se habían callado. Los ojos de las
mujeres mohawks estaban fríos, lanzaban amenaza. Una de ellas escupió al suelo.
—Degonwadonti, veo que nos has traído de regalo a mujeres e
hijas de traidores. —La mujer se colocó con las piernas abiertas delante de las
oneidas—. Hace mucho tiempo que no como carne. Dos jóvenes corazones son
buenos.
Aleydis sostuvo su mirada, el cuerpo temblaba.
La risa de Molly despejó el campo como un viento de otoño.
—Pero ahora yo estoy aquí, las raciones serán adecuadas. ¿Hay
alguna familia de Canajoharie que no tenga parientes oneidas? Para mí, la Ley
aún es válida, ellas son mis hermanas. Compartirán los días amargos que estamos
viviendo, y cuando nuestra gente venza, lo celebrarán con nosotros. Esto es lo
que os digo.
Molly miró alrededor. Una sonrisa aterradora contraía los
labios, en los ojos había una tempestad. Hubo murmullos de aprobación. La mujer
hambrienta hizo un gesto con la mano, se dio la vuelta y se fue.
La atención de la multitud se desplazó hacia un carro que subía
desde el lago. Del coro de voces confusas surgieron frases, las mujeres
esperaban una carga de provisiones y ropas, los hombres ya saboreaban el ron.
El carro llegó a las primeras barracas. Bajo la lona encerada,
se adivinaban cajas y barriles amontonados sin cuidado. Los niños se abrieron
paso entre las piernas de los adultos, perseguidos por los perros. Molly
reconoció a John Butler, sentado en el pescante, mucho más viejo de lo que
recordaba. A su lado, un oficial inglés, tricornio negro en equilibrio sobre la
cabeza. Avanzaron hasta donde los cuerpos lo permitieron, luego Butler tiró de
las riendas, se puso de pie y habló con voz cansada.
—Escuchad. El coronel Bolton y yo hemos venido a dar nuestro
saludo a Molly Brant, en nombre del Departamento Indio y de la guarnición de
Fuerte Niagara. Su llegada es un acontecimiento precioso, muy grato para todos
nosotros, y es nuestro deseo que se festeje como es debido. El Gran Padre
Inglés ha puesto a vuestra disposición una carga más variada que la de
costumbre. Encontraréis embutidos, salmón ahumado, galletas de trigo y ron.
—Butler acalló los entusiasmos, se aclaró la garganta y prosiguió—. Me ha llegado
la noticia de que la última carga ha causado un gran desorden, con episodios
vergonzosos que no os hacen ningún honor. Por eso quiero que se queden aquí tan
solo cinco hombres, para descargar el carro, y que todos los otros vuelvan a
sus cosas hasta que nos hayamos alejado.
Con un murmullo de protestas, la gente de Canajoharie abandonó
la explanada, mientras cinco jóvenes robustos desataban las cuerdas de la
carga. Molly pensó que nunca, antes de entonces, había visto a su gente tan
esclava de la limosna de los blancos.
John Butler saltó al suelo, junto con el oficial inglés.
—Es un verdadero alivio que esté aquí —espetó—. Su gente está
desbandada, hace falta poner orden.
—Yo también estoy contenta de verle. ¿Tiene noticias de su
esposa y de los niños?
El capitán sacudió la cabeza.
—No, por desgracia. Pero hay más. Los whigs han capturado
también a Walter. Toda mi familia está con cadenas.
—Esto me apena. La guerra nos aleja de nuestros seres queridos.
Hace dos años que no veo a mi hijo y mi hermano.
—Joseph está aquí en el fuerte. Tenemos habitaciones y
provisiones para ustedes también.
La barriga oscura de las nubes pendía sobre las cabañas, mujeres
y niños miraban la montaña de cajas surgida en el centro del campo. La voz de
Ann llamó a su madre, asustada por el trueno.
—Se lo agradezco —dijo Molly—. Acepto su hospitalidad.
—Sea bienvenida —se apresuró a responder el coronel Bolton,
luego se giró, vio que los jóvenes habían acabado el trabajo e hizo señas de
que debían irse.
Las primeras gotas mojaban la tierra. Molly se volvió para mirar
a la muchacha, pero la puerta de la barraca estaba cerrada.
26
Durante más de dos años Joseph había sido una hoja de papel, una
escritura tosca, presencia que había que encontrar en los sueños. Dos años de
palabras sin voz, encuentros sin cuerpo, preguntas aún sin respuesta. Ahora la
voz se había vuelto más seca, como abrasada por un gran calor. El rostro
parecía el mismo, solo las sienes estaban algo encanecidas. Nuevas preguntas
ponían en sombras el pasado.
La habitación era modesta. Un catre, dos banquetas, una mesa
robusta, una ventana estrecha. Joseph llevaba chaqueta y pantalón de lana, el
cuello de la camisa cerrado con un pañuelo negro. Acabado el abrazo, enseguida
preguntó por las novedades de Canajoharie.
Molly se sentó en una banqueta y masajeó las piernas doloridas.
—Desde que Herkimer murió, nadie tiene a raya a los rebeldes
—respondió—. Quedarse allí era demasiado peligroso.
Joseph se entristeció. Sacó la pipa y la sostuvo entre sus manos
sin cargarla.
—¿Cómo va la guerra? —preguntó Molly.
—Nada bien. El general Burgoyne ha sido derrotado en Saratoga.
La ofensiva desde Canadá está abortada. Estamos obligados a pasar el invierno
aquí, mientras el frente se desplaza al sur.
Siguió un silencio lleno de pensamientos. Los ruidos del campo
permanecían lejos.
Fue Molly quien habló de nuevo.
—El fuego sagrado se ha apagado.
El hermano contuvo un gesto de rabia.
—La Casa Larga se cae a pedazos —dijo—. Los oneidas están con
los rebeldes y los tuscaroras se dejan tentar. Dios los maldiga.
—Tu mujer y tus hijos son oneidas. ¿Harás que vengan aquí?
—Ya están en camino.
Joseph llegó hasta la pequeña ventana para mirar fuera.
—Solo el miedo puede echar atrás a los colonos —prosiguió—. Si
queremos recuperar el valle tenemos que aislarlos, dejarles sin comida ni aire.
Molly intuyó la urgencia que flotaba en las palabras. Volvió a
ver la sangre que inundaba el bosque. La frontera se convertiría en un campo de
batalla. Si esto era lo que les aguardaba, tendrían que prepararse para tiempos
aún más duros.
—Extraños signos se pueden ver en estos días, no es fácil
interpretarlos. ¿Por qué Esther Johnson está aquí?
—Ha llegado junto con Philip —respondió Joseph—. Vive a
escondidas del campamento, no quiere que los blancos la envíen de nuevo a
Montreal.
—¿Él dónde está?
Joseph señaló hacia el exterior:
—Siempre en los bosques, de cacería. Los senecas han concedido
su territorio a condición de que sea él quien guíe las partidas. Se dicen cosas
muy extrañas sobre él. Dicen que no duerme por las noches y que regresa al
campamento por la mañana con presas enormes. —Volvió a sentarse y a mirar a su
hermana—. Algo ha cambiado en él. Ha sido después de Oriskany, después de haber
matado a Shononses.
—Me he enterado. Ronaterihonte tiene muchos espectros a su lado.
Joseph le rozó el hombro.
—Tus ojos también han cambiado. Hay algo que mi hermana no me ha
dicho.
Molly asumió una expresión dura.
—Mis hijos y yo hemos sufrido injurias y amenazas.
—¿Quién ha sido?
—Jonas Klug.
Joseph apretó las mandíbulas.
Molly cerró los ojos y dejó que el odio brotara del corazón.
—He soñado que daba puntapiés a su cabeza. He soñado que tú me
la traías de regalo.
Vio que los músculos de su hermano se contraían.
—Llegará el día.
27
—Toque para nosotros, señor. Aquella giga irlandesa, o alguna
otra cosa, con tal de que se pueda bailar.
El sargento Bunyan tenía el rostro apagado, fatigado. La voz
estaba algo velada por el alcohol. El viejo soldado resistía marchas forzadas,
comida inadecuada, licor ordinario: ese temple soportaba cualquier prueba,
siempre que no se le privara de la música o de la paga.
El coronel Percey había ordenado distribuir el ron. Los
rebeldes, con ese George Washington a la cabeza, se retiraban hacia Filadelfia,
el ejército de Su Majestad acosaba. El alcohol abrumaba, embotaba, tendía una
manta sobre los cuerpos muy cansados, hacía cantar y bailar, reír y llorar.
Peter no tenía ninguna gana de tocar. Posó la taza llena de
líquido amarillento. Contenía una orden implícita: sean felices.
—Vamos con An Faire, señor Bunyan. —Peter sorbió el último trago
y prosiguió—. Deje que le diga una cosa, señor Bunyan: si en verdad tiene ganas
de bailar, es un hombre de hierro.
Bunyan recibió las palabras del portaestandarte como un
cumplido. La boca respondió con una virginal sonrisa que parecía fuera de lugar
en un rostro rudo y ya entrado en años. Tras una breve vacilación, Peter abrió
el estuche. La madera despedía un olor agradable, las cuerdas del arco olían a
pez. Todo parecía estar en orden: cogió el instrumento y lo sopesó, como para
comprobar la consistencia. Lo empuñó, el arco se deslizó sobre las cuerdas ya
desgastadas. El instrumento estaba desafinado. Peter no se tomó la molestia de
afinarlo.
Ya no tocaba con gusto. El motivo de la desafección no era el
cansancio, ni tampoco un malhumor pasajero. Días atrás había oído una
conversación entre dos guías, un munsee y un indio del sur. El munsee decía que
el fuego de la Confederación Iroquesa estaba apagado: los oneidas, mohawks y
senecas habían derramado sangre de primos y hermanos. Peter se había quedado
helado. El pensamiento había volado a su madre, al tío Joseph, a los días en
Canajoharie tan lejanos como Londres, como la China o la Luna. El mundo que
había conocido se disolvía ante sus ojos, nieve al sol de abril. Hombres y
rostros vivientes devenían en dolorosos recuerdos.
Peter sintió vibrar las notas. Los soldados insinuaron pasos de
baile. Tocó como un autómata, los dedos encontraron los acordes por virtud
mecánica. La marcha era lenta, melancólica. Imposible bailar. Después de un
minuto, Peter tuvo un sobresalto. Se dio cuenta de la incomodidad de los
hombres.
—Disculpe, señor. ¿No le parece muy lenta para una giga?
El joven hizo un gesto con la cabeza.
—Tiene razón, señor Bunyan. No me siento nada bien, he bebido
demasiado. Ruego que me disculpen.
Peter colocó el violín en el estuche, hizo el saludo y entró en
la tienda, acompañado por rumores de desilusión.
La lámpara ardía con suavidad, proyectaba sombras temblorosas.
Tendido en el catre, Peter miraba un punto en lo alto, sobre la cabeza, más
allá de la tela encerada que envolvía el cuerpo y las posesiones terrenales.
Miró el estuche del violín. Tiempo atrás, abrirlo había sido abrir un cofre, en
su interior un tesoro de imágenes y recuerdos. Ahora sentía disgusto al hacer
ese gesto. En casa, a mil millas de distancia, quizá solo el río y los árboles
aún estaban en su sitio. Sintió que un escalofrío sacudía los miembros: las
imágenes se convertían en fantasmas, los recuerdos mutaban en memorias. Día
tras día, el curso de los acontecimientos le alejaban de sí mismo. Se sintió
una seta brotada de la tierra, espuma en la corriente. La incertidumbre pesaba
en el pecho como una roca. ¿Qué suerte había tenido su gente? Voces interiores
tejían tramas de pensamientos, pero de esa cacofonía solo surgían dudas,
presentimientos alarmantes, sombrías premoniciones.
Era la fatiga, resolvió, lo que le impedía comprender el sentido
de esa agitación. Pidió que el sueño llegara pronto.
Dos horas más tarde aún estaba despierto, la cabeza atravesada
por las mismas sombras que la lámpara dibujaba en la tela, las piernas pesadas.
Tomó entre sus manos la Biblia, la hojeó distraído. Leyó un pasaje dedicado a
los pájaros, que no deben pensar en trabajar porque el Señor proveía por ellos,
y de hecho no lo hacen, viven, vuelan y basta. Dios proveía a todas las
criaturas. Hombres, lirios de campo, pájaros.
Los hombres sin embargo deben trabajar, y combatir, las mujeres
sufrir en el parto. Lirios y pájaros no pecaron, en el origen.
Su madre decía que los pájaros no son animales como los otros.
Son ángeles que portan los espíritus de los hombres.
Peter imaginó un pájaro que desplegaba las alas sobre él, se
hacía cada vez más grande. Las alas cubrían el sol, extendidas de una punta a
otra del océano. El pájaro era una sombra, negra como la noche, silenciosa e
insondable.
28
Esa noche, antes de irse a dormir, Molly elevó plegarias al
Dueño de la Vida. Pidió a los vientos que soplaran suaves. Pidió al sol que sus
rayos iluminaran la victoria de su pueblo. Pidió al espíritu de Hendrick que le
diera sabiduría en sus decisiones. Pidió a la abuela Luna y al Dueño de la Vida
que no se derramara mucha sangre. Que permitieran que regresaran a las casas,
pensar en el futuro de sus hijos.
Molly pidió a William: que guiara sus ojos y sus sentidos, que
controlara las pasiones, la rabia y el orgullo.
Molly pidió ayuda, luego se adormeció.
La iglesia está repleta. Ojos y cabezas casi rozan el techo,
como sacos de maíz almacenados para el invierno. Propietarios irlandeses,
aparceros escoceses, guerreros mohawks. Osos y lobos acurrucados en el suelo de
tierra.
Enormes tortugas sostienen el altar con sus dorsos.
El pastor, de pie en el púlpito, hojea el libro de oraciones.
Peter se levanta. Toca el violín: la vieja marcha irlandesa que
su padre hacía entonar a las gaitas antes de dar batalla. Dos sachems con
guantes negros y manto de luto se acercan al ataúd para depositarlo debajo del
altar, pero la fosa aún no está cavada.
Los fieles pasan al frente, uno a la vez. Cogen un azadón e
intentan clavarlo. Inútil. La tierra es más dura que el hierro. El mango de la
azada se rompe.
Joseph empuña el tomahawk para usarlo como piqueta. Un guerrero
lo acompaña, el rostro en sombras. Cava con las uñas hasta que sus dedos se
manchan con sangre.
Por detrás del muro de espaldas, el ataúd aún está abierto, pero
en vez de un cuerpo solo se ve un jirón azul.
La iglesia desaparece. En su lugar, un bosque de arces en otoño.
Sentado sobre una roca, William bendice con una sonrisa los esfuerzos de Joseph
y Philip. Tiene un sonajero de tortuga y el rostro pintado.
Me acerco, me siento en sus rodillas, le acaricio los labios.
—¿Quién está en el ataúd, William?
Él responde, pero es un idioma desconocido. Un viento de
tramontana se lleva las palabras. En el río aparece una canoa. A bordo, una
muchacha. William sube y me ofrece su mano.
—Acompáñame al Jardín, amor mío, en el centro del Agua.
Joseph y Philip cargan el ataúd, la canoa remonta la corriente.
Aprieto fuerte la mano de la muchacha. En la muñeca lleva un
brazalete de adopción.
Sus ojos tienen el color del río.
Es Esther Johnson.
29
—Una guerra no es una guerra hasta que un hermano no mata a otro
hermano. Es un dicho francés, pero no puedo pronunciarlo como usted, señor
Dalton. Y por eso lo digo en nuestro idioma, mejor dicho, en el idioma del
reino por el cual tenemos que combatir, matar y morir.
El coronel Abercromby hizo una pausa de efecto.
—Pero nosotros no tenemos hermanos del otro lado, ¿verdad? Tal
vez algún pariente lejano. En cualquier caso, aunque los tuviéramos, a estas
horas ya les habríamos desconocido. —Pasó el catalejo al ayudante de campo y
acarició el cuello del purasangre que montaba—. Parece que, por una vez, los
yanquis tienen intenciones de mantener la posición y resistir. Están bien
preparados, no hace falta decirlo, Sullivan sabe lo que hace. Una artillería
decente, algunos uniformes franceses y allí los tienes convertidos en ejército.
—Estamos apenas fuera de tiro, señor —dijo el asistente—. Los
hombres están alineados.
—Muy bien. —Abercromby hizo otra caricia al animal—. No queda
más que esperar la orden de Howe, entonces.
Las nubes se habían espesado ya por la mañana, hinchadas de
lluvia, pero el tiempo aguantaba, como por milagro maligno.
Peter había dormido y comido mal. Esa mañana, junto al grueso
del ejército, habían vadeado el Brandywine por el norte, realizando una amplia
maniobra para dar un rodeo a las tropas de Washington y atacar por el flanco.
Mientras tanto, las unidades de mercenarios hessianos simulaban un ataque en un
vado más al sur, para distraer a los rebeldes.
Extenuado por la larga marcha de aproximación, el cuerpo joven y
rápido se había convertido en un peso, como el uniforme, como el asta de la
bandera. Peter sentía que los brazos dolían. El asta parecía de plomo mientras
el viento hinchaba y agitaba el estandarte del Reino, vela expuesta a la
violencia de los elementos. Su tarea era ofrecer la referencia visual al primer
contingente de infantería ligera que se aprestaba a atacar la colina. La
bandera no era solo un símbolo, era la aguja de la brújula, la guía para la
disposición en el campo.
La voz gárrula del coronel interrumpió las reflexiones de Peter.
—Teniente Johnson, hoy es un buen día para ganarse una segunda
medalla. Lleve la Union Jack sobre el tejado del ayuntamiento de Birmingham y
la obtendrá sin duda alguna.
—Si Dios quiere, señor. No suelo pedir mucho a la suerte.
El coronel le rozó un hombro con la punta de la fusta.
—La primera se la ha ganado en los bosques, combatiendo la
petite guerre. Pero hoy, señor, hoy combatiremos una verdadera guerra. —Soltó
risitas nerviosas—. Con todas las reglas. —Miró al cielo—. Y esté seguro de que
no será como en Llanuras Blancas. No lloverá.
El humor locuaz de Abercromby delataba nerviosismo. Nadie más
tenía ganas de hablar entre las filas de infantes alineados. La tensión
circulaba en silencio.
Un redoble de tambores hizo vibrar el aire. Por tres veces.
La orden de avance. Los estandartes de los regimientos se
pusieron en marcha.
Peter se volvió para mirar la colina Osborn. En la cima, el
general Howe y Cornwallis apuntaban los catalejos hacia la colina de enfrente.
Los cañones tronaron, mientras el sonido agudo y penetrante de las gaitas
invadía el claro.
Peter se estremeció. En los pocos segundos antes de obligar al
cuerpo a moverse, antes de que el horrible mecanismo de la guerra le arrollara,
vio el rostro de su madre. Estaba enfurecida, terrible. Guerreros le
acompañaban, altos, esbeltos, pintados con colores vivaces, la expresión de
quienes se atreven a mirar la muerte a la cara. Su madre gritaba que le
llevaran su semental negro, porque ya no era tiempo de palabras. Peter sintió
que las piernas se movían. El cuerpo parecía ser capaz de marchar por su cuenta:
en el fondo, eso había hecho durante meses. El dolor de los brazos estaba
lejano, en un rincón de la mente, más distante de la conciencia que los latidos
que sentía en los oídos.
Los cañonazos destrozaron el terreno un poco por delante de las
primeras líneas. Podía ver a los sargentos cerrar las filas, poner a los
infantes en su sitio, recorriendo con largos pasos los flancos, sable
desenvainado, expresión severa. El viento llevaba olor a miedo.
Estruendos. Explosiones. Gritos. «Son soldados de Su Majestad,
por Dios», «En algún momento estarán a tiro».
Peter pensó en las palabras del coronel. Una guerra no es una
guerra hasta que un hermano no mata a otro hermano. Delante de sus ojos,
hombres, hombres y hombres iban a la muerte en filas ordenadas. Marchaban hasta
que el mundo estallaba, la tierra desgarrada, miembros y cabezas volaban hacia
el cielo. La muerte despedía olor a sangre, excrementos, tierra mojada.
