© Libro N°. 2984. Manaos. Vazquez Figueroa, Alberto. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © Manaos. Alberto Vazquez Figueroa
Versión Original: © Manaos. Alberto Vazquez Figueroa
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Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MANAOS
Alberto Vazquez Figueroa
Nunca
creí que arquímedes da costa, ‘el nordestino’, fuera algo más que una leyenda
amazónica –como lo habían sido las “mujeres guerreras” o “el príncipe de
eldorado”–, hasta que, durante mi primer viaje a manaos, lo conocí, viejo,
borrachín y ya acabado. Él mismo me contó gran parte de su increíble historia.
Lo
traté luego durante mis diversos viajes a la ciudad, sin conseguir sacarlo
nunca de su querida taberna de ‘irmao paulista’, y acudí a su entierro cuando
me encontraba de nuevo en el gran río, recogiendo datos para mi libro: ‘la ruta
de orellana’.
En
esos días la prensa dedicó amplio espacio a las andanzas de arquímedes casi
medio siglo atrás, y debo reconocer que el serial publicado bajo el título “las
semillas del caucho” constituye, junto con los relatos del propio arquímedes,
la base de esta novela.
‘caracas,
1970’
A.
V.–f.
Al
poco de abandonar las agitadas aguas del gran cauce del amazonas y entrar en
las quietas del río negro, comenzaron a distinguirse al frente, muy lejos aún,
las luces de la ciudad.
El
timonel iba buscando intencionadamente la orilla opuesta y dio orden a los
bogas de que aceleraran la marcha.
El
hombre que aparecía encadenado junto a arquímedes, y que apenas había dicho
media docena de palabras durante las dos semanas que duraba el viaje, comentó:
—manaos.
¿la conoces?
Arquímedes
negó con un gesto.
—no.
Yo soy del nordeste; de alagoas.
En
la oscuridad no pudo distinguir la expresión del otro cuando dijo:
—hay
muchos nordestinos en las caucherías. Se dejan engañar. Fíjate bien en esas
luces, porque no volverás a verlas. De donde vamos, nadie vuelve.
—¿eres
de aquí?
—nací
bajo un árbol de caucho.
Creo
que en vez de leche me criaron con goma. Sé todo lo que se puede saber sobre
estas tierras y me consta que nunca volveremos.
—mi
deuda es pequeña –señaló arquímedes–. Con suerte, en un año la habré pagado.
—no
seas iluso –comentó una voz bronca tras él–. Dentro de un año, aunque hayas
trabajado por cien, tu deuda será diez veces mayor.
Arquímedes
da costa, ‘el nordestino’, recorría el sendero que él mismo había abierto entre
su árbol treinta y cinco y treinta y seis. Le vino una vez más a la memoria lo
que le dijeron casi dos años atrás, cuando una noche distinguiera a lo lejos
las luces de manaos. Había trabajado duro, muy duro: tenía ciento cincuenta y
cinco árboles a su cargo, y se veía obligado a caminar de uno a otro desde
antes de salir el sol, hasta que no se distinguía una rama de otra en la
oscuridad de la selva. Pese a ello, pese a casi quinientos días de fatiga, su
patrón juraba que no había sido capaz de liquidar la deuda por la que le habían
comprado, e insistía en que el par de pantalones, los machetes de trabajo y la
miserable comida que le había proporcionado en este tiempo la habían hecho
aumentar.
De
nada valía protestar en las soledades del curicuriarí, y si insistía en sus
protestas, acabaría muerto a latigazos como otros tantos. Al capataz le gustaba
manejar el látigo.
Llegó
al nuevo árbol y se detuvo un instante a descansar. Luego recogió la blanca
savia que había ido deslizándose por las hendiduras hasta la pequeña cazoleta,
y la vació en el saco que llevaba al hombro. Daba gracias mentalmente porque
sus árboles eran buenos, grandes y sanos. Conocía “siringueros”, que tenían que
ingeniárselas y trabajar extra para reunir los veinte litros de goma que se
exigían diariamente.
Al
pensar en esos veinte litros, ‘el nordestino’ cayó en la cuenta de que tal vez,
con un poco de suerte, habría reunido los de la jornada. Eso le permitiría
regresar a la ranchería sin tener que emprender la pesada caminata hasta el
próximo árbol. Sopesó el saco; lo abrió para comprobar lo que había dentro y
llegó a la conclusión de que si el capataz no estaba de mal humor, tal vez
podría pasar con lo que llevaba.
Desde
donde se encontraba, y atravesando la zona de howard, ‘el gringo’, ahorraría
casi media hora de camino. Existía el peligro de que el norteamericano le
sorprendiera y creyera que estaba tratando de robarle goma de sus árboles, pero
arquímedes creía poder evitar encontrarse con él.
Aunque
llevaba poco tiempo en la ranchería y apenas habían hablado un par de veces,
presentía que howard era un tipo peligroso.
Colocó
de nuevo al pie del árbol la cazuela, abrió con su machete un tajo más ancho en
la corteza ya cuajada de cicatrices, y emprendió el camino hacia el suroeste,
hacia la zona de ‘el gringo’.
Tuvo
suerte al localizarle, y de no ser por el ruido que hacía, probablemente se lo
habría topado inesperadamente.
Ese
ruido era el espaciado golpear de un objeto duro contra otro; inconfundible
sonido en la espesura de un machete al clavarse en un árbol. A ‘el nordestino’
le intrigó advertir que el golpe era más violento y mucho menos rítmico que el
acostumbrado machetear del siringuero que sangra un gomero.
Se
fue aproximando, conducido por el extraño ritmo, hasta que al fin, en un
diminuto claro al otro lado de un riachuelo, distinguió la silueta de howard,
con su cabello de fuego, su alta estatura y sus caídos bigotes.
No
parecía dedicado a su tarea de cauchero, sino a arrojar, contra el grueso
tronco de una ceiba aislada, un corto y ancho cuchillo fabricado con los restos
de un machete.
Oculto
en la espesura, arquímedes no pudo menos que asombrarse por la extraordinaria
pericia del americano.
Una
y otra vez el cuchillo iba a clavarse a pocos centímetros de una pequeña cruz
grabada en el tronco de la ceiba. Sorprendente resultaba también el modo como
extraía el arma oculta en la manga de su camisa y la lanzaba, sin alzar el
brazo, haciéndolo balancear ligeramente a la altura del muslo. Aparentemente
desarmado podía matar a quien se le aproximara a menos de quince metros, antes
de que su víctima tuviera tiempo de comprender lo que estaba ocurriendo.
En
la ranchería corrían muchos rumores sobre howard. Decían que allá, en
california, había matado a tanta gente en los yacimientos de oro que toda la
policía y parte del ejército lo andaban buscando con la intención de ahorcarle.
En manaos, donde vivió un tiempo como guardaespaldas de sierra, también había
hecho de las suyas, logrando salir con bien gracias a la protección de su
poderoso patrón. Un día cometió, sin embargo, la estupidez de acostarse con la
amante de su jefe, y éste, en lugar de matarle, optó por la refinada y cruel
venganza de enviarle a sus caucherías del curicuriarí. Todos sabían en el
campamento que no duraría mucho, porque no era hombre hecho a aquellas tierras,
y pronto las fiebres o el beriberi se lo llevarían para siempre.
Arquímedes
dejó al norteamericano entretenido en su tarea de lanzar el cuchillo, y se
alejó en silencio, dando un amplio rodeo.
Cuando
llegó a la ranchería, la encontró agitada. Un niño había muerto de fiebres, y
su madre, una de las más antiguas mujerucas del campamento, lo lloraba a
grandes gritos.
A
arquímedes le sonó a comedia.
Elvira
no se había preocupado nunca, ni de ése, ni de ningún otro de sus cuatro
chicuelos, y jamás pareció importarle mucho o poco que se los llevaran las
fiebres, un jaguar o una anaconda. Sus gritos y desesperos pretendían algo, tal
vez una ración extra de ron, o que la dejaran en paz esa noche y el capataz no
la obligara a acostarse con cuatro o cinco caucheros.
Éste,
por su parte, pareció sorprenderse al ver llegar a arquímedes.
—¿cómo
de regreso tan pronto? –preguntó.
Arquímedes
dejó caer a sus pies la bolsa de la goma.
—traje
mis veinte litros.
El
negro joao tomó la bolsa sopesándola con gesto crítico.
—muy
justo está.
—si
quieres lo medimos litro a litro. Si falta, lo traigo mañana.
El
negro se encogió de hombros y con la cabeza señaló un bulto que aparecía al pie
de la cabaña de las mujeres:
—a
cambio del “jebe” que falta, entierra al niño. Llévalo lejos que luego vienen
los bichos a comérselo y revolucionan la ranchería.
Arquímedes
fue hasta el galpón, tomó una pala, y al pasar recogió el esquelético cadáver
de la criatura.
Debía
de tener cuatro o cinco años, pero apenas le pesaba bajo el brazo.
Se
alejó entre los árboles, caminó doscientos metros y cavó un hoyo en la tierra
blanda, maloliente y húmeda.
Depositó
dentro el cuerpo del chiquillo, lo cubrió de nuevo y regresó con la pala al
hombro. Cualquiera de los niños que habían nacido últimamente en la ranchería
podía ser hijo suyo, y algún día tendría que enterrarlo de idéntica manera,
pero prefirió pensar en otra cosa. Pensar, por ejemplo, en el día en que
saliera de aquella selva.
Cuando
desembocó nuevamente en el claro del campamento, elvira se le echó encima.
—¿dónde
dejaste a mi hijo? –preguntó violenta.
—lo
enterré dentro, en el bosque; a la derecha del camino.
—¡mentira!
Lo tiraste. Lo dejaste allí para que se lo coman los perros o los jaguares.
‘el
nordestino’ quiso tener paciencia.
—lo
enterré. Te lo prometo.
La
mujer, con un histerismo que se le antojaba fingido, trató de abalanzarse sobre
él y arañarle.
—no
lo has enterrado, ¡cerdo!
Arquímedes
la apartó de un empujón, y con la parte plana de la pala le golpeó las
costillas. El palazo resonó secamente. Elvira salió corriendo, aullando de
dolor, y esta vez su dolor parecía auténtico. ‘el nordestino’ no prestó
atención a los insultos y siguió su marcha hacia el rancho donde dormían los
caucheros. Se tumbó en la hamaca, y al poco vio entrar a ‘el gringo’ y cuatro o
cinco peones.
Venían
agitados, hablando a grandes voces. El pelirrojo, sin embargo, guardaba
silencio, y arquímedes se esforzó por distinguir el bulto que el cuchillo debía
hacer bajo su manga.
Resultó
imposible; si ‘el gringo’ lo llevaba encima, sabía disimularlo.
Los
otros, por su parte, parecían cada vez más excitados y sus voces subían de tono
hasta que, al fin, no pudo contener la curiosidad.
—¿se
puede saber qué diablos pasa? –preguntó.
Le
miraron como si acabara de bajar de la luna.
—¿es
que no lo sabes? –inquirió uno de ellos–. El patrón llega mañana. Está cruzando
los raudales.
Los
vigías han visto sus curiaras.
No
pudo evitar un sobresalto involuntario.
—¿sierra?
–exclamó–. ¿sierra, ‘el argentino’?
El
cauchero asintió.
—el
mismo. Sierra, ‘el argentino’, dueño y señor de todos nosotros, llegará mañana
y que el diablo nos ayude.
—¿a
qué viene?
—a
nada bueno. Sierra nunca da un paso si no es por algo. Si ha hecho veinte días
de camino desde manaos, sus razones tendrá.
‘el
nordestino’ se volvió a howard, que acababa de tumbarse en su hamaca.
—lárgate
unos días al bosque, ‘gringo’. Por lo que he oído no te tiene mucha simpatía.
Tal vez venga por ti.
—de
un modo u otro hay que morir –comentó ‘el gringo’ sin moverse–.
¿qué
importa que sean unas fiebres o ese hijo de perra? Cuanto más rápido, mejor.
—si
sierra decide acabar contigo –indicó uno de los peones–, no lo hará con
rapidez. Le he visto matar gente de diez modos distintos. Sería capaz de
echarte a las hormigas.
—o a
las pirañas –comentó otro.
—o
proporcionarte de cena a una anaconda.
—gracias
–replicó con tranquilidad el pelirrojo–. Sois muy amables, pero hay algo
seguro: no voy a echar a correr delante de ese ‘argentino’.
Si
viene, aquí estoy.
Tal
como anunciaran los vigías de los raudales, la flotilla de curiaras de sierra
llegó a la ranchería al día siguiente.
Acompañaban
a ‘el argentino’ su amante claudia, la que había costado a howard ir a parar a
las caucherías, siete de sus guardaespaldas y unos ochenta esclavos indios que
sorprendieron a los caucheros por su aspecto –tan diferente al de los indígenas
de las cercanías–, su tez, muy clara, y su idioma, que los mismos indios del
rancho apenas comprendían.
Carmelo
sierra, delgado, nervioso, luciendo un ridículo bigotito y un pelo eternamente
engomado bajo el blanco e impecable sombrero, saltó el primero a la orilla y
soportó paciente los abrazos y efusiones del capataz joao, y de los restantes
miembros de su cuadrilla, encargados de la vigilancia de los trabajadores.
Éstos,
que habían recibido orden de no salir ese día a purgar los árboles para ser
inspeccionados por su amo, se encontraban alineados ante el rancho mayor, cerca
del agua.
Acompañado
por los guardaespaldas que se habían colocado a su lado, rifle en mano, avanzó
hacia los esclavos y los fue observando con detenimiento. Al llegar a la altura
del norteamericano, sonrió:
—¡hola,
‘gringo’! No esperaba encontrarte con vida –dijo.
—ya
ves. Aún aguanto. La selva no ha podido conmigo.
—no
durarás mucho –contestó sierra; luego, ante la expresión de howard, añadió–: no
te preocupes; no tengo intención de hacértelo más corto. Aquí estás bien, y
rindes más que muerto.
Luego
se volvió a la muchacha, que había saltado a tierra ayudada por una sirvienta
negra.
—¡claudia!
–llamó–. Mira quién está aquí.
Claudia
había visto a howard y no parecía tener interés en él. Sin embargo, avanzó
sumisa y se detuvo junto al que parecía ser también su amo. Joven aún –no
pasaría de los veinticinco años–, tenía un gesto de suprema fatiga, de infinito
cansancio, que la avejentaba. Era su rostro el de una mujer sin ilusiones.
Nacida en venezuela, tuvo lo mejor de caracas a sus pies, y todo habría sido
perfecto si en su vida no se hubiera cruzado un rico cauchero de ciudad
bolívar, millonario entonces en libras esterlinas. Se casó con ella, se la
llevó a la selva y a los tres meses murió asesinado por sus propios hombres.
Botín
de guerra, pasó a propiedad del capataz y asesino de su marido que –huyendo de
la justicia venezolana– la arrastró por las selvas del alto orinoco, el
casiquiare y el negro, hasta manaos, donde se la vendió a ‘el argentino’. De
eso hacía dos años, y ese tiempo había permanecido encerrada en la gran villa
de sierra, vigilada día y noche, sin posibilidad de escapar para acudir al
cónsul de su país en manaos.
Ahora,
sierra se había empeñado en llevarla con él en su visita de inspección a sus
caucherías y el largo viaje por los ríos acabó de agotarla.
—¿te
acuerdas de howard? –inquirió burlón ‘el argentino’–. Mírale, ya no es el gran
pistolero que tú conociste. Ya no es más que un sucio cauchero hambriento; un
esclavo que se arrastraría por salir de aquí.
Howard
le miró de frente, fijamente.
—yo
nunca me arrastraría –replicó–. Ni ante ti, ni ante nadie, y lo sabes.
Carmelo
sierra movió la cabeza afirmativamente.
—lo
sé –admitió–. Por eso fuiste mi hombre de confianza. Y por eso no te hice matar
cuando te encontré con esta zorra. A ti no te importa la muerte. Pero esto: ser
esclavo; saber que vas a serlo hasta que las fiebres te coman, eso sí te
importa, ¿verdad?
El
pelirrojo no replicó; se limitó a dar media vuelta y alejarse hacia su cabaña.
Sierra le gritó:
—no
te vayas, que aún no te he dado la noticia. ¿la echabas de menos? Pues aquí la
tienes. Desde ahora estaréis juntos –rió burlón–. Hasta que la muerte os
separe.
El
norteamericano se volvió con rapidez y claudia palideció, como si comprendiera,
de improviso, cuál había sido la intención de sierra al llevarla a las
caucherías.
—¿qué
quieres decir? –preguntó con voz cortada.
—está
claro –replicó ‘el argentino’–. Te quedarás aquí. Serás una más entre las
mujeres de la ranchería y podrás estar cerca de tu ‘gringo’.
—¿vas
a darme a tus caucheros como una de esas prostitutas?
—no
eres mejor que ellas.
—pero
no puedes hacerlo. No te pertenezco.
—te
compré, y todo lo que compro me pertenece.
Claudia
pareció darse cuenta de que resultaba inútil discutir. Lentamente se alejó
hacia los primeros árboles de la selva, seguida por la mirada curiosa de los
caucheros, que comenzaban a comentar sobre la nueva inquilina de la choza de
mujeres. Salvo alguna india joven, llegada de tanto en tanto y que solía durar
poco, todas eran viejas enfermas que llevaban más de diez años en el rancho.
Darles a claudia era como regalarles un tesoro. Sierra, dirigiéndose al grupo
pero sin dejar de mirar al americano, añadió:
—espero
que esta noche demuestren que les gusta el regalo.
Los
caucheros asintieron entre risas y comentarios soeces, excepto howard y
arquímedes, ‘el nordestino’, que, un poco apartado, había asistido silencioso a
la escena. Carmelo sierra, cuyos inquietos ojillos parecían percibir todo
cuanto ocurría a su alrededor, advirtió la expresión de arquímedes y se dirigió
a él:
—¿qué
te ocurre? ¿no te gustan las mujeres?
—no
de ese modo.
El
otro se encogió de hombros:
—eres
libre de tomarla o dejarla.
¿quién
eres?
—me
llaman ‘el nordestino’.
Compraste
mi deuda de veinte contos hace dos años y tu capataz pretende que aún no he
pagado. ¿cuánto tiempo vas a tenerme aquí?
—si
joao dice que no has pagado, es que no has pagado. Serás un mal cauchero. Todos
quieren vivir a mi costa porque me encuentro lejos, pero joao se ocupa de lo
mío. Ya te dirá cuándo puedes marcharte.
—nunca
me lo dirá.
—entonces,
ve haciéndote a la idea.
Dando
por terminada la discusión, sierra volvió junto a las curiaras, de las que
estaban terminando de desembarcar la tropa de indios encadenados.
A
las preguntas de joao, que quería saber qué clase de gente eran, respondió que
“aucas”, nativos de la margen derecha del río napo, allá en ecuador. Se los
había comprado a los arana –los caucheros peruanos– que los capturaron en sus
“razzias”. Eran fuertes y resistentes en el trabajo, pero rebeldes y dados a la
evasión, por lo que los arana, cuyas caucherías estaban demasiado cerca del
territorio auca, habían decidido vendérselos a sierra. Aquí, en el curicuriarí,
todo intento de regresar al napo resultaba inútil.
A
joao no pareció hacerle gracia tener que ocuparse de insurrectos que sólo le
proporcionarían problemas, y ‘el argentino’ trató de aplacarle señalando que
dejaría allí seis de los blancos que había traído. Necesitaba poner en
explotación nuevos territorios del interior. Las caucherías del curicuriarí
estaban produciendo poca goma, y se hacía imprescindible aumentar las
concesiones si quería continuar siendo uno de los “cinco grandes” del caucho de
manaos. Para carmelo sierra, ese título era lo más preciado que había tenido en
su vida y no estaba dispuesto a perderlo aunque costara la vida a cientos de
seres humanos.
Sierra,
‘el argentino’, era uno de los llamados “forjadores de manaos”.
Con
el caucho estaban convirtiendo un villorrio de chozas perdido en la selva
amazónica, en la ciudad más rica del mundo. El día que charles goodyear
descubrió que combinando la savia de un árbol llamado ‘hevea brasiliensis’ con
azufre se obtenía caucho –un producto de extraordinarias peculiaridades–
condenó a la más espantosa desgracia a millones de seres. El ‘hevea
brasiliensis’ no se daba más que en determinadas regiones de sudamérica,
especialmente en la cuenca amazónica, pero sus árboles no aparecían nunca
formando bosques, sino aislados unos de otros, perdidos en la inmensidad de la
selva, profundamente escondidos en la maraña de una jungla impenetrable.
Para
obtener esa savia y convertirla en caucho que se pagaba a peso de oro, se
requería, por tanto, un inmenso ejército de trabajadores que recorrieran la
selva sangrando los árboles, volvieran más tarde a recoger el látex, lo
coagularan y lo llevaran a las factorías desde donde se embarcaría a manaos y
de allí al resto del mundo.
En
un principio, aventureros de todas partes se sintieron atraídos por la idea de
buscar árboles y conseguir bolas de caucho que les enriquecieran en poco
tiempo, pero a medida que el negocio fue cobrando fuerza, surgieron
desaprensivos que intentaron monopolizar la producción. Comenzaron por obtener
de los gobiernos inmensas concesiones en territorios tan aislados que muchos no
figuraban aún en los mapas ni habían sido visitados jamás por hombre blanco
alguno y para poner en explotación tales concesiones precisaban de una mano de
obra imposible de conseguir. Pocos eran los que, por cuenta de otros, estaban
dispuestos a desafiar los increíbles peligros del desierto verde, enfrentarse a
las tribus salvajes, lanzarse por ríos embravecidos, caer víctimas de las
infinitas especies de serpientes venenosas, ser destrozados por los jaguares, o
morir lentamente de fiebre o beriberi.
Raro
era el cauchero que sobrevivía a cinco años de trabajo, y miles eran ya los
cadáveres que sembraban los más perdidos rincones de la jungla. Por ello, los
dispuestos a internarse en la selva querían cobrar de acuerdo a los riesgos, lo
que hacía que el negocio no fuera tan beneficioso como pretendían los patrones
de manaos.
Su
primer intento de encontrar mano de obra barata se centró, lógicamente, en los
indígenas de la región, perfectos conocedores, además, de la vida y los
peligros de la selva.
Pronto
descubrieron, no obstante, que no tenían nada que ofrecer a esos indios a
cambio de lo que ellos consideraban su don más preciado: la libertad.
Y es
que ese concepto de la libertad a toda costa constituía, probablemente, el
mayor obstáculo que encontrara siempre el “civilizado” a la hora de adaptar al
indígena a su propio mundo.
Para
el indio, el trabajo envilecía desde el momento mismo en que cortaba su libre
albedrío. Podía pasarse horas construyendo una choza o talando un árbol, pero
lo haría siempre por gusto, porque en cuanto le apeteciera tenderse a dormir o
irse a pescar lo haría, dejando a medias su trabajo sin detenerse a pensar que
había adquirido una responsabilidad.
Esa
“responsabilidad” era un concepto inexistente para la mayoría de los miembros
de las tribus amazónicas, que no admitían sentirse responsables ni como padres,
ni como esposos, ni como miembros de una comunidad.
Menos
aún, desde luego, como recolectores de caucho al servicio del hombre blanco.
En
consecuencia, visto que no podían contratarlos convenciéndolos, los caucheros
decidieron obligar a esos indios a buscar caucho para ellos a base de entrar
por sorpresa, a sangre y fuego, en los poblados para apoderarse a la fuerza de
hombres, mujeres y niños.
Era
sabido que los arana, los caucheros peruanos, para evitar que los “salvajes”
huyeran de nuevo del bosque, guardaban a sus hijos como rehenes, y el día que
el indio no regresaba de la jungla con la cantidad de goma exigida, se le
cortaba una mano al niño. Al otro día, otra mano, más tarde los pies, y así
hasta terminar por descuartizarle por completo.
De
un modo u otro, se aniquiló a cientos de miles de esclavos nativos, y de los
cinco millones de indios que se calculaba que existían en la cuenca del “gran
río” cuando lo atravesó el español francisco de orellana en 1500, no quedaban
más que medio millón cuatro siglos más tarde.
Tribus
antaño poderosas como los “paceas–novos”, los “kaigang”, los “xavantes”, los
“krenkores” o los “urubú” fueron prácticamente exterminadas por la fiebre del
caucho, y otras, como los “aucas”, retrocedieron cientos de años en el curso de
la historia.
La
civilización necesitaría más de un siglo para recuperar una pequeña parte del
terreno perdido durante los terribles años en que un simple árbol resinoso se
convirtió en el inocente verdugo de toda una raza.
La
mortandad entre los indios fue tan elevada, que pronto los caucheros de manaos
comprendieron que resistía más un esclavo blanco que diez indios.
Pero
conseguir esclavos blancos resultaba difícil y tuvieron que recurrir a
infinidad de astucias. La primera fue contratarlos en extraordinarias
condiciones de trabajo por uno o dos años, traerlos de países muy distantes y
no dejarles regresar jamás.
Era
una trata del blanco muy semejante al tráfico de mujeres.
La
segunda fórmula, “la deuda”, consistía en prestar a los necesitados una
cantidad que deberían devolver en trabajo, de modo que ese trabajo jamás
pudiera compensar la cifra prestada.
Era
el caso de arquímedes, ‘el nordestino’. Existía también el engaño, e incluso el
rapto descarado de quienes aparecían por la amazonia atraídos por el espejuelo
de la riqueza fácil. Antes de que se pudieran dar cuenta de lo que pasaba, se
encontraban a bordo de una embarcación que los conducía, encadenados, a una
lejana cauchería.
Naturalmente,
la primera intención de los esclavos blancos, negros o indios era escapar. Para
evitarlo, no se encontró mejor solución que convertir la amazonia en una
inmensa cárcel, la mayor cárcel que haya podido existir jamás: cinco mil
kilómetros de largo, por casi cuatro mil de ancho.
Cada
propietario apostaba en los puntos clave de los ríos, en los raudales o las
angosturas, grupos de vigilancia; centinelas encargados de cortar el paso de
quien quisiera cruzar. Como los ríos constituyen el único camino de la selva;
como no se puede ir ni volver de parte alguna en la amazonia si no es sobre
ellos, pronto o tarde, todo fugitivo, o simplemente, todo viajero, iba a caer
en manos de los patrones caucheros.
Éstos
habían establecido un pacto mediante el cual los fugitivos eran devueltos a su
propietario, y de ese modo, un puñado de hombres establecidos en manaos,
iquitos, santarem o belem de pará, dominaba la más extensa e indomable región
del mundo, sin permitir que nada ni nadie escapara a su bien montada red.
Carmelo
sierra, ‘el argentino’, era uno de los poderosos de esa mafia del caucho del
brasil; tan poderoso como podrían serlo los arana en perú, echevarría en
colombia, o el coronel funes en la amazonia venezolana. Se había quedado con
las cabeceras de río negro, mientras saldaña dominaba el madeira; marcos
vargas, las orillas del xingu, y el inglés scott –quizás el más cruel por
afeminado– el río trombetas.
Otros
patronos poseían extensas caucherías, algunas tan grandes como un país europeo,
pero no pertenecían al grupo selecto de los indiscutiblemente poderosos. Sierra
aspiraba a quedarse con los dominios de saldaña, con lo cual llegaría a ser más
rico y fuerte que el propio julio arana, monopolizador del caucho del perú, y
de cuyo ejército privado se decía que podía contarse por miles de hombres.
Mas
para dar la batalla a saldaña, carmelo sierra necesitaba dinero, y el caucho
había que buscarlo cada vez más al interior de la selva.
Para
ello traía ahora a los esclavos aucas.
Los
gritos de claudia comenzaron a escucharse apenas oscureció, cuando entre cuatro
caucheros la sujetaron y fueron pasando por ella, uno tras otro, la mayoría de
los hombres del campamento: blancos, negros e indios.
Los
gritos no duraron más allá de media hora y luego se convirtieron en un gemir
intermitente; gemir que resultaba, sin embargo, más estremecedor que los mismos
gritos. Era como la agonía de un animal al que martirizaran sin permitirle
morir definitivamente.
Carmelo
sierra asistió divertido al principio, e incluso animó a sus hombres. Después
la escena pareció aburrirle y poco a poco fue decayendo su interés por el
bárbaro espectáculo.
Howard,
‘el gringo’, se refugió en su chinchorro, consciente de que el menor movimiento
por acudir en ayuda de claudia sería aprovechado por los matones de ‘el
argentino’ para meterle tres tiros en el pecho, porque desde antiguo, desde
manaos, se la tenían juramentada.
Arquímedes,
asqueado por una escena que se sentía incapaz de soportar, estremecido por los
gritos y más aún por los gemidos, fue a refugiarse a su lugar predilecto: bajo
la choza grande, en un punto desde el que se dominaba la amplia curva del río
por el que un día pensaba regresar a la libertad. La luna estaba menguante y
las nubes la ocultaban, pero de tanto en tanto asomaba entre ellas, y a ‘el
nordestino’ le gustaba contemplar cómo se reflejaba en el río. La criada negra
de claudia cruzó cerca sin verle, como una sombra desconcertada y le dio pena
advertir el aire de tristeza de la buena mujer, que sin duda estaba sufriendo
con los padecimientos de su patrona. Le había impresionado también el modo con
que las mujerucas del campamento, prostitutas degeneradas, de las que nada
bueno había esperado nunca, habían acogido la violación de claudia, y por
primera vez las vio silenciosas, como espantadas de lo que estaba ocurriendo en
su cabaña.
Vino
luego a sentarse a su lado vicente contimano, que gustaba también de aquel
rincón del río, y que parecía haber disfrutado ya de la diversión del día.
Arquímedes
no dijo nada, y fue el cauchero quien, espontáneamente, confesó:
—daría
ahora cualquier cosa por no haber participado en eso, ‘nordestino’. Es lo más
sucio que he hecho en mi vida, y empiezo a creer que merezco estar donde estoy.
Y ese cerdo de sierra riéndose de la pobre muchacha, como si fuera divertido.
Arquímedes
continuó sin hablar.
Contimano
decidió levantarse y se alejó río abajo, pensativo, por el mismo camino que la
negra.
‘el
nordestino’ siguió solo en la sombra hasta que sintió risas y voces que se
aproximaban. Cansado del espectáculo, carmelo sierra regresaba a la cabaña
grande, seguido por joao, el capataz, y sus inevitables guardaespaldas.
Instintivamente,
arquímedes se ocultó en las sombras; el grupo pasó junto a él sin verle y
comenzó a subir los escalones del rancho. Se encendió una vela arriba y desde
su posición, a través del enrejillado de cañas, arquímedes podía ver los pies
de los que estaban sobre él. Se detuvo a pensar que desde allí, con su largo
machete, podía incluso atravesar a ‘el argentino’, sentado en una hamaca, casi
sobre su cabeza, sin que sus guardaespaldas, dos de los cuales montaban guardia
delante de la puerta, pudieran evitarlo.
Arriba
el grupo reía y comentaba las incidencias de la violación.
Se
destapó una botella y arquímedes sintió cómo se servían los vasos.
Entre
las voces surgió, clara, la de sierra que ordenó:
—quiero
que esto se repita, aunque de ahora en adelante no creo que se resista. Que
todos, hasta el último indio, disfruten de ella, excepto ‘el gringo’.
—será
difícil evitarlo –replicó una voz que arquímedes reconoció como la de joao.
—a
ti, personalmente, te lo encargo –replicó autoritario sierra–. No quiero que
ese cerdo pelirrojo la toque.
Joao
refunfuñó:
—no
puedo poner mis hombres a vigilar que ‘el gringo’ y la fulana no vayan a verse
entre los árboles. –hizo una pausa–. A menos que...
Se
hizo un silencio. Al fin sierra lo rompió.
—a
menos que ¿qué...? Termina de una vez.
Joao
rió groseramente.
—a
menos que le quitemos a ‘el gringo’ las razones de verla. Por algún lado debe
estar la tabla del agujero, y en el río andan hambrientas las pirañas.
La
risa de ‘el argentino’ resonó ahora violenta, escandalosa, divertida.
—¿cómo
no se me había ocurrido...?
Ya
lo tenía olvidado. ¿cuánto tiempo que no se lo hacemos a nadie?
—años,
patrón. Desde que se nos fue la mano con aquel franchute y los peces le
comieron las tripas. ¡cómo gritaba el condenado hasta que murió...!
—busca
esa tabla –ordenó sierra–.
A la
amanecida vamos a gastarle una broma a ‘el gringo’, de la que se va a acordar
toda la vida. Se le acabará la hombría.
Arquímedes
permaneció unos instantes inmóvil, aterrado por la salvajada que los de arriba
estaban preparando.
Había
oído hablar de ella, pero siempre creyó que eran fantasías, exageraciones de
cauchero. Se trataba de tender a un hombre boca abajo sobre una tabla, sacarle
a través de un agujero sus partes genitales y, tras hacer en ellas un ligero
corte para que manara sangre, echar la tabla al río, a que flotara. Al reclamo
de la sangre las pirañas acudían y en cuestión de segundos devoraban cuanto
colgada en el agua. Era el método más cruel, refinado y sanguinario de castrar
a un hombre que podía imaginarse. A veces si se dejaba a la víctima demasiado
tiempo en el agua, las pirañas, en su voracidad, llegaban a devorarle las
entrañas.
Silenciosamente,
moviéndose centímetro a centímetro, para que los guardianes que estaban junto a
la puerta no advirtieran su presencia, se alejó de la cabaña grande,
desapareció en la maleza y, dando un gran rodeo, fue a parar a su propia choza,
donde dormía howard.
Entró,
procurando no hacer ruido, pero resultó inútil. Los restantes caucheros no
habían vuelto y el norteamericano, despierto en su chinchorro, lo vio llegar
desde el primer momento. ‘el nordestino’ se dirigió directamente a él.
—tienes
que largarte, ‘gringo’ –dijo–. Sierra piensa echarte mañana a las pirañas.
El
otro ni se movió siquiera. Dio una chupada a su cigarro y replicó calmosamente:
—de
algo hay que morir, ya te lo dije, y quizá me lo lleve por delante.
—no
te hagas ilusiones. Tu cuchillo no va a valerte. Sé cómo lo manejas... Te vi en
el bosque, pero no podrás sorprender a ‘el argentino’.
Además,
no va a echarte entero a las pirañas... ¿conoces el juego de la tabla...?
Ahora
‘el gringo’ dio un salto y quedó en pie delante de su hamaca.
Tiró
el cigarrillo al suelo y lo aplastó.
—¿es
que pretende castrarme ese hijo de puta?
—acabo
de oírselo. Desmonta tu chinchorro y huye al monte. Es un consejo.
—me
echarán los perros. No llegaré muy lejos.
—tírate
al río, deja que la corriente te arrastre y cuando llegues al caño, el pequeño
que lleva hasta mis árboles, sube por él. No toques tierra, ni roces ramas. Ve
siempre por el caño hasta mis palos y espérame allí, cerca de la ceiba grande.
Te llevaré comida.
—¿por
qué haces esto? –quiso saber el pelirrojo–. Si se enteran, te costará la vida.
—ya
oíste a sierra. No tengo esperanzas de salir de aquí. He pensado que huyamos
juntos.
—nadie
ha logrado “picurearse” de esta cauchería –le señaló el otro–.
No
creo que seamos los primeros.
—lo
seremos –afirmó convencido ‘el nordestino’–. No queda alternativa.
Ahora
vete.
‘el
gringo’ no replicó; descolgó su chinchorro, metió dentro sus escasas
pertenencias, se lo echó todo al hombro, e introduciéndose en el cinto el largo
machete de cauchero, se encaminó a la salida.
—gracias
–dijo cuando ya desaparecía–, y hasta la vista.
—hasta
la vista –respondió ‘el nordestino’, y se quedó mirando hacia la oscuridad,
hacia el punto donde suponía que el pelirrojo se había dirigido.
Luego
se tumbó en su propio chinchorro y con las manos bajo la nuca se durmió sin
dejar de escuchar los gemidos de claudia que aún llegaban desde la cabaña de
las mujeres.
Sierra
montó en cólera cuando a la mañana siguiente descubrió que howard había huido.
No lo achacó a que se hubiera enterado de lo que le preparaba y pensó que no
había podido soportar los gritos de claudia. Confiaba, sin embargo, en que sus
hombres lo encontrarían, y en que podría disfrutar aún del espectáculo de su
castración. Pero, pese a que se soltaron los perros de joao, y éste –el único
capaz de dominarlos– les ordenó buscar la pista, no dieron con ella. El rastro
se perdía en el río, y aunque recorrieron extensamente ambas orillas, cauce
arriba y cauce abajo, no se pudo averiguar por dónde había salido .
Como
los vigías de los raudales juraban y perjuraban que por allí no pasó, llegaron
a creer que las pirañas habían dado buena cuenta de él.
Nadie
sospechó de arquímedes, que, a las preguntas, respondió que nada había oído ni
nada había visto.
Tuvo
que ingeniárselas, sin embargo, para conseguir una ración supletoria de comida
cuando se encaminó al trabajo, y durante la larga caminata iba meditando en
cómo se las arreglaría para alimentar a ‘el gringo’, si ya para alimentarse él
pasaba calamidades.
Inútil
resultaba imaginar que howard consiguiera algo por sí mismo.
Sin
armas de fuego con qué cazar, ni la técnica de un indio para pescar en los
riachuelos, poco podría obtener de la selva, pues poco había en ella que
pudiera alimentar a un ser humano.
En
casos excepcionales, perdidos en la jungla, algunos lograron subsistir unos
días a base de raíces y frutos desconocidos, pero lo probable en esos casos era
acabar envenenado o morir rápidamente de una disentería aguda.
Tenían
que evitar recurrir a las raíces. A arquímedes le interesaba sobremanera que, a
la hora de “picurearse”, ‘el gringo’ estuviera en buenas condiciones físicas.
De lo contrario, sería más estorbo que ayuda.
Varias
veces se detuvo en su camino y prestó oído para cerciorarse de que nadie le
seguía. Cuando estuvo seguro de ello, se encaminó a la ceiba donde el pelirrojo
le esperaba tranquilamente sentado en una de sus raíces.
Tenía
hambre y había dedicado su tiempo a recolectar parte del látex que arquímedes
necesitaba en el día.
Se
limitó a comentar:
—de
ahora en adelante lo compartiremos todo: el trabajo y la comida.
Aparte
de ello, te debo la vida y nunca lo olvidaré.
Arquímedes
fue directamente a lo que le interesaba: la fuga.
El
plan era fácil, y a la vez imposible. Esperar varios días a que los ánimos se
calmaran y sierra regresara a manaos; reunir la mayor cantidad posible de
víveres y dirigirse por tierra, abriendo trocha en pleno monte, hasta los
raudales. Caer sobre los vigilantes por la espalda y deshacerse de ellos.
Apoderarse luego de sus armas y embarcaciones y lanzarse río abajo a lo que la
suerte deparara.
—no
llegaremos muy lejos –le hizo notar el norteamericano–. Más abajo hay otro
puesto de guardia, y luego otro, y otro. Y la mayoría no sabemos dónde están.
Nos cazarán como conejos.
—al
menos les habrá costado trabajo. Y me llevaré a más de uno por delante.
—¿has
matado a alguien? –quiso saber ‘el gringo’.
Arquímedes
negó con un gesto:
—nunca.
Y jamás pensé que tuviera que hacerlo. Pero no creo que esa gente merezca
vivir.
—también
yo creía tener razones para empezar –comentó howard–, pero pronto me di cuenta
de que no era lo suficientemente fuerte. Llegas a sentirte enfermo, a desear
morir antes que volver a hacerlo. Sin embargo, luego te acostumbras y nada
importa.
Déjamelos
a mí mientras sea posible.
Quédate
al margen.
—estoy
decidido –insistió ‘el nordestino’–. No es solamente que trate de escapar de
aquí y salvar mi vida. Alguien tiene que pagarme estos años. Y también tienen
que pagar lo de anoche.
—¿qué
te importa ella? No la conocías. Nunca la habías visto. Creo que aunque viva
mil años recordaré esos gritos.
—¿has
vuelto a verla? –quiso saber ‘el gringo’.
—no.
Hasta la madrugada estuvieron los hombres en la cabaña. Pero cuando vine ya no
gemía.
—¿vivirá?
—eso
nadie puede saberlo... ¿tú la quieres...?
El
norteamericano negó con la cabeza. Con la punta de su machete dibujaba figuras
en el suelo, o cortaba en pedacitos las hojas caídas. Tardó en responder y al
fin dijo lentamente:
—no.
No la quiero ni la quise nunca. Era la chica del patrón; una mujer hermosa, y
me apeteció acostarme con ella sin meditar las consecuencias. Tampoco ella me
amaba. Lo hizo por venganza, para demostrar de algún modo cuánto despreciaba a
sierra.
Quizá
fui el único que se atrevió a seguirle el juego.
—caro
lo habéis pagado.
—caro,
sí, en efecto. Pero te juro que algún día ese cerdo argentino lo pagará. Le
costará la vida, y su muerte será tan lenta, tan espantosa, que aún no puedo
describírtela. No he logrado imaginarla.
—tiempo
habrá si logramos salir de aquí. Ahora necesito recoger mi “jebe” del día, si
no quiero que mañana me dejen sin ración.
Se
pusieron en pie y comenzaron a recorrer la senda entre los altos palos de
caucho. Cuando llegaron al primero, arquímedes se calzó las espuelas, enlazó el
árbol con su grueso mecate y comenzó a ascender para clavar bien alto su
machete y sacarle rápidamente la savia al gomero. En el siguiente fue ‘el
gringo’ el que subió a lo alto, y así pronto reunieron la goma que ‘el
nordestino’ necesitaba.
Luego
se sentaron a descansar y a planear una vez más los detalles de su fuga.
Cuando, al caer la tarde, el brasileño emprendió el regreso al campamento, lo
hizo con el convencimiento de que allí, bajo la ceiba, dejaba un compañero con
el que podía lanzarse ciegamente a la aventura de escapar al fin de aquel
infierno.
Cuando
a la mañana siguiente se disponía a salir para el trabajo, joao le mandó llamar
a la cabaña grande:
—’el
gringo’ ha desaparecido y tienes que encargarte de sus árboles.
Desde
mañana me traes cuarenta litros de goma.
—nadie
recoge cuarenta litros en un día –negó ‘el nordestino’.
—llévate
un indio de los nuevos –indicó el capataz–. El que quieras.
Enséñale
el oficio y que te ayude, pero no vuelvas sin los cuarenta litros.
No
había posibilidad de discusión, y arquímedes se alejó hacia la empalizada en
que estaban encerrados los indios. Nada en ese momento le disgustaba más que
tener que llevar compañía al bosque, pero sabía las consecuencias que podría
acarrearle no cumplir una orden.
El
guardián de los nuevos esclavos le franqueó la entrada sin hacer preguntas.
Lentamente fue inspeccionando al grupo de cansados y desmoralizados indígenas
de los que poco podía esperarse aunque en conjunto parecían fuertes.
Su
mirada recayó sobre uno que, por su aspecto, le dio la impresión de jefe o
notable y parecía mucho menos quebrantado que sus compañeros. Estaba sentado en
cuclillas, un poco apartado, y le miraba de frente, con fijeza, cosa
desacostumbrada entre los indios amazónicos.
Se
sentó frente a él de idéntica manera y tras un silencio en que se contemplaron
largamente, preguntó:
—¿hablas
cristiano?
—ramiro
habla cristiano cuando quiere –dijo el indio–. Y siempre lo entiende.
—¿quién
es ramiro y cuál es su nombre completo? –quiso saber arquímedes.
—ramiro
es hermano del gran tipuany, jefe de las familias aucas del curaray. Pero
tipuany ha muerto en el viaje hasta aquí. Ya no hay jefe; ya no hay familias
aucas en el curaray. Su nombre completo es ramiro ‘poco–poco’.
—poco–poco
es un extraño nombre para un indio tan grande y tan fuerte, hermano del jefe
tipuany.
—ramiro
se llamaba anteriormente payarmino –aclaró el indio–, pero ramiro hace siempre
las cosas con lentitud, pensadamente. Por eso acabó llamándose ‘poco–poco’.
Arquímedes
permaneció un rato pensativo, sopesando los pros y contras del indio. Al fin se
decidió.
—está
bien, ‘poco–poco’, te prefiero lento. ¿te gustaría trabajar conmigo? Seré para
ti igual o mejor que cualquier otro.
—ramiro
sabe que serás mejor que cualquier otro –replicó–. Ramiro vio cómo la otra
noche no acudías a la cabaña de la mujer con los demás caucheros. Sólo tú y el
de los pelos colorados. Ramiro acepta trabajar contigo.
Arquímedes
le observó sorprendido.
Resultaba
increíble que el indio pudiera advertir, en la oscuridad, que él no había
acudido a la cabaña de claudia. Tal vez podía ver en la noche, como los gatos,
virtud que los blancos atribuían a veces a los salvajes. Fue a decir algo, pero
optó por encogerse de hombros, ponerse en pie y llamar al guardián para que le
quitara al otro las cadenas.
Diez
minutos después se adentraban juntos en la espesura, en busca de los altos
árboles del caucho.
Cuando
llegaron al primero, ‘el nordestino’ le explicó cómo debía calzarse las
espuelas, enlazar el tronco con la gruesa cuerda y trepar por él para trazar un
surco cada vez más alto y extraer de ese modo la savia.
Ramiro
se hizo repetir las instrucciones, escuchó con atención, y por último se calzó
las espuelas y trepó con agilidad. Manejó el machete con la seguridad con que
lo había hecho el mismo ‘nordestino’ y descendió nuevamente. Arquímedes se
felicitó a sí mismo por su elección.
Condujo
al indio hasta el siguiente árbol, le ordenó que hiciera lo mismo con cuantos
encontrara en su camino, y tras aconsejarle afectuosamente que no se le
ocurriera evadirse, pues no era aquél lugar ni tiempo para hacerlo, se alejó
quedando en volver a buscarlo.
Cuando
se reunió con howard, el pelirrojo parecía preocupado.
—que
no sospeche mi presencia –dijo–. Me molestaría tener que matarle.
Arquímedes
le tranquilizó. Dejó la comida que llevaba y recogió la goma que había reunido
para él. Cuando regresó junto a ramiro, advirtió que, efectivamente, éste había
trabajado de modo lento, pero firme. Entre los dos se afanaron el resto del
día, y al regresar al campamento habían reunido casi los cuarenta litros
exigidos.
Arquímedes
se dijo que debería acelerar la huida o aquel ritmo de trabajo le dejaría
extenuado.
Sin
embargo, hubo de continuar así durante dos semanas. Sierra no acababa de
marcharse y una evasión estando en el campamento era una locura. Joao y sus
hombres, azuzados por el patrón, no pararían hasta encontrarles aunque se
escondieran en el mismísimo infierno. Con el amo en manaos resultaba más fácil;
sus hombres se mostrarían menos animosos.
A la
semana pudo ver por primera vez a claudia que, sostenida por dos de las mujeres
de la cabaña, trataba de dar un paseo por la orilla del río.
Pálida,
quebrantada e increíblemente enflaquecida, se diría que le resultaba casi
imposible caminar. Si los caucheros continuaban desfilando sobre ella, no
viviría un par de meses.
Cuando
se lo contó a howard, éste pareció afectado.
—me
gustaría llevarla con nosotros –dijo–. Intentar sacarla de aquí a cualquier
precio.
—moriría
en el camino –replicó arquímedes–. No está en condiciones.
Y
aunque lo estuviera: una evasión no es algo que pueda soportar una mujer.
—creo
que preferiría morir libre, huyendo, que a manos de esa cuadrilla de salvajes.
Pregúntaselo.
‘el
nordestino’ le miró con asombro.
—¿preguntárselo?
–repitió.
—no
va a denunciarnos –señaló howard–. Ve a verla como si fueras uno más que quiere
acostarse con ella y, cuando estés a solas, le dices que vas de mi parte.
Cuéntale que pretendemos escapar y la llevaremos con nosotros. Adviértele que
si es un estorbo la abandonaremos, pero si resiste, seguirá hasta el fin.
A
arquímedes no le agradó la proposicion. Presentía que iba a salir mal; que
podría traer problemas, pero al recordar a la muchacha y lo que debía estar
pasando, llegó a la conclusión de que, en efecto, mejor sería que muriera en la
selva que en aquella sucia cabaña.
Esa
noche pidió turno y tuvo que soportar, malhumorado, las bromas de los
caucheros, satisfechos al ver que se rendía el único que quedaba sin compartir
la culpa común.
Cuando
entró en la maloliente cabaña, apenas iluminada por una triste candela, claudia
ni le miró, ni hizo movimiento alguno. Seguía tendida en el sucio jergón, en la
posición en que la dejara el cauchero que acababa de salir, esperando lo mismo
del siguiente, fuera quien fuera.
Arquímedes
se sentó a su lado, y agitándola por el brazo, intentó que abriera los ojos.
Totalmente desnuda, y aunque resultaba hermosa, ‘el nordestino’ no experimentó
el menor deseo.
—¡claudia!
–llamó en voz baja–.
Claudia,
escucha, por favor. Vengo de parte de howard, ‘el gringo’.
La
muchacha abrió los ojos, vidriosos, ausentes, como si estuviera dormida y le
miró.
—howard
ha muerto –musitó.
—no;
no es cierto. Te juro que no es cierto –insistió arquímedes–. Está vivo.
Escondido en la selva, pero vivo. Lo he visto esta tarde. Me envía a
preguntarte si quieres huir con nosotros.
Lentamente,
el significado de aquellas palabras pareció llegar al embotado cerebro de la
muchacha. Tardó en reaccionar, y cerró los ojos un instante, como si respirase
aliviada; como si hubiera estado aguardando aquellas palabras desde que todo
comenzara.
—sácame
de aquí –rogó–. Cueste lo que cueste.
—probablemente
te costará la vida –señaló arquímedes.
