© Libro N°. 2986. Manual De Carreño. Carreño, Manuel A.. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
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MANUAL DE CARREÑO
Manuel A. Carreño
“URBANIDAD Y BUENAS MANERAS”
DEBERES MORALES DEL HOMBRE
CAPÍTULO PRIMERO
DE LOS DEBERES PARA CON DIOS
Basta dirigir una mirada al firmamento, o a cualquiera de las
maravillas de la creación y contemplar instante los infinitos bienes y
comodidades que frece la tierra, para concebir desde luego la sabiduría y
grandeza de Dios, y todo lo que debemos amor, a su bondad y a su misericordia.
En efecto, ¿quién sino Dios ha creado el mundo y gobierna, quién
ha establecido y conserva es. orden inalterable con que atraviesa los tiempos
la masa formidable y portentosa del Universo, quién vela incesantemente por
nuestra felicidad y la de todos losobjetos que nos son queridos en la tierra, y
por último quién sino Él puede ofrecernos, y nos ofrece, la dicha inmensa de la
salvación eterna? Sómosle, pues, deudores de todo nuestro amor, de toda nuestra
gratitud, y de la más profunda adoración y obediencia; y en
todas las situaciones de la vida en medio de los placeres inocentes que su mano
generosa derrama en el camino de nuestra existencia, como en el seno de la
desgracia con que en los juicios inescrutables de su sabiduría infinita prueba
a veces nuestra paciencia y nuestra fe, estamos obligados a rendirle nuestros
homenajes, y a dirigirle nuestros ruegos fervorosos, para que nos haga
merecedores de sus beneficios en el mundo, y de la gloria que reserva a
nuestras virtudes en el Cielo.
Dios es el ser que reúne la inmensidad de la grandeza y de la
perfección; y nosotros, aunque criaturas suyas y destinados a gozarle por toda
una eternidad, somos unos seres muy humildes e imperfectos; así es que nuestras
alabanzas nada pueden añadir a sus soberanos atributos. Pero El se complace en
ellas y las recibe como un homenaje debido a la majestad de su gloria, y como
prendas de adoración y amor que el corazón le ofrece en la efusión de sus más
sublimes sentimientos, y nada puede, por tanto, excusarnos de dirigírselas.
Tampoco nuestros ruegos le pueden hacer más justo, porque todos sus atributos
son infinitos, ni por otra parte le son necesarios para conocer nuestras
necesidades y nuestros deseos, porque El penetra en lo más íntimo de nuestros
corazones, pero esos ruegos son una expresión sincera del reconocimiento en que
vivimos de que El es la fuente de todo bien de todo consuelo y de toda
felicidad, y con ellos movemos su misericordia, y aplacamos la severidad de su
divina justicia, irritada por nuestras ofensas, porque El es Dios de bondad y
su bondad tampoco tiene límites. ¡Cuán propio y natural no es que el hombre se
dirija a su Creador, le hable de sus penas con la confianza de un hijo que
habla al padre más tierno y amoroso, le pida el alivio de sus dolores y el
perdón de sus culpas, y con una mirada dulce y llena de unción religiosa, le
muestra su amor y su fe como los títulos de su esperanza!
Así al acto de acostarnos como al de levantarnos, elevaremos
nuestra alma a Dios; y con todo el fervor de un corazón sensible y agradecido,
le dirigiremos nuestras alabanzas, le daremos gracias por todos sus beneficios
y le rogaremos nos los siga dispensando. Le pediremos por nuestros padres, por
nuestras familias, por nuestra patria, por nuestros bienhechores y amigos, así
como también por nuestros enemigos, y haremos votos por la felicidad del género
humano, y especialmente por el consuelo de los afligidos y desgraciados, y por
aquellas almas que se encuentren extraviadas de la senda de la bienaventuranza.
Y recogiendo entonces nuestro espíritu, y rogando a Dios nos ilumine con las
luces de la razón y de la gracia, examinaremos nuestra conciencia, y nos propondremos
emplear los medios más eficaces para evitar las faltas que hayamos cometido en
el transcurso del día. Tales son nuestros deberes al entregarnos al sueño, y al
despertarnos, en los cuales, además de la satisfacción de haber cumplido con
Dios y de haber consagrado un momento a la filantropía, encontraremos la
inestimable ventaja de ir diariamente corrigiendo nuestros defectos, mejorando
nuestra condición moral y avanzando en el camino de la virtud, único que
conduce a la verdadera dicha.
Es también un acto debido a Dios, y propio de un corazón
agradecido, el manifestarle siempre nuestro reconocimiento al levantarnos de la
mesa. Si nunca debemos olvidarnos de dar las gracias a la persona de quien
recibimos un servicio por pequeño que sea, ¿con cuánta más razón no deberemos
darlas a la Providencia cada vez que nos dispensa el mayor de los beneficios,
cual es el medio de conservar la vida?
En los deberes para con Dios se encuentran refundidos todos los
deberes sociales y todas las prescripciones de la moral; así es que el modelo
de todas las virtudes, el padre más amoroso, el hijo más obediente, el esposo
más fiel, el ciudadano más útil a su patria... Y a la verdad, ¿cuál es la ley
humana, cuál el principio, cuál la regla que encamine a los hombres al bien y
los aparte del mal, que no tenga su origen en los Mandamientos de Dios, en esa
ley de las leyes, tan sublime y completa cuanto sencilla y breve? ¿Dónde hay
nada más conforme con el orden que debe reinar en las naciones y en las
familias, con los dictados de la justicia, con los generosos impulsos de la
caridad y la noble beneficencia, y con todo lo que contribuye a la felicidad
del hombre sobre la tierra, que los principios contenidos en la ley evangélica?
Nosotros satisfacemos el sagrado deber de la obediencia a Dios guardando
fielmente sus leyes, y las que nuestra Santa Iglesia ha dictado en el uso
legítimo de la divina delegación que ejerce; y es éste al mismo tiempo, el
medio más eficaz y más directo para obrar en favor de nuestro bienestar en este
mundo, y de la felicidad que nos espera en el seno de la gloria celestial.
Pero no es esto todo: los deberes de que tratamos no se
circunscriben a nuestras relaciones internas con la Divinidad. El corazón
humano, esencialmente comunicativo, siente una inclinación invencible a
expresar sus afectos por signos y demostraciones exteriores. Debemos, pues,
manifestar a Dios nuestro amor, nuestra gratitud y nuestra adoración, con actos
públicos que, al mismo tiempo que satisfagan nuestro corazón, sirvan de un
saludable ejemplo a los que nos observan. Y como es el templo la casa del Señor,
y el lugar destinado a rendirle nuestros homenajes, procuremos visitarlo con la
posible frecuencia, manifestando siempre en él toda la devoción y todo el
recogimiento que inspira tan sagrado recinto.
Los sacerdotes, ministros de Dios sobre la tierra, tienen la
alta misión de mantener el culto divino y de conducir nuestras almas por el
camino de la felicidad eterna. Tan elevado carácter nos impone el deber de
respetarlos y honrarlos, oyendo siempre con interés y docilidad los consejos
con que nos favorecen, cuando en nombre de su divino maestro y en desempeño de
su augusto ministerio nos dirige su voz de caridad y de consuelo. Grande es sin
duda la falta en que incurrimos al ofender a nuestros prójimos, sean éstos
quienes fueren; pero todavía es mucho más grave ante los ojos de Dios la ofensa
dirigida al sacerdote, pues con ella hacemos injuria a la Divinidad, que le ha
investido con atributos sagrados y le ha hecho su representante en este mundo.
Concluyamos, pues, el capítulo de los deberes para con Dios, recomendando el
respeto a los sacerdotes, como una manifestación de nuestro respeto a Dios
mismo, y como un signo inequívoco de una buena educación moral, y religiosa.
CAPÍTULO SEGUNDO
DE LOS DEBERES PARA CON LA SOCIEDAD
I
Deberes para con nuestros padres
Los autores de nuestros días, los que recogieron y enjugaron
nuestras primeras lágrimas, los que sobrellevaron. las miserias e incomodidades
de nuestra infancia, los que consagraron todos sus desvelos a la difícil tarea
de nuestra educación y a labrar nuestra felicidad, son para nosotros los seres
más privilegiados y venerables que existen sobre la tierra.
En medio de las necesidades de todo género a que, sin distinción
de personas ni categorías, está sujeta la humana naturaleza, muchas pueden ser
las ocasiones en que un hijo haya de prestar auxilios a sus padres, endulzar
sus penas y aun hacer sacrificios a su bienestar y a su dicha. Pero ¿podrá
acaso llegar nunca a recompensarles todo lo que les debe?, ¿qué podrá hacer que
le descargue de la inmensa deuda de gratitud que para con ellos tiene contraí
da? ¡Ah!, los cuidados tutelares de un padre y una madre son de
un orden tan elevado y tan sublime, son tan cordiales, tan desinteresados, tan
constantes, que en nada se asemejan a los demás actos de amor y benevolencia
que nos ofrece el corazón del hombre y sólo podemos verlos como una emanación
de aquellos con que la Providencia cubre y protege a todos los mortales.
Cuando pensamos en el amor de una madre, en vano buscamos las
palabras con que pudiera pintarse dignamente este afecto incomprensible, de
extensión infinita, de intensidad inexplicable, de inspiración divina; y
tenemos que remontarnos en alas del más puro entusiasmo hasta encontrar a María
al pie de la cruz, ofreciendo en medio de aquella sangrienta escena el cuadro
más perfecto y más patético del amor materno. ¡ Sí!, allí está representado
este sentimiento como él es, allí está divinizado; y allí está consagrado el
primero de los títulos que hacen de la mujer un objeto tan digno y le dan tanto
derecho a La consideración del hombre!
El amor y los sacrificios de una madre comienzan desde que nos
lleva en su seno. ¡ Cuántos son entonces sus padecimientos físicos, cuántas sus
privaciones por conservar la vida del hijo que la naturaleza ha identificado
con su propio ser, y a quien ya ama con extremo antes de que sus ojos le hayan
visto!
¡ Cuánto cuidado en sus alimentos, cuánta solicitud y esmero en
todos los actos de su existencia física y moral, por fundar desde entonces a su
querida prole una salud robusta y sana, una vida sin dolores! El padre cuida de
su esposa con más ternura que nunca, vive preocupado de los peligros que la
rodean, la acompaña en sus privaciones, la consuela en sus sufrimientos, y se
entrega con ella a velar por el dulce fruto de su amor. Y en medio de la
inquietud, y de las gratas ilusiones que presenta este cuadro de temor y de
esperanza, es más que nunca digno de notarse cuán ajenos son de un padre y de
una madre los fríos y odiosos cálculos del egoísmo. Si el hijo que esperan se
encuentra tan distante de la edad en que puede serles útil; si para llegar a
ella les ha de costar tantas zozobras, tantas lágrimas y tantos sacrificios; si
una temprana muerte puede, en fin, llegar a arrebatarlo a su cariño, haciendo
infructuosos todos sus cuidados e ilusorias todas sus esperanzas, ¿qué habrá
que no sea noble y sublime en esa ternura con que ya le aman y se preparan a
colmarle de caricias y beneficios? Nada más conmovedor, nada más bello, y
ninguna prueba más brillante de que el amor de los padres es el afecto más puro
que puede albergar en el corazón humano.
¡Nace al fin el hijo, a costa de crueles sufrimientos, y su
primera señal de vida es un gemido, como si el destino asistiera allí a
recibirle en sus brazos, a imprimir en su frente el sello del dolor que ha de
acompañarle en su peregrinación de la cuna al sepulcro! Los padres lo rodean
desde luego, le saludan con el ósculo de bendición, le prodigan sus caricias,
protegen su debilidad y su inocencia y allí comienza esa serie de cuidados
exquisitos, de contemplaciones, condescendencias y sacrificios, que triunfan de
todos los obstáculos, de todas las vicisitudes y aun de la misma ingratitud, y
que no terminan sino con la muerte.
Nuestros primeros años roban a nuestros padres toda su
tranquilidad y los privan a cada paso de los goces y comodidades de la vida
social. Durante aquel período de nuestra infancia en que la naturaleza nos
niega la capacidad de atender por nosotros mismos a nuestras necesidades, y en
que, demasiado débiles e impresionables nuestros órganos, cualquier ligero
accidente puede alterar nuestra salud y aún comprometerla para siempre, sus
afectuosos y constantes desvelos suplen nuestra impotencia y nos defienden de
los peligros que por todas partes nos rodean. ¡ Cuántas inquietudes, cuántas
alarmas, cuántas lágrimas no les cuestan nuestras dolencias! ¡ Cuánta
vigilancia no tienen que poner a nuestra imprevisión!
¡ Cuán inagotable no debe ser su paciencia para cuidar de
nosotros y procurar nuestro bien, en la lucha abierta siempre con la absoluta
ignorancia y la voluntad caprichosa y turbulenta de los primeros años! ¡ Cuánta
consagración, en fin, y cuánto amor para haber de conducirnos por entre tantos
riesgos y dificultades, hasta la edad en que principia a ayudarnos nuestra
inteligencia!
Apenas descubren en nosotros un destello de razón, ellos se
apresuran a dar principio a la ardua e importante tarea de nuestra educación
moral e intelectual; y son ellos los que imprimen en nuestra alma las primeras
ideas, las cuales nos sirven de base para todos los conocimientos ulteriores, y
de norma para emprender el espinoso camino de la vida.
Su primer cuidado es hacernos conocer a Dios. ¡ Qué sublime, qué
augusta, qué sagrada aparece entonces la misión de un padre y de una madre! El
corazón rebosa de gratitud y de ternura, al considerar que fueron ellos los
primeros que nos hicieron formar idea de ese ser infinitamente grande, poderoso
y bueno, ante el cual se prosterna el universo entero, y nos enseñaron a
amarle, a adorarle y a pronunciar sus alabanzas. Después que nos hacen saber
que somos criaturas de ese ser imponderable, ennobleciéndonos así ante nuestros
propios ojos y santificando nuestro espíritu, ellos no cesan de proporcionarnos
conocimientos útiles de todo género, con los cuales vamos haciendo el ensayo de
la vida y preparándonos para concurrir al total desarrollo de nuestras facultades.
En el laudable y generoso empeño o de enriquecer nuestro corazón
de virtudes, y nuestro entendimiento de ideas útiles a nosotros mismos y a
nuestros semejantes, ellos no omiten esfuerzo alguno para proporcionarnos la
enseñanza. Por muy escasa que sea su fortuna, aun cuando se vean condenados a
un recio trabajo personal para ganar el sustento, ellos siempre hacen los
gastos indispensables para presentarnos en los establecimientos de educación,
proveemos de libros y pagar nuestros maestros. ¡Y cuántas veces vemos a estos
mismos padres someterse gustosos a toda especie de privaciones, para impedir
que se interrumpa el curso de nuestros estudios!
Terminada nuestra educación, y formados ya nos. otros a costa de
tantos desvelos y sacrificios, no por eso nuestros padres nos abandonan
nuestras propias fuerzas. Su sombra protectora y benéfica nos cubre toda la
vida, y sus cuidados, como ya hemos dicho, no se acaban sino con la muerte. Si
durante nuestra infancia, nuestra niñez y nuestra juventud, trabajaron
asiduamente para alimentamos, vestirnos, educarnos y facilitarnos toda especie
de goces inocentes, ellos no se desprenden en nuestra edad madura de la dulce
tarea de hacernos bien; recibiendo, por el contrario, un placer exquisito en
continuar prodigándonos sus beneficios, por más que nuestros elementos
personales, que ellos mismos fundieron, nos proporcionen ya los medios de
proveer a nuestras necesidades.
Nuestros padres son al mismo tiempo nuestros primeros y más
sinceros amigos, nuestros naturales consultores, nuestros leales confidentes.
El egoísmo, la envidia, la hipocresía, y todas las demás pasiones tributarias
del interés personal, están excluidas de sus relaciones con nosotros; así es
que nos ofrecen los frutos de su experiencia y de sus luces, sin reservarnos
nada, y sin que podamos jamás recelarnos de que sus consejos vengan envenenados
por la perfidia o el engaño. Las lecciones que han recibido en La escuela de la
vida, los descubrimientos que han hecho en las ciencias y en las artes, los
secretos útiles que poseen, todo es para nosotros, todo nos lo transmiten, todo
lo destinan siempre a la obra predilecta de nuestra felicidad. Y silos vemos
aún en edad avanzada trabajar con actividad y con ahínco en la conservación y
adelanto de sus propiedades, fácil es comprender que nada los mueve menos, que
el provecho que puedan obtener en favor de una vida que ya van a abandonar: ¡
sus hijos! sí, el porvenir de sus queridos hijos, he aquí su generoso móvil, he
aquí el estímulo que les da fuerzas en la misma ancianidad.
Si, pues, son tantos y de tan elevada esfera los beneficios que
recibimos de nuestros padres, si su misión es tan sublime y su amor tan grande,
¿ cuál será la extensión de nuestros deberes para con ellos? ¡ Desgraciado de
aquel que al llegar al desarrollo de su razón, no la haya medido ya con la
noble y segura escala de la gratitud! Porque a la verdad, el que no ha podido
comprender para entonces todo lo que debe a sus padres, tampoco habrá
comprendido lo que debe a Dios; y para las almas ruines y desagradecidas no hay
felicidad posible ni en esta vida ni en la otra.
La piedad filial es por otra parte uno de los sentimientos que
más honran y ennoblecen el corazón humano, y que más lo disponen a la práctica
de todas las grandes virtudes. Tan persuadidos vivimos de esta verdad, que para
juzgar de la índole y del valor moral de la persona que nos importa conocer,
desde luego investigamos su conducta para con sus padres, y si encontramos que
ella es buena, va se despierta en nosotros una fuerte simpatía y un sentimiento
profundo de estimación y de benevolencia.
Cuando él amoroso padre va a dar a la hija de su corazón un
compañero de su suerte, sus inquietudes se calman y su ánimo se conforta, si en
trance tan solemne puede exclamar: ¡ Es un buen hijo! .. . Y así compendia y
expresa, de la manera más tierna y elocuente, todo lo que hay de grande y de
sublime en la piedad filial.
Debemos, pues, gozarnos en el cumplimiento de los deberes que
nos han impuesto para con nuestros padres las leyes divinas y la misma
naturaleza. Amarlos, honrarlos, respetarlos y obedecerlos, he aquí estos
grandes y sagrados deberes, cuyo sentimiento se desarrolla en nosotros desde el
momento en que podemos darnos cuenta de nuestras percepciones, y aun antes de
haber llegado a la edad en que recibimos las inspiraciones de la reflexión y la
conciencia.
En todas ocasiones debe sernos altamente satisfactorio
testificarles nuestro amor con las demostraciones más cordiales y expresivas;
pero cuando se encuentran combatidos por la desgracia, cuando el peso de la
vejez los abruma y los reduce a ese estado de impotencia en que tanto necesitan
de nuestra solicitud y nuestros auxilios, recordemos cuánto les debemos,
consideremos qué no harían ellos por aliviarnos a nosotros y con cuánta bondad
sobrellevarían nuestras miserias, y no les reservemos nada en sus necesidades,
ni creamos nunca que hemos empleado demasiado sufrimiento en las incomodidades
que nos ocasionen sus cansados años. Este acendrado amor debe naturalmente
conducirnos a cubrirlos siempre de honra, contribuyendo por cuantos medios
estén a nuestro alcance a su estimación social, y ocultando cuidadosamente de
los extraños las faltas a que como seres humanos pueden estar sujetos, porque
la gloria del hijo es el honor al padre.
Nuestro respeto debe ser profundo e inalterable, sin que podamos
jamás permitirnos la más ligera fal
ta que lo profane, aun cuando lleguemos a encontrarlos alguna
vez apartados de la senda de la verdad y de la justicia, y aun cuando la
desgracia los haya condenado a la demencia, o a cualquier otra situación
lamentable que los despoje de la consideración de los demás. Siempre son
nuestros padres, y a nosotros no nos toca otra cosa que compadecerlos, llorar
sus miserias, y colmarlos de atenciones delicadas y de contemplaciones. Y
respecto de nuestra obediencia, ella no debe reconocer otros límites que los de
la razón y la moral; debiendo hacerles nuestras observaciones de una manera
dulce y respetuosa, siempre que una dura necesidad nos obligue a separarnos de
sus preceptos. Pero guardémonos de constituirnos inconsiderada y abusivamente
en jueces de estos preceptos, los cuales serán rara vez de tal naturaleza que,
puedan justificar nuestra resistencia, sobre todo en nuestros primeros años, en
que sería torpe desacato el creernos capaces de juzgar.
Hállase, en fin, comprendido en los deberes de que tratamos, el
respeto a nuestros mayores, especialmente a aquellos a quienes la venerable
senectud acerca ya al término de la vida y les da derecho a las más rendidas y
obsequiosas atenciones. También están aquí comprendidas nuestras obligaciones
para con nuestros maestros, a quienes debemos arriar. obediencia y respeto,
como delegados que son de nuestros padres en el augusto ministerio de ilustrar
nuestro espíritu y formar nuestro corazón en el honor y la virtud. Si en medio
de la capacidad y la indolencia de nuestros primeros años, podemos a veces
desconocer todo lo que debemos a nuestros maestros, y cuánta influencia ejercen
sus paternales desvelos en nuestros futuros destinos, el corazón debe volver a
ellos en la efusión de la más pura gratitud, y rendirles todos los homenajes
que le son debidos, desde que somos capaces de distinguir los rasgos que
caracterizan a nuestros verdaderos amigos y bienhechores.
¡ Cuán venturosos días debe esperar sobre la tierra el hijo
amoroso y obediente, el que ha honrado a los autores de su existencia, el que
los ha socorrido en el infortunio, el que los ha confortado en su ancianidad!
Los placeres del mundo serán para él siempre puros como en la mañana de la
vida: en la adversidad encontrará los consuelos de la buena conciencia, y
aquella fortaleza que desarma las iras de la fortuna, y nada habrá para él más
sereno y tranquilo que la hora de la muerte, seguro como está de haber hecho el
camino de la eternidad a la sombra de las bendiciones de sus padres. En aquella
hora suprema, en que ha de dar cuenta al Creador de todas sus acciones, los
títulos de un buen hijo aplacarán la justicia divina y le alcanzarán
misericordia.
II
Deberes para con la patria
Nuestra patria, generalmente hablando, es toda aquella extensión
de territorio gobernada por las mismas leyes que rigen en el lugar en que hemos
nacido, donde formamos con nuestros conciudadanos una gran sociedad de
intereses y sentimientos nacionales.
Cuanto hay de grande, cuanto hay de sublime, se encuentra
comprendido en el dulce nombre de patria; y nada nos ofrece el suelo en que
vimos la primera luz, que no esté para nosotros acompañado de patéticos
recuerdos, y de estímulos a la virtud, al heroísmo y a la gloria. Las ciudades,
los pueblos, los edificios, los campos cultivados, y todos los demás signos y
monumentos de la vida social, nos representan a nuestros antepasados y sus
esfuerzos generosos por el bienestar y la dicha de su posteridad, la infancia
de nuestros padres, los sucesos inocentes y sencillos que forman la pequeña y
siempre querida historia de nuestros primeros años, los talentos de nuestras
celebridades en las ciencias y en las artes, los magnánimos sacrificios y las
proezas de nuestros grandes hombres, los placeres, en fin, y los sufrimientos
de una generación que pasó y nos dejó sus hogares, sus riquezas y el ejemplo de
sus virtudes...
Los templos, esos lugares santos y venerables, levantados por la
piedad y el desprendimiento de nuestros compatriotas, nos traen constantemente
el recuerdo de los primeros ruegos y alabanzas que dirigimos al Creador, cuando
el celo de nuestros padres nos condujo a ellos por vez primera; contemplando
con una emoción indefinible, que también ellos desde niños elevaron allí su
alma a Dios y le rindieron culto.
Nuestras familias, nuestros parientes, nuestros amigos, todas
las personas que nos vieron nacer, que desde nuestra infancia conocen y
aprecian nuestras cualidades, que nos aman y forman con nosotros una comunidad
de afectos, goces, penas y esperanzas, todo existe en nuestra patria, todo está
en ella reunido; y en ella está vinculado nuestro porvenir y el de cuantos
objetos nos son caros en la vida.
Después de estas consideraciones, fácil es comprender que a
nuestra patria todo lo debemos. En sus días serenos y bonancibles, en que nos
brinda sólo placeres y contento, le manifestaremos nuestro amor guardando
fielmente sus leyes y obedeciendo a sus magistrados; prestándonos a servirla en
los destinos públicos, donde necesita de nuestras luces y de nuestros desvelos
para la administración de los negocios del Estado; contribuyendo con una parte
de nuestros bienes al sostenimiento de los empleados que son necesarios para
dirigir la sociedad con orden y con provecho de todos, de los ministros del
culto, de los hospitales y demás establecimientos de beneficencia donde se
asilan los desvalidos y desgraciados; y en general, contribuyendo a todos
aquellos objetos que requieren la cooperación de todos los ciudadanos.
Pero en los momentos de conflicto, cuando la seguridad pública
está amenazada, cuando la patria nos llama en su auxilio, nuestros deberes se
aumen
tan con otros de un orden muy superior. Entonces patria cuenta
con todos sus hijos sin limitación y sin reserva: entonces los gratos recuerdos
adheridos a nuestro suelo, los sepulcros venerados de nuestros antepasados, los
monumentos de sus virtudes, de su grandeza y de su gloria, nuestras esperanzas,
nuestras familias indefensas, los ancianos, que fijan en nosotros su mirada
impotente y acongojada y nos contemplan como sus salvadores, todo viene
entonces a encender en nuestros pechos el fuego sagrado del heroísmo, y a
inspirarnos aquella abnegación sublime que conduce al hombre a los peligros y a
la inmortalidad. Nuestro reposo, nuestra fortuna, cuanto poseemos, nuestra vida
misma pertenece a la patria en sus angustias, pues nada nos es lícito
reservarnos en común conflicto.
Muertos nosotros en defensa de la sociedad en que hemos nacido,
ahí quedan nuestras queridas familias y tantos inocentes a quienes habremos
salvado, n cuyos pechos, inflamados de gratitud, dejaremos un recuerdo
imperecedero que se irá transmitiendo de generación en generación ahí queda la
historia de nuestro país, que inscribirá nuestros nombres en el catálogo de sus
bienhechores: ahí queda a nuestros descendientes y a nuestros conciudadanos
todos, un noble ejemplo que imitar y que aumentará los recuerdos que hacen tan
querido el suelo natal. Y respecto de nosotros, recibiremos sin duda en el
Cielo el premio de nuestro sacrificio; porque nada puede ser más recomendable
ante los ojos de Dios justiciero que ese sentimiento en extremo generoso y
magnánimo, que nos hace preferir la salvación de la patria nuestra propia
existencia.
III
Deberes para con nuestros semejantes
No podríamos llenar cumplidamente el suprema deber de amar a
Dios, sin amar también a los demás hombres, que son como nosotros criaturas
suyas, descendientes de unos mismos padres y redimidos todos en una misma cruz;
y este amor sublime, que torma el divino sentimiento de la caridad cristiana,
es el fundamento de todos los deberes que tenemos para con nuestros semejantes,
así como es la base de las más eminentes virtudes sociales.
La Providencia, que en sus altas miras ha querido estrechar a
los hombres sobre la tierra, con fuertes vínculos que establezcan y fomenten la
armonía que debe reinar en la gran familia humana, no ha permitido que sean
felices en el aislamiento, ni que encuentren en él los medios de satisfacer sus
más urgentes necesidades. Las condiciones indispensables
de la existencia los reúnen en todas partes so pena de perecer a
manos de las fieras, de la inclemencia o de las enfermedades; y donde quiera
que se ve una reunión de seres humanos, desde las más suntuosas poblaciones
hasta las humildes cabañas de las tribus salvajes, hay un espíritu de mutua
benevolencia, de mutua consideración, de mutuo auxilio, más o menos
desarrollado y perfecto, según es la influencia que en ellas han podido ejercer
los sanos y civilizadores principios de la religión y de la verdadera
filosofía.
Fácil es comprender todo lo que los demás hombres tienen derecho
a esperar de nosotros, al sólo considerar cuán necesarios nos son ellos a cada
paso para poder sobrellevar las miserias de la vida, contrarrestar los embates
de la desgracia, ilustrar nuestro entendimiento y alcanzar, en fin, la
felicidad, que es el sentimiento innato del corazón humano. Pero el hombre
generoso, el hombre que obedece a las sagradas inspiraciones de la religión y
de la filantropía, el que tiene la fortuna de haber nutrido su espíritu en las
claras fuentes de la doctrina evangélica, siente en su corazón más nobles y
elevados estímulos para amar a sus semejantes, para extenderles una mano amiga
en sus conflictos, y aun para hacer sacrificios a su bienestar y a la mejora de
su condición social. De aquí las grandes virtudes cívicas, de aquí el heroísmo,
de aquí el martirio de esos santos varones, que en su misión apostólica han
despreciado la vida por sacar a los hombres, de las tinieblas de la ignorancia
y de la idolatría, atravesando los desiertos y penetrando en los bosques por en
medio de los peligros y la muerte, sin más armas que las palabras de salvación,
sin más aspiraciones que la gloria de Dios y el bien y la felicidad de sus
semejantes.
La benevolencia, que une los corazones con los dulces lazos de
la amistad y la fraternidad, que establece las relaciones que forman la armonía
social, y ennoblece todos los estímulos que nacen de las di versas condiciones
de la vida; y la beneficencia, que asemejando al hombre a su Creador, le
inspira todos los sentimientos generosos que llevan el consuelo y la esperanza
al seno mismo de la desgracia, y triunfan de los ímpetus brutales del odio y la
venganza. he aquí los dos grandes deberes que tenemos para con nuestros
semejantes, de los cuales emanan todas las demás prescripciones de la religión
y la moral, que tienen por objeto conservar el orden, la paz y la concordia
entre los hombres, como los únicos medios que pueden asegurarles la felicidad
en su corta mansión sobre la tierra, y sembrarles de virtudes y merecimientos
el estrecho camino de la vida futura.
Digno es aquí de contemplarse cómo la soberana bondad que Dios
ha querido manifestar en todas sus obras, ha encaminado estos deberes a nuestro
propio bien, haciendo al mismo tiempo de ellos una fuente inagotable de los más
puros y exquisitos placeres. Debemos amar a nuestros semejantes, respetarlos,
honrarlos, tolerar y ocultar sus miserias y debilidades: debemos ayudarlos a
ilustrar su entendimiento y a formar su corazón para la virtud: debemos
socorrerlos en sus necesidades, perdonar sus ofensas, y en suma, proceder para
con ellas de la misma manera que deseamos que ellos procedan para con nosotros.
Pero, ¿pueden acaso concebirse sensaciones más gratas, que aquellas que
experimentamos en el ejercicio de estos deberes? Los actos de benevolencia
derraman en el alma un copioso raudal de tranquilidad y de dulzura, que
apagando el incendio de las pasiones, nos ahorra las heridas punzantes y
atormentadoras de una conciencia impura, y nos prepara los innumerables goces
con que nos brinda la benevolencia de los demás. El hombre malévolo, el
irrespetuoso, el que publica las ajenas flaquezas, el que cede fácilmente a los
arranques de la ira, no sólo vive privado de tan gratas emociones y expuesto a
cada paso a los furores de la venganza, sino que,
devorado por los remordimientos, de que ningún mortal puede
libertarse, por más que haya conseguido habituarse al mal, arrastra una
existencia miserable, y lleva siempre en su interior todas las inquietudes y
zozobras de esa guerra eterna que se establece entre el sentimiento del deber,
que como emanación de Dios jamás se extingue, y el desorden de sus pasiones
sublevadas, a cuya torpe influencia ha querido esclavizarse.
¿Y cómo pudiéramos expresar dignamente las sublimes sensaciones
de la beneficencia? Cuando tenemos la dicha de hacer bien, a nuestros
semejantes, cuando respetamos los fueros de la desgracia, cuando enjugamos las
lágrimas del desvalido, cuando satisfacemos el hambre, o templamos la sed, o
cubrimos la desnudez del infeliz que llega a nuestras puertas, cuando llevamos
el consuelo al oscuro lecho del mendigo, cuando arrancamos una víctima al
infortunio, nuestro corazón experimenta siempre un placer tan grande, tan
intenso, tan indefinible,! que no alcanzarían a explicarlo las más vehementes
expresiones del sentimiento. Es al autor de un beneficio al que está reservado
comprender la naturaleza y extensión de los goces que produce; y si hay algún
mortal que pueda leer en su frente y concebir sus emociones, es el desgraciado
que lo recibe y ha podido medir en su dolor la grandeza del alma que le protege
y le consuela.
Lo mismo debe decirse del deber soberanamente moral y cristiano
de perdonar a nuestros enemigos, y de retribuirles sus ofensas con actos
sinceros en que resplandezca aquel espíritu de amor magnánimo, de que tan alto
ejemplo nos dejó el Salvador del mundo. Tan sólo el rendido, cuyo enemigo le
alarga una mano generosa al caer a sus pies y el que en cambio de una injuria
ha llegado a recibir un beneficio, pueden acaso comprender los goces sublimes
que experimenta el alma noble que perdona; y bien pudiera decirse que aquel que
todavía no ha perdonado a un enemigo, aun no conoce el mayor de los placeres de
que puede disfrutar el hombre sobre la tierra. El estado del alma, después que
ha triunfado de los ímpetus del rencor y del odio y queda entregada a la dulce
calma que restablece en ella el imperio de la caridad evangélica, nos
representa el cielo despejado y sereno que se ofrece a nuestra vista, alegrando
a los mortales y a la naturaleza entera, después de los horrores de la
tempestad. El hombre vengativo, lleva en sí mismo todos los gérmenes de la
desesperación y la desgracia: en el corazón del hombre clemente y generoso
reinan la paz y el contento, y nacen y fructifican todos los grandes
sentimientos.
"La primera palestra de la virtud es el hogar paterno” ha
dicho un célebre moralista; y esto nos indica cuán solícitos debemos ser por el
bien y la honra de nuestra familia. El que en el seno de la vida doméstica, ama
y protege a sus hermanos y demás parientes, y ve en ellos las personas que
después de sus padres son las más dignas de sus respe tos y atenciones, no
puede menos que encontrar allanado y fácil el camino de las virtudes sociales,
y hacerse apto para dar buenos ejemplos a sus hijos, y para regir dignamente la
familia a cuya cabeza le coloquen sus futuros destinos. El que sabe guardar las
consideraciones domésticas, guardará mejor las consideraciones sociales; pues
la sociedad no es otra cosa que una ampliación de la propia familia. ¡ Y bien
desgraciada debe ser la suerte de aquel que desconozca la especialidad de estos
deberes!, porque los extraños, no pudiendo esperar nada del que ninguna
preferencia concede a los suyos, le mirarán como indigno de su estimación, y
llevará una vida errante y solitaria en medio de los mismos hombres.
Y si tan sublimes son estos deberes cuando los ejercemos sin
menoscabo de nuestra hacienda, de nuestra tranquilidad, y sin comprometer
nuestra existencia, ¿a cuánta altura no se elevará el corazón del hombre que
por el bien de sus semejantes arriesga su fortuna, sus comodidades y su vida
misma? Estos son los grandes hechos que proclama la historia de todas las
naciones y de todos los tiempos, como los timbres gloriosos de aquellos héroes
sin mancha a quienes consagra el título imperecedero de bienhechores de la
humanidad; y es en su abnegación y e su ardiente amor a los hombres, donde se
refleja aquel amor incomparable que condujo al divino Redentor a morir en los
horrores del más bárbaro suplicio.
Busquemos, pues, en la caridad cristiana la fuente de todas las
virtudes sociales: pensemos siempre que no es posible amar a Dios sin amar
también al hombre, que es su criatura predilecta, y que la perfección de este
amor está en la beneficencia y en el perdón a nuestros enemigos; y veamos en la
práctica de estos deberes, no sólo el cumplimiento de mandato divino, sino el
más poderoso medio de conservar el orden de las sociedades, encaminándola a los
altos fines de la creación, y de alcanzar la tranquilidad y la dicha que nos es
dado gozar en es mundo.
CAPÍTULO TERCERO
DE LOS DEBERES PARA CON NOSOTROS MISMOS
Si hemos nacido para amar y adorar a Dios, y para aspirar a más
altos destinos que los que nos ofrece esta vida precaria y calamitosa: si
obedeciendo los impulsos que recibimos de aquel Ser infinitamente sabio, origen
primitivo de todos los grandes sentimientos, nos debemos también a nuestros
semejantes y en especial a nuestros padres, a nuestra familia y a nuestra
patria; y si tan graves e imprescindibles son las funciones que nuestro corazón
y nuestro espíritu tienen que ejercer para corresponder dignamente a las miras
del Creador, es una consecuencia necesaria y evidente que nos encontramos
constituidos en el deber de instruirnos, de conservarnos y de moderar nuestras
pasiones.
La importancia de estos deberes está implícitamente reconocida
en el simple reconocimiento de los demás deberes, los cuales nos sería
imposible cumplir si la luz del entendimiento no nos guiase en todas nuestras
operaciones, si no cuidásemos de nuestra salud y nos fuese lícito aniquilar
nuestra existencia, y si no trabajásemos constantemente en precaver nos de la
ira, de la venganza, de la ingratitud, y de todos los demás movimientos
irregulares a que desgraciadamente está sujeto el corazón humano.
¿Cómo podríamos concebir la grandeza de Dios sin detenernos con
una mirada inteligente a contemplar la magnificencia de sus obras, y a admirar
en el espectáculo de la naturaleza todos los portentos y maravillas que se
ocultan a la ignorancia? Sin ilustrar nuestro entendimiento, sin adquirir por
lo me nos aquellas nociones generales que son la base de todos los
conocimientos, y la antorcha que nos ilumina en el sendero de la perfección
moral, ¿cuán confusas y oscuras no serían nuestras ideas acera de nuestras
relaciones con la Divinidad, de los verdaderos caracteres de la virtud y del
vicio, de la estructura y fundamento de las sociedades humanas, y de los medios
de felicidad con que la Providencia ha favorecido en este mundo a sus
criaturas? El hombre ignorante es un ser esencialmente limitado en todo lo que
mira a las funciones de la vida exterior, y completamente nulo para los goces
del alma, cuando replegada está sobre sí misma y a solas con las inspiraciones
de la ciencia, medita, reflexiona, rectifica sus ideas y, abandonando el error,
causa eficiente de todo mal, entra en posesión de la verdad, que es el
principio de todo bien. La mayor parte de las desgracias que afligen a la
humanidad, tienen su origen en la ignorancia; y pocas veces llega un hombre al
extremo de la perversidad, sin que en sus primeros pasos, o en el progreso del
vicio, haya sido guiado por ideas erróneas, por principios falsos, o por el
desconocimiento absoluto de sus deberes religiosos y sociales. Grande sería
nuestro asombro, y crecería desde luego en nosotros el deseo de ilustrarnos, si
nos fuese dable averiguar por algún medio, cuántos de esos infelices que han
perecido en los patíbulos, hubieran podido llegar a ser, mejor instruidos,
hombres virtuosos y ciudadanos útiles a su patria. La estadística criminal
podría con mayor razón llamarse entonces la estadística de a ignorancia; y
vendríamos a reconocer que el hombre, la obra más querida del Creador, no ha
recibido por cierto una organización tan depravada como parece de los desórdenes
a que de continuo se entrega, y de las perturbaciones y estragos que estos
desórdenes causan en las familias, en las naciones en el mundo entero.
La ignorancia corrompe con su hálito impuro tolas fuentes de la
virtud, todos los sentimientos el corazón, y convierte muchas veces en daño del
individuo y de la sociedad las más bellas disposiciones naturales. Apartándonos
del conocimiento de lo verdadero y de lo bueno, y gastando en nosotros tolos
resortes del sistema sensible, nos entrega a torpes impulsos de la vida
material, que es la de los errores, de la degradación y de los críes. Por el
contrario, la ilustración no sólo aprovecha todas las buenas dotes con que
hemos nacido, y nos encamina al bien y a la felicidad, sino que iluminando
nuestro espíritu, mostrándonos el crimen en toda su enormidad y la virtud en
todo su esplendor, endereza nuestras malas inclinaciones, consume en su llama
nuestros malos instintos, y conquista para Dios y para la sociedad muchos
corazones que, formados en la oscuridad de la ignorancia, hubieran dado frutos
de escándalo, de perdición y de ignominia.
En cuanto al deber de la propia conservación, la naturaleza
misma nos indica hasta qué punto es importante cumplirlo, pues el dolor, que
martiriza nuestra carne y enerva nuestras fuerzas, nos sale siempre al frente
al menor de nuestros excesos y extravíos. La salud y la robustez del cuerpo
son absolutamente indispensables para entregamos, en calma y con provecho, a
todas las operaciones mentales que nos dan por resultado la instrucción en
todos los ramos del saber humano; y sin salud y robustez en medio de angustias
y sufrimientos, tampoco nos es dado entregarnos a contemplar los atributos
divinos, a rendir al Ser Supremo los homenajes que le debemos, a corresponder a
nuestros padres sus beneficios, a servir a nuestra familia y a nuestra patria,
a prestar apoyo al menesteroso, a llenar, en fin, ninguno de los deberes que
constituyen nuestra noble misión sobre la tierra.
A pesar de todas las contradicciones que experimentamos en este
mundo, a pesar de todas las amarguras y sinsabores a que vivimos sujetos, la
religión nos manda creer que la vida es un bien; y mal podríamos calificarla de
otro modo, cuando además de ser el primero de los dones del Cielo, a ella está
siempre unido un sentimiento innato de felicidad, que nos hace ver en la muerte
la más grande de todas las desgracias. Y silos dones de los hombres, silos
presentes de nuestros amigos, nos vienen siempre con una condición implícita de
aprecio y conservación, que aceptamos gustosamente, ¿qué cuidados podrían ser
excesivos en la conservación de la vida que recibimos de la misma mano de Dios
como el mayor de sus beneficios? Ya se deja ver que el sentimiento de la conservación
obra generalmente por sí solo en el cumplimiento de este deber; pero las
pasiones lo subyugan con frecuencia, y cerrando nosotros los ojos al siniestro
aspecto de la muerte, divisada siempre a lo lejos en medio de las ilusiones que
nacen de nuestros extravíos, comprometemos estérilmente nuestra salud y nuestra
existencia, obrando así contra todos los principios morales y sociales, y
contra todos los deberes para cuyo cumplimiento estamos en la necesidad
imperiosa de conservarnos. La salud del cuerpo sirve también de base a la salud
del alma; y es un impío el que se entrega a los placeres deshonestos que la
quebrantan y destruyen, o a los peligros de que no ha de derivar ningún
provecho para la gloria de Dios ni para el bien de sus semejantes.
En cuanto a los desgraciados que atentan contra su vida tan sólo
con el fin de abandonarla, son excepciones monstruosas, hijas de la ignorancia
y de la más espantosa depravación de las costumbres. El hombre que huye de la
vida por sustraerse a los rigores del infortunio, es el último y el más
degradado de todos los seres: extraño a las más heroicas virtudes y por
consiguiente al valor y a la resignación cristiana, tan sólo consigue
horrorizar a la humanidad y cambiar los sufrimientos del mundo, que dan honor y
gloria y abren las puertas de la bienaventuranza, por los sufrimientos eternos
que infaliblemente prepara la justicia divina a los que así desprecian los
bienes de la Providencia, sus leyes sacrosantas, sus bondadosas promesas de una
vida futura, y su emplazamiento para ante aquel tribunal supremo, cuyos
decretos han de cumplirse en toda la inmensidad de los siglos. Entre las
piadosas creencias populares, hijas de la caridad, aparece la de que ningún
hombre puede recurrir al suicidio en la plena posesión de sus facultades
intelectuales; y a la verdad, nada debe sernos más grato que el suponer que
esos desgraciados no han podido medir toda la enormidad de su crimen, y el
esperar que Dios haya mirado con ojos de misericordia y clemencia el hecho
horrendo con que han escandalizado a los mortales. Sin embargo, rara será la
vez que haya tenido otro origen más que el total abandono de las creencias y de
los deberes religiosos.
Réstanos recomendar por conclusión, el tercer deber que hemos
apuntado: el de moderar nuestras
pasiones. Excusado es sin duda detenernos ya a pintar con todos
sus colores las desgracias y calamidades a que habrán de conducirnos nuestros
malos instintos, si no tenemos la fuerza bastante para reprimirlos, cuando,
como hemos visto, ellos puede arrastrarnos aun al más horroroso de los
crímenes, que es el suicidio. En vista de lo que es necesario hacer para
agradar a Dios, para ser buenos hijos y buenos ciudadanos, y para cultivar el
hermoso campo de la caridad cristiana, natural es convenir en la noble tarea de
dulcificar nuestro carácter, y de fundar en nuestro corazón el suave imperio de
la continencia, de la mansedumbre, de la paciencia, de la tolerancia, de la
resignación cristiana y de la generosa beneficencia.
La posesión de los principios religiosos y sociales, y el
reconocimiento y la práctica de los deberes que de ellos se desprenden, serán
siempre la ancha base de todas las virtudes y de las buenas costumbres; pero
pensemos que en las contradicciones de la suerte y en las flaquezas de los
hombres, encontraremos a cada paso el escollo de nuestras mejores
disposiciones, y que sin vivir armados contra los arranques de la cólera, del
orgullo y del odio, jamás podremos aspirar a la perfección moral. En las injusticias
de los hombres no veamos sino el reflejo de nuestras propias injusticias; en
sus debilidades, el de nuestras propias debilidades; en sus miserias, el de
nuestras propias miserias. Son hombres como nosotros; y nuestra tolerancia para
con ellos será la medida, no sólo de la tolerancia que encontrarán nuestras
propias faltas en este mundo, sino de mayores y más sólidas recompensas que
están ofrecidas a todos nuestros sufrimientos y sacrificios en el seno de la
vida perdurable. El hombre instruido conocerá a Dios, se conocerá a si mismo, y
conocerá a los demás hombres: el que cuide de su salud y de su existencia,
vivirá para Dios, para sí mismo y para sus semejantes: el que refrene sus
pasiones comprenderá a Dios, labrará su propia tranquilidad y su propia dicha,
y contribuirá a la tranquilidad y a la dicha de los demás. He aquí, pues,
compendiados en estos tres deberes todos los deberes y todas las virtudes, la
gloria de Dios, y la felicidad de los hombres.
MANUAL
DE URBANIDAD Y BUENAS MANERAS
CAPITULO PRIMERO
PRINCIPIOS GENERALES
1 — Llámase urbanidad al conjunto de reglas que tenemos que
observar para comunicar dignidad, decoro y elegancia a nuestras acciones y
palabras, y para manifestar a los demás 1a benevolencia, atención y respeto que
les son debidos.
2 — La urbanidad es una emanación de los deberes morales, y como
tal, sus prescripciones tienden todas a la conservación del orden y de la buena
armonía que deben remar entre los hombres, y a estrechar los lazos que los
unen, por medio de impresiones agradables que produzcan los unos sobre los
otros.
3 _ Las reglas de la urbanidad no se encuentran ni pueden
encontrarse en los códigos de las naciones; y sin embargo, no podría
conservarse ninguna sociedad en que estas reglas fuesen absolutamente
desconocidas. Ellas nos enseñan a ser, metódicos y exactos en el cumplimiento
de nuestros deberes sociales; y a dirigir nuestra conducta de manera que a
nadie causemos mortificación o disgusto; a tolerar los caprichos y debilidades
de los hombres; a ser atentos, afables y complacientes, sacrificando, cada vez que
sea necesario y posible, nuestros gustos y comodidades a los ajenos gustos y
comodidades; a tener limpieza y compostura en nuestras personas, para fomentar
nuestra propia estimación y merecer la de los demás; y a adquirir, en suma,
aquel tacto fino y delicado que nos hace capaces de apreciar en sociedad todas
las circunstancias y proceder con arreglo a lo que cada una exige.
4 — Es claro, pues, que sin la observancia de estas reglas, más
o menos perfectas, según el grado de civilización de cada país, los hombres no
podrían inspirarse ninguna especie de amor ni estimación; no habría medio de
cultivar la sociabilidad, que es el principio de la conservación y progreso de
los pueblos; y la existencia de toda sociedad bien ordenada vendría por
consiguiente a ser de todo punto imposible.
5 — Por medio de un atento estudio de las reglas de la
urbanidad, y por el contacto con las personas cultas y bien educadas, llegamos
a adquirir lo que especialmente se llama buenas maneras o buenos modales, lo
cual no es otra cosa que la decencia, moderación y oportunidad en nuestras
acciones y palabras, y aquella delicadeza y gallardía que aparecen en todos
nuestros movimientos exteriores, revelando la suavidad de las costumbres y la
cultura del entendimiento.
6 — La etiqueta es una parte esencialísima de la urbanidad. Dase
este nombre al ceremonial de los usos, estilos y costumbres que se observan en
las reuniones de carácter elevado y serio, y en aquellos actos cuya solemnidad
excluye absolutamente todos los grados de la familiaridad y la confianza.
7 — Por extensión se considera igualmente la etiqueta, como el
conjunto de cumplidos y ceremonias que debemos emplear con todas las personas,
en todas las situaciones de la vida. Esta especie de etiqueta comunica al trato
en general, aun en medio de la más íntima confianza, cierto grado de
circunspección que no excluye la pasión del alma ni los actos más afectuosos
del corazón, pero que tampoco admite aquella familiaridad sin reserva y sin
freno que relaja los resortes de la estimación y del respeto, base indispensable
de todas las relaciones sociales.
8 — De lo dicho se deduce que las reglas generales de la
etiqueta deben observarse en todas las cuatro secciones en que están divididas
nuestras relaciones sociales, a saber: la familia o el círculo doméstico; las
personas extrañas de confianza; las personas con quienes tenemos poca
confianza; y aquellas con quienes no tenemos ninguna.
9 — Sólo la etiqueta propiamente dicha (aparte 6) admite la
elevada gravedad en acciones y palabras, bien que siempre acompañada de la
gracia y gentileza que son en todos casos el esmalte de la educación. En cuanto
a las ceremonias que también reclamaban las tres primeras secciones, la
naturalidad y la sencillez van mezclándose gradualmente en nuestros actos,
hasta llegar a la plenitud del dominio qué deben ejercer en el seno de nuestra
propia familia.
10 — Si bien la mal entendida confianza destruye como ya hemos
dicho, la estimación y el respeto que deben presidir todas nuestras relaciones
sociales, la falta de una discreta naturalidad puede convertir las ceremonias
de la etiqueta, eminentemente conservadoras de estas relaciones, en una
ridícula afectación que a su vez destruye la misma armonía que están llamadas a
conservar.
11 — Nada hay más repugnante que la exageración de la etiqueta,
cuando debemos entregarnos a la más cordial efusión de nuestros sentimientos; y
como por otra parte esta exageración viene a ser, según ya lo veremos, una
regla de conducta para los casos en que nos importa cortar una relación claro
es que no podemos acostumbrarnos a ella, a sin alejar también de nosotros a las
personas que tienen derecho a nuestra amistad.
12 — Pero es tal el atractivo de la cortesía, y son tantas las
conveniencias que de ella resultan a la sociedad, que nos sentimos siempre más
dispuestos a tolerar la fatigante conducta del hombre excesivamente
ceremonioso, que los desmanes del hombre incivil, y las indiscreciones y
desacierto por ignorancia nos fastidia a cada paso con actos de extemporánea y
ridícula familiaridad.
13 — Grande debe ser nuestro cuidado en limitarnos a usar, en
cada uno de los grados de la amistad, de la suma de confianza que racionalmente
admite. Con excepción del círculo de la familia en que nacimos y nos hemos
formado, todas nuestras relaciones deben comenzar bajo la atmósfera de la más
severa etiqueta; y para que ésta pueda llegar a convertirse en familiaridad, se
necesita el transcurso del tiempo, y la conformidad de caracteres, cualidades e
inclinaciones. Todo exceso de confianza es abusivo y propio de almas vulgares,
y nada contribuye más eficazmente a relajar y aun a romper los lazos de la
amistad, por más que ésta haya nacido y pudiera consolidarse. bajo los
auspicios de una fuerte y recíproca simpatía.
14 — Las leyes de la urbanidad, en cuanto se refieren a la
dignidad y decoro personal y a las atenciones que debemos tributar a los demás,
rigen en todos los tiempos y en todos los países civilizados de la tierra. Mas
aquellas que forman el ceremonial de la etiqueta propiamente dicha, ofrecen
gran variedad, según lo que está admitido en cada pueblo para comunicar
gravedad y tono a los diversos actos de la vida social. Las primeras, como
emanadas directamente de los principios morales, tienen un carácter fundamental
e inmutable; las últimas no alteran en nada el deber que tenemos de ser
bondadosos y complacientes, y pueden por lo tanto estar, como están en efecto,
sujetas a la índole, a las inclinaciones y aun a los caprichos de cada pueblo.
15 — Sin embargo, la proporción que en los actos de pura
etiqueta puede reconocerse a un principió de afecto o benevolencia, y que de
ellos resulta a la persona con quien se ejercen alguna comodidad o placer, o el
ahorro de una molestia cualquiera, estos actos son más universales y admiten
menos variedad.
16 _ La multitud de cumplidos que hacemos a cada paso, aun a las
personas de nuestra más íntima confianza, con los cuales no les proporcionamos
ninguna ventaja de importancia, y de cuya omisión no se les seguiría ninguna
incomodidad notable, son otras tantas ceremonias de la etiqueta, usadas entre
las personas cultas y civilizadas de todos los países.
17 — Es una regla importante de urbanidad el someternos
estrictamente a los usos de etiqueta que encontremos establecidos en los
diferentes pueblos que visitemos, y aun en los diferentes círculos de un mismo
pueblo donde se observen prácticas que le sean peculiares.
18 — El imperio de la moda, a que debemos someternos en cuanto
no se aparte de la moral y de las buenas costumbres, influye también en los
usos y ceremonias pertenecientes a la etiqueta propiamente dicha, haciendo
variar a veces en un mismo país la manera de proceder en ciertos actos y
situaciones sociales. Debemos por tanto, adaptar en este punto nuestra conducta
a lo que sucesivamente se fuere admitiendo en la sociedad en que vivimos, de la
misma manera que tenemos que adaptarnos a lo que hallemos establecido en los
diversos países en que nos encontremos.
19 — Siempre que en sociedad ignoremos la manera de proceder en
casos dados, sigamos el ejemplo de las personas más cultas que en ella se
encuentren; y cuando esto no nos sea posible, por falta de oportunidad o por
cualquier otro inconveniente, decidámonos por la conducta más seria y
circunspecta; procurando al mismo tiempo, ya que no hemos de obrar con
seguridad del acierto, llamar lo menos posible la atención de los demás.
20 — Las circunstancias generales de lugar y de tiempo; la
índole y el objeto de las diversas reuniones sociales; la edad, el sexo, el
estado y el carácter público de las personas; y por último, el respeto que nos
debemos a nosotros mismos, exigen de nosotros muchos miramientos si al obrar no
proporcionamos a los demás ningún bien, ni les evitamos ninguna mortificación.
21 — Estos miramientos, aunque no están precisamente fundados en
la benevolencia, silo están en la misma naturaleza, la cual nos hace siempre
ver con repugnancia lo que no es bello, lo que no es agradable, lo que es ajeno
a las circunstancias, y en suma, lo que en alguna manera se aparta de la
propiedad y el decoro; y por cuanto los hombres están tácitamente convenidos en
guardarlos, nosotros los llamaremos convencionalismos sociales.
22 — Es muy importante que cada individuo sepa tomar en sociedad
el sitio que le corresponda por su edad, investidura, sexo, etc., etc. Se
evitarían muchas situaciones ridículas si los jóvenes fueran jóvenes sin
afectación y los viejos mantuvieran en sus actos cierta prudente dignidad que
es siempre motivo de respeto y no de burla.
23 — A poco que se medite, se comprenderá que los
convencionalismos sociales que nos enseñan a armonizar con las prácticas y
modas reinantes, y a hacer que nuestra conducta sea siempre la más propia de
las circunstancias que nos rodean, son muchas veces el fundamento de los
deberes de la misma civilidad y de la etiqueta.
24 — El hábito de respetar los convencionalismos sociales
contribuye también a formar en nosotros el tacto social, el cual consiste en
aquella delicada mesura que empleamos en todas nuestras acciones y palabras,
para evitar hasta las más leves faltas de dignidad y decoro, complacer siempre
a todos y no desagradar jamás a nadie.
25 — Las atenciones y miramientos que debemos a los demás no
pueden usarse de una manera igual con todas las personas indistintamente. La
urbanidad estima en mucho las categorías establecidas por la naturaleza, la
sociedad y el mismo Dios: así es que obliga a dar preferencia a unas personas
sobre otras, según es su edad, el predicamento de que gozan, el rango que
ocupan, la autoridad que ejercen y el carácter de que están investidas.
26 — Según esto, los padres y los hijos, los obispos y los demás
sacerdotes, los magistrados y los particulares, los ancianos y los jóvenes, las
señoras y las señoritas, la mujer y el hombre, el jefe y el subalterno, y en
general, todas las personas entre las cuales existen desigualdades legítimas y
racionales, exigen de nosotros actos diversos de civilidad y etiqueta que
indicaremos más adelante, basados todos en dictados de la justicia y de la sana
razón, y en las prácticas que rigen entre gentes cultas y bien educadas.
27 — Hay ciertas personas para con las cuales nuestras
atenciones deben ser más exquisitas que para con el resto de la sociedad, y son
los hombres virtuosos que han caldo en desgracia. Su triste suerte reclama de
nosotros no sólo el ejercicio de la beneficencia, sino un constante cuidado en
complacerlos, y en manifestarles, con actos bien marcados de civilidad, que sus
virtudes suplen en ellos las deficiencias de la fortuna, y que no los creemos
por lo tanto indignos de nuestra consideración y nuestro respeto.
28 — Pero cuidemos de que una afectada exageración en las formas
no vaya a producir un efecto contrario al que realmente nos proponemos. El
hombre que ha gozado de una buena posición social se hace más impresionable, y
su sensibilidad y su amor propio se despiertan con más fuerza, a medida que se
encuentra más deprimida bajo el peso del infortunio; y en esta situación no le
son menos dolorosas las muestras de una conmiseración mal encubierta por actos
de cortesía sin naturalidad ni oportunidad, que los desdenes del desprecia a de
la indiferencia, con que el corazón humano suele manchar en tales casos sus
nobles atributos.
29 — La civilidad presta encantos a la virtud misma; y
haciéndola de este modo agradable y comunicativa, le conquista partidarios e
imitadores en bien de la moral y de las buenas costumbres. La virtud agreste y
despojada de los atractivos de una fina educación, no podría brillar ni aun en
medio de la vida austera y contemplativa de los monasterios, donde seres
consagrados a Dios necesitan también de guardarse entre sí aquellos miramientos
y atenciones que fomentan el espíritu de paz, de orden y de benevolencia que
deben presidirlas.
30 — La civilidad presta igualmente sus encantos a la sabiduría.
Un hambre profundamente instruido en las ciencias divinas y humanas, pero que
al mismo tiempo desconociese los medios de agradar en sociedad, sería como esos
cuerpos celestes que no brillan a nuestra vista por girar en lo más encumbrado
del espacio; y su saber no alcanzarla nunca a cautivar nuestra imaginación, ni
atraerla aquellas atenciones que sólo nos sentimos dispuestos a tributar a los
hombres, en cambio de las que de ellos recibimos.
31 — La urbanidad necesita a cada paso del ejercicio de una gran
virtud, que es la paciencia. Y a la verdad, poco adelantaríamos con estar
siempre dispuestos a hacer en sociedad todos los sacrificios necesarios para
complacer a los demás, si en nuestros actos de condescendencia se descubriera
la violencia que nos hacíamos, y el disgusto de renunciar a nuestras
comodidades, a nuestros deseos, o a la idea ya consentida de disfrutar de un
placer cualquiera.
32 — La mujer es merecedora de todo nuestro respeto y simpatía,
por su importantísimo papel en la humanidad como esposa y sobre todo como
madre. Su misión no se limita a la gestación Y crianza física del ser humano,
que por sí sola le importa tantos sacrificios, sino que su influencia mental y
moral es decisiva en la vida del hombre.
33 — Piensen pues las jóvenes que se educan, la gran
responsabilidad que Dios ha puesto en su vida. Ellas serán las sembradoras de
las preciosas semillas de la moral y los nobles sentimientos; ellas darán a sus
hijos la maravillosa ambición del saber. Detrás de todo gran hombre hay casi
siempre una gran mujer, llámese ésta madre o esposa. Dénse cuenta pues de la
gran importancia que tiene la cultura en la mujer, no solamente como adorno,
sino como necesidad. El mejoramiento de la humanidad puede estar en las manos
de las madres futuras con una sólida educación e instrucción apropiadas.
34 — La mujer debe ser esencialmente femenina y orgullosa de
serlo. Su instrucción, educación y finos modales la ayudarán en la vida en
familia tanto como en sociedad.
35 — Para llegar a ser verdaderamente cultos y corteses, no nos
basta conocer simplemente los preceptos de la moral y de la urbanidad; es
además indispensable que vivamos poseídos de la firme intención de acomodar a
ellos nuestra conducta, y que busquemos la sociedad de las personas virtuosas y
bien educadas, e imitemos sus prácticas en acciones y palabras.
36 — Pero esta intención y esta solución deben estar acompañadas
de un especial cuidado en estudiar siempre el carácter, los sentimientos, las
inclinaciones de los círculos que frecuentemos, a fin de que podamos conocer,
de un modo inequívoco, los medios que tenemos que emplear para conseguir que
los demás estén siempre satisfechos de nosotros.
37 — A veces los malos se presentan en la sociedad con. cierta
apariencia de bondad y buenas maneras, y aun llegan a fascinarla con la
observancia de las reglas más generales de la urbanidad, porque la urbanidad es
también una virtud, y la hipocresía remeda todas las virtudes. Pero jamás
podrán engañar por mucho tiempo, a quien sepa medir con la escala de la moral
los verdaderos sentimientos del corazón humano. No es dable, por otra parte,
que los hábitos de los vicios dejen campear en toda su extensión la dulzura y
elegante dignidad de la cortesía, la cual se aviene mal con la vulgaridad que
presto se revela en las maneras del hombre corrompido.
38 — Procuremos, pues, aprender a conocer el mérito real de la
educación, para no tomar por modelo a personas indignas, no sólo de elección
tan honorífica, sino de obtener nuestra amistad y las consideraciones
especiales que tan sólo se deben a los hombres de bien.
39 — Pero tengamos entendido que en ningún caso nos será lícito
faltar a las reglas más generales de la civilidad, respecto de las personas que
no gozan de buen concepto público, ni menos de aquellas que, gozándolo, no
merezcan sin embargo nuestra personal consideración. La benevolencia, la
generosidad y nuestra propia dignidad, nos prohíben mortificar jamás a nadie; y
cuando estamos en sociedad, nos lo prohíbe también el respeto que debemos a las
demás personas que la componen.
40 — Pensemos, por último, que todos los hombres tienen
defectos, y que no por esto debemos dejar de apreciar sus buenas cualidades.
Aun respecto de aquellas prendas que no poseen, y de que sin embargo suelen
envanecerse sin ofender a nadie, la civilidad nos prohibe manifestarles directa
ni indirectamente que no se las concedemos. Nada perdemos, cuando nuestra
posición no nos llama a aconsejar o a responder, con dejar a cada cual en la.
idea que de sí mismo tenga formada; al paso que muchas veces seremos nosotros
mismos objeto de esta especie de consideraciones, pues todos tenemos caprichos
y debilidades que necesitan de la tolerancia de los demás.
CAPITULO SEGUNDO
DEL ASEO
I
Del aseo en general
1 — El aseo es una gran base de estimación social, porque
comunica a todo nuestro exterior un atractivo irresistible, y porque anuncia en
nosotros una multitud de buenas cualidades de que la pulcritud es un signo casi
siempre infalible.
2 — El aseo contribuye poderosamente a la conservación de la
salud, porque mantiene siempre en estado de pureza el aire que respiramos, y
porque despojamos nuestro cutis de toda parte extraña que embarace la
transpiración, favorece la evaporación de los malos humores, causa y fomento de
un gran número de nuestras enfermedades.
3 — Nada hay, por otra parte, que comunique mayor grado de
belleza y elegancia a cuanto nos concierne, que el aseo y la limpieza Nuestras
personas, nuestros vestidos, nuestra habitación y todos nuestros actos, se
hacen siempre agradables a los que nos rodean, y nos atraen su estimación y aun
su cariño, cuando todo lo encuentra presidido por ese espíritu de pulcritud que
la misma naturaleza ha querido imprimir en nuestras costumbres, para ahorrarnos
sensaciones ingratas y proporcionarnos goces y placeres.
4 — Los hábitos del aseo revelan además hábitos de orden, de
exactitud y de método en los demás actos de la vida; porque no puede suponerse
que se practiquen diariamente las operaciones que son indispensables para
llenar todas las condiciones del aseo, las cuales requieren cierto orden y
método y una juiciosa economía de tiempo, sin que exista una disposición
constante a proceder de la misma manera en todo lo demás.
5 — Los deberes que nos impone el aseo, no se limitan a nuestras
personas y a lo que tiene relación con nosotros mismos, sino que se extienden a
aquellos de nuestros actos que afectan o pueden afectar a los demás; pues seria
grande incivilidad el excitar de algún modo el desaseo de los que nos rodean,
no sólo con nuestras acciones, sino también con nuestras palabras.
6 — De la misma manera, sería una indignidad imperdonable, y
además un hecho impropio de la honradez que debe reinar en todos nuestros
actos, y contrario a la caridad y a la benevolencia, el poner poco esmero y
cuidado en el aseo de lo que otra persona ha de tomar en sus manos o llevar a
sus labios, cuando se halla ausente y debe por lo tanto suponerse confiado en
nuestra buena fe y en la delicadeza de nuestra conciencia.
II
Del aseo en nuestra persona
1 — El aseo en nuestra persona debe hacer un papel importante en
nuestras diarias ocupaciones; y nunca dejaremos de destinarle la suma de tiempo
que nos reclame, por grande que sea la entidad y el número de los negocios a
que vivamos consagrados.
2 — Así como no debemos nunca entregarnos al sueño sin alabar a
Dios y darle gracias por todos sus beneficios, lo que podría llamarse asear el
alma, tratando de despojaría por medio de la oración de las manchas que las
pasiones han podido arrojar en ella durante el día, tampoco debemos entrar
nunca en la cama sin asear nuestro cuerpo; no sólo por la satisfacción que
produce la propia limpieza, sino a fin de estar decentemente prevenidos para
cualquier accidente que pueda ocurrirnos en medio de la noche.
3 — Esto mismo haremos al levantarnos. Luego que hayamos llenado
el deber de alabar a Dios, y de invocar su asistencia para que dirija nuestros
pasos en el día que comienza, asearemos nuestro cuerpo todavía más
cuidadosamente que al acostarnos.
4 — El baño diario es imprescindible para conservar una limpieza
perfecta. Se aconseja completarlo con un lavado general al final del día antes
de irse a acostar, o viceversa; el baño en la noche y el lavado general por la
mañana. Aunque no está de más decir que en verano y siempre que se tenga tiempo
se puedan tomar dos o más baños.