Las bocas de fuego de los continentales tronaban a repetición,
abriendo cráteres en la formación inglesa, huecos que tenían que ser llenados
deprisa por refuerzos de las filas posteriores. Los piqueros hacían un gran
esfuerzo para mantener en orden las formaciones, oficiales y suboficiales
exhortaban e incitaban, rostros enrojecidos. Peter miraba la escena como dentro
de un sueño, ajeno a la fatiga, a la pena por la suerte de su gente, al final
de su mundo.
Caían bombas. Cuerpos destrozados se acumulaban. Unas veinte
yardas a la izquierda, un capitán con uniforme manchado de sangre levantó el
sable y arengó a los hombres.
Una explosión lo eliminó. Trozos de tierra y jirones de cuerpos
llegaron hasta el portaestandarte. Peter se quedó paralizado, cerró los ojos.
Escuchaba los gritos de los sargentos.
—¡Adelante! ¡Por el Rey! ¡Adelante!
Las primeras filas estaban ya bajo fuego de fusilería. Pero
también sus artilleros debían haber acercado las piezas y afinado la puntería,
porque estaban alcanzando las defensas de los rebeldes, concediendo a la
infantería algo de cobertura y margen de maniobra. Peter podía distinguir las
figuras de los yanquis en la línea defensiva. Otros disparaban desde las
ventanas de las casas de la aldea.
Las primeras dos filas de Casacas Rojas se detuvieron, una de
pie, la otra de rodillas, y respondieron al fuego. Tercera y cuarta fila se
colocaron delante y repitieron la operación, mientras los otros volvían a
cargar. La marcha prosiguió inexorable.
—¡Portaestandarte Johnson! —Alguien gritaba su nombre—. ¡
Portaestandarte!
—El coronel le miraba desde lo alto de la montura.
Peter reaccionó, intentó contener el temblor.
—Ordene, señor.
—¡Quiero ver nuestras banderas en esa colina! ¡Adelante! ¡Haga
ver de qué pasta está hecho, por Dios!
Peter se impulsó hacia delante, mientras los cuerpos caían
alrededor. Ahora estaban fuera de tiro de los cañones y eran los disparos de
los fusiles lo que exigía el mayor tributo de sangre. La fusilería de los
rebeldes era densa y precisa.
Así que esta es mi muerte, pensó.
Siguió avanzando.
Así que esta es mi muerte.
Una bala rompió el asta de la bandera, el estandarte acabó en el
suelo. Peter sintió una sensación de lúgubre liberación y se dejó caer.
Así que esta es mi muerte.
Alguien se le echó encima.
—¡Levántese, Johnson! ¡Recoja la bandera!
Era el sargento Bunyan, la expresión petrificada en una mueca.
Un proyectil le dio en el pecho, derribándole al suelo. Intentó levantarse, le
faltaron las fuerzas. Solo consiguió incorporarse sobre los codos, tragando
aire a grandes bocanadas.
Peter se puso de rodillas. Sintió la sombra de las grandes alas
sobre sí.
Bajo la mirada atónita del sargento se quitó la casaca y la
camisa. Bunyan tragó saliva.
—¿Qué demonios hace? —logró decir a duras penas—. Será sometido
a juicio...
Sometido a juicio. Peter nunca había oído palabras más
insensatas. Ese había sido el día de la muerte insensata. Pero él no había
vivido sin un sentido.
La gran rapaz descendía en picado.
Peter se inclinó. Cogió tierra empapada en sangre y con los
dedos sucios se pintó en el rostro signos rojo oscuro.
Los cuernos de guerra llamaban al asalto con bayoneta. Las filas
se abrieron, la carga de los soldados ingleses soltó un grito homicida que
pareció hacer temblar las barricadas y el puñado de casas en la colina.
Peter se puso de pie, el torso desnudo y la bandera en mano. La
apuntó hacia delante como una pica. El grito de guerra del clan del Lobo resonó
en el aire.
El joven guerrero mohawk se lanzó contra la línea de los
rebeldes, veloz como el pensamiento que le atravesaba la mente.
El alma había puesto las alas.
30
La cacería había sido mala y Philip estaba inquieto, pero no era
una novedad, así era desde hacía días.
La batida junto a los senecas no había dado fruto: la
persecución de un gran ciervo se había prologado durante horas, estaban seguros
de haberlo rodeado, cuando se dieron cuenta de que el animal había
desaparecido, desvanecido al final de las huellas dentro de un zarzal
inextricable. Habían cruzado miradas indecisas, alguien había maldecido en voz
baja, como solían hacer entre los senecas. Todos juntos habían decidido que la
batida había terminado.
En el viaje de regreso al fuerte, el hombre en retaguardia de la
fila dijo que en el camino había algunos pájaros muertos, que ningún otro había
notado. Philip le preguntó qué pájaros eran, el cazador no respondió. El
silencio acompañó a la cuadrilla hasta estar a la vista del fuerte.
Llegados a las barracas de los desplazados encontraron a un
colono del valle del Mohawk y recibieron la noticia, tremenda. El hombre estaba
conmocionado, habló a Philip con deferencia y un hilo de voz.
Peter Johnson, el hijo de sir William y Molly Brant, había
muerto en la batalla.
Los cazadores pronunciaron palabras de respeto y dolor, Philip
se despidió de ellos diciéndoles que regresaría más tarde, los hombres se
alejaron. Se quedó solo, cerca de un gran arce, presa de un desconcierto
profundo ante la realización del más oscuro de los presagios.
Peter, el futuro y la esperanza de la nación, Peter, el violín y
la espada, Peter, estudios y cresta mohawk, sueños y electricidad. El Valle
plasmado por William Johnson moría con él.
Los pies le llevaron al fuerte. Le pareció sentir que
pensamientos dolorosos vagaban en el aire hasta saturarlo.
Había caído la tarde, antorchas proyectaban sombras siniestras y
deformes. Philip inspiró con fuerza el aire punzante que raspaba las narices,
comenzó a caminar sin una dirección precisa.
La figura de Joseph salió de las sombras. El hombre que se había
convertido en jefe se plantó delante. Miraba un punto indefinido a las espaldas
de Philip. El rostro estaba deformado por los reflejos de las llamas y el
sufrimiento.
—No tenía que haberle dejado ir. —La voz era hierro estridente—.
Tenía que quedarse junto a nosotros, bajo mi protección.
—Había elegido su destino y nadie podía impedírselo —rebatió
Philip.
Percibía el dolor de su amigo como una fiera agazapada en el
ánimo, lista para dar un salto.
—Lo que le debemos es llevar a cabo lo que hemos comenzado.
Un escalofrío calló a Philip. Joseph era un muro de pena y odio
que absorbía la luz de las antorchas hasta ofuscarla. Una multitud de espectros
danzaba en la oscuridad a sus espaldas.
—Llevaré esta guerra hasta el final, junto con aquellos que
quieran acompañarme. Lo haré en nombre de Peter y de aquello por lo que
combatía. Lo haré por todos nosotros. Tenemos que recuperar lo que nos
pertenece.
—¿Qué significa? —preguntó Philip.
Joseph pareció no haber escuchado la pregunta.
—Dejaré que pase el invierno. Dejaré que se sientan seguros.
—¿Qué significa, Joseph?
El tono de Philip reveló la preocupación.
—Hay una sola forma de recuperar nuestras tierras —respondió el
otro—. Hacer lo que hicieron los franceses y los hurons en la otra guerra.
—¿Atacar los asentamientos?
—Quitarles el ganado, destruir las cosechas. Tenemos que
agredirlos en sus casas, echarles uno a uno, si es necesario. Forzar a los
colonos a que se vayan.
—En esas casas hay mujeres y niños —objetó Philip—. ¿Piensas
honrar así la memoria de Peter? ¿Esta es tu guerra?
—Es lo que se debe hacer.
—Mi mujer y mi hija están muertas por causa de gente que pensaba
de este modo.
Joseph lo miró furioso.
—La guerra nunca ha sido otra cosa más que esto, y tú lo sabes.
Philip se acercó mucho, hasta clavar sus ojos en los de Joseph.
—Sí. Sé dónde se pierde el camino que quieres recorrer. En un
lago de sangre.
—Yo soy un jefe —rebatió Joseph—. Tengo que combatir por mi
pueblo, tengo que darle una tierra. Si la dureza del roble no es suficiente,
entonces seremos roca. Pero tenemos que intentarlo, debemos hacerlo. O no habrá
un mañana para los mohawks.
Philip pensó en cuando habían rechazado el ataque de los piratas
en mar abierto. Aquel día, Joseph tenía la misma mirada que ahora veía dirigida
contra la noche.
Habló con hielo en la sangre.
—Hace muchos años hice sufrir a otros lo que yo mismo había
sufrido.
Joseph se sobresaltó, como si advirtiera estar al borde de un
abismo.
Philip continuó.
—Cuando asesinaron a mi familia, mi rabia era ciega, como lo es
ahora la tuya. He dejado que me guiara en la venganza. He devuelto cada golpe,
sin hacer distinciones. Mi tomahawk no se ha detenido ni aun ante los inermes y
los inocentes. —La voz era baja y vibrante, las palabras rodaban a sus pies—.
Entonces he sabido que no existe nada que yo no pueda hacer. He sentido horror
de mí mismo, de lo que los hombres pueden desencadenar. No iré contigo, Joseph.
El otro no se inmutó. Había recibido la confesión con el
estoicismo de un sacerdote. La rabia parecía haberse enfriado. Los destinos
estaban decididos.
—Cuando Molly me pidió que fuera a llamarte, pensé que no sabría
qué hacer contigo. —Miró a Philip una vez más—. Estaba equivocado. Eres tú
quien no sabe qué hacer de ti. —En sus palabras había desolación y amargura—.
Buena suerte, Ronaterihonte.
La oscuridad lo devoró. La figura quedó marcada en el punto
donde había desaparecido, suspendida en el aire de la noche.
Philip hubiera querido encaminarse hacia una meta, si solo
hubiera tenido alguna. Se acercó a uno de los fuegos y se sentó en silencio,
pensando en que Peter ya no estaba.
31
Al alba he ido donde ella. La mujer que muchos llaman bruja. La
madre de Peter, mi primo, muerto en batalla. La mujer que ha dado a sir
William, mi abuelo, ocho hijos. Estaba en plegaria, los brazos abiertos, con
las palmas hacia arriba. Recitaba frases en su idioma, música misteriosa. Tenía
que contarle del sueño. Temor y ansia me desvelaron toda la noche. Ha sido una
bruja también para mí, ya lo sé. Recuerdo la desconfianza, la angustia.
Dicen que puede parar los rápidos, desviar los ríos, fulminar a
los enemigos. Que puede curar a los enfermos, favorecer las cosechas, propiciar
la fertilidad. Llamar a los muertos, transformarse en animal. No sabía cómo
dirigirme a ella, sin embargo tenía que hacerlo. Me he quedado mirándola,
seguía los gestos de la plegaria al despuntar el sol, hasta que ha reparado en
mí, que la observaba al otro lado de la ventana, y ha hecho señas de que
entrara. Ha puesto el agua en el fuego, recibido mi abrazo, escuchado mis
palabras de dolor.
Le he dicho que había soñado con Peter. Me ha mirado a los ojos,
ha dicho:
—Cuéntame.
He dicho lo que recordaba: Peter cavaba una fosa, pero la tierra
era dura, la azada se rompía. Philip y Joseph Brant cargaban un ataúd en una
barca. En la barca estaba el abuelo William. Me ayudaba a subir.
Mientras se lo contaba, la expresión de Molly cambiaba, se hacía
menos doliente.
Me ha preguntado si el abuelo decía algo. He respondido que no
lo recordaba.
Me ha dicho que hay modos para ayudar a los recuerdos, hacer las
imágenes más claras. Me ha pedido el brazalete, lo ha sostenido entre sus manos
cerca de los labios que susurraban frases. Lo ha colocado sobre el humo que
ascendía del brasero encendido, le ha soplado su aliento antes de devolvérmelo.
Ha dicho que el brazalete era precioso y que no era casualidad
que hubiera llegado hasta mí. Me ha preguntado por Londres, por Peter, lo que
había visto.
Ha dicho que iba a mandar a sus hijos a Montreal. Tío Daniel se
encargaría de lo que necesitaban. Tendrán una casa de piedra, comida
suficiente, lecciones de inglés y matemáticas. Me ha preguntado si quería
partir con ellos. Ha escuchado mi respuesta: no me iría de allí ni siquiera a
la fuerza. Ha suspirado y sonreído.
—Vivirás en mi casa —ha dicho—. No es bueno que una mujer de mi
edad se quede sola.
El sol aún no estaba alto, el ansia había desaparecido.
Una extraña calma avanza en mí.
1778
32
Agachado en la sombra, los huesos contraídos uno contra otro, no
más alto que un chiquillo antes de convertirse en hombre, hurgando entre los
cabellos en busca de piojos, tosiendo, gargajeando. Todo lo que hay por hacer
es tomar sopa, si hay, drenar savia vital de las ollas que ya no puedes llenar
ni defender. Solo comer y defecar, esto te sale bien, si no has bebido
demasiado.
Tienes las vestiduras de un hombre de rango, el tiempo ha dejado
un retículo de surcos en el rostro.
Johannes Tekarihoga, último de los Tekarihoga, jefes
espirituales del clan de la Tortuga desde tiempos anteriores al tiempo en que
Mujer del Cielo cayó desde lo alto, la gente noble, que sostiene al mundo sobre
sus espaldas. Si el mundo gira fuera de su eje, la culpa no es tuya. El
destierro, más bien, parece que te ha dado destellos de una antigua dignidad.
Los más viejos dicen que te pareces al Tekarihoga anterior a ti. ¿Cómo pueden
saberlo? Ya nadie es más viejo que tú, ahora.
Solo quien es como una flecha halla su camino, dicen. Tal vez
puede existir una flecha vacilante, lenta, la punta separada de la madera, que
sin embargo es capaz de recorrer el aire hasta encontrar su destino. El costado
de un ciervo. Un blanco colocado en el tronco de un árbol. El suelo, tras haber
tragado aire siempre que las alas invisibles te hayan sostenido. Se habla de
flechas que van derecho, no de flechas veloces. Se habla de flechas que van
derecho, no de flechas jóvenes.
Suceden cosas misteriosas en el limbo algodonado donde tu mejor
amigo, ese que se bebe en pintas y damajuanas, te ha confinado. Suceden cosas
cada día; los espíritus tienen alas impalpables que te rozan a menudo. Tu
destierro alcohólico es menos vulgar, menos miserable de lo que muchos se
esperaban.
Y así, cuando el andar se hace vacilante, te apartas de la vista
de las mujeres, sales del campo, vagas por el bosque gritando en voz baja,
maldiciendo entre dientes, o bien riendo y riendo, insinuando pasos de danza,
elevando las manos al cielo y dando las gracias por otro día de vida, otro día
a pesar de todo, larga vida a ti y a tu mejor amigo.
Muchos aún te consideran un sabio, y eres muy querido. Las
mujeres te sonríen, los chiquillos te saludan con deferencia: siempre has sido
generoso. Todos los regalos pasan a otras manos, solo has cogido para ti lo que
necesitabas. Si Tekarihoga fuera rico, ahora, su gente no pasaría hambre. Es
por esto que te aman, tú eres la imagen de los días pasados.
Cuando Mujer de la Tierra soñó por primera vez, fértiles campos
nacieron de ese cuerpo exuberante. Una nube de occidente tomó distintas formas
para complacerla, hasta que se convirtió en un joven hombre. Mujer de la Tierra
se enamoró al instante y deseó tener al hombre nube dentro de sí. Ahora Mujer
de la Tierra solo desea que los insectos dejen de arremolinarse, de formar
filas, de combatir. Las nubes de occidente tienen formas de barcos, de cañones,
de enormes pájaros funestos.
El mundo rueda fuera de su eje, y tú eres como todos los
hombres, corres detrás de los pensamientos; si estás alegre ríes y ríes, si
estás triste, lloras y maldices al destino.
El viejo estaba sentado en una roca. Miraba la superficie rojiza
de las aguas, donde el sol parecía apagar su fuerza para obligarse a una noche
de destierro. El rostro estaba inmóvil, los ojos parecían trozos de lago
llegados para dar luz a un rostro marcado por las estaciones. Regresando de la
pesca, Philip había podido observar su figura durante más de una hora, mientras
remaba hacia la orilla. No se había movido ni un milímetro. Philip había
amarrado la barca y se había acercado, poniendo cuidado para permanecer a la
vista.
—¿Cómo estás, viejo?
Tekarihoga giró la cabeza y le miró sin expresión.
—El lago está un poco encrespado. Es muy extraño en esta
estación.
Philip asintió.
—El tiempo cambiará con la luna nueva.
Tekarihoga calló. Philip escuchó el chapoteo del agua en las
rocas, perezoso, lento. Luego el viejo prosiguió.
—Nunca he sido un buen pescador, Ronaterihonte. Hay pocas cosas
que sé hacer, a decir verdad.
Philip estaba asombrado. Convencer a Tekarihoga para que
responda con algo más que un monosílabo era muy difícil.
—Eres un buen jefe, incluso en estos días difíciles.
Tekarihoga levantó las cejas.
—Oh, no es difícil. Los días están llenos de señales, ya te
habrás dado cuenta. Dar buenos consejos es fácil, solo basta tomarse a sí mismo
como ejemplo de locura.
Un pájaro nocturno lanzó un canto estridente. Tekarihoga volvió
su mirada a la superficie de las aguas.
—Tú eres un buen guerrero, Ronaterihonte. Los hombres jóvenes
tienen miedo de tu sombra, por eso no saben qué hacer contigo. No puedes ser un
padre, tampoco un hermano: ellos no comprenden tu camino.
—Lo sé.
Tekarihoga hizo un gesto con la cabeza.
—Una vez, en Albany, vi a un carnicero holandés. Era mucho más
hábil y veloz que nuestro mejor cazador. Todo el día haciendo lo mismo. Matar,
descuartizar, desosar. Este no es tiempo de guerreros, Ronaterihonte. Ya no es
el tiempo de los mohawks.
Philip sonrió. Era como si la mente del viejo hubiera rozado la
suya. La generación presente podía desaprobar la decisión del Gran Diablo. No
tenía importancia, la locura lo invadía todo.
Se despidió del viejo, enfiló sus pasos en dirección al fuerte.
Cuando miró hacia atrás, la figura se recortaba en el crepúsculo, inmóvil.
33
Durante el invierno, presagios y plegarias habían mantenido al
rojo vivo el afán de venganza. Cada día, los senecas recordaban a los guerreros
caídos en Oriskany. Las lágrimas de los mohawks aún estaban tibias por Peter
Johnson.
En cuanto los senderos estuvieron libres de nieve, Joseph dejó
Fuerte Niagara y llegó hasta Oquaga.
La bandera del Rey aún se destacaba en el centro de la aldea,
llena de lluvia que le impedía ondear. Gracias al ron requisado por los Hough,
después de dos días de fiesta, el número de Voluntarios se había doblado.
A finales de mayo, doscientos hombres atacaron un grupo de
granjas en el curso alto del río Schoharie. Algunos colonos habían logrado
escapar, los otros fueron capturados junto con el ganado. Joseph ordenó que
llevaran a las mujeres y los niños a un granero de Cobleskill. Cuando los
guerreros se fueron, en un radio de tres millas, ningún otro edificio se había
salvado de las llamas.
En el viaje de regreso, Joseph encontró un mensaje clavado en un
palo. Estaba firmado por el capitán McKean, en nombre de los habitantes de
Cherry Valley. Pedían que dejara de amenazarles y que se enfrentara a la
milicia en un combate en igualdad de armas. Si no era un cobarde, le enseñarían
de buena gana cómo se transformaba un brant, un ganso carinegro, en un pato de
corral.
En Oquaga, Daniel Secord le esperaba con tres espías rebeldes
capturados en los alrededores.
El primero estaba regresando a Fuerte Stanwix. Tenía que
informar a Gansevoort de que, el día de Pentecostés, el jefe Brant había matado
y escalpado a seis hombres en las cercanías de Springfield.
El segundo había pasado durante el Pentecostés por el lago
Otsego, y había visto con sus propios ojos las cabezas clavadas de dos famosos
rebeldes y el símbolo de Thayendanega grabado en la base de las picas, bajo una
lluvia de sangre aún fresca.
El tercer informador llevaba una carta para el general Schuyler.