—esto
es peor que la muerte –replicó ella–. Cada noche pienso en echarme al río, a
que las pirañas acaben conmigo. ¡llevadme con vosotros!
—te
llevaremos, pero aún pasarán días. Procura cobrar fuerzas. Come e intenta
ponerte en condiciones. La huida va a ser dura.
—lo
haré –asintió con firmeza–.
En
una semana estaré dispuesta.
Les
hubiera gustado seguir hablando. A claudia porque él era su única esperanza; a
arquímedes por servirle de consuelo, pero fuera los caucheros se impacientaban;
esperaban su turno y gritaban porque ‘el nordestino’ se entretenía más de lo
estipulado.
Al
día siguiente advirtió que el indio lo miraba extrañamente y permanecía más
hosco y en silencio que de costumbre.
Por
dos veces le preguntó qué le ocurría y no obtuvo respuesta. Al fin, cayó en la
cuenta.
—comprendo
–comentó–. Tus ojos de gato que nunca duerme me vieron ir a la cabaña de
claudia.
Intentó
justificarse, aunque ninguna razón tenía para hacerlo.
—me
gustaría poder explicarte a qué fui y por qué lo hice –dijo–.
Pero
no creo que llegaras a entenderlo.
El
indio se detuvo en medio del sendero y le miró con fijeza.
—ramiro
‘poco–poco’ puede comprender cualquier cosa –dijo–.
Incluso
puede comprender que des tu comida y escondas al de los pelos colorados. Pero
no puede comprender que te guste una mujer contra su voluntad haciendo cola con
otros hombres.
Arquímedes
se quedó clavado en el lugar. Nunca sospechó que el indio supiera lo del
norteamericano, y no podía imaginar cómo lo averiguó, si siempre lo dejó y lo
encontró trabajando.
—¿desde
cuándo sabes lo de ‘el gringo’? –preguntó.
—ramiro
lo sabe desde el segundo día –replicó el otro–. Ramiro es ‘poco–poco’, pero
cuando quiere, se mueve por la selva muy aprisa y muy en silencio.
—si
nos hubieras denunciado, tendrías una buena recompensa –señaló ‘el nordestino’.
—ramiro
no quiere más recompensa que volver a su tierra y no ser esclavo. Ramiro espera
que huyendo contigo lo conseguirá.
Arquímedes
se apoyó en el árbol que encontró más cerca y se rascó la cabeza desconcertado.
“¡vaya! Parecía tonto y ya tiene hechos sus planes.”
—ramiro
es útil en la huida –continuó el indio–. Es un buen rumbero, conoce la selva y
se mueve en silencio. Será capaz de llegar hasta su territorio a orillas del
curaray, junto al gran napo.
—¡el
napo! –exclamó arquímedes–.
¿estás
loco? ¿sabes dónde queda el napo? Al otro extremo de la amazonia. Tendríamos
que descender todo el negro, subir por el gran río...
¡no
sabes lo que dices...!
—ramiro
lo sabe –insistió el otro tercamente–. Ramiro estudió bien el camino por el que
le trajeron. Primero bajamos el napo, luego el gran río y volvimos a subir por
el negro hasta el curicuriarí. Pero ésa es una gran curva. Si regresa por
arriba, en cien días de marcha ramiro puede volver al napo.
Mientras
hablaba se había acuclillado, y en la tierra del camino dibujaba, con extraña
aproximación, la ruta de los ríos. Arquímedes estudió con detenimiento el tosco
mapa y advirtió que, en el fondo, el indio tenía razón.
Le
miró fijamente.
—¿el
napo está en ecuador? –preguntó.
—ecuador
–admitió el indio.
—en
ecuador los caucheros no tienen fuerza. El poder de los arana llega hasta allí,
pero no son realmente sus dominios. –parecía que estuviera haciéndose a sí
mismo tales reflexiones. Luego se volvió al indio–. ¿desde el napo se puede
llegar a tierra de blancos?
—ramiro
te lleva en tres días desde su territorio a la ciudad de tena, con soldados
ecuatorianos que protegen contra los caucheros. Desde tena, dicen que en cuatro
días se llega a una gran ciudad, capital del país, donde los blancos se cuentan
por miles y nadie habla del caucho.
—¡quito!
—¿quito?
–repitió, incrédulo, howard–. ¿estás loco? ¿cómo puedes hacerle caso al primero
que encuentras? ¿qué sabe de geografía?
No
sabe leer ni escribir, ni lo que es un mapa... ¡qué estupidez!
—pero
tiene razón –insistió arquímedes–. Su plan es mejor que el nuestro. Al huir,
creerán que vamos río abajo, hacia manaos. Nos esperarán a cada vuelta y nos
cogerán tarde o temprano. Pero si hacemos lo que ramiro dice, si cruzamos
territorio colombiano evitando a la gente de echevarría, llegaremos en cien
días al putumayo y luego al napo.
—no
hay quien resista cien días de selva. Nos perderemos mil veces; nos volveremos
locos. No tenemos víveres, ni armas, ni nada. ¿y qué sabes de ese indio? ¿quién
garantiza que no se perderá al segundo día, o nos dejará abandonados a la
primera dificultad?
—ramiro
llegará en cien días al napo –intervino el indio–. Ramiro no miente. Ramiro
puede ir solo.
Howard
tardó en responder. Contemplaba al indio con detenimiento.
Al
cabo de unos instantes, hizo un gesto de asentimiento:
—¡qué
diablos! –exclamó–. Tanto me da una cosa que otra. Avisa a claudia. Si es
cierto que sierra se va mañana, saldremos la semana próxima. No quiero
arriesgarme siguiendo aquí.
—la
semana próxima –repitió arquímedes–. Antes habrá que matar a los perros de
joao. Nos seguirán la pista fácilmente.
—no
mates los perros. Mata a joao –señaló ‘el gringo’–. Los perros no le obedecen
más que a él, y los guardianes perderán parte de su entusiasmo si no está.
—no
resultará fácil matar a joao –protestó arquímedes–. Muchos lo intentaron y
ninguno puede contarlo.
El
norteamericano tardó en responder. Contemplaba pensativo algún punto perdido.
Al fin indicó:
—díselo
a claudia.
La
noche elegida fue la del sábado siguiente a la marcha de sierra, porque los
sábados joao hacía venir a claudia a su cabaña y quedarse hasta el amanecer.
Apenas
oscureció, arquímedes se deslizó bajo la choza del capataz estando éste ausente,
y apartando las cañas del enrejillado que formaba el suelo, introdujo entre
ellas un afilado cuchillo que dejó con la empuñadura hacia arriba, justamente
bajo el catre.
La
cabaña de joao estaba edificada, como todas las del campamento, sobre cuatro
pilares de la altura de un hombre. Así en alto, los ranchos estaban a salvo de
las rápidas crecidas del río, o la invasión de insectos o reptiles.
Concluida
su tarea, concluida también la frugal cena, ‘el nordestino’ se reunió con el
indio ramiro, y ultimados los preparativos, se sentaron a aguardar no lejos del
vigilante que cuidaba las piraguas.
Era
ya noche cerrada cuando joao mandó llamar a claudia. Apenas entró, la obligó a
desnudarse y andar así por la choza mientras le servía un vaso de aguardiente.
—toma
–dijo–. A ver si esto te anima y nos divertimos un poco.
Claudia
bebió en silencio. El otro se sentó enfrente y se regodeó en contemplarla
desnuda, inerme frente a él.
El
negro se desnudó a su vez, exhibiéndose ante ella, tratando de despertar su
admiración por su enorme cuerpo y su desproporcionado miembro viril.
—si
dejas de estar como muerta, y me haces pasar bien las noches de los sábados,
puedo conseguir que todo te sea más fácil –dijo–. Yo soy quien manda aquí. Una
orden mía, y los caucheros dejarían de tocarte. Tan sólo tendrías que atender a
los guardianes, y son pocos para una mujer como tú.
Claudia
continuó en silencio. Tan sólo un pensamiento la ocupaba: tenía que hacer algo,
y hacerlo rápidamente.
Se
dirigió al camastro y se tumbó en él. El negro, desconcertado y molesto por
aquel silencio, fue a hablar pero se arrepintió. Bebió de un trago el resto de
su aguardiente y la siguió.
Claudia
esperó con paciencia hasta estar segura, y en el momento en que supo al negro
más indefenso, bajó la mano, tanteó en el suelo buscando el mango del cuchillo
y fríamente, y de un solo tajo, fuerte y preciso, lo degolló.
El
rostro del negro pasó sin transición del éxtasis al asombro. De la herida
abierta manó un chorro de sangre que cayó sobre los brazos y el pecho de la
mujer, y con un último estremecimiento se relajó como si se desinflara y quedó
muerto, desangrándose.
Claudia
lo apartó a un lado y se puso en pie. En la palangana se lavó la sangre, y
limpiando el cuchillo sobre el mismo jergón, lo escondió entre sus ropas. Se
vistió y salió sin dirigir una sola mirada al muerto.
No
sentía nada, absolutamente nada; como si lo que acababa de hacer fuera algo
normal, cotidiano; más normal que soportar cada noche la presencia de sucios
caucheros.
Descendió
por la orilla del río y llegó junto al guardián de las piraguas, que, rifle en
mano, fumaba con la espalda apoyada en un árbol. El hombre se sorprendió al
verla. Primero le apuntó con el rifle; luego, al advertir quién era, lo bajó.
—¿cómo
tú por aquí? –preguntó–.
¿no
te tocaba pasar la noche con el capataz?
Claudia
no respondió. Se sentó en la arena y quedó inmóvil, contemplando el río en la
penumbra. Subió un poco la falda al sentarse y parte de sus muslos quedaron al
aire. El guardián los contempló con fijeza. Dirigió una mirada a su alrededor,
vio que todo estaba tranquilo y apoyó el fusil en el árbol. Se sentó junto a
ella y la obligó a tumbarse de espaldas.
—ven
–dijo–. Aprovechemos la ocasión.
Claudia
le dejó hacer. Luego, en el instante mismo en que supo al hombre tan indefenso
como lo estuviera el negro, sacó de entre sus ropas el cuchillo, e igualmente,
de un solo tajo, lo dejó muerto.
Ni
joao ni el guardián tuvieron tiempo ni fuerzas para emitir un grito. No
pudieron hacer más que estremecerse por última vez y quedar sin vida.
Apostados
en la espesura, arquímedes y el indio observaron la escena, y ‘el nordestino’
advirtió que un escalofrío le recorría la espalda al ver cómo claudia quedaba
unos instantes muy quieta antes de apartar al muerto e ir a lavarse al río.
Reaccionó
cuando el indio se puso en pie, cargó cuanto llevaban y se dirigió sigiloso a
las piraguas. Le siguió como hipnotizado. Recogió el rifle del vigilante, lo
echó en la mayor de las embarcaciones, a la que ya había subido ramiro, y
cortando las amarras de las restantes, dejó que se las llevara la corriente.
Chistó a claudia, que continuaba lavándose, para que se apresurara, la ayudó a
embarcar en la frágil curiara y, silenciosamente, empezó a remar. Minutos
después, se habían perdido entre las sombras, río abajo.
A la
entrada del caño recogieron a howard que les aguardaba desde horas antes, y
clareaba cuando las aguas comenzaron a correr con más rapidez, dando aviso de
que se aproximaban a los raudales.
Antes
de abordar la curva de las primeras chorreras, vararon la curiara, ocultándola
en la espesura y dejaron allí dormida a claudia.
Los
tres hombres, el indio delante, se internaron en la selva buscando la trocha
que les condujera a la ranchería de los vigilantes de los raudales y los
blancos se sorprendieron por la rapidez y seguridad con que ramiro les condujo
a la vista de la choza.
Se
aproximaron sigilosos. Arquímedes empuñando el rifle, ‘el gringo’ armado de su
corto cuchillo de lanzar, y los tres con la inseparable compañía de sus largos
machetes de caucheros, sin los que no podía concebirse vivir en la selva.
Llegaron
a menos de quince metros de la choza, de la que no salía rumor alguno, y sin
abandonar la protección de la espesura, observaron. El indio señaló unas peñas
sobre el río donde un guardián vigilaba, fusil en mano, la corriente. Aparecía
semioculto, tendido boca abajo sobre una losa, y se podría pensar que dormía.
Observándole detenidamente advirtieron que no era así; cumplía su cometido de
no permitir que nada cruzara por aquel trozo de río sin ser visto. Por la
noche, la vigilancia era inútil: las rocas de las rápidas chorreras hubieran
hecho naufragar a cualquiera que intentara atravesar el paso.
Howard
susurró que se encargaba del vigilante y comenzó a deslizarse hacia allí.
Arquímedes preparó su arma.
Por
mucho que el pelirrojo pudiera aproximarse sin ser visto, siempre quedaría un
espacio abierto entre él y el guardián.
El
indio y el brasileño aguardaron inmóviles, observando las evoluciones del
americano, que llegó a la linde del bosque, hizo un gesto a sus compañeros, y
de rápida carrera se precipitó hacia donde se encontraba el vigía. Éste debió
oírle, porque se volvió. No había expresión de alarma en su rostro;
probablemente no esperaba peligro a sus espaldas. Cuando quiso reaccionar, ya
era tarde: ‘el gringo’ se había detenido en seco y, con un rápido movimiento
del brazo, lanzó su corto cuchillo. El otro no tuvo tiempo de aferrar su arma.
Cayó de espaldas al río, y su grito, si lo hubo, quedó ahogado por el tronar de
la corriente.
‘el
gringo’ regresó sobre sus pasos y entraron juntos en la cabaña.
Dos
hombres dormían en sus chinchorros y nunca despertaron. A machetazos acabaron
allí mismo, y por las rejillas de caña comenzó a gotear la sangre al suelo.
‘el
nordestino’, howard y el indio cargaron con las armas y cuantos víveres y ropas
encontraron, y regresaron a la piragua donde claudia continuaba durmiendo como
si nada hubiera ocurrido. Despertó cuando la agitación de los raudales hizo
tambalearse la embarcación y tuvo que aferrarse fuertemente a las bordas para
no salir despedida.
Dirigida
por ramiro, con ‘el gringo’ y arquímedes al remo, la curiara sorteó hábilmente
las rocas y los bajíos, y luego, ya con el río en calma, continuaron la
navegación sin detenerse un instante, ni durante el día, ni en la noche que
siguió.
Al
amanecer, ramiro ‘poco–poco’ señaló un afluente que entraba por la mano derecha
viniendo del suroeste.
Era
un río de aguas negras y limpias; rápido aunque no demasiado caudaloso.
—ramiro
piensa que éste es buen camino hacia el napo –señaló el indio–. Ramiro cree que
nadie sospechará que subimos por aquí.
‘el
gringo’ y arquímedes se miraron. Claudia continuó silenciosa. No había dicho
una sola palabra desde que salieron de la ranchería.
Howard
se encogió de hombros.
—si
vas a llevarnos a quito, indio, tú sabes el rumbo, y tú mandas.
¿dices
que este río? Pues este río.
Arquímedes
asintió y comenzaron a remar con fuerza para vencer la potencia de las aguas
que desembocaban en el curicuriarí.
Durante
tres días y tres noches remaron sin interrupción, aguas arriba, por el
desconocido afluente, sin encontrar alma viviente ni más compañía que algunos
monos, paujiles y escandalosas loras que volaban de uno a otro árbol.
No
se detuvieron. Mientras unos dormían en el fondo de la curiara, otros remaban,
y en la más profunda oscuridad, cuando ni la luna ni las estrellas alcanzaban a
proporcionar claridad alguna, los ojos del indio distinguían las piedras, los
bajíos o los troncos clavados en el fondo del río.
Día
a día el cauce fue perdiendo fuerza, y llegó un momento en que pasaban más
tiempo empujando la embarcación sobre los callados, que navegando por aguas
profundas. Esa noche, ante la imposibilidad de avanzar con tan poco fondo, se
detuvieron a descansar por primera vez.
Montaron
el campamento en una diminuta playa, y sin fuego consumieron sus últimas
provisiones. Luego durmieron profundamente, tumbados sobre la arena, cara al
cielo, sin preocuparse de montar guardia.
Arquímedes
despertó con la primera claridad del día. Tendido boca arriba contempló el
cielo de color rojizo, los altos árboles sobre su cabeza, una blanca nube que
cruzaba, y escuchó el suave rumor del río y el parloteo de las loras, que
empezaban a inquietar el aire. Se sintió descansado y feliz, le pareció que
descubría por primera vez la selva, aquella inacabable extensión verde que
hasta el presente tan sólo había podido ver como una inmensa cárcel: infinidad
de altos barrotes que le atosigaban. Ahora todo tenía otro aspecto: el color
del cielo se le antojaba distinto; el verde de los árboles, más intenso; los
sonidos, más limpios.
Se
irguió sobre un codo y contempló a howard, que, a su lado también, aparecía
despierto y tal vez pensando lo mismo. Claudia dormía, y a ramiro lo buscó
largo rato, hasta distinguirlo junto a un remanso, con las manos en el agua y
tan inmóvil que parecía una piedra más entre las piedras.
No
se atrevió a moverse ni a llamarle, admirado de la resistencia del salvaje, que
no hizo gesto alguno hasta que de improviso se alzó bruscamente con un grueso
pez que arrojó a tierra. Luego corrió a recogerlo, lo mató quebrándole la
espina dorsal y lo dejó junto a otros que descansaban en la arena. Arquímedes
llegó junto a él, y, mientras se lavaba en el río, comentó:
—no
comprendo cómo puedes permanecer tanto rato quieto como una estatua.
—ramiro
lo comprende porque aprendió a pescar así de niño. Tú también aprenderás,
porque tendrás que hacerlo para comer.
Cuando
‘el gringo’ y claudia se levantaron, el indio comenzó a buscar leña seca para
asar la pesca. El norteamericano se inquietó por la posibilidad de que el humo
pudiera delatarles, pero el indígena lo tranquilizó.
—ramiro
hará un fuego del que no se verá el humo. A ramiro nadie lo descubrirá por el
humo de su fuego.
Comenzó
a asar los peces, y, mientras lo hacía, con ayuda de unas ramas iba agitando el
aire de forma que el humo se esparcía; se diluía por así decirlo, y no
alcanzaba las copas de los árboles. Pronto lo apagó, sin embargo, y terminó su
labor utilizando las brasas aún calientes.
A la
hora del desayuno, howard admitió:
—con
un poco de sal, estaría delicioso.
Ramiro
se puso en pie, se alejó unos pasos y regresó con unas hierbas secas que
restregó entre dos piedras y espolvoreó sobre la comida del norteamericano.
Éste, sorprendido, la probó y advirtió que, aunque no sal, el sustitutivo
resultaba, en verdad, aceptable.
—ramiro
cree que deberemos encontrar verdadera sal –dijo el indio–. Sin sal, el hombre
blanco se debilita y enferma aquí en la selva.
Terminado
el almuerzo, emprendieron la marcha empujando la curiara río arriba hasta que
éste se convirtió en un arroyo y al fin la selva se cerró impidiendo continuar.
Escondieron
la embarcación, que tan útil había sido para que nadie pudiera descubrir que
habían llegado hasta allí, y echándose a la espalda las escasas pertenencias
que quedaban, emprendieron el camino abriendo trocha a través de la selva,
siguiendo el rumbo que marcaba el indio, en busca de algún cauce que les
llevara ahora hasta el río marié.
Durante
ocho días marcharon sin grandes penalidades. De tanto en tanto encontraban en
su camino una trocha o un sendero que debía conducir a algún poblado indígena,
y los escasos gomeros que aparecían, mostraban cicatrices de haber sido
explotados tiempo atrás. Luego, paulatinamente, la jungla comenzó a espesarse,
desapareció todo rastro de vida humana y el avance se hizo más difícil a medida
que progresaban hacia el sur.
El
suelo aparecía empantanado, los árboles alcanzaban una altura portentosa y
durante cinco días no distinguieron siquiera un pedazo de cielo, sumidos en una
penumbra lechosa que desdibujaba los contornos, abatía el ánimo y tenía la
virtud de desconcertar incluso al indio, de modo que llegó un momento en que
temieron haber perdido la ruta.
Una
mañana, ramiro se levantó más temprano que de costumbre, aún oscuro, y con
ayuda de las espuelas de cauchero, que no había querido abandonar en la huida,
y un grueso mecate, trepó al más alto de los árboles que se erguía hasta
perderse de vista sobre las copas de cuantos lo rodeaban.
Trepó
y trepó hasta no ser más que una figura perdida en el follaje a más de cuarenta
metros sobre el suelo, y allá arriba, suspendido sobre el abismo, acompañado de
monos araguatos, aguardó a que saliera el sol para orientarse por él. Desde
donde estaba no distinguía más que un mar infinito de verdura, oleada tras
oleada de vegetación; millones de árboles idénticos a otros millones que se
extendían por aquel inacabable desierto verde.
Apareció
el sol y le complació advertir que no aparecía muy lejos de donde suponía, lo
que significaba que, algo desviado hacia el suroeste, llevaba en realidad rumbo
correcto.
Abajo
le aguardaban expectantes sus compañeros, aunque la mujer, tan muda o
indiferente como siempre, no parecía prestar la menor atención a sus actos ni
al camino que pudieran seguir. El indio, al llegar a tierra, marcó una señal en
el árbol y luego indicó con el machete:
—por
allí.
Y
por allí siguieron, cansados y hambrientos, hasta encontrar en su camino una
enorme laguna poco profunda que tuvieron que bordear, perdiendo en ello un
largo día. Tras la laguna, sucia y sin posibilidad para la pesca, el bosque
adquirió un aire fantasmagórico, y de tanto en tanto encontraron en su andar
grandes palos de caucho intactos, señal de que los caucheros, pese a su
ambición y ansia de goma, nunca habían llegado hasta allí. Arquímedes calculó
que en los alrededores de aquella laguna había caucho suficiente como para
enriquecer a una docena de hombres.
Estaba
aún preguntándose por qué nadie habría venido a sacar esa goma cuando
comenzaron a encontrar en su camino serpientes y más serpientes, una infinidad
tal, que se diría que de toda la amazonia habían acudido allí a una extraña
reunión; un gigantesco congreso de ofidios.
Las
había de todas clases: jacarandás, caribitos, cuama–candela, corales y falsas
corales; las conocidas y por conocer, y en las altas ramas se escuchaba el
ulular de las arañas–monos, como si todos los animales ponzoñosos tuvieran allí
su sede.
Incluso
el mismo ramiro parecía impresionado, y su andar se fue haciendo cada vez más
cauteloso, hasta que se armó de un largo palo, y no avanzaba un metro sin
tantear el terreno.
Ante
sus bastonazos silbaban o corrían las bichas, y más de una se le tiró a las
piernas. Tan sólo su vista y su agilidad le evitaron resultar mordido.
Afortunadamente,
pudieron salir de la zona antes de la caída de la noche, y cuando advirtieron
que el aspecto de la selva cambiaba y los reptiles parecían menos numerosos, se
sintieron felices, como si comprendieran que acababan de poner entre ellos y sus
posibles perseguidores una barrera difícil de atravesar.
—ahora
me explico por qué esos “palos” están intactos –comentó ‘el nordestino’–. No
hay cauchero que se atreva a sacarles la goma.
Se
volvió hacia la muchacha.
—¿a
ti no te asustan las serpientes?
Claudia
le miró fijamente como si no hubiera comprendido su pregunta.
—¿serpientes?
–repitió.
Arquímedes
y ‘el gringo’ se miraron. Era la primera palabra que le oían en todos aquellos
días. Si no fuera porque obedecía sin rechistar cuanto se le decía, hubieran
llegado a pensar que estaba trastornada. Cuando tenía que andar, andaba; cuando
tenía que comer, comía, y cuando descansaban, descansaba. Pero lo hacía todo de
un modo automático, como si en verdad no le importara comer, andar o descansar.
Al
día siguiente, encontraron un arroyo que corría hacia el sur. Lo siguieron con
agua a media pierna, hasta que comenzó a hacerse navegable y, con ayuda de los
machetes, construyeron una balsa de gruesos troncos amarrados con lianas y
juncos. Su aspecto no era en verdad seguro, pero demostró ser capaz de soportar
el peso de los cuatro.
Se
dejaron arrastrar por la suave corriente. En el río había peces, y en los
árboles monos, con lo que pudieron satisfacer su hambre. Ramiro había
construido arcos, y aunque resultaba milagroso que howard o ‘el nordestino’
lograran acertarle a cualquier cosa que se moviera, el hábil indio
proporcionaba comida al grupo. A aquellas alturas estaban convencidos, ‘el
gringo’ el primero, de que sin la ayuda de ‘poco–poco’ habrían muerto de hambre
o se habrían perdido en la selva.
Habían
recobrado parte de sus fuerzas cuando el arroyuelo desembocó en un río ancho y
caudaloso que corría hacia oriente. Atracaron en la orilla, en la conjunción de
ambos, y se preguntaron si sería el marié. Por si lo era buscaron refugio en la
espesura, pues sabían que el marié formaba parte de los dominios de sierra, y
allí en la orilla debía de encontrarse, en alguna parte, una de sus factorías.
Ramiro
desapareció y volvió al cabo de una hora; los gomeros de los alrededores
estaban marcados y tenían aspecto de haber sido sangrados recientemente no más
de tres días atrás.
La
posibilidad de caer nuevamente en manos de caucheros pareció inquietar a
claudia, que comenzó a dar señales de vida, o al menos, de interesarse por lo
que sucedía a su alrededor. No pronunció, sin embargo, una palabra, y cuanto
pudiera preocuparla se advertía tan sólo en sus gestos nerviosos y la forma en
que se rascaba constantemente el dorso de la mano. A arquímedes le apenó la
muchacha, y pensó que, o salían de allí, o acabaría por perder la razón.
Permanecieron
dos días en el lugar, descansando, sin saber qué dirección tomar ni adónde
dirigirse, ignorantes de hacia qué parte se encontraba la ranchería de la gente
de sierra.
Al
atardecer del segundo día, howard, que vigilaba aguas abajo, llegó corriendo
para avisar que una curiara con dos hombres armados venía subiendo.
No
podían ser simples caucheros, sino guardianes o gente que les venía buscando,
aunque lo más probable es que allí no tuvieran aún noticias de su fuga.
Estaban
consultándose la forma de sorprenderlos, cuando claudia intervino.
—yo
los haré venir a la orilla –dijo.
La
miraron; comprendieron que estaba decidida y corrieron a esconderse tras borrar
las huellas que hubieran podido dejar en la arena.
Claudia
quedó sola, se tendió en la orilla, cara al cielo, claramente visible desde el
río y la mano que empuñaba el cuchillo la enterró ligeramente en la arena,
ocultándola.
Al
poco, la piragua con los dos hombres apareció en el recodo. Venían remando con
acompasados golpes de canalete y tardaron en advertir la presencia de claudia.
Se diría que iban a pasar de largo, cuando uno de ellos gritó:
—¡eh,
ciriaco! Mira eso... Parece una mujer.
Rápidamente
remaron hacia ella, vararon la curiara en la arena y descendieron rifle en
mano, atentos a cualquier movimiento sospechoso, con un ojo puesto en la mujer
inmóvil y otro en la espesura.
Tardaron
en confiarse. En su escondrijo, arquímedes, ‘el gringo’ y el indio no se
atrevían a respirar siquiera. Sus armas cubrían a los dos hombres, pero temían
atronar el silencio de la selva con ruido de disparos.
Sabían
por experiencia que el estampido de un rifle llega muy lejos sobre las copas de
los árboles y alerta de inmediato a los habitantes de la jungla.
Al
fin, los hombres parecieron tranquilizarse, y mientras uno avanzaba hacia la
espesura dando la cara a los árboles con el rifle alerta, el otro se inclinó
sobre claudia.
Todo
ocurrió con tal rapidez que ni el mismo arquímedes, atento como estaba a la
escena, pudo advertir cómo sucedió. La mano oculta de claudia se movió, el
cuchillo brilló, y el hombre inclinado sobre ella quedó muerto instantáneamente
con un espantoso tajo en la garganta. Claudia atenazó entonces por la espalda
al que estaba de pie y le colocó el cuchillo en el cuello. Howard gritó:
—¡no
lo mates! Por favor no lo mates.
Y
saltó sobre el desconocido que, al sentirse amenazado, había dejado caer el
arma al suelo, alzando los brazos. Poco después estaba sentado sobre la arena
fuertemente maniatado con su propio cinturón, y howard y arquímedes se
acuclillaron frente a él.
—¿quién
eres? –interrogó ‘el gringo’.
El
otro, mortalmente pálido al contemplar el cadáver de su amigo, respondió con
voz temblorosa:
—me
llamo ciriaco y trabajo en la factoría de carmelo sierra, ‘el argentino’, en el
marié.
—¿dónde
queda la factoría? –quiso saber arquímedes.
—a
dos días de marcha río abajo.
—¿adónde
ibas?
—a
remplazar a los vigilantes de la angostura, a un día de curiara, aguas arriba.
—¿qué
hay más allá de esa angostura?
—monte
cerrado en el que nadie ha entrado nunca. Mucho indio bravo, mucha serpiente, y
pocos “palos” de caucho. No interesa la región.
—¿cuánto
se tardaría en llegar desde allí al japurá?
—¿al
japurá? –el hombre parecía sorprendido, casi atónito– no tengo idea. Nadie lo
ha intentado nunca.
Tal
vez un mes, tal vez más. No sé si se puede llegar siquiera.
—¿cuántos
vigilantes hay en la angostura?
—sólo
dos.
—¿cómo
se llaman?
El hombre
dudó, tenía miedo o sospechaba algo. El norteamericano sacó su machete y se lo
puso ante los ojos.
—¿cómo
se llaman? –repitió.
—dionisio
y barreto. Dionisio es uno flaco, calvo; barreto es el cojo.
Howard
se irguió haciendo gestos de que había terminado. Sabía lo que quería saber.
Entre él y el indio agarraron al hombre por los brazos y las piernas y, pese a
sus gritos y protestas, lo balancearon y lo tiraron al río.
Aunque
tenía las manos amarradas a la espalda, emergió un par de veces pidiendo
auxilio, pero las aguas lo arrastraron y antes de llegar a la curva había
desaparecido definitivamente. El indio despojó al cadáver del otro de cuanto
llevaba, lo arrastró por los pies y lo echó también al agua. Como de su
garganta aún manaba sangre, pronto comenzaron a acudir pirañas y, desde donde
se encontraban, se diría que el cadáver bailoteaba como si estuviera
estremecido por un ataque de risa. Luego súbitamente desapareció en un agua
enrojecida.
Cargaron
cuanto tenían en la curiara y comenzaron a navegar lentamente río arriba en la
misma dirección que traían los que estaban muertos.
Al
día siguiente, y tal como señalara el hombre, avistaron la angostura. Claudia y
el indio quedaron escondidos en un islote mientras howard y arquímedes
continuaban remando río arriba, bien visible para quien vigilara desde el
puesto de guardia.
Llegaron
al embarcadero al pie de una cabaña; vararon la curiara y comenzaron a gritar:
—¡dionisio!
¡barreto...!
Un
rifle apareció entre unas rocas y una voz autoritaria ordenó:
—tiren
las armas. ¿quiénes son?
—venimos
a remplazarlos –dijo arquímedes, obedeciendo–. Somos nuevos, llegamos con
sierra en su último viaje.
—¿dónde
están ciriaco y ‘el zambo’? –inquirió la voz.
—en
la tripa de las pirañas. Hace una semana que se les volcó la curiara y no se
oyó hablar más de ellos.
Un
hombre apareció tras la roca.
Ahora
más tranquilo, bajó el rifle al que puso el seguro.
—¡perra
vida ésta! –comentó–.
Cuando
menos lo esperas, ¡plaff!, al agua y no encuentran de ti ni los huesos.
Sus
ojos recayeron en la piragua y pareció inquietarse.
—pero
ésta es la curiara de ciriaco –comentó–. ¿no es la que naufragó?
—piraña
no come curiara –replicó arquímedes.
El
otro rió la ocurrencia y les invitó a que siguieran hasta la cabaña. Para no
levantar sospechas dejaron las armas y subieron tras él.
En
la choza, el otro vigilante, barreto, guardó el rifle con el que había estado
acechando por la ventana y los saludó.
—¿traéis
“caña”? –fue lo primero que preguntó.
—abajo
hay un barril de aguardiente del mejor –replicó arquímedes–.
Traído
directamente de manaos. Nada de “guarapo” indio.
Barreto
colgó su fusil de un clavo y, renqueante, descendió apresuradamente hacia la
embarcación.
Dionisio
preparó los vasos mientras comentaba:
—hace
diez días que no probamos trago. Ese barreto, ¡cojo maldito!, es un borrachín
ansioso, que se lo chupó todo la primera semana.
Volvió
un instante la espalda y fue suficiente: ‘el gringo’ le tapó la boca con una
mano y con la otra le insertó el machete en las costillas.
El
hombre quiso gritar, pero no pudo emitir más que una especie de ronquido. Se
desplomó, y tal vez hubiera derribado mesa y vasos si el americano no lo sujeta
por los sobacos. Luego lo dejó deslizarse suavemente al suelo. Limpió el arma y
se apostó junto a la puerta.
Barreto
entró feliz y renqueante, con la garrafa de aguardiente pegada a los labios y
antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba, antes incluso de que
pudiera bajar la garrafa, había pasado a mejor vida.
Howard
y el ‘nordestino’ se sentaron uno frente a otro y se sirvieron una copa.
—empiezo
a estar asqueado de tanta sangre –comentó arquímedes–. ¿cuántos llevamos ya?
—no
hemos hecho más que empezar –dijo el americano–. Te lo advertí:
Si
queríamos salir de ésta, era pasando sobre una montaña de cadáveres. Es su vida
o la nuestra.
—¿vale
la pena?
‘el
gringo’ apuró de un golpe su copa.
—¡qué
pregunta! ¡naturalmente que vale la pena!
Arquímedes
bebió a su vez y se dirigió a la puerta.
—voy
a buscar al indio y a la chica –dijo.
Howard
se quedó solo. Arrastró los cadáveres y los lanzó por la pendiente hacia el
río. Uno cayó al agua y el otro quedó a mitad de camino, colgando de una rama.
Decidieron
quedarse allí ese día.
Claudia,
aunque no se quejaba, parecía fatigada, y a todos les convenía un descanso.
Encendieron fuego sin miedo y, por primera vez desde hacía tiempo, pudieron
cocinar algo caliente.
A la
mañana siguiente, muy temprano, el indio salió a explorar en busca del camino
que pudiera llevarles más fácilmente hasta el lejano japurá.
Arquímedes
quiso acompañarle y emprendieron juntos la marcha casi a oscuras aún, mientras
howard y claudia continuaban durmiendo.
Cuando
‘el gringo’ despertó, la muchacha preparaba el desayuno. La saludó, pero sus
“buenos días” no tuvieron más respuesta que una ligera inclinación de cabeza.
Concluido el desayuno, ‘el gringo’ pasó el resto de la mañana tumbado sin hacer
otra cosa que fumar el fuerte y negro tabaco que habían encontrado en la
cabaña.
Estaba
satisfecho. Tenían provisiones y armas; le había quitado a uno de los muertos
un hermoso revólver de grandes cachas blancas, y era libre.
Sabía
que le quedaba un largo, larguísimo camino, con infinidad de penalidades, hasta
alcanzar nuevamente tierra civilizada, pero se sentía capaz de afrontarlo todo
y quizás algún día pudiera regresar a manaos a ajustarle las cuentas a aquel
hijo de puta de sierra. Pensándolo bien, estaba convencido de que volvería a
manaos, aunque ahora huyera de la ciudad maldita. Había algo en él que le
impedía escapar definitivamente. Tal vez tuviera que dar la vuelta al
continente; tal vez volvería antes a su propio país, donde ya se habrían
olvidado de él, pero fuera como fuera, tomaría de nuevo el camino de manaos.
Él, howard, ‘el pelirrojo’, no era hombre que olvidara, y hasta el presente no
se podía decir que ninguno de sus enemigos siguiera con vida. Dejar vivir a
sierra sería un síntoma de cobardía, una primera señal de decadencia, de que se
volvía viejo, y no quería que eso ocurriera.
Mientras
fumaba y seguía hundido en sus pensamientos, su mirada estaba fija, aunque
distraídamente, en las idas y venidas de claudia, que andaba trajinando por la
cabaña, preparando el almuerzo y acondicionando en macutos las provisiones que
habrían de llevarse al día siguiente. Luego advirtió que recogía la ropa sucia
y bajaba al río.
Cuando
decidió despegarse del “chinchorro” el sol estaba muy alto y afuera hacía
calor. El río, quieto, tranquilo en el remanso, brillaba, y en la orilla
encontró las ropas de claudia y una camisa puesta a secar.
Descendió
hacia el río y buscó con la mirada a la muchacha. Al fin pudo distinguirla en
el más escondido recodo, bañándose. No había advertido su presencia, y con el
agua a la cintura se enjabonaba el pecho y la espalda.
El
blanco y hermoso cuerpo, los senos bien formados y los redondos brazos alzados
trajeron a ‘el gringo’ recuerdos de los que había preferido prescindir en mucho
tiempo.
Cayó
en la cuenta de lo hermosa que era y del tiempo que hacía que no tocaba a una
mujer.
Cuando
claudia lo vio, estaba ya detenido al borde del agua, muy cerca, junto a sus
ropas. No pareció alarmarse, ni trató de ocultar su desnudez. Terminó de
bañarse, se echó hacia atrás el cabello mojado y salió del agua.
Al
pasar junto a howard, chorreando aún, la tomó del brazo y la obligó a
detenerse.
—claudia.
Ella
lo miró. No dijo nada, ni en su rostro había expresión alguna. Tan sólo aquella
mirada perdida e indiferente, que parecía su única expresión desde que sierra
la entregara a los caucheros. Howard se sentía confuso, como si advirtiera que
iba a cometer un grave error. Claudia –dijo nuevamente–. Claudia, yo...
Al
fin se decidió:
—hace
más de un año que no toco a una mujer. Desde que salí de manaos.
Te
recuerdo. Te recuerdo y...
No
sabía qué decir. La inexpresividad de la muchacha le desconcertó.
Buscaba
desesperadamente las palabras:
—fuimos
felices, ¿verdad? Podríamos volver a serlo.
Suavemente
tiró de ella y la obligó a tenderse en la arena, junto a la ropa. Se sentó a su
lado.
—ven,
por favor –pidió–. Imaginemos que nada ha ocurrido; que todo es como
entonces...
Extendió
la mano y le acarició el rostro y el cabello. Luego descendió hasta el pecho, y
al sentirse tocada, claudia dio un salto, buscó en sus ropas, y el cuchillo
apareció amenazador. Howard se echó hacia atrás.
Claudia
avanzó hacia él y le colocó el cuchillo ante los ojos. Su mirada no era ahora
indiferente; había un extraño brillo en ella, como una fiebre o un deseo.
Howard retrocedió nuevamente y sintió que sus pies se mojaban. Estaba entrando,
de espaldas, en el río. Al fin, con el agua a media pierna, se detuvo
avergonzado.
Se
daba cuenta de lo ridículo de su situación y decidió no retroceder más, pasara
lo que pasara.
Claudia
se detuvo también. Por unos instantes se diría que iba a adelantar el brazo
armado y apuñalarle, pero dio media vuelta, recogió sus ropas y se alejó hacia
la cabaña.
Howard,
con el agua casi por los muslos, la vio marchar. Suspiró y se zambulló en el
río como si eso pudiera liberarle de la tensión.
Cuando
arquímedes y ramiro regresaron, contó lo ocurrido.
—será
mejor que la dejemos tranquila –concluyó–. La creo capaz de degollarnos. Esa
chica no está en sus cabales.
—con
el tiempo se recuperará –dijo ‘el nordestino’.
Howard
lo miró con gesto de incredulidad.
—por
lo que a mí se refiere –comentó– no voy a comprobarlo. Lo que quiero es no
volver a verla desnuda.
Emprendieron
el camino hacia el río japurá, convencidos de que les aguardaban largos y
pesados días de marcha.
No
había, desde las fuentes del marié, trocha o sendero alguno señalado, ni rastro
de ser humano civilizado o salvaje. Cuando, de tanto en tanto, encontraban algo
que parecía camino, no eran más que pasos abiertos por las dantas en su
constante vagar por la selva huyendo de los jaguares.
Normalmente,
el indio ramiro iba delante, abriendo brecha con su machete, y cuando el sudor
comenzaba a chorrear por su cuerpo, señal de que se encontraba fatigado, pues
por lo común jamás sudaba, howard o ‘el nordestino’ lo remplazaban.
Apenas
clareaba, a las seis en punto de la mañana, se ponían en pie, claudia preparaba
el desayuno, y media hora después estaban en marcha.
Caminaban
durante cinco horas con alguna ligera interrupción para descansar o cazar si
llegaban a un árbol en que abundaban los monos o loros, y a mediodía se
detenían a preparar la pieza capturada. Procuraban no tener que echar mano de
sus escasas provisiones: la harina, el “papelón” y la cecina que habían quitado
a la gente de sierra. El único gasto que se permitía era el de sal, azúcar y
café, que no podían sustituirse en la jungla.
Nunca
paraban más de media hora para comer, y reanudaban la marcha hasta la caída de
la tarde, las seis en punto también, cuando, bruscamente, comenzaba a
oscurecer. Sabían entonces que tenían el tiempo justo para buscar un claro,
colgar los chinchorros y encender una hoguera para preparar la cena.
Los
días en que se atravesaba una danta o un capibara en su camino y ramiro
alcanzaba a abatirlo, era fiesta grande a la hora de la cena.
Podían
atiborrarse de carne y tenían seguridad de almuerzo al día siguiente.
Cuando
la comida escaseaba, escaseaba para todos, y en eso claudia se mostró
inflexible. No permitía trato de favor; ella misma hacía las particiones y con
frecuencia la suya era la menor. Si intentaban darle cuando no había para los
demás, lo dejaba sin tocar, y prefería que se desperdiciara a comerlo.
Día
a día adelgazaba y se endurecía a ojos vista. Vestía un viejo pantalón, camisa
y botas de cauchero, y llevaba el pelo recogido bajo un sombrero de ala corta.
Cargaba con su macuto y su chinchorro, y, aparte de su escondido cuchillo,
jamás se separaba de un afilado machete de gomero.
No
le impresionaban arañas, ni serpientes, ni aun el rugido del jaguar en la
espesura, y aunque los mosquitos parecían cebarse en ella con preferencia sobre
sus compañeros, apenas hacía gesto para espantarlos. Había días que sufría
tanto sus ataques que en las noches tenía el rostro hinchado y tumefacto. Pese
a ello, jamás lanzó una queja ni un suspiro, aunque arquímedes y ‘el gringo’
constantemente renegaban y maldecían los insectos.
Poco
a poco, los dos hombres se fueron acostumbrando a tratar únicamente entre sí,
como si marcharan solos. Ramiro hablaba menos cada día y a claudia habían
desistido de sacarle una palabra.
Tampoco
eran ellos, en realidad, demasiado habladores, y sus conversaciones se
limitaban a comentar las pequeñas incidencias del día y hacer cálculos sobre
dónde se encontraban y cuánto podrían tardar aún en llegar al japurá.
Los
días de marcha se hicieron tan iguales y monótonos que perdieron la cuenta y
llegó un momento en que el caminar se convirtió en algo automático, como si no
hubieran hecho otra cosa en la vida; como si estuvieran condenados a andar
eternamente por aquella verde espesura.
Una
noche, arquímedes sintió que claudia se agitaba y gemía quedamente en su
chinchorro, y a la mañana siguiente le asombró su palidez. Quiso saber si le
ocurría algo, pero obtuvo la muda respuesta de siempre. Sin embargo, a la media
hora de camino, la muchacha cayó de bruces y no pudo dar un paso. Rápidamente
tendieron su chinchorro entre dos árboles y la acostaron, pero por más que
quisieron saber lo que sucedía, no obtuvieron contestación. Fue el indio quien,
apartándolos unos metros, lo aclaró:
—ramiro
lo sabe –dijo–. Ramiro cree que, hasta anoche, este camino no lo andábamos
cuatro sino cinco, pero ya nuevamente somos cuatro.
Arquímedes
trató de comprender lo que quería decir, recordó los lamentos de la noche antes
y cayó en la cuenta.
Involuntariamente
un escalofrío le recorrió la espalda.
—pero
es una bestialidad –exclamó–. Si estaba embarazada, ¿cómo ha podido callarlo
tanto tiempo...?
—tal
vez se sentía avergonzada –comentó howard–. No podía saber de quién era hijo.
—pero
ella no tiene la culpa...
—las
mujeres son muy raras. A veces se culpan de lo que no deben.
—¿y
ahora qué vamos a hacer? –quiso saber ‘el nordestino’–. Si seguimos morirá.
El
indio intervino.
—ramiro
buscará un lugar para montar el campamento. Ramiro piensa que no tenemos prisa
si encontramos caza.
—está
bien, indio –señaló ‘el gringo’–. Ve a buscar un lugar.
Nosotros
cuidaremos de ella.
El
indio desapareció entre los árboles y volvieron junto a la enferma, que, al
verles, trató de incorporarse.
La
obligaron a echarse nuevamente y tomaron asiento a su lado.
—¿cómo
te encuentras? –quiso saber arquímedes.
Claudia
no contestó, según su costumbre, pero pudieron advertir que lloraba
silenciosamente. Fue el único gesto femenino que ‘el nordestino’ le había visto
hasta el momento, y sería el único que le vería nunca.
Cuando
ramiro regresó, anunciando que había encontrado el lugar apropiado, cortaron
una gruesa rama y, colgando de ella el chinchorro de la enferma, se turnaron en
llevarla hasta el punto elegido por el indio.
El
lugar, sin constituir un enclave ideal, era, según ramiro, lo mejor que podía
encontrarse por los alrededores. A la orilla de una pequeña laguna, más bien
una gran charca sucia y poco profunda, se abría un claro, y en una de sus
orillas un espacio que tuvieron que ensanchar a machetazos.
En
unos árboles vecinos chillaban los capuchinos, y eso quería decir que, con
suerte, tendrían comida.
Ramiro
volvió a alejarse para regresar al poco tiempo con unas hierbas, y preparó un
brebaje que hizo beber a claudia. Ésta, en cuyo rostro podían leerse los
dolores que estaba padeciendo, lo tomó sin rechistar y poco después dormía.
Cuando
hubieron terminado de cenar y se dispusieron a acostarse, el indio comentó:
—ramiro
cree que esta noche deberíamos montar guardia y dejar el fuego encendido.
Ramiro está preocupado por la mujer, pero también está preocupado por esa
charca. No le gusta.
‘el
nordestino’ y howard se miraron. No ignoraban que, por las noches, cuando más
profundo parecía el sueño del indio, éste estaba siempre en semivela y el menor
ruido, cualquier rumor de la selva, los silenciosos pasos de una fiera que se
aproximara, le ponían en pie, pronto a la defensa. Se habían acostumbrado a esa
vigilancia, como el cazador que duerme con el perro a la puerta.
—¿qué
puede haber en esta charca? –quiso saber arquímedes.
—ramiro
no lo sabe –respondió el indio–. Pero si es lo que sospecha, ramiro prefiere
estar despierto.
—¿pero
qué? –insistió howard.
—ramiro
piensa que el güio puede estar durmiendo en el fondo.
‘el
nordestino’ sintió que se le ponían los pelos de punta. El güio del indígena,
la temible anaconda de la amazonia, era el animal que más espantaba, no sólo a
‘el nordestino’, sino a la mayoría de los habitantes de la selva. El jaguar
acecha, la serpiente envenena, pero el güio, cuando sale de su letargo en el
fondo de las aguas y tiene hambre, puede matar de miedo con sólo verlo.
Howard
se puso en pie y paseó nervioso.
—¿por
qué nos has traído aquí? –preguntó malhumorado–. ¿crees que vamos a dormir con
semejante vecindad?
—ramiro
no está seguro de que el güio viva aquí abajo –replicó el indio–, tan sólo toma
precauciones.
Si
ramiro supiera que el güio está bajo el agua correría toda la noche.
Arquímedes
estaba realmente molesto. Decían que la mayor anaconda capturada nunca, había
sido cazada en la amazonia colombiana y medía más de quince metros, pero
historias de caucheros aseguraban que selva adentro, en regiones que jamás
había visitado hombre blanco alguno, vivían anacondas capaces de devorar a dos
hombres. Y la región en que se encontraban era de las que jamás había visitado
hombre blanco alguno. ¿podría esconderse en aquella charca una anaconda de
quince metros? Si era así, ¿cómo iban a hacerle frente con sus tristes machetes
y sus rifles? Un güio de ese tamaño se reía de machetes y de balas. Un güio de
ese tamaño era capaz de tragárselos con rifle y todo.
Su
antiguo compañero federico contimano, aseguraba haber visto una vez, en el alto
madeira, cómo una de esas gigantescas serpientes de agua devoraba a dos
caucheros que nadaban en el río: “súbitamente el monstruo apareció junto a
ellos –le había contado más de una vez–. Los miró fijamente, y ninguno, a pesar
de que eran tipos bragados y con fama de valientes, fue capaz de hacer un solo
gesto, como si realmente los hubiera hipnotizado, según cuentan que hacen los
güios con sus víctimas. Los que estábamos en tierra comenzamos a gritarles,
pero ellos dejaron de nadar, permitieron que la bestia se les acercara sin
dejar de mirarles, y se fueron con ella al fondo. Poco después apareció en el
agua una inmensa mancha de sangre, y te juro que desde ese día no he vuelto a
bañarme.” Recordando a contimano, arquímedes cayó en la cuenta de que,
realmente, el cauchero había cumplido su promesa. En aquel mundo de cerdos de
la cauchería, él tenía fama de sucio.