5 — No nos limitemos a lavarnos la cara al tiempo de
levantarnos: repitamos esta operación por lo menos una vez en el día, y además,
en todos aquellos casos extraordinarios en que la necesidad así lo exija.
6 — El baño se debe suprimir sólo en caso de enfermedades y por
decreto médico, en cuyo caso éste indicará en qué forma se hará el aseo.
7 _ Un buen desodorante en las axilas después del baño diario es
imprescindible para todo ser humano que no sea un niño. Esta es una regla
inflexible para toda persona que no quiera ofender a sus semejantes.
8 — Como los cabellos se desordenan tan fácil mente, es
necesario que tampoco nos limitemos a peinarlos por la mañana, sino que lo
haremos además todas las veces que advirtamos no tenerlos completamente
arreglados.
9 — Al acto de levantarnos debemos hacer gárgaras, lavarnos la
boca y limpiar escrupulosamente nuestra dentadura interior y exteriormente. Los
cuidados que empleemos en el aseo de la boca, jamás serán excesivos. Pero
guardémonos de introducir el cepillo en el vaso, y de cometer ninguna de las
demás faltas de aseo en que incurren las personas de des cuidada educación al
ejecutar estas operaciones.
10 — Después que nos levantemos de la mesa siempre que hayamos
comido algo, debemos limpiar cuidadosamente nuestra dentadura; pero siempre a
solas. No hay espectáculo más feo, aun para las personas más íntimas, que el
uso del escarbadientes o los dedos introducidos en la boca. Para eso existen
las salas de baño, donde podremos asearnos a solas.
11 — El que se afeita debe hacerlo, si es posible, diariamente.
Nada hay más repugnante que esa sombra que da a la fisonomía una barba
renaciente, ni hay, por otra parte, en los hombres, un signo más’ inequívoco de
un descuido general en materia de aseo.
12 — Nuestras manos sirven para casi todas las operaciones
materiales de la vida, y son por lo tanto la parte del cuerpo que más expuesta
se halla a perder su limpieza. Lavémoslas, pues, con frecuencia durante el día,
y por de contado, todas las ocasiones en que tengamos motivo para sospechar
siquiera que no se encuentran perfectamente aseadas.
13 — Siempre que hayamos ejecutado con las manos alguna
operación que racionalmente pudiera su ponerse haberlas hecho perder su
limpieza, las lavaremos inmediatamente, aun cuando estemos seguros de no haber
así sucedido, especialmente si somos observados por alguna persona.
14 — Los que fuman, deben procurar impedir que sus dedos tomen
esa mancha de un feísimo amarillo subido que va formando el humo, la cual no
sólo da a las manos un mal aspecto, sino un olor verdaderamente insoportable.
15 — Las uñas deben recortarse cada vez que su crecimiento
llegue al punto de oponerse al aseo; y en tanto que no se recorten, examínense
a menudo, para limpiarlas en el momento en que hayan perdido su natural
blancura. Suele usarse el dejarlas crecer demasiado, bien que conservándolas
siempre aseadas; pero no encontramos a esto ningún objeto, ni menos agradable,
y creemos por lo tanto injustificable la pérdida del tiempo que bajo esa
costumbre se necesita emplear para prevenir constantemente el desaseo.
16 — Otros, por el contrario, se recortan las uñas con tal
exceso, que llegan a lastimar la parte en que se encuentran fuertemente
adheridas a los dedos. Esta costumbre que en nada contribuye al aseo ni a la
comodidad, no da otro resultado que el ir disminuyendo la extensión natural de
la uña, hasta dejar el dedo imperfecto y con una desagradable apariencia.
17 — Algunas personas suelen contraer el hábito de recortarse
las uñas con los dientes, hasta el punto de hacerlo maquinalmente aun en medio
de la sociedad. A más de producir esto el mismo mal indicado en el párrafo
anterior, envuelve una grave falta de aseo, por cuanto así se impregnan los
dedos de la humedad de la boca, con la cual el hombre verdaderamente fino y
delicado no pone jamás en contacto otros cuerpos, que aquellos que sirven a
satisfacer las necesidades de la vida.
18 — Es según esto contrario al aseo y a la buena educación, el
humedecerse los dedos en la boca para facilitar la vuelta de las hojas de un
libro, la separación de varios papeles, o la distribución de los naipes en el
juego.
19 — Todavía es más intolerable la conducta de algunas personas,
que para limpiar una ligera mancha en una mano o en la cara, en lugar de
emplear el agua, se humedecen los dedos en la boca. ¿Qué impresión causarán
todas estas personas a los que han de darles la mano después de haberlas visto
ejecutar tales actos?
20 — Lo mismo debe decirse respecto de la costumbre de llevarse
la mano a la boca al estornudar toser, etc. De esta manera se conseguirá, sin
duda no molestar a las personas que están delante, pero la mano quedará
necesariamente desaseada; y ambos males están evitados por medio del pañuelo,
que es el único que debe emplearse en semejantes casos.
21 — No acostumbraremos llevar la mano a la cabeza, ni
introducirla por debajo de la ropa con ningún objeto, y menos con el de
rascarnos.
22 — También son actos asquerosos e inciviles el eructar, el
limpiarse los labios con las manos después de haber escupido, y sobre todo el
mismo acto de escupir, que sólo las personas poco instruidas en materia de
educación creen imprescindible, y que no es más que un mal hábito que jamás se
verá entre las personas verdaderamente cultas.
23 — Hay personas que al eructar acostumbran soplar fuertemente
vueltas hacia un lado; lo cual es añadir una circunstancia todavía más
repugnante y radícula que el acto mismo. El que se ve en la desgraciada
necesidad de eructar, debe proceder de una manera tan cauta y delicada, que las
personas que están delante no lleguen nunca a percibirlo.
24 — Escupir en público es una grosería que se debe evitar; así
como las carrasperas desagradables e innecesarias.
25 — Los vellos que nacen en la parte interior de la nariz deben
recortarse cada vez que crezcan hasta asomarse por defuera; y los que nacen en
las orejas deben arrancarse desde el momento en que se hagan notables.
26 — Procuraremos no emplear en otros usos el pañuelo que
destinemos para sonarnos; llevando siempre con nosotros, si no nos es
absolutamente imposible, otro pañuelo que aplicaremos a enjugarnos el sudor y a
los demás usos que pueden ocurrirnos.
27 — No usemos más que una sola cara del pañuelo destinado a
sonarnos. Cuando se emplean ambas indiferentemente, es imposible conservar las
manos aseadas. Pero téngase presente que es sobre manera ridículo llevar el
pañuelo, como lo hacen algunas personas para evitar aquel mal, con los mismos
dobleces con que se plancha, abriéndolo cuidadosamente por un lado para
sonarse, y volviéndolo a doblar para guardarlo.
28 — Hay quienes contraen el horrible hábito de observar
atentamente el pañuelo después de haberse sonado. Ni ésta ni ninguna otra
operación está permitida, en un acto que apenas hace tolerable una
imprescindible e imperiosa necesidad.
29 — Es imperdonablemente asqueroso y contrario a la buena
educación de escupir en el pañuelo; y no se concibe cómo es que algunos autores
de urbanidad hayan podido recomendar uso tan sucio y tan chocante.
30 — Jamás empleemos los dedos para limpiarnos los ojos, los
oídos, los dientes, ni mucho menos las narices. La persona que tal hace excita
un asco invencible en los demás, ¡ y cuánta no será la mortificación de
aquellos que se ven después en el caso de darle la mano!
31 — No nos olvidemos de asearnos con un pañuelo ambos
lagrimales tres o cuatro veces en el día, pues pocas cosas hay tan repugnantes
a la vista como el humor que en ellos se deposita pasado cierto número de
horas. Esta operación se ejecutará desde luego, aun cuando la hayamos ejecutado
poco antes; siempre que se hayan humedecido nuestros ojos por la risa, el
llanto o cualquiera otro accidente.
32 — También limpiaremos con el pañuelo tres o cuatro veces en
el día los ángulos de los labios, donde suele igualmente depositarse una parte
de la humedad de la boca que el aire solidifica y que hace muy mala impresión a
la vista.
33 — No permitamos nunca que el sudor de nuestro rostro se eche
de ver por los demás; enjuguémoslo constantemente con el pañuelo, y cuidemos
igualmente de lavarnos la cara, cada vez que la transpiración se haya aumentado
por algún ejercicio fuerte o por cualquiera otra causa, esperando para esto que
el cuerpo haya vuelto a su natural reposo, pues hallándonos agitados, la
impresión del agua podría comprometer nuestra salud.
34 — Cuando al acercarnos a una casa a donde vayamos a entrar,
nos sintamos transpirados, enjuguémonos el sudor del rostro antes de llamar a
la puerta; pues siempre será bien que evitemos en todo lo posible el ejecutar
esta operación en sociedad.
III
Del aseo en nuestros vestidos
1 — Nuestros vestidos pueden ser más o menos lujosos, estar más
o menos ajustados a las modas reinantes, y aun aparecer con mayor o menor grado
de pulcritud, según que nuestras rentas o el producto de nuestra industria nos
permita emplear en ellos mayor o menor cantidad de dinero; pero jamás nos será
lícito omitir ninguno de los gastos y cuidados que sean indispensables para
impedir el desaseo, no sólo en la ropa que usamos en sociedad, sino en la que
llevamos dentro de la propia casa.
2 — La limpieza en los vestidos no es la única condición que nos
impone el aseo: es necesario que cuidemos además de no llevarlos rotos ni
ajados. El vestido ajado puede usarse dentro de la casa, cuando se conserva
limpio y no estamos de recibo; mas el vestido roto no es admisible ni aun en
medio de las personas con quienes vivimos.
3 — La mayor o menor transpiración a que naturalmente estemos
sujetos y aquella que nos produzcan nuestros ejercicios físicos, el clima en
que vivamos y otras circunstancias que nos sean personales, nos servirán de
gula para el cambio ordinario de nuestros vestidos, pero puede establecerse por
regla general, que en ningún caso nos está permitido hacer este cambio menos de
dos veces en la semana.
4 — Puede suceder que nuestros medios no nos permitan cambiar
con frecuencia la totalidad de nuestros vestidos: en este caso, no omitimos
sacrificio alguno por mudar al menos la ropa interior. Si alguna vez fuera
dable ver con indulgencia la falta de limpieza en los vestidos, sería
únicamente respecto de una persona excepcional cuya ropa interior estuviese en
perfecto aseo.
5 — Hay algunas personas que ponen gran esmero en la limpieza de
aquellos vestidos que se lavan, y al mismo tiempo se presentan en sociedad con
el traje o el sombrero verdaderamente asquerosos. La falta de aseo en una pieza
cualquiera del vestido, desluce todo su conjunto, y no por llevar algo limpio
sobre el cuerpo, evitamos la mala impresión que necesariamente ha de causar lo
que llevamos desaseado.
6 — Asimismo descuidan algunos la limpieza del calzado a pesar
de depender de una operación tan poco costosa y de tan cortos momentos; y es
necesario que pensemos que esta parte del vestido contribuye también a decidir
del lucimiento de la persona. La gente de sociedad lleva siempre el calzado
limpio y con lustre, y lo desecha desde el momento en que el uso lo deteriora
hasta el punto de producir mala vista, o de obrar contra el perfecto y
constante aseo en que deben conservarse los pies.
7 — Las personas que por enfermedad se ven obligadas a sonarse
con frecuencia, no deben conservar por mucho tiempo un mismo pañuelo. En los
climas cálidos, el pañuelo destinado a enjugar el sudor debe también variarse a
menudo.
8 — Cuando por enfermedad u otro cualquier impedimento no
hayamos podido limpiamos la cabeza cuidemos de que no aparezca sobre nuestros
hombros la caspa que de ella suele desprenderse.
9 — No es reprobable la costumbre de llevar los vestidos, y
sobre todo los pañuelos, ligeramente impregnados de aguas olorosas; mas
adviértase que el exceso en este punto es nocivo a la salud, y al misno tiempo
repugnante para las personas con quienes estamos en contacto, especialmente
cuando empleamos esencias o preparaciones almizcladas.
IV
Del aseo de nuestra habitación
1 — De la misma manera que debemos atender constantemente el
aseo en nuestra persona y en nuestros vestidos, así debemos poner un especia
cuidado en que la casa que habitamos, sus mueble y todos los demás objetos que
en ella se encierren permanezcan siempre en un estado de perfecta limpieza.
2 — Este cuidado no debe dirigirse tan sólo a los departamentos
que habitualmente usamos: es necesario que se extienda a todo el edificio, sin
exceptuar ninguna de sus partes, desde la puerta exterior hasta aquellos sitios
menos frecuentados y que están menos a la vista de los extraños.
3 —La entrada de la casa, los corredores y el patio principal,
son lugares que están a la vista de todo el que llega a nuestra puerta; y por
tanto debe, inspeccionarse constantemente, a fin de impedir que en ningún
momento se encuentren desaseados. Como generalmente se juzga de las cosas por
su exterioridad, un ligero descuido en cualquiera de estos lugares, sería
bastante para que se formase una idea desventajosa del estado de limpieza de
los departamentos interiores, por más aseados que éstos se encontrasen.
4 — En el patio principal no se debe arrojar agua, aun cuando
ésta sea limpia, porque todo lo que interrumpe el color general del piso, lo
desluce y hace mala impresión a la vista . Las personas mal educadas
acostumbran arrojar en los patios el agua en que lavan, y aun otros líquidos
corruptibles o saturados de diversas sustancias colorantes, los cuales, a más
de dejar duraderas manchas, producen mal olor, y en su evaporación obran
directamente contra la salud.
5 — La limpieza del piso contribuye en gran manera al lucimiento
de los edificios, a la conservación de los muebles, y a ahuyentar los insectos
y reptiles cuya presencia es casi siempre un signo de suciedad y de incuria.
Deben, pues, conservarse los suelos en perfecto aseo, sin exceptuar para esto
los patios ni la cocina.
6 — No hay ninguna habitación, ningún lugar de la casa, que no
reclame nuestros más exquisitos cuidados en materia de aseo y limpieza; pero
consideremos que si una pequeña falta puede alguna vez ser excusable en la
parte interior, jamás lo será en la sala ni en los demás puntos de recibo. Una
mancha en nuestros vestidos tomada en un asiento, podrá ser imputada a nuestros
sirvientes; en los vestidos de un extraño, nos será siempre, y con razón,
imputada a nosotros.
7 — El aseo en las habitaciones no debe limitarse a los suelos y
a los muebles: es necesario que los techos, las paredes, las puertas, las
ventanas y todas las demás partes del edificio, permanezcan en estado de
perenne limpieza.
8 — En cuanto a los dormitorios y demás aposentos interiores,
cuidemos además de que en ellos corra el aire libre, en todas las horas en que
la necesidad no nos obligue a mantenerlos cerrados. Esta regla de aseo es al
mismo tiempo una prescripción higiénica, por cuanto la ventilación de los
aposentos contribuye en gran manera a la conservación de la salud. Nada debe
sernos por otra parte, más des. agradable que un médico, o cualquiera otra
persona a quien debemos dar entrada en ellos, tenga que pasar por la pena de
echar de menos un ambiente puro.
9 — Por esto al levantamos, cuando nuestro dormitorio se
encuentra impregnado de las exhalaciones de los cuerpos durante la noche, sin
que hayan podido disiparse por la renovación del aire, debemos apresurarnos a
abrir puertas y ventanas, previas las precauciones necesarias a la salud, y tan
luego como nos encontremos vestidos.
10 — No mantengamos ni un instante en nuestro aposento ningún
objeto que pueda producir un olor desagradable. Por el contrario, procuremos
conservar siempre en él alguna cosa que lisonjee el olfato, con tal que sus
exhalaciones no sean nocivas a la salud, y que la pongamos fuera para dormir.
El calzado inútil, los vestidos destinados a ser lavados, las aguas que han
servido a nuestro aseo, etc., etc., descomponen la atmósfera y producen olores
ingratos, que tan mal se avienen con la decencia y el decoro, como con las
reglas higiénicas.
11 — Los vestidos de nuestra cama deben estar siempre aseados.
Nuestras circunstancias particulares nos indicarán siempre los períodos
ordinarios en que debamos mudarlos; pero jamás aguardemos a hacerlo obligados
por su estado de suciedad.
12 — La cocina es una pieza en que luce muy especialmente el
buen orden y la educación de una familia. Por lo mismo que en ella se ejecutan
tantas operaciones que pueden fácilmente y a cada paso relajar el aseo, es más
importante la supervigilancia que exige de las personas que dirigen la casa.
Inconcebible es cómo el lugar destinado a preparar las viandas, se descuide a
veces hasta el punto de que su aspecto produzca las más fuertes sensaciones de
asco.
13 — El cuarto de baño debe estar siempre inmaculadamente
limpio. Esto es muy fácil por los materiales especiales que entran actualmente
en su construcción: loza, porcelana, materiales vinílicos, cromo, etc. Todos
deben estar brillantes siempre.
14 — Una familia delicada y culta no permite que la parte
exterior de su casa se encuentre nunca desaseada. Como la calle puede perder
instantáneamente su limpieza, por muchas causas que es excusado enumerar, se
hace indispensable que cada cual examine con frecuencia el frente de su
habitación a fin de hacerlo asear cada vez que sea necesario.
15 — La cría de animales que no nos traen una utilidad
reconocida, a más de ser generalmente un signo de la frivolidad de nuestro
carácter, es un germen de desaseo, al cual tenemos que oponer un constante
cuidado, que bien pudiéramos aplicar a objetos más importantes y más dignos de
ocupar la atención y el tiempo de la gente civilizada.
16 — Nada es, por otra parte, más incivil que el tener expuesta
a una visita a ser invadida por las caricias y retozos y aun por la cólera de
un animal, y a que haya de salir de nuestra casa con sus vestidos sucios, rotos
o ajados, y acaso con una mordedura u otro accidente de este género que
quebrante su salud. Cuando la necesidad nos obligue a conservar un animal,
mantengámosle en lugar apartado, fuera de la Vista de las personas que nos
visitan.
17 — La puntual observancia de estas reglas, nos libertará
asimismo de incurrir en la falta, altamente inexcusable, de devolver asquerosa
y deteriorada la casa que se nos ha confiado, si es que vivimos en casa
alquilada, como lo hacen las personas mal educadas, y que tienen la desgracia
de ignorar todo lo que deben a la decencia y a su propio decoro.
18 — Si hemos vivido como personas finas y delicadas, los que
entren a habitar la casa que desocupamos, no necesitarán de asearla; y si
hubieren de repararla, no será por cierto a consecuencia de daños que nosotros
hayamos causado.
V
Del aseo para con los demás
1 — La benevolencia, el decoro, la dignidad personal y nuestra
propia conciencia, nos obligan a guardar severamente las leyes del aseo, en
todos aquellos actos que en alguna manera están, o pueden estar, en relación
con los demás.
2 — Debemos, pues, abstenemos de toda acción que directa o
indirectamente sea contraria a la limpieza que en sus personas, en sus vestidos
y en su habitación han de guardar aquellos con quienes tratamos, así como
también de toda palabra, de toda alusión que pueda producir en ellos la
sensación del asco.
3 - Jamás nos acerquemos tanto a la persona con quien hablamos,
que llegue a percibir nuestro aliento; y seamos en esto muy cautos, pues muchas
veces nos creemos a suficiente distancia del que nos oye, cuando realmente no
lo estamos.
4 — Los que se ponen a silbar mientras combinan sus lances en el
ajedrez y otros juegos de esta especie, se olvidan de que así cometen la grave
incivilidad de arrojar su aliento sobre la persona que tienen por delante.
5 — Cuando no estando solos, nos ocurra toser o estornudar,
apliquemos el pañuelo a la boca, a fin de impedir que se impregne de nuestro
aliento el aire que aspiran las personas que nos rodean; y aun volvámonos
siempre a un lado, pues de ninguna manera está admitido ejecutar estos actos
con el frente hacia nadie.
6 — Evitemos, en cuanto nos sea posible, el sonarnos cuando
estemos en sociedad; y llegado el caso en que no podamos prescindir de hacerlo,
procuremos que la delicadeza de nuestros movimientos debilite un tanto en los
demás la sensación desagradable que naturalmente han de experimentar.
7 — Siempre que por enfermedad nos veamos frecuentemente en la
necesidad de sonarnos, escupir, etcétera, abstengámonos de concurrir a
reuniones de etiqueta y aun de poca confianza, y evitemos recibir visitas de la
misma naturaleza.
8 — El acto amistoso de dar la mano al saludar, puede
convertirse en una grave falta contra el aseo que debemos a los demás, si no
observamos ciertos miramientos que a él están anexos, y de los cuales jamás
prescinde el hombre delicado y culto.
9 — En general, siempre que nos vemos en el caso de dar la mano,
se supone que hemos de tenerla perfectamente aseada, por ser éste un acto de
sociedad, y no sernos lícito presentarnos jamás delante de nadie sino en estado
de limpieza.
10 — Cuando por causa de algún ejercicio vio lento, o por la
influencia del clima, o bien por vicio de nuestra propia naturaleza, nos
encontremos transpirados, no alarguemos a nadie la mano sin enjugar la antes
disimuladamente con un pañuelo. Las personas que con sus manos humedecen las
ajenas, sin duda no conciben cuán ingrata es la sensación que producen.
11 — No basta que al dar nuestra mano estemos nosotros mismos
persuadidos de su estado de limpieza: es necesario que los demás no tengan
ningún motivo para sospechar siquiera que la tenemos des aseada. Así, cuando
nos veamos en el caso de saludar a una persona que nos ha visto antes ejecutar
con las manos alguna operación, después de la cual pudiera suponerse que no le
fuese agradable el tocarlas, omitiremos aquella demostración, excusándonos de
un modo delicado y discreto, aun cuando tengamos la seguridad de que nuestras
manos se han conservado en perfecto estado.
12 — Guardémonos de alargar nuestra mano a la persona a quien
encontremos ejecutando con sus manos alguna operación poco aseada, la cual,
según las reglas aquí establecidas, se halla en el deber de excusar esta
demostración.
13 — Cuando al entrar de visita en una casa se penetra hasta el
comedor, lo cual no está permitido sino mediando una íntima confianza, no debe
darse la mano a otras personas de las que se hallen en la mesa, que a los jefes
de la familia; mas por lo mismo que éstos no pueden excusar un acto que peca
contra el aseo, por cuanto han de continuar comiendo sin lavarse las manos,
evitemos en todo lo posible el visitar a nuestros amigos a tales horas.
14 — Jamás brindemos a nadie comida ni bebida alguna que hayan
tocado nuestros labios; ni platos u otros objetos de esta especie que hayamos
usado; ni comida que hayamos tenido en nuestras manos, si se exceptúan las
frutas, cuya corteza las defiende de todo contacto.
15 — No sólo no pretenderemos, sino que no permitiremos nunca
que una persona toque siquiera con sus manos, lo que de alguna manera se haya
impregnado o pueda suponerse que se ha impregnado de la humedad de nuestra
boca.
16 — No ofrezcamos a nadie nuestro sombrero, ni. ninguna otra
pieza de nuestros vestidos que hayamos usado, ni objeto alguno de los que
tengamos destinados para el aseo de nuestra persona; y cuando nos veamos en el
caso de ofrecer nuestra cama, cuidemos de vestirla enteramente de limpio.
17 _ No contrariemos nunca a los demás en el cumplimiento de las
reglas establecidas en los tres párrafos anteriores: sería una incivilidad el
intentar beber en el vaso en que otro ha bebido, comer sus sobras, tomar en
nuestras manos lo que ha salido de su boca, o servirnos de los vestidos que ha
usado, por más que quisiéramos con esto manifestarle cordialidad y confianza.
18 — Es impolítico excitar a una persona a que tome con las
manos una comida que deba tomarse con tenedor o cuchara, o que acepte ningún
obsequio en una forma que de alguna manera sea contraria a las reglas aquí
establecidas.
19 — Tan sólo obligados por una dura necesidad, usaremos de
aquellos objetos ajenos, que naturalmente ha de ser desagradable a sus dueños
el continuar usando.
20 — Las personas que desconocen las prudentes restricciones a
que debe estar siempre sujeta la confianza en todos sus grados, acostumbran
acostarse en las camas de sus amigos cuando los visitan en sus dormitorios. La
sola consideración de que el dueño de una cama que hemos usado, haya de mudar
los vestidos de ésta después que nos retiramos, como en rigor debe hacerlo, es
suficiente para que nos abstengamos de incurrir nunca en semejante falta.
21 — No toquemos con nuestras manos, ni menos con nuestros
labios, ni con alguna cosa que haya entrado ya en nuestra boca, aquellos
objetos que otro ha de comer o beber; y procuremos igualmente que los demás se
abstengan; respecto de ellos, de todo acto contrario al aseo, de la misma
manera que lo haríamos si estuviesen destinados para nuestro propio uso.
22 — No se deben aplicar jamás los labios al borde de la jarra
de agua para beber. Siempre debe servirse ésta en un vaso antes de tomarla.
23 — No permitamos que otro, por ignorancia, tome en sus manos
ni en su boca objeto que nosotros sabemos no debe tomar según las reglas aquí
establecidas.
24 — Es incivilidad el tener a la vista aquellos objetos de suyo
asquerosos, o que, sin serlo esencialmente, causan, sin embargo, una impresión
desagradable a alguna de las personas que nos visitan; y todavía lo es más el
excitar a otro a verlos o tocarlos con sus manos, sin que para ello exista un
motivo a todas luces justificado.
25 — También es impolítico el incitar a una persona a que guste
o huela una cosa que haya de producirle una sensación ingrata al paladar o al
olfato. Y téngase presente que desde el momento en que se rehúsa probar u oler
algo, sea o no agradable por su naturaleza, ya toda insistencia es altamente
contraria a la buena educación.
26 — Si, como hemos visto, el acto de escupir es inadmisible en
la propia habitación, ya puede considerarse cuánto no lo será en la ajena.
Apenas se concibe que haya personas capaces de manchar de este modo los suelos
de las casas que visitan, y aun los petates y alfombras con que los encuentran
cubiertos.
27 - Al entrar en una casa, procuremos limpiar la suela de
nuestro calzado, si tenemos motivo para temer que a ella se hayan adherido
algunas suciedades; y al penetrar en una pieza de recibo frotemos siempre el
calzado en un ruedo o felpudo que encontraremos en la parte exterior de la
puerta a fin de que nuestras pisadas no ofendan ni ligeramente al aseo de los
suelos. En estas operaciones seremos todavía más prolijos y escrupulosos en
tiempo de invierno, y siempre que hayamos transitado por lugares húmedos o
enlodados.
28 - No nos sentemos nunca sin estar seguros de encontrarse el
asiento enteramente desocupado; pues sería imperdonable descuido el sentarnos
sobre un pañuelo, o sobre cualquiera otro objeto de esta naturaleza
perteneciente a otra persona.
29 - No brindemos a nadie el asiento de donde acabemos de
levantarnos, a menos que en el lugar donde nos encontremos no exista otro
alguno. Y en este caso, procuraremos, por medios indirectos, que la persona a
quien lo ofrecemos no lo ocupe inmediatamente; sin emplear jamás frase ni
palabra que se refiera o pueda referirse al estado de calor en que se encuentra
el asiento, pues esto no está admitido en la buena sociedad.
30 - Cuidemos de no recostar nuestra cabeza en el respaldo de
los asientos, a fin de preservarlos de la grasa de los cabellos. Observando
esta regla en todas partes, guardaremos el aseo que debemos a las casas ajenas,
e impediremos que los asientos de la nuestra inspiren asco a las personas que
nos visitan.
31 - En general, tratemos siempre con extremada delicadeza todos
los muebles, alhajas y objetos de adorno de las casas ajenas; evitando en todo
lo posible el tocarlos con nuestras manos,, pues esto se opone a su estado de
limpieza, y cuando menos, a su brillo y hermosura.
32 — Si es un acto de desaseo el tomar en la boca la pluma de
escribir de nuestro uso, con mayor razón lo será el hacer esto con la pluma del
ajeno bufete.
33 — De la misma manera, el humedecerse los dedos para hojear
libros o papeles ajenos, es una falta de aseo que, por recaer sobre los demás,
viene a ser aún más grave que la que sobre este punto hemos indicado antes, al
hablar del aseo en nuestras personas.
34 — También es de gentes vulgares, el emborronar los papeles
que encuentran en los bufetes de las personas que visitan. El hombre culto, no
sólo no va a ensuciar así los papeles ajenos, sino que se abstiene severamente
de acercarse, sin un motivo justificado, a otro bufete que el suyo propio.
35 — Por último, guardémonos de mezclar jamás en nuestra
conversación palabras, alusiones o anécdotas que puedan inspirar asco a los
demás, y de hacer relaciones de enfermedades o curaciones poco aseadas. La
referencia a purgantes y vomitivos, y a sus efectos, está severamente prohibida
en sociedad entre personas cultas.
CAPITULO TERCERO
DEL MODO DE CONDUCIRNOS DENTRO DE LA CASA
I
Del método, considerado como parte de la buena educación
1 — Así como el método es necesario a nuestro espíritu, para
disponer las ideas, los juicios y los razonamientos, de la misma manera nos es
indispensable para arreglar todos los actos de la vida social, de modo que en
ellos haya orden y exactitud, que podamos aprovechar el tiempo, y que no nos
hagamos molestos a los demás con las continuas faltas e informalidades que
ofrece la conducta del hombre desordenado. Y como nuestros hábitos en sociedad
no serán otros que los que contraigamos en el seno de la vida doméstica, que es
el teatro de todos nuestros ensayos, imposible será que consigamos llegar a ser
metódicos y exactos, si no cuidamos de poner orden a todas nuestras operaciones
en nuestra propia casa.
2 — El hombre desordenado vive extraño a sus propias cosas.
Apenas puede dar razón de sus muebles y demás objetos que por su volumen no
pueden ocultarse a la vista; en cuanto a sus libros, papeles, vestidos, y todo
aquello que puede cambiar fácilmente de lugar y quedar oculto, su habitación no
ofrece más que un cuadro de confusión y desorden, que causa una desagradable
impresión a todos los que lo observan.
3 — Cuando vivimos en medio de este desorden, perdemos
miserablemente el tiempo en buscar los objetos que necesitamos, los cuales no
podemos hallar nunca prontamente; y nos vemos además en embarazos y conflictos
cada vez que se nos reclama una prenda, un libro, un papel que se nos ha
confiado, y que a veces no llegamos a descubrir por más que se encuentre en
nuestro mismo aposento.
4 — La falta de método nos conduce a cada paso a aumentar el
desorden que nos rodea, porque amontonamos los diversos objetos ya en un lugar,
ya en otro; al buscar uno dejamos los demás todavía más embrollados y nos
preparamos así nuevas dificultades y mayor pérdida de tiempo, para cuando
volvamos a encontrarnos en la necesidad de removerlos.
5 — Asimismo, vivimos expuestos a sufrir negativas y sonrojos,
pues las personas que conocen nuestra informalidad evitarán confiarnos ninguna
cosa que estimen, y es seguro que no pondrán en nuestras manos un documento
importante, ni objeto alguno cuyo extravío pudiera traerles consecuencias
desagradables.
6 — Cuando no somos metódicos, la casa que habitamos no está
nunca perfectamente aseada; porque los trastos desarreglados no pueden
desempolvarse fácilmente, y el mismo esparcimiento en que se encuentran impide
la limpieza y el despejo de las habitaciones.
7 — El desaliño y la falta de armonía en nuestros vestidos,
serán también una consecuencia necesaria de nuestra falta de método; porque los
hábitos tienen en el hombre un carácter de unidad que influye en todas sus
operaciones, y mal podemos pensar en el arreglo y compostura de nuestra
persona, cuando nos hemos ya acostumbrado a la negligencia y al desorden.
8 — La variedad en nuestras horas de comer, en las de acostarnos
y levantarnos, en las de permanecer en la casa y fuera de ella, y
consiguientemente en las de recibir, molesta a nuestra propia familia, a las
personas que con nosotros tienen que tratar de negocios, y aun a los amigos que
vienen a visitarnos.
9 — Establezcamos siempre cierto orden en la colocación de los
muebles, de los libros y de cuantos objetos nos rodean. Guardemos las cartas y
los demás papeles que debamos conservar, por el orden de sus fechas, y con
arreglo a todas las circunstancias que nos faciliten encontrar prontamente los
que necesitamos; y jamás tengamos a la vista aquellas cartas, papeles u otros
objetos que se hayan puesto en nuestras manos con la intención, expresa o
conjeturable, de que nosotros nada más los veamos.
10 — La exposición de las cartas que se nos dirigen, a la vista
de cualquiera que entre a vernos, es no sólo contraria al método, sino que
incluye una falta injustificable a la fe que en nosotros han depositado sus
autores, aun cuando ellas no sean ni puedan considerarse de carácter reservado.
11 — Llevemos siempre una cuenta exacta en que aparezcan
nuestras deudas, nuestras acreencias y nuestros gastos; y no veamos llegar
jamás con tranquilidad el vencimiento de un plazo en que debamos pagar alguna
cantidad, si no tenemos los medios de desempeñarnos. El primer descuido en que
incurramos en materia de pagos, será el primer paso que demos hacia la pérdida
de nuestro crédito; y no olvidemos nunca que ésta es una de las más grandes
desgracias que puede acontecernos en la vida, si no fuere ella misma la mayor
de todas.
12 — También llevaremos un memorándum en que anotaremos los
encargos que se nos hayan hecho, las cartas que tengamos que escribir, las
visitas que debamos hacer, los aplazamientos que hayamos aceptado, las
reuniones a que debamos concurrir, y todos los compromisos de esta especie que
hayamos contraído.
13 — La escrupulosa exactitud a que nos acostumbra el método en
nuestra casa, nos hará cuidar de lo ajeno como de lo nuestro, devolver
oportunamente y sin deterioro ni menoscabo lo que se nos ha prestado, concurrir
adonde estamos invitados, a la hora que se nos ha fijado; prepararnos con la
debida anticipación para pagar lo que debemos, en el día señalado; y formando,
en fin, en nosotros el hábito de la fidelidad en el cumplimiento de nuestros
deberes y compromisos, nos evitará el hacernos gravosos y molestos a los demás,
y nos dará crédito, estimación y responsabilidad.
14 — La vida es muy corta, y sus instantes corren sin jamás
detenerse; así es que sólo en la economía del tiempo podemos encontrar los
medios de que nos alcance para educarnos e ilustrarnos, y para realizar todos
los planes que pueden hacerla útil a nosotros mismos y a la sociedad.
15 — Acostumbrémonos, pues, a proceder con método en todas
nuestras operaciones, sobre todo en los trabajos mentales, los cuales
ordenaremos de modo que no se confundan unos con otros; principiando nuestros
estudios por las materias más elementales y menos difíciles, destinando horas
diferentes para los de diferente naturaleza, buscando los medios de adquirir
conocimientos con el menor empleo de tiempo que sea posible, y no recargándonos
nunca con más estudios que aquellos que podamos hacer con un sólido provecho y
sin fatigar nuestro entendimiento.
16 — Pero tengamos siempre muy presente que el exceso en el
método, como en todo lo demás, viene a ser también un mal del que debemos
apartarnos cuidadosamente. Es insoportable el trato con las personas que tienen
sometidas a severas reglas las más insignificantes operaciones de la vida,
especialmente el de aquéllas a quienes ninguna consideración social, ni
accidente alguno, por grave que sea, las hace alterar nunca una sola de sus
costumbres. Y es bien digno de notarse que los que así se conducen, son por lo
regular personas tercas, caprichosas, y de un carácter duro e intolerante.
17 — En la mujer es el método acaso más importante que en el
hombre; pues a más de serle a ella aplicables todas las observaciones que
preceden, su destino la llama a ciertas funciones especiales, en que
necesariamente ha de ser el método su principal guía, so pena de acarrear a su
familia una multitud de males de alta trascendencia: Hablamos del gobierno de
la casa, de la inmediata dirección de los negocios domésticos, de la diaria
inversión del dinero, y del grave y delicado encargo de la primera educación de
los hijos, de que depende en gran parte la suerte de éstos y de la sociedad
entera.
18 — La mujer desordenada ofrecerá, en cuanto la rodea, el mismo
cuadro que ofrece el hombre desordenado, con todas las desagradables
consecuencias sociales que hemos apuntado. Pero ella no quedará en esto sólo;
porque comunicando su espíritu de desorden a todo el interior de su casa, al
desperdicio del tiempo se seguirá el desperdicio del dinero. al mayor gasto los
mayores empeños, y a los empeños la ruina de la hacienda. Además, como las
costumbres de la madre de familia se transmiten directamente a los hijos, por
ser en su regazo donde pasan aquellos años en que se graban más fácilmente las
impresiones, sus malos ejemplos dejarán en ellos resabios inextinguibles, y sus
hijas, sobre todo, que su vez llegarán también a ser madres de familia,
llevarán en sus hábitos del desorden, el germen del empobrecimiento y de la
desgracia.
II
Del acto de acostarnos, y de nuestros deberes durante la noche
1 — Antes de entregarnos al sueño, veamos si podemos hacerlo sin
que nos echen de menos los que en una enfermedad, o en un conflicto cualquiera,
tienen derecho a nuestra existencia, a nuestros cuidados y nuestros servicios.
2 — Cuando nuestra familia o nuestros amigos más inmediatos
estén sufriendo, nada es más incivil e indigno que el que nosotros durmamos: y
sólo un grave motivo podrá excusarnos del deber que tenemos de permanecer
entonces a su lado.
3 — Estos cuidados se hacen extensivos a nuestros vecinos; y son
más o menos obligatorios, según el grado de conflicto en que se hallan, y según
que su comportamiento para con nosotros les haya dado más o menos títulos a
nuestra consideración y a nuestro aprecio.
4 — Mas cuando seamos nosotros los que nos encontremos en
conflicto, y en la necesidad del auxilio de nuestros parientes y amigos, no
aceptemos el de aquellos que nos lo ofrezcan a costa de su salud, con trastorno
de sus intereses, sino en el caso de sernos absolutamente imprescindible.
5 — Al retirarnos a nuestro aposento debemos despedirnos cortés
y afectuosamente de las personas de nuestra familia de quienes nos separamos en
este acto; y en ningún caso dejarán de hacerlo los hijos de sus padres, los
esposos entre sí, y los que duermen en un mismo aposento al acto de entregarse
al sueño.
6 — Si habitamos con otras personas en una misma pieza,
tendremos gran cuidado de no molestarlas en nada al acostarnos. Así, cuando hay
la costumbre de dormir a oscuras, y ya otra ha tomado su cama, no conservaremos
luz en la pieza por más tiempo del que sea absolutamente necesario para
disponernos a tomar la nuestra.
7 — Si al entrar en el aposento encontramos que ya alguno de
nuestros compañeros está dormido, cuidaremos de no hacer ningún ruido que pueda
despertarle o turbar su sueño. Ejecutaremos entonces todos nuestros movimientos
en silencio, y si necesitamos alguna cosa que no podamos proporcionarnos
nosotros mismos, saldremos a pedirla afuera y con voz baja.
8 — Cuando tengamos un compañero cuya edad o cualesquiera otras
circunstancias le den derecho a nuestra especial consideración y respeto,
aguardemos siempre a que haya tomado su cama para tomar nosotros la nuestra;
excepto el caso en que una enfermedad u otro accidente nos obligue a
predecerle, o en que aquél haya de recogerse más tarde que de ordinario. Y si
fuere un anciano o valetudinario, que necesite de auxilio en este acto, no sólo
deberemos prestárselo gustosamente, sino que no esperaremos a que nos lo
demande.
9 — No es delicado que, sin una necesidad imprescindible,
durmamos en una misma pieza con personas de etiqueta o de poca confianza.
10 — Al despojarnos de nuestros vestidos del día para entrar en
la cama, hagámoslo con honesto recato, y de manera que en ningún momento
aparezcamos descubiertos ante los demás.
11 — La moral, la decencia y la salud misma nos prescriben
dormir con algún vestido. Horrible es el espectáculo que presenta una persona
que, por haber perdido en algún movimiento su cobertor, o por cualquier otro
accidente ocurrido en medio de la noche, aparece enteramente descubierta.
12 — Hay algunas personas que acostumbrando fumar al acto de
entrar en la cama, no prescinden de ello aun cuando estén acompañadas. Si
siempre es impolítico hacer aspirar el humo del tabaco al que no está también
fumando, nuestra incivilidad viene a ser verdaderamente insoportable, cuando
hacemos esto en una pieza cerrada, donde habrá de formarse una atmósfera pesada
y pestilente, y al mismo tiempo contraria a la salud.
13 — El ronquido, ese ruido áspero y desapacible que algunas
personas hacen en medio del sueño, molesta de una manera intolerable a los que
tienen la desgracia de acompañarlas. Este no es un movimiento natural y que no
pueda evitarse, sino un mal hábito, que revela siempre una educación
descuidada.
14 — Si en medio del sueño sobreviene algún accidente, por el
cual se nos llame para preguntamos algo o para exigir de nosotros algún
servicio, pensemos que nada habría más incivil que mostramos desagradados y de
mal humor, pues esto sería un amargo reproche para el que en este acto ha
contado con nuestra amistad y benevolencia, y siente ya de antemano la pena de
venirnos a molestar.
15 — Por nuestra parte, evitemos en cuanto sea posible el llamar
al que duerme, no interrumpiendo su sueño sino por una grave urgencia. El que
se ve de esta suerte inquietado por nosotros, medirá sin duda la importancia
del motivo que a ello nos ha inducido; y aunque al encontrar que no ha sido
bastante para justificar nuestra conducta, la civilidad le haga mostrarse
tolerante y afable, no por eso habremos dejado de ser nosotros a más de
inconsiderados, altamente inciviles.
16 — Cuando en el curso de la noche ocurra en el vecindario
algún acontecimiento que ponga en peligro la vida o los intereses de alguna
persona o familia, deberemos apresurarnos a prestarle nuestros auxilios,
tomando antes aquellas medidas de precaución que sean indispensables para dejar
en seguridad nuestra propia casa.
17 — Siempre que nos veamos obligados a despertar a una persona
para comunicarle algún acontecimiento desagradable o funesto, cuidemos de
conducirla gradualmente y con exquisito pulso al punto en que ha de
experimentar las más fuertes sensaciones. La sorpresa que nuestra precipitación
le causaría, no sólo nos haría culpables de incivilidad e imprudencia, sino que
podría fácilmente ocasionarle una grave enfermedad.
18 — Cuando estemos hospedados en un hotel, tributaremos las
debidas atenciones a los que se encuentren en los vecinos aposentos, procurando
especialmente no hacer ruido alguno que pueda perturbar su sueño. Los aposentos
no están a veces divididos sino por débiles tabiques, que no se elevan a toda
la altura de las paredes; y entonces deberemos pensar que la luz que tengamos,
el humo del tabaco, y los objetos que exhalen olores fuertes, también habrán de
molestar a los huéspedes inmediatos.
19 — Podrá, asimismo, suceder que ocupemos nosotros una
habitación alta que pise sobre otra; y en este caso, no olvidemos que el sueño
de las personas que habitan en la parte baja, estará enteramente a merced de
nuestra civilidad. Todo ruido que llegue abajo, todo golpe fuerte nos está
prohibido; y nuestras pisadas, que evitaremos siempre en cuanto nos sea
posible, deberán ser tales que no conmuevan el suelo.
20 — Aunque no hay persona alguna a quien no se deban estos
miramientos, los hombres han de ser todavía más cuidadosos en guardarlos,
siempre que sean señoras las que ocupen los vecinos dormitorios; pues siempre
será un deber del hombre culto el poner mayor esmero y delicadeza en todos los
actos de consideración y respeto que se dirigen al bello sexo.
III
Del acto de levantarnos
1 — Guardémonos de entregarnos nunca al rudo y estéril placer de
dormir con exceso, y no permanezcamos en la cama sino por el tiempo necesario
para el natural descanso.
2 — Mientras el hombre vive esa vida material de los primeros
años, su sueño no debe ser tasado, porque dirigido exclusivamente por la sabia
naturaleza, contribuye a su desarrollo físico y a su salud. Pasada la infancia,
el cultivo de su inteligencia le exige ya parte del tiempo en que antes dormía,
y su sueño no debe exceder de ocho a nueve horas. Pero desde que la plenitud de
su razón y los estudios y ocupaciones, serias le dan entrada en la vida social,
ya no le está permitido permanecer en la cama por más de siete horas.
3 — La costumbre de levantarnos temprano favorece nuestra salud
porque nos permite respirar el aire puro de la mañana; y contribuye
poderosamente al adelanto en nuestros estudios y demás tareas, porque la
frescura del tiempo disipa en breve el sopor en que despertamos, y comunica a
nuestro entendimiento gran facilidad en las percepciones, y a nuestros
miembros grande expedición y actividad para el trabajo.
4 — Después del sueño ordinario se encuentra re novado,
digámoslo así, todo nuestro ser, por cuanto nos sentimos repuestos de las
impresiones y fatigas del día; y claro es que si a tan feliz disposición para
emprender nuestros quehaceres, se añade la benéfica influencia de una
temperatura suave, nuestras operaciones serán mejor ejecutadas y más
fructuosas, y las ideas que adquiramos serán más claras, distintas e
indelebles.
5 — Ninguna persona existe que pueda considerarse exceptuada de
estas reglas, porque a nadie le es lícito permanecer en la ociosidad.
6 — El que no está dedicado al estudio, debe estarlo al trabajo
en alguna industria útil; y aquel que tiene la desgracia de no amar el estudio,
y la fortuna de vivir de sus rentas, encontrará en la religión, en las buenas
lecturas y en la sociabilidad, un vasto campo de ocupaciones en qué emplear
honestamente el tiempo, durante las mismas horas que pueda pasar bajo el yugo
del trabajo el más laborioso menestral.
7 — Al despertarnos, nuestro primer recuerdo debe consagrarse a
Dios. Si no estamos solos, saludaremos en seguida afablemente a nuestros
compañeros que estén ya despiertos, y tomaremos nuestros vestidos con el mismo
recato con que los dejamos en la noche.
8 — Es signo de mal carácter y de muy mala educación, el
levantarse de mal humor. Hay personas a quienes no puede hablarse en mucho rato
después que han despertado, sin que contesten con displicentes monosílabos.
Para el hombre bien educado no hay ningún momento en que se crea relevado del
deber de ser afable y cortés; y si al levantarse tiene su ánimo afectado por
algún disgusto, lo oculta cuidadosamente desde el momento en que alguno le
dirige la palabra.
9 - Las mismas consideraciones que hemos guardado al acostarnos
a las personas con quienes vivimos en un mismo aposento, les serán guardadas
naturalmente al levantarnos; así es que si en este acto sucediere que aún
duerme algún compañero, no turbaremos su sueño con ningún ruido ni de ninguna
otra manera, ni abriremos puertas o ventanas de modo que el aire frío penetre
hasta su cama, o la luz le hiera el rostro directamente.
l0 — Pero el que duerme acompañado cuidará de no prolongar su
sueño, sin un motivo legítimo, hasta llegar a embarazar las operaciones de los
demás, pues ésta no seria menor incivilidad que la de perturbarlos cuando son
ellos los que están durmiendo.
11 — Cuando tengamos que levantarnos antes de la hora ordinaria,
ya sea porque estemos de viaje, o por otro motivo cualquiera, no nos creamos
autorizados para perturbar a los que duermen, con la bulliciosa preparación de
nuestro equipaje, que ha debido quedar terminado en la noche, ni con el ruido
excesivo que pueden ocasionar las diversas operaciones que hayamos de practicar
para el aseo y compostura de nuestra persona, apertura de puertas, salidas de
la casa, etc.
12 - Algunas personas se creen relevadas de estos cuidados
cuando se encuentran en un hotel; así es que al levantarse para emprender
viaje, alborotan el edilicio, y despiertan y molestan a los demás huéspedes que
permanecen en sus camas Guardémonos de proceder así jamás, y tengamos presente
que el que de esta suerte se conduce en un hotel, se despoja del derecho de ser
a su vez considerado, y prueba que su civilidad, excluyendo a los extraños, no
está fundada en la benevolencia, que es su verdadera base.
13 — Dispuestos ya para emprender un viaje de madrugada,
despidámonos en la noche de las personas con quienes vivimos, sin dejar esto
nunca para el acto de levantarnos; pues sólo cuando se trata de personas muy
estrechamente ligadas por los vínculos de la sangre o de la amistad, dejará de
ser incivil el que las despertemos para decirles adiós.
14 — Acostumbrémonos desde niños a arreglar nuestra cama, luego
que en nuestra habitación haya corrido libremente el aire por algún rato.
15 — No salgamos nunca de nuestro aposento sin estar ya
perfectamente vestidos; y no creamos que la necesidad de salir de improviso por
un accidente cualquiera, nos autorice para presentarnos mal cubiertos o en
traje poco decente.
16 — La costumbre de tomar algún ligero alimento al levantarnos,
a más de ser generalmente útil para la salud, contribuye a suavizar nuestro
aliento, el cual no puede ser puro mientras no se pone algo en el estómago. Y
téngase presente, que ningún cuidado ni sacrificio debemos ahorrar por
conseguir la inestimable ventaja de tener siempre un buen aliento.
17 — Tan sólo los enfermos deben tomar el desayuno en la cama;
los que gozan de salud lo harán después que se encuentren aseados y vestidos.
18 - Una vez que estemos en disposición de presentarnos delante
de los demás, cuidemos de informarnos de la salud de nuestra familia.
Semejantes actos de obsequiosa etiqueta, reconocen por móvil el afecto a las
personas con quienes vivimos, y sirven para fomentar ese mismo afecto, y para
hacer cada vez más grato y dulce el interesante comercio de la vida doméstica.
IV
Del vestido que debemos usar dentro de la casa
1 — Las leyes de la decencia y del decoro, así como también las
de la etiqueta en su prudente aplicación a las relaciones íntimas, son las
reguladoras de aquel desahogo y esparcimiento a que nos entregamos en el
círculo de la familia; y por lo tanto en ellas debemos encontrar las
condiciones del vestido que habremos de usar dentro de la propia casa.
2 — Nuestra vestido, cuando estamos en medio de las personas con
quienes vivimos, no sólo debe ser tal que nos cubra de una manera honesta, sino
que ha de constar de las mismas partes de que se compone cuando nos presentemos
ante los extraños; con sólo aquellas excepciones y diferencias que se refieren
a la calidad de las telas, a la severidad de las modas, y a los atavíos que
constituyen el lujo.
3 — El vestido que usamos además de limpio y sin ajaduras debe
estar de acuerdo con la hora y la ocasión en que nos encontramos.
4 — Las mujeres deben procurar no estar desaliñadas dentro de su
casa ni aun para ejecutar las labores domésticas. Se pueden usar vestidos o
slacks apropiados pero siempre con elegancia y buen gusto que no reside en el
lujo de la ropa sino en. la sobriedad y apropiada combinación de colores.
5 — La ropa para dormir debe seguir las mismas reglas
anteriores. Su finura depende de las posibilidades económicas de las personas,
no así su gracia y limpieza.
6 - Las visitas que recibimos en la sala deben encontrarnos en
un traje decente y adecuado a la categoría y a las demás circunstancias de las
personas que vienen a nuestra casa. Y como es tan fácil que nos sorprenda una
visita de etiqueta en momentos en que recibimos una de confianza, será bien que
nos hayamos presentado a ésta con un vestido que no sea impropio para recibir
cualquiera otra.
7 — Aparte de los adornos de lujo, y el mayor esmero que ponemos
siempre en nuestro aliño, y compostura para salir de nuestra casa, para recibir
en ella visitas de etiqueta, puede establecerse que en lo general debemos
recibir en el mismo traje en que visitamos.
8 — Cuándo recibimos estando en cama por alguna enfermedad leve,
debemos cuidar especialmente nuestro aspecto y el de la ropa de cama. Si el
espectáculo que damos, a causa de la naturaleza de la enfermedad o debido a
otra circunstancia, no es aceptable, es mejor abstenemos de recibir.
9 — En los hoteles, y en las casas particulares donde estemos
hospedados, seremos todavía más estrictos y cuidadosos en todo lo que mira a la
seriedad y decencia de nuestros vestidos.
10 — También debe ser objeto de nuestros cuidados el vestido que
han de usar dentro de la casa los niños que nos pertenecen, no permitiendo
jamás que permanezcan desnudos ni andrajosos. Cuando vemos a un niño en este
estado, no nos ocurre ni puede ocurrirnos ningún cargo que hacer a aquel
inocente; pero sí formamos desde luego una idea bien desventajosa de la
educación de su familia.
V
Del arreglo interior de la casa
1 — La buena educación no brilla únicamente en las tertulias y
en el comercio general de la sociedad, sino que se refleja en todo lo que nos
rodea y se encuentra naturalmente bajo nuestra inmediata inspección y gobierno.
2 — Si examinamos una casa en todas sus interioridades, y
encontramos que no hay en ella ningún lugar en que no se halle impreso el sello
del orden, del método y de la elegancia, podemos desde luego asegurar que sus
habitadores son personas finas y bien educadas.
3 — La sala es el punto general de recibo; y como teatro de toda
especie de sociedad, debe estar montada con todo el rigor de la etiqueta. En
ella no aparecerán nunca otros objetos que los que sirvan a la comodidad y al
recreo de las visitas, los cuales estarán siempre dispuestos con orden y
elegancia.
4 — Siempre que nuestras circunstancias nos lo permitan,
evitaremos que la pieza que sigue a la sala sirva de dormitorio; y si no
podemos evitarlo. cuidemos de que las camas no estén jamás a la vista. El
tálamo nupcial, ofrecido a las miradas de los que entran a la sala, no podrá
menos que considerarse por las personas cultas y juiciosas, como un signo de
vulgaridad y mala educación.
5 — El arreglo de la casa revela siempre la personalidad e
inclinaciones de sus dueños. Procuremos siempre que el tino y buen gusto guíen
nuestros pasos en la elección de adornos y muebles; y si nuestros medios nos lo
permiten contrataremos a decoradores profesionales de reconocido prestigio.
Expliquémosles nuestras aficiones y necesidades y seguramente nuestra casa será
un local bello, atrayente y sobre todo cómodo para vivir nosotros y recibir
amigos.
6 — Se dice que la calidad de las pinturas que cuelgan en las
paredes dan idea clara de la categoría de una casa y del buen o mal gusto de
sus dueños. No hay nada más agradable, cuando se tiene una gran fortuna, que
poseer cuadros pintados por grandes maestros; pero si éste no es nuestro caso,
podemos reemplazarlos por buenas reproducciones o finos grabados procurando que
el tema de éstos no se oponga o choque al uso que se le da a la habitación en
que se encuentra.
7 — No hay que olvidarse de poner felpudos en todas las puertas
de acceso a jardines o la calle; de esta manera se preservará mejor la limpieza
de los pisos.
8 — En la entrada o vestíbulo debe ponerse un mueble o tener un
closet para recibir los abrigos, sombreros, etc., de las visitas; en esa forma
se evita el desorden de estos implementos desparramados por los demás cuartos
de la casa.
9 — Los muebles y demás objetos que se encuentren en nuestro
aposento, deben estar siempre ordenados y dispuestos de manera que hagan una
vista agradable; nuestra cama, constantemente vestida y arreglada, nuestra ropa
guardada, y la que no pueda estarlo, acomodada en la mejor forma posible y los
enseres que sirvan a nuestro aseo y deban estar visibles, colocados en aquellos
lugares en que puedan ser menos notados por las personas que hayan de penetrar
hasta nuestro dormitorio.
10 - Debe ponerse un especial esmero en el orden y decencia de
los aposentos que ocupan los criados, así por estimación hacia ellos, como por
nuestras propia dignidad y decoro. Es imposible por otra parte, que seamos
servidos con exactitud, y sobre todo con aseo por personas que se acostumbren a
vivir en el desorden, y a despreciar, en lo que personalmente les concierne,
aquellas reglas que han de aplicar en nuestro servicio.
11 — En el lugar más conveniente de la parte interior de la
casa, debe existir siempre un lavabo, junto con una toalla que se mude
frecuentemente, para uso exclusivo de los criados. Si no se les proporciona
esto, se verán obligados a permanecer con las manos desaseadas, y cuando se las
laven, lo cual harán a veces con mengua del aseo de las vasijas y aguas
destinadas a la preparación de las viandas, se las enjugarán en las toallas de
limpiar los cubiertos demás utensilios de la mesa, si no lo hicieren en sus
propios vestidos.
12 — Si tenemos niños u otras personas que por ignorancia o
travesura puedan de alguna manera dañar el edificio, o menoscabar su mérito en
su parte de ornato, es nuestro deber el contenerlos y sujetarlos a severas
penas; pues bien fútil sería la excusa que en estos casos hiciéramos consistir
únicamente la irreflexión e imprudencia de nuestros hijos y domésticos.
13 - Réstanos declarar que del arreglo de la casa general, es
infinitamente más responsable la mujer que el hombre. La mujer consagrada
especialmente a la inmediata dirección de los asuntos domésticos, puede emplear
siempre en oportunidad todos los medios necesarios para mantener el orden, e
impedir que se quebranten las reglas que aquí recomendamos; al paso que el
hombre, sobre quien pesa la grave obligación de proveer al sostenimiento de la
familia, apenas tendrá tiempo para descansar de sus fatigas, y bien poca será
la influencia que su celo pueda ejercer en la policía general del edificio.
14 — Mas esto no quiere decir que cuando las casas se hallan
habitadas sólo por hombres, estén dispensados de los cuidados que exige el
orden, pues la necesidad que los obliga a prescindir de los oficio de la mujer
los pone igualmente en el caso de des empeñarlos por sí mismos.
VI
De la paz doméstica
1 — Por muy propicia que se nos muestre la fortuna en la marcha
de nuestros negocios; por muy constante que sea nuestro estado de salud; por
muy sólida que sea la paz pública en el país en que vivimos y por muy gratos
que sean los momentos que pasemos en sociedad con los extraños, jamás podremos
ser completamente felices, si el Cielo no ha derramado entre nosotros las
bendiciones de la paz doméstica.
2 — Las riñas y altercados entre los que viven bajo un mismo
techo, amargan la existencia en su único refugio contra las constantes
contradicciones y penalidades que ofrece el mundo, y arguyen siempre falta de
educación y buenos principios, e ignorancia o desprecio de las leyes del
decoro.
3 — El que por un accidente cualquiera de la vida doméstica se
encuentra alguna vez desagradado, y es sorprendido en estos momentos por una
visita, puede fácilmente sobreponerse a la alteración de su ánimo y presentarse
con semblante sereno y afable; pero si la discordia interior devora
constantemente su corazón y le ha hecho habituales sus crueles impresiones,
imposible le será componer repentinamente su rostro y suavizar toda su
exterioridad, para aparecer con aquel aire de tranquilidad y contento que es la
primera señal de buena acogida que ha de darse a los extraños.
4 — Las personas de una misma familia que se encuentran
desacordadas no pueden jamás recibir dignamente a una visita. Aunque no estén
en aquel momento bajo la impresión de un reciente disgusto, y puedan por lo
tanto mostrarle respectivamente la necesaria afabilidad, su manera de tratarse
entre sí habrá de revelar su desacuerdo; y la visita, al mismo tiempo que verá
en esto un signo de mala educación, se sentirá fuertemente embarazada para
tomar parte con libertad y acierto en la conversación, cuyo movimiento ha de
ser irregular y enojoso, por cuanto no está basado en la armonía general y
recíproca de todos los circunstantes.
5 — La discordia interior no puede ocultarse nunca a los
domésticos, los cuales la transmiten fácilmente al conocimiento de los
extraños; y el lamentable estado de una casa abandonada por la paz, y
consiguientemente por la dignidad y el decoro, vendrá por este medio a hacerse
público y retirar de ella las simpatías, la estimación y el trato de las
personas juiciosas y bien educadas.
6 — La paz doméstica es el perfume delicioso que da animación y
contento al círculo de la familia. Ella estrecha los lazos con que la
naturaleza nos ha unido a nuestros parientes, fomenta aquel afecto, siempre
sincero, que excluye todas las desconfianzas y nos entrega el más grato
comercio de la vida, mitiga nuestras penas, nos brinda consuelos en medio de la
adversidad, nos imprime hábitos de dulzura y benevolencia, y a su suave y
apacible sombra podemos consagrarnos con nuestra familia al ejercicio de todas
las virtudes, y al ensayo de las prácticas que nos disponen a manejarnos
dignamente en todas las situaciones sociales.
7 — Por el contrario, cuando la paz abandona nuestro hogar,
cuando la odiosa discordia ha penetrado en el sagrado recinto de la familia,
nuestra vida está cruelmente agitada por todos los dolores; pues si en el trato
con la generalidad de los hombres y en medio del torbellino de los negocios,
encontramos a cada paso contradicciones y sinsabores, en el asilo doméstico nos
aguardan aun mayores sufrimientos. Endurécese entonces nuestro carácter,
nuestros modales se hacen toscos e inciviles, y por ‘muchos que sean los dones
que la naturaleza nos haya favorecido, nuestra conducta social llevará siempre
impreso el sello del mal humor, y apareceremos frecuentemente extraviados de
las reglas de la urbanidad.
8 — No reservemos, pues, a la paz doméstica otros sacrificios
que aquellos que se opongan la moral, al decoro o a la dignidad personal. Ya
vemos que sin ella no hay felicidad posible, ni consuelo en la desgracia, ni
hábitos de buena educación; así es que en conservarla están interesados todos
nuestros goces, el porvenir de nuestra familia, y la buena reputación a que
debemos aspirar en la sociedad en que vivimos.
9 — El conocimiento y la práctica de los deberes morales, serán
de un grande auxilio para la conservación de la paz en las familias. El respeto
de los hijos a sus padres, de los sobrinos a sus tíos, de los hermanos menores
a los mayores, y en general, de todos los inferiores a sus superiores,
suavizará siempre el trato de unos con otros, e impedirá que en las pequeñas
discusiones que se suscitan en la vida doméstica, se mezcle nunca aquel grado
de calor, aquella acrimonia que hace tomar el carácter disociador y tempestuoso
de los groseros altercados. La benevolencia y el cariño que los superiores
deben a los inferiores, no les permitirán abusar de su posición y emplear
palabras ofensivas, que armen la ira de éstos y los conduzcan a usar de
términos irrespetuosos. Y la tolerancia, en fin, que todos se deben entre sí,
hará expirar en el seno de la paz todos aquellos arranques que haga nacer el
choque de contrarias opiniones.
10 — Formemos en nosotros el hábito de ceder de nuestro derecho,
siempre que nos veamos contrariados en materias de poca entidad, y aun en todas
aquellas en que el sostener nuestra opinión no haya de traernos una ventaja de
importancia, sino que por el contrario pueda llegar a irritar los ánimos de los
demás y el nuestro propio.
11 — Pero al cortar una cuestión, procedamos con afable
naturalidad, de modo que no aparezcamos como despreciando las opiniones de los
demás, o como reconociendo en ellos un carácter terco y violento; pues de esta
suerte renunciaríamos a obtener ninguna ventaja en la discusión, sin lograr por
esto el bien de la compensación de la paz.
12 — Piense, por último, la mujer, que a ella le está
encomendado muy especialmente el precioso tesoro de la paz doméstica. Los
cuidados y los afanes del hombre fuera de la casa, le harán venir a ella muchas
veces lleno de inquietud y de disgusto, y consiguientemente predispuesto a
incurrir en faltas y extravíos, que la prudencia de la mujer debe prevenir o
mirar con indulgente dulzura. El mal humor que el hombre trae al seno de su
familia, es rara vez una nube tan densa que no se disipe al débil soplo de la
ternura de una mujer prudente y afectuosa.
VII
Del modo de conducirnos con nuestra familia
1 — Nuestra conducta en sociedad no será nunca otra cosa que una
copia en mayor escala de nuestras costumbres domésticas; así es que el hábito
de ser atentos, respetuosos, delicados y tolerantes con las personas con
quienes vivimos, hará resplandecer siempre en nosotros estas mismas cualidades
en nuestras relaciones con los extraños.
2. — Si bien es cierto que la confianza que nos inspira el
círculo de la familia es una fuente inagotable de los más puros goces, pensemos
que, cuando se la entiende mal y se la exagera, se convierte en un escollo, en
que fracasan las más importantes prescripciones de la urbanidad.
3 — Las personas ignorantes en materia de educación creen que la
franqueza las autoriza para usar entre su familia de palabras y acciones
verdaderamente indecorosas y ofensivas, las cuales relajan los resortes de la
delicadeza, prostituyen la confianza, y abren siempre paso a la discordia, cuyo
fuego amenaza tanto más de cerca las relaciones sociales, cuanto mayor es la
libertad que brinda la intimidad del trato, y menor la estimación y el respeto
que lo presiden.
4 — Nuestras palabras y acciones tendrán siempre por regla y por
medida el deseo de complacer a las personas que nos rodean, la firme intención
de no ocasionarles ningún disgusto, y el deber de guardarles todos aquellos
miramientos y consideraciones que la delicadeza exige.
5 — El respeto que deben los hijos a sus padres no excluye en
manera alguna los dulces placeres de una confianza bien entendida. Por el
contrario, aproximando sus corazones, se acrecentará y fortificará cada vez más
su recíproco afecto, y nunca será un hijo más obediente y respetuoso, que
cuando a los estímulos del deber haya de añadir los de una franca amistad.
6 — Pero si bien el padre ha de cuidar de no traspasar los
límites de su autoridad, alejándose así la confianza del hijo, jamás le será
lícito a éste el adquirir un grado de familiaridad tal que profane los sagrados
deberes que la naturaleza y la moral le imponen.
7 — Nada puede haber más impropio que una discusión acalorada
entre padres e hijos. Desde que la voz del padre no es por sí sola bastante
respetable para imponer moderación y comedimiento al hijo, y tratándose de
igual a igual se entregan juntos a los arranques de la ira, ya no hay dignidad
en el uno, ni moral en el otro, ni buena educación en ninguno de los dos.
8 — El respeto que debemos a nuestros padres, se extiende a
nuestros abuelos, a nuestros tíos y a nuestros hermanos mayores, en la
gradación que ha establecido la misma naturaleza; y la intimidad del trato
doméstico no nos excusa de tributárselos, bien que sin llevarlo hasta el punto
de entibiar la cordialidad y la franqueza que deben reinar en nuestras.
relaciones domésticas.
9 — La tolerancia es el gran principio de la vida doméstica. Si
la diversidad de caracteres, inclinaciones y costumbres, hace nacer a cada paso
motivos de desavenencia en el trato con los extraños, con quienes tan sólo nos
reunimos ocasionalmente, ¿qué será en el trato con nuestra familia, con la cual
vivimos en un constante e inmediato contacto? ¿Y si debemos ser tolerantes con
los extraños, así por urbanidad como por la conservación del bien precio de la
paz, con cuanta más razón no deberemos serlo para con las personas de nuestra
familia, en quienes no podemos suponer jamás la dañada intención de ofendernos?
10 — Suframos, pues, con afectuosa resignación y prudencia, las
pequeñas contradicciones que hemos de encontrar a cada paso en el seno de la
vida doméstica y ahoguemos al nacer todo germen de discordia que pueda venir a
turbar más adelante la armonía y la paz que, como ya hemos dicho, son el
fundamento del orden, el contento y el bienestar dc las familias.