El comité de seguridad de Schoharie pedía el apoyo del ejército contra los
Voluntarios de Brant, que en el día de Pentecostés habían atacado por sorpresa
la aldea y habían torturado y matado hombres y bestias.
Feliz por haber recibido el don de la ubicuidad, Joseph partió
de inmediato hacia el oeste. Butler y Sayengaraghta le esperaban en Tioga para
planear un ataque en conjunto. En realidad, hacía tiempo que los senecas ya
habían elegido el campo de venganza. El valle de Wyoming, una tierra de ensueño
que los colonos habían sustraído a sus padres mediante engaños. Joseph decidió
que no iría con ellos, para no alejarse demasiado de Oquaga. Las voces decían
que los rebeldes se preparaban para atacarla de un momento a otro. John Butler
y sus Rangers unieron sus bajeles a las canoas de los guerreros. Joseph remontó
el Susquehanna solo.
La noticia le llegó una semana después, mientras guiaba a los
Voluntarios hacia el norte.
Fuerte Wyoming había caído, junto con otras siete fortalezas. En
menos de cuatro días, el fuego había destruido un millar de granjas, establos y
graneros. Los hombres de Butler regresaban a Tioga con cuatrocientas cabezas de
ganado, doscientas veintisiete cabelleras y cinco prisioneros. El salvajismo
del «Monstruo Brant» en la Matanza de Wyoming era ya objeto de despachos,
maldiciones y artículos de periódicos.
El 11 de julio de 1778, cuarto aniversario de la muerte de sir
William, Joseph se bañó en aguas del Mohawk después de tres años de ausencia.
Luego bajó por el valle desbordante de orenda.
En Andrewstown prendió fuego a las casas sin controlar que
estuvieran vacías. Ocho cabelleras chamuscadas adornaron los cinturones de los
Voluntarios y los tomahawks de los guerreros. En Springfield perdonó las
granjas de los lealistas y la iglesia.
Hizo que fusilaran a dos espías, cargó lo que se podía
transportar y quemó todo el resto.
En German Flatts, los alemanes consiguieron atrincherarse en el
fuerte y Joseph se maldijo a sí mismo por no haber llevado un mortero. Solo con
los fusiles, asaltar la empalizada era una empresa imposible. Jonas Klug
quedaría indemne, con el único dolor de tener que ver su casa devorada por el
fuego.
Mientras tanto, Francia había entrado en la guerra al lado de
los rebeldes y George Washington había puesto precio a la cabeza de Joseph.
Cien, doscientas, tal vez hasta quinientas esterlinas. En el Nuevo Mundo,
ninguna estrategia para enriquecerse era tan rápida y segura como matar al
Monstruo Brant.
Era el indio más odiado desde los tiempos de Pontiac.
34
La leña para iluminar la fiesta estaba apilada en la pradera, en
medio de la hierba amarillenta del final del verano.
En el último año, el claro sin cultivar entre Fuerte Niagara y
las barracas de los desplazados se había reducido mucho. Durante las tres lunas
invernales, un manto de nieve dura lo había cubierto sin interrupciones. La
última placa blanca se había disuelto en Pentecostés, justo a tiempo para
acoger a los nuevos desterrados. Incursiones y represalias expulsaban
desplazados de las aldeas de frontera.
Butler y los senecas acababan de regresar con un enorme botín de
cabelleras y ganado. Susanna había preguntado por Joseph, solo obtuvo una única
y banal certeza. Su marido se había separado de ellos y junto a los Voluntarios
seguiría combatiendo. Por lo demás, ni una respuesta que se pareciera a otra.
Como con cada pregunta sobre Joseph Brant y sus empresas.
Susanna recordaba a los prisioneros de Springfield, llegados en
la Pascua. Decían que el jefe Brant les había hecho encerrar en la iglesia y
desde allí habían asistido a la destrucción: campos devastados, ganado
degollado, la cosecha y las granjas destrozadas, los árboles frutales serrados
en la base. Luego había dejado ir a las mujeres y los niños, y se llevaron a
los hombres.
Tres semanas más tarde, un médico holandés en fuga desde
Cobleskill había descrito un infierno: el valle cubierto por un bosque de
palos, con el símbolo del Monstruo Brant grabado en la base y cabezas de
rebeldes clavadas en la punta.
Dos familias de esclavos se habían presentado en el fuerte a
mediados de junio. Decían que habían huido mientras los Voluntarios de Brant
atacaban la granja de su amo. Algunos contaban entusiasmados que el indio había
echado al viejo a los cerdos. Otros estaban convencidos de que se había
disparado él mismo para no acabar en manos de los salvajes, y que Joseph había
puesto a las hijas en manos de un amigo suyo que vivía en la zona.
Después de cientos de historias de este tipo, Susanna había
dejado de preguntarse dónde estaba la verdad.
Cuando nace de una mentira, el odio es mucho más pesado, y su
marido tenía sobre sus espaldas una carga insostenible.
La luz del sol se demoró un poco más en la tarde de verano. Las
aguas del lago se convirtieron en una gigantesca lámina de cobre. Por fin se
encendieron las infinitas estrellas y un instante después cinco fuegos,
alineados a lo largo de doscientas yardas. La procesión dibujó anillos Y
espirales en torno a cada uno y pronto los envolvió en un único abrazo. Hombres
y mujeres bailaron al ritmo de los tambores, se golpearon el pecho, pisotearon
el suelo. Luego el grupo volvió a unirse y todos se sentaron en círculo. Molly
colocó en el fuego un cesto de tabaco y dio inicio al ritual de las cabelleras.
Se puso de pie un guerrero Y bailó compitiendo con las llamas.
Las cintas de colores que pendían en sus brazos azotaron el aire como las
crines de un semental. Alzó al cielo un asta engalanada con cabelleras y
cientos de gargantas le rindieron homenaje.
El hombre tomó aliento y comenzó a declamar la historia de sus
trofeos. Por detrás de una fila de cabezas, una pandilla de jóvenes no hacía
más que saltar y gritar en coro. Parecían borrachos, y cuando un viejo se
volvió para reprenderles se escaparon riendo. Mientras se alejaban, Susanna
reconoció la figura y el andar de Isaac. Sintió el impulso de correr tras él,
pero se quedó sentada. Ya no podía perseguirle, no todas las veces, y ciertos
gestos no tienen sentido, cuando no hay constancia.
Acabado el relato, el guerrero desprendió una cabellera del
palo. Pertenecía a un coronel, un hombre de valor. El guerrero declaró que
Molly Brant se le había aparecido en sueños, le había dado instrucciones para
sorprenderlo y le había pedido que le llevara la cabellera, para vengar la
muerte de su hijo Peter.
Las cabezas se giraron hacia la matrona, los tambores de agua
callaron, por primera vez desde el comienzo de la fiesta. El rostro de la mujer
era un enigma de cólera, los ojos ardían.
—Deja tu regalo para otros. No bastarían mil cabelleras para
aplacar mi rabia y tampoco bastarían diez mil para aplacar el espíritu de mi
hijo, que aún vaga en el campo de batalla.
Las otras matronas asintieron y llegó el turno de los
prisioneros.
Un chiquillo rubio fue desvestido y envuelto con una capa de
lino azul, mientras sus viejas ropas se quemaban en el fuego. Su nueva madre
dejó de llorar y gritar y fue hacia él, como si fuera su propio hijo, que
regresó sin avisar después de un largo viaje. Hizo que se levantara del suelo y
le llevó con sus nuevos hermanos.
Las otras mujeres también pidieron hijos y maridos. Ninguna
decidió darles muerte. Susanna pensó que era un hecho raro, en tiempos tan
desesperantes y crueles.
Una nación de trescientos desplazados no podía permitirse
desperdiciar una vida.
35
En la prisión de Albany se cenaba con pan rancio y agua
caliente, una sopa pastosa a menudo enriquecida con carne de gusanos.
Si aprendías a cazar, podías permitirte una dieta mejor. Arañas
y cucarachas, ratones, lombrices. La lagartija era la presa más apetecida.
Comiendo con los ojos cerrados, podías convencerte de que era anguila.
Durante ocho meses, Walter no había tomado otra comida.
Los carceleros se aburrían de muerte. Entre sus pasatiempos, el
látigo era con mucho el más inocuo. Durante ocho meses, Walter había sufrido
humillaciones que la lengua se negaba a contar. Luego, había fingido caer
enfermo y había conseguido huir.
Tiró de las riendas y miró a sus espaldas para apartar los
recuerdos.
Doscientos Rangers marchaban alineados a través del sendero, el
grueso de los senecas se había diseminado en el bosque, para prevenir
emboscadas. Sayengaraghta, envuelto en un manto negro, cerraba la fila montado
en un purasangre. El animal era un regalo de su padre al gran jefe de guerra.
Por desgracia, John Butler no había podido agregarse a la nueva expedición, a
causa de una severa pulmonía, y así Walter había asumido el mando y la tarea de
reclutar a lo largo del camino.
La experiencia de su padre se echaría en falta, eso lo sabía,
pero el invierno estaba a las puertas y no había tiempo que perder.
Su madre y su hermano aún estaban en la cárcel, para rescatarlos
se necesitaban prisioneros.
Walter estaba hambriento de venganza y ya era bastante grande
para obtenerla por sí solo.
Pasar el invierno en Fuerte Niagara no estaba en los planes de
Joseph. Hubiera preferido Oquaga, una base más cómoda, más próspera y menos
helada. Pero Oquaga ya no existía, y tampoco Unadilla. Los continentales y la
milicia habían atacado las aldeas aprovechando su ausencia.
Las granjas más bonitas del condado reducidas a ruinas tiznadas.
Quemadas las provisiones, las plantas de maíz descabezadas. Los
huertos de frutales eran hileras de troncos. Las bestias yacían degolladas en
medio de la sangre.
Mujeres y niños habían huido a tiempo, pero ahora las familias
se habían dispersado y junto con ellas los Voluntarios. Joseph sabía que
reunirlos de nuevo, en primavera, no sería fácil.
En el viaje hacia occidente, le acompañaban solo unos ochenta
hombres, muchos con sus familias a cuestas. Más bocas que alimentar en el
campamento de desplazados de Fuerte Niagara.
A primeras horas de la tarde, Daniel Secord regresó del
reconocimento con la noticia. El joven Butler estaba acampado en Tioga, con un
regimiento de Rangers y por lo menos trescientos guerreros senecas.
—¿Walter Butler? ¿No estaba prisionero en Albany?
—Ya no. Se ha fugado y está aquí para verte. Dice que la
temporada de caza aún no ha terminado.
Llegaron después del crepúsculo, con un serpenteo de antorchas.
La noche era fría y el viento olía a nieve. Walter Butler les acogió con
entusiasmo y un plato de alubias para calmar el hambre.
Mientras las bocas se llenaban, hizo la propuesta. Unir las
fuerzas para una incursión en Cherry Valley, el asentamiento más rico de todo
el valle. Pocos meses antes, los rebeldes habían erigido un fuerte, pero se
decía que el coronel Alden sabía mucho más de mujeres que de guarniciones.
—Allí viven muchos lealistas —observó Joseph—. Buena gente como
el juez Wells. Es preciso avisarles, antes de atacar.
El otro hincó los dientes en una cabeza de chivo.
—Mejor no arriesgarse. Hágame caso, Dios reconocerá a los suyos.
Dios sin duda, pensó Joseph, pero no los senecas. El tono
desafiante del muchacho no le gustaba, el blanco escogido tampoco. El instinto
sugería dejar correr. La razón decía que solo quedándose evitaría una matanza.
—Iremos con ustedes —dijo al final.
—Muy bien. Diga a sus hombres que la paga es generosa. Deben
firmar esta misma noche.
Henry Hough levantó la cara del cuenco:
—¿Firmar qué?
—El reclutamiento —replicó el joven, con la actitud altanera de
quien explica una obviedad—. Los Rangers de John Butler son la única unidad
autorizada para combatir en esta zona.
Joseph comprendió que el muchacho no había ido a buscarle como
un simple aliado. El padre tenía un encargo oficial y recibía una paga extra
por cada nuevo recluta. Para él, los Voluntarios de Brant eran una pérdida de
ganancia.
Las ganas de levantarse y marcharse eran cada vez más difíciles
de contener.
—No sea torpe, Walter. Mis hombres son voluntarios, han elegido
combatir conmigo y seguirán haciéndolo hasta cuando quieran.
Los ojos del joven rugieron pero la boca permaneció cerrada.
Lanzó al fuego el cráneo del chivo. Se puso de pie.
—Está bien —dijo fuerte y claro—. Pero no deben llevar insignias
distintivas, tampoco esa cinta amarilla que tienen en los sombreros. Y los
blancos tendrán que evitar las pinturas de guerra.
Una cúpula de silencio rodeó el vivaque. Desde los fuegos
cercanos, gritos y canciones se levantaron en vuelo.
Sayengaraghta esperó la traducción de la última frase, pero fue
el primero en hablar.
—Capitán Butler es razón, hermano. —El inglés del jefe seneca
parecía una rueda averiada—. Hemos visto en Oriskany a estos blancos tuyos que
hacen batalla con pinturas y digo que todos combatimos con más fuerza si cada
hombre es fiel a sus antepasados.
—Tu abuelo no conocía el fusil—espetó Henry Hough—. El mío
doblaba el espinazo todo el año para mantener a un párroco de mierda. Me cago
en los antepasados.
Arrojó el cuenco al suelo, se levantó, se sacudió los pantalones
con la mano y desapareció en la oscuridad. Su hermano le imitó, acompañado por
los demás Voluntarios que estaban sentados en torno al fuego. Por último,
Daniel Secord: escupió un proyectil de tabaco y siguió al grupo.
Joseph vio que el pequeño grupo se acercaba a otros vivaques y
aumentaba poco a poco. Comprendió que en Cherry Valley sería un capitán sin
ejército. De nuevo evaluó qué debía hacer. Decidió quedarse.
36
Durante la noche había nevado, pero al alba los copos comenzaban
a derretirse. Una lluvia fina, compacta, como la niebla que flotaba sobre el
río.
Los Voluntarios se habían marchado todos, en dirección a Fuerte
Niagara. Solo Kanatawakhon se había quedado junto a Joseph. Cuando alcanzaron a
Butler en la parte de atrás del monte, un tenue rayo de sol iluminó el valle,
los cerezos desnudos, la lengua de agua que lamía las orillas. Las casas
parecían elementos del paisaje, silenciosas como rocas.
Hasta en un día como ese, Cherry Valley hacía honor a su
belleza.
Paró de llover y la niebla remontó las colinas para unirse a las
nubes.
Los hombres estaban impacientes por atacar. Walter Butler los
contuvo, para asegurarse de que la pólvora estuviera bien seca.
—Nosotros tenemos los tomahawks —dijo Sayengaraghta y, con un
gesto cómplice, Butler le dejó partir.
Joseph se agregó a los senecas y los siguió entre los abetos,
hasta una maraña de ramas y enebros, pero mientras ellos luchaban para abrirse
paso, retrocedió una media milla y comenzó a descender en otra dirección.
Los perros de Cherry Valley empezaron a ladrar.
El señor Mitchell se despertó cuando todavía brillaban las
estrellas.
Rompió un huevo en una taza con ron, añadió café, mantequilla y
azúcar de arce. Mientras bebía, echó una mirada a su mujer y a los niños, aún
en brazos del sueño.
Caía aguanieve, y tenía que recoger el último corte de leña
antes de que quedara sepultado bajo una capa helada.
Salió, desató el ronzal del mulo y se dirigió hacia la colina.
Al salir del bosque, Joseph vio las granjas. Los ruidos del
amanecer se escuchaban a distancia. Golpes de hacha en una leñera, voces, el
mugido de las vacas esperando a ser ordeñadas. La casa del juez Wells era muy
grande, una finca en el lado opuesto de la aldea.
Empezaron a correr, pero los terrones de los campos arados
dificultaban el paso. Los senecas habían atravesado los arbustos y salían a
cielo abierto como lobos. Una manada de trescientos guerreros.
Corrieron más rápido, se cayeron, se levantaron con las rodillas
heridas.
La señora Wells había sido huésped en Johnson Hall y le había
regalado a Molly un chai de lana mohair.
Vieron que la manada llegaba a la primera granja. Un grupo se
detuvo, los otros prosiguieron. Joseph señaló a Kanatawakhon la casa contigua.
En tanto los Rangers también entraban en la aldea a paso de carga.
El señor Wells había comprado un caballo al viejo Butler y
bebido el licor que preparaba su esposa. A Walter también le tenía que importar
la salvación del juez.
A lo largo del camino corría un torrente de bestias, hombres y
sangre. Los guerreros seneca escalpaban a los fugitivos por las espaldas, sin
dejar de correr. Un atasco de cuerpos se formó contra un caballo con las patas
al aire. Del río llegaron los gritos de los que buscaron salvarse dentro del
agua y ahora se ahogaban en el hielo.
El señor Wells estaba apoyado en la jamba, de rodillas, las
manos juntas debajo de la boca. En medio de la cabeza, el hueso blanco del
cráneo asomaba como una roca en un pantano negro. Un hombre se arrojó desde la
ventana de la primera planta, cayó en el patio y echó a correr colina abajo.
—Es el coronel Alden. No lo dejéis escapar.
La voz prorrumpió desde las escaleras. Joseph no había terminado
de volverse cuando dos guerreros senecas salieron de la casa, arrollando el
cadáver de Wells para lanzarse a la persecución. El joven Butler llegó hasta la
puerta y disparó un par de tiros, pero sin resultado. Gritó a los de arriba que
bajaran de inmediato y se prepararan para el asalto del fuerte. Luego vio la
expresión de Joseph y señaló al juez tumbado en el suelo.
—Escondía a un coronel rebelde. Ha tenido lo que se merecía.
Joseph lo empujó a un lado y entró en la casa.
En la antesala estaba el cuerpo de un joven. Otros dos en la
cocina. Un viejo y una vieja se abrazaban junto a la chimenea. Escalpados.
Fuera, el viento traía olor a carne quemada y el humo de decenas
de hogueras. Walter Butler intentaba organizar el ataque del fuerte. Joseph
observó que el joven capitán forcejeaba y sudaba ante la indiferencia de los
senecas. Había creído que usaba a los guerreros para su propia venganza y ahora
no sabía cómo detenerles.
Antes de mediodía, el señor Mitchell se encaminó a casa. Donde
raleaban los árboles, advirtió un humo que no podía salir de la chimenea. Se
lanzó por la pendiente, en un desmoronarse de piedras y raíces.
El pequeño establo estaba devorado por el fuego. La casa estaba
en llamas, pero el incendio aún no había dañado las vigas portantes.
Su mujer y sus hijos estaban debajo de las mantas, como la
última vez que les había mirado. A la vista de los cráneos, el vómito le hizo
doblarse en dos. Faltaba Eleanor, la hija menor.
Mitchell corrió al patio, llenó dos cubos en la cisterna y
comenzó a echar agua sobre las llamas, dentro y fuera, dentro y fuera, mientras
llamaba a su hija con toda la voz que le quedaba.
Cuando el golpe del agua chocó contra el aparador, vio que una
mano se asomaba entre las astillas y rasguñaba el suelo.
Haciendo palanca con un trozo de viga, liberó a la niña del peso
del mueble, la abrazó, la llevó fuera para que pudiera llenar los pulmones. Con
los dedos quitó de su cara lágrimas y cenizas, apartó mechones de cabello, le
acarició una mejilla, sin poder hablar.
De nuevo la estrechó contra sí, como si nunca antes lo hubiera
hecho, y en ese momento los vio. Habían aparecido en la cima de la colina, a un
centenar de yardas, llevaban las casacas verdes de la milicia lealista.
El señor Mitchell agradeció al cielo que no fueran salvajes y se
dijo que lo mejor era quedarse allí, no intentar una fuga imposible, levantar
las manos y encomendarse a Dios. Susurró a su hija que se quedara tranquila.
Joseph buscó la casa de los Mitchell, una familia modesta que
había conocido años antes. Espió por una ventana y vio a una desconocida
sentada en el suelo, desgranando mazorcas. Sus dos hijos tenían la misma edad
que Isaac y Christina: ella ayudaba a la madre, él atizaba el fuego bajo la
olla.
—¿Qué hacen aquí? ¿Por qué no huyen?