Sortearon
las guardias. A howard le correspondió la primera, a arquímedes la siguiente, y
a ramiro la última, hasta el amanecer. Rodearon el minúsculo campamento de
hogueras que ahuyentan a los mosquitos con su humo y a las bestias con su
fuego, pero pese a ellas, y pese a la confianza que arquímedes le tenía al
americano, le costó gran esfuerzo conciliar el sueño, atento como estaba a los
menores ruidos que vinieran de la charca. El chapotear de un pez le hizo dar un
salto en el chinchorro, como si realmente la anaconda hubiera hecho su
aparición y howard, sentado sobre un tronco, con el rifle entre las piernas le
miró y sonrió burlón.
—duerme,
‘nordestino’, duerme, que no dejaré que te engulla.
Lo
hizo, pero su sueño estuvo colmado de pesadillas; de enormes serpientes que se
enroscaban alrededor de su cuello, de pieles escamosas, de viscosas babas que
le cubrían, y cuando el americano lo agitó para avisarle que había llegado su
turno de guardia, estuvo a punto de soltar un grito.
Howard
le entregó el rifle y se dirigió a su chinchorro.
—no
te duermas ahora, o nos merienda a todos.
—¿has
visto algo? –quiso saber ‘el nordestino’.
—si
hubiera visto algo, los gritos se oyen en manaos.
Se
tumbó y al instante empezó a roncar. Arquímedes se sintió súbitamente solo y
recordaría siempre aquella noche como una de las más desagradables de su vida.
Trató de animarse con la idea de que si había una anaconda, tal vez fuera
pequeña: un ridículo bicho de cinco o seis metros, del que se pudiera dar
cuenta fácilmente, pero las leyendas de monstruos gigantescos revoloteaban en
su imaginación, haciéndole concebir serpientes no ya de quince, sino de treinta
metros, acechando sobre su cabeza, dispuestas a dejarse caer sobre él desde
aquellos árboles cuyas copas se perdían en las sombras a cuarenta metros del
suelo.
Al
poco comenzó a llover, y el rumor de la lluvia en las ramas, en las hojas, en
el suelo, cubrió todos los demás ruidos de la selva e impidió distinguir uno de
otro.
Buscó
el único impermeable que tenían y cubrió a claudia. Estaban acostumbrados a
dormir bajo la lluvia y despertar empapados, pero imaginó que en su actual
estado, presa de la fiebre, el agua podía matarla. La observó un momento con
detenimiento; dormía, pero su sueño era inquieto, entrecruzado de gemidos.
Le
dio pena. Aunque trataban de demostrarle que eran sus amigos y que nada debía
temer de ellos, resultaba difícil que, a aquellas alturas, claudia pudiera
confiar en nadie.
Quizá
si lograban salir con bien de la aventura, encontrase un camino más fácil en la
vida.
Desde
quito no le resultaría difícil regresar a caracas y tal vez dentro de algunos
años todo aquello, incluso ellos mismos, no sería para claudia más que un
amargo recuerdo o una lejana pesadilla.
La
anaconda no acudió tampoco a la cita durante la guardia de arquímedes, y cuando
despertó al indio para que lo remplazara, comentó:
—nos
asustaste tontamente. El güio no apareció.
—güio
come siempre al amanecer –dijo el indio repitiendo un dicho de la selva–.
Ramiro lo esperará.
Aquello
tuvo la virtud de volver a inquietar a ‘el nordestino’, que ya se había
tranquilizado. Cuando se metió en el chinchorro lo volvieron a asaltar los
mismos sueños, y cuando despertó, ya en pleno día, lo hizo maldiciendo al indio
por la mala noche que le había hecho pasar.
Eso
pareció ofender a ramiro, que, apenas concluido su frugal desayuno, desapareció
en la espesura.
Howard
y arquímedes comenzaban a preguntarse a dónde habría ido, cuando reapareció
para conducirles a un extremo de la laguna, allí donde en un rincón de aguas
poco profundas aparecía enroscada sobre sí misma la anaconda que el indio
presintiera.
Debía
de medir de siete a ocho metros, aunque resultaba difícil calcularlo por su
posición, y se encontraba en período de letargo, bien cebada, con la parte
central de su cuerpo más gruesa que el resto, señal de que aún estaba
digiriendo su última captura.
La
observaron largo rato, felices de saberla inofensiva, pero aun con el
convencimiento de que pasarían semanas antes de que pudiera volverse peligrosa
nuevamente, prefirieron no tener en las cercanías del campamento semejante
vecindad. Armados con sus machetes, procurando no herirse el uno al otro, se
introdujeron en el agua y en pocos instantes despedazaron el güio, que no hizo
gesto alguno para defenderse. Se limitó a dar tres coletazos, inundar de sangre
la charca y morir.
Tranquilos
con respecto a la anaconda, permanecieron cinco días en el lugar, a la espera
de que claudia mejorase.
En
un principio tuvo fiebres altas, pero poco a poco se fue recuperando lo
suficiente como para que el sexto día pudieran remprender la marcha aunque
mucho más lentamente y tomando frecuentes descansos.
Nadie
se atrevió a comentar lo ocurrido, y, por su parte, continuó sumida en el
silencio, como si nada hubiera pasado. Sólo parecía molesta por haberlos
obligado a retrasarse, e intentaba por todos los medios que no se detuvieran,
queriendo demostrar que no se sentía fatigada pese a que en ocasiones su rostro
lo acusara.
Al
cuarto día salieron a una trocha abierta en la espesura que ramiro estudió con
ojo crítico. Anduvo largo rato arriba y abajo, y al fin comentó:
—ramiro
cree que conduce a un poblado indígena. No hay señales de zapatos.
—¿qué
clase de indios? –quiso saber howard.
—ramiro
no lo sabe.
Decidieron
atravesar el camino, procurando no dejar sus huellas en él, y se internaron de
nuevo en el monte tupido. Sin embargo, a todo lo largo del día fueron
apareciendo nuevas señales de vida humana, hasta que el indio, venteando el
aire como un perro de caza, dijo:
—huele
a humo.
Ni
howard ni ‘el nordestino’ advertían el más mínimo olor, pero sabían que
desgraciadamente el hombre blanco había perdido facultades que el salvaje
conservaba.
—éste
se calzó las espuelas de cauchero, enlazó un árbol con la gruesa cuerda y trepó
con agilidad hasta la copa.
Permaneció
allí un rato, y cuando descendió parecía inquieto.
—ramiro
ha visto los humos de un poblado –dijo–. A dos horas de marcha; tal vez tres.
—¿es
grande?
—hay
muchos más humos de los que ramiro sabe contar. Muchos.
No
aclaraba gran cosa. Para la mayoría de los indios amazónicos, los números se
limitan a uno, dos y tres.
Luego,
ya todo son muchos. Resulta casi imposible acostumbrarlos a contar, y
arquímedes lo sabía. Pedir que ramiro fuese una excepción era pedir demasiado,
por lo que decidió calzarse él mismo las espuelas y subir. Efectivamente, había
muchos fuegos; tal vez quince, tal vez más.
Si
se trataba de un campamento cauchero, lo probable era que en aquellos momentos
estuvieran cuajando la goma, pero los gomeros que venían encontrando en su
camino aparecían intactos.
Se
trataba por tanto de un poblado indígena y resultaría muy arriesgado
aproximarse a averiguar si se trataba de amigos o salvajes.
Descendió,
y de común acuerdo decidieron alejarse sin hacer notar su presencia. Se
internaron por la zona más tupida procurando no hacer ruido, y ramiro, que
abría la marcha, se detenía de tanto en tanto a escuchar.
En
un momento dado le pareció oír voces, pero no pudo asegurar si eran voces
humanas o se trataba de una disputa de loros en las altas copas de los árboles.
Al
oscurecer se encontraban lejos del supuesto poblado, y eso les tranquilizó. Aun
así se abstuvieron de encender fuego, y se acostaron con el estómago vacío.
El
despertar resultó sumamente desagradable. Cuando arquímedes advirtió que
agitaban su chinchorro, en lugar del familiar rostro de ramiro, se encontró
frente a un barbudo y hosco desconocido que le apuntaba con un rifle. Se alzó
de un salto y fue para advertir que ocho o diez más, todos armados, se habían
apoderado del campamento.
—vaya
–dijo uno de ellos–.
Veníamos
buscando indios y cazamos pájaros blancos. Yusufaki se va a poner contento.
¿quiénes son?
El
cerebro de howard trabajó con rapidez.
—gente
de sierra, ‘el argentino’ –replicó–. Andamos a la búsqueda de nuevas tierras
para abrir una factoría.
—¿gente
de sierra? –comentó el que hablara primero y parecía dirigir el grupo–. No
tienen aspecto de buscar caucho, sino de “picureados”...
De
pronto cayó en la cuenta. Se volvió a sus compañeros:
—¡oye!
¿no serán ésos los que organizaron la carnicería allá en el curicuriarí?
Los
hombres parecieron interesarse; los observaron con detenimiento y un cierto
recelo.
—la
descripción concuerda –dijo uno de ellos–. Un brasileño, una mujer y un indio.
—¿y
el pelirrojo?
—debe
ser el que daban por muerto y que se había fugado antes.
—¡mira
dónde han ido a caer los pajaritos! –exclamó de nuevo el que mandaba–. Medio
mundo buscándolos por colombia y venezuela y ellos aquí, a orillas del japurá.
A
punta de fusil les obligó a ponerse en pie.
—vamos.
¡vamos! –ordenó–. A ‘el turco’ le alegrará verles.
Howard
había conocido al turco yusufaki en manaos. No era propiamente un traficante de
caucho, sino, sobre todo, un traficante de hombres.
Al
frente de su banda, un escogido grupo de los peores desalmados del río,
recorría la amazonia asaltando poblados indígenas y capturando trabajadores que
luego vendía a los patronos caucheros. Se decía que durante sus “razzias” no
desdeñaba tampoco asaltar alguna factoría aislada, asesinar a cuantos
encontraba y apoderarse del caucho almacenado. Se las ingeniaba entonces para
simular que había sido un ataque de los salvajes y descaradamente se ofrecía
luego como “pacificador” de la región.
Se
conocían, sin embargo, sus actividades, y él mismo no dudaba en reír sus
gracias en público, sin preocuparse de esconder sus crímenes, sabiendo que por
temido nadie se atrevería con él.
Aún
existía mucha gente en manaos que lo recordaba cuando no era más que un pobre
vendedor de baratijas que merodeaba por el puerto y la ciudad flotante, con su
cómico acento en el que todo parecía hablarlo con la “b”, y aspecto tan
inofensivo que nadie hubiera podido sospechar jamás el extraordinario criminal
que llevaba dentro.
Se
decía que una noche tropezó en una callejuela oscura con un cauchero borracho
que venía de vender su “jebe” y tenía la bolsa repleta de esterlinas de oro.
Con una de las mismas navajas que vendía, yusufaki lo asesinó, y días más tarde
comenzó a contratar con ese dinero a cuanto maleante sin trabajo pululaba en
las tabernuchas del puerto.
Los
armó, equipó una expedición, y se aventuró madeira adelante, hasta las fuentes
mismas del marmelos, de donde regresó con un centenar de fuertes indios, que
vendió a saldaña.
Desde
entonces su “negocio” había ido viento en popa, y en la actualidad, sin poder
equipararse en poderío a los grandes caucheros, poseía no obstante una
considerable fortuna.
Se
había hecho edificar, en una de las colinas que domina manaos un palacete de
estilo árabe, decorado con azulejos traídos directamente de estambul, de donde
decían, también, que había mandado traer a cuatro de las mujeres y uno de los
muchachitos que formaban su harén.
Y
ahora estaba allí, tumbado en su chinchorro bajo una gran carpa de lona,
contemplando divertido a los cuatro “pájaros” que acababan de cazar sus
hombres.
—¡caramba!
¡howard! –exclamó–.
Nunca
creí que volvería a ver esa panocha que tienes por pelo. ¿cómo tú por estos
rumbos?
Howard
guardó silencio y se limitó a mirarle con desprecio. Yusufaki no pareció
ofenderse por ello. Se volvió a claudia:
—¿de
modo que tú eres la paloma que sierra guardaba tan celosamente?
No
eres para tanto. Cualquiera de mis chicas te supera, ¿verdad, muchachos?
Los
“muchachos” rieron a coro aunque no sabían de qué, pues ‘el turco’ jamás les
había permitido ver a sus chicas. Tan sólo conocían a una, la negra maría,
gorda ex prostituta de los peores barcos de la ciudad flotante, y en verdad no
podía considerarse ninguna maravilla. Si las demás eran de su estilo, el harén
de yusufaki no debía de resultar muy agradable.
Cuando
vio que esta vez tampoco obtenía respuesta se encogió de hombros.
—bien
–dijo–. Tú y yo hablaremos a su tiempo. Ahora tendrán que acompañarnos. Espero
que sierra me pague bien, porque tengo entendido que allá, en el curicuriarí,
hicieron una escabechina con su gente.
Howard
intervino:
—¿por
qué te metes en esto? Es algo entre sierra y nosotros.
—yo
no estoy ni de un lado ni del otro. Soy neutro, pero han caído en mis manos y
sierra tiene dinero. Si fuera al revés yo no os vendería a sierra, lo prometo.
No es nada personal. Cuestión de negocios.
Luego
se volvió a sus hombres:
—¡buen
trabajo, muchachos! Átenlos y que nos sigan.
No
se hicieron repetir la orden, y poco después arquímedes, howard y ramiro
avanzaban, fuertemente maniatados, en el centro de la columna que encabezaba
‘el turco’, a cuyo lado iba claudia.
Emprendieron
el camino hacia el poblado indígena que habían dejado atrás, dirigidos por un
indio renegado de raza atroarí que parecía conocer muy bien los senderos de la
selva. De tanto en tanto desaparecía dejando inmóvil al grupo, para regresar al
poco tiempo con instrucciones concretas sobre el camino a seguir.
La
marcha era muy rápida, y de ese modo, al atardecer, volvió ramiro a sentir el
olor a humo y oscurecía cuando el atroarí hizo un gesto para que se detuvieran.
Debían
de estar muy cerca del poblado, pues yusufaki ordenó que se guardara silencio y
no se encendiera fuego para cenar, comiendo de las provisiones secas que
llevaban.
No
hubo, sin embargo, cena alguna para los prisioneros que fueron arrojados al
suelo de cualquier manera sin que se les aflojaran siquiera las ligaduras.
Pronto
se hizo noche cerrada, y allí tendido, sin alcanzar a ver sus propias manos,
arquímedes maldijo su suerte.
Por
primera vez desde que los capturaron los hombres de yusufaki podía meditar en
su situación y las consecuencias que esa captura traía aparejadas. No se hacía
ilusiones: ‘el turco’ los vendería a sierra, y era preferible no imaginar lo
que sierra haría. Le habían matado, si no recordaba mal, nueve hombres, entre
ellos a su capataz, joao, y todos sabían lo que cuesta un fiel servidor en
amazonia. La muerte era lo más dulce que podía esperarse de ‘el argentino’,
pero esa muerte no sería, en verdad, tan rápida y tranquila como ‘el
nordestino’ hubiera deseado.
—nos
han fregado, ‘gringo’ –comentó en un susurro.
El
norteamericano, en posición tan incómoda como él, se volvió para aproximarse.
—cuando
nos lleven por el río, a la menor ocasión que tengas, salta al agua y que te
acaben las pirañas.
Siempre
será mejor que caer en manos de sierra.
—no
me gustan las pirañas –replicó arquímedes.
—a
mí tampoco, viejo –admitió el americano–, pero lo pienso hacer. No dejaré que
ese cerdo argentino me ponga la mano encima.
—ramiro
piensa que es muy largo el camino hasta manaos. Ramiro cree que siempre hay una
esperanza –intervino el indio.
—ramiro
a veces es un pendejo –comentó ‘el gringo’–. Ramiro no conoce a esa gente como
la conozco yo.
Uno
de los guardianes se aproximó y a patadas les obligó a callar.
—si
rechistan, los degüello. Van a despertar a todos los salvajes de los
alrededores.
Guardaron
silencio. Poco después, el campamento dormía, y cuando alguien roncaba, los
vigilantes lo hacían callar a golpes. En la oscuridad, arquímedes no pudo
averiguar dónde estaba claudia, pero se tranquilizó sabiendo que ‘el turco’
había colgado su chinchorro cerca y dormía desde que oscureció.
Aún
faltaba mucho para amanecer cuando ya la montonera estaba en pie, y a tientas
casi, avanzaba hacia el poblado, dirigida por el rumbero atroarí.
Arquímedes
se dijo que era el momento oportuno para escapar, pero tanto él como howard y
el indio iban fuertemente sujetos por un vigilante.
Estaba
convencido que el menor intento de fuga habría acabado a machetazos.
Cuando
comenzaba a clarear, ya se encontraba el grupo en las lindes del poblado. No se
distinguía el menor movimiento, y los desprevenidos indígenas parecían ajenos
al peligro que se aproximaba.
‘el
turco’ dio unas órdenes en voz baja y sus hombres se distribuyeron alrededor de
las cabañas, ocultos aún por la espesura. Luego, encendieron antorchas y a una
señal de yusufaki echaron a correr y las lanzaron a los tejados de paja,
prendiendo fuego a las cabañas. Ordenadamente, como si fuera algo que tuvieran
muy estudiado y bien aprendido, retrocedieron nuevamente y quedaron formando un
círculo, rifle en mano.
Al
poco, de las cabañas empezaron a salir indios desnudos que tosían y gritaban.
Había hombres, mujeres y niños, pero abundaban principalmente los últimos.
Yusufaki disparó al aire, y sus hombres le imitaron. Fue entonces cuando los
indígenas se dieron cuenta de la presencia de los blancos y trataron de escapar
hacia la selva.
La
tropa les impidió el paso a culatazos, y cuando alguno se escabullía, no
dudaban en disparar sobre él.
En
pocos minutos, el poblado se volvió un infierno, con las chozas convertidas en
hogueras, gente que corría, heridos que gritaban y cazadores de esclavos que
aullaban y disparaban sin tregua.
Desde
el bosque, arquímedes, howard, ramiro, junto a yusufaki y claudia contemplaban
el espectáculo.
Media
hora después, no quedaban más que cenizas del poblado, y sus habitantes, los
que no habían muerto o estaban a punto de morir, se encontraban maniatados con
sólidas sogas, tendidos en el suelo, a los pies del grupo, que, a patadas, los
obligaba a erguirse.
Yusufaki
iba de un lado a otro observando a los indígenas:
—¿cómo
es posible? –estalló al fin–. Aquí no hay más que ancianos, mujeres y niños.
¿qué voy a hacer con esta porquería? ¿dónde están los hombres? ¿dónde están los
guerreros?
El
rumbero atroarí se aproximó solícito y, acuclillándose junto a un anciano,
empezó a interrogarlo en su lengua. El otro se negó a responder.
El
atroarí, con toda calma, alzó el machete y le abrió la cabeza de un solo tajo.
Luego fue a arrodillarse frente a otro anciano y lo interrogó a su vez. El
viejo contempló unos instantes el cadáver de su vecino y comenzó a hablar con
rapidez. El atroarí se puso en pie y se volvió a yusufaki:
—los
guerreros salieron hace cuatro días para una gran partida de caza. Hay una
manada de dantas en las lagunas del norte. Fueron a buscarla. No sabe cuándo
regresarán.
Yusufaki
comenzó a dar voces. De una patada alcanzó al atroarí y lo mandó rodar sobre
los esclavos.
—¡pedazo
de idiota! –gritó–. ¿no pudiste darte cuenta? ¿qué hacemos ahora? Tenemos una
manada de inútiles, y todos los guerreros de la tribu sueltos por ahí. Si
regresan tendremos problemas. ¡rápido! –ordenó a su gente–. Intentemos llegar
al río cuanto antes.
A
culatazos, la montonera obligó a los indios a levantarse y enfilaron el camino
de regreso, no a través de la espesura, sino aprovechando los senderos
existentes.
Arquímedes,
howard y ramiro fueron agregados a la fila. Al advertir que también eran
prisioneros, los indígenas los miraban con sorpresa.
El
rumbero atroarí abría la marcha.
Le
seguía yusufaki, a cuyo lado iba claudia y la columna de esclavos vigilados por
media docena de guardianes. Cerraban la marcha los demás hombres de ‘el turco’,
que no cesaban de volverse. Uno de ellos comentó nervioso:
—la
humareda de esas chozas y los disparos habrán puesto sobre aviso a todos los
indios de los alrededores.
Como
si sus palabras fueran proféticas, se escuchó el sonar de un tambor de madera.
Su llamada era áspera, inquietante. Ramiro prestó atención y se volvió a
arquímedes que marchaba tras él.
—ramiro
cree que pronto tendremos compañía.
‘el
turco’ también había oído el resonar del tambor. Desde la cabeza de la columna
gritó histéricamente:
—¡vamos!
¡vamos! ¡rápido! Muevan a esa gente. ¡usen los látigos!
Sus
hombres no necesitaban más que esa orden y los látigos salieron a relucir,
restallando una y otra vez sobre las espaldas de los indios que tropezaban y
caían en su deseo de marchar tan rápidamente como se les ordenaba.
Un
niño de no más de tres años tropezó y cayó, y habiéndose hecho daño quedó
tendido. Su madre, al advertirlo, trató de volver atrás en su busca, pero, al
hacerlo, retrasó a cuantos iban unidos a ella. El guardián que tenía más cerca
la golpeó con el látigo, obligándola a que continuara; mas insensible, la india
hizo esfuerzos por volver junto a su hijo. Visto que no podía detenerla, el
guardián se limitó a montar su rifle y disparar sobre el chiquillo, que dio un
salto en el aire y quedó muerto. Luego el hombre empujó a culatazos a la india,
que continuó su marcha, aunque volvía una y otra vez el rostro a contemplar el
cadáver.
A la
vista de la escena, las restantes indias se apresuraron a cargar con sus hijos,
y claudia vino atrás a tomar en sus brazos a un chiquillo.
Los
indios parecían sorprendidos por su ayuda.
Arquímedes
indicó a una india que tenía a su lado que le cargara a la espalda a uno de sus
hijos, y tanto howard como ramiro lo imitaron.
Debían
haber recorrido ya más de la mitad del camino cuando ‘el turco’ hizo un gesto
que obligó a detenerse a la columna y guardar silencio. El rumbero atroarí
prestaba atención, y tanto los salvajes como ramiro parecían estar atentos a
los sonidos de la selva, como si quisieran captar algo negado a los blancos. Un
pájaro gritó a lo lejos y los morenos rostros se transformaron.
—ramiro
cree que tenemos compañía –dijo el indio–. Los guerreros de la tribu nos
rodean.
—¿atacarán?
–inquirió rápidamente arquímedes.
—ramiro
no lo cree –señaló el otro–. Son gente pacífica y sus armas de guerra se
quemaron con las cabañas.
En
su expedición de caza sólo llevaban armas de caza; “curare” flojo que no mata
persona.
—¿qué
van a hacer entonces? –quiso saber ‘el gringo’.
—ramiro
no sabe. Son pocos. No más que los blancos que tienen armas de fuego. Tal vez
‘el turco’ no tenga problemas.
Yusufaki,
sin embargo, no parecía convencido y ordenó nuevamente que la columna se
pusiera en marcha a toda prisa. Quería llegar al río, donde había dejado sus
curiaras, antes de la caída de la noche.
La
marcha se hizo realmente endiablada, agotadora, y cuando un indio, fuera
hombre, mujer o anciano, caía incapaz de seguir adelante, los hombres de ‘el
turco’ lo apartaban del resto y lo remataban a machetazos.
Era
su forma de incitar a los demás a continuar adelante al precio que fuera.
Howard y ‘el nordestino’ estaban convencidos de que sufrirían idéntico trato si
intentaban detenerse.
Faltaba
una hora para oscurecer cuando apareció ante ellos el japurá, que bajaba con
poca agua, dejando a ambas márgenes anchas playas de redondos callados. El
destrozado grupo se dejó caer en la orilla, y muchos se aproximaron al agua, a
beber ávidamente y refrescarse.
Yusufaki
disparó tres veces al aire, y gritó hacia la otra orilla:
—¡clodoaldo!
¡almeida...! Ya estamos aquí. ¡traigan las curiaras!
Al poco,
una minúscula curiara apareció, surgiendo de la espesura aguas arriba. Se
deslizó, llevada por la corriente, para ir a cruzar lentamente frente al grupo.
La tripulaban dos hombres sin cabeza.
Al
verles, yusufaki palideció.
Tardó
en reaccionar, y blanco como un papel sobre el que destacaban sus negros
bigotazos y sus pobladas cejas, murmuró:
—esos
hijos de perra nos quitaron las curiaras... Almeida y clodoaldo se dejaron
sorprender como pendejos.
Una
ola de miedo, de auténtico terror al saberse atrapados allí a la orilla del
río, recorrió a la gente de yusufaki. Espantados, comenzaron a mirar a los
prisioneros, no ya como esclavos, sino como a enemigos de los que algo terrible
cabía esperar.
Howard
se volvió a ramiro.
—¿qué
va a pasar ahora? –preguntó.
—ramiro
cree que pronto o tarde habrá un pacto. Mujeres, niños y viejos a cambio de
curiaras. Éste es el momento de intervenir. Ramiro prefiere la compañía de los
salvajes a la de yusufaki.
Howard
permaneció unos instantes pensativo. Consultó con la mirada a arquímedes y éste
hizo un gesto afirmativo. El americano avanzó unos pasos.
—¡eh,
‘turco’! –gritó–. Si quieres salvar el pellejo será mejor que vengas.
Yusufaki
lo miró torvamente, pero avanzó hacia él.
—¿qué
te pasa ahora, pelo de panocha? Ya tengo demasiados problemas.
—aquí,
mi amigo ramiro –que también es muy amigo de los guerreros de enfrente– dice
que conseguirá que te devuelvan tus curiaras. Podrás regresar en paz a manaos y
divertirte con tus chicas. Te costará la libertad de esa gente.
—mucho
me importa a mí este hatajo de inútiles –explotó ‘el turco’–.
Viejos,
mujeres y niños por los que no me darían ni una libra en manaos.
Pueden
quedárselos, pero que me devuelvan mis curiaras.
—también
te costará nuestra libertad –señaló howard.
—¡eso
sí que no! –protestó yusufaki–. Por ustedes sí que me dará buen dinero ‘el
argentino’. Ustedes no.
—¡no
seas idiota, ‘turco’! No puedes imponer condiciones. Tu vida y la de tu gente
vale más que lo que te va a dar sierra por nosotros.
—he
dicho que no –repitió ‘el turco’, y se alejó hacia la orilla.
Howard
le gritó:
—piénsalo
bien. Antes de una hora será de noche, y no sabes lo que pasará. No creo que tu
gente quiera dejarse matar porque ganes un puñado de libras con nosotros.
‘el
turco’ se volvió como si le hubiera picado una serpiente.
—¡no
metas mis hombres en esto! –gritó–. Hacen lo que yo digo.
—yo
sé que lo hacen –continuó ‘el gringo’–, pero míralos, no les gusta esto. No les
gusta ver que oscurece y tal vez los maten por la espalda.
¿qué
vas a ganar con nosotros? Cuatro puyas: lo que te gastas en una noche de
parranda. ¿crees que vale la pena arriesgarse?
Yusufaki
desenfundó su revólver y apuntó a ‘el gringo’:
—cierra
esa bocota o te la cierro para siempre. No vengas a agitar a mis hombres.
—razón
ya tiene –dijo una voz–.
No
queremos que nos maten por cuatro piojosos.
—que
nos devuelvan las curiaras y se vayan al infierno –señaló otro.
‘el
turco’ se sulfuró.
—¡no
necesito a nadie para hacer el cambio! Puedo mandar a éste –dijo señalando a su
rumbero atroarí–. También se entenderá con los de ahí enfrente.
—no
discutirán con él –aseguró howard–. Es un renegado. En cuanto cruce el río se
lo cargarán sin dejarlo hablar. A nosotros nos han visto encadenados. Ramiro
podrá convencerlos de que estamos de su parte.
—¡he
dicho que no! –repitió ‘el turco’.
Y
como entre sus hombres se alzara un murmullo de protesta, ordenó:
—¡y
vosotros a callar! Aquí se hace lo que yo digo.
—a
ver si vamos a tener que callarte a ti –gruñó una ronca voz anónima en el
grupo.
‘el
turco’ quedó clavado en el lugar. Su mirada fue a uno y otro de sus hombres,
para averiguar quién había hablado, pero llegó a la conclusión de que pudo ser
cualquiera. Sus rostros mostraban que estaban dispuestos a librarse de él con
tal de salir de aquel embrollo. Comprendió que no se encontraba en buena
situación y se volvió al indio atroarí.
—¿puedes
hablar con ellos sin que te maten?
El
indio dio un paso atrás asustado y negó con la cabeza.
Esto
hizo tomar una decisión a yusufaki.
—está
bien, ‘gringo’ –dijo–. Haz lo que quieras, pero ten las piraguas aquí antes de
media hora.
Uno
de sus hombres desató a los tres, y howard y ramiro se echaron al agua y
comenzaron a atravesar el río.
Los
salvajes que los aguardaban en la otra orilla, semiocultos en la espesura, no
eran más que una pandilla de desharrapados, mucho más asustados que la gente de
yusufaki.
Ni
siquiera habían tenido tiempo de embadurnarse con pinturas de guerra, y eso les
hacía perder ferocidad, reduciéndoles a lo que en verdad eran: un grupo de
hambrientos y tristes indios preocupados por sus familias y por el hecho de que
en unos instantes habían perdido cuanto poseían a mano de los blancos.
Tan
sólo las sangrientas cabezas de almeida y clodoaldo, que colgaban como macabros
trofeos en la punta de dos lanzas, recordaban que se encontraban en guerra y
resultaban, hasta cierto punto, peligrosos.
Antes
de salir del agua, ramiro empezó a hablar rápidamente en una extraña jerga que
los otros no parecieron comprender en un principio.
Luego
las palabras del indio fueron llegando hasta sus inteligencias y comenzaron a
hablar todos a la vez.
Allí
en la playa de gruesos callados, a la vista de las gentes del otro lado se
entabló una agitada discusión entre ramiro y los indios, en la que había más
gestos y aspavientos que palabras. Al fin, ramiro se volvió a howard.
—están
dispuestos a devolver una curiara grande para la gente de ‘el turco’ y otra
pequeña para nosotros.
Ponen
una sola condición: el atroarí renegado. No quieren que vuelva a conducir otro
grupo a atacar poblados indefensos.
Howard
hizo un gesto de asentimiento:
—iré
a decírselo a ‘el turco’.
Señaló
y se echó nuevamente al agua atravesando el río en dirección contraria.
—¿qué
ocurre ahora? –se impacientó yusufaki–. ¿devuelven las curiaras o quieren
guerra?
—hay
trato si les das a tu rumbero –replicó howard–. Quieren que pague las culpas de
todos.
‘el
turco’ se volvió al indio y sus hombres lo imitaron. El atroarí, atemorizado,
comprendió que los blancos le sacrificarían para salvarse, y sin dejarles
tiempo a pensarlo dio media vuelta y echó a correr hacia la espesura.
—¡que
no se escape! –ordenó ‘el turco’–. Cogedle. ¡maldita sea...!
Se
lanzaron tras el indio que al ver interceptado su camino hacia la selva, corría
ahora por la orilla, río arriba. Diez hombres lo perseguían como una jauría,
pero era más ágil y los sorteaba uno tras otro, de modo que llegó un momento en
que pareció que iba a escapar. Desde una y otra orilla los salvajes, tanto como
los guerreros y los prisioneros, gritaban coreando la persecución.
Cuando
ya el atroarí estaba a veinte metros de su seguidor más próximo, éste echó mano
al revólver y disparó tres veces. El indio rodó con la pierna atravesada por un
balazo. El hombre se levantó de un salto y siguió corriendo hasta el río y se
lanzó de cabeza al agua.
Los
blancos volvieron a dispararle, pero se escondía bajo el agua y salía en el
lugar menos pensado tratando de ganar la otra orilla. Cuando ya parecía cerca
de ella, los guerreros comenzaron a correr hacia él y se encontró de pronto
entre dos fuegos.
No
sabía adónde dirigirse y se dejaba arrastrar por la corriente, indiferente a
los disparos que venían de un lado y las lanzas que le arrojaban del otro. De
pronto el río comenzó a cabrillear, y una infinidad de pequeños cuerpos
plateados que cruzaban el agua a toda velocidad se lanzaron sobre él. El
atroarí los vio llegar, abrió la boca para lanzar un grito, pero la banda de
pirañas lo sumergió en un mar de sangre, zarandeándolo de un lado a otro.
En
ambas orillas se hizo el silencio. Cuando dos minutos después se acercó un
guerrero al agua y, con ayuda de su lanza, trajo a tierra los restos de un
esqueleto sin rastro de carne, un grito unánime, grito de los esclavizados y
los guerreros, se alzó al aire: se había hecho justicia.
Esta
vez howard no se atrevió a echarse al agua y cruzar a nado nuevamente. Aunque
no llevara sangre, sin la cual resultaba difícil que las pirañas atacaran,
sabía que estaban agrupadas e inquietas y no quería exponerse a terminar como
el atroarí.
No
era tampoco necesario. A los pocos instantes aparecieron dos curiaras: una la
conducía ramiro, y la otra, mucho mayor, iba tripulada por dos guerreros. Se
aproximaban lentamente, y howard se dirigió a ‘el turco’.
—devuélvenos
nuestras cosas –dijo–. Las armas y los víveres que nos quedaban. Mientras no lo
hagas no se acercarán a tierra, y queda poca luz. Date prisa.
De
mala gana, yusufaki hizo un gesto a sus hombres que se apresuraron a entregar a
howard, arquímedes y claudia cuanto les habían arrebatado.
—déjame
por lo menos la chica –pidió yusufaki–. Te daré por ella provisiones para un
mes. Con eso podrán llegar adonde se proponen.
¿hacia
dónde van?
—no
seas estúpido, ‘turco’ –replicó howard–. No vamos a decírtelo para que se lo
cuentes a sierra...
En
cuanto a la chica, donde vayamos nosotros, va ella.
Ramiro
se iba aproximando a la orilla con la curiara, y arquímedes ayudó a claudia a
embarcar. Luego lo hizo él, y howard empujó la piragua aguas adentro y subió a
su vez. Remaron río abajo haciendo un gesto a los guerreros de la embarcación
grande para que se aproximaran a la orilla.
Los
indios obedecieron y dejaron la gran curiara en poder de los hombres de
yusufaki. Tenían el espacio justo y no cabía esperar que intentaran llevarse
prisioneros. Cuando estaban todos a bordo, apenas podían moverse, y no más de
dos dedos de borda sobresalía del agua. Los guerreros se apresuraron a correr
hacia su gente y comenzaron a desatarlos. Como si aún temieran a los blancos,
las mujeres, los niños y los viejos corrieron a esconderse en la espesura.
Caía
la noche y pronto no se vería absolutamente nada. Los de la curiara pequeña se
sentían tranquilos, conocedores de la facilidad de ramiro para distinguir
cualquier obstáculo en la noche. La gente de yusufaki no parecía tan segura,
pero cuanto deseaba era alejarse de los guerreros indígenas, de cuya fuerza,
número y capacidad combativa no tenía aún muy clara idea.
La
embarcación grande seguía a la pequeña a unos doscientos metros de distancia,
aguas abajo. Sin embargo, howard y arquímedes no creían que, en su situación,
‘el turco’ hiciera ningún intento de apresarlos nuevamente. Poco después cayó
la noche y escucharon largo rato las voces y reniegos de los hombres de ‘el
turco’, que marchaban incómodos y asustados.
Poco
a poco fueron quedando atrás.
Navegaron
durante varias horas, hasta que el fino oído de ramiro captó el inconfundible
rumor de un raudal que se abría ante ellos. Rápidamente buscaron la margen
derecha y encallaron la embarcación. Entre los cuatro la subieron hasta
ocultarla y colgaron sus chinchorros en la espesura, lejos de la vista de quien
pasara por el río. Minutos después dormían profundamente, aunque el indio
parecía estar con un ojo cerrado y otro abierto.
Continuaron
al día siguiente japurá abajo, hasta que apareció por la derecha un caño de
escasa corriente que seguía dirección suroeste. Se internaron por él, remando
acompasadamente, turnándose, hasta que la falta de luz y la fatiga los obligó a
buscar un lugar donde pasar la noche.
Siguieron
dos días caño arriba, hasta que éste dejó de ser navegable.
Abandonaron
entonces la curiara y comenzaron a abrirse paso por el bosque en busca ahora
del gran putumayo, la nueva meta de su larga caminata.
Desconocían
a ciencia cierta si se encontraban aún en territorio brasileño o habían
penetrado ya en colombia, pues la frontera no era más que una línea imaginaria
que atravesaba la selva. Suponían, sin embargo, que ‘el turco’ no se habría
aventurado nunca por zona colombiana –territorios dominados por el cauchero
echevarría–, y eso los obligaba a aceptar que aún se encontraban en brasil,
aunque no debían andar muy lejos de la frontera.
Estarían
probablemente en algún punto del gran triángulo formado por ella, el río japurá
y el río purué.
Debían,
por tanto, iniciar la marcha hacia el sur, ligeramente desviados al oeste,
buscando siempre encontrarse lo más cerca posible de esa imaginaria línea
divisoria de los dos países. Era una zona que los caucheros de uno y otro lado
solían evitar para no tener complicaciones con las autoridades.
Durante
dos días marcharon sin tropiezos. Apenas aparecían árboles de caucho, y no
había senderos, ni aun trochas, ni señal alguna de indios, bravos o pacíficos.
La selva era aquí alta, oscura e impresionante, pero por eso mismo, poco
enmarañada a ras del suelo, con un terreno fangoso y maloliente, fruto de la
putrefacción, durante cientos de años, de las hojas caídas desde las altas
copas a una tierra a la que jamás llegaba el sol.
A
veces, en los mediodías muy despejados, algún tímido rayo se atrevía a penetrar
entre el follaje, y daba entonces al bosque un extraño aspecto, como si
marcharan por una inacabable y gigantesca catedral de inmensas columnas
vegetales.
De
tanto en tanto, esas columnas tomaban un caprichoso aspecto, como de enorme
espiral o resorte que se elevara al cielo, cuando una de las gruesas
enredaderas amazónicas, llamadas “matapalo”, se enroscaba alrededor de un
árbol, subiendo hasta la copa y acabando por estrangularlo. Con el tiempo, el
árbol se pudría y desaparecía, quedando nada más que el hueco que había ocupado
y, a su alrededor, el “matapalo”.
La
caza era poca, y comenzaron a sufrir hambre. Ramiro se alimentaba de bayas y
raíces, pero sus compañeros no parecían poder digerirlas, y cuantas veces
trataron de imitarlo se sintieron enfermos. El estómago del indio estaba
acostumbrado desde niño a un tipo de alimentación que los cuerpos de los
blancos rechazaban. Eso hacía que ramiro se sintiera mucho más fuerte, y a
menudo se adelantaba a explorar, buscando la mejor ruta, aunque todas parecían
la misma en aquel inacabable desierto verde de altas columnas.
Uno
de los días en que más hambrientos y debilitados se sentían y el indio se había
alejado, cruzó frente a ellos un oso hormiguero, y apenas lo vieron, arquímedes
y ‘el gringo’ se lanzaron sobre él, acabándolo a machetazos. Al poco, su carne
hervía, despidiendo un nauseabundo olor convertida en una pasta gelatinosa de
tan desagradable aspecto que dudaban, pese al hambre, en meterle el diente.
Habían
ya distribuido las porciones dejando una para el indio, y permanecían
indecisos, cuando ramiro regresó. Al ver qué ocurría y advertir la piel del
oso, se apresuró a arrebatarles los platos y tirar lejos el contenido.
—ramiro
cree que están locos –exclamó–. El hormiguero es veneno; el peor veneno del
bosque.
Dos
días más transcurrieron sin nada que comer y el indio comenzó a preocuparse. A
la mañana del tercero, arquímedes, al despertar, distinguió a ramiro sentado en
un tronco caído, algo alejado del campamento y cabizbajo. Se aproximó, y cuando
quiso saber qué ocurría, ‘poco–poco’ tardó en responder:
—ramiro
está avergonzado –confesó al fin–. Prometió llegar en cien días al curaray, y
no lo ha conseguido.
—aún
no han pasado –dijo arquímedes–. Lo que no comprendo es por qué dijiste tal
cifra, si en realidad no sabes contar más de tres.
—ramiro
no sabe lo que es cien, pero sabe que es mucho –respondió–.
¿qué
es cien?
‘el
nordestino’ no supo qué decir.
Llevaba
casi dos meses de viaje y en los peores momentos, cuando más hambriento,
fatigado y desilusionado se sentía, se consolaba con la idea de que, según los
cálculos de ramiro, ya habían recorrido la mitad del camino.
Ahora
resultaba que tales cálculos no habían existido; no significaban absolutamente
nada.
—¿cuánto
es cien? –repitió el indio.
—el
doble de lo que llevamos andando –simplificó arquímedes–.
¿crees
que en otro tanto llegaremos a tu territorio, allá en el curaray?
El
indio guardó silencio. Se diría que su mente estaba realizando un tremendo
esfuerzo, tratando de calcular las jornadas de camino y las que tenían aún por
delante. Para él, los días no significaban nada y por ello todo le parecía
confuso. Si el esfuerzo que estaban realizando acababa dando fruto y llegaban a
su destino, allá en ecuador, no, no importaba el tiempo empleado, fuera el que
fuera. Si, por el contrario, lo que se hacía estaba condenado al fracaso, un
solo día era demasiado. Se encogió de hombros.
—ramiro
no lo sabe –confesó–.
Ramiro
sólo sabe que volverá a su pueblo, en el curaray...
—pero,
¿y nosotros? –inquirió arquímedes–. Prometiste conducirnos, pero si no cazamos
pronto, estaremos perdidos. Tú puedes subsistir con cualquier cosa, casi te
alimentas de aire, pero nosotros parecemos cadáveres.
—ramiro
no pensó que los blancos no son aucas –admitió el indio–. Ramiro cometió un
gran error, y se siente entristecido. Ramiro daría su vida por salir de este
bosque maldito que nada de comer ofrece.
—¿qué
harías si estuvieras solo?
—ramiro
seguiría adelante; siempre adelante, sin detenerse un instante.
—no
soportaríamos esa marcha. Tú lo sabes.
‘poco–poco’
guardó silencio. Pensaba. Al fin señaló:
—ramiro
podría correr y correr y buscar comida que traeros.
—nos
perderíamos –señaló ‘el nordestino’–. Sin ti, para nosotros todos los árboles
son iguales. No sabemos dónde está levante, ni poniente, ni hacia dónde debemos
dirigirnos.
—ramiro
dejaría marcas en los árboles que señalarían el camino.
A
arquímedes le pareció que podía ser la mejor solución y fue a consultarlo con
howard. Éste se encogió de hombros con gesto fatalista:
—que
haga lo que le dé la gana –dijo–. Ya he perdido las esperanzas de llegar a ver nuevamente
el cielo.
Estoy
harto de agua putrefacta en repugnantes charcos, de no comer, y de estos
árboles. Si quiere ir delante, que vaya. Lo probable es que no vuelva, pero si
puede salvarse, no vamos a impedírselo. Ha sido un buen compañero, y si
seguimos vivos es gracias a él.
El
indio se fue esa misma mañana, y lo vieron partir con la seguridad de que jamás
regresaría. Ramiro no volvió ni una sola vez el rostro. Se limitó a cortar con
su machete la corteza de un árbol en forma de cuña que señalaba el sur, y en
aquella dirección se alejó.
Poco
después le siguieron lentamente. De trecho en trecho encontraban idénticas
marcas que les iban conduciendo tras sus huellas, y, sin embargo, tenían la
sensación de que cada árbol marcado iba a ser el último.
El
abandono, la soledad, la angustia, se hicieron más agobiantes. Les daba la
impresión de que habían recorrido una y otra vez el mismo camino y que los
árboles marcados eran los de horas antes, y se encontraban dando vueltas y más
vueltas. Howard se emperró en marcar a su vez los troncos, para tener luego una
prueba de que, en efecto, ya habían pasado por allí. Iban como autómatas, sin
ver más que lo que tenían delante, y a veces ni siquiera llegaban a verlo,
tropezando con árboles de más de dos metros de diámetro y cayendo al suelo sin
razón alguna como si seres invisibles les hubieran puesto la zancadilla.
Llegó
un momento en que arquímedes se asustó al advertir que se encontraba solo.
Descubrió que claudia y howard se alejaban cada uno en una dirección, sin rumbo
fijo, como hipnotizados por el bosque. De haber tardado unos minutos en
advertirlo, habrían desaparecido entre los árboles y desde ese momento podían
darse por perdidos definitivamente. Gritó sus nombres, y no atendieron. Disparó
al aire varias veces y fue como si hubieran salido de un profundo sueño.
Regresaron,
sorprendidos de haberse separado.
—no
comprendo qué ha ocurrido –comentó ‘el gringo’–. Estaba seguro de ir detrás de
ti. Pensaba en algo, no sé en qué...
—volverá
a suceder –señaló arquímedes–, y tal vez nos perdamos realmente. Sólo hay una
solución:
Amarrarnos.
Lo
hicieron, utilizando los mecates de subir a los árboles. Arquímedes, más
entero, iba delante; le seguía claudia, y howard cerraba la marcha.
Buscaron
el último árbol marcado por ramiro y siguieron la ruta. Esa noche durmieron
atados y por la mañana les costó un gran esfuerzo reanudar el camino.
Arquímedes tuvo la seguridad de que no resistirían más de medio día.
Afortunadamente las señales de los árboles continuaban apareciendo, y no habían
encontrado ninguna de las hechas por ‘el gringo’, lo que demostraba que no
andaban dando vueltas.
Estaban
a punto de detenerse nuevamente, agotados, cuando llegó, volando por entre los
árboles, el sonido de un disparo. A éste siguió otro y luego una ráfaga que era
como una voz que viniera desde lejos.
—¡ramiro!
Echaron
a correr enloquecidos hacia el punto del que había llegado el ruido, disparando
a su vez, y obteniendo respuesta a sus disparos, cada vez más cerca, hasta que
al fin, entre los altos árboles, apareció la familiar silueta de ramiro, al que
seguía un grupo de guerreros que cargaban a la espalda cestos de comida; yuca,
maíz, plátanos, tortugas, perdices...
Tan
sólo cuando estuvieron llenos a reventar, se sintieron en condiciones de
atender las explicaciones de ramiro y fijarse en el aspecto de quienes le
acompañaban: indios sonrientes y de aire atontado, algunos de los cuales
presentaban claras muestras de llevar sangre blanca en las venas.
—¡ramiro
encontró un poblado! –explicó el indio–. Un gran poblado a la orilla de la
laguna, con gente pacífica. Entre ellos vive un anciano blanco. Apenas ve y
pronto morirá, pero parece muy respetado por todos y es padre o abuelo de
muchos de la tribu.
Todo
era como ramiro explicó. El anciano dijo llamarse olaf bibin y era sueco. Había
llegado al amazonas cincuenta años atrás formando parte de un grupo de
naturalistas, y decidió quedarse para siempre. Más tarde confesó, sin embargo,
que en realidad no había llegado como naturalista, sino que fue, en un
principio, misionero.
El
atractivo de las indias pudo más que sus convicciones y admitió que no podía
seguir predicando cuando no sabía hacerlo con el ejemplo.
Continuó
en la tribu, y en ella tuvo ocho esposas, una veintena de hijos y unos
cincuenta nietos, estando considerado, no oficialmente, guía o cacique de la
comunidad.
Les
ofreció toda la hospitalidad que pudieran encontrar en el poblado, invitándoles
a quedarse cuanto tiempo necesitaran para recuperar fuerzas, y prometiéndoles
abastecimiento y guías hasta territorio colombiano cuando decidieran seguir el
viaje.
En
los alrededores del poblado se extendían campos de cultivo cuidadosamente
atendidos por las mujeres, y en la laguna abundaba la pesca, por lo que la vida
de los indígenas podía considerarse agradable dentro de su extrema sencillez.
Olaf
había enseñado a su pueblo todo lo que la civilización podía aportar de
positivo a su vida en la selva, e incluso, sin tratar del cristianismo tal como
él lo concebía en un principio, les había imbuido la idea de un dios único y
compasivo, pero justo, al que algún día habrían de rendir cuentas.
No
le pasó inadvertido el mutismo de claudia, y cuando se encontró a solas con
arquímedes quiso saber la razón.
‘el
nordestino’ le contó cuanto había ocurrido, y que en aquellos dos meses no
había abierto la boca.
Esa
tarde, cuando el sol se ocultaba más allá de la laguna y claudia lo contemplaba
desde el porche de la cabaña que le había sido destinada, olaf llegó muy
despacio, según su costumbre, a causa de su escasa vista y se sentó junto a
ella.
—es
un hermoso paisaje, ¿verdad? –comentó–. Lo he contemplado miles de veces, y
aunque ahora mis ojos apenas pueden verlo, sería capaz de describirlo punto por
punto. Incluso podría decir en qué momento van a cruzar los patos, volando muy
a ras del agua, para recortarse contra el sol que ya se está escondiendo.
Claudia
le miró, y en esa mirada había una cierta simpatía o amistad, pese a que no
respondió. El anciano no pareció molestarse por ello, y continuó:
—este
es un buen lugar para vivir.
Hermoso
para quien sepa apreciar las puestas de sol, la vida en paz, y el discurrir de
los días sin amenazas.
Al
principio parece que va a costar trabajo acostumbrarse, pero llega un momento
en que se comprende que tenemos cuanto se necesita para vivir con nosotros
mismos y aguardar sin miedo a envejecer y morir. Cuando muera, que no tardaré
mucho, mis hijos y mi pueblo me sumergirán en el río y dejarán que las pirañas
me devoren. Luego depositarán mi esqueleto sobre un hormiguero para que las
hormigas rojas acaben de limpiar mis huesos, y me conservarán así en el lugar
de honor, en casa de mi primogénito. Venerarán cuanto tengo que no es
perecedero: mis huesos que tardarán mucho en convertirse en polvo, y mi
recuerdo que también tardará en desaparecer de sus memorias. ¿qué más puedo
desear, si todos estos años he sido feliz?