11 — Es un signo de mala educación el conservar en la memoria
las palabras y acciones desagradables que en los ligeros desacuerdos de familia
se hayan empleado; y no es menos incivil el echarlas en cara a sus autores como
un medio de ataque o de defensa en ulteriores altercados o discusiones.
12 — La confianza no nos autoriza para usar de los muebles y
demás objetos pertenecientes a las personas con quienes vivimos, sean éstas
quienes fueren, sin previo permiso, y sin asegurarnos de antemano de que no
vamos a hacer una exigencia indiscreta, por cuanto el dueño de lo que
necesitamos puede también necesitarlo.
13 — Por regla general, jamás usaremos ni pretenderemos usar de
aquellos objetos que sirven a los demás para el aseo de su persona. Sólo entre
familias mal educadas se cree que es cosa lícita, y aun una prueba de unión y
de confianza, el servirse de los peines, de las navajas de afeitar, de las
tijeras de recortar las uñas, y de los demás muebles de esta especie que entre
la gente culta conserva cada cual para su uso exclusivo.
14 — Tampoco nos es lícito pedir a otro sus vestidos, los cuales
son igualmente de uso exclusivo. Tan sólo es permitido entre madres e hijas y
entre hermanas, el prestarse aquellos objetos de puro adorno, como cadenas de
oro, zarcillos, brazaletes, etcétera, y esto en los casos en que la necesidad
lo haga absolutamente imprescindible.
15 — No hagamos variar nunca las cosas que no nos pertenecen de
los lugares en que cada uno las ha colocado. Siempre es desagradable echar de
menos lo que se busca, y que acaso se necesita encontrar inmediatamente para
usos urgentes; pero debemos considerar además que toda variación de esta
especie produce un trastorno de más o menos entidad, el cual trae consigo una
pérdida de tiempo que jamás debe el hombre bien educado ocasionar a nadie.
16 — Acostumbremos dejar siempre las cosas ajenas de que nos
sirvamos en la misma situación en que las encontremos; y cuando fuera de
nuestro aposento nos veamos obligados por una necesidad justificada a abrir o
cerrar puertas o ventanas, o a hacer variar la colocación de un mueble u otro
objeto cualquiera, no olvidemos restituirlo todo a su anterior estado tan luego
como haya cesado aquella necesidad.
17 — No entremos jamás a ningún aposento, aun cuando se
encuentre abierto, sin llamar a la puerta y obtener el correspondiente permiso.
Esta regla es todavía más severa, cuando se trata de los departamentos en que
habitan personas de otro sexo, en los cuales, por otra parte, procuraremos no
penetrar sino en casos de urgencia.
18 — De la misma manera evitaremos en todo lo posible penetrar
en los ajenos dormitorios antes de haberse éstos ventilado, pues no gozándose
entonces en ellos de un aire puro, nuestra presencia habría de mortificar
necesariamente a las personas que los habitan.
19 — La dignidad y el decoro, exigen de nosotros que procuremos
no llamar la atención de nadie antes ni después de entregarnos a aquellos actos
que, por más naturales e indispensables que sean, tienen o pueden tener en sí
algo de repugnante.
20 — Siempre que alcancemos a ver a una persona que por creerse
sin testigos se encuentre mal vestida, o en una disposición cualquiera en que
debemos pensar que le sería mortificante el ser observada, apartemos nuestra
vista y alejémonos de aquel sitio con discreto disimulo. Pero cuidemos mucho de
manifestar con la naturalidad de nuestros movimientos que nada hemos visto,
pues un aire de sorpresa o de mal fingida distracción, causaría a aquella
persona la misma mortificación que tratáramos de evitarle. Esta regla es aun
más importante respecto de personas de distinto sexo, especialmente cuando es
el pudor de una mujer el que ha de contemplarse.
21 — Entre gentes vulgares suele creerse que estas reglas
pierden su severidad, siempre que han de ser observadas entre esposos, entre
padres e hijas. y entre hermanos y parientes de diferente sexo. Es gravísimo
error. Las leyes de la moral y de la urbanidad no reconocen grados de
parentesco, ni establecen excepción ninguna, cuando se trata de los miramientos
que se deben al pudor y a la decencia; así es que las contemplaciones que en
tales materias obligan a un hombre respecto de una mujer extraña, son exactamente
las mismas que ha de usar el padre con su hija, el esposo con su esposa, el
hermano con su hermana.
22 — Por lo mismo que es en el círculo de la familia donde
gozamos de la mayor suma de libertad que está concedida al hombre en sociedad,
debemos vivir en él más prevenidos para evitar toda falta contra el decoro,
todo abuso de confianza, todo deslíz que en alguna manera pueda ofender los
fueros de la decencia y las mismas delicadezas del pudor y del recato.
VIII
Del modo de conducirnos con nuestros domésticos
1 — Procuremos que a las consideraciones que nos deben nuestros
domésticos por nuestra posición respecto de ellos, se añada el agradecimiento y
el cariño por el buen trato que de nosotros reciban.
2 — La intolerancia para con los domésticos es tanto más injusta
cuanto que en general son personas a quienes la ignorancia conduce a cada paso
al error. Si debemos ser indulgentes y benévolos para con aquellos que desde la
niñez se han nutrido con los más elevados principios, y a los cuales estos
principios y el inmediato contacto con las personas cultas obligan a un
proceder recto y delicado con mayor razón deberemos serio para con aquellos que
no han podido recibir una educación esmerada.
3 — Guardémonos de dirigir habitualmente la palabra a nuestros
domésticos en ese tono imperioso y duro que ni nos atrae mayor respeto, ni
comunica mayor fuerza a nuestros mandatos: tolerémosles sus faltas leves; y al
corregirlos por las que sean de naturaleza grave, no confundamos la energía con
la ira, ni la severidad con la crueldad.
4 — Jamás reprendamos a nuestros domésticos delante de los
extraños. De este modo los sonrojamos y gastamos en ellos el resorte de la
vergüenza, y faltamos además a la consideración que debemos a los que vienen a
nuestra casa, haciéndoles sufrir la desagradable impresión que producen siempre
tales escenas en los que las presencian.
5 — No echemos nunca en cara a nuestros domésticos, al
reprenderlos, sus defectos o deformidades naturales. Desde el momento en que el
hombre no es dueño de corregir sus defectos, la caridad nos prohíbe
recordárselos con el solo objeto de mortificarles.
6 — Jamás empleemos la sátira, y mucho menos la ironía, para
reprender a nuestros domésticos, pues por ese medio no conseguiremos nunca
llegar a corregir sus defectos.
7 — Tengamos, por otra parte, como una importante regla, que no
todas las faltas deben reprenderse. En medio de las atenciones de que están
rodeados nuestros domésticos, y de la imprevisión a que generalmente los sujeta
su ignorancia, muchos son los errores en que incurren, que por su poca entidad
no merecen otra cosa que una leve insinuación, o más bien nuestra indulgencia;
y si hubiéramos de reñirles por todos ellos, los acostumbraríamos al fin a
mentir, pues negarían muchas veces sus propios hechos para sustraerse de
nuestras reconvenciones, desvirtuaríamos la fuerza de nuestra voz, y nos
condenaríamos a una agitación constante que turbarla completamente nuestra
propia tranquilidad.
8 — Cuando nuestros domésticos se encuentren enfermos
rodeémoslos de toda especie de cuidados, y no demos nunca lugar a que crean con
fundamento que hemos apreciado en poco su vida o su sa1ud.
IX
Del modo de conducirnos con nuestros vecinos
1 — El que llega a una nueva vivienda debe ofrecerse a sus
amigos, vecinos; y respecto de las demás personas que moren en los alrededores,
debe dejar al tiempo, a las circunstancias, y al conocimiento que vaya
adquiriendo de su carácter y sus costumbres, el entrar con ellas en relaciones
especiales de amistad.
2 — No es admisible el uso de ofrecerse indistintamente a los
que ocupan las casas inmediatas a aquella que se entra a habitar; pues de esta
manera o han de cultivarse relaciones que pueden ser inconvenientes, o se
contrae la enemistad de aquellas personas cuyo trato se abandone después de
haberlas conocido.
3 — Cuando un extranjero recién llegado al país venga a habitar
en los contornos de nuestra casa, y siendo nuestra posición social y todas
nuestras circunstancias personales análogas a las suyas, creamos que podemos
servirle de alguna utilidad o deseemos adquirir su amistad, nos está permitido
ofrecernosle, aunque no haya conocimiento anterior.
4 — Los ofrecimientos a que se refieren los párrafos anteriores,
se harán por la señora de la casi tan sólo cuando no tenga marido, pues
teniéndole es a él a quien corresponde hacerlos a su nombre al de su familia.
5 — Los que moran en edificios cercanos entre sí deben
considerarse, bajo muchos respectos sociales como si formasen una misma
familia, y guardarse recíprocamente todos los miramientos que están fundados en
la benevolencia y tienen por objeto principal el no ofender ni desagradar a
aquellos con quienes se vive.
6 — Es un principio absoluto, y precisamente el que sirve de
base a. las sociedades humanas, que los derechos de que goza el hombre sobre la
tierra tienen naturalmente por límite el punto en que comienzan a ser dañosos a
los demás. El derecho, pues, que nos da la propiedad o arrendamiento de un
edificio para proceder dentro de él de la manera que más nos plazca o nos
convenga, está circunscrito a aquellas acciones que en nada se oponen a la
tranquilidad de nuestros vecinos, ni a las consideraciones que les debemos
cuando se hallan bajo la impresión del dolor o de la desgracia.
7 — No permitamos que los niños que nos pertenecen salgan a la
calle a formar juegos y retozos, que necesariamente han de molestar a nuestros
vecinos. Los niños de las familias bien educadas jamás se encuentran vagando
por las calles, ni se entregan en ellas a sus recreaciones, ni en las que
tienen dentro de su casa levantan alborotos que puedan llegar a las casas
contiguas.
8 — Igual cuidado debemos tener respecto de aquellos animales
que solemos tener la debilidad de criar y mantener en nuestra casa, y que se
sitúan en las ventanas como los papagayos, o salen a la calle como los perros,
a molestar a los vecinos.
9 — En cuanto a los animales, debemos observar que no es
necesario que salgan a las ventanas o a la calle para que molesten a nuestros
vecinos. Dentro de nuestra propia casa pueden hacer un ruido tal que llegue a
las casas inmediatas, cuyos moradores no están ciertamente en el deber de
sufrir semejante incomodidad.
10 — A veces situamos los animales que a nosotros mismos nos
molestan en la parte más retirada de la casa, como lo hacemos con los perros,
que atamos en el corral, pero pensemos que si de este modo alejamos de nosotros
la incomodidad, es posible que sean nuestros vecinos los que han de sufrirla.
11 — Es sobremanera impolítico el tocar constantemente un
instrumento en la sala con las ventanas abiertas, o en cualquier otro lugar en
que los sonidos hayan de transmitirse a las casas vecinas. Tan sólo podemos
hacerlo en las horas ordinarias de tertulia y eso cuando lo que ejecutemos sean
piezas cuyas dificultades hayamos ya vencido; pues para los ejercicios de puro
estudio deberemos retirarnos a algún sitio interior de la casa, o cerrar las
ventanas de la sala, si no podemos menos que practicarlos en ella.
12 — Los cuidados que hemos de emplear para no molestar a
nuestros vecinos deben ser todavía mayores respecto de los que habitan las
casas más inmediatas a la nuestra, especialmente en la noche, en que tan
fácilmente podríamos perturbar su sueño con el más ligero ruido.
13 — Guardémonos de recurrir a nuestros vecinos para que nos
presten muebles, ni ningún otro objeto que podamos proporcionarnos con el
dinero, o por medio de nuestros íntimos amigos; con la única excepción de los
casos en que nos encontremos en algún conflicto.
14 — No es propio de personas bien educadas dirigir desde su
casa miradas escudriñadoras a las casas inmediatas, ni salir a sus ventanas a
imponerse de algún suceso escandaloso que en ellas ocurra.
15 — Cuando en una familia vecina ocurre un accidente
desgraciado, debemos apresurarnos a ofrecerle nuestros servicios, si tenemos
fundados motivos para creer que le sean necesarios.
16 — Siempre que llegue a nuestro conocimiento la noticia de la
proximidad de un peligro común, debemos participarlo a nuestros vecinos, en
toda la extensión que nos permita la premura del tiempo, y la necesidad de
atender a nuestra propia seguridad.
17 — Cuando sabemos que en una casa próxima a la nuestra hay un
enfermo de gravedad debemos ofrecer a su familia nuestros servicios, si creemos
que puede necesitarlos, informarnos con la posible frecuencia de su estado, y
omitir en nuestra casa toda fiesta, toda demostración bulliciosa de contento,
tal como el baile, el canto, o el sonido de algún instrumento musical.
18 — Cuando prolongándose la gravedad por muchos días, y no
estando la casa del enfermo muy próxima a la nuestra, nos veamos en la
necesidad de entregarnos a ejercicios musicales por vía de estudio, podremos
hacerlo, retirándonos para ello a la parte interior del edificio; mas de
ninguna manera lo haremos en el día en que el enfermo haya recibido el viático.
19 — Muerto un vecino, no sólo no deberemos tener una fiesta en
nuestra casa, sino que no cantaremos, ni tocaremos ningún instrumento en los
días inmediatos; prolongándose estas privaciones hasta por ocho días, según la
distancia a que nos encontremos de la familia dolorida, sus circunstancias
especiales, y las consideraciones personales que le debemos.
20 — En general, toda demostración de alegría en nuestra casa
pos está severamente prohibida en los momentos en que nuestros vecinos se
encuentran bajo la impresión de un acontecimiento infausto; procediendo en los
diferentes casos que pueden ocurrir con arreglo a los principios aquí
establecidos, y a lo que aconseje la prudencia, atendidas las circunstancias
indicadas en el párrafo anterior.
21 — Observaremos por conclusión que las consideraciones entre
vecinos son todavía más imprescindibles que las que deben guardarse los hombres
bajo los demás respectos sociales. Fácil es apartar se de aquellos círculos
donde se experimentan desagrados, y aun renunciar a aquellas relaciones que
pueden sernos perjudiciales; mas no es lo mismo el huir de un lugar en que se
hace insoportable la conducta de los vecinos, abandonando acaso el edificio que
se ha construido, para vivir, desacomodando una familia entera, y sometiéndose
a todos los trastornos que ocasiona el mudar de residencia.
X
Del modo de conducirnos cuando estamos hospedados en casa ajena
1 — Evitemos, en cuanto nos sea posible, el hospedarnos en las
casas de nuestros amigos, especialmente de aquellos a quienes hayamos de ser
molestos o gravosos, ya por la escasez de su fortuna, que los tendrá quizá
reducidos a necesidades interiores, de que siempre es mortificante se impongan
los extraños; ya porque esta misma escasez no les permita obsequiarnos
debidamente sin hacer algún sacrificio; ya en fin, porque no teniendo aposentos
desocupados, hayan de desacomodarse ellos mismos para darnos alojamiento.
2 — Es tan sólo propio de personas vulgares e inconsiderables el
ir a permanecer de asiento en las casas de campo a donde se trasladan sus
amigos para mudar de temperamento y reponer su salud. El que toma una de estas
casas con tal objeto lo hace generalmente después de haber pasado por todos los
quebrantos y sacrificios que trae consigo una enfermedad; y aun cuando así no
sea, sus gastos han de aumentarse necesariamente, y siempre le serán gravosos
los que se vea obligado a hacer para obsequiar a sus huéspedes. Y téngase
presente que estas consideraciones deben obrar en nuestro ánimo para
retraernos, no sólo de ir a habitar en las casas de nuestros amigos
convalecientes, sino de hacerles visitas a horas en que 1os pongamos en el caso
de sentarnos a su mesa.
3 — También pueden nuestros amigos trasladarse temporalmente a
una casa de campo, no ya para tomar aires, sino con el objeto de descansar de
sus fatigas y solazarse; y aunque es natural que cuenten entonces con recibir
frecuentes visitas y que presupongan los gastos necesarios para obsequiarías,
en todo lo que sea ponerlos en el caso de prepararnos habitación y sentarnos a
su mesa, la delicadeza nos prohíbe hacer otra cosa que ceder prudente y
racionalmente a sus insistencias.
4 — Supuesta la necesidad imprescindible de hospedarnos en la
casa de un amigo, procuraremos permanecer en ella el menos tiempo que nos sea
posible, sobre todo si ello ha de obligarle a aumentar considerablemente sus
gastos, o si se ha visto en la necesidad de privarse del uso de algunas
habitaciones que haya desocupado únicamente para recibirnos.
5 — Las personas de buena educación, aunque sea en
establecimientos públicos que se encuentren hospedadas siempre procuran no
hacerse molestas, ni llevar sus exigencias más allá de lo justo y necesario,
tratando con afabilidad a los mismos a quienes pagan su dinero. Por
consiguiente, cuando es la amistad la que las recibe en su seno, sus atenciones
son mucho más exquisitas; y en su manera de conducirse tan sólo inspiran el
deseo de corresponder dignamente al obsequio que reciben, y de dejar agradables
recuerdos en todo círculo de la familia de que, puede decirse, han formado
parte.
6 — Ya se deja ver que en la casa en que estamos hospedados
habremos de conducirnos conforme a las reglas establecidas en los artículos
precedentes; pero tengamos entendido que en ella debemos usar siempre de menos
libertad que en nuestra propia casa, por grande que sea la amistad que nos una
a las personas que nos rodean.
7 — Esto no quiere decir que hayamos de mostrarnos esquivos a la
cordialidad y confianza con que se nos favorezca, pues de esta manera
corresponderíamos indignamente a la amistad y a la generosa fusión de la
hospitalidad; sino que debemos establecer siempre una diferencia por pequeña
que sea, entre la libertad que nos brinda el propio hogar, y la casa en que
vivimos accidentalmente, donde los principios ya establecidos de la etiqueta no
nos conceden igual grado de confianza que entre nuestra familia.
8 — Cuando los dueños de la casa hayan descuidado el proveemos
de algunos muebles que necesitemos en nuestra habitación, evitemos el pedirles
los que no nos sean del todo imprescindibles; prefiriendo siempre comprar
aquellos que por su pequeño volumen no han de llamar la atención, y pueda
entenderse en todo caso que hemos llevado en nuestro equipaje.
9 — Procuremos hacer por nosotros mismos, todo aquello que no
haga absolutamente indispensable la intervención de las personas de la casa.
10 — Tributemos un respet sin limites a los uso y costumbres de
la casa en que estamos, y procuremos descubrir discreta y sagazmente todas
aquellas privaciones a que las personas de la familia se sujeten en su tenor de
vida, con el objeto de obsequiarnos y complacemos, a fin de arreglar nuestra
conducta de manera que se hagan innecesarias.
11 — Jamás penetremos en las piezas interiores de la casa, y
mucho menos en aquellas que sirvan de dormitorios.
12 — Tratemos con dulzura a los criados de la casa, y
manifestémosles siempre nuestro agradecimiento por los servicios que nos
prestan. Al despedirnos de la casa es muy propio y decente que les hagamos
algún presente, sin excluir a aquellos a quienes no haya tocado el servirnos.
13 — Luego que hayamos regresado al lugar de nuestra residencia
aprovecharemos la primera oportunidad para escribir a los amigos que nos
hospedaron en una corta y afectuosa carta muy llena de expresiones y
agradecimiento.
14 — Si después de haber regresado a nuestra casa queremos hacer
algún presente a las personas que nos hospedaron, no lo hagamos sino pasado
algún tiempo, a fin de despojarlo del carácter remuneratorio que pudiera
atribuírsele, el cual lo convertiría desde luego en una demostración
indelicada; y no elijamos nunca para esto, un objeto demasiado costoso, ni de
un valor que se aproxime siquiera a la cantidad en que pueden estimarse los
gastos hechos.
XI
De los deberes de la hospitalidad
1 — Desde el momento en que una persona cualquiera se dirige a
nuestra casa se supone que ha contado con recibir de nosotros una acogida
cortés benévola; pues claro es que se abstendría de penetrar en el recinto
donde ejercemos un dominio absoluto, si temiera de nuestra parte ser
desatendida o de cualquier otra manera mortificada.
2 - Nada es más bello ni más noble que el ejercicio de la
hospitalidad cuando es nuestro mismo enemigo el que busca en nuestro hogar un
amparo contra el peligro que le amenaza; y es entonces cuando se pone a la más
decisiva prueba el temple de nuestra alma, la elevación de nuestro carácter, la
solidez de nuestros principios y la grandeza de nuestros sentimientos.
3 — Debemos recibir siempre con atención y afabilidad a aquel
que, sin merecer la calificación de enemigo nuestro, nos haya hecho, o creamos
habernos hecho alguna ofensa. La civilidad nos prohíbe absolutamente mostrar a
ninguna persona en nuestra casa, ya sea por medio de palabras, o por señales
exteriores de disgusto, la queja que de ella tenemos; a menos que se trate de
una explicación pacífica y cortés, la cual, presidida como debe estar por la
amistad y por el sincero deseo de cortar una desavenencia, excluirá desde luego
toda manifestación que pueda ser desagradable y mortificante.
4 — Jamás recibamos con displicencia, ni menos contestemos con
palabras destempladas, al infeliz que llega a nuestras puertas a implorar
nuestro socorro. Aquel a quien la desgracia ha condenado a vivir de la
beneficencia de sus semejantes no merece por cierto que le humillemos: y ya que
no podamos remediar sus necesidades, ofrezcámosle el consuelo de una acogida
afable y benévola. Cuando no podamos dar limosnas, demos siquiera buenas
palabras, que para el desvalido son también obras de caridad.
5 — Aunque podría bastar lo dicho para comprender todo lo que
debemos a nuestros amigos siempre que se encuentren en nuestra casa, bueno será
indicar aquí algunas reglas especiales que tenemos que observar cuando en ella
les damos hospedaje, y han de vivir por lo tanto en familia con nosotros.
6 — Desde que un amigo nos anuncia que va a hospedarse en
nuestra casa, nos dispondremos a recibirle dignamente, preparándole la
habitación que consideremos más cómoda, en la cual pondremos todos los muebles
que pueda necesitar; y si tenemos noticia oportuna del día y la hora de su
llegada, saldremos a encontrarle al sitio de su arribo para acompañarle a
nuestra casa.
7 — No permitiremos que nuestro huésped haga ningún gasto para
su manutención.
8 — Procuraremos estudiar las costumbres domésticas de nuestro
huésped a fin de impedir que las altere en nada para acomodarse a las nuestras;
sometiéndonos con este objeto a las privaciones que sean necesarias, y
procediendo de manera que no lleguen a su conocimiento.
9 — Durante la residencia de un amigo en nuestra casa evitemos
el invitar a nuestra mesa a personas que le sean enteramente desconocidas, con
los cuales no sea oportuno ponerle en relación, y sobre todo a aquellas que con
él se encuentren desacordadas; a menos que respecto a estas últimas, y según
las reglas que expondremos más adelante, nos sea licito aprovechar esta
coyuntura para promover una decorosa reconciliación.
10 — Es nuestro deber informarnos de los manjares que nuestro
huésped prefiere, a fin de presentárselos siempre en la mesa; si además de las
comidas que hacemos ordinariamente en el día, acostumbra algunas otras, para
que no las eche de menos en nuestra casa; finalmente, si gusta de tomar frutas.
dulces, y otras golosinas, para que del mismo modo procuremos
proporcionárselas.
11 — Hagamos de manera que nuestro huésped tenga en nuestra casa
toda la libertad y desahogo de que debe gozarse en el seno de la vida
doméstica; y no manifestemos nunca disgusto cuando por ignorancia o defecto. de
educación llegue a traspasar en este punto los límites que la etiqueta le
demarca.
12 — Si nuestro huésped enfermare, consideremos que nada aumenta
más los sufrimientos de una enfermedad que la ausencia de la propia familia; y
procuraremos por tanto atenuar esta pena con cuidados de tal manera exquisitos
y afectuosos que no le permita echar de menos los que recibirla de sus mismos
deudos.
13 — Al separarse un huésped de nosotros le manifestaremos
nuestra pena por su partida y le excitaremos afectuosamente a que vuelva a usar
de nuestra casa; acompañándole hasta el punto de partida de nuestra ciudad:
aeródromo o puerto según el caso.
14 — Si pasado el tiempo necesario para recibir una carta de
nuestro huésped no llegáramos a recibirla, entonces le escribiremos nosotros,
pues debemos suponer que él no ha podido hacerlo, o que si lo ha hecho, su
carta se ha extraviado.
XII
Reglas diversas
1 — Evitemos cuidadosamente que se nos oiga nunca levantar la
voz en nuestra casa, a lo cual nos sentimos fácilmente arrastrados en las
ligeras discusiones que se suscitan en la vida doméstica, y sobre todo cuando
reprendemos a nuestros inferiores por faltas que han llegado a irritamos.
2 — La mujer se halla más expuesta que el hombre a incurrir en
la falta de levantar la voz, porque teniendo a su cargo el inmediato gobierno
de la casa sufre directamente el choque de las frecuentes faltas que en ella se
cometen por niños y domésticos. Pero entienda la mujer, especialmente la mujer
joven, que la dulzura de la voz es en ella un atractivo de mucha más
importancia que en el hombre: que el acto de gritar la desluce completamente; y
que si es cierto que su condición la ‘somete bajo este respecto, así como bajo
otros muchos, a duras pruebas, es porque en la vida no nos está nunca concedida
la mayor ventaja sino a precio del mayor sacrificio.
3 — La mujer debe educarse en los principios del gobierno
doméstico, y ensayarse en sus prácticas desde la más tierna edad. Así, luego
que una señorita ha entrado en el uso de su razón, lejos de servir a su madre
de embarazo en el arreglo de la casa y la dirección de la familia, la auxiliará
eficazmente en el desempeño de tan importantes deberes.
4 — Tengamos como una regla general, el servirnos por nosotros
mismos en todo aquello en que no necesitamos del auxilio de los criados o de
las de. más personas con quienes vivimos; y no olvidemos que la delicadeza nos
prohíbe especialmente ocurrir a manos ajenas, para practicar cualquiera de las
operaciones necesarias al aseo de nuestra persona.
CAPÍTULO CUARTO
DEL MODO DE CONDUCIRNOS EN DIFERENTES LUGARES FUERA DE NUESTRA
CASA
I
Del modo de conducirnos en la calle
1 — Conduzcámonos en la calle con gran circunspección y decoro,
y tributemos las debidas atenciones a las personas que en ella encontremos;
sacrificando, cada vez que sea necesario, nuestra comodidad a la de los demás,
conforme a las reglas que aquí se establecen.
2 — Nuestro peso no debe ser ordinariamente ni muy lento ni muy
precipitado; pero es lícito a los hombres de negocios acelerarlo un poco en las
horas de trabajo.
3 — Los movimientos del cuerpo deben ser naturales y propios de
la edad, del sexo y de las demás circunstancias de cada persona. Gravedad en.
el anciano, en el sacerdote, en el magistrado: suavidad y decoro en la señora:
modestia y gentileza en la señorita: moderación y gallardía en el joven;
afectación en nadie.
4 — Los brazos ni deben caer de su propio peso de modo que giren
libremente, ni contraerse basta el punto de que vayan como adheridos al cuerpo,
sino que deben gobernarse lo suficiente para que lleven un movimiento suave y
elegante.
5 — No está admitido llevar las manos ocultas en la parte del
vestido que cubre el pecho, ni en las faltriqueras del pantalón. Las manos
deben ir siempre a la vista y en su disposición natural, sin recoger los dedos
ni extenderlos.
6 — Nuestras pisadas deben ser suaves, y nuestros pasos
proporcionados a nuestra estatura. Sólo las personas ordinarias asientan
fuertemente los pies en el suelo, y forman grandes trancos para caminar.
Respecto del paso demasiado corto, ésta es una ridícula afectación, tan sólo
propio de personas poco juiciosas.
7 — No fijemos detenidamente la vista en las personas que
encontremos, ni en las que se hallen en sus ventanas, ni volvamos la cara para
mirar a las que ya han pasado: costumbres todas impropias de gente bien
educada.
8 — No nos acerquemos nunca a las ventanas de una casa con el
objeto de dirigir nuestras miradas hacia adentro. Este es un acto incivil y
grosero, y al mismo tiempo un ataque a la libertad inviolable de que cada cual
debe gozar en el hogar doméstico.
9 — Una persona de educación, no se detiene delante de las
ventanas de una casa donde se celebra un festín.
10 — Cuidemos de no hablar nunca tan recio que los demás puedan
percibir distintamente lo que conversamos.
11 — De ninguna manera llamemos a una persona que veamos en la
calle, especialmente si por algún respecto es superior a nosotros.
12 — No está permitido detener a una persona en la calle sino en
el caso de una grave urgencia, y por muy breves instantes. En general el
inferior no debe nunca detener al superior.
13 — Jamás detengamos a aquel que va acompañado de señoras, o de
cualquiera otra persona de respeto.
14 — Podemos sin embargo detener a un amigo de circunstancias
análogas a las nuestras, aunque no tengamos para ello un objeto importante;
poro guardémonos de hacerlo respecto de aquellos que sabemos viven rodeados de
ocupaciones, y de los que por el paso que llevan, debemos suponer que andan en
asuntos urgentes.
15 — Por regla general jamás debemos detener a los hombres de
negocios en las horas de trabajo, sino con el objeto de hablarles de asuntos
para ellos importantes o de recíproca conveniencia, y esto en los casos en que
no nos sea dable solicitarlos en sus establecimientos.
16 — Una vez detenidas dos personas en la calle, toca a la más
caracterizada de ellas adelantar la despedida: mas si se han detenido tres, no
hay inconveniente para que se separe primero la menos caracterizada.
17 — Jamás pasemos por entre dos o más personas, quienes fueren,
que se hayan detenido a conversar; y en el caso de que no podamos evitarlo, por
ser el lugar estrecho o por cualquier otra causa, suspenderemos por un momento
nuestra marcha y pediremos cortésmente permiso para pasar por en medio.
18 — Las personas que se encuentran detenidas evitarán por su
parte que el que se acerca llegue a solicitar permiso para pasar, ofreciéndole
de antemano el necesario espacio; y harán que pase por en medio, aunque no sea
absolutamente indispensable, si es una señora u otra persona cualquiera a quien
se deba tal obsequio.
19 — Cuando las personas que están detenidas ocupen el lugar de
la acera, despejarán ésta enteramente al pasar señoras u otras personas de
respetabilidad.
20 — Debemos un saludo, y las señoras una ligera inclinación de
cabeza, a las personas que encontrándose detenidas, se abren para dejar libre
el paso por la acera o por en medio de ellas.
21 — Cuando una persona ha de pasar por delante de otra, el
inferior cederá siempre el paso al superior, el caballero a la señora. En
automóvil las reglas que priman el tránsito, se deben observar con toda
exactitud para no molestar a los automovilistas. En muchos casos de encuentros
entre personas de diferente sexo, priman las reglas naturales de galantera que
siempre debe el hombre a las damas.
22 — Toca siempre a las señoras autorizar con una mirada el
saludo de los caballeros de su amistad y a los superiores el de los inferiores.
23 — No debe saludarse nunca a la persona con quien no se tiene
amistad. Sin embargo, debemos siempre un saludo a las personas de alta
respetabilidad a quienes encontramos de cerca, y a todas aquellas que de un
modo notable nos hayan cedido la acera con la intención de obsequiamos.
24 — Cuando saludamos a señoras o a otras personas respetables,
no nos limitaremos a tocamos el sombrero, sino que nos descubriremos
enteramente.
25 — Cuando encontremos a una persona de nuestra amistad,
acompañada de otra que no lo sea, haremos de manera que nuestro saludo las
incluya a ambas.
26 — En el caso del párrafo anterior la persona que va con
nuestro amigo, si es una señora, deberá contestamos con una ligera inclinación
de cabeza, y si es un hombre, se tocará el sombrero.
27 — Para quitarnos y tocarnos el sombrero, y para todos los
demás movimientos de cortesía en que hayamos de usar de la mano, empleemos
generalmente la derecha.
28 — No saludemos nunca desde lejos a ninguna persona con quien
no tengamos una íntima confianza, y en ningún caso a una señora ni a otra
persona cualquiera de respetabilidad.
29 — Cuando según se deduce de la regla anterior, podemos
saludar desde lejos a una persona, hagámoslo únicamente por medio de una
inclinación o de un movimiento de mano.
30 — Cuando encontramos a una señora o a cualquier otra persona
respetable que nos manifieste el deseo de hablarnos, no permitiremos que se
detenga, sino que, aun cuando llevemos una dirección opuesta, continuaremos
marchando con ella hasta la esquina inmediata, donde ella misma deberá
adelantar la despedida.
31 — Pero las señoras, y todas las personas que saben han de
recibir esta muestra de consideración, deberán por lo mismo evitar el entrar en
conversación en la calle con aquellos que deben tributársela, cuando para ello
no tengan un motivo urgente.
32 — No dirijamos nunca la palabra con el sombrero puesto a una
señora o a una persona constituida en alta dignidad.
33 — En el caso del párrafo anterior, la persona a quien
hablamos nos excitará desde luego a que nos cubramos; pero, si por su edad u
otras circunstancias, fuere ella demasiado respetable para nosotros, no cedamos
a su primera insinuación, bien que nunca esperaremos la tercera.
34 — Es un acto muy incivil el conservar o tomar la acera cuando
ha de privarse de ella a una persona a quien se debe particular atención y
respeto. Para el uso de la acera hay reglas fijas, las cuales no pueden
quebrantarse sin faltar abiertamente a la urbanidad.
35 — En todos los casos el inferior debe dejar la acera al
superior, y el caballero a la señora; y cuando se encuentran dos personas de
circunstancias análogas, la regla general es que la conserve el que la tiene a
su derecha.
36 — Una sola persona debe ceder la acera a dos o tres personas
que se encuentren juntas; a menos que le sean todas inferiores, pues entonces
serán ellas las que deberán cederla.
37 — Cuando van tres caballeros juntos deben marchar en una
misma línea lateral, tomando el centro el más caracterizado, y el lado de la
acera el que le siga en respetabilidad. Pero si yendo un sujeto de alto
carácter los dos que le acompañan le son muy inferiores, entonces llevará aquél
el lado de la acera, y éstos se situarán en el orden que les indiquen sus
respectivas circunstancias.
38 — En ningún caso deberán marchar más de tres personas en una
misma línea lateral.
39 — Cuando de dos o tres personas que encuentren a otra sola,
le sea una superior y las demás in tenores, éstas se abrirán dejando a aquéllas
la acera, para que la persona sola pase por en medio.
41 — Cuando son señoras las que van se observa generalmente lo
siguiente: 1.°, una señora y una señorita marchan en una misma línea; 2.°, si
van dos señoras y una señorita, las señoras van juntas y la señorita por
delante; 3.°, si son tres señoras, marchan en una misma línea; 4.°, si es una
señora y dos señoritas la señora marcha sola y las señoritas por delante; 5.°,
si son tres señoritas, o marchan todas juntas o la de más edad va sola y las
demás por delante, o las dos de más edad van juntas y la otra por delante.
42 — Las personas bien educadas siempre procuran ceder la acera
a los demás; bien que nunca a aquellos que les son muy inferiores, porque en
realidad, sería intolerablemente ridículo que un anciano: tratara de hacer este
obsequio a un niño, o una señora a un joven.
43 — Una señora que va acompañada de un caballero cede siempre
la acera a las señoras solas que encuentra; pero si van dos señoras y un
caballero en el centro, sólo la cederán a señoras de mayor respetabilidad.
44 — Pueden encontrarse señoras que de una y otra parte vayan
acompañadas de caballeros, y para tales casos se tendrán presentes las
siguientes reglas: 1.a, cuando en todos los que se encuentran median
circunstancias iguales, así respecto del número de personas, como de su
respetabilidad, la acera corresponde, según la regla general, a los que la
tienen a su derecha; 2.a, cuando entre una y otra parte existe en totalidad una
diferencia notable de respetabilidad, también se aplicará la regla general, y los
inferiores cederán la acera a los superiores; 3.a, cuando entre una y otra
parte hay diferencia en el número de personas se dará la preferencia al mayor
número; a menos que en la parte del menor número concurran circunstancias de
una notable superioridad; 4.a, en todos los demás casos se obrará
discrecionalmente; sin olvidar nunca que si bien el que usare de más
desprendimiento manifestará mejor educación, no por eso podrá un caballero
hacer este género de obsequios a las personas que encuentre, a costa de la
comodidad y con mengua de la respetabilidad de las señoras que acompañe.
45 — Cuando se encuentren grupos de más de tres personas, y no
exista entre unas y otras en totalidad una diferencia que marque claramente el
derecho a la acera, como cuando son de una parte señoras y de otra hombres se
estimarán generalmente las circunstancias de los que marchen por delante; pues
sedan embarazosos y ridículos los movimientos que hubieran de hacerse para que
cada inferior diese preferencia a cada superior.
46 — Cuando una persona va en la misma dirección y por la misma
acera que otra, a la cual va a dejar por detrás, por llevar un paso más
acelerado, no debe tomar la dirección que ella tenga derecho, si no encuentra
fácil y cómodamente el suficiente espacio. Pero el que siente pasos por detrás
debe cuidar de dejar siempre este espacio, pues debería serle penoso que una
señora o cualquiera otra persona respetable, tuviera que tomar el lado de la
calle para pasar. Siempre que en estos casos media una superioridad notable, es
lícito abrirse paso por el lado de la acera, por medio de una ligera y delicada
insinuación.
47 — Cuando un caballero acompaña a una señora, ésta lleva el
lado de la acera; si conduce dos, se coloca en el centro, tomando la acera la
más caracterizada; si conduce una señora y dos señoritas, da el brazo a la
señora, y las señoritas van por delante; y si conduce a una señora y tres
señoritas, da el brazo ala señora ya la señorita de más edad, y las otras dos
van por delante.
48 — Al ofrecer un caballero el brazo a dos señoras debe entrar
por detrás de ellas, y nunca presentarse por delante, dc manera que les dé la
espalda al colocarse en el centro.
49 — Cuando un caballero que acompaña a señoras encuentra un mal
piso, hace que las señoras ocupan el lugar más cómodo y decente, aunque tenga
que abandonar la posición que habla tomado según las reglas aquí establecidas.
50 — El caballero que acompaña a señoras debe adaptar su paso al
de aquella que marche más lentamente.
51 — Cuando un caballero acompaña a una señora y a una señorita,
o a una señora de avanzada edad y a otra señora joven, debe cuidar, al cambiar
de acera, hacer que la señorita o señora joven cambie también de lugar, para
que vaya siempre del lado de la calle.
52 - Cuando se sube a un automóvil, si está manejado por un
chofer las señoras más caracterizadas tomarán los asientos de atrás y las de
menor edad los del lado del chofer. Si hay señoras y caballeros estos últimos
tomarán los asientos al lado del chofer, siempre que todos los de atrás estén
ocupados por señoras. Si la persona que conduce el automóvil es la dama o
caballero dueño del vehículo, los asientos se distribuirán indiscriminadamente.
Si el caballero que conduce el carro está acompañado de una señora e invita a
una persona amiga de su misma categoría para subir al coche, y le insinúa que
suba adelante si el asiento es para tres personas, compete a esta última
rechazar el ofrecimiento en aras de la comodidad general.
53 — El dueño de un automóvil es el anfitrión de las personas
que suben en él y está obligado a tratarlas con todo miramiento y consideración
evitando frenadas bruscas, velocidades excesivas y pidiendo el consentimiento
de sus invitados para abrir y cerrar ventanas, poner radio, etc., preguntando a
las señoras si se encuentran cómodas.
54 — Cuando un caballero invita a una dama a subir a un
automóvil que él mismo maneja, tiene la obligación de abrirle la puerta,
esperar que ésta se acomode y cerrarla después. Luego puede dirigirse a su
sitio. Al llegar al lugar de su destino bajará él primero, abrirá la puerta a
la dama y la ayudará a descender del auto.
55 — Cuando las señoras van acompañadas no sólo de caballeros de
su familia sino de otros de su amistad, éstos tendrán siempre la preferencia en
todo lo que sea obsequiarías, ofrecerles el brazo, ayudarlas a montar a caballo
y a desmontar, etc. Respecto de los amigos entre sí, tendrán la preferencia los
de menos intimidad, y entre éstos, los que sean más caracterizados por su edad
y sus demás circunstancias personales.
56 — Si encontramos a una persona en una situación cualquiera en
que necesite de algún auxilio que podamos prestarle, se lo ofreceremos desde
luego, aun cuando no tengamos con ella ninguna especie de relaciones.
57 — Al pasar por una iglesia cuyas puertas estén abiertas,
quitémonos el sombrero en señal de reverencia; y si fuere en momentos en que se
anuncia el acto augusto de la elevación, no nos cubramos hasta que no haya
terminado.
58 - Tributemos un respeto profundo a todos los actos religiosos
que se celebren en la calle; y tengamos siempre muy presente que una persona
culta y bien educada no toma jamás parte en los desórdenes que suelen formarse
en las procesiones, en los cuales se falta, no sólo a los deberes que la
religión y la moral nos imponen, sino a la consideración que se debe a las
personas que a ellas asisten con una mira puramente devota.
59 — Cuando advirtamos que el Viático está en la misma calle que
nosotros atravesemos, aunque sea a mucha distancia, nos quitaremos el sombrero,
y no nos cubriremos hasta que la procesión o nosotros hayamos variado de calle;
y siempre que haya de pasar el Viático por junto de nosotros, nos
arrodillaremos, doblando ambas rodillas, sea cual fuere el lugar en que nos
encontremos.
60 — Debe aquí advertirse, por conclusión, que la costumbre de
andar por la calle con un perro, es enteramente impropia de personas bien
educadas, sobre todo en calles concurridas donde éste puede molestar. En caso
de caminatas fuera de sitios muy poblados, sí está permitido.
II
Del modo de conducirnos en el templo
1 — El templo, como antes hemos dicho, es la casa del Señor y
por tanto un lugar de oración y recogimiento, donde debemos aparecer siempre
circunspectos y respetuosos, con un continente religioso y grave, y contraídos
exclusivamente a los oficios que en él se celebren.
2 — Es un error lastimoso, y en que jamás incurren las personas
que poseen una educación perfecta, el creer que sea lícito conducirse en el
templo con menos circunspección, respeto y compostura que en las casas de los
hombres, Y a la verdad, seria una monstruosa contradicción el admitir y
practicar el deber de manejarse dignamente en una tertulia y ofrecer al mismo
tiempo el ejemplo de una conducta irrespetuosa y ajena del decoro y la
decencia, en el lugar sagrado en que reside la Majestad Divina.
3 — Desde que nos acercamos al umbral de la puerta, quitémonos
el sombrero,. y no volvamos a cubrirnos hasta después de haber salido a la
calle.
4 — Al entrar en el templo cuidemos de no distraer con ningún
ruido la atención de los que en él se encuentran, ni molestarlos de ninguna
manera; y Jamás pretendamos penetrar por lugares que estén ya ocupados, y por
los cuales no podamos pasar libremente, por muy devota que sea la intención que
llevemos.
5 — Guardémonos de llevar con nosotros niños demasiado pequeños,
que por su falta de razón pueden perturbar a los demás con el llanto o de
cualquiera otra manera; y tengamos presente que llevar a la iglesia un perro es
un acto imperdonablemente indigno e irreverente.
6 — Dentro del templo no debe saludarse a ninguna persona desde
lejos, y cuando ha de hacerse de cerca, tan sólo es licito un ligero movimiento
de cabeza, sin detenerse jamás a dar la mano ni mucho menos a conversar.
7 — Aunque el templo es por excelencia el lugar de la oración, a
ninguno le es lícito rezar tan recio que perturbe a los demás.
8 — Abstengámonos de apartar la vista del lugar en que se
celebren los Oficios para fijarla en ninguna persona, especialmente de otro
sexo.
9 — Se falta al respeto debido a las personas que se encuentran
en el templo, a más de ofenderse a la Divinidad, omitiendo aquellos actos que,
según los ritos de la Iglesia. son propios de cada uno de los Oficios que se
celebran. Por esto las personas bien educadas, se abstienen de penetrar en los
templos destinados al culto de una religión diversa de la suya, cuando no están
dispuestas a someterse a las prácticas que ella establece.
10 — No tomemos nunca asiento en la iglesia, sin que por lo
menos hayamos hecho una genuflexión hacia el altar mayor.
11 — Al pasar por delante de un altar en que esté depositado el
Santísimo Sacramento, haremos una genuflexión y al retirarnos del templo, si
salimos por la puerta principal, haremos también una genuflexión hacia el altar
mayor.
12 — En los casos del párrafo anterior, doblaremos precisamente
ambas rodillas, si la Majestad estuviere expuesta.
13 — También haremos una genuflexión, cuando pasemos por delante
de un altar donde se esté celebrando el santo sacrificio de la Misa, si el
sacerdote hubiera ya consagrado y aún no hubiese consumido.
14 — Al pasar por un lugar donde se encuentren expuestas a la
veneración las imágenes del Redentor o de su Santísima Madre, haremos
igualmente una genuflexión; y cuando las efigies expuestas fueren de Santos,
haremos una inclinación en señal de reverencia.
15 — Siempre que haya de pasar por junto a nosotros un sacerdote
revestido, que se dirija al altar o venga de él, nos detendremos y le haremos
una inclinación de reverenda.
16 — Respecto de la situación en que debemos estar durante la
misa, observaremos las reglas siguientes: 1.a al principiar el celebrante el
introibo ad altarem Dei, nos arrodillaremos, y así permaneceremos hasta el acto
del Evangelio, en que nos pondremos de pie; 2.a, cuando la misa tenga Credo,
haremos la misma genuflexión que hace el celebrante al Incarnatus; 3.a,
terminado el Ofertorio, podremos sentamos, hasta que el celebrante diga
Sanctus, en que volveremos a ponemos de pie; 4.a, al inclinarse el celebrante
para pronunciar las palabras de la consagración, nos arrodillaremos doblando
ambas rodillas y así permaneceremos hasta el fin de la sunción, en que podremos
de nuevo sentarnos; 5.a, después que el celebrante haya rezado las últimas
oraciones y se dirija al medio del altar, nos pondremos de pie: y en el acto de
la bendición, haremos una inclinación de reverencia; 6.a, en las misas
solemnes, podremos además sentarnos cada vez que se siente el celebrante; 7.a,
las señoras permanecerán siempre arrodilladas, fuera de los casos en que, según
las reglas precedentes, es permitido sentarse.
17 — Siempre que se anuncie el acto de la Elevación en cualquier
altar nos arrodillaremos igual. mente, doblando ambas rodillas, hasta que aquél
haya terminado enteramente. Y cuando se cante en el coro el incarnatus, nos
arrodillaremos de la misma manera, y no nos pondremos de pie hasta que oigamos
las palabras Et resurrexit, etc.
18 — También deberemos arrodillamos: 1.°, cuando se cante el
Tantum ergo; 2.°. cuando se cante el versículo Te ergo quaesumus del Te Deum;
3.°, cuando se esté dando la comunión; 4.°. finalmente, cada vez que en la
celebración de los Oficios se arrodillen el celebrante, los que le acompañen y
los eclesiásticos que canten en el coro.
19 — Por regla general, cuando asistimos a Oficios funerarios o
a cualquiera otra función en que nos situemos al lado de un asiento,
conservaremos siempre la misma actitud que tomen los eclesiásticos que canten
en el coro. Sería un acto no menos incivil que irreverente, el mantenernos de
pie o sentados, cuando aquéllos permanecen arrodillados o de pie.
20 — Cuando estemos de pie mantengamos el cuerpo recto, sin
descansarlo nunca de un lado; y cuando estemos sentados, guardémonos de
recostar la cabeza sobre el espaldar del asiento, de extender, y cruzar las
piernas, y de tomar, en fin ninguna posición que de alguna manera desdiga de la
severa circunspección que debe presidir siempre en el tempío a todas nuestras
acciones.
21 — Cuando lleguemos a un país extranjero, y queramos visitar
un templo, no lo hagamos
a horas en que se celebre en él una festividad, o un acto
cualquiera para el cual se hayan
congregado muchas personas.
22 — Es un acto extraordinariamente incivil, e indigno de un
hombre de buenos principios,
el mezclarse entre las señoras al salir del templo, hasta el
punto de estar en contacto con sus
vestidos.
23 — Los jóvenes de fina educación no se encuentran jamás en
esas filas de hombres que,
en las puertas de las iglesias, suelen formar una calle angosta
por donde fuerzan a salir a la.
señoras para mirarlas de cerca.
III
Del modo de conducirnos en las casas de educación
1 — Procuraremos no entrar en las casas de educación a horas en
que podamos ser causa de que se interrumpa el estudio o la enseñanza, o en que
los maestros hayan de desatender a los alumnos para recibirnos.
2 — Cuando nos dirijamos a una de estas casas con el objeto de
visitar a un alumno, solicitemos por el jefe del establecimiento, o por la
persona que le represente, y pidámosle el correspondiente permiso para hacer
nuestra visita.
3 - Si al acercarnos a la casa notamos que se reprende en ella a
algún alumno, evitemos entrar en tales momentos, y si hemos entrado,
retirémonos con cualquier pretexto razonable.
4 — Las atenciones que tributemos a los alumnos se entienden
tributadas al mismo establecimiento, y en especial a sus directores. Así, no
penetremos nunca en estos edificios, sin quitarnos el sombrero y manifestarnos
atentos y respetuosos, por más jóvenes que sean las personas que se ofrezcan a
nuestra vista.
5 — Jamás nos creamos autorizados para reprender en voz alta a
nuestros hijos o pupilos dentro del establecimiento en que los tengamos
colocados. Sobre ser éste un acto que los sonroja y que perjudica su educación
moral, faltamos así a la consideración que debemos al establecimiento, e
invadimos la autoridad absoluta que en él deben ejercer sus directores, y que
la buena educación y la etiqueta nos mandan siempre respetar.
IV
Del modo de conducirnos en los cuerpos colegiados
1 — El hombre de buena educación, cuando se encuentra en una
asamblea cualquiera, no sólo tributa al cuerpo y a cada uno de sus miembros
aquellos homenajes que están prescritos por sus particulares estatutos y por
las reglas generales de la etiqueta parlamentaria, sino que cuida de no olvidar
jamás en ellas sus deberes puramente sociales, guardando a sus colegas todos
los miramientos y atenciones, de los que la urbanidad no nos releva en ninguna
situación de la vida.
2 — Nada hay que exponga más al hombre a perder la tranquilidad
de su ánimo, y junto con ella la cultura y delicadeza de sus modales, que la
contradicción que experimenta en sus opiniones cuando se empeña en hacerlas
triunfar, y cuando sabe que debe someterlas a la decisión de una mayoría, que
al fin ha de resolver sin necesidad de convencerle.
3 — Desde que en tales casos el hombre llega a perder su
serenidad, ya no sólo se ve arrastrado a faltar a sus colegas en las debidas
consideraciones, sino que descendiendo al terreno de las personalidades, irrita
los ánimos de los mismos a quienes le importa persuadir, y hace por tanto más
difícil el triunfo de su propia causa.
4 — El que en medio de la discusión lanza invectivas e insultos
a sus contrarios, comete además una grave falta de respeto a la corporación
entera, y aun las personas de fuera de ella que puedan hallarse presentes.
5 — Mas cuando se ha sostenido una opinión con calma, cuando no
se han usado otras armas que las del raciocinio, cuando se ha respetado la
dignidad personal y el amor propio de los demás, no sólo se han llenado los
deberes de la urbanidad, sino qué se han empleado los verdaderos medios de
producir el convencimiento; e imposible será que de este modo no se alcance el
triunfo, si se está en posesión de la verdad y de la justicia, y la buena fe
preside a los contrarios.
6 — Es impolítico interrumpir al que habla, con frases e
interjecciones de desaprobación, que en nada contribuyen a ilustrar las
cuestiones y que manifiestan poco respeto a la persona a quien se dirigen y a
la corporación entera.
7 — Para nada se necesita de mayor tacto y delicadeza, que para
negar a otro la exactitud de lo que afirma, aun cuando esto haya de hacerse en
privado; y así ya puede considerarse cuán corteses no deberán ser los términos
que se empleen para hacerlo a presencia de una asamblea, donde toda palabra
ofensiva causarla una sensación profundamente desagradable, no sólo a la
persona a quien se dirigiese, sino a la misma asamblea.
8 — La difusión en los discursos los hace pesados y fastidiosos,
y molestando al auditorio, le distrae de la cuestión con perjuicio del mismo
que la sostiene. El que habla debe contraerse a los puntos esenciales del
asunto de que trata, sin entrar en digresiones impertinentes, y observando
aquellas reglas de la oratoria que dan al discurso método, claridad, concisión
y energía.
9 — La sátira no está excluída de las discusiones
parlamentarias; antes bien las anima y sazona, y sirviendo de pábulo al interés
del auditorio, proporciona al que la emplea la importante ventaja de atraer la
atención que tanto necesita cautivar. Pero no se trata aquí de la sátira
‘cáustica y mordaz, que incendia y divide los ánimos y cierra las puertas a la
razón y al convencimiento, sino de la sátira fina y delicada, que, dirigida a
las cosas y nunca a las personas, aprovecha el elemento de la imaginación sin
ofender el decoro del cuerpo ni la dignidad del hombre.
10 — El que pierde una cuestión debe dar una prueba de cultura,
y de respeto a la mayoría, manifestándose, si no contento y satisfecho, por lo
menos resignado y tranquilo, y con un continente que revele una calma superior
a los sentimientos mezquinos de un necio e impotente orgullo.
V
Del modo de conducirnos en los espectáculos
1 — Cuando hayamos de concurrir a una diversión pública
presentémonos en el local un poco antes de la hora señalada para principiarse,
a fin de no exponernos a tener que entrar en momentos en que perturbemos a los
demás. Esta regla debe ser más estrictamente observada por las señoras, por
cuanto no siendo en ellas decoroso que esperen, como los hombres, el inmediato
entreacto o intervalo para penetrar hasta sus asientos, su llegada después de
principiada la función, habría de molestar siempre a los circunstantes.
2 — Cuando un caballero acompaña a señoras a un espectáculo,
debe cuidar de colocarlas en los mejores asientos por el orden de sus edades y
demás circunstancias personales, situándose él después en el lugar de menos
comodidad y preferencia.
3 — El caballero que no va acompañando a señoras, y llega al
local después de principiada la función, jamás intentará penetrar hasta su
asiento, si de este modo ha de llamar la atención de los demás, y sobre todo si
ha de molestarlos, sino que guardará para hacerlo al inmediato intervalo.
4 — Cuando al llegar un caballero encontrase que su asiento ha
sido ocupado por una señora, deberá suponer que tal cosa no ha podido suceder
sino por una equivocación, y renunciará enteramente y en silencio a su derecho.
5 — Antes de tomar asiento, cerciorémonos de que no lo hacemos
en un puesto ajeno, pues nada debe ser más desagradable para un hombre
delicado, que una reclamación justa de esta especie. Y antes de dirigirnos a
una persona a reclamarle el asiento que ocupa, asegurémonos de que realmente
nos pertenece, pues sería todavía más desagradable el que se nos convenciese de
que procedíamos equivocada y precipitadamente.
6 — Es un acto incivil, y en que se manifiesta poco respeto a la
concurrencia, el sentarse en un palco dando la espalda a la escena.
Despreciándose de este modo a los actores, se hace naturalmente una ofensa a
aquellos que los han considerado dignos de su atención.
7 — No permaneceremos jamás con el sombrero puesto en medio de
la concurrencia, especialmente si en ella se encuentran señoras. Cuando no haya
más que hombres apenas será tolerable el cubrirse durante los intervalos. Y
respecto de las señoras, no es delicado que abusen de los fueros y privilegios
de que tan justamente gozan en manera que hayan de estorbar la vista a las
personas que queden por detrás.
8 — En las funciones en que los asientos sean comunes, los
caballeros deben ceder siempre los mejores puestos a las señoras, y los
inferiores cederlos a los superiores.
9 — Procuraremos no separamos de nuestro asiento durante los
intervalos, sin una necesidad urgente, cuando para hacerlo hayamos de molestar
a nuestros vecinos.
10 —Algunas personas que se encuentran lejos de sus asientos
durante los intervalos, suelen desatender; el signo que se usa para anunciar
que va a continuar la función, de modo que entran después precipitadamente
cuando han de perturbar a los demás. Evitaremos incurrir en semejante falta; y
cuando por algún motivo legítimo no hayamos podido acudir a tomar oportunamente
nuestro asiento, esperemos para hacerlo al siguiente intervalo.
11 — Es sobremanera incivil fumar en el local, de manera que el
humo del tabaco penetre en los lugares donde se encuentra la concurrencia, aun
cuando ésta se componga sólo de hombres.
12 — Son también actos inciviles y groseros el conversar o hacer
cualquier otro ruido en medio del espectáculo, llamar la atención de las
personas inmediatas para pedirles o hacerles explicaciones relativas al acto
que presencian, reír a carcajadas en los pasajes chistosos de una pieza
dramática, prorrumpir en exclamaciones bulliciosas en medio del silencio
general, y romper en aplausos inoportunos, o prolongar los que sean oportunos
hasta llegar a molestar a los concurrentes.
13 — Para los aplausos hay reglas especiales, las cuales no
pueden desatenderse sin incurrir en graves faltas, que arguyen ignorancia y
mala educación. He aquí las principales: 1.a, el palmoteo en la comedia debe
ser corto, porque el juego dramático es en ella más rápido que en la tragedia,
y ofrece menos descanso en la terminación de los períodos; 2.a, en la tragedia
puede ser más largo, porque el movimiento de la pieza es siempre grave y lento,
mas hay situaciones en que el aplauso puede campear más libremente, y aun
comunicar solemnidad a la representación; 3·a, jamás debe palmotearse en medio
de un período, sobre todo si el interés va en él en crecimiento; 4. a, según
esto, el palmoteo sólo es oportuno en la cabal terminación de un período; y
tanto en la comedia como en la tragedia será menos prolongado, a medida que
esté más próxima la continuación del diálogo; 5.a, en medio de un período en
que el actor arranque súbitamente un aplauso, el palmoteo es inoportuno, y
lejos de alentar el entusiasmo artístico, lo enfría enteramente, sustituyéndolo
con el desagrado que experimenta el actor al ver cortado el vuelo de su
inspiración, y malogrado el mayor éxito que acaso esperaba del desarrollo de
toda su fuerza. En este caso, tan sólo es lícito el uso de una fugaz
interjección, bien que siempre procurando que ella no dañe al interés del
pasaje
14 — Respecto de los aplausos en los dramas líricos y demás
funciones filarmónicas, se observarán las reglas del párrafo anterior que a
ellas sean aplicables, y especialmente las siguientes: 1.a, el aplauso ruidoso
es insoportable, cuando no ha terminado aún la frase musical; 2.a, todo aplauso
es inoportuno en medio de un recitado, de una cadencia, y de una frase
cualquiera en que tome vuelo la imaginación del cantante; 3.a, en los
calderones de un solo, el aplauso debe terminar antes que el cantante abandone
el punto que sostiene, para prestar atención a la frase o terminación de frase
que sigue; 4.a, en las arias, una vez que concluye el tema del allegro por
segunda vez, suele seguir inmediatamente un canto corto y de delicado gusto, el
cual quedaría oscurecido con un palmoteo que cayese sobre la terminación del
tema; 5.a, en las piezas concertantes, no siempre es oportuno el aplauso, por
el riesgo de destruir el efecto de las melodías parciales y de las
transiciones. En el dúo, por ejemplo, en que por lo general repite un cantante
todo el tema que el otro ha ejecutado, inmediatamente que lo termina, el
palmoteo que aplaudiese al primero ofenderla el canto del segundo. El momento
del aplauso ruidoso en estas piezas, es generalmente el de los finales, cuando
ya el canto no tiene grande interés, y los cantantes han alcanzado todo el
éxito a que han podido aspirar.
15 — Las personas prudentes y bien educadas, cuando no poseen
los conocimientos que son necesarios para obrar en estos casos con el debido
acierto, jamás se arriesgan a ser las primeras en aplaudir sino que se unen
siempre al aplauso de los inteligentes.
16 — Cuando un actor que ha entusiasmado al auditorio, y ha
abandonado ya la escena, está recibiendo un palmoteo general, que comienzan
siempre las personas más caracterizadas, se expresa el deseo de que aquél
vuelva a presentarse, con el único objeto de aplaudirle de nuevo.
17 — Es incivil e inconsiderado el pedir a un actor, o a un
ejecutante cualquiera, la repetición de una pieza de fuerza. Tan sólo es lícito
pedirla de trozos pequeños y que no empeñen demasiado los recursos del artista;
por lo cual no está esto concedido, entre gentes bien educadas, sino a los
inteligentes, que son los que pueden apreciar debidamente todas las
circunstancias.
18 — Cuando un actor o ejecutante cualquiera sufre una
involuntaria equivocación, la benevolencia, que es tan propia de las personas
bien educadas, prohíbe que se manifieste ningún signo de desaprobación que sea
capaz de aumentar su embarazo, y de ofuscarle hasta el punto de que el rubor
embargue sus potencias y venga a dejarle completamente deslucido.
19 — Es igualmente indigno de una persona benévola y bien
educada, el chiflar a un actor poco hábil o que, a pesar de sus esfuerzos,
aparece inferior al papel que desempeña. Cuando el artista llega a desagradar
al auditorio, ha experimentado ya la mayor de las desgracias que pueden
acontecerle; y para comprenderlo, bástele el amargo silencio de la indiferencia
o del hastío, sin que sea necesario empeorar su situación con la grosera burla.
Esta, a más de ser ajena de las personas cultas, viene a ser un acto de
verdadera crueldad, cuando se ejerce contra aquél en quien no puede suponerse
otro deseo que el de agradar.
20 — Cuando durante los intervalos visitemos a las señoras de
nuestra amistad que se encuentran en los palcos, no cometeremos la incivilidad
de permanecer por largo tiempo en el asiento que un caballero nos haya cedido
para. que hagamos cómodamente nuestra visita; debiendo prolongar ésta lo menos
posible, y retirándonos, sobre todo, en el
momento en que se dé la señal de que la función va a continuar.
21 — No es propio de personas finas y bien educadas el presentar
a las señoras durante un
espectáculo gran cantidad de dulces o frutas.
ARTICULO VI
Del modo de conducirnos en los establecimientos públicos
1 - En las oficinas establecidas para la administración de los
negocios públicos, no se entra jamás sino con objetos propios de sus
respectivas atribuciones, ni se penetra a otros lugares que los destinados a
dar audiencia, ni se ejecuta ningún acto contrario a la policía del local, aun
cuando no haya de incurrirse por esto en ninguna pena.
2 — En los establecimientos industriales, y demás casas que
estén abiertas al público, deberán aplicarse las mismas reglas del párrafo
anterior: en ellas no entraremos nunca a distraer inútilmente a los que
trabajan: y si puede ser tolerable que les hagamos visitas, es únicamente en
los casos en que no podamos hacerlo en sus casas y en que al mismo tiempo sea
tal la intimidad de nuestras relaciones, que nuestra presencia no los prive de
atender a sus más urgentes quehaceres.
3 — Hay, sin embargo, casos excepcionales, en que puede ser
lícito hacer una visita en su escritorio a un hombre de negocios con quien no
tengamos íntima confianza: pero esta visita habrá de ser tan corta, que podamos
quedar seguros de no haberle causado ningún perjuicio, aun dado que para
recibirnos haya tenido que interrumpir una ocupación importante.
4 — Jamás entremos en una oficina con el sombrero puesto, ni
fumando. Aquellos que tal hacen,. incurren en una imperdonable falta de
respeto, y manifiestan apreciar en poco su propio decoro.
5 — Es un acto de grosera inconsideración el hacer que los
comerciantes se ocupen en mostrarnos sus mercancías, cuando no tenemos
absolutamente la intención de comprarlas, lo mismo que tocarlas y traerlas
entre las manos, de manera que se ajen y pierdan de su mérito.
6 — No nos acerquemos nunca a un lugar donde existan
descubiertas prendas o dinero. Una persona de elevados principios no debe, en
verdad, hacerse la injuria de admitir como posible que se le atribuya jamás una
acción torpe; mas el que echa de menos una cosa de su propiedad, necesita
poseer principios igualmente elevados para apartar de sí una sospecha indigna,
y así, la prudencia nos aconseja ponernos en todos los casos fuera del alcance
de la más infundada y extravagante imputación.
7 — Las personas bien educadas se abstienen severamente de
levantar la voz y de entrar en discusiones acaloradas en los establecimientos
públicos; y huyen de encontrarse ellos en lances que hayan de referirse luego,
y generalizarse hasta caer bajo el dominio del público.
8 — Cuando nos encontremos en una fonda o restaurante, jamás
paguemos lo que se haya servido a una persona con quien no tengamos amistad,
pues esto, lejos de ser un obsequio, es un acto incivil y hasta cierto punto
ofensivo.
9 — Tampoco nos es licito ofrecer en un restaurante comidas ni
bebidas a personas que no sean de nuestra amistad.
10 — Evitemos, en cuanto nos sea posible, el que otro pague lo
que nosotros hayamos tomado; fuera de los casos en que preceda una invitación
especial, pues entonces la sola pretensión de pagar nosotros, sería una ofensa
que haríamos al amigo que ha querido obsequiarnos.
11 — Cuando ocasionalmente nos encontremos en un restaurante con
amigos nuestros y tomemos junto con ellos alguna cosa, sin invitación especial
de ninguno, procuraremos ser nosotros los que paguemos; sin llamar para ello la
atención de modo alguno, a fin de que no se crea que sólo hemos querido afectar
generosidad, ofreciendo a otros la ocasión de acudir a relevarnos del pago.
Nada hay, por otra parte, más ridículo, más indecoroso, ni más indigno, que la
conducta de aquellos que después de haber comido o bebido en tales casas en
compañía de sus amigos, se alejan disimuladamente y con mal fingidos pretextos
en la oportunidad de pagar.
12 — Cuando en el ascensor o elevador de un hotel, restaurante,
etc., se encuentran señoras, los caballeros se descubren, puesto que el
establecimiento debe considerarse como residencia accidental de aquéllas, y es
de elemental educación no permanecer cubierto en casa ajena.
13 — No es tan riguroso este acto de cortesía en el elevador de
otros edificios públicos, en los que este medio de trasporte puede equipararse
a un tranvía, donde nunca nos descubrimos aun cuado en él viajen señoras. Sin
embargo, es recomendable hacerlo para el caballero que vaya acompañando a una
dama. (N del E.).
VII
Del modo de conducirnos en los viajes
1 — Cuando hayamos de viajar en compañía de otras personas,
seamos exactos en reunirnos con ellas a la hora señalada para emprender la marcha;
pues si siempre es impolítico hacerse esperar, lo es todavía más en estos
casos, en que toda demora produce trastornos y aun perjuicios de más o menos
trascendencia.
2 — En los caminos se relaja un tanto la severidad de la
etiqueta, y pueden dirigirse un saludo las personas entre si desconocidas que
se encuentren; pero este saludo, que adelantará el inferior deberá ser
autorizado por una mirada del superior.