—Nosotros estamos con el Rey —respondió la mujer con voz
tranquila.
Joseph abrió mucho los ojos.
—Ni siquiera el Rey podría salvarles, ahora.
—He oído que gritaban el nombre del jefe Brant. Si los indios
están con él, no nos harán daño.
—Joseph Brant soy yo, pero no tengo poder sobre estos hombres.
Se apartó de la ventana y observó el valle. Bandadas de cuervos
revoloteaban sobre los cadáveres. Vio a Kanatawakhon y le llamó con un grito.
Con un puñado de tierra oscura mojada con saliva dibujó en las
mejillas de la familia dos signos verticales atravesados por una cruz
inclinada. La marca de los prisioneros de Thayendanega.
—Quizá así estarán a salvo —dijo a la mujer mientras ponía a
ella y a los niños en manos de Kanatawakhon, para que les llevara hasta el río.
Se alejó y siguió buscando, hasta que reconoció una barraca. Los
humos negros que se retorcían por encima del tejado le indicaron que había
llegado tarde.
Entró. La mujer parecía dormida. Los dos hijos estaban tendidos
con ella.
El primero de los tres apuntó el fusil contra el señor Mitchell
y le intimó a quedarse quieto.
El segundo levantó en alto un hacha y la descargó sobre la
cabeza de la niña. La boca no emitió ni un grito.
El tercero dijo:
—Contesta, gusano. ¿Es peor seguir viviendo así o morir como un
perro?
El señor Mitchell no dijo nada.
El primero de los tres le abrió la garganta con un cuchillo de
caza.
Los Rangers entraron en la casa, para ver si los salvajes habían
dejado algo.
Mientras se alejaba de la casa, Joseph tropezó con una estatua
de carne.
El cadáver de la niña estaba entre los brazos de su padre, como
un diamante engarzado en su montura.
37
El baúl aún estaba lleno, todo estaba en orden.
Joseph bajó la tapa. Pensó en Peggie, su primera esposa,
enterrada con sus cosas en una tierra que ya no era de los mohawks.
Pensó en Peter. Se preguntó qué cosas hubiera escogido para él,
si no lo hubieran tirado quién sabe dónde, junto con otros mil.
Su viejo violín había quedado en Canajoharie. Los libros en
Johnson Hall o tal vez quemados. La espada de Ethan Allen, quizá eso se lo
había llevado a la tumba. No regresaría a Londres para ofrecerla de nuevo al
Rey.
Pensó en sí mismo, en el ajuar funerario que algún día le
prepararían sus hijos, en lo que hubiera deseado.
Una copia del Evangelio que había traducido. Las pistolas
regaladas por lord Warwick. El bastón de paseo con el símbolo del clan del
Lobo.
Pensó en Susanna. Había llenado el baúl para trasladarse a la
nueva casa y no había vivido lo suficiente para vaciarlo. Tal vez había
comprendido que le podía servir para el último viaje. La pulmonía había
golpeado primero a los habitantes de las barracas, los hambrientos, aquellos
aún sin refugio, que para protegerse del viento dormían dentro de hoyos cavados
en la nieve. Luego la enfermedad había trepado las murallas del fuerte y
Susanna había muerto de fiebre, tres días antes de que él regresara. El ataque
a Cherry Valley le había impedido abrazarla por última vez.
Miró las vigas del techo, las paredes revocadas con arcilla, el
pavimento de madera aún lustroso.
Antes del verano, Molly había convencido al coronel Bolton para
que construyera dos granjas. Una la habitaba ella, con Esther Johnson, la
servidumbre y el consabido ejército de huéspedes y peregrinos. La otra tenía
que proteger a Susanna y a los niños de los rigores del invierno.
Ahora nadie plantaría árboles de frutos, cuando llegara la
primavera. Nadie recogería el lino ni prepararía la tierra para acoger a las
Tres Hermanas.
Más allá de los cristales de la ventana, las aguas del lago se
mostraban plomizas y una capa de hielo ocupaba las orillas. Calles y senderos
eran finas grietas en medio del blanco de los campos. Pocas semanas más y
Fuerte Niagara se transformaría en un barco inmóvil en un mar de hielo.
En la primavera, la nueva casa permanecería vacía.
Joseph debía regresar a combatir. Isaac y Christina no podían
quedarse allí. Irían a casa de Margaret, en el lago Cayuga.
Al regreso no estaría Susanna, para llevar a Christina a los
brazos de su padre. No estaría su voz, para contar las últimas hazañas de Isaac
e impedirle que se quedara callado.
Joseph se levantó y cogió el baúl. La puerta de la casa se abrió
sin ruido y en el hueco apareció su hijo, sucio y tembloroso.
Tenía los ojos hinchados, la cara y los zapatos llenos de fango,
la chaqueta reducida a un trapo.
Se quedó inmóvil, apoyado en la jamba con un hombro.
Joseph rodeó la mesa, lo agarró de un brazo y le arrastró hacia
dentro.
—¿Qué demonios te ha sucedido?
La cara del muchacho se iluminó de orgullo.
—He golpeado a un seneca, porque me ha ofendido.
—Como estás ahora, te ofendes tú mismo. ¿Qué te ha dicho?
—Me ha llamado «sucio oneida».
Joseph miró a su hijo a los ojos, las lágrimas asomaban entre
las pestañas. Lo asió del hombro y hubiera querido hablarle con calma, pero el
olor a alcohol desató la ira. Abrió su mano y le dio una bofetada.
—No te acerques al ron, ¿me has oído? Y ahora ve a asearte, no
quiero llegar tarde.
Las lágrimas empezaron a caer.
Joseph se quedó callado, inmóvil, mientras el muchacho
sollozaba. Quería dejar que se desahogara.
Isaac se limpió los ojos y cuando los volvió a abrir ya no había
lágrimas, sino odio. Enseñó los dientes, como una bestia asustada, luego
encontró la fuerza para reñir otra vez.
—Susanna ha muerto hace tres días. Si no querías llegar tarde,
debías haberlo pensado antes.
Volvió las espaldas y estaba a punto de retirase, pero Joseph lo
agarró de un brazo, le echó al suelo y antes de que consiguiera meterse bajo la
mesa, le puso una rodilla sobre el pecho y comenzó a golpearle con rabia.
Isaac se cubrió detrás de un muro de piernas y brazos. Joseph se
levantó de golpe y le dio un puntapié.
Alguien llamó a la puerta y una voz atemorizada preguntó si todo
estaba bien.
Joseph cogió de nuevo el baúl, intentó decir algo pero no le
vino a la mente nada y entonces salió.
Fuera, un grupo de caras gastadas esperaba entrar en escena para
la limosna diaria. Muchos habían preparado palabras de consuelo y recitaban un
repertorio de llantos y desesperación. Desde los tiempos de Londres Joseph ya
no recibía una paga, pero ahora poco bastaba para estar entre los hombres más
ricos de la nación. Una casa sólida, el pan de cada día y el favor de los
ingleses.
Atravesó la muchedumbre, mientras con gestos bruscos rechazaba
los asaltos. Un viejo le recordó con fastidio que un gran hombre suele donar
todo, hasta la última migaja. Joseph replicó que quizá era por eso que grandes
hombres se encontraban cada vez menos.
Pensó que ya no le importaba ser un gran hombre, un indio rico o
un guerrero invencible.
Solo importaba tomar la decisión apropiada, para Isaac y para
Christina. Para que un día, a su tumba, no tuvieran que llevar un baúl de
rencor.
—Tiempo atrás, tú eras una mujer en la flor de la vida. Ahora
esos pétalos están secos y su perfume está en el viento que sopla. Ahora
debemos dejarte ir, porque ya no se nos concede andar juntos sobre el mismo
suelo. Por eso dejamos aquí tu cuerpo, para que tú puedas avanzar con calma
hacia el Dueño de la Vida. No permitas que las cosas terrenales te distraigan.
Ocuparte de tu familia era tu tarea sagrada y has sido fiel a ella. Las fiestas
y los bailes te han dado placeres, pero ahora no permitas que estas cosas te
confundan la mente y prosigue adelante por tu camino.
El manto negro envolvía a Tekarihoga como una enorme concha. El
viejo sachem era un molusco blanco y gris que asomaba en las valvas
entreabiertas. A su lado, Philip llevaba un traje de piel y una cinta de
terciopelo negro en el brazo derecho. La multitud formaba tres cercos en un
amplio círculo. Estaba todo Canajoharie, los familiares oneidas de Susanna,
Henry Hough y muchas familias de Oquaga, los Butler y algunos ingleses. Los
negros que habían cavado la fosa observaban la escena un poco apartados. El orador
volvió a hablar.
—También vosotros, parientes y amigos de esta mujer, debéis
perseverar en vuestro camino. Por eso, con un collar de conchas queremos
despejar el cielo de las nubes negras, para que el sol pueda continuar
guiándoos. Con otro collar limpiaremos el suelo, para que podáis seguir el
camino sin incertidumbre. Con el tercero, limpiaremos el corazón y las
entrañas, para que el dolor no os distraiga.
Philip ofreció los collares de wampum al hombre más noble de la
nación. Joseph comprendió que no eran solo gestos formales.
Sin necesidad de hablar, Ronaterihonte estaba diciendo algo. El dolor
les acercaba.
Tekarihoga agitó en el suelo uno de los collares, hizo girar el
segundo sobre su cabeza, con el tercero tocó el vientre de Joseph. Luego los
recogió entre sus manos y se los colgó en el cuello.
Joseph levantó la cabeza y miró de nuevo a Philip.
También él se había puesto tres collares. Pendían en su pecho un
poco más abajo de la cruz.
38
El abuelo William canturrea una canción entre dientes. Sentada
en sus rodillas, Esther no entiende todas las palabras. Son palabras antiguas,
un canto de niños o una fórmula mágica.
Se encuentran fuera, en el gran claro delante de Johnson Hall, y
se respira aire de paz. Es un día luminoso, tal vez verano. El abuelo William
señala el cielo, el azul sobre ellos.
—Cielo se dice speir— dice a la niña.
Luego toca el brazo de la silla.
—Madera se dice adhamad.
Espera que ella repita y sonríe. La niña le roza los labios con
sus pequeños dedos.
La lista continúa, pero Esther ya ha regresado al presente.
Tiene quince años, está en la casa de Molly Brant, el recuerdo ha surgido de
improviso. O tal vez no, tal vez ha sido seguir los pasos de Molly lo que la ha
ayudado a sacarlo a la luz, después de que durante mucho tiempo hubiera quedado
sepultado.
Molly le ha hablado muchas veces del sueño. El mensaje del
abuelo William a los vivos. La frase en el idioma de su tierra, palabras
llevadas por el viento.
¿ Quién está en el ataúd?
Ahora las palabras resuenan claras.
Esther corrió fuera de la casa. El campamento estaba inmerso en
la luz de las primeras horas de la tarde, hacía calor, el zumbido de los
insectos mecía el sueño de niños y ancianos. Las mujeres lavaban las ropas o
tostaban el maíz.
Molly hablaba con dos matronas, en el centro de un corrillo de
personas.
Philip dejó el hacha y miró la pila de leña cortada. Por mucha
que se acopiara en los almacenes, tenía la impresión de que nunca sería
suficiente. Limpió el sudor que le cubría el pecho y la cara y solo entonces
advirtió a la muchacha.
—Te he traído algo de comida.
Esther apoyó el paquete sobre el tocón y lo abrió, revelando un
par de mazorcas y una batata.
—Gracias.
El se puso la camisa y se sentaron en un tronco a comer el maíz.
Gozaron de aquella calma sin necesidad de decir nada. No había
niebla. Bajo los bastiones del fuerte, donde el Niagara se echaba en el gran
mar interno, el agua lograba reflejar el cielo límpido.
—He oído que la guerra durará como mucho otro año. ¿Tú qué
crees?
Philip se encogió de hombros.
—Para esta gente no hay mucha diferencia. Su mirada no va más
allá del invierno.
Los ojos de Esther se entristecieron.
Philip la miró. Acabaron de comer en silencio.
—¿Qué harás después? —preguntó la muchacha.
—¿Habrá un después? —dijo Philip sin esperarse una respuesta.
—Claro. El invierno pasa, vuelve la primavera. Todo comienza de
nuevo.
Esther rema con los ojos cerrados. En la muñeca lleva un
brazalete de adopción. El ataúd está en la canoa. Juntos remontamos la
corriente.
La muchacha blanca indica el camino. ¿No es así, William? Tu
nieta ha venido a mí diciendo que recordaba. Ha descifrado tus palabras, esas
que yo no conseguía escuchar.
«En el ataúd está el cielo del valle del Mohawk y la caja está
hecha con la madera de la Casa Larga.»
Entonces, ¿esto es lo que nos espera?
Ven a verme, William, para apartar la rabia y el miedo que tengo
en el corazón. Es muy grande la prueba que tenemos que sostener. Sonríeme en
sueños, porque hemos sido felices. Cuando nos reencontremos, recordaremos cada
cosa. Nuestros días, los respiros, nuestros abrazos. También estará Peter.
Encontrará el camino para llegar hasta ti, antes de que yo vaya con vosotros.
Este es el tiempo, William. Ahora que nuestro mundo se consume
en el fuego. Ahora que el ciclo se cumple. El roble se convierte en cenizas,
las cenizas alimentan nuevas raíces.
Aún debo hacer esto. Subir a la canoa. Encontrar el Jardín.
1779
39
ÓRDENES de GEORGE WASHINGTON
al general JOHN SULLIVAN
31 de mayo de 1779
La expedición cuyo mando le ha sido confiado debe ser dirigida
contra las tribus hostiles de las SEIS NACIONES, incluyendo a sus aliados y
partidarios. El objetivo inmediato es la DESTRUCCIÓN total de sus asentamientos
y la captura del mayor número de prisioneros de ambos sexos y cualquier edad.
Es imprescindible que los campos sean devastados para impedir las cosechas de
este año y las futuras.
Aconsejo y recomiendo que se instalen en el centro del
territorio indio con una cantidad suficiente de vituallas y municiones, y desde
allí hacer partir las expediciones contra las aldeas de los alrededores, dando
instrucciones para que lo hagan de la forma más directa y efectiva, de modo que
el poblado no sea simplemente saqueado, sino DESTRUIDO.
Usted no prestará oído a ninguna propuesta de pacificación hasta
la devastación total de todos los asentamientos. Nuestra seguridad futura
depende de su incapacidad para perjudicarnos y del terror que la severidad del
castigo que reciban logre infundir en sus mentes.
Pájaros, pájaros de presa. Hasta los rasgos y la forma de andar
de los indios les hacían parecerse a las aves, cruce entre gallos y cuervos,
entre pavos y águilas. El modo de hablar, además, era similar a un gorjeo, un
graznido, más incomprensible que el español o el chino. Ahora los nidos ardían
uno tras otro: remontando el Susquehanna a lo largo del territorio de los
iraqueses, ni una sola cabaña, ni un solo recinto fortificado de salvajes había
quedado en pie. Goigouen, Chonodote, Kanadasega... ¿qué sentido tenía darle aún
un nombre a la desolación, a la ruina, al desierto? Tierra Virgen, así deberían
llamarla en el futuro. Tierra Redimida, entregada a quienes le sacarían pleno
fruto.
John Sullivan seguía las órdenes con el máximo escrúpulo. Era un
nuevo tipo de guerra, dictado por las contingencias, consentido por la
reducción de la presión británica sobre la colonia de Nueva York. Dejar tierra
quemada, aniquilar la simiente de las naciones rebeldes. La tarea era decisiva,
aunque ya la potencia de los iroqueses era un recuerdo lejano: mohawks,
onondagas, cayugas y senecas expiaban con lagos de lágrimas y ríos de sangre la
miopía y la arrogancia de sus jefecillos.
Tiempo atrás, los hombres de letras de las ciudades de la costa
habían llamado a esos salvajes «nobles primitivos» y «atenienses de América».
La distancia geográfica falsea la perspectiva: vistos de cerca, los salvajes
eran siniestros, sucios, insidiosos. Dispuestos a postrarse a tus pies para que
casas, campos y posesiones fueran perdonados, dispuestos a dispararte por la
espalda a la primera ocasión. Esos ejemplos de nobleza primigenia eran animales
vengativos: mejor ir hasta el fondo, eliminarlos de una vez por todas, para
proteger los días futuros y la propia descendencia. Lo que estaba sucediendo
era parecido a las historias de la Biblia: pueblos enteros borrados,
generaciones extinguidas de la faz de la tierra, ciudades donde no quedaba en
pie ni una piedra. Todo con la bendición del Dios de los Ejércitos, protector
de George Washington, el Destructor de Ciudades.
Sullivan miró con el catalejo la aldea que ardía media milla
valle abajo y se sintió rozado por el ala terrible de la historia. Filas de
infantes y convoyes de artillería subían por el sendero. Tambores redoblaban,
pífanos sonaban. Columnas de humo se elevaban en el horizonte. En el aire
resonaban los últimos disparos. Gritos lejanos. Había que ser cuidadoso: esto
preocupaba a Sullivan. Los nidos ardían, pero los salvajes aún tenían ganas de
combatir, se retiraban a los bosques, vivían de raíces y cortezas, demacrados,
descarnados como esqueletos, guardaban el último aliento que tenían en el
cuerpo para clavarte un cuchillo en las costillas. Que se escapen. No
encontrarían ni siquiera un grano de mijo para calmar el hambre.
Algunas aldeas estaban hechas con casas similares a las de la
gente civilizada, otras solo eran amasijos de barracas. Todas tenían
empalizadas alrededor, algunas parecían verdaderos fortines, con una gran Union
Jack ondeando, última e inútil provocación. Pero no se trataba de asediarlas:
te apostabas, preparabas cañones y morteros, esperabas la orden, y se empezaba
a hacer caer sobre el enemigo el castigo que merecían.
El artillero André Brillemann bebió un trago y pasó la
cantimplora.
El sendero que subía desde la aldea era una larga serie de
rostros enjutos, cuerpos penosos y exangües. Los prisioneros —viejos, mujeres y
niños— marchaban en silencio. Las mujeres se cubrían el rostro con el borde de
las mantas que llevaban como abrigo, niños en las espaldas o pegados al pecho.
Los viejos clavaban los ojos en el suelo, en el polvo y en el barro endurecido.
El artillero odiaba esa parte de su deber. Asistir al desfile de
los vencidos, de ESOS vencidos, no le exaltaba. El dolor es una especie de
aura, de burbuja maligna, estar demasiado cerca del sufrimiento hace que se
pudran los humores del cuerpo, hace envejecer pronto. Las semanas de campaña
parecían meses, años. Cuando se trataba de preparar la pieza, calcular la
elevación, cargar y encender la mecha en el fogón, André se sentía bien, eran
gestos ordenados, meticulosos, una especie de arte. Los artilleros eran una
orquesta bien avenida: un trabajo limpio.
Agradeció el destino que le había hecho un artillero. Saquear
aldeas y ensañarse con gente inerme no era para él. Y allí estaban los
infantes, en cambio. Empujaban a los más lentos con la culata del fusil,
gritaban, maldecían, se reían.
Una vieja india tropezó y cayó al suelo. Sin pensar, Brillemann
la ayudó a levantarse.
—¿Por qué no le da también su casaca, buen samaritano?
El artillero se estremeció. La voz pertenecía a un ex miliciano
del valle del Mohawk que hacía la campaña siguiendo al ejército, junto con una
banda de patanes: un indio delaware, un ex mercader de Albany, dos cazadores de
pieles. El rostro del hombre era burlón, hostil. A Brillemann le volvió a la
mente su nombre.
—¿Qué quiere decir, señor Klug?
Por detrás de Klug se abrió paso otro de los patanes.
—No soporto a quien derrocha compasión por gente de este tipo.
—Señaló el desfile a sus espaldas, con un gesto rápido de la mano—. Nadie puede
decir que es un patriota americano y sentir piedad por esos animales.
El rostro del guía reflejaba odio. Detrás de él, la cuadrilla de
irregulares, caras angulosas, ojos que parecían rendijas.
—Dejen en paz a este soldado.
La voz baja y decidida del sargento Harinck hubiese disuadido a
cualquiera. Pero antes de que pudiera interponerse entre el artillero y su
acosador, este último se lanzó como una fiera sobre el adversario. Brillemann
cayó al suelo, de espaldas. El adversario lo sujetaba apretándole con la mano
izquierda la garganta, llenándole de golpes con la derecha.