Claudia
le miró largamente, dudó, parecía que luchara consigo misma y al fin se decidió
a hablar:
—¿en
qué han quedado entonces sus sueños de juventud? ¿todos los votos y promesas
que hizo de venir a civilizar a estas gentes, traerles la fe y la voz de
cristo?
—no
han quedado en nada, porque me di cuenta de que no tenía derecho a hacerlo
–dijo olaf–. Comprendí que aunque su vida no era un edén, estaban atrasados y
padecían enfermedades, injusticias y a veces hambre, nuestro mundo no les iba a
ofrecer nada mejor, como tampoco nada mejor ofrecían las enseñanzas que traía.
Tal vez tendría que rendir cuentas más adelante por intentar hacer a esta gente
más infeliz de lo que era; por enseñarle a tener tantas necesidades absurdas
como tiene el hombre blanco; acostumbrándola a un mundo que nada bueno iba a
ofrecerle a cambio del suyo.
—¿no
intervinieron en ello las mujeres? –insinuó claudia.
—¿por
qué voy a negarlo? –dijo–.
También
intervinieron. No podía predicar la castidad cuando el cuerpo me pedía otra
cosa. En su sencillez, las muchachas llegaban cada noche a mi cabaña a ofrecer
a su amigo blanco lo único y lo mejor que tenían. Si dios no me había dado
fuerzas para resistirme a ello, cómo podía esperar que supiera enseñar a otros
a hacerlo.
—lo
comprendería si hubiera amado a una mujer –replicó claudia–. Pero andar así,
como un animal de una a otra...
—es
la costumbre de esta tribu, donde los hombres mueren en la guerra o en la caza,
y abundan las mujeres.
Su
moral exige que un hombre atienda por igual a varias mujeres, a las que debe
dar hijos que a su vez sean guerreros y cazadores. Todo se hace por la
continuidad, no por el acto en sí.
Si
mi tribu fuera monógama, habría desaparecido hace años.
—¿y
usted aprovechó eso?
—no
me aproveché; me adapté. Que me satisficiera o no es distinto, y libro conmigo
por ello una dura batalla. El fin se aproxima y me pregunto si me pedirán
cuentas por mi comportamiento, pero pienso en los años de felicidad, los
guerreros que he dado a la tribu y los que éstos engendrarán a su vez, y me
siento más satisfecho que si mi vida hubiera sido estéril y esta gente no
hubiera obtenido de mí más que hermosas palabras.
—no
creo que ésa fuera la idea cuando lo mandaron de misionero.
—los
que me enviaron no podían imaginar –entre las nieves de sueciaqué clase de vida
iba a encontrar aquí. Creo que mi camino estaba más en lo que he hecho que en
lo que ellos me marcaron.
Claudia
no respondió, le miró largamente y al fin preguntó:
—¿por
qué me cuenta todo esto?
El
viejo sonrió. Guardó silencio largo rato, y al fin dijo:
—porque
he querido hacerte ver que por muy marcado que esté el rumbo de una vida, y yo
tenía más años que tú cuando llegué aquí, nunca es tarde para encontrar un
nuevo camino, aunque vaya en sentido totalmente opuesto.
El
único error es creer que todo ha terminado, sea cual sea el momento en que
pensamos eso. La vida sigue y debemos seguir con ella, buscando un nuevo
destino.
—yo
lo desearía –admitió claudia–. Pero creo que mi vida nunca cambiará. Parezco
destinada a pasar de hombre en hombre sin que mi voluntad intervenga, como si
no fuera un ser humano, sino un objeto. ¿puede imaginar lo que siento tras años
de ser considerada sólo objeto? Me compran, me venden, me guardan, me regalan,
me esconden, me usan... Y yo jamás tengo nada que ver con ello.
—¡rebélate!
—ya
me he rebelado. Al que me quiera tocar, lo mato. Al que me quiera comprar, lo
mato. Al que me quiera apresar, lo mato. Es como si hubiera encontrado de
pronto una forma de liberarme. Es tan sencillo... Un simple cuchillo y destruyo
más fácilmente de lo que habría imaginado nunca que podía hacerse.
—pero
no podemos disponer así de la vida de los otros.
—¿quién
lo ha dicho? ¿no han dispuesto de mí durante años? Me defiendo. Únicamente me
defiendo, padre, y seguiré haciéndolo pase lo que pase.
Olaf
se envaró.
—no
me llames padre –pidió–. Hace mucho que dejé de oír esa expresión en el sentido
en que la empleas. Ya no tengo derecho a ella.
—sin
embargo –insistió claudia–, al hablarle me da la impresión de que lo hago a un
sacerdote; a mi viejo confesor de san francisco, allá en caracas. Si no fuera
así, no hablaría con usted.
—¿por
qué no quieres hacerlo con tus compañeros? Te aprecian; se ocupan de ti. Les
agradaría que de vez en cuando les dijeras algo.
—no
tengo nada que decirles. Me conocieron como objeto, me ven aún como objeto y me
oyeron aquella noche.
Me
averguenza haber gritado y me avergonzaré siempre ante los que me oyeron. Tenía
que haber resistido y no darle a sierra el placer de oírme.
Hacerle
creer que nada de aquello me importaba; que después de haberlo soportado
durante dos años, podía soportar treinta caucheros.
—tienes
que olvidarte de todo eso.
Claudia
permaneció largo rato contemplando el lago, que ya se sumía en las tinieblas.
Pensaba en lo que el anciano decía, y al fin se volvió a él.
—es
fácil decir “olvida”. Incluso es fácil decirse a sí mismo “voy a olvidar”, pero
no lo es tanto hacerlo realmente. Sobre todo cuando, en el fondo, no se desea.
Más de cincuenta hombres me han poseído hasta el presente, y todos, menos dos,
contra mi voluntad. El día que me vengue de ellos podré empezar un nuevo
camino.
—la
venganza: sobre todo una venganza tan absurda, no te llevará a parte alguna.
—¿quién
dijo que yo quiera ir a alguna parte? –replicó claudia suavemente.
Luego
dio media vuelta y entró en la choza.
Olaf,
entristecido, permaneció allí hasta que ya todo eran tinieblas y una de sus
hijas vino a buscarlo para conducirle a la cabaña grande donde sus huéspedes lo
aguardaban para cenar.
Al
entrar, arquímedes y ‘el gringo’ se adelantaron.
—¿logró
hablar con ella? –quiso saber ‘el nordestino’.
El
viejo asintió.
—¿qué
dijo?
—muchas
cosas. Pero sólo saqué en limpio que quiere destruirse. Lo busca con todas sus
fuerzas y si no encuentra pronto alguien que lo impida, lo conseguirá.
—¿podría
ser usted? –inquirió howard.
—no
–negó olaf–. Ya soy demasiado viejo. Ni vosotros ni nadie que yo conozca.
Quiera dios que salgáis pronto de estas selvas, y la llevéis a caracas, el
único lugar donde quizá pueda encontrar la paz. Allí, entre las cosas
conocidas, con la vuelta a su infancia, tal vez acabe por olvidar.
—eso
es lo que he pensado siempre –señaló arquímedes–. ¡pero caracas está aún tan
lejos...!
El
poblado de la tribu de olaf, al que él mismo había puesto el nombre de “el
refugio”, estaba formado por unas cuarenta grandes cabañas de cañas y adobe, y
media docena más de otras menores, en las que vivían los ancianos o solteros,
aunque, en realidad, de éstos había pocos.
Cada
guerrero habitaba con siete u ocho mujeres y sus hijos en una de las grandes.
Había otra destinada a algo que podía considerarse escuela, y una última,
bastante apartada, donde las esposas iban a reunirse en aquellos días del mes
en que no estaban en condiciones de engendrar, o cuando se encontraban a punto
de dar a luz.
En
conjunto, en la vida de la comunidad no existía más propiedad privada que las
viviendas y las esposas, lo cual tampoco era tenido muy en cuenta, ni
considerado a rajatabla, pues en las noches siguientes, varias de las mujeres
acudieron a hacer visitas amorosas a howard, a ‘el nordestino’ y al mismo
ramiro. Sus maridos no parecieron ofenderse por ello, sino más bien felices del
honor que se les dispensaba, o del trabajo que se les ahorraba.
Una
de ellas pareció entusiasmarse particularmente con el pelo rojo, los grandes
bigotes y las restantes cualidades del americano y acudió al viejo olaf a
rogarle que convenciera a ‘el gringo’ para que se la llevara consigo cuando
siguiera viaje.
Olaf
transmitió la petición, pero, naturalmente, howard no quiso ni hablar de ello.
Bastantes problemas tenían ya para pensar en cargar con otra mujer.
Los
días que permanecieron en “el refugio”, unos veinte, fueron sin duda los días
más felices que recordaban en mucho tiempo, pero llegó un momento en que
comprendieron que tenían que tomar una decisión: continuar adelante o quedarse
para siempre.
‘poco–poco’
era el más deseoso de seguir la marcha, y llegó un día en que les puso en el
dilema de continuar con él o verle partir. No quería detenerse más cuando se
sentía relativamente cerca de su tierra.
Esa
misma tarde, y mientras pescaban en la laguna, arquímedes y ‘el gringo’
comentaron el ultimátum que el indio les había dado:
—hasta
cierto punto –admitió el americano–, tiene razón. Si seguimos así, esta vida
fácil, este no hacer nada, comer bien y tener mujeres nos irá relajando.
Llegará un día en que no nos arrancarán de aquí ni a palos.
No
es mi deseo convertirme en un varado de la selva; uno de tantos que, como olaf,
no han sabido sacudirse a tiempo la modorra de estas tierras.
—en
realidad no es tan mala vida –comentó arquímedes–. ¿qué nos va a dar la
civilización que valga más que esto? Problemas, nada más que problemas.
—es
cierto –admitió el pelirrojo–.
Pero
yo nací para tener problemas y los he tenido siempre, que recuerde.
Dos
veces he estado a punto de que me ahorquen y otras dos he sido millonario. He
pasado cuatro años en la cárcel y uno y medio de esclavo de caucheros. Me he
acostado con muchas mujeres, la mayoría casadas; me han perseguido por toda
norteamérica, de san francisco a nueva orleans, y ahora me andan persiguiendo
por media sudamérica. No, no creo que esté destinado a quedarme tranquilamente
a la orilla de un lago, junto a un grupo de salvajes a los que ni siquiera
entiendo. Me voy con ramiro, y lo que sea sonará. Creo que aún tengo cuerda
para rato. ¿vienes?
—quedamos
en que iríamos juntos hasta el fin –señaló arquímedes–. No he sido nunca más
que un desgraciado semianalfabeto; no tengo adónde ir cuando salga de ésta, y
quizá quedarme sería lo mejor, pero me daría la impresión de que me he
conformado, como siempre, con lo poco que me ofrecían. Voy contigo.
—¿hasta
dónde? –quiso saber ‘el gringo’.
—hasta
donde uno de los dos prefiera continuar solo. Por mí no debes preocuparte.
—¿mañana,
entonces?
—mañana.
—¿y
claudia? –inquirió howard–.
Quizá
sería mejor que se quedara.
—dejemos
que decida. Prometimos llevarla con nosotros, y yo no pienso romper mi promesa
aunque viajaríamos mejor solos.
—¿estás
cansado de ella?
—no.
Únicamente quisiera comprenderla mejor y ayudarla si fuera posible. A veces
pienso que nuestra huida tiene un doble valor llevándola con nosotros. No
estamos únicamente tratando de salvar la vida.
—a
mí me asusta –confesó el norteamericano–. No sé qué hay en ella que me hace
temer como si fuera a estallar, destrozándonos. Es la primera vez que encuentro
a una mujer que le gusta matar, y eso me desconcierta.
—¿crees
que realmente le gusta?
‘el
gringo’ afirmó convencido.
—estoy
seguro –dijo–. Cuando alguien se recrea en matar, cuando no se pone nervioso al
hacerlo y luego permanece indiferente, como si lo que hubiera hecho fuera lo
más natural del mundo, es un auténtico asesino.
—pero
eso es una barbaridad –protestó arquímedes.
—yo
no entiendo mucho de mujeres –confesó ‘el gringo’–. Jamás me he preocupado de
saber cómo piensan o cómo sienten, más que en la cama.
Pero
te aseguro que si yo fuese claudia, también andaría por ahí matando gente por
el simple placer de hacerlo. Lo único que debemos procurar es que no elija a
uno de nosotros.
Esa
misma noche, olaf le propuso a claudia quedarse en “el refugio” aunque lo hacía
convencido de que no lo haría.
La
muchacha, en efecto, se negó.
—quiero
regresar a caracas –dijo–. Quiero volver a san francisco, bajar a la orilla del
guarre, a ver cómo se aleja hacia los cafetales, o subir al ávila, como subía
con mi padre cuando niña, a contemplar desde allí la ciudad escondida en el
fondo del valle. ¿conoce caracas?
Olaf
negó con un gesto.
—es
una ciudad pequeña –continuó claudia–. Una capital de aire provinciano, en la
que todo el mundo se conoce; en la que por las tardes las chicas salen
acompañadas de sus ayas negras a pasear para encontrar novio y conocer, aunque
sea de lejos, al último forastero. No hay mucho que hacer para una chica, más
que ir a misa por la mañana y bordar el resto del día.
Pero
allí todo es paz y silencio, y el clima es tan suave... Abajo, en la costa, en
la guaira, el calor resulta agobiante, insoportable, pero arriba, en caracas,
las tardes son frescas y las puestas de sol tan hermosas como jamás vi otras.
Quiero volver.
Al
día siguiente, bien abastecidos y acompañados por tres indígenes de “el
refugio” reanudaron la marcha y en cinco días, por escondidos senderos que los
guías parecían conocer perfectamente, llegaron al gran río putumayo, justamente
en el punto en que cruzaba la frontera entre colombia y brasil. Sabían que allí
el territorio colombiano se angostaba, formando una especie de cuello, y por el
putumayo, aguas arriba, podrían cruzarlo en cuatro días. Necesitaban sin
embargo una curiara, y los hombres de olaf ofrecieron quedarse a ayudar a
construirla. Buscaron un árbol recio que a los indígenas les pareció apropiado
y lo derribaron. Luego, trabajando sin descanso de la mañana a la noche,
consiguieron, en tres días, una buena curiara vaciada al fuego, amplia y resistente,
aunque algo pesada.
Esa
misma noche iniciaron la ascensión del río, mientras los indígenas regresaban a
su “el refugio” natal.
Arquímedes
y howard habían decidido de común acuerdo navegar de noche y esconderse de día,
pues no tenían ni la más remota idea de qué podrían encontrar en colombia, y si
la gente de echevarría andaba o no por aquellos andurriales. De echevarría como
de sierra o los arana, podía esperarse cualquier cosa.
A
menudo cruzaban junto a rancherías, o lo que parecía un poblado, de donde
llegaban voces y risas, pero cuando eso ocurría, ramiro buscaba la protección
de la margen opuesta, lo que le recordaba a arquímedes la noche, tanto tiempo
atrás, en que cruzara frente a manaos, distinguiendo sólo sus luces en la
distancia. Antes de que comenzara a clarear, atracaban en la margen más densa,
subían a tierra su curiara, ocultándola con ramas, y montaban un escondido
campamento en lo más intrincado de la espesura. Por fortuna llevaban
abastecimiento suficiente y no tenían necesidad de buscar caza, alimentándose
del maíz, la yuca y las frutas que olaf les proporcionara.
Marcharon
de ese modo durante diez días, conscientes de que habían atravesado ya
colombia. Sabían que ahora el río servía de frontera entre ese mismo país y
otro que no estaban seguros de si sería perú o ecuador, pues tenían noticias de
que había habido guerra y el territorio estaba en litigio. Lo mejor era no
dejarse ver en una región inquieta, en la que no podrían justificar su
presencia sino a través de larguísimas explicaciones.
Howard
no estaba seguro de que sierra no hubiera presentado denuncia contra ellos por
asesinato, lo que, unido a la recompensa, les pondría en pésima situación.
Hasta que se supieran en ecuador, mejor era seguir ocultándose.
Por
otra parte preferían remar aprovechando el frescor de la noche sin tener que
sufrir los rigores del sol amazónico, dejando pasar las calurosas horas del día
a la sombra de los altos árboles.
El
putumayo, lento y calmoso, no presentaba más inconveniente que sus infinitas
vueltas y revueltas, lo que hacía que el viaje se prolongara, porque el terreno
era llano, sin un solo accidente, y las aguas iban como desperezándose por él,
tan lentas que se diría que, a veces, no corrían.
Una
tarde, ramiro se quedó contemplando fijamente un punto en la distancia, allá al
norte, sus ojos brillaron con una extraña intensidad y su voz tenía un nuevo
matiz cuando, llamando a sus compañeros, señaló hacia allá y dijo:
—¡montañas!
Esforzaron
la vista pero no pudieron distinguir absolutamente nada en aquel horizonte
infinitamente verde.
—no
las veo –confesó arquímedes.
—ramiro
ve montañas –aseguró el indio–. Son los andes, la sierra...
¡hemos
llegado!
Esas
dos palabras, “hemos llegado”, tuvieron la virtud de conmover a los otros que
hubieran dado cualquier cosa porque sus ojos fueran capaces, como los del indio,
de distinguir allá a lo lejos las montañas.
—ramiro
cree que debemos abandonar el putumayo. Ramiro sabe que pronto alcanzaremos el
napo. El napo es río conocido por ramiro. En él domina su pueblo, en poco
tiempo llegaremos al curaray.
Ni
arquímedes ni ‘el gringo’ contestaron. Asintieron en silencio, porque lo que de
verdad les habría gustado era comenzar a dar gritos, abrazarse entre sí y
abrazar también al indio, convencidos de que, efectivamente, sus padecimientos
estaban a punto de concluir. La libertad se encontraba cerca, al alcance de la
mano.
Aún
navegaron una noche más por el putumayo, y a la amanecida, abandonaron la
curiara y se internaron en la selva, hacia el oeste, en busca del gran napo.
Marcharon
durante seis días sin problemas, y ramiro no dudaba en utilizar todas las
trochas que encontraban en su camino.
Aseguraba
que aquéllas eran tierras ocupadas por cofanes, alamas o yumbos, y que todos
ellos eran pacíficos, acobardados por las continuas “razzias” de los caucheros
peruanos, gentes de arana que llegaban hasta allí, como hasta territorio auca
en busca de esclavos. No debían temer de esos indios ataques ni emboscadas,
pero tampoco podían esperar ayuda, pues cuando advertían su presencia, huían a
lo más profundo de la espesura.
Día
a día, la lejana línea de la sierra se fue haciendo cada vez más clara, y
ramiro señalaba entonces dónde quedaba cada montaña y por dónde bajaba cada
río. El alto cayambe, allá muy lejos, por el que pasaba la mitad justa de la
tierra; el reventador, constantemente dando sustos a los indios con sus
erupciones y a cuyos pies corría el coca, río maldito, inaccesible nido de
murciélagos, vampiros y serpientes. El payarmino, nombre que antiguamente
llevara ‘poco–poco’, y que bajaba muy cerca del coca, pero más tranquilo.
Luego, a la izquierda, el antisana, un alto volcán al que jamás llegaba ningún
indio de la selva, y al fin el sangay, cuya eterna columna de humo y blancas
nieves parecían dominar todo el oriente ecuatoriano. En el sangay dormían
muchos de los dioses aucas, y su humo era una constante advertencia de que
estaban allí, vigilando a su pueblo. Por último, ramiro señaló el punto por el
que debía correr el curaray, el más hermoso río del mundo, el río en el que
nació y por el que los llevaría a tena.
—exactamente
allí, detrás de aquellas montañas, está la ciudad que nunca habla de caucho.
—¡quito!
El
napo apareció ante ellos, tranquilo, ancho y majestuoso. Traía aguas nacidas de
las nieves de altos picachos; aguas que bajaban, lentas, a engrosar el
gigantesco cauce del más grande de los ríos: el amazonas.
Eran
aguas turbias, aunque de vez en cuando entraban al cauce mayor ríos de aguas
limpias que pronto se mezclaban con las otras, desapareciendo.
Bajaba
ahora el napo con escaso caudal, y casi podrían haberlo cruzado a nado, pero
ramiro prefirió construir una tosca balsa, y en ella se lanzaron al agua, y se
dejaron arrastrar por la lenta corriente, hasta que les depositó en una playa
de la orilla.
Ramiro
saltó a tierra, se agachó y tomó en la mano un puñado de arena mojada con la
que se restregó brazos y pecho.
—esto
es territorio auca –dijo–.
Tierra
auca, arena auca, agua auca...
Luego
se internaron en la espesura aprovechando el primer sendero que encontraron y
anduvieron por él largamente hasta desembocar en un amplio claro en el que se
distinguían los restos de un poblado del que ya no quedaban sino los armazones
carbonizados de algunas chozas.
—caucheros...
Siguieron
monte adentro por un nuevo camino, y dos horas después encontraron idéntico
espectáculo, y así fueron recorriendo la zona, de poblado en poblado, sin
hallar más que desolación, hasta que, de pronto, en lo más intrincado de la
espesura, cayeron sobre ellos una docena de guerreros que parecían haber nacido
de la misma tierra.
Ramiro
gritó rápidamente palabras ininteligibles, y con los brazos abiertos se colocó
ante sus compañeros, de cara a los pintarrajeados salvajes, que dudaron unos
segundos. El indio no paraba de hablar con grandes aspavientos, y al fin logró
que los indígenes se interesaran por sus explicaciones y depusieran
momentáneamente las armas.
Howard
y arquímedes, que desde el primer instante habían amartillado sus rifles,
respiraron tranquilos; en aquella espesura, de poco les habrían valido los
rifles frente al número de sus enemigos.
Cuando
ramiro pareció haber convencido a su gente, se volvió a ellos.
—ramiro
pide disculpas en nombre de su pueblo –dijo–. Constantemente están siendo
asaltados por la gente de arana, que continúa llevándolos a las caucherías. La
gran nación auca está a punto de desaparecer.
Los
condujeron luego, durante seis largas horas, por entre intrincadas trochas, a
lo más profundo del monte, lugar prácticamente inaccesible para quien no
conociera el camino, y donde, a todo lo largo de una especie de antigua
barranca o cauce seco, se abría un pequeño claro acondicionado como poblado o
campamento provisional.
Había
allí hombres, mujeres y niños de rostro asustado; gente huida y acorralada, que
contemplaba con espanto a los blancos, como si esperara de ellos nuevas
persecuciones y nuevas atrocidades.
El
pueblo auca, originariamente próspero y pacífico, que había recibido siempre
con sonrisas a cuantos extraños llegaran a sus tierras, se encontraba ahora,
por culpa de la fiebre del caucho, misérrimo, temeroso y desesperado. Habían
tenido que abandonar sus fértiles tierras de las orillas del napo y el curaray,
campos que les habían costado generaciones poner en explotación, y tenían que
refugiarse en aquel barranco, condenados a pasar hambre, alimentándose de lo
poco que podían cazar los escasos guerreros que habían logrado escapar a la
rapiña de los buscadores de esclavos.
Se
sintieron felices por el regreso de ramiro, al que abrazaron efusivamente, pero
se entristecieron al conocer la muerte del jefe tipuany y tantos otros, así
como por la certeza de que los sobrevivientes de aquella expedición capturada
se encontraban en el lejano curicuriarí, del que no habían oído hablar y del
que al parecer resultaba improbable que volvieran.
Ramiro
fue acogido con honores de héroe, y sus compañeros, atendidos como amigos y
aliados del pueblo auca, lo cual no conseguía evitar que, sobre todo las
mujeres y los niños, los miraran con terror.
Los
ancianos se apresuraron a pedir consejo a ramiro, ¡que tanto mundo había
corrido!, sobre la conducta a seguir, pues, aunque se habían escondido bien,
temían que cualquier día la gente de arana diera otra vez con ellos.
Campamentos como aquél se extendían a todo lo largo del territorio, refugiando
a los sobrevivientes de la raza auca, pero, poco a poco, era de temer que los
esclavistas los fueran localizando.
Arquímedes
quiso saber qué apoyo estaban recibiendo de las autoridades ecuatorianas y si
éstas tomaban medidas contra los hombres de arana.
Aunque
las explicaciones de los indígenas resultaban confusas, sacaron en limpio que
había habido guerra, perdiendo en ella ecuador gran parte de su territorio. La
zona auca se encontraba ahora dividida por lo que resultaba muy difícil que los
ecuatorianos pudieran protegerles, ya que nadie sabía, a ciencia cierta, dónde
empezaba un país y terminaba otro.
Los
arana, a quienes muchos culpaban de la guerra por sus ansias de apoderarse de
caucherías ecuatorianas, campaban por sus respetos en la zona peruana, y su
ejército particular causaba auténticos desmanes entre la población. Los
ecuatorianos tuvieron que huir más allá de las nuevas fronteras.
Todo
era confuso y los ignorantes aucas no podían explicarse lo que ocurría. Tan
sólo sabían que no había paz ni seguridad en parte alguna y no tenían adonde
acudir. Los ecuatorianos, desconcertados por la alevosa invasión y la derrota,
no sabían, tampoco, qué decisión tomar. Cuando los indígenas venían a
presentarles quejas, no se atrevían a tomar drásticas medidas, temerosos de
avivar el conflicto bélico y sabedores de que se encontraban en inferioridad
numérica y peor armados que sus enemigos.
Al
correrse la voz por el territorio de que ramiro, hermano del gran jefe tipuany,
había regresado en compañía de tres blancos que parecían amigos, la mayoría de
los guerreros de los grupos escondidos aquí y allá, acudieron a verle, buscando
remedio a su desdichada situación. Pronto se reunieron en la barranca una
docena de los principales jefes aucas que seguían con vida, y howard y
arquímedes pudieron advertir que ramiro se había ganado con su hazaña, la
admiración de todos; en especial los guerreros más fogosos. El indio, por su
parte, no parecía dispuesto a perder esa oportunidad de ser algo más que el
hermano del fallecido tipuany.
Las
deliberaciones de los jefes se prolongaron durante tres días y tres noches, y
aunque claudia, howard y arquímedes comenzaban a impacientarse, deseando
continuar su camino lo más pronto posible, comprendieron que no era momento
para pedir a ramiro que los llevase a tena, como había prometido. Optaron por
quedarse, reponiendo fuerzas y esperando ver en qué acababa todo aquello.
Presentían que el pueblo auca estaba a punto de tomar una decisión importante,
y deseaban ser testigos.
—ramiro
quiere hablar –dijo–.
Ramiro
está preocupado porque esta noche los jefes decidirán qué debe hacer el pueblo
auca. Piden el consejo de ramiro, que ha conocido las caucherías y el sistema
de los blancos, y ramiro no puede decir más que una cosa: guerra a muerte al
hombre blanco. Pero ramiro, antes de intentar que su criterio prevalezca,
quiere saber qué piensan sus amigos.
Howard
y arquímedes guardaron silencio. Tenían formada ya una idea de cuanto ocurría,
y habían comentado entre sí la situación, pero comprendían que tal vez de lo
que dijeran dependía en parte el destino de aquella gente. Sin embargo, tanto
uno como otro habían sufrido en la carne los métodos de los caucheros y sabían
por experiencia el triste fin que tenían cuantos indígenas caían en sus manos.
—guerra
–dijo howard.
—guerra
–añadió arquímedes–.
Pero
guerra total. Cierren el territorio, tiendan trampas, y no permitan que ningún
blanco, sea quien sea, entre aquí. Nada bueno traerá, venga de donde venga.
—los
ancianos alegan que algunos ecuatorianos no han sido malos con nuestro pueblo
–observó ramiro–.
Curaron
enfermos, nos dieron alimento en los años malos, nos enseñaron cosas que
ignorábamos. ¿debemos romper también con ellos?
—si
pretenden estar con un pie dentro y un pie fuera, nunca solucionarán el
problema –señaló arquímedes–. Seguirá esta situación, que a nada conduce. Deben
convencer al blanco, amigo o enemigo, de que no se le quiere aquí. Mientras no
aprendan a respetar y temer, continuarán siendo sus víctimas.
Ramiro
hizo un gesto afirmativo:
—ramiro
se alegra de que piensen como él piensa. Ahora puede ir libremente ante los
jefes y gritar una y otra vez, ¡guerra!
Se
puso en pie y salió de la cabaña. Howard y arquímedes lo vieron alejarse sin
comprender que en ese momento habían lanzado a la nación auca a una batalla que
no terminaría nunca; una batalla en que se encerrarían totalmente en sí mismos,
regresarían a la edad de piedra y, limitados a sus quinientos kilómetros de la
orilla derecha del napo, perderían todo contacto con el mundo y retrocederían
siglos. Mucho más atrás de cuando los primeros españoles llegaron a sus
tierras.
Cien
años después, los aucas continuarían luchando en esa misma guerra a la que se
arrojaron aquella noche, empujados por las atrocidades de los caucheros
peruanos.
A la
mañana siguiente, muy temprano, ramiro vino a comunicarles la decisión de los
jefes. El pueblo auca declaraba guerra a muerte a todos los extranjeros, fueran
blancos o indios, y perteneciesen a cualquier país, tribu o religión. El auca
no respetaría más que la vida auca, y ellos, sus amigos, tenían tres días, por
deferencia especial hacia ramiro, para abandonar el territorio y cruzar el
napo.
Por
su parte, él, ramiro, había sido nombrado caudillo de los guerreros, y en su
calidad de tal, debía conducir la lucha y dejar de demostrar amistad, desde ese
momento, a los blancos.
—ramiro
se entristece –concluyó el indio–. Pero ahora tan sólo debe escuchar lo que los
jefes dicen, y no pensar más que en su pueblo. Tendrán una curiara y comida. En
dos días, curaray arriba, llegarán a un pueblo destruido, desde el que una
trocha lleva en poco tiempo al napo y luego a tena. Allí están a salvo. Dice mi
gente que por todas partes andan los hombres de arana. Dentro de tres días
comenzaremos a matarlos, estén donde estén. Cuando dé esa orden, no pisen
territorio auca, pues nada podré hacer entonces por ustedes.
Dio
media vuelta y salió precipitadamente como si quisiera evitar las despedidas.
Howard y arquímedes se miraron un tanto perplejos, se encogieron de hombros y
comenzaron a preparar rápidamente cuanto querían llevarse. Arquímedes fue a
buscar a claudia y le pidió que estuviera lista para marchar de inmediato. La
muchacha hizo un gesto para indicar que ya lo estaba, y minutos después se disponían
a reemprender el camino.
Fuera
de la cabaña les aguardaban tres indios que, sin decir palabra, los condujeron
por una escondida trocha hasta el río curaray. De entre los arbustos sacaron
una curiara, la echaron al agua y cargaron en ella cuanto llevaban. Luego
dieron media vuelta y desaparecieron en la espesura.
Claudia,
howard y ‘el nordestino’ se encontraron solos a la orilla del río, y aunque
tenían alimentos y sabían cerca la meta, les dio la impresión de que se
encontraban desamparados, sin la seguridad que les proporcionaba la silenciosa
figura de ramiro. Habían perdido un compañero de viaje y un amigo, y ahora se
daban cuenta de hasta qué punto había llegado a resultarles imprescindible.
No
tuvieron problemas para alcanzar el poblado destruido, al que llegaron al
atardecer del segundo día, y tras pasar la noche en una de las pocas cabañas
que aún se mantenían medio en pie, tomaron muy de mañana la única trocha que se
abría, ancha, a espaldas de las chozas.
A
las seis horas de camino, pudieron escuchar claramente rumor de agua que
corría, y de pronto, en un recodo, apareció nuevamente ante ellos el gran napo,
ahora aguas arriba, a muchos kilómetros de cuando lo cruzaran por primera vez.
La trocha bordeaba el río a cierta altura sobre él, y descendía lentamente como
buscando la playa. Al otro lado, podían ver claramente los árboles de la orilla
en que ya estarían a salvo, fuera del territorio auca, en plena amazonia
ecuatoriana, lejos, probablemente, de las gentes del cauchero arana.
Al
doblar el último recodo se toparon, sin embargo, de improviso, con un tosco
campamento montado en un claro entre los árboles y en el que un hombre gordo
parecía dormir tumbado en un chinchorro, mientras otro se inclinaba sobre unas
piedras, tratando de encender fuego.
Unos
y otros se vieron en el mismo instante, y mientras el que encendía fuego
gritaba algo en español y se lanzaba sobre el fusil que aparecía apoyado en un
árbol, el gordo, con una agilidad increíble para su peso, se dejó caer del
chinchorro, esgrimiendo de inmediato un revólver. Howard fue más rápido;
disparó dos veces y el del revólver quedó muerto en el acto, mientras el otro
se llevaba la mano al estómago y se inclinaba sobre sí mismo, cayendo al suelo
con un gemido.
Arquímedes
y claudia no tuvieron tiempo de comprender cuanto había ocurrido, y su primera
intención fue acudir junto al herido, pero cuando se disponían a cruzar el
campamento, los detuvo una llamada de advertencia de ‘el gringo’. Sonaron dos
disparos.
‘el
nordestino’ buscó con la mirada y aún tuvo tiempo de ver a un hombre que,
tirando al suelo el cubo de agua que traía, había echado mano al fusil que
llevaba al hombro, disparando precipitadamente.
Howard
hizo fuego una vez más, pero el individuo buscó protección entre los árboles y
se ocultó. Ahora fue él quien volvió a disparar, y el trío tuvo que buscar
refugio a su vez, alejándose del campamento, intentando llegar a la protección
de la selva.
‘el
gringo’, más habituado a tales incidentes, se hizo pronto cargo de la
situación. Tras ordenar a claudia que se quedara muy quieta donde estaba, hizo
gestos a arquímedes para que avanzara hacia el desconocido por la izquierda,
mientras él lo hacía por la derecha rodeando el claro.
Fueron
largos minutos de tensión, sin que se escucharan más que los eternos rumores de
la selva y, de tanto en tanto, los lamentos del herido que iban quedando tras
ellos en el campamento.
Avanzaron
metro a metro, y casi al unísono llegaron al grueso árbol, una frondosa ceiba
tras la que se había escondido el individuo. A una señal de howard, saltaron
por cada lado, disparando, pero sus balas se perdieron en el aire y luego en la
maleza.
Tras
la ceiba no había nadie. Se miraron perplejos, y corrieron por el sendero, para
desembocar, a menos de veinte metros, en la orilla del río.
Pudieron
verlo: se alejaba en una curiara, remando rápidamente y se encontraba ya muy
cerca de la orilla opuesta, aguas abajo, desviado por la corriente.
Howard
maldijo en voz alta, y llevándose el rifle a la cara apuntó cuidadosamente y
disparó. La bala debió pasar muy cerca del fugitivo, que se tumbó de bruces en
la curiara, y tan sólo sacaba el brazo y los ojos para manejar la embarcación.
‘el gringo’ repitió suerte una y otra vez, y aunque alcanzó la curiara, sus
balas no llegaron al hombre, que cuando vio la orilla dio un salto, abandonó su
embarcación y desapareció como tragado por la espesura.
Volvieron
sobre sus pasos en busca de claudia, y ‘el gringo’ maldecía por haber dejado
escapar al hombre de arana. En el claro el herido continuaba lamentándose
aunque cada vez más débilmente, y claudia, cerca de él, aparecía pálida y
transfigurada, mucho más impresionada por lo ocurrido de lo que cabía imaginar
en quien tantas muertes había visto ya.
No
obstante, la razón de su lividez no era la muerte; cuando llegaron a su lado,
se limitó a mostrar las prendas de vestir que habían encontrado colgadas de una
rama. Eran chaquetas de uniforme, y una de ellas lucía las insignias de
teniente.
En
el brazo, sobre un escudo multicolor, podía leerse un solo nombre:
‘ecuador’.
Howard
y ‘el nordestino’ se miraron consternados. Les costaba creer lo que resultaba
evidente, y se precipitaron junto al herido que, apoyado contra un árbol,
aparecía sentado en un gran charco de sangre. Su rostro estaba contraído por el
dolor, lívido y ceniciento, y resultaba claro que no iba a durar mucho.
Arquímedes se arrodilló junto a él, obligándole a que le mirara, y preguntó
nervioso:
—¿quién
eres?
El
hombre, apenas un muchacho de algo más de veinte años, lo comtempló con una
mirada turbia y perdida, y al hablar, un hilo de sangre escapó por la comisura
de sus labios.
—¡malditos
caucheros! –masculló–.
Malditos
caucheros. Los ahorcarán por esto.
—pero
¿quién eres? –repitió arquímedes–. Por favor, ¿eres ecuatoriano?
El
herido señaló con la cabeza hacia el cadáver de su compañero.
—ése
era el teniente buitrón –susurró–. Yo, el cabo andrade.
¡los
ahorcarán por esto! Lo juro, peruanos. ¡caucheros, hijos de puta!
¡los
ahorcarán...!
Luego,
fatigado, asaltado por un súbito dolor, guardó silencio y se aferró las
entrañas como si quisiera arrojar de ellas aquel tormento insoportable. Claudia
habló por primera vez desde que saliera del poblado de olaf.
—¿qué
podemos hacer por él?
Howard
movió la cabeza negativamente. Cuando disparaba sabía lo que hacía: con una
bala del 38 en el estómago, nadie tenía esperanzas de vivir, y menos allí, en
plena selva, lejos de cualquier médico.
Prefirió
desentenderse del herido, y rebuscó algún documento entre las ropas. Lo que el
hombre dijera era cierto: teniente buitrón, cabo primero andrade, y soldado
carrasco, de patrulla por el alto napo, con orden de proteger a los indios de
las “razzias” de los caucheros peruanos.
No
podían hacer más que sentarse, encender el fuego que el herido tenía ya listo y
preparar café, al que no faltaba más que el agua...
Cuando
claudia tuvo el café a punto, el que había comenzado a prepararlo acababa de
expirar. Lo observaron en silencio, conmovidos por la magnitud del estúpido
error, e intentaron olvidarse de él, tratando de concentrarse en lo que
importaba.
Howard
se encogió de hombros con gesto fatalista.
—ya
has oído a ése: nos ahorcarán.
El
que escapó ya debe estar lejos y pronto dará la alarma al ejército ecuatoriano.
Y nos ha visto bien: dos hombres y una mujer, asesinando a un teniente y un
cabo. Nos trincarán aunque nos escondamos en el mismísimo infierno.
—tal
vez podamos llegar a tena antes que él –insinuó arquímedes–.
Seguiríamos
rápidamente a quito y para cuando quisieran buscarnos estaríamos lejos.
—¡no
seas absurdo! Ése conoce bien el camino a tena, y nosotros no.
Para
cuando llegásemos allí, todo el oriente ecuatoriano sabría de nosotros y
andaría en nuestra busca.
—¿y
si explicáramos lo ocurrido? –comentó claudia.
La
contemplaron en silencio, y por cortesía no quisieron decir que era una
estupidez. Nadie iba a creer su versión de los hechos, y aunque la creyeran, la
condena sería de muchos años de cárcel si lograban salvar la vida. Unos
extranjeros indocumentados que matan a dos miembros del ejército en un país que
aún está conmovido por una guerra que acaba de perder, no pueden esperar
benevolencia.
—tenemos
que huir –dijo howard–.
Escapar
si queremos salvar el pellejo.
—¿pero
adónde? –quiso saber arquímedes–. Ecuador era nuestra última esperanza. A la
espalda tenemos a los aucas, que nada quieren saber de nosotros y nos recibirán
a lanzazos si volvemos, y napo abajo tropezaremos con los caucheros de arana.
—quizá
sea ése el único camino:
Abrirnos
paso a sangre y fuego hasta el amazonas y desde allí hasta manaos.
Probablemente los hombres de arana están preparados para detener a quien
intente huir de su zona, napo arriba, pero no para enfrentarse a quienes
pretenden atravesarla viniendo en dirección contraria, aguas abajo.
Forzar
el paso: ésa es mi opinión.
—correrá
mucha sangre.
—lo
que importa es que no sea la nuestra.
‘el
nordestino’ se volvió a claudia.
—tú
podrías quedarte –dijo–. Inventar una historia; que te habíamos raptado y lograste
escapar. Quizá te crean, te lleven a quito y puedas regresar a caracas.
Claudia
no respondió; meditaba, y se volvió al americano pidiendo consejo. Éste se
encogió de hombros sin saber qué decir. Al fin no muy convencido comentó:
—si
no saben nada de ti, tienes oportunidad de salir con bien. Pero si sierra nos
ha acusado, como imagino, de asesinato, estarás implicada, y eso dificultará
que te crean. Puede que quieran hacerte pagar las culpas de todos. Sin embargo,
no puedo aconsejarte; es tu vida y tu futuro, y debes ser tú quien decida.
Mientras lo haces, nosotros buscaremos la forma de salir de aquí.
Arquímedes
comprendió que tenía razón, y juntos se alejaron hasta la orilla, donde se
apresuraron a buscar los árboles más apropiados para echarlos abajo y con ellos
construir una tosca almadía. Estaban trabajando en ello cuando apareció claudia
cargada con cuanto dejaran en el campamento, y unía a ello los víveres, armas,
provisiones, mapas y ropas de los ecuatorianos. A los muertos les había quitado
las botas para sustituir las destrozadas de arquímedes y ‘el gringo’. Tan sólo
había dejado allí los uniformes.
Arquímedes
acudió para ayudarla a desembarazarse de la impedimenta y depositarla en la
orilla. Al hacerlo preguntó:
—¿vienes
o te quedas?
—voy.
No
necesitaba decir más ni había tiempo para discutir. Durante aquellos meses se
habían acostumbrado a hablar poco, y se habían acostumbrado también a que
claudia era en realidad como un hombre entre ellos.
En
dos horas terminaron la balsa, cargaron cuanto llevaban, y se dejaron arrastrar
por la corriente, aunque no pudieron navegar mucho tiempo. Pronto cayó la noche
y sin la eficaz ayuda de los ojos de gato de ramiro, no se atrevían a navegar
en la oscuridad por miedo a los bajíos, los rápidos o los troncos de árbol
clavados en el fondo del río. Arquímedes recordaba que, en cierta ocasión, un
cauchero que navegaba de noche por el curicuriarí no vio a tiempo uno de esos
árboles, cuya rama sobresalía un metro sobre las aguas. Había ido a clavársele
justamente en el pecho, y era tanta la fuerza de la corriente allí, que el
hombre quedó ensartado como por una lanza. La curiara continuó su camino, el
cadáver del cauchero permaneció pendiente del árbol y fue durante días un
espectáculo macabro. Primero las pirañas le devoraron las piernas, luego un
caimán le comió parte del tronco, y al fin los zamuros terminaron con lo poco
que quedaba hasta que, deshecho, sus escasos restos cayeron al agua.
Esa
noche durmieron poco y mal, y apenas pudieron distinguir el agua de las
orillas, reanudaron la marcha. A media mañana apareció tras un recodo una
curiara tripulada por dos indios de aspecto pacífico que subían por la margen
izquierda. A punta de rifle, howard les conminó a que se aproximaran. Por señas
les dio a entender que se quedaba con su curiara. A cambio les dio un rifle, un
puñado de municiones, algunas ropas y las botas viejas. Los indígenas
despreciaron las botas pero aceptaron el resto satisfechos. En realidad no les
quedaba otro remedio: los blancos parecían dispuestos a apoderarse de la
curiara por las buenas o por las malas.
Se
hizo el cambio, y tras mudar toda su impedimenta a la nueva embarcación,
reanudaron la marcha. Pronto quedaron atrás los dos indios que luchaban ahora
por hacer ascender la tosca balsa aguas arriba.
Al
día siguiente comenzaron a aparecer cadáveres en el río. Colgaban de las ramas
de los árboles a todo lo largo de la orilla derecha, territorio auca, y los
había de blancos y de indios sin discriminación alguna.
Aparecían
con el cuerpo acribillado a lanzazos, y los zamuros trazaban círculos sobre
ellos. Muchos bajaban ya a devorarlos, y todo el río era, a lo largo de
kilómetros, como un gran baile de negras aves.
—ramiro
ha comenzado a trabajar –señaló howard–. Naveguemos junto a la orilla izquierda
y confiemos en que no saldrán de su territorio.
Siguieron
río abajo sin ver más que cadáveres y sin tropezar con alma viviente alguna,
como si de pronto la selva se hubiera convertido en un inmenso cementerio. El
silencio resultaba extraño, sobrecogedor, y ni siquiera las sempiternas loras
parlanchinas y los escandalosos monos dejaban sentir su presencia como si,
espantados de lo que ocurría, hubiesen preferido huir o guardaran silencio,
escondidos en lo más profundo del bosque.
Arquímedes
tuvo que admitir en el fondo que aquella masacre los beneficiaba. La región se
conmovería de tal modo que tanto caucheros de arana como soldados ecuatorianos
estarían más preocupados por la nueva actitud de los aucas que por la presencia
de tres fugitivos blancos que no buscaban más que salvar sus vidas.
Esa
tarde entró por la izquierda un río ancho y agitado, aunque en su confluencia
con el napo sus aguas se dividían en torno a una isla. Disponían de mapas que
claudia había tenido la previsión de quitar al oficial ecuatoriano, y por ellos
supieron que el río era el coca, que bajaba rápido y violento desde la lejana
serranía andina, cuya silueta se distinguía perfectamente en el horizonte, allá
al norte.
—si
pudiéramos subir por ese río... –dijo arquímedes–. Al llegar a su nacimiento
cruzaríamos las montañas, y en un salto estaríamos en quito. No debe haber, por
lo que se ve en el mapa, más de cien kilómetros desde las fuentes del coca a
quito.
—nadie
ha conseguido jamás, salvo el español que descubrió el amazonas, descender
siquiera por el coca –replicó howard–. Una vez leí que en aquella expedición
los españoles perdieron cuatro mil de sus cinco mil hombres, y que tan sólo
cincuenta llegaron hasta aquí. Recorrer los trescientos kilómetros que nos
separan ahora de quito supondría dos años de viaje y el noventa por ciento de
probabilidades de morir en el camino.
—no
tenemos muchas más por donde vamos.
—pero
por lo menos acabarán con nosotros rápidamente. Prefiero la gente de arana e
incluso al mismo sierra que la selva de ahí arriba.
Continuaron
su viaje, y poco a poco la línea de los andes, en la que durante tanto tiempo
pusieron sus esperanzas, fue quedando atrás. Seguían sin ver más que cadáveres
en el río, y en una ocasión les pareció distinguir, allá entre la maleza, en la
orilla auca, a un grupo de guerreros pintarrajeados. Pero se diría que
súbitamente se los tragó la tierra y llegaron a la conclusión de que fue una
alucinación.
—si
este mapa no miente, pronto llegaremos a la frontera, y luego, por la
izquierda, entrará el aguarico –señaló arquímedes–. Tal vez por ese río podamos
alcanzar nuevamente el putumayo y buscar una salida por colombia.
—eso
es lo que supondrán los ecuatorianos, y allí nos estarán esperando. Deja de
hacerte ilusiones: no hay más salida que ésta. Lo importante es cruzar la
frontera sin ser vistos. Habrá que hacerlo de noche y arriesgarnos a los bajíos
o los raudales. El río parece ancho y profundo.
Navegaron
toda la noche, y faltaba poco para el amanecer cuando, efectivamente, en un
alto sobre la margen derecha, en pleno territorio auca pero fuertemente
protegido, apareció un grupo de cabañas que apenas se distinguían en la
oscuridad, pese a que algunas aparecían iluminadas, y la luna, en cuarto
creciente, intentaba hacer menos negra la noche. Cruzaron en silencio y diez
minutos después lo hicieron frente a un aislado puesto que, en la confluencia
con un tímido riachuelo, marcaba la frontera entre ecuador y perú. El napo
seguía ancho, tranquilo y caudaloso, y navegar por él no presentó dificultad
hasta que, con las primeras luces, entró por la izquierda el aguarico, violento
y áspero, que arrastraba en sus aguas infinidad de troncos y ramas que estuvieron
a punto de poner la curiara en grave aprieto.
Sin
embargo, pasado el primer momento de peligro, el nuevo caudal les favoreció:
imprimía mayor velocidad al río y los alejaba rápidamente de la frontera.
Ahora
el problema no era ya el ejército ecuatoriano; el problema volvía a ser, una
vez más, la gigantesca prisión amazónica de la que habían estado a punto de
escapar y a la que volvían para internarse hasta su corazón mismo: manaos.
Tuvieron
la plena seguridad de que habían penetrado nuevamente en una prisión cuando, al
cruzar un raudal, les dispararon dos veces desde una roca. Iban, sin embargo, a
demasiada velocidad, y el tirador, sorprendido, no pudo afinar la puntería. Se
volvieron y alcanzaron a distinguir una cabaña y tres hombres a su puerta. La
situación de la cabaña, los hombres que gesticulaban y el francotirador de la
roca indicaban que aquél debía ser uno de los puestos de vigilancia de las
caucherías. Como howard había supuesto, los guardianes estaban alerta para
detener a quien llegara río abajo, intentando ascender por el raudal, pero no
para quienes se precipitaran rápidamente por él, en dirección contraria. Las
cárceles están pensadas para evitar que los presos huyan no para impedir que
los de fuera penetren.
Tres
días más tarde encontraron, al despertar, a un viejo mugriento que los
contemplaba, sentado sobre un tronco caído, mientras fumaba pausadamente su
renegrida cachimba.
Howard
dio un salto e inmediatamente su revólver apareció apuntando al viejo quien no
hizo gesto alguno ni pareció alarmarse.
—¿quién
eres? –quiso saber ‘el gringo’.
—sebastián.
¿y tú?
—¿sebastián
qué?
El
otro pareció muy sorprendido por la pregunta y con la boquilla de su cachimba
se rascó la cabeza tratando de recordar.
—nada
más que sebastián –repitió–. Sebastián, ‘el de la pipa’.