3 — Para los casos en que se ha de viajar en un carruaje público
es enteramente excusada la recomendación del párrafo 1, por cuanto no
esperándose entonces por ningún pasajero, cada cual tendrá el cuidado de acudir
oportunamente a tomar su asiento. Pero existen reglas que se observan cuando
una vez llegada la hora de la partida, se viaja de esta manera, y vamos a
exponerlas en los párrafos siguientes.
4 — El caballero ofrecerá la mano a la señora, para subir al
coche y para bajar de él; y de la misma manera, cederá su asiento a una señora
a quien haya tocado uno menos cómodo o menos digno. Para esto es conveniente
saber que los asientos más cómodos, son los del fondo del coche, y los menos
cómodos, todos los que tienen la espalda hacia su frente; y que de los primeros
los preferentes son siempre los de la derecha, y de los segundos los de la
izquierda. Cuando los asientos son laterales, los más cómodos, y al mismo
tiempo preferentes, son los que están más hacia el fondo del coche; a menos que
en este lugar esté la puerta como sucede en los ómnibus, pues entonces la
comodidad la preferencia están en razón de la mayor distancia de aquélla.
5 — Las señoras, por su parte, procurarán no abusar de la
preferencia que la urbanidad les concede, aceptando sin instancias un asiento
que no les pertenezca; a menos que las circunstancias sean tales, que la fácil
prestación no haga recaer sobre ellas la nota de inconsideradas.
6 — En los coches pueden entrar en conversación personas que no
se conozcan entre sí; pero nunca será el inferior el que dirija primero la
palabra al superior, ni el caballero a la señora, ni la señorita al caballero.
Entre señoras, señoritas y caballeros, una notable diferencia de edad puede
autorizar la alteración de esta regla, dirigiendo primero la palabra, por
ejemplo, un anciano a una señora joven, o una señorita a un joven de mucho
menor edad que ella.
7 — Según lo hemos indicado ya (párrafo 2), la etiqueta en los
viajes no es tan severa como en las demás situaciones sociales; así, al mismo
tiempo que nos está permitido conversar en un coche con personas que nos son
absolutamente extrañas, podemos igualmente, sin faltar a la urbanidad, dejar de
tomar parte en la conversación general, guardar absoluto silencio, limitándonos
a contestar a lo que se nos pregunte, y aun entregarnos a la lectura o al
sueño.
8 — Es un acto extraordinariamente incivil el fumar dentro de un
coche, aun cuando no haya entre los pasajeros ninguna señora; cuando la hay, no
es posible que exista un hombre medianamente educado que sea capaz de hacerlo.
9 — En los, lugares donde se detenga el coche, veamos si las
señoras que vayan con nosotros desean algo que les podamos proporcionar, y
ofrezcámosles de las comidas y bebidas que encontremos.
10 — En los viajes por mar se observarán los mismos principios
que rigen para los viajes en coche; debiendo siempre el hombre de buena
educación sacrificar su propia comodidad a la de las señoras, y mostrarse en
todas ocasiones cortés y condescendiente.
11 — Si por desgracia amenaza algún peligro a la embarcación en
que nos encontramos, rodeemos a las señoras; y aun cuando nos sintamos
impresionados y temerosos nosotros mismos, procuremos aparecer ante ellas
tranquilos y serenos, a fin de consolarlas y de comunicarles aquel grado de
valor que se necesita en tales ocasiones.
12 — Terminado un viaje, cesa enteramente la comunicación en que
durante él hayan estado las personas entre sí desconocidas; y en los lugares en
que más adelante se encontraren, toca a las señoras autorizar con una mirada el
saludo de los caballeros, y a los superiores el de los inferiores.
13 — En los coches del ferrocarril, los asientos más cómodos son
aquellos que permiten al viajero mirar naturalmente en la misma dirección en
que el tren marcha, y de las dos localidades en que se divide cada asiento, es
mejor aquella que está junto a la ventanilla. En los coches dormitorios, el
billete de cama baja da derecho a ocupar el asiento preferente.
14 — Ha sido costumbre que el lado derecho del asiento posterior
del automóvil, se reserve a las personas de mayor respeto. Sin embargo, si el
caballero ha de entrar o salir forzosamente por la portezuela de la derecha
molestando al pasar a la señora que ocupa el indicado asiento, es preferible
que ésta se siente en el de la izquierda. Así, el caballero puede más
fácilmente salir del coche, y ofrecer la mano a las damas cuando éstas
desciendan.
15 — En los tranvías y autobuses es de rigor que los caballeros
cedan sus asientos a las damas que se ven obligadas a permanecer en pie por
falta de lugares donde acomodarse. (N del E.)
CAPÍTULO QUINTO
DEL MODO DE CONDUCIRNOS EN SOCIEDAD
I
De la conversación
A
De la conversación en general
1 — La conversación es el alma y el alimento de toda sociedad,
por cuanto sin ella careceríamos del medio más pronto y eficaz de transmitir
nuestras ideas, y de hacer más agradable y útil el trato con nuestros
semejantes. Pero pensemos que ella puede conducirnos a cada paso a situaciones
difíciles y deslucidas, cuando no esté presidida por la dignidad y la
discreción, y que no basta el deseo y la facilidad de comunicar nuestros
pensamientos, para hacerlo de manera que nos atraigamos el aprecio y la consideración
de las personas que nos oyen.
2 — Nada hay que revele más claramente la educación de una
persona, que su conversación: el tono y las inflexiones de la voz, la manera de
pronunciar, la elección de los términos, el juego de la fisonomía, los
movimientos del cuerpo, y todas las demás circunstancias físicas y morales que
acompañan la enunciación de las ideas, dan a conocer desde luego el grado de
cultura y delicadeza de cada cual, desde la persona más vulgar hasta aquella
que posee las más finas y elegantes maneras.
3 — La infinita variedad de los asuntos que se tratan en
sociedad, los diferentes grados de instrucción y de experiencia que muestran
los interlocutores, el empeño que naturalmente toma cada cual en discurrir con
erudición y acierto, y las diversas facetas que presenta el corazón humano en
el comercio general de las opiniones, dan a la conversación un carácter
eminentemente instructivo, y la hacen servir eficazmente al desarrollo de las
facultades y al importante conocimiento del mundo.
4 — La conversación debe estar siempre animada de un espíritu de
benevolencia y consideración que se extienda, no sólo a todos los
circunstantes, sino también a los que no se hallan presentes, siendo muy digno
de notarse, que toda idea ofensiva a personas ausentes, incluye también la
falta de ofender el carácter de las que nos oyen, por cuanto de este modo las
consideramos capaces de hacerse cómplices de semejante vileza.
5 — Por muy discretas y muy cultas que sean las personas con
quienes acostumbremos conversar, pensemos que alguna vez podremos oír palabras
que bajo algún respecto nos sean desagradables, pues en el ancho espacio que
recorre la conversación, difícil es que sean siempre lisonjeados todos los
gustos, todas las opiniones y todos los caprichos. La tolerancia, que es la
virtud más conservadora de la armonía social, será en semejantes casos nuestra
única guía: y así, dejaremos correr libremente todas las especies que se
viertan en medio de una conversación pacífica y amistosa, sin manifestarnos
nunca ofendidos por lo que evidentemente no se haya dicho con la dañada
intención de mortificarnos.
6 — La afabilidad y la dulzura son en todas ocasiones el más
poderoso atractivo de la conversaci6n; pero cuando hablamos con señoras, vienen
a ser deberes estrictos, de los que no debemos apartarnos jamás.
7 — No tomemos nunca la palabra, sin estar seguros de que
hallaremos con facilidad todos los términos y frases que sean indispensables
para expresar claramente nuestras ideas.
8 — Cuando se sostiene un diálogo, ambos interlocutores deben
cuidar de conservar una perfecta inteligencia en la recíproca enunciación de
sus ideas, pues es sobremanera desagradable y aun ridículo, el que lleguen a un
punto en que hayan de persuadirse de que cada uno hablaba en diferente sentido.
9 — En el caso de conocer que la persona con quien hablamos no
nos ha comprendido, guardémonos de decirle usted no me entiende, ni ninguna
otra expresión semejante que pueda ofender su amor propio. Aunque creamos
habernos explicado con bastante claridad, la buena educación exige que
aceptemos siempre como nuestra la falta, y que con suma naturalidad y buen modo
le digamos: «Veo que no he tenido la fortuna de explicarme bien; sin duda no he
sabido hacerme entender»; o cualquiera otra cosa concebida en términos
análogos.
10 — Tengamos especial cuidado de no perder jamás en sociedad la
tranquilidad del ánimo, pues nada desluce tanto en ella a una persona, como una
palabra, un movimiento cualquiera que indique exaltación o enojo. Cuando los
puntos sobre los que se discurre se hacen controvertibles, se pone a prueba la
civilidad y la cultura de los que toman parte en la discusión; y si queremos en
tales casos salir con lucimiento y dar una buena idea de nuestra educación,
refrenemos todo arranque del amor propio, y aparezcamos siempre afables y
corteses
11 — En ningún caso entremos en una discusión con una persona,
sobre materias que no interesen evidentemente a los demás circunstantes.
12 — Desde el momento que en una discusión observemos que
nuestro adversario echa mano de sofismas, interpreta torcidamente nuestros
conceptos, o bien empieza a perder la calma y a exaltarse, abandonemos
decididamente la cuestión por medio de palabras suaves y corteses.
13 — Evitemos siempre entrar en discusión con personas que no
sean conocidamente discretas y de buen carácter; y sobre todo con aquellas que
estén siempre animadas de un espíritu disputador y de contradicción.
14 — Si a veces nos es lícito comunicar a nuestro razonamiento
aquel grado de calor y energía, que se permiten los hombres cultos en medio de
una decente discusión, tengamos presente que, en sociedad, con señoras, jamás
debemos salir de un tono dulce y afable, sean cuales fueren las materias que
con ellas discutamos.
15 — Cuando la sociedad no pasa de seis u ocho personas, la
conversación debe ser siempre general, es decir, que sólo una persona debe usar
de la palabra, y ser oída de todas las demás; pero cuando la reunión es
numerosa cada cual puede conversar con las personas que se encuentren a su
lado, prefiriendo siempre aquellas con quienes tenga alguna amistad.
16 — Cuando la conversación es general, es una incivilidad el
llamar la atención de una persona para conversar con ella sola.
17 — No hab1emos jamás en sociedad sobre materias que no estén
al alcance de todos los que nos oyen, ni menos usemos de palabras o frases
misteriosas con determinadas personas, ni hablemos a nadie en un idioma que no
entiendan los demás.
18 — Cuando se nos dirija una pregunta, y no podamos o no
debamos satisfacerla, no contestemos con palabras que puedan arrojar la nota de
indiscreción sobre la persona que nos habla.
19 — Es intolerable la costumbre que llegan a contraer algunos
de hablar siempre en términos chistosos y de burla; y más intolerable todavía
la conducta de aquellos que se esfuerzan en aparecer como graciosos. El chiste
en sociedad necesita de gran pulso para que no se convierta en una necia y
ridícula impertinencia; y no es, a la verdad, el que se afana en hacer reír, el
que generalmente lo consigue.
20 — Cuando en un círculo llegan todos a guardar silencio, toca
siempre al dueño de la casa, o a la persona más caracterizada, tomar la palabra
para reanimar la conversación.
21 — Cuando acontezca que dos personas tomen simultáneamente la
palabra, el inferior la cederá siempre al superior, y el caballero a la señora.
22 — Siempre que una persona canta, toca, o hace cualquiera otra
cosa con el objeto de agradar a la sociedad, es una imperdonable incivilidad el
conversar, aun cuando se haga en voz baja.
23 — Jamás deja de ser molesta y fastidiosa, la conversación de
una persona, cuando ésta habla con exceso. Los que llegan a adquirir este
hábito, concluyen por hacerse intolerables en sociedad, y no hay quien no evite
encontrarse con ellos.
24 — Es igualmente insoportable la excesiva parsimonia en el
hablar. La persona que por lo general no hace otra cosa que oír a los demás,
manifiesta un carácter insociable y reconcentrado, o bien una carencia absoluta
de dotes intelectuales, circunstancias ambas que la excluyen de todo círculo de
gente culta y bien educada.
B
Del tema de la conversación
1 — Al presentar un tema cualquiera de conversación, consultemos
el carácter, las inclinaciones, las opiniones y todas las demás circunstancias
de las personas que componen la sociedad, y en especial las de la familia de la
casa en que nos encontremos, a fin de asegurarnos de que el asunto que elegimos
ha de interesar a todos los que se hallen presentes, o de que, por lo menos, no
habrá de serles desagradables bajo ningún respecto.
2 — Procuremos hablar a cada persona sobre aquellas materias que
le son más familiares, y en que pueda por lo tanto discurrir con mayor
facilidad y lucimiento; pero evitemos toda falta de naturalidad y discreción en
este punto, pues el contraer demasiado la conversación a la profesión o
industria de la persona con quien hablamos, podría hacerle pensar que nosotros
la considerábamos carente de otros conocimientos.
3 — Siempre que nos reconozcamos incapaces de alimentar la
conversación de una manera agradable a las personas con quienes nos
encontramos, guardémonos de tomar en ella una parte activa, y limitémonos a
seguir el movimiento que otros le impriman, emitiendo observaciones generales,
que no nos conduzcan a poner en descubierto nuestra insuficiencia.
4 — La variedad de los temas contribuye en gran manera a
amenizar la conversación; pero téngase presente que no se note haberse agotado
ya el interés de aquél sobre que se discurre. Mientras el movimiento de la
conversación sea rápido y animado, debe suponerse que la sociedad no desea
pasar a otro asunto; y sólo nos sería lícito prescindir de esta consideración,
cuando tuviéramos la seguridad de que llamando su atención hacia un objeto
distinto la haríamos ganar notablemente en utilidad o placer.
5 — Es además indispensable encadenar en lo posible los diversos
temas de la conversación, de manera que, al pasar de uno a otro, el que se
introduce tenga alguna relación con el que se abandona. Puédase, no obstante,
presentar un tema totalmente inconexo, 1.° cuando se sabe que la materia que
ocupa a la sociedad, no puede menos de ser desagradable para algunos de los
circunstantes; 2.°, cuando la conversación toma un giro que pueda conducirla a
turbar la armonía o buen humor de la sociedad: 3,°, cuando el movimiento de la
conversación es lento y pesado, necesitando por lo tanto la sociedad de otro
tema cualquiera que despierte su interés; 4.°, cuando la sociedad divaga
indiferentemente en materias de poca importancia: 5.°, cuando el tema que se
presente sea tan interesante, que no dé lugar a extrañar su falta de relación
con el que se abandona.
6 — Las personas de mayor respetabilidad que se encuentran en un
círculo, son las que principalmente están llamadas a variar los temas de la
conversación.
7 — Los temas que generalmente son más propios de la
conversación en sociedad, son aquellos que versan sobre acontecimientos
coetáneos que no ataquen en manera alguna la vida privada, sobre las virtudes
de alguna persona sobre literatura, historia, ciencias y artes, y muy
especialmente sobre los asuntos que tengan vivamente interesada la atención
pública.
8 — Cuando en el círculo en que nos encontramos se manifiesta
una general tendencia a discurrir sobre un asunto determinado, es altamente
impolítico llamar la atención de los circunstantes, para ocuparla en materias
indiferentes o que no tengan una grande importancia.
9 — Es una vulgaridad hablar en sociedad detenidamente de
nuestra familia, de nuestra persona, de nuestras enfermedades, de nuestros
conflictos, de nuestros negocios y materias puramente profesionales. La persona
por ejemplo, que entrase en una tertulia a hacer la historia de una enfermedad,
se haría imponderablemente fastidiosa; y el abogado o comerciante que ocupasen
la atención de los demás en los asuntos que traen entre manos, o en
razonamientos abstractos sobre sus respectivas profesiones, aparecerían además
como hombres de pequeños alcances.
10 — Hay personas que tienen un tema favorito, sobre el cual
discurren en todos los círculos en que se encuentran, y otras que contraen el
hábito de no hablar sino de aquellas materias que son de su particular agrado.
Las primeras obran de un modo altamente ridículo; y las segundas dan una
muestra de poca consideración a la sociedad.
11 — Guardémonos de presentar un tema de conversación sacado de
una materia cuyo estudio estemos haciendo: a más de que no podríamos discurrir
con facilidad y acierto, nos expondríamos a que alguno de los circunstantes,
que dominara la materia, nos llamase en la conversación a puntos distantes que
nos fuesen aún desconocidos, quedando desde luego conceptuados nosotros como
pedantes, o cuando menos como imprudentes.
12 — Las personas bien educadas no hablan jamás contra las
ajenas profesiones. La costumbre de denigrar a los médicos y a su ciencia,
cuando no han alcanzado a salvar la vida de un deudo o amigo, es tan sólo
propia de gente ordinaria y de mal carácter: incluye casi siempre el odioso
sentimiento de la ingratitud y muestra poco respeto a los decretos del:
Altísimo.
13 — Los que se encuentran empeñados en una litis, o traen entre
manos cualquier negocio de importancia que les ofrece dificultades graves, se
preocupan generalmente hasta el punto de contar con que todos participan de sus
impresiones, y a cada paso pretenden hacer de la idea que los domina el tema de
la conversación. Tengamos por regla segura e invariable, que esta especie de
temas son altamente fastidiosos en sociedad, jamás incurramos en el error de
medir por el interés que en nosotros exciten, el interés de las personas que
nos oyen.
14 — Al incorporarse a un círculo una persona cuyas
circunstancias no exijan que se varíe de tema, corresponde al dueño de la casa,
o al que llevare la palabra, imponerle brevemente del asunto de que se trata,
epilogando, si es posible, las observaciones más importantes que sobre él se
hayan hecho, a fin de que pueda tomar parte en la conversación.
15 — En cuanto a la persona que se incorpora a un círculo, se
abstendrá severamente de inquirir el asunto de que se trataba antes de su
llegada; y si, conforme a lo prevenido en el párrafo anterior, le fuere dado
espontáneamente este informe, se guardará de tomar la palabra inmediatamente,
esperando para ello a que lo hayan hecho otras personas.
C
De las condiciones físicas de la conversación
1 — El razonamiento debe ser claro, inteligible y expresivo;
coordinando las ideas de manera que la proposición preceda a la consecuencia, y
que ésta se deduzca fácil y naturalmente de aquélla; empleando para cada idea
las palabras que la representen con mayor propiedad y exactitud; evitando
comparaciones inoportunas e inadecuadas; eslabonando los pensamientos de manera
que todos sean entre sí análogos y coherentes; huyendo de digresiones largas o
que no sean indispensables para la mejor inteligencia de lo que hablamos; y
finalmente, limitando el discurso a aquella extensión que sea absolutamente
necesaria, según la entidad de cada materia, a fin de no incurrir nunca en la
difusión, que lo oscurece y enerva, y lo despoja al mismo tiempo de interés y
atractivo.
2 - El estilo en la conversación será más o menos y llano
sencillo según el grado de inteligencia y cultura de las personas con quienes
se hable, y según la mayor o menor amistad que con ellas se tenga. Pero
adviértase que aun conversando con personas doctas y de etiqueta, será siempre
ridículo el excesivo esmero en la elección de las palabras y frases.
3 — Sin el conocimiento de las reglas gramaticales del idioma
que se habla, no es posible expresarse jamás con aquella pureza de lenguaje que
es tan indispensable para el trato con gentes cultas y bien educadas; y es de
advertirse, que por muy adornada de buenas cualidades sociales que aparezca una
persona, las faltas gramaticales en que incurra comunicarán a su conversación
cierto grado de vulgaridad que eclipsará notablemente su mérito. ¿Hasta qué
punto no se desluce el que dice cualesquier cosa por cualquier cosa, dijiste
por dijiste, yo soy de los que digo por yo soy de los que dicen, cabayo por
caballo, háyamos por hayamos?
4 — El estudio de la gramática es, por tanto, indispensable a
todas las personas que aspiran a poseer una buena educación, las cuales
procurarán adquirir, por lo menos, aquellos conocimientos que basten para
hablar con propiedad, y para conocer los giros del idioma que sirven para
expresar más claramente cada idea.
5 — Es igualmente importante poseer una buena pronunciación,
articulando las palabras clara y sonoramente, sin omitir ninguna sílaba ni
alterar su sonido, y elevando o deprimiendo la voz, según las reglas prosódicas
y ortológicas.
6 — El tono de la voz debe ser suave y natural en toda
conversación sobre materias indiferentes, esforzándolo tan sólo en aquellas que
requieran un tanto de calor y energía, aunque jamás hasta hacerlo penetrante y
desapacible. En la mujer, como ya hemos dicho, página 137, párrafo 2, la
dulzura de la voz es no sólo una muestra de cultura y de buena educación, sino
un atractivo poderoso y casi peculiar de su sexo.
7 — Las personas que tienen naturalmente una voz demasiado grave
o demasiado aguda deben tener especial cuidado, al esforzarla, de no llegar a
hacerla desapacible; sin que por esto se entienda que dejen de darle aquella
modulación que exigen siempre los sonidos orales, para no incurrir en la
monotonía, que es un defecto no menos fastidioso y desagradable al oído.
8 — Así la lentitud como la rapidez en la expresión, cuando se
hacen habituales, son extremos igual mente viciosos y repugnantes. Pero
conviene observar que según es la naturaleza del asunto, y según el grado de
interés o curiosidad que ha llegado a excitarse en los oyentes, así debe
hablarse con mayor o menor pausa, o celeridad. Un asunto serio requiere
generalmente una expresión más o menos lenta; al paso que la relación de un
hecho interesante o chistoso se haría pesada y molesta, si no estuviese animada
por una pronta y desembarazada locución.
9 — Guardémonos de pronunciar las palabras con ese tono
enfático, acompasado y cadencioso, que algunos emplean para darse importancia,
y con el cual sólo consiguen ridiculizarse y rebajar a veces el mérito real que
poseen, mérito que resaltaría indudablemente en el fondo de una conversación
sencilla y natural.
10 — La palabra debe ir acompañada de una gesticulación
inteligente y propia y de ciertos movimientos del cuerpo que son tan naturales
y expresivos, cuanto que en ellos se reflejan siempre unas mismas ideas, sea
cual fuere el idioma que se hable. Pero esta gesticulación y estos movimientos
no tienen siempre igual grado de expresión y vehemencia, pues dependen de la
gravedad o sencillez del asunto de que se trata y de la mayor o menor
circunspección que imponen el carácter y las demás circunstancias de las personas
que oyen.
11 — La fisonomía del que habla debe presentar las mismas
impresiones que sus ideas han de producir en los demás; así es que en ella han
de encontrarse los rasgos del dolor o de la compasión, si trata de
acontecimientos tristes y desastrosos, o de las desgracias y miserias de sus
semejantes; y los de la alegría, si el asunto que le ocupa es agradable o
chistoso. La persona que tomara un semblante festivo al discurrir sobre una
materia de suyo imponente y grave, o un semblante serio y adusto al referir una
anécdota divertida, o que conservara una fisonomía inalterable en toda especie
de razonamientos, no movería jamás el interés de sus oyentes, y daría a su
conversación un carácter ridículo y fastidioso.
12 — El juego de la boca, que tanto contribuye a la expresión de
la fisonomía, debe ser enteramente propio y natural. Las personas que apenas
separan los labios para despedir la voz, las que los separan demasiado y las
que dan a la boca movimientos estudiados y extravagantes, no sólo se
ridiculizan, sino que renuncian a todo el atractivo que este importante órgano
está llamado a comunicar a la conversación.
13 — Los movimientos del cuerpo deben identificarse de tal modo
con la naturaleza de las ideas, y con la energía de la expresión, que formen un
todo con las palabras, y no se hagan jamás notables por sí solos. Una persona
que al hablar mantuviese el cuerpo enteramente inmóvil comunicaría cierta
insipidez aun a la conversación más interesante; pero aquella que lo moviese
demasiado, haciéndolo girar fuera de la órbita de los pensamientos, oscurecería
sus propios raciocinios y fatigaría la atención de sus oyentes.
14 - Por lo que hace a las manos, ellas desempeñan,
especialmente la derecha, un papel importantísimo en la conversación. Sus
movimientos deben también formar un todo con las palabras; pero como son
movimientos más notables que los del resto del cuerpo, necesitan ser
cuidadosamente estudiados, a fin de que den fuerza y energía a la expresión,
lejos de contrariar o debilitar su efecto.
15 — Ambas manos deben tomar parte en la acción; pero si la
izquierda puede muchas veces mantenerse inmóvil, especialmente en una
conversación llana y sencilla, no sucede así con la derecha, la cual debe
acompañar la enunciación de casi todas las ideas. Y téngase presente, que de
todos los movimientos, los de las manos son los que menos pueden exagerarse sin
dar una muestra de poca cultura, y sin comunicar a toda la persona un aire
tosco y enfadoso.
16 — Son actos vulgares e inciviles, el remedar en la
conversación a otras personas, imitar la voz de los animales o cualesquiera
otros ruidos, hablar bostezando, ponerse de pie en medio del discurso, hablar
en voz baja con otra persona en una conversación general, y sobre todo, tocar
los vestidos o el cuerpo de aquellos a quienes se dirige la palabra. La mujer
que tocase a un hombre, no sólo cometería una falta de civilidad, sino que
aparecería inmodesta y desenvuelta; pero aún sería mucho más grave y más grosera
la’ falta en que incurriera el hombre que se permitiese tocar a una mujer.
17 — Dirijamos siempre la vista a la persona con quien hablamos.
Los que tienen la costumbre de no ver la cara a sus oyentes son por lo general
personas de mala índole o de poco roce con las gentes; y es además de notarse
que así pierden la ventaja de conocer en los semblantes las impresiones que
producen sus razonamientos.
18 — Cuando tomemos la palabra en una conversación general,
dirijámonos alternativamente a todos los circunstantes, con un juicioso
discernimiento los pasajes del discurso que a cada cual puedan ser más
interesantes. Pero en estos casos habrá siempre una persona en quien deberemos
fijarnos más frecuente y detenidamente, y ésta será, con la preferencia que
marca el orden en que van a expresarse, una de las siguientes 1.°, la persona
con quien sostengamos un diálogo; 2.°, la que de cualquier modo nos excite a
hablar, menos cuando sea pidiéndonos la relación de un hecho que ya conoce,
para que lo oiga otra persona, pues entonces será ésta la preferente; 3.°, la
señora de la casa; 4.°, el señor la casa; 5.°, la persona del círculo con quien
tengamos mayor amistad.
19 — Usemos siempre de palabras y frases de cumplido, de excusa
o de agradecimiento, cuando preguntemos o pidamos algo, cuando nos importe y
nos sea lícito contradecir a una persona, y cuando nos diga alguna cosa que nos
sea agradable; como por ejemplo: sírvase usted decirme, tenga usted la bondad
de proporcionarme, permítame usted e le observe, dispénseme usted, perdóneme
usted, y doy a usted las gracias, etc. Pero no sembremos demasiado la
conversación de estas expresiones, sobre todo cuando no hablemos con señoras,
lo cual haría empalagosa y fatigante, y manifestaría estudio y afectación,
donde el principal mérito consiste en la sinceridad.
20 — Es una costumbre incivil y ridícula, y que hace la
conversación sumamente pesada y desagradable, la de interrumpirse a cada
instante para dirigir a la persona con quien se habla las preguntas ¿Está
usted? ¿Comprende usted? ¿Me entiende usted? y otras semejantes.
21 — Cuando hablemos con señoras, con personas de poca
confianza, o con cualquiera que por su edad y demás circunstancias sea superior
a nosotros, no contestemos nunca sí o no, sin añadir las palabras señor o
señora.
22 — Debemos anteponer las palabras señor o señora, a los
nombres de las personas que mencionemos en la conversación. Los que adquieren
la costumbre de omitirlas no saben, sin duda, cuán grave es la falta en que
incurren, ni cuánto se deslucen ante las personas sensatas y bien educadas que
los oyen. Sin embargo, la igualdad en la edad, unida a. una íntima confianza,
podrá a veces autorizarnos para omitir aquellas palabras; pero en esto debe
guiamos siempre la discreción, pues hay ocasiones, como cuando hablamos en un
círculo de etiqueta, en que semejante omisión es absolutamente injustificable.
23 — Delante de personas que no sean de nuestra misma familia, o
de nuestra íntima confianza, no hagamos jamás mención de nuestros padres,
abuelos, tíos o hermanos, sino por las palabras mi padre, mi madre, mí abuelo,
mi abuela, mi tío N. de N., mi hermano N. Y cuando hayamos de referirnos a uno
de nuestros parientes más cercanos que esté investido de algún título,
abstengámonos de expresar éste al nombrarlo.
24 — Tampoco están admitidos en la buena sociedad los refranes y
dichos vulgares, las palabras y frases anfibológicas, y toda expresión cuyo
sentido sea oscuro y pueda conducir a los oyentes a diversas aplicaciones y
conjeturas. El hombre culto apenas se permite uno que otro donaire, uno que
otro equivoco presentado con gracia, oportunidad y discreción, y cuya
antigüedad no haga fluctuar un solo instante el juicio de sus oyentes; aunque
jamás, cuando se encuentra en círculos de etiqueta; o donde hay alguna persona
con quien no tenga ninguna confianza.
25 — No empleemos nunca en la conversación palabras inusitadas,
ni las que sean técnicas de alguna ciencia o arte, cuando podamos valernos de
vocablos o frases o bien de locuciones perifrásticas, que, sin apartarnos del
lenguaje común, nos permitan expresar claramente nuestras ideas.
26 — También debemos abstenemos de introducir en la conversación
palabras o frases de un idioma extranjero, cuando no estemos seguros de que lo
poseen todas las personas que nos oyen ; y aun teniendo esta seguridad,
pensemos que el exceso o la inoportunidad en este punto puede comunicar a
nuestra conversación cierto sabor pedantesco.
27 — El uso de los adagios y sentencias requiere especial tino y
cordura; tanto para no prodigarlos, haciendo de este modo pesado y fastidioso
el razonamiento, como para elegir aquellos que sean menos comunes y al mismo
tiempo más graves y sentenciosos, y sobre todo más análogos a la idea que
vienen a reforzar, adornar o esclarecer.
D
De las condiciones morales de la conversación
1 — Nuestro lenguaje debe ser siempre culto, decente y
respetuoso, por grande que sea la llaneza y confianza con que podamos tratar a
las personas que nos oyen.
2 — No nos permitamos nunca expresar en sociedad ninguna idea
poco decorosa, aun cuando nazca de una sana intención, y venga a formar parte
de una conversación seria y decente. Lo que por su naturaleza es repugnante y
grosero, pierde bien poco de su carácter por el barniz de una expresión
delicada y culta y con excepción de algún raro caso en que nos sea lícito
hablar de cosas tales entre nuestros íntimos amigos, ellas son siempre asuntos
de conferencias privadas, que la necesidad preside y tan sólo ella legitima,
3 — Guardémonos de emplear en la conversación palabras o frases
que arguyan impiedad, o falta de reverencia a Dios, a los Santos y a las cosas
sagradas.
4 — Es sobremanera chocante y vulgar el uso de expresiones de
juramentos; y de todas aquellas con que el que habla se empeña en dar autoridad
a sus asertos, comprometiendo su honor y la fe de una palabra, o invocando el
testimonio de otras personas. El que ha sabido adquirir la reputación de veraz,
no necesita por cierto de tales adminículos para ser creído; y puede más bien,
al recurrir a ellos, introducir la duda en el ánimo de sus oyentes. Y el que no
tiene adquirida tal reputación, en vano buscará en las formas el medio de
comunicar fuerza de verdad a sus palabras.
5 — La regla que antecede puede todavía admitir alguna otra
excepción entre personas que se tratan con íntima confianza; mas como en este
punto no es dable determinar los diferentes casos que pueden ofrecerse,
tengamos por único y seguro norte un respeto inalterable a las leyes del
decoro, y una atenta observación de lo que se permiten las personas cultas y
bien educadas.
6 — Aun en los casos en que, con arreglo a lo establecido en los
dos párrafos anteriores, pueda hacerse mención de alguna parte del cuerpo,
deben elegirse las palabras más cultas y de mejor sonido, que son las que se
oyen siempre entre la gente fina. Las palabras cogote, pescuezo, cachete, etc.,
serán siempre sustituidas en los diversos casos que ocurren, por las palabras
cuello, garganta, mejilla, etc.; dejando a la ciencia anatómica la estricta
propiedad de los nombres, que casi nunca se echa de menos en las conversaciones
comunes.
7 — Por regla general, deberemos emplear en todas ocasiones las
palabras más cultas y de mejor sonido, diciendo, por ejemplo: puerco por
cochino; aliento o respiración por resuello; arrojar sangre por echar sangre,
etc., etc. Pero conviene observar el uso de las personas verdaderamente
instruidas y bien educadas, y tener algún conocimiento de la sinonimia de la
lengua que se habla a fin de no incurrir en el extremo de emplear palabras y
frases alambicadas y redundantes, ni echar mano de aquellas que no hayan de
expresar clara y propiamente las ideas.
8 — Respecto de las interjecciones, y de toda palabra con que
hayamos de expresar la admiración, la sorpresa o cualquiera otro afecto del
ánimo, cuidemos igualmente de no emplear jamás aquéllas que la buena sociedad
tiene proscritas, como caramba, diablo, demonio y otras semejantes.
9 — En ningún caso nos es lícito hacer mención de una persona
por medio de un apodo o sobrenombre. Con esto no sólo ofendemos a aquel a
quien: nos referimos, sino que faltamos a la consideración que debemos a las
personas que nos oyen.
10 — La conversación entre personas de distinto sexo debe estar
siempre presidida por una perfecta delicadeza, por una gran mesura, y por los
miramientos que se deben a la edad, al carácter y al estado de cada uno de los
interlocutores. Por regla general, un hombre no se permitirá jamás ninguna
palabra, frase o alusión, que pueda alarmar el pudor de una mujer; así como
tampoco podrá una mujer dirigir a ningún hombre expresiones inmoderadas o
irrespetuosas, que pongan a una dura prueba la esmerada consideración que se
debe a su sexo.
11 — El medio más natural, y expresivo para agradar a los demás
en sociedad es ciertamente el de la palabra; y un hombre de buenas maneras lo
aprovecha siempre en su trato con el bello sexo, sembrando su conversación de
manifestaciones galantes y obsequiosas, que toma en la fuente de la discreción
y el respeto, y dirige con exquisita delicadeza y evidente oportunidad. Pero
téngase presente que es altamente impropio y desacatado el uso de requiebros y
zalamerías en todas ocasiones, con toda mujer con quien se habla, sin
miramiento alguno a la edad, al estado, ni a las demás circunstancias de las
personas, y sin atender al grado de confianza que con ellas se tiene.
12 — El hombre que incurre en la falta indicada en el párrafo
anterior no ofende tan sólo la dignidad de la mujer, sino también su amor
propio; pues al ocupar tan frívolamente su atención, la declara de hecho
incapaz de sustentar una conversación más seria e interesante. Y la mujer
juiciosa y culta que así se ve tratada debe rechazar el insulto y hacerse
respetar, combinando para ello la moderación, que le es tan propia, con la
energía y la firmeza de que en tales casos debe también vestirse.
13 — Nada hay más vulgar ni más grosero, que la costumbre de
usar de chanzas e indirectas con referencia a relaciones entre personas de
distinto sexo, sobre todo cuando aquella a quien se dirigen está acompañada con
alguna otra, y cuando no se tiene con ella una íntima confianza.
14 — La natural propensión que todos tenemos a echar mano de la
sátira en nuestros razonamientos, no debe ser enteramente reprimida, sino
ilustrarse y morigerarse, para que pueda ser dirigida de una manera discreta,
inofensiva y conveniente. La sátira es una de las sales que más sazonan la
conversación, y tiene además la tendencia moral de corregir y mejorar las
costumbres; pero jamás cuando se la emplea en atacar la, dignidad o el amor
propio de señaladas personas, pues entonces se convierte en un arma envenenada
y alevosa, tan sólo propia para encender y dividir los ánimos, y para destruir
las más sólidas relaciones sociales.
15 — Otro tanto debe decirse de la ironía, la cual comunica a la
conversación cierta gracia que la hace animada y agradable, cuando se usa con
una prudente oportunidad y sin ofensa de nadie.
16 — Las personas vulgares y de mala índole sacrifican
frecuentemente las más graves consideraciones sociales, a la necia vanidad de
aparecer como agudas y graciosas, y con una sola expresión satírica, o irónica
llevan a veces la intranquilidad y la amargura al seno de una familia entera.
Tan torpe conducta debe excitar siempre la indignación de todo hombre de bien,
y encontrar en los círculos de la gente de moralidad y de cultura la
reprobación que merece, en lugar del aplauso que busca.
17 — Excluyamos severamente la ironía de toda discusión, de todo
asunto serio, y de toda conversación con personas con quienes no tengamos
ninguna confianza. Cuando hayamos de refutar las opiniones de los demás, o de
responder a un argumento, y siempre que se nos hable con seriedad y se espere
de nosotros una contestación, toda frase irónica será considerada como una
manifestación de menosprecio, y por lo tanto, como un insulto.
18 — No emitamos nunca un juicio que hayamos formado por
sospechas, propias o ajenas, o por relaciones poco fidedignas, presentándolo de
modo que pueda entenderse que hablamos de un hecho real y verdadero. Y respecto
de los juicios que no adolezcan de estos defectos, abstengámonos siempre de
emitirlos, cuando directa o indirectamente hayan de recaer sobre personas y
puedan por algún respecto serles desagradables.
19 — Seamos muy medidos para sentar principios generales contra
las costumbres o defectos de los hombres, pues con ellos podemos desagradar a
nuestros mismos amigos, atacar los intereses o el buen nombre de un gremio o
corporación, y aun aparecer como excitados por nuestros particulares
resentimientos. La persona que asegurase que en el mundo no hay más que
ingratos, ofenderla naturalmente a sus oyentes; la que hablando de los
extravíos de un personaje histórico, los presentase como inherentes a su estado
o profesión, arrojarla una mancha sobre todo el gremio; y la mujer, en fin, que
dijese que todos los hombres son inconstantes, no guardarla por cierto un
perfecto decoro.
E
De las narraciones
1 — Como el objeto de la narración es imponer a otros de un
hecho o anécdota cualquiera, que haya de interesar su atención, y como el que
desea desde luego llegar pronto a un cabal conocimiento de aquello que se le
refiere, repugna todo lo que puede oscurecer su inteligencia o hacerle esperar
innecesariamente, el narrador debe usar siempre de un lenguaje fluido, sencillo
y breve, y omitir toda circunstancia inconducente, toda disertación intermedia,
y en general todo aquello que embarace o alargue su discurso.
2 — La narración debe ser espiritual y animada, para que no
decaiga ni se entibie el interés de los oyentes; empleándose en ella cierto
ingenioso y discreto artificio, de manera que los hechos que se refieren se
representen vivamente a la imaginación. Para esto es indispensable que los
incisos y períodos sean más o menos cortos, según que las cosas hayan pasado
con mayor o menor celeridad; que se imite en lo posible el lenguaje de las
personas cuyos razonamientos se reproducen, y que la locución se adapte perfectamente
a la naturaleza de los acontecimientos.
3 — Las exposiciones preliminares deben ser cortas, y contraerse
exclusivamente a aquellas noticias que sean indispensables para la inteligencia
de lo que va a referirse. Nada hay más desagradable y fatigante que un
preámbulo difuso y minucioso, cuando se aguarda con interés o curiosidad el
asunto principal de la narración. Un narrador entendido y discreto, difiere,
por el contrario, algunos datos explicatorios que los hechos requieran, para
después que ha satisfecho la ansiedad que ha llegado a descubrir en sus
oyentes.
4 — Igual consideración debe obligarnos a reducir a estrechos
límites la parte descriptiva de las narraciones. A veces es imposible tomar un
conocimiento exacto de los sucesos, sin tener por lo menos una ligera idea de
los usos o costumbres de un pueblo, del carácter o fisonomía de una persona, de
la disposición en que estaban ordenados ciertos objetos, de la topografía de un
lugar, de la vista de una ciudad, de un campo, de un sembrado, etc., etc. Mas
en ningún caso debe perderse de vista un solo instante que la descripción que
se haga no es el asunto principal del discurso, y que ella no debe ir nunca más
allá de la necesidad de ilustrar la atención de los oyentes.
5 — La edad, el carácter, y las demás circunstancias de las
personas que nos oyen, pueden a veces influir en la mayor o menor brevedad de
las narraciones. Los detalles demasiado minuciosos fastidian a las personas de
edad provecta, y a aquéllas que han elevado su espíritu a mucha altura en alas
de las ciencias o de las bellas artes; mas no siempre son oídos con disgusto
por los jóvenes, y por aquellos que sólo poseen una mediana instrucción.
6 — Jamás emprendamos una narración, sin estar seguros de que
recordemos perfectamente todo lo que vamos a referir; pues es molesto y pesado
que nos detengamos en medio de ella para recorrer en silencio la memoria, y
altamente ridículo el tener al fin que renunciar a nuestro propósito, cuando,
por haber olvidado enteramente algunos puntos importantes, nos vemos en la
imposibilidad de continuar.
7 — Cuando la persona que narra se detenga algunos instantes,
tratando de recordar algo que ha olvidado y que nosotros sepamos, abstengámonos
de auxiliar su memoria, especialmente si fuere superior a nosotros; mas sea
ella quien fuere, si su detención se prolongase, ocurramos discreta y
delicadamente a sacarla del embarazo. Y cuando veamos que ha cometido la
imprudencia de emprender una narración que no puede continuar, apresurémonos,
si conocemos el hecho, a acabarlo de referir, a fin de libertarla de la pena
que experimentaría al dejar frustrada la atención de los oyentes.
8 — Podemos añadir algo a lo que otro ha referido, cuando se
trata de una materia importante, y estamos en posesión de datos que se han
omitido y pueden servir para ilustrarlo con provecho de los oyentes; mas para
esto es necesario que tengamos alguna confianza con la persona que ha hecho la
narración, y que además nos excusemos con ella cortésmente, por la libertad que
vamos a tomarnos de ampliar su discurso.
9 — Sólo entre personas de íntima confianza, y en muy raros
casos, puede sernos lícito advertir las inexactitudes en que haya incurrido la
que ha referido algún hecho, y esto, pidiéndole el debido permiso. Pero cuando
las inexactitudes sean notablemente ofensivas a una persona ausente, podemos en
todas ocasiones tomarnos la libertad de demostrarías, valiéndonos siempre de
las palabras más atentas, y alejando toda idea de increpación a aquel que ha
hablado contra la realidad de los hechos, aun cuando tengamos motivos para
sospechar que su intención no ha sido enteramente sana.
10 — Cuando advirtamos que el hecho cuya narración emprendemos,
es conocido por una de las personas presentes que sea superior a nosotros,
excitémosla a que lo refiera ella misma; mas en caso de negarse, no insistamos
ni una sola vez en nuestra excitación, pues la prolongación de tales cumplidos
y excusas mantendría desagradablemente suspensa la atención de los
circunstantes.
11 — No recomendemos nunca el mérito de lo que vamos a referir,
especialmente cuando se trate de un asunto chistoso. Nuestra recomendación,
lejos de añadir importancia a las cosas, podría más bien atenuar la que
realmente tuviesen, porque la imaginación del hombre le hace casi siempre
encontrar pequeño lo que se le ha ponderado como grande.
12 - Evitemos el reírnos en medio de la relación que hagamos de
suceso chistoso, cuando nuestros oyentes se mantengan serios.
13 — Jamás llamemos la atención de una sociedad, para referir
hechos demasiado conocidos o que estén circulando impresos; a menos que
tengamos la seguridad de que son ignorados por la mayor parte de los
circunstantes, o que expresamente se nos excite a referirlos.
14 — Las anécdotas chistosas sirven en sociedad para comunicar
animación y amenidad a la conversación; pero guardémonos enteramente de
introducirlas en los círculos de etiqueta, y tengamos gran cuidado de hacerlo
con prudente parsimonia en los de poca confianza, y de no prodigarlas ni en los
de mucha confianza.
15 — Los que contraen la costumbre de alimentar la sociedad con
anécdotas chistosas, manifiestan un entendimiento vacío y un carácter poco
elevado: la reputación que llegan a adquirir tan sólo les sirve para alejarles
la consideración y el respeto de las personas de juicio; y al fin concluyen por
hacerse pesados en todas partes, pues agotado el caudal de lo verdaderamente
gracioso, tienen que echar mano de ocurrencias insípidas y aun de sandeces.
16 — No es libre, por otra parte, referir anécdotas cualesquiera
ni de cualquier parte: es necesario que ellas nazcan del tema de la
conversación, que. sean verdaderamente agradables por la novedad, gracia y
agudeza, y que no ocupen por largo tiempo la atención de los circunstantes;
requiriéndose, además que nos sintamos con las dotes que son indispensables
para hacer resaltar el mérito de lo que contamos, con el artificio y donaire
del relato.
17 — Cuando en un círculo se han referido consecutivamente
anécdotas por dos diversas personas, no emprendamos nosotros referir otra
inmediatamente, porque de este modo se comunicará a la sociedad cierto carácter
frívolo y pueril. Sólo nos sería lícito quebrantar esta prohibición, cuando el
mérito de nuestra anécdota fuera tan sobresaliente que pudiéramos tener la
seguridad de excitar en nuestros oyentes un particular interés. Una cuarta
persona no deberá jamás permitirse otro tanto.
18 — Antes de resolvemos a referir un hecho o anécdota
cualquiera, pensemos si bajo algún respecto puede ser desagradable a alguna de
las personas presentes, o a sus allegados o amigos, pues en tal caso deberemos
desistir enteramente de nuestro intento.
19 — No es una falta el nombrar a las personas que han
intervenido en el hecho que se refiere, cuando sus acciones han sido
evidentemente buenas y recomendables; pero si éstas han sido malas, deberán
silenciarse absolutamente sus nombres. Y téngase presente que a veces la misma
naturaleza de un hecho o las circunstancias que lo acompañan, dan a conocer a
sus autores, aun cuando no sean nombrados.
20 — Seamos muy circunspectos para transmitir noticias
políticas, o de cualquiera otra especie, que hayan de circular desde luego y
puedan llegar a comprometer nuestra responsabilidad moral; y cuando, atendidas
todas las circunstancias, la prudencia nos autorice para ello, limitémonos
cuidadosamente a ser fieles narradores, sin incurrir nunca en la grave falta de
exagerar o desfigurar los hechos.
21 — Por regla general, jamás nos hagamos órgano de noticias que
no hayan venido a nuestro conocimiento por conductos seguros y fidedignos, o
que evidentemente carezcan de verosimilitud.
22 — Tengamos especial cuidado de no referir más de una vez a
una persona una misma cosa; y aun en los casos en que estemos seguros de que
aquella con quien hablamos no ha oído de nosotros el hecho que queremos
referirle, pensemos que acaso lo conoce tanto como nosotros. No es difícil que
recordemos en cada ocasión lo que hemos referido a las personas con quien
tenemos un trato íntimo y frecuente; y respecto de las demás, procuremos, antes
de entrar en la relación de un hecho, averiguar prudentemente silo ignoran.
F
De la atención que debemos a la conversación de los demás
1 — Presentemos una completa atención a la persona que lleve la
palabra en una conversación general, y a la que nos hable particularmente a
nosotros, dirigiendo siempre nuestra vista a la suya, y no apartándola sino en
aquellas breves pausas que sirven de natural descanso al razonamiento.
2 — Es un acto impolítico, y altamente ofensivo a la persona que
nos habla, el manifestar de un modo cualquiera que no tenemos contraída
enteramente la atención a lo que nos dice, como ejecutar con las manos alguna
operación, tocar con los dedos sobre un mueble, jugar con un niño o con un
animal, fijar la vista en otro objeto, etc.
3 — La urbanidad exige que manifestemos tomar un perfecto
interés en la conversación de los demás, aun cuando no nos sintamos
naturalmente movidos a ello. Así nuestro continente deberá participar siempre
de las mismas impresiones que experimente la persona que nos habla, sobre todo
cuando nos refiere algún hecha que la conmueve, o nos discurre sobre un asunto
patético de cualquiera especie.
4 — No quiere decir esto que debemos contribuir a aumentar la
exaltación de aquel que nos refiere la ofensa que ha recibido, ni la amargura
del que nos habla de sus desgracias. Por el contrario, debemos siempre tratar
de calmar al uno, y de consolar al otro, con palabras y observaciones delicadas
y oportunas, pero sería grande incivilidad e indolencia manifestamos serenos y
tranquilos con el que está agitado, alegres con el que está triste, mustios y
displicentes con el que se muestra animado y contento.
5 — De la misma manera nuestra atención debe corresponder
siempre a las miradas del que habla, o al espíritu de su conversación;
manifestándonos admirados o sorprendidos, cuando se nos refiera un hecho con el
carácter de extraordinario, y compadecidos, si el hecho es triste y lastimoso;
aplaudiendo aquellos rasgos que se nos presenten como nobles y generosos;
celebrando los chistes y agudezas, y manifestando siempre, en suma, con
naturalidad y sencillez, todos los efectos que la persona que nos habla ha esperado
excitar en nuestro ánimo, aun cuando no haya sido feliz en la elección de los
medios.
6 — La distracción incluye casi siempre una grave falta, que
puede conducirnos a lances de una desagradable trascendencia, por cuanto indica
generalmente menosprecio a la persona que nos habla, y no siempre encontramos
indulgencia en el que llega a creerse de esta suerte ofendido. Las frecuentes
preguntas sobre la inteligencia de lo que se nos está hablando, la excitación a
que se nos repitan palabras o frases de fácil comprensión, y una mirada fija,
inanimada e inteligente, revelan distracción en el que oye; y nada puede haber
más desatento ni más bochornoso, que llegar a un punto de la conversación, en
que nos toque hablar o contestar una pregunta y tener que confesar nuestra
incapacidad de hacerlo, por haber permanecido extraños a los antecedentes.
7 — Hay personas que contraen la costumbre de desatender
completamente al que refiere una anécdota, desde el momento en que principia a
hablar, para ocuparse en recordar los pormenores de otra que desde luego se
proponen referir. Además de ser éste un acto de incivilidad y menosprecio, él
puede dar origen, como se ha visto más de una vez, a la más ridícula de todas
las faltas de este género, cual es la de repetir precisamente el mismo hecho
que acaba de relatarse.
8 — Cuando una persona con quien tengamos poca confianza nos
refiere algún suceso de que ya estemos impuestos, conduzcámonos en todo como si
hasta aquel momento lo hubiéramos ignorado.
9 — Aunque al principiar una persona la relación de un hecho
notemos que no está tan bien impuesta como nosotros de todas sus
circunstancias, guardémonos de arrebatarle el relato para continuarlo nosotros,
si ella no llega a encontrarse en el caso que queda previsto en el párrafo 7 de
la página 202.
10 — Si la persona que narra un acontecimiento, entra en
pormenores inconducentes, se extravía en largas digresiones, o de cualquiera
otra manera hace difusa y pesada su narración, no le manifestemos que estamos
fastidiados, ni la excitemos a concluir, con palabras o frases que tengan
evidentemente esta tendencia, sobre todo si es una señora, un anciano, o
cualquiera otra persona digna de especial consideración e indulgencia.
11 — Por regla general jamás interrumpamos de modo alguno a la
persona que habla. En los diálogos rápidos y animados, en que se cruzan las
observaciones con demasiada viveza, suelen ser excusables aquellas ligeras e
impremeditadas interrupciones que nacen del movimiento mismo de la
conversación. En todo otro caso, este acto está justamente considerado como
incivil y grosero, y por lo tanto proscrito entre la gente fina.
12 — La más grave, acaso, de todas las faltas que pueden
cometerse en sociedad, es la de desmentir a una persona, por cuanto de este
modo se hace una herida profunda a su carácter moral; y no creamos que las
palabras suaves que se empleen puedan en manera alguna atenuar semejante
injuria. Es licito en ciertos casos contradecir un relato equivocado; mas para
ello deberemos tener muy presentes las reglas que acerca de este punto quedan
establecidas, y sobre todo, la estricta obligación en que estamos de salvar
siempre la fe y la intención de los demás.
13 — No está admitido contradecir en ningún caso a las personas
que se encuentran en un círculo de etiqueta, ni a aquéllas que están
constituidas en alta dignidad. Lo que generalmente autoriza para contradecir es
la necesidad de vindicar la ajena honra, cuando delante de nosotros puede
quedar en alguna manera vulnerada; mas en sociedad con tales personas no hay
lugar a esto, porque de ellas no podemos oír jamás ninguna palabra que salga de
los límites de la más severa circunspección.
14 — Cuando una persona se manifiesta seriamente interesada en
el asunto de que habla, es una incivilidad llamar su atención para referirle
una anécdota, o para que nos oiga una ocurrencia chistosa; y todavía lo es
mucho más hacer degenerar su conversación, dándole por nuestra parte un
carácter burlesco, aun cuando pretendamos de este modo distraerla de ideas que
la agiten o la tengan disgustada.
15 — Es asimismo incivil, cuando una persona nos refiere algo a
que concede entera fe, el contestarle bruscamente oponiéndole nuestra
incredulidad a nuestras dudas. El que cree firmemente lo que refiere, se siente
siempre mortificado, si para advertirle su engaño no procedemos con mesura y
cortesía, y si no reconocemos, por lo menos, la verosimilitud de aquello que ha
creído.
16 — Cuando por algún motivo nos sea desagradable el asunto de
que nos hable una persona. y creamos prudente variar de conversación, no lo
hagamos repentinamente, ni valiéndonos de ningún medio que pueda dejar entrever
la intención que nos guía. A menos que el asunto produzca en nosotros impresión
demasiado profunda, pues entonces nos es lícito manifestarlo francamente, y aun
alejarnos con cualquier pretexto razonable.
17 — Siempre que oigamos una palabra o frase que sólo admita una
inteligencia absurda, procuremos discretamente hacer que la persona que nos
habla nos repita el concepto; pues seria para ella ofensivo que la
considerásemos capaz de expresarse de semejante modo, cuando en realidad no
hubiese habido. de su parte sino una simple equivocación.
18 — Guardémonos de darnos por entendidos, y sobre todo de
reírnos, de alguna palabra o frase poco culta que involuntariamente se escape a
la persona que habla.
19 — Finalmente son faltas contra la atención que debemos
prestar a la persona que habla, 1.°, interrumpirla a cada instante con las
palabras si, sí, señor, y otras semejantes; 2.°, emplear, para excitaría a
repetir lo que no olmos claramente, las palabras ¿cómo?, ¿eh? y otras que
indican poco respeto; 3°, suministrarle palabras que ha de usar, cuando se
detiene algunos instantes por no encontrarlas prontamente; 4.° corregirle las
palabras o frases, cada vez que incurre en una equivocación; 5.°, usar con frecuencia
de interjecciones, y de palabras y frases de admiración o de sorpresa.
II
De las presentaciones
A
De las presentaciones en general
1 — La buena sociedad no reconoce otro medio que el de las
presentaciones, así para la creación de las amistades, como para todo acto de
comunicación que no esté naturalmente legitimado por un grave accidente del
momento, por la necesidad de tratar sobre un negocio, o por alguna
circunstancia excepcional de las que se expresarán más adelante.
2 — Las presentaciones pueden ser especiales u ocasionales: las
primeras son las que se hacen premeditadamente, y con la intención de poner a
dos o más personas en contacto amistoso; las segundas son las que nacen de
encuentros casuales o de circunstancias puramente transitorias, y sólo tienden
a establecer relaciones accidentales. Unas y otras pueden hacerse por medio de
cartas de recomendación o de simple introducción.
3 — Grande debe ser en todos casos nuestra circunspección y
prudencia para presentar una persona a otra, porque este acta incluye siempre
cierta suma de garantía que prestamos en favor de la persona que presentamos,
respondiendo, por lo menos, de que no es indigna de la estimación de la otra.
Mas si bien las presentaciones ocasionales no comprometen de una manera
absoluta nuestra responsabilidad moral, por su carácter esencialmente
accidental, no puede decirse otro tanto respecto de las especiales. Por medio
de éstas expresamos, como acaba de verse, una intención deliberada de poner a
dos o más personas en relación permanente; y es intención debe, por tanto estar
apoyada en el deseo consentimiento que cada una de ellas nos haya manifestado
sobre el particular o en el convencimiento íntimo que una serie de
observaciones haya hecho nacer en nosotros, de que a todas habrá de se
agradable y conveniente el tratarse.
4 — Este convencimiento no nos autoriza, sin embargo, sino para
presentar una persona a otra, siendo ambas de un mismo sexo, y no creándose de
hecho relaciones que se hagan extensivas a una milla; para presentar un
caballero a una señora, a un padre o madre de familia, es requisito
indispensable el expreso y formal consentimiento de la persona a quien se ha de
hacer la presentación.
5 — Para presentar una persona a una señora debe además tenerse
en consideración que las amistades inconvenientes no perjudican tanto al hombre
como a la mujer, ni puede ésta cortarlas con igual facilidad que aquél al
persuadirse de que por algún respecto pueden llegar a ser contrarias a sus
intereses morales.
6 — El caballero debe ser siempre presentado a la señora, y el
inferior al superior; excepto en las presentaciones por carta, en que, como se
verá más adelante el portador de la carta es siempre el presentado. Cuando el
superior sea de nuestra propia familia, podremos presentarle al inferior; a
menos que la diferencia de edad o de categoría sea demasiado notable, pues
entonces seguiremos la regla general. Los dueños de una casa no podrán ser en
ella los presentados, si no en los casos en que el presentante sea uno de ellos
mismos.
7 — Cuando la persona presentada está investida de un título de
naturaleza permanente, como el de Obispo, Doctor, General, etc., el título se
menciona antes del nombre; mas cuando aquél tan sólo es inherente a la posesión
de un empleo de naturaleza transitoria, como el de Representante de la Nación,
Ministro de Estado, Tesorero, etc., va generalmente pospuesto.
8 — Cuando la persona presentada ocupa una posición social muy
elevada, y está investida de un titulo de naturaleza permanente, es una muestra
de respeto y de obsequiosa cortesanía silenciar su nombre, mencionando
únicamente su título y su apellido.
9 — Cuando nos encontremos en una reunión con un amigo recién
casado, el cual no nos haya. participado formalmente su enlace, guardémonos de
pretender que nos presente a su señora; y caso de que él lo haga
espontáneamente, consideraremos este acto como una simple presentación
ocasional.
B
De las presentaciones especiales
1 — Para presentar a una persona, se requiere generalmente que
tengamos alguna confianza con aquella a quien hayamos de hacer la presentación,
o que, por lo menos, nuestras relaciones con ella no sean recientes; e
idénticas circunstancias deben mediar respecto de la persona a quien pedimos
nos presente a nosotros.
2 — En cuanto a la presentación de un caballero en una casa, las
personas más llamadas a hacerla son las que con ella están ligadas por vínculos
de familia, o por los de una íntima amistad; no siéndonos lícito pedirles que
nos presenten a nosotros, si no tenemos con ellas ninguna confianza.
3 — De todas las presentaciones, la que se hace de un caballero
en una casa es la más grave y trascendental, y la que puede comprometer en
mayor grado la responsabilidad moral del presentante. Seamos, pues, muy
circunspectos para pedir que se nos presente a nosotros, y seámoslo todavía
mucho más para acceder a exigencias de esta especie.
4 — Cuando hayamos de presentar a un caballero en una casa,
veamos ante todo si su posición social, su educación, sus principios, y todas
sus demás circunstancias personales, están en armonía con las de la familia en
cuya amistad vamos a introducirle.
5 — No procedamos a pedir a un padre o a una madre de familia, o
a una señora cualquiera, el permiso expreso y formal que es indispensable para
presentarle a un caballero, sino después que, por medios prudentes e
indirectos, hayamos descubierto disposición a admitirle en su amistad. Si no
existe tal disposición, deberemos abstenemos de solicitar el permiso, ocultando
cuidadosamente el resultado de nuestras observaciones a la persona que
intentábamos presentar.
6 — Para presentar a una persona en una casa no elijamos nunca
el día en que se prepare en ella algún festín o en que se celebre o conmemore
un acontecimiento feliz, o en que por cualquier motivo se experimente un gran
pesar; a menos que medie alguna particular circunstancia, que evidentemente nos
autorice para prescindir de tales consideraciones, no sólo a nosotros, sino
también a la persona que vamos a presentar.
7 — El lugar más propio para una presentación especial es la
casa de la persona a quien se hace; bien que no es una falta aprovechar para
ello una ocasión favorable que las circunstancias proporcionen en otra parte,
sobre todo cuando la presentación es de una persona a otra de su mismo sexo, y
el acto no se extiende a toda una familia.
8 — Para la presentación de un caballero en una casa se
observarán las reglas siguientes: l.a, al llegar a la sala de recibo,
conduciremos al caballero ante el señor de la casa, el cual, por su parte,
deberá desde luego dirigirse a nosotros, y le haremos la presentación,
mencionándole el nombre del presentado, en la forma que ha quedado establecida;
2a, el señor de la casa conducirá luego al caballero ante la señora y se lo
presentará él mismo, quedando así presentado a toda la familia; 3.a, cuando la
señora no tenga marido, y tenga hijos ya formados, después que el caballero le
haya sido presentado, lo presentará ella al más caracterizado de sus hijos,
quedando de hecho presentado a los demás. 4.a, cuando en el caso de la regla
anterior, el caballero sea notablemente superior al hijo más caracterizado de
la señora, bien por su edad, o por cualesquiera otras circunstancias, el
segundo será presentado al primero; 5.a, al terminarse la, visita el presentado
rendirá sus respetos a los dueños de la casa, en breves y precisos términos,
principiando por la señora, y ellos le contestarán con palabras obsequiosas de
ofrecimiento, las cuales serán también breves y precisas.
9 — En todo acto de presentación especial, la persona a quien
ésta se hace extenderá la mano a la persona presentada, dirigiéndole algunas
cortas palabras de ofrecimiento y en que le manifieste el placer que tendrá de
cultivar su amistad, las cuales deberán serle contestadas con otras de igual
naturaleza.
10 — Cuando es una señora la que ha de ser presentada en una
casa, la presentación se hará a la señora de ésta, la cual le presentará
inmediatamente su marido; y si no teniendo marido, tuviese hijos ya formados,
el más caracterizado de ellos será presentado a aquélla por su madre. Al
retirarse la señora, rendirá sus respetos a la de la casa en la forma ya
indicada; mas el marido o el hijo adelantarán siempre estas manifestaciones a
la señora presentada.
11 — Cuando presentemos a un caballero en una casa, procuremos
que durante la visita permanezca a nuestro lado y tan cerca como sea posible de
los dueños de la casa. Si es una señora la presentada, la señora de la casa la
situará precisamente a su lado.
12 — En ningún caso podrá el presentante separarse de la visita
de presentación, ni antes ni después del presentado, tocando siempre al primero
excitar al segundo a terminar la visita, cuando aquél no sea un miembro de la
familia de la casa; silo fuere, esperará la excitación del presentado, el cual
la hará algo más tarde de lo que debe hacerla siempre el presentante, como se
verá en el artículo de las visitas.
13 — Cuando una persona recibe un servicio de grande
importancia, o una muestra cualquiera de especial consideración y aprecio, de
otra persona de posición social análoga a la suya y con la cual no tenga
amistad, debe considerarse, por este sólo hecho, como presentada especialmente
a ésta, y hacerle desde luego una visita, la cual tendrá por objeto, no sólo
manifestarle su agradecimiento, sino ofrecerle su amistad y sus respetos. Esta
visita, sin embargo, deberá reputarse como la de presentación.
14 — Debemos una visita a la persona a quien hemos sido
presentados, después de la que haya tenido por objeto el acto de la
presentación; siendo de advertir que la mayor o menor distancia que media entre
este acto y nuestra visita, será considerada como un signo del mayor o menor
aprecio que hacemos de la amistad que acabamos de contraer. La etiqueta no
admite, sin embargo, que esta visita se haga al siguiente día, cuando a ello no
obliga alguna particular circunstancia.
15 — Cuando con arreglo al párrafo 7 de la página 218, la
presentación haya ocurrido fuera de la casa de la persona a quien se ha hecho,
la visita de presentación quedará suplida por el mismo acto, y el presentado
procederá desde luego a hacer la que se indica en el párrafo anterior.
16 — La persona que es presentada por medio de una carta está
relevada del deber que impone el párrafo 15; y así, luego que ha hecho su
visita de presentación, no hace ninguna otra cosa hasta que aquélla no le ha
sido pagada.
C
De las presentaciones ocasionales
1 — Según se ha visto ya, una presentación ocasional no es otra
cosa que aquella ceremonia por la cual quedan autorizadas dos o más personas
entre sí desconocidas, para comunicarse en una visita, en un festín, o en un
lugar cualquiera donde se reúnan con un amigo común, sin que ninguna de ellas
pueda considerarse obligada, por este solo hecho, a darse por conocida de las
demás en ninguna otra ocasión en que se encuentren.
2 — Esto no obsta para que personas de un mismo sexo, que así
hayan sido puestas en comunicación, se saluden o se comuniquen en otra parte, y
aun establezcan relaciones permanentes, cuando a ello las mueva una recíproca
simpatía, y según las circunstancias particulares que medien en cada caso. Pero
jamás podrá entenderse que sea ésta la intención del presentante, el cual, con
las únicas excepciones que aquí se verán, cuenta y debe contar siempre con que
los efectos de su presentación cesan enteramente desde el momento en que se
disuelve la reunión en que ella ha ocurrido.
3 — Para haber de continuar y consolidarse las relaciones
establecidas por una presentación ocasional, según lo indicado en el párrafo
anterior, se requiere que sea el superior el que de algún modo manifieste su
disposición al inferior. Y respecto de un simple saludo entre personas así
presentadas, en cualquier lugar en que se encuentren, el inferior no podrá
dirigirlo nunca al superior, ni el caballero a la señora, sin ser autorizado
para ello con una mirada.
4 — No hay inconveniente para que personas de un mismo sexo, que
se encuentren en un festín cualquiera, se comuniquen en todo el curso de la
reunión, sin necesidad de que sean unas a otras presentadas; pues el hecho de
hallarse reunidas por un amigo común, suple naturalmente en tales casos la
presentación ocasional. Mas téngase presente que la discreción aconseja esperar
para esto a descubrir en los demás cierta disposición a prescindir de aquella
ceremonia, y que la etiqueta prescribe que, sin un motivo justificado, no sea
nunca el inferior el que se anticipe a dirigir la palabra al superior.
5 — En los banquetes, y en cualesquiera otros festines, desde el
momento en que un caballero es excitado por el dueño de la casa a atender y
servir a una señora o señorita, debe considerarse como presentado a ella, y
autorizado por lo tanto para dirigirle la palabra en todo el curso de la
reunión.
6 — Cuando un caballero ha sido presentado ocasionalmente a una
señora o señorita en un festín, puede comunicarse con ella en otro festín, sin
necesidad de ser nuevamente presentado.
7 — Respecto de aquellas personas que frecuentan unas mismas
tertulias, o visitan a unos mismos amigos, no llega a suceder que sean
presentadas muchas veces ocasionalmente unas a otras; ya porque la comunidad de
sus amistades. que indica en ellas cierta analogía de circunstancias
personales, les llama generalmente a contraer relaciones permanentes, ya porque
es natural que se den por conocidas, cuando menos para comunicarse en cada
lugar en que se encuentren, después que han sido una vez puestas en comunicación,
y observan que han de hallarse a menudo en unos mismos círculos.