El artillero reaccionó con la fuerza de la desesperación. Los
cuerpos comenzaron a rodar en el polvo, acompañados por gritos, patadas,
maldiciones, mientras en derredor artilleros e irregulares llegaban a las
manos.
El general Sullivan había sido tentado por el castigo ejemplar.
Al menos él, sin embargo, se atendría al código de guerra. Los hombres que le
habían pasado por delante tenían las caras amoratadas, los uniformes
destrozados. Nadie había confesado la causa de la refriega. Los irregulares que
parecían haberla provocado habían desaparecido. Tendría que castigar a los
ofendidos, el código de guerra hablaba claro.
Sullivan pensó en la sangre que saldría bajo los golpes de
látigo. Poco importaba, esa tierra ya estaba empapada. Firmó la condena. Los
hombres salieron de la tienda de campaña, grilletes en las manos, empujados por
culatazos de fusiles.
Era la última tarea de la jornada. Llamó al asistente, ordenó
que no dejara pasar a nadie. Se sirvió un vaso de jerez.
A la luz de la lámpara, en la mesita que servía como escritorio,
Sullivan abrió el libro que le había acompañado durante toda la carrera. De
bello gallico. Era adecuado al contexto, retomar la lectura le había brindado
momentos de exaltación, le había inducido a reflexionar, le había proporcionado
modelos y ejemplos innumerables. Se acercaban a Fuerte Niagara, la Alesia de
los lealistas. La gloria del mundo es transitoria. Tiempo atrás, la caída de
las Seis Naciones hubiera sido impensable. Ahora, la agonía de esa antigua
potencia se cruzaba con el surgimiento de una nueva nación.
Al principio de la guerra, el terror había golpeado a las
ciudades de la costa. Se pensaba que hordas de indios podían llegar desde los
bosques y pasar a sangre y fuego todas las cosas. Burgoyne, el vencido de
Saratoga, había aprovechado estas fantasías y puso en circulación un soneto
donde hablaba de los indios como los «diez mil perros del Infierno», dispuestos
a vengar el honor de Inglaterra. Estúpido. Un tirano protegido por una manada
de salvajes, fíjate el papel que le había hecho hacer a su propio rey.
No había lugar para el pasado en América.
40
Batir de alas y viento entre las plumas. La vista precede el
descenso hacia la columna de humo que pronto oscurecerá el sol. El pájaro vuela
sobre el claro en llamas. Entre los campos surgen esqueletos que fueron
cabañas, casas, almacenes. Una ciudad.
Batir de alas. Otra vuelta sobre las ruinas. Cadáveres hinchados
por el calor del fuego o retorcidos como madera seca. Sobre un cúmulo de
cuerpos, único superviviente, un perro ladra enloquecido a la serpiente que
remonta la colina. El pájaro carpintero vuela en esa dirección para ver mejor.
La enorme criatura avanza por el sendero del noroeste, en busca de nueva presa.
Una escolopendra de cola puntiaguda y brillante, el lomo lleno de aguijones. El
pájaro carpintero distingue hombres, bestias, ruedas, metal. Se posa en una
rama para verlos pasar por debajo de sí. El olor que desprenden mete miedo, los
ojos, tantos como las estrellas, reflejan aún los resplandores del incendio,
enrojecidos por las cenizas. A la cabeza hay un hombre en un caballo negro como
la noche. Viste un uniforme azul y su nombre es Destrucción. En la alforja de
la silla tiene guardado un libro. En la mirada retiene el futuro. En el costado
lleva una espada de oro para la cabeza de su enemigo.
Batir de alas. El pájaro carpintero se echa a volar asustado, se
dirige al oeste. Supera al ejército, vuela sobre el bosque y la colina. El aire
de nuevo es fresco y limpio. Mira hacia abajo, observa la espesura de los
árboles a lo largo del torrente. Una cuadrilla de hombres remonta la cima, se
desplazan rápido para buscar una posición mejor.
El pájaro carpintero desciende. Delante corre un indio, uniforme
rojo sangre abierto enseñando los signos de guerra. Cruzadas sobre el pecho
lleva dos grandes pistolas, Odio y Venganza. Es un guerrero y un jefe. Mil lo
siguen, una manada de lobos, colmillos fuera rechinando de rabia para
reconvenir a la suerte. Pasan entre los árboles con rumores de flechas
lanzadas, desaparecen y reaparecen, espectros del bosque aferrados a un
destello de fortuna. Son indios. Son blancos. Combaten juntos hace mucho tiempo
para conseguir distinguirles.
Otro golpe de alas. El pájaro carpintero se inclina de lado,
realiza un amplio giro y vuelve sobre ellos, solo para verles disponerse entre
las rocas, fusiles apuntados y corazones en la boca, a la espera del horizonte
que avanza.
Batir de alas. El vuelo gana altura, asciende para sobrevolar lo
que queda del territorio seneca. El monstruo devora un trozo a la vez. El
incendio quema los cimientos de la Casa Larga y trepa por los muros.
El pájaro vuela aún más al noroeste, muy veloz, hasta entrever
la costa del gran lago y los toscos bastiones del fuerte que caen a pico hacia
el agua. Pasa sobre el campo de tiendas y barracas que rodea Fuerte Niagara en
un abrazo desesperado. Ve que los centinelas ingleses echan los restos del
rancho desde la empalizada, para la multitud que se agolpa allí debajo. Niños
con vientres hinchados por el hambre se meten entre las piernas de los adultos
para buscar los mejores bocados.
El descenso llega hasta un pequeño barco que acaba de zarpar. Un
esfuerzo para reducir la velocidad y posarse en la regala.
El pájaro carpintero mira a la mujer envuelta en un chal de lana
cruda, firme en el castillo de proa. El sol ilumina los rasgos marcados del
rostro. Los marineros no se acercan ni le dirigen la palabra. Ella se vuelve y
extiende la mano para acariciar el plumaje del animal, que luego de un instante
se echa de nuevo a volar.
Las visiones dejaron a Molly. Miró otra vez la extensión llana
que la separaba del futuro, los pensamientos afilados por el aire frío de la
mañana.
Acompáñame al Jardín, amor mío, en el centro del Agua.
Estás cerca, lo siento, en este lago que también refleja nuestro
cielo, el cielo del valle que no volveremos a ver. Lo llevo conmigo, en la
estela de esperanza que sostiene el destino de nuestra gente. Falta tan poco.
La vida ya está acabando, debe comenzar otra, si esto es lo que el Padre
Celeste depara para nosotros.
Haz que el viento sople fuerte e hinche las velas. Necesitamos
la rapidez del vuelo. Hasta Montreal y Quebec. Tendrán que ayudarnos o recibir
mi maldición.
Peter ha muerto por combatir a los enemigos de su Rey. Mi
familia ha dejado a sus espaldas tierras, propiedades, granjas. Mi pueblo ha
abandonado el vientre de la nación.
Tendrán que concedernos lo que nos corresponde, no su caridad, o
perderán la última pizca de honor ante las generaciones que vendrán.
Nos corresponde una casa, para acoger a los hijos que aún nos
quedan. Nos corresponde una tierra, para plantar las semillas que hemos salvado
de la destrucción. Para hacer crecer la hierba sobre nosotros, cuando llegue el
tiempo.
Nos corresponde un nuevo cielo, despejado de humo de cañones,
para interrogar el futuro con la serenidad del pasado.
41
Llegaron al fuerte a mitad del día. A la cabeza marchaba Joseph
Brant, seguido por una pequeña cuadrilla de Voluntarios y Rangers.
Kanatawakhon, Oronhyateka y Kanenonte cerraban la fila, perros guardianes de un
rebaño.
Los hermanos Hough y Daniel Secord se habían quedado atrás con
el grueso de la tropa, junto a los Rangers de John Butler. Muchos habían
regresado a las granjas y a sus familias, demasiado cansados para continuar la
guerra. Algunos se presentarían en primavera, listos para recomenzar. Los
guerreros senecas que aún estaban dispuestos a combatir eran pocos, la mayor
parte, extenuada, quería tratar una paz separada con los rebeldes.
El coronel Bolton había formado a la guarnición para la
presentación de armas.
Mientras atravesaba el campo y cruzaba el portón del fuerte,
Joseph observó solo miseria. El miedo había abandonado esos lugares, para dar
paso a la resignación. Desplazados y prisioneros se mezclaban en la gran
extensión de tiendas y barracas, aplastados por el mismo destino. Estación tras
estación, las oleadas de seres humanos se habían superpuesto una a la otra,
estratificadas alrededor de los bastiones, excrecencias de musgo sobre el
tronco de un árbol.
Un nuevo otoño se acercaba rápido. Las hojas se deslizaban hacia
el lago, formaban islas móviles de color amarillo y anaranjado. Joseph pensó
que podía ser el último para todos ellos.
Bolton le invitó a las dependencias de los oficiales. Joseph le
siguió, demasiado cansado hasta para responder.
—Capitán Brant —dijo Bolton cuando estuvieron sentados—. Imagino
que no es portador de buenas noticias.
Joseph levantó la barbilla para vencer el sueño que le acosaba
hacía días. La marcha hacia Fuerte Niagara había sido sin pausa.
—Sullivan se dirige a Geneseo. En Newtown les hemos tendido una
emboscada, pero ha olido algo raro y nos ha respondido a cañonazos. No hemos
podido hacer más que quedarnos mirando mientras destruía las aldeas senecas una
tras otra y quemaba los campos. Tiene cuatro mil hombres consigo y artillería
pesada. Estamos organizando la última defensa. He venido a reclutar a todos los
hombres válidos.
—No me andaré con giros de palabras, capitán Brant. La situación
es desesperada. La mitad de la gente no superará el invierno. Inútil es decir
que cuando lleguen los continentales podré evacuar solo a mis hombres.
—¿Dónde está mi hermana?
Bolton suspiró.
—Ha partido hacia Canadá. Quiere hablar con el gobernador. Se
necesitan barcos y un lugar donde llevar a su gente.
Joseph pensó en la masa de desesperados de allí fuera. Pensó en
Molly, más allá del gran lago. Pensó en sus hijos, refugiados con Margaret en
Cayuga. Aún había algo que podía hacer.
Pendían de sus labios mientras les enseñaba cómo afinar la
puntería. El blanco era un tocón a cuarenta pasos. Uno a la vez, los muchachos
intentaban su disparo y recibían los consejos de Philip.
—Nunca hay que quedarse quieto después de hacer fuego, sino
correr siempre detrás de la presa.
Uno de los más grandes objetó que, si fallaba el tiro, la presa
escaparía y de seguro no se dejaría alcanzar.
Philip asintió.
—¿Y si la hubieras herido? Correrá hasta que le fallen las
fuerzas. Entonces, tú debes estar allí a su lado, para recoger su vida.
Agradecerás a su alma, por haberte concedido la carne y la piel. Agradecerás a
Dios y a tus piernas fuertes.
Advirtió una figura en el margen de la playa y dejó de hablar.
—¿Cuándo nos llevarás a cazar un ciervo?
Philip ignoró la pregunta. La figura familiar se acercaba. A su
espalda reconoció a Kanatawakhon, inmóvil como una estatua, el fusil en el
hueco del codo.
Los jóvenes hombres miraron al recién llegado con ojos muy
abiertos y atentos.
Joseph habló.
—No iréis a cazar ciervos este año. Os espera una tarea más
importante. —El tono era firme—. Un ejército amenaza el fuerte y vuestras
familias. Debéis combatir por ellos.
Cayó el silencio.
—¿Quién nos llevará a la batalla? —preguntó alguien.
Todos se volvieron hacia Philip, a la espera de una respuesta,
pero el cazador permaneció impasible.
—Yo, Joseph Brant.
El nombre les impresionó, lo conocían bien. Estiraron el cuello,
se cruzaron murmullos.
—Partiremos mañana al alba. Procuraos un fusil. Pero cualquier
otra arma puede servir.
Con un gesto despidió a los muchachos, que echaron a correr
alborotados.
Philip se levantó y se acercó al agua, dejando que las olas
mojaran los mocasines. Joseph fue tras él. Sus huellas se entrecruzaron en la
arena, hasta encontrarse codo con codo, frente a la gran superficie fluida.
Philip notó que Joseph había envejecido. La cara marcada, el
cuerpo robusto y macizo.
—¿Has venido a reclutar a los chiquillos?
—También a los viejos —respondió Joseph—. Nos enfrentaremos a
Sullivan. He venido para despedirme. Tal vez no nos volvamos a ver.
El sol comenzaba a tender una estela de luz en el agua. Philip
pensó que ante aquella paz era extraño pensar que el mundo acababa. Largos
cabellos rubios le atravesaron la mente como una flama. Algo remoto afloraba en
ese último trozo de tierra, en aquella lenta espera del final. Molly había ido
más allá de la extensión de aguas, en busca de futuro. Quién sabe si regresaría
a tiempo.
—¿Recuerdas años atrás, cuando escapamos de la emboscada en el
río? —preguntó Joseph—. Uno de nosotros hubiera podido morir entonces. En
cambio fuimos nosotros, y no los guerreros más expertos, que matamos a los
enemigos y salimos vivos.
Philip miró las olas que se extendían sobre la arena y borraban
las huellas.
—Después de todo, recorremos el mismo camino desde el inicio,
Joseph Brant.
—Aún queda un tramo por hacer —añadió Joseph. Philip tornó a
mirar el lago.
42
Al alba, la cuadrilla estaba lista. Se llenaban las alforjas con
víveres y municiones. Muchachos con fusiles más altos que ellos abrazaban a sus
madres. Hombres encorvados por el peso del tiempo hacían alarde de viejos
tomahawks y se despedían de sus esposas ancianas.
Tekarihoga asistía a la escena apartado, murmurando una oración.
Envuelto en una manta colorida y con el penacho de plumas en la cabeza,
recordaba a un gallo flaco. Los inviernos de Niagara le habían hecho perder
peso y varios dientes.
Un crío de pocos años se acurrucó junto a la caja que servía de
asiento y echó una mirada a los preparativos desde detrás de la manta. El viejo
le miró con el rabillo del ojo. Tenía una mirada intensa, adulta. La miseria y
el hambre hacen crecer deprisa. La guerra vuelve decrépitos.
—No dejes que te vean o te darán un fusil a ti también —dijo.
El niño se escondió temeroso.
—Dueño de la Vida, escúchame —murmuró Tekarihoga, mientras
Joseph salía de las dependencias envuelto en un manto de fuerza—. Guía el brazo
de Thayendanega y manten siempre firme su corazón.
Llevaba la casaca roja con pantalones de ciervo. Había renovado
la rasadura, la cresta destacaba en su cráneo.
—Haz que guíe a estos hombres a la batalla como un gran jefe
—continuó Tekarihoga—. Y si debiera ser su día, concédele una muerte honorable.
Joseph llegó hasta el centro de la explanada, donde Kanatawakhon
le esperaba para darle las armas. Cruzó sobre el pecho las fundas de las
pistolas y empuñó el fusil. En ese momento, vio al viejo sachem y se acercó.
—Bendíceme, noble Tekarihoga.
El anciano guerrero le rozó la frente con la mano.
—Dentro de cada hombre se encuentra lo justo. Deja que sea tu
estrella a lo largo del camino. —Levantó la palma y la mantuvo abierta—. Salud,
noble Thayendanega.
Joseph dio gracias al viejo sachem con un gesto de la cabeza.
Se volvió hacia la muchedumbre de ojos asustados y cansados.
No habían sido los sueños de la noche los que la pusieron en
alerta. Se había despertado antes del alba, en la casa de Molly, y había
entendido por qué, la tarde anterior, había encontrado una corona de espigas
delante de la puerta. Había sido estúpida. Se había dejado entusiasmar como una
niña. Ese símbolo nupcial no era un regalo, sino un mensaje. La alegría le
había ofuscado la mente. Ahora todo estaba claro, aunque hubiese dado cualquier
cosa por equivocarse.
Se detuvo en la puerta de la cabaña.
Philip estaba cruzándose el saco en bandolera, el fusil a su
lado, las armas blancas en la cintura.
Esther sintió que la carcomía la rabia.
—¿Por qué? —preguntó.
Philip se acercó y le rozó la mano.
—Son más jóvenes que Peter. No les dejaré solos.
Esther sacudió la cabeza sin poder hablar, sintió que las
lágrimas encontraban una salida, después de que durante mucho tiempo hubieran
quedado sepultadas en el fondo del alma.
Le apretó la mano. Ella lo abrazó, la boca muy cerca de su
mejilla.
—Llévame fuera de esta destrucción.
Philip le acarició los cabellos y la cara.
—Ten preparada una barca. Yo regresaré.
Esther se estrechó contra él, respirando su respiro.
—Tenemos que vivir, Philip. Tenemos que vivir por quienes ya no
pueden hacerlo.
El llanto ahogó su voz. Él le secó las lágrimas con una caricia.
Esther sintió que le faltaba el aliento. Se dio cuenta de que no
conseguía pensar en el momento sucesivo, en la hora que vendría, en el día
después. Se sintió al borde de un abismo, petrificada, e imploró al cielo que
sucediera de verdad, que les convirtiera en estatuas, que nada pudiera deshacer
aquel abrazo.
Philip la estrechó más fuerte.
—Regresaré a buscarte y nos iremos de aquí.
—Júralo —dijo ella.
—Te lo juro, Esther Johnson.
Deshizo el abrazo y le acarició de nuevo el rostro.
—Dilo otra vez —susurró ella conteniendo los sollozos.
—Te lo juro.
Le escuchó coger el fusil.
No levantó los ojos para verle marcharse.
Tekarihoga le vio llegar hasta el grupo. Los jóvenes sonrieron.
Alguien levantó el fusil y lanzó un grito de entusiasmo.
Joseph dio la orden y partieron a la carrera.
Pasaron delante del sachem, rápidos y ligeros.
—Mira, pequeño —dijo el viejo al niño acurrucado a sus pies—.
Míralos bien. Un día, cuando yo ya lleve muerto mucho tiempo, podrás decir que
has visto a Thayendanega y Ronaterihonte correr juntos.
43
Cuando sintió la esquirla clavada debajo del ojo, Henry Hough
decidió que no acabaría como un topo. El tiempo corría a favor del enemigo.
Confiar en la velocidad había sido el único error de un plan simple.
La vanguardia de Sullivan había perdido contacto con el grueso
del ejército. Los cañones no habían logrado cruzar un vado y había sido
necesario construir un puente. Los de delante, en tanto, habían ganado por lo
menos un día de marcha.
La idea era atacarlos en el camino, hacerles prisioneros y luego
retomar la posición con los otros para la gran emboscada. Si Joseph Brant
hubiera llegado deprisa con refuerzos de Niagara, mucho mejor. Si no, lo harían
solos.
John Butler había aprobado la idea. El cercamiento había sido
fácil, pero esos veinte bastardos se habían refugiado detrás de un puñado de
rocas y, según parecía, eran los tiradores más certeros de América. No había
modo de hacerles salir, y antes de que se terminaran las municiones los otros
podían estar allí. Cuatro mil hombres y una batería de cañones. Acabar como un
topo.
Hough llegó hasta los Butler, que espiaban a los enemigos desde
detrás de un tronco.
—Pueden tenernos aquí todo lo que quieran —gruñó—. Tenemos que
sacarlos.
Walter Butler le fulminó con la mirada, mientras el padre
apretaba las mandíbulas, con ansia.
—Nos maldigo —gritó en la cara a Hough—. Si se nos escapan,
advertirán a Sullivan y la emboscada fracasará.
Hough miró más allá del humo de los disparos. Podía distinguir
los cabellos rojos de uno de los francotiradores. Calculó una distancia de unos
setenta pasos. Tenían que echárseles encima, no había alternativa. Obligarlos a
dejar aquellas condenadas rocas, empujarlos hasta el grupo de Secord, como
pájaros hacia las redes. La superioridad numérica era aplastante, si partían
todos juntos no sacrificarían más de veinte hombres. Esperó no estar dentro de
ese número.
Lanzó el grito de ataque y salió a cielo abierto.
Mientras comenzaba a correr con las armas en puño, vio que los
demás le acompañaban rápido. Disparó hacia delante, sin siquiera apuntar.
Pocos pasos y el impacto estuvo a punto de echarle al suelo.