Howard
se impacientó, pero vista la poca peligrosidad del otro guardó su arma.
—está
bien. ¿qué haces aquí?
¿por
qué espías?
—no
espío –señaló el viejo–. Purgaba mis árboles como cada mañana, y los vi aquí.
Deberían montar guardia; si los encuentra cualquier otro, podía dejarlos en el
sitio a machetazos.
Al
decirlo indicó el largo machete de cauchero que descansaba junto a él.
—¿para
quién trabajas?
—¡qué
pregunta! Para los arana.
Aquí
todo el mundo trabaja para los arana. Son los dueños de todo: caucho, oro,
nueces del brasil, indios, blancos, barcos y factorías...
—¿eres
esclavo?
—naturalmente
que soy esclavo –repitió el anciano como si la cuestión le pareciera idiota–.
¿de qué otro modo iba a quedarme aquí pudriéndome?
Arquímedes
había comenzado a preparar el fuego para el desayuno. Antes de encenderlo se
volvió a ‘el de la pipa’.
—¿puedo
encender sin llamar la atención?
—puedes
encender. Creerán que soy yo cuajando goma. ¿quiénes son? Tú eres brasileño,
pero éste es extranjero... No es región para andar dando saltos. Si los arana
los encuentran, los pondrán a buscar goma, y a la chica se la llevarán a un
prostíbulo de iquitos.
Le
expusieron la situación. ‘el de la pipa’ meditó sobre ella y, tras aceptar el
café que claudia le ofrecía, agitó la cabeza con un gesto de pesadumbre.
—lo
siento –dijo–. Están en un lío. Yo ya soy viejo y me he resignado a la idea de
morir en estas selvas, pero tienen aún mucha vida por delante. Es una pena
desperdiciarla sacando caucho para los arana.
—no
pensamos hacerlo, viejo –señaló arquímedes–. Sabemos lo que es eso.
—los
arana tienen casi mil hombres entre esto y la frontera con brasil. Nunca
lograrán pasar.
Harían
falta por lo menos cien hombres para conseguir forzar el río y llegar a manaos.
—¿cuántos
trabajadores hay en tu factoría? –inquirió arquímedes.
—unos
treinta.
—¿y
guardianes?
—seis,
pero bien armados y capaces de todo.
—¿y
cuántos trabajadores en la siguiente factoría, río abajo?
—ésa
es mayor. Tal vez cincuenta, tal vez más.
—¿y
vigilantes?
—por
lo menos doce, quizá quince.
—¿cuántos
trabajadores nos seguirían si les proporcionáramos armas y libertad?
La
respuesta del viejo llegó rápida, como si fuera algo que tenía calculado desde
mucho tiempo atrás:
—quizá
la mitad. Si matan a los vigilantes, muchos se envalentonarán y serán capaces
de todo por salir de aquí.
Arquímedes
se volvió a howard:
—ésa
es la fórmula. Hasta ahora hemos intentado escapar solos, y quizá la solución
esté en buscar compañía.
No
ser débiles y huir, sino fortalecernos y hacerles frente.
—¿estás
pensando en una rebelión? –inquirió howard–. ¿te das cuenta de lo que es eso?
—no
puede ser más difícil que lo que hemos hecho hasta ahora.
Se
volvió al viejo y preguntó:
—¿nos
conducirías hasta la factoría?
—ahora
mismo –respondió ‘el de la pipa’–. Y por una trocha escondida.
A
media tarde un par de guardianes suele ir a pescar bagres a la poza del río,
aguas abajo. Ésa sería la ocasión de caer sobre los otros.
—¿ayudarías
a acabar con ellos?
El
viejo asintió con gesto decidido. Arquímedes se volvió al americano como
pidiendo su opinión, y éste también movió la cabeza afirmativamente.
Por
último, la muda pregunta fue para claudia que se limitó a encogerse de hombros.
Caía
la tarde sobre la factoría y el capataz, un extraño mestizo de color indefinido
al que llamaban ‘blanquinegro’, contemplaba como cada día la puesta de sol, más
allá del río.
Aguardaba
la llegada de los caucheros que traían la goma, que debía coagular y almacenar
luego en forma de grandes bolas hasta que el barco viniera a buscarla para
llevársela a iquitos.
El
viejo sebastián ‘el de la pipa’, llegó corriendo desde la espesura y lo sacó de
su abstracción.
—ven
pronto, ‘blanquinegro’ –pidió–. Acabo de encontrar en el bosque, medio muerta,
a una mujer.
Una
blanca.
El
capataz lo observó unos instantes estúpidamente.
—una...
Blanca... –repitió incrédulo.
—blanca
–confirmó el viejo–. Y es joven y bonita.
‘blanquinegro’
se puso en pie de un salto y llamó hacia la cabaña.
—¡leandro!
Trae mi revólver y ven conmigo.
Apareció
leandro, una especie de ogro malencarado, y ambos siguieron a ‘el de la pipa’
que ya se encaminaba de nuevo a la espesura. Apresuraron el paso, y a los diez
minutos de seguir al viejo, cuando comenzaron a sudar y renegar, sebastián se
detuvo, se hizo a un lado y señaló un cuerpo tendido en el camino.
Claudia
cumplió su papel de perdida en el bosque, hambrienta y destrozada y se dejó
llevar en volandas por los tres hombres hasta el campamento y la cabaña de
‘blanquinegro’ que parecía el más feliz de los hombres con su hallazgo.
Su
alegría duró poco; al entrar en la choza fue para encontrarse frente a los
cañones de dos rifles que le apuntaban a los ojos.
Tardó
en comprender lo que ocurría y no se atrevió a gritar, pues sintió que, por la
espalda, le habían colocado un afiladísimo objeto en la garganta. Howard y
arquímedes, que habían aguardado en el linde del bosque a que el capataz y
leandro se fueran tras sebastián, no tuvieron problema para deslizarse en la
cabaña. Dos de los guardianes se habían ido en efecto a pescar, y los otros dos
andaban atareados en el galpón preparando la leña y los recipientes que
servirían para cuajar la goma.
Obligaron
a sus prisioneros a tomar asiento y arquímedes, dirigiéndose al mestizo,
ordenó:
—llama
a los del galpón.
‘blanquinegro’
negó con un gesto e inmediatamente advirtió cómo el machete que tenía en la
garganta presionaba y un hilo de sangre comenzaba a correr hacia el pecho.
—llámalos
–repitió arquímedes.
‘blanquinegro’
miró hacia abajo y vio cómo su sangre contrastaba extrañamente con el absurdo
color de su piel. Se iba abriendo paso a lo largo de su pecho carente de vello
y, al llegar a la curva del estómago, parecía indecisa sobre el camino a
seguir. El corte en el cuello se hizo más amplio y el capataz ya no dudó:
—¡sancho,
‘tuerto’! –gritó–.
¡vengan
un momento!
—¿qué
quieres? –respondió una voz a lo lejos–. Estamos ocupados...
—¡que
vengan he dicho! –apremió el mestizo.
Se
escuchó un reniego y pesados pasos que se aproximaban. Leandro hizo un gesto
hacia delante y abrió la boca con la intención de gritar alertándolos, pero
claudia, que estaba atenta, fue más rápida, y de una cuchillada le cortó la
garganta. Al ver aquello, ‘blanquinegro’ se quedó únicamente en blanco, y
comenzó a sudar. Claudia luchaba por evitar que el cuerpo de leandro cayera con
estrépito y arquímedes tuvo que acudir a ayudarla. Entre los dos dejaron al que
ya era cadáver en el suelo y se prepararon para la entrada de ‘el tuerto’ y
sancho.
Venían
comentando sobre si tendrían suficiente leña seca para el día, y no fueron
capaces de reaccionar cuando se encontraron ante el espectáculo de la cabaña:
un compañero muerto, otro tan pálido como si lo estuviera y dos fusiles que se
clavaban en los riñones.
Se
dejaron atar y amordazar sin la menor resistencia. Poco después no eran, junto
a su capataz, más que tres fardos tumbados sobre el charco de sangre de
leandro.
Cuando
regresaron los que pescaban, no tuvieron tiempo de poner pie en tierra.
Parecieron sospechar algo al no ver a sus compañeros por parte alguna, pero
antes de que pudieran echar mano a sus armas, dos disparos, casi a bocajarro,
desde la maleza que rodeaba el embarcadero, los tiraron de espaldas al río.
Los
trabajadores comenzaron a llegar a la factoría cargados con su goma, para
encontrarla en manos de extraños. Arquímedes, howard y el viejo sebastián los
fueron agrupando en un claro, y allí se dispusieron a esperar, entre
comentarios, lo que les trajera de bueno o malo la nueva situación.
Cuando
‘el de la pipa’ señaló que se habían reunido todos, arquímedes les dirigió la
palabra desde el porche de la cabaña grande. Habló como un caudillo que se
dirige a su tropa, y aunque su español, aprendido de los muchos compañeros de
habla hispana que tuvo en la cauchería de sierra, no era perfecto, bastaba para
que se le entendiera.
Su
discurso comenzó con su presentación y la de sus compañeros, así como un breve
resumen de cuanto habían hecho en aquellos últimos tiempos.
Luego
expuso lo que pretendían:
Alzarlos
en armas, e ir reuniendo más y más voluntarios a lo largo del río, hasta
constituir una fuerza tal que ni los arana ni los patrones del brasil fueran
capaces de enfrentarse a ellos.
Una
vez en manaos o en belem de pará, cada cual podría escoger libremente el camino
que quisiera. Muchos morirían en la lucha, y eso debían suponerlo antes de
iniciar la marcha, pero arquímedes creía que los que se sentían verdaderamente
hombres preferirían ese riesgo a la seguridad de acabar víctimas del beriberi o
de los latigazos de los capataces.
Concluido
su discurso, señaló:
—los
que quieran venir con nosotros, que se aproximen; los restantes pueden quedarse
donde están.
Antes
de que nadie se moviera, un hombre levantó el brazo y preguntó:
—¿qué
van a hacer con ‘blanquinegro’, sancho y ‘el tuerto’?
—ustedes
deben decidirlo –replicó arquímedes.
—me
han dado más de doscientos latigazos –dijo un hombre–. Los he ido contando con
la esperanza de que llegara un momento como éste. ¿puedo devolvérselos? Me
uniré a ustedes y los seguiré al fin del mundo.
—puedes
hacerlo –admitió arquímedes.
El
hombre avanzó un poco y se colocó donde le señalaban. Otro, un negro que estaba
al fondo, preguntó a su vez:
—¿también
yo puedo cobrarme los latigazos?
—naturalmente
–admitió arquímedes–. Mientras resistan...
El
negro avanzó a su vez y lo siguieron nueve hombres más. Los restantes parecían
indecisos o acobardados.
Arquímedes
comprendió que, probablemente, ver cómo azotaban a quienes les habían
aterrorizado durante mucho tiempo, ayudaría a convencer a muchos, y se volvió a
howard pidiéndole que trajera a los prisioneros.
Cuando
éstos salieron de la cabaña, apenas podían tenerse en pie. Habían oído cuanto
se decía fuera, y sabían lo que les esperaba. El capataz intentó implorar a ‘el
nordestino’.
—no
puedes hacer esto –sollozó–.
Nos
matarán a latigazos.
Arquímedes
se volvió a ‘el de la pipa’.
—¿cuántos
años llevas en la factoría? –quiso saber.
—ocho.
—¿cuántos
hombres has visto matar a latigazos en ese tiempo?
—perdí
la cuenta –replicó el viejo.
Arquímedes
hizo un gesto fatalista, dirigiéndose a ‘blanquinegro’.
—algún
día las cosas debían cambiar. –luego, volviéndose a los de abajo, dijo–: son
suyos.
A
empellones y golpes condujeron a los prisioneros hasta el poste de castigo, que
allí, como en el campamento de curicuriarí, y como en todos los que conocían,
ocupaba el centro de la plazoleta principal.
Los
ataron uno junto a otro, los tres de cara al poste, con los brazos sobre los
hombros, como si mantuvieran una conversación secreta. El negro, que había
corrido a buscar el largo látigo, que tantas veces sintiera en su propia
espalda, se lo entregó, ceremonioso, a su compañero.
—tú
hablaste primero, ‘pastueño’.
El
honor es tuyo.
El
otro, que por lo visto era natural de pasto, en colombia, se escupió las manos,
tomó el látigo y lo descargó con furia sobre la espalda del capataz. El látigo,
largo, se enroscó en torno al palo, alcanzando a los tres hombres al tiempo, y
el grito fue, por lo tanto, múltiple. ‘el pastueño’ volvió a la carga una y
otra vez, hasta que chorros de sudor le corrían por el cuerpo, y dejó caer el
brazo fatigado. Le tendió entonces el látigo al negro, que esperaba impaciente,
y se apartó a contemplar el espectáculo, como lo hacían todos, incluida
claudia, que no se había movido de su sitio.
Cuando
el negro terminó, y era mucho más fuerte y resistente que el colombiano, ya
apenas quedaba un centímetro de carne sana en las espaldas y las nalgas de los
condenados, cuya ropa había saltado, hecha jirones.
Sus
gritos habían pasado a convertirse en lamentos y uno de ellos –’el tuerto’– se
había desmayado y pendía inerte de sus compañeros de castigo.
Un
nuevo trabajador sustituyó al negro, y a éste otro, y otro. Y cuando acabaron,
el que golpeaba ya no golpeaba más que cadáveres.
Arquímedes
se volvió entonces a los que parecían indecisos.
—ahí
están los que los aterrorizaban –dijo–. Mírenlos bien porque si siguen aquí,
algún día acabarán como ellos: muertos a latigazos cuando no sean capaces de
traer goma. Si vienen con nosotros, yo les prometo al menos una cosa: la muerte
será rápida, de un balazo. Y si tenemos suerte, alcanzarán la libertad.
Cinco
hombres parecieron vencer sus dudas y se unieron al grupo. Los demás,
pusilánimes, prefirieron seguir donde estaban. Arquímedes ordenó entonces que
se recogieran los víveres y armas del campamento y que al almacén de caucho se
le prendiera fuego.
Señaló
la partida para el amanecer del día siguiente, y mandó a los hombres que se
retiraran a sus cabañas. Esa noche, howard y él se distribuyeron las guardias
para evitar sorpresas.
No
ocurrió nada, y a la mañana todo estaba dispuesto para la marcha.
Algunos
más habían decidido a última hora unirse al grupo. Arquímedes ordenó que en una
curiara fueran claudia, howard y él, junto a dos remeros. Las tres restantes
quedaban al mando del viejo sebastián, de ‘el pastueño’ colombiano, que se
llamaba león, y del negro, al que todos decían ‘martinico’ por ser natural del
caribe.
Se
echaron al río en flotilla y arquímedes tuvo la precaución de quedarse en
último lugar y navegar siempre en tal puesto. De ese modo evitaba traiciones,
porque aún no estaba seguro de aquellos hombres.
Éstos,
por su parte, parecían haberlo cogido como cabecilla, decisión que howard
aceptó desde un principio, un tanto sorprendido por la decisión de su
compañero. Podía decirse que se había efectuado un cambio en la forma de ser
del brasileño, o quizá, que su auténtica personalidad se ponía al descubierto.
‘el nordestino’ actuaba con toda naturalidad, como si no hubiera hecho otra
cosa en su vida que mandar gente. Su tono de voz cuando daba una orden no
admitía réplica, y parecía que supiera en todo momento lo que deseaba y lo que
esperaba de los demás. Se había convertido de la noche a la mañana en un
cabecilla, aunque de no haber sido por la necesidad de salvar la vida,
arquímedes da costa, ‘el nordestino’, hubiera seguido siendo, siempre, un pobre
peón semianalfabeto en su amazonia natal.
Pero
allí, en el río napo, en la amazonia peruana, había comprendido que no quedaba
más camino que la lucha, y si bien su compañero howard estaba probablemente más
capacitado para dirigirla, su calidad de extranjero en aquellas tierras, su
cómico acento y su mismo aspecto físico, alto, desgarbado, pelirrojo, le
cerraban el acceso al mando de unos hombres que necesitaban, ante todo, temer y
respetar a su jefe.
La
tropa, más triste que alegre, más preocupada que optimista, continuó su marcha
hasta que sebastián, ‘el de la pipa’, indicó que se encontraban ya dentro de la
zona de influencia de la nueva factoría. Arquímedes decidió atacarla a la
madrugada siguiente, siguiendo el sistema que viera utilizar al turco yusufaki
con el campamento indígena. Dividió a su gente en dos grupos: uno que llegaría
por tierra, mandado por él, y otro que lo haría directamente por el río,
capitaneado por howard.
Un
hombre que había trabajado en aquella factoría y conocía perfectamente sus
trochas y senderos, se brindó como guía para los que fueran por tierra. Esa
noche se aproximaron cuanto pudieron, y con la primera claridad iniciaron la
marcha, de modo que aún no había hecho su aparición el sol en el horizonte
cuando arquímedes ordenó el ataque.
Quince
minutos después eran dueños del campamento sin más bajas que dos heridos leves.
Entre la gente de arana había cinco muertos y los demás, en paños menores, y
algunos desnudos, aparecían maniatados en el gran patio central.
‘el
nordestino’ repitió su arenga a los trabajadores, y esta vez lo hizo con mucha
más firmeza y convencimiento, respaldado como estaba por un segundo éxito y por
el hecho indiscutible de que los temidos hombres de arana no eran invencibles.
Allí estaban, a su merced, a disposición de quienes habían sufrido sus torturas
durante tanto tiempo, y el arsenal de los rebeldes se incrementaba con un
importante número de armas y municiones. Arquímedes las hizo repartir entre los
que le acompañaban y en los que tenía ahora absoluta confianza, y esperó la
decisión del nuevo grupo de trabajadores. Más de la mitad se unieron sin
pensarlo, felices de su nueva situación y abrazando a sus salvadores. En cuanto
a la gente de arana, ordenó su ejecución inmediata, aunque sin el brutal
escarmiento de la vez anterior. Acostumbrar a sus hombres a la bestialidad no
conduciría a nada. Se daba cuenta, y lo había comentado con ‘el gringo’, que su
principal problema, a partir de ese momento, sería mantener la disciplina entre
aquella montonera de desesperados, que comenzaban a disfrutar de una libertad
perdida durante años.
A la
hora de las ejecuciones, efectuadas de un simple tiro en la nuca para evitar
dispendios, algunos de los trabajadores pidieron clemencia para un tipo fuerte
y de aspecto bronco que llamaban ‘tigre’. Alegaron que, pese a ser guardián, se
había mostrado siempre particularmente humanitario y justo, y había impedido en
más de una ocasión la muerte o el castigo de algunos trabajadores.
Arquímedes
lo consultó con howard, y juntos vieron la oportunidad de dar a su empresa un
aire de respetabilidad, convirtiéndola en algo más que la desatada furia de un
grupo de libertos. Decidieron por tanto montar la comedia de una especie de
juicio en el que ellos dos, claudia, león, el colombiano, ‘el de la pipa’ y el
negro ‘martinico’ fueran los jueces, y nombraron un acusador y un defensor.
El
juicio fue un verdadero éxito, que todos, excepto quizás ellos mismos,
consideraron muy en serio. Los jueces tomaron asiento en una mesa improvisada
en el gran patio central, y espectadores y testigos se agruparon en torno.
Había en aquel campamento una casa de mujerucas como la de curicuriarí, que
asistían también, interesadas, al desarrollo de los acontecimientos.
El
tal ‘tigre’, sin dar muestras ni de temor ni de excesivo interés por cuanto
ocurría –como si estuviera convencido de que todo aquello no conducía más que a
un retraso en su ejecución– ocupó el centro del claro, y los que pedían su
perdón fueron adelantándose y hablando uno tras otro exponiendo sus razones y
enumerando las ocasiones en que habían sido beneficiados por el acusado.
Intervinieron
luego tres o cuatro caucheros que pedían su muerte, y uno de ellos se volvió
para mostrar en la espalda las cicatrices que el látigo de ‘el tigre’ había
dejado. Arquímedes, portavoz de los jueces, se volvió al vigilante, al que
comenzaban a ponérsele mal las cosas.
—¿qué
tienes que decir a eso? –inquirió–. Pueden contarse más de treinta marcas en la
espalda de ese hombre.
El
individuo tardó en responder.
Se
diría que no pensaba hacerlo, pero al fin replicó:
—todo
esto es una estupidez y una pérdida de tiempo. Si le di treinta latigazos a ese
cretino fue porque el capataz le hubiera dado doscientos, y es tan canijo que
se hubiera muerto.
En
cuanto a las cicatrices, si quiero darle con fuerza, de un solo latigazo le
llego a los huesos.
Los
jueces se fijaron en sus brazos, que realmente parecían capaces de lo que había
asegurado, y arquímedes, considerando que allí había ocasión de obtener una
prueba, hizo traer a uno de los hombres de arana que todavía no habían sido
ejecutados y ordenó que desataran a ‘el tigre’ y le entregaran un látigo.
—dale
a ése –dijo–. Y si consigues lo que has dicho, te creeremos.
El
otro se negó:
—éste
ha sido mi compañero de trabajo, bueno o malo, durante mucho tiempo, y no voy a
azotarlo ahora.
Arquímedes
no podía evitar que el tipo le gustase. Le parecía un hombre de los que deseaba
tener a su lado, y en los ojos de howard leyó que le pasaba lo mismo. Consultó
con él por lo bajo y ‘el gringo’ confesó en un susurro.
—no
dejes que lo maten.
‘el
nordestino’ asintió y se volvió al llamado ‘tigre’:
—si
te perdono la vida, ¿te unirás a nosotros?
El
otro pareció meditar la proposición. Quizá por el tono de voz comprendió que
tal vez había algo de verdad en todo aquello.
—depende
–dijo al fin–. Tendría que pensarlo y tendría que saber qué vais a hacer y cómo
lo haréis.
‘el
nordestino’ golpeó la mesa con la parte plana de su machete y se puso en pie,
dando por terminada la sesión:
—este
tribunal acuerda aplazar la sentencia. Mientras tanto, el llamado ‘tigre’ queda
en libertad vigilada.
Algunos
caucheros lanzaron al aire sus sombreros con un grito de alegría y acudieron a
felicitar al recién liberado. Luego se procedió, sin más dilación, a las
ejecuciones que quedaban pendientes, pese a que algunos suplicaban clemencia,
pedían un juicio, e incluso juraban y perjuraban que se unirían a ‘el
nordestino’ y serían fieles hasta el fin. Todo lo ocurrido contribuyó a que
algunos trabajadores más se decidieran a unirse a los rebeldes, y ‘el gringo’ y
arquímedes calcularon que contaban con casi medio centenar de hombres, para los
cuales disponían de unos veinte rifles, ocho revólveres y seis o siete viejas
escopetas de pistón de las que se cargaban por la boca, que constituían casi
tanto peligro para el que disparaba como para el disparado.
Había
entre su gente media docena de indios cofanes y yumbos, y éstos se procurarían
pronto arcos y flechas y cerbatanas con dardos envenenados, lo que no dejaba de
ser una ventaja, no sólo por ahorrar armas de fuego, sino por el hecho de que
su forma de guerrear y matar –mucho más silenciosa y discreta– podría serles
útil.
Decidieron
quedarse una temporada en la factoría, concretar sus planes y fortalecer a los
hombres. Al parecer no existía ninguna otra cauchería o lugar habitado de
importancia hasta la unión del napo con el amazonas, y a arquímedes no le
pasaba inadvertido el hecho de que a la hora de su llegada al gran río, donde
se encontraría con el grueso de las fuerzas de arana, tendría que tener muy
bien calculados todos sus pasos.
Llegó
la lluvia.
En
toda la margen del amazonas se recordaría aquel mes de marzo como el más
lluvioso del siglo. Un dicho de la región aseguraba: “en el napo, la mitad del
año hay lluvia, y la otra mitad diluvia”. Pero aquel marzo superaba todo lo
conocido y por conocer.
Comenzó
un mediodía con lo que parecía un chaparrón más, anuncio de la estación húmeda,
pero no paró al caer la tarde, como todos imaginaban, ni por la noche, ni la
siguiente, y alcanzó casi los bíblicos cuarenta días y cuarenta noches de caer
agua ininterrumpidamente.
El
campamento se convirtió primero en un fangal en el que los hombres se hundían
hasta la rodilla para acudir de una cabaña a otra, y el napo comenzó a
ascender; su nivel creció metro a metro, y una mañana muy temprano, ya no se
podía asegurar dónde comenzaba el río y dónde la selva.
Los
altos postes sobre los que clavaban las cabañas vieron llegar el agua hasta la
rejilla de bambú, mojando los pies de sus habitantes, y los pilares comenzaron
a crujir y estremecerse.
Llovía
y llovía; el rumor del agua ahogaba las voces y el río arrastraba árboles,
animales muertos y los despojos de cuantos cadáveres habían colgado en sus
orillas los guerreros aucas.
Arquímedes
consultó con el viejo sebastián, que se mostró confiado en que acabaría pronto,
pero a los quince días el anciano comenzó a dudar y al fin llegaron a la
conclusión de que aquello era algo nunca visto y no podían hacerse pronósticos.
Cada amanecer los hombres se asomaban a buscar un pedazo de cielo azul que
anunciara el fin de las lluvias, y cada amanecer todo aparecía cubierto hasta
el horizonte.
Arquímedes
llamó a su gente de confianza e hizo venir a algunos de los indios y caucheros
que habían vivido más tiempo en la región.
Se
reunieron en el gran almacén, sentados sobre bolas de caucho, y ‘el nordestino’
expuso brevemente la situación. Si continuaba lloviendo al mismo ritmo, las
aguas acabarían por llevarse lo poco que quedaba de la factoría, y aunque no
ocurriera, pronto no tendrían qué comer. La caza de los alrededores parecía
haber emprendido el éxodo; en el violento río apenas se podía pescar, y de las
“chacras” que antiguamente abastecían al campamento, no quedaba nada,
sumergidas bajo metros de agua. Por otra parte, intentar lanzarse ahora napo
abajo era un suicidio.
Lo
primero que hacía falta era saber hasta dónde alcanzaba la inundación. Las
canoas exploratorias no pudieron llegar muy lejos, y un experto cauchero
trepador, que había ascendido hasta la copa de un inmenso “angelín” de ochenta
metros, aseguraba que todo cuanto se distinguía era agua. Alcanzaría quizá más
de cuarenta kilómetros a cada orilla del río.
Arquímedes
sabía que, durante las grandes inundaciones, algunas crecidas superaban los
noventa kilómetros, pero eso era allá donde el amazonas es más ancho y
profundo, y el territorio más llano. Que ocurriera aquí en un simple afluente,
aunque fuera tan importante como el napo, resultaba en verdad increíble.
—tenemos
que irnos –dijo al fin.
—sí.
Pero ¿adónde?
—hay
que decidirlo. Una semana más y nos ahogaremos como ratas.
—yo
no veo más que una solución –aventuró ‘martinico’–. Construir refugios en la
copa de los árboles y esperar.
—¿esperar
a qué; que te caigas y te ahogues? Hay que irse.
—¡irse!
Es muy fácil decirlo, pero ¿a dónde?
—en
alguna parte habrá tierras altas que no estén inundadas.
—sí,
claro, tierras altas... En la sierra. Hasta seis mil metros si quieres. Pero la
sierra está río arriba. ¿quién es capaz de navegar un solo metro en ese río?
—¿no
hay más tierras altas por aquí?
—ninguna
que nosotros sepamos.
Un
indio de la tribu cofán que había escuchado en silencio, alzó el brazo:
—hace
muchos años –dijo– siendo niño, hubo una inundación semejante.
Recuerdo
que mi tribu tuvo que emigrar y pedir refugio a los huasingas, pequeña familia
que habita una gran laguna, a tres días de marcha hacia el oeste. Son gente
feroz, pero hospitalaria si se les pide ayuda con humildad. No hay forma de
llegar hasta ellos si no quieren, pues la laguna es un laberinto de manglares y
pantanos en el que todo forastero se pierde.
Ni
aun los arana pudieron encontrarlos, pese a que su territorio es rico en
caucho.
—también
la laguna se habrá inundado.
—sus
casas flotan y las trasladan de una a otra parte siguiendo la pesca o la caza.
Es un pueblo nómada y navegante.
—¿querrían
acogernos?
—tendríamos
que acudir sin armas.
—no
me gusta –comentó león, el colombiano–. Ahora tengo un rifle que me defiende de
los caucheros. No pienso abandonarlo.
Se
entabló una violenta discusión.
Unos
eran partidarios de aceptar cualquier condición antes que perecer ahogados y
otros juraban que preferían encaramarse a un árbol y aguantar allí sin ceder
sus armas. No querían ponerse en manos de unos salvajes de los que no sabían
qué se podía esperar.
Habían
sido hospitalarios con los cofanes hacía por lo menos cuarenta años, era
cierto, ¿pero quién aseguraba que seguirían siéndolo o que se comportarían de
igual modo con los blancos?
Arquímedes
puso fin a la discusión pidiendo silencio y se dirigió al indio:
—dices
que esos huasingas tienen casas flotantes, y por eso no les importan las
inundaciones... ¿de qué las construyen?
—de
madera de balsa, que abunda en su región.
—también
podemos hacerlas nosotros. ¿hay por aquí madera de balsa?
Los
caucheros negaron. Había pero en escasa cantidad, y como estaba la situación,
resultaba muy difícil buscar los árboles aislados.
Arquímedes
no parecía querer desechar la idea de las viviendas flotantes y se interesó por
cualquier tipo de árbol que pudiera aprovecharse para tal fin. Sería necesario
derribar troncos gigantescos, desbrozarlos, trocearlos, y unirlos entre sí. Un
trabajo posible en circunstancias normales, pero no cuando el agua alcanzaba
los dos metros de altura.
Arquímedes
se impacientó:
—habrá
que hacerlo de un modo u otro. O flotamos como esos salvajes o acabaremos en
las tripas de las pirañas.
Claudia,
que había asistido a la reunión, silenciosa como siempre, se puso en pie,
avanzó hasta el centro del grupo e hizo un gesto con la mano para que la
siguieran hacia el porche.
Allí
tomó una bola de caucho y, sin más, la lanzó al agua. La bola chapoteó y se
alejó flotando, arrastrada por la corriente, tropezó contra el primer árbol, lo
bordeó y desapareció en la espesura.
—comprendo
–masculló ‘el nordestino’, malhumorado–. Somos idiotas y no se nos ha ocurrido
emplear el caucho para flotar. Pero podías haberlo dicho sin tanto teatro.
Empieza a hartarme esa estúpida manía de no hablar.
Claudia
lo miró fijamente, como asombrada. Durante unos instantes no supo qué hacer y
se hubiera dicho que estaba a punto de romper a llorar.
Arquímedes
dio media vuelta y entró en el almacén. Todos lo siguieron excepto howard.
Claudia se volvió a él en una muda pregunta y ‘el gringo’ pareció comprenderla:
—ahora
ha cambiado –dijo–. Es el jefe y necesita que lo respeten.
Se
dispuso a entrar de nuevo en el almacén, pero claudia lo detuvo:
—¿también
te has cansado de mí?
El
americano se volvió y la contempló unos instantes. Había compasión en sus ojos,
y al hablar lo hizo como si se dirigiera a una niña:
—no;
no me he cansado. Ni él tampoco.
Arquímedes
ordenó que se ensartaran las grandes bolas de caucho en largas y afiladas
estacas para que aquellas especies de gigantescas ristras de chorizos se
colocaran bajo una de las cabañas, a la que hizo cortar los pilares que la
sujetaban. Todo el campamento asistió interesado a la operación, y cuando la
cabaña salió flotando sobre las bolas de caucho, se escuchó una sonora ovación.
El sistema daba resultado, y había en el almacén caucho suficiente para ocho o
diez cabañas, en las que, un poco apretados, podrían caber todos.
A
los caucheros, aun sabiendo que con ello salvaban la vida, se les encogía el
corazón viendo que el caucho –que tanto les había costado arañar a la selva y
que constituía una auténtica fortuna– quedaba reducido a simple flotador. Se
consolaban, sin embargo, con la idea de que nunca se lo hubieran llevado y de
que probablemente, a última hora, arquímedes ordenaría prenderle fuego.
A
medida que las cabañas iban quedando a flote, las condujeron a un remanso
protegido por altos árboles, lejos del alcance del cauce principal y de las
riadas. Luego, utilizando todos los chinchorros del campamento unidos entre sí,
arquímedes hizo construir una larga red que tendió entre dos gruesos troncos y
cada mañana aparecían en ella peces suficientes para mantener, mal que bien, a
la comunidad.
A la
semana siguiente, como si se hubiera dado cuenta de que ya no podía vencerlos y
en su campamento flotante resistirían cuanto tuviera que venir, la lluvia cesó.
Lo hizo de improviso, tal como había llegado, pero a medianoche y los hombres
que dormían arrullados por el estruendo del agua que caía ininterrumpidamente,
se despertaron de improviso, alarmados por un silencio roto tan sólo por el
rumor del cauce que corría. Se asomaron y aún pudieron distinguir las últimas
nubes que se alejaban hacia el sur y parecían ir descorriendo un cielo
increíblemente cuajado de estrellas.
Al
amanecer, la selva se llenó de nuevo con los gritos innumerables de pájaros, y
dos cotorras vinieron a posarse sobre la mayor de las casas flotantes. Allí
permanecieron hasta que los hombres subieron al techo a tender al sol, tanto
tiempo añorado, sus prendas húmedas y malolientes.
Era
como si el mundo hubiera explotado de alegría, y la selva aparecía más verde y
más brillante que nunca. Los árboles no habían sido en ese tiempo más que una
mancha desdibujada tras la cortina de agua, y ahora se mostraban en todo su
esplendor, magníficos, coronados, allá en la copa, de flores multicolores e
infinidad de aves. La jungla en la que no había habido más que un ruido,
estalló de nuevo con todos sus rumores, y aquella gente, esclavos recién
liberados que no sabían si esa libertad iba a durar mucho, se sintieron
felices, como si el nuevo día y el sol les hubiesen traído cuanto soñaban.
El
agua descendió rápidamente de nivel, el río volvió a su cauce y las casas
flotantes se encontraron de pronto en tierra firme, descansando –torcidas y
casi inhabitables– sobre un montón de bolas de caucho y un fangoso y
resbaladizo terreno.
Vuelta
la normalidad al campamento, arquímedes mandó a su gente a buscar caza. Era un
buen momento para abastecerse de carne fresca; los animales del bosque andaban
como desconcertados tras las grandes lluvias, y salían de sus refugios, sin
saber adónde dirigirse.
Tuvieron
suerte. Apenas habían partido los cazadores, uno de ellos regresó
precipitadamemte, señalando que había olido una manada de “huanganas” o
pécaris, cerdo salvaje apreciado por su carne en toda la amazonia, pero muy
temido por su increíble ferocidad.
Rápidamente
el campamento se puso en movimiento, y pese al fango y las dificultades, veinte
hombres se encaminaron al lugar señalado e iniciaron la siempre delicada tarea
de acercarse al rebaño y cercarlo.
Por
fortuna, el “huangana” no tenía ni buen olfato ni mucha vista; viviendo como
vivía en la espesura y andando en grandes manadas, donde se protegían los unos
a los otros, carecían prácticamente de enemigos. Ni el jaguar ni la anaconda se
atrevían a atacarlos, conscientes de que quedarían destrozados en pocos
instantes por los largos y afilados colmillos de los machos.
Los
hombres, conducidos primero por el olor de la manada y luego por sus gruñidos
al hociquear raíces y frutos bajo el fango, fueron cercando a las bestias, y
antes de aproximarse demasiado, cada uno buscó un árbol al que poder
encaramarse en cuanto los cerdos iniciaran la carga. Algunos caucheros
precavidos se habían llevado sus espuelas y mecates para trepar más fácilmente
por cualquier palo, y tan sólo se preocupaban, en ese caso, de buscar uno en el
que no hubiera hormigueros ni nidos de avispas.
Todo
iba desarrollándose satisfactoriamente, y arquímedes estaba a punto de dar
orden de disparar sobre la desprevenida manada, que se encontraba casi a la
vista, cuando león, el colombiano, dio un grito estremecedor y salió corriendo
sin rumbo fijo, despavorido.
—¡la
migale! ¡la migale...! –gritó–. ¡me picó la negra!
Y en
su carrera, enloquecido como iba, se precipitó sobre el rebaño.
El
colombiano no parecía verlo ni sentirlo y tan sólo repetía una y otra vez:
—¡me
ha picado la negra! ¡estoy muerto, me ha picado la negra!
Lo
que siguió fue un pandemónium de gritos, gruñidos y carreras. Cuando todo
acabó, había dos hombres destrozados por los pécaris, y el resto encaramado a
los árboles, de los que comenzaban a descender tímidamente.
Casi
una docena de cerdos habían muerto o pataleaban malheridos, y león, el
colombiano, ensangrentado y gimiente, yacía en el mismo lugar donde había
caído. Cuando se aproximaron, aún conservaba el conocimiento y los miró con
ojos extraviados.
—¡me
mató la negra! –sollozó–. ¡me mató ahora que soy libre!
Todos
guardaron silencio impresionados. Sabían lo que significaba ser picado por una
araña migale, la negra, como se la conocía en la jerga de los caucheros. Una
bestia tan pequeña que se la podía casi matar de un escupitajo, pero con tanto
veneno en su minúsculo cuerpo de color negro y púrpura, que era capaz de acabar
con un hombre de cien kilos.
‘martinico’
se agachó junto a ‘el pastueño’.
—¿estás
seguro que fue la negra? –preguntó.
El
otro afirmó varias veces con la cabeza.
—lo
estoy –dijo–. La vi perfectamente aquí, sobre mi brazo. Me picó y saltó a
tierra.
Mostraba
su brazo izquierdo hinchado ya, violáceo y tumefacto.
—lo
siento, hermano –dijo entonces el negro, y con un rápido gesto le descargó un
tiro entre los ojos, a menos de medio metro de distancia.
‘el
pastueño’ cayó hacia atrás y se diría que la cabeza le hubiera estallado, como
una nuez del brasil contra una roca.
Nadie
dijo nada. ‘martinico’ había hecho por su amigo lo único y lo mejor que podía
hacerse: le había ahorrado horas de increíbles sufrimientos.
Arquímedes
ordenó recoger las armas de los muertos, cargar con los pécaris y regresar al
campamento.
Esa
noche se comió como no se había comido en mucho tiempo. De los doce cerdos no
quedaron más que la piel y los huesos, pero nadie se preocupó, porque la manada
contaba con más de cien pécaris y a los indios de la cauchería no les
resultaría difícil seguir el rastro al día siguiente y tender una nueva
emboscada.
Durmieron
a gusto, satisfechos, y muy temprano, cuando se disponían a iniciar la nueva
partida, alonso mejías, aquel al que todos llamaban ‘tigre’, se plantó ante
arquímedes y le espetó sin preámbulos:
—dos
hombres han huido con la mejor de las piraguas. Han ido a avisar a los arana.
—¿cómo
lo sabes?
—la
curiara no está ni ellos tampoco. Los vigilaba, porque siempre fueron chivatos
que daban parte al capataz de lo que tramaban los caucheros.
—¿por
qué no lo dijiste antes?
—yo
era el menos indicado para acusar a nadie. No tenía pruebas de que siguieran
siendo chivatos. Me limité a vigilarlos, pero anoche comí demasiado y dormí
demasiado.
—¿estás
seguro de que avisarán a los arana?
—completamente.
Lo único que desean es llegar a vigilantes y con esto lo conseguirán.
—¿podemos
alcanzarlos?
—cogieron
la mejor curiara, y el río baja rápido. Mañana llegarán a la unión con el
amazonas, y allí los arana tienen el grueso de sus fuerzas. En dos días
reunirán más de trescientos hombres y en una semana llegarán otros tantos de
iquitos.
—¿si
saliésemos ahora podríamos forzar aún la entrada al amazonas?
—cuando
esa gente llegue allí, pondrá al campamento en pie; cubrirán el río con una
cortina de fuego y nos achicharrarán a balazos en cuanto asomemos.
Arquímedes
resopló, preocupado.
Necesitaba
tiempo para meditar la nueva situación. Su plan de atacar el campamento de los
arana, sorprendiendo a su gente y saliendo así a las aguas del amazonas,
quedaba descartado. Se volvió de nuevo a mejías.
—gracias
–dijo–. Ahora márchate a cazar con los demás y no digas nada.
Hagamos
lo que hagamos, necesitamos provisiones. Ocúpate de que traigan una buena cantidad
de cerdos que nos van a hacer mucha falta.
Luego
buscó a howard, al viejo sebastián y a ‘martinico’, su gente de confianza. Les
expuso la situación, y juntos trataron de encontrar solución al problema.
—la
impresión es que estamos atrapados –comentó howard–. Con la diferencia de que
ahora no somos tres, sino cincuenta. Hemos metido a esa gente en un buen lío.
—si
llegan a enterarse de que los arana nos están aguardando, muchos se rajarán.
—no
lo creo. Le han tomado gusto a la libertad.
—más
gusto le tienen a la vida.
No
confío en ellos.
—pronto
o tarde habrá que decírselo. No podemos ocultar eternamente que va a haber
lucha.
—tal
vez podamos evitarla –dijo arquímedes mostrando uno de los mapas que quitaran
al oficial ecuatoriano–.
Fijaos
en esto: el napo, antes de desembocar en el amazonas, corre un buen trecho
paralelo a él. Quizá cincuenta kilómetros, quizá más. Y aquí, en la parte más
estrecha, la distancia entre ambos ríos no debe de ser más de diez kilómetros.
Cuando lleguemos a ese punto podemos internarnos, cruzar a pie y salir al
amazonas río arriba, a espaldas de los que nos aguardan.
Todos
estaban inclinados sobre el mapa. Arquímedes tenía razón, pero el punto en que
iban a salir estaba a mitad de camino entre el gran campamento de los arana, en
la confluencia de ambos ríos, e iquitos. Howard lo indicó así, y arquímedes
hizo un gesto afirmativo.
—ya
me había dado cuenta –dijo–. Pero si nos lanzamos río amazonas abajo antes de
que adviertan lo que hemos hecho, podemos cruzar de noche frente a la factoría
y seguir.
—¿amazonas
abajo...? ¿cómo? No tendremos curiaras, que se habrán quedado en el napo, y
construirlas nos llevaría mucho tiempo.
—podemos
llevar nuestras propias curiaras. Atravesar con ellas la selva y echarlas al
agua en el gran río.
Lo
miraron asombrados. ‘martinico’ fue el primero en protestar.
—¿estás
loco? –preguntó–. Esas curiaras pesan como muertos. ¿quién es capaz de meterse
en la selva con ellas al hombro? Habría que arrastrarlas...
—¡arrastrémoslas!
Howard,
sebastián y ‘martinico’ estaban perplejos. No sabían si ‘el nordestino’ hablaba
en serio o en broma. Su rostro reflejaba, sin embargo, decisión. Howard se
agitó en su asiento como queriendo afianzarse en él, suspiró profundamente y se
enfrentó a su amigo, decidido a demostrarle, con paciencia, que lo que
pretendía era imposible.
—tú
sabes tan bien como yo que incluso para un hombre resulta difícil internarse en
ese monte tupido. Llevamos recorrida mucha selva juntos y lo hemos visto. ¿cómo
piensas abrir trocha para unas canoas de veinte metros que pesan más de una
tonelada?
—no
serán más de diez o quince kilómetros...
—o
veinte o treinta. No lo sabemos con exactitud. Y aunque sean sólo cinco... ¡es
algo inconcebible!
—por
eso lo propongo –replicó arquímedes–. Porque resulta inconcebible y nadie
imaginará que vamos a hacerlo. Se quedarán esperándonos y nosotros habremos
pasado a sus espaldas.
Howard
se echó atrás en su asiento, dando por concluida la discusión.
—yo
no estoy de acuerdo –dijo–.
Pero
aceptaré la decisión que se tome. Si crees que es una solución, intentémoslo.
—es
lo que pretendo: intentarlo.
Si
no da resultado, buscaremos otra cosa. Nuestra situación no será peor que
ahora.
Esa
tarde, cuando los hombres regresaron de la cacería trayendo consigo otro buen
montón de pécaris, arquímedes dio órdenes de prepararlo todo para partir al
amanecer del día siguiente. No contó a nadie sus planes ni dijo tampoco que dos
hombres habían huido. Se limitó a dar órdenes y a encerrarse de nuevo en su
cabaña.
No
quiso salir a cenar para que no advirtieran su preocupación, y claudia le trajo
unas costillas de cerdo. No se habían visto a solas desde el día del incidente
del caucho.
En
ese tiempo ella apenas había puesto los pies fuera de la pequeña choza que le
habían destinado. Allí, a solas, pasó los días sin oír más que el estruendo de
la lluvia y sin ver más que paredes de caña.
Dejó
la comida junto a ‘el nordestino’, y se disponía a retirarse cuando éste la
retuvo con un gesto.
—lamento
lo ocurrido el otro día –dijo–. No era mi intención molestarte, y tampoco
sentía lo que dije.
Claudia
hizo un gesto y abrió la boca para decir algo, pero él la interrumpió, agitando
la mano negativamente.
—no,
no hace falta que hables –continuó–. Puedes seguir como hasta ahora. Lo único
que quiero es que sepas que me gusta que sigas con nosotros.
Comenzó
a comer, dando por terminada la conversación. A la mañana siguiente, al
amanecer, ya el campamento estaba en pie, y las curiaras listas para la marcha.
Arquímedes ordenó que se reuniese toda la grasa de los pécaris y todo el aceite
de palma que hubiera en el campamento. Con la primera claridad, la tropa se
echó al agua –aún sucia y turbulenta– del napo, y poco después la factoría no
era más que un punto perdido que iba empequeñeciéndose y desapareció cuando
volvieron la primera curva del río.
En
ella habían quedado treinta hombres, los acobardados, aquellos que nunca habían
creído en la posibilidad de que la empresa acabara en triunfo.
Preferían
esperar allí el regreso de la gente de arana y ser esclavos a arriesgarse a la
lucha y la muerte.
Quedaban
también las mujeres y media docena de chiquillos, los ancianos y aquellos a los
que el beriberi acabaría pronto y consideraban toda lucha inútil. Habían
perdido tiempo atrás su propia batalla contra la enfermedad que los estaba
llevando a la tumba.
Los
otros navegaron animosos, pero cada vez más preocupados por lo que habían de
encontrar aguas abajo.
El
río giró bruscamente hacia el este, casi en ángulo recto, anuncio de que se
encontraban ya muy cerca del cauce del amazonas, y arquímedes permaneció atento
a la orilla. Cuando apareció por la margen derecha un diminuto caño que apenas
daba paso a las curiaras, ordenó que se metieran por él en fila india y
comenzaron a ascender por el tranquilo cauce.
Los
hombres se mostraron extrañados y comenzaron a hacer preguntas de curiara a
curiara: “¿qué demonios significaba salirse del napo cuando tan cerca estaban
ya de su desembocadura?” ‘el nordestino’ se limitó a pedir que obedecieran sin
hacer preguntas y aguardó a que el caño se volviera innavegable y todas las
curiaras se reunieran sobre el fondo de piedra de la última playa.
Fue
entonces cuando contó lo ocurrido con los dos evadidos, cuya ausencia no había
sido notada más que por ‘el tigre’, y explicó también sus planes para llegar al
amazonas.
La
discusión se generalizó en pocos minutos. Algunos se creían engañados por no
haber sido advertidos del nuevo peligro que corrían, y otros, la mayoría,
consideraban impracticable la idea de arrastrar las curiaras a través de la
selva.
Arquímedes
se armó de paciencia y no pronunció palabra durante largo rato, dejando que se
cansaran de discutir. Al fin, cuando parecía que no iban a llegar a parte
alguna, intervino:
—estamos
en el camino y no queda más remedio que caminarlo –dijo–.
Quien
tenga otra idea mejor que la ponga en práctica, pero yo, y los que me sigan,
vamos a cruzar ese pedazo de tierra. Tal vez nos lleve seis días, tal vez más,
pero sabemos que, al fin, saldremos a aguas libres por las que podremos bajar
hasta el brasil. Los que quieran venir que vengan.
Descendió
de la curiara y comenzó abrir trocha a través de las enredaderas y lianas,
rumbo al sur. Howard, ‘martinico’ y sebastián lo imitaron.
Los
otros continuaron discutiendo largo rato hasta que, poco a poco, y a
regañadientes, se unieron al grupo.
‘el
nordestino’ envió a cuatro de sus mejores rumberos –tres indios y un blanco– a
explorar el camino y buscar trochas que pudieran ser utilizadas.
Luego
dividió a su gente en dos grupos: los dedicados a abrir brecha en la maleza y
los encargados de cortar troncos que sirvieran para hacer rodar sobre ellos las
curiaras, a las que embadurnaron previamente con grasa de cerdo y aceite de
palma.
Se
escogieron únicamente las cuatro embarcaciones más ligeras, capaces, no
obstante –por su tamaño y construcción– para todos. Cuando los cien primeros
metros de camino estuvieron abiertos, ‘el nordestino’ detuvo el trabajo, hizo
que todos volvieran atrás y se inició el arrastre de la primera de las
embarcaciones. Era un trabajo arduo, pero realizable. El problema no era el
esfuerzo, sino la lentitud y el hecho de que con frecuencia se molestaban los
unos a los otros, lo cual les hacía tropezar y caer. Pareció entonces más
conveniente arrastrar las curiaras de dos en dos, y así se hizo. Al final del
día habían avanzado casi dos kilómetros selva adentro.
La
tropa estaba agotada y costó trabajo que esa noche los centinelas no se
quedaran dormidos sobre los fusiles.
A la
mañana siguiente recomenzaron muy temprano, y los hombres, animados por el
éxito inicial, se dispusieron a trabajar duro.
A
mediodía regresaron los exploradores, notificando que habían llegado hasta el
cauce del amazonas, donde pudieron aproximarse a uno de los puestos de
aprovisionamiento de madera de los grandes barcos que subían a iquitos.