8 — Cuando estemos en nuestra casa con una persona amiga, y
llegue otra para ella desconocida, las pondremos inmediatamente en comunicación
por medio de una presentación ocasional, siempre que entre ambas medien
circunstancias análogas. Si son dos las personas con quienes estamos, y llegare
otra desconocida para entrambas, procederemos de la misma manera: si son más de
dos, sin exceder de seis u ocho, la que llegue será presentada a todas en
general, sin mencionarle a ella sus nombres; y si la reunión fuere numerosa,
nos abstendremos de presentar a la que entre, la cual estará naturalmente
autorizada para tomar parte en la conversación, conforme a las reglas
anteriormente establecidas.
9 — De la misma manera procederemos cuando estemos acompañados
de amigos nuestros en la calle, en el teatro, o en cualquiera otro lugar, y se
nos acerquen otros amigos; con tal que esto no sea en una casa ajena y nos
encontremos a presencia de los dueños de ella, pues entonces todo acto de
presentación nos será enteramente prohibido a nosotros.
10 — Si yendo por la calle acompañados de un amigo, se nos
acercase otro para él desconocido, y no creemos prudente ponerlos en
comunicación, procuraremos no detener al que encontramos, para que no se haga
notable la falta de aquella ceremonia; y si no pudiéremos evitar que se
detenga, dirigiremos alternativamente la palabra a uno y a otro, de modo que no
lleguen a verse en la necesidad de hablarse.
11 — Por regla general, siempre que yendo por la calle con un
amigo, la persona para él desconocida que se nos acerque, no haya de permanecer
con nosotros sino breves instantes, nos abstendremos de ponerlos en
comunicación, si no tenemos para ello un motivo especial.
12 — La presentación de un caballero a una señora o señorita en
un baile, para que, según las reglas de la etiqueta, le sea lícito invitarla a
bailar, será hecha preferentemente por un miembro de la familia de aquélla, o
por una persona de la casa, y no siendo esto fácil, por cualquier amigo común;
pero en ningún caso por otro caballero que le haya sido presentado en la misma
reunión.
13 — En una presentación ocasional, la persona a quien ésta se
hace, y la que es presentada, se limitarán a hacerse recíprocamente una
inclinación, sin dirigirse ninguna palabra relativa a la presentación; y al
despedirse, se abstendrán de hacerse ninguna especie de ofrecimiento, y sólo se
darán la mano si fueren de un mismo sexo. Sin embargo, en las presentaciones
ocasionales por cartas está admitido el darse siempre la mano, y aun hacerse
recíprocamente ofrecimientos obsequiosos.
14 — Una presentación ocasional puede dar origen a la más larga
y sólida amistad; pero esto, como se ha dicho antes, es obra de las simpatías y
de otras circunstancias particulares que pueden influir en cada caso, las
cuales no entran en la mente del que hace la presentación, así como no podrían
comprenderse en los estrechos límites de un libro elemental.
D
De las presentaciones por cartas
1 — Cuando al ausentarse un amigo nuestro, nos vemos en el caso
de introducirle al conocimiento de otro amigo que reside en el lugar adonde
aquél se dirige, le damos con este objeto una carta, que conduce él mismo, en
la cual va contenida la presentación que de él hacemos.
2 — Estas presentaciones son especiales, cuando recomendamos al
amigo a quien escribimos las cualidades del portador de la carta, y le
excitamos a admitir a éste en su amistad; y son ocasionales, cuando nos
limitamos a una simple introducción, para que dispense al portador determinadas
atenciones, o todas aquellas que son más necesarias a un forastero, o para que
coopere por su parte al éxito de algún negocio que lleva entre manos. Las
cartas toman desde luego su nombre de la misma naturaleza de las presentaciones,
y se llaman cartas de presentación especial y cartas de presentación ocasional.
3 — Las presentaciones por carta están sujetas a todas las
reglas de este artículo que a ellas son aplicables; así es que para hacerlas,
no menos que para exigirías, deberán tenerse presentes las mismas
consideraciones y los mismos requisitos que quedan expresados. Pero entre las
presentaciones ocasionales verbales, y las que se hacen por medio de cartas,
existe una notable diferencia que no debe jamás perderse de vista: las
primeras, como se ha dicho, no dejan obligadas a las personas que por ellas se han
puesto en comunicación, a darse por conocidas ni a saludarse en otra manera;
mas no sucede lo mismo respecto de las segundas, las cuales, por su propia
naturaleza, incluyen siempre la prestación de un servicio que recibe la persona
presentada de aquella a quien se presenta, y esta sola circunstancia constituye
a la una en el deber de saludar a la otra donde quiera que la encuentre, y aun
de manifestarle en todo tiempo su agradecimiento de un modo análogo a la
entidad del servicio que haya recibido.
4 — No cesando, pues, enteramente las relaciones que establecen
las presentaciones ocasionales por carta, como sucede cuando se hacen
verbalmente, debemos ser muy circunspectos para pedir estas cartas y pensar
sobre todo, que siendo demasiado penoso el negarlas, podrán dársenos a veces
tan sólo para evitarnos el sonrojo de la negativa.
5 — Las cartas de introducción son más satisfactorias, y
anuncian una acogida más favorable, cuando no las pedimos, sino que se nos dan
espontáneamente, a lo cual debemos esperar, cuando nuestra marcha no es
precipitada, y ha podido por lo tanto. llegar con alguna anticipación al
conocimiento de nuestros amigos. Pero si en circunstancias extraordinarias y en
casos particulares nos es licito pedir cartas de presentación ocasional, jamás
lo haremos respecto de las de presentación especial, las cuales no deben ser el
resultado de ninguna indicación de nuestra parte. Tan sólo el desgraciado que
abandona su hogar por causas independientes de su voluntad, y va a buscar asilo
en suelo extraño, está autorizado para pedir una carta de presentación especial
que no puedan ofrecerle sus más adictos amigos.
6 — Dedúcese de aquí el deber en que estamos de ofrecer aquellas
cartas que creamos pueden ser útiles a nuestros amigos, y que la urbanidad y la
prudencia nos permitan escribir, sin esperar a que ellos mismos nos las pidan;
y de hacer otro tanto aun con las personas con quienes no tengamos una íntima
amistad, siempre que hayan de ausentarse por causas desgraciadas.
7 — En cuanto a ofrecimientos espontáneos, guardémonos de
hacerlos sin que evidentemente estemos llamados a ello, pues siempre es de
evitarse el hacer presentaciones a nuestros amigos ausentes, cuando no hemos
podido explorar previamente su voluntad, y sobre todo cuando por virtud de
ellas han de ocupar su tiempo en atender y servir a las personas que les
presentamos.
8 — Cuando alguna persona poco discreta nos ponga en el caso de
darle una carta de presentación, que la prudencia nos habría impedido escribir
si hubiésemos obrado con nuestra libre voluntad, apresurémonos a escribir por
otro conducto a la misma persona a quien hayamos dirigido aquélla, con el
objeto de imponerla del verdadero carácter de la introducción, y de dejarla por
consiguiente, en libertad de acogerla con frialdad, si no le conviniere
proceder de otra suerte por su propio consejo. En esto no hay nada de indigno,
pues ya que no nos ha sido posible el negamos a semejante exigencia, no es
justo de quedemos por indiscretos ante el amigo a quien escribimos, ni que le
dejemos en la ignorancia del valor que debe dar a nuestra carta.
9 — Las cartas de presentación especial se entregan cerradas y
selladas al portador, y las de presentación ocasional, siempre abiertas.
10 — La persona portadora de una carta de presentación especial,
al llegar al punto en que reside aquélla a quien va dirigida, se la remitirá
junto con una tarjeta en que se halle, además de su nombre su dirección, es
decir, una indicación circunstanciada del lugar de. su alojamiento, e irá
algunas horas después a hacerle su visita de presentación. Sin embargo, cuando
el presentado sea una persona muy respetable, el que recibe la carta se
anticipará a hacerle una visita, si no tiene para ello un grave inconveniente;
y entonces innecesaria como es ya la visita de presentación, tan sólo queda el
presentado en el deber de pagar la que ha recibido.
11 — El que recibe una carta de presentación especial, debe
servir y obsequiar, en cuanto sus medios se lo permitan, a la persona que le es
presentada, considerando que de este modo sirve y obsequia también al amigo que
le ha hecho la presentación.
12 — Las cartas de presentación ocasional se entregan en
persona, prefiriendo siempre para ello el escritorio de aquella a quien se
dirigen, si es un hombre de negocios; y no incluyen la obligación de ninguna
visita, ni de otros actos de comunicación, que aquellos que se deduzcan del
objeto de la introducción. Sin embargo, el presentado no podrá ausentarse del
lugar en que se encuentra, sin acercarse a la persona a quien fue introducido,
con el exclusivo objeto de pedirle sus órdenes, y de darle las gracias por los
servicios y atenciones que de ella hubiere recibido.
13 — Cuando la carta de presentación ocasional tiene por objeto
el tratar sobre un negocio, la política no permite que se ponga a la persona a
quien se dirige, en el caso de entrar inopinadamente en una conferencia para la
cual no está preparada; y así, el portador debe remitirle aquélla junto con una
esquela, en que le ofrezca sus respetos, y le pida el señalamiento de. hora y
lugar para presentársele en persona. El que recibe esta esquela debe
contestarla inmediatamente, y sólo por un grave motivo dejará de recibir al
presentado en el mismo día.
14 — Luego que nos hayamos puesto en comunicación con la persona
a quien hemos sido presentados por una carta, lo participaremos por escrito a
la que nos presentó, manifestándole al mismo tiempo nuestro agradecimiento,
aunque ya lo hayamos hecho al acto de tomar la carta. Y si ésta hubiere ;ido de
presentación especial, o si habiéndolo sido de presentación ocasional,
recibiéramos por virtud de ella servicios importantes, haremos a nuestro
regreso, a la persona que nos presentó, una visita de agradecimiento.
III
De las visitas
A
De las visitas en general
1 — Las visitas son los actos que más eficazmente contribuyen a
fomentar, consolidar y amenizar las relaciones amistosas; a conservar las
fórmulas y ceremonias que tanto brillo y realce prestan a la sociabilidad; a
facilitar todos los negocios y transacciones de la vida; y a formar, en fin,
los buenos modales y todas las cualidades que constituyen una fina educación,
por la multitud de observaciones que ellas nos permiten hacer a cada paso, las
cuales nos conducen a imitar lo que es bueno y a desechar lo que es malo,
adoptando insensiblemente los usos y estilos de las personas que más se
insinúan en el Animo de los demás, por su trato agradable, delicado y culto.
2 — Las visitas son indispensables para el cultivo de la
amistad, pues por medio de ellas manifestamos a nuestros amigos, de la manera
más evidente y expresiva, cuán grato es para nosotros verlos y tratarlos, así
como la parte que tomamos en sus placeres, en sus conflictos y en sus
desgracias, y el agradecimiento que nos inspiran sus atenciones y servicios.
3 — Es por esto que la sociedad ha dado universalmente una gran
importancia a las visitas, y como actos que expresan afecto, consideración y
agradecimiento, las ha hecho necesarias y obligatorias, interpretando siempre
su omisión como una grave falta a los deberes sociales.
4 — Seamos, pues cuidadosos y esmerados en hacer oportunamente
todas aquellas visitas a que tales consideraciones nos obliguen, y pensemos que
por más que nuestra omisión no tenga origen en la ignorancia de las leyes de la
etiqueta, ni en la falta de sentimientos amistosos, ella será casi siempre
atribuida a una u otra causa, por cuanto es por las señales exteriores que se
juzga más generalmente de nuestra educación y de nuestras disposiciones para
con los demás; siendo digno de notarse, que son muchos los casos en que la
falta de una visita llega a ocasionar serios desagrados y aun a disolver los
lazos de una antigua amistad.
5 — Como según las reglas anteriormente establecidas, debemos
permanecer en nuestra casa decentemente vestidos, y a las horas de recibo en un
traje propio para recibir toda especie de visitas y como nuestra sala debe
estar siempre perfectamente arreglada, de modo que no sea necesario prepararla
ocasionalmente al anunciársenos una visita, es de todo punto innecesario que
las señoras, como ha solido acostumbrarse, se pasen recado pidiéndose permiso
para visitarse en señaladas horas. Aunque no medie entre ellas ninguna
confianza, pueden visitarse libremente sin previo permiso.
6 — Nos es enteramente lícito negarnos, o hacer decir a las
personas que nos soliciten que no estamos de recibo, cuando no nos encontremos
en disposición de recibir, ya sea porque tengamos entre manos alguna ocupación
que no podamos abandonar, ya porque nos preparemos a salir con urgencia1 ya por
cualquiera otro motivo, que a ninguno le es permitido entrar a juzgar ni a
examinar. Y es mostrar poca cultura, y una completa ignorancia de los usos de
la buena sociedad, el darnos por ofendidos porque una persona se excuse de
recibirnos, o porque hayamos sospechado, y aun llegado a descubrir, que se
encuentra en casa, habiéndosenos contesta. do estar fuera de ella.
7 — Sin esta libertad, las visitas, que son generalmente actos
de amistad y ‘de consideración, se convertirían en muchos casos en actos
tiránicos y aun llegarían a ser, hasta cierto punto odiosas, según fuese la
entidad del perjuicio que una persona recibiese en sus intereses, por haber de
someterse a recibir una visita, precisamente a tiempo en que un negocio de
importancia y de naturaleza perentoria exigiese su presencia en otra parte.
8 — Es evidente que el reconocimiento de estos principios y su
aplicación a la práctica, comunica grande expedición a las relaciones sociales,
y las liberta al mismo tiempo de las diferencias y resentimientos que sin ellos
ocurrirían a cada paso, pues ninguno está exento de la imposibilidad absoluta
de recibir en ciertas ocasiones, ni de que, habiéndose negado, se descubra por
las personas que le solicitan, que se halla en su casa.
9 — Este general consentimiento nos ahorra también el embarazo
en que nos encontraríamos muchas veces en una visita, por ignorar si hablamos
llegado en oportunidad; pudiendo desde luego estar tranquilos y satisfechos al
considerar que la persona que nos recibe ha tenido la libertad de excusarlo.
10 — Para terminar esta breve disertación sobre la libertad de
excusarse de recibir visitas, que admite hoy la buena sociedad en todas partes,
advertiremos que el que usa de este derecho, lo hace muchas veces aun cuando se
trate de la visita de un amigo muy querido, cuya compañía le proporciona los
ratos más amenos, o de una persona que le solicita con el objeto de hablarle
sobre negocios para él importantes, consideración que hace subir de punto la
justificación de todo el que, impulsado por un motivo cualquiera, tiene a bien
hacer que se diga a los que le soliciten en su casa que no se encuentra en ella
o que no está de recibo.
11 — Por regla general, siempre que se nos diga que la persona
que solicitamos en su casa está fuera de ella, nos abstendremos de hacer
ninguna inquisición sobre el lugar en que pueda encontrarse; y aun cuando
tengamos motivo para sospechar que se ha negado, o la hayamos alcanzado a ver
en el interior de la casa, nos retiraremos sin decir una sola palabra. sobre el
particular, y sin darnos por ofendidos. Yen el caso de que se nos conteste que
no está de recibo, guardémonos de dirigirle ningún recado pretendiendo que nos
reciba a nosotros, y retirémonos igualmente, sin creemos tampoco por esto en
manera alguna ofendidos.
12 — Siempre que se nos niegue, o excuse recibirnos, una persona
a quien solicitemos para advertirla de un peligro que la amenaza, o para tratar
de un asunto cualquiera de urgencia, la discreción y las circunstancias nos
indicarán de qué manera debemos conducirnos, si es que nos fuere imposible
dejarle una nota en que la impongamos brevemente del objeto de nuestra visita.
13 — Jamás solicitemos a una persona en una casa que no sea la
suya. Tan sólo podría ser esto excusable en circunstancias enteramente
extraordinarias, o en caso de que, existiendo una íntima y reciproca confianza
entre la persona que solicitásemos, la familia de la casa en que se encontrase
y nosotros mismos, tuviésemos que tratar con aquélla un asunto de alguna
importancia.
14 — Las señoras deben evitar el hacer visitas de noche a
grandes distancias de su domicilio, sobre todo cuando puede existir algún
peligro en el tránsito, siempre que no vayan acompañadas por caballeros de su
familia, a fin de no poner a los que encuentren en las visitas en el caso de
salir a conducirlas hasta su casa
15 - Jamás debe un caballero permitirse visitar diariamente una
casa de familia, sino en los casos siguientes: 1.°, cuando a ello se vea
impulsado por circunstancias excepcionales, que puedan merecer una discreta
sanción del público; 2°, cuando sea pariente muy cercano de la familia que
visita; 3°. cuando en la casa haya una tertulia establecida y constante, y esto
en las horas en que ordinariamente se reúna la sociedad. Siempre que un
caballero se permita quebrantar esta prohibición, un padre o una madre de
familia estará no sólo en la libertad, sino en el deber de exigirle, por medios
indirectos y aun directos, a hacer menos frecuentes su visitas; sin que deba
detenerle para ello la respetabilidad y buena conducta del caballero, ni el
grado de amistad que entre ellos medie, sea cual fuere.
16 — Abstengámonos de visitar a personas que no sean de toda
confianza, cuando nos aflija alguna pena intensa, o cuando por cualquiera otro
motivo nos sintamos notablemente desagradados. Y evitemos visitar en tales
casos aun a nuestros íntimos amigos, siempre que ignoren, y no podamos
comunicarles, la causa de nuestra desazón.
17 — Está admitido que visitemos a nuestros amigos cuando se
encuentran hospedados en una casa donde no tenemos amistad; mas la comunicación
ocasional en que tales visitas nos ponen con las personas de la casa, no nos
deja obligados, ni a ellas ni a nosotros, a darnos por conocidos ni a
saludarnos en ninguna otra parte en que nos encontremos.
18 — No hagamos ni recibamos visitas de poca confianza cuando
por enfermedad u otro accidente cualquiera no podamos guardar estrictamente las
reglas del aseo, o presentarnos decentemente vestidos; con excepción de los
casos en que nos encontremos en circunstancias extraordinarias, en los cuales
nos excusaremos debidamente ante la persona que nos recibe o que recibamos
nosotros (párrafo 7, página 80).
19 — No es de buen tono que entremos en una casa donde no
tenemos amistad, acompañando a una persona que se dirige a ella con el objeto
de hacer una visita que no es de negocios, cuando aquélla no lleva ni puede
llevar la intención de presentarnos de una manera especial a los dueños de la
casa.
20 — Es una impertinente vulgaridad el preguntar individualmente
en una visita por las diferentes personas de una familia. Hecha en general la
pregunta que exige siempre la cortesía, tan sólo nos es lícito informarnos en
particular de la persona que está ausente, de la que acaba de llegar de un
viaje, o de aquella que sabemos se encuentra indispuesta.
B
De las diferentes especies de visitas
1 — Las diferentes especies de visitas pueden reducirse a las
siguientes: visitas de negocios, de presentación, de ceremonia, de
ofrecimiento, de felicitación, de sentimiento, de duelo, de pésame, de
despedida, de agradecimiento y de amistad.
2 — Son visitas de negocios, todas las que se hacen con el
exclusivo objeto de tratar sobre un negocio cualquiera, sin que sea necesario
que medie ninguna amistad entre el visitante y el visitado.
3 — Son visitas de presentación, las que hacemos con el objeto
de ser introducidos al conocimiento y amistad de otras personas.
4 — Las visitas de ceremonia son actos de rigurosa etiqueta, que
tienen generalmente por objeto cumplimentar a personas de carácter público en
muchos y variados casos, de los cuales pueden citarse los siguientes como
ejemplos:1.°, visitas al encargado del poder supremo del Estado, por los altos
funcionarios civiles, militares y eclesiásticos, por los miembros del cuerpo
diplomático y por personas particulares de elevado carácter, en su advenimiento
al mando y en los días de grandes fiestas nacionales 2.°, a los obispos y demás
prelados, por el clero y los empleados eclesiásticos, por los altos
funcionarios públicos y por personas particulares de elevado carácter, en su
exaltación a la dignidad de que son investidos, en la inauguración o muerte de
un Pontífice, y en cualquiera otra ocasión en que ocurra un grande
acontecimiento próspero o adverso para la Iglesia. 3.°, a los jefes de oficinas
públicas, por los empleados de su inmediata dependencia y por los jefes de
otras oficinas al entrar aquellos en el ejercicio de sus funciones; 4.°, a la
primera autoridad civil de todo lugar en que no reside el Jefe del Estado, por
los empleados públicos y por personas particulares de elevado carácter, en las
mismas ocasiones indicadas en el caso primero; 5.°, á la primera autoridad
eclesiástica de todo lugar en que no reside el prelado de la diócesis, por el
clero, por los empleados públicos, y por personas particulares de elevado
carácter, en las mismas ocasiones indicadas en el caso segundo; 6.°, la primera
visita que el representante de una nación extranjera que llega hace al Ministro
de Relaciones Exteriores y a los demás agentes diplomáticos de otras naciones
que existen en el lugar, y la que a él se hace en retribución; 7.°, la visita
que hacen al representante de una nación extranjera los demás agentes
diplomáticos del lugar, y las personas caracterizadas que le tratan, en los
aniversarios que su gobierno solemniza, y a la noticia de un grande
acontecimiento próspero o adverso para su nación.
5 — Son visitas de ofrecimiento las que una persona hace a sus
amigos para participarles que ha tomado estado, que le ha nacido un hijo, o que
ha mudado de residencia, y todas aquellas que hace con el objeto de ofrecer su
amistad o sus servicios a una persona o familia cualquiera (párrafo 3, página
123; párrafos 15 y 17, página 126).
6 — Son visitas de felicitación las que hacemos a nuestros
amigos en señal de congratulación, el día de su cumpleaños, cuando nos
participan su mudanza de estado o el nacimiento de un hijo, por su elevación a
empleos de honor y confianza, por su feliz arribo de un viaje, y en general,
cada vez que ocurre entre ellos o entre sus parientes más cercanos algún
acontecimiento feliz que les hace experimentar una extraordinaria complacencia.
7 — Son visitas de sentimiento, las que hacemos a nuestros
amigos como una manifestación de la parte que tomamos en sus sufrimientos, ya
sea por enfermedades, ya por acontecimientos desagradables, ocurridos entre
ellos o entre sus parientes más cercanos, ya por la inminencia de algún mal, ya
en fin, por cualquier accidente que no sea la muerte y que, los mantenga bajo
la impresión del dolor.
8 — Son visitas de duelos, las que hacemos a nuestros parientes
y a nuestros amigos de confianza, en señal de que nos identificamos con ellos
en su dolor, en los dos primeros días después que han experimentado o llegado a
saber la pérdida de un miembro de su familia, en cualquiera de los días en que
el difunto aún no ha sido inhumado, en el mismo día en que se ha hecho la
inhumación, en aquel en que se celebran las exequias, o en el aniversario de la
muerte acaecida, si la conmemoran con alguna función religiosa.
9 — Son visitas de pésame, las que hacemos a nuestros amigos
pasado el día de la inhumación del cadáver de la persona que han perdido, o
pasados dos días de aquel en que el acontecimiento ha llegado a su noticia,
para manifestarles de este modo que los acompañamos en su aflicción.
10 — Son visitas de despedida, las que hacemos a nuestros amigos
cuando vamos a ausentamos del lugar en que nos encontramos, con el objeto de
pedirles sus órdenes.
11 — Son visitas de agradecimiento las que hacemos a aquellas
personas de quienes hemos recibido servicios de alguna importancia, con el
objeto de manifestarles nuestro agradecimiento.
12 — Son visitas de amistad todas aquellas que hacemos a las
personas con quienes estamos relacionados, sin motivo especial, y sólo por el
placer de verlas y de disfrutar de su compañía.
13 — La primera visita que debemos hacer a un amigo que llega de
un viaje, luego que nos lo participa, cuando recientemente ha perdido un
miembro de su familia o ha experimentado cualquiera otra desgracia, no es
visita de felicitación, sino de pésame o de sentimiento; pues en sociedad las
demostraciones de contento se posponen siempre a las demostraciones de dolor.
14 — Con excepción de las visitas de presentación, de las de
ceremonia y de las de ofrecimiento y agradecimiento cuando para ellas no media
ninguna relación anterior, todas las cuales, por su propia naturaleza, son
siempre visitas de etiqueta, las demás tendrán el carácter que les comunique el
grado de amistad que las autorice, y serán por lo tanto, según los casos,
visitas de confianza, de poca confianza o de etiqueta (párrafos 7 y 9; páginas
48 y 49).
15 — No está admitido hacer visitas de negocios en las casas de
habitación a personas que tienen separadamente un escritorio en que puede
encontrárselas fácilmente. Estas visitas no se pagan en ningún caso, ni dejan a
las personas que en ellas se han comunicado en la obligación de darse por
conocidas ni de saludarse en otro lugar en que se encuentren.
16 — Las visitas de presentación no se pagan sino en casos
excepcionales, como es indicado en el párrafo 16 de la página 221, la que se
paga siempre es la segunda visita que debe hacer el presentado, según el
párrafo 14 de la página 220.
17 — Respecto de las visitas de ceremonia, las que recibe el
Jefe del Estado en su carácter de tal no son pagadas en ningún caso, porque se
consideran como homenajes tributados en su persona a la nación entera; y en
cuanto a las que reciben los demás funcionarios públicos, éstos no pagan sino
aquellas que le han sido hechas por motivos que les son personales, y sólo a
las personas que tratan, y a las que hayan de continuar tratando. Entre agentes
diplomáticos hay una estricta obligación de pagar siempre estas visitas.
18 — Las visitas de ofrecimiento no se pagan sino entre personas
que llevan relaciones de amistad, o en los casos en que ellas tienen por objeto
establecer estas relaciones (párrafo 3, página 123).
19 — Las visitas de duelo no se pagan. Las personas a quienes
hacemos esta particular demostración de afecto nos la retribuyen viniendo a su
vez. a acompañarnos, cuando la muerte nos arrebata a nosotros un miembro de
nuestra familia.
20 — Las visitas de agradecimiento no se pagan sino en los casos
excepcionales, por ser ellas mismas la correspondencia de un acto amistoso.
21 — Las visitas de felicitación, de sentimiento, de pésame, de
despedida y de amistad, se pagan siempre, en la oportunidad, en la forma, y con
las restricciones que se expresarán más adelante.
22 Las visitas de cumpleaños no se pagan; pero sí ponen en el
deber de hacer Visitas de la misma especie a las personas de quienes se
reciben.
23 — Las visitas de felicitación, de sentimiento o de pésame,
que una persona hace a otra repetidas veces en un mismo caso, le quedan todas
pagadas con una sola visita. Y cuando a las visitas de sentimiento se sigue
inmediatamente una de felicitación, como sucede en los casos en que los
acontecimientos desagradables tienen un resultado o término feliz, también
quedan todas pagadas con una sola visita.
24 — Las personas de avanzada edad o de un elevado carácter, no
deben pagar las visitas que reciben de jóvenes que se educan, o que aún no
ocupan una posición social bien definida.
25 — Hay personas que niegan a sus amigos que están sufriendo,
el consuelo que en tales casos ofrece siempre una visita, dando para ello por
excusa que su extremada sensibilidad las hace sufrir a ellas demasiado.
Semejante conducta no representa otra cosa que una sutileza del egoísmo, y una
falta de respeto a las leyes de la caridad y de la amistad, en que no incurre
jamás el hombre de buenos principios. El que acompaña al amigo en medio de su
dolor, no es presumible que sufra nunca hasta el punto de verse en la necesidad
de abandonarle; y puede asegurarse, generalmente hablando, que cuando el afecto
no alcanza hasta el esfuerzo que es necesario para presenciar el espectáculo de
la desgracia, no es tal afecto. Por otra parte, no siempre llegamos a encontrarnos
al lado de nuestros amigos en los momentos más solemnes de sus grandes
infortunios, como en la muerte del padre, del esposo, del hijo, etc., pues lo
natural es que entonces sólo estén rodeados de su propia familia, y cuando más,
de aquellas personas tan adheridas a ellos, que tengan derecho a acercárseles
en tales situaciones.
26 — Es notable vulgaridad e inconsideración el fijarse
innecesariamente en las casas de los enfermos, o donde ha ocurrido una muerte u
otra desgracia cualquiera, o permanecer en ellas a horas de sentarse a la mesa,
bajo el pretexto de acompañar y servir a los que sufren. Estos actos están
reservados exclusivamente a los parientes y amigos de más intimidad; y aun
respecto de estos mismos debe siempre entenderse que su residencia en la casa,
o su presencia en las horas de comer, sea evidentemente indispensable. A medida
que una familia es más corta y de menos relaciones íntimas, van entrando en la
excepción los parientes y amigos menos cercanos.
27 — Pocas son las ocasiones en que nos es lícito llevar con
nosotros los niños os que nos pertenecen a las casas de nuestros amigos; pero
téngase presente que es una gravísima e inexcusable falta el hacerlo en los
casos indicados en el párrafo anterior.
28 — Las visitas de duelo no están permitidas a las personas de
etiqueta, quienes sólo pueden hacerlas en el aniversario de la muerte acaecida,
en el caso indicado en el párrafo 8 de esta sección.
29 — Es una vulgaridad creerse autorizado para hacer una visita
de duelo, a menos que sea la expresada en el párrafo anterior, sólo por haber
llevado amistad íntima con el difunto, sin tener ninguna confianza con las
personas de la familia dolorida.
30 — Las visitas de duelo que se hacen dentro de los ocho
primeros días de acaecida la muerte, no son recibidas personalmente por los
deudos, muy inmediatos del difunto, como padres, esposos, etc., los cuales
permanecen entretanto apartados de toda comunicación con la sociedad, y tan
sólo rodeados de aquellos de sus parientes con quienes tienen mayor confianza,
y de algún íntimo amigo que los haya acompañado en los cuidados y fatigas de la
enfermedad. El término expresado puede prorrogarse por algunos días más, según
el estado de dolor de las personas.
31 — Tampoco son recibidas personalmente las visitas de pésame,
por los deudos del difunto indicados en el párrafo anterior, hasta pasados
quince días de la inhumación del cadáver; bien que, de los ocho días en
adelante, suelen ya recibir ellos mismos a las personas de mayor confianza.
Ambos términos. pueden prorrogarse prudencialmente, según las circunstancias
especiales que concurran en cada caso.
C
La oportunidad de las visitas
1 — Por más que las visitas expresen amistad y consideración, y
por más lícitas que sean las que sólo tienen por objeto tratar sobre negocios,
nos desluciremos completamente, y aun llegaremos a hacernos molestos, si no
elegimos para ellas las oportunidades, días y horas que la etiqueta establece.
2 — Las visitas de negocios se hacen en los días y horas que
cada cual tiene fijados para recibirlas; y a las personas que no han
establecido ninguna regla en este punto, a cualquier hora de los días de
trabajo hasta las cuatro de la tarde, prefiriéndose siempre en lo posible el
centro del día. Sólo en casos extraordinarios y urgentes, es licito hacer
visitas de esta especie después de la comida, por la noche, o en un día
festivo.
3 — Cuando tengamos que acercarnos a una persona de
respetabilidad con el objeto de hablarle sobre un negocio extraño a su
profesión o industria, y que no haya de ocuparla tan sólo por pocos momentos,
le dirigiremos previamente una nota o una llamada telefónica en que le pidamos
una entrevista: y lo mismo haremos con cualquiera persona, sea. quien fuere,
siempre que la naturaleza del negocio exija una larga conferencia.
4 — Si una señora dirige a un caballero la nota que se indica en
el párrafo anterior, y éste no tiene un grave inconveniente para acercarse a su
casa, debe contestarle anunciándole que tendrá el honor de pasar por ella
personalmente, lo cual, si no le es imposible, hará el mismo día.
5 — No está admitido hacer visitas de negocios a las personas
que acaban de experimentar una desgracia, o se encuentran por cualquier motivo
entregadas al dolor. En tales casos se aguardará a que la persona que sufre
entre de nuevo en sus ordinarias ocupaciones; a no ser que se trate de un
asunto que no admita demora y no haya de aumentar su aflicción, pues entonces
nos es lícito dirigimos a ella, haciéndolo, si es posible, por medio de alguno
de sus allegados.
6 — Así como debemos hacer prontamente la visita que ha de
seguirse a la presentación, para indicar de este modo el aprecio que nos merece
a la amistad que acabamos de contraer (párrafo 14, página 221), la misma
consideración nos obliga a pagar aquella visita sin demora, bien que no debamos
nunca hacerlo en el día siguiente.
7 — La visita de presentación que hace una persona que ha sido
presentada por medio de una carta (párrafo 10, pág. 229), debe serle pagada a
la mayor brevedad, sin que sea impropio que esto se haga al siguiente día. Y
cuando la persona que recibe la carta se anticipe a visitar al presentado
(párrafo 10, pág. 229), éste deberá pagarle su visita en un término que no pase
del siguiente día.
8 — Las visitas de ceremonia que no tienen un día señalado se
hacen dentro de un periodo que no excede de ocho días, a contar desde aquel en
que ha ocurrido o ha llegado al conocimiento del funcionario que ha de
recibirlas el acontecimiento que las motiva. En los casos en que estas visitas
han de pagarse, esto se hace en los quince ‘días siguientes a la terminación de
aquel periodo, con excepción de las que hace un agente diplomático a su llegada
(párrafo 4, pág. 239), las cuales le son pagadas dentro de un término muy
corto.
9 — Las visitas de ofrecimiento por haber mudado de estado se
hacen en un período de quince días. Cuando el estado que se toma es el del
matrimonio, este período empieza a contarse al terminar los quince y aun los
treinta primeros días que siguen al de la ceremonia; y cuando es el estado del
sacerdocio, al terminar los ocho primeros días. La etiqueta de ‘las familias
(párrafos 7 y 8, pág. 48) exige, sin embargo, que hagamos en estos casos una
participación anticipada a todos nuestros parientes, la cual podemos hacer
extensiva a nuestros más inmediatos amigos.
10 — En el caso de un matrimonio se observarán las reglas
siguientes: 1.a, después de los acuerdos y arreglos que deben proceder entre
los padres respectivos, y al acercarse el día de la ceremonia, el novio
procederá a hacer personalmente la participación de que habla el párrafo
anterior, la cual hará también a los parientes más cercanos de la novia, y a
aquellos de los menos cercanos que estén íntimamente ligados con ella; 2.a, la
novia no hace ninguna participación anterior: son sus padres los que la hacen,
limitándose únicamente a su parentela; 3.a, el ofrecimiento que se hace después
de la ceremonia a las demás personas, según el párrafo anterior, se
circunscribe a aquellas de las relaciones del novio y de la novia, que hayan de
componer su círculo de allí en adelante, el cual forman éstos con entera
libertad e independencia, pues el que hasta entonces ha tenido cada uno de los
dos se considera de hecho enteramente disuelto.
11 — También queda disuelto el círculo de relaciones amistosas
del que entra en el estado del sacerdocio, desde el día de la ceremonia; y los
que han de formar su círculo de allí en adelante son exclusivamente aquellos de
sus amigos a quienes hace visita de ofrecimiento.
12 — Según esto, a ninguno le es lícito visitar más a las
personas que, habiendo tomado uno u otro estado, omiten hacerle su visita de
ofrecimiento; siendo punto universalmente convenido, en favor del buen orden y
armonía de las sociedades, el que semejante exclusión no inspire jamás ningún
sentimiento de enemistad o malevolencia. Son demasiado graves las razones en
que está fundada la amplia libertad con que debe proceder bajo este respecto el
que toma un estado, para que la sociedad no esté ella misma interesada en
despojaría de una odiosidad que, habiendo naturalmente de coartarla, prepararía
a todos una multitud de dificultades y de males de grande trascendencia. El que
en tales casos procede a escoger de entre sus relaciones aquéllas que quiere
conservar, tiene siempre en su favor la presunción de que todas sus exclusiones
están fundadas en causas independientes de sus afectos, y por lo tanto
distintas de las que pudieran ser mortificantes para los amigos que no trae a
su nuevo círculo.
13 — Cuando las visitas de ofrecimiento son motivadas por el
nacimiento de un hijo, o por haber mudado de residencia, se hacen todas dentro
de los quince primeros días.
14 — Cuando mudemos de domicilio, tan luego como hayamos
arreglado nuestra nueva casa, procederemos a hacer en los quince días
inmediatos nuestras visitas de ofrecimiento; principiando por las personas con
quienes llevemos amistad, y terminando por aquéllas con quienes, no teniéndola,
deseemos entrar en relación, a las cuales, en este caso, nos es enteramente
lícito ofrecernos.
15 — Las visitas que tienen por objeto pagar las de
ofrecimiento, y que en muchos casos son visitas de felicitación, se hacen
dentro de un período que no exceda de quince días, a contar desde aquél en que
se ha recibido la que se paga.
16 — Cuando una persona hace a otra una visita de ofrecimiento,
ya sea en persona o por tarjeta (párrafo 1, pág. 261), y ésta, antes de
corresponderla, hace a aquélla un ofrecimiento cualquiera por tarjeta, la
primera conserva el derecho de ser visitada en persona por la segunda, y
entretanto no está en el deber de hacerle visita.
17 — Respecto de las visitas de felicitación, cuando no tienen
día señalado, podemos hacerlas desde aquel en que ocurre o llega a noticia de
nuestros amigos, el acontecimiento por el cual hemos de felicitarlo, dentro de
un período que no exceda de quince días.
18 — No hagamos visitas de cumpleaños cerca de las horas de
comer ni por la noche, sino a personas con quienes tengamos una íntima amistad.
A tales horas suele haber en las casas reuniones extraordinarias de invitación,
y nos expondríamos a pasar por la pena de encontrarnos en alguna de ellas sin
estar convidados, pues por lo general sucede que lo están únicamente las
personas de mayor confianza.
19 — Para que nuestros amigos puedan hacernos visita de
felicitación cuando lleguemos de un viaje, es indispensable que les demos
noticia de nuestro arribo, dirigiéndoles nuestra tarjeta tan luego como estemos
ya en disposición de recibir. Siempre que nuestra ausencia haya sido de corta
duración, haremos únicamente esta participación a aquellos que hayan recibido
de nosotros visita de despedida y nos la hayan pagado.
20 — Cuando una persona hospeda en su casa a alguno de sus
parientes que reside en otro punto, lo participa a aquellos de sus amigos a
quienes quiere y le es lícito presentarle, remitiéndoles su tarjeta, a la cual
acompaña la de la persona hospedada. Este acto produce una visita de
felicitación, la cual debe hacerse dentro de los ocho días siguientes.
21 — Una señora a cuya noticia llega el regreso de un caballero
amigo suyo, de un viaje para el cual se despidió de ella, puede felicitarle por
tarjeta, aun cuando él no la haya visitado todavía, ni le haya hecho la
participación que se indica en el párrafo 20, si el caballero vive solo, o ella
no tiene amistad con su familia.
22 — Las visitas de sentimiento se hacen desde que se tiene
noticia de los accidentes que las ocasionan, y se repiten, según el grado de
amistad que medie, durante el tiempo en que las personas que las reciben están
sufriendo.
23 — Las visitas de pésame se hacen en un período que no exceda
de treinta días, el cual empieza a contarse al siguiente de la inhumación del
cadáver, o a los dos de haber llegado la noticia de la muerte. cuando ésta ha
acaecido en otro punto, aunque jamás en el día en que se celebran las exequias.
24 — Las visitas de despedida se hacen y se pagan en los días
próximos al viaje que va a emprenderse.
25 — Las visitas de agradecimiento siguen siempre inmediatamente
al servicio o demostración que les da origen.
26 — Las visitas de amistad pueden hacerse en cualquiera
oportunidad y en cualquier día, atendidas las restricciones que aquí se
establecen, y las demás que indique la prudencia de las diferentes
circunstancias de la vida social. Estas visitas se hacen entre personas que se
tratan con íntima confianza y. que están bien seguras de su recíproco afecto,
sin llevar ninguna cuenta para haber de corresponderlas, y no teniendo otra
cosa en consideración que la posibilidad de repetirlas y el placer con que sean
recibidas. Pero siempre que una persona note en otra una omisión premeditada y
sistemática, deberá abstenerse por su parte de visitarla con frecuencia, y
limitarse a pagarle sus visitas; sin echar aquella omisión a mala parte cuando
no esté acompañada de verdaderas señales de desafecto, pues ella no reconoce
generalmente sino causas domésticas y de todo punto inofensivas.
27 — Cuando tengamos que visitar a muchas personas, con el
objeto de pagarles visitas de felicitación, pésame, etc., lo haremos luego que
haya pasado el periodo de recibirlas, con la mayor prontitud que nos sea
posible. No es dable indicar para esto un determinado número de días por cuanto
él dependerá siempre de la extensión de nuestras relaciones y de otras
circunstancias particulares que no puedan preverse, pero no es menos cierto que
sería una’ muestra de desatención y poco afecto, el diferir una de éstas por un
espacio de tiempo que la hiciese distar demasiado de aquella que la ocasiona.
28 — Si antes de explicar el término en que un amigo deba
hacernos visita por cualquier motivo, perdiere él un miembro de su familia o
experimentare cualquiera otra desgracia, le haremos nuestra visita de duelo, de
pésame, o de sentimiento, prescindiendo enteramente de la que él nos debe.
29 — Las visitas de presentación y de ceremonia, y todas las
demás visitas con excepción de las de negocios, cuando son de etiqueta o de
poca confianza, se hacen de las doce del día a las cuatro de la tarde;
prefiriendo en lo posible las horas de la una a las tres para la de
presentación, las de ceremonia y todas las que sean de etiqueta, y las horas de
las doce a la una y de las tres a las cuatro para las de poca confianza
30 — Las visitas de confianza, con excepción de las que sean de
negocios, se hacen generalmente de noche, o bien a las horas indicadas en el
párrafo anterior; prefiriendo en lo posible para las de mayor intimidad, las
horas de las doce a la una, de las tres a las cuatro. Las visitas de poca
confianza suelen también hacerse de noche, según las circunstancias que las
acompañan.
31 — Abstengámonos de visitar a las personas que viven de una
profesión o industria cualquiera, en las horas que tienen destinadas al
trabajo, cuando nuestra visita no tenga por objeto el. tratar sobre alguno de
los negocios en que se ocupan.
32 — Antes del almuerzo toda visita que no tenga por objeto el
tratar sobre un negocio urgente es inoportuna, aun entre gentes que se tratan
con íntima confianza. La mañana está destinada al aseo y arreglo de las
personas y de las habitaciones, y a otras ocupaciones domésticas que son
enteramente incompatibles con la atención que exige siempre una visita.
33 — Las visitas a horas de comer son casi siempre inoportunas,
y apenas son excusables entre personas. de mucha confianza, las cuales deberán
evitarlas, en cuanto sea posible, aun cuando no sea más que por la razón
indicada en el párrafo 13 de la página 81.
34 — Así, cuando al entrar a una casa advirtamos que las
personas que solicitamos están en la mesa nos retiraremos inmediatamente, sin
quedarnos nunca a esperarlas de un modo visible, pues esto turba la
tranquilidad de que debe gozarse siempre en tales momentos.
35 — Evitemos, en todo lo posible, hacer visitas a personas que
han pasado la noche en vela, a las que preparen en su casa un festín, y a las
que estén íntimamente relacionadas con enfermos graves, con familias afligidas,
o con personas que por cualquiera otro motivo debamos suponer necesiten de su
asistencia.
D
De la duración de las visitas
1 — Así como deben hacerse las visitas en las oportunidades días
y horas que la etiqueta establece, de la misma manera debe dárseles la duración
que está igualmente establecida para cada una de ellas.
2 — Las visitas de negocios no deben extenderse más allá del
tiempo absolutamente indispensable para llenar su objeto. El prolongarlas sin
motivos justificados es una inconsideración tanto menos excusable, cuanto mayor
es el número y entidad de las ocupaciones que rodean a las personas que las
reciben.
3 — Una visita de presentación durará siempre de quince a veinte
minutos, si el presentante tiene poca confianza en la casa que la recibe: si
éste tiene en ella intimidad, la visita podrá extenderse basta tres cuartos de
hora; prolongándose por un espacio hasta de diez minutos, cuando toque al
presentado excitar al presentante a terminarla (párrafo 12, página 220).
4 — Las visitas de ceremonia duran de diez a quince minutos: las
que son de etiqueta y no tienen señalada especial duración, de quince a veinte
minutos; y las de poca confianza, hasta tres cuartos de hora. En cuanto a las
de confianza, cuando son puramente de amistad pueden durar hasta dos horas, y
sólo hasta una hora cuando tienen por objeto cumplidos y demostraciones
especiales, como ofrecimientos, felicitaciones, etc. Una visita de confianza o
de poca confianza puede, sin embargo, ser muy corta en cualquier caso, según
las circunstancias particulares que la acompañan, para lo cual no puede existir
otra norma que la prudencia y el buen juicio del visitante. Con todo, es una
regla general que estas visitas, cuando se hacen de día, especialmente en días
de trabajo, deben ser más cortas que cuando se hacen de noche.
5 — Las visitas que se hacen en persona en las casas de los
enfermos, y todas las demás visitas de sentimiento, deben ser generalmente muy
cortas, y aun reducirse a dejar el visitante su tarjeta según que la gravedad
del enfermo o cualesquiera otras circunstancias de la casa puedan hacer
embarazoso el recibirle.
6 — Las personas que concurren habitualmente a una tertulia,
están en libertad de permanecer en ella todo el tiempo a que generalmente se
extienda, sea cual fuere.
7 — Siempre que al entrar en una casa notemos que hay en ella
alguna reunión extraordinaria, o que la persona que solicitemos va a salir, y
siempre que por cualquiera otro motivo creamos que no hemos llegado en
oportunidad, retirémonos al punto, sin llamar la atención de nadie. Y cuando no
hayamos podido evitar el ser vistos y se nos insista en que entremos, o bien
hayamos penetrado ya en la pieza de recibo, permaneceremos por un corto rato y
nos retiraremos, aun cuando se nos invite a quedamos.
8 — Si encontrándonos de visita en una casa llega de viaje una
persona que viene a hospedarse en ella, sea o no de la familia, nos retiraremos
pasados algunos instantes.
9 — Al entrar en una pieza de recibo donde se encuentren otras
visitas, observaremos discreta y sagazmente los semblantes, el giro que tome la
conversación, y todo lo demás que pueda conducirnos a averiguar por nosotros
mismos, y sin hacer ninguna pregunta, si antes de entrar nosotros se trataba de
algún asunto de que no se nos quiera imponer; y en este caso pretextamos, si es
posible, haber entrado con un determinado objeto que por su naturaleza haya de
detenernos breves momentos, y de cualquiera manera retirémonos sin ceder a
ninguna invitación a quedarnos; a menos que el dueño de la casa no se limite a
insistirnos, sino que nos manifieste francamente que no se trataba de ningún
asunto para nosotros reservado, pues entonces podemos, sin escrúpulos, dar a
nuestra visita la duración correspondiente.
10 — También nos retiraremos inmediatamente de una visita,
cuando entrare otra persona y notáramos de algún modo que los dueños de la casa
desean quedarse a solas con ella.
11 — Si durante la visita que hacemos recibiere una carta el
dueño de la casa, le excitaremos a que la lea, y si no la leyere, retirémonos a
poco; lo cual haremos también, aunque llegue a leerla, a no ser que al acto de
despedirnos nos insista en que nos quedemos, manifestándonos con franqueza que
la carta no contiene nada de importancia. Téngase presente que entre varias
personas que se encuentren de visita, la excitación al dueño de la casa a que
lea una carta que le llega, no toca nunca al inferior, sino al superior; que
entre una señora y un caballero, toca a la señora; y que una persona muy
inferior a otra, como lo es un joven respecto de un anciano, no le hace nunca
semejante excitación, sino que se retira dentro de un breve rato.
12 — Si durante nuestra visita entrare otra persona, y
tuviéremos motivo para pensar que trae un asunto urgente, sobre el cual no
pueda tratar a nuestra presencia, retirémonos asimismo dentro de un breve rato,
a no ser que nuestra visita sea también interesante para nosotros, y no hayamos
aún llenado nuestro objeto.
13 — Cuando nos encontremos a solas con una persona muy superior
a nosotros a quien estemos haciendo visita, y llegue otra persona que sea
también para nosotros muy respetable, nos retiraremos inmediatamente,
aprovechando el momento en que nos habremos puesto en pie junto con el dueño de
la casa al entrar la nueva visita. Por regla general, siempre que sean muy
respetables para nosotros todas las personas que compongan el círculo en que
nos encontremos, daremos a nuestra visita una duración muy corta.
14 — Siempre que encontrándonos de visita en una casa ocurriere
en ella algún accidente que llame seriamente la atención de sus dueños,
retirémonos al punto, si no podemos prestar ninguna especie de servicio.
15 — En todos los casos en que se nos manifieste deseo de que
prolonguemos una visita, daremos una muestra de agradecimiento a tan obsequiosa
invitación, quedándonos sin instancias un rato más; pero después de esto, no
cederemos otra vez, si ya hemos dado a nuestra visita una duración excesiva.
E
De las dos diferentes formas de visitas
1 — Las visitas pueden ser en persona o por tarjeta. Una visita
en persona es aquella que hacemos presentándonos en la casa del que ha de
recibirla, ya sea que lleguemos a verle, ya sea que le dejemos nuestra tarjeta,
y una visita por tarjeta, la que hacemos limitándonos a enviar ésta desde
nuestra residencia.
2 — No es libre en todos los casos hacer las visitas en una y
otra forma: las reglas de la etiqueta ofrecen gran variedad en este punto, y,
según vamos a verlo, hay visitas que debemos hacer siempre en persona, otras
que generalmente se hacen por tarjeta, y otras, en fin, que pueden hacerse
indiferentemente en persona o por tarjeta.
3 — También hay variedad en las mismas visitas en persona, pues
hay algunas que no se nos imputan como tales si no llegamos a ver a las
personas a quienes las hacemos y otras que son válidas aun en los casos en que
limitándonos a llenar la fórmula de presentarnos en persona, omitimos
anunciarnos y tan sólo dejamos nuestra tarjeta.
4 — Las visitas de presentación, como bien se deduce de su
propia naturaleza, no pueden menos que hacerse en persona, sin que nos sea
licito dejar tarjeta cuando no llegamos a ser recibidos; mas la segunda visita
de que habla el párrafo 14 de la página 220 es válida, si por no encontrarse en
su casa o no estar de recibo la persona a quien hemos sido presentados, le
dejamos nuestra tarjeta.
5 — Cuando al hacer nuestra primera visita a la persona que nos
ha sido presentada especialmente, no podamos ser recibidos, dejaremos nuestra
tarjeta; mas no será válida esta visita hasta que no la repitamos, ya sea que
en la segunda vez se nos reciba, o que nos veamos de nuevo en el caso de dejar
tarjeta. Lo mismo se entiende respecto de la visita que debemos a la persona a
quien hemos sido presentados por una carta cuando ella se anticipa a venir a
nuestro alojamiento sin haber recibido nuestra visita de presentación (párrafo
10, página 229).
6 — Entre caballeros, una visita de ceremonia y cualquiera otra
de etiqueta que no sea de negocios o de presentación, puede reducirse a dejar
el visitante su tarjeta sin llegar a anunciarse aunque el visitado se encuentre
en su casa, siempre que haya de ser poco discreto hacer ocupar a éste su tiempo
en recibirla, o que aquél no pueda detenerse por impedírselo premiosas
ocupaciones u otro motivo igualmente justificado. En esto deben guiamos muy
especialmente los usos recibidos en cada país, y aun los que sean peculiares a
cada gremio social: entre agentes diplomáticos, por ejemplo, la primera visita
que se hacen se ve con frecuencia reducida a la fórmula indicada.
7 — Las visitas que, según los párrafos 9 y 10 de la página 249,
debemos hacer a nuestros parientes y a las demás personas que allí se indican,
para participarles que vamos a tomar estado, no sólo deben hacerse en persona,
sino que no son válidas cuando no llegamos a ser recibidos.
8 — Las visitas de ofrecimiento por haber mudado de estado o de
domicilio o por el nacimiento de un hijo, se hacen generalmente por tarjeta;
pero un caballero que muda de habitación las hace siempre en persona a sus
amigos vecinos
9 — Las visitas de ofrecimiento al llegar a un nuevo domicilio
se hacen indiferentemente en persona o por tarjeta; pero siempre en esta
segunda forma, a aquellas personas con quienes no se tiene amistad (párrafo 14,
página 251).
10 — Todos los demás ofrecimientos que puedan ocurrir los
haremos en persona o por tarjeta, según que por la mayor o menor entidad de los
accidentes que les den origen, sea o no natural o indispensable que tributemos
a los que han de recibirlos el homenaje de presentarnos personalmente.
11 — Las visitas que tengan por objeto pagar las de ofrecimiento
se harán precisamente en persona, aun cuando aquéllas hayan sido hechas por
tarjeta.
12 — Las visitas de felicitación se hacen y se pagan en persona.
Mas respecto a las de cumpleaños, tan sólo estamos obligados a hacerlas en esta
forma a las personas con quienes llevemos estrechas relaciones de amistad, y a
aquellas a quienes, por consideraciones de cualquier otro orden, sea propio y
natural que tributemos el obsequio de felicitar personalmente; las demás pueden
hacerse indiferentemente en persona o por tarjeta.
13 — Las visitas de sentimiento se hacen y se pagan en persona.
Sin embargo, cuando se trate de un enfermo grave, y no estemos llamados a
rodearle ni podamos prestarle ningún servicio, haremos estas visitas por
tarjeta sin anunciarnos (párrafo 5, página 258). Es conveniente que pongamos la
fecha en las diferentes tarjetas que pasemos a la casa de un enfermo grave,
pues de este modo quedará perfectamente comprobado nuestro interés por su
salud, y el cuidado en que hayamos estado durante su gravedad.
14 — Las visitas de duelo se hacen en persona, y las de pésame
se hacen y se pagan en la misma forma.
15 —Las visitas de despedida se hacen indiferentemente en
persona o por tarjeta; pero a las personas con quienes se tiene una íntima
amistad se hacen en la primera forma si a ello no se opone un inconveniente
insuperable. Estas visitas se pagan en persona o por tarjeta; mas cuando no se
tiene una íntima amistad con aquel que se ha despedido, y se le quiere visitar
en persona, es muy propio y delicado limitarse a dejarle tarjeta sin
anunciarse, a fin de no poner embarazo en las múltiples ocupaciones de que debe
suponérsele rodeado.
16 — Las visitas de agradecimiento se harán en persona; mas
cuando no medie ninguna amistad, ni haya llegado el caso a que se contrae el
párrafo 13 de la página 220, se harán por tarjeta, o bien en persona,
limitándose el visitante a dejar su tarjeta sin anunciarse. En los casos en que
tales visitas hayan de pagarse, esto se hará precisamente en persona.
17 — Las visitas de amistad, como se deduce de su propia
naturaleza, se hacen y se pagan siempre en persona.
18 — No es lícito a las señoras visitar en persona a los
caballeros que no tienen familia, por íntima que sea la amistad que con ellos
tengan, y aun cuando puedan ir acompañadas de personas de su sexo, sino
únicamente para tratar sobre negocios urgentes, o en casos extremos, como un
peligro de la vida, etc. Sin embargo, un anciano valetudinario, o un sacerdote
venerable por su carácter y por sus años, puede ser visitado por señoras de su
amistad, con tal que éstas vayan siempre acompañadas y que sus visitas no sean
frecuentes.
19 — Las personas que se encuentran físicamente impedidas de
salir de su casa hacen todas sus visitas por tarjeta, siéndoles imputadas como
visitas en persona todas aquellas que debiera hacer en esta forma.
20 — La persona que recibe una tarjeta de ofrecimiento desde un
lugar distinto de aquel en que se encuentra, la corresponde con una tarjeta o
con una carta, y este acto le es imputado como una visita.
21 — También se considera como una visita el acto de dirigir una
tarjeta o una carta a la persona que reside en otro país o en otro pueblo, y se
encuentra en circunstancias en que debe ser visitada por sus amigos. En tales
casos se corresponderá a aquella demostración en la misma forma en que se haya
recibido.
22 — Con las únicas excepciones que aquí se establecen, toda
visita en persona en que no lleguemos a ser recibidos, será válida, con tal que
dejemos nuestra tarjeta. En estos casos cuidaremos de doblar a la tarjeta una
de sus esquinas, por ser éste el signo convencional que representa en una
tarjeta que la visita ha sido hecha en persona
23 — Respecto de las personas con quienes se tiene una íntima
confianza, se considera como un acto poco amistoso el dejarles tarjeta cuando
no se las encuentra en su casa. Esto sólo está admitido cuando, por algún
motivo especial, conviene que un amigo no quede en la ignorancia de que le
hemos solicitado, y no tenemos otro medio pronto y seguro de hacérselo saber.
24 — La tarjeta de una madre de familia, cuando se emplea en una
visita en persona, incluye implícitamente el nombre de cada una de sus hijas, y
el de cualesquiera otras señoritas de su familia que viven con ella bajo su
dependencia.
25 — Siempre que usemos de tarjeta para visitar a una persona
emancipada que viva con otras personas, pondremos en ella manuscrito su nombre,
a fin de evitar equivocaciones.
26 — Las tarjetas, en cuanto a su forma y a su contenido, están
sujetas a los caprichos y variaciones de la moda; pero nunca dejaremos de
incluir en ellas nuestra dirección, en los casos en que debamos o podamos
suponer que sea ignorada de las personas a quienes la dirigimos.
F
Del modo de conducirnos cuando hacemos visitas
1 — Al penetrar en una casa, si no encontramos un portero u otra
persona cualquiera a quien dirigirnos desde luego, llamaremos a la puerta;
teniendo presente que aun en este acto, al parecer demasiado sencillo y de
ninguna importancia, se manifiesta el grado de delicadeza y de cultura que se
posee.
2 — Cuando la persona que flama a la puerta debe, por su
posición social u otras circunstancias, tributar un especial respeto a los
dueños de la casa, tocará siempre con poca fuerza, sea cual fuere el grado de
amistad que con ellos tenga.
3 — Los toques a la puerta se repetirán, con intervalos que no
sean muy cortos, hasta advertir que sí han oído; y las personas que se
encuentren en el caso del párrafo anterior, darán a estos intervalos una
duración algo mayor.
4 - Guardémonos de tocar nunca fuertemente a la puerta de una
casa donde sepamos que hay un enfermo de gravedad.
5 — Jamás permanezcamos ni por un momento con el sombrero puesto
en la casa en que entremos, desde que tengamos que dirigir la palabra a
cualquiera de las personas de la familia que la habita, que no sea un niño o un
doméstico, aun cuando todavía no hayamos penetrado en la pieza de recibo.
6 — Es un acto enteramente vulgar y grosero el nombrar a una
persona, al solicitarla en su casa, sin la anteposición de la palabra señor o
señora, aunque no sea de este modo el que se acostumbre nombrarla al hablar con
ella. Apenas está esto permitido cuando media una íntima confianza, no sólo con
la persona que se solicita, sino también con aquella a quien se dirige la
pregunta; bien que jamás en los casos en que ésta se dirija a un niño o a un
doméstico.
7 — Por regla general, al solicitar a una persona en su casa no
se enuncia su nombre, sino su apellido, o algún título de naturaleza permanente
de que se halle investida, como el señor N., el señor Doctor, el señor General,
etc. Cuando se visita a una señora, se pregunta simplemente por la señora.
8 — En las oficinas públicas se menciona únicamente el título
del empleado que se solicita, aunque no sea de naturaleza permanente, como el
señor Provisor, el señor Ministro, el señor Administrador, etc.
9 — Luego que hayamos sido informados de que la persona que
solicitamos está de recibo, daremos nuestro nombre al portero o a cualquier
otra persona que haya de anunciarnos, y entraremos a la pieza que se nos
designe, donde aguardaremos a que aquélla se presente a recibirnos. Durante
este espacio de tiempo, permaneceremos situados a la mayor distancia posible de
los lugares en que haya libros o papeles, y de manera que nuestra vista no
pueda dirigirse a ninguno de los sitios interiores del edificio.
10 — Cuando en el corredor principal de la casa no exista el
mueble de que habla el párrafo 8 de la página 107, podremos entrar a la sala de
recibo con el sombrero en la mano, y aun con el bastón que llevamos si es una
pieza fina y agradable a la vista. El paraguas debe dejarse siempre en el
corredor.
11 — Al presentarse la persona que viene a recibirnos, nos
dirigiremos hacia ella y la saludaremos cortés y afablemente, esperando, si
hemos de darle la mano, a que ella nos extienda la suya. Luego pasaremos a
sentarnos, lo cual haremos en el sitio que ella nos indique, sin precederle en
este acto, y guardando cierta distancia de manera que no quedemos demasiado
próximos a su asiento.
12 — A los dueños de la casa se les da siempre la mano; mas
entre personas de distinto sexo el uso es vario en este punto, y es necesario
que sigamos el que esté admitido en el país en que nos encontremos (párrafo 14,
pág. 50; párrafo 17, pág. 51). Lo más general es que las señoras den la mano a
los caballeros de su amistad.
13 — Si la persona que visitamos fuere para nosotros muy
respetable, y nos convidase a sentarnos a su lado, no lo haremos en el lugar
más honorífico sino después de haberlo rehusado por una vez. Conviene, desde
luego, saber que el lugar más honorífico en una en una casa, es el lado derecho
de los dueños de ella, y preferentemente el de la señora.
14 — Cuando la persona que visita sea una señora, no rehusará ni
por una sola vez ser colocada al lado derecho de la señora o del señor de la
casa
15 — Cuando son varias las personas que se han anunciado y
aguardan al dueño de la casa, son las más caracterizadas las que primero se
acercan a saludarle, y las que toman los asientos más cómodos y honoríficos.
16.— Cuando el dueño de la casa se encuentre en la sala de
recibo con otras personas, observaremos las reglas siguientes: 1.a, luego que
se nos informe que podemos ser recibidos y que hayamos sido anunciados,
penetraremos en la sala, haciendo a la entrada una cortesía hacia todos los
circunstantes; 2.a, sin detenemos, nos dirigiremos al lugar donde esté el dueño
de la casa y le saludaremos especialmente, volviéndonos luego de nuevo hacia
los demás circunstantes y haciéndoles otra cortesía, después de lo cual
tomaremos asiento; 3.a, si nuestra visita es de etiqueta, nos abstendremos de
dar la mano a toda otra persona que no sea el dueño de la casa: si no es de
etiqueta, podremos dar, además, la mano a las dos personas que, a derecha e
izquierda, estén inmediatas al asiento que tomemos, siempre que con ellas
tengamos amistad, pues por íntima que sea nuestra confianza con el dueño de una
casa, jamás nos permitiremos el acto, altamente vulgar, de dar la mano a las
personas que encontremos en ella con quienes no tengamos ninguna amistad.
17 — Cuando nuestra visita se dirija a una familia, y ésta se
halle en la sala de recibo con otras visitas, observaremos lo siguiente: 1.°,
luego que hayamos hecho la primera cortesía al entrar en la sala, saludaremos
especialmente a la señora y a las personas de su familia que se encuentren
inmediatas a ella, haremos después una cortesía a las demás personas presentes
y tomaremos asiento; 2.°, si el señor de la casa estuviere presente, y hubiere
salido del círculo para venir a nuestro encuentro, le saludaremos desde luego
especialmente; mas si sólo se hubiere puesto de pie sin abandonar su puesto,
prescindiremos de él al principio y saludaremos primero a las señoras, haciendo
siempre una cortesía a los demás circunstantes al acto de tomar asiento.
18 — Las personas que se encuentran en una sala deben
corresponder con una cortesía, a cada una de las cortesías que haga una visita
que entra o se retira.
19 — Jamás manifestemos de ningún modo ni aun el más ligero
desagrado, cuando encontremos en una visita, o llegare después de nosotros, una
persona con quien estemos enemistados.
20 — Al acto de ocupar un asiento entre dos personas, no demos
nunca la espalda a aquella de las dos que sea superior a la otra.
21 — Luego que se ha tomado asiento es costumbre dirigir a los
dueños de la casa, prefiriendo siempre para esto a la señora, alguna pregunta
amistosa que comúnmente se refiere a su salud y a la de su familia pero
adviértase que jamás se hace esta pregunta en una visita de ceremonia, así como
tampoco en ninguna otra que sea de etiqueta, cuando no existe en la casa un
particular motivo de aflicción.
22 — Sólo en una casa de mucha confianza podrá un caballero
apartar su sombrero de las manos, para colocarlo en un lugar cualquiera de una
pieza de recibo, sin ser a ello invitado por los dueños de la casa.
23 — No nos es lícito ofrecer asiento a la persona que nos
recibe, ni indicarle ningún sitio para sentarse, ni hacer esto respecto de otra
persona que entre durante nuestra visita; pues toca siempre a cada cual hacer
los honores de su casa y cualquiera demostración obsequiosa que nos
permitiésemos hacer en una casa ajena sin un motivo justificado, sería un acto
de verdadera usurpación y una grave falta contra las leyes de la etiqueta.
24 — Sin embargo, cuando los dueños de la casa. en que nos
encontremos se vean en la necesidad de atender a un mismo tiempo a varias
personas, nos apresuraremos a rendir aquellos obsequios que sean;
indispensables, los cuales serán considerados como recibidos de los mismos
dueños de la casa; reservándose siempre a éstos, en cuanto será posible los que
hayan de tributarse a las señoras y a los caballeros más respetables.
25 — Si acostumbramos tratar con familiaridad a las personas de
la casa, abstengámonos de manifestársela cuando estén acompañadas de personas a
quienes no podamos nosotros, o no puedan ellas, tratar del mismo modo; tomando
entonces un continente más o menos grave, y usando de un lenguaje más o menos
serio, según sea el grado de respetabilidad de unas y de otras. Igual conducta
observaremos cuando sea a las personas extrañas que se hallen presentes a
quienes acostumbremos tratar con familiaridad, y no podamos nosotros, o no
puedan ellas, tratar del mismo modo a las personas de la casa.
26 — Según esto, siempre que nos encontremos en una casa
formando parte de un círculo de confianza, y se incorpore a él una persona que
no pueda ser tratada familiarmente por todos los circunstantes, contribuiremos
por nuestra parte a que el círculo varíe inmediatamente de carácter, tomando
desde luego el grado de seriedad que sea análogo a las circunstancias de
aquella persona y de los dueños de la casa.
27 — Nuestro continente, y todas nuestras palabras y acciones,
deben estar siempre en armonía con el grado de amistad que nos una a las
personas que visitemos, y a aquellas de que se encuentren acompañadas; sin
olvidarnos jamás de los principios establecidos en los párrafos 7, 8, 9, 10 y
11 de las pá ginas 48 y 49, ni de los. deberes que impone cada una de las
diferentes situaciones sociales, según las reglas contenidas en este tratado.
28 — De la misma manera adaptaremos siempre nuestro continente y
todas nuestras palabras y acciones a la naturaleza de cada visita, manifestando
con moderación y delicadeza ya la satisfacción y alegría que debemos
experimentar cuando vemos a nuestros amigos en estado de tranquilidad y de
contento, ya el cuidado y la aflicción que deben excitar en nosotros sus
conflictos y sus desgracias.