Los bastardos no se habían lanzado hacia la red, sino contra los
cazadores. Los pájaros no lo hacían nunca.
Vio que su hermano escupía sangre, atravesado por una bayoneta.
Desenvainó el cuchillo de caza y se echó hacia delante, hirió al
adversario en la pierna, en el brazo, en el cuello, hasta que se desplomó.
Abrazó a su hermano que se agitaba en el suelo. Lo sujetó por
los hombros para sostenerle.
La sangre le tiñó las manos, la casaca, la cara.
—Santo Dios, Johnny.
—Henry. Me muero, Henry...
—Johnny —Intentó levantarle la cabeza, pero cayó inerte—.
Johnny.
El cuerpo de su hermano yació exánime entre sus brazos.
El grupo de Secord llegó en último lugar al campamento. Traían
hombres malheridos, con una cuerda al cuello.
—Hemos capturado a estos cuatro, otros once quedaron en el campo
—dijo Secord—. Si hemos contado bien al principio, se han escapado cinco.
Las últimas palabras hirieron a los guerreros como una
cuchillada. Los supervivientes darían la alarma a Sullivan, la emboscada se
esfumaba y la capital de los senecas distaba menos de diez millas. Sin poder
contar con la sorpresa, no había forma de evitar la destrucción. El ejército
rebelde haría su tarea, con el escrúpulo que ya le convertía en leyenda. La
puerta occidental de la Casa Larga se vendría abajo, y desde el umbral los
cañones de Sullivan apuntarían hacia Fuerte Niagara.
John Butler callaba sombrío. Lanzó una mirada a los prisioneros.
Ordenó que llevaran a los dos blancos a su tienda y dejó los oneidas a los
guerreros, para que desahogaran la rabia.
Henry Hough se le plantó delante.
—¿Por qué pueden divertirse solo ellos?
Butler lo miró a los ojos y lo que vio le hizo estremecerse.
—Es lo que se suele hacer con los prisioneros —dijo—. Los indios
a los indios.
Secord apareció a espaldas del amigote, y se colocó cerca de la
entrada de la tienda donde habían llevado a los rebeldes. Walter Butler se puso
junto a su padre, listo para lanzarse.
—Los blancos a los blancos —dijo Hough.
Butler comprendió. Echó miradas a su alrededor, nadie hacía caso
de lo que estaba sucediendo. Los guerreros bailaban en círculo. Habían sacado
los intestinos del vientre de uno de los oneidas y con ellos lo estaban atando
al tronco de un roble.
El sudor le cayó dentro de los ojos. Hough también estaba
sudado, levantó apenas el ala del sombrero y se pasó una mano sobre la frente,
para luego volver a calárselo.
Butler advirtió que su hijo echaba el peso hacia delante, pero
le detuvo con la mano.
—Al infierno —susurró, antes de alejarse arrastrando a Walter
por la manga.
En la entrada, esperaron a que los ojos se acostumbraran a la
penumbra. Reconocieron a los prisioneros, sentados, las manos atadas tras la
espalda. Secord fue a sentarse en un rincón, encontró unos sonajeros de tortuga
y comenzó a agitarlos. Hough se colocó al lado del rubio y le miró largo rato.
—Soy el teniente Boyd, del Ejército Continental americano. Me
declaro prisionero del capitán Brant.
Hough asintió serio.
—Teniente, ¿usted quiere ser capitán? ¿O tal vez coronel? Sacó
el puñal y comenzó a limpiarse las uñas.
El prisionero le miró incrédulo.
—Yo, no —prosiguió Hough—. Nada de grado, nada de firma. De esta
guerra me voy cuando quiero, y nadie puede decirme nada.
Se volvió hacia el otro hombre atado, que miraba nervioso la
hoja. Henry Hough se echó hacia delante y le abrió por completo la nariz.
La sangre salpicó toda la tienda. Los gritos no llamaron la
atención de nadie.
Boyd contrajo los músculos, la cara pálida y aterrorizada.
Secord agitó otra vez los sonajeros, con falsa alegría.
—Yo estoy aquí solo por dos razones —continuó Hough—. La primera
era defender mi casa, en Oquaga, pero alguno de ustedes la ha quemado.
Se acercó de nuevo al teniente, lo agarró por el pelo de la nuca
y le metió un puñado de tierra en la boca. Luego, con el índice, empezó a
vaciarle un ojo, con la misma fría determinación que habría usado para quitar
el hueso de un melocotón.
—La segunda es porque le he cogido el gusto —dijo mientras la
uña se hundía dentro de la órbita.
El teniente gimió, tragó la tierra, intentó hablar, pero un
segundo puñado le volvió a callar.
El otro se armó de valor. La sangre chorreaba por el cuello y el
pecho. Dijo que tenían información para dar a cambio de la vida. Recibió un
puñetazo en la boca y una invitación a expresarse con franqueza, si los labios
partidos se lo permitían.
—Queremos hablar con el capitán Brant —farfulló el teniente
antes de que el otro hablara.
Hough los miró, y sin decir palabra salió de la tienda.
Regresó poco después. Secord ya no tocaba los sonajeros, los
prisioneros estaban desnudos y uno sollozaba.
El teniente habló con tono agitado al indio que tenía delante.
—Capitán Brant, a cambio de su clemencia, podemos revelar los
planes del general Sullivan.
—¿Qué dice? —preguntó el seneca en su lengua dirigiéndose a
Secord.
—No importa. Sigue adelante.
El indio preparó las brasas. Hough sacó de la alforja una bolsa
de orejas de cerdo y se puso a masticarlas junto con su amigo, disfrutando de
la escena. Secord volvió a coger y agitar los sonajeros, para tapar los gritos.
Por fin, el teniente levantó una mano. Secord se detuvo.
Hough tragó el bocado, se acercó y recogió los susurros del
prisionero.
—Bien, teniente Boyd, usted deseaba que el capitán Brant supiera
esto —dijo—. Se lo informaré, le doy mi palabra.
—Piedad —logró balbucear Boyd.
La cabeza cayó hacia delante, sobre el pecho de Hough, que
empezó a acariciarle los cabellos dorados, ignorando las súplicas del
prisionero.
—Escucha. Mi casa ya no existe, esto ya te lo he dicho, y
tampoco mi hermano. Era un estúpido, pero lo amaba mucho y era toda mi familia.
Tal vez lo has matado tú, tal vez no. La casualidad ha querido que tú te
cruzaras en mi camino justo hoy. La insondable voluntad de Dios. Para nosotros
dos la guerra acaba aquí. Te llevo conmigo a Geneseo. Recibirás a tu general
como corresponde.
44
Corrían desde hacía cuatro días. Se habían concedido apenas
tiempo para comer y reposar, lo necesario para recuperar las fuerzas. Los más
viejos comenzaban a quedarse atrás. Philip había decidido marchar al final de
la columna, para estar seguro de que ninguno cayera.
Los muchachos también estaban cansados. Nunca habían afrontado
un esfuerzo semejante.
No faltaba mucho ya, Geneseo distaba unas veinte millas. Al día
siguiente, llegarían al campo de Butler para unirse al grueso del contingente.
Podía ser el último momento de reposo antes del enfrentamiento.
Sentado en medio del vivaque, Philip observó los rostros uno a
uno, como delante de un fresco. Los cuerpos emanaban una energía que no tenía
el sabor de la sangre y del plomo. Parecían los habitantes de una ciudad
desconocida, en marcha para detener un huracán o una inundación.
Miraba a los chiquillos de ojos incrédulos y no se los imaginaba
luchando con el cuchillo. Les veía en el bosque, cazando ciervos, o nadando en
un río. Miraba a los guerreros ancianos y no se preguntaba cuántos enemigos
podían matar, sino dónde llevarían a sus familias al inicio del invierno. Les
veía rodeados de hijos y nietos, muriendo en la aldea de los padres, no
cubiertos de polvo y sangre. Miraba a los voluntarios blancos que acompañaban a
Joseph, y veía mercaderes, campesinos, herreros y carpinteros.
Tenía ojos nuevos. Quizá hubiera visto también las mismas cosas
en la cara de los enemigos.
Los hombres de Sullivan eran alemanes, holandeses, ingleses
whigs e irlandeses, exiliados corsos, mercenarios suizos, guías oneidas y
tuscaroras. Desde luego algunos combatían por un principio, otros por la paga,
otros más por gloria o miedo. Había quien había seguido a su hermano mayor y
quien se había alistado en contra del parecer de su padre. Algunos odiaban,
otros buscaban un provecho. Philip sabía del lema que Sullivan llevaba en los
estandartes: «Civilización o muerte». Sus soldados lo gritaban en coro, a la
salud de la destrucción. Lo gritaban a las casas de piedra y a los campos
labrados, a las ropas de lana y a los fusiles. Lo gritaban a una alianza de
pueblos que se había dado una ley de paz, en tiempos remotos. Lo gritaban, para
decir que cualquiera que no fuera igual a ellos merecía el exterminio. Sin
embargo, ni siquiera entre ellos se parecían.
Philip volvió a mirar la llanura. Después de muchas lunas, de
nuevo estaba listo para combatir, aunque ya no había un pueblo que defender.
Nosotros tenemos que vivir, repitió Esther en su mente. Si lo
que estaba a punto de suceder se lo hubiera concedido, volvería atrás a buscar
ese nuevo inicio.
Hasta los centinelas que anunciaron su llegada parecían
contagiados por el humor del campamento. Aires de desmovilización.
Joseph llevó la columna de viejos y muchachos cerca de los
fuegos aún encendidos, para que descansaran y comieran algo. Philip se colocó a
su lado y le rozó el brazo. Señaló los palos de guerra: bajo una nube de
moscas, dos oneidas destripados. Los más jóvenes los miraron impresionados.
Joseph se quedó paralizado y vio que John Butler venía a su
encuentro.
—Las novedades no son buenas, Joseph Brant. Con pocas palabras
le contó sobre el ataque fallido a la vanguardia enemiga.
Joseph aguantó el golpe.
—Sullivan es demasiado listo para dejarse sorprender, ahora que
está sobre aviso —añadió Butler—. No podemos sostener una batalla en campo
abierto. Son demasiados. Geneseo está perdida.
Joseph miró a Philip. Vio la propia desilusión reflejada en los
ojos de su amigo. La carrera había sido inútil.
Señaló a los hombres que desmontaban las tiendas.
—¿Adonde van?
—A casa —respondió Butler, mientras miraba el tropel llegado
desde Niagara—. Haga volver a esta gente. Que regresen con sus madres. —Vio las
cabelleras grises—. Y con sus hijos —añadió—. Ya no podemos hacer nada. Se ha
acabado, Joseph. Los senecas combatían por Geneseo, nada más. Ahora volverán a
morirse de hambre y de frío a Fuerte Niagara. —Mordió el tabaco—. Los nuestros
también quieren volver a casa. Los que todavía tienen una. A los demás, los
llevo conmigo a Oswego. Cuando sir John llegue de Montreal con refuerzos,
continuaremos la guerra.
—¿Abandonan Fuerte Niagara?
Butler suspiró y se puso más cerca, como si quisiera compartir
un secreto.
—Hemos sacado información a los prisioneros. El objetivo de
Sullivan no es Niagara.
Joseph se quedó callado, evaluando la información más
inesperada.
—Se dirigirá hacia el este —añadió el irlandés.
En el silencio que siguió, los pensamientos de Joseph viajaron
veloces, recorrieron la llanura hasta los Cinco Dedos, y luego más allá, hasta
el valle del Mohawk.
—Quiere destruir las otras ciudades —dijo Butler—. Barrerlo
todo.
Joseph miró las brasas. La tentación de bajar los brazos era
fuerte. La fatiga del viaje estaba a punto de ganar la partida. Las fuerzas
estaban ocupadas en controlar la angustia.
Pensó que las Seis Naciones pronto serían cenizas. Abandonadas a
su destino por los aliados. Primero, Guy Johnson. Luego, sir John y Daniel
Claus. Por último, John Butler. Había combatido a su lado hasta el final, pero
ahora para él también los indios eran una carga de tres mil hambrientos.
La voz del hijo llamó la atención de Butler. Walter estaba
listo, los Rangers se estaban formando en columna.
—Venga con nosotros —dijo el viejo irlandés.
Joseph permaneció inmóvil.
—Le esperaremos en Oswego —añadió Butler, entristecido.
Detrás de él, los Rangers se pusieron en marcha, silenciosos y
cansados. Los senecas partían poco a poco, pequeños grupos de guerreros
desaparecían a lo largo del sendero.
Joseph revisó las provisiones y el agua en la cantimplora.
—Sullivan va hacia el este —dijo mirando a Philip—. La primera
ciudad en su camino es Cayuga. Allí están mis hijos. Mi madre.
—Son casi noventa millas.
—Lleva a los ancianos y muchachos a Niagara —ordenó Joseph.
—Han venido hasta aquí. Encontrarán la forma de regresar
—respondió el amigo, cruzándose la correa del fusil—. En Cayuga hay viejos y
niños. Debemos sacar de allí a todos.
—¿Solo nosotros?
Philip señaló a sus espaldas.
—Parece que no.
Joseph se volvió y vio a Kanatawakhon firme a pocos pasos,
apoyado en el cañón del fusil, listo para partir.
Sin más palabras, los tres hombres se encaminaron hacia el
exterior del campo, pero las figuras de dos guerreros se les plantaron delante
en el sendero.
—¿Pensáis ir contra Sullivan solos? —preguntó Oronhyateka.
—Vamos a salvar a mis hijos —respondió Joseph.
—¿Una hazaña digna de ser recordada? —preguntó Kanenonte.
—Digna de un hijo del clan del Lobo.
Kanenonte sonrió, mientras Oronhyateka lanzaba el alarido de
guerra.
Corrieron a través del llano y entre la espesura de los árboles,
apremiados por el crepúsculo y por la suerte, un ejército de cinco hombres y
muchos fantasmas.
Corrieron para salvar un puñado de almas del Apocalipsis.
Corrieron, porque así estaba escrito. Ahora que el tiempo acababa, cada cosa
hallaba cumplimiento.
45
Gemelo Izquierdo es el hielo. Es el señor del invierno, frío,
resbaladizo, cortante cristal de roca. Es una tempestad de noroeste, hielo que
se cuela entre las rendijas de las barracas. Hombre de Hielo, Corazón Frío
Frío, Espejo de Piedra: algunos dicen que su verdadera naturaleza es el
Torbellino.
Gemelo Derecho es el fuego. Es el señor del verano, cálido,
húmedo, blando mantillo. Es viento tibio de sudeste, es llama que hace hervir
el agua y cuece la comida. Dueño de la Vida, Regidor del Cielo, Dios Padre:
algunos dicen que su naturaleza es el Rayo de Sol.
También Destrucción proviene de sudeste, pero es una nube
cargada de granizo que avanza ocupando el cielo. De la barriga llueven
relámpagos, sus emisarios devastan la tierra. En la nube hay fuego, pero no
pertenece a Gemelo Derecho. Los Blancos han usurpado su dirección, desde que
cruzaron el océano todo es confuso, y del este llega a menudo el luto. El ron,
la viruela en su caballo esquelético, y ahora esto: columnas de fusiles,
bayonetas y cañones. El fuego impulsa el corazón del hombre blanco. Sangre incesante,
frenética, nutre enormes extensiones de hombres, más de los que es posible
imaginar, más que la más grande bandada de palomos migratorios. Esperan a
Destrucción para irrumpir como langostas y poner fin a nuestros días.
Al anochecer de un día breve y frío, el general Sullivan tomó la
decisión. Una lluvia plomiza caía sobre el encerado y el tricornio, los ollares
del caballo echaban resoplidos de humo. Los hombres marchaban cabizbajos. Nada
de tambores, nada de pífanos, las banderas empapadas de agua. Cansancio. Dejada
atrás Geneseo, la siguiente parada no podía ser más que Niagara. Guarnición
inglesa, desplazados, muchos guerreros. Sin duda habían recibido víveres, armas
y municiones de Canadá. El invierno se anunciaba largo y helado. Sería un
asedio terrible, no solo para los que estaban dentro.
Sullivan pensó en los meses delante del recinto de
fortificaciones. Las murallas eran sólidas. Allí, también los tories tenían
cañones. Sullivan pensó en los últimos acontecimientos. La guerra entre gentes
distintas, sin ninguna ley común, por fuerza es cruel, los episodios de piedad
están ausentes, el alma bestial se manifiesta en las formas más repugnantes.
Sullivan recordó el cuerpo del teniente Boyd atado a un árbol, en la entrada de
Geneseo. Decapitado, eviscerado de modo que los intestinos sirvieran de cuerdas
y macabro ornamento, hórrida ofrenda a los demonios de los salvajes. Sintió en
el fondo de su alma que la empresa tenía que ser llevada a término, con
inteligencia y frialdad, para liberar a la futura nación de vecinos tan
escandalosos, tan inmorales.
Sullivan había decidido. Se volvía atrás, ni más ni menos que
para no desobedecer la orden de Washington. Devastar de manera definitiva el
territorio de las Seis Naciones, esparcir sal sobre las ruinas. Delenda
Carthago. Cada casa debía ser destruida, cada campo devastado, cada huella de
la presencia de indios borrada.
Lo que se debe hacer. Dirigirse hacia el este, hacia Cayuga y el
valle del Mohawk.
En ciertos momentos, la sabiduría es locura y la inconsciencia
es la única sabiduría. La muerte de un hombre da vida a los gusanos y a las
larvas. También estos mueren, y de la tierra gorda surgen los fuegos de las
aldeas. Niños maman leche, jóvenes se pintan la cara dispuestos a dar muerte.
Mujer del Cielo preguntó a los Gemelos:
—¿Sabéis de dónde provenís? ¿Y sabéis dónde iréis cuando vuestro
viaje en esta tierra se haya acabado?
Gemelo Derecho respondió:
—Sé de donde venimos. Del cielo hemos llegado, del mundo más
allá de las nubes. No lo olvidaré. Cuando llegue el momento, regresaré al lugar
de donde he llegado.
Mujer del Cielo se complació.
—Te llamaré Regidor del Cielo.
Luego se dirigió al otro. Gemelo Izquierdo dijo:
—¿Qué necesidad hay de saber de dónde vengo y donde iré cuando
deje la tierra? No quiero romperme la cabeza hablando de otro mundo, porque
ahora estoy en este. Soy joven, soy fuerte, y por aquí hay para divertirse.
Lo hacían siempre así. Seguir al ejército, completar el trabajo.
Sullivan se preocupaba por devastar, destruir, desarraigar: el saqueo no era
muy prolijo. Detrás de la última retaguardia, comenzaba el trabajo de los
irregulares.
Cuando los soldados habían cruzado el horizonte, o se habían
perdido en el vientre verde del bosque, las mujeres que habían logrado huir
regresaban, primero las más valientes. Llegaban poco a poco: concentrándose en
el primer grupo, había tiempo para hacer lo que a uno le gusta. Solo había que
quedarse a cubierto, espiar los movimientos, ver dónde los salvajes habían
escondido las cosas más preciosas: por lo general, las enterraban. Entonces
Nathaniel Gordon y sus amigos salían a cielo abierto: comenzaba el baile. No
hay guerra sin saqueo, no hay saqueo sin violación, una buena violación tiene
que ser coronada con la muerte.
Los cadáveres de las mujeres parecían meros maniquíes. Las zonas
de carne expuestas al viento del norte estaban amoratadas, horribles. La más
joven alzaba los ojos al cielo, parecía pedir alguna cosa.
Klug contaba las monedas de oro extraídas de un cofre de madera
y piel. Había mucho dinero allí dentro. Se repetía que su decisión había sido
correcta: echado de la milicia, había pensado que se precisaba algo más de
guerra y cabelleras para regresar a German Flatts como patriota.
Echó una mirada alrededor. Nathaniel Gordon daba órdenes a los
demás, el guía delaware reía y corría detrás de un perro. El sombrero con las
orejas cayó y rodó en el suelo.
En un momento dado, el perro se detuvo, giró sobre sí mismo,
patas tiesas, empezó a ladrar y rechinar los dientes. El delaware le partió el
cráneo con el tomahawk.
Dios, ¿qué estaba haciendo el salvaje? Había sacado el cuchillo,
le había abierto la panza, lo estaba desollando. El cuerpo había quedado con la
carne y la escasa grasa al aire, al frío. Los otros habían encendido un fuego.