—¿había
algún barco? –inquirió arquímedes.
—uno
estaba saliendo y se alejó río abajo. ¡cómo corren con esas gigantescas ruedas
detrás y echando humo como si quemaran medio bosque!
—¿cuántos
hombres había en el puesto?
—unos
diez. Contando a los leñadores que están monte adentro, veinte más.
Arquímedes
se volvió a los que trabajaban cortando maleza o arrastrando curiaras y ordenó
que pararan.
Se
reunieron en torno a él, inquisitivos.
—¿qué
ocurre?
—no
necesitamos curiaras. Tendremos una embarcación mejor, un barco de ruedas que
nos llevará a manaos.
—explícate.
—está
claro: asaltaremos el puesto, esperaremos un barco que venga a cargar leña y
nos apoderaremos de él.
Los
hombres se miraron y comentaron la idea. A la mayoría les pareció magnífica,
sobre todo porque les ahorraba un trabajo agotador. El viejo sebastián ‘el de
la pipa’ fue el único en poner una objeción.
—eso
es piratería –señaló–. Nos echaremos encima a todo el ejército y la policía del
mundo. Ya no lucharemos contra los arana o los caucheros.
Nos
pondremos fuera de la ley.
Arquímedes
le miró fijamente. Parecía que le costaba trabajo entender.
—¿ley?
¿qué ley? Desde que me trajeron a la amazonia, no he visto más ley que la
violencia y la fuerza.
Todo
el mundo ha hecho conmigo lo que le ha dado la gana, y si los ejércitos y la
policía admiten que se pueda esclavizar a miles de hombres para enriquecer a un
puñado de hijos de puta, también deben admitir que nos convirtamos en piratas
para salir de eso. No vamos a robar un barco, no vamos a matar a nadie; tan
sólo vamos a hacer que nos saquen de aquí.
No
hubo más discusión. ‘el de la pipa’ no puso ninguna otra objeción al plan, y
tras tomar un merecido descanso y comer algo, la tropa emprendió la marcha
hacia el amazonas, dejando abandonadas, en pleno corazón de la espesura, las
cuatro curiaras. Quien se las tropezara en su camino, tendría indudablemente
mucho que contar y un extraño misterio que resolver.
Al
anochecer, el gigantesco amazonas, ancho, tranquilo y majestuoso, apareció ante
ellos como un gran mar de color café que se deslizaba lentamente hacia el este.
Arquímedes
ordenó hacer alto, cenar sin encender fuego, y aguardar al amanecer siguiente
para poder aproximarse al diminuto puerto y apoderarse de él.
La
operación no tuvo el menor problema. Arquímedes había dado orden de que se
respetara en lo posible las vidas de los hombres del campamento ya que no eran
caucheros ni gente de arana, sino pobres leñadores, empleados del gobierno o
las compañías navieras. No opusieron resistencia cuando medio centenar de
hombres armados irrumpieron en sus cabañas, haciéndoles salir al patio.
Se
dejaron conducir hasta un alejado almacén, dentro ya del bosque, donde se les
encerró, dejando un guardia a la puerta.
El
campamento, sin ser grande, era cómodo, compuesto por media docena de casuchas
de madera, un aserradero flotante y un diminuto atracadero que penetraba unos
diez metros en el río.
Había
allí todo cuanto podía soñar un puñado de hombres salidos del corazón mismo de
la selva, pues los barcos que se detenían regularmente los abastecían.
Arquímedes
y howard se establecieron en la casa del director del campo, y lo hicieron
venir a su presencia. Era un peruano alto y flaco, de rostro cetrino y aire
decidido, que –aunque en un principio protestó y se mostró reacio– acabó por
comprender que no podía hacer más que conformarse. Contestó a cuantas preguntas
le hizo ‘el nordestino’ sobre la llegada de los barcos, su modo de abastecerse
y las operaciones normales del campamento.
Todo
era sencillo. Los grandes navíos subían o bajaban por el río consumiendo –sobre
todo en el primer caso– grandes cantidades de madera, y necesitaban abastecerse
constantemente en factorías que se alzaban a todo lo largo de sus casi cinco
mil kilómetros de recorrido. Cuando se aproximaban a una de ellas, hacían sonar
la sirena, y desde tierra se les contestaba izando la bandera, lo que
significaba que no había salvajes por los alrededores.
La
nave atracaba, cargaba la leña, que ya estaba dispuesta, y dejaba el correo,
las mercancías y los escasísimos pasajeros destinados al lugar.
En
conjunto la operación no solía durar más de una hora.
Arquímedes
quiso saber cuándo llegaría el próximo barco y de dónde, pero el otro se
encogió de hombros.
—eso
nunca puede saberse –dijo–.
Los
que salen de iquitos suelen ir bien abastecidos y continúan hasta pebas, o
incluso caballacocha y leticia, ya en colombia. La mayoría de los que suben el
río necesitan detenerse, pero resulta imposible saber cuándo llegará ni qué
barco será.
—¿qué
carga acostumbran llevar?
—los
que bajan de iquitos, únicamente caucho y pasajeros. Los que vienen de manaos,
mercancías, pasajeros y oro para pagar el caucho.
—¿oro?
¿cuánto oro?
—no
lo sé, eso depende del barco.
Arquímedes
se volvió a howard:
—no
nos conviene un barco que venga de iquitos. El caucho no nos sirve para nada, y
bastante nos ha fastidiado ya. Pero el que suba a iquitos, traerá comida,
armas, ropas...
Todo
lo que necesitamos...
—y
oro.
—sí.
Y oro. Pero si lo tocamos seremos piratas, como dice sebastián.
—no
podrás impedir que los hombres se lancen sobre él. Tendremos problemas...
—lo
sé –admitió ‘el nordestino’–.
El
oro siempre trae problemas, pero no se me ocurre cómo vamos a evitarlo.
Si
está destinado a pagar el caucho, quiere decir que irá a parar a los bolsillos
de los arana, y más de uno opinará que robarle a los arana no es robar.
—no
me preocupa que sea un robo o no –señaló ‘el gringo’–. He robado mucho en mi
vida. Me preocupa lo que pueda ocurrir cuando nuestra escuadrilla de salvajes
le ponga la vista encima y comiencen a despedazarse por él.
Arquímedes
se volvió al peruano.
—si
colabora con nosotros, nos iremos en el primer barco que suba por el río.
Mientras, tenga a su gente tranquila y, sobre todo, no hable con nadie del oro
de los barcos.
El
peruano replicó que había entendido, y salió acompañado de ‘martinico’, que lo
condujo al almacén del bosque.
Cuando
se quedaron solos howard y arquímedes, el americano preguntó:
—¿crees
que podremos guardar el secreto?
—no
lo sé.
—al
fin y al cabo, esa gente merece el dinero más que los arana. Les permitirá
iniciar una nueva vida sin tener que volver a las caucherías.
—tendremos
que dárselo, pero habrá que esperar a última hora, cuando no provoque robos y
asesinatos. Muchos de éstos son capaces de matar a su padre por una libra, tú
lo sabes. No tardarían en asesinar a un compañero, quitarle lo que tuviera, y
desaparecer luego en la selva.
Howard
se puso en pie, estiró las piernas y se desperezó ruidosamente:
—bien
–dijo–. Ahora no queda más que confiar en que llegue un barco antes de que la
gente de arana descubra que estamos aquí.
A la
mañana siguiente, un hombre apareció muerto en un rincón del campamento. Era
uno de los primeros que se unieron al grupo, un “siringueiro” fuerte y hosco
que respondía al nombre de aguirre y gozaba de pocas simpatías por su carácter
brusco.
Arquímedes
fue avisado inmediatamente, y acudió acompañado de howard.
El
cadáver se encontraba tendido boca abajo, y se diría que había sido arrastrado
hasta allí. En su garganta aparecía un tajo que le cercenaba de parte a parte.
‘el
nordestino’ se volvió a su compañero, y no necesitaron hablar para
comprenderse.
—que
lo entierren –ordenó.
—¿así,
sin más? –inquirió un cauchero.
—rézale
un responso si te apetece –rezongó arquímedes–. ¿qué otra cosa quieres?
—saber
quién lo mató.
—eso
es cosa mía.
Siempre
acompañado de howard, buscó a claudia por todo el campamento, y fue a
encontrarla a la orilla del río, sentada en una vieja barca desfondada e
inservible, contemplando ausente el horizonte.
Tomaron
asiento frente a ella, y constituían un cómico grupo, como si trataran de
navegar en seco sobre aquella vieja embarcación ruinosa.
‘el
nordestino’ fue directamente al grano:
—¿por
qué lo hiciste?
Claudia
se encogió de hombros e hizo un gesto que lo mismo podía significar que no lo
sabía, o le resultó inevitable.
Arquímedes
quiso mostrarse paciente:
—¿intentó
violarte?
Asintió
con un gesto.
‘el
nordestino’ pareció aceptar la explicación: meditó largo rato y se volvió a ‘el
gringo’. Éste hizo un gesto fatalista, aunque se diría que pretendía permanecer
al margen del problema.
—no
puedes ir matando a todo el que te moleste –señaló arquímedes–.
Son
hombres, y algunos llevan años sin tocar a una mujer.
—que
me dejen en paz.
—¡que
te dejen en paz! Es fácil decirlo... La próxima vez bastará con que grites.
Siempre hay alguien cerca.
Claudia
volvió a su mutismo y a contemplar la inmensidad del río, como si la
conversación hubiera concluido.
Arquímedes
y ‘el gringo’ salieron de la barca y regresaron al campamento.
Por
el camino, el primero quiso saber la opinión de su amigo.
—creo
que seguirá degollando a todo el que intente ponerle la mano encima. O la dejan
tranquila, o nos hará más daño que la gente de arana.
Cuando
llegaron junto a los que acababan de enterrar a aguirre, arquímedes no trató de
ocultar la verdad. Reunió a sus hombres y les contó lo que había pasado. Luego,
concluyó:
—el
que se acerque a ella, sabe lo que le espera. Y si no lo liquida ella, me lo
cargo yo. ¿entendido?
El
negro ‘martinico’ señaló con la cabeza hacia la tumba:
—está
muy claro, jefe. Está muy claro...
El
‘isla de marahó’ apareció en el horizonte, aguas abajo, dos días más tarde. Era
un esbelto navío de tres pisos, coronado por una alta chimenea que vomitaba
espesas columnas de humo, pintado de rojo y blanco y movido por una gran rueda
que giraba en su popa levantando nubes de espuma del agua marrón y turbia del
amazonas.
Era
extraordinariamente hermoso, y a los que le aguardaban en la orilla, les
pareció el más bello barco que hubieran visto en su vida.
Se
fue aproximando lentamente, y al llegar a unos quinientos metros de la orilla
hizo sonar la sirena. ‘martinico’ izó la bandera en el mástil del centro del
campamento, y el ‘isla de marahó’ maniobró con habilidad en el pequeño espigón.
Apenas
lo hubo hecho, los caucheros comenzaron a subir a bordo, cargados con pesados
troncos y haces de leña.
Nadie
podía diferenciarles de cualquier estibador que hubiera cumplido idéntica tarea
en viajes anteriores, y la única diferencia estaba en que bajo las camisas
ocultaban revólveres, y entre la leña, fusiles.
‘martinico’
y un grupo buscaron el camino de las máquinas; sebastián y su gente se
distribuyeron por cubierta, y arquímedes, howard y alfonso mejías, ‘el tigre’,
se encaminaron al puente de mando.
Al
entrar, lo hicieron ya con las armas en la mano, y al verlos, el segundo
oficial hizo ademán de lanzarse sobre un rifle que colgaba de la pared, pero no
tuvo tiempo de rozarlo siquiera; howard lo dejó muerto de un solo disparo.
El
capitán, por su parte, un flemático inglés de nombre rattingam, no hizo gesto
alguno, y pareció considerar el asalto como algo natural y lógico, que
estuviera esperando tiempo atrás. Se mostró dispuesto a colaborar con sus
asaltantes siempre que ello evitara mayores males a su barco, su tripulación y
su pasaje.
Arquímedes
garantizó la seguridad de cuantos permanecieran tranquilos, pero no pudo decir
lo mismo con respecto a la carga del buque. Había a bordo muchas cosas que sus
hombres estaban necesitando.
—la
piratería está castigada con la horca –señaló el capitán–. Y eso es piratería.
—lo
será en alta mar –replicó ‘el nordestino’–. Aquí, en el río, no existe esa ley.
No existe más ley que la nuestra. Mis órdenes son cargar todo el combustible
que pueda, dar media vuelta, y llevarnos a toda máquina al brasil.
—mi
destino es iquitos.
—ya
no. Ahora su destino es sacarnos del perú, cueste lo que cueste.
—me
dejará, al menos, desembarcar a los pasajeros. El próximo barco los llevará
hasta iquitos.
—sólo
los ancianos y los niños.
Los
demás servirán de rehenes si las cosas se ponen feas. Y ahora procure salir de
aquí cuanto antes.
‘martinico’
y sebastián se habían apoderado, sin problemas, del resto del barco, y desde el
último fogonero a los pasajeros de los camarotes de lujo, todos estaban
reunidos –pálidos y temblorosos– en el salón principal.
Arquímedes
se subió al piano y pronunció un pequeño discurso explicando la situación, para
concluir rogando que le comunicaran cualquier robo, abuso o mal trato por parte
de su gente, para que pudiera ser castigado.
Howard
se preocupó de traducir sus palabras a los extranjeros, especialmente ingleses
y americanos que había a bordo.
Una
hora después, el ‘isla de marahó’ había cargado toda la madera de que era
capaz, y –girando sobre sí mismo– emprendía viaje río abajo, hacia el brasil.
Caía
la tarde y claudia contemplaba, apoyada en la baranda del más alto de los
puentes, el sol que se ponía en el horizonte, el tranquilo río y la inmensa
rueda que allá, a popa, giraba agitando el agua.
A su
espalda sonó una voz desconocida.
—claudia...
Se
volvió y contempló extrañada a un pasajero demasiado elegante, apoyado en el
quicio de la puerta que conducía al salón.
—llevo
todo el día observándola, y me costaba trabajo admitir que fuera usted –dijo el
desconocido–. Ahora, al verla de cerca, estoy seguro.
Claudia
no respondió, pero no podía evitar sentirse interesada. Aquel rostro le
recordaba algo. Hizo un esfuerzo, pero fue inútil. Él pareció advertirlo.
—mario
buendía –señaló–. ¿no se acuerda de mí? Mi padre tenía una tienda de calzados
en la esquina de su calle, y yo la veía pasar cada mañana al ir a misa.
Las
imágenes volvieron, desdibujándose, a la mente de claudia.
—sí
–confesó al fin–. Recuerdo la zapatería de los buendía, y lo recuerdo en la
puerta, pero hace ya tanto tiempo...
—ocho
años.
—¡ocho
años...! Parece una eternidad.
—¿qué
hace usted entre esta gente?
Casi
no puedo creerlo: claudia díaz–sucre, la muchacha más cortejada de caracas, en
compañía de una pandilla de piratas.
—es
una larga historia... Y no son piratas: son esclavos que buscan la libertad.
—¿esclavos?
He oído hablar de ellos, pero creí que exageraban.
¿existen
realmente?
—yo
lo fui. Ahí enfrente, donde termina el río y comienza la selva, hay miles de
esclavos, aunque usted, desde ese barco que sube y baja a todo lo largo del
río, no pueda creerlo.
¿qué
hace aquí? ¿adónde va?
—viajo
–replicó el otro, aproximándose a la barandilla y encendiendo un largo
cigarro–. Viajo: ése es mi oficio. Voy de londres a iquitos, de nueva york a
panamá, o de san francisco a hong kong, según vea posibilidades. Y las
posibilidades están ahora aquí, en el amazonas, donde el dinero abunda y a los
caucheros les agrada gastárselo en una mesa de póquer.
—¿jugador?
—sí,
si así puede llamarse. Ayudo a los pasajeros a pasar más entretenidas las
largas travesías. A cambio, les gano su dinero y les doy, además, la
oportunidad de que ganen el mío.
—¿cómo
pudo llegar a eso desde su zapatería de caracas?
—¿cómo
pudo llegar a esclava en las selvas del amazonas...? Por lo visto, la vida nos
ha llevado y traído mucho en estos años.
Claudia
no respondió. Se volvió de nuevo al río y permaneció largo rato contemplando el
último rayo de sol que desaparecía entre los árboles. Al fin, suavemente,
admitió:
—sí,
nos ha traído y llevado mucho... ¿no ha vuelto a caracas?
—el
año pasado.
—¿cómo
está?
—todo
sigue igual: tan linda, tan pequeña y tan aburrida como siempre.
Un
día vi pasar a su madre: iba a la iglesia y vestía de negro. Me dijeron que
llevaba luto por usted. Creían que había muerto allá en guayana, cerca de
ciudad bolívar.
—mataron
a mi marido. ¿y a mi padre, no llegó a verlo?
—no,
decían que estaba enfermo; la noticia de su muerte le afectó tanto, que
quebrantó su salud y ya no salía a la calle. Lo sentí, porque era un caballero
y un buen cliente. Siempre que venía a hacerse un par de botas me regalaba un
“mediecito” y en aquellos tiempos un “mediecito” era una fortuna para mí.
—¿y
su familia?
—todos
bien... Desaprueban que me haya convertido en un jugador. Creen que cualquier
día me matarán de un tiro por la espalda, o me apuñalarán para robarme las
ganancias de la noche; pero hace tiempo que desistieron de volverme al buen
camino.
—¿le
gusta esta vida?
—es
mejor que vender zapatos, y me permite conocer el mundo. Un día soy millonario,
y al siguiente estoy arruinado. Puedo hospedarme una semana en el mejor hotel
de londres, y dormir en la calle a la siguiente, jugándome un traje contra un
pedazo de chorizo. No es una vida ni mejor ni peor que otra cualquiera.
Claudia
volvió a quedar en silencio contemplando el río. Trataba de imaginar cuál había
sido la vida de aquel mario buendía que conociera de pantalón corto y largas y
velludas piernas. Lo recordaba como un muchacho tímido que la observaba de
reojo al pasar, como si ella, hija única de los díaz–sucre, fuera un ser
inalcanzable para un buendía de los zapateros de la esquina. A veces, su madre
lo enviaba a recados cuando faltaban los criados de la casa, y recordaba que un
día, en su fiesta de cumpleaños, vino para ayudar a atender a los invitados.
Era
un muchacho servicial e introvertido, muy distinto al hombre decidido que
parecía ahora. Lo miró de reojo y se dijo que resultaba atractivo, aunque no
podía saber si era a causa de su elegancia –después de tanto tiempo de tratar
con caucheros harapientosoporque, efectivamente, fuera un hombre guapo. Había
perdido tiempo atrás la costumbre de mirar a los hombres.
El
otro, por su parte, había sabido esperar, como si comprendiera que estaba
siendo examinado. Mario buendía tenía larga experiencia de tratar con mujeres y
podía adivinar lo que estaba pensando. En realidad, en su condición de jugador,
todo en él se limitaba a saber lo que pensaba el contrario, fuera hombre o
mujer.
Aprovechó
para recordar también aquellos viejos tiempos en que no era más que un pobre
muchachito secretamente enamorado de claudia díaz–sucre, que pese a tener su
misma edad, aproximadamente, era toda una mujer, pretendida por los herederos
de las mejores familias que aspiraban a su mano y a los cafetales que poseía su
padre en las faldas del ávila. Él estaba ya lejos, enrolado de pinche de cocina
en un barco que hacía la ruta londres–nueva york–panamá, cuando tuvo noticias
de su boda. Sonrió al rememorar su tristeza de aquel día, cuando recibió la
carta en que le comunicaban que su amor de muchacho era ya de otro hombre.
Esa
noche, a solas en el sucio camastro del camarote común, había llorado. Pero de
eso hacía ya mucho tiempo. Ahora, cuando la creía muerta, claudia estaba allí,
cansada, envejecida, y con el rostro marcado por un increíble sufrimiento que
no se sentía capaz de imaginar.
Rompió
el silencio.
—¿cómo
es la selva? –preguntó.
—¿la
selva?
—sí.
Ese mundo del que acaba de salir y que se ve ahí enfrente...
Claudia
meditó unos instantes. Al fin se encogió de hombros.
—no
lo sé –replicó–. Me he pasado meses vagando por ella, pero no puedo definirla.
Tan sólo recuerdo el miedo, las sombras, el agua, las lianas... Y un cansancio
infinito.
—¿había
bestias?
—¿bestias...?
Sí, nosotros. Bestias tratando de sobrevivir. Y pantanos. Todo estaba oscuro,
húmedo, frío...
—¿frío
en el amazonas?
—sí.
Resultaba extraño... Hacía mucho calor, pero nunca veíamos el sol; todo estaba
en penumbras, y sentíamos frío. El miedo es frío.
—ahora
todo acabó. Pronto estará en casa, en caracas.
—no,
no creo que vuelva a ver caracas nunca.
—¿por
qué dice eso? ¿no lo desea?
—es
lo único que deseo en este mundo... ¡volver! Pero no volveré.
Lo
presiento.
—no
debe hablar así... Aún está impresionada por cuanto ha ocurrido.
Pero
debe ir haciéndose a la idea de que todo pasó... Ya no está en la selva; está
en un barco moderno y confortable, rodeada de gente civilizada.
—¿gente
civilizada? ¿ésos? Siringueiros desesperados capaces de matar a su propia
madre; ladrones, asesinos, violadores... ¿aún no se ha dado cuenta?
—el
jefe es arquímedes... Parece buena gente... Y el otro, el pelirrojo...
—tan
sólo son dos, y los otros, cincuenta. Y también son asesinos.
Matan,
matan, matan...
Buendía
parecía sorprendido por eltono de rencor de la voz de claudia.
—creí
que eran sus amigos... –comentó con timidez.
—¿mis
amigos? ¿dónde estaban aquella noche?
—¿qué
noche?
Claudia
lo miró fijamente, como extrañada de que no supiera a qué se refería.
—aquella
noche –murmuró–. Aquella noche...
Arquímedes
y ‘el gringo’ obligaron al capitán rattingam a abrir la caja fuerte del barco.
Tal como el peruano señalara, aparecía repleta de esterlinas de oro destinadas
a pagar el caucho de los arana.
‘el nordestino’
dejó media docena de ellas en la caja, echó las restantes en un mantel, y
escondió éste bajo la cama del capitán.
—nadie
irá a buscarlas ahí –señaló–. Cuando todo acabe, las repartiremos entre mi
gente, pero de momento, es preferible que no se sepa que existen. Usted,
capitán, si desea que en su barco haya paz y mis hombres no empiecen a matarse
por culpa de ese oro, mantenga la boca cerrada.
—entiendo...
—más
le vale. Lo único que puede salvarle es mi autoridad y el respeto que howard
les merece. Con ese oro por medio, no hay respeto ni autoridad que valga.
Lo
interrumpió una llamada a la puerta. Era el negro ‘martinico’, que aparecía con
el semblante descompuesto.
—el
viejo sebastián –señaló sin más preámbulos–. El muy estúpido se bañó desnudo en
el río el otro día, y se le metió un “candirú”. Lo está pasando muy mal y grita
como un condenado. Si no hacemos algo morirá.
Arquímedes
soltó un reniego. El “candirú”, un diminuto habitante de las aguas,
acostumbraba introducirse en el pene de cuantos hombres o animales se bañaban
en el río. Aunque por lo general poco común, resultaba, sin embargo, difícil de
combatir, ya que una vez dentro del pene, clavaba sus espinas dorsales en las
paredes laterales y se establecía definitivamente en una forma de vida
parasitaria que producía terribles dolores y la muerte.
Resultaba
inconcebible que un cauchero de la experiencia del viejo hubiera cometido el
error de bañarse desnudo.
Arquímedes
preguntó al capitán si había algún médico a bordo, pero la respuesta fue
negativa. Bajaron a ver al viejo, que aullaba de dolor y tenía el pene hinchado
a casi tres veces su diámetro normal.
‘el
tigre’ y otro cauchero trataban de darle ánimos, pero ‘el de la pipa’ rugía y
maldecía al mundo, y sobre todo se maldecía a sí mismo.
—busca
un médico, ‘nordestino’, ome voy de ésta al otro barrio –pidió.
Arquímedes,
consciente de que no podía hacer nada, murmuró unas palabras de ánimo, y salió
al pasillo.
Allí
le alcanzaron ‘el tigre’ y el otro cauchero, que repitieron la petición del
viejo.
—busca
a un médico, o ese viejo loco se nos muere.
—¿dónde
quieren que encuentre un médico? Al único lugar donde podríamos llegar a tiempo
es iquitos, y ya saben lo que nos espera allí. No puedo exponer a toda mi gente
por él.
No
es justo.
—pero
lo va a pasar muy mal –señaló howard–. Ese dolor no hay quien lo aguante...
En
ese momento se escuchó un alarido, y cuando penetraron en tromba en el
camarote, se encontraron al viejo en pie, con su machete de cauchero en la
mano, el pene cortado en la otra, y sangrando como un cerdo. Tiró el despojo
sobre la cama y exclamó:
—¡para
lo que me servía ya...!
Luego
cayó de espaldas sin conocimiento.
Comenzaba
a clarear cuando apareció por la izquierda la ancha boca del napo.
Mejías,
‘el tigre’, despertó a arquímedes y le señaló un punto, en la unión de ambos
ríos, donde se distinguía un grupo de chozas.
—el
campamento de los arana –dijo–. Ahí nos deben estar esperando.
—poco
imaginan que estamos a sus espaldas.
‘el tigre’
mostró entonces un gigantesco almacén flotante que aparecía apartado a un
centenar de metros del resto de las chozas.
—aquél
es el depósito de la goma.
Todo
lo que se recoge en el napo y sus afluentes se guarda ahí, y una vez al año se
embarca para londres. Debe haber millones de libras... ¡una fortuna!
El
‘isla de marahó’ continuaba su marcha aproximándose al campamento.
Poco
a poco, éste se iba haciendo más visible, e incluso podía distinguirse ya a los
somnolientos vigilantes, y a las mujeres más madrugadoras que comenzaban a
lavar la ropa en el río antes de que el sol cayera a plomo.
Las
aguas estaban altas en el amazonas, y llegaban casi hasta los suelos de las
cabañas, de modo que las lavanderas no tenían que salir al porche e inclinarse
sobre la corriente. El poblado había pasado a ser –de un hacinamiento de chozas
clavadas sobre altos postes en la orilla, a veinte metros del río– un villorrio
lacustre en el que para cruzar de casa a casa, había que utilizar pasarela o
piragua.
Arquímedes,
que lo contemplaba todo en silencio, pareció tomar una decisión:
—avisa
a la gente –ordenó–. Y que despierten también al capitán. Quiero verlos dentro
de cinco minutos en el puente de mando.
Mejías,
‘el tigre’, salió de estampida con el rostro iluminado, como si fuera la orden
que había estado esperando. Cinco minutos después, todos los caucheros, el
capitán rattingam y su tripulación, aguardaban las instrucciones de arquímedes.
Éste
fue claro y preciso, señalando en muy pocas palabras lo que cada cual tenía que
hacer. El capitán quiso protestar, pero ‘el nordestino’ lo puso en manos de
‘martinico’ con un solo comentario:
—ocúpate
de que haga lo que he dicho.
—seguro,
jefe –replicó el negro–.
Segurito...
Minutos
después, el ‘isla de marahó’ giraba suavemente a babor, y ponía proa hacia el
campamento de los arana a la par que aumentaba notablemente la velocidad de su
andadura.
A
medida que se fue aproximando, las chozas ganaron en tamaño y nitidez,
comenzaron a captarse detalles de la vida del poblado, y pudieron distinguir
perfectamente las facciones de los guardianes y las mujeres que lavaban.
En
un principio, guardianes y mujeres alzaron el rostro para contemplar con cierta
indiferencia el barco de cabotaje que se iba aproximando.
Luego,
su expresión fue cambiando y se tornó en sorpresa y desconcierto al advertir
que el barco parecía encaminarse directamente hacia ellos, y, al fin, el
desconcierto degeneró en franca alarma. Las mujeres comenzaron a gritar y
correr, los hombres a disparar y todo se convirtió en un pandemónium, mientras
el ‘isla de marahó’, alto, rugiente, poderoso y veloz, se lanzaba como una
tromba sobre las frágiles chozas lacustres, y comenzaba a barrerlas y
destrozarlas como la trilladora que aplasta la paja. La gran rueda de popa
recogía los restos –madera, muebles, hombres– y los lanzaba al aire como
pelotas de goma.
Fue
en verdad un espectáculo dantesco. El barco daba marcha atrás una y otra vez
para avanzar nuevamente con más ímpetu, y a cada pasada un puñado de chozas
eran barridas de la faz del río, mientras las curiaras se hundían, y los
hombres de arana –sacados del sueño bruscamente– caían al agua entre gritos.
Concluida
la tarea, el ‘isla de marahó’ se aproximó al almacén de caucho. Desde cubierta
volaron varias antorchas y pronto la fortuna en goma que esperaba para su
embarque no era más que una gigantesca hoguera que lanzaba al aire una columna
de humo negro y espeso.
Navegaban
de nuevo calmosamente, río abajo, cuando arquímedes subió al puente de mando y
sonrió al capitán.
—¿ve
cómo no le pasó nada a su barco? –comentó–. Unos desperfectos en proa y la
pintura de los costados desconchada...
—ha
sido un asesinato en masa...
La
mayor bestialidad que he visto en mi vida.
—ellos
estaban ahí, armados hasta los dientes, esperando que apareciéramos
confiadamente napo abajo, para hacernos trizas... Les hemos dado lo que
pensaban darnos...
—¡pero
había mujeres!
—cuatro
putas roñosas... Hubiera preferido no hacerles daño, pero no teníamos tiempo
para galanterías...
Los
arana se acordarán de nosotros mucho tiempo... ¡mucho tiempo...!
Cuando
salió a cubierta, sus hombres lo aclamaron jubilosos, pero ‘el nordestino’
pidió calma.
—no
hay que entusiasmarse –señaló–. No siempre va a ser tan fácil... Guarden
fuerzas para cuando haya lucha... Y ahora, bajen a las bodegas y tomen de ellas
lo que necesiten...
Los
hombres gritaron y se apretujaron hacia las escalas que llevaban a las bodegas,
pero arquímedes los atajó.
—¡que
cada cual coja lo preciso, pero no más! –ordenó–. No quiero saqueo ni pillaje
y, sobre todo, que nadie moleste a los pasajeros.
Luego
pidió a howard, ‘martinico’ y alfonso mejías que se ocuparan de hacer cumplir
sus órdenes, y volvió al puesto de mando, junto al capitán.
El
reparto de prendas y armas se llevó a cabo con un cierto orden, aunque de tanto
en tanto se entablara la inevitable disputa, que howard resolvía. Se diría que
todo iba por buen camino, pero al poco un marinero vino a avisar al capitán que
en un camarote de primera clase se escuchaban ruidos sospechosos y un pasajero
vecino aseguraba haber oído gritos.
Arquímedes
y el capitán acudieron precipitadamente y se detuvieron ante la cerrada puerta.
Algunos pasajeros se asomaban al pasillo, y todos parecían alarmados.
—¿quién
ocupa este camarote? –preguntó el capitán a un camarero.
—una
señora y su hija, que regresan a iquitos desde francia. Apenas salen a cubierta
y nunca suben al comedor.
El
capitán hizo un gesto y golpeó la puerta.
—¡señora!
Por favor, ¿quiere usted abrir...?
No
hubo respuesta, aunque dentro se escuchó ruido, pasos, y voces que hablaban
quedamente. El capitán repitió su llamada, con idéntico resultado, y arquímedes
intervino apartándole suavemente y golpeando la puerta con fuerza.
—¡abran!
–ordenó–. Quienquiera que esté ahí dentro... Si no lo hacen, echaré la puerta
abajo.
Hubo
un nuevo silencio, pero al poco lo rompió una voz bronca que gritó:
—¡déjanos
en paz, ‘nordestino’!
Esto
no va contigo. Tenemos derecho a divertirnos un poco.
Arquímedes
palideció. Apretó con fuerza los dientes y repitió:
—¡abre...!
Te doy un minuto.
—entra
a buscarnos –replicó otra voz, en la que ‘el nordestino’ reconoció a uno de sus
hombres.
Ordenó
al capitán y a los pasajeros que se apartaran y sacó el revólver.
En
ese momento hizo su aparición howard, atraído por el escándalo, le puso al
corriente de lo que ocurría, y ‘el gringo’ hizo un gesto de asentimiento
empuñando también su arma.
—bien
–dijo–. Vamos a entrar por ellos.
Disparó
sobre la cerradura, que saltó hecha pedazos, y de una patada abrió de par en
par la puerta. Desde el interior partieron tres disparos, pero ya ‘el gringo’ y
‘el nordestino’ se habían colocado a cada lado del quicio. Aguardaron unos
instantes y arquímedes repitió:
—es
mejor que salgan de una vez.
—¡entra
tú, hijo de perra! –replicaron desde dentro.
‘el
gringo’ hizo un gesto señalando que estaba dispuesto, y al mismo tiempo se
lanzaron de cabeza al interior del camarote, rodando por el suelo. Dentro había
tres hombres, pero sólo uno alcanzó a apretar el gatillo antes de que howard lo
dejara muerto. Los otros alzaron los brazos, tirando las armas. La muchacha
había sido violada.
A la
mañana siguiente, muy temprano, arquímedes ordenó que todo el mundo –incluida
la tripulación, el pasaje, y en especial sus hombres– se reuniera en la
cubierta superior, donde mandó traer a los prisioneros. Sin grandes ceremonias,
hizo que los arrojaran desde aquella altura al río, en el que desaparecieron
instantáneamente. Luego se volvió a su gente.
—todo
el que mate, viole, robe o haga algo que vaya contra mis órdenes, seguirá el
mismo camino. ¿está claro?
La
reunión se deshizo, y quién más, quién menos, se alejó comentando lo ocurrido.
Mario
buendía aprovechó para acercarse a claudia, que contemplaba el río en el punto
que desaparecieron los caucheros.
—unos
métodos algo bruscos los de su amigo, ¿no le parece?
Claudia
le observó unos instantes y negó con la cabeza:
—en
absoluto –replicó–. La muerte es poco castigo. Por mí habrían tenido toda una
larga semana de agonía.
El
otro quedó impresionado, más por el tono de su voz que por sus palabras:
—la
violación no está castigada con la muerte.
—esas
leyes no deben haber sido hechas por una mujer violada –señaló claudia.
Mario,
confuso, no supo qué responder, y permanecieron en silencio, contemplando la
inmensidad del río, cuyas orillas apenas se distinguían en el horizonte. Fue
ella la que habló nuevamente.
—¿sabe?
He vivido dos años en manaos, a sólo veinte kilómetros del amazonas y nunca lo
había visto. Ésta es la primera vez, y cuanto más navegamos por él, más
increíble me parece. ¿qué anchura cree que tiene ahora?
Buendía
se encogió de hombros, e hizo un esfuerzo tratando de calcular:
—tal
vez veinte kilómetros; tal vez más. En su parte más ancha, dicen que pasa de
los setenta, y allí no se distinguen las orillas. Ya lo verá:
Es
como un mar.
—un
mar sin olas y sin tempestades, pero que mata más hombres que el peor de los
océanos. Y todo por culpa del caucho.
—si
no fuera por el caucho, estas selvas seguirían como en la edad de piedra. Y si
algún día se agota, volverá a ser lo mismo: un inmenso desierto verde por el
que vagarán puñados de salvajes desnudos matándose los unos a los otros.
Claudia
fue a responder, pero se interrumpió, hizo un esfuerzo y luego pidió:
—hábleme
de caracas.
—¿de
caracas...? ¿qué quiere que le diga?
Cuando
arquímedes pasó por allí, una hora después, en su camino hacia el puente de
mando, aún seguían hablando de caracas, y había una animación desconocida en el
rostro de claudia. ‘el nordestino’ sintió que algo extraño se agitaba dentro de
él y no pudo saber si era satisfacción por verla cambiada, o celos porque un
advenedizo hubiera conseguido en unos días lo que ni howard ni él lograron en
meses. A veces se había preguntado qué sentía por claudia, y nunca supo
responder. En otras circunstancias se habría enamorado de ella –era la mujer
más extraordinaria que hubiera conocido nunca–, pero después de lo ocurrido;
después de verla humillada, y casi destrozada por las gentes de sierra, la
compasión había acallado cualquier sentimiento. Se había acostumbrado a
considerarla un ser indefenso al que había que poner a salvo. Pero la crueldad
que demostraba, su capacidad de matar sin sentir remordimiento, habían chocado
violentamente contra ese deseo de protegerla.
Ahora,
aquel mario buendía, aunque no le gustara por su condición de jugador y su aire
de petimetre, le parecía como caído del cielo. El recuerdo de caracas y de una
niñez feliz, era –y lo sabían desde tiempo atrás– lo que claudia necesitaba.
Tal
vez el jugador se brindara a acompañarla hasta venezuela, y arquímedes creía
que, llegado el momento, podría convencerle aunque fuera a base de echar mano a
algunas esterlinas de oro. Parte de ese oro le correspondía también a claudia,
que había sufrido más que cualquiera a causa de los caucheros.
Unos
cuerpos negros que saltaban junto a la proa lo sacaron de sus pensamientos.
—¡delfines!
Se
acodó en la borda a contemplarlos. Siempre le habían gustado los delfines
–”botos” como los llamaban en el río– y no se acostumbraba a verlos allí, a
casi cuatro kilómetros del mar, en plena selva. En una ocasión había llegado
incluso a ver uno allá arriba, en el curicuriarí, y recordaba que un indio le
contó que a veces esos “botos” se convierten de noche en hermosas mujeres que
salen del agua a enamorar a los hombres. Cuando lo han conseguido y los tienen
inermes entre sus brazos, se arrojan con ellos al río y los ahogan. También
contaban las leyendas del amazonas que cuando se mata a un delfín, una mujer
joven y hermosa muere al poco tiempo.
Los
“botos” se aburrieron de jugar con el barco, se alejaron aguas arriba, y
arquímedes continuó su camino hacia el puente de mando, en el que howard y el
capitán charlaban en inglés. Los escuchó un rato, aunque no entendía nada, pero
le gustaba el sonido de aquel idioma extraño tan distinto al suyo, y tan
distinto al castellano que hablaba la mayoría de su gente. Al fin howard dijo:
—el
capitán asegura que pronto el caucho dejará de ser negocio aquí, en amazonia.
Arquímedes
los miró incrédulo. Sus ojos iban de uno al otro, queriendo comprender algo que
estaba lejos de su entendimiento. Howard se volvió al capitán.
—¡cuénteselo!
–pidió.
El
capitán dudó, incómodo, y por último murmuró:
—no
me gustaría que la noticia se propagara. Si se llega a saber que intervine en
eso, puede costarme caro.
—arquímedes
no dirá nada, como no lo diré yo. ¿se da cuenta de lo que significa? Todo este
inmenso tinglado se vendrá abajo. No habrá más esclavos, ni “razzias”, ni
muertes.
—sí
–admitió el capitán–. Y el oro parará de correr, la gente abandonará las
caucherías y manaos dejará de ser la ciudad más rica del mundo para volver al
villorrio que era.
Pero
quizá todo sea un sueño y nunca ocurra.
—¿se
puede saber de qué se trata? –se impacientó arquímedes–. ¿de qué están
hablando?
—le
contaba a su amigo –dijo el capitán– que hace unos años, antes de pensar en
serio en establecerme en el río, ayudé a un inglés de santarem, un tal henry
vickham, a sacar del país tres sacos de semillas del árbol del caucho. Está
rigurosamente castigado, pero conocía en belem a unos oficiales de aduanas que
se dejaban sobornar. Llevamos las semillas a londres, donde un botánico
consiguió que arraigaran en un jardín de aclimatamiento, y me volví. Luego supe
que trasladaron las plantas a las posesiones inglesas de malasia y, al parecer,
los árboles están creciendo bien. No aislados, como aquí, sino en grandes
plantaciones, alineados uno junto a otro, y sin problemas de búsqueda y
transporte. La tierra es rica, y si todo sigue como hasta ahora, pronto se
producirá allí mucho más caucho del que hayan dado nunca estas selvas.
—demasiado
hermoso para ser cierto –comentó arquímedes–. Sería lo único que podría acabar
con esta porquería.
Me
gustaría ver qué iban a hacer todos los sierra, arana, saldaña y echevarría de
la región...
—no
creo que les importe –dijo howard–. Pasarán años antes de que ese caucho sea
una amenaza para el amazonas. En ese tiempo, los sierra, los arana y los
echevarría tendrán tanto dinero que no sabrán qué hacer con él. La solución es
acabar con ellos ahora.
—¿para
qué? Aunque murieran, vendrían otros. Lo único que puede liquidar el negocio es
eso: que manaos se hunda; que ya no corra el dinero; que todos se vayan.
–sonrió como si estuviese pensando en algo muy divertido–. Si eso llega a
ocurrir –continuó– prometo que me estableceré en manaos y me quedaré hasta que
me muera de viejo, viendo cómo esa ciudad maldita desaparece, se la come la
selva o la invaden de nuevo los jaguares y serpientes.
—tendrías
que vivir cien años.
—sería
la única razón por la que valdría la pena vivirlos.
Esa
noche, con el barco completamente a oscuras y ni un solo rumor a bordo, el
‘isla de marahó’ cruzó la línea fronteriza, dejando a babor las luces de la
ciudad colombiana de leticia, y a estribor, la brasileña benjamin constant.
Cuando amaneció, se encontraron ya en brasil, y aunque también allí se les
buscaba, les pareció, sin embargo, que se sentían más a salvo.
El
río, el gigantesco amazonas, inconcebible para quien no lo hubiera visto nunca,
iba cobrando más y más anchura, más y más profundidad, y ya era como un mar
infinito y monótono.
Los
hombres se aburrían; les inquietaba aquel no hacer nada; pasar las horas sin
ver más que cielo, agua, y a lo lejos, la selva. Cuando arquímedes bajó, en una
de sus frecuentes visitas al viejo sebastián, que se reponía lentamente,
encontró el camarote ocupado por varios de sus hombres: entre los que el negro
‘martinico’ parecía llevar la voz cantante. Al entrar ‘el nordestino’ se hizo
un silencio tan extraño, que no pudo menos que advertir.
—¿qué
ocurre? ¿qué conspiración es ésta?
—no
es ninguna conspiración –replicó ‘martinico’–. Estamos tratando de imaginar en
qué acabará todo.
—ya
lo saben: en belem. Allí, cada cual tome su rumbo, y suerte.
—¡suerte!
–repitió uno–. Pero eso es todo lo que tendremos... ¿qué vamos a hacer
entonces? Acabaremos en lo mismo: endeudados y volviendo a las caucherías.
—eso
es cosa de cada cual. Yo sólo prometí sacarlos del napo y devolverles la
libertad.
—estos
barcos que suben y bajan el río van cargados de oro, caucho y mercancías. ¿por
qué no podemos apoderarnos de otros?
—porque
sería piratería.
—¿y
qué? –quiso saber ‘martinico’–. Lo que llevan esos barcos nos pertenece. A
nosotros y a otros muchos caucheros que están dejando la vida en la selva. Poco
a poco, más gente se nos iría uniendo y llegaríamos a ser los reyes, los dueños
del amazonas. Podemos esconder el barco en cualquier afluente del purús, y
nadie lo encontraría nunca.
—¿y
qué haríamos con los pasajeros y tripulantes?
—a
los pasajeros los podemos dejar en cualquier parte. Los tripulantes tendrían
que venir con nosotros para manejar el barco.
—¡unos
piratas que ni siquiera saben navegar! ¿qué pasaría si en un momento crítico la
tripulación decidiera parar las máquinas?
—los
matábamos.
—y
una vez muertos, ¡animal!, ¿quién ponía de nuevo las máquinas en marcha...?
Para ser pirata, lo primero que hay que hacer es saber de barcos.
—con
howard y tú sería distinto.
Pronto
aprenderíais a manejar este trasto. Tú serías el jefe.
Cuando
arquímedes le contó a ‘el gringo’ la conversación, éste se echó a reír.
—¡pirata!
–exclamó–. Quizás es lo único que no he sido en este mundo.
No
estaría mal como experiencia, pero no en este río. Lo que quiero es salir de la
selva. Irme muy lejos, tal vez al canadá, donde creo que nadie me busca y donde
podré revolcarme en la nieve y pasar frío después de años de sudar. ¿tú que
harás? ¿te convertirás en pirata?
Arquímedes
negó con un gesto:
—ya
te lo he dicho: me estableceré en manaos a ver cómo se destruye si lo que el
capitán nos contó resulta cierto.
—¿y
si no lo es?
—si
no lo es, buscaré cualquier rincón perdido, un lugar donde nadie me conozca y
nadie hable de caucho.
—podrías
hacer mucho por esta gente... Te siguen, tienen fe en ti.
Darías
batalla a todos los sierra y todos los arana. Alza a los esclavos. Aplasta a
los caucheros...
Arquímedes
lo miró largamente y sonrió con tristeza:
—nadie
puede luchar contra eso.
Nadie
puede empujar a los miserables contra los poderosos. Los poderosos son siempre
poderosos.
—¡inténtalo...!
—¿para
qué? ¿para acabar como antonio ‘el consejero’...? ¿para que me arrastren como a
tantos otros que creyeron poder cambiar el mundo...? No, yo sé lo que es eso...
_”llevamos
mucho tiempo juntos, ‘gringo’, mucho, pero no sabes nada de mí... Te he dicho
que nací en el nordeste, el alagaos, pero si no conoces el sertao, no puedes
saber lo que es aquello. ¡la sed! De niño siempre sufrí sed... Mi padre trabajó
día y noche para abrir un pozo tras la choza y conseguirnos un poco de agua
turbia y caliente, pero el patrón lo descubrió y lo obligó a cegarlo para que
tuviéramos que comprarle agua de su fuente. Dos horas teníamos que andar mi
hermano y yo para traer el agua, y cada cántaro que nos daban era una hora más
que mi padre debía trabajar en las tierras del patrón. Agua a cambio de sudor,
ése era el trato. Y un día mi madre tuvo que acostarse con el capataz a cambio
de una cabra, pues necesitaba leche para mi hermana.
Pero
a los tres días vino el patrón, dijo que la cabra no podía pastar en sus
tierras, y se la llevó. Esa noche mi padre lo mató y emprendieron la marcha
hacia canudos, hacia la tierra de antonio ‘el consejero’.
Howard
lo miró asombrado:
—¿estuviste
en canudos? ¿conociste a antonio ‘el consejero’?
—lo
vi morir y cómo lo arrastraban. Y mi padre y mi hermano también murieron ese
día, y a mi madre se la llevaron y jamás volví a verla. Yo me salvé porque aún
no levantaba un metro del suelo y me consideraban incapaz de sostener un arma.
—¡debió
de ser espantoso!
—ya
estaba acostumbrado... Los niños de canudos jugábamos con las calaveras de los
soldados que habían intentado acabar con antonio. Los caminos que llevaban a
canudos estaban adornados con sus cadáveres, uno cada tres metros, en doble
fila, y aparecían así por kilómetros y kilómetros. De niño vi correr más sangre
que agua.
—¿cómo
era antonio?
—un
loco... Al principio todos lo adoraban. Hablaba de dios, de la vida eterna; del
fin del mundo que pronto llegaría en forma de enorme planeta negro... Pero a
medida que acudían nuevas gentes y todos lo alababan; cuando al fin canudos fue
un hervidero de desesperados que lo creían un profeta o un cristo redivivo, se
fue haciendo caprichoso y cruel, e incitaba a la gente a cometer todos los
desmanes. Hombres y mujeres se mataban a machetazos. Y antonio todo lo
aplaudía, y decía que nada importaba, pues él cargaba esos pecados sobre su
conciencia y sería el único que tendría que dar cuentas el día del juicio
final.
—¿por
qué lo seguían entonces?
—¿qué
otra cosa podían hacer?
Eran
hambrientos y desesperados de los que nadie se ocupó nunca más que para
explotar. Los hombres de antonio asaltaban los poblados y haciendas y traían
comida y alcohol en abundancia. Canudos era como un reino independiente, un
estado salvaje en el corazón de la catanga, capaz de desafiar al poderoso
brasil. Llegó un ejército y se perdió en el desierto.
Los
escasos sobrevivientes fueron pasados a cuchillo. Llegó un segundo ejército, y
también fue aniquilado.
Llegó
un tercero, al mando del temible coronel tamiringo, y pasó a convertirse en
adorno de las puertas de la ciudad... Todos creían firmemente que antonio era
un protegido del cielo, que él tenía razón y el resto del mundo estaba
equivocado... Y así fue como aguardamos, confiados, al cuarto ejército, y ese
cuarto ejército no dejó piedra sobre piedra de canudos. Cuando todos se fueron,
me encontré solo, en medio de las cenizas y el desierto, rodeado por miles de
cadáveres... Debía de tener entonces poco más de diez años.
Quedaron
en silencio. Howard, meditando en cuanto acababan de contarle, y arquímedes,
sumido en sus recuerdos, en aquellos lejanos años de su infancia. Al fin, dando
por concluida la conversación, señaló:
—¿comprendes
ahora por qué no quiero convertirme en caudillo de rebeldes? Siempre pensaría
en antonio, y en que acabaría pareciéndome a él.
—tú
eres distinto.
—¿cómo
lo sabes? Lo perdió el saberse poderoso, y yo me doy cuenta de que el poder me
gusta. Algún día no sabría controlar mis órdenes.
—yo
te conozco. Sí sabrías.
—no
puedo arriesgarme.
Howard,
tumbado en cubierta a la sombra de la chimenea, dejaba correr al tiempo fumando
sin ganas. Las máquinas rugían, aproximándolo a manaos, la ciudad de donde
salió rumbo a las caucherías del curicuriarí.