29 — En una visita de etiqueta o de poca confianza, no nos es
lícito abandonar el lugar de nuestro asiento, para ir a saludar de un modo
especial a la persona que entra o se retira, ni aun en una visita de mucha
confianza, si para ello tenemos que atravesar una gran distancia.
30 — Si en medio de nuestra visita se presenta otra persona de
la casa, o entra otra visita, nos pondremos en el acto de pie, y así
permaneceremos hasta que haya tomado asiento. También nos pondremos de pie
cuando una persona que esté de visita se levante para retirarse, y no
volveremos a sentarnos hasta que no se haya despedido.
31 — Las señoras que se encuentren de visita no se ponen de pie,
sino cuando entran o se despiden de otras señoras.
32 — Cuando se levanten accidentalmente de su asiento una señora
o cualquier sujeto respetable, y haya de pasar cerca del sitio que ocupamos,
nos pondremos de pie y no permitiremos que pase por detrás de nosotros. En un
círculo de confianza podremos alguna vez omitir el ponemos de pie; mas siendo
una señora la que se levante, semejante omisión no nos será lícita sino en el
caso de que haya de pasar por delante de nosotros.
33 — Cuando un caballero se encuentre sentado al lado derecho de
la señora o del señor de la casa, y entre una señora, abandonará inmediatamente
aquel puesto para que sea ocupado por la señora que. entra.
34 — No nos pongamos nunca de pie para examinar cuadros,
retratos, etc., ni tomemos en nuestras manos ningún libro ni otro objeto alguno
de lo que se encuentren en la sala de recibo, si no somos a ello invitados por
los dueños de la casa.
35 — Cuando entráremos o saliéremos por una puerta, o pasáremos
por un lugar estrecho en compañía de alguna persona de la casa, guardémonos de
pretender cederle el paso, pues es siempre el visitante el que debe ser
obsequiado por el visitado, y cualquier demostración de esta especie sería
usurparle el derecho de hacer los honores de su casa. Sin embargo, un caballero
deberá siempre ceder el paso a una señora; y al subir o bajar una escalera,
tendrá por regla invariable, si no le es posible ofrecerle el brazo,
antecedería siempre al acto de subir, y seguirla al acto de bajar.
36 — Cuando el objeto de nuestra visita sea tratar sobre un
negocio, y no tengamos amistad con la persona a quien nos dirigimos, luego que
la hayamos saludado y tomemos asiento, daremos principio a nuestra conferencia,
sin detenernos en hacerle preguntas relativas a su salud, ni en ningún
razonamiento que sea extraño a nuestro objeto.
37 — Cuando al dirigirnos a una persona a tratar sobre un
negocio, la encontremos acompañada, nos abstendremos de manifestarle el objeto
de nuestra visita, hasta que ella misma nos proporcione la oportunidad de
hablarle a solas; y si esto no fuera posible, le suplicaremos al despedirnos,
se sirva indicarnos el día y la hora en que podamos conferenciar. Sin embargo,
podremos luego entrar en conferencia, siempre que el asunto de que vayamos a
tratar sea de poca entidad y no tenga ningún carácter de reserva, y que sólo
sea por muy breves instantes el que hayamos de ocupar la atención de la persona
a quien nos dirigimos.
38 — Es altamente impolítico el exigir a una persona un pago en
momentos que se encuentra acompañada. Sin embargo, la celeridad que
generalmente requieren las operaciones mercantiles, hace que sea licito
presentar a un negociante en aquel caso un pagaré, una letra de cambio, etc.,
cuando no es posible aguardar a que se le pueda hablar a solas, y siempre que
esto se haga en su escritorio.
39 — Nunca debemos ser más prudentes y delicados que cuando
visitamos la casa de un enfermo, sobre todo en los casos de gravedad. Si nos es
lícito anunciarnos y entrar a la sala de recibo (párrafo l3, pág. 264),
conduzcámonos de manera que bajo ningún respecto nos hagamos molestos; y no
vayamos a aumentar la aflicción de los dolientes manifestando temores y
alarmas, o con noticias y observaciones que les haga concebir la idea de un
resultado funesto.
40 — Cuando nos encontremos en la casa de un enfermo,
guardémonos de pretender que se nos introduzca a su aposento, por íntima que
sea la amistad que con él nos una. Toca exclusivamente a las personas de la
familia invitarnos a entrar, como que son las únicas que pueden saber cuándo
esto sea oportuno, y no hayamos de causar ninguna incomodidad al enfermo.
41 — Una vez introducidos en el aposento de un enfermo,
permaneceremos a su lado tan sólo por el tiempo que nos indique la prudencia,
según la naturaleza de su enfermedad y el estado en que se encuentre; y
entretanto, no le manifestemos que lo encontramos grave ni de mal semblante, ni
le reprochemos los excesos o imprudencias que hayan podido acarrearle sus
dolencias. Tampoco le indicaremos que otras personas han sufrido su misma
enfermedad, si no es para decirle que se restablecieron pronta y fácilmente, ni
menos le daremos noticias de la reciente muerte de ninguna persona; no le
hablaremos, en fin, sobre asuntos tristes o desagradables de ninguna especie.
42 — Cuando en las causas de la enfermedad de una persona hayan
concurrido circunstancias notables, de aquellas que generalmente mueven el
interés o la curiosidad, y nos sea lícito inquirirías, no pretendamos que nos
las refiera el mismo enfermo, sino su familia. Este es un relato que
naturalmente habrá de hacerse a cada una de las visitas. y no es justo que se
imponga tan penosa tarea al que se encuentra en el lecho del dolor.
43 — Es sobremanera imprudente y vulgar el dar a los enfermos
consejos que no nos piden, indicarles medicamentos, reprobar el plan curativo a
que están sometidos, y hablarles despectivamente de los facultativos que los
asisten.
44 — Las manifestaciones explícitas sobre el objeto de una
visita, así como las expresiones congratulatorias o de sentimiento, no son de
buen tono en las visitas de ceremonia, de duelo y de pésame, en las cuales está
todo expresado por el solo acto de la visita.
45 — En una visita de ofrecimiento, nos abstendremos de
manifestar nuestro objeto delante de personas extrañas, siempre que vayamos a
ofrecer un servicio que indique o pueda indicar carencia de recursos
pecuniarios de parte de la persona a quien lo ofrecemos, o que bajo cualquier
otro respecto nos aconseje la prudencia reservar de los demás.
46 — En las visitas de felicitación tan sólo están admitidas las
expresiones congratulatorias, cuando la visita es originada por el feliz arribo
de un viaje, o la cesación de un conflicto.
47 — En una visita de agradecimiento tan sólo manifestaremos
nuestro objeto, cuando ella haya sido originada por un servicio importante o
una notable demostración de amistad que hayamos recibido, y esto siempre que la
persona a quien visitemos no se encuentre acompañada de personas extrañas.
48 — Un hombre de fina educación no se deja arrastrar nunca de
sus pasiones hasta el punto de desairar, o de alguna otra manera mortificar, a
aquellas personas con quienes está discorde; pero de aquí advertirse que
cualquiera falta de este género cometida en sociedad es un acto altamente
indigno y grosero, con el cual se ofende a las demás persona que se hallan
presentes, y muy especialmente a los dueños de la casa (párrafo 39, página 56).
49 — Es un acto muy oportuno y obsequioso e una visita, con tal
que ésta no sea de etiqueta, excitar a cantar o a tocar a las personas de la
que posean una u otra habilidad; mas cuando nos oponga para ello algún
inconveniente, no omitamos instar por una segunda vez, pues semejante omisión
manifestaría que apreciábamos en poco el pía cer que pudiera proporcionársenos;
ni en manera alguna insistamos, si aún encontramos renuencia, por ser en todos
los casos impertinente e indiscreta una tercera instancia. Si el inconveniente
que se nos opone fuere un motivo de sentimiento que exista en la misma casa, en
el vecindario, o entre los relacionados de la familia, nos guardaremos de
insistir en nuestra excitación, y por el contrario nos, excusaremos,
manifestando nuestra ignorancia del accidente a que se haya hecho referencia.
50 — Cuando en el caso del párrafo anterior la persona a quien
excitemos a cantar o a tocar tuviere la bondad de complacemos, y en general
siempre que una persona cualquiera cante o toque para. ser oída en el círculo
donde nos encontremos, le prestaremos toda nuestra atención, sea o no de
nuestro gusto lo que oigamos, pues es un acto sobremanera inurbano y ofensivo
desatender al que se ocupa en alguna cosa con la intención de agradarnos, y aun
de lucir sus talentos. En semejantes casos, no olvidemos las reglas obtenidas
en los párrafos 14 y 15 de la página 164.
51 — Es de muy mal tono el pedir en una visita agua para beber.
Esto apenas puede ser tolerable en los climas muy ardientes, y sólo en las
visitas de confianza de una larga duración.
52 — Cuando en las visitas se nos ofrezcan comidas o bebidas, y
no tengamos ningún impedimento físico para tomarlas, las aceptaremos desde
luego en las casas de entera confianza, y las rehusaremos por una sola vez en
las de poca confianza. En el campo, donde naturalmente se relaja un tanto la
etiqueta, no las rehusaremos sino cuando no tengamos ninguna confianza en la
casa, aunque nunca por más de una vez, pues una segunda excusa desautoriza
completamente al que ofrece un obsequio para insistir de nuevo, y ella está por
lo tanto reservada para los casos en que la aceptación es imposible.
53 — Cuando en las horas de la noche se encuentre un caballero
de visita en una casa, y se despidiere una señora de su amistad que no esté
acompañada de otro caballero, le ofrecerá desde luego su compañía, la cual será
aceptada sin oposición alguna, siempre que sean personas que se traten plena
confianza. Si no existiere esta confianza, señora rehusará el obsequio por una
vez; y sea fuere el grado de amistad que medie, cuando la señora lo rehuse por
dos veces, el caballero se abstendrá de acompañarla.
54 — Si el caballero que se encuentre de visita no tuviere
amistad con la señora que se despide, no le ofrecerá su compañía; a menos que
exista en el tránsito algún peligro, o que, teniendo con é1 entera confianza la
señora de la casa, creyere ésta lícito y oportuno inducirle a acompañarla. En
cualquiera de estos casos la señora que recibe el obsequio dará las gracias al
caballero en la puerta de su casa y le brindará entrada; mas él no deberá
aceptar semejante ofrecimiento, ni considerarse, por sólo este hecho,
autorizado para visitar la casa en otra ocasión.
55 — Cuando vayamos a una casa en compañía de otra persona,
tengamos presente que toca siempre al superior y no al inferior, y a la señora
y no al caballero, poner término a la visita.
56 — Luego que haya transcurrido el tiempo que debemos emplear
en una visita, procuremos aprovechar, para retirarnos, el momento en que entre
alguna persona, o en que se retire otra de mayor respetabilidad que nosotros, a
fin de evitar que los circunstantes se pongan de pie tan sólo por nuestra
despedida.
57 — Cuando la reunión en que nos encontremos sea poco numerosa,
y entre una persona con la cual estemos desavenidos, guardémonos de retirarnos
en el acto, aunque haya llegado ya el tiempo en que naturalmente debiéramos
hacerlo.
58 — Una vez puestos de pie para terminar nuestra visita,
despidámonos especialmente de los dueños de la casa, hagamos una cortesía a los
demás circunstantes, y retirémonos en seguida, sin entrar ya en ninguna especie
de conversación
59 — Siempre que al despedirse un caballero no pueda acercarse a
la señora de la casa sin penetrar por entre muchas personas, se limitará a
dirigirle sus expresiones de despedida desde el punto más cercano al círculo,
cuidando entonces de emplear las menos palabras posibles. La misma regla deberá
aplicar un caballero a su entrada en una sala de recibo; menos en la casa que
visite por primera vez después de una larga ausencia, donde le es licito
penetrar hasta el lugar en que se encuentre la señora.
60 — Al acto de retirarnos de una reunión muy numerosa, llamemos
lo menos posible la atención de los circunstantes. Así, cuando la tertulia esté
dividida en diferentes círculos, nos dirigiremos únicamente a aquel en que se
encuentre la señora o el señor de la casa. En este punto deben apreciarse
debidamente las circunstancias, sin otro norte que la prudencia y el ejemplo de
las personas cultas; en la inteligencia de que, si una señora no puede
retirarse de una casa sin despedirse por lo menos de la señora, a un caballero
le es lícito, cuando no cree oportuno y delicado llamar la atención de ninguno
de los círculos en que se encuentran los dueños de la casa, retirarse
silenciosamente y sin despedirse de nadie.
61 — Cuando al despedirse un caballero de otro a quien ha hecho
visita, no se encontrare presente ninguna persona que no sea de la casa, el
visitante no manifestará oposición alguna a que el visitado lo acompañe hasta
la puerta de la casa: allí volverá a despedirse; mas si el visitado pretendiere
seguir con él hasta el portón, o hasta la escalera estando en un piso alto,
rehusará por una vez admitir este nuevo obsequio, si el visitado fuere una
persona para él muy respetable.
62 — Si en el caso del párrafo anterior, el visitante fuere un
sujeto de elevado carácter, no rehusará ni por una sola vez ser acompañado
hasta el portón o hasta la escalera.
63 — Una señora no rehusará en ningún caso, ni por una sola vez,
que se le acompañe hasta el portón o hasta la escalera.
64 — Cuando al retirarnos de una visita de etiqueta quede en la
sala un pequeño número de personas, y no seamos acompañados por ninguna de las
de la casa, al llegar a la puerta nos volveremos hacia adentro y haremos una
cortesía. Y siempre que seamos acompañados hasta la puerta de la sala, al
llegar al portón o a la escalera haremos una cortesía a la persona que nos haya
acompañado; haciendo lo mismo desde la puerta de la calle, cuando se nos haya
acompañado hasta el portón.
G
Del modo de conducirnos cuando recibamos visitas
1 — Procuremos que las personas que nos visiten, sin excepción
alguna, se despidan de nosotros plenamente satisfechas de nuestra manera de
recibirlas, tratarlas y obsequiarías; haciéndoles por nuestra parte agradables
todos los momentos que pasen en sociedad con nosotros, por los medios que sean
más análogos a su edad, sexo y categoría, al grado de amistad que con cada una
de ellas nos una, y según el conocimiento que tengamos de sus diferentes
caracteres, gustos, inclinaciones y caprichos (párrafo 1, pág. 133).
2 — Cuando se nos anuncie una visita y no nos encontremos en la
sala de recibo, no nos hagamos esperar sino por muy breves instantes; a menos
que alguna causa legítima nos obligue a detenernos un rato, lo cual haremos
participar a aquélla inmediatamente, a fin de que nuestra tardanza no la
induzca a creerse desatendida.
3 — Luego que estemos en disposición de presentamos en la sala
de recibo, nos dirigiremos a la persona que nos aguarda, la saludaremos cortés
o afablemente, y la conduciremos al asiento que sea para ella más cómodo.
4 — Los dueños de la casa extenderán siempre la mano a todas las
personas de su sexo que los visiten, así al acto de entrar como al de salir,
aun cuando sean para ellos desconocidas y sólo lleven por objeto tratar sobre
negocios (párrafo 12, pág. 271).
5 — Cuando nos encontremos en la sala de recibo al llegar una
persona de visita, le ofreceremos siempre asiento inmediatamente después de
haberle correspondido su saludo.
6 — El visitado puede invitar al visitante, como una muestra de
obsequiosa consideración, a sentarse a su lado y a su derecha, mas si éste, con
arreglo a lo prescrito en el párrafo 12 de la página 271, rehusase tomar la
derecha, le invitará precisamente a ello por una segunda vez. Cuando el
visitante sea un sujeto muy respetable o una señora, el .visitado no le
ofrecerá otro puesto, sino en el caso de estar aquél debidamente ocupado.
7 — Cuando un caballero reciba a varias señoras, no se sentará
en una misma línea con ellas, sino que, colocándolas en los asientos
principales, se situará en un lugar desde el cual puede dirigir a todas la
palabra, sin necesidad de volverse para ello a uno u otro lado.
8 — Cuando la señora esté acompañada de !isitas y se presentase
otra señora, luego que ésta haya penetrado en la sala de recibo, se levantará
de su asiento y se dirigirá a encontrarla. Lo mismo hará un caballero respecto
de una señora; pero no respecto de otro caballero, si se halla él solo
recibiendo señoras o sujetos muy respetables, pues entonces se limitará a
avanzar hacia él uno o dos pasos al acto de ser saludado especialmente. Un
caballero puede, sin embargo, en todos los casos, abandonar el círculo para
dirigirse a encontrar, dentro de la misma sala, a un sujeto constituido en alta
dignidad.
9 — Según se deduce de los párrafos anteriores, el dueño de la
casa no puede en ningún
caso permanecer sentado, ni al acto de entrar ni al de retirarse
una visita, sea cual fuere;
mas en cuanto a la señora, ella no se pondrá de pie sino cuando
sea otra señora la que entre o se retire.
10 — Cuando van saliendo sucesivamente las personas de la casa a
recibir una visita, es impropio y sobremanera fastidioso que cada una de ellas
vaya haciendo a ésta unas mismas preguntas sobre la salud de su familia, sobre
sus deudos ausentes, etc. Toca a la primera persona que sale el hacer estas
preguntas, y en todos los casos, a la señora y al señor de la casa, cuando
quiera que se presenten.
11 — A la persona que hace una visita de ceremonia, o cualquiera
otra de etiqueta, no se la invita jamás a apartar su sombrero de las manos,
para colocarlo en un lugar cualquiera de la sala de recibo. A las personas de
confianza y a las de poca confianza sí puede hacérsele esta sugerencia, la cual
podrá repetirse hasta por dos veces.
12 — Si al salir nosotros para la calle, encontráremos ya dentro
de nuestros umbrales a una persona que viene a visitamos, la invitaremos a
pasar a la pieza de recibo por una vez, si es un asunto urgente el que nos
lleva fuera de, nuestra casa, y hasta por dos veces, si nuestra salida puede,
sin perjuicio de nadie, diferirse para después. Aun en casos de urgencia,
deberemos instar por una segunda vez a una persona que sea para nosotros muy
respetable, satisfechos, como debemos estar, de que su visita no habrá de
prolongarse indiscretamente (párrafo 7, página 258). Mas puede acontecer que en
el curso de ésta entre otra persona que no tenga motivo para saber que no
podemos detenernos, y en este caso, como en todos aquellos en que no nos sea
dable excusarnos de recibir a una persona, nos es enteramente lícito
manifestarle nuestra urgente necesidad de salir; bien que siempre en términos
muy corteses y satisfactorios, y expresándole la pena que nos causa el tener
que privarnos de su compañía.
13 — Si tenemos en nuestra casa una reunión de invitación
especial, y una persona que lo ignora se presenta a visitarnos, guardémonos,
puesto que habrá de retirarse prontamente (párrafo 7, pág. 258), de invitarla,
por más de una vez, a prolongar su visita.
14 — Cuando seamos visitados en momentos en que nos encontremos
afectados por algún accidente desagradable, dominemos nuestro ánimo y nuestro
semblante, y mostrémonos siempre afables y joviales. Si hemos experimentado una
desgracia, o nos encontramos en un conflicto que pueda estar al alcance de
nuestros amigos, nuestro continente será grave y nuestra conversación limitada,
pero siempre dulce nuestro trato, siempre suaves nuestros modales, siempre
cortés y obsequiosa nuestra conducta.
15 — Guardémonos de presentar en el estrado a los niños que nos
pertenezcan, sea cual fuere el grado de amistad que tengamos con las visitas
que en él se encuentren. Son las señoritas y los jóvenes ya formados los que
acompañan a sus padres a hacer los honores de la casa; lo demás es una
vulgaridad insoportable, de que no se ve nunca ejemplo entre la gente de buena
educación.
16 — Es de muy mal tono el iluminar la sala de recibo con una
luz demasiado viva, cuando se reciben visitas de duelo o de pésame, y siempre
que acaba de experimentarse o se teme una desgracia de cualquier especie.
17 — Siempre que recibamos visitas, aplicaremos las mismas
reglas que, en los párrafos 25, 26 y 27 de las páginas 276 y 277 tenemos que
observar al hacer una visita, respecto de la manera de conducirnos cuando
encontramos o llegan después otras personas. Así, cuando acostumbremos tratar
con familiaridad a la persona que nos visita, y entrare otra a quien no pueda
ella, o no podamos nosotros tratar del mismo modo, adaptaremos nuestra conducta
al grado de circunspección con que deba ser tratada la de menor confianza.
18 — Los dueños de la casa son los que están principalmente
llamados a comunicar animación y movimiento a la conversación. Si en los
momentos en que suelen quedarse en silencio todos los circunstantes ellos no se
apresuran a tomar la palabra, sino que guardan también silencio, podrá creerse
que la reunión no les es agradable, o que han llegado ya a desear que se
disuelva. Sin embargo, nada de esto es aplicable a los casos en que a la
persona que recibe visitas, le haya acontecido recientemente o le amenace una
desgracia cualquiera, de la cual están en conocimiento sus amigos (párrafo 14).
19 — Cuando estemos recibiendo visitas, y tomemos la palabra en
una conversación general, nos dirigiremos alternativamente a todos los
circunstantes, de la manera que quedó establecida en el párrafo 17 de la página
190; con la sola diferencia de que cuando según el orden allí indicado,
debiéramos fijarnos más frecuente y detenidamente en la persona de nuestra
mayor amistad, nos fijaremos en aquélla; que sea según nuestro criterio de más
respetabilidad y etiqueta.
20 — Siempre que una persona se dirija a nosotros a tratar sobre
un negocio, guardémonos de incitarla directa ni indirectamente a entrar en
conferencia, en momentos en que nos encontremos acompañados, ya sea de alguna
otra visita o de personas de nuestra propia familia; a no ser que el negocio
nos concierna exclusivamente a nosotros, y seamos dueños de tratarlo sin más
reserva que aquella que nos convenga, pues entonces haremos o no la invitación,
según lo que en cada caso nos aconseje la prudencia. Pero tengamos entendido,
que nada hay más incivil que emprender un largo diálogo de esta especie,
delante de personas que sean extrañas a la materia sobre la cual se trate.
21 — Procuremos no dejar nunca a solas a dos personas que
sabemos se encuentran desavenidas, o que absolutamente no se conocen, por
íntima que sea la confianza que tengamos con ellas.
22 — Cuando estemos recibiendo una visita y se nos entregue una
carta, no la leamos sino en el caso de que sepamos que trata de un asunto
importante y del momento, y siempre con la venia de aquélla. Si la visita que
recibimos es de etiqueta, se necesita que el contenido de la carta sea
demasiado grave y urgente, para que haya de entregársenos ésta en el estrado, y
para que nos sea licito leerla inmediatamente.
23 — Cuando la persona que nos visite quisiere retirarse a poco
de haber recibido nosotros una carta, y temiéramos que lo haga tan sólo por
esta consideración, la invitaremos a que se detenga, y aun la instaremos, si el
contenido de aquélla no nos impone algún deber que tengamos que llenar sin
demora.
24 — No nos es lícito ofrecer comidas o bebidas a una persona de
etiqueta, sino en el caso de que la hayamos invitado expresamente a pasar con
nosotros un largo rato, o de que nos visite en una casa de campo. En orden a lo
que sea propio y oportuno ofrecer, atengámonos a lo que se estile entre
personas cultas y bien educadas.
25 — Si cuando hacemos visitas de confianza, es un acto oportuno
y obsequioso incitar a cantar o a tocar a las personas de la casa que poseen
una u otra habilidad, no puede serlo menos el hacer esta incitación a las
personas que nos visiten, siempre que en ellas concurren idénticas
circunstancias. En tales casos, tendremos presentes las reglas contenidas en
los párrafos 49 y 50 de la página 282.
26 — Cuando tengamos de visita diferentes personas, seamos en
extremo prudentes y delicados al hacer en nuestros obsequios aquellas
distinciones que merezcan las unas respecto de las otras, según su edad y
representación social; pues no por tributar a una persona las atenciones que le
son debidas, podemos en manera alguna desatender ni menos mortificar a ninguna
otra. En cuanto a las preferencias y consideraciones especiales que se deben al
bello sexo, procederemos siempre con mayor libertad y sin temor ni escrúpulo,
pues jamás podrá un caballero creerse desatendido, sino por el contrario,
complacerse, al verse pospuesto. en sociedad a una señora, sea de la manera que
fuere.
27 — La señora de la casa no se debe permitir sugerir a un
caballero a que acompañe a una señora que se retira, con la cual no lleve éste
amistad, sino en el caso de tener con él entera confianza, y de mediar alguna
circunstancia excepcional que pueda racionalmente justificar semejante
conducta.
28 — Es enteramente impropio instar a detenerse en nuestra casa,
a una persona de etiqueta que ha terminado su visita y se despide; y bien que
nos sea lícito hacer esta invitación a una persona de confianza, nos
abstendremos de hacerla de nuevo a aquélla que, cediendo a nuestros deseos,
haya permanecido ya un rato en nuestra compañía.
29 — Al acto de retirarse una visita, se tendrán presentes las
reglas siguientes: 1.a, la señora de la casa acompañará a otra señora hasta el
portón, o hasta la escalera siendo el piso alto; pero si al mismo tiempo está
recibiendo otras visitas, la acompañará solamente hasta la puerta de la sala;
2. a, siempre que un caballero haya de despedir a una señora procederá del modo
indicado en la regla precedente, con la diferencia de que si el piso es alto y
ha de salir fuera de la sala deberá acompañar a aquélla a bajar la escalera y
hasta el portón; y cuando la señora vaya en automóvil manejado por ella misma,
el caballero le abrirá la puerta ayudándola a subir; 3.a, si es una familia la
que ha recibido la visita de una señora, y se hallan en la sala otras visitas,
una parte de aquélla irá a acompañarla hasta el portón o hasta la escalera;
4.a, un caballero acompañará a otro caballero hasta el portón o hasta la
escalera: si se encuentra él solo recibiendo otras visitas, no le acompañará
más que hasta la puerta de la sala; y si las demás visitas son de señoras o de
sujetos muy respetables, y el que se despide no está investido de un alto
carácter, se limitará a avanzar hacia él uno o dos pasos al acto de darle la
mano; 5.a, las señoras hacen siempre desde su asiento una cortesía a los
caballeros que se despiden.
30 — La persona que acompaña a otra que se despide cuidará de
ir siempre a su izquierda; y si son dos las personas acompañantes, se situará
una a su izquierda y otra a su derecha.
31 — En todos los casos en que hayamos de acompañar a una
persona hasta el portón o hasta la escalera, podemos hacerle el obsequio, bien
por respeto o por cariño, de seguir con ella hasta la puerta de la calle.
32 — Ya sea hasta la puerta de la sala o hasta el portón que
acompañemos a una persona nos detendremos algunos instantes después de haberla
despedido para corresponderle la cortesía que habrá de hacernos desde el portón
o desde la puerta.
IV
De las diferentes especies de reuniones
A
De los festines en general
1 — Para convidar a un festín cualquiera nos dirigimos
verbalmente o por escrito a nuestros amigos de confianza, y a todos los demás
por medio de una esquela, que generalmente se hace imprimir; dando precisamente
a los primeros una idea del carácter más o menos serio de la reunión, e
indicando a unos y otros la hora a que deban concurrir.
2 — Las señoras no pueden ser invitadas a festines sino por
otras señoras, o por un caballero casado en unión de su esposa. Una invitación
puede, sin embargo, emanar de una corporación respetable que sólo se componga
de hombres; mas como siempre debe haber una señora que presida el festín, será
ella quien directamente invite, expresando que lo hace a nombre de la
corporación.
3 — Es de todo punto impropio, y en cierto modo ofensivo, el
invitar para un festín a personas a quienes amenace o haya acontecido
recientemente una gran desgracia, de la cual esté impuesta la sociedad; y a
aquellos de sus relacionados que, con este motivo, deba racionalmente suponerse
no se hallen dispuestos a tomar parte en la alegría de un festín, o no sea
decoroso que aparezcan en reuniones de esta especie.
4 — Las invitaciones se hacen con la anticipación que es propia
de cada caso, atendida la naturaleza del festín, la mayor o menor etiqueta que
en él haya de reinar, y el mayor o menor número de personas que hayan de
concurrir. El mismo día de la reunión y el anterior, no está indicado ni es
delicado invitar, sino cuando el círculo ha de ser muy pequeño y de mucha
confianza, o cuando se trata de un transeúnte o de otra persona cualquiera que
se encontraba ausente en los días anteriores. Para un banquete, no debe
invitarse con mayor anticipación que la de cuatro días; y para un baile, o
cualquiera otra reunión nocturna muy numerosa, la anticipación no debe exceder
de ocho días. Las invitaciones a señoras son en todos los casos las primeras
que deben hacerse.
5 — Siempre que dispongamos un festín, calculemos el número de
personas que el local pueda contener cómodamente y reduzcamos a él nuestras
invitaciones; prefiriendo a aquellos de nuestros amigos que, por la naturaleza
de sus relaciones con nosotros, su carácter, sus inclinaciones y sus demás
circunstancias personales, estén más llamados a formar parte de la reunión.
6 — Procuremos que los amigos que convidemos a una reunión
pequeña sean todos personas que estén relacionadas entre si, o que por lo menos
no haya ninguna de ellas que no tenga amistad con algunas de las demás. En
cuanto a personas que se encuentren mal avenidas, jamás las reuniremos en estos
casos, si no entra en nuestras miras y nos es licito ejercer los nobles oficios
de aproximarles y cortar sus diferencias.
7 — Cuando la reunión que preparemos tenga por especial objeto
obsequiar a un amigo, no sólo procuraremos que las personas con quienes haya de
encontrarse sean todas de su amistad, sino que invitaremos preferentemente a
aquellas con quienes estuviere en mayor contacto, y cuya edad,
posición social y demás circunstancias personales sean más
análogas a las suyas.
8 — Cuando la reunión ha de ser numerosa y seria, nos es lícito
invitar a ella a un
extranjero respetable que acabe de llegar al país, aunque con él
no estemos relacionados. En
estos casos, procuraremos que a la invitación preceda el acto de
una presentación especial.
9 — A la hora señalada para la reunión la señora de la casa se
situará en la sala principal, para recibir allí a cada uno de los concurrentes,
y el señor de la casa en la antesala, o no habiendo esta pieza, en el corredor
inmediato a la sala, para ofrecer el brazo, a las señoras que vayan entrando y
conducirlas hasta el lugar donde hayan de tomar asiento.
10 — Los dueños de la casa, y las personas de su familia que los
acompañen, deben contraerse exclusivamente en todo el curso de la reunión, a
colmar de obsequios y atenciones a todos los concurrentes (párrafo 1, pág 287).
Ellos deben encontrarse en todas partes, inspeccionarlo y dirigirlo todo,
proveer cuanto sea necesario a la comodidad y al placer de los concurrentes y
comunicar, en fin, a la reunión, por todos los medios que estén a su alcance,
aquella animación y aquel júbilo que dependen siempre de la habilidad y
corrección que se emplean en hacer los honores de la casa.
11 — Cuando la señora o el señor de la casa insten a una señora
a cantar o a tocar, le ofrecerán el brazo para conducirla al piano, y lo mismo
harán para conducirla después a su asiento.
12 — En las reuniones nocturnas, al acto de servir la cena, se
procederá de la manera siguiente: 1.°, el señor de la casa ofrecerá el brazo a
la señora más caracterizada, e instará al caballero más caracterizado a que
tome a su cargo a la señora de la casa, dirigiéndose en seguida al comedor
junto con la señora que acompaña; 2.°, la señora de la casa indicará entonces a
cada caballero la señora que ha de conducir, procurando que sean personas entre
sí relacionadas; 3.°, el orden de la marcha lo establecerá la categoría de las
señoras casadas y las más respetables; 4.°, la marcha la cerrará siempre la
señora de la casa, acompañada de su caballero.
13 — Es de muy mal tono el empeñarse en que las personas
convidadas se detengan, cuando ya quieran retirarse. Puede, no obstante, en
casos especiales, instarse a ello a los amigos de confianza, pero teniendo
presente que jamás debe llegarse a una tercera invitación.
14 — Siempre que seamos invitados a un festín cualquiera,
contestaremos inmediatamente manifestando nuestra aceptación o presentando
nuestra excusa; sin que nos sea licito hacerlo verbalmente, cuando por no
mediar con nosotros ninguna confianza, la invitación se nos haya hecho por
esquela.
15 — Al aceptar una invitación para un festín, pensemos que no
hemos de ir únicamente a recibir obsequios y a satisfacer nuestros propios
gustos y caprichos; sino también a corresponder al honor que se nos hace,
contribuyendo por nuestra parte, por todos los medios que sean análogos a
nuestras circunstancias personales y a nuestro carácter de convidados, y que no
se opongan a las restricciones que aquí se establecen, a la comodidad y al
placer de los demás concurrentes, al lucimiento de la función, y a la consiguiente
satisfacción de los dueños de la casa.
16 — Dedúcese de aquí que ningún convidado debe manifestar
repugnancia, ni menos negarse, a ninguna exigencia directa o indirecta de los
dueños de la casa; sino que por el contrario todos deben prestarse gustosamente
y aun anticiparse a sus deseos por más que éstos lleguen a contrariar los suyos
propios.
17 — A ningún festín, sea de la naturaleza que fuere, y aun
cuando se trate de una reunión de confianza, debemos llevar jamás niños, ni
criados. Cuando la invitación se dirige a una familia, sólo se consideran
comprendidos en ésta los jóvenes y señoritas que, según el párrafo 15 de la
página 290, pueden entrar en sociedad.
18 — Al penetrar en el local de un festín, nuestro primer
cuidado debe ser presentar nuestros respetos a la señora y al señor de la casa,
pudiendo en seguida dirigirnos a saludar a las señoras y caballeros de nuestra
amistad que allí encontremos. Mas cuando la reunión sea poco numerosa o tenga
por objeto un banquete, y los dueños de la casa y los concurrentes se hallen
todos en la sala de recibo, observaremos las reglas establecidas en los
párrafos 16 y 17 de la página 272.
19 — Los concurrentes a un festín no promoverán nunca ningún
género de entretenimiento, sino que se sujetarán estrictamente a lo que bajo
este respecto, así como bajo cualquiera otro, tengan ya dispuesto o dispusieren
los dueños de la casa.
20 — Al dirigirse una señora hacia un lugar donde no haya
asientos desocupados y se encuentre sentado un caballero, éste se pondrá
inmediatamente de pie y le ofrecerá el asiento que ocupe.
21 — Los caballeros se abstendrán de dirigir la palabra y de
ofrecer espontáneamente obsequios de ninguna especie a las señoras con quienes
se encuentren en un festín, con las cuales no tengan ninguna amistad y a
quienes no hayan sido previamente presentados.
22 — Guardémonos de desatender en un festín a las personas de la
casa por ningún motivo, y mucho menos por contraemos exclusivamente a rodear y
a obsequiar a las demás personas de nuestra amistad y predilección que en él
encontremos. Esto sería una conducta incivil y grosera, y que al mismo tiempo
envolverla una muestra de ingratitud hacia aquellos que, contando con
proporcionarnos un rato agradable, nos hacen el obsequio de invitarnos a su
casa.
23 — Abstengámonos de manifestar directa ni indirectamente en
una reunión, el deseo de que llegue el momento de sentarnos a la mesa. El
incurrir en semejante extravío, no sólo envolvería una falta de civilidad y de
cultura, sino que daría muy mala idea de la dignidad de nuestro carácter, y
arrojaría sobre nosotros la fea y degradante nota de glotones, ya que no
hiciese pensar que hablamos allí concurrido tan sólo con el objeto de comer.
24 — Los caballeros se retiran generalmente de las reuniones
nocturnas muy numerosas sin despedirse de nadie (párrafo 60, pág. 285).
Respecto de las señoras, ellas omitirán también despedirse de los demás
concurrentes, y aun de los dueños de la casa, cuando no crean prudente
distraerlos
de sus multiplicadas ocupaciones. Pero téngase presente que la
persona, cualquiera que sea,
en cuyo obsequio se haya celebrado un festín, no puede jamás
retirarse sin presentar sus
respetos y manifestar su agradecimiento a los dueños de la casa.
25 — Está enteramente prohibido a un caballero, como un acto de
muy mala educación, el
ofrecer su compañía a una señora que se retira de un festín y
con la cual no tiene amistad,
aunque haya sido presentado a ella ocasionalmente, haya bailado
con ella, o le haya tocado
obsequiarla en el curso de la reunión.
26 — Debemos una visita de agradecimiento a la persona que nos
ha invitado a un festín,
hayamos o no concurrido a él. Esta visita se hace dentro de un
período de ocho días, el cual
empieza a contarse pasado el siguiente a aquél en que se haya
celebrado el festín.
B
De los bailes
1 — Cuando se invita para un baile, debe tenerse un cuidado
especialísimo de que, entre las personas que estén en capacidad de bailar, no
haya de encontrarse un mayor número de señoras que de caballeros. Y como puede
suceder que las excusas, o cualesquiera otros accidentes que no puedan
preverse, vengan a producir este resultado, deberá invitarse siempre mayor
número de caballeros que de señoras.
2 — A la señora y al señor de la casa no les es lícito bailar
sino por un corto rato, y sólo por vía de obsequio a alguna persona respetable;
bien que nunca ambos a un mismo tiempo, pues entonces quedaría la reunión
enteramente privada de sus atenciones, las cuales no deben sufrir interrupción
alguna.
3 — En los intermedios del baile, los dueños de la cesa harán
circular entre las señoras, por medio de sus sirvientes, aquellos refrescos que
hayan preparado para obsequiarías durante el tiempo que precede a la cena: y en
el primer intermedio, instarán a los caballeros a tomarlos por sí mismos en
todo el curso de la reunión, indicándoles desde luego la pieza en donde se
hallan.
4 — Las personas que sin poseer la disposición y los
conocimientos necesarios toman parte en el baile, no hacen otra cosa que servir
de embarazo y de incomodidad a los bailadores realmente hábiles, desordenar y
deslucir los bailes, y deslucirse completamente ellas mismas. En esto se
cometen a un mismo tiempo varias faltas graves: se molesta a los bailadores,
estorbándoles y embrollándoles sus mudanzas, y poniéndolos en el caso de dar
lecciones de baile en ocasión en que sólo quieren divertirse: se ofende a los
dueños de la casa tomando por un entretenimiento frívolo y propio para aprender
y ensayarse, lo que ellos han querido sin duda revestir de seriedad y
elegancia; y se manifiesta poco respeto y aun desprecio a la concurrencia
entera, pues de otro modo no se concibe que una persona pueda resolverse a
presentarse a bailar ante ella, sin haber tomado las necesarias e
indispensables lecciones, sin conocer las reglas del baile, sin saber, en suma,
lo que va a hacer.
5 — No es lícito a un caballero invitar a bailar a una señora
con quien no tenga amistad; a menos que al efecto se haga presentar
ocasionalmente a ella, en la forma que quedó establecida en el párrafo 12 de la
página 225.
6 — El agruparse varios caballeros a invitar a bailar a una
señora con afanoso empeño, deteniéndose prolijamente a distribuirse las
diferentes piezas que la señora ha de bailar, ofende a las demás señoras que
observan una tan marcada muestra de preferencia que las deprime ante sí mismas
y ante los demás, y de que por tanto no dan jamás ejemplo los caballeros de
buena educación, los cuales ostentan siempre aquella noble galantería que en
sociedad concede iguales derechos a todas las señoras. Y es de notarse que
este acto, así como cualquiera otro que pueda ser mortificante, no ya a una
señora, sino a cualquier caballero, compromete la responsabilidad de los dueños
de la casa, cuya invitación se acepta siempre bajo la implícita condición de
que en ella no habrá de experimentarse ningún género de desagrado.
7 — Cuando una señora no acepte la invitación de un caballero
para bailar, manifestándole que no está dispuesta a tomar parte en el baile, se
abstendrá de hacerlo en todo el curso de la reunión, pues lo contrario sería
una muestra de descortesía, enteramente ajena del carácter amable y
eminentemente inofensivo que debe distinguir siempre al bello sexo. Y si la
causa de su negativa llega a desaparecer en el curso de la reunión y se siente
luego dispuesta a bailar, no lo hará sin hacer llamar a aquel caballero y
ofrecerle su aceptación, hecho lo cual, y aunque a él no le sea dable
aprovecharse de este ofrecimiento por tener ya otros compromisos, podrá ya
libremente tomar parte en el baile con cualquier otro caballero.
8 — Un caballero no puede ceder a otro la señora que ha aceptado
su invitación para bailar, o con quien se encuentra ya bailando. Este acto sólo
sería inofensivo y admisible, por vía de obsequio a un sujeto muy respetable,
que se quedase sin tomar parte en el baile por estar ya comprometidas todas las
señoras; mas siempre con previo consentimiento de aquélla, y sin conocimiento
anterior de la persona a quien se pretendiese hacer semejante obsequio. Sería
muy impropio, y aun ofensivo a una señora, el pedir a su caballero se la
cediese para bailar con ella.
9 — Es notable incivilidad en un caballero el bailar
consecutivamente, cuando el número de caballeros que se encuentran en la
reunión excede visiblemente al de las señoras, y han de quedar, por lo tanto,
algunos de aquéllos sin tomar parte en el baile.
10 — Las personas con quienes ha debido contarse y en efecto se
ha contado para bailar, no deben dejar de hacerlo sino por motivos
evidentemente justificados; pues la inacción de los bailadores debilita siempre
en tales casos la animación y el contento de la reunión y no debe olvidarse
nunca que a los festines no se va únicamente a satisfacer los propios gustos y
caprichos (párrafo 15, pág. 302).
11 — Cuando un caballero sea instado a invitar a una señora a
bailar, deberá prestarse gustosamente a ello, aun cuando la señora no sea de su
agrado para el objeto; pues toda muestra de repugnancia, sería estimada como
una falta de consideración a la misma señora y a los dueños de la casa.
12 — Los caballeros de fina educación ceden siempre en el baile
espontánea y gustosamente los puestos más preferentes, a aquellos a quienes la
edad u otras circunstancias dan derecho a esta muestra de consideración y
respeto. Nada hay más repugnante ni que dé una idea más triste de la educación
de un joven, que el verle en estos actos sobreponiéndose a los sujetos que le
son superiores. Sin embargo, la pareja en que se encuentra una señora muy
respetable, deberá siempre tener la preferencia sobre otra pareja cuya señora
sea de menor respetabilidad, sea cual fuere la edad y la categoría de su
caballero.
13 — Por regla general, siempre que antes de principiar a bailar
se presente una pareja en que se encuentre la señora o el señor de la casa,
deberá cedérsele por todos el puesto más privilegiado.
14 — Los caballeros ofrecerán siempre el brazo a sus parejas, al
levantarse éstas de sus asientos para dirigirse al lugar del baile, lo mismo
que cuando se retiren después a sentarse de nuevo.
15 — Jamás podrán ser excesivos el respeto, la delicadeza y el
decoro con que un caballero trate a una señora en el acto de bailar.
16 — Apenas se concibe que haya padres y madres de familia que
consientan que sus hijas, cuya inocencia deben proteger y defender con esmerado
empeño, sin que para ello los detenga ninguna especie de consideración, se
sometan en el baile a ciertas modas que no contemplan lo bastante el pudor de
la mujer, y que suelen invadir de cuando en cuando la sociedad para viciarla y
corromperla. El imperio de la moda, ya lo hemos dicho, pierde toda legitimidad,
todo derecho, todo dominio en los círculos de personas verdaderamente bien
educadas, desde el momento en que de alguna manera ofende la moral y las buenas
costumbres; y un padre, una madre, un esposo, un hermano, un pariente
cualquiera de una señora, están plenamente autorizados para retirarla del baile
y hacerla tomar asiento, cuando no la vean tratada con la extremada delicadeza
que le es debida; sin que al sujeto que la acompañe le quede otro partido que
sufrir en silencio su bien merecido sonrojo, y aprender para lo futuro a
conducirse dignamente en sociedad.
17 — Al tomar asiento una señora que acaba de bailar, el
caballero le dará las gracias por el honor. que ha recibido, y le hará una
cortesía antes de retirarse, limitándose la señora a corresponderle con una
ligera inclinación de cabeza.
18 — Desde que los dueños de la casa han instado a algunos
caballeros a tomar de los refrescos de que habla el párrafo 5, ya cualquiera de
los demás puede pasar a tomarlos.
19 — En los intermedios del baile, cada caballero obsequiará a
la señora con quien acabe de bailar, ofreciéndole alguno de los refrescos
indicados en el párrafo anterior.
C
De los banquetes
1 — Siempre que hayamos de dar un banquete prepararemos de
antemano todo lo que para ello exija nuestra acción inmediata o nuestra
intervención, a fin de que a la hora de llegar los convidados nos encontremos
enteramente expeditos para recibirlos. Cuando los dueños de la casa, en lugar
de permanecer en este acto en la sala de recibo, con aquel aire de tranquilidad
que revela el convencimiento de no haber dejado nada por hacer, aparecen
inquietos, salen con frecuencia de la sala, oyen y resuelven consultas
relativas a la comida y dan disposiciones a los sirvientes; cuando su previsión
no ha alcanzado a evitar que en tales momentos se hagan entrar en la casa, a la
vista de los convidados, las viandas que se han preparado en otra parte, o
cualesquiera otros objetos necesarios para la mesa, no sólo se manifiestan
incapaces de desempeñar dignamente los deberes que se han impuesto, sino que
ocasionan a la concurrencia el desagrado de ver que el obsequio que recibe
cuesta demasiados afanes y fatigas.
2 — No es sin embargo, una falta, que durante el tiempo en que
van llegando los convidados, la señora o el señor de la casa se alejen alguna
vez de la sala con el objeto de inspeccionar la mesa; con tal que lo hagan sin
manifestar inquietud, y que en su ausencia queden aquéllos acompañados de
personas de su familia.
3 — Los dueños de la casa harán poner de antemano en la mesa,
junto con cada cubierto, una tarjeta que contenga el nombre de la persona que
ha de ocupar aquel lugar, la cual se conservará en él en todos los servicios;
teniendo para ello presente:1.°, que las señoras deben estar interpoladas con
los caballeros, procurándose que cada uno de éstos quede al lado de la señora
que conduzca a la mesa; 2.°, que las personas entre sí relacionadas por
vínculos de inmediato parentesco, deben colocarse a alguna distancia unas de
otras; 3.°, que la señora de la casa debe ocupar el centro de la mesa, situando
a su derecha al caballero más caracterizado y a su izquierda al que siga a éste
en respetabilidad; 4.°, que el centro del lado opuesto debe ser ocupado por el
señor de la casa, situándose a su derecha la señora más caracterizada y a su
izquierda la que siga a ésta en respetabilidad.
4 — Cuando el banquete tenga por objeto obsequiar a una
determinada persona, será ésta precisamente la que ocupe el lado derecho de la
señora o del señor de la casa según que sea un caballero o una señora; a menos
que se encuentre presente alguna persona que por su edad u otras circunstancias
sea en alto grado superior a aquélla, pues entonces es de etiqueta el dar a la
más caracterizada el lugar más preferente. En estos casos, la persona que es
objeto del obsequio será colocada a la izquierda de la señora o del señor de la
casa, y nunca en otro puesto, aun cuando sean varias las personas de mayor
categoría que se hallen presentes.
5 — En los banquetes a que no concurran señoras, el señor de la
casa ocupará el Centro de la mesa, del lado que dé el frente a la entrada
principal del comedor, situándose a su derecha la persona más caracterizada, y
a su izquierda la que siga a ésta en respetabilidad; y el centro del lado
opuesto será ocupado por la persona que entre los demás concurrentes sea más
caracterizada, la cual quedará en medio de las dos personas que le sigan en
respetabilidad, dándose siempre la preferencia de la derecha a aquélla de las
dos que sea más caracterizada.
6 — Cuando en un banquete se hallen presentes varios ministros
de Estado, la preferencia en los puestos que han de ocupar en la mesa, será
establecida por el rango que cada cual ocupe en el Gabinete: si se hallan
presentes varios ministros extranjeros, la preferencia será igualmente
establecida por el rango diplomático de cada cual; y entre un ministro de
Estado y un ministro extranjero, aquél tendrá siempre el lugar más preferente.
Siendo el jefe del Estado el que dé el banquete, es de etiqueta que posponga en
la mesa sus ministros a los ministros extranjeros.
7 — Las instrucciones que han de recibir los Sirvientes para el
buen desempeño de sus funciones, deberán dárselas precisamente antes de llamar
a la mesa, pues durante la comida, es altamente impropio que los dueños de la
casa se ocupen en dar disposiciones relativas al servicio; y para aquellas
órdenes y advertencias que en tales momentos lleguen a ser indispensables,
deben procurar, si es posible, hacerse entender por sus sirvientes tan sólo con
la vista.
8 — Una vez arreglada la mesa, y dispuesto todo lo necesario
para la comida, los dueños de la casa y los concurrentes se trasladarán al
comedor; procediéndose en este acto en la misma forma que quedó establecida en
el párrafo 12 de la página 300 y procurándose (párrafo 3) que cada caballero
conduzca a la señora a cuyo lado ha de sentarse a la mesa.
9 — Las personas que van entrando al comedor, aguardan de pie a
que llegue la señora de la casa, y entretanto, cada caballero busca en la mesa
su propia tarjeta y la de la señora que ha conducido, a fin de que todos puedan
tomar asiento oportunamente sin confusión ni embarazo.
10 — Llegada la señora de la casa al comedor, toma ella asiento,
y todos los demás hacen lo mismo inmediatamente; apartando cada caballero la
silla que ha de ocupar la señora que ha conducido, para que ésta pueda entrar
cómodamente a sentarse, y esperando a que sea ella la primera que se coloque
para tomar él después su asiento. Los caballeros acostumbran hacer en este acto
una ligera cortesía a las señoras que han conducido, la cual les es
correspondida por ellas con otra cortesía.
11 — Al sentarse a la mesa, cada persona toma su servilleta, la
desdobla y la extiende sobre las rodillas; teniendo presente que ella no tiene
ni puede tener otro objeto que limpiarse los labios, y que el aplicarla a
cualquier otro uso es un acto de muy mala educación.
12 — Cuando al llegar los concurrentes a la mesa encuentran ya
servido el primer plato, ninguno empieza a tomarlo antes que la señora de la
casa.
13 — Los licores que haga servir expresamente el dueño de la
casa, no se rehúsan jamás por ninguno de los circunstantes. Cuando una persona
tiene algún impedimento físico para tomar en tales casos el licor que se le
ofrece, hace siempre al dueño de la casa el acatamiento de aceptarlo, y se
limita a tomar una pequeña parte o a llevarlo a los labios.
14 — En la mesa no se hace jamás una segunda invitación para
tomar de un manjar, y mucho menos de un licor. La persona que apetezca lo que
le ofrecemos, lo aceptará desde luego; y si no lo acepta, es prueba de que le
haríamos un mal, lejos de un obsequio, obligándola a tomarlo.
15 — Cuando la señora o el señor de la casa, por hacernos un
obsequio especial, nos sirvan o nos hagan servir alguna cosa sin haber
consultado antes nuestra disposición o nuestro gusto, aceptémosla desde luego
cortésmente, y si nos es absolutamente imposible tomarla, probémosla por lo
menos, o hagamos que la probamos, como una muestra de consideración y
agradecimiento.
16 — En las mesas de etiqueta no está admitido elogiar los
platos. En las reuniones pequeñas y de confianza puede un convidado hacerlo
alguna vez; mas en cuanto a los dueños de la casa, ellos apenas se permitirán
hacer una ligera recomendación de un plato, cuando el mérito de éste sea tan
exquisito que no pueda menos que ser conocido por los demás.
17 — Cuando se esté sirviendo de un plato a toda la
concurrencia, no debe principiarse a servir de otro de diferente contenido.
Esta regla, de que muchas veces es necesario prescindir en los banquetes muy
concurridos, casi siempre se observa en las pequeñas reuniones.
18 — Dirijámonos siempre a los sirvientes para que nos
proporcionen todo lo que nos veamos en la necesidad de pedir, y no ocupemos en
nada a las personas que se encuentran en la mesa. Sin embargo, cualquier
persona puede pedir a un caballero que se halle a su lado, que le sirva de un
plato que tenga éste muy a la mano.
19 — Siempre que encontrándonos en una mesa con el carácter de
convidados, tengamos que dirigirnos a los sirvientes con cualquier objeto,
hablémosles en voz baja, en un tono suave, y con palabras que así excluyan la
familiaridad como la dureza y la arrogancia.
20 — En cuanto a los dueños de la casa, ellos no hablarán
tampoco a los sirvientes en tono imperativo y acre, ni les reñirán en ningún
caso, por graves que sean los desaciertos que cometan en la manera de servir a
la mesa (párrafo 4, pág. 121); y si ocurriere que un sirviente vuelque alguna
fuente, o rompa alguna pieza, sea ésta del valor que fuere, aparecerán
completamente inalterables en su afabilidad y buen humor, y, si es posible, ni
manifestarán haberlo percibido.
21 — Los caballeros deben tener presente que su principal
atención en un banquete, es servir a las señoras que tengan a su lado, y con
especialidad a aquellas que han conducido al comedor; en la inteligencia de que
a este deber, que desempeña siempre con gusto y con exquisita amabilidad todo
hombre fino, están enteramente subordinados los placeres materiales que cada
cual pueda proporcionarse a sí mismo.
22 — En la mesa debe sostenerse siempre una conversación ligera
y agradable, que mantenga constantemente viva la animación y la alegría de la
concurrencia, y que esté exenta de toda palabra o alusión que en alguna manera
sea impropia de las circunstancias. Están por lo tanto severamente prohibidas
en ella las discusiones sobre toda materia, las disertaciones serias, las
noticias sobre enfermedades, muertes o desgracias de cualquier especie, la
enunciación, en fin, de toda idea que pueda preocupar los ánimos o causar
impresiones desagradables.
23 — Toca especialmente a los dueños de la casa promover y
fomentar la conversación de la mesa, e impedir que llegue nunca a decaer, hasta
el punto de entibiar la animación y el contento que deben reinar siempre en
esta especie de reuniones.
24 — Cuando la reunión es pequeña, la conversación por lo común
es general: cuando es numerosa, cada cual conversa con las personas que tiene a
su lado, pues para hacerse oír a una gran distancia sería necesario levantar la
voz, y esto no está nunca permitido en la buena sociedad.
25 — La alegría de la mesa debe estar siempre acompañada de una
profunda y constante discreción así porque el hombre bien educado jamás se
entrega sin medida a los afectos del ánimo, como porque el exceso del buen
humor conduce fácilmente en la mesa al abuso de los licores, y nada hay tan
vulgar ni tan degradante como el llegar a perder en sociedad la dignidad y el
decoro, hasta aparecer bajo la torpe influencia de semejante extravío.
26 — Según esto, sería una grave falta en los dueños de la casa,
el empeñarse en hacer tomar a sus convidados mayor cantidad de licor que
aquella que voluntariamente quisiesen. En esto no les haría ningún obsequio,
antes bien parecería que su salud les era indiferente, o, lo que es peor
todavía, que querían atentar contra su dignidad y su decoro.
27 — La sobriedad y la templanza son las naturales reguladoras
de los placeres de la mesa, las que los honran y los ennoblecen, las que los
preservan de los excesos que pudieran envilecerlos; y cual genios tutelares de
la salud y de la dignidad personal, nos defienden en los banquetes de los
extravíos que conducen a los sufrimientos físicos, y nos hacen ca. paces de
manejarnos, en medio de los más deliciosos licores y manjares con aquella
circunspección y delicadeza que distinguen siempre al hombre civilizado y
culto. Seamos, pues, sobrios y moderados en la mesa, y pensemos siempre que a
ella no debemos ir únicamente a gustar de los placeres sensuales, sino a
disfrutar de los encantos de la sociabilidad, y a poner por nuestra parte el
justo y necesario contingente para los goces de los demás, y para la
satisfacción de aquellos que nos han hecho el obsequio de convidarnos.
28 — Pero debe advertirse al mismo tiempo que es un signo de
mala educación y de poco roce con la gente, el mostrar en la mesa cortedad o
hastío, limitándose a probar de algunos platos y repugnando todos los demás.
Las personas de buena educación, si bien no se exceden nunca en la mesa,
tampoco dejan de tomar lo bastante para nutrirse; manifestando de este modo a
los dueños de la casa la complacencia que experimentan, y haciéndoles ver que
han tenido gusto y acierto en la elección y preparación de los manjares.
29 — Suele usarse en la mesa, como un obsequio especial, el que
unas personas inviten a otras a tomar vino junto con ellas. Para esto deben
tenerse presentes las reglas siguientes: 1.a, un convidado no hará nunca esta
invitación antes que el dueño de la casa haya dado de ello ejemplo; 2.a, las
personas invitadas no pueden en ningún caso rehusar la invitación; en la
inteligencia de que si alguna de ellas estuviere impedida de tomar licor, lo
acercará siquiera a los labios; 3.a, la elección del vino la hace la persona
más caracterizada, a instancias de aquella que ha hecho la invitación; y cuando
alguna de las demás no puede tomar del mismo vino, es de etiqueta que pida
permiso a la que ha hecho la elección, para tomar de uno diferente.
30 — Luego que se ha terminado el servicio de los postres, se
pone de pie la señora de la casa, y toda la concurrencia pasa a la pieza donde
ha de tomarse el café.
31 — El café se sirve en una pieza separada, donde se sitúa una
mesa destinada al efecto, o bien en la sala, como se ve generalmente en las
reuniones de confianza.
32 — Sólo en las reuniones numerosas, y en todas aquellas que
tienen algún carácter público, oficial o diplomático, están recibidos los
discursos llamados brindis. Las personas que han de pronunciarlos, están
naturalmente llamadas a ello por su posición particular respecto del objeto del
convite, por su categoría o su representación social, y a veces expresamente
designadas con su debido consentimiento. Suele usarse, y es práctica digna de
ser recomendada. que el número de brindis de etiqueta o de designación especial
se haga saber a los concurrentes por medio de la tarjeta que se coloca en el
puesto de cada cual (párrafo 3), a fin de que no sean interrumpidos por alguna
persona que espontáneamente quiera también tomar la palabra.
33 — Es una insoportable incivilidad el pedir públicamente a una
persona que pronuncie un brindis para el cual no esté preparada. Lejos de
hacérsele un obsequio, se la expone a pasar por el sonrojo de deslucirse.
34 — En los banquetes a que no concurren señoras, el dueño de la
casa asume naturalmente todas las funciones, y recibe las consideraciones que
según las reglas corresponden a la señora de la casa.
35 — Terminado un banquete, los concurrentes deben permanecer
todavía en la casa media hora por lo menos, pues sería altamente impropio
retirarse en el acto.
D
De las reuniones de campo
1 — Aunque se ha dicho que en el campo se relaja un tanto la
severidad de la etiqueta (párrafo 52, pág. 283), esto no es en manera alguna
extensivo a aquellas reuniones que tienen carácter serio; ni quiere decir
tampoco que en las que sean de confianza pueda procederse discrecionalmente en
todas ocasiones, ni menos quebrantarse ninguna de las reglas establecidas para
el buen orden y lucimiento de los festines.
2 — Entre gentes de buena educación, la libertad que brinda el
campo se circunscribe siempre a los límites de la moderación y del decoro; y si
bien comunica a la sociedad un cierto grado de flexibilidad y soltura, que a
veces necesita para armonizar con la amenidad del campo y gozar mejor de los
encantos que en él ofrece la naturaleza, jamás llega a sustituirse enteramente
a aquella etiqueta que debe reinar en todas las situaciones de la vida
(párrafos 7 y 8, pág. 48), ni autoriza otros actos de confianza que los que son
naturales y debidos, según los derechos que la amistad concede, y según las
leves inalterables de la delicadeza y la decencia.
3 — En las reuniones de confianza, donde el carácter de la
sociedad puede más fácilmente conducirnos a abusar de la libertad del campo, es
en las que debemos poner mayor cuidado y prudencia en la manera de manejarnos,
sin perder un solo momento de vista el importante principio, que nunca será
excesivamente recomendado, de que nuestra franqueza y esparcimiento deben tener
en todas ocasiones por regla y por medida de discreción, la dignidad y el
decoro.
4 — En las reuniones de campo, cuando son de larga duración,
nacen con frecuencia diferentes proyectos de paseos y otros entretenimientos,
los cuales se malogran o se acibaran, cuando algunos de los concurrentes se
manifiestan poco dispuestos a tomar parte en ellos, o bien lo hacen con
displicencia, o sin todo el interés con que cada cual debe contribuir a la
animación y al contento de la reunión. Seamos, pues, siempre fáciles y
complacientes, y sacrifiquemos nuestros gustos, nuestras antipatías y aun nuestra
comodidad, cada vez que esto sea necesario para evitar que por nuestra causa se
entibie o decaiga la común alegría.
5 — Los caballeros deben poner un especial esmero en atender y
servir a las señoras y en hacerles agradables todos los momentos que pasen en
su compañía; adhiriéndose de muy buena voluntad a todos sus deseos, sus gustos
y aun sus caprichos, aunque hayan de privarse de entretenimientos que tengan
para ellos un particular atractivo.
6 — Es por lo tanto incivil, y ajeno de la fina galantería, que
los caballeros, como suele verse, se separen de las señoras con el objeto de
entregarse al juego de naipes, o a cualesquiera otras distracciones en que
ellas no tomen parte, o que abandonen la reunión para ir a paseos a que puedan
conducirlas.
E
De las reuniones de duelo
1— Cuando en una casa acontece la desgracia de morir una de las
personas de la familia, es natural que algunos de los parientes y amigos más
inmediatos de ésta, permanezcan a su lado por cierto número de días, para
prodigarle los consuelos de que necesita en tan dolorosos momentos, para
recibir a su nombre las visitas de duelo y de pésame (párrafos 30 y 31, pág.
246), y para relevarla, en fin, de todas las atenciones de la casa que sean
incompatibles con las impresiones de un pesar profundo.
2.— En los casos en que nuestros amigos o parientes pierdan una
persona de su familia, seamos muy mirados y circunspectos para considerarnos
comprendidos en el deber que impone el párrafo anterior; pues nada habría más
impropio ni más impertinente, que el ir a situarnos en una casa en tales
circunstancias, sin estar a ello real y evidentemente llamados por la intimidad
de nuestras relaciones, y sin tener la certeza de necesitarse en ella de
nuestra presencia y nuestros servicios (párrafo 26, página 245).
3— Las personas que se sitúan en la casa de un difunto, sin
estar para ellas autorizadas por las consideraciones que acaban de expresarse,
dan una idea muy desventajosa de su carácter, por cuanto aparece que han
querido convertir en una tertulia un cuadro de dolor y de llanto, o bien que
sólo han ido en busca de los placeres de la mesa, adonde suponen que su
concurrencia ha de hacer que sea ésta más abundante y selecta que de ordinario;
incurriendo, además, en la notable inconsideración de ir a aumentar así los
gastos y atenciones de una familia afligida.
4— Siempre que hayamos de acompañar en tales casos a nuestros
parientes y amigos, observemos una conducta que sea enteramente propia de las
circunstancias, manifestando en todos nuestros actos que respetamos su
situación y tomamos parte en su sentimiento. En cuanto a dirigirles expresiones
de consuelo, tengamos presente que se necesita de un tacto exquisito para que
ellas no lleguen a ser inoportunas e impertinentes, y para que no contribuyan,
como suele verse, a aumentar el dolor, lejos de mitigarlo.
5— La puntual observancia de estas reglas ahorrará a las
personas que sufren por la pérdida de un ser querido, el tormento de ver en su
casa, en los momentos más terribles de su dolor, una reunión numerosa y llena
de indolencia que conversa, ríe y celebra los chistes de cada cual, y que
ofrece el chocante y horrible contraste de la alegría y los placeres de la
mesa, dentro de un recinto enlutado y tétrico, en medio de una familia llorosa
y desconsolada, y a veces aun al lado de un cadáver.
6— En las reuniones de duelo habrá una mesa frugal no menos que
decente, a que no asistirán jamás los deudos más inmediatos del difunto, y en
la cual no se hará otra cosa que satisfacer la más urgente necesidad de
alimentarse; sin que en la reunión, se note ningún acto, ni se oiga ninguna
expresión que tenga algo de común con la animación y el júbilo de los
banquetes, o que en alguna manera desdiga de la naturaleza de las
circunstancias.
F
De los entierros
1 — Las costumbres de cada país son las que dan la pauta para el
ceremonial de un entierro. En ciertos países las invitaciones para los
entierros se hacen por los periódicos. Los familiares hacen una invitación y
las entidades comerciales u oficiales, con que el difunto ha estado vinculado,
hacen otras tantas invitaciones.
2 — El ataúd es cargado en hombros desde la capilla mortuoria a
la carroza por los familiares masculinos o amigos más íntimos, o por personas
especialmente contratadas.
3 — Las cintas en número de ocho son llevadas por las personas
más caracterizadas oficial o socialmente y son solicitadas por los familiares,
o designadas por el protocolo en caso de personajes oficiales, Las cintas se
llevan de la capilla mortuoria a la carroza y llegando al cementerio se cambian
los portadores de ellas de la carroza al mausoleo o nicho donde se efectuará el
entierro.
4 — En la caravana de automóviles que acompaña a la carroza irán
en el primer carro las personas más allegadas al difunto que son las que
arrastran el duelo acompañadas por el edecán del Presidente de la República, si
es que éste se ha hecho representar en el acto.
5 — Si hay discursos, éstos se dirán en el cementerio. Después
de los discursos y de los servicios religiosos se efectúa la inhumación de los
restos con lo cual termina el ceremonial del entierro.
6 — Los acompañantes deben marchar con paso lento, y con aire de
circunspección y recogimiento que armonice con la naturaleza del acto y con la
situación de los doloridos; pues es siempre una muestra de civilidad y de
cultura, el manifestar en la exterioridad que se participa del dolor de las
personas afligidas que se acompañan.
7 — Es, según esto, un acto sobremanera incivil e impropio el
conversar durante la marcha, y el ir una persona apoyada en el brazo de otra.
En cuanto a fumar en el tránsito, esta es una falta en que no pueden incurrir
jamás ni las personas que sólo tengan una ligera idea de la buena educación, y
de los deberes y prohibiciones que imponen las convenciones sociales.
8 — Los doloridos toman los puestos principales, que son siempre
los más próximos al lugar donde se coloca el féretro. Respecto de los
acompañantes, éstos se colocarán en los demás puestos, según la edad y la
categoría de cada cual.
9 — Una vez terminados los oficios religiosos y la inhumación,
los acompañantes se retiran sin despedirse, haciendo sólo una cortesía a los
doloridos aquéllos que los encuentren a su salida.
G
De las honras fúnebres.
1 — Los parientes y los amigos más inmediatos del difunto, son
los que generalmente acompañan a los doloridos cuando se dirigen al templo.
Todos los demás concurrentes se trasladan directamente a éste a la hora
designada para la función.
2 — En cualquier tiempo en que se celebren las exequias de una
persona, o se conmemore su muerte con una función religiosa, el de la ceremonia
es un día de duelo para su familia, y así toda reunión bulliciosa, toda comida
de invitación, todo acto que produzca algún goce, o que bajo algún respecto
incluya la idea del placer, es enteramente impropio y ajeno de las
circunstancias, altamente contrario a todo sentimiento de humanidad y de
decoro, y al mismo tiempo un ultraje que se hace a la memoria del difunto.