—¿Quieres tú también, Klug?
—¡Cielos, no! No como cosas de salvajes, por Dios.
Nathaniel Gordon rió burlón.
—Se ve que eres un campesino, Klug. Sin embargo, pensaba que
estas semanas te habían desvezado. —Clavó sus ojos fríos en los del alemán—.
Por lo que a mí respecta, esta carne es muy buena. —Mordió un trozo de perro
mostrando dientes amarillentos. Masticó con expresión satisfecha—. Después de
hacer la guerra, me entra un hambre del demonio. Pondría al fuego hasta los
cachorros de salvaje, si los encontrara. —La compañía estalló en risas. El
delaware se limpió los dientes con la punta del cuchillo. Nathaniel Gordon
prosiguió—. Anda, Klug, no sabes lo que te pierdes. No querrás ofender a
nuestro amigo primitivo.
Klug exhaló con fuerza. Sus compañeros metían miedo. Era muy
fácil fastidiar a aquella gente. Sin embargo, no se había echado atrás, ni
siquiera en las cosas más repugnantes.
Los cuervos daban amplias vueltas, sobre el humo de las ruinas.
Una nube de vapor se formó delante de la boca y la nariz, desvaneciéndose
enseguida. Klug tragó saliva y aceptó un trozo de carne. Se lo llevó a la boca
y empezó a masticar.
46
Un mes más, luego el hielo, la nieve, el letargo. Las presas
grandes eran raras en la estación fría y los bosques cercanos al lago Cayuga no
eran excepción. Ese mes habría de decir a todos si Isaac Brant era un buen
cazador. Abatir el primer ciervo a los doce años, como los mejores guerreros de
la nación.
Mientras limpiaba el jaeger, estudió el día que le esperaba.
Velos de bruma atravesaban la aldea. Las grandes casas de troncos encuadrados
aparecían a trozos y, más allá de la empalizada que las protegía, copas de
hayas hendían el gris.
Cuando salió, el sol estaba detrás de las montañas y los sapos
celebraban el aire húmedo. Sacó del bolsillo una pequeña cantimplora y se llevó
a la boca ron que sabía a melaza y tabaco. Hizo el último control de pólvora,
cartuchos y cuchillo, echó otro trago. Podía hacerlo con calma, nadie le
esperaba, aparte del ciervo que había soñado. Hacía meses que salía de cacería
solo. No se podía elegir, en Cayuga: niños pequeños, mujeres, viejos con
puntería incierta que no querían perder la cara delante de un muchacho. Los de
su edad iban de cacería en grupo, pero hacían tanto ruido que nunca cazaban
nada.
—No es un buen día para ir a los bosques.
La voz de la abuela Margaret le golpeó en la nuca. Isaac la vio
y se quedó a distancia: el hedor de la vieja le daba náuseas. Estaba siempre
arrebujada en aquella manta, sentada en el sillón, todo el día y también de
noche.
—Hay una mancha oscura en el sol y el viento huele a fuego y
carroña.
Isaac se alejó cruzando los dedos. El sol aún no se había visto
y el viento no soplaba hacía días.
En el camino, un niño le saludó con la mano, por encima de los
hombros de su madre. Isaac aligeró el paso: un verdadero cazador solo tiene
ojos para la presa. Mujeres y crios son inútiles distracciones.
Continuó por un sendero en el bosque que cruzaba una zona de
ciervos, cinco millas monte arriba. No había caminado doscientas yardas, cuando
un ruido le frenó.
Pies que corrían y quebraban ramas. Un trapaleo que ningún
cazador haría, ni aun persiguiendo a un cervatillo a matacaballo.
Isaac se escondió detrás de un tronco, el alma en confusión. Su
mitad derecha esperaba que fuera gente conocida, la otra que fueran enemigos.
Montó el martillo del fusil y justo en ese momento el ruido
cesó. Silencio. Solo el lamento de los palomos en lontananza. Luego un rumor
que desde un punto en lo alto se multiplicaba y corría en varias direcciones.
Le estaban rodeando. Por instinto se echó monte abajo. Uno de
los perseguidores gritó.
Isaac reconoció el grito de guerra del clan del Lobo, aminoró el
paso, se volvió hacia atrás. Con el rabillo del ojo captó una sombra que
llegaba, no le dio tiempo a apartarse. Se encontró en el suelo.
—¿Isaac? Quietos, es Isaac.
Era la voz de Jacob Kanatawakhon, que ya se levantaba y le
ofrecía la mano.
Enseguida llegó su padre.
—¿Dónde están Christina y Margaret?
Aparecieron otros hombres de Canajoharie. Philip Lacroix, Jethro
Kanenonte, Paul Oronhyateka.
—Ponte de pie, hay que advertir a todos. El ejército de Sullivan
está a pocas millas de aquí.
Isaac ignoró la mano y se levantó solo.
Abrió mucho los ojos. Estaba en compañía de los guerreros más
valientes del clan y sintió que ese día quedaría grabado en su memoria más que
una gran caza.
Hizo señas de seguirle, y se lanzó a toda velocidad hacia
Cayuga.
Las noches eran frías, tensas, un abismo oscuro. Bajo el peso de
las mantas Klug se encogía como un animal enfermo, la espalda y las piernas
recorridas por escalofríos. Largo duermevela, Klug se quedaba dormido poco
antes del alba y luego una patada en las costillas, una llamada enfurecida le
despertaba. Era dura la vida del saqueador. Además, estaba el asunto de la
carne de perro. No sabía por qué, pero tenía la impresión de que después de ese
episodio algo había cambiado.
Ahora estaban de reconocimiento. No podían encender fuegos para
cocinar, hacía días que se alimentaban con carne seca y Klug tenía un hueco en
lugar de las tripas. No soñaba nunca. Entraba por pocos minutos en un embudo de
tinieblas, cuando los pensamientos que pasaban por la cabeza le dejaban
tranquilo. Desde hacía días, eso era todo su sueño.
Sensación húmeda en la frente y las mejillas. Abrió los ojos y
miró hacia arriba. La figura se compuso con dificultad, saliendo de una niebla
confusa: Nathaniel Gordon, alto como un gigante, se subía los pantalones. Klug
se puso sentado de golpe. La banda explotó en una grotesca carcajada. El
delaware tenía el cuerpo sacudido por sollozos. Los ojos lagrimeaban, la boca
reía y reía, grosera, estridente. De su garganta salía un lamento, como de
cerdo degollado o de mujerzuela india cuando le abrías las piernas.
Nathaniel Gordon cambió de expresión de improviso. Todos
callaron.
—Muévete, Klug. Siempre eres el último, eres una cruz. No sé qué
me obliga a llevarte con nosotros. Se dirigió al resto de los amigotes.
—Vamos, la aldea nos espera.
Uno de los saqueadores intervino.
—Así es, Nat. La aldea nos espera. Y después pasa como en
Secondaga, un viejo aparece de la nada y empieza a dispararnos. ¿No es mejor
esperar a Klug también? Podríamos llevarnos una sorpresa; cuantos más somos,
mejor es.
Nathaniel Gordon sacudió la cabeza.
—Mientras llegamos a la aldea, Klug ya nos habrá alcanzado. Y si
se queda atrás, no será una gran pérdida.
La banda comenzó a bajar por el sendero que llevaba hacia
Cayuga. Klug se levantó lo más rápido que pudo, los huesos dolían, odiaba
quedarse atrás, solo, en medio del bosque. Miró alrededor nervioso, aguzó los
oídos, mientras las espaldas de sus compañeros se alejaban hacia el valle.
Cogió deprisa sus cosas, se colgó la mochila al hombro, luego se paró un
segundo. El fusil, el fusil estaba descargado, no era seguro andar por los
bosques con las armas descargadas. Dejó la mochila, cargó rápido. El primer cartucho
cayó desparramando su contenido en el suelo húmedo. Maldijo, completó la
operación —pólvora-munición-taco, empujar todo hasta el fondo del cañón—, se
colocó el fusil en bandolera, miró el sendero y se puso en marcha.
Los compañeros desaparecían en la media luz del alba, detrás de
la última curva.
Philip caminaba despacio. Pasaba revista a la columna de
desplazados. Todo estaba listo para la partida.
Unas cincuenta personas, tal vez sesenta. Mujeres, niños. Viejos
cuyos brazos no hubieran resistido el peso de un tomahawk. Chiquillos que
empuñaban bastones, cuchillos, algunos incluso un fusil herrumbroso, trastos de
la antigua guerra. Como mucho servían de clava. Oronhyateka y Kanenonte
bromeaban, sopesaban esas pobres armas, suscitaban admiración contando sus
hazañas de guerra.
Kanenonte se golpeó el pecho con un puño, luego lo dirigió hacia
Philip, para señalarle:
—¿Veis? Nosotros combatimos junto con Joseph Brant y el Gran
Diablo. Ellos se fían de nosotros.
Philip siguió adelante. Kanatawakhon observaba los árboles de
alrededor, y las matas, también las piedras del sendero, como si esperara ver
aparecer enemigos en forma de lagartijas.
Isaac estaba en la cima, primero en la fila, armado, ceñudo,
orgulloso. Miraba frente a sí y respiraba hinchando el pecho. Temblaba y no
quería dejar que se viera. Se parecía a Joseph cuando era joven, pensó Philip.
Joseph estaba al final, ocupado en convencer a su madre.
—Te lo he dicho, Margaret. Tenemos que marcharnos deprisa, no
hay que esperar ni un batir de alas.
La vieja, envuelta en la manta mohosa, estrechaba contra sí a
Christina y miraba los árboles, como Kanatawakhon.
—Te digo que el viento huele a carroña. Fuego y carroña. No
podemos partir ahora, acabaremos directo en el hedor y las llamas.
—No corre un soplo de viento, madre. El fuego estallará aquí, si
no partimos enseguida.
—¡Ya no te reconozco, Joseph, pareces un blanco! ¿Cómo haces
para no oler la peste? ¡Las carroñas están más adelante en el sendero!
Philip sintió erizarse los vellos de los brazos. Se acercó a
Kanatawakhon.
—¿Qué te preocupa, hermano?
—Ruidos, Gran Diablo. Son débiles, pero han llegado a mis oídos,
estoy seguro.
—Con todo este vocerío, tu oído puede haberse engañado.
—No, Gran Diablo. He enseñado a mis oídos a no burlarse de mí.
He oído algo debajo de las voces.
—¿Sullivan? —preguntó Philip.
—No. Serían ruidos grandes y pesados como osos. Estos son
insectos.
Se acercaron a madre e hijo, la rencilla aún estaba en curso.
Philip puso una mano en el hombro de Joseph:
—Tal vez tu madre tenga razón —le dijo—. Extraños movimientos,
aquí alrededor. Mejor ir a ver.
Joseph arrugó la frente.
—Escucha a tu amigo, Joseph —dijo la anciana—. Es un buen
mohawk, aunque sea francés.
Llamaron a Oronhyateka y Kanenonte. Tras un rápido conciliábulo,
se decidió que la columna partiría, con prudencia y en silencio. Los cinco
guerreros la precederían durante media milla, a los lados del sendero, pasando
rápido de un árbol a otro. Si hubiesen encontrado al enemigo, intentarían
sorprenderlo y eliminarlo, mientras la columna proseguía el camino. Luego se
unirían a ella, para escoltarla durante el largo viaje.
Joseph llamó a Isaac:
—Ya eres un hombre. Nosotros tenemos que controlar que la vía de
fuga no sea peligrosa. Hasta que no regresemos, te confío la protección de
Margaret y Christina.
Isaac se irguió como en posición de firmes, levantó la barbilla
y apretando los dientes dijo:
—Las defenderé.
Joseph escuchó un silbido. Se volvió, Philip estaba acuclillado
detrás de un árbol. Olfateaba el aire que llegaba de las colinas.
Un chasquido de lengua de un guerrero a otro reunió al grupo.
Comenzaron a subir la pendiente, luego Philip hizo señas de separarse.
Oronhyateka y Kanatawakhon se agazaparon detrás de un gran tronco de pino.
Philip, Joseph y Kanenonte se escondieron entre la hierba alta. Philip se
agachó, apoyándose en el fusil. Miraba el suelo, respiraba lento.
Klug caminaba rápido. Se dio cuenta de que podía poner un pie en
falso, el sendero era en bajada, irregular, las espaldas estaban cargadas con
el peso del saco y del fusil. Estaba muerto de cansancio, casi rendido, a cada
paso juraba que regresaría a casa, a German Flatts, para ocuparse de política,
total, la guerra ya la había hecho, lo sabían todos.
¿Dónde estaban los otros? Klug buscó al resto de la cuadrilla;
les vio a ochenta, noventa yardas más adelante. Les siguió con la mirada
mientras aceleraba el paso.
Hubo un disparo, una nube de humo. Uno de los compañeros cayó.
Los otros empuñaron los fusiles. Una orden seca, gritada. Los suyos arrojaron
las armas. De los lados del sendero salieron indios.
Klug se vio recorrido por un espasmo frío. Sintió que las tripas
se retorcían. Se acurrucó detrás de una roca.
Joseph miró a Nathaniel Gordon.
—Tu rostro me es familiar.
El hombre escupió al suelo, desdeñoso.
—No te he visto antes, no sé quién eres.
El rostro de Joseph era hielo.
—Muy pronto, ya no tendrás ganas de desafiarme.
Oronhyateka quitó el sombrero de piel de la cabeza del delaware
y le dio vueltas en sus manos.
Kanenonte apuntó con el dedo la bolsa para tabaco que el
delaware llevaba en la cintura.
Una súbita conciencia se abrió paso en la cabeza de los mohawks.
El delaware se estremeció. Kanenonte lanzó un grito agudo, terrible.
Dios, parecía que no se habían percatado de él. El sendero era
en bajada, aún no era pleno día. Por instinto, Klug sintió el impulso de volver
los pasos, de huir lo más veloz que podía. Pero había una figura, allí en el
fondo, de la cual no conseguía quitar los ojos.
Se sobresaltó. Cielo santo, era Joseph Brant. Casaca color
ladrillo y pinturas de guerra. El modo de moverse era inconfundible. Con la
cautela de un gato, Klug sacó el catalejo.
Gordon tenía la cara pálida. El delaware era un muro de piedra.
El jefe de los salvajes sin duda era Joseph Brant.
El corazón latía enloquecido. Klug sintió que la fría
determinación del odio movía sus miembros. Antes de preguntarse si sería capaz
de llevar a término la tarea, había empuñado la carabina Kentucky. Apretó el
gatillo.
Solo un débil sonido metálico. Había cargado mal el fusil, la
bala debía de haberse caído del cañón mientras apretaba el paso en la bajada.
Maldijo entre dientes, pidió que le fuera concedido el tiempo
suficiente. Volvió a cargar con atención, escuchó gritos, miró hacia abajo. La
situación se precipitaba.
Empuñó, apuntó. El héroe que despacharía al Monstruo Brant
estaba allí, detrás de aquella roca, y se llamaba Klug. Apretó el gatillo. Una
nube de humo cubrió la escena, Klug asomó la cabeza de lado para controlar el
efecto del tiro. Había un hombre en el suelo, el delaware luchaba con otro
salvaje, quizá sus compañeros podían prevalecer, pero las piernas de Klug
decidieron huir.
Correr, un paso tras otro. El, Jonas Klug, el hombre que había
despachado a Joseph Brant.
47
Philip vio a Molly, vestida de azul tenue, y dio un paso para
subir a la colina. Respiró aire y luz, el mundo estaba tranquilo, el maíz
maduro y meditabundo, los sonidos del mundo rocío fresco. Molly estaba lejana,
allá en la cima, pero sabía que llegaría a ella. Después de tanto tiempo, los
pies andaban ligeros, la hierba respondía a su roce, se doblaba, concedía el
paso. El universo escuchaba curioso. La guerra había acabado y había sol por
doquier.
Molly lo saludó y sonrió. Ven, desde aquí se ve todo, campos y
lagos, montañas y océanos, el cumplimiento de los ciclos.
Philip se acercó, miró frente a sí. El mundo ya no tenía
horizonte, se extendía hasta donde los ojos podían ver, y proseguía, cada vez
más estrecho y denso, vago y empapado de aire, sin desaparecer nunca.
Pueblos y colores, vidas y destinos, todo vive en aquella
delgada franja.
Allí en el fondo estamos nosotros vistos de espaldas, pensó
Philip Lacroix Ronaterihonte. Si la flecha de mi mirada lograra llegar tan
lejos, podría clavarse en mi nuca.
Molly Brant Degonwadonti le cogió la mano.
El aire formó pequeños vórtices fluctuantes.
Philip habló.
Es tiempo de que yo sepa por qué me has escogido.
Lanza tu mirada allí al fondo, tamborilero. Y detrás de
nosotros, y todo alrededor. Estamos en el filo del tiempo, donde la respuesta
precede a la pregunta, el efecto precede a la causa, la muerte precede al
nacimiento.
Tenías que subir esta colina, para comprender tu camino.
Privado de madre y de padre, has muerto como francés para nacer
como mohawk, el día en que caía en la batalla Hendrick.
Ese día el mundo de sir William plantó raíces.
Tenías que morir para vengar a Hendrick. Te has salvado, un
nuevo ciclo se ha abierto.
La nación te ha dado un padre y una madre. Has sido un gran
guerrero. Has superado pruebas. Caminabas con los mohawks.
Luego la nación te ha perdido, y tú has perdido a la nación. Tu
ciclo incompleto desequilibraba el mundo, el Dueño de la Vida lo sabía.
Tenías que regresar al mundo, Ronaterihonte, para poder morir,
para iluminar el destino de la Casa Larga.
Philip habló.
Yo, privado de madre, ya no sé cuántas veces he nacido. Tú eres
la primera y la última partera, has hecho de mí un mohawk y me has llamado por
última vez. Ahora eres la muerte.
Molly habló.
El mundo se ha desbloqueado.
Molly habló.
Un círculo se cierra, un círculo se abre.
Molly habló.
Las Seis Naciones vivirán.
Philip suspiró, los ojos se bañaron de lágrimas.
El plomo había rasgado la carne, cortado una vena, dado vía
libre a la sangre.
Alguien gritó un nombre:
—¡Ronaterihonte!
Alguien entonó una pregunta.
Alguien gruñó una respuesta.
Las últimas figuras humanas se agolparon en los rabillos de los
ojos cada vez más velados.
Hubo de haber rechinar de dientes, apretones de puños. Llantos,
y cantos, y despedidas. Philip estaba listo.
Regreso al útero del mundo, madre, mi origen, mi nación. A la
oscuridad tibia y acogedora de la tierra.
48
Joseph recordó la primera vez que había visto a Philip. Un
muchacho asustado, de uniforme, tal vez blanco o tal vez indio.
Joseph también era un muchacho, demasiado joven para combatir.
Molly le había llevado consigo al lago George. Tenía que ayudar a las mujeres a
curar heridos: correr a buscar agua para lavar las llagas o ron para aturdir a
quien tenía una bala clavada en la carne. Ayudar a sostener a quien caminaba
con dificultad.
Ese día había visto que sir William regresaba del campo en
camilla. Por quienes le transportaban había sabido la noticia: Hendrick había
muerto.
Poco después, de pie junto a Molly, había asistido a la llegada
del grupo de prisioneros, entre los gritos de cólera y dolor de los guerreros y
los lamentos de los que eran arrastrados y golpeados con patadas.
El muchacho estaba acabado. Joseph estaba seguro de que su
sangre mojaría la hierba. En cambio, su hermana se había echado hacia delante,
orgullosa y furente. Había desafiado a los guerreros, les había afrentado,
hecho sentir estúpidos y fuera de la historia de las Seis Naciones. En un
momento dado, Joseph se había visto señalar, Molly le había utilizado como
argumento: Este muchacho tiene la edad de mi hermano.
Ese día la nación adoptaba al futuro Grand Diable. La vida de
Joseph cambiaba para siempre.
El mundo se había abierto, una boca llena de úlceras y dientes
podridos había devorado a Philip.
Joseph lo sentía: el proyectil era para él.
La nota de dolor vibraba en encías, sienes y globos de los ojos.
En los oídos retumbaban órdenes superpuestas, masculladas y perdidas en el eco,
cada vez más carentes de sentido.