Y en
manaos, sierra.
No esperaba
‘el argentino’ esa sorpresa. ¡diablos, qué poco se lo debía imaginar...!
Trataba de forzar su mente en busca de una muerte digna de carmelo sierra. Un
tiro no bastaba... Ni ahogarlo, ni echarlo vivo a las pirañas...
¡tal
vez las hormigas...! Le habían hablado de un suplicio empleado por los arana,
que parecía prometedor... Sentar al reo sobre un nido de hormigas rojas
abriéndole el ano por medio de una caña hueca. Las hormigas penetran por esa
caña, llegan a los intestinos, y comienzan a devorar al hombre de dentro
afuera. Pueden pasar días antes de que muera en medio de dolores inconcebibles.
El
viejo sebastián, ‘el de la pipa’, aseguraba que a un amigo suyo –fugitivo
impenitente–, los arana habían acabado por matarlo así para ejemplo de otros
caucheros que pensaran evadirse.
¡hormigas...!
No era mala idea...
Mas
para sierra soñaba con algo nuevo, exclusivo.
Lo
sacó de sus pensamientos una figura que se había detenido ante él.
Era
un pasajero; un hombre de edad mediana, gesto triste y aspecto adinerado. Alzó
el rostro hacia él y lo miró. El otro pareció cohibido.
—¿podría
hablar un instante con usted? –preguntó.
Le
indicó que tomara asiento. El pasajero lo hizo y de un bolsillo sacó un pequeño
retrato que tendió al pelirrojo. Se trataba de una bella mujer de gesto dulce,
aunque el retrato ya debía de tener algunos años y aparecía manoseado y
descolorido.
—me
llamo bodard –dijo el otro–.
Julien
bodard, y ésta es mi esposa... Tan sólo quería preguntarle si usted, que tanto
ha viajado por el amazonas, la ha visto alguna vez.
‘el
gringo’ estudió el rostro con detenimiento. La ansiedad del individuo le
impresionó. Se diría que su voz estaba a punto de quebrarse, que iba a romper
en sollozos. Negó con un gesto.
—lo
siento. Nunca la he visto.
Bodard
recogió el retrato y lo guardó en silencio. Se quedó muy quieto mirando a la
lejanía. Howard lo observaba interesado, pero el otro parecía ausente. Fue a
ponerse en pie, pero el americano le colocó la mano sobre el antebrazo.
—¿por
qué la busca? Si se fue, olvídela... Hay otras.
El
hombre lo miró sin comprender, y al fin negó lentamente.
—no
se fue... Me la quitaron...
¿comprende?
Se la llevaron a la fuerza, y me consta que si aún vive debe estar en algún
lugar de esta maldita selva.
Howard
pensó en claudia, y sintió curiosidad. Suavemente consiguió que bodard tomara
asiento otra vez a su lado, y pidió que le contara lo ocurrido.
El
otro dudó; luego comenzó su historia:
—llegamos
de francia –dijo–.
Allí
todo iba mal, y pensábamos que, jóvenes recién casados, el fabuloso mundo del
caucho nos brindaba una oportunidad única. Pero cambié el caucho por diamantes,
y nos fuimos a los yacimientos del jatubá y el río das mortes...
—¡se
la llevó al río das mortes!
—ella
era una mujer valerosa, y no podíamos vivir el uno sin el otro.
Trabajábamos
juntos en el río, día y noche, soñando con encontrar suficiente para regresar a
casa y emprender algo digno.
—¡pero
aquello era un infierno!
Ni
los hombres lo aguantaban.
—ahora
lo sé, pero entonces no.
Enfermó
y tuve que llevarla a cuiabá. Yo estaba seguro de haber dado con un yacimiento
en un afluente del jatubá, pero no tenía dinero para explotarlo. Un almacenista
me ofreció lo que necesitaba a cambio del treinta por ciento de mis ganancias.
Mi mujer se quedaría en prenda, como garantía de mi vuelta. Pedí un año de
tiempo y regresé en la fecha señalada. Millonario, rico, ¡riquísimo! Tanto como
nadie hubiera soñado nunca serlo, pero el almacenista había vendido mi esposa a
un cauchero por el doble de lo que me había entregado en mercancías.
—¿qué
hizo usted?
—le
saqué los ojos, pero no supo decirme quién era, ni a dónde había ido ese
cauchero. Le corté las manos, pero también fue inútil; llegué a despellejarlo
vivo, pero nada. Desde entonces ofrezco cuanto tengo a quien me la devuelva.
¿cree usted que estará en iquitos?
—quizá...
¿cuánto tiempo hace que la busca?
—seis
años...
—¿y
ni siquiera sabe si está viva?
—alguien
me aseguró haberla visto hace dos años, en leticia. Pero vengo de allí, y nadie
la recuerda. Tal vez en iquitos...
—tal
vez...
El
hombre se alejó, pero se detuvo ante la llamada de howard.
—¡eh!
Oiga... Por si alguna vez la veo... ¿cómo se llama su esposa...?
—clara.
Continuaron
los días de barco y río.
Uno
tras otro se iban desgranando, iguales a sí mismos, sin más horizontes que la
selva y el cielo; azul y verde sobre el agua marrón del amazonas.
No
había más mundo, no había otro paisaje, no había seres humanos, ni incluso
animales; tan sólo alguna garza que volaba hacia el sur. Las eternas loras, las
interminables loras de la espesura, quedaban ahora muy lejos, en el horizonte,
sobre las copas de los árboles.
En
ocasiones se cruzaron con grandes navíos que hacían sonar la sirena a modo de
saludo; otras, se adelantaban a grupos de piraguas o lanchones cargados de
caucho, bananas o haces de leña. Todos tenían idéntico destino:
Manaos,
porque todo en el universo amazónico tenía una sola meta u origen: manaos.
La
vida a bordo seguía su curso.
Arquímedes
estrechó la vigilancia sobre su propia gente, y prohibió terminantemente que
volvieran a hacerse referencias a la piratería. Cuando sorprendió a uno de sus
hombres incitando a sus compañeros a insistir en el proyecto, hizo que lo
azotaran.
Luego
ordenó subir un lujosísimo ataúd que había visto en las bodegas y que iba
destinado a un rico cauchero de iquitos. Colocó dentro al rebelde, paró las
máquinas e hizo que lo depositaran suavemente en la corriente.
Cuando
el barco se alejó de nuevo, el hombre quedó allí en medio, quejándose y
maldiciendo, sentado en el fondo de un ataúd de caoba forrado de violeta que le
servía de extraña curiara. Como para azotarlo le habían despojado de los
pantalones, su aspecto no podía ser más ridículo, y así pasó, de supuesto líder
y jefe de piratas, a hazmerreír de sus compañeros.
Arquímedes
se había convertido en amo y señor del barco; era temido y respetado, y la
continua presencia de howard y alfonso mejías, ‘el tigre’, contribuía a
aumentar ese temor.
‘el
tigre’ era la mano derecha de ‘el gringo’, quien era a su vez mano derecha de
‘el nordestino’, y en ese orden jerárquico no cabía discusión alguna.
‘martinico’ había sido ligeramente relegado a un segundo plano por sus
simpatías hacia los “piratizantes”, y el viejo sebastián perdió gran parte de
su empuje desde el incidente del “candirú”. Cada vez que daba una orden se le
reían en las barbas, y continuamente hacían alusiones a la pérdida de su arma
más preciada.
El
viejo se quejaba, mohíno:
—¡y
pensar que en su tiempo fue famosa...! ¡cuando en sao paulo alzaron el monolito
a los bandeirantes, las putas del barrio opinaron que era “tan hermoso y recto
como el machete de sebastián...”! ¡pero de eso hace ya cuarenta años...! ¡nunca
creí que pudiéramos separarnos algún día...!
—¡cosas
de la vida! –lo consolaba mejías–. Lo importante es que fuera bueno mientras
duró...
—bueno
fue, bueno fue... Y yo diría que excelente...
Esa
excelencia de los atributos masculinos de los siringueiros, era precisamente lo
que más quebraderos de cabeza estaba dando a arquímedes, al que cada vez
resultaba más difícil contener a su gente y hacer que respetaran a las mujeres
de a bordo. El castigo sufrido por los que violaron a la muchacha había
contenido a muchos, pero ese mismo castigo ejemplar, al parecer, en su momento
–se había convertido en motivo de crítica.
Había
querido la mala fortuna que la muchacha violada no hubiera respondido –como era
de esperar– con una reacción trágica. Al parecer, había encontrado la cosa
francamente interesante y ahora toda la preocupación de su madre estaba en
evitar que se escabullera y se fuera a algún rincón, a continuar siendo
“ferozmente violada” por otros caucheros.
Esto
tenía dos inconvenientes: en primer lugar, sus escapadas no bastaban para
satisfacer a cuarenta y tantos caucheros ansiosos. Por el contrario, hacía
aumentar su excitación, de modo que se pasaban las horas rondando su camarote y
con una idea fija en la mente. En segundo lugar, había convertido en inútil y
estúpida la ejecución de sus violadores.
Todos
se hacían la misma pregunta:
¿se
atrevería arquímedes a arrojar al río a un nuevo violador?
Nadie
sabía la respuesta, pero por suerte, nadie fue capaz tampoco de arriesgarse a
averiguarla por sí mismo.
Por
su parte, claudia parecía haber sufrido una completa transformación. Continuaba
siendo una mujer extraña y silenciosa, pero en lo que se refería a buendía todo
cambiaba.
Continuamente
podía vérseles paseando por cubierta o contemplando el río, y a menudo se la
oía reír ante alguna frase de su galanteador. Podía pensarse en una
despreocupada pareja libre de problemas, dispuesta a reanudar unas relaciones
que podrían haber existido en otro tiempo.
En
cuanto caía la noche, sin embargo, claudia se retiraba a su camarote sin que
buendía hiciera ademán de seguirla. Él se encaminaba entonces a la sala de
juego, donde permanecía casi hasta el amanecer, enfrascado en largas partidas
de póquer en las que casi siempre intervenían los mismos pasajeros: un
ingeniero americano, un comerciante de iquitos y el silencioso y mustio julien
bodard, que sin abrir jamás la boca, se jugaba el dinero de un modo
disparatado, como si tuviera prisa por quitárselo de encima.
Invariablemente
ese dinero iba a parar a manos de buendía.
La
noche que arquímedes, mejías ‘el tigre’ y tres de sus hombres de más confianza
abandonaron las aguas del amazonas, se internaron en las limpias y tranquilas
del negro y distinguieron a lo lejos las luces de manaos, nada parecía indicar
que la ciudad pensara desaparecer algún día.
El
‘isla de marahó’ había quedado oculto en un riachuelo, a media jornada de
distancia, y howard –que por demasiado conocido en manaos prefería no dejarse
ver en la ciudad– se hizo cargo del mando.
La
embarcación de arquímedes –una curiara que compró a unos indios– se fue
aproximando lentamente al barrio flotante, y cuando se confundió con los
cientos de piraguas, lanchones y viviendas que constituían el abigarrado mundo
del río, nadie pareció reparar en su presencia. Existían dos manaos: la de
tierra firme, alzada sobre una colina refrescada por los vientos del río,
ciudad de piedra aunque prevaleciera en ella la madera, y la manaos flotante,
que cada día cambiaba de forma y en la que se daban cita los habitantes de las
aguas amazónicas.
En
tierra vivían los ricos caucheros, los comerciantes, los miembros del gobierno
y la administración y los empleados de las compañías extranjeras que habían
visto en la ciudad de la selva un inmejorable negocio. Los ingleses acababan de
construir un muelle flotante –único en el mundo– capaz para inmensos navíos y
capaz, también, de subir o bajar quince metros con los distintos desniveles de
la estación seca o las lluvias. Los alemanes proyectaban una línea de tranvías,
y una empresa especializada de nueva york acababa de terminar el alcantarillado
de la ciudad. Junto al dique flotante, y dominando el río, se alzaba un macizo
edificio marrón oscuro, la mayor aduana de américa, por la que pasaba
obligatoriamente todo el caucho capaz de producir la selva. Frente a esa aduana
se abría una inmensa plaza, ocupada en toda su parte norte por la catedral, y
subiendo luego hacia una colina, aparecía allí, en lo alto, el increíble
“teatro de la ópera”.
Había
sido construido –como la aduana– en inglaterra, trasladándolo luego piedra a
piedra, como un inmenso rompecabezas, hasta el lugar que ocupaba ahora.
Rattingam
aseguraba que las butacas estaban tapizadas en seda, y los adornos de los
palcos, laminados en oro.
Ahora,
contemplándolo desde fuera, refulgente con sus mil luces de noche de gala,
arquímedes creía por primera vez que podía ser cierto. Y podía ser cierto,
también, que cada columna de aquel teatro fuera de mármol blanco traído de
europa.
Esa
noche actuaba una compañía italiana. De la anterior que se había atrevido a
llegar hasta aquella ciudad de la selva, habían muerto, víctimas de la fiebre
amarilla, el beriberi o violencias, el ochenta por ciento de sus componentes,
pero eso no impedía que otras vinieran, porque sabían que en una semana en
manaos ganarían más dinero que en un año en cualquier lugar del mundo.
Pasaba
ya de la medianoche y, aun así, la ciudad bullía de animación.
De
todas partes surgían risas, voces, música, y las calles que desembocaban en la
plaza río negro aparecían invadidas por mujeres espléndidas, que daban su
precio en libras, en “contos”, dólares e incluso en caucho.
‘el
nordestino’ y sus compañeros iban de un lado a otro contemplándolo todo como
hipnotizados, y les pareció increíble que pudiera existir una vida semejante
allí, cuando a sólo unos minutos de la puerta del teatro se abría la selva, una
selva plagada de jaguares, de anacondas, de toda clase de bestias peligrosas.
Cien
mil personas se agitaban en la cálida noche de manaos aprovechando la suave
temperatura de esas horas.
En
pleno día, bajo un calor tórrido y un sol de fuego, preferían permanecer al
abrigo de las casas y al fresco de los altos techos.
Manaos
dormía de día y vivía de noche, y es que en realidad era una ciudad que no
necesitaba trabajar, porque toda su actividad le llegaba de fuera, del comercio
y del caucho.
Para
comerciar en caucho, cualquier hora era buena, y la mayor parte de las
transacciones se hacían en los intermedios de la ópera, ante las mesas de los bares
o en los salones de las más lujosas casas de prostitución.
Se
calculaba que uno de cada cuatro habitantes vivía –directa o indirectamente– de
la prostitución, y otros muchos, del juego, el alcohol, las drogas o cualquier
otro vicio humano que pudiera existir. Y es que manaos, ciudad parásita, tenía
que estar habitada, lógicamente, por parásitos.
Recorrieron
la ciudad en espera de que llegara la hora de la salida del teatro. Santos, uno
de los hombres de arquímedes y el único que conocía manaos, aseguraba que esa
salida constituía todo un espectáculo. Cenaron en una taberna cerca del barrio
flotante, y cuando arquímedes pagó con una pesada esterlina de oro, sus
compañeros lo miraron con sorpresa.
—¿de
dónde la has sacado? –preguntó mejías.
—del
barco –respondió arquímedes con tranquilidad–. Hay muchas y las repartiremos
cuando todo acabe.
—¿por
qué no lo dijiste antes?
—para
evitar problemas. El oro es mal consejero.
—¿por
qué no dijiste eso a los que te propusieron convertirse en piratas?
—sólo
serviría para decidirlos.
No
quiero que algo que yo inicié, acabe de ese modo.
—no
serían los primeros piratas del amazonas. Ni los últimos. Esas selvas y esos
ríos son más seguros que el mayor de los océanos, y corre por aquí más oro que
el que los españoles sacaron del perú.
Arquímedes
se puso en pie, dando por terminada la discusión.
—aunque
así sea. No quiero oír hablar de piratería.
La
salida del “teatro de la ópera” de manaos constituía realmente un curioso
espectáculo. Hermosas muchachas de todos los colores, razas y nacionalidades,
se mostraban orgullosas de sus recién adquiridas joyas, y la mayoría lucía
pieles y abrigos de visón, que las hacía sudar a chorros en el bochorno de
aquel clima tropical. Se diría que lo importante no era acudir a la ópera –de
la que nadie entendía nada–, sino únicamente participar en aquel desfile donde
todas competían por ver quién lucía prendas y joyas más valiosas. Sus
acompañantes no desmerecían, y bajo la mayoría de los trajes de etiqueta, las
largas capas negras y los altos sombreros de copa, se ocultaban rudos cuerpos
que probablemente antes nunca habían vestido más que una camisa. Parecía norma
que los zapatos –todos relucientesquedaran estrechos, tanto en ellos como en
ellas, por lo que parecía aquél un desfile de dolientes, que trataran de
disimular con sonrisas de circunstancias sus padecimientos.
Apenas
iban apareciendo en la gran entrada esplendorosamente iluminada, se aproximaban
sus carruajes, pero antes lo hacían los guardaespaldas de los más ricos
caucheros.
La
salida del gobernador, acompañado de una bella mulata envuelta en un manto de
chinchilla, provocó murmullos, algunos aplausos y bastantes silbidos.
Arquímedes,
mezclado con sus compañeros entre la multitud, contemplaba todo como el niño
que asiste a un desfile de reyes magos, pero su expresión cambió cuando vio
aparecer –detrás del gobernador– a carmelo sierra, que salía entre una
llamativa rubia, que no podía negar su profesión liberal, y el turco yusufaki,
al que acompañaba una de sus muchas mujeres; una gorda vestida a la usanza
árabe.
‘el
turco’ y sierra charlaban animadamente –tal vez de negocios–, y quedaron allí,
en la puerta, esperando la llegada de un coche tirado por dos hermosos
caballos.
Arquímedes
sintió que el corazón le daba un vuelco, y tuvo que contenerse para no sacar el
revólver y acabar con aquel par de canallas. Con la cabeza se los señaló a sus
compañeros.
—ahí
están. ¡y juntos! ‘el turco’ debe de estar tratando de venderle nuevos esclavos
para el curicuriarí.
Santos
señaló a su vez a un gordo sudoroso que acababa de quitarse la chaqueta. Lo
acompañaba un matón profesional, y ambos dirigían inquietas miradas hacia
sierra:
—aquél
es saldaña –dijo–. Fue mi primer amo y el que me vendió a los arana.
Poco
a poco la plaza se fue despoblando y las calles quedaron solitarias. Arquímedes
consideró que había llegado la hora de buscar dónde dormir; un lugar que no
llamara la atención.
—en
manaos, para no llamar la atención, lo mejor es un prostíbulo –aventuró santos,
y sus compañeros acogieron calurosamente la proposición.
Arquímedes
no parecía muy de acuerdo, pero entre todos lo convencieron.
‘el
nordestino’ temía tropezar con alguno de los hombres de sierra o de la
cuadrilla de yusufaki, lo que pondría sobre aviso a ‘el argentino’ y a ‘el
turco’, y haría que se le echara encima –acusado como estaba de asesinato– toda
la policía de la ciudad.
Santos
aseguró conocer un lugar modesto y discreto, que resultó haberse convertido en
el transcurso de los años, y gracias al oro de los caucheros, en una lujosísima
mansión de estilo recargadísimo. Tenía un inmenso salón, todo tapizado en
blanco, con blancas alfombras y blancos muebles, por el que pululaban una
docena de blancas muchachas inmaculadamente semivestidas con transparentes
saltos de cama blancos.
El
lugar se llamaba, lógicamente, “casablanca”, y su propietaria era una negra
retinta, vestida de negro de pies a cabeza, que parecía el ser más feliz del
mundo por el simple hecho de contrastar violentamente con cuanto la rodeaba. Al
principio se mostró reacia a dejar entrar al grupo, pero la convencieron las
libras esterlinas de arquímedes, con la única condición de que abandonaran en
la entrada los revólveres. Luego mandó llamar a sus chicas, para que cada cual
escogiera una, y exigió un precio exorbitante cuando supo que tenían intención
de pasar allí todo lo que quedaba de noche y la mañana siguiente.
Trataron
de protestar, pero la negra los convenció de que, pese a sus exigencias, les
saldría más barato que dormir en cualquiera de los hoteles de la ciudad si
conseguían una cama, cosa realmente difícil.
‘el
nordestino’ no tenía mucho interés en discutir. En el momento de entrar, su
vista había recaído en una muchacha pequeña y morena, de grandes ojos negros y
carnes firmes, que le sonreía. Puso el dinero exigido sobre el mostrador y
señaló con el dedo:
—ésa
para mí –dijo–. Cada cual que agarre la que quiera, y mañana a mediodía, todo
el mundo aquí, en pie y sereno.
Enlazó
a la muchacha por el talle.
—¿cómo
te llamas? –preguntó.
La
otra hizo un gesto de indiferencia.
—puedes
llamarme como quieras.
—¿por
qué?
—porque
prefiero que nadie sepa mi nombre y que cada cual me llame de un modo distinto.
Aquí en la casa me conocen por ‘la peruana’. ‘la cholita’. Si algún día
preguntas por mí, basta con que digas eso. ¿no te gustaría llamarme como tu
novia, o como tu mujer?
—yo
no tengo novia, ni mujer, ni nada –señaló ‘el nordestino’–. Pero voy a llamarte
‘claudia’.
Claudia
abrió la puerta, y en el umbral apareció mario buendía, tan sonriente como
siempre.
—creí
que estaría en su partida de cada noche –dijo.
—hoy
no es posible. Anclados en este riachuelo en que no corre el viento, el calor
resulta inaguantable, y la gente se siente atrapada. Si esto continúa, y sus
compañeros no nos liberan pronto, los ánimos van a comenzar a exaltarse. La
paciencia está llegando al límite.
—cuando
arquímedes regrese, los dejarán en libertad. Podrá quedarse en manaos, y algún
barco lo llevará hasta iquitos.
—no
tengo interés en volver a iquitos –señaló el jugador–. Ahora mi destino es
caracas. Y dejarla allí a salvo.
—no
es necesario que me acompañe.
—la
cara de sus padres al verla aparecer con vida, es algo que merece un viaje. ¿me
va a tener en pie aquí toda la noche?
Al
decirlo, mostró la mano que ocultaba en la espalda, y en la que llevaba una
botella de champán y dos copas.
—había
pensado que brindáramos por nuestro encuentro y por el final de la aventura
–añadió.
Claudia
dudó, pero mario, apartándola suavemente, entró en la habitación y cerró la
puerta con el pie.
—no
puede pasarse la vida teniéndome miedo –comentó.
—nunca
le he tenido miedo –susurró ella en voz muy baja–. Nunca.
—pues
lo disimula... Cuando me aproximo, se aparta; cuando la rozo, da un salto...
Siempre está como en tensión, y, sin embargo, con otros hombres la noto serena,
firme, decidida... ¿por qué?
No
pudo responder. Él lo hizo por ella.
—yo
se lo diré... Son caucheros, compañeros de aventuras, ¡salvajes!
Pero
yo le recuerdo su juventud, los muchachos que venían a verla; los nervios
cuando el “catire” méndez acudía por las noches al pie de su ventana.
—¿lo
sabe?
—naturalmente...
Yo espiaba...
Yo
fui el único que supo de sus amores con el “catire”... Lo odiaba.
¡era
un imbécil!
—sí,
ahora me doy cuenta. Era un imbécil, pero yo no tenía más que quince años.
—una
vez la besó... ¡dios, quise matarlo! Lo vi trepar por la fachada y darle un
beso a través de la reja...
Estaba
rezando para que se cayera y se rompiera el alma.
—lo
recuerdo. Alguien le tiró una piedra.
Mario
buendía dejó la botella y las copas sobre la mesa y se volvió sonriendo:
—fui
yo.
Se
aproximó a ella, tendió la mano y la obligó a alzar la cara.
—fui
yo, y no me avergüenza confesarlo. La amaba, y aunque no lo supiera, la
consideraba algo mío...
¡dios,
cómo la amaba! ¡cómo la amo todavía...!
Claudia
intentó apartarse con suavidad.
—ya
no soy la misma.
—para
mí sigue siéndolo. Y a veces creo que nada ha cambiado: que seguimos allá en
caracas, y todo esto no es más que un juego: jugar a piratas.
La
atrajo hacia sí y la besó largamente. No encontró resistencia, y claudia le
devolvió el beso. Sin pasión, pero sin rechazarlo tampoco, como si fuera su
obligación. Después, muy suavemente, él comenzó a desabrocharle el vestido, y
cuando éste cayó al suelo, también cayó un afilado cuchillo, que resonó
pesadamente. Lo tomó, y pareció sorprendido. Lo observó unos instantes y lo
dejó sobre la mesilla de noche.
—¿siempre
lo lleva encima? –preguntó.
Claudia
no respondió, hizo un ligero gesto afirmativo, sin apartar la vista del
cuchillo, y luego, inmóvil, helada, permitió que él siguiera desnudándola.
Mansamente se dejó tender sobre la cama, y soportó en silencio, lejana, sus
caricias.
Mario
buendía se fue excitando más y más, y quizá lo excitaba aquella indiferencia;
aquella inexpresividad de la mujer que parecía haberse convertido en piedra. La
besó una y otra vez; le repitió cien veces que la quería, que la había amado
siempre, y luego, con toda la delicadeza de que un hombre es capaz, penetró en
ella.
Claudia
lo oía, lo sentía, pero no dijo una sola palabra, ni respondió a una sola de
sus caricias, hasta que, súbitamente, tomó el cuchillo y lo degolló.
Arquímedes
pasó la noche más feliz y divertida de su vida. La ‘cholita claudia’
–’claudiña’, como había terminado llamándola– resultó una muchacha
encantadoramente enloquecida, que ejercía su profesión con la alegría y el
entusiasmo de una colegiala en vacaciones.
Hacía
el amor con verdadero interés, entregándose en cada ocasión, y en los
intermedios, saltaba, reía, cantaba, improvisaba escenas de ópera que había
visto en el teatro, entablaba batalla de almohadas y contaba historias
picantes. Resultaba, en definitiva, un ser absorbente, que tuvo a ‘el
nordestino’ toda la noche despierto. Cuando, a la mañana siguiente, se reunió
con sus hombres, apenas podía mantenerse en pie.
—¡eh!
–exclamó mejías al verlo–.
¿qué
te han hecho?
—quizás
algún día, si consigo recuperarme, te lo cuente.
‘claudiña’,
que había bajado a despedirlo, lo besó, cariñosa, y pidió:
—vuelve
pronto. Me gustas.
El
quinteto salió del prostíbulo, feliz y satisfecho, aunque agotado.
Hacía
un calor agobiante y las calles aparecían vacías. Incluso para ellos,
acostumbrados desde tanto tiempo atrás a la tórrida temperatura amazónica, el
calor de manaos, en los días que no soplaba la brisa del río, resultaba
insoportable. En pleno monte, los altos árboles sumían la jungla en una
penumbra que mitigaba el calor, pero allí las piedras de las calles y los muros
de las casas parecían devolver centuplicados los rayos del sol. Todo manaos era
como un horno inmenso en el que los hombres se consumían.
Buscaron
algo de comer, y no encontraron a esa hora otro sitio que un lanchón de la
ciudad flotante, un remedo de restaurante maloliente, no sólo por la calidad de
sus guisos, sino por el hecho de que los desperdicios y residuos humanos de
todo el barrio flotaban en el agua entre infinidad de embarcaciones. El río,
estancado, apenas tenía fuerza para arrastrar tanta porquería.
La
ciudad flotante era por ello un nido de ratas y un emporio de enfermedades. Se
amontonaban allí, en las más terribles condiciones higiénicas, diez o quince
mil personas que vivían hacinadas en una increíble promiscuidad, pasando de
embarcación a embarcación a través de estrechas pasarelas, haciendo sus
necesidades en el río, en un agua que utilizaban para lavarse e incluso beber.
Las epidemias de la ciudad flotante causaban de tanto en tanto estragos entre
su población, pero, pese a ello, continuaba existiendo, y aún existiría medio
siglo más.
Era
también refugio de todos los asesinos, ladrones, y maleantes de manaos, pues
sabían que nadie, ni aun la policía o el ejército, sería capaz de ir a
buscarlos allí, en lo que consideraba su fortaleza.
—para
acabar con toda esta porquería –comentó arquímedes– sólo hay un medio:
prenderle fuego.
—ya
lo hicieron una vez –replicó santos–. Pero no dio resultado. En diez minutos
las embarcaciones se dispersaron por el río. Al día siguiente volvieron y todo
quedó igual.
Dedicaron
el resto del día a recorrer la ciudad y buscaron la casa de sierra.
Como
todas las que pertenecían a gente de dinero o importancia, desde el gobernador
al delegado de la compañía inglesa de navegación, aparecía inexpugnable; una
auténtica fortaleza protegida por guardias armados y rodeada de altos muros
coronados de cristales rotos.
Luego
visitaron el puerto, con sus gigantescos almacenes, en los que se amontonaban
las bolas de caucho y un incesante ir y venir de gentes y barcos.
Fuerzas
del ejército e inspectores de aduanas vigilaban el embarque del caucho en los
grandes diques, y de tanto en tanto obligaban a partir en dos alguna bola de
goma, para cerciorarse de que en el interior no se ocultaban piedras que
aumentaran su peso o semillas del ‘hevea brasilensis’.
Contemplando
aquellas montañas de bolas de caucho, uno de los hombres comentó:
—¿qué
cantidad de dinero habrá ahí?
—¿qué
cantidad de sudor habrá ahí también? –replicó arquímedes–. Si algo me apetece
realmente, es prenderle fuego a todo ese caucho y a toda esta ciudad.
—no
sería muy difícil –señaló mejías, ‘el tigre’–. Basta con arrimarle candela a la
goma y esperar que la brisa del río haga el resto.
—¿y
quién le arrima candela con esa barrera de soldados? –quiso saber santos–. En
cuanto des un paso más allá de esa verja, te dejan frito.
Cada
una de esas bolas vale su peso en oro.
A la
hora de la cena, en la taberna de la noche anterior –llamada del ‘irmao
paulista’ por ser propiedad de un diminuto natural de sao paulodiscutieron en
un rincón las dificultades que presentaba el proyecto de acabar con sierra.
—creo
que deberías olvidarlo y preocuparte únicamente de salvar el pellejo –comentó
santos–. En cuanto liquidemos a sierra, nos barrerán del mapa, por más que nos
escondamos. Son demasiado poderosos. ¿sabéis que marcos vargas ha mandado
levantar una fuente en el jardín de su casa, de la que mana constantemente
champán francés? ¿os imagináis el dineral que hace falta para permitirse algo
así?
¿cómo
vamos a luchar contra esa gente?
—tenemos
algo en nuestro favor –replicó arquímedes–. No saben que estamos aquí.
Terminada
la cena, decidieron acudir de nuevo a la salida del teatro, donde el
espectáculo era el mismo del día anterior. Volvieron a ver a sierra, yusufaki,
saldaña e incluso a marcos vargas, el de la fuente de champán en el jardín.
Arquímedes se informó de que la compañía de ópera aún permanecería en manaos
una semana, lo que quería decir que toda la “sociedad de manaos” acudiría noche
tras noche, aunque la obra se repitiese. Sabido era que la obra resultaba lo
menos importante a la hora de acudir a la ópera. Los grandes carteles de la
entrada anunciaban para esa noche ‘la traviata’, y para la siguiente ‘aida’, y
arquímedes trataba de hacerse una idea de lo que significaban aquellos nombres.
Le habían dicho que la ópera era una especie de representación en la que los
actores, en lugar de hablar, cantaban, y se preguntaba cómo diablos el público
podría creerse algo semejante cuando, además, los que cantaban lo hacían en un
idioma que ni dios entendía.
Mejías
opinaba que la ópera estaba hecha para gente culta, y arquímedes quería saber
qué clase de cultura podía tener sierra, o el turco yusufaki, que malamente si
hablaban cristiano.
Terminada
la mascarada, ‘el argentino’ salió acompañado únicamente de la prostituta
rubia, mientras yusufaki charlaba animadamente con saldaña.
Por
lo visto, ‘el turco’ estaba jugando con ambos, tratando de obtener el mejor
precio por sus esclavos.
Decidieron
pasar nuevamente la noche en un prostíbulo. Mejías y santos eran de la opinión
de buscar otro para evitar sorpresas, pero arquímedes –que se había pasado el
día recordando a ‘claudiña’– insistió en volver a “casablanca”.
Cuando
entraron en el gran salón no vio a la muchacha, y la negra propietaria le
comunicó que en esos momentos se encontraba “atendiendo” a un cliente. Podía
esperarla o cambiar de chica, y ‘el nordestino’ sintió que algo se le revolvía
dentro.
Decidió
elegir otra, una trigueña de enormes pechos, y subió con ella a la habitación,
pero pronto advirtió que nada era igual y echaba de menos a ‘la cholita’.
Estaba
pensando en marcharse, cuando la puerta se abrió bruscamente y ‘claudiña’ entró
como una tromba.
—¡eres
un cerdo! –exclamó–. ¿por qué no me has esperado?
—¿por
qué tenía que hacerlo? Tú estabas con otro.
—¡pero
es que ése es mi oficio!
Luego,
decidida, agarró las botas y la ropa de arquímedes, que estaban en un rincón, y
salió, encaminándose hacia su habitación. Ya desde el pasillo gritó:
—¡deja
a esa puerca y ven conmigo!
Arquímedes
se quedó unos instantes desconcertado. Se volvió a la trigueña, que permanecía
indiferente, y envolviéndose como pudo en una sábana, salió al pasillo y corrió
hacia la habitación de ‘la peruana’.
Santos,
que venía del retrete, estalló en carcajadas y comenzó a dar grandes voces
llamando a mejías para que no se perdiera el espectáculo de su jefe en cueros.
Arquímedes le maldijo el alma y corrió hacia el dormitorio como si lo
persiguiesen todos los demonios.
La
noche resultó tan perfecta como la anterior, y ‘claudiña’ se las ingenió, con
armas puramente femeninas, para arrancarle a ‘el nordestino’ la promesa de que
la llevaría a la ópera al día siguiente.
Apenas
lo hubo hecho, arquímedes se arrepintió, pero ya resultaba demasiado tarde para
volverse atrás. Por otro lado, le llamaba poderosamente la atención ver el
teatro por dentro.
Por
la mañana le entregó un buen puñado de monedas a la negra propietaria de
“casablanca”, con el encargo de que le consiguiera un palco desde el cual
pudiera ver y pasar inadvertido. Luego seleccionó a santos y mejías, ‘el
tigre’, para que lo acompañaran.
Necesitaban
ropa, y acudieron al mejor sastre de la ciudad, que abría su lujosísimo taller
–alfombrado en rojo– en el corazón mismo de la plaza de la catedral. En los
primeros momentos se mostró reacio a atenderlos, pero el sonido del oro lo
decidió bien pronto y comenzó a mostrarles los mejores géneros recién llegados
de europa. Se encontraban en pleno panegírico cuando se abrió la puerta y
penetró un pomposo individuo tratando de averiguar si estaban ya planchadas sus
camisas de etiqueta. El sastre respondió que el barco de londres estaba a punto
de llegar y que en un par de días le llevaría las camisas a la casa.
El
hombre arrugó el ceño con aire molesto.
—reconozco
que allí lo hacen mejor –aceptó–. Pero empiezo a encontrar fastidioso eso de
tener que enviar las camisas a londres a que las planchen...
—una
persona de su categoría no puede ir por el mundo de cualquier manera –replicó,
untuoso, el sastre–.
Usted
debe saber que todo el que verdaderamente es alguien en manaos manda su ropa a
planchar a inglaterra...
¿acaso
ha tenido un mal año en las caucherías...?
—¡oh!
¡no, no...! ¿cómo se le ocurre? –se apresuró a protestar el otro–. Precisamente
acabo de comprarme un palacio veneciano.
El hombre
se envaneció y dirigió una orgullosa mirada a arquímedes y sus compañeros.
Estaba claro que trataba de impresionarlos, y lo estaba consiguiendo, pero
cuando habló lo hizo como si no hubiese reparado en su presencia.
—por
cierto... –continuó dirigiéndose al sastre–. He oído decir que esa compatriota
suya, sarah bernhardt, actuará en el teatro el mes que viene... ¿es hermosa?
—tengo
entendido que mucho, señor...
—me
gustaría acostarme con ella...
Es
un capricho... Usted podría servirme de intérprete... Yo no hablo ni una
palabra de extranjero, ya lo sabe...
—será
difícil... Creo que esa señora no acos...
—¡bueno,
bueno...! Por el precio que no sea... ¡dos mil libras...!
¡tres
mil si hace falta...! Lo que pida. Es un capricho, ya se lo he dicho...
—haré
lo que pueda...
—confío
en ello... Y no se olvide de mis camisas.
Salió.
Arquímedes se volvió al sastre.
—¿quién
era ése?
El
otro hizo un gesto despectivo:
—un
muerto de hambre. Ha hecho algún dinero con el caucho y anda desesperado por igualarse
a los grandes... ¡tres mil libras...! ¡miserable! Saldaña anda ofreciendo diez
mil a quien le consiga a la pavlova... Y la bernhardt no es menos que la
pavlova, ¡digo yo!
—¿y
esa pavlova quién es?
—una
que baila.
—ya.
—¿y
es como para pagar diez mil libras? –quiso saber mejías.
—¿y
yo qué sé? Nadie la ha visto... Aún faltan tres semanas para que venga...
—pero
a lo mejor es vieja...
El
sastre se encogió de hombros como significando que no tenía importancia.
Cuando
salieron de allí, arquímedes se sentía indignado.
—¡diez
mil libras...! ¡diez mil libras de caucho significan por lo menos treinta
siringueiros muertos...!
¡años
de trabajo...! Todo para que el hijo de perra de saldaña se acueste con una
tipa que a lo mejor es vieja...
Se detuvo
en el centro de la plaza, contempló los edificios, la aduana, la catedral, los
hoteles, el “teatro de la ópera” allí, al final de la calle, en lo alto de la
colina, y apretando los puños con fuerza masculló:
—¡algún
día esto tiene que desaparecer...! Caerá un rayo y arrasará con todo, o vendrá
el río y se lo llevará. Pero si esta ciudad no explota, ¡es que nunca ha habido
dios en parte alguna...!
Cuando
‘el nordestino’ llegó al “teatro de la ópera”, con ‘la cholita’ colgada del
brazo y mejías y santos tras él, le sorprendió advertir una inusitada agitación
y la presencia de más guardias armados que de costumbre.
Se
estableció con ‘claudia’ en un palco diminuto, al fondo, y envió a santos a
averiguar lo que ocurría.
Estaba
ya a punto de alzarse el telón cuando el otro volvió. Parecía agitado.
—hay
una cañonera peruana en el puerto –fue lo primero que dijo–. Nos vienen
buscando. Saben que asaltamos el barco, aunque aún no lo han encontrado. Saben
incluso quiénes somos. La policía y el ejército andan revueltos. El gobernador
ha mandado aviso a belem de pará, en la desembocadura, para que envíen
cañoneras a cortarnos el paso...
Arquímedes
no dijo nada. Se quedó pensativo, con la mirada fija en el patio de butacas.
‘la cholita’ escuchaba sin comprender. Mejías y santos permanecían a la
expectativa.
La
música comenzó a sonar, y ‘el nordestino’ continuaba en silencio, como si la
noticia no le hubiese afectado. Pensaba. Su vista fue a recaer en un palco del
piso bajo, al otro lado del patio de butacas. Sierra, siempre junto a la rubia,
discutía acaloradamente con dos hombres. ‘el argentino’ parecía inquieto.
El
telón comenzó a alzarse, y arquímedes hizo señas a sus compañeros para que
tomasen asiento y permanecieran tranquilos. Los dos hombres abandonaron el
palco de sierra y lo dejaron solo con la rubia.
Una
mujer salió al escenario y comenzó a gritar algo incomprensible, acompañada por
una orquesta estridente. ‘el nordestino’ la observó como si perteneciera a otro
mundo.
Tardó
más de diez minutos en reaccionar. Se volvió a santos y murmuró en voz baja:
—busca
a los otros y espera en el puerto con la curiara lista para salir zumbando.
Estaremos allí en media hora...
Santos
asintió, se levantó y se fue, procurando no ser advertido.
Arquímedes
continuó contemplando la representación. Ahora el escenario aparecía lleno a
rebosar de gente que gritaba y gesticulaba. Los observó unos instantes con
interés, pero pronto su curiosidad decayó por completo al comprobar que no
entendía nada de lo que pasaba allí.
Su
mirada vagó por la sala; se detuvo en la nuca del turco yusufaki, en la mole
obesa de saldaña, en el palco del gobernador, que lo dominaba todo, y volvió
una vez más a sierra, que se agitaba inquieto en su butaca.
Pasó
un largo rato, y mejías hizo un gesto queriendo señalar que el tiempo
apremiaba. Arquímedes metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un
puñado de monedas de oro que dejó sobre el regazo de ‘la claudiña’.
—¡toma!
–dijo–. Quédate con esto... Tenemos que irnos...
—¿a
dónde?
—no
puedo decírtelo... Pero volveré... Volveré a buscarte, te lo prometo...
Se
puso en pie y, seguido de mejías, se encaminó a la salida. ‘la cholita’ lo
detuvo unos instantes tomándolo por la manga.
—¡vuelve
por mí! –pidió–. No me importa lo que hayas hecho, pero, por favor...
¡vuelve...!
Arquímedes
la tranquilizó con una sonrisa y salió.
Los
pasillos estaban vacíos. Descendieron hasta el piso de abajo y llegaron en
silencio hasta la puerta del palco de sierra. Arquímedes hizo un gesto con la
cabeza hacia dentro.
—dile
que salga. Que la policía quiere hablarle sobre el barco secuestrado. Que es
importante...
Mejías
desapareció tras la cortina, y arquímedes aguardó asegurándose de que no había
nadie por los alrededores. Cuando ‘el argentino’ apareció acompañado de mejías,
‘el nordestino’ le daba la espalda. Sierra venía refunfuñando:
—¿qué
diablos pasa ahora? Ya he dicho todo lo que...
Se
interrumpió, asombrado. Arquímedes se había vuelto bruscamente, colocándole un
cuchillo ante los ojos.
‘el
argentino’ hizo ademán de gritar pidiendo auxilio, pero mejías le tapó la boca
con una mano, sujetándole fuertemente por la espalda. Quedó dominado, incapaz
de zafarse.
‘el
nordestino’ lo observó unos instantes sonriendo. Luego, sin deshacer su
sonrisa, le asestó, una tras otra, cinco rápidas puñaladas en el estómago.
Mejías continuaba evitando que gritase, y cuando al fin lo dejó deslizarse al
suelo suavemente, sierra agonizaba y no era capaz más que de emitir un sordo
estertor.
Arquímedes
le clavó el cuchillo por última vez, lo dejó allí y, dando media vuelta, se
alejaron rápidamente hacia la salida.
Al
cruzar la puerta ante los guardias armados, comentó en voz alta:
—¡esto
de la ópera no hay quien lo aguante!
Luego
se perdieron en la noche, hacia el puerto.
En
el puerto reinaba una agitación inusitada. La cañonera peruana se disponía a
levar anclas nuevamente en busca siempre del ‘isla de marahó’, al que suponían
por las proximidades, y un destacamento del ejército brasileño reforzaba ahora
su tripulación.
La
policía interrogaba a los lugareños y pescadores del río por si tenían noticias
del barco, y se comenzaban a enviar canoas y exploradores a los ríos y lagunas
de las cercanías.
Alguien
aseguraba haber visto un barco en el gran río, pero no podía aclarar si había
cruzado la unión con el negro, siguiendo hacia belem de pará, o se encontraba
oculto en algún afluente.
Arquímedes
y mejías atravesaron rápidamente entre la multitud, que se extendía en
comentarios de todo tipo, y se encaminaron hacia la curiara en que santos y los
otros aguardaban visiblemente nerviosos. No se les ocultaba que, con la llegada
del nuevo día, cualquiera de los exploradores que habían salido en su busca
daría con el escondite del ‘isla de marahó’.
Remaron
sin interrupción durante más de seis horas, y con la primera claridad avistaron
el caño y la laguna en que se encontraba oculto el barco.
Apenas
pisó cubierta, arquímedes ordenó que comenzasen a calentar las máquinas, y a
las dos horas –casi sin presión en las calderas– el ‘isla de marahó’ abandonó
la laguna y se adentró de nuevo en las aguas del gran amazonas.
Aún
no habían navegado media docena de kilómetros, cuando dos hombres que marchaban
pausadamente en una piragua río abajo, se detuvieron a observarlos con interés
y, luego, dando media vuelta, se alejaron remando a toda prisa, aguas arriba,
hacia manaos.
‘el
nordestino’ los contempló desde lejos y se volvió a howard:
—ésos
corren a dar el soplo... En unas horas tendremos a las cañoneras pisándonos los
talones...
Abandonó
la cubierta y se encaminó directamente al camarote de claudia.
La
muchacha se encontraba hundida en un gran sillón, con la mirada fija en el
ventanuco por el que se distinguía, a lo lejos, la inacabable hilera de árboles
que escoltaban el río.
Tomó
asiento frente a ella, al borde de la cama. Pasó un largo rato en silencio,
hasta que claudia lo miró, aunque podría decirse que en realidad ni siquiera
estaba viéndolo.
—sierra
ha muerto –dijo–. Lo maté anoche.
No
obtuvo respuesta, como si sus palabras no hubiesen llegado a los oídos de
claudia, que no había hecho gesto alguno. Esperó.
—creí
que podría interesarte –continuó al rato–. Ya no tienes nada que temer... Ha
pagado lo que te hizo.
La
muchacha sonrió con infinita tristeza.
—¿tú
crees? –preguntó.
Guardó
silencio unos instantes y luego continuó:
—llegué
a creer que saberlo muerto me alegraría, pero no es así. No me importa que viva
o muera. No me importa ni él ni nadie. Estoy cansada... Muy cansada, y quiero
acabar de una vez...
—pronto
estarás en caracas...
—no
quiero volver a caracas.
Arquímedes
se asombró, no de sus palabras, sino de la firmeza de su tono.
—¿por
qué? –quiso saber–. ¿qué te ha hecho cambiar de idea...?
Se
encogió de hombros.
—no
lo sé... Únicamente sé que aquél ya no es mi mundo... No quiero aparecer de
pronto como una resucitada y convertirme en objeto de curiosidad... Mis padres
me creen muerta; el dolor habrá pasado con el tiempo: no soy más que un
recuerdo, un bello y querido recuerdo de una muchacha alegre que ellos vieron
marcharse hace años... ¿por qué causarles un nuevo dolor con mi presencia? Ya
no soy la misma: costaría trabajo incluso reconocerme, y siempre sería una
extraña; una sombra que recuerda vagamente la claudia de antes...
—¡eso
es una estupidez! Nada puede compararse a la alegría de saberte viva. De volver
a verte.
—¿saberme
viva? ¿crees que no hubieran preferido mi muerte que todo lo que he pasado...?
Mi padre, tan estricto... Mi madre, con su férreo sentido de la moral...
¿dudarían entre verme muerta o juguete de un centenar de caucheros...?
—eso
es una monstruosidad...
—en
tu mundo sí... En el de mi familia, no... ¿cómo puedo presentarme ante ellos y
decirles: yo soy claudia? Yo, que he asesinado a cinco hombres con mi propia
mano, y me he acostado con más de cien caucheros.
—no
fue culpa tuya...
—¿quién
sabe eso? Ni siquiera yo sé dónde empieza mi culpa y acaba la ajena... ¿cuál
hubiera sido mi vida si me limito a someterme a sierra, esperar que se canse de
mí y marcharme luego? ¿por qué tuve que provocar todo esto acostándome con
howard...?
Quería
vengarme de sierra, y mira a lo que me llevó la venganza...
—¿qué
otra cosa puedes hacer más que volver a caracas? Eres joven...
Tienes
toda la vida por delante.
Dentro
de unos años habrás olvidado y podrás empezar de nuevo.
Claudia
no respondió y se hundió una vez más en el silencio. Arquímedes comprendió que
toda discusión resultaba inútil, y como problemas urgentes reclamaban su
atención prefirió dejar para más adelante la tarea de convencer a claudia.
Habría
de arrepentirse mientras viviera.
Esa
noche, mientras el ‘isla de marahó’ navegaba a toda máquina a favor de la
corriente, claudia subió a cubierta y contempló largamente la extensión de agua
oscura que se perdía en las tinieblas. Soplaba una suave brisa que le traía
desde tierra olor a jungla, y la humedad empañaba como un vaho caliente los
cristales del salón de juego en el que cuatro hombres se reunían en torno a una
mesa a la que faltaba ahora por primera vez mario buendía.
Pensó
en él, y se extrañó de que no hubiera acudido a saludarla en todo el día.
Luego, de improviso, como una visión, pasó por su mente la escena en que lo
degollaba para arrojarlo luego, desnudo, al río, y por unos momentos permaneció
muy quieta, aferrada a la borda y tratando de conseguir que la visión
desapareciera de su mente.
Se
negaba a admitir la realidad, pero esa realidad le asaltaba de nuevo una y otra
vez, aferrándose a su cerebro. Había asesinado a un inocente; al hombre que le
unía a su pasado, al niño que la admiraba como una diosa tantos años atrás.
Había
degollado a mario buendía dos noches antes, y por primera vez lo recordaba.
¿qué más había ocurrido en aquellas cuarenta y ocho horas? ¿dónde estuvo su
mente en ese tiempo?
¿por
qué lo había borrado de ese modo de su memoria?
Le
asustó comprender que no lo sabía. Era un tiempo que había quedado
completamente en blanco, como cuando marchaban horas y horas por la selva
atravesando pantanos y lianas, hundiéndose en el fango y en riachuelos para
llegar a una noche casi sin transición con el amanecer, como si el día y la
agotadora caminata no hubieran existido.
Ni
existían tampoco los muertos: el negro joao, buendía, o tantos y tantos de los
que no tenía memoria y que cruzaban ahora por su mente como fantasmas
ensangrentados.