3 —Por lo mismo que en el día de la función religiosa se renueva
el dolor de la familia del difunto, es natural que algunos de sus parientes y
amigos más inmediatos le hagan compañía.
V
De la mesa
A
De la mesa en general
1 — La mesa es uno de los lugares donde más clara y prontamente
se revela el grado de educación y de cultura de una persona, por cuanto son
tantas y de naturaleza tan severa, y sobre todo tan fáciles de quebrantarse,
las reglas y las prohibiciones a que está sometida.
2 — Según esto, jamás llegará a ser excesivo el cuidado que
pongamos en el modo de conducimos en la mesa, manifestando en todos nuestros
actos aquella delicadeza, moderación y compostura que distinguen siempre en
ella al hombre verdaderamente fino.
3 — Es importante advertir, antes de entrar en el pormenor de
las reglas de esta sección, que la mayor parte de los excesos y desaciertos en
que suele incurrirse en las reuniones de mesa, aun por personas bajo otros
respectos recomendables, tienen origen en los hábitos que hace contraer el
gravísimo error de pensar, que en la mesa privada o de familia puede usarse de
una amplia e ilimitada libertad. Tan absurda creencia conduce a prescindir de
una multitud de reglas que, estando fundadas en los principios inalterables de
la delicadeza, la propiedad y el decoro, pertenecen indudablemente a la
etiqueta general y absoluta; y hace sacrificar a cada paso la belleza, la
dignidad y la elegancia, a una comodidad que no acierta nunca a concebir el que
ha llegado a acostumbrarse a proceder en todas ocasiones conforme a los
preceptos de la urbanidad.
4 — Las costumbres domésticas a fuerza de la diaria y constante
repetición de unos mismos actos, llegan a adquirir sobre el hombre un imperio
de todo punto irresistible, que le domina siempre, que se sobrepone al
conocimiento especulativo de sus deberes, que forma al fin en él una segunda
voluntad y le somete a movimientos puramente maquinales; y así, cuando hemos
contraído hábitos malos en la manera de manejarnos en nuestra propia mesa, es
imposible que dejemos de deslucirnos en una mesa extraña, por grande que sea el
cuidado que pongamos entonces en aplicar unas reglas que no nos son familiares,
y que por el contrario, estamos acostumbrados a quebrantar diariamente.
5 — Es, pues, indispensable que contraigamos el hábito de
observar en nuestra mesa privada las reglas de la urbanidad, así porque nuestra
familia es acreedora a las mismas consideraciones que debemos siempre en la
mesa a los extraños, como porque sin este hábito no podremos proceder en los
banquetes con aquella naturalidad y aquel despejo que aparecen siempre en las
maneras del hombre culto. En cuanto al desahogo que nos permite la íntima
confianza que tenemos con nuestra propia familia, él se revela, entre la gente
fina, en ligeros e imperceptibles rasgos de nuestro continente y de nuestra
conducta, que no pueden explicarse, y que pertenecen a las excepciones y
diferencias que sabe siempre establecer un sano criterio.
6 — No tomemos nunca asiento en la mesa antes que lo hayan hecho
nuestros padres, o cualesquiera otras personas de mayor respetabilidad que
nosotros, de quienes estemos acompañados.
7 — La regla anterior no tiene aplicación en las fondas y
restaurantes, donde cada cual toma asiento en la mesa desde el momento en que
llega. Mas cuando, mediante una invitación especial, vayamos a comer a ellas en
compañía de amigos nuestros, no es sólo aquella regla la que debemos observar,
sino todas las demás relativas a los banquetes, con las modificaciones propias
del carácter más o menos serio de la reunión; teniendo presente que entonces la
persona que ha convidado debe proceder bajo todos respectos y ser considerada
por los demás, como si estuviese en su propia casa.
8 — Situémonos a una distancia conveniente de la mesa, de manera
que no quedemos ni muy próximos ni muy separados, y demos a nuestro cuerpo una
actitud en que parezcan combinadas la naturalidad y la elegancia, sin
inclinarnos hacia adelante más de lo que sea absolutamente indispensable para
comer con comodidad y aseo.
9 — No apoyemos nunca en la mesa todo el antebrazo, y en ningún
caso pongamos sobre ella los codos en el momento de comer. Y téngase presente
que es un acto que manifiesta poca cultura, y que al mismo tiempo comunica al
cuerpo un aire inelegante y tosco, el dejar caer sobre las piernas una mano,
ocultándola así de la vista de los demás, en tanto que se está haciendo uso de
la otra para comer o beber.
10 — No nos reclinemos en el respaldo de nuestro asiento, ni nos
apoyemos en el de los asientos de las personas que tengamos a nuestro lado, ni
toquemos a éstas sus brazos con los nuestros, ni estiremos las piernas, ni
ejecutemos, en fin, otros movimientos, que aquellos que sean naturales y
absolutamente imprescindibles. El acto de levantar los codos al dividir con el
cuchillo la comida que se pone en el plato, o al tomarla con el tenedor para
llevarla a la boca, es singularmente característico de las personas mal
educadas.
11 — Jamás nos pongamos de pie, ni extendamos el brazo por
delante de una persona o hacia las que se encuentran en el lado opuesto, con el
objeto de alcanzar algo que esté distante de nosotros, o de tomar o pasar un
plato o cualquier otra cosa. Valgámonos en todos los casos de los sirvientes, o
de las personas que se encuentran a nuestro lado, cuando éstas tengan muy a la
mano lo que necesitemos.
12 — Cada uno de los instrumentos y utensilios de que nos
servimos en la mesa, tiene su manera peculiar de manejarse; y es observación
que no debe omitirse, que las faltas en este punto, de tan poca entidad real,
son sin embargo características de las personas mal educadas.
13 — El cuchillo y el tenedor se toman empuñando el mango con
los tres últimos dedos, y adhiriendo a éste el pulgar por el lado interior y el
índice por encima, el segundo de los cuales debe quedar más avanzado que el
primero, sin que se lleve nunca en el cuchillo más allá del principio de la
hoja, ni en el tenedor hasta acercarlo a la raíz de los dientes.
14 — La cuchara se toma del modo siguiente: vuelta la palma de
la mano hacia dentro y un tanto hacia arriba, y manteniendo los tres últimos
dedos algo recogidos, se hace descansar la cuchara en el dedo cordial; el
índice se recoge hasta quedar adherido al canto del mango; y el pulgar cae, por
último, sobre el extremo del mango, pisándole con la fuerza que sea
indispensable para que la cuchara quede enteramente sujeta.
15 — El vaso se toma por la parte más inmediata a su base, con
los dedos índice, cordial y anular, todos unidos por el lado del frente, y el
pulgar por el lado interior; recogiendo el meñique de manera que no quede
separado del anular, y dejando el mayor espacio posible entre la superficie del
vaso y la palma de la mano.
16 — Una copa se toma por la columnilla que une el pie a la
parte cóncava, con los dedos índice y cordial por el lado del frente, y el
pulgar por el lado interior, y recogiendo los dos últimos dedos sin que lleguen
a tocar la palma de la mano.
17 — Una botella se toma por el centro de su parte más ancha,
con los cuatro últimos dedos a la —derecha, y el pulgar a la izquierda; siendo
de advertir que cuando la botella haya de manejarse con la mano izquierda, los
dedos tendrán naturalmente una situación inversa, es decir, que los cuatro
últimos dedos quedarán a la izquierda y el pulgar a la derecha.
18 — Cuando no podamos tomar cómodamente la botella de la manera
indicada en el párrafo anterior y tengamos, por tanto, que tomarla por el
cuello, pongamos un especial cuidado en alejar los dedos del extremo superior
de éste cuanto nos sea posible.
19 — La cuchara y el cuchillo se manejan invariablemente con la
mano derecha; mas en cuanto al tenedor, tan sólo podrá manejarse con la
derecha, cuando se tomen comidas que no necesitan ser divididas con el cuchillo
20 — Suele usarse, al tomar del plato la comida con el tenedor
en la mano derecha, auxiliar éste con la otra mano por medio de un pequeño
pedazo de pan; pero téngase presente que este acto produce siempre una
impresión muy desagradable a la vista. En los casos en que no sea bastante el
solo tenedor para tomar la comida, abstengámonos de pasarlo a la derecha y
auxiliémonos con el cuchillo.
21 — El uso de la cuchara y del tenedor está siempre indicado
por el contenido de cada plato, puesto que natural y necesariamente habremos de
servirnos de aquélla para tomar los líquidos, y toda comida que no pueda
fácilmente llevarse a la boca con el tenedor, quedando éste, por consiguiente,
destinado para todos los demás casos. Pero suele verse empleada la cuchara para
tomar comidas que evidentemente pueden tomarse con el tenedor, y conviene, por
tanto, advertir que éste es un abuso enteramente contrario a la propiedad y a
la etiqueta de la mesa.
22 — No incurramos nunca en la grave falta de llevar el cuchillo
a la boca: éste no tiene en general otro uso que el de dividir y servir las
comidas sólidas con el auxilio del tenedor, y el de subdividir de la misma
manera la parte de estas comidas que viene a nuestro plato.
23 — Respecto del tenedor y la cuchara, no introduciremos en la
boca sino aquella parte que es absolutamente indispensable para tomar la comida
con comodidad y aseo: teniendo el cuidado de que estos instrumentos no se rocen
jamás con nuestros dientes, lo cual produce un ruido sumamente desagradable y
chocante.
24 — El tenedor se lleva a la boca por su extremo. dirigiéndose
a ella oblicuamente, y la cuchara por su lado interior, de manera que queda
paralela a ella, o dándole también alguna oblicuidad, cuando ella sea
enteramente indispensable.
25 — Jamás hagamos variar de puesto el pan. que se coloca
siempre a la izquierda. ni los vasos, las copas y las tazas, que se colocan
siempre a la derecha.
26 — El pan viene a la mesa en pequeños pedazos o rebanadas; y
para ir tomando la parte que hayamos de llevar a la boca, asiremos el pan con
la mano izquierda y lo dividiremos con la derecha. sin emplear para ello el
cuchillo y sin separar jamás la miga de la corteza. El ejecutar esta operación
con el cuchillo, o con sólo la mano izquierda apoyando’ el pan en la mesa, es
enteramente impropio de la gente bien educada.
27 — Al partir el pan, situaremos las manos de manera que las
migajas que en este acto se desprenden caigan siempre dentro de un plato en que
estemos comiendo.
28 — Jamás separaremos de una rebanada de pan de un bizcochuelo,
etc., una parte mayor que la que dc una vez hayamos de tomar en la boca. Es tan
sólo propio de gentes mal educadas, el introducir en el café, en el chocolate,
o en cualquiera otro líquido, lo que ya se ha llevado a la boca, por más
natural que parezca esta libertad respecto de una taza o de un vaso que otro no
va a usar.
29 — No es de buen tono comer pan, ni beber licor o agua, hasta
que no se ha acabado de tomar la sopa.
30 — Abstengámonos severamente de llevar al original, u ofrecer
a otra persona, las comidas que hayan estado en nuestro plato y el cubierto que
hayamos ya usado; así como de ofrecer el pan que hemos tenido en nuestras
manos, el licor o el agua que hemos probado, el vaso o la copa en que hemos
bebido, etc., etc., y de ejecutar, en fin, ningún acto que en alguna manera se
oponga a las reglas anteriormente establecidas sobre el aseo para con los
demás.
31 — Por regla general, en la mesa no tomaremos en las manos ni
tocaremos otra comida que el pan destinado para nosotros. Respecto de las
frutas, jamás las despojaremos de su corteza sino por medio del tenedor y el
cuchillo; absteniéndonos de servir y de comer aquellas que para esta operación
necesiten de tomarse en las manos, las cuales vienen comúnmente a la mesa tan
sólo a constituir fuentes de adorno, o a contribuir a la belleza de otras
fuentes. En las mesas bien dispuestas, con excepción de aquellas pequeñas
frutas de corteza muy sutil, como el durazno, la manzana, etc., las demás se
presentan por lo común despojadas de su corteza o convenientemente divididas.
32 — No comamos nunca aceleradamente ni demasiado despacio; lo
primero haría pensar que procurábamos ganar tiempo para comer como glotones,
nos impediría tomar parte en la conversación, y nos haría incurrir en las
faltas que la precipitación trae consigo en todos los casos; y lo segundo
imprimiría en nosotros cierto aire de desabrimiento y displicencia, que
entibiaría la animación y el contento de los demás, y nos expondría, o bien a
hacer el deslucido papel que hace siempre el que se queda al fin comiendo solo,
o tener que renunciar. para evitar esto, a tomar lo indispensable para
satisfacer debidamente la necesidad de alimentarnos En cuanto a la manera de
beber, también debemos huir. a un mismo tiempo de la precipitación y de la
lentitud.
33 — Son actos extraordinariamente impropios y groseros el
aplicar el olfato a las comidas y bebidas, así como el soplarlas cuando están
en un alto grado de calor y el batir en este mismo caso una bebida, tomando una
parte de ella en la cuchara y vaciándola desde cierta altura en la taza que la
contiene. Siempre que temamos encontrar en alguna cosa un olor o un sabor
desagradable, abstengámonos de tomarla, sin manifestar a nadie el motivo; y
respecto de las comidas o bebidas calientes, tomémoslas poco a poco y en partes
muy pequeñas, que de esta manera pueden siempre llevarse a la boca, sea cual
fuere su grado de calor. No puede recomendarse, por demasiado repugnante, el
uso de vaciar los líquidos calientes que se sirven en tazas, en el pequeño
plato que las acompaña, para conseguir que bajen más pronto de calor y beberlos
con el mismo plato.
34 — Son también actos groseros: 1.° abrir la boca y hacer ruido
al masticar; 2°, sorber con ruido la sopa y los líquidos calientes, en lugar de
atraerlos a la boca suave y silenciosamente; 3°, hacer sopas en el plato en que
se está comiendo; 4.°, dejar en la cuchara una parte del líquido que se ha
llevado a la boca, y vaciarla luego dentro de la taza en que aquél se está
tomando; 5.°. tomar bocados tan grandes que impidan el libre uso de la palabra;
6.°, llevar huesos a la boca, por pequeños que sean; 7.°, tomar la comida por
medio del pan, en lugar de emplear el tenedor o la cuchara; 8.°, arrojar al
suelo alguna parte de las comidas o bebidas; 9.°, recoger las últimas
partículas del contenido de un plato por medio del pan o de la cuchara; 10,
suspender el plato de un lado para poder agotar enteramente el liquido que en
él se encuentre; 11, derramar en el plato las gotas de vino que han quedado en
el vaso, para poner en éste el agua que va a beberse; 12, hacer muecas o ruido
con la boca, para limpiar las encías o extraer de la dentadura partículas de
comida por medio de la lengua; 13, hablar con la boca llena.
35 — Si nos desagrada la comida o bebida que ya hemos gustado, o
si encontramos en nuestro plato un objeto que por algún motivo nos provoque
asco a nosotros, o que sea realmente asqueroso, guardémonos de proferir ni la
más ligera expresión sobre el particular, y conduzcámonos de manera que en
ninguno de nuestros movimientos ni en nuestro semblante llegue a percibirse
nuestro desagrado.
36 — Pongamos disimuladamente a un lado de nuestro plato, sin
contacto con la comida que en él se encuentre, las partículas huesosas de las
carnes y los huesos de las frutas que no podamos evitar llevar a la boca, las
espinas de los peces y cualquiera otra cosa que nos sea imposible hacer pasar
al estómago. Pero tengamos presente que este acto, de cualquiera manera que se
ejecute, será siempre desagradable a los que nos observen, y evitémoslo. por
tanto, cuidadosamente en cuanto nos sea posible, procurando despojar en el
plato las comidas de todas aquellas adherencias antes de llevarlas a la boca.
37 — Jamás usemos para nada de la orilla del plato. La
mantequilla, la sal, la salsa. y todo lo demás que nos sirvamos para acompañar
la comida principal, lo pondremos siempre dentro del plato, en el extremo de su
concavidad. Y si conteniendo nuestro plato un líquido, llegáremos a vernos en
la forzosa necesidad de poner en él alguna cosa que hayamos tenido ya en la
boca, apresurémonos a entregarlo a los sirvientes, pues si es impropio ocupar
la orilla, todavía lo sería más el continuar tomando del contenido del plato,
después de haber hecho semejante mezcla.
38 — Cada vez que en el acto de comer hayamos de abandonar
accidentalmente alguna de las piezas del cubierto, la colocaremos dentro del
plato, de manera que el mango descanse sobre la orilla de éste. Y cuando
hayamos de abandonar a un mismo tiempo el tenedor y el cuchillo, tendremos,
además, el cuidado de cruzarlos, poniendo el primero debajo del segundo.
39 — Luego que hayamos tomado lo bastante de nuestro plato,
dejaremos dentro de él el cubierto de que nos hayamos servido, poniendo el
tenedor y el cuchillo juntos, con el mango hacia nosotros, por ser este el
signo que indica a los sirvientes que deben mudamos todo esto.
40 — Para tomar los líquidos apoyaremos el borde del vaso o de
la taza en la parte exterior del labio inferior, y sólo aplicaremos el labio
superior cuando sea absolutamente indispensable para beber sin ruido. Es
altamente impropio y grosero el introducir el borde del vaso o de la taza en la
boca, de modo que el labio inferior quede cubriendo una parte de su superficie,
y el superior sumergido en el líquido.
41 — Jamás bebamos licor o agua, cuando tengamos aún ocupada la
boca con alguna comida.
42 — No olvidemos nunca limpiarnos los labios inmediatamente
antes y después de beber licor o agua, y cada vez que advirtamos no tenerlos
completamente aseados.
43 — En el acto de beber, ya sea licor, ya sea agua, fijemos la
vista en el vaso o en la copa, y no la dirijamos nunca hacia ninguna otra
parte.
44 — En el momento en que una persona está bebiendo, es notable
incivilidad el dirigirle la palabra, y todavía más cuando ello tiene por objeto
hacerle
45 — Siempre que nos veamos en la forzosa necesidad de toser,
estornudar, eructar, o sonarnos, pensemos que estos actos son infinitamente más
desagradables en la mesa que en ninguna otra situación; y al mismo tiempo que
procuremos ejecutarlos de la manera más disimulada y que menos llame la
atención de los demás, volvámonos siempre a un lado, para que jamás nos queden
de frente las viandas en tales momentos (párrafos 20 y 23, página 64, párrafo
5, página 79).
46 — Muchas veces es imprescindible en la mesa el limpiarse el
sudor, sobre todo en los climas cálidos; pero tengamos presente que este acto
es siempre desagradable en sociedad, y ejecutémoslo con tal delicadeza que
apenas lo dejemos percibir de los demás (párrafo 34, página 68).
47 — En el párrafo 22 de la página 322, quedaron indicadas las
condiciones de la conversación que debe sostenerse siempre en la mesa. Mas
encontrándose aquel párrafo entre las reglas que deben observarse en los
banquetes, pudiera acaso pensarse que las condiciones expresadas perdían algo
de su severidad, al tratarse de la conversación en la mesa privada o de
familia; y conviene, por tanto, advertir que semejante suposición sería de todo
punto absurda. Por el contrario, al lado de nuestra familia habremos de estar
todavía más prevenidos que en los banquetes, a fin de no incurrir en ninguna
falta contra la propiedad y el decoro de la conversación en la mesa; pues la
confianza que nos inspira el circulo doméstico nos expone siempre fácilmente a
incurrir en extravíos de esta naturaleza, al paso que la presencia de los
extraños nos impone de suyo cierta suma de respeto que presta circunspección a
nuestra conducta, y nos ayuda en cada caso a llenar todas las fórmulas y a
observar todas las reglas que la urbanidad establece.
48 — Entre los extravíos a que naturalmente nos arrastra en la
mesa la confianza con nuestra familia, aparece desde luego la propensión a
reñir a los sirvientes, y la de hacer girar la conversación sobre asuntos
privados que, a poco que meditemos, reconoceremos que no es propio ni delicado
se trasciendan fuera de nuestra casa. Respecto de lo primero, pensemos que si
en todas ocasiones hemos de ser prudentemente tolerables con nuestros
domésticos, así por consideraciones que surgen de su misma condición y de sus
demás circunstancias personales (párrafo 2, página 120), como por nuestra
propia tranquilidad (párrafo 7, página 122), nunca debemos ser en este punto
más mesurados que cuando nos encontramos en la mesa; ya porque la presencia de
muchas personas hace demasiado mortificantes las reprensiones, circunstancia
que siempre vicia y debilita su efecto; ya porque éstas se oponen abiertamente
al buen humor y al contento que son tan propios de la mesa. Y en cuanto a lo
segundo, bastará recordar que en el acto de la comida nos encontramos
generalmente acompañados de niños y domésticos, cuya ignorancia puede
inducirlos a transmitir fácil e indiscretamente lo que oyen, para que nos
persuadamos de que en la mesa no debe proferirse jamás ni una sola palabra de
que no pueda imponerse todo el mundo.
49 — Cuando tengamos un motivo interior de tristeza,
sobrepongámonos a él en la mesa hasta aparecer por lo menos atentos y afables;
pues no es justo ni delicado que vayamos en tales momentos a turbar el placer
de los demás, con el aspecto y los movimientos siempre desagradables y aun
mortificantes del dolor y la melancolía.
50 — Es una imperdonable grosería el separar del pan parte de su
miga, para traerla entre las manos mar pelotillas y arrojarlas a las personas o
hacia cualquier otro objeto, este es un acto tal, que no se concibe pueda verse
jamás ni entre personas de la más descuidada educación.
51 — Para levantarnos de la mesa, esperemos a que se ponga de
pie la persona que la preside; a menos que por algún accidente tengamos que
retiramos antes, lo cual no haremos, sin embargo, sin manifestar a los demás
que la necesidad nos obliga a ello. En los restaurantes, con excepción de los
casos en que nos encontremos en reuniones de invitación (párrafo 7), podemos
levantarnos siempre libremente, sin esperar a que otros lo hagan primero, y sin
excusarnos con nadie cuando tengamos que hacerlo durante la comida.
B
Del modo de trinchar, y del servicio en la mesa
1 — En las comidas, con los comensales sentados, los diversos
platos son presentados por los sirvientes puestos en fuentes apropiadas y las
carnes cortadas en presas fáciles de servir.
2 — Cuando la comida es para más personas de las que caben
cómodamente en nuestra mesa se puede invitar a una comida de buffet, en cuyo
caso cada invitado se sirve a sí mismo lo que apetece de las diversas fuentes
colocadas en la mesa.
3 — También se suele servir una comida de pie, en cuyo caso la
dueña de casa o el servicio se encarga de servir y distribuir los platos a los
invitados que permanecen en los sitios que más les acomoda.
4 — Generalmente la dueña de casa sirve en la mesa las fuentes
que traen del interior ayudada por alguna íntima o pariente y los sirvientes
alcanzan los platos a los invitados siguiendo las reglas de servir primero a
las señoras por orden de categoría y lo mismo a los caballeros
5 — Para el servicio de algunos alimentos se pueden seguir las
siguientes reglas: Para trinchar un ave, se principia por separar de ella el
ala y el muslo, prendiéndola y asegurándola con el tenedor, e introduciendo
acertadamente el cuchillo en las articulaciones; y ejecutada esta operación, se
van cortando longitudinalmente rebanadas delgadas de la parte pulposa, la cual
ha quedado ya descubierta y desembarazada.
6 — De las aves pequeñas se deja el caparazón en el trinchero, y
se sirven los cuartos y la pulpa, teniendo el cuidado de dividir aquéllos
previamente por las articulaciones; pero de las aves grandes tan sólo se sirve
la pulpa, dejando todo lo demás en el trinchero.
7 — Las viandas de carnicería se dividen en rebanadas delgadas
al través de las fibras musculares; pero de una pieza que trae huesos adheridos
se cortan también rebanadas longitudinalmente, cuando se hace difícil el corte
transversal.
8 — El jamón, aunque contiene un hueso, no se corta jamás
longitudinalmente, sino en rebanadas transversales muy delgadas, y dejando a
cada una de ellas la parte de grasa que naturalmente saquen en el corte.
9 — Las rebanadas de todas estas piezas se sirven con el
tenedor, auxiliado siempre del cuchillo.
10 — El pescado no se divide con cuchillo: la parte que ha de
ponerse en cada plato se toma con una cuchara, o con una paleta de plata a
propósito para este objeto.
11 — Para servir un pastel, se corta con el cuchillo la parte de
pasta correspondiente al relleno que va a servirse, y todo ello se pasa al
plato por medio de la cuchara, cuidando de poner en éste la pasta sobre el
relleno.
12 — Todos los demás platos se sirven por medio del tenedor y el
cuchillo, o de la cuchara, según la naturaleza de cada uno; y cuando es
necesario auxiliar la cuchara, esto se hace con el tenedor.
13 — La forma de las partes que se tomen de un original, y la
colocación que se les dé en cada plato al servirlas, deben ofrecer siempre una
apariencia agradable a la vista.
14 — La sal y la salsa se toman con una cucharilla que acompaña
siempre al salero y a la salsera; y el azúcar, con unas pinzas que acompañan al
azucarero, cuando éste se presenta en forma de cubitos, de lo contrario se
usará la cucharilla destinada a tal efecto. La sal puede tomarse, a falta de la
cucharilla, con un cuchillo que aún no se haya empleado en ningún otro uso.
15 — Jamás tomemos la comida del original haciéndola pasar por
la orilla del plato, ya sea que usemos para ello del tenedor y el cuchillo, o
de la cuchara.
16 — Cuando vayamos a servir de un plato a todos los
circunstantes, tengamos presente el número de éstos, a fin de arreglar las
proporciones de manera que no llegue a apurarse el contenido del plato antes
que todos queden servidos.
17 — Sirvamos siempre los platos con la delicadeza que es propia
de la sobriedad que en todos debemos suponer, y seamos en esto todavía más
escrupulosos respecto de las señoras, para quienes sería un verdadero insulto
un plato servido con exceso.
18 — Siempre que nos toque servir a los demás, cuidemos de
destinar a las señoras y demás personas a quienes se deba especial respeto,
aquellas partes de los manjares que sean más agradables y más fáciles de
comerse.
19 — Cuando hayamos de servir salsa a una persona, pongámosla
siempre al lado y nunca encima de lo que contenga su plato.
20 — Al hacer circular un plato entre todos los circunstantes,
cuidemos de poner en él un tenedor o una cuchara, según que el contenido del
plato debe tomarse con uno u otro instrumento.
21 — No nos sirvamos nunca demasiado de ningún manjar. Aun en la
mesa de familia, vale más servirse dos veces, que ofrecer a los demás la
desagradable impresión que produce siempre un plato servido con exceso.
22 — No pongamos nunca en nuestro plato, ni a un mismo tiempo,
ni sucesivamente, diferentes comidas que hayan sido preparadas para ser
servidas separadamente.
23 — En las comidas sentadas, los vinos son servidos por los
sirvientes en la mesa después de cada plato, en las copas que están colocadas
frente a cada comensal para ese efecto. En las comidas de pie se pasan las
copas ya servidas por medio de azafates cuidando siempre que estén acompañadas
por copas de bebidas sin alcohol para las personas que no desean tomarlo.
24 — No pongamos nunca en el vaso o en la copa mayor cantidad de
licor o de agua, que aquella que vayamos a tomar de una vez. Sin embargo, hay
licores que se sirven expresamente para saborearlos, como sucede en general con
los licores dulces, y con otros que enseñará la práctica de las sociedades de
buen tono.
25 — Es sobremanera impropio que nos sirvamos, o sirvamos a otra
persona licor o agua, hasta llenar enteramente el vaso o la copa.
26 — Cuando se nos sirva licor o agua por otra persona, luego
que tengamos la cantidad que nos baste, se lo indicaremos por medio de la
palabra, o bien levantando suavemente el cuello de la botella con el mismo vaso
o con la copa. Y cuando seamos nosotros los que hayamos de servir a otra
persona, hagámoslo sin precipitación, a fin de que podamos detenernos fácil e
inmediatamente cuando ella nos lo indique, y no vaya a quedar en su vaso o en
su copa mayor cantidad que la que quiera tomar.
27 — Al poner en una taza café o cualquier otro líquido,
hagámoslo de manera que no llegue a rebosar.
28 — Cuando vayamos a servir licor de una botella, aún no
decantada, pongamos primero en nuestro vaso o en nuestra copa una pequeña
cantidad, siempre que hayan podido caer dentro de aquélla, al destaparla,
algunas partículas de corcho o de lacre.
29 — Siempre que pidamos algo a una persona que se encuentre en
la mesa, emplearemos una frase atenta, como hágame usted el favor, tenga usted
la bondad, etc. Cuando una persona nos pregunte si queremos tomar de algún
plato o de algún licor para servirnos, y estemos dispuestos a aceptar el
ofrecimiento contestaremos con la frase si usted me hace el favor, u otra
semejante; y cuando hayamos de contestar que no aceptamos, daremos siempre las
gracias a la persona que nos hace el obsequio de dirigirnos la pregunta.
30 — Cuando una persona nos sirva alguna cosa, ya sea a petición
nuestra o por ofrecimiento espontáneo, le daremos las gracias en breves
palabras, haciéndole al mismo tiempo una ligera inclinación de cabeza.
VI
Del luego
1 — El juego es, como la mesa, una piedra de toque de la
educación. El amor propio ejerce en él un imperio tan absoluto; tenemos todos
tal propensión a enfadarnos cuando nuestra habilidad queda vencida por la de
los demás; nos impresiona tanto el ver desconcertados nuestros cálculos y
combinaciones y perdidos nuestros esfuerzos; es tan natural, en fin, que nos
sintamos contentos y satisfechos cuando salimos triunfantes, que si no poseemos
aquel fondo de desprendimiento, generosidad y moderación que es inseparable de
una buena educación, imposible será que dejemos de incurrir en la grave falta
de aparecer mustios y mortificados en los reveses del juego, y de ofender la
dignidad y el amor propio de nuestros contrarios, cuando los vencemos,
manifestando entonces una pueril y ridícula alegría.
2 — El juego tiene una etiqueta que le es enteramente peculiar,
y consiste en todas aquellas finas y generosas demostraciones que se hacen
entre sí las personas que juegan, por medio de las cuales manifiesta cada una
de ellas que sólo la anima el deseo de pasar un rato de honesto
entretenimiento, y que no pone por tanto grande ahínco en salir triunfante, ni
menos pretender hacer ostentación de su habilidad y su talento, ni oscurecer y
deprimir la habilidad y el talento de los demás.
3 — Ya se deja ver que no hablamos aquí de esas reuniones de
inmoralidad y de escándalo, donde el azar arrebata el producto del trabajo y lo
hace pasar instantáneamente a otras manos; donde se arruinará a la inocente
familia, precipitándola despiadadamente de la cumbre del bienestar al profundo
seno de la miseria; donde el hombre bien educado va a cambiar sus elevados
sentimientos por sentimientos de codicia y de cinismo, sus maneras suaves y
elegantes por maneras rudas y vulgares, sus hábitos de delicadeza y de cultura
por hábitos groseros y antisociales; donde se metaliza el corazón y se rebajan
sus más tiernos afectos; donde se estragan, en suma, las costumbres, y se abre
la carrera de todos los vicios. En semejantes reuniones no reina ni puede
reinar ninguna especie de etiqueta, pues las sensaciones que se experimentan al
ver perdidas en un momento cuantiosas sumas, cuya adquisición ha costado acaso
grandes fatigas, y el ansia de entrar a poseer el fruto del ajeno trabajo, no
sólo excluyen todo acto de generosidad y de fina cortesanía, sino que excitan
en el ánimo sentimiento de indignación y malevolencia; y raro es el hombre que
llega a dominarse hasta aparentar serenidad y delicadeza, cuando hierven dentro
de su pecho las más crueles y violentas pasiones.
4 — Al ponernos a jugar, demos por hecho que la suerte no habrá
de favorecernos, a fin de que este resultado no llegue nunca a sorprendernos, y
a hacernos perder la serenidad y buen humor que entonces más que nunca debemos
manifestar en sociedad. Nada hay tan desagradable como el ver personas que han
empezado a jugar llenas de animación y contento, ir tomando un aire de
reconcentración y displicencia, a medida que van experimentando
.contrariedades; desluciéndose todavía más, y apareciendo más mezquinas y vulgares,
aquellas en quienes alternan los sentimientos de la tristeza y de la alegría,
según que la fortuna les niega o les concede sus favores.
5 — Cuando juegan señoras y caballeros, la etiqueta exige aún
mayor delicadeza y desprendimiento entre todos los jugadores. Los caballeros
muestran entonces, en todos los actos del juego, aquella particular
consideración que deben siempre a las señoras; y éstas, por su parte,
corresponden a la conducta obsequiosa y galante de los caballeros,
manifestándoles siempre una atención exquisita, y absteniéndose, sobre todo, de
abusar en manera alguna de las contemplaciones debidas a su sexo.
6 — Al distribuir los naipes en los juegos carteados, los
caballeros no arrojan sobre la mesa los que corresponden a las señoras para que
ellas los levanten, sino que se los presentan atentamente y con cierta gracia,
para que los reciban de sus propias manos. Igual obsequio tributa siempre un
caballero de buen tono, a otro caballero a quien por su edad u otras
circunstancias debe especial consideración y respeto, y aun a todos los demás
con quienes juega, la primera vez que le toca distribuir los naipes.
7 — Las discusiones que suelen suscitarse en el juego no toman
jamás, entre la gente fina, un carácter de seriedad e importancia que pueda
elevarlas al grado de calor de los altercados; y cuando no puedan resolverse
prontamente por la fuerza de la razón y el convencimiento, ellas terminan
siempre defiriendo cortés y afablemente los inferiores a la opinión de los
superiores, y los caballeros a las de las señoras.
8 — No nos entreguemos exclusivamente al juego, en reuniones que
tengan también por objeto otros entretenimientos. Abstrayéndonos de esta suerte
del centro de la sociedad, manifestaríamos no encontrar en ella ningún otro
placer, faltaríamos al deber de contribuir por nuestra parte a la general
animación y a la variedad de las distracciones, y aun excitaríamos la sospecha
de encontrarnos dominados por el vicio cuyos funestos caracteres acaban de
bosquejarse, el cual no debe irse a ostentar jamás en los círculos que presiden
la moral y el decoro.
VII
Del traje en general
1 — Las formas y demás condiciones de! traje que debemos llevar
en sociedad, están generalmente sujetas a los caprichos de la moda; y a ellos
debemos someternos en cuanto no se opongan a los principios de la moral y de la
decencia, sin que nos olvidemos, cuando hayamos llegado a una edad avanzada, de
las modificaciones que en este punto aconsejan entonces la circunspección y la
prudencia. Pero existen ciertas condiciones a que no alcanza la influencia de
la moda, por estar fundadas en la propiedad y decoro, según lo que
racionalmente exigen las diferentes situaciones sociales, y pueden por tanto
establecerse, respecto de ellas, algunas reglas generales de aplicación
invariable y constante.
2 — Los deberes relativos al traje no están fundados únicamente
en nuestra propia estimación, la cual exige siempre de nosotros un porte
honesto y elegante, sino en la consideración que debemos a la sociedad en que
vivimos, para quien es ofensivo el desaliño y el desprecio de las modas
reinantes, así como la impropiedad en el con junto y los colores de las
diferentes piezas de que consta el vestido. La persona que vistiese caprichosa
o negligentemente, se equivocaría si pensase que lo hacía tan sólo a costa de
su propio lucimiento y decoro, pues su traje manifestaría en la calle poco
respeto a los usos y convenciones sociales del país, y en una visita, en un
festín, en un entierro, en una reunión de cualquiera especie, irla a ofender a
los dueños de la casa y a la concurrencia entera.
3 — Debemos aparecer siempre en la calle decentemente vestidos;
y en todos los casos en que no salgamos de nuestra casa con el objeto de
asistir a reuniones, o de hacer visitas que requieran un traje especial,
tengamos por regla general e invariable el respetar las convenciones sociales,
y armonizar con el espíritu y con los usos generales de la sociedad, usando
vestidos que sean propios de cada circunstancia, de cada día, y aun de cada
parte del día.
4 — Según esto no es lícito a ninguna persona presentarse en la
calle el día de gran festividad con el vestido llano de los demás días; ni
puede una señora llevar de tarde el traje propio de la mañana, o viceversa; ni
puede un comerciante vestirse de lujo en las horas de negocios, ni fuera de
estas horas puede aparecer con el traje sencillo del trabajo.
5 — El vestido que se lleve al templo debe ser severamente
honesto y tan sencillo cuanto lo permita la dignidad personal y el respeto
debido a la sociedad; no debiendo jamás estar impregnado de aguas o esencias
cuya fragancia llegue a percibirse por los demás concurrentes. Las señoras en
quienes son tan propios y naturales los afeites y adornos, deben omitir al
dirigirse al templo todos aquellos que en alguna manera desdigan de la santidad
del lugar, y de la humildad y recogimiento que ha de manifestarse siempre ante
la Majestad Divina.
6 — Toda visita de etiqueta y toda reunión de invitación exige
siempre un traje enteramente serio. En las reuniones de mesa muy pequeñas y de
mucha confianza, puede relajarse un tanto la severidad de esta regla; bien que
nunca hasta traspasar los límites de la propiedad y el decoro, y teniendo
siempre presentes los principios de etiqueta contenidos en esta obra.
7 — La seriedad del traje en las señoras depende de
circunstancias que no tienen un carácter bien definido, uniforme y constante, y
que no pueden por lo tanto servir para establecer bajo este respecto ninguna
regla fija.
8 — El traje debe ser todo él negro para hacer visitas de duelo
y de pésame, y para concurrir a las reuniones de duelo, a los entierros, y a
todo acto religioso que se celebra en conmemoración de un difunto. Aun cuando
el traje negro es el más recomendable en los hombres, se tolera sin embargo que
éstos concurran a los entierros con trajes de colores oscuros, pero la corbata
en todo caso será negra. Las damas, si son parientes, asisten de luto riguroso.
Las demás invitadas, con traje de calle negro. (N. del E.)
9 — Para las visitas de negocios y de sociedad, damas y
caballeros llevan hoy trajes de calle. Si la visita es de etiqueta y de noche,
los hombres usan el smoking o el frac. (N. del E.)
10 — Es muy elegante y decente, en todas ocasiones, el uso de
los guantes.
11 — Es una vulgaridad el excusarse con una persona por haber de
darle la mano encontrándose ésta cubierta con el guante; y todavía lo es más el
hacerla esperar para despojarlo previamente de él. No sólo no hay motivo para
una ni otra cosa, sino que es más propio y más aseado el dar la mano con el
guante puesto.
12 — El traje de luto es un signo con que se expresa el dolor
que se experimenta por la pérdida de un deudo, y al mismo tiempo un homenaje de
consideración que se tributa a su memoria; y como es tan indispensable que en
materias como ésta exista siempre una manera de proceder uniforme y constante,
la sociedad ha sancionado las reglas siguientes: 1.a, el luto se divide en luto
riguroso y medio luto: el primero consiste en un traje enteramente negro, y el
segundo en un traje en que se mezcla el color negro con el blanco o con
cualquier color oscuro; 2.a, por los padres, abuelos, hijos y nietos, el luto
dura seis meses; por un tío o un sobrino, un mes, y por cualquiera otro deudo,
dos semanas; 3.a, estos períodos en que se ha de llevar el luto se dividen en dos
épocas de igual duración, en la primera de las cuales se usa el luto riguroso,
y en la segunda el medio luto.
13 — El período de luto y medio luto varía según las costumbres
de cada país. A ninguno le está prohibido llevar luto, en cualquier caso, por
más tiempo de aquel en que deba llevarle según el párrafo anterior.
14 — El viudo o la viuda, que estando todavía de luto, contrae
matrimonio, abandona el luto desde el momento de la ceremonia nupcial.
15 — Las personas que están de luto, deben omitir en sus
vestidos todo aquello que pueda comunicarles algún carácter de lujo. Son
enteramente impropios, en estos casos, los vestidos en que se manifiesta
haberse puesto un esmero especial, o en que aparecen adornos que no son
absolutamente indispensables.
16 — La diversidad en las piezas de que consta el traje, en las
telas que para ellas se eligen, y en las formas que les da la moda y el gusto
de cada cual, es una prueba evidente de que nuestros vestidos no tienen por
único objeto el cubrir el cuerpo de una manera honesta y decente, sino también
contribuir a hacer agradable nuestra persona, por medio de una elegante
exterioridad. Y como de la manera de llevar el traje depende en mucha parte su
lucimiento, pues en un cuerpo cuyos movimientos sean toscos y desairados, las
mejores telas, las mejores formas y los más ricos adornos perderán todo su
mérito, es indispensable que procuremos adquirir en nuestra persona aquel
desembarazo, aquel despejo, aquel donaire que comunica gracia y elegancia aun
al traje más serio y más sencillo.
17 — En los grandes conciertos y funciones de ópera llevan las
damas que asisten a palcos y plateas, traje de noche escotado, desnudos los
brazos, y luciendo joyas. En la luneta, el traje es menos escotado. Los
caballeros que concurran a palcos deben usar frac. En la luneta se lleva el
frac. o el smoking.
18 — A las veladas musicales y artísticas asisten las damas con
vestido de cena (medio escote) sin sombrero y con alhajas. Los caballeros
visten smoking, zapatos de charol y guantes claros.
19 — Para los bailes de gala y recepciones oficiales de noche
llevan las damas vestido escotado, con los brazos y espaldas desnudos, y
luciendo abundantes joyas. Capa bordada, abrigo y pieles, según lo exija la
estación. Los caballeros, frac con chaleco y guantes blancos, zapatos de
charol, sombrero de claque de seda y mancuernas de perlas. No es muy correcto
el traje de smoking en estas ocasiones.
20 — Tratándose de cenas de gran etiqueta, las damas concurren
con trajes de noche escotados, con peinados sencillos y sin sombrero, en tanto
que los caballeros lo hacen en frac, chaleco blanco, camisa de pechera
almidonada con botonadura de oro, platino, o perlas. Los zapatos han de ser de
charol y los calcetines negros, de seda.
21 — A los almuerzos concurren los invitados con trajes de
visita.
22 — En las partidas campestres (garden party) se presentan las
damas con vestidos elegantes de ciudad, y. los hombres con trajes de calle, a
menos que la fiesta sea bailable, en cuyo caso se lleva chaqué.
23 — Para los tés, llevan las damass trajes de tarde y los
hombres trajes de calle. La misma indumentaria que para el té, o para una cena
sin mucha indumentaria, usan las damas en los “cocktail party”, pero los
caballeros concurren con traje oscuro de calle, y aún mejor con smoking.
24 — Sabido es que en las bodas, el traje de la novia ha de ser
blanco, acompañándola las damas de honor con vestidos de uniforme corte y
color. El novio y demás invitados visten chaqué negro con chaleco del mismo
color, pantalón gris a rayas, camisa de pechera dura, corbata gris y zapatos de
charol. Los guantes mate, de gris claro y sombrero de copa. Aun en las clases
sociales más modestas se impone en esta ceremonia el vestido blanco de la novia
y el saco o americana negro en el novio y chambelanes. (N. del E.)
VIII
Del tacto social
1 — El tacto social, cuya definición se dio en los Principios
Generales (párrafo 24, pág. 52), debe considerarse como el más alto y más
sublime grado de la cortesanía, pues él supone un gran fondo de dignidad,
discreción y delicadeza; y es por esto por lo que las personas de tacto son las
que mejor conocen los medios de ocupar siempre en sociedad una posición
ventajosa, las que tienen el don de agradar en todas ocasiones, las que se
atraen en todas partes la consideración y el cariño de los demás, aquéllas, en
fin, cuya compañía es siempre apetecida y siempre se echa de menos. En muchos
lugares de esta obra se encuentran reglas que tienden evidentemente a formar en
nosotros el tacto social; y así por esto, como porque esta materia no se presta
a ser tratada en toda su extensión en una obra elemental, nos limitaremos a
presentar algunos casos que requieran la disposición de tacto, los cuales
sirvan como de paradigma de todos los demás.
2 — Hay ciertas reglas que sirven de base y fundamento a todas
las demás reglas del tacto, y son las siguientes: 1.a, respetar todas las
condiciones sociales, considerando en cada una de ellas la dignidad y el valor
intrínseco del hombre, sin establecer otras diferencias que aquellas que
prescriben la moral y la etiqueta; 2.a, respetar el carácter, el amor propio,
las opiniones, las inclinaciones, los caprichos, los usos y costumbres, y aun
los defectos físicos y morales de todas las personas; 3.a, adaptarse con
naturalidad, en todas las situaciones sociales, a las circunstancias que a cada
una sean peculiares; 4.a, elegir siempre la mejor oportunidad para cada acción
y cada palabra, de manera que jamás se produzcan en los demás impresiones
desagradables, y que, por lo contrario, no se haga ni se diga nada que no sea
respectivamente grato a cada persona.
3 — Es poco tacto hacer costosos y frecuentes obsequios a
aquellas personas, cuyos recursos no le permiten retribuirlos dignamente.
4 — Jamás nos detengamos a encarecer las ventajas y los goces
que la naturaleza o la fortuna nos hayan proporcionado, delante de personas que
se hallen en la imposibilidad de disfrutarlos también; ponderando, por ejemplo,
a un pobre nuestra riqueza y nuestras comodidades, a un ciego la belleza de un
prado o de una pintura, a un valetudinario nuestra robustez y la salud de que
gozamos.
5 — A las personas demasiado impresionables, de imaginación
exaltada o de espíritu apocado, no se les refieren innecesariamente hechos
sangrientos, o que bajo cualquier otro respecto causan horror o conmueven
fuertemente el ánimo; y cuando la necesidad obligue a entrar con ellas en
conversaciones de esta especie, se ahorrarán todos los pormenores que no sean
absolutamente indispensables, se procurará emplear un lenguaje que neutralice
en lo posible la fuerza de las impresiones, y nunca se elegirán para ello las
horas próximas a aquella en que han de entregarse al sueño.
6 — El hombre de tacto tributa siempre especiales
consideraciones al amor propio, y aun a la vanidad de los demás; con aquella
naturalidad y sencillez que excluyen toda sospecha de afectación o lisonja,
toma parte en el placer que cada cual experimenta por sus propios talentos, por
su riqueza, o por su posición social; manifiesta delicadeza y oportunamente
reconoce la habilidad que el padre atribuye al hijo, el esposo a la esposa, el
hermano al hermano, el amigo al amigo; oye o examina atentamente, y luego aplaude,
la producción que se lee o el artefacto que se le muestra como objeto digno de
alabanza; ensalza el mérito del edificio que otro ha construído, del vestido o
la alhaja que ha comprado o adquirido por donación de un amigo; y dejando, en
suma, a cada cual en el buen concepto que de sí mismo, de sus obras y de todo
lo que le pertenece tenga formado, jamás destruye las ilusiones de nadie, ni
contribuye por ningún medio a hacer que en los demás se sustituya el desengaño
al error inocente y agradable, el desaliento al fervor, la frialdad al
entusiasmo (párrafo 40, pág. 57).
7 — En general es necesario contemplar en los demás las
diferentes situaciones en que se encuentren, observando siempre una conducta
que sea propia de cada caso. Así, por ejemplo, al que se halla afligido no se
le excita, en los momentos más crueles de su dolor, a dirigir su atención hacia
objetos que requieran un ánimo tranquilo; al que se halle alegre, al que se
prepara a sentarse a la mesa, a entregarse al sueño, o a tomar parte en un
entrenamiento cualquiera, no se le habla de asuntos tristes, ni se le da una
noticia desagradable, cuando ello no sea absolutamente imprescindible o pueda
diferirse para mejor oportunidad; al que teme una desgracia no se le hacen
observaciones que tiendan a aumentar su alarma; al que está próximo a emprender
un viaje no se le refieren acontecimientos funestos ocurridos en la vía que ha
de atravesar, cuando esto no ha de obligarle a omitir o suspender el viaje, ni
le es dable tomar medidas que le precavan de los riesgos que pueda correr; y
por último, al que se encuentra preocupado por una idea triste, al que se cree
desgraciado, al que posee un carácter melancólico, no se le discurre en
términos que exalten todavía más su imaginación, ni menos se le manifieste ver
con indiferencia sus padecimientos, aun cuando para esto no anime otra
intención que la de probarle que ellos no reconocen causas reales, sino meras
exageraciones de la fantasía.
8 — Abstengámonos de encarecer a una persona el mérito que
encontremos en algún objeto que le pertenezca, cuando por debernos servicios
importantes, sobre todo si éstos son recientes, o por cualquier otra
consideración, debamos temer que se crea en el caso de obsequiarnos
presentándonos aquello que ya sabe cuanto nos agrada.
9 — Es falta de tacto hacer detenidos elogios de un profesor
delante de alguno de sus comprofesores; lo mismo que de una persona cualquiera
delante de otra que sabemos le es desafecta.
10 — Necesitamos poseer un fino tacto para manejarnos
dignamente cuando se nos tributan elogios personales. No podemos rechazarlos
bruscamente, porque apareceríamos a un mismo tiempo desagradecidos e inciviles;
ni aceptarlos sin contradicción como un homenaje que se nos debe; porque ésta
sería una muestra del más necio y repugnante orgullo; ni manifestar con empeño
que nos creamos enteramente destituidos del mérito que se nos concede y
realmente poseemos, porque de esta manera parecería que deseábamos que se nos
lisonjease todavía más entrando a probar lo que negábamos. Iguales
consideraciones deben guiar nuestra conducta, cuando delante de nosotros se
tributan elogios a personas de nuestra propia familia.
11 — Evitemos cuidadosamente el decir de nosotros ninguna cosa
que pueda directa o indirectamente ceder en nuestro propio elogio. Verdad es
que en ocasiones basta conducirnos en ellas con tal naturalidad, que no
aparezcamos inmodestos o presuntuosos, ni por la vehemencia de nuestras
expresiones, ni por su excesiva franqueza, ni por el empleo de frases cortadas,
de palabras anfibológicas o de reticencias, las cuales se ven siempre en estos
casos como signos de aquella fingida modestia que sirve de disfraz al necio
orgullo.
12 — Para discurrir en sociedad sobre los vicios, las malas
costumbres, las deformidades naturales, etcétera, veamos antes si entre las
personas que nos oyen hay algunas a quien nuestras palabras pueden mortificar,
no ya por adolecer ella misma de los defectos de que hablemos, sino por
hallarse en este caso alguno de sus parientes o de sus amigos más inmediatos. Y
en general, siempre que en el circulo donde tomemos la palabra se encuentren
personas que no conozcamos, abstengámonos de toda alusión personal, de toda
expresión que bajo algún respecto pueda ser a alguien desagradable,
circunscribámonos a emitir ideas generales y de todo punto inofensivas,
eludiendo delicadamente cualquiera excitación que se nos haga para que tomemos
parte en conversaciones que traspasen estos límites.
13 - Cuando en el círculo en que nos encontremos haya una
persona tan grosera, que se resuelva a hacemos intencionalmente alguna ofensa,
opongámosle una serenidad inalterable, y dominémonos hasta el punto de que ni
en nuestro semblante, se note que nos hemos enojado. Una persona de tacto
aparece en estos casos, a la verdad bien raros en la buena sociedad, como si no
hubiese advertido que se ha tenido la intención de ofenderla; y esta
moderación, esta delicadeza, este respeto a los demás viene ya a ser una vindicación
anticipada, por cuanto deja enteramente entregado al ofensor a la reprobación y
aun a la indignación de la sociedad, la cual es siempre la mejor vengadora del
agravio que se recibe con magnanimidad y con nobleza.
14 — Grande debe ser nuestro tacto para conducirnos dignamente
en sociedad, cuando alguna persona tenga la incivilidad de expresarse delante
de nosotros en términos ofensivos a alguno de nuestros parientes o amigos.
Respecto de nuestros parientes y de nuestros amigos íntimos, nuestro deber es
defenderlos siempre, y excitar al imprudente que habla, bien que en términos
comedidos y delicados, a respetar nuestros fueros y el derecho que la sociedad
tiene a que no se la ocupe jamás en oír los desahogos de la vil detracción. Mas
cuando se trate de nuestros demás amigos, y no oigamos que se les calumnia, que
se les ridiculiza, ni se dice de ellos ninguna cosa que vulnere su honor, la
prudencia nos aconseja que callemos o procuremos hacer variar la conversación; pues
como el que habla no reconoce entonces en nosotros títulos bastante legítimos
para aspirar a contestarle, nuestra defensa podría más bien excitarle a
extenderse en su ataque, y haríamos a la persona atacada el mal que se dijese
de ella lo que acaso iba a quedar omitido.
15 — No manifestemos nunca a una persona la semejanza, física o
moral, que encontremos entre ella y otra persona, aun cuando creamos
lisonjearla por tener nosotros una alta idea de las cualidades de ésta. Y
cuando, habiendo tomado a primera vista a una persona por otra, saliéramos de
nuestro error sin haber ella llegado a advertirlo, abstengámonos de imponerla
de él indicándole la persona por quien la habíamos tomado.
16 — Cuando no nos sea bien conocido el grado de instrucción de
la persona con quien hablamos, guardémonos de introducir en la conversación
citas o alusiones históricas, de explicarnos en términos científicos o
artísticos, de dar por hecho que aquélla ha leído una determinada obra, y sobre
todo de dirigirle preguntas de este género que acaso no pueda satisfacer, y la
hagan pasar por la pena de poner de manifiesto su ignorancia.
17 — No basta que un hecho sea notorio, ni que la prensa lo haya
publicado, para que nos sea lícito referirlo en sociedad, es además necesario
considerar si su relación podrá ser desagradable a alguna de las personas
presentes, o bajo cualquier otro respecto inoportuna, ya sea por el hecho en sí
mismo o por alguna de sus circunstancias.
18 — Cuando es indispensable y prudente el transmitir a una
persona lo que contra ella se ha oído decir, debe silenciarse el nombre de
aquella que lo ha dicho. Pero esto se entiende en la generalidad de los casos,
y de ninguna manera cuando median consideraciones graves que racionalmente
obligan a hacer una revelación de este género. ¿Cómo suponer que se le oculte
el de la persona que sabemos le traiciona, le odia, le deshonra y desea su
daño, cuando vemos que la trata con candor e intimidad, le confía sus secretos
y le da él mismo las armas con que ha de herirle? ¿Merece acaso mayor
consideración el enemigo encubierto y cobarde, el infame detractor, el que
traiciona la amistad y la confianza, que nuestro amigo inocente y
desapercibido? Difícil es, a la verdad, el saber distinguir en muchos casos el
aviso prudente y amistoso, de lo que realmente sea un chisme; y he aquí
precisamente en lo que consiste el tacto. El hombre que lo posee, no incurrirá
por cierto en la vileza de malquistar a unas personas con otras, por medio de
revelaciones imprudentes y malignas; pero sí sabrá en todas ocasiones apreciar
debidamente los hechos y sus circunstancias, y en tratándose de las personas a
quienes debe consideración y afecto, ya les advertirá el mal que digan de ellas
sin indicarles quién lo dice, ya les hará además esta indicación, ya omitirá
una y otra cosa, según lo que en cada caso le aconseje la prudencia y su propia
dignidad y decoro.
19 — Nada hay más indigno que revelar aquello que se nos ha
confiado con carácter de reserva, o que nosotros mismos conocemos debe
reservarse, aunque para ello no se nos haya hecho especial recomendación. El
que no sabe guardar un secreto, no es apto para entender en ningún negocio de
importancia; y aun cuando semejante defecto no tenga origen en un corazón
desleal, él arguye por lo menos un carácter ligero y vulgar, que aleja siempre
la estimación y la confianza de las personas sensatas. Mas como puede suceder
que nos veamos en la necesidad de hablar sobre alguna cosa de naturaleza
reservada, conviene desde luego advertir que en esto debe guiamos una profunda
prudencia, y que raro será el caso en que no sea una vileza y una perfidia el
transmitir lo que se nos ha confiado bajo la condición de una severa reserva.
20 — En cuanto a imponer a los demás de aquellos asuntos de
naturaleza reservada que tan sólo a nosotros nos conciernen, pensemos que
cuando esto no esté justificado por graves motivos, apareceremos notablemente
indiscretos y vulgares; y que al mismo tiempo habrá de considerársenos como
indignos de toda confianza, por cuanto no es presumible que sepa reservar las
cosas ajenas quien no sabe reservar las suyas propias.
21 — Todavía deberemos ser más prudentes y reservados respecto
de los secretos y disgustos de familia. Es imposible conceder ningún grado de
circunspección y delicadeza, a aquel que impone a los extraños de asuntos de
esta naturaleza, sin que a ello le obliguen razones muy poderosas y de alta
conveniencia para la propia familia.
22 — Cuando una persona nos manifieste las quejas que tenga de
sus parientes o amigos, o incurra en la indignidad de hablarnos en términos a
ellos ofensivos, guardémonos de proferir ni una sola expresión en apoyo de sus
ideas; y si por cortesía debiéramos alguna vez tomar la palabra, hagámoslo de
una manera neutral y siempre conciliadora, y procuremos delicadamente hacer
girar la conversación sobre otro asunto cualquiera.
23 — No cedamos jamás a las excitaciones directas o indirectas
que se nos hagan, para injerimos en las disenciones que aquejen a una familia,
cuando no nos sea dable contribuir eficazmente a restablecer en ella la paz y
la armonía.
24 — Cuando la persona con quien hablamos está desavenida con su
familia, es poco tacto preguntarle por ésta, o hacer en la conversación alguna
alusión que bajo tal respecto pueda ponerla en embarazo.
25 — Cuando después de algún tiempo de ausencia, nos encontremos
por primera vez reunidos con dos amigos nuestros que lo hayan sido también
entre sí, no les dirijamos la palabra de manera que los pongamos en la
necesidad de hablarse o extenderse amigablemente, mientras no observemos que
existe entre ellos la misma armonía que antes de nuestra ausencia. Y evitemos
siempre poner en aquel caso a dos personas que sabemos se encuentran
desavenidas o a quienes tengamos motivos para creer no les sea agradable el tratarse.
26 — Si una persona de poco tacto llegare a ponernos en el caso
de dirigir la palabra a otra con la cual estemos mal avenidos, hagámoslo de una
manera cortés y afable, pues sean cuales fueren nuestros resentimientos, en
aquel acto sería altamente impropia toda muestra de repugnancia o
desabrimiento. Y si nuestro desacuerdo procede por causa de naturaleza grave, y
nos costare por tanto un grande esfuerzo el manifestar afabilidad, siempre
tendremos el recurso de retiramos pasado un breve rato.
27 — Cuando una persona que nos haya ofendido se dirija a
nosotros con el objeto de satisfacernos, mostrémonos con ella delicados,
generosos y afables; y si el asunto de que se trate no valiera la pena de
entrar en detenidas explicaciones, saquémosla prontamente del embarazo que
siempre se experimenta en tales casos, manifestándole que su sola intención nos
deja satisfechos, y excitándola con ingenuo y amistoso empeño a variar la
conversación. Estas consideraciones hacia la persona que expresa el deseo de satisfacer
a otra, serán todavía más esmeradas cuando un caballero haya de tributarías a
una señora.
28 — Ninguna consideración puede obligarnos a cultivar
relaciones que evidentemente hayan llegado a sernos perjudiciales; pero nada
nos autoriza tampoco para cortarlas bruscamente, en tanto que nos sea posible
contemplar el amor propio de personas de quienes hemos recibido muestras de
estimación y afecto. Cuando nos veamos, pues, en tan penosa necesidad, apelemos
a las frías fórmulas de la etiqueta, de que usaremos sin dejar nunca de ser
afables; y omitiendo todo acto de familiaridad en el trato con la persona a
quien nos importa alejar de nosotros, conseguiremos indudablemente nuestro
objeto, sin causarle el sonrojo de manifestárselo por medio de un acto
explícito (párrafo 11, página 49).
29 — Siempre que una persona incurra a nuestra presencia en una
falta cualquiera, usemos de un discreto disimulo, y aparezcamos como si nada
hubiésemos advertido.
30 — En los círculos donde veamos que se ignoran las reglas de
la etiqueta, limitémonos a observar aquellas que sean absolutamente
indispensables para manejarnos con dignidad y decencia; el observar además
aquellas que sólo tienden a comunicar gravedad y elegancia a los actos
sociales, mortificaría a los circunstantes, por cuanto creerían que íbamos a
ostentar entre ellos la superioridad de nuestra educación.
31 — La persona que cante o toque en una reunión, deberá adaptar
sus piezas a la naturaleza del auditorio. La música seria y profunda es tan
sólo propia para los círculos de aficionados; así como la música brillante y
alegre, es la única que agrada entre personas que no poseen los conocimientos
necesarios para poder gustar de lo más sublime y recóndito del arte. Y es de
advertirse también que en uno y Otro caso, cuando la reunión no es
exclusivamente filarmónica, sino que tiene además por objeto otros entretenimientos,
las piezas que se canten o se toquen deben ser siempre cortas, a fin de que no
lleguen nunca a fastidiar al auditorio.
32 — Para nada debemos ser más mirados y circunspectos que para
pedir a otro nos informe de algún hecho que deseamos conocer. El hombre de
tacto no hace jamás una pregunta indiscreta, ni se expone al sonrojo de una
negativa o de una respuesta evasiva; y cuando se ve en el caso de inquirir
algo, elige las personas a quienes tiene más derecho de interrogar, y las
oportunidades en que sus preguntas han de aparecer más prudentes y naturales, y
por lo tanto más dignas de ser satisfechas.
33 — Si vemos que una persona intenta hacer algo contrario a su
salud, naturalmente procuraremos impedírselo por los medios que nos sugiera el
grado de amistad que con ella nos una: mas tratándose de un hecho ya consumado,
abstengámonos de causar a nadie temores y alarmas, y limitémonos a hacer
prudentemente aquellas indicaciones a que estemos llamados, con el objeto de
evitar el resultado que sea de temerse.
34 — No digamos nunca a una persona que la encontramos
aniquilada o de mal semblante, ni le preguntemos qué enfermedad sufre, tan sólo
porque la notemos macilenta y descolorida, ni le manifestemos hallarla con
demasiadas carnes. Para que cualquiera de estas manifestaciones deje de ser una
falta de tacto, se necesita que la persona a quien se dirige nos la haya
sugerido ella misma de algún modo, y sobre todo que no lo acompañemos de
sorpresa ni menos de aspaviento.
35 — Evitemos en cuanto nos sea posible el hablar a una persona
sobre su edad, y guardémonos de decir a nadie la que creamos representa en su
exterior, aun cuando nos excite expresamente a ello. Las conversaciones de esta
especie son enteramente ajenas de la buena sociedad, y sobre todo de las
personas de fino tacto, las cuales deben siempre contemplar los inocentes
caprichos y debilidades del corazón humano.
36 — Delante de personas de edad muy avanzada, no se atribuye
jamás a la vejez una enfermedad cualquiera de que se trate; ni hablando de un
enfermo, se dice que no podrá restablecerse porque sus años han gastado ya sus
fuerzas; ni se emite, en fin, ningún juicio que directa o indirectamente tienda
a presentar a la ancianidad como excluida de ciertos actos, goces o costumbres
de la vida social, ni como llamada a un género especial de vida, ni mucho menos
como cercana al sepulcro.
37 — Cuando una persona tome equivocadamente para sí y
manifieste agradecernos un saludo, una expresión atenta, o cualquiera otra
demostración obsequiosa que en sociedad dirijamos a otra persona, guardémonos
de sacarla de su error, y mostremos por el contrario, con toda naturalidad, que
era a ella a quien nos hablamos dirigido.
38 — La amistad suele imponernos el penoso deber de comunicar a
una persona un acontecimiento para ella desgraciado; y si no procedemos en esto
con suma delicadeza, si no procuramos atenuar la fuerza de sus impresiones por
medio de precauciones juiciosas y oportunas, la entregamos a toda la vehemencia
del dolor, y acaso añadiremos a sus sufrimientos morales el quebranto de su
salud. Para dar una noticia fatal procuremos preparar gradualmente el ánimo de
la persona que ha de recibirla y, si no nos es posible, valgámonos de alguno de
sus deudos, que son siempre los más llamados a ejercer estos tristes oficios, y
los que pueden hacerlo de una manera más prudente y oportuna.
39 — Guardémonos de dirigirnos a una persona, por muy amistosa
que sea nuestra intención, a pedirle informes ni a hablarle de ninguna manera
sobre una desgracia que sabemos acaba de acontecerle, mientras no estemos
seguros de que ha llegado ya a su conocimiento; a no ser que seamos nosotros
mismos los llamados a participársela, pues entonces nos apresuraremos a llenar
nuestro deber, de la manera que queda indicada en el párrafo anterior.
40 — Jamás entremos con nadie en detenidas discusiones sobre
aquellas materias en que los hombres profesan generalmente opiniones
sistemáticas en las cuales permanecen siempre y aun llegan a aferrarse. Las
personas de tacto no sólo respetan las opiniones de todas las demás personas,
sino que, para ser siempre agradables en su trato, omiten el defender las suyas
propias, cuando alguno las ataca sin una intención ofensiva y maligna; a menos
que un ministerio legítimo las llame a sostenerlas y propagarlas, en cumplimiento
de un deber profesional y de conciencia. Rara será la ocasión en que la
tolerancia no sea en estos casos el mejor partido, y más rara todavía aquella
en que la controversia no deje en los ánimos un rastro de malevolencia, o por
lo menos de desabrimiento.
41 — A la persona que se dispone a emprender un viaje, no se le
hacen encargos que puedan causarle incomodidades, sino cuando se tiene con ella
una íntima confianza, o cuando se trata de un asunto muy importante y no puede
emplearse otro medio para lograr lo que se desea. El que pretende que una
persona se encargue de conducirle a otro punto un objeto cualquiera, no debe
creer justificada su exigencia por la sola circunstancia de que éste sea poco
voluminoso; pues fundados en esta razón podrían otros muchos amigos creerse
autorizados para hacerle iguales encargos, y nada hay más embarazoso y
desagradable que la conducción de un lugar a otro de diferentes objetos ajenos,
para ocuparse luego en la penosa tarea de ponerlos en diferentes manos. En
cuanto a enviar cartas con la persona que va de viaje, cuando existe una vía
pública y segura de comunicación, sin que a ello obligue una necesidad
justificada, esto no sólo es indiscreto e inconsiderado, sino que incluye
además el mezquino propósito de ahorrar un gasto insignificante.
42 — Sometámonos a todas aquellas privaciones que no nos
acarreen graves perjuicios en nuestros intereses, antes que pedir prestados a
nuestros amigos los muebles, los libros u otros objetos que tengan destinados a
su propio uso, especialmente cuando este uso sea diario y constante, y no
puedan fácilmente reemplazar lo que nos presten. El hombre de tacto no pide
jamás a su amigo aquello que éste más aprecia, aquello en que particularmente
se recrea y se complace, aquello que con el uso o al pasar a otras manos puede
sufrir algún daño o desmejora.