En torno a quien moría, todo cambiaba deprisa.
Joseph habría de vivir. Habría de tener tiempo. Habría de
permanecer con los fantasmas. Tiempo de pensar, recordar, echarse la culpa,
disculparse a sí mismo. Y vivir en lugar de los muertos, vivir, porque es así,
se vive o se muere. Y quien aún está en vida se preocupa por los vivos, por los
que han quedado.
Sullivan apremiaba. Tenían que montar una camilla para el cuerpo
de Philip y llegar hasta la columna de supervivientes. Christina, Isaac,
Margaret. Salvar a todos, dejar ese mundo enloquecido.
—Nosotros nos quedamos aquí, Thayendanega —dijo Oronhyateka, y
señaló a los prisioneros—. Hay algo que se debe hacer desde hace tiempo, ya
sabes.
—Se debe hacer desde el principio de todo esto —añadió
Kanenonte.
—Sullivan está llegando —respondió Joseph—. No hay tiempo. —Para
escoltar a los desplazados, bastáis tú y Kanatawakhon —dijo Oronhyateka.
Kanenonte sonrió.
—Nos veremos donde nos espera el Gran Diablo, algún día. Joseph
apretó los ojos, aspiró aire con la nariz, metió el cuello entre los hombros
como si tuviera frío. Abrió los ojos y dijo:
—Está bien.
El hombre que se había presentado como Nathaniel Gordon, sentado
en suelo con las manos atadas por detrás, miró a Joseph con ojos llenos de
súplicas.
—¡Puedo decir el nombre del que ha disparado a tu amigo, Joseph Brant!
¡Es uno de tu aldea! ¡Klug! ¡Maldigo el día en que ese alemán se unió a
nosotros!
Los guerreros se sobresaltaron, las miradas pasaron de un rostro
a otro. Joseph trituró aire en sus puños, hasta sentir dolor en los brazos.
—Todo halla su propio lugar, Thayendanega —dijo Oronhyateka,
luego se giró hacia Gordon—: Nada de lo que nos digas te salvará la vida. Tú y
tus amigos debéis pagar por mucho más que esto.
Gordon soltó un quejido y se desinfló como un odre agujereado,
vaciado de toda energía. —Te suplico, Joseph Brant... Joseph le miró con
desprecio:
—No habéis hecho nada por vosotros mismos. ¿Cómo podría hacer yo
algo por vosotros?
Kanenonte y Oronhyateka lloraban y reían, se cubrían la cara con
las manos, se daban manotazos en la espalda. Parecían fuera de juicio, sin
embargo se emborrachaban con método, con pericia avivaban las llamas, y por
mucho ron que bebieran, siempre volvían a torturar al prisionero colgado cabeza
abajo cerca del fuego. Cada jirón de piel extirpado tenía un nombre:
—Este es por Samuel Waterbridge. Este es por Royathakaryo. Este
es por Sakihenakenta. Este es por Ronaterihonte.
El delaware no gritaba, ni siquiera un gemido. Escalpado,
desollado, brasas encendidas y cenizas calientes sobre la carne viva.
Los otros tenían que mirar, patadas y bofetadas si cerraban los
ojos. Suplicaban como niños. Cada uno de ellos se había vomitado y meado y
cagado encima. Gordon ya no tenía más lágrimas para llorar.
—¿Has oído qué bonita frase ha dicho Thayendanega? —dijo
Kanenonte, riendo y enseñando los dientes—. ¡Hubiera querido decirla yo! «No
habéis hecho nada por vosotros mismos. ¿Cómo podría hacer yo algo por
vosotros?»
—Thayendanega es un gran guerrero —comentó Oronhyateka.
—¿Y nosotros? ¿Nosotros somos grandes guerreros? —preguntó
Kanenonte.
Oronhyateka no respondió. Por enésima vez se acercó al
prisionero.
Alzó el cuchillo, levantó y extirpó un jirón de piel.
—Este es por Oronhyateka.
Enseguida cortó otro.
—Este es por Kanenonte.
Risas, sollozos y plegarias. Crepitar de llamas.
49
La tierra estaba húmeda y blanda, las palas cavaban sin
encontrar obstáculos. Joseph y Kanatawakhon trabajaban deprisa. Isaac rodeaba
con un brazo los hombros de Christina. Margaret daba vueltas alrededor de los
dos guerreros y los miraba, como para asegurarse de que el trabajo procediese
bien. El resto de la columna hacía un alto a poca distancia, pero solo la
familia Brant asistía a la sepultura del Gran Diablo. Sepultura sin ritos, ni
cristiana ni pagana, a la espera de reanudar el viaje. Fuerte Niagara todavía
estaba muy distante.
El cuerpo de Philip estaba envuelto en la manta de Margaret. La
anciana lo había visto muerto, echado en la camilla de ramas y cuerdas.
Murmurando algo, se había quitado de encima el gran paño polvoriento y lo había
ofrecido.
—¿Estás segura, abuela? —había preguntado Isaac—. El aire es
fresco.
—No importa. No me quedan muchas lunas. Pronto me la devolverá.
Joseph le había dado a la madre su chaqueta de lana. La vieja la
llevaba como si fuera un chal.
En pocos minutos, Joseph y Kanatawakhon cavaron una fosa
profunda de cinco pies.
Era el momento de depositar el cuerpo. Joseph sentía que la
incumbencia y la fatiga apretaban fuerte su garganta, como dos manos decididas
a estrangularle. Al borde de la fosa sintió que vacilaba, Kanatawakhon le
agarró de un brazo.
—Esta tumba me llama a mí también —comentó Joseph—, pero aún no
es el tiempo.
—Siéntate, Thayendanega, estás cansado —dijo su compañero.
—¿Hace cuánto tiempo que no dormimos, Kanatawakhon?
—He perdido la cuenta de los días, hermano.
—Yo también. —Joseph se alejó unos pasos y llamó a su hijo—:
Isaac, ven a echar una mano. Aprende a enterrar a los muertos.
Isaac se separó de su hermana, Joseph tomó su lugar. La niña se
abrazó a una pierna del padre.
Kanatawakhon e Isaac levantaron el cuerpo por los hombros y por
los pies, lo cargaron con ruda solemnidad, lo dejaron caer dentro de la fosa.
El último viaje de Ronaterihonte fue un vuelo rápido, la caída
no produjo ningún ruido. La tierra blanda acogió el cuerpo y pareció que se
modelaba en torno a él. El guerrero y el muchacho cogieron las palas. Joseph
los detuvo.
Se dirigió a la madre:
—Margaret, eres la más anciana. Representas al clan, a la
nación. Di unas palabras por este guerrero.
Todos callaron. La anciana avanzó, encorvada, tambaleante. Se
detuvo a un pie del borde.
—Todos los míos te han querido mucho, Philip Lacrosse. Mi hija
te ha dado la vida. Una parte de mi hijo muere contigo.
Joseph sintió una presión que se cerraba alrededor de su
garganta, como para estrujar la cabeza, obligándole a sacar lágrimas. Los ojos
se humedecieron.
—Mi nieto te ha sepultado. Yo, por último, me despido. Todos
elevaremos plegarias por ti.
Dicho esto, se alejó. Pasó junto a Joseph y Christina, puso un
paso tras otro en dirección a la muchedumbre de desplazados.
Joseph dio la señal. Las palas levantaron trozos de tierra.
50
—Dueño de la Vida, ha llegado a ti un gran guerrero, que conoció
al Pueblo de la Piedra en la suerte adversa y con él tejió su destino, como el
wampum que tengo entre mis manos. Su nombre es Ronaterihonte. Los ríos y los
valles conocieron su fama y su valor. El defendió a la nación en el peligro,
vivió junto a nosotros el tiempo de la carestía y de la miseria. Nos enseñó que
cuando la sombra desciende sobre la tierra no es el honor lo que cuenta, sino
la salvación de los que están amenazados. Nuestro hermano Ronaterihonte
oscureció su luz para atravesar las tinieblas con su pueblo. Dueño de la Vida,
acógelo como conviene al más noble de los hombres. Amén.
Johannes Tekarihoga bajó los brazos que había tendido al cielo,
iluminado por el sol. El lago brillaba como oro delante de la roca donde solía
contemplarlo.
Cuando escuchó el batir de alas, sonrió. Volvió la cabeza y vio
que el pájaro carpintero brincaba a su lado.
—Has regresado, amiga mía.
Sintió la calidez del mediodía, aunque noviembre ya era
penetrante. Respiró hondo y advirtió una sensación de vigor antiguo, de energía
renovada que atravesaba los miembros. Paladeó el viento que se colaba entre los
sauces. Sintió correr en sus venas el agua que le rodeaba, mientras creía
escuchar el anuncio de un acontecimiento propicio. La superficie del lago se
había poblado de espíritus: antepasados, guerreros, sachems y matronas del
clan, conscientes del destino de su propia descendencia.
El pájaro carpintero saltó a su hombro. El anciano mohawk
distendió el rostro.
—Bien. Nuestros padres me esperan. —El jefe del clan de la
Tortuga inspiró fuerte por la nariz y miró otra vez al pájaro carpintero—. Mi
corazón estará con vosotros, en el jardín en el centro del agua —susurró sin
apenas mover la boca.
Cerró los ojos y pareció adormecerse. El pájaro carpintero voló
lejos, en dirección al lago y los perfiles oscuros de los barcos que se veían
en el horizonte.
Una salva de cañones y los gritos de los vigías salieron de los
torreones del fuerte, mientras el cuerpo del viejo sachem se deslizaba hacia el
agua.
Guy Johnson caminaba por el muelle a grandes pasos, ralentizado
por la masa de harapientos que subía a los barcos, junto con carnadas de hijos,
trastos y ganado flaco. En cuanto bajó a tierra, le había impresionado el
silencio, como si todos hubieran decidido no hacerse oír, temerosos de que la
vía de la salvación se cerrara como se había abierto.
Comprendió que había llegado justo a tiempo. El viaje había
durado más de un año. Partiendo de Nueva York a inicios del otoño de 1778, un
hielo terrible le había bloqueado en Halifax hasta avanzada la primavera, luego
había partido de nuevo y llegado hasta Montreal. Después río arriba, a través
del San Lorenzo, hasta el lago, y ahora Niagara.
Los relatos de miseria y penurias no preparaban para el impacto
con la realidad. Un pueblo orgulloso y tenaz conocía la decadencia y el
abandono, la carestía y la muerte. Pequeños fragmentos de otros pueblos también
se agolpaban en aquel rincón de mundo. Seguían el destino de los iroqueses,
mezclados entre la gran muchedumbre. Aún fieles, por conveniencia o convicción,
al Rey que estaba en Londres.
Consiguió abrirse paso entre la multitud y llegar al sendero que
llevaba hasta el fuerte y el campo de desplazados. Se paró a tomar aliento y
contempló el espectáculo de aquel ir y venir, bajo el cielo límpido que
blanqueaba las murallas. Cuerpos dolientes y consumidos por el hambre
arrastraban los pies en la orilla. Los pocos soldados de la guarnición
regulaban el flujo sin mucho esfuerzo.
Una lúgubre procesión era lo que quedaba de las Seis Naciones.
Poco más de cinco años habían pasado desde el funeral de William
Johnson, pero valían un siglo, y sobre el sueño que tiempo atrás parecía una
sólida roca se amontonaba un gran cúmulo de miseria y muerte. Pensó en todo lo
que había luchado y arriesgado para obtener el nombramiento de superintendente
del Departamento Indio y lo poco que eso significaba ahora.
Miró de nuevo la muchedumbre. En cada uno de los rostros,
conocidos o ignotos, encontraba el elemento común de la materia que los
formaba. Tierra oscura de la noche de los tiempos, el rostro de los viejos.
Tierra roja de roca veteada, el de los últimos guerreros. Polvo blanco y
marmóreo, la cara de las jóvenes mujeres.
Una de ellas se acercó. La expresión de dolor impresionó a Guy.
—Padre —dijo ella.
La miró atónito, incapaz de reconocer en esa mujer a su niña.
Llevaba los cabellos peinados como una india
—Esther. Bendito Dios, Esther.
Quería abrazarla, pero no sabía como hacerlo: todo un océano se
había interpuesto entre ellos, luego un continente. Eran extraños, pero Guy
esperaba poder ofrecerle aún un aliado y una vida nueva. Había atravesado
América para ello.
—¿Por qué está aquí?
Guy leyó el luto en los ojos de su hija, pero también una fuerza
innata, que le desconcertaba desde que era niña. Ahora lo podía ver, era la
mirada de William Johnson.
—Te llevaré a Nueva York. Nos marcharemos de este país.
—Ya es tarde —dijo Esther.
Dejó que su padre le cogiera una mano entre las suyas.
—No es verdad —insistió Guy—. Podemos regresar a Londres, lejos
de la guerra.
—Sabe que no iré.
—Soy tu padre, no partiré sin ti.
La mujer hizo algo inesperado. Le sonrió.
—El futuro no está a nuestras espaldas, sino frente a nosotros
—dijo— Más allá de este lago. Las Mil Islas. Hacia allí vamos.
—Tengo que prohibirlo.
—Pero no lo hará. —Se acercó mientras le rozaba una mejilla con
la mano—. Cuide de usted y de mis hermanas. —Se apartó de él y enseguida se
detuvo—. Le ruego que no sienta pena. Es lo que tenía que ocurrir.
Se dirigió al muelle, donde Molly Brant esperaba inmóvil,
envuelta en un manto blanco.
Guy hubiera querido retenerle, pero no logró hablar ni moverse.
Los brazos inertes en los costados, la boca apretada.
Joseph reconoció la figura solitaria en la cima de la cuesta. De
todos los blancos que esperaba ver, Guy Johnson en realidad era el último.
Sintió un impulso de compasión, como si percibiera el esfuerzo que había
realizado para llegar hasta allí.
—Joseph —dijo Guy, turbado—. Lo he perdido todo, también a mi
hija.
—Ha encontrado su lugar —dijo el indio mirando a la mujer que se
alejaba—. ¿Podemos decir lo mismo de nosotros?
Guy pareció resignado.
—¿Qué hará ahora? —preguntó. Joseph respondió sin pensar.
—Lucharé en el tiempo que queda. Moriré con honor.
El irlandés enderezó la espalda, recuperando el control de sí.
—Le deseo buena fortuna.
El indio estrechó la mano tendida. La expresión amarga de Guy
Johnson desapareció bajo el tricornio. Joseph le miró alejarse en dirección al
muelle y atravesar la multitud apiñada en torno a las barcas. Por algunos
instantes, el sombrero surgió de nuevo entre el mar de cabezas, luego
desapareció del todo.
Joseph hizo un gesto a Kanatawakhon y bajaron al lago.
Molly supervisaba el embarco, observando el lento éxodo que
estaba a punto de comenzar. Acto final de un viaje iniciado cuatro años antes.
—Has venido a decirme que no vendrás con nosotros.
—Aún hay cuentas pendientes que saldar. —La abrazó—. Protege a
mis hijos y a nuestra madre.
Isaac, Christina y Margaret estaban ya en una de las barcas y le
miraban desconcertados. El mismo se había encargado de embarcarles con los
primeros. Isaac volvió la cabeza al otro lado.
—Te esperaremos —dijo Molly.
Joseph cogió la alforja y se la cruzó en bandolera. Se encaminó
lento detrás de Kanatawakhon, contra la corriente de seres humanos que se
desplazaba hacia la orilla.
Esther observó que la tierra se alejaba una vez más. Rozó el wampum
que llevaba en la muñeca.
Pronto volvería a ver a Philip. Conocía el camino, ya lo había
recorrido.
No hay lutos para quien es capaz de soñar.
Habías dicho que tuviera preparada una barca, amor mío. Aquí
está.
Philip subiría a bordo. Juntos atravesarían el lago, tan grande
que no se veía el final.
Esther miró a Molly, firme en el castillo de popa. La visión de
la mujer le infundió valor.
No hay destrucción para quien comprende la ley del tiempo.
Pensó en lo que había vivido en sus dieciséis años y en el mundo
que se había derrumbado a su alrededor.
Pensó en la vida que le esperaba y en el mundo nuevo que
construiría, en el Jardín en el centro del Agua.
Las Mil Islas.
Manituana.
EPÍLOGO
Valle del río Mohawk, 1783
El hombre resbaló en el fango y se levantó. Avanzó con
dificultad por la explanada en dirección al bosque, la mano apretaba el costado
herido.
La lluvia había transformado el campo en un pantano, los pies se
hundían.
Una rodilla cedió, el hombre acabó en el suelo. Se puso de pie,
prosiguió agachado hacia delante, en los pulmones el miedo y el olor acre
traído por el viento. Casas ardían a menos de una milla. Soltó un grito
ahogado, un sollozo de terror mientras se revolcaba en el lodo. Consiguió
sentarse y sacar la pistola de la cintura. El martillo golpeó en vano. La
arrojó contra los perseguidores con un grito de animal acorralado.
Llegaron hasta él sin prisa y se detuvieron a mirarle.
El hombre jadeaba aterrorizado, los ojos llenos de lágrimas.
Los dos indios se cruzaron un gesto.
Uno de los dos levantó el sable.
El hombre gritó.
La cabeza salió rodando.
La lluvia caía espesa, en pequeñas gotas, envolviendo todo en
una paz triste.
Kanatawakhon apuntó la hoja hacia abajo, dejó que la sangre
mojara la tierra. Murmuró palabras en la lengua de los padres.
Joseph recogió la cabeza cortada. Cogió un puñado de fango y lo
metió en la boca abierta.
—Querías mi tierra, Jonas Klug. Aquí la tienes. Ahora es tuya.
Colocó el trofeo en un saco y se lo echó al hombro. El cansancio
por los largos años de guerra hacían que la carga fuera aún más pesada.
La venganza. El regalo para Molly. Había pasado a sangre y fuego
el valle, una vez, dos, pero Klug siempre había logrado escapar. Lo había
encontrado justo cuando la guerra terminaba.
El aire trajo ruidos de disparos lejanos, llamadas de reunión.
El trabajo de los Voluntarios había acabado. De Schoharie a German Flatts, las
casas de los colonos eran cenizas. El sueño de sir William había desaparecido
para siempre, nadie más se apropiaría de él.
Los dos indios se encaminaron lentos a la cima de una loma. Se
quedaron mirando la devastación que les rodeaba. El humo se levantaba desde los
cuatro puntos cardinales, los campos estaban quemados o en ruinas, vacas que
escaparon a la incursión vagaban sin rumbo.
Kanatawakhon pronunció pocas palabras.
—Sí —asintió Joseph—. Ya no volveremos más.
La guerra estaba perdida. Las últimas noticias decían que en
París los blancos discutían una paz. Los ingleses negociaban la rendición, pero
ningún indio estaba con ellos. Joseph Brant era ahora un aliado incómodo. Los
supervivientes de las Seis Naciones vivían en un puñado de islas en el origen
del San Lorenzo.
La mente de Joseph se elevó sobre los escombros de Iroquirlanda,
remontó el río, voló más allá de los lagos. La visión de Christina que jugaba
bajo el sol le aligeró el corazón. Isaac llegaba a la orilla a nado y salpicaba
a su hermana con agua fresca, la hacía reír, corría tras ella hasta la casa de
madera. Molly la había hecho construir para ellos. Había otras, chimeneas
encendidas, huertos labrados, barcas que iban y venían. Y estaba ella,
Degonwadonti, imagen viva de Mujer del Cielo, que contaba a los más pequeños la
leyenda del Jardín de Dios y de los mil fragmentos que se salvaron de la
destrucción. Mil gotas de Paraíso donde hacer crecer la esperanza. En el patio,
una joven mujer de cabellos rubios elegía las semillas que debían brotar en
primavera. La descendencia de Mazorca, Alubia y Calabaza.
Joseph lo sabía. No vería aquella cosecha. No desde el fondo de
una guerra que le había costado todo y pretendía licenciarle sin ruido ni
resarcimiento. Haría responder a los blancos por sus promesas, con el aliento
que le quedaba. Regresaría a Londres, si era preciso, para pedirlo al Rey en
persona. El camino todavía llevaba lejos. Apretó fuerte la punta del saco.
—Tenemos que ponernos en marcha.
Los dos indios bajaron hacia el río. Las figuras se tornaron
vagas, hasta desaparecer detrás de la cortina de lluvia.
FIN


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