Claudia
se había vuelto loca y lo sabía. La habían vuelto loca los hombres y las
selvas; la violencia, la fatiga y el hambre, y de improviso experimentó un
cansancio infinito, y una necesidad insoportable de dormir para siempre, sin
miedo a más violencias ni más muertes; a más huidas a través de la selva, más
hombres, ni más hambre.
Con
mario buendía había destruido lo único que le quedaba: el recuerdo de sus años
felices, y de improviso, se apoyó en la borda del ‘isla de marahó’ y se lanzó a
las sucias aguas del inmenso amazonas.
Ni
howard ni arquímedes lograrían averiguar nunca por qué fue tan fuerte en los
terribles días de la desesperada huida, para fallar, sin embargo, cuando ya
parecía que lo peor se había pasado.
Claudia,
que no le había temido a la selva, tuvo miedo, sin embargo, de su propia
locura.
Arquímedes
reunió a sus “capitanes”: howard, mejías, sebastián, santos y el mismo
‘martinico’.
—¿qué
se les ocurre para salir de este lío? –inquirió.
—estamos
como antes –rezongó howard–. Acorralados. Con la diferencia de que al principio
nos perseguían los hombres de sierra; luego, la pandilla de los arana, y ahora,
todo el ejército brasileño... No cabe duda de que vamos progresando.
—la
cosa no es para bromas.
—lo
sé... Pero ¿qué quieres que te diga? No se me ocurre nada.
—¿cuánto
crees que tardaremos en tropezar con las cañoneras? –quiso saber mejías, el más
práctico.
—no
tengo ni idea... Depende de lo aprisa que corran. Un día o dos, supongo...
—podemos
esconder el barco en cualquier laguna.
—eso
no soluciona nada... Nos encontrarían pronto o tarde... Los caucheros les
ayudarán a buscarnos, y esos malditos conocen esta región mejor que nosotros...
—nos
quedan dos soluciones: ¡hacerles frente, o tirarnos al río con una piedra en el
cuello...! ¡a ver!
—hay
otro camino...
Todos
se miraron. Arquímedes tardó en hablar. Sabía la impresión que iba a causar, y
esperó. Al fin, lentamente, soltó el nombre.
—santo
antonio.
No
estaba equivocado. Incluso el impasible howard, que se había enfrentado a todo
en este mundo, le miró estupefacto.
—¡santo
antonio...!
—¿santo
antonio...?
—santo
antonio...
—¡dios
del cielo! Santo antonio... ¿te has vuelto loco...?
Era,
en verdad, haberse vuelto loco. Veinte mil hombres habían muerto ya en santo
antonio, y muchos miles más morirían antes de que se acabara aquel maldito
ferrocarril.
¡santo
antonio...! Más tarde terminaría llamándose porto velho, pero aún seguía siendo
el santo antonio de las infinitas tumbas de la fiebre amarilla, los indios
antropófagos y el paludismo.
Eso
quedaba allá, en la frontera con bolivia, en la región más inaccesible del
planeta: tierra de las más salvajes tribus conocidas. ¡el fin del mundo!, pero,
quizá por eso mismo, el lugar más rico en árboles del caucho de amazonia.
Río
madeira arriba, muy arriba, dejaban las aguas súbitamente de correr calmosas y
se precipitaban furiosas y temibles en una sucesión de diecinueve cataratas
gigantescas, cataratas que se habían convertido en el más infranqueable muro
que la naturaleza opusiera jamás al avance del ser humano.
Resultaba
imposible soñar siquiera con enfrentarse a ellas, pero más allá estaba el
caucho; bosques de heveas vírgenes, ¡millones de árboles, y cada uno de ellos
lloraba oro día y noche!
Aquellos
bosques podían enriquecer a centenares y miles de hombres, pero estaban
condenados a quedarse allí para siempre. De un lado se alzaba la inaccesible
cordillera de los andes; de otro, las cataratas del madeira y las tribus
antropófagas y negrófagas.
Cuantos
lo intentaron habían muerto, y el caucho seguía en el mismo lugar riéndose de
los siringueiros.
Algún
boliviano bajaba desde la alta sierra, pero no había forma de regresar. Las
caravanas que ascendían pesadamente la cordillera eran aniquiladas por las
tribus hostiles, y sólo una de cada veinte llegaba al pacífico con la décima
parte de su carga inicial.
Allí
estaba el tesoro, y nadie podía alcanzarlo.
Pero
la ambición de los hombres no tiene límites, y un buen día, en 1854, nació la
idea de construir un ferrocarril de la selva que comunicase –a través de casi
cuatrocientos kilómetros– los bosques de heveas con la parte navegable del
madeira.
Era
un sueño de locos, ¡imposible!, pero nada hay imposible para quien pretende
hacerse rico.
Una
compañía inglesa inició los trabajos de la “madeira–mamoré railway”, pero muy
pronto los miles de muertos lo hicieron desistir del absurdo empeño. Años más
tarde los americanos de filadelfia decidieron continuar lo que ya se llama “el
ferrocarril de la muerte”. Lanzaron sobre la selva todo el poderío de su dinero
y sus máquinas, y al fin comprendieron que habían gastado treinta toneladas de
oro puro para montar cinco kilómetros de raíles.
Había
muerto la tercera parte de la mano de obra, y cada kilómetro de vía estaba
marcado por un cementerio.
Los
indios surgían de lo más profundo de la espesura y se entretenían en lanzar sus
flechas envenenadas sobre los trabajadores, o acudían, en lo más cerrado de la
noche, a llevarse los rieles y las traviesas. Las serpientes venenosas causaban
estragos, y la fiebre amarilla y el paludismo hacían el resto. Primero se
ofrecían sueldos fabulosos y se contrataba a la gente en la lejana europa y
hasta el extremo oriente. Luego, sabida ya la fama del “ferrocarril de la
muerte”, ni siquiera esos sueldos surtían efecto, y la gente huía selva
adentro.
De
setecientos alemanes contratados, sobrevivieron cincuenta, que decidieron
emprender la huida a campo traviesa, selva adentro, perseguidos por sus
capataces y acosados por los salvajes. Tan sólo seis –hambrientos,
desesperados, enloquecidos– llegaron al fin a las márgenes del amazonas y
alcanzaron manaos.
Miles
y miles de muertos, y la empresa fracasó de nuevo.
Pero
el caucho continuaba allí.
Y
también la ambición.
Otra
empresa norteamericana, esta vez del maine, acababa de hacerse cargo de las
obras. Había hecho cálculos exactos; se llegó a la conclusión de que costaría
cincuenta muertos por kilómetro de vía férrea, es decir, un muerto cada veinte
metros, pero estaban dispuestos a pagar el precio.
No
necesitaban más que encontrar la gente dispuesta a morir de ese modo.
La
solución, como siempre, estaba en los esclavos; buscar lejos los esclavos, y
esclavizar también a quien apareciese por las cercanías de santo antonio.
El
ferrocarril madeira–mamoré se terminaría al fin en 1912 y su tributo en vidas
sería bastante más alto del calculado en principio. Aún hoy, pueden verse
hileras de tumbas que jalonan la vía a todo lo largo de su recorrido, y en sus
cruces no existe nombre alguno. Tan sólo una inscripción común: “muerto por los
indios”, sin importar si fue en verdad un indio o la malaria.
Y
hubo algo tragicómico en esa empresa maldita. Después de cincuenta años de
trabajos, después de montañas de cadáveres y tanto sufrimiento, al año de
inaugurarse el ferrocarril –1913–, las caucherías inglesas de malasia
comenzaron a rendir a plena producción, el caucho amazónico perdió su valor, y
el ferrocarril madeira–mamoré se convirtió en inútil.
Los
caucheros, supersticiosos, creyendo que era ese “ferrocarril de la muerte” el
que había traído la mala suerte, quisieron destruirlo arrancando sus rieles, y
fue necesaria la intervención del ejército para conservar su naciente
inutilidad.
Pero
todo eso ocurriría mucho más tarde, y en aquellos días, decir santo antonio era
como mentar al mismísimo satanás: un satanás de carne y hueso.
—eso
sería meterse en la boca del lobo –señaló mejías–. En cuanto asomáramos por allí,
nos pondrían a picar piedra, tumbar árboles y tender raíles.
—¡es
peor que las caucherías...!
—prefiero
hacerle frente a las cañoneras y a todo el ejército brasileño...
‘el
nordestino’ pidió calma. Le costó trabajo, pues nadie quería oír hablar de
santo antonio. Cuando logró –dando un puñetazo en la mesaque le escucharan,
continuó:
—todo
eso está muy bien –señaló–.
Tienen
razón; nos pondrían a trabajar hasta matarnos. Pero ocurriría si fuéramos de
uno en uno. Somos cincuenta hombres bien armados. Haremos un trato con los del
ferrocarril: si nos dejan pasar, no habrá lío: huiremos por la vía que están
abriendo hasta bolivia. Pero si quieren agarrarnos, alzaremos a sus
trabajadores y acabaremos con todo ese mierdero.
—tienen
muchos guardianes...
—pero
están desperdigados a todo lo largo de las obras, vigilando a los trabajadores
y conteniendo a los indios. No creo que en santo antonio sean más de treinta.
—están
bien armados. Mejor que nosotros.
—pero
no lo saben. Cuando lo averigüen, ya estaremos lejos.
—es
muy arriesgado.
—¿y
qué hay que no sea arriesgado?
¿quedarnos
aquí? ¿hacerles frente a las cañoneras? ¿volver a manaos?
Todos
guardaron silencio. No encontraban solución, pero tampoco les parecía solución
santo antonio. Su solo nombre les producía terror, y resultaba difícil
aterrorizar a aquellos hombres.
—es
una locura... Es una locura... –repetía una y otra vez ‘martinico’.
—¿te
callarás? –refunfuñó arquímedes–. ¿locura? Todo es locura en esta selva
maldita... Y allá en la catinga. No he visto más que locuras desde que tengo
uso de razón. ¿qué me importa una más? Si los gringos del ferrocarril nos dejan
pasar, bien...
Si
quieren jaleo, lo tendrán, y echaré sobre ellos a sus miles de trabajadores. Se
lo pensarán mucho, ya lo verás.
—son
demasiado fuertes.
—¿quién
lo ha dicho? La mayoría están enfermos. Son muchos, sí...
Miles,
pero ocho de cada diez tienen malaria y andan revolcándose en una choza,
incapaces de mantener un arma.
Esos
pantanos están apestados. Se los están comiendo.
—también
nos comerán a nosotros, ¿qué crees? ¿que la fiebre amarilla y la malaria no nos
afectan? Nos mandarán al otro barrio como a ellos.
—quizá...
Pero vamos de paso, mientras ellos están allí trabajando... No son más que
cuatrocientos kilómetros y ya tienen abierto el camino. Parte podremos
recorrerla en tren. Me he informado... Casi cien kilómetros funcionan ya.
—no
me fío de los gringos –señaló mejías. Luego reparó en howard y se disculpó–:
perdona... Olvidé que tú lo eres...
—puro
accidente, hermano... Puro accidente –le tranquilizó el pelirrojo–. No te
preocupes... Yo tampoco me fío de los gringos.
—ni
yo –admitió arquímedes–.
Pero
pienso tomar mis precauciones.
Llegaremos
con el barco hasta santo antonio, e iniciaremos las conversaciones. Si la cosa
está clara, desembarcaremos. Si hay alguna duda, nos volvemos atrás y en paz.
—parece
fácil...
—demasiado
fácil...
—pero
las cañoneras nos vendrán pisando los talones...
—y
en el barco empiezan a escasear los víveres. El viaje hasta santo antonio es
largo remontando el río.
—lo
más probable es que las cañoneras nos alcancen antes. Son más rápidas, y este
barco va muy pesado.
—todo
puede arreglarse.
—según
tú, todo puede arreglarse.
Arquímedes
hizo un gesto de asentimiento. Media hora después había ordenado al capitán
atracar el barco al primer desembarcadero que encontrara en su camino. Cuando
lo hubo hecho, obligó a bajar al pasaje, sus pertenencias y la tripulación que
no fuera absolutamente imprescindible.
También
ordenó cargar cuanta madera había en la factoría, así como dejar en tierra las
mercancías de la bodega.
Por
último, requisó los víveres del campamento, se despidió de los pasajeros y
tripulantes que quedaban en tierra –felices por el fin de su aventura–, y
ordenó al capitán reemprender la marcha.
—¡a
toda máquina! –señaló–. Hasta que las calderas revienten...
Y,
en efecto, las máquinas estuvieron a punto de reventar cuando el ‘isla de
marahó’ abandonó esa noche el cauce del gran amazonas y comenzó a remontar la
corriente del río madeira, que bajaba crecido, arrastrando sus aguas todos los
troncos caídos y maleza que le daban su nombre.
Selva.
Más selva. Siempre selva.
Río
y selva.
Primero
fue el putumayo. Luego, el napo. Por fin, el inmenso amazonas, y ahora, el
madeira.
Miles
de kilómetros de uno a otro.
Habían
recorrido casi tanta distancia como separa siberia del sáhara, y sin embargo,
el paisaje seguía siendo idéntico; se diría que se trataba de los mismos
árboles, las mismas flores, el mismo río. Incluso las mismas loras que
chillaban histéricas.
Comenzaron
a encontrar los primeros puestos de vigilancia de las gentes del ferrocarrril.
Había docenas de ellos a todo lo largo del madeira y sus tributarios, y no
tenían otro fin que evitar la fuga de esclavos y trabajadores de la vía férrea.
Abundaba la gente fuertemente armada, que no hacía ningún gesto hostil hacia el
barco que subía a santo antonio.
Imaginaban
que se trataba de un nuevo buque de los muchos que abastecían el campamento.
Allí, en el más perdido confín de la amazonia, todo, absolutamente todo
–víveres, armas, vestidos, licores o tabaco– tenía que importarse. El alto
madeira era incapaz de producir nada. Nada que no fuera goma o muertos.
Eran
muchos miles los hombres que la “madeira–mamoré railway” tenía que alimentar,
mal que bien, en santo antonio y a todo lo largo de la vía.
Y
era muchísimo más lo que tenía que proveer de medicinas; el ferrocarril
consumía más medicamentos y whisky que carne, harina o patatas. El noventa por
ciento del personal estaba siempre incapacitado para trabajar por enfermedad, y
el otro diez por ciento combatía su miedo a esa enfermedad con la bebida.
Y
allí, a aquella antesala del infierno en la que miles de hombres libraban una
batalla ya perdida con la muerte, llegó un amanecer el ‘isla de marahó’.
Un
grupo salió a recibirlos. Suponían también que se trataba de un nuevo –aunque
inesperado– barco de aprovisionamiento, y parecieron muy sorprendidos al
advertir que no atracaba en el pequeño espigón, sino que se limitaba a fondear
frente a la orilla, manteniendo las máquinas en marcha.
Se
destacó una lancha, que se arrimó al muelle. Venían en ella arquímedes, howard,
‘martinico’, santos y tres hombres más, fuertemente armados. Alfonso mejías,
‘el tigre’, y el viejo sebastián habían quedado al mando del barco.
—¿quién
manda aquí? –inquirió ‘el nordestino’.
Los
lugareños se miraron sorprendidos. Uno de ellos se encogió de hombros.
—hay
un delegado del gobierno brasileño y un teniente del ejército...
—no
me refiero a eso. ¿quién manda entre los americanos?
Señalaron
hacia la mejor de las casas que se distinguían tras ellos, a corta distancia de
la orilla.
—kramer.
El ingeniero.
Se
encaminaron resueltamente al edificio, apenas algo más que una cabaña de adobe
con techo de cinc. Santo antonio, el pueblo –si es que aquello se podía llamar
pueblo–, presentaba un aspecto realmente desolador. Montañas de basura
aparecían por las calles, que no eran sino verdaderos lodazales con más charcos
que terreno firme. En ellos chapoteaban los transeúntes, algún que otro niño
famélico con un pie en la tumba y bandadas de zamuros que ni siquiera se
molestaban en disputarse los desperdicios, pues había de sobra para todos.
Una
vaca acababa de ser sacrificada en medio de algo que quería ser plaza, y la
piel, los intestinos y la cabeza habían quedado abandonados. La sangre aún
estaba fresca y una nube de moscas y mosquitos revoloteaba sobre el charco.
Una
mujeruca se asomó a una ventana y arrojó tranquilamente el cubo de excrementos
que fue a caer sobre otro montón ya existente. El hedor resultaba insoportable.
—no
me extraña que mueran como chinches –murmuró arquímedes–. Aquí no podrían vivir
ni los cerdos.
Uno
de los lugareños hizo un gesto fatalista, queriendo indicar que no había
remedio.
—la
mano de obra útil está en el ferrocarril, y no se puede pedir a los enfermos
que vayan al río a hacer sus necesidades. Los muertos pasan días antes de que
los entierren. Y si no hay quien lo haga, se les arroja al río, y en paz...
Entraron
en la casa del ferrocarril. Dos hombres armados trataron de cortarles el paso,
pero antes de que pudieran reaccionar, ‘martinico’ y santos los tenían
encañonados. Arquímedes empujó decidido una puerta y penetró sin más ceremonia
en una gran estancia repleta de mapas, planos, diagramas y documentos. La
ocupaban tres hombres que parecían muy interesados en un mapa, y se
revolvieron, molestos por la interrupción.
Al
reparar en el aire amenazador y las armas de los recién llegados, palidecieron,
aunque hicieron un esfuerzo por conservar la calma.
—¿qué
pasa aquí? –masculló el que parecía superior–. ¿qué modo es éste de entrar en
mi despacho?
Nadie
le hizo caso, y los hombres de arquímedes se distribuyeron por la habitación
sin dejar de vigilar, con las armas listas. Howard se dirigió al que había
hablado.
—¿usted
es kramer? ¿el que manda aquí?
—yo
soy kramer... ¿qué quieren?
—hablar.
Amigablemente... Vamos a bolivia y necesitamos que su ferrocarril nos acerque a
la frontera.
Luego
seguiremos a pie. Somos cincuenta, y bien armados. Si nos dejan pasar, no
ocurrirá nada. Si quieren guerra, daremos mucho quehacer.
El
tal kramer –un hombrecillo calvo y pálido de gesto avinagrado– meditó unos
instantes. Al fin negó:
—lo
siento –dijo–. No puedo hacer lo que piden... Somos diez mil...
¿qué
piensa conseguir con cincuenta bandoleros?
—mucho.
De sus diez mil, la mayoría son esclavos dispuestos a escapar con nosotros si
les damos ocasión. En cuanto a los vigilantes, andan comidos por la malaria,
incapaces de mantener un arma. Sería una dura lucha.
—eso
está por ver. Para llegar a la frontera tienen que atravesar el túnel que hemos
abierto en la selva, y que está dominado por mi gente de punta a punta. No
avanzarían un metro.
Olvide
esa idiotez y regrese por donde ha venido. Es un consejo.
Howard
se volvió a arquímedes, que no parecía sorprendido.
—¿por
qué se niega? –quiso saber ‘el nordestino’.
La
respuesta a kramer fue, hasta cierto punto, razonable.
—aquí
hay miles de hombres que no se fugan o se rebelan por miedo. Están convencidos
de que somos más fuertes. Si demostramos debilidad ante un puñado de vagabundos
que tratan de asustarnos, estamos perdidos.
Arquímedes
meditó, y luego, señalando uno de los hombres que estaba con kramer, preguntó:
—¿quién
es ése?
Cuando
le respondieron que el segundo ingeniero, hizo un gesto a ‘martinico’ que éste
comprendió de inmediato. Sacó su largo machete de cauchero, se aproximó al
hombre por detrás, le tapó la boca con la mano, y luego, tranquilamente, de un
solo tajo, le cortó el cuello hasta casi separarle la cabeza del tronco.
Se
hizo un silencio impresionante.
Todos
habían quedado desconcertados, incapaces de creer que se pudiera matar a
alguien con semejante indiferencia. Kramer tuvo que buscar apoyo, y tomó
asiento sin dejar de contemplar el cadáver de su ayudante, que ‘martinico’
depositaba suavemente en el suelo.
Arquímedes
hizo un gesto hacia kramer, que era en realidad una muda pregunta. Quería saber
si había cambiado de opinión.
El
ingeniero, que temblaba visiblemente, volvió a negar, aunque esta vez con menos
firmeza. Arquímedes señaló al segundo de sus acompañantes.
—¿y
éste, quién es?
El
hombre dio un paso atrás, aterrorizado, y su mirada fue instintivamente hacia
el machete de ‘martinico’, que aún sangraba, pese a que el negro trataba de
limpiarlo en un plano.
—¡oigan...!
¿están locos...? No pueden hacer eso... –se volvió a howard–. No hagan eso...
Yo soy nada más que el jefe de personal...
No
sacarán nada con mi muerte... Él es quien tiene que decidir... ¡no se acerque!
¡no se acerque!
Al
decirlo iba girando por la habitación, huyendo de ‘martinico’, que buscaba
tomar posiciones tras él.
Kramer
lo observaba, pálido como un cadáver, pero trataba de mantenerse firme.
De
pronto arquímedes sacó del bolsillo un fósforo, lo encendió, y lo arrimó al
papel que tenía más cerca, que comenzó a arder rápidamente. Kramer se abalanzó
sobre él, tratando de apagarlo.
—¿qué
hace? –gritó–. Son los planos del ferrocarril... El trabajo de años...
‘el
nordestino’ se dio cuenta de que había dado en el clavo, y arrimó la cerilla a
un montón de documentos.
—¡vamos!
–ordenó–. ¡prendan fuego a toda esta mierda!
Sus
hombres se dispusieron a cumplir lo indicado, y al ver el cariz que tomaba la
situación, kramer alzó los brazos dándose por vencido.
—¡está
bien...! ¡está bien...!
Haré
lo que pidan, pero no toquen mis papeles... –luego se volvió al jefe de
personal–. Que preparen una locomotora y dos vagones. Lleve a esta gente al
final de la vía.
El
otro asintió feliz al ver que se libraba de caer en manos de ‘martinico’, y
salió como alma que lleva el diablo. Arquímedes quiso saber cuánto tardaría la
locomotora en estar lista.
Al
confirmarle que no más de una hora, envió a santos a bordo para que dispusiera
el desembarco del resto de los siringueiros. Mejías debía dirigirlo de modo que
quedara siempre una posibilidad de regresar a bordo si las cosas se
complicaban.
Pero
no se complicaron. En el tiempo previsto la locomotora estaba dispuesta y la
gente en tierra. Arquímedes ordenó a ‘martinico’ que recogiera los planos y documentos
que parecieran de mayor importancia, los metiera en un saco y cargara con
ellos. Luego se ocupó él mismo de mantener a kramer bajo vigilancia.
El
capitán rattingam bajó también a tierra, a despedirse de howard y ‘el
nordestino’. Se diría que sentía separarse de quienes se habían apoderado de su
barco y le habían proporcionado tanto quebradero de cabeza.
—les
deseo suerte –dijo estrechando la mano de ‘el nordestino’–. Espero que puedan
alcanzar bolivia y olvidar para siempre todo esto...
¿qué
harán entonces?
—confío
en llegar al canadá –señaló howard–. Y si éste me hace caso, se vendrá conmigo.
—¡qué
voy a pintar yo en canadá, con ese frío y sin entender una palabra! Lo más
probable es que algún día, pronto o tarde, regrese a manaos.
—hombre
de ideas fijas.
—si
no lo fuera, aún seguiría en el curicuriarí, sacando caucho para sierra. –hizo
una pausa–. Le estoy agradecido por todo, capitán.
Quisiera
que no me guardase rencor.
El
otro sonrió.
—en
el fondo, yo estaba de su parte –señaló–. Tiene razón, aunque no esté de
acuerdo con sus métodos. Repito: ¡suerte!
—¿no
traerá problemas que nos quedemos con su oro?
—no
es mío, sino de los arana, y no lo tenían asegurado. Me alegra que se lo
queden. Si les sirve para llegar a canadá, será el mejor fin que pueda tener.
Arquímedes
había hecho bajar a tierra el oro. Junto al desembarcadero dio orden a
sebastián de que comenzara a repartirlo entre la gente. Los siringueiros –que
no lo esperabancomenzaron a dar vivas a arquímedes y se agolparon en torno al
viejo, lo que estuvo a punto de poner en grave peligro el orden.
Algunos
habitantes de santo antonio –en especial mujeres y niños– se habían aproximado,
curiosos, y ‘el nordestino’ temía que tal curiosidad pudiera extenderse y traer
complicaciones. Aceleró el reparto, se guardó las monedas que le
correspondieron e instó a sus hombres para que subieran al tren, que aguardaba.
Súbitamente
se escuchó –llegando río abajo– el sonar de una sirena. Al volverse hacia allá
pudieron distinguir, sobre las copas de los árboles, una gruesa columna de humo
que avanzaba rápidamente. Fuera lo que fuera, no tardaría en alcanzar la curva
del río y aparecer a la vista del pueblo.
Arquímedes
se volvió al capitán.
—¿cree
que se trata de una cañonera?
El
otro se encogió de hombros.
—muy
rápida viene, pero también podría tratarse de un buen barco...
Lo
mejor es que no se queden a averiguarlo.
‘el
nordestino’ estuvo de acuerdo y gritó a su gente que se apresurara.
Luego,
empujó ante él a kramer –al que obligaba a que les acompañara– y, subiendo a la
locomotora, ordenó al maquinista que la pusiera en marcha.
El
tren comenzó a moverse lentamente y a los pocos instantes desaparecía en la
espesura. Aunque arquímedes estuvo mirando hacia atrás hasta el último momento,
no pudo averiguar si la columna de humo que se aproximaba pertenecía o no a una
cañonera del ejército.
Se
trataba, en verdad, de un túnel en la selva. La maleza había sido derribada
para tender las vías, pero los árboles vecinos, gigantescos, habían extendido
sus ramas a cincuenta metros de altura, cubriendo con un techo verde el espacio
libre que abrieron los hombres.
El
tren avanzaba en la penumbra de una luz glauca que desdibujaba los contornos,
abriéndose paso entre una vegetación que, a menudo, alcanzaba hasta los mismos
raíles y rozaba los costados de la locomotora.
“si
el tren dejara de pasar un mes –se dijo arquímedes– resultaría imposible volver
a encontrar la vía”.
Comenzaron
a hacer su aparición los cementerios. Todo un rosario de ellos, y aunque la
vieja máquina avanzaba muy despacio, no hubiera dado tiempo para rezar un
padrenuestro a cada grupo de tumbas que se encontraron en el camino.
Howard
se volvió a kramer.
—¿cree
que vale la pena tanto muerto? –inquirió.
—es
el progreso –señaló el otro–.
La
civilización. Cuando esta línea esté terminada, todo el caucho del interior
saldrá por aquí...
—...
Y unos cuantos accionistas se harán ricos, allá en norteamérica.
Me
gustaría traerlos aquí, a que vieran eso, a que se los comieran las fiebres...
—no
parece quién para dar lecciones de moralidad.
—no,
en efecto –admitió ‘el gringo’–. Pero comparado con su compañía, soy un santo.
¡de lo que son capaces por dinero! Y a lo mejor, pronto este ferrocarril no
sirve para nada... ¿oyó hablar del caucho de malasia?
—sí.
Pero no es de mi incumbencia. Me pagan por construir un ferrocarril, y lo hago.
Una vez terminado, me es indiferente que lo utilicen para sacar caucho o pasar
niños.
—¿realmente
espera verlo concluido?
—lo
terminaré, aunque sea lo último que haga en mi vida.
—de
eso puede estar seguro. No creo que viva mucho más, si es que llega al fin...
¿se ha mirado a un espejo? ¡está verde...! Reconozco esos síntomas. He visto a
muchos así.
El
hígado se le hincha y llegará a parecer una sandía. Un día le estallará, y,
¡paff! Si lo abren, lo encuentran comido de gusanos... Es muy común por estas
tierras.
El
otro lo fulminó con la mirada:
—no
sabía que fuera médico.
—no
lo soy. No hace falta para distinguir un paludismo, una fiebre amarilla, un
reventón de hígado, o una picada de serpiente. Aquí, en la amazonia, es el pan
nuestro de cada día. Eso y el beriberi. Y usted se va al otro barrio de un
reventón...
No
verá el final del ferrocarril.
Lo
interrumpió la voz del maquinista que señalando hacia delante, indicó:
—¡indios!
Luego
hizo sonar el silbato para avisar a los de atrás, y se apresuró a correr un
enrejado metálico que cubría su ventanilla.
Howard
y arquímedes trataron de distinguir a los salvajes, pero no fueron capaces de
ver nada en la espesura. Hubieran asegurado que se trataba de fantasías del
maquinista, si al poco no hubieran rebotado cuatro o cinco flechas contra los
costados de la máquina. Una de ellas entró por la ventanilla de un vagón y fue
a clavarse en la pared, pero nadie hizo el menor gesto de alarma, pese a que se
la suponía envenenada. Más de una vez, tales flechas habían matado a pasajeros
que dormían tranquilamente, y aún seguirían haciéndolo. Pero ésas eran cosas de
la jungla amazónica; riesgos como el de pisar una serpiente o ser picado por
una araña. No había que hacer demasiado caso, y ni se podía soñar en perseguir
y castigar a los indios. No eran los tranquilos salvajes del putumayo o el
curucuriarí; no eran siquiera los desesperados aucas lanzados a matar cuando ya
no les quedaba otro camino. Eran auténticos asesinos, a los que gustaba matar
por matar. Y les gustaba, además, comerse a sus víctimas.
Conocían
bien su selva y conocían bien la forma de ocultarse en ella, desaparecer como
tragados por la tierra y volver a surgir allí donde menos se les imaginara.
Eran astutos y feroces, y practicaban constantemente, por placer, el arte de la
guerra.
Antes
de llegar a las rocas, a las mil vueltas y revueltas, ya en las faldas mismas
de los andes, la selva se abría en infinitos pantanos; ciénagas interminables
en las que únicamente los “cintas largas” eran capaces de subsistir y
orientarse. Desde ellas, desde sus escondidos refugios iniciaban sus correrías
por las proximidades, atacando a los siringueiros, los campamentos del
ferrocarril e incluso los mismos puestos militares de la frontera.
Su
rapiña no tenía límites, como tampoco lo tenía su audacia, y quizá por eso
lograban mantenerse libres e independientes y no habían pasado a ser, como la
mayoría de los indios amazónicos, esclavos de los caucheros.
Aquí,
en el territorio de acre, y en toda la región que más tarde se llamaría
rondonia, los salvajes eran los auténticos amos.
Y
seguirían siéndolo muchos años.
Cuando
el ser humano pusiera por primera vez el pie en la luna, los “cintas largas”
continuarían disparando sus flechas contra el ferrocarril que cubría la línea
madeiramamoré.
El
maquinista volvió a descorrer la reja metálica para permitir que el aire
entrara fácilmente y howard le preguntó cómo demonios podía saber que ya había
pasado el peligro, del mismo modo que supo cuándo iban a aparecer los indios.
—costumbre
–replicó el otro–. A esos salvajes nunca se les ve: se les presiente.
No
tuvieron más tropiezos hasta alcanzar jaciparaná. Allí acababa la vía y se
alzaba el segundo campamento base de la compañía. Su aspecto no difería mucho
de santo antonio, salvo por el hecho de que no tenían siquiera el ancho madeira
con sus aguas rápidas y su brisa refrescante. Jaciparaná era el último agujero
del mundo, difícil de imaginar aun conociendo la riqueza cauchera de sus
alrededores.
Por
todas partes se amontonaban las traviesas, los raíles y los materiales de
construcción. Todo resultaba tan fantástico en aquel ferrocarril, que, dada la
dificultad de la mano de obra, las traviesas no habían sido fabricadas con los
árboles vecinos, sino que se trajeron especialmente desde australia. Los raíles
eran suecos y las locomotoras y vagones, desechos del famoso “union pacific”,
el primer tren que atravesara los estados unidos de costa a costa.
Jaciparaná
no podía ser considerado en realidad un pueblo, sino una gigantesca enfermería.
Unos junto a otros, se alzaban los galpones –cuatro postes y un techo de paja
sin paredes–, y en su interior se amontonaban los chinchorros de los enfermos,
los moribundos y aun los muertos, que a menudo se quedaban allí durante días
antes de que alguien advirtiera que ya apestaban, y tuviera fuerzas para
llevárselos a otro lado.
Una
vez más, la fiebre amarilla acababa de hacer una de sus apariciones, diezmando
a los trabajadores y dejando a los supervivientes maltrechos e incapaces de
reaccionar. Habría allí unas tres mil personas, pero el silencio era tan
impresionante, y existía tan poco movimiento por las calles, que se podría
pensar que era aquélla una aldea abandonada.
Los
enfermos habían aprendido a no quejarse, ¿para qué?, y no había niños que
gritaran, mujeres que peleasen o vendedores que ofrecieran mercancía alguna.
Todo el que estaba en condiciones de mantenerse en pie trabajaba en el tendido
de las vías, y el que no estuviera tendiendo vías era porque realmente estaba
ya al borde de la tumba. Incluso el gritar demasiado, el quejarse, podía ser
considerado como un derroche de energías que podían muy bien ser aprovechadas
en colocar traviesas.
Silencio
por tanto. Silencio y quietud en un pueblo fantasma; en un gigantesco
cementerio de vivos.
Cuando
arquímedes y su gente pusieron el pie en tierra, lo hicieron recelosos, con las
armas a punto, dispuestos a repeler cualquier ataque por parte de los hombres
de kramer.
Pronto
comprendieron que nada debían temer, al menos allí, en jaciparaná, donde nadie
parecía tener fuerzas para apretar el gatillo de un arma.
—¿qué
pasaría si los indios decidieran atacar? Sería un juego pasar a cuchillo a esta
gente.
—no
lo harán –aseguró kramer–.
Le
temen más a la enfermedad que a las balas. La fiebre amarilla o el paludismo no
los afecta, pero basta un simple estornudo, un resfriado, una gripe, para que
mueran como moscas.
La
tuberculosis y la gripe los aniquilan como a nuestra gente la malaria.
Arquímedes
quiso saber dónde se encontraba el grueso de trabajadores y guardianes. Cuando
le comunicaron que a unos cinco kilómetros al suroeste, extendió en el suelo
uno de los mapas de kramer y le ordenó a éste que le mostrara el itinerario del
ferrocarril, y el punto más próximo de la frontera boliviana.
El
ingeniero hizo lo que se le pedía. El túnel abierto en la selva, sin vías ni
traviesas, avanzaba aún unos cuarenta kilómetros. Desde allí, una vieja trocha
conducía, en dos días de marcha, hasta abuna, otra vez sobre el río madeira.
Frente a ella, en la orilla, podía verse maoa, el primer puesto militar
boliviano. Desde maoa, y en poco más de un mes de viaje, se llegaba a la
capital. La paz.
—¡la
paz! –replicó arquímedes–.
Suena
bien. ¿sabías que se llamaba así la capital de bolivia?
Howard
se encogió de hombros.
—no,
ni me importa cómo se llame, con tal de que allí nadie hable de caucho. ¿se
puede ir desde la paz a canadá?
La
pregunta iba dirigida a kramer, que asintió:
—sí,
naturalmente. Es un viaje largo, pero puede hacerse.
—¿qué
esperamos entonces?
‘el
nordestino’ ordenó a su gente que se apoderara de la mayor cantidad de víveres posible,
y no tuvieron problema para hacerse con ellos en los almacenes. Nadie hizo
gesto alguno para oponerse.
Luego,
siempre sin abandonar a kramer, que constituía un rehén inapreciable, del mismo
modo que lo constituían sus planos y mapas, emprendieron la marcha a pie por el
amplio túnel abierto en la espesura.
Pronto
comenzó a llegar hasta ellos el ruido de las máquinas, el golpear de las hachas
y el repicar de los martillos. Cuando al doblar un recodo desembocaron en el
punto en que se trabajaba, arquímedes sintió que el corazón le daba un vuelco.
Era
como un inmenso hormiguero en el que miles de hombres se afanaban colocando
traviesas y montando raíles, dirigidos y vigilados por un sinnúmero de
guardianes armados, cubiertos a su vez por ocho o diez nidos de ametralladoras
sabiamente distribuidas en la falda de una colina que dominaba la vía...
La
mayoría de los hombres aparecían encadenados, y a aquellos que no lo estaban,
los cuidadores los consideraban incapaces de llegar muy lejos. La rebelión
parecía imposible, y al primer intento acabarían barridos por las
ametralladoras.
Arquímedes
y howard se miraron.
Pasar
a la fuerza era un suicidio, y kramer tenía razón: sus cincuenta hombres
constituían una fuerza ridícula para forzar el camino. Era un puñado de
desharrapados muertos de hambre frente a un ejército.
El
ingeniero se dio cuenta de lo que pensaban, y sonrió con aire de suficiencia.
—¿qué
dice ahora? –inquirió dirigiéndose a howard–. ¿continúa decidido su amigo?
—él
siempre está decidido –replicó ‘el gringo’–. No le queda otro remedio.
Luego
se volvió a ‘el nordestino’, que continuaba observando el espectáculo de los
trabajadores y sus guardianes.
—¿qué
piensas hacer? –preguntó.
La
mayoría de sus hombres se habían reunido en torno a arquímedes esperando
órdenes. Estaban asustados.
Cruzar
era caer acribillados.
El
grupo ya había sido visto por los vigilantes, y algunas de las ametralladoras
se habían vuelto a apuntarles, aunque permanecían a la expectativa. Ocho
hombres fuertemente armados vinieron hacia ellos, intentando averiguar quiénes
eran y qué pretendían.
Howard
bajó la mano en busca de su revólver. Mejías y algunos otros lo imitaron, y eso
hizo que los servidores de las ametralladoras se apresuraran a montar sus
máquinas.
Los
trabajadores comenzaron a darse cuenta de lo que ocurría, y poco a poco fueron
dejando el trabajo por lo que el estrépito pasó lentamente a transformarse en
silencio.
Un
silencio que llegó a convertirse en agobiante, y se diría que el claro en la
selva se había cargado súbitamente de electricidad. Cualquier gesto, el menor
movimiento, degeneraría en batalla, y arquímedes lo comprendió.
—no
os mováis –ordenó–. No toquéis las armas.
No
se escuchaba más que el resonar de los pasos de los hombres que se aproximaban.
—nos
van a achicharrar –susurró ‘martinico’.
El
patrón detuvo el asmático motor y permitió que la sucia embarcación se
deslizara por la suave corriente hasta rozar el solitario embarcadero.
Su
ayudante saltó a tierra y afirmó el cabo a la estaca. Luego, tendió la mano a
los pasajeros, un negro, dos caboclos y aquel tipo que en todo el viaje se
había limitado a decir que venía de muy lejos, del extranjero, y confesaba ser
del nordeste, sertanejo de alagoas.
Cuando
le hubieron alcanzado su maleta, dirigió una larga mirada a su alrededor e
inició la marcha por el dique flotante, tras el negro y los caboclos que se
alejaban.
Ya
no había vapores haciendo cola para descargar sus mercancías llegadas desde el
confín del mundo. Ya no se distinguían las montañas de bolas de caucho allá
arriba, a espaldas del edificio de la aduana.
Todo
era quietud, abandono.
El
cielo aparecía encapotado, gris, amenazando lluvia, sin que ésta llegara a
descargar, entristeciendo aún más el ambiente.
Arquímedes
sonrió al recordar el día en que howard le aseguró que necesitaría vivir cien
años para asistir al hundimiento de manaos; a la desaparición de la ciudad
maldita. ¡qué equivocado estaba...! Bastaron quince, y ahora la tenía allí,
ante él:
Derrotada,
vacía, olvidada.
Manaos
soñó con ser capital de brasil, y casi capital de sudamérica, la ciudad más
rica del mundo, capaz en su locura de disputarle la hegemonía mundial a
londres, parís o nueva york, y de ese sueño ya no quedaban más que los despojos
de su cadáver maloliente. Era como el decorado de un inmenso teatro. Al
marcharse los actores, fue reducido a papel y tramoya.
¿cuántos
quedaban? ¿tres... Cuatro mil habitantes de los cien mil de antaño? ¿y quiénes
eran? ¿por qué no se iban todos ya, si no quedaba esperanza alguna?
Al
subir por el río había visto lasfactorías abandonadas, los árboles sin marcas,
los lanchones de carga desfondados e inservibles. Desolación.
Aquella
desolación significaba que los esclavos habían vuelto a sus casas, que las
mujeres habían dejado de ser violadas, que los tristes y atontados indios
podían corretear nuevamente por su selva, sin más problemas que el sustento
diario.
De
la gran locura no quedaba más que el recuerdo y las tumbas... Miles,
¡millones!, de tumbas, esparcidas por las más gigantescas selvas conocidas, por
la increíble inmensidad del desierto verde.
Había
un nombre que bendecir eternamente: el de un inglés ambicioso, henry vickham,
que pensando únicamente en su provecho propio, se había arriesgado a sacar del
brasil setenta mil semillas del árbol del caucho. No lo hizo por los esclavos,
las mujeres o los indios, pero, aun así, arquímedes pensaba que había que
levantarle algún día un monumento en alguna parte.
Tal
vez allí, en el corazón de aquella plaza de la catedral en queacababa de
desembocar ahora. El hombre que destruyó una ciudad, un imperio, un mundo,
debía tener una estatua en el centro exacto de esa ciudad, ese imperio, ese
mundo...
Porque
todo lo que él destruyó estaba maldito.
Cruzó
ante la sastrería en que un día le costó una fortuna hacerse un traje para ir a
la ópera. La puerta estaba abierta, y el local aparecía vacío, con las paredes
desnudas, el papel caído y excrementos humanos esparcidos por aquel suelo antes
cubierto por una hermosa alfombra roja.
¿dónde
estaban los que se hacían planchar las camisas en londres?
¿qué
sería de aquel tipo que pretendía acostarse con una actriz de teatro por tres
mil libras...? Le gustaba imaginarlo mendigando unas monedas para poder comer,
del mismo modo que manaos mendigaba algún habitante para continuar sintiéndose
ciudad.
Siguió
hasta el “teatro de la ópera”. Idéntico abandono, y una portezuela posterior
que le permitió colarse dentro. Era la entrada de artistas, y tuvo que subir
media docena de escalones para alcanzar el escenario. Todo era polvo y
telarañas, y la triste luz del día gris apenas lograba atravesar los sucios
ventanales.
Recordaba
el palco que ocupaba sierra. Y el del gobernador, allá arriba, laminado en oro.
Y
aquel otro, diminuto, que ocupara con ‘claudiña’, mejías y santos.
¡qué
distinto todo!, y parecía no obstante que el tiempo se hubiera detenido, que de
pronto las luces se encenderían y comenzarían a entrar los espectadores.
Podría
prenderle fuego al teatro, y nadie acudiría a apagarlo, pero no quería hacerlo.
Prefería que continuara allí, recordando al mundo lo que había sido la locura
del caucho, peor que la peor de las guerras conocidas.
¡la
guerra! Allá en francia, en verdún, sus compañeros se asombraban de que aquel
brasileño silencioso continuase inmutable cuando todo parecía venirse abajo.
¿cómo podía ser de otro modo para quien había conocido el curicuriarí, santo
antonio y jaciparaná...? ¿existía algo que pudiera asustarle ya?
¿qué
significaba verdún para un niño de canudos? Muertos, muertos, nada más que
muertos. Lo mismo de siempre.
Aún
contempló largo rato el vacío patio de butacas, dedicó un último pensamiento a
sierra y recogiendo su maleta salió a la calle.
Pronto
comenzaría a llover. El cielo cada vez estaba más negro, más cargado, y un
viento molesto, racheado, llegaba del río. Debía buscar dónde alojarse, pero no
conocía ningún hotel en manaos. Al menos, ninguno que funcionase aún. Se
encaminó a “casablanca” –uno de los pocos lugares en que había sido feliz en su
vida– y no le sorprendió encontrarla también abandonada. El jardín era ya otra
vez propiedad de la selva, y ésta había penetrado incluso por las tablas del
piso bajo, cubriendo parte del salón. Ya nada era blanco; un gris indeterminado
y sucio se había adueñado del lugar.
Comenzó
a subir los escalones, pero desistió. Prefería conservar el recuerdo de la
habitación de ‘claudiña’ con la presencia de la muchacha alegrándolo todo.
¡‘claudiña’...!
¿cuánto tiempo le habría esperado?
‘claudiña’.
Su recuerdo le había acompañado mucho tiempo. Pero más, mucho más, el otro: el
de claudia.
¡estaba
todo tan lejos...!
Escuchó
ruido en el piso inferior, y al volverse pudo distinguir una serpiente que
corría a esconderse bajo las tablas.
Era
el fin.
Salió
de allí sin saber adónde dirigirse. Caían las primeras gotas y apresuró el paso
hacia la puerta.
Entró
en la taberna del ‘irmao paulista’, aunque en su interior no se encontraban más
que su diminuto propietario y una mujeruca con innegable aspecto de ramera.
Pidió
algo de comer, y el paulista no se sintió feliz de tener un cliente, aunque no
era mucho lo que podía ofrecerle: frango, patatas y plátanos fritos. Si acaso,
un par de huevos...
Se
metió en la cocina a preparar lo ordenado, y arquímedes quedó solo ante una
botella de cerveza. La mujeruca vino a sentarse a su lado sin pedir permiso.
Traía su propio vaso y lo mostró. No había coquetería, ni provocación, cuando
pidió:
—¿me
das un poco?
‘el
nordestino’ le sirvió. La otra bebió con avidez; luego guardó silencio unos
instantes y, por último, comentó:
—tú
no eres de aquí... Nunca te vi antes... ¿de dónde vienes?
—de
europa.
—¿de
la guerra?
Arquímedes
asintió en silencio. La mujeruca pareció interesarse.
—¿cuándo
acabará?
—ya
acabó. Hace tiempo...
—¿hace
tiempo...? Aquí no nos enteramos de nada. De nada... ¡acabó la guerra...!
–repitió–. ¿oíste eso, “paulista”? Acabó la guerra...
El
‘irmao paulista’ asomó la cabeza sorprendido.
—¡caramba,
clara...! ¿estás loca? Hace años que acabó.
La
mujer pareció meditar la respuesta. Había algo de trastornado en ella; tal vez
la sempiterna borracha.
Le
costaba trabajo asimilar las ideas.
—acabó
la guerra... –repitió una vez más–. Entonces, ¿por qué el consulado no me
devuelve la casa? Yo soy francesa, ¿sabes? Pedí que me repatriaran hace mucho,
pero me dijeron que había guerra en francia y era imposible... Pero si la
guerra ha terminado, tienen que repatriarme...
¿por
qué no me repatrían, “paulista”? –gritó hacia dentro–. ¿por qué?
El
otro volvió a sacar la cabeza y contestó riendo:
—si
el consulado tuviera que repatriar a todas las putas que vinieron en la época
del caucho, francia se arruinaba... ¡por eso no te repatrían...!
—¡pero
yo no soy puta...! –protestó la otra; luego pareció pensarlo mejor–. Bueno...
No lo era... ¡te lo juro! Vine con mi marido...
Queríamos
ganar algún dinero y regresar, pero él se perdió en la selva.
Es
cierto.
Arquímedes
le sirvió un nuevo vaso de cerveza, y la mujer bebió con idéntica avidez. Luego
pareció sumirse en el sopor de lo que ya debía ser eterna borrachera.
Al
poco regresó el paulista con la comida. Sirvió y también se sentó a la mesa, a
observar a arquímedes mientras comía.
—¿nunca
había estado por aquí? –preguntó.
—hace
años... Muchos.
—¿cauchero?
—más
o menos... –hizo una pausa–.
¿conoció
a una muchacha a la que llamaban ‘la cholita’? Era peruana, pequeña, bonita...
—¿’la
cholita’? Sí, claro...
Todo
el mundo la conocía en manaos... Rondó por aquí durante años. También loca.
Como ésta.
Decía
que estaba esperando a arquímedes, ‘el nordestino’. Que había prometido volver
a buscarla.
—yo
soy arquímedes.
El
otro lo miró con asombro. Por unos instantes no supo qué decir, y se volvió a
clara, como para ponerla de testigo de lo que acababa de oír. Al fin,
incrédulo, repitió:
—¿arquímedes...?
¿’el nordestino’? ¿el jefe de los rebeldes del napo?
Asintió
en silencio, pero al otro le costaba trabajo admitirlo.
—no
es posible... No. No es posible...
‘el
nordestino’ se encogió de hombros y continuó comiendo, indiferente. Esa misma
indiferencia excitó la curiosidad del paulista. Fue a preguntar algo, pero
acabó por negar convencido:
—’el
nordestino’ murió allá arriba, en santo antonio... Los del ferrocarril lo
aniquilaron. Murieron todos: ‘el gringo’, mejías, ‘el tigre’, ‘martinico’,
sebastián...
Todos.
Fue la batalla más sonada de la historia del amazonas... Por eso se
convirtieron en leyenda...
Arquímedes
sonrió burlón. Siguió comiendo y mantuvo el interés del otro. Luego bebió
largamente y por último negó lentamente:
—no
hay tal leyenda –dijo–. No hubo tal batalla... Los del ferrocarril necesitaban
conservar su prestigio, y nosotros necesitábamos la vida... –hizo una pausa–.
Fingimos retirarnos y que nos perseguían, pero todo fueron tiros al aire,
porque a la primera sangre yo hubiera prendido fuego a los papeles del
ferrocarril.
El
paulista agitó la cabeza desconcertado.
—¿entonces
fue mentira?
—mentira.
—¿y
la leyenda?
—leyenda.
El ‘irmao
paulista’, impresionado, tendió la mano y se sirvió un vaso de cerveza. Clara
abrió los ojos y extendió el suyo.
—dame
–pidió.
Llenó
también su vaso y bebieron.
Luego,
la mujeruca, algo más espabilada, se volvió a arquímedes.
—¿por
qué no vienes a acostarte conmigo? –inquirió–. Te saldrá más barato que el
hotel...
FIN


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