43 — Cuando tengamos que entregar dinero a una persona por
remuneración de su trabajo, y sea de temerse que este acto pueda en alguna
manera causarle pena, no se lo entreguemos delante de un tercero, y, si es
posible, valgámonos para ello de un niño o de un doméstico. Esta consideración
debe guardarse muy, especialmente a las personas que, habiendo gozado de alguna
comodidad, han caído en desgracia y han tenido que apelar a una ocupación
cualquiera que les proporcione el sustento.
44 — No nos pongamos nunca innecesariamente en actitudes
peligrosas cuando nos encontremos con otras personas y especialmente con
señoras. Los actos de esta especie producen sensaciones más o menos
desagradables y cuando se ejecutan con ánimo de ostentar destreza, agilidad o
valor, revelan además un carácter poco elevado y circunspecto.
45 — Nada hay en sociedad más delicado ni que necesite de más
fino tacto que el uso de las chanzas. Ellas sazonan a veces la conversación,
amenizan el trato, y aun llegan a ser pequeñas demostraciones de aprecio y de
cariño; pero, sea dicho en puridad de verdad, la naturaleza no ha concedido a
todos aquella discreción, aquella delicadeza, aquel tino que en tan alto grado
se necesita para que ellas sean verdaderamente aceptables; y no siempre basta
poseer una buena educación, ni estar animado de la intención más sana y
amistosa, para saber dirigir chanzas tan finas y oportunas que dejen de ser
bajo algún respecto desagradables o mortificantes. Las personas que no poseen
este don especial deben abstenerse severamente del uso de las chanzas. Por
omitirías ninguno experimentará jamás un desagrado; por dirigirlas no será raro
ver que se turben las más sólidas y más antiguas relaciones de amistad.
46 — Las chanzas no pueden usarse indiferentemente con todas las
personas ni en todas ocasiones; ellas son privativas de la confianza y
enteramente ajenas de la etiqueta; rara vez es lícito a un hijo usarlas con sus
padres, a un inferior con su superior, a un joven con una persona de edad
provecta; en ningún caso son oportunas en círculos serios, en conversaciones
que no anime el buen humor, y en momentos en que aquellos a quienes es lícito
dirigirlas tengan contraída su atención a un determinado asunto. Y aun
atendidos todos estos requisitos, restará siempre consultar el carácter y la
educación de las personas, las impresiones que accidentalmente modifiquen y
determinen su manera de ser, sus gustos, sus costumbres, sus caprichos,
finalmente, la relación que la chanza que se dirige pueda tener con otras
personas que se hallen presentes.
47 — Aun cuando la chanza que se nos dirige a nosotros no esté
autorizada por las reglas anteriores, recibámosla con afable tolerancia, y no
sonrojemos jamás con un frío desabrimiento, ni mucho menos con palabras
destempladas y repulsivas, a aquel que no ha tenido la intención de
desagradarnos, y cuya culpa no es otra que carecer de las dotes de una fina
educación.
XI
Reglas diversas
1 — Uno de los objetos a que debemos consagrar mayor suma de
atención y estudio es el hacer agradable nuestra persona, no ya por el
conocimiento y la práctica de los usos y estilos de la buena sociedad, ni por
la dulzura de nuestro trato, sino por una noble y elegante exterioridad, por la
delicadeza de nuestros movimientos, por la naturalidad y el modesto despejo que
aparezcan siempre en nuestro cuerpo, sea cual fuere la actitud en que nos
encontremos (párrafo 5, pág. 47).
2 — La moderación es la reguladora de los modales exteriores,
así en el hombre como en la mujer; pero la organización física y moral del
hombre, la mayor agilidad que adquiere en las faenas industriales, su inmediato
contacto con los extravíos del corazón humano, la presencia de los peligros,
los reveses de la fortuna, y el comercio general de la vida en su constante
anhelo por proporcionarse a sí mismo y a su familia una cómoda subsistencia,
comunican a su exterioridad un cierto desembarazo, una cierta dureza, un cierto
aire de libertad y de franqueza que le es enteramente peculiar, y que distingue
notablemente sus modales de los de la mujer.
3 — Por lo mismo que la diferente naturaleza y el diferente
género de vida de uno y otro sexo han de producir estas diferentes propiedades
en los modales exteriores, la mujer cuidará de precaverse de aquella excesiva
suavidad que degenera en ridícula timidez o rústico encogimiento, y el hombre
de aquel excesivo desembarazo que comunica a su persona un aire vulgar y
desenvuelto.
4 — Siempre que en sociedad nos encontremos de pie, mantengamos
el cuerpo recto, sin descansarlo nunca de un lado, especialmente cuando
hablemos con alguna persona.
5 — Al sentarnos, hagámoslo con suavidad y delicadeza, de modo
que no caigamos de golpe y violentamente sobre el asiento; y después que
estemos sentados, conservemos una actitud natural y desembarazada, sin echar
jamás los brazos por detrás del respaldo del asiento ni reclinar en él la
cabeza, sin estirar las piernas ni recogerlas demasiado, y sin dar al cuerpo
otros movimientos que aquellos que son propios de la conversación, según las
reglas sobre ella establecidas.
6 — Es extraordinariamente incivil el situarse por detrás de una
persona que está leyendo, con el objeto de fijar la vista en el mismo libro o
papel en que ella lee.
7 — Cuando un caballero se halle sentado, y una señora u otra
persona cualquiera de respeto o con la cual no tenga confianza se le acerque a
hablar sin tomar para ello asiento, se pondrá inmediatamente de pie y así
permanecerá hasta que aquélla se retire. Pero una persona de buena educación
evita siempre por su parte permanecer de pie al acto de hablar a otra a quien
encuentra sentada.
8 — Un caballero que se halla en sociedad no permite nunca que a
su presencia se dirija una señora de un punto a otro con el objeto de tomar una
silla, abrir o cerrar una ventana, o ejecutar cualquiera otra operación de que
pueda él relevarla. Igual atención usa siempre una señora joven respecto de una
señora de edad avanzada, y en general un inferior respecto de un superior.
9 — Cuando a una persona se le caiga al suelo algún objeto, el
caballero que se halle más inmediato a ella se apresurará a levantarlo,
poniéndolo luego en sus manos con cierta gracia y delicadeza en los
movimientos. El mismo obsequio tributará una señora a otra señora, cuando no se
encuentre un caballero inmediato a ésta. Mas la persona, cualquiera que ella
sea, a quien se caiga un objeto, procurará levantarlo ella misma
inmediatamente, a fin de evitar que otro se tome el trabajo de hacerlo.
10 — Son actos enteramente impropios y vulgares: 1.°, poner un
pie sobre la rodilla opuesta; 2.° mover innecesariamente el cuerpo, cuando se
está en un piso alto, o cuando se ocupa con otros un asiento común, como un
sofá, etc., o un lugar cualquiera alrededor de una mesa, de manera que se
comunique el movimiento a los demás; 3°, extender el brazo por delante de
alguna persona, o situarse de modo que se le dé la espalda o hacer cualquiera
de estas cosas, cuando es imprescindible, sin pedir el debido permiso; 4.°,
fijar detenidamente la vista en una persona; 5.°, manifestar grandes cuidados
con la ropa que se lleva puesta, con el peinado o con la barba; 6.° ,
estornudar, sonarse o toser con fuerza, produciendo un ruido desapacible; 7°,
reír a carcajadas o con frecuencia; 8.°, llevarse a menudo las manos a la cara,
hacer sonar las conyunturas de los dedos, jugar con las manos, con una silla, o
con cualquiera otro objeto.
11 — El acto de bostezar indica infaliblemente sueño o fastidio,
o bien un hábito que no ha sabido cortarse en tiempo y se toma después
erradamente por una necesidad. Cuando no podemos dominar el sueño, o no nos
sintamos ya animados en el círculo en que nos encontremos, retirémonos
inmediatamente y sin esperar a que nuestros bostezos vengan a expresarlo, lo
cual es siempre desagradable y aun ofensivo a los demás. Y en cuanto al hábito
de bostezar, pensemos que él hace insoportable la compañía de la persona más
culta y más amable.
12 — Hay algunas personas que por manifestarse siempre afables,
se acostumbran a mantener en sociedad una sonrisa constante, la cual comunica a
su fisonomía un aire de vulgaridad y tontería que las desluce completamente, y
aun llega a hacer su trato empalagoso y repugnante. Es cierto que debemos
mostrar a las personas con quienes nos encontramos una constante afabilidad;
pero ésta no consiste en sonreímos siempre, sino en aquel modo suave y atento
con que naturalmente expresamos nuestra satisfacción y buen humor, y el placer
que produce en nosotros la presencia y la conversación de nuestros amigos.
13 — Las personas que se reúnen para pasearse en una sala, un
corredor, o en otro lugar cualquiera, al cambiar de frente para volver de un
extremo a otro, deben observar las reglas siguientes: 1.a, si son dos personas
las que pasean, ambas se abren por el centro, describiendo cada una hacia
afuera una línea semicircular; 2.a, si son tres personas, la que va en el
centro se abre por el lado izquierdo junto con la que va a su derecha, de modo
que ésta quede ocupando el centro, y la que va a su izquierda cambia de frente
de la manera indicada en la regla anterior; 3.a, si son cuatro personas, se
abren en dos alas, de manera que las dos personas del centro queden en los
extremos, y las de los extremos en el centro; 4.a, cuando entre las personas
que se pasean hay una que notablemente sobresale en respetabilidad, se la deja
siempre en el centro; dando ella alternativamente el frente a la derecha y a la
izquierda al volver de un extremo a otro, y sujetándose las demás a las reglas
precedentes.
14 — Es embarazoso y molesto el paseo de más de cuatro personas
juntas; y aun debe procurarse que las reuniones que se formen para pasearse no
lleguen nunca a exceder de tres personas.
15 — Cuando varias personas reunidas han de subir o bajar una
escalera, deben observar las reglas siguientes: 1.a, el caballero cede siempre
a la señora el lado más cómodo, y lo mismo hace el inferior respecto del
superior; 2.a, si no puede subir o bajar más de una persona a un mismo tiempo,
las personas de un mismo sexo se van cediendo entre sí el paso, según su edad y
categoría y las señoras y caballeros reunidos, proceden de la manera que quedó
indicada en el párrafo 35 de la página 279.
16 — Cuando una señora es acompañada por un caballero a un
festín, a un espectáculo, o a otro lugar cualquiera donde ambos han de
permanecer, no puede admitir el brazo de otro caballero para regresar a su
casa, si aquél se halla presente a su salida y cumple con el deber en que
naturalmente se encuentra de acercársele para acompañarla de nuevo.
17 — Cuando nos encontremos cerca de personas que hablen entre
sí de una manera secreta, huyamos cuidadosamente de llegar a percibir ninguna
de sus palabras. Nada puede haber más indigno que poner atención a lo que otros
hablan en la persuasión y la confianza de no ser oídos.
18 — Siempre que saludemos a una persona, además de hacerle una
cortesía (pág. 268, nota 2), mostrémosle un semblante afable y más o menos
risueño, según el grado de amistad que con ella tengamos. Los saludos
desdeñosos, los que apenas pueden ser percibidos, y aquellos en que se muestra
cierto aire de protección, son exclusivamente propios de gentes inciviles y que
tienen la desgracia de vivir animadas de un fatuo y ridículo orgullo. La
persona a quien debemos la atención de saludarla, es también digna de que le
manifestemos en este acto que su presencia nos es agradable.
19 — Siempre que hayamos de nombramos a nosotros al mismo tiempo
que a otras personas, coloquémonos en último lugar; y tengamos, además, el
cuidado de anteponer en todas ocasiones el nombre de la señora al de la
señorita, el de la mujer al del hombre, y el de la persona más respetable al de
la menos respetable.
20 — Es enteramente vulgar y grosero el tutear a una persona con
quien no se tiene una íntima confianza. Y aun mediando esta confianza, cuando
por nuestra edad o categoría estemos seguros de que la persona con quien
hablamos no habrá de tuteamos a nosotros, abstengámonos de usar con ella de
semejante tratamiento, el cual podría aparecer entonces como una vana
ostentación de superioridad. Está, sin embargo, admitido el tutear a los
inferiores, entre las personas de una misma familia, y cuando las relaciones
entre superior e inferior son tales, que éste no puede ver en ello sino una
muestra de especial cariño.
21 — Tan sólo en conversaciones privadas, y autorizados por una
íntima confianza, podemos permitirnos tutear o tratar de usted a aquellas
personas a quienes por su carácter o por su empleo se deba un tratamiento
especial. En orden a esto, tengamos presentes las prescripciones contenidas en
los párrafos 25 y 17 de las páginas 276 y 291.
22 — Seamos severamente puntuales en asistir siempre a toda
reunión de que hayamos de formar parte, a la hora que se nos haya señalado y en
que hubiéramos convenido. En ningún caso tenemos derecho para hacer que los
demás aguarden por nosotros; y siempre será visto como un acto de irrespetuosa
descortesía el concurrir tarde a un aplazamiento cualquiera.
23 — Mientras una persona que ha perdido uno de sus deudos se
halla en la época del luto riguroso (párrafo 12, pág. 360), es altamente
impropio y ofensivo a la memoria del difunto, que asista a festines u otras
reuniones de placer, que cante, toque o tome parte en cualquier pasatiempo que
se promueva en la sociedad en que se encuentre; y según sean los lazos que la
hayan unido a las personas cuya pérdida ha experimentado, las circunstancias
que hayan hecho esta desgracia más o menos lamentable, y la naturaleza del
entretenimiento a que pueda verse excitada, así deberán ser las privaciones de
esta especie a que deba someterse aun en la época del medio luto. Sería, por
ejemplo, no sólo impropio, sino extravagante y odioso, el que una mujer o un
hombre a quien la muerte ha arrebatado su consorte, apareciesen en esta época
tomando parte en un baile.
24 — Acostumbrémonos a ejercer sobre nosotros todo el dominio
que sea necesario para reprimirnos en medio de las más fuertes impresiones. Las
personas cultas y bien educadas no se entregan jamás con exceso a ninguno de
los afectos del ánimo; y sean cuales fueren los sentimientos que las conmueven,
ellas aparecen más o menos serenas, con más o menos fuerza de espíritu, pero
siempre moderadas y discretas, siempre llenas de dignidad y decoro. Los gritos
desacompasados del dolor, de la sorpresa o del miedo, los saltos y demás
demostraciones de la alegría y del entusiasmo, los arranques de la ira, son tan
característicos de las personas vulgares, como la impasibilidad, la
indiferencia, y el indolente estoicismo, de las personas de mala índole y de un
alma innoble y sombría.
25 — Es altamente impropio que los esposos se hagan en sociedad
demostraciones de preferencia y de ternura, que hablen a solas detenidamente, o
que aparezcan siempre el uno junto al otro, ya sea que se encuentren en su casa
o fuera de ella.
26 — Evitemos incurrir en la vulgaridad de deprimir las cosas
del tiempo presente, considerándolas siempre inferiores a las de los tiempos
pasados. A medida que se avanza en edad, se va adquiriendo mayor propensión a
contraer esta mala costumbre.
27 — Huyamos de toda propensión a la suspicacia y a la
cavilosidad. Estas son propiedades antisociales, que endurecen el carácter del
hombre basta el punto de hacer su trato insoportable; y condenándole al
tormento de no encontrar nunca sinceridad ni aun en sus más adictos amigos,
convierten su corazón en un depósito de amargura que envenena su existencia
entera. Bueno es que nos pongamos a cubierto de las insidias y traiciones de
los hombres, por medio de una juiciosa y prudente desconfianza, y no entregándonos
ciegamente a una amistad aún no probada en el crisol del tiempo o de la
adversidad; mas no por eso nos es lícito alimentar respecto de nadie
prevenciones y sospechas, por actos precipitadamente juzgados, o por un mero
espíritu de desconfianza universal.
28 — También debemos huir de impresionarnos fácilmente de los
relatos exagerados o calumniosos, con que las almas viles gustan de malquistar
a las personas que se tratan con amistad. El que procura inspiramos
desconfianza de nuestros amigos, sin tener para ello una misión legítima y una
intención evidentemente sana, no merece por cierto que demos crédito a sus
palabras; y aunque encontremos verosimilitud en los hechos que nos refiera,
procedamos con calma y con prudencia, pues el calumniador es rara vez tan torpe
y tan precipitado que no cuide de vestir sus calumnias con todas las
apariencias de la realidad.
29 — Tiene el hombre tal inclinación a vituperar los defectos y
las acciones de los demás, que sólo el freno de la religión y la moral y los
hábitos de una buena educación, pueden apartarle del torpe y aborrecible vicio
de la murmuración. Y en efecto, una persona verdaderamente culta y bien educada
jamás se ocupa en decir mal de nadie; y ve por el contrario con horror, y como
una ofensa hecha a su propia dignidad, las expresiones que directamente ceden
en menoscabo de la reputación y buen nombre de los ausentes, así como aquella
falsa compasión tras la cual oculta el murmurador su malignidad, cuando por
respeto a los presentes, se lamenta de los ajenos defectos con la intención
encubierta y alevosa de publicarlos (párrafo 4, pág. 176).
30 — La vanidad, la ostentación son vicios enteramente
contrarios a la buena educación. La persona que hace alarde de sus talentos, de
sus virtudes, de sus riquezas, de su posición social, de la extensión e
importancia de sus relaciones, etc., manifiesta poseer un carácter poco elevado
y se desconceptúa completamente para con aquellos que saben medir el mérito por
la moderación, el desprendimiento y la modestia que son sus nobles y
verdaderos atributos.
31 — Nada puede haber más indigno de una buena educación que el
faltar a la verdad, sobre todo cuando esto se hace por costumbre. La mentira,
no sólo degrada y envilece el carácter del hombre, y lo despoja del derecho de
ser creído aun cuando hable la verdad, sino que le dispone naturalmente a la
calumnia, que es una de las más torpes y odiosas faltas con que puede
injuriarse a Dios y a la sociedad. Y es por esto que el acto de desmentir a una
persona, o de dudar siquiera de la realidad de lo que afirma, se ha considerado
siempre como un insulto gravísimo, que no hace jamás a nadie el hombre culto y
bien educado.
32 — La franqueza es una virtud social que estrecha los
corazones unidos por lazos de electo y benevolencia y patentizando los
verdaderos sentimientos del hombre, constituye la más sólida garantía de la
amistad. Pero pensemos que esta virtud degenera en un vicio desde el momento en
que se la exagera, y que la persona que llegue a acostumbrarse, a manifestar a
los demás todo lo que sobre ellos piensa, ofenderá a cada paso el agente más
delicado e impresionable del alma, que es el amor propio1 alejará a sus más
adictos amigos, y concluirá por: hacer su trato insoportable. La franqueza,
para que sea una virtud, debe estar siempre acompañada y dirigida por la
prudencia.
33 — La generosidad es otra virtud social, enteramente
inseparable de la buena educación. Y a la verdad, ¿qué impresiones agradables
puede producir en sociedad el hombre mezquino, el miserable que prefiere ver
sufrir al indigente, dejar de obsequiar a sus amigos, y carecer de las
comodidades más necesarias de la vida, a desprenderse de una cantidad de dinero
de que puede disponer sin quebranto? ¿Y cuán digna no es, por el contrario, la
conducta de aquel que, sin exceder los límites de la prudencia, socorre al
necesitado, proporciona goces y distracciones a sus amigos, y se trata a sí
mismo con aquella decencia que sus facultades le permiten? La prodigalidad y la
disipación son ciertamente contrarias al bienestar de las familias, y a los
intereses de la industria y de la riqueza pública; mas, sea dicho sin rebozo,
la mezquindad y la miseria degradan completamente al hombre, endurecen su
carácter, vulgarizan sus modales y le hacen indigno de pertenecer a la buena
sociedad.
34 —La igualdad en el trato es uno de los más importantes
atributos de la buena educación. Es altamente desagradable y embarazoso
cultivar relaciones con una persona que se muestra a veces afable y
complaciente, a veces displicente y terca, ya comunicativa y sociable, ya
silenciosa y reconcentrada.
35 — También es propio del hombre bien educado el ser
consecuente en la amistad. Son únicamente las personas versátiles y vulgares
las que, sin mediar causas legítimas, abandonan o interrumpen el trato con sus
amigos, u omiten aquellas demostraciones que en determinadas circunstancias
exige la etiqueta, o se esperan naturalmente de los sentimientos de afecto y
benevolencia.
36 — Jamás nos manifestemos ofendidos con una persona porque no
se muestre dispuesta a estrechar relaciones con nosotros. A más de ser esto de
muy mal. tono, y de indicar que aceptamos como posible el que se nos rechace
por un sentimiento de menosprecio, lo cual revela siempre poca seguridad de
merecer la ajena estimación, semejante conducta sería injusta en la generalidad
de los casos, por cuanto el que, sin hacer ninguna ofensa a la dignidad y al
carácter de una persona, rehúsa estrecharse con ella, tiene siempre en su favor
la presunción de que no procede por desafecto, sino ya por la imposibilidad de
aumentar los deberes especiales que tiene contraídos en la sociedad, ya por
inconvenientes privados, que a ninguno le es lícito investigar ni menos suponer
le sean ofensivos.
37 - No veamos nunca con indiferencia la discordia entre
personas que se han tratado y a quienes tratamos nosotros con verdadera
amistad. Procuremos siempre enterarnos discretamente de la historia de sus
disensiones, y si vemos que su reconciliación no es absolutamente imposible, no
desaprovechemos ocasiones tan bellas de servir a nuestros amigos ejerciendo
entre ellos los nobilísimos oficios de mediadores. ¡ Cuántas veces desearán
ellos aproximarse y echar al olvido sus diferencias, y tan sólo se encontrarán
detenidos por puntillos de honor y de amor propio, que fácilmente puede hacer
desaparecer la mediación de un tercero! Grande, en verdad, debe ser nuestro
tacto para proceder en tales casos de manera que las personas desavenidas
queden por una y otra parte satisfechas, y que un paso mal meditado, una sola
expresión imprudente no vaya a producir una sensación desagradable en ninguna
de ellas; pero objeto tan noble bien merece que le consagremos especiales
cuidados, y que no omitamos esfuerzo alguno por llenarlo digna y decorosamente,
eligiendo para ello los medios más propios y aprovechando las más favorables
conyunturas (párrafo 9, pág. 135; párrafo 6, pág. 298). La indiferencia, en los
casos de fácil o posible avenencia, probará siempre poco afecto hacia los
amigos que se encuentran enemistados.
38 — Es tan sólo propio de personas vulgares y desprovistas de
todo sentimiento o moralidad y pundonor el pedir dinero prestado, o hacer
compras a crédito en los establecimientos mercantiles o industriales, sin tener
la seguridad de pagar oportunamente. La propensión a usar de un lujo superior a
aquel que permiten los propios recursos, y el absurdo conato de elevarse sobre
la posición que realmente debe ocuparse en la sociedad, son los móviles de esta
indigna costumbre, que a veces llega a precipitar al hombre en la carrera de
los crímenes, y que tan funesta influencia ejerce en los intereses generales
del comercio y de la industria.
39 — Uno de los más sagrados deberes que la religión, la moral y
la misma naturaleza nos imponen, es el de dar a los niños que nos pertenecen
una educación que les abra y allane el camino de su felicidad, y los haga al
mismo tiempo útiles a su familia y a su patria. Nuestra educación se refleja
siempre en la educación de los niños que dirigimos; así es que cuando éstos
observan una conducta desarreglada, cuando faltan al respeto debido a sus
mayores, cuando de alguna manera se hacen molestos a sus vecinos o a cualquiera
de las personas a quienes se acercan, cuando visten con un lujo impropio de su
edad, cuando maltratan a los animales, cuando fuman o aparecen dominados de
algún vicio y por último, cuando no poseen aquellos conocimientos que son
indispensable en los primeros años, con razón se forma una idea altamente
desventajosa de nuestro carácter, de nuestra educación y de nuestras
costumbres.
CAPÍTULO SEXTO
DIFERENTES APLICACIONES DE LA URBANIDAD
De los deberes respectivos
1 — Las personas entre quienes existen relaciones especiales, ya
sean accidentales o permanentes, se deben respectivamente ciertas
consideraciones también especiales; y aunque sobre este punto se encuentren
nociones suficientes en los principios generales de moral, civilidad y etiqueta
contenidos en esta obra, no hemos creído superfluo el presentar aquí algunas
reglas particulares que fijen de una manera más determinada y concreta el
carácter de estas consideraciones.
2 — Deberes entre padres e hijos.—La afabilidad y franqueza del
padre, y el respeto y la sumisión del hijo, forman un sublime concierto que
hace de sus relaciones el encanto de la vida doméstica. Ni el padre hace sentir
innecesariamente al hijo la fuerza de su autoridad, ni el hijo abusa jamás de
los derechos que le concede la amistad y el obsequioso cariño del padre
(párrafo 6, pág. 114). Unidos y entrelazados ambos por el vínculo más dulce y
más sagrado que existe en la naturaleza, sus relaciones están siempre
sustentadas por un afecto inextinguible, y amenizadas por las demostraciones de
la más exquisita civilidad, que son las que nacen naturalmente de un
sentimiento profundo de amistad y benevolencia.
3 — Entre esposos. —Las relaciones conyugales son las que exigen
mayor suma de prudencia, delicadeza y decoro; así porque la conducta recíproca
de los esposos ejerce una directa y poderosa influencia en el orden y la
felicidad de las familias, como porque la indisolubilidad del vínculo que los
une no les deja otro arbitrio que el escándalo, una vez perdida entre ellos la
consideración que se deben, a la cual se sustituye siempre la discordia con
todos sus abominables caracteres.
4 — El hombre de buenos principios se manifiesta siempre atento,
afable y condescendiente con la compañera de su suerte, con aquella que
abandonando las delicias y contemplaciones del hogar paterno, le ha entregado
su corazón y le ha consagrado su existencia entera; y sean cuales fueren las
contrariedades que experimente en la vida doméstica, sean cuales fueren los
disgustos que conturben su ánimo, jamás se permite ninguna acción, ninguna
palabra que pueda ofender su dignidad y su amor propio. Colmándola por su parte
de consideración y respeto, le atraerá indudablemente la consideración y el
respeto de hijos y domésticos y de todas las demás personas que la rodean; y
apareciendo en todas ocasiones discreto, delicado y decoroso le dará ejemplos
de discreción, delicadeza y decoro que influirán ventajosamente en su conducta
para con él mismo, y en el desempeño de los importantes deberes que están
especialmente a su cargo, como la primera educación de los hijos, el gobierno
de la familia, y la inmediata dirección de los asuntos domésticos.
5—La mujer, por su parte, respira en todos sus actos aquella
dulzura, aquella prudencia, aquella exquisita sensibilidad de que la naturaleza
ha dotado a su sexo; y corresponde al. amor exclusivo que en ella ha puesto el
hombre que la ha considerado como el centro de su más pura felicidad, haciendo
que él encuentre siempre a su lado satisfacción y contento en medio de la
prosperidad, consuelos en los rigores de la desgracia, estimación y respeto en
todas las situaciones de la vida.
6 — Entre sacerdotes y seculares. — El ministerio del sacerdote
es tan sublime, son tan puras y tan eminentemente sociales las doctrinas
contenidas en la ley evangélica, que es la ley suprema de todas sus acciones; y
su alto carácter exige tal dignidad y decoro en sus maneras, que naturalmente
debe aparecer en él en todas ocasiones comportamiento fino, delicado y atento.
7 — Cuando el sacerdote suba a la cátedra del Espíritu Santo a
explicar el Evangelio, a predicar las sublimes doctrinas del Divino Maestro, a
censurar los vicios y las malas costumbres, a encaminar, en fin, a los fieles
por el sendero de la religión y la moral, no puede salir de sus labios ninguna
palabra que no sea culta y decorosa, ninguna palabra que de alguna manera pueda
alarmar el pudor y la inocencia, y vaya a producir efectos contrarios a los que
él mismo se propone.
8 — El tribunal de la penitencia es el asiento de la discreción,
de la delicadeza y de la decencia. Allí se postra frecuentemente la inexperta
joven, que no se ha acercado ni con el pensamiento al intrincado laberinto de
las debilidades humanas, a implorar la remisión de aquellas ligeras culpas que
son propias de su edad, y a pedir consejos saludables a la paternal solicitud
del sacerdote; y toca a la ilustrada prudencia de éste el contemplar los fueros
de inocencia, omitiendo, en sus preguntas y en sus advertencias, todo aquello
que pueda ir a estar de más en las impresiones de un alma tierna y candorosa.
En general, el lenguaje del confesor será siempre dulce, consolador y
caritativo, atrayendo las almas al camino de la bienaventuranza por medio de la
persuasiva elocuencia de la virtud, sin emplear jamás la acritud y la dureza,
de que por cierto nos dio ejemplo el mismo Hijo de Dios con los pecadores
arrepentidos.
9 — Una de las más augustas funciones del sacerdote es la de
prestar al moribundo los últimos auxilios espirituales, en los cuales encuentra
éste la mayor de las felicidades, que es la prenda de la salvación eterna. ¿Y
cuánta no debe ser la prontitud y la eficacia del sacerdote en prestar estos
auxilios? ¿Cuál no debe ser el espíritu de caridad y de sacrificio de que se
revista para desempeñar esta obligación en cualquiera oportunidad, en cualquier
hora del día o de la noche, y aun cuando para ello tenga que sufrir
privaciones, incomodidades y fatigas? El sacerdote que, por no interrumpir el
sueño, o por ahorrarse una penalidad cualquiera a que no le fuese imposible
someterse, desoyese la voz del moribundo, hollaría el más sagrado de los
deberes de la caridad evangélica, derramaría el desconsuelo y el escándalo en
las almas piadosas, y se haría indigno de representar sobre la tierra a Aquel
en quien todo fue amor a los hombres, abnegación profunda, sacrificios sin
reserva.
10 — Las consideraciones que los seculares deben a los
sacerdotes, quedaron suficientemente indicados en la parte moral de esta obra
(cap.I, pág. 13), pero debe aquí advertirse que en los actos puramente
sociales, es de muy fina educación el considerarlos siempre como superiores, y
tributarles todas las atenciones que como a tales les son debidas. Sucederá
muchas veces que un sacerdote, en su calidad de hombre, no reúna todas las
circunstancias que en general determinan la superioridad intrínseca, y que, bajo
este respecto, sea él inferior a las personas con quienes se encuentre en
sociedad; mas como la preeminencia absoluta que la urbanidad concede al
sacerdote está fundada en el sagrado carácter de que se halla investido, éste
suple en tales casos en él los fueros de la edad, de la categoría y de la
representación social.
11 — Entre magistrados y particulares. — Los magistrados, así
como no tienen otro norte que la conciencia y la ley para el ejercicio de su
ministerio, tampoco pueden apartarse, en su trato con los particulares, de las
reglas de la moral y de la urbanidad, de cuya observancia no los releva en
manera alguna la posición que ocupan.
12 — El magistrado que, prevaliéndose de la autoridad que
ejerce, atropella los fueros de la decencia y de alguna manera ofende la
dignidad de las personas que ante él se presentan, abusa vil y torpemente de su
posición, hace injuria a su propio ministerio, y manifiesta además una
educación vulgar y grosera. Aun el desgraciado que con sus crímenes ha
horrorizado a la sociedad, tiene el más perfecto derecho a ser respetado en su
carácter de hombre; y el magistrado que le hace experimentar los rigores del
desprecio, o le niega las consideraciones que la humanidad y la ley no le han
negado,. no sólo falta a sus deberes legales y sociales, sino que viola los más
sublimes principios de la caridad cristiana, la cual cubre con su generosa
égida la miserable condición del infeliz cuyos excesos le han entregado al
brazo de la justicia.
13 — En cuanto a los particulares, en todos los casos en que
hayan de ventilar y sostener sus derechos, y aun en aquellos en que se vean
desposeídos de la justicia, ellos deben circunscribirse a los límites de la
moderación y la decencia, sin faltar jamás al respeto debido a los magistrados,
y sin usar de otro lenguaje ni valerse de otros medios, que los que están
autorizados para las leyes civiles y sociales.
14 — Entre superiores e inferiores. — El hombre de sentimientos
nobles y elevados, es siempre modesto, generoso y afable con sus inferiores, y
jamás deja de man ifestarse agradecido a los homenajes de consideración y
respeto que éstos le tributan. Lejos de incurrir en la vileza de mortificarlos
haciéndoles sentir su inferioridad, él estrecha la distancia que de ellos le
separa, por medio de un trato franco y amistoso, que su prudencia sabe contener
dentro de los límites, de su propia dignidad, pero que un fino tacto despoja de
aquel aire de favor y protección de que se reviste el necio orgullo, cuando a
su vez pretende obsequiar la inferioridad.
15 — El inferior tratará siempre al superior con suma atención y
respeto; pero téngase presente que todo acto de sumisión o lisonja, que
traspase los limites de la dignidad y el decoro, es enteramente ajeno del
hombre bien educado y de buenos sentimientos, por cuanto la adulación es la más
grosera y ridícula de todas las bajezas, y, como hija de la hipocresía, revela
siempre un corazón poco noble y mal inclinado.
16 — Nada hay más indigno entre superiores e inferiores que un
acto cualquiera de indebida o excesiva confianza; en los primeros, esto
aparecerá siempre como una muestra de poca dignidad, y a veces de menosprecio;
en los segundos, como una falta de consideración y respeto, y al mismo tiempo
como un signo de la más necia vulgaridad. Cuando el superior usa de una
oportuna y delicada confianza con el inferior, le manifiesta por este medio una
estimación especial, a que debe corresponder el inferior con aquella
cordialidad y franqueza que el hombre discreto sabe siempre hermanar con la
moderación y el respeto.
17. — Entre abogados y clientes. — El abogado debe poseer un
fondo inagotable de bondad y tolerancia, para que pueda ser siempre cortés y
afable con sus clientes. La persona que se encuentra empeñada en una litis,
considera de grande importancia la eficacia de su patrocinante, y naturalmente
le busca con frecuencia para suministrarle datos, para informarle de los
incidentes que ocurren, y a veces sin otro objeto que estimularle a obrar con
la actividad que ella desea y recomendarle más y más su negocio. Y como las
variadas ocupaciones de un abogado no le permitirán siempre entrar de muy buena
voluntad en estas conferencias, especialmente cuando no las encuentre
oportunas e indispensables, es necesario que se arme en tales casos de
paciencia y considere que éstas son incomodidades inseparables de su profesión,
a fin de que no se manifieste nunca enfadado, y no incurra en la brusca
descortesía de recibir mal a aquél que ha depositado en él su confianza, y le
ha creído capaz de defender hábil y honradamente sus intereses.
18 — Un cliente no debe, por su parte, abusar de la tolerancia y
cortesanía de su abogado, haciéndose pesado en la narración de los hechos de
que necesite imponerle (párrafo 1, pág. 200), ni con frecuentes visitas, con
consultas fútiles e impertinentes, o con recomendaciones innecesarias que pueda
interpretar como una ofensiva desconfianza de su lealtad y su eficacia. Es una
vulgaridad, y al mismo tiempo una señal infalible de un entendimiento vacío, el
entregarse exclusivamente a un pleito, sea cual fuere su entidad, haciéndolo
constantemente la materia de la conversación, y manifestándose preocupado de
esta única idea; y de aquí nace esa ofuscación que conduce a un cliente a
molestar y fastidiar a su abogado, manejándose a veces como si éste no tuviese
otra ocupación que atender a su negocio.
19 — Entre médicos y enfermos. — La caridad y la paciencia son
las virtudes sobresalientes del médico en su manera de conducirse con el
enfermo. Como la salud es el bien más apreciable de la vida, el que llega a
perderla se preocupa de tal suerte de la idea de recuperarla, y se siente tan
fuertemente impelido a invocar para ello a cada paso el interés y la asistencia
del médico, que si éste no está animado de una caritativa consideración y de
una profunda tolerancia, le negará naturalmente el consuelo de un trato
cariñoso y afable, y los sufrimientos morales vendrán entonces a aumentar los
sufrimientos físicos, llegando acaso hasta enervar la acción de las
aplicaciones medicinales.
20 — La necesidad en que se encuentra el médico de entrar con
los enfermos en multitud de pormenores sobre las causas y efectos de sus
dolencias. y sobre todo lo demás relativo a éstas, no le autoriza ni puede
obligarle jamás a faltar en tales conferencias a la delicadeza del lenguaje;
pues sin omitir nada de lo que sea indispensable para su objeto, él podrá
siempre fácilmente, por medio de expresiones cultas y de buen sonido, echar,
sobre las ideas que tengan en sí mismas algo de repugnante, un velo que las
suavice a los ojos del pudor y del decoro (párrafo 7, pág. 195; párrafo 10,
pág. 196).
21 — En las enfermedades graves, cuando los medicamentos no
alcanzan a disminuir la fuerza del mal y el conflicto se aumenta, un médico, de
buena conciencia y de sentimientos humanos y generosos, apela él mismo a los
conocimientos de otros profesores, sin esperar a que se le indique este
recurso, y sin manifestarse desagradado cuando el enfermo o sus dolientes se
anticipen a proponérselo ellos mismos. El peligro de la vida no da entrada en
el ánimo a otra idea que la de la salvación; y un médico bien educado y que
tenga el convencimiento de su propio mérito, debe ver con indulgencia que en
medio de la angustia y ansiedad, que trae consigo el temor de la más grande de
todas las desgracias, se le haga una indicación de este género cuando él crea
todavía que su sola asistencia puede triunfar de la enfermedad.
22 — Cuando la muerte es inevitable, y ha llegado ya la
oportunidad de que el enfermo se contraiga a arreglar sus intereses temporales
y espirituales, el médico deberá emplear una exquisita prudencia, un fino tacto
al hacer tan terrible declaración; procurando dirigirse para ello a los deudos
menos allegados del enfermo, los cuales pueden excogitar fácilmente los medios
de transmitirlo de la manera más prudente a los más allegados, y guardándose en
todos los casos de hacer sobre este punto al mismo entorno una manifestación
brusca y sorprendente.
23 — Fácil es comprender que las consideraciones que el médico
debe guardar al enfermo son extensivas a las personas de su familia; así porque
ésta se identifica siempre con su situación y sus padecimientos, como porque
muchas veces su postración no le permite exigir nada a la tolerancia del
facultativo, y son entonces sus deudos los que a cada paso pueden ponerla a
prueba.
24 — El ministerio del médico tiene de común con el del
sacerdote aquel espíritu de caridad y de sacrificio que debe animarle, para
atender en cualquier oportunidad y en cualquier momento al enfermo que invoca
su asistencia, aun cuando para ello tenga que someterse a duras privaciones. El
médico que, por atender a su propia comodidad desoyese el clamor del enfermo,
manifestaría un corazón indolente y cruel, haría injuria a la humanidad y a su
propio ministerio, y, lo que es peor todavía, echaría sobre sí la horrible nota
de ver con desprecio la vida de sus semejantes.
25 — Respecto al comportamiento del enfermo y de sus deudos, es
excusado entrar a encarecer cuánta debe, ser su prudencia para con el médico, y
cuán grande la suma de consideración que han de tributarle. Las exigencias
indiscretas, las discusiones sobre el plan curativo que el médico prescribe,
las manifestaciones de desagrado que suele arrancar el mal efecto de una
medicina, la solicitación, en fin, sin su debida anuencia, de las opiniones o
de la asistencia de otros facultativos, son todos actos que arguyen mala
educación, y falta de estimación y agradecimiento hacia aquel, que pone su
esmero en hacer eficaces sus servicios profesionales.
26 — Entre los preceptores y los padres de sus alumnos. — La
persona que recibe de un padre el grave y delicado encargo de la educación de
sus hijos, debe tener presente que éste no ha podido depositar en él tan alta
confianza, sin haberle considerado capaz por su moralidad, la pureza de sus
costumbres, la dignidad de su carácter, su finas maneras y la cultura de su
entendimiento, de ejercer dignamente esta honrosa delegación por medio de la
doctrina y el ejemplo, sembrando en el corazón de sus hijos la preciosa semilla
de la virtud, y preparándolos a ser útiles a sí mismos, a su familia y a su
patria. Y como las almas nobles prescinden siempre de los propios merecimientos
y de la material retribución del trabajo, cuando el encargo que reciben
encierra un homenaje de consideración, el maestro no podrá menos que añadir al
estricto cumplimiento de sus deberes todas las particulares demostraciones de
especial atención y aprecio, con que pueda manifestarse agradecido a los padres
de sus alumnos por el elevado concepto que les ha merecido.
27 — Pero los padres de los alumnos deben hacer a su vez una
completa abstracción del mérito que el preceptor haya podido reconocer en su
elección; considerando tan sólo que los afanes y desvelos que éste consagra a
sus hijos son de orden tan elevado, y tan sublime, que un corazón paternal no
los ve jamás recompensados con una simple retribución pecuniaria, le colmarán
de honor y consideración, y no omitirán medio alguno para manifestarle el
agradecimiento que merece siempre de un padre todo el que trabaja por el bien y
la felicidad de sus hijos.
28 — Un padre no tiene ningún derecho para reconvenir al
preceptor de sus hijos por actos que estén autorizados por los estatutos, la
disciplina y las prácticas generales que éste haya establecido, todo lo cual ha
debido consultar antes de confiarle un encargo que supone siempre el completo
sometimiento a las reglas comunes. En un establecimiento de enseñanza no puede
haber otras distinciones que aquellas que estén fundadas en la virtud y el
mérito, y es exclusivamente su director el que se halla en capacidad de
descubrir en sus alumnos estas dotes, así como de conceder los premios y
aplicar las penas que la posesión o la carencia de ellas exijan. Toda
injerencia, pues, de un padre en estos asuntos, toda reclamación, toda
advertencia que se permita, es un acto del todo extraño a sus derechos y
evidentemente contrario a los verdaderos intereses de sus mismos hijos, cuya
educación estará viciada desde que, en las pequeñas contrariedades que
experimenten, puedan contar con una segura apelación a la autoridad paterna.
29 — Según esto, la mediación de los padres para librar a sus
hijos de las prudentes y provechosas correcciones que se les impongan, la
pretensión de que se les exonere de alguna obligación, o se les alce alguna
prohibición, y en general toda exigencia que tienda a relajar la disciplina de
los establecimientos de enseñanza son otros tantos semilleros de disgustos
entre padres y maestros, que la civilización condena, y que traen funestas
consecuencias a la educación, a la moral y al porvenir de los jóvenes.
30 — No quiere esto decir que a un padre le esté vedado velar
sobre el trato que un preceptor dé a sus hijos; mas desde el momento en que
éste incurre en un grave abuso de autoridad, desaparece la confianza en que
está basado el pacto que entre ambos existe, y el disolver este pacto será
siempre preferible a toda reconvención, a toda discusión que no pueda dar por
resultado sino mayores disgustos.
31 — Los padres, y sobre todo las madres, cuya indefinible
ternura nubla a veces su razón y las hace demasiado exigentes, deben medirse
mucho en calificar de abuso de autoridad un acto cualquiera del preceptor de
sus hijos, que haya producido en ellos una impresión demasiado desagradable; y
en todos los casos tendrán como una regla importante el abstenerse de dirigir a
aquél ninguna expresión ofensiva a su carácter y a su dignidad, pues en esto se
harían ellos mismos una grave ofensa, apareciendo como inciviles y groseros, y
quizá como ingratos. El ministerio del preceptor ejerce una grande influencia
en los destinos de la sociedad; y para que pueda ser desempeñado siempre en
bien de los intereses generales de la educación, es indispensable rodearlo de
aquella consideración, de aquel respeto, que da autoridad y eficacia a la
enseñanza, y que haciendo de él una profesión honrosa, estimula a abrazarla al
verdadero mérito, a la virtud y al talento.
32 — Entre los jefes de oficinas públicas y las personas que
entran a ellas.—EI jefe de una oficina pública debe recibir con afable atención
a cualquiera persona que en ella le solicite, e invitarla inmediatamente a
tomar asiento; mas no está obligado a ponerse de pie, ni al entrar aquélla ni
al despedirse, sino en el caso de que sea una señora, un amigo, o un sujeto a
quien deba especial consideración y respeto.
33 — El jefe de una oficina, después de haber contestado
verbalmente a las expresiones de despedida de la persona que se retira,
corresponderá con una inclinación de cabeza a la cortesía que ésta habrá de
hacerle desde la puerta de la sala; y al despedirse alguna de las personas
indicadas en la excepción del párrafo anterior, la acompañará precisamente
hasta el medio de la sala; o hasta la puerta.
34 — La persona que entre a una oficina pública se abstendrá de
tomar asiento mientras no se la excite a ello; y no se acercará a ningún bufete
de modo que le sea posible leer los papeles que en él se encuentren, sin haber
sido autorizado para ello de una manera expresa. En cuanto a las demás reglas
especiales que deben observarse en estos casos, ellas están contenidas en los
párrafos 1 y 4 de las páginas 167 y 168; debiendo sólo añadirse que al
retirarse una persona de una oficina, y después de haberse despedido
verbalmente del jefe de ella, debe hacer siempre a éste una cortesía desde la
puerta de la sala.
35 — Entre los Comerciantes y las personas que entran a sus
establecimientos. — La afabilidad en el comerciante es no sólo un deber de
urbanidad, sino un elemento eminentemente mercantil. El que necesita un género
ocurre naturalmente, en igualdad de circunstancias, al establecimiento donde
sabe que será recibido con mayores muestras de atención, y huye, por lo
contrario, de aquél en que un semblante adusto y un trato áspero y descortés
han de lastimar su dignidad y su amor propio, y aun servirle de embarazo para
examinar detenidamente los objetos y hacer una elección que le deje satisfecho.
Y como quiera que el progreso del comerciante está en razón directa de la
propia realización de sus mercancías, se deduce que aquel que sea más afable y
político hará una carrera más próspera y feliz.
36 — El comerciante ofende a la persona de consideración que se
le acerca, y se ridiculiza él mismo, cuando emplea con ella halagos indebidos,
cuando le hace elogios desmesurados de sus mercancías, cuando se esfuerza en
hacerla concebir sobre éstas cualquiera idea manifiestamente contraria a la
realidad, y cuando, sin tener. con ella ninguna amistad, le asegura que hace
una pérdida por venderle lo que solicita.
37 — Es sobremanera incivil e impropio el conservar un
comerciante su sombrero puesto, cuando se dirige a él en su establecimiento una
señora, u otra persona que sea para él muy respetable, lo mismo que aparecer en
cualquiera ocasión desaliñado o mal vestido, como en mangas de camisa, sin
corbata, etc.
38 — La persona que entra a un establecimiento mercantil, no
debe ir a molestar inútilmente al comerciante manifestándose, impertinente y
descontentadiza, ni contradecirle abiertamente bajo ningún respecto, ni
maltratar las mercancías al examinarlas (párrafo 5, pág. 168), ni deprimir
éstas delante de otras personas y en ninguna ocasión con palabras fuertes y
descorteses, ni entrar en fin, en prolongados y fastidiosos regateos que
indican siempre un carácter vulgar y mezquino. El proponer a un comerciante un
precio notablemente menor del que ha pedido, es un acto ofensivo a su dignidad
y buena fe, de que no dan jamás ejemplo las personas de buena educación.
39 — Entre ricos y pobres. — Las consideraciones que el rico
debe al pobre están fundadas en los bellos y liberales principios de la sana
filosofía; pero ellas tienen un origen todavía más puro y más sublime en la ley
de Aquel que amó y santificó la Pobreza y la situó en el camino del Cielo. El
Evangelio, sin excluir a los ricos de los premios futuros que ofrece a la
virtud donde quiera que se encuentre, designa a los pobres como los más
llamados a gozarlos, por sus privaciones, sacrificios y sufrimientos; y mal
puede el hombre, a quien la fortuna ha favorecido con los tesoros de la tierra,
mirar con indiferencia o menosprecio a aquel a quien están especialmente
prometidos los tesoros de una gloria eterna.
40 — Un rico no deberá jamás lamentarse con un pobre, de
pérdidas,. privaciones o faltas de recursos, cuando a ello no se vea obligado
por la necesidad de justificar una negativa, pues el pobre podría interpretar
ésta como una precaución contra la exigencia de algún servicio, lo cual sería
altamente ofensivo a su carácter y a su amor propio; a menos que entre ambos
exista una amistad tan cordial y estrecha que excluya toda sospecha de este
género, y las quejas del uno deban ser naturalmente recibidas por el otro como
un inocente desahogo en el seno de la confianza.
41 — El pobre debe considerar que así como el premio de sus
sufrimientos se encuentra en el Cielo, así durante su mansión en la tierra su
subsistencia, las comodidades que puede alcanzar, el alivio de sus penas,
dependen en gran parte, ya directa, ya indirectamente, de las empresas que crea
y fomenta el rico, y muchas veces de la generosidad con que éste se desprende
de una parte de sus rentas para socorrer sus necesidades. Mirando la riqueza
individual como uno de los más importantes elementos de las artes y de la
industria, del progreso material y aun moral de los pueblos, y sobre todo, como
el amparo de la indigencia, el pobre deberá honrar y respetar en el rico tan
nobles atributos, prodigándole todas las atenciones a que sus virtudes le hagan
acreedor. Y cuando el peso de la miseria llegue a oprimirle, lejos de
contemplar los ajenos goces con el ojo de la torpe envidia, se someterá con
religiosa resignación a la voluntad divina; pues si la pobreza puede ser una
virtud, si ella puede abrirnos las puertas del Cielo, no es ciertamente por el
solo hecho de vivir condenados a ella, sino por el de aceptarla como la aceptó
el Hijo de Dios, amarla como Él la amó, y acompañarla de todas las virtudes de
que Él mismo quiso darnos ejemplo.
42 — Entre la persona que exige un servido y aquella a quien se
exige. — Una persona delicada, cuando necesite con urgencia alguna cosa que no
puede absolutamente proporcionarse por sí misma, y se ve por lo tanto obligada
a solicitarla entre sus amigos, se dirige siempre a los de su mayor intimidad,
y no ocurre a aquellos con quienes no tiene confianza, sino en casos extremos y
en que la fuerza de la necesidad justifique plenamente su exigencia.
43 — Las exigencias indiscretas son del todo ajenas de la gente
bien educada y así, jamás debe pedirse un servicio a una persona que, para
prestarlo, haya de hacer un sacrificio de cualquiera especie, cuando pueda
ocurrirse a otra que se encuentre en diferente caso, o bien prescindirse
enteramente de aquello que se desea.
44 — Según la naturaleza y entidad de! servicio, el grado de
amistad que medie con la persona a quien se exige, y el mayor o menor esfuerzo
que ésta haya de hacer para prestarlo, así serán más o menos vehementes las
expresiones de excusas que acompañen la súplica, y aquella con que haya de
manifestarse el agradecimiento que debe inspirar la prestación del servicio.
45 — La gratitud es uno de los sentimientos más nobles del
corazón humano, y por desgracia el que se ve más frecuentemente combatido por
las malas pasiones. Es imposible encontrar una buena educación y una completa
honradez en quien es capaz de olvidar los servicios o corresponderlos con
ruindades; y acaso no ha habido en el mundo ningún malvado que no haya
principiado por ser ingrato. Debe, cuidarse esmeradamente de cultivar el
sentimiento de la gratitud, no borrando jamás del alma el bien que se reciba, por
pequeño que sea, y aprovechando siempre las ocasiones que la fortuna ofrezca
para recompensarlo.
46 — En los corazones que aún no están enteramente corrompidos
la ingratitud conserva una especie de pudor, que la hace ávida de pretextos
para desencadenarse y mostrarse en toda su fealdad; y así se ve muchas veces
que el hombre, que ha recibido un beneficio, busca un motivo de queja respecto
de su benefactor, o afecta creerse ofendido cuando éste no se presta a una
nueva exigencia, para romper el vínculo de gratitud que a él le une, y
considerarse relevado de los deberes que para con él tiene contraídos.
47 — A la persona a quien recientemente se ha hecho un servicio,
no se le puede exigir otro sin incurrir en una grave falta de delicadeza a
menos que se necesite urgentemente una cosa que tan sólo ella puede
proporcionar, o que medie una amistad estrecha y un comercio de recíprocos
servicios.
48 — En cuanto a la persona a quien se exige un servicio, si
está en capacidad de prestarlo, lo hará con tal delicadeza que parezca más bien
que desempeña un deber; y si ha de negarlo, procurará atenuar la pena que causa
siempre la ineficacia de una súplica, contestando con razones sólidas y
convincentes, en términos muy afables, y deteniéndose más o menos en manifestar
el sentimiento que experimenta según sea la entidad del servicio exigido, Y
según los deberes que la amistad le imponga.
49 — Nada. hay más innoble y mezquino que hacer un servicio por
interés de verlo recompensado, ni nada más grosero que abusar de la posición de
aquel a quien de alguna manera se ha obligado, por medio de exigencias tales
que pongan su agradecimiento a una dura prueba.
50 — Mucho menos deberá abusarse de la posición de la persona a
quien se haya servido, con actos que en alguna manera ofendan su carácter y
amor propio. La gratitud impone ciertamente deberes muy sagrados, y entre ellos
existe el de una especial tolerancia para con aquellos que han debido
inspirarla; mas sería absurdo suponer que ella obligase a sacrificar el honor o
la dignidad personal, y a tratar con amistad al que pretende esclavizar y
envilecer un corazón a precio de un servicio.
51 — Entre nacionales y extranjeros. — El que se encuentra en su
propio país, rodeado de las personas que le son más caras en la vida, en medio
de los amigos de la infancia, y gozando de cuantas comodidades ofrece siempre
el suelo natal, debe recibir y tratar con la más fina atención al extranjero
que, al abandonar su patria, no cuenta con otras ventajas ni con otros goces
que los que le proporciona una franca y cordial hospitalidad.
52 — Es una vulgaridad, y sobre todo una violación de los
sagrados derechos de la hospitalidad, el negar al extranjero un trato afable y
generoso, cuando él observa una conducta leal e inofensiva, y cuando viene a
consagrarse a una industria honesta contando con el amparo de leyes liberales,
y con la buena acogida que da siempre una sociedad civilizada y culta.
53 — La distinción entre nacionales y extranjeros, tan sólo deja
de ser odiosa en cuanto es indispensable para el orden y la felicidad de los
diferentes pueblos que constituyen la gran familia humana; por lo demás,
debemos siempre recordar que todos somos hijos de un mismo padre, y que el
Redentor del mundo al entregarse al bárbaro suplicio de la cruz por el rescate
de la humanidad entera, nos dejó a todos los hombres la más sublime prenda de
amor, de unión y de confraternidad (párrafo 3, pág. 32).
54 — El que lejos de su patria ha encontrado en suelo extraño
una acogida hospitalaria y benévola, y en posesión de todos los derechos que
aseguran la vida, la industria y la propiedad a los asociados, puede
consagrarse libre y tranquilamente al trabajo y disfrutar de todos los goces y
comodidades que ofrece el país en que se encuentra, contrae no sólo aquellos
deberes que impone la legislación civil, sino también los que nacen
naturalmente del noble sentimiento de la gratitud; y al mismo tiempo que contribuya
por cuantos medios estén a su alcance al orden, al progreso y al bienestar de
la sociedad que le han admitido en su seno, observará una conducta franca, leal
y amistosa en su trato con los nacionales aprovechando todas aquellas
oportunidades en que pueda comprobarles que ama su país y respeta sus
costumbres.
55 — La urbanidad impone a nacionales y extranjeros un deber
especial de recíproca y fina galantería, el cual consiste en elogiar siempre,
con oportunidad y delicadeza, todo lo que pertenece y concierne al ajeno país,
en excusar de la misma manera lo que en él pueda ser vituperable, y en usar de
un lenguaje sobremanera cortés y comedido, cada vez que en una amigable y
pacífica discusión sea inevitable el hacer observaciones que bajo algún
respecto le sean desfavorables.
56 — El emitir juicios que hayan de herir el amor propio
nacional de la persona con quien se habla, el manifestarle desprecio hacia su
país, el proferir expresiones que, sin un motivo justificado, tiendan a
demostrar el estado de atraso en que en él se hallen las ciencias, las artes, o
cualquiera otra rama de la civilización, son actos tan inciviles y groseros,
que bien pueden por sí solos revelar una carencia absoluta de educación y de
cultura. Y respecto de un extranjero, es necesario declarar que, cuando incurre
en faltas de esta especie, descubre además un sentimiento de ingratitud para
con el país que le ha abierto sus puertas, que le ha dado una fraternal
acogida, y que, en la escala de su civilización y de sus recursos, le ha
ofrecido todas las garantías, comodidades y conveniencias de la vida social.
II
De la correspondencia epistolar
1 — Siempre que tenemos que comunicarnos con una persona a quien
no podemos dirigirnos verbalmente, ya sea para cumplir con alguno de los
deberes de la amistad, ya para tratar sobre algún negocio, ocurrimos al medio
de transmitirle por escrito nuestras ideas. Y como de esto se sigue que una
carta hace en todas ocasiones las veces de una visita, es necesario que ella
represente dignamente nuestra persona, así en el lenguaje como en todas sus
circunstancias, materiales, revelando nuestra finura y delicadeza, la atención
y respeto que debemos a la persona a quien nos dirigimos, y nuestro
conocimiento de las reglas de la etiqueta.
2 — Con excepción de las cartas científicas, y de todas aquellas
que versan sobre asuntos graves, las cuales admiten un estilo más o menos
elevado, una carta no es otra cosa que una conversación escrita, y no debe por
tanto emplearse en ella otro estilo que aquel que se emplearla en la expresión
verbal de su contenido. Mas como debe suponerse que el que escribe tiene más
tiempo que el que conversa para escoger las palabras y las frases, y expresar
las ideas del modo más propio y más ajustado a las reglas gramaticales, el
estilo en las cartas deberá ser siempre más correcto que en la conversación.
3 — La extensión de las cartas familiares no puede ser limitada
si no por el grado de amistad que medie entre las personas que se escriben, y
la naturaleza e intensidad de los sentimientos que en ella hayan de expresarse.
Mas no puede decirse otro tanto con relación a las cartas de negocios, las
cuales, no sólo deben contraerse exclusivamente al asunto sobre que versen, si
no que no han de contener ni una sola frase que de él se aparte, o no sea
indispensable para la inteligencia de las ideas que han de transmitirse. La
correspondencia mercantil tiene un estilo rápido, claro y conciso que le es
enteramente peculiar, y que deben estudiar atentamente las personas que se
dedican a la carrera de comercio.
4 — Cuando se escribe a una persona de respeto, o con quien no
se tiene ninguna confianza, no se le encarga de saludar ni dar recados a otras
personas que a las de su familia, y en una carta de negocios, sea cual fuere la
persona a quien se dirija, se omite todo encargo de esta especie, aun respecto
de su propia familia.
5 — El inferior no dará nunca al superior el título de amigo al
principio de una carta, ni se despedirá al fin de ésta titulándose su amigo,
sino cuando exista entre ambos una íntima confianza, añadiendo siempre en este
caso alguna palabra que exprese su respeto. Si entre las personas que se
escriben no media una especial amistad, el título de amigo es enteramente
impropio y aún ridículo en uno u otro lugar.
6 — Las faltas gramaticales dan siempre una mala idea de la
educación de la persona que en ellas incurre; pero las más características de
una mala educación son aquellas que se cometen contra las reglas de la
ortografía.
7 — La letra debe ser clara, y si es posible, elegante. Sólo las
personas de poco entendimiento son capaces de creer que pueda dar importancia
una mala forma de letra o una firma ininteligible.
8 — El papel que ha de emplearse en una carta será tanto más
fino, cuanto menor sea la confianza que se tenga con la persona a quien se
escribe, o mayor la consideración y respeto que se le deba; mas en ningún caso
podrá emplearse un papel demasiado ordinario, pues esto sería visto como una
falta de atención aun en medio de la más estrecha amistad.
9 — Cuando se escribe a una persona respetable o de etiqueta, y
siempre que una carta tiene por objeto el tratar sobre una materia de
consecuencia, se emplea un pliego del papel llamado comúnmente papel de cartas.
En todos los demás casos puede usarse, bien de este mismo papel, o de cualquier
otro más pequeño; mas para las invitaciones a festines y a otras reuniones, y
para las notas verbales, de que se hablará más adelante, se emplea siempre un
pliego de papel del que se conoce generalmente bajo el nombre de papel de
esquela.
10 — La forma interior de una carta está sujeta a las reglas
siguientes: 1.a, al principio del papel y hacia el lado derecho, se pone la
fecha de la carta; 2.a, en la línea siguiente y hacia el lado izquierdo, se
pone el nombre de la persona a quien se escribe, precedido de la palabra Señor
o Señora; 3.a, en la línea siguiente y precisamente debajo, bien que dejando
algún espacio hacia la izquierda, se pone el nombre del lugar en que aquélla se
encuentra, o la palabra Presente, si se halla en el lugar donde se escribe;
4.a, dejando una línea en blanco, y un espacio más o menos ancho hacia la
izquierda, se ponen las palabras Muy Señor mío, Estimado señor, Mi querido
amigo, o cualesquiera otras que sean propias de las relaciones que se tengan
con la persona a quien se escribe; 5.a, en la línea siguiente, y un tanto hacia
la izquierda del renglón anterior, principiará el contenido de la carta; 6.a,
cuando se escribe a una persona respetable, se deja a todos los renglones del
contenido de la carta un margen hacia la izquierda, más o menos ancho, según el
grado de respeto que quiera manifestarse.
11.— Cuando se escribe una carta en papel de esquela, la fecha y
el nombre de la persona a quien se escribe, se ponen después de la firma y
hacia el lado izquierdo.
12 — Las cartas deben cerrarse en sobre separado, siempre que un
caballero escriba a una señora, y una persona cualquiera u otra con quien no
tenga confianza o a quien deba especial consideración y respeto.
13 — Es sobremanera incivil el dejar de contestar oportunamente
una carta, lo mismo que contestarla por medio de un recado, sin presentar para
ello una excusa legítima a la persona de quien se ha recibido.
14 — Es igualmente incivil el contestar una carta al pie de ella
misma, cuando esto no se exige expresamente por la persona que la dirige.
15 — Para contestar una carta de naturaleza reservada,
valgámonos del mismo conducto por el cual la hayamos recibido; a menos que esto
nos sea imposible, o que la persona que nos ha escrito nos designe expresamente
para ello un conducto diferente.
16 — Hay una especie de correspondencia conocida generalmente
con el nombre de notas verbales, las cuales son de mucho uso entre agentes
diplomáticos, entre personas de etiqueta, y aun entre personas de poca
confianza, y regularmente tienen por objeto provocar una entrevista, hacer
invitaciones, aceptar o rehusar las que se han recibido, o hablar, en suma, de
algún asunto que por su poca entidad no exige ser tratado en una carta. Se
emplea para estas notas el papel de esquelas y su forma ordinaria es la siguiente:
N. de N. tiene el honor de presentar sus respetos (o manifiesta), etc.;
poniendo al fin la fecha y omitiendo la firma.
III
De nuestra conducta respecto del público
1 — El hombre de buenos principios no sólo sabe conducirse
dignamente con las personas con quienes está relacionado, sino que tributa
también sus consideraciones a la sociedad entera, de manera que su
comportamiento no es tampoco ofensivo bajo ningún respecto a los que le tratan,
ni aun a aquellos que no le conocen personalmente.
2 — Nuestros deberes para con el público están todos refundidos
en el respeto a la sociedad y a la opinión. Respetando la sociedad nos
apartamos de todo acto que pueda profanar sus fueros, turbar la paz de las
familias, o llamar la atención general de un modo escandaloso; respetando la
opinión, nos adaptamos a los usos y prácticas sociales del país en que vivimos,
armonizamos con las modas reinantes, ajustamos nuestra conducta moral al
espíritu de verdad y de justicia que existe siempre en el criterio público, el
cual nos sirve como de faro en medio de los escollos de que está sembrado el
mar de las pasiones, y nos aprovechamos, en suma, de todas las ventajas que
ofrece el hábito de contemporizar con las convenciones sociales, de que la
opinión es el hábito supremo (párrafo 20 a 24, páginas 51 y 52).
3 — El respeto a la opinión exige que nos abstengamos de todo
aquello que, a pesar de ser intrínsecamente bueno, no ofrece al mismo tiempo
una apariencia de bondad. Como la sociedad es nuestro único juez en todo lo que
mira a nuestra conducta externa, y ella generalmente juzga por las apariencias,
claro es que por más inocentes que sean los móviles a los ojos de la moral y
del decoro, la sociedad nos condenará irremisiblemente; y entonces, el
escándalo que habremos causado, vendrá a turbar completamente la satisfacción
que hayamos podido encontrar en la pureza de nuestra conciencia.
4 — En materias morales, el respeto a la opinión debe ser
siempre mayor en la mujer que en el hombre. Este podrá muchas veces verse
obligado a quedarse a solas con su conciencia y a aplazar el juicio del
público, sin arrojar por esto sobre su reputación una mancha indeleble; aquélla
rara vez hará dudosa su conciencia, sin haber hecho también dudosa su
justificación. Tal es la diferencia entre la condición social de uno y otro
sexo, fundada en el diferente influjo que el honor de uno y otro ejercen en el
honor y la felicidad de las familias.
5 — Muchos son los casos en que nuestra conducta puede ser
ofensiva al público, como se comprenderá fácilmente por medio de un atento
examen de los deberes morales y sociales que hemos apuntado en el curso de esta
obra; pero nunca nos ponemos en mayor riesgo de incurrir en esta grave falta
que cuando hacemos uso de la imprenta para censurar las acciones de los demás,
por cuanto es tan fácil atacar al hombre en su vida privada por atacarle en su
vida pública, y todo insulto personal hecho de este modo es un desacato contra
la sociedad entera.
6 — Si no puede ofenderse a una persona en un circulo privado,
sin hacer por este solo hecho una ofensa a todos los circunstantes (párrafo 39,
pág. 57). (párrafo 48, pág. 281), ¿cómo pensar que no se injuria a la sociedad
entera convirtiéndola en palestra de la difamación y suponiéndola tan poco
civilizada, o mejor dicho, tan salvaje, que acepte como un hecho honesto y
decente, como un hecho digno de llamar su atención, el torpe desahogo de las
malas pasiones?
7 — Ya se deja ver cuán injuriosa no será para la sociedad la
publicación por la prensa de toda producción que en alguna manera ofenda la
moral y las buenas costumbres. Ningún grado de civilización, de decencia, de.
decoro, de respetabilidad, concede a la sociedad el que la considera dispuesta
a ocuparse en leer semejantes producciones, y mal puede tomarse la pena de
publicarlas quien no haya contado de antemano con esta disposición.
8 — En vano buscaríamos palabras con que expresar la magnitud
del ultraje que se hace a la sociedad, de la vileza en que se incurre, de la
malignidad que se revela, cuando directa o indirectamente se ataca en público
la reputación moral de una mujer. En el bello sexo están vinculados los más
altos intereses sociales, y no hay civilización, ni hay felicidad posible, no
hay porvenir ninguno, donde los fueros de su honor y de su delicadeza no tengan
un escudo en el pecho de cada ciudadano. La injuria dirigida por la prensa a
cualquiera de los asociados, es, como hemos dicho, una injuria a toda la
sociedad; cuando se dirige a una mujer, es además una herida profunda que se
hace en el corazón de la moral, y rara vez un hecho aislado que no comprometa
el honor y el reposo de toda una familia, y que no incluya por lo tanto el
mayor de todos los crímenes, el sacrificio de la inocencia.
FIN


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